© Libro N° 12987. El Ciego. Lawrence, D. H. Emancipación.
Septiembre 21 de 2024
Título original: ©
The Blind Man”, English Review, 1920
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Original: © El Ciego. D. H. Lawrence
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
D. H. Lawrence
El Ciego
D. H.
Lawrence
Isabel
Pervin estaba atenta a dos sonidos: al sonido de las ruedas del tráfico fuera y
al ruido de las pisadas de su marido en el vestíbulo. Su más querido y viejo
amigo, un hombre que parecía indispensable en su vida, llegaría en el ocaso
lluvioso de aquel día cerrado de noviembre. El carruaje había ido a recogerlo a
la estación y su marido, que había quedado ciego en Flandes, y que tenía una
cicatriz en la frente que le desfiguraba la cara, vendría de las dependencias.
Ahora
estaba en casa desde hacía un año. Estaba totalmente ciego. Aún así habían sido
muy felices. La hacienda era propiedad de Maurice. La parte trasera era una
alquería, y los Wernhams, que ocupaban la casa de atrás, eran los granjeros.
Isabel vivía con su marido en las bonitas habitaciones frontales. Habían estado
casi completamente solos desde que a él le hirieran. Charlaban, cantaban y
leían juntos en una maravillosa e indescriptible intimidad. Por entonces ella
reseñaba libros para un periódico escocés, manteniendo así su antiguo interés,
y él estaba ocupado gran parte del tiempo en la granja. Ciego, aún podía
discutir todo con Wernham y también podía hacer gran parte del trabajo. Trabajo
doméstico o de criados, es verdad, pero le producía satisfacción. Ordeñaba las
vacas, entraba los cubos, giraba el separador, cuidaba de los cerdos y los
caballos. La vida todavía estaba muy llena y era extrañamente serena para el
hombre ciego, tranquila con una casi incomprensible paz procedente del contacto
inmediato con la oscuridad. En su esposa tenía un mundo completo, rico y real e
invisible.
Ellos
eran renovada y remotamente felices. Él ni siquiera lamentaba la pérdida de la
vista en esos tiempos de alegría oscura y palpable. Un cierto júbilo inflamaba
su espíritu.
Pero
según pasaba el tiempo, el rico glamour les abandonaría. Algunas veces, tras
meses de esta intensidad, un sentido de pesadez le sobrevenía a Isabel, un
cansancio, un terrible aburrimiento, en esa casa silenciosa rodeada por una
columnata de altos pinos puntiagudos. Entonces sentía que se volvería loca
porque no podría soportarlo. Y algunas veces él tenía ataques de depresión, que
parecían devastar todo su ser. Era peor que la depresión: una infelicidad
negra, cuando su propia vida era una tortura, y cuando su presencia era
insoportable para su esposa. El terror se enraizaba en lo profundo de su
espíritu cuando esos días negros acaecían. Con una especie de pánico ella
intentaba esconderse todavía más en su esposo. Forzaba el antiguo regocijo y la
alegría para continuar. Pero el esfuerzo que le exigía era casi excesivo. Sabía
que no podría mantenerlo. Sentía que chillaría por el esfuerzo y daría
cualquier cosa, cualquier cosa, por escapar. Anhelaba poseer a su esposo
completamente; tenerle para ella por completo le producía una alegría
desmedida. Y sin embargo, cuando él de nuevo caía en una infelicidad sólida y
negra, ella no podía soportarle, no podía soportarse a sí misma; ella deseaba
poder escabullirse de la tierra juntos, cualquier cosa mejor que vivir con este
coste.
Aturdida,
planeaba una salida. Invitaba a amigos, intentaba conectarle de algún modo con
el mundo exterior. Pero no era bueno. Tras toda su alegría y sufrimiento, tras
su gran año oscuro de ceguera y soledad y proximidad inenarrable, las otras
personas les parecían a ambos superficiales, charlatanas, bastante
impertinentes. El parloteo superficial les parecía presuntuoso. Él se volvía
impaciente e irritable, ella estaba harta. Y así pasaban de nuevo a su soledad.
La preferían.
Pero
ahora, dentro de unas semanas, nacería su segundo hijo. El primero había
muerto, un niño, cuando su esposo se fue la primera vez a Francia. Esperaba con
alegría y alivio la llegada del segundo. Sería su salvación. Pero también
sentía algo de ansiedad. Ella tenía treinta años, su marido era un año más
joven. Ambos deseaban mucho un hijo. Sin embargo no podía evitar sentir miedo.
Tenía a su marido en sus manos, una alegría terrible para ella, una carga
terrorífica. El hijo ocuparía su amor y su atención. Y entonces ¿qué sería de
Maurice?, ¿qué haría él? ¡Si al menos ella pudiera sentir que él se sentiría en
paz y feliz cuando el niño naciera! Ella deseaba deleitarse con la satisfacción
rica y física de la maternidad. Pero el hombre, ¿qué haría él? ¿Cómo podría
ella mantenerle, cómo apartar de él esos humores negros y demoledores que los
destruirían a ambos?
Suspiró
con temor. Pero por entonces Bertie Reid escribió a Isabel. Era un viejo amigo,
un primo segundo o tercero, un escocés, como ella, que era escocesa. Los habían
criado juntos y durante toda su vida había sido su amigo, como un hermano, pero
mejor que sus propios hermanos. Le quería, aunque no en el sentido de pareja.
Había un tipo de parentesco entre ellos, una afinidad. Se entendían el uno al
otro de un modo instintivo. Pero Isabel jamás habría pensado en casarse con
Bertie. Hubiera sido como casarse con alguien de su propia familia.
Bertie
era abogado y hombre de letras, un escocés intelectual, rápido, irónico,
sentimental, y arrodillado ante la mujer que adoraba pero no quería casarse.
Maurice Pervin era diferente. Se convirtió en un buen patriarca labrador.
