Libro N° 14653. Biografía De Averroes. Pacheco, Juan Antonio
© Libro N° 14653. Biografía De Averroes. Pacheco, Juan Antonio. Emancipación. Enero 3 de 2026
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BIOGRAFÍA DE AVERROES
Juan Antonio Pacheco
Biografía
De Averroes Juan Antonio Pacheco
Reseña
Entre los
límites cronológicos que encierran una vida como la de Averroes no podemos
lograr totalidades, más allá de un conjunto de fragmentos, indicios,
referencias indirectas procedentes de datos que nos ofrecen autores
contemporáneos o sucesores. El conjunto de todas esas informaciones, que forman
la biografía del filósofo, resulta ser muy escaso y poco ilustrativo si lo
comparamos con la trayectoria de su pensamiento, un proceso intelectual cuyo
prodigioso esfuerzo racional deja en la sombra al Averroes persona en beneficio
del Averroes pensador. Frente a los momentos destacados de una vida, cuyos
límites espaciales o geográficos vienen determinados por continuos
desplazamientos de ida y vuelta entre Córdoba, Sevilla y Marrakex, lugares
donde desempeñó cargos oficiales, sobresale un constante y sostenido esfuerzo
intelectual plasmado en sus 92 obras escritas en 72 años de vida del filósofo.
Índice
Presentación
I. La
familia
II. La
entrada al mundo
III. Un
nuevo cielo, una nueva tierra IV. Averroes como Averroes
V. Hacia la
ciudad ideal
VI. El
padre que castiga y perdona
Epílogo a
manera de prólogo
El autor
Presentación
El objeto
de este libro es mostrar quién fue, qué pensó y cuál es el sentido, para
nosotros, del pensamiento de Abu al-Ualíd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn
Ahmad ibn Ahmad Ibn Ruxd, en adelante Averroes, nombre que deriva de la
latinización del apelativo Ibn Ruxd, nacido en Córdoba en 1126 y muerto en
Marrakex en 1181. Su impronta en la cultura de su tiempo le hizo figurar nada
menos que entre el auténtico canon onomástico de la teología y la filosofía
medievales que supuso La Divina Comedia de Dante, o en el parnaso de la
filosofía de Rafael en «La escuela de Atenas». Y eso no resulta incompatible
con su peso central en el pensamiento racionalista que marcó el rumbo de la
modernidad de donde surge nuestro mundo presente. Averroes supone una cima del pensamiento
universal en cualquier tiempo y lugar.
UNO
La
escritura de una biografía debería darse por acabada si, al final de la misma,
pudiera responderse a la pregunta aparentemente más trivial y sencilla: «¿Quién
fue?». Si, además, ese relato biográfico pretende ser plasmación de una
trayectoria intelectual muy definida y clara, la mencionada pregunta debería
acompañarse de otra no menos evidente: «¿Qué pensó?». El objeto de este libro
es mostrar quién fue, qué pensó y cuál es el sentido, para nosotros, del
pensamiento de Abu al-Ualíd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Ahmad ibn Ahmad
Ibn Ruxd, en adelante Averroes, nombre que deriva de la latinización del
apelativo Ibn Ruxd, que nació en Córdoba en 1126 y murió en Marrakech en 11981.
Entre esos
límites cronológicos se encierra una vida de la que conocemos fragmentos,
indicios, referencias indirectas, pero nunca totalidades. Todo lo contrario de
lo que sucede con su pensamiento que ha quedado por escrito en sus obras. Lo
que sabemos del trayecto personal del pensador cordobés especificado en los
momentos más destacados de su vida, procede de los datos que nos ofrecen
autores que le fueron contemporáneos o inmediatamente sucesores. El conjunto de
todas esas informaciones, que forman la biografía del filósofo, resulta ser muy
escaso y poco ilustrativo si lo comparamos con la trayectoria de su
pensamiento, un proceso intelectual cuyo prodigioso esfuerzo racional deja en
la sombra al Averroes persona en beneficio del Averroes pensador. Junto a los
momentos destacados de una vida cuyos límites espaciales o geográficos vienen
determinados por continuos desplazamientos de ida y vuelta entre Córdoba,
Sevilla y Marrakech, lugares en los que desempeñó cargos oficiales que no le
impidieron reflexionar y escribir, sobresale un constante y sostenido esfuerzo
intelectual plasmado en las 92 obras escritas en los 72 años de vida del
filósofo.
Casi cien
años después de su muerte, en Italia, antes de la floración del averroísmo
italiano, en la mirada retrospectiva hacia el pasado que caracterizó al
humanismo renacentista, Dante Alighieri (n. 1265) en el «Canto IV» relativo al
Infierno de su Divina Comedia, ubicó al pensador cordobés, definiéndolo como
«el que hizo el Gran Comentario», en la compañía del geómetra Euclides, de
Tolomeo, Hipócrates, Galeno y Avicena. Con estas pocas palabras, su figura y su
obra quedarán inscritas en un imaginario que soportará el paso del tiempo sin
retoques.
1 En
adelante, la transliteración de los nombres en árabe, de persona o de lugar, se
hará mediante el sistema más simple y asequible al público lector. De acuerdo
con ello, la x deberá leerse como en gallego o catalán. La ch, de forma suave,
parecida a como se pronuncia, por ejemplo, en Sevilla. La h, siempre aspirada.
En algunos casos aparecerá el sonido gutural /`/ propio de la lengua árabe y
sin correspondencia fonética estricta con ninguna de las lenguas de España.
Los autores
del mundo musulmán que nos informan sobre la vida y la obra de Averroes,
destacan su valor como jurista más que como filósofo. Como muestra de algunos
de dichos informadores, podemos recurrir a uno de sus primeros biógrafos, el
valenciano Ibn al-Abbár (m. 1260), cuya azarosa vida estuvo siempre relacionada
con asuntos políticos que lo llevarían a la cárcel y a su ejecución en Túnez.
En su obra La túnica recamada nos ofrece una serie de biografías de los
personajes más importantes del Occidente islámico de su tiempo. En el apartado
destinado a Averroes, nos habla de sus logros como jurista y magistrado.
Ibn Jaldún
(m. 1406) que es, sin duda, el mayor historiador árabe y cuya producción es
bien conocida en el mundo occidental a través del prólogo, «Muqaddima», que
puso a su Libro de la experiencia, cita a Averroes haciendo breves alusiones a
sus estudios metafísicos y lógicos. Ibn Jallikán (m. 1282) lo cita de pasada al
hablar de la figura del califa almohade Iaqúb al-Mansúr. Posiblemente, la
información más completa y detallada sea la que nos ofrece Ibn Abi Usaibía (m.
1270) que hace una referencia más amplia de todos los aspectos de la obra de
Averroes señalando su valor como jurista, médico y filósofo.
Casi
sesenta años después de la muerte de Averroes, el pensador murciano Ibn Sabín
(m. 1271) se explaya en la semblanza de numerosos filósofos musulmanes y, en lo
referido a Averroes, nos ofrece un retrato peyorativo en el que refleja
opiniones que circulaban sobre el poco valor filosófico del pensador cordobés.
Así, dice de él que era un apasionado por el pensamiento de Aristóteles hasta
tal punto que apoyaba con toda su ingenuidad la opinión apócrifa del filósofo
griego que decía que era posible demostrar que se puede estar sentado y de pie
al mismo tiempo. Averroes, dice Ibn Sabín, fue «autor de escasa comprensión,
sin intuición y de imaginación pueril. Fue simplemente un discípulo de
Aristóteles». De todas formas, a pesar de esta desfavorable opinión, al
escritor murciano no le duelen prendas al reconocer que Averroes fue un hombre
humilde, sin orgullo, muy ecuánime y, sobre todo, «consciente de sus lagunas».
El hecho de
que algunas de las obras de Averroes, precisamente aquellas donde expone su
propio pensamiento y que no son, por tanto, comentarios de la obra
aristotélica, no fueran traducidas al latín contribuyó al desconocimiento, en
Occidente, de su originalidad filosófica. Aunque más adelante tendremos ocasión
de hablar de las mismas, esa ignorancia por parte de los estudiosos europeos,
contribuyó en cierta medida a forjar una especie de leyenda negra sobre el
filósofo cordobés, que permaneció viva desde el siglo XIII hasta fines del
XVIII.
Hay datos
abundantes sobre esa leyenda que se fortaleció en los tiempos en que circuló en
las universidades europeas el denominado «aristotelismo heterodoxo» o
«aristotelismo averroísta», llamado así porque la recuperación de la obra de
Aristóteles se hizo en Occidente acompañada de los comentarios, entre otros, de
Avicena y, sobre todo, de Averroes. Esta circunstancia, que desencadenó un
amplio y apasionado movimiento a favor de las tesis emitidas por los
partidarios de la Filosofía aristotélica en su versión averroísta, ocasionó
prohibiciones y condenaciones papales, siendo las más rigurosas las de 1270 y
1277.
Después de
que, en la primera mitad del siglo XIII, las universidades europeas conocieran
las primeras traducciones al latín de las obras de Averroes, entre 1480 y 1580,
en Padua, primero, y en Venecia, después, cada año apareció una nueva edición
parcial o total de las mismas. A pesar de ello, no dejaron de surgir las
leyendas más absurdas y las interpretaciones más disparatadas sobre la persona
y la obra del filósofo. Una de las más llamativas, fechada en 1767, relata que
el filósofo Avicena (m. 1037), expiró en una calle de Córdoba en medio de los
más atroces suplicios que le infligió Averroes, su más encarnizado enemigo.
Antes, los
pintores italianos del Trecento (Orcagna, Traini, Gaddi, entre otros)
elaboraron una iconografía averroísta en la que el filósofo cordobés aparecía
con turbante y una larga barba echado a los pies de santo Tomás de Aquino. En
otro caso, se le ve lleno de cólera desgarrando un libro del que unos piensan
que se trata de las Sagradas Escrituras y otros de sus propias obras. La lista
de imágenes deformantes se completa con las fuentes literarias europeas de
estos mismos siglos que aplican al filósofo epítetos suficientemente
ilustrativos: «fanático», «libertino», «blasfemo» o «renegado».
Hay que
esperar al siglo XIX, cuando J. Ernest Renan (1823-1892), positivista francés,
publicó su tesis doctoral en París, en 1852: Averroes y el averroísmo, fruto de
su experiencia académica derivada de un viaje de estudios en una misión
estudiantil francesa a Italia. En 1860, un año después de que Lesseps iniciara
las obras del canal de Suez, tomó parte en una expedición científica francesa a
Egipto y Oriente Medio, visitando detenidamente Palestina. En 1862 fue nombrado
profesor de lenguas semíticas en el colegio de Francia.
Es decir,
que Renan sabía de lo que estaba hablando al dedicarse al estudio del
pensamiento de Averroes y su obra causó gran impacto en los medios académicos y
a ello nos referiremos más adelante. En cualquier caso, a partir de esos años,
cambió significativamente la valoración de la obra y la figura de Averroes en
Occidente y también en Oriente y, sobre todo, empezó a destacarse su valor
filosófico por encima del jurídico que, siendo notable, fue el que, como
dijimos, se valoró en mayor medida en el mundo árabe e islámico.
DOS
Adelantamos,
en un esquema que en adelante podemos ampliar, lo que sabemos de Averroes. Un
recorrido por sus obras nos da cuenta de su proceso de formación y de su
presencia como instaurador de una forma novedosa de ejercer las funciones
intelectuales puestas al servicio de la misión que la Historia le había
reservado. Así, sabemos que su primera experiencia en el dominio de los
conocimientos prácticos, fue la de médico. Como tal, nos remite a una tradición
anterior, la helenística y, después, a la árabe e islámica que se inspiró en
aquella.
También
sabemos que fue un jurista y que tuvo cargos oficiales al servicio del imperio
almohade. Dicha tarea parecía estar predeterminada por su herencia familiar y
los rasgos del procedimiento y de la argumentación jurídica no desaparecerán
casi nunca de sus obras cuyo horizonte parece estar encuadrado en los dos
extremos de la experiencia de un abogado: la defensa y la acusación basadas,
ambas, en hechos comprobables o constatables. Indisolublemente unida a la
función de jurista, en el Islam clásico, el entendido en leyes debía de ser
también un teólogo y, por añadidura, un gramático. El motivo de esta relación
estrecha no es otro que la primacía de la palabra y del texto en la tradición
islámica desde sus mismos orígenes. El cabal Entendimiento de la Revelación, en
árabe y para los árabes, precisaba de expertos que fueran capaces de
desentrañar los secretos de la lengua y, siendo ésta una enunciación que
provenía directamente de Dios, la función de dichos entendidos se consideraba
como algo excepcional y de una altura intelectual claramente por encima de la
media. Como, por otra parte, esa reflexión sobre la lengua derivaba en temas
relativos a la Naturaleza del Ser divino, la tarea del gramático precisaba de
la comprensión teológica.
Como
filósofo, sabemos que los comentarios a Aristóteles que escribió Averroes le
valieron entre los escolásticos medievales el calificativo de Commentator por
excelencia y, como tal, resultó ser una fuente indispensable de consulta para
los escolásticos latinos sirviéndoles para aclarar aspectos del pensamiento
aristotélico que resultaban algo confusos. Sin embargo, la obra original y
propia de Averroes resultó oscurecida por la sombra de sus comentarios al
estagirita aunque éstos manifiestan un largo, detenido y prolijo diálogo con
Aristóteles en el que no hay que dar por hecho, de antemano, que el
comentarista se dejase avasallar por el comentado en todos los casos.
No
olvidemos tampoco que la tarea comentadora no se refería solamente a la obra de
Aristóteles sino también a la de sus comentaristas helenísticos de forma que,
con cierto grado de justicia, podría llamarse a Averroes el Aristóteles árabe
pues aquél se apoyó directamente en los cimientos asentados por éste para que
luciesen más y mejor sus valores intrínsecos, es decir, universales. La
restauración que Averroes propone no estuvo exenta de polémicas, rechazos
tajantes y enfrentamientos intelectuales porque, comprometido con esa acción
renovadora, una de cuyas bases era la consolidación de una Teología de cuño
almohade, el filósofo cordobés no dudó en rechazar tajantemente la opinión de
Avicena, por una parte y, por otra, se enzarzó en una polémica con Algacel, la
Referencia del Islam de su momento.
El
instrumento de tales discursos no podía ser otro que la Razón y, aunque su
presencia resulta obvia en los mismos, fue el citado Renan quien elevó a
categoría de paradigma la imagen de un Averroes imbuido plenamente de las
pretensiones de una actividad racional absoluta. Posteriormente, la opinión del
pensador francés la compartieron otros estudiosos del pensamiento averroísta,
aunque la misma no hacía más que poner de manifiesto la creencia, ampliamente
extendida en la Edad Media europea, sobre el hecho de que Averroes era el
eximio representante de la incredulidad y del desprecio de las religiones
basándose en argumentos racionales.
Más
adelante tendremos ocasión de considerar esta cuestión con detalle. Sin
embargo, no podemos dejar de mencionar algunas connotaciones de este
racionalismo que dio lugar a muchas reflexiones fuera y dentro del pensamiento
árabe. Para empezar, citemos una aparente paradoja: ese racionalismo, en gran
medida denostado en Occidente, resultó ser el punto de arranque de un
racionalismo genuinamente árabe tal como lo pusieron de manifiesto los
pensadores de la reforma islámica del siglo XIX, como fue el caso de Muhammad
Abduh (m. 1905).
Por otra
parte, ese mismo racionalismo también fue, en la intención de Averroes, el
fundador de un principio de largo alcance: la actividad filosófica racional,
requerida por el mismo texto revelado, debía ser el elemento constitutivo de la
utopía de una ciudad ideal en cuyo seno el filósofo, todos los filósofos,
deberían tener parte principal. Ahora bien, como ya indicó Platón al hablar de
su ciudad, los filósofos son pocos, es más, deberían ser cuantos menos mejor
para el buen funcionamiento de la sociedad y esta escasez, requerida en nombre
de la eficacia política, remite a un hecho irrebatible: la propiedad y el buen
uso de la Razón es privilegio de los elegidos.
Con esta
afirmación entramos en un dominio particularmente referido a los filósofos del
Islam clásico que, en numerosas ocasiones, se consideraron a sí mismos como
pertenecientes a una clase específica dentro del amplio dominio del saber y del
conocimiento en todas su clases y especificaciones, siendo Averroes quien
personifica de forma más evidente esta pertenencia.
Desde un
punto de vista, llamémosle externo, el pensador cordobés pertenecía a una elite
de juristas andalusíes de larga tradición y ello lo incluía en una clase social
muy cercana al poder de los almorávides, primero, y de los almohades, después.
Es decir, que dicho privilegio era también un señalado mérito político. Sin
embargo, el ya citado racionalismo del filósofo, lo hizo buen representante del
tipo de pensador que permanece distanciado del común de las gentes al modo en
que lo fue también, en el siglo XVII, el racionalista Spinoza. Lo que éste
afirma en el párrafo final de su Ética, podría muy bien aplicarse a la actitud
general de Averroes, teniendo en cuenta a título de prudencia en el juego de
las similitudes, que toda Filosofía está inscrita en su propio tiempo histórico
y sujeta a las limitaciones que éste impone. Lo que dice el filósofo holandés
es lo siguiente:
E n virtud
de ello (se refiere al poder del Alma sobre los afectos) es evidente cuánto
vale el sabio y cuánto más poderoso es que el ignaro, que actúa movido sólo por
la concupiscencia. Pues el ignorante, aparte de ser zarandeado de muchos modos
por causas externas y de no poseer jamás el verdadero contento de ánimo, vive,
además, casi inconsciente de sí mismo, de Dios y de las cosas (…) Si la vía
que, según he mostrado, conduce a ese logro parece muy ardua, es posible
hallarla sin embargo. Y arduo, ciertamente, debe ser lo que tan raramente se
encuentra. En efecto: si la salvación estuviera al alcance de la mano y pudiera
conseguirse sin gran trabajo, ¿cómo podría suceder que casi todos la desdeñen?
Pero todo lo excelso es tan difícil como raro2.
En la misma
obra, Spinoza reduce los grados de conocimiento a tres, después de haberlos
expuesto en cuatro en una obra anterior sobre la reforma del Entendimiento. En
la Ética, nos habla de que el conocimiento nos puede llegar por los sentidos,
por la Razón o por la Ciencia intuitiva que es el grado más elevado y que no se
alcanza sino después de que la Razón se ha remontado por encima de los dos
primeros. En esta clasificación va implícita una simultánea jerarquización
relativa a las capacidades personales que permiten acceder a cada uno de los
grados de conocimiento expuestos.
Volviendo a
Averroes, nos encontramos con que su concepto de Entendimiento y del manejo de
las potencias intelectuales se distribuye, también, en tres ámbitos que remiten
a los fundamentos del texto revelado del que el filósofo nunca se alejó,
convencido como estaba de que la actividad filosófica es un requerimiento de la
ley religiosa cuyo fin no podía ser otro que el bien común entendido en sentido
aristotélico.
En
principio, es necesario considerar, para entender cabalmente el propósito
racional de Averroes, como también para hacerlo respecto
2 Baruch de
Espinosa, Ética demostrada según el orden geométrico, ed. de Vidal Peña,
Madrid, 1984, 4ª ed., p. 392.
del
pensamiento de casi todos los filósofos racionalistas del Islam, que el texto
revelado, el Corán, es un libro de signos y «signo» es precisamente la
traducción de la palabra árabe que castellanizamos como «aleya» o versículo del
libro. Esos signos no son solamente aleyas emanadas directamente de Dios sino
que son, también, los elementos del sistema general del cosmos real: la
sucesión de la noche y el día, los fenómenos atmosféricos, el vuelo de las
aves, la lluvia, el movimiento de los astros y toda una suma de señales que
exigen la buena interpretación del creyente para acercarse debidamente a la
realidad del Creador. Esa lectura solamente puede hacerse, según el mismo
Corán, por medio de la Razón y son evidentes, al respecto, numerosas aleyas de
entre las que citamos dos:
Y entre Sus
signos está el haceros ver el relámpago, motivo de temor y de anhelo, y el
hacer bajar el agua del cielo, vivificando con ella la tierra después de
muerta. Ciertamente, hay en ello signos para gente que razona3.
También en
la sucesión de la noche y el día, en lo que como sustento Dios hace bajar del
cielo, vivificando con ello la tierra después de muerta, y en la variación de
los vientos hay signos para gente que comprende4.
Sin
embargo, esta demanda divina a favor de una lectura racional de los signos que
aparecen en el texto, en algunos casos, parece ir más allá de las posibilidades
y capacidades de interpretación
3 Corán,
30, 24. Más adelante, citaremos las aleyas coránicas entre paréntesis y a
continuación de las mismas según la traducción de J. Cortés, El Corán, Madrid,
1984, 2ª ed. La primera cifre se refiere a la azora seguida del número de la
aleya.
4 Corán,
45, 5.
_
propias de
los entendimientos humanos particulares. En primer lugar, porque Dios dice
haber revelado la Escritura y, con ella, la Sabiduría (4, 113) y, en segundo y
sobre todo, porque esa Revelación de la Escritura se ha realizado juntamente
con la Verdad para que decidas entre los hombres como Dios te dé a entender (4,
105). Con ello, después del Profeta, destinatario unívoco de esta propuesta,
todos aquellos que deseaban profundizar en el desciframiento de esa Verdad a
través de la lectura del libro, debían emprender una denodada tarea cuyas
dificultades el mismo plantea con toda claridad:
Él es Quien
te ha revelado la Escritura. Algunas de sus aleyas son unívocas y constituyen
la Escritura Matriz. Otras son equívocas. Los de corazón extraviado siguen las
equívocas, por espíritu de discordia y por ganas de dar la interpretación de
ello. Pero nadie, sino Dios, conoce su interpretación. Los arraigados en la
Ciencia dicen «Creemos en ello. Todo procede de nuestro Señor». Pero no se
dejan amonestar sino los dotados de Intelecto5.
«Dotados de
Intelecto», «arraigados en la Ciencia», conceptos ambos que han sido objeto de
numerosas y variadas interpretaciones pero que apuntan directamente al sabio,
al que tiene capacidad de interpretación y, en suma, a quien emplea la Razón
como instrumento básico de su discurrir. Entre ellos, los filósofos y, de entre
ellos, uno de los más convencidos de la función raciocinante: Averroes que,
atendiendo a este requerimiento explícitamente formulado, empieza por desgranar
con el detenimiento y la perspicacia de un buen jurista, los considerados
implícitos en la cuestión.
5 Corán, 3,
7.
Para
entender su punto de vista es necesario acudir a su Tratado decisivo, al que
más adelante volveremos a referirnos, y que ahora citaremos traduciendo su
versión francesa. En el mismo, el pensador cordobés empieza diciendo que, dado
que la ley religiosa revelada es la Verdad y, por tanto, dirigida a todos, es
comprensible que a la misma puedan llegar todos los humanos por medio de sus
específicas condiciones intelectuales que, por su misma Naturaleza humana,
poseen capacidades heterogéneas en lo referido a los métodos que puedan
utilizar para llegar al asentimiento y al convencimiento.
Es un
hecho, dice Averroes, que hay quienes están dotados para el convencimiento por
medio de la demostración. Otros, por los argumentos dialécticos y otros, por
medio de los procedimientos discursivos u oratorios. Así, «dado que nuestra
divina Ley religiosa llama a los hombres por medio de estos tres métodos, debe
lograr el convencimiento general de todos ellos, excepto aquellos que la
rechazan claramente por obstinación (en referencia a los “de corazón
extraviado” que menciona la aleya citada) o los que, por descuido, no prestan
atención a los procedimientos que la Ley reclama para llegar a Dios»6.
Y con ello,
entramos en la distribución tripartita de los entendimientos cuyo eco resuena,
por ejemplo, en Spinoza, como hemos dicho, aunque la clasificación o
escalonamiento de los modos de entender el libro que establece Averroes deja en
el aire, a nuestro juicio, el ámbito reservado a los citados en la aleya como
«arraigados en la Ciencia» y «dotados de Intelecto», suponiendo que este
dominio puede quedar reservado a los filósofos. De todas formas, Averroes
fundamenta su propuesta en otra aleya revelada: «Llama al Camino de tu Señor
son sabiduría y buena exhortación. Discute con ellos de la manera más
conveniente. Tu Señor conoce mejor que nadie a quien se extravía de Su Camino y
conoce mejor que nadie a quien está bien dirigido (16, 125)».
6 Averroes,
Traité Dècisif (Fasl al-Maqal) sur l’accord de la religión et de la
philosophie, ed. y traducción de L. Gauthier, Argel, 1942, p. 7.
Se
mencionan en la aleya los tres caminos que la triple variedad de entendimientos
humanos puede transitar en orden a la lectura correcta de los signos: la
sabiduría (propia de los capacitados para el discurso racional), la buena
exhortación (adecuada a los que están capacitados para la argumentación) y la
discusión propiamente dialéctica, es decir, la basada en el diálogo conducido
por el método «más conveniente» en cada caso y según las circunstancias.
No
deberíamos olvidar, aunque frecuentemente se hace al tratar de esta cuestión,
que esta triple condición que determina el camino del pensar en los signos del
libro, hay que situarla en la perspectiva de la, también, triple índole de los
creyentes en tanto que hombres de Fe y a los que el Corán se refiere
directamente: «Luego, hemos dado en herencia la Escritura a aquellos de
Nuestros siervos que hemos elegido. Algunos de ellos son injustos consigo
mismos; otros, siguen una vía media; otros, aventajan en el bien obrar, con
permiso de Dios. Ése es el gran favor (35, 32)».
Con ello
tenemos, por una parte, las prerrogativas de la Fe. Por otra, las de la Razón.
Ambos accesos delimitan, distribuyen y prescriben actitudes que, durante mucho
tiempo y en medio de enconadas diatribas, dibujaron el espinoso terreno
discursivo centrado en las relaciones de la Fe y de la Razón que no fue
privativo, por otra parte, de la Teología y del pensamiento islámico, con sus
derivaciones políticas, sino que también fue propio de la historia del
pensamiento occidental cristiano en los siglos medios.
De todo lo
dicho, con la brevedad y el esquematismo que damos a estas páginas
introductorias, queda pendiente decidir sobre la cuestión relativa al alcance y
los límites del tan propagado «racionalismo» de Averroes y de su actitud
elitista al respecto que hemos traído a colación. Resulta evidente que de la
lectura de sus textos, podemos deducir que la obligación de razonar y, más
certeramente, de filosofar, es algo recogido en la Escritura revelada y que
dicha orden divina parece dirigirse, en especial, a los hombres de
demostración. En esta perspectiva, Averroes es plenamente consciente de que sin
el cumplimento del citado mandato por parte de quienes están mejor dotados para
ello, la ley religiosa no sería verdadera y que, por consiguiente, la
obligación de asentir a las prescripciones de la «mejor religión» que el texto
proclama, carecería de sentido.
Sin
embargo, como dijimos, el filósofo no dejó de atender a requerimientos de orden
práctico y desempeñó funciones de jurista por encargo del sultán almohade. Ello
implica considerar al pensador como miembro activo de su sociedad y, por ello,
comprometido con los quehaceres cotidianos que el oficio de la judicatura
conlleva, es decir, con la dedicación a los asuntos reales que exigen atención,
discernimiento y sentencia en el ámbito de la vida diaria: pleitos, querellas,
demandas y toda suerte de menesteres a los que estaba obligado a «descender»
para que su trabajo resultase eficaz. Podríamos deducir que incluso en sus
reflexiones y propósitos intelectuales más elevados, estaba implícito el deseo
de sentenciar en la justa medida de tal manera que, para el común de las
gentes, la Teología y el amplio dominio de los conocimientos racionales, fueran
asequibles y cercanos.
Por ello,
como veremos, una de sus preocupaciones fue la de despejar del horizonte de ese
conocimiento toda sombra de adherencia perniciosa que, a su juicio, contenía la
Teología axaarí que era la predominante en su momento. Entendiendo que su
función era un privilegio, comprendía también que del mismo derivaban
obligaciones y, entre las más decisivas, la de proponer a sus semejantes el
camino medio capaz de restituir, recomponer y reconducir la conducta encaminada
al bien general. Y ello, también, en estricto seguimiento de la Revelación:
«Hemos hecho de vosotros una comunidad moderada, para que seáis testigos de los
hombres y para que el Enviado sea testigo de vosotros (2, 143)».
TRES
Si, como
hemos mostrado, la Escritura es, para Averroes, algo irreductible e
irrenunciable, es legítimo deducir que la raíz que sustenta su pensamiento y su
actitud es la misma que dio comienzo
a la
Revelación hecha al Profeta: «¡Lee en el nombre de tu Señor!, Que ha creado, ha
creado al hombre de un coágulo. ¡Lee! Tu Señor es el Munífico. Que ha enseñado
el uso del cálamo, ha enseñado al hombre lo que no sabía (96, 1-5)». Ningún
filósofo musulmán parece ser ajeno a esta determinación original y lo que
distingue a cada uno de ellos es la orientación, el modo de realizar esa
lectura. Averroes hizo la que le correspondía a tono con su propia tradición
intelectual, social e incluso familiar.
Detrás de
él, había un respaldo discursivo formado por una larga secuencia de actos
intelectuales que, partiendo del análisis del texto, integró conceptos
filosóficos ajenos, elaboró sistemas, desarrolló nociones y formuló conjuntos
de enunciados que constituyen la historia del pensamiento árabe e islámico
clásico desde su etapa de formación hasta el momento de su consolidación en el
siglo en el que nació el pensador cordobés. Los hitos de esa historia pueden
resumirse esquemáticamente en lo que sigue aunque, obviamente, un desarrollo
prolijo de la misma debería exponerse en un libro aparte.
El Corán,
como sabemos, es un libro destinado a la recitación y a la meditación de sus
aspectos externos y ocultos. Aunque la finalidad esencial del mismo es el
conocimiento de lo real, palabra que en árabe es sinónima de Verdad, en un
primer momento era necesario que su lectura fuese a la vez recitación. En
realidad, la orden inicial y originaria de la Revelación es «¡Lee!» que también
puede traducirse, porque así lo permite la palabra en árabe, como «¡Recita!».
De ahí que fuera el lector del Corán, el almocrí, el encargado de reproducir
con precisión la tonalidad y la secuencia melódica de la palabra emitida por el
Profeta tras haberla oído de Gabriel, sin añadiduras ni adulteraciones. La
tradición consolidada de esta lectura, sobre cuyo procedimiento hay numerosas
opiniones proféticas, derivó en el establecimiento de siete modalidades de
recitación que manifiestan, precisamente, ese cuidado en respetar la secuencia
eufónica ya mencionada y, con ello, obtener la debida precisión en la
trasmisión de las aleyas.
El contacto
y la familiaridad con la palabra, hizo que la función del almocrí se fuera
transmutando en la de teólogo, en árabe mutakal-lim, es decir, conocedor
experto de los alcances del kalam, vocablo cuya raíz árabe está referida a los
conceptos de creencia, decreto, orden, sentencia, verbo y, evidentemente,
palabra. En tanto que el libro, en un primer acercamiento, es un conjunto de
palabras, el experto en las mismas inició la vía del estudio gramatical del
texto y, con ello, de la misma lengua árabe en su totalidad. Además, las
exigencias de la interpretación del mensaje que esas palabras contenían y de la
forma en que se expresaba, originó la función del comentarista, de aquel que
desmenuzaba sabiamente e interpretaba con esmero todo el contenido de los
signos.
El
comentario del Corán, el tafsír, es palabra árabe que remite a la operación de
averiguar, explicar, aclarar o desgranar. Como en su lugar veremos, Averroes
otorgará el rango de tafsír, o gran comentario, a su glosa de la Metafísica
aristotélica y lo hará con un procedimiento muy cercano a los que en el Islam
de los siglos VII y VIII abordaron la elucidación de las nociones reveladas7.
De esta forma, en esos siglos, el teólogo podía ser también gramático,
comentarista del libro y, en sus inicios, también jurista puesto que el mismo
libro, junto con las opiniones del Profeta, constituyó la fuente del Derecho
islámico. Funciones todas que Averroes desempeño en algún momento de su vida
con especial dedicación. En todos los casos, quienes ejercitaban su capacidad
intelectual en esos menesteres, manifestaban la preeminencia de la Razón
sólidamente anudada a la Fe.
Cuando se
inició la construcción de la ciudad de Bagdad, en el año 762, el Islam ya había
integrado en su territorio a culturas de profunda raigambre y solidez como la
persa, la griega y la romana o, más precisamente, la greco-latina. Los primeros
califas abbasíes animaron la vida cultural del imperio en cuyo seno, sobre todo
en su capital, se constituyeron círculos de estudio que, en muchos casos,
desarrollaban sus tareas en el mismo palacio califal con la protección de los
califas. Bagdad fue, en ese momento, el punto de encuentro de culturas,
debates, polémicas y, sobre todo, de recepción y traducción al árabe de las
obras de la cultura griega. Los califas al-Mansur (m. 775) y al-Mamún (m. 833)
son los dos extremos de una trayectoria cultural que alentó el movimiento
traductor y la promoción general de la cultura, representando su momento
histórico la era clásica del Islam.
Este último
califa creó una institución, la Casa de la Sabiduría, bajo cuyo patrocinio se
formaron equipos de traductores que pasaban del
7 En
adelante, las citas de la numeración romana de los siglos y la de los años se
hará según el cómputo del calendario occidental.
siríaco al
árabe y, menos frecuentemente, del griego al árabe, manuscritos de Alquimia,
Medicina, Astronomía, Aritmética, Geometría, ciencias de la Naturaleza y
Filosofía, es decir, todos los vestigios del saber helenístico que permanecían
guardados en monasterios cristianos y en otros lugares y que se llevaron a
Bagdad para su traducción. Dentro de las obras de carácter filosófico, el mayor
número de libros traducidos fue el de los aristotélicos y los de algunos de sus
comentaristas. Además, por la influencia que tuvo en los filósofos árabes,
merece especial mención la traducción de la denominada Teología atribuida a
Aristóteles aunque en realidad era una paráfrasis de las tres últimas Ennéadas
de Plotino. A todo ello nos referiremos con mayor detenimiento en adelante.
La
Filosofía no estuvo en el mundo islámico y su cultura clásica como una planta
exótica en un invernadero. En realidad, constituía uno de los ingredientes
fundamentales de la Ciencia mundana y una manifestación más del lustre cultural
con el que se adornaban los gobernantes. La naturalidad con la que se aceptaron
e integraron en dicha cultura la sabiduría de los antiguos, como se denominaban
a los pensadores del mundo clásico griego, es buena muestra de lo dicho, entre
otras razones y con motivaciones específicas que más adelante expondremos.
Por el
momento, lo que importa retener es la consecuencia inmediata de la irrupción de
las traducciones en los círculos ilustrados árabes. Dicha presencia, cuyo
volumen se incrementaba a medida que progresaban los trabajos de traducción,
consolidó la historia de las ideas del pensamiento islámico de una manera
definitiva. El saber científico y filosófico se difundió con rapidez y dio
lugar a definiciones precisas de temas que, inicialmente, fueron pertenencia de
la Teología.
Las
nociones filosóficas nuevas, muchas de ellas inéditas en el pensamiento árabe
anterior, enriquecieron el léxico y emigraron de la Teología a la Filosofía con
formulaciones novedosas y de largo alcance. Por poner un ejemplo: considerando
como dato revelado la secuencia de los nombres divinos que el libro enumera, su
consideración a la luz de los nuevos conceptos adquiere rasgos de problema
filosófico y, como tal, surgen elaboraciones teóricas en las que intervienen
conceptos de origen griego tales como los de sustancia, duración, contingencia
o predicación, que contribuyen a formular la cuestión teológica alumbrada por
la Fe, desde un punto de vista racional pero teniendo en cuenta que la misma Fe
puede reclamar como propia en orden a su buen Entendimiento a la misma
tradición filosófica y a su ejercicio reflexivo.
De entre
los dedicados al estudio del ya mencionado kalam, a los que por comodidad
expositiva venimos denominando teólogos, surgió una corriente o escuela que se
inclinó por la consideración estrictamente racional de principios enumerados en
la Revelación y que, desde el punto de vista ético-religioso tenían
importancia. Algunos de dichos puntos fueron, por ejemplo, la situación del que
comete un pecado grave o la naturaleza del Corán como libro eterno o creado,
entre otros temas.
Apartándose
del método discursivo habitual, este grupo de pensadores a los que conocemos
genéricamente como mu’tazilíes (la raíz árabe de la palabra significa alejar o
separar), decidió encarar racionalmente esas cuestiones, por lo que ese
apartamiento no debe entenderse como separación de la doctrina religiosa común,
sino más bien como especificidad metodológica, es decir, como la propia de los
que se apartaban del común modo de razonar, para dedicarse a una reflexión con
fundamentos racionales más estrictos.
Todos los
mu’tazilíes, que se distribuyeron fundamentalmente entre las llamadas escuelas
de Basra y Bagdad, desde el año 760 hasta el 942 aproximadamente, coincidían en
el análisis de cinco principios fundamentales: la Unidad y la Unicidad divina;
la justicia divina; el estado del pecador no arrepentido; la promesa y la
amenaza de la otra vida y el mandato de hacer el bien y evitar el mal. La base
racional de estas disquisiciones ocupa un amplio lugar en la Historia de la
primera etapa del pensamiento árabe e islámico. De la misma se origina un
amplio repertorio de consecuencias para el futuro y, en el caso del segundo y
del quinto de los principios enumerados, los citados pensadores concluyen que
el Ser humano es capaz de crear sus actos y, por tanto, es responsable
inmediato de los mismos, tanto de los buenos como de los malos.
En el seno
del movimiento mu’tazil surgió uno de los pensadores cuya escuela tendrá
amplias repercusiones en el futuro y que, llegado el tiempo, será el blanco de
las críticas de Averroes. Se trata de Abul Hasan al-Axaarí (n. 873) que, hasta
los cuarenta años de su edad fue adepto de dicha escuela y, por tanto,
compartió todos sus principios racionalistas. Cumplida esa edad, renunció
públicamente a la doctrina mu’tazil aduciendo la concesión excesiva que en ella
se hacía a la función de la Razón de forma que la misma, en su opinión, llegaba
a suplantar las demandas de la Fe. En este caso, al-Axaarí afirmaba que, en el
dominio de la misma, hay un aspecto indescifrable por la Razón: el de lo
oculto, que se menciona explícitamente al comienzo de la segunda azora coránica
y que, como dato revelado, no puede ser apartado del horizonte dogmático del
creyente.
A partir de
esa constatación, el sistema filosófico del pensador se desplaza hacia el justo
medio de la conciliación de los dos extremos, Fe y Razón, de forma que la Fe
del creyente no se viera saltada por ninguno de los privilegios de la Razón de
manera exclusiva y excluyente. Esta actitud tuvo plena aceptación en el seno
del Islam sunní durante varios siglos y los discípulos del filósofo supieron
completar los datos que él proporcionó de forma que en un determinado momento,
axaarismo y sunnismo llegaron a ser identificados como una misma tendencia. Una
vez consolidada como doctrina sólidamente establecida, el axaarismo no dejó de
tener adversarios, ataques y críticas a las que, de todas formas, logró
sobrevivir hasta el siglo XII cuando, como hemos dicho, Averroes intentará
sistematizar una crítica bien argumentada a las tesis de la escuela.
No es conveniente dejar pasar sin la pertinente y breve aclaración, ya que lo hemos citado de pasada, lo que comprende y se entiende por el término sunní. La palabra árabe sunna, que en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, se cita como zuna, significa camino trillado. Antes de la aparición del Islam, al modo de proceder tradicionalmente seguido por cualquier personaje o tendencia se le denominaba sunna en el sentido de costumbre o procedimiento.
Tras la
Revelación y sobre todo en la época en la que el Profeta no solamente recibía
la misma sino que también estaba encargado del buen gobierno de la comunidad de
medina, sus opiniones personales acerca de una amplia variedad de temas que
surgían de continuo sobre cuestiones doctrinales o de administración de la vida
cotidiana, fueron constituyendo un amplio repertorio de opiniones, hadices que
son los elementos constitutivos de la sunna del Profeta. El Corán y el hadíz,
la tradición del profeta, son los elementos que conforman, a su vez, la sunna
del Islam. Ambos pilares son también la fuente del Derecho islámico sunní y su
vertiente práctica y positiva que, en lo tocante al contenido de las
disposiciones legales de todo tipo, forman el Cuerpo de la xaría o ley
musulmana. A este seno legislativo, canónico y de jurisprudencia positiva se
ciñó el proceder de los cuatro primeros califas del Islam: Abu Bakr, Omar,
Uzmán y Ali, que era primo y yerno del Profeta.
Ali murió
en el año 661, asesinado por un disidente jarichí y no entraremos aquí en la
explicación detallada de este término ni de sus precedentes y consecuentes
históricos y doctrinales. Sin embargo, la muerte del cuarto califa del Islam
supuso la aparición de una reclamación de orden legitimista derivada de la
pretensión de sus hijos, Hasan y Husayn, encaminada a la demanda de los
derechos sucesorios del gobierno de la comunidad de los creyentes. Una vez
desaparecido Ali, en Damasco se proclamó sucesor del califato Muáuia,
perteneciente a la estirpe omeya que procedía de la tribu de Quraix a la que
también pertenecía el Profeta. Esta decisión no fue aceptada de buen grado por
los partidarios de la línea sucesoria que provenía de Ali que, adelante, serán conocidos
como la xía de Ali, significando dicha palabra árabe partido o tendencia.
En poco
tiempo, en Damasco se consolidó el califato omeya que reclamó para sí la
herencia plena de la sunna del Profeta ya citada y, en adelante, esa variante
del Islam, la más numerosa demográficamente hablando, es lo que también
entendemos hoy como sunní. En cuanto a la xía de Ali, sus seguidores
establecieron un orden sucesorio hereditario cuyos representantes y portadores
de esa legitimidad reclamada se denominaron imameso imanes. Llegados al sexto
imám de la xía, Iafar al-Sadíq, sus sucesores se dividieron en dos ramas, la de
los ismailíes, septimanos o fatimíes y la de los duodecimanos, en tanto que
contaron hasta el duodécimo imán que desapareció o se ocultó en el año 873, el
mismo año en que nació al-Axaarí.
La xía,
variante doctrinal islámica minoritaria, nunca tuvo parte en el gobierno de la
comunidad de los creyentes hasta que en el año 909, los fatimíes fundaron un
califato en El Cairo. Su presencia política fue elemento fundamental de la
historia política del Islam hasta el año 1171 en que el citado califato
desapareció y la corriente ismailí se disgregó. También fue de suma importancia
su labor cultural y filosófica. Desde el punto de vista jurídico, la xía
elaboró su propia escuela de Derecho y en lo referido al aspecto doctrinal,
poco es lo que diferencia a un sunní un xií, puesto que ambos son plenamente
musulmanes en todos los aspectos excepto en lo tocante a la dimensión
escatológica del Islam. Para la sunna, Muhammad, el Enviado de Dios, fue el último
de la serie de los profetas que empezó con Adán. Para la xía, tras el ciclo de
la profecía, se inicia el ciclo de los imames que son los encargados de
custodiar la pureza de la Fe revelada. Al final de los tiempos, en la xía
duodecimana que es la que está en vigor hoy en Irán, reaparecerá el imán oculto
para restituir los fueros de la justicia universal.
Retomando
el hilo de la exposición que dejamos interrumpida con la escuela axaarí, hay
que decir que la etapa más brillante de la escuela mu’tazil coincide con la del
desarrollo de las doctrinas xiíes cuyos adeptos tuvieron más de una discusión
con los maestros racionalistas mu`tazilíes. Pocos años después de la muerte de
al-Axaari, murió en Bagdad al-Kulainí, gran teólogo de la xía y ambos
representan, en gran medida, los dos polos de la sabiduría de sus respectivas
tendencias. Siglos después, un filósofo de tendencia axaarí, Abu Hamid
al-Gazzáli (m. 1111), conocido como Algacel en Occidente, será también uno de
los destinatarios de la crítica acerba de Averroes, como veremos en su momento.
El
prodigioso despliegue de la Filosofía del Islam, cuyos momentos iniciales
acabamos de esbozar, contiene variadas tendencias que no podemos detallar
ahora. En el ámbito de la xía, por ejemplo, destaca todo un espectro de
manifestaciones que van desde la Filosofía profética y la dialéctica de la
Unicidad divina, hasta la Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza, la
Filosofía de la Naturaleza de al-
Razi, el
hermetismo y su tema de la Naturaleza perfecta o la Filosofía de la luz de
Suhravardi, por citar solamente a las más destacadas.
En otro
ámbito conceptual y discursivo, el que arranca de la escuela mu’tazil y
continúa en la derivación de la escuela axaarí, nos encontramos con un juego de
nociones que, bajo su aparente discontinuidad, permiten aislar temas, figuras y
aportaciones novedosas que se sustentan en un fondo de permanencia cuyos
orígenes remontan al saber griego. En este caso, podemos hablar de filósofos de
tendencia helenizante cuyo despertar está ligado a la presencia de las obras
del pensamiento griego clásico traducidas al árabe. Hay que tener en cuenta que
la división entre zonas, ámbitos referenciales o pertenencias doctrinales más o
menos claras, se realiza aquí de forma convencional. Es decir que, cuando hemos
dicho «ámbito de la xía», no hemos pretendido abusar de la frontera separadora
en lo externo, sino que lo hemos hecho por razones de comodidad expositiva.
En una
disciplina incierta, como la de la Filosofía, las denominadas fronteras nunca
llegan a ser conceptuales en su pleno sentido, sino más bien señales de
identificación y catalogación. Todas las tendencias, modulaciones, plasmaciones
o manifestaciones intelectuales se destacan sobre un fondo común por los
individuos que las llevan a cabo y, todas juntas, a pasar de sus desniveles,
discontinuidades y rupturas, conforman lo que podemos denominar Historia de las
ideas o del pensamiento islámico. Con este presupuesto bien entendido, podemos
hablar ahora de la corriente de filósofos cuya referencia originaria es la obra
de Aristóteles, en menor medida la de Platón y, sobre todo, la obra incierta de
un Aristóteles neoplatónico, sin dejar de lado las nociones suministradas por
las escuelas atomistas griegas, las estoicas y la obra de sus respectivos
comentaristas que, como dijimos, también fue traducida al árabe.
Todos los
pensadores, de origen árabe, turco o persa, que aceptaron como propia esta
tradición, consideraron necesario el establecimiento de un sistema organizado
al modo en que lo hicieron los griegos: Lógica, Metafísica, Cosmología, estudio
del Alma y sus potencias, Ética y Política son los elementos que estructuran un
conocimiento racional de la Realidad. El despliegue expositivo de los mismos
hace que sus intérpretes sean considerados filósofos en sentido pleno. Así, por
esta circunstancia, fueron denominados falásifa, plural árabe de faylasúf que
es directa traducción del griego philosophos, es decir, filósofo.
El primero
de ellos, al-Kindí (n hacia 796), fue testigo en Bagdad, de la corriente
científica suscitada por las traducciones de textos griegos al árabe y de la
floración del pensamiento mu’tazil. Él mismo contribuyó a la tarea traductora,
aunque parece que no sabía griego. De origen árabe, acuñó los primeros términos
técnicos de la Filosofía islámica y sentó las bases de una corriente filosófica
basada en las ideas aristotélicas tamizadas por las neoplatónicas que
proseguirá con al-Farabi (n. 872) y, después con Ibn Sína, Avicena, (n. 980).
Todos los
falásifa, en la medida de sus respectivas teorías, no fueron serviles
imitadores de los griegos a los que, sin embargo, reconocieron como maestros.
Sus pensamientos y sistemas se orientaron de acuerdo con sus propias normas y
en respuesta a cuestionamientos que de ellos mismos nacieron. En gran medida,
como puede observarse en el sistema de al-Kindí, los falásifa fueron
conscientes de que la obra de los maestros helénicos estaba por acabar, es
decir, que les había llegado abierta a posibilidades de completarla,
perfeccionarla y, sobre todo, de integrarla sin fisuras en el contexto de la
cultura árabe, de su lengua y de la Revelación. Siendo así que ésta venía a ser
la culminación de las revelaciones plasmadas en libros anteriores, como la Torá
y el Evangelio, los sistemas de los filósofos árabes se contemplaron bajo esta
misma perspectiva: el pensamiento griego fue una etapa que debía tener su punto
final en el pensamiento árabe e islámico.
En
al-Andalus, surgió la que podríamos denominar rama occidental del pensamiento
helenizante. Sus inicios se remontan a Ibn Masarra (n. 883) y la escuela de
Almería, seguido por Ibn Hazm de Córdoba (n. 994), Avempace (n. 1118) en
Zaragoza, Ibn al-Síd de Badajoz (n. 1052), Ibn Tufayl (m. 1185) de Guadix y,
finalmente, Averroes cuya muerte tiene lugar siete años después de la del ya
citado Suhravardi y, ambos, son el punto de sutura de una corriente, por parte
del primero, y de una apertura en el caso del segundo cuya influencia se
mantendrá viva en la Filosofía iraní hasta, por lo menos, el siglo XIX.
Si
tuviéramos que analizar la secuencia histórica de las ideas del pensamiento
andalusí, cuyos cimeros representantes hemos acabado de nombrar, avanzaríamos
por un sendero plagado de signos presididos por una evidente racionalidad
equilibrada por la representación de metáforas conceptuales que apuntan más a
la sensibilidad que a la Razón estricta. En este caso, la plasmación más
evidente de lo que decimos estaría en la obra de Ibn Tufayl y su anhelo por
explicitar los procedimientos conducentes a la unión del Intelecto humano con
el Entendimiento agente universal de raigambre aristotélica. Dicho afán nace de
un deseo del Alma por encontrarse no solamente con la fuente de todo
conocimiento sino, específicamente, con la luz de la que emana el Bien
universal. El artificio que el autor personifica en el filósofo autodidacta,
compendia casi todas las corrientes anteriores del pensamiento andalusí y deja
abierta la puerta a un acceso por el que Averroes transitó con su andamiaje
racional.
CUATRO
Un mismo
pensamiento puede ser pensado de nuevo muchas veces. Cada vez que se piensa, la
etapa histórica en que tiene lugar ese acto renovado, no es la misma y, por
ello, el mismo pensamiento se convierte en otro modo de pensar. Cuando la
Filosofía griega entró en el pensamiento árabe e islámico, se volvieron a
pensar los supuestos que aquella produjo, sin prejuicios doctrinales,
considerando que estaban ante un legado accesible a todos. De ahí que, en el
mundo islámico clásico, a Aristóteles lo llamasen el primer maestro, a
al-Farabi, el segundo, siendo Avicena el tercero. Cuando el segundo, al-Farabi,
escribió su Ciudad Virtuosa, su inspiración directa no fue Aristóteles sino
Platón, siendo capaz de adaptar la constitución de una polis dirigida por el sabio,
a una umma inspirada por la profecía emanada de Al-lah en cuya estructura
jerárquica el sabio se colocaba un escalón por debajo del Creador.
Visión de
un mundo donde lo real y lo divino se armonizan en un todo significativo de
orden práctico: la ciudad y sus derechos, sus funciones reguladas como las de
un organismo vivo que se dirige a su propia perfección tal como preconizó
Aristóteles. El mismo horizonte que, por otra parte como veremos, contempló
Averroes al hablar de la ciudad, bajo inspiración también platónica, según
resulta de su paráfrasis a la República del filósofo griego.
A Averroes
le tocó vivir una peculiar etapa histórica de al-Andalus que le proporcionó
parte de los elementos necesarios para reflexionar sobre el modelo de
convivencia social más adecuado a sus circunstancias. El imperio almorávide
había impuesto una unidad política y una cierta homogeneidad social en la que
la elite cedió sus derechos en beneficio de un pueblo que nunca acabó de
entender la verdadera situación. Los almohades, después, instauraron un modo de
gobernar en el que el componente ideológico, más que el religioso propiamente
dicho, era predominante. En ese nuevo contexto, parecían estar garantizadas e
incluso promocionadas, todas las tentativas intelectuales que contribuyeran a
consolidar y defender la reforma de altos vuelos que había predicado Ibn
Túmart.
Fuera de
al-Andalus, los reinos cristianos parecían estar movidos por una ideología
religiosa de signo contrario al de la almohade. Sus raíces tenían todo tipo de
componentes entre los cuales no era el menor el económico que, a su vez, iba a
nutrir de fuerza y permanencia a las cruzadas que, fuera de la península, se
estaban predicando desde el centro de gobierno de la Iglesia.
Además, ese
Occidente que había permanecido en la oscuridad feudal, poco a poco va
manifestando una recuperación de las luces intelectuales que venían de la
tradición griega y latina. Como resultado de esta integración, la ideología
escolástica latina empezaba a tomar fuerza y se polarizó en una serie de
cuestiones que tenían que ver con la Teología de manera inmediata y con la
Metafísica de forma subsidiaria. La denominada «cuestión de los universales»
afinará los instrumentos dialécticos y será Averroes, sin él saberlo, quien un
siglo después resurgirá en Occidente bajo la forma de controversias agudas con
su doctrina interpretada a gusto de las nuevas necesidades intelectuales y, por
ende, reflejadas en lo político y lo religioso.
En un
Imperio que, como el almohade, hizo gala de benevolencia y generosidad para con
los hombres de pensamiento, la racionalidad parecía imponerse por sí misma, por
derecho propio. Sin embargo, como antítesis dialéctica de esa Razón
omnipresente en un dominio particularmente significativo como el jurídico, se
manifestaron cada vez con mayor fuerza, movimientos de índole espiritual que, a
su modo, recuperaban y asimilaban las demandas espirituales de una sociedad que
nunca había perdido la esperanza de la redención social.
Debajo de
la inmutable capa de serena majestad que parecía imponer el Estado almohade,
fueron muchos los síntomas de rebeldía que se aferraban a la llegada de un
mahdi protector y justo, reparador y bálsamo de inquietudes y pesares que se
manifestaban en el seno del pueblo. Por ello es muy ilustrativo al panorama
literario andalusí en el siglo XII porque nos ofrece un fiel reflejo de esta
situación. Mientras la poesía árabe clásica empieza a decaer desde el momento
en que los almorávides pisaron al-Andalus y fue languideciendo paulatinamente
bajo los almohades, fue la poesía popular la que ocupó un lugar de privilegio
desde el momento en que Muqaddam al-Cabrí el Vidente, inventó o introdujo la
moaxaja en tierra andalusí. El éxito popular de este estilo poético, suscitó la
aparición de poetas que, sin dejar del todo el cultivo del clásico, se
diseminan por todas las regiones de al-Andalus8.
Ejemplo de
ellos fueron el denominado Ciego de Tudela (m. 1126) que vio como su fama
saltaba a Oriente y el más famoso zejelero de todos los tiempos, el
contemporáneo y paisano de Averroes, Ibn Quzmán (m. 1160) al que el filósofo
oyó posiblemente cuando recitaba sus versos en las calles de Córdoba enaltecido
por un título, el de visir, en una época que ya no hacía caso de tales
encumbramientos. El poeta es, con su obra, el prototipo y la antítesis de su
vecino el filósofo y jurista.
A la
seriedad y circunspección que éste mantenía posiblemente por temperamento, pero
también por alcurnia familiar y posición oficial, Ibn Quzmán con su desenfado y
tolerable desvergüenza, abrió las puertas a la lengua romance de la misma forma
a como Averroes, con su talante, las abrió a la reflexión racional de altos
vuelos. Si éste pudo pensar alguna vez en el epitafio que expresase sus ideas
de la forma más exacta, tal vez hubiera elegido los versos del sabio Abu Amr
ibn Hazm, visir de uno de los reyes de Córdoba en el siglo XI: «El hombre libre
es como el oro, sujeto unas veces al golpe del martillo, pero al que ves otras
veces la corona de un rey»9.
8 J.
Vernet, Literatura árabe, Barcelona, 1968.
El
testamento de Ibn Quzmán, por el contrario, es el que figura en el zéjel número
90 de su cancionero, en traducción también de Emilio García Gómez, que rezaba
así: «Cuando muera, éstas son mis instrucciones para el entierro: dormiré con
una viña entre los párpados. Que me envuelvan entre sus hojas como mortaja y me
pongan en la cabeza un turbante de pámpanos».
Hijo de su
tiempo y de sus circunstancias, heredero de una tradición filosófica muy
consolidada, a la que la mayor parte de este libro está dedicada, de Averroes
nos quedan sus escritos y, con su lectura, lo traemos hacia nosotros y hacemos
de su razonar objeto del nuestro. Con ello, se convierte en instrumento de
nuestro propio pensar. A lo que de él quedó entre nosotros, lo consideramos una
forma de supervivencia que nos permite interrogar a sus palabras por medio de
las nuestras. Aunque nos sea imposible comprenderlo tal como él se comprendía y
de la misma forma en que lo hicieron sus contemporáneos o inmediatamente
sucesores, todavía nos está permitido integrar sus palabras en nuestros
conceptos, de la misma forma que él lo hizo con las palabras y los conceptos de
una forma de pensar que tuvo lugar casi un milenio y medio antes de que él
naciera.
9 Trad. de
E. García Gómez en El Libro de las Banderas de los Campeones de Ibn Said al -
Magribí, Barcelona, 1978, p. 178.
Capítulo I
La familia
Una
situación en cualquier escalón en la jerarquía social, puede ser capaz de
determinar el destino de los que nacen en su seno. Quien, por nacimiento, viene
a ocupar un puesto en el grado más privilegiado de la sociedad entra en un
futuro previsible. Las estructuras de una familia definida por un aquilatado
prestigio permiten atisbar el destino de los que nacen en ella y una huella
indeleble quedará, de una forma u otra, impresa en su vida. En un determinado
momento de la misma, es posible que esa impronta salga a la luz y determine
formas de comportamiento, actitudes o percepciones de su entorno.
La familia
en la que nace Averroes es una familia cordobesa de rancio abolengo jurídico
que tuvo ocasión de poner en práctica su prestigio en muchas ocasiones y, en
casi todas ellas, de forma muy cercana a los poderes políticos oficiales. El
filósofo participó, lo veremos, en esa tarea pública de forma eficaz y, en el
ejercicio de dichas funciones, desplegó una práctica y un procedimiento
deudores de sus inmediatos antepasados, el abuelo y el padre. Antes, pero mucho
más después del desempeño de dichos cargos, en las diatribas que mantuvo con
sistemas de pensamiento que, a su juicio, necesitaban corregirse, desplegará el
arsenal argumentativo al modo en que lo haría un buen jurista, como fiscal y
como defensor. Sus códigos legislativos de referencia, en el dominio de la
abogacía, serán, como no podía ser de otra forma, el
texto revelado, la xaría y la jurisprudencia malikí. En el dominio de la Teoría filosófica, el peso de la doctrina de base será el de Aristóteles.
El abuelo
Abu
al-Ualíd Muhammad ibn Ruxd nació en Córdoba en el año 1048 y en esa ciudad
estudió con los más acreditados maestros en la Ciencia y la práctica del
Derecho. Un buen maestro en este dominio, además de tener presente siempre las
enseñanzas del libro revelado, debía conocer al detalle las tradiciones
proféticas, es decir, el hadíz, las sutilezas de la gramática árabe, los
alcances de la xaría y el adab o compendio de las disciplinas necesarias que
permitían obtener una cultura general para desenvolverse en la vida y ejercer
con eficacia un determinado cargo oficial. El Derecho islámico, fiqh, era,
pues, el compendio de una variada gama de saberes y quien lo interpretaba y
aplicaba, el alfaquí, debía atenerse, además, a lo dispuesto por una
determinada y específica escuela jurídica que, en el caso que nos ocupa, era la
escuela o rito malikí.
El
desarrollo de las escuelas jurídicas del Islam fue paralelo al de las
teológicas. En el primer caso, en sus orígenes, hubo tantas escuelas como
maestros cuya autoridad y prestigio congregaban a los estudiosos. Con el
tiempo, muchas de ellas se fueron extinguiendo y, hacia el siglo XI, fueron
tomando carácter oficial y canónico las de Abu Hanífa (m. 767), Málik ibn Anas
(m. 795), al-Xafií (m. 820) y Ahmad ibn Hanbál (m. 855). Estas cuatro escuelas
son las que hoy se reparten la dirección jurídica de Islam sunní.
Otra escuela, de notable importancia hasta ese siglo fue la fundada por Daud al-Isfahaní (m. 883), la zahirí, que tuvo gran importancia y fue seguida por pocos pero destacados sabios como Ibn Hazm de Córdoba.
La escuela
malikí suplantó en al-Andalus y el Magreb a la auzaí fundada por el sirio
al-Auzai (m. 774) y llegó a su máximo grado de desarrollo bajo el patrocinio de
la dinastía almorávide. A Málik b. Anas, epónimo de la escuela jurídica malikí,
se debe la más antigua recopilación de Derecho en el Islam, el Kitáb al-muatta
(Libro del camino allanado), donde se recoge la sunna del período de Medina con
todo su contenido de cuestiones legales, rituales, civiles y religiosas.
En el rito
jurídico formalizado posteriormente en base a dichos postulados, se reconocen
como fuentes de interpretación jurídica la opinión personal del alfaquí, ra’i,
cuya aplicación da lugar a otra fuente de Derecho, qiás, que es la deducción
por analogía mediante la cual, del examen de cuestiones ya resueltas en
Derecho, se obtiene la solución para otras no previstas. En general, estos dos
procedimientos se utilizan por las demás escuelas jurídicas y a ellos se añade
el consenso unánime, ichma.
Los
almorávides, primer imperio bereber norteafricano, unificaron bajo su autoridad
a todo el Magreb tras la fundación de Marrakex en 1062 por obra de Iusuf ibn
Taxfín. Por ese tiempo, los reyes de taifas de al-Andalus, sintiendo muy
cercana la amenaza de Alfonso VI de León, solicitaron la ayuda del gobernante
almorávide y, en 1086, Iusuf, una vez convencido de la necesidad de entrar en
al-
Andalus, pasó el Estrecho y venció al monarca leonés en Zalaca, al norte de Badajoz.
Posteriormente,
volvió Iusuf ibn Taxfín en ayuda de los andalusíes de nuevo amenazados por los
reinos cristianos. Una fetua emanada de los alfaquíes orientales, entre ellos
el filósofo Algacel, declaró la licitud de que Iusuf depusiera a los reyes de
taifas. Al amparo de esta disposición canónica, los almorávides pusieron fin a
varias dinastías peninsulares, entre ellas la encabezada por al-Mu’tamid de
Sevilla. En 1102, los almorávides ocuparon Valencia tras la muerte del Cid y,
en 1110, sucedieron a los Banu Hud de Zaragoza. La presencia del nuevo poder en
al-Andalus no dejó de suscitar controversia. Las clases superiores y los grupos
más cultos de la sociedad vieron en Iusuf ibn Taxfín un intruso casi iletrado,
un rústico bereber ajeno al refinamiento de las cortes de taifas acostumbradas
a la poesía y al cultivo de las sutilezas de la lengua. De otro lado, gran
parte del pueblo llano y de los alfaquíes, consideraron el rigorismo enarbolado
por los almorávides como una necesaria y conveniente purificación de la
degeneración espiritual a la que había contribuido el gobierno de las taifas a
la vez que un freno a las aspiraciones de los reinos cristianos. En este
contexto, muy esquemáticamente presentado, se inscribe la obra de Abu al-Ualid
ibn Ruxd, el abuelo de Averroes.
A Iusuf ibn
Taxfín le sucedió su hijo Ali en 1106 y, en 1117, nombró a Ibn Ruxd juez
supremo o juez de los jueces de Córdoba que, casi cuatro años después de su
nombramiento, tuvo que enfrentarse a una revuelta de la población cordobesa
sobre cuyas causas existen
varias
versiones.
El hecho es
que la población encabezada por los alfaquíes y provista de armas, atacó la
residencia del gobernador almorávide y le puso sitio. Ali ibn Iusuf ibn Taxfín,
informado de la gravedad de los hechos se presentó en Córdoba con tropas
bereberes e impuso sus condiciones para la rendición. Abu al-Ualid ibn Ruxd
intervino entonces presentando al emir las causas de la revuelta probando,
además, que los cordobeses no habían tomado la iniciativa de la misma. Una vez
resuelto este difícil asunto, solicitó a Ibn Taxfín ser apartado de sus
funciones y así se hizo en el año 1121. A pesar de todo, la reputación del
abuelo de Averroes se mantuvo intacta e incluso se acrecentó debido a su buen
proceder en el conflicto. Tras el cese, se dedicó a escribir sobre temas
jurídicos, se encargó de dirigir la oración en la mezquita cordobesa,
pronunciando el sermón o jutba en la plegaria de los viernes y participando
activamente, también, en las deliberaciones del consejo consultivo de sabios o
xurá.
En septiembre de 1125, Alfonso I el Batallador, rey de Aragón, emprendió una expedición militar contra al-Andalus y, simultáneamente, se rebelaron los mozárabes en apoyo de los avances del rey cristiano cuya incursión llegó hasta Granada y la provincia de Córdoba. Una vez restablecido el orden en el territorio andalusí, Abu al-Ualíd ibn Ruxd se trasladó a Marrakex para tratar de encontrar, con Ali, solución a este amenazante problema. La misma consistió en expulsar de al-Andalus a quienes habían ayudado al rey Alfonso, destituir al gobernador de al-Andalus por su incapacidad para defender sus fronteras y emitir una fetua, redactada por el jurista, en la que recomendaba la deportación de los mozárabes hasta las regiones marroquíes de Meknés y Salé. En estos críticos momentos, arreció la intolerancia de los alfaquíes almorávides en lo tocante a la represión de las ideas teológicas no acordes con la orientación oficial y, en Córdoba y otras ciudades, se quemó públicamente la obra de Algacel en la que se hablaba de la revivificación de la religión, prohibiéndose su lectura bajo pena de muerte.
Son tiempos
en los que, junto a la inquietud social en al-Andalus, empiezan a considerarse
peligrosas las prédicas de Ibn Túmart, el futuro fundador del Imperio almohade.
El Emir de los musulmanes, llamó a consultas a Ibn Ruxd y a otros alfaquíes de
al-Andalus y el Magreb, en el mes de marzo año 1126. El jurista cordobés
regresó a su ciudad natal dos meses y medio después. Allí cayó enfermo y murió
en el mes de noviembre de ese mismo año.
Un
precedente intelectual
La vida y,
sobre todo, la obra de Abu al-Ualíd ibn Ruxd, el abuelo, como se le denomina en
las crónicas para distinguirlo de su nieto, se yergue como símbolo y
anticipación de futuro en la persona de éste. A lo largo del desempeño de sus
cargos oficiales como juez del sistema almorávide, Abu al-Ualíd dejó en
herencia dos legados importantes: una ingente cantidad de dictámenes jurídicos,
modelo de precisión y finura argumentativa y los comentarios a compendios
clásicos del Derecho malikí.
En el primer caso, la colección de sentencias y fetuas redactadas por el jurista en respuesta a consultas jurídicas sobre variados casos, constituye un espejo de la vida social, religiosa y económica del al-Andalus e incluso del Magreb de su tiempo. A través de ellas, podemos observar el despliegue de las imágenes y testimonios vivos de las gentes que entonces vivieron conformando el contenido y los matices de toda una sociedad. Las citadas fetuas se refieren, sería muy largo detallarlas en su concreción, a aspectos de la vida religiosa tales como las formas de hacer las plegarias rituales, sobre la licitud de llevar el velo característico (lizám) de los varones almorávides, acerca de las lecturas coránicas, el modo de llevar a cabo la peregrinación o la decisión a tomar en el caso de un converso al Islam del que se sospecha que sigue siendo cristiano en su vida privada.
Fetuas,
también, sobre la vida económica: transacciones, contratos de compra y venta,
alquiler de inmuebles o sobre el correcto peso de las monedas. Dictámenes
acerca de las tierras improductivas, de labor o fundaciones piadosas.
Procedimientos para solucionar el paso del agua por terrenos comunales,
contratos de personal al servicio de la agricultura, derechos y deberes de los
artesanos en sus variadas modalidades y trabajos o derechos de alquiler de
negocios, tiendas o talleres. Fetuas, en fin, sobre los depósitos monetarios,
préstamos, donaciones, limosnas, testamentos y toda suerte de usurpaciones o
reivindicaciones en este terreno.
Junto a
esta manifestación de un saber de orden práctico, determinado por las
disposiciones del minucioso y detallista
Derecho
malikí, Abu al-Ualíd escribió comentarios de las grandes obras clásicas de esta
escuela jurídica, en particular los referidos a la obra de Sahnún (m. 854) y a
la de al-`Utbí (m. 869).
El
comentario de una obra clásica, en cualquier dominio del conocimiento, fue
tarea especialmente valorada ya en la antigüedad griega. En la tradición
islámica, el comentario del texto revelado fue un ejercicio intelectual que
apareció en tiempos inmediatamente posteriores a la compilación definitiva del
Corán realizada por el califa Uzmán (m. 656) y a sus características y
motivaciones ya nos hemos referido.
Explicar,
aclarar, detectar y solucionar ambigüedades, consideración de fuentes
indicativas o revelado de significados tácitos, son intenciones que motivan la
tarea del comentador que aborda la lectura comprensiva de un determinado texto
a partir de una demanda emanada de un particular o de toda una comunidad. Baián
es la palabra árabe que sintetiza los rasgos internos de la operación capaz de
desmenuzar un texto hasta sus últimos alcances indicativos, es decir, el cabal
cumplimiento de las exigencias de todo buen comentario. La citada palabra árabe
significa claridad, evidencia, informe, exposición, declaración, aclaración y,
también, elocuencia. El libro en el que Abu al-Ualíd comentó la obra del citado
al-`Utbí, se titula Kitáb al-baián ual tahsíl, es decir, el «Libro de la
aclaración y el resumen». Su estructura, detalle e intenciones son análogas y
precursoras, creemos, de las puestas en práctica por su nieto en lo relativo al
comentario de la obra aristotélica.
En su
comentario, el abuelo empieza por dar cuenta del motivo de
su tarea: responder a las dudas de algunos de sus compañeros de profesión de Jaén y a estudiantes de Silves ante determinadas cuestiones del libro de al-`Utbí. Como él mismo dice en la exposición preliminar, su propósito era hacer un comentario amplio, claro y conciso que resultase comprensible y facilitara la reflexión. Intenciones que podrían trasladarse, casi palabra por palabra, a las de su nieto cuando el califa almohade le propuso la aclaración de algunos extremos de la obra de Aristóteles que le resultaban de difícil Entendimiento.
No podemos
olvidar que Averroes, el filósofo, fue también eminente jurista y que ambos, él
y su abuelo, abordaron y armonizaron, en el horizonte de sus respectivas
competencias, jurídica el segundo y más filosófica el primero, los dos tipos de
razonamiento posibles en su momento: el basado en consideraciones prácticas,
sin referencia obligada a textos precedentes y el libremente basado en
argumentos de autoridad aquilatada pero que, también, venía motivado por
necesidades prácticas.
Hay que
tener en cuenta que el ejercicio de todo comentario genera un discurso
duplicado: por un lado, el propio del texto que se comenta, por otro, el que
deriva de su comentario. Separados en el tiempo, texto original y comentario
del mismo, responden cada uno de ellos a las exigencias de su momento
respectivo y a las condiciones propias de cada etapa. La tensión entre ambos
extremos puede derivar en subversión interpretativa, adaptación sin crítica,
remodelación conceptual o en una reubicación interpretativa que posibilita el
Entendimiento y la reflexión sobre un texto,
aparentemente plagado de arcanos, que permite el deslizamiento de nociones superadas por el paso del tiempo hacia el territorio de lo actual y reciente. Abu al-Ualíd supo reintegrar, en el contexto jurídico de su época, un texto que se había ido transmitiendo sin adaptarse a las nuevas circunstancias que reclamaban la depuración conceptual necesaria para la buena marcha de un complejo y difícil momento de la historia de al-Andalus.
En su
momento, como veremos, Averroes emprenderá la misma tarea en su dimensión
filosófica. Si por razones de espacio, pudiéramos detallar el modo, la forma y
el procedimiento que su abuelo emplea para hacer compatible el contenido del
libro de al-`Utbí con las demandas de la nueva metodología jurídica,
observaríamos que su nieto contaba con el paradigma expositivo necesario y
suficiente, es decir, con un modelo que le servía de sólida referencia.
Los
hermanos, el padre, los hijos
No sabemos
si Averroes tuvo hermanos. Podemos pensar con seguridad que sí, pero ninguno
aparece citado en los breves relatos biográficos árabes y en las crónicas que
resaltan el brillo de los personajes más importantes y que nunca, en este caso
ni en ningún otro, se refieren a la infancia de los biografiados. En la
tradición familiar, destaca la presencia del padre de Averroes, Abu al-Qásim
Ahmad (m. 1168) que, sin tener la notoriedad social de su padre Abu al-Ualíd,
ni tampoco su dedicación intelectual, también fue cadí de Córdoba y el
encargado de dirigir las preces mortuorias en el
entierro de su progenitor.
En cuanto a
los hijos de Averroes, tampoco sabemos cuántos fueron y desconocemos sus
trayectorias vitales. Las crónicas citan a uno de ellos, Abu Muhammad Abd
Al-lah que siguió la tradición jurídica familiar aunque se dedicó también a la
Medicina y parece ser que escribió sobre la misma. De él también consta un
tratado sobre la unión del Entendimiento material con el Entendimiento agente,
suponiendo nosotros que esta dedicación a los estudios filosóficos debía
proceder de la directa influencia de su padre que, como veremos, habló de la
misma cuestión en una de sus obras.
Todos los
varones de la familia, a partir del insigne abuelo, reflejan a su modo el
resplandor de éste y la fidelidad a su imagen pública y privada parece
determinar sus respectivos futuros profesionales. Entre los hombres de la
familia, el progenitor manda e impone conductas, tendencias y opciones vitales
cuya custodia recae en el primogénito y desde él, en sus sucesores. En el caso
de la familia de los Banu Ruxd, esta sucesión directa parece saltar por encima
de la jerarquía y pasar directamente del abuelo al nieto. El hecho de darle el
mismo nombre y tener que ser reconocidos ambos como «el abuelo» y «el nieto»
para distinguirlos, indica una tendencia clara en lo tocante al lugar de cada
uno en el espacio familiar y social. Esta circunstancia, en principio,
sorprende en tanto que el primero casi no tuvo ocasión de conocer al benjamín
de la familia pues éste nació en el mismo año y un mes antes del fallecimiento
de aquél.
Las mujeres
de la familia
Las crónicas árabes no suelen dar noticias de las abuelas, madres o hermanas de los biografiados excepto en casos muy particulares y cuando lo hacen se refieren, la mayor parte de las veces, a las dinastías reinantes. La sociedad árabe, como es sabido, es patrilineal y el legado de los antepasados y la pertenencia al clan o al linaje se transmite por el padre. Se ha dicho que en al-Andalus se daba a la mujer una libertad más amplia que en Oriente y algo de ello se pone de manifiesto en El collar de la paloma de Ibn Hazm (m. 1063). En algunos pasajes de esta obra se deja ver la libertad de que gozaban las mujeres andalusíes pertenecientes a las más altas clases sociales y su autor refiere que, en su edad adulta, tuvo ocasión de volver a ver a una muchacha con la que se crió cuando era niño. Ibn Hazm dice de ella que pertenecía a una familia tradicional y noble y que, en el transcurso de tres inocentes veladas que con ella pasó, no ocultó su rostro tras el velo. Más adelante, sin embargo, esta apreciación cambiará de signo y el autor cordobés hablará en su libro de mujeres bien custodiadas en sus habitaciones, pertenecientes a grandes familias y reclusas en el entorno de los hombres de su parentesco, a la espera de enamorarse de sus parientes masculinos a los que solían estar destinadas.
Nacimiento
y años de formación
A l
comienzo de este libro, hemos dado cuenta del nombre completo del filósofo
cordobés, así como del año de su nacimiento y muerte. Hemos aludido, después,
al hecho de que nació en el seno de un
destino fijado de antemano. El linaje que evidencia la serie de sus apelativos y la mención de las fechas que encierran su vida, nos indican que Averroes nace sobre el fondo de un discurso ya hecho, emergiendo en una familia en la que los destinos de sus miembros parecían estar trazados antes de nacer. Dichos destinos llevaban la marca del prestigio social y de la cercanía y colaboración con los poderes establecidos a partir de la práctica del Derecho y de la Teoría emanada de los saberes jurídicos.
Córdoba era
en 1126, año del nacimiento de Averroes, la imagen y el símbolo de la
prestancia política y cultural que, en gran medida seguía nutriéndose de
glorias pasadas. Abd al-Rahmán, nieto de Hixám, el califa omeya de Damasco, fue
uno de los pocos que salvaron la vida tras el exterminio decretado por los
abbasíes en el año 750. En su huida por tierras del Magreb, buscando el mayor
alejamiento geográfico posible de la nueva dinastía, acabó siendo acogido en la
floreciente y próspera corte de los rustemíes de Táhert, hoy Tiaret en la
actual Argelia. En 755, pasó a al-Andalus con la ayuda de clientes sirios que
lo apoyaron como su señor natural. El emir de Córdoba, Iusuf al-Fihrí trató de
negociar con él y, posteriormente, recurrió al encuentro armado que se saldó
con su derrota, cerca de esa ciudad, en 759. En los treinta y dos años del
emirato omeya independiente del califato de Bagdad, Abd al-Rahmán supo capear
todos los temporales políticos y legó a sus sucesores un Estado sostenido por
un fuerte ejército de mercenarios.
El fundador
del califato cordobés, Abd al-Rahmán III, hubo de
enfrentarse a nuevos retos que provenían, por una parte, de la amenaza leonesa y, por otra, de la que provenía del califato fatimí que los ismailíes habían fundado en Egipto en 909. En el interior de al-Andalus, que por entonces alcanzaba la mayor extensión territorial de su historia, el califa cordobés coronó su estabilidad política con la toma de Toledo en 930, después de haber conseguido el dominio de la plaza de Bobastro donde había reinado de forma independiente, durante treinta años, la familia de Ibn Hafsún. Abd al-Rahmán III, gobernó cuarenta y tres años logrando la prosperidad de Córdoba, la de los territorios andalusíes y la de su propia familia.
La citada
gloria acabó en tiempos de la muerte de Almanzor, en 1002, interventor y
general supremo del califato desde el gobierno de al-Hakam II, hijo y sucesor
de Abd al-Rahmán III. La memoria de aquél auge permanecía viva en el recuerdo
de los cordobeses y los cronistas se detienen en la descripción de la grandeza
de Córdoba: la primera ciudad de Occidente que tuvo calles empedradas e
iluminadas por la noche, los baños públicos, las setenta bibliotecas, las más
de mil mezquitas presididas por la mayor de ellas, todavía presente; la belleza
de Madinat al-Zahrá, llamada así por el nombre de una favorita y, ante todo, la
espléndida biblioteca del califa que, según los relatos históricos, veraces o
no, contaba con casi 400.000 volúmenes. Córdoba, el mayor centro cultural de la
época, atraía a sabios de oriente y de la Europa cristiana, fue descrita por la
monja sajona Hrosvitha, en el siglo X, como la joya brillante del mundo, ciudad
nueva y magnífica, orgullosa de su fuerza, celebrada por sus
delicias y resplandeciente por la plena posesión de todos los bienes. En 1031, una rebelión acabó con Hixám III, el último de los califas cordobeses y, con la gloria de los omeyas, desapareció la hegemonía de Córdoba. A su ruina le sucedieron numerosos estados menores, los reinos de taifas, gobernados por linajes bereberes, en las regiones del sur, eslavos en las del este y, en el resto, muladíes o baladíes que así se denominaban a los de abolengo árabe o bereber que habían vivido en al-Andalus desde hacía mucho tiempo. Muladíes eran los musulmanes autóctonos, de origen netamente andalusí.
Se deben a
los poetas del siglo XI las descripciones más acertadas de la añoranza por la
desaparecida brillantez cordobesa. Entre sus lamentos, destacan los de Ibn Hazm
e Ibn Xuhaid. Este último cantará en un detenido repaso de las glorias pasadas:
No hay
entre las ruinas ningún amigo que pueda informarme ¿A quién podría preguntar
para saber qué ha sido de Córdoba?
No
preguntéis sino a la separación. Sólo ella os dirá si vuestros amigos se han
ido al monte o a la llanura.
El tiempo
se ha mostrado tirano con ellos. Se han dispersado en todas direcciones, pero
el mayor número ha muerto (…).
Por una
ciudad como Córdoba, son poco abundantes las lágrimas que vierten los ojos en
chorro incontenible (…).
Mi tristeza
se renueva sin cesar de llorar por sus nobles personajes, sus literatos, sus
notables sabios y sus
defensores.
M i Alma
suspira de pesar por sus favores, su pureza, su esplendor y su grandeza.
Y mi
corazón se rompe al pensar en sus sabios, sus eruditos, sus hombres de letras y
sus espíritus delicados.10
Los
almorávides significaron un paréntesis en medio de la tumultuosa historia de
los reinos de taifas y su imperio empezó a socavarse con la emergencia de una
convocatoria de tintes apocalípticos, la enunciada por Ibn Túmart que se había
proclamado mahdi en el Tinmál marroquí cinco años antes del nacimiento de
Averroes cuyo destino habría de estar estrechamente unido al nuevo orden
político.
Pocos
detalles hay de la infancia de Averroes. Sobre la etapa de instrucción en el
transcurso de la misma, podemos decir que sus normas y procedimientos no debían
ser muy diferentes de los propios del mundo islámico. La pertenencia a una
prestigiosa familia garantizaba el esmero de la educación primera que, en la
etapa de la infancia y en las siguientes, se impartía en un reducido círculo de
docentes y discípulos como correspondía a la alcurnia de las familias. Tampoco
contaremos nunca con un solo detalle de la primera infancia del Averroes niño y
si intentásemos reconstruir aquellos sus primeros tiempos con ingredientes
imaginarios podríamos correr el riesgo de hacerlo genio antes de tiempo.
Rudimentos de la lengua árabe, de religión y de las elementales
10 H.
Pérès, Esplendor de al-Andalus, Madrid, 1983, p. 129.
nociones de cálculo fueron, con seguridad, lo primero que Averroes aprendió. Junto a ello, resultaba imprescindible el aprendizaje del Corán, con la memorización sucesiva de sus partes canónicamente establecidas y de acuerdo con la variante de lectura propuesta por el imán Warx que era la predilecta de los jeques de al-Andalus y que, en este momento, solamente la empleaba el imán en la gran mezquita cordobesa. Dicha preferencia remite a una opinión de Ibn Málik acerca de la pronunciación de determinadas consonantes pero que en nada sustancial altera los significados y las nociones.
Tras una
primera etapa de aprendizaje elemental, el estudiante pasaba a profundizar los
conocimientos adquiridos y a su ampliación en variadas modalidades: Gramática,
Lexicografía, adab, Historia, que consistía en colecciones de anécdotas de los
antiguos y poesía. En este caso, sabemos que Averroes memorizó los versos de
Abu Tammám (m. 845) y de al-Mutanabbi (m. 965), considerado como el mayor poeta
árabe de todos los tiempos. Ambos poetas ejemplificaron la resistencia y el
triunfo del neoclasicismo frente a los modernistas. Más adelante, el filósofo
habría de poner en práctica estos fundamentos de la rima y componer un poema
sobre los cinco pilares del Islam y una casida acerca de la doctrina malikí. En
esta primera etapa de instrucción, seguramente el niño ya se ha impregnado del
aire de la familia y ha asimilado los rituales familiares y ha empezado a
delinear su propio espacio. Como individuo, carece de «valor» personal. Como
parte celular de su familia, comparte con sus parientes un rango y un grado en
la escala social y de ello da prueba el trasiego incesante de maestros
de variadas disciplinas que en su casa se produce.
La ausencia
del abuelo no dejaba de ser, sin embargo, una presencia decisiva cuyas
determinaciones debió recoger su padre e inculcarlas en su hijo. Por ello, muy
especial dedicación merecieron sus estudios sobre los fundamentos del Derecho y
la jurisprudencia práctica que estaban directamente relacionados con las
disciplinas teológicas y el conocimiento del hadíz. Como su padre y su abuelo,
Averroes estudió la Teología en su versión axaarí y, naturalmente, el Derecho
en la malikí sin por ello dejar en su ignorancia el conocimiento de las demás
escuelas jurídicas musulmanas. Ibn al-Abbar, el antólogo citado en las páginas
iniciales de este libro, nos refiere que fue bajo la dirección de su padre como
Averroes aprendió de memoria el texto fundacional de la escuela malikí, el ya
mencionado Kitáb al-Muatta de Ibn Málik. Averroes estaba dejando de ser un niño
y entraba en la adolescencia y para que su maduración intelectual continuara se
precisaba la intervención de nuevos elementos, aunque Ibn al-Abbar nos diga que
su interés por el saber lo tenía desde niño y lo mantuvo intacto toda su vida
hasta tal punto que se decía de él que ni un solo día dejó de pensar y de leer
excepto la noche de la muerte de su padre.
Un programa
de estudios
Tradicionalmente,
el conocimiento de los saberes que constituían la base de la formación
intelectual de los estudiantes, tanto andalusíes como orientales, se distribuía
por especificidades de rango y ocupación. Cada grupo social poseía su propio
concepto de lo que
debía ser el conocimiento adecuado a su nivel social y futura ocupación profesional, así como los procedimientos para obtenerlo. Los juristas, los alfaquíes, delimitaban el aprendizaje de la xaría por medio del Corán, el hadíz, y por los fundamentos de los ritos jurídicos particulares. Los literatos, por su parte, entendían que las fuentes de su disciplina se basaban en el correcto uso de la lengua así como en las reglas gramaticales y en las normas de la Retórica y la Composición.
Teniendo en
cuenta que el jurista debía argumentar sólidamente sus disposiciones legales y
redactar sus alegatos con suma elegancia, los aprendizajes propios de su rango
estaban íntimamente relacionados con los propios del escritor sin descuidar dos
géneros que conocieron una promoción inusitada en la época omeya del califato
de Damasco: la prosa didáctica, en la que se incluían los cuentos y los
apólogos, y la denominada prosa de los secretarios que en el período abbasí
alcanzó la cota más alta de su prestigio.
Numerosos
son los maestros en Derecho de los que recibió enseñanza Averroes en su etapa
de formación en esta materia. Ibn al-Abbar nombra, entre otros, a Ibn Baxkaual,
Abu Maruán ibn Masarra, e ibn Samhún. El cronista también citado anteriormente,
Ibn Abi Usaibía, nos indica que el jurista Ibn Rizq le enseñó la Ciencia del
jiláf que contemplaba la jurisprudencia contradictoria y los problemas más
sutiles del fiqh, así como los más generales cuyo campo se denominaba diraia.
Toda esta enseñanza debió estar supervisada por su padre que, como sabemos
detentaba cargos de
prestigio y era un jurista profesional.
Medicina y
Astronomía fueron las enseñanzas que recibió Averroes de forma simultánea o
sucesiva a su aprendizaje jurídico. En lo tocante a la primera, Ibn al-Abbar
dice que aprendió de Ibn Churriul de Valencia y de Abu Bakr ibn Samhún. Ibn Abi
Usaibía menciona que la Medicina la aprendió de Abu Iafar de Trujillo quien,
según el citado informador, procedía de un linaje sevillano, que estaba versado
en la Filosofía y que conocía las obras de Aristóteles y de otros filósofos
griegos clásicos. También, sigue diciendo el biógrafo, Abu Iafar sabía
Astronomía y Matemáticas y que este conocimiento se lo transmitió a su
discípulo.
De los
famosos médicos de la época, Abu Maruán ibn Zuhr (Avenzoar, m. 1162) y Abu Bakr
ibn Tufayl quien, como veremos introdujo oficialmente a Averroes en la corte
almohade, no consta que recibiera enseñanzas como discípulo. Respecto a
Avenzoar, que era visitante asiduo a la casa de Averroes, se ha dicho que le
unía a él tal amistad que el filósofo cordobés, cuando escribió sus
generalidades sobre la Medicina, quiso que su amigo escribiera un tratado sobre
los aspectos particulares de la misma con el fin de que ambas obras formasen un
curso completo de Medicina. Después, Averroes abandonó su propósito de escribir
él mismo sobre las particularidades y aconsejó leer la obra de Avenzoar que
había sido escrito varios años antes11.
Cuando
Averroes tenía doce años, cuando accedía a un grado más elevado en su
aprendizaje, murió en Fez el filósofo zaragozano Ibn
11 E.
Torre, Averroes y la Ciencia médica, Madrid, 1974.
Bachcha, Avempace, y dos años después nació, en Córdoba, Moisés ben Maimún, Maimónides, el pensador del aristotelismo judío. Es ésta una mera coincidencia temporal que, sin embargo, alcanza un valor simbólico porque es como si estos dos acontecimientos de repercusión en la historia del pensamiento andalusí, vinieran a abrir la puerta del estudio filosófico del Averroes adolescente que, ahora sí, debería abordar el estudio de la Filosofía de forma metódica y sistemática. Dicho estudio ocupaba un lugar preciso en el catálogo de los saberes que había elaborado al-Farabi (m. 950) más de siglo y medio antes del nacimiento del filósofo de Córdoba.
El citado
catálogo12 deja ver una clara influencia aristotélica y constituye un programa
de estudios que, partiendo de lo más elemental y accesible, avanza por grados
de perfección hacia lo supremo y trascendente. De la materia abierta a todas
las posibilidades, a la forma suprema que incide en el estudio del Creador como
acto puro.
El primer
escalón de tal estudio lo forman las ciencias del Lenguaje: Gramática,
Escritura, Lectura y Poesía. A continuación, la Lógica que, en este caso, está
referida a los libros contenidos en el Organon del estagirita y cuyo dominio es
propedéutica indispensable para acceder al tercer grado: la matemática en toda
su gama de opciones tales como la Aritmética, la Geometría, la Óptica, la
Astronomía y la Mecánica. Le sigue la Física que, también en este caso, se ciñe
a los libros sobre tal materia escritos por el filósofo griego. Con el quinto
escalón, el de la Metafísica, llegamos a la Ciencia divina, remate y
12 Editado
y traducido por A. González Palencia, Madrid, 1932.
culminación del proceso ascendente. En su seno, se tratará de los principios básicos de la demostración en las particulares ciencias especulativas y, sobre todo, de los seres que no son cuerpos ni están en los cuerpos, es decir, del Ser supremo, con Unidad absoluta e indivisible.
Una vez que
se han asimilado esta suma de saberes, el estudioso podrá descender a la vida
práctica con el utillaje suficiente como para emprender con éxito los
problemas, las cuestiones y los dilemas de la sociedad. Estudiará entonces, con
la meridiana claridad que su Entendimiento ha logrado, la Ciencia de la
política, la del Derecho y la del kalam o Teología islámica. Fijémonos en que
las tres disciplinas aparecen sólidamente unidas y que quien las domina es, a
la vez, un político, un jurista y un teólogo. Abu al-Ualíd, el abuelo, y Abu
al-Ualíd, el nieto, encarnan a la perfección esta triple faceta siendo este
último el que tal vez con mayor precisión transitó la escala perfectiva al modo
de al-Farabi, si bien, como indican las fuentes biográficas, la enseñanza del
Derecho ocupase rango principal en todos los grados de la enseñanza seguida. En
cualquier caso, el futuro de Averroes partía directamente del logro y el
dominio del quinto estrato, el de la Filosofía en sentido general.
