© Libro N° 12002.
Técnica Y Civilización. Mumford,
Lewis. Emancipación. Diciembre 23 de 2023
Título original: ©
Técnica Y Civilización. Lewis Mumford
Versión Original: © Técnica Y Civilización. Lewis Mumford
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/tecnicaycivilizacion/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://co.pinterest.com/pin/342203271703537222/
Portada
E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/tecnicaycivilizacion/imagenes/portada.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Lewis Mumford
Técnica Y
Civilización
Lewis
Mumford
CONTENIDO
Agradecimientos
Introducción
Corrigenda
Objetivos
1.
Preparación cultural
2.
Agentes de la mecanización
3. La
fase eotécnica
4. La
fase paleotécnica
5. La
fase neotécnica
6.
Ventajas e inconvenientes
7.
Asimilación de la maquinaria
8.
Orientación
Lista de
inventos
Bibliografía
Agradecimientos
Mi deuda
principal, en todo este trabajo, la tengo contraída con mi maestro, el
fallecido Patrick Geddes. Sus escritos publicados hacen pálidamente justicia a
la magnitud, alcance y originalidad de su mente, pues era uno de los pensadores
sobresalientes de su generación, no sólo en Gran Bretaña, sino en el mundo.
Desde sus primeras obras sobre The Classification of Statistics (La
clasificación de las estadísticas) hasta sus últimos capítulos en el estudio en
dos volúmenes de Life, escritos con J. Arthur Thomson, estuvo
interesado continuamente en la técnica y la economía como elementos en esa
síntesis del pensamiento y esa doctrina de la vida y la acción para los que
puso los cimientos. Los documentos inéditos de Geddes se están reuniendo y
publicando ahora en la editorial Outlook Tower en Edimburgo.
Inmediatamente después de la inmensa deuda que tengo con Geddes está la que
tengo con otras dos personas: Victor Branford y Thorstein Veblen. Con los tres
tuve el honor de mantener un contacto personal, y para aquellos que ya no pueden
tener esta oportunidad he incluido en la bibliografía una lista bastante
completa de sus obras, con algunas que no se refieren directamente al tema de
que se trata este libro.
En la
preparación de esta obra me complazco en recordar la ayuda y el interés
provechosos de las personas que siguen: el señor Thomas Beer, el doctor
ingeniero Walter Curt Beherendt, el señor M. D. C. Crawford, el doctor Oskar
von Miller, el profesor R. M. MacIver, el doctor Henry A. Murray, Jr., el
profesor Charles R. Richards y el doctor H. W. Van Loon. Por lo que se refiere
a la crítica de ciertos capítulos del manuscrito debo dar mis calurosas gracias
a los señores J. G. Fletcher, J. E. Spingarn y C. L. Weis. En cuanto a la
atenta y minuciosa crítica del libro en uno u otro de sus borradores por parte
de la señorita Catherine K. Bauer, del profesor Geroid Tanquary Robinson, y de
los señores James L. Henderson y John Tucker, Jr., me encuentro ante tal obligación
que resultaría difícil de soportar si la amistad no estuviera dispuesta a
confirmarla. Por la ayuda en la recogida de ilustraciones históricas estoy
particularmente en deuda con el señor William M. Ivins y sus ayudantes del
Metropolitan Museum of Art. Finalmente, debo dar mis más cordiales gracias a la
John Simon Guggenheim Foundation no sólo por la beca parcial que en 1932 me
permitió pasar cuatro meses en investigación y meditación en Europa, sino
también porque aquellos meses fructíferos modificaron el alcance y dimensión de
toda la obra.
L. M.
La
primera redacción de este libro fue escrita en 1930 y la segunda fue completada
en 1931. Hasta 1932 mi propósito era tratar de la máquina, la ciudad, la
región, el grupo y la personalidad en un solo volumen. Al tratar de la sección
sobre técnica fue necesario aumentar la escala de todo el proyecto, por lo que
el presente libro sólo cubre una parte limitada del primer borrador. Si bien
Técnica y Civilización constituye una unidad, ciertos aspectos de la máquina,
tales como su relación con la arquitectura, y ciertos aspectos de la
civilización que a la larga pueden afectar el curso de la técnica quedan para
ser tratados en otro momento.
L. M.
Introducción
a la edición Harbinger
Technics
and Civilization (Técnica y Civilización) se publicó por
primera vez en 1934. En aquel tiempo, aunque los estudiosos a menudo
caracterizaban el período actual con el nombre de la “edad de la máquina” con
todo, buscaban sus comienzos en el siglo XVIII; pues A. J. Toynbee, un pariente
del actual historiador, hacia 1880 había aplicado el término “la revolución
industrial” a las innovaciones técnicas que entonces habían tenido lugar. Y
mientras los antropólogos y arqueólogos dedicaron la debida atención al equipo
técnico de los pueblos primitivos, exagerando a veces el efecto formativo de
los instrumentos, apenas si se trató de la más amplia influencia de la técnica,
sobre las culturas humanas; lo útil y lo práctico aún quedaba fuera del reino
de lo bueno, lo verdadero y lo bello.
Technics
and Civilization rompió con este descuido tradicional de la
tecnología: no solamente resumió por primera vez la historia técnica de los
últimos mil años de la civilización occidental, sino que reveló el constante
juego recíproco entre el “milieu” social —monasticismo, capitalismo, ciencia,
diversión, lujo, guerra— y las realizaciones más específicas del inventor, el
industrial y el ingeniero. Mientras Carlos Marx creyó erróneamente que las
fuerzas técnicas (el sistema de producción) se desarrollaban de manera
automática y determinaban el carácter de las demás instituciones, este nuevo
análisis demostró que la relación era recíproca y multilateral: que un juego de
niños podía conducir a un nuevo invento, como el cinematógrafo, o que el
antiguo sueño de la comunicación instantánea a distancia podía impulsar a Morse
a inventar el telégrafo eléctrico.
El tema
de este libro fue primeramente tratado en un ensayo llamado “The Drama of the
Machines” publicado en la revista Scribner agosto 1930. En
este ensayo decía yo:
“Si
deseamos tener una clara noción acerca de la máquina, debemos pensar en sus
orígenes tanto psicológicos como prácticos; y de manera análoga, debemos
valorar sus resultados estéticos y éticos. Durante un siglo hemos aislado los
triunfos técnicos de la máquina; y nos hemos inclinado ante la obra del
inventor y del científico; alternativamente hemos exaltado aquellos nuevos
instrumentos por su éxito práctico y los hemos despreciado por la limitación de
sus logros.