—Grange no estaba muy lejos de Oxford—. Era apasionado, sensible, quizá
supersensible, con expresión de dolor; un individuo grande con miembros
robustos y una frente que se ruborizaba dolorosamente. Porque su mente era
lenta como si estuviese drogada por la fuerte sangre provinciana que latía en
sus venas. Era muy sensible a su propia lentitud mental, sus sentimientos eran
rápidos y agudos. Era justo lo contrario a Bertie, cuya mente era mucho más
rápida que sus emociones, que no eran muy delicadas.
Desde el
principio ambos hombres no se gustaron. Isabel presentía que se llevarían bien.
Pero no fue así. Presentía que, si tan solo se diesen el uno al otro los
indicios, surgiría un raro entendimiento entre ellos. Sin embargo, no salió
bien. Bertie adoptó una leve actitud irónica, muy ofensiva para Maurice, el
cual devolvía a la ironía escocesa un resentimiento inglés, un resentimiento
que a veces enraizaba en un odio estúpido.
Esto era
un poco desconcertante para Isabel. Sin embargo, lo aceptó como parte del curso
de las cosas. Los hombres eran imprevisibles y poco razonables. Pero cuando
Maurice iba a irse a Francia por segunda vez, Isabel sintió, por su esposo, que
debía dejar su amistad con Bertie. Escribió al abogado a este efecto. Bertram
Reid simplemente le contestó que en esto, como en todas los demás asuntos, él
debía obedecer sus deseos, si esos eran de verdad sus deseos.
Durante
aproximadamente dos años no había sucedido nada entre los dos amigos. Isabel se
enorgullecía bastante por ello; no tenía ningún reparo. Tenía una gran premisa
de fe, que era que esposo y esposa deben ser tan importantes el uno para el
otro que el resto del mundo simplemente no cuenta. Ella y Maurice eran marido y
mujer. Se amaban. Tendrían niños. Por eso debía dejar a todos y a todo
extinguirse en la insignificancia fuera de esta felicidad conyugal. Ella se
mostraba bastante feliz y dispuesta a recibir a los amigos de Maurice. Era
feliz y estaba preparada: la esposa feliz, la mujer preparada para la posesión.
Sin saber por qué, los amigos se retiraron avergonzados y no vinieron más. A
Maurice, por supuesto, le produjo gran satisfacción esta absorción conyugal, y
también a Isabel.
Él
compartía las actividades literarias de Isabel, ella cultivaba un interés real
por la agricultura y la crianza del ganado. Porque ella, siendo de corazón una
entusiasta emocional, siempre cultivaba el sentido práctico de la vida y se
enorgullecía de su dominio de los asuntos prácticos. Así, marido y mujer habían
pasado cinco años de vida matrimonial. El último había sido un año de ceguera e
intimidad inenarrable. Y ahora Isabel sentía una gran indiferencia que la
sobrecogía, una especie de letargo. Deseaba que se le permitiera criar a su
hijo en paz, cabecear frente al fuego y dispersarse vagamente, físicamente, día
tras día. Maurice era como el presagio de una noche de tormenta. Ella tenía que
mantenerse despierta para recordarle.
Cuando
llegó una nota de Bertie preguntando si tenía que poner una lápida a su muerta
amistad y afirmando el dolor real que sentía por la pérdida de visión de su
marido, ella sintió remordimientos, una agitación palpitante por despertar. Y
le leyó la carta a Maurice.
—Dile que
venga —dijo él.
—¡Pedirle
a Bertie que venga aquí! —volvió a repetir ella como un eco.
—Sí, si
quiere.
Isabel
hizo una pausa durante unos momentos.
—Yo sé
que quiere, estaría muy contento —contestó ella—. Pero ¿qué pasa contigo,
Maurice? ¿A ti te gustaría?
—Sí, me
gustaría.
—Bien, en
ese caso… Yo creía que te traía sin cuidado.
—Oh, no
sé. Creo que ahora pienso de otro modo, —respondió el ciego. Era bastante
complejo para Isabel.
—De
acuerdo, querido —dijo ella—, si estás lo bastante seguro.
—Sí, lo
estoy. Dile que venga —dijo Maurice.
Por eso
Bertie venía, venía esa tarde con la lluvia y la oscuridad de noviembre. Isabel
estaba inquieta, atormentada con su antigua impaciencia e indecisión. Siempre
había sufrido este dolor de la duda, un sentido agónico de incertidumbre. Había
comenzado a desaparecer en el letargo de la maternidad. Ahora volvía y ella se
resentía. Luchaba como siempre por mantener la calma, tranquila, una conducta
amistosa, vestida con una máscara que le cubría todo el cuerpo.
Una mujer
había encendido una lámpara alta cerca de la mesa y había extendido el mantel.
El gran salón estaba oscuro, con los muebles antiguos elegantes pero bastante
sobrios. Tan solo la mesa redonda brillaba suavemente bajo la luz. Producía un
efecto hermoso y rico. El mantel blanco relucía y le colgaban las esquinas de
encaje tiesas y pesadas hacia la alfombra, la loza era antigua y hermosa, de
color crema, con un dibujo de manchas rojas y un azul intenso, las tazas
grandes y en forma de campana, la tetera elegante. Isabel lo miraba con un
aprecio superficial.
Los
nervios la herían. Miraba automáticamente una y otra vez a las altas ventanas
sin cortinas. En el crepúsculo pudo percibir un gran abeto agitando sus ramas:
más que verlo, era como si lo pensara. La lluvia golpeaba en los cristales de
la ventana. Ah, ¿por qué ella no tenía paz? Aquellos dos hombres, ¿por qué la
desgarraban? ¿Por qué no llegaba? ¿Por qué esa incertidumbre?
Se sentó
con una lasitud que en realidad era duda e irritación. Maurice, finalmente,
tuvo que entrar, no había nada que lo mantuviese fuera. Ella se puso en pie.
