Libro N° 14652. Alejandro Malaspina. Puig-Samper, Miguel Ángel.
© Libro N° 14652. Alejandro Malaspina. Puig-Samper, Miguel Ángel. Emancipación. Enero 3 de 2026
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ALEJANDRO MALASPINA
Miguel Ángel Puig-Samper
Alejandro
Malaspina
Miguel
Ángel Puig-Samper
Reseña
la ultima,
y mejor estudiada, de las grandes expediciones ilustradas a las colonias
españolas de América y Asia. La expedición se prolongó a lo largo del periodo
entre 1789-1794. Recorrió las costas de toda América, desde Montevideo pasó por
Cabo de Hornos y recorrió por la costa pacífica de América, llegando a Alaska,
siguiendo por las Filipinas y Marianas, Vavao, Nueva Zelanda y Australia. El 21
de septiembre de 1794, la expedición regresó a España habiendo generado un
ingente patrimonio de conocimiento sobre historia natural, cartografía,
etnografía, astronomía, hidrografía, medicina —todas ellas ramas de
conocimiento de gran importancia geopolítica—, así como sobre los aspectos
políticos, económicos y sociales de estos territorios.
Alejandro
Malaspina
Miguel
Ángel Puig-Samper
Alejandro
Malaspina y José de Bustamante
Rutas realizadas por las corbetas Descubierta y Atrevida en la expedición Malaspina (1789-1794)
Índice
1.
Alejandro Malaspina, el marino ilustrado
2. El
proyecto de viaje científico-político de circunnavegación
3.
Malaspina y su expedición científica (1789-1794)
4. Los
resultados científicos y artísticos de la expedición Malaspina
Bibliografía
Enlaces
digitales
El autor
Capítulo 1
Alejandro
Malaspina, el marino ilustrado
Contenido:
§. El joven
Alejandro Malaspina
§. El viaje
de Malaspina en la Astrea alrededor del mundo
§. La
Academia de Guardiamarinas de Cádiz y el Observatorio
§.
Malaspina en la Academia de Cádiz
§. El joven
Alejandro Malaspina
El 5 de
noviembre de 1754 nacía en Mulazzo, en la región de Lunigiana, Alejandro
Malaspina, hijo del marqués de Mulazzo. Éste decidió trasladarse a Palermo
cuando Alejandro sólo tenía siete años para instalarse junto a un pariente de
su esposa, que era en ese momento el virrey de Sicilia. Unos pocos años después
el propio virrey aconsejaba que Alejandro fuera a educarse al Colegio
Clementino de Roma, donde iba destinado como profesor su amigo Antonio María de
Lugo, religioso lombardo de la Reverenda Congregación de Somasca. Con 17 años
Alejandro hizo un trabajo bajo la dirección del profesor de física del colegio,
que publicó con el título de Theses ex phisica generali, un estudio en el que
sus biógrafos encuentran ya apuntadas algunas de sus inquietudes de adulto,
incluyendo algunas preocupaciones científicas como el saber la forma de la
Tierra y otros 4 asuntos derivados de la nueva mentalidad ilustrada y el
experimentalismo que recorría las cortes europeas.
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Alejandro
Malaspina www.librosmaravillosos.com Miguel Ángel Puig-Samper
Al terminar
sus estudios en el Colegio Clementino, sus padres decidieron que se formara
como militar en la Real Armada española, pasando primero por la isla de Malta,
donde ingresó en la orden de San Juan de Jerusalén. Allí hizo sus primeras
correrías marítimas en la escuela que mantenía la propia orden de Malta y
durante tres meses estuvo como cadete en un navío de guerra que supuestamente
controlaba a los piratas berberiscos del Mediterráneo.
En el
verano siguiente Alejandro Malaspina di Mulazzo llegaba a España en un buque
maltés y en otoño el joven italiano entraba como guardiamarina en la ciudad de
Cádiz. Poco después era nombrado alférez de fragata, tras ser calificado como
sobresaliente. Sus primeras escaramuzas militares en Melilla y Argel le
granjearon la simpatía de algunos mandos navales, que admiraron su valor en las
contiendas, lo que le valió poco después un ascenso a alférez de navío.
Sus
biógrafos suponen que en estos años debió participar en las tertulias gaditanas
que preparaba su amigo Paolo Greppi para la colonia italiana de Cádiz,
compuesta de comerciantes, diplomáticos, militares y nobles, donde
probablemente tuvo contactos masónicos que atribuyen a su posible conocimiento
de la masonería en la isla de Malta, entonces un importante centro de
iniciación, una circunstancia difícil de probar por la persecución que
sufrieron los masones en España por parte de la Inquisición.
Poco tiempo
después Malaspina iniciaba los largos viajes hacia las posesiones orientales de
España en las islas Filipinas. Este primer
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viaje tenía
como finalidad principal el traslado del gobernador y se hacía en un buque que
luego fue importante en la vida de Alejandro, la fragata Astrea, que hizo la
ruta por el cabo de Buena Esperanza para llegar a su destino en Cavite.
Malaspina estuvo unos meses en el archipiélago hasta que pudo regresar por el
mismo itinerario a España, donde fue ascendido a teniente de fragata y poco
después a teniente de navío por su conducta ejemplar en una batalla naval en el
cabo de Santa María. Su actitud heroica en el sitio de Gibraltar, en 1782, a
bordo de una batería flotante que se incendió, volvió a servirle para la
siguiente promoción en su carrera de armas.
Fue la
misma época en la que le fue abierto un expediente por la Inquisición por su
sospechosa conducta a bordo de la fragata Santa Clara, anclada en Algeciras. El
maestre de víveres le acusó de poco religioso y de haber mandado que se sacara
de la sala de oficiales la figura de Santa Clara, la patrona del propio buque.
Además, Malaspina había mantenido una conducta impropia, según este testigo,
porque mientras se rezaba el rosario él se encerraba para leer libros de su
copiosa biblioteca, que encerraba en un baúl, y tomar notas. Probablemente
conseguía libros prohibidos a través de su amigo el cónsul de Suecia en Cádiz.
La Inquisición recibió la denuncia en 1783, aunque el proceso se fue
prolongando hasta 1795 en que se entremezcló con el supuesto complot político
contra Godoy en el que participó Malaspina. La conclusión fue una declaración
que consideró a Malaspina sospechoso de herejía, lo que sin duda parecía una
marcha atrás en nuestra historia. El mismo año del inicio de su proceso partía
de nuevo hacia Manila en la
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Alejandro
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fragata
Asunción por la misma ruta del cabo de Buena Esperanza que ya conocía.
§. El viaje
de Malaspina en la Astrea alrededor del mundo Parece que fue en la misma época
cuando surgió el proyecto de un viaje comercial alrededor del mundo, en las
tertulias de la casa de Paolo Greppi, tras conocer Malaspina a un funcionario
de la Real Compañía de Filipinas en Cádiz. La Compañía tenía la posibilidad de
fletar barcos de la Armada española y poner al mando a oficiales de la Marina
para sus propios negocios en el Extremo Oriente, lo que permitió pensar en este
tipo de viaje que condujera mercancías a Lima, doblando el cabo de Hornos,
marchar a Filipinas y volver a España por el transitado cabo de Buena
Esperanza. Una empresa para la que se preparó la fragata Nuestra Señora de la
Concepción, aunque finalmente se fletó la fragata Astrea, ya conocida por
nuestro marino, y se puso al mando al propio capitán de fragata Alejandro
Malaspina.
El capitán
preparó minuciosamente la nueva estructura de la fragata, cuyo casco fue
reforzado con planchas de cobre, y la elección de la tripulación, un aspecto
que siempre cuidó con mimo sabiendo la importancia que tenía en las largas
travesías oceánicas. Aparecía también una nueva reglamentación en la que
Malaspina insistiría, como haría más adelante, en la necesidad de tratar
suavemente a los marineros con estímulos positivos, olvidando las antiguas
reglas militares muy rígidas y basadas exclusivamente en la disciplina. Elegía
además como oficiales al teniente de navío Luis
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de la
Concha y al alférez de fragata Francisco Javier de Viana, que años después le
acompañó a bordo de la Descubierta en la expedición que les daría renombre
universal.
En cuanto a
los preparativos y modificaciones realizados en el buque, sabemos que el
interior se modificó para embarcar más mercancías y menos hombres, se le había
puesto doble forro al buque, se había impermeabilizado la cubierta y se habían
hecho bastantes modificaciones en el velamen. Además se había reducido la
artillería de la fragata, de 34 cañones a 22, y su correspondiente munición. La
tripulación general, según los estados de fuerza de la Astrea, había caído de
283 hombres a 115, aunque había que contar que también viajaban otros 20
pasajeros, todos sometidos a la disciplina de la nave impuesta por Malaspina,
que básicamente se dirigía a conservar el buen estado de la fragata y la salud
a bordo, teniendo en cuenta las normas básicas de higiene, ventilación, ropa
apropiada y alimentación sana.
Los
instrumentos embarcados en la Astrea fueron tres sextantes, un reloj marino, un
grafómetro, un telescopio acromático, dos catalejos y un azimutal, en tanto que
la biblioteca llevaba planos y libros con las relaciones de los viajes más
modernos. El 5 de septiembre de 1786 zarpaba de Cádiz la Astrea, que en una
semana estaba en aguas canarias navegando entre Tenerife y Gran Canaria,
siguiendo una ruta que les llevaba hacia la isla de Cabo Verde y de allí a
América, con ayuda de cartas francesas. En octubre Malaspina llegó a la isla de
Trinidad del Sur, de la que precisó sus situación por considerarla estratégica
para los viajes de los navegantes españoles,
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para seguir
hacia el cabo Blanco. Descartada la visita a las islas Malvinas, la fragata
Astrea siguió una derrota que la llevó cerca de la isla de los Estados. A
finales de año doblaba el cabo de Hornos en medio de las normales dificultades
de la navegación y en febrero del año siguiente la Astrea se encontraba en el
puerto de El Callao, en el Perú.
En Lima la
tripulación estuvo ocupada en tareas de mantenimiento mientras se producía la
carga y descarga de mercancías en el barco, en tanto que los oficiales y el
encargado de la Compañía 8 de Filipinas hacían algunos informes. Manuel Agote,
el representante de la Compañía a bordo de la Astrea, enviaba una carta en la
que manifestaba su juicio favorable al comandante de la nave:
Don
Alejandro Malaspina, comandante de esta fragata, y de quien ustedes han hecho
entera confianza, se ha manejado el viaje con una prudencia sin límites dándose
a conocer durante la navegación estar adornado de todas aquellas buenas
cualidades que se requieren en un perfecto marino, y en los que tiene mando
sobresaliendo en todas partes mucha inteligencia y madurez, y que ha respirado
en todo buen orden; no ha omitido medio alguno por el cual no procurase buen
éxito de la expedición; pudiendo asegurar que un buque bajo su mando va con
aquella seguridad que se pueda desear, y que su trabajo delicado en los
cálculos de longitudes, prometen en adelante salir con lucimiento en las
navegaciones que emprenda.
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El primero
de marzo zarpaba la Astrea siguiendo una derrota que le hacía pasar cerca de la
isla de San Lorenzo, en una navegación en la que parte de la tripulación se vio
afectada de fiebres, que fueron combatidas eficazmente por el médico. Poco
después inició la navegación hacia las islas Filipinas con escala en la isla de
Guam, donde llegó a finales de abril. Aquí aprovechó la tripulación para
descansar y reponerse, en tanto que el buque era cargado con agua y leña. El
comandante estudió la bahía de Humatac, hizo observaciones astronómicas y
ajustó el reloj marino, que durante el viaje dio algunos problemas.
En mayo
anclaba en el puerto filipino de Cavite, la base naval española por excelencia,
tras algunas dificultades al encarar el estrecho de San Bernardino y de un
incendio a bordo provocado por un barril de aguardiente, que afortunadamente
fue rápidamente sofocado por la tripulación.
Malaspina
aprovechó la llegada a puerto para escribir al ministro Valdés informándole del
tráfico marítimo en Manila, halagando la valía de sus oficiales y
guardiamarinas, pero disgustado 9 con los dos pilotos a los que juzgaba como
ignorantes. En noviembre de 1787 salía la fragata de vuelta a España. El 18 de
mayo del año siguiente, tras una escala en Batavia –la principal ciudad
holandesa de Java- regresaba la Astrea al puerto de Cádiz por la vía del Cabo,
con 16 hombres menos por culpa del escorbuto, algo que marcaría profundamente a
Alejandro Malaspina, que viviría obsesionado con
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mejorar las
condiciones higiénicas y sanitarias del buque y la alimentación de la
marinería.
§. La
Academia de Guardiamarinas de Cádiz y el Observatorio. La vida de Malaspina en
estos años previos a la expedición estuvo marcada por las instituciones
científicas de la Armada. La corona española había decidido trasladar a Cádiz
la Casa de la Contratación de Sevilla, muy importante desde el punto de vista
comercial, a la vez que creaba un Departamento Marítimo en Cádiz y la Academia
de Guardias Marinas en la misma ciudad en el año de 1717. La nueva Academia se
fundó en el Castillo de la Villa de Cádiz con el claro objetivo de crear una
institución de alto nivel científico, sobre todo en astronomía y matemáticas,
que además de resolver la formación general de los oficiales de marina para la
navegación, les confiriera unos conocimientos suficientes para participar en
algunos de los debates geográficos del momento, con un perfil equivalente a lo
que sucedía en Londres y París. Las enseñanzas irían desde la enseñanza de la
aritmética, la geometría y la trigonometría hasta los conocimientos de
artillería, armas, danza, construcción naval, maniobra y uso de instrumentos
náuticos. La comprobación de la utilidad de la Academia se realizó con la
colaboración española en la expedición destinada a Quito (1735-1744), dirigida
por Charles M. la Condamine. En esta empresa científica dirigida a comprobar la
figura de la Tierra participaron Jorge Juan y Antonio de Ulloa, formados en la
Academia de Guardias Marinas de Cádiz.
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Jorge Juan
propuso al marqués de la Ensenada la fundación de un observatorio para la
enseñanza de la astronomía a los oficiales de la Academia de Guardias Marinas.
El lugar elegido para situar el observatorio fue el torreón del Castillo de la
Villa, que fue preparado para esta finalidad. Tras la aprobación oficial se
adquirieron instrumentos astronómicos y se nombró al académico francés Louis
Godin, también antiguo miembro de la expedición a Quito como director de la
Academia. El observatorio fue proyectado como un centro astronómico unido a la
Academia de Guardias Marinas.
En 1769,
mientras Cook hacía sus experiencias para la observación del tránsito de Venus
por el disco del Sol, la Armada española autorizaba la colaboración de los
marinos Salvador Medina y Vicente Doz, que se incorporaron a la expedición
organizada por el
astrónomo
Jean Baptiste Chappe d’Au h , miembro de la Academia de Ciencias de París. Como
casi siempre, la figura de Jorge Juan aparecía en la sombra del plan de esta
expedición. Después de esta expedición aumentó de forma clara la relación con
otros observatorios astronómicos que ya sabían de la existencia del de Cádiz,
que volvió a adquirir una mayor importancia en el seno de la Armada ilustrada y
entre las instituciones científicas de su época. Más tarde se crearon unos
cursos de estudios mayores destinados a oficiales de la Armada asignados al
Real Observatorio de Cádiz para aprender las técnicas de navegación por medios
astronómicos y realizar observaciones astronómicas en el Observatorio,
indispensables para el aprendizaje de los instrumentos. Vicente Tofiño
introdujo en España el uso de métodos geodésicos y
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astronómicos
en los trabajos cartográficos a lo largo de todas las campañas que dirigió. Su
Atlas Marítimo de España, es el primer trabajo de cartografía científica
realizado a escala nacional. Colaboraron en esta empresa hidrográfica la mayor
parte de los marinos ilustrados que después protagonizarían las grandes
expediciones cartográficas, entre ellos el mismísimo Alejandro Malaspina.
§.
Malaspina en la Academia de Cádiz
En octubre
de 1788, Alejandro Malaspina fue nombrado oficial responsable del Real
Observatorio de Cádiz para preparar los trabajos del centro científico militar.
Malaspina, entonces teniente de la Compañía de Guardias Marinas en la Isla de
León, se trasladó a Cádiz para cumplir con la nueva misión encomendada. En el
Observatorio se encontraban unos pocos oficiales y poco más tarde esta dotación
aumentó con la reincorporación de los marinos de la comisión del Atlas Marítimo
de España que había dirigido Tofiño. Terminada la tarea hidrográfica de esta
comisión, José de Mazarredo escribió en 1788 una Instrucción provisional del
método de servicio y tareas de los oficiales destinados al Real Observatorio de
Cádiz, en la que se aclaraban las funciones del personal y el plan de trabajo
de los oficiales que fuesen destinados a los estudios mayores.
En esta
Instrucción de Mazarredo debe estar el origen de los libros de registro de
observaciones que se conservan en el Real Observatorio de la Armada, unos
documentos que forman parte del
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patrimonio
científico español. En el Quaderno para anotar las observaciones hechas en el
Real Observatorio de Cádiz (1788-1790) se apuntaron todas las observaciones
fiables, donde constaban los observadores, los instrumentos y las
circunstancias de la observación. En otro libro, el Inventario de instrumentos
del Real Observatorio de Cádiz, supervisado entre otros por Alejandro
Malaspina, quedaron anotados los instrumentos existentes en el Observatorio,
los que estaban a cargo de Bruno de Heceta, Joseph Varela, Ferdinand Berthoud,
Cosme de Churruca y, por último, los que desde los primeros días de 1789
estaban a cargo de Alejandro Malaspina y José de Bustamante como comandantes de
las corbetas Descubierta y Atrevida, destinadas a la expedición de circunnavegación.
En marzo de 1789, Alejandro Malaspina, junto a Dionisio Alcalá-Galiano y Juan
Bernaci, se retiraba del Observatorio para preparar la expedición con José
Bustamante. Sus sucesores se encargarían de adquirir nuevos instrumentos, y
mantener los relojes y cronómetros, para el Observatorio, sostener el centro
científico como referente de la Armada y ampliar su impacto a través de la
publicación del Almanaque náutico español y las Tablas astronómicas, realizadas
por los marinos del propio observatorio. Fue, en todo caso, un esfuerzo
meritorio de la Armada española por modernizar los conocimientos de sus
oficiales y suplir la falta de centros civiles de alto nivel o una Academia de
Ciencias que tardaría en llegar.
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Capítulo 2
El proyecto
de viaje científico-político de circunnavegación
Contenido:
§. El
proyecto de Malaspina y José Bustamante
§. Los
preparativos del viaje. Ciencia de excelencia
§. Una
obsesión de Malaspina: la salud a bordo
§. Los
instrumentos científicos y los libros
§. Los
marinos de la expedición Malaspina
§. Los
naturalistas de la expedición
§. Los
pintores de la expedición Malaspina
§. El
proyecto de Malaspina y José Bustamante
El plan de
la expedición, presentado por Alejandro Malaspina y José Bustamante, el 10 de
septiembre de 1788 al ministro Antonio Valdés y Bazán (1744-1816), estaba
orientado a la consecución de objetivos científicos, económicos y políticos:
Excmo. Sr.:
Desde veinte años a esta parte, las dos naciones, inglesa y francesa, con una
noble emulación, han emprendido estos viajes, en los cuales la navegación, la
geografía y la humanidad misma han hecho muy rápidos progresos: la historia de
la sociedad se ha cimentado sobre investigaciones más generales; se ha
enriquecido la Historia Natural con un número casi infinito de descubrimientos;
finalmente, la conservación del hombre en diferentes climas en travesías
dilatadas y entre unas tareas y riesgos casi increíbles, ha sido la requisición
más
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interesante
que ha hecho la navegación. Al cumplimiento de estos objetos se dirige
particularmente el viaje que se propone; y esta parte, que puede llamarse la
parte científica, se hará con mucho acierto, siguiendo las trazas de los Sres.
Cook y La Pérouse.
Los otros
dos objetivos se esbozaban muy ligeramente: el uno era la construcción de
cartas hidrográficas para las regiones más remotas de la América, así como de
derroteros que pudiesen guiar con acierto la poca experta navegación mercantil;
y la otra la investigación del estado político de la América, así relativamente
a España como a las naciones extranjeras. Se trataba, por tanto, de investigar
de forma enciclopédica la naturaleza de los dominios españoles, tanto desde el
punto de vista histórico-natural, con estudios dirigidos a todas las ramas del
saber, como histórico-político, para gobernar en estas posesiones con “ qu d d,
utilidad y
métodos
sencillos y u m s”
Las tareas
eran divididas por los dos marinos en públicas, que comprenderían los posibles
acopios de curiosidades para el Real Gabinete de Historia Natural y para el
Real Jardín Botánico, además de la parte geográfica e histórica; y reservadas,
dirigidas a la especulación política y conocimiento de la situación en zonas
estratégicas como los establecimientos rusos en California o los ingleses en
Bahía Botánica en Australia, por su posible interés militar o comercial.
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Preveían
además que, con la excepción de los botánicos o naturalistas y los dibujantes,
el resto de los comisionados para esta empresa procederían de la propia Real
Armada, que se encargaría además de suministrar los buques adecuados para el
cumplimiento de los objetivos previstos. Se proponía como fecha de salida el 1
de julio de 1789, para que diera tiempo a preparar los materiales, hacer los
estudios preliminares y hacer ejercicios de astronomía práctica, algo
fundamental para estos nuevos marinos científicos.
La derrota
propuesta para el viaje se iniciaba con la salida desde el puerto de Cádiz con
destino a Montevideo, donde comenzarían las observaciones astronómicas, el
arreglo de relojes y las primeras indagaciones de Historia Natural, para seguir
hacia el reconocimiento de las deseadas islas Malvinas y la Bahía del Buen
Suceso, para continuar montando el Cabo de Hornos hasta llegar a Chiloé. El año
de 1790 debía dedicarse a la exploración de la costa occidental americana desde
el propio Chiloé hasta San Blas, dos de las principales bases de la marina
española, visitando Guayaquil, Lima, Acapulco, etc., no olvidando una visita a
la ciudad de México. Los primeros meses del año siguiente estarían ocupados por
el reconocimiento de las islas Sandwich, se costearía California y continuaría
la exploración del norte, hasta donde permitieran las nieves, y, tras una
escala en Kamchatka, los buques seguirían hacia Cantón para vender pieles de
nutria a favor de la marinería, algo bastante curioso dentro del esquema de Malaspina,
siempre preocupado por su tripulación tanto en lo material como en lo
sanitario. En otoño estaba prevista la exploración de los cabos
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Bojeador y
Engaño, en la contracosta de Luzón, para luego pasar a las islas Marianas,
desde donde se trabajaría la carta de navegación por el estrecho de San
Bernardino hasta Manila.
El
ambicioso plan de viaje incluía otro reconocimiento en Mindanao, para luego
explorar las Célebes y las Molucas, antes de costear la Nueva Holanda
(Australia), hacia la primavera del año 92, para llegar a la Bahía Botánica.
