© Libro N° 12985. Boletos, Por Favor. Lawrence, D. H. Emancipación.
Septiembre 21 de 2024
Título original: ©
Boletos, Por Favor. D. H. Lawrence
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Original: © Boletos, Por
Favor. D. H. Lawrence
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
D. H. Lawrence
Boletos,
Por Favor
D. H.
Lawrence
Hay en
los Midlands un tranvía de vía única que sale intrépidamente de la ciudad y se
zambulle en un paisaje negro y fabril, sube la colina y baja al valle,
atravesando puebluchos extensos y feos de casas obreras y humildes, sobre
canales y vías, pasa frente a iglesias que parecen colgadas, altas y nobles,
sobre las sombras y el humo, por oscuros, fríos y desolados mercados,
tambaleándose frente a cines y tiendas, baja al agujero donde están los mineros
y sube de nuevo bajo los fresnos, y pasa frente a una iglesia rural, precipitándose
hacia el final del trayecto, en el último lugar industrial pequeño y feo, la
fría ciudad que se agita al borde del campo oscuro y salvaje. Allí, el tranvía
verde y crema parece hacer una pausa y ronronear con extraña satisfacción. Pero
a los pocos minutos el reloj de la torre de la cooperativa Wholesale Society’s
Shops marca la hora y comienza una vez más la aventura. De nuevo están allí los
peligrosos y súbitos descensos; de nuevo, rebotando sobre las curvas, la helada
espera en el mercado, el deslizarse sin respiración por la escarpada pendiente
frente a la iglesia; de nuevo las pacientes paradas en las curvas, esperando
que pasen otros tranvías, y así durante dos largas horas, hasta que por fin
aparece la ciudad, más allá de la grasienta fábrica de gas; las angostas
fábricas se aproximan: estamos en las sórdidas calles de la gran ciudad,
avanzamos de nuevo, furtivos, a un atasco en nuestra terminal, desconcertados
por el color cremoso y carmesí de los tranvías urbanos, pero con garbo y frescura,
algo atrevidos, tranvías verdes como ramas de perejil salidas de un negro
jardín minero.
Viajar en
estos tranvías es siempre una aventura. Por estar en época de guerra, los
conductores son hombres no aptos para el servicio activo: mutilados y
jorobados. Tienen en su interior el espíritu del diablo.
El
trayecto se convierte en una carrera de obstáculos. ¡Hurra! En un santiamén
estamos sobre los puentes del canal y ya vamos por la curva de los cuatro
caminos, de nuevo libres, tras un chillido agudo y una estela de chispas. A
decir verdad, a menudo los tranvías descarrilan, pero ¡qué importa! Esperan en
una cuneta hasta que otros tranvías llegan a sacarlos de allí. Es bastante
común que uno de estos tranvías, repleto de una sólida masa humana, llegue a un
punto muerto en medio de una oscuridad absoluta, el corazón de ninguna parte en
una noche oscura, y oír al conductor y a la cobradora decir: “Todo el mundo
abajo, el tranvía está ardiendo”. En lugar de salir corriendo asustados, los
pasajeros contestan impasibles: “Venga, vamos. Ahora no salimos. Nos quedamos
donde estamos. Empuja, George”. Y así hasta que comienza a arder.
La razón
de esta desgana para apearse es que las noches son terriblemente oscuras, frías
y ventosas, y el tranvía es un buen refugio.
Los
mineros viajan de pueblo en pueblo para cambiar de cine, de chica o de pub. Los
tranvías van desesperadamente llenos. ¿Quién va a arriesgarse a esperar, quizá
durante una hora, a otro tranvía en el negro abismo exterior, para ver ese
desamparado cartel de “Solamente hasta el depósito” porque haya algo averiado,
o dar la bienvenida a una rutilante unidad de tres vagones que pasa con un
aullido de burla atestada de gente? Tranvías que pasan en la noche…
En este
servicio de tranvías, el más peligroso de Inglaterra, tal como las autoridades
declaran con orgullo, cobran chicas y conducen jóvenes imprudentes, algo
tullidos o casi jorobados. Las chicas son jóvenes pícaras. Dentro de un feo
uniforme azul, con las faldas más arriba de las rodillas y con unas gorras de
visera deformadas, tienen toda la sang-froid de un oficial fuera de servicio.