En
al-Andalus, sin embargo, hubo quien propuso un programa de estudios más
restrictivo considerando que muchas de las ciencias susceptibles de ser
impartidas podían desviar al creyente de su Fe. Por ello, bastaba con el
aprendizaje del Corán y de las indispensables disciplinas que contribuyeran a
su Entendimiento.
Este fue el
caso de Abu Maruán al-Bachí que, en un libro escrito en 1081, indicaba que en
el texto revelado se encuentra todo lo necesario y suficiente para alcanzar el
saber.
El
aprendizaje de los rudimentos de Filosofía
La cultura
islámica clásica había reservado un lugar eminente a los filósofos y ellos
mismos fueron conscientes, en uno u otro momento de sus carreras, de su
pertenencia a una elite, jáss, en árabe. El filósofo, decía al-Kindí, era quien
participaba de seis características: amor a la sabiduría, esfuerzo por
acercarse a Al-lah, meditar sobre la muerte, aspirar al saber de los saberes,
conocerse a sí mismo y vivir en trato racional y permanente con las cosas
eternas y universales. Con ello, según el filósofo persa Abu Hátim al-Rázi (m.
933), el filósofo que poseyera estos dones intelectuales se alejaba de la
Filosofía propiamente dicha para acercarse a la vecindad de la profecía pues
eran los profetas, en su opinión, quienes poseían la sabiduría en sentido pleno
y exclusivo. Al-Kindí supo definir certeramente la proximidad del filósofo y
del profeta en tanto que partícipes últimos de un mismo saber, precisamente el
saber por antonomasia, al-hikma. Esta palabra y sus derivadas árabes pertenecen
a un campo semántico muy extenso y rico en connotaciones de entre las que
pueden destacarse tres: religiosa, racional y práctica.
Religiosa
por cuanto que al-Hakím, el Sabio, es uno de los nombres de Al-lah que aparece
82 veces en el Corán, refiriendo cómo la Hikma le fue concedida a Luqmán, a la
familia de Abrahám, a David
y a Jesús.
El Profeta Muhammad fue el encargado de trasmitir la Escritura y la Hikma a un
mismo tiempo, como leemos en la «Azora III», 81. Racional, porque la sabiduría
es Ciencia teórica, alejada de la contingencia de los seres y práctica porque
otorga a la Ciencia la capacidad de entender a esos mismos seres.
Cuando los
racionalistas árabes clásicos, en la etapa floreciente de Bagdad a la que ya
hicimos referencia, empezaron a leer las traducciones árabes del pensamiento
griego, cayeron en la cuenta de que, en la Antigüedad, hubo sabios poseedores
del mismo grado de saber que la Hikmaseñala. Así, uno de los traductores
eminentes del momento, Hunain ibn Ishaq (m. 873), dijo que Sócrates era el
padre de los filósofos antiguos de quien proviene toda la sabiduría de su
tiempo. Con ello, a la cualidad de filósofo se añade la de sabio, como forma de
potenciar hasta su más alto grado las excelencias de la primera, siendo así que
la Filosofía quedaba en cierto modo supeditada a la sabiduría.
La
exposición de las opiniones que se destacaban como más preciadas en esa
herencia antigua que se acababa de descubrir, cristalizó en las recopilaciones
de aforismos uno de las cuales despliega un variopinto catálogo de
filósofos/sabios con la probable intención de armonizar la tradición griega
clásica con la netamente islámica. Y así, junto a los filósofos griegos
clásicos, como Pitágoras, Sócrates, Platón, Aristóteles o, en algunos casos,
Diógenes, se mencionan a personajes notables por su saber como Homero,
Alejandro, por su cercanía a Aristóteles, Hipócrates, Galeno, Tolomeo o
Euclides. Otros, famosos por sus saberes de lo oculto,
como Hermes o Apolonio de Tiana, también aparecen en dichas recopilaciones. En otro rango, pero tal vez como signo de la estrecha ligazón entre filósofos y sabios favorecidos por Al-lah, la primacía se otorgaba a Luqmán, personaje legendario conocido ya en la Arabia pre-islámica. El nombre del personaje que da, a su vez, nombre a la azora 31 del Corán que en su aleya 12, nos indica: «Dimos a Luqmán la Sabiduría», es decir, al-Hikma.
Este es el
fondo, muy brevemente expuesto, del concepto y noción y forma de transmisión
del saber filosófico vigente en la cultura islámica desde el siglo X y, como
tal, el mismo al que Averroes accedió cuando emprendió su formación filosófica
que, según Ibn Abi Usaibía, recibió primero del ya citado Avempace. Noticia
inverosímil porque, lo hemos dicho también, Averroes tenía doce años de edad
cuando murió el filósofo aragonés, aunque es posible que en ese tiempo pudiera
haber conocido personalmente a su supuesto maestro teniendo en cuenta las
relaciones entre éste y el abuelo del filósofo cordobés. Es sabido que Avempace
fue encarcelado en Játiva, en 1118, por orden de la autoridad almorávide y los
buenos oficios de Abu al-Ualíd Ibn Ruxd en la corte así como su encumbrada
posición en el seno de la misma, dieron como resultado la liberación del
pensador de Zaragoza.
Un
encuentro del Averroes joven y del filósofo maduro, en el hogar familiar o en
un auditorio reducido, es algo que cae dentro de la posibilidad y de ahí,
algunos sentaron la filiación docente o, como Renan, la difusa influencia del
pensamiento de Avempace sobre el del Averroes maduro. Realmente, tanto uno como
otro, coinciden en
actitud y propósito: la elección de Aristóteles como pauta de reflexión, aunque en el caso del pensador zaragozano estuviera matizada por el neoplatonismo, y la tendencia a ejercer dicha meditación en el contexto de un renovado horizonte político como era el propuesto por los imperios beréberes que hicieron de al-Andalus parte territorial de los mismos, integrándolos en una vasta empresa política magrebí. No olvidemos que, en al-Andalus, el saber filosófico y su aprendizaje, teniendo en cuenta sus rasgos distintivos acabados de enunciar, seguía siendo patrimonio de los escogidos que, además, pertenecían a familias de prestigio que se enaltecieron socialmente a la sombra de los poderes oficiales, los almorávides, primero, y los almohades, después. Por otra parte, en el ejercicio de la Filosofía como saber más alto, seguía estando presente la tradición discursiva que adaptaba sin fisuras la secuencia expositiva de un aristotelismo neoplatónico al que ya hemos aludido.
Breves
apuntes de Filosofía andalusí
El
pensamiento andalusí remonta sus orígenes al cordobés Ibn Masarra (m. 931)
miembro destacado de la denominada Escuela de Almería que elaboró sus ideas en
el círculo escogido de un grupo de discípulos acogidos en un oratorio en la
sierra cordobesa. Sobre su sistema, Asín Palacios opinaba que era el del pseudo
Empédocles caracterizado por la doctrina de las cinco sustancias o principios
del Ser combinada con doctrinas y prácticas sufíes. El carácter esotérico de la
doctrina masarrí y la pérdida de sus libros nos
impiden un conocimiento directo y cabal de su pensamiento y de la estructura de su doctrina cuya reconstrucción se debe al arabista español.
De acuerdo
con ella, en la cumbre de todos los seres está el Uno divino, absolutamente
simple, sin partes ni divisiones e incognoscible. De Él emanan todos los seres
de forma gradual y progresiva empezando por las cinco sustancias a la que Ibn
Masarra compara con cinco columnas en los que se basa la estabilidad del mundo
de forma análoga a la que, en el Islam, son también cinco los pilares sobre los
que se asienta la práctica del creyente. Los seres creados proceden, todos
ellos, de la materia prima, especie de caótica nebulosa, informe e
indeterminada, que también emana del Uno y cuya analogía es el trono divino.
El Uno,
irradiando su luz sobre la materia, produce la forma de los seres celestes que,
por ello, forman el reino de la Luz. La primera de esas formas es el
Entendimiento universal donde se contiene, por infusión divina, la Ciencia de
todas las cosas futuras. Ese Entendimiento escribe en la materia esa Ciencia,
al modo en que lo hace un cálamo y, con ello, queda establecida la analogía del
Entendimiento con el cálamo al que hace referencia la azora 46 del Corán, en la
que se contiene el inicio de la Revelación y que en su cuarta y quinta aleyas,
las citamos al principio, indica que Al-lah: «Ha enseñado el uso del cálamo, ha
enseñado al hombre lo que éste no sabía».
Del acto de
tal escritura, procede el Alma universal y, de ésta, la Naturaleza sin mancha
que recibe y acoge a la luz divina
transmitiéndola a la materia de tal forma que ésta se transmuta en materia segunda o Cuerpo universal del que proceden los seres del mundo concreto y visible que, a diferencia del Uno, absolutamente simple y sin mezcla, están compuestos de materia y forma. Por ello, la Unidad absoluta es incognoscible y, a su vez, tampoco «ella» conoce el detalle de esos seres, puesto que dicho conocimiento desvirtuaría la simplicidad que le es esencial: si es uno, simple y sin partes, un conocimiento de lo particular implicaría un acto de conocimiento determinado para cada caso y para cada ser. Por ello, es el Entendimiento universal, de origen divino, el intermediario del conocimiento que el Uno tiene de las particularidades de los seres y es por su mediación por la que éste sabe de las cosas del mundo.
Emanación
de aire neoplatónico y aplicaciones de la misma a una explanación de orden
revelado en la doctrina musulmana, son los dos ingredientes que Ibn Masarra y
su escuela trata de armonizar, del mismo modo en que lo hicieron los sistemas
especulativos del pensamiento ismailí como el de al-Kirmaní hacia el año 1017.
Todo ello, sin descuidar, por nuestra parte, que la noción de Entendimiento
universal remite casi directamente a la fuente puramente aristotélica.
La
distancia ontológica, es decir, en cuanto al Ser constitutivo del Uno y el del
Hombre, explica la libertad de éste en lo referido a sus responsabilidades para
hacer el bien o el mal. Esta opinión tiene posibles raíces en el pensamiento
mu’tazil del que ya hemos hablado y que, en el caso de Ibn Masarra, es
explicable por cuanto que parece ser que fue su padre quien lo inició en los
principios de
aquella escuela con la que habría tenido trato durante su estancia en Basra.
Ahora bien,
si el Hombre no puede conocer de forma inmediata la Naturaleza divina, tiene la
posibilidad de aspirar a la unión con el Entendimiento universal que es la
fuente de todo conocimiento y acceder, tras un arduo proceso de purificación
ascendente, a la fuente misma de la profecía que en el mismo está contenida.
Con ello, se abre la puerta a un extenso, dilatado y prolijo dominio que entra
en el propio de la aspiración sufí y sus afanes unitivos del que darán cuenta
las escuelas masarríes establecidas en Córdoba y Pechina, en Almería.
El
ingrediente neoplatónico
Es a
Plotino a quien debemos la plasmación de la Teoría de la emanación que, junto a
la relativa a la Naturaleza del Entendimiento, forman las bases de las
disquisiciones a las que nos estamos refiriendo. Plotino (203-270 d. C.),
representa el último gran esfuerzo de la Filosofía griega para esquematizar
racionalmente a la realidad. En su sistema, el neoplatonismo, se funden y
amalgaman casi todos los elementos procedentes de sistemas anteriores a él:
platonismo, aristotelismo, estoicismo, neopitagorismo y otros de procedencia
oriental. La enseñanza de Plotino era oral y, en 255, empezó a dictarla en
forma de bloques temáticos que, después, fueron ordenados por su discípulo
Porfirio en seis lecciones compuestas cada una de ellas de nueve tratados de
donde proviene el nombre de Enneadas con el que conocemos a
la obra de Plotino.
El esquema
general de la misma consiste en distribuir el conjunto de los seres de forma
escalonada en tres grandes niveles. En la cúspide, fuera de los seres, está el
Uno que es el principio del que procede todo lo demás. Más allá de todo ser, de
toda limitación y contingencia, el Uno es el Ser por excelencia radicalmente
trascendente a todo. Tres afirmaciones de Plotino sobre el mismo, definen
claramente su Naturaleza: «Es más que ser, más que esencia, más que existencia,
más que Dios»; «El Uno no puede ser ninguna cosa existente, sino que es primero
y anterior a todas las cosas existentes»; y «El Uno es tal que nada puede
predicarse de él, ni el Ser, ni la esencia, ni la vida, porque está por encima
de todas estas cosas»13.
Bajo el Uno
empieza el segundo nivel, el del mundo inteligible, donde se halla la
Inteligencia o Entendimiento que procede del Uno por emanación eterna y
necesaria y, a la vez, como efecto e imagen suya. El Entendimiento participa de
la Unidad, de la belleza y de la verdad del Uno pero en un plano inferior. Es
algo así como una unidad múltiple. En el Entendimiento se encierra el mundo de
las ideas escalonadas en grados de perfección, desde la idea de los géneros,
del Ser y de la identidad, hasta la de las especies y la de los individuos.
De la
Inteligencia o Entendimiento procede, también por emanación, el tercer nivel:
el del Alma universal, como un puente entre el mundo inteligible y el sensible.
En el Alma universal están las
13 O.
Kiefer, Plotin Enneaden, Leipzig, 1905, III, 8, 9.
razones seminales de todos los seres y de ella proceden todas las almas y formas de los seres sensibles, produciendo y gobernando el conjunto del universo corpóreo. A esta característica se debe el hecho de que los seres corpóreos tengan un doble aspecto, el material y el espiritual y divino por su participación en el Alma universal. De esta constatación deriva la armonía entre todos los seres, como un inmenso y perfecto organismo en el que cada cosa ocupa su lugar y el que «tampoco son inútiles los males para el orden y la plenitud del Universo»14.
Bajo estos
tres grandes ámbitos, en una región inferior y separada, está el mundo
sensible, material, porque es resultado de la unión del grado inferior del Alma
universal con la materia. En este mundo material, todos los seres que lo
componen están ordenados por su composición esencial de materia y forma: los
primeros en la escala de perfección son aquellos en los que predomina la
segunda sobre la primera y así sucesivamente hasta llegar a la materia que es
el grado ínfimo de ser. Antítesis del Uno, la materia es, también, distinta de
la pura nada si bien, por su Naturaleza de vacío y carencia de toda cualidad,
se le debería llamar no-ser. En el pensamiento neoplatónico, es necesario
postular la existencia de la materia porque el Universo consta de contrarios y,
sin ella, éstos no podrían existir. Como privación absoluta de luz, la materia
es principio del mal.
De
semejante planteamiento, es fácil deducir que en el mismo, cuando contemplamos
la Naturaleza humana, late un deseo
14 Op. Cit.
III, 6, 5.
profundamente enraizado en el Alma para volver a la Unidad perdida puesto que, para Plotino, la esencia del Hombre consiste en su Alma que es su principio de Unidad y por el cual se asemeja o es reflejo del Uno. El Alma, unida al Cuerpo material, se encuentra en un estado de añoranza por esa Unidad perdida y su más ardiente deseo es liberarse de la cárcel que representa el Cuerpo para retornar al Uno que es el Bien por excelencia. En definitiva: Plotino y el neoplatonismo sientan las bases de un ejercicio fundamentalmente místico de carácter unitivo, experimentado por el propio fundador del sistema cuyas últimas palabras antes de morir en Minturno, cerca de Roma, dirigidas a su discípulo Eustoquio, manifiestan el alcance de su esperanza: «Te estaba esperando antes de que lo que hay en mí de divino salga para unirse a lo que hay de divino en el Universo».
El
Aristóteles neoplatónico
La
recepción de este pensamiento, de este sistema y de sus connotaciones por parte
del pensamiento árabe e islámico tiene su principio, en la traducción al árabe
en la etapa clásica de Bagdad a la que ya hemos aludido de las obras
filosóficas y científicas de la antigüedad griega y helenística. Lo cierto es
que, posteriormente, a Plotino raramente se le cita en el pensamiento árabe de
la primera época por este nombre, sino con el del Jeque griego, al-xaij
al-iunaní. Como también apuntábamos al principio, tampoco nos consta ninguna
traducción árabe de las Enneadas, sino una relativa a las tres últimas con las
que se compuso un libro al que se dio por
título: La Teología de Aristóteles con lo que el pensamiento de éste pasó al Islam con ropaje neoplatónico. Parecida suerte corrió la traducción de la obra de Proclo (410-485) cuyo barroquismo neoplatónico, multiplicando las divisiones y subdivisiones de los estratos de la realidad expuestos por Plotino, sobrepasa los límites del uso de la Razón entrando en los dominios del sentimiento, la adivinación y el esoterismo, como si realizase un último esfuerzo para salvar la tradición mistérica griega uniéndola a la Filosofía.
La
atribución al neoplatónico Proclo del libro conocido como el Liber de Causis
hizo correr no poca tinta a los estudiosos, aunque en el occidente latino se
sabía, hacia el año 1270, que dicha obra era una recopilación de breves
sentencias sacadas de la Elementatio theologica de dicho autor realizada por un
neoplatónico posterior. Su traducción al árabe debió ser obra de Hunain ibn
Ishaq que ya había traducido al árabe un tratado de Procolo sobre la eternidad
del mundo.
Si el
conjunto del pensamiento neoplatónico pasó al pensamiento árabe con la
equivocada autoría de Aristóteles, no por ello los pensadores del Islam dejaron
de conocer al verdadero filósofo griego cuyas obras de Lógica, Metafísica y
Teoría del Conocimiento se tradujeron al árabe con toda fidelidad y, como
tales, llegaron a sus manos. Como la función del Entendimiento y los afanes por
lograr su unión por parte del Entendimiento humano se refieren en última
instancia al concepto aristotélico del término, debemos ahora, también de forma
resumida, referirnos a la Naturaleza y noción de la citada Inteligencia que nos
ofrece el estagirita para arrojar debida
luz al camino por el que debemos transitar.
Un
Aristóteles más verdadero
Aristóteles
(384 a. C.-322 a. C.), pensaba que la Ciencia se fundaba sobre conocimientos
fijos, estables y universales. La Ciencia debería responder a la pregunta «¿Qué
es?» referida a un ente por medio de una definición que diera cuenta de la
esencia del mismo, de forma fija, estable y necesaria, es decir, que algo es de
determinada manera y no puede serlo de ninguna otra. El problema reside en la
manera en que se puede acceder a dicho conocimiento. Para dar solución a esta
cuestión, Aristóteles introduce en el planteamiento del problema las funciones
relativas a los sentidos, la Imaginación y el Entendimiento. No admitiendo ni
las ideas innatas ni la reminiscencia, el filósofo griego toma como punto de
partida los datos que aportan los sentidos que tienen contacto directo con lo
particular y cambiante. La Memoria será la capacidad de almacenar esos
conocimientos y de la repetición de las mismas o semejantes sensaciones, nace
la experiencia, que sigue contemplando a las cosas como singulares y particulares.
De la unidad de esas particularidades nacerá el Concepto universal, fijo y
necesario.
Este
proceso, que es una secuencia inductiva, es decir, que empieza con lo
particular para llegar a lo general, quedó mejor expuesto en el libro III del
Tratado del Alma de Aristóteles cuya influencia, directamente o a través de los
comentaristas de su obra de, será la base de la reflexión sobre el
Entendimiento que realizan los filósofos árabes y, sobre todo, Averroes, como
veremos en su momento.
En dos breves fragmentos del citado libro, Aristóteles insinúa un mecanismo algo diferente al inductivo ya mencionado y referido a la forma en la que se producen los conceptos universales. Este procedimiento, de cariz psicológico, da comienzo con la primera depuración que sufren los datos que aportan los sentidos en un dominio más amplio al que denomina «sentido común o general». De aquí, esos datos pasan a la «fantasía» conservando todavía su referencia a las cosas particulares e inmediatas pero comprendidas como algo más abstracto y general, puesto que se trata de imágenes de las cosas y no de las cosas mismas. Sobre estas imágenes ejerce su función el Entendimiento agente que será el encargado de proyectar su luz sobre aquellas, produciendo con ello la consolidación de conceptos plenamente abstractos y universales.
Aparentemente
fácil, la somera explicación sobre la función del Entendimiento aristotélico
que acabamos de exponer, se complicará en adelante puesto que, como bien lo
observaron los filósofos árabes y, sobre todo, Averroes, con la simple y
esquemática exposición del proceso cognoscitivo, no se solucionan los aspectos
del conocimiento mismo. De ello hablaremos en su momento. Por ahora, bástenos
con tener en cuenta que ese Entendimiento, cuya función es decisiva en la
historia del pensamiento árabe e islámico, determina el núcleo de las
reflexiones más elaboradas en el pensamiento árabe e islámico, tanto en Oriente
como en al-Andalus. En este caso, la línea discursiva que empezó con Ibn
Masarra, continuará con la de Ibn al-Aríf, Ibn al-Sid e Ibn Tufayl, antecedentes
inmediatos de Averroes.
La preocupación por el entendimiento
Ibn
al-`Aríf de Almería (m. 1141), más sufí que filósofo, es el eslabón intermedio
de la cadena de pensadores andalusíes que derivan de Ibn Masarra y enlazan con
Ibn al-Síd. El sufí almeriense, de todas formas, contiene reminiscencias
neoplatónicas que se aplican a la práctica de la vía unitiva: el Hombre, para
llegar a la realidad del Uno debe despojarse previamente de su materialidad
mediante un proceso purificador de diez etapas en las que el desprendimiento de
lo material se va haciendo cada vez más patente, desde la abolición del deseo,
hasta la anulación de la Voluntad, pasando por el desprecio y la anulación de
la gratitud, esperanza, temor, tristeza, paciencia y confianza.
Ibn al-Síd
de Badajoz (n. 1052) nos propone un esquema conceptual que remite a los
postulados de la Enciclopedia de los denominados hermanos de la Pureza, tratado
que expone todo o casi todo el conocimiento filosófico y político del siglo X.
Según el pensador pacense, Al-lah es el Ser por antonomasia y puede
simbolizarse por el Uno, ser absoluto del que no puede predicarse ni un antes
ni un después porque está fuera del tiempo y del espacio. Inmutable, sin
principio ni fin es, por tanto, eterno e inmóvil.
Necesitado
de una explicación que aclare el paso de esa unidad a la multiplicidad de los
seres, Ibn al-Síd recurre a los sistemas de al-Farabi y de Avicena en los que
ese tránsito queda explicado en términos de emanación. La novedad que aporta el
filósofo de Badajoz es que ese proceso de emanación debe entenderse a la luz
de conceptos aritméticos del tipo de los propuestos por los pitagóricos que resurgieron en el mundo helenístico a finales del siglo II tras haber desaparecido el pitagorismo, como escuela, en la segunda mitad del siglo IV a. C.
Ibn al-Síd
nos dice que, siendo Al-lah la Primera Causa de todo lo existente, la emanación
creativa de los seres que de Él proceden se realiza al modo en que la serie de
los números naturales proceden del número 1. Además, la explicación de este
proceso se acompaña de una Teoría cosmológica: del Uno emanan 9 ángeles divinos
que son los nueve entendimientos de las esferas celestes. La última de ellas,
la más alejada del Uno y, por tanto, la menos perfecta, análogamente a como el
número 9 está alejado del 1 por ocho números intermedios, es la que tiene a su
cargo el gobierno del mundo sublunar y que, también, es la sede el
Entendimiento agente.
De la misma
forma en que el Sol ilumina a la Tierra, ese Entendimiento ilumina a las almas
humanas que, sometidas a las constricciones del Cuerpo, precisan de esa luz
para conocerse a sí mismas y a la Unidad de la que, en última instancia,
proceden. La composición del Ser humano entendida como la unión de Cuerpo y
Alma o, en términos aristotélicos adoptados por Avicena, de materia y forma, lo
constituyen como el perfecto microcosmo y, como tal, poseedor de todas las
potencialidades de conocimiento hasta llegar a los más excelsos y sublimes. Con
ello, Ibn al-Sid nos está proponiendo un sistema al que podríamos denominar
educativo puesto que el sabio auténtico es quien logra la unión con el
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Entendimiento
agente dador de todo conocimiento.
El proceso
que sigue la adquisición del mismo, empieza con el conocimiento matemático puro
y desde este se pasa al conocimiento de las entidades que tienen materia, es
decir, las propias de la Física. La reflexión sobre las mismas conduce a la
consideración de aquellas en las que, progresivamente van manifestando rasgos
no propiamente materiales: los seres vegetales, con su Alma vegetativa, los
animales, regidos por el Alma irascible y, al final de esa meditación, se llega
al conocimiento del Hombre donde domina el Alma racional.
La
constatación de la presencia del Alma racional, hace posible el ascenso al
conocimiento del Entendimiento agente que, a su vez, posibilita el ascenso
cognoscitivo hasta llegar al de las esferas celestes y, desde ellas, al
conocimiento del Uno. A este conocimiento ascendente, Ibn al-Síd lo denomina
especulación humana que, una vez logrado la Ciencia del Uno, procede a
considerar sus atributos y el gobierno divino de la creación.
Una teoría
de la Unión intelectual
Después de
Ibn al-Sid, en la secuencia de pensadores de al-Andalus que venimos exponiendo,
destaca Avempace del que, como dijimos, algunos quisieron ver el maestro
filosófico de Averroes a pesar de las imposibilidades cronológicas también
mencionadas. Con él, el pensamiento andalusí llega a ser verdadera Filosofía o,
por lo menos, un modo de pensar más acorde con los presupuestos racionales y
sistemáticos que otorgan coherencia a todo sistema
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filosófico.
Nacido en
Zaragoza, la vida de Avempace es símbolo de la azarosa existencia que habían de
llevar muchos de los intelectuales del momento. Filólogo, poeta, músico y
filósofo, además de médico, llegó a ser ministro del gobernador de aquella
ciudad nombrado por los almorávides cuando entraron en la misma en 1110. Cuando
siete años después fue conquistada por Alfonso I, el filósofo inició una vida
itinerante que lo llevó a residir en Almería, Granada, Jaén y Sevilla donde
ejerció la medicina y redactó gran parte de su obra. Es esta una etapa en la
que Avempace se enzarzó en agudas polémicas con algunos sabios de su tiempo,
entre ellos el famoso médico Avenzoar ya citado. En los últimos años de su
vida, en la que como dijimos tuvo relación con la familia de Averroes, llegó a
ser ministro del emir almorávide y murió en Fez, se ha dicho que envenenado, en
1138.
Poco tiempo
antes de su muerte, Avempace escribió a su compañero en el tiempo en que
residió en Sevilla, Ibn al-Imám, la Carta del adiós y la Epístola de la unión
del Entendimiento con el Hombre. En el título en árabe de esta última, Risála
ittisál al-`aql bil insán, aparecen dos términos que definen el alcance de las
aspiraciones filosóficas del pensador zaragozano y sus relaciones con las
tendencias sufíes que se producían simultáneamente en al-Andalus. Nos referimos
a las palabras ittisál, unión por contacto, y `aql, Entendimiento o Razón que,
a su vez, remite a un significado relativo también a la unión.
La raíz
árabe de esta última palabra significa, originariamente,
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trabar,
ligar o atar por los pies. Por extensión, significa comprender, entender o
razonar teniendo en cuenta que el acto de comprender o entender algo supone la
unión del que conoce con la cosa conocida. En cuanto al término ittisál la
significada unión se entiende como la toma de contacto íntimo entre el que
sujeto y el objeto. En ambos casos, el sentido es análogo aunque difieren en el
matiz: conocer por la Razón, aql, es algo diferente al conocer por la unión,
ittisál. En el primer caso, parece que el conocimiento se debe a un acto
puramente racional en el que el Entendimiento y la cosa conocida por el mismo,
establecen una unión en la que cada uno de los dos extremos permanece siendo el
mismo. En el caso de la unión entendida como ittisál, ese contacto parece
indicar una cierta fusión entre uno y otro y de ello encontramos pruebas tanto
en los sufíes como en los filósofos.
La Unicón
sufí
El sufismo,
tasauf en árabe, es el depósito de la espiritualidad islámica. A comienzos del
siglo VIII empezó a usarse la palabra sufi para designar a toda persona que swe
entregaba a la disciplina ascética y a un sistema de vida espiritual cuya meta
final es la unión con Al-lah. Este camino se recorre a través de sucesivas
etapas o estados espirituales que, siendo efectos del favor de Al-lah,
consiguen un grado de acercamiento tal que llega un momento en que Él toma a su
cargo el corazón de su siervo y le comunica la iluminación y la Ciencia. Como
dice Algacel en su Vivificación de las ciencias religiosas, los sufíes aprecian
las ciencias venidas de la
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inspiración
y no las adquiridas por el estudio.
S in
embargo, a medida que la práctica sufí se fue consolidando, los maestros de la
vía escribieron tratados y reflexiones, de tal manera que en el siglo XII,
tanto en al-Andalus como en Oriente, podemos observar una prodigiosa floración
de sufíes y escritos relativos a su disciplina cuya historia y detalle no
podemos hacer aquí por razones de espacio. En casi todos los casos, en este
siglo, lo que podríamos denominar el discurso sufi manifiesta rasgos de altura
intelectual que ponen de manifiesto que, para el mismo, la vía del conocimiento
y la del amor vienen a ser complementarias y así podemos constatarlo en Umar
al-Faríd o en Chalal al-Dín al-Rumi cuyos versos están llenos de apreciaciones
intelectuales.
Por otra
parte, el desarrollo de la terminología específicamente sufí y destinada al uso
de los sufíes, acaba integrando en su seno a la que venía siendo propia de la
Filosofía aunque ésta se traslada, por la vía de la analogía, a los terrenos
del simbolismo. Así, el espíritu universal resulta análogo al primer
Entendimiento. Como, además, ese espíritu es el mediador entre el Ser divino y
los seres creados, es también análogo al cálamo supremo con el que Al-lah
escribe todos los destinos individuales en la Tabla Guardada que corresponde, a
su vez, al Alma universal. La materia prima de la especulación filosófica, es
en el sufismo la sustancia universal o al-Habà que hace referencia a las
partículas de polvo y éste no llega a hacerse visible sino en la medida en que
refracta la luz y el rayo de luz, por su parte, solamente se hace visible
gracias a la pantalla del polvo suspendido en el aire.
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Preparado por Patricio Barros
Biografía
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El
espíritu, al-Ruh, es, para los sufíes, conocimiento y ser a un mismo tiempo y
estos dos aspectos complementarios se simbolizan en el Ser humano como Razón y
Corazón. El corazón indica lo que somos en relación con el Creador y la Razón
muestra lo que pensamos de Él. Además, el corazón es el órgano de la intuición
y el punto de identificación del Ser del Hombre con el Ser absoluto pues, como
indica un hadíz profético, Al-lah dijo: «Los cielos y la tierra no pueden
contenerme, pero el corazón de mi siervo creyente Me contiene». Desde otro
punto de vista, complementario a los anteriores, el corazón es, respecto de las
demás facultades humanas, lo que el sol es a los planetas.
A este
respecto, es interesante observar cómo uno de los más importantes sufíes de su
tiempo, Abd al-Karím al-Chili (m. 1403), al que más adelante volveremos a
referirnos, traslada el esquema cosmológico habitual en la Filosofía islámica
de cuño emanatista a los parámetros del orden simbólico sufí. Según el
planteamiento del citado autor, Saturno corresponde al Intelecto, Entendimiento
o Razón, `aql, y del mismo modo en que la esfera de Saturno engloba al resto de
las esferas celestes, por ser la más elevada, el Intelecto-Razón abarca todas
las cosas y todos los entendimientos. Dentro de este mismo marco simbólico, la
Naturaleza fría de Saturno viene a ser análoga a la frialdad de la Razón en sus
operaciones intelectuales y, como tal, situada en el extremo opuesto al corazón
cuya calidez, el amor, es capaz de ir más allá del conocimiento puramente
racional.
Descendiendo
en la escala de las esferas y de sus correspondientes
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planetas o
astros, según al-Chili, Mercurio simboliza el pensamiento, Venus la
imaginación, Marte la facultad conjetural, Júpiter la aspiración espiritual y
la Luna el espíritu vital. Este espíritu vital incluye el Cuerpo y las
facultades sensibles que pueden llegar a ser soportes del espíritu o espejos
que refracten su luz. El sufí que decide realizar su objetivo, es decir,
alcanzar la unión con ese espíritu, puede emplear una o varias de sus
facultades sensibles: la vista, el oído, el olfato, el gusto o el tacto de tal
forma que, con el correspondiente esfuerzo y disciplina, la facultad empleada
se trasmuta en la expresión directa del Entendimiento universal. Con ello, es
capaz de «oír» las esencias eternas de las cosas, «verlas» o «saborearlas».
En
al-Andalus, es el magno sufí Muhi al-Din ibn `Arabi que, como veremos, tuvo
ocasión de intercambiar sus puntos de vista con Averroes, quien habla con más
detenimiento de la unión suprema como penetración mutua entre Al-lah y el
Hombre. En la misma, la Naturaleza divina se convierte en la Naturaleza humana
y ésta es absorbida por la realidad divina de forma que, estando Al-lah
presente en el Hombre, éste se anula en Él.
El sufí
murciano concibe también la unión como asimilación de las cualidades divinas y
esa asimilación debe entenderse en un sentido puramente racional, como
conocimiento de dichas cualidades o presencias. Esta asimilación supone,
evidentemente, que el Hombre conserva algo de su individualidad pues de no ser
así, no tendría la lejanía suficiente como para conocer el objeto de su
asimilación. Para explicar esta aparente paradoja, Ibn `Arabi compara la
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individualidad
del Hombre que ha realizado a Al-lah con una pantalla que colorea la luz pura
cuando esta se filtra a través de aquella. En el capítulo dedicado a la
sabiduría del profeta José, de la obra Los engarces de la sabiduría del sufí
andalusí, la individualidad del que ha llegado a la unión es como la luz que se
proyecta a través de la sombra y en el sufi que ha alcanzado dicho estado, la
«forma» de Al-lah se manifiesta más clara y directamente que en los demás.
Todas estas
reflexiones, breves y muy esquemáticas, relativas a un tipo de unión simultáneo
al que proponen los filósofos racionalistas no dejan de tener similitudes y
correspondencias, a su vez, con las propuestas por filósofos de otras
procedencias que, sin embargo, no dejaron de tener influencia en los pensadores
que venimos mencionando uno de los cuales, Avempace, viene a ser la sutura de
una distancia y de un desnivel cognoscitivo, el del espíritu frente al de la
Razón, por medio de un sistema coherente y muy elaborado.
La Unicón
intelectual de Avenpace
El filósofo
zaragozano se dirige en su Espístola a los poseedores del más alto
conocimiento, tercer grado de una escala ascendente de aptitudes cognoscitivas
consistente en tres rangos que es la misma que expone Averroes como dijimos en
su momento: el grado del común de las gentes, limitado al conocimiento sensible
e imaginativo, el de los sabios que razonan teóricamente y el de los
capacitados para entender el mundo de las formas separadas de toda materia.
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En su obra,
Avempace tiene interés en suscitar la posibilidad de la unión del Intelecto
humano con el divino entendiendo, como los sufíes, que dicha compenetración
constituye la aspiración humana más importante y sublime. Sin embargo, en lugar
de situar la posibilidad de esta unión en su horizonte espiritual, religioso,
unión que, por otra parte solamente se logra plenamente en la otra vida,
Avempace la entiende como la última etapa de un ascenso intelectual que procede
por sucesivos grados de abstracción, de separación creciente entre lo material
y lo espiritual, entre la materia y la forma.
Esa subida
a la cima de la unión con el Entendimiento agente, concepto aristotélico como
hemos visto, atraviesa una serie de formas espirituales que cada vez contienen
menos materia y más forma hasta llegar al Entendimiento agente, desprovisto de
cualquier mancha de materia, separado y de común disposición por todos los
humanos. En este esquema, también lo podemos observar, son evidentes rasgos
platónicos y estoicos que remiten al comentador por excelencia de Aristóteles
en la denominada etapa ecléctica del Liceo aristotélico: Alejandro de Afrodisia
(h. 198-211 d. C.).
Como
Averroes tendrá muy en cuenta la opinión de este autor, no está de más que
adelantemos algunas observaciones sobre su pensamiento que, por otra parte,
como queda dicho, es precedente de la Teoría de Avempace. Alejandro de
Afrodisia trató de recobrar el aristotelismo auténtico con el mismo afán con
que lo hará en su momento Averroes.
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Sin
embargo, y de ahí su eclecticismo, combina elementos materialistas,
nominalistas, platónicos y estoicos que darán consistencia a su concepto de
Entendimiento agente y separado que influirá en Plotino, en la escuela
alejandrina y en comentaristas posteriores. Aunque ninguno de sus comentarios a
la obra de Aristóteles nos ha llegado en la versión árabe a la que fueron
vertidos en Bagdad, sabemos que esas traducciones árabes fueron consultadas por
Averroes y, antes, por al-Farabi, posiblemente, por Avempace.
Alejandro
de Afrodisia, en su tratado sobre el Entendimiento, plantea la existencia de
tres modalidades del mismo, íntimamente unidas y formando un todo: un
Entendimiento activo, separado del Hombre, que no forma parte ni es potencia
del Alma humana, eterno, incorruptible e inmortal, análogo a Dios o al Logos de
los estoicos. El Entendimiento material, natural o potencial, que es el propio
de cada Hombre y que se corrompe y desvanece con el Cuerpo al morir éste. Este
Entendimiento tiene capacidad, es decir, está en potencia para hacerse igual a
las cosas en el acto de conocerlas, aunque para tener ese conocimiento necesita
de la intervención del Entendimiento agente que convierta esas potencias en
actos.
Una vez que
se ha realizado la intervención del Entendimiento agente, ese Entendimiento
material o natural, se convierte en Entendimiento adquirido y gracias a él, la
suma de conocimientos posible forma el depósito de la Ciencia, del que se puede
disponer para utilidad de los que así lo requieran. Este Entendimiento, con
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su Ciencia,
también desaparece con la desaparición del Cuerpo. La única inmortalidad
intelectual posible es la que detenta el Entendimiento agente y separado.
El
argumento de la Epístola sobre la unión del Entendimiento con el Hombre de
Avempace empieza con una breve disquisición sobre el Uno y la Unidad a partir
de las informaciones de Aristóteles y al-Farabi al respecto y, a continuación,
expone una Teoría de las formas espirituales distinguiendo varias de ellas. Sin
embargo, creemos necesario aclarar, también breve y esquemáticamente, algunos
conceptos que siendo originarios de Aristóteles, se verán de nuevo en Averroes
y que, en todo caso, es preciso lograr un correcto Entendimiento de los mismos
para evitar errores de interpretación, sobre todo en el caso del término forma
que tan frecuentemente venimos citando.
Un primer
dato que la experiencia nos suministra es la variedad inmensa de seres o, dicho
con mayor precisión, entes particulares que en su conjunto, fuera de nosotros y
en nuestra mente, constituyen la totalidad de la realidad. Todos esos entes
son, a la vez, individuales y comunes: un ente determinado se diferencia de
todos los demás y también es semejante a todos los demás. Si tuviéramos que dar
una explicación de esta duplicidad de aspectos o manifestaciones de los entes,
deberíamos recurrir a dos principios explicativos: uno, para dar cuenta de sus
rasgos individuales que los hacen diferentes a todos los demás y otro, para que
pruebe su semejanza con el resto de los entes que no son él. El recurso
explicativo en la tradición aristotélica es decir que cada ente tiene
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un doble
aspecto: el de la potencia y el del acto y es mérito de Aristóteles haber
propuesto esta argumentación que será la base del razonamiento ontológico, es
decir, sobre los entes, que realizará Averroes y, antes que él, Avicena.
Según
Aristóteles, la Unidad esencial de todo ente, aquello que lo hace ser él mismo
y no otro pero, también, semejante a otro, solo es posible entenderla teniendo
en cuenta que en todo ser hay un principio potencial, es decir, capaz de ser
configurado o determinado por otro principio sin el cual ese ente sería siempre
una pura indeterminación. El principio potencial y determinable es la materia y
el que actualiza esa materia y saca a esa potencia o posibilidad desnuda de su
indeterminación es la forma que, con mayor precisión se denomina forma
sustancial.
Evidentemente,
si estamos hablando de entes reales, nada de esa explicación anterior tendría
sentido si esos entes no existieran y, en su existencia, no manifestasen su
realidad individual a la que podemos llamar esencia que es lo que afirmamos
cuando damos una definición de lo que esos entesson. Así, el panorama general
de la realidad nos ofrece entes que existen formando una comunidad integrada en
su conjunto con los rasgos individuales de cada uno que manifiestan su esencia
y gracias a la cual podemos distinguir unos entes de otros.
Por tanto,
todos los entes tienen una estructura que, por un lado, la entendemos como
constituida por materia y forma y, por otro, siendo la materia posibilidad y la
forma actualización de esa posibilidad, por potencia y acto. Es decir, la
materia es análoga a la
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potencia y
la forma lo es al acto. Y desde este planteamiento, podemos proseguir en la
aclaración del concepto de forma que es lo que nos motivaba en principio.
La forma es
el principio que realmente otorga el Ser a la materia. Sin la forma, la materia
no tendría individualidad, pues ésta solo se puede conseguir actualizándola y
esa capacidad o poder es atributo de la forma. No olvidemos que estamos
hablando de principios, no de realidades concretas: la forma no existiría sin
una materia a la que in-formar y viceversa. Por tanto, hablando de forma, como
lo hacía Aristóteles, no cabe pensar en «forma» como imagen o silueta delineada
en un dibujo o en una escultura. Se trata de un principio absolutamente
abstracto del que el filósofo griego decía que era el principio de la
perfección misma porque, en definitiva, la forma pura y sin materia es la
cúspide de la jerarquía de todos los seres. En el otro extremo, el más bajo en
lo relativo a la perfección, se ubica la materia sin forma o determinación
alguna: es la pura posibilidad, es decir, algo muy cercano a la nada porque en
realidad es nada pero, a su vez, lo puede ser todo.
Entre ambos
polos, los entes se escalonan desde la forma pura, hasta la pura materia.
Aquella es también, según lo dicho, el acto puro y ésta, la pura potencia. Como
tal, esta pura posibilidad que no es nada pero puede ser todo o algo, parece
irresistiblemente atraída por el acto y esa atracción, eros, es la causa del
movimiento y el cambio incesante y eterno de toda la realidad. El acto puro es
análogo a Dios.
Aristóteles
no concibe una divinidad en el sentido en que lo hacen
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las
religiones reveladas pero, como explica el filósofo, si todos los seres tienden
a ese Dios/acto puro/forma pura, lo hacen porque se dirigen a la perfección
empezando por la pura potencia y ascendiendo a entes que son partícipes de la
potencia y el acto, de la materia y la forma, como es el caso del Ser humano
que se sitúa en el justo medio de la realidad. Como compuesto de
materia/potencia y forma/acto, el Hombre aspira a su propia perfección movido
por ese impulso innegable que lo hace ascender se grado en grado hasta el
límite de sus posibilidades perfectivas y, en los filósofos árabes de los que
estamos hablando, ese límite es el Entendimiento agente y separado.
Este es,
básicamente, el esquema conceptual que sirve de base para la argumentación de
Avempace cuando nos habla de las formas espirituales, es decir las más
perfectas y que son los referentes o los hitos del proceso unitivo que propone.
Partiendo de las más imperfectas: las formas que están en las facultades
cognoscitivas del Alma como nociones y que precisan de la Imaginación de cosas
materiales o de la Memoria como acumulación de esas representaciones,
ascendemos a otro grado más elevado de formas que, siendo muy perfectas,
contienen algún tipo de relación con la materia.
Después,
nos elevaremos a las formas que encarnan entidades más perfectas porque están
menos contaminadas por la materia: el Entendimiento agente y el Entendimiento
adquirido humano capaz de reflejar la luz del primero llegando, por último, a
las formas de las esferas celestes que no tienen relación alguna con la materia
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pues se
hallan en la cercanía del acto puro.
Ahora bien,
todo este proceso, no lo olvidemos, es el que emprende el Ser humano individual
y, por tanto, en tanto que es un ser real material, compuesto de materia
(Cuerpo) y forma (Alma). Por ello, el procedimiento a seguir por Avempace que,
en este punto, critica a los sufíes porque emplean medios no racionales, es un
procedimiento mental que abstrae, es decir, aparta en cada caso y en cada ente,
su aspecto material de su vertiente formal, hasta quedarse con la pura forma y
así sucesivamente hasta llegar al Entendimiento agente y separado. Es
denominado agente porque actualiza toda la potencialidad que reside en el
Entendimiento humano y por ello, éste se siente impelido en ir a su encuentro
para unirse con él.
A pesar de
la explicación prolija de Avempace sobre el procedimiento de unión con el
Entendimiento agente, parece que no llega a describir el estado de dicha unión
propiamente dicha y se detiene brevemente en una plasmación poética: «este
estado sobrepasa, por su grandeza, su nobleza y gozo, a toda descripción
posible».
En
cualquier caso, el pensamiento de Avempace tiene un marcado carácter ético pues
delimita la Felicidad humana como el bien supremo. Por otra parte, como hombre
versado en Teología islámica y creyente sincero, trata de armonizar la doctrina
revelada con la especulación filosófica griega y, siendo su ideal el de la
consecución de la perfección, ese objetivo solamente puede lograrse, en su
opinión, por medio de una vida dedicada al puro conocimiento.
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Ibn Tufayl:
Entre la Razón y el Éxtasis
A bu Bakr
ibn Muhammad ibn Tufayl al-Qaisí, que nació en Guadix hacia el año 1110, es
contemporáneo de Averroes y, como veremos más adelante, fue quien lo presentó
en la corte almohade de Marrakech donde ejercía funciones de médico del califa.
El único libro que de él nos ha llegado, posiblemente incluso el único que
escribió, es su novela filosófica titulada Risála Hayy ibn Iaqzán fi asrár
al-hikma al-maxriqía que fue traducida, desde el siglo XVIII a casi todas las
lenguas europeas y, a principios del siglo XX, apareció la primera traducción
castellana de la obra15.
El
argumento del libro, sobre el que se han hecho numerosos estudios e
interpretaciones, es el siguiente: Hayy, «el viviente hijo del Vigilante», nace
por generación espontánea, de arcilla fermentada, en una isla desierta de la
India. Amamantado por una gacela, va inventando y descubriendo todo lo
necesario para su subsistencia y descubre por sí mismo las más altas verdades
físicas y teológicas. A la edad de cuarenta y nueve años logra la unión con el
Entendimiento agente por medio del Éxtasis espiritual.
Posteriormente,
llega a la isla el asceta Asal en busca de la soledad y, tras encontrarse con
Hayy, le enseña a hablar comprobando que lo que éste había conseguido por la
sola Razón natural coincide con las verdades de su religión. Los dos, salen
hacia una isla cercana donde reinaba Salaman y tratan de adoctrinar a sus
habitantes. Ante la incomprensión de éstos, deciden regresar a su aislamiento
dejándoles el encargo de que practicaran la religión de sus
15 F. Pons
Boigues, El filósofo autodidacto de Abentofail. Zaragoza, 1900. En 1934, se
publicó la traducción de A. González Palencia a la que nos remitimos en las
citas textuales.
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antepasados.
Una de las
claves interpretativas de la novela, posiblemente la más evidente, es la que
hace referencia a las relaciones entre la Razón y la Revelación, es decir,
entre la Razón y la Fe. Hayy, es el símbolo de la Razón y del pensamiento
racional, Asal y Salaman, por su parte, lo son de la religión. En otro nivel
interpretativo, la obra plasma el proceso unitivo al modo de los maestros de la
espiritualidad sufí que, filosóficamente hablando, también podemos relacionarlo
con el pensamiento de Avicena.
Como obra
de iniciación espiritual, sus destinatarios son los que poseen el grado más
elevado de conocimiento, la gnosis. El sufismo, en general, tiende a armonizar
tres vías de conocimiento y de aspiración a la unión: la gnosis o conocimiento
intelectual, maarifa; el amor, mahabba y el temor a Al-lah, jauf. Este triple
acceso a la Verdad, se pone claramente de manifiesto en la novela de Ibn Tufayl
que, dirigiéndose a los iniciados, habla de cosas «que no se oyen en las
conversaciones corrientes» por lo que los «secretos que hemos confiado a estas
pocas páginas los hemos dejado cubiertos con un velo tenue, que rápidamente lo
descorrerán los iniciados, pero que será opaco y hasta impenetrable para los
que no merezcan traspasarlo»16.
Esta
tajante distinción entre dos tipos de conocimiento es, a su modo, deudora de la
ya expuesta triple variedad de capacidades cognoscitivas mencionadas por
Avempace y por Averroes. Para Ibn Tufayl, la distinción jerárquica es más
clara: hay una verdad común
16 A.
González Palencia, Op. Cit. p. 104.
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y accesible
para todos los humanos aunque las vías de acceso a la misma son diferentes:
una, simbólica e imaginativa destinada al vulgo y otra, exacta y pura,
destinada a los que saben.
Al primero
no se le puede hablar con el lenguaje de los segundos ni tampoco a éstos con
los términos del primero. Lo más conveniente, para preservar la paz social y la
tranquilidad de ánimo es no perturbar al común de las gentes con especulaciones
abstractas que, en principio, no pueden entender. A la elite de los que saben,
los gnósticos, les está reservada la unión con el Entendimiento agente y
separado que, aun siguiendo las pautas de Avempace y la terminología
aristotélica, permanece en un terreno acotado para aquellos que llegan a la
verdadera naturaleza de esa unión: el Éxtasis intuitivo, alejado de
especulaciones meramente racionales.
La novela
de Ibn Tufayl resulta ser, también, una fuente documental para contemplar el
panorama intelectual del al-Andalus de su tiempo que, a su vez, es el de
Averroes y, más que contexto intelectual propiamente dicho, el que nos ofrece
el filósofo está más cerca del discurso espiritual que del propiamente
racional:
No vayas a
creer que la Filosofía que ha llegado hasta nosotros en los libros de
Aristóteles y de Abu Nasr (al-Farabi) y en el Libro de la curación (de
Avicena), basta para lograr lo que tú quieres, ni pienses tampoco que ningún
andalusí haya escrito acerca de esto nada que sea suficiente. Porque todos los
hombres de espíritu elevado que han vivido en al-Andalus antes de que se
divulgase en este país la Ciencia de la Lógica y de la Filosofía, consagraron
su vida únicamente a las ciencias Matemáticas, alcanzando en ellas un alto
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grado y no
pudieron estudiar lo demás. Después, sucedió a estos otra generación que
profundizó más que ellos en el conocimiento de la Lógica. Estos sí que
especularon ya en esta Ciencia pero ella no les condujo a la Verdad perfecta17.
A
continuación, Ibn Tufayl menciona como el pensador más destacado de esa
generación a Avempace y «respecto a algunos contemporáneos suyos que son
considerados como de su mismo nivel intelectual, no hemos visto de ellos
ninguna obra y, por lo que toca a sus sucesores y contemporáneos nuestros, o
están aún en vías de desarrollo o se han detenido antes de llegar a la
perfección, o no ha llegado a nuestra noticia su verdadera labor»18. Sorprende
esta afirmación en lo que tiene de alusión a «nuestros contemporáneos» porque,
uno de ellos, el más cercano a su tarea política e intelectual fue Averroes del
que cabe sospechar que en la mención citada lo hace pertenecer al grupo de los
«están aún en vías de desarrollo».
Dice
también Ibn Tufayl que la mayor parte de los escritos de al-Farabi que «han
llegado hasta nosotros, la mayor parte se refiere a la Lógica y los que tratan
de Filosofía, contienen muchas cosas dudosas». En lo que se refiere a la
presencia de Avicena, este «se encarga de explicarnos su contenido (el de las
obras de Aristóteles) y sigue el método de su Filosofía en su Kitáb al-Xifá.
Habla también de Algacel, al que nos referiremos en su momento con mayor
detenimiento y, como conclusión, se declara discípulo de este y de Avicena
cuyos respectivos sistemas le han ayudado en la búsqueda
17 A.
González Palencia, Op. Cit. p. 9.
18 A.
González Palencia, Op. Cit… p. 10.
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de la
Verdad:
Aún así, la
Verdad a la que nosotros hemos llegado y que es el fin y meta de nuestra
Ciencia, no la hemos alcanzado sino siguiendo la doctrina de al-Gazzáli y la
del maestro Abu Ali (Avicena), relacionándolas entre sí una con otra y ambas
con las opiniones que han aparecido en nuestros días, adoptadas fervorosamente
por gentes que hacen profesión de filósofos, hasta que así hemos llegado a
alcanzar la Verdad, primero, por el método de investigación y de la
especulación racional y obteniendo después, por la visión intuitiva, esta
exigua dosis de experiencia espiritual que ahora gustamos19.
Como
dijimos en páginas anteriores, el ascenso intelectual hacia el Entendimiento
agente tiene que ver, desde un punto de vista general, con la estructura
entitativa de materia y forma de los entes y aclaramos ambos conceptos desde
sus coordenadas aristotélicas. Ibn Tufayl viene, en este caso, en nuestra ayuda
pues la didáctica explicación que ofrece para entender la distinción entre
materia y forma creemos que puede contribuir a una mejor comprensión de esos
términos, además de mostrarnos que él entendió cabalmente la Teoría de
Aristóteles al respecto:
Vio claro
(Hayy) que el Cuerpo, en cuanto Cuerpo, está compuesto en realidad de dos
cualidades: una hace las veces de la arcilla (…) y la otra hace las veces de la
longitud, latitud y profundidad de la esfera, cubo o figura que tenga; que el
Cuerpo no se comprende sino compuesto de estas dos cualidades y que una de
ellas no puede existir
19 A.
González Palencia, Op. Cit… p. 13.
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sin la
otra. Pero que aquella (la cualidad de la extensión) puede cambiar y variar en
aspectos sucesivos y es como la forma en todos los cuerpos que la tienen (…) A
lo que hace el papel de la arcilla llaman los filósofos materia o hyle que está
totalmente desprovista de forma20.
Una vez
superadas todas las operaciones de abstracción o separación de la forma
respecto de la materia, Hayy alcanza la unión cuya descripción, como en el caso
de Avempace, supera las capacidades del lenguaje en tanto que el Alma «se
abismó en aquel estado y vio intuitivamente lo que ningún ojo ha visto, lo que
ninguna oreja ha oído, lo que jamás se ha presentado al corazón de un
mortal»21.
Ese estado,
por otra parte, y de forma similar a lo sucedido con Avempace, precisa un
aislamiento social obligado al verdadero sabio: la soledad que necesita el que
se instala en las alturas de la pura Razón.
En la
exposición de los momentos y figuras más significativas del pensamiento
filosófico en al-Andalus que acabamos de hacer, hemos pretendido, solamente,
proponer el alcance y los límites del mismo en tanto que contexto discursivo
inmediatamente anterior a la reflexión filosófica de Averroes para entender
mejor el fondo teórico en el que emergerá y se formará su pensamiento. Este
horizonte, delineado en breves trazos, debe también entenderse como relacionado
con la Filosofía islámica general con algunas de
20 A.
González Palencia, Op. Cit… p. 50.
21 A.
González Palencia, Op. Cit… p. 80.
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cuyas
figuras más relevantes se relaciona la propuesta del pensador cordobés. Como,
por otra parte, su pensamiento llegará a integrar aspectos esenciales de la
Filosofía occidental, debemos ahora referirnos a los rasgos definitorios de la
misma en el momento histórico que le es contemporáneo.
La
Filosofía del otro mundo
Es decir,
la especulación filosófica del mundo cristiano medieval que, en el siglo XII,
se inscribía en un momento histórico de profunda renovación que afectaba a
todos los aspectos de la vida social, económica, política y cultural europea.
Es la época del declinar del régimen feudal, de las cruzadas y, con ellas, del
contacto con las culturas de Bizancio y del mundo musulmán en general. En el
campo de la Filosofía, la labor traductora se incrementó notablemente y sus
resultados pasaron a formar parte del gran movimiento intelectual que conocemos
como Escolástica que, atendiendo a la etimología del término, se refiere al
saber cultivado en las escuelas bajo la dirección de un maestro. Aunque la
simple etimología de la palabra no nos dice mucho sobre su sentido real, en la
escolástica medieval cristiana suelen distinguirse cuatro etapas, siendo las
más importantes las de su desarrollo, en el siglo XII y de su apogeo en el
siglo siguiente. La evolución y progreso de estas etapas responden más al
desarrollo de la Teología que al de la Filosofía propiamente dicha si bien, en
el largo proceso de plasmación del pensamiento escolástico, puede observarse
una aguda tensión entre las fuentes que remiten a la autoridad en
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materia
doctrinal y las aspiraciones a la consecución de una tarea reflexiva iluminada
por la sola Razón.
U no de los
problemas donde se puso de manifiesto esta tensión fue la controversia sobre
los universales, problema crucial en el que convergen las cuestiones
fundamentales de la Ontología, la Lógica, la Cosmología y, evidentemente, la
Teología. Los universales son los conceptos elaborados por el Entendimiento
humano y, por tanto, realidades mentales logradas por abstracción y la
especificación de la Naturaleza intrínseca de las mismas es la base de toda la
controversia. Este problema llegó a los pensadores cristianos medievales a
través del planteamiento del neoplatónico Porfirio y del neoplatonizante
Boecio. Como base de la discusión y de los términos de la misma, acudimos a la
formulación del primero.
Porfirio
plantea la cuestión de la existencia o realidad de los conceptos universales
contraponiendo Platón a Aristóteles, es decir, si los conceptos universales
existen en la realidad como sustancias (platonismo) o como conceptos en el
Entendimiento (Aristóteles). En caso de existir en la realidad, hay que ver si
se trata de entidades corpóreas o incorpóreas, por una parte, y si, por otra,
existen en la realidad, debe estudiarse si están separados de las cosas
sensibles o mezclados, de alguna forma con ellas.
Esta
discusión, que duró siglos, trivial y sin interés alguno para nosotros hoy,
tenía profundas implicaciones teológicas cuyo debate aguzó el uso de la Razón y
empleó terminologías, conceptos y nociones específicamente filosóficas. Las
primeras discusiones sobre los universales están íntimamente ligadas al
problema de la
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transmisión
del pecado original, del mismo modo que las que mantuvieron Roscelin y Abelardo
sobre la naturaleza de esos conceptos universales, estaban relacionadas con las
propuestas teológicas sobre la Trinidad divina.
Ambos
pensadores y casi todos los demás que formaron parte de la polémica, vinieron a
forjar una Filosofía o un modo de razonar que utilizaba la argumentación
proveniente de la Razón aplicándola a los datos que ofrecía la Fe. Con ello, la
Filosofía cristiana entraba en el dominio especulativo referido a la también
controvertida cuestión de la relación entre Razón y Fe que, como hemos visto,
fue asimismo parte sustancial de la reflexión islámica y que lo será, en alto
grado, de la de Averroes.
Uno de los
pensadores europeos, Adelardo de Bath, del mismo siglo que el pensador
cordobés, pues la fecha de su muerte pudo ser contemporánea a la del nacimiento
de Averroes, viajó durante siete años por los territorios dominados por los
cruzados y en uno de ellos, en Sicilia, aprendió griego y árabe, entró en
contacto con la Ciencia musulmana y fue uno de los primeros cristianos en
introducirla en Occidente. A partir del texto árabe, tradujo los Elementos de
Euclides, las tablas astronómicas de Muhammad al-Balchí y la obra de
al-Juarizmí.
En el
debate sobre los universales, intentó conciliar el platonismo y el
aristotelismo pero, insatisfecho de la cultura de su época, señala al mundo
islámico como el verdadero depositario del saber auténtico. En su opinión, éste
no se limita a la prolija contemplación y cuestionamiento de las estructuras
del Ser, sino
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que se
interesa por los problemas de la Ciencia natural de cuya solución emanan nuevos
modos de abordar la cuestión de las relaciones entre autoridad y pensamiento
libre.
Junto a la
cuestión de los universales, el pensamiento occidental del siglo XII, advierte
nuevos problemas que surgen con la lectura de fuentes no cristianas, como es el
caso de Adelardo de Bath y al hilo, también, de las cambiantes circunstancias
de orden político que se evidenciaban en ese momento. A este respecto, es
interesante traer a colación la figura de un contemporáneo cristiano de
Averroes: Juan de Salisbury (1120-1180), adscrito a la denominada escuela de
Chartres. Prototipo perfecto de humanista cristiano, su Fe no le impidió
valorar y apreciar la Filosofía griega, aunque siempre la antepuso a las
especulaciones racionales.
Desde su
propio horizonte cognoscitivo y en base a los problemas políticos de los que
fue testigo, el pensador inglés abordó en una de sus obras la cuestión de las
prerrogativas del príncipe y sus relaciones con la sociedad y el poder
eclesiástico. Contemporáneo del Imperio almohade y, con toda seguridad,
desconocedor de la esencia teológica del mismo, en su Polycraticus, notable
tratado de Filosofía política que refleja los conflictos entonces existentes
entre las potestades de la Iglesia y el Estado, Juan de Salisbury defiende un
sistema de gobierno plenamente teocrático inspirado en el texto del Antiguo
Testamento: toda potestad deriva de Dios y, por medio de la Iglesia, la entrega
a los príncipes que solamente deben decidir en asuntos temporales y circunstanciales.
El
cambiante, diverso y heterogéneo panorama cultural de finales
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del siglo
XII y de todo el siglo XIII, abordó nuevos modos de filosofar en cuya gestación
tuvo mucho que ver la introducción del aristotelismo por la vía de las
traducciones árabes del mismo. Fue este el momento en el que, de nuevo, se
plantearán las relaciones entre la Razón y la Fe y en su elucidación, que
ocupará todo este siglo y el siguiente, no dejarán de tener presencia,
altamente polémica y discutida, las aportaciones del pensamiento islámico entre
las que destaca la de Averroes.
En ese
«otro» mundo especulativo, como hemos denominado al filosófico occidental
contemporáneo del islámico, no puede dejar de señalarse la presencia de, otro
espacio de reflexión filosófica como fue el del pensamiento judío, sobre todo
el del contemporáneo y vecino en Córdoba de Averroes: Moisés ben Maimún,
Maimónides en los escritos occidentales, que nació en esa ciudad en 1135. En su
lugar nos referiremos a él de forma más detenida.
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Capítulo II
La entrada
al mundo
Córdoba.
Primavera de 1143. El joven Abu al-Ualíd hace poco que ha cumplido diecisiete
años y presiente que su vida entra en una nueva etapa. Accede a la exterioridad
con el bagaje de su formación y de sus estudios realizados en el seno de la
familia y maestros. En la terraza de su casa, por la noche, el perfume de las
flores de los naranjos llena la ciudad y se mezcla en la vida de sus gentes.
Por entre el azahar se percibe el eco de la voz del almuédano que salmodia la
llamada a la última oración del día que deja paso a la tibia beatitud de la
noche.
Abu
al-Ualíd levanta sus ojos al cielo y su vista se pierde en un firmamento donde
infinitas estrellas se encienden y se apagan. Presagio y símbolo de ausencias y
presencias continuamente renovadas en la oscuridad sin fondo. Frente a él, la
llanura que se extiende más allá del río le induce al recuerdo de la aleya
tantas veces meditada: «¡Siervos creyentes! ¡Mi tierra es vasta! ¡Servidme,
pues, a Mi solo!»22.
Desde hacía
más de diez años, la formación que ha recibido lo predispone a una tarea para
cuyo cumplimiento solamente necesitará del lenguaje conveniente, de la
sabiduría en el manejo de sus códigos y de la perspicacia necesaria para entrar
adecuadamente en lo que podríamos llamar «la puerta del Conocimiento».
22 29, 56.
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En estos
momentos sólo existe en él un sentimiento algo borroso, pero consciente, de que
ha dado el paso de una designación pasiva, la que su familia le tenía
reservada, a una responsabilidad personal. Se trata de una ligera determinación
que va del niño al joven y elevado e instaurado en su orden social, el tiempo
se encargará de que pueda hacerse entender teniendo como asidero una verdad.
Cuando la reconozca y la afirme, cuando, después, sea capaz de expresarla en el
orden del lenguaje, él mismo entrará a formar parte de lo verdadero.
Desde
Marrakech llega a Córdoba la noticia de la muerte de Ali ibn Iusuf y del acceso
al trono almorávide de Taxfín. Tras un período de florecimiento de la cultura
andalusí, el pueblo, que con tanto afán había deseado a los almorávides
empezaba, en ese año de 1143, a desear librarse del Imperio bereber. En el
Magreb, el creciente movimiento almohade iba ganando terreno y Taxfín acabará
sus días cerca de Orán dos años después. En al-Andalus, de nuevo se disgregó el
territorio en renovadas taifas. Atrás quedará el recuerdo de una soberanía a la
que sirvió el abuelo de Averroes y a la que, es este momento, sirve su padre.
El
movimiento almorávide no creó una doctrina política de suficiente envergadura
como para sustentar un estado capaz de regir un imperio que integró, no
solamente a casi todo el Magreb, sino también a las tierras del otro lado del
Estrecho, es decir, a al-Andalus. Las proclamas de Ibn Iasin, que organizó a
sus seguidores a modo de orden militar recluida en fortificaciones, ribát, de
cuyo vocablo procede el nombre de almorávide, entraban de lleno en el
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contexto de
un cerrado malikismo que no ofrecía grandes perspectivas al progreso
intelectual y, por ello, en la ideología religiosa almorávide nos es posible
detectar una inquietud teológica susceptible de renovar en profundidad las
estructuras políticas de su momento.
Sin
embargo, la guerra santa que llevó a los ejércitos almorávides, entre otras
motivaciones, a la defensa y propagación de la Fe, suscitó movimientos de
reacción en el seno del imperio, tanto en el Magreb como el al-Andalus,
enarbolados por todos aquellos que, sintiéndose motivados por esperanzas
mesiánicas, supieron movilizar a magrebíes y andalusíes en torno a un anhelo,
indeterminado en sus rasgos externos pero firme en sus esperanzas, de un
regreso a una Edad de Oro cuyo triunfo definitivo se encarna en el movimiento
almohade.
Si, por una
parte, el Estado almorávide consagró al Magreb y a su componente bereber como
los protagonistas de una larga historia posterior, en la que se incluye parte
de la historia de al-Andalus, por otra, su total entrega a los dictámenes de
los alfaquíes malikíes contribuyó en gran medida a su caída. La rigidez de los
principios jurídicos en los que se apoyaba el imperio y sus, a menudo,
interesadas sentencias jurídicas plasmadas en las fetuas que han llegado hasta
nosotros, determinaban los actos del califa y los de sus inmediatos inferiores
en rango de autoridad. De ello se derivó una casta consciente de su propio
poder cuyos abusos, sumados a los de la soldadesca y de la administración, que
cada vez sobrecargaba al pueblo con nuevos impuestos, contribuyeron
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decisivamente
al fracaso y desastre de aquel régimen23.
La juventud
de Averroes es testigo de estas circunstancias cuya secuencia histórica es
nítida: un año antes de la muerte de Taxfín, Alfonso VII realiza una aceifa por
el sur de la península. Después de 1145, las taifas andalusíes repartidas entre
Mértola, Córdoba, Valencia, Murcia, Baleares, Málaga, Ronda, Jerez, Badajoz,
Cádiz y Cáceres ofrecieron, por su debilidad política y militar, campo abonado
para el avance de los reyes cristianos.
Así,
mientras Alfonso I de Portugal se apoderaba definitivamente de Lisboa, en 1147,
Ramón Berenguer IV sumaba a su condado de Barcelona las plazas de Tortosa, en
1148, y de Lérida, al año siguiente. Simultáneamente, el movimiento almohade
capitaneado por Abd al-Múmin, emprendió una ofensiva en el Magreb que, coronada
en 1146, le permitió la toma de Tánger, Agmat y Marrakech, la capital de los
almorávides y sede de su imperio ya desaparecido y, además, el firme intento de
pasar a al-Andalus.
Una nueva
perspectiva filosófica
En el siglo
XII, el pensamiento occidental se enriqueció, casi súbitamente, con el amplio
movimiento de traducciones de obras griegas y árabes que entran en el mismo a
través de al-Andalus y Sicilia. En ese siglo, en el Islam occidental, el
pensamiento está iluminado por Avempace, Ibn Tufayl y Averroes. Junto a ellos,
el pensamiento judío lo será por Maimónides.
En la
España cristiana, Toledo es, desde 1086, el centro más
23 J. Bosch
Vilá, Los almorávides, Granada, 1990, p. 302.
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importante
de las traducciones que comenzaron bajo el pontificado del cisterciense francés
D. Raimundo de Sauvetat (1126-1151) y al frente de la tarea traductora estuvo
un contemporáneo de Averroes: Domingo Gundisalvo (m hacia 1181). Con él
colaboró un personaje un tanto misterioso, llamado Juan Hispano, sobre cuya
identificación se ha escrito mucho y ambos, tradujeron obras de al-Kindí, De
Intellectu; de al-Farabi, De Intellectu, De scientiis, de ortu scientiarum; de
Avicena, De anima y alguna obra de Algacel.
Una ligera
revisión del material científico y filosófico que aportan a Occidente las
traducciones de obras griegas, árabes y judías, bastaría para apreciar el
enriquecimiento que significó comparado con la exigua biblioteca occidental de
los siglos anteriores. Los horizontes del pensamiento europeo se ensancharon de
manera hasta entonces desconocida y generaron la fermentación de un pensamiento
que irá ganando profundidad a lo largo del siglo XIII. Aristóteles, que hasta
mediados del siglo XII solamente era conocido por algunos tratados lógicos,
penetra ahora con todo el variado conjunto de su obra en el mundo occidental:
Física, Biología, Psicología, Zoología, Ética y Política. Los estudiosos que
tuvieron acceso a las nuevas traducciones, encontraron una forma nueva de
estudiar la Naturaleza, un espíritu de confianza en las fuerzas de la Razón y
una tendencia a lo real concreto que venía a suplantar el idealismo de cuño
platónico.
Es
necesario ver, en su conjunto, el nuevo panorama cognoscitivo que se manifiesta
en la península a las puertas de una nueva presencia política en al-Andalus, la
del Imperio almohade, para
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ubicar las
direcciones del pensamiento y distinguir sus facetas, rasgos, determinaciones y
horizontes de proyección futura y, con ello, destacar la función del ya forjado
pensamiento de Averroes en lo que podríamos denominar sus fundamentos
esenciales.
En
Occidente el pensamiento cristiano se enriquece con las traducciones que emanan
de Toledo y allí destacan junto a Gundisalvo, Gerardo de Cremona (m. 1187),
Marcos de Toledo (segunda mitad del siglo XII) y Miguel Escoto (m. 1235). Todos
ellos, junto a otros personajes de menor rango significativo, tradujeron libros
árabes y su contribución pasó a formar parte del pensamiento occidental. En
al-Andalus, lo hemos dicho, las luminarias citadas en su momento, plasmaron la
cúspide del saber filosófico que culminará con la obra de Averroes cuyo tramo
final de su vida transcurrirá en Lucena, ciudad judía de al-Andalus. Por ello
no es ocioso que hagamos referencia breve al pensamiento judío andalusí. Aunque
los pensadores judíos tuvieron, a lo largo de la Historia, visiones diferentes
de problemas comunes, debido, en parte, a las diversas escuelas de pensamiento
a las que pertenecían, todos coincidían en su buen Entendimiento de la
tradición. La Escritura les proporcionaba las nociones básicas sobre las que
reflexionar y por muy racionalista que fuera este ejercicio intelectual, casi
ninguno de ellos abrigaba dudas sobre la historicidad esencial de las
narraciones bíblicas.
Una de las
ideas básicas del pensamiento judío, sobre la que pensaron los filósofos hasta
el siglo XVII, como poco, fue la noción de Revelación o, más precisamente, la
de profecía. Los profetas y las
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experiencias
proféticas derivaban en estudios de variado contenido y formas de entenderlo.
Algunos pensadores judíos se interesaron por el proceso psicológico de la
profecía, otros, por la función política o legal de los profetas y otros, por
la armonización de estas interpretaciones.
Durante el
califato cordobés florecieron escuelas de pensamiento judío en Córdoba, Lucena,
Sevilla, Granada y Toledo. En las cortes de Abd al-Rahmán III y de al-Hakam II
gozó de gran prestigio el médico Hasdai ben Saprút (915-970) pues, durante casi
toda la Edad Media occidental la comunidad más numerosa y más activa del pueblo
judío la formaban los judíos que vivían en tierras del Islam mientras que los
que vivían en países cristianos formaban, de hecho, una minoría poco
importante.
En el seno
del Islam, sobre todo en al-Andalus, el hebreo y todas las otras lenguas que
antes habían utilizado los judíos fueron reemplazadas por el árabe,
convirtiéndose ésta en la lengua de la Ciencia y de la Filosofía, del gobierno
y del comercio e incluso en la lengua de la Teología judía cuando tal
disciplina comenzó a desarrollarse bajo la influencia islámica.
El complejo
proceso de aculturación de los judíos en el mundo islámico de lengua árabe, fue
más allá de la arabización pues se produjo, por parte judía, la asimilación a
los modos de pensamiento y a las pautas de comportamiento islámico y con ello,
una mayor facilidad para desarrollar profesiones y trabajos en el seno de una
comunidad mayoritariamente musulmana y de lengua árabe como fue el caso de la
sociedad andalusí. En ella, los judíos de talento y
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los que
habían recibido educación encontraban profesiones en las que desempeñaban a
veces una función importante entre ellas, las de médico y las de recaudador de
impuestos circunstancia a la que alude un proverbio árabe de aquel tiempo que
decía que los judíos prosperan con el bote de los medicamentos o con el
monedero en la mano24.
La primera
gran figura del pensamiento judío fue Ibn Gabirol de Málaga (1020-1058) cuyo
pensamiento discurrió, con independencia de la Biblia en sus planteamientos
concretos pero presente como fondo doctrinal, por cauces neoplatónicos, con
algunos elementos aristotélicos y otros, más abundantes, de carácter místico.
A él le
sigue en importancia Yehuda ha-Leví de Tudela (1075-1165) que residió en
Córdoba y Lucena donde todavía se manifestará su impronta cuando Averroes se
vea obligado a residir en esta localidad cordobesa. En Filosofía, su actitud es
análoga a la de Algacel en el Islam: desconfianza en la Razón e inclinación por
la Fe contra las tendencias helenizantes de Ibn Gabirol. Por encima de ambos,
en el terreno del pensamiento puro, destaca Maimónides.
Cuando
entraron en Córdoba los almohades, hacia 1148, la familia de Maimónides simuló
la conversión al Islam. Él mismo, aduciendo que era nula la aceptación de una
Fe impuesta por la violencia, anduvo errante por varias ciudades andalusíes
hasta que llegó a Fez en 1160 desde donde pasó a Egipto en 1165 donde escribió,
en árabe, la mayor parte de sus obras, muriendo en Alejandría en 1204.
24 B.
Lewis, Los judíos del Islam, Ed. Letrúmero, Madrid, 2001, p. 107.
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A pesar de
su exilio, Maimónides se consideró siempre andalusí y, como otros compatriotas
suyos de lengua árabe, prefirió a al-Farabi como guía de su formación
filosófica en detrimento de la enseñanza de Avicena que gozaba de mayor
autoridad en Oriente. Del mismo modo que Averroes, reflexionó sobre la actitud
y la problemática suscitada por las escuelas específicamente teológicas que, a
fin de cuentas, iban a ser decisivas en la implantación y consolidación de la
doctrina almohade.
Maimónides
es, ante todo, un judío creyente y considera a la Torah como expresión de la
Verdad divina si bien da amplia acogida a la Filosofía racional. Declarándose,
en algún pasaje de su obra, discípulo de Avempace, su fondo filosófico está muy
cerca del de Avicena, a pesar de su preferencia explícita por al-Farabi, como
hemos dicho. En todo caso, la mayor parte de su especulación filosófica se
plantea sobre el fondo aportado por el sistema aristotélico tratando de
armonizarlo con la doctrina bíblica por medio del método alegórico. No sabemos
si, en Córdoba, se pudo encontrar alguna vez con Averroes aunque hay constancia
de que utilizó, en la redacción de sus obras, los comentarios a Aristóteles de
éste.
En su Guía
de perplejos, Maimónides trata de guiar a los que se extravían en el sentido de
algunos pasajes bíblicos excesivamente antropomórficos y no nos podemos aquí
detener en una detallada exposición de su sistema que tiene al filósofo griego
como base. Su aristotelismo ha sido interpretado de muy diversas formas por los
estudiosos y, casi todos ellos, coinciden en afirmar que la exposición
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de sus
ideas se hace en dos tipos de obras: una apropiada para el vulgo, como se
evidencia en sus tratados jurídicos y obras menores y otra destinada a la elite
como está claro en su libro mencionado.
La
preparación intelectual de un filósofo en ciernes
Lo que
sabemos del saber de Averroes cuando está a punto de entrar en la vida pública
protagonizada por el Estado almohade, supera a lo que conocemos de esa vida en
tanto que actos personales. Damos por hecho que su formación jurídica, a la
edad de 26 años, es completa y está dotada de los más prolijos conocimientos
del Derecho malikí. Como dijimos, ese conocimiento iba acompañado de otras
disciplinas que otorgan fundamento a la solidez y de la prestancia del jurista.
Además, a esa edad ya ha adquirido la instrucción que requería el programa
docente al estilo del propuesto por al-Farabi que mencionamos en páginas atrás,
de tal manera que podríamos decir que ha superado las fases de la iniciación
intelectual más exhaustiva y que su mente y su espíritu están en potencia para
ser actualizados por dos vías: la del ejercicio de una profesión y la de la
escritura de sus obras.
Todos esos
conocimientos que el joven Abu al-Ualíd ha asimilado, desde los jurídicos a los
médicos, gramaticales, ciencias de la Naturaleza, astronómicos hasta culminar
en los filosóficos, se organizan en su mente como series de conceptos agrupados
en tipos de enunciación que coexisten con rigor y estabilidad. Los diferentes
dominios que el joven Averroes ha explorado en sus fases iniciales hasta llegar
a un grado de profundidad suficiente, serán de nuevo
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distribuidos
en el futuro en base a estrategias y opciones personales y sociales.
Las
exigencias de la vida social y política determinarán, sin duda, esas opciones y
solamente la lucidez del pensador será la que posibilite que el caudal de
formación erudita que ha adquirido en estos años, entre a formar parte de
decisiones, instituciones o prácticas profesionales en el momento en que así se
le reclame por instancias que, en su caso, van a ser las oficiales emanadas del
poder almohade cuyos rasgos definitorios veremos dentro de poco.
A la
búsqueda de la ciudad ideal
En el año
1153, Averroes está en Marrakech y eso quiere decir que sus relaciones con el
poder almohade empiezan a ser muy cercanas, como lo fueron las de su abuelo y
su padre con el Estado almorávide pero, sobre todo, advertimos en ese viaje
desde Córdoba a la capital del imperio, una primera exigencia que viene de
fuera y que le reclama la puesta en práctica de su formación intelectual.
Sabemos que por ese tiempo, se ocupaba intensamente de la Astronomía pero que
esa dedicación no le impidió viajar a la capital almohade para ocuparse, como
dicen las breves fuentes biográficas árabes, de supervisar los proyectos que
tenía el califa para crear diversas instituciones educativas.
Entre las
hipótesis que pueden explicar la presencia del pensador en Marrakech, estaría
la invitación recibida del sultán para participar en una asamblea de los
letrados del imperio, los talaba, que se convocaba periódicamente para asesorar
al califa y mantener
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vigentes
los principios ideológicos del Estado. Más adelante veremos algún detalle más
sobre los mencionados talaba.
Detrás de
esa decisión objetiva, comprobable en las informaciones biográficas,
posiblemente latía el deseo de conocer de primera mano un Estado y la sede de
una política a la que su destino personal estaría tan estrechamente unido en el
futuro. En su viaje a Marrakech, al corazón del nuevo imperio, Averroes entra
en el cosmos de una doctrina de contenido racional a la servirá y tratará de
justificar como paradigma de La Ciudad Ideal.
Quien
primero trató de la fisonomía de esa ciudad en el pensamiento islámico, fue
al-Farabi que fue testigo de la presencia de tres califatos simultáneos en el
Islam: el omeya de Córdoba, el fatimí de El Cairo y el de Bagdad que
desaparecería hacia la segunda mitad del siglo XIII. A todo ello nos
referiremos con más detenimiento en su momento. Sin embargo, el intento de
al-Farabi no fue debido a esa circunstancia, aunque pudo haber influido en
parte en su decisión de escribir sobre la cuestión en su conocida obra
Opiniones de los habitantes de la Ciudad virtuosa. En ella sobresale un
propósito fundamental: la Ciudad virtuosa o Ciudad ideal es la única que,
teniendo como gobernante a los filósofos, puede facilitar la perfección del
habitante de la misma y, con ello, su Alma podría unirse al Entendimiento
agente.
Teniendo
como fondo la Teoría política de Platón, al-Farabi compara su ciudad perfecta a
un Cuerpo humano, con el corazón como centro de un conjunto de órganos que lo
sirven y lo mantienen en funcionamiento. Platón decía en la República y en las
Leyes que el
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gobernante
de la polis perfecta o ideal, debía ser un filósofo pues sólo él conoce la
Ciencia de la dialéctica, Ciencia suprema que revela la verdad del mundo de las
ideas y, por tanto, conservador de las normas de todo gobierno perfecto.
Al-Farabi,
por su parte, nos dice que el gobernante ideal y virtuoso debe ser el sabio en
comunión con el Entendimiento agente y, como tal, estar «dispuesto a recibir de
él, en estado de sueño o de vigilia, los inteligibles. Su Entendimiento en
potencia alcanza su perfección por medio de la aprehensión de estos
inteligibles y, por ello, se convierte en Entendimiento en acto»25.
Averroes,
como veremos, aportará una nueva perspectiva en el diseño de esta Ciudad ideal
o virtuosa que, de momento, es la que ha tratado de llevar a la práctica el
movimiento almohade y cuyo fondo ideológico parece ejercer, en el ánimo del
pensador y del jurista, una fascinación que está dispuesto a recibir en el
lugar mismo desde la que emana.
La ciudad
almohade
Instalada
definitivamente la arabización e islamización del Magreb, el territorio entró
en el contexto más amplio de la Casa del Islam, dar al-Islam. El cambio y la
sucesión de dinastías, desde el siglo IX, cuyas motivaciones trató de
interpretar Ibn Jaldún cinco siglos después, tuvieron su origen en el propio
solar magrebí o fuera de él. Por encima de esas transformaciones de los núcleos
del poder oficial, o más allá de ella desde una dimensión escatológica, estuvo
25
Al-Farabi, Mabadi ará al-madína al-fádila, Ed. El Cairo, 1949, p. 35.
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casi
siempre presente una renovación y purificación del mensaje revelado. La misma
expansión musulmana de los primeros tiempos parece constituir el resultado de
dos fuerzas imparables: por una parte, la referida a los acontecimientos
nacidos del impulso militar, comercial o económico. Por otra, la plasmación del
binomio chihád/Islam, guerra santa/pacto de sumisión a lo divino como acto
histórico colectivo encaminado al cumplimiento del destino trascendente de la
Umma o comunidad de los creyentes.
La primera
de las tendencias señaladas, es portadora de la corrupción paulatina de los
usos determinados e impuestos por la segunda y de ahí la emergencia de una
periódica renovación de aquella en beneficio de ésta. Se trata del combate por
la purificación cíclica al que hace referencia una tradición profética, un
hadíz, que alude a la periódica renovación de la Umma por parte del discurso y
de la acción emanada de personajes relevantes en la historia del Islam.
Renovación que, a su vez, es reflejo de la señalada en el mismo texto revelado
que se presenta como la última de las revelaciones y que cierra un ciclo de
revelaciones anteriores cuyos propósitos fueron devaluados por la acción
humana.
La práctica
política islámica, en sus comienzos estrictamente árabe-musulmana, puede así
justificar el hecho, comprobable en la historia del Magreb, relativo a que,
bajo los procesos históricos, sociales, económicos, políticos o culturales,
permanece inalterable la tendencia a una «purificación» permanente que nos
remite al dominio de las ideas, las espiritualidades o los sistemas teológicos
y que se plasma en el predominio de dinastías cada vez más
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orientadas
a la consecución de fines trascendentes. Omeyas, primero, seguidos de los
abbasíes, implantación política de los fatimíes, almorávides, almohades,
mahdismo, predominio de los jerifes, e incluso insurgencias nacionales en el
período de la colonización, serían todas ellas formas de manifestación de este
ciclo purificador que, muchos casos, deriva en un combate por la consecución de
la justicia inmediata.
La visión
propiamente musulmana de los países islámicos en general y del Magreb en
particular, nos ofrece esa interpretación cíclica de la secuencia social y
política de la vida de los creyentes: decadencia de las dinastías y de los
poderes y su suplantación por otros más puros que sobreviene cuando se olvidan
y tergiversan las prescripciones divinas.
En los
diversos niveles de la historia del Islam y, evidentemente, en la del Magreb,
puede aparecer así un determinado acto de purificación a través de la
manifestación de un mahdi o de un santo capaz de agrupar en torno suyo toda una
secuencia de actos políticos de evidente repercusión no solamente histórica,
sino también económica y geo-estratégica. En muchos casos, esa emergencia puede
haber sido precedida por advertencias reiteradas que el creyente es capaz de
interpretar y cuyas modalidades concretas pueden ser muy variadas: guerras,
invasión de la dar al-Islam, desintegración social, degeneración moral y de
costumbres o catástrofes naturales.
En esta
perspectiva histórica, cualquier suceso lo suficientemente significativo, puede
ser interpretado como un presagio y ese signo
116
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deberá
entenderse, sobre todo, en relación a los datos revelados que ofrece el Libro.
En todos los casos, la superación de la desgracia es inseparable del recurso a
los principios originales que se consolidaron en la primera Ciudad ideal del
Islam: Medina en tiempos del Profeta que tenía en sus manos tanto la
inspiración directamente recibida de Allah, como el gobierno más correcto
posible puesto que se realizaba a través de dicha inspiración.
Una vez
establecida la unión del propósito y de la acción correspondiente, la actividad
política subsiguiente desciende hacia las constantes sociales y económicas de
la situación del momento y, en el terreno de lo cotidiano, puede traducirse en
conductas alejadas de la sacralización que se persigue. Si el mensaje religioso
o espiritual que se transmite y cuyo discurso se enarbola para cambiar una
determinada situación, no es lo suficientemente coherente con el arquetipo del
que emana, se pueden producir rupturas, diferencias socio-culturales y, al
cabo, una diferenciación entre la masa y la elite dotada de conocimiento.
En este
sector de la población, a su vez, puede producirse un regreso a la intimidad de
la conciencia y, con ello, dar lugar a un movimiento de pura espiritualidad que
se traduce en las corrientes sufíes que, con el recurso a la alegoría, rechaza
las interpretaciones y las instituciones oficiales. En este caso, el Magreb ha
sido prolífico territorio donde esta situación se puso de manifiesto desde los
tiempos en que los jarichíesse distribuyeron por el mismo instaurando
influyentes dinastías como la de los rustemíes de Táhert. Posteriormente, la
gestación de la dinastíafatimí se produjo
117
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en el
Magreb antes de pasar a fundar su califato en Egipto y podríamos detallar
numerosas circunstancias que avalarían lo que venimos diciendo si el espacio
disponible aquí nos los permitiese.
El primer
Imperio bereber magrebí, que remite a un morabito o santón llamado Abd Allah
Ibn Iásin, nació con ese anhelo de renovación doctrinal sin dejar de lado
afanes económicos o de poder político y el movimiento almorávide que se gestó
en el seno de una comunidad reducida, en 1083 dominaba todo el Magreb. Hasta
donde llega nuestro conocimiento, Ibn Iásin no dejó obra escrita aunque sus
actos de gobierno dan Fe de su extremo rigorismo en la aplicación de las
prescripciones de la xaría o ley general musulmana, muy consciente de que
estaba gobernando un incipiente modelo de Estado que, a sus ojos, era el Estado
ideal en el que una misma ley gobernaba los actos, tanto del gobernante como
del súbdito.
Junto a las
gestas históricas protagonizadas por el imperio almorávide, que recuperó como
base de su solidez al Derecho malikí, hay que tener en cuenta que en su seno
nunca dejaron de producirse movimientos locales de carácter mesiánico. La
búsqueda incesante de una solución a la decadencia, en muchos lugares del
imperio, incluido al-Andalus, explica el éxito obtenido por todos los que, con
habilidad y con notable grado de altruismo y táctica, se erigieron por breve
tiempo como protagonistas de una parte de la historia magrebí y andalusí del
siglo XI. Uno de esos movimientos regeneracionistas que al principio pareció no
tener importancia frente al inmenso poder almorávide fue el almohade cuyos
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principios
emanaban, también, del anhelo por la consecución de la Ciudad justa y, por
ello, contenían elementos básicos de carácter ideológico y apocalíptico.
La
ideología de Mahdi
A
diferencia de Abd Allah ibn Iásin, cuya figura e ideas solamente se dejan
entrever en las crónicas disponibles, conocemos con mayor detalle los rasgos
personales e ideológicos de Ibn Túmart, el fundador del Imperio almohade. De
raíces étnicas bereberes, a pesar de los intentos de algunos cronistas de
hacerlo descendiente del Profeta, Muhammad ibn Abd Allah ibn Túmart emprendió,
hacia el año 1107, un largo viaje en busca de los mejores maestros. Su primera
parada fue, posiblemente, en Córdoba donde pasó casi un año. Después, partió
hacia Almería y de ahí a Alejandría donde asistió a las lecciones de Abu Bakr
de Tortosa. Luego, se dirigió a La Meca y, después, a Bagdad. La leyenda lo
hace alumno de Algacel que sería quien lo para la reforma doctrinal y el posterior
derrocamiento de la dinastía almorávide en venganza, sigue diciendo la supuesta
leyenda, por la quema de los libros del filósofo oriental que dicho gobierno
ordenó realizar. En Oriente, donde permaneció unos diez años, Ibn Túmart
también pudo tener contactos académicos con discípulos de al-Axaari.
Para un
joven bereber, muy inteligente y dotado para la dialéctica teológica, la
experiencia educativa oriental debió tener influencia decisiva en su destino. A
su regreso al Magreb, no tenía duda alguna sobre la misión que debía llevar a
cabo entre sus contríbulos
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y cuya
formulación se resumía en un postulado elemental pero lleno de dificultades en
lo tocante a su puesta en práctica: reformar la práctica del Islam y conducirlo
por la senda de la recta interpretación del texto y de sus aplicaciones en la
vida comunitaria.
No sabemos
si en este propósito entraba una visión política definida orientada a la toma
del poder o al control de las rutas de comunicación que, desde tiempo atrás,
venían siendo el itinerario seguido por las caravanas procedentes de Oriente y
en cuyos cruces viarios se establecieron las ciudades magrebíes más prósperas.
En cualquier caso, hacia 1118, su actitud era claramente de oposición al poder
almorávide imperante en ese momento y en Agmat tuvo ocasión de hablar
claramente de sus ideas.