Además de la visita a las islas de los Amigos y de la Sociedad, Malaspina y
Bustamante pensaban llegar a Nueva Zelanda, antes de regresar a Europa por el
Cabo de Buena Esperanza hacia abril o mayo de 1793. El Plan, firmado en la Isla
de León, terminaba con la oferta de los dos marinos al ministro de marina
Antonio Valdés:
Los
Capitanes de fragata D. Alejandro Malaspina y D. José Bustamante y Guerra,
deseosos de emplear todas sus faenas al servicio del Estado, se ofrecen a la
ejecución de este plan, lisonjeándose que concurrirán a dirigirlos para el
mayor acierto, no sólo la ilustración y penetración del Gobierno, sino también
cuantas noticias puedan facilitar los particulares, así del Continente nuestro
como de todas las Américas. En cuanto a los subalternos, la especie de Comisión
exige que sean todos voluntarios y que se conozcan recíprocamente, así por lo
que toca a robustez como a capacidad.
Un mes más
tarde el ministro Valdés respondía aprobando el viaje por orden del rey, de
manera que se facultaba a Malaspina 16 para
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preparar el
viaje como lo considerara más apropiado, desde la elección de los buques hasta
la de aparejos, víveres y tripulación, aunque poco después advertía de la
necesidad de guardar el secreto del proyecto en las negociaciones con los
oficiales de marina por orden expresa del monarca. Respecto a los buques, en un
primer momento se ordenó la construcción por el ingeniero comandante Tomás
Muñoz de una corbeta adecuada a la expedición, en tanto que se ordenaba el
arreglo de la bombarda Santa Rosa de Lima como segundo buque. Malaspina no
aceptó esta decisión de Valdés y no cejó en su empeño hasta conseguir que
aprobara la construcción de otra goleta para la empresa en diciembre de ese
mismo año.
Es muy
interesante que Malaspina escribiera inmediatamente a uno de los grandes
santones de la Armada española para pedirle consejo sobre su viaje. Se trataba
de Antonio de Ulloa, el compañero de Jorge Juan en la expedición geodésica
comandada por La Condamine y adalid de la marina científica ilustrada.
Conocemos las dos cartas enviadas por Malaspina al sabio general de la Armada.
En la primera el comandante de la Descubierta alababa la experiencia de Ulloa,
su amor al progreso de las ciencias y su bondad, antes de atreverse a
plantearle las preguntas para el viaje que le esperaba. Malaspina le explicaba
cómo la parte hidrográfica trataría de todo aquello que pudiera ilustrar al
navegante que “ ll ” aquellos mares y especialmente se interesaba por la navegación
entre Buenos Aires y el Cabo de Hornos, así como por las Malvinas, aunque
reconocía la labor de los viajes de Anson, Byron, Wallis y
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Cook, y las
noticias recogidas por la fragata española Nuestra Señora de la Cabeza.
En cuanto a
la forma de situarse en la mar, Malaspina comunicaba a Ulloa que los relojes
marinos y las distancias lunares serían los principales medios para fijar las
longitudes, en tanto que las latitudes serían precisadas con los sextantes. Las
corrientes serían
examinadas
con un “b referido a la mb ” y Malaspina preguntaba a Ulloa si consideraba
útiles algunas pruebas en la corredera de Bouguer, como se había realizado por
lord Mulgrave en su viaje al polo Norte. Al hablar de la navegación por el Sur
le preguntaba también si sería de utilidad proseguir al sur en su exploración
hasta encontrar los hielos.
Al comentar
los objetivos de historia natural, una disciplina que Ulloa había cultivado en
su famoso viaje, Malaspina preguntaba sobre el posible interés por los cetáceos
que abundaban en la costa patagónica, algo que podía ser de utilidad para la
monarquía española. Asimismo le hablaba sobre la posibilidad de tomar la
temperatura del agua a diferentes profundidades y reflexionaba: “¿s á
experiencias que puedan ser de alguna utilidad? ¿Cuáles serán los instrumentos
más oportunos y el modo más exacto para
u l s?”
Dudaba
Malaspina poder dar más datos que los ya suministrados por Cook y sus
naturalistas Banks, Solander y Forster en la Tierra de Fuego, pero solicitaba a
Ulloa que le precisara hacia dónde decidir sus esfuerzos en esta zona y en la
costa patagónica, incluyendo la observación de los indios patagones, aquellos
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de Sergio Barros 21 Preparado por Patricio Barros
Alejandro
Malaspina www.librosmaravillosos.com Miguel Ángel Puig-Samper
robustos
seres que consideraba de los más infelices de la Tierra. De Chiloé comentaba
Malaspina el interés por las noticias de los indios sobre los productos de su
tierra, aunque advertía de los reconocimientos ya realizados por el piloto de
la Real Armada José Moraleda desde Lima a Chiloé, territorio que recomendaba
explorar también por tierra en pequeñas cuadrillas, incluyendo el área de la
Ensenada de Arica, en cuyos pueblos podrían encontrarse restos de su antigüedad
que podrían ofrecerse a la curiosidad europea.
En la
segunda carta de Malaspina a Antonio de Ulloa le preguntaba qué podía llevar,
además de cascabeles y algún galón falso de oro y plata, para intercambio de
objetos con los indios de la zona más al sur de Chiloé. Asimismo le pedía
información sobre las islas Galápagos, tan conocidas después por el viaje de
Darwin, y del Gallego, así como posibles objetos de exploración entre Guayaquil
y San Blas. En principio descartaba invertir tiempo para buscar el famoso paso
del Noroeste que se suponía que comunicaba el Atlántico y el Pacífico, aunque
pedía consejo a Ulloa por si lo consideraba conveniente. Precisamente para
terminar su carta, planteaba Malaspina la posibilidad del estudio geodésico y
barométrico del diferente nivel del Pacífico y el Atlántico, una circunstancia
que podría explicar la corriente continua hacia el este en el Cabo de Hornos.
El 1 de
abril de 1789 se dirigía Alejandro Malaspina al otro comandante, José
Bustamante, para darle unas Instrucciones notables sobre la policía de los
buques, con las que intentaba unificar el modo de llevar la vida a bordo de
ambas goletas, que
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Alejandro
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seguramente
deberían llevar un método diferente al habitual de los buques de la Armada.
Frente a la pura disciplina militar, Malaspina proponía al comandante de la
Atrevida atender a la razón y la uniformidad para llevar a buen fin la empresa
encomendada, ya que las múltiples tareas de cada individuo de la tripulación y
la dureza prevista en el viaje aconsejaba la mayor armonía entre los jefes y
los subordinados, siendo el ejemplo su arma favorita, como él mismo señalaba:
El ejemplo
de los Oficiales era la única arma en los buques del Capitán Cook para
persuadir a los marineros a comer cosas, sanas sí, pero asquerosas. Resistióse
la marinería en la bahía del Rey Jorge, que es la navegación desde el Norte a
las islas de Sandwich, a beber el extracto de la caña de azúcar fermentada, y
se usaron el ejemplo, las persuasiones, nunca la fuerza, para atraerlos a esta
útil medida; y finalmente, para conseguir la quietud en tierra y evitar un roce
intempestivo vio el sabio Capitán lleno su buque de mujeres entregadas a la sed
insaciable del marinero, y lo vio con indiferencia porque aquellas eran
voluntarias, y la conducta de éste y su sufrimiento en los trabajos exigían un
premio análogo a su carácter.
§. Los
preparativos del viaje. Ciencia de excelencia
La
importancia de los objetivos del viaje de Alejandro Malaspina hizo que se
consultara a las Academias de Ciencias de París y Turín y a la Royal Society de
Londres. Ya en enero de 1789 el comandante
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escribía
desde Cádiz al patriarca de la botánica y la historia natural inglesa, Joseph
Banks (1743-1828), que había sido naturalista en el primer viaje de Cook y
ahora era presidente de la Royal Society londinense. Un mes antes Malaspina
sugería al ministro Antonio Valdés que la compra de objetos o bagatelas
destinadas al intercambio con los indios fueran compradas por Banks en Londres.
Ahora le describía al mismo Banks el plan de viaje organizado por el gobierno
español y le preguntaba sobre los posibles objetos de investigación en física,
navegación y estudios marítimos, ya que los primeros planes de hacer cartas
hidrográficas del Pacífico sur y de las islas Filipinas se habían ampliado. De
hecho, en junio Malaspina volvía a escribir a Banks insistiéndole en que estos
objetivos ya no eran los principales y ahora trataban de perfilar los estudios
de historia natural y los de las razas humanas, para lo cual solicitaba
instrucciones sobre los métodos de estudio. Finalmente el 13 de julio, pocos
días antes de zarpar rumbo a Tenerife, Malaspina enviaba otra carta a Banks
ofreciéndole sus servicios. Coincidía este ofrecimiento y la petición de
consejo con la solicitada por el naturalista de la expedición Antonio Pineda
Ramírez al miembro de la Royal Society William Parsons para que Banks le
orientara en la práctica científica de este importante viaje de descubrimiento.
Este
asesoramiento internacional aparece reflejado en la propia Relación de viaje de
Alejandro Malaspina, quien tras explicar los preparativos generales indicaba:
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Alejandro
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Tantos
auxilios bastaban por sí solos para alentar a la empresa los hombres aún más
tibios y desconfiados de sus propias fuerzas. ¿Pues qué, cuando concurrieron al
mismo intento varios doctos ex jesuitas residentes en Italia, los abates
Córdoba de Castro, Jiménez y de Cesaris, el Marqués Gerardo Rangone y el abate
Spallanzani de la misma Italia; el Sr. de La Lande, de París, y los Sres. Banks
y Dalrymple, de Londres? Debémosles, o unas direcciones oportunas sobre
aquellos puntos a los cuales con más acierto pudiesen dirigirse nuestras
investigaciones siguientes, o aquellas correspondencias sucesivas que aclarasen
particularmente, por lo que toca a la Astronomía, las dudas que debían dimanar
por precisión de unas operaciones aisladas e independientes hechas a tamaña
distancia de Europa.
Para la
astronomía la posible colaboración de Ángelo de Cesaris tuvo que ser
importante, si tenemos en cuenta que el sabio jesuita fue el responsable de la
edición de las 84 Effemeridi Astronomiche que editó el Observatorio de Milán
entre 1774 y 1839 y que por otra parte estaban en la biblioteca del
Observatorio de Cádiz, como también muchas de las obras de Joseph Jérôme
Lalande (1732-1807), editor de Connoissance des temps y autor de numerosas
obras de astronomía, efemérides, tablas, cálculos, etc., publicados por la
Academia de Ciencias de París. Al sabio francés le escribió Malaspina en enero
para solicitarle consejo sobre los trabajos
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científicos
a desarrollar y pedirle información sobre inventos y descubrimientos en el
campo de la física y la navegación que pudieran ser útiles en la expedición. La
contribución del escocés Alexander Dalrymple, entonces director del Depósito
Hidrográfico inglés, se ciñó al acopio de los instrumentos astronómicos en
Londres, de los que luego hablaremos. Este cartógrafo y botánico fue miembro de
la Compañía Británica de las Indias Orientales y fue muy conocido por sus
compilaciones sobre los descubrimientos en el Pacífico, siendo autor de una
Colección histórica de viajes y descubrimientos en el Pacífico Sur, y por su
hipótesis sobre la existencia de un posible continente austral, además de por
sus colaboraciones con el capitán Cook.
Asimismo,
conocemos una nota que se envió a Italia al ex jesuita Córdoba a través de un
teniente de navío, Alejandro Belmonte, para que le extractara los documentos
relativos a la América meridional con destino a la empresa expedicionaria. Para
obtener datos sobre la expedición de La Pérouse, el otro referente científico y
de exploración de la expedición Malaspina, el ministro de Marina solicitó
información al conde de Fernán Núñez, embajador de España, quien también
colaboraría en la adquisición de instrumentos científicos en París. Malaspina
solicitaba además al ministerio datos, mapas y documentos de la expedición rusa
a Kamchatka de 1734. Para la obtención de información histórica que pudieran
precisar las corbetas en su viaje, Malaspina solicitó al ministro Valdés el
permiso para acceder al Archivo General de Indias, tarea de la que se debían
encargar el teniente de navío José
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Espinosa y
Fernando Quintano, mientras que Juan Vernacci se encargaba de buscar
información sobre los viajes de la Armada a América en el archivo de la
Capitanía de San Fernando y en la Dirección de Pilotos, todo ello sin contar
con la recopilación de cartas y relaciones de los principales exploradores de
la época.
En el
terreno de la zoología y la historia natural las instrucciones fueron
redactadas nada menos que por Lazzaro Spallanzani (1729-1799), el biólogo
italiano que demostró la inexistencia de la conocida como generación espontánea
en los seres vivos, estudió la fecundación de los óvulos y los procesos de
digestión en los mamíferos. Spallanzani, entonces profesor en Pavía, escribió,
con la mediación del marqués Gherardo Rangone, que también colaboró con
Malaspina en esta fase de información científica, un Ensayo provisional en los
dos reinos, animal y mineral para el avance de la historia natural dedicado a
Alejandro Malaspina di Mulazzo. El ensayo se ocupaba de los grupos zoológicos
conocidos como vermes, insectos, peces, anfibios, aves y cuadrúpedos, con la
intención de dar a conocer a Antonio Pineda el estado de conocimiento de cada
uno de ellos y las posibilidades de investigación en el viaje. El científico
italiano indicaba la utilidad de estudiar las plantas-animales o zoófitos como
las esponjas y las medusas, reclamaba una investigación sobre los insectos, las
aves, los mamíferos y los peces americanos, los trabajos sobre los cocodrilos y
las serpientes o el estudio particular de algunas especies como los murciélagos
conocidos como vampiros de los que prácticamente no sabía nada la ciencia
europea.
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En el
terreno de la geología y la paleontología el sabio italiano apremiaba a Antonio
Pineda para que estudiase los volcanes del Nuevo Mundo, la estructura geológica
de las grandes montañas y para la recogida de restos fósiles americanos, de los
que había algunas referencias importantes en las obras del francés La Condamine
y el español Antonio de Ulloa. Era necesario recoger fósiles de origen marino
que podrían explicar algunos fenómenos geológicos en otros tiempos. Nuestro
Ulloa ya había visto fósiles de conchas marinas en la cima de algunas montañas
americanas, lo que aparentemente podría explicarse por una distribución
diferente de los mares en la antigüedad y para algunos la señal inequívoca del
Diluvio Universal.
§. Una
obsesión de Malaspina: la salud a bordo
La
preparación del viaje de Malaspina en lo referente a la salud de la tripulación
estuvo mediatizada por la consulta del comandante a José Selvareza Conte,
también conocido como Salvaresa, protomédico de la Real Armada nacido en Cádiz
aunque de familia genovesa. Se había formado en el Real Colegio de Cirugía de
Cádiz, en la primera promoción de este renovador centro, y más tarde había sido
pensionado para ir a estudiar a la ciudad de Leyden durante dos años, para
luego pasar a Bolonia, donde estuvo tres años antes de regresar a Madrid para
revalidar su título. Luego marcharía al Hospital de Cádiz para hacerse cargo de
una sala de enfermos y enseñar Medicina práctica a los colegiales en el propio
hospital, además de ser profesor de química en el Real Colegio.
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En la
primera carta que le escribe Malaspina en diciembre de 1788 comentaba a
Selvareza que “l conservación del hombre es el objeto
más digno
de sus s m s”, al congratularse por la autorización del rey para que le
consultara sobre las medidas a tomar en la navegación para evitar el escorbuto,
la maldición de los marinos. Partía Malaspina de tres supuestos básicos y
bastante curiosos en esta primera consulta: habría siempre agua suficiente y
renovada, la marinería y parte de los oficiales serían de las provincias
septentrionales de España, asturianos, montañeses y gallegos, más robustos y
resistentes, y por último toda la tripulación debería estar libre de otras
enfermedades. Además remitía Alejandro Malaspina a Selvareza un extracto de sus
observaciones en el viaje de la fragata Astrea en su viaje a las islas
Filipinas
Insistía
Malaspina en medidas básicas de higiene en la ropa de la marinería, el uso de
chaquetas con capucha adecuadas al frío, ropas que aconsejaba lavar con agua
dulce y no salada, y en el aseo del buque cuya cubierta debía ser
frecuentemente lavada y frotada. El comandante preguntaba al protomédico si era
mejor usar fuego o vinagre para conseguir en las cubiertas un aire más sano y
también si era conveniente cargar a los marineros con ropa de abrigo para no
exponerlos a los cambios bruscos de temperatura. Sobre la alimentación
Malaspina solicitaba su opinión sobre el uso del pan de trigo, especialmente de
Andalucía y Castilla, preferentemente sobre el de Sicilia, Cerdeña o la
Berbería, o el de un pan hecho con una mezcla de harinas de trigo, maíz y centeno.
Respecto a otros alimentos considera el marino a las menestras como
fundamentales
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para evitar
el escorbuto y pregunta al médico sobre otros como el arroz, el garbanzo y la
lenteja, que él creía más saludables y más fáciles de conservar que los
frijoles, los chícharos o las habas, que no resistían el calor tropical, aunque
consideraba que el protomédico podía aconsejarle el uso de alimentos atendiendo
no sólo a la experiencia en el mar sino también a los análisis químicos, una
visión bastante moderna de lo que había que hacer en un viaje de larga
duración.
Sobre el
uso de carne salada o tocino, Malaspina se inclinaba por el segundo atendiendo
a lo que según él era ya un axioma en la Armada, sobre todo si se utilizaban
las precauciones que ya habían experimentado sus dos antecesores, Cook y La
Pérouse, en sus largos viajes y él mismo había experimentado en Manila. Le
quedaban dudas, sin embargo, sobre la utilización de aceite y gazpacho, que en
las tripulaciones de origen andaluz habían dado excelentes resultados y no
dudaba del imprescindible uso del vino de Sanlúcar, que consideraba
antiescorbútico, aunque pedía consejo sobre las dosis y el horario de
administración. Rechazaba totalmente el aguardiente y el pescado salado,
incluyendo el bacalao, y sólo excepcionalmente consideraba útil el consumo de
queso.
Dos meses
después Alejandro Malaspina volvía a consultar a
Selvareza,
con un interesante preámbulo:
Nada puede
compararse al hombre enfermo en la mar: el alojamiento. La falta de quietud, la
evaporación o fermentación de las medicinas, los alimentos, el aire que
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respira,
todo concurre a hacerle el más infeliz de la especie humana, y a causar una
sensación no indiferente hasta al marino más sordo a las voces de la
naturaleza.
Sírvase
Vm., pues, acompañarme en este examen del navegante o próximo a enfermar o ya
enfermo; unidas nuestras investigaciones o más bien unidos los preceptos de Vm.
a la exactitud mía en ejecutarlos, tendremos desde luego la satisfacción de
ocuparnos con tesón de la conservación del marinero, y conseguiremos tal vez la
de coadyuvar eficazmente a este punto importante de la prosperidad nacional.
Malaspina
consideraba que las tres causas principales de las enfermedades de los
marineros estaban en la alimentación defectuosa, la mala calidad del aire y el
tránsito brusco del calor al frío o al revés. Requería la aprobación del médico
para suministrar con los primeros síntomas de enfermedad el Sauerkrout de coles
agrias y el Malt de cerveza a los enfermos, sudoríficos con mucho azúcar y
privación de cualquier alimento salado, que sería sustituido por menestras,
caldos o carne en aceite. En una tercera y última carta el comandante
preguntaba también sobre el uso del chocolate, el té, el café, la carne ahumada
del Norte y la posibilidad de cambiar la costumbre por un desayuno fuerte, una
comida suave y una cena ligera, también pensando en la alimentación de los
oficiales de la Armada, casi siempre olvidados en las observaciones conocidas
sobre la alimentación a bordo.
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Pocos días
después José Selvareza contestaba a Malaspina aclarando que eran preferibles
las depuraciones con fuego al uso del vinagre para las cubiertas de los buques,
aunque en algunas ocasiones como en ambientes secos y calientes podría ser
conveniente su uso. Dejaba al criterio del capitán del buque el uso de ropa
abrigada atendiendo a las circunstancias, en tanto que sobre la alimentación
pensaba el médico que era preferible el uso de del chocolate, el té, el café,
la carne ahumada del Norte y la posibilidad de cambiar la costumbre por un
desayuno fuerte, una comida suave y una cena ligera, también pensando en la
alimentación de los oficiales de la Armada, casi siempre olvidados en las
observaciones conocidas sobre la alimentación a bordo. Pocos días después José
Selvareza contestaba a Malaspina aclarando que eran preferibles las
depuraciones con fuego al uso del vinagre para las cubiertas de los buques,
aunque en algunas ocasiones como en ambientes secos y calientes podría ser
conveniente su uso. Dejaba al criterio del capitán del buque el uso de ropa
abrigada atendiendo a las circunstancias, en tanto que sobre la alimentación
pensaba el médico que era preferible el uso de del chocolate, el té, el café,
la carne ahumada del Norte y la posibilidad de cambiar la costumbre por un
desayuno fuerte, una comida suave y una cena ligera, también pensando en la
alimentación de los oficiales de la Armada, casi siempre olvidados en las
observaciones conocidas sobre la alimentación a bordo. Pocos días después José Selvareza
contestaba a Malaspina aclarando que eran preferibles las depuraciones con
fuego al uso del vinagre para las cubiertas de los buques, aunque
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en algunas
ocasiones como en ambientes secos y calientes podría ser conveniente su uso.
Dejaba al criterio del capitán del buque el uso de ropa abrigada atendiendo a
las circunstancias, en tanto que sobre la alimentación pensaba el médico que
era preferible el uso de pan de trigo, aunque no descartaba la utilización de
maíz o centeno en la elaboración de tortas, con trigo y azúcar. Asimismo daba
la razón a Malaspina en la exclusión de aguardiente y pescado salado, la
limitación del queso. Aconsejaba el uso de menestras, las coles, la malta de la
cerveza y la preferencia del arroz y los garbanzos, sin descartar la inclusión
de frijoles blancos, así como la de tocino con preferencia a la carne de vacuno
salada, la de aceite en sopas y gazpachos y la de vino en la comida, consejos
también aplicables a la oficialidad.
Como diría
unos años más tarde el antiguo médico de la Atrevida Pedro María González, ya
catedrático del Real Colegio de Cirugía de Cádiz, en su obra Tratado de las
enfermedades de la gente de mar:
Los Jefes
han de tener presente que los célebres Boungainville, Cook, La Pérouse,
Malaspina y Vancouver no debieron la conservación de sus equipajes sino a la
inalterable firmeza con que hacían ejecutar las precauciones de salubridad,
dando ellos mismos los primeros ejemplos de la obediencia y observación de los
medios establecidos.
