© Libro N° 12975. Ubbo-Sathla. Ashton Smith, Clark. Emancipación.
Septiembre 14 de 2024
Título original: ©
Ubbo-Sathla. Clark Ashton Smith (1893-1961)
Versión
Original: © Ubbo-Sathla.
Clark Ashton Smith
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Clark Ashton Smith
Ubbo-Sathla
Clark
Ashton Smith
Ya que
Ubbo-Sathla es el principio y el fin. Antes de la llegada de Zhothaqquah o
Yok-Zothoth o Kthulhut procedentes de las estrellas, Ubbo-Sathla habitaba en
las bocas humeantes de la Tierra recién creada: era una masa sin cabeza ni
miembros, que generaba las deformes salamandras grises que serían los primeros
prototipos de vida terrenal. Y toda la vida de la Tierra volverá, de acuerdo
con la tradición, a través del gran círculo del tiempo, a Ubbo-Sathla.
(Libro de
Eibon)
Paul
Tregardis encontró el vidrio lechoso entre un montón de curiosidades de muchos
países y muchas épocas. Había entrado en la tienda del anticuario sin propósito
alguno, excepto el de entretenerse con la distracción que siempre proporciona
el curioseo y manoseo de objetos dispares y acumulados. Al echar una ojeada
poco entusiasta, le llamó la atención un resplandor opaco procedente de una
mesa; por último, pudo rescatar la extraña piedra en forma de globo de su
oscuro retiro entre un pequeño ídolo azteca bastante feo, un huevo de didornis
fosilizado, y un fetiche harto obsceno tallado en madera negra del Níger.
El
extraño objeto tendría el tamaño de una naranja pequeña, con los polos
ligeramente achatados, igual que un planeta. Tregardis se sintió intrigado, ya
que no era un cristal ordinario, puesto que presentaba una superficie opaca y
cambiante, así como un resplandor intermitente en el corazón, como si por
dentro se iluminase y se apagase a intervalos. Sujetándolo delante de la
ventana, por donde penetraba la mortecina luz invernal, lo estudió durante un
buen rato sin poder determinar el secreto de dicha intermitencia. En breve su
intriga se vio complicada por una sensación vaga de familiaridad irreconocible,
como si ya hubiera visto el objeto con anterioridad, pero en circunstancias que
había olvidado por completo.
Recurrió
al anticuario, un hebreo menudo que rezumaba él mismo antigüedad, dando la
impresión de estar totalmente ajeno a las consideraciones comerciales, e
inmerso en una maraña de ensueño cabalístico.
—¿Podría
decirme algo sobre esto?
El
vendedor se encogió de hombros, a la vez que arqueaba las cejas.
—Es muy
antiguo; podría decirse que paleoegeo. No es mucho lo que puedo decirle, ya que
es poco lo que sabemos. Un geólogo lo encontró en Grecia, bajo el cielo
glaciar, en un estrato micénico. ¿Quién sabe? Puede que perteneciera a algún
mago de la Thula primaveral. En épocas micénicas Grecia era una región caliente
y fértil. No hay duda de que se trata de un cristal mágico, y cualquiera puede
contemplar extrañas visiones en su corazón, si lo mira durante el suficiente
tiempo.
Tregardis
se sobresaltó, ya que la sugerencia aparentemente fantástica del vendedor le
había recordado sus propias investigaciones en una rama de la sabiduría harto
oscura, remitiéndole concretamente al Libro de Eibon, el más extraño y raro
volumen de las ciencias ocultas olvidado hacía tiempo, y que según la tradición
perduró a través de una serie de traducciones diversas desde el original
prehistórico, escrito en el perdido idioma de Hyperbórea.