En el tranvía, lleno hasta los topes de mineros que gritan y cantan a voces
abajo y arriba una antífona de obscenidades, las chicas se encuentran a gusto.
Se precipitan sobre los jóvenes que intentan evadir la máquina de los billetes.
Apartan a los hombres a empujones al final de sus trayectos. Nadie va a
desafiarlas. Ellas no temen a nadie y todo el mundo las teme.
—Hola,
Annie.
—Hola,
Ted.
—¡Eh!
Hágame caso, señorita Mármol. Tiene usted el corazón de piedra y está hiriendo
mis sentimientos.
—Debería
guardárselos usted en el bolsillo —replica la señorita Mármol, y se dirige con
decisión hacia la parte superior del tranvía.
—Billetes,
por favor.
Es
autoritaria, recelosa y está dispuesta a golpear primero. Sabe defenderse
contra diez mil. La entrada de este tranvía es su Termópilas.
Sin
embargo, hay ciertos romances a bordo de estos tranvías, incluso en el robusto
seno de Annie. El tiempo de este tierno romance es la mañana, entre las diez y
la una, cuando las cosas están más tranquilas; por supuesto, excepto los días
de mercado y los sábados. Entonces Annie tiene tiempo de dedicarse a ella
misma. Entonces se baja del tranvía y va a alguna tienda donde ha curioseado
cualquier cosa, mientras que el conductor charla en la calle principal. Entre
las chicas y los conductores existen buenas relaciones. ¿No son acaso
compañeros de peligros, embarcados en ese buque que corre a toda velocidad
balanceándose siempre sobre las olas de una tierra tormentosa? Después, durante
las horas tranquilas, los inspectores, o la mayoría de ellos, se dejan ver. Por
alguna razón, todos los empleados de este servicio son jóvenes; no hay cabezas
canosas. ¡Sería imposible! Sin embargo, los inspectores tienen la edad
apropiada, y uno de ellos, el jefe, es incluso guapo. Miradle allí de pie en
una mañana oscura y lluviosa con su largo impermeable, su gorra de visera bien
calada hasta los ojos, esperando para subir al tranvía. Su cara es rojiza,
tiene un bigotito marrón descolorido y una ligera sonrisa atrevida. Bastante
alto y ágil a pesar de su impermeable, sube de un salto a uno de los tranvías y
saluda a Annie.
—Hola,
Annie, ¿qué, resguardándose de la lluvia?
—Más
bien… intentándolo.
Solamente
hay dos personas en el tranvía; se acaba pronto la inspección. Después, una
larga y aventurada charla en el estribo, una gratificante y fácil charla de
doce millas. El nombre del revisor es John Thomas Raynor —llamado siempre John
Thomas, excepto algunas veces, con malicia, “Coddy”—. Se le enfurece el rostro
cuando le llaman así desde lejos. A John Thomas le rodea un considerable
escándalo en media docena de pueblos. Corteja a las chicas que cobran por la
mañana y sale con ellas por la noche cuando dejan el servicio. Entonces
coquetea y sale con las nuevas siempre que sean lo suficientemente atractivas y
lo consientan. Es notorio, sin embargo, que la mayoría de las chicas son
bonitas, todas jóvenes, y la vida errante de los tranvías les da un cierto aire
de temeridad propio de los marineros. Lo que importa es cómo se comportan
cuando están en el puerto. Mañana estarán a bordo de nuevo.