§. Los
instrumentos científicos y los libros
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Los libros
y los instrumentos para el viaje de Malaspina fueron encargados, como ya hemos
apuntado antes, a Londres y París, aunque el propio Observatorio de Cádiz pudo
colaborar con alguna instrumentación y la fábrica de San Ildefonso con algunos
frascos para experimentación física y química. José Mazarredo encargó a Jacinto
Magallanes que comprara todo lo necesario en Londres, a través de los contactos
ya establecidos. Como ejemplo podemos citar los anteojos ecuatoriales de
Ramsdem, barómetros portátiles y todo tipo de utensilios, además de libros de
geografía, astronomía, medicina, viajes, que incluían por supuesto los de Cook,
y cartas. En París se encargaba de los pedidos el conde de Fernán Núñez por
orden de Antonio Valdés, que le solicitaba una colección de libros e
instrumentos dedicados al estudio de la historia natural, además de aparatos
como los higrómetros, termómetros para medir el agua el mar, aerómetros,
balanza hidrostática portátil, escafandra, instrumentos meteorológicos, un
presómetro de faltriquera, un eudiómetro, útiles de química, etc. instrumentos
meteorológicos, un presómetro de faltriquera, un eudiómetro, útiles de química,
etc.
De los
libros solicitados por Antonio Pineda al conde de Fernán Núñez sabemos que
incluían las principales obras de Linneo y sus discípulos, las obras de flora
americana de Jacquin y Plumier, la de botánica del francés Adanson, las de
mineralogía de Wallerius y Daubenton y las de zoología de Brison, Buffon,
Edwards, Artedi, Commerson, etc., en general lo más granado de la historia
natural de su época. Una biblioteca que se completó con la reunida por el conde
Grepi también en París, que tenía multitud de libros sobre
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viajes,
como los de Saussure, La Condamine o los viajes rusos, navegación, historia,
atlas y algunas obras de Jefferson, como las dedicadas a Virginia y a la
constitución americana.
§. Los
marinos de la expedición Malaspina
José
Bustamante y Guerra, nacido en la localidad montañesa de Ontaneda en 1753, fue
el actor secundario en la expedición, pero sin duda contribuyó de forma
ejemplar al éxito de la misión. Formado como guardiamarina en Cádiz tuvo una
vida agitada como marino, ya que fue herido y apresado por los ingleses en dos
ocasiones, tomó parte en el bloqueo de Gibraltar en el navío Triunfante a las
órdenes del general Luis de Córdova, había navegado por las islas Filipinas,
México y Cuba y era además miembro de la orden militar de Santiago. Su talante
tranquilo fue, según uno de sus compañeros, Arcadio Pineda, vital para sofocar
una revuelta de indígenas en Mulgrave, soliviantados por la suspensión de
intercambios con los miembros de la expedición tras producirse el robo de unas
prendas, sobre todo si recordamos el trágico final de su admirado capitán Cook
y el de otros expedicionarios. Tras la expedición sería nombrado brigadier y
poco después gobernador de Montevideo y comandante general de los bajeles del
Río de la Plata. Iniciada la guerra contra Napoleón y tras negarse a jurar a
José I, marchó a Sevilla para ponerse a disposición de la Junta Central, que le
ascendió a teniente general. Poco después saldría de España con rumbo a
Guatemala, donde ejerció el cargo de capitán general hasta 1819 y un año
después fue
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nombrado
director general de la Armada, puesto que ocupó con interrupciones hasta su
fallecimiento en 1824.
La elección
de los marinos para la expedición quedó en manos de Malaspina de manera
directa, ya que el ministro Valdés prefería que el propio comandante eligiese
libremente a sus hombres, aunque hay que decir que uno de los primeros
oficiales era precisamente un sobrino suyo, Cayetano Valdés Flores, que tenía
experiencia científica por su participación en el Atlas de Tofiño y militar por
su colaboración en el sitio de Gibraltar. Mucho más tarde sería considerado
como uno de los héroes de Trafalgar y de la Guerra de la Independencia, por lo
que llegaría a ser capitán general y jefe de la escuadra. Otro de los elegidos
fue el teniente de navío Dionisio Alcalá-Galiano y Pineda, otro marino con
experiencia en el levantamiento de las cartas de las costas españolas con
Vicente Tofiño. Además había participado en la expedición de la Santa María de
la Cabeza al estrecho de Magallanes y había estado al mando del bergantín
Natalia para determinar la posición de las Azores. Fue uno de los mejores
hidrógrafos de su tiempo y, tras tener el mando de numerosos buques de la
Armada como el San Pedro de Alcántara, Santa Ana, Glorioso o San Leandro, murió
en la batalla de Trafalgar comandando el Bahama.
El tercer
marino que hay que destacar es Juan Gutiérrez de la Concha, también formado en
Cádiz y después en Cartagena, donde siguió los cursos de estudios mayores, con
experiencia cartográfica en las costas españolas. Tras la expedición tendría
una actuación destacada en comisiones científicas y militares diferentes en
Buenos
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Aires,
ciudad en la que murió en 1810 en el transcurso de una sublevación
independentista. Otro de los oficiales destacados que colaboraron con Malaspina
fue el sevillano José Espinosa y Tello, quien tras numerosos servicios de armas
pasó en 1783 al Observatorio de Cádiz para trabajar con Tofiño en tareas
astronómicas y cartográficas. Por motivos de salud su incorporación a la
expedición se produjo un año más tarde en el puerto de Acapulco. Fue después
muy conocido por su labor al frente del Depósito Hidrográfico, cargo que ocupó
hasta su muerte.
Precisamente
el que sería su sucesor en esta institución, el mallorquín Felipe Bauzá y
Cañas, fue otro de los elegidos por Alejandro Malaspina. Formado inicialmente
en la Real Escuela de Navegación del Cuerpo de Pilotos del Departamento de
Cartagena, pasó después como profesor de fortificación y dibujo a la Academia
de Guardias Marinas e inmediatamente fue requerido por Tofiño para el
levantamiento cartográfico en la fragata Perpetua, lo que sin duda le valió el
nombramiento en la expedición de director de cartografía. Tras su paso por la
Dirección de Hidrografía y ser diputado a Cortes en el trienio constitucional
tuvo que exiliarse a Inglaterra, país en el que murió. Otro de los reclutados
por Malaspina fue Ciriaco Ceballos, otro santanderino, con experiencia militar
en Gibraltar y en la campaña del Guarico, y que había formado parte de la
segunda expedición de Luis de Córdova al estrecho de Magallanes. Terminó su
vida haciendo importantes trabajos cartográficos en Veracruz para rectificar
los conocimientos sobre el seno mexicano. Malaspina contaría además con otros
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Alejandro
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conocidos
suyos como Francisco Javier de Viana, que le había acompañado en el viaje de la
fragata Astrea o su amigo y pariente el guardiamarina Fabio Ala Ponzone, además
de otros que no mencionaremos para no hacer más extensa la narración. En suma,
una agrupación de marinos con muy buena formación científica teórica y
práctica, integrantes de la nueva marina ilustrada soñada por Patiño y Valdés,
y experiencia militar especialmente en combates contra la flota inglesa.
§. Los
naturalistas de la expedición
El
principal comisionado para los trabajos de historia natural de la expedición
Malaspina fue Antonio Pineda Ramírez, nacido en Guatemala e hijo del Oidor de
la Real Audiencia de aquel territorio americano, que luego pasó a la de
Granada. Pineda estudió en el Seminario de Nobles de Madrid y luego fue cadete
en el Cuerpo de Reales Guardias, aunque parece que su vocación como naturalista
venció a la militar, a pesar de haberse destacado en el sitio de Gibraltar como
otros de sus compañeros en la nueva empresa expedicionaria. En el campo de la
historia natural pudo tener sus primeros contactos en el Real Gabinete de
Historia Natural fundado por Pedro Franco Dávila y en botánica parece que se
había formado con Casimiro Gómez Ortega y Antonio Palau en el Real Jardín
madrileño. Al contratarlo, Malaspina dirigió una carta al ministro Valdés en la
que le decía de Pineda que le consideraba sujeto idóneo que tenía toda la
inteligencia, amor al estudio y capacidad necesarias para su cometido, además
de una robustez y genio
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de Sergio Barros 38 Preparado por Patricio Barros
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admirables.
Una afirmación que luego repetiría incansablemente en su Diario sobre este
naturalista embarcado en la Descubierta que fallecería prematuramente en el
pueblo filipino de Badoc en julio de 1792.
Como
botánico de la expedición fue nombrado el 4 de febrero de 1789 el jardinero
francés Luis Née, empleado en el Jardín de la Real Botica, propuesto por
Antonio Pineda con quien había herborizado recientemente por la sierra de
Guadarrama. Malaspina, al dirigirse a Antonio Valdés para proponer a Pineda y a
Née, comentaba:
…sería el
mejor sujeto para el mismo destino en la otra corbeta un Don Luis Née muy
versado en Botánica Teórica y Práctica, hombre infatigable para las
investigaciones, y que hace veinte años que viaja por las Montañas de Asturias…
Aunque
parece que hubo dudas en el momento de su designación, por sus antiguos
enfrentamientos con el primer profesor del Jardín Botánico y porque su
experiencia se cifraba en que había sido colector del Jardín Botánico, de otro
en Pamplona y del jardín medicinal en el Hospital de Algeciras, la labor de Née
fue inmensa y se cifra en unas 12.000 plantas las recolectadas en el curso de
la expedición de Malaspina.
El tercer
naturalista de la expedición fue el bohemio Tadeo Haenke. Fueron Nicolaus
Jacquin e Ignaz von Born los responsables de la aventura del naturalista Haenke
en la expedición de circunnavegación. Nicolaus Jacquin estaba ligado a la
reforma
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de Sergio Barros 39 Preparado por Patricio Barros
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universitaria
y era un renombrado naturalista, en tanto que Ignaz von Born fue el fundador de
la Sociedad Checa de Ciencias y con un apego especial a Bohemia por haber
pasado una parte importante de su vida en Praga, hasta su traslado a Viena en
1776. Una de las primeras biografías de Haenke publicadas en una revista checa,
Jindy a Nyní, en el año 1829, ofrece un buen retrato de la vida del naturalista
bohemio, nacido en Kreibitz (Chribská) en 1761. De su estancia en Praga sabemos
que fue discípulo de Joseph G. Mikan en su Laboratorio de Química y en el
Jardín Botánico, además de obtener su doctorado en Filosofía en 1782 y acabar
sus estudios de Medicina, antes de trasladarse a Viena, ciudad en la que fue
acogido por Jacquin y Born, circunstancia que fue crucial para su incorporación
a la expedición Malaspina, como ya hemos indicado anteriormente. El Mercurio
Peruano, periódico del que Tadeo Haenke era suscriptor, al dar la noticia de la
expedición Malaspina, alababa esta circunstancia del naturalista:
Haenke es
discípulo del célebre Mr. Jacquin, y alumno del laboratorio clínico del insigne
Consejero Born. Sus disquisiciones han sido transcendentales también á la
Metalurgia, Mineralogía, Entomología, etc. uniendo á la viveza propia de su
edad lozana unas luces nada comunes, así en la teórica como en la práctica.
La mala
suerte acompañó el comienzo del viaje del naturalista ya que al llegar a Cádiz
se encontró con que las naves Descubierta y Atrevida habían zarpado rumbo a
América, por lo que tuvo que
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de Sergio Barros 40 Preparado por Patricio Barros
Alejandro
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esperar un
transporte en el domicilio de la casa Hiecke, Zincke y Compañía, que
comercializaba los cristales de Bohemia, y que desde entonces serían sus
corresponsales más seguros desde tierras americanas. Para colmo de desdichas,
el barco en que viajaba a América naufragó cuando ya casi tocaba tierra. La
descripción que hace la revista checa Jindy a Nyní, es muy ilustrativa:
El día 23
de noviembre de aquel mismo año, llegaba al fin a costa americana. Sin embargo,
antes de que hubiese llegado a tierra, se produjo una enorme tormenta en el mar
con lo que el barco casi se hundió. Haenke no logró salvar más que un libro de
botánica de Linné, sus salvoconductos y cartas de recomendación. Sólo con eso
llegó a Montevideo, pero de nuevo el barco de Malaspina también había zarpado
ya. Estuvo allí tres meses, convaleciente de una enfermedad, y después marchó a
pie hasta Chile, pasando por Buenos Aires. El camino fue muy pesado,
atravesando altas montañas, pero al fin logró reunirse con el barco de
Malaspina en el puerto de Valparaíso, el día 2 de abril de 1790.
§. Los
pintores de la expedición Malaspina
Los
trabajos artísticos de la expedición Malaspina fueron realizados por un grupo
de dibujantes y pintores, que se fue renovando a lo largo de la expedición. Su
labor queda reflejada en una importante colección de más de 800 dibujos, en la
que podemos observar desde el aspecto y las costumbres de los pueblos visitados
hasta el
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análisis
detallado de los animales y plantas recolectados o vistos durante el viaje. El
primero del que podemos hablar es el sevillano José del Pozo Jiménez,
contratado como pintor de la expedición en junio de 1789. Había sido alumno de
la Academia de Sevilla y en el
momento de
su contratación fue calificado como “ x l sujeto para pintor e perspectiva, de
muy buena educación, algún caudal de geometría y una grande robustez sobre una
edad de 32 ñ s” Fue del grupo de artistas que salió de Cádiz con la expedición
oficial y fue uno de los especialistas en perspectivas y retratos, aunque
también hizo algún dibujo de plantas y animales, en aguadas de muy buena
factura. Los retratos etnológicos son probablemente su mayor aportación a los
resultados artísticos de esta empresa ilustrada. A pesar de estar muy bien
considerado por el comandante, también fue frecuentemente amonestado por su
“ l ” en el
trabajo, lo que finalmente dio como resultado que fuera ordenada su vuelta a
España desde el puerto de El Callao. No fue así, ya que José del Pozo hizo
amistad con el virrey y fundó una escuela de pintura en Lima, a pesar de tener
en Sevilla a su familia esperándole. Sabemos que en esos años se dedicó a
retratar a parte de la nobleza limeña, a hacer cuadros religiosos, paisajes,
etc., siempre siguiendo los principios de la escuela sevillana muy influenciada
por Murillo, hasta su muerte en la Ciudad de los Reyes en 1821.
Otro pintor
también muy reconocido años más tarde por su participación en diversas
aventuras de exploración fue José Guío y Sánchez, madrileño que se dirigió
directamente al ministro Valdés
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para
ofrecerse como pintor de plantas y experto en la disección de aves y
cuadrúpedos, poco antes de que la expedición partiera de España. Fue
ampliamente recomendado por Antonio Pineda para que se le contratase como
dibujante botánico y disecador y formara parte de la dotación de la Atrevida.
Su labor fue muy alabada por los naturalistas, especialmente por Pineda y Née,
pero aún así Malaspina, que quería pintores menos especializados, lo licenció
en México, tras una intensa labor dibujando animales y plantas y disecando
cientos de animales, hasta caer enfermo en medio del clima abrasador de las
tierras calientes mexicanas. Finalmente volvió a España en 1791 a bordo de un
mercante, con el encargo de que se ocupase en Madrid del arreglo de colecciones
de historia natural. La realidad es que estuvo prácticamente sin trabajo hasta
su contratación como pintor de la expedición del conde de Mopox a Cuba en 1796
y más tarde fue muy elogiado por su colaboración con el sabio Cavanilles en la
elaboración de su obra Hortus Matritensis, en la que se aprecia una perfección
técnica indiscutible. ****
Pasaremos a
continuación a ver a los dos pintores italianos contratados por Malaspina para
su empresa, siempre bien considerados por el comandante. El primero de ellos es
Juan Ravenet y Bunel, hijo de Juan Francisco Ravenet, profesor de grabado de la
Academia de Bellas Artes de Parma, lo que sin duda marcó la vocación de nuestro
pintor, que destacaría como retratista. Su familia y la de Malaspina mantenían
una estrecha amistad, lo que determinó la recomendación de Alejandro Malaspina
para su
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contratación,
aunque finalmente sólo la circunstancia del abandono de José del Pozo propició
su incorporación a la expedición con la mediación del embajador italiano en
España, quien también se ocupó de la contratación del otro pintor italiano
Fernando Brambila con la intención de que se incorporasen en la escala de la
expedición en Acapulco. A su vuelta a Madrid tuvo el en cargo de preparar los
dibujos para luego pasarlos a grabado con ayuda de un profesor de la Academia
de Bellas Artes de San Fernando, tareas en las que se mantuvo hasta los años
turbulentos de la invasión napoleónica. Fernando Brambila fue el que sin duda
conquistó el corazón de Malaspina y después el de la corte madrileña por su
perfección en la pintura del paisaje. En el momento de su contratación tenía 28
años y residía en Milán, donde ya era conocido como pintor. Como ya hemos
indicado se incorporó con Ravenet en México y desde el primer momento fue
reconocido por su técnica y concepción artística. Como su paisano, a su vuelta
a Madrid siguió al servicio del rey para concluir los trabajos artísticos,
aunque también realizaba otros como una vista del acueducto de Segovia fechada
en 1798. Un año después era nombrado, como él quería, pintor, arquitecto y
adornista de la Real Cámara por sus méritos artísticos y los trabajos
realizados para la corona, que por otro lado concluyeron en 1806. Como pintor
de Cámara hizo trabajos sobre Toledo y Zaragoza, en plena guerra, y estuvo en
Cádiz hasta el final de ésta en que se incorporó como profesor a la Academia de
San Fernando. Llegó a ser muy reconocido por sus
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vistas de
los Reales Sitios en las que trabajaría hasta su muerte en Madrid en 1834.
Otros
pintores tuvieron también su papel en la expedición Malaspina aunque fuera de
manera más circunstancial. Entre ellos nombraremos en primer lugar al sevillano
José Cardero 37 Meléndez, embarcado en Cádiz como simple marinero de la
Descubierta y que fue desarrollando su amor a la pintura a lo largo del viaje.
Su primer dibujo parece ser uno de la Colonia de Sacramento y en Guayaquil ya
desarrolla tareas de dibujante de historia natural y algunas vistas, antes de
la incorporación de los pintores italianos. Más adelante destacaría como
artista y son muy conocidos sus dibujos de Nutka, donde estuvo en dos
ocasiones, ya que tras la visita con Malaspina fue un año después en la
comisión dirigida por Cayetano Valdés para examinar el estrecho de Juan de Fuca
con las goletas Sutil y Mexicana. A la vuelta a Madrid revisó los trabajos de
esta última comisión y poco después fue nombrado contador de navío con destino
en Cádiz, donde finalmente se pierde su rastro.
El pintor
que influyó más en Cardero fue sin duda el madrileño Tomás de Suria Lozano,
formado también en la Academia de San Fernando y luego trasladado a México para
fundar una escuela de grabado y trabajar para la Real Casa de la Moneda. El
abandono de Pozo fue también el motivo de su contratación como experto
procedente de la Real Academia de San Carlos de México, hábil en el gravamen y
la pintura. Se incorporó en Acapulco e inmediatamente fue puesto a disposición
de Antonio Pineda para hacer dibujos de
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peces y
otros animales, aunque después hizo interesantes retratos de carácter
etnológico. Terminada la misión expedicionaria, Suria se reincorporó a la
Academia mexicana como Grabador Mayor, labor a la que dedicaría el resto de su
vida. De la misma Academia procedían Francisco Lindo y José Gutiérrez, quienes
colaboraron con la expedición ocasionalmente con motivo de la enfermedad de
José Guío en México.
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Capítulo 3
Malaspina y
su expedición científica (1789-1794)
Contenido:
§. La
expedición Malaspina en América meridional y central
§. México y
la exploración de la costa noroeste
§. Algunos
datos sobre la vida a bordo de las corbetas en América
§. La
exploración de las corbetas en las islas Marianas y Filipinas
§.
Alejandro Malaspina en los mares del Sur
§. La
vuelta de la expedición a España
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§. La
expedición Malaspina en América meridional y central
El 30 de
julio de 1789, el año de la Revolución francesa, zarparon las corbetas
Descubierta y Atrevida, desde el puerto de Cádiz, con rumbo a la ciudad de
Montevideo. Unos días después las corbetas pasaban entre las islas de Tenerife
y Gran Canaria, siendo el pico del Teide el gran atractivo para los marinos,
que hicieron diferentes mediciones de altura para compararlas con las
realizadas por otros sabios europeos, incluido el capitán Cook. En la travesía
se cruzaron con la fragata esclavista inglesa Philips Stevens de Liverpool que
recogía su mercancía humana en las costas de Guinea. El naturalista Antonio
Pineda comenzó sus estudios de peces, voladores, doradas, bonitos, etc., en
tanto que Malaspina describe cómo los objetos de la investigación también eran
útiles para la alimentación de la oficialidad y la marinería. El naturalista se
mantenía muy activo y, además de estudiar con el microscopio una oruga que
había contaminado el pan de los buques, ideó una especie de vaso para sacar
muestras de agua a diferentes profundidades, viendo además las variaciones de
temperatura.
El 20 de
septiembre alcanzaban el puerto de Montevideo, un día antes de que el
comandante Malaspina ascendiera a capitán de navío. La estancia en esta ciudad,
que se prolongó hasta el mes de noviembre, se utilizó para explorar el
territorio del virreinato del Río de la Plata, trazar los planos de Montevideo
y Maldonado, visitar Buenos Aires y examinar el estado de la colonia de
Sacramento. En primer lugar se estableció un observatorio para acometer tareas
astronómicas y comparar los relojes marinos, así como para
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centralizar
los trabajos cartográficos, una actividad que se repetiría matemáticamente en
todas las escalas importantes de la expedición. Inmediatamente se envió una
comisión dirigida por Bustamante para realizar el reconocimiento de la costa
entre Buenos Aires y el cabo de San Antonio, en tanto que el propio Malaspina
exploraba la costa hasta Maldonado y después tenía prevista la comprendida
entre Montevideo y la Colonia, siempre auxiliado por el activo Felipe Bauzá y
en algunas ocasiones por los naturalistas Née y Pineda, quienes también
exploraron el Pan de Azúcar, el Paraná y la isla de San Gabriel, elaborando un
herbario de casi 500 plantas, describiendo más de 50 especies nuevas de aves,
algunos peces, insectos, minerales y petrificaciones, que algunas veces eran
dibujadas por los pintores.
El 15 de
noviembre las corbetas salían de Montevideo con rumbo a la Patagonia, un lugar
mítico para los exploradores europeos, que siempre habían visto algo mágico en
sus costas y habían descrito con admiración las costumbres de los gigantes que
supuestamente las habitaban. Dos semanas después Malaspina desembarcaba en
Puerto Deseado, punto en el que entraron acompañados del capitán del bergantín
Carmen José de la Peña, que conocía muy bien a los naturales. Poco después
Malaspina se dirigía a la costa en un bote con Pineda y dos soldados armados,
cargados de bagatelas para intercambiar con los indios patagones. Éstos
aparecieron montados a caballo y con cierto temor hasta que el comandante se
dirigió a ellos con signos de amistad, lo que provocó que el resto del poblado,
compuesto por unas cuarenta personas, se acercara a Malaspina.
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Todos eran
altos pero no gigantes. El cacique Junchar medía alrededor de un metro noventa
centímetros, una gran altura sin duda pero alejada de los dibujos de Byron en
los que los europeos eran diminutos liliputienses al lado de los patagones.