No sin
gran dificultad, Tregardis pudo conseguir la versión medieval francesa —copia
que había pertenecido a muchas generaciones de hechiceros y adoradores de
Satán—, pero nunca pudo encontrar el manuscrito griego de donde salió dicha
versión. El fabuloso y remoto original fue obra de un gran mago hyperbóreo,
quien le había dado su nombre. Se trataba de una colección de mitos oscuros y
densos, de liturgias, rituales e invocaciones esotéricas dedicadas al mal. A lo
largo de sus estudios, un tanto extraños para cualquier persona corriente,
Tregardis se había dedicado, no sin cierto temor, a la comparación del volumen
francés con el terrible Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred. Había
encontrado numerosas correspondencias cuyo significado era tan negro como
escalofriante, junto con muchos datos prohibidos que, o bien eran desconocidos
para el árabe, o bien los había omitido él mismo... o sus traductores.
¿Era esto
lo que había tratado de recordar —se preguntaba Tregardis—, la referencia breve
y casual en el Libro de Eibon, a un cristal opaco que perteneciera al mago Zon
Mezzamalech, en Mhu Thulan? Evidentemente, era demasiado fantástico, demasiado
hipotético, demasiado increíble; pero Mhu Thulan, esa parte septentrional de la
antigua Hyperbórea, parecía haber correspondido más o menos con la Grecia
actual, que a su vez estuvo unida como península al continente.
¿Sería
posible que la piedra que tenía en la mano, por un maravilloso azar, fuera el
cristal de Zon Mezzamalech? Tregardis se sonrió para sí mismo, con una ironía
interna, ante la idea de concebir semejante consideración absurda. Esas cosas
no solían ocurrir, por lo menos en el Londres actual; por otro lado, lo más
probable es que el Libro de Eibon no fuese más que una mera fantasía
supersticiosa. No obstante, había algo en el cristal que seguía atrayéndole, y
terminó por adquirirlo a un precio bastante moderado.
El
vendedor pronunció una cifra y el comprador la pagó sin regateo alguno.
Con el
cristal en el bolsillo, Paul Tregardis regresó inmediatamente a sus
habitaciones, en vez de continuar su paseo. Instaló el blanquecino globo sobre
su escritorio, donde se posó sobre uno de sus lados planos. Entonces,
sonriéndose aún ante su propio absurdo, tomó el amarillento manuscrito de
pergamino con el Libro de Eibon de su sitio, entre una colección de literatura
rebuscada. Abrió la cubierta de cuero bermellón con cerrajes de hierro mohoso y
leyó para sí mismo, traduciendo del francés antiguo el párrafo referente a Zon
Mezzamalech:
Este
mago, poderoso entre los hechiceros, había encontrado una piedra nublada, con
forma de orbe y achatada por los lados, en cuyo interior se podían contemplar
muchas visiones del pasado terrenal, retrocediendo incluso hasta el principio
de la Tierra, cuando Ubbo-Sathla, la fuente no concebida, se extendía vasta e
hinchada, germinando entre el fango humeante. Pero de lo que él contemplara,
poco dejó escrito Zon Mezzamalech; y la gente cuenta que desapareció
inmediatamente después, en forma desconocida, perdiéndose entonces en el
cristal nublado.
Paul
Tregardis dejó a un lado el manuscrito. Una vez más, sintió que había algo que
le atraía y le intrigaba, algo parecido a un sueño perdido o una memoria
condenada al olvido. Movido por un sentimiento que no se detuvo ni a interrogar
ni a escrutar, se sentó ante la mesa y comenzó a contemplar intensamente el
interior frío y nebuloso del globo. Experimentó una expectación que, de alguna
manera, le era tan familiar, tan inherente a su consciente, que no tuvo ni que
definírsela a sí mismo.
Permaneció
sentado minuto tras minuto, contemplando la luz intermitente y misteriosa que
brotaba del corazón del cristal. Lentamente, y sin darse cuenta, le invadió una
sensación de dualidad ensoñadora, con respecto a su persona y a su entorno.
Seguía siendo Paul Tregardis, y al mismo tiempo otra persona; la habitación era
la de su apartamento londinense, pero también una recámara de otro lugar
extraño pero harto conocido. Y desde ambos sitios contemplaba intensamente el
mismo cristal. Después de un prolongado intervalo, y sin sorpresa alguna por
parte de Tregardis, se completó el proceso de reidentificación.