Annie,
sin embargo, tenía algo de tártara, y su lengua afilada había mantenido a John
Thomas a distancia durante meses. Pero quizá le gustaba porque siempre subía
sonriendo con atrevimiento. Lo observaba y veía cómo conquistaba una chica tras
otra. Cuando coqueteaba con ella por las mañanas, podía decir por el movimiento
de su boca y de sus ojos si había estado paseando con esta o con aquella la
noche anterior: Annie lo sabía con bastante exactitud.
Con ese
sutil antagonismo, los dos se conocían mutuamente como viejos amigos. Eran tan
sagaces el uno para con el otro como marido y mujer. Pero Annie le había
mantenido siempre a una distancia considerable. Además, ella ya tenía chico.
Pero la
feria de Statutes llegó a Bestwood en noviembre, y Annie tenía la noche del
lunes libre. Era una noche fea y lluviosa, pero se arregló y se fue al ferial.
Estaba sola, aunque esperaba encontrar pronto algún acompañante. Los tiovivos
giraban y rechinaban, las casetas hacían tanto ruido como podían. En las de
tiro al coco no había coco, sino sustitutivos artificiales de época de guerra,
por lo que los chavales bromeaban diciendo que los premios habían sido atados a
los hierros.
Se notaba
un triste declive tanto del brillo como del lujo. A pesar de eso, con el ferial
lleno de barro como siempre, allí había el mismo apiñamiento de rostros, la
misma aglomeración, las gentes iluminadas por los brillos y las luces
eléctricas, y el mismo olor a nafta, a patatas fritas y a electricidad.
¿Quién
iba a ser el primero en saludar a la señorita Annie en el ferial sino John
Thomas? Llevaba un abrigo abrochado hasta la barbilla y una gorra de lana
calada hasta las cejas; su rostro rojizo sonreía tan sagaz como siempre. ¡Qué
bien conocía ella el modo en que él movía la boca!
Se puso
muy contenta de tener ese “acompañante”. Estar en Statutes sin un hombre no era
divertido. Inmediatamente después, como buen galán que era, la llevó a los
dragones de dientes encarnizados, al tiovivo y a la montaña rusa. No era tan
emocionante como el tranvía. Pero sentarse en un fiero dragón verde, elevarse
sobre un mar de rostros burbujeantes, correr con imprecisión por los infiernos
mientras John Thomas se apoyaba en ella con el cigarrillo en la boca, todo
aquello era agradable. Ella era una rolliza criatura, feliz y ágil. Estaba
feliz y emocionada. John Thomas la retuvo para dar otra vuelta. Y apenas pudo
rechazarlo, vergonzosa, cuando la rodeó con el brazo y la acercó hacia él de
una forma cálida y mimosa. Además era discreto, mantenía sus gestos tan
escondidos como podía. Bajó los ojos y vio que su mano, roja y limpia, estaba
fuera de la vista de la gente. ¡Y se conocían tan bien mutuamente! Se animaron
al calor de la feria. Después de los dragones fueron a los caballitos. John
Thomas pagó todas las vueltas, complaciéndola. Por supuesto, él se sentó a
horcajadas en el caballo de fuera —llamado Negra Isabelita— y ella en el de
dentro —llamado Fuego Salvaje—. No iba a sentarse John Thomas discretamente en
Negra Isabelita, agarrándose a la barra de hierro. Giraban y giraban a la luz.
Él se balanceaba sobre su corcel de madera, lanzando una pierna por encima de
la montura de ella, arrojándose arriba y abajo por el espacio con medio cuerpo
hacia atrás, riéndose de ella. Él era feliz, ella tenía miedo de que el
sombrero se le cayese, pero estaba emocionada.
