© Libro N° 12981. El Vizcaíno Fingido. De Cervantes Saavedra,
Miguel. Emancipación. Septiembre 21 de 2024
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El Vizcaíno Fingido. Miguel De Cervantes
Saavedra
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Guillermo Molina Miranda
EL VIZCAÍNO FINGIDO
Miguel De Cervantes Saavedra
Miguel De Cervantes Saavedra
Entremés
Del Vizcaíno Fingido
Miguel De
Cervantes Saavedra
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Entran SOLÓRZANO y QUIÑONES. |
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|
SOLÓRZANO.- Éstas
son las bolsas, y, a lo que parecen, son bien parecidas; y las cadenas que
van dentro, ni más ni menos. No hay sino que vos acudáis con mi intento; que,
a pesar de la taimería desta sevillana, ha de quedar esta vez burlada. |
|
|
QUIÑONES.- ¿Tanta
honra se adquiere, o tanta habilidad se muestra en engañar a una mujer, que
lo tomáis con tanto ahínco y ponéis tanta solicitud en ello? |
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|
SOLÓRZANO.- Cuando
las mujeres son como éstas, es gusto el burlallas; cuanto más, que esta burla
no ha de pasar de los tejados arriba; quiero decir, que ni ha de ser con
ofensa de Dios ni con daño de la burlada; que no son burlas las que redundan
en desprecio ajeno. |
|
|
QUIÑONES.- Alto;
pues vos lo queréis, sea así; digo que yo os ayudaré en todo cuanto me habéis
dicho, y sabré fingir tan bien como vos, que no lo puedo más encarecer.
¿Adónde vais agora? |
|
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SOLÓRZANO.- Derecho
en casa de la ninfa; y vos no salgáis de casa, que yo os llamaré a su tiempo. |
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|
(Éntranse los dos.) |
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(Salen DOÑA CRISTINA y DOÑA BRÍGIDA; CRISTINA sin
manto, y BRÍGIDA con él, toda asustada y turbada.) |
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|
CRISTINA.- ¡Jesús!
¿Qué es lo que traes, amiga doña Brígida, que parece que quieres dar el alma
a su Hacedor? |
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|
BRÍGIDA.- Doña
Cristina, amiga, hazme aire, rocíame con un poco de agua este rostro, que me
muero, que me fino, que se me arranca el alma. ¡Dios sea conmigo! ¡Confesión
a toda priesa! |
|
|
CRISTINA.- ¿Qué es
esto? ¡Desdichada de mí! ¿No me dirás, amiga, lo que te ha sucedido? ¿Has
visto alguna mala visión? ¿Hante dado alguna mala nueva de que es muerta tu
madre, o de que viene tu marido, o hante robado tus joyas? |
|
|
BRÍGIDA.- Ni he
visto visión alguna, ni se ha muerto mi madre, ni viene mi marido, que aún le
faltan tres meses para acabar el negocio donde fue, ni me han robado mis
joyas; pero hame sucedido otra cosa peor. |
|
|
CRISTINA.- Acaba;
dímela, doña Brígida mía; que me tienes turbada y suspensa hasta saberla. |
|
|
BRÍGIDA.- ¡Ay,
querida! Que también te toca a ti parte deste mal suceso. Límpiame este
rostro, que él y todo el cuerpo tengo bañado en sudor más frío que la nieve.