Vio furtivamente su reflejo en un espejo, se miró detenidamente con una leve
sonrisa de reconocimiento, como si fuese una antigua amiga de sí misma. Su
rostro era ovalado y tranquilo, la nariz un poco arqueada. El cuello le hacía
una bonita línea hacia el hombro. Con el pelo recogido suavemente detrás, tenía
un aspecto cálido y maternal. Pensando esto de sí misma, enarcó las cejas y las
espesas pestañas, acompañándolas con el pequeño parpadeo de una sonrisa, y por
un momento sus ojos grises parecieron divertidos y traviesos, un poco irónicos,
al margen de su rostro transfigurado de Madonna.
Después,
recuperando su aire de paciencia femenina —estaba realmente decidida— se
dirigió de repente hacia la puerta. Tenía los ojos algo enrojecidos.
Atravesó
el ancho vestíbulo, y a través de una puerta llegó al final. Ya estaba en los
locales de la granja. El aroma a productos lácteos y a cocina de granja y a
patio de granja y a cuero casi la superó; pero especialmente el olor a lácteos.
Habían estado escaldando las cacerolas. El pasadizo enlosado frente a ella
estaba oscuro, encharcado y húmedo. Una luz provenía de la puerta abierta de la
cocina. Se adelantó y se quedó de pie en el quicio. La gente de la granja
estaba cenando, sentados a una breve distancia, alrededor de una larga y
estrecha mesa en el centro de la cual había una lámpara blanca. Rostros
rojizos, rojizas manos sujetando alimentos, rojas bocas trabajando, cabezas
inclinadas sobre las tazas de té: hombres, chicas, chicos: era la hora de
cenar, la hora de alimentarse. Algunos rostros le echaron un vistazo. La señora
Wernham, que iba dando la vuelta por detrás de las sillas con una tetera negra
y grande, parándose despacio, no se dio cuenta de que ella estaba allí.
Entonces de pronto se dio la vuelta.
—¡Oh, si
es la señora! —exclamó—. Entre, venga, entre. Estamos cenando. —Y se dirigió
hacia una silla.
—No, no
voy a quedarme —dijo Isabel—. Me temo que interrumpo su comida.
—No, no,
en absoluto.
—¿Sabe si
ha entrado el señor Pervin?
—No
podría decírselo con seguridad. ¿Lo ha perdido, señora?
—No,
solamente quería que entrara —rió Isabel tímidamente.
—¿Eso
quería usted? Levántate chico, vamos, levántate.
La señora
Wernham dio en el hombro a uno de los chicos. Él comenzó a arrastrar los pies,
masticando.
—Creo que
está en el establo de arriba —dijo otro rostro desde la mesa.
—¡Ah! No
se levante. Iré yo misma —dijo Isabel.
—No, no
salga usted en una noche tan oscura como esta. Deje que vaya el muchacho. Ve,
ve, chico —dijo la señora Wernham.
—No, no
—dijo Isabel, con una decisión que siempre era obedecida—. Continúa con tu
cena, Tom. Me gustaría ir hasta el establo, señora Wernham.
—¿No
llega tarde el coche? —preguntó Isabel.
—¿Por
qué? No —dijo la señora Wernham, mirando en la distancia el reloj alto y
oscuro—. No, señora; podemos darle todavía otro cuarto de hora o veinte
minutos…, sí, cada cuarto de hora.
—¡Ah!
Parece más tarde cuando oscurece tan temprano —dijo Isabel.
—Sí, así
es. Son una lata los días así, que se hacen tan cortos —contestó la señora
Wernham—. ¡Una pena!
—Sí —dijo
Isabel retirándose.
Se puso
las abarcas, se envolvió en un gran chal de cuadros escoceses, se puso un
sombrero masculino de fieltro, y salió al empedrado del primer patio. Estaba
muy oscuro. El viento rugía entre los grandes olmos detrás de los edificios
anexos. Cuando llegó al segundo patio, la oscuridad parecía más profunda.
Estaba insegura al andar. Deseó haber cogido una linterna. La lluvia chocaba
contra ella. A medias le gustaba, a medias se sentía poco dispuesta a pelear.
Finalmente
alcanzó la puerta visible del establo. No había ninguna señal de luz allí.
Abrió la parte de arriba, miró dentro: un simple pozo de oscuridad. El olor a
caballos y a amoníaco y a calor la sobresaltó en medio de la noche. Escuchaba
con atención, pero no podía oír nada más que la noche, y la agitación de un
caballo.
—¡Maurice!
—llamó ella dulce y musicalmente, aunque tenía miedo—. Maurice, ¿estás ahí?
Nada
venía de la oscuridad. Sabía que la lluvia y el viento soplaban dentro sobre
los caballos, sobre la vida caliente de los animales. Presintiendo que algo no
iba bien, entró en el establo, atrancó la parte inferior de la puerta, dejando
la parte de arriba abierta. No se inquietó porque era consciente de la
presencia de los cuartos traseros de los caballos, aunque no podía verlos, y
tenía miedo. Algo salvaje se agitaba en su corazón.
Escuchó
detenidamente. Entonces oyó un ruidito en la distancia —parecía lejos—, el
ruido de una olla, y una voz de hombre diciendo algo. Sería Maurice en la otra
parte del establo. Se quedó de pie quieta, esperando que él viniese por la
puerta del tabique. Los caballos eran tan terroríficos cerca de ella, en lo
invisible. El ruido chillón del pestillo de la puerta interior la hizo temblar;
la puerta estaba abierta. Podía oír y sentir a su marido entrar y pasar
invisiblemente entre los caballos cerca de ella, en la oscuridad como estaban,
activamente entremezclados. El bajo sonido de su voz cuando hablaba a los
caballos llegó como terciopelo hasta sus nervios. ¡Qué cerca estaba y qué
invisible! La oscuridad parecía ser un extraño remolino de vida violenta, sobre
ella. Se dio la vuelta mareada.
