© Libro N° 12989.
El Desarrollo Como Complejización. Silva Rivera, J. Alberto.
Emancipación. Septiembre 21 De 2024
Título original: © El desarrollo como complejización.
J. Alberto Silva Rivera. Universidad de La Salle, Bogotá,
jsilva@unisalle.edu.co
Versión Original: © El desarrollo como
complejización. J. Alberto Silva Rivera. Universidad de La Salle, Bogotá,
jsilva@unisalle.edu.co
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Revista de la Universidad de La Salle
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Number 84 Desarrollo
humano integral y Article 11 sustentable
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2021-02-03
El desarrollo como complejización
J. Alberto
Silva Rivera
Universidad de La Salle, Bogotá, jsilva@unisalle.edu.co
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Citación
recomendada
Silva Rivera, J. A. (2021). El desarrollo como
complejización. Revista de la Universidad de La Salle, (84), 157-186.
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El desarrollo como complejización
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J. Alberto Silva Rivera1
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en profundidad, se trata de la misma crisis. La impotencia del mundo
para llegar a ser mundo es la impotencia del hombre en llegar a ser hombre. La
crisis de la barbarie mundial y la crisis interior del individuo tienen las
mismas fuentes cavernosas. Los hombres de las cavernas suben de nuevo y
volverán aún a subir de las cavernas del hombre. González (1996)
Resumen
Con una postura humanista, no especializada, procuro hacer entender el
desarrollo como un proceso de los individuos, los grupos y las naciones.
Además, a través de algunas categorías conceptuales del pensamiento complejo,
busco comprender la trascendencia de la apropiación que debe tener del tema la
gente del común, para así producir un
auténtico desarrollo.
Palabras clave: desarrollo, complejidad, complejización,
principios de complejidad, formación integral, tejido, política, participación.
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*
Artículo de reflexión.
1 Docente catedrático del Departamento de
Formación Lasallista, especialista en Filosofía de la Educación. Magíster en
Docencia Universitaria y excoordinador del área de Formación Lasallista. Autor
de varios escritos sobre los temas de la ética y las humanidades.
jsilva@unisalle.edu.co
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UNIVERSIDAD
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A modo de introducción
Hace unos veinte años, Sergio González Moena, en
la Universidad de La Salle, nos pidió hacer un ejercicio de pensar
analógicamente la idea del desarrollo, en esa ocasión se hizo en relación con
la labor de las campesinas en el arte de hilar y tejer la lana de sus ovejas;
el objetivo era permitirnos entender la gran tarea que como especie tenemos: la
humanización plena, un tejernos todos en una sola especie. Así, para comprender
el tema del desarrollo, convino usar algunas ideas y categorías del pensamiento
complejo, además de involucrarlo en nuestras prácticas de vida; también, es
válido intentar hacer una compren-sión analógica de temas complejos y de
urgente actualidad como la política, la educación, la pobreza y muchos otros en
una relectura no segmentada ni hiperespecializada, sino sencillamente compleja.
Para ayudarme en esta tarea, dos autores serán la fuente de la que
continuamente beberé: Pierre Teilhard de Chardin y Edgar Morin, dos sujetos que
hacen posible la emergencia de un planteamiento que se reconoce con el nombre
de complejidad.
La complejidad es complexus2, lo que a su vez se refiere a tejido, por lo que echo
mano del símil de que, así como los hilos son usados en un telar para componer
una pieza de tela o tejido, lo que hemos de hacer como especie es formar un
tejido para afrontar el reto de sobrevivir en un momento clave como este. Se
necesita tejer para formar una ruana, un poncho o unos simples escarpines, pero
es complejo lo que está tejido, pues
conlleva un trabajo arti-cular un producto, pero también sus componentes, es
decir, cada uno de los hilos de la pieza o prenda. Esa analogía aterriza y
esboza una posible respuesta a la incógnita ¿por qué teniendo toda la
parafernalia conceptual que tenemos desde diferentes ciencias no logramos
acertar con la solución a la situación real de una falta de desarrollo?, ¿por
qué teniendo hilos de oro en nuestras manos de artesanos no logramos un dorado
tejido, sino un guiñapo?
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2 Complejo: complexus,
de complecti; enlazar (s. XVI),
compuesto de elementos diferentes (Corri-pio, 1973). Además, por la insinuación
de Edgar Morin en Introducción al
pensamiento complejo, tejer del latín texere;
de tegere, cubrir (s. XIII),
entrelazar hilos para formar la tela (2001).
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Así, el aterrizaje se produce desde la analogía,
además da cuenta de que es-tamos partiendo de una concepción equivocada del
sujeto del desarrollo: el humano, y del procedimiento: la dinámica social, por
lo que propongo una apuesta: en la medida en que afinemos nuestra mirada del
sujeto y la dinámi-ca —los hilos y el tejido— podremos obtener un buen
resultado. Se trata de afinar, pues en el arte de desarrollar no todo ha sido
equivocación.
Por ese tiempo se celebraban los cincuenta años
de la publicación de Populo-rum
Progressio, de Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini, PABLO VI (Pablo sexto), el papa número 262 de la
Iglesia católica, y un auténtico líder religioso y humanista pleno, para quien
el tema de la humanización fue uno de sus favoritos. Este texto es, a mi
parecer, la más exquisita encíclica social:
Es un humanismo pleno el que hay que promover.
¿Qué quiere decir esto sino el desarrollo integral de todo hombre y de todos los hombres? un humanismo cerrado,
inpenetrable a los valores del espíritu y a Dios, que es fuente de ellos,
podría apa-rentemente triunfar. Ciertamente, el hombre puede organizar la
tierra sin Dios, pero, al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla
contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano. No hay pues,
más que un hu-manismo verdadero que se abre al Absoluto. En el reconocimiento de una vocación, que da la idea
verdadera de la vida humana. Lejos de ser la norma última de los valores el
hombre no se realiza a sí mismo si no es superándose, según la tan acer-tada
expresión de Pascal, “el hombre supera infinitamente al hombre”. (Pablo VI,
1967, n.° 42; énfasis del autor)
Esta encíclica atrevida, que desautoriza a la
moral para establecer la justicia diciéndole al pobre que tome lo que le
corresponde, y que sentó el principio de que cada vida es un proyecto, ratifica
la idea de que el desarrollo implica una mirada a lo personal de cada habitante
del planeta; inclusive este documento ayuda si se toma no como una reflexión
religiosa, teológica o moralista, sino como un aporte al pensamiento humanista.
Además, le da un tinte superior al político, al que le cuesta trabajo prescindir
de los intereses propios de su ser. De esta manera, se trata, primero, de
formar los hilos —todos y todas, todos y cada uno—, para luego trenzarnos en
una armonía no solo estética, sino ética;
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PABLO VI (Pablo sexto) quiere proponer que
contemos todos y cada uno de los humanos, no solo los países, los pueblos, las
naciones, sino la humanidad, a partir de dos focos: el sujeto y la especie a la
que no hemos mirado con detenimiento en las propuestas de desarrollo.