¡Desdichadas de aquéllas que andan en la vida libre, que, si quieren tener
algún poquito de autoridad, granjeada de aquí o de allí, se la dejarretan y
se la quitan al mejor tiempo! |
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|
CRISTINA.- Acaba,
por tu vida, amiga, y dime lo que te ha sucedido, y qué es la desgracia de
quien yo también tengo de tener parte. |
|
|
BRÍGIDA.- ¡Y cómo
si tendrás parte! Y mucha, si eres discreta, como lo eres. Has de saber,
hermana, que, viniendo agora a verte, al pasar por la puerta de Guadalajara,
oí que, en medio de infinita justicia y gente, estaba un pregonero pregonando
que quitaban los coches, y que las mujeres descubriesen los rostros por las
calles. |
|
|
CRISTINA.- Yo creo,
hermana, que debe de ser alguna reformación de los coches: que no es posible
que los quiten de todo punto; y será cosa muy acertada, porque, según he oído
decir, andaba muy de caída la caballería en España, porque se empanaban diez
o doce caballeros mozos en un coche, y azotaban las calles de noche y de día,
sin acordárseles que había caballos y jineta en el mundo; y, como les falte
la comodidad de las galeras de la tierra, que son los coches, volverán al
ejercicio de la caballería, con quien sus antepasados se honraron. |
|
|
BRÍGIDA.- ¡Ay,
Cristina de mi alma! Que también oí decir que, aunque dejan algunos, es con
condición que no se presten, ni que en ellos ande ninguna...; ya me
entiendes. |
|
|
CRISTINA.- Ese mal
nos hagan; porque has de saber, hermana, que está en opinión, entre los que
siguen la guerra, cuál es mejor, la caballería o la infantería; y hase
averiguado que la infantería española lleva la gala a todas las naciones; y agora
podremos las alegres mostrar a pie nuestra gallardía, nuestro garbo y nuestra
bizarría, y más, yendo descubiertos los rostros, quitando la ocasión de que
ninguno se llame a engaño si nos sirviese, pues nos ha visto. |
|
|
BRÍGIDA.- ¡Ay
Cristina! No me digas eso, que linda cosa era ir sentada en la popa de un
coche, llenándola de parte a parte, dando rostro a quien y como y cuando
quería. Y, en Dios y en mi ánima, te digo que, cuando alguna vez me le
prestaban, y me vía sentada en él con aquella autoridad, que me desvanecía
tanto, que creía bien y verdaderamente que era mujer principal, y que más de
cuatro señoras de título pudieran ser mis criadas. |
|
|
CRISTINA.- ¿Veis,
doña Brígida, cómo tengo yo razón en decir que ha sido bien quitar los
coches, siquiera por quitarnos a nosotras el pecado de la vanagloria? Y más,
que no era bien que un coche igualase a las no tales con las tales; pues, viendo
los ojos estranjeros a una persona en un coche, pomposa por galas, reluciente
por joyas, echaría a perder la cortesía, haciéndosela a ella como si fuera a
una principal señora. Así que, amiga, no debes congojarte, sino acomoda tu
brío y tu limpieza, y tu manto de soplillo sevillano, y tus nuevos chapines,
en todo caso, con las virillas de plata, y déjate ir por esas calles; que yo
te aseguro que no falten moscas a tan buena miel, si quisieres dejar que a ti
se lleguen; que engaño en más va que en besarla durmiendo. |
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|
BRÍGIDA.- Dios te
lo pague, amiga, que me has consolado con tus advertimientos y consejos; y en
verdad que los pienso poner en prática, y pulirme y repulirme, y dar rostro a
pie, y pisar el polvico atán menudico, pues no tengo quien me
corte la cabeza; que este que piensan que es mi marido, no lo es, aunque me
ha dado la palabra de serlo. |
|
|
CRISTINA.- ¡Jesús!
¿Tan a la sorda y sin llamar se entra en mi casa, señor? ¿Qué es lo que vuesa
merced manda? |
|
|
(Entra SOLÓRZANO.) |
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|
SOLÓRZANO.- Vuesa
merced perdone el atrevimiento, que la ocasión hace al ladrón: hallé la
puerta abierta y entréme, dándome ánimo al entrarme venir a servir a vuesa
merced, y no con palabras, sino con obras; y, si es que puedo hablar delante