John jugó
a los aros y ganó para ella dos grandes alfileres de sombrero de color azul
pálido. Después, al oír el ruido de los grandes cines anunciando otra sesión,
atravesaron las casetas y se fueron. Durante la película, de vez en cuando, se
producía una intensa oscuridad. Entonces había un griterío de salvaje alegría y
un gran ruido de besos simulados. En uno de esos momentos John Thomas atrajo a
Annie hacia él. Después de todo, tenía una maravillosa forma, cálida y tierna,
de agarrar a una chica con el brazo, como si realizase un suave ataque. Además,
era agradable ser cogida así, tan confortable y acogedoramente. Se inclinó
sobre ella y Annie sintió su respiración en el pelo; sabía que quería besarla
en los labios. ¡Después de todo era tan cálido y ella se adaptaba a él tan
suavemente! Deseaba que rozase sus labios.
Pero la
luz se encendió; ella se irguió eléctricamente y se puso derecho el sombrero.
Él dejó caer su brazo con indiferencia detrás de ella. Era divertido,
emocionante, estar en Statutes con John Thomas.
Cuando el
cine se acabó se fueron a pasear por el campo empantanado y umbrío. Él poseía
todas las artes del cortejo. Era especialmente experto en atraer a una chica
hacia sí cuando se sentaba con ella en la escalera de una cerca, en la
oscuridad y lloviznando. Parecía estar sujetándola en el vacío, impregnándola
de su propio calor y satisfacción. Y sus besos eran suaves, lentos e
indagadores.
De este
modo comenzó a salir con John Thomas, aunque mantuvo a su chico suspendido en
la distancia. Algunas de las chicas del tranvía se ofendieron. Pero en esta
vida se deben aceptar las cosas como vienen.
No había
ninguna duda. A Annie le gustaba mucho John Thomas. ¡Se sentía tan llena y
cálida siempre que él estaba cerca! Y a John Thomas le gustaba Annie más de lo
normal. La manera suave y dulce con que ella podía fluir en uno, como si se
fundiese en sus mismos huesos, era algo extraño y reconfortante. Él se daba
cuenta.
Pero con
la familiaridad de la relación comenzó la intimidad. Annie quería considerarle
como una persona, como un hombre; quería interesarse por él y obtener una
respuesta inteligente. No quería una mera presencia nocturna, y hasta el
momento él era solo eso. Ella se enorgullecía de que no podría dejarla.
He aquí
su error. John Thomas pretendía seguir siendo solamente una presencia nocturna.
No tenía la idea de convertirse en alguien exclusivo para ella. Cuando comenzó
a interesarse de una forma inteligente por su vida y su carácter, él se marchó.
John odiaba ese interés y sabía que el único medio para pararlo era evitarlo.
La “hembra posesiva” estaba apareciendo en Annie. Por eso la dejó.
No hace
falta decir que ella no se sorprendió. Al principio estaba sobrecogida, fuera
de sus casillas porque había estado demasiado segura de él. Durante un tiempo
estuvo como aturdida y todo se volvió incierto para ella. Después lloró con
rabia, indignación, desolación y tristeza. Luego tuvo una crisis de
desesperación. Y por último, cuando él volvió, insolente, a su tranvía, todavía
con ese gesto familiar, pero dejándole ver con el movimiento de su cabeza que
había estado saliendo con alguien durante ese tiempo y que estaba saboreando
nuevos pastos, entonces decidió volver a ser ella misma.
Intuía
las chicas con las que John Thomas había estado saliendo. Se dirigió a Nora
Purdy. Nora era alta, bastante pálida, pero una chica con buen tipo, con un
maravilloso pelo rubio. Era bastante reservada.
—¡Eh!
—dijo Annie abordándola, y luego suavemente—: ¿con quién está saliendo ahora
John Thomas?
—No sé
—dijo Nora.
—¿Por qué
dices eso? —dijo Annie hablando en dialecto, irónicamente—. ¡Claro que sí! Lo
sabes tan bien como yo.
—Bien,
entonces lo sé —dijo Nora—. No soy yo, por lo tanto no te preocupes.
—Es Cissy
Meakin, ¿no?