En medio de la convulsión que vive el mundo no
solo por la pandemia de la covid-19, sino por las incertidumbres de la política
y la economía que han emergido con ella —como grandes brechas escandalosas—,
busco opinar acerca de lo que nos es más propio: nuestro desarrollo; así, parto
de la cons-tatación de que los esfuerzos realizados no se han consolidado de
acuerdo con una mayor humanización de la especie. Por tal razón, es importante
hacer fuerza y eco, o por lo menos ruido, desde el rincón de las humanidades,
para que muchas cosas que se han dicho y en las que se ha insistido se
transmitan a las nuevas generaciones, por lo que hay que ofrecérselas como una
manera diferente de ver la realidad, otra forma a la que obstinadamente imponen
los medios de comunicación y los académicos comprometidos con la sociedad de
consumo y el bienestar. Me declaro un humanista cristiano que reconoce que la
Iglesia no es el mejor ejemplo de construcción de paz y desarrollo, pero a la
que agradezco la leche de la formación rebelde, servida en tazas de teología de
la liberación que me ayudaron a mirar en las letras de la koiné cristiana un alimento para mi idion, en esta oikoinión
que debo asumir.
En este escrito hay solo dos de las cuatro
partes de mi desarrollo original3 sobre esta cuestión. En la primera,
“Desenmarañando lo tejido”, denuncio la comprensión y aplicación del tema, y la
tarea realizada de modo insuficiente si miramos en retrospectiva lo que hemos
hecho con la humanidad políti-cos, gobernantes, maestros, líderes religiosos,
educadores y padres de familia; además, hago énfasis en tomar consciencia de lo
crucial del momento y de la relación entre la formación y el desarrollo, una sinergia
fundamental.
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3 El escrito completo tiene tres extensas partes.
Se puede leer completo en:
https://www.acade-mia.edu/38584871/EL_DESARROLLO_COMO_COMPLEJIZACION
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La segunda parte, “Trenzar el tejido personal”,
propongo la primera parte de mi tesis: no puede haber desarrollo sin
humanización, si no hay focalización en cada uno de los humanos. Si no
entendemos que cada uno de nosotros es un “grano de pensamiento”, un “grano de
consciencia totalizada” en el lenguaje de Teilhard; una hebra para conformar el
tapiz. No habrá desarrollo si se sigue la ruta de la homogenización, la
homologación, la unisexificación (Morin, 2006) y otras deformaciones que tanto
provecho le sacan a un sistema ciegamente obsesionado por la producción y el
consumo. Asimismo, es menester enten-der que la formación es un acto personal privativo de cada uno, nadie forma a
nadie —parodiando a Paulo Freire para quien era imposible que otro educara a
alguien—; cada uno se da su propia forma (autopoiesis) cuando ha llegado a la
conciencia de sí, y se reconoce como humano en proceso. Ese formarse propongo
asimilarlo a la actividad autopoiética que han planteado Maturana, Luhmann y
otros (Silva, 2015).
Nos hemos dado a la tarea de tejer una sociedad
sin trenzar los hilos, de modo que por donde quiera se revientan; hemos
trenzado nuestras vidas en una consciencia y actitud de egoísmo que rebotan en
nuestra calidad de vida, re-trotrayendo los efectos del caos social hacia lo
personal; por tanto, el producto de nuestro tejer no es una pieza o una cobija
que nos cubra, sino más bien un guiñapo, un trapo que para lo único que sirve
es para asear, para trapear. Para finalizar, cuestiono seriamente las prácticas
de la formación de: la escuela, la crianza, el adoctrinamiento en la religión y
la política, y lo hago como pensaría Teilhard, siendo un grano de pensamiento
que intenta como una luciérnaga titilar para que otros puedan aprovecharse de
esa luz.
Desenmarañando lo tejido
hasta ahora
El nudo ciego
del desarrollo
Después de la Segunda Guerra mundial, y frente
al macabro espectáculo de millones de personas asesinadas, desaparecidas y
enloquecidas, podríamos decir que arrolladas por tal acontecimiento social,
fueron muchas las voces y voluntades que se unieron para intentar poner un alto
a la repetición de
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hechos como ese. Fruto de ello es el desarrollo
de ideologías, concepciones, codificaciones y legislaciones de un valor
incalculable: el pronunciamiento por los derechos humanos, la creación de
organismos internacionales a los que les fue definida la misión de evitar
situaciones como estas, y un sinnúmero de aportes al humanitarismo.
Sin embargo, cuando se lee desde otra
perspectiva, y entre líneas, cabe afirmar que algo está pasando, que pareciera
que no se está trabajando en la dirección indicada por la reflexión posterior a
la catástrofe; es como si al intentar tejer los hilos, estos no estuvieran
libres, sino enmarañados; la visión es la de un nudo ciego en el que no se sabe
por dónde empezar. Es innegable que algo está pasando, no es ilusión, porque
hay evidencias de genocidios peores a los de los campos de concentración, de arrollamientos
similares, solo que esta vez ejecutados de una manera más sutil y silenciosa,
pero igualmente cruel y letal, no de un solo tajo, sino de forma sistemática,
se mata con: el hambre y el desplazamiento que no ha cesado; la ignorancia o la
educación de mala calidad; la exclusión; la corrupción, principalmente de los
agentes de lo público. Por lo menos, en nuestro país, ya son muchedumbre los y
las que deambulan por los caminos en busca de un lugar que los acoja, y es
sistemática la eliminación de personas por medio de tratamientos de hambre.
Habitamos un planeta en el que los niveles de contaminación son peores que
aquel escape atómico, y ponen en riesgo toda la vida; lentamente morimos en un
planeta polucionado al límite y sin modo de invertir el proceso.
Respecto a la pregunta acerca del rumbo de la
humanidad, la mirada se dirige a quienes se proclaman los dirigentes del mundo,
los responsables más directos, y descubre uno que no quieren, no gestionan en
dirección a la corrección de hecho, sino con estrategias dilatorias y discursos
encubridores que frenan al desarrollo. Mientras hablan de paz, de desarrollo,
de inversión social, rapiñan los últimos recursos y espacios vitales dando la
impresión de querer destruir y aniquilarlo todo en un apocalipsis:
Es falso que las instituciones políticas o el
Estado se encuentren amenazados. Lo cierto es que no cumplen bien sus funciones
y que el clima que generan se vuelve
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irrespirable. La guerra de todos contra todos se
cierne sobre la vida política, mien-tras los ciudadanos atienden pacíficamente
a sus menesteres particulares. La gente da la espalda a los políticos, no cree
en ellos, porque los ve enzarzados en una lucha que no es la suya. Solo esos
mensajeros de la vida pública que son los medios de comunicación se muestran
cautivos del vocerío político. (Camps, 1996, p. 11)
Desde hace tiempo, es un hecho que su discurso
quedó vació de contenido y sentido. Pareciera que fuéramos ciegos guiados por
otros ciegos.
Referente a la misma cuestión, se interroga a
los científicos, a los que prestan su conocimiento —que no llega a ser
sabiduría— y se confabulan con aquellos poderosos para hacer posible su
prevalencia y su ganancia a costa de la muerte y la vida. Es ahí donde está la
clave del tema del desarrollo, pues lo que esta-mos poniendo en juego es la
vida humana; no en abstracto, la vida que se hace esplendor en la unicidad y
particularidad de cada ser.
Precisando un
tanto más el problema
Si hay un término más relativo al pensamiento
complejo es tejido, por eso propongo
el problema a partir de la metáfora del guiñapo, del tejido roto. Un tejido se
vuelve guiñapo cuando los hilos que lo constituyen se rompen, por eso la
cuestión hay que mirarla desde una perspectiva compleja, primero
ho-logramática: la del hilo roto (lo individual, subjetivo), que no constituye
tejido; y la del tejido descompuesto (lo social, cultural), que está así porque
no tiene hilos. Luego, en síntesis, está la relación entre el hilo y el tejido.
