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© Libro N° 12978. La Celosa De Sí Misma. De Molina, Tirso. Emancipación. Septiembre 21 de 2024

 

Título original: © La Celosa De Sí Misma. Tirso de Molina

 

Versión Original: ©  La Celosa De Sí Misma. Tirso de Molina

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CELOSA DE SÍ MISMA

Tirso de Molina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Celosa De Sí Misma

Tirso de Molina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Celosa De Sí Misma

 

Acto I

 

Acto II

 

Acto III

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La celosa de sí misma

Tirso de Molina




[Nota preliminar: presentamos una edición fonética de La zelosa de si misma de Fray Gabriel Téllez (Tirso de Molina), Valencia, en casa de Pedro Patricio Mey, 1631, basándonos en la edición de Juan Eugenio Hartzenbusch, Tirso de Molina Comedias escogidas de Fray Gabriel Téllez (el maestro Tirso de Molina), Madrid, Atlas, Biblioteca de Autores Españoles, 1944, pp. 128-149).]



PERSONAS
 


 

DOÑA MAGDALENA.

DON MELCHOR.

DOÑA ÁNGELA.

DON ALONSO,   viejo.

DON JERÓNIMO.

DON SEBASTIÁN.

DON LUIS.

VENTURA,   lacayo.

QUIÑONES,   dueña.

SANTILLANA,   escudero.

Criados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Acto I

 

La escena es en Madrid.

   

Entrada a la lonja del convento de la Vitoria, con vista a la Puerta del Sol.

 

 

Escena I

 

DON MELCHOR y VENTURA, de camino.

 

DON MELCHOR

Bello lugar es Madrid.

¡Qué agradable confusión!

VENTURA

No lo era menos León.

DON MELCHOR

¿Cuándo?

VENTURA

En los tiempos del Cid.

Ya todo lo nuevo aplace:

a toda España se lleva

tras sí.

DON MELCHOR

Su buen gusto aprueba

quien della se satisface.

¡Bizarras casas!

VENTURA

Retozan

los ojos del más galán;

que en Madrid, sin ser Jordán,

las más viejas se remozan.

Casa hay aquí, si se aliña

y el dinero la trabuca,

que anocheciendo caduca,

sale a la mañana niña.

Pícaro entra aquí más roto

que tostador de castañas,

que fiado en las hazañas

del dinero, su piloto,

le muda la ropería

donde hijo pródigo vino,

en un conde palatino,

tan presto que es tropelía.

Dama hay aquí, si reparas

en gracias del solimán,

a quien en un hora dan

sus salserillas diez caras.

Como se vive de prisa,

no te has de espantar si vieres

metamorfosear mujeres,

casas y ropas.

DON MELCHOR

A misa

vamos, y déjate deso.

 (Mirando al fondo.) 

¡Brava calle!

VENTURA

Es la Mayor,

donde se vende el amor

a varas, medida y peso.

DON MELCHOR

Como yo nunca salí

de León, lugar tan corto

quedo en este mar absorto.

VENTURA

¿Mar dices? Llámale así,

que ese apellido le da

quien se atreve a navegalle,

y advierte que es esta calle

la canal de Bahamá.

Cada tienda es la Bermuda;

cada mercader inglés,

pechelingue, u holandés,

que a todo bajel desnuda.

Cada manto es un escollo.

Dios te libre de que encalle

la bolsa por esta calle.

DON MELCHOR

Anda, necio.

VENTURA

Vienes pollo;

y temo, aunque más presumas,

que te pelen ocasiones;

que aun gallos con espolones

salen sin crestas ni plumas.

DON MELCHOR

Si yo me vengo a casar

con sesenta mil ducados,

y soy pobre, ¿en qué cuidados

me ha de poner este mar?

¿Traigo yo muchos?

VENTURA

Docientos,

si no ducados, escudos,

que de malicias desnudos,

ignoran encantamentos.

Librolos la corta hacienda

de señor, para tu costa,

y aquí correrán la posta,

si no les tiras la rienda.

¿Piensas que sin ocasión

traen cordones los bolsillos?

Pues para poder regillos,

advierte que riendas son,

que tira el considerado,

temeroso de chocar;

porque no hay mayor azar

que un bolsillo desbocado.

DON MELCHOR

Oigamos agora misa,

que es fiesta, y déjate deso,

pues no soy tan sin seso

como tú.

VENTURA

¡Cáusasme risa!

¿Qué va que antes que a tu suegro

(llamo así al que lo ha de ser)

veas, tienes de caer

en la red de un manto negro?

DON MELCHOR

Anda, que estás ya pesado.

¿Qué iglesia es ésta?

VENTURA

Se llama

la Vitoria, y toda dama

de silla, coche y estrado,

la cursa.

DON MELCHOR

¡Bravas personas

entran!

VENTURA

Todos los galanes,

espolines, gorgaranes,

y mazas de aquestas monas.

DON MELCHOR

Vamos, que es tarde y deseo

ya conocer mi esposa,

que dicen que es muy hermosa.

VENTURA

¿Cuándo has visto tú oro feo?

Con sesenta mil ducados

de dote, ¿qué Elena en Grecia,

y en Italia qué Lucrecia

se le compara?

DON MELCHOR

Cuidados

diferentes han de darme

motivo de ser su esposo;

que aunque el dinero es hermoso,

yo no tengo de casarme,

si no fuere con belleza

y virtud: esto es notorio.

VENTURA

Entra, que un fraile vitorio

allí el intröito empieza.

DON MELCHOR

¡Oh, Madrid, hermoso abismo

de hermosura y de valor!

VENTURA

¡Oh, misa de cazador!

Quién te topara en guarismo.

 

(Vanse.)

 

 

 

Escena II

 

DON JERÓNIMODON SEBASTIÁN.

 

DON JERÓNIMO

Vivimos en una casa,

y así está puesta en razón

nuestra comunicación.

DON SEBASTIÁN

Como tan presto se pasa

el tiempo en Madrid, no da

lugar aún de conocerse

los vecinos, ni poderse

hablar.

DON JERÓNIMO

Disculpado está

nuestro descuido; que aquí

en una casa tal vez

suelen vivir ocho y diez

vecinos, como yo vi,

y pasarse todo un año

sin hablarse, ni saber

unos de otros.

DON SEBASTIÁN

Yo fui ayer

(escuchad un cuento extraño)

en busca de cierto amigo

aposentado en la plaza,

ésa que el aire embaraza,

de su soberbia testigo,

usurpando a su elemento

el lugar con edificios,

desta Babilonia indicios,

pues hurtan la esfera al viento.

Pregunté en la tienda: «¿Aquí

vive don Juan de Bastida?»

Y dijo: «No vi en mi vida

tal hombre». Al cuarto subí

primero, y en una boda

vi una sala que, entre fiestas,

de hombres, y damas compuestas,

estaba ocupada toda.

Pregunté por mi don Juan,

y díjome un gentilhombre:

«No hay ninguno dese nombre

en cuantos en casa están».

Llegué al segundo, trasunto

del llanto y de la tristeza,

y de una enlutada pieza

vi cargar con un difunto.

Al son de responso y llantos

que a dos viejas escuché,

por mi don Juan pregunté.

Respondiome uno entre tantos:

«No sé que tal hombre viva

en esta casa, señor».

Subí, huyendo del dolor

funesto, al de más arriba,

y hallé una mujer de parto,

dando gritos la parida,

y a don Juan de la Bastida

plácemes, que en aquel cuarto

había un año que vivía

con hijos y con mujer:

de modo que llegué a ver

en una casa, en un día,

bodas, entierros y partos,

llantos, risas, luto, galas,

en tres inmediatas salas,

y otros tres continuos cuartos,

sin que unos de otros supiesen,

ni dentro una habitación,

les diese esta confusión

lugar que se conociesen.

DON JERÓNIMO

Está una pared aquí

de la otra más distante,

que Valladolid de Gante.

DON SEBASTIÁN

Bien podéis decirlo así:

pero, ¿con qué pretensiones

venís a nuestro Babel?

DON JERÓNIMO

No más que vivir en él,

y gozar sus ocasiones.

Tengo un padre perulero,

que de gobiernos cansado,

treguas ofrece al cuidado,

y empleos a su dinero.

Ciento y cincuenta mil pesos

trae aquí con que casar

una hija, en quien lograr

intereses y sucesos

que en Indias le hicieron rico.

La mitad me cabe dellos.

DON SEBASTIÁN

¡Bello dinero!

DON JERÓNIMO

Y más bellos

los gustos a que le aplico,

que es de Madrid la hermosura.

DON SEBASTIÁN

A todos tenéis acción.

DON JERÓNIMO

Esperamos de León

un deudo con quien procura

casar mi padre a mi hermana,

que maridos cortesanos

son traviesos y livianos.

DON SEBASTIÁN

Elección cuerda y anciana.

DON JERÓNIMO

Y vos, ¿qué hacéis en la corte?

DON SEBASTIÁN

Un hábito he pretendido,

que ya medio conseguido,

temo que el plazo me acorte,

por lo que me ha de pesar

el dejar esta grandeza;

que es común naturaleza

del mundo aqueste lugar.

Hela habitado tres años;

seis mil ducados de renta

como, tomándome cuenta

de toda amores y engaños.

Tengo también una hermana,

que por no hallarse sin mí,

ha un año que asiste aquí.

DON JERÓNIMO

¿Y es su patria...?

DON SEBASTIÁN

Sevillana,

y en belleza y discreción

Venus del Andalucía;

y a no ser hermana mía,

y extraña en su presunción,

os la pudiera alabar

por sol de la patria nuestra.

DON JERÓNIMO

Basta ser hermana vuestra.

DON SEBASTIÁN

Sí, pero es nunca acabar

si os cuento en lo que se estima.

De todos hace desprecio;

el más Salomón es necio,

si a pretenderla se anima;

Tersites el más galán,

Lázaro pobre el más creso,

y el más noble, hombre sin seso.

No quiere venir de Adán,

porque dice que no pudo

progenitor suyo ser

quien delante su mujer

se atrevía a andar desnudo.

DON JERÓNIMO

¡Humor singular, por Dios,

y digno por su camino

de estima!

DON SEBASTIÁN

Nuestro vecino

sois, y de una edad los dos.

Como nos comuniquemos,

daréis a la admiración,

como a la risa, ocasión,

de celebrar sus extremos.

DON JERÓNIMO

Yo y mi casa hemos de estar

desde hoy al servicio vuestro.

DON SEBASTIÁN

Con la voluntad que os muestro,

me habéis siempre de mandar.

Pero ya de misa salen:

pasad la lengua a los ojos,

si en hechiceros despojos

cuerdas resistencias valen

contra vitoriosas llamas.

DON JERÓNIMO

Es esta iglesia una gloria

de belleza.

DON SEBASTIÁN

Y la Vitoria

la parroquia de las damas.

 

(Vanse.)

 

 

 

Escena III

 

DON MELCHORVENTURA.

 

DON MELCHOR

¿No has oído misa tú?

VENTURA

¿Soy yo turco? Siendo hoy fiesta,

¿sin misa había de quedarme?

DON MELCHOR

¿Dónde la viste?