”Cuando
se examina el tema nuevamente, sin embargo, muchas de estas estimaciones
resultan trastornadas. Encontramos que en la maquinaria existen valores humanos
que no sospechábamos; también encontramos que hay despilfarros, pérdidas y
alteraciones de energía que el economista corriente ocultaba cuidadosamente.
Los inmensos desplazamientos materiales que la máquina ha realizado en nuestro
ambiente físico son quizá, a largo plazo, menos importantes que sus
contribuciones espirituales a nuestra cultura”.
Las
intuiciones que llevaron a este nuevo examen tenían sus raíces en mi
experiencia personal. A los doce años, construí mi primer aparato de radio, y
pronto me vi escribiendo pequeños artículos para revistas técnicas populares
dando cuenta de los perfeccionamientos de mi radio. Este interés me llevó a
entrar en la Stuyvesant High School, en donde aprendí los rudimentos de una
educación científica y técnica adecuada, y me familiaricé en particular con las
herramientas básicas y los procedimientos mecánicos de ebanistería, herrería,
con el tornear madera y metal y con el trabajo de fundición. Unos años más
tarde, trabajé como ayudante de laboratorio en el de pruebas de cemento de la
U. S. Bureau of Standards (Oficina de normas de los Estados Unidos), entonces
en Pittsburg, y me vi sumergido en ese clásico ambiente paleotécnico.
Mi “Drama
of the Machines” me proporcionó una invitación del profesor R. M. MacIver para
dar un curso de ampliación sobre “La Era de la Máquina” en la Universidad de
Columbia: que yo sepa el primer curso de esta especie, que trataba de los
aspectos de la tecnología tanto económicos como prácticos, que se impartiera en
el mundo. La labor preparatoria de este curso proporcionó no solamente los
materiales necesarios, sino también el incentivo para escribir este libro; y en
1932 rematé mis estudios anteriores realizando un viaje de estudios exhaustivo
a los museos y bibliotecas técnicas de Europa, particularmente los de Viena,
Münich, París y Londres. Como resultado de todo ello tanto la bibliografía
de Technics and Civilization como la lista de invenciones
llegaron a ser más adecuadas que cualquier otra cosa de la que se pudiera
disponer entonces, siendo aún útiles hoy día.
La
filosofía y el método subyacente a Technics and Civilization desafiaron
deliberadamente muchas opiniones corrientes de los estudiosos, en particular
los procedimientos estereotipados que impedían al investigador valorar
debidamente más de un pequeño segmento aislado de su tema y estimar los
productos derivados sociales y culturales de los desarrollos técnicos. Al
presentar el desarrollo técnico dentro del marco de una ecología social más
general, evité el sesgo corriente de considerarlo como el factor dominante de
mayor importancia, como aún hace hoy la gente cuando caracteriza con ingenuidad
nuestro período como la Edad del avión de reacción, la Edad nuclear, la Edad
del cohete o la Edad espacial. El hecho que este reto a antiguas formas de
pensamiento no haya sido aún ampliamente aceptado constituye quizá el mejor
motivo para publicar esta nueva edición en su forma original sin
modificaciones.
No pido
disculpas por no tratar los desarrollos técnicos de los últimos treinta años:
incluso los historiadores profesionales especializados escapan aun ante esta
formidable tarea. Por una razón diferente no he hecho esfuerzo alguno por
corregir el texto original para que correspondiera a conocimientos ulteriores y
a mi propia visión más profunda. En cambio, he efectuado revisiones y adiciones
a una serie de ensayos y capítulos, publicados algunos en la revista “Technology
and Culture”, otros en “Proceedings of the American Philosophical
Society”, y otros en mis libros Art and technics (1952)
(Arte y Técnica), In the Name of Sanity (1954), y The
Transformations of Man (1956) (Las Transformaciones del Hombre). Si la
suerte me favorece me propongo llevar a cabo estas nuevas interpretaciones más
adelante en otro libro, The Myth of the Machine (El Mito de la
Máquina). En dicha obra, examinaré ciertos aspectos negativos de la técnica
actual ya visibles en culturas antiguas, y ampliaré mi capítulo sobre
“Orientación”, para tomar en cuenta las colosales realizaciones técnicas de la
última generación, y los peligros sociales igualmente colosales a que han dado
lugar.
Technics
and Civilization anunció un cambio de actitud entre los
estudiosos tanto respecto de la historia como elemento en la cultura humana
como, en menor grado, respecto de la evaluación de sus resultados sociales y
culturales, y posiblemente ayudó a originar este nuevo interés, o por lo menos
a crear la audiencia que hizo posibles dichos libros. Excepto por lo que se
refiere al libro de Ulrich Wendt, Die Technik als Kulturmacht (1906)
(La Técnica como impulso de la cultura) y a Men and Machines (1929)
(Hombres y Máquinas) de Stuart Chase, todas las obras más generales sobre
técnica, como Mechanizations Takes Comand (La Mecanización
toma el mando) de Sigfried Giedion y Man the Maker (El Hombre
constructor) de R. J. Forbes llegaron después. Por la misma razón A
History of Science and Technology in the Sixteenth and Seventeenth Centuries (Una
historia de la ciencia y la tecnología en los siglos XVI y XVII), de A. Wulf,
no aparece en mi bibliografía. En el momento en que escribí este libro no se
disponía de ninguna historia amplia de la técnica. Afortunadamente se ha
llenado esta falta ahora con los cinco volúmenes de History of
Technology (Historia de la Tecnología) publicado durante los años
cincuenta (Oxford University Press), y por la historia más compacta en un
volumen, basada en aquélla, realizada por T. K. Derry y T. I. Williams (Oxford,
1961).
Como he
dejado el texto principal sin modificarlo, no he tratado de poner al corriente
la bibliografía para añadir las aportaciones de muchos trabajadores nuevos en
este terreno, en particular la obra notable de estudiosos franceses, como
Georges Friedmann, Jean Fourastié, Roger Callois, Pierre Francastel, Bertrand
Gille y Jacques Ellul —obra que lleva adelante la tradición de un grupo
anterior de estudiosos alemanes, que incluye a Karl Bücher, Werner Sombart, Max
Weber, y hasta Oswald Spengler. Si se necesitaran pruebas adicionales del
creciente interés en cuanto a la relación de la técnica con nuestra cultura en
conjunto, sólo se necesita mencionar la aparición en 1959 de la nueva
revista Technology and Culture, órgano de la “Society for the
History of Technology” americana, y la magnífica revista italiana Civilità
delle Macchine.