Rompemos el hilo de la formación y la
humanización del individuo cuando instauramos una supuesta educación convertida
en mera instrucción o capaci-tación —poner algo en la cabeza— para el
cumplimiento de roles productivos, prostituyendo lo esencial del acto
educativo: lo formativo o dar sentido pleno a la vida. También, se rompen
cuando en la escuela dejamos a la deriva el papel que debe cumplir: trascender
el instruir al formar, para que otras instituciones tengan que hacerlo; y por
eso tenemos individuos deformados o demasia-do formateados por una sociedad que
no humaniza; por ejemplo, cuando la
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escuela enseña a trabajar, pero no a trabajar
para servir. En fin, cuando la prác-tica de nuestra ética no es la de la
compasión y el cuidado, tal como lo expone Leonardo Boff4, rompemos los hilos o
los hacemos nudos ciegos.
Rompemos el hilo del amor cuando,
conscientemente desde el sentimiento obstruimos la mínima razón emotiva, y nos
embarcamos en unas relaciones que empiezan por donde deben terminar: lo
genital, y eso nos incapacita para tener verdaderas relaciones de amor5.
Rompemos el hilo cuando el estado —entendido como el conjunto de em-poderados que, en
determinados momentos, timonean las instituciones de la cultura— no busca el
bienestar de los asociados, sino que se instaura como un ente de control de las
individualidades; cuando no busca la promoción de las capacidades, sino la
inhibición de las potencialidades para que los individuos no puedan competir.
Los harapos del
arrollamiento
No vemos un tejido estético y artístico en el
cuadro de la humanidad, por el contrario, a nuestros ojos, los de nuestros
hijos y discípulos tenemos que presentar vergonzosamente un pingajo o faluppa en vez de un tejido social.
Debemos pararnos frente a nuestra obra, producto de la dirección política que
hemos tomado, de las elecciones alienadas y enajenadas que aprendimos a hacer
también en lo religioso y lo cultural; de las prácticas investigativas que
hemos enseñado; y con vergüenza y culpa hemos de exponer que, en lugar de
desarrollar, hemos arrollado en muchos casos a las personas, las comunidades y
las cosas que intentan seguir siendo cosmos.
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4 Leonado Boff es un autor que ha dado mucha luz
sobre el tema de la ética como cuidado. Algo de su pensamiento está en El cuidado esencial. Ética de lo humano.
Compasión por la tierra (2002).
5 Al respecto resulta aclaradora la obra de
Enrique Rojas Remedios para el desamor
(1990), espe-cialmente las páginas 133, 150, 185-187, sobre la conyugalidad.
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Signos groseros de ese arrollamiento o no
desarrollo, además de los mencio-nados por Edgar Morin, en Los siete saberes necesarios para la educación del futuro (s.f.b),
Hans Kung (1996), Leonardo Boff (2002) y Tesyn Giatso (2001) son, en la cosecha personal recogida,
que en muchas escuelas:
1. Los niños son altamente competitivos por el
efecto del entrenamiento e instrucción de la escuela, pero incapaces de mirar
al otro, a no ser con la mirada de la codicia y el aprovechamiento. Son niños
incapaces de mediar los conflictos a través del diálogo o la concertación, o de
privarse de algo por otro, debido quizás a su incapacidad para leer en el
rostro del otro la expresión de desvalimiento y necesidad de cobijo.
2. Personas incapaces de sentimientos,
insensibilizados por la sistemática ex-posición a cuadros de horror que los han
convertido en golosos de la sangre. Hemos caído en el juego al dejar que la
televisión y otros medios amputen nuestra capacidad de valorar o priorizar; por
dinero somos capa-ces de frustrar los proyectos, las necesidades, los bienes y
la integridad de los demás; asimismo, configuramos sistemas económicos que
exacerban nuestro deseo de destrucción y sometimiento de los demás, para lo que
se crea sutilmente toda una estratagema publicitaria.
3. Cuerpos esbeltos y bellos que no contienen
esencia humana, o hechos de silicona pensados como carnada para atrapar desde
lo más banal hasta lo más sublime que hay en los demás. Pero también cuerpos
gordos y deformes por el consumo excesivo de grasas y otras sustancias creadas
en la sociedad vanidosa y derrochadora, sin el más mínimo concepto de
austeridad o abstinencia.
4. Personalidades neuróticas cada vez más
frecuentes en la familia y las orga-nizaciones empresariales y políticas que se
fastidian y dedican a incomodar a los demás.
5. Ebrios del consumo que no saben en qué más
gastar los recursos que avivadamente han quitado a otros.
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6. Seres homogenizados desperdiciados en su
unicidad y sin la posibilidad de un cuadro de diversidad; vulgares en su
lenguaje procaz agresivo y violento.
7. Enteros y gruesos grupos humanos cada vez más
expuestos y vulnerables a enfermedades incontrolables, y al desamparo de
sistemas de salud que ha perdido su norte en el cuidado y se han atrofiado como
una ulcera por un falso esteticismo que devora todo presupuesto.
8. Individuos más cercanos a la muerte y expuestos
a la violencia. Jóvenes confundidos entre el heroísmo y la osadía estúpida,
pues creen poseer el poder de enfrentar drogas, vicios y riesgos que los
colocan no un pedestal, sino en las puertas del crematorio.
En fin, todo un guiñapo horroroso producto de un
modelo de desarrollo que tiene como eje la producción y el consumo; que ha
mirado más los indicadores y los resultados en cifras y no los procesos y los
agentes; y que ha prostituido la educación dando a los “educados” poderes como
el conocimiento y la in-vestigación para destruir.
Pero, si miramos la otra cara, lo social,
tendremos que asistir al bochornoso espectáculo de una sociedad expuesta
vulgarmente para ser consumida por los buitres, sin piel, sin tejido ético que
la cubra y resguarde:
1. Nada de tejido social, solo hilachos de las
construcciones. Urbes hechas como para ratas, sin idea de la intimidad o
privacidad de las personas. Ciu-dades atiborradas, con su polución y su
derroche en las que lo estético es un remedo y una burla vulgar de lo natural.
2. Producción descontrolada, en serie y contra todo
arte o estética, para exacerbar el consumo de lo innecesario.
3. Organización política que en la corrupción tiene
su práctica cotidiana, y en la mentira y tergiversación, su hábito. Entes que
defienden los intereses de
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minorías poderosas que son capaces de llegar
hasta los extremos del uso de la violencia o a legalizar y legitimar la muerte.
4. Sistemas de salud que no curan ni velan por la
calidad de vida. Medicamen-tos y alimentos con etiquetas mentirosas hechos no
para nutrir, sino para sostener el consumo y la producción.
5. Escuelas que deforman al someter
sistemáticamente al entrenamiento de la competencia contra el otro, cuya única
tarea es la de instruir y dotar según los códigos básicos para robotizar en la
sociedad.
6. Familias prescindibles, modulares, que un día
están y al otro no, y que exigen de los hijos malabares para adaptarse a los
ambientes psicosociales que generan.
7. Medios de información que no informan, sino que
velan y enmarañan las verdades según los intereses por los que se prostituyen.
8. Religiones que no religan y son instrumento de
la violencia o la alienación de los sujetos, pues no le aportan la
espiritualidad que les es tan necesaria.
9. Así, el mundo sufre como una breña de hilachas
que por todas partes siente las tensiones o tirones de cada hilo que busca
armonizarse o tejerse y cobijarse a sí mismo.
