© Libro N° 12018.
Los Caprichos Del Destino. Henry, O.
Emancipación. Diciembre 23 de 2023
Título original: ©
The Shocks Of Doom, O. Henry
Versión Original: © Los Caprichos Del Destino. O. Henry
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
O. Henry
Los
Caprichos Del Destino
O. Henry
Existe
una aristocracia de los parques públicos, e incluso de los vagabundos que los
emplean como apartamentos privados. Vallance era un novato en la materia, pero
cuando emergió de su mundo para internarse en el caos, sus pasos lo llevaron
directamente a Madison Square.
Seco y
adusto como una colegiala -de las de antes-, el joven mayo suspiraba con
austeridad entre los árboles florecientes. Vallance se abotonó la chaqueta,
encendió su último cigarrillo y se sentó en un banco. Durante tres minutos
lamentó la pérdida de los últimos cien de sus últimos mil dólares, arrebatados
por un policía motorizado que había puesto fin a su última correría en
automóvil. Luego se revisó todos los bolsillos y no encontró un solo centavo.
Aquella mañana había dejado su apartamento. Los muebles habían servido para
pagar ciertas deudas. Su ropa, salvo la que tenía puesta, había pasado a manos
de su criado, en concepto de salarios atrasados. Y allí estaba, en una ciudad
que no le deparaba una cama, una langosta asada, un pasaje de tranvía, un clavel
para la solapa, a menos que los obtuviera dando un sablazo a sus amigos o
mediante algún engaño. Por lo tanto, había elegido el parque.
Y todo
por culpa de un tío que lo había desheredado, pasándole de una generosa
asignación a la nada. Y todo porque su sobrino lo había desobedecido con
respecto a cierta muchacha que no entra en esta historia, razón por la cual los
lectores que hayan comenzado a interesarse por ese lance no deben avanzar más.
Existía otro sobrino, de una rama diferente, que en un tiempo había despuntado
como probable heredero favorito. Falto de gracia y esperanza, había
desaparecido en el fango largo tiempo atrás. Ahora rastreaban su paradero:
debía ser rehabilitado y devuelto a su posición. De modo que Vallance, como
Lucifer, había caído aparentemente a la sima más honda, reuniéndose así con los
andrajosos fantasmas del pequeño parque.
Allí
sentado, se reclinó a sus anchas en la dura madera del banco y, sonriendo,
lanzó un chorro de humo hacia las ramas más bajas de un árbol. La repentina
ruptura de todos sus vínculos vitales le había acarreado una alegría libre,
estremecedora, casi exultante. Era la misma sensación del aeronauta que se
aferra al paracaídas y deja que su globo se aleje sin rumbo.
Eran casi
las diez. En los bancos no había demasiados vagabundos. El morador del parque,
si bien combate tercamente al frío otoñal, es lento en atacar a la vanguardia
del ejército primaveral. Entonces alguien abandonó su banco, cerca del surtidor
saltarín, y fue a sentarse al lado de Vallance. No era ni joven ni viejo; las
pensiones baratas le habían contagiado un olor a moho; peines y navajas no
tenían tratos con él, en su cuerpo la bebida había sido embotellada y
etiquetada bajo la vigilancia del diablo. Pidió una cerilla, lo cual suele
servir de presentación entre esa clase de banqueros, y después comenzó a
hablar.
-Usted no
es de los habituales -le dijo a Vallance-. Reconozco la ropa hecha a la medida
apenas la veo. Usted sólo ha parado aquí un momento. ¿Le molesta que le hable
mientras tanto? Es que he de estar con alguien. Tengo miedo, tengo miedo. Se lo
he dicho a dos o tres de esos gandules que hay por ahí. Creen que estoy loco.
Escuche, escuche lo que le voy a decir: todo lo que me queda para comer hoy son
dos rosquillas y una manzana. Mañana me presento para heredar tres millones, y
aquel restaurante que ve allí, todo rodeado de coches, me resultará demasiado
barato. No me cree, ¿verdad?
-Almorcé
en ese restaurante ayer -dijo Vallance riéndose- sin el menor problema. Esta
noche no podría pagar los cinco centavos de una taza de café.
-Usted no
parece uno de nosotros. Bien, supongo que esas cosas suceden. Hace algunos años
yo estaba en la cumbre. ¿Qué fue lo que lo hizo caer?
-Oh...,
yo... perdí mi trabajo -dijo Vallance.