Otra
investigación acometida por el comandante y el jefe naturalista fue la de
averiguar el vocabulario patagón para lo que se sirvieron de pequeños
cuestionarios, que luego confrontaban y de la conversación con algunos
indígenas que conocían algo de español por viajes anteriores. Les regalaron
además varios adornos de vidrio, algunas cintas y gargantillas, que fueron
intercambiadas por una piel y una piedra bezoar de guanaco, además de una cría
de este mismo animal, que conocían por una pintura de la expedición del
comodoro Byron. Más tarde, para que el pintor José del Pozo pudiera retratar al
cacique patagón y a una adolescente llamada Catama, les dieron espejos,
cuchillos y tijeras. Mientras tanto Bauzá ejecutaba, como de costumbre, sus
trabajos cartográficos sobre el puerto y sus alrededores, haciendo marcaciones
con el teodolito y sondas de profundidad, en tanto que Dionisio Alcalá Galiano
hacía observaciones astronómicas desde el observatorio que habían plantado en
la costa sur frente a las corbetas y que disponía del cuarto de círculo grande
y unos de los cronómetros de la Descubierta. Los naturalistas seguían acopiando
material desconocido para la historia natural de Europa, desde animales
cuadrúpedos a conchas, aves, piedras y plantas raras.
Tras el
reconocimiento en profundidad de la costa patagónica, la expedición se dirigió
a las Malvinas, que seguían siendo
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consideradas
punto estratégico en el paso del Atlántico al Pacífico y lugar idóneo para el
aprovisionamiento de los buques. En Puerto Egmont se repitieron las maniobras
científicas, instalación del observatorio, esta vez con más aparatos de
observación astronómica, medidas y sondas tomadas por Bauzá y envío de los
naturalistas a recolectar cualquier objeto, animal o planta que pudiera servir
para el avance de la ciencia, todo en medio de un incendio provocado en una
turba por la marinería, que estuvo a punto de echar a perder las observaciones.
Desde
Puerto Egmont las corbetas siguieron un itinerario que las condujo hasta
Chiloé, a través del cabo de Hornos, haciendo continuos reconocimientos
costeros que se contrastaban con los ofrecidos por otros navegantes, como Cook,
Byron, etc., de los que, por cierto, tomaron las sabias medidas higiénicas y
sanitarias (ventilación, dieta antiescorbútica, limpieza, etc.) necesarias para
que el número de bajas en la travesía fuera mínimo. En las peligrosas aguas del
cabo de Hornos Malaspina escribe algo atemorizado:
La
situación del navegante en aquellos mares y en unas regiones tan distantes de
las que le vieron nacer, es sin duda alguna de las más extraordinarias que
puedan acontecerle. La incertidumbre le rodea a cada instante; una sola mirada
hacia las costas más cercanas le recuerda en una complicada perspectiva el
naufragio, el frío, el hambre y la soledad. Vuélvese al polo, y una nueva clase
de peligros, aún más temibles, se despliega instantáneamente
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a su
imaginación; campos inmensos de escollos de hielo amenazan la frágil nave.
En Chiloé
fue recibido entre otros por el gran cartógrafo de la costa americana del
Pacífico, el piloto José Moraleda, que le entregaría una Carta de las costas
del Perú desde Chiloé hasta Lima. En ese momento se ocupaba del reconocimiento
hidrográfico de la isla contando con una sola piragua mala y mal equipada. La
opinión de Malaspina sobre Moraleda no deja lugar a dudas:
Este
individuo había hecho considerables servicios a la Monarquía, y a la Humanidad
misma, trabajando con una constancia e inteligencia poco comunes en los planos
de los puertos y en la más exacta situación astronómica de toda la costa.
De acuerdo
al plan previsto, los expedicionarios alcanzaron en Chiloé varios objetivos: se
exploró y cartografió el territorio, se hicieron las observaciones astronómicas
y se llevaron a cabo numerosas recolecciones botánicas y zoológicas:
Los Sres.
Pineda, Valdés y Quintano (fueron) en el bote a cazar, y precisamente en el
intento de matar una especie de gato anfibio, que veíamos frecuentemente correr
sobre las peñas y arenales inmediatos a la mar. Consiguieron en efecto matar
uno con la escopeta, que don Antonio Pineda reconoció después ser casi igual a
la nutria, que el conde de Buffon llama del Canadá. Trajeron además algunas
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aves,
muchas conchas, y otras especies de marisco, todas adquisiciones muy útiles
para la Historia natural.
Por último,
contactaron con los indígenas huilliches, de los que se recogió una interesante
información etnológica con evidentes proyecciones políticas, además de
conseguir el retrato del cacique Catiguala y su hijo, hechos por José del Pozo.
En febrero
de 1790, las corbetas se dirigieron al puerto de Talcahuano, desde el que se
proyectó la exploración de los parajes recorridos por la expedición francesa de
La Pérouse unos años antes. En la Mocha o Nueva Concepción pudieron ver los
estragos hechos por una epidemia de viruela ante la falta de vacuna. Las
investigaciones astronómicas continuaron en tanto que las de historia natural
fueron reducidas, por haber estado allí recientemente la expedición de Ruiz y
Pavón, que había recorrido los territorios de Perú y Chile. Para hacer más
fáciles los reconocimientos, Malaspina decidió que la Atrevida bordease la
costa hasta Valparaíso, en tanto que la Descubierta se dirigía a la isla de
Juan Fernández, la supuesta morada de Robinson Crusoe, desde donde debía
regresar a Valparaíso, ciudad en la que se incorporó el naturalista checo Tadeo
Haenke después de múltiples complicaciones en su viaje, incluido un naufragio
cerca de Montevideo. Malaspina resaltaba en su Diario los méritos del
naturalista:
No tardó
efectivamente en llegar a Santiago este digno sujeto y en reunirse con
nosotros. S. M. en la Real Orden
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que le hizo
entregar prevenía el sueldo que había de gozar, y manifestaba cuanto le eran
gratos los servicios de una persona que reunía a una habilidad verdaderamente
singular en varias ciencias, las recomendaciones del conde Granieri, embajador
del rey de Cerdeña, del consejero Born y del botánico Jacquin de Viena.
La
desgracia de Haenke había sido finalmente beneficiosa para la expedición, ya
que había explorado el Río de la Plata, en zonas no vistas por el botánico Née,
las Pampas, las sierras de Mendoza y las cimas de la cordillera andina,
llegando a colectar 1.400 plantas raras o desconocidas. Una vez instalado el
observatorio en Valparaíso, Malaspina y Bustamante salieron con destino a
Santiago:
El camino
desde Valparaíso a Santiago, casi todo pedregoso y lleno de vueltas, atraviesa
tres hileras de montes, que aumentan considerablemente su elevación a medida
que se aproximan al pie de la Cordillera. La primera llanura es de bastante
extensión, y algún tanto aprovechada o en pastos o en siembra. El lugar de
Casablanca hace más amena y útil la segunda. Si se exceptúan los valles de la
Viñilla, y Puanghi, entrambos de muy corta extensión, el tercer llano es el
hermoso valle que baña el Mapocho y en donde a las faldas de la Cordillera está
situada la ciudad de Santiago.
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La
siguiente escala fue el puerto de la Herradura, situado en las cercanías de
Coquimbo, donde se efectuaron detenidos análisis sobre el estado de sus minas
de oro, plata, cobre, y, especialmente, de las reservas de azogue, descubiertas
en la zona de Punitaqui. Una vez hechas las observaciones astronómicas,
geodésicas y concluidas las recolecciones de los naturalistas, las corbetas se
dirigieron, por diferentes itinerarios, al puerto peruano de El Callao, donde
se reunieron a finales de mayo de 1790. Poco después instalaban el observatorio
en el pueblo de la Magdalena, en la casa de los padres de la Buena Muerte, con
el fin de tener un lugar de operaciones tranquilo, separado del bullicio del
puerto y de las distracciones de la ciudad de Lima, que en esos días preparaba
la entrada del nuevo virrey.
Las
adversas condiciones climatológicas obligaron, como ya estaba previsto, a una
estancia más dilatada en Lima, donde se aprovecharía el tiempo para la
reparación de los buques y su aprovisionamiento, la ordenación de todo el
material científico acumulado y la exploración de los vastos territorios del
virreinato, que Malaspina consideraba imprescindibles para el mantenimiento del
poder español en América. Los naturalistas Née y Haenke hicieron dilatadas
excursiones hasta las quebradas del Canta y Guanuco, acompañados de los
botánicos Tafalla y Pulgar, discípulos de Ruiz y Pavón en la expedición que
había recorrido este virreinato. Antonio Pineda se entregaba en esos días al
estudio de la calidad del aire atmosférico en los contornos de Lima y se
entretenía hojeando los libros de historia natural recién llegados de París en
un
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cargamento
que también traía algunos instrumentos de observación. Malaspina entregó al
virrey la remesa que había de llegar a la corte con los primeros resultados de
la campaña: las seis cartas esféricas, los planos de Puerto Deseado, Egmont,
San Carlos de Chiloé, Talcahuano, Valparaíso, Coquimbo, Arica, Valdivia y
Copiapó, pinturas de vistas y botánica, la narración del viaje, los derroteros,
las descripciones físicas y políticas de las costas recorridas, los estudios de
las mareas, el diario astronómico, las observaciones hechas en el mar y las
descripciones científicas, herbarios, minerales, disecaciones, etc., de Née y
Pineda.
En el mes
de septiembre, Malaspina envió un nuevo plan de operaciones a la corte en el
que señalaba la ruta a seguir, que en 45 el plano inmediato indicaba cómo
continuaría hasta Guayaquil, en donde harían una escala algo mayor de lo que
exigirían las solas tareas hidrográficas, para dar ocasión a los naturalistas
de colectar en un suelo tan rico; luego atravesarían las Galápagos, abandonando
el reconocimiento de las islas del Gallego, más
occidentales
que los Galápagos en la carta del capitán k… Volverían después hacia la
Gorgona, la ensenada de Nicoya y el Realejo; y con los vientos ya a la sazón
favorables hasta Acapulco. En el territorio ecuatoriano los expedicionarios se
centraron en primer lugar en el reconocimiento del río Guayas y en las
observaciones astronómicas necesarias para precisar la posición del volcán
Chimborazo, así como en la exploración de las cercanías del Tunguragua, volcán
al que ascendieron los naturalistas Antonio
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Pineda y
Luis Née, que además realizaron estudios sobre la geología andina y
experiencias barométricas.
La
siguiente escala importante fue Panamá, cuyo gobernador José Domas, brigadier
de la Real Armada, dio todo tipo de facilidades para la instalación del
observatorio y el pequeño gabinete de historia natural en Chiquirí, teniendo a
la vista las dos corbetas. Los objetivos fundamentales fueron la exploración de
Chagres y de las islas de las Perlas, además de las observaciones habituales y
la construcción de cartas esféricas y planos. Respecto a las observaciones
botánicas, Malaspina anotó en su Diario el efecto del árbol conocido como
manzanillo (Hippomane mancinella) y su sombra, algo que ya sabían los primeros
exploradores de este territorio. Algunos marineros sufrieron dolores, hinchazón
de diferentes partes del cuerpo, etc., ocasionados por el contacto con las
hojas y la corteza de este árbol con propiedades tóxicas, aunque también
medicinales según el uso que de él se hiciera. La estancia en Panamá terminaba
con una visita a las islas de Taboga, donde se efectuaría la aguada antes de
partir de nuevo rumbo a México.
§. México y
la exploración de la costa Noroeste
El plan,
que también contemplaba la salida en febrero de 1791 hacia el puerto de San
Blas, pudo cumplirse con cierta exactitud excepto precisamente en lo referente
al encuentro de las dos corbetas en Acapulco, ya que las condiciones
desfavorables de navegación hicieron que, mientras que la Atrevida llegaba al
punto de reunión en la fecha prevista, la Descubierta se retrasara un mes.
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Cuando la
Descubierta llegó en marzo a Acapulco se encontró con que José Bustamante, ante
la tardanza de Malaspina, había partido hacia San Blas con objeto de organizar
una expedición en busca del imaginario paso de Ferrer Maldonado entre el
Pacífico y el Atlántico. El comandante de la expedición, que había previsto
abandonar las exploraciones en el norte por el retraso sufrido, ordenó la
vuelta de la Atrevida a Acapulco, justo en el momento en que la existencia del
estrecho en la costa noroeste de América era confirmado – falsamente– en la
Academia de Ciencias de París, por lo que se vio en la obligación de iniciar su
búsqueda. En septiembre de 1790 Philippe Buache había leído en la academia
francesa un escrito basado en la antigua relación de Ferrer Maldonado, en la
que afirmaba la existencia del estrecho que comunicaba los dos océanos, lo que
obligaba a la corona española a verificarlo.
En Acapulco
se produjeron además dos incorporaciones de oficiales importantes, José
Espinosa y Tello, el futuro director del Depósito Hidrográfico, y Ciriaco
Cevallos; ambos eran portadores de nuevos instrumentos astronómicos y
geodésicos, entre ellos el famoso péndulo para estudiar la forma de la Tierra.
También se producía la baja del pintor botánico José Guío y la incorporación de
Tomás de Suria, el pintor valenciano que hasta entonces trabajaba en la Casa de
la Moneda mexicana, y la de dos pintores italianos, Fernando Brambila, el
pintor de más calidad en la expedición y futuro pintor de la corte madrileña, y
Juan Ravenet, amigo de Malaspina, muy activo en la representación de tipos
humanos.
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Malaspina
decidió dividir a los expedicionarios en dos grupos tras decidir que había que
partir hacia el norte. En tanto que las corbetas continuaban sus exploraciones,
quedarían en tierra, para investigar las producciones y el estado político del
virreinato de Nueva España, dos comisiones: una de geografía y astronomía, y
otra de historia natural, que pudo desempeñar parte de sus actividades en
compañía de los miembros de la expedición de Sessé y contar con la ayuda de
sabios locales como Alzate y Gama, o españoles como Miguel Constanzó, siempre
bajo la supervisión del virrey, el conde de Revillagigedo.
Decidida la
exploración de la costa noroeste por la expedición Malaspina-Bustamante, que
debía alcanzar el paralelo 60, las corbetas Descubierta y Atrevida se
dirigieron el primero de mayo de 1791 hacia el puerto de Mulgrave, actualmente
Yakutat, a donde llegaron el 27 de junio del mismo año. En sus cercanías
encontraron una ensenada terminada en un glaciar, que acababa con los sueños
del paso del Noroeste anunciado por el navegante Lorenzo Ferrer Maldonado en
1588 y ratificado equivocadamente por Philippe Buache a la Academia de Ciencias
de París en 1790, por lo que el lugar recibió el nombre de Puerto Desengaño,
hoy Disenchantment, situado en los 59º de latitud norte. Además observaron una
pequeña isla bautizada como Haenke, en honor al naturalista bohemio Tadeo
Haenke, cerca de un riachuelo en el que hicieron la aguada llamado Calahonda.
Los indígenas aparecieron enseguida en estos parajes distantes de la
civilización conocida. Al frente el cacique Ankau, retratado por Tomás Suria,
que les ofrecía
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salmones,
pieles de nutria y utensilios de madera a cambio de ropa, hierro y múltiples
bagatelas que ofrecían los expedicionarios, perplejos ante el ofrecimiento por
parte de los indígenas de sus propias mujeres y los continuos intentos de robo
de cualquier objeto.
El día 2 de
julio Malaspina acompañado por dos lanchas armadas, la primera comandada por
Felipe Bauzáy la segunda por Antonio Tova, exploraron las islas y canales
cercanos con objeto de buscar el mítico Paso del Noroeste, algo que comprobaron
como inexistente al llegar al fondo de la bahía, donde aprovecharon para
realizar mediciones, dibujar vistas y recoger objetos de historia natural.
El robo de
una chaqueta a un marinero por parte de los indígenas estuvo a punto de
costarle la vida al comandante Bustamante, tras otro incidente con José
Robredo, que acompañado de otros oficiales, Ciriaco Cevallos, Juan Gutiérrez de
la Concha y Francisco Javier Viana, habían desembarcado para intentar llegar a
un acuerdo con el jefe, cuando fue agredido directamente con un cuchillo. No
fue el último acto de agresión fallida, ya que al día siguiente el propio
Malaspina, con riesgo de su vida, y acompañado de Cayetano Valdés y Juan de la
Concha, tuvo que dirigir la operación de retirada del cuarto de círculo del
observatorio entre amenazas de los indígenas, una imagen que recogió el pintor
Suria. La tripulación de las corbetas, el 6 de julio, dejaba estas tierras de
Alaska rebasando la Punta Turner. En la bahía del Desengaño quedó enterrada una
botella con un documento fechado, una moneda y el nombre de los oficiales que
reclamaban la posesión formal de estos territorios para
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la corona
española. Solo restaba una pequeña exploración hacia los 60º de latitud norte,
describiendo además las tierras cercanas al cabo Suckling, la isla Kaye
(Kayak), el cabo Español (Hinchinbrook), la isla Montague, para fondear en la
entrada del Príncipe Guillermo (Prince William Sound). Desde aquí regresaron
atravesando la bahía Controller, navegando cerca de diferentes accidentes
geográficos con nombre español como Monte de las Coronas, Cabo Olavide, cabo
Engaño, ensenada del Susto, cabo de San Bartolomé, etc.
El regreso
a Acapulco se realizó siguiendo un itinerario que les haría conocer Nutka. El
13 de agosto de 1791 llegaban a este punto estratégico para varias potencias,
situado en la actual Vancouver, descubierto en 1774 por el navegante español
Juan Pérez. Además de las operaciones habituales en el observatorio, Malaspina
recogió en sus papeles el encuentro con los indígenas de Nutka, antes de
abandonar la isla rumbo a California. Dos semanas después navegaban hacia
Monterrey, a la que llegan el 13 de septiembre, donde se encontraba el presidio
de la alta California, también dibujado por José Cardero, rodeado por una
pequeña iglesia, unas pocas cabañas y un pequeño tinglado como puerto. En la
misión de San Carlos, muy cercana, pudo ver Malaspina el observatorio portátil
que había dejado abandonado la expedición del conde de La Pérouse y la máquina
para moler trigo que el vizconde de Langle había regalado a los franciscanos.
Las dos naves pusieron proa rumbo a Acapulco el día 25 de septiembre, pensando
siempre Malaspina en una escala obligada para la Descubierta en San Blas. En su
trayectoria pasaron por Punta Pedernales, Punta de la
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Concepción,
el presidio de Santa Bárbara y la isla de Santa Catalina, descartando la
primera idea de atracar temporalmente en San Diego para dirigirse directamente
a la isla de Guadalupe, el cabo de San Lucas y San Blas, antes de llegar al
puerto de Acapulco el día 18 de octubre, donde esperaba la Atrevida que había
llegado dos días antes.
En Acapulco
se realizó la entrega al erudito virrey de otra remesa de objetos con destino a
la Península. Se componía de tres cartas esféricas, vistas de costa, dibujos de
perspectiva, derroteros, diarios, diarios astronómicos y meteorológicos,
variaciones magnéticas, experiencias de la gravedad con el péndulo simple,
exámenes políticos y económicos de los lugares visitados, el tratado botánico y
el herbario de Haenke, dibujos de Tomás de Suria y José Cardero, pinturas
botánicas y de insectos de Guío, minerales, aves, utensilios de Mulgrave, Nutka
y Monterrey, etc., en fin, todo un gabinete de curiosidades para entender el
otro lado del mundo en los confines del norte.
La opinión
de Malaspina sobre México fue tan buena como lo sería unos años más tarde para
Alexander von Humboldt. Se encontraba ante una metrópoli próspera y
relativamente moderna según los cánones europeos:
Una colonia
que, además de contribuir con su grande opulencia a la prosperidad nacional, da
tamañas pruebas de su amor a las ciencias y de su lealtad al soberano, y está
regida por unos Jefes tan amantes del bien público, no puede a menos de llamar
a sí la atención del Filósofo
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Moral, y
excitarle sus fervidos votos para que crezcan y se consoliden en igual grado
sus enlaces socia les, no sólo con la matriz de donde dimana, sí también con
las demás provincias que esparcidas en toda la superficie del Globo forman la
casi inmensa Monarquía Española.
El 20 de
diciembre de 1791 la expedición de Malaspina partió de Acapulco con rumbo a las
islas Marianas y Filipinas, dejando en Nueva España a los capitanes de fragata
Dionisio Alcalá-Galiano y Cayetano Valdés, a la espera de asumir el mando de
las goletas Sutil y Mexicana, que debían dirigirse a explorar el estrecho de
Juan de Fuca, cuyos derechos de pertenencia eran discutidos por los ingleses y
su comisionado Vancouver.
§. Algunos
datos sobre la vida a bordo de las corbetas en América
Malaspina
cuenta a menudo las vicisitudes de la marinería, sus actitudes y deserciones.
Nada más zarpar de Cádiz ya comentaba el encuentro de un polizón a bordo y la
situación de un grumete que acompañaba al capitán del puerto y repentinamente
se ofreció a seguir en el viaje de circunnavegación, abandonando a su familia.
El comandante interpreta el suceso de una manera muy curiosa:
Cuantas
veces el destino y natural barbarie del marinero producen acciones intrépidas,
que apenas pudiera alcanzar el corazón de mejor temple y de la cuna más
distinguida.
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Asimismo,
al hablar de las instrucciones comunicadas a la Atrevida en la salida,
Malaspina nos cuenta cómo se organizaba a la marinería y la tropa a bordo del
buque. Siempre a cargo de un oficial, que ordenaba todo lo concerniente a los
turnos de trabajo, a su aseo, comida, disciplina, revisión de la ropa,
necesidades e incluso antojos, al que acompañaba en cada turno un gaviero y dos
timoneles escogidos, en tanto que la guardia se quedaba a popa con la única
excepción de dos hombres que se mantenían a proa.
El cirujano
revisaba a la marinería para asegurarse de la robustez y buena salud de la
tripulación, a la que sólo se le admitían los males propios de los marineros,
es decir, algunas enfermedades venéreas, siempre que no fuesen graves, motivo
de frecuentes desembarcos. Malaspina comentaba al respecto:
Casi desde
el momento de la salida se habían manifestado, como era natural, no pocas
señales de enfermedades venéreas entre la marinería. Esta infeliz clase, cuya
vida no es más que una serie de peligros para alcanzar poco dinero y de
desgracias, y enfermedades procedentes del mismo alcance. Esta clase, que los
europeos llaman preciosa, está no obstante más que otra alguna entregada a sus
pasiones y a sus vicios. Su educación misma conduce a su infelicidad.