Tras
intentar, infructuosamente, de convencer a los almorávides de la necesidad de
modificar su forma de gobierno, regresó a su refugio montañoso y reunió en
torno suyo a un gran número de habitantes de la región pertenecientes al grupo
de los masmúda. En 1124 estableció su base de operaciones en el valle del Nfís,
en Tinmál, lugar poco accesible a cualquier ataque. De forma muy semejante a la
organización que el Profeta había establecido en medina a partir del año 622,
Ibn Túmart compuso un sistema de gobierno personal cuyo detalle nos consta en
una crónica almohade anónima.
Según la
misma, Ibn Túmart escribió un breve tratado en el que exponía su visión
doctrinal y los deberes y obligaciones del creyente auténtico. Creyéndose en
posesión de todos los derechos inherentes al imanato, es decir, al gobierno de
la comunidad de creyentes, se
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autodefinió
como Imán de la misma y, como tal, destinatario de determinadas normas de
acatamiento y respeto hacia su persona. En el opúsculo citado, definía las
formas de impiedad, desobediencia y trato mutuo entre los miembros de aquella
reducida sociedad política, dictaminando la pena capital para determinadas
faltas graves tales como la mentira o el ocultamiento de la Fe.
Un
manuscrito de la Biblioteca Nacional de París, editado en Argel en 1903, indica
que contiene todas las ideas de Ibn Túmart según copia de las mismas hecha por
su discípulo Abd al-Mu’min que acabó la redacción en 1171. El libro se abre con
un largo capítulo en el que elogia a la Ciencia y desprecia a la ignorancia
basándose en que la primera es fuente de la buena dirección y la segunda del
extravío. Las vías conducentes al conocimiento, dice el libro, son tres:
sensibilidad, razón y audición, fuente ésta que incluye todo lo relativo a la
Teología positiva, datos coránicos, tradición profética y consenso de la
comunidad en la toma de decisiones importantes. Cada una de estas tres vías
comprende tres aspectos: la sensibilidad integra en su seno a lo continuo, lo
discontinuo y lo que el Hombre percibe en sí mismo; la Razón considera tres
aspectos: lo necesario, lo posible y lo imposible y la audición, por su parte,
se halla repartida entre el libro, la tradición y el consenso.
En opinión
de Huici Miranda, la simple enumeración de los capítulos del libro prueba que
son una miscelánea de pequeños tratados o conferencias dirigidas a un público
poco instruido, a pesar de las intrincadas cuestiones que plantea y
argumenta26.
26 A. Huici
Miranda, Historia política del Imperio almohade, ed. facsímil. Granada, 2000.
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Como
ejemplo de ello, podemos leer lo que dice acerca de la clasificación de los
cognoscibles, es decir, de todos aquellos contenidos susceptibles de ser
comprendidos por el Entendimiento humano. En este caso, los citados
cognoscibles, según el libro, son de dos clases: lo existente y lo inexistente.
Lo existente se subdivide en absoluto, Al-lah, y lo restringido y parcial que
es todo lo que no es Él. En este último caso, el contenido de dicho ámbito se
subdivide en tres apartados: la particularización en un tiempo; la
particularización en una dirección o posición y la particularización en una
característica prescindiendo de todas las demás.
Lo
existente absoluto es lo que no es restringido ni particularizado. Su
existencia no se particulariza por el tiempo, ni por la dirección, ni por
cualquier otra característica determinada. Sobre este esquema, la exposición va
contraponiendo lo existente absoluto, Al-lah, a lo existente y restringido, los
demás seres. En el prolijo contenido de la exposición de esta temática hay
estudiosos que han querido ver un componente racionalista de tipo mu’tazil.
En lo
relativo a la existencia de Al-lah, Ibn Túmart argumenta del siguiente modo:
«Por evidencia de la Inteligencia se conoce la existencia del Creador y de
forma tan evidente que la duda no tiene cabida ni puede rechazarla el dotado de
Entendimiento. La necesidad evidente de la Inteligencia comprende tres partes:
lo necesario, lo posible y lo imposible. Necesario es aquello que no puede
menos que ser, como que una acción necesita a un agente. Posible es lo que
puede ser y puede no ser, como la caída de la lluvia desde el cielo. Imposible
es lo que no puede ser, como la
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unión de
dos opuestos.
En las
almas reposa firmemente la creencia de que una acción precisa de un agente y
que, sobre la existencia del agente, no hay ninguna duda, como puede leerse en
el Corán. En muchas de sus aleyas Al-lah mismo informa que es Creador de los
cielos y la tierra, por tanto, se afirma como agente y, según lo dicho, no debe
caber duda alguna al respecto. Por otra parte, aquello que no contiene duda
alguna, es necesariamente conocido y de ello se deduce que Al-lah es conocido
por evidencia necesaria del Entendimiento»27.
La
invocación del privilegio de la facultad razonadora humana en lo tocante al
establecimiento de las pruebas de la existencia de Al-lah, parece contradecirse
con la exclusión de la misma que Ibn Túmart realiza en su exposición sobre el
derecho, la Moral o el Culto. Siendo éstas cuestiones que solamente pueden
conocerse con fiabilidad por el Corán, la sunna y el consenso de la primera
generación de musulmanes piadosos, el uso de la Razón como garantía y
fundamento, queda excluido por completo. El reformador almohade indica que la
ley positiva no se establece mediante la Razón por variados motivos. Uno de
ellos es que la Razón y, en este caso, la Razón jurídica, solamente ofrece
posibilidad y licitud y ambas están referidas a la duda y ésta es, por principio,
opuesta a la certeza. Por ello, es absurdo tomar algo de su opuesto.
Otro motivo
es que las precisiones necesarias de la Inteligencia son tres: lo necesario, lo
posible y lo imposible, como quedó dicho. Ahora bien, los deberes no provienen
de lo necesario por la Razón o
27 L.
Rubio, El ocasionalismo de los teólogos especulativos del Islam, El Escorial,
1987, p. 217.
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de lo
imposible según ella. Luego no queda más que la posibilidad y ésta conduce a
impedimentos. El último motivo, el definitivo a juicio del ideólogo almohade,
es que Al-lah es el Señor de todo lo que existe y, como tal, obra según Su
absoluta Voluntad. Por ello, la Razón no tiene capacidad para inmiscuirse o
juzgar sobre los designios divinos.
No podemos
olvidar que las anteriores reflexiones, sobre las que podríamos extendernos
mucho más, son las que redactó Abd al-Mu’min, el soberano almohade que reinaba
en Marrakech cuando Averroes hizo su citado primer viaje a la ciudad. Aunque
son copia escrita de las enseñanzas de Ibn Túmart, podemos sospechar que las
mismas se adaptaron a las necesidades políticas del momento y, a la vez,
podríamos preguntarnos si el prestigio del fundador de la reforma almohade
dependió, en gran medida, del proceso de legitimación del ya califa y sucesor
Abd al-Mu’min.
Dicho sea
todo ello sin tener en cuenta que el escrito de referencia remite a una copia
de fecha muy posterior a la vida de Ibn Túmart. Por lo tanto si, por una parte,
contamos con la posibilidad de una clara necesidad de legitimación política
sustentada por dichos escritos, por otra, resulta evidente que el mismo proceso
evolutivo del movimiento almohade hubo de recurrir a la presentación de los
mismos como algo siempre presente a la vista y a las conciencias de los
súbditos de ese amplísimo y complejo movimiento doctrinal que estaba, en el
tiempo del califato mencionado, alcanzando su más alto grado de esplendor28.
28 Juan A.
Pacheco, El Magreb: Visionarios, adalides y poder político, Sevilla, 2010.
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La
organización de la comunidad
En lo
relativo a la organización de la nueva sociedad que pretendía, el reformador
bereber estableció que a la cabeza de cada grupo de diez adeptos, figurase un
jefe, naqíb. Estos grupos se constituían de acuerdo con una serie de ámbitos de
cercanía a su persona, desde los más próximos a los más alejados. El grupo de
la gente de la asamblea, formado por diez personas de su entera confianza era
el más cercano. A éste le seguían: el consejo de los cincuenta, el de los
setenta, la categoría de los letrados, el grupo de los almocríes o recitadores
del Corán y la gente de la Casa. A esta primera sección, le seguirán la de los
representantes de las agrupaciones tribales, acabando, en los últimos lugares
del escalafón, los componentes del ejército regular seguido por el de los
adalides elegidos entre jóvenes iletrados.
En esta
estructura de poder, hay un ámbito especial que merece nuestra atención porque
tendrá directa relación con la presencia de Averroes en la corte almohade una
vez constituida en Marrakech. Nos referimos a los talaba, uno de los plurales
árabes de la palabra tálib, que se refiere al estudioso y especialista en
comentarios coránicos, en el hadíz y en las cuestiones teológicas. Ibn Túmart
eligió este apelativo para dirigirse a sus compañeros y su sucesor, Abd
al-Mu’min lo hizo para denominar a los sabios oficiales organizados en una
cerrada corporación cuyos integrantes se repartieron por todas las partes del
imperio.
Cuando Ibn
Túmart regreso al Magreb tras su periplo por Oriente,
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todos
aquellos expertos en Teología que prestaron oídos a su prédica fueron sus
primeros talaba, los que fueron declarados talaba al-Imam al-ma’sum, es decir,
los estudiantes del Imam inmaculado. Cuando el fundador del movimiento almohade
estableció su poder, los talaba más doctos formaron parte de los consejos ya
citados: de los Diez, de los Cincuenta y de los Setenta y, en menor medida de
las restantes categorías mencionadas.
La
precedencia de cada una de estas categorías tiene similitudes con los grupos de
poder cercanos al Profeta en Medina: compañeros, auxiliares, emigrados, gente
de la Casa y creyentes y, para Ibn Túmart, es de obligado cumplimiento
respetarla en el caso de su comunidad. Así, quedaba establecida la pena capital
para quien no obedeciera las órdenes de sus superiores en rango, para quienes
descuidaran de forma reiterada sus deberes de asistencia a las asambleas
preceptivas y para aquellos que traicionasen a los miembros de su familia.
En el
momento de proclamación de su autoridad, Ibn Túmart fue aclamado como mahdi por
los diez compañeros de su más inmediata cercanía. Él mismo se autocalificó como
tal: «Yo soy Muhammad, hijo de Abd Allah ibn Túmart y soy el mahdi del fin de
los tiempos». Su vida ascética fue el modelo de sus adeptos y, en el aspecto
doctrinal, condenó la obediencia ciega a la doctrina malikí tal como había sido
impuesta y llevada a cabo por los almorávides.
La novedad
de la comunidad fundada por Ibn Túmart residía, ante todo, en la originalidad
de su planteamiento teológico fundamental. Se trataba de una comunidad que
proclamaba y se adhería
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firmemente
a la Fe en la Unicidad divina, tauhíd, tal como se encuentra explicitado en las
cuatro aleyas de la azora 112: «Di: Él es Al-lah, Uno. Al-lah el Eterno. No
engendró ni fue engendrado. No tiene par. Uno».
El creyente
que profesa esta doctrina en todos los aspectos de su vida y cuya única
sociedad capaz de facilitarle su cumplimiento es la fundada por Ibn Túmart, es
al-muahhid, es decir, almohade. Con este nombre se designarán en el futuro
todos los seguidores del reformador y bajo esa acepción se congregaron todos
aquellos que aceptaron su autoridad sin tener en cuenta pertenencias tribales
particulares, de la misma forma en que el profeta Muhammad había borrado toda
distinción de este tipo desde el momento en que se adquiría la condición de
creyente en el mensaje revelado y en su misión profética tal como se plasma en
la xaháda o fórmula de aceptación del Islam.
Ibn Túmart,
que se ofrecía a sus partidarios como un asceta y un mahdi, es decir, como el
guiado por Al-lah para restablecer la justicia y el bien tras una etapa de
corrupción, también era admirado por su elocuencia tanto en lengua árabe como
en lengua bereber. Plenamente consciente de que la Historia había llegado a su
fin, su misión como mahdi era una orden divina encarnada en su propia persona.
Las esperanzas de su gente y la creciente fama que sus actos iban ganando entre
los habitantes de territorios cada vez más amplios, empezaron a circular por el
Magreb. Pronto cundieron señales de alarma en el seno del poder oficial
almorávide de tal forma que consta, en las crónicas, la advertencia de un juez
al
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servicio
del mismo que advirtió al sultán almorávide Ali ibn Iusuf: «Enciérralo en la
cárcel, emir de los musulmanes. Él es el Hombre del dirham cuadrado porque sus
actos y su persona responden fielmente a la descripción de tal persona»29.
La plenitud
del poder
El brazo
derecho y discípulo de Ibn Túmart, un bereber de la región de Tafna, fue el ya
mencionado Abd al-Mu’min ibn Ali que fue reconocido como sucesor del primero en
1132 o 1133. Refugiado en el valle de Tinmál y en los montes cercanos, supo
extender su pequeña comunidad hasta los valles del Sus y del Dra. Cuando se
sintió lo suficientemente fuerte y bien apoyado, retomó la ofensiva en 1141.
Desde ese momento, sometió a su autoridad a los territorios que hoy conocemos
como el Atlas central, el Atlas medio y el Rif.
Su único
encuentro a campo abierto con los almorávides tuvo lugar en 1145 en la región
existente entre Tlemecén y Orán en la actual Argelia. En 1147 se apoderó de
Marrakech y, en 1149, toda la zona occidental del norte de África,
comprendiendo el actual reino de Marruecos y parte de Argelia, estaba sometida
a ese creciente poder bereber. Una vez reorganizadas las tropas y asentados los
nuevos territorios bajo su gobierno, Abd al-Mu’min se puso en marcha hacia el
este magrebí y norteafricano llegando hasta los límites de Egipto.
29 E.
Lévi-Provençal, Documents inédits d’histoire almohade, París, 1928, 105-110. Lo
del «dirham cuadrado» hace referencia a una profecía anterior en la que se
decía que la revolución social y dogmática vendría de la mano de un emir que
impondría la acuñación de monedas de forma cuadrada, como efectivamente llegó a
la hacerse en la acuñación monetaria almohade.
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Con su
gobierno, la administración central y provincial del imperio quedó
perfectamente regulada y un área de esa administración fue la encargada de la
erección de instituciones educativas destinadas a la enseñanza y, sobre todo, a
mantener la ideología, la doctrina y la jurisprudencia de la nueva etapa. Como
dijimos, Averroes fue llamado para la tarea de supervisar y de aconsejar sobre
esos proyectos. Su presencia en Marrakech no pareció incomodar al sultán
almohade si tenemos en cuenta que su padre y anteriormente su abuelo habían
sido personajes de influencia en la denostada, por los almohades, corte
almorávide.
La reforma
de la administración que abordó Abd al-Mu’min era algo que reclamaban las
nuevas circunstancias. No sabemos qué podría haber ocurrido o cuál hubiera sido
el resultado de la empresa administrativa si el soberano almohade citado
hubiera conservado intactas las estructuras de poder creadas por Ibn Túmart,
instituciones que resultaron eficaces en la pequeña administración de Tinmal,
pero inadecuadas para la conducción de un vasto imperio. El grupo de los
masmúda que fueron quienes impulsaron la expansión territorial, por numerosos y
eficientes que resultaran ser en un principio, acabaron siendo sobrepasados por
la magnitud de la nueva etapa política.
Muy cerca
de la persona de Abd al-Mu’min, volvemos a observar la presencia de los ya
citados talaba que ya en esta época se denominaron jeques y que fueron los que
se encargaron de la educación de los jóvenes miembros de la familia del sultán
y de los hijos de los grandes jeques. A estos estudiantes se les denominaba
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huffáz y
recibían su formación en una escuela madrása especialmente destinada a ellos.
Cuando terminaban sus estudios, estos huffáz, letrados, recibían el título de
said, señor. En Marrakech, estos señores formaron parte del Consejo Supremo del
califa.
Sin
embargo, los antiguos talaba se organizaron, fuera de la estructura imperial
oficial en forma de corporación con rango y funciones específicas. En la
jerarquía del imperio, estos talaba ocupaban un rango intermedio entre los
señores y los notables de la sociedad y sus funciones y actividades se
desarrollan a la sombra del poder en calidad de asesores del califa o en otras
ocupaciones sobre cuya complejidad no vamos a entrar aquí.
Abd
al-Mu’min murió en 1163 y nombró sucesor a su hijo Abu Iaqub Iúsuf que
completará la expansión almohade con su entrada en al-Andalus. En su reinado el
imperio presentaba la apariencia de un esplendoroso califato en el que reinaba
el orden y la magnificencia y, aunque de extracción genuinamente bereber,
estaba ya casi completamente arabizado tras un largo proceso que comenzó hacia
el siglo IX cuando los ulemas de Qairauán alcanzaron protagonismo bajo los
aglabíes. Esta arabización inicial se renovó en tiempos de los fatimíes si bien
se trató, en todos los casos, de una arabización fundamentalmente urbana.
La corte y
la administración almorávide se inclinaron por el empleo del árabe culto por
razones de tipo religioso y administrativo y, también, por la presencia de
andalusíes en el seno del imperio que ocuparon puestos relevantes en los
ámbitos literarios y jurídicos
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como fue el
caso del abuelo y del padre de Averroes. Lo mismo hubo de suceder con los
almohades si bien, en este caso, el fundador del imperio fue un hombre de gran
cultura. Así, en lugar del árabe que balbuceaba el almorávide Iúsuf ibn Taxfín,
la lengua que empleaban públicamente Ibn Túmart y Abd al-Mu’min era el mismo
árabe que hablaba el Profeta. Árabe culto como lengua urbana y oficial del
imperio, por una parte, y lengua bereber como la hablada por los habitantes del
campo, por otra, constituyen una quiebra y, a la vez, un reflejo de la sociedad
que el gobierno almohade, tal vez, acabó de delimitar con mayor nitidez.
Esta
dicotomía supuso un proceso de aculturación y de reconocimiento de las
identidades culturales cuyo análisis podemos referirlo a tres estratos de la
población: oficial del Estado, el de los sabios y letrados y el popular. En el
primer caso, cuando se abordaron los retos que platearon los inevitables
imperativos de la organización administrativa y fiscal, los estados magrebíes,
desde la época almorávide, recurrieron a la asistencia de los andalusíes y, en
su debida proporción, a las milicias compuestas por cristianos peninsulares
introducidas, por primera vez, por orden de Ali Ibn Iúsuf ibn Taxfín y que,
posteriormente, fue práctica también adoptada por los almohades. Como indicó
siglos después el polígrafo magrebí al-Maqqári (m. 1631), los soberanos magrebíes
tuvieron tendencia, en muchos casos, a privilegiar estos elementos llegados de
la otra orilla del Estrecho en detrimento de los autóctonos.
En muchos
casos, la conciencia de superioridad de los andalusíes se puso de manifiesto en
actitudes de cierta soberbia intelectual
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frente a la
dinastía que los tutelaba que, a ojos de los primeros, era considerada como
arribista y usurpadora de un poder que no merecían. Desprecio que llegaba a ser
más evidente en los territorios musulmanes peninsulares cuyos habitantes, sobre
todo los cultos, no dejaron de sentir nunca, posiblemente, la presencia de
almorávides, almohades y, después, benimerines, como elemento en gran medida
«invasor».
En lo
relativo a la importancia de los sabios y de los hombres de conocimiento
andalusíes en el seno de las altas esferas del Estado, la influencia de
aquellos fue evidente. La educación destinada a los que habrían de ser
sucesores en el trono se encomendó a los maestros y preceptores que procedían
de al-Andalus que, por ello, gozaron de la protección oficial y de la promoción
a altos puestos en la cercanía del sultán. La presencia de Averroes en
Marrakech, primero como consejero del emir en asuntos educativos y,
posteriormente, como asesor privado del mismo, responde a esta circunstancia
que, por otra parte, no estuvo exenta de riesgos como veremos.
A la puerta
del pensamiento puro
No sabemos
cuánto tiempo estuvo Averroes en la corte de Abd al-Mu’min pero su estancia en
la misma le proporcionó un conocimiento de primera mano de las estructuras del
poder, de los entresijos de la administración y, sobre todo, del carácter de la
ideología que sustentaba al imperio. Ideología nutrida de ingredientes
jurídicos, teológicos, doctrinales y espirituales que el
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filósofo
estudió, a la vez que reflexionaba sobre otras cuestiones del pensamiento
islámico y su relación con el pensamiento griego clásico.
El período
más productivo de la vida del pensador cordobés coincide con el reinado
esplendoroso de los tres primeros califas almohades: Abd al-Mu’min, Abu Iaqub
Iúsuf y Iaqub al-Mansúr, época en la que se constituye y desarrolla la
corporación de los ya citados talaba que, por ello tuvieron relación, a veces
discrepante, con sus funciones en la corte como tendremos ocasión de ver. En
esta etapa de su formación intelectual, Averroes ya manifiesta un conocimiento
profundo, además de la obra de Aristóteles, de la de un pensador musulmán que
habría de ser objeto de sus primeras críticas: Avicena.
Nacido en
Afsana, en el Turquestán persa, cerca de Bujára, aprendió precozmente toda la
enciclopedia del saber de su tiempo y, a los veinte años de edad, ya era médico
famoso en la corte del gobernador de Jurasán cuya biblioteca le permitió leer
obras de Aristóteles, Porfirio, Euclides, Alejandro de Afrodisia, Ptolomeo y
al-Farabi de quien continúa la orientación filosófica pero superándolo en
profundidad de pensamiento.
Una de las
contribuciones más valiosas de Avicena en el campo de la Filosofía es la
precisión en el uso de la terminología específica de la misma en árabe. El
vocabulario filosófico árabe se fue acuñando desde al-Kindi y al-Farabi pero
sólo Avicena fue quien escribió un tratado dedicado enteramente a especificar y
definir los términos tanto en lengua árabe como en lengua persa. Junto a todo
ello,
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filósofo
persa, dejó a su inmediato sucesor en la serie de filósofos helenizantes del
Islam, Averroes, dos aportaciones decisivas: el Canon de Medicina y su
reflexión metafísica basada en los planteamientos aristotélicos.
El sistema
filosófico de Avicena tiene, como el de sus antecesores, un esquema
neoplatónico con elementos de Aristóteles vertido en una estructura cosmológica
derivada de Ptolomeo. En la exposición programática del orden del saber, sitúa
a la Metafísica como la Ciencia suprema o divina pero el proceso para llegar a
ella arranca, en su sistema, de la Lógica, como Ciencia propedéutica, es decir,
de preparación intelectual. El valor de la Lógica, según Avicena, radica en que
se trata de una Ciencia o de un Arte por el cual accedemos a lo desconocido
empezando por lo conocido y aprendemos a distinguir lo verdadero de lo falso.
La Lógica, dice Avicena, es un instrumento para el Entendimiento que salva del
error con respecto a lo que concebimos y afirmamos y nos dirige a la creencia
cierta.
La lógica
como iniciación
Averroes
llega, hacia los treinta años de su edad, a la puerta del conocimiento de raíz
aristotélica y, con ello, del pensamiento mismo de Aristóteles. Este
pensamiento será pauta para el desarrollo del suyo, cuyo desarrollo y
profundización empieza con la Lógica que posee los rasgos del instrumento más
afinado para dar comienzo al filosofar. Así, al mismo tiempo que ejerce
actividades relacionadas con la política educativa y jurisprudencial del
imperio almohade, tanto en Marrakech como en Córdoba, escribe y saca a la luz
la
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primera de
sus obras de contenido lógico aristotélico hacia 1157: Al-darurí fil mántiq,
«Lo necesario en Lógica» que es un resumen o compendio de todos los libros del
Organon de Aristóteles y de la Isagogé de Porfirio.
Los
escritos de Averroes en lo referido a su contenido aristotélico, son de tres
clases: el gran comentario (tafsír o xarh), el comentario medio (taljís) el
resumen o compendio (chámi’ ). Lo que distingue a cada uno de ellos es el
procedimiento utilizado por el autor. Así, en el gran comentario, empieza por
ofrecer un párrafo más o menos largo del texto a comentar y, a continuación,
realiza un análisis del mismo aportando toda clase sugerencias de contenido
filológico, histórico y doctrinal que se deducen del texto de partida. Este
tipo de comentario es análogo a los comentarios de Corán y, como dijimos en su
momento, fue el abuelo de Averroes quien inició una actividad comentadora a
partir de textos fundamentales del pensamiento jurídico malikí.
El
comentario medio, glosa el texto original párrafo a párrafo y, en la aportación
de reflexiones pertinentes al caso, Averroes no deja de traer a colación las de
procedencia estrictamente personal. Por ello, suele ser difícil observar en
este tipo de comentario lo que procede de Aristóteles o lo que es propio del
comentador.
Los
resúmenes o compendios, chauami, plasman siempre la opinión personal de
Averroes y en ellos expone la doctrina del autor comentado añadiendo o
completándola con puntos de vista del que comenta. Durante mucho tiempo hubo la
opinión que afirmaba que Averroes escribió los resúmenes en su etapa de
juventud, los
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comentarios
medios en su edad madura y los grandes comentarios en su vejez. Posiblemente es
así aunque lo que importa saber es que toda la secuencia de comentarios de
Aristóteles realizada por el pensador árabe, es un diálogo constante con una
forma de filosofar que, a juicio de éste, presentaba una argumentación sólida
basada en principios racionales.
Tanto para
los pensadores del Islam, primero, como para los cristianos posteriormente, el
aristotelismo venía a ser un esquema de ideas rígido, cerrado en sí mismo,
coherente e intransigente con todos los demás sistemas filosóficos que lo
precedieron. Además, ofrecía una visión completa de la realidad en la que
destacaban una Metafísica y una Cosmología necesarias e inmutables.
El
aristotelismo que Averroes decidió conocer hasta sus últimas consecuencias
intelectuales era, por otra parte, el que habían elaborado los comentaristas de
Aristóteles y a ellos nos hemos referido en páginas anteriores. El recurso a
estos comentarios parecía señalar a lo que se habría escondido detrás de los
razonamientos claros del estagirita de forma que el desvelamiento de su exacta
Verdad habría que buscarla con ayuda de aquellos que dedicaron su vida a
dilucidar y aclarar aspectos que podían resultar poco claros a los estudiosos
de tiempos posteriores.
Uno de esos
comentaristas, a los que Averroes acude en el resumen de los libros de Lógica
mencionado, es Porfirio (n hacia 233 d. C.). Discípulo de Plotino, escribió su
Isagogé o Introducción a las categorías de Aristóteles que Boecio tradujo al
latín y que, a través suyo, gozaría de amplio predicamento en la Edad Media
cristiana.
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En lo que
llevamos visto sobre la presencia de la Razón en el pensamiento islámico, hemos
observado que la misma pudo tener sus limitaciones, no solamente doctrinales,
sino meramente terminológicas en lo tocante a la adopción del racionalismo
griego en el seno de la lengua árabe. Cuando hablábamos de Avicena, dijimos que
una de sus aportaciones fue la de precisar la terminología filosófica árabe de
forma casi definitiva, teniendo en cuenta que uno de los problemas que tuvo que
solucionar fue la adopción de un término árabe claro para el correspondiente
griego que denotaba la palabra ser. Este Verbo, que forma la cópula en los
juicios de existencia, no tiene función en la lengua árabe como tampoco la
tiene en ninguna de las lenguas de la familia semítica de la que forma parte.
Avicena, como nativo de lengua persa, sin embargo, sabía que, en la misma, el
Verbo Ser existe con toda su funcionalidad, pues el persa es lengua de la misma
familia que el griego.
Cuando el
racionalismo apareció en el pensamiento islámico como corriente definida, la de
los ya mencionados mu’tazilíes, lo hizo bajo un ropaje teológico o, al menos,
moral y teológico implicado en la solución de problemas relativos a la Fe: el
pecado mayor y su castigo, el destino futuro del creyente o el conocimiento del
bien y el mal. Con ello, ese racionalismo llevado a sus últimas consecuencias
en la formulación de soluciones de orden espiritual, podía acabar siendo el
verdadero y temible adversario de la misma espiritualidad que pretendía
justipreciar y aquilatar con sus argumentos. La disolución de la religión
positiva en racionalismo puro fue el peligro
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que ya
advirtieron, en el siglo IX, teólogos como Ibn Hanbal y que la política de los
califas bagdadíes tuvieron que abordar y solucionar con resultados deudores de
la política de cada momento.
En ese
tiempo, por tanto, la corriente racionalista mu’tazil pasó de un momento de
protección califal, la de al-Ma’mún, a otra de proscripción y condena, la de
al-Mutauakkil (m. 861) y, en esa condena, iba implícita una acusación de
herejía. Sin embargo, tanto para un califa como para otro de los mencionados,
la amenaza más seria venía de una forma de ateísmo, zandaqa, introducido en el
imperio a causa de la integración en el mismo de elementos ajenos al Islam y
deudores de planteamientos religiosos muy antiguos.
En este
contexto, una parte de la Filosofía griega pudo ser aceptada en el seno de la
Umma bagdadí en un primer momento, con el fin de promover una ideología
racional, la de los mu’tazilíes que constituirían el freno a la disolución
generalizada que presagiaba la zandaqa. Cuando el movimiento de traducción
promovido por los califatos proclives a esta política, introdujo el pensamiento
de Aristóteles en el seno del movimiento incipiente del racionalismo árabe, los
pensadores que accedieron a la obra del filósofo griego, observaron lo que de
ateísmo o incompatibilidad con la doctrina revelada podría tener la misma: el
tema de la eternidad del mundo o el concepto de materia eterna por citar los
dos datos más definitorios.
La
fascinación de la lógica
El único
medio de armonizar estas nuevas ideas con las emanadas
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de la
Revelación, teniendo como fondo un estado latente de subversión doctrinal
profunda, bien pudo ser la adopción del sistema neoplatónico y la Lógica de
Aristóteles: solamente los instrumentos proporcionados por la Lógica de
Aristóteles y el concepto de emanación de Plotino podrían vencer filosófica e
ideológicamente, es decir, racionalmente, a las ideas heréticas y disolventes y
con bases alejadas de la Razón.
Cuando, a
través de las traducciones del griego al árabe, llegaron las obras de Lógica al
mundo islámico y árabe, las aplicaciones del razonamiento deductivo que aquella
proponía, parecieron casi revolucionarias. Aunque las versiones árabes incluían
tratados de los comentaristas de Aristóteles, la mayor parte de los pensadores
musulmanes concentraron su atención en éste como si hubiera sido el
«propietario de la Lógica». Sus tratados de Lógica se agruparon en un conjunto
unitario al que los comentaristas neoplatónicos del siglo VI denominaron
Organon, palabra griega que significa «instrumento». En los cinco grupos de
tratados que componen esa compilación, destaca el estudio del silogismo como
procedimiento para razonar por medio de premisas seguidas de una conclusión.
En poco
tiempo, la difusión de la traducción árabe del Organon permitió que los
pensadores de la época clásica del Islam hicieran comentarios, análisis y
resúmenes referidos, fundamentalmente, al razonamiento silogístico. No
solamente fueron filósofos quienes advirtieron las bondades del método, sino
también los teólogos como al-Axaari y Algacel. Siendo la Lógica, además, un
arte que lleva a la consecución de certezas invariables, los juristas y
especialistas en
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Derecho se
sirvieron en sus argumentaciones de las nociones aristotélicas contenidas en el
Organon tales como el género, la especie, lo universal, lo particular e
hicieron del silogismo un procedimiento de gran utilidad para las deducciones,
considerandos y resultandos propios de su función.
Averroes
fue quien elevó el rango y el aprecio por la Lógica aristotélica diciendo de
ella que era una Ciencia ordenada por Al-lah pues gracias a ella se puede
demostrar la existencia y el poder divinos. La capacidad demostrativa de la
Lógica se manifiesta por medio del silogismo y uno de los tratados del Organon,
el de los Primeros Analíticos comprende dos estudios sobre ese procedimiento
deductivo que con tanto fervor fue estudiado por los filósofos, teólogos y
juristas del Islam a partir del siglo IX. El interés de Averroes por estos
libros fue constante a lo largo de toda su vida y a su contenido se refiere su
compendio sobre lo necesario en Lógica ya citado, como un primer momento de su
reflexión que tendrá también por objeto a la misma tres años antes de su
muerte. En los Primeros Analíticos, posiblemente la obra más importante de la
Lógica aristotélica, se trata de la doctrina del silogismo que fue la
aportación más decisiva y genial del filósofo al mundo del razonamiento formal.
Los capítulos VIII al XXII de la obra están dedicados al análisis de los
silogismos modales y su exposición motivó muchos comentarios posteriores tal
vez porque el autor dejó cuestiones por resolver con la esperanza de que sus
continuadores lo hicieran. Uno de ellos fue Porfirio y Averroes accedió al
estudio de esta cuestión desde dos fuentes: la original de Aristóteles y el
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comentario
de este último pensador en su Isagogé.
El intento
de Averroes en su compendio fue encontrar una coherente explicación de los
problemas suscitados por el texto aristotélico restituyendo su correcto
significado y alcances. Posteriormente, en el pensamiento islámico dedicado a
los estudios lógicos, será precisamente la Teoría silogística modal temporal la
contribución más importante de la Lógica árabe a la aristotélica.
La
silogística modal es la que, partiendo de las cuatro proposiciones lógicas
básicas que forman la estructura de un silogismo: «Todo A es B», «Ningún A es
B», «Algún A es B» y «Algún A no es B», modifica el alcance de las mismas por
medio de calificaciones de modo y de tiempo: posibilidad, necesidad,
perpetuidad o actualidad. Ejemplo de proposiciones modales temporales serían,
por ejemplo: «Todos los hombres son necesariamente racionales» o «Los hombres
respiran en ciertos momentos», etc.
El estudio
que Averroes propone en su compendio de Lógica, referido a la reflexión sobre
estas cuestiones silogísticas, procede con el acompañamiento de la autoridad en
la materia de uno de sus predecesores, al-Farabi, al que Averroes recomienda
expresamente como una de las referencias imprescindibles ante la cual su propia
obra se sitúa en un nivel inferior: «Quien esté interesado en el libro de la
Física, debe primeramente estudiar el Arte de la Lógica, ya sea en el libro de
Abu Nasr (al-Farabi), o en nuestro breve compendio que está por debajo de
aquél». Este acercamiento a al-Farabi será cada vez menos estrecho con el paso
del tiempo.
Hay que
tener en cuenta que Lo necesario en Lógica, a pesar de
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seguir
fielmente la pauta aristotélica, no es realmente un mero resumen de los libros
del Organon. Su propósito es dar a conocer el Arte de la Lógica como
herramienta indispensable para la adquisición de la Ciencia y el prototipo de
Ciencia completa en ese tiempo era la Medicina cuyos argumentos demostrativos
precisaban de un utillaje racional lo suficientemente sólido, como veremos en
su momento.
Habida
cuenta de que la actividad cognoscitiva es un proceso o un movimiento que
empieza en la potencialidad, en la disponibilidad para la adquisición del saber
y que en ella se manifiesta la actualización de esa predisposición por medio de
un acto o de un agente, como dijimos en su momento, Averroes distribuye su
estudio de la Lógica, como manifestación más patente del proceso cognoscitivo,
en dos grandes apartados: el relativo a la representación y el que hace
referencia al asentimiento.
En cada uno
de ellos, se determinan una materia y un acto. Para la representación, la
materia o potencia es la significación de las palabras y el acto, las partes de
las definiciones. En el caso del asentimiento, la potencia es la verdad de las
proposiciones contradictorias y el acto, el silogismo propiamente dicho.
La cercanía
del primer maestro
Hacia 1159
es ya evidente la sólida preparación intelectual de Averroes y, sobre todo, el
conocimiento profundo de la obra aristotélica, así como de la de sus
predecesores en la serie de filósofos helenizantes del Islam. Posiblemente en
ese año, escribió
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un breve
tratado sobre la Física aristotélica y, tanto en este caso, como en el del
compendio de Lógica mencionado, ya podemos observar una de las facetas de su
actitud hacia el Primer Maestro griego que en ese momento se manifiesta como
una moderada transgresión, pero resuelta y audaz, de muchos aspectos de la
Filosofía del estagirita y, a la vez, como una restauración de su pensamiento
en el seno de la tradición racional islámica.
El producto
resultante de ambas determinaciones debería ser, en la intención de Averroes,
una Ciencia rigurosa y una Filosofía primera o Metafísica que, sustentadas en
su coherencia interna, ordenen todo el sistema del saber asegurándole
legítimamente sus principios y sus orígenes en una síntesis armónica de lo que
viene de fuera y lo que la propia tradición islámica aporta desde el momento de
la Revelación.
El pensador
cordobés se instituye como garante de la veracidad de lo que procede del
pensamiento griego y, como tal, en el único autorizado para recolocar el
pensamiento aristotélico y el de sus comentaristas en la senda de aquella
armonización. Esa tarea implica otra reinstauración simultánea a la primera: la
referida a la crítica de todos aquellos pensadores del Islam que, con sus
interpretaciones, hayan podido desviar el curso de tan ambicioso proyecto. Esos
pensadores son, en principio, dos: Avicena y Algacel. Por otra parte, los
conceptos a los que Averroes ha debido apelar en su tarea llevan la marca de
una extraña o paradójica situación: son conceptos tradicionales, acuñados para
siempre pero a los que ha sido necesario rehacer y despertar bajo sus sedimentaciones
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equívocas o
erróneas, controlar con la ayuda de nuevas nociones y, en definitiva, comentar
con exquisitas precauciones. De ahí deriva el método expositivo del filósofo
que, por estos años y a pesar de su saber, está ejercitándose en filosofar
aprendiendo Filosofía y que, a la vez, es plenamente consciente de que
solamente un buen discipulado prepara para una excelente maestría.
Todo ello
se percibe con claridad en una de sus obras cuya primera redacción sale a la
luz en ese año de 1159: Al-chauami al-sigár fil falsafa, o Compendio de
Metafísica, como fue titulada su traducción al castellano hace poco más de
noventa años30. En adelante, nos referiremos a dicha obra como el Compendio y
en ella nos vamos a detener en un breve análisis de su contenido porque
constituye el fundamento de muchas de las posteriores reflexiones de Averroes.
Los
planteamientos que aparecen en esta obra no son los propios de alguien que se
inicia en el estudio de la Metafísica. Sus análisis parecen surgir de una larga
y detenida meditación previa que pueden hacer suponer que la fecha de su
redacción esté mal situada por parte de los estudiosos. No entraremos aquí en
ese terreno y nos atendremos a la que, a este respecto, goza de consenso más
amplio.
El
Compendio es un resumen metódico y detenido del pensamiento metafísico de
Aristóteles al que Averroes ensalza en muchos momentos de su trayectoria en
términos parecidos, y tendremos ocasión de leerlos en adelante, a los que
escribe en uno de sus libros relativo al comentario sobre el estudio del Alma:
«Aristóteles
30
Averroes, Compendio de Metafísica, trad. del árabe y notas de C. Quirós.
Madrid, 1919.
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fue un
prodigio de la naturaleza, un modelo inventado por ésta para hacernos ver hasta
dónde puede llegar la perfección humana en lo relativo al saber».
La
metafísica del primer maestro
La
Metafísica, y esto se ha dicho muchas veces al hablar de la aristotélica, no es
el nombre que Aristóteles puso a sus tratados sobre la materia. El apelativo se
debe a una localización espacial o a una clasificación de su contenido
realizado por Andrónico de Rodas (h. 70), décimo escolarca del Liceo o, tal
vez, por algún bibliotecario alejandrino que colocó los tratados que iban
después de los relativos a la Física en los anaqueles de la biblioteca.
De todas
formas, el nombre de Metafísica ha quedado inscrito para siempre en las
historias del pensamiento y también podemos denominarla, con mayor propiedad,
Filosofía primera. A esta Metafísica de Aristóteles nos referiremos en primer
lugar para saber cuál es el contenido de la referencia filosófica a la que se
atiene Averroes.
Dice el
mismo Aristóteles que la Metafísica se ocupa del Ser: «Hay una Ciencia que
estudia el Ser en cuanto ser y las propiedades que le corresponden en cuanto
tal. No se confunde con ninguna de las llamadas ciencias particulares, porque
ninguna de ellas considera el Ser en cuanto ser, sino que, recortando una
cierta parte del Ser, investiga solamente las propiedades esenciales de esta
parte»31. Esta definición del objeto de la Metafísica necesita, en principio,
31
Metafísica, IV, I, en I. Bekker, Aristotelis Opera, 5 vol. Berlín, 1831-70.
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definir y
precisar un conjunto de nociones originarias que, en su caso, utilizarán todas
las demás ciencias en su campo respectivo. A la Filosofía primera le incumbe,
únicamente, elaborar el concepto universalísimo de ser, pero el estudio de cada
una de las diversas clases de seres es del dominio de las ciencias
particulares.
Una
definición y una tarea tan amplia deben contraerse en dominios más concretos
que faciliten el análisis y la comprensión de esa noción general de ser que
engloba a todo lo existente. Esa generalidad de existencias puede referirse a
seres entendidos en su concreción, los entes, y de ahí la ontología; a seres
que están en el Entendimiento, y de ahí la Gnoseología y al Ser supremo, y por
ello, la Teología natural. Por pertenecer al mismo dominio científico de la
Metafísica, la Ontología, la Gnoseología y la Teología natural no tienen entre
sí diferencias esenciales pues, como partes de la Metafísica, las tres se
ocupan del Ser y estudian sus respectivos objetos en tanto que son seres.
Solamente se diferencias en el contenido material de cada uno de sus objetos de
estudio propios.
Esta
digresión, que se basa en elaboraciones teóricas posteriores a Aristóteles,
pero que nos ayuda aquí a entender mejor los conceptos, nos indica la amplitud
del campo de estudio metafísico y éste, tal como lo realiza Aristóteles en su
Filosofía primera, se ocupa de plasmar nociones básicas, territorios
discursivos elementales y fundamentos universales que derivan de un análisis
pormenorizado de todo lo que tiene que ver son el Ser en cuanto tal. Así, las
nociones fundamentalísimas que debe aclarar la Metafísica son, según el
estagirita: en primer lugar, la noción universalísima de ser
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y de sus
propiedades en cuanto tal, es decir, los trascendentales o primeros principios
del Ser, como son la Unidad, la Verdad o la Bondad.
Viene
después el estudio de los modos universalísimos de ser: las categorías
especificadas en sustancia y accidentes. A continuación, deben tratarse las
nociones generalísimas de acto y potencia, principio, causa, efecto y
movimiento. Luego, las de esencia y existencia y a ellas le seguirá el
establecimiento, la justificación y la defensa de los primeros principios del
Ser y del pensamiento siendo el primero de esos principios, el de
no-contradicción.
En evidente
que en todas y en cada una de las ciencias particulares se hace uso, implícito
o explícito de estas nociones comunes y universales que facilitan la Metafísica
o la Filosofía, que por ello, se denomina «primera» en el orden de la
adquisición intelectual.
Aristóteles,
a diferencia de Parménides o de Platón, concibe el Ser como un concepto
universalísimo que el Entendimiento elabora llevándolo a su más alto nivel de
abstracción de todas las diferencias que existen en los entes particulares que
existen en la realidad. Situado en un universo sensible en el que se tiene la
experiencia directa de los entes, es el Entendimiento quien tiene la capacidad
de llegar a lo universal a partir de esa multiplicidad de particulares.
El proceso
que sigue esa operación cognoscitiva consta, según Aristóteles, de sucesivos
momentos encadenados en una secuencia continua y sin fisuras: Sensación,
Memoria, Experiencia, Concepto universal, Arte y Ciencia. Este proceso se
realiza a modo del paso de
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la potencia
(los sentidos) al acto (la Ciencia) y en el mismo es decisiva, como en su
momento ya referimos, la presencia del Entendimiento agente y separado.
Una de las
nociones universales que analiza la Filosofía primera aristotélica es, como
también dijimos, la estructura de potencia y acto cuya funcionalidad está muy
presente en la reflexión de Averroes. Aristóteles la aplica a la Física, la
ontología, la Biología y la Teología. De momento, por la relación que tiene con
el Compendio de éste, nos referiremos brevemente a la Física.
Para
Aristóteles, todas las sustancias del mundo físico, celestes o terrestres, se
mueven, cambian y se transforman de acuerdo con su rango específico en la
escala jerárquica de los entes. Así, las sustancias celestes son compuestas y
móviles, con movimiento circular, y las del mundo terrestre tiene movimiento
local, además del de la generación y corrupción que les es propio.
El
movimiento permanente que rige la existencia de esos seres, se entiende siempre
como el tránsito de la potencia al acto. Es decir, el ente móvil se halla en un
«acto imperfecto» entre la potencia o capacidad de moverse y el acto al que
tiende. En su conjunto, todos los entes, toda la realidad, se mueven en el
sentido aclarado hacia un acto que constituye su propia perfección: por
ejemplo, el movimiento de la semilla al árbol.
Este
movimiento inherente a todos los entes puede, a su vez, entenderse como
sustancial, cuando hay un cambio de Naturaleza del ente que ha pasado de una
forma a otra y como accidental, cambio sucesivo en el que el movimiento se hace
patente. Esas
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mutaciones
se diversifican según el lugar, la cantidad o la cualidad. El ejemplo, en este
caso, sería: para el lugar, el movimiento en el espacio o local: para la
cantidad, el aumento o la disminución y para la cualidad, la pérdida o
adquisición de alguna propiedad determinada.
En la
Cosmología aristotélica, consistente en un universo esférico y limitado, los
únicos movimientos posibles son el circular, el propio de las esferas celestes,
eterno y sin contrario y el rectilíneo que es el de los elementos terrestres.
Los movimientos de cada elemento tienden a su «lugar natural» y pueden tener
contrario a la vez que admiten la aceleración. El movimiento circular de los
astros con sus esferas correspondientes, es eterno.
La
estructura de ese Universo es geocéntrica: por debajo de la Tierra, esférica e
inmóvil, están las sustancias móviles, corruptibles y compuestas de los cuatro
elementos. En la Tierra, los minerales, vegetales, animales y hombres
escalonados en perfección. Por encima de ella, las sustancias físicas celestes
que se concretan en una multitud de esferas concéntricas compuestas de una
materia sutil, el éter o quinto elemento, con sus correspondientes formas,
almas, vivientes, inteligentes y con una cualidad propia que les hace apetecer
el contacto con el acto puro y, de ahí, el principio de su movimiento. Son
sustancias eternas, ingenerables y con una perfección que es tanto mayor cuanto
más cerca están de ese acto.
El
astrónomo Calipo de Cizico suministra a Aristóteles el número esferas. El cielo
aristotélico se compone de siete sistema de esferas siendo el primero el de la
Luna. En orden ascendente, le siguen las
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del Sol,
Venus, Mercurio y Marte cuyos orbes son contiguos. Vienen después las esferas
de Júpiter y Saturno y, por encima de todas ellas, se encuentra el primer cielo
donde están las estrellas fijas. El total es de siete sistemas de esferas, con
treinta y cuatro orbes en el que se incluye el del primer cielo. Además, para
justificar astronómicamente el movimiento de estas esferas, Aristóteles
intercala esferas compensadoras con lo que la suma de todas ellas es de
cincuenta y cinco o, según otros textos del autor, de cuarenta y siete.
El
movimiento de todos estos orbes y esferas, procede del impulso inicial,
puramente mecánico del primer motor cuyo impulso procede de la atracción que
sobre él ejerce el acto puro, situado fuera de este Universo y que es la causa
final de ese primer motor que lo conoce y tiende a él, es decir, se mueve por
el amor atractivo que engendra ese conocimiento.
La
perfección de ese conocimiento hace que el primer motor disponga a las esferas
un movimiento circular y uniforme, además de eterno. Ese movimiento se
transmite de esfera en esfera hasta llegar a la segunda esfera más inmediata a
la Tierra. Aquí, el movimiento se realiza de acuerdo con la inclinación del
zodiaco que, produciendo el acercamiento y alejamiento periódico del Sol a la
Tierra, ocasiona alteraciones de los elementos y de ellas resultan las
generaciones y las corrupciones del ámbito terrestre.
La
metafísica del comentador
Averroes
conoce esta doctrina no solamente a partir de sus fuentes
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originales,
sino también de la aportación a la misma que hicieron los comentadores más
significados de Aristóteles de quienes hicimos mención en su momento. Ahora,
siglos después, Averroes la hará existir en su propio pensamiento como si
formase parte del mismo. Y al hacerlas existir de nuevo, la hará vivir otra vez
sin que, por ello, desaparezca su pensamiento más propio. Lo que procede del
Otro ya está alojado en su interioridad y, desde ahí, debe explicitarlo como si
naciera de una fuente renovada. Este doble movimiento de sumisión y de
autoconciencia se pone de manifiesto en el Compendio, primer paso de una
reflexión metafísica que nunca dejará de revisar.
El
Compendio está formado por cuatro libros en los que se distribuye la siguiente
temática: explicación de términos técnicos; los primeros predicamentos y el
concepto de sustancia; las modalidades del Ser y los principios y causas de las
sustancias o de la divinidad. Todas estas cuestiones llevan implícito un triple
acceso o punto de vista: el de la forma de conocimiento o intelección (noesis),
el de la estructura cosmológica y el de la Teología, secuencia evolutiva del
modo de proceder del Entendimiento en su esfuerzo por conocer la Realidad hasta
sus límites más extremos. Empezaremos tratando de la noesis y, tras ella, de la
Cosmología y la actuación de lo divino.
A partir
del tratado sobre el Alma de Aristóteles, al que ya hicimos referencia, a la
vez que estudia y critica a los comentadores del mismo, Averroes nos da una
explicación del proceso del conocimiento que empieza por la recepción que hace
el
151
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Entendimiento
material o potencial de los inteligibles que el Entendimiento agente abstrae de
las imágenes en aquel contenidas. Posteriormente, el Entendimiento humano se
acercará a la unión con el agente y de ahí, como pudimos ver en Avempace o Ibn
Tufayl, la consecución de la Beatitud más excelsa.
Cuando el
Entendimiento humano recibe a los inteligibles se produce una estrecha unión
entre ambos, a pesar de la materialidad que contiene todavía esta clase de
unión. Sin embargo, si consideramos el caso de las inteligencias o
entendimientos separados libres de todo asomo de materia, el conocimiento que
ellos tienen manifiesta, en su relación con lo que conocen, una relación
todavía más estrecha. Aquí es donde se produce la plasmación más clara de lo
que hablábamos cuando decíamos que la palabra árabe `aql, Entendimiento,
significa originariamente «relación estrecha» o «trabazón».
Como dice
el pensador cordobés, si nuestro Entendimiento puede, al entender las cosas
inteligibles, volver sobre sí mismo para entender su propia esencia, ya que
ésta son los inteligibles mismos, siendo por lo tanto en ese momento una misma
cosa el Entendimiento y lo entendido por él, con mucha más razón deberá
verificarse este fenómeno en estas Inteligencias separadas: «En efecto, si a
nuestro Entendimiento le conviene tal propiedad por razón de no tener materia,
a pesar de estar ligado a ella, con mucha más razón le convendrá a las
Inteligencias separadas, que no tienen dependencia alguna de la materia. Por
consiguiente, en ellas la Inteligencia y lo inteligible tienen que alcanzar un
mayor grado de
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unión que
en nosotros, porque nuestro Entendimiento, aunque sea una misma cosa con lo
inteligible, sin embargo, hay alguna diferencia por razón de su relación con la
materia»32.
Años
después, en su «Gran comentario de la Metafísica», Averroes volverá sobre esta
cuestión precisándola mejor y allí dirá que, partiendo de ese supuesto
mencionado, el Intelecto humano, que está en la materia corporal humana, cuando
elabora un pensamiento produce algo que, en principio, es diferente del
Entendimiento que lo concibe. Pero, a causa de esa misma materialidad, ese
pensamiento estará sujeto a cambios o a interrupciones diversas con lo que la
Unidad puede corromperse. En el caso de las inteligencias separadas, la unidad
y la simplicidad son más nítidas. Separadas de toda materia y siempre en acto,
pues no tienen el poso de potencialidad que otorga la materia, no tienen otro
objeto para conocer que a sí mismas y, como resultado, no podemos suponer que
haya división entre ellas y el objeto de su conocimiento.
Evidentemente,
la interpretación de esta noética que hace Averroes, sigue la pauta propuesta
por el primer maestro pero, como han advertido los estudiosos del tema, hay
algunos aspectos que lo separan algo de él: extrae consecuencias que
Aristóteles no consideró y aclara la cuestión de forma más accesible y lo hace,
no solamente porque está ejerciendo la función comentadora tal como había
señalado la metodología que puso en práctica su abuelo al comentar fuentes
jurídicas malikíes y a lo que ya nos hemos
32
Averroes, Compendio de Metafísica, Libro IV, Op. Cit. p. 234.
153
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referido,
sino también porque tiene en cuenta la tarea de los comentadores de la obra
aristotélica.
De todas
formas, la referencia precisa que hace Averroes a la Unidad esencial de
Entendimiento agente, la hicieron también Aristóteles y Alejandro de Afrodisia.
Sin embargo, en este caso, los rasgos atribuidos al Uno y a la simplicidad por
el pensador cordobés, nos permiten observar su deslizamiento hacia territorios
neoplatónicos que son, lo vimos, aquellos en los que la caracterización del Uno
se plasma con mayor fuerza. Y, si hablamos de neoplatonismo y de Entendimiento
agente, podríamos también decir que, posiblemente, en este deslizamiento
interpretativo, Averroes podría estar intentando un acercamiento a la corriente
especulativa iniciada con Avempace y seguida por Ibn Tufayl, dicho esto con
todas las precauciones y cautelas.
La cuestión
planteada en términos noéticos, de conocimiento, nos traslada al campo de la
Cosmología y de la Física aristotélica donde también hay posibilidad de
observar algunos rasgos de distanciamiento entre Averroes y el primer
maestro33. En el libro IV del Compendio, el primero reproduce el esquema
general que el segundo había expuesto en el libro XII de su Metafísica: el
movimiento eterno de las esferas celestes procede del primer motor
desencadenando con su impulso el movimiento general de todo el Universo.
En este
punto, el de la transmisión que enlaza unos niveles con otros, Averroes
introduce una explicación que encontramos ya en
33 J.
Jolivet, «Divergences entre les métaphisiques d’Ibn Ruxd et d´Aristote»,
Arabica, XXXIX, 3,
1982.
154
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al-Farabi y
que se basa en la emanación ordenada de las esferas motrices a partir del motor
primero, hasta llegar al Entendimiento agente que emana del motor de la esfera
de la Luna. Este Entendimiento, lo decimos una vez más, otorga a los cuerpos
humanos las formas inteligibles y todo ello, en el seno de un horizonte
cognoscitivo de alto contenido trascendente. Para entender esta afirmación,
nada mejor que leer al Comentador mismo:
Queda,
pues, demostrado que los referidos movimientos (los de las esferas) sólo
existen en cuanto que provienen de Entendimientos. Veamos ahora de qué manera
mueven a los cuerpos celestes, lo que se verifica mediante un conocimiento
intelectual, al cual sigue un apetito, en una forma parecida a como mueve el
amante la forma de lo amado. Esto supuesto, síguese que los cuerpos celestes
están necesariamente dotados de Inteligencia, ya que son intelectualmente
cognoscitivos (…) Mas porque el movimiento coexiste con un deseo, síguese que
están también dotados de apetito racional34.
Lo que
Avicena dijo
Celador
supremo de la doctrina filosófica del Maestro, Averroes no permite que un
filósofo de la talla de Avicena haya interpretado de forma inadecuada lo que, a
su parecer, es inmutable y sólo necesita aclaración. En el terreno de la
Cosmología filosófica que estamos
34
Averroes, Compendio de Metafísica, Op. Cit. Libro IV, 25.
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tratando,
el filósofo persa estimaba que los cuerpos celestes tienen facultades
imaginativas en el contexto de su sistema cosmológico que sigue la senda
neoplatónica y la de al-Farabi. De acuerdo con ello, Avicena escalona a los
seres en grados descendentes de perfección: Al-lah en la cumbre de todas las
cosas, Ser necesario, eterno y causa de todos los demás seres. A Él le sigue el
mundo celeste y tras éste, el mundo sublunar.
Su
neoplatonismo, sin embargo, no le impide afirmar lo que su Fe le reclama: la
operación creadora de Al-lah y su distancia de la creación que le es necesaria
para mantener Su Ipseidad, es decir, el rango de Ser en el que la esencia y la
existencia se identifican: Al-lah no puede concebirse sino como existiendo pero
a todos los demás seres les es propio tener una existencia que puede darse o
no. De la misma forma, podemos concebir las esencias sin que lleguen
necesariamente a existir, son esencias posibles, que pueden, o no pueden,
llegar a la existencia. Luego la existencia, en los seres, es un accidente que
llega a la esencia por medio de una causa eficiente que viene de fuera,
extrínseca.
Como
al-Farabi pensó, Avicena piensa también que la contraposición entre seres
contingentes, los que pueden ser o no ser, y los necesarios, Al-lah, no es un
mero ejercicio del pensamiento, sino una realidad que se da en la Naturaleza
propiamente ontológica de los seres. Al-lah es el Ser que existe por sí mismo
desde toda la eternidad. Los seres creados dependen de esa primera causa para
existir. Con ello, Avicena trata de evitar una caída en el panteísmo: si la
distinción entre el modo de convenir el
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acto de
existir a la esencia de Al-lah y a la de los seres creados, es solamente una
distinción hecha en el Entendimiento, por lo mismo, sería también algo
puramente conceptual la distinción entre el Ser y los seres.
Antes de
que nosotros viéramos esta sutileza argumentativa, ya lo hicieron Maimónides y
Tomás de Aquino (1225-1274). Lo que Averroes le reprocha a Avicena es que éste
plasma esta distinción en el contexto de una creación eterna y necesaria cuyo
planteamiento se hace en el sistema basado en la emanación que el pensador
adopta.
De Al-lah,
Ser necesario, como hemos dicho, fluyen o emanan todos los demás seres eterna y
necesariamente. Como, en seguimiento de Plotino, de lo uno no procede más que
lo uno, Avicena dice que Al-lah tiene un acto simplicísimo de autoconocimiento
y de este acto procede el primer ser creado: el primer Entendimiento. Por haber
sido causado, es contingente y en su esencia hay mezcla de posibilidad, es
decir, que su esencia no se identifica con su existencia.
A partir de
este Entendimiento, la emanación sigue su curso en forma de tríadas, de forma
que por medio de un proceso lógico y psicológico sustentado por un armazón
astronómico que es el de Ptolomeo, se forman nueve entendimientos, nueve almas
y nueve esferas concéntricas que constituyen el mundo celeste. El Entendimiento
primero, al conocer a Al-lah, produce un segundo que, en su correspondiente
acto de conocer produce el Alma motora de la esfera más lejana que envuelve a
todo el cosmos.
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Conociéndose
también como contingente, de ese conocimiento resulta un Cuerpo que es la
materia de esa misma esfera.
Las demás
inteligencias o entendimientos, sucesivamente alejados del primero, tienen
Alma, Cuerpo además de su capacidad inteligible pues son, no lo olvidemos,
entendimientos. El noveno Entendimiento es la Inteligencia, Cuerpo y Alma de la
esfera de la Luna que es la última de las esferas animadas y a ella le llega
muy debilitado el poder creador por eso, aunque carece de capacidad para emanar
otro Entendimiento, produce las formas sensibles y las almas humanas y, de ahí
surge la variedad de todos los seres corpóreos.
A todo lo
dicho hay que añadir dos rasgos característicos: Avicena identifica las
inteligencias y las almas celestes con los ángeles, seres inmateriales e
inmortales. Las almas angélicas tienen, en su rango más débil, la función de
preparar a la materia para recibir la acción de las formas que vienen de la
esfera lunar. Por encima de esta característica, Avicena sitúa la estructura de
materia y forma en todo lo existente: todas las cosas son forma o materia, o
compuestas de materia y forma y, aunque las esferas del mundo celeste también
están compuestas de materia y forma, en ellas, su materia es mucho más pura y
sutil que la de los seres terrestres. El hilemorfismo, es decir, la estructura
de materia y forma, es en Avicena un principio de aplicación universal.
Desde esta
universalidad del principio hilemórfico, las esferas celestes preparan a la
materia para que pueda recibir al acción de las formas que proceden del
Entendimiento agente. Estas formas,
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que son las
que harán de la materia algo, alejándola de su casi nada son: la corporeidad,
la cantidad y la dimensión. La forma cantidad produce la multiplicidad de los
seres corpóreos que, tras recibir la forma específica, quedan encuadrados en
los rangos de las especies y clases. Y una vez recibida esta forma, esa materia
es ya un Ser individual en el que forma y materia manifiestan una unidad
indisoluble.
El reproche
de Averroes a Avicena
Retomando
el hilo de la exposición que estábamos haciendo sobre la Metafísica de Averroes
y, en ella, la de su sistema cosmológico, el filósofo cordobés parece entender
de forma más completa todos los extremos implicados en una especulación que él
detalla y disecciona hasta sus más lejanas consecuencias. En su texto que
acabamos de reproducir, nos decía que los cuerpos celestes tienen «apetito
racional» que es el que los hace moverse.
Son almas y
sin embargo, dice, no poseen más que esta capacidad, «pues no es posible que
los cuerpos celestes tengan sentidos, ya que éstos solamente han sido dados al
animal para su conservación, en tanto que los cuerpos celestes son eternos».
Con ello, el filósofo nos está diciendo que no hay parangón posible entre
esferas celestes que «apetecen» y cuerpos sensibles que «apetecen» pero de
distinta forma. En el primer caso el eros griego es, eminentemente, fuerza de
atracción.
El esquema
de Avicena que acabamos de exponer contiene, lo hemos visto muy brevemente,
elementos no estrictamente
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racionales
y por ello su desarrollo completo entra en los dominios de la especulación
propiamente espiritual y gnóstica que alude a que los cuerpos celestes como los
nombra Averroes, es decir, las esferas, tienen potencia imaginativa. En este
punto, Averroes manifiesta su desacuerdo:
Tampoco los
cuerpos celestes tienen potencias imaginativas, como cree Avicena, porque las
potencias imaginativas (…) no pueden existir sin los sentidos, ya que el objeto
de tales potencias es hacer que el animal se mueva por sensaciones ya pasadas,
lo que en la mayoría de los casos obedece a una razón de Conservación. Además,
si las cosas en los cuerpos celestes existieran de la manera que dice Avicena,
es decir, representándose éstos imaginativamente las diversas posiciones que
adoptan, el movimiento propio de los mismos carecería de unidad y continuidad,
debido a la sucesión de las diversas cosas imaginadas y de las modificaciones
de las mismas. En este caso, las varias posiciones de los cuerpos celestes
serían algo accidental en ellos y estarían motivadas por la relación de unas
con otras (…)35.
A primera
vista, sin haber expuesto toda la disquisición de Averroes en su conjunto,
parece que estemos perdidos en una explicación sin mucho sentido. Éste
solamente puede alcanzarse si, como pretendíamos al citar textualmente, podemos
percibir, por breve que
35
Averroes, Compendio de Metafísica, Op. Cit., IV, 26.
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éste sea,
un matiz diferencial, un alejamiento de las nociones y un horizonte
cognoscitivo que distinguen a Avicena de Averroes y que, en adelante, a medida
que éste vaya tomando conciencia de su posición en el mundo de la Teoría, se
manifestará de forma rotunda.
Regreso de
los principios inmutables
En una de
sus obras referidas a la unión del Entendimiento con el Hombre, Averroes dice
que la doctrina de Aristóteles es el principio de toda Filosofía del que no se
puede discrepar más que en la interpretación de sus palabras y en las
consecuencias en que pueden derivar. Así, la tarea de comentador, se dilata en
la extensión del comentario y lo supera con sugerencias y propuestas en un
principio inadvertidas. En los capítulos 7 y 9 del libro XII de la Metafísica
aristotélica, el filósofo griego nos dice que el primer motor, causa final del
cosmos, es un objeto de deseo intelectual por parte las otras sustancias a la
vez que se piensa a sí mismo eternamente.
En su
Compendio Averroes indica, con su maestro, que todo ente que piensa encuentra
su perfección en lo pensado y, en la jerarquía de los entendimientos separados,
lo que ha sido causado debe pensar en su causa, además de pensarse a sí mismos.
Sin embargo, el discípulo, Abu al-Ualíd en este caso, extrae alguna
consecuencia de este planteamiento que, considerado en profundidad, revela una
discrepancia: Si los entendimientos separados se piensan a sí mismos y, como
hemos visto, de ese pensamiento emanan otras inteligencias de rango inferior
como causadas por las inteligencias
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que las han
pensado, resultaría que lo más noble vendría a encontrar su perfección en lo
que es menos noble. El Entendimiento se piensa y ese pensamiento es su propia
perfección sólo que lo que emana de esta perfección es otro Entendimiento de
categoría inferior en la escala jerárquica ya citada.
El
comentador, en este caso, arguye tal vez con razón, que si damos como válido lo
expuesto en el párrafo anterior, los principios no conocerían aquello de lo que
son principios y la emanación de los entendimientos sería inconsciente como
sucede con las cosas naturales. Aclaremos esto: Si un Entendimiento, cuando se
piensa en sí mismo, emana otro Entendimiento de inferior rango, el verdadero
conocimiento del primero que, por lo dicho acerca de la Naturaleza del
conocimiento, es aspiración hacia lo «alto», no se dirigiría a su producto (el
Entendimiento causado) sino hacia «arriba» como le es connatural, desconociendo
a su producto porque es de rango inferior y el conocimiento verdadero no
«desciende» por su misma índole. Por tanto, indica Averroes, habrá que examinar
más de cerca la verdadera actividad intelectual de estos principios
inmateriales dotados de conocimiento.
A este
respecto nos dirá que conocedor y conocido se distinguen, uno del otro, en base
a la dignidad del acto de conocimiento no en base a la especie de conocimiento
producido. Dicho de una manera más cercana a nuestra situación de personas en
el mundo: nosotros conocemos y elaboramos conceptos que son el producto de ese
conocimiento.
Esos
conceptos, según la teoría aristotélica, son producidos por una
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actuación
del Entendimiento agente, como hemos dicho en varias ocasiones. Nuestros
conceptos y los de ese Entendimiento, referidos a una noción en particular, sea
ella la que fuere, por ejemplo la de homogeneidad, es la misma para el
Entendimiento agente que para el Entendimiento humano iluminado por aquél. La
única diferencia entre ambos tipos de conocimiento es que el del primero es,
digamos, más noble.
Podemos
aplicar el mismo argumento al conocimiento de las Inteligencias y sus productos
que son otras Inteligencias y llegar así hasta el primer motor que piensa el
Ser y los seres de la forma más absolutamente noble y perfecta. De esta
constatación, podemos pasar al conocimiento del Ser creador y a la naturaleza
de su conocimiento de la realidad pero, en este caso, preferimos ceder la
palabra al propio Averroes:
De modo que
el principio primero entiende el Ser, de una manera más noble, desde todos los
puntos de vista en que pueden excederse (unas a otras) las inteligencias libres
de la materia, ya que, no distinguiéndose específicamente la idea del primer
principio de las ideas del Hombre, con mucha menos razón se diferenciará de las
ideas de los demás seres separados, si bien, en cuanto a nobleza, está muy por
encima del Entendimiento humano, siendo la cosa que más se acerca a él la
Inteligencia que le sigue y así sucesiva y gradualmente, hasta llegar al
Entendimiento humano36.
Hasta aquí,
queda aclarada la cuestión del valor cualitativo del conocimiento de los
entendimientos, por una parte, y del
36
Averroes, Compendio de Metafísica, Op. Cit.. IV, 47.
163
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Entendimiento
humano, por otra. Ahora, queda por aclarar más lo que decíamos, a partir de
Aristóteles, acerca de que el Entendimiento puede no saber de su producto. Y de
ahí, llegar a la delicada cuestión de si el Creador conoce el efecto de su
creación. Averroes, por la Fe, sabe que Al-lah conoce a su creación. Como
filósofo, fiel discípulo de Aristóteles en cuyo sistema no hay cabida para un
Ser creador y como proclive a un sistema de emanación neoplatónico, debe
ordenar ideas, argumentar creencias y ofrecer un resultado coherente, e
ingenioso e inteligente, en el que las dos opciones tengan lugar:
De lo dicho
se deduce en qué sentido cabe afirmar, de dichos principios, que entienden
todas las cosas (…) y en qué otro se dice, de esos principios, que no entienden
las cosas inferiores a ellos; con lo cual quedan resueltas las dificultades
anteriormente apuntadas. Y en efecto, en el sentido expuesto, se puede afirmar
que conocen el Ser que emana de ellos, ya que todo aquello que procede de algo
cognoscente y en cuanto tal, ha de ser, como hemos dicho, necesariamente
conocido. De lo contrario, tal emanación sería igual a como proceden las cosas
naturales unas de otras. A la primera afirmación se atienen los que dicen que
Al-lah conoce todas las cosas, mientras que a la segunda se aferran los que
suponen que El no conoce lo que le es inferior, sin darse cuenta de las
acepciones de la palabra conocer, pues habiéndola tomado como significativa de
una misma cosa, se les seguían en consecuencia dos afirmaciones contradictorias
(…)
Asimismo se
resuelve, con estas razones, la dificultad expresada. En
164
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efecto, no
es imperfección el conocer una cosa de una manera más cabal y no conocerla de
una manera más imperfecta. La imperfección consiste, precisamente, en otra cosa
muy distinta, pues el que no puede tener de una cosa una visión imperfecta,
pero la ve de una manera más perfecta, es realidad, para él, esto no es una
imperfección. Y todo esto que decimos es cosa evidente en el sistema de
Aristóteles y sus discípulos, o se sigue necesariamente de dicho sistema. Pues
han demostrado claramente que el Entendimiento agente conoce lo que hay en este
mundo, es decir, lo que es inferior a él37.
Después de
haber mostrado cómo los movimientos del sol, de la luna y de los demás
planetas, favorecen y conservan a los seres sub-lunares, en la misma
perspectiva ya mencionada, la de si los seres superiores se enteran de lo que
sucede a los inferiores a ellos en rango, Averroes vuelve a reflexionar sobre
la cuestión desde otra dimensión cognoscitiva, en este, caso la propiamente
teológica.
En
principio, esta cuestión que puede, a primera vista resultar baladí, no lo es
tanto si consideramos que el objeto del conocimiento de lo superior sea lo
inferior a él como se podría deducir de lo expuesto. Es decir, es decir, que
resulta algo chocante que los seres eternos existen gracias a los seres
corruptibles o que lo más noble debe su existencia a lo menos noble. Ahora
bien, el caso es que los seres más perfectos parecen pensar y, por tanto,
tienen la razón de su existencia gracias a que piensan en los menos perfectos.
Cierto es
que el orden que regula los movimientos de los entes más
37
Averroes, Compendio de Metafísica, Op. Cit., 50.
165
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perfectos
les llega del conocimiento que poseen de sus principios originarios y estos
principios los han recibido del primer principio que, en el sistema de
Averroes, es Al-lah mismo. Lo que sucede de bueno en el mundo sublunar, procede
de Su Voluntad y lo que les acaece de malo, viene de la materia que los
constituye y, por ello, el mal es accidental, no algo necesario, como en el
caso del fuego que, siendo bueno en sí mismo, puede dañar en circunstancias
particulares.
La
providencia así entendida, no solamente tiene que ver con los seres
contingentes y particulares, sino con toda la universalidad de los entes puesto
que los entes celestes por cuyo intermedio se ejerce esa providencia en los
seres particulares, no podrían tener conocimiento de los mismos. Por otra
parte, si no dependieran del conocimiento universal emanado de la providencia
divina que, como decimos, solamente ejerce el bien, podría atribuirse a la
Causa suprema la causación de los males individuales:
Como esta
serie ordenada de movimientos existe participada en los planetas, en tanto en
cuanto entienden la esencia de sus principios, a la vez que éstos la participan
del primer principio que es Al-lah, ensalzado sea, síguese que la providencia
primera que existe en nosotros es la de Al-lah, sea bendito y ensalzado, quien
es causa de todo lo que en la Tierra existe. Todo bien puro que en ella exista,
de Él procede y es querido por Su voluntad. En cuanto a los males, como son,
por ejemplo, la corrupción, la decrepitud, las enfermedades y cosas similares,
están motivados por la
166
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necesidad
de la materia.
La razón de
que esto sea así estriba en que, en cuanto a la existencia de estos males, no
cabe más que uno de estos dos casos: o que no existan esas cosas a las que va
inherente el mal (lo que sería un mal mayor), o que existen en ese estado, ya
que no son capaces de una existencia mejor. La utilidad del fuego es
indiscutible, por ejemplo, y solamente de una manera accidental ocurre que
destruya muchos animales y plantas. Sin embargo, fíjate en lo que respecta a la
providencia de los animales, cómo se les ha dado el sentido del tacto sin el
cual no serían de suyo susceptibles de que la providencia los librase de los
seres sensibles que los destruyen. Del mismo modo ha sido dado a cada una de
las especies de animales todo aquello que tienda a preservar su existencia de
seres que puedan destruirlos. Lo cual es prueba evidente de una Providencia
sobre las cosas de la Tierra38.
La
presencia de la providencia divina es cuestión directamente relacionada con la
Fe del creyente y Averroes parece hablar de ella desde las coordenadas de su
creencia. Sin embargo, podríamos pensar que, en estos textos, su explicación
pudiera estar relacionada con la providencia (con minúscula en este caso) tal
como fue tratada en el pensamiento griego por los estoicos, Alejandro de
Afrodisias o los neoplatónicos. Para el pensador
38
Averroes, Compendio de Metafísica, Op. Cit.. IV, 78.
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cordobés es
un tema que, a la vista de sus escritos posteriores, como el Taháfut al-tahafut
entre otros, de los que hablaremos en su momento, alcanza su mayor nivel de
claridad expositiva en cuanto que aparece relacionado con el dilema entre Fe y
Razón.
Este
dilema, planteado y solucionado por Averroes y su relación con lo que hemos
venido diciendo de su Teoría de los entendimientos y sus capacidades
cognoscitivas, es el punto en el que divergen las opiniones de Averroes y de su
maestro Aristóteles: la Teoría cosmológica del primero sirve de base para la
reflexión y construcción de una Teología filosófica totalmente distinta de la
del segundo.
Hay otra
cuestión que también merece ser citada aquí: la de la Felicidad que los
principios celestes poseen en tanto que conocen. De nuevo aquí, con las debidas
prevenciones en lo tocante al establecimiento de similitudes, Averroes se
acerca a los postulados que Ibn Tufayl hace de la Unidad del Entendimiento
humano con el Agente y el goce que de ella dimana:
Es también
evidente que dichos principios (los entendimientos) están esencialmente dotados
de vida, de goce y de felicidad, teniendo el primero de ellos una vida más
perfecta que ninguna otra, como ni tampoco goce mayor que el suyo. Y esto es
debido a que su felicidad no proviene más que de su misma esencia, mientras que
los demás por él tienen felicidad y goce. Y, en efecto, si entre nosotros la
palabra vida de aplica al último grado de percepción que es la percepción de
los sentidos, con cuánta mayor razón ha de aplicarse a seres que, dotados de
una percepción
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nobilísima,
tienen un objeto de percepción nobilísimo. De la misma manera, la felicidad,
siendo a modo de una sombra que sigue a la percepción, y teniendo los mismos
grados de excelencia que los seres dotados de conocimiento, ((ya se les
considere a éstos en sí mismos, ya con relación a la duración de su
percepción), con mucha más razón estos principios han de estar dotados de goce
por razón de su facultad cognoscitiva39.
Habida
cuenta de que aquí no procede un análisis exhaustivo del contenido del
Compendio de Metafísica que, no lo olvidemos, estamos leyendo en su carácter de
propedéutica filosófica o como momento inicial de los escritos metafísicos de
Averroes sobre las pautas fijadas por Aristóteles, podemos hacer una
referencia, breve también, de un tema que simultáneamente está siendo tratado
por la escolástica cristiana: la cuestión de los universales.
En su
momento dijimos que Juan de Salisbury era el pensador cristiano
cronológicamente simultáneo a Averroes. Perteneciente a un territorio
especulativo y a una etapa del mismo en el que la cuestión de los universales
era un problema candente, creemos interesante comparar el pensamiento del
pensador inglés deudor de su momento filosófico y el del pensador musulmán
sobre el mismo tema que, en el caso de éste, está ligado a la Metafísica y a la
Teoría del conocimiento tal como lo estamos leyendo en su Compendio.
Juan de
Salisbury, que opinaba que en el problema de los universales «se han eternizado
las escuelas e invertido más tiempo y más dinero que el que emplearon los
césares para conquistar el
39
Averroes, Compendio de Metafísica, Op. Cit.. IV, 52.
169
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mundo»40,
nos ofrece un resumen de las tendencias existentes en su tiempo sobre la citada
cuestión cuya naturaleza ya referimos en páginas atrás: realismo exagerado,
nominalismo y conceptualismo. Es decir, la consideración de los universales
como formas separadas, a la manera de los entes matemáticos; la reducción a los
universales a la categoría de simples nombres genérico y la visión del
universal como concepto abstraído de lo sensible, singular y concreto.
Averroes,
en su Compendio, aborda la cuestión preguntándose si es posible que los
universales existan en sí mismos fuera del Alma, «hasta el punto de que
merezcan ser llamados sustancias con mayor motivo que los sujetos sensibles que
les corresponden». Es decir, si los conceptos universales existen de la misma
forma que las Ideas platónicas: eternas, necesarias e incorruptibles en un
cosmos noético propio e independiente del cosmos humano.
A
continuación, puntualiza: «En el supuesto de que estos universales existan
fuera del Alma en la misma forma que tienen en ella (es decir que el concepto
de triángulo, por ejemplo, exista separadamente del Alma que lo ha pensado pero
manteniendo los rasgos que le son inherentes como tal triángulo), cabe imaginar
que esto se verifique de una de estas dos maneras: 1ª, que existan en sí mismos
sin que tengan relación alguna con los individuos sensibles, afirmación que es
contraria a lo que implica la definición del universal, pues éste (como se ha
dicho) es aquella cosa que puede ser predicada de muchos. Eso además de que tal
hipótesis llevaría
40 Juan de
Salisbury, Polycraticus, VII, 12.
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necesariamente
a la conclusión de que el inteligible de la cosa no es la cosa misma,
afirmaciones todas ellas absurdas. 2ª, que el universal sea algo existente
fuera del Alma, pero existiendo además, en el individuo. Pero, así concebido el
universal, se verá, a poco que se reflexione, que tal hipótesis implica
absurdos de la peor especie»41.
Averroes
opina que, si suponemos que el universal está fuera del Alma y existiendo, sin
embargo, en los individuos, su comunicabilidad a ellos tiene que hacerse
necesariamente en una de estas dos formas: «o bien que exista en cada individuo
una parte del universal, de modo que Zaid por ejemplo, no tenga más que una
parte determinada del concepto de humanidad y Amru otra, no pudiendo, en
consecuencia, ser predicada la humanidad de forma esencial en ambos
respondiendo a la pregunta ¿qué cosa es?, ya que lo que sólo tiene una parte de
Hombre, no puede ser Hombre, afirmación cuya imposibilidad es evidente en sí
misma, o bien que el universal, en toda su Universalidad, exista en cada uno de
los individuos, hipótesis que pugna consigo misma, pues de ella se sigue
necesariamente, o que el universal se multiplique en sí mismo, de forma que el
universal que da a conocer la esencia de Zaid sea distinto del que da a conocer
la esencia de Amru, no siendo, en consecuencia un solo inteligible de ambos, lo
cual es imposible, o que en (toda) su Universalidad exista, como una sola y
misma cosa en seres múltiples y no sólo múltiples, sino que también infinitos,
sujetos a generación unos y a corrupción otros,
41 Juan de
Salisbury,, II, 40.
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hasta
llegar al punto de que el universal sea generable y corruptible, uno y
múltiple, bajo un mismo respecto, lo cual es imposible»42.
Y no sólo
eso pues, admitiendo tal hipótesis, sigue diciendo Averroes, llegaríamos a
concebir la existencia simultánea en el universo de cosas contrarias, ya que
muchos universales son susceptibles de divisiones producidas por diferencias
contrarias además de concebir la existencia de los mismos universales en
lugares contrarios.
Venimos
dando la palabra al filósofo mismo, no solamente porque él se explica mejor que
nosotros, sino porque es conveniente, si alguien decidiera leer sus obras,
empezar a observar el modo de su argumentación y el procedimiento expositivo de
la misma que, no lo olvidemos, pudiera hacernos pensar en el aparato
argumentativo utilizado por un abogado en el ejercicio de su profesión fiscal o
defensora.
Volviendo
al discurso sobre los universales, Averroes nos dice que todos estos
inconvenientes no se producirían si suponemos que el universal existe en el
Entendimiento y que aquello en virtud de lo cual el universal es tal universal
debería buscarse en una sustancia separada, única e idéntica, es decir en el
inteligible de los inteligibles. Es decir que aquello que otorga al universal
su coherencia y consistencia interna y esencial remite al agente encargado de
suministrarlo a los entendimientos particulares tras el proceso de abstracción
consiguiente que ya hemos explicado.
Ahora bien,
sentado este principio, dice el filósofo que «puede ser
42 Juan de
Salisbury,, II, 41.
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que haya
alguien que afirme que esos universales no son verdaderos, sino inventados y
falsos, fundándose en que lo verdadero (…) es aquello que existe en el
Entendimiento, en cuanto que está conforme con lo que está fuera de él», y
continua diciendo que «de este argumento especioso se han servido muchos
mutakal-limes (teólogos especulativos axxaries, en este caso), de nuestra
época, aplicando esta misma doctrina para echar por tierra la existencia de los
universales»43.
De forma
definitiva, Averroes determina con claridad la solución del problema en la más
pura línea aristotélica:
El
Entendimiento tiene, como operación propia, el despojar de su forma a la
materia concreta y el concebirla aisladamente en su ser íntimo, propiedad que
manifiestamente le conviene y mediante la cual se verifica la intelección de
las esencias de las cosas, pues de lo contrario no existiría Ciencia alguna
(…). Cuando el Entendimiento despoja de las formas a la materia y entiende en
su ser íntimo las sustancias de las mismas, bien sean tales formas sustanciales
o accidentales, entonces sobreviene a éstas en el Entendimiento el concepto de
Universalidad, sin que el universal sea las mismas formas de tales esencias.
Por eso, los universales pertenecen a los inteligibles segundos, mientras que
las cosas a que se unen los universales pertenecen a los
43 Juan de
Salisbury,. II, 44.
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inteligibles
primeros44.
Este último
razonamiento, como el mismo filósofo advierte y nosotros percibimos a través de
la sutileza desplegada en el mismo, deriva en consideraciones propias de la
Lógica y a ella no nos vamos a referir detenidamente por ahora.
44 Juan de
Salisbury,. II, 48.
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Capítulo
III
Un nuevo
cielo, una nueva tierra
Acaba una
primera etapa de la trayectoria intelectual y personal de Averroes a la que le
hemos atribuido el carácter de búsqueda de una Ciudad ideal. Esa indagación, lo
hemos visto, se ha concretado en dos vías: una interior, de formación, estudio
y lectura en la que esa ciudad es la urbe del conocimiento donde gobierna
Aristóteles. En ese camino, que Averroes nunca abandonará, se forja su tarea de
comentador con las leves discrepancias que hemos podido observar respecto del
maestro. Ante su obra, Averroes aborda el texto del estagirita de la misma
forma en que un jurisconsulto se enfrenta al texto de las prescripciones
jurídicas. Para la puesta en práctica de ese estudio, el filósofo cuenta con el
precedente de su abuelo y, extraído de la materia filosófica de Aristóteles,
con los artificios del Arte de la Lógica y, en especial, el silogismo.
Ahora bien,
el silogismo puede servir, y de hecho así lo entendieron los lógicos del Islam,
para manifestar la coherencia de un texto con la Verdad. Por tanto, si el
silogismo, en el caso del Derecho, deduce una Verdad que está de acuerdo con la
ley, se manifiesta como verdadero. Otra cosa es la aplicación de la deducción
lógica basada en dos premisas y una conclusión, el esquema del silogismo, a
cuestiones de orden metafísico y teológico. En este caso, de haber desacuerdo,
hay que recurrir a la interpretación realizada por medio de un comentario.
El concepto
de interpretación y comentario que tiene Averroes es
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nítido:
interpretar quiere decir trasladar la significación del sentido propio al
sentido figurado, sin escapar de las condiciones propias de la naturaleza de la
lengua árabe. Por tanto, comentar interpretando es dar a algo (lo interpretado)
otro nombre análogo por la vía de la metáfora. Este procedimiento que, en lo
metafísico, rinde beneficios inmediatos, precisa de una consideración especial
cuando se trata de textos religiosos y, sobre todo, del texto revelado.
En este
caso, Averroes será capaz de arrastrar el contenido del mismo a los territorios
de la doctrina filosófica y, sí, nos dirá que si la ley divina presenta un
aspecto interior, záhir, y otro interno, bátin, la causa (especificación
metafísica) reside en la diversidad que existe en la Naturaleza humana y en sus
disposiciones innatas en lo relativo a la recepción de las verdades reveladas
(la «Teoría» de las tres clases de conocimiento intelectual ya aclaradas en su
momento).
La otra vía
es el camino externo y el filósofo la emprende desde su misma situación
personal en el seno de la nueva ciudad que el movimiento almohade plasmó en el
orden político e ideológico. En la etapa de su vida que seguidamente
abordaremos, las dos vías lograrán reunirse en un solo camino que marcará el
rumbo definitivo de su existencia.
Averroes
tiene ahora treinta y seis años y es un ser, podemos decir, constituido que,
durante el periodo de esa constitución se ha ido implicando paulatinamente en
el mundo de las realidades humanas sin olvidar las filosóficas y trascendentes.
Ahora le llega el momento de su primera madurez y ahora se abre para él la
senda de lo más
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concreto
que lo conducirá desde esa concreción al compromiso.
Sin
embargo, no todo es tan simple y sencillo como parece. Para observar la
complejidad y el tejido de esa trayectoria personal, podemos establecer una
secuencia de momentos definitorios, los que se manifiestan en la aparición
sucesiva de sus obras, y advertiremos la dificultad de trazar líneas
separadoras, dominios excluyentes o parcelas de conocimiento y acción
independientes unas de otras.
Después de
haber sentado las bases de su ideario filosófico en el comentario del Organon
aristotélico y en el Compendio de Metafísica que acabamos de considerar, para
Averroes nada existe ni existirá que pueda eclipsar o desteñir la convicción,
por el manifestada, en el prólogo de su comentario a la Física aristotélica,
acerca de la sublimidad del pensamiento de Aristóteles, «el más sabio de los
griegos, que fundó y completó la Lógica, la Física y la Metafísica. Y digo que
las fundó porque todo lo que se escribió antes que él no merece la pena
mencionarlo pues quedó eclipsado por sus escritos. Y digo que las completó,
porque nadie de los que le siguieron hasta nuestros días, es decir, durante
casi mil quinientos años, pudieron añadir nada a su obra, ni siquiera
encontrando un error de relativa importancia. Que todo esto se halle reunido en
una sola persona, es cosa admirable y milagrosa. Quien posee este privilegio
merece ser llamado divino más que humano»45.
Desde esa
plataforma cognoscitiva, a modo de un cañamazo, el filósofo cordobés bordará
hasta el fin de sus días un pensamiento
45 En A.
Badawi, La Philosophie en Islam, I, París, 1972, p. 762.
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coherente y
universal, aunque el recamado nos deje ver, y de forma muy clara, destellos de
su genio personal. A sus obras sobre Medicina, que inmediatamente abordaremos,
le seguirán comentarios de la Física, Astronomía, Metafísica, Meteorología,
Metórica, Poética, Ética y Política que remiten, todos ellos, al primer
maestro. En medio, sus grandes obras polémicas en las que se medirá
dialécticamente con los teólogos axaaríes, con Algacel o con Avicena.
En los
treinta y un años que transcurren desde la redacción de su obra médica hasta su
definitiva reflexión sobre la Política, Averroes despliega un orden expositivo
a modo de una red en la que se cruzan e interfieren reflexiones y análisis
sobre la totalidad de la realidad, desde el Cuerpo individual hasta el
organismo social. El número de estos cruces parece no estar determinado de
antemano y solamente un concienzudo análisis de todos sus escritos podría
demostrar si obedecen a una lógica interna.
Por otra
parte, cada tratado, cada comentario o cada libro de reflexión personal, no
pertenece necesariamente a un determinado territorio conceptual, sino que da
cabida, simultáneamente, a varios campos de relaciones donde los conceptos
adquieren otros rasgos significativos, otras posiciones en el juego de la
meditación. El entrecruzamiento de estas nociones, además, adquiere mayor
complejidad cuando advertimos que las obras se superponen unas a otras por
medio de aclaraciones, amplificaciones o rectificaciones de sus elementos
básicos, complejidad que se acrecienta cuando añadimos las dificultades de
datación del texto del filósofo.
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Entre
Córdoba y Sevilla
En 1163,
cuando el ejército almohade se estaba preparando para pasar a al-Andalus, murió
el califa Abd al-Mu’min y le sucedió su hijo Abu Iaqub Iúsuf a quien su padre
había nombrado uali, gobernador, de Sevilla en 1156 cuando tenía dieciséis
años. A principios de 1161, la población de Carmona se levantó contra la
presencia almohade y fue Abu Iaqub Iúsuf el encargado de sofocar la rebelión y
apresar al jefe rebelde, Ibn Xarahil, partidario del también rebelde Ibn
Mardanix en Murcia y Valencia.
Para
reforzar la autoridad almohade en la región de Sevilla, que también fue
amenazada por Ibn Mardanix, junto con Córdoba, llegó un contingente militar a
la primera de estas dos ciudades proveniente de la capital del imperio,
Marrakech. Desde los primeros tiempos de la conquista almohade, Sevilla fue la
capital administrativa de al-Andalus, aunque en 1162 Abd al-Mu’min ordenó que
fuese Córdoba la sede del gobierno de todo el territorio andalusí teniendo en
cuenta, no solamente su situación geográfica, sino también su prestigio
histórico de tiempos del califato omeya cuyas huellas arquitectónicas todavía
perduraban con todo su esplendor46.
El 22 de
septiembre de 1162, Córdoba recobró el protagonismo histórico y sus calles,
zocos, baños y mezquitas volvieron a recuperar la vida y el bullicio tras años
de asedios, penurias y hambre. Allí quedaron instaladas las oficinas del
gobierno, las de
46 J. Bosch
Vilá, La Sevilla islámmica, 712-1248, Sevilla, 1984, p. 155.
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recaudación
de impuestos y las de la judicatura, pero la gloria que la Historia le volvía a
entregar no tuvo tiempo de consolidarse. Cuando el 24 de mayo de 1163 subió al
trono Abu Iaqub Iúsuf, añorando, tal vez, los tiempos sevillanos de su
adolescencia y primera juventud, ordenó el regreso del gobierno a Sevilla con
todos sus servicios administrativos. En la pugna que tenía empeñada con Córdoba
desde la conquista árabe, Sevilla volvía a ser la capital de al-Andalus y la
segunda capital del imperio almohade que, desde entonces, gozó de dos capitales
gemelas a cada uno de los lados del Estrecho.