Su
conciencia le hizo llamar, despacio y musicalmente:
—¡Maurice!
¡Maurice… querido!
—Sí
—contestó él—. ¿Isabel?
Ella no
veía nada, y el sonido de la voz de él parecía tocarla.
—¡Hola!
—contestó alegre, forzando los ojos para verle. Él estaba todavía ocupado
atendiendo a los caballos cerca de ella, pero ella solamente veía oscuridad.
Eso le hizo casi desesperarse.
—¿Quieres
venir, querido? —dijo.
—Sí, ya
voy. Medio minuto. Espera. El coche todavía no ha llegado, ¿no?
—No, aún
no —dijo Isabel.
La voz de
él era agradable y normal, pero para ella tenía una cierta insinuación a
establo. Deseaba que él saliera. Mientras él era tan completamente invisible,
le tenía miedo.
—¿Qué
hora es? —preguntó él.
—Todavía
no son las seis —replicó. Le disgustaba contestar en la oscuridad. Él se acercó
y ella se refugió detrás de las puertas.
—El
viento sopla aquí adentro —replicó, adelantándose resueltamente, buscando las
puertas. Ella retrocedió. Finalmente pudo verle con dificultad.
—Bertie
debe de estar llegando —dijo él mientras cerraba las puertas.
—¡Sí!
—dijo Isabel con calma, mirando la forma oscura en la puerta.
—¡Dame tu
brazo, querido! —dijo ella.
Ella le
cogió del brazo al salir. Pero deseaba verle, mirarle. Estaba nerviosa. Él
caminaba erecto, con el rostro bastante levantado y con un curioso movimiento
provisional de sus piernas poderosas y musculosas. Ella podía sentir el
inteligente y cuidadoso contacto de sus pies con la tierra, mientras se
balanceaba hacia él. Por un momento él fue una torre de oscuridad, como si se
elevase de la tierra. En el comedor de la casa él se inquietó, e iba con
cautela, con un extraño silencio mientras alcanzaba el banco. Después se sentó
pesadamente. Era un hombre con los hombros bastante inclinados, pero con
miembros fuertes, piernas poderosas que parecían conocer la tierra. Su cabeza
era pequeña y normalmente la llevaba alta y ligera. Por el modo en que se
inclinaba para desabrocharse las polainas y las botas no parecía ciego. Tenía
el pelo castaño y crespo, sus manos eran grandes, rojizas e inteligentes, las
venas se le marcaban en las muñecas, y los muslos y las rodillas parecían
sólidos. Cuando se quedaba de pie, el rostro y el cuello se le sobrecargaban de
sangre, las venas se le marcaban en las sienes. Ella no tenía en cuenta su
ceguera.
Isabel
siempre se ponía contenta, una vez habían pasado por la puerta divisoria hacia
sus propias regiones de reposo y belleza. Ella le tenía un poco de miedo allí
fuera, en la ordinariez animal de las partes traseras de la casa. Sus modales
también cambiaron en cuanto olió el indefinible olor familiar que invadía los
alrededores de su esposa, un aroma delicado y refinado, sutilmente especiado.
Quizá procedía de los tarros de popurrí.
Él se
quedó quieto a los pies de la escalera, inmóvil, escuchando. Ella le miró y su
corazón se mareó. Parecía estar escuchando el destino.
—No ha
llegado todavía —dijo—. Subiré a cambiarme.
—Maurice
—dijo ella—, no te apetece que venga, ¿verdad?
—No
podría decirte —contestó él—. Me siento más bien como qui vivre.
—Ya lo
veo —contestó ella. Y se alzó y le besó en la mejilla. Vio su boca relajarse
con una pequeña sonrisa.
—¿De qué
te ríes? —dijo ella con picardía.
—Me
consuelas —contestó él.
—No
—respondió ella—. ¿Por qué habría de consolarte? Sabes que nos amamos el uno al
otro, ¡ya sabes cuán casados estamos! ¿Qué otra cosa sucede?
—Nada en
absoluto, querida.
Él buscó
su rostro y lo acarició sonriendo.
—Estás
bien, ¿no? —preguntó él con ansiedad.
—Estoy
estupendamente, amor —contestó ella—. Eres tú quien me preocupa a veces.
—¿Por qué
yo? —dijo tocando las mejillas de ella con la punta de los dedos. La caricia
tenía un efecto casi hipnótico para ella.
Él se fue
arriba. Ella le vio subir hacia la oscuridad, sin ver, invariable. Él no sabía
que las lámparas de arriba estaban apagadas. Continuó por la oscuridad con paso
inalterable. Ella le oyó en el cuarto de baño.
Pervin se
movía casi inconscientemente en su entorno familiar, aunque todo estuviese
oscuro. Parecía conocer la presencia de las cosas antes de tocarlas. Era un
placer para él moverse así entre un mundo de cosas, mantener el flujo en un
tipo de presencia sanguínea. No pensaba mucho ni se preocupaba. Desde que
mantenía la pura inmediatez del contacto sanguíneo con el mundo sustancial que
le hacía feliz, no quería la intervención de la consciencia visual. En este
estado había una cierta y plena seguridad, que bordeaba algunas veces el
éxtasis. La vida parecía moverse en él como una corriente envolvente,
envolvente, que avanza envolviendo todas las cosas de forma oscura. Era un
placer alargar la mano y encontrar el objeto invisible, agarrarlo y poseerlo en
un contacto puro. Él no intentaba recordar, visualizar. No quería. El nuevo
modo de consciencia se sustituía en él.
