© Libro N° 12974. Tres Líneas De Francés
Antiguo. Merritt, Abraham. Emancipación. Septiembre 14 de 2024
Título original: ©
Three Lines Of Old French, Abraham Merritt (1884-1943)
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Original: © Tres Líneas
De Francés Antiguo. Abraham Merritt
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
TRES LÍNEAS DE FRANCÉS
ANTIGUO
Abraham Merritt
Tres
Líneas De Francés Antiguo
Abraham
Merritt
—Por rica
que fuera la guerra para las ciencias quirúrgicas —concluyó Hawtry—, al abrir
por medio de las torturas y las mutilaciones, zonas inexploradas en las que el
ingenio del hombre se apresuró a entrar, descubriendo medios, al hacerlo, para
darles jaque mate a los sufrimientos y la muerte, porque siempre, amigos míos,
el destilado de sangre y sacrificio es progreso, por grande que todo ello
fuera, la tragedia mundial laa abierto aún otra zona en la que pueden
descubrirse, quizá, conocimientos todavía mayores. Fue una clínica insuperable
para los sicólogos, todavía más que para los cirujanos.
Latour,
el gran doctor francés, se inquietó, extirpándose de las profundidades del gran
sillón; las luces de la chimenea danzaban sobre su rostro enjuto.
—Eso es
cierto —dijo—. Si, es cierto. En ese horno, la mente humana se abrió, como una
flor bajo un sol demasiado brillante. Castigados en esa tempestad colosal de
fuerzas primitivas, atrapados en el caos de energías tanto físicas como
síquicas, que, aunque el hombre mismo era su creador, hicieron que pareciera
una polilla en medio de un remolino de aire, todos esos factores oscuros y
misteriosos de la mente, a los que los hombres, por falta de conocimientos,
hemos llamado alma, quedaron libres de sus inhibiciones y obtuvieron la fuerza
para actuar.
—¿Cómo
podía suceder otra cosa, cuando los hombres y las mujeres, oprimidos por
tristezas y alegrías vibrantes, manifiestan las emociones de las profundidades
ocultas de sus espíritus, cómo hubiera podido suceder otra cosa en ese
crescendo mantenido constantemente de emociones?
McAndrews
intervino.
—¿A qué
región sicológica se refiere usted, Hawtry? —inquirió.
Estábamos
cuatro de nosotros instalados junto a la chimenea del Science Club: Hawtry, que
ocupa la cátedra de sicología en una de nuestras principales universidades y
cuyo nombre se honra en todo el mundo; Latour, un inmortal de Francia;
McAndrews, el famoso cirujano estadounidense, cuyo trabajo durante la guerra ha
escrito una nueva página en el libro brillante de la ciencia, y yo mismo. Los
nombres de mis tres acompañantes no eran verdaderamente esos; pero sí eran tal
y como los he descrito. No voy a esforzarme en identificarlos más.
—Me
refiero al campo de la sugestión —replicó el sicólogo—. Las reacciones mentales
que se revelan como visiones, una formación accidental en las nubes que se
convierte para las imaginaciones sobreexcitadas de los dominadores en las
multitudes de Juana de Arco saliendo de los cielos, el reflejo de la luna en
los bordes de las formaciones de nubes que se convierten para los asediados en
una cruz sostenida por arcángeles; la desesperación y la esperanza, que se
transforman en leyendas tales como la de los arqueros de Mons, arqueros
fantasmales que dominan y abruman con sus flechas a los arqueros enemigos;
jirones de niebla, en la tierra de nadie, que son interpretados por los ojos
cansados de los vigilantes, en la forma del mismo Hijo del Hombre, que camina con
tristeza entre los muertos. Señales, portentos y milagros; las multitudes de
premoniciones, de apariciones de seres amados, habitantes todos de esa región
de las sugestiones; nacidos todos ellos del desgarramiento de los velos del
subconsciente. En este caso, con sólo que se logre reunir una milésima parte,
será ya suficiente para que los ana lizadores sicológicos trabajen
ininterrumpidamente durante veinte años.
—¿Y los
límites de esa zona? —preguntó McAndrews.
—¿Los
límites?
Resultaba
evidente que Hawtry estaba perplejo. Durante unos momentos, McAndrews
permaneció en silencio. Luego, sacó del bolsillo una hoja de papel amarillento,
un cablegrama.
—El joven
Peter Laveller murió hoy —dijo, en tono aparentemente casual—. Murió donde lo
había manifestado, en los restos de las trincheras que atraviesan los antiguos
dominios de los señores de Tocquelain, cerca de Bethune.
—¡Murió
allí! —el asombro de Hawtry era profundo—. Sin embargo, leí que lo habían
llevado a casa; en realidad, ¡que se trataba de otro de sus triunfos,
McAndrews!
—Dije que
fue allí a morir —repitió el cirujano, lentamente.
Así pues,
eso explicaba la curiosa reticencia de los Laveller con respecto a lo que le
había ocurrido a su hijo soldado, un secreto que había causado sorpresa entre
los periodistas profesionales durante varias semanas, ya que el joven Peter
Laveller era uno de los héroes de la nación. Hijo único del viejo Peter
Laveller, y tampoco este es el nombre verdadero de la familia, ya que, como
sucede con los demás, no puedo revelarlo, era el heredero de los millones del
viejo y taciturno rey del carbón, y el latido secreto y más amado de su
corazón. Al comenzar la guerra se había alistado con los franceses. La
influencia del padre pudo abrogar la ley del Ejército Francés, según la cual
todos los hombres deben comenzar desde abajo —no lo sé—; pero el joven Peter no
lo quiso. Con una gran determinación, lleno del fuego de los primeros cruzados,
tomó su lugar en las filas.
De
estampa limpia, ojos azules v un metro ochenta de estatura, de sólo veinticinco
años de edad, quizá un poco soñador, era un tipo capaz de excitar las
imaginaciones de los peludos (soldados franceses), que lo apreciaban. Fue
herido dos veces, en el curso de los días más peligrosos, y cuando los Estados
Unidos intervinieron en la guerra, fue transferido a nuestras fuerzas
expedicionarias. Fue en el asedio a Mount Kemmel donde recibió las heridas que
lo hicieron regresar junto a su padre y su hermana. Yo sabía que McAndrews lo
había acompañado hasta ultramar y que, en opinión de todos, había logrado
remendarlo. ¿Qué había ocurrido entonces? ¿Y por qué había regresado Laveller a
Francia, a morir, como lo había dlcho McAndrews?
Volvió a
meterse el cablegrama en el bolsillo.
—Hay un
límite, John —le dijo a Hawtry—. El caso de Laveller era de los limítrofes. Voy
a explicártelo.
Dudó unos
instantes.
—Quizá no
debiera hacerlo. No obstante, tengo la idea de que a Peter le agradaría que lo
relatara; después de todo se consideraba como descubridor.