Malaspina
indica también que para la cura de estas enfermedades desembarcaron a los
enfermos en una sala separada del Hospital General en Montevideo, para aplicar
los métodos propios de los
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cirujanos
de los buques y tener custodiados con guardias a los infectados para evitar más
desórdenes en el puerto americano. La revista hecha en esta escala de
Montevideo dio como resultado un brigada muerto, trece enfermos, ocho
desertores en la Descubierta y dieciséis en la Atrevida. En Chiloé se repiten
las fugas, los retrasos en el embarque y toda clase de desmanes debidos a la
bebida por la facilidad que aquí encontró la marinería, en opinión de
Malaspina, siempre dispuesto a intentar entender su mentalidad. A pesar de
ofrecer recompensas a la población por la devolución de marineros
desaparecidos, la realidad es que finalmente faltaron ocho a la hora de
embarcar para zarpar, algo similar a lo ocurrido en Talcahuano, donde
desertaron otros siete marineros, en este caso artilleros de ambas corbetas. En
Valparaíso el comandante reflexionaba sobre estos casos de deserción, ya que
aquí se repitieron otros cuatro, pensando que lo mejor era mantener una cierta
tolerancia con la marinería en tanto que se aplicaba la disciplina y la ley con
todo su rigor para los fugados, lo que comunicaba al gobernador solicitando su
ayuda. En Coquimbo la situación ya era considerada peligrosa por Malaspina, por
tener tal disminución de marinería que corrían riesgo las faenas de aparejo y
las de anclas, lo que determinó la contratación de algunos nuevos tripulantes
en El Callao y la toma de medidas drásticas:
Para lo
venidero se dio orden que las pocas embarcaciones menores que por precisión
tuviesen que atracar a tierra, aún en las playas más desiertas, siempre
llevasen un
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oficial o
guardiamarina a su bordo y dos soldados armados que tirasen con bala al que
intentase evadirse.
No parece,
sin embargo, que la contundencia de los castigos fuera grande, pues Malaspina
escribe en su Diario cómo trataron a algunos de los capturados, más con dulzura
que con rigor extremo:
Habían
llegado por este tiempo a Lima, remitidos por los correspondientes
gobernadores, casi todos los desertores de Chiloé, y entre los de Chile un
marinero quedado en Coquimbo, otro, y un cabo de escuadra de la Descubierta
desertados en Valparaíso. Se les trató con mucha menor severidad de la que
debían esperar, obligándolos sólo a que descontasen a bordo, con un grillete o
cadena, el premio de su aprensión, sin que se les cortase todo medio de
evadirse de nuevo, y sólo al cabo de escuadra se obligó a que sirviese en la
Atrevida en clase de soldado raso hasta que manifestase en su conducta datos
tales que pudiesen borrar el error pasado harto escandaloso.
El
resultado era positivo en opinión de Alejandro Malaspina, quien en Guayaquil
escribía satisfecho sobre el comportamiento de su tripulación al hacer un breve
recuerdo del estado de la marinería. No faltaba ya casi nadie y el ejemplo de
la oficialidad era evidente en el cumplimiento de los trabajos a bordo de los
buques, todo un contraste con lo que había sucedido antes. En Panamá recordaba
cómo era su preocupación por el estado y la salud de sus hombres:
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Es inútil
recordar en cuanto al método de disciplina relativo a la conservación de la
salud y peculiar del comandante, que, en una y otra corbeta, procurábamos no
apartarnos del que habíamos seguido hasta aquí, dividiendo las guardias en tres
cuartos, mezclando a la excelencia de los víveres una u otra vez algún vino,
cuidando mucho el aseo de los buques y de las personas, pero sobre todo
atemperando todos esos específicos con tal variedad, estímulo y dulzura que el
hombre sensible y naturalmente inclinado a la mudanza, ni se hallase rodeado de
una triste monotonía, ni pudiese a su albedrío inclinarse al desorden y a la
destrucción.
La
ocupación diaria, la alimentación sana, que a veces incluía pescado fresco,
atemperada con algo de vino, el descanso, un poco de tabaco, los paseos en los
días de fiesta eran para Malaspina el verdadero principio para la conservación
de la salud del marinero durante el viaje y aún así el clima provocaba la
fiebre de 27 tripulantes, tratados con quina, antimoniales y sangrías. La
revisión por Malaspina de la situación de su tripulación en Acapulco, tras
completar hasta 100 hombres la dotación de cada corbeta, fue la siguiente:
habían desertado un total de 93 oficiales de mar, marineros, soldados de
marina, brigadas y criados, habían muerto siete hombres y se habían dejado en
hospitales otros diez, en tanto que se habían trasbordado por díscolos a otros
17 y se habían
despedido
por “ d s h b u l s” a 16 más, en total 143 bajas.
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Un número
extremadamente alto que contrastaría con la fidelidad de la tripulación en el
resto del viaje, ya en territorios más inexplorados del Pacífico que no
ofrecían tantas oportunidades a los marineros.
§. La
exploración de las corbetas en las islas Marianas y Filipinas
De acuerdo
al plan de Malaspina, una vez abandonado el puerto de Acapulco, las corbetas se
dispusieron a hacer la travesía del Pacífico que debía conducirles a Guam, la
principal de las islas Marianas, descubierta por Magallanes e incorporada a
España por Miguel López de Legazpi en 1565. Como en el viaje de la fragata
Astrea, el comandante quiso descansar en la bahía de Humatac para además hacer
el levantamiento cartográfico de la misma. Mientras tanto el pintor Brambila
hacía una pintura del fondeadero y Ravenet y Bauzá retrataban a los indígenas.
Además Tadeo Haenke viajaba hacia Agaña, Née marchaba a los montes de la Vigía
y Pineda recorría los contornos siempre en busca de animales y minerales.
Después de
una estancia superior a un mes, en la que se repuso gran parte de la desgastada
tripulación, se dirigieron, el 24 de febrero de 1792 al archipiélago filipino.
La primera escala fue en el puerto de Palapa, donde pudieron abastecerse y ver
aquellas curiosas peleas de gallos mientras los naturalistas hacían sus
excursiones y Bauzá, infatigable, realizaba sus mediciones por el estrecho de
San Bernardino. En la noche del doce de marzo echaban anclas en el puerto de
Sorsogon las dos corbetas que
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tuvieron
que poner vigilancia por los posibles ataques de los piratas mindanaos.
Pudieron investigar también los volcanes de Albay y Bulusan, en tanto se hacían
las operaciones rutinarias del observatorio y el estudio del puerto, calificado
por Malaspina como uno de los más hermosos que haya hecho la Naturaleza. Las
actividades de los naturalistas eran descritas con entusiasmo por el comandante
de la Descubierta:
Estos
naturalistas laboriosos en el corto espacio de ocho días habían recorrido una
parte no indiferente de la Provincia, examinando particularmente y no sin algún
riesgo el volcán de Albay y las piedras encendidas, que formaban la mayor parte
de las materias que arrojaba. La Botánica y la Zoología habían sido luego el
objeto principal de sus indagaciones y, si bien las aguas, la aspereza de los
caminos y la brevedad del tiempo fuesen otros tantos obstáculos para el buen
logro de esta excursión, sus exámenes podían sin embargo llamarse completos,
tanto más que al mismo tiempo no se había descuidado Don Luis Née en recorrer
con su acostumbrada actividad todos los contornos del puerto.
Tras una
precavida navegación por el archipiélago las dos corbetas pudieron llegar el 26
de marzo al puerto de Cavite, ya conocido por Malaspina. El brigadier de la
Real Armada Félix Berenguer de Marquina estaba al mando del gobierno de las
islas Filipinas, por lo que los expedicionarios esperaban todo tipo de ayuda en
sus tareas
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científicas.
Completaba esta idea la recomendación del secretario de la Compañía de
Filipinas, José Armenteros, gran conocedor del archipiélago que se presentó
inmediatamente al comandante para ofrecer sus servicios por indicación del
ministro de Marina Antonio Valdés.
Efectivamente,
los expedicionarios desarrollaron sus actividades en el archipiélago desde
marzo hasta julio, con un plan de exploración ordenado que condujo a la
Atrevida a las costas chinas, para realizar experimentos sobre la gravedad,
mientras los miembros de la Descubierta cartografiaban las Filipinas y los
naturalistas realizaban numerosas excursiones científicas por tierra. El plan
de estudio y navegación lo fijó Malaspina al día siguiente de su llegada:
Don José
Bustamante con la corbeta Atrevida se encargaría del viaje a Macao ceñido al
menor tiempo posible y sin otra distracción alguna. Quedó al cargo de la
Descubierta el reconocimiento de las costas exteriores de Luzón hasta donde las
circunstancias lo hiciesen plausible o prudente. Los alféreces de fragata y de
navío Don Fabio Ali y Don Felipe Bauzá tuvieron comisión de trazar el plano
prolijo de esta bahía y navegar luego a las islas de Cabra, Luban y Ambil y a
las costas de Mindoro y Tayaban. Don Antonio Pineda con su amor infatigable
para la historia natural condescendió a emprender desde luego sus importantes
excursiones en los contornos de la capital y Don Tadeo Haenke, continuando
embarcado en la Descubierta hasta las costas de Ilocos, o Cagayan, debía desde
allí
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emprender
sus reconocimientos botánicos caminando hacia el sur a andar de los montes de
los Igorrotes y de la Pampanga.
Del viaje a
Macao de la Atrevida nos ha quedado el dibujo maravilloso de Fernando Brambila
y alguna descripción de la ciudad, en la que fueron recibidos amablemente por
el gobernador portugués y con cierto recelo de los pobladores chinos de los
pueblos cercanos:
La ciudad
de Macao es península de Unzao, está situada desde la orilla del mar en terrero
desigual y por partes elevado. Las calles son irregulares y estrechas, carece
de edificios públicos y las casas de los europeos tampoco tiene gusto de
arquitectura, aunque en lo interior están repartidas y adornadas bajo del uso y
aseo de Europa. 58 La ciudad tiene cinco fortalezas que la dominan, llamadas
Nuestra Señora del Monte Carmelo, Nuestra Señora de la Guía, Nuestra Señora del
Buen Parto, San Francisco y el Fortín de San Pedro; todas según me han
informado se hallan en bien mal estado. Hay una catedral, tres feligresías, dos
colegios (San José y San Pablo, que fueron de los jesuitas), tres conventos de
religiosos, agustinos, franciscanos y dominicos, otro de monjas de Santa Clara,
una iglesia y Casa de Misericordia, dos hospitales y tres ermitas, la de de San
Lázaro se halla extramuros.
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En Manila
los viajeros pudieron asistir a los experimentos hipnóticos de un médico
francés que aseguraba curar las enfermedades nerviosas mediante el magnetismo,
lo que no pudo hacer con Juan de la Concha que no sintió beneficio alguno en
sus afecciones. Malaspina encargó a Pineda que, si tenía tiempo tras sus
excursiones, intentara comprobar la veracidad de la experiencia, que después de
repetida no dejó conclusiones claras.
Antonio
Pineda exploró fundamentalmente la región central de la isla de Luzón con el
naturalista Juan de Cuéllar, que ya se encontraba en la isla como experto de la
Compañía de Filipinas para el desarrollo del cultivo de algunas especias.
Cuéllar le acompañó por la laguna de Bay, el plantío de canela de Calanan y las
fuentes termales de Maquilin, ya analizadas en la expedición de La Pérouse.
Tras una excursión al monte de Santa Inés se dirigió a la extensa llanura de
Manila, desde donde pasaría a las misiones de Ituy y Paniqui, después de
superar la barrera del monte Caraballo y siempre acompañado por una amplia
comitiva que le daba seguridad en caso de recibir el ataque de los igorrotes.
El viaje continuó por el río Cagayán atravesando numerosos poblados y misiones
hasta llegar a Banqui, población en la que Pineda se empezó a encontrar muy mal
por las fiebres contraídas en este periplo, lo que obligó a trasladarle en una
especie de camilla hasta el poblado de Badoc donde podían atenderle los padres
agustinos. No pudieron hacer nada y el pobre naturalista Antonio Pineda
fallecía el 23 de junio. Poco después se erigía un mausoleo en Manila, en la
Huerta de Malate, diseñado por Brambila, destruido
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muchos años
más tarde en el curso de un bombardeo, y su compañero Tadeo Haenke grababa un
epitafio.
Haenke por
su parte había explorado una zona que iba desde Arrayat hasta el pueblo de
Faslac, en medio de cierto peligro por el posible ataque de los igorrotes,
descrita por el botánico como una nación feroz y salvaje, para seguir con la
exploración de la provincia de Ilocos y conseguir un herbario de unas 2.000
plantas que llevó a Manila.
Tras una
corta estancia en Zamboanga, en la isla de Mindanao, las corbetas se prepararon
para realizar la exploración de las colonias inglesas de Nueva Zelanda y Nueva
Holanda, a las que llegaron en los primeros meses de 1793.
§.
Alejandro Malaspina en los mares del Sur
En abril de
1793 el naturalista Tadeo Haenke informaba a Joseph Banks de que había estado
en Nueva Zelanda con la expedición Malaspina en medio de una fuerte tormenta,
lo que les había hecho salir hacia Nueva Holanda. La expedición había estado en
realidad el 25 de febrero explorando el fiordo de la isla sur, conocido como
Doubtful Sound, con el preciso objetivo de hacer el experimento del péndulo
para medir la gravedad y resolver dos cuestiones planteadas por la ciencia
ilustrada: la forma de la Tierra y el establecimiento de un sistema métrico
universal. Sabemos que hubo una instrucción del ministro de Marina, ya tres
años antes, para que Malaspina hiciera este experimento en varios lugares, uno
de ellos en los 45º sur:
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Tratándose
en Francia de arreglar un sistema de pesos y medidas derivado de la longitud
del péndulo que oscila los segundos en la latitud de 45º: el Rey ha juzgado
conveniente aprovechar esta coyuntura para promover los progresos de la
geografía; y ha resuelto que pues el curso de su viaje le proporciona á V.S.
hacer observaciones sobre este interesante punto, las ejecute en los lugares
convenientes, para que comparadas con las que han de verificarse en aquel
reino, puedan perfeccionar los conocimientos actuales sobre la verdadera figura
de la tierra, determinando si el hemisferio meridional es mas aplanado, ¿cuál
sea esta diferencia y las demás que pueda haber en la forma exterior de nuestro
globo, supuesto que su superficie no sea tan simétrica como comúnmente se
imagina? Como estos puntos han de resolverse por las medidas de varios grados
en diferentes regiones, ó por las observaciones del péndulo en cierto número de
lugares, conducen á V.S. uno, construido de intento con el mayor cuidado, los
Tenientes de Navío Don Josef de Espinosa y Don Ciriaco Cevallos.
Pues que
para formar idea de la figura del meridiano es el mejor medio el del examen del
péndulo en dos lugares propios para deducir la alteración que ha tenido, ha
resuelto S.M. que á su tiempo se repitan á 45º S. las observaciones que se
practiquen ahora á igual latitud N.
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para ligar
nuestras investigaciones con las de los Académicos franceses.
Un año
después el comandante Malaspina escribía a su amigo Paolo Greppi desde Acapulco
contándole novedades y sus planes futuros, entre los que contemplaba la idea de
hacer el experimento del péndulo en Dusky Bay en Nueva Zelanda, antes de
visitar la Bahía Botánica. Pocos días antes de realizar la experiencia con el
péndulo, Malaspina escribía trascendente en su Diario:
En una
Latitud tan inmediata al grado 45, como lo era la de Dusky Bay, o mucho más la
de Doubtful-Bay que me proponía examinar, nuestras experiencias debían
precisamente mirarse, como de una utilidad tan grande para el fin propuesto de
la medida común a todas las Naciones Europeas.
El día de
la llegada de las corbetas a Doubtful Sound la esperanza de hacer el
experimento contrastaba con el temor a un naufragio en estas costas y fiordos,
tal como lo veía el segundo de la Atrevida Antonio de Tova:
La
configuración de las tierras inmediatas a la boca, altas y escarpadas hasta el
mar, la angostura y tortuosidad de los canales, y, por último, el no
encontrarse fondo con 120 brazas de sonda, eran todas razones que hacían 61
imprudente una tentativa con las corbetas para tomar este puerto, a lo cual
convidaba, por otra parte, su situación
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próximamente
en el paralelo de 45º exactamente, a propósito para verificar las experiencias
del péndulo simple que el Comandante se proponía.
Finalmente
Felipe Bauzá fue el encargado de entrar con una pequeña embarcación de la
Descubierta en el fiordo para cartografiarlo. Llegó hasta el extremo oriental
de la isla que lleva su nombre en el punto conocido como Punto Marcaciones,
donde pudo hacer las observaciones precisas para hacer su mapa del Puerto del
Péndulo, en el que aparecen topónimos dedicados a Malaspina, Née, Quintano,
Espinosa, la Descubierta, etc. Es bastante curiosa la inscripción manuscrita
que se conserva en la propia carta de Bauzá:
En el corto
tiempo que se empleó en este reconocimiento, solo pudo notarse que la velocidad
de la marea no era grande, y según las señales de la orilla pareció ser el
principio de la vaciante, a medio día próximamente, hay pocas aves, ningún lobo
marino, y ningún rastro de habitantes. La vegetación era de arbustos de mediana
altura, no viéndose pinos ni otros árboles corpulentos; se puede hacer aguada
con facilidad. En la isla de Bauzá además de los arbustos hay muchas plantas de
cáñamo, y una plaga de mosquitos cuyas picadas hacen verter gran cantidad de
sangre.
El 11 de
marzo de entonces como Nueva
1793
llegaban las corbetas a la conocida Holanda, hoy Australia. Parece que
prefirieron
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anclar los
buques en Puerto Jackson a hacerlo en la famosa Bahía Botánica, llamada así por
el capitán Cook, por las condiciones más favorables para la seguridad ante la
amenaza de vendavales o de mar gruesa. Aquí fueron recibidos por un oficial
británico que les saludó en nombre de las autoridades inglesas, especialmente
del gobernador interino Grose, que en ese momento sustituía al conocido Arthur
Phillip, el artífice de esta colonia en el extremo austral del mundo. Por parte
española el oficial Murphy, de origen irlandés, fue el encargado de explicar
los objetivos de la visita que consistían en el abastecimiento y reparación de
los buques, las recolecciones de botánica e historia natural, las
investigaciones geográficas y la investigación de la gravedad por medio del
péndulo simple.
El botánico
Antonio J. Cavanilles resumía la fundación colonial australiana en sus
Observaciones sobre el suelo, naturales y plantas del Puerto Jackson y Bahía
Botánica, al hablar de Cook y su proyecto:
Exaltada su
imaginación con los nuevos objetos que por todas partes descubría, y por la
bondad del puerto, dio a aquel recinto elogios exagerados; creyó ver deliciosos
prados, que nadie ha podido verificar después; y suministró a su Gobierno ideas
lisonjeras de fundar allí una colonia ventajosa a su comercio y prosperidad.
Adoptose la idea, se examinó el proyecto, se aprontaron naves y cuanto exigía
un empresa tan complicada y vasta; y en mayo de 1787 salió de Inglaterra la
expedición,
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destinando
para poblar aquel país inculto a los malhechores de ambos sexos, o de
costumbres estragadas; perniciosos por lo mismo a la sociedad culta. Llegó el
convoy a su destino en 18 de enero de 1788, y fondeó felizmente en Bahía
Botánica. Reconociéronse entonces prolijamente sus inmediaciones, y reputadas
inútiles para la colonia, se dispuso transferir el convoy al puerto Jackson,
distante por tierra de dicha Bahía poco más de cinco millas, y diez y media por
mar. Además de ofrecer este puerto la mayor seguridad y extensión de cuantos se
conocen en el mundo, pareció menos ingrato el suelo de las inmediaciones, y la
tierra más apta para la agricultura; por lo cual se escogió sitio para fundar
la metrópoli de la Nueva Gales meridional, y en 15 de mayo se puso la primera
piedra en las cercanías de la ensenada Sídney.
El relato
indica además cómo los españoles, a pesar de las diferencias con los ingleses,
fueron recibidos muy bien en la colonia británica, todo un ejemplo de
experimentación social. Los expedicionarios españoles tuvieron guías y la
compañía de soldados ingleses en sus excursiones australianas, en las que
hicieron estudios sobre las mareas en el puerto Jackson, determinaron las
posiciones astronómicas de la punta Banks y la Bahía Botánica, investigaron una
ría que iba desde Jackson a Parramata, ciudad de la que obtuvieron una vista
los pintores, vieron los ensayos agrícolas de Tungabe y elaboraron unos planos
de Sydney Cove y
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Puerto
Jackson, así como una carta esférica de la costa, ejecutados bajo la dirección
de Bauzá y Espinosa, que fueron elogiados por los oficiales ingleses. De hecho
Malaspina pudo establecer en Punta Bennelong, el lugar que hoy ocupa la Ópera
de Sídney, su lugar de observación astronómica, a pesar de los posibles recelos
entre los marinos españoles e ingleses. Los españoles correspondieron a la
amabilidad de sus colegas entregándoles dibujos realizados por Brambila de los
lugares visitados y una copia de las observaciones astronómicas hechas en el
observatorio, cuya posición fue determinada de manera bastante cercana a la
real, y en Parramata.
Asimismo el
gobernador Grose fue recibido con honores de teniente general en la Descubierta
y se hicieron salvas acompañadas de brindis dedicados a los reyes de España e
Inglaterra, a las señoras presentes y al Comodoro Phillips, el mayor Grose y la
prosperidad de la colonia, al tiempo que se tocaba por la banda la música de
God save the King.
La
población de Puerto Jackson fue descrita por Luis Née en unas líneas que por lo
temprano de la fecha merecen reproducirse:
La
población de Jackson, dice, ocupa lo peor de la colonia, y sus cercanías apenas
son aptas para la agricultura, reducidas a peñascos, arenales y terrenos muy
áridos. Los colonos sumamente afables se han esmerado en utilizar los campos
inmediatos a sus habitaciones a fuerza de porfiados trabajos y sudores. El
suelo es muy diverso a media legua del pueblo en ambas riberas de la ría,
presentando en todas partes una tierra virgen y fecunda. El
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puerto es
seguro y abrigado; excelente el desembarcadero; abundante la leña; deliciosa el
agua, aunque distante del puerto; y la policía admirable, a pesar de sujetarse
a ella hombres que fueron la escoria de su patria.
El
comandante Malaspina también dio su opinión sobre la colonia en unos Apuntes
sobre la colonia inglesa de Puerto Jackson, que consideraba viable si tenía
éxito el experimento agrícola de Parramata, y se desarrollaba la ganadería y la
producción de metales. La primera impresión del marino no es muy buena. En
Sydney ve un terreno mal desmontado, con casas mezquinas de ladrillo, poco
ganado europeo, la agricultura escasamente desarrollada, viruelas entre los
naturales, con fracasos en el cultivo de maíz y trigo, y señales de opresión
por todas partes. quizá el cultivo de la vid sea la salvación de la colonia. Si
no es así, Inglaterra debía abandonar el proyecto de colonización de esta área
del mundo sólo idónea para ángeles y pájaros, en opinión de Malaspina. El
consejo del capellán de la Descubierta sobre el cultivo de la vid quizá fuera
la tabla de salvación:
Solo este
fruto es el que deja una remota esperanza. Prende con facilidad, pero ignoran
su manejo. Hasta ahora jamás ha sazonado su fruto. La semilla era de la buena
española, pero la uva ha salido muy pequeña y no ha llegado a sazonar. Algunos
inteligentes de este cultivo pretenden que serán capaces de mejora. Creen a
propósito el terreno, y sobre los informes del capellán de la Descubierta, que
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posee
algunas tierras con este precioso fruto en Málaga, y de otros inteligentes, se
ha formado una memoria que se extiende hasta el modo de hacer el vino, y si se
logra que corresponda, podrá ser a la colonia de gran utilidad.