VENTURA

A la puerta

desta devota capilla

de la Soledad, y en ella

a un fraile, que esgrimidor,

juntó el pomo a la contera.

¡En qué santiamén la dijo!

¡Oh, quién hacerle pudiera

secretario de la cifra,

o capellán de estafetas!

Entraste tú hasta las gradas,

al olor de la belleza

de damas, tus gomecillos,

que como ciego te llevan;

mas yo que huyo de apreturas,

quedeme a la popa dellas,

que es rancho de los Guzmanes

en naves, coches e iglesias.

DON MELCHOR

¡Ay, Venturilla, cuál salgo!

VENTURA

Saldrás con el alma llena

de devoción desta imagen,

que enternece su tristeza.

Es de las más celebradas

de la corte.

DON MELCHOR

¡Ojalá fuera

divina mi devoción,

y la imagen causa della!

Devoto salgo, Ventura;

pero a lo humano. ¡Ay, qué bella

imagen vi!, si es imagen

quien a sí se representa.

¡Ay si de la Soledad

esta hermosa imagen fuera,

y no de la compañía,

porque ninguna tuviera!

VENTURA

¡Al primer tapón zurrapas!

¡Perdido a la primer treta!

¡En tierra al primero golpe,

y al primer lance babera!

¿Mas que has visto alguna cara

margenada de guedejas,

que el solimán albañil

hizo blanca siendo negra;

manto soplón, con más puntas

que grada de recoletas,

de aquella castaña erizo,

y archeros de aquella alteza,

que el descuido cuidadosa,

al viento de la veleta,

o abanico, te enseñaba

por brújula la cabeza?

Sería peli-azabache

la prohijada cabellera,

puesta, como defensivo,

encima de la mollera.

Toca y valona azulada,

banda que el pecho atraviesa,

vueltas y guantes de achiote,

guantes de pita, y firmeza.

Escapulario y basquiña

de peñasco, a la frailega,

chapín con vira de plata,

crujiendo a ropa de seda,

la camándula en la mano.

DON MELCHOR

Ventura, palabras deja

aplicadas a tu humor,

y en esa mano te queda,

que es la que he visto no más.

¡Ay qué mano!, ¡qué belleza!

¡qué blancura!, ¡qué donaire!,

¡qué hoyuelos!, ¡qué tez, qué venas!

¡Ay qué dedos tan hermosos!

VENTURA

¡Ay qué uñas aguileñas!

¡Ay qué bello rapio, rapis!

¡Ay qué garras monederas!

¡Ay qué tonto moscatel!

¡Ay qué bobuna leonesa!

Y, ¡ay qué bolsillo precito,

si mi Dios no lo remedia!

¿Que no la viste la cara?

DON MELCHOR

¿De qué suerte pude verla,

si me embarazó los ojos

aquella blancura tierna,

aquel cristal animado,

aquel...?

VENTURA

Di candor, si intentas

jerigonzar critiquicios;

di que brillaban estrellas,

que emulaban esplendores,

que circulaban esferas,

que bostezaba diamantes,

y bostezaba azucenas.

¿De una mano te enamoras,

por el sebo portuguesa,

dulce por la virgen miel,

y amarga por las almendras,

sin un adarme de cara,

sin ver un ojo, una ceja,

un asomo de nariz,

una pestaña siquiera?

¡Jesús, qué bisoñería!

DON MELCHOR

Necio, si probar deseas

mi cólera, di dislates.

VENTURA

¿Ya estás en la corredera?

Prosigue.

DON MELCHOR

Una mano hermosa,

blanca, poblada y perfeta,

que tiene acciones por almas

y tiene dedos por lenguas,

hará enamorar un mármol;

y la que yo vi, pudiera

menospreciar voluntades,

descorteses por exentas.

Cúpome, al oír la misa,

su lado; y cuando la empiezan,

quitó la funda al cristal,

y en la distancia pequeña

que hay desde el guante a la frente,

vi jazmines, vi mosquetas,

vi alabastros, vi diamantes,

vi, al fin, nieve en fuego envuelta.

Tenía hasta el pecho el manto

y santiguose cubierta:

pudo ser de verme ansí

transformado en su belleza.

Volvió en ocasos de ámbar

segunda vez a esconderla,

hasta que en pie al evangelio,

amaneció aurora fresca.

Santiguose al comenzarle,

y al darle fin la encarcela

hasta el Sanctus, que desnuda

da aldabadas a la puerta

del pecho, llamando al alma,

que deseosa de vella,

debió penetrar cartones,

pues corazones penetra.

Duró esta vez el gozarla

sin la prisión avarienta,

hasta consumir el cáliz:

¡Ay Dios, si mil siglos fueran!

Volvió a ponérseme el sol,

hasta que acabando, empiezan

el evangelio postrero,

siendo también la postrera

liberalidad feliz

que hizo a mi vista, ciega

con la oscura privación

de su cándida pureza.

VENTURA

A tragos te la sorbiste,

si no es que contigo juega

al escondite, esa mano.

¿Hay más deso?

DON MELCHOR

Oye, y espera.

Estaba yo reduciendo

a los ojos mis potencias,

para que todas gozasen

la gloria de su belleza,

cuando vi junto a ella un hombre,

que en el talle y la apariencia

pasaba plaza de honrado,

cortarle, con sutileza

ingeniosa, del cordón

un bolsillo. ¿Quién creyera

que de tal civilidad

fuera apoyo tal presencia?

Amábala yo, y así

corría ya por mi cuenta

el defender prendas suyas;

pero por no hacer la afrenta

pública del robador,

antes que el hurto escondiera,

asiéndole de la mano,

le vituperé a la oreja

la acción de su talle indigna,

respondiendo su vergüenza

en la cara por escrito

lo que no pudo la lengua.

Quitele en fin el bolsillo,

y atribuyendo a pobreza

lo que debió ser costumbre,

saqué de la faltriquera

un doblón, que por hallazgo

de tan estimada prenda

le di, con que en un instante

despejó misa e iglesia.

Cesó el no oído oficio,

que me holgara yo que fuera

de pasión; desocupose

la capilla, donde queda

rematando en el rosario

mi divina mano cuentas,

cuyo alcance han de pagar

desde este punto mis penas;

y salgo a aguardarla aquí,

deseando que amanezca

el alba de aquella mano,

cuando, cisne puro, vuelva

a bañarse en la agua santa

que en esta pila desean

mis esperanzas gozar,

después que no la ven, secas.

VENTURA

¡Válgate el diablo por mano!

La primera vez es ésta

que entró el amor por grosura:

manotada te dio fiera.

Mas ven acá: si esta mano

viene a ser, cuando la veas,

de algún rostro polifemo,

o alguna cara juaneta,

¿qué has de hacer?

DON MELCHOR

Eres un tonto

la sabia naturaleza

distribuyó proporciones,

en sus fábricas discreta.

Mano de tal perfección

fuera culpable indecencia

que sirviese de instrumento

a cara menos perfeta.

Mandó Alejandro pintar

en una tabla pequeña

la corpulencia de Alcides;

y por mostrar su grandeza

solamente pintó Apeles

el dedo pulgar, que intentan

medir gigantes a varas;

para que hiciesen la cuenta

que tan grande sería el cuerpo

de quien en un dedo emplea

aritméticas medidas:

y yo, de la suerte mesma,

conjeturo por la mano

qué tal será la belleza

del dueño de tal ministro.

VENTURA

¡Bueno!, ¿ejemplicos me alegas?

Pues allá va el mío, escucha:

una, dama en la apariencia,

pasaba por una calle,

hollándola airosa y tiesa

más que un alcalde de corte.

Enamorose de verla

un galán, por las espaldas,

porque el talle y gentileza

con que jugaba el chapín

y tremolaba la seda,

cuando menos, prometían

una española Belerma.

Adelantó gusto y pasos,

y volviendo la cabeza,

vio un ángel de Monicongo

con una cara pantera.

Santiguose el hombre, y dijo:

«¡Jesús!, ¡delante tan fiera

y tan hermosa detrás!»

y respondiole la negra:

«si parécele misor

espaldas que delantera,

y transera estar hermosa,

bese vuesancé transera».

Enamórate de manos,

antes que tu dama veas,

y podrá ser cuando salga,

que lo mismo te suceda.

DON MELCHOR

Si vieras tú aquella mano

y aquel talle, no dijeras

blasfemias a su hermosura.

VENTURA

A tu amor digo blasfemias.

DON MELCHOR

Ya sale; apártate, y mira

la hermosa mano que llega

a transformar gotas de agua,

si no en diamantes, en perlas.

 

 

Escena IV

 

DOÑA MAGDALENA y QUIÑONES, cubiertas con mantos, y la primera una mano sin guante, como quien acaba de tomar agua bendita. DON MELCHORVENTURA.

 

QUIÑONES

Estarán a la otra puerta

los escuderos y el coche.

DON MELCHOR

 (Llegándose a DOÑA MAGDALENA.) 

Deslutalde al sol la noche,

dejad su luz descubierta,

pues no es bien cuando dispierta

deseos en que me abraso,

señora, que al mismo paso

que la adoro, me atormente,

y apenas goce su oriente,

cuando me aflija su ocaso.

Crepúsculos tiene el día,

como al nacer, al ponerse,

que ven antes de esconderse,

los que adoran su alegría.

Sol hermoso, mano mía,

si al nacer me os habéis puesto

en el ocaso molesto

que mis esperanzas ciega,

Sol parecéis de Noruega,

pues os escondéis tan presto.

Agua traéis: no me espanto,

si amor llamas multiplica;

porque llover pronostica

el sol, cuando abrasa tanto.

Basta que el avaro manto

sirva de nube sagrada

a esa gloria idolatrada:

descubríos, blanca aurora,

que dirán que sois traidora,

pues dais muerte, disfrazada.

DOÑA MAGDALENA

Caballero, ni el lugar

vuestras lisonjas abona,

ni la que habláis es persona

que os las tiene de feriar.

Excusaldas de gastar,

o dad orden de lucirlas

a quien merezca admitirlas

o procure agradecerlas;

que ni yo sé responderlas,

ni tengo gusto de oírlas.

VENTURA

 (A QUIÑONES.) 

¿Tiene vuesa dueñería

la mano, cual su señora,

culta, animada, esplendora,

gaticinante y harpía?

¿Brillarale la uñería

cuando el caldo escudillice,

o la loza estropajice,

exhalando cada vez

las aromas que a las diez

vierta, cuando bacinice?

Desescarpine ese pie...

Iba a decir esa mano.

QUIÑONES

 (Dando una bofetada a VENTURA.) 

Jo, majadero.

VENTURA

¡De llano

bofetón! Afrenta fue.

DON MELCHOR

 (A DOÑA MAGDALENA.) 

Hoy a esta corte llegué,

creyendo que amanecía;

mas es tal la suerte mía,

que, cuando más venturosa,

el sol desa mano hermosa

me anochece a mediodía.

DOÑA MAGDALENA

Todo está bien ponderado.

Si a ganar habéis venido

nombre de bien entendido,

ya, hidalgo, le habéis ganado.

Preciaos de considerado,

como de discreto, agora,

y advertid que el sitio y hora

no es acomodado. Adiós.