Supo que
Zon Mezzamalech era un mago de Mhu Thulan, así como un estudiante de todos los
conocimientos anteriores a su propia época. Sabio en secretos terribles pero
desconocidos para Paul Tregardis, estudioso aficionado a la antropología y
ciencias ocultas en el moderno Londres, deseó adquirir un conocimiento mayor y
más terrible aún por medio del cristal nublado.
Había
comprado la piedra en circunstancias dudosas y en un lugar bastante siniestro.
Era una pieza única, sin paralelo alguno en ningún sitio ni en ninguna época.
Se creía que todo lo ocurrido en la historia del mundo a través de los años
estaba reflejado en sus profundidades, revelándose a quien la contemplase
recientemente. Y a través del cristal, Zon Mezzamalech soñó con recuperar la
sabiduría de los dioses que habían muerto antes de que naciera la Tierra.
Habían pasado el vacío sin luz, dejando inscrita su sabiduría en tablas de
piedra ultraestelar; dichas tabletas quedaron bajo la custodia del demiurgo
deforme, primitivo e idiota, llamado Ubbo-Sathla.
Así, sólo
mediante el cristal podría Zon Mezzamalech encontrar las tablas y leerlas. Era
la primera vez que ponía a prueba las famosas cualidades del cristal. Se
encontraba en una cámara cuyas paredes estaban cubiertas con paneles de marfil,
y donde se acumulaban los libros e instrumentos de magia, visión que se
apreciaba en medio de una consciente nebulosa.
Ante él,
sobre una mesa de alguna madera oscura de Hyperbórea grabada con cifras
grotescas, el cristal se hinchaba y se hundía visiblemente, mientras que en su
nublada profundidad proyectaba una serie de escenas difusas que se esfumaban
como burbujas de jabón. Como si contemplase un mundo de verdad, las ciudades,
los bosques, las montañas, los mares y las praderas se sucedían bajo él,
encendiéndose y apagándose como si estuvieran sujetos al paso de los días y de
las noches en una corriente de tiempo muy acelerada.
Zon
Mezzamalech se había olvidado de Paul Tregardis, perdiendo conciencia incluso
de su propia entidad y entorno en Mhu Thulan. A cada momento, la visión fugaz
que se reflejaba en el cristal se hacía más definida y distinta, mientras que
el propio globo se hacía denso hasta marearle, como si mirase desde una altura
insegura a un abismo insondable. Sabía que el tiempo retrocedería dentro del
cristal, desenrollando para él las imágenes de todos los días pasados; pero
pronto se apoderó de él una alarma extraña, y no se atrevió a seguir su
contemplación.
Como si
hubiera estado a punto de caer de un precipicio, dio un respingo y se retiró
del globo misterioso. Ante sus ojos surgió otra vez el gran mundo vertiginoso
en que se había zambullido como si fuera un cristal pequeño y nublado, que se
posaba sobre su desgastada mesa en Mhu Thulan. Entonces, y progresivamente,
tuvo la sensación de que la gran habitación con paneles esculpidos de marfil de
mamut disminuyese para convertirse en otra estancia más reducida y sucia; y Zon
Mezzamalech, perdiendo su sabiduría sobrenatural así como sus poderes mágicos,
retornó, mediante una regresión extraña, a la persona de Paul Tregardis.
Pero al
parecer no pudo volver del todo. Entre mareado y asombrado, Tregardis se
encontró ante el escritorio donde depositara la esfera achatada. Sentía la
confusión de quien ha soñado y todavía no se ha despertado del todo. La
habitación le intrigaba en cierto modo, como si el tamaño o la decoración
hubiesen cambiado; por otro lado, su recuerdo de la compra del cristal al
anticuario se mezclaba extrañamente con la impresión de haberlo adquirido de
muy distinta manera. Experimentó la sensación de que le había pasado algo muy
extraño al mirar dentro del globo, si bien no podía recordar exactamente de qué
se trataba. Lo único que le quedaba era una especie de atontamiento psíquico,
parecido al que suele producir una porción de hachís.