La rica
difusión de este estado generalmente le mantenía feliz, alcanzando su
culminación en una pasión arrolladora por su esposa. Pero a veces el torrente
parecía detenerse y retroceder. Entonces golpeaba en su interior como un mar
enmarañado y le torturaba en el caos destrozado por su propia sangre. Él temía
esta detención, este tirón, este caos dentro de sí mismo, cuando parecía estar
a merced de sus propios elementos poderosos y conflictivos. Cómo conseguir
alguna medida de control o de seguridad, esa era la cuestión. Y cuando la
cuestión surgiera desesperante en él, apretaría los puños como si forzase al
universo entero a someterse ante él. Pero era en vano, ni siquiera podía
forzarse a sí mismo. Esa noche, sin embargo, todavía estaba sereno, aunque pequeños
temblores de irritación poco razonable le invadían. Tenía que manejar la navaja
de afeitar con sumo cuidado cuando se afeitaba, porque no iba a una con él,
tenía miedo. Su oído también era demasiado agudo. Oyó a la mujer encender las
lámparas del comedor, y atender el fuego en la habitación de invitados. Y
después, según se encaminaba a su habitación oyó que llegaba el coche. Después
llegó la voz de Isabel, elevándose y llamando como una campanilla al sonar:
—¿Eres
tú, Bertie? ¿Has llegado?
Y una voz
de hombre contestó fuera, en el viento:
—¡Hola,
Isabel! Estás aquí.
—¿Has
tenido un mal viaje? Lamento no haber podido enviarte un coche cerrado. No
puedo verte.
—Ya voy.
No, el viaje me ha gustado, fue como Perthshire. Bien. ¿Cómo estás? Pareces
bien, como siempre, por lo que puedo apreciar.
—Oh, sí
—dijo Isabel—. Estoy maravillosamente bien. ¿Cómo estás tú? Bastante delgado,
creo.
—Trabajando
hasta la muerte, la vieja canción. Pero estoy bien. Ciss. ¿Cómo está Pervin?
¿No está aquí?
—Oh, sí,
está arriba cambiándose. Sí, está fantásticamente bien. Quítate la ropa mojada,
mandaré que la pongan a secar.
—Y ¿cómo
estáis ambos de ánimos? ¿No se queja?
—No, no,
en absoluto. Al contrario. Hemos sido maravillosamente felices. Es más de lo
que puedo llegar a comprender… tan estupendo: la cercanía, y la paz.
—¡Ah!
Bien, son excelentes noticias.
Se
alejaron. Pervin no oyó nada más. Pero un sentimiento infantil de desolación le
invadió cuando oyó sus voces vigorosas. Parecía excluido, como un niño que ha
sido apartado. Estaba desorientado y excluido, no sabía qué hacer consigo
mismo. La desolación del desamparo le inundó. Se tocó a tientas con nerviosismo
mientras se vestía, en un estado cercano al infantilismo. Le desagradaba el
acento escocés en el habla de Bertie y la insignificante respuesta que encontró
en la lengua de Isabel. Le desagradaba el ronroneo de complacencia en el habla
escocesa. Le desagradaba el modo suelto en el que Isabel hablaba de su
felicidad y de su cercanía. Eso le hizo retroceder. Estaba irritable y en su
fuero interno, como un niño, tenía casi una nostalgia infantil por ser incluido
en ese círculo vital. Y al mismo tiempo era un hombre, oscuro, poderoso y
exasperado por su propia debilidad. Por un defecto fatal, no podía valerse por
sí mismo, tenía que depender de la ayuda de alguien. Y esta dependencia le
enfurecía. Odiaba a Bertie Reid, y al mismo tiempo sabía que el odio no tenía
sentido, sabía que era el resultado de su propia debilidad.
Bajó las
escaleras. Isabel estaba sola en el comedor. Ella le vio entrar, con la cabeza
erguida, los pies indecisos. Parecía tan de pura sangre y saludable y, al mismo
tiempo, tan anulado. «Anulado», esa era la palabra que fluía por su mente.
Quizá eran sus cicatrices las que lo sugerían.
—¿Has
oído a Bertie llegar, Maurice? —dijo ella.
—Sí, ¿no
está aquí?
—Está en
su habitación. Parece muy delgado y agotado.
—Supongo
que trabaja mucho.
Una mujer
llegó con una bandeja, y tras unos minutos Bertie bajó. Era un hombrecito
oscuro, con una frente amplia, pelo fino y ojos grandes y tristes. Su expresión
era tan inusualmente triste que casi divertía. Tenía las piernas extrañamente
cortas. Isabel le vio dudar en la puerta y mirar nervioso a su esposo. Pervin
le oyó y se dio la vuelta.
—Ya estás
aquí —dijo Isabel—. Vamos a cenar.
Bertie se
dirigió a Maurice.
—¿Cómo
estás, Pervin? —dijo según avanzaba.
El ciego
suspendió su mano en el espacio y Bertie la tomó.
—Muy
bien. Contento de que hayas venido —dijo Maurice.
Isabel
los observaba, y luego apartó la mirada como si no pudiese soportar verlos.
—¡Vamos!
—dijo ella—. Vamos a la mesa. ¿No estáis terriblemente hambrientos? Yo lo
estoy, y mucho.
—Me temo
que me estabais esperando —dijo Bertie cuando se sentaban.
Maurice
tenía una peculiar manera de sentarse erguido y distante, como un monolito. El
corazón de Isabel latía con fuerza cuando le veía así.
—No —le
respondió ella a Bertie—. Es un poco más tarde de lo normal. Vamos a tomar una
especie de merienda, no vamos a cenar. ¿No te importa? Así tendremos una larga
tarde sin interrupciones.
—De
acuerdo —dijo Bertie.
Maurice,
con sus extraños movimientos, parecía un gato dando forma a su cama, a su
lugar, su tenedor y cuchillo, su servilleta. En su consciencia iba consiguiendo
la geografía completa de un refugio. Se sentaba recto e inescrutable, una
apariencia remota. Bertie miró la estática figura del ciego, el discernimiento
táctil y delicado de sus rojas y grandes manos, y el curioso y descuidado
silencio de su frente, sobre la cicatriz. Con dificultad apartó los ojos, y sin
saber qué hacía, cogió un pequeño jarrón de cristal con violetas que estaba en
la mesa y se las llevó a la nariz.