DON MELCHOR

Será fuerza el ir tras vos,

si os partís así, señora.

DOÑA MAGDALENA

Pues seralo, si eso hacéis,

que el buen crédito perdáis

que cortesano ganáis,

y algún daño ocasionéis.

DON MELCHOR

No intento yo que me deis,

habiéndome acreditado,

nombre de necio y pesado,

sino de restaurador

de una prenda de valor

que os han del cordón cortado.

Mirad lo que os falta dél;

cobraldo, y luego partíos,

puesto que mis desvaríos

os den nombre de cruel.

DOÑA MAGDALENA

Un bolsillo estaba en él;

pero de poca importancia.

DON MELCHOR

No tiene el mundo ganancia

con la déste, por ser vuestro.

VENTURA

 (Aparte a su amo.) 

¡Cuerpo de Dios, que es el nuestro!

DON MELCHOR

 (Aparte a VENTURA.) 

Calla, necio.

VENTURA

 (Aparte.) 

¡Qué ignorancia!

DON MELCHOR

Un ladrón os le ha robado,

y yo os le he restituido:

en hallazgo dél, os pido

que al sol quitéis el nublado.

Vea yo el cielo estrellado

que en ese manto se esconde;

que si el cristal corresponde

a la mano que encubrís,

a ser el Fénix venís,

que en Arabia al sol responde.

DOÑA MAGDALENA

No es ése el que yo traía.

VENTURA

 (Aparte a DON MELCHOR.) 

Que es el nuestro.

DON MELCHOR

 (Aparte a VENTURA.) 

¡Vive el cielo,

si no callas...!) El recelo

turbar al ladrón podía:

si por oficio tenía

quitar las prendas que os muestro,

y era en el hurtar tan diestro,

muchas como éstas tendrá,

y este bolsillo será

por derecho desde hoy vuestro.

Gozad su restitución,

si no es que por no pagar

el hallazgo, queréis dar

a mis quejas ocasión.

DOÑA MAGDALENA

En daño suyo el ladrón,

o liberal o turbado,

a los dos nos ha engañado;

y si admitirle no quiero,

es porque ése viene entero,

y el que me hurtó va cortado.

La mitad de los cordones

 (Muéstrale un pedazo de los cordones con que se cerraba el bolsillo que traía a la cinta.) 

me dejó; sacad por vellos,

la distinción que hay en ellos,

y no malogréis razones.

Si atrevimientos ladrones

la causa dese hurto han sido

y no hay señor conocido,

a la Merced le llevad,

o si no a la Trinidad,

que recogen lo perdido,

y dejadnos, porque hay ojos

que cuidadosos nos ven,

y no sé que os esté bien,

si dais motivos a enojos.

DON MELCHOR

Yo de robados despojos

no he de ser depositario.

VENTURA

 (Aparte.) 

¿Hay hombre más temerario?

DON MELCHOR

Seldo vos mientras parece

el dueño, si es que merece

tal favor su propietario.

DOÑA MAGDALENA

Importunidad cansada

es la vuestra; porque os vais,

y el paso no me impidáis,

he de hacer lo que os agrada.

Dádsele a aquesa criada...

VENTURA

 (Aparte.) 

¡Qué escrupuloso desdén!

DOÑA MAGDALENA

Que en mí no parece bien

ni el guardallo, ni admitillo.

VENTURA

 (Aparte.) 

Espiró nuestro bolsillo:

Requiescat in pace, amen.

DOÑA MAGDALENA

Y por si acaso volviere

su dueño por él, podréis

decir si con él lo veis,

que aquí mañana me espere.

Daréis pesar al que os viere

seguir donde voy; y así

por me hacer merced a mí

y por ser tan cortés vos,

mientras me ausento, los dos

no habéis de pasar de aquí.

Esto quiero suplicaros.

DON MELCHOR

Y yo quiero obedeceros,

sin esperanza de veros,

sin remedio de olvidaros.

En fin, ¿podré aquí aguardaros,

si traigo el dueño?

DOÑA MAGDALENA

A las dos

volveré, sólo por vos,

que sois galán cortesano.

DON MELCHOR

Dadme una seña.

DOÑA MAGDALENA

Esta mano.

 (Quítase de una mano el guante.) 

DON MELCHOR

¡Ay aurora hermosa!

DOÑA MAGDALENA

Adiós.

 

(Vanse las dos.)

 

 

 

Escena V

DON MELCHOR

Venturilla, mi ventura

encarece: no seas necio,

ni me digas disparates,

que tú vendes por consejos.

Comprar por un poco de oro

los cinco climas del cielo,

la vía láctea nevada,

el sol de hermosos reflejos,

¿no es lance digno de estima?

¿No es barato?

VENTURA

Sí, y por eso

dicen: «Lo barato es caro».

Tú encarecerás el sebo

de cabrito antes de mucho,

pues solamente por verlo,

doscientos ducados diste:

cuarenta por cada dedo:

y esto a ver, y no a tocar.

A fe, si viene a saberlo

Martín Danza, que él te hospede

en el nuncio de Toledo.

¿Qué habemos de hacer agora,

sin la mano y sin dineros?

Medio día era por filo,

y ni hay blanca, ni comemos.

DON MELCHOR

Impertinente, ¿no sabes

que me está aguardando un suegro

con sesenta mil ducados?

VENTURA

¿Y si ése se hubiese muerto,

acomodado la novia,

o le parecieses feo,

y te echase en hora mala,

que es mujer, y puede hacerlo?

DON MELCHOR

¿Feo yo?

VENTURA

Pues siendo pobre,

¿hay Sacripante, hay Brunelo,

hay tiburón, hay caimán

más asqueroso y más fiero?

¿Hay sátiro como tú

sin blanca?

DON MELCHOR

Pues según eso,

para una mujer tan rica,

¿podía dejar de serlo

por un bolsillo de escudos?

VENTURA

No la olieras por lo menos

a pelón, mal contagioso,

que disuelve casamientos.

Cuando huele mal la boca,

alcorzas la dan remedio,

que disimulan olfatos:

y las damas deste tiempo,

que faldriqueras oliscan,

si no exhalan el aliento

dorado, vuelven el rostro,

escupen y hacen un gesto.

Con estos pocos de escudos

remediaras tus defetos,

como guantes de polvillos,

lo que duran, poco y bueno.

Pero agora, yendo a vistas

sin un real, por Dios, que temo

que al instante que te mire,

le has de oler a perro muerto.

DON MELCHOR

¿No tengo el bolsillo yo,

que en ser suyo, es de más precio

que cuanto el Oriente cría?

VENTURA

Al que se lleva me atengo.

¿Mas que no tiene seis cuartos?

DON MELCHOR

Hoy has dado en majadero.

VENTURA

Si de mano te enamoras,

seré mano de mortero.

DON MELCHOR

No había de codiciarle

el ladrón, a no estar cierto

de su valor, ni ponerse

a tan evidente riesgo.

VENTURA

¿Hay más de abrirle?

DON MELCHOR

Verasle.

 (Saca un bolsillo lleno.) 

VENTURA

¡Oh Virgen del Buen Suceso!

Dádnosle en esta ocasión,

y otro de cera os ofrezco.

DON MELCHOR

Mira, ¡qué proveído está!

VENTURA

Déjame tomarle el peso.

DON MELCHOR

¿Qué te parece?

VENTURA

Por Dios,

que es en lo pesado un necio.

Alma tiene de arcabuz.

Abrámosle, que recelo

que es barriga de opilada,

y habrá tomado el acero.

 

(Saca DON MELCHOR un envoltorio de papel dentro del cual hay una piedra.)

 

¿Qué es eso?

DON MELCHOR

Un papel preñado.

VENTURA

No será virgen su dueño.

Desenvuélvele.

DON MELCHOR

¿Quién duda

que alguna joya está dentro?

Esto era lo que pesaba.

VENTURA

Date prisa ya, sabremos

si es hijo, o hija.

DON MELCHOR

Hija fue.

VENTURA

Y yo los dolores tengo.

DON MELCHOR

 (Mostrando la piedra.) 

Una piedra es verde oscura,

atada a un listón.

VENTURA

Enfermo

de piedra estaba el bolsillo,

y tú has sido su potrero.

DON MELCHOR

Oye: en este papel dice:

Esta piedra es por extremo

buena para el mal de ijada.

VENTURA

Désele Dios a su dueño,

¿de la ijada, y no es atún?

Enfermedad es de viejos:

y la tapada será

en la edad censo perpetuo.

De pedradas nos ha dado.

¿Queda más?

DON MELCHOR

Sí.

VENTURA

Saca presto.

DON MELCHOR

 (Saca lo que dice.) 

Este es un dedal de plata.

VENTURA

Dedallo fue su embeleco.

DON MELCHOR

Este es un devanador.

VENTURA

Los tuyos son devaneos.

DON MELCHOR

Y es de ébano.

VENTURA

De Eva, no;

que Eva, en fin, andando en cueros,

no te engañara tapada.

No te deshagas del trueco.

DON MELCHOR

Tres sortijas de azabache,

y cuatro de vidro.

VENTURA

El precio

se llevó, y tú la sortija.

DON MELCHOR

Reír me haces.

VENTURA

¿Hay más deso?

DON MELCHOR

No hay otra cosa, Ventura.

VENTURA

Tan mala se le dé el cielo,

como a los dos nos la ha dado.

DON MELCHOR

Yo por tan feliz la tengo,

que en estas prendas adoro,

por la mano en que estuvieron.

Que mañana vuelva aquí

me manda, y alegre espero

alguna ventura oculta,

influencia de su cielo.

VENTURA

¿Y cres tú que volverá?

DON MELCHOR

Pues, ¿hay que dudar en eso,

habiéndolo prometido?

VENTURA

¿A volverte los docientos?

DON MELCHOR

Si yo los admito, sí.

VENTURA

De azotes se los prometo,

si ella hace tal necedad.

DON MELCHOR

¡Qué pesado!

VENTURA

¡Qué ligero!

DON MELCHOR

Por señas, ¿no me mostró

la mano?

VENTURA

El aruñadero,

dirás mejor, de bolsillos.

Vamos a buscar el viejo,

que ha de ser nuestro socorro.

DON MELCHOR

Si a ver aquel ángel vuelvo,

no sé cómo he de poder

casarme.

VENTURA

¿Ángel, y de negro,

con uñas? Llámole diablo.

DON MELCHOR

Es sol de nubes cubierto.

VENTURA

Bien dices que es sol... con uñas.

DON MELCHOR

Vamos; mas oye, ¿qué es eso?

 

 

 

 

 

Acto II

 

Escena I

 

DOÑA MAGDALENA, de luto bizarro; QUIÑONES.

 

DOÑA MAGDALENA

¿Qué sacas de encarecer

la dicha que he conseguido

en que esposa venga a ser

del primero que he querido,

y que llegue a merecer

las partes que en don Melchor

rindieron mi voluntad

su gentileza, valor,

talle, liberalidad,

discreción, gracia y amor;

Pues todas ésas, Quiñones,

si fueron ponderaciones

primero de mi afición,

ya de mis recelos son

sospechosas ocasiones?

QUIÑONES

No me espanto: todo aquello

que está en ajeno poder,

tiene el gusto por más bello,

y el valor suele perder,

en llegando a poseello.