Se
aseguró a sí mismo que en efecto no era otro que Paul Tregardis, que vivía en
una determinada calle de Londres, y que el año era 1933. Pero dichas verdades
tan prosaicas carecían en ese momento de validez y significado, ya que tenía la
sensación de estar flotando en un mundo de sombras e insustancial. Las paredes
parecían temblar como el humo; la gente de la calle eran los fantasmas; y él
mismo no era más que una sombra perdida, un eco errante de algo olvidado hacía
mucho.
Decidió
no repetir el experimento de contemplar el globo de cristal. Los efectos eran
demasiado desagradables y confusos. Pero al día siguiente, movido por un
impulso irracional ante el cual se rindió casi mecánicamente, sin esfuerzo
alguno, se encontró sentado delante del poderoso globo. Una vez más se
convirtió en el hechicero Zon Mezzamalech, de Mhu Thulan; una vez más soñó que
recobraba la sabiduría de los dioses premundanos; una vez más se retiró del
profundo cristal víctima del miedo de quien teme caer; y, de nuevo, volvió a
ser Paul Tregardis, si bien con menos claridad que la vez anterior.
Tregardis
repitió tres veces la misma experiencia a lo largo de los días subsiguientes, y
en cada ocasión, tanto su persona como el mundo que le rodeaba se fue haciendo
más tenue y confuso. Sus sensaciones eran las de un soñador que está a punto de
despertar, y el propio Londres le parecía tan irreal como los países que surgen
entre sueños, retrocediendo en una niebla densa y una luz nublada. Ajeno a
todo, experimentó la opresión de grandes visiones, desconocidas y a la vez casi
familiares.
Era como
si la fantasmagoría del tiempo y del espacio se disolviese a su alrededor, con
el fin de revelarle una realidad palpable, u otro sueño de espacio y tiempo.
Por fin llegó el día en que se sentó ante el cristal y no regresó como Paul
Tregardis. Fue el día en que Zon Mezzamalech, desobedeciendo insolentemente
advertencias perversas pero poderosas, decidió superar su miedo lleno de
curiosidad y dejarse caer en el mundo visionario que contemplara, miedo que
hasta entonces le había impedido seguir la corriente en retroceso del tiempo.
Se hizo ver a sí mismo que si algún día quería leer las tablas perdidas de los
dioses no le quedaba más remedio que superar su propio miedo.
Sólo
había contemplado algunos fragmentos de los años de Mhu Thulan inmediatamente
posteriores al tiempo presente; es decir, los años de su propia vida, y entre
estos años y el Principio se extendían ciclos inestimables.
El
cristal volvió a intensificarse una vez más ante sus propios ojos, reflejando
escenas y acontecimientos que se sucedían en una corriente retrospectiva. De
nuevo, se borraron las cifras mágicas de la mesa oscura, mientras que las
paredes talladas mágicamente se derritieron en sus sueños. Una vez más, se
mareó víctima de un vértigo fatal al inclinarse sobre los torbellinos en los
terribles golfos del tiempo, dentro del globo con forma terráquea. Preso de
terror, y a pesar de su decisión, se hubiera retirado, pero ya era demasiado
tarde, pues era mucho lo que había visto.
Tenía la
sensación de una caída abismal, como si fuera arrastrado por vientos desatados,
por torbellinos que le llevaban a través de inestables visiones de su propia
vida pretérita, empujándole hacia eras y dimensiones anteriores al mundo; la
sensación de sufrir los dolores de un cambio irreversible, hasta que dejó de
ser Zon Mezzamalech, el sabio e instruido observador del cristal, para formar
parte integrante de la extraña y veloz corriente que se apresuraba por regresar
al Principio.
Sintió
innumerables vidas, la sensación de de morir muertes fantásticas, olvidando en
cada ocasión las vidas y las muertes previas. Luchó como guerrero en batallas
semilegendarias; existió como niño jugando entre las ruinas de una antigua
ciudad en Mhu Thulan; por último, fue el rey que reinó durante el apogeo de la
ciudad, así como el profeta que presagió la construcción y la caída de la
misma. Fue mujer llorando a los muertos perdidos en una necrópolis derruida;
antiguo mago susurrando encantamientos sencillos, propios de hechicería
primitiva; sacerdote al servicio de un dios prehumano, forjando el cuchillo de
sacrificios en templos excavados en cuevas y con pilares de basalto. Vida a
vida, era a era, retrocedió los largos y condensados ciclos por los que
atravesara Hyperbórea desde su estadio de salvajismo hasta el de civilización.