Volvió a
hacer una pausa. Luego, tomó definitivamente una decisión y se volvió hacia mí.
—Merritt,
puedes utilizar este relato, si lo consideras conveniente. Pero si te decides a
ello, cambia los nombres y asegúrate de que no publicarás ningún detalle que
facilite la identificación. Después de todo, lo importante es lo que sucedió,
si es importante, y no interesan en absoluto los protagonistas.
Se lo
prometí, y he cumplido con mi promesa. Relato todo tal y como lo reconstruyó la
persona a la que llamo McAndrews, en la habitación sumida en la penumbra, donde
permanecíamos en silencio, hasta que él entró.
Laveller
permaneció en pie detrás del parapeto de una trinchera de primera línea. Era de
noche, una noche de principios de abril en el norte de Francia, y al decir
esto, no hace falta añadir nada para quienes han estado ya en esos lugares.
A su lado
había un periscopio de trinchera. Su fusil se encontraba muy cerca. El
periscopio es prácticamente inútil durante la noche; por consiguiente, a través
de una rendija, entre los sacos de arena, observaba la extensión, de unos cien
metros, que era la tierra de nadie. Frente a él sabía que otros ojos
permanecían fijos, mirando por rendijas simílares, en el parapeto alemán, del
mismo modo que lo hacía él, registrando hasta los menores movimientos. Por toda
la tierra de nadie estaban diseminadas formas grotescas, y cuando se encendían
los obuses y llenaban con su resplandor aquella zona, esas formas parecían
agitarse, moverse, algunas de ellas incluso levantarse, gesticular y protestar.
Y eso resultaba horrible, ya que quienes se movían bajo la iluminación eran los
cadáveres franceses e ingleses, prusianos y bávaros, fragmentos de un
cargamento llevado a la gran prensa de vino tinto de la guerra, que se había
instalado en aquel sector.
Había dos
escoceses muertos en el terreno, uno segado por las balas de una ametralladora,
en el momento en que trataba de atravesar la tierra de nadie. El choque de la
muerte rápida y múltiple había hecho que pasara su brazo izquierdo sobre el
cuello del camarada más cercano, y este último había sido herido en aquel
preciso momento. Se encontraban allí tirados, abrazados, y conforme los obuses
explotaban y se apagaban, iluminaban el terreno y morian, parecían girar,
querer liberarse de los alambres de espino, lanzarse hacia adelante y regresar.
Laveller estaba cansado, fatigado más allá de toda comprensión. Aquel sector
era uno de los peores y más agitados.
Durante
casi setenta y dos horas había permanecido sin dormir, ya que los pocos minutos
que se permitía de estupor, de vez en cuando eran interrumpidos por las alarmas
constantes, haciendo que resultaran peor que el sueño. El bombardeo había sido
continuo, y los alimentos escaseaban y era peligroso obtenerlos; cinco
kilómetros atrás, a través del fuego enemigo, se habían visto obligados a
recogerlos. Las raciones enviadas desde el aire no podían acercarse más.
Constantemente
era preciso reconstruir los parapetos y reparar los alambres, y cuando se
efectuaba esa labor, los obuses los destrozaban de nuevo y era preciso
efectuar, una vez más, la rutina horrible de su reparación, ya que tenían
órdenes de conservar aquel sector a toda costa. Todo lo que le quedaba de
conciencia a Laveller estaba concentrado en sus ojos Sólo permanecía con vida
su facultad de ver. Y la visión, obedeciendo a las órdenes rígidas inexorables
de conservar todas sus reservas de vitalidad en el deber que estaba ejecutando,
no veía otra cosa que la franja de terreno que debía vigilar Laveller, hasta
que fuera relevado. Sentía el cuerpo anquilosado, no sentía el suelo bajo sus
pies y, a veces, parecía flotar en el aire, como los dos escoceses que se
encontraban sobre la alambrada.
¿Por qué
no podían estarse quietos? ¿Qué derecho tienen los hombres cuya sangre se les
ha escapado, para formar el charco oscuro bajo ellos, a bailar y hacer
piruetas, al ritmo de las explosiones? ¡Malditos sean! ¿Por qué no podría algún
obús arrojarlos al suelo y enterrarlos?
Había un
castillo como a ochocientos metros de allí, a mano derecha. Al menos los restos
de lo que había sido un castillo. Bajo él había sótanos profundos, en los que
era posible arrastrarse y dormir. Lo sabía, debido a que hacía infinidad de
tiempo, al llegar a aquella parte de las lineas, había dormido allí durante una
noche. Sería como volver a entrar al paraíso el arrastrarse nuevamente a ese
sótano, protegiéndose de la lluvia inclemente, y dormir, una vez más, con un
techo sobre la cabeza.
—Dormiré,
dormiré y dormiré. y dormiré, dormiré y dormiré —se dijo.
Luego se
puso rigido a medida que la repetición de la palabra hizo que la oscuridad
comenzara a reunirse en torno suyo. Los obuses explotaban y se apagaban, se
iluminaban y desaparecían. Llegó basta él el tableteo de una ametralladora,
pero debían ser sus dientes que castañeteaban, hasta que lo poco que le quedaba
de conciencia le hizo comprender de qué se trataba en realidad: algún soldado
alenáin demasiado nervioso que trataba de detener el movímiento interminable de
los cadáveres. Oyó un arrastrar de pies sobre el barro calizo. No necesitaba
mirar hacia allá, eran amigos, ya que de lo contrario no hubieran pasado junto
a los centinelas que se encontraban en las esquinas de la posición. No
obstante, de manera involuntaria, sus ojos se volvieron hacia los sonidos,
tomando nota de que se trataba de tres figuras oscuras que lo observaban.
En aquel
momento flotaba sobre ellos una media docena de luces, y por medio de sus
resplandores pudo reconocer a los recién llegados. Uno de ellos era aquel
famoso cirujano que había llegado desde el hospital de la base de Bethune para
ver cómo se infligían las heridas que curaba. Los otros eran su mayor y su
capitán. Sin duda, todos ellos se dirigían hacia los sótanos del castillo.
¡Vaya, algunos tenían toda la suerte! Volvió a mirar a través de la rendija,
entre los sacos de arena.
—¿Qué
sucede?
Era la
voz de su mayor, que se dirigía al visitante.
—¿Qué
sucede?, ¿qué sucede?, ¿qué sucede?
Las
palabras se repetían con rapidez y de manera insistente en el interior de su
cerebro, una y otra vez, tratando de despertarlo.
—Bueno,
¿qué sucede?
¡No
sucedía nada! ¿No estaba allí él, Laveller, vigilando? El cerebro atormentado
se reveló con furia. ¡No sucedía nada! ¿Por qué no se iban y lo dejaban vigilar
en paz? Le hubiera parecido mucho más agradable.
