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Libro N° 14625. El Fracking ¡Vaya Timo! Peinado Lorca, Manuel.


© Libro N° 14625. El Fracking ¡Vaya Timo! Peinado Lorca, Manuel. Emancipación. Diciembre 20 de 2025

 

Título Original: © Manuel Peinado Lorca. El Fracking ¡Vaya Timo!

 

Versión Original: © Las Leyendas Del Rey Arturo Y Sus Caballeros. Sir James Knowles

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/el-fracking-vaya-timo/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL FRACKING

¡VAYA TIMO!

Manuel Peinado Lorca


 

 

 

 

El Fracking ¡Vaya Timo!

Manuel Peinado Lorca

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


El “fracking“ en Estados Unidos —afirma el autor— tiene todas las características de la burbuja financiera creada por las hipotecas “subprime” y de su derivada hispana del ladrillo. En la burbuja que provocó la caída de Lehman Brothers, origen de la crisis que nos azota, se elaboraron complicados artefactos financieros en cuyo fondo subyacía la idea básica e imposible de toda burbuja: había un recurso infinito cuyo valor no cesaba de crecer. El recurso, llámese suelo o combustible, crea a su alrededor todo un universo de activos financieros que pasan de mano en mano generando beneficios hasta que alguien hace explotar la burbuja. Cuando alguien grita: "el rey camina desnudo", la pirámide financiera se viene abajo y se comprueba, una y otra vez, que unos pocos se han beneficiado de la mena y dejan la ganga de las pérdidas para todos. Hoy el suelo no vale nada, como tampoco valdrá el “fracking” apenas se desinfle la burbuja financiera que lo alimenta desde Wall Street.

 

•   Una serie valiente y necesaria que no retrocede a la hora de meterse en aguas turbulentas, no sólo turbias, y de plantear debates que comprometen rutinas mentales sacrosantas» (Fernando Savater, El País)

 

•  «Excelente colección» (Mario Bunge)

 

•  «La colección más crítica» (Muy Interesante)

 

•  «Una invitación a reflexionar» (Babelia, El País)

 

•  «Magnífica colección» (Salvador López Arnal, El viejo topo)

 

•  «Una colección excepcional» (Leer)



 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

Manuel Peinado Lorca

 

El Fracking ¡Vaya Timo!

 

¡Vaya timo! 23

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 08.08.2025



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: El fracking ¡vaya timo!

 

Manuel Peinado Lorca, 2014

 

Dirección: Javier Armentia Fructuoso

 

Diseño de cubierta: Serafín Senosiáin

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r3.0 (ePub 3)

 

Para una óptima experiencia de lectura, use la opción Fuente Original / Fuente del editor / Predeterminada.

 

Por la naturaleza de la red, puede que algunos de los vínculos a páginas web en el libro ya no sean accesibles.



 

 

 

 

 

Índice de contenido

 

 

El fracking ¡vaya timo!

 

Prólogo

Abreviaturas y acrónimos

1. Capitalismo granuja

El papel lo aguanta todo

Isaac Newton y los burros

 

Tierra prometida: el fracking y el timo del PIB Un mundo feliz

 

2.  Auge y caída del imperio del oro negro Parábola del escarabajo pelotero Aquí se quema todo

 

La insostenible riqueza de las naciones Un ingeniero aguafiestas

 

De qué hablamos cuando hablamos de petróleo Breve crónica de una muerte anunciada Duelo al sol

 

Match Point

La guerra de los mundos

Horizontes sin grandeza o no hay mal que por bien no venga

 

3. El secreto de la pirámide

La ceremonia de la confusión

Tasas, suministros, grifos y cisternas

Es la física, estúpido

 

4.  Combustibles no convencionales: la imaginación al poder Luz de gas

 

Homenaje al profesor Franz de Copenhague El eterno retorno de lo mismo

 

¡A por el grisú!

Verde que te quiero verde Gas a ras de suelo

 

Pan para hoy, carburante para mañana

La jungla de asfalto y las tierras del Orinoco Un futuro muy oscuro

 

Mar adentro

Buscando gasoil desesperadamente Pozos sin fondo

 

5. Lutita se llama mi amor

 

Lutitas al salón

 

Una revolución en ciernes

Carpe diem

 

Tiempo de profecías y el advenimiento de Saudiamérica El mito del «Independence Day» y el timo de la estampita Malas tierras

La Reina Roja de «Alicia»

El rey Baltasar

 

6.  La gran estafa americana Breve historia del «fracking» Entre pillos anda el juego Cuidado con ese tipo Pozos de ambición Gasland

 

Capitalismo, una historia de amor

Los lunes al sol

La burbuja que viene

¡Bienvenido, Mister Marshall!

La gatera de Halliburton

Sigue la fiesta americana

Sobre el autor

Notas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para María y Manuel



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Colección dirigida por Javier Armentia y editada en colaboración con la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manuel Peinado (Granada, 1953) es licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada, doctor en Biología por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático de Universidad. Es profesor del Departamento de Ciencias de la Vida, director de la Cátedra de Medio Ambiente e investigador del Instituto Franklin de Investigación en Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá. Ha impartido docencia en las universidades de Granada, Complutense de Madrid y Alcalá de Henares. También ha sido profesor o investigador visitante en varias universidades norteamericanas. Fue alcalde de Alcalá de Henares con el PSOE (1999-2003). Ha publicado una docena de libros y un centenar de artículos en su especialidad, la Ecología Vegetal. Es columnista habitual en prensa y mantiene el blog Sobre esto y aquello



(http://www.manuelpeinado.com). Recientemente ha publicado dos libros sobre el frackingPerfora, chico, perfora ¿Pueden los combustibles fósiles introducirnos en una nueva era de abundancia energética? (2013) y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa (2014). Sus publicaciones libres de derechos

 

están                     accesibles                   en                       el                        enlace:

 

https://portal.uah.es/portal/page/portal/epd2_profesores/prof121655.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de su atención a sus propios intereses. Apelamos, no a su humanidad, sino a su amor propio, y en lugar de hablarles de nuestras necesidades, hablamos de su provecho.

 

Adam Smith,

 

La riqueza de las naciones, 1776

 

 

 

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.

 

Karl Marx,

 

El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 1852

 

 

 

Al mismo tiempo que mejora la organización de los mercados de inversión, aumentan, sin embargo, los riesgos del predominio de la especulación. Los especuladores podrían no resultar perjudiciales si fueran como burbujas dentro de una corriente empresarial estable; lo grave se produce cuando es la empresa la que se convierte en una burbuja en medio del desorden especulativo.

 

John Maynard Keynes,

 

Teoría general del empleo, del interés y la moneda,

 

1936

 

 

 

Nadie va a la cárcel. Ese es el mantra de la era de la crisis financiera, la que ha visto a casi todos los grandes bancos de Wall Street enredados en escándalos que han empobrecido a



 

 

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millones de personas y han destruido billones de dólares de la riqueza mundial, y nadie ha ido a la cárcel.

 

Matt Taibbi,

 

“Why Lsn’t Wall Street in Jail?”, Rolling Stone, 16 de

 

abril de 2011

 

 

 

Eso es tan cierto como que la tierra da vueltas.

 

Ethan Edwards en

 

Centauros del desierto, de John Ford, 1956



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Prólogo

 

 

De creer lo que afirma la industria energética controlada por los financieros de Wall Street, la nueva tecnología de fractura hidráulica, popularmente conocida como fracking, toda una esperanza para las compañías gasísticas y petroleras y un espanto para los colectivos ambientalistas, es el “nuevo maná” que está devolviendo a Estados Unidos a la posición privilegiada que había ostentado hasta la década de 1970, ser el mayor productor de petróleo del mundo y convertirse en un país de fábula: Saudiamérica.

 

Las nuevas tecnologías de perforación horizontal con multifractura hidráulica han permitido acceder a yacimientos hasta ahora inaccesibles de petróleo y gas, que han revertido por el momento el declive mantenido y constante de la producción de petróleo y gas estadounidense durante las últimas décadas. Este incremento es importante y ha dado un cierto respiro al desplome de la producción mundial de hidrocarburos.

 

No obstante, las proyecciones hechas por los operadores y algunas agencias oficiales (supuestamente independientes), según los cuales estas tecnologías son una “revolución” que abre una era nueva e interminable de “independencia energética” para Estados Unidos, que dejará de ser un país importador de combustibles fósiles y se convertirá en exportador de energía, carecen de fundamento real. Al fin y al cabo, los combustibles fósiles son recursos finitos y esos pronósticos desorbitados son inalcanzables. Este libro, además de describir los aspectos medioambientales que rodean a la agresiva técnica del fracking, aporta datos y argumentos para demostrarlo.

 

Hace casi dos siglos, en 1815, un grupo de trabajadores textiles ingleses capitaneados por un tal Ned Ludd entraron por la fuerza en una fábrica para destruir los telares mecánicos que acababan de instalarse. El trágico episodio dio lugar a una corriente de pensamiento contraria al desarrollo tecnológico que, en homenaje a su primer héroe, se llamó ludismo. No soy seguidor de Ned Ludd, pero estoy convencido de que oponerse al fracking es la postura más razonable por razones ambientales y económicas. Ambientalmente porque, por decirlo con suavidad, por más que se enmascaren los procedimientos con evaluaciones de impacto y las correspondientes medidas



 

 

 

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ambientales correctoras o compensatorias, es un atentado ecológico, y la traca final de la explotación de recursos fósiles, causa de los graves problemas ambientales que nos afectan a escala planetaria.

 

No sostengo que el petróleo se vaya a terminar de la noche a la mañana, pero creo que deberíamos intentar usar de manera más inteligente las reservas de petróleo que quedan en el mundo dejando de estimular el consumo desaforado para reconducir la economía hacia necesidades esenciales y emprender la senda del cambio hacia una sociedad pos-carbono, sujeta a la menor disponibilidad energética que pueden suministrar las energías renovables.

 

Esta es la línea argumental que he seguido para la redacción de este libro articulado en seis capítulos. Tras un capítulo introductorio en el que intento explicar las coordenadas económicas que sustentan el modelo de libre mercado basado en el insostenible crecimiento tanto de la deuda como del consumo de recursos finitos, en el capítulo 2 me ocupo del declive de los combustibles fósiles, de los desequilibrios en el consumo que existen entre los países desarrollados, que traerán consigo tensiones geopolíticas muy pronto, y de los intentos de la industria energética y los organismos gubernamentales de ocultar la realidad para seguir con su negocio habitual: quemar y quemar.

 

En el capítulo 3 describo algo que los economistas del monetarismo no acaban de entender: que el problema del declive de los hidrocarburos no es una cuestión económica, ni siquiera ecológica; es una cuestión de desafío a las leyes de la física, una lucha que nunca podremos ganar por más dinero que se entierre en la búsqueda de nuevas fuentes energéticas, a cual más creativa pero siempre basadas en los hidrocarburos, sean convencionales o no.

 

En los capítulos 4 y 5 trataré de describir qué son los hidrocarburos no convencionales, y el 5 lo dedicaré a las lutitas, la fuente de la nueva “revolución energética”, el shale gas, para cuya explotación se requiere una técnica energéticamente poco rentable y ambientalmente muy agresiva: el fracking.

 

El fracking y sus circunstancias económicas y financieras son el objeto del capítulo 6. La desgraciada experiencia de las hipotecas subprime apunta a que la “revolución energética” no es un “maná caído del cielo”, como proclaman los panegíricos de la industria petrolífera, sino una más de las maniobras que surgen en Wall Street para manipular el mercado financiero, caiga quien caiga y aunque ello conduzca a la Gran Recesión en la que estamos sumidos. Es algo que también deberían tener muy en cuenta quienes defienden la



 

 

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rentabilidad del fracking en nuestro país, que, como ocurre en toda Europa, no es otra cosa que la llegada a este lado del Atlántico de una práctica contaminante, ambientalmente destructiva y comercialmente desastrosa pero que, eso sí, llena los bolsillos de los especuladores habituales.

 

Es muy importante para mí intentar arrojar alguna luz sobre las manipulaciones que tratan de presentar las operaciones de la industria petrolífera y de sus socios financieros como acciones filantrópicas encaminadas a mejorar la vida de las personas y a atajar el dramático problema del desempleo, algo que la experiencia estadounidense —único lugar del mundo de donde pueden extraerse pruebas empíricas— demuestra que es propaganda barata. A ello dedico la última parte del capítulo 6, que cierro con un apartado de última hora, redactado una vez terminado el cuerpo principal del libro, cuando empezaron a llegar las primeras noticias de que todo iba a seguir siendo igual.

 

El libro se complementa con unas “Notas finales” que tratan de aclarar algunos términos técnicos o tomados de la jerga petrolera con los que probablemente no estén familiarizados los lectores. En España, como en tantos otros países, no ha habido jamás una producción significativa de petróleo o gas, así que buena parte de los términos usados en relación al fracking resultan arcanos para el lector medio español, por interesado que esté en el tema.

 

Con objeto de no hacer demasiado voluminoso este libro, y como he supuesto que no todos los lectores estarán interesados en estas “Notas”, las he dejado en un enlace[1] desde el que se puede descargar el documento completo. En este documento dedico casi 50 páginas a describir los aspectos tecnológicos y ambientales de la fractura hidráulica, algo que quizá algún lector podría echar de menos en este libro. Los términos incluidos en las entradas de las “Notas finales” se señalan con una anotación específica o se marcan con un asterisco la primera vez que aparecen en el texto.

 

Por último, aun cuando he intentado reducirlas al máximo, en el texto aparecen numerosas referencias bibliográficas que el lector interesado podrá descargar de este otro enlace[2]. La mayoría de las citas son accesibles por Internet, de manera que en el documento me he ocupado de poner tanto los correspondientes enlaces como la fecha en la que tuve acceso a ellos.



 

 

 

 

 

 

 

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Abreviaturas y acrónimos

 

 

A lo largo del libro, los términos incluidos como entradas en las “Notas finales” (véase enlace en la nota 1 de la página anterior) se señalan con una nota específica o se marcan con un asterisco la primera vez que aparecen en el texto.

 

AIE          Agencia Internacional de la Energía, observatorio energético

 

de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo

Económico (OCDE).

 

BEP     Barriles Equivalentes de Petróleo. Para su definición, véanse

 

las “Notas finales”.

bl                Barril. Para su definición, véanse las “Notas finales”.

 

Bpc         Billón de pies cúbicos. El billón utilizado en este libro es el

 

de la escala larga, es decir, un millón de millones.

Btu           Unidad térmica británica (British Thermal Unit: 1055 julios).

 

/d               Al día o diario.

 

EIA      Agencia de Información Energética del Departamento de Energía de Estados Unidos (Energy Information Administration). Para evitar confusiones con la AIE en las citas a lo largo del texto, las referencias bibliográficas se han escrito como US EIA.

 

FMI      Fondo Monetario Internacional.

 

GNL    Gas natural licuado.

 

Kbd     Mil barriles al día.

 

KMbl      Miles de millones de barriles.

 

Mbtu.     Millón de Btus.

 

KMbtu Miles de millones de Btus.

 

KMpc  Miles de millones de pies cúbicos.

 

Kpc      Mil pies cúbicos.

 

LGN    Líquidos derivados del gas natural.

 

Mbd     Millón de barriles diarios.

 

Mbl      Millón de barriles.

 

Mba     Millón de barriles al año.

 

Mbtu      Millón de Btus.



 

 

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Mpc     Millón de pies cúbicos.

 

MTOE Millones de toneladas de equivalentes de petróleo.

 

OCDE Organización para la Cooperación y el Desarrollo

 

Económico.

OPEP  Organización de Países Exportadores de Petróleo. Para más

 

detalles, véanse las “Notas finales”.

PADD Acrónimo de Petroleum Administration for Defense Districts.

 

Para su definición, véanse las “Notas finales”.

PI               Productividad inicial (por ejemplo, de un pozo).

 

Habitualmente es la tasa de producción más alta de la vida del pozo, que se alcanza durante el primer mes de la producción.

 

PIB          Producto Interior Bruto.

 

PTE     Potencial Total Estimado.

 

RMP    Recuperación Mejorada del Petróleo.

 

RTR    Recursos Técnicamente Recuperables.

 

TRE     Tasa de Retorno Energético.

 

US             Bureau of Ocean Energy Management (Oficina Federal para

 

BOEM la Gestión Energética Oceánica de Estados Unidos).

USGS  United States Geological Survey (Servicio Geológico de

 

Estados Unidos).

US            Véase EIA.

 

EIA

US$        Dólar estadounidense.

 

WTI     Petróleo tipo Western Texas Intermediate.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1

 

Capitalismo granuja

 

 

Todo parece indicar que se está corrigiendo el gran problema de la economía que Ronald Reagan, cuyos conocimientos económicos eran similares a los del hombre de Cromagnon sobre informática, denunció en la campaña electoral de 1979 que lo llevó a la presidencia: “La economía de Estados Unidos no funciona porque los ricos no son suficientemente ricos y los pobres no son suficientemente pobres”. Este crudo epigrama, que los neoliberales deberían grabar en los frontispicios de sus escuelas de negocios, y las radios Intereconomía y la COPE incluir en sus sintonías, era la receta política de unas doctrinas económicas que años antes la Escuela de Chicago había puesto en circulación.

 

Eppur si muove… (“Y sin embargo, se mueve…”), parece que dijo Galileo después de haber comparecido ante el tribunal de la Santa Inquisición. “Eso es tan cierto como que la tierra da vueltas», dice Ethan Edwards en la película Centauros del desierto. Sí, la Tierra se mueve, pero aquí abajo suceden demasiadas cosas que vienen a confirmar la inmovilidad del movimiento. Mientras redacto esta introducción se cumplen exactamente cinco años desde que el presidente de Francia Nicolás Sarkozy anunció que había que “reformar el capitalismo”. El club de los poderosos, el G-20, inició los movimientos necesarios para hacerlo. Seguimos a la espera, mientras llegan noticias de que todo va a peor.

 

Como sucedió con el volcán de Krakatoa, nadie sabe qué aspecto tendrá la montaña del capitalismo mundial cuando terminen las erupciones que nos sacuden cada año. Y es que en el mundo de la economía, como en tantos otros de la actividad humana, la psicología prima muchas veces sobre la aritmética. El miedo al desempleo, a la pérdida de poder adquisitivo, a la reducción del valor de las propiedades (sean viviendas, acciones o simples cartillas de ahorro), retroalimenta la ciclotimia propia del mercado. Es lo que Keynes denominó animal spirits en su Teoría general: el factor humano, lo irracional, la variable anímica en la determinación del nivel de actividad económica general.



 

 

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La concentración de poder económico ha dado a la banca internacional la posibilidad de controlar los mecanismos económicos en beneficio propio, convirtiéndola en un casino especulativo dotado de sofisticados instrumentos financieros con los que practican un auténtico terrorismo de cuello duro que doblega a los gobiernos y a las democracias cuando los políticos, olvidando sus responsabilidades, dejan desprotegida a la población frente a los especuladores que se adueñan de los mercados. El resultado de abandonarnos en manos de la oligarquía financiera es el alto endeudamiento, un empleo bajo mínimos y un debilitamiento del estado de bienestar y de la calidad de vida, el aumento de la pobreza y la desigualdad, y un mundo en donde disminuye la representatividad de las instituciones democráticas y pierde fuerza la voz de la ciudadanía, mientras se impone el pensamiento de quienes, como David Rockefeller, piensan que

 

cualquier cosa debe reemplazar a los gobiernos y el poder privado me parece la entidad adecuada para hacerlo, porque la soberanía internacional de una élite intelectual y de banqueros es preferible al autogobierno de los pueblos.

 

Hace más de 40 años, José Luis Sampedro decía que los bachilleres terminaban sus estudios sabiendo la fórmula de la calcopirita, un conocimiento que nunca utilizarían, mientras ignoraban todo sobre economía, algo que seguro necesitarían más adelante. Seguimos en las mismas, porque interesa que nos mantengamos en la inopia sin que encontremos respuesta a algunas preguntas que están en la mente de todos: ¿Quién gobierna el mundo? ¿Cuál es el poder real de los políticos? ¿Hasta qué punto nuestra vida está condicionada por las organizaciones internacionales y las instituciones privadas? ¿Cuál es el papel de los paraísos fiscales, refugios que dan abrigo al dinero del crimen y la corrupción? ¿Quién ganará con la brutal crisis económica que estamos viviendo?

 

En un libro que ahora recobra plena actualidad (El cisne negro: El impacto de lo altamente improbable), Nassim Taleb explica, mediante narraciones trufadas de anécdotas, cómo los seres humanos creemos saber más de lo que realmente sabemos, y cómo nuestro cerebro está hecho para ver más orden del que realmente nos rodea. Nuestro software neuronal está programado para crear historias simples sobre fenómenos muy complejos y variados, de modo que siempre terminamos falseando la realidad, porque, más



 

 

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que enfrentarse a su crudeza, a los seres humanos nos encanta lo tangible, lo explicable, lo estereotipado, lo teatral, lo romántico, lo litúrgico, la verborrea, los másteres MBA, el premio Nobel, marchar por la vereda conocida y, sobre todo, el poder de la ficción narrativa: que todo se nos explique en forma de fábula o cuento para que nuestro sistema crítico permanezca en el nirvana de lo manido. De ahí el éxito de esos superventas bíblicos que son las parábolas.

 

Generalmente se tiene a la ciencia económica como una disciplina social árida, complicada e ininteligible. Enfrentadas a ella, muchas personas interesadas terminan por hacer un ejercicio económicamente impecable: un análisis coste/beneficio. Sopesan el tiempo y el esfuerzo de aprender economía con el beneficio que ese aprendizaje les reportaría; consideran que el coste es mayor que el beneficio, y deciden abandonar el intento. Quienes saben poco de economía —el común de los mortales y la mayoría de los políticos y periodistas— hablan a diario basándose en ideas preconcebidas, en sofismas y falacias. Pero, además, cuando toman la palabra quienes dicen saber del tema, la gente echa mano a la pistola. Los economistas, para quienes el capital es Dios, gozan de una mala fama sustentada probablemente en el hecho de que las personas tienen algunas intuiciones morales que son implícitamente anticapitalistas. El economista John K. Galbraight escribió una vez que “aunque en principio la economía no le gustaba a nadie, en la práctica satisfacía a la mayoría”. Dicho de otra forma y parafraseando a Churchill, la economía de mercado “es el peor sistema posible, excluyendo a todos los demás”.

 

En estos días atribulados, tan inevitable resulta que los fundamentos del capitalismo adquieran renovada actualidad como que queramos huir de las explicaciones de quienes no supieron intuir el problema. Surge así la necesidad de ir a la raíz de la crisis, de intentar comprender lo que está pasando con sencillez, sin alardes técnicos, sin profecías de gurús ni erudiciones de experto. En estos momentos de inestabilidad sin precedentes, se encuentran en las librerías libros de divulgación que son verdaderos cursos de introducción a la economía.

 

Sobre el exceso de codicia trata, en buena medida, Caída libre, del Nobel Joseph E. Stiglitz (Taurus, 2010), quien acuñó la expresión “capitalismo de granujas”, con que he titulado este capítulo, un libro donde se cuestiona el fundamento mismo de la economía mundial: crecer, aunque sea a costa de la razón, la verdad y el sentido común. Y como de eso se trata, de aplicar el sentido común, y como intuyo que no va a tener usted, impaciente lector,



 

 

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demasiado tiempo para seguir mis consejos bibliográficos, le contaré tres sencillos cuentos que explican lo que nos está pasando, mejor que cualquier curso de introducción a la economía.

 

El papel lo aguanta todo

 

Era temporada alta en una aldea costera en que la crisis estaba haciendo estragos: los turistas no llegaban y los lugareños malvivían gracias al crédito que solidariamente se concedían unos a otros. Un día un caballero de porte distinguido y cargado de billetes entró en la única fonda del lugar. Anunció su deseo de pasar allí una temporada, solicitó una habitación, depositó un billete de 100 euros en el mostrador de recepción y subió a inspeccionar las habitaciones. Loco de contento, el dueño de la fonda agarró el billete y salió disparado a pagar sus deudas con el carnicero. Este tomó el billete y corrió, a su vez, a borrar su deuda con el criador de cerdos, quien acudió rápidamente a liquidar la suya con su proveedor de piensos.

 

El “piensador”, hombre de instintos primarios y libido acentuada, tomó el billete al vuelo y gratificó a María, la generosa meretriz local, a quien hacía tiempo no abonaba sus servicios. Esta, tras guardar el billete en el liguero, salió hecha unas castañuelas hacia la fonda, donde entregó el sobado billete de 100 euros a su dueño, a quien debía el alquiler de la habitación donde habitualmente llevaba a sus clientes. En este momento bajó el caballero, el cual, finalizada su inspección visual, y después de haber vaciado cómodamente el vientre a hurtadillas, manifestó ladinamente que no le convencía ninguna habitación; reclamó su billete, se caló el sombrero, fuese y no hubo nada. Nadie había ganado un euro, pero ahora toda la ciudad vivía feliz con la confianza que daba el vivir desentrampado.

 

El cuento explica una perogrullada: dinero es todo aquello que se acepta como dinero. El dinero circulante es algo etéreo, un signo de escaso valor material cuyo poder inmaterial o metafísico es, sin embargo, incalculable. La función esencial para la que fue inventado fue para jugar el papel sustitutivo de algunos valores reales (oro o plata, por ejemplo), como medio de pago para cancelar las deudas que se contraen en el momento de hacer un trueque. El dinero nos “libera de la deuda”, y de ahí que en la jerga económica se diga de él que tiene poder liberatorio. Cuando productores, intermediarios o consumidores tienen entre sus manos un puñado de billetes, poseen algo que materialmente no vale nada (salvo su despreciable valor al peso como papel



 

 

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usado), pero que adquiere su prodigioso significado y su valor cuando se sabe que los demás agentes sociales lo aceptarán en otras transacciones. Como sucede con las religiones, el dinero fiduciario está basado en el crédito (fiducia significa fe, confianza): el vendedor lo acepta porque cree que los demás lo aceptarán también.

 

La función fundamental del dinero es, pues, servir de medio de cambio dentro de los procesos económicos, un papel que está totalmente basado en la confianza por parte de quienes lo usan. Además, el dinero se acepta como medio de cambio porque puede guardarse con facilidad para utilizarse en el futuro cuando se quiera adquirir algo. Esta función de depósito de valor es la que permite el ahorro, que luego las entidades bancarias canalizarán hacia inversiones productivas o especulativas.

 

Para saber cuánto dinero existe es esencial distinguir entre dos conceptos básicos a los que los economistas llaman base monetaria y oferta monetaria. La base monetaria de un país (o de un grupo de países asociados, como es el caso de la Unión Europea) es la suma de la moneda en circulación, la que bancos y cajas custodian en sus cajas fuertes, y los depósitos en metálico que unos y otras guardan en los respectivos bancos centrales. Dicho de otro modo, la base monetaria es dinero real, físico, material; se trata, en definitiva, de la moneda oficialmente acuñada de cuya existencia nadie duda. Los bancos centrales tienen capacidad de control de la base monetaria —el dinero real— de la que, como emisores, son sus únicos creadores. Sin embargo, no tienen capacidad de control de la oferta monetaria, que está compuesta por la base monetaria más los depósitos de los clientes bancarios.

 

Inicialmente los depósitos bancarios estaban basados exclusivamente en las cuentas corrientes de los clientes, pero como el dinero en cuenta corriente rinde poco, se deprecia con la inflación y, además, sale caro, porque los bancos concebidos solo como empresas de seguridad cobrarían mucho por custodiarlo, se inventaron primero las cuentas de ahorro a plazo, después las bolsas, los fondos de inversión, los planes de pensiones, los activos, los bonos y un largo etcétera de ingeniosos artificios financieros que culminaron en 2008 con el pirotécnico efecto de las hipotecas basura y la cibernética versión del tocomocho elaborada por tipos como Bernard Madoff. Aunque la diversificación es extraordinaria, la clave está en el ahorro a plazo, que es el fundamento del negocio bancario: el cliente deposita su dinero en el banco, este negocia con el ahorro depositado y, si todo sale bien, obtiene unos intereses que comparte con el cliente. Con este sencillo mecanismo los



 

 

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banqueros se dieron cuenta pronto del verdadero milagro de los panes y los peces que tenían entre manos: suplantando a los Estados, podían espontáneamente crear dinero. Mientras el Estado se ocupaba de la base monetaria, el mercado bancario disparaba la oferta monetaria mediante los depósitos bancarios de sus clientes.

 

Aunque hasta bien entrado el pasado siglo nadie se había percatado de ello, el milagro multiplicador se puede ilustrar perfectamente con un ejemplo sencillo. Supongamos que mi curioso lector deposita 1000 euros en el Banco Equis. A cambio, recibe un talonario de cheques para que pueda seguir disponiendo libremente de ese dinero. Ahora bien, el banco no guarda ese dinero en su caja fuerte. Por experiencia sabe que el depositante, como muchos otros clientes, quiere ahorrar y que, de no cambiar las circunstancias, no va a retirar el dinero, de modo que guarda 200 euros y presta 800 (que, no se olvide, son del depositante inicial, de mi curioso lector, que bien podría haberlo gastado ya por el simple procedimiento de pagar a otro con un cheque) a un tal Juan López. Este López deposita sus 800 euros en el Banco Alfa, que presta el 80 % de esa cantidad, es decir, 640 euros, a Antonio Pérez, quien los deposita en el Banco Zeta, que a su vez presta el 80 %, es decir, 512 euros, a su buen cliente Fernando Fernández, quien a su vez los deposita en la Caja Hache, y así sucesivamente. Si este proceso continuara indefinidamente nos encontraríamos con que los 1000 euros contantes y sonantes depositados inicialmente por el lector se habrían convertido, gracias a este proceso de multiplicación, en 5000 euros virtuales: es decir, cinco veces la proporción que los bancos mantienen en reserva (en mi ejemplo, el 20  %, esto es, un quinto).

 

Al comprobar que la mayor parte de los tenedores de ahorros no acuden al banco de repente en tropel a reclamar su dinero, las entidades bancarias aumentan el dinero fiduciario que, como el paraíso para los creyentes, reposa en la confianza en el sistema. Si fallase la fe, si todos los depositarios acudiesen a retirar sus depósitos, la rueda fiduciaria se detendría, el negocio bancario se hundiría, y la economía real, en gran parte también fiduciaria por estar basada en el crédito, se desplomaría estrepitosamente. En Argentina lo saben bien, y para evitarlo patentaron el corralito.

 

Colmada de rufianes que creen en los últimos paraísos (los paraísos fiscales), la historia de la economía está llena de estafas desde que se inventó el papel moneda. Como el aire que respiramos, al que no vemos nunca pero nos mantiene vivos, el dinero inmaterial o crediticio creado por los bancos es



 

 

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un capital intangible, pero fundamental para el mantenimiento del sistema económico. Pero no solo los bancos poseen la piedra filosofal que multiplica el dinero, pues esa lucrativa y tentadora industria tienta también a los imaginativos creadores de las estafas piramidales, bribones como Bernard Madoff o Allen Stanford, esponjas que chupan todo el agua que pueden sin que se harten ni les aproveche, perpetradores de recientes y colosales fraudes archimillonarios, versiones cibernéticas y posmodernas del timo de la estampita y el tocomocho, cuyos fundamentos, pese a su contemporaneidad, eran ya conocidos en el cervantino patio de Monipodio.

 

Evolucionan los métodos, cambian las herramientas, se modernizan las técnicas y se depura el modus operandi, pero el timo financiero es como la cara y la cruz de una moneda: en el anverso campa la faz ruin de la codicia humana; en el reverso aparece la quimera del dinero virtual o fiduciario, el cual, si siendo papel lo aguanta todo, es también capaz de mecer armónicamente o de agitar convulsamente la turbina financiera. Hipotecas basura, aseguradoras que se desploman, bancos en quiebra, promotoras inmobiliarias que inflan los activos, sociedades inversoras que practican el trile camuflando los pasivos, gestores filatélicos que especulan con humo y faraónicas estafas piramidales, ahora tan de moda, no son más que sofisticadas variantes de un imaginativo fraude cometido en Estocolmo por un avispado holandés, Johan Palmstruch, hace más de 300 años.

 

Aunque se usaban en China desde al menos tres siglos antes, los primeros billetes de banco occidentales derivan de las letras de cambio y aparecieron hacia 1661. Compinchado con el rey sueco Carlos Gustavo X, que compartía con él las ganancias (olvidando que Princeps a nummorum corruptela debet abstinere, sentencia acuñada por Jean Bodin en 1576, que dice: “El príncipe debe evitar la corruptela del dinero”), ese cambista holandés los entregaba como recibo o resguardo a quien depositaba oro o plata en el Banco de Estocolmo, que él mismo había fundado. Palmstruch fue el inventor de la frase que hasta hace poco aparecía en muchos billetes, en cuyo anverso figuraba un tranquilizador aval fiduciario: “El Banco X pagará al portador…”. En los billetes que inventó Palmstruch decía lo mismo pero, como vinieron a demostrar los hechos, se le olvidó añadir una coletilla: “El Banco de Estocolmo pagará al portador… siempre que se pueda”. Y es que al holandés, como a Stanford y a Madoff en nuestros días, se le fue la mano, abusó de la fiducia y acabó en bancarrota, la primera conocida en el mundo virtual del papel moneda.



 

 

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Como las esponjas, que chupan todo el agua que pueden sin que se harten ni les aproveche, al codicioso Palmstruch se le ocurrió la idea de acaparar riqueza por el expeditivo método de emitir billetes sin respaldo en oro para prestarlos a cambio de un buen interés. Al percatarse de que estaba logrando grandes beneficios, el holandés fue el primero en darle a la manivela de la máquina de hacer billetes, creando de paso una pirámide en cuya cúspide se hallaba cómodamente sentado como receptor de unos suculentos intereses que sus incautos clientes le abonaban, los menos por ingresar y los más por retirar. Pero en medio de ese frenesí capitalizador desde la nada, llegó la desventurada hora en que no pudo reintegrar a todos sus portadores. Así, el inventor del dinero fue también el primer usuario de papel moneda que cayó en bancarrota y, dicho sea de paso, en las mazmorras reales, pues el rey, aplicando entonces el principio de Bodin, se escondió tras el trono.

 

Isaac Newton y los burros

 

Sigo con “El extraño caso del comprador de burros”, un cuentecillo que ilustra cómo la codicia puede nublar la mente. Otro caballero de porte distinguido se presentó un buen día en un villorrio y ofreció 100 euros por cada burro que le vendieran. “No se extrañen —anunció—, una vez que los ponga en América se los rifan”. Al ser los burros de escasa utilidad en un campo mecanizado, buena parte de la población vendió sus animales. Al día siguiente regresó al lugar y mejoró su oferta: 150 euros por burro. Los pocos que no lo habían hecho ya, no lo dudaron y vendieron sus rucios. Después de almorzar, y tras declarar que se sentía generoso, subió la oferta: 200 euros. Huelga decir que al atardecer ni allí ni en los alrededores quedaba jumento alguno ni de muestra. Llegada la noche, y tras comprobar que el parque asnal había quedado reducido a cero, el caballero anunció que regresaría un mes después con el loable propósito de abonar 500 euros por pollino.

 

Unos días después, el caballero mandó a un avispado ayudante con una nutrida asnada cuya venta ofreció a 400 euros por cabeza. Ante la ganancia que sabían segura un mes después, todos los aldeanos sin excepción se los quitó de las manos; la mayoría no tenían dinero pero lo pidieron prestado hipotecando sus magras haciendas. De hecho, la codicia los llevó a comprar todos los burros de la provincia. Como era de esperar, el ayudante cobró y desapareció, igual que el caballero, del que nunca más se supo. La aldea quedó llena de burros que nadie quería y de codiciosos rústicos endeudados.



 

 

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Dirá usted que he elegido a unos torpes aldeanos para ilustrar el ejemplo y arrimar el ascua a la sardina de mis argumentos. Pues no, porque cuando la codicia actúa puede cegar a las mentes más agudas. Ahora les contaré el caso de la burbuja que ahogó a Newton.

 

“Dios dijo: ¡Que Newton sea!, y todo fue luz…”, escribió el poeta Alexander Pope al morir Isaac Newton en 1727. Si fuese posible establecer una competición acerca del ser humano más inteligente que haya existido jamás, quizá no habría acuerdo para reconocer quién sería el primero, pero una cosa es segura: Newton estaría en el podio. Spiro Agnew decía que “un intelectual es un tipo que no sabe cómo aparcar una bicicleta”, expresión coloquial de lo que escribió más elegantemente Henri Bergson: “La inteligencia se caracteriza por una incomprensión natural de la vida”. Confirmando ambos epigramas, el descomunal talento del físico inglés no le impidió caer en el engaño de una de las primeras burbujas financieras.

 

A los historiadores de la ciencia, como a los historiadores a secas, les gusta asociar la precocidad al genio. El precoz Isaac representó desde niño a las mil maravillas el papel de Mozart en las matemáticas. Apenas supo leer, el pequeño comprendió que el anagrama de su nombre hacía de él un elegido de Jehová, porque nadie podía negar que Isaacus newtonus, convenientemente trastocado, acaba por ser Ieova sanctus unus. Newton aprendió a una velocidad prodigiosa todo lo que había que saber de la matemática de su tiempo. Más tarde, siendo un joven estudiante, irritado por las limitaciones de las matemáticas clásicas, inventó un procedimiento totalmente nuevo, el cálculo integral y diferencial, que utilizó para formular sus leyes de la física. Eso sí, una idea de su carácter excéntrico —probablemente muy similar al del hombre considerado como el más inteligente del mundo hoy en día, el matemático ruso Grigory Perelman— es que Newton tardó casi 30 años en hacer público su nuevo procedimiento, el mismo tiempo que se tomó para dar a conocer su revolucionaria interpretación de la luz (su célebre prisma), que sentó las bases de la moderna espectroscopia y le valió la maldición del poeta romántico John Keats por haber “despojado al arco iris de su misterio”.

 

Muy pocas veces en la historia una inteligencia humana concibe una teoría tan aguda e inesperada que la comunidad científica no puede decidir del todo qué es lo más asombroso, el hecho en sí o haberlo teorizado. La aparición de su obra maestra: Principios matemáticos de filosofía natural, más conocido como los Principia, fue uno de esos momentos. Este libro hizo inmediatamente famoso a Newton, quien durante el resto de su vida fue



 

 

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cubierto de honores y alabanzas: fue el primer hombre en ser nombrado sir por sus méritos científicos. “Ningún mortal puede aproximarse más a los dioses”, escribió el gran astrónomo Halley, expresando un sentimiento que no se cansaron en proclamar sus contemporáneos y muchos otros después.

 

Mientras Newton elucubraba sobre la Gran Verdad y elaboraba cuidadosos cálculos sobre el preciso movimiento que regía el orden universal, otros, más pragmáticos, alentaban la codicia humana para llenarse los bolsillos. El presidente del partido tory y lord del Tesoro, el duque de Oxford Robert Harley, urdió una de las primeras burbujas financieras: la Compañía de los Mares del Sur, asentada en unos supuestos derechos exclusivos sobre una parte del comercio de bienes y esclavos con las colonias españolas de América del Sur tras el Tratado de Utrecht, que puso fin a la Guerra de Sucesión española tras la muerte de Carlos II y trajo como venturosas consecuencias, de las que aún disfrutamos, la pérdida de Gibraltar y la llegada a Madrid de los Borbones.

 

El avispado Harley intentó resolver un problema de exceso de deuda de la Corona inglesa creando una compañía cuyas acciones se cambiarían por deuda del Tesoro. La compañía solo tenía derecho a un barco que comerciara con bienes y una cuota para aportar 4800 esclavos al año desde África. A pesar de haber conseguido unos derechos tan escasos para operar en las colonias españolas, sus dueños y directivos especularon fraudulentamente con sus acciones, lo que hizo que estas pasaran de cotizar de 500 a 1500 libras en tan solo cinco meses, para luego desplomarse cuando se descubrió el fraude y las masas de inversores acudieron en tropel a deshacerse de sus devaluadas acciones. En tan torpe burbuja terminó Newton por invertir sus ahorros de toda la vida. Cuando se dio cuenta de que había perdido todo su patrimonio, quizá consciente de que la inteligencia es la facultad que nos ayuda a comprender finalmente que todo es incompresible, Newton exclamó: “He logrado predecir el movimiento de los astros pero no la locura de las masas”.

 

“El mercado puede mantenerse irracional más tiempo de lo que uno puede mantenerse solvente”, escribió Keynes. Durante cientos de años, generación tras generación, decenas de alquimistas se afanaron en la inútil búsqueda de la piedra filosofal, sustancia quimérica que podía trasmutar cualquier cosa en oro. La piedra filosofal de los modernos mercados sería hoy aquella capaz de trasmutar el riesgo en certeza, de modo que su afortunado poseedor podría comprar activos o bienes a precios bajos para revenderlos a precios más altos



 

 

 

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sin riesgo alguno para su especulación. Legiones de economistas, inversores y especuladores están en este mismo momento trabajando en ello.

 

Como el ser humano es el protagonista activo de los mercados, somos incapaces de predecir cualquier anomalía estadística y, por tanto, de construir modelos predictivos que pretenden reducir la complejidad del mundo a unas simples fórmulas que, en realidad, jamás predicen casi nada, porque las decisiones están marcadas por los impredecibles animal spirits que caracterizan el comportamiento del Homo sapiens (véase a este respecto Animal Spirits: cómo la psicología humana dirige la economía, de George Akerlof y Robert Shiller, Gestión, 2000), a muchos de cuyos individuos Linneo hubiera podido bautizar como Homo cupidus, el hombre codicioso.

 

El problema de las teorías económicas es que desde el comienzo de los tiempos los mercados se han comportado de forma irracional, al punto de que auges y crisis parecen un componente inevitable del capitalismo de mercado gobernado por las pasiones y el azar. La ciencia económica, inmersa en un mundo de acciones brownianas gobernado aleatoriamente por la irracionalidad, está empeñada inútilmente en volverse una ciencia exacta basada en la modelización matemática, intentando hacer ecuaciones a partir de la naturaleza profundamente subjetiva de los comportamientos del Homo cupidus. La actual crisis demuestra que había otros derroteros posibles, lo que podríamos denominar la vuelta a una economía de las pasiones humanas, una vuelta a los orígenes del pensamiento económico que desde Adam Smith situaba a la economía en un contexto antropológico.

 

En 2002 Daniel Kahneman se llevó el Nobel por recordar que los mortales comunes somos racionales, pero no demasiado. Tal como somos, incautos, temerosos y bastante imprevisibles, es normal que, desregulados, pase lo que está pasando. Todo proceso económico es un proceso antropológico y, por tanto, muchas veces “antropo-i-lógico”. De ahí que los mejores expertos fueran incapaces de detectar los síntomas de la crisis actual mientras que, como señalaba Paul Krugman, todos los taxistas neoyorquinos podían describir a sus clientes las características de la burbuja inmobiliaria que se empezó a formar apenas iniciada esta década aciaga.

 

Tierra prometida: el fracking y el timo del PIB

 

José P. estaba moderadamente satisfecho de cómo le había ido en la vida. Después de 30 años de trabajo en la misma empresa había logrado una



 

 

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retribución anual de unos 40 000 euros y, gracias a los ahorros, al salario de su esposa María (otros 40 000) y a una pequeña herencia, el matrimonio podía permitirse vivir en un chalecito de las afueras —pongamos que hablo de Madrid— valorado en un milloncete de euros. Con sus tres hijos ya emancipados, ambos pagaban su plan de pensiones, podían permitirse un buen viaje de vez en cuando y, sobre todo, disponían de mucho tiempo de ocio para atender el pequeño jardín y el huerto ecológico que rodeaban su vivienda. Un día llamaron a la puerta. Unos señores de una importante empresa les dijeron que era más que probable que debajo de su parcela estuviese enterrado un valioso tesoro.

 

La empresa a la que representaban, experta en buscar tesoros ocultos, disponía de toda la tecnología necesaria para emprender la búsqueda. Si lograban dar con él, la empresa sería la propietaria del mismo, aunque, de suceder tal cosa, el beneficio no sería solo para ella, porque a través de la creación de empleo directo, indirecto e inducido, los multiplicadores económicos, los impuestos y tasas y todas esas cosas, la beneficiada sería la sociedad en su conjunto. El señor P. preguntó qué iban a sacar su esposa y él del destrozo de su finquita. De destrozo, nada: cuando todo terminara, la empresa se comprometía a dejarlo todo tal como lo habían encontrado. En cuanto al rendimiento en términos económicos, además de la satisfacción de contribuir al bien común, el matrimonio recibiría cada año una gratificación equivalente al 0,5 % de los ingresos brutos del matrimonio, es decir, unos 400 euros al año mientras durara la exploración. Si se encontraba el tesoro, el acuerdo se prolongaría durante otros diez años. El señor P. hizo lo que usted haría, a menos que sea candidato a la cena de los idiotas: mandar a los emisarios a hacer puñetas.

 

Destrozar su patrimonio, arruinar su jardín y su huerto por el 0,5 % de sus ingresos era un absoluto disparate, ¿verdad que sí? Pues eso exactamente es lo que hace el fracking. En su comparecencia ante el Congreso en junio de 2013, el ministro José Manuel Soria, el mismo que cree que el meridiano de Greenwich pasa por Canarias, hizo un panegírico en defensa del fracking donde elogiaba sus miríficos efectos sobre el PIB estadounidense: “La contribución de la explotación del gas no convencional al PIB americano en 2010 fue de 76  000 millones de dólares”. Soria no cabalga solo. En un artículo de El País, convertido en exegesis del fracking, el “ex” de todo Javier Solana ofrecía una cifra similar: “La explotación del gas y petróleo no convencional [en Estados Unidos] generó […] 74  000 millones de dólares



 

 

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para las arcas del Estado en 2012” (Solana, 2013). Casi coinciden en una cifra tan espectacular. Pero no se dejen llevar por las apariencias: 76 000 millones representan exactamente el 0,5  % del PIB estadounidense de 2012. Si se aplicara ese porcentaje al PIB español, representaría un incremento de 5000 millones de euros. Es el resultado, exactamente, de aplicar el mismo porcentaje sobre sus ingresos que recibiría José P. en caso de permitir el asalto a su parcela. Un timo.

 

“La codicia es buena”, decía Gordon Gekko, el protagonista de Wall Street. El dinero nunca duerme, la película de Oliver Stone de 1987. Esta crítica feroz al sistema estadounidense de especulación voraz y avaricia desmedida se confirmó en 2008, cuando se ratificaron de un solo golpe los peores miedos de la sociedad bienpensante acerca de los financieros. En el despiadado mundo de Wall Street, la avaricia flagrante había dejado de ser algo de lo que avergonzarse para convertirse en algo que podía lucirse con orgullo, como los trajes de Armani, las camisas a rayas o los tirantes rojos.

 

Al inicio de la actual década, un nuevo espectro comenzó a sobrevolar Europa. Tenía su origen en Manhattan y se llamaba fracking, en castellano fractura hidráulica. De creer a sus apologistas, el “nuevo maná” que estaba devolviendo a Estados Unidos a la posición privilegiada que había ostentado hasta la década de 1970 (ser el mayor productor de petróleo del mundo) era una esperanza para las compañías gasísticas y petroleras, y un espanto para los colectivos ambientalistas. En todo caso, para grupos sociales interesados o afectados, era un proceso que amenazaba con extenderse como una pestilente y destructiva mancha de aceite. Por eso, por su potencial capacidad de afectarnos a todos, a unos para bien y a otros para mal, el espectro está dando mucho que hablar en los tiempos que corren.

 

A mediados de 2012 escribí un informe entre técnico y divulgativo sobre el fracking en España y Europa. Cuando comencé a redactarlo en la primavera de 2012, lo hice desde una posición ambientalista que me hacía rechazar visceralmente un procedimiento que estaba siendo combatido por las principales organizaciones ecologistas estadounidenses, y cuya aparición en Europa había llevado a que surgieran plataformas anti-fracking por todas partes.

 

Lo que había comenzado como una preocupación ambientalista pronto siguió otro camino. Algo no encajaba en mis reflexiones. No se trataba de la producción de gases de efecto invernadero, ni del consumo y la contaminación del agua, de los impactos sobre la salud, el medioambiente o el



 

 

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paisaje, ni tampoco de la capacidad de inducir seísmos, un efecto que cada vez parecía más evidente. Lo que no acababa de convencerme era la brillantez, la rotundidad y hasta la exuberancia de las cifras de producción y de los colosales volúmenes de extracción que se pronosticaban para el futuro, unos números que servían de tarjeta de visita para la aparatosa aparición en el escenario del declive de los combustibles fósiles de una tecnología que, desafiando los aciagos pronósticos lanzados por M.  K. Hubbert en 1949, cambiaría el futuro: la humanidad podría seguir quemando petróleo y gas ad infinitum. Sin saber por qué, aquello me olía a timos muy antiguos, a Enron y a algunas películas que se habían ocupado de describir las artimañas urdidas en la Gran Manzana, como Entre pillos anda el juego, Capitalismo: una historia de amor, The Company Men, Inside Job, Margin Call, Tierra prometida o Los últimos días de la quiebra de Lehman Brothers, títulos que me han servido para denominar los capítulos de este libro y cuyo contenido trato con mayor extensión en el capítulo 6.

 

Cuando había terminado mi informe de 2012 y seguía dándole vueltas al asunto, la casualidad puso delante de mí un artículo de J. David Hughes titulado “A reality check on the shale revolution”, que publicó Nature el 21 de febrero de 2013. Por entonces no disponía de más datos sobre una supuesta burbuja que mi propia intuición, unos pocos conocimientos sobre el pico del petróleo y muchas horas consumidas estudiando las causas que habían provocado la Gran Recesión que castiga hoy a Occidente en general y a España en particular. Durante cuatro años, convertido en un diletante de asuntos económicos, había estado publicando artículos de prensa en los que me ocupaba de las causas de la gran burbuja financiera e hipotecaria que había asolado a mi país. En España la burbuja había sido de suelo y ladrillo, algo muy hispano, pero en absoluto un producto original made in Spain. El origen de todo estaba en la caída de Lehman Brothers y en las imaginativas operaciones de ingeniería financiera urdidas en Wall Street. Intuitivamente, el fracking me parecía eso, una artimaña financiera creada junto a Trinity Church. Era pura intuición, sin más pruebas.

 

En febrero de 2013 leí el artículo de Hughes en Nature y quedé fascinado. Allí, en apenas página y media, estaba resumido lo que daba vueltas en mi cabeza, y allí estaba también, como una cita más entre la escueta bibliografía, la “piedra de Rosetta” de lo que yo quería saber: Drill, Baby, Drill, el libro que Hughes había resumido en las apenas 2000 palabras con las que redactó el artículo de Nature. La lectura del libro me llevó hasta otra publicación



 

 

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clave, Shale and Wall Street: Was the decline in natural gas prices orchestrated?, de Deborah Rogers, una antigua analista del Banco Federal en Dallas. Tirando del hilo de ambas madejas, pronto tenía decenas de artículos acerca de las relaciones entre el fracking, el pico del petróleo y los ejecutivos de Wall Street, retratados por Martin Scorsese en su última película, El lobo de Wall Street, que utilizan sus insaciables fauces para estafar, especular, engañar y robar.

 

Cuando la burbuja carpetovetónica del ladrillo estaba en pleno apogeo y Blesa recorría el país a lomos de su Ferrari, los analistas del Banco de España alertaron del peligro. Nadie prestó atención a aquellos aguafiestas. El geofísico canadiense J. David Hughes y la analista financiera Deborah Rogers son otro par de aguafiestas que están denunciando la burbuja del fracking, un negocio fraudulento que sigue los mismos arteros procedimientos empleados por Wall Street para repartir por el mundo la basura de las hipotecas subprime.

 

En Drill, Baby, Drill, Hughes abre en canal los entresijos urdidos por las compañías petroleras para inflar las reservas de combustibles no convencionales, creando con ello el sueño imposible de un recurso infinito que sostiene a una industria sin futuro y a un negocio condenado a la extinción. Gracias a Hughes, uno descubre que el engaño sigue siendo básicamente el mismo que empleaban los timadores de la estampita: se enseñan unos billetes que excitan la codicia del listillo, se le dice que en un paquete hay otros muchos iguales y, aunque parezca mentira, el listillo va, compra el paquete repleto de recortes de papel, y pica. Las petroleras, apoyadas por los potentes grupos publicitarios que las apoyan, enseñan unos resultados de explotación espectaculares obtenidos en unos cuantos pozos y extrapolan esos resultados a yacimientos enteros todavía no comprobados.

 

El procedimiento es siempre el mismo. Cuando se descubre un posible yacimiento, comienza el frenesí de los alquileres de tierras que aparece en Tierra prometida, la película de Gus van Sant protagonizada por Matt Damon. Al proceso de alquileres le sigue un auge de perforaciones que se centran en las zonas más productivas. Cuando se perfora un pozo por primera vez, la producción del primer año es extraordinaria. Después de la explosión del primer año, la producción cae en picado hasta que, pasado el tercero, los pozos producen un 80-90  % menos y dejan de ser rentables, aunque se mantengan abiertos para alimentar el espejismo de las reservas inagotables. Siete años después serán declarados pozos marginales, unos pestilentes y



 

 

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peligrosos juguetes rotos abandonados a su suerte en baldíos contaminados donde nunca volverá a crecer la hierba.

 

Lo que hacen los operadores financieros es aplicar curvas hiperbólicas a los datos iniciales de producción y pronosticar una vida media de los pozos de unos 40 años. Con esos datos en mente y los contratos de arrendamiento en la mano, Wall Street está haciendo lo mismo que hizo con las hipotecas basura: desarrollar sofisticados productos de ingeniería financiera. Trasformados en imaginativos productos financieros, los derechos sobre los terrenos se valoran a precios desorbitados, con bonos a la firma que multiplican por miles el precio original que se promete a los ilusos propietarios. Me ocuparé de ello en el capítulo 6.

 

Como se trata de mantener los datos de producción inflados, hay que perforar nuevos pozos. Eso supuso abrir 7200 nuevos pozos en 2012. Como el coste medio de perforar un pozo ronda los seis millones de dólares, las compañías invirtieron 42  000 millones simplemente para enmascarar la disminución de la producción. Ese mismo año, el gas de lutitas* estadounidense generó ventas comerciales por valor de 33  000 millones. Parece un negocio ruinoso, pero no lo es: entre el pistoletazo de salida de 2009 y 2011, el entramado financiero ligado al gas de lutitas movió 135 000 millones de dólares.

 

Un mundo feliz

 

Para la industria, el fracking es la llave del mundo que se oculta tras el espejo d e Alicia en el país de las maravillas: un mundo feliz. Para aumentar la confianza en los hidrocarburos no convencionales en un clima preocupante de declive general de las reservas de crudo, la industria del petróleo y el gas emprendió la década pasada una campaña de relaciones públicas desproporcionada en relación con la producción real de los pozos de lutitas. Por supuesto, eso tenía sentido desde el punto de vista exclusivamente comercial, porque, aunque su propaganda proclame lo contrario, las empresas explotadoras de tales recursos no están en este mundo para cuidar del medioambiente, sacar de la ruina a las granjas familiares que les arriendan sus terrenos, aumentar el PIB nacional, disminuir el paro o sacar a las zonas deprimidas del declive económico.

 

Si tales cosas acaban por suceder, es algo colateral a la misión principal de la industria, que nunca las tuvo en cuenta al elaborar sus planes de



 

 

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explotación y producción. Además, dado los rápidos declives del rendimiento de los pozos y, por tanto, de su corta vida, los beneficios que reparta a su alrededor tendrán también una vida muy corta. Sería el colmo de la ingenuidad suponer que estas empresas tienen algún tipo de intención altruista hacia una determinada comarca o hacia sus vecinos.

 

No pierdan el norte y recuerden lo que escribió Adam Smith en La riqueza de las naciones:

 

No esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de su atención a sus propios intereses. Apelamos, no a su humanidad, sino a su amor propio, y en lugar de hablarles de nuestras necesidades, hablamos de su provecho.

 

Hablamos de su provecho: las compañías de petróleo y gas están en el negocio para extraer hidrocarburos al precio más barato y con la mayor eficiencia posible para que luego los consumidores paguemos el precio más alto que puedan conseguir. Si pueden ahorrarse dinero para incrementar sus márgenes de beneficio negándose a utilizar (o evitándolos) los controles ambientales adecuados, eso será precisamente lo que harán si no se les obliga, con independencia de que la zona en cuestión tenga que asumir los costes ambientales o los efectos negativos para otros sectores productivos. Incluso aunque es más que conocido que la contaminación y la degradación ambiental implican costes reales, no son asumidos por la industria, que no los tiene en cuenta en sus balances dada la permisibidad que suelen encontrar por parte de las autoridades, más preocupadas por crecer económicamente y disminuir el paro que por proteger el medioambiente.

 

Un mundo feliz. Según la industria petrolera, cada aspecto de la fractura hidráulica es monitorizado cuidadosamente y celosamente vigilado. Se controla que todas las partes del pozo estén en buen estado y se realiza una prueba de presión del equipo bombeando agua o lodos antes de la estimulación con el fluido de fractura. El proceso se ajusta a las condiciones específicas de la formación y se pueden usar modelos digitales de simulación. Todo es perfecto, pero los pozos y los ríos se contaminan, el ganado se envenena, las casas saltan por los aires o se derrumban víctimas de terremotos inducidos, el agua potable arde al salir por los grifos domésticos, el aire se contamina y las denuncias se suceden por millares. Y cuando todo termine, la



 

 

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industria dice que se encargará de dejarlo todo tal y como estaba sin coste para el contribuyente. Hay sobradas razones para no creerlos: tecleen en su buscador unas cuantas palabras: PrestigeBoliden o plataforma Castor.

 

Si los aditivos químicos que se usan en el fracking son inocuos, ¿por qué las petroleras estadounidenses se niegan a revelar la fórmula exacta de los productos químicos que utilizan? ¿Por qué han conseguido eludir los análisis de impacto ambiental? Si no existe riesgo para la contaminación de los acuíferos, ¿por qué se empeñaron Bush, el presidente petrolero, y su vicepresidente Cheney, cuyos intereses profesionales y económicos estaban y están en la petrolera y gasística Halliburton, en que las actividades de fracking escaparan a la estricta reglamentación respecto a las aguas potables de la Ley Federal de Aguas Potables de 1974 mediante la interesada modificación hecha en la Ley de Energía Limpia de 2005?

 

La preocupación porque la aplicación de una legislación medioambiental y sanitaria más severa pudiera acabar con el negocio lo expresa con absoluta claridad un informe de 2010 de la consultora Ernst & Young: “El principal factor que podría inhibir el crecimiento previsto de la producción de gas de lutitas sería la nueva legislación medioambiental”. Y agregaba: “Actualmente, la Agencia de Protección del Medioambiente de Estados Unidos lleva a cabo un amplio estudio sobre las repercusiones de la fracturación hidráulica en la calidad del agua y la salud pública. La inversión en la explotación del gas de lutitas podría llegar a su fin si se prohíbe la fracturación hidráulica o se limita de forma significativa como resultado de las conclusiones del estudio”.

 

La tecnología de la explotación del gas de lutitas ofrece características que tienen repercusiones medioambientales inevitables y un alto riesgo si la tecnología no se utiliza correctamente, pero también presenta un alto riesgo de causar daños medioambientales y amenazas para la salud humana, incluso si se emplean de forma adecuada. La tecnología de la fracturación hidráulica ha tenido importantes efectos en Estados Unidos, que actualmente es el único país que cuenta con varias décadas de experiencia y registros estadísticos de larga duración. La experiencia muestra que en la práctica se producen numerosos accidentes y se inducen movimientos sísmicos. Las autoridades oficiales sancionan con demasiada frecuencia a las empresas por cometer infracciones. Una parte de estos accidentes son provocados por las fugas en los equipos o el mal funcionamiento de estos; y otra debido a malas prácticas para reducir costes y tiempo, al revestimiento poco profesional de los pozos y a la contaminación de aguas subterráneas por fugas no detectadas.



 

 

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En el mejor de los escenarios —es decir, que no estemos ante una colosal burbuja—, el fracking es pan para hoy y hambre para mañana: el pan de los beneficios cortoplacistas para las empresas y el hambre de los costes ambientales y de calidad de vida que sufriremos todos a medio y largo plazo. Pero quizá el mayor impacto real del mito del fracking en la sociedad esté en la planificación de la política energética. Como resultado no solo del incremento temporal de la producción, sino también de las exageraciones de la industria y la verborrea de sus apóstoles, los Estados Unidos están provocando que el mundo no diseñe nuevas estrategias para un futuro en el que los hidrocarburos serán más escasos y caros; no esté invirtiendo lo suficiente en energías renovables e infraestructuras de bajo consumo; y, en general, esté dejando de hacer lo que todo país debería hacer si quiere sobrevivir en un siglo que verá una rápida desestabilización del clima: emprender el inevitable camino para reducir la dependencia de los combustibles fósiles lo más rápidamente posible.

 

En la primera mitad del siglo XXI estamos llegando al ocaso del imperio del oro negro. El precio del crudo continúa al alza en los mercados globales y las reservas mundiales de petróleo se agotarán en las próximas décadas. Por otro lado, el incremento drástico de las emisiones de gases de efecto invernadero, procedentes de los combustibles fósiles, está contribuyendo al calentamiento de la Tierra y a la alteración sin precedentes de la geoquímica y del clima mundial, lo que tendrá unas consecuencias fatídicas para el futuro de la civilización humana y los ecosistemas terrestres.

 

El crecimiento de la economía de mercado está íntima e indisolublemente correlacionado con un incremento en el consumo de petróleo. En las últimas tres décadas, cada modificación del PIB mundial ha venido acompañada de una modificación equivalente de la demanda de crudo. Mientras el imparable crecimiento del sistema financiero internacional en los últimos 25 años se ha basado en el endeudamiento de gobiernos, empresas y familias, los altos precios del petróleo serán los principales responsables del estancamiento de la economía global, porque el sistema económico dominante se ha basado en energía barata y en consumos continuamente crecientes.

 

Pero no miremos para otro lado: todos somos responsables. Durante los dos últimos años, el Gobierno español ha retirado buena parte de las subvenciones que otorgaba el Instituto para la Diversificación y el Ahorro de la Energía (IDAE) y las ha destinado a planes PIVE (ahora está en vigor el quinto) de renovación de automóviles. Obviamente, se produjo el efecto



 

 

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deseado: el presidente de Ford España dijo hace un par de meses que volveremos rápidamente a un mercado de 1,5 millones de coches, y la prensa proclamó alegremente que el automóvil es un motor económico para salir de la crisis. ¿De verdad esto es una buena noticia? Uno comprende que es un sector con muchísimos trabajadores que, naturalmente, quieren conservar su empleo. Pero, ¿perpetuar este viejo modelo de hiperconsumo contaminante es lo que necesitamos?, ¿es lo que queremos? No puedo evitar la sensación de que la situación se repetirá, que no hemos cambiado y que nos estamos comportando con una estupidez tan ajena a la realidad que resulta suicida.

 

Da lo mismo que tres olas sucesivas de frío polar hayan asolado este año Estados Unidos, que se hielen los Grandes Lagos y que a los neoyorquinos se les congelen hasta las cejas. Da igual que el asesor científico de Obama lo achaque al cambio climático. Da lo mismo contar una y otra vez que la acumulación de dióxido de carbono en la atmósfera está alcanzando niveles inauditos en toda la historia de la humanidad, que se funde el hielo en el Ártico y que Groenlandia es cada vez más verde; que se acidifican los océanos, que a mayor cantidad de vapor de agua en la atmósfera es más fácil que se formen tsunamis destructivos que asolan el mundo y que el delegado filipino en la Cumbre del Clima se ponga en huelga de hambre para pedir medidas contra el calentamiento global sin conseguir nada. Decir todo eso no influye sobre los gobiernos ni moviliza a la ciudadanía: todos seguimos cometiendo el mismo disparate desarrollista y aún lo empeoramos, como sucede con la locura del fracking, que no solo revienta el equilibrio ecológico sino que, además, libera ingredientes cancerígenos (100 compuestos químicos con efectos hormonales para los seres humanos).

 

Todas las decisiones económicas y políticas que se adopten en el trascurso de las próximas décadas estarán supeditadas al coste creciente de la energía procedente de los combustibles fósiles y al progresivo e incesante deterioro del clima y la ecología terrestre. Es cierto que el petróleo, el carbón* y el gas natural* seguirán constituyendo una parte sustancial de la energía del mundo hasta bien avanzado el siglo XXI, pero no es menos cierto que existe un consenso creciente respecto a que estamos avanzando hacia el crepúsculo de un período en el cual los costes de nuestra adicción a los combustibles fósiles se están convirtiendo en un lastre para la economía mundial.

 

La pregunta económica fundamental que todos los países deben plantearse es: ¿Cómo podríamos lograr que la economía global crezca durante estas décadas de ocaso de un régimen energético cuyas externalidades y



 

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deficiencias empiezan a pesar más que lo que, en principio, se consideraron unos enormes beneficios potenciales?

 

No existen soluciones mágicas para resolver el problema de sostener un crecimiento económico infinito con recursos finitos, pero un primer paso es reconocer el problema y dejar de apostar por recursos caros e inaccesibles, contaminantes y condenados a la extinción, como los combustibles no convencionales, en lugar de empezar a caminar por el sendero de las soluciones a largo alcance, como las energías renovables. Deberíamos intentar usar de manera más inteligente las reservas de petróleo que quedan en el mundo, dejando de estimular el consumo desaforado para reconducir la economía hacia necesidades esenciales y emprender la senda del cambio hacia una sociedad poscarbono, sujeta a la menor disponibilidad energética que pueden suministrar las energías renovables.

 

Soy consciente de que el hecho de que la comunidad científica, las plataformas formadas por ciudadanos concienciados y las organizaciones ecologistas levanten sus voces frente a lo que está sucediendo sirve de muy poco, cuando los lobbies energéticos y financieros tienen comprados a una mayoría significativa de congresistas y senadores norteamericanos para que nieguen el cambio climático y apoyen las ansias consumistas de un país adicto a las petroubres. No es nada nuevo; ya los tuvieron a sueldo las empresas tabaqueras, de las que la industria petrolera ha copiado la estrategia: primero, durante el máximo de tiempo, negar la realidad del calentamiento global, igual que se negó el efecto mortífero del tabaco; y luego, cuando negarlo se vuelve imposible, confundir a la opinión pública asegurando que las opiniones científicas sobre el asunto están divididas más o menos a partes iguales.

 

El mundo es muy grande y el ámbito de acción de una sola persona es muy limitado, pero me parece imprescindible la rebeldía personal y la postura de irreverencia crítica hacia la desvergüenza del gran teatro político, por un lado, y del poder económico, por otro, así como la defensa de los grandes espacios de la naturaleza que la fuerza terrible del dinero quiere exprimir hasta la última gota.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Auge y caída del imperio del oro negro

 

 

Déjenme que comience con unas cifras. En una coyuntura de profunda crisis económica, con consumos energéticos amortiguados, el consumo mundial de petróleo durante 2013 ascendió a unos 32 000 millones de barriles*, es decir, un promedio de 87,6 millones de barriles diarios (Mbd), lo que equivale a más de 161  000 litros por segundo. Un flujo difícil de imaginar y que, sin embargo, debería incrementarse en las próximas décadas en más de 7500 millones de barriles al año (Mba) para satisfacer las previsiones de demanda creciente de los países emergentes.

 

Esto significa que para satisfacer el crecimiento de la demanda y compensar un declive anual en la producción mundial de alrededor del 7 %, la petroubre en la que hemos convertido el planeta tendrá que desarrollar de aquí a 2030 una nueva capacidad productiva cercana a los 64 Mbd. Un volumen que equivale a más de seis veces la producción actual de Arabia Saudí.

 

La leche proviene del interior de la vaca y el petróleo del interior de la Tierra, de modo que la petroubre mundial se nutre de la energía interna terrestre. La Tierra solo cuenta con dos fuentes de energía: la interna y la externa. La interna procede de su interior, del calor residual de su proceso de formación, del frenado de las mareas que calientan el núcleo externo terrestre, y de las reacciones nucleares de desintegración de elementos radiactivos. La segunda fuente energética es externa, la procedente del Sol. Solo las energías que derivan de estas dos fuentes pueden considerarse sostenibles, porque su suministro, aunque no sea infinito en términos cósmicos, permanecerá mucho más allá de lo que lo haga cualquier vestigio de la civilización humana.

 

Durante más del 95 % del tiempo que el Homo sapiens y sus predecesores llevan sobre la Tierra han subsistido usando solo la energía solar y sus derivados (vientos, energía hidráulica y biomasa). Durante este largo período la población humana no sobrepasó unos cuantos millones de individuos. Los avances eran lentos y las civilizaciones se desarrollaban, llegaban a su cénit y luego declinaban hasta llegar a desaparecer cuando superaban los límites de



 

 

 

 

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disponibilidad de los recursos energéticos a su alcance o se mostraban incapaces de soportar las fluctuaciones medioambientales.

Todo se aceleró hace poco menos de dos siglos, cuando el escocés James Watt perfeccionó un antiguo artefacto y lo convirtió en la máquina de vapor, que revolucionó los procesos productivos del mundo moderno. Desde entonces, nuestro modelo económico se basa en el crecimiento incesante de la deuda económica y energética, lo que resulta insostenible.

 

Parábola del escarabajo pelotero

 

Cuentan que un teólogo Victoriano preguntó al gran biólogo Haldane si podía deducir algo sobre Dios a partir de su huella en el universo. La respuesta fue: “No sé, quizás una desmedida afición por los escarabajos”. Puede que Dios ame a los escarabajos, pero lo que es seguro es que algunos escarabajos han sido adorados como dioses. El escarabajo pelotero (Scarabaeus sacer) se pasa el día entero recogiendo mierda y amasándola en forma de pelotitas. El escarabajo pelotero es común en Egipto, de modo que también en la Antigüedad resultaba habitual la observación de los esfuerzos del animalito arrastrando y haciendo girar las pelotas de estiércol. Los egipcios encontraron en la ardua faena cotidiana del acorazado coleóptero una metáfora sencilla y efectiva que permitía vincular al animal con la sagrada misión de Ra, el gran dios encargado de mover el Sol a través del firmamento, y añadieron al animalito a su interminable catálogo de dioses, diosecillos y otros seres espirituales.

 

Las teorías marxistas tradicionales atribuyen el poder económico a la propiedad de los medios de producción, de los que el capitalista extrae su beneficio. El capitalista lleva a cabo el ciclo capital-dinero: invierte dinero en personal y equipos para crear un bien o servicio que lleva al mercado, donde se vende y se vuelve a convertir en un dinero en el que está comprendida su ganancia: la plusvalía. Así era la economía real o productiva, sostenida por el dinero real, contante y sonante. Pero esta imagen tradicional del oro respaldando los billetes en circulación, vigente cuando Marx escribía, ya no es válida. En 1971 el dólar dejó de estar anclado al oro, y dos años después el resto de monedas mundiales dejaron de estar ligadas al dólar. Desde ese momento, la creación de dinero ha vuelto (como sucedía antes de la Segunda Guerra Mundial, en los tiempos de la Gran Depresión de 1929) a no tener ningún límite físico. Ya no hay lingotes de oro en las arcas de los bancos



 

 

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centrales que respalden el dinero en circulación. Tal cosa ha tenido múltiples consecuencias, y una de ellas ha sido la creación de dinero de la nada de forma acelerada.

 

La nueva realidad financiera, la posibilidad de crear dinero de la nada, ha provocado cambios importantes en esta forma de ejercer el poder económico. Las nuevas condiciones del sistema monetario y financiero han creado una fuente de financiación abundante que permite crecer al capital a velocidades supersónicas, acceder a más mercados, obtener economías de escala y conseguir una rentabilidad astronómica. Y la llave de todo esto la tiene el poder financiero. De este modo, si el capitalista propietario de los medios de producción tiene la capacidad de extraer la plusvalía, el capitalista financiero tiene la capacidad de multiplicar esa plusvalía en un nuevo y colosal milagro de los panes y los peces.

 

La clave del poder económico en nuestros días es el capital financiero. Ya no se trata de quién posee los medios de producción sino de quién controla la financiación. Ese poder es todavía mayor desde que la progresiva concentración en el sector financiero ha permitido la creación de instituciones demasiado grandes para caer, unos bancos cuyas pérdidas se socializan mientras que sus ganancias se privatizan.

 

En una crisis sistémica como la actual no deja de ser sorprendente que todas las soluciones que se están planteando reclamen el crecimiento económico sin plantearse, siquiera teóricamente, que el ciclo bajista de esta crisis responde a la misma lógica que la fase alcista anterior, y que la necesidad de crecimiento responde a la deuda insostenible que genera el tipo de interés, elemento clave de los mercados financieros.

 

¿Cómo se crea el dinero en un momento como el actual, caracterizado por ser el período histórico de su mayor existencia y crecimiento? De la nada. El dinero se crea de la nada, algo de lo que ya me ocupé en una ocasión anterior. El Banco Central Europeo (BCE), el más grande de los entes creadores de billetes en la UE, crea dinero mediante subastas de euros periódicas en las que pone una cantidad en circulación. Obtenido el dinero en las ubres del BCE, la banca privada produce a su vez dinero cuando lo presta por encima de los depósitos que mantienen.

 

Perfecto, ¿no? Todo el mundo dándole a la manivela y el dinero fluyendo sin cesar. ¿Dónde está el problema? Hasta ahora no he dicho nada de la deuda, que aparece justo después de crear el dinero, al ponerlo en circulación. Cuando el BCE emite euros, no se los da a los bancos de balde sino que fija



 

 

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un tipo de interés. Cuando un banco toma dinero del BCE tendrá que devolverle algo más de lo que pidió, generando inevitablemente una deuda mayor que el préstamo.

 

Es evidente que siempre habrá una deuda mayor que el dinero en circulación. Por tanto, en el sistema hay un déficit irresoluble de dinero: por más dinero que se cree, siempre habrá una deuda mayor. Además, para obtener liquidez, los Estados, la banca y las empresas necesitan recurrir, masiva y habitualmente, a la petición de préstamos para su funcionamiento cotidiano. Como esto se realiza con un interés creciente (el BCE pone un tipo de interés del 1  % al Banco Santander, por poner un ejemplo, y este se lo presta al Estado al 6-7  %), el trasiego del flujo de préstamos hace que el monto total de la deuda se incremente más y más. Una vez que vencen los plazos de devolución de la deuda, es habitual que no se devuelva, sino que las entidades pidan nuevos préstamos con los que devolver capital e intereses de deudas pasadas, incrementando el conjunto de la deuda total aún más.

 

La creación de dinero de la nada se ha multiplicado de forma acelerada hasta provocar que en la actualidad el 90 % de la masa monetaria sea digital. Pero como esto no es Jauja, y la máquina del movimiento continuo está todavía por inventar, nos encontramos en dos situaciones paradójicas: cuanto más dinero se pone en circulación, más crece la deuda y más escaso es el dinero; y cuanto más escaso es el dinero, más tiende a ponerse en circulación.

 

Así las cosas, ¿cómo demonios se mantiene este sistema que produce deudas crecientes que no pueden ser restituidas? Pues con la estrategia del escarabajo pelotero: caminar incesantemente con la bola de mierda entre las patas. El sistema toma prestado contra el futuro sobre la base del crecimiento continuo de un pelotón que nunca puede pararse porque, como les ocurre a los ciclistas, si se paran se caen. Quienes han recibido los préstamos prometen que devolverán las deudas con el único fundamento de la esperanza en la riqueza generada por el crecimiento futuro. Y así va el mundo, dándole a los pedales sin parar.

 

Como muestran todos los indicadores, este crecimiento solo es posible con un consumo creciente de materia y energía, lo cual es imposible en un planeta con unos recursos cada vez más escasos, como sucede con los combustibles fósiles. En esto se traduce la solución de volver a crecer: en una escalada de deuda que ha llegado a unos volúmenes intolerables que el sistema resuelve con la estrategia de crisis periódicas como las que ahora estamos sufriendo. Es la lógica del crecimiento infinito del sistema



 

 

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económico que, apoyado en el interés compuesto, nos empuja a un crecimiento continuo imposible, tan imposible como que un simple escarabajo pueda mover el Sol.

 

Aquí se quema todo

 

Durante los más de 150 años que siguieron a la Revolución Industrial, la humanidad ha obtenido la energía de un modo no muy diferente a como lo había hecho el hombre de las cavernas para calentarse: quemar combustible. Durante miles de años el combustible fue sobre todo materia orgánica viva: la leña. Luego, con el desarrollo industrial explosivo que tuvo lugar a finales del siglo XVIII, continuamos quemando materia orgánica, pero ahora muerta: carbón, petróleo o gas, los tres clásicos combustibles fósiles, que representan una fracción de la energía solar recibida por el planeta en el pasado geológico, trasformada en energía química gracias al aumento de presión y temperatura proporcionados por procesos tectónicos que se deben a la energía interna de la Tierra, y por la acción de microorganismos que llevan sobre la faz de la Tierra más de 3500 millones de años.

 

Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE, 2012) los combustibles fósiles constituyen el 81 % de la energía que se usa actualmente en todo el mundo (figura 1), mientras que los derivados del petróleo* proveen el 95 % de la energía usada para el trasporte. Los combustibles renovables y los residuos suman el 10  % y se componen principalmente de leña, carbón vegetal y estiércol seco, que se utilizan ampliamente para cocinar en los países pobres y cuyo uso causa deforestación y desertificación y, en menor medida, de los biocombustibles que amenazan con provocar escasez de alimentos en todo el mundo. Las 436 centrales nucleares existentes en el planeta contribuyen solo con el 5,8  % del suministro total de energía. El mísero 2,2  % de energía hidroeléctrica es la principal energía renovable sin carbono (pero que provoca inundaciones, daños ecológicos y desplazamientos obligados de personas). Todas las demás fuentes de energía renovables (eólica, solar, geotérmica, etcétera) no representan más del 0,7 % de la oferta total de energía mundial.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 1. Consumos mundiales de energía primaria distribuidos por tipos de combustibles.

 

 

No cabe la menor duda de que los combustibles fósiles han sostenido el incremento exponencial del desarrollo humano en el último siglo y medio, durante el cual su consumo creció hasta convertirse en la mayor fuente productora de energía. Las últimas siete u ocho generaciones humanas han visto cómo los combustibles fósiles han impulsado un inmenso crecimiento en la población y en los consumos energéticos per cápita y global. El crecimiento del PIB y el desarrollo económico, tal como lo entendemos, están estrechamente ligados al consumo de energía, que actualmente es suministrada en más del 80  % por combustibles fósiles finitos y no renovables.

 

Mientras que en 1850 el 80 % de la energía fue suministrada por biomasa renovable (madera y similares), en 2011 casi el 90  % fue suministrado por energías no renovables (petróleo, gas, carbón, uranio, etc.). Durante ese período, el consumo creció 50 veces, mientras que la población creció 5,7 veces y el consumo energético per cápita 8,8 veces. El 90  % de los combustibles fósiles consumidos desde 1850 se ha quemado a partir de 1938, y un 50 % a partir de 1986.

 

En poco más de 150 años hemos quemado casi la mitad del petróleo que se ha formado durante millones de años, y hemos transferido de la corteza terrestre a la atmósfera enormes cantidades de carbono que están contribuyendo a modificar el clima. El calentamiento global observado desde 1970 está fuertemente correlacionado con ese rápido incremento en el



 

 

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consumo de combustibles fósiles y sus emisiones asociadas de gases de efecto invernadero, que están acelerando el calentamiento global de la atmósfera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 2. Consumo mundial de energía primaria por tipos de combustibles entre 1965 y 2011.

 

 

Desde 1965, el consumo mundial de energía se ha triplicado y ha aumentado casi un 8 % en 2009 y 2010 (figura 2). En 2011 el crecimiento del consumo fue del 2,5 %. Ese año, el consumo de carbón creció más que el de ningún otro combustible fósil, un 5,4 %. Las renovables crecieron un 17,7 %, pero todavía representan solo un 1,6  % del consumo total. El petróleo es la principal fuente de energía, seguida por el carbón y el gas natural. La magnitud del consumo energético y la dependencia de los hidrocarburos resultan asombrosas: en equivalentes energéticos, los hidrocarburos suponen el 87 % de los suministros en 2011.

 

Estos hidrocarburos de que dependemos son combustibles con un alto rendimiento energético. Además, se decía que eran infinitos. Pero no es así: se trata de recursos finitos, no renovables, una herencia geológica que una vez



 

 

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consumida no volverá a recuperarse. Cuando su consumo superó los límites de su sostenibilidad, aparecieron los síntomas de su futura extinción. Las minas se agotaban y los pozos de petróleo y gas se secaban, pero a nadie parecía importarle: se excavaba o perforaba cada vez más lejos y a mayor profundidad. La Tierra, desde el Círculo Polar Ártico a la Patagonia y desde el mar del Norte a las costas del Caribe, se ha convertido en un planeta horadado por máquinas cada vez más penetrantes y agresivas que buscan en el subsuelo o bajo el mar la energía en estado sólido, líquido o gaseoso.

 

La agricultura, la pesca, la minería, el trasporte, la industria y el comercio, que dependen en un 95  % del petróleo, florecieron como nunca a partir de 1850, cuando empezó la producción comercial de crudo*, que ayudaron a salir de la pobreza a centenares de millones de personas (o al menoscabo de sus formas tradicionales de vida más sostenible, según como se mire, sobre todo si uno contempla a los demás encaramado en la cómoda posición del Primer Mundo). Además, la producción de alimentos congelados y la fabricación de productos como parafinas*, ceras, vaselinas, cloruros de polivinilo resistentes a la abrasión, plásticos, pinturas, barnices, disolventes, fertilizantes e insecticidas, detergentes, cauchos artificiales (¡hasta los condones, oiga!), negro de humo para neumáticos, poliéster, detergentes, fármacos y ropas, pivotan en torno al petróleo.

 

El petróleo constituye el 40 % del total de la energía primaria comercial utilizada por nuestro planeta, y, aunque ambientalmente denostado, hoy por hoy ninguna de las otras fuentes de energía primaria disponible puede competir con un mineral que ha puesto a disposición de los seres humanos un nivel de comodidad y movilidad inimaginables incluso para los sátrapas, los faraones y los emperadores romanos.

 

Aunque hayan causado problemas sanitarios y medioambientales, no se trata de criminalizar recursos que han servido para el progreso general de la humanidad desde la Revolución Industrial. Los hidrocarburos nos han dado una gran bonanza energética: sus propiedades únicas y su versatilidad serán muy difíciles o imposibles de reemplazar. Desgraciadamente son un recurso finito, no renovable, que produce notables daños ambientales colaterales en su extracción y utilización. Es necesario desarrollar políticas y promover infraestructuras para construir un futuro energéticamente más sostenible. Es imperativo que un futuro así esté basado en hechos objetivos, no en pensamientos ilusos.



 

 

 

 

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La insostenible riqueza de las naciones

 

El problema de fondo es la insostenibilidad de nuestro sistema económico: vivimos en un mundo finito, pero el sistema económico que nos sustenta se basa en un crecimiento infinito. Es algo muy sencillo, pero negado continuamente por los seguidores a pies juntillas de Adam Smith, los economistas neoclásicos y neoliberales, y por la clase política de todos los países desarrollados, que proclaman el aumento de la producción y el consumo y el “crecimiento económico” sin considerar sus costes energéticos y ecológicos. Esto lo dice también el Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz en Caída libre, el libro mencionado donde se cuestiona el fundamento mismo de la economía mundial: crecer, aunque sea a costa de la razón, de la verdad y del sentido común.