Juzgaste ayer a tu esposo

por prenda ajena; y así

te pareció más hermoso:

viene a ser tu dueño aquí,

y júzgasle ya enfadoso.

Efímera es tu afición,

toda ayer ponderación,

y hoy desdén toda y mudanza:

¿quién vio morir la esperanza

antes de la posesión?

¿Es posible que tan presto

aborreces lo que amabas?

No en balde luto te has puesto

por los deseos que acabas

de enterrar.

DOÑA MAGDALENA

No estás en esto

de amar, Quiñones, tan diestra,

que los peligros rehúses

que el yugo conyugal muestra;

y así no es mucho que acuses

mi amor, si no eres maestra.

De suerte a don Melchor quiero

después que a esta casa vino,

que si me agradó primero,

mi amor es ya desatino,

pues sin él, morir espero.

Mas, ¿con qué seguridad

rendiré mi voluntad

a quien, con tan fácil fe,

la primer mujer que ve

triunfa de su voluntad?

Hombre que a darme la mano

viene aquí desde León,

y es tan mudable y liviano,

que en la primera ocasión,

liberal y cortesano,

a un manto rinde despojos

y a una mano el alma ofrece,

¿no quieres que me dé enojos?

Quien así se desvanece,

y sin penetrar sus ojos

lo que, por no ver, ignora,

se suspende y enamora;

exagera, sutiliza,

y palabras autoriza,

pues con escudos las dora;

¿qué satisfacción dará

a quien por dueño le espera?

¿O quién me asegurará

de voluntad tan ligera,

que, desposado, no hará

lo mismo con cuantas mire,

y yo con él mal casada,

quejas al alma retire,

llore mi hacienda gastada,

y sus mudanzas suspire?

QUIÑONES

Pues siendo tú quien despierta

su voluntad, y encubierta

diste causa a sus desvelos,

¿de quién puedes formar celos?

DOÑA MAGDALENA

De mí misma. Y está cierta

que si le amé forastero,

doméstico y dueño ya,

dudo, al paso que le quiero.

QUIÑONES

Pues bien, ¿qué remedio da

tu amor?

DOÑA MAGDALENA

Cumplir lo primero

mi palabra en la Vitoria,

y ver si en ella me aguarda.

QUIÑONES

No tendrá de ti memoria;

que tu presencia gallarda,

siendo a sus ojos notoria,

borrará la primer copia

que vio tapada e impropia,

pues se enamoró en bosquejo,

y mudando de consejo,

te olvidará por ti propia.

DOÑA MAGDALENA

Eso, pues, quiero probar.

QUIÑONES

Pues, ¿para qué te vestiste

de luto?

DOÑA MAGDALENA

Para mostrar,

en señal de que estoy triste,

la color de mi pesar.

Todos estos son ardides

de mi amor.

QUIÑONES

¿No puedo yo

saberlos?

DOÑA MAGDALENA

Si los impides,

dándome consejos, no;

mas sí, si a mi amor te mides.

QUIÑONES

¿Pues agora dudas deso?

DOÑA MAGDALENA

Que estoy loca, te confieso.

Pongan el coche.

QUIÑONES

Ya está

a la puerta.

DOÑA MAGDALENA

Importará

para el fin deste suceso,

ya que en este tema doy,

que a casa de doña Juana

(a quien el pésame voy

a dar de su muerta hermana),

mientras que con ella estoy,

hagas llevarme una silla

y un escudero alquilados.

QUIÑONES

Hartos hay en esta villa.

DOÑA MAGDALENA

Después sabrás mis cuidados.

QUIÑONES

¿Y agora no?

DOÑA MAGDALENA

Maravilla

fuera, siendo tú mujer,

no morirte por saber.

Amor, que en todo es astuto,

me ha vestido deste luto,

porque si me llega a ver

hablando con don Melchor

mi hermano o padre, no entienda,

por el vestido, mi amor

secreto, y con él se ofenda.

QUIÑONES

¡Lo que previene el temor!

DOÑA MAGDALENA

Por lo mismo iré también

en silla desconocida.

QUIÑONES

Todo lo dispones bien.

DOÑA MAGDALENA

Ténmela allí apercebida,

y tus albricias prevén,

si don Melchor no me espera

donde ayer me prometió.

QUIÑONES

Dios lo haga desa manera.

DOÑA MAGDALENA

No soy tan dichosa yo.

QUIÑONES

Tú has dado en gentil quimera.

 

(Vanse.)

 

 

 

Escena II

 

Lonja del convento de la Victoria.

 

 

DON MELCHORVENTURA.

 

VENTURA

¿Es posible que haya amor,

que la hermosura divina

de tal dama menosprecie

por una mujer enigma,

por una mano aruñante,

que con blancura postiza,

a pura muda y salvado,

sus mudanzas pronostica?

¿Sin haberla visto un ojo,

sin saber si es vieja o niña,

nari-judaizante o chata,

desdentada o boquichica?

¡Que en cáscara te enamores!

¡Qué bien del espejo digas,

sin ver no más que la tapa!

¡De una dama en alcancía!

¡De la tumba, por el paño!

¡De la toca, por la lista!

¡Del pastelón por la hojaldre!

¡De la sota por la pinta!

¡De la espada por la vaina!

DON MELCHOR

Ea, ensarta boberías,

eslabona disparates,

y frialdades bufoniza;

que yo he de esperarla aquí.

VENTURA

Y de veras, ¿imaginas

que ha de tornar la bolsona?

DON MELCHOR

Tú verás presto cumplida

la palabra que me dio.

VENTURA

Como oliscara la ninfa

otro bolsillo preñado

de doradas gollorías,

sí hiciera... ¿mas no te agrada

doña Magdalena?

DON MELCHOR

Es... fría.

No me la nombres, Ventura,

que tengo el alma rendida

a la gallarda encubierta;

y si a la mano divina

la hermosura corresponde

del rostro, como adivina

el alma que nunca miente,

mi dichosa suerte estima.

VENTURA

Y si fuese, como creo,

en lugar de Raquel, Lía,

con el un ojo estrellado,

y con el otro en tortilla;

los labios de azul turquí,

cubriendo dientes de alquimia,

jalbegado el frontispicio

a fuer de pastelería,

y como universidad

rotuladas las mejillas,

¿qué has de hacer?

DON MELCHOR

Cuando eso fuese

(que supongo que es mentira),

volvereme a Magdalena,

que si no es hermosa, es rica.

VENTURA

No es tan rica como hermosa.

Mas asentemos que imita

en belleza al sol de enero

la buscona que te hechiza.

¿Si es pobre...?

DON MELCHOR

Eso no lo creas.

VENTURA

¿Y si lo fuese por dicha?

DON MELCHOR

Llevarémela a León,

y con ella en quieta vida,

al yugo de amor atado,

daré dueño a mi familia,

señora a mi herencia corta,

y a mi padre nuera y hija.

VENTURA

¡Buena vejez le acomodas!

Mas si no fuese tan limpia

como tu sangre merece,

envidiada por antigua,

o ya que fuese tan noble

como el árbol de Garnica,

si es doncella despalmada,

como nave que inverniza,

¿qué has de hacer?

DON MELCHOR

Tendrán respuesta

todas tus bachillerías

en viéndola.

VENTURA

¿Cómo sabes

que es su cara a letra vista?

Plegue a Dios que nunca vuelva,

y si vuelve y es pandilla,

que la tripules, y te abra

los ojos santa Lucía.

Mas don Lüis sale aquí

con una enlutada o viuda,

tapada como la nuestra.

DON MELCHOR

Donde hay cebo, todos pican.

 

 

Escena III

 

DOÑA MAGDALENADON LUISDON MELCHORVENTURA.

 

DON LUIS

¡Mal haya quien inventó

los mantos, señora mía,

que en España solamente

de tantos gustos nos privan!

Tal presencia, ¡viene sola,

baldada de madre o tía!

Por Dios, hermosa enlutada,

que lo he tenido por dicha.

Enseñadme sólo un ojo,

y jugaré con su niña,

que a la puerta de la iglesia,

bien es que limosna os pida

DOÑA MAGDALENA

Dios me dé, señor, qué daros

A aquel hidalgo querría

hablar.

DON LUIS

¿A cuál?

DOÑA MAGDALENA

Al que está

al lado de aquella pila.

DON LUIS

Ése es mi amigo y pariente.

DOÑA MAGDALENA

Si lo es vuestra cortesía

de la que en él reconozco,

dadme lugar que le diga

cuatro palabras no más.

DON LUIS

Si sois la que él imagina,

y sus bodas desazona,

pedidme, señora, albricias.

DOÑA MAGDALENA

Pídôs pues que despejéis

este lugar.

DON LUIS

Si peligra,

cual dicen, el que anda entre

la cruz y el agua bendita,

primo, entre una y otra estáis,

y aquella dama que os mira,

os quiere hablar: id con tiento,

que debe ser homicida,

pues en fe de lo que mata,

huyendo de la justicia

anda a sombra de tejados,

si el manto los significa.

DON MELCHOR

¿Que me quiere hablar, decís?

DON LUIS

Esto me manda que os diga.

DON MELCHOR

¡Ay, Ventura, que es mi dama!

VENTURA

Viene de requiem vestida.

Otra ganga debe ser;

que hay en Madrid infinitas,

y huelen un forastero

de una legua.

DON MELCHOR

Ésta es la misma

que vi ayer; su talle y cuerpo

me la retratan y pintan.

Primo, adiós.

DON LUIS

 (Volviendo a DOÑA MAGDALENA.) 

Ya llega a veros:

sed con él agradecida;

hechizádmele, señora;

que me va el alma y la vida

en que aborrezca una prenda

que mis gustos tiraniza.

 (Vase.) 

 

 

Escena IV

 

DOÑA MAGDALENADON MELCHORVENTURA.

 

DON MELCHOR

¿Soy yo, señora, el llamado?

VENTURA

¿Sois vos, decid, la escogida?

DON MELCHOR

Ventura, apártate allá.

VENTURA

Sé sumiller de cortina,

descubre aquesa apariencia,

tocarán las chirimías;

que en las tramoyas pareces

poeta de Andalucía.

DOÑA MAGDALENA

 (A DON MELCHOR.) 

¿Conocéis aquesta mano?

DON MELCHOR

¡Ay aurora, ay sol, ay día!

VENTURA

 (Aparte.) 

El cantar del ay, ay, ay,

se nos ha vuelto a Castilla.

DOÑA MAGDALENA

Vengo a cumplir mi palabra.

DON MELCHOR

Si fuésedes tan cumplida

en favores, como en ellas,

viera yo el sol que me eclipsa

la nube de aquese manto.

DOÑA MAGDALENA

También a venir me obliga

la hacienda que usurpo, ajena,

pues es justo restituirla.

DON MELCHOR

Si lo decís por un alma,

que desde ayer fugitiva,

en su casa la echan menos,

yo la doy por bien perdida.

DOÑA MAGDALENA

¿Es vuestra?

DON MELCHOR

Sí, mi señora.

DOÑA MAGDALENA

¡Qué traviesa es! ¡Qué atrevida!