desta señora, diré a lo que vengo, y la intención que traigo. |
|
|
CRISTINA.- De la
buena presencia de vuesa merced no se puede esperar sino que han de ser
buenas sus palabras y sus obras. Diga vuesa merced lo que quisiere, que la
señora doña Brígida es tan mi amiga, que es otra yo misma. |
|
|
SOLÓRZANO.- Con ese
seguro y con esa licencia, hablaré con verdad; y con verdad, señora, soy un
cortesano a quien vuesa merced no conoce. |
|
|
SOLÓRZANO.- Y ha
muchos días que deseo servir a vuesa merced, obligado a ello de su hermosura,
buenas partes y mejor término; pero estrechezas, que no faltan, han sido
freno a las obras hasta agora, que la suerte ha querido que de Vizcaya me enviase
un grande amigo mío a un hijo suyo, vizcaíno, muy galán, para que yo le lleve
a Salamanca y le ponga de mi mano -fol. 239v- en compañía que le honre y le
enseñe. Porque, para decir la verdad a vuesa merced, él es un poco burro, y
tiene algo de mentecapto; y añádesele a esto una tacha, que es lástima
decirla, cuanto más tenerla, y es que se toma algún tanto, un si es no es,
del vino, pero no de manera que de todo en todo pierda el juicio, puesto que
se le turba; y, cuando está asomado, y aun casi todo el cuerpo fuera de la
ventana, es cosa maravillosa su alegría y su liberalidad: da todo cuanto
tiene a quien se lo pide y a quien no se lo pide; y yo querría que, ya que el
diablo se ha de llevar cuanto tiene, aprovecharme de alguna cosa, y no he
hallado mejor medio que traerle a casa de vuesa merced, porque es muy amigo
de damas, y aquí le desollaremos cerrado como a gato. Y, para principio,
traigo aquí a vuesa merced esta cadena en este bolsillo, que pesa ciento y
veinte escudos de oro, la cual tomará vuesa merced, y me dará diez escudos
agora, que yo he menester para ciertas cosillas, y gastará otros veinte en
una cena esta noche, que vendrá acá nuestro burro o nuestro búfalo, que le
llevo yo por el naso, como dicen; y, a dos idas y venidas, se quedará vuesa
merced con toda la cadena, que yo no quiero más de los diez escudos de ahora.
La cadena es bonísima, y de muy buen oro, y vale algo de hechura. Hela aquí;
vuesa merced la tome. |
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|
CRISTINA.- Beso a
vuesa merced las manos por la que me ha hecho en acordarse de mí en tan
provechosa ocasión; pero, si he de decir lo que siento, tanta liberalidad me
tiene algo confusa y algún tanto sospechosa. |
|
|
CRISTINA.- De que
podrá ser esta cadena de alquimia; que se suele decir que no es oro todo lo
que reluce. |
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|
SOLÓRZANO.- Vuesa
merced habla discretísimamente; y no en balde tiene vuesa merced fama de la
más discreta dama de la corte; y hame dado mucho gusto el ver cuán sin
melindres ni rodeos me ha descubierto su corazón; pero para todo hay remedio,
si no es para la muerte. Vuesa merced se cubra su manto, o envíe si tiene de
quién fiarse, y vaya a la platería, y en el contraste se pese y toque esa
cadena; y cuando fuera fina y de la bondad que yo he dicho, entonces vuesa
merced me dará los diez escudos, harále una regalaria al borrico, y se
quedará con ella. |
|
|
CRISTINA.- Aquí,
pared y medio, tengo yo un platero, mi conocido, que con facilidad me sacará
de duda. |
|
|
SOLÓRZANO.- Eso es
lo que yo quiero, y lo que amo y lo que estimo; -fol. 240r- que las cosas claras Dios las
bendijo. |
|
|
CRISTINA.- Si es
que vuesa merced se atreve a fiarme esta cadena, en tanto que me satisfago,
de aquí a un poco podrá venir, que yo tendré los diez escudos en oro. |
|
|
SOLÓRZANO.- ¡Bueno
es eso! Fío mi honra de vuesa merced, ¿y no le había de fiar la cadena? Vuesa
merced la haga tocar y retocar, que yo me voy, y volveré de aquí a media
hora. |
|
|
(Éntrase SOLÓRZANO.) |
|
|
BRÍGIDA.- Ésta,
Cristina amiga, no sólo es ventura, sino venturón llovido. ¡Desdichada de mí,
y qué desgraciada que soy, que nunca topo quien me dé un jarro de agua sin