 

Adam Smith y su obra capital, La riqueza de las naciones, son contemporáneos de la Revolución Industrial. La escuela de economistas predominante en los círculos de poder es seguidora a ultranza del libre mercado, una escuela de pensamiento surgida de las ideas de Smith durante el inicio de la explotación masiva de los combustibles fósiles. A comienzos del siglo XIX, la disponibilidad de estas nuevas fuentes de energía y de los recursos naturales parecía infinita y la población del planeta era siete veces menor que la actual, lo que indujo a los economistas a teorizar que la demanda determinaba la oferta, olvidándose de los límites físicos y ecológicos del sistema Tierra.

 

Los dos siglos que siguieron a la Revolución Industrial vieron un crecimiento exponencial de todos los indicadores económicos, que acabó por convencernos de que el progreso material puede continuar ad infinitum. Sin embargo, las leyes de la física se imponen a las teorías económicas. La producción de cualquier bien implica que haya recursos y que se realice un trabajo para transformarlos, y el trabajo solo puede realizarse consumiendo energía. La actividad económica depende de la cantidad de recursos y de la energía disponible y no de la cantidad de dinero circulante, porque la moneda es una ilusión cuyo valor es menor que el del papel en que se imprime.

 

Aunque no entre en la cabeza de muchos economistas a los que se ha entrenado en el monetarismo y en el bussines as usual, el problema no es económico sino termodinámico. La Reserva Federal de Estados Unidos puede imprimir todos los dólares que haga falta sin más necesidad que darle a la manivela en los sótanos de Fort Knox; el Banco Central Europeo puede



 

 

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acuñar todos los euros que se necesiten para dinamizar la lánguida economía europea y limpiar las sentinas de la banca privada; Japón puede crear billones de yenes de la nada para recuperar el crecimiento y que no haya una segunda generación perdida. Se puede inundar el mundo con dólares, euros o yenes, pero todavía no ha nacido gobierno alguno capaz de violar el segundo principio de la termodinámica creando energía de la nada.

 

El problema de nuestra forma de vida no es económico, por tanto, sino termodinámico. Estamos inmersos en un modelo que se basa en el crecimiento sistemático del Producto Interior Bruto (PIB) para generar empleo y lo aceptamos de manera acrítica. Con un crecimiento del 2,8 % (que se considera normal), el PIB se duplica cada 25 años y este es un ritmo muy elevado. Lo dicta el sentido común: para que haya un crecimiento de la economía debe haber un crecimiento del consumo de energía. Por tanto, para poder crecer a estos ritmos exponenciales, la disponibilidad de la energía que consumimos cada año debe crecer también exponencialmente.

 

A esto hay que añadir las desigualdades en el consumo de carburantes entre los diferentes países y la tendencia lógica e imparable de los países en desarrollo a equipararse con los desarrollados. Y desarrollo, en el marco de nuestros parámetros económicos, significa aumento del consumo de carburantes. Mientras los movimientos a corto plazo en los precios del petróleo en la segunda mitad del siglo XX estuvieron dominados por los acontecimientos en Oriente Medio, los retos de encontrar petróleo para satisfacer la demanda de los nuevos países industrializados ha sido el tema más preocupante de los últimos 20 años.

 

Miles de millones de ciudadanos del mundo, cuyos países hacen la transición desde la agricultura a las economías industriales modernas, han experimentado una profunda trasformación durante la última generación. Esto ha significado una enorme diferencia no solo en su nivel de vida sino también para el mercado mundial del petróleo. El subconjunto de las economías recientemente industrializadas utilizaba en 1998 solo el 17 % del petróleo del mundo, pero su crecimiento económico, es decir, su progresiva adaptación al modelo de vida de las sociedades modernas, ha supuesto desde entonces el 69 % del aumento del consumo mundial de petróleo.

 

En 2011, un ciudadano del Primer Mundo (un estadounidense, por ejemplo) consumía 4,2 veces más energía que la que consumía un ciudadano medio mundial y 17 veces más que uno indio (figura 3). Casi el 80  % del mundo vive en un estado de pobreza energética, comparado con Estados



 

 

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Unidos. El gran dilema energético del siglo XXI es que el mundo en desarrollo aspira a consumir energía al mismo ritmo que el que impulsó el crecimiento del Primer Mundo. Esta aspiración, que nadie puede negarles, aumentará la demanda de consumo energético haga lo que haga el Primer Mundo para reducir el consumo y, en una era de escasez de suministros energéticos, traerá consigo tensiones geopolíticas y una intensa competencia por los recursos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 3. Consumo energético per cápita por países y regiones en 2011. La comparación del consumo energético de Estados Unidos respecto a otros países aparece como múltiplo.

 

 

El fenomenal crecimiento en varios de esos países había comenzado mucho antes de 1997, cuando los economistas se maravillaban ante el milagro de los “tigres asiáticos”. A la cabeza, los 1300 millones de habitantes de China. El cuatrienio clave fue el comprendido entre 2004 y 2007, cuando el aumento de su PIB era extraordinario, la demanda de petróleo crecía y la oferta estaba estancada. El crecimiento económico mundial en 2004 y 2005 fue impresionante: el FMI estima que el PIB mundial creció a un promedio anual del 4,7  %. El consumo mundial de petróleo creció en ese período en cinco millones de barriles diarios (Mbd), un 3  % por año. Junto con la especulación, esas fuertes presiones de la demanda fueron la razón principal para el aumento constante del precio del petróleo durante este período,



 

 

 

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aunque inicialmente hubiera suficiente exceso de capacidad para hacer que la producción creciera junto a la demanda. Sin embargo, la producción dejó de crecer a partir de 2005.

 

A diferencia de muchas otras crisis históricas causadas por tensiones como las que sacudieron en la segunda mitad del siglo pasado Oriente Medio, no hubo ningún acontecimiento geopolítico dramático asociado con el descenso en la producción de crudo de 2005. La razón más importante fue que varios de los campos de petróleo que habían ayudado a sostener anteriores aumentos de la producción alcanzaron su madurez con tasas de disminución relativamente rápidas. La producción del mar del Norte representó el 8 % de la producción mundial en 2001, pero decayó en más de dos Mbd a finales de 2007. El campo mexicano Cantarell, que había sido el segundo mayor campo productor del mundo, vio caer su producción en un Mbd entre 2005 y 2008. Indonesia, uno de los miembros fundadores de la OPEP*, tuvo su pico de producción en 1998 y en la actualidad es un importador y no un exportador de petróleo.

 

El declive más notable en la producción de petróleo entre 2005 y 2007 se dejó notar en el país productor más importante, Arabia Saudí, que representaba el 13  % de la producción mundial de campo en 2005 y había desempeñado un papel activo como proveedor residual del mundo durante las décadas de 1980 y 1990, cuando aumentaba su producción cada vez que era necesario para compensar los descensos en la oferta o los embargos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Muchos analistas habían supuesto que los saudíes seguirían desempeñando ese papel, y que aumentarían la producción para dar cabida a la creciente demanda en la década de 2000. Sin embargo, la producción de Arabia Saudí fue 8 50 Kbd más baja en 2007 que en 2005.

 

No obstante, mientras la oferta se desplomaba la demanda seguía creciendo, y el PIB real mundial aumentaba un 5 % por año en 2006 y 2007, un ritmo más rápido de crecimiento económico que el que había acompañado el aumento en cinco Mbd del consumo de petróleo entre 2003 y 2005. China por sí sola aumentó su consumo en 840 Kbd entre 2005 y 2007.

 

Hasta hace muy poco, 1992, China era exportadora neta de petróleo. Desde entonces, su consumo se ha multiplicado por cuatro y en 2011 tuvo que importar el 60 % del petróleo que consumió. Ese año China importó seis Mbd, un 7,2 % de la producción mundial. El consumo chino de petróleo ha igualado sus tasas de crecimiento anual: 5-10 %. En el informe anual que clausuraba la



 

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primera década del tercer milenio, la AIE subrayaba el papel de China y de otras economías emergentes en el futuro energético mundial (AJE, 2010).

 

En su pronóstico para la década siguiente, la AIE preveía que el 90 % del aumento de la población, el 70 % del incremento del PIB y el 90 % del alza de la demanda de energía de 2010 a 2035 serán atribuibles a las naciones no pertenecientes a la Organización de Países Desarrollados (OCDE). China consolidará su posición de máximo consumidor mundial de energía: en 2035 utilizará aproximadamente un 70  % de energía más que Estados Unidos, el segundo consumidor mundial, aunque para esa fecha el consumo de energía per cápita en China representará aún menos de la mitad del de Estados Unidos. Los índices de crecimiento del consumo de energía en India, Indonesia, Brasil y Oriente Medio serán incluso más rápidos que en China.

 

Para la AIE, el trasporte de los países emergentes constituía una de las mayores preocupaciones para el horizonte 2010-2035. Una vez conseguido cierto estatus económico, los ciudadanos de esos países querían exactamente lo mismo que habían querido, por ejemplo, los españoles cuando los planes de desarrollo comenzaron a dar sus frutos en la década de 1960: un automóvil.

 

La totalidad del incremento neto de la demanda de petróleo es atribuible al trasporte en las economías emergentes, ya que el crecimiento económico impulsa al alza la demanda de movilidad de personas y mercancías. La demanda de petróleo (excluidos los biocombustibles) pasará, según la AIE, de 87 Mbd en 2010 a 99 Mbd en 2035. El número total de automóviles se duplicará y alcanzará los casi 1700 millones en 2035; las ventas en los mercados no pertenecientes a la OCDE superarán a las de los países de la OCDE antes de 2020, y el centro de gravedad de la producción de automóviles se desplazará a los países ajenos a la OCDE antes de 2015.

 

El consumo chino de petróleo crece desde 1998 a una tasa del 6,3  % anual, y si continúa así durante las próximas décadas pondrá al país en los niveles actuales de consumo de petróleo de Estados Unidos en 2022 y al doble de los niveles actuales de EE.  UU. en 2033. Estas extrapolaciones no parecen fuera de lugar ya que China es el mayor mercado del mundo de vehículos nuevos. Aun así, China solo tiene un vehículo de pasajeros por cada 30 habitantes, en comparación con un vehículo por cada 1,3 habitantes en Estados Unidos.

 

Si no se produce un aumento en la producción de petróleo, el modelo de China y de otras economías emergentes significará que otros países tendrán



 

 

 

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que reducir su consumo, a pesar de sus potentes economías y de sus esfuerzos para reducir el consumo. Esto traerá, sin duda, problemas.

 

Un ingeniero aguafiestas

 

Que el motor de la economía, el petróleo, era un recurso finito cualquiera lo podía ver, pero nadie se daba por enterado. No importaba que los precios se dispararan hasta unas cantidades inimaginables pocos años antes. Durante un tiempo las crisis políticas explicaban el alza de los precios, pero a partir de la década de 1990, cuando el petróleo estaba tan “solo” a 40 dólares el barril (diez veces más que dos décadas antes), empezó a recordarse un pronóstico lanzado en 1956 por un aguafiestas, Marion King Hubbert, ingeniero geólogo de la Shell, en una ponencia presentada en un congreso del American Petroleum Institute celebrado en San Antonio, Texas, que dejó al auditorio estupefacto.

 

Sus cálculos sobre las reservas de petróleo, que había esbozado anteriormente en un breve artículo publicado en Scientific American (Hubbert, 1949), daban la típica imagen de la campana de Gauss: ascenso imparable en los inicios y luego una meseta a la que seguía un declive tan imparable como el ascenso. Por su experiencia en la industria, Hubbert sabía bien lo que se traía entre manos, y lo que hizo en San Antonio fue exponer sus conocimientos de campo con un detallado y minucioso análisis matemático y argumentos tan rotundos que nadie podía negar la evidencia. Veamos estos últimos.

 

Los pozos petrolíferos individuales tienen una vida finita. A veces, mediante técnicas agresivas como inundar los pozos con agua, inyectar dióxido de carbono a presión o arrojar napalm o nitroglicerina por las bocas, se puede ampliar la vida útil de un pozo, pero el agotamiento es inexorable y, finalmente, por productivos que hayan sido, todos los pozos de petróleo alcanzan un punto en que las tasas de producción disminuyen severamente y el coste de las actividades de extracción supera el valor del petróleo extraído. Entonces se declara el pozo “marginal”, se clausura, se tapona con cemento, y los equipos de producción se marchan con la música a otra parte.

 

El mismo principio es válido para los recursos petrolíferos en su conjunto. Cuando se descubre un nuevo yacimiento de petróleo o de gas, se comienza por perforar unos pozos exploratorios que ayudan a determinar el tamaño del yacimiento y la naturaleza de su geología. Con esa información los ingenieros



 

 

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determinan la ubicación óptima y se comienza a perforar en serio. La tasa de producción del yacimiento aumenta a medida que se perforan más pozos. Poco a poco, como los mejores pozos se agotan, las tasas de producción del yacimiento empiezan a bajar, pero los nuevos pozos perforados compensan transitoriamente los descensos. Al final ocurre lo inevitable: cuando todos los posibles lugares de perforación se han utilizado, y la producción de la mayoría de los pozos está desplomándose, se hace imposible evitar la disminución de la tasa global de extracción. El yacimiento es ya marginal.

 

Hubbert observó que en cualquier yacimiento, por importante y productivo que fuera, tras bombear a buen ritmo el crudo más accesible y barato, la explotación se hacía cada vez más difícil técnicamente y más costosa hasta que, inevitablemente, decaía y se agotaba. Tras analizar la producción de muchos yacimientos, concluyó que la historia de la extracción se ajusta a una curva en forma de campana, cuyo punto de inflexión —al que llamó peak oil— coincide aproximadamente con el momento en que la mitad del crudo recuperable ha sido extraído.

 

Naturalmente, los factores políticos y económicos, así como los avances científicos y tecnológicos, pueden alterar la forma de la campana en la medida en que consigan acelerar o desacelerar los volúmenes extraídos en momentos diferentes. Aunque así fuese, más tarde o más temprano, sucediera lo que sucediese, la tendencia de la curva era clara: al igual que las especies, los yacimientos petrolíferos estaban condenados a la extinción. Pero a diferencia de la duración de las especies sobre la faz de la Tierra, el esquema de Hubbert permitía calcular cuándo se acercaba el fin de la historia para el combustible más utilizado en el tiempo que le tocó vivir. Ante el asombro de unos pocos y la rechifla de la mayoría, aquel ingeniero aguafiestas estaba poniendo fecha de caducidad al imparable sueño americano surgido tras la Segunda Guerra Mundial.

 

Para desgracia de Hubbert, era un mal momento para hablar de crisis de los combustibles. En 1956 el Congreso de Estados Unidos había promulgado el Proyecto de Ley Federal de Ayuda para las Autopistas. Esta legislación, ratificada por el presidente Eisenhower, supuso la inversión de 25  000 millones de dólares en la construcción de casi 66  000 km de autopistas interestatales en un período de 30 años, en lo que fue en aquel momento el proyecto de obra pública de mayor envergadura de la historia de Estados Unidos. El sistema de autopistas interestatales resultante logró unir la totalidad de ese país y estableció la infraestructura viaria necesaria para



 

 

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culminar la Segunda Revolución Industrial. Los estadounidenses habían asumido que “lo que era bueno para General Motors era bueno para el país”. El sistema de autopistas interestatales creó la infraestructura de conexión para e l boom de la construcción de viviendas y locales comerciales suburbanos que, a finales de la década de 1980, convirtió Estados Unidos en la economía más fuerte y la sociedad más próspera del mundo, y a los estadounidenses en los ciudadanos más ricos de la Tierra. Por añadidura, el ciudadano norteamericano era un yonqui del petróleo.

 

Para escándalo de las compañías petroleras americanas y, además, para preocupación de la industria del motor de Detroit, a la que el disparatado consumo de los automóviles le importaba un bledo (los consumos entre 15 y 20 litros en 100 km eran normales), cuando Hubbert aplicó su método al conjunto de la producción de Estados Unidos llegó a la conclusión de que el punto de inflexión de la producción se produciría alrededor de 1970. Y eso fue, ni más ni menos, lo que sucedió. Los cálculos de Hubbert se ajustan como anillo al dedo a la producción histórica estadounidense (figura 4).

 

La producción de crudo en EE. UU. comenzó en la década de 1850 y llegó a su pico 120 años después, en 1970. Hacia 2009 la producción se había reducido el 55 % del cénit productivo (40 años después de que alcanzara su punto máximo). Como en 2009 ya se había producido el 85 % del máximo de petróleo calculado como recuperable, eso significaba que solo queda el 15 % por extraer, por lo que el margen de error de las predicciones de Hubbert es mínimo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 4. Producción anual de petróleo estadounidense entre 1860 y 2009 comparada con las previsiones de Hubbert.



 

 

 

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A pesar de las enormes sumas invertidas y de los espectaculares avances técnicos experimentados desde 1970, la producción estadounidense entró en declive y nunca ha podido reanimarse. En 1993 la debilidad del sistema se hizo patente: las importaciones netas estadounidenses superaron a la producción doméstica, y en 2005 las importaciones netas superaron las cifras más altas nunca alcanzadas por dicha producción. De hecho, la producción norteamericana actual se sitúa a unos niveles cercanos a los de los años en que a Marion King Hubbert le dio por elucubrar.

 

El método de Hubbert puede aplicarse también para predecir cuándo la producción mundial de crudo alcanzará su punto álgido. Hubbert abrió el camino a lo que históricamente se ha demostrado: que primero se descubren los yacimientos más grandes y se produce el recurso de mejor calidad, mientras que en la era del declive no solo disminuye la cantidad del recurso sino también su calidad. El pico de producción (peak oil) no significa el agotamiento de golpe y porrazo sino que ya se ha consumido el petróleo de mejor calidad, el más fácil de extraer y, por ende, el más barato.

 

Sin embargo, la predicción a nivel mundial presenta grandes incertidumbres, entre otras razones porque muchos países y compañías tienen intereses políticos o económicos que les llevan a manipular a su antojo sus datos de reservas por motivos geoestratégicos o para manejar el mercado, porque no puede perderse de vista que, como en tantas otras actividades económicas o sociales, en los últimos tiempos el mundo energético se ha globalizado y está condicionado por la necesidad de flujos financieros y los intereses de estos. El mundo de la energía obtenida del petróleo y el gas forma hoy una tupida red con el gran casino financiero en que se ha convertido la economía mundial. Y en ese mundo la creación de burbujas es una tentación tan irrefrenable como la que produjo la Gran Crisis que nos está tocando vivir.

 

De qué hablamos cuando hablamos de petróleo

 

Veamos cuáles son algunos de los problemas que se plantean al hacer previsiones del pico del petróleo. Empecemos por saber de qué hablamos cuando hablamos de petróleo. Para el común de los mortales, para usted y para mí, el petróleo, o crudo de petróleo, es el aceite* mineral natural que impregna determinadas rocas sedimentarias, a partir del cual, por destilación* y refinado, se producen combustibles y una infinidad de productos. Las cosas no son tan sencillas, porque en su afán de sumar a la cuenta de resultados, la



 

 

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industria y los organismos oficiales han logrado que se consideren como crudo productos que no lo son.

 

Empecemos por los líquidos del gas natural (LGN)*. El gas natural es principalmente metano*, pero a medida que sale de la tierra también puede contener hidrocarburos con cadenas moleculares algo más largas, incluyendo propano* y butano*. Ambos se capturan en las refinerías y se utilizan para la calefacción y para fines industriales. Se les llama LGN no porque sean líquidos a temperatura ambiente y presión atmosférica normal, que no lo son, sino porque pueden ser licuados a baja presión y a temperatura más alta que el metano, y por lo general son embotellados y vendidos como líquidos que llegan hasta el consumidor final metidos en bombonas presurizadas.

 

Los LGN poseen solo un 60 % de la energía por volumen que el petróleo crudo y se usan para fines distintos a los derivados del petróleo. Así que, ¿por qué se les llama “petróleo”? Pues por lo mismo que hasta hace bien poco el suelo rústico tenía la misma valoración en España que el suelo urbano: para maquillar las cifras y aumentar el valor de los activos inmobiliarios. ¿Acaso no recuerda usted que en los ingeniosos paquetes de las hipotecas subprime se metían valores seguros y otros de imposible cobro? Pues seguimos en las mismas: engordando activos.

 

Otra manipulación de la industria del petróleo y de los organismos oficiales que les permite inflar la producción es una ingeniosa trampa en el solitario llamada ganancias de refinería. El artificio está basado en que el volumen de entrada del crudo en la refinería es diferente al de salida. La diferencia se debe al procesamiento del petróleo crudo en productos derivados que, en total, tienen menor densidad específica que el crudo procesado. Por consiguiente, el volumen es mayor a la salida que a la entrada de una refinería, con lo cual se obtienen aumentos de la producción que pueden llegar al 10 %, un magro porcentaje que traducido en centenares de millones de barriles es suficiente para cuadrar las cuentas anuales.

 

Luego están los biocombustibles, que se utilizan para fines similares a los del crudo de petróleo, principalmente como combustibles para el trasporte. Sin embargo, el etanol y el biodiesel no manan del subsuelo, sino que se fabrican a partir de productos agrícolas en un proceso que exige un gran consumo de petróleo y gas natural. De hecho, su producción utiliza tanta energía que es cuestionable que rindan alguna energía neta. Contabilizar los biocombustibles con los carburantes cuando se habla de producción es una forma de doble contabilidad. Cuando los organismos oficiales y la industria



 

 

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suman en la contabilidad del “petróleo” los LGN, las ganancias de refinería y los biocombustibles, sus estadísticas están infladas. Cuando se restan de la contabilidad, desaparece casi todo el incremento que apuntan al “petróleo” para sumar puntos en el debate frente a los que sostienen que la producción de petróleo está en declive.

 

Otro factor a tener en cuenta es la deliberada confusión entre reservas y recursos y la calidad del crudo. Algunos analistas favorables a la industria petrolera, a los que más adelante incluiré entre los “epulones”, son muy optimistas sobre el futuro del petróleo y no se hartan de decir que hay enormes reservas de petróleo en todo el mundo que no dejan de crecer. Y si hay todo ese petróleo por extraer —se preguntan retóricamente—, ¿para qué preocuparse de un inminente pico en las tasas de producción? La respuesta es doble. Por un lado, no todos los petróleos son iguales (algo a lo que dedicaré más atención cuando me ocupe de los combustibles no convencionales[3] en el capítulo 4), pues no es lo mismo el petróleo saudí, la mayor parte del cual fue descubierto en las décadas de 1950 y 1960, que es de una extraordinaria calidad y se extrae y se refina de manera barata y rápida, que esa especie de chapapote que son los bitúmenes extraídos de arenas asfálticas*, de pizarras bituminosas* o de los extrapesados venezolanos*, como tampoco son homologables los petróleos obtenidos de aguas ultraprofundas, cuyos equipos de perforación cuestan un millón de dólares de alquiler diario.

Los propagandistas imprudentes o malintencionados confunden las reservas, que son los depósitos de petróleo, gas o carbón que se pueden recuperar de manera rentable en las condiciones económicas actuales y utilizando las tecnologías existentes, con los recursos, las cantidades totales de un hidrocarburo específico que se encuentran en un área determinada. De ello me ocuparé en el capítulo siguiente, por lo que me limitaré ahora a ofrecer un solo ejemplo de que un recurso no es en absoluto un indicador de cuánta energía puede ser económicamente extraída.

 

En el Sol hay toda la energía que usted se pueda imaginar, e incluso más. Ahora bien, una cosa es la energía solar total, un recurso, y otra cosa bien distinta la energía que somos capaces de extraer de él, de forma que, cuando en determinado país hay huertos solares y campos capaces de producir energía fotovoltaica o termosolar, sus reservas son esas y no los recursos existentes en el Sol. De igual manera, la formación de lutitas Green River en Colorado, EE. UU., representa un recurso equivalente a aproximadamente un billón de barriles de petróleo. Si todo ese recurso se contabilizara como



 

 

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reserva, los Estados Unidos pasarían a encabezar la lista de países productores de petróleo. Sin embargo, con la tecnología actual y a los precios actuales de mercado, no se produce petróleo comercial a partir de dicha formación, y esta situación no es probable que cambie a medio plazo.

 

También están los descubrimientos fantásticos. Algunos de ellos, presentados como una nueva piedra filosofal, dan unas cifras que marean. Un periódico norteamericano anunciaba en mayo de 2013 que se habían acabado los problemas energéticos de la humanidad: estábamos sentados sobre una fuente inagotable de gas natural situada en los hidratos de metano congelados en los fondos marinos y en la tundra ártica, en los que “había desde el equivalente a 100 veces el consumo anual de energía actual de Estados Unidos a tres millones de veces más”.

 

Como argumentaré en el capítulo 4, no importa que la posibilidad de extraer gas natural a partir de los hidratos de metano sea la misma que la de repostar combustible tomándolo del depósito de una nave marciana. La cifra aturde, y el personal, más preocupado de llegar a fin de mes que de los problemas energéticos, respira tranquilo.

 

La única forma de considerar que un nuevo descubrimiento contribuye a retrasar el pico productivo sería en el caso de que el volumen de petróleo nuevo que se descubriese superara anualmente el volumen que se extrae de los yacimientos conocidos anualmente, lo que no sucede ni de lejos: en los últimos años, la industria ha logrado encontrar en promedio un barril de petróleo nuevo por cada cuatro o cinco consumidos.

 

La tasa máxima de descubrimientos, que coincidió con el período en que se localizaron muchos campos gigantes, se produjo a nivel mundial en la década de 1960. Desde entonces, la mayor parte del crecimiento de las reservas proviene de los artificios contables y de la reclasificación de recursos marginales. El aprovechamiento de recursos marginales se debe en buena medida a las mejoras tecnológicas en la producción, pero sobre todo a que los precios del petróleo han aumentado lo suficiente como para justificar las enormes inversiones necesarias para extraer y procesar las arenas bituminosas, el petróleo pesado o los petróleos de lutitas. El resultado es que, a medida que se consumen las reservas de petróleo convencional, van siendo reemplazadas por las reservas de petróleo o bitumen* que se extraen más lentamente, a un coste mayor, con mayores riesgos ambientales y con la necesidad de una mayor inversión de energía en el proceso de producción.



 

 

 

 

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Cuando una nueva fuente de suministros petrolíferos entra en funcionamiento, primero debe reemplazar la disminución productiva de los campos existentes antes de que pueda ayudar a impulsar la producción global a un nivel superior. Para el mundo en su conjunto, la tasa de disminución en la producción de los yacimientos petrolíferos existentes oscila entre el 4 % y el 5  % al año. Así las cosas, para mantener un ritmo constante de producción global, el mundo necesita encontrar cada tres años tantas fuentes nuevas de petróleo que, en conjunto, sean tan productivas como Arabia Saudí.

 

Durante los últimos siete años la industria mundial del petróleo ha sido capaz de mantener un equilibrio aproximado entre disminuciones y aumentos, pero hacerlo requiere un incremento sustancial de las tasas de perforación y de los gastos de capital: cada vez hay que perforar más pozos, y cada vez resulta más costoso (en términos energéticos y monetarios) extraer hidrocarburos y convertirlos en combustibles listos para el consumo.

 

Los avances tecnológicos, los acontecimientos geopolíticos y la economía dificultan también precisar el momento del pico petrolífero. La tecnología puede hacer accesibles determinados yacimientos que antes no lo eran, como en el caso del petróleo y del gas de lutitas que trataré más adelante (capítulo 5). Por otra parte, los acontecimientos políticos pueden poner rápidamente fuera de juego la producción de petróleo de una zona determinada, como ocurrió en la década de 1970 con el embargo petrolero árabe y como ocurre hoy con las sanciones de Estados Unidos a las exportaciones de petróleo iraní.

 

La situación de la economía global afecta mucho a la demanda de petróleo: si la economía crece, la demanda aumenta, lo que conduce a mayores precios del petróleo. Los precios más altos estimulan los esfuerzos para producir crudo que antes era poco rentable. Si la economía se tambalea, decaen los precios y se contienen los esfuerzos para producir desde fuentes marginales o no convencionales.

 

Por lo demás, los pronósticos sobre el pico de la producción de petróleo varían, como no puede ser de otra forma en un mundo en que, por acuerdos internacionales, las reservas probadas se mantienen en secreto y donde las compañías petroleras, empeñadas en aumentar el precio de sus acciones, inflan escandalosamente sus resultados. Como muestra, un botón. En 2012, el Servicio Geológico del Departamento del Interior de Estados Unidos, tras analizar los datos de 62 000 pozos, dio la primera señal de alarma acerca de la revolución del gas no convencional: las petroleras habían inflado las posibilidades de producción de gas de lutitas entre un 100 % y un 500 %, una



 

 

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previsión excesivamente optimista que sirvió probablemente para favorecer a los especuladores de Wall Street. Volveré sobre ello en el capítulo 6.

 

Breve crónica de una muerte anunciada

 

En cualquier caso, la acertada predicción de Hubbert no cayó en saco roto y, pese a la divergencia en cuanto a las reservas disponibles, hoy está perfectamente claro para quien quiera verlo que seguir quemando petróleo tiene un fin, y que su ocaso significa también un cambio de paradigma.

 

Cuando comenzaba el nuevo milenio, una cosa parecía clara: el fin de la era del petróleo no estaba muy lejos. No se trataba de que el petróleo se agotara de un día para otro, sino del momento a partir del cual, por mucho que avanzara la tecnología, por más pozos que se perforaran y por más yacimientos que se explotaran, la producción mundial de petróleo no podría seguir la rueda de la demanda porque entraría en declive o, en el mejor de los casos, se estabilizaría por un tiempo para luego iniciar su definitivo descenso.

 

Se veía venir. Desde 1986, con la única excepción de 1991, año tras año se había extraído más petróleo del que se descubría, y por cada barril de crudo descubierto se consumían cuatro, lo que confirmaba que la era del petróleo barato había terminado, una sentencia que proclamaron en 1998 el irlandés Colin Campbell, geólogo retirado de British Petroleum, y el francés Jean Lahèrrere, un ingeniero que trabajó durante 37 años como consultor de Total.

 

Campbell y Lahèrrere (1998) certificaron para el petróleo lo que en la década de 1970 ya preocupaba a los miembros del Club de Roma, un grupo de personalidades del mundo académico y político de diez países que, preocupadas por la insostenibilidad de una civilización basada en recursos no renovables, encargaron al Massachusetts Institute of Technology (MIT) un estudio sobre los problemas que podían amenazar a la sociedad global en el futuro. Se trataba de abordar las cuestiones que preocupan a todos los seres humanos con independencia de su procedencia: pobreza en medio de la abundancia, degradación del medioambiente, descrédito de las instituciones, urbanización descontrolada, inseguridad en el empleo, alienación juvenil, rechazo de los valores tradicionales, inflación y otras anomalías monetarias y económicas.

 

Un equipo del MIT, dirigido por el profesor Dennis Meadows, estudió los cinco factores básicos que determinan, y en último término limitan, el crecimiento en el planeta Tierra: población, producción agrícola, recursos



 

 

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naturales, producción industrial y contaminación. Los resultados, publicados en el libro Los límites del crecimiento, indicaban que, en un planeta finito, el crecimiento exponencial de la población y del producto per cápita no es sostenible, ya que existen límites al crecimiento impuestos por los recursos naturales no renovables y la capacidad del ecosistema para absorber el impacto de las actividades humanas.

 

Según el modelo del MIT, el límite del crecimiento ocurriría en las primeras dos décadas del siglo XXL El estudio fue muy criticado, sobre todo por los economistas, que consideraban que una mayor eficiencia propiciada por las nuevas tecnologías, junto con el condimento de todas las salsas neoliberales, la “mano invisible del mercado”, se harían cargo de los problemas, y la humanidad, quemando todo lo que estuviese a su alcance, seguiría su camino hacia un futuro cada vez más próspero.

 

Sin embargo, 40 años después de su primera edición, las revisiones de las predicciones de Los límites del crecimiento han demostrado que el estudio del MIT estaba esencialmente en lo correcto. Además, después de la gran recesión de 2008, la economía global sigue en un estancamiento general con altas tasas de desempleo, deudas gigantescas y altos precios de todas las materias primas, lo que lleva a pensar que hemos llegado al principio del fin del crecimiento tal como lo entendemos.

 

¿Cómo hemos llegado a esto? Desafiando las leyes de la física. No se trata de un problema meramente económico, como se empeñan en sostener los núcleos de poder. Aunque el precio del barril se pusiera a un millón de dólares, la cuestión es física, termodinámica. Es una cuestión de rendimiento energético: cada vez hay que gastar más y más unidades de energía para obtener cada vez menos petróleo. Era un concepto del que empezó a hablarse cada vez más: la tasa de retorno energético, que descendía cada vez más, y que cuando alcanzase el valor de la unidad significaría el punto final. Volveré sobre ello en el próximo capítulo.

 

Los problemas energéticos no comienzan el día que se cierra el último pozo de petróleo. Lo hacen cuando la producción de petróleo no es capaz de seguir el ritmo desenfrenado que nuestra economía requiere, es decir, cuando se alcanza el peak oil, el pico o el cénit, el momento en que la producción de petróleo deja de crecer y, tarde o temprano, comienza a decrecer. Es una situación que no se puede revertir, porque para extraer petróleo, cada vez más inaccesible y de peor calidad, se necesita gastar más energía, hasta que llega



 

 

 

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el momento en que se gasta más energía para extraer la materia prima que la que ella nos puede devolver después.

 

Mientras tanto, ¿cuándo se alcanzará el pico o cénit del petróleo? Por un lado se alinean los optimistas, que se fían de los datos del Servicio Geológico de Estados Unidos, que había estimado las reservas planetarias de crudo en tres billones de barriles y, en consecuencia, situaba el cénit en 2037. Otros, menos optimistas, rebajan las reservas en un billón y, por tanto, sitúan el pico más cerca.

 

Duelo al sol

 

El Foro Económico Mundial de Davos y el Foro Social Mundial de Porto Alegre actualizan, de cierta manera, la parábola evangélica del rico Epulón y el pobre Lázaro. En Davos prevalecen lo económico, los bienes materiales y el dinero. Hasta hace poco, allí se reunían los epulones del mundo para discutir las monedas, intereses, mercados, inflación y principalmente ganancias. Eran ciegos y sordos al clamor que subía de la Tierra, debido al destino trágico de los pobres y de la devastación de la naturaleza.

 

En Porto Alegre, predominan lo social, los bienes no materiales y la apuesta de que otro mundo es posible. Allí se reúnen los representantes de los pobres lázaros del mundo entero. En su agenda están los bienes espirituales y humanitarios, como la solidaridad, el respeto a la diversidad, la compasión, los cuidados con la naturaleza, el rechazo a todo tipo de violencia y guerra, el compromiso por la paz duradera, el ecumenismo entre las religiones y la democracia social sin fin.

 

Davos y Porto Alegre muestran a la humanidad bajo la amenaza de una bifurcación: de un lado, el tercio con acceso a todos los medios de vida, soñando vivir hasta 130 años que es la edad de las células, y del otro, los dos tercios que sobreviven como pueden, con los escasos recursos que a aquellos les sobran, alcanzando, con suerte, los 60 años.



 

 

 

 

 

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Los párrafos anteriores son del teólogo de la liberación Leonardo Boff, del que tomo prestado el nombre de “epulones”, mientras que el de “lázaros” lo sustituiré por otro de mi propia cosecha, picoflautas, que parafraseo de una simpática denominación surgida a partir de los movimientos del 15-M español, y que aplico a los que creen a pies juntillas que Hubbert tenía razón, entre los cuales me cuento.

 

Los picoflautas son un grupo heterogéneo e informal de geólogos, petroleros jubilados, ecólogos, ecologistas y analistas energéticos independientes que, salvo honrosas excepciones, cuentan con pocos fondos, están dispersos y mal organizados, publican como pueden y en publicaciones que les cuesta un gran esfuerzo difundir y casi no existían como entidad reconocible hace una década. Ni que decir tiene que Internet es la herramienta fundamental para la difusión de sus ideas; cualquiera que quiera comprobarlo no tiene más que poner en el buscador algunos términos como oil peak, peak oil, oil crash, pico del petróleo o similares. Marion King Hubbert sería elegido sin dificultad el gurú iluminador de esta abigarrada tropa.

 

Sus adversarios, los epulones, son los mismos que niegan el cambio climático global, y entre ellos se alinean los industriales del petróleo y gas, los banqueros y especuladores financieros, los think tanks conservadores, políticos de todos los colores (aunque los neoliberales predominan), acompañados todos ellos por sus potentes gabinetes de relaciones públicas, equipos académicos de prestigiosas universidades que reciben abundantes fondos de la industria, y los medios de información más potentes (les guste o no a sus editorialistas, los medios viven de la publicidad y a los epulones no les falta dinero), así como algunos organismos oficiales supuestamente independientes, como la Agencia de Información Energética del Gobierno estadounidense (US EIA) y la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el observatorio energético y brazo propagandístico de la OCDE, dos organismos cuyas estadísticas y pronósticos tienden invariablemente a apoyar los intereses de la industria.

 

Desde luego, ambos grupos tienen diferentes puntos de vista acerca del mundo de la energía. Veamos qué ha pasado con las posturas mantenidas por unos y otros cuando se contrastan con la realidad de los hechos. Olvidémonos del acierto del pronóstico clásico de Hubbert y, dado que el grupo de picoflautas no tiene ni tres lustros de antigüedad, remontémonos a 2003, cuando, casi olvidados Campbell y Lahèrrere, afloraron encendidamente los debates sobre el fin de la era del petróleo. Para ese año, los epulones decían



 

 

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que la producción mundial de petróleo estaría aumentando, una tendencia que se prolongaría durante tres décadas para satisfacer la creciente demanda, la cual, a su vez, crecía a tasas históricas en torno al 3 % por año, más o menos la tasa a la que se estaba produciendo el crecimiento económico medio entre los grandes consumidores de crudo. Equilibrada la oferta y la demanda, los analistas epulones sostenían que los precios del petróleo se mantendrían aproximadamente a su nivel en ese momento, es decir, entre 20 y 25 dólares por barril. El mensaje al mundo estaba claro: “Sigan quemando petróleo, amigos, que hay para todos”.

 

Los picoflautas no se tragaban la píldora. Como eran geólogos y petroleros experimentados, su punto de vista, ajeno a la especulación, a los mercados de futuros y de derivados y a todos esos productos que entusiasmaban a sus rivales, se basaba en la evidencia geológica que surgía de los campos petrolíferos de todo el mundo: se agotaban los campos gigantes de petróleo, disminuían las tasas de descubrimiento de nuevos campos y, como cada vez había que buscar el petróleo más lejos y a mayores profundidades, el aumento de los costos de explotación repercutiría en un incremento de los precios. Para ellos la cosa estaba clara: las tasas de producción mundial de petróleo pronto llegarían a un máximo y luego comenzarían a disminuir, y los precios del petróleo subirían.

 

Los picoflautas no decían que el petróleo iba a desaparecer de golpe y porrazo; no, lo que decían era que el fin del petróleo barato y de la expansión de las tasas de producción se acercaban. Añadían que, como históricamente las subidas de los precios del petróleo habían tenido consecuencias económicas graves, lo mejor que podían hacer las sociedades responsables era prepararse para abandonar las ubres del petróleo tan pronto como fuera posible.

 

¿Qué sucedió en realidad? ¿Quién tenía razón? En 2005, las tasas de extracción de petróleo crudo del mundo dejaron de crecer. Ese año, la tasa media de la producción mundial fue de 73,8 Mbd; en 2012, esa tasa solo había aumentado hasta 75 Mbd, un incremento relativamente insignificante de menos de 1,5 Mbd en siete años, es decir, un 0,3 % de tasa anual promedio de crecimiento: la décima parte de lo que habían pronosticado los epulones. Punto para los picoflautas.

 

Con las tasas de suministro de petróleo estancadas, los precios subieron desde los 35 dólares por barril de promedio en 2003 hasta 110 dólares en 2012. Durante esa década, el precio mundial del petróleo se disparó hasta su



 

 

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récord histórico de 150 dólares por barril en el verano de 2008, cuando la economía mundial se desplomó. Así comenzó la Gran Recesión, la peor desde la década de 1930. No es que el precio del petróleo provocara la crisis por sí mismo, sino que fue una palanca más para derribar el castillo de naipes de la economía mundial. Con su acertado pronóstico, los picoflautas se vinieron arriba y, lo que era mejor para ellos, ganaron credibilidad, y algunos epulones tuvieron motivos para reflexionar. El pico del petróleo comenzó a ser la comidilla en los círculos que seguían las cuestiones energéticas.

 

De ahí a rendirse había un trecho. Los epulones pronto adivinaron un punto flaco en el discurso de sus rivales. Cuando aquellos picoflautas agoreros hablaban de picos, incluían el petróleo y el gas natural, que también estaba dando señales de alcanzar su cénit con los mismos síntomas que aquejaban al petróleo: descenso en la producción e incremento de precios. Pero hete aquí que el incremento de los precios del gas indujo a la industria a rebuscar en el desván de los yacimientos olvidados, donde recuperaron una tecnología costosa, el fracking*, que les permitiría extraer gas atrapado en unos yacimientos colosales de unas rocas llamadas lutitas.

 

Estimuladas por las subvenciones federales, las reducciones fiscales, los créditos a bajo interés y los precios altos del gas, decenas de pequeñas y medianas empresas, cuyos ingresos decrecían conforme disminuían los recursos convencionales y se incrementaban los costes en los estados petrolíferos clásicos (Texas, Luisiana, Oklahoma, Arkansas y Pensilvania), se reunieron en lo que aquí conocemos como uniones temporales de empresas. Acudieron a los bancos, obtuvieron préstamos, compraron equipos y —como hicieron en España los constructores— se pusieron manos a la obra para perforar unos gigantescos depósitos de rocas, las lutitas, que durante millones de años habían servido de sello a las trampas petrolíferas en las que areniscas* y calizas estaban repletas de hidrocarburos. Con la nueva tecnología, las hasta entonces despreciadas lntitas podían ser una fuente colosal de gas con algo de petróleo asociado*. Los viejos estados petroleros, con sus pozos convencionales en estado marginal, pronto se vieron perforados por decenas de miles de pozos de fracking.

 

El resultado fue una explosión gigantesca de la producción de gas natural, ahora rebautizado como gas natural no convencional. Allí fue Troya. Como el suministro de gas estadounidense había florecido, los gabinetes de comunicación de la industria se pusieron a redactar boletines laudatorios, que luego repetían los bustos parlantes de los telediarios y se trascribían más o



 

 

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menos literalmente en los medios de comunicación, convenientemente engrasados por exuberantes campañas publicitarias que presentaban el gas natural como la nueva piedra filosofal que iba a revolucionar el mercado energético. Como no podía ser menos, los ecos cruzaron el charco y llegaron a Europa.

 

El 27 de diciembre de 2010, El País fue el primer diario español en levantar la liebre con el titular “Una revolución a todo gas”, seguido de unas entradillas que hubiera suscrito la industria petrolera: “Los nuevos hallazgos disparan las reservas y cambian las reglas del mercado”, “La tecnología permite extraer energía de donde antes era imposible”. No dejaba de ser curioso que por aquellas fechas una compañía española, Repsol, anduviera enredando con los yacimientos de gas de lutitas de Vaca Muerta Argentina. Para los epulones había un valor añadido: los picoflautas no habían acertado con su pronóstico y ninguno de ellos había previsto lo que se avecinaba.

 

Con los suministros de gas creciendo, los precios del gas estadounidense se desplomaron. En los años pre-fracking, entre 2001 y 2006, los precios del gas se habían disparado desde dos dólares por millón de Btu en 1990 a más de

 

12.  Después de 2007, como el auge del fracking había saturado los mercados del gas, los precios se desplomaron de nuevo hasta los 1,82 dólares en abril de 2012. El gas era de repente tan barato que a los proveedores energéticos les resultaba económicamente rentable usarlo en lugar del carbón para generar electricidad. Empezó el sueño de reconvertir el inmenso parque automovilístico norteamericano de la gasolina* y el gasóleo* al gas. Había tanto gas que, a pesar de que Estados Unidos seguía y sigue importando gas, la industria comenzó a plantear las exportaciones (eso sí, mediante costosísimas terminales para barcos metaneros que debían financiarse con dinero público). Aquello era la Jauja del gas y los picoflautas ni se habían enterado. Estaban definitivamente derrotados. Y por goleada, según creían.

 

Pero los recalcitrantes aguafiestas no arrojaron la toalla. No habían pasado ni dos años desde el boom del gas natural no convencional cuando comenzaron a aparecer estudios, análisis y publicaciones que denunciaban el fraude del gas natural no convencional y la caída artificial de sus precios, que no tardarían en remontar cuando el país se hubiera vuelto adicto al gas. Pero esa es otra historia de la que me ocupo en otra parte de este libro. Regreso ahora a lo que estaba sucediendo en relación con el pico del petróleo.

 

En 2004 empezaron a concretarse algunos pronósticos que situaban el pico a tiro de piedra. A finales de marzo, la consultora británica Douglas-



 

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Westwood situaba el cénit en 2016, y a finales de abril un analista de la compañía estatal de petróleos iraní (NIOC) sugería una fecha aún más temprana: entre 2007 y 2008. Otro análisis, publicado en el boletín del mes de abril de la Association for the Study of Peak Oil & Gas (ASPO*), indicaba que el pico de la producción se situaría en torno a 2010 (véase figura 5).

 

Si uno se fía de la AIE y de su economista jefe, Fatih Birol, la producción de petróleo crudo ya había alcanzado su punto álgido en el año 2006. En su informe mensual de mayo de 2007, cuando el consumo mundial era de 85,7 Mbd, la AIE alertaba sobre la posibilidad de que la oferta fuera insuficiente en los siguientes meses y auguraba un mercado “sediento”, debido a la caída de las reservas de productos de refino. De confirmarse que los 85,7 Mbd suponían el cénit de la producción petrolífera, lo que vendría a continuación sería el decrecimiento de la producción, entre un 3 % y un 5 % anual según el modelo hubbertiano, pero con la inquietante sospecha de que podía ser mayor, como mostraban los descensos anuales verificados en importantes campos ya en declive.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 5. Pronóstico de la ASPO sobre el cénit del petróleo y el gas.

 

 

 

Según los datos presentados por la AIE, las reservas de petróleo en los países de la OCDE se habían reducido en 930 000 barriles diarios en el primer trimestre. Y habían caído en una proporción similar en el trimestre anterior.



 

 

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Se trataba, según el informe, de cifras “inusualmente elevadas”. En particular, este organismo se inquietaba por los stocks de gasolina en Estados Unidos, que habían caído “al nivel más bajo de los últimos 16 años en este período del año”. La caída había impulsado al alza los precios hasta el máximo histórico que siguió al huracán Katrina en septiembre de 2005.

 

En 2007, antes de la actual recesión, el crecimiento del PIB de los países desarrollados rondaba el 3 % (España, 3,1 %; Alemania, 3,4 %), y el de los emergentes era abrumador (China, 14,7  %), según los datos del Banco Mundial. Teniendo en cuenta el consumo de 85 Mbd y suponiendo una media mundial de crecimiento del 3  %, debería aumentarse el consumo anual en aproximadamente un 2 %, lo que duplicaría la demanda (170 Mbd) en unos 35 años.

 

El informe de noviembre de ese mismo año, con el barril de petróleo a 100 dólares, no era más alentador: la AIE no se andaba por las ramas y alertaba de los “riesgos” cada vez mayores de una “crisis de oferta” en el mercado petrolero. Y en un plazo no precisamente lejano: antes de 2015, si no se tomaban las medidas apropiadas, es decir, fuertes inversiones y moderación del consumo.

 

La principal razón era el fenomenal aumento de la demanda en China e India (que creció ese año un 9,8  %), los dos grandes protagonistas del crecimiento económico mundial en los dos últimos años. La voracidad energética de los dos gigantes asiáticos se une así a los factores tradicionales que ejercen presión sobre el mercado: las tensiones en Oriente Medio, la especulación en torno al mercado del crudo, la debilidad del dólar e incluso desastres naturales como el Katrina.

 

Frente a un escenario donde la oferta y la demanda iban más o menos de la mano, la AIE advertía de la posibilidad de que la demanda aumentara en China e India más rápidamente de lo previsto. En ese caso, la producción mundial requeriría un aumento de 36 Mbd hasta 2015, una cantidad superior a las estimaciones de 25 Mbd adicionales que habían anunciado los países productores de crudo para ese año. Con ese ritmo de demanda, el informe era claro: el futuro energético era “insostenible”. Las necesidades mundiales de energía serían en 2030 un 50  % mayor que las actuales (los dos gigantes asiáticos suponían casi la mitad de ese incremento), pero la oferta parecía incapaz de crecer a esa velocidad, según las proyecciones de la AIE.

 

Sin mencionar la palabra maldita (peak), el director ejecutivo de la AIE, Nobuo Tanaka, lo dejaba claro en el informe:



 

 

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La producción crecerá durante los próximos cinco años, pero no se puede asegurar que ese incremento compense el progresivo agotamiento de los yacimientos existentes ni el auge de la demanda. No se puede descartar una crisis de suministro de aquí a 2015, acompañada de una abrupta escalada de los precios del petróleo.

 

Match Point

 

En 2008, según los datos de la US EIA del año siguiente, la producción estadounidense de crudo estaba al nivel más bajo desde 1946, con 5 Mbd de media. El 26 de mayo de 2008, cuando el petróleo estaba a 135 dólares el barril, la AIE encargó una investigación sobre la posibilidad de que el mundo comenzara a no tener suficiente petróleo en cuatro años, cuando la producción mundial estimada alcanzara unos 95 Mbd. No fue necesario llegar a 2012 ni a los 95 Mbd. Ya en 2010, con una producción inferior a los 85 Mbd, la demanda había superado a la oferta en unos 5 Mbd. El mundo comenzaba a vivir de las reservas. La cartilla de ahorros se iba vaciando poco a poco porque las salidas superaban a los ingresos.

 

Con el alambicado lenguaje propio del caso y la sutileza de un comunicado diplomático, en su informe anual fechado en noviembre de ese año, la cautelosa y siempre hiperbólica AIE dio un paso adelante que representaba un cambio en el paradigma que había mantenido hasta entonces: reconocía que el petróleo crudo había llegado probablemente a su cénit productivo en 2006 (véase figura 6). Aunque era demasiado pronto para que la AIE se tragara el sapo y asumiera que la producción petrolífera iba a declinar en los años siguientes, reconocía que los pozos productivos en aquel momento declinarían a toda velocidad durante los siguientes 25 años, en los que se pasaría de una producción media anual en 2010 de 70 Mbd a menos de 20 Mbd en 2035 (un desplome en torno al 5 % anual), pero que tal declive se compensaría gracias al petróleo que se extraería de los pozos todavía no productivos pero en desarrollo, y de los yacimientos aún por descubrir.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 6. Producción mundial de diferentes tipos de petróleo en el escenario



 

New Policies (AIE, 2010).



 

 

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Si, como decía un historiador del siglo XIX, James Froude, la historia es como una imprenta infantil en la que uno puede elegir las letras que quiere y ordenarlas en la forma que desee para que digan lo que a él le apetece, la AIE hace tres cuartos de lo mismo. Que los yacimientos por descubrir eran una entelequia lo demostraba el mismo informe, que, como por arte de magia, no solo sabía el volumen total sino que lo adjudicaba en porcentajes a diferentes países, con Arabia Saudí a la cabeza, que incrementaría su producción en un 50 %, algo inverosímil si se tiene en cuenta que, como escribía más arriba, el petróleo saudí ya había alcanzado su cénit y estaba sumido en un declive imparable a un ritmo de varios cientos de miles de barriles por día, lo que había limitado el petróleo disponible para exportación en un 38 % desde 2005.

 

Sumando los pozos por desarrollar y las entelequias de los yacimientos por descubrir, la AIE cuadraba el imaginativo círculo de sus deseos: conseguía el milagro de mantener la producción de petróleo crudo estable. Ahora tocaba sumar, porque si la demanda crecía, no era suficiente con mantener la producción: había que aumentarla. Para hacerlo, los analistas sacaron dos nuevos conejos de la chistera. Por un lado, en un claro ejemplo de “mezclar peras y manzanas”, sumaron los líquidos procedentes del gas natural (un artificio contable que, como las ganancias de las refinerías, la AIE se inventó en 2005 a modo de comodín para sus exageradas cuentas) y, por otro, añadieron el petróleo no convencional, con lo que el totum revolutum de la producción de petróleo llegaba incluso a subir ligeramente entre 2010 y 2035. Asunto arreglado. ¡Amigos, a seguir quemando!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 7. Pronóstico de la producción de petróleo entre 2011 y 2035 (EIA New Policies Scenarío, AIE, 2012).

 

 

Mediante este artificio, los 85 Mbd de petróleo de 2010 se convertían en 96 Mbd en 2035. La operación de enmascaramiento de la situación se volvía a repetir en el último pronóstico para la producción de líquidos derivados del petróleo de la AIE (figura 7), donde se pronostica un declive de casi dos tercios en la producción de todos los pozos respecto a 2011. Esa proyección dice que la producción total de petróleo crudo decrecerá suavemente durante todo ese período hasta 2035, incluso con el desarrollo de una nueva capacidad de producción de 39,4 Mbd procedente de yacimientos descubiertos y por descubrir (lo que significa una nueva producción equivalente a cuatro nuevas Arabias Saudíes). El resto del incremento del 18,7 % en el suministro mundial de líquidos procedentes del petróleo pronosticado en esa previsión hasta alcanzar los 104,2 Mbd en 2035 procederá de líquidos del gas natural, petróleo no convencional, biocombustibles y ganancias de las refinerías.

 

Es una tarea difícil, pues la AIE dice que solo se podrá conseguir gastando 8,9 billones de dólares en exploraciones y desarrollar la producción de campo, a lo que habría que añadir 1,1 billones adicionales en trasporte y refinerías. Los gastos calculados para 2012 de 614  000 millones de dólares como desembolso para sacar petróleo y gas representan un gasto cinco veces superior a los de 2000 (en dólares nominales, pues si se ajustan a la inflación son entre 2 y 2,5 veces superiores). Que la AIE piense que esos costes no aumentarán más en los siguientes 23 años, como pronostica en sus presupuestados 10 billones (8,9 + 1,1), quizá sea el tercer misterio de Fátima, pero nada más.

 

La fiabilidad de esos cálculos era la misma que podía atribuirse a los pronósticos anteriores. Una vez más, la AIE revisaba a la baja sus propias previsiones de crecimiento de producción: lejos quedaban los 120 Mbd para 2030 que había predicho en 2007, y los 103 Mbd para el mismo horizonte temporal que había pronosticado en 2009, un sueño inalcanzable sobre el que los analistas de la agencia, que los habían proclamado a bombo y platillo, cubrieron un tupido velo.

 

Esa baja de la producción, acompañada por oscilaciones de los precios, había empezado mucho antes. Los primeros avisos de la fragilidad de un sistema muy dependiente de los combustibles fósiles llegaron con las crisis petrolíferas geopolíticas de 1973 y 1979, que provocaron un importante



 

 

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aumento del precio del crudo y fueron el detonante para que la industria del motor realizara una mejora en la eficiencia de los motores y se produjera una disminución de la demanda. Esas medidas, aunadas al descubrimiento y puesta en producción de los últimos campos petroleros gigantes (Alaska y mar del Norte), produjeron una notable reducción del precio del petróleo: el cénit de descubrimientos ocurrió en la década de 1960 y desde entonces los descubrimientos han sido cada vez menores (véase figura 8). Durante las siguientes dos décadas, el crudo se cotizó entre 10 y 22 dólares por barril, lo que favoreció la globalización y el olvido de la lección de los años setenta. Volvió la fiesta del consumo.

 

Sin embargo, a partir de 2002 el precio del crudo empezó a crecer nuevamente de manera sostenida. El fenómeno lo habían pronosticado Campbell y Lahèrrere en el mencionado artículo de 1998. Partiendo de un análisis profundo de los descubrimientos y la producción de petróleo en el mundo, ambos reivindicaban el trabajo de Hubbert, y predecían que durante la siguiente década la producción mundial de petróleo no iba a poder satisfacer la demanda, lo que generaría un alza de los precios. Tenían razón: la producción global de petróleo, que desde la década de 1960 había aumentado a un ritmo anual del 2.1 %, comenzó a estancarse en 2005, lo que hizo que el precio del barril casi se triplicara en menos de tres años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 8. Volumen y número de los campos petrolíferos gigantes descubiertos en cada década desde 1850.

 

 

Los especuladores aprovecharon lo que ya era un secreto imposible de guardar: los yacimientos gigantes de la mayoría de los países productores



 

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empezaron a declinar entre finales de la década de 1990 y el año 2004, y los nuevos yacimientos que entraron en producción en unos pocos países eran cada vez más pequeños. Los campos gigantes y supergigantes convencionales de petróleo, capaces de producir más de 100 Mbd, son los que se descubren primero y se explotan antes en el ciclo de exploración. Aunque hay aproximadamente 70 000 campos de petróleo activos en el mundo, el 60 % de la producción procede de 374 campos, y el 20 % de tan solo 10 (además, uno de ellos, Ghawar, en Arabia Saudí, produce él solito un 7 %).

 

En noviembre de 2007, cuando apareció el informe de la AIE, algunas variedades de crudo habían alcanzado los 100 dólares por barril y el petróleo de referencia en Europa, el Brent del mar del Norte, había pasado de 60 dólares por barril a más de 95 en lo que iba de año. Pero la lectura entre líneas era todavía más preocupante: la escalada en la cotización no estaba reduciendo la demanda de energía. La AIE solicitó una “inmediata” reacción de los gobiernos.

 

Para evitar la crisis, este organismo insistía en la necesidad de generar un modelo más sostenible con retención de la demanda, más peso de las energías renovables y una mejora en la eficiencia energética para reducir las emisiones. Ni lo uno ni lo otro. La demanda seguía en aumento y las llamadas internacionales contra el cambio climático se topaban con la dura realidad del imparable aumento del consumo, según el informe de la AIE que cerró el pasado año.

 

En la actualidad, de los 42 países que producen el 98  % del petróleo a nivel mundial, 30 han rebasado su pico y están en declive. En 2017 el carbón rivalizará e incluso puede que supere al petróleo como principal fuente de energía en el mundo, alentado por la demanda de China e India principalmente. La directora ejecutiva de la AIE, Maria van der Hoeven, justificaba la previsión en “la abundancia de suministro y la insaciable demanda de energía de los mercados emergentes”, lo que hará que el carbón cubra “casi la mitad del aumento de la demanda de energía en la primera década del siglo XXI”. En cinco años. China consumirá más carbón que el resto del mundo junto. Malas, muy malas noticias para el clima del planeta.

 

La demanda también crece en Europa. España es un ejemplo. El carbón se usa cada vez más, y en los once primeros meses de 2012 supuso el 19,6 % de la generación eléctrica, solo por detrás de la nuclear (22,3 %). Dos años antes, en 2010, el carbón solamente había cubierto el 8 % de la demanda eléctrica.



 

 

 

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El aumento del consumo de carbón amortiguó en algunas décimas el declive del petróleo, pero quien piense que el carbón y la energía nuclear es la solución energética del futuro, o mucho cambian las cosas o se equivoca. En el caso de la energía nuclear, la unica opción disponible son las centrales de fisión. A la espera de la ansiada fisión, que es como esperar al Juicio Final, las centrales convencionales de fisión consumen uranio, del que hay para 100 anos con el consumo actual. En la actualidad, la energía nuclear proporciona el 6,5  % de la energía primaria mundial, pero si tuviera que reemplazar al petróleo y al gas, el uranio se agotaría en menos de 11 años. La energía nuclear no soluciona ningún problema energético a medio plazo y un grave problema de residuos durante miles de años.

 

Otro tanto pasa con el carbón. Al ritmo actual de consumo, se calcula que existen reservas seguras para 147 años. Como al carbón le corresponde el 25,1  % del consumo actual, si con esas supuestas reservas se tuviese que cubrir el 80,3 % (al faltar el petróleo y el gas), su duración sería de menos de 46 años, suponiendo que, contra toda evidencia, no se incrementara el consumo energético, y sin contar con que tanto el carbón como el uranio están sujetos a un pico de producción similar al del petróleo, con la consiguiente bajada de su rendimiento energético y subida de su precio, que está siendo meteorica en el caso del uranio. Todo ello dejando de lado los gravísimos problemas ambientales que se derivarían del uso masivo de uranio o carbón.

 

La guerra de los mundos

 

El consumo mundial de petróleo asciende hoy a 32 000 Mba, mientras que en 1965 era de 11  000 Mba, lo que quiere decir que su consumo casi se ha triplicado desde que Aleksei Leonov fuera el primer hombre en dar una vuelta por el espacio. En este período, la producción creció un 163  %, y un 1,3  % entre 2010 y 2011. El consumo se incrementó un 189 % en este período, y un 0,7 % entre 2010 y 2011. En consumo acumulado desde que el primer pozo fuese perforado a finales de la década de 1850, el 90 % de todo el petróleo se ha quemado a partir de 1960, y la mitad desde 1988. El consumo se ha acelerado muy rápidamente en el mundo en desarrollo, particularmente en Asia-Pacífico, Oriente Medio y África (figura 9). Aunque estas dos últimas regiones son grandes exportadoras de petróleo, el rápido crecimiento de su propia demanda pondrá pronto límites a su capacidad de incrementar las exportaciones.



 

 

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Figura 9. Producción y consumos mundiales de petróleo por región petrolífera, 1965-2011.

 

 

Como decía anteriormente, hay cada vez menos petróleo disponible, y el que hay está desigualmente repartido. Si se compara la variación en la producción con el incremento de la población previsto por la ONU, aparecen fuertes declives de consumo per cápita. De hecho, el máximo de consumo per cápita se alcanzó en 1979, antes de que se produjera a continuación un descenso brusco relacionado con el cierre del estrecho de Ormuz, cuando los iraníes derrocaron al sha y este huyó del país el 16 de enero de 1979, dejando el poder a los ayatolás de Jomeini.

 

A raíz de ello se produjo una recesión mundial y el consumo de crudo disminuyó durante varios años hasta bien entrada la década de 1980. A pesar del aumento de producción posterior, como la población ha seguido aumentando, no se ha vuelto a alcanzar un consumo per cápita tan alto como en 1979 (figura 10).



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 10. Barriles per cápita consumidos y previstos para el conjunto de la población mundial desde la Segunda Guerra Mundial hasta 2050.

 

 

Si se considera al petróleo desde el punto de vista del consumo per cápita a escala mundial, las desigualdades en el consumo aparecen más acusadas que cuando se contempla el consumo en su conjunto (véase la figura 3). Con la excepción de Arabia Saudí, el consumo de petróleo por cabeza es mucho mayor en los países desarrollados que en los países en desarrollo. Los estadounidenses consumen 22 barriles por persona y año, cinco veces más de lo que consume la media mundial y nueve más que China. Esta, empero, encabeza ahora las compras mundiales de coches y se ha convertido en el tercer mayor importador de petróleo. En 1992 China era exportadora neta de petróleo. Desde entonces, su consumo se ha multiplicado por cuatro, y en 2011 tuvo que importar el 60  % del petróleo que consumió. Ese año China importó 6 Mbd, un 7,2  % de la producción mundial total, y entró en competencia con Estados Unidos, Japón y la UE. El consumo chino de petróleo ha igualado sus tasas de crecimiento anual: 5-10 %.

 

La UE consume menos de la mitad que Estados Unidos, pero el doble de la media mundial. Dos tercios de la población mundial consumen menos de un quinto de lo que consumen per cápita los estadounidenses, y en muchos casos bastante menos. Como los países en desarrollo aspiran a incrementar su consumo, las tensiones y los conflictos surgirán, por mucho que se empeñen los países en reducir el suyo.



 

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El escenario para el inicio de conflictos internacionales por el suministro de petróleo está servido. Consideremos en primer lugar el asunto de las exportaciones netas. El comercio de petróleo es integrado y global. Enormes cantidades de petróleo se envían en barcos cisterna de continente a continente o fluyen de un país a otro o de una región a otra a través de oleoductos. Muchos países (como España o Japón) no producen petróleo y tienen que importar todo lo que utilizan, mientras que otros (como Arabia Saudí) son importantes exportadores.

 

A medida que el precio del petróleo sube, los ingresos a los países exportadores de petróleo crecen y su expansión económica doméstica trae más demanda interna de petróleo. Por tanto, los países exportadores terminan usando más de su propio petróleo y pasan a exportar menos, incluso si la producción se mantiene constante año tras año. De hecho, la demanda de petróleo en Arabia Saudí está creciendo más rápido que en casi todos los demás países.

 

Desde 2005, la producción mundial de petróleo crudo se ha mantenido prácticamente plana y la cantidad de petróleo exportada ha disminuido en un 5  %. La competencia por las exportaciones disponibles, convenientemente espoleada por los especuladores de los mercados de futuros, ha hecho aumentar los precios del petróleo. Como naciones industrializadas como China son capaces de pagar un precio más alto, superan en los mercados la oferta de los países industrializados más antiguos, como Estados Unidos y los países europeos: China importa cada vez más, mientras que las importaciones de Estados Unidos disminuyen.

 

Si esta tendencia hacia la disminución de las exportaciones de petróleo continúa, y nada hace pensar lo contrario, la cantidad de petróleo disponible en el mercado mundial de exportaciones se reducirá rápidamente en la próxima década. El geólogo del petróleo Jeffrey Brown calcula que, si las tendencias actuales persisten, Estados Unidos y la UE podrían quedar excluidos del mercado de exportación mundial de petróleo en 2025.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 11. Exportaciones e importaciones totales y netas por regiones en 2011.

 

 

 

Como muestra la figura 11, la dependencia de los países industrializados del petróleo proveniente de regiones desestabilizadas es extraordinaria. Las importaciones petrolíferas de las economías industrializadas de Europa, Estados Unidos, Japón y Australia/Nueva Zelanda, junto con las economías en desarrollo como China, India y las emergentes asiáticas, son muy dependientes de Oriente Medio, la antigua Unión Soviética y África Occidental, tres regiones muy inestables.

 

Los conflictos geopolíticos y las recesiones económicas globales que podrían producirse con las expectativas del incremento del consumo y el descenso de los recursos resultan obvios y no serían ninguna novedad en la historia de la civilización, como ha venido a recordarnos Robert D. Kaplan en La venganza de la geografía. Diez de las once recesiones experimentadas desde la Segunda Guerra Mundial están relacionadas con la acusada volatilidad de los precios del petróleo, los cuales responden actualmente no tanto a las leyes de oferta y demanda del mercado tradicional, sino a la especulación financiera de los mercados de futuros.

 

Europa y Estados Unidos consumen el 49 % de las importaciones netas y, por tanto, son muy vulnerables a las interrupciones en el suministro de petróleo y la crisis de los precios. Junto con Japón y Singapur, los países desarrollados consumen el 63  % de las importaciones netas globales. El



 

 

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mundo en desarrollo consume solo el 37  %, pero este porcentaje ha crecido rápidamente. El creciente consumo de petróleo en China e India está presionando rápidamente sobre la disponibilidad y el precio de otros grandes importadores de petróleo. China está asumiendo, en particular, un papel agresivo para asegurarse el suministro de petróleo mediante inversiones en Angola, Venezuela, Canadá y otros países productores.

 

Si se tiene en cuenta que la mitad de los 38,3 Mbd de las exportaciones netas globales en 2011 proceden de Oriente Medio y un 12  % de África Occidental, regiones que son puntos políticos calientes, en particular Irán, Irak y Nigeria y, en menor medida, otros países de Oriente Medio y del norte de África afectados por la primavera árabe, la interrupción de la producción en cualquiera de ellos, especialmente en un importante productor de petróleo como Irán, mediante la guerra o las sanciones, podrían eliminar fácilmente toda la capacidad excedente del sistema. La interrupción de los canales de navegación, como el estrecho de Ormuz o el estrecho de Malaca, a través de los cuales transita diariamente el 19 y el 17 %, respectivamente, del petróleo mundial, precipitaría una crisis de suministro si dura el tiempo suficiente para consumir las reservas almacenadas mundiales de crudo (Marzo, 2012).

 

La historia muestra que las interrupciones temporales de suministro no son una mera hipótesis sino una cruda realidad. Como decía, desde 1970, el mundo ha experimentado 18 interrupciones de una magnitud igual o superior a los 0,5 Mbd. Todas ellas, salvo tres, estuvieron relacionadas con acontecimientos en países de Oriente Próximo y norte de África, con la particularidad de que cinco de las principales crisis —la guerra árabe-israelí de 1973, la revolución iraní de 1978-1979, la guerra entre Irán e Irak de 1980-1988, la guerra del Golfo de 1990-1991 y la guerra de Irak en 1993— provocaron cortes de suministro de entre 2,5 y 5,6 Mbd, que se vieron acompañados de bruscos e importantes repuntes en el precio del barril (Marzo, 2012).

 

El ejemplo de Irán es paradigmático. La industria petrolera iraní, que supone el 80  % de las exportaciones del país y más de la mitad de sus ingresos, está en declive desde la revolución de los ayatolás en 1979 y la guerra con Irak (1980-1988). La inestabilidad política del país había comenzado mucho antes y para recordarlo me remito a una obra que se sitúa en la frontera entre el periodismo y la literatura, El sha o la desmesura del poder (Anagrama, 1982), de Ryszard Kapuscinski, una excelente aproximación para entender lo acaecido en Irán entre el derrocamiento de



 

 

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Mossadegh en 1953 y la revolución de 1979. El libro es el producto final de la unión de una serie de reportajes, cada uno de ellos magistral en su forma de presentar los acontecimientos mediante una reflexión lúcida, colorida y penetrante sobre los mecanismos de la historia y del poder, que el periodista polaco realizó durante los acontecimientos que sucedieron al derrocamiento de Reza Pahlevi y dieron entrada al régimen islámico de los ayatolás.

 

Irán, 1980: los revolucionarios han tomado el poder. En un hotel desierto de Teherán, a partir de notas, cintas magnetofónicas, fotos y otros materiales que ha acumulado desde que está en Irán, Kapuscinski intenta comprender la causa de la caída del sha, un monarca manejado por los intereses de las petroleras occidentales, cuyo lujoso estilo de vida llenaba en la década de 1970 las portadas de las revistas del corazón. Kapuscinski recompone el rompecabezas y, escudriñando como un anatomista en el interior de la revolución recién llegada al poder, nos desvela las fuerzas que sostenían el poder del sátrapa y las que lo minaban. En una luminosa síntesis nos ofrece un retrato, de características únicas, del estado psicológico de un país en medio de la revolución.

 

Todo había comenzado al inicio de la década de 1950, cuando el presidente Eisenhower tomó una decisión que cambió la política internacional para siempre. Irán estaba cargado de petróleo y, lo que era aún más importante, era una pieza crucial en el tablero de la Guerra Fría. Sus vecinos más próximos eran la URSS, Turquía, Irak, Arabia Saudi, Afganistán y Paquistán. Además, quien controlara Irán controlaría el golfo Pérsico y desde allí podría atacar fácilmente Israel, Líbano, Jordania y Siria con misiles, la tecnología bélica favorita de la época. En las elecciones democráticas de 1951, los iraníes eligieron como primer ministro a Mohammed Mossadegh, un parlamentario destacado de izquierdas que puso a las petroleras británicas y norteamericanas entre la espada y la pared: o compartían los beneficios del crudo con el pueblo iraní o tendrían que enfrentarse a la expropiación. Cumplió su promesa. Ante la avarienta negativa de las petroleras, acostumbradas a una rapiña despiadada de los recursos persas, nacionalizó los activos petrolíferos de Irán, y con ello provocó la ira de los gobiernos británico y norteamericano.

 

Después de que Mossadegh nacionalizara el petróleo, Allen Dulles, director de la CIA, pidió que se tomaran medidas drásticas. Sin embargo, debido a la proximidad de los soviéticos, el presidente Eisenhower prohibió que se produjera una invasión militar por miedo a que se desatara una guerra



 

 

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nuclear. En cambio, un agente de la CIA llamado Kermit Roosevelt, nieto del presidente Theodore Roosevelt, fue enviado a Irán con varios millones de dólares. Los movimientos de Kermit puede usted imaginarlos si recuerda o vuelve a ver la película Syriana, con George Clooney, basada en sendos libros sobre sus propias andanzas escritos por el exagente de la CIA Robert Baer. Kermit Roosevelt contrató matones para que amenazaran, asesinaran y provocaran alborotos. Ayudados por la policía, cuyos agentes sin uniforme organizaban violentas manifestaciones para crear la impresión de que Mossadegh era tan impopular como inepto, consiguieron que el país quedase al borde del estallido, dividido entre el pueblo, partidario de Mossadegh, y la oligarquía, apoyada por la CIA, el M-16, el sha y el ejército.

 

En agosto de 1953 el sha firmó dos decretos, uno destituyendo a Mossadegh y otro nombrando al coronel Zahedi primer ministro. Mossadegh no se arredró y detuvo al militar que le había llevado el decreto. Las calles se llenaron de multitudes que protestaban por la decisión del sha. Zahedi se ocultó. Como luego haría Mubarack al ser depuesto en Egipto, el sha, junto con su esposa Soraya, huyó a Roma en avión. Dulles se desplazó hasta allí para coordinar con el soberano huido la acción conjunta que había de destituir a Mossadegh. En la madrugada del 19 de agosto, el ejército salió de sus cuarteles y se dio orden a la policía de lanzar a la calle a todos los efectivos que fueran capaces de conseguir. Por la tarde Zahedi salió de su escondrijo. Mossadegh fue derrocado, metido en prisión durante un tiempo, y pasó el resto de su vida bajo arresto domiciliario. Su prestigio internacional impidió que fuera asesinado. Los dirigentes del partido Tudev y decenas de sus militantes fueron torturados y ahorcados.

 

Reforzado por la CIA y apoyado por Occidente, Reza Pahlevi regresó del exilio en el que apenas había estado unas semanas para ser definitivamente coronado como Shahan-Sha (“Rey de reyes”) en una ceremonia que fue la apoteosis del papel couché. Irán trabajó desde entonces a favor de los intereses de las compañías petroleras occidentales. Por esta razón, desafiando a los estados árabes, aumentó su producción de petróleo durante el embargo de 1973 a 1974, pero desde entonces experimentó grandes protestas.

 

Las huelgas se extendieron al sector petrolero durante el verano de 1978. El 8 de septiembre de ese año tuvo lugar el Viernes Negro en Teherán: se produjeron revueltas en contra del sha (a pesar de que se había declarado la ley marcial) que fueron duramente reprimidas por el ejército. En noviembre, 37  000 trabajadores de las refinerías iraníes se declararon en huelga como



 

 

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culminación de las huelgas que habían provocado que la producción de petróleo iraní cayera en 4,8 Mbd (7  % de la producción mundial en ese momento) entre octubre de 1978 y enero de 1979, pasando de 6 Mbd a 1,5 (Time, 1978) y numerosos trabajadores extranjeros abandonaron el país. Finalmente, el sha huyó de Irán el 16 de enero de 1979. Tomaron el poder los ayatolás de Jomeini. El sector petrolero nunca recuperó su vigor anterior.

 

Aunque durante los períodos del moderado Mohamed Jatamí (1997-2005) el sector recuperó algo de ímpetu, el alza fue fugaz. Y tras la imposición de sanciones en el verano de 2010, la situación fue a peor, hasta el punto de que Irán tuvo que importar gasolina para consumo propio, a pesar de las nueve refinerías con las que cuenta y de estar entre los cuatro países del mundo con mayores reservas probadas tanto de petróleo como de gas.

 

El 50  % de todas las reservas se hallan en seis grandes yacimientos ubicados al oeste del país, desde la frontera con Irak hasta la costa del mar Rojo. El sector está en manos del Gobierno y no está permitida la inversión extranjera directa, aunque sí la asociación entre el Estado y empresas foráneas para proyectos concretos. Buena parte de la industria está en manos de la Guardia revolucionaria Islámica (los pasdaran), el cuerpo de élite del ejército iraní.

 

Irán es el tercer exportador mundial de crudo, tras Arabia Saudí y Rusia. La venta de cerca de 2,2 Mbd supuso en 2010 unos beneficios netos de 73 000 millones de dólares, lo que equivale prácticamente a la mitad de los ingresos del Gobierno de Teherán. Según datos de la US EIA, de enero a junio de 2011 el principal cliente de Irán fue China (22  % del total de sus exportaciones), seguido por la UE (18 %), Japón (14 %), India (13 %), Corea del Sur (10 %) y Turquía (7  %), entre otros. Según la misma fuente, del 18  % exportado a la UE, el principal destinatario fue Italia (7  % del total), seguido por España (6 %), Francia (2 %), Grecia (1 %), Alemania (1 %) y Holanda (1 %). Dentro de la UE, el grado de dependencia de las importaciones de crudo iraní está encabezado por Grecia (14 %), seguida por Italia y España (13 %) y, a mucha más distancia, por Francia (4  %), Alemania (1  %), Reino Unido (1  %) y Holanda (1 %).

 

Hasta la revolución de los ayatolás, Irán producía más de 6 Mbd y desde entonces nunca ha superado los 4 millones. La alianza forjada con la Venezuela de Chávez desde hace más de una década en el seno de la OPEP permitió durante mucho tiempo a Teherán mantener a raya la producción petrolera del cartel para forzar al alza los precios del crudo y mantener los



 

 

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ingresos por ventas petroleras a pesar de la caída de extracción. Sin embargo, la disciplina del grupo se rompió a mediados de 2011, cuando Irán no pudo impedir que Arabia Saudí, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos subieran la producción, a petición de Occidente, para contener la escalada de precios.

 

Ante la presión de Estados Unidos y Europa y las diferencias con sus socios de la OPEP, Teherán centró sus esfuerzos en aumentar las ventas a las grandes economías asiáticas. China, Japón, India y Corea del Sur son hoy los mayores importadores de crudo iraní, pero todo apunta a que estos países buscarán otros proveedores ante el aumento de la presión estadounidense para que dejen de comprar a Teherán. En 2012, la asfixia financiera y comercial impuesta por Washington había hecho a Teherán las ventas de crudo casi inviables.

 

Durante 2011 a Irán le fue prácticamente imposible cobrar sus ventas. Primero, el banco central indio dejó de transferir los pagos, y más tarde se interrumpieron las operaciones con entidades de Turquía y Emiratos Árabes Unidos. Algunos compradores pagaron sus facturas a través del banco Gazprombank, filial del gigante energético ruso. Moscú es, en principio, el último aliado casi incondicional que le queda al Gobierno del presidente Mahmud Ahmadineyad.

 

Ante la imposibilidad cada vez mayor para el régimen de Teherán de burlar las sanciones para sacar partido a sus recursos petroleros, el régimen de Teherán ha impulsado la idea de que está dispuesto a bloquear el estrecho de Ormuz como respuesta a la presión de Occidente. Por el paso marítimo, que en su parte más estrecha apenas ronda los 37 kilómetros, se trasportan 17 Mbd, el 35 % de todo el crudo que se trasporta por mar y el 20 % de todo el que se comercializa en el mundo. Esto sin contar los envíos de gas natural licuado*. Unos 70 millones de toneladas de este producto pasaron entre enero y octubre de 2011 por Ormuz.

 

El cierre del estrecho de Ormuz haría necesario el uso de rutas alternativas. Una de ellas es un oleoducto, con una capacidad de 4,8 Mbd, que atraviesa de este a oeste Arabia Saudí hasta Yanbu, en la ribera del mar Rojo. Otro oleoducto, con una capacidad de 1,5 Mbd y que será inaugurado en breve, discurre por Abu Dhabi hasta el puerto de Fujairah, al sur del estrecho de Ormuz. En cualquier caso, la utilización de estas rutas no compensaría en su totalidad la interrupción del flujo petrolero a través de Ormuz.

 

Las monarquías del Golfo han dedicado grandes esfuerzos a construir rutas alternativas como las mencionadas con el propósito de minar la posición



 

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estratégica de Irán en Ormuz. A fin de cuentas, ellas son las primeras interesadas en evitar la emergencia de Irán como una potencia atómica. Entre otras razones, por la influencia que ello podría suponer sobre la población del Golfo, chií en su mayoría. Irán, Irak, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudí y la Unión de Emiratos Arabes albergan en conjunto a cerca de 81 millones de chiíes, que representan el 61 % de la población del Golfo. Pero además, los chiíes forman el 62 % de la población de Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudí y la Unión de Emiratos Arabes, cinco Estados que suman el 58 % de las reservas mundiales de petróleo. Y esto sin olvidar que la mayoría de los campos y las instalaciones petroleras se encuentran en zona de mayoría chií. Una realidad que quizás explique por qué la represión de la primavera árabe en Bahrein ha sido vista con otros ojos en Occidente.

 

Además de la energía, hay muchos otros factores que inciden en la estabilidad geopolítica. El acceso al agua, los alimentos, los minerales y una variedad de otros recursos, así como los efectos del cambio climático, supondrán enormes desafíos. El escenario de un consumo de energía creciente e incesante en un mundo con tasas de suministros limitadas no solo es muy difícil o imposible de alcanzar a largo plazo, sino que agravará muchos otros factores de riesgo geopolítico. A quienes deseen aprender más sobre cómo el petróleo y otros recursos condicionan la geopolítica aconsejo la lectura de La venganza de la geografía (Kaplan, 2013).

 

Horizontes sin grandeza o no hay mal que por bien no venga

 

Las previsiones de 2011 de la Agencia de Información de la Energía estadounidense (US EIA, 2011b) indican que el consumo mundial de energía crecerá un 44 % entre 2011 y 2035, un período en el cual la población habrá crecido un 23 % y el consumo energético per cápita lo habrá hecho un 14 %. La cantidad acumulada de consumo de energía requerida para sostener tales incrementos supone gastar en 24 años un 71  % de todos los hidrocarburos consumidos entre 1850 y 2011. Esto nos llevaría a consumir diez veces el consumo energético per cápita de 1850 y 70 veces la energía total invertida desde entonces (véase figura 12). En esta figura los datos aparecen desglosados por combustible y en porcentajes respecto al consumo de 2011. Esta proyección se asemeja al perfil del consumo energético mundial, asumiendo que se cumplan tanto la proyección del escenario de referencia de



 

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la US EIA para el consumo global de energía como los pronósticos sobre el crecimiento de la población.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 12. Población mundial y consumos energéticos per cápita y total entre 1850 y 2035.

 

 

Como decía más arriba, la totalidad del incremento neto de la demanda de petróleo en las tres próximas décadas es atribuible al trasporte en las economías emergentes, ya que el crecimiento económico impulsa al alza la demanda de movilidad de personas y mercancías. Por eso, el incremento de la utilización de petróleo se producirá a pesar de algunos impresionantes avances logrados en el ahorro de combustible en numerosos países, especialmente en los automóviles en Europa y el trasporte pesado en Estados Unidos. Aunque están surgiendo tecnologías alternativas aplicables a los vehículos que emplean los combustibles derivados del petróleo de forma mucho más eficiente o no recurren a ellos en absoluto (como en el caso de los vehículos eléctricos), estas tecnologías necesitan tiempo para ser comercialmente viables y lograr introducirse en los mercados de forma significativa.

 

El petróleo está en caída libre y en menos de cinco años la tendencia comenzará a acelerarse. Aun así, existen sucedáneos que no tienen la misma rentabilidad ni son tan versátiles, donde todavía el cénit está más escondido: el gas natural, el carbón y el uranio. Estas tres materias primas no han alcanzado aún su máximo, pero se calcula que lo hagan de aquí a 2020. Y



 

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debemos tener en cuenta que el combinado de petróleo, gas, carbón y uranio se espera que alcance su máximo en 2018. Sin embargo, la lógica más elemental dice que comenzará a disminuir antes, ya que para la extracción de estas materias primas se requiere el petróleo, y este es el que tiene peor proyección. Seguir quemando o confiando exclusivamente en recursos finitos no garantiza el crecimiento infinito en que se basa nuestro modelo económico global.