No me ha dejado dormir

toda esta noche; registra

curiosa cuántas potencias

pensamientos ejercitan;

y siendo huéspeda, se hace

mandona en mi casa misma.

Prométoos que a no venir

esta mañana una amiga

por ella, que es su señora,

me diera muy triste vida.

DON MELCHOR

¡Señora suya, y no vos!

¿Quién os dijo tal mentira?

DOÑA MAGDALENA

Una doña Magdalena,

noble, cuerda, hermosa y rica.

Tenedme por tan curiosa,

desde ayer a medio día,

que hice en vuestra información

diligencias exquisitas.

Sé que venís a casaros

con el fénix de las Indias,

que vuestro amor pesa a pesos

y en vos esperanzas libra.

Sé que os llamáis don Melchor,

que os ilustra sangre limpia,

que sois pobre y caballero,

y que hoy han de estar escritas

vuestras bodas y conciertos:

mirad ¡cuán necia es quien fía

en palabras forasteras,

falsas, si ponderativas!

Si, como os mostré una mano

ayer, menos advertida

os permitiera cebar

en mi rostro vuestra vista,

¡qué burlada que quedara,

siendo después conocida,

y ocasionando en mi ofensa

pesados motes y risas!

Bien haya quien hizo mantos.

DON MELCHOR

Mal haya quien no se olvida,

por la sal de aquesa lengua,

de cuantas bellezas mira.

Verdadera información

habéis hecho, y tan cumplida

como la fe con que os amo;

mas creed, tapada mía,

que obligado a diligencias

tan amorosas y dignas

de la eterna estimación;

si como el alma imagina,

sois hermosa (que sí sois,

pues por más que el manto impida

milagros que reverencio,

es mi amor lince en la vista);

ni el oro, ni la belleza,

ni imposibles de la envidia,

tienen de ser poderosos

a que no os adore y sirva.

A vuestra competidora

vi ayer (vuestro amor permita

que aquesta nombre la dé,

y si no, el de mi enemiga),

y pudo tanto el cristal

de aquesa mano divina,

que elevado en su memoria,

me pareció... No es bien diga

de mujer, y más ausente,

faltas que la cortesía,

de que siempre me he preciado,

con razón desautorizan.

Pareciome, en fin, ni hermosa,

ni digna de que compita

con vos, ni mi amor querrá

que la libertad la rinda.

Ésta es vuestra, y es razón

que conozca la cautiva

la cara de su señora.

Mi amor aquesto os suplica.

Baste ya tanto recato.

DOÑA MAGDALENA

Casi estaba persuadida

a agradaros... Pero no,

que vuestro deseo me pinta

más bella de lo que soy,

y temo perder la estima

en que estoy, imaginada,

cuando no la iguale, vista.

Aunque no quiero tampoco

desacreditar la dicha

que en vuestro amor intereso

si por no verme se entibia.

Yo os juro a fe de quien soy,

si es lícito que se siga

la pública voz y fama

que tengo en aquesta villa,

que no es doña Magdalena

ni más bella, ni más rica,

ni más moza, ni más sabia,

ni más noble, ni más digna

de serviros y estimaros,

que yo; y aunque coronista

de mis mismas alabanzas,

en competencias se admitan,

si no crêis estas verdades.

DON MELCHOR

Por la luz pura y divina

que amante adoro y no veo,

que os juzgo por maravilla

de la belleza, y que os hace

la comparación traída

agravio en mi estimación,

como la noche hace al día.

DOÑA MAGDALENA

Haced una cosa pues:

los conciertos se despidan

desa doña Magdalena

que mi quietud martiriza.

No viváis más en su casa,

y llevándoos yo a la mía,

averiguaréis verdades

que el temor desacredita.

DON MELCHOR

Que me place dos mil veces.

Y porque vais persuadida

del poco amor que la tengo,

sabed que aquél que venía

con vos, y de vuestra parte

me llamó, es mi sangre misma,

y la que aborrezco adora.

DOÑA MAGDALENA

Ya lo sé.

DON MELCHOR

Haré que la pida

a su padre, y yo cediendo

la acción que tengo a su dicha,

serviré de intercesor,

sin dudar que la consigan

tres mil ducados de renta

que a don Lüis acreditan,

y el ser su deudo también.

 

 

Escena V

 

SANTILLANADOÑA MAGDALENADON MELCHORVENTURA.

 

SANTILLANA

 (A DOÑA MAGDALENA.) 

Acabado se han las misas,

y ya la iglesia está sola.

DOÑA MAGDALENA

No traigo yo tanta prisa.

Aguardaos un poco allá.

SANTILLANA

 (Aparte.) 

¡Qué señora tan prolija!

VENTURA

 (Habla aparte con SANTILLANA.) 

¡Ah señor Nuño Salido!

Vuesa ancianidad se sirva

de escucharme mil palabras.

SANTILLANA

¿Es vuesancé taravilla?

VENTURA

¿Cómo ha nombre?

SANTILLANA

Santillana.

VENTURA

¿Y el que sacó de la pila?

SANTILLANA

Ése es Suero.

VENTURA

Sorberanle

éticos, que el suero alivia.

¿Cuánto ha que sirve a esta dama?

SANTILLANA

Dos horas, aún no cumplidas,

ha que me alquiló una dueña

por coadjutor de una silla.

VENTURA

Luego, ¿no sabe quién es?

SANTILLANA

No, señor.

VENTURA

¿A mí pandillas?

So pena de la ración

le mandan que no lo diga;

pero aquí está un real de a cuatro,

que secretos desvalija

de arrugados entrecejos:

diga quién es, si le brindan.

SANTILLANA

 (Aparte.) 

(Estafar a un paje destos

es hazaña peregrina.

Los cuatro reales me tocan.

Desta vez le doy papilla.)

Mucho puede el hipocrás

que cierta despensa cría,

a que los cuatro condeno,

aunque más mi ama me riña.

 (Va a coger la moneda que VENTURA le ha mostrado.) 

VENTURA

No: tengamos y tengamos,

que temo alguna engañifa.

SANTILLANA

Soy contento. Esta señora,

por este hidalgo perdida,

viene a hablarle a lo cubierto

sin más gente y compañía,

que la que en mis años ve.

VENTURA

Más trae que doce tías.

SANTILLANA

Y es... No ha de decirlo a nadie,

si no es que le pida albricias

de su ventura a su dueño.

VENTURA

Pierda cuidado y prosiga.

SANTILLANA

Es la condesa...

VENTURA

¿Condesa?

SANTILLANA

De Chirinola.

VENTURA

En la China

estará el chiri-condado.

SANTILLANA

No, señor, que es la provincia

de Nápoles.

VENTURA

¡Chirinola!

Llamarase Chirimía

la condesa. ¿Y dónde vive?

SANTILLANA

Vive en la calle de Silva,

en una casa de rejas

azules, con celosías.

DOÑA MAGDALENA

El luto que pena os da,

de un pobre viejo me libra,

que ayer supe que murió;

y antes de aguardar visitas

y pésames, vine a veros

con un escudero y silla,

que excusan coche y criados.

SANTILLANA

 (A VENTURA.) 

¿Falta más?

VENTURA

Sí.

SANTILLANA

Pues aprisa

VENTURA

¿Es casada esta condesa?

SANTILLANA

Ya dicen que se le endilga,

hablando a lo labrador.

DON MELCHOR

En fin, ¿mi amor no os obliga

a que lo que por fe adoro

vea?

DOÑA MAGDALENA

Soy agradecida,

y quiero de vos saber

si soy, como otros afirman,

más que doña Magdalena

hermosa. Aplicad la vista

a este ojo, fiador de estotro.

 (Descubre el un ojo.) 

DON MELCHOR

Decid nueva maravilla

del cielo, decid que es sol

con rayos que vivifican

el alma, en su ausencia muerta.

¡Ah Ventura, Venturilla!

VENTURA

 (A su amo.) 

Señor.

 (A SANTILLANA.) 

Adiós, escudante,

que yo pagaré esta dita.

 (Guárdase la moneda.) 

SANTILLANA

 (Aparte.) 

¡Mal hubiese el escudero

que de pajancos se fía!

VENTURA

¿Qué manda vuesa merced?

DON MELCHOR

Mira la belleza en cifra

del cielo deste lucero,

porque después no me digas

que es mi repudiada esposa

más hermosa, ni más digna

del empleo de mi amor.

VENTURA

Mata, rinde, esplende, brilla,

hermoso rasgón de gloria,

luminosa saetía

para las flechas de amor.

Sé culto aquí, critiquiza.

 (A su amo.) 

DON MELCHOR

Mostradme su compañero.

DOÑA MAGDALENA

Que me place.

 (Enséñale el otro ojo, tapada.) 

VENTURA

¿Son reliquias

de una en una?

DON MELCHOR

¡Hay tal belleza!

VENTURA

Ya, ojos, pierdo la ojeriza

con que el bolso nos aojastes.

Ojalá ese ojal vista

el dios sin ojos ni ojetes,

pues es hojuela en almíbar.

Ojo a la margen, señor.

DOÑA MAGDALENA

¿Paréceos que con justicia

podrán competir mis ojos

con los que amor autoriza

en vuestra dama?

DON MELCHOR

¡Jesús!

No os enjuréis a vos misma

con esa comparación;

que aquéllos son...

VENTURA

Porquería.

DOÑA MAGDALENA

Esa sentencia pretendo

pagaros reconocida

con esta firmeza.

VENTURA

Vaya.

DOÑA MAGDALENA

Y a vos con esta sortija.

VENTURA

¡Oh mano, más celebrada...!

(Iba a decir que una misa

nueva y de aldea; mas no,

que es descompuesta osadía.)

Mano, si en bolsillos fiera,

en sortijas franca y linda

mano ginovesa o fúcar,

mano de papel batida,

mano de reloj de Flandes,

de cabrito o de cabrita,

de almirez que hace almendrada,

y de misal manecilla;

ésta es mano, y no la otra,

flemática, floja y fría,

frágil, follona, fullera,

fiera, fregona y Francisca.

¡Oh mano, en fin, de condesa

chirinola, o chilindrina!

Pues si acierta el escudero,

es mano de señoría.

SANTILLANA

¿Queréis callar?

DON MELCHOR

¿Cómo es eso?

VENTURA

No hay verdad que oculta viva.

Condesa de Chirinola

sois: esta vejez lo afirma.

DON MELCHOR

¿Condesa, mi bien?

DOÑA MAGDALENA

Creed,

aunque al parlero despida,

lo que os esté bien en eso.

SANTILLANA

 (Aparte.) 

Apoyose mi mentira.

DOÑA MAGDALENA

Y en vuestra fe confiada,

adiós.

DON MELCHOR

Veréisla cumplida

antes que amanezca. Adiós.

VENTURA

¡Oh mano que mana minas!

 

(Vanse.)

 

 

 

Escena VI

 

Sala en casa de DON SEBASTIÁN.

 

 

DOÑA ÁNGELADON SEBASTIÁN.

 

DON SEBASTIÁN

¿Cómo podré yo estorbar

que este don Melchor se case

y de celos no me abrase?

DOÑA ÁNGELA

Hoy se tienen de firmar

las escrituras; mañana,

que es fiesta, su amor espera

la amonestación primera.