Sergio González (1996) se quejaba de que lo que
él veía como las contra-dicciones de la crisis, por ejemplo: la ambiental, en
la que el capitalismo con su tecno-ciencia triunfa, mientras el medio ambiente
se degrada; la política, con la superación de la división en bloques
este-oeste, pero produciendo una balcanización del mundo, incrementando la
violencia y las guerras locales; las existenciales, respecto a un sentido de
vida globalizado, en el que, al mismo tiempo, resurgen el integrismo, los
nacionalismos y los fanatismos.
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El cosmos, la naturaleza en su sabiduría ha
predispuesto unas normas para trenzar y tejer, pero el hombre sin conocer —como
un gato intruso que juega con ovillos de lana— ha enmarañado y hecho del
proyecto de la humanidad algo en todo menos parecido a un buen tejido ideal,
aquel soñado desde la misma naturaleza de los hilos. Su libertad, más que su
razón, es la única que le puede ayudar en este momento de la historia a rehacer
el tejido en su plan original. Pretender rehacer el deshilachado tejido social
a punta de hilos de oro o de plata lleva a ahogar todo lo que hay de sangre y
palabra en las personas.
Los
intentos, logros y fracasos de un proceso no plenamente comprendido ni asumido
La definición de desarrollo se ha quedado corta y lo seguirá siendo mientras sea un
“señor concepto” de élite, que solo tiene en cuenta lo social y se olvida de lo
personal en su realización o aplicación, lo que obviamente toca con la
edu-cación y la escuela, y lo ético y lo moral, como prevén Teilhard, Morin,
Boff, Kung, Gracia y, en cierta forma, el mismo Sen. El desarrollo será
incompleto si no se mira desde la perspectiva amplia y holística de la
cosmogénesis, la biogénesis, la antropogénesis y la noogénesis que proponen
Teilhard y Morin6, y si no tiene en cuenta “el hacerse responsable” de Lonergan
para realizarse en auténtica libertad. Si asumiéramos nuestra actitud de
responsabilidad, po-dríamos evitar el desastre natural y toda la crisis
ambiental que nos acorrala.
El progreso procede de los valores originantes,
es decir, de los sujetos que son verdaderamente ellos mismos mediante la
observancia de los preceptos trascen-dentales: sé atento, sé inteligente, sé
razonable, sé responsable. Ser atento incluye el prestar atención a los asuntos
humanos. Ser inteligente exige que se perciban las posibilidades hasta ahora
desapercibidas o no realizadas. Ser razonable exige que
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6 La potente coincidencia de estos pensadores se
puede ver en El fenómeno humano
(1982), de Teilhard de Chardin, que permite comprender que el desarrollo es una
dinámica que se engarza en la responsabilidad por el planeta por el cosmos, por
la sociedad y por la persona, no solamente por el programa político de
optimización de recursos. Se necesita una capacidad de pensamiento “político”
al estilo platónico para ser capaz de comprender el compromiso del desarrollo;
es así como Morin plantea también el asunto en El paradigma perdido (1973), y recientemente en La cabeza bien puesta (1999), cuando
habla de la crisis cultural.
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desarrollo como complejización
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se rechace lo que probablemente no producirá los
resultados apetecidos y que se reconozca lo que probablemente los producirá.
Ser responsable requiere basar las decisiones y elecciones sobre una evaluación
imparcial de los costos a corto y largo plazo y de los beneficios que se
seguirán, para uno mismo, para su propio grupo y para los demás grupos. (1994,
p. 57)
Las experiencias recientes de la humanidad,
analizadas desde las perspectivas del capitalismo y el socialismo, aunque
excluyentes, han terminado en fraca-so. La primera con su paradigma de
enriquecer a los hombres y ponerlos a competir para obtener de cada individuo
el mejor hilo de su naturaleza, es tan perversa como la segunda, que niega al
individuo absolutizando lo colectivo, en tanto niega la ductilidad de cada hilo
de entramarse como quiera y con quien quiera. Ambas, incapaces de ver la
trascendencia de sus medidas y sus estrategias totalizantes, y de comprender
que la parte es el todo y que el todo determina la parte, es decir, que todos y
cada uno de los hombres ha de ser trenzado e hilado adecuadamente, pues todo
debe ser adecuadamente tejido para que no se deshilache el tejido social,
parecieran ser las razones del enca-llamiento ético y moral en el que parece
que estamos (González, 1997).
Delegamos el derecho de planear y dibujar el
desarrollo a otros, como si esto fuera una de esas intervenciones de tipo
social en la que el individuo es un mero espectador de las ceremonias y
rituales de los expertos. El desarrollo se refiere a todo y todos, por tanto,
es menester tejer a dos agujas: la personal y la social; preferiblemente más
que social, hablaríamos de comunitaria.
Se ha venido progresivamente madurando una
concepción de desarrollo que ojalá se consolide en la línea que ha de ser; sin
embargo, corremos el inmenso riesgo de que la “barbarie” y “la creciente de
estupidez” política nos hagan correr por pistas equivocadas. En esa concreción
del concepto, se pueden vislumbrar estos acercamientos históricos:7
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7 El artículo de Roberto Follari “Sobre el
concepto de desarrollo humano. Un largo y sinuoso camino” (1998) puede ser de
utilidad al lector para entender esta secuencia, así como nos ha permitido
presentar el tema a los estudiantes.
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▪ Desarrollo como crecimiento económico. Engarzado
en un conjunto de indicadores como el PIB, el IPC, el PNB y el indicador de
Gini, que termi-nan llevando de la nariz a la gente con la idea de que en la
vida estamos para tener dinero y bienes.
▪ Progreso. “Alcanzar los niveles de
industrialización y tecnología de los países desarrollados”.
▪ Desmarginalización. Uno de los hechos del
desarrollo cuando es puramen-te económico es la gran cantidad de seres humanos
que quedan excluidos, el esfuerzo por excluir y por incluir a determinada
población en el goce de un estado de bienestar.
▪ Liberación. De fuerte connotación
latinoamericana. Se propuso como la superación de la opresión. Un oprimido es
alguien a quien el sistema le impide llegar a la consciencia y superación de su
condición de excluido.
▪ Desarrollo humano integral (DHI). Proviene del
pensamiento social de la Iglesia católica. Con este se intenta integrar el
progreso material al perfec-cionamiento de dos tipos: el social y el cultural.
Acogido por la ONU y su programa PNUD.
▪ Desarrollo humano integral sustentable (DHIS).
Se incluye la relación con la naturaleza.
Desarrollismos
sin desarrollo
La gente del común sigue anclada a la idea que
vendieron —y siguen vendien-do— los economistas servidores del sistema injusto,
quienes se conforman con un crecimiento inmenso de lo económico, que es como
una gangrena que contiene pus e infecta a todas las otras dimensiones de la
vida: el amor, lo espiritual. De esta manera, revelan cierto lo que Marx plateó
en su manifiesto, que la familia es corrompida por las relaciones capitalistas
volviéndolas vínculos comerciales. Esos expertos nos hablaron primero de “progreso”,
y hasta hubo
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El
desarrollo como complejización
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una “alianza” para alcanzarlo, en la que algunos
que se creían que lo habían logrado incitaban a los demás a alcanzar su estilo
de vida, pero en realidad habían sufrido de gigantismo.