 

La economía de mercado y el mercado mundial dependen completamente del trasporte internacional de mercancías y personas: en el mundo hay unos 800 millones de automóviles, 300 millones de camiones, 3,5 millones de barcos de pesca, 50  000 buques de carga marítima, 45  000 aviones de pasajeros y un número desconocido de trenes, autobuses y barcos de carga para aguas continentales. Salvo honrosas y pintorescas excepciones, prácticamente todos estos vehículos funcionan con gasolina, diesel, queroseno* y fueloil*. Es muy poco probable que todos estos vehículos se puedan sustituir por otros que usen energías renovables debido a la falta de tecnologías maduras, de materiales de base y de falta de tiempo para hacerlo (véase la tasa de suministro en el capítulo siguiente).

 

Sin petróleo, la economía mundial es incapaz de mantenerse a sí misma. Sin fueloil, los productos no pueden moverse en una economía globalizada. Sin queroseno, el turismo internacional en avión cesaría. Sin diesel, un camión ni siquiera puede viajar entre Algeciras y Barcelona. Sin petróleo, la economía mundial tendría que volver a los coches de caballos, bueyes y mulas, a los veleros, y deberíamos olvidarnos de los viajes aéreos salvo que emulemos a Phileas Fogg. Pensándolo bien, si se quiere ver el lado positivo, significaría el fin de la globalización neoliberal, que hace que tantos países y pueblos sufran la miseria perpetua, y el fin de la emisión de gases de efecto invernadero, que están provocando un desastroso cambio climático. No hay mal que por bien no venga.

El sector del trasporte, que representa más del 70  % del consumo de petróleo en los países desarrollados, depende casi exclusivamente de los combustibles a base de petróleo, mientras que las alternativas renovables para el sector están todavía en pañales. Por otra parte, debido a la actual crisis económica es imposible plantear el gasto en inversiones que requeriría un proceso de reconversión de esa naturaleza. Pero eso no implica que debamos quedarnos de brazos cruzados sin prepararnos para el futuro. Toda transición energética lleva su tiempo y hay que prepararse para ello.



 

 

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Como demuestra la historia, una transición energética tarda por lo menos entre 30-40 años en completarse: hay que inventar, mejorar, introducir y popularizar el invento en la vida cotidiana. Los ancestros de la máquina de vapor ya fueron descritos por Taqi al-Din en 1551 durante el Imperio Otomano y por el italiano Giovanni Branca en 1629. Pasaron dos siglos hasta que James Watt logró mejorar lo suficiente la máquina de vapor en 1775 para que se introdujera comercialmente y diera el pistoletazo de salida para la Revolución Industrial. El francés Eugène Alphonse Beau inventó el primer motor de cuatro tiempos de combustión interna en 1861, pero los automóviles eran una atracción de feria hasta que el estadounidense Henry Ford revolucionó el trasporte con la producción en masa de su famoso Ford T: habían pasado 47 años. Los hermanos Wright volaron en su primer avión motorizado en 1903. Durante la Primera Guerra Mundial, los aviones militares seguían siendo curiosidades con pilotos legendarios como el Barón Rojo y su pequeño triplano artesanal. En 1935, el Douglas DC-3, el avión que revolucionó el trasporte de pasajeros en los años 1930 y 1940, realizó su primer vuelo el día del 32 aniversario del primer vuelo motorizado de los hermanos Wright. Como había hecho el Ford T en el sector de la automoción, el DC-3 transformo y maduró la aviación comercial.

 

La humanidad debería haber comenzado a prepararse para la escasez de combustibles fósiles desde la década de 1970, cuando el cénit del petróleo pronosticado por Hubbert para Estados Unidos se hizo realidad, o cuando el Club de Roma presentó su informe Los límites del crecimiento en 1972 y después de las dos crisis del petróleo de 1973 y 1979. El presidente Jimmy Carter era plenamente consciente de ello cuando en 1977, tan solo tres meses después de haber tomado posesión, hizo una valiente llamada de atención en su discurso a la nación sobre la energía:

 

La crisis energética no nos ha desbordado todavía, pero lo hará si no actuamos con rapidez.

 

Aún había tiempo suficiente para llevar a cabo una transición energética mundial de los combustibles fósiles. Por desgracia, como sabemos, los países ricos prefieren simplemente disfrutar de la abundancia y no ser los aguafiestas exigiendo austeridad y la aplicación de fuertes inversiones en energías renovables. Haciendo caso omiso de las advertencias del presidente Carter, quien tuvo solo un mandato y fue derrotado por George Bush padre, apoyado



 

 

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por la industria petrolera texana, quizá hayamos perdido la única oportunidad que teníamos para ser liderados hacia una transición energética cada vez más imprescindible.

 

Al país mayor consumidor de petróleo del mundo no le gustan los presidentes ambientalistas como Jimmy Carter o los candidatos ecologistas como Al Gore; prefiere los Bush u Obama, un presidente que parece encantado con la fiesta de la quema de los combustibles fósiles:

 

Tenemos un suministro de gas natural que puede durarle a Estados Unidos casi 100 años,

 

proclamó el presidente Obama en su discurso sobre el estado de la Unión en enero de 2012. El presidente oficializaba así el mito de la energía “barata y abundante” del gas de lutitas que se ha extendido por todo el mundo, pero que se originó hace aproximadamente un lustro con el boom americano basado en los precios artificialmente bajos, a los que se llegó mediante la especulación y las sobreestimaciones de las reservas hechas por los operadores.

 

Ni la industria ni muchos gobernantes, entre otros el del país más adicto al petróleo del mundo, se dan por enterados del problema energético cuando propagan alegremente que el gas y el petróleo de lutitas y otros combustibles no convencionales representan un nuevo renacimiento del consumo energético y la “independencia energética”. Aunque los combustibles no convencionales son ahora y seguirán siendo importantes en retrasar el declive terminal de la producción de los convencionales, ver en ellos el bálsamo de Fierabrás que evitará enfrentarse al problema a largo plazo del fin de los combustibles no renovables es falaz. El problema acabará por presentarse, se quiera o no.

 

La retórica basada en las estimaciones in situ de los recursos de combustibles fósiles no convencionales proclama que los hidrocarburos serán abundantes y podrán suministrar gran parte del consumo energético requerido para sostener la economía en los próximos 25 años. No es así, y este libro trata de contarlo.

 

Empezaré por tomar en consideración dos puntos esenciales: cuánto rinde cualquier combustible en términos de sus tasas de suministro y de energía neta (capítulo 3) y de qué estamos hablando cuando hablamos de convencional y no convencional (capítulos 4 y 5).



 

 

 

 

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El secreto de la pirámide

 

 

La ceremonia de la confusión

 

Como apunté en el capítulo anterior, buena parte de la confusión acerca del potencial de los combustibles fósiles en general, y del gas de lutitas en particular, procede de ignorar, consciente o inconscientemente, la diferencia entre recurso y reserva.

 

Un recurso es la cantidad total de un hidrocarburo específico que se encuentra en un área dada. Un determinado recurso no es en absoluto un indicador de cuánto hidrocarburo puede ser económicamente extraído (por ejemplo, es posible la TRE sea negativa, es decir que se necesite más energía para extraer un recurso que la que el propio recurso contiene o, sencillamente, puede que no sea accesible). Por su parte, una reserva es un depósito de petróleo, gas o carbón que se puede recuperar de manera rentable dentro de las condiciones económicas presentes y utilizando las tecnologías existentes. La diferencia real entre reserva y recurso tiene un componente legal importante y es que las reservas tienen un valor como activos, el mismo que puedan tener los bonos, las acciones o los bienes raíces, lo que quiere decir que están sujetas a las mismas reglas de auditoría y control de los organismos reguladores que cualquier otro valor que cotice en bolsa, de manera que inflar las reservas para utilizarlas como activos es un delito.

 

Por eso, cuando en el capítulo anterior hablaba de las reservas “infladas” del petróleo de Arabia Saudí que aparecen en una de las biblias de referencia de la industria petrolera, el BP Statistical Review of World Energy (BP, 2012), a pesar de que es un informe estadístico no destinado a la cotización de la empresa British Petroleum en el mercado de valores, la compañía se guardaba ladinamente las espaldas haciendo una salvedad en la letra pequeña del informe mediante la cual declaraba que sus reservas mundiales estimadas de petróleo no cumplen ni con la definición aceptada de reservas ni, incluso, con su propia definición:



 

 

 

 

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Las reservas mundiales de petróleo y gas estimadas en el informe BP Statistical Review of World Energy de junio de 2012 no cumplen necesariamente con las definiciones, normas y prácticas establecidas para determinar las reservas probadas de la compañía; por ejemplo, no se ajustan a las reglas británicas contenidas en la declaración de prácticas recomendadas “Contabilidad de la exploración, desarrollo, producción y actividades de clausura de petróleo y gas” (UK SORP), ni a las publicadas por el organismo regulador de las actividades bursátiles (US Securities and Exchange Commission), ni representan necesariamente el punto de vista de BP sobre las reservas probadas en cada país. Los datos utilizados han sido recopilados utilizando una mezcla de datos oficiales primarios y datos de terceros.

 

O sea, que no son fiables. Otra cuestión importante respecto a la obligación de declarar verazmente las reservas probadas en los mercados regulados es la comercialización de los hidrocarburos en el mercado Over the Counter (OTC)*, un tipo de mercado paralelo, extrabursátil, no regulado, al que también se denomina “mercado de contratos a medida”, y en el que se negocian instrumentos financieros (acciones, bonos, materias primas, hipotecas y sus derivados, etcétera) directamente entre las partes. En los OTC cada uno de los operadores hace de su capa un sayo, porque en ellos las transacciones se realizan fuera del ámbito de los “mercados organizados” o “regulados”, cuyo ejemplo más típico son las bolsas de valores. Por eso, como no es lo mismo acudir ante un regulador bursátil que publicar la propaganda que a uno le venga en gana, en los boletines estadísticos que difunde para sus clientes o en las notas de prensa que se envían a los medios, la industria petrolera aprovecha para arrojar un anzuelo en el que, como en el timo de la estampita, siempre pica alguien.

 

Veamos otro ejemplo de baile de números que parecen extraordinarios pero que una vez desbrozados se quedan en poco más de una minucia. La edición de la segunda semana de enero de 2014 del ampliamente divulgado The New York Times International Weekly empleaba media página en una noticia titulada “Jatropha 2.0, llega la revolución de los biocombustibles” (Woody, 2014). La “revolución” se basa en que SGB, una empresa biotecnológica de San Diego, California, iba a cultivar 100 000 hectáreas en



 

 

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Brasil, India y otros países en los que esperaba producir “algún día” 265 millones de litros de crudo anuales. Fíjense en un primer detalle: la producción se ofrece en millones de litros, por lo que la cifra parecerá fantástica al común de los mortales y, según parece, también al redactor de la noticia.

 

Recuerde que los números de la industria son tan descomunales que jamás se emplean litros, sino barriles de 159 litros cada uno. Cuando convertimos los 265 millones de litros anuales en barriles resultan ser 1,7 Mba, es decir, que las 100  000 hectáreas producirían en el mejor de los casos 4,5 Kbd. El consumo mundial es actualmente 86,7 Mbd, de lo que se deduce que la producción de jatrofa desaparecería en un suspiro. Además, como las jatrofas de marras son árboles que tardarán varios años en crecer, pongamos que unos 10, se ello se deduce que en 2014, cuando el consumo mundial de crudo sea de unos 110 Mbd, la “revolución de la jatrofa” se habrá quedado en nada.

 

Salvo honrosas excepciones que se supone que existen, cuando los redactores reciben los boletines publicitarios, los resúmenes de prensa de la industria petrolera o los preciosos resúmenes ejecutivos de las agencias, se encuentran con párrafos como el que sigue, que traduzco directamente de un artículo sin firma publicado en el número 15 de la revista Oilfield Review, financiada por la industria:

 

Si el objetivo es describir el gas natural, los números confieren un nuevo significado al término grande. El promedio de reservas comprobadas de gas del mundo se estima en 156 billones de m3 [5500 billones de pies cúbicos o Tpc]. Esto, traducido en reservas potenciales, se aproxima a 372 billones de m3 [13  000 Tpc]. La incorporación de reservas de fuentes no convencionales, tales como el metano en capas de carbón, y fuentes altamente especulativas, como los hidratos de gas natural, arroja un total de unos 20 000 billones de m3 [700 000 Tpc].

 

Buena adivinanza, ¿verdad? Naturalmente, el periodista tiene que buscar un titular y este siempre suele ser la cifra más alta. De manera que el titular probablemente sea algo así: “En el mundo todavía quedan 20 000 billones de m3 de gas natural”. En realidad, las reservas comprobadas son de 156 billones de m3, pero, ¿desde cuándo es noticia que los perros muerdan a los niños?



 

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Cuando aparecen números apabullantes, conviene mantener la cabeza fría, leer entre líneas y hacer algunos cálculos elementales. En un artículo publicado en El País (1/06/2010), donde se comentaba el desastre ecológico protagonizado por un vertido de petróleo desde una plataforma marina en el golfo de México, el articulista escribía que

 

bajo las aguas profundas y muy profundas puede esconderse entre el 20 % y el 35 % de los recursos recuperables de petróleo por descubrir. Estamos hablando de 160 000 a 300 000 millones de barriles (equivalentes al consumo global de cinco a 10 años), el 70  % de los cuales estaría situado en el denominado “triángulo de oro” que une el golfo de México con las costas de Brasil, y estas con las del golfo de Guinea, desde Nigeria hasta Angola.

 

Nótese que el articulista escribe “recursos recuperables de petróleo por descubrir” o, lo que es lo mismo, que son, una vez más, recursos sobrevalorados cuya existencia depende de cálculos probabilísticos tan seguros como el cuento de la lechera. Nótese también que, para acabar cuanto antes, el articulista ha hecho lo que es habitual: como tengo 100 botellas y me bebo una al día, tengo para 100 días, olvidando el viejo cuento del tablero de ajedrez y los granos de arroz del rey hindú Sheram, esto es, sin tener en cuenta el incremento anual en el consumo al que me referí en el capítulo anterior. Como el consumo mundial de petróleo es actualmente de unos 32 000 Mba, simplifico la cuenta: esas supuestas reservas dan para unos cinco años (en el supuesto menor) o diez (en el mayor). Qué más da que los incrementos anuales en el consumo y la avidez de chinos, indios y demás desvirtúen esa cuenta de la vieja. Lo importante es impresionar al lector.

 

Pero ya que estamos con los hidrocarburos de las costas americanas, diseccionemos algunas de sus cacareadas reservas. Según las estimaciones oficiales de la Oficina Federal para la Gestión Energética Oceánica de Estados Unidos (US BOEM), el golfo de México encierra de lejos el mayor potencial de reservas y de “recursos técnicamente recuperables no descubiertos de gas”.

 

El primer obstáculo para su explotación es que hay moratorias para prevenir la explotación del Atlántico, la mayor parte del Pacífico y el este del golfo de México, algo que olvidaremos al hacer nuestros cálculos. Pero



 

 

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aunque las obviemos y supongamos una explotación a fondo, esas regiones representan en conjunto solo el 14  % del total de los supuestos recursos técnicamente recuperables no descubiertos. Por ejemplo, la media estimada en toda la costa del Atlántico, unos 31,3 Bpc, representa el suministro estadounidense para 15 meses. La costa del Pacífico al norte de California meridional, donde están implantadas las actuales moratorias, almacena 16,11 Bpc, lo cual significa el consumo estadounidense de ocho meses. Y luego se acabó.

 

En ese mismo informe se calculaba que las reservas de gas de las costas americanas (unos 253 Bpc) se podían extraer a un coste de 6,41 dólares por Kpc, que es el precio máximo de venta que otra agencia federal pronostica de aquí a 2035 (US EIA, 2013), lo cual quiere decir que, en el mejor de los casos, no hay margen comercial alguno o que, en un más que probable caso menos optimista, extraer el gas costaría más de lo que se obtendría vendiéndolo. Como veremos cuando me ocupe del gas de lutitas, este tipo de negocio de Abundio es el que se ha puesto de moda en el casino financiero-petrolífero surgido de Wall Street.

 

Vayamos a otro caso. En 2007 Brasil anunció que se habían descubierto 10 000 Mbl de petróleo en aguas ultraprofundas de sus costas del Atlántico. En 2008 las estimaciones subieron a 33 000 millones y en 2009 hubo incluso rumores de 150 000 millones de barriles. Sin embargo, tales estimaciones eran demasiado eufóricas porque, según la información que suministró finalmente la empresa semipública Petrobras en 2010, las reservas de petróleo que podrían recuperarse serían entre 10 600 y 16 000 Mbl. Aunque nos quedemos con la cifra más alta, 16 000 Mbl, esa cifra es solo la mitad de los 32 000 Mbl que se consumen en el mundo en un solo año. Tanto penar para morirse uno: extraiga usted todo el petróleo de sus costas, ponga en peligro sus ecosistemas litorales y marinos, reste los costes de explotación (entre otras cosas, alquilar un equipo de perforación para un pozo de aguas profundas cuesta entre 600 000 y 700 000 dólares diarios) y verá cómo las cuentas serán difíciles de cuadrar.

 

Pero no importa, los hipotéticos miles de millones de barriles de las costas brasileñas fueron utilizados como prueba de que los recursos mundiales eran inagotables. Al fin y al cabo, ¿quién iba a ponerse a echar cuentas de que los impresionantes 16  000 millones de las costas brasileñas solo significaban entre cuatro y seis meses de consumo mundial?



 

 

 

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La cuestión de los recursos probados inflados a voluntad, de la misma manera que se inflaron los valores de las hipotecas basura, no es nada nuevo. En 2004, la superpetrolera Royal Dutch Shell reconocía que las reservas probadas de petróleo y gas de la compañía eran inferiores en un 25 % a lo que decían sus libros. Casi simultáneamente, otra compañía de petróleo y gas, El Paso, admitía que sus reservas habían sido sobreestimadas en un 40 %.

 

En el ya citado BP Statistical Review of World Energy de 2012 se decía que las reservas convencionales de petróleo ascendían a 1,26 billones de barriles, más o menos la cantidad de petróleo consumida desde 1858. Ahora bien, si se desbroza un poco el asunto aparecen claras pruebas de que las reservas de BP están infladas. Echemos un vistazo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 13. Incrementos sospechosos de las reservas declaradas de petróleo presentadas oficialmente por siete países de la OPEP entre 1980 y 2010.

 

 

El informe incluye la rápida escalada de las reservas que hicieron los países de la OPEP a finales de la década de 1980. En la figura 13 pueden verse unos saltos inexplicables en los datos suministrados por los siete países principales de la OPEP. El brusco incremento de las reservas de todos ellos (salvo Qatar) aconteció justo después de que la asamblea de la OPEP acordara que el volumen de las exportaciones sería proporcional al volumen de las reservas “informadas” y no a las probadas, como se había hecho hasta entonces. Inmediatamente, las reservas “informadas” (cuyos informantes eran los propios productores) se incrementaron en más de 300 000 Mbl, a pesar de



 

 

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que no se estaban haciendo nuevos descubrimientos significativos. Desde entonces, los datos oficiales de la OPEP no son fiables y los datos reales se convirtieron en secretos de Estado y de las compañías petroleras.

 

Por ejemplo, según el informe de BP, las reservas de Arabia Saudí no han cambiado desde 1989, a pesar de que el país ha extraído casi 100  000 Mbl desde entonces. Además, en ese informe BP incluyó por primera vez en sus estimaciones 389  000 Mbl de petróleo no convencional procedentes de las arenas asfálticas de Canadá y el petróleo extrapesado Orinoco Belt de Venezuela, para completar un total de 1,65 billones de barriles.

 

Incluir el petróleo de Venezuela en los cálculos es hacer un brindis al sol. En su informe anual de 2010, la compañía estatal venezolana Petróleos de Venezuela (PDVSA) “certificó” que había 215  000 Mbl de “reservas” en el cinturón del Orinoco. De golpe y porrazo, eso elevaba las “reservas” totales del país hasta los 296  500 Mbl, convirtiéndolo en el mayor poseedor de reservas petrolíferas del mundo. Completaban así un incremento de las reservas venezolanas que cuadruplicaba las declaradas en 2005, cuando al mismo tiempo la producción real continuaba cayendo año tras año. El Instituto CATO de Washington ha declarado esa subida en las reservas como “profundamente fraudulenta”, dado que está basada en datos rudimentarios a los que resulta inadecuado calificar como “reservas”.

 

En marzo de 2012, un equipo de investigación de la Universidad de Oxford publicó un artículo en la prestigiosa revista Energy Policy en el que se llegaba a la conclusión de que la industria había exagerado las reservas mundiales de petróleo en alrededor de un tercio. Otros analistas independientes, como el canadiense Hughes (2013a), han denunciado también las previsiones sin fundamento de reservas no probadas hechas por algunos autores al servicio de la industria petrolera.

 

Los recortes en unas previsiones infladas por la industria que los lobbies y los medios se encargan de silenciar han llegado también a Europa. Es tan habitual inventarse datos sobre reservas fabulosas que en cuanto se anunciaron las primeras noticias sobre el gas de lutitas en España, la propaganda de los operadores inundó el viejo continente con previsiones ficticias para cebar el papanatismo de los gobernantes. De la tan proclamada shale revolution me ocuparé en el capítulo 5 para comentar como se merece un fenómeno que sobrepasa las leyes de la economía y de la física para introducirse en el campo de la metafísica.



 

 

 

 

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Tasas, suministros, grifos y cisternas

 

El factor que se cita más frecuentemente para sugerir una nueva edad de combustibles fósiles es la estimación de los recursos no convencionales y el volumen de los mismos que puede ser recuperado. A continuación, las estimaciones de los recursos se dividen por los valores actuales de consumo medio para pronosticar décadas o siglos de consumos futuros. Eso se hace sin tener en cuenta (al menos) dos factores que son de importancia fundamental para evaluar la viabilidad de un recurso energético: la tasa de suministro (TAS) y la tasa de retorno energético (TRE). Ambos parámetros, esenciales para comprender lo que está pasando en nuestro actual modelo económico, son olvidados casi siempre por los que proponen esquemas energéticos alternativos y por los políticos que se empeñan en pintar un trampantojo rosado para el futuro energético mundial.

 

En primer lugar, hay que considerar la TAS, es decir, la tasa según la cual el recurso puede extraerse y estar disponible para el consumo. Por grande que sea un recurso, no prestará rendimientos energéticos útiles si no puede producirse sostenidamente y en grandes cantidades, unos factores que dependen de las características geológicas, geoquímicas y geográficas, lo que finalmente se traduce en costes económicos.

 

Aunque la luz del sol que cae sobre España podría en teoría suministrar toda la energía que necesitamos, la conversión de la luz solar en electricidad usando paneles solares representa un porcentaje minúsculo de nuestra generación eléctrica y muchísimo menos en el consumo total energético, a pesar de la construcción de muchos huertos solares en los últimos años. De forma similar, aunque recursos tales como las arenas asfálticas, el petróleo de bituminosas, los hidratos de gas y la gasificación* in situ del carbón son recursos con un gran potencial, la cruda realidad demuestra que, hoy por hoy, solo han sido explotados en cantidades insignificantes, que en la mayoría de los casos no han pasado de la experiencia piloto o han fracasado estrepitosamente. Me ocuparé de ello en el próximo capítulo.

 

Pondré algunos ejemplos, pero hay muchos más. Comencemos por los hidratos de metano que he mencionado en el capítulo anterior en relación con sus fantásticos volúmenes que un portavoz de los intereses industriales dice que podrían suministrar a Estados Unidos gas natural los próximos ¡3000 años! Japón, que no tiene recursos fósiles de gas y petróleo y está, por el momento, atado a la energía nuclear y a un enorme gasto de importaciones, ha



 

 

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llevado a cabo la investigación más potente del mundo para intentar la explotación comercial de los hidratos. Pues bien, después de diez años de investigaciones y de gastar 700 millones de dólares, los japoneses han logrado producir cuatro millones de pies cúbicos de gas, que valen unos 50  000 dólares a los precios actuales que pagan por el gas natural que importan. Es decir, la producción real de gas natural a partir de hidratos de metano es virtualmente cero.

 

Otros epulones se llenan de entusiasmo cuando hablan de los inmensos recursos de petróleo que subyacen en forma de pizarras bituminosas en la formación Green River de Colorado y Utah. Los Estados Unidos tienen allí las mayores reservas de este recurso en el mundo, alrededor de 4,3 billones de barriles de petróleo. Los atareados reporteros tiran de calculadora y hacen la cuenta de la vieja: dividen esa cifra por el consumo anual de petróleo de Estados Unidos (unos 7 KMbl), y llegan a la conclusión de que su país está asentado sobre un depósito de petróleo que les dará gasolina para 600 años.

 

Sin embargo, sucede que las pizarras bituminosas no tienen ni una gota de petróleo sino de querógeno*, un precursor que no ha sido lo suficientemente trasformado por las fuerzas internas de la Tierra. Si queremos convertirlo en petróleo, tenemos que terminar el proceso que la naturaleza comenzó, que consiste en calentar el querógeno a una temperatura elevada durante mucho tiempo. Y eso, a su vez, consume un montón de energía, sea suministrada por energía hidroeléctrica, sea por plantas de energía nuclear, sea por gas natural, petróleo o el propio querógeno. Por lo tanto, como señalaré en el próximo apartado, la energía neta que se obtiene al trasformar el querógeno en gasolina es, lamentablemente, baja.

 

Veamos ahora qué ocurre con el etanol celulósico, que está siendo promocionado como una alternativa al etanol obtenido de cultivos alimentarios, como la soja, la caña de azúcar y la palma aceitera, cuya expansión está desplazando los cultivos de alimentos para los seres humanos y, en el caso de la caña de azúcar y del aceite de palma, a ecosistemas tropicales vírgenes. El etanol celulósico se obtiene de cultivos no alimenticios o de las partes no comestibles de los cultivos alimenticios, incluidos la caña y la hoja de maíz, el mijo, el tabaco y la biomasa leñosa.

 

Pues bien, el etanol celulósico, otra piedra filosofal, no ha sobrepasado la etapa piloto y no se usa a escala comercial. Aunque las plantas piloto han estado produciéndolo en pequeñas cantidades durante algún tiempo, no existe producción comercial. A pesar de que el presidente George W. Bush dispuso



 

 

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en 2007 que se usaran casi 20 millones de m3 de etanol celulósico en el año 2012, y para conseguirlo se aprobaron subvenciones federales por valor de 1500 millones de dólares, desde entonces el límite establecido para 2012 ha sido revisado a la baja hasta menos de 45 000 m3, unos 783 barriles por día.

 

De manera similar, la comercialización de los biocombustibles de algas no se ha materializado, a pesar de décadas de investigación y de cientos de millones de dólares gastados. Aunque las algas eran muy prometedoras, ya que pueden producir cantidades mayores de biomasa por unidad de superficie y no desplazan los cultivos de alimentos, un estudio reciente realizado por el Consejo Nacional de Investigación estadounidense señala que la producción a gran escala de biocombustibles de algas es insostenible con la tecnología actual.

 

En resumen, en los casos de los hidratos de carbono, el etanol celulósico o los biocombustibles algales (como en otros muchos casos que se tratarán en el próximo capítulo), los recursos son infinitos pero las reservas son cero.

 

Cuanto menor es la calidad de un recurso en términos de producción de energía neta, y mayor la cantidad en infraestructura y capital que debe invertirse en él para recuperarla, menor es su utilidad para suministrar energía útil. Piensen en un ejemplo sencillo, el de una cisterna unida a un grifo. La cisterna, si la suponemos llena hasta los topes, representa el tamaño máximo del recurso, mientras que el grifo representa la velocidad a la que el recurso puede convertirse en energía útil. Cuanto mayor caudal admita un grifo, más deprisa saldrá el líquido.

 

Llamaré C a las reservas de la cisterna y G al grifo, es decir, la producción. Ambas variables cambian con el tiempo: C aumenta con la exploración y las mejoras técnicas, mientras que disminuye conforme G se abre; y el caudal de G crece cada vez más porque la producción, al estar ligada al consumo, aumenta con el desarrollo económico y disminuye con las crisis económicas. El común de los mortales, acostumbrados a calcular lo que consume su coche (si tienen un depósito de 50 litros y consume 5 litros cada 100 km, el depósito le dará para recorrer 1000 km más o menos), echa cuentas: si se divide C entre G, se obtiene un período de tiempo que nos dice en cuántos años acabaríamos con las reservas actuales al ritmo de consumo actual, siempre y cuando las reservas no aumenten y se pudiese producir ese petróleo a un ritmo constante.

 

Como expuse en el capítulo anterior, los grifos energéticos mundiales están abiertos a tope mientras la cisterna de los recursos convencionales se



 

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vacía rápidamente. En el caso del petróleo, por ejemplo, el mundo consume unos 32 000 Mba. Si olvidamos nuestra preocupación por la verosimilitud de las cifras de recursos y reservas mundiales convencionales que he apuntado antes, si se mantiene el ritmo actual de consumo la cisterna durará 39 años si las estimaciones son correctas, y 12 años más si incluimos las arenas asfálticas canadienses y los petróleos extrapesados venezolanos. No obstante, la duración de ese depósito será mucho más corta si, como dicen las tendencias del crecimiento del consumo, el grifo se abre mucho más para atender los requerimientos cada vez mayores de China, India y otros países emergentes.

 

El asunto está en saber durante cuánto tiempo los recursos convencionales existentes y el desarrollo de los no convencionales (que está por ver) podrán mantener abierto el grifo con los consumos actuales y los que se pronostican. Los políticos y exégetas que proclaman que “hay 100 años de gas natural” aciertan, porque es probable que haya recursos para 100 años de petróleo y gas a las tasas de producción actuales, solo que tardaremos 800 años o más en poder recuperarlos.

 

La realidad es que el cociente entre reservas y consumo no sirve más que para expresar las reservas en términos medianamente comprensibles para la gente, antes que marearla con cantidades expresadas en miles de millones de barriles. El problema es que, por hacer una parábola, se crea un mar revuelto de interpretaciones erróneas donde los epulones pescan a sus anchas. La cisterna se vuelve entonces el elemento central del debate frente a los picoflautas: “Hace 50 años decían que quedaba petróleo para 50 años. Ahora dicen que queda petróleo para 30 años. Pero no es así: siempre se va descubriendo más petróleo y, en realidad, queda petróleo para muchas décadas, incluso siglos”.

 

Claro que sí, claro que hay hidrocarburos en cantidades incalculables bajo nuestros pies. Los epulones tienen razón. Su problema viene de no entender que tener reservas de hidrocarburos no es lo mismo que tener gasolina en el depósito del coche. El hidrocarburo, esté en el estado que esté, hay que extraerlo primero, y luego hay que procesarlo para producir un sucedáneo del petróleo. Lo que sucede no es que el petróleo se agote o esté a punto de agotarse, sino que cada vez manará (o se producirá, si es sintético) más lentamente. Los problemas comienzan cuando la oferta no puede satisfacer a una demanda creciente.



 

 

 

 

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En otras palabras, conforme aumenta nuestra dependencia de los recursos no convencionales de petróleo y gas, las tasas de producción se hacen cada vez más difíciles de mantener debido a que los desafíos técnicos para extraerlos aumentan cada vez más. Las tasas de extracción de los recursos son un problema mucho más crítico con el actual paradigma de crecimiento económico que poder extraerlos, algo que probablemente nunca sucederá. Así que, en realidad, a lo que la humanidad se enfrenta no es a un problema de recursos, sino a la tasa de suministro de los mismos, junto a los problemas colaterales de impacto ambiental relacionados con su obtención.

 

Es la física, estúpido

 

Como consecuencia de algunos éxitos en política exterior tales como el fin de la Guerra Fría y la Guerra del golfo Pérsico, poco antes de las elecciones presidenciales de 1992 George Bush padre era considerado imbatible por la mayoría de los analistas políticos; su popularidad había llegado entonces al 90  % de aceptación, un récord histórico. En esas circunstancias, James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton, insistió en que el semidesconocido gobernador de Arkansas debía centrarse en cuestiones más relacionadas con la vida cotidiana de los ciudadanos y sus necesidades más inmediatas. Con el fin de mantener la campaña enfocada en un mensaje, Carville pegó un cartel en las oficinas centrales demócratas que contenía tres lemas: Cambio frente a más de ¿o mismo, No olvidar el sistema de salud y una frase que se haría célebre: La economía, estúpido. Luego la frase se popularizó como: Es la economía, estúpido, y la estructura de la frase ha sido utilizada para destacar los más diversos aspectos que se consideran esenciales. Pues bien, los análisis económicos olvidan con frecuencia que, si se contraponen, los condicionantes físicos se impondrán a los modelos económicos.

 

Como dicta el primer principio de la termodinámica, la energía no se crea sino que se trasforma, lo que quiere decir que cuando se analiza el rendimiento de una máquina o cualquier proceso de trasformación de un tipo de energía en otro, la energía útil más las pérdidas es siempre igual a la cantidad de energía que alimenta el proceso. Según el segundo principio, la energía útil nunca será igual a la energía obtenida de la fuente, ya que siempre se producirá una pérdida de energía por disipación en forma de calor, como



 

 

 

 

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cualquiera que haya inflado una rueda de bicicleta con un bombín ha podido comprobar.

 

La eficiencia es el cociente entre energía útil y energía fuente. Cuando decimos que la eficiencia de una caldera doméstica es de un 80 %, queremos decir que, para obtener 80 julios de energía calorífica útil (agua + calefacción), necesitamos 100 julios de energía quemada de la fuente, se trate de carbón, gasoil o gas natural. Pero en realidad, si queremos ser precisos, cuando hablamos de generación de energía no estamos generando nada, lo que hacemos es utilizar una máquina o un proceso que trasforma determinado tipo de energía (la fuente), que no nos resulta útil en su estado original, en otro tipo distinto que sí nos resulta útil. En este proceso se producen pérdidas, y la máquina o el proceso será más o menos eficiente en la medida en que consigamos minimizarlas para que la energía útil se acerque lo más posible a la energía fuente.

 

Para desarrollar y mantener el proceso de trasformación energética hace falta invertir energía útil en crear su infraestructura, mantenerla y mantener el proceso. Cuando disponíamos de energía barata, como ha ocurrido durante casi siglo y medio antes de la crisis del petróleo, no nos ha preocupado mucho el coste energético de poner en marcha y mantener un proceso para obtener energía útil. Si las cuentas económicas cuadraban, era suficiente, porque la energía para la puesta en marcha y mantenimiento no era un factor relevante en el resultado final. Las cosas han cambiado, y mucho, desde la primera crisis del petróleo, por lo que en la actualidad, cuando hemos superado ya el cénit de la producción petrolífera, conviene reflexionar un poco e interesarse por cuánta energía útil suministra determinado proceso de trasformación de energía en relación con la que ha supuesto ponerlo en marcha y mantenerlo.

 

Antes de proseguir, volvamos a un concepto fundamental. Todavía hay enormes cantidades de petróleo por extraer, pero no siempre vale la pena el esfuerzo de extraerlo, refinarlo y comercializarlo. Los mercados financieros solo entienden de dólares invertidos y recuperados, por lo que les importa un pimiento la energía invertida. Acostumbrados a que el progreso tecnológico combinado con las economías de escala reduzcan de manera espectacular los costes monetarios, les suena a chino que no se pueda ir reduciendo a la par la energía invertida. No entienden (o no quieren entender) que hay una energía intrínseca asociada al proceso que no se trasforma en energía útil y que tiene que ver con la propia materia, con la energía necesaria para superar la tensión superficial de los líquidos que empapan las rocas o están adsorbidos en la



 

 

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superficie de partículas microscópicas, con la energía para fracturar las rocas o permeabilizarlas, la energía para perforar, la energía para mantener las instalaciones, la energía para trasportar, la energía, siempre la energía para todo lo que se les ocurra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 14. Representación gráfica de la tasa de retorno energético de diferentes tipos de combustibles.

 

 

Hay un límite inevitable de energía a gastar para poder recuperar un hidrocarburo y llenar con él el depósito de su coche. La experiencia práctica enseña que, si se necesita más energía que la que se obtiene de ella, ya no es rentable hacerlo. Si un zorro necesita más energía para cazar una liebre que la que obtiene comiéndola, será lo suficientemente astuto como para buscar otra cosa para comer. Por eso el concepto de tasa de retorno energético (TRE) es tan importante para entender los límites de la producción de hidrocarburos.

 

La respuesta a la pregunta de cuánta energía útil suministra determinado proceso en relación con la energía que ha supuesto ponerlo en marcha y mantenerlo es la tasa de retorno energético (TRE), que no es más que el resultado del cociente entre la energía útil obtenida en un proceso (EU) y la que hemos invertido en desarrollar y mantener ese proceso (EI), de modo que TRE = EU/EI de donde se deduce que cuanto mayor sea el cociente más rentable energéticamente será el proceso de que se trate.



 

 

 

 

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Si, por ejemplo, poner en marcha determinado proceso de obtención de energía supone utilizar 2 julios, y durante todo el tiempo que ha funcionado ha producido 40 julios, la TRE es de 40/2 = 20. Como se ha obtenido 20 veces la energía invertida, se trata de un proceso rentable energéticamente (también puede ser que se trate de un proceso ambientalmente desastroso, pero este es otro tema). Por el contrario, un proceso con una TRE igual o menor que la unidad no es rentable energéticamente. Si es igual a uno, podré mantenerlo como divertimento, pero si baja de uno estoy ante un sumidero de energía que me hace perder dinero. Según varios indicios, ambas cosas están ocurriendo en el caso del fracking.

 

La TRE depende de varios factores, alguno de los cuales supone una obviedad. Por ejemplo, si hablamos de la TRE del carbón, calculamos la energía calorífica que se obtiene al quemar un kilogramo de carbón y la dividimos entre la energía que hemos tenido que utilizar para quemarlo. Si lo que queremos es calor, entonces la energía total es útil, pero si lo que queremos del carbón es electricidad, entonces obtendremos mucha menos energía, porque menos de un 50 % de la energía calorífica del carbón puede transformarse en electricidad.

 

Una forma sencilla de entender la TRE es compararla con la mano de obra necesaria para llevar a cabo un trabajo. Piense en la energía neta en términos del número de personas que participan en la producción de energía. Si TRE = 1:1, eso significa que todo el mundo participa en la producción de energía y no queda nadie disponible para atender otras necesidades sociales. Por el contrario, si la TRE es de 100:1, entonces 1 persona está implicada en la producción de la energía y 99 pueden dedicarse a otras actividades. Si hay 2 personas trabajando para producir energía, y 98 haciendo otras cosas, entonces TRE =50:1. Si son 4 los trabajadores energéticos, y 96 los dedicados a otras actividades, la TRE es de 25:1. Con 8 personas consiguiendo energía (TRE = 12,5:1), la sociedad puede empezar a tener problemas para encontrar suficientes personas que se dediquen a conseguir energía para proporcionársela a los demás porque su actividad también requiere energía. Con 16 obteniendo energía y 84 haciendo otras cosas (TRE = 6,25:1), los problemas graves pueden llegar a ser evidentes y una sociedad industrial podría ser inviable.

 

Cualquier tipo de actividad, desde la educación a la sanidad, desde la investigación al ocio y desde el trasporte a la agricultura, es decir, todas las actividades que, directa o indirectamente, caracterizan a una sociedad



 

 

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moderna, consumen energía. Una moderna nación industrial requiere un gran excedente de energía para alimentar todas esas actividades. La Ley de White, tan importante en el campo de la ecología humana como las leyes de la termodinámica en el de la física, afirma que el nivel de desarrollo económico posible en cualquier sociedad está determinado por la cantidad de energía neta disponible por habitante. Ignoramos la TRE a nuestro propio riesgo.

 

Aunque la estimación de la TRE pueda, de momento, parecernos sencilla, porque se trata de calcular de manera matemática y precisa la cantidad de energía primaria que es necesario aportar para llevar a cabo todos los procesos implicados en la extracción energética de la fuente que se evalúa, el problema empieza precisamente ahí, en establecer qué energía primaria hay que contabilizar.

 

¿Hasta dónde hay que llevar la cadena de procesos necesarios para explotar una fuente de energía? Por ejemplo, si se emplea cemento para impermeabilizar las perforaciones*, ¿es preciso incluir en el cálculo de la TRE del gas la energía utilizada en la fabricación del cemento utilizado? ¿Y la empleada en la construcción de las plantas cementeras? ¿Y la empleada en suministrar la energía eléctrica para su funcionamiento? ¿Y la empleada en llevar a los trabajadores hasta la planta? Y así ad infinitum, embarcados en una contabilidad analítica sin fin.

 

La contabilidad analítica se complica aún más si tenemos en cuenta que se trata de una tasa localizada. Es decir, la TRE para un mismo proceso varía con el año y el contexto. No es lo mismo el cálculo energético para un panel fotovoltaico en Almería que en Escocia, ni para una geotérmica en Islandia que en el Sáhara. De manera que, para realizar comparaciones, además del valor del índice conviene saber el año y el contexto en que se calculó. Por estos y otros motivos, aunque no exista un estándar, a la hora de comparar las TRE de dos fuentes energéticas es necesario que hayan sido calculadas con criterios homologables. No hace falta decir que las compañías explotadoras de recursos no quieren saber nada de este tipo de análisis, y más aún si se pretende introducir entre los mismos las externalidades, es decir, los costes ambientales o sanitarios de las explotaciones, que siempre se cargan en la cuenta de los contribuyentes.

 

Cuando en 1859 el petróleo se cogía a cubos en Pensilvania, la TRE era altísima, incalculablemente alta, entre otras cosas porque nadie era consciente de la importancia de lo que se avecinaba y, en consecuencia, no se echaban cuentas. Las cuentas empezaron a hacerse en la década de 1930. Entonces



 

 

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poner 100 barriles de petróleo en el mercado suponía un consumo energético de un barril, de manera que la TRE era de 100:1, es decir, se recuperaban 100 unidades de energía por cada una invertida. Hoy, como mucho, es de 4 a 8.

 

Fuera 100 o menos de 100, era la tasa que cabía esperar dado que los primeros yacimientos contenían un petróleo de altísima calidad a escasas profundidades, en lugares accesibles y fáciles de explotar, de forma que la energía necesaria para la búsqueda, prospección, perforación, bombeo y trasporte del crudo era muy poca. En resumidas cuentas, como el hidrocarburo estaba muy cerca de la superficie, bastaba con cebar con algún combustible el motor de la perforadora y la bomba, romper el sello impermeable y, ¡hala!, a recoger petróleo. Por cada litro de gasolina que consumía el motor se obtenían 100 del yacimiento, dicho sea con ánimo de simplificar.

 

Cuarenta años después, con el país lleno de coches enormes que consumían 20 litros a los 100 kilómetros, con la industria más poderosa del mundo y las climatizaciones domésticas consumiendo más y más petróleo, las cosas empezaron a cambiar. Los yacimientos daban señales de agotamiento, ya no estaban cerca de la superficie y había que perforar cada vez a mayor profundidad. El crudo era de peor calidad, y eso encarecía los costes energéticos de las refinerías. Además, había que llevar el producto hasta el último rincón del país, todo lo cual suponía nuevos consumos energéticos, lo que condujo a que la TRE bajara por aquellos años hasta alrededor de 30:1. En cada año trascurrido, la TRE había perdido casi dos puntos.

 

Pero aún con ese desplome radical, los días de esos yacimientos han quedado atrás, por lo que las compañías petroleras exploran lugares cada vez más remotos, profundos y de más difícil acceso, como las profundidades del golfo de México y del Atlántico brasileño, el alquitrán* de las arenas de Canadá y el chapapote de Venezuela, que tienen que ser calentados con vapor de agua para quitar los ripios al alquitrán, por lo que consumen enormes cantidades de agua y energía. Incluso tienen previsto perforar en el océano Ártico, en la costa de Groenlandia y alrededor de la Antártida, con todos los problemas técnicos y logísticos (equipos de descongelación para derretir los hielos a la deriva y los icebergs) y los riesgos ambientales que implica.

 

Para hacer frente a todos esos retos, los equipos tienen que ser cada vez más grandes, más potentes, más sofisticados y más caros de fabricar (en términos energéticos y económicos). Por otra parte, de la misma forma que en la sabana africana es mucho más fácil ver un elefante que un ácaro, a las



 

 

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empresas les ha sido mucho más fácil encontrar campos de petróleo gigantes que yacimientos minúsculos, de donde resulta que, como la mayor parte de esos campos gigantes se han encontrado ya, y los nuevos tienden a ser cada vez más pequeños, el rendimiento de las explotaciones es cada vez menor. Así, mientras que se necesita cada vez más energía para perforar nuevos campos petrolíferos, el retorno de la energía que se recibe es cada vez menor. Si el precio del petróleo estuviera hoy en día por debajo de los 75 dólares por barril, gran número de campos petrolíferos no serían rentables, lo que haría que la producción de petróleo se hundiese.

 

En la actualidad, la TRE del petróleo estadounidense es como mucho del orden de 10:1 en promedio, lo que quiere decir que el indicador ha pasado de un valor de 100 a otro de 10 o menos en unos 60 años, y continúa bajando a medida que los petróleos dulces y ligeros comienzan a escasear y la industria va explotando yacimientos de petróleos pesados cuyo refinado es cada vez más costoso en términos económicos y energéticos.

 

Los primeros petróleos utilizados eran ligeros y dulces* LSC, pero el aumento de la demanda hizo que cada vez más fueran utilizándose los crudos pesados* HC y con contenidos de azufre superiores al medio punto porcentual. La industria del refinado es capaz de tratar unos y otros, pero a costa de mayores esfuerzos económicos y energéticos y del uso de más productos químicos para el refinado de los HC. Además, con la motorización de la sociedad moderna, los petróleos pesados que se pueden quemar casi directamente en la industria como si fueran carbón —como es el caso de los chapapotes pesados venezolanos o del crudo pesado de las arenas canadienses

 

— dejaron de ser la parte del león de la producción petrolífera, que pasó a ser la correspondiente a los refinados de alto octanaje* para locomoción terrestre, marítima o aérea (gasolinas, gasoil, querosenos). A esto hay que añadir los cada vez más estrictos controles ambientales en los países desarrollados, que hicieron virar el consumo doméstico desde el carbón al gasoil, lo que acentuó la demanda de refinados con alto octanaje.

 

El rendimiento energético de los petróleos no convencionales es claramente inferior al del petróleo convencional, debido a la gran cantidad de energía que es necesario invertir en la manipulación de las enormes cantidades del material en el que están embebidos los hidrocarburos y en su tratamiento térmico. Hay expertos que evalúan la TRE de parte de estos hidrocarburos por debajo de la unidad, aunque lo más razonable es que estén por debajo de 5:1.



 

 

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A raíz de la primera crisis del petróleo en 1973, las petroleras ya habían comenzado a explotar lo que habían desdeñado en los viejos tiempos: los petróleos no convencionales. Su explotación era más costosa, pero no disponían de nada mejor. Cuando la especulación comenzó a disparar los precios del crudo, la extracción de esos petróleos dejó de parecer tan costosa, a pesar de su baja TRE.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 15. Representación gráfica de la tasa de retorno energético de diferentes tipos de combustibles.

 

 

La figura 15 ilustra las relaciones de los recursos in situ convencionales y no convencionales, la decreciente energía neta y el creciente coste de extracción, que van aumentando hacia la base de la pirámide. En esta pirámide, los recursos de mejor calidad, los que aparecen en mayores cantidades, que pueden ser extraídos más rápidamente y a costes más bajos, están en el vértice. Son los campos gigantes convencionales de petróleo y los grandes campos de gas a los que me refería en el capítulo anterior.

 

Según se mueve uno hacia la base de la pirámide, el volumen de los recursos aumenta, la calidad de los mismos disminuye, los hidrocarburos se hallan más dispersos y, por tanto, la energía necesaria para extraerlos aumenta. Una línea a trazos representa la transición desde los recursos de alta calidad y bajo coste convencionales a los de baja calidad y alto coste no convencionales. Los recursos de hidrocarburos situados en la base de la pirámide son extraordinariamente abundantes, pero inaccesibles.



 

 

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Otras dos líneas de la pirámide determinan la proporción de los recursos que son accesibles a los seres humanos. La línea precio/tecnología refleja el hecho de que, cuando los precios suben, los recursos de alto coste (y baja calidad) se vuelven accesibles. También las innovaciones tecnológicas, como las que estamos viendo desde unos años respecto del fracking, pueden hacer que recursos previamente inaccesibles resulten accesibles. La última barrera es la segunda línea, que representa el punto en que la energía que se emplea para obtener los recursos iguala o queda por debajo de la energía obtenida. Todos los recursos que se hallen por debajo de esa línea no son fuentes sino sumideros.

 

El porcentaje de los hidrocarburos no convencionales en la producción mundial, que había sido de tan solo 3 % en 1965, ha aumentado hasta el 20 %, lo que significa que el rendimiento energético de los hidrocarburos mundiales está disminuyendo por una doble vía: por el descenso de las TRE en los convencionales y por la participación cada vez mayor en el conjunto de los no convencionales con TRE muy bajas, lo que lleva a una conclusión muy sencilla: cada vez se gasta más energía en obtener una cantidad dada, lo que conduce a la insostenibilidad energética del modelo global de desarrollo basado en la quema de combustibles fósiles.

 

Los responsables políticos no se dan cuenta de la importancia de esas fronteras en la calidad de los recursos que fijan la tasa de suministro (la tasa con la que los hidrocarburos pueden ser extraídos) y la energía neta que suministran. Prefieren mirar solo el volumen de recursos para lanzar mensajes optimistas tipo “100 años de gas natural” o “La independencia energética de Estados Unidos está a la vuelta de la esquina”.

 

En esa línea triunfalista van las proyecciones del escenario de referencia de 2011 de la US EIA (figura 16). Según estas proyecciones, el mundo requerirá en 2035 un aumento del 47 % en el consumo total de energía a partir de los niveles de 2010, momento en que los hidrocarburos podrían representar todavía un 79 %. Esto se traduce en un aumento del consumo de un 27 % de petróleo, un 48  % de gas y un 45  % de carbón en 2035. Tales pronósticos descansan en un acceso sin restricciones a los recursos para sostener un gran crecimiento económico. El problema es cuáles son las limitaciones reales a los recursos, cómo las explotaciones afectan al medioambiente, las emisiones de carbono y los problemas geopolíticos derivados del desigual acceso a los recursos.



 

 

 

 

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Recuerde ahora un dato que proporcioné en el capítulo anterior: desde 1850 hasta 2011 se han quemado hidrocarburos por un total de 3083 Mbl de equivalentes de petróleo. Pues bien, el incremento previsto por la US EIA hasta 2035 requeriría la adquisición y el consumo de 2190 Mbl de petróleo equivalente en términos de petróleo, gas y carbón en los próximos 24 años, una cantidad que equivale al 71 % de todos los hidrocarburos consumidos en la historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 16. Representación gráfica de la tasa de retorno energético de diferentes tipos de combustibles.

 

 

Si además tenemos en cuenta la proyección de la US EIA que recogí en un apartado anterior, que prevé la disminución de la producción de crudo convencional hasta 2035, la proyección de la US EIA de 2011 va a ser muy difícil y probablemente imposible de lograr. Como también lo va a ser cumplir con los objetivos de la AIE, que tampoco se queda corta a la hora de fiar el futuro energético a los costosos combustibles no convencionales. En sus previsiones para el período 2010-2035 (AIE, 2010) puede leerse que:

 

aumentará el coste del suministro de petróleo a los mercados, ya que las compañías petroleras se verán obligadas a recurrir a fuentes más complicadas y costosas para reemplazar la capacidad perdida y responder a la creciente demanda. La



 

 

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producción de petróleo crudo convencional —el mayor componente de la oferta de petróleo— permanecerá a los niveles actuales antes de descender ligeramente y situarse en torno a los 68 Mbd alrededor de 2035.

 

Para compensar el declive de la producción de crudo en los campos existentes, será necesaria una capacidad adicional bruta de 47 Mbd, es decir, el doble de la producción total actual de petróleo de todos los países de la OPEP de Oriente Medio. Una creciente parte del producto procederá de los líquidos del gas natural (más de 18 Mbd en 2035) y de fuentes no convencionales (10 Mbd). La oferta de biocombustibles triplicará hasta alcanzar el equivalente de más de 4 Mbd, respaldada por subvenciones de un valor aproximado de 1,4 billones USD para todo el período de previsión.

 

Esto quiere decir que, como mínimo, el suministro de energía en el futuro significará precios más altos y más volátiles y, sin una planificación y previsión adecuadas, podría significar la escasez de suministros físicos. Los precios de la energía ya están en niveles históricamente altos y cada vez más estrechamente vinculados a los precios de otros productos básicos para la sociedad moderna. Los precios de la energía y las materias primas han aumentado entre un 70 % y un 90 % sobre los niveles de 2005, a pesar de que las economías del mundo desarrollado están luchando con bajas tasas de crecimiento o con ese prodigio de eufemismo que son los “crecimientos negativos”.

 

Las proyecciones de la US EIA y de la AIE se basan en gran medida en los hidrocarburos no convencionales que están en la base de la pirámide y a los que toman como “tutías” listas para resolver el problema de los suministros futuros de petróleo y gas. Aunque en teoría algunos de estos recursos sean muy grandes en volúmenes in situ, la tasa probable a la que pueden ser convertidos en productos comerciales y su coste de adquisición no les permitirá sofocar los mayores costes energéticos y las posibles deficiencias de suministro.

 

El gas y el petróleo de lutitas, las últimas “tutías” anunciadas por diversos expertos e intereses creados, son caros, requieren altos insumos de capital para mantener los niveles de producción y es improbable que sean capaces de mantener la producción a largo plazo. Por otra parte, el aumento de las



 

 

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cantidades de combustibles no convencionales, con sus TRE intrínsecamente inferiores, significa cantidades crecientes de impactos ambientales colaterales, ya sea mediante el fracking de gas y petróleo o mediante la producción de arenas asfálticas, biocombustibles, pizarras bituminosas y otras fuentes no convencionales.

 

Veamos en los dos siguientes capítulos de qué estamos hablando cuando hablamos de combustibles convencionales y no convencionales.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Combustibles no convencionales: la

 

imaginación al poder

 

 

Los hidrocarburos son compuestos orgánicos formados únicamente por átomos de carbono e hidrógeno. Su estructura molecular consiste en un armazón de átomos de carbono a los que se unen los átomos de hidrógeno. Las cadenas de átomos de carbono pueden ser lineales o ramificadas y abiertas o cerradas. La conformación y estructura de sus moléculas abarca desde la más simple, el metano (CH4), hasta las de elevada complejidad, como las correspondientes a los hidrocarburos aromáticos* policíclicos. A temperatura ambiente se presentan en forma de gases, líquidos o sólidos. La diversidad de hidrocarburos es muy amplia y de igual forma lo son sus propiedades físicas y químicas. Por esta razón, sus aplicaciones son múltiples: se emplean directamente como combustibles, como solventes o como materia prima para la síntesis de productos medicinales, agroquímicos, plásticos, drogas industriales, etc.

 

Su importancia energética reside en que la rotura del enlace carbono-hidrógeno (o de los sustituyentes de este por otros radicales) mediante su combustión es una reacción altamente exergónica, o lo que es lo mismo, liberadora de energía, que también libera agua y productos oxidados altamente contaminantes, entre los que se encuentran el dióxido de carbono (CO2), el dióxido de azufre (SO2) y los óxidos de nitrógeno (NOX), dependiendo de la temperatura, la cantidad de oxígeno en la reacción y, sobre todo, de la presión.

 

Las fuentes principales de los hidrocarburos son el petróleo, el gas natural y el carbón. Desde el punto de vista de su disponibilidad y su facilidad de trasformación en combustibles listos para el consumo, los hidrocarburos se suelen clasificar en convencionales y no convencionales. Se denominan hidrocarburos no convencionales no porque sean hidrocarburos con características nuevas, sino por las técnicas usadas para extraerlos, de las que nos ocuparemos en este y los dos capítulos siguientes.



 

 

 

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Los hidrocarburos no convencionales son los siguientes: (las denominaciones en cursiva y entre paréntesis de algunas de ellas son las empleadas habitualmente en la jerga petrolera anglosajona): gas y petróleo de lutitas (shale gas, tight gas*, shale oil, tight oil*), arenas asfálticas (tarsands), pizarras bituminosas (oil shale*), petróleo del Ártico y de aguas profundas, petróleo extrapesado, biomasa (lo que incluye la biomasa sólida, el biogás*, los biocombustibles o biocarburantes* y los procedentes de residuos), los líquidos procedentes de la conversión del carbón y del gas natural*, la recuperación mejorada del petróleo*, el metano de lecho de carbón o grisú, los hidratos de gas o clatratos* y la gasificación in situ del carbón. Dejaré para el próximo capítulo la exposición detallada del gas y del petróleo de lutitas, ambos asociados a la tecnología del fracking, y detallaré una por una las realidades productivas, las ventajas y los inconvenientes de cada una de las fuentes no convencionales, pero antes, como he tratado con alguna profundidad la situación mundial del petróleo, haré unas breves consideraciones generales acerca del estado actual de las fuentes de gas.

 

Luz de gas

 

El gas natural es una mezcla de gases hidrocarbonatados ligeros de cadena corta. Aunque su composición varía en función del yacimiento, está compuesto principalmente por metano en cantidades que pueden superar el 90  % o 95  %, al que acompañan otros gases como nitrógeno, sulfhídrico, dióxido de carbono, helio y mercaptanos. Para su uso doméstico, al igual que al butano, se le añaden trazas de compuestos olorosos de la familia de los mercaptanos para que sea fácil detectar una fuga y evitar su ignición espontánea.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 17. Consumos y producción de gas natural entre 1965 y 2011.

 

 

 

Los números del gas natural aturden por su magnitud. El promedio de reservas comprobadas de gas en el mundo se calcula en 156 billones de m3 (BP, 2003). Esto, traducido en reservas potenciales, se aproxima a 372 trillones de m3. La incorporación de recursos de fuentes no convencionales, tales como el metano en capas de carbón, y de fuentes altamente especulativas, como los hidratos de gas naturales, arroja un total de unos 20 000 billones de m3. Pero no se hagan ilusiones: el 99 % de esos recursos son tan inaccesibles como la energía nuclear que se libera en los procesos de fusión que ocurren en el núcleo del Sol.

 

Según el BP Statistical Review (BP, 2012), el consumo mundial de gas natural se ha más que triplicado desde 1970 (figura 17). La producción se incrementó en ese período en un 227  % y en un 2,2  % entre 2010 y 2011. Como ocurre con el petróleo, el consumo de gas natural se ha incrementado muy rápidamente en Oriente Medio, Asia-Pacífico y África.

 

A diferencia del petróleo, que se mueve con relativa facilidad por todo el mundo, el gas natural se comercializa principalmente a escala continental, debido a las dificultades de hacerlo a escala intercontinental mediante el trasporte en buques cisterna del gas natural licuado, gas natural que ha sido procesado para ser trasportado en forma líquida. Esta es la mejor alternativa para trasportar gas a lugares donde no es económico llevar el gas por otras



 

 

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vías. Un camión cisterna estándar de 40 m3 puede trasportar 600 veces más gas licuado, es decir, unos 31 800 m3 de gas, pero para comprimirlo hay que enfriarlo a -160  °C y las instalaciones para hacerlo resultan muy caras. Por eso solo un 10 % del consumo mundial de 2011 fue con gas licuado.

 

Las limitaciones al trasporte intercontinental de gas, que impiden su comercialización internacional a escala masiva, junto con la sobreproducción doméstica experimentada en los últimos años, han traído como consecuencia una espectacular caída de los precios en Estados Unidos, que ha servido como banderín de enganche para que, deslumbrados por los precios bajos, gobiernos de todo el mundo se hayan apuntado a la exploración del gas. Sin embargo, la situación en Estados Unidos es absolutamente coyuntural y un ejemplo típico de exceso de oferta sobre la demanda, del que me ocuparé en el siguiente capítulo.

 

En cualquier caso, merece la pena comenzar por el caso del gas natural porque su explosión productiva en Norteamérica y la prevista escasez de petróleo ha impulsado su búsqueda en todo el mundo, y en lugares tan imaginativos que hubieran hecho las delicias de Ray Bradbury, Julio Verne e incluso del profesor Franz de Copenhague.

 

Homenaje al profesor Franz de Copenhague

 

Un clatrato, estructura de clatrato o compuesto de clatrato (del latín clathratus, que significa “enrejado”) es una estructura química formada por una red de un determinado tipo de molécula que atrapa y retiene a un segundo tipo diferente de molécula. Un hidrato gaseoso es, por ejemplo, un tipo especial de clatrato en el que la molécula de agua forma una estructura capaz de contener un gas. El agua congelada puede crear celdas capaces de contener moléculas de gas enlazadas mediante puentes de hidrógeno. Numerosos gases de bajo peso molecular (oxígeno, dióxido de carbono, nitrógeno, sulfhídrico, metano, argón, kriptón, xenón…) forman clatratos en ciertas condiciones de presión y temperatura.

 

Bajo las altas presiones que imperan en el fondo del océano, el metano forma un clatrato sólido con el agua conocido como hidrato de metano, que contiene gran cantidad de gas dentro de la estructura acuosa cristalina. La cantidad de metano que se encuentra atrapada de esta forma en los sedimentos oceánicos es desconocida pero posiblemente sea muy grande, del orden del billón de toneladas, lo que ha llevado a intentar extraerlo.



 

 

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Desconocidos hasta entonces excepto para algunos expertos, los clatratos salieron a la luz pública y alcanzaron cierta notoriedad cuando el 23 de septiembre de 2008 el diario londinense The Independent dio la noticia de que científicos a bordo de un barco de investigación con bandera rusa, el Jacob Smirnitskyi, al descubrir grandes concentraciones de metano en varias zonas que cubren miles de kilómetros cuadrados de la plataforma continental siberiana, afirmaron tener pruebas de que millones de toneladas del gas estaban escapando a la atmósfera desde los fondos marinos del Ártico.

 

La existencia de clatratos de metano en el Ártico y en el permafrost (el suelo permanentemente helado de la tundra y la taiga de las tierras boreales que lo circundan) era bien conocida, como también su presencia en los hielos de Groenlandia y de la Antártida, pero esa fue la primera vez que se observaba un lugar en el que la liberación de metano era tan intensa que el gas no tenía tiempo de disolverse en el agua del mar y salía a la superficie en forma de burbujas. Inmediatamente fueron bautizadas como “chimeneas de metano” y se lanzó la hipótesis de que al fundirse las capas de permafrost que impedían escapar el metano de los depósitos submarinos formados antes de la última glaciación, la liberación masiva de ese metano, un gas de efecto invernadero, podría acelerar el calentamiento del planeta y causar un círculo vicioso por el cual cada vez se fundiría más permafrost y se liberarían mayores cantidades de gas de efecto invernadero.

 

Como se calcula que la cantidad de metano depositado bajo el Ártico supera al carbono almacenado en las reservas carboníferas mundiales, la noticia no era para tomársela a broma. Entonces se reavivó una hipótesis, la del “fusil de clatratos”, emitida seis años antes en un documental de la BBC, que sostiene que si el calentamiento global produce un aumento de la temperatura suficiente de esos depósitos marinos, todo ese metano se podría liberar repentinamente a la atmósfera, lo que ampliaría enormemente el efecto invernadero y el calentamiento de la Tierra hasta niveles sin precedentes. Esta hipótesis serviría también para explicar la causa del rápido calentamiento global en el pasado lejano de la Tierra, como en los máximos térmicos del Paleoceno-Eoceno hace 55 millones de años y del tránsito Pérmico-Triásico hace 250 millones, cuando la liberación de metano habría causado la extinción de grupos enteros de animales y plantas que aparecen en el registro fósil.



 

 

 

 

 

 

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Figura 18. Mediana de las estimaciones de los recursos mundiales in situ de hidratos de gas distribuidos por regiones. La figura ¡lustra una estimación del volumen de los hidratos de metano en sedimentos arenosos, los más prometedores desde el punto de vista productivo. La estimación en todo el mundo es de más de 43 000 Bpc. Datos en Bpc.

 

 

Pero a la industria lo que le interesaba era que en los clatratos había cantidades astronómicas de gas natural (figura 18), de manera que equipos de investigación de todo el mundo, generosamente financiados por la industria y los gobiernos de Canadá, Estados Unidos y Japón, se pusieron a buscar un método para extraerlo. Hoy la mayoría de los proyectos se han abandonado, porque todo indica que la explotación de los clatratos es un ejemplo extremo de recursos con un “depósito” muy grande y un “grifo” que permanece completamente cerrado, a pesar de décadas de investigación y del gasto de cientos de millones de dólares que no han logrado resultado productivo alguno.

 

El eterno retorno de lo mismo

 

De la misma manera que el hombre cambia sin dejar de ser él mismo, la historia camina hacia adelante sin dejar detrás de sí el pasado, un proceso eternamente repetido que Nietzsche definía como “el eterno retorno de lo



 

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mismo”. Incluso a la hora de soñar y concebir paraísos terrenales es necesario no perder el sentido de la medida. A esta regla de conducta se atuvo Cervantes al colocar a Sancho al lado de Don Quijote.

 

Corría el año 1980 y el catedrático de Química Técnica, Ingeniería Química y Química Orgánica de la Universidad de Oviedo José Manuel Pertierra, lo tenía muy claro: había un brillante porvenir energético gracias a la utilización de las fabulosas reservas de carbón enterradas por debajo de los 1000 metros en las cuencas asturianas. La gasificación hidráulica del carbón permitiría la producción de la energía más barata del mundo, según el profesor Pertierra, autor de un estudio publicado por el Instituto de Estudios Asturianos (Pertierra, 1980), en el que planteaba como objetivo

 

conseguir en un futuro no muy lejano una energía que será la más barata del mundo, partiendo de unas reservas carboníferas hasta ahora inexplotables y que figuran en sus yacimientos superiores entre las energías más caras cuando se explotan por métodos convencionales.

 

O sea, que el profesor Pertierra sostenía hace 35 años lo que otros proclaman ahora sobre las lutitas: un recurso inagotable y barato de gas natural. ¡Nada nuevo bajo el Sol!

 

Según el profesor Pertierra, la gasificación subterránea a presión, tanto de las reservas carboníferas de Asturias como de los lignitos de Teruel, podía servir para generar un gas natural barato, que sería incorporado a la red de gasoductos Barcelona-Bilbao-Madrid para su distribución a los centros urbanos e industriales de gran consumo energético. Como no podía ser menos, en la presentación del libro el profesor Pertierra la emprendió contra los agoreros del Club de Roma:

 

Las reservas de materias primas, sean el petróleo, el carbón y los minerales para la industria, no pueden considerarse, como hizo en 1972 el Club de Roma, como unos depósitos de límites bien definidos. Aquel año, una ola de pesimismo invadió a los países industrializados. El documento, titulado Los límites del crecimiento, del Club de Roma, predecía que, por el agotamiento de las materias primas, el mundo industrializado sufriría una crisis y se derrumbaría a partir de 1980.

El profesor asturiano anunciaba el nacimiento de unas nuevas tecnologías destinadas al

 

aprovechamiento de los yacimientos de carbones que, por estar situados a grandes profundidades, no resultan explotables con facilidad según las operaciones mineras clásicas o son totalmente inutilizables.

 

Una cosa parece clara: Pertierra estaba a la última. Por aquellos años, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Bélgica, Holanda y Francia habían iniciado estudios teóricos y trabajos prácticos sobre la llamada gasificación subterránea del carbón, para la preparación de un combustible fluido gaseoso como fuente de energía para centrales térmicas, y la obtención, mediante síntesis química, del gas natural o metano y para su empleo en la industria química. Ese ímpetu investigador y tecnológico, sostenía el profesor Pertierra,

 

dejaba suficientemente demostrado que dicho proceso tecnológico iba a ofrecer un brillante porvenir a la utilización de unas fabulosas reservas de carbones situados por debajo de mil metros, que, de otro modo, quedarían sin posibilidad de explotación con fines energéticos, como resultado de la escasa potencia de sus capas o vetas por la elevada inclinación de las mismas o por hallarse a profundidades donde el calor de las rocas y sus presiones impiden la explotación minera clásica.

 

En Asturias, tan dependiente por entonces del carbón, la cosa sonaba a música celestial. Como el Principado poseía yacimientos de carbones que se explotaban en la cota cercana a 500 metros bajo el mar, y quedaban reservas conocidas hasta los 900 metros, era muy probable la existencia de capas de carbón a profundidades todavía mayores, pero inexplotables con la tecnología minera de aquel tiempo.

 

La cuenca hullera asturiana tiene unas reservas superiores a los 700 millones de toneladas de carbón, según Pertierra, y gasificarla in situ con una mezcla de dióxido de carbono e hidrógeno significaba:

 

poder ofrecer a la industria química la materia prima necesaria para la síntesis del amoniaco, de abonos químicos y ácido nítrico, del alcohol metílico, de la urea, de los plásticos y para



 

 

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un cierto número de procesos industriales, incluida la síntesis del petróleo por el método Fischer-Tropsch. Y, sobre todo, el producir con el carbón una mezcla gaseosa de óxido de carbono e hidrógeno, a un coste que ya no estaría influido por el elevado gasto de la mano de obra del minero picador, cuya mano de obra representaba un 71 % del coste del carbón extraído, haría rentable la fabricación de petróleo sintético por el citado método.

 

Energía y materias primas a tutiplén y dándoles esquinazo a los revoltosos mineros. ¡Jauja! El entusiasmado cronista de El País concluía su artículo de forma no muy diferente a como otros periodistas escriben ahora sobre el gas y el petróleo de “esquistos”* en el mismo y prestigioso diario:

 

La aplicación de la gasificación subterránea del carbón a gran profundidad en los yacimientos asturianos, cuya viabilidad económica demuestra el señor Pertierra (al permitir ampliar las posibilidades de utilización de unas reservas que, de otro modo, no tendrían aplicación) aporta una eficaz solución al problema energético y permitirá la creación de nuevas industrias en el dominio de la carboquímica, la petroquímica y de los procesos inorgánicos metalúrgicos, que contribuirían eficazmente a proporcionar puestos de trabajo (Vaquero, 1980).

 

Véase en el capítulo 5 lo que se dice hoy de las lutitas y el paciente lector comprobará que seguimos en las mismas. Pero por no dejar en mal lugar a la prensa española, ni al profesor Pertierra, hay que decir que en 2008 The Wall Street Journal, portavoz de los intereses financieros de sus vecinos de la Gran Manzana, volvía a la carga anunciando que la gasificación in situ del carbón sería la bomba energética que estaban desarrollando China e India (Winning, 2008). El articulista se extendía con los acostumbrados ditirambos:

 

la novedosa técnica podía triplicar o cuadriplicar las reservas aprovechables de carbón de forma global, compensando la disminución de las reservas de petróleo.

 

Esperando estamos. Cuando veamos en el capítulo 5 el caso de las lutitas, todo quedará claro: es el eterno retorno de lo mismo. Como de costumbre, los



 

 

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nuevos “inventos” energéticos se anuncian a bombo y platillo, rodeados de grandes cifras que apabullan, y luego se esfuman en el silencio de su propio entierro y emprenden el viaje hasta donde habita el olvido.

 

Desde el punto de vista técnico, Pertierra lo explicaba perfectamente: la gasificación in situ o subterránea del carbón (GSC) trata de gasificar las vetas de carbón que están demasiado profundas para la minería de superficie y que aún no han sido utilizadas o no son adecuadas para la minería subterránea. Es potencialmente un recurso enorme (recurso, que no reserva, como siempre) y los esfuerzos para desarrollarla han estado en marcha durante más de un siglo. Gran parte del trabajo se llevó a cabo en la antigua Unión Soviética, con cinco proyectos a escala industrial que estuvieron operando en la década de 1960 (Hughes, 2013a). El único proyecto GSC a escala comercial que queda en el mundo, y que ha estado funcionando durante 50 años, se encuentra en Angren, Uzbekistán, y produce un gas de síntesis* de bajo poder carbonífero (principalmente H2 y CO) que alimenta una planta de energía en el mismo lugar.

 

Fuera de la URSS se llevaron a cabo una serie de proyectos piloto en Estados Unidos y Europa Occidental, sobre todo en las décadas de 1970 y 1980. Uno de los más grandes de los últimos años es el proyecto Chinchilla, situado en Queensland, Australia, que funcionó desde 1999 hasta 2003 y gasificó 35  000 toneladas de carbón. En julio de 2010, las autoridades de Queensland ordenaron el cierre cautelar de la planta experimental debido a que unos análisis habían mostrado la presencia en aguas subterráneas de elementos cancerígenos (benceno* y tolueno*).

 

En total, teniendo en cuenta las 50  000 toneladas de carbón gasificado durante los proyectos piloto en Estados Unidos, durante cuatro décadas tan solo se han gasificado 85 000 toneladas de carbón mediante GSC fuera de la antigua URSS. En comparación, los estadounidenses produjeron y consumieron casi 1000 millones de toneladas de carbón tan solo en 2011.

 

Aunque hay muchas propuestas y proyectos GSC en fase inicial por todo el mundo, incluidos Canadá y Estados Unidos, una revisión de los sitios web de varios promotores de GSC revela que ninguno de ellos ha llevado a buen término los proyectos comerciales. El aprovechamiento mediante gasificación in situ presenta no pocos problemas, entre los que se cuentan algunos de índole técnica y otros de contaminación atmosférica y de acuíferos.

 

En definitiva, esos problemas y la falta de una amplia viabilidad comercial del GSC, a pesar de décadas de intentos, lo convierten en el mejor



 

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de los casos en un nicho minúsculo de futuros suministros de gas. De momento se trata de otro ejemplo de un recurso constreñido, con un depósito potencial enorme, pero con un grifo muy limitado.

 

¡A por el grisú!

 

¡El grisú! He aquí el enemigo más cruel del minero. Traicionero y temible, se oculta en los recovecos de las partes altas de las galerías, en las chimeneas y en los pozos; y allí espera agazapado para sembrar la muerte con su enorme fuerza expansiva; volátil, ligera e invisible. Solo teme a un enemigo más poderoso que él porque lo destruye y lo deshace con su fuerte soplo: el viento.

 

Así describía el facultativo de minas Julián García Muñiz en 1922 el grisú, conocido por los trabajadores del carbón como el “enemigo silencioso”. El gas metano de carbón (GMC), también conocido como gas metano de mantos o lechos carboníferos, es una fuente de gas no convencional generada como parte del proceso de carbonización, que consiste en que la materia orgánica queda sepultada durante millones de años y sometida a la exposición del calor y la presión. Generalmente, el GMC tiene un alto contenido de metano, con pequeñas proporciones de etano*, propano, butano, dióxido de carbono y nitrógeno. La roca madre y la roca almacén son las mismas: los diferentes tipos de carbones, a partir de los cuales el gas natural puede originarse por alteraciones termogénicas del carbón o por la actividad biogénica de microorganismos descomponedores del carbón. En ambos casos, el gas está adsorbido —que no absorbido— en el carbón (es decir, las moléculas de gas se adhieren a la superficie del carbón), donde se mantiene por la presión y asociado con agua. Como en muchos casos el agua confinada está asociada a acuíferos de agua potable, la explotación de estos yacimientos está muy restringida.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 19. Reservas estadounidenses de carbón de metano por estado (2006-2010) comparadas con el pronóstico de la producción hasta 2040 de la US EIA (2013).

 

 

Típicamente, la primera fase de desarrollo del metano de carbón es la eliminación de agua de la formación, a veces durante un año o más, para eliminar el agua del carbón y reducir la presión, de modo que el metano adsorbido se libere y pueda migrar hasta la perforación del pozo. La permeabilidad* natural es muy importante y a menudo se ha mejorado con la fracturación hidráulica. La producción y la eliminación de grandes cantidades de agua de la formación puede ser problemática y ha dado lugar a una fuerte oposición pública en algunas zonas de Estados Unidos, un país en que durante la década de 1990 su recuperación fue considerada un nuevo maná, como ahora lo son los combustibles almacenados en las lutitas (Hughes, 2013a).

 

Las exploraciones subsiguientes y los intentos de desarrollo revelaron que las expectativas generadas eran infundadas. Pero como a las agencias oficiales les gusta sacar conejos de la chistera, la US EIA no perdió la oportunidad de hacer pronósticos aventurados con el grisú que desafían las realidades geológicas (figura 19). A pesar de que en los 21 años trascurridos desde que se inició la producción significativa de metano de carbón se han producido 27 Bpc, y de que las reservas actuales son de 17,5 Bpc, después de haber caído desde 21,9 billones en 2007, lo que quiere decir que la producción no ha sido



 

 

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reemplazada con nuevas incorporaciones a las reservas. La última proyección de la US EIA es que se pueden recuperar otros 52 billones en los 29 años que van desde 2011 hasta 2040, lo que significa, ni más ni menos, que la agencia oficial estadounidense proyecta que para ese año se produzcan y consuman casi el triple de las reservas actuales.

 

En la actualidad, la producción de gas de lecho de carbón representa el 8 % de la producción total de gas estadounidense y no ha dejado de caer desde que alcanzó su pico productivo en 2008. En el resto del mundo, la situación es similar, por lo que se calcula que seguirá jugando un pequeño papel en el suministro total de gas en el mundo. El metano de carbón es un ejemplo de un recurso con un gran “depósito”, si se considera todo el metano existente en las capas de carbón profundas de todo el mundo, pero con un “grifo” limitado y obstruido, si se tienen en cuenta las realidades geológicas que condicionan la tasa a la que puede ser producido.

 

Verde que te quiero verde

 

Tal como se define habitualmente en los documentos de la Unión Europea, la biomasa es la «fracción biodegradable de productos, desechos y residuos de la agricultura (incluyendo sustancias vegetales y animales), silvicultura e industrias relacionadas, así como la fracción biodegradable de los residuos municipales e industriales».

 

La contribución total de energía de la biomasa a nivel mundial es alrededor de un 10  % del consumo energético global (figura 1), si bien esa cifra incluye los usos tradicionales poco eficientes usados en países subdesarrollados, que no constituyen el principal potencial de la biomasa. Eso explica que durante la pasada década el porcentaje de la biomasa y los residuos sobre el total del suministro de energía primaria estuvo por encima del 50 % en 26 países, y por encima del 75 % en 11 de ellos: Haití, Sudán, Zambia, Camerún, Nigeria, Mozambique, Togo, Nepal, Etiopía, Tanzania y República Democrática del Congo. Por el contrario, en los países de la OCDE, la biomasa supuso un 3,8 %, y un 5 % en la UE-15. Si se agrupan los países por niveles de ingresos según los estándares del Banco Mundial, se obtienen los siguientes resultados de porcentaje de consumo: 3,4  % para el conjunto de países de ingreso alto, 12,3  % para países de ingreso medio y 53,8 % para países de ingreso bajo.



 

 

 

 

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La biomasa constituye una de las fuentes energéticas renovables con mayor potencial de crecimiento durante las próximas décadas. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático espera que los porcentajes mencionados se incrementen en el caso de los países más desarrollados. Sus previsiones para el siglo XXI apuntan a que la biomasa (en el sentido moderno del término, principalmente la de biocarburantes, biogás y procedente del manejo sostenible de los ecosistemas) puede llegar a alcanzar en su conjunto una cuota de participación en la producción mundial de energía de entre el 25  % y el 46  % (Intergovernmental Panel on Climate Change, 2011).

 

El observatorio que realiza el seguimiento de la situación de las energías renovables en Europa (Eurobserv’ER Barometer) distingue dentro de la bioenergía, es decir, de la biomasa en sentido amplio, cuatro fuentes energéticas diferentes: biomasa sólida, biogás, fracción orgánica de los residuos sólidos urbanos y biocarburantes. La biomasa sólida fue objeto de una detallada monografía (Cerdá, 2012) y de la utilización de los residuos sólidos urbanos me ocupé en una publicación anterior (Bettini, 1998), cuyos datos básicos pueden actualizarse en el Eurobserv’ER. Paso, pues, a ocuparme de las otras dos fuentes de biomasa.

 

Gas a ras de suelo

 

El metano (CH4), el hidrocarburo alcano* más sencillo, se presenta en forma de gas a temperaturas y presiones ordinarias. La formación del metano en la naturaleza es doble: termogénica o biogénica. El metano termogénico se produce de forma natural en el interior de la tierra a profundidades variables como consecuencia de la descomposición de organismos enterrados durante millones de años. Ese metano es el componente esencial del gas natural. El metano biogénico procede de fuentes de origen biológico que trabajan constantemente: actividades bacterianas que descomponen la materia orgánica, arrozales, explotaciones agrícolas en regiones tropicales y subtropicales, combustión de biomasa, descomposición de residuos orgánicos en vertederos, ventilación de minas de carbón, fermentación entérica de los rumiantes, etcétera.

 

El metano surgido en esos procesos naturales puede utilizarse para producir biogás en dispositivos específicos (biodigestores) por las reacciones de biodegradación de la materia orgánica que realizan diversos



 

 

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microorganismos descomponedores en ambiente anaeróbico, es decir, en ausencia de oxígeno. El resultado es una mezcla constituida por metano (en una proporción que oscila entre un 40  % y un 70  %) y dióxido de carbono (entre un 30-40  %), junto con pequeñas proporciones de otros gases, como hidrógeno, nitrógeno, oxígeno y sulfuro de hidrógeno. 1 m3 de biogás con una proporción aproximada de 70  % de metano y 30  % de dióxido de carbono posee un poder calorífico aproximado de 6000 kcal y tiene la siguiente equivalencia con otras fuentes de energía: 0,8 litros de gasolina, 0,6 m3 de gas natural, 6,9 kwh de electricidad, 1,5 kg de madera, 0,71 litros de fueloil, 0,3 kg de carbón y 1,2 litros de alcohol combustible.

 

El biogás se puede utilizar para producir energía eléctrica, mediante turbinas o plantas generadoras de gas, en hornos, estufas, secadores, calderas u otros sistemas de combustión a gas. También puede utilizarse en pilas de combustible, previa realización de una limpieza de SH2 y de otros contaminantes de las membranas. Se puede introducir en las redes de trasporte de gas natural previa purificación y agregación de los aditivos necesarios, y finalmente puede utilizarse como material de base para la síntesis de productos de elevado valor añadido, como el metanol, el gas natural licuado e incluso como combustible de automoción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 20. Esquema del funcionamiento de una planta de gasificación a partir de los residuos generados en una granja.



 

 

 

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El metano es un gas de efecto invernadero relativamente potente que contribuye al calentamiento global de nuestro planeta ya que tiene un potencial de calentamiento global* de 23, lo que significa que, en una media de tiempo de 100 años, cada tonelada emitida de metano calienta la Tierra 23 veces más que la misma masa de CO2. Por tanto, producir biogás une a su capacidad energética el beneficio de retirar metano de la atmósfera.

Como el biogás se genera también a partir de residuos orgánicos agrícolas y ganaderos, se puede producir en gasificadores a pequeña escala distribuidos por granjas y aldeas (figura 20) o en gasificadores de mayor envergadura y más centralizados a escala municipal, como los que aprovechan los vertederos. Aunque la producción de biogás represente muy poco en comparación con la producción total de gas, producirlo tiene mucho sentido: el metano se captura y se utiliza en lugar de liberarlo, los riesgos explosivos del gas de vertedero se eliminan y el volumen de los vertederos se reduce. En el mundo en desarrollo se están realizando esfuerzos para instalar gasificadores de pequeña escala para producir combustible para cocinar y otros usos a partir del estiércol y de residuos orgánicos. Hacerlo limita la necesidad de utilizar leña para obtener energía, y por tanto reduce la degradación ecológica.

 

En los países desarrollados, las instalaciones de biogás a gran escala se utilizan normalmente para proporcionar combustible para la generación de electricidad. En Estados Unidos se calcula que existen actualmente 560 proyectos de biogás, con la posibilidad de que se inicien otros 510 adicionales (Hughes, 2013a). La producción de gas a partir de estos proyectos asciende actualmente a 0,31 Mpc/d, con un potencial adicional de 0,59 Mpc/d si se desarrollan todos los proyectos.