—Nada.
Era el
cirujano, y nuevamente las palabras se repitieron en los oídos de Laveller,
como en un susurro, una y otra vez.
—Nada,
nada, nada, nada.
Pero,
¿qué era lo que estaba diciendo el cirujano? De manera fraccionaria,
comprendiendo sólo a medias, las frases se registraron:
—Es un
caso perfecto de lo que les he estado diciendo. Ese muchacho,
extraordinariamente cansado, desgastado, con toda su conciencia centrada en una
sola cosa: la vigilancia. La conciencia se encuentra desgastada hasta el punto
máximo. Detrás de ello, todo su subconsciente trata de escapar. La conciencia
responderá sólo a un estímulo-movimiento, procedente del exterior, pero el
subconsciente, tan cercano a la superficie y controlado en forma tan ligera,
¿qué hará si se suelta esa ligera suspensión? Es un caso perfecto.
¿De qué
estaban hablando? Sólo llegaban ya hasta él susurros.
—Así
pues, si me dieran permiso.
Era de
nuevo el cirujano quien hablaba. ¿Permiso para qué? ¿Por qué no se iban y
dejaban de molestarlo? ¿No era suficientemente duro tener que vigilar, sin que
le hicieran también escuchar? Algo pasó ante sus ojos. Lo miró ciegamente, sin
reconocerlo. Su visión debía estar nublada. Levantó una mano y se frotó los
párpados. Sí, debía tratarse de sus ojos, ya que la visión había desaparecido.
Un pequeño circulo de luz brilló contra el parapeto, cerca de su rostro. Lo
lanzaba una pequeña lámpara. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué miraban? Una mano
apareció en el circulo, una mano de dedos largos y flexibles que se agitaban
sobre un pedazo de papal en el que estaba escribiendo. ¿Querían también que
leyera? ¡No sólo vigilar y escuchar, sino también leer! Reunió todas sus
fuerzas para protestar.
Antes de
que pudiera obligar a sus labios rígidos a moverse, sintió que le desabrochaban
el botón superior de su capote, que una mano se deslizaba por la abertura y
arrojaba algo al bolsillo de su guerrera, inmediatamente por encima de su
corazón. Alguien susurró:
—Lucie de
Tocquelain.
¿Qué
quería decir aquello? Esa no era la palabra de contraseña. Sentía ruidos muy
fuertes en su cabeza, como si se estuviera hundiendo en el agua. ¿Qué era
aquella luz que danzaba ante él, incluso cuando cerraba sus párpados? Abrió los
ojos con dificultad.
Laveller
miró directamente hacia el disco de un sol dorado, que se elevaba por encima de
una hilera de robles. Parpadeó y bajó la mirada. Estaba de pie sobre un césped
verde y suave que le llegaba hasta los tobillos, y que era interrumpido por
pequeñas plantas con florecitas azules. Las abejas se paseaban entre sus
cálices. Entre ellas se deslizaban mariposas de alas amarillentas. Soplaba una
brisa suave, cálida y fragante. De forma rara, no sintió ninguna extrañeza. Era
un mundo absolutamente normal, tal y como debía serlo.
Pero
recordó que en cierto momento había estado en otro mundo, remoto y muy
diferente de este: un mundo lleno de miseria y dolor, de barro manchado de
sangre y suciedad, de frío y humedad; era un mundo lleno de crueldad, cuyas
noches eran disturbadas por el infierno de luces brillantes, los sonidos
cortantes y los hombres atormentados, que trataban en vano de descansar y
dormir, mientras los cadáveres danzaban. ¿Qué era aquello? ¿Había existido en
realidad aquel mundo? Ya no se sentía soñoliento.
Levantó
las manos y se las miró. Estaban rugosas, sucias y llenas de cortaduras.
Llevaba un capote húmedo, sucio y salpicado de barro. Sus piernas estaban
protegidas por botas altas. Junto a un pie incrustado en el lodo había un
manojo de florecitas azules, medio aplastadas. Gimió, con piedad, y se inclinó,
tratando de levantar los capullos rotos.
—¡Ya hay
demasiados muertos, demasiados! —suspiró.
Luego
hizo una pausa. ¡Había llegado desde un mundo de pesadilla! De otro modo, ¿cómo
era posible que en aquel mundo limpio y feliz estuviera tan sucio? Por supuesto
que era así, pero, ¿dónde estaba? ¿Cómo había logrado abrirse paso hasta allí?
¿Se había pronunciado una contraseña?, ¿cuál era? La recordó de pronto.
—¡Lucie
de Tocquelain!
Laveller
gritó ese nombre todavía de rodillas. Una mano suave y pequeña se posó en su
mejilla, y una voz delgada, de tono suave, le acarició los oídos.
—Soy
Lucie de Tocquelain. Y las flores volverán a crecer —dijo—; pero es muy
emocionante que se sienta triste por ellas.
Laveller
se puso en pie de un salto. A su lado se encontraba una muchacha, una joven
esbelta, de unos dieciocho años de edad, cuyo cabello era como una nube
voluptuosa que rodeaba su cabeza diminuta y orgullosa, en cuyos ojos grandes y
de color castaño, posados en él, podía observarse la ternura y una piedad no
exenta de alegría. Peter permaneció en pie silenciosamente, bebiéndosela con la
mirada; su frente blanca, amplia y suave, los labios curvados y rojos, los
hombros blancos y redondeados que destacaban a través del tejido plateado de su
chal; el cuerpo dulce y esbelto en el vestido pendiente y de calidad, con su
cinturón elevado, de cuero.
Era
bastante hermosa, pero a los ojos cansados de Peter era más que eso, como un
manantial que surgía en el árido desierto, el primer soplo de brisa fresca, de
penumbra, sobre una isla agobiada por el calor; la primera visión del paraíso
para un alma surgida de una permanencia de varios siglos en el infierno. Y bajo
la admiración ardiente de sus ojos, los de la joven descendieron hasta el
suelo. Cierto rubor tiñó la garganta blanca y se elevó hacia el cabello oscuro.
—Yo...
soy la señorita de Tocquelain, señor —murmuró—. Y usted...
—Laveller.
Me llamo Peter Laveller —tartamudeó—. Excuse mi brusquedad, pero no sé cómo
llegué aquí, ni tampoco de dónde, con la excepción de que se trataba de un
lugar muy distinto. Y usted es muy hermosa, señorita.
Los ojos
claros volvieron a levantarse durante un instante, con cierta emoción reflejada
en sus profundidades, y volvieron a descender de nuevo. Pero el rubor se hizo
más acentuado. Laveller la observó, mostrando en sus os todo su corazón, que
comenzaba a despertar; luego, se despertó su perplejidad y lo agobió
insistentemente.
—¿Puede
usted decirme qué lugar es este, señorita? —tartamudeó—. ¿Y cómo llegué aquí,
si usted...? —hizo una pausa.