Después se habló de “modernizar”, luego, había
que hacerse moderno, marchan-do sincrónicamente con los que iban adelante, pero
no se dieron cuenta de que iban a la catástrofe, al abismo; se hundieron en la
contaminación y otros efectos.
Más tarde llegó la idea de “desarrollo”, en la
que pareciera haber certeza de su consolidación, pero la insuficiencia de estos
conceptos —que es posible entenderlos desde la perspectiva del pensamiento
complejo— radica en que la disputa de los saberes especializados nos ha alejado
de la síntesis: la física y la biología se han distanciado de las ciencias
sociales.
Esto se hace evidente cuando consideramos que,
de modo reducido (ope-racionalizado, calculado y matematizado), el desarrollo
se conceptualizó, y lo primero que ocurrió fue que con los conceptos
milimetrados creamos cate-gorías de seres humanos: pobres, pobres absolutos,
míseros, etc., y a los grupos humanos
los denominamos países desarrollados
a unos o en vías de desarrollo, y a
la mayoría subdesarrollados. Los
nombres tienen lógica, pero lo único que dejaban ver es el ingreso; nos fijamos
en lo que la categoría nos obliga a mirar, y allí, como con un bisturí,
condenamos a la desaparición y la perdición a los Carlos, Pedros, Marthas que
quedan anónimamente incluidos en las cifras de los pobres o los marginados,
para luego validar tales categorías con operaciones que suben o bajan según los
artificios matemáticos o estadísticos del mercado. Por último, los sacralizamos
con la compasión insensible ante el dolor, la muer-te, la violencia, el golpe y
la miseria, pues la ponemos intocable en el sagrario de la televisión, en la
que indolora e inolora no nos afecta ni nos pone en alerta y siguen existiendo
(Morin, 2001).
Desarrollo, un señor concepto
Desarrollo es uno de esos conceptos élites que se pasea
por los pasillos y aulas de las universidades en las que los profesionales se
preparan. Es uno de esos
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UNIVERSIDAD
DE LA SALLE
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términos evaluables en el glosario de egresados
de la educación superior, que, por pretender ser de uso exclusivo de los
especialistas —sobre todo los del Estado— se convierte en un tecnicismo que
nada actúa. Según Morin, “mucha abstracción general despegada de lo concreto
que no llega a formar un mode-lo” (González, 1996, p. 47), y esto se refleja
exactamente en lo que ha pasado con los estudios sobre el desarrollo. Además,
afirma:
El desarrollo mismo ha creado más problemas de
los que ha resuelto y ha con-ducido a la crisis profunda de civilización que
afecta las sociedades prosperas de occidente. Concebido únicamente de manera
técnico-económica, el desarrollo está en un punto insostenible. Es necesaria
una noción más rica y compleja del desarrollo, que sea no solo material sino
también intelectual, afectiva, moral [...]. El siglo XX no ha dejado la edad de
hierro planetaria, se ha hundido en ella. (p. 72)
El discurso sobre el desarrollo ha llegado a ser
tan vacío por descuidar y olvidar lo social humano como el fin principal de la
tarea de los tejedores sociales. Por esta razón, debiera ser popularizado,
emerger de la democratización cognitiva, desde lo que cada individuo
experimenta, como una necesidad vital de huma-nizarse, de poner en juego sus
capacidades en un contexto que depende de su desarrollo, para que cada quien
pueda entender y hablar de este como habla de sus amores, sus saberes o sus
pobrezas, porque esta carencia es algo que no se percibe exclusivamente con la
razón, sino con el estómago y el bolsillo. Hay que ponerlo en boca del pueblo,
para que desde la escuela básica lo de-mandemos como el derecho de derechos, y
no dejar que otros sean los que definen nuestra ruta de desarrollo.
Desde una visión coherente de
lo humano
Desarrollo como
complejización
Cuando se plantea el desarrollo a partir de enfoques como progreso, moderni-zación
o culturización, aunque se reconoce
lo social de lo humano y se utilizan indicadores
como el PIB o el índice per capita,
se está en una zona de mirada fría de lo humano:
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El
desarrollo como complejización
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visiones más estrictas del desarrollo en las que
se identifica este con el crecimiento del PNB o con la industrialización, a
menudo se pregunta si algunas libertades políticas o sociales, como la libertad
de participación y disensión políticas o la oportunidad de recibir una
educación básica, “contribuyen o no al desarrollo”. (Sen, 2006, p. 21)
Más allá de focalizar un aspecto tan humano como la libertad, tal como
lo hizo
Sen:
desde la perspectiva más del desarrollo como
libertad, esta manera de plantear la pregunta tiende a pasar por alto una
importante cuestión: estas libertades funda-mentales (es decir, la libertad de
participación política o la oportunidad de recibir una educación o una
asistencia sanitaria básicas) se encuentran entre los compo-nentes
constitutivos del desarrollo. (p. 21)
Considero que debe expandirse a otros factores
que hacen del humano un ser hipercomplejo. Además, a esa característica debe
sumarse una mirada más compleja, en la que pongamos, por lo menos, algunos de
los principios pro-puestos por Morin (1999)8:
▪ Holístico u holográmico. En el que se incluye la
individualidad de cada uno de los humanos, su particular manera de habérselas
con el mundo. Una mirada que es posible asumir desde el discurso ético, pero
con otros in-dicadores, por ejemplo, se consolidaría el índice de felicidad,
propuesto por la fundación New Economics de Inglaterra, en la que se incluyen
la consciencia de unicidad y la diversidad de los seres personales;
además de indicar que el desarrollo debe crear y potenciar, algo tan
revolucionario como el paso que se dio del geocentrismo al heliocentrismo9.
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8 Edgar Morin propone siete principios del
pensamiento, primero en El método III: el
conocimiento del conocimiento (1994), pero de una manera más sencilla y
clara en La cabeza bien puesta
(1999). Aquí solamente hago un
ejercicio de pensamiento analógico con esa propuesta.
9 “Permitir a cada uno la experiencia personal que
vivió Morin: cada persona es un proyecto, un destino partícula que se construye
lentamente y se hila como una historia, y esto se debe respetar
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DE LA SALLE
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▪ Sistémico y organizado. “La organización de un
todo produce cualidades o propiedades nuevas en relación con las partes
consideradas de forma aislada: las emergencias” (Morin, 1999, p. 98). Duele ver
la organización del Estado no para el desarrollo, sino para la burocracia, la
gula; se decía hace poco que en nuestro país hay tantas excepciones de
impuestos como lobistas y políticos. De modo que la organización del Estado10
no corres-ponde a la constitución de los sujetos o las comunidades —sin ilación
no puede haber tejido—. En general, puedo decir que no se ha apropiado la
concepción de sistema abierto, porque
todavía se mira de modo unicausal, segmentado con aparatos que no conversan
entre sí. Un ejemplo es la educación, que se declara una necesidad básica
fundamental y de urgencia emergente, pero el dinero requerido para su
transformación no es dado por el ministerio pues este tiene otra prioridad; y
así cada uno se considera cabeza, hasta armar un monstruo multicéfalo que
devora cualquier recurso que honestamente dan los ciudadanos.
▪ Retroactivo y retroalimentador. “La homeostasis
de un organismo vivo es un conjunto de procesos reguladores basados en
múltiples retroacciones” (Morin, 1999, p. 99). Imaginemos el ideal de un Estado
en el que su ca-beza, el gobierno, “atiende” la protesta, los reclamos y las
demandas de sus asociados, sería el país de la legitimidad, pero no ocurre así,
los gober-nantes crean nuevos y más sofisticados aparatos de control que
coaptan y asimilan al desorden que crean el justo orden que intentan provocar los
ciudadanos; hasta el homicidio y la guerra son herramientas del Estado,
atenazado con lo económico, para mantener el orden de miseria en que nos
movemos11.