—¡Qué
bien huelen! —dijo—. ¿De dónde son?
—Del
jardín, bajo las ventanas —dijo Isabel.
—¡Tan
tardías y huelen así de bien! ¿Recuerdas las violetas bajo el muro sur de la
tía Bell?
Los dos
amigos se miraron e intercambiaron una sonrisa, los ojos de Isabel estaban
iluminados.
—¿Cómo
no? —contestó ella—. ¿Verdad que era rara?
—Una
vieja niña curiosa —se rió Bertie—. Hay una vena de carácter caprichoso en la
familia, Isabel.
—¡Ah!,
pero no en ti ni en mí, Bertie —dijo Isabel—. Pásaselas a Maurice —añadió,
mientras Bertie pasaba las flores—. ¿Has olido las violetas, querido? Hazlo.
¡Son tan aromáticas…!
Maurice
levantó la mano, y Bertie colocó el pequeño jarrón contra sus dedos largos y
cálidos. La mano de Maurice se cerró sobre los delgados y blancos dedos del
abogado. Bertie las soltó con cuidado. Entonces los dos miraron al ciego, que
estaba oliendo las violetas. Él inclinó la cabeza como si estuviese pensando.
Isabel esperó.
—¿Son
dulces, Maurice? —dijo ella finalmente con ansiedad.
—Mucho
—dijo él. Y levantó el jarroncito. Bertie lo cogió, tanto Isabel como él
estaban atemorizados y profundamente perturbados.
La cena
continuó. Isabel y Bertie charlaban esporádicamente. El ciego estaba
silencioso. Tocaba la comida repetidamente, con toques rápidos y delicados, con
la punta del cuchillo y cortaba trocitos irregulares; no soportaba que le
ayudasen. Tanto Isabel como Bertie sufrían: Isabel se preguntaba por qué. Ella
no sufría cuando estaba sola con Maurice. Bertie la hacía consciente de una
rareza. Tras la cena los tres acercaron las sillas al fuego y se sentaron a
charlar. Colocaron los decantadores en una mesa cerca. Isabel metió unos
troncos en el fuego y nubes de chispas brillantes se elevaron hacia la
chimenea. Bertie percibió un ligero cansancio en su aspecto.
—Estarás
contenta ahora que viene tu niño, Isabel —dijo.
Ella le
miró con una rápida y triste sonrisa.
—Sí,
estoy contenta —contestó ella—. Ya se me está haciendo largo. Sí, me alegrará.
A ti también ¿no, Maurice? —añadió.
—Sí, por
supuesto —replicó su marido.
—Ambos lo
estamos esperando con ansiedad —dijo ella.
—Sí, por
supuesto —dijo Bertie.
Era
soltero, tres o cuatro años mayor que Isabel. Vivía en unas preciosas
habitaciones que daban al río, atendido por un criado escocés. Y tenía a sus
amigas entre el sexo bello, no amantes, amigas. En la medida en que podía
evitar cualquier amenaza de noviazgo o matrimonio, adoraba a unas cuantas
mujeres con un homenaje constante e infalible, y era caballerosamente cariñoso
con muchas. Pero si intentaban invadirle, las apartaba y las detestaba.
Isabel le
conocía muy bien, conocía su hermosa constancia y bondad, también su debilidad
incurable, la cual le impedía entablar cualquier contacto estrecho. Tenía
vergüenza de sí mismo porque no podía casarse, no podía acercarse a las mujeres
físicamente. Lo quería. Pero no podía. En su interior tenía miedo, inútil y
brutalmente sentía miedo. Había dejado de tener esperanza, había cesado de
esperar que podría escapar a esa debilidad. Era un abogado brillante y
reputado, un littérateur de gran reputación, un hombre rico, y con gran éxito
social. En su interior se sentía neutro, nada.
Isabel le
conocía bien. Le menospreciaba incluso cuando lo admiraba. Miró su rostro
triste, sus piernecitas cortas, y sintió desprecio por él. Miraba sus oscuros
ojos grises, con su misteriosa y casi infantil intuición, y le amaba. Él lo
comprendía con cierto temor; pero ella no temía su comprensión. Como hombre lo
trataba con condescendencia. Y volvía a la figura impasible y silenciosa de su
marido. Este permanecía sentado echado hacia atrás, con los brazos recogidos y
el rostro levemente levantado. Sus rodillas eran rectas y macizas. Ella
suspiró, cogió el atizador, y de nuevo comenzó a agitar el fuego, a levantar
una nube de chispas brillantes y suaves.
—Isabel
me dice —Bertie comenzó de pronto— que no has sufrido de manera insoportable la
pérdida de la vista.
Maurice
se enderezó para atender, pero mantuvo los brazos cruzados.
—No —dijo
él—, no insoportablemente. Ahora y de nuevo lucho contra ello, ya sabes. Pero
hay compensaciones.
—Dicen
que es mucho peor quedarse sordo —dijo Isabel.
—Creo que
sí —dijo Bertie—. ¿Hay compensaciones? —le dijo a Maurice.
—Sí.
Dejas de preocuparte por muchas cosas. —De nuevo Maurice estiró su figura,
estiró los fuertes músculos de la espalda y se inclinó hacia atrás con el
rostro hacia arriba.
—Y eso es
un alivio —dijo Bertie—. Pero ¿qué queda en lugar de la preocupación? ¿Qué
sustituye a la actividad?
Se hizo
una pausa. Al fin el hombre ciego contestó, como fuera de un pensamiento
distraído y negligente:
—¡Oh! No
sé. Está muy bien no permanecer activo.