Hace
pocos años el profesor Gerald Holton, como editor de Daedalus, me
invitó a hacer una revisión crítica de Technics and Civilization desde
el ventajoso punto de vista de un cuarto de siglo después de su publicación. El
severo —en verdad amargamente demasiado severo— análisis de mi propio estudio
que hice entonces, publicado en Daedalus (núm. 3, 1959), me
ahorra la necesidad de hablar aquí de sus debilidades y faltas, mientras que
debo dejar a otros la tarea de revalorar sus cualidades positivas. Al recorrer
una vez más el texto, para estar seguro de mi sensatez al alargar su vida e
influencia más aún gracias a una edición en rústica, me he sorprendido, debo
confesarlo sin modestia, por su visión intuitiva y su fresca percepción. Estas
me permitieron a menudo sacar conclusiones correctas partiendo de datos
insuficientes y de revelar interrelaciones significativas entre zonas que hasta
entonces se habían mantenido en aislamiento estricto.
Aunque
los críticos contemporáneos caracterizaron apropiadamente Technics and
Civilization como una obra esperanzadora, me felicito ahora a mí mismo
más bien por el hecho de que, incluso entonces antes de que las salvajes
desmoralizaciones y proyecciones irracionales que han acompañado la captación
de la energía nuclear amenazaran al mundo, llamé la atención acerca de las
posibilidades regresivas de muchos de nuestros más esperanzadores adelantos
técnicos: preví el lazo ominoso, como digo más adelante entre el “autómata” y
el “ello”. El lector que, hace una generación, entendió la segunda parte de mi
libro no se encontraría desprevenido ante las abrumadoras realizaciones
científicas y técnicas, ni ante las sacudidas paranoicas y las perversiones que
desde entonces han ocurrido. Así pues, aunque en este estudio falta la historia
técnica de los últimos treinta años, la visión interna fundamental necesaria
para interpretar esos acontecimientos y sus consecuencias realmente llenan el
libro entero. De aquí mi disposición a darle a este texto no revisado el Nihil
Obstat!
Lewis
Mumford
Amenia, Nueva York
Primavera, 1963
Corrigenda
A parte
de unos cuantos lapsus desgraciados, debidos a descuido más bien que a
ignorancia, he encontrado algunos pocos errores que piden una revisión radical
a la luz del conocimiento disponible cuando se escribió el libro. Los errores
peores son aquéllos de llamar al planeador manejado por la energía del hombre,
de Leonardo, un aeroplano; el de dar a la célula de selenio una función para la
cual ya no se empleaba; equivocar la fecha de la invención de la locomotora
aerodinámica de Calthrop (debió ser hacia 1865); de atribuir las minas de cobre
a Minnesota (hierro) en vez de a Colorado, y hacer de Westinghouse, en vez de
la Western Electric, el lugar de los experimentos de Elton Mayo.
Objetivos
Durante
los últimos mil años la base material y las formas culturales de la
civilización occidental han sido profundamente modificadas por el desarrollo de
la máquina. ¿Cómo ocurrió esto? ¿Dónde ocurrió? ¿Cuáles fueron los principales
motivos que alentaron esta transformación radical del medio ambiente y la
rutina de la vida; cuales fueron los fines emprendidos; cuáles fueron los
medios y los métodos; qué valores inesperados surgieron en el proceso? Estas
son algunas de las preguntas que el presente estudio trata de contestar.
Si bien
muchas veces la gente llama a nuestro período la “Edad de la Máquina”, muy
pocas personas tienen una visión sobre técnica moderna o una noción clara en
cuanto a sus orígenes. Los historiadores populares datan generalmente la gran
transformación de la industria moderna a partir de la supuesta invención por
Watt de la máquina de vapor; y en los textos de economía corrientes la
aplicación de la maquinaria automática a la hilatura y al tejido se considera a
menudo como un punto igualmente crucial. Pero el hecho es que en Europa
occidental la máquina se había estado desarrollando sin interrupción durante
por lo menos siete siglos antes de que se produjeran los cambios dramáticos que
acompañaron a la “revolución industrial”. Los hombres se habían convertido a la
mecánica antes de perfeccionar las complicadas máquinas para expresar su nueva
tendencia y nuevo interés; y la disciplina había aparecido una vez más en el
monasterio, en el ejército y en la oficina antes de que se manifestara en la
fábrica. Detrás de todos los grandes inventos materiales del último siglo y
medio no había sólo un largo desarrollo de la técnica; había también un cambio
de mentalidad. Antes de que pudieran afirmarse en gran escala los nuevos
procedimientos industriales era necesaria una nueva orientación de los deseos,
las costumbres, las ideas y las metas.
Para
entender el papel dominante desempeñado por la técnica en la civilización
moderna, se debe explorar con detalle el período preliminar de la preparación
ideológica y social. No debe explicarse simplemente la existencia de los nuevos
instrumentos mecánicos: debe explicarse la cultura que estaba dispuesta a
utilizarlos y aprovecharse de ellos de manera tan extensa. Pues obsérvese que
la mecanización y la regimentación no constituyen nuevos fenómenos en la
historia; lo nuevo es el hecho de que estas funciones hayan sido proyectadas e
incorporadas en formas organizadas que dominan cada aspecto de nuestra
existencia. Otras civilizaciones alcanzaron un alto grado de aprovechamiento
técnico sin ser, por lo visto, profundamente influidas por los métodos y objetivos
de la técnica. Todos los instrumentos críticos de la tecnología moderna —el
reloj, la prensa de imprimir, el molino de agua, la brújula, el telar, el
torno, la pólvora, sin hablar de las matemáticas, de la química y de la
mecánica— existían en otras culturas. Los chinos, los árabes, los griegos,
mucho antes que los europeos del norte, habían dado la mayor parte de los
primeros pasos hacia la máquina. Y aunque las grandes obras de ingeniería de
los cretenses, los egipcios y los romanos fueron realizadas principalmente
sobre una base empírica, aquellos pueblos disponían claramente de una gran
pericia técnica. Tenían máquinas; pero no desarrollaron “la máquina”.
Correspondió a los pueblos de Europa occidental llevar las ciencias físicas y
las artes exactas hasta un punto que ninguna otra cultura había alcanzado, y
adaptar toda la forma de vida al paso y a las capacidades de la máquina. ¿Cómo
ocurrió esto? ¿Cómo pudo la máquina, de hecho apoderarse de la sociedad europea
hasta que esta sociedad, por una acomodación interna, se rindiera a la máquina?
Sencillamente,
lo que se llama ordinariamente la revolución industrial, la serie de cambios
industriales que empezaron en el siglo XVIII, fue una transformación que tuvo
lugar en el curso de una marcha mucho más larga.