—Sí, que
yo sepa.
—¡Menuda
cara! ¡No me gusta ni un pelo! —dijo Annie—. Cuando viene rondando me gustaría
darle un puntapié.
—Un día
de estos se le echarán encima —dijo Nora.
—Ay, sí,
cuando alguien decida hacerlo. ¡Me gustaría verle con los humos bajados! ¿A ti
no?
—No me
importaría —dijo Nora.
—Tienes
tanto derecho como yo —dijo Annie—, pero caeremos sobre él, chica. ¿Qué? ¿No
quieres?
—Me da
igual —dijo Nora.
De hecho
Nora era más vengativa que Annie.
Annie fue
hurgando chica tras chica en las viejas llamas del amor. Y sucedió que Cissy
Meakin dejó el servicio del tranvía al poco tiempo. Su madre la obligó a
dejarlo. Entonces John Thomas volvió a ser aquel de qui vivre.
Volvió los ojos al antiguo rebaño y su mirada se encendió por Annie. Pensó que
ella estaría fuera de peligro. Además le gustaba.
Quedaron
el domingo por la noche para volver paseando a casa. Daba la casualidad de que
su tranvía estaría en el depósito a las nueve y media; el último tranvía
llegaría a las diez y cuarto. John Thomas fue a esperarla allí.
En el
depósito las chicas tenían una pequeña sala de espera. Era bastante fea pero
confortable, con fuego, una cocina, un espejo, una mesa y sillas de madera. La
media docena de chicas que conocían a John Thomas bastante bien, habían
decidido hacer el servicio ese domingo por la tarde. Así que, según comenzaron
a llegar los tranvías, las chicas se dejaron caer por la salita. Y en lugar de
darse prisa por volver a casa, se sentaron alrededor del fuego y se tomaron una
taza de té. Fuera, la oscuridad y la aspereza de un tiempo de guerra.
John
Thomas llegó en el tranvía después de Annie, alrededor de las diez menos
cuarto. Asomó la cabeza en la sala de las chicas.
—¿Reunión
para rezar? —preguntó.
—¡Eh!
—dijo Laura Sharp—. ¡Solamente señoritas!
—¡Soy yo!
—dijo John Thomas. Esa era una de sus exclamaciones favoritas.
—Cierra
esa puerta, muchacho —dijo Muriel Baggaley.
—¿Hacia
qué lado? ¿Hacia mí? —dijo John Thomas.
—Hacia el
que te plazca —dijo Polly Birkin.
Había
entrado y cerrado la puerta tras él. Las chicas ampliaron el círculo para
hacerle un sitio junto al fuego. Él se quitó el abrigo y se apartó el sombrero
de la frente.
—¿Quién
tiene la tetera?
Nora
Purdy le sirvió una taza de té.
—¿Quieres
un poco de pan para mojar? —dijo Muriel Baggaley.
—Sí, dame
un poco.
Y comenzó
a comerse el trozo de pan.
—No hay
lugar mejor que la casa, chicas.
Todas le
miraron cuando comentó tal imprudencia. Parecía estar pavoneándose en presencia
de tanta damisela.
—Especialmente
si no se tiene miedo de volver a casa en la oscuridad —dijo Laura Sharp.
—Yo, no.
Se
sentaron hasta que oyeron llegar el último tranvía. Al poco tiempo entró Emma
Houselay.
—Vamos,
patito viejo —dijo Polly Birkin.
—Está
helando —dijo Emma extendiendo sus dedos cerca del fuego.
—Pero
tengo miedo, de ir a casa, en la oscuridad —cantó Laura Sharp, la canción le
había venido a la mente.
—¿Con
quién sales esta noche, John Thomas? —preguntó Muriel Baggaley fríamente.
—¿Esta
noche? Oh, me voy solo, totalmente solo.
—¡Soy yo!
—dijo Nora Purdy imitando sus articulaciones de voz.