—¿Sí?
—dijo Bertie—. ¿Qué, exactamente? Siempre me parece que cuando no hay
pensamiento ni acción, no hay nada.
Maurice
de nuevo contestaba con lentitud.
—Hay algo
—contestó—. No podría decirte qué es.
Y la
conversación sufrió de nuevo una pausa, Isabel y Bertie charlaban en voz baja,
con sus recuerdos, el ciego permanecía en silencio.
Finalmente
Maurice se levantó aprisa, una figura grande y obstrusiva. Se sentía tenso e
impedido. Quería irse.
—¿Os
importa si me voy a hablar con Wernham? —preguntó.
—No, ve,
ve querido —dijo Isabel.
Y salió.
El silencio sobrevino entre los dos amigos. Finalmente Bertie dijo:
—Sin
embargo, es una gran perturbación, Cissie.
—Sí, lo
sé.
—Algo que
te falta permanentemente —dijo Bertie.
—Sí, lo
sé. Y sin embargo… y sin embargo Maurice está bien. Hay algo más, algo allí,
que uno no imaginaba que estaba allí y que no se puede expresar.
—¿Qué es?
—preguntó Bertie.
—No sé,
es algo muy difícil de definir, pero es algo fuerte e inmediato. Hay algo
extraño en la presencia de Maurice, indefinible. Creo que es como preparar la
mente para dormir. Pero cuando estamos solos no añoro nada; parece
extremadamente rico, casi espléndido, ¿sabes?
—Me temo
que no te sigo —dijo Bertie.
Charlaban
de modo inconexo. Afuera, el viento soplaba con fuerza, la lluvia retumbaba en
los cristales de la ventana produciendo un sonido agudo y sordo a causa de la
contraventanas interiores, cerradas y doradas. Los troncos ardían despacio con
cálidas llamas casi invisibles. Bertie parecía cansado, tenía ojeras oscuras
alrededor de los ojos. Isabel, espléndida por su próxima maternidad, miraba el
fuego. Ella tenía el cabello rizado en raros y sueltos mechones que le gustaban
mucho al hombre. Pero tenía una extraña pena antigua en su corazón, una pena
antigua y nocturna.
—Supongo
que todos tenemos deficiencias en alguna parte —dijo Bertie.
—Supongo
que sí —dijo Isabel con cansancio.
—Condenados,
tarde o temprano.
—No lo sé
—dijo ella levantándose—. Yo me siento bien, ¿sabes? El niño que viene parece
hacerme indiferente a todo, plácida. No puedo preocuparme por nada, ¿sabes?
—Buena
cosa, diría yo —contestó despacio.
—Bien,
así es. Supongo que tan solo es la naturaleza. Si tampoco tuviese que
preocuparme de Maurice, sería absolutamente feliz.
—Pero
¿sientes que tienes que preocuparte por él?
—Bueno,
no lo sé. —Ella incluso se resintió por este esfuerzo.
La tarde
transcurrió despacio. Isabel miró el reloj.
—Son
cerca de las diez. ¿Dónde puede estar Maurice? Estoy segura de que en la parte
trasera de la casa ya están en la cama. Perdona un momento.
Salió y
volvió casi de inmediato.
—Está
todo cerrado y a oscuras —dijo ella—. Me pregunto dónde estará. Ha debido de
salir de la granja.
Bertie la
miró.
—Supongo
que volverá —dijo él.
—Supongo
que sí —dijo ella—. Pero es bastante inusual en él salir a esta hora.
—¿Quieres
que salga a mirar?
—Bueno,
si no te importa. Yo iría, pero… —Ella no quería hacer ese esfuerzo físico.
Bertie se
puso un abrigo viejo y tomó una linterna. Salió por la puerta lateral. Vaciló
ante la noche fría y bulliciosa. Ese tiempo le ponía nervioso: tanta humedad
por todas partes le hacía sentirse casi imbécil. Desganadamente, salió. Un
perro le ladró con violencia. Miró detenidamente en todas las dependencias. Por
fin, abrió la puerta principal de una especie de granero intermedio, oyó un
ruido chillón y, al mirar dentro, levantando su linterna, vio a Maurice en
mangas de camisa, de pie escuchando, sujetando el mango de una máquina de hacer
pulpa de nabo. Había estado sacando la pulpa de las dulces raíces, un montón de
las cuales estaba apilado confusamente en un rincón detrás de él.
—¿Eres
tú, Wernham? —dijo Maurice escuchando.
—No, soy
yo —dijo Bertie.
Un gato
grande, gris y medio salvaje se frotaba contra la pierna de Maurice. El ciego
se inclinó para restregarse los lados. Bertie miraba la escena; entonces
inconscientemente entró y cerró la puerta tras él. Él estaba en la parte alta
del granero, desde donde, a la derecha y a la izquierda, salían los corredores
frente al ganado encerrado en el establo. Miró el movimiento lento del otro
hombre al inclinarse para acariciar al gran gato.
Maurice
se enderezó.
—¿Vienes
a buscarme? —dijo.
—Isabel
estaba algo intranquila —dijo Bertie.
—Ahora
iré. Me gusta ocuparme de estas cosas.
El gato
había alzado su felina y siniestra fuerza contra su pierna, arañando su muslo
con afecto. Él levantó sus garras para apartarlas de la carne.
—Espero
no haber interrumpido tu vida en la hacienda —dijo Bertie, bastante tímido y
tenso.
—No, en
absoluto. Estoy contento de que Isabel tenga a alguien con quien charlar. Me
temo que soy yo quien interrumpo. Reconozco que no soy una compañía muy
animosa. Isabel está bien, ¿no crees? No es infeliz, ¿verdad?
—No, no
lo creo.
—¿Qué
dice ella?
—Dice que
está muy contenta, solamente algo preocupada por ti.
—¿Por mí?