La
máquina ha invadido nuestra civilización en tres olas sucesivas. La primera
ola, que entró en movimiento hacia el siglo X, acumuló fuerza e impulso al
tiempo que otras fuerzas de la civilización se debilitaban y se dispersaban:
este temprano triunfo de la máquina fue un esfuerzo para conseguir orden y
potencia con medios puramente externos, y su éxito se debió en parte al hecho
que eludía muchos de los problemas auténticos de la vida y se alejaba de las
graves dificultades sociales y morales que no había ni afrontado ni resuelto.
La segunda ola se lazó adelante en el siglo XVIII después de un largo
estancamiento durante la Edad Media, con sus perfeccionamientos en la minería y
el trabajo del hierro: aceptando todas premisas ideológicas del primer esfuerzo
para crear la máquina, los discípulos de Watt y Arkwright aspiraban a
universalizarlas y a aprovechar las consecuencias prácticas. Durante este
esfuerzo, varios problemas morales, sociales y políticos que se habían dejado
de lado por el exclusivo desarrollo de la máquina, se presentaron entonces
nuevamente con redoblada urgencia: la misma eficiencia de la máquina fue
radicalmente disminuida por el fracaso de alcanzar en la sociedad un conjunto
de fines armoniosos e integrados. La regimentación externa y la resistencia y
la desintegración internas iban de la mano: aquellos afortunados miembros de la
sociedad que estaban en completa armonía con la máquina lograron dicho estado
solamente cerrando varios caminos importantes de la vida. Finalmente, empezamos
en nuestros propios días a observar las crecientes energías de la tercera ola:
detrás de ésta, tanto en la técnica como en la civilización, hay fuerzas que
fueron anuladas o desviadas por el temprano desarrollo de la máquina, fuerzas
que se manifiestan ahora en todos los sectores de la actividad, y que tienden
hacia una nueva síntesis del pensamiento y a una fresca sinergia en la acción.
Como resultado de este tercer movimiento, la máquina deja de ser un sustitutivo
de Dios o de una sociedad ordenada; y en vez de que su éxito se mida por la
mecanización de la vida, su valor se hace cada vez más mensurable en términos
de su propia aproximación a lo orgánico y lo vivo. Las olas de retroceso de las
dos primeras fases disminuyen algo la fuerza de la tercera ola: pero la imagen
sigue siendo exacta en cuanto que sugiere que la ola que ahora nos está
transportando se está moviendo en una dirección opuesta a la del pasado.
En este
momento ya está claro que ha comenzado un mundo nuevo; aunque sólo de un modo
fragmentario. Nuevas formas de vida han estado durante mucho tiempo en
progreso; pero hasta ahora igualmente han estado divididas y desenfocadas; en
verdad, nuestras inmensas ganancias en la energía y en la producción de bienes
se han manifestado en parte en una pérdida de formas de vida, en un
empobrecimiento de la misma. ¿Qué es lo que ha limitado la bondad de la
máquina? ¿Bajo qué condiciones la máquina puede ser dirigida hacia una
realización y más completo uso? El presente estudio también trata de contestar
a estas preguntas. La técnica y la civilización en conjunto son el resultado de
elecciones, de aptitudes y de esfuerzos, tanto pensados como inconscientes, a
menudo irracionales cuando al parecer son de lo más objetivo y científico; pero
incluso cuando sin incontrolables no son externos. La elección se manifiesta en
la sociedad por pequeños incrementos y decisiones instantáneas así como en
ruidosas luchas dramáticas; y el que no vea el papel que juegan las decisiones
en el desarrollo de la máquina pone de manifiesto su incapacidad para observar
los efectos cumulativos hasta tanto no estén tan arracimados conjuntamente que
parezcan completamente externos e impersonales. Por más que la técnica descanse
en los procedimientos objetivos de las ciencias, no forma un sistema
independiente, como el del universo: existe como un elemento de la cultura
humana que promueve el bien o el mal según que los grupos que la explotan programen
el bien o el mal. La máquina misma no tiene exigencias ni fines: es el espíritu
humano el que tiene exigencias y establece las finalidades. Para reconquistar
la máquina y someterla a los fines humanos, primero hay que entenderla y
asimilarla. Hasta ahora hemos adoptado la máquina sin entenderla por completo,
o como los más pobres románticos, hemos rechazado la máquina sin ver primero
hasta qué punto podíamos asimilarla de forma inteligente.
La
máquina misma, sin embargo, es un producto del ingenio humano de su esfuerzo:
por ello, entender la máquina no es un mero paso para orientar de otra manera
nuestra civilización; es también un medio para entender la sociedad y para
conocernos a nosotros mismos. El mundo de la técnica no está aislado ni es
autónomo: reacciona ante las fuerzas y los impulsos que aparentemente proceden
de lugares remotos del medio ambiente. Este hecho hace particularmente
esperanzador el desarrollo que ha estado en marcha en la técnica misma desde
1870 aproximadamente. Pues lo orgánico se ha hecho visible nuevamente incluso
dentro del complejo mecánico: algunos de nuestros instrumentos mecánicos más
característicos —el teléfono, el fonógrafo, la película cinematográfica— se han
originado en nuestro interés por la voz humana y el ojo humano y por nuestro
conocimiento de su fisiología y su anatomía. ¿Puede alguien, quizá, descubrir
las propiedades características de este orden que surge; su forma, sus planos,
sus ángulos de polarización, su color? ¿Se puede, en el proceso de
cristalización, separar los turbios residuos dejados detrás por nuestras
tempranas formas de tecnología? ¿Es posible distinguir y definir las
propiedades de una técnica que tiende al servicio de la vida: propiedades que
la distinguen moral, social, política y estéticamente de las formas brutas que
la precedieron? Intentémoslo. El estudio del surgimiento y del desarrollo de la
técnica moderna constituye una base para comprender y reforzar esta valoración
de nuevas normas: y esta nueva valoración de la máquina es, quizá, el paso
inmediato para dominarla.
Capítulo
1
Preparación cultural
Contenido:
§ 1.
Máquinas, obras de ingeniería y “La Máquina”
§ 2. El monasterio y el reloj
§ 3. Espacio, distancia, movimiento
§ 4. La influencia del capitalismo
§ 5. De la fábula al hecho
§ 6. El obstáculo del animismo
§ 7. La ruta a través de la magia
§ 8. Control social
§ 9. El universo mecánico
§ 10. El deber de inventar
§ 11. Anticipaciones prácticas
§ 1.