que me cueste mi trabajo primero! Sólo me encontré el otro día en la calle a
un poeta, que de bonísima voluntad y con mucha cortesía me dio un soneto de
la historia de Píramo y Tisbe, y me ofreció trecientos en mi alabanza. |
|
|
CRISTINA.- Mejor
fuera que te hubieras encontrado con un ginovés que te diera trecientos
reales. |
|
|
BRÍGIDA.- ¡Sí, por
cierto! ¡Ahí están los ginoveses de manifiesto y para venirse a la mano, como
halcones al señuelo! Andan todos malencónicos y tristes con el decreto. |
|
|
CRISTINA.- Mira,
Brígida, desto quiero que estés cierta: que más vale un ginovés quebrado que
cuatro poetas enteros. Mas, ¡ay!, el viento corre en popa; mi platero es
éste. Y ¿qué quiere mi buen vecino? Que a fe que me ha quitado el manto de los
hombros, que ya me le quería cubrir para buscarle. |
|
|
(Entra el PLATERO.) |
|
|
PLATERO.- Señora
doña Cristina, vuesa merced me ha de hacer una merced: de hacer todas sus
fuerzas por llevar mañana a mi mujer a la comedia, que me conviene y me
importa quedar mañana en la tarde libre de tener quien me siga y me persiga. |
|
|
CRISTINA.- Eso haré
yo de muy buena gana; y aun, si el señor vecino quiere mi casa y cuanto hay
en ella, aquí la hallará sola y desembarazada; que bien sé en qué caen estos
negocios. |
|
|
PLATERO.- No,
señora; entretener a mi mujer me basta. Pero, ¿qué quería vuesa merced de mí,
que quería ir a buscarme? |
|
|
CRISTINA.- No más,
sino que me diga el señor vecino qué pesará esta cadena, y si es fina, y de
qué quilates. |
|
|
PLATERO.- Esta
cadena he tenido yo en mis manos muchas veces, y sé que pesa ciento y
cincuenta escudos de oro de a veinte y dos quilates; y que si vuesa merced la
compra y se la dan sin hechura, no perderá nada en ella. |
|
|
PLATERO.- Mire cómo
la concierta la señora vecina, que yo le haré dar, cuando se quisiere
deshacer della, diez ducados de hechura. |
|
|
CRISTINA.- Menos me
ha de costar, si yo puedo; pero mire el vecino no se engañe en lo que dice de
la fineza del oro y cantidad del peso. |
|
|
PLATERO.- ¡Bueno
sería que yo me engañase en mi oficio! Digo, señora, que dos veces la he
tocado eslabón por eslabón, y la he pesado, y la conozco como a mis manos. |
|
|
PLATERO.- Y por más
señas, sé que la ha llegado a pesar y a tocar un gentilhombre cortesano que
se llama Tal de Solórzano. |
|
|
CRISTINA.- Basta,
señor vecino; vaya con Dios, que yo haré lo que me deja mandado: yo la
llevaré y entretendré dos horas más, si fuere menester; que bien sé que no
podrá dañar una hora más de entretenimiento. |
|
|
PLATERO.- Con vuesa
merced me entierren, que sabe de todo; y a Dios, señora mía. |
|
|
(Éntrase el PLATERO.) |
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|
BRÍGIDA.- ¿No
haríamos con este cortesano Solórzano, que así se debe llamar sin duda, que
trujese con el vizcaíno para mí alguna ayuda de costa, aunque fuese de algún
borgoñón más borracho que un zaque? |
|
|
CRISTINA.- Por
decírselo no quedará; pero vesle, aquí vuelve; priesa trae, diligente anda;
sus diez escudos le aguijan y espolean. |
|
|
(Entra SOLÓRZANO.) |
|
|
SOLÓRZANO.- Pues,
señora doña Cristina, ¿ha hecho vuesa merced sus diligencias? ¿Está
acreditada la cadena? |
|
|
SOLÓRZANO.- Don
Esteban de Solórzano me suelen llamar en mi casa; pero, ¿por qué me lo
pregunta vuesa merced? |
|
|
CRISTINA.- Por
acabar de echar el sello a su mucha verdad y cortesía. Entretenga vuesa
merced un poco a la señora doña Brígida, en tanto que entro por los diez
escudos. |
|
|
(Éntrase CRISTINA.) |
|
|
BRÍGIDA.- Señor don
Solórzano, ¿no tendrá vuesa merced por ahí algún mondadientes para mí? Que en
verdad no soy para desechar, y que tengo yo tan buenas entradas y salidas en
mi casa como la señora doña Cristina; que, a no temer -fol. 241r- que nos oyera alguna, le
dijera yo al señor Solórzano más de cuatro tachas suyas: que sepa que tiene
las tetas como dos alforjas vacías, y que no le huele muy bien el aliento,