DON SEBASTIÁN

Y en ella mi muerte, hermana.

¡Nunca él hubiera venido

a Madrid!

DOÑA ÁNGELA

¡Pluguiera a Dios

si se han de casar los dos!

DON SEBASTIÁN

Ya tu amor he conocido.

Bien le quieres.

DOÑA ÁNGELA

Es verdad.

DON SEBASTIÁN

Hasta en eso me pareces.

Más que a don Melchor mereces,

por tu sangre y tu beldad.

Mas, en fin, los dos se casan,

y los dos de pena y celos

perecemos.

DOÑA ÁNGELA

Mis desvelos

del justo límite pasan

que el amor, de sólo un día,

permite.

DON SEBASTIÁN

Darle la muerte.

DOÑA ÁNGELA

Medio es el que escoges fuerte,

y contra la elección mía,

que haciéndola en don Melchor,

se juzga bien empleada.

DON SEBASTIÁN

Muriendo él, aunque te agrada,

también morirá tu amor.

Pero hagamos una cosa:

esta boda alborotemos.

DOÑA ÁNGELA

¿De qué manera podremos?

DON SEBASTIÁN

Diré que me dio de esposa

el sí doña Magdalena.

DOÑA ÁNGELA

¿Dónde hallarás los testigos?

DON SEBASTIÁN

Criados tengo y amigos.

DOÑA ÁNGELA

Para dilatalla es buena;

mas no para disuadilla.

DON SEBASTIÁN

Como agora se suspenda,

mi calidad y mi hacienda

bastarán a persuadilla.

Viejo es su padre: ¿quién duda

que su edad será avarienta?

Seis mil ducados de renta

(si el oro todo lo muda),

y el hábito que ya espero,

¿qué cosa no alcanzarán?

DOÑA ÁNGELA

Don Melchor es muy galán.

DON SEBASTIÁN

Pero más lo es el dinero.

Hasta intentallo, ¿qué importa?

DOÑA ÁNGELA

Nada; mas desto te advierto,

que si el desposorio es cierto,

por ser mi ventura corta,

no he de estar más un instante

en esta casa.

DON SEBASTIÁN

Yo voy,

pues los conciertos son hoy,

a negociar lo importante

para impedillos.

DOÑA ÁNGELA

Ardid

es provechoso, como halles

testigos.

DON SEBASTIÁN

Tiene en sus calles

todos los vicios Madrid.

Haz cuenta que es una tienda

de toda mercadería.

Siendo así, ¡bueno sería

que aquí el interés no venda

testigos falsos!

DOÑA ÁNGELA

Allana

con éstos cuanto dinero

tengo.

DON SEBASTIÁN

Más barato espero

negociar. Adiós, hermana.

 (Vase.) 

 

 

Escena VII

 

VENTURADOÑA ÁNGELA.

 

VENTURA

Buscaba a señor el viejo,

y pensé que estaba aquí.

DOÑA ÁNGELA

Aguardaos: no os vais así.

VENTURA

Voime porque a mi amo dejo

esperándome.

DOÑA ÁNGELA

Escuchad.

VENTURA

¿Qué manda vuestra hermosura?

DOÑA ÁNGELA

¿Cómo os llamáis?

VENTURA

Yo, Ventura.

DOÑA ÁNGELA

Buen nombre.

VENTURA

Es de calidad,

que soy muy cálido y franco;

pero aunque el nombre me alegra,

es por ser mi dicha negra,

llamar al negro, Juan Blanco.

DOÑA ÁNGELA

¿No venistes vos anoche

de León?

VENTURA

Vine.

DOÑA ÁNGELA

Un secreto

me guardad, si sois discreto.

VENTURA

Mejor lo guardo que un coche.

DOÑA ÁNGELA

Esta sortija os obligue.

VENTURA

¡Oh mano, también perfeta!

 (Aparte.) 

(¿Qué lapidario planeta

mi dicha ensortija y sigue?)

Fuera Alejandro discreto,

si cuando a la obligación

de su amigo Efestïón

puso el anillo en secreto,

la mano en lugar del labio,

le honrara, pues le selló;

que pues no se le dio,

ni fue liberal, ni sabio.

Mas yo que con él me quedo,

mejor le sabré guardar,

pues para poder callar,

me pondré en la boca el dedo,

digo, el de este anillo, freno

que mudo a la lengua doy.

DOÑA ÁNGELA

¿Sabéis, Ventura, quién soy?

VENTURA

Sois cielo de amor sereno.

DOÑA ÁNGELA

¿Podría yo competir,

en materia de querer,

con quien esposa ha de ser

de don Melchor?

VENTURA

Y salir

triunfante del mejor rayo

con que el sol alumbra el mapa,

pues sin haber sido papa,

me hacéis de anillo lacayo.

DOÑA ÁNGELA

¿Tiene doña Magdalena

muy tierno a vuestro señor?

VENTURA

Más lejos está su amor,

que París de Cartagena.

DOÑA ÁNGELA

¿Que no la tiene afición,

y es de su venida el norte?

VENTURA

Como a un alguacil de corte

que entra a hacer la ejecución.

Más faltas en ella nota

que en una mujer preñada,

que en una mula fiada,

y un juego, en fin, de pelota.

No se casará con ella,

aunque le hagan gran Sofí.

DOÑA ÁNGELA

Pues, ¿para qué vino aquí?

VENTURA

Cierta señoría bella

(ya que todo lo desbucho)

aquestas bodas enfría.

DOÑA ÁNGELA

¿Señoría?

VENTURA

Señoría.

DOÑA ÁNGELA

¿Y se quieren mucho?

VENTURA

Mucho.

DOÑA ÁNGELA

¿Quién es ella?

VENTURA

Una condesa

de medio ojo y una mano,

que el reino napolitano

le dio la pinta y la presa,

y ella a mí me dio el anillo

que veis.

DOÑA ÁNGELA

¿Y cómo se llama?

VENTURA

Digo yo que es nuestra dama

la condesa del bolsillo.

DOÑA ÁNGELA

¿Adónde cae ese Estado?

VENTURA

Si no perdí la memoria,

cae dentro de la Vitoria;

que es condesa de pescado.

DOÑA ÁNGELA

Hablad de veras.

VENTURA

Por Dios,

que le ha enamorado allí

el mejor ojo que vi

(no os haciendo agravio a vos),

y la mano más brillosa

que el jabón de Chipre honró.

Hoy la palabra nos dio

de que ha de ser nuestra esposa,

como a estotra Magdalena

olvide, y deje su casa.

Esto es todo lo que pasa;

mas no os dé, señora, pena,

que en sabiendo vuestro amor

mudará de parecer,

porque sólo dejó ver

la condesa a don Melchor

un par de ojos y una mano.

Mostralde vos la nariz,

con el rosado matiz

dese rostro soberano,

el hocico y dentadura,

cocándole con el dote;

que a Magdalena y su bote

olvidará, y por Ventura

(digo por mí) a la Condesa;

pues si aquí con vos se casa,

todo en fin se cae en casa.

 (Aparte.) 

(De lo parlado me pesa;

mas este anillo me quita

el frenillo del secreto;

que es como salvia, en efeto,

que la lengua facilita.)

 (Vase.) 

 

Acto III

 

Escena I

 

DON MELCHOR y VENTURA, de camino.

 

DON MELCHOR

¿Vino el mozo?

VENTURA

Con dos mulas

tan macilentas y flacas,

que si por Madrid las sacas,

dirán que pregonas bulas.

DON MELCHOR

Ponme pues esas espuelas.

VENTURA

Los dos, en resolución,

¿nos volvemos a León?

DON MELCHOR

Ventura, no más cautelas,

no más amor de camino.

¡Hoy ido, y casado ayer!

VENTURA

La disfrazada mujer

te quiso bien a lo fino,

como dirá la firmeza

que con treinta y dos diamantes,

a lo culto rutilantes,

te asegura su riqueza.

Seicientos ducados da

a la primera palabra

un platero que los abra.

DON MELCHOR

De memoria servirá,

Ventura, para tenella

de su dueño mal logrado,

perdido hoy y ayer hallado.

VENTURA

Más nos valiera vendella,

pues no saben en León

de los diamantes el precio.

DON MELCHOR

¿Son allá bárbaros, necio?

VENTURA

No, mas montañeses son,

que sin hacerlos injurias,

por vidrios los juzgarán

los que diestros sólo están

en azabaches de Asturias;

y no sé yo que tú tengas

para el camino dinero.

Mi anillo compró el platero,

no para que en él prevengas

tu costa, que son mis gajes,

y si me dio treinta escudos,

tienen otros tantos ñudos.

DON MELCHOR

Para que los aventajes,

prestarásmelos, y allá

te los volveré seguros.

VENTURA

¿Sobre qué hipoteca o juros?

 (Va calzando a su amo las espuelas.) 

No te enojes: bueno está;

pues siendo yo tuyo todo,

también lo es cuanto poseo:

sólo que vuelvas deseo

a nuestra patria de modo

que no hagan burla de ti

los que el parabién te dieron

en León, cuando te vieron

venir a casarte aquí.

Ya se fue a la Chirinola

la condesa oji-morena;

bella es doña Magdalena

y ella te merece sola.

Enojada del agravio

que la hiciste, no fue mucho

que hubiese llanto y celucho:

vuelve a hablarla, si eres sabio.

Pídele al viejo perdón;

intercederá su hermano;

darate la hermosa mano;

parará en paz la quistión.

Tendrá tu venida el fruto

que allá apeteciste tanto,

y sin engaños de un manto,

vaya el diablo para puto.

DON MELCHOR

Si ella fuera tan hermosa

como mi condesa ausente,

o no estuviera presente

en mi memoria amorosa,

Yo hiciera lo que me dices.

VENTURA

Dos ojos llegaste a ver

y una mano, sin saber

si la tal tiene narices;

y la Magdalena basta,

y aun sobra, para abrasar

catorce Troyas, y dar

a veinte linajes casta.

Pero cuando no te agrade,

de su vecina te dije

que por su amante te elige,

y que a su hermosura añade

doce mil de dote.

DON MELCHOR

Todas

con mi bella ausente son

monstruos.

VENTURA

Pues, alto a León,

y enhuérense nuestras bodas.

A poner voy las maletas.

Vive Dios, que estás extraño.

DON MELCHOR

Huyamos de tanto engaño,

y en lo demás no te metas.

 

 

Escena II

 

SANTILLANADON MELCHORVENTURA.

 

SANTILLANA

¿Vive un caballero aquí,

que vino ayer de León?

VENTURA

 (Aparte a su amo.) 

Señor, el escuderón

que con la condesa vi,

nos busca.

SANTILLANA

¡Oh leonés gallardo!

Bésoos el izquierdo pie,

que en vuestro talle se ve

el valor de aquel Bernardo,

heredero de Saldaña,

del Carpio y Asturias gloria.

También sabemos de historia

los viejos de la montaña.

VENTURA

Es demonio el Santillana.

SANTILLANA

Dejémonos deso agora.

La Condesa mi señora,

la que le habló ayer mañana,

este billete le envía,

y con él cierto regalo,

que al de una reina le igualo,

aunque es de una señoría.