Máquinas, obras de ingeniería y “La Máquina”
Durante el último siglo la máquina automática o semiautomática ha llegado a
desempeñar un gran papel en nuestra rutina diaria; y hemos llegado a atribuir
al instrumento físico en sí mismo el conjunto de costumbres y métodos que lo
crearon y lo acompañaron. Casi todas las discusiones sobre tecnología desde
Marx en adelante han tendido a recalcar el papel desempeñado por las partes más
móviles y activas de nuestro equipo industrial, y ha descuidado otros elementos
igualmente críticos de nuestra herencia técnica.
¿Qué es
una máquina? Excepción hecha de las máquinas sencillas de la mecánica clásica,
el plano inclinado, la polea y otras más, la cuestión sigue siendo confusa.
Muchos de los escritores que han discutido acerca de la edad de la máquina han
tratado a ésta como si fuera un fenómeno muy reciente, y como si la tecnología
artesana hubiera empleado sólo herramientas para trasformar el medio. Estos
prejuicios carecen de base. Durante los tres mil últimos años, por lo menos,
las máquinas han sido una parte esencial de nuestra más antigua herencia
técnica. La definición de Resuleaux de una máquina se ha hecho clásica: “Una
máquina es una combinación de partes resistentes dispuestas de tal manera que
por sus medios las fuerzas de la naturaleza puedan ser obligadas a realizar un
trabajo acompañado por ciertos movimientos determinantes” pero esto no nos
lleva muy lejos. Su lugar se debe a su importancia como primer gran morfólogo
de las máquinas, pues deja fuera la amplia clase de máquinas movidas por la
fuerza humana.
Las
máquinas se han desarrollado partiendo de un complejo de agentes no orgánicos
para convertir la energía, para realizar un trabajo, para incrementar las
capacidades mecánicas o sensorias del cuerpo del hombre o para reducir a un
orden y una regularidad mensurables los procesos de la vida. El autómata es el
último escalón en un proceso que empezó con el uso de una u otra parte del
cuerpo humano como instrumento. En el fondo del desarrollo de los instrumentos
y las máquinas está el intento de modificar el medio ambiente de tal manera que
refuerce y sostenga el organismo humano; el esfuerzo es o bien aumentar la
potencia de un organismo por otra parte desarmado, o fabricar fuera del cuerpo
un conjunto de condiciones más favorables destinadas a mantener su equilibrio y
asegurar su supervivencia. En lugar de una adaptación fisiológica al frío, como
el crecimiento de los pelos o el hábito de la hibernación, se produce una
adaptación ambiental, como la que se hizo posible con el uso de vestidos o la
construcción de abrigos.
La
distinción esencial entre una máquina y una herramienta reside en el grado de
independencia, en el manejo de la habilidad y de la fuerza motriz del operador:
la herramienta se presta por sí misma a la manipulación, la máquina a la acción
automática. El grado de complejidad no tiene importancia: pues, usando la
herramienta, la mano y el ojo humanos realizan acciones complicadas, que son el
equivalente, en función, de una máquina muy perfeccionada; mientras que, por
otro lado, existen máquinas sumamente efectivas, como el martinete, que
realizan trabajos muy sencillos, con la ayuda de un mecanismo relativamente
simple. La diferencia entre las herramientas y las máquinas reside
principalmente en el grado de automatismo que han alcanzado; el hábil usuario de
una herramienta se hace más seguro y más automático, dicho brevemente, más
mecánico, a medida que sus movimientos voluntarios se convierten en reflejos, y
por otra parte, incluso en las máquinas más automáticas, debe intervenir en
alguna parte, al principio y al final del proceso, primero en el proyecto
original, y para terminar en la destreza para superar defectos y efectuar
reparaciones, la participación consciente de un agente humano.
Además,
entre la herramienta y la máquina se sitúa otra clase de objetos, la máquina
herramienta: aquí, en el torno o en la perforadora, tenemos la precisión de la
máquina más perfecta unida al servicio experto del trabajador. Cuando se añade
a este complejo mecánico una fuente externa de energía, la línea divisoria
resulta aún más difícil de establecer. En general, la máquina acentúa la
especialización de la función en tanto que la herramienta indica flexibilidad:
una cepilladora mecánica realiza solamente una operación, mientras que un
cuchillo puede usarse para alisar madera, para grabarla, para partirla, para
forzar una cerradura, o para apretar un tornillo. La máquina automática es,
pues, un tipo de adaptación muy especializada; comprende la noción de una
fuerza externa de energía, una relación recíproca más o menos complicada de las
partes y una especie de actividad limitada. Desde el principio la máquina fue
como un organismo menor proyectado para realizar tan sólo un conjunto de
funciones.
Junto con
estos elementos dinámicos en la tecnología hay otros, más estáticos en cuanto
al carácter, pero igualmente importantes en cuanto a sus funciones. Mientras el
desarrollo de las máquinas es el hecho técnico más patente de los últimos mil
años, la máquina, bajo la forma de la perforadora de fuego o del torno del
alfarero, ha existido desde por lo menos los tiempos neolíticos. Durante el
período más antiguo, algunas de las adaptaciones más efectivas del ambiente
vinieron, no del invento de las máquinas, sino del invento igualmente admirable
de utensilios, aparatos y obras. El cesto y la marmita corresponden a los
primeros, la cuba para teñir y el horno de ladrillos a los segundos, y los
embalses y acueductos, las carreteras y los edificios a los terceros. El
período moderno nos ha dado finalmente las obras de energía, como el
ferrocarril o la línea de transmisión eléctrica, que funcionan solamente
mediante la operación de maquinaria de energía. En tanto las herramientas y las
máquinas transforman el medio ambiente cambiando la forma y la situación de los
objetos, los utensilios y los aparatos han sido utilizados para efectuar
transformaciones químicas igualmente necesarias. El curtido, la fabricación de
cerveza, la destilación, el teñido han sido tan importantes en el desarrollo
técnico del hombre como forjar o tejer. Pero la mayor parte de estos
procedimientos se mantuvieron en su estado tradicional hasta la mitad del siglo
XIX, y sólo desde entonces es cuando han sido influidos en un grado más amplio
por el mismo juego de fuerzas científicas, y de intereses humanos que estaban
perfeccionando la moderna máquina de energía.