porque se afeita mucho; y, con todo eso, la buscan, solicitan y quieren; que
estoy por arañarme esta cara, más de rabia que de envidia, porque no hay
quien me dé la mano, entre tantos que me dan del pie; en fin, la ventura de
las feas... |
|
|
SOLÓRZANO.- No se
desespere vuesa merced, que, si yo vivo, otro gallo cantará en su gallinero. |
|
|
(Vuelve a entrar CRISTINA.) |
|
|
CRISTINA.- He aquí,
señor don Esteban, los diez escudos, y la cena se aderezará esta noche como
para un príncipe. |
|
|
SOLÓRZANO.- Pues
nuestro burro está a la puerta de la calle, quiero ir por él; vuesa merced me
le acaricie, aunque sea como quien toma una píldora. |
|
|
(Vase SOLÓRZANO.) |
|
|
BRÍGIDA.- Ya le
dije, amiga, que trujese quien me regalase a mí, y dijo que sí haría, andando
el tiempo. |
|
|
CRISTINA.- Andando
el tiempo en nosotras, no hay quien nos regale; amiga, los pocos años traen
la mucha ganancia, y los muchos la mucha pérdida. |
|
|
BRÍGIDA.- También
le dije cómo vas muy limpia, muy linda y muy agraciada; y que toda eras
ámbar, almizcle y algalia entre algodones. |
|
|
CRISTINA.- Ya yo
sé, amiga, que tienes muy buenas ausencias. |
|
|
BRÍGIDA.- [Aparte.] Mirad
quién tiene amartelados; que vale más la suela de mi botín que las arandelas
de su cuello; otra vez vuelvo a decir: la ventura de las feas... |
|
|
(Entran QUIÑONES y SOLÓRZANO.) |
|
|
QUIÑONES.-
Vizcaíno, manos bésame vuesa merced, que mándeme. |
|
|
SOLÓRZANO.- Dice el
señor vizcaíno que besa las manos de vuesa merced y que le mande. |
|
|
BRÍGIDA.- ¡Ay, qué
linda lengua! Yo no la entiendo a lo menos, pero paréceme muy linda. |
|
|
CRISTINA.- Yo beso
las del mi señor vizcaíno, y más adelante. |
|
|
VIZCAÍNO.- Pareces
buena, hermosa; también noche esta cenamos; cadena que das, duermas nunca,
basta que doyla. |
|
|
SOLÓRZANO.- Dice mi
compañero que vuesa merced le parece buena y hermosa; que se apareje la cena;
que él da la cadena, aunque no duerma acá, que basta que una vez la haya
dado. |
|
|
BRÍGIDA.- ¿Hay tal
Alejandro en el mundo? ¡Venturón, venturón, y cien mil -fol. 241v- veces venturón! |
|
|
SOLÓRZANO.- Si hay
algún poco de conserva, y algún traguito del devoto para el señor vizcaíno,
yo sé que nos valdrá por uno ciento. |
|
|
CRISTINA.- ¡Y cómo
si lo hay! Y yo entraré por ello, y se lo daré mejor que al Preste Juan de
las Indias. |
|
|
(Éntrase CRISTINA.) |
|
|
SOLÓRZANO.- Que la
dama que se queda, que es vuesa merced, es tan buena como la que se ha
entrado. |
|
|
BRÍGIDA.- ¡Y cómo
que está en lo cierto el señor vizcaíno! A fe que en este parecer que no es
nada burro. |
|
|
VIZCAÍNO.- Burro el
diablo; vizcaíno ingenio queréis cuando tenerlo. |
|
|
BRÍGIDA.- Ya le
entiendo: que dice que el diablo es el burro, y que los vizcaínos, cuando
quieren tener ingenio, le tienen. |
|
|
(Vuelve a salir CRISTINA con un criado
o criada, que traen una caja de conserva, una garrafa con vino, su cuchillo y
servilleta.) |
|
|
CRISTINA.- Bien
puede comer el señor vizcaíno, y sin asco; que todo cuanto hay en esta casa
es la quintaesencia de la limpieza. |
|
|
QUIÑONES.- Dulce
conmigo, vino y agua llamas bueno; santo le muestras, ésta le bebo y otra
también. |
|
|
BRÍGIDA.- ¡Ay,
Dios, y con qué donaire lo dice el buen señor, aunque no le entiendo! |
|
|
SOLÓRZANO.- Dice
que, con lo dulce, también bebe vino como agua; y que este vino es de San
Martín, y que beberá otra vez. |
|
|
SOLÓRZANO.- No le
den más, que le hace mal, y ya se le va echando de ver; que le he yo dicho al
señor Azcaray que no beba vino en ningún modo, y no aprovecha. |
|
|
QUIÑONES.- Vamos,
que vino que subes y bajas, lengua es grillos y corma es pies; tarde vuelvo,
señora, Dios que te guárdate. |
|
|
SOLÓRZANO.- Que el
vino es grillo de su lengua y corma de sus pies; que vendrá esta tarde, y que
vuesas mercedes se queden con Dios. |
|
|
BRÍGIDA.- ¡Ay,
pecadora de mí, y cómo que se le turban los ojos y se trastraba la lengua!