Se
convirtió en un bárbaro perteneciente a una tribu troglodita, deslizándose
desde los hielos lentos y picudos de la primitiva era glaciar hasta los países
perpetuamente iluminados por las llamaradas de los volcanes. Entonces, después
de innumerables años, dejó de ser hombre y pasó al estadio de semibestia
depredadora, habitando en bosques de helechos y arbustos gigantes, entre las
ramas de los poderosos tilos.
Había
alguien —o algo— que a través de eones de sensaciones anteriores, de pasión
primitiva y de hambre, de un terror y una locura aborígenes, seguía
retrocediendo en el tiempo.
La muerte
se convirtió en nacimiento, y el nacimiento en muerte. A lo largo de una visión
lenta de cambio, la tierra parecía deshacerse, descender de las colinas y
montes hasta los estratos ulteriores. El sol se agrandaba y se hacía más
caliente sobre los pantanos humeantes que exultaban con una vida más intensa,
con una vegetación más frondosa. Y lo que en sus tiempos fuera Paul Tregardis y
Zon Mezzamalech, ahora formaba parte de toda la monstruosa evolución.
Voló con
las alas con forma de garra de un pterodáctilo, nadó por los mares tibios con
el cuerpo gigantesco y retorcido de un ictiosaurio, rugió salvajemente a la
enorme luna que ardía a través de nieblas liásicas, con la claveteada garganta
de un arcaico hipopótamo.
Por
último, después de eones de brutalidad inmemorial, se convirtió en uno de los
perdidos hombres reptiles que elevaron sus ciudades de piedra volcánica y
lucharon sus venenosas guerras en el primer continente del mundo. Caminó
ondulante por calles prehumanas y bajo bóvedas extrañamente retorcidas;
contempló las primeras estrellas desde elevadas torres de Babel, y se inclinó
ante los grandes ídolos-serpiente, recitando letanías silbantes. Regresó a
través de los años y años de la era de los anfibios, como algo que se
arrastraba en el fango, y que aún no había aprendido a pensar, a soñar y a
construir.
Y llegó
un momento en que ya no hubo continente, sino un enorme y caótico pantano, un
mar de fango, sin límites ni horizonte, que rezumaba vapores amorfos.
Allí, en
el gris amanecer de la Tierra, la masa deforme de Ubbo-Sathla reposaba entre el
fango y los vapores.
Sin
cabeza, sin órganos y sin miembros, segregaba por sus costados porosos, con un
movimiento ondulante y lento, las formas amébicas que serían los arquetipos de
la vida terrestre. Era algo horrible, si se hubiera podido captar el horror; y
desagradable, en caso de que existiera capacidad de aversión y desagrado. Sobre
dicha masa, destacando en medio del barro estaban esparcidas las poderosas
tablas de piedra estelar donde había quedado escrita la inconcebible sabiduría
de los dioses anteriores al mundo.
Y allí,
hacia la meta de una búsqueda olvidada, fue arrastrada la cosa que había sido
—o que sería en ocasiones— Paul Tregardis y Zon Mezzamalech. Al convertirse en
un ente deforme y primitivo, se arrastró desdeñoso y olvidadizo por encima de
las tablas caídas de los dioses, y luchó y se peleó ciegamente con los seres
que segregaba Ubbo-Sathla. No existe ninguna mención referente a la
desaparición de Zon Mezzamalech y su propia persona, excepto el breve párrafo
en el Libro de Eibon.
En cuanto
a Paul Tregardis, también desaparecido, apareció una noticia corta en varios
periódicos londinenses. Nadie parece saber nada acerca del mismo; se fue como
si nunca hubiera existido; y al parecer, el cristal ha desaparecido igualmente;
por lo menos, nadie lo ha encontrado.
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Clark
Ashton Smith (1893-1961)

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