Las
chicas se echaron a reír a carcajadas.
—Yo
también, Nora —dijo John Thomas.
—No
sabemos qué quieres decir —dijo Laura.
—Sí, que
me voy —dijo levantándose y alcanzando su abrigo.
—No —dijo
Polly—. Estamos todas aquí esperándote.
—Tenemos
que levantarnos pronto mañana —dijo de una forma educada y benevolente…
Todas se
echaron a reír.
—No —dijo
Muriel—. No nos dejes solas, John Thomas. Elige a una.
—Os elijo
a todas, si queréis —respondió galantemente.
—Tú no
deseas eso —dijo Muriel—. Dos son compañía, siete son demasiadas.
—No, toma
a una —dijo Laura—. Justo y equitativo, todo sobre el tapete, di a cuál.
—¡Ah!
—gritó Annie hablando por primera vez—. Elige, John Thomas, déjanos oírlo.
—No. Me
voy a casa tranquilo esta noche, sintiéndome bien por una vez.
—¿Adónde?
—dijo Annie—. Elige, pues, una compañía. ¡Pero tienes que elegir entre
nosotras!
—No.
¿Cómo puedo elegir a una? —dijo sintiéndose inquieto—. No quiero tener
enemigos.
—Solo
tendrás un enemigo —dijo Annie.
—La
elegida —añadió Laura.
—¡Oh!
¡Dios mío! Pero ¿que decís, chicas? —exclamó volviéndose como para salir—. En
fin… Buenas noches.
—¡No!
Tienes que hacer tu elección —dijo Muriel—. Vuelve la cara hacia la pared y di
quién te toca. Vamos, te tocará la espalda una de nosotras. Vamos, vuelve la
cara hacia la pared y di quién te está tocando.
Estaba
intranquilo, desconfiaba de ellas. Sin embargo, no tenía coraje para salir. Le
empujaron hacia la pared y le mantuvieron allí de pie. A su espalda, ellas le
hacían burla, riéndose. ¡Tenía un aspecto tan cómico…! Él miraba hacia los
lados intranquilo.
—¡Vamos!
—gritaba.
—¡Estás
mirando! ¡Estás mirando! —gritaban.
Volvió la
cabeza. De repente, con el movimiento de un gato veloz, Annie se adelantó y le
arrojó una caja por un lateral, que le hizo volar la gorra y tambalearse. Él se
volvió de espaldas de nuevo.
Pero a la
señal de Annie todas se precipitaron sobre él, abofeteándole, pellizcándole,
tirándole del pelo, aunque más con burla que con rabia. No obstante, estaba
enrojecido. Sus ojos azules se habían encendido con un extraño miedo, como con
furia y daba cabezadas entre las chicas dirigiéndose a la puerta. Estaba
cerrada con cerrojo. Tiró violentamente de ella. Se levantó, las chicas estaban
de pie a su alrededor y le miraban. Él las miraba de frente, acorralado. En
aquel momento le parecieron horribles, con aquellos uniformes cortos. Tenía
miedo.
—¡Vamos!
¡Vamos, John Thomas! ¡Elige! —dijo Annie.
—¿Qué
pretendes? Abre la puerta —dijo él.
—No. No
la abriremos hasta que hayas elegido —dijo Muriel.
—¿Elegido
qué?
—Elegido
a aquella con quien vas a casarte —contestó.
Dudó por
un momento.
—¡Abrid
la maldita puerta! Y reportaos —dijo con autoridad oficial.
—¡Tienes
que elegir! —gritaron las chicas.
—¡Vamos!
—gritó Annie mirándole a los ojos—. ¡Vamos, vamos!
Se
adelantó vagamente. Ella se había quitado el cinturón y blandiéndolo le lanzó
un agudo golpe por encima de la cabeza con la hebilla. Él saltó y la agarró.