Desde
algún lugar remoto, a muchas leguas en el espacio, un cansancio insoportable
estaba extendiéndose sobre él. Lo sintió acercarse y apoderarse de él, cada vez
más. Se hundía profundamente, y caía, caía... Dos manos suaves y cálidas se
apoderaron de las suyas. Su cabeza cansada se desplomó sobre ellas. De las
palmas pequeñas de aquellas manos se desprendía reposo y fuerza. El cansancio
comenzó a retirarse, poco a poco, hasta desaparecer por completo. Detrás quedó
un deseo incontrolable de llorar, de llorar de alivio porque había pasado el
cansancio, de que el mundo infernal cuyas sombras se arrastraban todavía en su
memoria, estaba tras él, y que estaba allí, con aquella joven. Y sus lágrimas
brotaron, mojando las diminutas manos. ¿Sintió la cabeza de la joven inclinada
sobre la suya, y sus labios que se posaban dulcemente en sus cabellos?
Consiguió sosegarse y levantó la cabeza, con el rostro lleno de vergüenza.
—No sé
por qué he llorado, señorita... —comenzó a decir.
Entonces
se dio cuenta de que los dedos pequeños y blancos de la joven estaban reposando
sobre los suyos. Los soltó, con un terror repentino.
—Lo
siento —tartamudeó—. No debo tocarla...
La joven
alargó la mano rápidamente y volvió a cogerle las manos entre las suyas,
dándole palmaditas, mientras sus ojos relampagueaban.
—Yo no
veo sus manos como usted, señor Pierre —respondió Lucie—. Y aunque lo hiciera,
¿no son para mi sus manchas como trazos de los bravos corazones de los hijos de
los gonfalones de Francia? No piense más en sus manchas, señor, a no ser como
condecoraciones.
¿Francia?
¿Francia? ¡Ese era el nombre del mundo del que había salido, del mundo que
había dejado atrás; donde los hombres trataban inútilmente de dormir y los
cadáveres danzaban! Los cadáveres danzaban. ¿Qué quería decir aquello?
Volvió
sus ojos llenos de extrañeza hacia la joven. Y con un grito de piedad, la
muchacha se apretó contra él.
—Está
usted tan cansado, tan hambriento —se dolió—. No piense más ni trate de
recordar nada, señor, en tanto no haya comido y bebido con nosotros,
descansando un poco.
Se habían
vuelto y Laveller pudo ver, a corta distancia, un castillo. Era alto y severo,
lleno de serenidad y grandeza, con sus torres esbeltas lanzadas hacía el cielo,
como plumas tomadas del casco de algún príncipe altivo. Tomados de la mano,
como niños, la señorita de Tocquelain y Peter Laveller se acercaron a la
construcción, a través del verde césped.
—Ése es
mi hogar, señor —dijo la joven—. Ahí, entre los rosales, mi madre me está
esperando. Mi padre se encuentra lejos y se pondrá triste por no haberlo
conocido, pero ya lo verá cuando usted regrese.
Entonces,
debía regresar. Eso quería decir que no podría quedarse. Pero, ¿adónde tendría
que irse? ¿De dónde debería regresar? Su mente trabajaba febrilmente, se cegaba
y volvía a aclararse. Caminaban entre rosales; por todas partes había rosas,
grandes y fragantes, con capullos abiertos de escarlatas y azafranes, de
colores rosados y blancos; macizos y macizos de flores trepando por las
terrazas y ocultando la base del castillo con sus pétalos fragantes.
Y cuando,
todavía tomados de la mano, pasaron entre ellos, llegaron junto a una mesa
cubierta de manteles níveos y con vajilla de porcelana fina. Una mujer estaba
instalada a la mesa. Peter estimó que acababa apenas de dejar atrás su primera
juventud. Vio que tenía el cabello blanco por el polvo y las mejillas blancas y
sonrosadas como las de un niño. Sus ojos chispeaban y tenían el mismo color
castaño de los de la señorita. Era graciosa, muy graciosa, opinó Peter, como
una gran dama de la antigua Francia. La señorita le hizo una breve reverencia.
—Mamá
—dijo—, te presento al señor Piene la Valliere, un caballero muy valeroso y
galante que ha venido a visitarnos brevemente.
Los ojos
límpidos de la dama lo observaron con mucha atención. Luego, la cabeza blanca
se inclinó y una mano delicada se tendió hacia Peter, sobre la mesa. Comprendió
que debería tomarla y besarla, pero dudó, sintiéndose desgraciado y sucio y
observando sus propias manos, llenas de barro.
—El señor
Pierre no se ve a sí mismo como lo hacemos nosotros —dijo la joven con una
especie de tono alegre de reproche, luego soltó una carcajada que resonó como
el tañido cristalino y acariciador de un carillón de oro—. Madre, ¿hacemos que
se vea las manos como lo hacemos nosotros?
La dama
de cabello blanco sonrió, asintiendo, con una expresión llena de amabilidad en
los ojos y, notó Laveller, al mismo tiempo, con la misma piedad que había
observado en los ojos de su hija, cuando la vio por primera vez. La señorita
tocó ligeramente los ojos de Peter; luego le tomó las manos y le puso las
palmas frente a los ojos. ¡Eran blancas, finas y limpias y, en una forma
extraña, hermosas! Nuevamente un temor profundo se apoderó de él, pero se
impuso su temperamento. Venció su sentimiento de extrañeza, se inclinó
cortésmente, tomó entre sus dedos la mano ofrecida por la dama y la levantó
hasta sus labios.
La mujer
hizo sonar una campanilla de plata. Entre los rosales aparecieron dos hombres
altos, en librea, que tomaron el capote de Laveller. Los seguían cuatro niños
negros, vestidos con ropa alegre, de color escarlata, con bordados dorados.
Llevaban bandejas de plata en las que había carne, pan blanco muy fino y
pastelillos, así como vino en frascos altos de cristal.
Peter
recordó lo hambriento que estaba. Pero de aquella fiesta fue poco lo que
recordó, hasta cierto punto. Lo único que sabía era que estaba sentado allí,
lleno de un gozo y una felicidad mayores que los que había sentido nunca, en
sus veinticinco años de vida. La madre habló muy poco, pero la señorita Lucie y
Peter Laveller conversaron y se rieron como niños, cuando no permanecían en
silencio, bebiéndose el uno al otro con la mirada. En el corazón de Laveller
fue tomando cuerpo una especie de adoración hacia aquella señorita encontrada
de manera tan extraña. Ese sentimiento creció hasta que le pareció que su
corazón era incapaz de contener tanta alegría.