El botánico
Née en su excusión desde Puerto Jackson a Bahía Botánica describía los campos
como poco fértiles en general, a veces pantanosos, algunos probablemente
adecuados para el cultivo del trigo, la cebada o el arroz, aunque lo que más le
impactó fue la diversidad de plantas tan diferentes a las europeas, tanto que
en 27 días había colectado más de mil plantas. En su segunda excursión, esta
vez a Parramata, Née salió acompañado de un soldado inglés y cuatro marineros
para estudiar la naturaleza de los suelos y ver los progresos agrícolas de la
colonia. En sus descripciones en el trayecto hasta Parramata aparecen suelos de
arenisca, pedregosos y estériles para el cultivo, algo que contrasta con lo que
ve al desembarcar a medio camino, donde se topa con algunas casas y colonos que
cultivan huertos con toda clase de verduras y legumbres, como judías,
guisantes, lechugas, melones, sandías, patatas, etc. Al llegar a la colonia
experimental la vista todavía se alegraba más con el panorama que ofrecía a los
ojos de un ilustrado, la agricultura y el buen gobierno podían con cualquier
adversidad:
El suelo
mudó de aspecto al acercarnos a Parramata; la vista era deliciosa por la
multitud de campos cultivados. Alegrábase el ánimo al contemplar la dichosa
mudanza de
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conducta en
unos hombres, que si fueron perjudiciales a su patria, le son hoy útiles por la
aplicación al trabajo, y por el constante esmero con que transforman un país
tosco y silvestre en jardín ameno. Apenas tenía cinco años de existencia, y
parecía un establecimiento antiguo. ¡qué admirables mudanzas causa la
agricultura! ¡y qué efectos tan importantes debe producir un sabio Gobierno!
Née pudo
probar en casa de un capitán, antes de ir a ver la nueva mansión del
gobernador, la carne de canguro que le pareció tan buena o mejor que la de
vaca. En las cercanías de esta residencia pudo observar cómo habían
desarrollado el cultivo de las viñas, aunque en opinión del botánico tenían
escasas luces sobre cómo había que podarlas y cultivarlas. También observó cómo
era el cuidado del ganado, yeguas, caballos y cabras, en su mayoría procedentes
del cabo de Buena Esperanza. En cuanto a Parramata, escribió en su diario:
La actual
población de Parramata se reduce a una sola calle derecha y larga, cuyas casas
se ven aisladas y distantes entre sí como a tiro de pistola. Todas son
pequeñas, de un solo alto y con chimeneas a la francesa. Algunas tienen las
paredes de cantería, otras de ladrillos blanquecinos, y las más de estacas,
defendidas por lo exterior con ladrillos. Tiene cada casa un huerto, donde el
colono cultiva berzas, calabazas, nabos y cuanto necesita.
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El botánico
ilustrado hace en su escrito numerosas reflexiones sobre el estado de la nueva
colonia británica y la necesidad de transformar la naturaleza para el
desarrollo futuro de la misma. Deseaba convertir esa naturaleza arisca e inútil
a sus ojos en un gran jardín y en una huerta colosal. No hablaba de proteger la
naturaleza, como haríamos hoy día, sino de transformarla para progresar. Una
idea que también aplicaría a los llamados naturales, los verdaderos pobladores
de Australia, para los que deseaba que abandonaran sus costumbres y “ us d d”
imitando a los nuevos colonos en sus costumbres, otra idea que choca con
nuestra moderna sensibilidad.
El 20 de
mayo fondeaban las corbetas en el Puerto del Refugio en el archipiélago de
Vavao descubierto por el marino español Mourelle, cuyo piloto Vázquez había
hecho una pequeña colección de voces para entenderse con los naturales, que
inmediatamente habían rodeado las naves y habían iniciado un intercambio de
mercancías y bagatelas impresionante dirigidos por algunos de sus jefes, a los
que llamaban Eixe Dubou y Eixe Tumoala, en medio de algún que otro robo en las
dos corbetas por parte de los naturales, una situación complicada que se paró
momentáneamente con la llegada de otro jefe de rango superior, el Eixe Kovuna,
al que todos demostraban un gran respeto. Entretanto Malaspina reflexionaba en
su Diario cómo hacer para evitar los disturbios con los pobladores mientras
realizaban sus tareas de reparación de los buques, la aguada, los
reconocimientos hidrográficos y físicos del archipiélago y establecían el
observatorio. Ha quedado testimonio gráfico de los bailes de
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hombres y
mujeres dedicados a los oficiales y marineros de la expedición Malaspina por el
jefe Vuna, atento a los intercambios con los europeos y complaciente con ellos
en sus ofrecimientos de
comida,
mujeres y de una bebida llamada “ ”, siempre que se fuera especialmente
considerado con él, ya que en caso contrario se volvía especialmente agresivo.
Malaspina recuerda en sus notas cómo a pesar de las interrupciones frecuentes
de los naturales, pudieron hacer sus experiencias en el observatorio, en tanto
que Bauzá concluía un plano de la bahía y Tadeo Haenke estudiaba las aves y los
peces de Vavao en este paraíso que recordaba a la Arcadia de Tahití. Una
expedición singular fue la emprendida hacia Leyafú por el comandante de la
Atrevida acompañado por varios oficiales, como Espinosa, Cevallos y Quintano,
junto al jefe Vuna, el naturalista Née y el pintor Brambila para conocer el
sepulcro del último soberano de las islas de los Amigos, Paulajo, conocido por
el capitán Cook. José Bustamante relataba su visita a este lugar emocionado por
el exotismo y la calurosa bienvenida:
En efecto,
a las dos horas de navegación desde el Fondeadero del Refugio llegamos a este
sitio delicioso. Un crecido número de Naturales de ambos sexos salieron a
recibirnos a la orilla. Como en este acto no advertimos ni la curiosidad
estúpida de su carácter, ni la inquietud importuna que en tales casos
acostumbran, creímos fuese efecto de la veneración y respeto que les infundía
la presencia de su Jefe.
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Vencida una
pequeña elevación que forma la ribera en donde desembarcamos, andados cien
pasos salimos a un terreno llano, rodeado y cubierto de árboles frondosos y
encadenados, a cuya sombra defendiendo las fuertes impresiones del Sol en estas
regiones, hacía una mansión la más deliciosa. A la derecha vimos luego el
sepulcro de Paulajo, y a la izquierda dos casas la una mucho mayor que la otra.
Vuna nos condujo al interior de la más pequeña, por cuya arquitectura y
decencia nos pareció digna para alojarle…
Fernando
Brambila recogió esta escena en un dibujo, que hoy todavía se conserva en el
Museo de América de Madrid. Por otro lado, Ciriaco de Cevallos, que había
escrito un vocabulario de 68 Vavao fue acogido por Vuna como su príncipe, al
haberle dicho que había de volver a la isla para vivir y morir con él, un
suceso curioso que también fue recogido por Bustamante en su diario, en el que
además anotó alguno de los agasajos recibidos por el príncipe marino:
Aprovechó
Vuna esta ocasión para hacer tributar a don Ciriaco de Cevallos otras
ceremonias que como Príncipe debía gozar en todos los dominios del Imperio.
Cevallos un poco fatigado de la caminata, manifestó a Vuna quería entregarse
por un rato al descanso cuya prevención anticipó por si en esta libertad se
faltaba a alguna de sus costumbres.
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Tan lejos
de oponerse Vuna a ella, dirigió una breve arenga al dueño de la casa, de cuyas
resultas vimos ir hacia nuestro oficial una hermosa joven con todos los
encantos del agrado y de la gracia a cumplir el mandato que se le prescribía.
Sentada al lado de Cevallos principió a tocarle blandamente con los puños a lo
largo del cuerpo. Esta costumbre, que distinguen los Naturales con la voz toqui
toqui la practican con los Eiguis sus mujeres, pero Vuna la exigía
indistintamente de hombres o de mujeres, siempre que a bordo la necesitaba en
el uso que tiene de conciliar el sueño. Yo no sé –decía el comandante– si este
auxilio le facilite a pesar de usarse como tal en una de nuestras colonias (en
las islas Filipinas), pero por lo menos en D. Ciriaco de Cevallos produjo
virtudes muy contrarias el remedio, remedio a la verdad más propio para
promover las vigilias que para conseguir el descanso.
El
preparativo de la despedida fue emocionante para Malaspina, ya que decidió
encerrar en una botella, que sería enterrada en el lugar donde había estado el
observatorio, el mensaje de toma de posesión del archipiélago de Vavao en
nombre del rey de España, antes de salir definitivamente el día primero de
junio tras las últimas excursiones naturalistas y las campañas de Bauzá, que
aparece siempre en los diarios como un cartógrafo incansable:
Las
Corbetas Descubierta y Atrevida de S.M. Católica a las órdenes de los capitanes
de navío don Alejandro Malaspina
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y don José
Bustamante y Guerra, estuvieron en este puerto en el mes de mayo del año de
1793; y reconocido todo el archipiélago inmediato de Vavao, tomaron posesión de
él, en nombre de S.M. desplegando la bandera en el paraje del Observatorio, y
correspondiendo a este acto solemne, no sólo entrambas tripulaciones con siete
voces de Viva el Rey, sino también los Naturales presididos 69 por su Eixe
Vuna, los cuales repitieron otras tantas veces Vavao foxa España, esto es Vavao
hijo de España.
La fase
final del viaje por el Pacífico terminó con la vuelta al puerto de El Callao,
desde donde se pensaba regresar a Montevideo para iniciar la vuelta a la
Península. El 15 de febrero de 1794 se encontraban por fin en Montevideo. Tras
el reconocimiento de las islas Aurora y las islas de Diego Ramírez, pudieron
explorar las Malvinas antes de la salida definitiva de América. Por otro lado,
a los naturalistas se les encomendó la tarea de seguir explorando el continente
americano por tierra para completar el atlas general de conocimientos que
Malaspina deseaba. En tanto que Haenke marchaba hacia Buenos Aires y recorría
las regiones de Huancavelica, Cuzco y Potosí, para quedarse una vez concluida
su misión en Cochabamba, Née reconocía Chile y su cordillera, antes de
dirigirse a Buenos Aires y Montevideo.
El 21 de
junio de 1794 las corbetas Descubierta y Atrevida, acompañadas por la fragata
Gertrudis, que hacía de escolta, dejaban el puerto de Montevideo para dirigirse
directamente a Cádiz y
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terminar
con aquella expedición cuyo único objeto “h b sido investigar la felicidad de
la hum d d”
§. La
vuelta de la expedición a España
La llegada
de la Descubierta y la Atrevida a la bahía gaditana fue anunciada en el Diario
de Madrid el primero de octubre de 1794, que comunicaba la llegada de un convoy
dirigido por Alejandro Malaspina el 21 de septiembre en el que además de las
corbetas de la expedición estaba un grupo de buques comerciales con valiosas
mercancías, oro, plata, alhajas, cacao, cobre, estaño, cascarilla, lana de
vicuña, algodón, etc. Dos días más tarde escribía a su amigo Paolo Greppi,
aturdido por la situación que ha encontrado a su vuelta a Europa, aunque
confesándole que a lo largo del viaje ha sido extremadamente feliz.
Tras la
llegada de la expedición Malaspina a Cádiz se prepararon varios actos de
recibimiento que el propio Malaspina solicitó a Antonio Valdés, en una carta
escrita en octubre en la que ya le pedía apoyo material para el equipo humano
que debía reunir los materiales científicos de la expedición: Felipe Bauzá,
Luis Née, los marinos Dionisio Galiano, Juan Vernacci, Fabio Ala Ponzone y
Jacobo Murphy y los pintores Juan Ravenet y Fernando Brambila.
El acto más
importante tras la llegada de Malaspina a Madrid fue la recepción en El
Escorial por los reyes de los comandantes Alejandro Malaspina y José Bustamante
el 7 de diciembre de 1794. La Gazeta de Madrid y el Mercurio de España recogían
cinco días más tarde la ceremonia y hacían un balance de la empresa
expedicionaria en un
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texto
único, probablemente redactado por el propio Malaspina, que vale la pena
reproducir:
El día 7
fueron presentados a SS.MM. por el Exc. Sr. Don Antonio de Valdés, Secretario
de Estado y del Despacho universal de Marina, y tuvieron la honra de besar sus
Reales manos, los Capitanes de Navío D. Alejandro Malaspina, D. Joseph de
Bustamante, D. Dionisio Galeano, y el Teniente de Navío D. Ciriaco de Cevallos,
Comandantes los dos primeros de las corbetas Descubierta y Atrevida, el tercero
de la goleta Sutil, y el cuarto Oficial destinado en las mismas corbetas. Estos
buques, los cuales fueron construidos en el arsenal de la Carraca con este solo
fin, y dieron la vela del puerto de Cádiz el 30 de Julio de 1789, sin otro
objeto que el de coadyuvar con las otras Potencias marítimas a los progresos de
las ciencias, y particularmente de la navegación; formaron cartas y derroteros
de las costas de América e islas adyacentes, comprendidas entre el río de la
Plata y el Cabo de Hornos por la una parte; y entre este mismo Cabo y los
extremos de la América Septentrional por la otra, reuniendo bajo un solo punto de
vista todas las tareas y navegaciones así nacionales como extranjeras que les
precedieron. En la costa de NO de la América por los 59, 60 y 61 grados de
latitud buscaron sin fruto, y demostraron prácticamente la inexistencia del
paso del mar Atlántico, indicado por el antiguo navegante español Lorenzo
Ferrer de Maldonado; y
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destacadas
en principios de 1792 las goletas Sutil y Mexicana, a las órdenes de los
Capitanes de Navío D. Dionisio Galeano y D. Cayetano Valdés, lograron concurrir
con la expedición inglesa del Capitán Vancoover a la determinación del
archipiélago inmenso conocido bajo las denominaciones del Almirante Fonte y
Juan de Fucca. La mayor parte del año de 1792 fue empleada por las corbetas en
el examen de las islas Marianas, Filipinas y Macao en las costas de China.
Navegaron sucesivamente unidas a pasar entre la isla de Mindanao y las de
Morintay, costearon la Nueva Guinea, reconocieron bajo la Línea y hacia el
oriente 500 leguas de mares no trillados, atravesaron las Nuevas Hébridas,
visitaron la Nueva Zelanda por Dusky-Bay, la Nueva Holanda por el puerto de Jackson,
y el archipiélago de los Amigos por las islas de Vavao, no vistas por ninguno
de los navegantes extranjeros que han atravesado estas regiones; finalmente,
practicadas nuevas investigaciones en algunos paralelos del mar Pacífico,
abordaron el Callao de Lima en junio de 1793. Desde este puerto, visitado de
nuevo el de Concepción de Chile, y divididas las corbetas para multiplicar los
trabajos, costearon las tierras de Fuego, la costa Patagónica, y la pared
occidental de las Malvinas, tomando por último el río de la Plata después de
los riesgos consiguientes en la navegación de estos mares, los cuales se
multiplicaron a la Atrevida con el encuentro de muchas y grandes bancas de
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nieve. Las
corbetas, en consecuencia al estado actual de la Europa, corrieron en
Montevideo sus baterías, y unidas a la fragata del Rey Santa Gertrudis, a los
registros Levante, Princesa, Galga, Concordia, Real Carlos y Neptuno,
pertenecientes al comercio de Lima, y a otros buques que correspondían al de
Buenos Aires, hicieron en conserva viaje a Cádiz, donde fondearon unidos el 21
de septiembre, a los noventa días de navegación. Ascendía a 8 millones de pesos
en frutos y plata el valor del convoy escoltado por las corbetas; y estos
buques, consagrados desde el seno de una paz profunda a objetos puramente
científicos, terminaron la dilatada serie de sus trabajos, cumpliendo así los
grandes e importantes designios de la Marina militar, protegiendo los vasallos
del Rey y sus intereses en las colonias apartadas, pudiéndose decir que las
circunstancias reunieron en estas embarcaciones todas las clases de servicios
así científicos como militares, que en la paz y en la guerra puede exigir la
nación de la Marina Real. En el viaje que se acaba de indicar se han
enriquecido copiosa y extraordinariamente la Botánica, la Litología y la
Hidrografía. Las experiencias sobre la gravedad de los cuerpos, repetidas en
ambos hemisferios y a diversas latitudes, conducirán a importantes
averiguaciones sobre la figura no simétrica de la tierra, y serán el fundamento
de una medida, como se pensó establecer en Europa, universal, verificable y tan
constante como las leyes de que
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depende.
Estudiando la historia civil y política de los pueblos visitados, se ha seguido
de cerca al hombre, se han recogido monumentos que pueden ilustrar la historia
de sus emigraciones, así como los progresos sucesivos de su civilización desde
el estado de ignorancia primitivo. La naturaleza ha presentado en la inmensa
extensión de nuestros dominios producciones y tesoros desconocidos, que darán
origen a nuevas combinaciones capaces de robustecer la Monarquía; y para colmo
de felicidad ninguno de estos reconocimientos ha costado una sola lágrima al
género humano, sin ejemplo en cuantos viajes de esta especie se han hecho en
los tiempos antiguos y modernos, todas las tribus y pueblos visitados
bendecirán la memoria de los que lejos de manchar sus orillas con sangre, solo
las han pisado para dejarles nociones, instrumentos y semillas útiles, no han
sido menos felices las corbetas en la conservación de la salud de sus
equipajes; apenas han perecido 3 ó 4 en cada una, no obstante los peligrosos
climas de la zona tórrida, entre los cuales han permanecido tanto tiempo.
¡Ojalá hubieran podido restituir al seno de su patria al primer Teniente de
Guardias Españolas D. Antonio de Pineda, cuya memoria será tan cara como
indeleble para todos sus compañeros! El Exc. Sr. Ministro de Marina, que
promovió y ha protegido continuamente después esta expedición con aquel amor a
las ciencias y al buen servicio de S.M. que le es tan propio, se ocupa ahora en
que se
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publiquen
estos trabajos con todo el método y utilidad posible. Los resultados del viaje,
y el prospecto de la obra en todas sus partes, no tardará en presentarse al
público de orden de S.M.
Malaspina
fue ascendido a Brigadier de la Armada, en marzo de 1795, y comenzó a preparar
la memoria del viaje y el material científico recopilado con la colaboración de
un sacerdote, Manuel Gil, de los Clérigos Menores y miembro de la Sociedad de
Medicina de Sevilla. El plan de la obra era enorme, y podemos hacernos una idea
al pensar que se habían enviado setenta cajones de objetos y documentos al Real
Gabinete de Historia Natural, que previsiblemente darían lugar a siete grandes
tomos, con 70 mapas y otras tantas láminas, con un coste estimado de dos
millones de reales. Además el plan partía con la desconfianza de Godoy hacia
Malaspina por sus ideas políticas y las diferencias con el padre Gil, quien
también consideraba peligroso dar a conocer a las otras potencias los detalles
de los territorios españoles.
Malaspina
escribía en esos días a su amigo Paolo Greppi confesándole ingenuamente sus
aspiraciones a algún cargo ministerial, quizá en el Ministerio de Marina, sin
tener en cuenta el poder absoluto de Godoy, al que calificaba de Sultán:
Ya te he
escrito cómo mis ideas me hacían concebir la ilusión de poder ser útil a este
país en momentos tan tempestuosos; un solo día me habría bastado para explicar
mi sistema; lo he visto todo, lo he visitado todo. Tal vez se
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hubiera
descubierto en el caos del sistema actual que no hay más que un pasito del buen
al mal camino, de la sinrazón a la sana filosofía. Todo parecía prestarse a
ello; estaba relacionado con los más virtuosos y sabios del país; se me
prestaba grandísima atención; estaba seguro de la rectitud de mi corazón y de
mi absoluta devoción al bien común sin egoísmo y sin prejuicios, pero acceder
al Sultán es tan difícil; todo cuanto le rodea está tan inmerso en la confusión
y la inacción que es imposible hacerse oír y poder actuar.
En
septiembre de 1795, ya desilusionado por su futuro político, escribía a su
hermano Giacinto:
… hay un
Príncipe de la Paz y estamos a punto de entrar en guerra con los ingleses… En
fin, me callo… Ya no se puede hacer nada que prometa algún honor, ya no hay
otra cosa que esperar sino la sangre de los pobres, capaz de producir las más
extraordinarias convulsiones.
Dos meses
después Alejandro Malaspina fue detenido acusado de conspirar contra el Estado,
una vez que Godoy conoció sus 74 planes y su acercamiento al rey Carlos IV en
contra de sus intereses. También apresaron al padre Gil, la marquesa de
Matallana, dama de la reina, y los dos sirvientes de Malaspina. Godoy acusaba a
Malaspina de enemigo del rey y del bien común, así como de traidor por intentar
dar a conocer a los enemigos los
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datos de
las posesiones españolas y, por supuesto, por intentar destronar al mismísimo
Príncipe de la Paz. El marino científico había perdido ante este terrible
animal político. Poco después el Consejo de Estado se pronunciaba
contundentemente:
Que se
destituya a don Alejandro Malaspina de los empleos y grados que obtiene en su
real servicio, y se le encierre por diez años y un día en el castillo de San
Antón de La Coruña…
Un año
después se le permitió marchar al destierro a Italia, donde permaneció hasta su
muerte en 1810. Quizá tenía razón Goya en uno de sus dibujos al decir, ya
cansado de la turbulenta historia de España, que el sueño de la razón producía
monstruos. Alejandro de Humboldt, que conoció y utilizó abundantemente el
material científico de la expedición Malaspina, subrayó frecuentemente la
importancia científica de esta última empresa de la Ilustración española:
Las
operaciones ejecutadas por Malaspina y por los oficiales que trabajaban bajo
sus órdenes, abrazan una inmensa extensión de costa desde la desembocadura del
río de La Plata hasta la entrada del príncipe Guillermo. Después de haber
recorrido los dos hemisferios y escapado de todos los peligros de una mar
borrascosa, los encontró todavía mayores en una corte, cuyo favor se le ha
tornado funesto. Víctima de una trama política ha gemido durante seis años en
un calabozo. El gobierno francés ha rescatado
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su
libertad. Alejandro Malaspina ha regresado a su patria, y allí, a las orillas
del Arno, es donde goza solitario de las profundas impresiones que en un alma
sensible y probada por la adversidad dejan la contemplación de la naturaleza y
el estudio del hombre en climas diferentes.
La inmensa
obra de Alejandro Malaspina y sus colaboradores en la expedición fue dándose a
conocer a lo largo de dos siglos, siendo comparable a la de su admirado capitán
Cook, muerto en la propia campaña de exploración, o a la del conde de La
Pérouse, desaparecido en la suya. La ciencia, como Saturno, devoraba a sus
hijos, en este caso los héroes ilustrados.