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y no solo respeto sino que lo social debe tener
como objetivo y apuntar, propender por ello en cada una de sus estrategias”
(Morin, 2001, p. 9).
10 Un ejemplo de nuestra realidad es que los
ministerios, que se suponen constituyen el orden básico para atender a los
asociados al Estado, son nidos de corrupción y de repartición del botín de la
burocracia, y con ese orden político se arma más una tenaza que ahorca a los
ciudadanos, invirtiéndose el sentido de la organización, que no es para
ministeriar (servir), sino para controlar y robar.
11 Yuval Harari propone una profundización de esto
en sus dos libros: Homo deus (2015) y
21 lec-ciones para el siglo XXI
(2018).
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El
desarrollo como complejización
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▪ Recursividad. “Un sistema no puede reproducirse
salvo que nosotros mismos nos convirtamos en los productores del sistema al
acoplarnos” (p. 100), es decir, somos víctimas de nuestro propio invento. ¿Por
qué siguen estando en el gobierno las mismas clases, grupos y personas?, ¿por
qué la pobreza es el resultado del trabajo de millares de personas que entregan
lo mejor de sí? Digamos que este principio explica nuestra inca-pacidad de
vivir la política como participación y gestión, porque vivimos en el simulacro
de la política como representación.
▪ Auto-eco-organización. Digamos que buscamos ser
nosotros en el con-texto de una patria en la que nos organizamos, pero todo
fracasa cuando los recursos de ese entorno no le pertenecen a quienes lo
trabajan, lo poseen, sino al nombre del titular. Entonces, esa economía que
suponía que con la capitulación o empoderamiento de los recursos a quien los
puede trabajar generaría su desarrollo y el de su entorno, se cae, porque la
propiedad privada en Colombia, especialmente en el campo, es la traba que nunca
permitirá a las personas su autonomía, ni siquiera alimentaria.
▪ Dialogicidad. Dice Morin, “bajo las formas más
diversas, la dialógica entre el orden, el desorden y la organización, a través
de innumerables inter-re-troacciones, está en constante acción en los mundos,
físico, biológico, y humano” (p. 100), y deduzcamos que de lo político; es
decir, la contra-dicción es natural, somos corpúsculos y ondas, somos razones y
deseos, somos promesas e intenciones. Entonces nada puede ser definitivo, todo
debe estar en diálogo, franco y abierto; un juego limpio entre los intereses de
todos, y no un gano yo, pierdes tú.
▪ Principio de reintroducción. “Todo conocimiento
es una reconstrucción/ traducción que hace una mente/cerebro en una cultura y
un tiempo de-terminados” (p. 101). Esto lo tenemos claro cuando decimos “el que
no conoce su historia, está condenado a repetirla”, es decir, si el pueblo no
conoce y entiende su tiempo y su espacio, el que le tocó vivir, irá para donde
le indiquen vivir. Quizá en la aplicación honesta de este principio estaría la
clave para desencadenar la comprensión compleja de lo político
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y, por ende, del desarrollo. Si no permitimos la
participación consciente (ilustrada),
siempre tendremos borregos que llevar al matadero.
Cuando propongo hablar de desarrollo como
complejización o tejido, espero que se abra la posibilidad de aplicarse en dos
ámbitos por medio de una bisa-gra: hilarse
o trenzarse, por la línea de lo
individual personal o proyecto de vida, y tejerse,
respecto a lo social, grupal, colectivo; esto se entrecruzan gracias a la responsabilidad por mí mismo. El tejido
está relacionado con el vestido como segunda piel, para proteger la vida; pero
es también, biológicamente hablando, un conjunto de células especializadas que,
a modo de hilos, se trenzan para formar una tela o tejula. Complejizar es y quiere entenderse como tejer (del latín texere; tegere: cubrir,
ponerle tejas o cubierta), pues la realidad es com-plexa (entramada, entrelazada), es un paño de diferentes
naturalezas y niveles.
La propuesta de pensamiento de Morin (2001) es
clave y pertinente para con-cluir o comprender que
la complejidad aparece allí donde el pensamiento
simplificador falla, pero integra en sí misma todo aquello que pone en orden,
claridad, distinción, precisión en el conocimiento. Mientras que el pensamiento
simplificador desintegra la complejidad de lo real, el pensamiento complejo
integra lo más posible los modos simplifica-dores de pensar, pero rechaza las
consecuencias mutilantes, reduccionistas, unidi-minesionalizantes, y finalmente
cegadoras de una simplificación que se toma por reflejo de aquello que hubiere
de real en la realidad. (p. 22)
Desde ahí, lo social no es ni la sumatoria de individuos abandonados cada uno a
su libertad ni la posibilidad de desarrollar sus capacidades, como lo propone
Amartya Sen, pero tampoco es una “organización” de funcionarios apilados en una
dirección productiva que retrotraen para sí parte del producto de la producción
con la sensación de frustración, y de que hubiera sido mejor actuar
egoístamente. Lo social eminentemente es un sistema,
en el que cada uno se abre a otros con la actitud fundamental de cuidado o de
responsabilidad, dos conceptos tan imbricados como la cara y la cruz de
cualquier moneda.
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desarrollo como complejización
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Pensemos en la dificultad que vivimos hoy para
que haya constancia en la vela de la
vida humana, que obviamente se aclara cuando vemos que las formas y pro-ductos
con los que nos alimentamos y la manera en la que lo hacemos son pro-ductos de
la cultura, de las relaciones de violencia, odio, injusticia, explotación o engaño
que, en síntesis, están en total descuido, lo que nos pueden llevar, como lo
prevé Morin (2001), a un punto en que la sociedad se desestabiliza y perece.
Igualmente, desde esa postura, desarrollar implica comprender a los
humanos como sistemas vivientes, abiertos, que dependen e interactúan con la
alimen-tación o la energía exterior; entiéndase alimentos no como los
nutrientes, sino —y esencialmente— los cuidados
de que es objeto; de modo que se abre la posibilidad de reafirmar que la
psique, el logos de todo, está en el afecto, en la capacidad de amar. Así que
proponerse la tarea del desarrollo mira por un lado a hilarse, trenzarse, para
que cada uno deje de ser un manojo de datos y realidades, y se convierta en un
hilo específico de un sistema; y, por otro lado, que cada hilo se abra a ser
tejido con otros en múltiples relaciones, que se devuelven a sí mismos como una
especie de colcha o cobija que protege al hilo.
Por eso el desarrollo puede ser —y propongo que
sea entendido como— te-jer, como complejizar, pues de lo que se trata, como lo
decía Pablo VI, es de entramar de tal modo que todos los hombres puedan obtener
protección o calidad de vida. El término desarrollo
es una de esas realidades de las que dice Morin: “es complejo aquello que no
puede resumirse en una palabra maestra, aquello que no puede retrotraerse a una
ley, aquello que no puede reducirse a una idea simple” (2001, p. 21).
Puesto que “la ambición del pensamiento complejo
es rendir cuenta de las articulaciones entre dominios disciplinarios quebrados
(formación, desarrollo personal, desarrollo social, economía, etc.) por el
pensamiento disgregador” (p. 22), esperamos que el esfuerzo sea entender las
dos vertientes del desa-rrollo: lo personal y lo social.