-Esta
ciudad es la esencia del Hades -continuó el otro-. Un día uno come en porcelana
china, y al día siguiente come a lo chino: un puñado de arroz. He tenido muy
mala suerte. Hace cinco años que no soy más que un mendigo. Me criaron para
vivir a lo grande y no hacer nada. No me importa decírselo, sabe; he de hablar
con alguien porque tengo miedo; ¿se da cuenta?, tengo miedo. Me llamo Ide.
Usted no me creerá si le digo que el viejo Paulding, uno de los millonarios de
Riverside Drive, era tío mío. ¿Me cree? Y bien, así es. En otro tiempo viví en
su casa y tuve todo el dinero que me dio la gana. Oiga, ¿por casualidad no
tendrá para pagar un par de copas, señor...? ¿Cómo se llama usted?
-Dawson
-dijo Vallance-. No; lamento declarar que financieramente estoy liquidado.
-Hace una
semana que vivo en un depósito de carbón de la Calle Division -prosiguió Ide-,
con un granuja llamado Blinky Morris. No tenía otro sitio adónde ir. Hoy,
mientras estaba fuera, se ha presentado un tipo con un montón de papeles,
preguntando por mí. Yo he pensado que era un policía de paisano, así que no he
vuelto hasta la noche. Había una carta esperándome. Oiga, Dawson; era de Mead,
un gran abogado de la ciudad. He visto su placa en la Calle Ann. Paulding
pretende convertirme en el sobrino pródigo, quiere que regrese, vuelva a ser su
heredero y despilfarre su dinero. Mañana, a las diez, he de presentarme en la
oficina del abogado para calzar otra vez mis viejos zapatos... Heredaré tres
millones, Dawson, y me darán diez mil dólares al año. Y tengo miedo... Tengo
miedo.
El
vagabundo se puso en pie de un salto y se llevó los brazos temblorosos a la
cabeza. Contuvo la respiración y lanzó un gemido histérico. Vallance lo agarró
del brazo y le obligó a sentarse.
-¡Serénese!
-ordenó en un tono parecido al del asco-. Se diría que ha perdido usted una
fortuna, en lugar de haberla ganado. ¿De qué tiene miedo?
Encogido
en el banco, Ide se estremeció. Agarró la manga de Vallance e, incluso al débil
resplandor de las luces de aquella avenida de donde éste fuera expulsado, se
podían ver en los ojos del otro lágrimas impelidas por un extraño terror.
-Temo que
me pase algo antes del amanecer. No sé qué... Algo que me impida alcanzar ese
dinero. Tengo miedo de que me caiga un árbol encima, de que me atropelle un
coche, o me aplaste una cornisa o algo por el estilo. Nunca había sentido esto.
He pasado cientos de noches en este parque, tan en calma como una figura de
piedra, sin saber cómo iba a desayunar. Pero ahora es diferente. Yo adoro el
dinero, Dawson, soy feliz como un dios cuando lo palpo, cuando la gente se
inclina a mi paso, cuando me veo rodeado de música, flores y ropa cara.
Mientras supe que estaba fuera del juego no me preocupé. Hasta pasé momentos
felices sentado aquí, andrajoso y hambriento, escuchando el rumor de la fuente
y mirando los coches de la avenida. Pero ahora que está nuevamente al alcance
de mi mano..., no soy capaz de soportar las doce horas de espera, Dawson, no
soy capaz. Hay cincuenta cosas que pueden sucederme... Podría quedarme ciego,
podría sufrir un ataque al corazón, el mundo podría acabarse antes de...
Ide
volvió a ponerse en pie con un chillido. En los bancos la gente se agitó y
empezó a mirar. Vallance lo tomó del brazo.
-Vamos,
caminemos -le dijo suavemente-. Y trate de calmarse. No hay por qué excitarse o
preocuparse. Todas las noches son iguales.
-Es
verdad -dijo Ide-. Quédese conmigo, Dawson... Usted es un buen tipo. Andemos
juntos un poco. Jamás he estado así de deshecho, y eso que he sufrido muchos
golpes duros. ¿Cree usted que podría conseguir algo de comer, amigo? Temo que
estoy demasiado nervioso para mendigar.
Vallance
condujo a su compañero por una casi desierta Quinta Avenida, y luego hacia el
oeste, por la Treinta, hacia Broadway.
-Espere
aquí un momento -dijo dejando a Ide en un lugar silencioso, entre las sombras.
Entró en un conocido hotel y se encaminó hacia la barra con la soltura de otros
tiempos.
-Mira,
Jimmy, fuera hay un pobre diablo -explicó al camarero- que dice tener hambre,
me parece que es cierto. Ya sabes lo que esa gente hace si les das dinero.
Prepárale un par de sándwiches, y yo me ocuparé de que no los tire por ahí.