¡Jesús, que ya va dando traspiés! ¡Pues monta que ha bebido mucho! La mayor
lástima es ésta que he visto en mi vida; ¡miren qué mocedad y qué borrachera! |
|
|
SOLÓRZANO.- Ya
venía él refrendado de casa. Vuesa merced, señora Cristina, haga -fol. 242r- aderezar la cena, que yo le
quiero llevar a dormir el vino, y seremos temprano esta tarde. |
|
|
(Éntranse el VIZCAÍNO y SOLÓRZANO.) |
|
|
CRISTINA.- Todo
estará como de molde; vayan vuesas mercedes en hora buena. |
|
|
BRÍGIDA.- Amiga
Cristina, muéstrame esa cadena, y déjame dar con ella dos filos al deseo.
¡Ay, qué linda, qué nueva, qué reluciente y qué barata! Digo, Cristina, que,
sin saber cómo ni cómo no, llueven los bienes sobre ti, y se te entra la ventura
por las puertas, sin solicitalla. En efeto, eres venturosa sobre las
venturosas; pero todo lo merece tu desenfado, tu limpieza y tu magnífico
término: hechizos bastantes a rendir las más descuidadas y esentas
voluntades; y no como yo, que no soy para dar migas a un gato. Toma tu
cadena, hermana, que estoy para reventar en lágrimas, y no de envidia que a
ti te tengo, sino de lástima que me tengo a mí. |
|
|
(Vuelve a entrar SOLÓRZANO.) |
|
|
SOLÓRZANO.- A la
vuelta desta calle, yendo a la casa, encontramos con un criado del padre de
nuestro vizcaíno, el cual trae cartas y nuevas de que su padre queda a punto
de espirar, y le manda que al momento se parta, si quiere hallarle vivo. Trae
dinero para la partida, que sin duda ha de ser luego; yo le he tomado diez
escudos para vuesa merced, y velos aquí, con los diez que vuesa merced me dio
denantes, y vuélvaseme la cadena; que, si el padre vive, el hijo volverá a
darla, o yo no seré don Esteban de Solórzano. |
|
|
CRISTINA.- En
verdad, que a mí me pesa; y no por mi interés, sino por la desgracia del
mancebo, que ya le había tomado afición. |
|
|
BRÍGIDA.- Buenos
son diez escudos ganados tan holgando; tómalos, amiga, y vuelve la cadena al
señor Solórzano. |
|
|
CRISTINA.- Vela
aquí, y venga el dinero; que en verdad que pensaba gastar más de treinta en
la cena. |
|
|
SOLÓRZANO.- Señora
Cristina, al perro viejo nunca tus tus; estas tretas, con los de las
galleruzas, y con este perro a otro hueso. |
|
|
SOLÓRZANO.- Para
que entienda vuesa merced que la codicia rompe el saco. ¿Tan presto se
desconfió de mi palabra, que quiso vuesa merced curarse en salud, y salir al
lobo al camino, como la gansa de Cantipalos? -fol. 242v- Señora Cristina, señora
Cristina, lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño. Venga mi
cadena verdadera, y tómese vuesa merced su falsa, que no ha de haber conmigo
transformaciones de Ovidio en tan pequeño espacio. ¡Oh hideputa, y qué bien
que la amoldaron, y qué presto! |
|
|
CRISTINA.- ¿Qué
dice vuesa merced, señor mío, que no le entiendo? |
|
|
SOLÓRZANO.- Digo
que no es ésta la cadena que yo dejé a vuesa merced, aunque le parece: que
ésta es de alquimia, y la otra es de oro de a veinte y dos quilates. |
|
|
BRÍGIDA.- En mi
ánima, que así lo dijo el vecino, que es platero. |
|
|
SOLÓRZANO.- El
diablo o la diabla, mi cadena venga, y dejémonos de voces, y escúsense
juramentos y maldiciones. |
|
|
CRISTINA.- El
diablo me lleve, lo cual querría que no me llevase, si no es ésa la cadena
que vuesa merced me dejó, y que no he tenido otra en mis manos: ¡justicia de
Dios, si tal testimonio se me levantase! |
|
|
SOLÓRZANO.- Que no
hay para qué dar gritos; y más, estando ahí el señor Corregidor, que guarda