 

Producir biogás es una práctica muy debatida en Alemania, ya que la materia prima principal es el maíz y el gas resultante está muy subvencionado por la Ley de Energías Renovables. La situación recuerda a las subvenciones estadounidenses del maíz para obtener etanol: los subsidios en Alemania han dado como resultado el desplazamiento de otros cultivos de maíz para alimentación, han impulsado al alza los precios y han incrementado las importaciones de grano y forraje para animales.

 

Para hacernos una idea de lo que estamos hablando, mientras en Alemania hay censadas 5000 instalaciones de biogás, en España no llegan a 30. Un proyecto singular y estratégico (Probiogás), liderado en España por el centro tecnológico Ainia, evaluó la disponibilidad de materias primas (residuos



 

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ganaderos y agrícolas y de la industria agroalimentaria) susceptibles de ser utilizadas para producir biogás. El volumen detectado (49,7 millones de toneladas/año) daría para cubrir el 4,2 % de la demanda anual de gas. Pero en nuestro país se da la paradoja de que el biogás está fiscalmente castigado por una injustificada discriminación tributaria que obliga a pagar el impuesto del 7 % por producción de electricidad y el impuesto de hidrocarburos como paga el carbón, por ejemplo. Así las cosas, es muy difícil que el sector se desarrolle con pujanza en nuestro país.

 

En cualquier caso, el biogás es una fuente residual de suministro de gas. En las circunstancias adecuadas, puede tener sentido ya que puede reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y proporcionar una fuente de combustible para reducir otros impactos ecológicos. No obstante, no es suficiente para compensar una parte importante del consumo mundial de gas, y no es una buena idea intentar aumentar su producción a costa de los cultivos alimenticios.

 

Pan para hoy, carburante para mañana

 

Un biocarburante o biocombustible es una mezcla de hidrocarburos que se utiliza como combustible (para sustituir a la gasolina o al gasóleo, bien sea de manera total, en mezcla con estos últimos o como aditivo) y que procede de la biomasa, es decir, de la materia orgánica originada en un proceso biológico, espontáneo o provocado, utilizable como fuente de energía.

 

Para la obtención de los biocarburantes se pueden utilizar especies de uso agrícola tales como el maíz o la mandioca, ricas en carbohidratos, o plantas oleaginosas como la soja, el girasol y las palmeras. También se pueden emplear especies forestales como el eucalipto, los pinos o la jatrofa, de cuyo caso me ocupé en el capítulo 2. Los biocarburantes más usados y desarrollados son el bioetanol, émulo de la gasolina, y el biodiésel, sustituto del gasoil. El bioetanol se obtiene por fermentación alcohólica de azúcares de diversas plantas, como la caña de azúcar, la remolacha o los cereales, o mediante la hidrólisis y fermentación del almidón obtenido del maíz y de otros cereales.

 

El biodiésel se fabrica a partir de aceites vegetales, que pueden ser usados o sin usar. En este último caso se suele usar colza, soja o tabaco, cultivados para este propósito y a los que se somete a un proceso industrial de trasesterificación. La mayor parte del biodiésel y cerca de un 80  % del



 

 

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bioetanol producidos en el mundo se utilizan como combustibles para trasporte. El resto sirve como insumo en la fabricación de bebidas alcohólicas y en otras industrias como la farmacéutica.

 

Hay otros biocarburantes, como el biopropanol o el biobutanol, que son menos conocidos pero podrían tomar mayor relevancia futura habida cuenta del declive y el alto precio de los combustibles fósiles. La relevancia es relativa, como se desprende de la última revolución de los biocombustibles: la jatrofa 2.0.

 

Los litros de biodiésel que se obtienen por hectárea y año dependen del cultivo empleado y de los suelos que se laboren, porque no es lo mismo cultivar en una vega húmeda que en una ladera con fuerte escorrentía. Según el centro de referencia del biodiésel en España (BioDieselSpain.com), los rendimientos medios en condiciones de suelo “normales” de los cultivos más comunes en litros por hectárea y año eran en 2006 los siguientes:

 

Soja (Glicine max): 420. Arroz (Oriza sativa): 770. Tung (Aleurites

 

fordii): 880. Girasol (Helianthus annuus): 890. Maní (Arachis hipogaea):

 

990. Colza (Brassica napus): 1100. Ricino/tartago (Ricinus communis): 1320.

 

Jatrofa/tempate/piñón (Jatropha curcas): 1590. Aguacate, palta (Persea

 

americana): 2460. Coco (Cocos nucifera): 2510. Palma cocotero (Acrocomia

 

aculeata): 4200. Palma africana (Elaeis guineensis): 5550.

 

El balance económico del biodiésel depende también del tipo de residuo sólido generado por la extracción del aceite. Si este residuo es apto para uso humano o para alimentos para animales, tendrá valor económico y el coste del aceite vegetal será proporcionalmente menor. Si, por el contrario, solo se vende para uso industrial y/o fertilizante, entonces el coste del aceite vegetal será mayor.

 

Un caso interesante es el de la jatrofa, nombre común que reúne a una serie de arbustos y árboles de pequeña talla pertenecientes al género Jatropha (familia euforbiáceas), cuya principal área de distribución se centra en zonas tropicales secas y semiáridas de América, desde el sur de Estados Unidos hasta Argentina, aunque su centro de máxima diversidad se halla en México y Guatemala. A las regiones tropicales de todo el planeta se exportó una sola variedad de la planta, apreciada como seto con el que encerrar el ganado, antes de que se supiera que las semillas de esta planta no comestible producen un tesoro: aceite de alta calidad que puede refinarse y convertirse en un combustible diésel o para reactores con baja emisión de carbono. En los últimos años, la biotecnología ha logrado duplicar el rendimiento en términos



 

 

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de biodiésel de la jatrofa, pero la producción es despreciable considerando los volúmenes de consumo mundial de derivados del petróleo.

 

Considerada hace media docena de años como la próxima gran revolución del mundo de los biocombustibles, la jatrofa atrajo cientos de millones de dólares en inversiones. Luego cayó en desgracia cuando llegó la recesión y los agricultores descubrieron que las diferentes especies utilizadas daban tan pocas semillas que no producían el aceite suficiente para que su cultivo fuera rentable. Una burbujita, por decirlo de alguna manera.

 

A pesar de todo, SGB, una empresa de biocombustibles de San Diego, California, que investigaba con jatrofas siguió adelante y en 2013 consiguió finalmente domesticar la planta, un proceso que antes requería décadas. SGB cultiva unas variedades híbridas que producen biocombustible en unas cantidades que podrían competir con el petróleo a 99 US$ el barril (cuando la empresa presentó su trabajo a primeros de 2014 el precio del barril WTI se cotizaba a 94,50 US$). La domesticación biotecnológica de la planta significaría, según explica SGB, la “revolución energética de la jatrofa 2.0” (Woody, 2014).

 

La empresa tiene acuerdos para plantar más de 100  000 hectáreas en Brasil, India y otros países, capaces de producir algún día 265 millones de litros de combustible anuales. Cuando lea ese número de hectáreas tenga en cuenta que son 1000 km2, es decir, algo así como la quinta parte de la superficie de La Rioja. Las posibilidades productivas de la jatrofa atrajeron el interés de los gigantes de la energía, las aerolíneas y otras multinacionales que buscan alternativas a los combustibles fósiles. Con no poca ingenuidad, consideran que la jatrofa es una salvaguardia frente a las subidas del precio del petróleo y una forma de cumplir con los requisitos legales sobre emisiones de carbono.

 

El éxito de SGB a la hora de aumentar el rendimiento de la jatrofa en nada menos que un 900 % convenció a un consorcio compuesto por Airbus, BP y el Banco de Desarrollo Interamericano para firmar un acuerdo con la empresa para plantar 30  000 hectáreas de jatrofa en Brasil. El consorcio, llamado JetBio, pretende desarrollar biocombustibles para el sector de las aerolíneas, ahora que la Unión Europea, Australia y otros países imponen topes a las emisiones de carbono de los aviones.

 

El avance científico de la compañía de San Diego ha coincidido con una gran bajada del precio de la secuenciación del ADN, que ha permitido a los científicos de SGB identificar rápidamente las plantas con más diversidad



 

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genética y mayor capacidad de producción para cruzarlas. A SGB le cuesta 350 dólares elaborar el mapa genético de una sola variedad de jatrofa para buscar mutaciones valiosas, un precio que ha caído hasta los 50 dólares en 2013. El precio hace cinco años eran unos 150 000 dólares.

 

Para domesticar una planta silvestre, lo habitual era que los científicos cruzasen dos variedades prometedoras y cruzaran los dedos a la espera de que floreciesen para ver si el híbrido era viable y producía lo suficiente. El proceso podía durar años o incluso décadas. La tecnología de SGB permite a la empresa identificar en el laboratorio, a escala molecular, híbridos que pueden ser productivos, antes de cruzar las plantas. Hasta aquí llega la biotecnología actual, lo que proporciona a la empresa una ventaja de cinco años sobre cualquier gigante de la agricultura que intente imitar la hazaña. Como reconocía el director científico de SGB, da igual el dinero que se invierta, porque “no se puede hacer que las células se dividan más deprisa”. Nuevamente el grifo condiciona el suministro potencial de la jatrofa, ya de por sí limitado, a poco que echemos unos números, lo que ya adelanté en el capítulo 2.

 

Cuando se planten en 2014 las 100 000 hectáreas de jatrofa de SGB, habrá que esperar a que las plantas maduren sexualmente, para lo que deberán trascurrir entre 5 y 10 años. Seamos optimistas, imaginemos que no falla ninguna planta y que todas las plantaciones maduran dentro de cinco años: en 2020. Supongamos también que todas las plantas producen a tope, con lo que ese año se extraerán 265 millones de litros de biodiésel, o lo que es lo mismo, 1,7 millones de barriles. Eso quiere decir que, en el mejor de los casos, las jatrofas de SGB serán capaces de suministrar 4,5 Kbd en 2021 o, lo que es lo mismo, producirán un flujo de 3,1 barriles por minuto.

 

Para entonces, si se cumplen los pronósticos más optimistas, el consumo mundial de derivados del crudo ascenderá a más de 110 Mbd, lo que significa que la humanidad chupará un flujo de 4,56 Mb a la hora, 76 389 barriles por minuto: la “revolución de la jatrofa 2.0” se habrá quedado en nada, en un trago de décimas de segundo. Si suponemos una superficie como la española, toda ella plantada de jatrofas 2.0 produciendo al máximo, se lograría el biodiésel suficiente como para suministrar 2,2 Mbd, apenas media hora del consumo mundial en 2020. Grifos y suministros, un problema insoluble y una demostración más de que los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía.

 

La mayor ventaja de los biocombustibles es su capacidad para mezclarse con los carburantes convencionales. No tienen problemas para llevarse bien.



 

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El bioetanol se incorpora a la gasolina en las instalaciones de almacenamiento al mismo tiempo que se añaden los aditivos, exactamente en el brazo de carga de los camiones cisterna. El biodiésel se agrega en las refinerías. Como regla general, y según especificaciones internacionales, la gasolina se combina con bioetanol en un porcentaje no superior al 10  % en volumen y el gasóleo se mezcla con biodiésel hasta el 7 % en volumen. Pero hay excepciones. Existen vehículos especialmente diseñados (flexi-fuel) que admiten etanol E85, una mezcla de gasolina y etanol con un 85 % en volumen de biocarburante. Y hay taxis o autobuses urbanos que se mueven con biodiésel B30, una mezcla de gasóleo y biodiésel en una proporción de 70:30. Los combustibles no cambian mucho si se le añaden biocarburantes porque unos y otros tienen características físico-químicas muy similares, aunque con el bioetanol hay que vigilar la curva de destilación y la compatibilidad de los materiales, y con el biodiésel se debe estudiar la estabilidad y el comportamiento en frío. Todo ello se tiene en cuenta al formular los aditivos.

 

Una de las mayores críticas hacia el etanol de maíz es que favorece el desvío del uso de los maizales para alimento convirtiéndolos en productores de combustible, lo que trae como consecuencia el incremento del precio de los alimentos y una posible escasez de los mismos, como también el abandono de otros cultivos alimenticios. Algunos estudios indican que el etanol contenido en un galón* de gasolina E10 (10  %de etanol), encierra la suficiente energía para alimentar a una persona durante 1,4 días y que la cantidad total producida en 2011 en Estados Unidos, que fue de 13  950 millones de galones, sería suficiente para alimentar a 570 millones de personas ese año.

 

En cualquier caso, los estudios subrayan que la producción de etanol de maíz en los Estados Unidos es insostenible y requiere subsidios gubernamentales. Hay problemas similares con otros cultivos alimentarios, como la soja, la caña de azúcar y la palma aceitera, que desplazan a los cultivos de alimentos para los seres humanos y, en el caso de la caña de azúcar y del aceite de palma, a los ecosistemas tropicales vírgenes. La TRE de estas fuentes es algo mayor que el etanol de maíz, cuyo valor es siempre inferior a dos. La caña de azúcar, por ejemplo, incluyendo en el proceso el uso de los tallos quemados para calefactar, puede llegar a ser de 8:1. Otros estudios sugieren que no es inferior a 3:1 (Hughes, 2013a).



 

 

 

 

 

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La jungla de asfalto y las tierras del Orinoco

 

Conocidas también como arenas bituminosas, arenas de petróleo, arenas petrolíferas, arenas de alquitrán y en Venezuela como crudo extrapesado, las tierras asfálticas son una combinación de arcilla, arena, agua y bitumen. El bitumen, también llamado betún o brea*, una materia orgánica soluble en solventes orgánicos, es un derivado degradado térmicamente del querógeno, que está constituido por una mezcla de líquidos orgánicos altamente viscosa, negra y pegajosa, a su vez compuesta principalmente por hidrocarburos aromáticos policíclicos. Desde el punto de vista de su uso como combustible, el bitumen es la principal materia prima de la explotación petrolera de las llamadas arenas bituminosas, actualmente en desarrollo en Alberta, Canadá, y del petróleo extrapesado venezolano.

 

Cuando se limpian las tierras asfálticas de arenas, arcillas y otras impurezas, para lo que requieren tratamientos altamente consumidores de agua y energía, porque en promedio se necesitan dos toneladas de tierras y entre dos a cuatro barriles de agua para obtener un solo barril de petróleo, se extrae un bitumen que, para poder ser utilizado en la industria petrolífera, necesita ser mejorado (upgraded) desde el momento mismo de su bombeo, dado que es demasiado viscoso para fluir. Para que lo haga, el bitumen necesita ser diluido con un 30 % de gas condensado o con un 50 % de crudo sintético* de petróleo para crear un bitumen diluido o dilbi* que se puede mover a través de un oleoducto.

 

Por eso, la producción de petróleo desde arenas asfálticas obliga a Canadá a importar cantidades mastodónticas de diluyentes, de donde se desprende la paradoja de que los canadienses importan derivados refinados del petróleo para producir petróleo bruto. Canadá tendrá que importar 700 000 barriles de diluyentes al día en el año 2030 si quiere cumplir con la previsión de crecimiento de su producción de arenas asfálticas.

 

Antes de pasar a la torre de destilado convencional, y una vez diluido convenientemente, el bitumen debe sufrir un proceso de mejora que consiste básicamente en primer lugar en el llamado coking, un procedimiento de calentamiento intenso que separa las moléculas de los hidrocarburos, y en segundo término en la reducción del contenido de azufre, nitrógeno y metales como el níquel y el vanadio. Luego, una vez en la torre de destilación de la refinería, debe sufrir un proceso de ruptura molecular similar al que sufre el



 

 

 

 

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petróleo convencional antes de ser sometido a los procesos de refinado para producir combustibles como la gasolina o el gasoil.

 

Los recursos de bitumen extraíbles a cielo abierto son mucho más escasos que los profundos. Por ejemplo, en Canadá el 80  % de los recursos petrolíferos proceden de las arenas asfálticas, la mayor parte de las cuales están tan profundas que no son extraíbles por medio de la minería en superficie. De ahí que se hayan desarrollado o se estén desarrollando sofisticados métodos de extracción in situ a cual más complicado, que implican la inyección de vapor de agua y solventes por medio de pozos para separar el bitumen y extraerlo hasta la superficie. En cualquier caso, sea por minería en superficie o sea por procedimientos in situ, lo que se obtiene es bitumen que ha de ser mejorado para poder ser utilizado comercialmente.

 

El bitumen extraíble en superficie requiere menos energía entrante para recuperarlo y constituye el 64  % de los 8100 Mbl recuperados en Canadá hasta el momento. De los restantes yacimientos que se están explotando, el 88  % son explotados a cielo abierto. De lo que queda como “reservas comprobadas” sin desarrollo activo, solo el 8 % son minerables en superficie, por lo que el 92  % restante debería recuperarse con métodos in situ que requieren consumos energéticos más intensivos cuyos resultados prácticos desde el punto de vista comercial están por verse.

 

Por todo ello, la producción de bitumen a partir de las arenas asfálticas es muy costosa, superior a la mayoría de las estimaciones para el petróleo procedente de cualquier otra fuente, incluido el ya de por sí caro petróleo de lutitas. Los costes de rentabilidad mínima para la minería con trasformación a crudo sintético son de más de 100 dólares por barril, lo que supone que prácticamente no queda margen comercial a los precios actuales.

 

Aunque la TRE media del bitumen de minería es relativamente alta, del orden de 12:1, como el bitumen necesita ser trasformado antes de poder ser usado, una TRE de 5:1 sería una medida más adecuada para el producto final. El bitumen recuperable por métodos in situ, que supone un 80 % del recurso, empieza en una TRE media de 5:1, que resulta muy inferior, alrededor de 2,9:1, cuando se trasforma (Hughes, 2013a).

 

Esas estimaciones de la TRE son a la baja, porque no incluyen los costes de la energía incorporada a la infraestructura, tales como las plantas de tratamiento del bitumen, los oleoductos, los camiones y las excavadoras, así como de combustible diésel y otros consumos de energía en el proceso de recuperación. Tampoco incluyen el coste energético de importar diluyentes



 

 

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para mover el bitumen por tuberías o el consumo de la energía de mover el dilbit a los mercados. Aunque es difícil calcular con precisión, estas entradas adicionales probablemente reduzcan la TRE de trasformar el bitumen in situ a un 2,4:1, y de 4,5:1 o menos para el bitumen extraído por minería a cielo abierto. Por otra parte, teniendo en cuenta que los recursos de calidad más altos se recuperan primero, se puede esperar que la TRE disminuya con el tiempo conforme los recursos explotables en superficie se agoten y las operaciones in situ se muevan hacia las zonas menos productivas.

 

Además, las arenas asfálticas vienen acompañadas de impactos ambientales más altos que las explotaciones convencionales, tanto en emisiones aéreas en la explotación, emisiones totales de CO2 en el ciclo completo de producción, como en la contaminación de aguas subterráneas y otras contaminaciones.

 

Considerando su ciclo completo, las emisiones de gases de efecto invernadero producidas en la extracción de las arenas asfálticas son tres o cuatro veces superiores a las producidas en la extracción del petróleo convencional. Si se tiene en cuenta el ciclo de emisiones desde que se produce hasta que se consume, las arenas asfálticas emiten un 23 % más de gases de efecto invernadero.

 

Finalmente, aunque por ley todas las operaciones de extracción de arenas asfálticas deben ser restauradas, la proporción de las restauradas después de más de 40 años de operaciones es minúscula y su impacto sobre el paisaje es desolador, pues el movimiento de tierras necesario para remover y extraer las arenas deja huellas de miles de hectáreas de rocas desnudas.

 

Por sus propiedades, el crudo extrapesado venezolano es un pariente muy cercano de las arenas asfálticas. El 90 % del petróleo extrapesado del mundo está concentrado en la franja venezolana del Orinoco, una superficie de algo más de 142  000 km2 que se extiende en una franja de unos 2000 km de longitud a lo largo de la cuenca del río que le da nombre. Por razones geopolíticas que no se escapan a nadie, dado que Venezuela ha sido un proveedor histórico de Estados Unidos y que muchas de las refinerías de la costa estadounidense del golfo de México tienen su capacidad de refinado* adaptada al chapapote venezolano, los recursos de la cuenca del Orinoco preocupan especialmente en Estados Unidos.

 

Las previsiones hechas por la compañía estatal venezolana Petróleos de Venezuela (PDVSA) son de lo más optimistas. En su informe anual de 2010 “certificó sin más” que había 215  000 Mbl de “reservas” en la franja del



 

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Orinoco. Eso elevaba las “reservas” totales del país hasta los 296  500 Mbl, convirtiéndolo en el mayor poseedor de reservas petrolíferas del mundo. La compañía cerraba así el círculo del incremento de las reservas venezolanas cuadriplicando las declaradas en 2005, mientras al mismo tiempo la producción continuaba cayendo sin parar. El Instituto CATO declaró esa subida en las reservas como “seriamente fraudulenta”, dado que está basada en datos rudimentarios, a los que resulta inadecuado calificar como “reservas”.

 

El crudo venezolano es en promedio un poco más ligero que el bitumen procedente de las arenas asfálticas canadienses, y de ahí que sea más fácil moverlo y refinarlo, aunque también es prácticamente bitumen, lo que conlleva que necesite la práctica totalidad de los procesos de mejora necesarios para trasformar las arenas asfálticas en un producto lo suficientemente líquido como para ser trasportado por oleoductos.

 

Cuando se extrae del terreno, es una mezcla extremadamente viscosa, con el inconfundible aspecto alquitranado del chapapote que trasportaba el Prestige cuando encalló en las costas gallegas. Ahora bien, en el momento de la extracción el crudo venezolano tiene frente al canadiense la ventaja de la temperatura, porque no es lo mismo extraer crudo pesado de Venezuela, donde el interior del yacimiento está caliente (alrededor de 55  °C), y el petróleo fluye mejor, que sacarlo de Canadá, donde las bajas temperaturas del interior (unos 11 °C) hacen que el crudo esté en un estado demasiado viscoso, más cercano al estado sólido que al líquido.

 

Una vez el crudo llega a la refinería, el problema se centra en el bajo porcentaje de fracciones livianas que tiene el petróleo pesado y que se requieren para producir gasolina y diésel. Lo que suele hacerse es mezclarlo con otro más ligero para que la mezcla resultante tenga la densidad apropiada para procesarlo en la refinería. Ese y otros procesos, entre los que se encuentra la desulfurización energética dado que estos crudos pesados tienen un elevado contenido de azufre, convierten el crudo venezolano en un combustible con una TRE muy baja, similar a la de 3:1 de las arenas asfálticas extraídas por métodos in situ.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 21. Producción de petróleo venezolano y reservas declaradas, 1980-2011.

 

 

El Gobierno de Chávez en Venezuela declaró en 2012 que planeaba duplicar la producción de petróleo en 2019, cuya mayor parte tendría que venir de la franja del Orinoco. Es muy discutible que la producción crezca algo habida cuenta del fracaso de las previsiones anteriores, el marcado declive de la producción (véase figura 21) y los niveles de deuda generalmente elevados de PDVSA, una empresa nacional que el Gobierno venezolano utiliza para financiar una amplia variedad de programas sociales.

 

Venezuela es un buen ejemplo de los desafíos que aparecen sobre el terreno cuando se quiere aumentar significativamente la producción. Las reservas son probablemente exageradas y el crecimiento debe proceder del crudo extrapesado, que presenta desafíos similares a los de las arenas asfálticas de Canadá. El chapapote venezolano está sometido a la vez a una tasa de suministro lenta y a una energía neta muy baja, por lo que es poco probable que suministre una nueva producción significativa para compensar la disminución de la producción de crudo convencional del mundo, como pretenden las interesadas estadísticas de BP que comenté en el capítulo anterior.



 

 

 

 

 

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Un futuro muy oscuro

 

Cualquier tipo de roca sedimentaria o metamòrfica de grano fìno rica en materia orgánica que contenga querógeno es una roca bituminosa, una oil shale en el vocabulario petrolífero. El termino oil shale (petróleo de bituminosas) es un nombre inapropiado, ya que lo que contienen esas rocas no es petróleo sino querógeno, materia orgánica que no ha sido expuesta a las temperaturas y presiones suficientes para transformarse en petróleo.

 

Hay enormes recursos in situ de pizarras bituminosas ampliamente distribuidos por todo el mundo, pero nunca se han producido a tasas significativas. Se piensa que Estados Unidos posee al menos la mitad de los recursos del mundo en la formación Green River de Utah, Colorado y Wyoming, que se ha convertido en un lugar común de la retórica de la “independencia energética”, porque los billones de barriles de petróleo que sus exégetas dicen que contiene son citados a menudo por los epulones con no poca intención de despistar, habida cuenta de que hablan de recursos y no de reservas probadas, porque hablar de reservas, como comenté en el capítulo 2, tiene implicaciones legales.

 

De hecho, si esos billones de barriles fueran reservas probadas y no recursos in situ, Estados Unidos pasaría a ser inmediatamente el mayor productor potencial de petróleo del mundo. Pero la realidad constatable es otra: la formación Green River no es recuperable con la tecnología actual ni es económicamente rentable a los precios actuales del petróleo.

 

Como las pizarras bituminosas no contienen petróleo sino querógeno, su trasformación industrial en líquidos derivados del petróleo exige intensas entradas de calor durante períodos de tiempo prolongados, en un proceso de pirólisis* caro y complejo conocido como retorting*. Las pizarras bituminosas también se pueden quemar directamente como una fuente de calor para la generación de energía, como se ha hecho en Europa y Asia durante muchos años a pequeña escala. Si se utilizan de este modo, rinden aproximadamente la mitad del calor del carbón lignito de grado bajo.

 

El máximo de producción mundial de pizarras bituminosas se produjo en 1980 a razón de unos 18 400 barriles de equivalente petróleo al día, es decir, menos del 0,002 % del consumo mundial de líquidos del petróleo. Ello da una idea del problema fundamental de las pizarras bituminosas: solamente una pequeña fracción de los pretendidos vastos recursos son recuperables con métodos mineros, mientras que hay muchos experimentos piloto con



 

 

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diferentes planes de recuperación in situ que todavía no han producido petróleo a tasas comerciales. Sin embargo, como de costumbre, la AIE exagera cuando dice que hay 800 KMbl recuperables entre 50 y 100 dólares por barril (en dólares de 2008). Basta analizar la experiencia pasada para tomar buena nota de que ese pronóstico es, en el mejor de los casos, solo una ilusión.

 

Se han hecho muchas estimaciones sobre la energía neta (TRE) de las pizarras bituminosas, y la mayoría han resultado muy bajas debido a la cantidad de energía necesaria para su producción. Una revisión de las estimaciones más recientes y una descripción de las cuestiones relacionadas con el cálculo de la TRE de las pizarras bituminosas apuntan a que la TRE es de 1,5:1, si se considera la energía interna usada en el proceso, y entre 2,6:1 y 6,9:1 si se considera solo la energía externa “comprada”, lo cual las sitúa al nivel de las arenas asfálticas. Además, considerando la amplia variabilidad de la calidad de las pizarras bituminosas, la TRE será mucho más baja o negativa para el grueso del recurso, dado que las operaciones existentes se han centrado en los recursos de calidad más alta.

 

Los impactos medioambientales colaterales del desarrollo de las pizarras bituminosas son el alto consumo de agua (los yacimientos están localizados en territorios muy secos), el impacto paisajístico y la huella superficial que dejan las infraestructuras y las emisiones de gases de efecto invernadero, significativamente más altas que las producidas por el petróleo convencional. Los asuntos relacionados con el agua han sido estudiados por la Oficina de Contabilidad del Gobierno estadounidense, que ha calculado que el uso de agua puede llegar a alcanzar un consumo de 12 barriles de agua por barril de petróleo en las operaciones in situ, y cinco barriles de agua por barril de petróleo en la minería a cielo abierto.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 22. Esquema del proceso de extracción de bituminosas mediante pozo de congelación.

 

 

La producción de pizarras bituminosas no solo está limitada energéticamente, sino que es un ejemplo extremo de un recurso de tasa limitada del que hasta el momento no hay producción significativa ni parece que pueda haberla en un futuro previsible. A pesar de esas limitaciones, en el World Energy Outlook de 2012, la AIE ha censado billones de barriles como “técnicamente recuperables” en el Nuevo Continente, aunque no dicen en qué plazo esperan que se produzca tal maravilla, habida cuenta de las experiencias de los procesos de conversión in situ, que son de una complejidad tal que están a décadas de poder utilizarse o quizá no se consiga nunca. Dos de ellos, el proceso de conversión in situ por congelación de muro de la Shell (ICP), y el proceso Electrofrac, de ExxonMobil, son representativos de los desafíos y las entradas masivas de energía que se requieren.

 

En el proceso de congelación de muro de la Shell, que haría las delicias del profesor Bacterio, se construye un muro congelado para aislar el área de procesado de las aguas subterráneas circundantes (figura 22). Se perforan pozos de 2000 metros de profundidad, a unos dos metros y medio de distancia, y se rellenan con un circulante formado por un líquido superrefrigerado para enfriar el suelo hasta -60 °F. A continuación se retira el agua de la zona de trabajo, se perforan pozos de calefacción y recuperación a intervalos de 10-12 metros dentro de la zona de trabajo, y se bajan



 

 

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calefactores eléctricos por los pozos de calefacción que se utilizan para calentar la pizarra bituminosa entre 650 y 700 °F durante aproximadamente 4 años. El querógeno de la pizarra bituminosa se trasforma lentamente en petróleo confinado y en gases, que a continuación fluyen a la superficie a través de los pozos de recuperación. Como puede verse, no es una bicoca.

 

El proceso de Electrofrac, de ExxonMobil, está diseñado para calentar la pizarra bituminosa in situ mediante la conducción de electricidad a través de las fracturas inducidas en la pizarra, que se llenan con material conductor para formar un elemento de calentamiento por resistencia. El calor fluye desde la fractura hacia la formación de pizarra bituminosa, y va convirtiendo gradualmente la materia orgánica sólida bituminosa en petróleo móvil y en gas, que pueden ser extraídos por métodos convencionales.

 

Shell ha cerrado recientemente su proyecto piloto de congelación de muro después de haber declarado que era un “éxito”, mientras que Intek señala que “serán necesarios muchos años de investigación y desarrollo para demostrar la viabilidad técnica, ambiental y económica” del proceso de ExxonMobil. Por su parte, Chevron ha cerrado su proyecto piloto en Colorado, que utilizaba su patentada tecnología in situ CRUSH. Por tanto, a pesar de décadas de investigación y experimentación, y de cientos de millones de dólares gastados, todavía no hay producción significativa a partir de las pizarras bituminosas, cuyo futuro es tan negro como su aspecto.

 

Mar adentro

 

El 3 de junio de 1979, una explosión del pozo de exploración Ixtoc 1, operado por la compañía mexicana Pemex en aguas del golfo de México, a unos 94 kilómetros de la costa de Campeche, en Ciudad del Carmen, provocó un escape de crudo de petróleo que duró hasta el 23 de marzo del año siguiente y arrojó al mar un total de 3,3 millones de barriles, lo que originó una marea negra que impactó con consecuencias desastrosas sobre las costas de los estados mexicanos de Campeche, Tabasco, Veracruz y Tamaulipas, y afectó también a la vecina Texas. Fue el precedente de lo que ocurriría 30 años después.

 

El 22 de abril de 2010, coincidiendo con la celebración del Día de la Tierra, la plataforma petrolífera Deepwater Horizon, después de una explosión que causó la muerte de 11 trabajadores, se hundió en las aguas del golfo de México. La plataforma, propiedad de una empresa de servicios



 

 

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petrolíferos, Transocean, había sido contratada por BP y sus socios (Anadarko y Mitsui Oil) para la perforación del pozo Macondo, situado en el fondo marino, a unos 75 kilómetros de las costas de Luisiana y a 1522 metros de profundidad. El accidente tuvo lugar cuando, tras el hallazgo de petróleo y gas, la compañía de servicios Halliburton se disponía a cementar y sellar el pozo hasta que el consorcio liderado por BP decidiera hacerlo operativo.

 

El naufragio de la plataforma y la consiguiente rotura de la conducción que la unía con la boca del pozo, provocaron un escape de crudo. Después de un mes largo de vertido incontrolado, el derrame, que hasta la fecha es la peor catástrofe medioambiental acaecida en Estados Unidos, causó una marea negra que cubrió un área como la de la Comunidad de Madrid y afectó a las costas de Luisiana, Alabama, Misisipi y Florida. Cada día brotaba del fondo del océano un flujo de petróleo de una magnitud que nadie se atrevía a cuantificar, pero que —como ocurre con el conteo de participantes en las manifestaciones— oscilaba entre los 5000 barriles (800  000 litros) diarios reconocidos por las autoridades y los 20  000 a 70  000 barriles diarios barajados por algunos expertos más quisquillosos.

 

La catástrofe puso punto final a la carrera de éxitos exploratorios de la Deepwater Horizon, una plataforma que ostentaba el récord mundial de profundidad de perforación en aguas marinas. Un récord logrado en una operación también contratada por BP en el golfo de México. El 2 de septiembre de 2009, la petrolera anunció el éxito del sondeo de exploración Tiber, localizado a unos 400 kilómetros al sureste de Houston. El pozo constituyó un hito en la historia de la exploración petrolera porque, después de atravesar una capa de agua de 1259 metros, perforó el fondo marino hasta una profundidad de 9426. Total: 10  685 metros. La Deepwater Horizon era una plataforma moderna (había sido construida en 2001) que operaba en las aguas relativamente tranquilas del golfo de México, en las cuales la industria petrolera había completado 80 sondeos durante el período 2000-2008, horadando fondos marinos localizados bajo más de 2250 metros de agua, y 190 ubicados entre 1500 y 2250 metros.

 

La explotación marina del Ártico añade un riesgo más, porque ha de llevarse a cabo en aguas frías y con hielos flotantes. Considerando que las altas temperaturas del agua en el golfo de México sirvieron para dispersar y degradar el derrame de Macondo con relativa rapidez, los restos del derrame del Exxon Valdez en Alaska, un naufragio que tuvo lugar hace casi 25 años, son todavía visibles. Los movimientos impredecibles de los bloques de hielo



 

 

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y los icebergs suponen una amenaza para las plataformas muy diferente a la que experimentan más al sur. Shell experimentó algunos de esos desafíos cuando intentó comenzar a perforar el mar Chukchi en septiembre de 2012.

 

En las codiciadas tierras y mares del Ártico varios gigantes petroleros intentan explotar los 360  000 millones de barriles equivalentes* de petróleo que, según el Servicio Geológico de Estados Unidos, están por descubrir en esas aguas. La exploración puede convertirse en una pesadilla incluso para colosos de recursos económicos casi ilimitados, como Royal Dutch Shell o Statoil, que están llegando a los límites, a los recursos frontera, donde los riesgos y los costes son extraordinarios.

 

Un frío extremo, meses de oscuridad, tormentas con vientos huracanados, bloques flotantes de hielo y una niebla que parece sólida convierten en una epopeya diaria las condiciones de trabajo en las aguas de Alaska, que incluyen los mares árticos Chukchi y Beaufort, en cuyas plataformas flotantes las condiciones de extrema dureza llevan hasta el límite de la resistencia humana las operaciones cotidianas y rutinarias de los trabajadores: acceder a la instalación, andar por ella o efectuar cualquier tarea manual. Los fracasos se suceden.

 

La petrolera Shell anunció el 27 de febrero de 2013 que suspendía las operaciones en los mares septentrionales de Alaska. La dureza de la climatología, problemas técnicos y de seguridad en sus instalaciones marinas y, sobre todo, ver cómo su plataforma de perforación flotante Kulluk encallaba tras romper sus anclajes en la isla deshabitada de Sitkalidak (próxima a Kodiak, en el golfo de Alaska), y cómo su tripulación de 18 personas tenía que ser rescatada por el Servicio de Guardacostas, cuya base más cercana estaba a casi 2000 kilómetros del punto de naufragio, fue la gota que colmó el pozo sin fondo de sus exploraciones marinas en el Ártico, en las que Shell lleva invertidos más de 3000 millones de euros sin haber logrado extraer cantidades mínimamente significativas. La detención de las exploraciones árticas también repercute en la española Repsol, que posee los derechos de 71 bloques en el mar de Beaufort (14  500 km2) que pretende explotar con Shell.

 

La petrolera noruega Statoil, que estaba muy pendiente de los avatares de Shell, ha hecho lo propio. “Nos vamos a tomar un descanso en Alaska”, declaró su director ejecutivo, Bill Maloney, a la agencia Bloomberg (García Vega, 2013). La petrolera ha pospuesto sus planes de perforación hasta al menos 2015 para centrarse en el Ártico noruego y ruso. También Lukoil



 

 

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prefiere Siberia antes que Alaska. Es decir, la tensión sobre el Ártico no desaparece sino que se traslada e intensifica en nuevas zonas, como el mar de Kara (Ártico ruso), donde la americana ExxonMobil y la estatal rusa Rosneft comparten intereses. Todo “beneficiado” por un cambio climático que empieza a permitir explotar áreas hasta ahora inaccesibles.

 

En su afán por encontrar y extraer hidrocarburos bajo el lecho marino, enfrentándose a profundidades de agua cada vez mayores, la industria del petróleo y del gas se ha embarcado en una espectacular carrera tecnológica. El resultado es que la extracción mundial de petróleo de campos localizada bajo aguas profundas (entre 400 y 1500 metros) ha aumentado de menos de 200 Kbd en 1995 a más de cinco Mbd en 2007. Y la procedente de yacimientos situados bajo aguas ultraprofundas (más de 1500 metros) ha evolucionado de prácticamente nada en 2004 a 200 Kbd a finales de 2010.

 

En contraposición al discurso oficial de algunos grandes del petróleo (ya se sabe: los riesgos son controlables, los altos costes asumibles y los beneficios potenciales muy altos), la industria aseguradora les ha hecho pisar suelo. Lloyd’s advertía a sus clientes en un informe que actuar tras un derrame de crudo en una “región muy sensible a cualquier daño” tendría “múltiples obstáculos, y todos juntos suponen un riesgo único y difícil de gestionar”. El banco alemán WestLB anunció el año pasado que dejaba de asegurar perforaciones marinas en Alaska porque “el riesgo y los costes eran simplemente muy altos”. Y la petrolera francesa Total avisaba de que cualquier accidente en la zona sería un “desastre”.

 

Resulta que, pese a todo el impresionante desarrollo tecnológico, a la experiencia acumulada y a las medidas de seguridad desplegadas en las operaciones en aguas profundas y ultraprofundas, la industria petrolera sabe que afronta riesgos físicos nada despreciables. Entre estos destacan las altas presiones y temperaturas reinantes a varios kilómetros de profundidad en el subsuelo, la existencia de acumulaciones de hidratos de gas en una franja próxima al lecho marino que pueden ocasionar súbitas erupciones explosivas de metano, así como el comportamiento plástico de las formaciones salinas, que en ocasiones deben atravesarse antes de llegar a la roca que contiene los hidrocarburos. Por otro lado, las petroleras no pueden descuidar en ningún momento la supervisión de los mecanismos de seguridad de los sofisticados sistemas de producción instalados sobre el fondo marino. Con ese trasfondo, los accidentes resultan inevitables. Cualquier error técnico o humano, como el que se produjo en el caso de la plataforma Deepwater Horizon, puede tener



 

 

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consecuencias fatales. Las explosiones e incendios en plataformas, con la consiguiente pérdida de vidas humanas y el vertido de volúmenes de crudo, son los accidentes más comunes. De hecho, en los últimos 30 años este tipo de incidentes se cuentan por docenas.

 

La exploración de las aguas profundas, una aventura que hubiera hechizado al capitán Nemo, es la última frontera. Los pozos salen muy caros, a un coste de 100 millones de dólares o más cada uno. Alquilar los equipos para perforar en aguas ultraprofundas cuesta de 600  000 a 700  000 dólares diarios. Los pozos pueden ser muy productivos, con tasas de 50 Kbd o más, pero su declive puede ser también alto. Según el analista energético Jean Lahèrrere, la producción global procedente de aguas profundas continuará creciendo desde los 6,7 Mbd en 2010 hasta los 11,5 Mbd en 2024, tras lo cual la producción se desplomará (Lahèrrere, 2011).

 

Como en el caso de otras fuentes no convencionales, el caso de Estados Unidos, el país donde más se están desarrollando los recursos mar adentro, que ha sido analizado por Hughes (2013a), sirve para hacernos una idea de las oportunidades y problemas que plantea la explotación de aguas profundas. El Annual Energy Outlook de 2013 de la US EIA prevé que la producción estadounidense de aguas profundas permanezca en los 1,7 Mbd o menos hasta 2035, alrededor de un cuarto de la producción total de crudo de petróleo. La realidad es más prosaica, según se desprende de algunos datos reales.

 

Según los datos del US BOEM (2012), la figura 23 resume las reservas remanentes y los recursos técnicamente recuperables de las plataformas continentales externas de Estados Unidos. Antes de comentarlos, conviene señalar dos cosas. Primera, que las “reservas estimadas” que aparecen en la figura son previsiones que no están necesariamente probadas. Segunda, del total de los recursos restantes que se muestran en la gráfica, solo el 10 % son en realidad reservas probadas. El resto son cálculos probabilísticos basados en datos limitados.

 

Los recursos no descubiertos técnicamente recuperables en tres de las cuatro regiones que aparecen en la gráfica, Atlántico, Pacífico y golfo de México, representan solo el 15  % del total estimado de dichos recursos en Estados Unidos. Eso quiere decir, por ejemplo, que si se pudiera extraer la media estimada en toda la costa del Atlántico, una región sujeta por el momento a moratorias de explotación, los 3300 Mbl que se obtendrían representan un consumo de menos de seis meses para aquel país. La costa del Pacífico al norte de California meridional, donde también están en vigor las



 

 

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prohibiciones, suministraría 4900 Mbl, que tardarían en consumirse menos de 10 meses.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 23. Reservas remanentes y RTR no descubiertos de petróleo en las plataformas continentales externas de Estados Unidos.

 

 

El golfo de México, cuya zona oriental está sujeta también a moratorias de explotación, tiene, sobradamente, el mayor potencial en términos de reservas y RTR no descubiertos. Para hacernos idea de lo que rinde uno de esos “fantásticos” pozos del golfo de México, basta con un dato: satisfacer la demanda mundial de petróleo (unos 83 Mbd) requiere consumir cada día el contenido medio de un campo del golfo de México.

 

Pero lo que para la humanidad puede convertirse en un desastre medioambiental es para las petroleras una oportunidad económica, y no van a cesar en su búsqueda de gas y petróleo a cualquier precio, aunque los balances no cuadren. Los cálculos contenidos en el citado estudio del US BOEM estiman los costes potenciales para recuperar los RTR no descubiertos en las plataformas litorales de Estados Unidos. Según esos cálculos, el 79 % del total, o sea, 70 000 Mbl, se podrían extraer a un coste medio de 90 dólares por barril, lo que con los precios actuales deja unos márgenes comerciales mínimos, si se tiene en cuenta que a los costes de explotación hay que sumar los del trasporte (complejo y más exigente en infraestructuras que en el caso de los petróleos obtenidos en tierra firme), refinería y distribución.



 

 

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Para conseguir un negocio tan pírrico, será necesario levantar las moratorias de todas las costas donde ahora está prohibido perforar, desarrollar todas las plataformas litorales y aceptar los riesgos ambientales, que son precisamente la razón principal que justificó la implantación de las moratorias. Eso significaría también desarrollar la explotación de los mares Chukchi y Beaufort en el Ártico, que suponen un 90  % de la producción potencial de Alaska.

 

Con los mismos datos del US BOEM (2012), la situación del gas natural de aguas profundas es similar. Menos de un 4 % del total de recursos de gas son reservas realmente probadas. La previsión se ha realizado en estimaciones probabilísticas basadas en datos muy limitados, es decir, en el cuento de la lechera.

 

Como sucede en el caso del petróleo, el golfo de México tiene el mayor potencial de reservas y de RTR no descubiertos de gas. Aunque hay moratorias para prevenir la explotación del Atlántico, la mayor parte del Pacífico y el este del golfo de México, esas regiones representan en conjunto solo el 14 % del total de las estimaciones de los RTR no descubiertos de todo tipo en Estados Unidos. Por ejemplo, la media estimada de tales recursos en toda la costa del Atlántico, unos 31,3 Bpc, si pudieran explotarse, representaría el suministro estadounidense para 15 meses. La costa del Pacífico al norte de California meridional, donde están implantadas las actuales prohibiciones, almacena 16,11 Bpc, lo que significaría el consumo estadounidense de ocho meses.

 

En el citado informe, el US BOEM calculó que recuperar 253 Bpc, el 64  % del total de los RTR no descubiertos, podría hacerse con un coste de 6,41 dólares por Kpc o menos, que es el precio máximo de venta que la US EIA pronostica de aquí a 2035 (US EIA, 2013), lo cual quiere decir que no hay margen comercial alguno. Como en el caso del petróleo, conseguirlo supondría levantar las moratorias en todas las costas, desarrollar todas las demás plataformas costeras y aceptar los riesgos ambientales que fundamentaron las moratorias. Significaría también desarrollar las explotaciones costeras en los mares Chukchi y Beaufort en el Ártico, que contienen el 88 % del potencial gasífero marítimo de Alaska.

 

Como sucede con la explotación del petróleo de aguas profundas, la exploración y producción del gas natural en esas aguas es muy cara. Los precios de construcción por pozo y de alquiler de los equipos para aguas ultraprofundas son los apuntados para el caso del petróleo. A pesar del



 

 

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optimismo de la US EIA por mantener e incrementar la producción de gas en las aguas del golfo de México hasta 2040, la producción ha ido constantemente a la baja hasta llegar al 70 % por debajo del nivel de 1998, en que se encuentra ahora. Dadas esas tendencias, el optimismo de la agencia oficial estadounidense parece excesivo.

 

La producción de gas de aguas profundas supone un riesgo ambiental contaminante menor que la del petróleo, dado que el gas se disipa rápidamente. No obstante, mucha de la producción marina del golfo de México está asociada con el petróleo, y de ahí los riesgos inherentes que surgieron espectacularmente a la luz durante el derrame del Macondo en 2010, que son similares a los que producirían los pozos de petróleo y gas asociados*. Es imposible reducir tales riesgos a cero, dados los medios hostiles e impredecibles que se están explorando. Los problemas de explotación en el Ártico se han apuntado más arriba.

 

Se prevé que el gas de origen costero cubra menos del 10  % de los suministros de gas estadounidenses hasta 2040. A pesar de su significativo potencial no descubierto, es más difícil que la producción del gas marítimo esté más constreñida por el “grifo” que por el “depósito”. Abrir a la explotación áreas costeras que actualmente se hallan sometidas a moratorias daría acceso a recursos adicionales relativamente pequeños, comparados con los del golfo de México, mientras que los riesgos ambientales afectarían a regiones mucho más extensas. La producción de gas en aguas del Ártico en el futuro predecible es improbable que sea poco más que un nicho minúsculo de suministros.

 

Buscando gasoil desesperadamente

 

Veamos ahora una vieja historia: la de la conversión de gas y carbón a combustibles líquidos. Hasta un 80 % de las reservas convencionales de gas, comprobadas y potenciales, se encuentra demasiado lejos de los grandes mercados como para ser transportadas mediante gasoductos. Algunos ejemplos son las grandes reservas de gas de Qatar, Irán, los Emiratos Árabes Unidos, Rusia, Arabia Saudí, Canadá y Estados Unidos, que esperan el desarrollo de nuevas tecnologías de trasporte para ser llevadas al mercado.

 

Algunas reservas de gas remotas son explotadas y enviadas por gasoductos a las plantas de gas natural licuado (GNL), donde son enfriadas hasta -162  °C [-259 °F], transferidas a costosas embarcaciones de GNL



 

 

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aisladas y presurizadas, y despachadas a las terminales, donde se las devuelve a su estado gaseoso natural. La viabilidad económica del método de trasporte de GNL depende de la baja cotización del gas natural entrante, la instalación y la operación eficaz desde el punto de vista de los costos de la infraestructura de licuefacción y condensación, la accesibilidad a flotas de embarcaciones de trasporte especiales, y de que el gas tenga una alta cotización colocado en el mercado final.

 

Un tipo diferente de tecnología de conversión de gas a hidrocarburo líquido es el denominado GTL, por sus siglas en inglés (Gas To Liquids). El proceso GTL, donde una reacción química convierte el gas natural en hidrocarburos líquidos, no es un invento nuevo. Después de la Primera Guerra Mundial, las sanciones económicas impuestas en Versalles impulsaron a los científicos alemanes de la República de Weimar a explorar formas de sintetizar el petróleo líquido proveniente de los abundantes recursos de carbón del país. Uno de los métodos que tuvo éxito fue el proceso Fischer-Tropsch, desarrollado en 1923 por Franz Fischer y Hans Tropsch en el Instituto Kaiser-Wilhelm de Investigación del Carbón de Mülheim, Alemania, que permitió convertir el metano obtenido de calentar carbón mediante gasificación en combustible diésel de alta calidad, aceite lubricante y ceras.

 

El método de Fischer-Tropsch adquirió una especial notoriedad en Alemania en la década de 1930. Como el III Reich carecía de petróleo para su uso industrial y bélico, pero le sobraba carbón, los nazis volvieron los ojos a la obtención de petróleo por métodos no convencionales, que en el caso alemán no podían ser otros que su obtención a partir del carbón o el esquisto. De hecho, las batallas por los territorios petrolíferos del norte de África, Oriente Medio y Rusia, que perdieron finalmente los alemanes, fueron, en realidad, guerras del petróleo.

 

El proceso Fischer-Tropsch tuvo un serio competidor en la licuefacción directa del carbón, impulsada por un conglomerado de empresas alemanas (IG Farben), que se desarrolló aún más deprisa. Era el proceso Bergius (en honor de su descubridor, Friedrich Bergius, Premio Nobel de Química en 1931), mediante el cual un 50-60  % del carbón puede convertirse en aceites combustibles por hidrogenación a altas temperaturas y presiones (450  °C y 250 atmósferas) y en presencia de un catalizador* formado por sulfuras metálicos.

 

A principios de 1944, el Reich producía a partir de carbón unos 124 Kbd de carburantes, que suponían más del 90 % del queroseno de aviación y más



 

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del 50 % del carburante total del país. Esta producción provenía sobre todo de 18 plantas de licuefacción directa, pero también de nueve pequeñas plantas Fischer-Tropsch que aportaban unos 14 Kbd. Ambos métodos presentan dos problemas: uno ambiental, que evidentemente no era la mayor preocupación de la Alemania nazi; y otro, mucho mayor: el estado de la técnica en la década de 1940 hacía que el cociente coste/beneficio saliera inferior a uno. En definitiva, era el negocio de Abundio, que solo se podía permitir una economía de guerra.

 

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, varios países comenzaron a investigar la generación de combustibles sintéticos en base a la técnica de Fischer-Tropsch. Las plantas alemanas fueron desmontadas y trasladadas a Rusia, donde constituyeron la base para los esfuerzos industriales de producción de ceras y productos químicos. En un entorno de preocupación por la seguridad futura de las importaciones de hidrocarburos, en Estados Unidos y en Sudáfrica se desarrollaron experiencias para evaluar la eficacia de la reacción Fischer-Tropsch a diferentes presiones y temperaturas, con diferentes catalizadores y diferentes métodos de circulación de los gases y líquidos a través del reactor.

 

A pesar de su escaso rendimiento, el procedimiento es absolutamente viable y, de hecho, el método Fischer-Tropsch mejorado se sigue empleando en la actualidad sobre todo para trasformar gas natural en combustibles líquidos, como se hace en Qatar, donde sobra el gas y escasea el petróleo, o en Sudáfrica, donde floreció a partir de 1950 cuando el embargo del petróleo al régimen del apartheid hizo que las autoridades volvieran los ojos a sus grandes reservas de carbón. En 1953 se puso en marcha la primera planta en Sudáfrica y, desde entonces, impulsados en gran medida por las restricciones de importaciones de petróleo al régimen racista, los combustibles Fischer-Tropsch cubrieron el 36  % de las necesidades sudafricanas en materia de combustibles líquidos.

 

En la España de los años cuarenta, debido al aislamiento del país, se pusieron en marcha intentos carpetovetónicos de explotación de los yacimientos de lignitos y pizarras bituminosas por pirólisis, que sensatamente nunca se llevaron a cabo a pesar de apelar a los “supremos intereses de España”, debido a que las cuentas no cuadraban ni de lejos. El lector interesado puede encontrarlos en un librito impagable que aún circula por algunas librerías de viejo, Petróleo en España, del inspector general del



 

 

 

 

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Cuerpo de Ingenieros Industriales al Servicio del Estado Carlos E. Montañés (Montañés, 1939).

 

En la actualidad, la tecnología GTL se emplea en una docena de instalaciones en el mundo gestionadas por las pocas multinacionales capaces de contar con las amplias fuentes de gas necesarias y de hacer frente a las elevadas inversiones en infraestructuras. Aunque las actuales plantas de GTL se basan en la tecnología Fischer-Tropsch, en los últimos años se han patentado diversas mejoras y métodos similares.

 

Los procesos GTL actualmente en operación convierten 286 m3 de gas en un poco más de 0.16 m3 (un barril) de combustible sintético líquido, un rendimiento ridículo. Que la inversión exigida por las infraestructuras es enorme lo demuestra que en una planta GTL recién terminada en Qatar, Shell invirtió aproximadamente 136 000 dólares por barril-por-día de capacidad (es decir, 19  000 millones por una capacidad de 140 Kbd), considerablemente más alta que una planta de arenas asfálticas con mejorador, que generalmente cuesta alrededor de 100  000 dólares por barril-por-día de capacidad. En definitiva, su uso sería económicamente rentable solo si el petróleo es particularmente caro o escaso, si algún obstáculo impide la comercialización directa del gas o si se dispone de una fuente de gas natural cercana. En el caso de Europa, no se trata de un sistema especialmente útil, ya que gran parte de los recursos de gas natural que consumimos se encuentran fuera de nuestras fronteras. No obstante, con el anunciado fin del petróleo y las esperadas subidas de precios, estos sistemas están empezando a ser cada vez más interesantes.

 

Según sus impulsores, esta tecnología presenta diversas ventajas: se obtiene un combustible más “ecológico”, al contener apenas azufre y generar menos gases, por lo que contribuye a reducir el efecto invernadero; es más eficiente, al tener un alto índice de cetano*; su uso no requiere ninguna modificación en los motores actuales, por lo que puede distribuirse en las estaciones de servicio convencionales; cubre la demanda insatisfecha de diesel y permite reducir la dependencia energética del petróleo.

 

Sin embargo, cabe recordar que, aunque el dióxido de carbono no se emita en la reacción de Fischer-Tropsch en sí misma, sí se emite en la etapa previa de gasificación y en la posterior combustión del gas de síntesis no convertido. Además, aunque el proceso de gasificación permite teóricamente la captura y secuestro del CO2, ninguna planta incluye todavía esta opción.



 

 

 

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Desde la perspectiva de las emisiones de CO2, el Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales de Estados Unidos ha informado que los líquidos derivados del carbón duplican las emisiones “pozo-a-ruedas” de la gasolina. Por otro lado, en Estados Unidos se ha calculado que producir tres millones de barriles diarios en 2030 requeriría producir unos 550 millones de toneladas de carbón al año. Esto exigiría que la minería del carbón estadounidense se incrementara un 50  %. Los impactos medioambientales colaterales de la minería de carbón son bien conocidos, y una ampliación de la producción cercana a esa cantidad parece imposible desde el punto de vista logístico y de la disponibilidad de reservas. Y aunque fuera posible, esos tres millones de barriles son un vaso de agua en la alberca del consumo total del país.

 

Estados Unidos había puesto grandes expectativas en la conversión de gas y carbón a líquidos como una fuente más de su tan cacareada “independencia energética”, pero la US EIA las ha rebajado mucho. Su proyección para el año pasado anunciaba 0,26 Mbd de producción combinada CTL y GTL en 2040 (US EIA, 2013). Por tanto, a pesar del hecho de que se diga que el carbón y el gas constituyen unos recursos in situ enormes, su conversión es un caso típico del “grifo”, la tasa de suministro, que constriñe el “depósito”. No parece que la producción de líquidos a partir de carbón o de gas pueda ser un suministrador significativo de combustibles líquidos en el futuro previsible.

 

Pozos sin fondo

 

Debido a que la mayor cantidad de crudo se encuentra en el medio poroso o matriz (véase la entrada “Permeabilidad y porosidad”), es decir, en la roca, llámese arenisca, caliza o lutita, cuando un yacimiento petrolífero llega al final de su vida útil el grueso de su petróleo (unos dos tercios) permanece en la roca porque es demasiado difícil o demasiado caro extraerlo. Se calcula que recuperar solo el 1 % extra de los yacimientos de todo el mundo equivaldría de 20 a 30 billones de barriles de petróleo recuperado adicionales.

 

Existen tres mecanismos básicos para la extracción o recuperación del petróleo, llamados primario, secundario y terciario. Se dice que la recuperación es primaria cuando, al iniciar la producción, la presión de los fluidos en el interior del yacimiento es suficiente para forzar la salida natural del petróleo a través del pozo. Durante la vida productiva del yacimiento la presión desciende, y entonces se requiere hacer una recuperación secundaria,



 

 

 

 

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que es la inyección de agua o de gas para compensar la pérdida de presión ayudada con bombas para extraer el petróleo.

 

Con el paso del tiempo, por más agua o gas que se inyecten, y aunque se usen avanzados sistemas de bombeo, ya no se recupera más petróleo y comienza el declive. En este punto puede aplicarse la recuperación terciaria o mejorada, que en esencia se usa para hacer dos cosas: reducir la viscosidad del petróleo para facilitar su flujo o, literalmente, exprimir el petróleo a través de los poros de la roca. Para conseguirlo se utilizan varios métodos, entre los que se encuentran los químicos (utilización de polímeros y surfactantes), térmicos (estimulación con vapor y combustión in situ), miscibles (añadido de hidrocarburos solventes), microbianos, eléctricos, vibratorios y de perforación horizontal, etcétera.

 

Existen varios tipos de moléculas que pueden ayudar a mejorar la producción. Básicamente, lo que hacen es reducir la tensión superficial o interfacial con el fin de mejorar la movilidad o cambiar la hidratación de la roca donde se encuentra el crudo. Entre las técnicas más generalizadas para facilitar el flujo de petróleo se encuentran la inyección de vapor en los pozos (pues al calentar el combustible circula más fácilmente y mejor hacia los pozos de producción), la inyección de productos químicos para liberar el petróleo atrapado en la roca o matriz y la inyección de gases como nitrógeno o dióxido de carbono. Esta última es la más empleada actualmente, y también ha sido empleada como una forma de mejorar la producción de metano en capas de carbón porque el CO2 desplaza selectivamente al metano en el carbón. No obstante, también hincha el carbón, reduciendo la permeabilidad y limitando así la capacidad de producir metano.

 

Como sucede con cualquier otro proyecto de producción de petróleo o gas, se necesitan importantes inversiones en infraestructuras para obtener el CO2 junto con los pozos de inyección y producción. La integridad del almacenamiento a largo plazo es también una preocupación de gran importancia, que ha sido puesta en duda en el proyecto Weyburn por las denuncias de fugas de CO2. Inyectar gas en el subsuelo provoca seísmos (véase Peinado, 2013).

 

La US EIA pronostica que las tasas actuales de producción petrolífera mediante recuperación mejorada caeran a corto plazo y después se triplicarán hasta 0,66 Mbd en 2040. Por eso, y por los problemas ambientales asociados, la recuperación mejorada del petróleo es muy difícil que sea algo más que una



 

 

 

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pequeña contribución a satisfacer las necesidades futuras de petróleo del mundo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lutita se llama mi amor

 

 

En 2010 los medios españoles incorporaron a su vocabulario unas palabras inglesas desconocidas hasta entonces en nuestro país. Los nuevos vocablos, importados directamente de la jerga petrolera estadounidense, aparecían siempre entrecomillados, como mandan los libros de estilo: “shale oil” y “shale gas”. Estaba claro que se hablaba de petróleo (oil) y de gas, pero, debió de preguntarse alguien preocupado por el correcto uso del idioma: ¿qué demonios es eso de “shale”? Acudió al diccionario, a cualquier diccionario convencional, y allí estaba la traducción. Shale se traducía como esquisto. Por lo tanto, creyó que se trataba de “petróleo de esquistos” y de “gas de esquistos”. Pues no, no se trata de esquistos sino de lutitas.

 

Lutitas al salón

 

Empecemos por descifrar una torre de Babel que dificulta entender unos discursos que contienen términos equívocos: shale oil, que no es lo mismo que oil shale, y tight oil, que algunos han traducido a las bravas como “petróleo confinado”*, “petróleo hermético”, “petróleo apretado” o “petróleo compacto”, que así se le ha llamado atendiendo a diferentes acepciones de la palabra tight. Curiosamente, las traducciones deficientes no han sido exclusivas de los periodistas, a los que no es exigible que posean conocimientos geológicos de cierto nivel, sino que aparecen en los escritos apologéticos de la industria petrolífera o gasística española y en los sesudos artículos e informes de expertos en recursos energéticos y mineros, incluido algún informe emitido por el ilustre Colegio Oficial de Ingenieros de Minas.

 

Como sobrepasa mis conocimientos y no es mi propósito disertar sobre geología, me centraré ahora en las lutitas e invito al lector más curioso a que lea en las “Notas finales” las entradas rocas bituminosas*, rocas metamórficas*, rocas orgánicas* y rocas sedimentarias*. De esta lectura podrán deducir lo que ahora les resumo: por sus propias condiciones fisicoquímicas, derivadas de su formación a lo largo de millones de años, es



 

 

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imposible que rocas profundamente metamorfizadas como los esquistos tengan petróleo o gas. Hay vestigios de querógeno, un precursor del petróleo, en un tipo de rocas escasamente metamorfizadas, las pizarras bituminosas, pero la presencia de gas o petróleo es un fenómeno exclusivo de las rocas sedimentarias. La ausencia tanto de fósiles como de restos de hidrocarburos característica de los esquistos y otras rocas metamórficas convierte en pintorescas las denominaciones de “gas de esquistos” o “petróleo de esquistos”, aplicadas en España a los hidrocarburos que surgen de las lutitas.

 

Pues bien, aunque el término shale se haya traducido al castellano como pizarra o esquisto, en términos geológicos se debe usar para denominar las rocas sedimentarias de grano fino y muy baja permeabilidad conocidas como lutitas, un tipo petrológico amplio que agrupa a las rocas sedimentarias compuestas por partículas del tamaño de la arcilla y del limo, que constituyen más de la mitad de las rocas sedimentarias.

 

La composición mineralógica y química de las lutitas es muy compleja, pero lo que aquí nos interesa es que asociadas a ellas se pueden encontrar cantidades considerables de materia orgánica, generalmente en forma de carbono finamente dividido, que les da color oscuro o negro. En otras ocasiones contienen hidrocarburos formados en ambientes reductores o anaerobios relacionados con la formación del petróleo, que reciben el nombre de lutitas orgánicas*. Como a los operadores lo que les interesa es que la roca tenga hidrocarburos, emplean el término lutitas en un sentido amplio, que incluye las lutitas orgánicas propiamente dichas, pero también las pizarras, que son el resultado de una moderada metamorfización de las lutitas, y ciertas areniscas o rocas carbonatadas de grano muy fino para los que algunos usan también el término “compacto”, en inglés tight. Esta concepción amplia del término lutitas es la que emplearé generalmente a lo largo del texto.

 

Las lutitas, consideradas durante décadas como rocas “sello” o “tapadera” de los yacimientos de hidrocarburos, han sido atravesadas por los perforadores petrolíferos en búsqueda de zonas productivas situadas en formaciones de areniscas o carbonatos. Sin embargo, gracias a la combinación de geología, tecnología y economía (a comienzos del tercer milenio el gas había alcanzado unos precios nunca vistos en Estados Unidos), las lutitas orgánicas llevaron a los operadores estadounidenses a ejercer los derechos de perforación que poseían y creían agotados para extraer gas. Por eso, una buena parte de los actuales campos de explotación no convencional de gas y petróleo estadounidenses están situados sobre o cerca de los antiguos campos



 

 

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petrolíferos de Pensilvania, Texas u Oklahoma, a los cuales hasta hace bien poco se les daba por agotados por la explotación convencional del petróleo.

 

Millones de pozos de petróleo o de gas perforados en los últimos 150 años habían penetrado a través de estratos potentes de lutitas antes de alcanzar los estratos ricos en hidrocarburos que eran su objetivo. Y atravesaban las capas de lutitas porque esas rocas sedimentarias de permeabilidad extremadamente baja son una barrera natural para la migración del petróleo y el gas, por lo que servían como rocas tapadera en los yacimientos convencionales. En las lutitas gasíferas el gas es generado localmente, y la lutita actúa a la vez como roca generadora (roca madre) y como yacimiento (roca almacén). Este gas puede almacenarse intersticialmente en los espacios porosos, entre los granos de rocas o las fracturas de la lutita, o ser adsorbido en la superficie de los componentes orgánicos contenidos en la lutita. Otro tanto puede decirse de las más escasas lutitas petrolíferas. Esa es la gran diferencia con los yacimientos convencionales, en los que el hidrocarburo migra desde la roca madre hacia una arenisca o carbonato donde se acumula en una trampa estructural o estratigráfica, a la que a menudo subyace un contacto gas-agua.

 

Dos tecnologías —la perforación horizontal acoplada con la fracturación hidráulica múltiple a gran escala (fracking)— hicieron posible la extracción de hidrocarburos atrapados en las lutitas y en otras rocas de grano muy fino que caracterizan los yacimientos no convencionales, donde el hidrocarburo está contenido en estratos de roca poco porosa y de permeabilidad extremadamente baja.

 

Volveré al fracking en el capítulo 6, pero ahora me ocuparé de cómo estaba la situación energética del mundo cuando dio comienzo el siglo XXI.

 

Una revolución en ciernes

 

La situación energética de Estados Unidos pintaba muy mal en la primera década del actual milenio. Con la precisión de un reloj suizo, el pico del petróleo anunciado por Marion Hubbert se había cumplido, y el país —que había dejado atrás el repunte productivo provocado por el hallazgo de los yacimientos gigantes de Alasita que habían entrado en flanco declive— se veía obligado a seguir la tendencia comenzada a mitad de la década de 1970: tenía que importar.

 

La producción petrolífera estadounidense había aumentado rápidamente a raíz de la Segunda Guerra Mundial y alcanzó su punto máximo en 1970,



 

 

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cuando de las bocas de los pozos manaban cada día 9,6 millones de barriles. Cuarenta años después, en 2011, la producción diaria había caído hasta 5,9 millones (véase figura 24). La producción en Prudhoe Bay y otros yacimientos del North Slope de Alaska, los descubrimientos más grandes de petróleo estadounidense desde 1960, habían caído un 72  % desde su producción máxima en 1988, y se estaban aproximando a la capacidad mínima operativa del oleoducto de Alyeska.

 

Los datos de diciembre de la Agencia de Información de la Energía eran deprimentes (US EIA, 2012c). La mayoría de las regiones petrolíferas estadounidenses estaban de capa caída. Excepción hecha de Texas y Dakota del Norte, donde estaban comenzando a explotarse unos nuevos tipos de yacimientos no convencionales de los que todo el mundillo energético hablaba y no paraba, la producción disminuía sin cesar o permanecía estable. La producción en 2012 había caído 31 puntos porcentuales respecto a 1985, y 36 puntos si la referencia eran los días de vino y rosas de los años 70.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 24. Producción petrolífera estadounidense por regiones entre 1985 y 2012.

 

 

Cuando la producción estaba en su punto álgido en 1970, Estados Unidos tenía 531 000 pozos operativos que producían poco menos de unos 18 bl/d



 

 

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cada uno. Cuarenta años después, el país tenía aproximadamente el mismo número de pozos operativos (530  000), pero la productividad media había caído a 10,4 bl/d (US EIA, 2011a). Era el vivo retrato de la ley de los rendimientos decrecientes: la productividad media por pozo había caído el 44 % en las últimas cuatro décadas (figura 25).

 

Para complicar aún más las cosas, el desequilibrio entre producción y consumo observado en los últimos 30 años había alcanzado diferencias históricas. Según las estadísticas energéticas mundiales (BP, 2012), durante las tres últimas décadas la producción de energía procedente de todas las fuentes se había incrementado en un 16 %, mientras que el consumo lo había hecho en un 29  %. Como consecuencia, el 20  % del consumo energético estadounidense tuvo que importarse en 2011, mientras que en 1981 se había importado solo el 11 %.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 25. Pozos operativos y productividad por pozo en Estados Unidos entre 1970 y 2010.

 

 

A pesar de que cuando apareció ese informe se había instalado en el país el mito de la “independencia energética” del que luego me ocuparé, el 42 % del consumo de petróleo procedía en 2012 de importaciones. Solamente el 34 % del petróleo consumido en ese año procedía del subsuelo estadounidense o de sus plataformas litorales, mientras que el balance se completaba con el



 

 

 

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consumo de líquidos procedentes del gas natural, las ganancias de refinerías y biocombustibles que son energéticamente inferiores al petróleo y que, en el caso de los líquidos del gas natural, no pueden sustituir completamente al petróleo porque solo poseen un 60 % de la capacidad energética de este (véase el capítulo 1).

 

Carpe diem

 

Así estaban las cosas en 2007, con el barril de petróleo en máximos históricos (100 dólares, el récord hasta entonces) y en pleno peak oil, cuando la industria petrolera estadounidense echó las campanas al vuelo y anunció que los tiempos habían cambiado. Aún sin admitir, o admitiendo a regañadientes, como ya comenzaban a hacer, que la era del petróleo líquido tenía los días contados, habían encontrado la forma de extraer hidrocarburos (sobre todo gas natural en cantidades astronómicas, pero también algo de petróleo) no ya debajo de las piedras, sino dentro mismo de las piedras y en unas cantidades tan extraordinarias que el problema del petróleo había dejado de existir. El mensaje volvía a ser: “Quemad, chicos, quemad”.

 

John Hofmeister, exjefe de operaciones para Estados Unidos de Shell, lo vio claro cuando declaró en septiembre de 2012: “A menos que algo cambie en serio en los próximos cinco años, vamos a depender del gas, porque no habrá suficiente petróleo para todos” (Bussey, 2012). Puede que no hubiera bastante petróleo, pero gas iba a sobrar; y como del gas podían obtenerse líquidos, el problema del oro negro pasaría a la historia. Nadie completó el relato diciendo que la producción de líquidos a partir del gas era más cara y que su rendimiento energético era mucho menor. Para qué preocuparse… ¡Carpe diem!

 

L a shale revolution, la extracción de gas y petróleo de yacimientos inaccesibles hasta el momento fue saludada como “el nuevo tesoro nacional”, “Eldorado en forma de gas” o “el nuevo maná”, y proclamada la herramienta clave para un cambio de paradigma energético. El lema de “independencia energética” se adueñó del país del mundo más adicto al petróleo. La disminución de la producción de gas y petróleo convencionales se compensaría con la explotación de unas rocas, las shales, mediante una tecnología innovadora, el fracking horizontal.

 

Apareció triunfalmente en escena un personaje del que nadie había oído hablar, el shale gas, que se anunció como un combustible de transición hacia



 

 

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l a low-carbon economy, esto es, hacia un desarrollo bajo en emisiones de CO2, acompañado de otro actor secundario, un petróleo no convencional, el tight oil. Ambos serían capaces de devolver a Estados Unidos su papel como mayor productor de petróleo del mundo, lo que, además, eliminaría la necesidad de importaciones extranjeras.

 

Algo había de cierto en todo ello: el gas estadounidense no daba las señales de declive que mostraba el petróleo. No solo no lo hacía sino que la producción crecía, lo que no evitaba que en plena retórica de independencia energética, y a pesar del incremento de la producción doméstica, el país tuviera que seguir importando en 2012 un 8,6  % de sus suministros de gas natural.

 

En realidad, el gas natural convencional presentaba claros síntomas de declive en la mayoría de los estados productores tradicionales, como Alaska, Nuevo México, Oklahoma, Wyoming o en las plataformas marinas del golfo de México. El crecimiento sustancial en gas natural provenía de yacimientos no convencionales de Luisiana, Texas, Pensilvania y un puñado de otros estados.

 

La buena nueva del hallazgo de esos yacimientos llegó en un momento muy especial, durante el cual la producción de petróleo de Estados Unidos estaba sumida en un declive general comenzado hacía cuatro décadas, los precios del petróleo y el gas subían como la espuma, y los principales medios de comunicación comenzaban a hablar de vez en cuando de la posibilidad de que la producción mundial de petróleo estaba cerca de su inevitable pico. En ese contexto, el aumento de la producción de gas no convencional parecía la respuesta a una plegaria. La industria lo tuvo claro: había una oportunidad para hacer retroceder a sus críticos y hacer un montón de dinero. Comenzó el tiempo de las profecías apologéticas y las estimaciones hiperbólicas.

 

Tiempo de profecías y el advenimiento de Saudiamérica

 

La situación recordaba a la década de 1970. Las crisis del petróleo* de los años 70, junto con la disminución de la producción de petróleo doméstico, habían provocado en Estados Unidos un debate acerca de los límites efectivos de los suministros petrolíferos que, entre otras cosas, hizo que el Congreso aprobara la Strategie Petroleum Reserve (SPR), una gigantesca reserva



 

 

 

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estratégica* cuyos depósitos subterráneos custodian a día de hoy 727 millones de barriles de oro negro.

 

El país experimentaba también una crisis de gas natural: los precios a pie de pozo subieron más de un 400  % entre 1971 y 1978, mientras que la producción se redujo más de un 11 %. El problema de la escasez de petróleo se resolvió transitoriamente gracias a los nuevos descubrimientos en Alaska y el mar del Norte: los precios del petróleo disminuyeron en la década de 1980 y se mantuvieron bajos durante más de 10 años. El mercado doméstico de gas natural pudo reequilibrarse finalmente por la reducción del consumo, que condujo a precios estables y asequibles que durarían, de nuevo, hasta la década de 2000.

 

A lo largo de las décadas de 1980 y 1990, el petróleo barato y el gas a precios asequibles y estables permitieron a los estadounidenses olvidarse de la necesidad de gastar menos carburantes y de desarrollar fuentes de energía renovables para concentrarse en sus deportes favoritos: conducir y consumir. ¿Podría el auge de las lutitas ofrecer un alivio similar al petróleo y a las alzas de los precios de gas en la primera década del siglo XXI? La industria, obviamente, pensaba que sí y estaba decidida a aprovechar al máximo la oportunidad.

 

Comenzó la ofensiva mediática. El objetivo estaba claro y se apoyaba en una piedra angular: como las lutitas y sus parientes las areniscas eran, de lejos, las rocas sedimentarias más abundantes en la Tierra, los hidrocarburos que encerraban eran unos recursos inagotables en los que valía la pena confiar e invertir. La industria petrolífera y gasística necesitaba capital de inversión para las costosas operaciones de fracking. Había que buscar inversores confiados que las financiaran y empresas que las llevaran a cabo, unas empresas a los que, de paso, se les suministrarían los equipos que fabricaba la propia industria.

 

Desde el inicio de su historia, el fracking estadounidense se ha caracterizado por pequeños empresarios que, animados por los precios altos del petróleo y el gas, corrían grandes riesgos al desarrollar recursos marginales explotables con una tecnología muy cara. No debe resultarnos extraño: la crisis del ladrillo español se llevó por delante a algunos peces gordos, pero también a miles de pequeños constructores que soñaron con convertirse en nuevos “florentinos”.

 

Para poder animar el asunto, las grandes compañías necesitaban inversores que creyeran que el fracking era el nuevo e inagotable maná. Como



 

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a toda burbuja, a la extracción de combustibles fósiles no convencionales, en particular a la del gas de lutitas por fractura hidráulica, no le iba a faltar el habitual coro apologético de quienes proclamaban unos colosales beneficios económicos que seducían al gran público y subyugaban a los inversores, que hacían cola para comprar derechos sobre perforaciones. Sí, además, se agitaba la fantasía de que el invento iba a contribuir a acabar con la lacra del paro, ¿para qué queríamos más? El asunto parecía imparable. Recuérdese la epidemia del ladrillo hispano, apoyado por un suelo urbanizable que parecía infinito.

 

Después de un bombardeo de vuelo bajo, abrió el fuego pesado Audrey McClendon, por entonces director ejecutivo de Chesapeake Energy, un tipo carismàtico considerado el “multimillonario más imprudente de Estados Unidos”, que ha amasado la mayor parte de su fortuna gracias a sus maniobras financieras con la burbuja del fracking. McClendon comenzó el autobombo repitiendo el mismo mensaje en cada ocasión: en las entrevistas con los medios más importantes, en los que obsequiaba a su interlocutor con vino francés a 10 000 dólares la botella, en las conferencias de inversión, en las audiencias del Gobierno y en las comparecencias ante el Congreso.

 

Su discurso machacón era siempre el mismo, y se resume en su declaración ante el Comité de Independencia Energética y Calentamiento Global del Congreso el 30 de julio de 2008:

 

Estados Unidos está en el comienzo de un gran boom del gas natural, que puede resolver en gran medida nuestra actual crisis energética. Mediante las nuevas tecnologías, la industria nacional del gas ha encontrado gas natural suficiente aquí, en Estados Unidos, como para calentar viviendas, generar electricidad, fabricar productos químicos, plásticos, fertilizantes y, lo que es más importante, para servir potencialmente como combustible para millones de automóviles y camiones durante las próximas décadas. (Heinberg, 2013)

 

Gas como sustituto del petróleo. ¡Ahí es nada! Todo el mundo se frotaba las manos. A los fabricantes de automóviles les faltó lanzar cohetes. Si los motores iban a funcionar con gas, habría que reconvertir y renovar el gigantesco parque automovilístico estadounidense: más de 200 millones de vehículos.



 

 

 

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Amañar los datos contra toda lógica era una práctica habitual en Chesapeake Energy. En 2007, la empresa estaba empeñada en ampliar su campo Barnett hasta las inmediaciones del aeropuerto de Dallas-Fort Worth, cuyo subsuelo quería explotar con pozos horizontales, lo que estaba causándoles algunos problemas con los ciudadanos y las autoridades aeroportuarias. La compañía sacó una nota de prensa que decía así:

 

Suponiendo una recuperación promedio de aproximadamente 2500 a 3000 millones de equivalentes de pies cúbicos de gas natural como reservas brutas por pozo, la compañía estima que puede extraer hasta un billón de pies cúbicos de debajo del aeropuerto, con un coste de aproximadamente dos dólares por cada 1000 pies cúbicos equivalentes de gas natural.

 

Propaganda barata. En primer lugar, teniendo en cuenta la historia real de producción de los pozos de Chesapeake en el vecino Barnett, el promedio de producción era de 1500 millones de equivalentes de pies cúbicos de gas natural, no de 2500 a 3000. En segundo lugar, mientras Chesapeake proclamaba que iba a producir a dos dólares por cada 1000 pies cúbicos, los informes decían que en Barnett costaban al menos cuatro dólares. Es decir, Chesapeake iba a repetir el milagro de los panes y los peces y lo iba a hacer perdiendo miles de millones de dólares en la operación.

 

A finales de 2011, la realidad se impuso. Los pozos estaban entonces en un declive muy significativo y Chesapeake se encontró con una demanda presentada por las autoridades del aeropuerto que reclamaba cantidades muy altas por las compensaciones pactadas, que Chesapeake no abonó jamás.

 

Al toque de rebato de la industria acudió también el conocido divulgador Daniel Yergin, premio Pulitzer en 1992 por su Historia del petróleo y cofundador y presidente de Cambridge Energy Research Associates, una consultora energética al servicio de las compañías petroleras y gasísticas. Cuando compareció para hablar del gas de lutitas ante el Senado en octubre de 2011, dijo:

 

Esta abundancia de gas natural es muy diferente de lo que se esperaba hace un lustro. Se preveía entonces que las limitaciones de la producción nacional de gas natural se traducirían en precios altos para los consumidores y en la deslocalización de las industrias que utilizan gas, junto con los



 

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puestos de trabajo asociados que migrarían desde Estados Unidos a otras partes del mundo con suministros más baratos. También se esperaba que Estados Unidos tuviera que importar grandes cantidades de gas natural en forma de gas natural licuado. Eso habría agregado hasta 100 000 millones de dólares a nuestro déficit comercial. Nada de eso se ha producido. En cambio, Estados Unidos se ha convertido en autosuficiente [la cursiva es mía (M. P.)] si se exceptúan las importaciones procedentes de Canadá […].

 

Los precios del gas han caído considerablemente y se han reducido el coste de la electricidad generada con gas y las facturas de calefacción. Se han creado varios cientos de miles de puestos de trabajo en Estados Unidos. Las industrias que consumen gas han invertido miles de millones de dólares en fábricas en Estados Unidos, algo que nadie habría esperado que sucediera hace menos de cinco años, creando nuevos puestos de trabajo en el proceso. El desarrollo de las lutitas ha creado nuevas e importantes fuentes de ingresos para los Estados. Por ejemplo, el estado de Pensilvania y las localidades de ese estado obtuvieron ingresos por valor de 1100 millones en 2010.

 

Autosuficiente: la semilla de la independencia energética, el nuevo sueño americano, estaba sembrada. Para cuando acudió al Senado, Yergin había dejado clara su postura en The Wall Street Journal, cuyas páginas aprovechó para acuñar una frase que haría furor:

 

Si se tiene en cuenta el gas de lutitas, las estimaciones de la totalidad de los recursos básicos de gas natural [en Estados Unidos] ascienden ahora a 2500 billones de pies cúbicos, y hay otros 500 billones de pies cúbicos en Canadá. Eso equivale a una oferta de más de 100 años de gas natural [las cursivas son mías (M. P.)].

 

¡Ahí es nada! ¡Un siglo de gas natural! ¡Qué creatividad tan genial! Una bonita cifra redonda y lo suficientemente grande como para desterrar los temores de escasez que se avecinaban. Un año después, el presidente Obama había incorporado la frase a su discurso sobre el estado de la Unión:



 

 

 

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Tenemos un suministro de gas natural que puede durar a Estados Unidos casi 100 años.

 

Lo cierto es que el amigo Yergin sabe hacer las cosas y rematar bien sus faenas. Acabada la del siglo de bonanza energética, ahora tocaba culminar la de la independencia energética, que henchía el orgullo patrio. Se encargó de difundirla allá donde le dejaban y lo dejó por escrito en un informe para una comisión del Congreso en 2013:

 

Las importaciones netas de crudo seguirán disminuyendo […]. Veremos que el hemisferio occidental, y Norteamérica en particular, avanzarán hacia una mayor autosuficiencia. Al mismo tiempo, el gran complejo de refinerías técnicamente avanzadas de la Costa del Golfo, junto con la demanda al alza del crudo doméstico, pondrán a Estados Unidos en condiciones de seguir ampliando las exportaciones de productos refinados

 

[…].     La expansión de la oferta doméstica contribuirá a la resistencia frente a los choques externos y añadirá un colchón de seguridad. Por otra parte, la expansión prudente de las exportaciones de energía de Estados Unidos añadirá una nueva dimensión a su influencia en el mundo.