-Seguro,
señor Vallance -dijo el camarero-. No todos son mentirosos. Y no me gusta que
nadie se muera de hambre.
Envolvió
en una servilleta una generosa ración del menú libre. Vallance salió con ella y
se reunió con su compañero. Ide se abalanzó sobre la comida con una avidez
famélica.
-En todo
el año no había comido un menú como éste -declaró-. ¿No va a probarlo, Dawson?
-Gracias,
no tengo hambre -dijo Vallance.
-Volvamos
a la plaza -propuso Ide-. Allí no nos molestarán los polis. Guardaré el resto
del jamón y lo demás para el desayuno. No comeré más. Tengo miedo de
enfermarme. ¡Imagínese que muera de un calambre y jamás llegue a tocar el
dinero! Todavía faltan once horas para ver al abogado. Usted no me abandonará,
¿verdad, Dawson? Temo que pueda sucederme algo. Usted no tiene adónde ir,
¿verdad?
-No -dijo
Vallance-. Esta noche no tengo casa.
-Si es
verdad lo que me ha contado -continuó Ide-, se lo toma usted con mucha calma.
Juraría que cualquier hombre que se quedara en la calle después de perder un
buen trabajo, estaría arrancándose los pelos.
-Creo
haber señalado ya -dijo Vallance- que, para mí, un hombre en situación de
recibir una fortuna debería sentirse alegre y sereno.
-Es
curioso -filosofó Ide- ver cómo la gente se toma las cosas. Aquí está su banco,
Dawson, justo al lado del mío. En este lugar la luz no le dará en los ojos.
Oiga, Dawson, cuando vuelva a casa haré que el viejo escriba una carta de
recomendación para que usted encuentre trabajo. Me ha ayudado mucho esta noche.
De no haber dado con usted, no habría sobrevivido.
-Gracias
-dijo Vallance-. ¿Se duerme sentado o tumbado?
Durante
horas, casi sin parpadear, Vallance contempló las estrellas a través de las
ramas de los árboles y escuchó el agudo retumbar de los cascos de los caballos
que, sobre el mar de asfalto, pasaban hacia el sur. Si bien mantenía la mente
activa, sus sentimientos se habían adormecido. Parecía como si le hubiesen
extirpado toda emoción. No sentía pena ni angustia, ni dolor ni incomodidad.
Hasta cuando pensaba en la muchacha, le daba la impresión de que ella habitaba
una de las estrellas remotas que estaba contemplando. Recordó las absurdas
bufonadas de su compañero y se rió quedamente, pero sin regocijo alguno. Pronto
el ejército cotidiano de carros de lechero convirtió la ciudad en un tambor
bramante al compás del cual marchaban. Vallance se durmió en el incómodo banco.
Al día
siguiente, a las diez, ambos se presentaron a la puerta del despacho del
abogado Mead, en la Calle Ann. A medida que se aproximaba la hora, los nervios
de Ide iban de mal en peor; y Vallance no se decidía a entregarlo a los
peligros que temía. Cuando entraron en el despacho, Mead los miró estupefacto.
Vallance y él eran viejos amigos. Después de saludarlo se volvió hacia Ide,
quien se hallaba lívido y temblequeante, al borde de la presumible crisis.
-Anoche
envié a su dirección una segunda carta, señor Ide -dijo el abogado-. Le informa
que el señor Paulding ha reconsiderado la propuesta de acogerlo una vez más
bajo su protección. Ha decidido no hacerlo, y desea comunicarle que esto no
afectará las relaciones entre ustedes.
El
temblor de Ide cesó repentinamente. Su rostro recuperó el color, y enderezó la
espalda. Adelantó tres centímetros la mandíbula y en sus ojos despuntó un
fulgor. Retiró con una mano su estropeado sombrero, y tendió la otra, de dedos
rígidos, al abogado. Aspiró profundamente y acabó por lanzar una risa
sardónica.
-Dígale
al viejo Paulding que se puede ir al infierno -dijo con voz clara y rotunda, y,
dándose la vuelta, salió del despacho con paso firme y vivo.
Mead giró
sobre sus talones para enfrentarse a Vallance, y sonrió.
-Me
alegro de que hayas venido -dijo de buen humor-. Tu tío quiere que vuelvas a
casa enseguida. Ha reflexionado sobre la situación que produjo su apresurada
decisión, y desea comunicarte que a partir de ahora todo volverá a ser como...
Mead
interrumpió la frase y gritó a su ayudante:
-¡Eh,
Adams! Traiga un vaso de agua... El señor Vallance acaba de desmayarse.
_______________________
O. Henry
(1862-1910)

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