También
los ojos de la joven, cuando reposaban en él, se hacían más suaves, llenos de
ternura y promesas; el rostro orgulloso de la madre, bajo el cabello níveo,
mientras los observaba, tomó la esencia de esa dulzura infinitamente grande que
es el alma de las madonas. Finalmente, la señorita de Tocquelain, al levantar
la mirada y encontrarse con la mirada de su madre, enrojeció, bajó sus largas
pestañas e inclinó la cabeza; luego, volvió a levantar la mirada valerosamente.
—¿Está
contenta, madre? —preguntó con gravedad.
—Estoy
muy contenta, hija —fue la respuesta sonriente.
Repentinamente
sucedió lo increíble, lo más terrible en aquella escena de belleza y paz que
era, dijo Laveller, como el golpe relampagueante descargado por la garra de un
gorila en el pecho de una virgen. Un alarido surgido de lo más profundo del
infierno y que interrumpía los cánticos de los ángeles. A su derecha, entre las
rosas, comenzó a brillar una luz, una luz resplandeciente que lo iluminaba todo
y se apagaba, volvía a iluminar y a apagarse. En esa forma podía distinguir dos
figuras. Una de ellas tenía un brazo pasado en torno al cuello de la otra;
permanecían abrazados bajo la luz, y parecían hacer piruetas, tratando de
liberarse, de lanzarse hacia adelante, regresar y bailar. ¡Eran los cadáveres
que danzaban!
Un mundo
en el que los hombres buscaban reposo, donde trataban de dormir, sin que les
fuera posible hacerlo. En él ni siquiera los muertos hallaban reposo, ¡debían
danzar al ritmo del estallido de los obuses! Peter gruñó, se puso en pie de un
salto y observó la escena, temblando con todo su cuerpo. La joven y la dama
siguieron su mirada rígida, se volvieron de nuevo hacia él y sus ojos estaban
llenos de compasión y lágrimas.
—¡No es
nada! ¡No es nada! ¡Puede ver que no hay nada!
Una vez
más le tocó los párpados y la luz y las figuras oscilantes desaparecieron. Pero
Laveller sabía ya a qué atenerse. En el fondo de su conciencia se agitaba la
marea plena de los recuerdos, en su memoria vio nuevamente el barro y la
suciedad, las manchas y los sonidos desgarradores, la crueldad, la miseria y
los odios; el recuerdo de hombres despedazados y cadáveres atormentados. Sabía
de dónde procedía: de las trincheras. ¡Las trincheras! ¡Se había dormido y todo
aquello no era más que un sueño!
Se había
quedado dormido en su puesto, mientras que sus camaradas confiaban en que
estaba vigilando. Y aquellas dos figuras fantasmales, entre las rosas, eran los
dos escoceses, colocados sobre la alambrada, y que le recordaban cuál era su
deber. Le pedían que regresara. ¡Era preciso que se despertara! ¡Debía
despertarse! Se esforzó desesperadamente en liberarse de aquella ilusión,
obligarse a regresar a aquel mundo endemoniado en el que, durante aquella hora
de encanto, había sido, para su mente, tan sólo como una nube en un horizonte
lejano. Y mientras se esforzaba, la señorita de ojos castaños y la dama de
cabellos blancos lo observaban, derramando lágrimas con una conmiseración
infinita.
—¡Las
trincheras! —gritó Laveller—. Santo cielo, debo despertarme! ¡Debo regresar!
¡Dios santo, despiértame!
—Entonces,
¿no soy yo más que un sueño?
Era la
voz de la señorita Lucie, un poco decepcionada y temblorosa.
—Debo
regresar —gruñó, aunque la pregunta hecha por la joven parecía destrozarle el
corazón—. ¡Déjenme despertar!
—¿Soy un
sueño? —la voz sonaba llena de enojo. La señorita se le acercó—. ¿No soy real?
—un pie diminuto tropezó furiosamente con el de él, una manita ascendió y le
pellizcó con fuerza, cerca del codo. Peter sintió el dolor y se frotó,
mirándola con extrañeza—. ¿Cree usted que soy un sueño? —murmuró la joven.
Levantó
las palmas de las manos, se las colocó en las sienes, haciéndole bajar la
cabeza, hasta que sus ojos quedaron prendidos en los de ella. Laveller observó
y observó, descendiendo hasta las profundidades de aquellos ojos y perdiéndose
en ellos. El aliento cálido y dulce de la joven le acariciaba las mejillas;
fuera donde fuera que estuviera, en todo caso, Lucie no era un sueño.
—¡Pero
debo regresar, debo volver a la trinchera!
Su
carácter de soldado le mostraba el camino que debía seguir.
—Hijo mio
—era la madre quien hablaba—. Hijo mio, estás en tu trinchera.
Peter la
miró, asombrado. Recorrió con los ojos la escena maravillosa que le rodeaba.
Cuando se volvió de nuevo hacia ella, lo hizo con la expresión de un niño
absolutamente perplejo.
La dama
sonrió.
—No tema
—le dijo—. Todo está bien. Está en su trinchera, pero en esa trinchera hace
siglos. Sí, hace doscientos años, si contamos el tiempo como lo hacen ustedes,
y como lo hacíamos también nosotros antes.
Laveller
sintió un sudor muy frío. ¿Estaban locas? ¿Estaba loco él? Su brazo resbaló
sobre un hombro suave; la sensación le hizo recuperarse y le dio fuerzas para
seguir adelante.
—¿Y
ustedes? —se esforzó en preguntar.
Sorprendió
un intercambio rápido de miradas entre las dos mujeres, y como respuesta a una
pregunta no formulada, la madre asintió. La señorita Lucie oprimió sus suaves
manos en el rostro del soldado, y le miró de nuevo a los ojos.
—¡Mi
amor! —dijo con amabilidad—, hemos estado... —vaciló— lo que llaman muertas.,
en tu mundo, durante doscientos años.
Pero
antes de que hubiera podido pronunciar esas palabras, creo que Laveller había
presentido ya lo que iban a decirle, y durante un instante sintió que por todas
sus venas corría el hielo. No obstante, esa sensación de frialdad se desvaneció
tras la exaltación que le recorrió. Se desvaneció como el rocío bajo los rayos
candentes del sol, porque si aquello fuera cierto entonces la muerte no
existía. ¡Y era cierto! ¡Era cierto! Lo supo con una seguridad absoluta y sin
la menor sombra de duda; pero, ¿hasta qué punto su deseo de creer estaba
incluido en aquella seguridad?
Miró al
castillo. ¡Por supuesto! Eran sus ruinas las que había estado viendo cuando el
resplandor de los obuses rompía la oscuridad de la noche, aquel en cuyo sótano
se había acostado a dormir. La muerte, ¡oh, qué corazones más tontos y
temerosos tenían los hombres! ¿Era aquello la muerte? ¿Aquel lugar maravilloso,
lleno de paz y hermosura? ¡Y aquella joven maravillosa, cuyos ojos castaños
eran las llaves de los deseos del corazón! ¡La muerte!