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Sin humanos ¿para qué el
desarrollo?
Hacer de cada hilo una parte importante,
permitir a cada hebra ser un elemen-to único, diferente, algo que será parte de
una ruana, una cobija o un tapiz, así debería ser el desarrollo en la dimensión
de lo personal: formar hilos para un tejido, no puede ser de otro modo. Esto ya
hace muchos años lo planteó Teilhard (1982):
Cada elemento del cosmos está positivamente
entretejido con todos los demás: por debajo de sí mismo, gracias al misterioso
fenómeno de la “composición” que le da subsistencia desde el extremo de un
conjunto organizado y por encima, gracias a la influencia experimentada por
efecto de las unidades de orden superior que la engloban y dominan para sus
propios fines. Es imposible romper esta red, imposible aislar una sola de sus
piezas sin que se deshilache toda ella y se deshaga por todos sus extremos. (p.
58)
Leyendo esto no cabe menos que rendirse ante la
inmensidad del trabajo forma-tivo de todos y cada uno de los seres humanos,
¡que grandioso espectáculo!: no puede haber evolución sin el trabajo en la
unidad del tejido: la persona humana.
Pero las hilachas que apreciamos hoy se deben en
gran parte a la pobreza de lo que entendemos por ser hombre, a la pobreza de lo que entendemos por formar un hijo, un discípulo, un creyente y
un ciudadano, en fin, un hombre; y esta idea, que esbocé hace tiempo, hoy la ratifico:
El pensamiento antropológico occidental,
altamente inducido por los pensadores europeos positivistas, ha hecho pensar al
hombre en términos de verdades em-píricas racionalistas, las ciencias humanas
mordieron el anzuelo de una pretendida veracidad asegurada por la aplicación
del método científico positivista; fue así como la psicología, la antropología,
la economía, la sociología y por ahí mismo la ética rompieron sus nexos
epistemológicos y también al hombre, en trozos cada una se llevó una porción a
su guarida y bien resguardadas, dotadas del mejor instrumental quirúrgico
proporcionado por el método científico y la epistemología reduccionista,
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desarrollo como complejización
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se dieron a la tarea de comprender al hombre
llevando a un primer error: el re-duccionismo simplista. (Silva, 1997, p. 68)
Con una mirada antropológica miope y
desenfocada, el sujeto de desarrollo se nos escapa como el agua entre los
dedos, ya que no es posible desarrollo al-guno sin la justeza de una
comprensión de lo humano. Por ello, para entender y plantear el desarrollo hay que fundamentarse en una
concepción antropoló-gica coherente y pertinente. Desafortunadamente, la
perspectiva que hemos tenido ha oscilado entre extremos de evolucionismos que
van desde plantear al hombre como una criatura que alcanzó el bipedismo y es “erectus”,
pero con mucho de animal, hasta que está dotado de una “sobrenaturalidad”
hu-mana, que varía entre no considerarlo totalmente animal —porque no encaja en
lo que se considera celestial—, pero tampoco es completamente ángel, pues
transpira su animalidad. Entonces, a veces se opta por la vía rápida del
reduccionismo y el facilismo —que ha traído unas consecuencias terribles—:
desencarnarlo de lo ecológico, divinizándolo y considerándolo la criatura más
perfecta y sabia.
Lograr una mecanización de lo humano pareciera
que fuese el propósito del desarrollo, y todavía, respecto a la salud y la
educación, entendemos lo hu-mano como un artefacto. De modo que hemos forzado
la realidad humana a encajar en el concepto que previamente construimos,
perezosamente de-jamos de profundizar en la realidad humana y lo unitas multiplex nos es aún demasiado
extraño, pues le quitamos la posibilidad de autopoiesis, es decir,
responsabilizarse hacia lo alto y construirse; hacia abajo o encarnarse hacia
lo natural; o hacia los lados y responsabilizarse de la comunidad. Lo que menos
hemos apropiado de nuestra condición es la responsabilidad, y es tan
funda-mental que no puede haber desarrollo, en tanto ilación como tejido, si no
está la acción de asumirse o responsabilizarse del que nos habla, no solo
Lonergan y Morin, sino el ser capaz del que hablan Ricoeur12, Lipovestky o
Frankl.
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12 En la obra Caminos
del reconocimiento (2005), un apartado con el título “La fenomenología del
hombre capaz”, desarrolla de modo extenso esta idea.
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Afortunadamente hay una línea de pensamiento
antropológico más coherente, en la que se funden las ideas de Teilhard y Morin.
Por un lado, el primero, nos lleva paso a paso en un papel de guía
paleontológico hacia la comprensión de dos elementos clave: la
individualización como nota de la evolución, atribuible al humano, y la
socialización como proceso, también evolutivo, pero creativo de los grupos; y
por otro, Morin, en el más excelente ejercicio de transdisci-plinariedad con el
que actualiza las reflexiones de Teilhard. Por eso propongo este piso o
cimiento para construir una propuesta sobre el desarrollo; es un in-tento de
comprender lo humano desde una perspectiva más compleja —más tejida, menos
deshilachada—, y por tanto más coherente con su identidad.
El hombre, debe ser observado como un ser vivo
entre otros seres vivos, […] aquello a lo que denominamos hombre debe ser
contemplado como un sistema genético-cerebro-sociocultural, cuyos elementos
integrantes, a saber, la especie, la sociedad y el individuo, ya reconocemos
desde hace tiempo, pero que no siempre logramos vincular entre sí. (Morin, s.
f., como se citó en Silva, 1997, p. 70)
Así, el desarrollo del ser humano es producto de
la interacción de su constitu-ción genética, su manera de pensar y su entorno,
tres variables que, a su vez, se diversifican en miles de posibilidades, frente
a lo cual lo único que nos cabe comprender es que somos únicos e irrepetibles,
somos una poesía que jamás se ha escrito y jamás se escribirá de nuevo, somos
poietai de nuestra existencia:
Tú sabes que la idea de poiésis (creación) es
algo múltiple, pues en realidad toda causa que haga pasar cualquier cosa del no
ser al ser es creación, de suerte que también los trabajos realizados en todas
las artes son creaciones y los artífices de éstas son todos poiétai
(creadores)...Pero también sabes —continuó ella— que no se llaman poietai, sino
que tienen otros nombres y que del conjunto entero de la creación se ha
separado una parte, la concerniente a la música y al verso, y se la denomina
con el nombre del todo. Únicamente a esto se llama, en efecto, “poeisis” y
“poietai” a los que poseen esta porción de creación. (Platón, 1998, p. 108)
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Efectivamente, la idea de poiesis es poderosa,
además de múltiple, para com-prender la tarea de cada ser humano frente a su
destino, respecto a su pro-pio ser, volveré sobre ella. Asimismo, ese hacer-se
lo he señalado como la autopoiesis:
La formación personal, que desde nuestra
perspectiva no puede ser sino auto, por lo poiética implica algo que está
expresado en los autores de la siguiente manera: “Si en un sistema vivo no se
cumpliera (directa o indirectamente) la subordinación de todo cambio a la
conservación de su organización autopoiéticas, dicho sistema perdería ese
aspecto de su organización que lo define como unidad y, por ende, se
desintegraría […] lo peculiar de los sistemas vivientes no es su posibilidad de
desintegrarse, sino el hecho de que se desintegran siempre que pierden su
orga-nización autopoiéticas”. (Maturana y Varela, 2003, p. 77)
De lo cual me permití concluir:
Lo cual quiere decir que un adolescente o un
joven que no trabaja para marcar su individualidad, para reafirmar su identidad
y unicidad corre el riesgo de desinte-grarse como sujeto. No tener o perder la
organización interna es correr el riesgo de desintegrarse, de no ser. (Silva,
2015, p. 102)
Eso es lo que dramáticamente pienso que ocurre:
a velocidades vertiginosas la familia, la escuela, el Estado y la cultura
homogenizan y estandarizan las identidades y las procesan, logrando lo que
artísticamente se ve en la película The
wall (1982), basada en la música de Pink Floyd. Si la cresta de la
evolución se alcanzó por la autonomía
y la unicidad de cada sujeto de la especie, hoy, en un bucle en retroceso —como
estrellados contra la pared del laberinto de la evolución—, hacemos un remolino
con nuestras identidades perdidas. No ha-brá desarrollo ni evolución mientras
los humanos seamos una homogenización del prototipo que, desde la cultura, mata
la diversidad genética que afloró; pero esto no es nuevo, basta releer el Hombre unidimensional (1964), de Herbert
Marcuse, para comprender en mayor profundidad este asunto.