Tras la
asunción del poder en Marrakech y puesta al día en todos los asuntos y
competencias que, como nuevo califa, le correspondían, Abu Iaqub Iúsuf entró en
Sevilla, con toda solemnidad, el 18 de junio de 1171 y diez días después lo
hizo en Córdoba. En el otoño de ese año, el califa dio comienzo a las grandes
obras que harían de Sevilla una ciudad de renombre: comunicación con el
Aljarafe, obras en la alcazaba, inicio de una torre albarrana que cincuenta
años después sería la torre del Oro, construcción de una gran acequia y
fundación de una gran mezquita. Además, Sevilla fue base de operaciones
militares contra territorios cristianos o zonas rebeldes a la autoridad
almohade que, cuando resultaban victoriosas como la emprendida contra Murcia en
1172, se celebraban fastuosamente en la capital sevillana en medio del
entusiasmo popular.
A Sevilla,
también, empezaron a llegar enviados de otras partes del mundo islámico, como
Qairauán y Túnez aunque esta situación de
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pujanza
administrativa y militar no dejó de estar amenazada. A este respecto fue
significativa la algara del conde Gimeno de Ávila, el Giboso, que en marzo de
1173 saqueó los aledaños de Sevilla, la zona de Écija y la campiña del sur de
Córdoba, si bien el contraataque almohade logró derrotar a Gimeno cuya cabeza
se llevó a Sevilla donde, «con grandes manifestaciones, actos oficiales y
veladas literarias en el alcázar, se celebró tal victoria»47.
Los
elementos, por su parte, tampoco dejaron de ejercer su nefasta presencia en tan
brillante corte. Así, refieren las crónicas, tres años después del mencionado,
el Guadalquivir se desbordó causando pérdida de cosechas y de vidas humanas.
La vida
sevillana, mezcla de austeridad y de lujo, de piedad y descreimiento, fue
objeto de reforma en su primera etapa de territorio bajo autoridad almohade.
Las órdenes del califa Abd al-Mu’min, cuya cercanía a la persona de Ibn Túmart
lo hacía encarnación del ascetismo más austero, fueron taxativas: estricta
prohibición de bebidas alcohólicas, obligatoriedad coercitiva en el cumplimento
de las oraciones a lo largo de la jornada y, para judíos y cristianos, la
opción entre la conversión al Islam o el exilio.
Abu Iaqub
Iúsuf, educado en esa pauta de conducta, fue también hombre de religiosidad
acendrada y experto en el conocimiento del Corán, el hadíz y las tradiciones de
la sunna, así como perito en las ciencias jurídicas malikíes, compendio de
saberes como correspondía a quien detentaba la autoridad temporal y espiritual
de tan vasto imperio. Sin embargo, como refiere el polígrafo
47 Op. Cit.
p. 163.
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almohade
al-Marrakuxí en su obra sobre la historia del imperio48, el nuevo sultán poseía
un espíritu curioso y ávido de conocimiento que manifestó interés por la
Medicina, la Astrología y, sobre todo por lo que tendrá de influencia decisiva
en la vida de Averroes, como la tuvo en la de Ibn Tufayl, por la Filosofía.
Como dice
al-Marrakuxí en su retrato del soberano, Abu Iaqub Iúsuf era un experto
filólogo, conocedor de todos los recursos y secretos de la lengua árabe, cuya
magnanimidad y altura de miras lo encaminaron al estudio filosófico. Dejando
aparte la muy posible hipérbole de las referencias del cronista, lo cierto es
que los hechos demuestran que el sultán era hombre avezado en lo tocante a una
reflexión que iba más allá de lo referido a las ciencias religiosas estrictas.
Un cuerpo
como microcosmo
El cosmos
político almohade, así lo soñó Ibn Túmart, venía a ser como un inmenso
organismo vivo, dotado de células, tejidos y órganos que cumplían la función
que les era propia en su rango y especialidad respectiva. El Hombre almohade,
en consecuencia, debería reflejar en sus actos y conductas esa armonía cuyo
principio y sustento era Al-lah mismo y las normas emanadas de Su libro. En el
mismo, se alude específicamente al Cuerpo como signo portador de la Verdad.
Así, en un pasaje referido a los incrédulos, leemos: Les mostraremos Nuestros
signos fuera y dentro de sí mismos hasta que
48
Al-Marrakuxí, Kitáb al-Mu’chib fi taljís ajbár al-Magrib, ed. de R. Dozy, The
History of the Almohades, Leiden, 1845 con trad. española de A. Huici Miranda,
Tetuán, 1955.
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vean
claramente que es la Verdad49. Advirtamos, por otra parte, que la palabra árabe
sihha significa Salud y también Verdad y Legitimidad y de ahí que, por ejemplo,
la clasificación de los hadices en orden a su autenticidad o veracidad se
establezca en términos que hacen alusión a lo sano, cuando se trata de un hadíz
sin tacha de falsedad, o a lo enfermo en el caso de tradiciones que contienen
poca veracidad en su cadena de transmisiones.
La Salud
del Cuerpo humano, como la Salud del Cuerpo social debió, pues, ser entendida a
la luz de las disposiciones reveladas en las que es el mismo Al-lah el que
dispone de las llaves de la curación, pues el Señor del universo quien «me cura
cuando enfermo» (26, 80) y dispone de la salud cuando: Hacemos descender, por
medio del Corán, lo que es curación y misericordia para los creyentes (17, 82).
Entendiendo siempre que esa curación es restablecimiento de la armonía
originaria.
Es por ello
que, procedente de la Medicina griega, uno de los remedios terapéuticos
adoptados por la Medicina islámica como idóneos para restablecer la armonía
corporal perdida, fuera la música. En al-Andalus, fue precisamente Avempace
quien observó y ensalzó esa virtud curativa de la melodía musical y así lo
manifestó en su Epístola sobre las melodías en la que el sabio cura sus males
físicos y espirituales cantando poesías acompañándose del laúd.
En 1163,
Averroes ya había redactado o estaba a punto de terminar su obra médica
fundamental, tal vez en consonancia con una de las preferencias del sultán Abu
Iaqub Iúsuf a la que ya hemos hecho
49 41 53.
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alusión y,
sobre todo, porque fue el califa quien le pidió que escribiese un tratado
médico. El saber médico era, para Averroes, un conocimiento derivado o
implícito en los postulados de su visión metafísica. Así, leemos en su
Compendio de Metafísica ya analizado: «Mas porque el Ser se divide en potencia
y acto, deberemos considerar cuántas acepciones tienen la potencia y el acto.
Así pues, la potencia se toma en varios sentidos: uno que se aplica a las
potencias de los seres que son motores de otros, en cuanto que los mueven, bien
sean dichas potencias físicas o racionales. Por ejemplo, el calor quema, el
médico cura y, en general, todo lo que se refiere a las artes prácticas»50.
Esta
noción, relativa al Arte práctico de la Medicina, también la entiende el
filósofo desde el punto de vista de la materia y la forma: «Lo que hemos dicho
referente a que una cosa sólo puede ser engendrada de otra igual a ella en
especie y esencia, es más evidente aún en las cosas artificiales que en las
naturales. Por ejemplo, la salud producida en los cuerpos humanos por el Arte
de la Medicina procede de la forma de la salud existente en el Alma del médico
(…) De aquí el dicho: lo primero en el pensamiento es lo último en la acción y
lo primero en la acción es lo último en el pensamiento»51.
El canon de
la medicina
La Medicina
de Averroes cuenta con un excelso precedente en la Ciencia islámica: Avicena.
Su Canon de Medicina es su obra médica
50
Compendio de Metafísica, Op. Cit. I, 49.
51
Compendio de Metafísica, Op. Cit. II, 30.
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principal y
su contenido remite a las enseñanzas de Hipócrates y Galeno, junto con los
propios postulados del filósofo resultantes de su experiencia. La Medicina
griega entró en el mundo islámico antes que la Filosofía y, en tiempos del
califato de Bagdad, la Medicina de origen persa e hindú, se fundió con la de
origen griego que se tradujo al árabe a partir de los tratados más importantes
de los dos autores mencionados.
Quien
primero supo ver la importancia de estos tratados fue Muhammad ibn Zakaría
al-Rázi (h. 864-932), el Razhés de las traducciones latinas de sus obras
médicas y bajo cuyo nombre fue célebre en toda la Edad Media occidental y
considerado como el más grande médico del mundo islámico. Su obra más célebre,
traducida al latín y a otras lenguas, el inglés entre ellas, impresa unas
cuarenta veces entre los años 1498 y 1866, titulada La viruela y el sarampión
tuvo enorme repercusión habida cuenta de que la viruela no fue conocida por la
Medicina griega. Sin embargo, la cima de su saber se contiene en su libro
Al-Háui, «El compendio», conocido en su versión latina como Liber Continens. En
el mismo, al-Rázi cita, para cada enfermedad, a todos los autores griegos,
sirios, árabes, persas y de la India que trataron de la misma y, al final,
ofrece su opinión personal derivada de su experiencia clínica.
Por tanto,
el canon de Avicena no era un tratado sin precedentes en la literatura médica
del Islam si bien representó la culminación de todo lo que hasta él se había
escrito de esta disciplina. El libro, dividido en cinco partes, se ocupa por
medio de una prolija sucesión de divisiones y subdivisiones, de todo lo
referido al Cuerpo y a sus
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afecciones
patológicas, de su higiene y conservación y de farmacología. El canon puede
entenderse también como un complemento de la obra filosófica fundamental de
Avicena que, asimismo, lleva un título referido a la Ciencia médica: Kitáb
al-xifá, «El libro de la curación» en el que traslada la curación y el gobierno
del Cuerpo al plano del Entendimiento.
Los
principios de la Medicina, el Cuerpo viviente y la Salud son, para el filósofo,
problemas pertenecientes a la Ciencia natural y el primero, a su vez, es la
unidad de materia y forma en cuanto objeto físico. Instrumento del Alma para
ciertas funciones vegetativas, sensitivas y racionales, el Cuerpo puede
perturbar las funciones propias de aquella pero, sobre todo, la verdadera
esencia de la corporeidad es, según Avicena, la forma sustancial de la
continuidad que permite al Cuerpo despojarse incluso de determinadas
dimensiones porque, dice, «no es indispensable al Cuerpo el que tenga
dimensiones (…). Todas las dimensiones que se le suponen al Cuerpo dentro de
sus límites, incluyendo sus formas y sus situaciones, son en consecuencia cosas
que no constituyen partes integrantes del concepto de su esencia»52.
La medicina
andalusí
La etapa
más brillante de la Medicina de al-Andalus corresponde al tiempo de los
almorávides y almohades recupera, integra y asimila la brillante tradición que
había iniciado al-Zahraui en el siglo X. Los miembros de la familia de los Banu
Zuhr, los Avenzoar en los textos
52 M.
Horten, Die Metaphysik Avicennas, Halle, 1907, p. 98.
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accidentales
son, en el XII, los representantes cimeros del saber médico y casi todos ellos
mantuvieron relaciones de amistad con la familia de Averroes y con él mismo.
El
aprendizaje de los integrantes de esta familia empezó con Abu Maruán Abd
al-Málik ibn Zuhr (m. c. 1078) que lo recibió en El Cairo y, sucesivamente, los
conocimientos y las técnicas aprendidas se transmitieron de padres a hijos y
tuvieron estrecha relación con el poder oficial. Abul Ala Zuhr sirvió en la
corte de al-Mu’tamid de Sevilla y su hijo Abu Maruán se desplazó, como su
padre, repetidamente a Marrakex para ocuparse de la salud del sultán y de su
familia y acabó sus días al servicio del califa almohade Abd al-Mu’min.
Los
Avenzoar se distinguieron, no solamente por sus conocimientos científicos, sino
también por su actuación médica que fue fundamentalmente práctica. Abul Ala,
era capaz de establecer el diagnóstico de la enfermedad sin necesidad de
interrogar al paciente con sólo recurrir al examen de la orina y del pulso. La
medicación que suministraba era prudente y moderada. Abu Maruán, que es el
conocido específicamente en Occidente como Avenzoar, escribió notables tratados
médicos, entre ellos el Kitáb al-iqtisád fi isláh al-anfús wal achsád, el libro
del justo medio sobre la reparación de los cuerpos y de las almas. Otra de sus
obras, el Taisír, redactada tras el asedio de Marrakex por los almorávides, da
cuenta de las penurias y enfermedades que padecieron los habitantes de la
ciudad en aquel momento53.
53 J.
Samsó, Las ciencias de los Antiguos en al-Andalus, Madrid, 1992, p. 374.
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Averroes
menciona esta obra en su tratado de Medicina del que seguidamente trataremos,
afirmando que él pidió al autor este libro y lo copió proponiéndole, además,
que escribiera un tratado complementario a su propia obra y que debería
referirse a las enfermedades propias de cada órgano corporal, de forma que el
libro de Averroes, las Kuliát, y el de Avenzoar, que habría de titularse
al-Chuziát, «Las particularidades», formasen un único tratado de Medicina.
Averroes
médico
Resulta
curioso observar el destino de los tratados médicos de Averroes, porque de
ellos existen más versiones en lengua hebrea que originales en árabe. La
cantidad de traducciones hebreas de las obras médicas de Averroes hizo que
muchos judíos creyeran que el autor era también judío. No hay mal que por bien
no venga: cuando llegó el momento de su caída en desgracia en la corte de
Marrakech y, en consecuencia, el sultán almohade ordenó la quema de los libros
del filósofo, fueron precisamente las versiones hebreas de esos libros las que
conservaron y salvaron lo que Averroes dijo.
Su amistad
con Avenzoar, del que indudablemente aprendió saberes médicos, junto con la
enseñanza directa de su maestro en esta materia, el ya citado Abu Iafar de
Trujillo, además de la del médico, que menciona Ibn al-Abbar, Ibn Churriul de
Valencia, al que también citamos, conforman el aprendizaje de Averroes en la
Ciencia de la Medicina. Todo ello, sin olvidar lo que aprendió de los libros de
Hipócrates, Galeno, sobre cuyas obras escribió siete
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comentarios
y, sobre todo, de las enseñanzas generales de Aristóteles reseñadas ampliamente
en sus tratados de Física.
El saber
médico del filósofo se plasmó en su obra más importante sobre la materia: Kitáb
al-Kuliát fil tibb, «Tratado universal de Medicina». En Granada, en Madrid y en
Leningrado podemos leerlo en los manuscritos de su versión árabe, aunque
incompletos en el caso de las dos últimas ciudades mencionadas. En 1255, el
médico judío Bonacosa de Padua hizo la primera traducción latina de fecha
conocida del Tratado universal de Medicina y su primera impresión se remonta a
1482 realizada en Venecia y Ferrara. En la misma, leemos sus primeras en la que
Averroes, latinizado, dice:
Quando
ventilata fuit super me voluntas per nobile praeceptu ex parte nobilis domini
Audelach Sempse a mirelmomini de Marocho, pro consilio suorum Philosophorum
Auofait et Auenchalit et praecepit mihi compilare unum librum in quo
contineretur tota scientia Medicinalis in Arabico…54
Escrito a
instancias del califa de Marrakech, Averroes ante tal mandato, nos dice, «hube
de poner a su servicio y desplegar en lo que pude todas mis facultades,
recopilando esta obra general a la que di el nombre de Kuliát». Este título,
conocido en su traducción latina como Colliget, que está emparentado con los
también títulos que se le dio al libro: Collectanea o Collectorium, es con el
que conoció de forma general el tratado médico.
54 Averrois
Cordubensis, Liber de Medicina qui dicitur Colliget, Venecia, edición de 1553,
p. 4.
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Dice
Averroes en su introducción al mismo que escogió el criterio de empezar por las
materias más generales de forma que, partiendo de éstas, se pueda llegar a las
particulares, tal como procede el libro I de la Física aristotélica. Sigue
pues, estando muy presente en la mente del autor la metodología de Aristóteles
en la que, como sabemos, hay un especial señalamiento del silogismo como forma
deductiva que deriva una conclusión particular de una premisa universal:
En la
disposición de este libro he seguido asimismo una metódica distinta de la que
siguen otros autores en los suyos, metódica que es la más adecuada para la
doctrina de esta Ciencia. Y has de saber que nadie podrá llegar al final del
libro, ni comprender la mayor parte del mismo, si no tiene un conocimiento tal
de la Lógica que le permita dominar al menos las tres formas del raciocinio.
También deberá tener algunas nociones sobre los principios de la Filosofía de
la Naturaleza. Quien carezca de esta preparación no sólo será incapaz de
entender este libro y beneficiarse de él, sino que incluso recibirá un gran
perjuicio. Porque lo rechazará y lo menospreciará. Y quien rechaza este libro
has de saber que rechaza la Verdad de esta Ciencia55.
Hemos
subrayado la última frase del texto por la intención que manifiesta y que
podemos exponer, también, a modo de un
55 Citado
por E. Torre, Op. Cit. p. 60.
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silogismo:
Primera premisa: La opinión de Aristóteles es la Verdad. Segunda premisa: La
Física y sus nociones derivadas han sido expuestas definitivamente por la
opinión de Aristóteles. Luego, la Física y sus nociones derivadas (en la obra
de Aristóteles), son la Verdad. Como intérprete mediador de esa Verdad,
Averroes que está diciendo, pasando la frase subrayada a su versión positiva,
que la Verdad de la Ciencia médica nace de Aristóteles y se reproduce en el
Colliget de su autoría.
El
silogismo expuesto que, a pesar de su provisionalidad, explica no solamente el
camino que Averroes sigue en su tratado médico, sino también el constitutivo
esencial de la metodología aristotélica: para llegar a conclusiones
particulares hay que empezar por postulados generales. En palabras del primer
maestro:
Puesto que
en toda clase de investigaciones en que hay principios, causas o elementos, el
Conocimiento y la Ciencia se consiguen precisamente cuando uno ha penetrado o
comprendido estos principios, causas o elementos. (…) Por esto conviene
proceder desde lo universal a lo particular, porque el todo es más susceptible
de conocimiento sensible y lo universal es una especie de todo; el universal
comprende una multitud que viene a constituir sus partes.
(…) También
los niños, al principio, llaman padre a todos los hombres y madre a todas las
mujeres; sólo en un segundo tiempo es cuando distinguen unos hombres de otros y
unas mujeres de otras56.
56
Aristóteles, Física, I, 1. Trad. española, Madrid, 1964-67.
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Esta
metodología aristotélica, se contradice en parte con lo expuesto por el mismo
filósofo en el capítulo 2 de sus Segundos analíticos, donde indica que lo
universal se opone totalmente a la sensación (la que capta lo concreto
singular) y que lo universal es más susceptible de conocimiento racional que
sensible. La solución al dilema viene dada por el mismo Aristóteles cuando se
refiere a la comprensión y a la extensión de un concepto y en ello no vamos a
entrar por el momento. Ahora, simplemente, es necesario tener en cuenta el
postulado metodológico: lo particular pertenece al ámbito de los sentidos y lo
universal al de la Razón.
La
inflexión metafísica
Teniendo en
cuenta que Averroes no conoce el Cuerpo humano por medio de la observación de
sus componentes anatómicos derivados de la práctica de la disección, su
aproximación a la anatomía, para describirla, está guiada por un planteamiento
racional en el que la mente «disecciona», establece taxonomías, relaciona
conceptos y, sobre todo, determina la Verdad de ese conocimiento por medio de
la analogía en los mismo términos en que se formula en la Filosofía primera de
Aristóteles, es decir, en su Metafísica.
Refiriéndose
al Ser como noción universalísima, Aristóteles trató de oponerse al concepto
que del mismo hizo Parménides como algo compacto, homogéneo e indiferenciado:
El ser real no es el Ser del filósofo eleático, sino el Ser plural de los que,
según el estagirita, la Inteligencia abstrae el concepto general y universal de
ser.
192
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Recurriendo
a terminología médica, el filósofo emplea el recurso de la analogía y dice a
este respecto:
La palabra
ser se entiende de muchas maneras, pero todos estos sentidos se refieren a una
sola cosa y a una sola Naturaleza y no se dice equívocamente como si fueran
simples nombres homónimos de diversas cosas, sino de la misma manera que el
adjetivo sano se aplica a todo lo que se refiere a la salud: a lo que la
conserva, a lo que la produce, a lo que es signo de ella, a lo que es capaz de
tenerla. De la misma manera que por medicinal se entiende todo lo que se
refiere a la Medicina: lo que posee el Arte de la Medicina, lo que por
naturaleza tiene la capacidad de curar, lo que es obra y efecto suyo y de la
misma manera se toma el Ser en múltiples acepciones, pero en cada una de ellas,
toda denominación se hace por relación a un principio único57.
Analógica
será por tanto la forma de proceder que realizará Averroes al describir las
partes del Hombre «que nos es dado observar, a saber: las simples y las
compuestas, los humores y el espíritu». Observación entendida en sentido
analógico que facilita a la Razón el establecimiento de «partes» del Cuerpo
que, en su caso, se toma como ente perteneciente a la Naturaleza pues, como
dice el filósofo, «el Cuerpo humano es también un objeto natural».
57
Aristóteles, Metafísica IV, 2, 1003ª y ss.
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Las partes
del cuerpo
Empezaremos
por lo que Averroes clasifica como simple y compuesto en lo tocante a las
partes del Cuerpo humano. Su Teoría, en este caso, remite al pensamiento griego
en el que Empédocles (m. h. 450 a. C.) hablaba de las cuatro raíces del ser
que, en sí mismo, suponía eterno e indestructible. Estas cuatro raíces o
elementos, de los cuales están compuestas todas las cosas, incluso los dioses,
se especifican en figuras mitológicas: Zeus, como el fuego; Nestis, como el
agua; Hera, el aire y Aidoneus, la tierra.
Empédocles
recibió esta tradición de autores anteriores pero su esquema representativo de
los componentes últimos de la realidad aparecieron siempre unidos a su nombre y
fueron canonizados por Aristóteles como base de la Naturaleza hasta que, en el
siglo XVIII, fueron apartados de la explicación de la Naturaleza por obra que
la Ciencia química.
De la
mezcla y separación de esos elementos debido a la acción del Amor, eros, y el
Odio, neikos, se producen todas las cosas en un incesante movimiento regido por
una ley inmutable. Anaxágoras (m. h. 460 a. C.), por su parte, aportó una
variante a la Teoría de Empédocles diciendo que cada cosa está formada por
partes de todas las cosas infinitas por su multitud y por su pequeñez: las
homeomerías como denominó Aristóteles a esas semillas, especie de granos de
polvo muy sutiles, infinitos, inalterables, indestructibles, pasivos y
cualitativamente distintos unos de otros. De la agrupación de estas partículas,
se forman los cuerpos y su separación da lugar a la disgregación de los mismos.
En este caso, la ley inmutable que
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rige los
infinitos cambios procede del nous o mente que, al modo del «empujón» al que se
refiere Descartes para iniciar el movimiento, parece desatender realmente a
todo lo que acontece después de que se ha iniciado.
Averroes,
en su Colliget, nos dice que todos los cuerpos de partes homogéneas, en tanto
que son partes homogéneas, están formados por los cuatro elementos. Los tejidos
son, a su juicio, sustancias compuestas que no derivan directamente de los
elementos, sino que se forman a partir de la sangre y ésta, a su vez, de la
comida y de la bebida. Sin embargo, desde otro punto de vista, esos tejidos
pueden considerarse partes simples porque son homogéneas a diferencia de otras
partes del Cuerpo humano cuyas partículas carecen de homogeneidad. Este es el
caso de las extremidades que se componen de huesos, nervio y carne entre otros
compuestos.
Las partes
compuestas del Cuerpo humano son las heterogéneas, es decir, lo que podríamos
considerar como órganos y, como tales, constan de estructuras diversas. Los
órganos son más universales que los tejidos y éstos, en consecuencia, más
particulares: la retina, considerada como una prolongación del nervio óptico
es, por tanto, tejido nervioso. El ojo, del que forma parte la retina, es un
órgano. Como dice Averroes, es preciso estudiar los tejidos antes que los
órganos pues, conociendo la constitución de cada una de las partes homogéneas,
conoceremos también la constitución de las heterogéneas que de ellas se
componen58.
Ahora bien,
si tenemos en cuenta la orientación general de su
58
Averroes, Colliget, Libro II, Cap. 1.
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tratado de
Medicina, Averroes no dejará de sentir la necesidad de privilegiar la
consideración del Cuerpo desde su aspecto universal en preferencia al estudio
de lo particular del mismo. Ciertamente, desde una perspectiva teleológica, la
relativa a las finalidades, los órganos son antes que los tejidos y éstos no
tienen razón de ser sino por el órgano del que forman parte. Averroes
sustentará esta consideración recurriendo a la estructura de materia y forma
que es inherente a todos los entes:
A firmamos
que, como la Filosofía natural enseña, todos los cuerpos están compuestos de
materia y forma. La materia no se hizo sino por y para la forma y, del mismo
modo, el conjunto de materia y forma, es decir, el entre natural, no tiene
razón de ser sino por y para las manifestaciones que le son propias. Por ello
dice Aristóteles que la Naturaleza no hace nada en vano.(…)
En lo que
atañe al Cuerpo humano y a sus órganos, es necesario pensar que debe existir
algo que sea materia y algo que sea forma y, por encima de todo ello, la
finalidad que persigue. (…) Los órganos homogéneos (los tejidos), en su mayor
parte, son como la materia con respecto al compuesto, pues por ejemplo, los
huesos del miembro superior, sus ligamentos y tendones, nervios, carne o piel,
no tienen razón de ser sino por y para la forma de dicho miembro superior.
A su vez,
la forma de éste (es, decir, su cualidad intrínseca) que se compone de las
mencionadas partes, encuentra su
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razón de
ser en las manifestaciones activas y pasivas que le son propias: la extensión,
la flexión, la prensión y demás funciones para las que fue compuesto (…). En
resumen, los órganos simples no tiene razón de ser sino por y para los
compuestos. Los compuestos encuentran su razón de ser en el calor, que le es
transmitido desde el corazón. Este calor es como si fuera la forma. Y del
conjunto de esta forma y el órgano, surgen las diversas manifestaciones,
activas y pasivas, del órgano en cuestión59.
Una vez
definidas las partes homogéneas o simples (lo tejidos) y las heterogéneas o
compuestas (órganos) del Cuerpo humano, nos habla de otras dos partes
constitutivas del mismo: los humores y el espíritu, partes consideradas simples
por el filósofo. El catálogo de las partes simples enumeradas en su totalidad,
tal como aparecen mencionadas en los libros I y II del Colliget resultan ser
las siguientes: huesos, vasos sanguíneos, nervios, carne, grasa, membranas,
ligamentos, fibras, tendones, cartílagos, uñas, pelos, piel, seguidas de los
humores: sangre, flema, cólera, melancolía y, por último, el espíritu.
Los
humores, sustancias húmedas y fluidas, se especifican en el libro I del
Colliget y son los cuatro de la tradición hipocrática y galénica que Averroes
acepta como partes del organismo y, como tales, estudiados en el apartado de la
anatomía. Sin embargo, el filósofo no acepta que esos humores sean los soportes
de los
59 Op. Cit.
Cap. VII, en E. Torre, Op. Cit. p. 215.
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principios
genéticos, mediante la mezcla de los mismos que fluye continuamente a través de
todo el organismo, tal como afirmaba la Teoría humoral clásica.
Averroes,
en este caso, se ciñe a la doctrina aristotélica y en consecuencia, nos ofrece
una fisiología cuyos componentes fundamentales son las causas y los elementos.
Es decir, las cuatro causas aristotélicas: material, formal, eficiente y final,
por una parte, y los cuatro elementos: aire, fuego, tierra y agua, por otra.
En
cualquier caso, Averroes parece desdeñar la Teoría humoral de la que dice que
«mucho se ha escrito sobre esto y no esperes de mí que reproduzca aquí tantas
explicaciones como aparecen en otros tratados». Los dos únicos humores que
merecen su consideración son la sangre y su derivada, la flema que es «sangre
sin digerir». La sangre, además de proporcionar alimento inmediato a todo el
organismo, es vehículo del espíritu y del calor. También es la materia (sangre
menstrual) que aporta la mujer a la forma (semen) que suministra el varón.
Asimismo, la sangre está en el origen de todos los tejidos pues éstos se
generan de ella.
En cuanto a
la flema, viene a ser como un elemento «especialmente preparado para los
órganos cuando su alimentación se demora». Es algo así como sangre sin digerir
o humor residual que rezuma cuando la comida y la bebida se transforman en
sangre60. En cuanto a la cólera y la melancolía, no son materia, ni próxima ni
remota, del órgano ya que es imposible que se conviertan en sangre. Como la
flema, son «residuos que es preciso separar de la sangre
60 E.
Torre, Op. Cit. p. 76.
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para que
ésta llegue a ser propiamente sangre»:
La
melancolía y la cólera, también existen en el Cuerpo necesariamente. En efecto,
el alimento quiloso, que va del estómago al hígado, no podría ser digerido ni
llegar a ser sangre, si no se separan de él estos dos residuos, del mismo modo
que el mosto no puede llegar a ser vino si no se separan de él sus dos
residuos, uno grosero y terrestre y otro sutil. Por eso les asignó la
Naturaleza unos órganos propios, lo que no hizo con la flema, ya que estos dos
residuos no tienen capacidad de estar en cualquier parte del Cuerpo como
aquella. (…) La bolsa de la hiel envía a los intestinos (…) una porción de
cólera para inducirles a expeler los residuos, como si de una operación de
limpieza se tratara. De la misma forma, el bazo posee un desagüe que llega
hasta la boca del estómago y le proporciona una pequeña cantidad de melancolía,
para estimularle y despertar el apetito mediante la acción de sustancias
ácidas61.
Por último,
el espíritu, al que Averroes considera parte del Cuerpo humano y, por tanto,
perteneciente al ámbito de la anatomía. De él dice el filósofo que es «un vapor
que se percibe en el corazón y en el cerebro» y que, por tanto, solamente cabe
hablar de dos tipologías de espíritus. No cabe hablar aquí, por tanto, de algo
inmaterial, sino de una sustancia no continua, discreta, algo así como un vapor
61
Averroes, Colliget, Libro II. Cap. VII, en E. Torre, Op. Cit., p. 224.
199
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cuya fuente
reside en el corazón: «Está demostrado de una manera analítica y se comprueba
experimentalmente, por medio de la anatomía, que en el corazón hay una
sustancia vaporosa, muy caliente que se transmite desde él a todos los órganos
por medio de las arterias». Este vapor es el espíritu «principal» que determina
la facultad «regidora» que es la que acapara a todas las demás facultades a las
que rige desde el corazón.
Una
medicina metafísica
De Avicena
podemos decir que fue médico además de filósofo. De Averroes diríamos que fue
médico a pesar de ser filósofo. Su Colliget es la muestra de un inmenso
esfuerzo por instalar en su pensamiento un legado filosófico-médico anterior
coronado por la Física aristotélica. La orientación que preside esa obra dio
como resultado un compendio de saberes médicos que, ante todo, sentó unas bases
fundacionales que iluminaron otras obras menores del autor, relativas a la
Medicina práctica. Centrándonos solamente en el Colliget, podemos observar la
plasmación de un saber médico que es también, simultáneamente, saber metafísico
deudor de Aristóteles.
Aristóteles
nos habló de los elementos como primeros compuestos inmanentes del ser. Los
cuatro elementos son, en su sistema, las primeras sustancias corpóreas
completas que resultan de la unión de materia y forma. Adoptando en su Física
los cuatro elementos de Empédocles, Aristóteles los hace corresponder a cuatro
cualidades sensoriales dando como resultado los siguientes pares:
200
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aire/sequedad,
fuego/calor, agua/humedad y tierra/frialdad. De acuerdo con un concepto de
transformación cíclica procedente de Empédocles, estas duplicidades se pueden
transformar unas en otras y dar lugar a los compuestos y, en otra
transformación más compleja, a los mixtos.
Si, para
entender el ciclo, anotamos la secuencia: seco-frío-húmedo-cálido y, en cada
uno de los espacios señalados con guión insertamos el elemento correspondiente,
partiendo del elemento tierra, obtenemos la siguiente secuencia cíclica y
continua que avanza en el orden natural de la lectura:
Seco
(tierra), frío (agua), húmedo (aire), cálido (fuego), seco… etc.
Es decir,
que la tierra es fría y seca, el agua es fría y húmeda, el aire es húmedo y
cálido y el fuego, cálido y seco y así sucesivamente en un incesante movimiento
de transformación.
Averroes
traslada estas nociones al territorio de los elementos constitutivos del
compuesto orgánico humano para llegar a las raíces últimas de la Ciencia
natural del Cuerpo y así, «encontramos, en efecto, que todas las partes
homogéneas en tanto que lo son, están compuestas de los cuatro elementos:
fuego, aire, tierra y agua». Estos cuatro elementos se organizan mediante una
dinámica combinatoria de oposiciones binarias, tal como expone Aristóteles para
el dominio físico general.
Por ello,
la tierra y el agua forman un par de contrarios: coinciden
201
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en
participar de la frialdad pero se diferencian en que la tierra es seca y el
agua es húmeda y así sucesivamente. El resultado de este juego combinatorio es
que, en lo referido a la estructura del Cuerpo humano, dos cualidades
contrarias no pueden combinarse porque se excluyen mutuamente, como lo frío con
lo caliente o lo seco con lo húmedo y esa contradicción, además, es la que está
impedida, por Naturaleza, en la constitución de los seres vivos.
Aristóteles
clasificó a los seres vivos en una escala de perfección. Cada uno de los
niveles de esa escala es distinto pero incluye virtualmente a sus inferiores
teniendo todos en común el principio vivificante que es el Alma a la que el
filósofo define como el acto primero del Cuerpo físico orgánico que tiene vida
en potencia. La gradación de los seres vivos resulta ser la siguiente, según el
estagirita, procediendo del más imperfecto al más noble: vegetales, con Alma
vegetativa y nutritiva; animales imperfectos, con Alma sensitiva; animales
perfectos, con Alma sensitiva y apetito, fantasía, Memoria y facultad
locomotiva y, finalmente, el Hombre cuya Alma está dotada de Entendimiento y
Voluntad.
Desde esta
misma perspectiva, Averroes nos habla del dinamismo o vitalidad inherente a los
seres vivos en su correspondiente nivel perfectivo. Si el vegetal brota y
crece, si el animal siente y se mueve es porque ambos poseen una facultad o
capacidad que les es natural e intransferible. Esas facultades o almas, como
indica el Colliget, son soplos, alientos o fuerzas vitales que, referidas al
Cuerpo humano, «los físicos y los médicos, cuando hablan de estas cuestiones,
dicen que son tres: natural, vital y animal. Las
202
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facultades
naturales son, para ellos, aquellas con las que se realizan la nutrición, el
crecimiento y la reproducción. Vitales son las facultades pulsátiles que hay en
el corazón (…) y las animales son, para los mismos, las cinco facultades de los
sentidos»62.
En
definitiva, las facultades específicamente humanas son, según el filósofo, las
siguientes: nutritiva, de crecimiento, sensitiva, de reproducción, imaginativa,
apetitiva, racional motora y las que se derivan de éstas como la estimativa, la
cogitativa, la conservadora y la que tiene que ver con la reminiscencia. Sobre
todas ellas destaca la facultad racional que «es más espiritual que la
imaginativa, puesto que a la Razón corresponde la aprensión de lo universal,
como dice el filósofo en el capítulo V del libro I de su Física y en el primer
libro de sus Analíticos posteriores, aunque parezca decir lo contrario en el
primer capítulo del libro I de su Física. Quien desee una mayor información,
puede acudir a los textos citados»63.
En las
aclaraciones que Averroes ofrece sobre este tema, observamos desde otro punto
de vista, el orden jerárquico de las capacidades cognoscitivas humanas:
Pues bien,
comoquiera que lo universal, que es lo que aprehende la facultad racional,
engloba a lo particular, forzoso es que exista en el Hombre una facultad que
aprehenda la esencia de las cosas particulares contenidas en las universales. Y
otra facultad que recuerde estas cosas particulares que fueron comprendidas por
la correspondiente facultad. Y, como la capacidad de
62
Averroes, Colliget, Libro II. Cap. VII, en E. Torre, Op. Cit., p. 217.
63
Averroes, Colliget, Libro II. Cap. VII, en E. Torre, Op. Cit., p. 219.
203
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aprehender
las cosas particulares presupone la previa formación de imágenes, forzoso es
que existan las tres facultades siguientes: la estimativa, que aprehende la
esencia de las cosas particulares; la reminiscible que evoca dicha aprehensión
y la imaginativa que la recibe y la deja impresa. Las tres actúan como
servidoras de la facultad racional a modo en que el sirviente prepara al
servido las cosas que éste precise64.
Consciente
de que estas apreciaciones desbordan el marco de lo específicamente médico,
Averroes dice que no es materia ésta que «sea absolutamente imprescindible para
el Arte de los médicos aunque puede servirles de perfeccionamiento». Al médico,
indica, le basta con conocer cómo están constituidas estas facultades para
conservarlas o restaurarlas precisando, más adelante, que en cualquier caso «es
una cuestión que no corresponde al médico investigar».
El calor
del corazón
El
espíritu, al que Averroes le otorga la cualidad de parte del Cuerpo humano,
posee calor y humedad que, de acuerdo con Aristóteles, son las cualidades
necesarias para todos los procesos vitales. Para el espíritu, el calor viene a
ser la forma y la humedad, la materia y representa la plenitud del ser en
oposición a la tierra que es fría y seca. Dice el filósofo al respecto:
64
Averroes, Colliget, Libro II. Cap. VII, en E. Torre, Op. Cit., p. 219.
204
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Esta es
nuestra doctrina: las posibilidades naturales, activas y pasivas, de los
órganos, se desarrollan gracias al calor innato que existe en ellos, además del
calor constitucional que existe en los órganos homogéneos. Está demostrado de
una manera analítica, y se comprueba experimentalmente por la anatomía, que en
el corazón hay una sustancia vaporosa, muy caliente, que se transmite desde él
a todos los órganos (…) Este calor hace las veces de forma que, unida al
órgano, posibilita las manifestaciones activas o pasivas. Fácilmente puede
también entenderse el predominio que el corazón ejerce sobre todos los órganos,
porque él se basta a sí mismo, mientras que los demás necesitan de él65.
La fuente
de calor que procede del corazón debe, sin embargo, ser atemperada por el
cerebro. En seguimiento de las opiniones de Aristóteles, Averroes indica que
las diferencias que existen entre unos cuerpos y otros, «no son más que el
resultado de las distintas temperancias, es decir, la proporción con que se
encuentre en ellos lo caliente, lo frío, la húmedo y lo seco, que es lo que
determina las diferentes formas de la temperancia»66.
El corazón
como centro irradiador, el cerebro como siervo del corazón, como «un mero
colaborador (…) verdaderamente, el príncipe y su predominio es absoluto».
Símbolo de esta jerarquía será la respectiva localización, en el Cuerpo, del
cerebro y del
65
Averroes, Colliget, Libro II. Cap. VII, en E. Torre, Op. Cit., p. 219.
66
Averroes, Colliget, Libro II. Cap. VII, en E. Torre, Op. Cit., p. 204.
205
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corazón:
«Por estos motivos, y como quiera que el corazón posee el calor en un alto
grado, fue preciso colocar al cerebro en un lugar alejado de él, para que pueda
atemperar ese calor a fin de que los sentidos funcionen correctamente» y «como
la Naturaleza ha querido reunir estos dos tipos de actividades (las sensitivas
y las nutritivas) en los animales más perfectos, por eso ha puesto el cerebro
en contraste con el corazón»67.
Averroes
indica que, según Aristóteles y sus seguidores, el cerebro está al servicio del
corazón desde un punto de vista orgánico funcional y esta opinión la comparte
el filósofo en todos sus extremos. Sin embargo, nada nos impide pensar en que
el entusiasmo que, en este preciso tema, manifiesta la adhesión de Averroes a
la tesis de su maestro, puede tener su fundamento en otras perspectivas que al
estagirita le fueron ajenas.
No
olvidemos que el filósofo es deudor de una conciencia religiosa en la que está
firmemente anclada la creencia en lo «Oculto», como pone de manifiesto la aleya
tercera de la segunda azora del Corán y que esa dimensión de la creencia escapa
a los dominios de la Razón entrando en los de la Fe cuyo depósito está en el
corazón. Como dice la aleya 192 de la azora 26 del Corán: «Es, en verdad, la
Revelación del Señor del Universo. El Espíritu digno de confianza lo ha bajado
a tu corazón, para que seas uno que advierte».
Sobre el
corazón como símbolo en la tradición espiritual islámica, hemos hablado ya en
páginas anteriores y lo que allí dijimos tiene también aplicación en lo que
estamos tratando ahora. El corazón,
67
Averroes, Colliget, Libro II, cap. III, fol. 15, b.
206
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qalb, es en
esa tradición, el órgano de la intuición supra-racional, siendo el cerebro el
de las operaciones racionales y, entre ambos, se evidencia una oposición de
punto de vista como, en gran medida, manifiesta el significado de la palabra
árabe: la raíz árabe q/l/b significa «recibir», pero también «situarse frente
a», entre otras variadas acepciones.
El rico
simbolismo sufí establece otras relaciones y sugerencias en lo tocante a la
función del corazón y, aunque Averroes fue reacio a considerar este tipo de
discurso, no por ello deja de tener interés una breve referencia al tema. En el
horizonte cognoscitivo y especulativo sufí, el corazón representa el órgano
central del Alma, en analogía con el centro del organismo corporal, y debido a
dicha posición central y soberana, frente a la subsidiaria que representa el
cerebro y sus operaciones racionales, recibe las demandas del espíritu, Ruh, y
del Alma o psiquismo, nafs, constituida por el conjunto de tendencias
individuales o egocéntricas del ser humano. Si, en el combate espiritual por
apartar el predominio de ésta acaba venciendo el primero, el corazón se revela
en su plena Naturaleza receptiva y acoge en su seno el misterio de la
Revelación tal como preconiza en el libro revelado.
Un nuevo
padre, un nuevo hijo
En una
sincronía plena de significado, en 1168, murió el padre de Averroes y tiene
lugar su presentación oficial en la corte de Marrakech con toda pompa y
solemnidad. Pierde un padre y gana otro, Abu Iaqub Iúsuf, que le proporcionará
los medios suficientes
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para
proseguir su obra y lo designará para ocupar la función oficial, el cadiazgo,
que anteriormente habían desempeñado su abuelo y su padre.
Desde ese
momento, en ese año sobre el que la lectura de las crónicas nos hace dudar del
momento exacto del mismo en que se produjo la entrevista del filósofo con el
sultán almohade, todo parece volver a la armonía en la vida de Averroes y en
ella cada acto ocupará su lugar preciso. La ausencia del padre se llena ahora
de una nueva presencia que le facilitará las condiciones necesarias y
suficientes para ejercer su presencia.
Ese nuevo
padre logrará elevar a su nuevo hijo al nivel del discurso pleno y lo hará en
dos paisajes: el de la sociedad y la política, por una parte, y en el de la
Filosofía y la Ciencia, por otra. Desde ahora, Averroes será una figura más
pública que nunca, será totalmente visible ante la mirada de los demás,
empezando por las miradas cortesanas. Se encuentra en el corazón mismo de una
sociedad, no lo olvidemos, esencialmente teocrática e ideológicamente
monolítica que, en ese año, está en la cima de la gloria.
Es mundo y
esa corte son, ante todo, una especie de teatro en el que Averroes intentará
que prevalezca la Verdad. En páginas atrás, hablábamos de la formación y del
interés del califa por el saber y, en especial, por la Filosofía. El tratado
médico que Averroes ha escrito a petición suya, habrá confirmado sus
previsiones: el filósofo es el Hombre perfecto, al-Insán al-kámil del que
hablan los sufíes para designar al que ha realizado todos los grados del ser,
sólo que en este caso, ese ser es el de la pura Filosofía y la absoluta Razón
208
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aunque,
como demuestra su conducta y su obra, está muy cerca de la Verdad divina.
Averroes
deberá reconocer, en esta nueva etapa de su vida, si la Verdad, tanto divina
como humana, es la misma que posee el nuevo padre o el sistema ideológico y
religioso que él encarna, promueve y defiende. Si no es la Verdad lo que el
filósofo pretende encontrar en un primer momento, al menos indagará, en
Marrakech, por la existencia de lo verdadero cuyo garante es la sombra de
Al-lah sobre la tierra, es decir, el califa mismo.
En la
entrevista, que leeremos a continuación, el diálogo entre el Padre/señor y el
Hijo/siervo, es uno solo el mismo objeto donde convergen sus intenciones: el
privilegio de la Filosofía frente a las contingencias del mundo y, ambos
personajes/actores del mismo drama, se enfrentarán a la elección de algunas de
las opciones que presenta ese privilegio: conservarlo, refrendarlo,
transformarlo o negarlo.
Averroes,
entronizado en Marrakech como filósofo y médico de la corte, entra también a
formar parte de lo que podríamos denominar «drama familiar», el teatro en
pequeño en el que aquellas miradas de las que hacíamos referencia, pueden ser
benévolas, complacientes o, por el contrario, adversas y dañinas. Veremos que
la victoria será de estas últimas hasta el punto de que el padre castigará al
hijo y lo desterrará de su casa. En todo caso, la acción empieza por la
petición que Ibn Tufayl, por entonces médico y visir del sultán, le hace a
Averroes para que acuda a Marrakech de forma oficial.
La noticia
de ese encuentro, en el que el sultán manifiesta un
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notable
conocimiento de la Filosofía aristotélica o, al menos, parece tenerlo, nos la
ofrece el ya citado cronista al-Marrakuxí según lo que le contó del hecho Ibn
Yahia al-Qurtubí. En la referencia, es el mismo Averroes el que narra:
Cuando me
presenté ante el emir de los creyentes, estaba hablando a solas con Ibn Tufayl.
Éste empezó a por presentarme al sultán alabando mis méritos, dando cuenta de
mi nobleza y de la antigüedad de mi familia. Añadió, a causa de su benevolencia
para conmigo, elogios que yo estaba muy lejos de merecer. Tras haberme
preguntado por mi nombre, el de mi padre y el de mi familia, el emir dijo:
¿Cuál es la opinión de los filósofos sobre el cielo?, ¿es una sustancia eterna
o ha tenido un comienzo en el tiempo? Me llené de temor y me callé. Traté de
buscar un pretexto para no darle una respuesta e incluso llegué a negar que me
hubiera ocupado alguna vez de los saberes filosóficos. Realmente no supe,
entonces, que el sultán e Ibn Tufayl se habían puesto de acuerdo para ponerme a
prueba.
Cuando el
Emir de los creyentes se dio cuenta de mi azoramiento, se volvió hacia Ibn
Tufayl y empezó a hablar sobre la cuestión que me había propuesto. Trajo a
colación todo lo que Platón, Aristóteles y los demás filósofos habían dicho
acerca de ella y, además, expuso los argumentos de los teólogos musulmanes
contra los filósofos. Me di cuenta de que tenía tal capacidad memorística que
no la hubiera sospechado ni siquiera en los sabios que se ocupan de
210
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estas
materias y a las que consagran todo su tiempo. Sin embargo, el emir supo
manejar la situación y me animo a que hablase de mis conocimientos filosóficos,
para ver él hasta donde llegaban. Cuando me despedí, se me entregó una gran
cantidad de dinero, un jubón de gala de gran valor y una montura completa68.
Sería
ocioso y, por ello, innecesario, tratar de leer entre líneas el relato de la
famosa entrevista viendo en ella la manifestación de un antagonismo entre los
datos de la Teología y los de la Filosofía o, en pocas palabras, del conflicto
entre la Fe y la Razón. Cierto es que Averroes bien pudo sentirse comprometido,
al tener que dar una respuesta a una pregunta que iba directamente al problema
que suscitaba el punto más problemático de la relación entre Razón y Fe como
era el tema de la eternidad del mundo. Lo único que puede afirmarse con una
certeza a la que los hechos posteriores dan confirmación, es que en el
mencionado encuentro se suscita una admiración recíproca por parte de los dos
interlocutores y que, esa admiración, se convertiría en amistad sincera al poco
tiempo.
Poco tiempo
después del diálogo citado, lo sabemos también por al-Marrakuxí, Averroes
recibió otra solicitud de Abu Bakr ibn Tufayl que le dijo:
Hoy he oído
al emir quejarse de la ambigüedad del texto de Aristóteles y de sus
traducciones y de las oscuridades que encuentra en su lectura. El príncipe de
los creyentes me
68 Juan A.
Pacheco, «Los filósofos hispanoárabes en la corte de Marrakex», Revista
Marroquí de estudios hispánicos, 2, 1992, pp. 83-91.
211
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dijo:
«Quiera Al-lah que yo pueda encontrar a alguien que me pueda comentar esos
libros y expresar su sentido con claridad para que les sean accesibles a los
demás. Si tú, Abu al-Ualíd, tienes fuerzas suficientes para ello, hazlo. Espero
que aceptes esta propuesta y que lo harás con toda competencia, después de lo
que sé de la excelencia de tu espíritu, la agudeza de tu talento y la fuerza
del amor que tienes por el saber. Mi avanzada edad me impide hacerlo yo,
ocupado como estoy, además, en los asuntos de mi cargo en servicio del sultán
teniendo, por otro lado, que cuidar mis intereses personales». Así fue como
Averroes aceptó el encargo de resumir y comentar las obras de Aristóteles69.
El filósofo
juez
Entre el
año 1168 y 1169, parece que las exigencias de la vida oficial y del apego a la
corte del sultán, reclaman una especial atención del filósofo que deberá
aplicarse a una tarea para la que también estaba preparado: la judicatura. Y
esa dedicación se refleja en su obra, perteneciente a esos años, cuyo título
árabe varía en función de las fuentes que nos lo suministran pero que coinciden
en lo fundamental del mismo: Bidáia al-muchtáhid ua niháiat al-muqtásid fil
fiqh, «El comienzo para el que se esfuerza en establecer una opinión personal y
el final para el que se contenta con la enseñanza recibida en Derecho».
69
Al-Marrakuxí, Op. Cit, p. 315.
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En páginas
anteriores hicimos una referencia a las características generales del Derecho
islámico que ahora completamos para aclarar las nociones que la Bidáia
contiene. Las fuentes del mismo, lo dijimos, comprenden el Corán, la sunna, el
acuerdo unánime de la comunidad de los creyentes, ichma, y el razonamiento por
analogía, qiás. Esta última fuente, consiste en el razonamiento por analogía
que los primeros califas del Islam, sobre todo Abu Bakr y Omar, utilizaron en
numerosas ocasiones y, después de ellos, los juristas recurrieron, con este
mismo procedimiento, al análisis, a la experiencia de los antepasados y a la
inducción para generar sentencias legalmente fundadas.
Mediante el
qiás, se buscan soluciones prácticas adaptadas a circunstancias que los
antepasados no conocieron permitiendo, con ello, que la jurisprudencia avance
progresivamente sin alejarse de las fuentes originarias que constituyen la
referencia inmutable con posibilidades de adaptación a cada etapa histórica. El
encargado de realizar el esfuerzo interpretativo que supone recurrir a la vía
analógica es, por tanto, un «esforzado» en la tarea, es decir, un muchtáhid que
es, según la definición que de él ofrece al-Churcháni en el siglo XI: «quien
posee el conocimiento del Corán con sus diferentes significados y el de la
Ciencia de la sunna con sus variantes y sus diversas lecturas e
interpretaciones. Es, además, el que por medio de la analogía llega a encontrar
la Verdad en todo aquello de lo que no puede conocerse su significado si no es
por la comparación con algo semejante que le sirve de aclaración»70.
70 Ch.
Bouamrane y L. Gardet, Panorame de la pensée islamique, París, 1984, p. 88.
213
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El libro de
Averroes, sobre el que hubo dudas acerca de su autoría, pues algunos estudiosos
opinaron que se debía a su abuelo, es un tratado de jurisprudencia práctica que
contempla disposiciones de Derecho positivo relativas al matrimonio, divorcio,
testamentos, sucesiones, litigios y toda una serie de nociones relacionadas con
la vida práctica de la comunidad. De ahí que se haya dicho que en este libro se
pone de manifiesto una dicotomía radical entre el Averroes filósofo y el
Averroes jurista, habida cuenta de que en este último caso, el filósofo habla
como jurista y ajeno a todo presupuesto filosófico o metafísico como podría
esperarse de él.
Si en su
obra médica, que hemos analizado, el carácter metafísico aristotélico es más
decisorio que el contenido propiamente médico, en la Bidáia, por el contrario,
el discurso es específicamente jurídico incluso cuando habla de la analogía
cuya raíz es netamente filosófica y base, como dijimos, de la concepción
metafísica de Aristóteles. Una explicación referida a esta última observación,
podría ser la que emana del rito jurídico malikí que es el que Averroes posee
como fundamento de su trabajo jurisprudencial: Malik ibn Anas, el fundador de
la escuela, parece desdeñar el qiás y la opinión personal del jurista como
procedimiento, apoyándose básicamente en los textos.
Como
sucedió con otros polígrafos y pensadores andalusíes, Ibn Hazm o ibn al-Jatíb,
por ejemplo, la dicotomía expresiva se les impuso por las exigencias mismas de
su trabajo. Razones de diverso tipo, entre las que podrían contarse las
ideológicas, religiosas y el rechazo a polémicas estériles, parecieron imponer
a todos ellos,
214
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Averroes
incluido, la separación de los alcances y límites de las disciplinas que, en
cada caso, tenían entre manos. Bien es cierto que el caso del filósofo cordobés
es diferente al de los demás por las razones que apuntaremos más adelante.
Líneas
atrás mencionábamos las exigencias que su situación en la corte almohade le
obligaban a dar respuesta. Por una parte, una tarea de orden práctico en el que
Averroes es un ciudadano desdoblado en político y, sobre todo, en juez. Por
otra, es un filósofo convencido de que sirve a una Verdad más alta que todas
las verdades del ámbito anterior y que enlaza con la Verdad revelada en muchos
aspectos. Realmente, podríamos hablar de dos padres, siguiendo con la
argumentación que a este respecto hacíamos: uno histórico, real y cercano, y
otro inscrito en la Historia, en un tiempo pasado pero no por ello menos real y
cercano que el primero: Aristóteles.
Respecto de
este padre, el auténtico, porque ha determinado el rumbo de su vida, Averroes
procede como filósofo y, como tal, portador de la marca de la elite frente al
común de la gente a la que, sin embargo, debe atender desde su papel de
jurista. Como Hombre poseedor de la Hilma, en la acepción que dimos a este
concepto, está por encima de todas las contingencias humanas y temporales y, en
consecuencia, comparte la creencia en que esa sabiduría no debe compartirse con
el vulgo que también tuvieron Platón, al-Farabi e Ibn Tufayl.
El filósofo
que ha estudiado la Filosofía ha percibido, también, la realidad de la profecía
y, desde estas alturas, debe descender a la
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realidad
cotidiana para disciplinar al común de las gentes con la finalidad de lograr la
paz social de la comunidad. La actitud que cabe esperar de quien así piensa es
la de una certeza a la que acompaña una conformidad con los usos legales y
sociales y esa conformidad, lúcida y consciente, es la que produce la dicotomía
señalada.
Los textos
jurídicos a cuyo estudio y análisis se aplica Averroes, por muy exotéricos que
puedan parecer a primera vista, contienen la posibilidad de una argumentación
racional, de forma que el filósofo/jurista puede explicar, aclarar y definir la
doctrina legal de forma asequible a todos. Y aquí se produce el deslizamiento
del saber del filósofo al terreno del saber de los que no lo son. Con ello,
asistimos a una intercomunicación permanente entre Filosofía y Derecho sin
mengua de sus respectivas atribuciones.
El juez
filósofo
El título
completo de la Bidáia, lo vimos, incluye una noción importante donde,
posiblemente, reside la clave de nuestra interpretación de la obra: muchtáhid.
Como también mencionamos en su momento, la palabra está relacionada con el
esfuerzo interpretativo, pero también con el combate, chihád, que el creyente
entabla consigo mismo y con los enemigos de su Fe. Desde el punto de vista
filosófico, ese combate es una guerra santa en sentido absoluto, porque lo es
también contra las ideas y Averroes lo pondrá en práctica cuando escriba sus
obras más personales. Ahora bien, esa lucha total que se cristaliza en la
conciencia de un filósofo,
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reclama
como una de sus más inmediatas condiciones, la libertad de pensamiento y su
aplicación inmediata es que el jurista verdaderamente muchtáhid debe ser libre
y la plasmación de esa libertad se encuentra en el desasimiento de toda atadura
en la práctica del razonamiento analógico, el ya mencionado qiás.
En la
Bidáia, Averroes trata de las disposiciones conducentes al cumplimento de la
prohibición de beber bebidas alcohólicas que, como sabemos, fue una de las
cuestiones de moralidad pública que el imperio almohade consideró de suma
importancia. En la argumentación del autor del libro, se muestra su capacidad
dialéctica y se plasma esa duplicidad de la que antes hablábamos, la de un
juez-filósofo o viceversa. En este caso, Averroes empieza diciendo que, en
principio, cabe preguntarse si el consumo del vino debe contemplarse desde un
punto de vista cuantitativo o desde otro cualitativo: cuánto vino se puede
beber, qué tipo de bebida es la que puede considerarse embriagante.
Tras pasar
repaso a las opiniones existentes sobre la cuestión, el filósofo indica que la
polémica se desata cuando hay una diferencia de pareceres que aparece cuando
hay que determinar el valor de los textos legislativos al respecto y la
aplicación del procedimiento analógico sobre los mismos. En palabras de
Averroes:
Aquí
estamos ante una controvertida cuestión sobre la que opinamos lo siguiente:
Cuando estamos ante un texto
sólidamente
establecido, podemos aplicarle el razonamiento analógico. Sin embargo, cuando
la letra del texto se presta a interpretaciones varias, la Razón puede
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dudar entre
conciliarlas todas ellas o decantarse por la analogía. Todo ello depende,
ciertamente, de la fuerza de la expresión literal y de la fuerza de los
razonamientos analógicos que se le apliquen. Tan sólo por medio de la sutileza
racional podemos apreciar en su justo valor estas fuerzas en conflicto (…). Por
esta razón, son muy numerosas las controversias en este tipo de cuestiones
hasta el punto de que, frente a tal número, muchos afirman que todos los que se
esfuerzan por dar su opinión personal tienen razón71.
La libertad
de opinión que Averroes exige del muchtáhid es algo que él mismo pone en
práctica en su aportación, en esta y en otras cuestiones a lo largo de su
libro, de opiniones de escuelas jurídicas diferentes a la malikí mostrándose a
la vez como filósofo avezado en su advertencia por el uso de la objetividad, de
la Lógica y de la sistematización del problema. En algunos casos, cuando nos
presenta problemas jurídicos que los textos de apoyo suscriben con grandes
lagunas en su coherencia, su talante filosófico lo lleva a exclamar: «¡Pero
todo esto es un galimatías que desprecia tanto a la Razón como a los
textos!»72.
También en
la Bidáia podemos observar la primacía que el filósofo otorga a lo universal en
detrimento de lo particular y, así, en la primera página del libro queda
expuesta su intención al respecto: «Buscar lo esencial de las reglas que tienen
el carácter de principios
71
Averroes, Bidáiat al-Muchtáhid, ed. Damasco, 1980, p. 111. El subrayado es
nuestro.
72 R.
Brunschvig, Études d’Islamologie, París, 1976.
218
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generales».
Lo mismo puede decirse de su opinión sobre el uso de los procedimientos lógicos
estrictos en la aplicación de la analogía: «El razonamiento por analogía debe
ser entendido como un silogismo que parte de dos premisas, siendo la mayor la
que establece el fundamento de una práctica piadosa y la menor, la que tiene
que ver con la particularización de esa misma práctica».
Muy cerca
de los razonamientos sofísticos, a cuya obra dedicó Aristóteles un libro que
Averroes comentó, podemos encontrar en la Bidáia ejemplos suficientes para
mostrar la postura del filósofo que enarbola el estandarte de la Razón
atemporal, aún siendo ésta la Razón aristotélica, frente a la contingencia
particular que está obligado a contemplar en su función de juez.
No debemos
olvidar que la doble actuación de Averroes, como filósofo y jurista, está
respaldada por la simultaneidad de sus escritos: la Bidáia cuya fecha de
redacción se ha situado en el año 1168, es posiblemente contemporánea de un
libro de Lógica, un comentario del Organon aristotélico sobre la cuestión,
además de un comentario a los Tópicos del estagirita fechado el 29 de abril de
1168. Siete años después, sacará a la luz un comentario sobre la Retórica
aristotélica y en ella, aludirá a la cuestión del testimonio como elemento de
los litigios enfocándolo desde el punto de vista filosófico, añadiendo además
ejemplos significativos sacados de la religión islámica, algo que Aristóteles
no hizo en su obra.
El
propósito y el resultado de esta innovación muestra, de nuevo, la intención
filosófica universal del pensador que se inmiscuye en asuntos relacionados con
las conductas particulares: los problemas
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de su
momento, de contextura jurídica, se integran sin fisuras en una reflexión que
va más allá de los mismos y accede a las nociones abstractas y universales, es
decir, a la consecución de un rango filosófico en lo tocante a las cuestiones
propiamente jurídicas y, por ende, particulares.
Sobre el
testimonio aludido, hay que decir que el filósofo lo entiende no como un mero
ingrediente de un procedimiento judicial determinado, sino que lo hace desde un
punto de vista más general: «El testimonio es, en general, una determinada
información. Quienes dan esa información son una persona o más de una y, en
este último supuesto, constituye un grupo definido o indefinido». En una
secuencia estrictamente racional, el jurista/filósofo desgrana a continuación
los momentos lógicos que conducen a una aseveración que pueda ser confiable:
a. las
cosas de las que nos informa el testimonio pueden ser de orden sensible o
inteligible. En el primer caso, lo hacen así porque el que da testimonio ha
experimentado la correspondiente sensación o porque se lo han dicho otros, o
uno de entre esos otros. Por otra parte, las cosas sensibles de las que se
informa, o bien sucedieron en el pasado y no tuvimos experiencia de ellas, o
bien han sucedido en el presente, aunque hayan podido estar ausentes para
nosotros. En cuanto a las cosas que hemos experimentado, no hay interés ni
ventaja alguna en la información correspondiente.
b. Puede
haber inteligibles en la información que nos ofrece el testimonio, como sería
el caso del que ofrecen las personas
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dedicadas a
determinadas artes u oficios. En cuanto al vulgo, es posible que el testimonio
relativo a esos inteligibles tengan el efecto de una persuasión. Por ello, dice
Averroes entrando en el dominio teológico, es posible encontrar entre los
creyentes, a los llamados mutakal-limún que no se han limitado en temas como el
comienzo del mundo, la existencia del Creador y cosas similares, al testimonio
del Legislador (Al-lah y, subsidiariamente, el Profeta), sino que han acudido
al Arte de la Lógica y han empleado los silogismos en sus razonamientos por
analogía.
Numerosos y
prolijos son los argumentos que el pensador cordobés trae a colación en su
análisis sobre los procedimientos retóricos aplicados a la Ciencia del Derecho
y de su detalle no vamos a ocuparnos aquí. Lo que hemos presentado de forma
sucinta es, a nuestro juicio, una muestra representativa de la plasmación de la
doble vertiente jurídica y filosófica que en él se manifiesta y, sobre todo, la
primacía de la segunda sobre la primera en casi todas las ocasiones.
Averroes,
juez en Sevilla
A los
cuarenta y tres años de su edad, en 1169, Averroes fue nombrado juez de
Sevilla. El desempeño de su cargo tenía dimensiones políticas, administrativas
y en gran medida, teológicas requeridas por la naturaleza misma del Derecho
islámico y sus fuentes inspiradoras. Además, en la vida práctica, debía contar
con
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la
presencia y consiguiente opinión del gobernador de la ciudad, cargo éste que
venía siendo desempeñado por los hijos del califa de Marrakech o, en su
ausencia, por allegados a la familia.
Como
dijimos, en un breve lapso de tiempo, Sevilla fue despojada de su capitalidad y
la misma se instaló en Córdoba. Nos consta que a finales de septiembre de 1165,
el gobernador de Sevilla era Abu Ibrahím Ismaíl, hermano del califa Iúsuf que
dirigió una carta a su hermano instando a que los sevillanos y los moradores de
otras regiones de al-Andalus cercanas a la capital renovasen el juramento de
fidelidad hacía su persona y se dirigieran a él como imám o emir de los
creyentes. Los sevillanos enviaron sus cartas de reconocimiento de la soberanía
de Abu Iaqub Iúsuf a Marrakech el 27 de marzo de 1168. Éste soberano almohade
regresó a Sevilla, como dijimos, en 117173.
Las
obligaciones del cadiazgo no interrumpieron las ocupaciones del filósofo. De
diciembre de 1169 nos consta la finalización del comentario que Averroes hizo a
la Física de Aristóteles y sobre la generación y la corrupción. Un año después,
acabó otro libro sobre las particularidades de los animales, otro sobre la
sensación y los sentidos y otro sobre el Organon aristotélico que, como vamos
viendo, supuso una fuente constante de meditación, reflexión y análisis.
En 1170,
mientras el filósofo estaba dedicado a todas estas actividades, tuvo lugar en
Córdoba un fuerte terremoto que, al decir de Averroes, «reunió todas las
condiciones requeridas, por la
73 J. Bosch
Vilá, Op. Cit. p. 157.
222
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multitud de
estrépitos y ruidos que se produjeron. Por aquél tiempo no estaba yo presente
en Córdoba, sino que llegué a ella después»74. Ciertamente, en 1171, Averroes
regresó a Córdoba e inicia su etapa de grandes comentarios a la obra
aristotélica en medio de una actividad en constante trasiego entre la península
y el Magreb. En numerosas ocasiones el filósofo se queja del tiempo que debe
dedicar a los asuntos públicos que le obligan a perder el tiempo y la libertad
necesaria para dedicarse a la Filosofía. En la última página de su compendio
sobre el Almagesto, dice que en el mismo se ha tenido que limitar al análisis
de los teoremas que consideraba más importantes por falta de tiempo para
dilatarse en un comentario más detenido. Compara en ese momento su estado al de
una persona que, acosada por el peligro de un incendio, hubiera tenido que
salir precipitadamente de su casa llevando consigo las cosas estrictamente
necesarias.
Sus
ocupaciones de carácter oficial, le obligaban a viajar a diferentes lugares del
inmenso imperio y por ello sus comentarios están fechados en las localidades en
las que les pudo dar fin: Córdoba, Sevilla o Marrakech. En cualquier caso, su
obra no deja de tener profundidad y coherencia como podemos observar, por
ejemplo, en su comentario a la Meteorología, de 1172, o al acabado un año
antes, el compendio sobre la generación y la corrupción vertido al latín como
De generatione et corruptione.
En este
libro, Averroes, en seguimiento de Aristóteles, explica cómo la generación se
origina a partir de la temperancia, es decir, el
74 Citado
en la Introducción a la edición del Compendio de Metafísica de C. Quirós, Op.
Cit, p.
XXXIV.
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equilibrio
y armonía de los humores que ya había tratado en su Colliget. También se
produce por la mezcla y la constitución del organismo humano. En el libro de
los meteoros, indica, sobre la misma cuestión, que la constitución y la mezcla
se producen por medio de la cocción que precisa del calor para producirse. Lo
«cocido» es más perfecto que lo «crudo», en consonancia con el origen de sus
respectivas condiciones: lo cocido ha resultado de una operación producida por
el calor que es, como dijimos, elemento fundamental en la transformación de los
crudo que, sin el calor, es más imperfecto. Análogamente, la sangre arterial,
dice el Colliget, es más perfecta que la venosa en tanto que ha sido calentada
o «cocida» por el calor.
El filósofo
en su plenitud
Entre julio
y agosto de 1174, Averroes dio por terminado en Sevilla su compendio sobre las
sustancias naturales y, posiblemente antes de esa fecha, había acabado un
estudio sobre el Entendimiento. En septiembre de ese mismo año, está fechado su
comentario medio a la Metafísica aristotélica y en el citado año también acabó
su comentario al Libro sobre el Alma.
La
Metafísica como estudio del ser y el Alma como reflexión sobre una
particularidad del mismo, precisamente la que hace posible todo Entendimiento
posible acerca de él. Junto a esos dos ámbitos de conocimiento, el análisis de
las nociones derivadas de la Lógica, instrumento puesto al servicio de los
procesos del Entendimiento para mejor conocerse a sí y al Ser. Como objetos de
estudio
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particularizados
en el análisis reflexivo, los tres territorios conceptuales están íntimamente
relacionados entre sí y de ahí la dificultad en desentrañar sus rasgos
individuales para dar cuenta de ellos de una forma lo más sistemática posible.
A estas
alturas de la biografía intelectual de Averroes que estamos trazando, de la que
han podido quedar cabos sueltos aquí y allá por razones de espacio, podemos
observar que Averroes hace discurrir su reflexión por varias sendas simultáneas
que, a pesar de su aparente diversidad, conducen a un mismo camino o, mejor
dicho, son una misma ruta. Todo sucede en su pensamiento como si estuviese
presente de una vez, pero esa totalidad simultánea de territorios, nociones,
conceptos y formulaciones se va desgranando sucesivamente y con plena
coherencia. Es como si la Verdad filosófica, que él entendió encarnada en
Aristóteles, hubiera descendido en bloque sobre su Entendimiento y de una vez
por todas, de forma análoga a la que el Corán descendió sobre Muhammad en la
«noche bendita», la noche del destino a la que se refieren las dos primeras
aleyas de la azora XLIV.
La línea
sencilla como trazado único de la relación de obras escritas por el filósofo
cordobés, es el hilo conductor que nos sirve a nosotros de soporte para hablar
de ello, pero en la lectura de esos textos podemos vislumbrar otras dimensiones
que sobresalen a modo de atajos por el que nos podemos desviar y volver a
regresar por el sendero principal. Para empezar, hablaremos de su idea del
Alma.
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Sobre el
alma
Lo
importante para Aristóteles como para Averroes es que los conceptos de Alma y
Entendimiento forman parte de una misma unidad significativa. De acuerdo con el
primero, el Alma puede definirse de tres maneras: El Alma es una sustancia que
es como la forma de un Cuerpo natural que posee la vida en potencia. El Alma es
lo lleva en sí el principio de su acción (entelequia), en un Cuerpo natural que
posee la vida en potencia. El Alma es aquello por lo que vivimos, sentimos y
pensamos y lo es en calidad de primer principio. Estas tres formulaciones y las
que de ellas pueden derivar, se resumen en una sola noción: la sustancia formal
es la entelequia entendida como lo que tiende por sí misma a su fin propio, de
la misma forma que el ejercicio actualizado de la Ciencia está relacionado con
la existencia de la Ciencia misma. Eso es el Alma y de ahí que se la denomine,
aristotélicamente hablando, entelequia primera que ejerce su acción en un
Cuerpo natural organizado, es decir, como organismo bien estructurado. En toda
la obra de Aristóteles estas nociones aparecen intercambiadas en su
formulación.
Todas las
definiciones que sobre al Alma tienen por base ese concepto, se manifiestan en
el organismo vivo en términos de funciones: vivir, sentir y pensar. En su
relación con el Cuerpo, dice Aristóteles, «es perfectamente claro que el Alma
no es separable del Cuerpo o, al menos, ciertas partes de la misma si es que
por naturaleza es divisible. En efecto, la entelequia de ciertas partes del
Alma pertenece a las partes mismas del Cuerpo. Nada se opone, sin
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embargo, a
que ciertas partes de ella sean separables al no ser entelequia de Cuerpo
alguno. Por lo demás, no queda claro todavía si el Alma es entelequia del
Cuerpo como lo es el piloto del navío»75.
En todos
los casos, Aristóteles nunca puso en duda que la facultad intelectiva se
incluye en toda consideración sobre el Alma. En su libro sobre el Alma,
Averroes destaca, como definición única de la misma, una de las acepciones
aristotélicas: la entelequia primera de un Cuerpo natural orgánico, añadiendo
que esta definición se dice también, de forma no exclusiva, en el caso de las
diferentes facultades del Alma ya que «decir que el Alma nutritiva que es una
entelequia es algo diferente a aplicarla, con el mismo sentido, a las almas
sensitiva e imaginativa». Con ello Averroes trata de precisar la intención de
Aristóteles partiendo de cada una de estas facultades o almas, si empleamos la
terminología aristotélica. Es en el Hombre donde todas estas almas o facultades
se encuentran reunidas.
Como en su
momento decíamos, Averroes estableció una jerarquía de almas en la que cada una
de ellas hace la función de materia de la que le sigue en mayor perfección.
Así, la nutritiva es materia de la sensitiva, ésta de la imaginativa y así
sucesivamente. Sin embargo, el filósofo aporta una advertencia fundamental a
esta jerarquización: estas almas pueden estar o ser separadas en el caso en que
una de ellas deje de ser materia para la forma que le ofrece la que le sigue y,
por ello, es el Alma intelectiva la que puede ser separada de su materia,
aunque es solamente una parte de este Alma la que puede separarse.
75
Aristóteles, Acerca del Alma. Gredos, Madrid, 1978, p. 170.
227
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Averroes no
dice expresamente que el Alma intelectiva sea la forma de la imaginativa si
bien esa idea podemos deducirla del contexto y, sobre todo, define al Alma
intelectiva como integrada por dos aspectos: el Entendimiento teórico y el
Entendimiento práctico diciéndonos que dicha distinción es necesaria en dicha
facultad porque los objetos que puede aprehender son también diferentes. Sin
dejar de lado esta primera bipartición conceptual, en un intento de aludir a
quienes en el pensamiento islámico, como al-Farabi, trataron de conciliar las
ideas de Platón con las de Aristóteles, Averroes ofrece una división tripartita
del Entendimiento: material, adquirido y agente con sus funciones específicas
cada uno de ellos. El Entendimiento agente da a los inteligibles su carácter de
entes eternos e incorruptibles, a la vez que estos inteligibles son creados,
contingentes pues pasan del no Ser al Ser cuando se actualizan en una facultad.
Sobre el
entendimiento
Lo que
pudiéramos llamar la «Psicología» de Averroes, como lo hace Badawi en su
obra76, podemos aprenderla en el Comentario medio al Libro del Alma de
Aristóteles, de 1174, y en su gran comentario a la misma obra escrito en 1190.
Aunque, en lo que precede y en lo que sigue, nos referimos a los datos que el
filósofo cordobés aporta en su comentario medio, es inevitable hacer referencia
a lo que expone en el gran comentario fechado, como vemos, dieciséis años
después. Y ello sin descuidar su obra sobre la felicidad del Alma y
76 A.
Badawi, Op. Cit., p. 824 y ss.
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otra
referida a la unión del Entendimiento abstracto con el Hombre. Son muchas las
preguntas y otras tantas sus correspondientes posibles respuestas, las que
suscitan la cuestión del Entendimiento, desde la primera de ellas que tiene que
ver con su naturaleza de potencia racional independiente, hasta la relativa a
si esa potencia racional es eterna o es incorruptible. En medio de estos dos
extremos, las disquisiciones tratan de la Naturaleza entitativa del
Entendimiento, es decir, si debe ser considerado como una potencia, como un
acto, como materia o como forma, entendidas estas nociones mediante las
aclaraciones que de las mismas ofrecimos en su momento.
Lo primero
de lo que tenemos experiencia en lo tocante al Entendimiento es que se trata de
una capacidad para elaborar conceptos que, según Averroes, pueden ser
entendidos como universales o como singulares. En el primer caso, estamos ante
una noción o concepto general dotado de materia puesto que existe en el
Entendimiento. El singular, por su parte, es la ubicación de ese concepto
universal en una materia determinada y así se concibe algo que pudiéramos
llamar «concreto». En todos los casos, se trata de conceptos y habría que
preguntarse si el Entendimiento que lo aprehende en su ropaje de universal es
diferente del que lo hace bajo la modalidad de singular.
Queda
también claro que las facultades de la Sensación y de la Imaginación toman su
contenido de una materia aunque lo trasladan al nivel de lo no material: no
podríamos imaginar, por ejemplo, la magnitud, como concepto, si no la
trasladamos a una
229
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materia que
le de soporte. Lo único que hace la materia como tal, es concretar ese concepto
en una individualidad: esta mesa es más o menos grande y, por ello, esta mesa
es, precisamente esta.
Por el
contrario, cuando abstraemos el universal lo hacemos de forma absoluta y lo
hacemos gracias a una facultad asimismo inmaterial. Además, esta capacidad
intelectual permite relacionar unos conceptos con otros, adscribiéndoles otras
cualidades universales, negando o afirmando algo de ello. En el primer caso,
estamos ante el Concepto y en el segundo ante el Juicio cuyo encadenamiento, en
Lógica, compone un armazón deductivo que es el silogismo. Mediante él, los
conceptos se enlazan en juicios (proposiciones, desde el punto de vista
gramatical) y, en su conjunto, se formaliza un razonamiento cuya clave final
reside en la conclusión.
En la
escala de los seres vivos, los animales poseen Sensación e Imaginación, de
acuerdo con Aristóteles y Averroes. El Hombre posee, además, Razón,
Entendimiento o Inteligencia y con ello es capaz de encaminar sus actos hacia
dos dominios: el de la vida práctica y el de la vida puramente teórica.
Teniendo en cuenta, también, que los seres vivos, aristotélicamente hablando,
persiguen su propia perfección y siendo así que el Ser humano posee una
capacidad o potencia superior a todos los demás organismos vivos, es lógico
deducir que esa capacidad se le ha otorgado para la consecución del más noble
de los fines: el del pensar y razonar.
Por ello es
por lo que Averroes nos habla, lo hemos visto, de Razón práctica y de Razón
teórica, como dos modalidades de una misma
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potencia.
Con la primera, puede el Hombre vivir en sociedad y, para Averroes como
jurista, puede vivir en una sociedad estructurada por medio de la ley positiva.
En gran medida, esa capacidad o Entendimiento práctico es al que se refiere
Aristóteles en su Etica a Nicómaco que, como veremos también comentó Averroes.
Por medio
de la facultad o Entendimiento teórico, el Hombre accede a las alturas de la
contemplación intelectual sin olvidarnos, nosotros, de la clasificación de los
tres tipos de entendimientos humanos a los que hace referencia Averroes y de
los que también hemos hablado. Eso quiere decir que si, por una parte, todos
los hombres gozan del Entendimiento práctico, pues de otra forma no podrían
vivir en sociedad y bajo el imperio de las leyes, por otra, no todos poseen el
teórico que, según el filósofo, en seguimiento de su maestro, es una facultad
casi divina cuyo goce, como manifestó Avempace, está reservado al que sabe
aislarse de la sociedad y mantenerse en el régimen del solitario.
Tras haber
analizado prolijamente estas cuestiones, el Comentario medio sobre el libro De
Anima aristotélico, Averroes pasa a considerar los productos del Entendimiento
en su aspecto teórico, es decir, los inteligibles. Y sobre ellos, el análisis
se extiende en consideraciones que tiene que ver con su Naturaleza de únicos o
múltiples, si están acto o comparten rasgos materiales y si son corruptibles o
eternos. A este respecto, refiriéndonos a este último rasgo, el de la
eternidad, Averroes nos indica que el Entendimiento y sus capacidades parecen,
con notable evidencia, aumentar con la edad del ser humano, mientras que las de
los entendimientos
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sensible e
imaginativo disminuyen con ella. Sabido es que, en las sociedades
tradicionales, los ancianos son respetados, no por su fuerza física sino por su
sabiduría.
En estas
apreciaciones, otros matices quedan claros para Averroes. Por ejemplo, en el
proceso de adquisición de los inteligibles, es decir, las nociones abstractas y
universales, se parte siempre de la Sensación de entes particulares, esa suma
de sensaciones forma la Memoria y la Imaginación predispone, finalmente, a todo
ese conjunto, para ser capaz de recibir el impulso abstractivo y forjar el
Concepto. Ahora bien, se pregunta Averroes: ¿Quién carece de uno de los
sentidos corporales, puede ser capaz de componer un concepto abstracto? Este
sería el caso de los ciegos que, en base al proceso indicado, nunca podrían
tener el concepto de luz o, en el caso del concepto de elefante que imposible
de ser aprehendido por los habitantes de al-Andalus que nunca vieron ninguno77.
En
definitiva, que para la formación del concepto universal se precisa de una
serie temporal de actos precisos que empiezan con los de la Sensación y siguen
con la actuación de la Imaginación y la Memoria. Esta introducción del
ingrediente tiempo en el proceso cognoscitivo daría como resultado, dice
Averroes, un cambio sucesivo en la naturaleza esencial del mismo, una
contingencia que hace peligrar la universalidad que se le pide y, por ende, una
corruptibilidad y una multiplicidad poco acorde con esa naturaleza atemporal
que reclamamos de todo concepto universal.
Esos
conceptos, esos inteligibles, ma’qulát en árabe, si se han
77
Averroes, Taljís Kitáb al-nafs (Compendio sobre el Libro del Alma), ed..
Al-Ahwani, El Cairo, 1950, p. 94.
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producido a
partir de una Sensación, como así ha sido, dependen en su origen de objetos que
están fuera del Alma pero que una vez producidos, no estás fuera de ella, están
en nuestra mente como objetos diferenciados pero inmateriales. A este respecto,
hay que recordar lo que Averroes daba como solución a la cuestión de los
universales de la que hablamos en páginas atrás. A nosotros nos interesa
retener la idea, como indica Averroes, de que si esos inteligibles cambian, son
múltiples y se acercan a lo material, son corruptibles porque son materiales o
viceversa. En este caso, la argumentación del filósofo puede ser alambicada en
lo que sigue, pero no deja de constituir un modelo de análisis racional que hay
que tener en cuenta, además de admirar.
Si los
inteligibles son como una materia, nos dice el filósofo, deben participar, de
algún modo, de algo que los componga, como entes que son, en calidad de forma
pues resulta evidente, por todo lo que decíamos en páginas anteriores, que ni
para él ni para Aristóteles, puede existir un ente que no esté compuesto de
materia y forma. Ambos principios no pueden existir separadamente, decíamos, no
hay forma sin materia ni viceversa. Ahorramos al lector la completa aportación
textual de la argumentación que nos ofrece Averroes al respecto que procede, a
modo de ejemplo, por la siguiente formulación en la que, una vez más, el
filósofo argumenta con la finura de un jurista avezado:
L o que es
como la forma de esos inteligibles, debe ser algo que no sea engendrado ni
corruptible, como lo sería su indisoluble componente material. Esto se puede
demostrar por medio de tres
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postulados.
El primero, diría que toda forma inteligible es o material o no material. El
segundo está relacionado con el hecho de que toda forma material se produce en
acto cuando es aprehendida, sino lo estaría solamente en potencia. En el tercer
caso, si consideramos a la forma como no material, entonces debemos
preguntarnos si tiene actividad intelectual o si no la tiene. Combinando estas
premisas, resultan las siguientes: «Toda forma puede ser inteligible y si se
convierte en Concepto, resulta ser material. Toda forma es, en sí misma,
Intelecto. Si no se realiza como Concepto, no es material78.
Nos estamos
acercando, por medio de estas deducciones de alto contenido lógico, a la
cuestión de la eternidad de los inteligibles y la indagación sobre ello, tras
los razonamientos pertinentes, toma como punto de partida la constatación de
que, en ellos, hay un aspecto corruptible y otro eterno. Desde ella, razonamos
con Averroes en lo que sigue.
Aquellos
que dicen que los inteligibles existen en acto eternamente, afirman que cuando
hablan de su aspecto o contenido material lo hacen de forma metafórica ya que,
hablando con propiedad, la materia es de suyo algo que tiene que ver con lo es
engendrado y es corruptible. Por tanto, podría considerarse esta disposición
como contingente mientras que los inteligibles que ella recibe son eternos.
Dice Averroes que fue Temistio, junto con otros comentaristas de la obra de
Aristóteles, quien pensó en la facultad denominada Entendimiento material como
si fuera eterna y los inteligibles que ella produce son, por el contrario,
corruptibles y engendrados por
78
Averroes, Op. Cit., p. 83.
234
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su contacto
con las formas imaginativas.
Otros, dice
el pensador cordobés, como Avicena, se contradicen a sí mismos sin darse
cuenta. Dicen que estos inteligibles son engendrados pero también eternos y que
su materia es también eterna y «yo no sé qué decir ante esta contradicción. Lo
que fue en potencia y luego pasó a ser acto es algo necesariamente engendrado,
a menos de entender por potencia, en este caso, que los inteligibles están
escondidos en nosotros por causa de la humedad y, por ello, impedidos de que se
les perciba por nuestra parte y no en el sentido en que, por su propia esencia,
son inexistentes (…). Y yo afirmo preguntándome si en esta materia en la que se
encuentra la disposición de recibir los inteligibles es algo en acto o no lo
es. Necesariamente, debemos responder con una afirmación, pues la posibilidad,
la disposición engendrada tiene necesidad de un sustrato, como se prueba en el
primer libro de la Física de Aristóteles. Si es algo esta materia, lo es
necesariamente en acto, pues el sustrato que carece en absoluto de acto es la materia
prima y no podemos suponer que la misma sea el receptáculo de estos
inteligibles»79.
Una alusión
a Avempace, que a juicio de Averroes, habló del Intelecto material en su obra,
le permite reconducir el problema por otros derroteros y, tomando de nuevo como
apoyo el pensamiento del filósofo zaragozano, nos dice:
Según
Avempace, los hombres son de dos clases: elegidos (felices) y vulgo. (…) Para
los últimos, un mismo inteligible
79 Citado
por A. Badawi, Op. Cit., p. 831.
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sería
múltiple, numéricamente proporcional al número de esta clase de hombres, como
consecuencia de la necesidad de la conexión de las formas espirituales
múltiples. En cuanto a los dichosos, que se encuentran en la cima de su
perfección, (…) hay un solo inteligible para cada uno de ellos (…) pero esto
nos llevaría a concluir que existen una infinita serie de inteligibles, es
decir, uno por cada bienaventurado (…).
Como el
Hombre es capaz de lograr la perfección, dice Avempace que los inteligibles son
de varias clases: la primera es la del vulgo y éste posee inteligibles
prácticos, engendrados y corruptibles. La segunda es la de los inteligibles
teóricos que, a su vez, poseen rangos diversos entre los que se encuentran los
inteligibles matemáticos. Pero éstos son imperfectos puesto que se apoyan en
ejemplos que los manifiestan, y lo mismo cabría decir de los inteligibles de la
Ciencia Física (…)80.
Averroes
completa las formulaciones de Avempace preguntándose si los inteligibles cuyos
objetos no son materiales y de los que se ocupa la Metafísica, son eternos. En
ella, contemplamos a los inteligibles de este tipo como teniendo una existencia
más noble que la de los inteligibles cuyos objetos son materiales. A
continuación, traslada la indagación a la conexión del Hombre con el
Entendimiento agente separado y se pregunta si dicho contacto se
80
Averroes, Op. Cit., p. 90.
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produce por
una perfección natural o de orden más allá de lo natural. Si se trata de una
perfección de este último rango, divina como dijeron otros filósofos, habría
que preguntarse, dice Averroes, por aquello que hace que tal perfección exista
en un Ser que no es perfecto, como es el caso del Hombre.
La
respuesta del filósofo a todas estas preguntas, tras apuntar que esta
perfección bien podría no ser natural y que, en este caso, habría que remitirse
a otro horizonte interpretativo, es la siguiente:
Si
observamos la situación del Hombre en esta conexión, parece que la misma es una
de las maravillas de la Naturaleza y que su ser está compuesto de algo eterno y
de algo corruptible en su misma esencia, a la manera en que existen intermedios
entre géneros. Por ejemplo, el intermedio entre el vegetal y el animal y entre
éste y el Hombre, este género de ser tendría que ser diferente al Ser que le es
propio al Hombre en tanto que Hombre. En el caso del ser humano, todo sucedería
como si las facultades de su Alma sufrieran una transmutación, como si tuviera
lugar una suspensión de los actos naturales y como si las almas de los hombres
que alcanzan tal estado de unión hubieran sido arrobadas por obra de un don
divino.
Esta clase
de unión es a la que aspiran los sufíes pero es evidente que no lo han
conseguido nunca puesto que para llegar a él deben conocer las ciencias
teoréticas81.
81 En A.
Badawi, Op. Cit., p. 835.
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Manifestando
Averroes en esta última afirmación su rechazo al pensamiento sufí cuyos matices
y modalidades se plasmarán más adelante, cuando él mismo hable con un
incipiente miembro de esta rama de la espiritualidad islámica, Ibn `Arabi, el
pensador cordobés retoma la argumentación desde los presupuestos racionales
aristotélicos. A este respecto, nos dice que, puesto que los logros de los
sufíes, en lo tocante a la unión de la que venimos hablando, se remiten a una
percepción de algo semejante a la unión de tres facultades tal como se explica
en la obra aristotélica De Sensu et Sensato de la que Averroes hizo un
comentario en 1170 y el parecido consiste en que:
Hay una
suspensión de los sentidos y un rechazo de las demás facultades del Alma siendo
así, por otra parte, que se manifestara esta situación como una perfección
divina del Hombre. Para éste, la perfección natural consiste en que ha
adquirido las condiciones que se enumeran en el libro (de Aristóteles) sobre la
demostración. Por ello se habla de perfección humana y perfección divina por
convención, teniendo muy en cuenta que la capacidad para lograr esta última no
conlleva nada material, ni múltiple ni individual. A causa de la idea de que
pudiera existir tal capacidad, los antiguos (los filósofos griegos en general)
pensaron que tal vez la misma nacía con el nacimiento del Hombre y que fue
disimulada por la humedad. La diferencia entre ambas capacidades es que la
natural, si de hecho existe, coexiste con algo que antes no existía, mientras
que la más
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capacidad
más noble, si existe de hecho, vendría como algo que viene a completar un
vacío. Por esta relación es por la que en Entendimiento agente se denomina
Entendimiento adquirido82.
En el gran
comentario sobre el Alma que Averroes redactará años más tarde, esta cuestión
quedará algo más perfilada, como veremos en su momento y, en el mismo, también
concretará lo referido a la inmortalidad de este Entendimiento cuyas
aportaciones habrá que relacionar con las enunciadas en su epístola sobre la
unión del Entendimiento abstracto con el Hombre, de 1174, en el que no nos
hemos detenido es este epígrafe, considerando que sus argumentaciones deben ser
expuestas junto con las del comentario sobre el Alma citado.
Sobre la
ética
En 1175,
Averroes siguió escribiendo acerca los inteligibles y, datados en ese año, nos
constan dos compendios, uno sobre la Retórica, fechado en 26 de julio y otro
sobre la Poética, de diciembre de ese mismo año, ambos de ascendencia
aristotélica.
Aparentemente,
la reflexión del filósofo se vierte ahora en consideraciones que atañen a la
subjetividad humana, a su actividad moral y a sus deberes como ente social que,
además, es parte de un sistema ideológico que, como el almohade, incide en
aspectos relativos a la interioridad de las conciencias. Aunque el
82
Averroes, Op. Cit., p. 95.
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imperio
sigue manifestando su fortaleza política y económica.
Por esas
mismas fechas, se están configurando las nacionalidades en los reinos
cristianos, siendo Alfonso VIII de Castilla (1162-1196) el monarca que
expandirá los límites del cristianismo peninsular y que representará la amenaza
más directa para los almohades en al-Andalus. En 1177, Alfonso VIII tomó Cuenca
y ocupó toda la cuenca del río Guadiana hasta la actual frontera portuguesa,
así como la cuenca alta del río Júcar.