Soltó una
carcajada interminable.
Otro
pensamiento le sorprendió y le corrió como un torrente. Debía regresar a las
trincheras y decirles la gran verdad que habla descubierto. Era como un viajero
procedente de un mundo moribundo que tropieza, de pronto, con un secreto capaz
de hacer que aquel mundo de muerte se convirtiera en un paraíso lleno de vida.
Ya no habla necesidad de que los hombres temieran la metralla de los obuses que
explotaban, las balas que los desgarraban, del plomo o el acero cortante. ¿Qué
podía importarle, si aquello, aquello era la verdad?
Tenía que
regresar a decirselo. Incluso aquellos dos escoceses permanecerían tranquilos
sobre las alambradas cuando se lo susurrara. Pero se olvidaba: ellos ya lo
sabían. Sin embargo, no podían regresar a decirlo, como podía hacerlo él.
Estaba loco de alegría, sintiéndose elevado hasta los cielos, como un semidiós.
Era el portador de una verdad que liberaría al mundo endemoniado de su
infierno; un nuevo Prometeo que le devolvería a la humanidad una llama más
preciosa que la que le devolvió el antiguo.
—¡Debo
irme! —gritó— ¡Debo decírselo! ¡Indíquenme cómo regresar! —lo asaltó una duda;
reflexionó en ello—. Pero no podrán creerme —susurró—. No. Debo llevar pruebas.
Es preciso que lleve algo que se lo demuestre.
La señora
de Tocquelain sonrió. Tomó un pequeño cuchillo de la mesa y, alargando la mano
hacia uno de los rosales, cortó un racimo de capullos, que lanzó hacia las
manos ansiosas del soldado. Antes de que pudiera atraparlas, la señorita lo
había hecho ya.
—¡Espere!
—murmuró—. Le voy a dar otro mensaje.
Sobre la
mesa había tinta y una pluma, y Peter se preguntó cómo habrían llegado allí. No
las había visto antes. Pero, entre tantas maravillas, ¿qué importaba una más?
La
señorita Lucie tenía en la mano un pedazo de papel. Inclinó su cabeza diminuta
y hermosa, y escribió; sopló al papel, lo agitó en el aire para secarlo,
suspiró, le sonrió a Peter y envolvió en él el tallo del racimo de capullos de
rosas, lo colocó en la mesa y alargó la mano, retirando la de Laveller.
—Su
capote —dijo—. Lo necesitará porque ahora debe regresar.
Peter
metió los brazos en la prenda de vestir. Se estaba riendo, pero los ojos
grandes y castaños estaban llenos de lágrimas; la boca roja estaba muy
apretada. Entonces la madre se levantó y volvió a extenderle la mano; Laveller
se inclinó y se la besó.
—Lo
estaremos esperando aquí, hijo mío —le dijo con dulzura—, hasta cuando le
llegue el momento de regresar.
Peter
alargó la mano para tomar las rosas envueltas en el papel. La señorita colocó
una mano sobre ellas y las levantó, antes de que pudiera tocarlas.
—No
deberá leerlo basta que se haya ido —le dijo.
Sus
mejillas y su garganta se cubrieron nuevamente de rubor. Tomados de la mano,
como niños, se apresuraron a atravesar el verde césped, hasta el lugar en que
Peter la vio por primera vez. Se detuvieron una vez allí, mirándose el uno al
otro, con gravedad. Entonces, aquel otro milagro que le había ocurrido a
Laveller, y del cual se había olvidado a causa de su importante descubrimiento,
se presentó nuevamente.
—¡La amo!
—le susurró Peter a su viva, aunque muerta desde hacía tiempo, señorita de
Tocquelain.
Ella
suspiró y se lanzó a sus brazos.
—¡Sé que
me ama! —gritó ella—. Sé que lo hace, mi amor, pero tenía mucho miedo de que se
fuera sin decírmelo.
La joven
levantó sus dulces labios, los oprimió largamente contra los de él y
retrocedió.
—Yo lo
amé desde el primer momento que lo vi, en pie, en ese mismo lugar —explicó—.
Estaré esperándolo aquí cuando regrese. Y ahora debe irse, mi amor; pero
espere... —sintió que una mano se deslizaba al bolsillo de su guerrera y
oprimía algo contra su corazón—. Los mensajes —dijo Lucie—. Tómelos. Y recuerde
que le estaré esperando. Se lo prometo yo, Lucie de Tocquelain.
Peter
sintió como un cántico en su cabeza. Abrió los ojos. Estaba de regreso en la
trinchera, y en sus oídos resonaba todavía el nombre de la señorita, sintiendo
junto a su corazón la presión de su mano.
Tenía la
cabeza vuelta hacia los tres hombres que lo estaban observando. Uno de ellos
tenía un reloj en la mano, era el cirujano. ¿Por qué miraba aquel reloj? ¿Había
permanecido ausente durante mucho tiempo? De todos modos, ¿qué importaba eso,
cuando era portador de un mensaje semejante? Ya no se sentía cansado sino
transformado, lleno de júbilo. Tenía el alma llena de alegría. Olvidándose de
la disciplina, se lanzó hacia los tres hombres.
—¡La
muerte no existe! —les gritó—. ¡Debemos enviar ese mensaje a todos,
inmediatamente! Inmediatamente, ¿lo comprenden? Díganselo al mundo; una
prueba...
Tartamudeaba
en su apresuramiento. Los tres hombres se miraron uno al otro. Su mayor levantó
su lámpara eléctrica de bolsillo, dirigiendo los rayos de luz hacia el rostro
de Peter y mirándolo extrañado. Luego, con calma, avanzó y se colocó entre su
subordinado y el fusil.
—Recupere
el aliento, amigo, y cuéntenos después todo lo ocurrido —dijo.
Parecían
estar muy poco impresionados. Bueno, que esperaran hasta que escucharan lo que
tenía que decirles. Y Peter lo hizo, suprimiendo de su relato, tan sólo, lo que
había sucedido entre él y la señorita. De todos modos, ¿no era esa una cuestión
personal? Lo escucharon en silencio y con gravedad, pero la preocupación
reflejada en los ojos de su mayor fue haciéndose cada vez más profunda, a
medida que avanzaba en su relato.
—Desde
luego, regresé con tanta rapidez como pude para decírselo a todos. Para
liberarnos de todo esto.
Sus manos
trazaron en el aire un amplio circulo, con un gesto de profundo desagrado.
—¡Porque
no importa nada de eso! ¡ Cuando morimos, vivimos! —concluyó.
En el
rostro del hombre de ciencia podía observarse una profunda satisfacción.
—¡Es una
demostración perfecta! ¡Mejor de lo que hubiera podido imaginarme! —le dijo al
mayor, por encima de la cabeza de Laveller—. ¡Cuán grande es la imaginación de
los hombres!