—Quizá
tiene miedo de que te obsesiones —dijo Bertie cautelosamente.
—No debe
tener miedo por eso. —Continuó acariciando con sus dedos la cabeza lisa y gris
del gato—. Lo que yo temo —resumió— es que me encuentre una carga demasiado
pesada, siempre aquí sola conmigo.
—No creo
que debas pensar eso —dijo Bertie, aunque eso era lo que él mismo temía.
—No sé
—dijo Maurice—. Algunas veces siento que no es justo que ella cargue conmigo.
—Entonces bajó la voz—. Dime —preguntó luchando en secreto—, ¿está mi rostro
muy desfigurado? ¿Te importa decírmelo?
—Tienes
una cicatriz —dijo Bertie sorprendido—. Sí hay un poco de desfiguración. Pero
más lastimosa que sorprendente.
—Una mala
cicatriz bonita, sin embargo —dijo Maurice.
—¡Oh, sí!
Hubo una
pausa.
—Algunas
veces siento que estoy horrible —dijo Maurice en voz baja, hablando como para
sí. Y Bertie sintió un estremecimiento de horror.
—Es una
tontería —dijo.
Maurice
de nuevo se enderezó, dejando al gato.
—Es
imposible saberlo —dijo él. Y de nuevo con un extraño tono añadió—: Realmente
no te conozco, ¿no?
—Probablemente
no —añadió Bertie.
—¿Te
importa si te toco?
El
abogado se retiró hacia atrás instintivamente. Y sin embargo, al margen de la
filantropía, dijo en voz baja: «No, en absoluto».
Pero
sufría mientras el ciego extendía su mano fuerte y desnuda hacia él. Maurice
tiró accidentalmente el sombrero de Bertie.
—Pensaba
que eras más alto —dijo volviendo a hablar.
Entonces
posó su mano sobre la cabeza de Bertie Raid, cerrando la cúpula del cráneo con
un apretón suave y firme; después movió la mano y suavemente la cerró de nuevo,
con una presión delicada y estrecha hasta que cubrió el cráneo y el rostro del
hombrecillo, siguiendo el rastro hasta las cejas, y tocando los ojos llenos y
cerrados, tocando la pequeña nariz y sus orificios, el bigote espeso y corto,
la boca, la fuerte barbilla. La mano del ciego asió el sombrero, el brazo, la
mano del otro hombre. Parecía estar tomándole en un suave y viajero apretón.
—Pareces
joven —dijo al fin tranquilamente.
El
abogado permanecía quieto, casi aniquilado, incapaz de responder.
—Tu
cabeza parece tierna, como si fueses joven —repitió Maurice—. Y también tus
manos. Tócame tú los ojos, ¿te importa? Tócame la cicatriz.
Ahora
Bertie tembló de repulsión. Todavía estaba bajo el poder del ciego, como si
estuviese hipnotizado. Levantó el brazo y pasó los dedos por la cicatriz, por
los ojos marcados. De pronto Maurice los cubrió con su propia mano, presionó
los dedos del otro hombre sobre el hueco desfigurado de sus ojos, temblando en
cada fibra y girando despacio y levemente de lado a lado. Permaneció así
durante un minuto o más, mientras que Bertie se quedó de pie como en un desmayo
inconsciente, prisionero.
Después,
de pronto, Maurice quitó la mano del otro hombre de su ceja, y se quedó
sujetándola en la suya.
—¡Oh,
Dios mío! —dijo—, ahora nos conoceremos, ¿no? Nos conoceremos el uno al otro.
Bertie no
pudo responder. Se quedó contemplando al hombre mudo y aterrado, superado por
su propia debilidad. Sabía que no podía contestar. Tenía un miedo irracional,
pánico a que el otro hombre fuese de pronto a destruirle. Mientras Maurice se
había insuflado de un amor caliente y profundo, la pasión de la amistad. Quizá
era esta amistad apasionada la que a Bertie le repelía más.
—Ahora ya
estamos bien juntos, ¿no? —dijo Maurice—. ¿Ya está todo bien, para el resto de
la vida por lo que respecta a nosotros?
—Sí —dijo
Bertie intentando escapar por cualquier medio.
Maurice
se quedó quieto, con la cabeza levantada como si escuchase. Un delicado y nuevo
cumplimiento de la amistad entre mortales le había invadido como una sorpresa y
una revelación, algo exquisito e inesperado. Parecía estar esperando escuchar
si era real.
Después
volvió por su abrigo.
—¡Vamos!
—dijo—, iremos con Isabel.
Bertie
cogió la linterna y abrió la puerta. El gato desapareció. Los dos hombres
salieron en silencio por el terraplén. Isabel, según llegaban, pensó que sus
pisadas sonaban extrañas. Ella esperaba con ansiedad y pena su entrada. Había
un regocijo curioso en Maurice. Bertie estaba ojeroso, con los ojos hundidos.
—¿Qué
sucede? —preguntó ella.
—Nos
hemos hecho amigos —dijo Maurice, manteniéndose con los pies separados, como un
coloso extraño.
—¡Amigos!
—repitió Isabel. Y miró de nuevo a Bertie. Él encontró sus ojos con una mirada
furtiva y ojerosa; sus ojos brillaban como vidriosos de pena.
—¡Qué
contenta estoy! —dijo ella en aguda perplejidad.
—Sí —dijo
Maurice.
Él estaba
de veras contento. Isabel tomó su mano entre las suyas, y la sujetó con fuerza.
—Ahora
serás más feliz, querido —dijo ella.
Pero ella
estaba mirando a Bertie. Ella sabía que tenía un deseo, escapar de esa
intimidad, de esa amistad que se le había confiado. No podía soportar haber
sido tocado por el hombre ciego, su obsesiva reserva había sido rota. Era como
un molusco al que le han roto su concha.
*FIN*
“The
Blind Man”,
English Review, 1920

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