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Capítulo 4
Los
resultados científicos y artísticos de la expedición
Malaspina
Contenido:
§. La nueva
cartografía de América y el Pacifico
§. La
zoología y la historia natural de la expedición
§. La
descripción de nuevas especies botánicas
§. La
aventura de los artistas científicos
§. Las
vistas del mundo de Montevideo a Nueva Zelanda
§. La
representación ilustrada del mundo natural
§.Los tipos
antropológicos: patagones, mestizos, indios y australianos
§. La nueva
cartografía de América y el Pacífico
La
cartografía fue uno de los resultados más relevantes de la expedición Malaspina
y tuvo la fortuna de darse a conocer a pesar de los problemas políticos
derivados del enfrentamiento de Godoy con el jefe de la expedición. Miles de
millas cartografiadas de forma fiable fueron el regalo de la marina española al
resto del mundo, ya que los dibujos cartográficos fueron grabados en el
Depósito Hidrográfico de Madrid y puestos a disposición de la comunidad
internacional. Desde el inicio del viaje se corrigieron posiciones geográficas,
como las del Teide y Trinidad del Sur, y comenzaron los trabajos cartográficos.
Uno de los primeros resultados es la Carta Esférica del Río de la Plata desde
su desembocadura hasta Buenos Aires dibujada por Felipe Bauzá y grabada en
plancha por Fernando
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Selma en
España. Contiene además los planos detallados de los puertos de Maldonado y
Montevideo, con dos vistas de costa de la embocadura del Río de la Plata y otra
de la isla de Lobos.
Del
reconocimiento de la costa, con escalas en el Río Negro, Punta San José y
detalles del Golfo de San Jorge, se levantará una Carta Esférica de la América
Meridional que incluye desde el Río de la Plata hasta el Cabo de Hornos con las
islas Malvinas y la costa del Pacífico hasta Chiloé, atendiendo a algunas
exploraciones anteriores, como la de la Santa María de la Cabeza al estrecho de
Magallanes, aunque con algunas rectificaciones de algunos puntos. De la isla de
Chiloé se grabó por Antonio Vázquez el plano del puerto de San Carlos, cuya
plancha de cobre aún se conserva, y hay también cartas de algunos puertos
patagónicos. En 1799 se publicó la carta que corresponde al territorio de Chile
y comprende desde Concepción y Talcahuano hacia el norte, Santiago, Coquimbo,
Copiapó y las islas de Juan Fernández y las de San Félix.
Siguiendo
la costa del Pacífico hacia el norte, Felipe Bauzá construyó una Carta esférica
de la costa del Perú, fechada en 1798, que comprende la costa hasta Trujillo
con seis vistas de costa y la derrota de las corbetas. Enlaza con ésta la Carta
esférica de la costa occidental de América, también realizada por Bauzá en
1800, que muestra el Ecuador y alcanza el istmo de Panamá. El detalle de los
puertos del Callao y Concepción aparece en otra carta que se publicó en 1811,
cuya plancha también se conserva. La continuidad geográfica se ve en la carta
plana de la ría de Guayaquil que no se publicaría hasta 1825.
Colaboración
de Sergio Barros 98 Preparado por Patricio Barros
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Entre las
producciones cartográficas hay una que desde luego hay que destacar por su
belleza y precisión, la Carta Esférica del interior de la América Meridional,
con el itinerario de Valparaíso a Buenos Aires, que tuvo su origen en el
desembarco de Felipe Bauzá y José Espinosa en Lima por enfermedad y les obligó
a atravesar la cordillera de los Andes, dejando para la posteridad esta
maravillosa carta fechada en 1810. Doce años después se publicaría la carta
esférica que comprende desde el Golfo Dulce en Costa Rica hasta San Blas en
México, con varias vistas de costa. Desde esta localidad estratégica hasta
Monterrey se elaboró una Carta esférica de la costa y del golfo de California
que fue publicada en 1825, siendo una de las más tardías. También se levantaron
cartas de algunas zonas en la exploración hacia Alaska, como los planos de los
puertos de Monterrey, Mulgrave y Desengaño o el de la Cala de los Amigos. Los
expertos en cartografía han destacado también el trabajo realizado por las
corbetas Descubierta y Atrevida en combinación con los de las goletas Sutil y
Mexicana para elaborar las cartas hechas con los reconocimientos hechos en la
costa Noroeste de América, que incluyen también las cartas esféricas del
estrecho de Juan de Fuca y las cartas de la isla de Bodega y Quadra, hoy
conocida como Vancouver.
Fuera de
las costas americanas y fijándonos en el Pacífico, encontramos dos cartas
generales de las islas Filipinas, una con la parte norte y el estrecho de San
Bernardino destacado, y otra con la parte sur del archipiélago. Hay publicadas
otras cartas concretas como las de los puertos de Sorsogón y Palapa, o la Carta
Esférica de
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la Bahía de
Manila y los planos de Maribeles, Cavite y San Jacinto en la isla de Ticao,
publicada en 1807, o la del estrecho de San Bernardino que tuvo que esperar
hasta 1824. La última carta importante fue la Carta esférica del archipiélago
de Babao, realizada en 1793, que además contiene el plano del Fondeadero del
Refugio y Puerto Valdés. En el mismo año levantaron los cartógrafos de la
expedición un plano de Bahía Botánica y de Puerto Jackson en Australia y el
Croquis del Puerto Dudoso por el capitán Cook y del Péndulo por el capitán
Malaspina, hecho por Felipe Bauzá, que representa una zona de la isla sur de
Nueva Zelanda conocida como Dusky Bay, en la que se ven los islotes de Née, la
isla de Bauzá, el canal de la Descubierta, la punta de Quintano o el canal de
Malaspina. El croquis está depositado en el Bristish Hydrographic Office desde
la época del exilio de Bauzá en Londres, en la que se relacionó estrechamente
con los hidrógrafos británicos y con la Royal Society, de la que era miembro
desde 1819.
Felipe
Bauzá, el principal artífice de todo este gran trabajo cartográfico, se mostró
siempre orgulloso de la producción de cartas por la expedición Malaspina y por
su calidad, como podemos ver en el artículo que publicó en 1828 en la revista
berlinesa Hertha titulado Contribuciones a la Hidrografía y Geografía de
América. En las cartas con Martín Fernández de Navarrete y Alexander von
Humboldt insistió en la excelencia de esta producción que era imprescindible
para la buena navegación y el conocimiento geográfico. Una afirmación que
reiteraría en su discurso de ingreso en la Academia Bávara de Ciencias, al ser
designado miembro
Colaboración
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correspondiente
extranjero por ser considerado uno de los mejores matemáticos, cosmógrafos y
geodestas del mundo, en un trabajo titulado Sobre el estado actual de la
Geografía de América del Sur:
A mediados
de 1789 salieron de Cádiz las corbetas del Rey Descubierta y Atrevida,
provistas de cuanto pudiese conducir al completo desempeño del objeto que
llevaban, de formar mapas correctos de nuestros dominios de América y Asia, y
manifestar en cuanto fuese posible la geografía física y política. El resultado
de esta expedición después de cinco años fue por lo que respecta a toda la
América, el reconocimiento de sus costas desde el Río de la Plata por el Cabo
de Hornos, Chile, Perú, Nueva España por la parte occidental hasta 66 grados de
latitud norte. Fijaron muchos puntos por observaciones astronómicas en tierra,
y con cronómetros y excelentes instrumentos un espacio de 2.000 leguas de
costa…
§. La
zoología y la historia natural de la expedición
Como ya
sabemos, la historia natural de la expedición Malaspina había quedado en manos
del jefe naturalista Antonio Pineda y del bohemio Tadeo Haenke, si exceptuamos
las tareas botánicas del francés Louis Née, del que luego hablaremos. Pineda
tuvo en realidad un actividad científica amplia que cubrió desde sus estudios
estrictamente zoológicos hasta los anatómicos, geológicos, físicos, químicos y
antropológicos, ya que como jefe científico coordinó los trabajos de su equipo
y las colaboraciones de otros
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científicos
españoles que se encontraban en misiones similares por el ancho mundo que
controlaba la corona española. En Argentina contactó con Félix de Azara, otro
naturalista militar como él, en México con Martín de Sessé y Vicente Cervantes,
los responsables de la Real Expedición Botánica, en Perú con Hipólito Ruiz y
sus discípulos y en Manila con el naturalista Juan de Cuéllar.
Las
descripciones zoológicas de Pineda siguieron los consejos del sabio italiano
Lázaro Spallanzani, que ya le había recomendado no fiarse demasiado de las
realizadas por Linneo, el gran creador de la nueva taxonomía botánica y
zoológica, que en gran medida hablaba de oídas al describir algunos animales en
su Systema Naturae, sobre todo cuando se refería a países remotos, a pesar de
tener en algunos de ellos una legión de discípulos recogiendo información que
le enviaban a Upsala, que la posteridad calificó como sus apóstoles. Pineda
respetaba la obra del gran maestro sueco, pero pedía una reforma de su sistema,
sobre todo en la clasificación de aves y peces, ya que el gran inventario
clasificatorio perdía exactitud en estos grupos zoológicos, sobre todo a la
vista de ejemplares exóticos para la ciencia europea.
El otro
gran referente de la zoología ilustrada, el conde de Buffon, autor de la
Historia natural general más importante del siglo, traducida en España por el
ya conocido José Clavijo y Fajardo, fue también seguido por Pineda pero con
cautela. El propio naturalista de la expedición manifestaba que la fiabilidad
de las descripciones del sabio francés al referirse a las aves y los
cuadrúpedos americanos era limitada, con la excepción de las especies de las
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Antillas y
la Cayena francesa, de las que había tenido una información directa. Como en el
caso de Linneo aparecía una crítica expresa a los naturalistas de gabinete
frente a los zoólogos de campo, enfrentados a la realidad de la naturaleza para
hacer sus descripciones y no a las noticias de otros viajeros o a los
ejemplares disecados llevados a la metrópoli, que generalmente habían perdido
algunas de sus cualidades anatómicas y el color, elementos fundamentales en el
esquema científico de Antonio Pineda.
La
morfología externa y la anatomía fueron cruciales en las descripciones
zoológicas de Pineda, que se ocupó especialmente de las aves, los peces y los
mamíferos, y en menos medida de otros grupos como los insectos, los anfibios,
etc., siempre con descripciones más o menos linneanas, es decir señalando el
nombre en latín del género y la especie descrita, aunque con excepciones en las
que introducía frases más largas para poder clasificar bien a los animales
dudosos a la vuelta de su viaje, incluyendo en algunos casos el nombre vulgar o
indígena de las especies recolectadas. A pesar de sus dudas, las obras
generales de referencia en la clasificación zoológica fueron el Systema naturae
de Linneo y la Historia natural de Buffon, con consultas a obras más especializadas
en los diferentes grupos como las de Brison y Edwards para las aves, Artedi,
Willugby, Brouset, Commerson y Govan para los peces, Caroli, Brunich, Scopoli y
Rayus para los insectos, o Lister para los moluscos.
Sabemos por
los trabajos de Andrés Galera que hubo una interesante aportación de Pineda a
la reforma de la clasificación
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taxonómica
en el grupo de las aves, al proponer un nuevo grupo para las trepadoras, de
pico granívoro y pies escamosos, que fue posteriormente aceptado en la obra del
naturalista francés George Cuvier en su Cuadro elemental de la historia natural
de los animales. También hizo propuestas para la reforma en la clasificación de
las tortugas, atendiendo a las características de su caparazón, número,
disposición y proporción de sus piezas, y en general advirtió de la importancia
del tamaño para la clasificación zoológica, ya que permitía separar algunas
especies de otras con un simple vistazo, sin tener que recurrir a fastidiosas
descripciones. Es también interesante el uso del microscopio por Pineda para el
estudio de las anémonas, las salpas, las medusas y otros invertebrados marinos.
Asimismo,
ante la variedad de animales en un mismo grupo Pineda mantuvo su posición
dentro del pensamiento ilustrado, todavía no
evolucionista.
Evidentemente, constataba las diferencias y
afinidades
dentro de lo que se c m l
“ d d
l
s ”, s u b
l u s m l s p d s l s d s
grupos sin
pretender dar el paso a otra idea que tuvo que esperar al siglo XIX para
desarrollarse, especialmente con la obra genial de Charles Darwin.
Para
defender su posición en este terreno Pineda realizó algunos estudios de
anatomía comparada, con la ayuda del cirujano Pedro González, sobre ejemplares
raros y también atendiendo a algunos que Spallanzani le había aconsejado, como
el vampiro o 82 el caimán, con descripciones que van siempre desde la cabeza a
los pies. En su trabajo aparecen diversas observaciones sobre
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serpientes,
peces, aves y mamíferos, aunque hay cuatro casos de interés para la zoología:
la tortuga verde, el caimán filipense, la iguana y el ajolote. La primera es
descrita anatómicamente por primera vez en la Zoología panamense de Pineda,
encontrando una disposición de su estómago ciertamente rara, al estar situado a
lo largo de su cuerpo. La memoria, por su interés científico, fue remitida al
Colegio de Cirujanos de Madrid para su examen. El estudio anatómico de la
iguana se encuentra en la Zoología de Acapulco, en la que también se describe
un armadillo, y se centra en el estudio de una hembra, en particular en su
aparato genital, como ya había hecho en el caimán, y en la que además observa
una estructura respiratoria peculiar en la que aparecen dos vejigas cilíndricas
con funciones respiratorias y de flotación.
Un caso
especial fue el estudio anatómico del ajolote, descrito por Pineda como Piscis
tetrapodus, un animal fantástico que parecía una especie de pez evolucionado a
salamandra inmadura, del que se conservan unos dibujos en el Museo Naval de
Madrid entre los papeles de nuestro zoólogo. En éstos se incluye la disección
de una hembra en la que puede verse el corazón, el hígado, el estómago, el
intestino, el páncreas, los ovarios y unas estructuras pseudo pulmonares. Al
describirlo en su zoología mexicana Pineda indicaba:
Debe
ponerse pues este animal entre los peces y forma el eslabón entre los
cuadrúpedos y peces; siendo el último de los lagartos, y peces, entre los
límites de ambos se halla.
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Realmente
era difícil situar este extraño animal en algún grupo zoológico dadas sus
características y su novedad. Pineda es probablemente su primer estudioso,
frente a la prioridad que algunos habían dado a Humboldt, junto a los miembros
de la Real Expedición Botánica que recorría México, entre cuyos dibujos se
encuentra también el exótico ajolote.
Entre sus
estudios regionales de la zoología del viaje se conserva la Descripción de
aves, cuadrúpedos y peces del Puerto de Guayaquil, hecha en colaboración con
Pedro González, considerada fundamental en la historia de la zoología
ecuatoriana y especialmente en su ornitología, ya que dedica su estudio a 45
especies de aves, muchas de ellas dibujadas por el pintor José Cardero, siete
mamíferos y un anfibio, una investigación que se completa con el diario de la
expedición al volcán Tunguragua, en la que aparecen descripciones de interés.
Hay que destacar también su Ornitología del Realejo, en la que aparecen además
de aves, tortugas, anémonas marinas y el cangrejo del Realejo. En su Diario del
Realejo a Acapulco, escrito en 1791, incluye medusas, actinias y una relación
de peces y seres marinos que comprende el pargo, el dentón, la corvina, la
aguja, el roncador, el pez espada, el cazón, la raya, la manta raya, el sábalo,
el pez sapo, el tamboril, la picuda, la dorada, el pez sierra, el pámpano,
etc., e incluye erizos, estrellas de mar, carey, etc. En sus diarios en las
islas Marianas describe algunos árboles y frutos, como la papaya, el árbol del
pan, El inventario zoológico de Antonio Pineda a lo largo de la expedición
Malaspina es impresionante y da una idea de la incesante labor
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realizada
por este naturalista hasta su desaparición en la isla de Luzón. Describió, en
muchos casos por primera vez para la ciencia, 357 especies de aves, 124 de
peces, 36 de cuadrúpedos y 21 de
b s, l u s
d l s u l s u “ d s ub s” 84 l s l siguiente, dado que sus descripciones
quedaron manuscritas y sin publicar en el Real Gabinete de Historia Natural.
En el
terreno de la paleontología Pineda, siguiendo los consejos de Spallanzani, se
mostró como un científico racionalista, que no se dejó impresionar por las
creencias de los habitantes de los lugares explorados. Frente a la opinión de
que los restos fósiles que pudo ver en Buenos Aires, en el monte de Santa Elena
en Guayaquil o en México, que los hacía corresponder a elefantes o a huesos de
gigantes, el naturalista se mostraba escéptico y más bien se inclinaba por
pensar en cuadrúpedos que se habían extinguido:
Suspendo el
juicio hasta que los examine, en que estos huesos sean de elefante; se halló
costumbre general el atribuir a aquella especie todos los huesos fósiles de
cuadrúpedos grandes que se hallan, y la experiencia y observación propia me
tiene probado que no es así. Los que se hallaron en Buenos Aires, de los cuales
se conserva uno en el Gabinete de Madrid, no lo es tampoco; ni menos los que se
hallan con abundancia, y de gran tamaño en la punta de Santa Elena de la
provincia de Quito.
Sabemos que
los restos fósiles del yacimiento de Buenos Aires fueron enviados al Gabinete
de Historia Natural de Madrid, donde
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fueron
examinados por los cirujanos Ramón Sarais y Agustín Ginesta del Colegio de San
Carlos, quienes determinaron que los huesos no eran humanos –ni de gigantes–
sino de un cuadrúpedo semejante al animal desconocido que ya se encontraba en
el gabinete madrileño.
Respecto a
la presencia de moluscos fósiles en diferentes estratos de las montañas
americanas, cuyo estudio también le había encomendado Spallanzani, Antonio
Pineda concluía lo siguiente:
Empiezan
otra vez a verse los guijarros calcáreos con petrificaciones de conchas que
introducidas entre la sustancia pétrea presentan los monumentos de la historia
de la naturaleza, éstos aunque con caracteres medio borrados se confirman por
los que vi en el Perú. Aquellos tenían sus conchas por fuera y aquí estaban
embutidos los residuos de una gran glande o pico de mar, no me dejan duda de
que el grande océano bramó algún día sobre estos barrancos.
Sus
observaciones geológicas le condujeron a una teoría intermedia entre el
vulcanismo, que intentaba explicar la conformación geológica de la Tierra por
la acción del fuego de los volcanes, y el neptunismo, que pensaba que había
sido el agua el elemento fundamental en la morfología terrestre. Para Pineda
los dioses Vulcano y Neptuno habían colaborado en la modelación de la corteza
del planeta, una hipótesis metafórica aún poco madura que se iría consolidando
con la obra de sabios como Alexander von
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Humboldt y
Leopold von Buch, quienes evolucionaron desde el pensamiento neptunista al ver
el comportamiento de los volcanes canarios y americanos.
§. La
descripción de nuevas especies botánicas
Los
resultados botánicos de la expedición se debieron a los otros dos naturalistas
embarcados, Tadeo Haenke y Luis Née, por lo que dividiremos en dos el
comentario sobre sus actividades y triunfos en la investigación.
Malaspina
tuvo siempre un alto concepto del naturalista bohemio que había llegado nada
menos que con el apoyo de Jacquin y Born y, en consecuencia, dio órdenes para
que se apoyase con todos los medios la incorporación de Haenke a la expedición,
tras el desastre del naufragio en Montevideo. El comandante hizo de este hecho
negativo algo positivo al comentar cómo la desgracia había favorecido a la
ciencia, pues Haenke había aprovechado el tiempo para explorar el Río de la
Plata, las pampas, las sierras de Mendoza y las altas montañas andinas,
recogiendo más de 1400 plantas y otros objetos de Historia Natural. El propio
Haenke, a pesar de las penalidades de sus inicios como expedicionario, mostraba
su entusiasmo ante una Naturaleza espectacular que mostraba sus encantos, desde
aquellas pampas desérticas, solitarias, llenas de caballos salvajes, hasta las
cimas andinas, donde pudo estudiar, en medio de los mareos de la puna y riesgo
de su propia vida, una flora alpina cuyo raro aspecto comparaba con la posible
fisonomía de las plantas de la Luna.
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Aún así, en
carta a Joseph Banks, Haenke comparaba la flora andina a la alpina, que él
había conocido en sus excursiones botánicas por Austria, Estiria, Corintia, el
Tirol y Suiza, en unos
áp d s d s
qu l h b l d l l d “p s
l s” p p d
J qu Es s pu m
algunas de
sus afirmaciones se observa la idea de la geografía de las 87 plantas, que unos
años más tarde desarrollaría Alexander von Humboldt al encontrarse con las
maravillas canarias y americanas
El 8 d b l
d 1790 s s l b H k l “ s h d ”
de la
Descubierta, con la que visitó en esta primera etapa los puertos de Coquimbo,
Copiapó, Arica, etc. hasta llegar al Callao y Lima, donde pudo ver la entrada
del nuevo virrey y extasiarse con la naturaleza americana. En sus cartas a Born
comentaba:
¡Cielos!
¡Qué felicidad es vivir en un clima tropical! Ahora empieza el invierno aquí y
tenemos días tan cálidos como los del verano de España. Todo verdea, florece y
da fruto a la vez; el activo rayo de Sol hace crecer la vegetación siete veces
más, y la suavidad del clima desarrolla antes de tiempo las capacidades del
espíritu. ¡Oh, cómo desearía (ofrecerle) una bandeja de las más sabrosas y
continuas frutas del trópico, de las que sólo citaré particularmente la
chirimoya (Anona chirimoya L.), obra maestra de la naturaleza entre todas las
frutas, ya que aventaja ampliamente a las demás restantes por su calidad y
sabor! Por desgracia esto es sólo un vano deseo.
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Entre 1790
y 1793 el naturalista bohemio visita las minas de azogue de Punitaqui, de gran
interés estratégico, Tarma, Huánuco y las inmediaciones del río Amazonas,
Guayaquil y El Realejo, acumulando un espléndido herbario que en el primer año
se elevaba a 4000 plantas. Además demostraba a sus compañeros sus habilidades
musicales tocando de vez en cuando el clavicordio y transcribiendo la música
con la que se expresaban los diferentes pueblos americanos, desde la zona
andina hasta la isla de Nutka. A finales de 1791 Haenke escribía a sus padres
desde Acapulco, El año siguiente fue intenso por el viaje de la expedición
Malaspina a Guam y al archipiélago filipino, donde hizo intensas 88
exploraciones con los Luis Née y Antonio Pineda. Tuvo además contacto con Juan
de Cuéllar, botánico real que desarrollaba en la hacienda de Calavang la
agricultura del café, los canelos y otros productos tropicales de interés para
la corona española. En Nueva Zelanda, Australia, las islas Vavao y de los
Amigos o de la Sociedad, hizo abundantes recolecciones, antes de volver al
puerto peruano del Callao. El naturalista obtendrá el permiso del virrey para
dirigirse a Buenos Aires haciendo una expedición terrestre que le permitirá
obtener muchas piezas de historia natural, además de visitar minas, volcanes,
etc. En abril de 1794 volvía escribir a Alejandro Malaspina desde Arequipa,
ciudad en la que realizó interesantes análisis de aguas y subió al volcán
cercano en un ejercicio entre atlético y científico del que se mostró contando
sus andanzas por San Blas y el norte de México hasta llegar a la capital, donde
fue recibido por el virrey.