En la
serie de objetos desde los utensilios a las obras existe la misma relación
entre el hombre que trabaja y el procedimiento que uno observa en la serie
entre herramientas y máquinas automáticas: diferencias en el grado de
especialización, y el grado de impersonalidad. Pero como la atención de la
gente se dirige más fácilmente hacia las partes más ruidosas y activas del
medio ambiente, el papel de las obras y de los aparatos se han descuidado en la
mayor parte de las discusiones sobre la máquina, o lo que es en casi peor,
dichos instrumentos técnicos han sido todos ellos torpemente agrupados como
máquinas. El punto que hay que recordar es que ambos han desempeñado una parte
enorme en el desarrollo del medio ambiente moderno; y en ninguna etapa de la
historia pueden separarse los dos medios de adaptación. Todo complejo
tecnológico incluye a ambos: y no menos el nuestro moderno.
Cuando
use la palabra máquina de aquí en adelante me referiré a objetos específicos
como la prensa de imprimir o el telar mecánico. Cuando use el término “la
máquina” me referiré como una referencia abreviada a todo el complejo
tecnológico. Este abarcará el conocimiento, las pericias, y las artes derivadas
de la industria o implicadas en la nueva técnica, e incluirá varias formas de
herramientas, aparatos y obras así como máquinas propiamente dichas.
§ 2. El
monasterio y el reloj
¿Dónde tomó forma por primera vez la máquina en la civilización moderna? Hubo
claramente más de un punto de origen. Nuestra civilización representa la
convergencia de numerosos hábitos, ideas y modos de vida, así como instrumentos
técnicos; y algunos de éstos fueron, al principio, opuestos directamente a la
civilización que ayudó a crear. Pero la primera manifestación del orden nuevo
tuvo lugar en el cuadro general del mundo: durante los siete primeros siglos de
la existencia de la máquina las categorías de tiempo y espacio experimentaron
un cambio extraordinario, y ningún aspecto de la vida quedó sin ser tocado por
esta transformación. La aplicación de métodos cuantitativos de pensamiento al
estudio de la naturaleza tuvo su primera manifestación en la medida regular del
tiempo; y el nuevo concepto mecánico del tiempo surgió en parte de la rutina
del monasterio. Alfred Whitehead ha recalcado la importancia de la creencia
escolástica en un universo ordenado por Dios como uno de los fundamentos de la
física moderna: pero detrás de esta creencia estaba la presencia del orden en
las instituciones de la Iglesia misma.
Las
técnicas del mundo antiguo pasaron de Constantinopla y Bagdad a Sicilia y
Córdoba: de ahí la dirección tomada por Salerno en los adelantos científicos y
médicos de la Edad Media. Fue, sin embargo, en los monasterios de Occidente en
donde el deseo de orden y poder, distintos de los expresados por la dominación
militar de los hombres más débiles, se manifestó por primera vez después de la
larga incertidumbre y sangrienta confusión que acompañó al derrumbamiento del
Imperio Romano. Dentro de los muros del monasterio estaba lo sagrado: bajo la
regla de la orden quedaban fuera la sorpresa y la duda, el capricho y la
irregularidad. Opuesta a las fluctuaciones erráticas y a los latidos de la vida
mundana se hallaba la férrea disciplina de la regla. Benito añadió un séptimo
período a las devociones del día, y en el siglo VII, por una bula del papa
Sabiniano, se decretó que las campanas del monasterio se tocaran siete veces en
las veinticuatro horas. Estas divisiones del día se conocieron con el nombre de
horas canónicas, haciéndose necesario encontrar un medio para contabilizarlas y
asegurar su repetición regular.
Según una
leyenda hoy desacreditada, el primer reloj mecánico moderno, que funcionaba con
pesas, fue inventado por el monje Gerberto que fue después el papa Silvestre
II, casi al final del siglo X. Este reloj debió ser probablemente un reloj de
agua, uno de esos legados del mundo antiguo conservado directamente desde
tiempos de los romanos, como la rueda hidráulica misma, o llegado nuevamente a
Occidente a través de los árabes. Pero la leyenda, como ocurre tan a menudo, es
correcta en sus implicaciones y no en sus hechos. El monasterio fue base de una
vida regular, y un instrumento para dar las horas a intervalos o para recordar
al campanero que era hora de tocar las campanas es un producto casi inevitable
de esta vida. Si el reloj mecánico no apareció hasta que las ciudades del siglo
XIII exigieron una rutina metódica, el hábito del orden mismo y de la
regulación formal de la sucesión del tiempo, se había convertido en una segunda
naturaleza en el monasterio. Coulton está de acuerdo con Sombart en considerar
a los Benedictinos, la gran orden trabajadora, como quizá los fundadores
originales del capitalismo moderno: su regla indudablemente le arrancó la
maldición al trabajo y sus enérgicas empresas de ingeniería quizá le hayan
robado incluso a la guerra algo de su hechizo. Así pues no estamos exagerando
los hechos cuando sugerimos que los monasterios —en un momento determinado hubo
40 000 hombres bajo la regla benedictina— ayudaron a dar a la empresa humana el
latido y el ritmo regulares colectivos de la máquina; pues el reloj no es
simplemente un medio para mantener las huellas de las horas, sino también para
la sincronización de las acciones de los hombres.
¿Se debió
al deseo colectivo cristiano de proveer a la felicidad de las almas en la
eternidad mediante plegarias y devociones regulares el que se apoderase de las
mentes de los hombres el medir el tiempo y las costumbres de la orden temporal;
costumbres de las que la civilización capitalista poco después daría buena
cuenta? Quizá debamos aceptar la ironía de esta paradoja. En todo caso, hacia
el siglo XIII existen claros registros de relojes mecánicos, y hacia 1370
Heinrich von Wyck había construido en París un reloj “moderno” bien proyectado.
Entretanto habían aparecido los relojes de las torres, y estos relojes nuevos,
si bien no tenían hasta el siglo XIV una esfera y una manecilla que
transformaran un movimiento del tiempo en un movimiento en el espacio, de todas
maneras sonaban las horas. Las nubes que podían paralizar el reloj de sol, el
hielo que podía detener el reloj de agua de una noche de invierno, no eran ya
obstáculos para medir el tiempo: verano o invierno, de día o de noche, se daba
uno cuenta del rítmico sonar del reloj. El instrumento pronto se extendió fuera
del monasterio; y el sonido regular de las campanas trajo una nueva regularidad
a la vida del trabajador y del comerciante. Las campanas del reloj de la torre
casi determinaban la existencia urbana. La medición del tiempo pasó al servicio
del tiempo, al recuento del tiempo y al racionamiento del tiempo. Al ocurrir
esto, la eternidad dejó poco a poco de servir como medida y foco de las
acciones humanas.