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Luego, para salir del remolino, habría una luz,
si entendiéramos que, lo pro-pone Teilhard (1982):
Las cosas tienen su interior, su “respecto de sí
mismas”, podríamos decir, y este presenta sus relaciones definidas, sean
cualitativas, sean cuantitativas, con los de-sarrollos que la Ciencias reconoce
a la Energía cósmica […] el hombre, respecto al cual no puede esquivarse en
modo alguno la existencia de un “interior”, toda vez que éste constituye el
objeto de una intuición directa y la trama misma de todo conocimiento. (pp.
70-71)
Dicho de otro modo, mientras sigamos haciendo el
juego a la concepción de que el hombre es materia, dato y combustible de la
falsa evolución, lo único que ganaremos será retroceso; desgraciadamente el
peor daño, y la principal causa de que el desarrollo no avance, es precisamente
esa mirada que desco-noce en lo humano la interioridad que da la
individualidad, eso que Teilhard intenta asimilar con la expresión energía. Atónitos, incrédulos y
desconcertados de cómo hemos negado y desconocido nuestro interior acogemos la
expre-sión de Teilhard:
En el fondo de nosotros mismos, sin discusión
posible, se nos presenta, a través de una especie de desgarro, un interior en
el corazón mismo de los seres. Ello es suficiente para que, en uno u otro
grado, este “interior” se nos imponga como existente en todas partes y desde
siempre en la naturaleza. Dado que en un punto determinado de ella misma la
Trama del Universo posee una cara interna, resulta indiscutible que el bifaz
por estructura, es decir, en toda región del espacio y del tiempo, de la misma
manera que es, por ejemplo, granular: coextensivo a su Ex-terior, existe un
interior de las cosas. (p. 73)
Hay algo que intuimos en ese planteamiento de
Teilhard, que estalla en la uni-cidad de cada ser como un haz de luz de un
juego pirotécnico, y fugazmente desaparece dejando una huella en la
imaginación, y que tiene que ver con lo que comúnmente llamamos el espíritu.
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La concentración de una conciencia, podríamos
decir, varía en razón de la simplici-dad del compuesto material, al que dobla.
O también: una conciencia resulta tanto más acabada cuanto que dobla un
edificio material más rico y mejor organizado. Perfección espiritual (o
centreidad consciente) y síntesis material (o complejidad) no son sino las dos
caras o mitades entrelazadas de un mismo fenómeno. Se podría decir que cada ser
está construido (en el plano fenomenológico) como una elipse, sobre dos focos
conjugados: un foco de organización material y otro de centración psíquica,
ambos variando solidariamente en el mismo sentido. (p. 77)
Posteriormente, Morin nos llevará a pensar del hombre como:
un ser con una afectividad intensa e inestable,
que sonríe, ríe y llora, ansioso y angustiado, un ser egoísta, ebrio, estático,
violento, furioso, amoroso, un ser invadido por la imaginación, un ser que
conoce la existencia de la muerte y que no puede creer en ella, un ser que
segrega la magia y el mito, un ser poseído por los espíritus y por los dioses,
un ser que se alimenta de ilusiones y de quimeras, un ser subjetivo cuyas
relaciones con el mundo objetivo son siempre inciertas, un ser expuesto al error,
al yerro, un ser úbrico que genera desorden. Y puesto que llamamos locura a la
conjunción de la ilusión, la desmesura, la inestabilidad, la incertidumbre
entre lo real y lo imaginario, la confusión entre lo objetivo y lo sub-jetivo,
el error y el desorden nos vemos compelidos a ver al homo sapiens como homo demens.
(s.f.a, p. 131)
Para quien dude que esto es así, simplemente
asómese a un salón de clase de sexto o séptimo grado sin profesor y comprobará
que de sapiens poco, de demens mucho. Aún más no solo
complejidad, sino hipercomplejidad:
el enorme crecimiento de complejidad que se
opera en el cerebro del sapiens, es decir, el paso la hominización a la
humanidad, corresponde a un nuevo salto cualitativo, el de la hipercomplejidad.
Distinguiremos entre hipercomplejidad y complejidad no mediante una frontera,
sino a través de la acentuación de cier-tas características, la atenuación de
ciertas otras, acentuación y atenuación que modifican la configuración del
conjunto, el cual a partir de este momento puede
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ser considerado como un sistema de nuevo tipo.
En este sentido, un sistema hi-percomplejoes un sistema que disminuye la
coacciones al aumentar sus aptitudes organizativas, es en especial su capacidad
para el cambio. (p. 139)
Que distantes y dispersos andamos los agentes de
formación humana, cuando creemos que los que están a nuestro encargo son solo
máquinas programables para encajar en el sistema.
En complemento de lo que piensa Teilhard y
Morin, se establece una relación entre la autoorganización
y los niveles de complejidad, precisamente la que estábamos esperando para
concretar esa concepción de hombre que se pre-cisa para el desarrollo, pues eso
permite que, a partir de los indicadores de autoorganización traducidos como
indicadores de desarrollo, la autonomía, la individualidad, el equilibrio
ecológico y otros, se pueda comprender de modo distinto el tema.
En coherencia con lo que dice Morin (1996),
dependiendo del grado de autoor-ganización se da un novel de complejización y
de este depende el de desarrollo de una comunidad o grupo (Morin, 2001). Lo
viviente por auto-organizado y auto-reproductor va más allá de hacerse
máquina, “artefacto”, y requiere un
re-conocimiento de su naturaleza peculiar y diferente. Esta concepción,
visión o percepción que se ha ido
consolidando la proponemos a partir del concepto autopoiesis.
Aprehendamos a hacernos responsables de nuestros
actos siendo en cada instante responsables de ellos. La responsabilidad se da
cuando nos hacemos cargo de si queremos o no queremos las consecuencias de
nuestras acciones y actuamos de acuerdo a ese querer o no querer. La
responsabilidad pertenece a la cordura, no a la razón. Frente a la discrepancia
que niega al otro, si queremos la convivencia con él o ella salgamos del
dominio del discurso que la constituye y validemos en nuestro vivir ese deseo
de convivencia. Sí, es así de sencillo, no hay acción sin deseo, y no hay
acción responsable ni libre sin conciencia de lo que se quiere. (Maturana,
2002, p. 269)
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El
desarrollo como complejización
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