Pero inmediatamente las demás chicas se abalanzaron sobre él, golpeándole,
tirando de él y arañándole. Se les había subido la sangre a la cabeza. John se
convirtió en su deporte. Iban a tomarse la revancha.
Extrañas
y salvajes criaturas se agarraban a él y se precipitaban amenazantes. Tenía la
ropa de la espalda rota. Nora le había cogido por el cuello y estaba
estrangulándole. Por suerte el botón saltó. Luchaban con un delirio salvaje de
furia y terror; casi de terror loco. Tenía el traje roto, las mangas de la
camisa destrozadas y los brazos desnudos. Las chicas se precipitaron sobre él,
hincándole las uñas y empujándole; se abalanzaban sobre él golpeándole o
dándole cabezazos con todas sus fuerzas. John tenía la cabeza agachada y estaba
encogido, balanceándose de un sitio a otro. Ellas estaban enardecidas.
Finalmente
cayó. Se lanzaron sobre él clavándole las rodillas. No tenía aliento ni fuerza
para moverse. Su rostro estaba sangrando por un gran arañazo; tenía la ceja
magullada. Annie se arrodilló sobre él; las otras, ya arrodilladas, le
sujetaban. Su rostro estaba encendido, el pelo desordenado y le brillaban los
ojos extrañamente. Yacía bastante quieto, con el rostro ladeado, como yace un
animal cuando está derrotado y a merced del cazador. Algunas veces sus ojos
miraban los rostros salvajes de las chicas. Su pecho jadeaba y tenía las
muñecas destrozadas.
—Ahora,
pues, señor… —murmuró Annie con fuerza—. Ahora, pues…
Al sonido
de aquel triunfo frío y terrorífico, comenzó a pelear como solo un animal puede
hacerlo, pero las chicas se lanzaron de nuevo sobre él con más fuerza y con un
poder sobrenatural, forzándole de nuevo a agacharse.
—¡Sí! ¡Y
ahora, pues…! —añadió con fuerza.
Y hubo un
silencio de muerte, en el que se oía el golpe sordo del latir del corazón. Era
un lapso de silencio puro en cada espíritu.
—Ahora ya
sabes dónde estás —dijo Annie.
La visión
del brazo desnudo y blanco enloqueció a las chicas; él yacía en una especie de
trance de temor y lucha. Ellas se sentían llenas de una fuerza sobrenatural. De
pronto Polly se echó a reír desesperadamente, con carcajadas sofocadas; Emma y
Muriel la acompañaban. Pero Annie, Nora y Laura permanecían tensas, con la
mirada fija y los ojos brillantes. Él se estremeció ante aquellos ojos.
—Sí —dijo
Annie en un tono bajo, curioso, secreto, mortecino—. Sí, ya lo tienes. ¿Sabes
lo que has hecho? ¿No sabes lo que has hecho?
John no
pronunció sonido alguno, ni hizo ningún gesto; antes bien yacía con los ojos
idos y brillantes, con el rostro ensangrentado.
—Deberíamos
matarte, eso es lo que deberíamos hacer —dijo Annie—. Deberías ser asesinado
—había un aterrador deseo en su voz.
Polly
estaba dejando de reír y lanzó un largo “¡Oooh!”. Y suspiros, como si volviese
en sí.
—Tienes
que elegir —dijo.
—¡Oh, sí!
¡Sí! —dijo Laura con decisión vengativa.
—¿Me
oyes? ¿Me oyes? —dijo Annie. Y con un rápido movimiento que le hizo asustarse,
volvió su rostro hacia el de él.
—¿Me
oyes? —repitió sacudiéndole.
Pero él
estaba sordo. Le dio una aguda bofetada. Él volvió en sí, y sus ojos se
abrieron, desmesurados. Su rostro se ensombreció, desafiante.
—¿Me
oyes? —repitió ella.
Él la
miró con ojos hostiles.
—¡Habla!
—dijo ella, acercando su rostro al de él.