El reloj,
no la máquina de vapor, es la máquina clave de la moderna edad industrial. En
cada fase de su desarrollo el reloj es a la vez el hecho sobresaliente y el
símbolo típico de la máquina: incluso hoy ninguna máquina es tan omnipresente.
Aquí, en el origen mismo de la técnica moderna, apareció proféticamente la
máquina automática precisa que, sólo después de siglos de ulteriores esfuerzos,
iba también a probar la perfección de esta técnica en todos los sectores de la
actividad industrial. Hubo máquinas, movidas por la energía no humana, como el
molino hidráulico, antes del reloj; y hubo también diversos tipos de autómatas,
que asombraron al pueblo en el templo, o para agradar a la ociosa fantasía de
algún califa musulmán: encontramos las ilustradas en Herón y en Al-Jazari. Pero
ahora teníamos una nueva especie de máquina, en la que la fuente de energía y
la transmisión eran de tal naturaleza que aseguraban el flujo regular de la
energía en los trabajos y hacían posible la producción regular y productos estandarizados.
En su relación con cantidades determinables de energía, con la estandarización,
con la acción automática, y finalmente con su propio producto especial, el
tiempo exacto, el reloj ha sido la máquina principal en la técnica moderna: y
en cada período ha seguido a la cabeza: marca una perfección hacia la cual
aspiran otras máquinas. Además, el reloj, sirvió de modelos para otras muchas
especies de mecanismo, y el análisis del movimiento necesario para su
perfeccionamiento así como los distintos tipos de engranaje y de transmisión
que se crearon, contribuyeron al éxito de muy diferentes clases de máquinas.
Los forjadores podrían haber repujado miles de armaduras o de cañones de
hierro, los carreteros podrían haber fabricado miles de ruedas hidráulicas o de
burdos engranajes, sin haber inventado ninguno de los tipos especiales de
movimiento perfeccionados en el reloj, y sin nada de la precisión de medida y
finura de articulación que produjeron finalmente el exacto cronómetro del siglo
XVIII.
El reloj,
además es una máquina productora de energía cuyo “producto” es segundos y
minutos: por su naturaleza esencial disocia el tiempo de los acontecimientos
humanos y ayuda a crear la creencia en un mundo independiente de secuencias
matemáticamente mensurables: el mundo especial de la ciencia. Existe
relativamente poco fundamento para esta creencia en la común experiencia
humana: a lo largo del año, los días son de duración desigual, y la relación
entre el día y la noche no solamente cambia continuamente, sino que un pequeño
viaje del Este al Oeste cambia el tiempo astronómico en un cierto número de
minutos. En términos del organismo humano mismo, el tiempo mecánico es aún más
extraño: en tanto la vida humana tiene sus propias regularidades, el latir del
pulso, el respirar de los pulmones, éstas cambian de hora en hora según el
estado de espíritu y la acción, y en el más largo lapso de los días, el tiempo
no se mide por el calendario sino por los acontecimientos que los llenan. El
pastor mide según el tiempo que la oveja pare un cordero; el agricultor mide a
partir del día de la siembra o pensando en el de la cosecha: si el crecimiento
tiene su propia duración y regularidades, detrás de éstas no hay simplemente
materia y movimiento, sino los hechos del desarrollo: en breve, historia. Y
mientras el tiempo mecánico está formado por una sucesión de instantes
matemáticamente aislados, el tiempo orgánico —lo que Bergson llama duración— es
acumulativo en sus efectos. Aunque el tiempo mecánico puede, en cierto sentido,
acelerar o ir hacia atrás, como las manecillas de un reloj o las imágenes de
una película, el tiempo orgánico se mueve sólo en una dirección —a través del
ciclo del nacimiento, el crecimiento, el desarrollo, decadencia y muerte—, y el
pasado que ya ha muerto sigue presente en el futuro que aún ha de nacer.
Alrededor
de 1345, según Thorndike, la división de las horas en sesenta minutos y de los
minutos en sesenta segundos se hizo corriente. Fue este marco abstracto del
tiempo dividido el que se hizo cada vez más el punto de referencia tanto para
la acción como para el pensamiento, y un esfuerzo para llegar a la precisión en
este aspecto, la exploración astronómica del cielo concentró más aún la
atención sobre los movimientos regulares e implacables de los astros a través
del espacio. A principios del siglo XVI, se cree que un joven mecánico de
Nürenberg, Peter Henlein, inventó “relojes con muchas ruedas con pequeños
pedazos de hierro” y a finales del siglo el relojito doméstico había sido
introducido en Inglaterra y en Holanda. Como ocurrió con el automóvil y con el
avión, las clases más ricas fueron las que adoptaron primero el nuevo mecanismo
y lo popularizaron: en parte porque sólo ellas podían permitírselo, en parte
porque la nueva burguesía fue la primera en descubrir que, como Franklin dijo
más tarde, “el tiempo es oro”. Ser tan regular “como un reloj” fue el ideal
burgués, y el poseer un reloj fue durante mucho tiempo un inequívoco signo de
éxito. El ritmo creciente de la civilización llevó a la exigencia de mayor
poder: y a su vez el poder aceleró el ritmo.
Ahora
bien, la ordenada vida puntual que primeramente tomó forma en los monasterios
no es connatural a la humanidad, aunque hoy los pueblos occidentales están tan
completamente reglamentados por el reloj que constituye una “segunda
naturaleza”, considerando su observancia como un hecho natural. Muchas
civilizaciones orientales han florecido teniendo poca cuenta del tiempo: los
indios han sido en realidad tan indiferentes al tiempo que les falta incluso
una auténtica cronología de los años. Todavía ayer, en el centro de las
industrializaciones de la Rusia soviética, apareció una sociedad para fomentar
el uso de relojes y hacer la propaganda de los beneficios de la puntualidad. La
popularización del registro del tiempo, que siguió a la producción sistemática
del reloj barato, primeramente en Ginebra, después en Estados Unidos, hacia
mitad del siglo pasado, fue esencial para un sistema bien articulado de
transporte y de producción.
La
medición del tiempo fue primeramente atributo peculiar de la música: dio valor
industrial a la canción del taller o al abatir rítmico o a la saloma de los
marinos halando una cuerda. Pero el efecto del reloj mecánico es más penetrante
y estricto: preside todo el día desde el amanecer hasta la hora del descanso.