Por otra
parte, desde finales del siglo anterior se vivía un espíritu de cruzada en casi
toda la actual Europa y se identificó la lucha contra los musulmanes españoles
con la cruzada en Oriente proclamada por el concilio de Letrán en 1123. La más
importante de estas cruzadas peninsulares coincidió con la segunda en Oriente,
en 1147, de forma que un numeroso grupo de cruzados entró en la península y
ocupó Almería y Lisboa. En el asedio de estas ciudades, participaron muchos
genoveses e ingleses que, junto con los ejércitos cristianos peninsulares,
tomaron la ciudad de Almería en ese año, aunque ésta regresó a dominio musulmán
diez años después.
Con fecha
de cuatro de mayo de 1177, Averroes finalizó su compendio de la Ética a
Nicómaco de Aristóteles y con ello accedemos a este dominio relacionado con la
Filosofía práctica que, para el estagirita, se plasman en conclusiones de orden
práctico derivadas de su Teoría metafísica y cosmológica. La Ética aristotélica
se concentra en sus Ética a Eudemo, Ética a Nicómaco, y la Magna Moral. Además,
en parte de su Retórica y en un breve
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tratado
sobre Las virtudes y los vicios. Los títulos de las dos primeras de las obras
citadas remiten, el primero a Eudemo, gran amigo de Aristóteles y a Nicómaco,
su hijo habido con su segunda mujer, Herpyllis.
En el
pensamiento de Aristóteles se evidencia una estrecha e íntima relación entre el
Ser y el bien: a la multiplicidad de seres le corresponden muchos bienes
particulares distribuidos por analogía. A cada ser le corresponde su propio
bien que es la consecución de lograr su propia perfección. Todos los seres,
compuestos de acto y potencia, de forma y materia, están destinados por
naturaleza a la consecución del grado de perfección que les corresponde en la
escala de los seres y ese grado depende de sus respectivos principios
contenidos en la forma.
A
diferencia de Platón, para quien el Bien es una idea inmutable y eterna,
Aristóteles propone bienes particulares para cada uno de los grados de ser: el
de las sustancias celestes, el de los hombres y el de los demás organismos
vivos e inertes: animales, vegetales y minerales.
El
relativismo con que Aristóteles aborda las nociones éticas, lo determina a la
investigación de cuáles son el bien, la perfección y la felicidad que
corresponden al Hombre para sintonizar con ellos la orientación práctica de su
conducta y, a este respecto, el filósofo griego deja claro que el bien propio
de cada ser en general, y del Hombre en particular, está determinado por las
posibilidades de su naturaleza. Fuera de este principio, como dice en su Ética
a Nicómaco, «podemos desear hasta cosas imposibles como, por
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ejemplo, la
inmortalidad».
Por su
propia naturaleza, según Aristóteles, todas las acciones humanas se orientan
hacia la consecución de algún bien y de ese logro depende el placer y la
felicidad: «Todo Arte, todo método, así como toda elección, parecen apetecer
algún bien. Por ello, los antiguos definieron el bien como aquello que apetecen
todas las cosas»83.
En general,
Averroes sigue las líneas esbozadas en estos planteamientos aunque su momento
histórico y social es totalmente diferente al de Aristóteles y, por ello, en su
comentario a la Ética del primer maestro, incide en aspectos que tienen que ver
con la consecución del bien más alto en el seno de una ciudad, es decir, en La
Ciudad Ideal almohade tal como él la concibe y sobre lo que ya hemos hablado en
su momento.
Evidentemente,
la Ética y la Política, en su visión del mundo, como en la que del mismo tuvo
Aristóteles, son dos ámbitos conceptuales estrechamente relacionados, siendo
así que la primera constituye el aspecto teórico de la Política real y la
segunda, el relativo a la práctica o gobierno de la polis, la ciudad. De ahí
que la Ética venga a ser una preparación, una propedéutica de la Política y
este es el matiz fundamental que cabe observar en la obra de Averroes y que se
ejemplifica en la alusión que él mismo hace sobre la Medicina cuando habla de
que en la misma, son tan importantes sus aportaciones teóricas como las
prácticas y, ambas, están indisolublemente unidas.
83
Aristóteles, Ética a Nicómaco, I, 2, 1095 a 12.
242
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Para
Averroes, el aspecto teórico de la Política implica la consideración de un
saber dirigido a la consecución de la felicidad del ciudadano y, aunque en su
visión general de la realidad, la felicidad más auténtica y más noble es la
derivada de los logros del Entendimiento, como hemos visto, en su comentario
ético prefiere mostrar el tipo de felicidad asequible al mayor número de
personas. Esta dedicación a la exposición de los aspectos prácticos de una
moral entendida como moral del ciudadano así como del gobernante, tiene
relación directa, por otra parte, con su clasificación de las capacidades de
los entendimientos de los elegidos y del vulgo como hemos expuesto
anteriormente.
En la obra
de Aristóteles, hay una señalada mención de la justicia como fundamento de todo
acto moral y, a la vez, como marco en el que esta moral debe cumplir sus fines.
Si la Ética hace referencia directa a las virtudes, la más alta de ella, para
el estagirita, es la justicia que es la que introduce la armonía en el Cuerpo
social y asigna a cada uno de los elementos que lo forman el lugar que, por
naturaleza, le corresponde.
La justicia
es, pues, el fundamento del orden de todo el cosmos y, evidentemente, del mundo
de los hombres de tal manera que todas las actividades de éste deberían estar
dirigidas a la consecución de esa noble virtud: «una sola justicia contiene
todas las virtudes», dice el filósofo griego en el capítulo V de su Ética a
Nicómaco. Sin embargo, sigue diciendo, una consideración aislada de esta virtud
no tendría sentido alguno y, por ello, es preciso que la misma se refiera a la
justicia propia del Hombre como ser social, es decir, a lo
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que
podríamos denominar justicia política, civil o social como traducción del
término aristotélico politicón díkaion.
La
justicia, en su vertiente práctica, remite directamente a la ley y ésta, desde
otro punto de vista, puede ser considerada como natural o como positiva.
Aristóteles dice al respecto que «una parte del Derecho político es de origen
natural y la otra se apoya en la ley. Es de origen natural lo que, en todos los
lugares, tiene el mismo efecto y no depende de nuestras diversas opiniones; en
cuanto a lo que se apoya en la ley, poco importa que sus orígenes hayan sido
tales o cuales. Lo que importa es que, una vez establecidas las leyes, se
compruebe su naturaleza, como cuando se trata de pagar el rescate de una mina
por un esclavo o un cautivo, o bien de sacrificar a Zeus una cabra y no dos
ovejas. Hay que añadir a esto lo que la ley prescribe para todos los casos
particulares, por ejemplo, sacrificar a Brasidas y todo lo que viene prescrito
por varios decretos (…)84.
Averroes
participa de estas apreciaciones e incluso llega a aceptar que Aristóteles
proponga el sacrificio como parte del aspecto convencional de la justicia, si
bien está muy lejos de considerar que la ley natural tenga algo que ver con la
justicia de los dioses como implícitamente asevera el texto aristotélico.
Lo que al
filósofo cordobés interesa es la visión general que de la ley le ofrece el
filósofo griego y, a partir de ella, aplicar lo que sus generalidades dan de sí
como capaces de ser entendidas y puestas en práctica en la sociedad de su
tiempo que, en este caso, es la sociedad almohade. Las correcciones que hace
sobre el texto
84
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro V, cap. 7.
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aristotélico
a este respecto, sobre todo las relativas al fundamento religioso del mismo,
sin embargo, las realiza eludiendo que lo realice como rechazo a una idea de
Aristóteles.
Así, cuando
Aristóteles habla de la justicia como algo fundamentalmente humano en
comparación a los dioses para los que esa idea humana de justicia les es ajena,
Averroes sitúa la cuestión en la perspectiva de un creyente para el que la
justicia divina, cuyo destino es la conducta de los Hombre, permanece en un
grado cuyos fundamentos legales y legislativos no son incumbencia directa del
Hombre. En el Corán se encuentran explícitamente señalados los alcances y
límites de esa justicia. Por una parte, Al-lah es el Supremo legislador que
legisla con equidad y lo hace por medio de decretos relativos a variados
aspectos de la comunidad: reparto de herencias, trato al huérfano y las viudas,
penas a los ladrones, a los adúlteros y toda una serie de disposiciones directamente
reveladas y que, como tales, constan en las azoras coránicas correspondientes.
Como norma general de todas ellas, lo que el Legislador especifica en la aleya
8 de la azora
5:
«¡Creyentes! ¡Sed íntegros ante Al-lah cuando depongáis con equidad! ¡Que el
odio a un pueblo no os incite a obrar injustamente! ¡Sed justos! Esto es lo más
próximo al temor de Al-lah».
En el
Tratado decisivo fechado en 1179 y del que hablaremos más extensamente más
adelante, Averroes intenta que sus contemporáneos comprendan, como él mismo lo
hacía, la visión del mundo de los pensadores griegos con la advertencia de que
la cosmovisión griega es totalmente diferente de la islámica, por lo que
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las
afirmaciones de carácter dogmático o religioso de la primera no tienen cabida
alguna en la segunda. Por ello, el apoyo que le brinda la Ética aristotélica
debe entenderse, en la obra del filósofo cordobés, en su aspecto teórico y
fundante de los conceptos políticos que se plasman en su propia sociedad. Una
sociedad que, por otra parte, encuentra los medios de su propia perfección
Ética en el contexto de una política justa que debe ser analizada en el terreno
de la Ética práctica. Averroes se entregará a este estudio en su comentario a
la República platónica, como veremos más adelante.
La
eternidad del mundo
E l
contenido de la reflexión de los pensadores del siglo XII, tanto en Occidente
como en el mundo islámico, está determinado, en gran medida, por un fondo
teológico que nutre y encauza tanto sus dedicaciones intelectuales como sus
aspiraciones espirituales. En Occidente son los pertenecientes a las órdenes
religiosas, agustinos, dominicos y franciscanos en especial, quienes acceden al
amplísimo horizonte de la especulación filosófica que, a partir de ese siglo,
se incrementará en profundidad y anchura gracias a la aportación de las
traducciones como en su momento dijimos. En el Islam, la corriente racionalista
y todas las demás que de ella se distinguen en temas y puntos de vista, nació
al impulso de una necesidad perentoria por dilucidar el contenido del texto
revelado, como también hablamos en su lugar.
Con
Averroes, el pensamiento islámico parece llegar a la
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consecución
global de todos esos afanes teóricos. Si de la historia del pensamiento
islámico ubicásemos al filósofo cordobés en la cima de la representatividad de
un cierto tipo de racionalismo, haciéndolo paradigma de una estrecha
consideración parcial en lo referido al empleo de la Razón, el Entendimiento de
su obra quedaría notablemente reducido. Sin embargo, si contemplamos dicha obra
como reflexión de lo que Kant especificaría en sus tres ideas: Dios, Alma y
mundo, nos acercarnos a una comprensión más adecuada de lo que realmente
Averroes pensó y escribió.
Todo ello
nos lleva a considerar su obra como un texto en el que toda una etapa del
pensamiento islámico puede entenderse sin necesidad de acudir a la
reconstrucción de las ideas filosóficas previas a esa misma etapa, sino que
ellas están presentes y se hacen actuales en el seno de ese mismo texto que
compendia y resume, prologa e introduce una cosmovisión de carácter universal.
La
Filosofía de Averroes, que nace de una subjetividad personal es, por la
universalidad citada, deudora de otras subjetividades que fueron personales en
su momento: la aristotélica y la de sus comentadores, por una parte, y la de
los grandes pensadores musulmanes orientales y occidentales anteriores a él.
Esta síntesis integradora permite a Averroes el ascenso especulativo desde los
hechos concretos y particulares, hasta las cimas de la Teoría y, por ello, la
arquitectura de su pensamiento logra equilibrar los privilegios de cada esfera
de conocimiento, teológico, psicológico y cosmológico, enlazándolos en una
reflexión global cuyos extremos son el Hombre y su Creador.
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Casi todos
los filósofos del mundo árabe e islámico, Averroes incluido, parecieron
presentir que los griegos habían filosofado a partir de la exterioridad del
mundo y que ellos venían a integrar en ese análisis, el producto intelectual de
la subjetividad que favorecía el apego al Texto revelado. Es evidente que, de
dicha aspiración, se suscitasen dilemas y aporías que en un principio no se
manifestaron siendo una de ellas la relativa a la eternidad del mundo. Esta
cuestión, que ya había levantado las suspicacias y temores de Averroes cuando
el califa almohade la trajo a colación, no dejó de tener presencia constante en
su pensamiento y, a medida que su situación en la corte se fue haciendo más
sólida, trató de abordarla en una u otra de sus obras.
Sobre la
sustancia del cielo
Fechado en
1178 por medio de alusiones y deducciones cronológicas y textuales, Averroes
escribió un breve tratado, del que no existe manuscrito árabe conocido, en el
que nos habla de la eternidad o contingencia de las esferas, es decir, del
mundo en su totalidad. El título árabe, reconstruido en dicha lengua, rezaría
como Maqála fi chauhar al-falak. Su título latino, con el que se conoce dicha
obra de forma más general es Sermo de Substantia Orbis y los datos deducibles
de su realización nos indican que, por ese tiempo, Averroes residía en
Marrakech. Esta obra gozó de numerosos comentarios siendo el más antiguo
conocido el de Álvaro de Toledo fechado en los últimos años del siglo XIII.
También fue comentado por los pensadores judíos, como Levi ben Gerson (m.
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1344),
Moisés de Narbona (m. 1349). De los siglos XV y XVI, nos constan comentarios de
los representantes del denominado averroísmo latino.
Cabe
preguntarse por la popularidad de este libro entre los filósofos judíos y los
del Occidente latino y a ello nos responde un reputado estudioso de la historia
de las ideas cosmológicas: «El Sermo de Substantia Orbis es un hermoso libro y,
por ello, la admiración que le profesó la escolástica latina es del todo
comprensible. Por la coherencia de su pensamiento, el orden de las deducciones
y la claridad y concisión de sus formulaciones, Averroes rivaliza con
Aristóteles. Su Teoría se deduce de la manera más lógica y más armoniosa de la
expuesta en la Metafísica. Por otra parte, su autor no ha tenido otra intención
que la de aclarar y completar lo expuesto por su maestro y así lo declara al
final del primer capítulo de su libro: hemos tratado de explicar en este
discurso, cuál es la sustancia del Cielo y lo que en él hemos dicho está
conforme con lo que Aristóteles ha demostrado en sus obras y con los resultados
que en ellas se plasman»85.
En De
Substantia Orbis, Averroes desmonta la estructura que habían forjado al-Farabi
y Avicena sobre los cuerpos celestes y sus motores y, a la vez, completa los
aspectos que Aristóteles había expuesto de forma muy sucinta puesto que se
ocupó en mayor medida del tratamiento de los seres sublunares, corruptibles y
generados. En su obra, Averroes procede por medio de una sistematización lógica
que arranca de la consideración de la materia
85 P.
Duhem, Le Système du Monde: Historie des doctrines cosmologiques de Platon à
Copernic. IV, París, 1916, p. 534. Citado por A. Badawi, Op. Cit., p. 816.
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prima
aristotélica.
Según
Aristóteles, la noción de materia, como pura potencia en el orden físico,
designa a un sustrato eterno y universal de donde proceden todos los cuerpos. A
esta noción añade la de forma inmanente a esa materia que tiene realidad
positiva aunque nunca pueda existir por sí sola, sino unida a su co-principio
sustancial que es el de la forma cuya función es determinar y actualizar a la
materia.
La materia
primera está en el ínfimo grado de la escala de la realidad. Esa prote híle, no
siendo algo determinado en acto, está en potencia para serlo todo: «Nosotros
decimos que hay una materia de los cuerpos sensibles, pero nunca separada, que
no existe nunca sin alguna de las formas contrarias, de la cual proceden los
llamados elementos»86.
Esa
materia, incognoscible por sí misma, no perceptible por los sentidos, existe y
se concibe por analogía con los cambios que se producen en el orden de la
materia sensible, la materia segunda. De la misma forma que de un bloque de
mármol un escultor puede sacar una multitud de cosas distintas, debajo de todas
las transformaciones sustanciales del mundo físico, debe haber también un
sujeto común que, sin ser algo determinado, está en potencia para recibir las
formas más variadas por obra de la causa eficiente.
Entendida
así, esa materia primera tiene, según Aristóteles, las siguientes propiedades:
es inteligible, pues puede percibirse por el
86
Aristóteles, Metafísica, VII, 10, 1036 a 8.
250
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Entendimiento;
es incorruptible, pues de ella sale todo y en ella se resuelve todo; es
ilimitada e indefinida y es, también, común e idéntica a todas las sustancias
corpóreas del mundo terrestre así como sujeto primero y último de todas las
generaciones y corrupciones sustanciales de ese mundo.
El
pensamiento neoplatónico, como dijimos en su momento, esta materia primera o
materia prima aristotélica es la nada, el no ser. Por tanto, no cabe especular
acerca de su Naturaleza porque no existe. En el pensamiento islámico,
al-Farabi, como también Avicena, aluden a una materia prima común a todos los
elementos. El primero dice que los cuerpos celestes poseen, junto con los
cuatro elementos, una propiedad común: están compuestos de materia y forma. Sin
embargo, «la materia de las esferas y de los cuerpos celestes es diferente de
la materia de los cuatro elementos y de las cosas corruptibles. Por su parte,
las formas de los cuerpos celestes, posee diferentes clases de forma respecto a
la de los demás cuerpos, aunque todos participan de la corporeidad y, por ello,
de las tres dimensiones que están en todos los cuerpos»87.
Ya en su
Comentario medio a la Metafísica Aristotélica, Averroes criticó estas nociones
sobre la materia prima y, específicamente contra Avicena aduce, en De
Substantia Orbis, que la materia primera no tiene dimensiones: «Avicena supone
que la disposición de las tres dimensiones indeterminadas son determinadas. Por
ello, supone que en la materia primera debería haber necesariamente una primera
forma antes de que las dimensiones formen parte de
87 A.
Badawi, Op. Cit., p. 817.
251
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ella»88.
Los cuerpos
celestes y las esferas que los contienen, no están compuestos de una materia
divisible en potencia y de una forma que le otorga dimensiones determinadas. El
Cuerpo celeste no está, como el terrestre, sometido a generación y corrupción
y, por tanto, a nada que tenga relación con el compuesto de materia y de forma.
Es un ente simple, sin posibilidad de división en acto. Dice Averroes al
respecto: «En un Cuerpo sublunar, la materia es algo cuya existencia está en
potencia y la forma no existe independientemente de la materia. En Uno celeste,
por el contrario, la materia no es algo que exista en potencia. Es el soporte,
el sujeto de la forma, pero no como potencialidad sino como actualidad. La
forma, en este caso, existe independientemente de la materia y, por tanto, no
tiene como función hacer pasar al acto a su materia correspondiente. Hablamos
de cuerpos cuando nos referimos a los celestes y a los sublunares, pero ello es
solamente por convención lingüística. Las naturalezas de unos y otros son esencialmente
distintas»89.
El cielo,
por su parte, es un Ser vivo compuesto de varios orbes y cada uno de ellos
tiene su propio Entendimiento o Inteligencia que es, precisamente, su forma,
del mismo modo que el Alma racional es la forma del Hombre. Por ello, el
movimiento del cielo es infinito en lo tocante a la duración y a la cantidad o,
como diríamos con nociones de la Física moderna, uniformemente.
Ese
movimiento está producido por dos motores celestes: uno, con materia local y
ligada al Cuerpo del cielo porque así es capaz de
88 P.
Duhem, Op. Cit. IV, p. 547.
89 P.
Duhem, Op. Cit. IV, p. 547.
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sentir en
sí mismo el amor/deseo de la esfera suprema y ese eros, como dijimos en su
momento, es la fuerza motora. El otro motor, es el objeto de deseo de los
motores que están por debajo de él. Es un Entendimiento puro, sin atisbo alguno
de materia, inmóvil y fundamento de la eternidad del movimiento universal. De
todas formas, en De Substantia Orbis, Averroes no alude con precisión a la
manera en que habría que atribuir una Inteligencia a cada esfera y al modo en
que todo el conjunto de las mismas está sometido al primer motor inmóvil. En su
momento, en el gran comentario a la Metafísica de Aristóteles, dará más
precisiones al respecto, como veremos.
La
pluralidad de motores se unifica en su común deseo de unión con el primero de
ellos debajo del cual se jerarquizan los cuerpos celestes que son distintos de
las esferas aunque en ellas residen. De esta manera el Cuerpo celeste, el
planeta, kaukab, a la vez que goza de su propia subsistencia como tal,
participa de la relativa a su esfera, falak. Las esferas son, contadas de
arriba abajo, ocho: la de las estrellas fijas, las de Saturno, Júpiter y Marte
que son los planetas superiores; las del Sol, Venus, Mercurio y la Luna.
A todas
ellas, Ptolomeo, fuente astronómica de Aristóteles, como sabemos, añadió una
novena en la que no existirían ni astros ni estrellas y esta opinión, que
sufrió el rechazo de otros astrónomos posteriores, también es objeto de crítica
por parte de Averroes que en su comentario medio a la Metafísica ya afirmaba:
«En mi opinión, no me parece verosímil la existencia de una novena esfera sin
astros. La esfera existe para un Cuerpo y por ellos hay tantos como
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esferas,
siendo ésta la parte más noble de la unión y Aristóteles lo dice claramente. La
esfera que mueve el movimiento más vasto, es la más noble de las esferas. Así
que de la misma forma que negamos que haya esferas sin cuerpos celestes, digo
que la existencia de una esfera sin ellos es imposible»90.
Después de
haber tratado de las características de los motores de las esferas, Averroes
pasa a considerar la Naturaleza sustancial de los mismos. Para ello, recurre a
las explicaciones plasmadas en la reflexión sobre el Alma y sus capacidades. En
este caso, dice, ya se ha mostrado que las formas tienen dos tipos de
existencia: una sensible o muy cerca de o sensible en tanto que están en la
materia y otra inteligible en tanto que han sido despojadas de ella. Por ello,
si los principios motores tienen maneras de ser que los alejan de la materia,
se trata de inteligencias separadas puesto que las formas, en tanto que formas,
no tienen una tercera manera de existir.
En el caso
de que estos motores sean inteligencias, hay que determinar cómo mueven a los
cuerpos celestes y sobre ello, ya hemos aludido a la tendencia amorosa cuya
imagen se encuentra en la atracción que el amante siente por el objeto de su
amor. Si este es el caso de los cuerpos celestes, entonces queda probado que
poseen Entendimiento puesto que son capaces de concebir tal deseo y, más
específicamente, de un deseo racional en tanto que son inteligencias sin
materia.
De nuevo,
Avicena es blanco de la crítica de Averroes a este respecto: si es verdad lo
que dice Avicena, es decir, que los cuerpos
90 P.
Duhem, Op. Cit. IV, p. 553.
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celestes
imaginan las posiciones que ocupan, su movimiento no podría ser único ni
uniforme a causa de la continua sucesión de cosas imaginadas. Muy de otra
forma, opina el filósofo cordobés, debe concebirse el movimiento citado: cuando
los motores entienden, por su misma naturaleza, la Naturaleza de su deseo que
les es esencial, tienden por esa misma naturaleza a la perfección que les atrae
y, sin Imaginación ni materia, esa intelección produce una atracción como
siendo el mejor de sus estados posibles.
Por otra
parte, los motores no son solamente motores de los cuerpos celestes, sino que
dan las formas a esos cuerpos que los hacen ser lo que son. Es decir, que estos
principios motores son para los cuerpos celestes que mueven como su forma, su
agente o su fin, y esos principios, para Averroes, son sustancias y entes vivos
en fiel seguimiento de lo que Aristóteles aduce en los capítulos 8 y 9 del
libro XII de su Metafísica.
Sobre la
eternidad del mundo
Averroes,
en variadas ocasiones a lo largo de su obra volvió a manifestar aquella desazón
intelectual y anímica que le produjo la pregunta del sultán almohade: «¿Qué
opinan los filósofos del Cielo? ¿Es una sustancia eterna, o tuvo un comienzo?».
La mencionada pregunta, que en este caso se manifiesta por medio de un rodeo:
«lo que piensan los filósofos», como si el preguntado no fuera uno de ellos a
sabiendas de que el emir de los creyentes tenía fiable noticia de que Averroes
era uno de ellos.
Una
respuesta fundada en los datos del Texto revelado y en los del
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hadíz,
implica un prolongado esfuerzo y una satisfacción para el creyente: la
constatación definitiva de que el Creador ha «creado los cielos y la tierra con
un fin» (11, 3). Una respuesta basada en las enseñanzas de Aristóteles remite a
la existencia del primer motor inmóvil de su Física o al acto puro de su
Metafísica y, en ningún caso, es creador del Mundo. Es causa final del mismo
por atracción amorosa. El dios aristotélico no conoce el Mundo pero es conocido
por la Inteligencia del primer motor celeste que, en ese conocimiento, siente
la atracción irresistible que da lugar al movimiento circular universal.
Averroes,
al pensar en la solución del dilema, tiene a su disposición explicaciones
varias emanadas de los teólogos del Islam, los mutakal-limún, por una parte, y
de los filósofos helenizantes, por otra, sin contar con las apreciaciones de
los espirituales que seguían la vía unitiva o, en cierto modo, con las que
provenían de los filósofos racionalistas que se acercaron a estas
manifestaciones, como fue el caso de Avempace o Ibn Tufayl, guardando nosotros
las correspondientes prevenciones en el establecimiento de similitudes o
analogías.
Al-Axaari y
los axaaríes hablaban de que ninguna realidad creada, con los actos humanos
incluidos en esa creación, deja de estar bajo la omnipotencia divina: «Un solo
Ser y un solo Agente al que nada se le escapa». Sin embargo, la libertad humana
podía quedar desvalorizada en ese postulado por lo que los primeros axaaríes y
el mismo al-Axaari buscaron apoyo en las tesis mu’tazilíes que integraron en su
formulación aspectos del atomismo griego que
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asimismo
fueron aplicados a la explicación de la creación del Universo.
De esta
forma, si la materia contiene unos elementos últimos indivisibles, los átomos,
es preciso indagar por la existencia de un principio trascendente a esa materia
que sea capaz de determinarla y especificarla. Por otra parte, la
indivisibilidad de la materia y su dispersión en partículas infinitas, precisan
de un agente divino que garantice su cohesión, unidad y duración en cada
instante de una secuencia temporal en constante modificación. Si bien la
debilidad de los sentidos corporales y la limitación de la Razón humana impiden
percibir esta actuación, la realidad y su consistencia ontológica dan prueba de
ello.
Por parte
de los falásifa, de los que hablamos al comienzo de este libro, la adscripción
de la mayor parte de los mismos a la Teoría de la emanación de origen
neoplatónico, los lleva a considerar fuera de lugar la creación del mundo como
algo que tuviera un principio en el tiempo: la realidad es producto de una
emanación pre-eterna de un principio único, Al-lah, que es la suprema y última
causa de todo lo que llega a la existencia que, por ello, está sometido a la
actividad eterna de la emanación divina.
Más
adelante, Algacel en su refutación de la Filosofía racional, sobre la que
hablaremos con más detenimiento en su momento, acusa de infidelidad a todos los
pensadores que mantienen la creencia en una doctrina que excluye la creación de
los seres a partir de una determinación creadora situada en el tiempo y habla
de la pre-eternidad como fondo de esa existencia.
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Averroes
parece tener este panorama en su mente cuando escribe su tratado cuyo título,
por su extensión, es una auténtica puesta en escena del contenido: «Tratado
donde se demuestra que, en lo que piensan los peripatéticos y los teólogos de
nuestra religión sobre el comienzo del mundo y su eternidad, los hace cercanos
los unos a los otros». En lenguaje más coloquial, nosotros glosaríamos el final
del citado rótulo diciendo que «sobre la cuestión del comienzo del mundo y su
eternidad, están más cerca de lo que ellos mismos creen». Esta obra aparece
mencionada por Ibn Abi Usaibía y aparece en el catálogo de manuscritos de
Averroes de El Escorial.
El opúsculo
citado sobrevivió al tiempo en su traducción al hebreo hecha por autor
desconocido y fue editado por Moisés Worms. Nosotros basamos nuestra reflexión,
sobre las ideas que contiene dicha obra, en la traducción inglesa y el buen
estudio del opúsculo que hace el Prof. Barry S. Kogan a continuación de la
misma91.
El hecho de
que en el opúsculo Averroes no haga referencia a obras suyas anteriores en las
que haya podido tratar del mismo tema, hace suponer que se trata de una
introducción a una obra más extensa y que su propósito fundamental es dar
respuesta a la espinosa cuestión que le había propuesto el califa Abu Iaqub
Iúsuf. Por ello, esta obra debería entenderse como dirigida al emir de los
creyentes, una vez pasado el suficiente tiempo como para que Averroes gozase de
mayor tranquilidad de ánimo para abordar tal empresa.
91 B. S.
Kogan, «Eternity and Origination: Averroes’ Discourse on the Manner of the
World´s
Existence»,
en Islamic Theology and Philosophy: Studies in honor of G. F. Hourani, Nueva
York, 1984, 203-235.
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Tampoco
espere el lector una solución al problema planteada en términos de decisión
tajante o de opción determinante. Averroes no nos dice en el librito si su
opinión personal se decanta por una de las dos opciones: el mundo es eterno o
es creado. Simplemente alude a posibles puntos de acercamiento entre dos
posturas Su finalidad es poner sobre el tapete dos opiniones contrapuestas para
mostrar sus posibles cercanías y la argumentación está arropada con un
procedimiento teórico aséptico, como el de un árbitro que no toma parte en la
contienda aunque manifieste fisuras por las que podemos atisbar su pensamiento.
Por ello
empieza diciendo que, a pesar de las apariencias, los dos bandos, el de los
aristotélicos y el de los teólogos, comparten un contexto de discusión idéntico
y que difieren solamente en lo tocante a su respectivo Entendimiento y noción
de lo que hay que entender por tiempo: «Los principios fundamentales de los
mutakal-lim respecto al origen temporal del mundo son básicamente los mismos
que los de los peripatéticos. Solamente se diferencian en lo tocante a si el
tiempo es una medida o no lo es»92.
Las tesis a
debatir son, por tanto, las siguientes: el mundo ha tenido, de alguna manera un
comienzo temporal; el tiempo se constituye a través de la existencia y
movimiento del mundo; todo lo que no tiene principio, no tiene fin y lo que
tiene un final, ha tenido un comienzo; el Infinito no puede ser propasado tenga
o no tenga una magnitud finita o discreta y, por último: todo lo que ha sido
creado lo ha sido por una causa eficiente.
92 Op.
Cit., p. 208.
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Estas
afirmaciones, a modo de postulados, son las que subyacen en la argumentación de
cada uno de los contendientes en el debate cuyo núcleo es la cuestión de la
temporalidad que, como vemos, está presente en cada una de las afirmaciones de
partida. Los teólogos musulmanes, a diferencia de los aristotélicos, son los
que niegan que la existencia del mundo esté en el tiempo y que el tiempo sea
una medida o condición del mundo.
Para ellos,
opina Averroes, no sería correcto describir al mundo como estando en un tiempo
finito o infinito. Sin embargo, aduce el filósofo, los teólogos solamente
pueden establecer que el tiempo no es una medida para calibrar la existencia
del mundo por medio de un cambio en su noción habitual de tiempo entendido como
algo lineal, estático e infinito.
S i el
tiempo se concibe como cíclico y en movimiento, como Averroes sustenta a partir
de los datos aristotélicos, entonces resultaría que el tiempo no tiene comienzo
ni final pues, por esencia, ningún movimiento circular empieza y acaba en un
momento determinado o en un punto determinado de la representación geométrica
de la circunferencia: «No deberíamos asumir que el tiempo es como una línea
recta que no tiene comienzo o pensar en cosas que llegan a la existencia en una
sucesión lineal que no tiene principio. Deberíamos pensar que el tiempo es algo
que se origina como una circunferencia (…). Cuando el tiempo se imagina
correctamente como un continuo cíclico instalado en las esferas celestes, no se
precisa que lo pasado tenga acabamiento
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pues si lo
tuviera, debería tener un principio»93.
No podemos
extendernos en el análisis de un texto muy significativo en la obra de Averroes
que, por otra parte, ya ha sido objeto de detenida reflexión por el mencionado
estudioso a cuyo artículo remitimos al lector. Sin embargo, en este opúsculo
sobre la forma de existencia del mundo hay un matiz que sobresale por debajo de
la escritura propia de Averroes, compuesta de brevedad y de elipsis, y que
debemos tener en cuenta. Nos referimos a las últimas líneas de la obra que
dicen así:
Es
conveniente que estas cosas (los temas de la creación del mundo en el tiempo o
fuera de él) no sean expuestas en un libro y que las ciencias que son de
particular incumbencia de los filósofos se transmitan oralmente siguiendo lo
que se sabe que ha sido la costumbre de los sabios antiguos en lo referido a la
transmisión de cuestiones esotéricas y exotéricas. A fin de cuentas, es Al-lah
quien dirige hacia la Verdad y así pueda El dirigirnos a la meta que buscamos,
Exaltado sea94.
Posiblemente,
este fragmento no necesite comentario porque es suficientemente claro al
respecto. Sin embargo, la alusión a la necesidad de una trasmisión oral de una
enseñanza elevada con preferencia a la Escritura, nos induce a pensar, en
hipótesis insospechadas a estas alturas de la biografía intelectual del
filósofo cordobés. A este respecto, las hipótesis posibles son numerosas
93 Op.
Cit., p. 210.
94 Op.
Cit., p. 211.
261
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pero
posiblemente, la más inmediata es la que resulta de la consideración del
destinatario del libro: el emir de los creyentes almohade.
Convencimiento
de superioridad intelectual por parte de Averroes, su desconfianza en la
profundidad de los conocimientos filosóficos del sultán, privilegio del maestro
respecto del discípulo en lo tocante al rango de su saber, aunque ese discípulo
resulte ser su señor en el plano político, resabio de la antigua conciencia de
superioridad andalusí respecto de la bereber, hipótesis todas ellas referidas a
una breve alusión textual que, por otra parte nacen de una convicción muy
arraigada en Averroes, como sabemos: hay diferentes rangos de entendimientos
humanos y los filósofos son los poseedores del rango más noble.
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Capítulo IV
Averroes
como Averroes
El filósofo
entra ahora en su etapa de madurez intelectual y personal y lo que a todas
luces, en su itinerario vital, parece estar en juego es la Verdad pero asistida
de una modelación personal que la convierte en su Verdad. Ahora, la empresa
destinada a plasmarla, como ha hecho en los años anteriores, conlleva una
cierta dosis de sufrimiento: el chihád se interioriza y, al hacerlo, precisa
del concurso de fuerzas antagónicas que lo definan, delimiten y especifiquen.
Para
Averroes ha llegado el momento de hablar claro, de consolidar una afirmación
personal que solamente puede lograr trayendo a la existencia lo que permanecía
inerte: los pensamientos de los teólogos, de los ilustres prohombres del
pensamiento islámico anterior, de los constructores de doctrinas casi
imperecederas, vuelven a la vida por obra del pensador cordobés, los pone
frente a sí y, como en un juicio ante un tribunal, acusa, define faltas y
pronuncia sentencia. Ahora, en esta etapa, la Verdad es más subjetiva que nunca
pues se trata, en ese Juicio, de contraponer su opinión a la de los otros y esa
tarea exige transformación y rectificación.
La
transformación consistirá en hacer aparecer a las otras verdades como
afirmaciones espurias, equívocas, alejadas de los fundamentos originarios. La
rectificación tendrá que ver con una base firme que sirva de apoyo al que
rectifica, Averroes, y para ello nada mejor que la absoluta confianza en su
Verdad que, además,
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puede ser
contrastada con la Historia y la Sociedad.
Desde este
punto de vista, Averroes ya no es un eslabón de una cadena de operaciones
racionales colectivas. Él se instituye como remate y sutura de esa cadena. Se
acabó, en definitiva, la Historia. Sin embargo, esa línea evolutiva, como
sabemos, es una línea que regresa así como la de una circunferencia: el tiempo
es cíclico y todo su movimiento se encamina a una meta siempre pendiente de ser
alcanzada. Cada vuelta de la rueda temporal es un nuevo avance hacia las
alturas, aunque es preciso que en cada punto de ese ciclo se concentre en una
etapa del movimiento, toda una Historia parcial que pueda justificar la misión
a la que el filósofo piensa que ha sido llamado.
Antes de
llegar a las cimas del conocimiento, hay que regresar a las superficies planas
de la Historia concreta y, en ella, en la Historia de su tiempo, Averroes sabe
con precisión que su misión no es la de un chihád dirigido a la rectificación
sino la de un mahdi convocado a la realización de deberes más sublimes. El
movimiento almohade, al que el filósofo sirve en la persona de su emir, empezó
siendo obra de un iluminado, Ibn Túmart, que captó la Luz de Oriente y una
llamada de lo Alto para construir una nueva sociedad. Ahora, Averroes será el
que, en posesión plena de esa luz, encaminará sus pasos a reconstruir esa misma
sociedad desde los modelos ideales de la Filosofía y de la Teología.
En poco más
de tres años puede caber toda una vida. Entre 1179 y 1182, Averroes concentra
todo un mundo de actividad intelectual y práctica, el saber teórico y el saber
práctico, que para otros
264
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pensadores
hubieran ocupado todo su ciclo vital. Si las dataciones de sus obras nos
resultan fiables, tal como hasta ahora han llegado hasta nosotros, en esos tres
años, el filósofo escribe tres obras fundamentales y de largo alcance. Además,
esos libros no están relacionados directamente con el pensamiento de
Aristóteles, son elaboraciones nacidas de su propio fondo cultural e
intelectual. Sin embargo, a pesar de la dedicación que esas obras le exigen,
tendrá tiempo para terminar un gran comentario a los Primeros Analíticos del
maestro. En el orden de la vida práctica, Averroes será llamado en ese mismo
período de tiempo a ocupar dos altos cargos: el de médico de cámara del sultán
y el de cadí de Córdoba.
Los tres
grandes, por su importancia, libros que sacó a la luz en esta breve etapa
temporal son: el Tratado (o Doctrina) decisivo sobre el acuerdo entre la
religión y la Filosofía más un Apéndice al mismo, Los métodos de pruebas sobre
los logros de la religión y La refutación de la Refutación. Veamos cada uno de
ellos.
La doctrina
decisiva
La Doctrina
decisiva o fundamento de la concordia entre la Revelación y la Ciencia, como
reza el título de la traducción española de la obra de Averroes titulada en
árabe Fasl al-Maqál fima bain axaría ual Hikma min al-ittisál95, tiene por
objeto, en palabras del filósofo cordobés, «inquirir, desde el punto de vista
positivo de la religión revelada, si por ventura la especulación sobre la
Filosofía y las ciencias lógicas es lícita según la religión revelada, o si
está
95 La
traducción española está dentro del libro de M. Alonso, Teología de Averroes,
Estudios y Documentos, Madrid-Granada, 1947.
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prohibida,
o si se la recomienda, bien sea a modo de mera invitación, bien sea por vía de
precepto riguroso». Es decir, indagar sobre el estatuto legal de la Filosofía
en el orbe islámico, como dejan ver las nociones de licitud, prohibición o
recomendación que aparecen en el título. Estamos, pues, ante la obra de un
jurisconsulto que, como tal, debe ponderar los actos de acuerdo con una gama de
opciones que contiene las siguientes cualificaciones: obligatorios,
recomendados, permitidos, censurables y prohibidos.
No
olvidemos que Averroes está en su etapa más activa como juez del Imperio
almohade y que, simultáneamente, escribe o finaliza la redacción de los tres
libros citados. Desde este punto de vista, debemos entender que la judicatura
también ejerce su influencia en la Teoría y en el discurso intelectual del
autor, pues es en calidad de alfaquí como Averroes dilucida el Derecho de la
Filosofía a su presencia en la sociedad musulmana y cuál de las cinco
cualificaciones mencionadas cabe asignarle. El resultado de la indagación será,
como no podía ser de otra forma, una sentencia que aparece antes de acabar el
libro: «Siendo Verdad lo contenido en estas palabras reveladas por Al-lah y
supuesto que con ellas nos invita al razonamiento filosófico que conduce a la investigación
de la Verdad, resulta claro y positivo para todos nosotros, es decir, para los
musulmanes, que el razonamiento filosófico no nos conducirá a conclusión alguna
contraria a lo que está consignado en la Revelación divina, porque la Verdad no
puede contradecir a la Verdad, sino armonizarse con ella y servirle de
testimonio
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confirmativo»96.
La
argumentación que precede a la sentencia da comienzo por una apelación al
razonamiento apodíctico propio de la Ciencia de la Lógica que, en estos mismos
años, viene siendo objeto de dedicación especial por parte de Averroes pues, en
1180 está fechado su gran comentario a los Primeros Analíticos de Aristóteles.
De acuerdo con ello, el autor afirma que la misma Revelación «convida e invita
a la más perfecta especie de especulación mediante la más perfecta especie de
raciocinio que se llama burhán (demostración apodíctica)». Puede adivinarse, ya
en la segunda página del Fasl al-maqál, que los derroteros por los que, de
forma sutilmente retórica, debe transcurrir la deducción de la sentencia se
deslizan al terreno de la pura lógica desde los ámbitos de la ley positiva
haciendo uso del procedimiento analógico, qiás, al que ya nos hemos referido:
Así como el
alfaquí o jurista infiere del precepto de dar sentencia en los tribunales la
necesidad de conocer las argumentaciones jurídicas según sus especies y de
distinguir cuáles son legítimas y cuáles no lo son, así también de la orden de
especular sobre los seres existentes debe el teólogo deducir la obligación de
conocer el raciocinio intelectual y sus especies. Y con más justo título,
porque si de haber dicho Al-lah: Aprended vosotros los que tenéis
Entendimiento, deduce el alfaquí la necesidad de conocer el razonamiento
jurídico, con mayor deducirá de este texto el
96 M.
Alonso, Op. Cit., p. 161.
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teólogo la
necesidad de conocer el raciocinio intelectual97.
Otro
fundamento de la legitimación del ejercicio filosófico que Averroes aduce es el
de la interpretación textual, tauíl, al que se refiere como procedimiento
distinto del qiás y con rasgos específicos propios de las características de la
lengua árabe pero igualmente eficaz:
Esta
interpretación consiste en sacar a las palabras de su significado propio al
significado que entraña la metáfora, siguiendo para ello las reglas ordinarias
de la lengua árabe en el uso de los tropos, es decir, denominando una cosa con
el nombre de otra cosa semejante a ella, o causa suya o contigua en el espacio
o en el tiempo, etc. Porque, si de esta interpretación alegórica, echa mano el
alfaquí para muchas de sus decisiones jurídicas, ¿con cuánta más razón no podrá
utilizarla el filósofo que posee Ciencia cierta adquirida por demostración
apodíctica, mientras que el alfaquí se apoya solamente en silogismos
probables?98
En este
caso, el jurista se desdobla en filósofo y en teólogo especulativo, por cuanto
la operación de traslación que supone derivar un significado de otro por el
procedimiento alegórico, implica un esfuerzo intelectual, cahd, que es el
fundamento de la tarea del muchtáhid a la que ya hemos aludido en páginas
atrás.
El Fasl
al-Maqal contiene también una crítica a los adversarios de la
97 Véase la
traducción francesa de L. Gauthier, Traité Dècisif (Fasl al-Maqal), Argel,
1942, p. 3.
98 M.
Alonso, Op. Cit., p. 163.
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verdadera
Fe dentro del universo islámico y que están representados por dos corrientes o
escuelas: lo axaaríes y los mu’tazilíes a cuyas respectivas características
doctrinales también hemos hecho referencia en lo que precede. La áspera crítica
de estas dos tendencias, que se cuentan entre las páginas más célebres y
conocidas del libro, se fundamenta en un preciso reproche teológico: el uso
inmoderado de los procedimientos heurísticos aplicados al texto revelado para
ofrecer una interpretación asequible al vulgo: «pues, quien comunica la
interpretación alegórica al vulgo incapaz de comprenderla, corrompe la
Revelación y desvía de ella a los hombres, por lo cual debe ser tachado de
infiel».
Aunque
Averroes especifica como objeto de sus ataques a las dos tendencias
mencionadas, en gran medida, acusa a todos los partidarios de una Teología mal
entendida cuya transmisión a ese grupo de gentes, el más bajo de los que poseen
Entendimiento, pues es en este mismo libro el autor ofrece la clasificación
tripartita de grados de Inteligencia mencionada en su momento, puede derivar en
una división de la comunidad de los creyentes. La imposición de
interpretaciones del texto basadas en argucias dialécticas, por parte de esos
teólogos, es incapaz de suscitar la adhesión de la masa y, al mismo tiempo, de
responder a los problemas intelectuales de la elite. De hecho,
de las
interpretaciones y de suponer que la misma ley revelada exige que se expongan
al vulgo, nacieron las divisiones en el Islam, hasta el extremo de tacharse de
infieles o heréticas unas a otras. Especialmente vale esto
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de las
interpretaciones falsas. Porque los mu’tazilíes interpretaron muchos versículos
y muchos hadices y explicaron al vulgo su exégesis, y otro tanto hicieron los
axaaríes, aunque realmente sean menos en número los versículos que
interpretaron y con esto hicieron nacer entre las gentes enemistades, odios
recíprocos y guerras; desgarraron la Ley divina y dividieron en multitud de
partidos a la humanidad99.
No podemos
pasar por alto el medio social, político e ideológico en el que se inserta la
crítica del Fasl al-Maqal, un espacio teológico sustentado por un imperio que
estaba en los momentos de su mayor esplendor desde el que se pretendía irradiar
una doctrina de la «vía media» cuyo intérprete más autorizado no podía ser otro
que Averroes.
En
al-Andalus fueron, posiblemente, muchos los teólogos que pudieron acomodarse a
la doctrina oficial almohade incluyendo en ella variadas tesis del kalam
oriental acreditando con ello la leyenda de una filiación espiritual entre Ibn
Túmart, el fundador del movimiento almohade, y Algacel, referencia suprema por
entonces de la Teología de cuño axaarí100. Desde este punto de vista, el libro
vendría a sentar los principios de un gran proyecto político y religioso: la
erradicación del axaarismo de al-Andalus, aunque su primer objetivo sea la
justificación de la actividad filosófica.
La congoja
del filósofo cordobés ante «el espectáculo de confusión y
99 M.
Alonso, Op. Cit., p. 196.
100 M.
Geoffroy, «L’almohadisme théologique d´Averroès (Ibn Ruxd)», AHDLMA, 66, 1999,
p. 25.
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desorden
que ofrece esta religión del Islam, consumida por depravadas pasiones y
extraviadas creencias» tiene que ver, además, con el rigorismo ético del que
desde el primer momento hizo gala el movimiento almohade y sirve de apoyo a las
tesis y ataques del libro. Una vez desacreditados los teólogos andalusíes como
adversarios de la Filosofía, Averroes entiende que hay que acabar el trabajo
empezado a pesar del tiempo que le roban sus ocupaciones, «si pudiera yo
consagrarme a esta labor y Al-lah me otorga tiempo y facultades para ello, yo
quisiera demostrar, de una manera fundamental y con la extensión que me fuera
dable, que la multiplicación de las herejías ha obedecido a eso, es decir, a
las interpretaciones dadas al texto revelado por axaaríes y mu’tazilíes». Ese
trabajo, en el que el filósofo propondrá una Teología alternativa, adecuada a
la gran redistribución de las cartas teóricas, teológicas y filosóficas, se
plasma en el Kitáb al-Kaxf del que hablaremos seguidamente101
De nuevo
sobre la eternidad del mundo
Antes de
terminar nuestra revisión del contenido de la Doctrina decisiva, debemos aludir
a lo que en ella dice Averroes sobre la eternidad del mundo poniendo las
opiniones que aquí refleja en relación con las que hemos comentado en su
apartado correspondiente.
En este
caso, Averroes habla del problema referido a lo que de él piensan las dos
variantes doctrinales mencionadas que han sido
101 A. de
Libera, en la introducción a Averroès, l’Islam et la Raison, Anthologie de
textes juridiques, théologiques et polémiques, París, 2000.
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objeto de
su acusación y lo hace en los mismos términos con los que abordó la cuestión en
el libro sobre la substancia de los orbes celestes ya comentado. Respecto a la
eternidad del mundo a parte ante o de su producción o innovación en el tiempo,
«la discrepancia entre los teólogos axaaríes y los filósofos griegos, casi se
reduce a mi juicio, a una discrepancia de nombres, especialmente respecto a
algunos de los antiguos. En efecto, todos están unánimes en que hay tres clases
de seres existentes: dos extremos y uno intermedio entre ambos. Hay también
unanimidad en denominar a los dos extremos pero discrepan respecto del
intermedio».102
Uno de esos
extremos, dice Averroes, es el Ser formado por alguna cosa distinta de él y, a
la vez, producido por alguna cosa, es decir, que es efecto de una causa
eficiente, está formado de materia y el tiempo precede a su existencia. Esta es
la condición de los seres que observamos en nuestra realidad y a los que los
filósofos antiguos y los axaaríes convienen en denominar seres creados. El
extremo opuesto lo ocupa el Ser que no proviene de causa alguna ni le precede
el tiempo, es eterno, es el hacedor de todas las cosas y el conservador de
todas ellas.
En cuanto
al Ser que hay entre dichos extremos, es un ser que ni está formado de alguna
cosa preexistente ni le precede el tiempo, pero que procede de alguna causa
eficiente. Este es el mundo y sobre su Naturaleza están de acuerdo los teólogos
musulmanes que concuerdan en esto, también con los filósofos antiguos. Sobre
este ser intermedio, el mundo de las esferas y cuerpos celestes, «aquel a
102 M.
Alonso, Op. Cit., p. 175.
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cuyo Juicio
lo que ese ser intermedio tiene de semejante con el Ser eterno supera a lo que
tiene de semejante con el Ser producido, lo llamará eterno. Aquel que a cuyo
Juicio supera lo que tiene de semejante con el Ser producido, lo llamará
creado. Pero él, en realidad, no es verdaderamente producido ni verdaderamente
eterno a parte ante»103.
A partir de
este planteamiento, Averroes deriva sutilmente la cuestión hacia el terreno de
los datos revelados y dice que las opiniones de los mutakal-limun sobre el
mundo no se ajustan al sentido literal de la Revelación porque si se considera
la letra de la misma, «se ve por las aleyas que se refieren al origen del
mundo, que la forma de éste fue realmente producida o innovada, pero que la
existencia misma y el tiempo perseveran o continúan indefinidamente por los dos
extremos, es decir, que no tiene límite ni en un tiempo anterior ni en uno
posterior. Así, el libro dice: Él es quien ha creado los cielos y la tierra en
seis días, teniendo Su trono sobre el agua (2, 9) y esta afirmación exige, en
su sentido literal, que hubiese una existencia antes de su existencia, la del
trono y el agua, y un tiempo antes de ese tiempo, a saber, el tiempo que es el
número del movimiento de la esfera celeste»104.
La coda de
esta argumentación, que sigue por los derroteros de la cita coránica, es la
propia de un jurista que utiliza el qiás como base: «Si el que es juez sobre lo
lícito y lo prohibido, debe reunir las condiciones necesarias para formar un
juicio personal, es decir, el conocimiento de los principios fundamentales del
Derecho y el de
103 Op.
Cit., p. 176.
104 Op.
Cit., p. 178.
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inferir las
deducciones de tales principios por medio de la analogía, ¿con cuánta más razón
habrá de reunir esas condiciones el que ha de juzgar sobre los seres
existentes, es decir, habrá de conocer los primeros principios intelectuales y
el modo de inferir rectamente las conclusiones?»105.
De nuevo,
la catalogación de los entendimientos humanos se hace presente en la
argumentación y el filósofo la trae a colación para determinar que el libro
revelado contiene un aspecto esotérico, cuya interpretación está destinada a la
«gente de conocimiento» y otro exotérico para aquellos que no alcanzan las
alturas del Entendimiento más elevado. Por eso, indica Averroes, «dijo el
Profeta: Cuando se esfuerza el juez por encontrar la Verdad y da con ella,
tiene dos recompensas. Y si yerra, tiene una recompensa. ¿Y qué juez más grande
que el que juzga sobre si lo existente es así o no es así? Estos jueces son los
sabios a quienes Al-lah distinguió con el privilegio de la interpretación de
los textos revelados»106.
La prueba
de los dogmas religiosos
Entre 1179
y 1180, Averroes ultimó su al-Kaxf an manáhich al-adilla fi `aqáid al-milla, la
exposición de los métodos de pruebas sobre los dogmas de la religión. Entendido
como complemento y remate de lo expuesto en el Fasl al-Maqal, el Kaxf como nos
referiremos a él en lo que sigue, es una exposición de los caminos que conducen
a la demostración de los artículos de la Fe y dan a conocer las opiniones
falaces y las herejías que nacen de la interpretación
105 Op.
Cit. p. 179.
106 Op.
Cit., p. 179.
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alegórica107.
Como dice
el autor, en un tratado especial anterior probó la concordia de la Filosofía
con la Revelación y las reglas positivas de la ley divina. También, aduce, en
ese libro se decía que la Revelación contiene un aspecto evidente y otro que
necesita interpretación. Si el primero obliga a todos, el segundo obliga
solamente a los sabios. El vulgo, por su parte, «está obligado a entenderla en
su sentido literal dejándose de interpretaciones y a los sabios no les está
permitido tampoco explicar al vulgo su interpretación». En el Kaxf Averroes se
propone «examinar esa parte de los dogmas que es evidente y que la ley divina
intenta imponer al vulgo.
Averroes
observa que a propósito de esta materia, las gentes han promovido todo género
de disputas de las que han resultado sectas y partidos mutuamente opuestos
creyendo, cada uno, que su interpretación es la correcta de tal forma que quien
los contradice es tachado de infiel o hereje. A continuación, el filósofo
detalla los cuatro grupos más conocidos de entre las banderías citadas: los
axaaríes, que son los que gozan de mayor aprecio por parte de las gentes por
las razones aludidas anteriormente; los mu’tazilíes, los batiníes y los
haxuíes. Conocemos los rasgos definitorios de los dos primeros de los grupos
citados. En cuanto a los batines, dice Averroes que son los sufíes y de los
haxuíes nos refiere que son aquellos que dicen que el método para conocer la
existencia del Creador es solamente la mera autoridad, sin razonamiento
filosófico alguno.
107 Este
libro está traducido al castellano en la misma edición citada de M. Alonso.
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En el Fasl
al Maqal, Averroes explicaba lo que conviene hacer cuando un enunciado tomado
en su sentido literal parece estar en abierta contradicción con una conclusión
filosófica: ponerlo en claro mediante una exégesis adecuada. En el Kaxf, de lo
que se trata es de dilucidar el sentido de los pasajes del texto revelado
dirigidos a los hombres de demostración, es decir, a los del tercer grado de
perfección en la escala de entendimientos que el filósofo ha expuesto en la
obra anteriormente escrita en seguimiento estricto de lo que se dice en la
aleya 125 de la azora coránica 16 que al principio citamos. La clave
interpretativa de dicha aleya es la alusión al camino que debe seguir el
creyente, en este caso, el sabio porque: Tu Señor conoce mejor que nadie a quien
se extravía de Su camino y conoce mejor que nadie a quien está bien dirigido»
(16, 125).
Este
sendero que en sentido literal de la aleya reclama la atención de todos los
creyentes implica, por su necesidad universal, que participen de su tránsito
los filósofos o los sabios. A este respecto, el propósito de Averroes en su
obra es una defensa del sentido literal de las aleyas y, a la vez, un elogio de
la Filosofía en su empleo teológico. En gran medida, esta intención viene a ser
en cierto modo subversiva o revolucionaria: pone la Razón que filosofa al
servicio no de la elite que, evidentemente, es capaz de interpretaciones
novedosas u originales, sino del vulgo a la que el hermetismo desaforado de los
grupos doctrinales citados ha situado en la vía del escepticismo o del
fanatismo108. El gran reproche que Averroes les hace es, precisamente, el interpretar
lo que no necesita ni la masa
108
Averroès, l’Islam et la Raison. Op. Cit. p. 28.
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ni la elite
y de interpretar también, pero desde un punto de vista muy particular, lo que
es necesario para todos.
La
justificación de la Fe es un privilegio, a la vez que un deber para la Razón.
Esa justificación, manifiesta Averroes, implica la defensa de la religión
contra sus adversarios para dar como resultado un kalam universal en el que,
por su ecumenismo, lo que debe ser limitado en sus aspiraciones no es el uso de
la razón sino la pretensión de los dialécticos ignorantes por codificar una
parte de la ley, aquella que responde a sus intereses particulares. De ahí que,
una vez descubiertas las trampas del juego de éstos, lo que hay que hacer es
sanar el Cuerpo herido y otorgarle la fortaleza perdida. En gran medida, este
propósito concuerda con el hálito poderoso de renovación espiritual, dogmática
y teológica que promulgó la reforma almohade desde sus inicios.
Por otra
parte, la zozobra sentida por el filósofo en su primer encuentro cara a cara
con el emir de los creyentes, no debió de anularle la impresión de que, a pesar
de todo, estaba ante un gobernante-filósofo, habida cuenta de las
disquisiciones que este realizó en aquel momento aportando datos de una
especulación teórica de altos vuelos. La Ciudad Ideal tenía así el rey pensador
que soñaron todas las utopías políticas desde Platón hasta al-Farabi.
Justo era,
por tanto, aportar una coherente y sólida base capaz de estructurar
racionalmente el universo teológico que tan desamparado había quedado por obra
de los pretendidos teólogos y, no debe olvidarse, de los sufíes a los que
Averroes ataca con más moderación que a los axaaríes, por ejemplo, pero que en
la realidad
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del Cuerpo
social del momento en al-Andalus estaban manifestando una presencia cada vez
más decisiva, como tendremos ocasión de comentar más adelante.
La
coherencia argumentativa del Kaxf es semejante y está estrechamente relacionada
con la expuesta en el Fasl al-Maqal del que el primer libro es su complemento.
Averroes no se limita a la invectiva ni al desprecio explícito. Por el
contrario, dedica su análisis a examinar a fondo las doctrinas del adversario y
a refutarlas racionalmente con una dosificada pasión o ironía según los casos.
A cada artículo rebatido, contrapone una fórmula nueva que contiene, en su
seno, una armonía tácita entre dos componentes: la conceptualización de origen
aristotélico y la explicitación de origen coránico.
La
consecución de una Teología con mayúscula, la Teología por antonomasia, es el
objetivo final del Kaxf, una Teología que solamente pueda tener como límite de
sus aspiraciones el libro mismo y la tradición del Profeta, de parecida forma
en que el límite del filosofar de su autor es ese mismo libro y la enseñanza de
un maestro casi divino, Aristóteles. Entendida así, la nueva Teología viene a
ser una Ciencia rigurosa, con el mismo rango significativo que posee la Lógica.
Todos los
temas de los que se ocupa la citada Teología quedan así tratados en el Kaxf: la
Unicidad divina, Sus atributos, Su trascendencia, la misión de los profetas, el
destino y la predeterminación y la escatología. Intencionadamente lejos de las
alturas especulativas en lo referido a la inmortalidad del Alma, como
278
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Averroes
expone en su gran comentario sobre el Alma o en su Tratado sobre la unión del
Entendimiento con el Hombre, en el Kaxf se hace evidente una gran dosis de
compasión y afecto paternal o fraternal para con sus hermanos en la Fe y, de
entre ellos, aquellos que pertenecen al grado inferior de inteligibilidad.
Cabe hacer,
a este respecto, una analogía de esta actitud con el pensamiento y la actitud
de Spinoza, filósofo racionalista al que aludíamos al principio de este libro.
El filósofo holandés, mientras se entregaba a la redacción de las definiciones,
proposiciones y axiomas de su Etica deduciendo, en las alturas reservadas a los
hombres de Conocimiento, que la felicidad no es un premio que se otorga a la
virtud, sino que es la virtud misma, aconsejaba a sus vecinos y a los dueños de
la casa donde habitaba que no descuidasen sus deberes religiosos tradicionales
y que se mantuvieran fieles a las obligaciones impuestas por su credo. De
parecida forma, en el Kaxf, atendiendo a las necesidades religiosas del pueblo
llano, parece descender a consideraciones sobre la inmortalidad que el mismo
pueda entender y que, a la vez, les otorgue tranquilidad de ánimo.
Convencido
de que el libro revelado tiene tres niveles de significación adaptado cada uno
de ellos a los correspondientes niveles de Entendimiento humano, Averroes se
acerca a los más necesitados de una Fe cercana y, como si de un catecismo se
tratase, les dice sobre la inmortalidad del Alma que en la Revelación divina,
en todas las religiones, enseña dicha supervivencia eterna que los sabios, y él
mismo entre ellos, demuestran con pruebas
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racionales
y así, «después de la muerte es claro que las almas queden libres de las
pasiones corpóreas y, entonces, en las almas puras, se duplica la pureza al
quedar libres de esas pasiones, mientras que en las impuras, con la separación
aumenta la impureza del daño que entrañan los vicios que llevan adquiridos y se
aumentará también su vergüenza por haberles sido antes posible la purificación,
posibilidad que en el momento de su separación del Cuerpo deja de existir, ya
que solamente en el estado de unión con los cuerpos son posibles los méritos
(…). A consecuencia de esto, las religiones todas concuerdan en reconocer la
realidad de este estado y lo llaman felicidad o infelicidad de la otra
vida»109.
Doble
lenguaje o doble intención si observamos al Averroes filósofo discípulo de
Aristóteles frente al Averroes al servicio de la ideología religiosa del
imperio. En todo caso, un único propósito: la paz social lograda mediante la
paz de las conciencias de aquellos que suponen la población más numerosa y que,
a su vez, como en la República platónica o en la Ciudad virtuosa de al-Farabi,
constituyen la base nutricia del Cuerpo social.
Así como
para cada constitución de los cuerpos humanos hay un remedio idóneo para
sanarlo en caso de enfermedad, también lo hay para cada una de las tres clases
de entendimientos. Averroes, a su doble cualificación de filósofo y jurista,
añade a este respecto su formación médica y, en calidad de tal, vela por la
salud de ese Cuerpo social que, a modo de organismo vivo, puede enfermar. La
cura se basa entonces en la restauración del equilibrio constituido
109 M.
Alonso, Op. Cit., p. 344.
280
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por los
cuatro elementos que en su lugar mencionamos que, de forma análoga al Cuerpo,
se manifiestan en la sociedad y esa cura nace de los conocimientos del Arte de
la Medicina que posee un verdadero médico. Los teólogos a los que Averroes
combate serían, en este caso, unos curanderos cuya virtud curativa emana de la
mera palabrería.
La
refutación de la refutación
En el Arte
de la Retórica, el término refutación, como lo define la Real Academia de la
Lengua Española, es la parte del discurso comprendida en la confirmación y cuyo
objeto es rebatir los argumentos aducidos o que puedan aducirse en contra de lo
que se defiende o se quiere probar. Este es exactamente el propósito de
Averroes cuando redacta su libro Taháfut al-Taháfut, La refutación de la
Refutación, con mayúscula esta última palabra pues se refiere al título de la
obra de Algacel, La Refutación de los filósofos racionalistas, escrita entre
1094 y 1095, contra la que el filósofo cordobés dirige sus ataques como vamos a
ver a continuación.
De nuevo en
este libro, Averroes procede como un jurista que trata de demostrar que la
acusación que hace Algacel contra al-Farabi y Avicena y todos los filósofos
racionalistas del Islam clásico está poco fundada. Esa tarea ya se hizo
presente en el Fasl al-Maqal donde Averroes dice: «Abu Hámid (Algacel) tacha de
infieles a al-Farabi y Avicena, en su libro conocido por el título de Taháfut,
en tres cuestiones, a saber: en la tesis de la eternidad del mundo, en lo que
dicen que Al-lah, ensalzado sea, no conoce las cosas particulares y
281
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finalmente,
en la interpretación de los textos revelados que tratan de la resurrección de
los cuerpos y de los modos de ser de la vida futura»110.
En su
Taháfut, Algacel cuantifica 20 tesis filosóficas contrarias al dogma: 16 de
carácter metafísico y 4 de orden físico. Todas ellas, en su opinión, contienen
los rasgos de ser innovaciones heréticas y de entre ellas, son las tres
cuestiones que acabamos de leer las que más claramente se desvían de la
dogmática ortodoxa. En este caso, dada la naturaleza de las acusaciones, el
juez considera que se está tratando de asuntos fundamentalmente teológico y
que, como juez, debe recurrir a procedimientos defensivos basados en los hechos
que proporciona el examen racional estricto.
Es decir
que, en lugar de proceder a enarbolar un ataque teológico con las armas de la
propia Teología, recurre a una teoría demostrativa que se base en un análisis
filosófico creíble y demostrable con los procedimientos de la Lógica.
El Taháfut
o la «Refutación» de Averroes, redactada entre 1180 y 1181, muestra que el
objetivo jurídico de la obra es detectar la imposibilidad de establecer, en lo
tocante a las interpretaciones que son competencia de los sabios, la existencia
de un consenso en la comunidad de todos los creyentes. El argumento jurídico
correspondiente adquiere la forma de un silogismo cuya primera premisa sería:
la calificación de infidelidad a causa de la ruptura del consenso, presupone
que puede darse esa ruptura en materia de interpretación científica o racional.
Segunda premisa: Se establece
110 M.
Alonso, Op. Cit., p. 170.
282
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que no
puede haber ruptura del consenso más que en el caso donde este consenso es
posible. Conclusión: Luego, no puede haber herejía donde el consenso es
imposible habida cuenta de que la misma debería referirse a materias propias de
los sabios, siendo así que ese consenso se busca, precisamente, fuera de ellos,
sin ellos o contra ellos, es decir con o en los que no son sabios111.
La
Refutación de Averroes, por la amplitud del campo discursivo en el que se
mueve, va más lejos que su Fasl al-Maqal pues contiene una discusión filosófica
que, a la vez, es una argumentación jurídica y una discusión teológica de
altura. La complejidad de su estructura, además, evidencia estrechas relaciones
con postulados que aparecen en otras obras del filósofo anteriores o en
proyecto de ser ultimadas, como es el caso de su gran comentario sobre el Alma.
Nosotros, en lo que sigue, intentaremos destacar aquellas cuestiones que se
hallan en relación con temas ya mencionados con el fin de mantener la
coherencia de la exposición. Uno de ellos, al que aludíamos al final del
apartado anterior, hacía referencia a la exposición para el vulgo de la
supervivencia del Alma tras la muerte. Entonces, vimos cómo el filósofo
descendía a los niveles del Entendimiento propios del común de las gentes sin
instrucción filosófica y dábamos una posible explicación de esta actitud.
Ahora, en el Taháfut, Averroes reemprende la argumentación de forma más
pausada. Citamos los textos del libro mencionado en su edición inglesa112.
111
Averroès, L’Islam et la Raison, Op. Cit., p. 53.
112
Averroe’s Taháfut alTaháfut, The Incoherence of the Incoherence. Trad. del
árabe, Introducción y notas de S. Van den Bergh, Cambridge, 1954.
283
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Sobre este
problema, Averroes nos indica que cuando el Cuerpo muere, el Alma pierde su
actividad pero no su existencia. Esto es debido a que el Alma es la forma del
Cuerpo y actúa de forma análoga a como en un Cuerpo la visión está unida a la
existencia del ojo. Para centrar la discusión, el filósofo acude a la letra del
texto revelado y dice:
Este tema
es difícil en alto grado y además Al-lah solamente ha dado conocimiento de él a
los sabios. Por otra parte, en respuesta a las indagaciones del vulgo sobre el
mismo, indica que este tipo de cuestiones no son de su incumbencia: «Te
preguntan por el espíritu. Di: el espíritu procede de la orden de mi Señor.
Pero no habéis recibido sino poca Ciencia» (17, 85). La comparación de la
muerte con el sueño a este respecto es una prueba evidente de que el Alma
sobrevive al Cuerpo, pues la actividad del Alma solamente cesa en el sueño,
cuando cesa la actividad del Cuerpo. La existencia del Alma, sin embargo, no
cesa con el sueño y por ello, su estado tras la muerte debe ser como su estado
en el sueño si seguimos con la analogía. Esta es una prueba que todos podemos
entender y que es conveniente que el vulgo crea porque así se evidencia en las
palabras del Altísimo: Al-lah llama a las almas cuando mueren y cuando, sin
haber muerto, duermen (39, 42)113.
Remontando
un poco más el vuelo racional de la argumentación con tinte aristotélico que,
en este caso, se dirige a los filósofos, Averroes detalla con más precisión que
el Alma no tiene semejanza entitativa con el Cuerpo aunque Alma y Cuerpo formen
parte de una misma
113 Op.
Cit., I, p. 343.
284
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unidad
sustancial:
En cuanto a
la tesis de la pluralidad numérica de las almas inmateriales, se trata de una
teoría en la que no todos los filósofos coinciden, pues ellos piensan en la
materia como la causa de la pluralidad numérica y en la forma como la causa de
la conformidad o conveniencia en esa pluralidad numérica. El que exista una
pluralidad numérica sin materia, como existiendo en una única forma, es algo de
todo punto imposible. Un singular se distingue de otro en lo que tienen de
accidente. Solamente por medio de la materia difieren los singulares en la
realidad114.
Una vez
sentada esta doctrina, Averroes retoma el hilo de la acusación de Algacel que,
nos dice el filósofo cordobés, había atacado a los filósofos racionalistas por
haber éstos negado que el Hombre precise de un Cuerpo para salvarse tras la
muerte. Reconociendo que la resurrección es la única esperanza que los hombres
poseen para meditar sobre la vida futura, y que no es precisamente la reflexión
sobre la naturaleza de sus almas la que facilita esta esperanza, indica que son
los filósofos los que consideran en su justo valor la mirada reflexiva sobre la
esencia del Alma.
Es preciso,
llegados a este punto, considerar brevemente las características del
pensamiento de Algacel y sus connotaciones, pues se trata de una figura muy
compleja que creció en una parte de la geografía del Islam, en Persia, que por
entonces acababa de someterse a una dinastía turca, los selchuquíes que
lograron
114 Op.
Cit., I, p. 94.
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imponer su
tutela política y militar al califato de Bagdad con la excusa de protegerlo de
las agresiones del, en ese momento, califato fatimí de El Cairo.
El artífice
de la pujanza selchuquí fue Nizám al-Mulk (m. 1092) que fundamentó la ideología
de su gobierno en la escuela jurídica xafi’í y en la escuela filosófica axaarí.
En Bagdad fundó una institución de renombre, la madrasa nizamía, donde tuvieron
acogida las mentes más preclaras de su época siendo una de ellas la que se
encarnaba en la persona de Algacel que llegó a ser el rector de dicha madraza.
Estudió intensamente la Filosofía aristotélica y las obras de al-Farabi y
Avicena sobre los que escribió un libro, Las intenciones de los filósofos, en
el que expone sus doctrinas. Posteriormente, abandonó toda su confianza en la
Razón y se refugió en la Fe, en Al-lah, en los profetas y en la espiritualidad
de carácter gnóstico.
De ese
desencanto en las fuerzas racionales, nació su Refutación donde recoge las
principales tesis de los dos filósofos musulmanes citados pero, en este caso,
para juzgarlas desde un punto de vista dogmático estrechamente ligado al
axaarismo que, como decíamos, venía a ser la doctrina oficial del Estado. La
fama de Algacel, al que se le llamaba de forma encomiástica como la Prueba del
Islam, llegó a al-Andalus en la etapa de los reinos de taifa. Bajo los
almorávides, veinte años antes de nacer Averroes, los juristas malikíes
organizaron una campaña en contra del filósofo, en 1106, para impedir la
lectura de sus obras en todas las partes del imperio y, a consecuencia de
ellos, sus obras se quemaron públicamente.
Frente a
los juristas malikíes, la obra de Algacel encarnaba un cierto
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intelectualismo,
con ingredientes teológicos, místicos y éticos que posiblemente sedujo las
mentes de los sabios andalusíes de forma que la adopción de tales propuestas
los distanciaba de la plebe, por un lado, y de la estricta y rigurosa ideología
almorávide. A pesar de la represión, Algacel siguió teniendo partidarios en
al-Andalus y muchos de ellos fueron contemporáneos de Averroes115.
La crítica
que Averroes hace de Algacel en su Refutación queda claramente señalada en las
primeras líneas del libro: «El propósito de esta obra es mostrar los diferentes
grados de convicción lograda por los asertos de Algacel en su libro sobre las
incoherencias de los filósofos y probar que la mayor parte de ellos no alcanzan
el nivel de evidencia y Verdad requerido», es decir, que los argumentos del
filósofo oriental no reposan en premisas evidentes y necesarias como las que se
requiere que sean las sustentadas por un razonamiento demostrativo coherente.
Lejos de
poner en duda la posible buena Fe de Algacel en su argumentación, pues en
algunos casos ha entendido las cuestiones que critica de forma correcta, el
reproche de Averroes está basado en el hecho de que la crítica de Algacel no se
dirige a la Filosofía en general, sin adscripciones personales, sino a una de
las filosofías posibles, la de Avicena en su caso. Además, para el filósofo
cordobés, es Avicena el que se ha apartado del recto Entendimiento de la única
base especulativa fiable, la de Aristóteles. Este es el error que ha cometido
Algacel en opinión de Averroes: haber tomado como fundamento la ganga que
Avicena ofrece, desdeñando la
115 D.
Urvoy, Pensers d’al-Andalus, Toulouse, 1990.
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consideración
del oro que contiene la fuente de todo filosofar: Aristóteles y sus
comentadores. Por ello, en el tribunal del Averroes, los que van a ser acusados
serán Algacel y Avicena116.
Un bello
resumen de todo el sistema
A título de
ejemplo y paradigma del tono y de la intención del discurso de la Refutación de
Averroes, exponemos a continuación unos fragmentos de la misma que se inscriben
en el contexto de la prevención que mantiene permanentemente el filósofo
cordobés respecto a la difusión del saber filosófico auténtico entre el vulgo.
Además, las líneas que siguen, pueden considerarse como una propedéutica
general para el acceso al estudio de algunos de los temas tratados
anteriormente que el filósofo expone dentro de la más rigurosa norma
aristotélica:
Tratamos de
exponer aquí, a partir de ideas sólidamente establecidas y de premisas fiables,
incluso si no son del todo demostrativas, lo que ha llevado a los filósofos a
creer lo que ellos creen acerca del primer principio y de los demás entes.
Hemos decidido hacer esta exposición porque este Hombre (Algacel) había
manchado con un descrédito puramente ficticio esta noble Ciencia y había
inducido a las gentes a creer en el error del acceso a la felicidad mediante el
ejercicio de actos virtuosos encarnados en la perfección teorética. (…) Por
ello decimos que, en cuanto a los filósofos, se entregan al conocimiento de los
seres haciendo uso de su Intelecto, sin apoyarse en los discursos de aquellos
que invitan a
116 A. de
Libera en Averroès, L’slam et la Raison, Op. Cit., p. 166.
288
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adherirse a
los suyos sin ninguna clase de demostración racional. A veces, se dirigen a la
búsqueda de las cosas sensibles y se dan cuenta de que éstas, que se encuentran
bajo la esfera de la Luna, se reparten en dos grupos: las animadas y la
inanimadas117.
Una vez que
los filósofos a los que alude Averroes han dado como ciertas esas dos parcelas
en las que se distribuyen los entes sublunares, hacen su aparición las cuatro
causas aristotélicas como productoras de los seres. Así, «han encontrado que
todas aquellas de entre esas cosas que son generadas lo han sido por algo, a lo
que han llamado forma, que es la entidad por la cual la cosa llega a existir
después de no haber existido, así como también lo han sido por algo a lo que
han llamado materia que es aquello de lo que la cosa se constituye como tal.
Pero, habiéndose percatado de que todo lo que es generado en este mundo lo ha
sido en virtud de otra cosa a lo que también han llamado materia dándose
cuenta, también, de que todo lo que ha sido generado lo ha sido por la acción
de algo a lo que han denominado agente. El fin por lo que algo ha sido hecho,
lo denominaron finalidad. Es decir, que diéronse cuenta de que había cuatro
causas»118.
Por otra
parte, dice Averroes a continuación, encontraron también que aquello por lo
cual se constituye la cosa, es decir, su forma, y lo que se constituye gracias
a su intervención, eran una sola y misma cosa, ya en forma de especie, ya en
forma de género. En especie, como en el caso de un ser humano que engendra a
otro ser humano, o un caballo a un caballo. Y en género, cuando por
117
Averroes, Taháfut al-Taháfut, ed. M. Bouyges, Beirut, 1992, p. 210.
118 Op.
Cit., p. 210.
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ejemplo, un
asno hembra y un caballo engendran un mulo como indica, con el mismo ejemplo,
Aristóteles en su Metafísica.
Como, por
otra parte, «las causas no pueden encadenarse hasta el infinito, pensaron en la
existencia de una primera causa permanente de la generación. Algunos pensaron
que esta causa eran los cuerpos celestes, otros hicieron de ella un principio
separado que cooperaba con aquellos y otros, en suma, vinieron a decir que esa
causa era el primer principio. También hubo quien identificó esa causa con algo
inferior a ese primer principio contentándose con hacerlo causa de la
generación de los cuerpos, los cielos y los principios de los cuerpos pues,
según ese grupo de pensadores, debía asignarse a estos últimos una causa agente
propia»119.
En este
fragmento del Taháfut que acabamos de leer se dejan ver las alusiones a
al-Farabi y Avicena y a las discrepancias entre ambos sobre la causa de la
sucesión de las formas corporales en el mundo sublunar. En lo que se refiere a
los principios de los cuerpos, la intención de Averroes es referirse a la parte
de la Metafísica de Aristóteles donde menciona las causas del Hombre: los
cuatro elementos (los principios de los cuerpos mencionados en el fragmento),
la causa material, la causa formal que es el padre y el sol y el círculo
oblicuo como causas agentes lejanas.
Observemos
en la lectura de estos textos el propósito didáctico que Averroes está
manifestando: por una parte está haciendo una revisión o un planteamiento
general de las teorías, aristotélicas y de
119 Op.
Cit., p. 211.
290
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sus
comentadores, en especial de Alejandro de Afrodisia, de forma que el lector
pueda asimilar con claridad un fondo expositivo coherente y sistemático. Por
otra, está dando una lección de Filosofía o Cosmología filosófica tanto a los
teólogos como a los filósofos de otras procedencias, es decir, los pseudo
filósofos a los que el autor combate.
En cuanto a
los seres animados, es decir, los que se generan unos de otros, deben postular
la existencia de otro principio dador del Alma, que es la forma del ser vivo y
de la sabiduría que se manifiesta en los seres. En este caso, Averroes se
refiere a las almas específicas de vegetales, animales y hombres, sin
olvidarnos que en esta referencia subyace la opinión de un origen extrínseco de
la vida, como manifiesta en su Kaxf, con el fin de armonizar la doctrina de la
causalidad necesaria con el consenso propiamente musulmán sobre la acción
creadora divina.
Así, sobre
la necesidad de los filósofos de exigir un principio dador del Alma, Averroes
indica que esa forma propia del ser vivo es lo que Galeno llama «potencia
dadora de forma» y «algunos de entre los filósofos dijeron que esta potencia
era un principio separado, para unos un Entendimiento, para otros un Alma, para
otros el Cuerpo celeste y algunos pensaron también en el primer principio.
También Galeno llamó a esta potencia el “creador” dudándose si se trata de la
divinidad o de alguna otra cosa. Todo esto que acabamos de decir, sirve para
los animales y vegetales que se reproducen unos a otros»120.
120 Op.
Cit., p. 222.
291
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Tras haber
analizado sistemáticamente, como acabamos de leer, lo correspondiente al mundo
sublunar, Averroes habla del examen que los filósofos hicieron de los cielos
por encima de la esfera de la luna, una vez concordes en afirmar que eran esos
cielos los principios de los cuerpos sensibles y mutables del mundo sublunar y
asimismo, el principio de las especies, bien por separado, bien por cooperación
con una principio separado.
Examinando
los cuerpos celestes, «les pareció que no eran generados en el mismo sentido en
que lo son los seres que están fuera del ámbito de los cuerpos celestes. Lo que
es generado, en tanto que generado, es una parte de ese mundo sensible y la
generación de las cosas de ese mundo no llega a su cumplimiento más que siendo
partes del mundo, puesto que las cosas no se generan más que de alguna cosa o
por la acción de alguna cosa en un tiempo y lugar determinado y estas
especificaciones son propias del mundo sublunar»121.
También los
filósofos constataron, dice Averroes, que los cuerpos celestes intervienen a
título de condición en la generación de estas cosas, como causas agentes
lejanas. De lo contrario, si los cuerpos celestes hubieran sido generados,
precisaríamos de una explicación de su causa y así hasta el infinito. Por ello,
una vez constatado, por medio del ejercicio racional, que los cuerpos celestes
no son generados ni corruptibles, como los son los cuerpos de este mundo
nuestro, los filósofos llegaron a la conclusión de que esos cuerpos celestes
deberían tener unos principios motores que hicieran la
121 Op.
Cit., p. 222.
292
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función de
causas formales y agentes.
Una vez que
examinaron de cerca esta cuestión, dedujeron que, necesariamente, esos
principios no podían ser cuerpos ni facultades del Cuerpo. Es decir, que debían
ser substancias intelectuales que movieran a los cuerpos celestes estando
separadas de ellos y no al modo de las formas corporales como en el caso del
Alma animal en relación, por ejemplo, con el movimiento de un caballo.
Establecida
la existencia de principios de esta Naturaleza, que no son cuerpos ni
facultades en un Cuerpo y una vez establecida también, en lo relativo al
Entendimiento humano, que la forma tiene dos clases de existencia: una,
inteligible, cuando esa forma se ha abstraído de la materia, y otra sensible,
cuando permanece en la materia, estos pensadores dedujeron que los motores de
las esferas están absolutamente separados y que, en consecuencia, debían ser
entendimientos puros.
Lo que
estos entendimientos aprehenden son las formas de los seres existentes y el
orden que preside la organización del mundo a modo del Entendimiento humano que
cuando entiende algo lo hace a parir de la previa aprehensión de las formas
abstraídas de la materia que perciben sus sentidos corporales. En este punto de
coincidencia analógica, Averroes indica que los pensadores de los que está
hablando y exponiendo sus teorías cosmológicas, comparando esos entendimientos
separados con el Entendimiento humano, observaron que aquellos eran de
naturaleza más noble que el de éste y ello por las razones que en páginas atrás
hemos expuesto y que podemos resumir diciendo que esa diferencia de
293
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perfección
reside en que «para el Entendimiento humano, las formas de los existentes son
causas de su actualización y, en lo relativo a los entendimientos separados, lo
que éstos aprehenden es la misma causa de la existencia de los existentes.
Volviendo a
la consideración de la esfera celeste, dice Averroes que los filósofos
racionalistas vieron que se trataba de un solo Cuerpo, como si fuera un solo
animal viviente y que el movimiento de éste es similar al de aquel: el
movimiento denominado movimiento diurno. En consecuencia con esta analogía, los
filósofos advirtieron que cada uno de los movimientos particulares de los
cuerpos celestes era análogo a los movimientos particulares de un solo y mismo
animal. Esta Unidad universal remite a «un principio único, de la misma manera
en que, por ejemplo, diversos artesanos tienen como fin la elaboración de una
misma obra y, todos juntos, remiten a un artesano principal encargado de la
coordinación y la dirección».
Los
filósofos pensaron que este principio único, el Ser más eminente y causa de la
ordenación de todo lo que le está subordinado, como el artesano jefe respecto a
sus aprendices u obreros, solamente se aprehende a sí mismo y, en cuanto a los
seres que le están subordinados, «su sustancia no consiste en nada más que en
lo que ello aprehenden de este orden y encadenamiento de causas que ven en el
Entendimiento primero».
No podemos
afirmar con seguridad a qué filósofo o grupo de pensadores alude concretamente
con esta última aseveración, sobre todo cuando la misma se completa con la
siguiente del mismo Taháfut: «Piensan (los filósofos) que lo que aprehende el
primer
294
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Entendimiento
de su propia esencia es la causa de todos los seres. En cuanto a lo que
aprehende cada uno de los entendimientos que le están subordinados, hay una
parte que es causa de los existentes que son apropiados a cada uno de estos
entendimientos, en lo tocante a la formación de dichos existentes, y otra parte
que no es causa más que de sí mismo, como el Entendimiento humano en
general»122.
He aquí, en
los fragmentos precedentes, lo que podríamos denominar el canon o parte del
mismo de algunos de los principios metafísicos que emana del pensamiento
aristotélico y que Averroes asume como propio. Debemos decir que hemos traído a
colación esta pequeña aportación textual no sólo porque, como decíamos, enlaza
con los temas que hemos venido tratando, sino porque también es la que puede
resultar más sugestiva para el lector no avezado en la lectura de textos
filosóficos.
Este canon,
que solamente atisbamos por medio de los textos que hemos traído a colación,
constituye una forma de conocimiento o una manera de entender el mundo que es
condición necesariamente previa a toda forma de racionalidad que pueda abordar
y sustentar un Entendimiento cabal de la realidad y de las ideas filosóficas en
general. Averroes nos pone con ello frente a la mejor de las verdades,
posiblemente para él, la Verdad en toda su extensión y esta Verdad es la que
opondrá a la Metafísica de los teólogos musulmanes y de los filósofos
corruptores.
Como canon
imbuido de veracidad absoluta, esta doctrina
122 Op.
Cit., p. 230.
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trasciende
sus orígenes contingentes (es producto de unos pensadores concretos de un
tiempo y un lugar determinado) y adquiere el estatuto de un saber definitivo
que se confronta con lo que se venía aceptando sin prueba ni demostración
suficiente.
Lo que era
admitido como creencia común, la Teología axaarí y la de su intérprete mas
autorizado, Algacel, queda relegada ante la práctica discursiva que propone
Averroes como fuente de la que manan proposiciones coherentes, se desarrollan
descripciones exactas y se despliega una teoría que es producto de una
convicción irrebatible: «He aquí cómo se debe entender la doctrina de los
filósofos a propósito de estas cuestiones y las razones que les han llevado a
esas formulaciones sobre la naturaleza del mundo». Subrayamos en la frase,
extraída de la «Tercera discusión» del Taháfut, el énfasis del mandato: «cómo
se debe entender» y lo inscribimos en el contexto de un propósito claro y
definido enunciado por alguien, Averroes, que pertenece a la categoría de «los
que saben» que, en cierto modo, se consideran los herederos del poder de la
palabra revelada.
Sobre
lógica y gran comentario
Con la
cautela que preside la datación precisa de las obras de Averroes, se ha dado la
fecha de 1180 para la composición de su gran comentario de los Segundos
Analíticos o Analíticos posteriores de Aristóteles, libro que forma parte de su
Organon o colección de todos sus tratados sobre Lógica.
Aunque no
se conoce su manuscrito en árabe, el título en esa
296
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lengua que
se deduce de la traducción latina del mismo es Xarj Kitáb al-Burhán. Como
sabemos, en el gran comentario de las obras aristotélicas, denominado Xarj o
Tafsír, el comentarista sigue un proceso en su redacción que da comienzo por la
exposición de un párrafo más o menos largo del texto a comentar y aorta datos
complementarios de entre los suministrados por comentaristas más cercanos al
filósofo griego acabando por la exposición de su opinión personal al respecto.
Este sistema es el que también siguió Tomás de Aquino en la redacción de sus
comentarios a la obra de Aristóteles aunque, en la mayor parte de ellos, no se
detiene en un análisis tan minucioso como el que pone en práctica el filósofo
cordobés.
La Lógica,
como punto de partida para la constitución de un saber científico sólido, fue
objeto de especial estudio por parte de Aristóteles y de ese primordial interés
participa Averroes que, como hemos tenido ocasión de observar, aduce los
fundamentos del razonamiento deductivo formal en casi todas sus argumentaciones
de orden teológico, metafísico, cosmológico o antropológico. Realmente, la
Lógica es en su obra el sustento permanente de su discurso filosófico y nunca
abandonará esa preocupación a la que dedica una de sus últimas obras poco antes
de morir, como en su lugar veremos.
El
comentario de los Segundos analíticos, los Analitiká ístera del primer maestro,
que Averroes escribe, discurre por los cauces del pensador griego de forma
ceñida y, así, casi parafrasea la opinión aristotélica acerca de que en el
conocimiento propiamente científico,
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no basta
con saber que una cosa es, sino que hay que saber también qué es y por qué es.
De acuerdo con ello, no existe Ciencia de lo contingente pues la Ciencia
rectamente entendida es el conocimiento de lo universal y necesario.
Los
Segundos analíticos están dedicados al estudio del silogismo demostrativo y a
justificar los primeros datos sobre la Teoría de la Ciencia que, para su
constitución, precisa de un conocimiento previo y esto «resulta evidente con un
examen de todas las clases de saber científico. Las Matemáticas y todas las
demás disciplinas especulativas se adquieren de esta manera y, así, son también
las formas del razonamiento dialéctico: la silogística y la inductiva123.
De acuerdo
con el principio inductivo, que Averroes emplea en casi todos los argumentos
teológicos de su Fasl al-Maqal, el Kaxf o el Taháfutque ya hemos tratado,
necesariamente conocemos los primeros principios por inducción que es el paso
de los conocimientos singulares que aporta la experiencia sensible, a los
universales que plasman el contenido de los enunciados científicos: «De la
Sensación nace la Memoria y de ésta, al reproducirse muchas veces la misma
impresión, se origina la experiencia. De muchas memorias nace la Experiencia y
de la Experiencia, el universal». Esta tesis aristotélica, la reproduce
fielmente Averroes y, más tarde, lo hace Tomás de Aquino en su comentario a la
misma obra de Aristóteles en la que cita las aportaciones del filósofo cordobés.
Con este
proceso cognoscitivo damos cuenta de la formación del concepto universal que se
caracteriza por la unificación que se logra
123
Aristóteles, Segundos analíticos, libro I, cap. I, 71 a.
298
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al pasar de
lo plural a lo único, por la estabilización que reduce lo móvil a lo inmutable
y por la desmaterialización que prescinde de la materia particular, causa del
movimiento y del cambio, considerando solamente una materia en sentido general.
De forma totalmente distinta a la existencia del concepto universal en el
pensamiento de Platón, para Aristóteles y Averroes el universal se produce en
los individuos mismos que lo piensan: al mismo tiempo que los sentidos perciben
el singular (Sócrates o blanco, por ejemplo), el Entendimiento aprehende el
universal, Hombre o blancura.
El descuido
en el uso de esta propedéutica racional es, en opinión de Averroes, la causa de
afirmaciones retóricas, basadas en una observación superficial que conducen
necesariamente a errores y herejías. Lugar aparte en este contexto nocivo lo
constituyen los sufíes cuyos métodos de conocimiento no «son propiamente
especulativos (racionalmente hablando), es decir, compuestos de premisas y
silogismos» como dice el filósofo en el Kaxf. Muy pronto tendrá ocasión
Averroes de contrastar esa afirmación en su encuentro con un espiritual
acreditado como veremos en el apartado correspondiente.