DON MELCHOR

¿Luego aquí está la Condesa?

SANTILLANA

¿Pues dónde?

VENTURA

 (Aparte a su amo.) 

Éste fue picón.

DON MELCHOR

Ventura, dale un doblón.

VENTURA

¡Más, nonada!

SANTILLANA

¡Lo que os pesa

de mi bien!

VENTURA

¿Doblón? Primero

doble el sacristán por vos.

DON MELCHOR

No seas necio: dale dos.

SANTILLANA

 (A VENTURA.) 

¿Daislo de vuestro dinero?

¿Son estos los cuatro reales

de marras?

VENTURA

 (Aparte.) 

Tras el bolsillo

se va acogiendo mi anillo.

A muchas dádivas tales

quedaremos en pelota.

Tome y reviente con él.

DON MELCHOR

Oye, Ventura, el papel.

VENTURA

Buena letra.

DON MELCHOR

Y mejor nota,

 (Lee.) 

«Por asegurarme de vuestro amor, he fingido jornadas que no pienso hacer, y casamientos de que estoy libre, puesto que doña Magdalena, engañada por mí, haya publicado lo uno y lo otro por verdadero. Satisfaceos de mis celosas diligencias, y vedme luego en el lugar acostumbrado; que para la costa del camino, que os ruego no hagáis, ese escudero os lleva dos mil escudos y un regalo de dulces y ropa blanca: reservándoos el principal para cuando sea tiempo, que es una alma reconocida a lo mucho que merece vuestra firmeza y valor. -La condesa.»

Quita espuelas, quita botas,

despide postas.

VENTURA

Despido.

Quito botas y vestido.

¡Dos mil escudos! ¿Qué flotas,

qué vellocino, qué gato

de avariento tabernero,

qué talegón de arriero,

ni qué robo de mulato

hay que iguale a nuestra presa?

DON MELCHOR

¡Que la Condesa fingió

sus bodas! ¡Que no partió

a Nápoles la Condesa!

¡Que otra vez me quiere hablar!

VENTURA

¡Que dos mil escudos de oro

envía! ¡Oh viejo Medoro!

Por Dios, que te he de besar.

SANTILLANA

Arre allá. ¿Venís en vos?

Aun el diablo fuera el beso.

No está el tiempo para eso.

VENTURA

¡Mil doblones, y de a dos!

¿Dos mil escudos envía?

Dar dos mil abrazos quiero,

¡oh escudos!, al escudero

de tan bella escudería.

SANTILLANA

 (A VENTURA, que porfía en abrazarle.) 

¿Queréis apostar, hermano,

que os he de hacer acusar?

DON MELCHOR

 (Lee.) 

Vedme luego en el lugar

acostumbrado. ¡Ay mi mano!

¡Que otra vez tengo de veros!

VENTURA

¿Dónde el regalo quedó?

SANTILLANA

Una dueña me guió

con la ropa y los dineros

a esta casa, y a la puerta

con todo aguardando está.

DON MELCHOR

Venturilla, llámala;

veré si es mi dicha cierta;

que si ella me la asegura,

cuanto me trae pienso dalla

de albricias.

VENTURA

Voy a llamalla.

Ahora sí que soy Ventura.

Con una y otra cabriola

tengo el alma alborotada.

¡Oh condesa oji-tapada!

Bien haya tu Chirinola.

 (Vase.) 

 

 

Escena III

 

DON MELCHORSANTILLANA.

 

DON MELCHOR

 (Repasando el papel.) 

¡Ay condesa de mi vida!

SANTILLANA

 (Aparte.) 

¡Válgate el diablo el leonés!

¡Besó a Santillana!

DON MELCHOR

 (Leyendo.) 

Que es

un alma reconocida

a lo mucho que merece

vuestra firmeza y valor.

La condesa. ¿Hay tal favor?

El contento me enloquece.

SANTILLANA

 (Aparte.) 

¡A mí beso! Vive Dios,

que a no venir sin espada...

 

 

Escena IV

 

VENTURADON MELCHORSANTILLANA.

 

VENTURA

Fuese la dueña tapada,

y en talegos, me dio dos

(esto es crítico) dos mil

escudos y tres tabaques

con preciosos badulaques,

cuellos de cambray sutil,

camisas de holanda, y tal

que te la puedes beber,

dulces, que bastan a ser

de Santo Domingo el Real,

o de una Constantinopla

dechados, para imitarse,

y sin querer destaparse

sino sola una manopla

me dijo: «Paji-lacayo,

al Conde mi señor diga

que su buena suerte siga».

Y acogiose como un rayo.

DON MELCHOR

Vamos, pues, a la Vitoria.

VENTURA

¿Con botas y con espuelas?

DON MELCHOR

Ya son de mi amor pihuelas

para detener mi gloria.

VENTURA

¡Oh qué traidores doblones!

Cada uno tiene dos caras:

todas son yemas; no hay claras

de reales ni patacones.

DON MELCHOR

Ven, y no te espantes deso,

pues me los presenta un sol.

VENTURA

¡Oh escudero chirinol!

SANTILLANA

¿Mas que vuelve a lo del beso?

 

(Vanse.)

 

 

 

Escena V

 

DOÑA ÁNGELAQUIÑONES, con manto.

 

QUIÑONES

Antes de quitarme el manto,

por lo que a tu hermano debo,

a ser tercera me atrevo

de vuestro amoroso encanto;

que aunque sea a mi señora

infiel, estoy obligada

a tu hermano; y cohechada

de mil regalos que agora

estorbos han de allanar

que su criado encarece.

Sé lo mucho que merece;

mas no se podrá casar

con él doña Magdalena,

mientras durare el amor

que a tu amante don Melchor

da por la Condesa pena.

Ella fingió su partida

a Nápoles por saber

si el leonés sabe querer.

DOÑA ÁNGELA

¿Luego no es la Condesa ida?

¿Luego no se va a casar

a Nápoles con su primo?

QUIÑONES

Su ingenio sutil estimo.

Engaño fue, por probar

si a mi señora quería,

y se casaba con ella;

pero viendo que atropella

tantas cosas en un día,

y que se vuelve a León

(despreciando la belleza,

discreción, sangre y riqueza,

que juntas a la afición

que mi señora le tiene,

bastaban a enternecer

un mármol), ser su mujer

con nuevas trazas previene.

Nuestra doña Magdalena

(que para decir verdad,

tiene extraña voluntad

a don Melchor, con la pena

y celos de quien adora,

en fe que por él se abrasa,

para saber lo que pasa

me ha hecho su inquisidora.

En efeto, me he informado

que ni a Nápoles se va,

ni vino a Madrid de allá

tío para darla estado;

antes a su don Melchor

obligada, cuando estaba

el pie en estribo, y daba

nuevo repudio a su amor,

dos mil escudos envía,

y un regalo (amante y franca)

de dulces y ropa blanca...

Pero, en fin, es señoría.

Y en la Vitoria le espera,

donde tratarán los dos,

con la bendición de Dios,

echar cuidados afuera

y desposarse mañana.

DOÑA ÁNGELA

Si eso es cierto, muerta soy.

QUIÑONES

Yo que este aviso te doy

y tengo engaños de indiana,

como tú te determines

a un hecho digno de fama,

daré a tu amorosa llama

dichosos y alegres fines.

Vístete de luto, y ve

a la Vitoria cubierta;

que él aguardará a la puerta

su Condesa; y si te ve

tapada, y con luto, luego

te ha de tener por su dama,

a quien adora por fama,

sin que su amoroso fuego

haya alcanzado a ver más

que una mano y un medio ojo

ocasión de tanto enojo.

La tuya le enseñarás;

que cuando no sea mejor,

a lo menos su cristal

es a su belleza igual.

Dile finezas de amor:

agradécele, discreta

el haber por ti dejado

tal mujer; di que tu estado,

y voluntad ya sujeta,

por dueño elegirle ordena

y porque en la casa tuya

habrá estorbos, en la suya,

sin que doña Magdalena

lo sepa, esta tarde quieres

darle de esposa la mano.

Él con tal favor ufano,

sin consultar pareceres,

que no los admite amor,

te guiará a su casa luego:

darás alivio a su fuego,

y dueño noble a tu honor.

Pues no habiendo visto, en fin,

de la Condesa la cara,

si en tu hermosura repara,

retrato de un serafín,

¿quién duda que en su provecho

engañado, si lo sabe

después, su dicha no alabe,

y te adore satisfecho?

Quedarase la Condesa

burlada; dará a tu hermano

mi señora el alma y mano;

y viendo lo que interesa

don Jerónimo, después

que por perdida te llore,

podrá ser que se enamore

de la Condesa, y los tres

os caséis por causa mía:

tú y don Melchor; mi señora,

y tu hermano que la adora;

y con una señoría

don Jerónimo, para que haya

mejor fin del que se espera,

de tres y casamentera,

y un amor de tres en raya.

DOÑA ÁNGELA

¡Determinación terrible!

Pero a un grande daño es medio

forzoso otro igual remedio,

y sin ése no es posible

atajar el que yo lloro,

si se intentan casar hoy.

Resuelta en seguirle estoy,

que al leonés gallardo adoro.

Salga yo bien deste enredo,

y darete un dote igual

a tu ingenio.

QUIÑONES

La señal

con que asegurarte puedo,

es el bolsillo que ves,

y lleno de escudos dio

don Melchor, la vez que habló

a la condesa. Después

te diré de la manera

que vino a mi posesión.

Cuélgatela del cordón;

asegura esta quimera,

y vete a vestir de luto;

no pierdas por tu tardanza

el fruto de tu esperanza.

DOÑA ÁNGELA

Y la vida con el fruto.

Notables cosas intento.

¡Ay tirano don Melchor!

Anime mi firme amor

este extraño atrevimiento.

 (Vase.) 

 

 

Escena VI

 

QUIÑONES.

 

QUIÑONES

Si doña Ángela se casa

con don Melchor, deste modo

a mi señora acomodo

con don Sebastián, y en casa

se queda todo el provecho.

Pues que después de casados

me quedarán obligados

y mi interés satisfecho.

A alargar la dilación

de mi ama voy agora,

porque su competidora

le gane la bendición.

 (Vase.) 

 

 

Escena VII

 

Lonja de la Victoria.

 

 

DON MELCHORDON LUIS.

 

DON LUIS

Ya os juzgaba una jornada

de aquí.

DON MELCHOR

Nuevas ocasiones

dan a mi amor dilaciones.

Aquella dama tapada

que ayer vistes enlutada,

ha de volver hoy aquí.

DON LUIS

¿No fue la Condesa?

DON MELCHOR

Sí.

DON LUIS

Pues ella, ¿no se partió

a Nápoles?

DON MELCHOR

Primo, no;

que a Italia deja por mí.

Vos me veréis conde presto,

y dueño de una hermosura,

que dé envidia a la ventura,

y a mi amor un alto puesto.

DON LUIS

Ya el parabién os apresto;

aprestad vos a mi pena

el pésame, pues ordena,

para que muera y me abrase,

que don Sebastián se case

con mi doña Magdalena.

Don Jerónimo ha pedido

a doña Ángela, y el viejo

aprobando su consejo,

da a mi tirana marido.