 

Para gran contento de los medios, apareció en escena (nunca mejor dicho, porque produjo su propia serie televisiva) el multimillonario tejano T. Boone Pickens (literalmente “Chuletón” Pickens), quien se encargó de “engrasar” con cientos de miles de dólares los estudios de televisión y las rotativas de los periódicos mediante programas y anuncios publicitarios en los que aparecía él mismo como heraldo de la buena nueva. Pickens, cuyos fondos de cobertura habían adoptado posiciones importantes en el sector del gas natural a partir de 1997, se puso manos a la obra e inundó el país con su serie de televisión y con publicidad enmascarada en forma de entrevistas y publirreportajes en los que promovía su Plan Pickens para desterrar el dominio del petróleo importado mediante el uso de gas natural para el trasporte. En una entrevista en la CNBC en abril de 2011, calculó así la dotación de gas natural de Estados Unidos:

 

Cuando yo anuncio que tenemos más petróleo equivalente que los saudíes, estoy diciendo la verdad […]. Yo digo que se van a



 

 

 

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recuperar 4000 billones de pies cúbicos, que son 700 millones de barriles.

 

Los 2500 billones de Chesapeake ya eran 4000 gracias a “Chuletón”. ¿Qué más da que 4000 billones representen aproximadamente la producción de 160 años de gas natural de Estados Unidos con las tasas actuales? La cuestión es dar una cifra redonda. ¿Cómo que 160 años? Más, hombre, más. Si no, que se lo pregunten a los analistas de Intek y a sus pronósticos sobre el tesoro que subyace en la formación Monterey de California. Pasen y vean.

 

La formación Monterey no es ninguna novata en esto de producir petróleo y gas. Comenzó a producir en 1977, y desde entonces ha rendido más de 1000 millones de barriles de petróleo y cuatro billones de pies cúbicos de gas, en ambos casos en explotaciones convencionales sin fractura. Cualquiera que haya viajado entre Los Ángeles y Santa Bárbara, o por el sur del valle de San Joaquín, las ha podido observar en un estado de semiabandono, habida cuenta de que los yacimientos dependientes de la formación están en franco declive.

 

En 2011, la US EIA (2011c) reprodujo un informe de la consultora Intek en el que se aseguraba que en las lutitas de la formación Monterey había 15 400 Mbl de petróleo técnicamente recuperables, lo que significaba, ni más ni menos, que al norte de Hollywood (de cuyos guionistas bien podría haber salido el delirante informe) y al sur de Sacramento yacía ¡el 64 % de todo el petróleo de los 48 estados contiguos! Ahí es nada. Hughes (2013c) ha sido extraordinariamente crítico al analizar el informe, que sirvió de base para un no menos alucinante informe sobre creación de empleo y riqueza redactado por un equipo de la Southern California University al que volveré más adelante.

 

El récord (de momento) lo ostenta Aubrey McClendon, quien aseguró que Estados Unidos tiene gas para 200 años. En su predicción más ampliamente divulgada acerca de la importancia del gas de lutitas, una entrevista en el informativo 60 Minutos de la CBS emitido el 14 de noviembre de 2010, McClendon dijo:

 

En los últimos años hemos descubierto el equivalente de petróleo a dos Arabias Saudíes en forma de gas natural en Estados Unidos. No una, sino dos.

 

Estados Unidos no solo dejaría de importar, sino que, recuperada la autonomía energética de la que había gozado hasta la década de 1970, ¡podría



 

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exportar! Como argumentaré a lo largo de este capítulo y del siguiente, todo eso de los 100 años, la independencia energética, las exportaciones y las producciones equivalentes a Arabia Saudí solo existían en las cabezas de quienes se disponían a llenarse los bolsillos. De momento, permítanme un adelanto: cuando el 12 de noviembre de 2012 la AIE anunció que la producción americana de crudo superaría a la de Arabia Saudí en 2012, seguía la rueda de la US EIA, que justo un mes antes había anunciado que durante el año 2013 la producción americana total de carburantes líquidos (incluyendo biocombustibles) llegaría a 11,4 Mbd, rozando la producción de crudo de Arabia Saudí (11,6 Mbd previstos).

 

Estaba muy bien, pero para tragarse la píldora había que asumir algunos inconvenientes. Un primer inconveniente: las proyecciones de la AIE, como las del Departamento de Energía norteamericano, incluían en la producción de petróleo la de líquidos del gas natural (LGN). Los LGN, esencialmente propano, no pueden, en la mayoría de las ocasiones, sustituir al petróleo. En particular, solo un tercio de los LGN puede servir como combustible de motor. Si excluimos los LGN, la producción estadounidense de petróleo crudo apenas llegaba a 6,2 Mbd, mientras que la de Arabia Saudí alcanza los 9,9 Mbd. Según un experto independiente del sector petrolífero americano (Nelder, 2012), decir que la producción estadounidense iba a igualar pronto la producción saudí

 

quiere decir que un café americano contiene tanto café como un expreso.

 

Pero no era el momento de aguar el café: había llegado la fiesta y era necesario divulgar la noticia urbi et orbe. Manos a la obra. ¿Qué tal una universidad prestigiosa que apoyara la idea? Vamos a la mejor: Harvard. En Harvard, la industria tenía una cabeza de puente en Leonardo Maugeri, antiguo gerente de la compañía petrolera italiana Eni y procer financiero y miembro distinguido del Centro Belfer para la Ciencia y los Asuntos Internacionales de la Kennedy School de Harvard, que se encargó de “revolucionar” el tema en un artículo titulado “Petróleo. La próxima revolución” (Maugeri, 2012). En este artículo, que ha sido ampliamente criticado, entre otras cosas porque no había pasado los controles de revisión por pares que se requieren a toda publicación científica, Maugeri pintó un



 

 

 

 

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cuadro de euforia de la abundancia mundial de petróleo que sonó como música celestial en los oídos de la industria petrolera:

 

El petróleo no escasea. Desde un punto de vista puramente físico, hay grandes volúmenes de crudos convencionales y no convencionales aún por desarrollar, de modo que no hay “pico del petróleo”.

 

Para adornar el asunto con cifras, Maugeri escribía que la capacidad de producción mundial de petróleo, excluyendo los biocombustibles, podría alcanzar los 110,6 Mbd hacia 2020. Esas cifras se acercaban a las de producción ofrecidas para ese año por la US EIA (94,6 Mbd) y la AIE (94,3 Mbd). El estudio de Maugeri ha sido desacreditado por varios analistas, principalmente porque el autor no tuvo en cuenta la tasa de agotamiento de los campos existentes, y sobreestimaba la producción de países como Irak y los yacimientos estadounidenses de lutitas. Para Irak, Maugeri pronosticaba que pasaría de la tasa actual de 3,35 Mbd a más de 5 Mbd en 2020, una estimación muy optimista teniendo en cuenta lo que está pasando por allí. En cuanto a no tener en cuenta las tasas de agotamiento, es como si usted abre una botella, se la va bebiendo y cree que el contenido le durará toda la vida. Si tiene que atravesar un desierto, no lo intente.

 

Maugeri recogía el guante saudí arrojado por McClendon y se apuntaba a la comparación. Si McClendon se refería al gas, para Maugeri la capacidad total de producción petrolífera de Estados Unidos podría superar la de Arabia Saudí. Según él, los Estados Unidos podrían obtener otros 4,17 Mbd extraídos de las lutitas a finales de la década. Como equipararse con Arabia Saudí parecía una epidemia, para poner esa comparación en perspectiva baste decir que, como la producción saudí era en 2011 de 10 Mbd y la producción total de crudo de Estados Unidos fue ese mismo año de 5,68 Mbd, añadir a esa producción 4,17 Mbd suponía igualar el récord productivo estadounidense alcanzado en 1970.

 

¡Pero qué más daba! Los publicistas y los medios favorables a la industria ya tenían acuñado un término que se haría popular: America Saudí, el cual, por cierto, se había iniciado en 1964 en el Páramo de la Lora. A pesar de estos notables fallos y de la desacreditación del estudio hecho por varios expertos, el informe Maugeri sigue siendo muy citado; algunos medios (incluidos The New York Times y The Wall Street Journal) lo han tomado como su libro de



 

 

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cabecera y fue la base de la política económica del programa del Partido Republicano en las elecciones presidenciales de 2012, que el derrotado Romney usaba como catecismo energético.

 

El mito del Independence Day y el timo de la estampita

 

Las agencias oficialistas de Estados Unidos y de la OCDE, la US EIA y la AIE, respectivamente, tenían que poner sus predicciones al día. El asunto de las lutitas les había pillado in albis y tuvieron que ponerse a revisar sus cifras de reservas de petróleo y gas. No podían quedarse atrás. Desde ahora, los portavoces de los profetas hiperbólicos serían ambas agencias.

 

En su informe de 2011, la AIE pregonaba las virtudes del nuevo Eldorado. Bajo el epígrafe “Perspectivas doradas para el gas natural”, podía leerse en el resumen ejecutivo de ese año lo siguiente:

 

Sobre las perspectivas del gas natural pesa mucha menor incertidumbre: tanto del lado de la demanda como de la oferta, diferentes factores indican un brillante futuro, e incluso una “edad de oro del gas natural”. La presente publicación refuerza las principales conclusiones de un informe WEO especial publicado en junio de 2011: el consumo de gas aumenta en los tres escenarios, lo que subraya la buena reacción del gas en un amplio abanico de marcos políticos futuros. […] El llamado gas no convencional representa ya la mitad de la base estimada de recursos de gas natural, y además se halla más repartido que los recursos convencionales. Este hecho es positivo desde el punto de vista de la seguridad del suministro de gas. Hacia 2035 la proporción del gas no convencional habrá aumentado hasta representar un quinto de la producción total de gas, aunque la cadencia de esta evolución variará considerablemente según las regiones.

 

Pues está muy bien, pero, como el papel lo aguanta todo, hagamos como el apóstol santo Tomás, hurguemos en la herida y comencemos por echar un vistazo a los números y a las cifras globales de la AIE. Vuelvan a la figura 16 (página 124) y vean el pronóstico de la AIE para el consumo energético



 

 

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mundial hasta 2035. Según esos datos, el consumo energético total será en 2035 un 47  % mayor que en 2010, es decir, crecerá a un ritmo del 1,6  % anual.

 

El consumo en los países desarrollados (OCDE) crecerá un 17 %, aunque su parte en el consumo total del mundo decrecerá del 47 % al 37 %. Aunque se pronostique una caída del consumo de los combustibles fósiles en el mercado general, todavía representarán un 79  % del consumo. Como expondré, tales previsiones descansan en un acceso sin restricciones a los recursos para sostener un gran crecimiento económico. El problema reside en saber cuáles son las limitaciones reales de los recursos (la TRE y la pirámide del capítulo 3), cómo las explotaciones afectan al medioambiente, las emisiones de carbono y los problemas geopolíticos derivados del desigual acceso a los recursos, como comenté en el capítulo 2.

 

El lector puede comprobar también en esa figura cómo el consumo de petróleo continuará aumentando a pesar de los pesares, lo cual está en abierta contradicción con los pronósticos de declive hechos años anteriores por ambas agencias, según señalé en el capítulo 2, según las cuales la producción decaería sin que importara la búsqueda de nuevos yacimientos ni las inversiones para mejorar las existentes. En 2008, la AIE analizó las tasas de declive de los 800 yacimientos petrolíferos más grandes del mundo y, a la vista de que el tiempo de los grandes descubrimientos petrolíferos ya había pasado, concluyó:

 

Para la muestra analizada, la media del declive después del cénit para todos los campos se calcula en el 5,1 %. Las tasas de declive son menores para los campos más grandes: 3,4 % para los supergigantes, 6,5  % para los gigantes y 10,4  % para los grandes. (AIE, 2008)

 

Como había que enmendar el error sin que se notase mucho, el pronóstico de la AIE para 2012 cuadraba sus balances a base de incrementar los yacimientos por descubrir o sin explotar, que eran una clara bienvenida a las lutitas, convertidas ya en piedra filosofal. Como ya comenté en el capítulo 2 las previsiones para el caso del petróleo de ambas agencias (figuras 6 y 7 y apartados correspondientes), me ocuparé ahora de las previsiones para el gas natural.



 

 

 

 

 

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La figura 26 presenta el escenario de referencia de la US ElA (2013) para el suministro de gas natural hasta 2035 desglosado por fuentes. Es un pronóstico muy atrevido cuando se compara con el hecho por la misma agencia en junio de 2012. Destaca el aumento de la producción en 2035 de un 47 % respecto a la de 2010, lo que son 18 puntos más del crecimiento, de 29 puntos que se habían pronosticado seis meses antes, y de un 55 % para 2040.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 26. Suministros de gas natural de Estados Unidos desglosados por fuentes entre 2010 y 2040.

 

 

El 50  % de la producción de 2040 provendrá, según reza el informe, de gas de lutitas (shale gas), con un 23  % adicional procedente del gas de areniscas y rocas carbonatadas (tight gas), es decir, de dos fuentes cuya explotación requiere fracking. Aunque las perspectivas de la producción de gas natural convencional en tierra están en declive, los redactores del informe prevén un ligero crecimiento del gas natural convencional de yacimientos mar adentro. Sea como fuere, el gran crecimiento del pronóstico descansa en el incremento del gas natural no convencional, que, de asumir el pronóstico, permitirá a Estados Unidos ser exportador neto en 2020 y exportador del 11 % de su producción en 2040.

 

Pero lo realmente sorprendente es la proyección de los precios recogida en el informe. Los precios del gas natural en que se basan los diferentes escenarios del informe oscilan entre un mínimo de 4,23 dólares por Mbtu en



 

 

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2020 y 6,60 en 2035 a un máximo de 4,89 en 2020 y 7,58 en 2035 (en dólares de 2010). Para su escenario de referencia en 2013, la US EIA fija unos precios de 4,13 en 2020 y de 6,32 en 2035 (ambos en dólares de 2011). Salvo que se hayan reconvertido en instituciones benéficas o en ONG, esos precios son un auténtico desastre para los productores, según el análisis minucioso hecho por Berman y Pittinger (2011), quienes han calculado que el precio actual para cubrir costes del gas de lutitas está entre 8,31 y 8,78 dólares por Mbtu.

 

Con estos datos en la mano, la credibilidad del informe rueda por los suelos cuando se comprueba que sus pronósticos están basados en una incesante explotación de recursos técnicamente recuperables no probados, a los que se aplican unos precios que están por debajo de los actuales costes de producción. Es decir, lo que el informe sostiene es que se va a extraer un gas que se supone existe, no que exista en realidad, y que además se extraerá con unos costes de producción mayores que su precio de venta. ¿Quién da más? Es el timo de la estampita: te tienes que fiar de lo que hay dentro del sobre sin tener derecho a ver su contenido.

 

Concretamente, las proyecciones de la US EIA requieren que entre 2012 y 2020, es decir, en tan solo ocho años:

 

Se produzcan 871 Bpc, lo que supone añadir a los 318 Bpc de las reservas estadounidenses probadas otros 553 Bpc de RTR no probados. De esa producción total, 382 Bpc deberían salir de las lutitas, lo que significa que a los 97 Bpc de reservas probadas existentes de lutitas habría que sumar un 59 % de recursos que el informe estima como RTR no probados.

Se produzcan 54 Bpc de metano de carbón, lo cual representa más de tres veces las reservas probadas (17,5 Bpc).

Se produzcan 72 Bpc a partir de yacimientos marinos, lo cual sextuplica las reservas probadas (12 Bpc).

Se produzcan en Alaska 23 Bpc, es decir, casi el triple de las reservas probadas (8,9 Bpc).

Se produzcan 340 Bpc en los yacimientos continentales, lo cual casi duplica las reservas probadas (182 Bpc).

Se perforen 1,7 millones de nuevos pozos de petróleo y gas, lo que significa una inversión astronómica que, sin contar otros costes, supone gastar 10 billones de dólares solamente en equipos de perforación y producción.



 

 

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De cumplirse este pronóstico hiperoptimista, significaría la liquidación de los recursos y las reservas estadounidenses a una escala tal que es muy difícil de alcanzar, dado el estado maduro de las explotaciones de los recursos y la ley de los rendimientos decrecientes, cuyo inapelable dictamen queda bien claro en las exageradas previsiones de la US EIA. Veamos.

 

Para alcanzar los objetivos de crecer un 41 % hasta 2040 se requiere que el número de pozos a perforar debería incrementarse un 77 %. Esto significa que, de aquí a entonces, habría que perforar una media anual de 76 650 pozos, buena parte de los cuales serán de fracking con multifractura. Han leído bien: habrá que perforar 76 650 pozos al año. No es un error. Y no acaba ahí la cosa.

 

Si se analizan más detenidamente los datos, se observa que los rendimientos decrecientes a largo plazo son realmente mucho peores que eso: la US EIA dice que, si se incrementan las perforaciones un 4  % de aquí a 2016, la producción se incrementará un 26  %. A partir de ese año, el panorama cambia sustancialmente: después de 2016 las perforaciones deben crecer un 71  % en 2040 para conseguir un incremento de la producción de solo el 10  %. Dadas las realidades geológicas, el grado de madurez de las exploraciones y el desarrollo de los recursos estadounidenses de petróleo y gas y los precios pronosticados, no parece que las expectativas de la US EIA puedan cumplirse. No obstante, esas proyecciones son las que se usan como fuentes acreditadas para la planificación energética futura de Estados Unidos.

 

Esos pronósticos trileros son una de las tres patas sobre las que se sustenta el mito de la independencia energética de Estados Unidos, el bigfoot inventado por la industria. Las otras dos son el rendimiento infinito de los campos productores y la espectacular bajada que han experimentado los precios del gas natural en Estados Unidos. En el próximo apartado veremos qué hay de cierto en la productividad de los campos, mientras que del asunto de la caída de los precios me ocuparé en el capítulo 6. También resulta interesante subrayar cómo los entusiastas panegíricos sobre la independencia energética cruzaron el Atlántico y se instalaron en el imaginario de algunos intoxicados propagandistas. Me ocuparé de ello más adelante.

 

Malas tierras

 

En este apartado trataré del potencial y de las limitaciones de los yacimientos de lutitas estadounidenses que, añadidos a las fuentes que traté en el capítulo



 

 

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4, constituyen un segundo y fundamental punto de apoyo del sueño de la entusiástica “independencia energética” y del “crecimiento inagotable”, que ha abducido a más de uno. Mis principales ejes argumentales serán dos: que no todos los campos de lutitas son iguales y que la producción, incluso en los mejores de ellos, es una estrella fugaz que se desvanece en pocos meses.

 

En Estados Unidos no llegan a 60 los campos de lutitas en explotación. En la tablas 1 y 2 (págs. 203 y 208) aparecen los datos de producción más significativos referidos a los diez campos gasíferos más importantes, mientras que sus equivalentes petrolíferos aparecen en las tablas 3 y 4 (págs. 215 y 220). Los operadores sostienen poco más o menos que esos campos son algo así como “franquicias” de producción uniforme en las que no existen diferencias locales entre cada uno de los campos (pese a que los mayores cubren miles de km2, por ejemplo el campo Marcellus se extiende bajo una superficie de 250 000 km2) ni variaciones de un campo a otro.

 

El primer paso del timo de las lutitas consiste en tomar los datos de los cuatro campos más productivos de cada tabla y publicitar que esos resultados son los mismos en todos los campos. Dicho de otra forma, los operadores extrapolan los resultados productivos de los pozos más rentables de los mejores campos a todos los pozos de todos los campos, lo que, como veremos más adelante, no se sostiene, porque el rendimiento de los campos de lutitas es extremadamente variable: hay unos pocos que son muy productivos pero predominan los campos con rendimiento marginal o antieconómico. Respecto a la explotación dentro del mismo campo, hay “manchas dulces” altamente productivas y otras que no lo son; las diferencias son tantas que incluso pozos adyacentes en la misma plataforma de explotación pueden ofrecer rendimientos diferentes.

 

En segundo lugar, por si no hubiera bastante con este primer timo, y dado que el rendimiento productivo de los pozos varía con el tiempo, la propaganda de la industria no solo publicita los rendimientos de los mejores pozos, sino que se centra en los momentos álgidos de la producción de estos y los extrapola al conjunto de ellos.

 

Para entender lo que está sucediendo realmente en esos campos de lutitas, veremos los datos procedentes de 20 campos estadounidenses, empezando por la reina de la fiesta (el gas) para seguir con su negro consorte (el petróleo). Para realizar el análisis, me apoyaré en tres parámetros principales:



 

 

 

 

 

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Tasa de declive, Es el ritmo al que decrece la producción de un pozo a medida que avanza su vida productiva. En el caso de yacimientos y campos, su tasa de declive es la media de la tasa de los pozos que los componen. Como podrá verse en las figuras 27 y 29, los pozos de lutitas, sean de petróleo o de gas, se caracterizan por sus aceleradas tasas de declive, las cuales, representadas en forma de curva, se asemejan a pendientes extremadamente empinadas.

Productividad inicial (PI) de un pozo. Es la tasa de producción más alta de toda la vida del pozo y se alcanza durante el primer mes de producción (figuras 28 y 30). Haciendo un símil, parece que el fracking produce en un estrato de lutitas un efecto similar al que se provoca al agitar una botella cerrada que contiene una bebida carbónica. Cuando se deja libre el gollete, el contenido sale a chorros, luego a borbotones y rápidamente cesa. Precisamente por eso, las curvas de declive son tan pronunciadas. Como en el caso anterior, la PI de un yacimiento o de un campo es la media de las PI de los pozos que lo componen.

Potencial Total Estimado (PTE). Es la cantidad total de hidrocarburo que se estima contiene un determinado pozo, yacimiento o campo cuyas reservas están probadas.

 

Estos tres parámetros, convenientemente manipulados, se convierten en una herramienta clave para vender la moto de las lutitas, una herramienta que un experto, John Hofmeister, ha comparado con una cinta de correr. Hofmeister, exjefe de operaciones de la Shell en Estados Unidos, cree que las previsiones sobre la capacidad de producción de gas y petróleo subestiman la tasa de declive de los campos de lutitas. Los hidrocarburos tienden a fluir con firmeza en los primeros meses de la perforación y luego disminuyen antes de estancarse a niveles menos productivos en unos pocos años.

 

Hofmeister concluye que, para sostener el crecimiento, las empresas tendrían que perforar varios pozos a un ritmo

 

que sobrepasa la capacidad de la industria tal y como está actualmente […]. Yo no haré lo que hacen los que tiran cohetes acerca de los derivados de las lutitas y dicen que nos van a salvar.

 

Hofmeister, que conoce bien el negocio de la producción de hidrocarburos, alude a un fenómeno conocido como la “cinta sinfín de la



 

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perforación”. La explotación de las lutitas requiere programas de perforación continuos y prolíficos que cubren una gran superficie con el fin de mantener la producción estabilizada. Una vez comienza la perforación, se debe mantener continuamente o la producción disminuirá rápidamente. En otras palabras, los campos de lutitas dependen en gran medida de la expansión perpetua. Como la Reina Roja de Alicia en el país de las maravillas, si se detienen, se caen.

 

Hughes (2013a) escribe sobre qué estaba sucediendo en el campo de lutitas Marcellus:

 

Cuando ya se han identificado las manchas dulces y [las productividades iniciales] están aumentando, la perforación se centra únicamente en esas áreas. No obstante, es solo una cuestión de tiempo que esas áreas se saturen y que el campo Marcellus evolucione a una edad madura […]. Debido a las altas tasas de disminución de los campos, se requieren altos niveles de aportación de capital para el desarrollo de la perforación y de las infraestructuras necesarias para mantener los niveles de producción.

 

He ahí la cinta sinfín de la perforación: conforme crece la producción, se necesitan más pozos y capital simplemente para compensar los fuertes declives que caracterizan a los pozos de lutitas.

 

La Reina Roja de Alicia

 

En línea con lo dicho hasta ahora, los argumentos que pretendo desarrollar aquí son los siguientes:

 

La producción de gas de lutitas ha aumentado muy rápidamente hasta representar el 40 % de la producción de gas natural estadounidense. El incremento ha compensado con creces el declive en la producción de gas convencional que venía experimentando el país, y ha elevado la producción total de gas a niveles nunca vistos. No obstante, la producción permanece estable desde 2011.

El exceso en la oferta de gas natural que caracteriza hoy en día al mercado estadounidense está basado en buena medida en las cláusulas sujetas a producción* que se aplican a los contratos de alquiler de



 

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tierras de tres a cinco años, en las uniones temporales de empresas y en la necesidad de anotar las reservas como activos para mantener las expectativas en el mercado de valores.

 

No hay uniformidad productiva en los campos de lutitas. No todos los campos de gas de lutitas tienen la misma productividad y, aunque algunos relativamente pequeños pueden ser extremadamente productivos, representan un porcentaje despreciable de la producción total, que se halla concentrada en tres grandes campos cuyo potencial productivo es muy heterogéneo.

El modelo de declive de los pozos de lutitas es el de un tobogán. Por eso, para compensar la tasa de declive general de los campos, es necesario que cada año se perforen incesantemente nuevos pozos que sustituyan a entre el 30  % y el 50  % de la producción. Esto supone gastar más de 40 000 millones de dólares anuales en inversiones para mantener la producción.

El valor de las inversiones necesarias para mantener la producción se va incrementando a medida que los mejores pozos van agotándose y las perforaciones deben trasladarse a lugares cada vez menos productivos. En conjunto, la producción está en declive en el 36  % de los campos estadounidenses y permanece estabilizada en otro 34 %.

Los campos secos de gas (es decir, no asociados a yacimientos de petróleo) no son rentables con los actuales precios comerciales del gas; de ahí que los objetivos de explotación estén virando hacia el petróleo y el gas húmedo*.

Cuando vaya reduciéndose el número de los pozos perforados pero todavía no puestos a producir, la producción de gas de lutitas decrecerá y acabará provocando un aumento de los precios.

La US EIA ha revisado recientemente a la baja sus cálculos de RTR no probados de gas de lutitas en un 42 % para dejarlos en 482 Bpc. Junto con las reservas probadas, la cantidad de gas disponible es de 579 Bpc o, lo que es lo mismo, 24 años de producción a los actuales niveles.

La misma agencia pronostica que 382 Bpc, es decir, el 66 % de ese gas disponible, se habrá consumido en 2040 (figura 26). Considerando que la mayor parte de esta producción descansa en recursos no probados, aventurar esa producción no deja de ser un sueño que desataría una explosión de perforaciones tal que dejaría en mantillas las actuales preocupaciones medioambientales que rodean al fracking.



 

 

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Los cálculos de la industria no resisten un análisis medianamente riguroso porque se derivan de la corta vida productiva de los pozos, que se proyecta como si se tratara de una producción a largo plazo. Lo diré de otra forma. Si un pozo produce 100 el primer año, que suele ser el más productivo, la industria da por supuesto (y así lo anuncia) que producirá 100 durante toda su vida, lo que en absoluto es cierto. Si, además, multiplica la vida productiva del pozo por seis o por siete, el engaño es sideral. Así se da la paradoja de que, como los precios de producción no permiten márgenes de ganancia comercial, cuanto más aumentan sus PTE más aumentan sus pérdidas.

 

La producción de gas de lutitas, en su mayoría obtenida mediante fracking, ha crecido desde 2000, cuando apenas representaba un 2  % de la producción total, hasta representar un 40  % actualmente (figura 26). Finalizado este espectacular crecimiento, la producción de gas de lutitas se estabilizó en 2011.

 

Como puede verse en la tabla 1, los tres campos más productivos suponen el 66  % de la producción total. Si a la de ambos se añade la producción de Fayetteville, resulta que tres cuartos de la producción proceden de cuatro campos. Los dos siguientes añaden un 12  % más, hasta completar el 88  %. Los restantes 24 campos de lutitas estadounidenses en explotación suponen solamente un 12 % de la producción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tabla 1. Estadísticas de producción, calidad de los pozos y tasa de declive de los 10 principales campos estadounidenses de gas de lutitas ordenados según el puesto que ocupan en el ranking productivo.

 

1.   Nombre del campo.

 

2.   Producción (KMpc/d).

 

3.   Porcentaje sobre la producción total de gas de lutitas.



 

 

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4.    Número de pozos operativos.

 

5.   Producción media por pozo (Kpc/d).

 

6.   Media de PI (Kpc/d).

 

7.   Tendencia PI (C, crece; D, en declive; E, estable).

 

8.   Porcentaje de declive durante el primer año.

 

9.   Declive general del campo antes de 2011 (%).

 

10.   Número de pozos a perforar anualmente para evitar el declive.

 

•  Fuente: Hughes (2013a)

 

 

 

También puede deducirse de la tabla 1 que ni todos los campos son iguales ni tampoco proliferan los campos productivos. Además, hay una gran variabilidad productiva no solo entre ellos sino dentro de los más productivos. Además, debido a las altas tasas de declive, esos campos requieren ingentes cantidades de inversiones en nuevas perforaciones e infraestructuras para mantener la producción a sus niveles actuales. Para ilustrar lo que digo, analizaré lo que ocurre en los tres mayores campos: Barnett, Haynesville Marcellus, cuya producción conjunta es dos tercios de la producción actual estadounidense. La tasa de declive de estos campos puede verse en la figura 27 y su productividad inicial en la 28.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 27. Gráficas representativas de tres campos de gas de lutitas

 

estadounidenses. A, B y C: curvas típicas de declive para los pozos de gas Haynesville, Barnett y Marcellus, respectivamente, basadas en los últimos años en que estos campos han estado en producción.

 

 

Como se ve en la figura 27-A, el declive del campo más importante de Estados Unidos, Haynesville, es vertiginoso: durante sus primeros cuatro años de vida, la producción disminuyó un 68 % el primer año, un 49 % el segundo, un 50 % el tercero y un 48 % el cuarto. El declive del primer año es similar al de otros campos, pero el declive de los años siguientes no tiene rival. Para cualquiera que observe semejante tobogán, está claro que el campo Haynesville no va a tener los 30 o 40 años de vida que le pronostica la industria, utilizando sus características curvas hiperbólicas de producción para obtener su PTE.

 

Los PTE medios calculados para Haynesville por el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, 2012) son 2617 Mpc, una cifra mucho menor que los habituales 5000 a 10 000 Mpc que proclama la industria, cuyos datos, por lo demás, ponen en cuestión la viabilidad económica del campo a los precios medios del gas en 2012 (3,30 US$/Kpc), lo que se refleja en los equipos de perforación (rig count), que han caído desde un máximo de 180 a mediados de 2010 a solamente 20 en octubre de 2012. Dicho de otro modo, los perforadores se están marchando a otro lugar o se están preparando para viajar a Europa, donde está una buena parte de las expectativas de negocio de la industria.

 

Barnett es el segundo gran campo productor de gas de Estados Unidos con 14 871 pozos operativos, que producían 5850 Mpc/d en mayo de 2012. La producción se estabilizó a comienzos de diciembre de 2011. Sus declives (figura 27-B) son menos acusados que en Haynesville durante el primer año y mucho menores en años sucesivos. El PTE medio para el campo es de 1420 Mpc, según la US EIA (2011c) y de 1000 Mpc para el USGS (2012). El análisis realizado por Berman y Pittinger (2011) calcula un PTE medio de 1300 Mpc y unos costes totales del ciclo de explotación de 8,75 U$/Mbtu. Esto significa que, con los precios vigentes del gas (3,30 $US/Mbtu), el negocio es ruinoso.

 

El campo Marcellus se extiende sobre una enorme superficie de Pensilvania, Virginia Occidental, Nueva York y Ohio, tan grande como la mitad de la España peninsular. La producción en diciembre de 2011



 

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representó un total de 4960 Mpc/d procedentes de 3848 pozos, junto a 5,36 Kbl/d de líquidos, lo que convierte al Marcellus en el tercer campo productor de gas de lutitas de Estados Unidos. La curva tipo que se muestra en la figura 27-C muestra una tasa de declive del 95  % a lo largo de los tres primeros años.

 

Los operadores adjudican al Marcellus PTE desmesurados, de entre 4000 y 10 000 Mpc (Berman y Pittinger, 2011), mientras la agencia estadounidense calcula un PTE medio de 1560 Mpc (US EIA, 2011c), y el USGS (2012) de 1160 Mpc. Las previsiones sobre los precios de rendimiento del Marcellus oscilan entre los 3,81 U$/Kpc (ITG, 2012) y los 7 U$/Kpc o más (Berman, 2012). A partir de estos datos, es evidente que la mayoría de los pozos del Marcellus tienen rendimientos marginales o son antieconómicos con los actuales precios del gas (3,30 U$/Kpc).

 

Veamos ahora lo que ocurre con las productividades iniciales (PI) de estos tres campos (figura 28). La productividad inicial (PI) de un pozo cuando es perforado por primera vez es una medida de su calidad y generalmente guarda correlación con los PTE. La tasa de producción mensual más alta se alcanza típicamente durante el primer o segundo mes después de que el pozo haya sido completado. La figura 28-A ilustra la producción mensual más alta registrada en los pozos de Haynesville. La distribución de las PI es típica de los campos de gas de lutitas, con una calidad muy alta en unos pocos pozos (en este caso, un 2 % con PI superiores a los 20 Mpc/d) y la mayoría con PI mucho más bajos (una media de 8,2 Mpc/d).

 

La industria se encarga de que los medios de comunicación den una cobertura desproporcionada a los pozos de mayor calidad para que se tenga la falsa impresión de que la productividad de ese 2 % es la misma en todos los pozos del campo. Sin embargo, la producción media de Haynesville es mucho menor que la PI media de 2,5 Mpc/d debido al efecto de declive rápido, y al hecho de que toda la producción del campo procede, obviamente, de la media de pozos con edades diferentes.

 

Basándose en los datos de producción de todos los pozos perforados antes de 2011, y teniendo en cuenta la tasa anual de declive de todo el campo (52 %), Hughes (2013a) ha calculado la tasa global de declive de Haynesville. Asumiendo que los nuevos pozos produzcan el primer año con las mismas tasas del primer año observadas antes de 2011, calcula que será necesario perforar 774 pozos nuevos cada año para evitar el declive en la producción



 

 

 

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actual (tabla 2). Y ahora, una vez tenemos a mano los datos de los parámetros básicos, echemos las cuentas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 28. Distribución de la calidad de los pozos de tres campos de lutitas definida por la tasa de producción mensual más alta en toda la vida del pozo. El eje de abscisas indica el porcentaje acumulado de pozos ordenados de menor a mayor calidad. A, B, C: datos de los campos de gas Haynesville, Barnett y Marcellus, respectivamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tabla 2. Previsiones y estimaciones de los costes anuales de perforación necesarios para mantener la producción de gas natural en los catorce campos de gas de lutitas más productivos de Estados Unidos.

 

1.   Nombre del campo.

 

2.   Número de pozos a perforar anualmente para compensar el declive.

 

3.   Pozos añadidos entre octubre de 2011 y octubre de 2012.

 

4.   Equipos de perforación en octubre de 2012.

 

5.   Número de pozos a perforar anualmente para evitar el declive.

 

6.   Precio aproximado por pozo (millones $US).

 

7.   Coste anual de los pozos necesarios para compensar el declive (millones $US).

 

8.   Pronóstico (C, crece; D, en declive; E, estable).

 

• Fuente: Hughes (2013a). Los campos están ordenados como en la tabla 1.

 

 

 

La perforación de cada pozo en Haynesville supone un gasto de nueve millones de dólares, sin contar otros costes de alquiler de terrenos e infraestructura asociados, por lo que, para mantener el nivel de producción actual es necesario invertir 7000 millones de dólares al año (774 × 9). Una vez vaya agotándose el conjunto de pozos ya perforados, pero todavía no puestos en explotación, la producción de Haynesville se desplomará drásticamente a menos de que aumenten las nuevas perforaciones, pero para



 

 

 

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acometerlas se requerirá un aumento del precio del gas si se quiere que resulte económicamente rentable.

 

Como ocurre con Haynesville, hay una gran variabilidad en el rendimiento volumétrico de los pozos del campo Barnett, como puede verse en la PI ilustrada en la figura 28-B. La productividad total es mucho más baja que en Haynesville y los mejores pozos, con PI sobre 4,4 Mpc/d, que podrían ser económicamente viables, solo representan un 5 % del total. La producción media de los pozos de Barnett era de 381 000 Kpc/d en junio de 2012 e iba disminuyendo.

 

Basándonos en las mismas premisas que en el caso de Haynesville, la tasa anual global de declive de todos los pozos de Barnett es del 30 %. Si se asume (lo que no es poco) que los nuevos pozos que se perforen produzcan el primer año lo mismo que los perforados en 2011, habría que perforar 1507 pozos nuevos cada año para mantener la producción actual y evitar el declive. Solo para mantener la producción estabilizada al nivel de hoy, y teniendo en cuenta que el coste medio por pozo en ese campo es de 3,5 millones de dólares, deberían invertirse al menos 5300 millones de dólares cada año únicamente para perforar, una inversión a la que hay que añadir los alquileres de tierra y otros costes de infraestructura, producción, trasporte, etcétera;

 

Los operadores se retiran poco a poco de Barnett: en octubre de 2012 había 42 equipos de perforación, lo que supone una caída del 80 % respecto al pico máximo de 200 equipos en septiembre de 2008. Asumiendo que cada equipo puede perforar 12 pozos al año, 42 equipos son muy pocos para mantener la producción actual y frenar el declive general del campo. Todavía quedan muchos pozos perforados que se están completando en Barnett; en los 12 meses anteriores a mayo de 2012 se añadieron 1083 nuevos pozos productores, que son muchos más de los que los actuales equipos podrían perforar. Cuando el conjunto de pozos perforados pero no puestos a producir se agote, cabe esperar que la producción de Barnett decaiga, a menos que las tasas de perforación se incrementen espectacularmente, lo que no parece ser la tendencia actual y mucho menos con los equipos disponibles hoy.

 

La calidad de los pozos en el campo Marcellus, deducida a partir de la PI de sus pozos, como se muestra en la figura 28-C, presenta un patrón diferente al de los otros dos campos de lutitas. El 40 % de los pozos son de calidad muy baja y claramente antieconómicos, mientras que el 15 % tienen PI de más de 4 Mpc/d y parecen rentables a los actuales precios del gas. Eso parece indicar que los operadores están, como de costumbre, centrándose en las manchas



 

 

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más productivas. Aunque la PI media de todos los pozos de Marcellus es de 1947 Kpc/d, la producción media actual (en 2013) es de 1290 Kpc/d. La PI media de todos los pozos nuevos continúa subiendo, aunque eso refleja la relativa juventud de este campo, dado que los operadores están centrados en los mejores sitios y evitan la gran mayoría de las áreas menos productivas del gigantesco Marcellus.

 

En resumen, dado que la producción de gas de lutitas en Estados Unidos llegó a su cénit en diciembre de 2011 y desde entonces todos los campos están estabilizados o en declive, de los datos de los tres grandes campos analizados se deduce un modelo común que puede resumirse en los siguientes puntos:

 

Se identifica el campo y comienza la fase de alquileres de terrenos a un ritmo frenético. Los contratos de alquiler incluyen cláusulas sujetas a producción que obligan a perforar en los primeros tres años. O se perfora o se pierden los derechos, así que: ¡a correr!

La primera oleada de perforaciones se centra en las llamadas manchas dulces, es decir, las zonas de productividad más altas. Los grandes propietarios de contratos de arrendamiento* hacen caja vendiendo los derechos sobre sus peores tierras a los ansiosos productores que se han tragado el anzuelo de que “todo el monte es orégano”.

El frenesí de las perforaciones hace que la producción crezca rápidamente. Las perforaciones se centran siempre en las mejores manchas, lo que se manifiesta por el crecimiento de las PI a lo largo del tiempo, que siempre tiene lugar al principio de la vida útil de los campos de lutitas.

La aplicación de las “mejores tecnologías” de fractura múltiple y perforación horizontal, con su efecto de “botella agitada”, mantiene finalmente las PI, aunque las perforaciones pasen de las mejores manchas a otras de peor calidad.

Conforme las PI decrecen, se requieren más y más pozos para compensar el declive general del campo. Si no hay perforaciones masivas, el campo entero cae en declive terminal.

 

Los campos Haynesville, Barnett, Fayetteville y Woodford, que producen en conjunto el 68  % del gas de lutitas estadounidense, están alcanzando la mitad de su vida útil. A menos que haya un crecimiento sustancial en el precio del gas y un desmesurado incremento en las perforaciones, esos campos



 

 

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entrarán en su declive terminal. El pronóstico para los nueve campos principales de Estados Unidos, que suponen el 95 % de la producción de gas de lutitas, se muestra en la tabla 2 (pág. 208).

 

La inversión aproximada en perforaciones que se necesita para mantener la producción actual en los 14 campos más productivos, cuya producción representa el 99 % del total estadounidense, es de 41 829 millones de dólares anuales (tabla 2, columnas 5 a 7). La cifra no incluye el importe de los arrendamientos ni los costes de infraestructuras, tales como gasoductos, carreteras, caminos, balsas, etcétera. Esos costes de producción y el número de pozos a perforar todos los años irán aumentando conforme las mejores manchas vayan agotándose y las perforaciones se trasladen hacia áreas de menor calidad.

 

Para obtener una imagen cabal de lo que está pasando, el valor de todo el gas de lutitas producido en Estados Unidos en 2012 fue de aproximadamente 32 500 millones de dólares a los precios de 2012 (3,40 U$/Kpc), es decir, 9300 millones de dólares menos de lo que costó mantener la producción.

 

La industria ha desplegado una gran publicidad acerca de las posibilidades futuras de algunos de los 24 campos de gas de lutitas, que actualmente representan menos del 12  % de la producción total. Teniendo en cuenta las características de la mayoría de esos campos, tal como se muestran en la tabla 1, tales previsiones son mera propaganda.

 

Los mejores campos de lutitas no son ubicuos, sino que están en el tope de su propia pirámide (figura 15) con los campos de mucha menor calidad situados debajo de ellos. Su tasa de suministro depende de grandes y continuas inversiones de capital para perforarlos junto con los inevitables impactos ambientales asociados al fracking. La naturaleza marginal y antieconómica de la mayor parte de la producción de gas de lutitas y el boom del gas causado por ella fue revisada en un minucioso artículo publicado el año pasado en The New York Times (Krauss y Lipton, 2012).

 

Como hizo con otros tipos de gas, la US EIA (2012d) revisó a la baja sus estimaciones de recursos técnicamente recuperables no probados, dejándolos en un 42  % hasta 482 Bpc. Dejando al margen el hecho de que, como apuntamos en el capítulo 3, la tasa de suministro es un parámetro más condicionante que las pretendidas estimaciones de recursos, 482 Bpc suponen exactamente el suministro para 20 años a las tasas de consumo de 2011. Si le sumamos la realidad, esto es, las reservas probadas a 2010 (97,5 Bpc), se alcanzaría un recurso para 24 años con las actuales tasas de consumo. A pesar



 

 

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de ello, se sigue proclamando el gas de lutitas como el gran sustento de la retórica del “100 años de gas”.

 

En ese mismo informe, la US EIA calculaba el número de pozos que se requerirá para recuperar los recursos no probados, en términos del número de lugares disponibles para perforar pozos junto con las medias de los PTE estimados. La US EIA calcula que se necesitarán 410  722 pozos para recuperar los previstos 482 Bpc de gas de lutitas. La ley de los rendimientos decrecientes queda muy bien ilustrada en ese mismo informe. Para producir el 66 % del recurso (319 Bpc) se requiere el 44 % de los pozos. El restante 33 % exige el 56 % restante, aproximadamente dos veces y media más de pozos por unidad de recursos extraída.

 

Además, si se utilizan las medias de los recursos técnicamente recuperables y los PTE medios publicados por el USGS para determinar el volumen de recursos, los no probados de gas de lutitas se reducen a 378 Bpc. Esto equivale a 16 años de recursos con las actuales tasas de consumo estadounidense. De nuevo, de “100 años de gas”, nada de nada.

 

La TRE del gas natural ha sido calculada en 7,6:1 por Skone et al., 2012. La producción de gas de lutitas requiere mucha más energía que el gas convencional debido a las características del proceso de fracking, que implica manejar y disponer de millones de litros de agua, varios cientos de viajes de camiones por pozo, presiones muy altas para inyectar los fluidos y muchas otras cosas. Por tanto, la TRE del gas de lutitas es considerablemente menor que 7,6:1; quizá sea de 5:1 o menos de media, aunque no se hayan hecho estudios concluyentes. Además, es de suponer que la TRE del gas de lutitas descienda con el paso del tiempo, como ponen de manifiesto las estimaciones de la US EIA sobre el número de pozos requeridos, como expuse más atrás.

 

El rey Baltasar

 

En este apartado desarrollaré los argumentos siguientes:

 

Como ocurría con los campos de gas, los de petróleo de lutitas no proliferan como las setas. Más del 80  % de la producción procede de dos campos: Bakken y Eagle Ford. Los restantes 19 campos producen un 19  % del total. Hay una considerable variabilidad dentro de esos campos, y los pozos más productivos tienden a concentrarse en manchas relativamente pequeñas.



 

 

 

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El declive de los pozos es rápido: entre el 81  % y el 90  % en los primeros 24 meses. Los campos son demasiado jóvenes como para evaluar su futuro con los datos disponibles, pero después de cinco años la producción media por pozo en el más antiguo, Bakken, es de 33 bl/d, y si sigue así dentro de siete años estará en una producción marginal (10 bl/d). Eagle podría alcanzar su estado marginal dentro de cuatro años.

Las tasas generales de declive de los campos de petróleo de lutitas son tan grandes que hay que renovar anualmente el 40 % de la producción para mantenerla estabilizada. Por el momento, las tasas de perforación son tan altas que es de esperar que la producción siga creciendo.

Los recursos totales finales de un campo de petróleo de lutitas están determinados por el número de lugares de perforación disponibles. Dada la estimación de los pozos disponibles, el Bakken, que ha producido casi 500 Mbl hasta ahora, llegará a los 2800 Mbl en 2025. Igualmente, el Eagle Ford acabará por rendir unos 2230 Mbl. Juntos, esos campos habrán dado poco más de 5000 Mbl, que es menos de lo que consume Estados Unidos en 10 meses.

Si se mantienen las actuales tasas de perforación, la producción alcanzará su pico en 2016 con 2,3 Mbd, siempre que se asuma que el cálculo de localidades a perforar realizada por la US EIA sea correcta. La producción en Bakken y Eagle Ford entrará en tasas de declive antes de colapsar. Asumiendo que la producción en los restantes campos continuará creciendo a tasas lineares, la producción de petróleo de lutitas será de 0,7 Mbd en 2025. Esto significa que asistimos a una burbuja en la producción estadounidense de petróleo de lutitas que habrá durado poco más de 10 años.

Las previsiones de la US EIA para la producción estadounidense de petróleo de lutitas son poco fiables porque asumen que en 2040 se consumirán 26 000 Mbl, el 78  % de los recursos técnicamente recuperables no probados. Demasiado bueno para ser verdad.

 

En 2004, la producción estadounidense de petróleo de lutitas mediante fracking multifractura (la técnica utilizada actualmente) era prácticamente despreciable. Desde entonces, ha ido creciendo hasta superar el millón de barriles de diarios, lo que supone el 20  % de la producción de crudo estadounidense. Eso ha permitido que la producción de crudo de Estados



 

 

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Unidos deje su declive de varios años para crecer el 24  % respecto a su mínimo de 2008. La calidad de este crudo es generalmente muy alta, al tiempo que se producen junto a él considerables cantidades de gas natural asociado.

 

Como ocurre con los campos de gas, los campos más productivos de petróleo no abundan y los mejores son relativamente raros. Hay también una gran variabilidad dentro de cada campo, con pequeñas manchas dulces muy productivas y muchas grandes menos productivas. Además, debido a sus elevadas tasas de declive, estos campos requieren la aportación de grandes flujos de capital para perforar y desarrollar infraestructuras si se quieren mantener los niveles de producción. Veamos lo que ocurre en los dos campos principales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tabla 3. Estadísticas de producción, calidad de los pozos y tasa de declive de los 10 principales campos de petróleo de lutitas de Estados Unidos ordenados según su puesto en el ranking productivo.

 

1.   Nombre del campo.

 

2.   Producción (Kbl/d).

 

3.   Número de pozos operativos.

 

4.   Media producción pozo (bl/d).

 

5.   Media PI (bl/d).

 

6.   Tendencia PI (C, crece; D, decae; E, estable).

 

7.   Declive de los pozos durante el primer año (%).

 

8.   Declive global del campo al año antes de 2011 (%).

 

9.   Número de pozos a perforar anualmente para compensar el declive.

 

10.   Tendencia productiva (C, crece; D, decae; E, estable).

 

11.   1Porcentaje de producción total de petróleo de lutitas.

 

•  Fuente: Hughes (2013a).



 

 

 

 

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El petróleo de lutitas ha sido proclamado por sus adalides como el mayor contribuyente a la supuesta “independencia energética” de Estados Unidos. La producción comenzó en el campo Bakken de Montana y Dakota del Norte, y desde entonces ha crecido rápidamente en el campo Eagle Ford del sur de Texas y en mucha menor cantidad en otros 19 campos. La producción conjunta de Bakken y Eagle Ford representa el 81 % de la producción total de petróleo de lutitas.

 

La tabla 3 muestra la producción de los 10 campos más importantes en mayo de 2012. Como puede verse, la mayor parte de la producción está concentrada en los dos campos principales, y los seis más productivos representan el 94 %, aunque cinco de ellos no se muestren en la tabla. Los 15 pozos menos productivos contribuyen conjuntamente al 6 % de la producción.

 

Los pozos de Bakken muestran profundos declives productivos a lo largo del tiempo (figuras 29-A y C y tabla 3, cols. 2 y 8). El primer año decreció un 69 %, y el declive general a lo largo de cinco años fue del 94 %. Estas caídas situarán la producción media por pozo de Bakken un poco por encima de la categoría de “marginal” en apenas seis años, aunque los declives en la producción a largo plazo son inciertos debido a la corta vida de la mayoría de sus pozos.

 

El campo Bakken fue el primer campo de petróleo de lutitas y es todavía el más productivo de los existentes en Estados Unidos. Aunque ha estado produciendo a tasas bajas durante décadas, la irrupción del fracking horizontal ha disparado su producción.

 

La figura 30-A ilustra la producción mensual más elevada registrada en los pozos de Bakken. La variabilidad de los pozos es una muestra de la heterogeneidad geológica del campo. La PI media es de 400 bl/d, aunque los mejores pozos, que solo representan el 5 % del total, alcancen los 1000 bl/d. La producción media actual de todos los pozos de Bakken es de 124 bl/d, debido al rápido declive de los pozos y a que la producción global del campo es una mezcla de la procedente de pozos nuevos y viejos.

 

El declive anual global de los pozos perforados en Bakken antes de 2011 es del 40 % (tabla 3, columna 8). Asumiendo que los nuevos pozos que vayan perforándose produzcan el primer año lo mismo que los perforados en 2011 (lo que no es poco), habría que perforar 819 pozos nuevos cada año para mantener la producción actual evitando el declive (tabla 4). A un coste medio de 10 millones de dólares por pozo, deberían invertirse al menos 8200 millones de dólares cada año, al margen de los alquileres de terrenos y otros



 

 

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costes de infraestructura, solo para mantener la producción estable al nivel actual. El rig count actual de Bakken (186) es suficiente para mantener la tasa actual de perforación. La falta de crecimiento en las PI de los nuevos pozos indica que se ha alcanzado el tope del incremento procedente de la aplicación de las mejores tecnologías y que las mejores manchas han sido localizadas y se están perforando ya. Esos son los síntomas de que el campo ha alcanzado su edad madura.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 29. Gráficas representativas de dos campos de petróleo de lutitas

 

estadounidenses. A y B: curvas típicas de declive de los pozos Bakken y Eagle Ford, respectivamente. C: Perfiles productivos futuros para el campo Bakken, asumiendo la tasa actual de adición de nuevos pozos comparada con un escenario de 2000 nuevos pozos cada año. Ambos escenarios asumen una calidad buena y constante para los nuevos pozos y la estimación de la US EIA de un máximo de 11 725 lugares disponibles para perforar. La producción decrece después de un máximo en ambos escenarios dentro de un declive general del campo del 40 %.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 30. Distribución de la calidad de los pozos de dos campos petrolíferos de lutitas definida por la tasa de producción mensual más alta en toda la vida del pozo. El eje de abscisas indica el porcentaje acumulado de pozos ordenados de menor a mayor calidad. A y B: datos para los campos Bakken y Eagle Ford, respectivamente. C: Proyección de la producción de petróleo de lutitas por campo hasta 2025 basada en la curva tipo de producción ya comprobada, en el número de perforaciones proyectadas por la US EIA para los campos Bakken y Eagle Ford, asumiendo que las tasas de crecimiento recientes continuarán en los otros campos.

 

 

En enero de 2010 quedaban en Bakken 9727 lugares disponibles para perforar, lo que, junto a los 1985 pozos operativos en ese momento, significaban un máximo de 11 725 pozos en el Bakken (US EIA, 2012d). Esto representa un perfil de producción que subiría un 41 % desde mayo de 2012 hasta un máximo de 0,973 Mbd en 2017. En ese momento, con todos los nuevos lugares perforados, la producción disminuirá de acuerdo con el declive general del campo del 40 %. La producción media por pozo caerá por debajo de los 10 bl/d hacia 2022, momento en que los pozos serán declarados marginales y clausurados.

 

La modificación de los parámetros de entrada no cambia la recuperación general, siempre que el total de localizaciones de pozos se mantenga constante en los 11 725 y la calidad media de los pozos no disminuya. Por ejemplo, si las tasas de perforación se incrementaran hasta 2000 pozos al año, el cénit del campo se alcanzaría dos años antes, en 2015, con un nivel de producción más alto, del orden de 1,099 Mbl/d, como se ve en la figura 29-C.

 

Un último dato a tener en cuenta es que siempre que se menciona el Bakken se habla de la juventud del campo y de Dakota del Norte, pero se suele olvidar que el campo también se extiende bajo el vecino estado de Montana y allí la historia es un poco más antigua. La producción de petróleo de lutitas en Montana empezó a declinar a partir de 2006, después de alcanzar un pico ligeramente superior a los 100 Kbl/d. Los pozos marginales (“stripper”, en la jerga del sector) de Montana anticipan lo que ocurrirá con sus hermanos de Dakota del Norte en media docena de años.

 

En resumen, el campo Bakken está siendo una nueva y significativa fuente de petróleo que está ayudando a compensar la disminución de los campos convencionales y a hacer crecer un poco la producción doméstica estadounidense, pero no es la panacea para la “independencia energética” de Estados Unidos a largo plazo. Si contabilizamos los 500 Mbl extraídos hasta mayo de 2012 y suponemos una recuperación final óptima (unos 3000 Mbl en



 

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2025), la suma acumulada supone unos seis meses el consumo actual de petróleo estadounidense.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tabla 4. Estimación de los costes anuales de perforación para mantener la producción de petróleo de lutitas en los 13 campos estadounidenses más productivos.

 

1.   Nombre de los campos, que aparecen ordenados según su posición en el ranking de producción.

 

2.   Número de pozos a perforar anualmente para compensar el declive.

 

3.   Coste aproximado por pozo (millones US$).

 

4.   Coste anual de la perforación de pozos para contener el declive (millones US$).

 

• Fuente: Hughes (2013a).

 

 

 

El Eagle Ford del sur de Texas es el segundo campo de petróleo de lutitas más grande de Estados Unidos. El empleo del fracking de múltiples etapas con pozos horizontales ha permitido que la producción creciera muy rápidamente. La producción suma 524 Kbl/d procedentes de los 3129 pozos operativos en junio de 2012 (tabla 3). Eagle Ford es también un productor destacado de gas asociado con una producción de 2140 Mpc/d en junio de 2012, lo que le convierte en el quinto campo de gas de lutitas más productivo de Estados Unidos (véase tabla 1).

 

Como ocurre en otros campos de lutitas, los pozos de Eagle Ford decrecen muy rápidamente a lo largo del tiempo. La figura 29-B muestra una curva de declive tipo, recopilada a partir de los datos de producción de 50 meses entre



 

 

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finales de 2007 y finales de 2011. También muestra una curva surgida de los cinco primeros meses de 2012, que indica que las PI crecen a medida que los operadores concentran las perforaciones en las manchas dulces. La curva tipo situará la media de los pozos de Eagle Ford en la categoría de pozos “marginales” (menos de 15 bl/d) en los próximos tres años aproximadamente. Esta tasa de declive es incluso mayor que la observada en Bakken.

 

La figura 30-B muestra la producción mensual más alta registrada en los pozos de Eagle Ford, cuya variabilidad es una muestra de las diferentes propiedades geológicas existentes en el campo. La PI media es de 437 bl/d; los pozos de mayor calidad (más de 1000 bl/d) suponen alrededor de un 10 % del total. La producción media de todos los pozos operativos es actualmente de 168 bl/d debido al efecto del brusco declive de los pozos y al hecho de que la media se hace con pozos jóvenes y viejos. La producción media de líquidos en Eagle Ford parece haberse estabilizado después de un brusco crecimiento en 2010, mientras que la producción media de gas está declinando y ahora es de 558 Kpc/d.

 

Si asumimos que todos los pozos que se vayan perforando produzcan el primer año lo mismo que los perforados en 2011, que ya es asumir, habría que perforar 723 pozos nuevos cada año para mantener la producción actual evitando el declive (tabla 4). A un coste medio de 8 millones de dólares por pozo, deberían invertirse al menos 5800 millones de dólares cada año, al margen de los alquileres de tierra y otros costes de infraestructuras, solo para conseguir que el Eagle Ford mantenga su producción estable al nivel actual.

 

En resumen, el campo Eagle Ford es una nueva y significativa fuente de petróleo que está ayudando a contener el declive de los campos convencionales y a que crezca algo la producción doméstica pero, como sucede con el Bakken, no es la panacea a largo plazo para la “independencia energética” de Estados Unidos. Con sus 170 Mbl extraídos hasta mayo de 2012, y unos recursos de hasta 2230 Mbl en 2025, podrá hacer una contribución de alrededor de cinco meses al consumo total estadounidense.

 

Los dos campos principales ya descritos suponen el 80 % de la producción total de líquidos. Los tres siguientes, Bone Spring, Niobrara y Granite Wash, añaden un 11 % más. Los restantes 16 campos contribuyen solamente con un 8  % a la producción total, aunque esos campos hayan sido exaltados como grandes promesas. Aubrey McClendon, de cuyas profecías ya nos ocupamos, profetizó que el campo Utica era “lo más grande que había pasado en Ohio desde la invención del arado”.



 

 

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Sin embargo, los datos que deberían avalar esa profecía siguen siendo un arcano, mientras que los datos disponibles muestran que el Utica tiene una producción de 104 bl/d, lo que hace que sus 13 pozos productivos estén en plena marginalidad: apenas producen 13 bl/d de media. Por eso, el Utica, situado en el puesto 19 en el ranking de campos estadounidenses, no aparece en la tabla 4.

 

El petróleo de lutitas está creciendo rápidamente, pero el crecimiento está restringido fundamentalmente a los dos mejores campos, como se resume en dicha tabla: Eagle Ford y Bakken. Parámetros tales como la producción media de los pozos y la media de PI (calidad de un pozo) prueban que ambos campos destacan entre todos los demás. Se calcula que la producción de ambos continuará creciendo hasta un nuevo pico cercano que está controlado por las localizaciones disponibles de pozos.

 

Una cuestión de mayor calado es saber cuáles son las perspectivas de crecimiento para los restantes 19 campos, muchos de los cuales se han perforado con cientos o miles de pozos y no han dado más que rendimientos marginales o mediocres. A pesar de que muchos de esos pozos son viejos y no se han beneficiado de las recientes tecnologías de fractura hidráulica múltiple, todo indica que no se acercan a los rendimientos estelares de Bakken y Eagle Ford. Este hecho es muy importante para poner a los desorbitados pronósticos de la industria en su justo lugar.

 

En resumen, la evolución en Bakken y Eagle Ford ha seguido unos ritmos muy similares a los que apunté en el caso de los campos de gas de lutitas:

 

Se identifica el campo y comienza la fase de alquileres frenéticos de los terrenos.

Para mantener los arrendamientos la fase de perforación sigue un ritmo similar, lo cual sirve también para localizar las manchas dulces y la extensión del campo.

La producción crece rápidamente y la perforación se centra en las mejores manchas. Esto se manifiesta por los crecientes PI, lo que sucede siempre en los inicios de todos los yacimientos de lutitas.

La aplicación de las “mejores tecnologías” de fracking horizontal múltiple mantiene las PI aun cuando las perforaciones pasan de las mejores manchas a otras de peor calidad.

Llega un momento en que las mejores tecnologías no pueden con las malas cualidades geológicas y las PI de los nuevos pozos decrecen.



 

 

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Conforme las PI decrecen, se requieren más y más pozos para compensar el declive general del campo y, si no hay perforaciones masivas, el campo entero cae en declive terminal. La producción es una burbuja con una vida media de diez años a los niveles actuales o más altos de producción.

 

La figura 30-D muestra una proyección de la producción de petróleo de lutitas basada en los 21 pozos más productivos de Estados Unidos, asumiendo que el ritmo actual de perforaciones se mantenga hasta que el número de lugares disponibles se acabe. El escenario es el pico del petróleo de lutitas en 2016. En ese pronóstico se asume que el crecimiento en los 19 campos menores, cuya producción representa menos del 20 % de la producción actual de petróleo de lutitas, se mantiene al mismo ritmo que en los dos grandes, lo cual es más que dudoso porque la producción en ellos es mucho más baja que la de Bakken y Eagle Ford, y por tanto son menos atractivos económicamente. El pico por encima de 2 Mbd es significativo en términos del consumo doméstico a corto plazo, pero el desplome en picado que le sigue ha sido ignorado por los exuberantes pronósticos de los operadores y de quienes proclaman la “independencia energética de Estados Unidos”. Hacia 2025 se habrá producido un total de petróleo de lutitas de unos 7300 Mbl, más o menos el consumo anual del país.

 

En la tabla 4 se resume la inversión aproximada, 35 800 millones de dólares anuales, que se requiere para mantener los niveles de producción en los campos de petróleo de lutitas de EE. UU., que representan el 99 % de la producción. La inversión no incluye los costes de alquiler de terrenos y otros gastos en infraestructuras, como oleoductos, carreteras, etcétera. Estos costes, y el número de nuevos pozos que deberán abrirse cada año, irán en aumento a medida que las perforaciones se hagan en manchas de peor calidad.

 

En la tabla 4 no se han contemplado los costes de capital para compensar el declive en la producción de petróleo de lutitas y gas en los casos de los pozos que producen ambos. Se calcula que evitar el declive en todos los campos de petróleo y gas de lutitas estudiados supone abrir 8600 pozos cada año, con un coste anual de unos 48 200 millones de dólares.

 

El número de pozos que se requiere para compensar el declive muestra la alta productividad de los dos campos que encabezan el ranking comparados con el resto. Se puede compensar el declive del 80  % de la producción estadounidense de petróleo de lutitas con 1542 pozos y una inversión de 14



 

 

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000 millones de dólares, y se necesitan 4659 pozos con un coste de 21 800 millones para compensar el 20 % restante.

 

A pesar de ello, la industria bombardea con propaganda inconsistente acerca de las perspectivas que ofrecen los 19 campos de petróleo de lutitas, que hoy representan menos del 20 % de la producción. Si se tienen en cuenta las características de la mayoría de esos campos (tabla 4), tales anuncios son publicidad engañosa. Como ocurre con los campos de gas de lutitas, los mejores no están por todas partes. Están en el vértice de su propia pirámide, mientras que los campos de menor calidad están por debajo de ellos. Su tasa de suministro depende de grandes flujos constantes de capital para perforarlos, a los que se añaden crecientes daños medioambientales colaterales.

 

Los recursos técnicamente recuperables no probados de petróleo de lutitas han sido revisados ligeramente al alza respecto a 2010 por la US EIA y han pasado a ser de 31  500 a 33 200 Mbl (US EIA, 2012d). Aunque no incluyamos en nuestro razonamiento que una cosa son las reservas y otra la tasa de suministro, esos 33 200 Mbl suponen justamente el consumo cuatrienal estadounidense, aplicando el consumo de 2011. A pesar de ello, el petróleo de lutitas sigue siendo el principal soporte propagandístico de la “independencia energética” de Estados Unidos.

 

La US EIA evaluaba también el nivel de esfuerzo que habría que realizar para recuperar los recursos técnicamente recuperables no probados de petróleo de lutitas, y para hacerlo utilizaba el número de lugares disponibles sin perforar junto con los PTE. Según ese informe, la US EIA calcula que deben perforarse 219 730 pozos para recuperar los 33 200 Mbl de marras. Nuevamente, la ley de rendimientos decrecientes queda perfectamente reflejada en esos datos: para recuperar el 71  % de los recursos, es decir, 23 700 Mbl, se requiere perforar el 29  % de los pozos. Para recuperar el 29  % restante de los recursos, hay que perforar el 71 % de los pozos.

 

Además, el 41  % de esos recursos de petróleo de lutitas se supone que están en los pozos del campo Monterey de California, recientemente analizado por Hughes (2013c). Eso es mucho suponer, habida cuenta de que las expectativas puestas en ese campo han sido decepcionantes (AP, 2012a) y el resultado a largo plazo de Monterey está a niveles de “pozo marginal”, con una media de 12,7 bl/d procedentes de 675 pozos. Esto no es comparable ni de lejos con Bakken ni con Eagle Ford, a pesar de los entusiasmos iniciales.



Más aún, si se aplican las medias de los resultados obtenidos en la revisión del USGS (2012), los recursos técnicamente recuperables no probados de petróleo de lutitas están entre 23 000 y 34 600 Mbl (asumiendo en ambos casos que puedan extraerse 13 700 millones de Monterey). Aunque sean cantidades significativas, es duro tragarse que sean la causa de la “independencia energética” estadounidense porque representan a lo sumo tres o cuatro años de consumo, incluso si se pudiera extraer hasta la última gota, lo cual tomaría varias décadas.

 

No hay estudios definitivos acerca de la verdadera TRE del petróleo de lutitas, y con certeza será muy variable, dependiendo de la productividad del campo. No obstante, está claro que resultará más baja que la del petróleo convencional, dada la complejidad del proceso de la fractura hidráulica de etapas múltiples, que implica manejar millones de litros de agua, varios cientos de viajes de camiones por pozo, presiones altísimas para inyectar fluidos y muchas cosas más, como veremos a continuación.


La gran estafa americana

 

 

Como he expuesto hasta ahora, en los últimos años la industria de los hidrocarburos ha puesto especial empeño en la exploración de los yacimientos no convencionales, a pesar de que suponen un reto de explotación cada vez mayor por su elevada dificultad técnica, que requiere inversiones de alto coste, y de su escasa rentabilidad a medio y largo plazo. El empeño se debe a un contexto económico que ha disparado el precio de los hidrocarburos, al declive irreversible de las reservas tradicionales y, en el caso de las lutitas y otras rocas afines, a los avances en las técnicas de perforación horizontal (o dirigida) que son variantes de una técnica clásica: la fractura hidráulica vertical.

 

La fractura hidráulica consiste básicamente en provocar grietas en rocas ricas en hidrocarburos, mediante perforaciones seguidas de explosiones y de la inyección de agua y otros fluidos, productos químicos y sólidos a presiones muy altas. Como ocurre con tantos otros anglicismos (running, footing, moving, camping, rafting, boxing) el término fracking ha calado en el lenguaje popular como sustituto de fractura hidráulica, lo que no quiere decir que sea preciso. En realidad, la palabra fracking determina la acción de fracturar y, por tanto, se refiere a la fractura hidráulica, una de las técnicas empleadas para la obtención de hidrocarburos de las lutitas y de otras rocas compactas en capas profundas.

 

La extracción de hidrocarburos a partir de las lutitas, a la que asistimos desde hace un lustro y a la que llamamos coloquialmente fracking, consiste en la conjunción de tres métodos:

 

1.   Empleo en la fase de prospección de técnicas de visualización de imágenes, entre las que se incluye la tomografía sísmica, que permiten localizar la posición de los estratos de roca madre empapados de hidrocarburo y trazar una cartografía subterránea en la que llevar a cabo la fracturación.



 

 

 

 

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2.   Perforación horizontal y no solo vertical, como se hace en las explotaciones convencionales.

 

3.    Estimulación de la salida del hidrocarburo mediante fractura hidráulica, lo que implica la inyección de cantidades considerables de agua a presión unida al uso de aditivos químicos, arena y explosivos.

 

A estos tres procesos tecnológicos nos referimos cuando hablamos genéricamente de fracking.

 

Breve historia del fracking

 

En los debates a los que he asistido con participación de ingenieros de minas españoles, estos siempre alardean de que han ejecutado “mucho” fracking o de que “están hartos de hacer fracking”. Es posible que sea verdad, pero es una verdad a medias, porque su experiencia es, exclusivamente y como mucho si es que han tenido oportunidad de trabajar fuera de España, la de haber participado en perforaciones verticales en las que la explotación se estimula con fractura, que eso y no otra cosa es el fracking en sentido estricto: la fracturación de la roca para favorecer la liberación del hidrocarburo. La fracturación puede hacerse de formas muy distintas, usando desde nitroglicerina a napalm, como se hacía en Pensilvania desde hace 100 años, pero cuando se está en pleno debate sobre la fractura hidráulica horizontal resulta cuando menos interesado mezclar churras con merinas.

 

Por eso, para evitar la confusión, interesada o no, antes de entrar en los aspectos económicos y financieros del asunto, conviene detenerse en un punto clave en lo que se refiere a la explotación de yacimientos no convencionales mediante fractura hidráulica horizontal (fracking horizontal o simplemente fracking de aquí en adelante), un procedimiento moderno que quienes lo apoyan tienden a presentar interesadamente como un viejo método de explotación utilizado habitualmente por la industria petrolera sin haber provocado mayores problemas. La diferencia esencial es que el método clásico empleado en pozos convencionales ha sido la fractura hidráulica vertical, empleada para la estimulación de la salida de fluidos en pozos convencionales.



 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 31. Esquema básico de una explotación de fracking.

 

 

 

La fractura hidráulica es una técnica de estimulación de pozos que consiste en inyectar al fondo del pozo y a alta presión un líquido (cuya base es el agua, pero que contiene además otros aditivos químicos) junto con un agente apuntalante o de sostén que suele ser arena, para que uno (el líquido a presión) amplíe las fracturas provocadas por explosiones subterráneas, y el otro (el agente de sostén), al formar micropilares, impida que las grietas se cierren para que los hidrocarburos fluyan hacia el pozo. Nótese que hasta el momento nada se ha dicho de la dirección que toma el pozo de perforación, de manera que esta primera parte de la técnica es común con las perforaciones verticales convencionales.

 

Aunque la diferente litología y las imperfecciones mecánicas causaban que la mayoría de los pozos se desviasen, al menos levemente de la vertical, la perforación petrolera tradicional hasta la última década del siglo pasado era exclusivamente en ese sentido. Sin embargo, las tecnologías modernas de perforación direccional permiten perforar pozos marcadamente oblicuos y horizontales que pueden llegar a gran profundidad. Esta posibilidad es importante ya que los yacimientos en rocas que contienen hidrocarburos son normalmente horizontales o casi horizontales, cuyo espesor es variable pero suele tener una media de unos 90 metros en los yacimientos estadounidenses. Un pozo taladrado horizontalmente maximiza la superficie de la roca que, una vez fracturada, está en contacto con el pozo y, por tanto, incrementa al máximo el volumen de gas que puede obtenerse, lo que implica una mayor



 

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productividad. El uso de la perforación desviada u horizontal ha permitido también alcanzar depósitos a kilómetros de distancia de la perforación, y ha hecho posible la explotación de yacimientos de hidrocarburos situados debajo de sitios en los cuales es muy difícil colocar una plataforma de perforación o bajo áreas ambientalmente sensibles, urbanizadas o pobladas.

 

Por tanto, dadas las similitudes en lo que se refiere a la estimulación por fractura existentes entre las perforaciones convencionales y no convencionales, lo verdaderamente relevante y diferencial en la explotación de lutitas es la perforación horizontal, la cual, combinada con la fractura, es imprescindible para hacer rentables las explotaciones. Y es diferencial también el aumento de los riesgos asociados a toda perforación con fractura (seísmos, contaminación de acuíferos, aditivos químicos, lodos, residuos, etcétera) cuando se trata de la perforación horizontal, por la simple razón de que su radio de influencia es infinitamente mayor que el de una perforación vertical, de la misma forma que la intrincada malla que forman las galerías de una mina afectan a mayor volumen de subsuelo que la que produce la perforación de un solo pozo vertical.

 

El uso del agua a presión en la minería es tan viejo como la propia industria. Los romanos ya tenían su particular método de fractura hidráulica. En Las Médulas (León) extraían oro con un procedimiento que Plinio el Viejo documentó como ruina montium, destruir la montaña. Gracias a una obra de ingeniería colosal, que implicaba la construcción de decenas de kilómetros de canalizaciones, almacenaban agua y la dejaban correr por la montaña y sus galerías para extraer el mineral. “Lo que ocurre en Las Médulas supera el trabajo de gigantes”, escribió Plinio (Goodway, 2010).



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Foto 1. Un obrero prepara nitroglicerina para disparar un pozo. Pensilvania,

 

década de 1890. Fuente: http://www.sjvgeology.org

 

 

La idea de fracturar roca para liberar hidrocarburos se remonta casi hasta el comienzo de la industria del petróleo. El modelo más próximo a lo que hoy entendemos por fractura se remonta a la década de 1860, cuando se usó nitroglicerina líquida (más tarde, solidificada) para estimular pozos poco profundos de roca dura en Pensilvania, Nueva York, Kentucky y Virginia Occidental (Montgomery y Smith, 2010). Aunque era extremadamente peligrosa, y a menudo se utilizaba ilegalmente, la nitroglicerina fue un éxito



 

 

 

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espectacular para el “disparo” de los pozos de petróleo (foto 1). El objetivo de “disparar” un pozo era romper la formación petrolífera para aumentar tanto el flujo inicial como la recuperación final de petróleo. Este mismo principio de fractura fue aplicado rápidamente con la misma eficacia a los pozos de agua y gas. Estrictamente hablando, no se trataba de un proceso de fractura hidráulica, habida cuenta de que no había inyección de agua.

 

Pero como arrojar nitroglicerina a granel por la boca de los pozos, además de peligroso, no era un proceso que pudiese ser patentado, más de un avispado debió comenzar a pensar en un método más sofisticado y presentable desde el punto de vista tecnológico, un procedimiento que pudiera ser presentado ante la poderosa Oficina de Patentes de Estados Unidos. En 1866 se emitió la patente estadounidense n.º 59 936 a favor del coronel Edward Roberts, veterano de la recién finalizada Guerra de Secesión, que había desarrollado una invención a la que tituló simplemente, “explosión por torpedo”. La idea de Roberts consistía en hacer bajar un cilindro de hierro lleno de unos cuantos kilos de pólvora (entre 15 y 20 libras, reza la patente) por un pozo perforado hasta que el “torpedo” alcanzaba los estratos oleaginosos. En ese momento se hacía explosionar el torpedo mediante un ingenioso mecanismo a modo de tapadera situado en la parte superior de la carcasa, que estaba conectado por cable a un detonador que el operador manejaba desde la superficie. Roberts había previsto también inundar el agujero del pozo con agua para proporcionar un “taponamiento fluido”, cuyo objetivo era concentrar la onda expansiva y fracturar más eficientemente la roca.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Foto 2. Los torpedos precursores del fracking. Trío de “torpederos” preparados para introducir varios torpedos en el campo de Midway-Sunset Field, California, 1913. Fuente: http://www.sjvgeology.org

 

 

El invento funcionó. La Roberts Petroleum Torpedo Company, empresa que creó el ingenioso coronel, se puso manos a la obra en lo que se dio en llamar “disparar pozos”: miles de pozos de Pensilvania fueron torpedeados por Roberts y sus muchachos ante la asombrada mirada de unos propietarios que ya los daban por agotados, y que veían cómo la producción de sus pozos se incrementaba hasta un 1200 % en la primera semana después del disparo. Los contratos de Roberts con los propietarios establecían un derecho del 15 % sobre la producción petrolera posterior. Como el invento no era precisamente una sofisticación tecnológica, muchos perforadores decidieron fabricar sus propios torpedos, que hacían explosionar durante la noche sin observadores alrededor, práctica furtiva que dio origen al término abrir pozos a la “luz de la luna”.

 

En 1907 se usó una forma primitiva de fractura hidráulica para separar granitos de la roca madre. En la década de 1930 empezó a fraguarse la idea de inyectar un líquido explosivo en el subsuelo para estimular pozos. El fenómeno de la “presión rompedora” se conocía desde las operaciones de acidificación de pozos como un medio para producir una fractura que no se cerraba por completo debido a la impregnación del ácido. El procedimiento



 

 

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desatrancaba el flujo del pozo y mejoraba la productividad. El fenómeno se confirmó en el campo no solo mediante los tratamientos con ácido sino también con inyección de agua y operaciones de cementación. Fue el inicio de la fracturación hidráulica.

 

Pero hasta que el ingeniero geólogo Floyd Farris, de Stanolind Oil and Gas Corporation (Amoco), no realizó un estudio en profundidad para relacionar el rendimiento observado y las presiones de tratamiento durante la acidificación, la inyección de agua y la cementación, el procedimiento era insuficientemente conocido. A partir de ese trabajo, Farris concibió la idea de fracturar hidráulicamente una formación geológica para mejorar la producción de pozos de petróleo y gas. En su primera aplicación práctica, el primer tratamiento experimental (bautizado como hydrafrac) para estimular un pozo se llevó a cabo en 1947 en el yacimiento de gas Hugoton, en el condado de Grant, Kansas, por Stanolind Oil. Se inyectaron 5000 litros de gasolina gelatinosa (napalm), seguidos por un gel rompedor para estimular una formación de piedra caliza con gas situada a 800 metros de profundidad. El rendimiento del pozo no aumentó significativamente, pero era un comienzo. En 1949 la Oficina de Patentes de Estados Unidos extendió una patente con licencia exclusiva concedida a la Halliburton Oil Well Cementing Company (Howco) para bombear utilizando el nuevo procedimiento de hydrafrac.

 

El 17 de marzo de 1949 Howco realizó los dos primeros tratamientos comerciales para extraer gas natural, uno con un coste de 900 dólares, en el condado de Stephens, Oklahoma, y otro, por 1000 dólares, en el condado de Archer, Texas, usando petróleo crudo o mezclas de crudo y gasolina, a los que se añadían entre 50 y 100 kilos de arena. En el primer año se trataron más de 300 pozos, con un incremento medio de la producción del 75 %.

 

La fractura hidráulica inducida tal y como la entendemos hoy día, es decir, la propagación de fracturas en un estrato rocoso mediante la inyección de fluidos presurizados, es el resultado de innovaciones tecnológicas que comenzaron a finales del siglo XX. En 1976, el MERC (Morgantown Energy Research Center), predecesor del actual National Energy Technology Laboratory, inició el proyecto Eastern Gas Shales, encaminado a abrir nuevas vías de explotación de gas natural en Estados Unidos, dado que la producción doméstica de gas estaba dando señales evidentes de agotamiento. El MERC, el Departamento de Energía, varios laboratorios de innovación tecnológica y diversas agencias y organismos federales se pusieron a trabajar en proyectos



 

 

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de I+D+i que condujeron a las técnicas de fractura hidráulica de alta presión, la perforación horizontal y las técnicas de provocar microseísmos para obtener imágenes de los estratos rocosos con depósitos de gas.

 

En la década de 1980, George Mitchell, de la compañía Mitchell Energy

 

&    Development, que hoy forma parte de Devon Energy, descubrió que las lutitas presentaban grietas naturales. Algunas lutitas tenían más grietas que otras, y si se aplicaba la hidrofractura a las más agrietadas era más que posible que el hidrocarburo fluyera más fácilmente. En 1991, el Departamento de Energía subvencionó a Mitchell Energy para que ejecutara las primeras pruebas de fractura hidráulica combinada con la perforación horizontal en el yacimiento Barnett Shale, en el norte de Texas, que fue la primera explotación comercial registrada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto 3. Primera experiencia de perforación de fracking en Hugoton, Kansas,

 

1947. Fuente: http://www.kgs.ku.edu/Publications/PIC/pic32.html

 

 

Lo que consiguió Mitchell fue el prototipo de lo que hoy se ha generalizado: logró llegar verticalmente hasta aproximadamente un kilómetro de profundidad, y después se dirigió horizontalmente otro kilómetro penetrando dentro de una capa de lutitas de petróleo. Mitchell mataba así dos pájaros de un tiro. Por un lado, conseguía un contacto mayor entre el pozo y el estrato de petróleo o gas; por otro, podía perforar por debajo de áreas



 

 

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urbanizadas, lo que no era una cuestión baladí, habida cuenta de que el yacimiento Barnett Shale se extendía considerablemente por debajo del enorme área urbana de Fort Worth. Poco después, Mitchell perfeccionó la extracción usando una técnica bautizada como slick-water fracturing, porque utilizaba agua a la que se añadían geles “resbaladizos”, esto es, reductores de la fricción.

 

La técnica actual de fracking, que usa presiones mucho mayores que sus predecesoras, se usó por primera vez en 1999, también en Barnett Shale, y con ella se lograron movilizar reservas de gas hasta entonces inaccesibles. Durante los años que siguieron a la patente de Mitchell, las compañías petroleras se dedicaron a añadir más y más aditivos para mejorar la extracción, lo que incluyó el uso de arenas pero también una prolija lista de productos químicos, muchos de ellos tóxicos, con los que elaboraban unas fórmulas que los operadores mantenían cuidadosamente en secreto amparados en las modificaciones a la Ley Federal de Protección de Aguas Potables de 1974 introducidas en la Ley de Política Energética de 2005, que eximía a los operadores de la obligación (vigente hasta ese año) de registrar la composición química de cualquier producto que pudiera llegar hasta los recursos hídricos. El impulsor de esa modificación legal fue el vicepresidente Dick Cheney y el artículo que impone la exención se conoce como “la gatera de Halliburton”, la compañía estrechamente vinculada a Cheney, una empresa petrolífera que obtuvo sustanciales beneficios de la modificación legal.

 

Este fue el comienzo de “la revolución de las lutitas”, una carrera que se aceleró en la primera década de este siglo y cuyas principales innovaciones fueron las plataformas multipozos de 2007, que permitieron agrupar hasta 16 pozos en una misma plataforma de explotación, lo cual permitía a las empresas concentrar maquinaria y materiales en un solo lugar para reducir costes y acelerar la extracción de los pozos.

 

En muchos aspectos, la nueva capacidad de la industria para acceder al gas y al petróleo de lutitas giró alrededor de estos desarrollos tecnológicos. Pero la historia no acaba ahí. Que Mitchell Energy se centrara en la explotación del gas no convencional estuvo motivada en parte por la eliminación del control de precios del gas natural aprobada por el Gobierno federal, y por las subvenciones y exenciones fiscales federales destinadas a promover el desarrollo de recursos de gas natural no convencionales. Tales ventajas se debieron a que a finales de 1980 y principio de los 90 los límites de los suministros de gas natural convencional de Estados Unidos eran cada



 

 

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vez más patentes, lo que amenazaba con llevar a un abrupto aumento de los precios del gas en la década de 2000.

 

Amparándose en que la nueva técnica iba ser la herramienta clave para un cambio en el paradigma energético, porque la disminución de la producción de gas y petróleo convencionales se compensaría con el gas de lutitas, que se anunciaba como un combustible de transición hacia un futuro bajo en carbono, y porque el petróleo de lutitas sería capaz de devolver a Estados Unidos la necesidad de las importaciones extranjeras, el Gobierno federal y algunos estados comenzaron a ofrecer créditos fiscales o deducciones impositivas a las empresas que produjeran gas de lutitas o metano de capas de carbón.

 

Los altos precios del petróleo fueron igualmente decisivos para el desarrollo del petróleo de lutitas del campo Bakken. Al mirar hacia atrás, está claro que la conjunción de una serie de innovaciones tecnológicas en el contexto de los precios de los carburantes, las subvenciones federales y los cambios en las regulaciones gubernamentales fue lo que hizo posible la explotación comercial a gran escala del gas y el petróleo de lutitas.