Su voz
tenía cierta tonalidad extraña. ¿Imaginación? Peter comprendió lo que ocurría.
¡No le creían! ¡Pero iba a demostrárselo!
—¡Tengo
pruebas! —les gritó.
Se abrió
el capote, metió la mano en el bolsillo de la guerrera y su mano se cerró sobre
un pedazo de papel que rodeaba a un tallo. ¡Ahora iba a demostrárselo! Lo sacó
y se los mostró.
—¡Miren!
Su voz
sonó como un toque triunfal de trompeta. ¿Qué les pasaba? ¿No alcanzaban a ver?
¿Por qué lo miraban a la cara, en lugar de tratar de comprender qué era lo que
les estaba mostrando? Bajó la mirada hacia lo que tenía en las manos. Luego,
con incredulidad, se lo acercó todavía más a los ojos, sintiendo un sonido en
los oídos, como si el universo se alejara de él, y como si su corazón se
hubiera olvidado de latir. En su mano, con el tallo envuelto en el papel, no se
encontraba el racimo de capullos frescos y fragantes que había cortado para él
la madre de su señorita de ojos castaños. No. No tenía más que un manojo de
capullos artificiales, gastados y rotos, manchados, ajados y viejos. Peter
sintió un enorme desaliento. Miró en forma extraña al cirujano, a su capitán y
al mayor, cuyo rostro reflejaba ya una enorme preocupación e, incluso, cierta
decepción.
—¿Qué
significa eso? —murmuró.
¿Había
sido todo un sueño? ¿No existía la radiante Lucie, excepto en su propia mente?
¿No había ninguna señorita de ojos castaños que le amaba y a la que también él
amaba?
El
científico dio un paso al frente, tomó de entre los dedos flojos el pequeño
manojo de capullos ajados y el pedazo de papel resbaló, permaneciendo en la
mano del soldado.
—Naturalmente,
se merece usted saber con exactitud lo que le ha estado sucediendo, amigo mío
—le dijo la voz citadina y que denotaba una gran capacidad—. Sobre todo,
después de la reacción que tuvo usted ante nuestro pequeño experimento —añadió,
riéndose de manera agradable.
¿Experimento?
¿Experimento? Una rabia sorda comenzó a desarrollarse en el interior de Peter.
La furia se iba apoderando lentamente de él.
—¡Señor!
Era el
mayor quien lo llamaba, advirtiéndolo en cierto modo, según parecía, preocupado
por su distinguido visitante.
—No se
inquiete, mayor —siguió diciendo el gran hombre—. Se trata de un muchacho de
elevada inteligencia y educado, lo cual puede verse por el modo en que se
expresó. Estoy seguro de que lo comprenderá.
El mayor
no era científico, sino un francés, humano y con una imaginación propia. Se
encogió de hombros, pero se acercó un poco más al fusil que reposaba en el
suelo.
—Estuvimos
conversando sus oficiales y yo —siguió diciendo la voz del visitante—. Los
sueños son el esfuerzo hecho por las mentes semidormidas para explicar algún
contacto, algún sonido poco familiar, o cualquier cosa que amenace al sueño.
Por ejemplo, alguien que está adormecido tiene cerca una ventana rota, que
cruje. El que duerme oye, su consciente se empeña en darse cuenta de todo, pero
el control ha pasado ya al subconsciente. Este último entra en acción,
acomodándose a las circunstancias, pero no puede responder, y sólo puede
expresarse por medio de imágenes. Toma el sonido y fabrica un pequeño romance
en torno a él. Hace lo mejor que puede para explicarlo. Desgraciadamente, lo
mejor que puede hacer es fabricar una mentira, más o menos fantástica, reconocida
como tal por la conciencia, en el momento en que despierta. Y el movimiento del
subconsciente en esa presentación de imágenes es inconcebiblemente rápido.
Puede representar, en una fracción de segundo, toda una serie de incidentes
que, si ocurrieran en realidad, necesitarían varias horas o incluso días. ¿Me
ha comprendido hasta ahora? ¿Reconoce quizá la experiencia que acabo de
describirle? Desde luego, debería hacerlo.
Laveller
asintió. La rabia amarga que lo consumia estaba haciéndose cada vez más fuerte.
Sin embargo, exteriormente parecía calmado, prestando toda su atención. Deseaba
escuchar lo que aquel demonio tan satisfecho había hecho con él y luego...
—Sus
oficiales estaban en desacuerdo con algunas de mis conclusiones. Lo vi a usted
aquí cansado, concentrado en el deber presente, medio hipnotizado por la
tensión y el continuo encenderse y apagarse de las luces. Era usted un sujeto
clínico perfecto, un testigo de laboratorio excelente...
¿Podría
impedir que sus manos se cerraran sobre aquella garganta, antes de que hubiera
concluido su explicación? Laveller se lo estaba preguntando.
Lucie, su
Lucie, era una mentira fantástica.
—Tranquilícese,
amigo mío —le susurró el mayor. Cuando atacara debería hacerlo con rapidez ya
que aquel oficial estaba demasiado cerca. No obstante, debía ocuparse de su
vigilancia, en su lugar, observando a través de la rendija, entre los sacos de
arena. Quizá estuviera mirando hacia afuera cuando saltara Peter.
—Y así
pues —el tono de voz del cirujano era como el de un profesor dando una
conferencia a nuevos doctores en una clínica—, así pues, tomé un pequeño manojo
de flores artificiales que encontré entre las hojas de un antiguo misal, que
recogí en las ruinas del castillo. En un pedazo de papel escribí una frase en
francés, porque pensé que era usted de esa nacionalidad. Era una frase simple
de la balada de Aucassin y Nicolette:
Y ella lo
espera, para saludarlo, cuando todos sus días hayan pasado.
—Asimismo,
hahia un nombre escrito en la portada del misal. Sin duda el de su propietaria,
fallecida desde hacía ya mucho tiempo: Lucie de Tocquelain.
¡Lucie!
La rabia y el odio de Peter quedaron sumidos ante un gran impulso de ansiedad
que se hizo más fuerte que nunca.
—Por
consiguiente, pasé el manojo de flores ante sus ojos que no veían, que no veían
conscientemente, quiero decir, porque estaba seguro de que su subconsciente
tomaría buena nota. Le mostré la línea escrita. Su subconsciente la absorbió
también, con la sugestión de una aventura amorosa, una separación y una espera.
Envolví el tallo de las flores en el papel y le metí ambas cosas en el
bolsillo, susurrándole al oído el nombre de Lucie de Tocquelain. El problema
consistía en saber qué haría su subconsciente con esas cuatro cosas: las viejas
flores, la sugestión de la frase escrita, el contacto y el nombre susurrado.