Estoy de celos perdido,

y si se casan los dos,

podrá ver, primo, por Dios,

que algún disparate intente;

porque mi amor no consiente

celos de otro que de vos.

DON MELCHOR

Vivid vos seguro desos,

porque yo no me casara

con ella, si despojara

al Potosí de sus pesos.

Por los ojuelos traviesos

que adoro, y ya llamo míos,

hace mi amor desvaríos,

y esotros me dan enojos,

que son tuertos, si son ojos,

y si son soles, son fríos.

DON LUIS

Consiéntôs hablar mal dellos

por lo bien que eso me está;

puesto que el cielo podrá

poner sus luces en ellos.

Gozad vos los vuestros bellos

mil años con dulce fruto,

que mientras os dan tributo,

si mis celos ponderáis,

en esta ocasión mezcláis

vuestras bodas con mi luto.

 (Vase.) 

 

 

Escena VIII

 

VENTURA, y después DOÑA ÁNGELA, de luto como DOÑA MAGDALENA, y tapada. DON MELCHOR.

 

VENTURA

Ea, señor, ya ha llegado

nuestra condesa dorada,

que a quien da dos mil escudos

así quiero intitularla.

Llega haciendo reverencias

o paternidades, y habla.

Mil doblones te envió;

dobla las rodillas ambas.

DON MELCHOR

Oh hermosa señora mía,

¿cuándo ha de romper el alba

los crepúsculos oscuros,

dese sol nubes avaras?

¿Cuándo dirá mi ventura,

después de noche tan larga,

que el cielo corrió cortinas,

y amaneció la mañana?

VENTURA

¿Cuándo, oh bella Chirinola,

costurera ballenata,

pues con agujas del sol

nos cosistes ropa blanca,

desnudandôs ornamentos,

pues alba mi amo os llama,

los dos os podremos ver

en sobrepelliz o en alba?

¿Cuándo dirá: «Ropa fuera»

el ciego amor que os enmanta,

o rasgará, por leeros,

la cubierta desa carta?

DON MELCHOR

Apártate allá, Ventura.

VENTURA

Toda ave a la aurora canta,

el jilguero y el gorrión:

música hay también lacaya,

mi parte tengo en el coro:

canta y cantemos.

DON MELCHOR

Aparta.

VENTURA

 (Aparte.) 

Y en los dulces, ya yo he dicho

Ite, Missa est a dos cajas.

DOÑA ÁNGELA

Mala noche os habrá dado

mi mentirosa jornada,

prueba de vuestra firmeza,

vitoria de mi esperanza.

DON MELCHOR

Es así; pero no es mucho

pasar una noche mala

por un día tan alegre.

DOÑA ÁNGELA

Quedándôs vos en España,

mal se pudiera partir,

quien os quiere tanto a Italia

pues pasara de vacío

amor un cuerpo sin alma.

DON MELCHOR

Dadme por esa merced

a besar la nieve helada

del puerto de mis deseos.

VENTURA

Quitad la encella a esa nata,

si es que hay natas con encellas;

que yendo a decir cuajada,

andan, desde que hablan cultos,

las metáforas bastardas.

DOÑA ÁNGELA

No es mano de cada día:

un ojo enseñaros basta,

réditos de vuestro amor,

que mi principal os paga.

DON MELCHOR

Eso fue pagarme en oro,

cuando os ejecuto en plata;

que al buen pagador, señora,

no le duelen prendas.

VENTURA

Vaya,

hoy cobramos en doblones,

puesto que ojos con pestañas

es moneda de vellón;

mas, o mi vista se engaña,

o no es ese ojo el de ayer;

que su niña era mulata,

y hoy se ha vestido de azul,

que llama el vulgo, de garza.

DON MELCHOR

Anda, necio.

VENTURA

¡Vive Dios,

que era endrina toledana

la niñeta que ayer vimos,

y hoy nos mira turquesada!

Pero no te espantes desto,

que ha venido de Alemania

un maestro que tiñe ojos,

como otros cabello y barbas.

DON MELCHOR

No hagáis caso deste necio;

que yo doy crédito al alma,

que con pinceles más vivos

en mi memoria os retrata,

yo sé que es ése el que adoro.

Mas, ¿qué es esto? ¡Otra enlutada!

VENTURA

Serán como cartas de Indias,

que se escriben duplicadas.

 

 

Escena IX

 

DOÑA MAGDALENA, de luto. Dichos.

 

DOÑA MAGDALENA

Sólo en vuestro noble trato

estribó la confianza,

don Melchor, que hice de vos.

Pero pues tan presto os falta,

y venido de antiyer,

me ocupan mantos la plaza

que pensé yo que era mía,

cuando la juzgué estar vaca;

con desengaños costosos

dando libertad al alma,

a precio de algún suspiro,

podré ya volverme a Italia.

Gocéis la ocupación nueva

mil años; que escarmentada

en mí misma, sabré, en fin,

lo que son hombres de España.

DON MELCHOR

Señora, señora mía,

no desdeñéis enojada

la confusión de un amor,

que ni os conoce ni agravia.

¿Sois vos mi hermosa Condesa?

DOÑA MAGDALENA

Que era vuestra, imaginaba,

quien colige desas dudas

que sois de memoria flaca.

Presto me desconocéis.

Adiós.

DON MELCHOR

¡Ay condesa amada!

O no os vais, o daré voces.

DOÑA ÁNGELA

¡Condesa! ¿Hay traición más rara?

¿Luego otra condesa ha habido

en la corte, en cuyas llamas

os abrasáis?

VENTURA

Hay agora

señorías muy baratas.

DOÑA ÁNGELA

Gracias a Dios, que con tiempo,

aunque el llanto la costa haga,

podrá hacer mi libertad

una bella retirada.

No creyera yo, hasta verlo,

que en las leonesas montañas,

de la suerte que en la corte,

engaños se avecindaran.

Discreto fue mi recato

en no enseñaros mi cara:

poco hay perdido hasta agora:

mi nombre ignoráis y casa.

Si hiciéredes diligencias

para saberla, mañana

a Nápoles me escribid,

porque me alcancen las cartas.

Adiós.

 (Quiere irse.) 

DON MELCHOR

Condesa, mi bien,

oíd, escuchad. ¿Qué extrañas

confusiones me persiguen?

VENTURA

¡Qué gentil chirinolada!

DOÑA ÁNGELA

No quiero llevar memorias

que entristezcan mi jornada.

Deste bolsillo me hicistes

antiyer depositaria:

pues el dueño pareció

(aunque a vos no os hará falta

pues que con dos mil escudos

mi libertad se rescata),

haced alguna obra pía

con su valor, o dad traza

de engañar con él condesas,

en oír misa ocupadas;

que yo hiciera mi camino

satisfecha, si mezclara

en los dulces rejalgar,

ponzoña en la ropa blanca,

e imitando a Deyanira,

la ingratitud castigara

de un hombre tan descortés.

DOÑA MAGDALENA

¿Qué es esto, ilusión pesada?

¿Vos de Nápoles Condesa?

¿Vos en el disfraz velada

de un manto, en esta capilla

fuistes antiyer la causa

de la confusión presente?

¿Vos dinero, ropa blanca

y dulces a don Melchor?

DOÑA ÁNGELA

Diréis que no: cosa es llana;

que como en el luto y nombre

usurpáis mi semejanza,

queréis de ajenos presentes

levantaros con las gracias.

Gozaldas enhorabuena;

que si esta prenda no basta

 (Enseña el bolsillo de DON MELCHOR.) 

a desengaños tan ciertos,

ellos me darán venganza.

VENTURA

Ésta probó su intención.

DON MELCHOR

A satisfacción tan clara,

¿quién pondrá, condesa mía,

duda, pleitos, ni demandas?

En vuestro favor sentencia

tan reconocida el alma,

cuanto confusa de ver

vencida a vuestra contraria.

Señora, a quien no conozco,

que me pesa, os doy palabra,

de condenaros en costas

de una burla tan pesada.

Si hacerla de mí quisisteis,

desazónaseos la traza;

vuestras armas os hirieron

idos a curar a casa.

VENTURA

Mamola su Señoría.

¡Oh condesa redomada!

La picardía os gradúa

con la borla de bellaca.

DOÑA MAGDALENA

 (Aparte.) 

Yo estoy de suerte perdida,

que si no me desengañan

que duermo, daré mil voces,

aunque peligre mi fama.

Sutilezas de Madrid

me habrán robado de casa

ese bolsillo que encierra

los hechizos que me encantan.

Ya me pesa que no hayáis

visto, don Melchor, mi cara,

porque enseñándôsla agora,

viérades quién os engaña.

Pero esperad: ¿conocéis

aqueste ojo?

DON MELCHOR

¡Ay sol del alma!

¡Ay norte de mis deseos!

¡Ay guía de mi esperanza!

¡Y cómo que le conozco!

VENTURA

 (Aparte.) 

¿Ya empezamos nuevas chanzas?

Bolsillo y ojos compiten:

ofrézcôs al diablo a entrambas.

DOÑA MAGDALENA

¿Acordáisos de los cabos

que de mi cordón colgaban,

cuando el ladrón los cortó?

DON MELCHOR

Dos trenzas eran de nácar.

DOÑA MAGDALENA

¿Son éstas?

DON MELCHOR

Sí, mi señora.

DOÑA MAGDALENA

Juzgad agora quién causa,

de vos o de mí, envidiosa,

los enredos que me agravian.

DOÑA ÁNGELA

Los cordones del bolsillo,

que con sutileza tanta

me cortó no sé yo quién,

en misa estotra mañana,

téngolos guardados yo,

y aquésas son señas falsas,

pues para contrahacerlos,

hay en la corte seda harta.

DON MELCHOR

Ventura, ¿qué dices desto?

VENTURA

Que ha sido almendra preñada

nuestra Condesa de a dos,

o erizo con dos castañas,

huevo que dos yemas tuvo,

y aunque con cáscara entrambas,

tu amor, que es gallina clueca,

hoy estas dos pollas saca.

DON MELCHOR

¡Problemática cuestión!

Dos sendas hallo encontradas,

y yo indiferente entre ellas,

ignoro por cuál me vaya.

Pero la mano, que fue

de mi amor primera causa,

tengo dentro el alma impresa,

y la memoria la guarda,

mostradme, señoras mías,

cada cual la suya, y salga

vitoriosa la que obligue

que mi amor llegue a besarla.

DOÑA MAGDALENA

Soy contenta.

DOÑA ÁNGELA

Y también yo.

 

 

Escena X

 

DON JERÓNIMODON SEBASTIÁN, hablando en el fondo. Dichos.

 

DOÑA MAGDALENA

 (Aparte.) 

¡Ay Dios!, ¡mi hermano! Si me halla

aquí, ocasiono su enojo.

DOÑA ÁNGELA

 (Aparte.) 

Mi hermano es éste: no hay traza

de salir con mis contentos.

DOÑA MAGDALENA

Ya estaba determinada

de que mi mano ofendida

deshiciese esta maraña;

pero no lo merecéis.

Adiós.

 (Aparte.) 

(¡Ay! ¡Cuál voy!)

 (Vase.) 

 

 

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