—¿Qué?
—dijo casi vencido.
—¡Tienes
que elegir! —gritó como si fuese una terrible amenaza y como si le doliese no
poder precisar más.
—¡Elige a
tu chica, Coddy! ¡Tienes que elegirla ahora! Y te romperemos el cuello si
vuelves a usar cualquiera de tus trucos, chico. Ahora estás acabado.
Hubo una
pausa. De nuevo apartó su rostro: era astuto en su derrota. No cedería ante
ellas aunque le hicieran pedazos.
—De
acuerdo entonces —dijo—. Elijo a Annie. —Su voz era extraña y estaba llena de
malicia. Annie se apartó de él como si fuese un ascua al rojo vivo.
—¡Ha
elegido a Annie! —dijeron las muchachas a coro.
—¿A mí?
—gritó Annie. Estaba todavía arrodillado, boca abajo. Las chicas se agruparon
inquietas alrededor de él—. ¡A mí! —repitió Annie con un tono terriblemente
amargo.
Entonces
se levantó, apartándose de él aún más, con una amargura y un disgusto extraños.
—No me
atrevería a tocarle —dijo ella.
Pero su
rostro temblaba con un gesto de agonía, parecía como si se fuese a caer. Las
otras chicas se apartaron hacia un lado, John permanecía tumbado en el suelo,
con las ropas destrozadas y sangrando, con el rostro vuelto hacia abajo.
—¡Oh! ¡Si
te ha escogido! —dijo Polly.
—No le
quiero. Puede elegir de nuevo —dijo Annie con la misma desesperanza amarga.
—Levántate
—dijo Polly cogiéndole del hombro—. ¡Levántate!
Se
levantó despacio, era una extraña, desharrapada y aturdida criatura. Las chicas
le miraron desde lejos, curiosas, furtivas y amenazadoras.
—¿Quién
le quiere? —gritó Laura con dureza.
—¡Nadie!
—contestaron con desprecio. Sin embargo, cada una de ellas esperaba que él la
mirase. Todas excepto Annie, porque algo se había roto en ella.
Él, sin
embargo, mantenía el rostro apartado de todas. Hubo un silencio. John recogió
algunos trozos de su ropa rota, sin saber qué hacer con ellos. Las chicas
estaban de pie, inquietas, sonrojadas, jadeantes, arreglándose el pelo y el
vestido de una manera inconsciente y mirándole. Él no miró a ninguna de ellas.
Divisó su
gorra en una esquina de la habitación y se dirigió hacia allí para recogerla.
Se la puso y una de las chicas estalló en una risa histérica ante el aspecto
que tenía. John no solo no prestó atención, sino que se dirigió hacia donde
estaba colgando su abrigo. Las chicas se apartaron de él como si fuese un cable
eléctrico. Se puso el abrigo y se lo abrochó. Entonces enrolló los trozos rotos
de su chaqueta en un hato y se quedó de pie, mudo, frente a la puerta cerrada
con cerrojo.
—¡Que
alguien abra la puerta! —dijo Laura.
—Annie
tiene la llave —dijo alguien.
Annie dio
la llave silenciosamente a las chicas. Nora descorrió el cerrojo de la puerta.
—Donde
las dan las toman, viejo —dijo—. Demuestra que eres un hombre y no guardes
rencor.
Pero sin
una sola palabra o gesto, John había abierto la puerta y se había alejado, con
el rostro intimidado y la cabeza baja.
—Eso le
enseñará —dijo Laura.
—¡Coddy!
—dijo Nora.
—¡Cállate
ya, por el amor de Dios! —gritó Annie como torturada.
—¡Bien!
Ya estoy preparada para marcharnos. Vamos, Polly —dijo Muriel.
Todas
estaban deseando marcharse. Se arreglaron deprisa con los rostros estupefactos
y silenciosos.
*FIN*
“Ticket,
Please”,
Strand, 1919

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