su derecho a cada uno. |
|
|
CRISTINA.- Si a las
manos del Corregidor llega este negocio, yo me doy por condenada; que tiene
de mí tan mal concepto, que ha de tener mi verdad por mentira y mi virtud por
vicio. Señor mío, si yo he tenido otra cadena en mis manos, sino aquesta, de
cáncer las vea yo comidas. |
|
|
(Entra un ALGUACIL.) |
|
|
ALGUACIL.- ¿Qué
voces son éstas, qué gritos, qué lágrimas y qué maldiciones? |
|
|
SOLÓRZANO.- Vuesa
merced, señor alguacil, ha venido aquí como de molde. A esta señora del rumbo
sevillano le empeñé una cadena, habrá una hora, en diez ducados, para cierto
efecto; vuelvo agora a desempeñarla, y, en lugar de una que le di, que pesaba
ciento y cincuenta ducados de oro de veinte y dos quilates, me vuelve ésta de
alquimia, que no vale dos ducados; y quiere poner mi justicia a la venta de
la Zarza, a voces y a gritos, sabiendo que será testigo desta verdad esta
misma señora, ante quien ha pasado todo. |
|
|
BRÍGIDA.- Y ¡cómo
si ha pasado!, y aun repasado; y, en Dios y en mi ánima, que estoy por decir
que este señor tiene razón; aunque no puedo imaginar dónde se pueda haber
hecho el trueco, porque la cadena no ha salido de aquesta sala. |
|
|
SOLÓRZANO.- La
merced que el señor alguacil me ha de hacer es llevar a la señora al
Corregidor; que allá nos averiguaremos. |
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CRISTINA.- Otra vez
torno a decir que, si ante el Corregidor me lleva, me doy por condenada. |
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CRISTINA.- Desta
vez me ahorco. Desta vez me desespero. Desta vez me chupan brujas. |
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SOLÓRZANO.- Ahora
bien; yo quiero hacer una cosa por vuesa merced, señora Cristina, siquiera
porque no la chupen brujas, o, por lo menos, se ahorque: esta cadena se
parece mucho a la fina del vizcaíno; él es mentecapto y algo borrachuelo; yo se
la quiero llevar, y darle a entender que es la suya, y vuesa merced contente
aquí al señor alguacil; y gaste la cena desta noche, y sosiegue su espíritu,
pues la pérdida no es mucha. |
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CRISTINA.-
Págueselo a vuesa merced todo el cielo; al señor alguacil daré
media docena de escudos, y en la cena gastaré uno, y quedaré por esclava
perpetua del señor Solórzano. |
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ALGUACIL.- Vuesa
merced ha hecho como liberal y buen caballero, cuyo oficio ha de ser servir a
las mujeres. |
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CRISTINA.- Helos
aquí, y más los seis para el señor alguacil. |
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(Entran dos MÚSICOS, y QUIÑONES, el VIZCAÍNO.) |
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VIZCAÍNO.- Ahora sí
que puede decir a mi señora Cristina: mamóla una y cien mil veces. |
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CRISTINA.- ¡Que me
maten si no me la han dado a tragar estos bellacos! |
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QUIÑONES.- Señores
músicos, el romance que les di y que saben, ¿para qué se hizo? |
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CRISTINA.- Ahora
bien, yo quedo burlada, y, con todo esto, convido a vuesas mercedes para esta
noche. |
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QUIÑONES.-
Aceptamos el convite, y todo saldrá en la colada. |
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