De momento,
además de sus ocupaciones intelectuales, Averroes vuelve a la vida práctica en
Marrakech donde desempeñará funciones para las que estaba suficientemente
preparado y una de ellas, la de juez, será la coronación de su experiencia
jurídica.
La medicina
y el cadiazgo
299
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En 1182,
encontramos al filósofo cordobés en la capital del imperio. Ibn Tufayl, que
había sido médico de cámara del sultán durante muchos años, se vio obligado a
dejar el cargo por razones de salud y edad. Por recomendación suya, Abu Iaqub
Iúsuf lo nombra su médico personal y de los miembros de su familia y allegados.
Su decidido interés por la curación del Cuerpo social deberá ahora centrarse en
la sanación de la cabeza visible de ese Cuerpo y, en consecuencia, deberá
profundizar en la vertiente práctica del Arte médico que había diseñado desde
la teórica en su Colliget. La fuente de tal saber práctico será ahora,
básicamente, la que representa la obra de Galeno quien, a su vez, comentó
algunas obras de Aristóteles entre las cuales sus biógrafos árabes, citan el
Peri Hermeneias.
Galeno de
Pérgamo (n. 130 d. C.), acabó sus estudios médicos en Alejandría y ejerció la
práctica médica en Roma donde escribió gran parte de sus obras que se basan en
la tradición hipocrática a la que agrega elementos platónicos y aristotélicos.
De Aristóteles extrae los conceptos que forman la base de su Teoría
fisiológica: naturaleza, causas, forma y materia y otras de variada índole.
Importante es, sin embargo, su producción filosófica que fue la que debió
atraer la atención de Averroes además de la propia que conllevaba la misma fama
de Galeno como médico y cuyas ideas permanecieron vivas en Occidente durante
más de un milenio.
Nos constan
trece obras de Galeno de carácter filosófico que fueron traducidas al árabe en
la etapa del movimiento traductor bagdadí. Una de ellas, lleva por título El
buen médico es un filósofo y en el mismo podemos advertir el carácter de su
enseñanza: Medicina y
300
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Filosofía
íntimamente unidas remitiendo ambas a una fuente común, Aristóteles. Ese es,
precisamente, el paradigma de la práctica médica que Averroes adopta y que ya
puso de manifiesto en su tratado sobre las generalidades de la Medicina, el
Colliget ya mencionado.
La función
de médico no tiene por qué alejarse de la de filósofo pues ambas, constituyen
un mismo ámbito de saber y de hacer. De la misma forma que el filósofo es el
gobernante ideal, pues previene y cura los males de la Sociedad, también el
filósofo es el médico ideal pues nadie como él es capaz de comprender e toda su
extensión las causas y los remedios de los males, físicos y anímicos, del
Hombre.
A estas dos
funciones, Averroes viene a añadir una tercera, la de juez cuya actividad está
relacionada con la Filosofía, en tanto que argumenta y sentencia a partir de
presupuestos racionales y con la Medicina, porque resuelve y dictamina, dirime
y arbitra los conflictos que surgen de las patologías sociales en su
cumplimiento o no de la ley. Hablando en términos hegelianos, podríamos decir
que como médico, el juez armoniza la tesis (un estado positivo) y su antítesis
(su contrapartida radical o subversiva) en una síntesis que restituye el
equilibrio de la Sociedad al modo en que el estado positivo de salud encuentra
su oposición en la enfermedad y ambas se resuelven en una curación que
equilibra y armoniza ambos extremos mediante un salto existencial que viene a
ser un nuevo y renovado estado positivo.
En ese
mismo año de 1182, el emir de los creyentes almohade nombró a Averroes juez de
jueces de Córdoba. Con ello, se inscribe
301
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en otro
eslabón de una cadena jurídica que había empezado su abuelo y continuado su
padre. A sus 52 años, en plena madurez, aquello para lo que todo hacía suponer
que estaba predestinado, la profesión de juez, llega a su pleno cumplimiento
pues no olvidemos que ya había ejercido como tal en Sevilla tiempo atrás.
Ahora el
nuevo cargo en Córdoba se inscribe en el orden simbólico. La ley ha sido hasta
ahora una presencia constante en su vida y a lo largo de la misma ha sabido
diversificar sus aplicaciones en todos aquellos territorios que exploró con
plena dedicación: una ley para la Teología, otra para la Metafísica, otra para
la Medicina y otra para la Política.
Todas
ellas, sin embargo, son la misma y única ley que el filósofo cordobés entiende
como Lógica legal o legalidad lógica. La ley que, para él, parecía «salir desde
dentro», desde el fondo de una familia de juristas se opone, en cierta medida,
a la Filosofía que venía «desde fuera». La amenaza que ésta podría representar
para una tradición familiar totalmente acrisolada, se sutura por el vínculo
lógico común en que ambas se fundamentan.
No
olvidemos que la Lógica es la forma más elaborada racionalmente del lenguaje y
Averroes supo apropiarse de todas las connotaciones que posee esa capacidad.
Esa apropiación hace del lenguaje y de su concreción escrita en el texto, una
verdadera actividad cuya finalidad primera es el análisis y, en su caso, la
totalidad de los análisis posibles.
La palabra
Lógica es, cada vez más, el arquetipo fundante de toda su actividad práctica y
teórica. En la azora tercera del Corán, a la
302
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que ya
aludimos y que ahora recordamos de nuevo, podemos leer en su aleya 7 sobre la
Revelación de la Escritura que «algunas de sus aleyas son unívocas y
constituyen la Escritura Matriz, otras son equívocas. Los de corazón extraviado
siguen las equívocas». Este es el principio fundante de su crítica a los falsos
filósofos o a los filósofos descarriados, pero también es el símbolo de la
nueva etapa existencial del filósofo.
En este
momento de la historia personal de Averroes, el Verbo y la Escritura se le
hacen manifiestos con toda su luminosidad porque se trata de su Verbo y de su
Escritura que se transmutan en otro lenguaje, en otro discurso. En éste, su
materia y su forma, la letra y su espíritu, se abren a un conjunto de
posibilidades que las integran plenamente en el campo de la Universalidad:
ahora Averroes empieza a ser lo que, por otra parte, siempre estuvo siendo: un
filósofo universal.
Sin
embargo, en este proceso, constitutivo de una sólida coherencia discursiva,
permanecerá siempre latente una cierta carencia, una determinada ausencia que
impide completar esa tarea de hálito universal. Por ello es un dato cargado de
significado el hecho de que, tres años antes de su muerte, en su lugar de
destierro, vuelva a reflexionar y a escribir sobre la Lógica aristotélica, como
si aquel Verbo y aquella Escritura nunca acabasen de alcanzar su plena
autonomía.
A través de
un velo sutil
En la vida
de Averroes tienen lugar dos encuentros decisivos: el que
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tuvo con el
califa Abu Iaqub Iúsuf ya relatado y el que tuvo con una de las figuras más
importantes del sufismo islámico que, en aquel momento empezaba transitar por
la vía iniciática: Ibn `Arabi. Ambos encuentros tienen diferente valor
significativo e influencia. El primero, fue el punto de partida de una etapa de
la vida del filósofo que destaca por su prodigiosa producción intelectual y su
promoción a puestos relevantes en la sociedad almohade. El segundo contiene un
valor simbólico mayor, la importancia de la entrevista con el sufí es relevante
en la dimensión subjetiva y en lo que contiene de paradigma del amistoso
enfrentamiento de dos formas de conocer el mundo y la realidad.
En el
primer capítulo del Kaxf, en el que Averroes menciona las opiniones de las
sectas más conocidas sobre la existencia de una primera causa divina, hace
referencia, como indicamos en su momento, a la Teoría de los batiníes, es
decir, los sufíes. El apelativo de batín proviene del ejercicio espiritual de
los espirituales del Islam consistente en indagar y profundizar en el contenido
oculto tras la letra de la Revelación que es su aspecto aparente. Tras él,
puede averiguarse la existencia de un aspecto interior, bátin, con mayor
riqueza y efectividad espiritual que la que se encuentra en la expresión
literal.
En algún
momento, también se alude a la historia del pensamiento religioso islámico, a
los batiníes como los pertenecientes a la variante dogmática ismailí que hacen
uso abundante de los procedimientos explicativos alegóricos, con la intención
de bucear en las profundidades de una enseñanza esotérica que, a su juicio,
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se esconde
tras el enunciado externo del texto.
En el Kaxf,
Averroes indica que los sufíes batiníes pretenden que el conocimiento de Al-lah
y de los demás seres es cosa que el Alma alcanza desnudándose de los
impedimentos de las pasiones y avanzando por la reflexión hacia el objeto
deseado y, en apoyo de esta intención, traen a colación textos coránicos
variados como, por ejemplo, la aleya 29 de la azora 8: “¡Creyentes! Si teméis a
Al-lah, Él os concederá un criterio”.
La crítica
y el ataque de Averroes a los sufíes o a los batiníes carece de la violencia
verbal con la que se enfrenta a los axaaríes o mu’tazilíes llegando incluso a
admitir la real existencia de sus procedimientos aunque, con su argumentación
lógica rebate los con precisión dialéctica: “Su método no es para la
generalidad de los hombres en cuanto tales, pues si fuese éste el método
intencionadamente ideado por Al-lah para la generalidad de ellos, sería inútil
el método de investigación racional y su existencia del todo baldía, mientras
que el Corán entero no es otra cosa que una invitación al razonamiento”124.
Averroes no
niega que la mortificación de las pasiones es un bien para el razonamiento,
como lo es también el tener buena salud. Lo que rechaza es que la mortificación
de las pasiones, por sí misma, engendre el conocimiento y este es el sentido en
que debe leerse la Revelación cuando invita a seguir “el método de los sufíes
porque en cierto modo exhorta a la práctica del bien, pero no en el sentido en
que baste por sí mismo”.
124 En M.
Alonso, Op. Cit., p. 226.
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Este es el
trasfondo de la convicción de Averroes cuando habló con Ibn `Arabi si bien éste
no es un sufí convencional, sino que la profundidad de su experiencia
espiritual lo acercaba en muchos aspectos a la profundidad racional del
filósofo. Nacido en Murcia en 1165, se trasladó con su familia a Sevilla en
1172 y pronto tuvo experiencia de la llamada divina.
La
entrevista, muy citada y reproducida en todos los libros biográficos sobre el
filósofo y el sufí tuvo lugar, probablemente, en el año 1182. En este caso, la
probabilidad oscila entre uno o dos años antes u otros tantos después y se
inscribe en la, ya citada muchas veces, dificultad de dataciones precisas a
hechos que los biógrafos árabes narran con notable imprecisión cronológica.
De todas
formas, el dato que avalaría tomar ese año como el más probable es la alusión
en el relato a la etapa en la que Averroes era juez en Córdoba. Reproducimos a
continuación dicho relato que el mismo sufí escribió en una de sus obras más
importantes, Las revelaciones de La Meca, en la traducción castellana del mismo
hecha por Asín Palacios siendo nuestros los subrayados:
Cierto día,
en Córdoba, entré en casa de Abu al-Ualíd Ibn Ruxd, cadí de la ciudad, que
había mostrado deseos de conocerme personalmente, porque le había maravillado
mucho lo que había oído decir de mí, esto es, las noticias que le habían
llegado de las revelaciones que Al-lah me había comunicado en mi retiro
espiritual. Por eso, mi padre, que era uno de sus íntimos amigos, me envió a su
casa con el pretexto de cierto encargo, sólo para dar así ocasión a
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que
Averroes pudiese conversar conmigo. Era yo a la sazón un muchacho imberbe. Así
que hube entrado, se levantó del lugar en que estaba y, dirigiéndose hacia mí
con grandes muestras de cariño y consideración, me abrazó y me dijo: “Sí”. Yo
le respondí: “Sí”. Esta respuesta aumentó su alegría al ver que yo le había
comprendido; pero dándome yo cuenta enseguida de la causa de su alegría, añadí:
“No”. Entonces Averroes se entristeció, se demudó su color y, comenzando a
dudar de la Verdad de su propia doctrina, me preguntó: “¿Cómo, pues, encontráis
vosotros resuelto el problema, mediante la iluminación y la inspiración divina?
¿Es acaso lo mismo que a nosotros nos enseña el razonamiento?”. Yo le respondí:
“Si” y no. Entre el sí y el no, salen volando de sus materias los espíritus y
de sus cuerpos las cervices». Palideció Averroes, sobrecogido de terror y,
sentándose, comenzó a dar muestras de estupor, como si hubiese penetrado en el
sentido de mis alusiones.
Más tarde,
después de esta entrevista que tuvo conmigo, solicitó de mi padre que le
expusiera éste si la opinión que él había formado de mi coincidía con la de mi
padre o si era diferente. Porque como Averroes era un sabio filósofo,
consagrado a la reflexión, al estudio y a la investigación racional, no podía
menos de dar gracias a Al-lah que le permitía vivir en un tiempo en el cual
podía ver con sus propios ojos a un hombre que había entrado ignorante en el
retiro espiritual para salir de él como había salido, sin el
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auxilio de
enseñanza alguna, sin estudio, sin lectura, sin aprendizaje de ninguna especie.
Por eso exclamó: «Es este un estado psicológico cuya realidad nosotros hemos
sostenido con pruebas racionales, pero sin que jamás hubiésemos conocido a
persona alguna que lo experimentase. ¡Loado sea Al-lah que nos hizo vivir en un
tiempo en el cual existe una de esas personas dotadas de tal estado espiritual,
capaces de abrir las cerraduras de sus puertas y que, además, me otorgó la
gracia especial de verla con mis propios ojos!»125.
Muchas y
variadas son las glosas que se pueden hacer del prolijo relato que escribió Ibn
`Arabi de su entrevista con Averroes y muchas con también las sugerencias que
se desprenden de su lectura. Para nuestro propósito, ahora, cabe mencionar la
actitud de ese joven sufí, imberbe según el texto, circunstancia esta que por
sí misma desató los más variados cálculos cronológicos por parte de los
especialistas. Dicha actitud, sorprendente por la audacia y la solidez de la
respuesta del sufí ante la perplejidad del filósofo, denota la profundidad de
su formación y la altura de su conocimiento especulativo.
Ciertamente,
este conocimiento derivado de la práctica espiritual de Ibn `Arabi y de las
iluminaciones divinas de que fue objeto, estaba avalado históricamente por una
tradición espiritual que, en al-Andalus, quedó sólidamente establecida en la
obra y escuela de Ibn
125 M. Asín
Palacios, El Islam cristianizado: estudio del sufismo a través de las obras de
Abenarabi de Murcia, Madrid, 2ª ed., 1981, p. 40.
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Masarra al
que ya mencionamos. Derivado de su doctrina, le sigue el pensamiento de Ibn
al-`Aríf de Almería y, con una tonalidad más racional pero claramente
intuitiva, el de los también referidos Avempace e Ibn Tufayl, sin olvidar a dos
contemporáneos de Averroes: Abu Madián y Ali al-Xadili126 a los que nos vamos a
referir brevemente.
Sufíes de
Al-Andalus del tiempo de Averroes
El mismo
año en que nació Averroes en Córdoba, 1126, nació en Cantillana (Sevilla) Abu
Madián. Perteneciente a una familia de origen árabe, Xuaib ibn Husain
al-Ansari, más conocido por su sobrenombre de Abu Madián (o Abu Medín en árabe
coloquial), es el origen de una escuela de espiritualidad, la madaní, a la que
Asín Palacios dedicó importantes estudios.
Los tiempos
y las circunstancias históricas que enmarcan la vida y la actividad de Abu
Madián son los mismos que lo hacen en la vida de Averroes. Hijo de padres que
ejercían el oficio de tejedores, la infancia del futuro sufí es testigo de la
decadencia del poder almorávide en la península. En febrero de 1118 ocupó el
encargo de gobernador de Sevilla el hermano del emir almorávide Ali ibn Iúsuf,
Ibrahim ibn Iúsuf. En el invierno entre 1119 y 1120 se dedicó a preparar una
expedición contra Alfonso I el Batallador, rey de León que, considerando su
lucha con el sur peninsular como una cruzada y adoptando el título de emperador
hasta 1127, aspiraba a dominar los puertos del Mediterráneo, los de Tortosa y
Valencia,
126 Juan A.
Pacheco, La espiritualidad islámica en la Andalucía medieval, Sevilla, 2001.
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para
embarcar camino de Oriente y proseguir allí la magna cruzada organizada desde
la Iglesia.
Este empuje
cristiano hacia el Levante fue el motivo de que el emir almorávide ordenase a
su hermano Ibrahim la preparación de la mencionada expedición que fracasó con
su derrota el 16 de julio de 1120 y, con ello, empezó la decadencia del poder
almorávide peninsular. Las rebeliones contra los almorávides, producidas en
esta etapa descendente de su poder en Mértola, Évora, Beja, Badajoz y Córdoba
coinciden con la adolescencia de Abu Madián y, cuando los almohades
desembarcaron en Cádiz en 1146, cruzó el Estrecho y se instaló en Fez.
En Fez, la
capital religiosa del actual Marruecos y que tenía un prestigio que se forjó en
los tiempos de la dinastía idrisí en el siglo IX, abundaban los maestros
espirituales venidos de toda la geografía del Islam incluido al-Andalus. En la
ciudad idrisí, Abu Madián que simultaneaba su aprendizaje iniciático con el
oficio de tejedor aprendido de sus padres, acudió a las lecciones de uno de sus
primeros maestros espirituales, Abul Hasan Hirzimín. Bajo su dirección, el
joven Abu Madián aprendió los fundamentos del sufismo y leyó todas las obras
que con el mismo se relacionaban, entre ellas la muy famosa de Algacel titulada
Vivificación de las ciencias religiosas.
Acabada su
formación sufí, con licencia para enseñar como maestro de espiritualidad, Abu
Madián peregrinó a La Meca y amplió su formación bajo la dirección de un famoso
maestro, Abd al-Qádir al-Chiláni, estableciéndose después en Bujía, en la
actual Argelia. La
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Bujía de la
época era un microcosmo de la Política y de la espiritualidad islámica
mediterránea. A la ciudad acudían sufíes de uno y otro lado del Estrecho y
también numerosos integrantes de las taifas peninsulares que, gracias a los
hammadíes que gobernaban la zona, pudieron encontrar allí refugio seguro. Este
fue el caso, por ejemplo, de los hijos de al-Mu’tasim de Almería, celebrados
poetas, que en la urbe citada escribieron poemas de sentido agradecimiento por
la acogida que en ella tuvieron como exiliados de al-Andalus.
En Bujía
creció la fama de santidad de Abu Madián con la consiguiente afluencia de
discípulos entre los que estará Ibn `Arabi que dedica a su maestro
entusiasmadas palabras. Junto al sufí murciano, otros sufíes andalusíes de
futuro renombre compartieron con él la enseñanza madaní: Iusuf al-Kumí de
Sevilla, Abu Muhammad de Morón y Abu Ishaq de Córdoba.
La
actividad de Abu Madián desbordaba los límites de su zagüía y alcanzaba al
pueblo llano que encontró en su persona y en su doctrina el asidero más firme
para resistir los embates de su precaria vida material. Enterado el emir
almohade de esta popularidad y receloso de que la misma se volviera contra el
poder oficial que él encarnaba, ordenó que el sufí fuera llevado a su presencia
para interrogarlo personalmente. No hubo ocasión de ello porque Abu Madián
murió en el camino, cerca de la actual Tlemecén en Argelia, en el año 1197. En
el lugar donde fue enterrado, en al-´Ubbád, los sultanes almohades construyeron
un mausoleo y una mezquita.
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Entre los
discípulos de la época de la enseñanza del santón de Cantillana en Bujía,
destacó Ibn Maxix que nació en una aldea montañosa del Rif marroquí. De él se
conservan relatos de innumerables actos de carácter milagroso y de portentos
varios. Su importancia para la historia de la espiritualidad sufí andalusí
radica en que fue maestro de Abul Hasan al-Xadilí, el fundador de la orden sufí
del mismo nombre cuyas enseñanzas básicas remiten a la doctrina de Abu Madián.
En
al-Xadilí no solamente se muestra la influencia de Abu Madián, sino también la
de otro de sus maestros andaluces: al-Uahanisí, originario de Ohanes, en la
actual provincia de Almería. De él sabemos que, tras hacer vida de soledad en
las Alpujarras, marchó a Ceuta donde ganó fama como taumaturgo. Después se
instaló en Túnez y, por el recelo de los alfaquíes, fue procesado y absuelto de
todos sus cargos. Libre de toda sospecha de subversión al orden establecido,
partió hacia Egipto y, en el transcurso de una peregrinación a La Meca, murió
en 1258.
Y en este
panorama prodigioso en el que se evidencia todo un mundo de tendencias,
escuelas, zagüías, personajes imbuidos de una baraka divina, ascetas,
solitarios, hombres que sufren el acoso y el castigo del poder político y que,
además, despliegan sus saberes espirituales en opúsculos, tratados y guías de
perfección de la más variada naturaleza, mundo heterogéneo y patente en la
sociedad del momento, pues son admirados por el pueblo, y cuyos nombres y
tendencias debió conocer Averroes pues vivieron todos en la misma época y en
casi los mismos lugares, destaca la sublime figura de
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Muhieddin
Ibn `Arabi, el Jeque Máximo, al-Xaij al-Akbar del sufismo andalusí y universal
del que tenemos fiables noticias, lo acabamos de leer, de su relación con
Averroes.
El sufí
máximo
Muhieddin,
como se conoció y se le conoce todavía en Damasco donde se encuentra su
venerada tumba, con preferencia al más conocido de sus nombres entre nosotros,
Ibn `Arabi, pertenecía a una familia de prosapia. Su padre, que se enorgullecía
de su ascendencia árabe pura, formaba parte del Cuerpo de altos dignatarios de
la corte murciana de Ibn Mardanix que, como dijimos, había dirigido sus tropas
contra Córdoba y Sevilla en 1159. Cuando la familia recaló en Sevilla, el Emir
Abu Iaqub Iúsuf tomó para su servicio a la mayor parte de los cortesanos del ya
depuesto Ibn Mardanix, deslumbrado por su cultura y habilidades diplomáticas.
Entre ellos estaba el padre de Ibn `Arabi que, por sus méritos y las citadas
capacidades sociales y políticas siguió detentando privilegios en la etapa del
califato de Yaqub al-Mansúr, hijo de Iúsuf. Esta preeminencia social y cultural
debió facilitarle el trato con las familias más encumbradas de al-Andalus y de
todo el imperio y de ahí que, como consta en el relato traído a colación de la
entrevista del joven sufí con Averroes, el primero afirmase claramente que su
padre «era uno de los íntimos amigos» del filósofo cordobés.
La fecha de
nacimiento de Ibn `Arabi, 1165, coincide con la etapa de nombradía de Averroes
como teórico de la Medicina pues ha
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redactado o
está a punto de acabar su Colliget y, cuando se entrevista con el joven
Muhieddin, éste ya había dado muestras de su futuro espiritual pues, como
también dice el relato, el filósofo cordobés quiso conocer personalmente a la
persona de la que se contaban sonados portentos. Es decir, que en la fecha de
la conversación, Ibn `Arabi había recibido el fath, la iluminación divina tras
un periodo de retiro espiritual. El fath, que en árabe significa apertura y
también victoria, adviene cuando el adepto ha superado una etapa previa de
disciplina iniciática.
Un
discípulo de Muhieddin, al-Núri (m. 1248), reproduce en una de sus obras el
relato de las circunstancias de su iluminación que le contó el mismo Ibn
`Arabi: «Aquel día me retiré espiritualmente antes del alba y recibí la
iluminación antes de la salida del sol. Después de la apertura, durante toda la
mañana, obtuve diversas estaciones y grados de perfección espiritual que se
prolongaron durante catorce meses en los que aprendí los secretos que luego
dejé por escrito. Aquella iluminación primera fue como un rapto extático»127.
La
biografía espiritual de Ibn `Arabi, como la de casi todos los sufíes del Islam,
es el relato de una peregrinación que tiene su punto de partida en una
intuición originaria, a llamada divina, y en un acto de voluntad que es la
aceptación de esa llamada. La meta de ese viaje iniciático es el núcleo, el
corazón del corazón. Los estados espirituales permanentes que se alcanzan en la
ruta y los estados transitorios que conducen a ellos, constituyen las etapas
del camino
127 C.
Addas, Ibn `Arabi ou la quête du Soufre Rouge, París, 1989, p. 56.
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que llega a
lo real, la Verdad, al-Haqq. La consecución de ese objetivo no se realiza por
medio de una abstracción intelectual, sino por medio de una constante renuncia
cuya sequedad caracteriza la sed del peregrino al que solamente se le conceden
indicios pasajeros o iluminaciones transitorias por muy espectaculares que
éstas sean. Ese viaje del Ser al Ser que el sufí lleva a cabo y que,
indudablemente, Mohieddin cumplió en toda su plenitud, ofrece a quien lo sigue
un vasto panorama de signos puestos en la creación por su creador y en cuya
interpretación correcta el Corán insiste repetidamente. Este es el mismo afán
que persigue Averroes y, por tanto, hay una identificación de objetivos que el
mismo filósofo confesó en la entrevista mencionada: «¿Es acaso lo mismo que a
nosotros nos enseña el razonamiento?», preguntó entonces Averroes al sufí. La
respuesta de éste contiene la semejanza y la diferencia: «Sí y no».
Para Ibn
`Arabi, más allá de la razón, existe la intuición capaz de descifrar los signos
de forma iluminada, como él mismo experimentó en Bujía en el mes de Ramadán del
año 1200, donde vio «una noche en la que yo contraje nupcias con los astros del
cielo, sin que con uno solo de ellos dejase de unirme, y esto con un gran
deleite espiritual. Una vez que hube terminado mis nupcias con los astros, se
me entregaron las letras del alfabeto y también con ellas contraje nupcias»128.
No podemos
exponer aquí con detalle toda la variedad del pensamiento sufí que Ibn `Arabi
encarnó hasta sus más elevadas
128 M. Asin
Palacios, Op. Cit., p. 78.
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formulaciones.
Solamente haremos alusión al mismo en los detalles que ofrecen el contraste más
claro con las teorías filosóficas de carácter racional tal como las presentó
Averroes y de cuya confrontación con las del sufí murciano, aquél quedó sumido
en profundas cavilaciones como leímos en el fragmento que trajimos a colación.
La
cosmología del hijo de Platón
Con este
sobrenombre que se le dio a Ibn `Arabi, sus comentadores lo incluían en la
categoría de filósofo espiritual y, en cierta medida, partícipe de algunos
rasgos del pensamiento racional que manifestaban elementos no racionales como
es el caso de la Cosmología. Hemos visto, en páginas anteriores, cómo esa
disciplina ha sido contemplada por Aristóteles y por Averroes quien, en su
exposición, no deja de aludir a aspectos que sobrepasan el marco de una
Cosmología estrictamente natural, para entrar en el dominio de lo que, también
en seguimiento de Aristóteles, reclama una fuerza motora que, como el deseo
unitivo, supera toda consideración científica estricta.
Desde el
momento en que tuvo lugar su experiencia sobrenatural en la mencionada ciudad
argelina, el cielo no tuvo ya secreto alguno para Ibn `Arabi y en aquel momento
adquirió capacidad para reconocer los signos. Este proceso de contemplación,
que llega a un punto de la visión interior en el que el que contempla se
encuentra con el cosmos entero dentro de su campo perceptivo, es lo que los
tratados sufíes denominan como el océano dentro del barco. Esta
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inversión
cognoscitiva no es más que el estadio inmediatamente anterior a la orientación
definitiva hacia el Ser. El camino a seguir para llegar a Él se le muestra
abiertamente al sufí en los signos que están en el horizonte, los signos
cósmicos, y en los que están en el yo, los signos internos.
De ahí el
significado profundo de las nupcias a las que alude Mohieddin, pues ellas
simbolizan la unión indisoluble de esos dos aspectos complementarios. Por ello,
en el sufí murciano encontramos dos aspectos del mundo que podemos conocer y
una Teoría cosmológica que establece en dos planos interpretativos, por lo
menos, el campo de la reflexión: el aparente y manifiesto a los sentidos y el
oculto y reservado a la Verdad y al Uno que los resume y armoniza.
De las
influencias, orientaciones y fondo interpretativo de la Cosmología del jeque
máximo hay variadas opiniones e interpretaciones. La mayor parte de ellas
hablan de su sincretismo y de su utilización de fuentes herméticas, pitagóricas
o neoplatónicas integradas en el conjunto de doctrinas que se aplican a
desentrañar el significado esotérico del texto revelado. En cierto modo es el
mismo discurso ambiguo y equívoco que rechazaba Averroes al hablar de los
batiníes en su obra y que ya hemos mencionado.
En
realidad, cuando Ibn `Arabi habla del cosmos observable, utiliza como punto de
referencia un esquema geocéntrico y una base astrológica propia de su tiempo.
La polarización subjetiva que el sufí murciano opera en su exposición se
corresponde asimismo con la relación microcosmo/macrocosmo de gran
predicamento, también,
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en la
Astrología del momento.
Ibn `Arabi
concibe el cosmos como un conjunto de esferas concéntricas distribuidas en
forma simétrica en relación a una esfera central que es la del Sol. Con ello,
lo compara al polo, qutb, que vendría a ser el corazón de ese Cosmos, de la
misma forma que el corazón humano es el centro de todas las operaciones
anímicas y espirituales.
Por debajo
de la esfera del Sol se encuentran sucesivamente: la esfera o cielo de Venus,
la de Mercurio, la Luna, el éter, el aire, el agua y, como núcleo inferior y
topográficamente central, la esfera de la Tierra. Por encima del Sol, se
encuentran sucesivamente las esferas o cielos de Marte, Júpiter, Saturno, el
cielo de las estrellas fijas o de las estaciones, el cielo sin estrellas o
cielo de las torres zodiacales, la esfera del pedestal divino y la esfera del
trono divino.
De esta
forma, se reparten siete grados celestes por encima y por debajo del Sol,
siendo la esfera del trono la que cierra toda esa estructura cosmológica en lo
superior, con la sutura en lo inferior representada por la Tierra. La
descripción topológica citada, además, encuentra su fundamento y justificación
en la aleya 255 de la azora segunda del Corán, la denominada aleya del Trono
que «se extiende sobre los cielos y sobre la tierra y su conservación (a
Al-lah) no le resulta onerosa».
En este
intento de armonizar los datos de la Revelación con la información cosmológica
disponible en su tiempo, Ibn `Arabi revela nociones y conceptos sobre el cosmos
que compartían también los filósofos racionalistas, entre ellos al-Farabi y, en
general, todos
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aquellos
que expusieron el esquema cosmológico de la realidad en moldes neoplatónicos.
La Cosmología de Ibn `Arabi, en consonancia con estas teorías, explica que las
esferas planetarias son, a la vez, parte del mundo corpóreo y grados del mundo
sutil.
El cielo
sin estrellas, que es el límite extremo del mundo sensible, abarca
simbólicamente todo lo que el Ser humano puede observar y percibir
sensorialmente y todo lo que está sujeto a cambio, movimiento y duración o,
desde el punto de vista de la perfección espiritual, lo que está sujeto a
generación y corrupción. Por debajo de las estrellas fijas existe el
movimiento, la duración y el tiempo, que transcurre más velozmente a medida que
nos acercamos a la Tierra.
Así como
los movimientos concéntricos de los astros se diferencian y aceleran en el
orden descendente de su dependencia sucesiva, así también se desciende en la
escala de perfección. Cuanto más perfectos son los cuerpos y las esferas, más
simple es su constitución, están menos compuestos de partes y, por tanto, son
más inmóviles.
Por esta
razón, la jerarquía astronómica de los cielos planetarios que utiliza Ibn
`Arabi sitúa a Mercurio entre Venus y la Tierra, pues el primero se mueve más
rápidamente que Venus. La Tierra, como límite inferior del sistema, es el
Cuerpo más cambiante, más corruptible y más móvil porque es el Cuerpo más
compuesto. En el extremo opuesto y superior del orbe esotérico, la esfera del
trono es la esfera de la inmovilidad perfecta y absoluta por su total
simplicidad y carencia de partes que caracterizan al Uno.
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Todos los
movimientos que los planetas realizan se proyectan en el cielo de las
estaciones o de las estrellas fijas y ese reflejo se consolida en la esfera
inmediatamente superior, el cielo sin estrellas o de las torres zodiacales. De
esta forma, los siete planetas de la Cosmología del sufí vienen a ser los
intermediarios cósmicos entre el mundo inmutable y el mundo del ámbito
terrestre. Solamente teniendo en cuenta esta estrecha relación entre lo
superior y lo inferior, puede entender el gnóstico espiritual la influencia de
los astros en la vida humana pues ésta está subordinada no a la Naturaleza
astral, que es contingente, sino a la fuente y origen de esa misma Naturaleza
humana.
Con ello,
puede entenderse también el destino del Hombre pues se lo entiende como inserto
en el concepto sufí por excelencia, el de la Unidad de la existencia, el uahdat
al-uchúd del que tan profuso empleo hacen casi todos los sufíes de todos los
tiempos. Todas las especulaciones que Ibn `Arabi realiza desde el punto de
vista astronómico y astrológico, están encaminadas a inscribir la causalidad
cósmica en la perspectiva de la Revelación que actúa de forma inteligente e
inteligible.
Por lo
mismo, las esferas citadas por al-Farabi y por todos los filósofos
racionalistas, incluido Averroes, llevan el nombre de Inteligencia o
Entendimiento, como manifestación de su carácter de símbolo y reflejo del
Entendimiento cósmico y como prueba del orden lógico de sus movimientos y
transformaciones.
En una
operación de razonamiento analógico, Ibn `Arabi desliza el contenido material
de su Cosmología hacia el ámbito de los religioso
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o
espiritual. Así nos indica, en seguimiento o simultaneidad con otras
plasmaciones de esta Naturaleza, que a cada uno de los cielos planetarios le
corresponde una función profética determinada. Según la escala jerárquica de
las esferas, el primer profeta del ciclo de la profecía aceptada canónicamente
por el Islam, Abraham, tiene como residencia esotérica el cielo de Saturno,
Moisés el de Júpiter, Aarón el de Marte, Enoc o Idris en el del Sol, José en el
de Venus, Jesús en el de Mercurio y Adán en el de la Luna.
Adán se
halla en la esfera inmediatamente anterior a la de la Tierra porque, según
Mohieddin, representa al Hombre único, al-insán al-mufrad, que en calidad de
tal realiza las funciones de mediador entre la Tierra y los cielos que están
por encima de ella. La Luna significa aquí, para el sufí murciano, el corazón
de ese Hombre único que recibe la Revelación de la esencia divina y, así como
el aspecto de este astro cambia en sus cuatro fases, así también cambia el
corazón de ese Hombre único según la huella que en el ocasionan las verdades
que continuamente le son reveladas.
Ibn `Arabi
cronista del tiempo de Averroes
Hay dos
puntos de coincidencia entre Ibn `Arabi y Averroes: en lo tocante a la crítica
de los sufíes de su tiempo y en la percepción que el primero hace de los
filósofos racionalistas del mismo. Como veremos más adelante, Ibn `Arabi no es
del todo ajeno al conocimiento de las teorías del pensamiento racional que
circulaban en su entorno social y no podía ser de otra manera por cuanto que el
sufí era un hombre de su tiempo y abierto a todas las sugerencias
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que
pudieran aportarle una mayor coherencia expositiva en sus escritos.
Por otra
parte, como Averroes, era consciente del estado de dejadez a que, en su opinión
había llegado la práctica sufí que es el que, en gran medida, rebate el
filósofo cordobés: una cosa eran los charlatanes de toda índole que, al abrigo
de la respetabilidad de una práctica espiritual acreditada, manipulaban
nociones y distorsionaban conceptos bajo capa de conocimiento cierto, y otra,
las espiritualidades concretas encarnadas en personas de toda confianza
intelectual y, sobre todo, Ética. Son los pertenecientes a este grupo los que
en el ánimo de Averroes podrían forman parte del Cuerpo social almohade, de un
organismo al que todas sus partes le son necesarias para el cumplimento de una
tarea común. Por ello, su interés en conocer de primera mano al hijo de su
amigo que, con toda seguridad, había hecho elogios sinceros de la pureza de las
intenciones de su vástago.
Consciente
también Ibn `Arabi de la necesidad de reformar, depurar y restablecer las
prácticas espirituales que llevaban a cabo los sufíes andalusíes, escribió una
terminología de vocablos y nociones propios de la vía iniciática que sirviera
de molde y fundamento al discurso lingüístico que exponían en sus escritos. Por
otra parte, esa terminología tendría la virtud, a modo de código para
iniciados, de que las prácticas sufíes rectamente entendidas fueran asequibles
tan sólo a los verdaderamente iniciados en la vía, a los que pudiéramos
denominar la elite del sufismo, de análoga forma a la que Averroes indicaba
prudencia y cautela en lo referido a la
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difusión de
conocimientos sutiles a la masa del pueblo no preparada intelectualmente para
entenderlos.
Así, bajo
la forma de una epístola dirigida a un amigo, Ibn `Arabi escribió un breve
compendio, El espíritu de la santidad sobre los consejos del Alma, con el
propósito de mostrar que en al-Andalus existían sufíes que habían escalado los
más altos grados de la perfección y que, por tanto, debían considerarse con los
representantes de la Verdad en lo tocante a la vía iniciática129.
En la
exposición de la vida de los sufíes andalusíes, en este caso andaluces con toda
la propiedad del calificativo, encontramos una crónica viva y directa de la
espiritualidad islámica que es la misma que tenía a su alrededor Averroes y que
diseña una geografía sufí, llena de rasgos de aguda observación psicológica,
que se dispersa en topónimos que denotan la importancia de las localidades de
al-Andalus en lo relativo a su carácter de focos de irradiación espiritual:
Palma del Río, Carmona, Córdoba, Rota, Morón, Cazalla, Tarifa, Marchena,
Granada, Almería y, sobre todo, Sevilla pues era el lugar de residencia
habitual y centro de la formación como sufí del autor.
A través de
cincuenta y cinco referencias biográficas que son las que Ibn `Arabi nos ofrece
en su obra citada, descubrimos, además, todo el universo social y laboral en el
que estaba sumergido el sufismo andaluz: los oficios a los que se dedican los
devotos, sus grados espirituales alcanzados, la ortodoxia o heterodoxia de sus
prácticas, sus relaciones con las escuelas jurídicas canónicas, la condición
129 La
epístola fue traducida por M. Asín Palacios con el título de Vidas de santones
andaluces, Madrid, 1939.
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social de
los sufíes más destacados y la vida religiosa de casi todo al-Andalus en el
siglo XII.
El sufí era
un exiliado en el mundo pero que pertenece a él y es consciente de ello y
muchas veces se ha hablado de esta característica que hacía del sufí un
personaje peculiar en los núcleos urbanos de todo el mundo islámico. El sufismo
como tal no constituye, ni en su teoría ni en su práctica, un sistema homogéneo
y definido. No es tampoco una secta ni una derivación herética de los
principios de la Fe. Es, simplemente, una forma de vida que tiene como fin la
unión evitando toda contaminación libresca y destinada a la pura experiencia de
la vida. A diferencia del solitario de Avempace que también perseguía la unión
intelectual con el mismo principio reclamado por los sufíes, éstos se sienten
parte del mundo en que viven y la cotidianidad de sus existencias no les impide
el ascenso a la Unidad.
Algacel, en
su Vivificación de las ciencias religiosas, explica que los sufíes aprecian las
ciencias venidas por inspiración de lo Alto y no las adquiridas por el estudio.
No ansían, pues, el estudio de la Ciencia, ni se dan a escrutar argumentos ni
aquilatar doctrinas. La vía es un combate espiritual hasta la llegada a lo real
que empieza cuando Al-lah toma a su cargo el corazón de su siervo y le comunica
la iluminación y la verdadera Ciencia.
El Islam
andalusí, mucho más conservador por su mayor distancia y lejanía de los focos
innovadores de Oriente, mantuvo casi incólume su espiritualidad original. Sin
embargo, a la altura del siglo XII, en la cima del esplendor almohade que
propugnaba una
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única
ideología y un único precepto, esas influencias orientales ya habían llegado a
al-Andalus aunque fueron canalizadas y reconducidas por los sufíes verdaderos,
como fue el caso de Ibn `Arabi, de forma que la vía que éste propugnaba sabía
armonizar lo más sensato del sufismo oriental con la idiosincrasia del
temperamento andalusí, más refractario que el de Oriente a las extremosidades
del Ascetismo y de la Imaginación.
Algunos de
los sufíes «auténticos» que describe Ibn `Arabi en su obra debieron ser,
además, conocidos o colegas de Averroes, como es el caso de Abu Abd Al-lah ibn
Qassúm, jurista de la escuela malikí y elocuente defensor de la nobleza y los
altos méritos de la Ciencia y de la especulación racional. Ello no le impidió
iniciarse en la vida espiritual y pasó a ganarse la vida cosiendo gorros.
Otros, como
Sálih al-Jarráz, el santo zapatero de Sevilla, se ganaba la vida como zapatero
remendón, o al-Jayyát, como sastre. Otros sufíes sevillanos dedicados a
menesteres destinados a ganarse el sustento ejercieron de vendedores de berros,
como Muhammad, o dedicados a recoger y vender quermes, como el tunecino
residente en Sevilla, Abu Uakil Maymún. Quermes es el insecto hemíptero
parecido a la cochinilla, cuya hembra forma las agallitas que le dan el color
de grana y de ahí su utilidad como colorante una vez muerto y disecado y
triturado este órgano que, empleado como materia tintórea para los vestidos, se
manifiesta en el color carmesí, nombre éste debido al del insecto en cuestión.
Todos los
productos manufacturados por los sufíes, desde los gorros hasta los zapatos y
las telas, así como los derivados de la
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producción
agrícola, tenían un destino común: su venta en el zoco. Los zocos, situados en
los alrededores de las mezquitas aprovechando las oportunidades de venta que
resultaba de la afluencia de visitantes a la misma, fueron parte indispensable
de la vida comunitaria andalusí y espacio privilegiado para el trato social
entre las gentes del pueblo llano.
Los zocos
de Sevilla, microcosmo vivo y palpitante de la ciudad, debieron ser similares a
los de las grandes urbes de al-Andalus, entre ellas, Córdoba y su espacio y
connotaciones no debieron ser ajenas a la vida cotidiana de Averroes que, por
otra parte y para la época a la que nos estamos refiriendo, debió ser fuente de
ocupación jurídica por los conflictos y situaciones que de la compleja vida
comercial y mercantil del zoco se podían derivar. En época almohade no se
encuentran datos explícitos referentes a los zocos cordobeses y solamente hay
documentado un mercadillo situado junto a la mezquita de Abu Uahb en un lugar
no determinado de la ciudad. Durante el califato, el zoco mayor de Córdoba se
encontraba en el lado sudoeste de la cerca de la medina y aledaño al alcázar de
los omeyas130.
No hay que
olvidar que en la geografía sufí que nos describe Ibn `Arabi hay referencias de
mujeres sufíes que eran admitidas a la vía en total condición de igualdad que
los hombres. Entre ellas destaca a Sol o Jazmín de Marchena y a Nunna Fátima,
hija del cordobés Ibn al-Muzanna.
130 J.
Zanón, Topografía de Córdoba almohade a través de las fuentes árabes, Madrid,
1989, p.
67.
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El
racionalismo ruxdiano de Ibn `Arabi
El jeque
máximo manifiesta en algunos de sus más importantes escritos el conocimiento
que tenía de los pensadores racionalistas de su tierra de adopción y de las
artes argumentativas que cabía emplear en su trato con ellos pues la respuesta,
críptica por demás, que dio a la pregunta de Averroes durante la entrevista en
Córdoba no deja lugar a dudas sobre dicho conocimiento: «Entre el sí y el no,
salen volando de sus materias los espíritus y de sus cuerpos las cervices».
Sentencia a modo de oráculo que presupone una tesis racional bajo el ropaje del
símbolo.
Si
entendemos «espíritu» como forma, la coincidencia entre el filósofo y el sufí
es completa. Desde un punto de vista moral, la cerviz a la que apela el sufí,
es símbolo del orgullo y del engreimiento («doblar la cerviz» es frase que
indica humillación): es decir que, con la muerte del la materia, la forma
sobrevive y con la desaparición de aquella, desaparece también los orgullos
mundanos. No sabemos medir el alcance de esta última afirmación hecha por el
joven Mohieddin ante alguien que tenía todos los atributos para sentirse ufano,
tanto como juez de Córdoba, como filósofo racionalista encumbrado.
Posiblemente
la cerviz aludida, que como sabemos es la parte dorsal del cuello, es también
símbolo del alojamiento de facultades que se encuentran en el cerebro. En el
Colliget Averroes describe las facultades del mismo y las limita a cuatro:
imaginativa, cogitativa, Memoria y conservativa. La localización de cada una de
ellas en el cerebro queda definida por el autor del siguiente modo: la
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imaginativa,
se localiza en la proa y parte anterior del cerebro y la cogitativa en la
cámara media del mismo. Las facultades de Memoria y Conservación quedan
alojadas en la parte posterior de la cabeza.
Sin
dejarnos llevar por la Imaginación y las cábalas sin fundamento, nos atrevemos
a proponer la hipótesis explicativa de que la alusión del sufí a las cervices
que desaparecen del Cuerpo tras su muerte, viene referida a la desaparición del
orgullo intelectual cimentado en las operaciones racionales a las que Ibn
`Arabi estaba poco dispuesto a dar crédito excesivo. Pero Al-lah es más sabio,
como dicen los creyentes.
En general,
tenemos datos que avalan esa poca credibilidad que al sufí le merecen los
filósofos y muy especialmente, los así llamados sin fundamento alguno. Tras la
entrevista citada, Ibn `Arabi cuenta que quiso volver a reunirse con Averroes
posiblemente para seguir platicando sobre los infinitos matices que se dejaron
uno y otro en el aire y, sobre todo, por el evidente estado de estupor en que
quedó el filósofo cordobés tras el encuentro.
Sin
embargo, antes de llegar a una nueva visita, el sufí nos cuenta que «por una
misericordia de Al-lah se me apareció en el Éxtasis, bajo una forma tal, que
entre su persona y la mía mediaba un velo sutil, a través del cual yo lo veía,
sin que él me viese ni se diera cuenta del lugar que yo ocupaba, abstraído como
estaba él, pensando en sí mismo. Entonces dije: En verdad que no puede ser
conducido hasta el grado en que nosotros (los sufíes) estamos»131.
131 M. Asin
Palacios, El Islam cristianizado… Op. Cit., p. 40.
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En una Las
revelaciones de La Meca, en árabe Al-Futuhát al-Makkía, Ibn `Arabi distingue
dos clases de filósofos. El descreído que, en su opinión, será condenado
eternamente a la ignorancia de la que hizo gala en vida, de la misma forma que
serán castigados los creyentes ignaros, es decir, aquellos que no pusieron en
práctica el Mandato divino de entender los Signos de la Creación. El otro grupo
de filósofos es el de los filósofos creyentes, como Averroes, de rasgos
intelectuales muchos más nobles que los de los anteriores, aunque no cumplen
plenamente con el requisito del conocimiento propio del amigo de Al-lah, el
uali. Superior a Aristóteles es, en opinión de Ibn `Arabi, el «divino Platón»
del que opina que no tiene rival entre los filósofos de la época, sus
contemporáneos andalusíes.
Algunos
estudiosos de la obra y el pensamiento del jeque máximo han dicho que su
conocimiento de la Filosofía era no sólo muy superficial sino que ni siquiera
se preocupó por entenderla. Una de estas estudiosas, de indudable mérito
investigador, aduce como prueba de ese desconocimiento la reacción del sufí
tras la lectura de un pasaje de La ciudad virtuosa de al-Farabi quien afirmó de
la obra del filósofo persa: «He visto a un infiel declarar en un libro titulado
La ciudad virtuosa, libro que me encontré, sin haberlo visto nunca antes, en
casa de un conocido mío de Marchena de los Olivos y traté de enterarme de su
contenido. Leí un fragmento en el que decía el autor: Quiero estudiar en este
capítulo como establecer la existencia de una divinidad en el mundo ¡sin
nombrar a Al-lah! Me irrité de tal modo que le eché el libro a la cara de su
dueño»132.
132 C.
Addas, Op. Cit., p. 137.
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Es extraño
que, dice Addas, que habiendo leído la obra de Algacel y habiendo viajado por
el mundo y tratado con toda suerte de personajes, Ibn `Arabi mostrase ese
desconocimiento de la obra de al-Farabi. Más sorprendente todavía resulta el
hecho de que pudiera haber desconocido las obras de Averroes, al que conoció
personalmente, al menos el Taháfut en el que el filósofo cordobés ataca al
filósofo oriental como hemos visto. En todo caso, dice la estudiosa, se
constata que los nombres de Avicena, al-Kindi o Ibn Tufayl están ausentes de
sus citas en sus textos. Por el contrario, se refiere en dos ocasiones a Ibn al
Sid de Badajoz y habla de su interpretación pitagórica de la Unidad si bien el
pensador extremeño era más conocido como lingüista y gramático que como
filósofo.
Sigue
diciendo Addas que a esta ignorancia de la Filosofía islámica, se añade la
referida a la Filosofía griega pues las alusiones a sus pensadores más
destacados se limitan a nombrar a Platón, Sócrates y Aristóteles sin dar
muestras de que hubiera leído algo de ellos. En cuanto a las nociones del
pensamiento neoplatónico se limitaban a lo que de él aparece en las obras de
Ibn Masarra o en las Epístolas de los llamados Hermanos de la pureza.
Sin
embargo, una lectura siquiera superficial de una de las obras fundamentales de
Ibn `Arabi, su Fusus al-Hikam, «Los engarces de la sabiduría», nos ofrece un
panorama algo distinto del que se nos está hablando. Bien a través de opiniones
indirectas o por medio del trato con filósofos de al-Andalus o fuera de ella,
bien por una lectura somera de sus obras a las que no alude porque, en el
fondo, no le sirven para la construcción de su discurso, el sufí muestra un
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conocimiento
claro de numerosos temas de la Filosofía racional que, en algunos casos, parece
proceder directamente, aun por personas interpuestas, de la obra de Averroes.
La
fundamentación de una hipótesis sólida a este respecto precisa de una análisis
a fondo de toda la obra de Ibn `Arabi. En este caso, solamente con el propósito
de mostrar esa suposición y limitándonos tan sólo a Los engarces de la
sabiduría, exponemos nuestras conclusiones en lo que sigue.
En primer
lugar, ya lo hemos visto, Ibn `Arabi posee una Teoría cosmológica que, aunque
teñida con datos ajenos a la Cosmología filosófica, no deja de tener relación
informativa con teorías anteriores a él. Refiriéndose al Sol, como objeto
específicamente astronómico, nos dice que «se sabe por la experiencia que el
Sol es ciento sesenta veces mayor que la Tierra». En el capítulo de la obra
dedicado a la sabiduría del profeta Xuaib, nos habla del mu’azil que cree en el
efecto del castigo de Al-lah y de los «sabios especulativos y los
intelectuales, tanto de las épocas pasadas como de los actuales mutakal-limun
que hablan en su discurso del sí mismo y su esencia».
Hablando,
en el mismo capítulo, de la renovación continua de la existencia por parte del
hálito creador divino, trae a colación con toda justeza la opinión de los
axaaríes que «reconocen las propiedades accidentales» aunque a continuación
delimita esta afirmación diciendo de ellos que «no han sabido que el total del
mundo es un conjunto de propiedades accidentales por lo que
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cambia a
cada tiempo, pues lo accidental no dura dos tiempos»133. A pesar de que Ibn
`Arabi rechaza en general la argumentación racional aplicada a temas
espirituales, no deja de reconocer que «el discurso iláhico (el referido a
Al-lah) transmite según lo acostumbrado por aquellos a los que se dirige y
también según el resultado de la especulación racional… y no de acuerdo al
desvelamiento»134. En el capítulo de la obra dedicado al profeta José, hablando
de la analogía del mundo y su relación con el creador, aduce el ejemplo de la
sombra producida por un Cuerpo y trae a colación nociones de la especulación
racional: «Y aunque puedas suponer la no existencia del lugar para la sombra,
podrás al menos decir que es una realidad inteligible, mas sin existencia para
el sentido. Estará en potencia en la identidad del individuo al que se le
atribuya. El lugar donde se proyecta esa sombra iláhica es aquello a lo que se
dice mundo: es el conjunto de las actualizaciones de los posibles»135.
Pero donde
mejor se deja ver, en el libro citado, el conocimiento de las teorías de los
filósofos racionalistas es, a nuestro juicio, en el capítulo dedicado a la
sabiduría del profeta Saleh. Por medio de una sutil argumentación que sabe
llevar los presupuestos de la Lógica asimilada por Ibn `Arabi en notable grado,
es especial el procedimiento silogístico que remite a lo que Averroes
escribiera sobre ello, al terreno de la visión trascendente de la Creación, el
sufí
133 Todas
las citas que se hacen de Fusus al-Hikamson de su traducción castellana: Muhyil
Din ibn al-`Arabi, Los engarces de la sabiduría, trad. de Abderramán Mohamed
Maanán, Madrid, 1991.
134 Op.
Cit., p. 37.
135 Op.
Cit., p. 51.
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expone lo
siguiente, siendo nuestro el subrayado: «Has de saber, Al-lah te lo permita,
que la Razón está edificada sobre la singularidad en sí y le corresponde lo
impar, que es desde el tres en adelante»136. En este caso, el sufí se refiere a
la Razón de la Lógica y, en su descripción de la deducción creativa, pues así
creemos que entiende el acto de Creación, expone lo siguiente:
Se
concreta, pues, el origen de la Creación a partir del tres, desde ambos lados.
A continuación, el mismo esquema se reproduce en la existencia de significados
desde la argumentación: es necesario al argumento estar compuesto de tres
partes, según un sistema determinado y unas condiciones específicas. Sólo así
se puede dar existencia a una conclusión. Ello es imprescindible. Y es de este
modo: el especulador construye su argumento a partir de dos premisas,
estableciendo un enlace entre ambas, como lo es el coito, siendo entonces tres
y no más por la repetición de uno de los elementos repartidos entre ambas.
Acontece el resultado que se desea cuando se produce este ordenamiento en sus
condiciones específicas, al relacionar ambas premisas con la repetición de uno
de sus elementos singulares en cada una de las partes y con lo que se hace
correcto su carácter singular. Y la condición específica es que la norma sea
más general o al menos equivalente al pretexto y así se obtendrá un resultado
creíble. En caso
136 Op.
Cit., p. 64.
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contrario,
sería un resultado falso137.
He aquí un
modelo didáctico de la formación de un silogismo demostrativo de acuerdo con
los cánones aristotélicos y, evidentemente, de Averroes. La comprensión que Ibn
`Arabi demuestra del reparto de las premisas del silogismo: una premisa mayor,
seguida de otra menor con un término medio que se repite y que no aparece en
una conclusión que debe tener como norma que sea de alcance universal, es la
exposición de un método deductivo procedente de la Filosofía racional y que el
sufí murciano parece dominar en todos sus alcances hasta el punto de que lo
aplica a uno de los temas tan trascendentales para la espiritualidad y la
Teología espiritual como es el de la Creación divina del mundo.
Mucho más
podríamos extendernos en el análisis de los componentes racionales, cercanos a
los de Averroes, manifiestos en la obra del sufí andalusí Ibn `Arabi que, a
pesar de las coincidencias o influencias especulativas que se advierten en su
obra citada, nunca dejó de sentir, más que de pensar, en ese sutil velo que lo
separaba de su contemporáneo, y admirado, filósofo que ocupaba un grado
diferente del «que nosotros estamos».
137 Op.
Cit., p. 64.
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Capítulo V
Hacia la
ciudad ideal
En un libro
publicado en Venecia en 1549 se opina que el orden de escritura que siguió
Averroes en la redacción de sus obras tenía tres etapas: los compendios,
escritos en su juventud; los comentarios medios en su etapa de madurez y los
grandes comentarios en la vejez. Esta opinión gozó de predicamento durante tres
siglos aproximadamente. En el siglo XIX, Renan, basándose en alusiones del
mismo Averroes, dijo que esa secuencia temporal no coincidía con la realidad de
los hechos pues el filósofo cordobés, al final de su gran comentario a la
Física de Aristóteles, acabado en 1186, afirmaba que escribió un breve tratado
sobre el mismo tema en su juventud, como se lee en la versión hebrea del magno
comentario citado.
Dejando
aparte estas disquisiciones cronológicas que también, como hemos venido
diciendo, forman parte de los problemas de datación para cada una de las obras
del autor, lo cierto es que en esta última etapa de su vida, entre 1184 y 1198,
que relatamos en el presente capítulo, Averroes escribió las tres grandes obras
que coronan su carrera: los grandes comentarios a la Física, el Alma y la
Metafísica. Además, de no menor importancia por su significado, escribió un
compendio sobre la República de Platón y otras obras de Medicina, Retórica y
Lógica, como tendremos ocasión de ver.
A nuestro
juicio, lo primordial en el estudio del texto general de Averroes no es
detectar con mayor o menor precisión si las partes
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del mismo
que representan sus obras concretas se corresponden con etapas determinadas de
su evolución personal, sino que lo importante es señalar en esa evolución la
presencia determinada y determinante de cada uno de sus libros en tanto que
momentos significativos y definitorios de cada uno de los hitos de su vida.
En páginas
anteriores, decíamos que todo ese texto tiene la apariencia de haber sido
pensado de una vez, pero que sus plasmación por escrito, parcelado en el
tiempo, sacando a la luz el libro que en cada momento Averroes debió considerar
oportuno, responde o coincide con un momento significativo de su vida. Ahora,
en 1184, cuando esa vida entra en una definitiva etapa, es cuando aparecen esos
magnos comentarios mencionados y, como veremos, en sincronía casi perfecta con
los acontecimientos que tuvieron lugar en estos catorce años finales.
Hasta este
momento, en el pensamiento de Averroes, que deberíamos denominar en consonancia
con lo dicho, «pensamiento escrito», la Ciencia y la Fe han sido los dos polos
o extremos de una tensión reflexiva permanente que hizo eclosión en el Taháfut.
En ese libro, en opinión de Renan, Averroes filosofó libremente sin escapar de
los presupuestos de la Teología pero tampoco pretendiendo evadir las cuestiones
teológica para evitar el conflicto. Imbuido como estaba y lo estuvo siempre de
un racionalismo de origen aristotélico, en esa obra afirmó que «todo lo que
sobrepasa la capacidad de la Razón, lo enseñó Al-lah a los hombres por medio de
la Revelación. Las verdades inaccesibles a la Razón y cuyo conocimiento es
necesario para la vida humana son de dos clases: o bien son
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inaccesibles
de manera absoluta, es decir, que no está en la misma Naturaleza de la Razón el
alcanzarlas, o bien inaccesibles a una determinada rango o categoría de los
entendimientos humanos» y «como la religión expone principios que sobrepasan
todo Entendimiento humano, debemos admitirlos aunque se ignoren sus
razones»138.
Hay una
cuestión que parece ser la prueba definitiva de los privilegios de la Fe sobre
los de la Razón: los milagros. A este respecto, Averroes no elude el problema,
sino que, como racionalista de una «vía media», aporta su punto de vista en el
que se manifiesta como filósofo y como hombre de Fe: «Sobre los milagros nada
dicen de ellos los filósofos antiguos. Según ellos, puesto que se producen, son
cosas sobre las que no es preciso intentar indagar ni discutir.
Se trata de
cuestiones de orden religioso y quien intente debatirlos o negarlos, es la
misma religión la que lo hace merecedor de un castigo, de la misma forma en que
son castigados los que discuten o niegan principios religiosos tales como la
existencia del Creador, la vida futura o las virtudes encaminadas a la
salvación en ella. No hay que dudar de su existencia y son manifestaciones cuya
entidad pertenecen al orden divino y, por ende, in accesible a la Razón
humana»139.
Aunque
Averroes medita y escribe desde y para la Razón, y para ello se asiste de un
sólido fundamento filosófico enraizado en la historia del pensamiento, en la
operación analítica que lleva a cabo esa misma Razón, debe afrontar todo
aquello que escapa a la misma y
138 En A.
Badawi, Op. Cit., p. 786.
139 Op.
Cit., p. 786.
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que
pertenece, por derecho, al territorio de la Fe. Así lo hicieron de forma clara,
en el pensamiento islámico anterior a él, los mu’tazilíes, los axaaríes y
Algacel.
En todos
ellos, incluido el pensador cordobés, sintiéndose partícipes de una misma
cosmovisión cuyo principio es el principio originario que, además, es lo real y
la Verdad, como indica el texto revelado, todo indica que mientras permanezca
la Fe, la búsqueda de la Ciencia por medio de la Razón conservará su permanente
justificación. Si el filósofo puede soñar con un conocimiento del mundo como
totalidad, es la Fe la que otorga sentido su búsqueda. Como se deduce de la
última cita textual, que procede del Taháfut, si hubiera que destruir o abolir
por medio de la Razón, aunque solamente fuese uno, los principios absolutos que
promociona la Fe, se precisaría un conocimiento también absoluto de naturaleza
racional capaz de medirse con tan alto enemigo.
Una
dispersión de conocimientos racionales parciales y singulares, como los únicos
asequibles al Ser humano, cuando se comprometen en el arriesgado combate contra
principios no racionales pero absolutos, como son los de la Fe, puede derivar
en la constitución de una forma anómala de racionalidad y contradictoria
consigo misma: la Razón irracional. Y a ello no está dispuesto el pensamiento
de Averroes que opta por la integración de todos los conocimientos singulares
en una síntesis superior que sea capaz de otorgar, mediante ella, la cualidad
de Universalidad necesaria y asequible al Entendimiento humano especificado en
el más alto rango de los tres que propone el filósofo de Córdoba. El paradigma
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de esa
síntesis es la Metafísica y, en su caso, la expuesta por el estagirita.
Al-Kindí,
que fue el primer filósofo árabe de la serie de filósofos racionalistas del
Islam, definió a la Filosofía en general como el esfuerzo humano por parecerse
a la actividad divina. Esta definición, basada en la opinión de Platón,
proclamado como divino, remite al seno donde se genera la auténtica Filosofía,
la Metafísica, que, según al-Kindí, es la forma más noble de la Filosofía pues
es la Ciencia del verdadero que es causa de toda Verdad. Por ello, la
Metafísica fue denominada «Ciencia de las cosas divinas», ’ilm al-ilahíat, y
por ello, también, son los filósofos racionalistas musulmanes quienes
consideraron a Aristóteles como su primer maestro.
Dicho esto,
como breve proemio a lo que Averroes escribió en los catorce últimos años de su
vida, volvamos a los hechos de la misma. En 1184, murió en al-Andalus el sultán
Abu Iaqub Iúsuf a resultas de las heridas recibidas en el asedio a Santarem. Le
sucedió en el trono almohade su hijo Abu Iúsuf Iaqub denominado al-Mansúr, el
Victorioso que mantuvo al filósofo en todos los cargos y ocupaciones que este
había tenido en vida de su padre, el sultán Iúsuf. Después de su entronización,
el nuevo emir manifestó su gran aprecio por Averroes porque su trato con él se
había consolidado cuando era solamente heredero al trono y las distancias
protocolarias quedaban más diluidas y las cercanías personales eran más
asequibles. Una vez situado a la cabeza del imperio, sus nuevas
responsabilidades no le impidieron continuar con aquella amistad, complicidad
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diríamos
hoy, y Averroes permaneció en la corte de Marrakech una vez dejada su función
de juez supremo de Córdoba sobre cuyas circunstancias, las relativas al
abandono de este puesto, las fuentes documentales resultan parcas.
Por otra
parte, al-Mansúr perecía haber heredado de su padre el gusto por la Ciencia y
la Teoría racional o, cosa más probable, esa afición le venía de su trato
asiduo con el filósofo que, a este respecto, vendría a ser como un maestro de
excepcionales dotes intelectuales que a buen seguro inició a su discípulo, el
joven heredero, en la lectura, el estudio y la reflexión sobre los temas que de
continuo ocupaban la mente y el quehacer de Averroes. Éste llegó a asombrarse
de su situación en la corte y de su intimidad con el califa al que tuteaba
pero, presintiendo que aquello era demasiado bueno para ser Verdad, contestaba
a lo que le felicitaban por el favor califal, según Ibn Abi Usaibía, que no
merecía la pena complacerse en ello porque el emir de los creyentes «me ha
distinguido en con una gracia que yo no esperaba».
El
comentador de la física
En el año
1185 murió Ibn Tufayl que había precedido, como dijimos, a Averroes en la
función de médico de la corte. Aunque había recibido sólidos y profundos
conocimientos en Filosofía, Astronomía, Literatura y lengua árabe, fue la
Medicina, en la que también tuvo un aprendizaje solvente, la dedicación a la
que se entregó en Marrakech habiéndola ejercido antes en Granada cuando fue
secretario del gobernador de la ciudad. Médico de la familia califal y
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del sultán
Abu Iaqub Iúsuf, recibió de éste numerosas muestras de respeto, alta
consideración y amistad. Ambos pasaban días enteros dedicados al coloquio
filosófico en el que, como sucedió con Averroes, el filósofo de Guadix instruía
al emir en las ciencias racionales. Las intrigas de la corte que hicieron mella
en Averroes, no tuvieron efecto alguno en Ibn Tufayl.
El ya
citado cronista de la historia almohade, al-Marrakuxí, nos da noticia de cómo
el filósofo conservó siempre la amistad del soberano y la de su hijo y
posteriormente Emir, Iúsuf al-Mansúr. Los soberanos almohades, los sucesores de
Ibn Túmart, dice el cronista, convertidos todos ellos en filósofos para
beneficio de la comunidad de los creyentes, ofrecían el espectáculo curioso e
instructivo que nos deja ver, mejor que ninguna otra cita documental, la feliz
alianza entre el poder y el conocimiento. A los solemnes funerales con motivo
de la muerte del filósofo en la capital del imperio, asistió en persona el emir
de los creyentes Abu Iúsuf Iaqub.
Una vez
acomodado a las exigencias que reclamaban de Averroes su presencia en el centro
neurálgico del Estado, el filósofo cordobés tuvo tiempo para terminar, en ese
mismo año de 1185, unas reflexiones escritas sobre los Segundos analíticos de
Aristóteles, como preparación y puesta al día de conocimientos y saberes que
complementaban lo que iba a exponer en los grandes comentarios que ya estaba
redactando.
El primero
de ellos, de 1186, se refiere a la Física aristotélica y, no conociéndose su
original árabe, la restitución de su título en árabe a través de la traducción
latina del mismo es: Xarj Kitáb al-samá al-
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tabi’í, es
decir, «Gran comentario del Libro sobre la Naturaleza del cielo», o comentario
de la Física aristotélica. A este respecto, hay que decir que en el conjunto de
las obras de Aristóteles no se encuentra una Física en el sentido que damos hoy
a tal conocimiento, sino una serie de principios generales que aplican los
conceptos de acto, potencia y movimiento a los seres del mundo corpóreo.
En el libro
VIII de su Física, Aristóteles y, posteriormente Averroes, hablan de que todas
las sustancias pertenecientes al mundo físico, las celestes y las terrestres,
se caracterizan por su movilidad aunque de diferencian en la clase de
movimiento que determina la Naturaleza misma de cada sustancia. Las celestes
son compuestas y son móviles con el movimiento circular como única trayectoria
y las terrestres poseen movimiento local, además de ser generadas y
corruptibles.
Acerca de
la noción de movimiento, éste debe ser entendido siempre como resultante del
juego operativo de la potencia y el acto: el movimiento es el tránsito de un
ser de la potencia al acto o, dicho con las palabras de Aristóteles, acto de un
ser en potencia en cuanto que ese ser es potencia. Por tanto, no se concibe el
movimiento ni cuando el Ser está en potencia ni cuando está ya en acto, sino en
el tránsito de la primera al segundo. De esta forma, podemos entender que el
ente móvil se encuentra en una especie de «acto imperfecto» entre la potencia
que se dispone a ser actualizada y el acto que es la realización misma.
La
explicación esencial del movimiento, aquella que explica por qué existe el
movimiento y no su ausencia o carencia se deduce, en
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primer
lugar, de la experiencia sensorial: todos los entes se mueven, cambian o se
transforman. En segundo lugar, ese movimiento tiende por naturaleza a un fin
determinado pues toda acción se realiza con un objetivo y si no existiera éste,
nada tendría por qué actuar. Para Aristóteles, el fin hacia el que los entes se
mueven, actúan y tienden es su propia perfección. Por ello, los movimientos se
especifican en razón del término o fin al que tienden: mutación sustancial, en
las que hay cambio de entidad en el paso de una sustancia a otra y resultan
imperceptibles, y mutación accidental en la que el movimiento es perceptible
por cuanto que implica un cambio de lugar, un cambio en la cantidad de
movimiento o en la pérdida o adquisición de una determinada cualidad.
El lugar y
el tiempo, por la relación que ambos conceptos mantienen con la explicación de
la movilidad universal, ocupan lugares destacados en la Física de Aristóteles.
Los cinco primeros capítulos de su libro IV están dedicados a esclarecer la
noción de lugar que aparece definido como «el primer término inmóvil del Cuerpo
circundante». Distinto y separable de los cuerpos, es el término del movimiento
local y de la existencia de un Cuerpo en un lugar resulta en dicho Cuerpo el
accidente donde.
El
Universo, finito por su propia naturaleza, no ocupa ningún lugar y, suponiendo
la existencia de un Universo cerrado y lleno, no es posible elaborar el
concepto de vacío. Ello exige la explicación correspondiente a esta hipótesis:
el mundo terrestre está «lleno» de los cuatro elementos y el celeste lo está
del éter. Todos los cuerpos terrestres están envueltos en los cuatro elementos
formando una
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contigüidad
de envoltorios de forma que la superficie más interna del Cuerpo circundante
envuelve sin fisuras al Cuerpo localizado.
El universo
aristotélico, esférico y limitado, es el ámbito general de dos tipos de
movimiento: el circular que pertenece a los cuerpos celestes, eterno y sin
contrario, y el rectilíneo, que corresponde a los cuerpos terrestres y que
puede dirigirse hacia arriba o hacia abajo y el término de estas dos
trayectorias es el lugar natural. Como los movimientos de cada elemento hacia
su lugar natural tiende a la aceleración, pueden tener movimiento contrario y
puede haber encuentro violento entre este movimiento contrario y su opuesto. En
el ámbito de las esferas, éstas se mueven con sus astros correspondientes con
movimiento eterno y circular.
En cuanto
al tiempo, es resultado del movimiento: «el tiempo es la medida del movimiento
según lo anterior y lo posterior», dice Aristóteles, para el que no puede haber
tiempo si no se da el movimiento siempre que, como condición indispensable,
intervenga un Entendimiento que compare las posiciones locales del ente que se
mueve y las distribuya en una antes y un después. Si el movimiento es eterno,
el tiempo también lo es y éste siempre está en estrecha dependencia del
primero: el movimiento real genera un tiempo real. Si el movimiento es
imaginario o ideal, el tiempo también lo será. En el universo aristotélico,
como indica claramente el libro V de la Física, solamente se concibe la
limitación y la finitud como rasgos esenciales de su esencia. Por tanto, no es
posible la existencia de un Cuerpo infinito.
Observemos
que, en todo lo que estamos refiriendo, bien que de
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forma
esquemática y breve, sobre los conceptos de infinitud, eternidad, movimiento,
tiempo y otros similares en la obra de Aristóteles, deben ser entendidos en el
contexto de la actitud filosófica del primer maestro que en su magna obra
intentó dar una respuesta, a la vez que armonizar en la medida de lo posible, a
tres cuestiones fundamentales que habían definido aspectos filosóficos de gran
predicamento: el monismo estático de Parménides, la esencia del cambio de
Heráclito y el idealismo de Platón.
Postulando
que lo que se mueve no es el Ser sino los entes particulares, deducía el
filósofo griego que «no dicen Verdad los que afirman la inmovilidad del todo
(Parménides) ni tampoco los que afirman la movilidad (Heráclito)». En su
Metafísica aparece la solución al dilema entre ambos extremos: Los seres
particulares se mueven, pero sus esencias son inmutables y permanecen a través
de todos los cambios y transformaciones.
Un
antecesor de Parménides, Jenófanes de Colofón (m hacia 530 a. C.), nos habló,
trescientos años antes que Aristóteles, de la permanencia del Ser en su
inmutable unidad en medio de la destrucción y movimiento de los entes
particulares. Además, proclamó, junto a la existencia de dioses inferiores y
demonios, la presencia de un Dios único, eterno, inmóvil, inmutable e
inalterable que trasciende toda idea antropomórfica que de él podamos hacernos.
El modelo
de perfección teórica del pensamiento griego que proviene de tiempos de este
filósofo, especifica la negación de lo inacabado, del vacío, de lo que no tiene
límites y, en definitiva, de todo aquello
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que pueda
escapar a los límites de algo que pueda ser pensado como totalidad. Si una
totalidad puede ser pensada, debe hacerse a partir de su sometimiento a
referencias que puedan ser definidas, es decir, que puedan representarse sin
fisuras, hiatos e indeterminaciones.
Por ello,
el modelo geométrico idóneo para ofrecer una imagen perceptible de este
concepto de totalidad definible, es la esfera que está formada por una cantidad
infinita de puntos, tanto en su superficie como en su volumen pero que, a su
vez, es finita y determinada en su extensión total, como podemos comprender en
cuanto observamos dicho Cuerpo geométrico. Por ello, también, Jenófanes imaginó
a ese Dios, indefinido pero definible, como una esfera.
En el
pensamiento islámico clásico, anterior por tanto a los tiempos de Averroes,
hubo coherentes tentativas teóricas que se basaban en los postulados
aristotélicos recibidos a través de las traducciones realizadas en Bagdad en el
siglo IX, como ya dijimos. Sin entrar ahora en las grandes dificultades
terminológicas derivadas de la traducción e interpretación de los términos de
Infinito, finitud, eternidad o permanencia, fue al-Kindí el primero que
advirtió esta problemática y, sobre todo, la importancia que podía tener la
introducción de estas nociones en el campo de la Teología y, dentro de ella,
del problema de la existencia de un principio eterno, Al-lah, y la eternidad o
no de Su producto creador. Por ello, para el filósofo árabe fueron dos los dos
grandes problemas de la Metafísica griega, en especial de la aristotélica en
cuanto que en ella se resumen,
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dirimen y
solucionan los problemas filosóficos anteriores a la misma: el Infinito y la
Unidad.
Las teorías
de al-Kindí respecto a estos temas que, además las tuvo en cuenta Averroes en
parte de sus reflexiones, no pueden exponerse en estas páginas con la debida
extensión. Para nuestro propósito, nos bastará aludir a un breve resumen de las
mismas en lo que tienen de propósito y justificación en los textos de la
Filosofía islámica racional que adoptó los presupuestos del pensamiento griego
salvando los propios de la Fe.
En el libro
III de la Física, que glosa Averroes en su gran comentario de la misma,
Aristóteles trata extensamente el tema del Infinito. No existiendo, dice, la
infinitud en acto, pero teniendo en cuenta que el movimiento y el tiempo no
tienen principio ni fin, podemos decir que, desde un punto de vista, que el
Infinito no existe, pero desde otro, que sí existe. Es decir, que existe en
potencia, pero no en acto o, dicho de otra forma: no hay límite en el hecho de
que admitamos siempre, por ejemplo, un número superior inmediatamente a otro
anterior pero, en realidad, la infinitud así conseguida no podemos abarcarla en
su totalidad, es decir en acto. Conocemos en acto números determinados, pero la
totalidad de los existentes que se prolonga en una posible o potencial serie de
números, no podemos aprehenderla en un único acto intelectivo que nos ofrezca
la suma total y definitiva de esa infinitud.
Si esa la
idea que hace partícipes a los conceptos de Infinito y
Limitado la
transportamos al todo, a la realidad considerada como
Unidad
cósmica absoluta, aparecen sutilezas argumentativas dignas
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de tenerse
en cuenta. El estagirita dice que «si negamos absolutamente el Infinito, se
derivan de esta negación consecuencias inaceptables. En efecto, deberá haber un
comienzo y un fin del tiempo, las magnitudes infinitas no serían divisibles en
otras magnitudes y el número no sería entonces Infinito. Establecido esto,
debemos acudir a una solución intermedia: el Infinito existe en cierto sentido
y en otro, no. Del ser en potencia y del Ser en acto, el Infinito aparece como
potencial»140.
Aplicando
esas nociones al Cuerpo del todo, Averroes adopta, no sin reparos, el punto de
vista de al-Kindí que nos dice que «por la Imaginación es posible aumentar el
Cuerpo del todo (el Universo) de forma continua, imaginándonos un Cuerpo cada
vez más grande y así hasta el Infinito. Pero eso es un acto potencial, no
actual y real, pues estar en potencia significa ser posible y un ser posible
es, por tanto, un ser en potencia. Lo mismo podemos decir del movimiento y del
tiempo: si los consideramos en acto, no son infinitos»141.
Acerca de
la Unidad, al-Kindí, como Averroes, afirma que Al-lah es el Uno, aunque debe
precisarse la forma en que se entiende esa acepción. Para ello, de forma un
tanto evanescente y poco sistemática, como le reprocha Averroes, nos habla de
las diversas connotaciones del término Uno: se puede decir de él que lo es por
accidente o por esencia. En el primer caso, lo hacemos como cuando empleamos
sinónimos. En el segundo, atendiendo a la esencia, nos referimos a ella como
algo inherente a la continuidad, a la forma o al género. Además, dado que lo
múltiple se dice por oposición al
140
Aristóteles, Física, libro III, capítulo VI.
141
Al-Kindí, Rasail al-Kindi al-falsafiyya, ed. Abu Rida, El Cairo, 1958, I, p.
116.
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Uno, aquel
será divisible por las mismas razones que éste es Uno:
por
discontinuidad, por las formas o por los géneros.
Una vez
realizada toda la serie de prolijos análisis conducentes a la definición del
verdadero Uno, al-Kindí concluye diciendo que el Uno verdadero no es ni
elemento, ni género, ni especie, ni individuo, ni accidente, movimiento, Alma,
Intelecto, parte, algo o suma de otros. Es Uno de forma absoluta y por ello,
tampoco admite materia, forma, cantidad, cualidad, relación ni ninguna otra de
las categorías especificadas por Aristóteles. El Uno verdadero, de nadie recibe
su unidad y es él quien otorga Unidad a lo que es único. Como, por otra parte,
es imposible remontar al Infinito, por las razones aducidas anteriormente, la
serie de dadores de Unidad, hay que llegar a un dador supremo que es el Uno por
excelencia. Su Unidad fundamenta la Unidad del todo y éste sin aquella se
destruiría.
La
importancia de las nociones que trata la Física aristotélica remite en su
acabamiento discursivo a postulados teológicos que escaparon al estagirita por
la índole y naturaleza propia de los conceptos que éste estructuró a partir de
una primera causa desconocedora de sus efectos. En el caso del pensamiento
islámico, la indagación por un primer principio único por medios racionales, se
aplica a la búsqueda de un fundamento trascendente que, aunque escapa a la
Razón, solamente puede ser aprehendido sensatamente por el raciocinio. Como
dice al-Kindí en la primera parte de sus Epístolas: El Uno verdadero es el
primero, el creador, el conservador de todo lo creado por Él. Solo existe, en
el sentido real del término, un único Uno y toda otra unidad aplicada a los
demás
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entes, se
dice en sentido metafórico.
El
comentador del alma
Desde 1186
en adelante, Averroes se dedica a la reflexión y análisis exhaustivo de los
grandes temas de la Metafísica aristotélica que, ahora más que nunca
anteriormente, acaparan su atención como paradigmas de la Verdad racional
deducida por un hombre que es un modelo «donde la Naturaleza ha manifestado la
perfección más acabada». Sus tres maestros quedan ahora definidos en una
entidad suprema, Al-lah, y en dos señores, Uno temporal y contingente, el emir
almohade, y otro eterno e imperecedero, Aristóteles.
En sus
grandes comentarios, con los que Averroes entró en parecida inmortalidad a la
del estagirita, el filósofo cordobés utiliza como base una o varias de las
traducciones árabes de las obras del pensador griego además de las de sus
comentaristas. También tiene en cuenta lo dicho por sus antecesores del
pensamiento islámico algunas de cuyas figuras más importantes, como Avicena,
que también aceptó grandes tesis del pensamiento aristotélico, no deja de ser
objeto de rechazo por la errónea interpretación que hace de los pensamientos de
Aristóteles. En este caso, los reparos más serios que Averroes pone a las tesis
de Avicena son, entre otros, el haber introducido demostraciones físicas en
argumentos metafísicos, como por ejemplo, incluir la prueba de la existencia
del primer motor en la Metafísica en lugar de haberlo hecho en la Física como
hace Aristóteles en su libro VIII.
Otras
acusaciones, tienen que ver con la confusión de Avicena
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respecto
del Uno trascendental con el numérico, la consideración de la existencia de los
entes como un accidente respecto de la sustancia o el escaso fundamento
racional para demostrar la distinción entre lo posible y lo necesario. En gran
medida, los textos de Averroes son de lectura sugerente y agradable gracias a
esta casi permanente polémica con ilustres representantes del pensamiento árabe
e islámico.
Ante la
profusa y variada cantidad de comentarios de Averroes, desde los más breves a
los más amplios, puede preguntarse el lector por las características de su
pensamiento real, en respuesta a la pregunta a la que al principio de este
libro señalamos como una de las fundamentales de su biografía intelectual: ¿qué
pensó? La historia de la Filosofía, a diferencia de la historia de la Ciencia,
es la historia de las opiniones, formulaciones, postulados o teorías de
filósofos determinados. Así, hablamos del pensamiento de Platón, del de
Descartes, Kant o Hegel y todos ellos, conforman ese vasto espacio discursivo
que denominamos pensamiento o Filosofía. Lo mismo podemos decir respecto del
pensamiento islámico.
Aunque la
Filosofía es la disciplina encargada de ofrecer las respuestas últimas a las
preguntas que suscita la realidad en toda su diversificación referencial:
mundo, conocimiento, Alma o Dios, con sus correspondientes derivaciones
reflexivas, nunca es posible ofrecer una respuesta que no esté ligada a alguien
que la formulase. Los pensamientos no tienen vida propia sino es en función de
quien los pensó y por ello, un mismo pensamiento puede ser formulado cientos de
veces por otros tantos pensadores sin que se agote la
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fuente
reflexiva pero, también, sin dejar de tener en cuenta que esos pensamientos
tienen dueño.
La Ciencia,
por el contrario, goza de una autonomía peculiar pues una vez formulado un
determinado descubrimiento, el mismo circula como base de operaciones
científicas o tecnológicas a las que no se pregunta por su autoría, por quién
fue su inventor o descubridor. Nadie suele traer a colación el nombre de
Descartes cuando, tras haber solucionado una ecuación de segundo grado, sin
tampoco haberse preguntado por su autor, traslada sus datos a un sistema de
coordenadas para evidenciar una solución geométrica al problema. Cierto es que,
en este caso, a esas coordenadas a veces se las denomina «cartesianas», pero no
es lo habitual. Lo mismo podríamos decir de los avances tecnológicos y
científicos en general. Si tuviésemos que presentar de forma sistemática el
pensamiento de Averroes al modo en que podemos hacerlo, por ejemplo, con el de
Kant, nos encontraríamos con grandes y embarazosas dificultades. Por una parte,
la mayor parte de su obra son comentarios, valiosísimos sin duda para aquilatar
y comprender el pensamiento de Aristóteles, como así lo entendió Alberto Magno,
primero, y Tomás de Aquino, después. Cuando el pensamiento de Averroes pasó al
Occidente medieval en traducción latina, indisolublemente acompañado del
pensamiento aristotélico, quienes lo leyeron y asimilaron equivocaron sus
asertos y dieron lugar a un denominado «averroísmo latino» que más tenía de
«aristotelismo heterodoxo» que de pensamiento originario de Ibn Ruxd.
Los datos
que podemos entresacar de sus comentarios a la obra de
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Aristóteles
carecen, por su dispersión, de unidad discursiva completa que habría que buscar
en aquellos tratados más personales como los que hemos analizado: el Fasl, el
Kaxf y el Taháfut, mencionados en la versión abreviada de sus correspondientes
títulos completos que el lector ya ha tenido ocasión de leer. Sin embargo, a
pesar de que en ellos está el genuino pensamiento de Averroes, su contenido
resulta ser en general una refutación y, a la vez, una apología de los aspectos
racionales que concuerdan o no con la Fe, además de llevar la intención tácita
de restablecer una Filosofía racional que sirviera de justificación teórica a
los presupuestos ideológicos del pujante, en su momento, Estado almohade.
Ante esta
realidad, en la necesidad de exponer el pensamiento de Averroes de forma
coherente y ordenada, lo único sensato es hablar de los grandes temas de dicho
pensamiento. Nuestro propósito, lo dijimos al principio, no sólo era decir qué
pensó Averroes, sino exponer también los rasgos de ese pensamiento a través de
su biografía personal y de ahí que esta revisión cronológica tenga
reiteraciones, ampliaciones o resúmenes de unos mismos temas y unos mismos
núcleos reflexivos que, sucesivamente, se actualizan, modelan o reinterpretan
por parte del autor a lo largo de su vida.
El Gran
comentario sobre el Alma, Xarj Kitáb al-Nafs, de Averroes, del que no se conoce
su manuscrito árabe constituye una nueva y definitiva reflexión sobre aspectos
relativos al conocimiento que, desde el De Anima de Aristóteles fueron
reinterpretados por sus inmediatos comentadores, Alejandro de Afrodisia y
otros, y por los
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pensadores
racionalistas del mundo islámico desde al-Kindí. Cuando el libro original y
originario llegó a manos de Averroes, venía por tanto, con una larga
trayectoria interpretativa que, sorprendentemente, más que aclarar los
problemas, los complicó hasta el alambicamiento más exasperante basada en la
oscuridad del texto aristotélico al respecto. Veamos todo ello en lo que sigue.
El primero
que habló del Alma en el pensamiento griego de forma detenida, fue Platón (n.
429 a. C.). Cuando habló del demiurgo como agente formador del Cosmos a partir
de las ideas que le servían de modelo, indicaba que dicho agente tomó la idea
de Animal viviente perfecto para hacer un mundo sensible que operase como un
organismo vivo. Para ello, hizo un Alma que fuera el principio vital del
Universo a partir de la mezcla de lo idéntico, lo diverso y la esencia. El Alma
resultante fue «la más excelente de todas las cosas engendradas por el mejor de
los seres inteligibles eternos», como leemos en el Timeo platónico.
La
Naturaleza del Alma humana refleja los componentes de aquella mezcla que dio
lugar al Alma universal. En los diálogos de Platón como el Timeo, Fedón, Fedro
y La República, además de alusiones en otros, podemos encontrar los rasgos que
definen el Alma que aparece definida como una entidad inmaterial que se
encuentra en una situación anómala en su unión con el Cuerpo material en tanto
que «de todas las cosas que posee el Hombre, el Alma es la más próxima a los
dioses y su propiedad más divina y verdadera», como leemos en Las Leyes.
En La
República, el Alma tiene un tratamiento especial, como
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tendremos
ocasión de ver en el Gran comentario que Averroes dedica a dicho libro, y en
ella se pueden distinguir tres aspectos: el racional, el irascible y el
concupiscible. Es al primero de ellos al que Aristóteles se refiere con mayor
detenimiento y, en su seguimiento, los demás pensadores musulmanes y, en
especial, Averroes en su Gran Comentario.
En el Libro
III del De Anima, el Estagirita habla del conocimiento intelectivo que el Alma
humana posee como rasgo distintivo frente a las almas de todos los vivientes
terrestres. Ese conocimiento tiene lugar como un movimiento y, como tal, es el
paso de la potencia al acto y, siendo una operación intelectiva, ese
conocimiento incorpóreo tiene una real capacidad infinita para la aprehensión
de objetos cognoscibles. Esta capacidad que posibilita, en su estado potencial
todas las posibles actualizaciones, es lo que lleva a decir a Aristóteles que
el Alma es, en cierto sentido, todas las cosas. El Entendimiento puede, así,
recibir intencionalmente las semejanzas de todas las formas de todos los entes
a través de las imágenes suministradas por la sensibilidad y, por ello, en el
acto de intelección el Entendimiento se identifica con el inteligible.
La
explicación de la función intelectiva en función de las nociones de potencia y
acto, deriva en una doble modalidad en el Entendimiento pues, por una parte, se
halla en potencia para conocer todas las cosas recibiendo las semejanzas de las
formas. Esa función del Entendimiento es pasiva en lo que tiene de potencial,
es decir, queda a la espera de recibir las formas. Sin embargo, por otra parte,
Aristóteles introduce en esta modalidad
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una
actividad que debe cumplir la función intelectiva y que debe nace de la misma,
es decir, que ese mismo Entendimiento en estado pasivo debe elaborar sus
propios objetos de conocimiento a partir de los datos que le suministra el
conocimiento sensitivo.
No hay que
entender esa función «activadora» como la síntesis kantiana que opera en la
sensibilidad donde el fenómeno es adaptado a las estructuras de espacio y
tiempo que parten del mismo sujeto cognoscente. En Aristóteles, no se trata de
dos entendimientos sustancialmente distintos que existan en el Alma, sino que
es una sola Alma la que realiza dos funciones distintas por medio de sus
potencias: la función activa, que eleva las imágenes sensibles al rango de
conceptos inteligibles y la función pasiva que es la encargada de percibir esos
objetos.
La letra
del texto aristotélico donde expone esta explicación es lo suficientemente
ambigua como para explicar las complicaciones derivadas de su aclaración hechas
por todos comentaristas del pasaje que, además, se oscurece más cuando el autor
introduce tres entidades que toman parte en la intelección: el Cuerpo, el Alma
y el Entendimiento que, por otra parte, se especifica en Uno pasivo, que se
corrompe con el Cuerpo y otro activo y separable que es incorruptible e
inmortal.
Tratando,
brevemente, de arrojar algo de luz a este problema, partimos de esta doble
funcionalidad del Entendimiento que lo constituye no como una distinción entre
dos funciones, sino como dos entendimientos: el pasivo, el que se hace todas
las cosas, y el activo, que debe hacer todas las cosas. El Entendimiento
pasivo,
356
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está en
potencia, no está mezclado con el Cuerpo y es como el seno predispuesto para
las ideas. Separado del Cuerpo, se hace Uno con cada uno de los inteligibles
que pueda recibir, se puede pensar a sí mismo y, como potencia para todos los
inteligibles, es como una tableta en la cual no hay nada escrito y es, también
corruptible y mortal142.
Frente a
este Entendimiento pasivo, Aristóteles propone el activo cuya función es
producir los inteligibles y con ello, suministrando al pasivo el material que
debe conocer, es decir, los inteligibles, los conceptos. Este Entendimiento es
separado, inmortal y eterno aunque en su estado de separación no perduren en él
los recuerdos. Ni el Entendimiento pasivo ni el activo son forma del Cuerpo al
modo en que, en la Teoría aristotélica, lo es el Alma. El Entendimiento pasivo
es algo separado, joristós, y el activo es distinto del Cuerpo y del Alma y
esta indefinición clara de conceptos y nociones es la que comentó en primer
lugar Alejandro de Afrodisia que distinguió, en el texto aristotélico, tres
entendimientos Uno pasivo y material, que es forma del Cuerpo y perece con él.