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El año
siguiente fue intenso por el viaje de la expedición Malaspina a Guam y al
archipiélago filipino, donde hizo intensas 88 exploraciones con los Luis Née y
Antonio Pineda. Tuvo además contacto con Juan de Cuéllar, botánico real que
desarrollaba en la hacienda de Calavang la agricultura del café, los canelos y
otros productos tropicales de interés para la corona española. En Nueva
Zelanda, Australia, las islas Vavao y de los Amigos o de la Sociedad, hizo
abundantes recolecciones, antes de volver al puerto peruano del Callao. El
naturalista obtendrá el permiso del virrey para dirigirse a Buenos Aires
haciendo una expedición terrestre que le permitirá obtener muchas piezas de
historia natural, además de visitar minas, volcanes, etc. En abril de 1794
volvía escribir a Alejandro Malaspina desde Arequipa, ciudad en la que realizó
interesantes análisis de aguas y subió al volcán cercano en un ejercicio entre
atlético y científico del que se mostró tan orgulloso como Humboldt unos años
después con la subida al Chimborazo:
La empresa
mayor que hice en Arequipa, es la subida al inmediato volcán. La emprendí el
día 4 de abril después de haberse quitado la mayor fuerza de las nieves en su
cima. Todo el mundo creía que ya no era capaz para hacer esta empresa y para
enseñarles que soy capaz de hacer cosas mucho más extrañas que esta subida,
rehusé aún toda la compañía de muchos caballeros de la ciudad. El día 3 pasé la
noche en la falda de él, en la elevación de 1488 brazas sobre el nivel del mar.
El día 4 estaba yo a las 9 de la mañana con 13indios en su corona, donde pasé
casi todo el
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día con
investigaciones correspondientes a un objeto tan raro e importante. Está
actualmente encendido y humeando y es el vecino más temible que puede tener una
ciudad. Su elevación sobre el nivel del mar es de 3180 brazas y es el cerro más
alto que he subido en toda mi vida y, ciertamente, uno de los más majestuosos y
respetables volcanes del orbe. La vista es inmensa en su cima y ha tenido dos
erupciones muy fuertes. Mucho me acreditó esta excursión por haber subido en
tan pocos ratos y por peñascos, donde otros señores se mandaron tirar arriba
con sogas y lazos.
En junio
del mismo año Haenke se encontraba en La Paz, desde donde escribía a Antonio
Valdés para informarle de su proeza en la subida al volcán de Arequipa y
notificarle sus descubrimientos botánicos, sus experiencias con el famoso
bejuco del guaco, descrito en El Mercurio Peruano, como antídoto para las
mordeduras de serpientes, así como su estudio de las diferentes cascarillas o
quinas, objeto de numerosos engaños en el comercio, para terminar con el
análisis de las minas de azogue del cerro de la Berenguela, cerca del pueblo de
Moza, que comentaba con una declaración de principios:
La utilidad
y las ventajas de la corona han sido siempre en todo este viaje mi principal
objeto, y de este modo voy gustoso a contribuir con mis conocimientos a disipar
la
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duda de la
presencia de este metal tan deseado y tan necesario en este reino para el
beneficio de los metales.
Alejandro
Malaspina valoró mucho esta disposición de Tadeo Haenke en la búsqueda de
utilidades para la corona y destacó en su diario sus prolijas investigaciones
en botánica (recogió 15000 plantas), litología, sus colecciones de aves, su
estudio de las aguas termales y minerales, sus dictámenes sobre las minas de
azogue, sus estudios sobre la elevación de las cordilleras, su ascensión al
volcán de Arequipa, etc., antes de dirigirse a Montevideo donde debía terminar
su viaje. No fue así y mientras la Descubierta y la Atrevida fondeaban en Cádiz
a finales del año 1794, Haenke se internaba por la región de Moxos, Santa Cruz
de la Sierra, Potosí, etc. hasta llegar a Cochabamba, que se convertiría en su
hogar hasta su muerte en 1816 y el lugar en el que combinaría sus
interpretaciones de Mozart con el estudio de la naturaleza, que alcanzó su
punto más completo en su Introducción a la historia natural de Cochabamba,
publicada parcialmente en El Telégrafo Mercantil de Buenos Aires en 1801.
Respecto a
sus herbarios y colecciones podemos decir que llegó en 1819 uno de los
herbarios a Praga al botánico Karel B. Presl, con más de 4.000 ejemplares, con
muchas especies y géneros nuevos, la mayoría americanas y con gran presencia de
plantas criptógamas. El propio Presl hizo una edición parcial de la obra
botánica de Haenke en 1825 y regaló duplicados de la colección a los jardines
botánicos de Viena, Berlín y Munich.
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En cuanto a
las actividades botánicas de Luis Née en la expedición Malaspina, en el
trascurso de la cual también recolectó conchas, minerales, rocas y objetos
etnográficos, hay que decir en primer lugar que fue una labor separada de
Haenke y que en general se realizó con ayuda del dibujante naturalista José
Guío, que le acompañaba en la Atrevida. A pesar de esta circunstancia, los dos
botánicos se intercambiaron ejemplares durante el viaje como lo prueba la
preocupación posterior de Née por si Haenke se le adelantaba en la descripción
de nuevas especies de plantas de las que él había sido el primer descubridor y
descriptor.
De sus
descripciones botánicas han quedado cuatro colecciones prácticamente de todos
los lugares visitados por la expedición Malaspina, siempre siguiendo el orden
de Linneo, con observaciones variadas y descripción del hábito o aspecto de la
planta, hojas, flores, frutos, fecha, etc. y a veces una alusión al dibujo
realizado por su compañero Guío. Su herbario fue bastante extenso, ya que
consiguió reunir una colección de 12.000 números que en principio estudió en su
casa madrileña y luego pasó a formar parte del Real Jardín Botánico de Madrid,
sobre todo por el interés de Antonio José Cavanilles, el mejor botánico español
de todos los tiempos, que describió algunas especies nuevas basándose en lo
colectado por Luis Née. No fue el único ya que otros sabios botánicos
españoles, como Mariano Lagasca y Casimiro Gómez Ortega, y europeos lograron
describir multitud de especies nuevas basadas en este herbario y en las plantas
desarrolladas de las semillas que el propio Née había enviado al Jardín
Botánico y habían sido distribuidas por
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diferentes
centros. Luis Née publicó algunas novedades en la revista que controlaba
Cavanilles, los Anales de Historia Natural, todas del género Quercus de México
y Nutka, excepto una Musa textilis filipina y una Piper cava de Vavao, y
realmente ha pasado a la historia como un colector botánico brillante.
§. La
aventura de los artistas científicos
Es muy
conocida la vinculación de artistas a la ciencia desde tiempos remotos por el
interés de los científicos, sobre todo de los naturalistas, de representar el
mundo descubierto y darlo a conocer al resto. En el siglo XVIII, con la
explosión de la exploración de la Tierra, la mayoría de los viajeros y
expedicionarios llevan a su lado a pintores y dibujantes que dejan constancia
de sus aventuras, incluso de su muerte, de los lugares exóticos visitados, los
aborígenes, el paisaje o las extrañas criaturas vegetales o animales que las
habitan. Los principales referentes de Malaspina, Cook y La Pérouse, cuentan
entre sus hombres a hábiles pintores que dejarán para la posteridad la imagen
de esos otros mundos tan distantes de la vieja Europa.
En el caso
de España ya desde el siglo XVI encontramos dibujos relacionados con la
expansión española en América y sus descubrimientos en el mundo natural.
Armadillos, zarigüellas, llamas, caimanes y otras extrañas criaturas aparecen
representados junto a seres fantásticos procedentes del imaginario medieval
europeo y a plantas desconocidas, como el tabaco, la patata o el tomate. Con la
llegada de la Ilustración y el envío de expediciones al
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territorio
americano, la presencia de artistas irá incrementándose. Ya con el viaje de
Iturriaga al Orinoco aparecen dos artistas acompañando a los botánicos para
representar según los cánones de la nueva ciencia las plantas descubiertas.
Había que dibujar no sólo el aspecto externo de los vegetales, ya que al pie de
éstos era obligatorio despiezar los órganos sexuales para ver su disposición y
número, tal como dictaba Linneo, para poder clasificarlos. Una orientación que
se mantendrá firme durante el siglo ilustrado y que sólo se rompe, en parte,
precisamente con la expedición Malaspina y la posterior aparición teórica de la
pintura del paisaje con Alexander von Humboldt.
A
continuación vamos a pasar revista a los resultados artísticos de
l xp d M l
sp , d l b d s s s s “ s” que acompañaron a los cartógrafos y a los
naturalistas en sus excursiones para dar fe de lo que veían. Lo representando
por aquellos pintores, muchos de ellos formados en las Academias de Bellas
Artes, hacía creíble lo que se contaba en las descripciones científicas.
§. Las
vistas del mundo: de Montevideo a Nueva Zelanda
Una de las
aportaciones de la expedición Malaspina al mundo del
u sus “ s
s” d ud d s s u s representaciones iconográficas que daban idea de totalidad
del mundo observado, aunque evidentemente con desarrollos diferentes según el
pintor y la técnica empleada. No siempre corresponden a los pintores
profesionales, ya que por ejemplo Felipe Bauzá aparece
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como uno de
los autores de algunos apuntes de estas vistas. Sin ir más lejos, uno de los
primeros dibujos de Montevideo es de este cartógrafo, que representa la ciudad
desde el mar en un apunte a lápiz y tinta muy sencillo pero de gran calidad,
aunque sin posibilidades de comparación con el dibujo de Brambila Montevideo
desde la Aguada, bella panorámica de la ciudad preparada por el pintor italiano
para ser grabada. Del mismo estilo pero inferior calidad es la aguada de José
Cardero sobre la Colonia de Sacramento, también ejecutada desde el mar dando
una visión panorámica de la ciudad o las del propio Brambila de Buenos Aires,
esta vez desde el río, o de Manila y Macao, que dan esa idea de línea en el
panorama o la perspectiva de la ciudad, una especie de skyline ilustrado,
similar en su concepción a las líneas de costa que hacía Felipe Bauzá.
El
contraste serían las vistas de Puerto Deseado de José del Pozo, las de Brambila
en las Malvinas o la de Ravenet en Puerto Deseado, en las que la impresión de
soledad en los confines del mundo sustituye a la vista de la urbe civilizada, o
las de la Atrevida pasando apuros entre las bancas de hielo, todavía sin el
dramatismo de William Turner. El caso intermedio sería el dibujo de Talcahuano,
también de Brambila, el de José del Pozo sobre Valparaíso o los de Cardero en
Guayaquil y Panamá, realizados con una perspectiva similar a los primeros, pero
que dan un resultado desigual. También encontramos en las vistas productos de
doble autoría, como las vistas de las casas en los Andes o el puente del Inca
de Brambila, en realidad dibujos acabados sobre los apuntes
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tomados por
Bauzá en su paso de la cordillera andina acompañado por José Espinosa. Hay
dudas sobre la vista de la Mocha en la ciudad chilena de Concepción, pero todo
apunta a un dibujo de Bauzá retocado atribuido a Pozo. Hay también similitudes
entre la vista de Santiago de Chile desde el cerro de Santo Domingo de Bauzá y
la de Brambila, aunque evidentemente el segundo está mucho más acabado, algo
que vuelve a suceder con la 94 vista de Santiago en la que se observa en primer
plano el río Mapocho. En cualquier caso la pintura de vistas adquiere con
Brambila una gran perfección, sobre todo en comparación a sus compañeros y, por
ejemplo, en sus vistas de Lima, especialmente en El paseo del Agua, la técnica
y el colorido es excelente, mostrando ya un estilo que luego conservará en sus
pinturas madrileñas de los sitios reales. El contraste lo encontraríamos en las
de Cardero en Panamá, el Realejo o en las islas de Taboga, mucho menos
técnicas. El ejemplo más claro son las vistas de Acapulco de ambos pintores,
aunque también podríamos incluir la vista elaborada por Suria, y las vistas de
la ciudad de México. Un caso especial al comparar la obra de los pintores de la
expedición es la representación de Querétaro y su cascada por Gutiérrez, ya que
su ejecución, frente al clasicismo de
Brambila,
es sorpre d m “m d ” l m m z l ud d con las columnas basálticas, lo que da como
resultado una vista protocubista difícil de imaginar en la pintura ilustrada.
Brambila también aportará en su vistas los elementos de paisaje que luego
reclamará Humboldt en su capítulo del Cosmos; no se trata solo de representar
la planta, el animal o el hombre de manera aislada sino
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formando un
todo que conformará un panorama visual correspondiente a un lugar o latitud del
planeta. En sus dibujos de la isla de Guam, representada como un frondoso
paraíso tropical, en algunas vistas americanas, en las australianas, en las
filipinas no urbanas o en las de Vavao podemos ver ya anunciadas estas
características pictóricas.
§. La
representación ilustrada del mundo natural
En el caso
de la botánica fue José Guío el principal artífice de la ejecución de dibujos,
muchas veces conectados con las descripciones de Luis Née, lo que les daba un
valor añadido a los ojos de los científicos. En general son aguadas en color
que representan la planta desde la raíz, con sus flores y frutos, con sus
d sp s l l
s, d s mp u “ p ” qu d cuenta de las nuevas especies, algunas veces dibujadas
en su medio natural. Además pudo dibujar algunos animales en México, desde el
ajolote, cuya anatomía dejó representada, hasta otros raros para el mundo
europeo como la zarigüeya, el mapache o algunas aves e insectos. No contamos,
por ser dudosa su autoría, otros que representan armadillos, pericos ligeros,
caimanes, manatíes, tortugas, monos, etc. Tras Guío, el otro pintor dedicado al
mundo de las plantas con mayor dedicación fue Francisco Lindo, autor de más de
70 acuarelas muchas veces inacabadas, aunque casi siempre con la información
botánica precisa para su posterior identificación. José del Pozo también
representó ampliamente el mundo animal con dibujos de peces, aves, ardillas,
pumas o zarigüeyas en el
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mundo
americano, aunque con terminaciones artísticas muy desiguales, desde un
somormujo escasamente esbozado hasta otros de muy buena factura como el martín
pescador o el ibis. Mucho mejor papel jugó comparativamente el autodidacta José
Cardero, quien hizo una buena colección de dibujos de aves que incluía la
golondrina de mar o charrán, el trupial, la jacana, el hornero, las garzas,
cigüeñuelas, etc., de peces como el pez aguja, el pez ballesta, la perca
marina, el roncador o los carángidos, o animales curiosos y a veces
desconocidos como el perico ligero, los lagartos, la iguana, las tortugas, cuya
anatomía dibujó, las salpas, las medusas, las orugas o el caballito de mar.
También participó en este tipo de dibujo zoológico, siempre al servicio de los
naturalistas, Tomás de Suria del que conocemos una serie de dibujos de peces,
algunas aves y un coatí de escaso valor artístico, en contraste con los únicos
tres dibujos de Brambila realizados en Filipinas y dedicados a representar una
vaca marina en dos posiciones y un delfín mular.
§. Los
tipos antropológicos: patagones, mestizos, indios y australianos
Otro de los
valores de la colección artística de la expedición Malaspina fue la de recoger
la imagen de los habitantes de los mundos visitados, tal como habían hecho sus
coetáneos y más intensamente los pintores viajeros románticos unos años
después. Las representaciones tendrán por tanto el sello de las sociedades
americanas, de las exóticas islas del Pacífico, las islas Filipinas y los
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lejanos
territorios recién colonizados de Nueva Holanda y Nueva Zelanda.
l mu d “ l
z d ” d l R d l Pl s l s qu d á l
de unas
señoras de Montevideo atribuido a Ravenet, aunque lógicamente tuvo que hacerse
sobre el boceto de otro expedicionario, puesto que este pintor se había
incorporado en México. Les llamó
mu h más l
l mu d m d l s “ s” p s,
realizados
por Pozo en un grupo de dibujos muy interesantes en el que aparece representado
él mismo dibujando y el naturalista Pineda, el salvaje y el civilizado en una
misma imagen. Precisamente esa imagen del marino científico como el máximo
representante de la España ilustrada aparece en el dibujo de Ravenet hecho en
Puerto Egmont, que representa a Malaspina y a Bustamante haciendo el
experimento de la gravedad, una de las experiencias cruciales para la ciencia
ilustrada que se hacía en un medio bárbaro.
El contacto
con los indios huilliches queda patente en los dibujos de Pozo en los que
aparecen el cacique Catiguala y su hijo con una fina expresión académica, que
contrasta algo con el esbozo de Felipe Bauzá, quien sin embargo representa a
los criollos muy a la
u p , u qu
l “ ” m E l m sm l qu
Pozo
encontramos los dibujos de Ravenet de
una india de
Renquelque
y un indio Cambayón, al igual que el retrato del
“h b s z d
l P ú”,
l s d s l d l p u s
También encontramos en esta serie
de dibujos algunos más
costumbristas
como los de Suria sobre las peleas de gallos de
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Acapulco,
los de Ravenet que representan una pulquería mexicana, la casa de baños y el
mercado de Manila o los de Cardero y Brambila con vistas etnográficas del
puerto de Mulgrave, que se ven complementados con los retratos de Cardero y
Suria de los indígenas de este lugar. Del mismo estilo pueden considerarse las
preciosas vistas de Nutka, que representan las costumbres de los nutkeses, y
los retratos de algunos indígenas y del jefe Macuina realizados por Suria,
Bauzá y Cardero, autor este último de otros magníficos retratos de los jefes de
la costa noroeste y sus mujeres. En el caso de las islas Filipinas será Ravenet
el autor de la mayoría de estos retratos costumbristas y etnográficos de los
pobladores del archipiélago, desde las señoritas criollas hasta las mujeres
filipinas, los chinos o los negritos de los montes de Manila. El mismo pintor
retrataría a los indígenas de Australia, que contrastan profundamente con los
dibujos de Bauzá que representan a los ingleses y a los convictos de Nueva
Holanda.
Con un
corte clásico hay un dibujo de Ravenet que representa a una mujer sobre una
hamaca que el comandante utilizó para reírse en Vavao del jefe Vuna, muy
aficionado a la compañía femenina. Nos cuenta Malaspina, divertido con la
situación:
Don Juan
Ravenet, en una de aquellas horas en las cuales el espíritu oprimido del
navegante y la idea siempre varia del pintor necesitan de cierto alivio y
distracción, se había ocupado en representar con mucha propiedad una mujer
dotada de todas las gracias personales que más comúnmente solemos admitir en
nuestra Europa, vestida
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luego a
imitación de las señoras panameñas y tendida descuidadamente en una hamaca,
formaba un conjunto de imágenes en el cual admirábamos a las veces la pródiga
mano de la Naturaleza y a veces recordábamos la triste soledad del navegante.
Presentado pues este cuadro a Vuna dijímosle que era el retrato de la mujer de
uno de nosotros, que semejantes a aquella eran las de los demás oficiales, que
no nos seguían porque considerábamos los trabajos del mar demasiado sensibles
para su delicadeza; y que ahora nos disponíamos a navegar directamente hacia el
paraje a donde las habíamos dejado, con el justo deseo de no separarnos otra
vez de su amable compañía. La saludó inmediatamente Vuna con el acostumbrado
contacto de las narices, examinó después una por una sus facciones, sus trajes
y sus adornos, y a medida que la iba comprendiendo crecía su admiración y el
elogio que hacía de la persona allí representada.
El jefe
Vuna, mientras los expedicionarios se reían, propuso conocerla y cambiar varias
de sus mujeres por aquella que estaba allí representada, estando dispuesto a
acompañar a Malaspina, aunque al enterarse de que solo podría tener una sola
mujer desistió en su intento de conocer a aquella dama pintada por Ravenet. El
propio Vuna, su mujer Taufa y su hijo fueron dibujados por el mismo pintor, en
una serie amplia en la que los indígenas de Vavao son representados con
imágenes suaves de hombres
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“s l s” u d
s s d d b d d u l, b l d
haciendo
labores domésticas, en tanto que el comandante aparece sonriente en un dibujo
acompañado de dos indias que le peinan. 99 La conclusión sobre los resultados
de la expedición de Alejandro Malaspina y José Bustamante es altamente
positiva, si tenemos en cuenta que dieron al europeo una nueva imagen del
mundo, tras haber desarrollado un proyecto científico y político moderno, de
alcance internacional, cooperativo, con un equipo de alto nivel y planteando
objetivos ambiciosos para España. La expedición Malaspina fue un éxito en las
dos facetas que se le habían encargado: volvieron con valiosas descripciones
científicas, recolectaron grandes colecciones –14.000 plantas, 900 dibujos y
500 especies zoológicas– y cartografiaron las costas de todos los virreinatos.
Las mediciones de la gravedad para ver la forma de nuestro planeta, las nuevas
observaciones astronómicas, el reconocimiento geográfico en el Atlántico y el
Pacífico, que dio lugar a una nueva cartografía, la apertura de rutas de
navegación, el descubrimiento de nuevas plantas, animales y minerales, así como
su propia representación artística y científica contribuyó a generar, junto a
las aportaciones de otras potencias, como Francia o Inglaterra, la nueva imagen
del mundo ilustrado.
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El autor
Doctor en
Ciencias Biológicas. Es Profesor de Investigación del Instituto de Historia
(CSIC), adscrito al Departamento de Historia de la Ciencia. Académico
correspondiente de la Real
Academia de
la Historia, de la Academia Colombiana de Historia, de la Academia Cubana de la
Historia y de la Academia Mexicana de Ciencias. Con anterioridad fue director
de la Editorial CSIC, vicedirector del Instituto de Historia del CSIC y jefe de
la Unidad de Historia
d l R l J d
B á d M d d P m “Jul á M s” 2020 d la Comunidad de Madrid.
Autor y
editor, entre otros, de los libros Sentir y medir. Alexander von Humboldt en
España (Madrid, 2007), con S. Rebok, Mutis al natural. Ciencia y Arte en el
Nuevo Reino de Granada (Bogotá, 2008), con J. A. Amaya, La expedición
Malaspina. Un viaje hacia el conocimiento y la modernidad (Madrid, 2011),
Crónica de una Expedición romántica al Nuevo Mundo (2ª ed. Madrid, 2013),
Historia mínima del evolucionismo (México, 2019), Paseo por la meseta y los
volcanes. El diario secreto de Alexander von Humboldt en España (Madrid, 2019)
y con Josefina Gómez Mendoza de la edición de Alejandro de Humboldt, Examen
crítico de la historia de la geografía del Nuevo Continente (Madrid, 2022).
FIN