 

La producción de gas de lutitas a gran escala se inició en la formación Barnett Shale hace una década y se extendió rápidamente a otras zonas. Cinco campos producen el 80 % del gas de lutitas en Estados Unidos, como hemos visto en el capítulo anterior. La mayor parte de la producción de gas de lutitas en todo el mundo se encuentra en esos pozos, aunque muchos países tienen ya proyectos piloto, animados por pronósticos como los de la petrolera BP, que prevé que la producción conjunta de gas y petróleo de lutitas en 2030 multiplicará por seis los niveles de 2011 (BP, 2013).

 

En 2004, menos del 10 % de los pozos estadounidenses eran horizontales; hoy en día, la cifra asciende al 61  %. El gas de lutitas ha pasado de representar alrededor del 2 % de la producción de gas de Estados Unidos en 2000 a casi el 40  % en 2012, mientras la producción total de gas del país creció un 25 % durante el mismo período. Desde entonces, el procedimiento ha sido una fuente constante de controversias a favor y en contra de la técnica, un resumen de las cuales puede obtenerse en Howarth et al., 2011. La producción está estabilizada desde principios de 2012 después de haber tenido un período de crecimiento sostenido, una estabilización que puede que tenga mucho que ver con el pinchazo de una burbuja financiera y de precios que comentamos más adelante.



 

 

 

 

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En 2008 se habían hecho más de 50 000 fracturas en todo el mundo a un coste de entre 6000 y 10 000 millones de dolares. La diferencia de costes obedece a que las perforaciones horizontales desarrolladas en los últimos años son mil veces superiores a las perforaciones verticales. Comparemos un solo dato. Cuando comenzaron las explotaciones de fracking vertical, el tratamiento promedio de una fractura consistía en aproximadamente 3000 litros de líquido y 200 kilos de arena. Los tratamientos actuales promedian aproximadamente 250 000 litros de líquido y 50 000 kilos de agentes de apuntalamiento, aunque los mayores tratamientos superan los cuatro millones de líquido y las 2000 toneladas de agentes de apuntalamiento (Montgomery y Smith, 2010).

 

Los aspectos tecnológicos, ambientales y sanitarios del fracking los he tratado con mayor extensión en las “Notas finales” (págs. 45-107) y en el libro Fracking, el espectro que sobrevuela Europa, por lo que en el resto de este capítulo me centraré en los aspectos económicos y financieros de la explotación de las lutitas, en la gran estafa de la creación de empleo creado al amor del fracking, y en el viaje trasatlántico que el fantasma americano ha realizado hasta el Viejo Continente de la mano de algunos pillos de Wall Street.

 

Entre pillos anda el juego

 

El epicentro de la actual crisis económica estuvo en Wall Street y en el mercado de futuros y derivados. “En este edificio la cuestión es matar o morir”, dice el ensoberbecido Louis Winthorpe al mendigo Billy Ray Valentine en la película de John Landis Entre pillos anda el juego en el momento en que ambos se dirigen al mercado de futuros de Wall Street. Se disponen a dar el pelotazo del siglo. Vendiendo y comprando futuros en zumo de naranja concentrado, los dos protagonistas ganarán millones y llevarán a la bancarrota a sus pérfidos exjefes. En una de las mejores secuencias de Capitalismo: una historia de amor, el siempre brillante e irreverente Michael Moore planta sus cámaras donde las puso Landis para interrogar inútilmente acerca de qué demonios son los derivados financieros y qué precio paga el país más poderoso del mundo por su amor al capitalismo. Moore rodó una comedia negra, un espectáculo de humor y horror que, conjugando diversión y rebelión, deja al espectador absolutamente boquiabierto y un poco aturdido por el certero puñetazo a nuestro modo de vida, teatro de guiñoles controlado



 

 

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por unas fuerzas económicas y políticas que nunca pueden ni van a perder sus privilegios.

 

Tanto el documental de Moore como The Company Men, una excelente película de John Wells, relatan la crónica del desmantelamiento de la otrora poderosa industria norteamericana, la caída en picado de los sectores automovilístico, naval y aeronáutico, y el despido de miles de trabajadores que habían confiado en ser protagonistas de su propio “sueño americano”. Si Moore se centró en el cierre de las fábricas automovilísticas de su estado natal, Illinois, en The Company Men, el fracaso laboral tratado con toda su crudeza en una suerte de Los lunes al sol aplicada a directivos enviados al paro, Wells pone la lente en el desmantelamiento de los astilleros de Gloucester, en Nueva Inglaterra.

 

Los ingenieros que hasta las desregulaciones del sistema financiero creaban bienes y equipos, las cosas útiles y tangibles que añora Gene McClary, encarnado por Tommy Lee Jones, el despedido vicepresidente de GTX, delante de los desmantelados astilleros de Gloucester, han sido sustituidos por ingenieros financieros que no necesitan mano de obra para crear sueños de riqueza después trocados en pesadillas. Estas películas que nacieron con la voluntad de mostrar los mecanismos internos que han provocado la crisis, son relatos estremecedores que dejan anonadado al espectador cuando los títulos de crédito señalan el fin de la película. Muchos de los casi seis millones de parados españoles se reconocerán en esa sensación de indefensión que sobreviene cuando se va al paro, en la deshumanización del proceso, y en el hecho de que los principales ejecutivos de las empresas ganen 400 veces más que la gente a la que despiden en nombre del mercado.

 

Adoptando el esquema de Los últimos días de la quiebra de Lehman Brothers, un excelente reportaje de la BBC estrenado hace un par de años, la película de Charles Ferguson Inside Job sigue el rastro de las oligarquías que se eternizan en el poder, que controlan el mundo político y, a través de él, nuestras vidas, apoyados en los economistas de las universidades más selectas. El paradigma del cinismo de las élites académicas es Frederic S. Miskhin, profesor de la prestigiosa Columbia Business School, que antes del desplome económico de Islandia redactó un informe titulado “Estabilidad financiera en Islandia”, donde alababa el sistema financiero de aquel país. Después del crack que sumió a los islandeses en las sentinas de la crisis, Miskhin cambió el título de su informe, lo dejó tal cual, y pasó a llamarlo



 

 

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“Inestabilidad financiera en Islandia”. Y como sucede con Miskhin, que al menos da la cara en el documental, Inside Job nos revela casos extraordinarios de ese papel legitimador de los economistas, que hacen buenas las tesis acerca de la “corporatocracia” de John Perkins en su libro Manipulados.

 

Me parece que escudriñar en las interioridades de la “geología de parqué” que está detrás del negocio del fracking da cumplida respuesta a algunas cuestiones relacionadas con la rapiña financiera que Perkins plantea en su libro: ¿Queremos vivir en un mundo gobernado por unos cuantos millonarios que agotan los recursos del planeta para satisfacer sus insaciables apetitos? ¿Vamos a soportar más deudas, privatizaciones y mercados al servicio de ladrones de guante blanco que actúan al margen de cualquier regulación? ¿Educaremos a nuestros hijos en un mundo donde menos del 5  % de la población consume más del 25 % de los recursos?

 

Como intentaré demostrar en este capítulo, el fracking presenta todas las características de la burbuja financiera creada por las hipotecas subprime y su versión hispana del ladrillo, cuyos rasgos fundamentales debemos recordar antes de adentrarnos en la burbuja de las lutitas. Empezaré por recordarlo en el próximo apartado, antes de analizar cómo afecta la especulación a los precios mundiales del petróleo y del gas natural en Estados Unidos.

 

Cuidado con ese tipo

 

Cuando lean cualquier palabra terminada en “íbor”, tal como míbor, euríbor, líbor o similares, sujeten bien la cartera. Se han topado con uno de los cimientos del capitalismo, con el eje de uno de los sectores clave de la economía mundial: los mercados monetarios. Los tipos terminados en “íbor” constituyen el corazón de los mercados interbancarios, impíos montes de piedad donde las entidades financieras y de crédito prestan y piden prestado a corto plazo. Estos mercados son el sistema nervioso central de las finanzas mundiales, y cuando tiemblan, como está sucediendo desde 2007, causan un tsunami en toda la economía.

 

El préstamo interbancario carece de respaldo en activo alguno: se parece más a un descubierto bancario o a una tarjeta de crédito que a una hipoteca, y es esencial para el funcionamiento de los bancos. Todos los días el balance de los bancos cambia de forma significativa a medida que sus clientes realizan ingresos y retiradas y obtienen préstamos o los pagan. Por tanto, la capacidad



 

 

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de prestarse dinero unos a otros con rapidez es esencial para mantenerse a flote.

 

La forma en que los bancos funcionan ha cambiado vertiginosamente durante las últimas tres décadas. Tradicionalmente, las entidades bancarias obtenían sus ganancias de recibir el dinero en forma de ahorro y prestarlo, percibiendo unos intereses superiores a los que otorgaban a los ahorradores. Como se refleja en la película ¡Qué bello es vivir!, los bancos tenían un vínculo directo y personal con sus clientes. Este modus operandi no les proporcionaba tantas oportunidades de crecimiento como los banqueros deseaban, puesto que existían normas reguladoras que establecían cuánto dinero se les permitía prestar en relación a su tamaño.

 

En la década de 1970 alguien parió la venta de humo monetaria, el astuto procedimiento conocido como “titulización”, una artimaña financiera que desde entonces no ha parado de crecer hasta estallar en forma de gigantesca burbuja. En los felices setenta comenzó un crecimiento expansivo de la demanda de vivienda en propiedad. Los bancos cayeron rápidamente en la cuenta de que sería difícil satisfacerla sin aumentar la cantidad de dinero que tenían para prestar. Optaron por un ingenioso sistema alternativo: en lugar de prestar dinero a partir exclusivamente de los depósitos en efectivo de sus clientes, como habían hecho hasta entonces, empezaron a “empaquetar” la deuda hipotecaria que emitían y a venderla a otros inversores, a los que ofrecían intereses muy ventajosos. El proceso se conoce como “titulización” porque convierte deuda en títulos (valores) negociables en el mercado como los bonos, las opciones o las acciones, y funcionó muy bien durante algún tiempo. Al sacar la deuda hipotecaria de sus balances, los bancos tuvieron la capacidad de conceder más hipotecas sin verse limitados por su tamaño.

 

Convencidos, como el doctor Pangloss en el Cándido de Voltaire, quien creía que vivíamos en el mejor de los mundos, los inversores de todo el mundo, seducidos por los sustanciosos intereses que otorgaban los innovadores paquetes de deuda, se daban bofetadas por comprar los nuevos y suculentos títulos. El debate sobre la irracionalidad de los inversores, de las burbujas y de la especulación destructiva había desaparecido prácticamente del discurso académico de los economistas, entretenidos como estaban en demostrar que el capitalismo era el sistema perfecto. Como existían mecanismos reguladores, los neocons, capitaneados por Reagan y Thatcher, se encargaron de dinamitarlos. Recuperados del susto inconformista de mayo del 68, aquello era Jauja.



 

 

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A la vista del lucrativo negocio, los bancos se volvieron cada vez más sofisticados inventando títulos. No solo reunían las hipotecas en paquetes, sino que dividían los títulos resultantes para volverlos a empaquetar en CDO (Obligaciones de Deuda Colateralizada) y versiones más complejas como los CDO2 y los CDO3. El resultado final era un galimatías que solo los muy expertos podían descifrar. Así las cosas, las agencias de calificación tenían la sartén por el mango. Al calificar los paquetes les otorgaban un valor crediticio: a mayor riesgo, mayores intereses obtenían los inversores.

 

La teoría que sustentaba semejantes prácticas parecía bastante sensata. En los viejos tiempos, si alguien dejaba de pagar su hipoteca, el principal afectado era el banco. Con el nuevo sistema, el banco le pasaba el muerto a otro. La titulización difundía el riesgo a través del sistema financiero a aquellos más dispuestos a aceptarlo. El problema era el proceso de desintermediación: al eliminar la relación personal entre el prestatario y el prestamista se multiplican enormemente las probabilidades de que quienes acaban por comprar el fiambre de la deuda no sepan en realidad cómo de vivo está el muerto. Lo único que pueden hacer es confiar en las calificaciones de agencias como Standard & Poor’s, Fitch, Moodys, etcétera, cuya fiabilidad durante los inicios de esta crisis ha caído por los suelos.

 

Los inversores no eran conscientes de las dimensiones del riesgo que corrían al comprar unos paquetes de deuda de complejidad descomunal. Como los bancos estaban prestando muchísimo más dinero del que tenían en depósito, sus balances se trasformaron en quesos de gruyère plagados de agujeros gigantescos (eufemísticamente denominados déficits de financiación), que solo podían taponar haciendo lo que las cobayas en sus jaulas: mover continuamente la rueda del crédito. La rueda giraba impulsada por el grifo de la financiación masiva de los préstamos sin respaldo que circulaban de mano en mano. El 9 de agosto de 2007, una mano invisible metió un palo entre los radios de la rueda.

 

Ese día los mercados interbancarios y los de hipotecas titulizadas se paralizaron repentinamente en todo el mundo. Al surgir los rumores de que el mercado inmobiliario de Estados Unidos iba a sufrir un descalabro, y de que el sistema financiero occidental estaba entrampado hasta las cejas, los inversores escondieron el dinero debajo del colchón y dejaron de adquirir títulos, lo que en la práctica significaba dejar de prestar dinero para alimentar la noria. Fue ese momento de retención el que desencadenó la crisis financiera que vendría a continuación.



 

 

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A uno y otro lado del Atlántico, los bancos descubrieron de repente que no podían financiarse en los mercados monetarios mayoristas, lo que les dejaba con un agujero ciclópeo en sus cuentas. Aunque la crisis financiera tuvo muchas causas, el verdadero problema del sistema bancario era su absoluta dependencia de los mercados monetarios mayoristas donde los tipos se habían disparado, un reflejo de la negativa de los bancos a prestarse dinero unos a otros.

 

Aquel largo y cálido verano de 2007, cuando los pájaros se tiraron a las escopetas, dejó de haber préstamos de cualquier tipo. El grifo crediticio se cerró, la noria del préstamo se detuvo y los mercados monetarios se secaron. Los bancos centrales se vieron obligados a inyectar dinero directamente en los mercados y en los bancos. Con nuestro dinero, con la energía de todos nosotros, cobayas encerradas en la jaula capitalista, la rueda volvió a girar. Y en esas estamos, pedaleando amarrados al duro banco de la noria. El caso español fue la sublimación carpetovetónica de la crisis financiero-inmobiliaria mundial. Trataré de explicarlo con una lección elemental de náutica bancaria.

 

La estabilidad es la tendencia que debe tener una embarcación a recobrar su posición inicial cuando es apartada de ella por la acción de fuerzas exteriores como el mar y el viento. Tal comportamiento parece desafiar la primera ley de Newton, puesto que, si la ola imprime al buque un movimiento en dirección determinada, el barco debería continuar moviéndose en la misma dirección hasta que algo lo detuviese.

 

Felizmente no ocurre así porque, como se encargó de demostrar Arquímedes, el peso del agua desalojada ejerce sobre la nave una fuerza que tiende a enderezarla. Mas para que tan venturoso fenómeno pueda acontecer evitando el naufragio, es preciso que el centro de gravedad esté muy bajo. Para hacerlo descender hay que llenar la sentina con algún material pesado a modo de lastre, lo que trae como resultado que el centro de gravedad venga a quedar lo suficientemente bajo como para recuperarse del cabeceo. Si por una causa cualquiera se arrojase el lastre por la borda, el resultado vendría a ser el mismo que el de ponerse de pie en un bote de remos: el centro de gravedad subiría, el equilibrio sería inestable y la zozobra más que probable.

 

Durante siglos, los galeones españoles de la ruta americana hacían el viaje de ida lastrados con materiales de construcción: clavos de hierro, mármoles, adoquines y ladrillos, que se utilizaban para la pavimentación y construcción de edificios coloniales. A continuación, dejaban los ladrillos y regresaban cargados con lingotes de plata y metales preciosos.



 

 

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Las entidades financieras españolas emprendieron hace años su particular singladura a tierras americanas. Durante una década, los alisios a favor habían insuflado las velas del préstamo hipotecario. Uno entraba en una sucursal bancaria y a poco que se descuidase salía con una hipoteca inflada bajo el brazo. Hábiles comerciales bancarios, conchabados con tasadores a sueldo, multiplicaban por tres lo que valía uno. Los promotores inmobiliarios entraban por una puerta con pedazos de suelo y salían por la otra cargados de millones. Aquel pelotazo era mejor que el de Zarra en Maracaná.

 

Para mantener el pelotazo en movimiento solo era necesario contar con un pelotón de incautos. Sabido es que hay dos formas de fe: la “del carbonero”, que hace creer a los incautos en lo que piensan que existe, y la de los cautos que, esperando obtener alguna ventaja, fingen creer en lo que saben que no existe. Entre quienes movían la pelota los había de uno y otro credo, pero predominaban abrumadoramente los incautos. Un buen día, los cautos, que sabían que, de existir, el paraíso está en el cielo y no en el suelo, decidieron dejar de empujar la pelota, recogieron ganancias y pusieron pies en polvorosa. Las viviendas dejaron de venderse en el mismo instante en que los más avispados se habían dado cuenta de que, nuevamente, se había confundido valor y precio.

 

Al caer la venta, los promotores inmobiliarios dejaron de recibir dinero fresco y en poco tiempo fueron incapaces de devolver sus préstamos. Entraron por la misma puerta del banco por la que habían salido cargados de crédito y devolvieron sus avales: suelo y ladrillos. Las sentinas bancarias quedaron lastradas con suelo improductivo que no quería nadie y con viviendas que valían un tercio de lo que fijaba su precio. Había más de un millón de viviendas que nadie quería o, si alguno la necesitaba, no podía pagarla porque había fallado la principal función de los bancos: conceder créditos para mover la economía productiva.

 

Por si fuera poco, la tesorería bancaria estaba exhausta porque los bancos habían estado haciendo su particular travesía americana. Obtenían dinero en Europa a intereses de risa. Cargaban las bodegas de euros y cruzaban el Atlántico. Enredaban en Wall Street y regresaban cargados de un tipo especial y posmoderno de metales preciosos. Se llamaban derivados financieros, luego se llamaron hipotecas subprime y más tarde activos tóxicos. Falta de capital y repleta de artificios contables que tapaban sus vergüenzas, la otrora Armada Invencible de la banca española navegó al menos desde el año 2000 con sus



 

 

 

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sentinas lastradas de tierra y ladrillos, y con las bodegas cargadas de basura financiera.

 

Estando en esas, Lehman Brothers desencadenó la tormenta perfecta. El mundo supo que la colosal carga de basura financiera tenía dimensiones planetarias. El mal de muchos se palió a base de cañonazos de dólares y euros a escalas mil millonarias, que disparaban los gobiernos cebándolas con la metralla monetaria de la deuda soberana. No es un eufemismo, se llama deuda soberana porque acaba pagándola el pueblo soberano. Olvidándose de que el abandono que la política hace de sus deberes reguladores es lo que está conduciendo la flota al naufragio, los condenados a pagar las consecuencias económicas reales del desastre naval no son quienes lo han lastrado con su codicia, sino los inocentes perdedores que, en una clamorosa injusticia que supone socializar los costes derivados del fallo del sistema, cargan con las consecuencias de los actos depredadores de unos pocos.

 

Pozos de ambición

 

El Brent es un tipo de petróleo que se extrae principalmente del mar del Norte cuyo precio sirve de referencia en los mercados europeos. El día en que escribía estos párrafos, 27 de septiembre de 2013, el precio de operaciones del barril Brent era de 108,74 dólares USA (80,519 euros). Cada uno de los 159 litros de ese barril Brent salía a 0,506 euros. Ese mismo día, el precio del carburante más vendido en las gasolineras españolas, la gasolina de 95 octanos, tenía un precio de 1,387 euros. De manera que hay una diferencia entre el precio por litro de gasolina 95 y el del petróleo Brent de 0,881 euros, un margen que parece razonable si tenemos en cuenta que el petróleo Brent se entrega FOB*, lo que quiere decir que el comprador debe cargar con costes tales como el flete hasta el país consumidor, el coste de la descarga en puerto y su posterior bombeo o traslado hasta la refinería correspondiente.

 

A estos costes hay que añadir la complejidad del proceso de refinación del petróleo y la infraestructura y los aditivos necesarios para procesar un barril de crudo en sus productos finales; finalmente, se tiene que añadir el coste de la distribución de los combustibles refinados (gasolina y diesel) hasta las estaciones de servicio. Obviamente, se entiende que el precio de la gasolina que llega al surtidor lleva incluido no solo todos estos costes sino también el margen de ganancia o comercialización de las empresas petroleras en toda esa cadena de procesos. También hay que añadir el margen de comercialización



 

 

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de los concesionarios de las gasolineras y otros distribuidores. Todos esos costes deberían estar incluidos en la diferencia de 0,881 euros por litro a la que antes aludía. Eso, claro está, en el supuesto de que pudiera hacerse una conversión litro por litro de crudo Brent a gasolina de 95, lo que no es así. Empezaré por esto.

 

El primer punto a tomar en cuenta para entender la razón del precio de la gasolina es conocer cuánta gasolina puede ser obtenida de un barril de petróleo. De un barril de crudo solo puede ser obtenida por destilación simple entre un 25 % y un 30 % de gasolina virgen o primaria. Es decir, de un barril que contiene 159 litros de petróleo se pueden obtener por destilación simple unos 50 litros de gasolina. Quedan 109 litros de remanente. Entonces entran en juego otros procesos (desintegración catalítica, polimerización, alquilación*, isomerización* y reformulado*) para obtener más gasolina de un barril de petróleo (véanse las entradas Gasolina y Naftas).

 

Según la API*, en el proceso de refinado petrolero la mayoría de los compuestos obtenidos resultan ser combustibles (las cifras son de litros por barril): gasolina (73,4); gasoil destilado, incluido el doméstico y el de automoción (39,7); queroseno para aviación (15,51); coque (2,2); gasoil residual destinado a uso industrial, marítimo y de generación de electricidad (6,4); gases licuados del petróleo (5,7); gases de refinería (6,8); asfaltos* y breas (5,3); materias primas para petroquímicas (4,21); lubricantes (4,5); queroseno (0,8) y otros (1,5). Nótese que el total de productos obtenidos son 10,2 litros más que los 159 que entraron debido a los procesos de ganancias de refinería. No deja de ser ilustrativo el esfuerzo para obtener carburantes si se tiene en cuenta que el rendimiento termodinámico de un motor de combustión interna es de solo un 23 %, en contraposición a los infinitos usos (desde fertilizantes hasta plásticos y medicinas) que podrían ser obtenidos de un barril de petróleo en una planta petroquímica*.

 

Si sumamos a los litros de gasolina (73,4) los de diesel (39,7), los de queroseno para aviación (15,1) y hasta los combustibles residuales (6,4), obtenemos un valor de 131,5 litros. Supongamos ahora que todos esos litros pudieran transformarse en gasolina de 95 octanos, que ya es suponer. Puestos en surtidor, tendrían un valor de 182,18 euros (131,5 × 1,387). En términos comerciales, la diferencia entre lo que costó el barril Brent (80,519 euros) y los 182,18 euros obtenidos por los litros de gasolina arroja un margen de 101,661 euros, lo que parece un negocio más que razonable.



 

 

 

 

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Ahora bien, estamos hablando de la gasolina puesta en surtidor que lleva incluidos los impuestos. Según la Asociación Española de Operadores de Productos Petrolíferos (AOP), el precio de los carburantes está formado por tres factores: el precio de la materia prima, esto es, el barril de petróleo; otros costes de producción, trasporte e intermediación comercial; y por último, los impuestos, que suponen la mitad del precio final de venta.

 

Según los datos de la AOP, el valor real de la gasolina de 95 octanos es el 51,71  % del coste final, mientras que el 48,29  % restante se debería íntegramente a los impuestos. En el caso del gasóleo de tipo A, el 57,31  % sería correspondiente al precio sin impuestos y el 42,69 % a la fiscalidad. En España, los carburantes están gravados por tres tipos de impuestos. El principal es el Impuesto Especial de Hidrocarburos; el segundo en el cómputo del precio total es el IVA (21 %); y el tercer gravamen es el Impuesto sobre Ventas Minoristas de Determinados Hidrocarburos (IVMDH), que está determinado por el Estado y las autonomías.

 

En resumidas cuentas, de los 182,18 euros de nuestra gasolina de marras, el 48,29 % son impuestos, lo que sitúa el verdadero valor comercial antes de impuestos en 87,97 euros o, lo que es lo mismo, un coste de 0,669 euros por litro. Ergo, si el barril costaba en origen 80,519 euros, y lo que obtengo trasformándolo al máximo de su rendimiento posible en gasolina son 87,97 euros, ¿qué valor comercial pueden tener los diferentes productos obtenidos en la refinación de los litros restantes del barril de petróleo Brent no convertidos en gasolina para que puedan compensar los costes de todo el proceso de compra, traslado, refinación, trasformación y venta de ese complejo mundo que se mueve en torno a un barril de petróleo? Si apartamos la vista de los procesos industriales y la fijamos en los movimientos especulativos que rodean al petróleo y tantas otras mercancías, podremos explicarnos muchas cosas. Permítanme una digresión sobre unos conceptos importantes y esclarecedores: mercados de futuros y derivados energéticos, para regresar después al asunto del petróleo.

 

Los mercados de futuros consisten en la realización de contratos de compra o venta de ciertas materias en una fecha futura pactando en el presente el precio, la cantidad y la fecha de vencimiento. Nacieron originalmente en el siglo XIX con la denominación de forwards o mercado a futuro, con el objetivo de proteger a los productores de materias primas en un mercado caracterizado por épocas de concentración de la oferta (de cosecha) y por precios muy variables a lo largo del año que restaban atractivo a la



 

 

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inversión. Las consecuencias de estos contratos fueron evidentes. Imaginemos que pacto la compra de un barril de petróleo a 100 dólares con fecha de vencimiento de 31 de marzo de 2014. Se supone que al llegar a esta fecha deberé pagar lo acordado, pero pueden pasar varias cosas.

 

La primera es que el precio sea muy similar al pactado, en cuyo caso no debería haber mayores problemas. La segunda es que el precio real a esa fecha sea inferior al pactado, momento en el que me habré comprometido a pagar el barril a un precio mayor que el vigente. Y la tercera es que el precio sea superior al pactado y resulte que, una vez comprado, puedo vender el barril obteniendo un beneficio de la operación. Con el ejemplo citado se ve claramente lo atractiva que puede ser la operación para los especuladores. Por eso, en los mercados de futuros hay dos grupos de agentes, denominados comerciales y no comerciales.

 

El primer grupo reúne a todos los agentes que están vinculados con la producción y/o necesitan la materia prima física para su abastecimiento. En el segundo grupo se encuentra el resto de participantes, que buscan rentabilidad en la variación de la cotización mediante una anticipación en el movimiento direccional, a los cuales se les denomina “no comerciales o especuladores”. Entre estos existen tres grandes subtipos: los que buscan una cobertura para minimizar sus riesgos; los que buscan especular con las fluctuaciones de los precios comprando a corto y vendiendo a largo plazo para obtener rentabilidad; y, por último, los intermediarios, que desean proveer a sus clientes soluciones personalizadas.

 

La introducción de nuevos participantes, como fondos de inversión, fondos de pensiones, hedge funds, inversores en índices, negociadores y/o operadores especializados e inversores minoristas, ha supuesto un dinamismo importante en el mercado. El perfil de gestión es muy variado ya que, mientras algunos participantes tienen una gestión más pasiva con posiciones a largo plazo, otros tienen un comportamiento muy de corto plazo buscando rentabilidades con el movimiento de la cotización. En definitiva, el mercado de futuros tiene una dinámica críptica y casi browniana que impide clarificar cuánto hay de especulación en los actuales precios del petróleo.

 

Pasemos ahora al asunto de los derivados, que son contratos financieros entre dos o más partes que tienen como base o soporte un producto cualquiera. Típicamente, el negocio más común de derivados era el de compra y venta de acciones a futuro: si un inversor consideraba que las acciones de una empresa incrementarían su precio en un período determinado de tiempo,



 

 

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dicho inversor podía adquirir una “opción de compra” pagando una determinada prima. La opción de compra permitía que el inversor adquiriera el derecho (no la obligación) de poder comprar en un momento determinado una determinada cantidad de acciones a un precio preestablecido que era acordado de antemano.

 

En el momento del vencimiento de la opción existían dos posibilidades: una de ellas era que el inversor estuviese en lo cierto y que el valor de las acciones se hubiese incrementado y, por tanto, podía ejercer su opción pagando la totalidad del monto de las acciones en el precio establecido y revenderlas a su precio actual de mercado obteniendo un beneficio. Si, por el contrario, el inversor estaba equivocado y el valor de las acciones había mermado, podía dejar expirar la opción y perder únicamente el costo de la prima. Las “opciones de venta”, en cambio, funcionaban de manera inversa: si esta vez el inversor pensaba que una acción iba a bajar su precio en el futuro, podía adquirir una opción de venta, para lo que pagaba una prima que le daba el derecho, no la obligación, de vender una determinada cantidad de acciones en un momento específico y a un precio estipulado de antemano. Si una vez vencido el plazo las acciones efectivamente bajaban, el inversor podría ejercer su opción, pudiendo adquirir dichas acciones a precio de mercado y revenderlas al precio prefijado en la opción, obteniendo un beneficio.

 

El negocio de derivados del petróleo sigue un patrón similar al de las “opciones”, solo que, en vez de tratar con inversores individuales, los clientes son grandes industrias o compañías de trasporte y energéticas que, en vez de comprar y vender opciones sobre acciones, lo hacen sobre productos como el gas natural, el petróleo o la electricidad. Gracias a este negocio, una empresa industrial o energética puede adquirir una “opción de compra” de una enorme cantidad de petróleo o de gas, a un determinado precio y por un tiempo prefijado, pagando únicamente una prima, lo que le permite prever de manera más adecuada sus costes y ganancias futuras sin correr el riesgo de un aumento en el precio del producto.

 

Volvamos ahora al asunto de los precios del petróleo. Empecemos por hacer un poco de historia. Aunque el crudo de petróleo es conocido desde muy antiguo y ha sido utilizado para diferentes labores desde hace al menos 6000 años, cuando en Asiria y Babilonia se usaba como argamasa para unir ladrillos o para el calafateado de embarcaciones, el uso industrial del petróleo



 

 

 

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y su comercialización masiva no comenzó hasta la segunda mitad del siglo XIX.

 

En la década de 1850, los combustibles para quinqués y para la iluminación callejera, los lubricantes y los disolventes se obtenían a partir de varias fuentes, como el aceite de manteca de cerdo o la grasa de ballena, del alcohol obtenido de productos agrícolas y de la trementina de madera. Varias empresas comerciales producían petróleo o gas mediante procesos de tratamiento de carbón, asfalto, brea, alquitranes e incluso lutitas.

 

El negocio lo había comenzado alrededor de 1850 un geólogo canadiense, Abraham Gesner, quien, a partir de materiales bituminosos, había logrado un destilado al que llamó queroseno, que servía como combustible para lámparas, quinqués y para el alumbrado público. Las ballenas comenzaron a respirar con algo más de tranquilidad: las grandes urbes del mundo, que venían iluminándose con una especie de aceite obtenido de la grasa de los cetáceos, que cada vez resultaba más caro, pasaron a consumir queroseno. La demanda espoleó la creatividad y pronto hubo nuevas ofertas en el mercado.

 

En 1851, con el mismo objetivo que perseguía Gesner, Samuel Kier comenzó a comercializar en Estados Unidos un eficaz destilado del petróleo que se quemaba muy bien pero tenía un grave inconveniente: era apestoso. En 1856, Gesner y un grupo de socios fundaron en Nueva York una empresa que comercializó un aceite mineral destilado del carbón, que al principio presentaba el mismo inconveniente que el de Kier pero fue mejorado un año más tarde por Samuel Downer. Por los nombres de estos primeros inventores se puede deducir que el uso comercial del petróleo llegó a Estados Unidos de la mano de inmigrantes judíos de origen europeo.

 

En 1859 operaban en Estados Unidos treinta y cuatro empresas que fabricaban queroseno o aceites de carbón, que salían enormemente caros. Sin embargo, el providencial descubrimiento en Pensilvania de petróleo en cantidades inusitadas estaba a punto de comenzar a desplazar por su menor coste a los derivados del carbón como fuente de alimentación para la iluminación y, años más tarde, para motorizar al mundo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Foto 4. El primer pozo petrolífero de Estados Unidos (1859). El "coronel" Edwin L Drake (a la derecha, con sombrero de copa) y su amigo Peter Wilson, el droguero que financió la inversión, posan ante el primer pozo que levantaron en

 

Oil Creek, cerca de Titusville, Pensilvania. Este fue el primer pozo petrolífero

 

erigido en Norteamérica. Fuente:

 

http://geomonkey.wordpress.com/2011/12/05/paradigm-geolog-6-7

 

 

La nueva era despuntó en 1859, en Titusville, Pensilvania, cuando el “coronel” Edwin L. Drake, a pesar de no ser geólogo ni minero, descubrió petróleo a una profundidad de 21 metros utilizando para ello una perforadora construida para la ocasión por el herrero William Smith y extrayéndolo mediante un rudimentario sistema de bombeo (foto 4). La exploración había sido financiada, entre otros, por un grupo de inversores de la compañía



 

 

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fabricante de aceites para alumbrado Pensilvania Rock Oil Company, que eran conscientes de dos cosas: que el mercado de la iluminación era una mina de oro y que el proceso de obtener petróleo por los laboriosos y costosos procesos utilizados entonces, los patentados por Gessner y Downer, era muy caro: el barril de crudo de 40 galones (unos 150 litros) salía al mercado al precio de 80 dólares, unos 1900 dólares actuales (a 13 dólares el litro), lo que lo situaba fuera del alcance de la mayor parte de las familias.

 

En agosto de 1859, gracias al descubrimiento de Drake, él y sus socios capitalistas tuvieron cumplida respuesta a su segunda preocupación: lograron comercializar sus barriles a la cuarta parte del precio habitual: 20 dólares por barril. Reventaron el mercado. Conforme incrementaron su producción y los barriles comenzaron a inundar un mercado cuyos clientes no podían creer que ahora sí podían acceder al petróleo a costes razonables, los precios fueron cayendo. A finales de 1859, cuando apenas llevaba cuatro meses extrayendo, Drake vendía su petróleo a 9,60 dólares el barril, unos 228 al cambio actual.

 

El descubrimiento trascendió rápidamente y desató en poco tiempo una estampida de competidores, dando fama a Oil Creek Valley y origen a la industria petrolera estadounidense. Otros hombres se pusieron a la rueda de Drake y comenzaron a perforar pozos. La producción se multiplicó en Pensilvania: en 1860 se producían medio millón de barriles; al año siguiente ya se producía el cuádruple, dos millones de barriles, al tiempo que los precios se desplomaban. A finales de 1861, el barril se vendía a 10 centavos, unos 2,4 dólares de hoy. Ese año, en vísperas de la Guerra de Secesión, en las inmediaciones de Oil Creek, en una perforación de 300 metros de profundidad, un tal Funk alcanzó una auténtica balsa de petróleo que, con un rendimiento de 3000 barriles diarios, superaba todo lo conocido. Pronto se desató el furor prospectivo y otros empresarios superaron esa producción.

 

Nada revela mejor el frenesí de la especulación petrolera que la fulgurante carrera de la ciudad de Pithole, surgida de la nada en Pithole Creek, a unos 25 kilómetros de Titusville (Yergin, 1991). En enero de 1865 se abrió allí un primer pozo en un hermoso terreno forestal. En junio ya había cuatro pozos que producían 2000 barriles al día, una tercera parte de la producción total de las llamadas “regiones petrolíferas”. La gente se afanaba por llegar hasta allí atravesando los caminos saturados de pringosos carromatos cargados de barriles: “Todo el lugar —dijo un visitante— huele como un cuerpo de ejército cuando todos tienen diarrea”. La especulación con las tierras parecía no tener límite. Una granja que prácticamente no tenía valor unos meses antes



 

 

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se vendió por 1,3 millones de dólares en julio de 1865, y se revendió por 2 millones de dólares en septiembre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto 5. Holden Street, Pithole, Pensilvania, 1866. La población se desarrolló

 

rápidamente gracias a una "fiebre" de petróleo. Su existencia apenas duró dos

 

años (1865-1867). Fuente:

 

http://en.wikipedia.Org/wiki/File:Pithole_Holmden_Street.jpg

 

 

En ese mismo mes, la producción de la cuenca de Pithole Creek alcanzó los 6000 barriles diarios, dos terceras partes de la producción de las regiones petrolíferas. Y en ese mismo mes de septiembre, lo que ocho meses antes había sido un mísero campamento perdido en la naturaleza salvaje de Pensilvania se convirtió en una ciudad de 15 000 habitantes (foto 5). The New York Herald informó que el principal negocio en Pithole eran el licor y los alquileres. The Nation añadió: “Se puede afirmar con toda seguridad que en esa ciudad se bebe más licor de garrafón que en cualquier otra de su tamaño situada en cualquier parte del mundo”. Aun así, Pithole ya estaba en el camino de la respetabilidad, con dos bancos, dos oficinas de telégrafos, un periódico, una central depuradora, un cuerpo de bomberos, montones de pensiones y oficinas, más de cincuenta hoteles (tres de ellos, al menos, eran todo lo elegantes que podían exigir las normas de las grandes ciudades) y una estafeta de correos que despachaba más de 5000 cartas cada día. Los garitos y prostíbulos no se registraban en las pudorosas estadísticas de la época.

 

Pero luego, un par de meses después, la producción de petróleo descendió de golpe, tan de prisa como había comenzado. Para la gente de Pithole eso fue



 

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una calamidad, algo así como una plaga bíblica que apareció como un fatídico regalo de Navidad. En enero de 1866, tan solo un año después del primer descubrimiento, miles de personas desesperanzadas abandonaron Pithole en busca de nuevas oportunidades. La ciudad, que había surgido de la nada, de la noche a la mañana quedó totalmente desierta. El fuego arrasó los edificios, y los armazones de madera que quedaron en pie se desmontaron para construir casas en otros lugares o fueron utilizados como leña por los granjeros de los alrededores. Pithole volvió a hundirse en el silencio y la naturaleza. Una parcela de tierra en Pithole, que en 1865 se había vendido por dos millones de dólares, fue subastada en 1878 por 4,37 dólares. Hoy Pithole es un pueblo fantasma que visitan grupos de turistas aburridos que no tienen nada mejor que hacer.

 

Pero al mismo tiempo que Pithole moría, el ímpetu especulativo estaba explotando en otros lugares y engullendo otras zonas vecinas. Pronto los peces grandes comenzaron a engullir a los pequeños: como había ocurrido en California y más tarde ocurriría en Alaska con la fiebre del oro, muchos de los recién enriquecidos productores se retiraron y dejaron la explotación en manos de un puñado de compañías que enriquecerían a sus propietarios.

 

Cuento todo esto para fijar algunas ideas: primero, que la especulación es tan vieja como la propia industria petrolífera, lo que nos servirá para explicar qué pasa con el precio de la gasolina a pie de coche; segundo, que las fusiones (peces grandes que se comen a los chicos) son también muy antiguas, lo que nos servirá para entender lo que está pasando con el gas de lutitas y los movimientos financieros que lo rodean; y tercero, que la extracción de petróleo es muy barata.

 

Lo era entonces, cuando aquellos pozos pioneros de Pensilvania eran artefactos casi artesanales que consumían mucha mano de obra y enormes esfuerzos, y ahora lo es más aún, con procesos de perforación y extracción del crudo convencional estandarizados, mecanizados y automatizados. Si a los escasos costes de producción de campo le añadimos la economía de escala (piensen en esos 32 000 Mbl que se producen cada año en el mundo), podemos llegar a la conclusión de que poner barriles de crudo en el mercado sale muy barato. Si el coronel Drake y sus competidores eran capaces de extraer petróleo, envasarlo y ponerlo en el mercado a 2,4 dólares el barril, ¿por qué ahora el mismo barril cuesta 108 dólares? La respuesta es la de siempre: la especulación financiera.



 

 

 

 

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Hoy día, el antiguo y cerrado club de los petroleros que se reunía en los elegantes salones de los mejores hoteles de Texas (recuerde, por ejemplo, la película Gigante, con James Dean) pasó a la historia. Las familias petroleras están ahora en Wall Street y en la City londinense, donde se urden las maniobras de casino características del desregulado mercado financiero, y donde los precios del crudo se inflan para encarecerlo o abaratarlo a voluntad de los especuladores. En el casino de los carburantes han jugado su papel los mismos procedimientos —la desregulación de los mercados de futuros y derivados y la especulación financiera que inevitablemente le sigue— que concentran el poder de decisión en unas pocas manos, las mismas que inflaron la burbuja de las subprime y las inmobiliarias que nos han llevado a la Gran Recesión actual. El negocio del petróleo está al inicio de la rueda, en la especulación que sigue a la producción del crudo: ahí está la mena. El resto, el trasporte, el refinado, la venta mayorista y minorista, es una ganga cuyos márgenes se pueden casi regalar.

 

El precio del petróleo no se fija de acuerdo a la tradicional relación entre oferta y demanda. Está controlado por un sofisticado sistema de mercado financiero y por las cuatro principales compañías petroleras angloamericanas, los majors. Al menos el 60  % del precio del crudo es en la actualidad pura especulación impulsada por los grandes bancos y los fondos de cobertura o hedge funds. También interviene, cómo no, el cénit del petróleo y puede estar condicionado por determinados acontecimientos geopolíticos, como las guerras entre árabes e israelitas, el derrocamiento del sha de Persia, la guerra de Irak e Irán o las primaveras árabes, pero tiene que ver sobre todo con el control del petróleo y de su precio. ¿Cómo? Esta es, en resumen, la historia.

 

La fijación de precio del crudo ha evolucionado con el tiempo. Entre la Segunda Guerra Mundial y la denominada “era OPEP” de la década de 1970, los precios eran fijados por las compañías productoras dominantes, bautizadas por Enrico Mattei como las “siete hermanas”. Los vendedores notificaban a los compradores su disposición a vender cierta cantidad de petróleo a un precio determinado o “precio publicado”, por lo que eran conocidos como posted prices. Las “siete hermanas”, que controlaban en torno al 85  % del mercado mundial de reservas de petróleo, eran las siete compañías que dominaron la industria petrolífera desde mediados de la década de 1940 hasta la década de 1970: Anglo-Persian Oil Company (ahora BP), Gulf Oil, Standard Oil de California (Socal), Texaco (ahora Chevron), Shell, Esso y Exxon Mobil.



 

 

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A mediados de la década de 1970 ocurrieron dos cosas: por una parte, Estados Unidos dejó de ser el primer productor de petróleo del mundo y asistió al comienzo del declive de su producción petrolífera, tal y como había pronosticado Hubbert; por otra, hubo un cambio en la estructura del mercado internacional del petróleo, que pasó a estar en manos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

 

En el siglo XIX, el valor del petróleo derivaba principalmente de su utilidad para la fabricación de productos para el alumbrado. Según corrieron los años, la iluminación eléctrica sustituyó progresivamente a los alumbrados a base de carburantes, al tiempo que el petróleo adquiría una importancia creciente para suministrar calor y energía comercial e industrial así como para el trasporte, primero para los ferrocarriles y más tarde para los automóviles. En Estados Unidos las matriculaciones de vehículos de motor aumentaron desde 0,1 vehículos por cada 1000 habitantes en 1900 a 87 en 1920 y 816 en 2008 (figura 32).

 

El peso del petróleo en el PIB creció en consecuencia: en 1900, los Estados Unidos produjeron 63,6 millones de barriles de petróleo. A un precio promedio de 1,19 dólares por barril, son 75,7 millones de dólares, que representaban solo el 0,4 % del PIB de ese año, estimado en 18 700 millones. En comparación, en 2008 los Estados Unidos consumen 7100 Mbl a un precio promedio de 97,26 dólares por barril, que tienen un valor económico de 692 000 millones, el 4,8 % del PIB (Hamilton, 2011).



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 32. Matriculaciones de vehículos en Estados Unidos por cada mil habitantes entre 1900 y 2008.

 

 

Además de la importancia cada vez mayor en términos de valor económico directo, el petróleo llegó a convertirse en una parte integral de muchos otros sectores económicos claves, como la fabricación y venta de automóviles, que llegaría a ser un factor importante en los ciclos económicos después de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos siempre ha sido el mayor consumidor mundial de petróleo y se mantuvo como el mayor productor mundial de petróleo hasta 1974, cuando fue superado por la Unión Soviética. Desde entonces, la producción de petróleo de Estados Unidos en su conjunto, a pesar de los incentivos a la producción que proporcionaron más tarde los enormes aumentos de precios a partir de 1973 y la explotación de los gigantescos yacimientos petrolíferos de Alaska en la década de 1980, nunca ha recuperado aquellos niveles productivos.

 

Cuando la producción estadounidense entró en declive, el petróleo de Oriente Medio se encargó de llenar el vacío. Se produjo entonces la transición desde un mercado petrolero mundial centrado en el golfo de México, cuyos precios marcaban las empresas, a uno centrado en el golfo Pérsico con la OPEP como protagonista. En esos años, algunos gobiernos comenzaron a



 

 

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reclamar participación accionaria! en las compañías concesionarias o estas fueron completamente nacionalizadas. Así nació el Oficial Selling Price (OSP) o Government Selling Price (GSP), un sistema de precios que estuvo vigente hasta 1985 y que implicaba el establecimiento de un precio de referencia por parte de la Conferencia de Ministros de la OPEP, que se organizó con el fin de negociar con las empresas petroleras en materia de producción de petróleo, negociación de precios y derechos futuros. A partir del precio fijado para el petróleo de tipo Árabe Ligero, el resto de los miembros ajustaban el precio de su crudo dependiendo de su calidad y situación geográfica. Esto es, el OSP de un crudo de la OPEP era el precio de referencia (Árabe Ligero), al que se sumaba o restaba un diferencial. La elección del Árabe Ligero como petróleo de referencia era obligada, habida cuenta de que los países que constituyeron la OPEP eran en su mayoría árabes.

 

Durante la era OPEP los precios del petróleo reflejaron determinados acontecimientos geopolíticos que tuvieron incidencia bélica u obedecieron a las presiones ejercidas por Occidente para que algunos países (como hizo Arabia Saudí entre 1984 y 1986) se saltaran las limitaciones de la OPEP para incrementar su producción y hacer bajar los precios del crudo, que amenazaban con dar al traste con las economías occidentales (figura 33).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 33. Evolución de los precios del petróleo entre 1970 y 2003.



 

 

 

 

 

 

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La producción fuera de la OPEP creció considerablemente de mediados de la década de 1970 a mediados de la de 1980. La nueva producción de Rusia, Canadá, mar del Norte y México necesitaba a su vez de un sistema de precios para poder exportar su creciente producción. La nueva oferta de petróleo encontró en el mercado internacional la manera de tasar sus exportaciones de manera distinta a la OPEP bajo la forma de precios al contado o spot, forward o a plazo, y hasta por medio de fórmulas de precios establecidas de mutuo acuerdo de manera contractual. La fragmentación del sistema de precios dio lugar al intento de la OPEP de proteger su cada vez menor participación en el mercado frente a la entrada de competidores no-OPEP. El fallido intento de la OPEP se llamó netback pricing. El resultado fue la caída de los precios internacionales del petróleo a partir de la década de 1980 (figura 33), y con ella también el final del sistema netback.

 

El netback era, en esencia, un sistema de valoración de crudos acordado entre el productor y refinador mediante el cual el primero garantizaba un margen de ganancia al segundo. El valor del crudo era asignado solo después de que los productos derivados se hubiesen vendido en el mercado, de manera que el sistema garantizaba un margen de ganancia al refinador.

 

Con el abandono del sistema netback nació el actual sistema de “precios de mercado”. El mecanismo de descubrimiento del nivel de precios de mercado se basó principalmente en las fuerzas de la oferta y la demanda de petróleo. En 1986, como rechazo a los precios netback, Pemex, la compañía estatal de México, país que no pertenece a la OPEP, estableció un sistema de fórmulas de exportación para sus crudos basado en precios internacionales de crudos indicadores, como WTI, WTS, LLS, ANS y Brent, así como de algunos otros productos de referencia. Como evolución de ese sistema se ha llegado al final a que los precios del petróleo al contado se fijen mediante la valoración de un indicador de referencia, generalmente el WTI (mercado americano) o el Brent (mercado europeo).

 

Veamos cómo es el proceso de determinación de los precios marcadores de referencia. En el caso del mercado de petróleo, los precios son determinados directamente en el mercado físico, y las cotizaciones son recogidas, valoradas, clasificadas y difundidas por agencias como Platts y Argus Media. La utilización de estas valoraciones es imprescindible en mercados donde las transacciones no son fácilmente observables.

 

Teóricamente, estas agencias fijan los precios basándose en información de oferta y demanda que concluyen en transacciones, así como en la recogida



 

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por su red de informadores, distribuidos de tal manera que buscan cubrir las transacciones más relevantes. Pero en realidad estos precios se basan sobre todo en los precios fijados para los mercados de futuros, con correcciones menores basadas en cuestiones muy particulares ligadas a la entrega física del crudo y a los plazos de entrega de los mismos. Pero asumamos el trágala de la teoría de la oferta y la demanda que regula los precios, o mejor dicho, que debería regularlos, y pasemos ahora a analizar los hechos.

 

Antes de hacerlo, para los que no estén familiarizados con los mercados financieros y con las trampas con los combustibles resultaría muy ilustrativo repasar la historia del auge, ascensión y desplome del gran gigante energético Enron, responsable de la más grande estafa energético-financiera jamás conocida. El resumen de Wikipedia, muy bien documentado, resultará más que suficiente. Conviene también tener muy presente un hecho crucial: aunque el petróleo se valore en dólares estadounidenses, el gran centro comercializador internacional del petróleo estaba originalmente en la International Petroleum Exchange de Londres (ICE), una especie de Bolsa energética regulada, pero desde 2005 se comenzó a comercializar, fuera de toda regulación y por vía electrónica, en el Intercontinental Exchange londinense, conocido como ICE Futures.

 

Consideremos en primer lugar el papel crucial de los intercambios internacionales del petróleo en Londres y Nueva York, el cual es fundamental. El New York Mercantile Exchange (NYMEX), la bolsa neoyorquina de transacción de futuros operada desde Manhattan, y el mercado ICE Futures de Londres controlan actualmente los precios mundiales del petróleo y la mayor parte del negocio del tráfico del petróleo de libre comercio. Ambas ejercen su control mediante los contratos de futuros de los petróleos de referencia Brent y WTI.

 

El Brent se utiliza en contratos al contado (spots) y a plazo (forwards) para valorar la mayor parte del crudo producido en los mercados mundiales de petróleo cada día. El precio del Brent es publicado por una agencia de la industria petrolera privada, Platt. Los principales productores de petróleo, como Rusia y Nigeria, usan también el Brent como referencia para fijar el precio del crudo que producen. Por tanto, el Brent es clave para el mercado europeo y, en cierta medida, para Asia. Históricamente, el WTI es la referencia para el crudo doméstico de Estados Unidos, y se utiliza como base en el mercado de futuros del petróleo estadounidense y como punto de referencia clave para la producción norteamericana.



 

 

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Todo esto es de dominio público, oficial y hasta parece claro. Pero la realidad es bien distinta porque los precios reales del petróleo se establecen a través de un proceso tan opaco que solo un puñado de los principales bancos comerciales de petróleo, como Goldman Sachs o Morgan Stanley, conocen lo que se compra y se vende en los mercados de los futuros de derivados del petróleo, que son quienes en realidad fijan los precios del petróleo físico en este extraño nuevo mundo de “barriles de papel”, una pieza fundamental en la globalización de los mercados.

 

Con la desregulación del comercio internacional de futuros de derivados del petróleo en la pasada década se abrió de par en par la puerta para la actual burbuja especulativa de los precios, un guiñol cuyos hilos se escaparon de la OPEP y hoy se controlan desde los mercados desregulados de Wall Street y la City londinense, como destacó en junio de 2006 el informe El papel de la especulación del mercado en el aumento de los precios de petróleo y gas, elaborado por el Subcomité Permanente del Senado de Estados Unidos (SPSE, 2006), que comenzaba diciendo que

 

hay pruebas que apoyan la conclusión de que la gran especulación desatada en el mercado [energético] actual ha incrementado significativamente los precios.

 

Como intentaré resumir en los próximos párrafos, lo que documentaban los senadores en ese informe era un enorme vacío jurídico en la regulación del comercio de derivados del petróleo, tan grande que escapaba del control gubernamental. Ese vacío era el que había provocado el aumento gradual de los precios del petróleo hasta ponerlo por las nubes en los últimos meses de aquel año, y que lo elevaría por encima de los 140 dólares por barril dos años después de la redacción del informe. Siglo y medio después de las primeras producciones industriales de petróleo, el barril estadounidense había multiplicado su precio 70 veces. El informe del Senado fue ignorado en los medios de comunicación y en el Congreso. Los lobbies se encargaron de silenciarlo.

 

El informe señalaba que la Commodity Futures Trading Commission (CFTC), una agencia federal independiente que se encarga de la regulación de las bolsas de comercio y del mercado de futuros de bienes básicos, había sido creada en 1975 por el Congreso para garantizar que los precios en el mercado de futuros reflejaran las leyes de la oferta y la demanda y se evitaran las



 

 

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prácticas manipuladoras y las maniobras especulativas excesivas. La Ley de Mercado de Materias Primas de Estados Unidos (CEA: US Commodity Exchange Act) establece que:

 

la especulación excesiva en cualquier producto dentro del mercado de futuros […] provoca fluctuaciones repentinas irracionales y cambios injustificados en el precio de dicho producto, que representan una carga excesiva e innecesaria para el comercio interestatal de mercancías.

 

Además, la CEA ordenaba a la CFTC que estableciera los límites de negociación

 

que la Comisión considere necesarios para reducir, eliminar o prevenir esa carga [especulativa].

 

El asunto estaba en saber dónde se hallaba la CFTC cuando los precios empezaron dispararse en 2006. Todo parecía indicar que había estado deliberadamente alejada de sus responsabilidades de supervisión en el más importante producto comercializado del mundo: el petróleo. El informe del Senado continuaba esclareciendo el asunto (las cursivas son mías):

 

Hasta hace poco, los futuros energéticos estadounidenses se negociaban exclusivamente en intercambios regulados dentro de Estados Unidos, como el NYMEX, que estaban sujetos a una amplia supervisión de la CFTC, incluido el seguimiento continuo para detectar e impedir la manipulación de precios o el fraude. En los últimos años, sin embargo, ha habido un enorme crecimiento en la negociación de los contratos estructurados como contratos de futuros, que se negocian en mercados electrónicos OTC no regulados. Debido a su similitud con los contratos de futuros regulados, a menudo se llaman “pseudofuturos”.

 

La única diferencia práctica entre los pseudofuturos y los verdaderos contratos de futuros es que los primeros se negocian en mercados no regulados, mientras que los segundos se negocian en mercados regulados. El comercio de productos energéticos de las grandes empresas en los intercambios



 

 

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electrónicos OTC quedó exento de la supervisión de la CFTC por una disposición introducida a instancias de Enron y otros grandes operadores energéticos en la Ley de Modernización de Futuros de Materias Primas de 2000 en las últimas horas del 106° Congreso. [Los republicanos tenían la mayoría de la Cámara y preparaban la llegada a su primera presidencia de George W Bush, vástago de una familia petrolera texana].

 

El impacto de la falta de supervisión del mercado fue sustancial. Los operadores tradicionales del NYMEX, por ejemplo, están obligados a llevar un registro de todas las operaciones e informar de sus grandes operaciones a la CFTC. Estos informes sobre grandes operaciones, los llamados Large Trade Reports, junto con los datos de las operaciones comerciales diarias, proporcionaban a la CFTC la información sobre los precios y el volumen de las transacciones, lo que los convertía en esenciales para que el organismo regulador gubernamental pudiese calibrar el alcance de la especulación en los mercados y para detectar, prevenir y perseguir la manipulación de precios. El presidente de la CFTC, Reuben Jeffrey, decía en 2008 que “el sistema de información Large Trader de la Comisión es uno de los pilares de nuestro programa de vigilancia, y permite la detección de posiciones concentradas y coordinadas que podrían ser utilizadas por uno o más operadores para intentar su manipulación”.

 

A diferencia de las operaciones llevadas a cabo en el NYMEX, los operadores electrónicos no regulados de tipo OTC no están obligados a llevar un registro o archivo de informes Large Trader, por lo que sus operaciones están exentas de la rutina de supervisión de la CFTC. A diferencia de las operaciones realizadas en las bolsas de futuros regulados, no hay límite en el número de contratos que un especulador consiga vía electrónica en un OTC, ningún seguimiento de las negociaciones de intercambio y ninguna noticia de la cantidad de contratos vigentes al final de cada día.

 

Después, para asegurarse que el camino de la desregulación y la consiguiente manipulación especulativa quedase más expedito, en enero de



 

 

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2006 la CFTC de la Administración de George W. Bush permitió que la Intercontinental Exchange (ICE), el operador líder de los intercambios electrónicos de energía, utilizara sus terminales comerciales en Estados Unidos para que el comercio de futuros de crudo estadounidense entrase en el mercado ICE Futures de Londres.

 

Hasta ese momento, el mercado ICE de Londres había negociado únicamente en materias primas energéticas europeas, el crudo Brent y el mercado de gas natural británico. En 1999, la Bolsa de Londres había obtenido el permiso de la CFTC para instalar terminales de ordenador en Estados Unidos con objeto de que los agentes bursátiles de Nueva York y otras ciudades de ese país tuvieran acceso a los productos energéticos europeos negociados a través del ICE.

 

Con Bush en la Presidencia y otro petrolero, Dick Cheney, como vicepresidente y responsable energético del Gobierno, la CFTC abrió las puertas de par en par a los especuladores. En enero de 2006, el ICE Futures londinense comenzó a negociar contratos de futuros para el crudo WTI, que hasta entonces se producía y comercializaba solo en Estados Unidos. ICE Futures pidió también a la CFTC que se permitiera a los operadores energéticos de Estados Unidos utilizar sus terminales en ese país para comerciar con su nuevo acuerdo sobre WTI directamente en el ICE Futures de Londres. ICE Futures permitió que los operadores autorizados en Estados Unidos para el comercio de futuros de la gasolina y la calefacción entraran con plenos derechos en el mercado ICE de Londres. A pesar de que los operadores estadounidenses utilizan terminales dentro de Estados Unidos para comerciar con carburantes producidos en ese país, la CFTC renunció a hacer valer cualquier tipo de jurisdicción controladora en la negociación de esos contratos por considerarlos británicos.

 

Así las cosas, los operadores que desean negociar dentro de Estados Unidos los productos energéticos estadounidenses —crudo, gasolina y gasóleos— pueden eludir todos los requisitos de supervisión y presentación de informes a la CFTC de Estados Unidos haciendo sus operaciones a través de la Bolsa de Futuros ICE de Londres, en vez de hacerlo a través del NYMEX de Nueva York, eludiendo los controles públicos que obligan a los participantes en el parqué neoyorquino.

 

Una elegante maniobra política. El regulador gubernamental del mercado de futuros energéticos estadounidense, la CFTC, abrió el camino al actual, desregulado y opaco mercado de la especulación de futuros. Como el que no



 

 

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quiere la cosa y para allanar el camino, se daba la casualidad de que el presidente del NYMEX, James E. Newsome, fuera el presidente de la CFTC nombrado por George W. Bush. En Washington las puertas giratorias entre intereses públicos y privados están tan bien engrasadas como en todas partes. Téngase en cuenta, además, que ICE Futures, a pesar de estar en Londres, es propiedad y está controlada por una empresa de Estados Unidos con sede en Atlanta, Georgia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 34. Evolución de los precios reales del petróleo WTI (1972-2009). Los precios están calculados ajustando con el IPC de 2009 (= 100).

 

 

Un vistazo al precio del Brent y el precio de los futuros del WTI desde enero de 2006 (figura 34) muestra la notable correlación existente entre la subida de los precios del petróleo y el comercio no regulado de futuros del ICE en los mercados estadounidenses. En enero de 2006, cuando la CFTC permitió que el mercado ICE se abriera, los precios del petróleo se negociaban en el rango de 59-60 dólares por barril. Luego crecieron como la espuma. En 2008 a los especuladores se les fue la mano y el barril superó los 140 dólares. Hoy, años después, los precios rondan los 110 dólares y la tendencia es al alza. No es una cuestión provocada por la OPEP: es un problema de negligencia culpable del regulador gubernamental norteamericano. De libro: es exactamente el mismo fallo en la regulación o el abandono de responsabilidades in vigilando de los reguladores que provocaron la caída de Lehman Brothers y el desastre económico que vino después.



 

 

 

 

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Como la CFTC no exige al ICE que presente informes diarios de las grandes operaciones de los productos energéticos, no es capaz de detectar e impedir la manipulación de precios. Como señaló el informe del Senado:

 

La capacidad de la CFTC para detectar e impedir la manipulación de los precios de la energía tiene graves vacíos de información, porque los operadores en los intercambios electrónicos OTC y el mercado ICE de Londres están actualmente exentos de los requisitos de presentación de informes al CFTC. Los Large Traders son también esenciales para analizar el efecto de la especulación en los precios energéticos.

 

Las grandes instituciones financieras, los fondos de inversión, los fondos de pensiones y otros grandes inversores manejan miles de millones de dólares en los mercados de materias primas energéticas para intentar aprovecharse de los cambios de precios o para protegerse contra ellos. La mayor parte de la inversión en el mercado energético no proviene de los productores o consumidores de los productos sino de especuladores que tratan de tomar ventaja de los cambios en los precios.

 

De hecho, las grandes compras de contratos de futuros del petróleo crudo de los especuladores han creado una demanda adicional ficticia de petróleo que ha elevado su precio para entregas futuras de la misma manera que el aumento en la demanda de los contratos para la entrega de un barril físico hoy hace subir el precio del petróleo en el mercado. En lo que a este se refiere, la demanda de un barril de petróleo que resulta de la compra de un contrato de futuros por un especulador es tan real como la demanda resultante del mismo barril cuando la compra de un contrato de futuros lo hace una refinería, una compañía aérea u otro usuario real del petróleo.

 

Goldman Sachs y Morgan Stanley, dos gigantes financieros, son actualmente las dos principales empresas de comercialización de energía en Estados Unidos. Citigroup y JP Morgan Chase, además de muchos otros fondos de cobertura, son también grandes jugadores en el tapete verde del mercado energético convertido en un casino financiero.

 

En junio de 2006, el petróleo cotizaba en los mercados de futuros a 60 dólares el barril: la investigación del Senado estimaba que unos 25 dólares se debían a pura especulación financiera. Un analista estimó en agosto de 2005



 

 

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que, teniendo en cuenta los niveles de producción de petróleo de Estados Unidos, los precios del crudo WTI deberían estar alrededor de los 25 dólares el barril y no a 60. A los precios de hoy, eso significa que, en las actuales condiciones de equilibrio entre la oferta y la demanda de crudo, al menos 60 o 70 dólares de los más de 105 dólares por barril se deben a los fondos de cobertura y a la especulación de las instituciones financieras. Nadie lo sabe oficialmente salvo el puñado de bancos que comercian con la energía en Nueva York y Londres, y desde luego ellos no van a decir nada al respecto.

 

Al comprar un gran número de contratos de futuros y, por tanto, alzando los precios futuros a niveles más altos que los precios actuales, los especuladores han proporcionado un incentivo financiero para que las compañías refineras, los mayoristas intermediarios o las empresas aeronáuticas llenen sus almacenes. Una refinería comprará petróleo extra hoy, incluso si cuesta 110 dólares por barril, si piensa que su precio futuro será aún mayor. Como consecuencia de la demanda especulativa ficticia creada durante los últimos años, los inventarios del crudo almacenado en todo el mundo son más altos que en cualquier otro momento de la última década. Resultado final: nos encontramos en una extraña situación en la que hay grandes reservas de crudo y altos precios del mismo.

 

Los especuladores y los grandes fondos de inversión, sumidos en medio de una economía estadounidense en declive con descenso del valor del dólar y desesperados por el desplome del mercado de las titulizaciones hipotecarias, encontraron en la segunda mitad de la década pasada una estrategia especulativa de primer orden vendiendo el dólar “a corto” y el petróleo “a largo”. Para los grandes fondos de pensiones y los bancos europeos y estadounidenses, ansiosos de conseguir beneficios tras el desplome iniciado en 2007 por la caída de Lehman Brothers y las crisis inmobiliarias que le han seguido, el petróleo se ha convertido en una de las mejores vías para conseguir grandes ganancias especulativas. El telón de fondo que sustenta la actual burbuja de los precios del petróleo continúa siendo la agitación en Oriente Medio, en Sudán, en Venezuela, en Pakistán, en la demanda petrolera de China o India y en la mayor parte del mundo en desarrollo. Los especuladores comercian con rumores, no con hechos.

 

Debido a que los OTC son mercados energéticos no regulados, no hay cifras exactas o fiables sobre el valor total en dólares de los gastos recientes en inversiones en materias primas energéticas, pero las estimaciones están siempre en el rango de decenas de miles de millones de dólares. El aumento



 

 

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del interés especulativo en los productos básicos también se observa en la creciente popularidad de los “fondos de índices de materias primas”, que son fondos cuyo precio está ligado al precio de una cesta de varios futuros de materias primas. Goldman Sachs estima que los fondos de pensiones y los fondos de inversión han invertido un total de aproximadamente 85 000 millones de dólares en fondos de índices de materias primas, y que las inversiones en su propio índice, el Goldman Sachs Commodity Index (GSCI), se han triplicado en los últimos años.

 

Gasland

 

Como se deduce de lo expuesto en el capítulo 5, las reservas de gas de lutitas en Estados Unidos se han exagerado hiperbólicamente y el precio actual del gas natural es insosteniblemente bajo, muy por debajo del coste de producción. Los pronósticos oficiales sobre la producción de petróleo y gas comunicados por el gobierno federal estadounidense proceden de la US EIA, institución gubernamental cuyas previsiones contienen cálculos siempre optimistas y de persistente sobrestimación de la capacidad de producción de petróleo y gas: desde el año 2000, todas las predicciones de producción de petróleo de la US EIA han sobrestimado la producción real (Hughes, 2013a).

 

Pero, aunque las creamos a pies juntillas, que es como creer que los niños vienen de París, las reservas estimadas por esa agencia serían suficientes para suministrar gas a Estados Unidos solo durante 24 años, en el supuesto de que se mantuviesen estables los índices de consumo actual. Los 100 años de gas proclamados por Obama no se sostienen ni con los datos de su propio Gobierno.

 

Las investigaciones de la analista financiera Deborah Rogers demuestran que la industria sobrestimó sus reservas “en un mínimo de un 100 % y hasta un 400-500  %” (Rogers, 2013a). Para hacerlo, aprovechándose de los reglamentos más laxos para la contabilidad de reservas que adoptó el organismo regulador del mercado de valores estadounidense (SEC) tras una fuerte presión ejercida por la industria (véase la entrada Recursos y reservas en las “Notas finales”), los operadores han exagerado significativamente las reservas al sobrestimar enormemente la producción total, proyectando la gran productividad inicial de los pozos (las manchas dulces) al conjunto de sus yacimientos, estén o no estén técnicamente probados.



 

 

 

 

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Con el tiempo, pero con el negocio financiero ya hecho a base de vender lo que podemos llamar “arrendamientos subprime”, los datos reales mostraban resultados muy decepcionantes para la industria: en los cinco campos de gas de lutitas más grandes de Estados Unidos la productividad de los pozos cayó entre un 63 % y un 80 % en el primer año. En otras palabras: después de un año, los pozos producían solamente de un 20 % a un 37 % de su estimación inicial. El hecho es que la producción merma a toda velocidad a lo largo de la vida útil de un pozo de gas.

 

La eficiencia de recuperación de los campos de gas de lutitas es también mucho más baja que la presentada por las industrias y la US EIA. Los datos demuestran que, en realidad, solo un 6,5  % de los recursos se pueden recuperar. Esto es justamente la mitad del 13 %, cifra utilizada a menudo por las compañías de petróleo y gas así como por la AIE en sus estimaciones de reservas de gas de lutitas, un porcentaje ridículo cuando se compara con la eficiencia de recuperación de los yacimientos de gas natural convencional (75-80 %).

 

Debido a la gran discrepancia entre los datos reales y las estimaciones de los operadores gasísticos, la SEC inició una investigación para averiguar si las empresas de gas de lutitas habían informado malintencionadamente a sus inversores acerca de sus reservas. En 2012 varias compañías, entre ellas BP, BHP Billiton y Chesapeake tuvieron que reducir en varios miles de millones de dólares el valor contable de sus acciones de gas de lutitas. Pero el negocio financiero estaba ya hecho.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 35. Evolución de la producción y el precio de gas de lutitas en Estados Unidos, 2000-2012.

 

 

Al poner en el mercado una enorme cantidad de gas natural, los precios domésticos se desplomaron, a pesar de que Estados Unidos sigue importando gas. El precio del gas natural en Estados Unidos disminuyó abruptamente desde los 10,4 dólares por Mpc en 2008 hasta un mínimo de 1,89 dólares por Mpc en abril de 2012, a causa de una saturación del suministro procedente de las operaciones con gas de lutitas (figura 35).

 

Como el umbral de rentabilidad estimado es de 8-9 dólares por Mpc, los precios anormalmente bajos hacen que el negocio del gas de lutitas basado exclusivamente en el consumo doméstico sea una ruina, y la industria lo sabe. Así hablaba Rex W. Tillerson, presidente de Exxon Mobil Corporation en una conferencia que pronunció el 27 de junio de 2012 en el Council on Foreign Relations (Rogers, 2013a):

 

Lo que puedo decirles es que el coste del suministro no es de 2,5 dólares. Estamos perdiendo hasta la botas, no ganamos dinero. Está todo en números rojos.

 

Su colega Aubrey McClendon, de Chesapeake Energy, tampoco era muy optimista (Flues et al., 2013a): “El sector entero no es rentable hoy en día”.

 

Aunque, de creer a sus exégetas, la industria del gas de lutitas ha bajado voluntariamente los precios y está promocionando las exportaciones de gas natural como una manera altruista de mejorar la balanza comercial de Estados Unidos, la realidad es otra: las compañías, que están para hacer negocio, además de hacer jugosos cambalaches financieros en Wall Street, se esfuerzan en abrir los mercados y ejercen una fuerte presión para que se les apruebe (y subvencione) la construcción de terminales marítimas para exportar el exceso de gas a los mercados de Europa y Asia Oriental, donde se pagan precios mucho más altos.

 

Así que los motivos reales de la industria no tienen nada que ver con la mejora de la balanza comercial de Estados Unidos. Los importadores potenciales de GNL en Japón, India y China tendrán que pagar más de 15 dólares por Mbtu de gas natural, mientras que los estadounidenses pagan unos 4 dólares. Con ese diferencial tan amplio, la industria del gas natural lo que



 

 

 

 

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quiere es exportar su producto por una exclusiva razón: obtener un mejor precio y un mayor beneficio.

 

Si los usuarios estadounidenses quieren el mismo gas, tendrán que pagar más. No hay otra. Las exportaciones de GNL harán subir el precio del gas natural en Estados Unidos: por poco que se sepa de economía, cuando el mercado doméstico deje de estar saturado, los precios subirán. En una política “tartufiana”, la industria del gas natural está haciendo todo lo posible para aumentar sustancialmente los precios de gas natural de Estados Unidos, aunque al mismo tiempo afirma que los bajos precios del gas son el mirífico resultado de sus prácticas.

 

Como consecuencia, los costes del gas inevitablemente aumentarán en el futuro próximo. El modelo norteamericano está apoyado en los precios artificialmente bajos provocados por la especulación y las sobrestimaciones de la industria; si ese modelo se quiere repetir en Europa, se verá impedido por unos costes mucho más altos y por un ritmo de desarrollo que difícilmente tendrá impacto real en los precios del gas. Existen pruebas fidedignas de que el gas de lutitas tiene un papel insignificante en la competitividad de las economías nacionales, y que solo podría prosperar en Europa mediante grandes subvenciones públicas, que lo pondrían en competición directa con los recursos de las energías renovables (Flues et al., 2013a).

 

El mito del gas de lutitas como fuente de energía abundante y barata ha sido perpetuado por los intereses particulares de la industria, deseosa de abrir así un mercado europeo, y la ignorancia de los políticos. El caso de Estados Unidos, ahora en un auge ficticio del gas de lutitas que no tardará en desplomarse, debería servir de advertencia y no de ejemplo para algunos papanatas gobiernos europeos, como el español o el británico. Los expertos han indicado repetidamente que la situación en Europa es completamente diferente desde un punto de vista geológico, geográfico, económico y político, y tiene un punto de partida mucho menos favorable que en Estados Unidos.

 

Capitalismo, una historia de amor

 

El fracking es una burbuja como la inmobiliaria, solo que dura menos tiempo.

 

Quien pronunció rotundamente esa frase en una entrevista fue el doctor en Ciencias Físicas Antonio Turiel, científico del CSIC. Como trataré de exponer



 

 

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en este apartado, estoy de acuerdo con ella, y no soy el único.

 

Como a toda burbuja económica, a la extracción de combustibles fósiles no convencionales, en particular del gas de lutitas por fractura hidráulica (fracking), no le ha faltado el habitual coro de quienes proclaman unos colosales beneficios económicos, que seducen al gran público y subyugan a los inversores. Parafraseando a Keynes, en toda burbuja económica predomina más el optimismo espontáneo que la expectativa matemática, es decir, la emoción se impone a la razón, los animal spirits sobre las decisiones racionales.

 

El fracking en Estados Unidos tiene todas las características de la burbuja financiera creada por las hipotecas subprime y de su derivada hispana del ladrillo. En la burbuja que provocó la caída de Lehman Brothers, origen de la crisis que nos azota, se elaboraron complicados artefactos financieros en cuyo fondo subyacía la idea básica e imposible de toda burbuja: había un recurso infinito cuyo valor no cesaba de crecer. El recurso, llámese suelo o combustible, crea a su alrededor todo un universo de activos financieros que pasan de mano en mano generando beneficios hasta que alguien hace explotar la burbuja. Cuando alguien grita “el rey camina desnudo”, la pirámide financiera se viene abajo y se comprueba, una y otra vez, que unos pocos se han beneficiado de la mena y dejan la ganga de las pérdidas para todos. Hoy el suelo no vale nada, como tampoco valdrá el fracking apenas se desinfle la burbuja financiera que lo alimenta desde Wall Street.

 

A comienzos del siglo XXI, el National Petroleum Council (NPC) había anunciado que la extracción de petróleo a partir de fuentes convencionales caía en picado y que la demanda a medio plazo no estaba asegurada. En esas estábamos a finales de la década pasada, cuando las compañías petroleras echaron las campanas al vuelo y alimentaron la nueva burbuja. Puede que el NPC se refiriera a las “fuentes convencionales”, pero la cuestión era qué pasaría si se lograba extraer combustibles fósiles no convencionales, es decir, explotar hidrocarburos hasta entonces técnicamente inaccesibles.

 

En 2009 sonó el disparo de salida cuando la US EIA, que el año anterior había pronosticado que el país continuaría en su imparable tendencia al aumento de las importaciones de crudo y gas, anunció que las reservas estadounidenses de combustibles fósiles no convencionales (CFN) eran de tal magnitud que la nueva técnica del fracking horizontal iba a garantizar la independencia energética del mayor consumidor de combustible del mundo. La aparición de la nueva piedra filosofal fue saludada entre otros ditirambos



 

 

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como “un recurso inagotable”, “el nuevo maná” o “una revolución a todo gas”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 36. Relaciones entre la transacciones financieras y los precios del gas en Estados Unidos. Valor en miles de millones de dólares (barras) de las

 

transacciones generadas por el negocio financiero y bursátil de las empresas de gas no convencional. La línea indica la evolución de los precios del gas natural (convencional y no convencional), que se desploman a partir de 2008 debido al exceso de oferta que provocaron las expectativas desatadas por los operadores de gas no convencional. Los precios del gas están en dólares por miles de pies cúbicos. Fuente: Rogers (2013a).

 

 

La industria se lanzó a la piscina del gas de lutitas en la creencia de que los precios altos de 2008 iban a durar toda la vida. Con la desmesurada oferta de gas natural que siguió a los primeros descubrimientos, vino la caída de los precios comerciales y con ella el desequilibrio entre lo que la industria invertía para producir y lo que obtenía de la producción. Operadores como Total, Statoil y Chesapeake se enfrentan ahora a enormes pérdidas: los bajos precios acarrearon una pérdida neta total en 2012 de, al menos, 9000 millones de dólares (Lefebvre, 2012).

 

En 2011, las fusiones y adquisiciones ligadas a las lutitas representaron un volumen de negocio de 46 500 millones de dólares, lo que significó que las acciones de dichas compañías fueron una de las mayores fuentes de beneficios para algunos bancos de inversión de Wall Street (figura 36). La



 

 

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sorpresa surge desde el momento en que en ese mismo año el rendimiento de los pozos de gas no convencional fue mucho menor. Pese a ello, los analistas financieros y los banqueros de los fondos de inversión se han convertido en los defensores más acérrimos de la explotación de los depósitos de lutitas. A pesar de los pobres resultados en términos económicos, el incentivar que la producción continúe a un ritmo frenético ha producido un exceso de oferta en el mercado del gas natural y, como resultado, sus precios han caído por los suelos. En 2011, la oferta de gas natural en EE. UU. fue cuatro veces superior a la demanda.

 

¿Es sostenible un negocio cuyas transacciones comerciales representan pérdidas de miles de millones de dólares? ¿Es creíble que los banqueros, tan sabios como son en los conocimientos del mercado, no se percataran de que la sobreproducción de gas natural iba a producir un exceso de oferta y el consiguiente y severo desplome de los precios? En ambos casos la respuesta es la misma: está claro que no, salvo que el desfavorable balance comercial apalanque otro tipo de negocios especulativos.

 

La caída de los precios abrió la puerta a transacciones accionariales que han supuesto ganancias por valor de varios miles de millones de dólares a los grandes bancos de inversión involucrados. De hecho, los negocios financieros ligados a las lutitas se convirtieron desde 2010 en una de las mayores fuentes de beneficio para las carteras energéticas de esos bancos. La actual y reciente saturación del mercado de gas natural en Estados Unidos se realizó principalmente gracias a la sobreproducción de gas natural, inducida para cumplir con los objetivos de producción de los analistas financieros y suministrar el flujo de efectivo que sostiene las imprudentes posiciones de apalancamiento de los operadores.

 

Cuando los precios comenzaron a caer, Wall Street empezó a organizar operaciones de negocio para distribuir las acciones problemáticas de las empresas de gas de lutitas a los inversores industriales con mayor volumen de negocio. Tales operaciones se depreciaron unos meses más tarde, lo que trajo consigo una enorme depreciación del valor de los activos de las lutitas. Además, los bancos habían elaborado productos financieros complejos a futuro tales como VPP (Volumetric Production Payments, pagos por volumen de producción), y gracias a la evidente falta de conocimientos de muchos de los inversores acerca de las complejidades y los riesgos inherentes a la producción del gas de lutitas, los vendieron a poderosos inversionistas tales como los grandes fondos de pensiones. Además, los bancos hicieron paquetes



 

 

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con los derechos de explotación de parcelas alquiladas sin rendimiento comprobado y las mezclaron con otras productivas, tal como habían hecho con las hipotecas basura (subprime) antes de la crisis de 2007. Es decir, tal como habían hecho con las hipotecas de dudoso cobro, los bancos inundaron el mercado con activos tóxicos basados en las lutitas.

 

Cuando la burbuja del ladrillo estaba en pleno apogeo, los analistas del Banco de España alertaron del peligro. Nadie prestó atención a los aguafiestas. Como tampoco se hizo caso a las advertencias sobre la estafa del coloso energético Enron. Deborah Rogers, analista del Banco de la Reserva Federal en Dallas, es una aguafiestas que está denunciando la burbuja del fracking, un negocio de compra y venta de derivados financieros basado en reservas inexistentes y en producciones exageradas, que sigue los mismos arteros procedimientos empleados por Wall Street para repartir por el mundo la basura de las subprime.

 

E n Perfora, chico, perfora, J. David Hughes, que ha pasado 40 años estudiando los yacimientos petrolíferos norteamericanos, disecciona con la precisión de un neurocirujano los entresijos urdidos por las compañías petroleras para inflar las reservas de CFN, creando el sueño imposible de un recurso infinito que sostiene a una industria sin futuro y a un negocio condenado a la extinción. Gracias a Hughes y al informe Shale y Wall Street (Rogers, 2013a) uno descubre que el elemental engaño sigue siendo el mismo que inundó de activos tóxicos los mercados financieros de todo el mundo. Siguiendo el informe de Rogers, trataré de desarrollar en este apartado los siguientes puntos:

 

Wall Street impulsó la fiebre de perforación de gas de lutitas que se tradujo en precios más bajos que los costes de producción, mientras los banqueros se beneficiaron enormemente de las fusiones y adquisiciones y otras comisiones ligadas a operaciones en el parqué.

Los operadores de la industria, controlada desde Wall Street, han inflado las reservas de gas y petróleo de lutitas de Estados Unidos al menos un 100 % y hasta un 400 % o 500 %, como muestran los datos de producción reales presentados en varios estados.

Los pozos de petróleo de lutitas siguen las mismas tasas de declive acelerado y baja eficacia de recuperación que se han observado en los pozos de gas.



 

 

 

 

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El precio del gas natural ha caído principalmente debido a la gran sobreproducción causada para cumplir los objetivos de revalorización de las acciones, junto al exacerbado apalancamiento imprudente que incentivó la producción para satisfacer la demanda prevista por los analistas financieros.

Es muy posible que a causa de los elevados niveles de deuda, las declaraciones de reservas probadas no desarrolladas realizadas por algunas empresas de lutitas no hayan cumplido las normas del organismo regulador del mercado de valores estadounidense, la SEC (Securities and Exchange Commission), con el riesgo de que las empresas no puedan cumplir las garantías a que están obligadas ante sus inversores.

Ante un futuro más que dudoso, la industria está mostrando poco interés en participar en nuevas inversiones en derivados de lutitas; abandonando proyectos de gasoductos y proyectos de riesgo compartidos mediante uniones temporales de empresas; y retirando, a pesar de su retórica pública que proclama que tales derivados son la panacea para la política energética de Estados Unidos.

Ante el desplome de los precios domésticos, y en un esfuerzo por apuntalar los balances desequilibrados de las inversiones en activos, la industria está haciendo presión para que la exportación consiga compensar el diferencial entre los precios nacionales e internacionales. Eso significa conseguir financiación pública para construir costosísimas instalaciones costeras de exportación de gas licuado.

 

Durante los últimos 100 años los combustibles fósiles han mantenido la primera posición como impulsores de las economías occidentales. Sin embargo, los combustibles fósiles son finitos. Encontrar nuevos yacimientos de hidrocarburos resulta cada vez más y más costoso. En efecto, durante más de una década, los mayores operadores de petróleo y gas (los majors, como se les llama colectivamente) no han sido capaces de ampliar sustancialmente sus tasas de reemplazo de reservas (véase el capítulo 2).

 

De hecho, aproximadamente una cuarta parte del incremento en volumen de las reservas de las grandes compañías procede de adquisiciones de otras más pequeñas en lugar de las perforaciones. Que no se renueven las reservas es, por supuesto, un gran problema para el futuro de las economías mundiales,



 

 

 

 

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pero también para los precios de las acciones de las empresas energéticas, en particular las que se centran en los combustibles fósiles.