Otro como habitus, costumbre o adecuación que determina la existencia del
anterior y un tercero que es el agente, entidad espiritual, separada y siempre
en acto pero distinta del Hombre.
Un tratado
sobre el conocimiento, el Peri Nou de Alejandro de Afrodisia, se tradujo al
árabe y uno de sus manuscritos se conserva en El Escorial. Tomándolo como base
pero interpretándolo desde su propia perspectiva, al-Kindí escribió un libro
titulado Sobre el
142
Aistóteles, De Anima, III, 4, 429 a.
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Entendimiento,
Fil `aql. En el mismo, el filósofo árabe divide al Entendimiento en cuatro
aspectos, partes o funciones: el Entendimiento activo; el Entendimiento en
potencia; el Entendimiento que, en el Alma, pasa de la potencia al acto, que es
el Entendimiento como habitus de Alejandro y el Entendimiento demostrativo.
Esta
división en cuatro entendimientos es la que adoptará al-Farabi en dos de sus
libros, uno sobre los sentidos del vocablo y otro dedicado a la Ciudad Virtuosa
de la que hablaremos en su momento. También la hará suya Avicena que, en su
obra denomina con alguna variante a los cuatro entendimientos citados:
material; como habitus; adquirido y activo. Este último es el responsable del
conocimiento más noble y por ello: «la función teórica en el Hombre pasa de la
potencia al acto por iluminación de una sustancia cuya naturaleza es la de
producir la luz. Ello es así porque una cosa no pasa de la potencia al acto por
sí misma, sino gracias a que otra cosa la actualiza. La actualidad que esta
sustancia otorga al Entendimiento humano posible son las formas inteligibles.
Por ello
hay algo que por su propia naturaleza confiere e imprime en el Alma los
inteligibles. Esta entidad posee en su esencia esas formas inteligibles y es,
por ello también y en esencia, un Entendimiento. Si fuera un Entendimiento en
potencia, implicaría una regresión al Infinito, cosa que es absurda. Por ello,
la serie debe pararse en algo que, por esencia, sea un Entendimiento que hace
que todos los entendimientos en potencia vengan a ser entendimientos en acto
(…) y esa sustancia debe ser, pues, un
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inteligible
en sí mismo eterno de la misma forma que en inteligente en acto»143.
Con estos
antecedentes llegamos al gran comentario de Averroes al De Anima aristotélico
y, en especial, al referido al capítulo 4 del libro
III que
debemos poner en relación, para su mejor Entendimiento con su ya mencionado
tratado sobre la unión del Entendimiento y el Hombre, de 1174, y cuyo
manuscrito árabe se encuentra en El Escorial del que nos consta una traducción
castellana de 1923144.
En un libro
de Carmelo Octaviano, de 1935, referida a la traducción de otra de Tomás de
Aquino en la que habla contra la doctrina averroísta de la Unidad del
Entendimiento, se encuentra una explicación coherente de lo que Averroes piensa
de los entendimientos y sus funciones intelectivas. A este respecto, indica que
el filósofo cordobés expone en su gran comentario que el Entendimiento material
se une al Hombre por medio del elemento formal, es decir, por medio de la
especie inteligible que se encuentra en el Hombre. El Entendimiento activo o
agente, actualiza en los individuos las especies inteligibles de forma que el
Intelecto material pueda unirse a ellas. Así pues, la unión del Entendimiento
agente con el individuo determina, condiciona y precede a la unión del
Entendimiento material con el Hombre.
El
Entendimiento agente actualiza las formas, los fantasmas de que ya hablamos en
páginas anteriores como depósito de las imágenes de la fantasía, que ya están
en el individuo y las hace especies o sea, que determina la formación del
Entendimiento especulativo o
143 En A.
Badawi, Op. Cit., p. 693.
144 E.
Morata, Los opúsculos de Averroes en la Biblioteca de El Escorial. El Escorial,
1923.
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como
habitus que es individual teniendo en cuenta el carácter potencial del
Entendimiento sobre el que actúa. Este Entendimiento agente, siendo forma de
los fantasmas que están en el Hombre, en tanto que agente operativo, puede
denominarse también forma de los fantasmas mismos, es decir, parte constitutiva
del Entendimiento adquirido. Por ello, este Entendimiento adquirido está
engendrado también por el Entendimiento agente y como resultado, viene a ser un
compuesto de Entendimiento como habitus y Entendimiento agente. Ese
Entendimiento adquirido es mortal como se deduce de su naturaleza transitoria y
su fundamento en los fantasmas.
Dado que
las especies inteligibles que constituyen el Entendimiento adquirido son el
acto del Entendimiento material y que el Entendimiento agente es una forma del
mismo Entendimiento adquirido, el Entendimiento material es sujeto, a la vez,
del Entendimiento adquirido y del agente. Por ello, el Entendimiento adquirido
que está en el Hombre, es un Entendimiento en acto.
El
Entendimiento en acto, como forma de los fantasmas que están en el Hombre puede
ser entendido como forma de éste y lo mismo puede decirse del Entendimiento
material que es inseparable del Entendimiento agente.
Alejándonos
un poco de estas intrincadas, pero necesarias, especulaciones acerca de la
naturaleza del Entendimiento, nos acercaremos a otro punto de vista sobre la
misma cuestión que también expone Averroes en su Gran Comentario sobre el Alma.
Para el
pensador cordobés, toda discusión sobre la pasividad o
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potencialidad
del Entendimiento debe partir de la base de que éste se halle libre de materia
y sea inmutable. Con la insistencia en este punto, Averroes coincide con el
concepto coránico de la relación del Hombre con Al-lah, por una parte, y con la
opinión de Aristóteles que aduce la convicción de que el Entendimiento no es
una capacidad humana. En consecuencia, para Averroes queda claro que si el
Entendimiento es una sustancia inmutable y simple, no mezclada con el Cuerpo,
es también separable del Cuerpo e insiste en la consideración de que aunque la
potencia pasiva del Entendimiento sea denominada material en analogía
conceptual con la materia prima de la que parten todas las cosas, no es de
ninguna manera material y no tiene nada que ver con la materia.
Como
muestra de su preocupación por subrayar el carácter del Entendimiento como
separable, simple e inmutable, Averroes repite el criterio decisivo para
determinar si el Entendimiento es una potencia del Alma o no los es. Dicho
criterio es la comprobación de si ese Entendimiento tiene un instrumento
corporal. Dado que no existe tal órgano, se deduce claramente que el
Entendimiento no es una potencia del Alma. Por otra parte, haciendo al Alma
algo distinto del Entendimiento, Averroes coincide con los datos de la
Revelación, pues no hay lugar para interpretar la subsistencia del Alma tras la
muerte como si el Alma fuera una sustancia intelectual al cómo pensaba Platón.
Si el Hombre cree en su salvación tras la muerte, como indica el texto
revelado, su única esperanza reside en Al-lah y Su promesa de la resurrección.
Es decir, que al apartar el Entendimiento del Alma, Averroes afirma, en
realidad, que la
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actividad
humana depende de Al-lah y no de las funciones intelectuales145.
Esta
convicción puede sorprender al principio en tanto que muestra una tendencia no
estrictamente racional en un filósofo que se caracteriza, precisamente, por
someter a juicio los postulados que escapan a la Razón. Su apego a la doctrina
revelada parece rechazar todo el esfuerzo especulativo que despliega en el
comentario a las tesis aristotélicas sobre el Alma: si en el Corán está la
afirmación más rotunda de la esperanza humana en el orden soteriológico, ¿qué
razón hay para indagar prolijamente en los entresijos de la Teoría del
Entendimiento? Decidido a fundamentar una armonía sólida entre Razón y Fe,
entre especulación intelectual y Revelación, opta por manifestar su convicción
sincera de que la naturaleza del Alma es radicalmente diferente a la del Entendimiento
incluso aunque este supuesto rompa la buena relación que mantiene con su primer
maestro, porque «incluso si esta no fuera la opinión de Aristóteles, la
aceptaríamos como Verdad»146.
Una vez
salvados los privilegios del Alma, considerados en el horizonte de la
Revelación, Averroes queda libre para la especulación racional del
Entendimiento en tanto que en el libro revelado no existe una doctrina
elaborada del mismo y, por ende, toda discusión racional sobre la Naturaleza
del mismo es compatible, tanto con la Revelación que nada dice de ello, como
con Aristóteles que lo dice casi todo aunque en términos que abren la
145 N. M.
Ovey, Averroes’ Doctrine of Inmortality, Ontario, Canadá, 1984, p. 96.
146
Averrois Cordubensis Commentarium Mágnum in Aristotelis de Anima Libros. Ed.
F-S-Crawford, Cambridge M. Press, 1953, p. 44.
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puerta a
toda suerte de comentarios. La convicción de que el Entendimiento no es una
parte del Alma, posibilita la armonía entre el estagirita y la letra del texto
revelado.
Sin
embargo, esta distribución de competencias no soluciona un problema que surge
cuando se considera el acto de conocimiento mismo: si hay Unidad de
conocimiento, es decir si el Concepto se hace Uno con el Entendimiento que lo
aprehende y si, por otra parte, el Entendimiento no es una potencia del Alma,
podría deducirse que el Hombre no tiene conocimiento, que no puede conocer,
aunque los datos de la experiencia confirman que sí conoce y que el
conocimiento es diverso en los individuos que forman parte del género humano.
Averroes
abordará esta cuestión y tratará de darle solución de la siguiente forma: dado
que el Entendimiento puede ser uno o varios, por lo dicho, y que no parece que
exista otra alternativa a este postulado, «desde el momento en que la
perfección última es la misma para todos los hombres y no hace distingos entre
ellos, debería suceder que, cuando yo aprehendo algún inteligible tú también lo
haces y cuando lo olvido, tú también. Cualquier otra suposición en este terreno
es imposible»147.
Queda claro
que para Averroes, la Unidad del Entendimiento muestra que existe una Unidad de
conocimiento que hace caso omiso de la diversidad de los individuos en los que
ese conocimiento se especifica. Sin embargo, tal hipótesis viene a contradecir,
en cierto modo, la certeza que la Revelación defiende: cada
147 Op.
Cit., p. 393.
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Entendimiento
humano mantiene una relación directa con Al-lah y coopera con El en la obra
creadora. Averroes, en este caso, que la idea sobre que cada Hombre tiene su
propio Entendimiento es filosóficamente indefendible. En su opinión, la Unidad
del Entendimiento existe porque el Entendimiento es Uno y hay diversidad de
conocimientos entre los hombres porque éstos son muchos.
Teniendo
esto en cuenta, dado que la Verdad es una, la Filosofía y la Revelación no
pueden contradecirse y el punto en que coinciden Aristóteles y el Corán en este
caso, es el que muestra Averroes diciendo que hay dos sujetos en la operación
cognoscitiva: «Si estamos de acuerdo en que algo conocido por mi y por ti es
algo plural respecto del objeto conocido (varios sujetos conocen un mismo
objeto), y dado que ese conocimiento es cierto, es decir, respecto de las
formas imaginativas ese conocimiento es plural, pero no lo es respecto del
sujeto a través del cual se determina como Entendimiento que conoce que es el
Entendimiento material»148.
Es decir,
cada conocimiento humano en cada individuo es diferente en cada caso porque los
inteligibles son ciertos en lo tocante a las formas imaginativas de sus almas
que están individualizadas por obra de la materia, pero eso no impide que el
conocimiento sea Uno pues los inteligibles existen en el Entendimiento
material. De ahí se sigue que, aunque Alma y Entendimiento sean distintos, la
Revelación y la Razón pueden armonizarse.
El
Entendimiento precisa de las potencias racionales del Alma pues,
148 Op.
Cit., p. 400.
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sin
potencia para conocer y sin potencia para imaginar, el Entendimiento material
no podría entender algo. Sin embargo, el Entendimiento difiere del Alma
racional humana como lo no pasivo difiere de lo pasivo aunque, dado que la
potencia cogitativa depende del Cuerpo para sus operaciones, no tendrá
actividad alguna tras la muerte de éste.
Cuestión
relacionada muy estrechamente con el debate sobre la naturaleza del
Entendimiento y sus actividades eternas o perecederas, es la supervivencia del
mismo o del Alma en la otra vida. Para el creyente, y Averroes lo es de
corazón, no hay contradicción entre lo que dice la Razón (Aristóteles) y lo que
dice la Fe (la Revelación): la continuidad de la existencia en la otra vida se
realiza a través del Alma. Así lo afirma el Corán explícitamente y así viene a
afirmarlo, indirectamente, Aristóteles cuando afirma que nada perecedero puede
permanecer para siempre como idéntico a sí mismo.
En el Gran
Comentario sobre el Alma, Averroes parece mantenerse fiel al intento deliberado
de armonización entre dos ámbitos diferenciados. El Corán manifiesta la idea de
que la resurrección de los cuerpos y las almas constituye una segunda creación,
como así lo atestiguan varias aleyas entre las que podemos citar la 33 de la
azora 46: «¿No han visto que Al-lah, Que ha creado los cielos y la tierra sin
cansarse por ello, es capaz de devolver la vida a los muertos?». Por otra
parte, el aserto de Aristóteles referido a que nada perecedero puede permanecer
idéntico a sí mismo, abre la puerta para interpretar ese pensamiento como si
existiera una
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supervivencia
indeterminada pero algo cierta, en los límites que el pensamiento aristotélico
impone a toda consideración religiosa de la cuestión.
La
operación intelectual de Averroes en este delicado problema, empieza por
apartar del dilema la duda aristotélica acerca de si el Entendimiento es o no
es una potencia del Alma. Para ello, aduce el planteamiento coránico sobre la
relación entre el Alma y el Cuerpo apoyándose en la alegoría del Alma y su
función cuando el Cuerpo está dormido a la que ya nos hemos referido en páginas
anteriores.
La difícil
armonía entre el pensamiento del estagirita y la Verdad revelada, viene a ser
resuelta por Averroes con una sutil argumentación que rescata de cada una de
ambas propuestas los elementos conducentes a la mejor conciliación: Según el
Corán, la muerte es semejante a un sueño del que el Hombre despierta como en
una nueva creación, de la misma forma en que Aristóteles dice que el Alma está
unida al Cuerpo como la visión al ojo. Es decir, que la continuidad entre esta
vida y la postrera se hace mediante el Alma a sabiendas de que como, perfección
del Cuerpo, el Alma no puede tener actividad sin él y de ahí que la
resurrección de los cuerpos y las almas conjuntamente, tiene sentido en la
creencia en una renovada creación.
El
comentador de la metafísica
Hacia 1190,
Averroes completó su Gran Comentario a la Metafísica aristotélica, el Tafsír ma
baad al-tabía149, el único de los grandes
149 Editada
por M. Bouyges, 3 vol. de texto árabe e índices, Beirut, 1938-1948.
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comentarios
de los que existe original manuscrito en árabe. Los trece Libros de que consta
el original griego estudian la naturaleza de la Ciencia, en los tres primeros;
los caracteres de la Filosofía primera, en los libros IV, V y VI; la sustancia,
el acto y la potencia y la unidad y contrariedad, del VII al X; sobre la
infinitud y el movimiento y un resumen de los libros anteriores, en el XI; el
XII está dedicado al estudio de la Teología, Astronomía y el sumo Bien,
terminando el XIII con una controversia con los platónicos sobre las ideas
subsistentes y los números ideales.
Averroes
había hecho numerosas observaciones, análisis y aclaraciones sobre todas estas
cuestiones aristotélicas en obras y comentarios anteriores. De uno de ellos, el
compendio de Metafísica, hablamos en su momento. Ahora, su reflexión toma la
perspectiva necesaria para dar como concluida una tarea que, aunque inacabada
por la Naturaleza misma de las cuestiones que suscita, exige del filósofo
cordobés una meditación más serena y, sobre todo, una justificación sobre la
oportunidad de sacar a la luz tal obra magna en el momento en que lo hace.
A
diferencia de sus obras más personales, en la Metafísica, como en adelante nos
referiremos a este gran comentario, no existe la evidencia de un compromiso
personal y Averroes parece dejar en un segundo plano las cuestiones relativas a
la controversia entre la Razón y la Fe que tanto han ocupado su reflexión en
otros de sus libros. En este caso, e compromiso es intelectual: la Metafísica
es la Ciencia relativa a la elucidación de los primeros principios de todo
filosofar y a sus presupuestos, tal como salen de la mente de
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Aristóteles,
se atiene el comentador. Ahora, el primer maestro es el primer amigo en el
razonamiento especulativo y, a pesar de los más de mil años que separan a uno
del otro, Averroes se compromete en la ardua tarea de constituirse en el único
pensador autorizado para llenar la sutura de ese espacio largo temporal.
La amplitud
temática de la Metafísica expuesta por Aristóteles, deriva en análisis
heterogéneos por parte de Averroes. A todo el conjunto de observaciones que ha
ido realizando sobre la misma a lo largo de todas sus obras anteriores, llega
en momento de plantearse la redacción de un texto que muestre la configuración
interna de su original y que sea capaz de exponer los modos de relaciones y de
interferencias de los conceptos y las nociones primeras de la Filosofía. Unos
conceptos que, en determinados casos son característicos de la época y de la
historia que vivió Aristóteles pero que, aunque su origen es muy lejano, su
alcance cronológico es lo suficientemente grande como para que Averroes los
reinterprete y los integre en los propios de su época y de su historia sin que
por ello pierdan su frescor y novedad.
Para poder
elaborar ese conjunto de relaciones, enunciados y juicios de valor, que es lo
que constituye un sistema conceptual auténtico, Averroes tendrá que recurrir a
una forma de comentar el texto árabe, que procede de una traducción árabe cuyos
orígenes están datados más de trescientos años atrás, ateniéndose a una lectura
del mismo palabra por palabra teniendo a la vista, además, las traducciones que
presentan variantes terminológicas importantes. De la diversidad de fuentes
consultadas, a la que hay que añadir las
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que
provienen de los comentaristas griegos posteriores a Aristóteles, resulta una
cierta incertidumbre semántica que se refleja en el comentario y dificulta su
interpretación.
Debido a
ello, muchas páginas del Tafsír ma baad al-Tabía, cuya traducción literal es
«Comentario de lo que hay después de la Física», siendo la palabra árabe tabía,
poseedora de variadas especificaciones entre las que destacan las de
«Naturaleza» o «Física», precisan para su correcto Entendimiento, del
conocimiento de toda una tradición filosófica que va desde Aristóteles a
Averroes pasando por los comentaristas griegos, primero, y los árabes, después.
Esta dificultad se echa de ver en los capítulos destinados al análisis del
Entendimiento, la misma que el lector ha podido observar en pasajes relativos
al mismo tema en otros comentarios, o al de la creación.
La
dispersión aparente en la, a veces extremadamente concisa exposición de
Averroes, las formas de derivación, de coherencia, de sustitución o
entrecruzamiento de nociones y conceptos, haría necesario otro comentario a
este gran comentario así como a los demás magnos comentarios que Averroes hizo
de la obra aristotélica, empezando por traer a colación los pensadores del
mundo árabe e islámico que accedieron antes que él a las obras del estagirita
y, en especial, a su Metafísica.
El primero
de ellos fue al-Kindí que se pregunta por el objeto de esta sublime Ciencia y
empieza por establecer dos especies de ser en la entidad humana: el Ser humano
en tanto que dotado de sensibilidad y el Ser humano en tanto que poseedor de
369
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Entendimiento.
Como, desde el punto de vista del conocimiento existen universales y
singulares, éstos son los que aprehende la sensibilidad instaurada en los
sentidos y aquellos los aprehendidos por el Entendimiento.
Por ello,
en seguimiento de Aristóteles, al-Kindi afirma que la búsqueda de la Verdad es
fácil y difícil a un mismo tiempo y en ello radica la dificultad del
Entendimiento de las primeras causas y fundamentos de la realidad. Cuando
intentamos entender las cosas inteligibles a la manera en que lo hacemos con
las sensibles, nos volvemos incapaces de captar lo inteligible por muy claro
que parezca por su propia evidencia intelectual de la misma forma que las
personas albinas, como dice Aristóteles, no pueden ver los objetos a plena luz
del sol a pesar de toda la claridad con que se exponen a la visión.
Averroes
comenta y rehace esta interpretación, restituyéndola al sentido verdadero que
él cree poseer el texto aristotélico original. Lo hace del siguiente modo en el
fragmento que sigue y que traemos a colación por su valor como deducción
argumentativa, de nuevo como juez que juzga de la veracidad de un aserto, de su
gran comentario:
Si la
dificultad de comprender los seres es de dos clases, parece que la dificultad,
respecto a las cosas que están situadas en el supremo grado de veracidad, como
son el principio primero y los principios separados de toda materia, viene de
nosotros y que no reside en estos principios considerados en sí mismos. Ello es
así porque,
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estando
separados, son inteligibles por su misma esencia y no se han hecho inteligibles
a causa de nosotros, sino que lo son por sí mismos (…). Puesto que la Razón
respecto al inteligible es la misma que la del sentido corporal respecto de lo
sensible o sensorial, Aristóteles comparó a nuestro Entendimiento, respecto de
la percepción por él de los inteligibles puros sin mácula de materia, con el
Ser más importante en lo tocante a lo sensible: el sol en relación a la visión
del que la posee con gran dificultad. Pero con ello no quiso decir que es
imposible concebir las cosas separadas de la materia de la misma forma en que
es imposible al albino ver el sol. Si así fuera, la Naturaleza habría actuado
en vano haciendo que lo que es o no es inteligible para otro lo fuera también
para él, como si se hubiera hecho el sol imposible de captar por todos los
demás ojos humanos150.
Al-Farabi,
por su parte, en su Catálogo de las Ciencias, habla de la Metafísica como
Ciencia divina al modo en que lo hizo Aristóteles y nos da cuenta de las partes
a las que se refiere su ámbito de estudio. La primera parte, tiene que ver con
los seres en tanto que seres. La segunda estudia los principios de las
demostraciones en las ciencias teóricas particulares: Lógica, Geometría,
Aritmética y otras semejantes.
En este
estudio se determina la definición de sus correspondientes sustancias mostrando
los errores en los que cayeron los antiguos al
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Averroes, Tafsir ma baad al-tabía, Op. Cit., p. 7.
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tratar de
la exposición de los principios de estas ciencias. La tercera parte de la
Metafísica, según al-Farabi, es la que accede al estudio de los entes que no
son cuerpos ni están en los cuerpos. Una vez demostrado que tal género de entes
existe, procede a demostrar si son simples o compuestos llegando a la
constatación de la existencia de un primer ser que otorga la entidad a todo
otro ser.
Una de las
aportaciones más interesantes de la Metafísica de al-Farabi es, posiblemente,
el análisis que realiza de lo que conlleva el término ser, uchúd, y sus
derivaciones tal como lo expuso en su libro sobre las letras, el Kitáb
al-Hurúf. El problema que aborda aquí el autor, desde un determinado punto de
vista sobrepasa los límites metafísicos estrictos y se interna en
consideraciones de orden lingüístico que están referidas a la dificultad que
encontraron los traductores árabes del pensamiento griego cuando debieron
abordar la traducción del término ser en árabe, cuestión ésta a la que ya nos
hemos referido.
Una vez
aclarado el alcance y límites de la noción de ser como palabra, al-Farabi
analiza sus características como concepto medular de la Metafísica y, tras
referirse a la doble consideración del mismo como necesario o contingente,
elabora una prueba de la existencia del Ser necesario.
Avicena
continuó la indagación terminológica del concepto de ser iniciada por al-Farabi
y a partir de su clara elucidación, se interna en la reflexión de la analogía
con la que Aristóteles aborda la pluralidad de los seres existentes y su
referencia común a un mismo término significativo: «El ser se toma en muchas
acepciones pero
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siempre en
relación a un término único».
En su
al-Nachá o Libro de la Salvación, el filósofo persa nos expone la jerarquía
existencial adecuada a la deducción analógica:
Las cosas
más dignas en cuanto al Serson las sustancias seguidas de los accidentes. Las
sustancias que no son cuerpos son las más nobles, a excepción de la materia
prima. Estas sustancias son tres: materia primera, forma y sustancia separada
que no es Cuerpo ni parte de un Cuerpo. Es preciso que exista esta sustancia
separada pues siendo causados el Cuerpo y sus partes, llegamos al final de una
serie de sustancias encontrando una que es completamente separada. El ser que
merece en primer lugar la existencia es la sustancia separada que no está unida
a ningún Cuerpo, después viene en grado de excelencia inferior, la forma y
después el Cuerpo al que le sigue la materia. Esta es un receptáculo para
recibir al Ser. Al Cuerpo le pertenece el Ser de la materia y el de la forma
que en él se encuentra, forma que, de todas formas, es más perfecta que la
materia. Luego viene el accidente y de este modo se escalonan todos los
seres151.
Todos estos
seres tienen su razón de ser y de aparecer, es decir, reclaman la existencia de
un origen, y a ello dio respuesta Aristóteles en el libro XII de su Metafísica
que Averroes comenta del siguiente modo: “Sobre el origen de los seres existen
dos opiniones
151 En A.
Badawi, Op. Cit., p. 617.
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opuestas
entre las cuales encontramos otras que participan en ambos extremos en cantidad
variable. Las dos opiniones extremas son, una, la que explica el mundo por
evolución. La otra lo hace por medio de la creación. Los partidarios de la
primera dicen que la generación no es más que la salida de unos seres a partir
de otros, como si se tratase de un desdoblamiento”.
En esta
hipótesis, el agente que produce esa generación se limita a sacar unos seres de
otros es, decir, que actúa como un agente motor. En lo que se refiere a los
partidarios de la creación, dicen que el agente produce la existencia de los
seres sin necesidad de que exista una materia previa de la que sacarlos. Esta
es la opinión de los mutakal-limun de nuestra religión y la de los teólogos
cristianos como Juan el Cristiano que nos dice que la posibilidad del Ser
creado solamente existe en el agente de esa creación.
Las
opiniones que se encuentran entre ambos extremos podemos reducirlas a dos
aunque una de ellas admite interpretaciones diversas. Todas ellas coinciden en
unos cuantos puntos: que la generación no es más que una transmutación de la
sustancia, que toda generación presupone un sujeto y que nada se engendra sino
a partir de lo que le es semejante. La primera de las opiniones, de entre las
dos antedichas, expone que el agente crea la forma y la imprime en una materia
que existe anteriormente a ella. Los que participan de esta hipótesis difieren
en su interpretación. Así Avicena separa enteramente el agente de la materia
receptora y lo denomina el dador de las formas.
Otros
indican que el agente no se halla tan ausente de la materia a
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ejemplo del
fuego que engendra fuego o del Hombre otros hombres. Otros dicen que ese agente
está realmente mucho más separado de la materia, como en el caso de la
generación de los animales y los vegetales que nacen de lo que no les es
semejante. Así lo dice Temistio y, en cierta medida, al-Farabi.
La tercera
opinión es la de Aristóteles que dice que el agente hace, de una vez, el
compuesto de la materia y de la forma, dando el movimiento a la materia y
transformándola hasta que todo aquello que estaba en potencia pasa a ser acto.
En este postulado, el agente no hace otra cosa que inducir a que llegue a ser
acto lo que estaba en potencia realizando con ello la unión de la materia con
la forma.
Desde este
punto de vista, toda creación se interpreta como un movimiento que tiene como
principio el calor. Éste, diseminado en el agua y la tierra, engendra los
animales y vegetales que no nacen de una simiente. La Naturaleza produce todo
esto con orden, perfección y con una singular intención, como si estuviera
dirigida por un Entendimiento superior, aunque en realidad no es así.
Estas
proporciones y esta energía productiva, que son las que dan, a los elementos,
los movimientos de las estrellas y del sol, son lo que Platón denominaba Ideas.
En la creencia de Aristóteles, no crea ninguna forma, pues si así lo hiciera,
algo podría salir de la nada. Es la Imaginación desviada la que se representa a
las formas como creadas y por eso, algunos filósofos han concebido las formas
como algo real y, por tanto, que pueda existir un dador de las mismas y
también, a causa de esta suposición, los teólogos de las tres religiones
monoteístas de nuestros días han podido decir que las
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cosas
surgen han sido creadas de la nada»152.
Llegados a
este punto, Averroes no duda en seguir el razonamiento hasta sus últimas
consecuencias y, en consecuencia con ello, aborda la opinión de los teólogos
musulmanes, citados antes como parte de los teólogos de las tres religiones
monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el Islam. Los teólogos del Islam,
dice, suponen que es un solo agente el que produce todos los seres sin
intermediario alguno en una acción instantánea en la que hay actos opuestos y
contradictorios. Desde este punto de vista, el fuego no quema ni el agua
humedece, pues todo ello necesita de una creación especial y directa y todavía
llegan a suponer cosas más descabelladas, se asombra Averroes, cuando se da el
caso de que alguien lanza una piedra, dicen que el movimiento no depende del
hombre que la ha tirado, sino de un agente universal.
A
continuación, para demostrar la insensatez de esta opinión, que aparece más
detallada en el Taháfut, dice el filósofo que esos teólogos opinan, por
ejemplo, que si el Creador puede hacer que algo pase del no Ser al Ser, también
puede hacerlo en sentido inverso y, con ello, la muerte vendría a ser una
creación divina. La opinión de Averroes, los hechos suceden del siguiente modo:
«Según mi opinión, la destrucción es un acto de la misma naturaleza que la
generación. Todo ser engendrado lleva en sí la corrupción en potencia. Para
destruir, del mismo modo que para crear, el agente solamente tiene que hacer
que sea real el paso de la potencia al acto. Por ello, hay que tener en cuenta
esta relación entre el agente
152
Averroes, Tafsír…, ed. Bouyges, citado por A. Badawi, Op. Cit., p. 791.
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y la
potencia. Si uno de ellos desaparece, o bien nada estaría en acto o todo
estaría en acto, consecuencias ambas igualmente absurdas»153.
Si siempre
es recomendable leer los comentarios de Averroes, sean estos medios o grandes,
teniendo a la vista a todos ellos, lo es más todavía en el caso del gran
comentario a la Metafísica muchas de cuyas tesis se exponen con más detalle y
concreción en su Taháfut sobre todo, la relativas a la existencia del mundo y a
su creación en las que aduce opiniones contrarias de Avicena en contraposición
a las de Aristóteles aclarado por él. En la cita textual que hemos traído a
colación, aparece el nombre del denominado por Averroes teólogo Juan el
Cristiano.
Se trata de
Juan Filopón, (m. h. 490 d. C.), llamado así por su gran amor al trabajo.
Triteísta en la variante herética que adoptó tras su conversión al
cristianismo, comentó gran parte de la obra de Aristóteles antes de hacerse
cristiano. Después, escribió tratados apologéticos y en uno de ellos, De
opificio mundi, se hace eco de la leyenda judáica sobre que el Timeo de Platón
se habría inspirado en Moisés.
En cuanto
al también citado en el texto, Temistio, se trata de Temistio de Plafagonia (h.
390 d. C.), escribió comentarios de la obra de Aristóteles entre ellas uno
dedicado al libro XII de su Metafísica. Su opinión del Entendimiento agente
corrige la de Alejandro de Afrodisia circuló con gran éxito en los medios
intelectuales árabes e islámicos tras haberse traducido casi todas su obras en
Bagdad en
153 Op.
Cit., p. 791.
377
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el siglo
IX. Por ello, Averroes recurre a su interpretación, para denostarla e
integrarla en el grupo de las opiniones rechazables sobre la cuestión a tratar.
El libro
XII de la Metafísica aristotélica es uno de los que mereció mayor atención por
parte de los pensadores del mundo musulmán puesto que, como indicamos, trata de
Astronomía, Teología, el sumo Bien y, además, de las distintas clases de
sustancias que son el fundamento conceptual metafísico que subyace en los
argumentos expuestos en esos tres grandes temas. Se trata del también nombrado
libro Lambda de la Metafísica, siguiendo el orden de las letras del alfabeto
griego que se corresponde con la serie de los números naturales, como es
sabido.
Ese libro
es, realmente, la coronación de la Metafísica aristotélica y, por ende, la del
gran comentario de Averroes a la misma. La influencia del mismo fue poderosa en
el pensamiento helenístico, primero, y en el islámico, después. De éste paso a
la escolástica latina occidental y su presencia fue determinante en todos estos
momentos de la historia del pensamiento. Tomás de Aquino cita en su obra más de
cien veces el comentario de Averroes al libro mencionado, dentro de la serie de
todos los libros que componen el Gran comentario a la metafisica aristotélica.
En ese
libro Lambda del comentario de Averroes, éste se identifica como el autor más
autorizado para hacerlo y lo hace desde la primera línea del texto: «Yo digo
que no se encuentra ni en Alejandro de Afrodisia ni en los comentaristas
posteriores ningún comentario o paráfrasis sobre los libros de la Metafísica a
excepción del
378
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presente»154.
Cierto es que para el comentario de este libro, Averroes dispuso de mayor
documentación que para el de los demás libros de la Metafísica en los que
utilizó casi exclusivamente los realizados por Alejandro de Afrodisia y
Temistio.
Es
importante señalar lo que entiende Averroes por Metafísica, en comparación con
lo que han entendido antes que él los filósofos racionalistas musulmanes
anteriores. Su opinión también en este caso, resulta ser una buena preparación
para entender de forma sistemática el alcance de su pensamiento sobre las
cuestiones que afectan al fundamento racional de la primera Ciencia o Ciencia
divina. Tras referirse a las deficiencias y lagunas del comentario de Alejandro
de Afrodisia que, a su juicio, solamente ha dado una revisión general de la
Metafísica aristotélica, expone los motivos que le han llevado a redactar su
comentario y las características de la Ciencia que se dispone a glosar que
sorprende por su continuo despliegue en divisiones y subdivisiones, método éste
propio también de todos los teólogos, filósofos y juristas del Islam clásico:
«Puesto que
la Metafísica es el estudio del Ser en tanto que es ser y que este estudio
requiere el de los principios del Ser en tanto que ser y el de sus derivados y
dado que toda disciplina especulativa de orden racional comporta dos
modalidades de conocimiento, la Metafísica debe dividirse en dos partes. Como,
de otro lado, los antiguos tuvieron sobre los principios del Ser opiniones
falsas que reclamaban una refutación, de ello se sigue que dicho rechazo, como
discurso teórico, constituye una tercera parte. Por ello,
154
Averroès: Grand Commenatire de la Métaphisique d’Aristote. Libro Lambda, trad.
del árabe y notas de A. Martin, París, 1984, p-25.
379
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decimos que
la Metafísica tiene tres partes: una, que trata del Ser en tanto que es ser;
otra, sobre los caracteres derivados del Ser en tanto que tal (posiblemente
Averroes se refiere aquí a los atributos esenciales del Ser, es decir a los que
pertenecen a la definición esencial del Ser) y una tercera, destinada a debatir
las opiniones falaces sobre los principios del Ser.
Además, en
toda disciplina especulativa pueden distinguirse dos tipos de especulación,
siendo uno de ellos el propio de la Metafísica. Este aspecto especulativo trata
de la investigación sobre las causas, los límites de su aplicación y el empleo
de sus definiciones. A este aspecto podemos denominarlo también Lógica
particular de este dominio. El otro tipo de especulación es el conocimiento de
la Metafísica misma. En definitiva: la Ciencia de la Metafísica tiene dos
apartados, uno de ellos corresponde a la los aspectos lógicos y otro a lo que
investigamos como tema de la investigación.
Uno de
estos apartados, el último, (el de la Metafísica propiamente dicha a la que se
le han destinado tres ámbitos de conocimiento en el primer párrafo) tiene tres
partes. En total, podemos decir que la Metafísica tiene cuatro partes (es
decir, las tres primeramente enunciadas y la del estudio de los principios
lógicos). Mas como la Metafísica tiene también como una de sus funciones el
rechazar a todos los que rechazan la especulación racional y niegan sus
principios, podemos considerar que la Metafísica tiene cinco partes155.
155
Averroès… Op. Cit., p. 31.
380
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Un
intermedio de reflexión médica
Sin
apartarse de sus reflexiones filosóficas, a las que cada vez estaba más
dedicado, Averroes siguió escribiendo sobre Medicina para actualizar los
conocimientos que había plasmado en el Colliget de los que posiblemente hizo
una revisión y una segunda redacción. Dicha relectura posiblemente estaba
relacionada con la práctica médica que venía ejerciendo en la corte almohade
desde su nombramiento como médico de cámara.
Sus
menesteres terapéuticos debieron incrementar su experiencia, no solamente en la
prevención y cura de enfermedades, sino también en la elaboración de remedios
farmacológicos conducentes a ello. De ahí que, en esta nueva situación, hubiera
de recurrir a Galeno porque, a diferencia de Aristóteles que fue su modelo en
lo tocante a los principios universales de la Medicina, el médico de Pérgamo
tenía escritos referidos a la práctica médica de gran utilidad y
aprovechamiento.
De Averroes
nos han llegado siete comentarios a otros tantos libros de Galeno y, en 1193,
acabó uno de ellos, el Taljís Kitáb al-Hummaiát li Galinus, el «Compendio sobre
el Libro de las fiebres de Galeno», del médico alejandrino, del que existe
manuscrito árabe en El Escorial. Por tanto, la familiaridad del filósofo y
médico cordobés resulta evidente no sólo por su esfuerzo en el comentario de la
Medicina galénica, sino porque también ésta constituyó la fuente de aprendizaje
de casi todos los médicos hasta la Edad Moderna europea. Por otra parte, como
dijimos, Galeno fue un estudioso de la Filosofía aristotélica y esta
circunstancia debió también causar
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efecto en
la actitud de Averroes para con sus obras.
No es lugar
aquí para exponer el esquema de la Medicina de Galeno en toda su extensión
cuyas aportaciones fueron muy notables: demostración de las funciones del riñón
y la vejiga, de la circulación de la sangre por las arterias y la diferencia
estructural de éstas respecto de las venas, descripción de varias enfermedades
infecciosas, entre ellas la peste y la formulación y composición de fármacos,
entre otras.
El médico
de Pérgamo, en concordancia con toda la Medicina antigua, habló en su obra de
los espíritus, término que deriva del latín procedente, a su vez, del pneuma
griego. Materia sutilísima encargada de poner en funcionamiento los órganos de
una cavidad corporal, el espíritu no hay que entenderlo como sustancia opuesta
a la materia, sino que es una manifestación especialmente sutil de la misma.
Averroes, en su Colliget, hizo alusión de los espíritus, como dijimos, y Galeno
especifica tres clases de los mismos en concordancia con los tres tipos de Alma
platónica: el natural, que corresponde al Alma concupiscible y tiene su sede en
el hígado; el vital, correspondiente al Alma irascible que tiene su sede en el
corazón y el animal, con sede en el cerebro y que corresponde al Alma racional.
En el
comentario sobre a los libros de Galeno, Averroes tiene a mano dos obras de
Aristóteles que le sirven de fundamento conceptual y apoyo teórico: la
Meteorología y el libro sobre la Generación y la corrupción a los que, en su
momento, dedicó sendos comentarios. En el referido al libro de las fiebres, el
pensador
382
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cordobés
acepta y retoca, posiblemente como efecto de su práctica médica, algunas
aserciones del médico alejandrino.
Galeno
indica en su obra que los humores, concepto propio de la Medicina griega y que
también recupera Averroes en su Colliget, acumulados en exceso en un órgano o
cavidad del mismo, deriva en tumoraciones y en el consiguiente aumento de
calor. Todos estos humores, dice, originan fiebres cuando su calidez llega
hasta el corazón. La infección sobreviene a estas humedades diseminadas y
afectadas por la flema, la bilis negra o la bilis amarilla.
En
consecuencia, «cuando estos excedentes se infectan, se genera en ellos una
calidez fuera de lo natural y en el mismo órgano en que el humor está inmerso,
de suerte que si llega al corazón y genera fiebre, el órgano hacia el cual han
afluido los excedentes, puede o no inflamarse»156.
Tras
exponer lo que Galeno aduce sobre las fiebres y sus condicionantes orgánicos,
Averroes manifiesta su acuerdo con ello, seguido de lo que él considera que
debe ser aclarado con mayor exactitud:
En
consecuencia, y según su opinión (la de Galeno), el comienzo del acceso tiene
lugar cuando el calor infecto empieza a actuar en los humores acumulados; a la
vez que será durante el comienzo de la crisis en el órgano receptor, cuando
éstos afluyan hacia él y no cuando el él se produce el comienzo y el fin de su
acumulación; momento en el que se inicia la fiebre. Mientras que por el
contrario la calidez
156
Averroes, Obra Médica, traducción de M. C. Vázquez de Benito, Málaga, 1998, p.
201.
383
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de ésta
actúa en el humor, cuando aquella se encuentra en su punto álgido o en su
declinación, siendo precisamente entonces cuando tiene lugar la infección157.
A
continuación, después de haber resumido todo lo concerniente a la etiología
febril, Averroes procede a examinar racionalmente todo lo expuesto por su
antecesor y, en este caso, acude a la base informativa aristotélica. A simple
modo de ejemplo de tal proceder y sin ánimo de ser exhaustivos, citamos el
siguiente texto de su comentario por su valor paradigmático de su método de
argumentación que hemos podido observar en otros comentarios:
«He
finalizado todo lo referente a este tema (el de las fiebres). Mas considero
necesario ahora especular con todo lo mencionado por Galeno. Así pues, y
primeramente respecto a su afirmación de que el calor febril es infeccioso,
destruye los humores y los transforma en la naturaleza del vapor, decimos lo
siguiente: En el capítulo cuarto de la Meteorología (de Aristóteles) se ha
dicho que el calor infeccioso lleva consigo o genera bien combustión, bien
falta de cocción y maduración-Mientras que, por el contrario, el calor natural
únicamente produce maduración. En consecuencia, el calor febril debido a su
calidez lleva consigo estos tres actos: o maduración en los enfermos carentes
de fiebre, o combustión y cualquier otra cosa en los que la tienen o falta de
cocción y maduración.
157 Op.
Cit., p. 206.
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El calor
febril, por tanto, viene a ser un calor extraño e intensificado a su vez por
esa calidez extraña que a él se mezcla, y si el calor innato es el dominante,
habrá combustión y dispepsia. Porque es evidente que es propio del primero,
cuando ejerce su efecto en una sustancia análoga, incrementar únicamente la
cantidad, como así lo hace durante la nutrición. Pero si actúa en una sustancia
no análoga, acrecienta la cualidad aumentando también esta calidez, lo mismo
que unido a los medicamentos, al generar combustión o dispepsia cuando obra su
efecto en una sustancia no análoga a la suya, se apaga, como sucede con los
venenos (…).
En suma, es
lo más lógico y natural que la fiebre esté relacionada con todo el Cuerpo, dado
que así lo está con algún órgano. Y que una vez iniciado el proceso, lo esté
también con la potencia natural curativa, ya que o esta, asimismo, con el calor
infeccioso que viene de fuera y que se halla tan solo en los cuerpos de los
muertos.
Todo este
aserto se basa en los principios establecidos por Galeno. Por tanto, no ha de
censurarse al especulador que informando de algunos principios acerca de
cualquier idea, se pasen éstos por alto en algunos momentos. De ahí
precisamente que no debas dirigirte únicamente a los capaces de reconocer estas
situaciones; sobre todo, cuando ellos mismos nos proporcionan estos principios
a cuya omisión nos estamos refiriendo (…). Se terminó este comentario el
miércoles, a finales del mes de Muharramdel año 589, (11 de febrero
385
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de
1193)»158.
La
república como ciudad ideal
En sus
comentarios menores, chauámi, Averroes suele hablar en nombre propio a partir
de la opinión que se vierte en el texto comentado. A éste, el comentador añade,
glosa y alude a otros tratados o comentarios realizados por él, completando así
su propia reflexión y plasmándola con su propia metodología de trabajo. Este es
el caso de su comentario a La República de Platón terminada en 1194.
Este
comentario no nos ha llegado, hasta el presente, en su original árabe sino a
través de una traducción hebrea de Samuel ben Yehuda de Marsella. A partir de
la misma, un médico judío de Tortosa, Mantinus, hizo una versión latina en 1539
que dedicó al papa Pablo III, traducción que es, en realidad, una paráfrasis
del texto hebreo. En 1489 o cerca de este año, se hizo una traducción latina
también a partir del texto hebreo, a cargo de Elías de Creta que financió el
erudito renacentista Pico della Mirandola. Esta traducción se ha perdido. El
original árabe del comentario existió en la biblioteca de El Escorial hasta
1671 pero, en esa fecha, un incendio destruyó parte de los fondos árabes de la
institución y entre ellos iba la obra de Averroes.
El título
árabe del comentario, tal como figura en el registro de manuscritos
escurialenses, es largo y detalla el título de la obra de Platón que comenta
Abu al-Ualíd ibn Ruxd. El título, más
158 Op.
Cit., p. 212.
386
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abreviado,
es Chauámi siyásat Aflatún, «Comentario menor de la Política de Platón». Ha
habido algún debate sobre si ese comentario es en realidad un comentario medio
o compendio, taljís, o bien si se trata de un resumen o comentario menor. La
conclusión a la controversia parece permitirnos atribuirle la categoría de
compendio sin dejar de observar que, junto a la paráfrasis de los libros II a
IX que en la obra se muestra, lo que sería propio de un taljís, Averroes
introduce largas digresiones a partir de resúmenes del texto platónico, como es
habitual en un comentario menor.
Tampoco
sabemos si Averroes tuvo a mano la traducción árabe del texto de Platón y su
editor, Rosenthal159, indica que posiblemente utilizó un resumen de Galeno
traducido al árabe por Hunaisn Ibn Isháq en Bagdad. Lo cierto es que, en su
comentario, Averroes cita numerosas veces a Galeno y le reprocha su mal
Entendimiento del pensamiento político de Platón.
Otros
opinan, como A. Badawi que, a la vista del texto del comentario, Averroes
dispuso del texto árabe además del de Galeno. También parece que el filósofo
cordobés dispuso de la traducción árabe de la también platónica obra Las leyes
puesto que aparece citada en su comentario. En este caso, hay que tener en
cuenta que al-Farabi hizo un resumen del citado libro y dicho resumen pudo
haber sido también fuente del análisis de Ibn Ruxd. En cualquier caso, un cabal
Entendimiento de las ideas políticas de Averroes en referencia a sus
predecesores en el pensamiento griego, debería tener como base de estudio, no
solamente el comentario a La
159
Averroes’ Commentary on Palto´s Republic, edición, traducción y notas de Erwin
I. J.
Rosenthal,
Cambridge, 1956.
387
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República
de Platón, en la que nos vamos a centrar en lo que sigue, sino también sus
opiniones en los comentarios a la Retórica y a la Ética a Nicómaco de
Aristóteles.
Sea de ello
lo que fuere, lo importante para nosotros ahora es advertir que el comentario a
la obra política de Platón se inscribe en un momento determinado de la vida de
Averroes que aparece relacionado a dos momentos fundamentales de su existencia:
su edad y su situación en la corte de Marrakech. A sus sesenta y ocho años,
Averroes pasa por momentos complicados en dicha capital almohade. En lo tocante
a la primera, el filósofo está en la plenitud de su gloria como pensador.
Respecto a la segunda, las enemistades cortesanas parece que están socavando la
cercanía y aprecio que le viene mostrando el emir al-Mansúr y sobre ello
hablaremos pronto.
Todo
filósofo constructor de un sistema coherente de pensamiento, en el período
clásico de la Filosofía, edifica un complejo y denso edificio cognoscitivo que,
a modo de discurso completo sobre la realidad, expresa, analiza y postula los
principios que a su entender forman parte de los aspectos múltiples y variados
de la misma. La culminación de esa amplia reflexión casi siempre es una
reflexión política en tanto que la Ciencia de la Política se refiere al marco
donde el Hombre puede cumplir con las exigencias de su perfección personal a la
que está destinado como ser humano.
Esa
reflexión final y definitiva cierra la secuencia discursiva y, en el plano
personal, suele coincidir con la plena madurez biológica y vital del pensador
que ha procedido a sistematizar todo su pensamiento, madurez que, en la
cronología de una vida, suele
388
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situarse en
la vejez o cercanías de la misma. En este caso, se cumple también la opinión
antigua de que la edad provecta es la idónea para el desarrollo cabal del
pensamiento.
El modelo
filosófico de Averroes, Aristóteles, nos muestra ese despliegue reflexivo y en
él podemos observar los temas en los que se diversifica su pensamiento. Siendo
su Filosofía el magno esfuerzo por dar solución a los problemas del Ser y del
Conocimiento, ésta se plasma en ámbitos específicos pero ligados por el común
propósito: la Ciencia, la Filosofía primera, la Física, la Biología y la
Antropología, la Astrología o Astronomía, la Teología, la Ética y, finalmente,
la Política.
Los
antecedentes
Platón, a
quien ahora dedicará su comentario Averroes, es menos sistemático que su
discípulo Aristóteles, pues deja pistas, nociones, conceptos e ideas a lo largo
de sus Diálogos que vienen a ser un conjunto de ensayos que, aparentemente, no
abrigan la pretensión de constituirse en un sistema completo de explicación de
la realidad. Sin embargo, por encima de esa dispersión, se manifiesta un
vehemente anhelo por alcanzar y describir, una realidad que supera los
condicionantes del mundo en que estamos.
La realidad
fija, estable y necesaria que garantiza su mundo de la ideas, es el arquetipo
de la Verdad el principio y causa de todo el pensamiento de Platón. Por ello,
los elementos que integran la reflexión platónica son, además de estrictamente
racionales, de Naturaleza tal que escapan a la Razón y se internan en el
dominio
389
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de lo
inaccesible, esotérico o místico.
Teniendo en
cuenta esos presupuestos, el sistema filosófico de Platón puede exponerse
mediante una secuencia reflexiva y discursiva cuyos momentos definitorios son:
la Ciencia y sus grados, la Filosofía como purificación y reminiscencia, el Ser
en el mundo Ideal, la consideración de lo divino, el mundo sensible como copia
del inteligible, la Ética y, finalmente también, la Política.
La polis
platónica, es objeto de los dos diálogos más extensos de Platón: La República y
Las leyes que se complementan o completan con un diálogo titulado El político.
De la primera de estas obras existe, además, un resumen en el Timeo del mismo
autor.
El
pensamiento griego, en general, concibe a la Sociedad como el lugar natural del
Hombre y de éste brota de forma también natural o innata, la constitución de la
Sociedad. La Filosofía griega clásica, la que empezó dando el paso del mito al
logos es, precisamente, la que hace descender de las alturas inaccesibles en
las que desarrollan su actividad los dioses, semidioses y héroes de la épica
helénica, hasta las realidades tangibles que pueden ser estructuradas por obra
de una razón cuyo asiento está en el Hombre y en sus capacidades intelectuales.
El
enfrentamiento de esa Razón con los fenómenos más inmediatos del mundo físico,
lleva a los primeros pensadores griegos a preguntarse por el fundamento único,
necesario e inteligible de la movilidad y la apariencia contingente que
perciben sus sentidos. Así, el agua, el aire o lo indeterminado, ápeiron,
vienen a ser el germen de toda la floración especulativa del filósofo griego
390
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quinientos
años antes de la era cristiana, por lo menos.
Con el
tiempo, esas reflexiones tendrán que ver con la capacidad cognoscitiva humana y
con la relación de la misma del Hombre en el seno de su sociedad. Para vivir
humanamente y conseguir su perfección material y espiritual, se hace necesario
un diálogo permanente y simultáneo con el cosmos y con los demás seres del
mismo y, específicamente, con los demás hombres. La Sociedad es, así, el
complemento necesario de toda reflexión y la estructura capaz de facilitar
acomodo a dicha actividad.
Platón
tiene una idea evolutiva de la formación de la sociedad: desde un estado amorfo
de agrupación humana, se va pasando paulatinamente a una ciudad que, en la
realidad política de su tiempo, se encarnaba en la ciudad-estado, la polis, en
toda la extensión significativa de este vocablo. En esa ciudad, que sucede a la
organización feudal anterior, está vigente el tácito principio de la isonomía
que no hay que entender al modo en que hoy lo hacemos respecto de una sociedad
democrática o igualitaria, sino más bien en el sentido en que, en la polis,
todo está en el lugar que, por Naturaleza, le corresponde.
Todos esos
ámbitos referenciales cumplen la función isonómica que es la búsqueda y
consecución de un fin o norma, nomos, común o igual para todos, iso. De ahí el
concepto de Sociedad como organismo vivo, como un ser humano en la que todos
sus órganos y funciones responden al fin supremo de la Conservación de la vida.
Sin tener
en cuenta a un fragmento importante de la sociedad griega del momento, el
formado por los esclavos, que es inerte como
391
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los huesos
de un Cuerpo, el resto de las ocupaciones del ciudadano se distribuyen en los
órganos que tienen sangre y actividad transformadora: los artesanos,
comerciantes, marinos y, en general, aquellos que proporcionan los elementos
inmediatos para el sustento, el cobijo y la reproducción de la ciudad, por una
parte.
De otra,
teniendo en cuenta que la Sociedad, como el Cuerpo, debe defenderse de ataques
que provienen del exterior, surge la clase social de los guardianes y, como la
ciudad exige un gobierno que regule y armonice todas las funciones sociales,
encaminándolas al bien común, es preciso constituir otra clase social que es la
que representan los gobernantes. Todos los estratos sociales enumerados deben
colaborar al bien del Estado cuyo bien es el de cada uno de los individuos que
lo forman y, en consonancia con el modelo organicista de la sociedad platónica,
como dice Platón, «cada uno debe atender a las cosas de la ciudad con aquello
para lo que su naturaleza predispone». No olvidemos que este modelo cívico es
un modelo ideal, un proyecto de Ciudad Ideal que Platón empezó a forjar en su
pensamiento desde los tiempos en que residió en Sicilia, (388 a. C.) cuando
gobernaba en Siracusa Dionisio I el Viejo y en que Dión, su cuñado, se hizo
amigo del filósofo.
El
referente real de este organismo social ideal es, como hemos venido diciendo,
el Cuerpo humano, cuyas partes orgánicas constitutivas se corresponden con las
propias de la ciudad y cuya distribución deja ver Galeno, también lo hemos
visto, en su clasificación de las almas. Según esta correspondencia, Platón
atribuye al elemento concupiscible del Hombre, la clase social
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inferior,
la que como en el Cuerpo humano sirve para la subsistencia. Topográficamente
hablando, esa parte se sitúa en el abdomen, aparato genital y piernas. Es
decir, en la parte baja del Cuerpo.
Al elemento
fogoso o colérico del organismo, corresponde la clase social de los guardianes
o auxiliares que defienden a la ciudad de sus ataques externos o de las
intemperancias internas. La ubicación de este elemento en el Cuerpo se halla en
el corazón y pecho en general. Por último, al elemento corporal racional,
situado en el cerebro, le correspondería la clase de los guardianes superiores
o gobernantes que legislan, educan y administran la ciudad. Sus virtudes deben
ser numerosas y de la mayor nobleza y, por ello, deben ser filósofos.
En La
República ocupa un lugar privilegiado la reflexión sobre la justicia cuyo
concepto brota de la existencia de una multitud de partes heterogéneas entre
las cuales hay que instituir una unidad de orden. En el Alma humana, es una
virtud que instituye la armonía entre sus tres partes mencionadas y, por
analogía, la ciudad debe contemplar una virtud específica para cada una de sus
clases sociales: la templanza en la inferior, el valor en la de los guardianes
y la prudencia en la de los gobernantes. Todas ellas se unifican y resumen en
la justicia que garantiza la Unidad de todas las demás y el buen y apropiado
uso de ellas. De la justicia emana la ley como su personificación puesto que se
pone por escrito, es sancionada por el legislador y acatada por el consenso
unánime de los miembros de la sociedad.
393
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Este es, a
grandes rasgos, el contenido de la idea política de Platón que llega a manos de
los pensadores del Islam y que, en su concepto de modelo ideal, tratarán de
asimilar e incluso de adoptar en el seno de sus ideas sobre la sociedad
islámica correspondiente a las que cada uno de ellos vivió. El primero de ellos
fue al-Farabi y a las ideas básicas que subyacen en su Teoría política hemos
aludido brevemente en páginas anteriores.
Como
decíamos en ellas, al-Farabi fue testigo de un triple califato islámico: el de
Bagdad, omeya de Córdoba y el fatimí de El Cairo. Después de obtener su
formación filosófica en la capital abbasí, marchó a Damasco donde entró en la
corte de Saif al-Daula al-Hamdaní que era soberano de la capital siria, así
como de Alepo, y le facilitó medios económicos para su subsistencia y la
tranquilidad necesaria para consagrarse a su obra. Además de las de carácter
filosófico propiamente dicho, el filósofo turco escribió sobre Política en un
libro titulado La política civil y otro, el que lo situó a la vanguardia de la
reflexión sobre la entidad de la ciudad, titulado en árabe Al-madína al-fádila,
«La Ciudad Virtuosa» que, en sus traducciones al castellano se ha vertido como
«La Ciudad Ideal». El ya mencionado Ibn Abi Usaibía nos indica que fue en
Bagdad donde empezó a redactar este libro y que fue en Damasco donde le dio
fin.
En
similares términos a los que la Filosofía de Platón considera al Hombre como
ser social por naturaleza, al-Farabi considera que la Ética y los aspectos
morales de la conducta humana deben entenderse en tanto en cuanto el Hombre
vive en Sociedad. La Política, que traduce como «Ciencia civil» tiene por
objeto, en su
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opinión,
«investigar todo aquello por medio de la cual el Hombre busca la perfección o
los instrumentos que emplea para lograrla: el bien, las virtudes y las buenas
acciones. También esa Ciencia muestra lo que le impide alcanzar esas virtudes.
Define a cada una según su origen, sus condiciones de realización y en qué se
distinguen unas de otras. Por ello, la Ciencia política es la ciencia de las
cosas por medio de las cuales los ciudadanos, gracias a la sociedad civil,
logra la felicidad de acuerdo con sus respectivas capacidades naturales»160.
A pesar del
contenido místico de muchos aspectos de su pensamiento y de la perfección del
Alma como asequible si se realiza su unión con el Entendimiento agente, en el
discurso político al-Farabi se muestra como un estudioso pragmático que se
inspira en las enseñanzas de Platón y de Aristóteles que, especialmente el
estagirita, manifiestan un decidido esfuerzo por acercarse a la realidad de los
seres y de sus condiciones sociales.
La base
ética que el filósofo presupone para todo estudio relativo a la Política, por
una parte, y su naturaleza de creyente, por otra, se unifican en una sólida
armonía en su libro sobre la Ciudad Virtuosa o Ideal. No hay que olvidar, a
este respecto, que la historia del Islam se generó en una ciudad, Medina, la
ciudad del Profeta, que es el símbolo y la realidad más acabada de Ciudad
Ideal, como dijimos al principio de este libro.
El contexto
histórico en el que Platón escribió su obra política es, como sabemos, el de la
ciudad-estado. El de al-Farabi, por el
160
Al-Farabi, Al-siasa al-madanía, (La Sociedad civil) Beirut, 1964, p. 13.
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contrario,
es el de una comunidad de creyentes, la Umma que, a pesar de su división
política en su época, seguía siendo la común matriz de todos los musulmanes
cuya referencia más sólida era aquella medina ideal e imperecedera. A imagen
suya, se constituyeron después los califatos y los gobiernos más o menos
independientes de aquellos.
Fuera de
ese territorio, la Casa del Islam, dar al-Islam, los que no formaban parte de
ella eran la Casa de la Guerra, dar al-harb. Por ello, aunque el título de su
obra citada es La Ciudad Ideal, debe entenderse por madina, ciudad, un complejo
político y administrativo equivalente a lo que denota el término Estado o
régimen político, teniendo en cuenta, además, que Aristóteles en algunos casos,
hablaba de polis en ese mismo sentido.
En La
Política civil, al-Farabi clasifica a las sociedades humanas en tres grupos
atendiendo al componente demográfico: grandes, medianas y pequeñas. Es grande,
«la sociedad formada por la asociación de varias naciones y cooperan entre sí.
Media, es la comunidad, umma. Pequeña es la Sociedad que constituye una ciudad.
Las tres son, sin embargo, sociedades completas, siendo la primera la ciudad.
Las partes de la misma, como los barrios, distritos o arrabales, son sociedades
incompletas. La Sociedad más incompleta de todas es la que forma un hogar pues
es una parte de una Sociedad más grande, la calle, y esta lo es de otra, el
barrio, siendo éste parte de la ciudad (…). La Sociedad que forma una ciudad es
parte, a su vez, de una nación que está dividida, por ello, en ciudades. La
Sociedad en sentido absoluto se divide en naciones
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y una
nación se distingue de otra por dos rasgos naturales: el carácter natural y las
cualidades naturales, además de por un tercero que, siendo convencional, se
relaciona con los dos rasgos anteriores. Se trata de la lengua con la que se
expresa»161.
Cuando, en
el texto, al-Farabi alude a la umma como Sociedad y a la nación como suma de
ciudades, madina, debemos tener en cuenta que se trata, en castellano, de
traducciones aproximadas y ajustadas a la intención significativa de las
palabras originales en lengua árabe. A este respecto, debemos aclarar que en la
historia del Islam, los conceptos políticos y administrativos de la sociedad
musulmana tienen sus propias características terminológicas y conceptuales. El
Islam nació en un medio urbano, el de La Meca, que en el año en que empezó la
Revelación, el 610, era un centro de peregrinación que remontaba a tiempos muy
anteriores a la vez que un núcleo de actividad mercantil y comercial derivada
de la ruta de las caravanas que allí hacía parada.
En esa
sociedad urbana, sin embargo, prevalecía la importancia del lazo tribal o de
clan. Por medio del mismo, los ciudadanos se identificaban y ocupaban puestos
de mayor o menor relevancia pública de forma que el clan de Quraix era el de
mayor prestigio y de él procedía el linaje del Profeta. Una vez establecido
Muhammad en Medina, madina, es decir, la ciudad por excelencia, a partir del
año 622, la sociedad que encerraba esa ciudad y sus aledaños era, por encima de
todo, una comunidad de creyentes, una Umma, dirigida por alguien que recibía la
inspiración de su gobierno directamente
161 Op.
Cit., p. 39.
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de Al-lah.
Fallecido el Profeta, la Umma se gobernó por los cuatro primeros califas que no
vieron necesidad en un cambio de denominación de esa comunidad que, además,
iniciaba una expansión territorial decidida.
El Corán
menciona el término de «gente» o «gentes», qaum, para designar al pueblo en
sentido general y, en especial, al pueblo de Al-lah. En los califatos omeya y
abbasí y en los posteriores gobiernos que procedieron a establecer gobiernos
autónomos, esos mandatos no tenían nombre específico, si bien por convención en
la historiografía occidental se habla de «reinos» bereberes como el de Táhert,
en el siglo IX o de taifas en el XI. Los geógrafos árabes, que suelen ser una
fuente de información válida para delimitar el alcance de los territorios del
Islam desde el siglo IX al XV, titularon a sus libros de forma genérica como
libros en los que se habla de «caminos y de reinos». En este caso, el reino
hace referencia a los territorios no musulmanes gobernados por un rey o
monarca.
En el Islam
esa figura no existe por cuanto que al-Málik, el rey, es uno de los 99 nombres
de Al-lah y, como tal, se utiliza en los nombres de persona: Abd al-Málik, por
ejemplo. En su defecto, para designar al gobernante supremo, se utiliza los
términos como jalífa, califa, emir o sultán, derivado del árabe sulta que
significa «autoridad». Cuando el sultán Muhammad V de Marruecos ocupó el trono
tras la independencia del país, en 1956, se le denominó Málik, rey, en
consonancia con una aspiración a la homogeneidad nominal respecto de las
monarquías europeas como diferentes a las repúblicas.
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Cuando los
turcos conquistaron Constantinopla en 1453, al inmenso territorio gobernado por
el sultán otomano no se le denominó reino de forma explícita. Las fuentes
occidentales nos hablan de «imperio» si bien esa denominación no existe en
lengua árabe que, cuando se quiere decir en dicha lengua la mencionada palabra,
utiliza una simple transliteración: Impratúría.
En el siglo
XIX, a raíz del viaje de estudios a París de un grupo de alumnos egipcios y
turcos encabezado por el famoso polígrafo árabe Rifaa al-Tahtáui, en 1826, el
contacto con los usos políticos de Francia y su conocimiento de primera mano,
hizo que el mencionado escritor hablase en el relato de su viaje, publicado a
su regreso a Egipto, de estado, nación, república, monarquía, imperio,
revolución, partidos políticos, pueblo, sufragios, contrato social, democracia
y de todos aquellos términos que constituían el vocabulario político y
administrativo de una estructura y de una organización social propio de una
sociedad europea que había tenido su evolución política particular simultánea a
las de los otros estados occidentales.
La lengua
árabe que, en el siglo XIX, empezaba a desasirse de los rígidos marcos léxicos
de tiempos anteriores por necesidades expresivas y al hilo de las influencias
occidentales, fue adoptando y adaptando los nuevos vocablos que hoy forman
parte de la lengua árabe moderna bien como resultado de transformaciones
morfológicas, bien como transliteraciones. Hoy, en árabe, nación es qaum,
revolución es záura o pueblo, xaab. Frente a estas palabras que traemos a
colación a modo de ejemplo, existen las de
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democracia,
dimucrátia o burguesía, burchuasía, que son meras traslaciones fonéticas sin
que, en ello, haya que buscar intenciones que pueden no responder a los hechos
y a las actitudes. Simplemente, se trata de nociones y conceptos que no
existen, como tales, en la lengua árabe clásica que es el fondo y la fuente del
vocabulario árabe actual y no manifiestan su presencia en ella porque la
historia del Islam clásico no contempla ese campo significativo en el orden
político imperante.
Todo lo
dicho sirve para aclarar el problema terminológico con el que se enfrenta
al-Farabi al hablar de ciudades, sociedad o naciones. Siendo su modelo político
y administrativo referencial el de la Grecia clásica y no habiendo en el
vocabulario árabe de su época palabras que se correspondiesen con exactitud a
las que expresan Platón y Aristóteles, el filósofo manifiesta su denuedo
discursivo en la aproximación y la analogía terminológica hasta donde puede
hacerlo.
En su
Ciudad Ideal, compara a la misma con un Cuerpo en el que el corazón es el
centro de la supervivencia orgánica y funcional. El gobernante es, así, como el
corazón del Cuerpo social y de él se exigen cualidades determinadas para que
sepa llevar con prudencia y justicia el timón del gobierno: «El jefe de la
Ciudad Ideal no ha de ser una persona cualquiera, pues el gobierno depende de
dos cosas: una aptitud natural y una disposición y unas virtudes adquiridas de
forma voluntaria». La prolija enumeración de dichas virtudes y dotes empieza
por reclamar una complexión Física perfecta y una capacidad intelectual ágil y
perspicaz.
400
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A ello se
debe añadir, la elocuencia, el deseo de aprender, la moderación en los
apetitos, la veracidad, la grandeza de Alma, el desprecio por los bienes
mundanos, el amor por la justicia y la audacia y el valor necesario para tomar
decisiones y ejecutarlas. Al-Farabi es consciente de que esa copia de virtudes
no se encuentran fácilmente reunidas en una sola persona y por ello, o sólo es
posible dar con una sola o con un reducido grupo de personas que las posean.
Después de
enumerar el catálogo de virtudes generales, el filósofo pasa a definir las que
específicamente convienen al gobernante que, en este caso, se reducen a seis:
sabiduría, conocimiento de las leyes y tradiciones de su pueblo, capacidad de
deducción analógica, previsión, apego a la sabiduría de sus predecesores y
fortaleza física. Prevalece sobre todas ellas, la sumisión a las directrices
emanadas de los califas bien guiados, es decir, los cuatro primeros califas del
Islam y, sobre todo, del Profeta. Sin embargo, todas estas condiciones no
sirven de nada no es sabio, en concordancia con la propuesta platónica del
gobernante-filósofo.
La
sabiduría que al-Farabi exige del gobernante difiere, sin embargo, de la que
proponía Platón. Para el filósofo musulmán, el verdadero sabio es el que tiene
un Alma perfecta cuya nobleza deviene de su unión con el Entendimiento agente
y, por ello, «está siempre dispuesto a recibir de ese Entendimiento, en estado
de vigilia o en sueños, los conceptos particulares y los inteligibles. Su
Entendimiento pasivo logra su perfección y acabamiento por medio de la
aprehensión de los inteligibles de tal forma que se convierta en
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Entendimiento
en acto»162.
Platón, en
La República y en Las leyes, determina con toda exactitud la educación que debe
darse a los encargados de las funciones defensivas y directivas de la ciudad.
El proceso educativo que debe seguirse, comporta tres ciclos, siendo el tercero
de ellos el destinado a los gobernantes que han pasado también por los dos
anteriores. En el tercer grado educativo, al que acceden los candidatos que han
superado todas las pruebas anteriores y que en esta etapa están cerca de los
treinta años de su edad, los elegidos se dedican al estudio de la dialéctica y
la reflexión sobre el mundo ideal pues son las ideas, las realidades que han de
inspirar su futuro gobierno.
Al-Farabi
sigue de cerca esta propuesta. En una de sus obras, El logro de la Felicidad,
que debe leerse como complemento a la lectura de La Ciudad Virtuosa o Ideal, el
gobernante es quien ha superado todas las pruebas de cada uno de los grados
educativos precedentes y llega a las puertas de la sabiduría «la Ciencia más
alta según los griegos a las que ellos denominan Filosofía que en su lengua
significa el amor por el saber más noble. A quien lo tiene, lo llaman filósofo
(…). Y si se observa de cerca al filósofo, se verá que no existe diferencia
alguna entre él y el gobernante pues quien es capaz de aplicar la especulación
teórica a todo, será también apto para hacerla inteligible y cumplir con los
actos que se le reclaman. Su Filosofía es tan perfecta que es, por lo mismo,
susceptible de ser aplicada al gobierno pues lo perfecto, en sentido absoluto,
contiene
162 En A.
Badawi, Op. Cit., p. 560.
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una
vertiente teórica y otra práctica y ésta contiene los métodos de persuasión y
de Imaginación que hacen del filósofo el gobernante por excelencia»163.
No importa,
según al-Farabi, el nombre que se le haya de dar al gobernante, sea éste el de
filósofo, rey, legislador o imam, relación que significativamente no incluye la
de califa tal vez por las causas mencionadas anteriormente: la división del
califato islámico de su momento y las diversas autonomías gubernativas, como la
de su protector Saif al-Daula en Siria, podrían haber desvirtuado el carácter
unitario de la función de gobierno de la Umma.
Es por eso
que, como en el caso de Platón, la obra política de al-Farabi es una utopía y
una ucronía y, como tales, elaboraciones ideales que son, a la vez, crítica y
propuesta de reforma de la forma de gobierno de la comunidad de los creyentes.
Cuando el autor nombra a la función de rey, está refiriéndose a lo que denota
la palabra en árabe: «poder», «posesión», de forma que málik, rey, es el posee.
En cuanto a imam, hace referencia al «que va delante» o está situado a la
vanguardia y, por ello, dirige la oración y, analógicamente, el combate y el
gobierno.
Como imagen
en negativo de La Ciudad Ideal, al-Farabi expone las características de la
ciudad existente en la realidad o las que pueden existir en ella. Son también
ciudades ideales, pero más cercanas a la materialidad y, por tanto, a la
imperfección. Los motivos por las que una ciudad puede convertirse en perversa,
de la misma forma en que Platón se refiere a las causas de su maldad, al-
163 Op.
Cit., p. 562.
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Farabi
indica que las causas de la corrupción de las ciudades reside en la cualidad
del conocimiento de los ciudadanos. Los habitantes de la ciudad ignorante son
aquellos a los que les falta todo conocimiento de los inteligibles y de ello
sus almas vienen a ser imperfectas. Los moradores de la ciudad inmoral son los
que han adquirido el uso de las malas acciones y los de la ciudad corrupta y de
la desviada son aquellos a los que les falta os conceptos de veracidad y
justicia en sus grados más elementales.
La ciudad
de Averroes según Platón
El filósofo
cordobés incluye a la Ciencia política en la región de la Ciencia práctica.
Como indicaba Aristóteles, la Política es una Ciencia práctica cuyo objeto es
el bien común y el buen gobierno de la ciudad. La historia que transcurre desde
la muerte de Platón hasta la madurez de su discípulo, la polis griega ha tenido
ocasión de experimentar los regímenes políticos más diversos. Aristóteles,
maestro de Alejandro Magno, debió educar a su discípulo en los principios de la
Política realista de Hermías y en el concepto de la unión de todos los griegos.
En el libro VII de su Política, manifiesta que «si la raza helena pudiera
fundirse en un solo Estado, dominaría el mundo». Su ideal cosmopolita, sin
embargo, no llegaba al extremo del intento de Alejandro por unir a griegos y
persas cuya fusión consideraba absurda. El tiempo histórico de Averroes tampoco
fue el mismo que vivió al-Farabi pues, como sabemos, su vida transcurrió entre
la decadencia almorávide y la gloria del Imperio almohade.
Aristóteles
pensaba que el Hombre no es un ser aislado y único,
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sino que es
un individuo perteneciente a una especie multiplicada en infinidad de seres
idénticos pero también diversos que, para cumplir sus fines, se constituyen en
Sociedad y esa comunidad social o política es, también, un ente al que, en
cuanto tal, le corresponde un bien propio que es el desarrollo perfecto de su
naturaleza. El estagirita decía que el Hombre es un animal político, es decir,
que en la misma Naturaleza del Ser humano existe una tendencia innata a lograr
su propia perfección y ésta no puede alcanzarse en soledad sino en la
agrupación con sus semejantes, desde la forma más sencilla de agrupamiento,
como es la familia, hasta la más compleja que es la ciudad.
La prueba
de Aristóteles para mostrar ese impulso social en el Hombre es que éste ha sido
dotado del don de la palabra y ésta no sólo debe entenderse en el sentido que
especifica el término lógos, sino también en el de la comunicación de éste con
los semejantes, el dia-logos. La comunidad política es, por tanto, una
comunidad atravesada por la Lógica, un todo formado por partes heterogéneas
cuya unidad es de orden y que remite a un fin común.
Según
Averroes, a pesar de que la Ciencia política es, en tanto que Ciencia, una
Ciencia práctica, debe atender, sin embargo, a dos aspectos: el conceptual, la
ciudad como un todo, y el particular, la ciudad como conjunto de elementos
heterogéneos e individuales. De la misma forma en que actúa la Medicina, dice,
debe entenderse la Ciencia de la política: una primera parte teórica y otra
práctica en segundo lugar. Por ello, la Política estudiará en primer lugar los
hábitos adquiridos, los actos voluntarios y la conducta humana en
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general y,
después, procederá a la consideración de la forma en que aquellos hábitos se
instalan en el Alma y cómo se pueden armonizar con los correspondientes a sus
semejantes: «la primera parte del Arte político se contiene en el libro de
Aristóteles titulado Ética a Nicómaco y la segunda, en la Política así como en
el libro de Platón llamado La República que aquí comentamos. La Política de
Aristóteles aún no ha llegado a mis manos»164.
En la
primera parte del comentario, Averroes se atiene a lo manifestado por Platón y
así nos dice que la relación de todas las virtudes que conducen a la perfección
del Hombre en sociedad, es la misma que la de las facultades del Alma entre sí,
siendo la justicia la que dirige y coordina a todas las demás. Según el
filósofo cordobés, Platón entiende que la justicia consiste en el recto sendero
a lo largo del cual cada ciudadano persigue la actividad para que, por
naturaleza, fue dotado. Ello no es posible a menos que las partes del Estado se
subordinen a lo que ordena la Ciencia especulativa (la Razón) y al que la
detenta en mayor grado de excelencia. Por ello es preciso que el gobernante sea
un filósofo.
Casi todo
el comentario de Averroes a La República platónica no deja ver las opiniones
propias del filósofo de Córdoba ni tampoco asoman en el objeciones claras a los
que expone el filósofo griego en su obra: Platón dice, como indica Platón, son
introducciones a pensamientos del pensador heleno ante las cuales Averroes
parece mantener una aséptica distancia sin comprometerse con ninguno de los
planteamientos del libro. Sin embargo, todo parece, tras la
164 E. J.
Rosenthal, Op. Cit., p. 112.
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lectura del
comentario y a tenor de algunos de los fragmentos del mismo, que Averroes deja
de lado u omite dar crédito a algunos argumentos que Platón expone clara y
extensamente en su obra política.
Uno de esos
rechazos tácitos, más que claramente manifiestos, es el que tiene que ver con
los mitos. La República, como sabemos contiene el mito explicativo más
asequible para explicar el mundo ideal y su relación con su copia o mundo
material: el denominado mito de la caverna. En el libro X de la obra griega, se
relata, como colofón del libro entero, el mito de Er que alude a la escatología
y a las sanciones de las almas que son juzgadas, según otras explicaciones
míticas que aparecen en otros Diálogos platónicos, en los abismos terrestres
por los cuales corren cinco grandes ríos: el Tártaro, el Océano, el Aqueronte,
el Periflégeton y el Cocito. El mito de Er presenta a las almas cuando regresan
a la Tierra tras haber pasado mil años, para elegir por sí mismas el tipo de
vida que desean en su reencarnación. La elección se hace ante las Parcas que
enhebran el hilo de sus existencias en el huso de la necesidad que atraviesa
todo el Universo. La intención de Platón, con este mito, es dejar libre de
responsabilidad a la divinidad en el destino humano que, como dice el mito, es
cosa de cada Alma en el momento de su vuelta a la vida terrestre.
Averroes
reproduce todos los extremos que el citado mito relata pero deja traslucir su
rechazo en tanto que la narración mítica no se basa en ningún planteamiento
racional si bien es consciente del valor que las narraciones míticas tienen
para Platón como medio de
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expresión y
ejemplo. En relación con la inmortalidad y las pruebas que aduce el filósofo
griego en el libro X de su obra, que está basada en la necesidad de una
remuneración en el otro mundo, Averroes deja de hacer comentario alguno así
como tampoco los hace sobre otros pasajes de La República en los que aparece la
cuestión de la inmortalidad.
El
argumento platónico está basado en la pregunta que aparece en el diálogo
correspondiente: «¿Piensas que a un ser inmortal le está bien afanarse por un
tiempo tan breve y no por la eternidad?», para responder a renglón seguido. «Lo
malo es lo que disuelve y aniquila. Lo bueno, lo que preserva y mantiene». El
mal propio del Alma son los vicios, la injusticia, la intemperancia y otros
que, sin embargo, no la destruyen del todo. Tampoco puede hacerlo la muerte
pues la muerte no es mal propio del Alma y solo puede destruirse algo por el
mal que le es propio. Por tanto, si el Alma no puede destruirse ni por su mal
propio, ni por mal que no lo es, se deduce que el Alma es eterna e
imperecedera.
Averroes no
ofrece garantías a esta prueba de la inmortalidad, no por su finalidad, sino
por la debilidad del argumento racional que la sostiene. Además, lo hemos
venido viendo, en muchas ocasiones el filósofo de Córdoba deja en suspenso un
juicio racional sobre la inmortalidad del Hombre, bien se halle referida a la
inmortalidad del Entendimiento agente, bien lo sea en lo tocante a la condición
y Naturaleza del Alma. En todos estos casos, también lo hemos observado, el
pensador racional cede el paso al creyente que está motivado por una esperanza
cuya certeza le viene de la Verdad del
408
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texto
revelado.
Otra
cuestión en la que Averroes mantiene menos distancias con Platón es en lo
referido a la poesía. Sabemos que el orden poético, de amplio espectro
significativo en la literatura griega clásica, remite al orden de lo mítico en
su vertiente puramente estética o lúdica: la poesía no es la narración de un
mito fundador, sino que viene a ser un remedo del mismo que utiliza la
Sugestión y la Imaginación para deslumbrar al oyente. Por esta razón, entre
otras, en los libros II y
III de La
República, el filósofo griego condena a la poesía por sus deficiencias éticas y
educativas. En el X, justifica esa condenación por razones psicológicas y
metafísicas, manifestando que la poesía es una artimaña de ilusionista o un
artificio para impresionar al que la oye. Todo ello hace del Arte poético un
Arte perverso y nocivo que debe evitarse su presencia en la ciudad.
Averroes
está de acuerdo con esta condenación que de la poesía hace Platón y la aplica a
la poesía árabe: «Yo digo que hay que eliminar la poesía que describe
caracteres y conductas humanas fuera de toda moderación y mesura refiriéndose a
las costumbres de los árabes. En la ciudad, no debe permitirse a los poetas
realizar tales imitaciones y ello por varias razones: la primera de ella es que
un imitador lo será en grado excelente cuando un solo hombre imite a un solo
aspecto, como es el caso de las artes. En segundo lugar, no debe permitirse la
imitación de las cosas viles o de las que no tenemos dominio alguno para
rechazarlas o aceptarlas, como es el caso de muchos poemas árabes, cuya
existencia en la ciudad es
409
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innecesaria»165.
Con lo de
las imitaciones nocivas que hacen los poetas, Averroes se está refiriendo a las
que hacían algunos poetas árabes de su tiempo sobre hombres de carácter
descarriado, sobre las mujeres que gritan y discuten a voces con sus maridos y
cosas similares. Sin embargo, pensamos que ese rechazo a la poesía que
manifiesta el pensador cordobés y, sobre todo a determinada poesía árabe, tiene
que ver en el fondo con una cuestión ideológica, jurídica y religiosa de la
sociedad almohade y, específicamente, de la sociedad dirigente del imperio.
Como
sabemos, la ideología almohade es una ideología estricta en el cumplimiento de
unos principios inmutables que debían ser acatados bajo penas severas. Por
tanto, toda manifestación poética que pudiera derivar en ataques tácitos,
desdenes solapados o reminiscencias no islámicas, debía ser atajada y
condenada. Para esa función estaban los jueces y Averroes era uno de ellos y,
además, de los más prestigiosos e importantes. Por encima de este supuesto,
además, estaba el rechazo que todo creyente auténtico debía sentir por la
poesía en sí misma, puesto que la Revelación alude con severidad al ejercicio
poético.
Cuando el
Profeta empezó a transmitir el Mensaje revelado entre sus conciudadanos de La
Meca, una ciudad inmutable en el imaginario sagrado musulmán, fueron algunos de
sus contrincantes los que le colocaron el marbete de «poeta» con la intención
de desacreditarlo. Una aleya revelada al respecto pone de manifiesto este
peligro y esta
165 A.
Badawi, Op. Cit., p. 865.
410
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amenaza:
«Ellos (los infieles) en cambio, dicen: ¡Amasijo de sueños! ¡No! ¡Él (el
Profeta) lo ha inventado! ¡No! ¡Es un poeta! ¡Que nos traiga un signo como los
antiguos enviados!» (21, 5). El peligro y la amenaza que contiene esta
acusación que realizan los infieles, caracterizando el mensaje que transmite el
Profeta como una manifestación de mera poesía, tiene a su vez, raíces en la
tradición árabe pre-islámica donde se creía que el poeta estaba inspirado por
un demonio.
También, en
ese tiempo circulaban entre las gentes conjuros enunciados en forma de verso. A
estas circunstancias viene a sumarse el hecho de que las primeras revelaciones
divinas que Muhammad transmite al pueblo de La Meca, lo hacen en una prosa
especialmente rítmica o rimada y, en ello, se acercaba a la poesía tradicional
que, con efectos mnemotécnicos, se declamaba con metro y rima. Son varias las
aleyas donde le Revelación ataja severamente esta identificación entre el poeta
común y el Profeta, hechas también a modo de «conjuro» divino, como las
siguientes: «¡Pues no! ¡Juro por lo que veis y por lo que no veis, que es,
ciertamente la palabra de un Enviado noble! No es la palabra de un poeta - ¡qué
poca Fe tenéis! – ni es la palabra de un adivino - ¡qué poco os dejáis
amonestar! – Es una Revelación que procede del Señor del Universo» (59, 38-43).
En su
comentario a La República platónica, Averroes se hace eco de las teorías de
Platón acerca de los regímenes políticos de la ciudad. En la citada obra,
Platón identifica las cualidades de cada clase social con un mito fenicio que
expuso Hesíodo: aunque todos los
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hombres son
iguales por naturaleza, los dioses dieron a sus almas distinta composición y,
por ello, «pusieron oro en las de los guardianes perfectos, plata en las de los
auxiliares y bronce y hierro en la de los labradores y artesanos». Esta
clasificación sirve también al filósofo griego para explicar el ciclo
degenerativo de la decadencia de la raza humana, así como el relativo a las
edades de la humanidad y también de los gobiernos de la Sociedad. Observemos de
pasada que esta secuencia es la misma que Cervantes incluye en el Quijote.
En su obra,
Platón también se refiere, en consonancia con la traslación temporal de las
edades que acabamos de mencionar, a las formas de gobierno que se habían
sucedido en la Atenas clásica atribuyendo a cada modo de Alma una de esas
formas. Cuando todos los elementos que constituyen la Naturaleza humana se
unifican, coordinan y armonizan bajo el gobierno del Alma superior, el
resultado es el Hombre real, basilikós, o filósofo. Cuando en el Hombre, en
este Hombre/rey el Alma racional pierde su predominio, el gobierno lo ocupan
las tendencias inferiores llegando, en un proceso de sucesiva degeneración, a
ser dominado por los instintos sensitivos o pasionales.
De análogo
modo, pues las clases sociales de la ciudad corresponden a las distintas
variantes del Alma humana, el gobierno de la ciudad degenera cuando el dominio
de la más excelsa de ellas pierde su lugar natural y se diluye a favor de las
de inferior rango. Con este esquema explicativo como base, Platón enumera en La
República los regímenes políticos posibles teniendo en cuenta
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que casi
todos ellos habían sido puestos en práctica en la ciudad griega.
La
monarquía o aristocracia es el gobierno de los mejores, la forma ideal y más
pura de gobierno posible en la ciudad personificado en uno o unos pocos hombres
eminentes por su grado de sabiduría y excelencia en las virtudes. Este régimen
tuvo su momento de existencia en la realidad en el pasado legendario de Grecia
y, según Platón, en ese tiempo reinaba la más perfecta armonía entre todas las
clases sociales. Cuando los gobernantes descuidaron el cálculo y aplicación del
número de uniones matrimoniales y su descendencia, se inició un desequilibrio
social que vino a dar en el predominio de la clase inferior.
Las razas
de oro, plata, bronce y hierro dieron en mezclarse y el elemento pasional,
ambicioso de honores y victorias, llegó a prevalecer sobre el racional. Con el
acabamiento de la monarquía o de la aristocracia, surgió la timocracia o
timarquía, gobierno de la clase militar que, apoderándose de los bienes
públicos, sometieron a la clase inferior a su dominio absoluto.
Gobierno no
del todo malo, la timocracia, en opinión del filósofo griego, conserva a pesar
de todo algunos rasgos aristocráticos pero la ambición creciente de riquezas y
la concentración de las mismas en unos pocos poseedores, origina el surgimiento
de una tajante división en la estructura social: de un lado los que nada tienen
y de otro, unos cuantos que lo tienen todo. Los pocos que tienen todos los
recursos en sus manos inician, así, un tipo de gobierno, la oligarquía, que
domina a un pueblo que la aborrece.
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Ese rechazo
acaba por derrocar a los oligarcas y se instaura en la ciudad el gobierno del
pueblo, la democracia a la que Platón considera una forma degenerada de
gobierno capaz de las mayores injusticias. Él conoció la Atenas democrática
que, dominada por incapaces de regirla, sumidos en toda suerte de ambiciones,
«manto abigarrado de todos los colores», fue capaz de sentenciar y dar muerte
al mejor representante del ideal de sabio, Sócrates, su maestro y protagonista
de todos sus Diálogos. El desorden producido por el mal gobierno democrático,
pervierte las virtudes inspiradoras de la libertad y del razonamiento, llegando
a regir los destinos cívicos todos aquellos que logran imponer sus antojos por
encima de los deseos anárquicos de sus rivales. La democracia deviene, por
ello, en demagogia.
De entre
todos los demagogos, el más astuto, el que obtiene más apoyos, surge uno de
ellos que se apodera del gobierno e instaura la tiranía que suprime la libertad
por completo y borra del frontispicio del templo de la ley el Concepto y la
aplicación de la Justicia. Para Platón, este es el grado más bajo a que llega
la degeneración de las formas de gobierno y de ella también tuvo experiencia el
filósofo en los tiempos en que vivió en Siracusa, teniendo conocimiento de
otras tiranías de su momento como fueron las de Pisístrato y Periandro de
Corinto.
En otra de
sus obras de Ciencia política, la ya mencionada El político, Platón reduce a
tres las formas de gobierno posibles en la ciudad: la monarquía, la
aristocracia y la democracia. El único remedio posible que propone para detener
el proceso degenerativo
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es el poder
de la ley pues, «ya que es difícil encontrar el basilikós ideal, su poder debe
sustituirse por el de la ley»166.
Esa ley,
además de reinstaurar el privilegio de la Razón, debe establecer sus
prescripciones de acuerdo con las sentencias emanadas de Delfos, santuario en
el que se emitían oráculos y sentencias de todo tipo. En Las leyes, Platón
introduce esta significativa variante respecto de lo manifestado en La
República, como si intentase armonizar los privilegios racionales estrictos con
los pertenecientes al orden de la trascendencia divina en cuyo horizonte lo
Divino es la medida de todas las cosas y la norma suprema que subyace en las
relaciones sociales.
Con ello,
la ciudad se integra en una armonía cósmica regida por el Alma del Mundo. Como
dice el filósofo: «Aquel que cuida de todo el mundo, ha dispuesto las cosas
como es necesario para la perfección del conjunto, de tal manera que cada parte
hace o padece lo que en justicia le corresponde y hasta donde alcanza su
capacidad. Por encima de los particulares, ese regidor supremo ha puesto
soberanos que rigen hasta el menor de sus impulsos y acciones de forma que
promuevan la perfección de todo hasta en sus más mínimas partes. Mortal: tú
eres una de esas partes que actúa en función del todo por tu propia perfección,
(…) ya que ese Todo no existe para ti, sino que tú existes para Él»167.
La ciudad
almohade según Averroes
La remisión
de los fundamentos últimos del gobierno de la ciudad al
166 Platón,
El político, 302 a y ss.
167 Platón,
Las leyes, 759 d – 840 c.
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regente
supremo que realiza Platón en Las leyes, no debió de dejar de causar impresión
en la conciencia de Averroes que, como dijimos, utilizó el mencionado libro
para hacer el comentario de La República. En su pensamiento político existía un
referente inmediato que era su propia experiencia en la corte almohade en la
que ocupaba un puesto relevante en la cercanía del emir y esa experiencia
delimitaba los alcances y los límites de su teoría.