¡Era en verdad un problema fascinante! Y apenas había retirado la mano, casi
antes de que mis labios se cerraran sobre las palabras que acababa de
pronunciar, cuando se volvió usted hacia nosotros gritándonos que no existía
nada semejante a la muerte; explicándonos, a renglón seguido, ese relato tan
notable, construido totalmente por su imaginación.
Pero no
siguió hablando, la rabia mortal de Laveller había roto todos sus controles. Se
abalanzó hacia adelante, lleno de furia, lanzándose, sin producir ningún
sonido, hacia la garganta del cirujano. Sus ojos despedían chispas, como si
tuvieran llamas rojas y vivas. Lo matarían por ello, pero le quitaría la vida a
aquel adversario de sangre fría que era capaz de sacarle a un hombre del
infierno, hacerle entrever el paraíso y permitir que regresara una vez más a un
infierno que era ya cien veces más cruel debido a la pérdida de la esperanza
para toda la eternidad. Antes de que pudiera hacer daño, unas manos fuertes lo
sujetaron, reteniéndole. La cortina de color escarlata brillaba ante sus ojos;
luego desapareció. Pensó escuchar una voz llena de ternura y musical, que le
susurraba:
—¡No es
nada! ¡ No es nada! ¡Tienes que verlo, como lo hago yo!
Estaba de
pie entre sus oficiales, que lo sujetaban a ambos lados. Guardaban silencio,
observando al cirujano de rostro repentinamente pálido, con una expresión
bastante fría y llena de animosidad.
—¡Amigo
mío, amigo mío —la placidez y la calma habían abandonado al científico—. No lo
comprendo. De ningún modo. Nunca pensé que lo tomaría tan en serio.
Laveller
les habló a sus oficiales con calma:
—Todo ha
pasado, señores. Ya no necesitan sujetarme.
Lo
miraron, lo soltaron y le dieron palmaditas en el hombro, mientras observaban a
su visitante con la misma frialdad. Peter, con movimientos inseguros, se volvió
hacia el parapeto. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Su cerebro, su corazón
y su alma no eran sino una desolación, un desperdicio extraordinariamente árido
de esperanza e, incluso, de todo deseo de seguir esperando. Aquel mensaje suyo,
la verdad sagrada que iba a hacer que se afirmaran los pies de un mundo
atormentado, en el sendero del paraíso, era sólo un sueño. Lucie, su señorita
de ojos castaños, que le había susurrado su amor, era un objeto que se componía
de una sola palabra, un contacto, una frase escrita y flores artificiales. No
podía ni deseaba creerlo. Todavía sentía el contacto de sus dulces labios
contra los suyos. Su cuerpo cálido que temblaba entre sus brazos. Y le había
dicho que regresaría, prometiéndole esperarlo.
Laveller
arrugó el pedazo de papel con furia, lo levantó y se dispuso a tirarlo a sus
pies. Alguien pareció detenerle la mano. Con lentitud desplegó el mensaje.
Los tres
hombres que lo observaban vieron que en su rostro se extendia una expresión
llena de felicidad parecida a la de un alma redimida de la tortura infinita. Su
pena y su dolor desaparecieron, dejándole, una vez más, lleno de alegría.
Permaneció en pie, soñando, con los ojos muy abiertos. El mayor dio un paso al
frente, le quitó a su subordinado el papel con suavidad y se dispuso a leerlo.
En ese momento, varias luces aparecieron en el cielo y la trinchera estaba muy
iluminada, de modo que era imposible leer con facilidad lo escrito. En su
rostro, cuando lo alzó, se reflejaba una profunda impresión.
Y cuando
los demás le quitaron el papel y lo leyeron, en sus rostros apareció aquella
misma expresión de incredulidad. Sobre la frase que había escrito el cirujano
había tres líneas en francés antiguo:
No temas,
mi amor, no temas por las apariencias...
Después
de los sueños viene el despertar.
Quien te
ama, LUCIE
Ese era
el relato de McAndrews, y fue Hawtry quien rompió al fin el silencio que
siguió.
—Por
supuesto, esas frases debían haber estado ya en el papel —dijo—. Probablemente
estaban poco marcadas, y su cirujano no las había visto. Estaba lloviznando, de
modo que la humedad las hizo resurgir.
—No
—respondió McAndrews—. No había nada antes.
—¿Cómo
puede estar usted tan seguro de ello? —insistió el sicólogo.
—Porque
yo era ese cirujano —declaró McAndrews, con calma—. El papel era una página
arrancada de mi libreta de notas. Cuando enrollé en él el manojo de flores,
estaba limpio, con excepción de la frase que yo mismo había escrito. Además,
había otra, bueno, ¿podriamos llamarle otra prueba, John? La escritura del
mensaje de Laveller era la misma que la que vi en la misiva en que estaban
encerradas las flores. Y la firma Lucie, era exactamente la misma, curva por
curva y trazo por trazo, con el mismo estilo anticuado.
Siguió un
silencio prolongado, roto una vez más, con brusquedad, por Hawtry.
—¿Qué
pasó con el papel? —inquirió—. ¿Se analizó la tinta? ¿Trató usted de...?
—Mientras
permanecíamos allí, haciéndonos preguntas —lo interrumpió McAndrews—, se abatió
sobre la trinchera un soplo violento de viento que me arrebató el papel de las
manos, llevándoselo. Laveller lo observó, sin hacer ningún esfuerzo por
recuperarlo.
—Ya no
importa. Ahora lo sé —dijo. Y me sonrió, con la felicidad de un niño lleno de
gozo—. Perdóneme, doctor, Es usted el mejor amigo que he tenido. Creí, al
principio, que me había hecho lo que ningún hombre puede hacerle a uno de sus
prójimos. Ahora comprendo que hizo por mí lo que ningún otro hombre pudiera
hacer.
Y eso es
todo. Permaneció durante toda la guerra sin buscar la muerte, ni evitarla.
Llegué a amarlo como a un hijo. Se hubiera muerto después de Mount Kemmel, de
no haber sido por mí. Deseaba vivir lo suficiente para despedirse de su padre y
su hermana, y lo curé. Fue a despedirse, y luego regresó a la antigua
trinchera, a la sombra del viejo castillo en ruinas, donde había encontrado a
su señorita de ojos castaños.
—¿Por
qué? -preguntó Hawtry.
—Porque
pensó que desde allí podría regresar con mayor rapidez junto a ella.
—Esa
conclusión me parece absolutamente desprovista de fundamento —dijo el sicólogo
con irritación, casi con enojo—. Todo eso debe tener alguna explicación natural
y simple.
—Por
supuesto, John —le respondió el cirujano, en tono apaciguador—. Por supuesto
que existe. Díganosla usted, ¿quiere?
Pero
Hawtry, según parecía, no podía ofrecer ninguna explicación en absoluto.
_____________________________
Abraham
Merritt (1884-1943)

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