La globalización ha traído como consecuencia que los mercados financieros estén estrechamente enlazados con las grandes multinacionales. Sin los mercados financieros, las empresas serían pequeñas y locales, en lugar de los gigantescos holdings trasnacionales que son actualmente. Por tanto, el crecimiento de las empresas y el de las economías nacionales depende en gran medida del mercado global de capitales.

 

Para que una compañía energética comercializada en bolsa crezca, debe atender no solo su negocio principal sino también la relación que mantiene con sus bancos y fondos inversores. Por tanto, las compañías de petróleo y gas que cotizan atienden esencialmente a dos tipos de economías. Una es la que podemos llamar economía de “campo”, que aborda día a día las operaciones básicas de la empresa y lo que está ocurriendo sobre el terreno en relación con los costes de explotación, la historia de la producción, etc. Sus agentes son geólogos, ingenieros y trabajadores especializados. El otro tipo es la economía de “parqué”, de Wall Street. Atender este aspecto del negocio es capital porque implica que la empresa sea atractiva para los analistas financieros y los inversores, de manera que el precio de sus acciones suba y se garantice el acceso a los mercados de préstamos que les permita atender a la economía de campo.

 

La economía de parqué tiene mucho más que ver con lo que está pasando con las lutitas que lo que realmente ocurre con los rendimientos de campo. Con la ayuda de los analistas de Wall Street, que actúan como los primeros agitadores de los derivados de las lutitas, los mercados cayeron en un frenesí acaparador. Los ciclos alcistas son intrínsecamente optimistas. Si no se controla, el optimismo puede transmutarse en manía, como vimos hace varios años en el período previo a la crisis de las hipotecas.

 

Antes de la actual Gran Recesión, la facilidad de obtener créditos alimentó la manía del dinero fácil y construyó un casino donde los inversores apostaban y donde unas cuantas instituciones financieras colocaron paquetes de acciones insolventes. La codicia llevó a que algunas mentes innovadoras sobrepasaran los límites de la integridad financiera con entidades que ocultaban sus balances reales y otros artificios contables. Tales prácticas, que no eran necesariamente ilegales, eran ciertamente falaces, como han concluido muchas investigaciones posteriores a la crisis.



 

 

 

 

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Los analistas financieros alimentaron el apetito inversor y lo dirigieron hacia el negocio inmobiliario. Lo mismo empezó a ocurrir hace poco más de tres años en el caso de los operadores de lutitas. En este caso, Wall Street volvió a ponerse al frente de la “lutitomanía” poniendo a su ejército de analistas a promover la venta de activos basados en la producción de lutitas. En agosto de 2011, Neal Anderson, de la consultora internacional Wood Mackenzie, escribió lo siguiente sobre los inversores y la exploración de lutitas:

 

La comunidad de analistas de renta variable ha jugado un papel clave para alimentar el mercado de fusiones y adquisiciones de gas de lutitas, actuando como los principales animadores de los yacimientos de gas de esquisto.

 

La solvencia de una empresa de lutitas aumentaba gracias a las recomendaciones de “compra” de los analistas. Los inversores hacían sus apuestas y la especulación consiguió que los precios del gas natural se situaran en 2008 a niveles artificialmente inflados que alcanzaron precios históricos, el doble de los que alcanzarían un año después (figuras 35 y 36). Excitados por las expectativas de ganancias fáciles, los inversores cayeron imprudentemente sobre lo que creían una presa segura. El precio del gas natural alcanzó un máximo de 13,5 dólares por Mpc en 2008, más del doble del promedio histórico de 5-6 dólares. Además, los operadores y los inversores comenzaron a creer que estos precios artificialmente altos iban a ser la norma. De hecho, las decisiones sobre nuevas perforaciones se tomaron sobre la base de la hipótesis errónea de que los precios nunca volverían a sus niveles medios históricos.

 

Exactamente lo mismo que ocurrió con la crisis inmobiliaria. Los animal spirits de Keynes reaparecieron con el negocio de las lutitas. Todo el mundo creía que las viviendas y el suelo nunca perderían su valor. Todos los ciclos de mercado exageradamente alcistas tienen una característica común: en ellos predomina abrumadoramente lo emocional sobre lo racional en los procesos de toma de decisiones. La burbuja de las hipotecas se cimentó en años de exuberancia financiera. Se había impuesto el pensamiento de que “la fiesta va a continuar para siempre”.

 

Las nuevas tecnologías que habían surgido permitieron desarrollar productos de ingeniería financiera mucho más sofisticados. La creatividad



 

 

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abunda en Wall Street. Los productos fueron deliberadamente manipulados para reducir el riesgo de los prestamistas y para burlar a los reguladores que confiaban en las valoraciones trucadas de las agencias de calificación controladas por la banca. Las zorras (las agencias de calificación) cuidaban el gallinero de los inversores.

 

El modelo es el siguiente: el lobby petrolero, el más poderoso en Estados Unidos, apoyado por su poderosa maquinaria publicitaria, presenta unos resultados de explotación espectaculares obtenidos en unos cuantos pozos, y extrapola esos resultados a yacimientos enteros todavía no probados.

 

Lo que hacen los operadores financieros es aplicar curvas hiperbólicas a los datos iniciales de producción y pronosticar una vida media de los pozos de unos 40 años. Con esos datos en mente y los contratos de arrendamiento en la mano, Wall Street hace lo mismo que hizo con las hipotecas basura: desarrollar sofisticados productos de ingeniería financiera. Antes de que cayera Lehman Brothers, y una vez impuesto el pensamiento de que “la fiesta va a continuar para siempre”, los bancos comenzaron a no quedarse con sus hipotecas. En vez de ello, era más rentable empaquetarlas, buscar una agencia de rating que calificara el producto con un AAA y luego colocárselo a los inversores, obteniendo con ello ganancias descomunales.

 

Este mismo modelo siguen exactamente con los campos de lutitas, haciéndose con los arrendamientos de millones de hectáreas, perforando un puñado de pozos y diciendo a continuación que el yacimiento “está probado” y que es una “inversión segura”, para luego colocar las parcelas al mejor postor. Antes de la crisis de las hipotecas, cuando se había extendido el apetito por los créditos fáciles, los mercados de capitales de todo el mundo compraron los nuevos productos calificados con la triple A. Las ganancias generadas por esas operaciones fueron inmensas. Lo mismo está ocurriendo con las lutitas. Trasformados en imaginativos productos financieros a futuro, los derechos sobre los terrenos se valoran a precios desorbitados, con bonos a la firma que alcanzan los 70 000 dólares por hectárea, varias veces el precio original que se promete a los ilusos propietarios.

 

Las grandes compañías petroleras están acaparando el arrendamiento de los derechos de perforación sobre los terrenos para añadirlos a sus reservas y compensar así el declive de sus reservas convencionales. La sobrestimación total de las reservas se ha usado para inflar el precio de las acciones y mantener la solvencia de las compañías de gas de lutitas. El objetivo no es vender gas sino vender alquileres de terrenos y empresas enteras con derechos



 

 

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de explotación convenientemente inflados por las estimaciones hiperbólicas. Pero los bajos costes del gas están cobrándose su precio con los pequeños y medianos operadores de gas de esquisto, que tienen que vender sus activos, principalmente alquileres de terrenos, para evitar la bancarrota (Rogers, 2013a).

 

La venta de alquileres de terrenos se ha convertido en una actividad más rentable que perforar para obtener gas con los actuales costes. Aubrey McClendon, presidente y fundador de la segunda mayor operadora de gas de lutitas de Estados Unidos, Chesapeake Energy, que se ha convertido en el principal arrendatario de América, con derechos de perforación sobre más de 6 millones de hectáreas de terreno (Goodell, 2012), afirmó en octubre de 2008 (Seeking Alpha, 2012):

 

Puedo asegurarles que comprar alquileres por X y venderlos por 5 o 10 veces X es mucho más rentable que intentar producir gas a cinco o seis dólares por cada 1000 pies cúbicos.

 

Las compañías multinacionales de petróleo y gas y los grandes inversores internacionales acaparan los contratos de arrendamiento de terreno, pero por motivos muy distintos: para mantener su valor bursátil, quieren mantener su ratio de reservas estratégicas con valores altos, algo que la mayoría no hubiese podido hacer sin las reservas adicionales procedentes de las lutitas. Como las nuevas reservas de petróleo son difíciles de encontrar, y a menudo se hallan bajo control del Estado donde se encuentra el terreno, las reservas de gas de lutitas ofrecen una oportunidad excepcional de llenar fácilmente el depósito de las cada vez más pequeñas reservas de petróleo. No hace mucho, el 80 % del suministro de gas en Estados Unidos era producido por compañías independientes y relativamente pequeñas; en tres años, Exxon Mobil se ha convertido en el mayor productor de gas de Estados Unidos y BP, Shell, ConocoPhillips y Chevron están entre los diez primeros.

 

En enero de 2012, Carroll y Polson advirtieron en Bloomberg.

 

El resurgimiento al alza de los precios del petróleo y el gas de lutitas, que ha llegado en algún caso a multiplicarlos por diez en cinco semanas, está aumentando la preocupación de que se esté inflando una burbuja con las valoraciones de los arrendamientos, cuyo punto de inflexión se parece al que produjo el colapso de Lehman Brothers Holdings Inc.



 

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Empaquetar derechos de alquiler era un negocio tan rentable como lo había sido empaquetar hipotecas. Los operadores y analistas de ventas, aunque no estuvieran necesariamente en connivencia, agitaron los mercados con previsiones embriagadoras. En cuanto perforaban unos cuantos pozos, declaraban el yacimiento como “probado”. No obstante, no tenían certeza alguna de que los yacimientos estuvieran verdaderamente “probados”.

 

Por otra parte, los objetivos de producción y las inversiones necesarias para llevarlos a cabo agregaban tensión financiera adicional a los debilitados resultados. También añadieron mucho más gas a la ya de por sí floreciente oferta. Esto a su vez provocó que los precios bajaran todavía más. En enero de 2012, los precios cayeron por debajo de los tres dólares por Mpc. Los costes medios por pozo de explotación de gas eran de alrededor de 4-6 dólares por Mpc, por lo que los operadores se enfrentaban a pérdidas importantes (MIT, 2011).

 

Sin embargo, los bancos, que estaban ingresando grandes sumas por las transacciones y fusiones de las compañías de lutitas, seguían calificándolas como una buena opción de compra para el inversor medio.

 

Para sostener el negocio se calcularon unas reservas desmesuradas de hidrocarburos procedentes de lutitas, que la primera inspección del Servicio Geológico de Estados Unidos ha reducido a la tercera parte de un plumazo (USGS, 2012). Pero mientras se inspeccionaba, la fiesta continuaba. Como se trataba de mantener los datos de producción inflados para que las acciones de las petroleras y los derivados de Wall Street se mantuvieran al alza, había que perforar nuevos pozos. Esto supuso abrir 7200 nuevos pozos en 2012; como el coste medio de perforar un pozo ronda los 6 millones de dólares, las compañías invirtieron 42 000 millones simplemente para enmascarar la disminución en la producción. Ese mismo año, el gas de lutitas estadounidense generó ventas comerciales por valor de 33 000 millones. Parece un negocio ruinoso pero no lo es: entre el pistoletazo de salida de 2009 y 2011, el entramado financiero ligado al gas de lutitas movió 135 000 millones de dólares.

 

Muchos productos financieros de gran complejidad estaban en el corazón de la crisis de las hipotecas. En el período previo a la crisis financiera, Wall Street reunió hipotecas de diferente calidad, las empaquetó y las vendió a inversores. A través de una ingeniería inversa para mantener los requisitos de las agencias calificadoras, se las arreglaron para conseguir que el 80  % de estos préstamos fueran considerados como inversiones seguras y rentables. Se



 

 

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trataba de productos financieros tremendamente complejos. Debido al voraz apetito por esos valores, la operación se convirtió en una máquina generadora de hipotecas. Cuantas más hipotecas se firmaran, más se empaquetaban, y más se vendían a los hambrientos inversores.

 

La “complejidad” de la ingeniería inversa también encontró su sitio en la explotación de lutitas. Por ejemplo, en mayo de 2011, Barclays Capital apareció con un nuevo chiringuito financiero al que llamó “pago por producción volumétrica” (VPP) que permitió la participación de un mayor número de inversores en el negocio de lutitas de Chesapeake Energy. Según Risk Magazine (2012):

 

Los principales retos de agrupar los bonos Chesapeake VPP eran conseguir la estructura adecuada para orientar a las agencias calificadoras y a los inversores institucionales — quienes no tienen por qué tener un conocimiento profundo de los negocios energéticos— a través de la complejidad de la producción de gas natural.

 

Una vez más, se animaba a los inversores a participar en inversiones ajenas a la Bolsa regulada que eran complejas por naturaleza, aun admitiendo que no estaban familiarizados con el negocio (¿recuerdan las preferentes?). Además, según admitía el propio Barclays, las mismísimas agencias de calificación necesitaban ser “orientadas” para que entendieran plenamente la complejidad de las operaciones.

 

En 2009, el número de fusiones y adquisiciones en el mercado de lutitas comenzó su boom. Inicialmente, muchas de las transacciones implicaron a inversores extranjeros, principalmente a empresas chinas, coreanas y francesas. Los bancos efectuaban esas operaciones cobrando grandes comisiones. El citado artículo de Carroll y Polson decía:

 

En las dos últimas semanas, los inversores energéticos chinos, franceses y japoneses han comprometido más de 8000 millones de dólares en las formaciones de lutitas desde Pensilvania a Texas, a la vista de los récords de 2011 en los precios de crudo y de la demanda de gas en EE. UU. Dado que la competencia entre los compradores se intensifica, los inversores extranjeros están pagando mucho dinero por campos en los que se han



 

 

 

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perforado muy pocos pozos como para evaluar el potencial de producción.

 

CNOOC, una petrolera y gasística china, pagó 1100 millones de dólares por el 33,3 % de la superficie del campo Eagle Ford de Chesapeake Energy, y acordó financiar otros 1100 por los costes de perforación. Se estima que Chesapeake ganó aproximadamente 10 237 dólares por acre, varias veces el precio original que había pagado por ellos. Anadarko formó una UTE con la Korea National Oil Corporation, que accedió a pagar 1550 millones por el 33 % de la superficie de Anadarko Petroleum, en la cuenca del Maverick en Texas. BHP Billiton, la gran multinacional minera australiana, adquirió Petrohawk Energy Corp por aproximadamente 15 200 millones de dólares. Además, BHP pagó a Chesapeake Energy aproximadamente 4750 millones por sus activos de lutitas del campo Fayetteville: año y medio después, los activos habían perdido más del 50 % de su valor.

 

Durante ese tiempo de vino y rosas se consumaron un sinfín de transacciones financieras. De pronto, en el tercer trimestre de 2012, los activos de lutitas comenzaron a hacer lo que hacían los pozos productores: cayeron en un declive imparable. ¿Qué había pasado?

 

Como había ocurrido con los paquetes de hipotecas subprime, los activos de lutitas no se negociaban en la regulada Bolsa sino en los desregulados mercados OTC, por lo que la opacidad se convirtió en un asunto de suma importancia. Lo mismo sucedía con las lutitas. Debido a la nueva tecnología de estimulación por fracking, los resultados no se pudieron verificar durante años. Simplemente, no había suficientes datos históricos de producción disponibles para hacer una evaluación razonable. Cuando en el tercer cuatrimestre de 2009 se presentaron los rendimientos del campo Barnett ante la Comisión de Ferrocarriles de Texas, era la primera vez que se disponía de una serie histórica fiable de datos de producción de los pozos de lutitas.

 

Cuando la Comisión de Ferrocarriles levantó la alfombra, lo que apareció debajo era muy distinto de las bonitas previsiones presentadas por los operadores. Como por ensalmo, cuando las cifras reales de producción de los campos gasísticos comenzaron a aflorar, los operadores vendían los activos rápidamente. Esto ha ocurrido en todos los campos de Estados Unidos en cuanto echaban a andar. Los propietarios iniciales habían alabado tanto la moto de las lutitas que los compradores hacían cola para comprarla.



 

 

 

 

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Un buen ejemplo son los operadores del campo Barnett en Texas. Los protagonistas iniciales que inflaron la burbuja fueron Chesapeake Energy (vendió una parte muy significativa de los activos Barnett), Range Resources (vendió todos sus activos Barnett), Encana (vendió todos sus activos Barnett) y Quicksilver Resources, la empresa que intentó monetarizar todos sus activos Barnett a partir de 2011. En ese lapso de tiempo, la acción había caído desde cerca de 15 dólares a 2,50 (Rogers, 2013a).

 

Cuando Encana puso a la venta sus acciones de Barnett, las razones para hacerlo estaban muy en concordancia con lo que escribía más arriba acerca de los exuberantes rendimientos de los campos jóvenes y de la falta de rentabilidad de los campos maduros:

 

Vamos a centrar nuestros esfuerzos en nuestras propiedades con tasas de crecimiento más altas, que son las que se encuentran en las primeras etapas de desarrollo y ofrecen más oportunidades para el crecimiento […]. El campo Barnett no es el mejor lugar para que Encana ponga su dinero […]. Es una zona madura y las manchas dulces ya se han agotado.

 

Sin embargo, los bancos, que estaban haciendo opíparos negocios de caja con las transacciones y fusiones de las compañías de lutitas, seguían dale que te pego calificándolas como una buena opción de compra para el inversor medio.

 

Por ejemplo, Chesapeake Energy anunció una venta de acciones en febrero de 2011. Bank of America/Merrill Lynch, Morgan Stanley, Deutsche Bank, Goldman Sachs, Jeffries y Royal Bank of Scotland, los mismos agentes de las hipotecas basura, fueron los bancos implicados en el negocio de la venta de acciones de Chesapeake Energy. Los días previos al anuncio de la venta de acciones, esos mismos bancos habían recomendado que se invirtiera en Chesapeake Energy.

 

Por las mismas fechas, otros analistas de instituciones que no aspiraban a conseguir comisiones por esas operaciones tenían una visión muy diferente sobre el futuro de Chesapeake Energy. La consultora financiera Zacks Equity Research había colocado a Chesapeake Energy camino de la bancarrota con una puntuación Altman Z de 0,84. Cualquier empresa por debajo de 1,8 en ese índice se considera en riesgo inminente de quiebra. El 15 de febrero de 2012, un analista decía en Deal Pipeline (Poole, 2012):



 

 

 

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Chesapeake está en serios problemas […]. Su estilo Enron de bombo y platillo mediático, contabilidad fuera de balance y apalancamiento excesivo ha terminado por absorberlos. Su final parece estar cerca.

 

Durante los siguientes dos meses, salieron a la luz numerosos problemas respecto a Chesapeake. Reuters abrió el fuego al revelar un desfase de 1100 millones en apuntes ocultos. Más tarde se descubrió que el director ejecutivo de Chesapeake, Aubrey McClendon, manejaba un fondo ilegal de 200 millones de dólares. Tanto el Departamento de Justicia como la SEC abrieron las oportunas investigaciones. En el segundo trimestre de 2012, la compañía canceló más de 2000 millones en activos de lutitas y se vio obligada a vender más de 10 000 millones en acciones solo para lograr mantenerse a flote. El precio de la acción cayó más del 40 % en cuestión de semanas.

 

Ralph Eads, de Jeffries, uno de los principales bancos de inversión de Chesapeake Energy, fue citado en The New York Times, en octubre de 2012, admitiendo que subían artificialmente los precios, e incluso insinuando que habían engañado a los majors para que compraran activos de lutitas (Krauss y Lipton, 2012):

 

Nosotros somos vendedores típicos, así que tenemos que convencer a los compradores de que los precios del gas van a subir lo más alto posible […]. Los compradores ya son mayorcitos: son gigantes empresariales con miles de economistas que saben mucho más de lo que yo sé. Caveat emptor.

 

Según KPMG, las transacciones de gas de lutitas representaron un negocio de 46 500 millones en Estados Unidos en 2011 (KMPG, 2012). Las fusiones y adquisiciones en el mercado de activos de lutitas subieron en los dos ejercicios anteriores en sincronía a como bajaban los precios del gas natural. Esto es lo mismo que sucedió con los valores respaldados por las hipotecas que multiplicaron las ganancias de los bancos antes del estallido de la crisis, pero ahora eran las fusiones y adquisiciones energéticas las que se habían convertido al nuevo mecanismo de hacer caja para los especuladores bancarios.

 

Pero el tinglado comenzó a venirse abajo con las mismas señales de alerta que se habían dado en el caso de las hipotecas basura. En el período anterior a



 

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la crisis de las hipotecas, hubo indicios de lo que se nos venía encima en forma de amortizaciones de activos. Desgraciadamente, muy pocos los tuvieron en cuenta.

 

Algo similar había ido surgiendo respecto a las lutitas. En mayo de 2012,

 

Forbes informó lo siguiente (Helman, 2012):

 

Las acciones de energía de Chesapeake cerraron perdiendo un 14  % al saberse por un informe de la SEC que la compañía podría tener que amortizar el valor de sus activos debido a la bajada récord de los precios del gas y a que podría tener problemas para cumplir con sus obligaciones […]. A pesar de que tales amortizaciones no afectan al saldo de caja de la compañía, sí provocan una merma en el valor de los activos anotados en el balance de la empresa. El valor de los activos afecta directamente a la cantidad de deuda que la empresa puede mantener.

 

En el tercer trimestre de 2012, como se había predicho, se produjo un deterioro más acusado de Chesapeake. La compañía tuvo que asumir una amortización mayor de sus activos de lutitas, que supuso una merma de 2020 millones. Además, en julio de 2012, ITG Investment Research, a petición de varios grandes inversores institucionales, participó en un estudio que cuestionó los informes en los que Chesapeake Energy expuso cuáles eran sus reservas. ITG reunió los datos de bases de datos públicos tales como los historiales de producción presentados ante la Comisión de Ferrocarriles de Texas, y llegaron a la conclusión de que una parte importante de las reservas de Chesapeake en el campo Barnett “no tienen ningún valor y, en nuestra opinión, deben ser amortizadas” (The Wall Street Journal, 2012).

 

Durante julio y agosto de 2012, las malas noticias continuaron. Según Reuters (2012a, b):

 

Encana dijo que había registrado un deterioro no monetario después de impuestos de 1700 millones, que resultaron fundamentalmente del declive medio de los precios del gas natural en los 12 meses anteriores.

 

Quicksilver Resources Inc., una empresa centrada en el gas natural, registró una considerable pérdida en el segundo trimestre debido a los bajos



 

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precios del gas natural y de los líquidos del gas natural que han minorado el valor de los activos de la compañía […]. Quicksilver anunció que sus resultados se vieron afectados por una merma en los ingresos de 992 millones debido a la caída de los precios.

 

Según el Financial Times (Chazen, 2012; Hume, 2012):

 

British Petroleum (BP) declaró el martes que asume una merma por valor de 2110 millones de dólares, principalmente debida a la pérdida de valor de sus activos de gas de lutitas en Estados Unidos.

 

BHP Billiton (BHP) culpó a un exceso de la oferta de gas en Estados Unidos la pérdida de 2840 millones de dólares en sus activos basados en el campo gasístico Fayetteville, que había comprado 18 meses antes por 4750 millones de dólares.

 

Según Swint et al., (2012):

 

BG Group, la tercera mayor petrolera y gasística del Reino Unido, perdió 1300 millones en sus campos de lutitas de Estados Unidos.

 

Shell se está acostumbrando a decepcionar a los inversores. La importante empresa petrolera y gasista registró una gran disminución de beneficios en el cuarto trimestre de 2013. La compañía encontró numerosas razones para explicarla, empezando por los problemas en el refinado y los elevados costes de exploración. El aviso llega después de una serie de resultados flojos en 2013.

 

Los beneficios en refino y comercialización se vieron afectados por unos márgenes reducidos del refino, que es la tendencia de la industria. Los volúmenes de GNL fueron inferiores a los previstos, y los elevados niveles de mantenimiento en el mar del Norte y en el golfo de México, así como los actuales problemas nigerianos, también dieron lugar a menos barriles. Shell, como Tullow, ha tenido que abandonar varios pozos secos en la Guayana Francesa, por ejemplo.

 

Como consecuencia de ello, los beneficios netos ajustados, excluyendo los gastos de inventario y extraordinarios, serán de 2900 millones de dólares en el cuarto trimestre, muy por debajo del cálculo de 4000 millones de dólares elaborado por Reuters a partir de las previsiones de los analistas. Shell está



 

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gastando más dinero del que está ganando, por lo que los niveles de deuda aumentaron. El objetivo del grupo era obtener entre 175 000 y 200 000 millones de dólares de las operaciones entre 2012 y 2015. A mitad de camino ha obtenido 86 500 millones de dólares, lo que hace que esté lejos de alcanzar su objetivo.

 

La primera prioridad de la empresa debería ser detener la hemorragia de efectivo en el negocio de exploración y producción en las lutitas estadounidenses, donde la compañía de bandera holandesa tiene una cuarta parte de su capital inmovilizado, según Barclays (Maharg-Bravo, 2014). Aunque las empresas afirman que tales mermas no reflejan el valor fiable de sus activos, tal cosa es altamente cuestionable dada la rebaja de reservas importantes que el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, 2012) había asignado a todos los recursos estadounidenses de Estados Unidos. El hecho de que algunas de esas empresas no hayan reflejado con exactitud sus reservas en los libros contables es tan preocupante como debería haberlo sido una situación idéntica antes de la crisis de las hipotecas basura.

 

En vista de esas importantes pérdidas, el negocio parecía haber alcanzado un punto de saturación a partir del tercer trimestre de 2012. Según PriceWaterhouseCoopers, las empresas con terrenos en el campo Marcellus habían movido unos 32 000 mil millones en fusiones y adquisiciones desde principios de 2010. Al año siguiente, las cosas cambiaron. El tercer trimestre de 2011 fue el primero en que no se movió ni un dólar. La actividad cayó a cero (AP, 2012b).

 

Dados los pobres resultados de los productos financieros basados en las lutitas, parece que los inversores eran cada vez más cautelosos. Según Scheyder y Erman (2012),

 

un banquero de inversión dijo que actualmente hay “un poco de fatiga UTE” en la industria energética, y señaló que algunas empresas tienen miedo de vincularse con el mal posicionado Chesapeake […]. Creo que eso es muy cierto en lo que refiere a Chesapeake, que está marcada con una cruz. Creo que la gente ha visto que su experiencia con Chesapeake ha sido desagradable.

 

Sin embargo, Chesapeake ha sido la industria ensalzada continuamente por la industria y sus bancos de inversión por tener algunos de los mejores



 

 

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yacimientos de lutitas del negocio (véanse en el capítulo 5 las profecías lanzadas, entre otros exégetas, por el director ejecutivo de Chesapeake, Aubrey McClendon, sobre las inagotables reservas de gas de lutitas del país).

 

Cuando los muñidores del negocio especulativo de las lutitas pusieron sus ojos en Europa, el puchero estaba reventando en los Estados Unidos. A pesar de toda la publicidad que las rodea, muchas empresas estaban dando marcha atrás.

 

En octubre de 2011, Norse Energy anunció que estaba poniendo en venta parte de sus 53 000 hectáreas del campo Marcellus en el estado de Nueva York. Un año más tarde, en diciembre de 2012, la empresa no había sido capaz de vender los activos. Eso, junto con los altos niveles de deuda, obligó a Norse a declararse en bancarrota (AP, 2012c). Aunque actualmente está vigente una moratoria de explotación de fracking en el estado de Nueva York, se piensa que se permitirá algún día. El hecho de que ninguna otra compañía de energía esté interesada en adquirir los activos neoyorquinos de Norse Energy indica una clara falta de confianza en las posibilidades de explotación.

 

Otras compañías han comenzado también a dejar que sus contratos en Nueva York expiren sin intención de renovarlos. Por ejemplo, Anschutz Exploration anunció recientemente que no buscaría la renovación de permisos. Según el Denver Business Journal (2012),

 

Anschutz Exploration no es la única. Otras compañías están dejando extinguir sus contratos de arrendamiento para petróleo y gas en ese Estado porque una moratoria de perforación, junto con la amenaza de regulaciones más estrictas, ha hecho de Nueva York un estado poco atractivo para las operaciones gasísticas.

 

Como he comentado a lo largo de este capítulo, la industria se basa principalmente en el menor número posible de obstáculos para llevar a cabo sus programas de perforación. En el caso de fracking, los rendimientos de los campos son tan pobres y los márgenes comerciales tan estrechos, si es que los hay, como para justificar la inversión en pozos que están, además, sometidos a cargas regulatorias y medioambientales.

 

También es interesante observar que en el campo Utica, del que el director general de Chesapeake Energy, Aubrey McClendon, se jactó en los primeros días de que iba a ser “lo más grande que había sucedido en Ohio desde la



 

 

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invención del arado”, los operadores han experimentado dificultades para conseguir uniones temporales de empresas para perforar. Según Carroll (2012),

 

PDC Energy Corporation no ha recibido una oferta lo suficientemente alta de posibles socios para la UTE de explotación de sus terrenos en Utica, por lo que los desarrollará por su cuenta.

 

Está empezando a aflorar información acerca de que los pozos de Utica no están cumpliendo las expectativas que sus propietarios habían alabado hasta la exaltación. Los analistas financieros, al examinar los resultados iniciales publicados por el estado de Ohio, los caracterizan como “decepcionantes”. Según McAllister y Gebrekidan (2012):

 

Incluso Chesapeake ha acallado su fanfarria […]. En una presentación a la SEC este mes de mayo, la compañía dijo que antes de terminar el año planeaba perforar un número significativo de pozos en la “ventana del petróleo” de Utica, nombre con el que designaba una parte del campo especialmente rica, sobre todo en petróleo. Tres meses más tarde dijo que “sigue centrándose en el desarrollo del GNL”, sin que hicieran ninguna mención del petróleo. Chesapeake se negó a comentar nada sobre el cambio de planes.

 

En el yacimiento Bakken de Dakota del Norte, que es principalmente un campo de petróleo de lutitas, se planeaba construir un oleoducto para trasportar el petróleo a una instalación de almacenamiento de gran tamaño en Cushing, Oklahoma, pero el proyecto se ha abandonado recientemente. Según Chakravorty (2012),

 

Oneok Inc. experimentó una pérdida reciente después de que su filial, Oneok Partners LP, no produjera el petróleo suficiente para justificar una inversión de 1800 millones de dólares en la construcción del oleoducto a Bakken.

 

Esto es particularmente interesante. Los proyectos de canalización de hidrocarburos son caros y requieren que haya un flujo constante y consistente



 

 

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de gas o petróleo durante un largo período de tiempo con el fin de recuperar el capital inicial invertido. Sin embargo, una vez que se amortiza el capital invertido, se convierten en minas de dinero. Teniendo en cuenta las fuertes curvas de disminución productiva de petróleo de lutitas que se observan ahora mismo, parece que los operadores reconocen que Bakken tiene la muerte anunciada y, por tanto, no están dispuestos a invertir por adelantado el capital necesario para un oleoducto nuevo, lo que es una clara falta de confianza en la viabilidad de las lutitas.

 

Uno se cansa de ofrecer ejemplos porque algunos, como el ministro Soria, siguen sin aprender. El contundente informe de 2013 elaborado por Deborah Rogers (Rogers, 2013a) debería ser una lectura obligada para quienes defienden la rentabilidad del fracking en nuestro país que, como ocurre en toda Europa, no es otra cosa que la llegada a este lado del Atlántico de una práctica contaminante, ambientalmente destructiva y económicamente desastrosa. Que, eso sí, llena los bolsillos de los especuladores habituales.

 

Los lunes al sol

 

Gran parte del debate sobre el fracking se ha centrado en los riesgos ambientales asociados, mientras que los costes sociales suelen olvidarse. Los supuestos beneficios económicos del gas y el petróleo de lutitas han sido siempre notoriamente exagerados por la industria en todos los campos que explota. Pero al final la realidad de los datos se impone: aunque haya algo de impulso económico inicial, este ha demostrado ser de corta duración y es casi seguro que no cubre los costes de producción periféricos, tales como la degradación ambiental a largo plazo, los impactos en la calidad del aire, el agotamiento de los acuíferos, la contaminación potencial, la reparación de carreteras y los costes de salud, solo por citar unos pocos.

 

El Food & Water Watch de California presentó entre 2011 y 2013 los primeros informes sobre los efectos socioeconómicos y laborales a corto y largo plazo que podría provocar el fracking en las comunidades rurales de Pensilvania (Food & Water Watch, 201 la, 201 Ib, 2013). Aunque el fracking se ha expandido rápidamente por todo Estados Unidos, Pensilvania está en el epicentro del boom de las lutitas gracias a los 5000 pozos de gas perforados en ese Estado entre 2005 y 2011.

 

Lo que demuestran esos análisis es que la fractura hidráulica puede provocar ciclos acelerados de “expansión y recesión” en las economías



 

 

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locales, en detrimento de otras economías más sostenibles basadas en la agricultura, la ganadería y el turismo. Además, lo que ocurre en los pueblos afectados se parece mucho a lo que sucedía en los momentos álgidos de la fiebre del oro (véase el ejemplo de Pithole en el capítulo 6) o a los efectos que desata una compañía bananera sobre los pequeños núcleos rurales descritos por Gabriel García Márquez en La hojarasca.

 

Actualmente, como la tierra ya tiene propietarios, públicos o privados, el petróleo no atrae a personajes como los viejos buscadores que se acercaron a Pithole, pero los operadores, los medios y los políticos construyen alrededor de la explotación de las lutitas unas falsas expectativas de creación de empleo que acaban por frustrar a los ya de por sí desesperados trabajadores en paro y a los granjeros que han perdido sus tierras por la crisis de las hipotecas subprime.

 

Cuando se confirman los yacimientos de hidrocarburos, los técnicos, obreros especializados y agentes comerciales procedentes de otras partes del país inundan los pueblos pequeños, se instalan y sus demandas hacen subir los precios de casi todo, empezando por el precio de los alquileres y siguiendo por el de los alimentos. Luego empiezan los problemas para la policía y el desbordamiento de las capacidades de atención de la salud pública.

 

La afluencia de trabajadores transitorios desarraigados en el territorio (sus familias suelen permanecer en los Estados petroleros de procedencia, generalmente Texas u Oklahoma), con dinero abundante en el bolsillo y poco que hacer en sus horas libres, es una receta para los problemas de las pequeñas comunidades rurales, en las cuales los crímenes relacionados con el alcohol y las drogas, los accidentes de tráfico, las visitas a urgencias y las infecciones de trasmisión sexual aparecen por primera vez en las estadísticas oficiales.

 

Los clubs de alterne, con sus inevitables strippers, la prostitución y el trapicheo proliferan, y la paz y la tranquilidad desaparecen. Años más tarde, cuando los ciudadanos locales hayan gastado el dinero obtenido de los arrendamientos de perforación, los trabajadores comienzan a desaparecer. Los que estaban bien remunerados se marchan de la ciudad y la economía local se desinfla. Ya no habrá más operarios que los de mantenimiento de las instalaciones, mientras que continúa el trasiego de camiones y maquinaria pesada. De día y de noche, el zumbido de los compresores de agua y gas rompe el silencio y hace huir la vida silvestre. Nubes de polvo cubren caminos, casas, escuelas y graneros.



 

 

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Tanto en Pensilvania como en Nueva York, las empresas de perforación se están moviendo primero en los condados más pobres, pero no solo porque sea allí donde se concentren los recursos de las lutitas. Las zonas económicamente deprimidas suelen ser los primeros objetivos porque la gente es menos propensa a implicarse en el activismo anti-fracking. Las personas que necesitan desesperadamente dinero por el alquiler de sus parcelas o empleo temporal suelen estar dispuestas a despreciar los daños ambientales aunque afecten a su propia tierra y a sus hogares, y se puede contar con que se pondrán al lado de la industria cuando se produzcan conflictos dentro de la población provocados por la pérdida de calidad del aire o del agua.

 

En cambio, las personas que subsisten con ingresos fijos, o que no reciben ingresos por arrendamientos de perforación o puestos de trabajo como peones a destajo o vigilantes de seguridad, se ven obligadas a mudarse porque no pueden pagar los elevados alquileres ni soportar los desorbitados crecimientos de los precios de la cesta de la compra y los bienes de consumo.

 

Ese síndrome predecible caracteriza las operaciones de fracking más aún que las explotaciones convencionales porque las tasas de producción del gas y del petróleo de lutitas tienden a disminuir mucho más pronunciadamente, lo que hace aún más breve el auge y el desplome, y también porque el daño al medioambiente, la salud pública, la presión sobre las carreteras locales y la solidaridad comunitaria suelen ser mucho más graves.

 

La afluencia de trabajadores externos ejerce presión asimismo sobre las escuelas y los hospitales. Un artículo de Associated Press, del 25 de diciembre de 2012 (AP, 2012d) decía lo siguiente:

 

Las primeras pérdidas económicas en cinco años en un hospital del centro-norte de Pensilvania se deben a la afluencia de trabajadores del campo de gas natural que carecen de seguro médico, dijo el director general del hospital […]. Jersey Shore, presidente del hospital, y Carey Plummer, director general, dijeron a la Williamsport Sun-Gazette que muchos subcontratistas atraídos por la perforación de lutitas en Marcellus no cubren a los empleados.

 

Es poco probable que estos costes sean asumidos por la industria del petróleo y del gas debido al pobre rendimiento de los pozos y sus prisas por deshacerse de sus derechos de arrendamiento. Por el contrario, dado el



 

 

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carácter temporal de las perforaciones, las autoridades, que saben que aquello es flor de un día, consideran que no tiene mucho sentido ampliar las instalaciones públicas de forma permanente ni contratar más maestros o más personal sanitario.

 

Mientras tanto, la policía tiene que lidiar con el aumento de las tasas de delincuencia, la prostitución callejera, los conflictos de fin de semana y otros efectos sociales dañinos, incluidas las altas tasas de uso de metanfetaminas entre los componentes de los equipos de perforación (Heinberg, 2013), que se mueven de un sitio a otro del país sin echar raíces en ninguna parte como hojas que mueve el viento.

 

La industria del petróleo y del gas, los grupos académicos de sociólogos y economistas financiados por la industria y los think tanks afines promocionan el fracking como el bálsamo de Fierabrás que curará la enfermedad del paro: de creer lo que dicen sus informes, explotar las lutitas es una fuente inefable de creación de empleo seguro en los difíciles tiempos que corren. Veamos algún ejemplo.

 

Los analistas de Food & Water Watch examinaron detalladamente dos informes que promocionaban el potencial de creación de empleo del fracking en Nueva York y Pensilvania, y encontraron numerosas inexactitudes y errores metodológicos que distorsionaban escandalosamente los resultados en favor de la industria (Food & Water Watch, 2011b). Incluso después de corregir esos defectos sigue habiendo dudas sobre la validez de la utilización de los modelos de previsión económica utilizados para predecir los impactos económicos del incremento de la extensión de la explotación de gas de lutitas.

 

Los supuestos beneficios económicos de la explotación de gas de lutitas sirvieron como justificación principal para permitir el fracking en grandes partes del estado de Nueva York sometidas a una moratoria de explotación. El Instituto de Políticas Públicas del estado de Nueva York (PPINYS) afirmaba en un informe que desde 2011 hasta 2018 la apertura cada año de 500 nuevos pozos de gas de lutitas en cinco condados podría crear 62 620 nuevos puestos de trabajo en dicho Estado. Según ese informe, se crearían 125 empleos por cada pozo perforado y explotado.

 

De esos 62 620 puestos de trabajo, el informe afirmaba que 15 500 serían “empleos directos”, creados a partir de las inversiones directas de las empresas de gas de lutitas. En realidad, si se presta mayor atención al informe, solo una pequeña fracción de los puestos de trabajo directos estaría en la industria del gas; los demás serían empleos directos en diferentes



 

 

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industrias no localizadas de la zona que se beneficiarían de los gastos corrientes y de inversión de los operadores. Los 47 120 puestos de trabajo restantes serían “empleos indirectos” e “inducidos”, que se crearían como por ensalmo por los efectos económicos indirectos de la creación directa de empleo, es decir, a través de un efecto multiplicador.

 

Sin embargo, después de identificar y corregir los numerosos errores y fallos metodológicos que llevaron a esa proyección hiperoptimista, los analistas de Food & Water Watch encontraron que, utilizando los modelos de previsión económica usados en el informe del PPINYS, solo habría una oferta acumulada de 6656 puestos de trabajo en Nueva York en el año 2018, y eso después de haber perforado 500 nuevos pozos de gas de lutitas al año. Aun asumiendo esta corrección —lo que supone que se crearía poco más de la décima parte de los puestos de trabajo que decía el informe original del PPINYS—, el informe no decía nada sobre qué iba a pasar después de que los pozos cerraran en un plazo de entre 7 y 10 años, que es, en el mejor de los casos, la vida productiva media de un pozo de gas de lutitas.

 

Pasando de las hipótesis a la práctica, los analistas del Food & Water Watch analizaron los datos reales de creación de empleo en los condados de Pensilvania en los que se estaba realizando fracking desde 2007. En los condados colindantes con los neoyorquinos se habían creado dos puestos de trabajo por pozo en cinco años, es decir, 123 menos de los pronosticados por el informe del PPINYS (figura 37).



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 37. Diferencias en el número de empleos por pozo de fracking previstos y realmente creados.

 

 

El informe tampoco tiene en cuenta ninguno de los impactos negativos que el desarrollo del gas de lutitas podría tener en otros sectores económicos, como la agricultura, la ganadería y el turismo; además, obviamente, de los costes ambientales, sanitarios y de mantenimiento de las infraestructuras que tienen que costear los contribuyentes con sus impuestos.

 

El efecto del fracking sobre la economía local puede ilustrarse tomando como ejemplo el condado de Bradford, Pensilvania, un condado en recesión



 

 

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cuya economía estaba en declive después de que buena parte de los empleos dedicados a las manufacturas se hubieran deslocalizado a China. La llegada de Chesapeake Energy para explotar el gas de lutitas en el subsuelo del condado, situado dentro del campo Marcellus, dinamizó la economía e hizo que las autoridades, felices por haber disminuido la deuda del condado en 5 millones de dólares, rebajaran un 6 % los impuestos sobre bienes inmuebles. Exultante, el comisionado de Bradford proclamó que el fracking había cambiado por completo el panorama económico del condado (Heinberg, 2013).

 

Los estudios que analizaron tan brillante panorama llegaron a conclusiones más matizadas. Un informe del Centro Keystone de Pensilvania concluyó que

 

la lutita del Marcellus estaba haciendo una ligera contribución positiva al reciente crecimiento del empleo en Pensilvania y que los nuevos puestos de trabajo (que suelen ser temporales) estaban siendo contrarrestados por la pérdida de empleos en otras actividades preexistentes, como el turismo, la agricultura y la industria maderera estatal. (Herzenberg, 2011)

 

En el antes mencionado condado de Bradford, el Departamento de Protección Ambiental de Pensilvania registró 600 infracciones provocadas por el fracking cuyas consecuencias para los agricultores han sido graves porque incluían la contaminación del agua superficial y subterránea, la pérdida de valor de sus propiedades y las enfermedades del ganado. Muchos agricultores simplemente se han rendido frente a estos desafíos. Mientras tanto, los estudios sobre el empleo han descubierto que muchos de los nuevos puestos de trabajo son para trabajadores especializados de fuera del Estado, que llegan, perforan y vuelven a casa. Los puestos de trabajo para los habitantes locales generados por el fracking duran normalmente solo dos o tres años (Rogers, 2013b).

 

Todo esto es bastante previsible y no debería sorprender. Históricamente, las regiones que dependen de la extracción de recursos como un pilar económico obtienen un rendimiento muy inferior en comparación con otras regiones, sobre todo cuando se contempla a largo plazo. La riqueza se crea con mayor pujanza en los lugares que utilizan la energía y las materias primas para la fabricación y el comercio que en aquellos de los que se extraen los



 

 

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recursos. Por ejemplo, las áreas carboníferas de Virginia Occidental continúan siendo focos de pobreza a pesar de décadas de actividad minera. Los puestos de trabajo que se crean a largo plazo suelen estar mal remunerados y otras industrias, como las agropecuarias, resultan expulsadas por los daños ambientales resultantes (Heinberg, 2013).

 

Hasta donde yo sé, el Guinness de la fantasía a la hora de propagar los efectos miríficos de la explotación de lutitas sobre la economía y el empleo lo ostenta la USC Price School of Public Policy (Escuela de Políticas Públicas de la Universidad del Sur de California), la cual sostiene en un delirante informe (USC, 2013) que la explotación de petróleo de lutitas en la formación Monterey de California creará de aquí a 2020 más de 2,8 millones de empleos, amén de ingresar en las arcas públicas 24 600 millones de dólares al año e incrementar el PIB californiano en 14 puntos ¿Quién da más? El informe es otra buena prueba de que el papel lo aguanta todo, como un reciente informe de Hughes (2013c) se ha encargado de mostrar.

 

Pero no importa lo que digan las pruebas. La industria, los medios, los expertos pagados por la industria y los gobiernos siguen repitiendo la misma cantinela: el fracking crea empleos por cientos de miles, cuando no por millones. BNK España, una empresa que está explorando los recursos de lutitas en la provincia de Burgos, reparte por los pueblos un bonito folleto en el que una guapa petrolera vestida con mono y tocada con un casco amarillo se pregunta retóricamente:

 

¿Van a contratar a gente de la zona? ¿Cuáles son las ventajas para mi municipio?

 

La respuesta, calcada de la que cualquier vecino de Pensilvania o Nueva York puede leer en Estados Unidos, es la siguiente:

 

Durante la etapa de exploración, la actual BNK España espera generar entre 50 y 150 puestos de trabajo directos e indirectos por cada uno de los pozos. La inversión inicial es de hasta 250 millones de euros, que generarán beneficios para los municipios por el arrendamiento de terrenos, el pago de tasas y la contratación de proveedores en la zona (empresas de trasporte, de construcción, materiales, hoteles, restaurantes, etcétera). Si finalizada la etapa de exploración pasáramos a la fase de producción —que necesita de un nuevo permiso y un nuevo



 

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proyecto—, entonces los beneficios crecerían exponencialmente y se crearían miles de puestos de trabajo e inversiones de miles de millones de euros.

 

Nótese que el folleto está tan literalmente copiado de los publicados en Estados Unidos que usa la palabra “arrendamiento”, inusual para un español, que usaría siempre el vocablo “alquiler”.

 

Tampoco se quedan atrás algunos lobbies vestidos con la piel de un cordero verde. El Spain Green Building Council (Consejo de Construcción Verde de España), una organización privada cuya altruista y desinteresada misión es “conseguir que el medio construido sea sostenible dentro de una generación”, y cuyos miembros son empresas, constructoras, consultores, fabricantes de productos, colegios profesionales y otras organizaciones “sin ánimo de lucro” (en su web spaingbc.org podrá leer una serie de documentos copiados literalmente de otros editados en Estados Unidos, que ponen de manifiesto que los “constructores verdes” se han convertido en una sucursal del lobby del fracking estadounidense) se despachó el pasado 31 de marzo con un alucinante comunicado que recogía todos los tópicos utilizados por la propaganda de los operadores estadounidenses de fracking. En él, además de repetir la frase de Barack Obama (Obama, 2012) ahora aplicada a España (“en España podemos tener unas reservas que nos abastezcan durante los próximos 100 años de una energía abundante y barata”), se decía sobre el empleo que,

 

debido al fracking y la perforación direccional, en los cuatro años 2008-2011 Estados Unidos ha incrementado su producción de petróleo y gas natural el 14  % y el 10  % respectivamente, creándose en el mismo período más de 600 000 empleos directos y más de 1 800 000 indirectos.

 

Lo afirmaban así sin citar el origen de estos datos y afirmando por las buenas que, gracias a la creación de empleo, “el fracking puede ser una muy buena forma de hacer salir a España de la crisis”.

 

Tampoco se recataban en multiplicar los puestos de trabajo algunos analistas y creadores de opinión, que repiten las cifras de la propaganda de la industria (Lacalle, 2013):

 

En Estados Unidos se han creado 76 000 millones de PIB y 600 000 puestos de trabajo. En Europa se estiman reservas



 

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suficientes para cubrir 90 años de demanda. En España, casi 40 años. Por supuesto, esa cifra aumenta con las mejoras de productividad, como hemos visto en Estados Unidos. Inversiones de decenas de miles de millones que no necesitan primas, subvenciones ni historias.

 

Como otros muchos apologistas que sería tedioso citar, el bloguero Lacalle y el ministro de Industria José Manuel Soria han bebido en las mismas fuentes. En su comparecencia ante el Congreso en junio de 2013, este ministro decía lo siguiente:

 

La contribución de la explotación del gas no convencional al PIB americano en 2010 fue de 76 000 millones de dólares, que podrían incrementarse a 118 000 millones en 2015 y a 231 000 millones en 2035. En 2010, la industria asociada al shale gas generaba 600 000 puestos de trabajo, 148 000 directos, 194 000 indirectos y 259 000 inducidos. Las proyecciones apuntan a que en 2035 la cifra total será de 1,6 millones, de los cuales 360 000 serán empleos directos.

 

Quizá alguien advirtió al ministro Soria que hacer trampas con las cifras tenía un límite. En su comparecencia ante el Senado el 19 de mayo anterior, tras afirmar que “la única amenaza del fracking es no seguir la senda de Estados Unidos”, el ministro Soria afirmaba que “la técnica de fracking para extraer gas no convencional ha creado cinco millones de empleos en Estados Unidos”.

 

¡Cinco millones, ni más ni menos! ¿De dónde habrá sacado el señor ministro esos datos?

 

Al ministro Soria se une también un excelente divulgador de los temas de energía, el catedrático de Recursos Energéticos de la Universidad de Barcelona, Mariano Marzo, para quien

 

no cabe duda de que el repunte de la producción de petróleo y gas en Estados Unidos mediante el uso de la fracturación hidráulica está impulsando la actividad económica del país, creando una nueva industria, generando puestos de trabajo y abaratando los precios del gas y de la electricidad. Un factor este último que, además de un alivio para la economía



 

 

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doméstica, supone un importante atractivo para la implantación de nuevas industrias y una mejora de la competitividad de las ya existentes. (Marzo, 2013)

 

¿Alivio para las economías domésticas? ¿Mejora de la competitividad? Uno, habitual seguidor de los artículos del profesor Marzo, discrepa porque las cosas no parecen ir por ahí. Tal como se ha demostrado, todos los posibles indicadores muestran que la producción del gas de lutitas en Europa, aun si fuese económicamente viable, sería extremadamente costoso y su desarrollo sería muy lento. No se espera que el gas de lutitas europeo pueda llegar a tener un efecto tangible en los precios de gas doméstico o para empresas (Grantham Institute, 2013). Incluso en Estados Unidos, donde los precios al contado cayeron un 70 %, eso solo se ha traducido en un 10 % de reducción del precio del gas para viviendas (Plumer, 2013).

 

Dejemos de lado que el precio del gas de lutitas en Estados Unidos es fruto de una burbuja que no tardará en estallar, y obviemos también que, de ser ciertos los “sensacionales” (para Lacalle) 76 000 millones, serían una cifra ridícula (0,5  %) comparada con los más de 15 billones de dólares del PIB estadounidense de 2012 y, de aplicarla al PIB español, representaría un incremento del PIB de 5000 millones de euros. Vayamos a los datos reales, que son muy diferentes a los proclamados por el lobby petrolero y de gas American Petroleum Institute (API, 2011) de donde proceden, con las desviaciones propias del “boca a boca”, los párrafos que acabo de citar.

 

El impacto positivo en el crecimiento económico, tal como proclama el API, parece ser mucho más bajo en la realidad: la industria entera ha contribuido solamente en un 0,6 % en el crecimiento económico desde 2009. El analista de Capital Economics Paul Dales afirmaba que

 

el auge del petróleo y el gas ha proporcionado solo un impulso económico modesto a la economía de Estados Unidos en los últimos años: desde junio de 2009 el volumen de extracción de petróleo y gas convencional y no convencional ha aumentado en un 24  %. Durante el mismo período, la producción de maquinaria para la minería ha aumentado en un 47  %, y la producción de servicios de apoyo a la minería, que incluye la perforación de petróleo y gas, ha subido un 58 % […]. Pero ese aumento explica solo una pequeña parte de la recuperación



 

 

 

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económica estadounidense. Es cierto que es responsable de una quinta parte del aumento del 18,3 % en la producción industrial total. Dado que la cuenta de los sectores relacionados con el petróleo y el gas solo representan el 2,5 % del PIB, la industria del petróleo y el gas han contribuido en solo 0,6 puntos porcentuales a la subida del 7,6  % del PIB estadounidense (Plumer, 2013).

 

Esto explica también los hallazgos de un estudio que demuestra que el boom del gas de lutitas no ha hecho más competitivas las industrias norteamericanas. El estudio realizado por el Servicio de Estudios del Banco alemán KFW compara la competitividad de los sectores industriales alemán y estadounidense en los últimos 10 años, exactamente en el momento en que despegó el boom del gas de lutitas, y no encuentra ninguna ventaja competitiva provocada por los bajos precios de la energía para el sector de la manufactura estadounidense. Los autores explican este hecho por la insignificante contribución de los precios de la energía en los costes globales de la industria (2 %) y argumentan que, incluso a largo plazo, el fracking no aportará ventajas competitivas a la economía norteamericana. Por el contrario, el estudio indica que los precios energéticos bajos reducen los incentivos para la eficiencia energética en el sector industrial, poniendo en peligro su competitividad a largo plazo (Rehbock y Kolbe, 2013).

 

Y ahora vayamos al asunto del empleo, donde la realidad también se impone. Aunque los impulsores de la industria petrolera y gasística, como Daniel Yergin, citan a menudo los empleos como uno de los principales beneficios del fracking para el conjunto de Estados Unidos, la creación de empleo real se ha sobredimensionado. Los estudios financiados por la industria incluyen a veces profesiones como strippers y prostitutas en los totales de nuevos puestos de trabajo creados (Rogers, 2013b). Los empleos reales de toda la industria del petróleo y el gas en Estados Unidos representan menos de una vigésima parte del 1 % del total del mercado laboral de Estados Unidos desde 2003, según la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos, y cuando esos puestos de trabajo están relacionados con el fracking desaparecen rápidamente en cuanto se terminan las perforaciones y la producción disminuye (Heinberg, 2013).

 

Como el presidente Rajoy en España y el primer ministro Cameron en Gran Bretaña, el gobernador Andrew Cuomo está decidido a impulsar la



 

 

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perforación generalizada del fracking de gas de lutitas en Nueva York. Para hacerlo, la Administración del Estado está preparando una normativa reglamentaria fundada en un estudio de impacto ambiental que incluye un análisis del impacto socioeconómico a escala estatal, con proyecciones de empleo y de ingresos para varios escenarios de desarrollo de gas de lutitas. El análisis detallado del impacto socioeconómico previsto en ese estudio pone de manifiesto que tiene más de ficción que de realidad.

 

Las previsiones gubernamentales llegan a la conclusión de que un escenario de desarrollo “medio” del gas de lutitas crearía 53 969 nuevos puestos de trabajo, pero solo en la letra pequeña de una nota a pie de página perdida entre una maraña de datos puede leerse que esta proyección es a 30 años. Por otra parte, el análisis de Food & Water Watch encontró que:

 

1.    Muchos de esos hipotéticos puestos de trabajo serían ocupados por trabajadores de fuera del Estado o trabajadores con experiencia en la industria del gas de lutitas que se trasladarían a Nueva York de forma permanente mientras durara la explotación de los pozos.

 

2.   En ese escenario “medio”, los analistas del gobernador Cuomo asumen un rápido ritmo de perforación y fracking que se traduciría en la perforación de más de 20 000 pozos en tan solo tres condados del Estado.

 

3.   El análisis no tiene en cuenta los impactos negativos que el fracking tendría sobre el empleo en otros sectores, como el turismo y la agricultura.

 

4.   Los analistas gubernamentales dan por supuesto que los pozos producirán durante 30 años, lo que no se ajusta en absoluto a la experiencia contrastada.

 

5.   Los mismos técnicos gubernamentales aplican erróneamente un multiplicador económico para calcular el efecto creador de empleo de la industria del gas.

 

Los análisis de Food & Water Watch estiman que en el primer año del escenario de desarrollo “medio” del gas de lutitas, los actuales residentes de Nueva York podrían esperar solamente 195 nuevos puestos de trabajo de la industria del petróleo y gas. El crecimiento del número de empleos para residentes locales continuaría hasta los 600 puestos de trabajo en el décimo año de desarrollo, y después de ese año no habría ni un solo puesto de trabajo



 

 

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más para los residentes en el Estado. Es decir, se perforarían 20 000 pozos para crear como máximo 600 puestos de trabajo, que se perderían tan pronto como los pozos dejaran de producir en un horizonte inferior a una década.

 

Para ponerlo en perspectiva, según la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos, en agosto de 2011 había 755 892 neoyorquinos desempleados y, por tanto, el impacto de los 195 nuevos empleos creados por e l fracking sería alrededor de la cuadragésima parte del 1  % (es decir, 0,026  %). Tales beneficios económicos en términos de empleo no justifican los gastos públicos a corto y largo plazo que acompañarían a la perforación y fracturamiento hidráulico del gas de lutitas. Al estado de Nueva York le resultaría infinitamente más barato colocar esos desempleados en otros puestos laborales de la Administración estatal.

 

Todas las regiones de Estados Unidos donde hay explotaciones de lutitas encierran la misma historia. El desarrollo económico no se alcanza jamás. Por el contrario, la degradación ambiental y los costes colaterales que deben sufragar los contribuyentes son tan reales como la vida misma.

 

La burbuja que viene

 

Con la irrupción de las lutitas, el panorama energético mundial parecía haber cambiado. Y como todo el mundo tenía piedras en las que hurgar, quien más y quien menos se puso manos a la obra con el nuevo “Plan Marshall”, que ahora era el “Plan Fracking”. España, cuya factura energética* en términos de importación anual de combustibles fósiles representa unos cuatro puntos del PIB, no podía ser menos. Inmersa en una crisis general y en una interminable crisis del carbón, con los ingenieros de minas cruzados de brazos y el desempleo como principal preocupación nacional, el país inició un camino hacia ninguna parte similar al que en la década de 1940 había emprendido el INI a instancias de un ingeniero llamado Carlos E. Montañés (Montañés, 1939), y había continuado, también desde las decadentes cuencas mineras asturianas, el profesor Pertierra, como hemos visto en el capítulo 4.

 

Sin tener en cuenta las condiciones geológicas más complejas, la mayor densidad de población y la falta de experiencia e infraestructura para la perforación que se concitan en el caso europeo, los partidarios en Europa del gas de lutitas proclamaron el boom estadounidense como el comienzo de una historia fantástica que había que repetir en el Viejo Continente. Si se dejaba



 

 

 

 

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desembarcar a la industria americana con sus lutitas y su fracking bajo el brazo, el de Normandía sería un episodio menor en la historia europea.

 

Sin que nadie se molestara en comprobarlo, lo de la independencia energética y los 100 años de gas, convertidos ya en una letanía que repetían directivos, ejecutivos, propagandistas, publicistas, periodistas y políticos, cruzó el charco y apareció entre nosotros y los medios comenzaron a suministrar “información”. Selecciono a continuación algunas perlas recientes tomadas de artículos de prensa; he elegido unas cuantas, pero cualquiera que se moleste podrá encontrar una sarta de perlas semejantes, que repiten incansablemente los mismos argumentos y las mismas o parecidas cifras.

 

El 27 de marzo de 2013, Pedro Antonio Merino García, director de Estudios y de Análisis del Entorno de Repsol, publicó un artículo titulado “La revolución del fracking” donde hacía una apología del fracking y no ahorraba los términos elogiosos que cualquiera puede leer en la propaganda de Halliburton, Chesapeake Energy o cualquier otra compañía petrolera:

 

La futura producción de gas y petróleo no convencionales podría permitir a Estados Unidos ser en 13 años energéticamente independiente […]. A partir de 2025 Estados Unidos podría no necesitar importar petróleo […], estamos ante toda una revolución energética de consecuencias no solo económicas, sino también geoestratégicas […]. El cambio ha sido posible por una revolución tecnológica comúnmente conocida como fracking.

 

A lo largo de este libro, y en particular en el capítulo 5, creo haber ofrecido suficientes argumentos y datos como para desmentir estas afirmaciones. A continuación, Merino García se metía en cuestiones de alta política internacional que le venían al pelo para seguir agitando la carraca:

 

La revolución en marcha tiene repercusiones geopolíticas relevantes. Indudablemente supone que EE. UU. disminuye su dependencia estratégica de Oriente Próximo, si bien durante muchos años estará sometido al precio internacional. Lo que es necesario destacar es que China y Europa en su conjunto serán los que dependerán estratégicamente del suministro del norte de África y de Oriente Próximo.



 

 

 

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O, lo que es lo mismo, Estados Unidos iba a desligarse de los problemas energéticos y de sus ataduras con los árabes para dejarle el muerto a los europeos y los chinos. Esta es la opinión de Merino García, cuya compañía se gasta un capital anunciándose en ese periódico y que utiliza sus páginas para escribir la clase de artículos que alguien espera de Repsol, que hace años unió su suerte a los majors petrolíferos estadounidenses.

 

Veamos ahora la opinión de quien la Asociación Española de Exploradores y Productores de Hidrocarburos (ACIEP) piensa que “es una de las voces más autorizadas para hablar sobre la exploración de gas pizarra o shale gas en España”, que no es otro que Luis Serrano, un licenciado en Derecho, director general de la multinacional química belga Solvay para España y Portugal y presidente de la Federación Empresarial de la Industria Química Española (FEIQUE); el máximo representante de un sector compuesto por más de 3300 empresas que generan el 11  % del PIB y dan empleo a más de 500 000 personas. Una opinión cualificada la suya, sin duda.

 

Cuando Luis Serrano era entrevistado por un reportero anónimo para el noticiero de dicha asociación (Aciep, 2013b), recibía una pregunta sospechosamente certera viniendo de donde venía:

 

¿Qué beneficios puede aportar la industria del gas pizarra a nuestro país? ¿Es cierto que puede generar empleo a la vez que influir en los costes económicos de la energía?

 

La verdad es que, cuando esperaba quedar abrumado por los datos de un más que cualificado representante de la patronal química, uno se queda estupefacto al comprobar que el señor Serrano habla de oídas, pero se ajusta al guión:

 

Sobre la cuestión de si crea empleo esta actividad, evidentemente sí. El shale gas es muy importante porque ya es una realidad en Estados Unidos. Hablan de una creación de empleo de más de 600 000 puestos de trabajo en Estados Unidos por esta industria en los últimos años. Hablan de un abaratamiento de los costes energéticos, hablan de un abaratamiento enorme de las materias primas que se derivan del gas. En España sería el mismo proceso, es decir, generaríamos empleo, abarataríamos el coste de la energía y generaríamos materias primas a un coste muy competitivo.



 

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Una ventaja añadida a lo que hemos dicho sería el apoyo que daríamos para la recreación del tejido industrial. En España ha habido mucho tejido industrial, pero ha bajado el peso relativo de la industria. Estamos hablando de un factor, el shale gas, que podría ayudar a desarrollar la industria en España. Esto es necesario, los países que están saliendo antes de la crisis son los que tienen una mayor plataforma industrial, y lo que tenemos que hacer es desarrollar la industria a partir de lo que tenemos, y de lo que puede venir. El shale gas ayudaría, sin duda, a mejorar la infraestructura industrial y a crear nuevas actividades.

 

Esto sería muy importante, por primera vez tendríamos una materia prima energética y un gas disponible en España que hasta ahora no teníamos, y lo que estamos necesitando son buenas noticias.

 

Antes de despedirse de su entrevistador, el señor Serrano nos arenga: “El shale gas es un tren que llevaría al progreso, al desarrollo de España. Lo necesitamos. No deberíamos perder este tren”.

 

De otras voces más independientes se esperan otros argumentos, por ejemplo los fundamentados en las relaciones internacionales, especialidad del señor Solana, antiguo mister PESC, es decir, alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. No pongo en duda que el señor Solana tenga en la cabeza la geopolítica internacional, pero espero que las fuentes de sus análisis geoestratégicos sean más originales que los que expuso en un recientísimo artículo titulado —cómo no— “La revolución de la energía” (Solana, 2013):

 

El siglo XXI será global y se definirá por la interdependencia económica. Por ello, la revolución de los hidrocarburos no convencionales —que ha provocado un auténtico terremoto— tendrá consecuencias a escala mundial. Ya se empiezan, de hecho, a sentir. Con la explotación del fracking, y en solo cinco años, la producción estadounidense de petróleo ha crecido un 30 %; y la de gas, un 25 %. El año pasado, el gas de esquisto representó el 34  % de toda la producción de gas en Estados Unidos. La Administración de Información Energética



 

 

 

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americana (EIA, en sus siglas en inglés) prevé que represente la mitad del total de gas en 2040.

 

Estados Unidos va camino de la autosuficiencia energética y está ya sacando partido de los beneficios económicos que ello conlleva. La explotación del gas y petróleo no convencional generó 2,1 millones de puestos de trabajo y 74 000 millones de dólares para las arcas del Estado en 2012 […].

 

La revolución de los hidrocarburos no convencionales, que empezó en

 

EE.  UU, está provocando grandes cambios en todo el mundo. Incorporar el gas de esquisto al mix energético mundial podría suponer un puente hacia un futuro bajo en carbono.

 

Son los mismos argumentos cebados con los datos por el lobby petrolero y gasístico estadounidense API, de los que me ocupé más atrás, y a ellos me remito en lo fundamental. El lector puede tomarse la molestia de repasar los datos de productividad de los pozos de gas y petróleo de lutitas que ofrecí en las tablas 1 a 4 (págs. 203, 208, 215 y 220) y comprobar que los porcentajes que menciona Solana no se ajustan a la realidad y, si lo fueran, no se mantendrán a corto y medio plazo. Con datos en la mano vemos que eso de la “autosuficiencia energética” tiene mucho de camelo.

 

Que el gas de lutitas podría jugar un papel importante en la modificación del mapa geopolítico mundial es una idea que se viene escuchando desde que las lutitas se pusieron de moda. En una especie de recreación energética de la Guerra Fría, Rusia y Oriente Medio perderían poder, que pasaría a manos de Estados Unidos, China y otros países con grandes reservas. Realmente tal cambio está por verse, dado que se desconoce cuáles son las reservas reales de gas. En cualquier caso, con las reservas probadas en la mano y los espectaculares datos de declive de los pozos de lutitas, el boom estadounidense es una burbuja que ya ha sobrepasado su ecuador.

 

Solana se ocupa también del asunto de los precios del gas en Estados Unidos y hace una trasposición automática al caso europeo. No es el único. Por ejemplo, Ángel Cámara (2013b) afirma lo siguiente:

 

Tomando como ejemplo Estados Unidos, nos encontraríamos con dos indicadores económicos importantes: el gas no convencional ha modificado radicalmente la política de

 

abastecimiento,        presentando         un             horizonte            de



 

 

 

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autoabastecimiento a corto plazo y su precio ha pasado de ser prácticamente equivalente al de Europa en 2007 a casi estar dividido por tres en la actualidad (4 U$/KMbtu en Estados Unidos frente a algo más de 10 en Europa). A estos claros beneficios sociales y económicos se antepone la alta contestación social que ve con preocupación la posible incidencia ambiental que la técnica del fracking puede representar.

 

Autoabastecimiento y precios otra vez: el mensaje de la API. Los articulistas no entran a valorar si los precios del gas de lutitas, en relación con el coste de extracción (mayores si han de implementarse las medidas de seguridad ambiental reclamadas en Europa) y de trasporte, van a resultar competitivos, lo que parece muy difícil si a los costes de extracción se le suman los de trasformar el gas en líquido para poder trasportarlo o, en su defecto, los de levantar nuevas infraestructuras y gasoductos. Como ha señalado un trabajo de investigación del Grantham Institute (2013), todos los indicadores señalan que el fenómeno de la caída de los precios del gas estadounidense será irrepetible en Europa.

 

La importación de bienes energéticos equivale al 3,2 % del PIB de la UE, más de cuatro veces el total del déficit comercial. Hogares e industrias se ven lastrados por una factura energética dependiente, sobre todo, de los precios de los combustibles fósiles. Un coste que no ayuda en absoluto a resolver los problemas de déficit ni a generar crecimiento. Pero sería un gran error pensar que este puede ser el gran vector de cambio energético en Europa. Las prospecciones iniciales señalan que la geología es distinta, encareciendo el producto. La propiedad del suelo y la densidad demográfica también difieren, haciendo la aceptabilidad social más difícil. Los retos energéticos europeos no serán resueltos gracias a este combustible, incluso aunque pueda ayudar potencialmente a países como Polonia, altamente dependiente del carbón y del gas ruso. Las estimaciones más optimistas indican que el potencial doméstico podría llegar a cubrir entre el 6 % y el 10 % de la demanda de gas (Tubiana et al., 2014).

Sobre los efectos miríficos de las lutitas en la competitividad empresarial, y del fracking en la creación de empleo, el PIB estadounidense y los costes en infraestructuras me he ocupado en el apartado anterior. La imagen del terremoto dada por Solana es poco afortunada, habida cuenta de los seísmos



 

 

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inducidos por el fracking y otras actividades similares (véanse las “Notas finales” y Peinado, 2014); y acerca de los “beneficiosos” efectos de quemar gas natural como “puente hacia un futuro bajo en carbono”, remito a las notas finales Gas verde y Potencial de calentamiento global. En términos generales, lo dicho por Solana parece un extracto de los fantasiosos relatos de Maugeri, McClendon, Yergin y “Chuletón” Pickens agitados en la coctelera del API.

 

Por lo demás, el análisis de Solana (cuestiones geopolíticas aparte) es el perfecto ejemplo del economicismo como remedio único para afrontar el problema energético, olvidándose del verdadero problema, que no es económico sino energético. El señor Solana, catedrático de Física en su juventud, haría bien en estudiar más a fondo las cuestiones relacionadas con la TRE, con la tasa de suministro, con desafiar los principios de la termodinámica y con las consecuencias que para todos, incluidos los economistas, tendrá seguir expulsando a la atmósfera gases de efecto invernadero.

 

Acudamos ahora al oráculo académico y veremos que, con algunos matices, los discursos de Maugeri, McClendon y Yergin, revueltos en el almirez del API, no han caído en saco roto. En un artículo titulado “El fracking y el trilema energético” (Marzo, 2013), el articulista, después de amonestar desde el primer párrafo a los disidentes a los que no les gusta el fracking, afirma lo siguiente:

 

La técnica de la fractura hidráulica ha suscitado una viva polémica que, desde una perspectiva desapasionada y estrictamente científica, revela mucha más opinión y convicción que conocimiento y espíritu crítico. Algo que no resulta sorprendente en una sociedad que vive inmersa en un proceso acelerado de trivialización y simplificación de los temas complejos, como es el caso de la sostenibilidad energética.

 

Por amonestados nos damos y, deseosos de escudriñar en los temas complejos que escapan a nuestro discernimiento, seguimos leyendo para conocer los elaborados y nada triviales argumentos científicos del profesor Marzo. Pero hete aquí que no hay argumentos, sino más madera propagandista y un cuarto a espadas a favor del fracking:

 

El repunte de la producción de petróleo y gas en Estados Unidos, impulsado por la tecnología de la fracturación



 

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hidráulica, está en vías de redibujar el mapa energético global

 

[…].      La Agencia [la AIE] prevé que Estados Unidos se convierta hacia 2020 en el mayor productor mundial de petróleo, desplazando temporalmente, hasta mediados de la década de los veinte, a Arabia Saudí. Esto, unido a los efectos de las nuevas medidas de eficiencia energética previstas para el sector del trasporte, comportaría una caída continuada de las importaciones de petróleo, hasta el punto que hacia 2030 Norteamérica se habría convertido en una región exportadora neta de este hidrocarburo.

 

Con datos en la mano argumenté en el capítulo 4 que el misterioso desplazamiento que ha de encumbrar a Estados Unidos por encima de Arabia Saudí no resiste un análisis medianamente serio, sobre todo si tenemos en cuenta que el tan cacareado boom del petróleo de lutitas no impide que Estados Unidos sea el segundo país importador de petróleo del mundo, después de China. Y por si no había quedado claro con el petróleo, que según el articulista convertirá a Estados Unidos en exportador, una misión imposible que cualquiera provisto de un ábaco podría desmontar, ahora viene la apoteosis del gas natural obtenido de las lutitas vía fracking. Resulta que

 

hasta la fecha se han perforado un millón largo de pozos en Estados Unidos utilizando dicha técnica.

 

Una cifra que no se sostiene en nada, porque quienes están analizando los pozos en base a los censos oficiales y con más rigor los reducían en 2012 a 14 871 en el caso del gas de lutitas (Hughes, 2013a) y a algo más de 60 000 para el conjunto de petróleo y gas (Heinberg, 2013; USGS, 2012). Pero prosigamos:

 

Gracias a la técnica del fracking, Estados Unidos será pronto autosuficiente en petróleo y gas. Las previsiones de la AIE son que en el año 2035 algo más de la mitad de la producción de gas en Estados Unidos se obtenga mediante la aplicación de técnicas de fracturación hidráulica. Esto haría que el país, que en 2010 importaba cerca de un 10  % de su consumo, pudiera transformarse a medio plazo en un exportador neto.



 

 

 

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Yergin no lo hubiera explicado mejor. Nos queda perfectamente claro. Solana lo tenía también muy claro. Tan claro como lo tenían en Polonia, un país dependiente de los suministros energéticos rusos, que se convirtió en el principal adalid europeo del fracking. Las autoridades polacas estaban entusiasmadas por las grandes expectativas generadas respecto a sus reservas de gas: 5,3 billones de m3 según la US EIA (2011b), que podrían llevar a Polonia a la independencia del gas ruso y a transformarse en país exportador. El consenso político era amplio y, aparentemente, la opinión pública mayoritaria parecía estar en la misma onda, siempre que no se pidiera la de los habitantes de las zonas afectadas. Fuera de sus fronteras se señalaba a Polonia como el país europeo más prometedor y el referente a tener en cuenta, lo que lo convirtió en el campo experimental del Viejo Continente.

 

La primera concesión para la exploración de gas no convencional se otorgó en 2008. En 2010, el Gobierno polaco firmó un acuerdo con Washington y se sumó a la Global Shale Gas Initiative, un proyecto auspiciado por Estados Unidos. Entre 2010 y 2012 se otorgaron más de 100 licencias de investigación, que cubren la mayor parte de las zonas potencialmente ricas en gas. Gran número de empresas norteamericanas se hicieron con estos permisos, entre ellas Chevron, Exxon Mobil, ConocoPhillips o BNK Petroleum, y también las empresas polacas Orlen, Petrolinvest, Lotos y PGNiG.

 

Entre tanto, comenzaron a llegar malas noticias. La cifra inicial de 5,3 billones de m3 que la EIA norteamericana había previsto bajo suelo polaco tuvo que ser rebajada a la décima parte después de la publicación de nuevos cálculos del Instituto Geológico Polaco y del Servicio Geológico de los Estados Unidos (National Gas Europe, 2013). Tampoco ayudó a poner a favor a la opinión pública, cada vez más escamada, el descubrimiento en enero de 2012 de una trama de corrupción que llevó a la detención de siete personas, acusadas de ofrecer o aceptar sobornos en relación con la concesión de licencias para la investigación de lutitas en suelo polaco. Entre los acusados estaban el jefe del Departamento de Geología del Ministerio de Medioambiente de Polonia, funcionarios y directores de empresas vinculadas a Petrolinvest (The Economist, 2012).

 

Lo peor estaba por venir. Después de haber sacado su tajada en acciones y venta y alquiler de maquinaria, Exxon Mobil, Talisman Energy y Marathón Oil anunciaron que se retiraban de Polonia invocando como causas reales lo que muchos expertos independientes habían previsto: las modestas



 

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dimensiones de la reserva, las dificultades geológicas, las decepcionantes exploraciones y la escasez de infraestructuras. Otras compañías, incluidas la polaca PGNiG y el gigante estadounidense ConocoPhillips, decidieron también abandonar algunas regiones a causa de las difíciles condiciones geológicas (Flues et al., 2013a). Algunos accionistas de empresas como PGNiG, también de control estatal, se han quejado de que el Gobierno polaco parece haber antepuesto “el deseo político a la comprensión del negocio” (BBC, 2013).

 

Donde pone “deseo político” añada lo que mejor le cuadre y tendrá completo el panorama. En un intento por cortar la sangría de compañías extranjeras que habían abandonado, el Gobierno polaco decidió en 2013 tirar por la calle de en medio y modificar a las bravas su legislación ambiental. Desde el 1 de enero de 2014 los pozos exploratorios de menos de 5000 metros de profundidad ya no requieren de evaluación de impacto ambiental (EIA). Es decir, carta blanca para todos los pozos de fracking.

 

En Hungría, las perforaciones exploratorias han dado unos resultados tan malos que varias grandes empresas han decidido detener sus actividades por completo. ExxonMobil paró las perforaciones de prueba en 2010 después de que los resultados no indicaran la existencia de reservas sustanciales. Un intento conjunto entre MOL (parcialmente estatal) y Falcon Oil & Gas fue interrumpido porque los resultados de las perforaciones estaban “por debajo de las expectativas” (Flues et al., 2013a).

 

En España, donde la industria había pronosticado cifras tan infladas como en Polonia o Hungría, suena la misma música, a pesar de que el Gobierno de Estados Unidos calcula que el volumen de gas no convencional en el subsuelo español apenas equivale a una octava parte de las cantidades ofrecidas por la industria exploradora nacional, al tiempo que solo encuentra potencial en los recursos de la cuenca vasco-cantábrica, y no en las ocho cuencas identificadas alegremente por alguna consultora contratada por las empresas.

 

Según un informe sobre reservas de gas de lutitas en el mundo (ARI, 2013), la Agencia de Información Energética de Estados Unidos concluyó que en España hay, como mucho, ocho Bpc de reservas técnicamente recuperables de gas no convencional, lo que equivale a 226 KMmc. Todavía parece mucho, pero ese volumen es la octava parte de los 1976 KMmc de gas de lutitas recuperables anunciados en marzo por Aciep, asociación que anunció, basándose en un informe de la consultora Gessal, que España podría ser una



 

 

 

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“Dakota del Norte” (IAGUA, 2013), comparación que no resiste el más mínimo análisis, como argumentaré más adelante.

 

Cuando el informe de ARI salió a la luz pública, Enrique Hernández, director de Gessal, salió al paso para descalificarlo. Gracias a las declaraciones del señor Hernández pudimos conocer lo de siempre: que Gessal había utilizado estimaciones de los recursos como método de evaluación (Europa Press, 2013):

 

De hecho, Hernández destaca un “error” en el trabajo para el Gobierno americano, consistente en hablar de reservas, cuando para que existan reservas es necesario haber realizado anteriormente prospecciones, lo que en España no se ha hecho todavía porque “no existe ningún sondeo”. Este error metodológico, señala, puede ser fruto de un fallo de traducción por parte de ARI al manejar la información publicada en España y contrasta con la metodología del informe para la asociación española de exploradores y productores, Aciep, “más fiable en todos los sentidos”. El trabajo de Aciep no parte de reservas sino de los recursos prospectivos.

 

Lo de siempre: la confusión inconsciente (siendo benévolos) o deliberada (siendo malévolos, ¡Dios nos libre!) entre reservas y recursos de la que me ocupé en el capítulo 3. Sea como fuera, los 1976 KMmc de recursos de gas de lutitas (putativos, por supuesto, dado que el señor Hernández reconoce que no hay sondeos) subieron a los altares de los interesados, quienes se pusieron rápidamente a echar las cuentas de la lechera. Puesto que en España había 1976 KMmc de gas de lutitas (milagrosamente convertidos en reservas), y nuestro país consume cada año 34 KMmc, teníamos gas para 70 años. Bueno, para 70, no, ¡para más, al menos para tantos años como Estados Unidos! (Spain Green Building Council, 2013):

 

En España, al igual que en EE. UU., tenemos reservas de gas natural de esquistos (fracking) para los próximos 100 años y más. Energía abundante, barata y medioambientalmente beneficiosa que nos dará autoabastecimiento y la independencia energética. Incrementará la productividad de la industria y los servicios de la nación, incrementará el empleo y hará nacer una nueva industria y muchos desarrollos de todo tipo.



 

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Algunos fueron algo más prudentes en las cifras, pero igualmente atrevidos a la hora de formular hipótesis sin base alguna. Haciéndose eco de un informe presentado por el Consejo Superior de Colegios de Ingenieros de Minas (Cámara y Pendás, 2013), que abogaba a favor del fracking, la redactora de Medioambiente de El País afirmaba (Viúdez, 2013) lo siguiente:

 

España tiene recursos de gas no convencional para 39 años de consumo, pero esa energía solo se puede obtener mediante el fracking, técnica que consiste en realizar fracturas entre 2000 y 6000 metros de profundidad inyectando en la roca agua a alta presión y un pequeño porcentaje de arena y otros fluidos. El Consejo Superior de Ingenieros de Minas ha presentado un informe sobre las potencialidades de esta nueva fuente de energía en España y los riesgos y beneficios de la fracturación hidráulica. Los ingenieros de minas han llegado a la conclusión de que se trata de una técnica segura si se cumplen todos los requisitos de seguridad, y apuestan por la explotación de estos hidrocarburos para acabar con la dependencia energética y crear empleos y riqueza. “Si no se aprovecha será una oportunidad perdida para sumarnos al carro de las nuevas tecnologías”, opina el catedrático Ángel Cámara, uno de los coautores del informe.

 

Se trata de una técnica segura… si se cumplen todos los requisitos de seguridad. ¡Acabáramos! Por lo demás, que los ingenieros de minas quieran que haya más explotaciones de minas es lógico y hasta profesionalmente loable. Por si no había quedado claro, el propio señor Cámara, decano de los ingenieros de minas en el centro de España, lo ratificaba en una tribuna del mismo diario (Cámara, 2013a) y, con idénticas palabras, en un artículo más extenso (Cámara, 2013b), del que parece haberse extractado el anterior:

 

Tras reflexivos debates técnicos, sin juicios a priori, inspirados por el rigor y el conocimiento, los expertos y partes integrantes del grupo de trabajo sobre la fracturación hidráulica del Consejo Superior de Colegios de Ingenieros de Minas hemos concluido que, con la tecnología y los controles adecuados, la industria de la extracción del gas no convencional tiene un riesgo similar a cualquier otra industria extractiva o



 

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trasformadora. Los proyectos en marcha representan una oportunidad para explorar nuestro territorio y, eventualmente, confirmar las estimaciones de recursos, que hoy día situamos en torno a los 39 años del actual consumo en España.

 

Como no podía ser menos, los trece “expertos y partes integrantes” del grupo de trabajo son ingenieros de minas, salvo la única mujer del grupo, una ingeniera industrial que presta sus servicios profesionales en una empresa dedicada a la limpieza urbana y a la gestión de residuos.

 

Cuando se ocupa de los años estimados de consumo de los que puede gozar España (en el más que improbable caso de que explotemos las lutitas vía fracking), que son 39 según Viúdez o 40 según Cámara (2013b), aunque ninguna de ambas cifras aparezcan por ninguna parte en el informe, nos quedamos sin saber cómo han cuadrado los expertos la estimación, un arcano cuyos fundamentos solo parece conocer el profesor Cámara, eso sí, “tras reflexivos debates técnicos, sin juicios a priori, inspirados por el rigor y el conocimiento”. Lástima que esa cifra sea exactamente la que maneja la plataforma (léase lobby) Shale Gas España, que aglutina a las empresas impulsoras del fracking en España, entre las que destacan las estadounidenses BNK Petroleum y Heyco.

 

Pero parémonos a pensar un poco. Cuando el informe de ARI (2013) adjudicaba a España los citados 8 Bpc de reservas técnicamente recuperables, hacía lo propio con el resto de los países europeos, entre otros con Polonia, a la que adjudicaba 148 Bpc. Si tenemos en cuenta que los polacos han arrojado la toalla de la explotación del fracking a pesar de que les habían adjudicado más de 18 veces nuestras reservas técnicamente recuperables, ¿qué puede esperarse del caso español?