La
consideración que hace Platón de un legislador supremo, armonizador en
integrador de gobiernos y gobernantes es, precisamente, la misma que cabía
esperar de la forma de gobierno almohade: el califa, sombra de Al-lah sobre la
tierra es, por su Naturaleza, el único capaz de unificar lo diverso en la
síntesis ideal que se dirige a la Unidad divina que tan claramente expresa la
azora 112 del Corán a la que hicimos alusión en su momento. Esa Unidad, la del
Uno manifestada en su acepción de al-Málik, otorga la perfección tanto del
particular como del todo del que aquél forma parte. El creyente auténtico, es
suma, no es otro que el que es plenamente consciente de que, como decía el
divino Platón, Él no existe para ti, sino tú para Él o, como expresa la Revelación
de forma indubitable: «No he creado a los genios y a los hombres sino para que
Me sirvan» (51, 56).
A las
formas de gobierno expuestas por Platón que acabamos de leer, Averroes, en su
comentario, añade otras dos: el gobierno creado por las necesidades y el que
solamente tiene como fin la búsqueda y alcance del placer. En todos los casos,
asume la degeneración progresiva que es causa de todos los regímenes
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posibles a
partir de la monarquía, como estadio más excelso, hasta llegar a la tiranía
como el más corrupto. En este punto, Averroes aplica esa secuencia
transformadora a la historia de Córdoba musulmana.
Cuando los
oligarcas cometen excesos contra el pueblo, éste recurre al más ambicioso de
todos y lo engrandece todavía más siendo así que «el comienzo de la
transformación de este dirigente en tirano después de haber existido un régimen
democrático, consiste en el hecho de que aquél empieza a cometer actos
tiránicos en su gobierno hasta que llega a ser un absoluto tirano. Una vez
comprobado que tiene sometido al pueblo, le hace todo el daño que quiere, lo
castiga como desea, destruye lo que le apetece y no deja de actuar de este modo
hasta conseguir que los ciudadanos se instituyan en tiranos unos contra
otros»168.
La
referencia a Córdoba y su experiencia política se hace cada vez más clara
cuando avanzamos en la lectura del texto del comentario en el que, de forma muy
cercana a lo expresado por Platón, Averroes transfiere a la historia cordobesa
sin fisuras interpretativas ajenas al hilo conductor de su pensamiento
acusador. Así, dice el filósofo cordobés, una vez que el tirano ha logrado
todos sus propósitos, el súbdito humillado empieza a concentrar su odio contra
él hasta llegar al punto inexorable de su derrocamiento en el que la situación
se plantea en forma de un dilema decisivo: o bien el esclavizado pueblo
conspira contra el tirano y lo asesina, o bien éste sigue tiranizando sin
tregua y esta situación, dice, se puede comprobar en
168 En A.
Badawi, Op. Cit., p. 864.
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nuestro
país: «Tomad como ejemplo el régimen que existía en Córdoba tras el año 500 (de
la Hégira, 1164 d. C.). Era un régimen casi completamente democrático, pero
cuarenta años después cambió en una tiranía»169.
Acercándose
más a la identidad de la persona que Averroes designa como encarnación de la
tiranía, aduce la opinión Platón cuando dice en su obra que una de las
características del tirano es subyugar a los ciudadanos incitándolos a
someterse a las leyes bajo capa de que sus propósitos son buenos y que sus
órdenes no son más que intenciones sanas por el celo en el cumplimiento de su
misión que es la de velar por el bien de la comunidad y enderezar los asuntos
de la ciudad.
Una vez
firmada la paz con sus enemigos de fuera, por medio del acuerdo pacífico o por
el uso de la fuerza, volverá a los asuntos de la ciudad y suscitará enemistades
bélicas entre sus miembros. Así los tendrá más dominados y controlados y le
será más fácil apoderarse de sus bienes pues, una vez desposeídos de los
mismos, nunca serán capaces de recuperarlos. Estarán tan preocupados por
subsistir que no tendrán tiempo para nada más.
Llegados a
este punto, Averroes revela claramente el nombre de quien, a su juicio, encarnó
en Córdoba los males de toda tiranía posible: «todo esto sucedió en Córdoba a
causa del Hombre que se llamó Ibn Gania». Como es sabido, los banu Gania fueron
los miembros de una familia bereber de origen sanjachí, elemento tribal del que
emergieron los almorávides, como ya dijimos. El nombre de
169 Op.
Cit., p. 864.
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Gania
remite al de una princesa almorávide que fue dada en matrimonio por el sultán
almorávide Iúsuf ibn Taxfín a su hijo Ali ibn Iúsuf. Éste tuvo dos hijos, Iáhia
y Muhammad.
El primero
de ambos es el llamado Iáhia ibn Gania que combatió victoriosamente contra el
rey de Aragón, Alfonso I el Batallador en 1133 y que fue gobernador de Murcia y
Valencia. En 1174 defendió a Córdoba de los ataques del mismo monarca y fue uno
de los últimos bastiones de la defensa almorávide contra la presencia almohade
en al-Andalus. Murió en Granada en 1148 pero su peripecia vital encarna la de
todo un sistema, el almorávide, que personificaba a ojos de los almohades la
corrupción y la más extrema perversión de los principios del buen gobierno
islámico, como se echa de ver en las proclamas iniciales y en los propósitos
reformistas del mahdi Ibn Túmart a cuyo pensamiento e ideología nos referíamos
en páginas atrás.
En
interesante observar el espacio que Averroes dedica a la tiranía en su
comentario y las alusiones históricas de su presencia en la política andalusí
como acabamos de ver. En ese interés podemos advertir, además, otras
connotaciones significativas como cuando indica, con subrayado nuestro, que
«todos los actos de tiranía son evidentes a las gentes de nuestro tiempo, no
sólo por una demostración escrita (como la que él mismo ha hecho), sino por la
misma evidencia de sus sentidos (es decir, porque los ciudadanos lo tienen a la
vista)».
El tirano,
personificación de todos los vicios, no domina sus pasiones y siempre está
ávido de ganancias materiales y para
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conseguirlas
o bien las toma en préstamo, o las recibe de la generosidad de los demás,
urgido como está de una cantidad cada vez mayor de necesidades placenteras y,
por ello, tendrá que recurrir a la fuerza o, de no conseguirlos de ese modo,
«sufrirá de pena como una mujer menstruante o como un enfermo lleno de
dolores».
De acuerdo
con esta actitud tiránica del gobernante, dice Averroes, el ciudadano también
sufre sus males resultando de ello que tan necesitados y pobres están tanto el
tirano como el súbdito, talmente como indica Platón: «De la misma forma en que
el pueblo está encadenado por el miedo, el tirano también lo está y de la misma
forma que no hay más dolor y más pena que en esta ciudad, el Alma del tirano se
debate constantemente entre sus deseos y sus logros».
Con lo
dicho, aun con la brevedad que nos impone el espacio disponible, hemos tenido
ocasión de ver a un Averroes, por una parte aséptico y distante en el
tratamiento de muchas nociones de la Política puestas por escrito en la obra de
Platón y, por otra, a un Averroes comprometido con las circunstancias reales de
la política de su sociedad. Al final del libro III de su comentario, el
filósofo cordobés dedica el tratado a una persona sobre cuya identidad no hay
acuerdo entre los estudiosos: «He aquí, que Al-lah prolongue vuestra vida y su
honor, el resumen de los enunciados precisos en esta parte de la Política que
manifiestan los pensamientos de Platón. Lo hemos expuesto de la manera más
breve posible a la vista de las conmociones de nuestro tiempo y hemos tenido
éxito en nuestra tarea tan sólo porque hemos contado con su ayuda y ha
contribuido
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a
comprenderlas y gracias a vuestra participación en todo lo que hemos pretendido
entender de esta Ciencia. Vuestra ayuda, a este respecto, nos ha sido
imprescindible y habéis sido la causa, no sólo de haber logrado alcanzar
nuestras aspiraciones, sino de haber conseguido todo lo que pretendíamos por la
ayuda de Al-lah Todopoderoso que os puso en nuestro camino»170.
Erwin I. J.
Rosenthal, el editor del comentario de Averroes al tratado político platónico,
identifica a este anónimo personaje al que el filósofo dirige su trabajo en la
persona del califa Iúsuf o en la de su hijo al-Mansúr ya que las cualidades, la
protección y la calidad intelectual a las que alude Averroes en su dedicatoria
parecen coincidir con las propias de tan altos personajes. En contra de esta
suposición, indica Badawi171, está el hecho de la alusión, que hemos subrayado
en la cita, a «las gentes de nuestro tiempo» porque ello significaría incluir
en la categoría de los tiranos a sus protectores oficiales. Lo más probable es
que la dedicatoria estuviera dirigida a algún eminente personaje de la corte
almohade, en Marrakech o en Sevilla, que pudiera haberle ayudado en la
redacción de la obra aclarando conceptos, especificando nociones o aportando
los datos históricos concretos a los que Averroes hace referencia cuando habla
de la tiranía de los banu Gania.
Otro
aspecto que es interesante reseñar aquí es el ya aludido compromiso de Averroes
con la Política almohade que se manifiesta, tácitamente, desde el momento en
que decide realizar un comentario de una obra que no es de Aristóteles y que
muestra
170 Op.
Cit., p. 865.
171 Op.
Cit., p. 865.
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rasgos que
el filósofo cordobés rechaza como es el relativo a la inmortalidad de las almas
y la intervención en ellas de dioses paganos que, al decir del comentador,
contribuyeron a la confusión de Platón.
La elección
de éste pudo haberse hecho por otro tipo de razones entre las que destaca, como
hemos dicho, la relación de la Política como Ciencia práctica, con elementos
trascendentes como es el de la intervención de un supremo legislador a cuyo
ejemplo, el gobernante cumple con una función no solamente política sino, sobre
todo, filosófica.
El buen uso
de la ley, divina en su origen y humana en sus aplicaciones sociales, se
justifica mediante una previa «justificación» de las creencias que alimenta la
Fe y esa justificación que también es una reparación, solamente puede llevarse
a cabo en una Ciudad Ideal gobernada por un filósofo. Para Averroes, esa ciudad
era la ciudad almohade cuyos fundamentos arrancan de un proyecto político en el
que su fundador, Ibn Túmart, empeñó todo su esfuerzo y del mismo resultó la
construcción de una ciudad al abrigo de las montañas del Atlas marroquí
estructurada al modo de La Ciudad Ideal y Real, al mismo tiempo, que había
instaurado el Profeta en Medina desde el año 622 al 632. Esa referencia
intangible e imperecedera se mantuvo viva en el califato de los herederos del
mahdi almohade siendo, Iúsuf y al-Mansúr, modelos de sabios conocedores de los
principios racionales que habían de forjar el buen gobierno.
El Profeta,
encarnación terrena del gobernante perfecto pues sus
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normas
emanaban directamente del Altísimo, era también un gobernante sabio pues la
Revelación que recibía e imponía venía del sabio por excelencia, al-Hakím. La
función justificante y restauradora del movimiento almohade tenía, pues, una
base sólida de referencia y a ella se aferró en todas sus manifestaciones
políticas. Averroes, por tanto, pudo llegar a pensar que el tiempo de
advenimiento de La Ciudad Ideal, tal como la pensaron Platón y al-Farabi había
por fin llegado con la reforma almohade y que, como Medina, la «Ciudad
Iluminada», esparciría los rayos de la nobleza política por todo el orbe
musulmán.
Al final
del libro IX de La República de Platón, Sócrates explica a Glaucón que el
modelo o arquetipo de La Ciudad Ideal solamente está en el Cielo, lejos de la
contingencia terrestre pero que, como modelo, a él deben referirse las
construcciones reales de ciudades ideales y esa construcción debe ser
encomendada a los filósofos. Casi todas las ciudades ideales de la Historia
política han tenido que ver con una referencia a su modelo celeste como es el
caso de la Jerusalén terrestre, frente a la Jerusalén celeste. En el Islam, la
Kaaba y su recinto es la solidificación de un ámbito local establecido en el
Cielo y, más tarde, utopías renacentistas, la de Thomas Moore o Campanella,
hacen uso de una imaginería no terrestre cuyo paradigma en el paraíso, como podemos
leer en la Utopía del primero y en la Ciudad del Sol del segundo.
La ciudad
almohade es posiblemente, a juicio de Averroes, la personificación material,
primera en la Historia humana, de una Ciudad Ideal regida por gobernantes si no
filósofos en la plena
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acepción de
esta palabra, por un filósofo, él mismo, cuya cercanía al gobernante lo
instituía como el único autorizado a ejercer las funciones de un gobierno
paralelo que vendría a ser el de su Razón y sus razonamientos. En la entrevista
primera con Abu Iaqub Iúsuf, éste dio muestras de alto conocimiento de
cuestiones filosóficas que solamente podían ser accesibles, según Averroes, a
la elite, a un reducido grupo de personas especialmente dotadas para ese saber.
Como
muestra probatoria, con las limitaciones propias que imponen la conjetura y la
suposición, podemos traer a colación la reflexión del filósofo cordobés en su
comentario, que sería una prueba más que evidente de que estaba en su ánimo la
convicción de que su ciudad, la almohade, cumplía o podría cumplir los
requisitos de La Ciudad Ideal:
Es posible
educar a los hombres dotados de estas cualidades naturales, las que hemos
descrito en este libro, de forma que se inclinen por la elección de la ley
general y común que debe adoptar necesariamente una comunidad y que, a pesar de
su Naturaleza universal no entre en contradicción con las leyes particulares
humanas consiguiendo con ello que la Filosofía llegue a su cumplimiento. Este
es el caso de nuestro tiempo y de nuestra comunidad. Si es posible dar con
hombres tales que posean el poder durante un periodo continuado de tiempo,
entonces puede ser posible que tenga cumplimiento la realización de esta Ciudad
Ideal172.
172 En A.
de Libera, Op. Cit., p. 26.
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Averroes,
que está a punto de caer en desgracia oficial, como veremos seguidamente, y que
también lo está respecto de su desaparición física, presiente o constata que
algo nuevo ha sucedido o está por suceder: el fin de la Historia. Como juez,
sabe del procedimiento legislativo en términos generales y particulares, como
persona madura y curtida, instruida y sabia, conoce la Historia pasada y
constata la presente.
Como
musulmán, cree en la Verdad de la aleya revelada: «Sois la mejor comunidad
humana que jamás se haya suscitado: ordenáis lo que está bien, prohibís lo que
está mal y creéis en Al-lah» (3, 110) y, además, abriga la esperanza en que
esas palabras se estén haciendo realidad en el seno de la comunidad almohade.
Como político, su estrategia fía la realización plena de esa esperanza en un
sistema de gobierno estable y duradero regido «por hombres que posean el poder
durante un período continuado de tiempo» y el Imperio almohade está dando, en
ese tiempo, muestras de su permanencia y duración.
Como
filósofo, en suma, Averroes se identifica con lo que Platón indica en el
Eutidemo: «Todos los hombres aspiran a la felicidad» que es la misma convicción
que mostrará su discípulo Aristóteles, teniendo todos ellos en cuenta que al
Bien supremo se llega por la práctica de la virtud que en Las leyes manifiesta
su valor: «Todo el oro que hay encima y debajo de la tierra, no es bastante
para darlo a cambio de la virtud». La práctica de la virtud, en la Ciencia
política platónica como en el horizonte político de Averroes se especifica en
425
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el dicho de
La República: «Nunca será abandonado por los dioses el que se afana por hacerse
justo y asemejarse a Dios, por la práctica de la virtud en cuanto es posible a
un Hombre».
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Capítulo VI
El padre
que castiga y perdona
Averroes ha
finalizado su Teoría política. En ella, ha expuesto lo que venía constatando
hacía mucho tiempo en la realidad de los hechos y el contraste o el acuerdo de
éstos con una idea y con una ideología a la que él proporcionaba apoyo y
sustento racional. No sabemos si en esta tarea estaba solo, si él era el único
que podía hacerlo o si, por el contrario, tuvo que compartirla con émulos de
cuya personalidad nada conocemos. Una corte de tan inmenso imperio como era el
almohade a finales del siglo XII, debió acoger en su seno a personajes de muy
variada procedencia geográfica si bien, por lo que sabemos, los de origen
andalusí gozaron de preeminencia clara. Averroes fue uno de ellos.
En un
ámbito cerrado y exclusivo como el que constituía el círculo de personas que
estaban a diario más cerca del emir de los creyente, los favores, las
prebendas, las simpatías de éste para con sus consejeros, implicaban un riesgo
personal para cada uno de ellos: la norma que nuca deja de cumplirse en estos
casos tuvo sus efectos, ahora, en la persona del filósofo cordobés.
Esa norma
no escrita pero decisoria y determinante, no es otra que la del recelo, la
envidia o la malevolencia entre los que comparten el aprecio del gobernante.
Éste, en un primer momento ajeno y distante a las controversias personales de
sus allegados, acaba sucumbiendo a los murmullos, a los susurros perniciosos de
los que se hace eco la Revelación en la última azora del libro y ante los
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que sólo
cabe invocarla cuando el creyente solo cuenta consigo mismo para salir del
trance, es decir, cuando el soberano levanta la mano que acusa y castiga: «Di:
Me refugio en el Señor de los hombres, el Rey de los hombres, el Dios de los
hombres, del mal de la insinuación, del que se escabulle, que insinúa en el
ánimo de los hombres, sea genio o sea Hombre» (114, 1-6).
Estamos en
el año 1195. Iaqub al-Mansúr, ese soberano, se dispone a pasar el Estrecho a la
cabeza de su ejército como imam, el que va delante, para dar la batalla
decisiva a quien encarna en la península el poder y las ideas del otro: Alfonso
VIII de Castilla. Chihád para el primero, cruzada para el segundo, el encuentro
tuvo lugar en Alarcos, situado en un cerro sobre el Guadiana, cerca de Ciudad
Real, y se saldó con la victoria de al-Mansúr. Las crónicas árabes ensalzan los
hechos de ese día, el 19 de julio de 1195, y se refieren al combate como el de
al-Uqáb. El califa de Marrakech no puede estar más pletórico y desborda
confianza en la duración secular de su Imperio. Averroes participa de su
entusiasmo, lo comparte y la relación entre ambos despeja toda sombra de dudas
y recelos. La Ciudad Ideal es ahora, además, la Ciudad Victoriosa.
Ibn Abi
Usaibía, el cronista árabe que, como sabemos, nos ha ido ofreciendo el relato
fiel de muchas de las circunstancias de la vida de Averroes, nos dice ahora que
cuando al-Mansúr se dirigió a Córdoba con el propósito de combatir al rey
Alfonso, quiso que el filósofo lo acompañase porque iba a ser testigo del
triunfo del Islam y de su imperio en su tierra de origen, entre sus parientes y
allegados que, a buen seguro, no dejarían de atribuir la parte
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correspondiente
de la victoria a su paisano.
Una vez en
la corte, de vuelta de la campaña militar, sigue diciendo Abu Usaibía, el
sultán dio muestras renovadas de su respeto y aprecio por el filósofo y le
concedió más favores. Uno de ellos, el más aparente, fue que lo hiciera ocupar
un lugar de privilegio en la escala protocolaria que determinaba preeminencias
y señalaba lugares de excelencia al lado del emir. Así, lo hizo sentar en el
solio que ocupaba Abd al-Uáhid, hijo del jeque al-Hintáti que había sido
compañero del califa Abd al-Mu’min, abuelo de al-Mansúr.
Además,
como muestra significativa del rango de Abd al-Uáhid y de su categoría en el
imperio, era yerno del califa pues éste le había dado en matrimonio a una de
sus hijas. De esa unión nació un hijo, Ali, que en la época en la que Abu
Usaibía escribe, era señor de Ifriqía, la zona geográfica del Imperio almohade
que hoy ocupa, aproximadamente, el actual Túnez. Ifriqía fue parte del Imperio
romano y de su nombre deriva el de África.
Primero o,
tal vez, uno de los primeros posibles motivos de las envidias cortesanas
antedichas, al que se vendrán a sumar otros que acabarán por echar por tierra
todo el favor del sultán para con Averroes. Aparentemente, en las palabras de
los cronistas, todo indica que la caída en desgracia del filósofo cordobés fue
cosa de un día para otro aunque es legítimo suponer que todo fue cosa de una
sucesión de acontecimientos, más o menos rápida, en la que «el mal de la
insinuación» que cita la azora del texto, predispusieron en contra de Averroes
el ánimo califal. Los historiadores del imperio se hicieron cábalas sobre
motivos y causas después de los hechos una
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vez que el
filósofo recibió la orden de su salida inmediata hacia su destierro: Lucena.
En
Marrakech, el eco de la noticia fue amplificado por la orden oficial, emanada
del mismo emir, de que los libros del pensador fuesen quemados en público, de
la misma forma en que lo fueron los de Algacel en la etapa almorávide.
Simbólico acto en el que arde la persona por medio de su obra y, en este caso,
del quemado en efigie, Averroes, sólo sabemos de su silencio y acatamiento ante
un mandato que ha transmutado su gloria en dolor.
En el marco
simbólico del hecho, el Padre acaba de castigar a su hijo y éste debió sentir
el abominable abandono en que aquel lo deja. El Padre Supremo, tal vez, ha
decidido golpear su orgullo y el condenado se recluye en su Razón para
encontrar las razones de tal peripecia. El sufrimiento del Alma es cosa de otro
ámbito y solamente manifiesta que el oro se ha convertido en plomo, porque la
Naturaleza contingente de los humanos llama a la contingencia de sus actos.
De esta
forma, la tristeza, la melancolía, la rabia, se contemplan como excrecencias
del organismo material que de la plenitud pasa a la privación. Las
murmuraciones de otros seres contingentes obligan al filósofo de la Razón a
aceptar la contingencia de lo vivido como parte de la acción contempladora que
ejerce su Naturaleza inteligible, la verdadera, la real.
La lógica
como consuelo
La orden,
dictada y cumplida bajo la mirada del absoluto, tiene la
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virtud de
transformar todo lo relativo en absoluto. A sus casi setenta años de edad, el
filósofo es capaz, incluso, de representar su papel en la comedia cuyo guión
escribió en parte pero que en realidad, no le impide volver al asidero más
firme: la sumisión al decreto divino y, mientras, el regreso a su otro padre,
el filosófico: Aristóteles. Solamente él puede, en estos momentos de desgracia
aportar la clave del Entendimiento de aquella orden que no podía por menos de
tener un sentido. La privación de los bienes contingentes, no le priva de
acceder a la infinitud del pensamiento y buscar el él la Lógica que le permita
subsistir como persona hasta que el decreto sea revocado.
Por ello,
es significativo en alto grado que Averroes escriba de nuevo sobre la Lógica
aristotélica en ese año de su desgracia. Si lo hizo antes de que ésta
ocurriera, la decisión de hacerlo se podría entender como un presagio. Si lo
hizo en el exilio, el motivo estaría en una decisión tomada como consuelo.
El romano
Boecio (h. 525 d. C.), del que ya hemos hablado, que en pleno auge del
eclecticismo neoplatónico concibió el vasto proyecto de pasar al latín todo el
conjunto del saber griego, conciliando además a Platón con Aristóteles, es un
augusto predecesor de Averroes en lo tocante a la historia de un filósofo
favorecido por el poder que, posteriormente, acaba cayendo en desgracia.
Perteneciente
a una ilustre familia de senadores romanos, cónsul y magistrado en la corte de
Teodorico, rey de los ostrogodos, Boecio sufrió la persecución monárquica
acusado de alta traición por haber sido cómplice en el proyecto de librar a
Italia del poder godo en
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connivencia
con el emperador Justino. Además, se le acusó de ejercer las artes mágicas y,
en consecuencia, se le destituyó de todos sus cargos y fue encarcelado y
ejecutado en Pavía en el año citado.
En su
encierro escribió su Consolación de la Filosofía como lenitivo a todos sus
padecimientos. Antes había sido un comentador egregio de la Lógica aristotélica
además de escribir reflexiones personales muy valiosas sobre los silogismos
categóricos e hipotéticos. Su enorme esfuerzo traductor, del griego al latín,
del pensamiento aristotélico sirvió para transmitir al occidente latino gran
parte del saber filosófico heleno. Además, en 1883, la Iglesia católica lo
proclamó mártir y declaró oficial su culto en las diócesis de Brescia y Pavía.
A diferencia de Averroes al que coloca en el Infierno, Dante ubicó a Boecio en
el Paraíso y en el «Canto 5» de su Divina Comedia lo dibuja como un globo
luminoso entre san Ambrosio y san Beda el Venerable.
A semejanza
de Boecio, el pensador cordobés cuyo paralelismo vital con el primero es muy
evidente en algunos de los momentos decisivos de su vida y, sobre todo, en los
que definen sus respectivos tránsitos de la gloria al dolor, escribió sobre la
Lógica de Aristóteles un comentario medio a los Primeros analíticos del primer
maestro, como también escribió otro sobre el mismo tema el mártir de Pavía.
De ahí que
Lógica sea, para ambos, un refugio y una cura siendo además, para Averroes, una
forma de olvido y de recuperación. Este libro, del que se conserva su
manuscrito árabe y su traducción
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latina,
lleva la fecha de 1195, la del año donde más que nunca hasta ahora, Averroes
necesita el consuelo de la Razón especificada en un procedimiento formal
deductivo, el silogismo, como si ese procedimiento pudiera ayudarle a
desentrañar lo último que le necesitaba saber del proceso estrictamente mental
de su maestro. El citado comentario medio pone punto y final al texto del
filósofo cordobés y considerado a la luz de su vida y obra anteriores, además
del contexto de su situación personal, la obra constituye una realidad y un
símbolo al mismo tiempo.
Sin
embargo, la consolación que puede producir la Filosofía y en especial la
Lógica, induce a la toma de una decisión derivada del razonamiento deductivo
que encadena antecedentes y consecuentes y esa decisión es análoga a la de un
juez que sentencia de acuerdo con un razonamiento elaborado previamente. Si
volvemos la vista atrás, en el Fasl al-Maqal Averroes trata fundamentalmente de
la ley religiosa y así lo dice su autor en el proemio a su obra.
El objetivo
del filósofo es, entonces, más que hablar de la creencia en sí misma, defender
un Uno del pensamiento filosófico para situarlo en el lugar por naturaleza le
corresponde en la gama de modalidades de obediencia a la ley. Con ello,
Averroes trató de mostrar cuál es, para una determinada categoría de hombres,
lo que para otra categoría de ellos constituye la obediencia a la tradición.
Desde este
punto de vista, Averroes define a la Filosofía así considerada como la forma de
conocimiento en virtud de la cual se pasa del conocimiento del Universo al de
su Creador además de ofrecer el conocimiento del orden y de la perfección de
esta obra
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creada. La
forma de acceder a este supremo conocimiento, para el filósofo, no puede ser
otra que el procedimiento racional que incumbe a la Lógica y, en ella al
procedimiento demostrativo que representa el silogismo que es el único
susceptible de ofrecernos la demostración y la prueba más perfectas.
Como dice
el autor del Tratado decisivo: «Lo mismo que el jurista infiere desde el orden
de las disposiciones legales la necesidad de recurrir a las diferentes clases
de deducción jurídica, sabiendo cuáles son los silogismos concluyentes y cuáles
no lo son, debe el metafísico inferir el orden de especulación a seguir en lo
relativo a los seres y los silogismos más apropiados a tal fin».
El jurista
y el filósofo intercambian, con ello, sus funciones, alentados ambos por la
firme creencia en la unidad esencial de la Verdad. Entrando en el tecnicismo
silogístico, Averroes en esta su definitiva reflexión y último análisis de la
Ciencia lógica de Aristóteles, abordará en su comentario el problema de la
interpretación que hay que dar al principio de atribución universal y de sus
límites cuando éste se aplica a los silogismos modales.
No escapa
esta intención a otra que se plantea en el horizonte de las atribuciones
políticas. En cierto modo, adelantamos a modo de hipótesis explicativa, lo que
bajo ese aparente tecnicismo lógico se debate es la legitimidad de aplicar a un
ente una cualidad universal y cuáles son los alcances y los límites de esa
aplicación. Veamos esto brevemente pero con algún detalle. Averroes plantea en
su obra la diferencia entre una proposición universal del tipo Todo A es B, es
decir, Todos los seres A son B, y otra del tipo Todo A, y todo lo
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que se
afirma de A es B. Según este planteamiento, la atribución a B de la totalidad
de A, implica que A se puede atribuir, por su totalidad, a B, de forma
afirmativa o negativa y esta sutileza, en su opinión, pasó desapercibida a los
lógicos de la antigüedad.
Si este
planteamiento lo trasladamos al plano de los hechos, algo que Averroes no hace
y se dedica, por el contrario, a la indagación sobre el rastro del mismo en la
Filosofía aristotélica y en la de sus comentaristas, podríamos traducir el
enunciado formal universal, Todo A es B, como Todo gobernante es justo, la
particularización de la Universalidad de la justicia que se atribuye al
gobernante, puede conllevar o no hacerlo, una atribución más específica, modal,
en su acepción lógica: Todo gobernante, y todo lo que de él se afirma (o se
niega) es justo.
No es lugar
aquí de extendernos en más suposiciones que, tal vez, no estaban en la
intención del filósofo en su tiempo de desgracia o antes o después del mismo.
En otro lugar aludíamos a las dificultades de datación de sus obras y en este
caso esas trabas siguen existiendo. En cualquier caso, debemos volver a su
realidad personal y observarlo en su lugar de destierro.
En Lucena
La
localidad cordobesa donde fue recluido Averroes, en régimen de libertad
vigilada, diríamos hoy, era en tiempos del Imperio almohade uno de los pocos
lugares de al-Andalus, donde la mayoría de la población era judía. En el mismo
siglo en el que vivió Averroes, un geógrafo árabe de consolidada solvencia y
fiabilidad, al-Idrisí,
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señalaba en
su obra que en Lucena, «los judíos habitan en el interior de la ciudad y no
dejan entrar en ella a los musulmanes. Los judíos son más ricos que en ningún
otro país de los sometidos a la dominación musulmana y se mantienen en guardia
frente a las empresas (beligerantes) de sus rivales»173.
La política
almohade para con los judíos obligó a la conversión al Islam a los miembros de
las comunidades hebreas de al-Andalus bajo penas severísimas entre las que se
incluía el exilio forzado. La dramática juventud de Maimónides es un testimonio
fiel de las desventuras padecidas por los judíos cordobeses. En ese movimiento
generalizado de represión, la academia talmúdica de Lucena se cerró y su último
rabino, Meri ben Iosef ibn Migax se refugió en Toledo que se constituyó en ese
tiempo, en el centro de acogida de todos los que huían de las ordenanzas
almohades sobre todo, tras la disolución de las florecientes aljamas de
Córdoba, Sevilla y Granada.
Una vez en
los dominios cristianos peninsulares, los judíos pasaron a formar parte de la
administración que los monarcas instituían a medida que avanzaba su conquista
territorial. Así, con raras excepciones, encontramos a personajes judíos en las
cortes de los sucesivos monarcas de Castilla y Aragón, en los siglos XII y
XIII, en calidad de almojarifes, bayles, administradores de rentas o tesoreros,
secretarios, astrólogos, truchimanes que, con el tiempo, formaron estirpes
familiares de servidores de las cortes cristianas174. Conocida como la «Perla
de Sefarad», el nombre hebreo de Lucena se
173 Sobre
al-Idrisí véase Juan A. Pacheco: Extremadura en los geógrafos árabes, Badajoz,
1991.
174 J. M.
Millás Vallicrosa, La poesía sagrada hebráico española, Madrid, 1940, p. 110.
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ha
traducido, como sabemos, como «Dios nos salve» y el árabe, al-Iuxanna, remite a
su apelativo latino, Luciena, es decir, el lugar o la ciudad de Lucius, dicho
todo esto con las cautelas que impone la nomenclatura toponímica andalusí
siempre difícil y sujeta a variadas interpretaciones.
La
desolación causada por las disposiciones almohades concernientes a las
comunidades y localidades de asentamiento judío, fue objeto de numerosas
elegías escritas sobre la ruina de los más importantes núcleos de población
hebrea en al-Andalus. Una de ellas, la de Abraham ibn Ezra, se refiere a
Lucena:
El llanto
de mis ojos, como llanto de avestruz, es por la ciudad de Lucena;
Libre de
tachas, aparte allí moró la cautiva comunidad, Sin cesar hasta cumplir la fecha
de mil setenta años, Pero vino su día, huyó su gente y ella quedó como viuda,
Huérfana de Ley, sin Escritura, sellada de Misná.
El Talmud
estéril se tornó y todo su esplendor perdió, Sicarios y hombres de violencia
recorren acá y acullá,
El lugar de
la oración y de la loanza en casa de orgía se convirtió.
Por esto
lloro y se crispan mis manos y en mi boca hay siempre un lamento
Y no tengo
reposo diciendo: ¡Oh si mi cabeza se tornara aguas!175
175 Op.
Cit., p. 306.
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La
población casi enteramente judía de la villa cordobesa, que ocupó Fernando III
el Santo en 1240 y que, en 1333, lo hicieron los banu Marín, ya fue desde el
emirato un verdadero imperium in imperio dentro del territorio andalusí. En el
tiempo que fue dominio almohade, por las circunstancias referidas, Licene era,
por tanto, un verdadero lugar de exilio en el que Averroes, en soledad, tendría
ocasión de reflexionar y esperar nuevos acontecimientos que se estaban forjando
en Sevilla, lugar donde había dejado amigos desde los tiempos en que fue cadí
de la ciudad y que, una vez enterados del suceso, movilizarse para interceder
ente el califa de Marrakech a favor del desterrado.
La condena
y sus causas. El perdón
Los
historiadores musulmanes dieron en buscar las causas de la condena176. Unos, la
atribuyeron a la íntima amistad que había entre Averroes y Abu Iáhia,
gobernador de Córdoba y hermano de al-Mansúr. Otros, como Ibn Abi Usaibía, al
desaire que sufrió el sultán cuando leyó un comentario sobre la historia de los
animales que el filósofo había redactado y en el que, con referencia a la
jirafa, decía: «Yo he visto un cuadrúpedo de esta especie en casa del rey de
los bereberes», entendiendo el emir que esta alusión se refería a él.
El
cronista, citado en su momento por nosotros, al-Marrakuxí, indica que este
proceder alusivo es propio de los sabios que, cuando desean nombrar al rey de
un país, omiten las fórmulas encomiásticas que usan los cortesanos y los
secretarios y nombran
176 En la
exposición que hacemos aquí de la relación de hipótesis que pudieron motivar la
condena de Averroes, seguimos lo referido en A. Badawi, Op. Cit., pp. 741-742.
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al soberano
por medio de las metáforas que su Imaginación les sugiere. De todos modos, la
expresión «rey de los bereberes» resultó ser un insulto para al-Mansúr.
Acusado
Averroes de esta falta de tacto, el filósofo intentó remediar el entuerto y
dijo que quien leyó la frase, lo hizo erróneamente, pues lo que él había
escrito era: «rey de las dos tierras», entendiendo por ello que el soberano
tenía el poder de las tierras a uno y otro lado del Estrecho. Ciertamente, en
la escritura árabe de estilo magrebí, las frases málik al-barbar y málik
al-barrain, «rey de los bereberes» y «rey de las dos tierras», tienen
semejanzas formales que, en la grafía manuscrita, pudieran suscitar equívocos
de lectura.
Otras dos
posibles causas: la primera de ellas tiene que ver con la actitud de Averroes,
considerada poco respetuosa, sobre la historia del pueblo de los aditas a la
que se refiere el Corán en varias de sus azoras y relacionada con un presagio
conocido en el mundo islámico. De acuerdo con la tradición y el texto, los
aditas eran una tribu semítica de Arabia meridional que vivió después de los
tiempos de Noé y que, por no prestar atención a los avisos del profeta Hud, «Tu
Señor descargó sobre ellos el azote de un castigo» (89, 13). El presagio citado
hacía referencia a la destrucción del género humano corrompido por medio de
semejante castigo. El escepticismo de Averroes ante tal oráculo convertido por
algunos teólogos del momento en materia de creencia, le acarreó la acusación de
herejía. La segunda de las causas mencionadas, se basan en lo dicho por
al-Marrakuxí que menciona que los enemigos de Averroes se hicieron con uno de
sus manuscritos encontrado en uno de ellos la cita de
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un autor
antiguo que decía: «El planeta Venus es divino». Cuando le enseñaron ese
descubrimiento a al-Mansúr, éste se aisló de todos y, tras haber reflexionado,
concluyó en que no podía ser de otro que de Averroes con lo que éste fue
acusado de politeísta.
A estos
posibles motivos del castigo, un estudioso del pensamiento medieval del pasado
siglo, añade la siguiente hipótesis: «Más de una doctrina de Averroes está en
desacuerdo con la religión musulmana. A los ojos de los califas, fue ésta
heterodoxia una causa de sospecha que acarreó al filósofo su desgracia. Con
todo, no es un impío. La religión presenta la Verdad filosófica bajo velos
simbólicos. De aquí proviene el que distinga entre la interpretación literal
del Corán, buena para los iletrados, y la interpretación alegórica, accesible a
los filósofos, única que da acceso a las verdades superiores. La Razón
filosófica decide lo que es tradición en la religión, qué dogmas conviene
interpretar y en qué sentido»177.
He aquí,
por tanto, la suma de ingredientes que decidieron el exilio del filósofo:
herejía, falta de respeto al soberano, desprecio de creencias más o menos
populares o conciencia de superioridad intelectual. A nuestro juicio, ésta
última, tal como se manifiesta en el texto citado, pudo ser la que colmara el
vaso de las calumnias. No es descabellado pensar que Averroes, permaneciendo en
un nivel de erudición y de Fe que lo hacía contemplar todas las cosas sub
especie aeternitatis, al modo en que lo hacía Spinoza aunque con diferentes
motivaciones y planteamientos entre ambos, pudo muy bien recabar odios,
enconos, envidias y recelos de quienes se
177 M. de
Wulf, Histoire de la Philosophie médievale. Lovaina, 1934. La traducción
castellana es de M. Alonso, en Al-Andalus, VII, p. 129.
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pudieron
sentir en algún momento aludidos por su celo reformista en la Teología.
Una obra,
como el Kaxf, contenía la suficiente carga acusatoria contra teólogos de toda
procedencia que, además resultaban ser contemporáneos suyos, como para
determinar la búsqueda de su apartamiento del seno del poder oficial. Éste,
encarnado en la persona del califa, pudo incluso haber recelado en algún
momento de esos propósitos reformistas radicales y, en cierto modo, haber
sentido el peligro en su propia casa y con él, la amenaza de disolución de una
ideología que se sustentaba en la censura más que en el aliento a la difusión
del saber.
Cuando
al-Mansúr, una vez examinado y calibrado todos los antecedentes, decidió dar el
paso definitivo, convocó una asamblea de alfaquíes para que examinasen las
acusaciones y comprobasen si eran ciertas en lo relativo al grado de herejía
que contenían. Había llegado la hora de la venganza y, como se esperaba, el
filósofo recibió la acusación de ser un extraviado de la religión. Es
interesante comprobar que en la marejada de los acontecimientos que tuvieron
lugar en aquellos días, había otros personajes ilustres de la corte que también
hubieron de sufrir las consecuencias de su difamada solvencia. Este fue el caso
del jurista Ibrahim al-Usulí, al que la asamblea fiscal acusó con los mismos
cargos que pronunció contra Averroes.
Esta doble
condena, a dos personajes peritos en jurisprudencia y, por ende, en Teología,
demuestra nuestro aserto anterior: el la corte y en la administración de la
ideología almohade existía algún tipo de
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recelo y de
temor. El estamento oficial, nutrido por el trono a quien servía y a cuyo
cobijo confiaba la seguridad de sus bienes y sus personas, la permanencia en
sus cargos y las prebendas de ellos derivadas, no podía tolerar por más tiempo
la presencia en la intimidad del emir de los creyentes de quien o quienes
pudieran subvertir la paz del acomodamiento acrítico en cuestiones de ideología
religiosa.
Por otra
parte, era sabido y de ello dio muestras abundantes, que el emir era un buen
conocedor de la Filosofía racional y que esa afición por la Metafísica y por la
lectura de los textos de Aristóteles que heredó de su padre, habían impulsado
la protección y el aliento, la amistad y la intimidad familiar con la que
siempre distinguió al filósofo cordobés.
Como
protector supremo del saber, al-Mansúr no podía ceder ante acusaciones que
procedieran del terreno de la especulación racional o tuvieran en ella la causa
directa de la condenación a un filósofo. Como Emir de los Creyentes era, sin
embargo, la representación terrenal de un poder inefable pero decisivo sobre
las conciencias y las subjetividades. Ante el peligro que le hicieron ver sus
consejeros, decidió atajar de forma inmediata su progreso y su difusión y lo
hizo, no con una condena excesivamente onerosa ni en lo físico ni en lo
material. Le bastó simplemente con aislar el foco de infección y trasladarlo a
67 kilómetros de Córdoba, allí donde la distancia con Averroes era más
simbólica que real y donde su encierro, más que en una cárcel, iba a ser su
permanencia en Lucena durante casi cuatro años.
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Los hechos
narrados sobre el destierro del filósofo, permiten establecer una analogía
entre el significado de su exilio y su desenlace, con la historia de José
narrada en la azora XII del Corán. A dicha azora, por sus posibilidades
hermenéuticas, se han dedicado numerosos comentarios en la historia de la
Teología islámica y en la tradición sufí. Nosotros, la aplicamos aquí en lo que
tiene de semejanza y paralelismo con la peripecia de Averroes.
En la
tradición islámica, José es un profeta que encarna la veracidad por excelencia
y en la tradición sufí, como ámbito específico de manifestación iniciática del
Islam, es símbolo de la belleza divina. El relato de la historia del profeta en
el Corán difiere en algunos aspectos de la expuesta en el Génesis aunque
coinciden en lo esencial. La misma Revelación considera a la historia coránica
de José como «más bello de los relatos» (12, 3) y, sobre todo, subraya su
contenido simbólico y, por tanto, el acceso a la interpretación: «Ciertamente,
en José y sus hermanos hay signos para los que inquieren» (12, 7). En adelante,
los subrayados son nuestros y se ponen para resaltar los elementos más
significativos que el lector, por sí mismo, puede poner en correspondencia con
lo leído sobre el proceso y condena de Averroes.
Es sabido
que José, en el comienzo del relato, cuenta un sueño a su padre en el que vio
cómo los astros se prosternaban ante él. El padre, Jacob, le responde que esa
es una gracia de su Señor y que es el signo de su elección. Los hermanos,
enterados de esta preferencia divina, conspiran contra José y lo echan al fondo
de un aljibe. Posteriormente, enseñan su camisa llena de sangre a Jacob
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diciéndole
que un lobo se había comido a José. Unos viajeros lo encuentran y lo venden a
un alto personaje de Egipto. Allí pasó su adolescencia y, cuando, alcanzó la
madurez, «Le dimos Juicio y Ciencia» (12, 22). La esposa del poderoso
personaje, al-Aazíz, en el texto, (al-Aazíz, el Poderoso, es también uno de los
nombres divinos), solicitó los favores de José y éste la rehusó. Las falsas
acusaciones de la esposa, convencen al Poderoso que condena a José a la
reclusión en la cárcel. Allí, interpretó los sueños de algunos de sus
compañeros de presidio e interpreta también el sueño del rey de Egipto que
aparece nombrado con el título monárquico por primera y única vez en el libro
en el que siempre se alude a él como «faraón». Tras cumplirse el vaticinio pronosticado
por José, al faraón lo destina a su servicio y lo colma de favores que, en
última instancia, remiten a una decisión divina: «Y así dimos poderío a José en
el país» (12, 56). Una vez conocida la noticia de la nueva situación de José,
sus hermanos reaparecen y José se identifica ante ellos y vuelve a reunirse con
su padre. El relato finaliza con una aleya en la que, de nuevo, se hace patente
su contenido simbólico y su posibilidad de ser interpretado: «Esto (la historia
de José) forma parte de las historias referentes a lo oculto que nosotros te
revelamos» (12, 102).
La
reconciliación, el perdón del Padre, cierra con final feliz la historia de la
desgracia de Averroes. Las fuentes árabes no especifican el momento exacto en
el que se proclamó el perdón, como tampoco lo hacen sobre la fecha en la que se
dictó la sentencia. Lo que sabemos es que, una vez de vuelta a Marrakech, a
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finales de
1198, el emir al-Mansúr perdonó al filósofo y lo llamó a su lado. Juntos,
volvieron a hablar de Filosofía como en los viejos tiempos pero,
significativamente, el soberano otorgó a otra persona, Abu Iaafar al-Dahábi, el
cargo de inspector de todos los médicos del imperio así como la supervisión de
los estudiantes en ciencias de los antiguos, es decir, en de los estudios
filosóficos y científicos de una antigüedad en la que se incluían tanto los
predecesores del Islam en la dedicación a estos temas, como los griegos.
No sabemos
la causa de esta doble actitud imperial: por un lado, la recuperación de la
intimidad personal entre Averroes y su señor; por otro, el alejamiento del
primero de funciones que anteriormente había desempeñado con total dedicación y
eficacia. Existen posibles razones para explicar esta decisión: la renuncia del
propio filósofo a seguir llevando una carga ya onerosa para su salud y su edad.
El deseo de apartarse definitivamente de las ocupaciones cortesanas y, con
ello, de sus envidias y conspiraciones. La ocupación de sus funciones
anteriores por otros personajes mientras el filósofo cordobés estuvo en Lucena
y, lo más probable, el acuciante deseo de retiro y soledad para proseguir sus
meditaciones.
El final:
Córdoba como destino y tránsito
Una escueta
frase de las crónicas del Imperio almohade aclara y, a la vez, suscita nuestra
curiosidad: «A la llamada del Sultán almohade, Averroes regresó a Marrakech y
allí murió». El laconismo de la información cierra, como con un aldabonazo, la
historia de una vida y la del producto intelectual de la misma. Autores hubo
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que
lucubraron sobre la fecha exacta del acontecimiento aportando toda clase de
sugerencias que, a modo de pistas, pudieran conducir a la detección de una
fecha exacta. Una de esas conjeturas, tal vez la más adecuada a la suma de
operaciones deductivas realizadas, indica que la muerte del filósofo cordobés
fue el 10 de diciembre de 1198. Lo que sí dicen con seguridad los historiadores
es que el emir al-Mansúr falleció un mes después. Su sucesor fue Muhammad
al-Násir y con él se inició la decadencia del imperio.
Su reinado
fue testigo de rebeliones en el Magreb aunque una flota almohade, desde Argel,
conquistó Mallorca. En 1212, una coalición de soberanos cristianos lo venció en
la batalla de Las Navas de Tolosa y con la derrota empezó a desaparecer la
presencia almohade en al-Andalus. Al-Násir murió en Rabat en 1213 y le
sucedieron en el trono ocho califas más que no pudieron impedir la ruina
imperial y renunciaron a la ideología que había sustentado su poder. Las
intrigas cortesanas y el levantamiento de los grupos tribales bereberes
acabaron con la autoridad central. En 1228, los hafsíes se hicieron
independientes en Túnez y los banu Abd al-Uad lo lograron en Tlemecén, en la
actual Argelia. En 1269, los banu Marín conquistaron Marrakech e instauraron
una nueva dinastía.
El cuerpo
de Averroes se inhumó en Marrakech y tres meses más tarde fue trasladado a
Córdoba. El ferviente deseo de volver a verla que sintió en su exilio, ahora se
cumplía definitivamente, como si su Alma recitase los versos de Abu Bakr ibn
al-Qubturnuh:
Tu noche es
como el alba; tu suelo es un jardín y tu tierra exhala el aroma de las flores y
del ámbar color de azafrán.
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¡Oh Córdoba
la bella: ¿podré volver a ti? ¿Cuánto tardaré en volver a verte?
En Córdoba
«¡Si es que
llega la muerte, en Córdoba y su paz, para mi suerte!».
(Joaquín
Romero Murube)
Córdoba.
Primeros días del mes de marzo de 1199. El Calendario de Córdoba cuyos datos se
refieren al año 961 pero que muy bien podían estar vigentes más de doscientos
años después, dice que en este mes empieza la primavera pues la Naturaleza lo
ha dotado de calor y de humedad. Su humor reinante es la sangre y de acuerdo
con ello, esta estación conviene a la absorción de los medicamentos y a la
flebotomía. Los cristianos, dice el Calendario, celebran en la misma las
fiestas de san Emeterio, san Celedonio y san Leandro.
El día y la
noche tienen igual duración y el crepúsculo acaba una hora y cuarto después de
la puesta del sol. Los vientos, que soplan a menudo, son violentos y esta
fuerza alimenta a las higueras precoces y favorece la formación de los frutos.
En este mes, sigue diciendo la obra, se plantan lo pepinos, el algodón, el
cártamo y las berenjenas. La administración pública (estamos en la época del
califato omeya) envía en este mes a los agentes provinciales del fisco las
habituales cartas que prescriben la compra de caballos para el Estado.
Mientras, se aparean los pavos, las cigüeñas y otras aves. Las calles de la
ciudad se van llenando de curiosos animados a salir
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de sus
casas por la importancia del cortejo que van a presenciar y por la suave
temperatura que hoy reina en la villa. Los cordobeses hablan de que va a pasar
el cortejo fúnebre de un famoso difunto que procede de Marrakech, la capital
del imperio. Es un gran personaje del que han oído hablar muchas veces y que
fue, en tiempos, juez supremo de la ciudad.
Pocos saben
que es un filósofo. Entre los que aguardan en la calle, en medio de un gentío
cada vez más numeroso, solamente uno sabe realmente quién es el cuerpo
amortajado que pasa ante su vista: Ibn `Arabi. Su recuerdo de aquél día lo dejó
por escrito en sus Revelaciones de La Meca y aquí lo reproducimos:
No volví a
reunirme con Ibn Ruxd hasta que murió. Ocurrió esto el año 1198, en la capital
de marrakex y fue trasladado al Córdoba donde está ahora su sepultura. Cuando
se le colocó sobre una mula el ataúd que encerraba su cuerpo amortajado, se
pusieron sus obras en el lado opuesto del animal para que sirvieran de
contrapeso. Estaba yo allí, parado, en compañía del alfaquí y literato
Abulhasan Benchobair, secretario de Sidi Abusaid, uno de los príncipes
almohades y de mi discípulo Abulháquem Omar Benazarrach, el copista.
Volviéndose hacia nosotros, dijo: ¿No os fijáis en lo que lleva de contrapeso
el maestro Averroes en su traslado? A un lado va el Maestro y al otro van sus
obras, es decir, los libros que escribió.
A lo dicho
por mi alumno, Benchobair contestó: ¿No lo he de ver, hijo mío? ¡Pues claro que
lo veo! ¡Bendita sea tu
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lengua! Y
yo tomé nota de aquella frase de Abulháquem para que me sirviera de tema de
meditación y a guisa de recordatorio, pues ya no queda más que yo de aquél
grupo de amigos, ¡Al-lah los haya perdonado!, y dije para mis adentros: A un
lado va el maestro y al otro van sus libros. Pero dime: sus anhelos ¿viéronse
al fin cumplidos?178
El tiempo
ha volado como una paloma y ha dejado en los asistentes al cortejo la tibieza
de un encuentro amoroso. En ese crepúsculo tardío del marzo cordobés, las
sombras se alargan hasta el Infinito. Transparentes, como dispuestas a
separarse de sus dueños que atienden con respeto y en silencio las últimas
oraciones sobre el cuerpo del filósofo en el cementerio de Ibn Abbás.
Situado en
las afueras del arrabal oriental de Córdoba, es el segundo en importancia en la
época almohade, después del de Unm Saláma cuya extensión era tan grande que, a
menudo, los biógrafos de los en él sepultados, se refieren a lugares inmediatos
a las tumbas de los personajes que biografían para localizarlos mejor179.
En el
cementerio de Ibn Abbás, el panteón familiar de los banu Ruxd era muy conocido
y a Averroes se le da sepultura en la cercanía de uno de sus hijos fallecido
anteriormente. Cerca, están también los cuerpos de su abuelo y su padre, de su
madre y otros familiares cercanos.
Han acabado
las incógnitas, los rechazos y las seguridades de una vida humana. Desaparecen
las túnicas recamadas, los príncipes con
178 M. Asín
Palacios, El Islam cristianizado, Op. Cit., p. 41.
179 J.
Zanón, Op. Cit., p. 86.
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sus favores
y desprecios. Aguarda, solamente, el pacto futuro, ese que en la noche llena de
estrellas de un mes de marzo en Córdoba, permite oír a los que ya no están, la
sublime música de las esferas porque la muerte, al decir de Epicuro, hace que
todos habitemos en una ciudad sin murallas.
Sobre el
hombre y beatitud
«Tu calma y
tus espacios siderales, Córdoba del reposo». (J. Romero Murube)
Los anhelos
de Averroes, en la meditación del sufí Ibn Àrabi “¿viéronse al fin cumplidos?”.
También, recordemos, el sufí murciano llegó, decepcionado, a una conclusión que
podría responder a la pregunta, después de haber visto en una aparición
imaginativa la figura del filósofo: “En verdad que no puede ser conducido hasta
el grado en que nosotros (los sufíes) estamos”. Una barrera sutil se interponía
entre dos conceptos y dos formas de entender el acceso definitivo a la Unidad
y, por ende, a la Beatitud del Alma. Como reflexión final, merece que nos
detengamos brevemente a considerar esas dos dimensiones que no parecen
coincidir, no porque el Alma de Averroes y de Ibn `Arabi fuesen por esencia
distintas, sino más bien por la forma en que ambos la entendieron y la
perfeccionaron.
El alma
sufí
En la azora
12 del Corán, la ya aludida que trata del, considerado
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en el
Islam, profeta José, hay una aleya, la 53, que ha generado muy variadas
interpretaciones, sobre todo en el ámbito de la espiritualidad sufí. Dice José
“Yo no pretendo ser inocente. El Alma exige el mal, a menos que mi Señor use de
Su misericordia. Mi Señor es indulgente, misericordioso”.
En páginas
atrás mencionábamos la relación y la diferencia entre dos nociones que el texto
cita como conceptos y realidades no homogéneas: el espíritu, ruh, y el Alma,
nafs. Entonces nos referíamos al combate que ambas entidades libran por la
posesión del corazón del creyente. Por espíritu entendíamos el principio
intelectual que va más allá de la Naturaleza individual, y por Alma, el
psiquismo, cuyas connotaciones se pueden resumir en lo que hoy entendemos por
yo.
En la
Teoría sufí, elaborada durante varios siglos, las nociones coránicas se
entremezclan con las propias de la Filosofía especulativa, en unos escritores
sufíes más que en otros, y desencadenan una estructura arborescente donde los
conceptos se trasladan de uno a otro campo por un procedimiento analógico que
deriva en metáforas y símbolos muchas veces difíciles de desentrañar. Un dicho
del Profeta reza así: “Lo primero que Al-lah creó fue el espíritu (Ruh), en
consonancia con la aleya que dice que Al-lah creó a Adán y sopló en él Su
espíritu. Ese espíritu aparece mencionado en algunas obras de perfección
espiritual, cuando se refieren a él como espíritu universal, como el
Entendimiento primero, exactamente igual que lo pudo hacer un filósofo
neoplatónico”.
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Por su
actividad mediadora entre el Creador y lo creado, al espíritu universal, al
Entendimiento primero, se le hace análogo al cálamo supremo con el que Al-Lah
escribe el destino en la tabla guardada que, a su vez, se corresponde con el
Alma universal. Algunos autores sufíes, como el ya citado Abd al-Karím
al-Chili, otorgaron al constitutivo esencial del espíritu el apelativo de
Espíritu Santo, comparándolo con la faz de Al-lah que es lo que se entiende por
Entendimiento divino180.
Las
ramificaciones metafóricas son muy variadas a partir de estas fundamentales.
Así, repetimos lo dicho al principio de este libro, la sustancia universal es
la materia prima, al-habá, y ésta es al Entendimiento increado lo que el Alma
universal es al Entendimiento creado. Ibn `Arabi denomina a la materia prima
así entendida como elemento supremo, teniendo en cuenta que el sufí murciano se
inclina por la operación metafórica mucho más que los demás sufíes y ello
origina, a veces, contradicciones terminológicas y conceptuales entre ellos.
Teniendo en
cuenta que el espíritu, como hemos dicho, es el mediador por excelencia,
también es el paradigma de las funciones proféticas y, a este respecto, algunos
sufíes lo identifican con el arcángel Gabriel que anunció a María su concepción
inmaculada y que transmitió el Corán al Profeta con las palabras recibidas
directamente de Al-lah.
Podemos
resumir lo que el sufismo entiende por espíritu siguiendo el esquema
interpretativo que nos ofrece Burkhardt en su obra
180 T.
Burckhardt, Op. Cit., p. 86.
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citada en
nota. En la noción de espíritu existe una alusión polivalente a las siguientes
manifestaciones y procedencias del mismo: El espíritu divino, increado al que
algunos autores denominan Espíritu Santo. El espíritu universal, creado. El
espíritu perteneciente a cada individuo en particular como soplo divino en él
y, por último, el espíritu vital, intermediario entre el Alma y el Cuerpo.
No es lugar
aquí para remitirnos a las fuentes escritas sufíes donde se exponen estas
nociones. Lo que nos interesa es deslindar acepciones y atribuir diferencias,
sobre todo, con el Alma, teniendo en cuenta la cita coránica de la azora 12 ya
mencionada.
Si la aleya
citada dice que el Alma “exige el mal”, otra, por el contrario, lo reprueba.
Este es el caso de la segunda de la azora 75: “¡Juro por el Alma que
reprueba!”. Por último, podemos leer otra que se refiere al Alma sosegada» (89,
27). El Alma, nafs, parece haber conseguido, en la literatura sufí, más
connotaciones negativas o ambiguas que el espíritu porque en oposición al
espíritu o al Entendimiento, está formada por el conjunto de tendencias
individuales en el Ser humano, que manifiestan la falta de unidad y la
dispersión. El estudioso citado, también hace un resumen de las acepciones de
la noción del Alma: El Alma animal, la que obedece los impulsos naturales. El
Alma que ordena, la que manifiesta la acción de las pasiones y egoísmos. El
Alma que censura, la que ejerce una función de control y reproche de las malas
acciones que se cometen y el Alma sosegada a la que hace referencia la aleya
citada y que es la única que puede ser reintegrada al reposo tras el
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combate
espiritual más encarnizado manifestado por la beligerancia de los anteriores
aspectos anímicos.
Un filósofo
y sufí iraní, lumbrera de la espiritualidad xií, Molla Sadra Xirázi (n. 1571),
en absoluto ajeno a todas las diversas corrientes que se produjeron en el Islam
de carácter iniciático espiritual antes de su vida, nos habla de otra acepción
del Alma: al-nafs al-nátiqa, «el Alma que piensa» y que es como la entidad
anímica que gobierna a todas las demás almas y facultades humanas. Por ello, de
acuerdo con la simbología xií, el pensador de Xiráz (Irán), la compara al Imán
de todas esas potencias. La jerarquización que expone Molla Sadra de las almas
es digna de tenerse en cuenta porque completa, con bastante coherencia, el
cuadro general de los rangos de las almas y las incluye en un contexto donde
también están presentes el Entendimiento y el espíritu.
El teósofo
iraní explica que en el grado inferior se halla el Alma vital o animal a la que
hace referencia la aleya 125 de la azora 6 del Corán donde aparece nombrada
como pecho del creyente. Por encima de ella está el Alma que piensa que, en su
escala simbólica, corresponde al corazón. En un grado superior, se encuentra el
Entendimiento contemplativo que, según el autor, es sinónimo del espíritu. Por
encima de estos grados, existe el secreto, el que los filósofos especulativos
llaman Entendimiento agente181.
Si
tuviésemos la oportunidad de observar detenidamente y en toda su extensión las
opiniones de los sufíes, teósofos y gnósticos
181 Esta
explicación y toda la relativa a la misma cuestión se trata en H. Corbin, En
Islam Iranien, I, París, 1972.
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musulmanes
acerca del Alma y, especialmente las de Ibn `Arabi, veríamos un discurso que,
aunque emanado de la pura experiencia espiritual, no deja de operar una
jerarquización de las facultades del Alma que vendrían a ser como facetas de un
diamante y cuyo pulimiento es necesario para reflejar adecuadamente la luz
divina, al-Nur.
En el Ser
humano, según ese discurso, el pensamiento, como facultad específicamente
humana, se toma como si poseyera una doble Naturaleza: por una parte, es
reflejo del espíritu y, como tal, sintetiza, armoniza y construye a modo de
auxiliar de la creación divina. Por otra, es un particular e individual estado
de conciencia que cavila entre la maraña de solicitaciones a que el mundo lo
obliga o a la que determina el privilegio que reclama el pensamiento
exclusivamente racional como uno de sus componentes.
Este muro
separador es al que se refería Ibn `Arabi cuando hablaba de la barrera sutil e
impenetrable que vislumbró entre él y Averroes en la ya citada entrevista que
ambos mantuvieron en Córdoba. A esa barrera, los sufíes la denominan barzaj, el
istmo entre dos océanos, sobre cuyas características mediadoras no podemos
extendernos.
En
cualquier caso, bástenos con saber que los conceptos sobre el Alma que
entienden los sufíes no son algo ajeno por completo al que detentan los
filósofos y que, por el contrario, muchos sufíes adoptaron la terminología
propia de aquellos para exponer con claridad sus nociones. En el fondo,
filósofos y sufíes, Ibn `Arabi y Averroes, podían coincidir en la misma meta,
en la misma Verdad y,
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en la
cuestión que nos ocupa, en el grado de felicidad que el Alma puede alcanzar sin
oposición interpretativa entre ambos dominios especulativos.
La
felicidad del alma en la tierra: el alma racional
Averroes,
en la entrevista con Ibn `Arabi, fue consciente de la barrera que a ambos
separaba. Posiblemente, en su pensamiento estuvieron muy vivas las máximas de
Aristóteles que afirmaban, como dijo en sus Tópicos, que todo lo que se dice
metafóricamente es oscuro, o como lo que afirmó en su Ética a Eudemo: una vez
sentado un absurdo, le siguen todos los demás sin que en ello haya dificultad
alguna.
De la misma
forma en que advertíamos la sensata apropiación que los sufíes hicieron de la
terminología propia de la especulación racional, los representantes musulmanes
de ésta, también abrieron la puerta de su reflexión a la meditación filosófica
con base iniciática. Así lo hicieron, en Oriente, Avicena y en al-Andalus Ibn
Tufayl. Averroes se contuvo en el vuelo esotérico y prefirió quedarse en lo
tangible y deducible, manteniendo una actitud a la que se podría aplicar la
reflexión que hizo el pensador austríaco Ludwig Wittgenstein (m. 1951): «Lo
místico es sentir el mundo como un todo limitado».
Sobre la
Naturaleza del Alma y sus capacidades para alcanzar la Beatitud, la felicidad,
como el objetivo natural del Ser humano ¿responde a una posibilidad factible,
realizable mientras el Alma vive con su Cuerpo, como la forma de la materia
personal? A esta
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definitiva
interrogación los tres filósofos del Islam vienen a responder del siguiente
modo.
Según
Avicena, las almas humanas son todas de la misma Naturaleza y si existieron
antes que el Cuerpo, como pensaba Platón, tienen que haber sido o individuales
o múltiples. Por otra parte, teniendo en cuenta que las almas son puras y
simples entidades, no pude existir entre ellas diferencias numéricas o
esenciales. Sin embargo, es imposible que todas las almas humanas tengan una
sola esencia común pues cuando entran a formar parte de la composición humana
concreta, una para cada ser, pasan ellas a ser también entidades individuales e
intransferibles.
Esa unión
esencial del Alma con su Cuerpo confiere a la primera la posibilidad de su
propia perfección en cuya búsqueda no se halla condicionada por el Cuerpo y,
una vez que éste muere, el Alma sigue viviendo como entidad separada. En
seguimiento de Aristóteles, Avicena afirmaba que el Alma es la forma del Cuerpo
al que controla e individualiza.
A
diferencia del filósofo griego, sin embargo, afirmará que el Alma, como
sustancia separada, tiene capacidad para existir independientemente del Cuerpo.
Sabemos que Avicena leyó detenidamente y comentó el tratado del Alma
aristotélico y que los primeros asertos que hizo sobre la sustancialidad del
Alma están en esa obra. Lo cierto es que el filósofo persa parece atribuir esa
sustancialidad anímica no solamente al Alma humana, sino también a la de los
animales y vegetales en cuyo caso sus conceptos de sustancialidad no son los
mismos que mantuvo Aristóteles.
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Posiblemente,
si comparásemos lo dicho por Avicena y lo expresado por Plotino, encontraríamos
más similitudes al respecto pues también es sabido que el primero hizo un
comentario de la llamada Teología atribuida nominalmente al estagirita pero
que, como dijimos, es de raigambre plotiniana. En la idea de Avicena de que el
Alma deseaba al Cuerpo una vez que éste adquiría existencia como entidad
separada, es de carácter puramente neoplatónico182.
Después de
analizar prolijamente las posibilidades de una existencia autónoma del Alma
respecto del Cuerpo al que anima, aborda la cuestión de su inmortalidad. Si el
Alma estuviera unida al Cuerpo en sentido esencial, dice, entonces el Cuerpo no
podría existir ni dejar de existir independientemente del Alma pero esta
posibilidad, para un creyente como Avicena, no es pensable. La explicación
aviceniana de la inmortalidad del Alma se encuentra en otra perspectiva y en
otros supuestos.
Si el Alma,
dice el filósofo, tiene la posibilidad de corrupción en el caso de que fuera
compuesta, es imposible que posea, también, la actualidad de pervivencia. Si
tiene la actualidad de existir y de pervivir, no puede tener la potencialidad
de corrupción. Por lo tanto, la sustancia del Alma no accede a la corrupción y,
en esta propuesta, Avicena se aleja de Aristóteles y se acerca a Plotino, si
bien para el primer maestro y para el filósofo persa, el Alma es una sola
unidad y no una compuesta de tres modalidades como decía Platón.
La
posibilidad de que el Alma encuentre la Beatitud en esta vida se
182 S. F.
Afnan, El pensamiento de Avicena, México, Fondo de Cultura Económica, 1965, p.
195.
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encuentra
explícitamente formulada en la obra de Ibn Tufayl, El filósofo autodidacta a la
que ya aludimos en su momento. Recordemos también que el filósofo de Guadix fue
el compañero y predecesor de Averroes en el cargo de médico de cámara del emir
almohade. En el libro, se menciona cómo Hayy deduce que el Alma humana tiene
semejanza con la de las esferas celestes y «cuando se cercioró de cómo se
distinguía de las demás clases de animales por su semejanza con los cuerpos
celestes, vio que le era necesario parecerse a estos, imitar sus actos y poner
su esfuerzo en asemejárseles.
Vio también
que él mismo se parecía algo al Ser necesario, gracias a su parte más noble,
con la cual lo conociera, en cuanto que estaba exenta de cualidades corpóreas,
de la misma manera que dicho ser. Entonces comprendió que tenía la obligación
de trabajar por adquirir para sí mismo, de cualquier modo posible, los
atributos de Aquel, revestirse de sus cualidades, imitar sus acciones,
esforzarse por cumplir su voluntad, poner en sus manos todos sus asuntos,
conformarse de corazón, interior y exteriormente, y hasta con alegría, con
todos sus juicios, aunque fueran para su Cuerpo una causa de dolor, un
perjuicio y aún su ruina total183.
Ibn Tufayl
plantea aquí un procedimiento ascético que pudiera operar una purificación de
los elementos materiales y, con ello, lograr el ascenso del Alma a las alturas
de la excelencia que gozan las esferas celestes. Con ello, asimila la posible
conducta del asceta racionalista a la de los sufíes que siguen la vía por medio
de una
183 Ibn
Tufayl, El filósofo autodidacta, Op. Cit., p. 70.
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proceso
depurativo en el que se tiene en cuenta lo físico y lo espiritual al mismo
tiempo. De acuerdo con lo primero, Hayy medita sobre los alimentos que habría
de consumir: plantas que no han acabado su crecimiento ni el límite de su
desarrollo; frutos llegados a la sazón y animales comestibles terrestres o
marinos, pues «ya sabía él que todos estos géneros de alimentos eran obra del
Ser necesario, en cuya aproximación había visto que constituía su felicidad y
al cual tendía a asemejarse»184.
Descartada
la posibilidad de dejar de comer, pues ello llevaría a la corrupción de su
Cuerpo y oposición a su agente, decidió que tomaría la cantidad «precisa para
acallar el hambre y no más». Después, Hayy pasó a la consideración de las
cualidades de los cuerpos celestes a las que debía imitar con la mayor
precisión posible. Estas cualidades eran tres: cualidades relativas a su
contacto con las cosas terrestres; cualidades que les eran propias por esencia
y, en tercer lugar, las «que tienen relación al Ser de existencia necesaria,
como la visión intuitiva perpetua, el no apartarse de Él, amarlo, gobernarse
según sus juicios, humillarse en cumplimiento de su voluntad, no moverse sino
según Su deseo y bajo su poder».
Un escueto
cotejo de las opiniones de Ibn Tufayl referidas a la ascesis con las propuestas
de Ibn `Arabi en su Tuhfa, Regalo para el viaje a la corte de la Santidad, nos
mostraría claramente la similitud de procedimientos y la analogía de propuestas
conducentes a la consecución de la pureza del Alma para hacerla susceptible de
la
184 Op.
Cit., p. 73.
460
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unión y,
con ella, del Éxtasis. Particularmente análogas entre ambos discursos, dichas
exigencias se concretan y evidencian en la obra de Ibn Tufayl cuando, en el
intento de asimilación al Ser necesario que propone Hayy, el autor del libro
describe un método propio de los sufíes giróvagos:
Por lo que
toca a la tercera clase, se asemejaba a los cuerpos celestes obligándose a
reflexionar sobre el Ser necesario apartándose de las cosas sensibles, cerrando
los ojos, tapándose los oídos, luchando enérgicamente contra las seducciones de
la Imaginación y deseando con toda su fuerza no pensar en otra cosa que en Él,
ni asociarle con el pensamiento ningún otro objeto. Para esto recurría al
movimiento de rotación sobre sí mismo, excitándose en acelerarlo. Cuando
llegaba a ser muy vertiginoso, se le desvanecían las cosas sensibles, se le
debilitaba la Imaginación y las demás facultades que necesitan de órganos
corpóreos, fortaleciéndose, en cambio, la acción de su esencia que está libre
del Cuerpo y en algunos instantes, su Entendimiento quedaba puro de toda mezcla
y obtenía la visión intuitiva del Ser necesario. Luego, actuaban sobre él de
nuevo las facultades corpóreas y le corrompían aquel estado conduciéndolo a su
grado más bajo y volviéndolo a su situación anterior (…). En los momentos en
que lograba dominar las facultades corpóreas y su pensamiento estaba puro de
mezcla alguna, se le aparecía el fulgor de un estado propio de los que alcanzan
la tercera asimilación185.
185 Op.
Cit., p. 77.
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La beatitud
del conocimiento
Averroes
vivió en un tiempo de crisis histórica y política para el Islam. La solidez y
estabilidad de la etapa del Imperio almohade en la que transcurrió casi toda su
vida era como una especie de ámbito cerrado e inaccesible a toda suerte de
avatares peligrosos y en aquella Ciudad Ideal, nada parecía turbar la
tranquilidad de una existencia que dilataba los días y acortaba las noches. Sin
embargo, fuera de ese cosmos virtuoso, las cosas sucedían de otra manera. Tres
años antes del nacimiento del filósofo, lo dijimos, se proclamó la primera
cruzada a oriente y tres años antes de su muerte, la tercera. En al-Andalus, el
reflejo de ese movimiento tuvo sus reflejos inmediatos en los avances de la
frontera cristiana como también citamos.
Frente a
esa crisis de orden político e ideológico, el movimiento espiritual islámico
general, en la misma época, vivía uno de sus momentos más gloriosos en toda su
historia. En ellos destaca la figura de Abd al-Qádir el Chiláni (m. 1166),
epónimo de la orden sufí qadirí, una de las más importantes de la
espiritualidad islámica. Junto a esta figura, también en Oriente, son tres los
personajes contemporáneos del filósofo cordobés desde los que irradiará un
fulgor inusitado por todo el orbe musulmán: Faríd al-Din Attár, Báqli Xirázi y
Sohravardi.
Attár de
Nisapur (1120-1193), es uno de los máximos representantes de la poesía sufí
iraní. Su Libro de la prueba narra el viaje del Alma en la meditación durante
un período de retiro espiritual de cuarenta días en cuyo transcurso el Alma
descubre
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que es
portadora de todo el universo o que, en realidad, es en sí misma el Universo.
Al-Báqli
Xirázi (1128-1209), rechazó todo ascetismo, a diferencia de sus hermanos sufíes
y se entregó a la reflexión única sobre el Amor divino. En su Jardín de los
fieles de amor expuso, con un fondo claramente neoplatónico, el origen
pre-eterno del amor que es capaz de metamorfosear al amante en Al-lah mismo
que, a través de la mirada del amante, se contempla su propio rostro eterno.
Xiháb
al-Din Sohravardi (m. 1191), profesó una Teoría de la iluminación espiritual
que, sin abandonar su raíz e inspiración netamente islámicas, integraba
elementos herméticos, neo-pitagóricos y gnósticos. Sohravardi consideraba que
Al-lah es, esencialmente, la Luz de los Cielos y la Tierra en consonancia con
el texto revelado. Esta luz, por irradiación, genera otras fuentes luminosas
que, en sus recíprocas irradiaciones, perciben el gozo de la luz original:
La esencia
de la primera Luz absoluta, Al-lah, da constante iluminación, con la que se
manifiesta y atrae todas las cosas a la existencia, dándoles vida con sus
rayos. Todo el Universo deriva de la luz de Su esencia, toda belleza y
perfección son un don de Su generosidad. La salvación consiste en alcanzar
plenamente la iluminación que procede de esa Luz186.
Para
Averroes, todas las opciones propuestas, conducentes al logro
186 H.
Corbin, Op. Cit., II, p. 112.
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de la
Beatitud, de la Felicidad y del Éxtasis en la vida terrenal no dejan de ser
manifestaciones de la Imaginación y, por ello, alejadas de los criterios de la
pura Razón. En su pensamiento y en su más íntima convicción todo parece como si
los devotos de la vía unitiva como los que hemos citado a modo de ejemplo,
contemporáneos suyos, y de los que es muy posible que tuviese conocimiento
veraz a pesar de que nos conste un único trato personal con uno de ellos, Ibn
`Arabi, estuvieran siguiendo una vía parcial: la propia de la Imaginación y de
la conjetura.
Averroes,
al contrario de todos ellos, pensaba que lo verdaderamente místico, aquello que
contiene el secreto del misterio de lo oculto que todo creyente acepta en
seguimiento de la prescripción revelada en el libro, no se encuentra en la
descripción de cómo es el mundo en su totalidad, incluyendo sus aspectos
trascendentes, sino en la indagación más profunda y racional sobre qué es el
Mundo. Convencido de que, como dijo Aristóteles en su Metafísica, «hay que
detenerse en algún momento», aludiendo con ello al freno de la especulación
imaginativa a la que aboca una especulación racional poco coherente, el
filósofo cordobés entendía que la beatitud solamente se encuentra en los fueros
del conocimiento.
Mucho se ha
hablado del excesivo racionalismo de Averroes y a ello nos hemos referido al
comienzo de este libro. Pero mucho se ha hablado también de su pretendido
materialismo que, con la quema pública de sus obras en Marrakech, en tiempos de
su caída en desgracia, le acarreó la condena de herejía. Algunos textos de su
Taháfut dejan la duda en el aire: «Suponer que hay almas inmateriales y a pesar de ello múltiples, es un disparate. Pues la causa de la multiplicidad es la materia, mientras que la causa de la concordancia dentro de la multiplicidad está constituida por la forma. El que existan sin la materia cosas numéricamente múltiples que concuerdes en la forma es, por tanto, imposible»187.
Es decir,
que el Entendimiento solamente puede aprehender las formas generales y éstas
solamente se dan en la diversidad material y esa operación cognoscitiva tiene,
para el filósofo de Córdoba, un lugar en el organismo humano. En los últimos
tres capítulos de su Colliget, Averroes nos habla de las facultades
cognoscitivas que dependen de la facultad animal y que están relacionadas con
determinadas estructuras orgánicas localizables en el cerebro.
Esas
facultades cognoscitivas, que citamos en su momento, remiten, a su vez, a un
órgano también material pues, como dice el filósofo, «no olvidemos que, aunque
las cámaras del cerebro en las que se verifica la actividad de estas facultades
originan sus propias funciones, las raíces de dichas facultades se encuentran
en el corazón».
Esa unidad
significativa conduce a una facultad capaz de aprehender «la esencia de las
cosas universales» siendo lo universal el objeto propio del logos humano. La
facultad racional, por ello, puede lograr el conocimiento intelectual de las
esencias universales manifestadas en los conceptos utilizando para ello el
material que le suministran las tres facultades que actúan en un primer
momento:
187 En E.
Bloch, Avicena y la izquierda aristotélica, Madrid, 1966, p. 81.
la imaginativa, la cogitativa y la reminiscible: esas tres facultades son «ministros de la racional y dependientes de ella».
La
localización orgánica de las tres facultades mencionadas contribuyen a la
formación de los conceptos y éstos desaparecen del individuo en cuanto dejan de
ser actualizados pero, como dice Averroes, «cuando desaparecen de la facultad
racional las cosas universales, la facultad reminiscible hace que se recuerde
la esencia particular». De ello se deduce que esa esencia particular pertenece
al individuo y lo universal correspondería a la totalidad de los seres humanos
y, por ende, el organismo individual se relacionaría así, por medio de los
universales, con la totalidad del género humano188. Es evidente el vivero de
sugerencias de todo tipo que se podrían deducir de tales afirmaciones y, para
nuestro propósito, las relativas a la beatitud posible para el Alma en esta
vida o en la otra en el contexto del pensamiento del filósofo cordobés. De
acuerdo con todos sus presupuestos racionales expuestos en su comentario al
tratado sobre el Alma de Aristóteles, el Entendimiento agente y separado es la
única causa eficiente, formal y final del conocimiento humano. Es este
Entendimiento el que atrae al Entendimiento humano para que encuentre su propia
perfección mediante su unión con él.
Si el
Hombre está necesariamente unido al Entendimiento material en el proceso de la
intelección, su destino personal está en comprender el acto de intelección del
Entendimiento material volcado sobre el Entendimiento agente como su fuente
original. La
188 E.
Torre, Op. Cit., p. 196.
unión con éste, es por tanto, el fin último de toda actividad cognoscitiva y la causa de la perfección última.
El análisis
del comentario sobre el Alma, finaliza con el explícito convencimiento que
Averroes tiene de que la unión final con el Entendimiento agente es un estado
de beatitud análogo al que el Creador tiene cuando conoce a sus criaturas. Esta
aseveración, sin embargo, la remite a la que expresa Temistio y en cuyo texto
destacamos en subrayado las nociones, a nuestro juicio, más sugerentes:
«De esta
forma, como dice Temistio, el Hombre se asimila a Al-lah, en lo que Él es y
como sabedor de todas las cosas. Las cosas no son sino por su conocimiento de
las mismas y la causa de las cosas no es otro que Su conocimiento de ellas ¡Qué
maravilloso orden y qué extraordinario modo de existencia manifiesta!».
Como gotas
de agua esparcidas en un cristal, los entendimientos materiales humanos están
dispuestos para recibir los rayos del sol que proceden del Entendimiento
agente. Los efectos de esa luz sobre las gotas de agua, producen una irisada
refracción que cada ser humano tipifica e individualiza de acuerdo con su
naturaleza cognoscitiva.
Con la
muerte, desaparece el caleidoscopio de infinitas formas y matices. Sin embargo,
permanece inmortal el origen de la luz que, diversificado en los reflejos de
las gotas de agua, vuelve a sí y se recoge en sí mismo. Todo indica que no ha
quedado huella del
Entendimiento humano y del Hombre mismo y que la construcción del pensamiento, con todo el edificio cognoscitivo que ha logrado, se ha venido abajo189.
Al creyente
Averroes le queda la esperanza, racionalmente constituida en una nueva creación
donde la beatitud será completa. Después de la primera, «Habéis de morir.
Luego, el día de la resurrección seréis resucitados» (23, 15-16).
Los actos
intelectuales, las delimitaciones analíticas, desaparecen en el fondo de una
nueva apertura en la que la contingencia de lo pensado se reemplaza por el
orden absoluto. Averroes, tal vez, presintió siempre que en el edificio
racional que construyó sobre las bases de la Razón aristotélica, faltaba la
síntesis y el remate definitivo. Sabe que sus predecesores en la especulación
racional lo intentaron pero de forma equivocada. Sabe también que los dedicados
exclusivamente al perfeccionamiento del espíritu, han dejado de lado el sistema
fiable que proporciona la Razón.
Su
conciencia de ser el elegido para restaurar el conocimiento de la realidad lo
coloca en el filo de un compromiso que han forjado, a lo largo de su vida, su
personalización y su individuación como filósofo y, sobre todo, como juez de la
Filosofía verdadera. Al final de su vida pudo ver el sentido real de las
palabras que su primer maestro dejó escritas en su Ética a Nicómaco cuando
reflexionaba sobre el hecho de que si la perfección del Hombre y su felicidad
consisten en una actividad conforme a la virtud, es natural que dicha actividad
esté conforme con la virtud más elevada, la que corresponde a la parte
189 N. M.
Ovey, Op. Cit., p. 210.
más alta de la constitución humana: el acto de pensamiento tiene algo de divino o, por lo menos, «es lo que hay de más divino en el Hombre» y lo más «precioso que hay en nosotros, la cosa más valiosa entre todas cuantas nos son accesibles a nuestro conocimiento».
La
actividad racional humana se acerca entonces a los linderos de la
supre-racional divina, «pues el acto de Dios que supera en felicidad a todos
los demás seres, es puramente contemplativo y, entre los actos humanos el que
más se aproxima a éste es también el que proporciona mayor grado de felicidad
(…). Quizá esta vida supere las fuerzas humanas o, por lo menos, si el Hombre
puede vivir de esta manera, no es como Hombre, si no en cuanto que hay en él
algo de divino. Si el Entendimiento es algo divino con relación al resto de las
capacidades que el Ser humano posee, la vida propia del Entendimiento es una
vida divina con relación a la vida común de las gentes»190.
190
Aristóteles, Ética a Eudemo, X, 7, 1177 b 27 y ss.
Epílogo a manera de prólogo
Acabado el
libro, el autor abandona el aconsejable plural de respeto y habla como un yo
que se dirige directamente al lector para hacer unas reflexiones finales.
En el
prólogo a su Fenomenología del espíritu escribió Hegel que en una obra de tono
filosófico resulta inadecuado y casi contraproducente anteponer un prólogo en
el que, siguiendo la costumbre establecida, se diese una explicación sobre la
finalidad que el autor se propone en su libro. Otros autores, filósofos o no,
han sido del mismo parecer que yo comparto. Solamente después de haber leído se
puede reflexionar sobre lo escrito y destacar, con el horizonte ya despejado,
con la relativa lejanía que impone la palabra final, el valor o la
insignificancia de lo que se acaba de leer. Así, en esta reflexión final
participan de modo real tanto el autor como el lector pues, en un prólogo que
anteceda al libro, solamente el autor conoce las claves y el secreto del
sendero por el que va a conducir al que lo lea.
Se supone
que antes de ponerse a escribir, el autor debe tener un propósito y una
motivación que desarrolle lo que en su mente es un proyecto imaginado con mayor
o menor precisión. Uno de los primeros problemas que tuve que resolver, antes y
después de acabado el libro, fue el relativo al título que debía encabezarlo.
Esta cuestión, aparentemente baladí, ha ocasionado, a los autores y a los
editores, reflexiones variopintas fundadas en las expectativas que unos y otros
abrigan sobre el producto final. Decidí poner el título
Averroes. Una biografía intelectual» porque, en primer lugar, el lector debe saber desde el principio y con claridad cuál es el tema de la obra. En este caso, el nombre de Averroes, como tal, ya alude a un significante preciso y determinado. Después, si es posible, y con el menor número de palabras, debería explicitarse lo que se va a decir del personaje central.
En el caso
del filósofo de Córdoba, su obra supera en trascendencia a los hechos de su
vida personal. Lo que una biografía al uso de Averroes podría contar, se
resumiría con facilidad en tres páginas. Lo que de esta vida podría decirse,
como dedicación a una obra intelectual, superaría los límites de un libro
entero. Tanto por lo que dice, como por las reflexiones que suscita, la obra de
Averroes, como la de todo filósofo, en general, supera y trasciende la
trayectoria vital del mismo. Por ello, decidí biografiar su pensamiento que,
como se habrá leído, es pensamiento racional según los cánones interpretativos
de una Razón atemporal que empezó en la Grecia clásica medio milenio antes de
la era cristiana y culminó con la inmensa figura de Aristóteles.
Biografiar un pensamiento es, no cabe duda, tarea difícil y espinosa que suscita innumerables problemas de adaptación conceptual y de síntesis discursiva para evitar que lo que se escriba resulte ser un conjunto de páginas sin demasiada cohesión y claridad. La dificultad crece cuando lo que se relata es el pensamiento de Averroes al hilo de su vida y de los hechos más significativos de la misma. El filósofo alemán mencionado al principio, Hegel, dice que hubo un tiempo en que el Hombre tenía un cielo pleno de riqueza de pensamientos e imágenes y que el sentido de lo dado residía en el hilo de luz que lo unía al cielo.
No encontré
palabras más idóneas que éstas para describir lo que Averroes pensó teniendo
como apoyo el pensamiento de aquél a quien los filósofos clásicos del Islam
llamaron el primer maestro. La frase hegeliana manifiesta claramente el
horizonte de todas las formulaciones teóricas que Averroes hizo tras una
paciente, dilatada y fragmentada reflexión como el lector habrá tenido ocasión
de observar.
Y ese es el
motivo que me llevó a proyectar este libro: como creyente sincero el cielo de
Averroes es el misterio oculto al que se accede a través de los pensamientos e
imágenes que suscita el cielo astronómico, aquel donde la reflexión racional
opera y dictamina. Establecer distinciones claras no es característica propia
de la mayoría de los hombres, decía el estagirita. Las suyas lo fueron pero
dejaron abiertas las puertas a nuevas lecturas, no por deficiencias de lo que
expresó, sino por las sugerencias que aportó.
Averroes,
como hicieron antes al-Kindí, al-Farabi o Avicena, fue capaz de bucear en el
océano racional aristotélico con el intento de cerrar esas puertas haciendo
suyas las palabras que diría Emmanuel Kant casi quinientos años después: «Todos
los intereses de mi razón se resumen en las tres preguntas siguientes: ¿Qué
puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo esperar?». La solución de Averroes a
estas tres cuestiones, que fundamentan todo ejercicio filosófico al que pueda
denominarse completo y acabado, se desgranan en la secuencia temporal de sus
obras. Libros que fueron
escritos,
los más importantes, a la sombra de una sociedad oficialmente estable y bajo la
protección de un soberano que encarnaba o se acercaba mucho a ello, para el
filósofo cordobés, el ideal de gobernante de la Ciudad Virtuosa sin tiempo ni
historia.
Averroes se
comprometió con esa tarea interminable en los límites de una vida humana pero
ese compromiso, que apuntaba al cielo de las ideas y, al mismo tiempo, a la
tierra de los hombres, lo instituye a mi juicio como el prototipo de lo que, en
términos del pensamiento de Sartre, es el universal-singular, porque supo
razonar desde la particular contingencia de su momento histórico y social,
sobre la universalidad de un saber que estaba por encima de él, que lo
trascendía y daba cuenta de la universalidad de un deseo profundamente,
esencialmente enraizado en la naturaleza humana al que se refiere Aristóteles
en la primera frase de su metafísica: Todos los seres humanos desean, por
naturaleza, saber.
Una vez
dicho lo referente a las razones por las que escribí este libro, debo referirme
a las motivaciones que me llevaron a hacerlo y a publicarlo gracias a la
generosidad de la editorial que lo ha acogido. Esas causas inmediatas fueron
dos. Cuando, en algún momento, comuniqué a mis allegados el proyecto que tenía
entre manos, uno de ellos dijo que tal vez, con ese libro, pudiera llegar a
entender el pensamiento de un filósofo que en sus programas de estudios medios
pasaba desapercibido y que, cuando intentó leer más sobre el mismo, lo tuvo que
dejar por oscuro.
En otra
ocasión, después de haber hablado en una conferencia sobre el pensamiento
andalusí, uno de los oyentes me dijo que por
fin había
entendido algo que siempre le había resultado ajeno y poco accesible. La
primera de esas opiniones manifestaba el deseo de saber. La segunda, tenía que
ver con un resultado: mi interlocutor acababa de entender un tema que por fin
veía con la claridad que requería.
Bien sabía
yo que escribir un libro sobre Averroes empezaba por presentarme una barrera
que impedía decir algo novedoso sobre él. Como indicaba el pensador francés
Jacques Derrida, sin referirse a Averroes precisamente, «hay demasiadas cosas
y, en general, más de las que pueden decirse». El hecho es que sobre Averroes
se ha dicho casi todo lo que puede decirse y sin embargo, esa cantidad inmensa
de textos escritos sobre él se escribió, fundamentalmente, desde el mundo
académico y para consumo de ese ámbito. Pocas son las obras que se han escrito
para un público amplio, con un nivel heterogéneo de cultura pero animado por el
deseo de saber que a todos pertenece. Es a ese amplio público lector al que se
dirige este libro y en ello estriba, espero, la novedad que pretendía.
La vida de
Averroes, lo hemos visto, tiene jalones datables en el tiempo pero con una
considerable dosis de inexactitud. Esa indefinición en las fechas concretas que
llega a ser clamorosa cuando no se sabe con certeza la fecha de su muerte,
viene paliada en parte, para la datación de algunas de sus obras por el hecho
de que sus manuscritos árabes dicen, al final de lo escrito, el día, mes y año
en que se acabaron. En otros casos, la datación ha sido laboriosa tarea que no
siempre ha producido resultados concluyentes.
Esa relativa ausencia de definiciones, diluyen los perfiles de una vida que debió ser compleja y apasionante pero que a nosotros ha llegado como destacándose detrás de un velo, a la tenue luz de un crepúsculo sobre el que los lectores han podido tener la ocasión, y así lo espero, de conocer mejor al que fue paradigma de un sistema de pensamiento y prototipo de un pensador en el que se manifestaron plenamente las particularidades propias del estilo de razonar propio del occidente islámico, el andalusí, en el siglo XII.
Suele
recomendarse que, al final de un libro de las características del presente, se
incluya una breve referencia bibliográfica para que los lectores puedan seguir
llenando huecos y afinando ideas y sugerencias. He preferido no ponerla en éste
porque la que he utilizado para componer ideas y sentar teorías aparece
detallada en las notas a pie de página y a ella aconsejo al lector que se
remita.
El autor
Juan
Antonio Pacheco imparte las enseñanzas de Pensamiento Islámico e Historia del
Magreb en la Universidad de Sevilla. Desde los años setenta desarrolla una
amplia obra
reflexiva
sobre el mundo árabe, desde temas contemporáneos a historia de su pensamiento
clásico. Es autor de obras como El Pensamiento árabe contemporáneo, La
espiritualidad islámica en la Andalucía medieval o El Magreb: Adalides,
visionarios y poder político. También es experto
en la
literatura sufí y, en especial, en la figura de Ibn Arabi.
FIN