 

Hurguemos un poco más en la herida de los 39 años de “recursos estimados” no se sabe cómo. Comulguemos con esa rueda de molino y, como Groucho Marx, añadamos dos huevos fritos. Asumamos, pues, los cálculos más delirantes: que en España hay 1976 KMmc de gas de lutitas, lo suficiente para 70 años.

 

Como traté de explicar en el capítulo 5, la eficiencia de recuperación de los campos de gas de lutitas es mucho más baja que la declarada por la industria y la US EIA. Los datos muestran que, en realidad, solo un 6,5 % de los recursos pueden ser recuperados (Flues et al., 2013b), la mitad



 

 

 

 

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aproximadamente del 13  % utilizado a menudo por las empresas y por la siempre optimista AIE en sus predicciones de reservas de gas de lutitas.

 

Tengamos en cuenta que nuestro país consume cada año 34 KMmc; supongamos, lo que es mucho suponer, que ese consumo no aumenta en los próximos años y apliquemos los porcentajes de rendimiento. Con los porcentajes de recuperación siempre optimistas de la industria (13  %), los 1976 KMmc de gas de lutitas que supuestamente yacen bajo nuestros confiados pies se convierten en 256, los cuales, mire usted por dónde, coinciden bastante con los que indicaba el “poco fiable” informe de ARI. Divida usted por nuestro consumo anual y le saldrá que, en el mejor de los casos, tendríamos gas para siete años y medio.

 

Si ahora nos dejamos de los cantos de sirena de la industria, y se aplica lo que la experiencia estadounidense ha demostrado, la recuperación queda en un 6,5 %, por lo que tendríamos gas para 40 meses. Y si tenemos en cuenta que por cada cuatro barriles de gas de lutitas producido se consume uno, concluiremos que la producción de 10 meses se irá para conseguir el consumo de 30, en el mejor de los escenarios. Aplicando cuentas tan sencillas como esa, Cataluña puso en septiembre de 2013 un poco de sensatez en el tema: la Generalitat decidió que la tierra catalana no será tierra de fracking porque no le salen las cuentas. El informe que utilizó el Gobierno catalán para negarse a dar licencias de explotación es tajante en este sentido. Según los cálculos geológicos del informe, la fractura hidráulica apenas permitiría aflorar el equivalente a 0,7 años de consumo de gas natural en esa comunidad.

 

Otros cálculos, derivados del citado estudio de Aciep y la consultora especializada Gessal, elevaban esa expectativa de producción al consumo de siete años. Pero el informe de la Generalitat matiza esos datos, al tener en cuenta la energía necesaria para extraer el potencial gas del subsuelo. Ante tal horizonte, al menos con las actuales técnicas de extracción, el Ejecutivo catalán optó por dar carpetazo a las peticiones para evitar sus “costes sociales”. Ni su impacto ambiental ni los costes para mitigarlo lo harían rentable. Tampoco el desgaste de enfrentarse a las plataformas ecologistas, que ya habían mostrado su oposición radical.

 

El informe estimaba que para que una explotación de gas de lutitas sea económicamente rentable debe estar a una profundidad de entre 1000 y 4000 metros de profundidad y extenderse en una superficie de miles de kilómetros. Además, debe tener un contenido de materia orgánica de, como mínimo, un 2  %. El documento de trabajo concluye que “formaciones de estas



 

 

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características no se encuentran en Cataluña”, por lo que descarta que la obtención de combustible mediante fracking deba tenerse en cuenta en la planificación energética de la Generalitat.

 

Hay dos condicionantes que impiden la rentabilidad del fracking en Cataluña. El principal es la falta de materia prima. Se han detectado tres potenciales zonas de explotación (Pirineo, cuenca del Ebro y sierras litorales), pero en todas ellas la masa de roca madre es excesivamente pequeña para que salga rentable. El estudio se refiere a formaciones de entre 300 y 400 km2, una cifra que poco tiene que ver con las explotaciones existentes en Estados Unidos, México y Canadá. Allí, según una comparativa que recoge el informe elaborado por los técnicos de las consejerías de Territorio y Empresa, las superficies explotadas nunca bajan de los 12 000 km2 y, en un caso como el de la explotación de Marcellus —a caballo entre los estados de Pensilvania, Nueva York, Virginia, Ohio y Maryland—, cubre 245 000 km2, más o menos la mitad de la España peninsular.

 

Al problema del tamaño se suma el de la escasa eficiencia de la extracción de gas mediante fractura hidráulica, al menos con las técnicas actuales. El informe destaca que la extracción de gas por fracking es mucho más intensiva en consumo energético que los yacimientos tradicionales. Según los técnicos, debería gastarse un barril de gas para extraer cuatro. Esa ecuación es la que provoca que las reservas extraíbles netas de gas sean tan bajas como para situarse por debajo del consumo de un año.

 

Con esos datos, el Gobierno catalán consideró que “no parece tener sentido económico la inversión de grandes presupuestos en la realización de investigaciones más detalladas”. Una elección muy sensata, tan sensata como la que había adoptado Francia en 2011.

 

Los movimientos sociales son claves para hacer cambiar de posiciones a los gobiernos. El caso francés ejemplifica lo que digo. El interés por el gas no convencional en Francia comenzó en 2009, año en que fueron solicitados los primeros permisos donde se proponía la utilización de la técnica de la fractura hidráulica. A pesar de que la tramitación de los permisos se realizó eludiendo la participación pública, y con un cierto secretismo por parte del Gobierno de Sarkozy, la alarma generada (debido principalmente a las noticias que llegaban desde Estados Unidos) hizo que, en el momento en que se conoció su existencia, comenzaran a organizarse grupos de oposición dedicados, por una parte, a informar y, por otra, a preparar la movilización social.



 

 

 

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La manifestación en Villeneuve de Berg, el 26 de febrero de 2011, convocada por el Colectivo de Ardèche o Collectif 07 (Stop au gaz de schiste 07) fue uno de los hitos de esta movilización. Acudieron, superando todas las expectativas, unas 18 000 personas (Cámara, 2012). Tras esta manifestación, el Gobierno francés decidió replantearse su postura sobre la extracción de gas de lutitas, porque hasta entonces había mantenido que no era posible revocar los derechos otorgados a las empresas.

 

En julio de 2011, la Asamblea y el Senado de Francia, con Sarkozy todavía como presidente, aprobaron la Ley 2011-835, mediante la cual se prohibía la práctica del fracking en territorio francés. El argumento principal fue la protección de los acuíferos. Inmediatamente, la petrolera tejana Schuepbach anunció la presentación de un recurso de anticonstitucionalidad.

 

El 11 de octubre de 2013, el Consejo Constitucional francés rechazó el recurso presentado por Schuepbach y consideró que la ley es conforme a derecho. El Constitucional, máximo órgano de interpretación de la Carta Magna, rechazó los cuatro argumentos presentados por el grupo estadounidense contra la ley, a la que consideró “conforme a la Constitución”. En su sentencia, el Constitucional considera que el Legislativo persigue “prevenir los riesgos […] para el medioambiente” que presenta la explotación de hidrocarburos mediante la fragmentación de la roca por inyección de agua a presión.

 

Schuepbach, que había visto cómo el Gobierno anulaba los permisos de explotación de dos yacimientos en el sur de Francia, consideraba que la ley no garantizaba el principio de igualdad, ya que sí reconoce el uso de ese sistema para la explotación de la energía geotérmica. Sin embargo, el Constitucional avala esa diferencia porque “el legislador considera que no presenta el mismo riesgo para el medioambiente”. El Constitucional concluyó que la restricción a la investigación y la explotación de hidrocarburos (mediante fracking), en el estado actual de conocimientos técnicos y teniendo en cuenta el principio de precaución, no es “desproporcionada”.

 

A pesar de que, en el seno del Ejecutivo francés, algunas voces, como la del ministro de Industria Arnaud Montebourg, se habían mostrado favorables a esta técnica, la sentencia supone un espaldarazo a la decisión del presidente François Hollande de prohibir la explotación de gas y petróleo de lutitas en nombre del principio de precaución, dados los elevados riesgos medioambientales que presenta. En septiembre de 2012, Hollande había declarado (Diario.es, 2013):



 

 

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En el estado actual de conocimientos, nadie puede afirmar que la explotación de gas e hidrocarburos de lutitas por fractura hidráulica, única técnica conocida en la actualidad, esté exenta de riesgos importantes para la salud y el medioambiente.

 

A pesar de la reticencia de algunos miembros de su gabinete, Hollande, que durante la campaña electoral que le llevó al Elíseo en 2012 prometió prohibir el fracking, se mostró siempre firme, lo que le valió el respaldo de los ecologistas, que sustentan su Gobierno y que cuentan, incluso, con dos ministros.

 

El Ejecutivo ha anulado hasta ahora los permisos de explotación de dos yacimientos, los de Nant y Villeneuve-de-Berg, de la petrolera Schuepbach, y otro de Total en Montélimar, también en el sur del país. El diario económico francés Les Echos indicó que Schuepbach estaba dispuesta a demandar al Gobierno una indemnización de 1000 millones de euros por el rechazo de su licencia, una información que se negó a confirmar el abogado de la compañía.

 

El ministro de Ecología Philippe Martin consideró la sentencia “una victoria jurídica, ecológica y política” del Gobierno, que “apuesta por la transición energética hacia las energías renovables”. Para el ministro, la decisión del tribunal constitucional convierte en “jurídicamente inatacable” la ley de 2011, reconoce “los riesgos para el medioambiente” que representa esta técnica, y avala la política gubernamental de reducción del consumo de hidrocarburos para reducir un 30 % el uso de energías fósiles en el horizonte del año 2030.

 

Similares argumentos fueron los empleados en la Cámara italiana el 18 de septiembre de 2013, cuando se aprobó una resolución de la Comisión de Medioambiente que excluía de inmediato toda actividad ligada al fracking (Parlamento Italiano, 2013). La noticia la dio el diputado Giovanni Paglia, de Sinistra Ecologia Libertà de Emilia-Romaña:

 

Esta decisión parlamentaria, además de alinear a Italia con los otros socios europeos que, basándose en el principio de precaución, han prohibido ya estas técnicas de extracción, y del pronunciamiento contextual del Gobierno, que se ha expresado de un modo claro sobre la decisión de bloquear el shale gas en Italia, no podrá si no tener efectos inmediatos sobre las numerosas peticiones de autorización que se han sucedido en



 

 

 

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los últimos meses en las zonas sísmicas de la provincia de Módena, así como en áreas de las provincias de Rávena y Ferrara, situadas en zonas periféricas e incluso pertenecientes al Parque Regional del Delta del Po.

 

Como había sucedido en Polonia, otro país del Este supeditado energéticamente al gas ruso, Bulgaria, comenzó siendo uno de los países con mayores expectativas generadas en torno a las posibilidades del gas no convencional. Los acostumbrados argumentos de la independencia energética y la generación de empleo hicieron que el Gobierno búlgaro apostara por el fracking y concediera a la empresa estadounidense Chevron el primer permiso de investigación.

 

Sin embargo, la presión social obligó a rectificar. Tras medio año de movilizaciones, que culminaron en multitudinarias manifestaciones, el 14 de enero de 2012 el Ejecutivo búlgaro decidió revisar su postura sobre la extracción de gas de lutitas. El 17 de enero se revocó el permiso concedido alegando insuficiencia de las medidas de seguridad previstas. Al día siguiente, el Parlamento búlgaro aprobó una resolución mediante la que se prohibía la fractura hidráulica en territorio búlgaro con carácter permanente. Ahora bien, la resolución aprobada tiene carácter de moratoria y no de ley, por lo que su revocación no resultaría complicada en caso de querer llevarse a cabo. De hecho, en junio de 2012, el Parlamento aprobó una modificación importante. Al existir presiones para debilitar la moratoria, el Gobierno ha introducido algunas excepciones a la prohibición, que permiten perforar algunos pozos para investigación aunque no para explotación.

 

Ni Cataluña ni Francia ni Italia ni Bulgaria ni España se parecen a Dakota del Norte, entre otras cosas porque en Europa vive mucha más gente que la que habita los yermos territorios de Estados Unidos donde se practica el fracking. En la tabla 5 he resumido algunos datos comparativos entre cinco Estados norteamericanos en los que se extrae gas o petróleo de lutitas y tres Estados europeos donde se pretende extraerlo; y he añadido también dos comunidades autónomas españolas en las que la industria ha puesto su punto de mira. Los datos hablan por sí solos. En Texas, el más poblado de los Estados de la tabla, la densidad es una tercera parte del menos poblado de los territorios europeos. Si tenemos en cuenta, además, que siete millones de téjanos viven en los 2500 km2 del complejo urbano Dallas/Fort Worth



 

 

 

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Metroplex, la densidad del Estado cae muy por debajo de la cifra que recoge la tabla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tabla 5. Datos de superficie y población de varios territorios relacionados con el fracking. Fuente: Wikipedia.

 

 

Por eso, las perforaciones de gas de lutitas, que suponen una explotación intensiva del suelo, presentan serios riesgos ambientales y de salud en Europa a causa de su alta densidad de población. La mayor parte de los depósitos de gas de lutitas está repartida en áreas principalmente industriales y urbanizadas de Europa, por lo que el desarrollo a gran escala resulta muy difícil y costoso. Peter Voser, director ejecutivo de Shell, se hizo eco de ello citando la “elevada densidad de población” como obstáculo de gran importancia para el desarrollo del gas de lutitas en Europa (Flues et al., 2013a). Además, la población europea no está acostumbrada a las técnicas agresivas de explotación que los ganaderos de Montana, Oklahoma Wyoming pueden tolerar.

 

Por lo demás, basta viajar por las inmensas vastedades de cualquiera de esos estados norteamericanos casi deshabitados para darse cuenta de que la magnitud de sus cuencas geológicas susceptibles de tener yacimientos de hidrocarburos no existe en Europa. En comparación con América del Norte, las cuencas de gas en Europa son consideradas más pequeñas, tectónicamente más complejas y compartimentadas, con depósitos más profundos, a más temperatura y más presurizados (Geny, 2010). Por ejemplo, la compañía petrolera de servicios Schlumberger había advertido que los depósitos polacos de gas de lutitas estaban a una profundidad 1,5 mayor que el promedio de los



 

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yacimientos estadounidenses, lo cual aumentaría los costes de perforación unas tres veces (Strzelecki, 2010), por lo que harían falta bombas y equipamiento de perforación más potentes para hacer frente a mayores profundidades y temperaturas, con lo que los costes subirían y se requeriría el desarrollo de nuevos mecanismos y conocimientos técnicos que no se pueden trasferir sin más desde Estados Unidos (Geny, 2010).

 

En Gran Bretaña, el Gobierno conservador de David Cameron no es de la misma opinión, lo que resulta lógico teniendo en cuenta que los ingleses han contado tradicionalmente con una potente industria petrolera hoy en declive y disponen de personal cualificado y equipo. El 17 de diciembre de 2013, el Gobierno británico presentó un plan mediante el cual más de la mitad del territorio del Reino Unido (64 %) podrá ser explotado mediante fracking, con objeto de “reducir la dependencia de las importaciones energéticas” y también, como siempre, para “generar nuevos puestos de trabajo”. Las nuevas licencias empezarán a concederse a mediados de 2014.

 

El Gobierno de Cameron presentó una hoja de ruta de 49 páginas que, en un escenario de máximos, contempla la perforación de hasta 2880 pozos de extracción de gas o petróleo en un futuro próximo. Londres espera abrir una nueva ronda de licencias en el verano de 2014 y conceder, según el secretario de Estado de Energía Michael Fallón, entre 50 y 150 nuevos permisos. Este paso genera nuevas expectativas en una industria que vio frenadas sus actividades después de 18 meses de moratoria impuesta tras dos terremotos, con magnitudes de 2,3 y 1,5, que se produjeron durante las prospecciones de la compañía Cuadrilla en Lancashire. Gigantes del sector como la francesa GDF Suez y la británica Céntrica ya han confirmado su interés.

 

Antes de la definitiva luz verde, el Gobierno debe atender las reacciones que suscite un informe encargado a una asesoría (AMEC) sobre el impacto medioambiental que se dio a conocer el mismo día. El veredicto es que ese impacto es “asumible”, en contraste con las alegaciones de los grupos ecologistas de que el método del fracking implica una potencial contaminación de los acuíferos por el cóctel químico inyectado en el subsuelo durante el proceso y por el metano que liberan las rocas. El informe de AMEC señala también que la actividad puede llegar a producir 108 millones de m3 de agua residual que habría que tratar: “Tal volumen podría suponer una carga importante para la infraestructura de tratamiento actual”, añade el informe.



 

 

 

 

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En su empeño por promover la máxima explotación de los recursos minerales encerrados en el subsuelo, Cameron está dispuesto a enfrentarse a las nuevas directivas que prepara la Unión Europea para matizar el impacto ecológico de las extracciones (la legislación se esperaba para antes de terminar 2013 pero se retrasa, y hay ya en Bruselas quien duda sobre si serán recomendaciones u obligaciones). Así se lo ha comunicado al presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, en una carta publicada por el diario The Times. La nueva legislación europea, sostiene el primer ministro, solo servirá para retrasar las “inminentes inversiones”, y pondrá al Reino Unido en desventaja frente a Estados Unidos y China.

 

La trasferencia de equipos y tecnología es una de las formas más rentables de hacer negocio para las compañías norteamericanas, a las que no les salen las cuentas de las explotaciones en Estados Unidos pero sí en Europa, donde no hay un sector de servicios comparable ni de lejos. Por ejemplo, los consultores de KPMG y Pöyry señalan que, mientras el censo de plataformas para fracking en Estados Unidos supera las 2500, solo había 72 plataformas activas en Europa en 2012, y muy pocas servían para llevar a cabo los sofisticados procesos de fracturación hidráulica que se requieren para extraer gas de lutitas (Williams et al., 2011), a los que hay que sumar los elevados costes que supone tender nuevas infraestructuras para el trasporte del gas (KPMG, 2012b).

 

Precisamente por la falta de rigor a la hora de valorar esas deficiencias del sector petrolero en Europa, y de obviar los costes en infraestructura y alquiler de equipos, las proyecciones acerca de los precios del gas de lutitas en Europa hechas por algunas consultoras y operadores son poco fiables, a pesar de que todas coinciden en que, como mucho, el gas europeo podría igualar el precio actual, lo que es solemnizar lo obvio: si en Estados Unidos se han hundido los precios del gas es por la superabundancia de la oferta y no por el abaratamiento de los costes de producción, que como he dicho anteriormente pueden llegar a cuadriplicar los precios comerciales. Europa, al asumir los pronósticos hiperoptimistas de algunos de esos informes, apenas llegaría a producir gas para atender su demanda doméstica a los precios actuales, como se ha calculado para el caso de las lutitas británicas (Bloomberg, 2013).

 

La producción europea no sería tampoco ajena a la contribución de todos los ciudadanos, vía subvenciones y exenciones fiscales, a los bolsillos de los operadores de gas de lutitas, como ha ocurrido en Estados Unidos, donde el sector ha recibido miles de millones de dólares públicos, federales y estatales,



 

 

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para I+D en las dos últimas décadas (AP, 2012e). Los expertos coinciden en que en Europa no se producirán cantidades ni siquiera modestas de gas de lutitas a menos que haya un apoyo público en forma de subvenciones e incentivos fiscales tales como deducciones y reducciones de impuestos (Geny, 2010).

 

Confirman este análisis las declaraciones hechas por el ministro de Finanzas del Reino Unido George Osborne (Schaps y Young, 2013) y por el primer ministro de Polonia Donald Tusk, quienes afirmaron que habría generosas exenciones tributarias para las compañías de gas y que Polonia invertiría más de 12 000 millones de euros en el sector del gas de lutitas hasta 2016 (Reuters, 2012c). De este modo, el gas de lutitas se sitúa en competencia directa para la obtención de financiación pública con fuentes de energía renovable como la eólica o la solar (Flues et al., 2013).

 

Esos y otros condicionantes, como la oposición pública ya comentada, harán que la producción de gas de lutitas europea se retrase y sea escasa. Los analistas coinciden en que Europa no experimentará un boom en la explotación de gas de lutitas similar a la estadounidense (Grantham Institute, 2013). El principal economista de BP afirmó que harán falta años para que se pueda generar y abrir la producción de lutitas en Europa, de manera que la producción en la Unión Europea podría alcanzar solo los 2400 Mpc/d en 2030, en comparación con los aproximadamente 20 000 Mpc/d que produce Estados Unidos en la actualidad (Gosden, 2013). Bloomberg pronostica para el caso británico que es improbable que el gas de lutitas llegue lo bastante rápido y con el suficiente volumen para hacer que los precios del Reino Unido estén por debajo de los niveles internacionales (Bloomberg, 2013).

 

Los consultores de Pöyry solo ven “baja probabilidad” en que el gas no convencional pueda compensar por completo las reservas europeas convencionales en 2020 (Williams et al., 2011). En el World Energy Outlook de 2012, la AIE confirma este cálculo y afirma que, en 2030, la producción europea del gas de lutitas podría ascender solo al 2-3 % del consumo de gas en Europa, y no se espera que llegue a tener un efecto tangible para familias y empresas (Grantham Institute, 2013).

 

A pesar del interés de empresas y gobiernos, tanto estatales como regionales, por implantar el negocio de la fractura hidráulica, en Europa no está siendo fácil. La fuerte oposición social está jugando un papel determinante. Parece claro que en Europa la principal batalla será la del medioambiente y la opinión pública, sobre todo si las compañías y las



 

 

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administraciones no actúan de forma trasparente y no se explica lo que se está haciendo. De lo contrario, pueden tener enfrente a los ecologistas, la población local y los agricultores, que pueden temer por la contaminación del agua y su disponibilidad, ya que esta extracción requiere cantidades colosales de agua para inyectarla.

 

Como ha señalado Elvira Cámara (Cámara, 2012), hay dos factores claves que han determinado la oposición pública a la extracción del gas no convencional en varios países europeos, entre ellos España. Por una parte, la alarma generada por las denuncias de contaminación y demás impactos que llegan de Estados Unidos. Por otra, el hecho de que la tramitación de los permisos de exploración se ha hecho de forma poco trasparente y tratando de eludir la participación de la ciudadanía, error que también cometió en Francia el Gobierno de Sarkozy. Esto ha generado un movimiento social que denuncia que se dé prioridad a los intereses de las empresas y trata de prohibir la tecnología de fractura hidráulica.

 

La protección del medioambiente y de la salud forma una parte ineludible en el discurso de quienes se oponen al fracking. En consecuencia, las empresas se han visto obligadas a un cambio de discurso. La experiencia de Estados Unidos ha pasado de ser únicamente un ejemplo de oportunidades económicas y de creación de empleo a los que “no se podía renunciar” a ser también un ejemplo de buenas prácticas ambientales y sanitarias para prevenir los accidentes y la contaminación. La industria afirma que cuenta ahora con una tecnología mejorada y aditivos químicos que no son ya contaminantes. En otras palabras, la protección de la naturaleza es una prioridad o, al menos, eso tratan de trasmitir.

 

Resulta un relato poco creíble porque, mientras niegan su responsabilidad en los casos de contaminación denunciados en Estados Unidos, prometen que no ocurrirá lo mismo en Europa. Tampoco invita mucho a comulgar con esa rueda de molino el hecho de que algunas empresas que tratan de implantar el negocio del gas no convencional por el planeta no destacan por ser defensoras del medioambiente. Por ejemplo, la empresa Heyco (que comparte permisos con la Sociedad de Hidrocarburos de Euskadi en las investigaciones del País Vasco) es una de las responsables de iniciar la extracción sin control ambiental en Estados Unidos y es también muy beligerante al negar la influencia humana en el cambio climático (Cámara, 2012).

 

Antes de ocuparnos de lo que sucede en España empecemos por analizar lo que se opina desde la instituciones políticas europeas. Como en tantos otros



 

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asuntos, Europa no tiene una política energética común, ni lo pretende, así que desde el ámbito europeo se da una de cal y otra de arena. Si se trata de las oportunidades económicas de la explotación de lutitas, la postura es una; si se trata de los riesgos ambientales es otra. Al final se deja en manos de los Estados miembros la patata caliente.

 

La división quedó patente a lo largo de 2011. Abrió el fuego un estudio encargado por la Comisión de Medioambiente, Salud Pública y Seguridad Alimentaria del Parlamento Europeo al Instituto Wuppertal para el Clima, el Medioambiente y la Energía, que fue presentado el mes de junio de ese año y en el que se recomendaba una legislación única del fracking en toda Europa (Lechtenböhmer et al., 2011).

 

El informe no era muy optimista sobre las potencialidades de la explotación del gas de lutitas en Europa:

 

El potencial de la disponibilidad de gas no convencional debe ser visto en el contexto de la producción de gas convencional.

 

La producción europea de gas ha estado en un pronunciado declive durante muchos años, y se espera que disminuya en un 30 % o más hasta 2035.

 

Se espera que la demanda europea siga creciendo hasta 2035.

 

Las importaciones de gas natural aumentarán inevitablemente si estas tendencias se hacen realidad.

 

No está garantizado, en ningún caso, que las importaciones adicionales requeridas, del orden de 100 billones de m3 al año o más, puedan hacerse realidad.

 

Los recursos de gas no convencional en Europa son demasiado pequeños para tener una influencia sustancial en esas tendencias. Esto se mantiene aún más, ya que los perfiles de producción típicos permitirán extraer solo cierta parte de estos recursos. Además, las emisiones de gases de efecto invernadero de los suministros de gas no convencional son significativamente más altas que las producidas por los suministros de gas convencional.

 

Las obligaciones ambientales también aumentarán los costes de los proyectos y retrasarán su desarrollo. Esto reducirá el potencial impacto posterior.



 

 

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Es muy probable que inversiones en proyectos de gas de lutitas —si es que llegan a existir— podrían tener un impacto de corta duración en el suministro de gas, en un momento en que la señal dirigida a los consumidores debería ser la de reducir su dependencia mediante el ahorro, las medidas de eficiencia y sustitución.

 

En la misma línea se encuentra la decisión del Gobierno de Dinamarca respecto a no explotar el gas de lutitas en su territorio debido a su apuesta por las energías renovables, la eficiencia energética y la reducción de emisiones de CO2. Tras revisar los efectos medioambientales y sobre la salud producidos por la fractura hidráulica, el informe acababa recomendando la redacción de una directiva a nivel europeo que cubriese las lagunas legales y las deficiencias observadas en la evaluación de los impactos ambientales del fracking

 

No hay ninguna directiva global para una ley europea de minas. Un análisis detallado, exhaustivo y accesible públicamente del marco regulatorio acerca de la extracción del gas de pizarra y el petróleo de rocas duras no está disponible y debería ser desarrollado.

 

El marco regulatorio actual de la UE sobre la fractura hidráulica, que es el elemento central en la extracción de gas de pizarra y petróleo de rocas duras, tiene varias lagunas. Lo que es más importante, el umbral para llevar a cabo evaluaciones de impacto ambiental sobre las actividades de fractura hidráulica en extracción de hidrocarburos está puesto mucho más alto que en cualquier actividad industrial de este tipo y, por tanto, debería ser disminuido sustancialmente.

 

La cobertura de la directiva marco del agua debería ser reevaluada con especial atención en las actividades de fractura y sus posibles impactos en el agua de superficie.

 

En el marco de un análisis de ciclo de vida (ACV), una buena herramienta para evaluar los beneficios globales para la sociedad y sus ciudadanos podría ser un minucioso análisis coste/beneficio. Debería ser desarrollada una aproximación armonizada para ser aplicada en toda la UE27, basada en qué



 

 

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autoridades responsables pueden realizar sus evaluaciones ACV y debatirlas con la ciudadanía.

 

Debería ser evaluado si el uso de productos químicos tóxicos debería, en general, ser prohibido. Al menos todos los productos químicos utilizados deberían ser revelados públicamente, el número de productos químicos permitidos debería ser restringido y su uso debería ser monitorizado. Las estadísticas sobre las cantidades inyectadas y el número de proyectos deberían ser recopilados a nivel europeo.

 

Las autoridades regionales deberían ser reforzadas para tomar decisiones sobre proyectos que impliquen fractura hidráulica. La participación pública y las evaluaciones ACV deberían ser obligatorias para tomar estas decisiones.

 

Allí donde los permisos de proyectos estén concedidos, la monitorización de los cursos de agua superficial y de las emisiones a la atmósfera debería ser obligatoria.

 

Deberían ser recogidas quejas y estadísticas sobre accidentes a nivel europeo. Allí donde los proyectos estén permitidos, una autoridad independiente debería recoger y examinar las quejas presentadas.

 

Dada la compleja naturaleza de los posibles impactos y riesgos para el medioambiente y la salud humana de la fractura hidráulica, debería dársele consideración a desarrollar una nueva directiva a nivel europeo, regulando todas las cuestiones sobre este área de una manera exhaustiva.

 

Parecía claro que era necesaria una regulación a nivel europeo de las actividades, lo que no era una buena noticia para la industria, cuyas actividades no salían muy bien paradas en el informe. Pero a finales de 2011 la industria echó las campanas al vuelo. El día 8 de noviembre, un potente bufete de abogados, Philippe & Partners, hizo público el informe que le había encargado la Dirección General de la Comisión Europea acerca de si Europa debía o no legislar sobre el tema (Philippe & Partners, 2011). El texto analizaba los casos de Francia, Alemania, Polonia y Suecia y concluía que “no hay lagunas significativas en el marco legal europeo, al menos al nivel actual de la actividad”.



 

 

 

 

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El estudio concluía que en esos países ya existía un marco regulatorio adecuado para la exploración temprana (sísmica/perforaciones de prueba) así como para la explotación de gas de lutitas, ya fuera mediante las legislaciones nacionales y/o europeas. Bruselas podía lavarse las manos en el polémico asunto y dejar libertad a los Estados para tratar ambientalmente el fracking.

 

Cuando se esperaba una exigente directiva sobre fracking, en consonancia con informes encargados por instituciones comunitarias, la presión de varios países rebajó las medidas hasta convertirlas en no vinculantes. El Ejecutivo europeo detectó en otoño de 2012 hasta 11 vacíos legales en materia de residuos mineros, de agua, de evaluación ambiental, etcétera, que deberían ser subsanados. Estos hallazgos están en línea con el citado informe del Parlamento europeo. En octubre de 2013 se filtró el rumor de que la Comisión preparaba, en consonancia con estas deficiencias detectadas y con los resultados del análisis de impacto preceptivo a toda nueva legislación, una exigente directiva que convirtiera las nuevas normas en vinculantes.

 

La incertidumbre se resolvió a favor del fracking el 22 de enero de 2014, cuando la Comisión Europea, desoyendo las resoluciones de la Eurocámara y las peticiones de los ecologistas, se limitó a aprobar una serie de recomendaciones no vinculantes a los Estados miembros para que estudiaran el impacto medioambiental de estas iniciativas y mejoraran la trasparencia para los ciudadanos.

 

Las recomendaciones sobre fracking forman parte del paquete de medidas sobre clima y energía presentadas ese día por el Ejecutivo comunitario en un programa que resume su visión de cómo Europa debe afrontar los retos energéticos y medioambientales en los próximos tres lustros. La propuesta que salió de Bruselas —de un calado considerablemente menor a la aprobada en 2007— prevé que en 2030 las emisiones de CO2 sean un 40 % inferiores respecto a 1990 y, pese a renunciar a fijar objetivos vinculantes que obliguen a los países, establece que las energías renovables deberán alcanzar al menos el 27 % del total.

 

Bruselas justificó la falta de legislación sobre fracking porque se le pidió actuar de forma urgente y las recomendaciones pueden aplicarse de forma más rápida. Se imponían así las tesis de los países más favorables al gas no convencional, como Reino Unido o Polonia, que rechazaban la intervención de la UE.

 

La justificación para la medida fue explicada de forma confusa, algo habitual en la Comisión, por el comisario de Medioambiente, Janez Potocnik:



 

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“E l shale gas está dando esperanzas en algunas partes de Europa, pero también es motivo de preocupación entre la opinión pública […]. La Comisión está respondiendo a los llamamientos para actuar con principios mínimos que los Estados miembros están invitados a seguir para abordar las preocupaciones en materia de medioambiente y salud y dar a los operadores e inversores la predictibilidad que necesitan”, se justificó quien hasta ese momento había defendido que, si bien el Ejecutivo europeo no puede decir a los Estados miembros si deben explorar sus recursos de gas no convencional, creía necesario establecer unas normas comunes sobre cómo proteger el medioambiente si lo hacen.

 

Fuentes comunitarias aseguraron que Bruselas ha sido “pragmática” ante la presión de varios Estados miembros, puesto que un proceso legislativo se hubiera dilatado durante años. El texto aprobado por el Ejecutivo europeo se limita a recomendar a los Gobiernos unos principios tan generales como “planear los desarrollos y evaluar los posibles efectos antes de conceder las licencias”, “evaluar cuidadosamente el impacto medioambiental y los riesgos” o “comprobar la calidad del agua, aire y suelo antes de empezar las operaciones”.

 

En particular, la recomendación de Bruselas invita en primer lugar a los Estados miembros a planificar con antelación y evaluar posibles efectos acumulativos antes de conceder las licencias, así como a examinar cuidadosamente los impactos y riesgos medioambientales. Deberán garantizar, además, que la integridad del pozo de extracción se ajusta a las mejores prácticas. El Ejecutivo comunitario recomienda también a los Gobiernos verificar la calidad del suelo, el aire y el agua del lugar antes de que empiecen las operaciones, con el objetivo de controlar cualquier cambio y poder hacer frente a los riesgos que surjan. También plantea controlar las emisiones, incluyendo las de gases de efecto invernadero, capturando los gases emitidos.

 

Por lo que se refiere a la trasparencia, los Gobiernos deberán informar a la opinión pública sobre las sustancias químicas utilizadas en cada pozo de extracción. Finalmente, deberán controlar que los operadores apliquen las mejores prácticas durante todo el proyecto. Los Estados miembros deberán aplicar los principios sugeridos por la Comisión en un plazo de seis meses y, a partir de diciembre de 2014, informar cada año a Bruselas sobre las medidas puestas en marcha. El Ejecutivo comunitario controlará la aplicación de las recomendaciones con un marcador público que comparará la actuación de los



 

 

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diferentes países, y en un plazo de 18 meses revisará si este enfoque es suficiente o se requiere legislación.

 

El Grupo de los Verdes del Parlamento Europeo criticó que la Comisión haya eludido establecer una legislación con límites al fracking y pidió que se suspendan todas las exploraciones y extracciones de gas de esquisto hasta que esté regulado a nivel comunitario. “La incapacidad de la Comisión para proponer una regulación vinculante de la Unión Europea no solo es imprudente, sino que es potencialmente catastrófica; todos los Estados miembros deben adoptar medidas de emergencia, suspender las actividades en curso y establecer una moratoria sobre nuevos proyectos”, dijo la eurodiputada francesa Sandrine Belier.

 

La resolución no vinculante de la Comisión llegó dos días después de que 300 colectivos de toda Europa, conocedores de lo que se anunciaría el día 22, denunciaran que la UE iba a abrir las puertas al fracking. La carta firmada por colectivos de 22 países advertía de las amenazas de esta actividad y subrayaba que imponer esta técnica contra la voluntad de la gran mayoría de la población europea supone una quiebra democrática, porque la Comisión ignoraba así el resultado de la consulta pública que realizó en 2013, mediante la cual el 64 % de los europeos se mostraron contrarios a la explotación de los gases no convencionales, mientras un 20  % era de la opinión de que solo debería explotarse bajo una estricta regulación.

 

Este movimiento antidemocrático de la Comisión europea está en línea con las negociaciones de los tratados de libre comercio entre la UE y Estados Unidos y Canadá, que se están llevando a cabo con un absoluto secretismo y que parece que van a favorecer a las grandes empresas en detrimento de la sociedad europea. Todo parece indicar que estas negociaciones darán vía libre a proyectos de fracking y establecerán un marco aún más favorable a las empresas gasísticas americanas.

 

¡Bienvenido, Mister Marshall!

 

La historia de las prospecciones de hidrocarburos en España es la crónica de una frustración. Que en el país podía haber petróleo era una esperanza fundada desde antiguo, debido a la presencia en superficie de asfaltos, pizarras bituminosas e indicios de petróleo. Las prospecciones comenzaron en la cuenca vasco-cantábrica, donde a finales del siglo XVIII y principios del XIX se extraían ya aceites de rocas asfálticas en la comarca de Maeztu



 

 

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(Álava). Tales antecedentes hicieron que desde principios del siglo pasado se iniciaran trabajos de prospección de petróleo y gas. Tras una serie de intentos sin demasiado éxito durante la primera mitad del siglo, especialmente cuando el aislacionismo del régimen espoleó el imposible sueño autárquico de la autonomía energética después de la Guerra Civil, fue en la década de 1950 cuando se impulsaron las prospecciones animadas por la promulgación en 1958 de la primera Ley de Hidrocarburos, que, abandonadas las pretensiones autárquicas del régimen franquista, permitía bajo determinadas condiciones la participación de compañías extranjeras en la exploración y producción.

 

Los trabajos de exploración dieron como resultado el descubrimiento de yacimientos de petróleo y gas en varios campos, tanto en tierra como en el mar. Los potenciales objetivos identificados y sobre los cuales se comenzó a explotar, que son los mismos donde ahora se han concedido permisos para investigar, se sitúan en formaciones del Paleógeno, del Cretácico superior e inferior (formación Valmaseda del País Vasco-Burgos), del Lías-Jurásico (margas toarcienses de Ayoluengo) y del Westfaliense-Estefaniense del Carbonífero (formaciones Barcaliente y Fresnedo en la cuenca cantábrica).

 

La noticia del año 1964 en España fue el descubrimiento de petróleo en una zona de patatales en el Páramo de la Lora. A las 12.15 horas del sábado 6 de junio de 1964, 6000 litros de petróleo brotaron de las profundidades de la tierra en Valdeajos de la Lora. El pozo Ayoluengo I había escupido los primeros barriles de oro negro. La noticia, que provocó las visitas de todas las autoridades provinciales, desde el arzobispo hasta el gobernador, como quedaron inmortalizadas en el nodo, presentaba el hallazgo como una versión ibérica de Arabia: justo lo que están haciendo ahora los profetas del fracking con su “América Saudí” o su “Saudiamérica”. Hubo excursiones masivas al lugar, proyectos económicos que iban desde una refinería hasta infraestructura hotelera, triunfalistas declaraciones de la clase política de la época y una fiebre del oro desatada entre los habitantes de la comarca.

 

Luis Garrido Palacio, de 28 años, casado, natural de Madrid, estaba a 27 metros de altura en la torreta de perforación aquel 6 de junio cuando oyó, poco después del mediodía, un largo silbido que salía del sondeo. Instantes después, el petróleo fluyó durante 10 minutos por la válvula abierta y se desparramó por los campos colindantes. Fermín Santidrián Hidalgo, secretario del Ayuntamiento de Sargentes de la Lora, al que pertenece Valdeajos, iba de paseo con el cura de la localidad, Daniel Gómez Martínez, cuando vio el chorro de petróleo: “Yo creo —declaró— que el hallazgo hizo



 

 

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más impacto fuera que aquí. A nosotros nos pareció normal que lo encontraran. Después, cuando comenzó a llegar gente y más gente, fue cuando pensamos que aquello podía ser muy importante para la comarca y para España”.

 

Decenas de periodistas se desplazaron al lugar con la celeridad y el arrojo del Hildy Johnson de Primera plana, la película de Billy Wilder: “Burgos, codeándose con Arabia” fue el titular de una portada de prensa. “Este es el Oklahoma burgales”, proclamaba otro, bajo una gran foto de los páramos de la Lora. “Burgos, capital del oro negro”, decía una pegatina que en pocas semanas colonizó los coches de toda la provincia (Escolar, 2012).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto 6. Portada de ABC con el descubrimiento de petróleo en Burgos, 1964.

 

 

 

En Valdeajos, mientras tanto, el alcalde, Segundo Ruiz, convocó una fiesta el sábado 13 y el vecino Justo Hidalgo, que hasta entonces cultivaba patatas y trigo, como el resto de sus paisanos, abrió de la noche a la mañana el snack-bar El Rey del Petróleo, un pujante negocio durante algún tiempo. Don Justo declaró a la prensa:

 

Eso de snack-bar se lo inventó un periodista de Bilbao. Me dijo: “Si usted me lo consiente, voy a poner aquí un rótulo”.

 

Otros periodistas se portaron peor. Vinieron unos de Madrid y tenía yo el comedor lleno; me pidieron por favor que les sirviera en cualquier sitio. Total, que les metí en la cocina, les preparé unos huevos y les cobré una cosa pues normal. Y



 

 

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resulta que luego ponen en el papel que les había cobrado 50 pesetas. Si les pillo…

 

CAMPSA, que tenía el 50 % de participación en el sondeo, suspendió su cotización en bolsa el lunes 8, y cuando volvió al parqué el jueves 11, sus acciones subieron, en 10 minutos, 40 enteros en Madrid. Así lo contaba La Vanguardia al día siguiente:

 

Eran las 12,12 del mediodía cuando durante unos diez minutos cerca de seis mil litros de petróleo han brotado desparramándose por los campos de trigo en el pueblo burgalés de Valdeajos. El día de hoy pasará a la historia por tratarse del primer yacimiento petrolífero de España.

 

Un ministro de Franco, el bilbaíno José Luis Arrese, declaró que el crudo sería

 

El mejor regalo que Dios pueda hacer a España y al Caudillo al cumplirse los 25 años de paz.

 

Rafael García Serrano, uno de los cronistas del Régimen, escribió:

 

El sábado 6 de junio, antes de cenar, cuando el general Rodrigo nos dijo a sus vecinos de mesa “se ha encontrado petróleo en Burgos”, el corazón me pegó un brinco del tamaño de los que daba cuando, en otros tiempos, oía decir: “Se ha ocupado Málaga”, “Han entrado en Barcelona”, “Se ha tomado Madrid”.

 

Un consorcio de empresas, con la compañía estatal CAMPSA a la cabeza, instaló las primeras máquinas de bombeo (caballitos). Salvando las distancias, lo que ocurrió en la Lora recuerda a lo que narré más atrás sobre Pithole, Pensilvania. 20 años después del hallazgo, el periodista Arsenio Escolar dejó testimonio de lo que había pasado por allí (Escolar, 1984): “la comarca de la Lora está más deprimida que cuando apareció el petróleo”. Cuando de la Lora habían salido algo más de 12 millones de barriles de crudo, los lorianos, en número notablemente inferior al de entonces, volvían a cultivar patatas y trigo y trataban de olvidar aquel sueño de riqueza que nunca se hizo realidad.



 

 

 

 

 

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Se habló de construir una gran refinería en un campo de girasoles. Para frustración del Régimen, las expectativas iniciales no se cumplieron y se convirtieron en decepción a medida que los pozos se iban agotando a la misma velocidad con que su apertura se había tragado millones de pesetas. Un estudio del gabinete técnico del Consejo Económico Sindical Nacional realizado en 1966 fijaba como rentable la refinería a partir de un millón de toneladas de producción de crudo al año. El campo de la Lora no alcanzó nunca ni una cuarta parte de esa cifra. En total se extrajeron unos 19 millones de barriles a un coste del que nunca se supo nada. Algunos que vivían del tema calcularon que aún podrían existir reservas de unos 100 millones de barriles, pues era posible que las hubiera, pero vendiendo duros a cuatro pesetas, por lo que el Ministerio de Industria que dirigía López Bravo dio prudentemente por cerrado el tema.

 

Otra posibilidad, la de realizar una central térmica, fue rechazada por las autoridades industriales por respetar las áreas de influencia de la central nuclear de Santa María de Garoña, que por entonces se construía, de la térmica de Santander y de las de León y Palencia. Esta decisión, y la de descartar también la creación de una industria petroquímica de base, fue anunciada por López Bravo en la casa sindical de Burgos en una tumultuosa reunión que acabó con la intervención de las fuerzas de orden público.

 

Abelardo Gómez, alcalde pedáneo de Valdeajos, declaraba en 1984: “Esto ha dado mucha riqueza, pero a la empresa. A nosotros no nos ha dado nada. Aquí vivimos del trigo y la patata, no del petróleo”. Justo Hidalgo, aquel repentino industrial hostelero, aquel “Rey del Petróleo”, tenía entonces 79 años y vendía una docena de cervezas al día en un oscuro local frente al que antaño fuera flamante snack-bar donde se bebía whisky y se hablaba en inglés:

 

Mis hijas estaban todo el día en el mostrador, venga a dar comidas y bebidas. Teníamos local lleno a todas las horas. Nos decían: “Esto va a ser un segundo Madrid”. Claro, las cosas, como las desconoces, pues las crees. Y luego resulta que no ha sido nada, que no hay trabajo, que lo hacen con cuatro personas.

 

En invierno, cuando en la Lora la nieve inunda la paramera y los balancines de los pozos destacan aún más su negrura entre los campos, Justo



 

 

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Hidalgo marchaba al sur de la provincia, a Aranda, donde pasaba los meses del frío:

 

Aquí ya no queda casi nadie. Y porque se han puesto mal las cosas para trabajar en la capital, que si no, no queda aquí ni uno, pero ni uno. San Andrés de Montearados, que queda ahí al lado, está vacío. Lorilla, vacío. Barrio de Panizares, también vacío. Y en los demás pueblos solo quedamos los viejos.

 

La población, en efecto, había bajado y envejecido notablemente en la Lora en los veinte años trascurridos desde el primer chorro de oro negro. Cuando apareció el petróleo, Sargentes tenía 287 habitantes; Valdeajos, 135; Ayoluengo, 43. Además, vivían en la comarca unas 250 personas que trabajaban en los sondeos o el tendido del oleoducto, esto sin contar a esposas e hijos. En 1984, Sargentes tenía 140 habitantes; Valdeajos, unos 40; y Ayoluengo, 10. Y lo que es peor: no había jóvenes, no había bodas, no había nacimientos. Los lorianos que aún quedaban se habían acostumbrado ya a que entre sus tierras hubiese caballetes sacando petróleo del subsuelo y tuberías conduciéndolo a la estación receptora. De cuando en cuando, alguno se quejaba de la contaminación, del olor a gas, y todos habían vuelto de nuevo a la patata de siembra y al trigo. Los pocos trabajadores que llevaban las instalaciones se desplazaban todos los días desde Burgos o, de cuando en cuando, desde Madrid.

 

Tras el primer resultado en Páramo de la Lora, se descubrieron nuevos yacimientos en zonas del mar Mediterráneo, golfo de Valencia, mar Cantábrico, valle del Guadalquivir y golfo de Cádiz. La esperanza se puso en la plataforma litoral frente a Tarragona. En 1977 se inició la extracción y en 1981 se colocó la plataforma Casablanca, que centralizaba el crudo de todos los yacimientos y lo trasportaba por un oleoducto submarino hasta el puerto de Tarragona y la cercana refinería. La extracción en la zona por parte de Repsol ha provocado 14 episodios de derrames entre 2004 y 2010, algunos de ellos acompañados de intentos de ocultamiento que llevaron a directivos de la empresa a los tribunales, y con efectos muy negativos para los ecosistemas marinos de la zona y amenazas para los recursos naturales del delta del Ebro.

 

Desgraciadamente para las expectativas puestas en ellas, las explotaciones petrolíferas o de gas puestas en marcha hasta la fecha en España han tenido tan escaso rendimiento que han supuesto menos de un 1  % del consumo



 

 

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nacional, aunque se han realizado de forma continuada pero no de manera muy intensa, lo que hace de España un “país semiexplorado” (Cámara y Pendás, 2013). Las concesiones de explotación nacionales de la Lora, valle del Guadalquivir y Tarragona no dejan de representar una producción testimonial, puesto que todas ellas apenas representan el 0,15  % de los 32 KMmc de consumo anual de España.

 

Con los exuberantes anuncios que llegaron de la mano del fracking se reavivaron las esperanzas puestas en las viejas cuencas. Al fin y al cabo, la nueva técnica había reabierto los abandonados campos petrolíferos de Texas, Oklahoma y Pensilvania, así que ¿por qué no intentarlo en España? Por eso, en los últimos años, en todas las zonas donde se había sospechado de la existencia de hidrocarburos comenzaron a solicitarse permisos de investigación para determinar sus posibilidades de extracción, algunos de los cuales ocupan áreas de una extensión considerable. Por ejemplo, la práctica totalidad del territorio de Álava está afectado por permisos de investigación ya concedidos, y en Cantabria el territorio afectado por los permisos es casi un tercio del de la comunidad autónoma (Grandoso, 2012).

 

La concesión de los permisos y la apertura del territorio español al fracking encajan con la política energética del Partido Popular añora en el Gobierno, que apuesta por seguir con un modelo energético insostenible altamente dependiente de los combustibles fósiles. Así, mientras el Consejo de Ministros acogota a las renovables hasta el punto de que España está demandada en los tribunales por las pérdidas causadas a los inversores extranjeros y a empresas como Acciona o Abengoa, cuyo negocio estaba centrado en ellas, el Ministerio de Industria, Energía y Turismo concede decenas de permisos de investigación para la extracción de hidrocarburos a empresas privadas participadas por operadores estadounidenses.

 

Aunque el volumen extraíble de gas existente bajo el subsuelo español no lo sabe nadie, y a pesar de que las cifras apuntadas por la industria han sido rebajadas por informes internacionales, las grandes expectativas de negocio generadas por la fracturación hidráulica han lanzado a varias compañías a una carrera frenética para conseguir permisos de investigación, de manera que se han solicitado y concedido decenas de ellos por todo el territorio español. Actualmente hay solicitados, y en varios casos concedidos, permisos en 11 comunidades autónomas: País Vasco, Cantabria, Asturias, Castilla y León, Castilla-La Mancha, La Rioja, Navarra, Cataluña, Comunidad Valenciana, Aragón y Andalucía.



 

 

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Entre concedidos y solicitados, en la cuenca vasco-cantábrica hay unos 30 permisos de investigación para la extracción de hidrocarburos no convencionales, en territorios que se extienden por Cantabria, Burgos, Palencia, Vizcaya, Álava, Guipúzcoa y La Rioja. En la cuenca del Ebro hay más de veinte permisos que añadir a los que ya existían frente a las costas de Tarragona; en Valencia se ha solicitado un permiso de investigación y se han concedido dos en tierra y cinco más frente a sus costas. La Región de Murcia está afectada por seis permisos de investigación; en el valle del Guadalquivir existen al menos 21; y frente a las costas de Málaga y Granada hasta un total de siete. Un mapa de los permisos concedidos actualizado a 2013 puede verse en la web del Ministerio (MIET, 2013).

 

De todos los permisos de investigación concedidos, el que se encuentra en un estado de tramitación más avanzado es Gran Enara, un permiso que ocupa 324 837,30 hectáreas en territorio de Burgos y Álava principalmente, pero también de Cantabria, Vizcaya y Navarra. Este permiso fue promovido por el Gobierno vasco, que es hasta ahora la única administración que se ha declarado abiertamente partidaria de la fractura hidráulica. De hecho, en los trabajos de investigación participa la Sociedad de Hidrocarburos de Euskadi. Aunque fue concedido en 2006 por un período de seis años, en julio de 2011 su vigencia fue prorrogada hasta junio de 2014. De momento se ha solicitado permiso para la perforación de diez pozos en las provincias de Álava (siete) y Burgos (tres), de los cuales al menos uno estaba previsto que se realizara en 2012 en el término municipal de Vitoria. Ante la fuerte oposición popular, y apoyados por el Ayuntamiento de Vitoria, que ha pedido una moratoria de cinco años y ha denegado la licencia de obras, la Consejería de Industria del Gobierno vasco ha demorado la apertura de este pozo, aunque en ningún momento se ha planteado la posibilidad de abandonar las actividades de perforación previstas.

 

En Valencia, la empresa OilGas & Capital ha solicitado el permiso de investigación Polifemo para la extracción de gas mediante fracturación hidráulica en una extensión de 19 845 hectáreas, situadas entre Gandía y Alcira. En Asturias, los permisos de investigación de Hidrocarburos Granda, Villaviciosa, Lieres, Mieres, Morcín-1, Laviana y Campomanes afectan a unas 150 000 hectáreas. Si bien no se especifica la tecnología que se va a emplear en la extracción de hidrocarburos, muchos de ellos están relacionados con la obtención de gas metano de vetas de carbón, en las que sería necesaria la fracturación hidráulica.



 

 

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En varios de los permisos en tramitación no se especifica la técnica que se va a utilizar, pero teniendo en cuenta que se plantea investigar en zonas cuyos recursos son bien conocidos, y cuya explotación había sido descartada por métodos convencionales, todo apunta a que en la mayor parte de los casos la técnica a emplear sería la fracturación hidráulica, sobre todo teniendo en cuenta que muchas de las empresas que han solicitado los permisos están especializadas en la búsqueda de gas no convencional.

 

En cuanto se abrió el proceso de concesión de permisos de exploración, se desató un más que notable movimiento de rechazo que, a través de varias plataformas ciudadanas y movimientos sociales, apoyados por los ayuntamientos de las zonas afectadas, está teniendo una incidencia cada vez mayor en la opinión pública en general. Grandoso (2012) ha presentado una completa relación de los movimientos sociales que se oponen al fracking en nuestro país. Las principales organizaciones ambientalistas (SEO, Greenpeace España, Amigos de la Tierra y Ecologistas en Acción) también se oponen activamente a la extracción por fractura hidráulica de gas no convencional, pues consideran que es “un método que supone una seria amenaza para el agua, el aire y la salud de las personas”, entre otras cosas por “las fugas de metano y la gran cantidad de tóxicos utilizados”.

 

Pero que Cataluña, Cantabria o Vitoria (como otro centenar de municipios españoles con muy buena voluntad pero sin competencias en la materia) hayan prohibido el uso del fracking en sus respectivos territorios es un problema político pero no legal, porque finalmente es el Gobierno central el que tiene las competencias para conceder o no los permisos. Lo dejó muy claro en julio de 2013 en Santander el ministro Soria delante del presidente del Gobierno de Cantabria, Ignacio Diego, de su mismo partido. Cantabria puede decir misa, pero no vale para los domingos: el marco normativo sobre la fractura hidráulica confiere casi la potestad plena al Estado sobre las administraciones autonómicas.

 

Es verdad que, cuando afecta a una sola comunidad autónoma, las autorizaciones corresponden a la administración autonómica, pero hay un matiz nada baladí que se encarga de repetir Soria cada vez que tiene ocasión de hacerlo: las autorizaciones o denegaciones han de hacerse según la legislación básica del Estado. Es decir, los solicitantes podrán recurrir si se les deniega un permiso y serán los tribunales quienes decidan. Además, si el permiso afecta a más de una comunidad, caso del proyecto de Repsol que implica a Castilla y León y Cantabria, la decisión se toma en Madrid.



 

 

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Echemos un vistazo a la legislación que regula la extracción de hidrocarburos en España, porque hacerlo nos permitirá darnos cuenta de otra diferencia esencial entre este país (y el resto de Europa) y Estados Unidos.

 

La gatera de Halliburton

 

La propiedad de los derechos minerales en Europa es diferente a lo que sucede al otro lado del Atlántico: los propietarios estadounidenses reciben compensaciones por la explotación subterránea de sus tierras; en Europa, la posesión de los recursos minerales es demanial, o lo que es lo mismo, propiedad del Estado. Los propietarios reciben, por tanto, pocos incentivos para permitir la perforación de sus tierras.

 

Le pondré el ejemplo de lo que pasó en el único yacimiento español de petróleo, el de la comarca de la Lora, que ya he comentado en el apartado anterior. En 1984, 20 años después del sensacional descubrimiento, los lorianos vieron que aquella riqueza subterránea no dejaba en sus pueblos más dinero que los pocos duros que se pagaron por los terrenos.

 

“Estuvimos en negociaciones con gente de la empresa y de la Delegación de Industria —recordaba Aurelio Arce, jefe de la Hermandad de Agricultores y Ganaderos de Sargentes en 1964 (Escolar, 1984)—. Nosotros queríamos que se nos pagara siquiera a siete pesetas el metro, y ellos que a cuatro, que no podían pagar más. Y a ese precio creo que nos pagaron lo primero que se expropió en tierra baldía”. Eladio Perlado, gobernador civil entonces de la provincia, recuerda también la polémica de la expropiación:

 

La gente de la Lora creyó que tenía allí un Eldorado y quisieron obtener buenos precios. Quizá estaban manejados por alguien de entre ellos, quizá alguien envenenó la negociación. Yo hice de hombre bueno; hablé con el ministro de Industria, Gregorio López Bravo, y le dije que la gente se sentía defraudada. Al final se les trató generosamente.

 

Defraudadas las expectativas de que la Lora fuera Oklahoma, los ayuntamientos de la comarca hicieron numerosas gestiones, todas ellas sin éxito, para conseguir que la empresa explotadora del petróleo pagara en los pueblos algún tipo de canon o de impuesto. “Mientras no cambie la Ley de Minas, no hay forma de cobrar nada. El subsuelo es del Estado. Pagan



 

 

 

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únicamente el suelo, que no compran, ya que es una cesión para 50 años. Y los impuestos industrial y de radicación los pagan, al parecer, en Madrid, donde está la sede de la empresa”, señalaba Fermín Santidrián, que en 1984 seguía siendo secretario de Sargentes.

 

Para los interesados: la Ley de Minas a la que se refería don Fermín sigue estando en vigor y, todavía más, la Constitución consagra la propiedad demanial del Estado. La posesión de tierras, además, está mucho más fragmentada que en Europa, especialmente en el norte de España, lo cual presagia negociaciones largas y costosas entre los operadores de gas de lutitas y los propietarios de terrenos porque, en caso de no alcanzarse un acuerdo entre las partes, los procedimientos de expropiación pueden ser eternos.

 

Además, mientras que en Estados Unidos la llamada “cláusula energética” o “gatera de Halliburton” exime a la industria del gas de respetar las leyes de protección del agua potable e impide el control por parte de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) de las actividades de fracking, en España y Europa el control del uso del agua y de las actividades que pudieran contaminarla es mucho más estricto. Veamos los controles legales existentes en España, que incluyen, como es obvio, las obligadas trasposiciones de las correspondientes directivas de la UE, lo que las convierte en muy similares a las que imperan en el resto de la Europa de los 27.

 

La normativa que regula todos los procesos de exploración, producción, refinado y distribución de cualquier hidrocarburo en España es la Ley 34/1998, de 7 de octubre, del Sector de Hidrocarburos (L34 en adelante), que cumple los requisitos de la Directiva 94/22/CE del Parlamento Europeo y el Consejo, de 30 de mayo de 1994, por la que se regula el sector en el ámbito de la UE.

 

Cumpliendo lo establecido en el artículo 132.2 de la Constitución española, la L34 (título II) establece en primer lugar la titularidad demanial de los hidrocarburos, lo que implica que esos y otros recursos subterráneos que afectan a la “riqueza nacional” son inalienables, inembargables e imprescriptibles. Por tanto, su investigación y explotación, por cuanto implica una utilización privativa exclusiva, requiere el otorgamiento previo de un permiso de investigación y una concesión de explotación.

 

Aunque parezca mentira, todavía no se ha aprobado el reglamento de desarrollo de la L34, pintoresca situación que hace que el Real Decreto 2362/1976, de 30 de julio, por el que se aprueba el Reglamento de la Ley de Investigación y Explotación de Hidrocarburos de 27 de junio de 1974



 

 

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continúe siendo de aplicación en lo que no se oponga al ordenamiento posterior y, por tanto, constituye el desarrollo reglamentario de determinados aspectos de detalle de la L34.

 

En cualquier caso, aplicando lo previsto en esta ley, las actividades relacionadas con la extracción de gas natural necesitan:

 

Permisos de exploración en áreas no definidas expresamente que no impliquen perforaciones profundas. La concesión de los permisos exige la presentación ante la Administración de un programa de exploración.

Permisos de investigación por períodos de seis años en áreas definidas, cuya consecución exige la presentación de un proyecto específico de investigación que incluye informes, inversiones y medidas de protección medioambiental y de restauración. La investigación supone la realización de perforaciones en el subsuelo con estimulación por fractura hidráulica y test de producción de los respectivos pozos para evaluar su potencial producción comercial. Se trata, por tanto, no solo de actividades de perforación para evaluar propiedades geológicas sino de trabajos experimentales de extracción de gas mediante el uso del fracking. Cada perforación prevista necesita un permiso especial y ha de constituirse un seguro de responsabilidad civil para responder de posibles daños. Las empresas tienen hasta seis años para realizar sus investigaciones y después han de pedir autorización para comenzar a extraer esas reservas naturales. A pesar del gran interés que despierta, todavía ninguna lo está extrayendo.

Concesiones de explotación, que deben incluir un plan general de explotación y de desmantelamiento que comprenda también un estudio de impacto ambiental.

 

Por otra parte, la configuración liberal del Estado como regulador, y no como ejecutor de determinadas actividades, conduce al principio de riesgo y ventura, lo que significa que la iniciativa de la actividad corresponde al sector privado, toda vez que la L34 suprimió la reserva en favor del Estado que figuraba en la Ley 21/1974, sin perjuicio de que, si lo considera oportuno, el Estado pueda promover la investigación de un área concreta mediante la convocatoria de los correspondientes concursos. En ese caso, que no se da actualmente con la exploración de las lutitas pero sí se ha dado, por ejemplo, en el impulso dado por el Estado al almacenamiento subterráneo de gas



 

 

 

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natural como reserva estratégica, las empresas que quieran acceder a la actividad deberán acreditar su capacidad legal, técnica y financiera para llevarla a cabo.

 

Lo obtengan como lo obtengan, los permisos de investigación facultan a su titular para investigar en exclusiva la existencia de hidrocarburos en la superficie que le otorgue la concesión, en las condiciones establecidas en la normativa aplicable y de acuerdo con el plan de investigación previamente aprobado. Asimismo, los permisos confieren al titular el derecho, en exclusiva y en cualquier momento del plazo de vigencia de aquellos, de obtener concesiones de explotación sobre la misma superficie. Las concesiones de explotación facultan a su titular para realizar el aprovechamiento de los recursos descubiertos y para proseguir los trabajos de investigación en el área otorgada.

 

El reparto competencial entre administración central y autonómica encuentra también su respuesta en la L34, que establece que las comunidades autónomas son las competentes para el otorgamiento de los permisos de investigación cuando estos afectan exclusivamente a su ámbito territorial, mientras que la Administración general del Estado es responsable de los permisos de investigación que abarquen superficies de dos o más comunidades o se ubiquen, total o parcialmente, en medio marino. El Estado se reserva también en exclusiva la potestad de autorizar las concesiones de explotación, que aún no se han dado en España para el caso de las lutitas.

 

Ahora bien, los permisos de investigación y de explotación no significan la autorización automática para la ejecución de ningún trabajo de campo, sino que solamente otorgan el título demanial que reconoce al promotor exclusividad para el aprovechamiento del demanio, pero no lo eximen del requisito de obtener autorización específica para cada trabajo concreto, como pueda ser una prospección sísmica o un sondeo. Lo que quiere decir, lisa y llanamente, que el titular del permiso no tiene una patente de corso, sino que su concesión investigadora o extractiva está sujeta a otras autorizaciones que los trabajos, construcciones e instalaciones necesarias para el desarrollo del objeto del permiso pudieran requerir por razones de ordenación del territorio y urbanismo, fiscales, de protección del medioambiente, protección de los recursos marinos, etcétera. En consecuencia, resulta interesante hacer un breve repaso del resto de la legislación aplicable.

 

Empecemos por ver la legislación ajena a la L34 que afecta o puede afectar a las explotaciones de gas de lutitas. Dejo para el final la legislación



 

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de evaluación de impacto ambiental, reformada mientras cerraba este capítulo, y me ocupo en primer lugar de las aguas, cuya legislación puede convertirse en el verdadero talón de Aquiles de la explotación de las lutitas en España, habida cuenta de que 14 millones de españoles dependen de acuíferos para su abastecimiento doméstico.

 

La mayoría de los 70 permisos concedidos o solicitados en España se concentran en dos grandes áreas (MIET, 2013): la primera y más extensa afecta casi en su totalidad al País Vasco, pero también a parte de Asturias, Cantabria y La Rioja, y a las provincias de Palencia, Burgos y parte de León y Valladolid; mientras que la segunda se sitúa al norte del Ebro hasta alcanzar los Pirineos, afectando a diferentes territorios de las provincias de Zaragoza, Huesca y Lleida. En estos dos casos se trata de explotaciones que afectan potencialmente a dos o más comunidades autónomas, por lo que los permisos se resolverán en Madrid. También se han concedido permisos de investigación en otras comunidades autónomas, como Andalucía, Comunidad Valenciana y Castilla-La Mancha. En esta última, se han solicitado permisos en las inmediaciones de las Lagunas de Ruidera, zona calcárea de gran interés natural, especialmente sensible a las alteraciones y modificaciones del medio hídrico.

 

Si, como han hecho los activistas de Ecologistas en Acción (2012), se superpone el mapa de los permisos de investigación (MIET, 2013) con el mapa de unidades hidrogeológicas del Libro blanco de las aguas subterráneas (DGOH, 1995), puede comprobarse que alrededor del 80 % de los permisos de investigación vigentes o solicitados se sitúan sobre acuíferos conocidos. Esto no quiere decir que el 20  % restante no afecte a ningún acuífero, sino que la escala del mapa no permite cartografiar los acuíferos de menor extensión e importancia.

 

Por otra parte, de los permisos de investigación que afectan a acuíferos conocidos, el 56 % de ellos se ubican sobre acuíferos calcáreos, especialmente sensibles a la alteración física y a la contaminación química, por lo que el riesgo de que se vean afectados por la aplicación de la fractura hidráulica aumenta considerablemente y pondrán en alerta a los organismos de cuenca, responsables del uso y la calidad de las aguas españolas.

 

El texto refundido de la Ley de Aguas de 20 de julio de 2001 (TRLA en adelante), además de fijar como bien demanial las aguas continentales, superficiales y subterráneas, establece las normas de funcionamiento de los organismos de cuenca, que son las entidades encargadas de la elaboración de



 

 

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los planes hidrológicos de las cuencas intercomunitarias e intracomunitarias como autoridad especializada, descentralizada y participada para la planificación y gestión del agua. Para lo que aquí nos interesa, asumen funciones de otorgamiento de autorizaciones y concesiones referentes al dominio público hidráulico, salvo las relativas a las obras y actuaciones de interés general del Estado, y la inspección y vigilancia del cumplimiento de las condiciones de las concesiones y autorizaciones relativas al dominio público hidráulico.

 

Por su parte, el Real Decreto 1514/2009 regula la protección de las aguas subterráneas siguiendo las líneas marcadas por la directiva 2006/118/CE, de 12 de diciembre de 2006, relativa a la protección de las aguas subterráneas contra la contaminación y el deterioro, y los apartados 2.3, 2.4 y 2.5 del anexo V de la directiva 2000/60/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 23 de octubre de 2000, por la que se establece un marco comunitario en el ámbito de la política de aguas. Además de las disposiciones relativas al estado químico de las aguas subterráneas, el Real Decreto 1514/2009 tiene por objeto establecer criterios y medidas específicos para prevenir y controlar la contaminación de las aguas subterráneas.

 

Los temas de policía de aguas, incluyendo los permisos de concesiones de aprovechamiento de aguas superficiales o subterráneas, así como la autorización de vertidos, son competencia de los organismos de cuenca, es decir, de las confederaciones hidrográficas, cuyos técnicos están obligados a vigilar el cumplimiento de algunos requisitos que se constituirán en cuellos de botella para la tramitación de los permisos de investigación y explotación por fracking. Sirva como ejemplo lo establecido en el artículo 100 del TRIA:

 

A los efectos de la presente Ley, se considerarán vertidos los que se realicen directa o indirectamente en las aguas continentales, así como en el resto del dominio público hidráulico, cualquiera que sea el procedimiento o técnica utilizada. Queda prohibido, con carácter general, el vertido directo o indirecto de aguas y de productos residuales susceptibles de contaminar las aguas continentales o cualquier otro elemento del dominio público hidráulico, salvo que se cuente con la previa autorización administrativa.



 

 

 

 

 

 

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O lo que figura en el artículo 102, que se ocupa de la autorización de vertidos en acuíferos y aguas subterráneas, que parece especialmente pensado para el fracking:

 

Cuando el vertido pueda dar lugar a la infiltración o almacenamiento de sustancias susceptibles de contaminar los acuíferos o las aguas subterráneas, solo podrá autorizarse si el estudio hidrogeológico previo demostrase su inocuidad.

 

Los contaminados fluidos de retorno de las explotaciones de fractura hidráulica no podrán verterse sin depurar, pues el artículo 101 exige que los solicitantes de vertidos deberán

 

especificar las instalaciones de depuración necesarias y los elementos de control de su funcionamiento […] acreditando ante la Administración hidráulica la adecuación de las instalaciones de depuración, y los elementos de control de su funcionamiento, a las normas y objetivos de calidad de las aguas. Asimismo, con la periodicidad y en los plazos que reglamentariamente se establezcan, los titulares de autorizaciones de vertido deberán acreditar ante la Administración hidráulica las condiciones en que vierten.

 

Esos y otros requisitos de control de calidad de las aguas, que las maniobras políticas de Cheney lograron sustraer de la legislación estadounidense de control de la contaminación hídrica, pueden constituirse en una barrera difícil de superar para las explotaciones de fracking en nuestro país, pues establecen unos condicionantes legales y temporales que pueden complicar extraordinariamente el trámite de los permisos, lo que los impulsores de los proyectos, fascinados por el boom estadounidense, parecen no haber tenido en cuenta.

 

Veamos ahora otros procedimientos a los que deben atenerse las explotaciones de fractura hidráulica: los procedimientos de evaluación de impacto ambiental (EIA, en adelante). Empecemos por recapitular hasta situarnos a finales de noviembre de 2013, cuando se modificó definitivamente la Ley de EIA.

 

El texto refundido de la Ley de Evaluación de Impacto Ambiental de proyectos, aprobado por Real Decreto Legislativo 1/2008 de 11 de enero



 

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(TREIA en adelante), incorporó a la legislación española las directivas europeas EIA. Ese era el marco general a que debían atenerse las explotaciones mineras de cualquier naturaleza, excluyendo obviamente las de fractura hidráulica, desconocidas en Europa antes de la presente década.

 

El TREIA establecía dos grupos de proyectos: los contemplados en el anexo I, que son los sometidos directamente a la EIA; y los del anexo II, en el que se incluían los proyectos para los que el órgano ambiental debe determinar si se someten al mismo procedimiento de los proyectos del anexo I o si se realiza una evaluación abreviada.

 

Para lo que nos interesa, los proyectos de extracción de petróleo y gas natural con fines comerciales, cuando su producción diaria exceda de 500 toneladas en el caso del petróleo o de 500 000 m3 para el gas, se encuentran en el anexo I, así como todos los proyectos del anexo II cuando la EIA fuera requerida por la normativa autonómica. Naturalmente, en España no hay explotaciones de hidrocarburos que se acerquen ni de lejos a los volúmenes de producción contemplados para los proyectos del anexo I. Como, por otro lado, el fracking no era una actividad conocida en nuestro país, ni que decir tiene que su autorización no requería EIA.

 

Ante el vacío legal y las protestas que reclamaban que fuera sometido a EIA, sobre todo a raíz de que la inyección de gas en el subsuelo hubiera provocado movimientos sísmicos en la costa mediterránea (recuérdese el caso de la plataforma Castor), el Gobierno movió ficha de forma sorprendente. El 30 de mayo de 2013 se debatió en el Congreso de los Diputados el proyecto de ley para la garantía del suministro e incremento de la competencia en los sistemas eléctricos insulares y extrapeninsulares. Sorprendentemente, el proyecto, que nada tenía que ver con el fracking, incluía una disposición que, de facto, daba vía libre a la fractura hidráulica en España. En su disposición final tercera se modificaba el TREIA añadiendo un nuevo párrafo (e) al anexo I con la siguiente redacción:

 

Los proyectos consistentes en la realización de perforaciones para la exploración, investigación o explotación de hidrocarburos que requieran la utilización de técnicas de fracturación hidráulica.

 

De esa forma, la EIA para el fracking se incorporaba al anteproyecto de Ley de EIA que por entonces estaba en trámite parlamentario. El jueves 28 de



 

 

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noviembre el Congreso de los Diputados aprobó definitivamente la Ley, que incluía en el anexo I la citada disposición final, lo que suponía que, sin que mediase debate alguno, el fracking se aprobaba en España. Además, al someterlo a la evaluación de impacto ambiental ordinaria, no se incluyen los estudios sísmicos que la oposición había solicitado que fueran preceptivos en las explotaciones de fractura hidráulica.

 

Además, la nueva Ley de EIA simplificaba la tramitación de los expedientes y limitaba la participación pública, lo que en la práctica significa que los colectivos afectados dejarán de tener el peso específico que ahora tienen en la tramitación de proyectos potencialmente dañinos para el medioambiente.

 

En 2005, siendo presidente de EE. UU. George W. Bush, el Congreso aprobó una ley sobre la energía (Energy Policy Act) que incluía la llamada “cláusula energética”, que eximía a la industria del gas de respetar las leyes de protección del agua potable (Clean Water Act y Safe Drinking Water Act) y otra serie de reglamentos destinados a la protección del medioambiente. Además, se impedía el control por parte de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) sobre las actividades de fractura hidráulica. La exención se conoce con el nombre de “gatera de Halliburton” o “vacío legal de Halliburton”.

 

Con la nueva Ley de EIA, España tenía ya su particular y carpetovetónica “gatera de Halliburton”.

 

Sigue la fiesta americana

 

Subámonos a la máquina del tiempo de H. G. Wells y pongámonos a comienzos de 2004, con el precio del barril WTI a 40 dólares, un precio elevado en comparación con las décadas anteriores pero que no parecía preocupar a los consumidores estadounidenses, que pagaban el litro de gasolina a unos 25 céntimos de euro (2 US$/galón), mientras los europeos pagábamos la de 95 a poco más de un euro. Los periódicos se ocupaban más del escaso vestuario, con pecho furtivo incluido, de Janet Jackson en la Superbowl y del presidente Bush disfrazado de Rambo en la cubierta del portaviones USS Abraham Lincoln (Lerch, 2014). Nadie fuera del mundillo energético había oído hablar del pico del petróleo, ese pensamiento inoculado por algunos agoreros que anunciaban la proximidad de los límites físicos de la



 

 

 

 

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producción global de crudo y pronosticaban tiempos de petróleo escaso y caro.

 

Por el contrario, todo el mundo estaba seguro de que durante las próximas décadas habría petróleo abundante y barato. La US EIA lo tenía muy claro. El escenario de referencia de su pronóstico para 2025 (US EIA, 2005) predecía que el precio del barril para el año que cerraría el primer cuarto del tercer milenio sería de 30 US$ (unos 37 en dólares de 2013). Lo repito por si no ha quedado suficientemente claro: los taumaturgos de la agencia oficial del Departamento de Energía del país que consume más petróleo del mundo decían en 2005 que el petróleo estaría más barato que en 2004.

 

Mientras los expertos de la agencia estadounidense y sus compañeros de la AIE jugaban con unas cifras increíbles que sostenían un sueño imposible, la serpiente de la volatilidad de los precios se incubaba en su huevo. En ese mismo año 2005 comenzó la escalada de los precios que en 2008 superaría una barrera que parecía impensable: los 100 dólares por barril. Entonces empezaron las maquinaciones financieras y tecnológicas. Si el petróleo escaseaba, pero los adictos consumidores estaban dispuestos a pagarlo al precio que fuera, había llegado el momento de buscar en el baúl de los inventos donde descansaban los combustibles no convencionales y los sofisticados, cuando no disparatados, mecanismos que podían extraerlos. También había que reivindicar a las nucleares y —qué se iba a hacer— a empezar a tomarse en serio a las malditas renovables.

 

Han pasado diez años y uno pensaba que, visto lo visto y comprobados sus acertados pronósticos, la agencia estadounidense habría hecho propósito de enmienda y sus responsables comenzarían a preparar un futuro en que deberíamos destetarnos de la petroubre terrestre. Nada más lejos de la realidad. En la primera quincena de enero de 2014, el Departamento de Energía ha hecho público su avance de informe anual (US EIA, 2014) en el que, como hacía en 2004, sigue erre con erre con su pronóstico de petróleo abundante a los precios vigentes o incluso menores.

 

Y lo hace cimentando sus posiciones en disparates como que de las lutitas de Monterey van a producirse más de 15 KMbl, calculando dicha producción por el procedimiento simple y expeditivo de suponer que cada pulgada cuadrada de ese campo aún no probado va a producir más crudo y de mejor calidad que cualquier otro campo de Estados Unidos. Suponga usted que hace de zahorí y detecta en su pueblo un manantial con una capacidad de producción digamos que de un millón de litros por segundo. Coja usted ahora



 

 

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la superficie de la España peninsular y multiplíquela por la producción del manantial de marras. Tendrá usted agua para tomar y exportar. Ahora bien, cualquier aficionado no ya a la hidrogeología sino al pensamiento lógico le dirá que hacer tal cosa es un disparate. Pues eso precisamente hace la US EIA en el caso de Monterey, apoyándose en un informe poco fiable (por decirlo suavemente) del que me he ocupado en el capítulo 5. Aun así, basta con que los analistas de la US EIA lo hayan incluido en sus pronósticos para que la cofradía de la industria, los medios, el Gobierno de Obama y los epulones de guardia nos machaquen con esa cifra.

 

Pero no nos cebemos con Monterey y profundicemos en el recién parido informe, cuyo núcleo central es que Estados Unidos producirá 9,61 Mbd en 2019, lo que igualará el máximo histórico de 1970. Aquí está el primer mensaje: sigamos quemando. Luego, a partir de 2021, la producción estadounidense irá decreciendo gradualmente hasta alcanzar los 7,5 Mbd, más o menos la producción diaria de 2013. Es todo un sueño: el país puede seguir a lo suyo hasta la próxima década, cuando habrá que ir preparándose suavemente para un nuevo escenario. Largo lo fían.

 

Ese pronóstico de color rosa lo sustentan en un aumento significativo y una consolidación de la producción petrolífera procedente de los campos de lutitas, para los que pronostican una producción acumulada de 42,8 KMbl en 2040. Cualquiera que no esté muy interesado en el tema y vea esa cifra pensará que los expertos de la US EIA saben dónde, cómo y cuándo encontrar y explotar semejante flujo de petróleo. Pasemos a comprobarlo.

 

Como puede verse en las tablas que aparecen en el capítulo 5, aproximadamente el 74 % del petróleo de lutitas norteamericano proviene de dos campos: Bakken, en Dakota del Norte, e Eagle Ford, en Texas. Ambos campos alcanzarán su pico productivo hacia 2016-2017, aunque podrán llegar a producir unos 11 KMbl hacia 2035, siempre y cuando se logren perforar 48 000 nuevos pozos, lo que significa multiplicar por cinco los que existen actualmente. Ahora bien, Bakken e Eagle Ford son el “no va más” de los campos: ningún otro se les acerca en cantidad ni calidad en el crudo que producen. Así las cosas, producir 31,8 KMbl de otros campos menos productivos es el sueño de una noche de verano.

 

Pero no acaba ahí la cosa. Cuanto más se pone el foco en los datos, menos se fía uno de ellos. Usando extrapolaciones semejantes a las de Monterey, esto es, suponiendo que cada pulgada cuadrada de cada uno de los campos de lutitas no probados produzca tanto y tan bueno como Bakken o Eagle Ford, el



 

 

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informe acumula miles de millones de barriles en algunos campos que he incluido en las mencionadas tablas, y cuyo rendimiento productivo real está muy lejos de lo que anuncia el informe, en el que, por citar dos casos, se pronostica que Austin producirá 7,3 KMbl y Permian otros 5,3, mientras que el resto se adjudica a otros campos menores hasta completar los 31,8 KMbl.

 

Pues nada, asumamos el trágala pero preguntemos a los expertos qué pasa con las espectaculares tasas de declive de esos campos, que son el auténtico talón de Aquiles de los mismos: la tasa de declive de los pozos de Eagle Ford es del 60 % el primer año y la equivalente de Bakken es del 69 % (véase la figura 29). Como he dicho al comentar esas elevadas tasas, al igual que las correspondientes a los campos de gas de lutitas, compensar la caída en “tobogán” de la producción exige una cinta sinfín de perforaciones. Ahora bien, acumular pozos tiene un límite económico y sobre todo físico. Cuando se alcanza dicho límite, en unos 10-12 años (dependiendo de las tasas de perforación) Bakken e Eagle Ford, como el resto de los campos, irán al colapso productivo.

 

Si usted me paga diez euros por cortarle el césped, es probable que hacer el esfuerzo no me compense. Ahora bien, si me ofrece 100, es probable que sí. Ese es el típico argumento epulón: como los precios están altos, se puede perforar a costes más elevados. Parece lógico, ¿no? Pero como la lógica no entra en el rosado paraíso de los analistas de la US EIA, en el futuro Estados Unidos no dispondrá solamente de más petróleo (que, al proceder de yacimientos no convencionales, tendrá costes de producción más elevados), sino que los consumidores podrán adquirirlo a precios más baratos que los actuales. Los mismos analistas que en 2004 preveían costes de 30 US$ por barril para la década siguiente ahora dicen, en 2014, con el barril a más de 100 US$, que en 2018 habrá bajado hasta 88 y que después irá subiendo al ritmo de la inflación anual, que dicen será del 1,5 % al 2,5 %.

 

Así las cosas, ¿es creíble esa proyección de 9,61 Mbd para la producción estadounidense en 2019? Pues parece que no, y la experiencia de las proyecciones anteriores, siempre fallidas, no aumenta la confianza en los pronósticos. Pero no importa, todo el mundo las asumirá como ciertas porque, ¿quién se acuerda de lo que pasó ayer cuando le espera un futuro mejor?

 

No sea usted aguafiestas, hombre. La fiesta continúa.



 

 

 

 

 

 

 

 

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MANUEL PEINADO LORCA (Granada, España, 1953) estudió Ciencias Biológicas en la Universidad de Granada, donde se licenció con la calificación de Sobresaliente y posteriormente se doctoró en la Universidad Complutense de Madrid con una tesis doctoral titulada “La vegetación de la cuenca Alta del río Guadiana”, dirigida por el profesor Esteve Chueca y defendida con la calificación de Sobresaliente Cum Laude en 1978. Trabajó como colaborador y profesor en ambas universidades y en la de Alcalá, donde, después de que en 1981 ganara por oposición la plaza de profesor Adjunto de Botánica en la Universidad Complutense de Madrid, ejerce como catedrático de Biología Vegetal desde 1988 e investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos.

 

Afiliado al PSOE, fue alcalde de Alcalá de Henares desde 1999 a 2003. En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo Federal de Biodiversidad.

 

Ha sido jugador de balonmano en los equipos Iberia LAE, Urbis, Estadio OJE, Universitario de Granada y Juventud Alcalá.



 

 

Notas

 

 

[1] https://www.dropbox.com/s/xtkfnsxejy6uhwb/Notas_Finales.pdf.

 

[2]

 

https://www.dropbox.com/s/c6d8njesrllv5e2/Referencias_bibliograficas.pdf.

[3]     el punto de vista de su disponibilidad y de su facilidad de transformación en combustibles listos para el consumo, los hidrocarburos se suelen clasificar en convencionales y no convencionales. Se denominan hidrocarburos no convencionales no porque sean hidrocarburos con características nuevas sino por las técnicas usadas para extraerlos. Nos ocuparemos con mayor detalle en los capítulos 4 y 5.




FIN

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