Cuando se considera el día como un lapso abstracto de tiempo, no se va uno a la
cama con las gallinas en una noche de invierno: uno inventa pábilos, chimeneas,
lámparas, luces de gas, lámparas eléctricas, de manera aprovechar todas las
horas que pertenecen al día. Cuando se considera el tiempo, no como una
sucesión de experiencias, sino como una colección de horas, minutos y segundos,
aparecen los hábitos de acrecentar y ahorrar el tiempo. El tiempo cobra el
carácter de un espacio cerrado: puede dividirse, puede llenarse, puede incluso
dilatarse mediante el invento de instrumentos que ahorran el tiempo.
El tiempo
abstracto se convirtió en el nuevo ámbito de la existencia. Las mismas
funciones orgánicas se regularon por él: se comió, no al sentir hambre, sino
impulsado por el reloj. Se durmió, no al sentirse cansado, sino cuando el reloj
nos exigió. Una conciencia generalizada del tiempo acompañó el empleo más
extenso de los relojes. Al disociar el tiempo de las secuencias orgánicas, se
hizo más fácil para los hombres del renacimiento satisfacer la fantasía de
revivir el pasado clásico o los esplendores de la antigua civilización de Roma.
El culto de la historia, apareciendo primero en el ritual diario, se abstrajo
finalmente como una disciplina especial. En el siglo XVII hicieron su aparición
el periodismo y la literatura periódica; incluso en el vestir, siguiendo la
guía de Venecia como centro de la moda, la gente cambió la moda cada año en vez
de cada generación.
No puede
sobrestimarse el provecho en eficiencia mecánica gracias a la coordinación y la
estrecha articulación de los acontecimientos del día. Si bien este incremento
no puede medirse sencillamente en caballos de fuerza, sólo tiene uno que
imaginar su ausencia hoy para prever la rápida desorganización y el eventual
colapso de toda nuestra sociedad. El moderno sistema industrial podría
prescindir del carbón, del hierro y del vapor más fácilmente que del reloj.
§ 3.
Espacio, distancia, movimiento
“Un niño y un adulto, un australiano primitivo y un europeo, un hombre de la
Edad media y un contemporáneo, se distinguen no solamente por una diferencia en
grado, sino por una diferencia en naturaleza por sus métodos de representación
pictórica”.
Dagobert
Frey, cuyas palabras acabo de citar, ha hecho un agudo estudio acerca de las
diferencias en los conceptos espaciales entre la alta Edad Media y el
Renacimiento: ha subrayado con riqueza de detalles, la generalización de que no
hay dos culturas que vivan en la misma especie de tiempo y de espacio. El
espacio y el tiempo, como el lenguaje, son obras de arte, y como el lenguaje
imponen condiciones y dirigen la acción práctica. Mucho antes que Kant afirmara
que el tiempo y el espacio eran categorías de la mente, mucho antes de que los
matemáticos descubrieran que había formas concebibles y racionales de espacio
distinto de la forma descrita por Euclides, la humanidad había actuado en gran
medida según esta premisa. Lo mismo que el inglés en Francia que pensaba que
“bread” era la palabra adecuada para decir le pain, cada cultura
cree que cualquier otra especie de espacio y tiempo es una aproximación o una
corrupción del espacio y el tiempo reales en que ella vive.
Durante
la Edad Media las relaciones espaciales tendían a ser organizadas como símbolos
y valores. El objeto más alto en la ciudad era la aguja de la torre de la
iglesia que apuntaba hacia el cielo y dominaba todos los edificios menores,
como la iglesia dominaba sus esperanzas y sus temores. El espacio se dividía
arbitrariamente para representar las siete virtudes o los doce apóstoles o los
diez mandamientos o la trinidad. Sin una referencia simbólica constante a las
fábulas y a los mitos de la Cristiandad, el fundamento del espacio medieval
hubiera llegado al colapso. Ni las mentes más relacionales estaban exentas:
Roger Bacon era un esmerado estudioso de óptica, pero después de haber descrito
las siete envolturas del ojo añadió que con estos medios Dios había querido
expresar en nuestros cuerpos una imagen de las siete gracias del espíritu.
El tamaño
significaba importancia: el representar seres humanos de tamaños enteramente
diferentes en el mismo plano de visión y a la misma distancia del observador
era completamente posible para el artista medieval. Esta misma costumbre se
aplica no sólo a la representación de objetos reales sino a la organización de
la experiencia terrestre mediante el mapa. En la cartografía medieval, el agua
y las masas de tierra de nuestro planeta, incluso cuando se conocían
aproximadamente, podían representarse por una figura arbitraria como un árbol,
sin consideración a las relaciones reales experimentadas por un viajero, y sin
ningún otro interés que la correspondencia alegórica.
Otra
característica más del espacio medieval debe ser resaltada: el espacio y el
tiempo forman dos sistemas relativamente independientes. Primeramente: el
artista medieval introducía otros tiempos dentro de su propio mundo espacial,
como cuando proyectaba los hechos de la vida de Cristo en una ciudad italiana
contemporánea, sin la más ligera preocupación de que el paso del tiempo había
creado una diferencia, o mismo que en Chaucer la leyenda clásica de Troilo y
Cresida se relata como si fuera una historia contemporánea. Cuando un cronista
medieval menciona al rey, como observa el autor de The Wandering
Scholars, es a veces difícil averiguar si está hablando de César o de
Alejandro Magno o de su propio rey: cada uno de ellos está cerca de él. En
verdad, la palabra anacronismo no tiene sentido aplicada al arte medieval. Sólo
cuando se relacionan acontecimientos en un marco coordinado de tiempo y de
espacio, resulta desconcertante el estar fuera del tiempo o no ser fiel al
tiempo. De manera análoga, en Los Tres Milagros de San Cenobio de
Botticelli, se presentan en un mismo escenario tres tiempos diferentes.
Debido a
esta separación de tiempo y espacio, las cosas pueden aparecer y desaparecer
repentinamente, inexplicablemente: la caída de un barco detrás del horizonte no
necesitaba más explicación que la caída de un demonio por la chimenea. No había
misterio acerca del pasado de donde habían aparecido, ni especulación acerca
del futuro a que iban destinados. Los objetos flotaban ante la vista o se
hundían con algo del mismo misterio con que el ir y venir de los adultos afecta
la experiencia de los niños pequeños, cuyos primeros intentos gráficos tanto se
parecen en su organización al mundo del artista medieval. En este mundo
simbólico del espacio y del tiempo cada cosa era un misterio o un milagro. El
lazo de conexión entre los acontecimientos era el orden cósmico y religioso: el
orden verdadero del espacio era el Cielo, así como el orden verdadero del
tiempo era la Eternidad.
Entre los
siglos XIV y XVII se produjo un cambio revolucionario en Europa Occidental
acerca del concepto del espacio. El espacio como jerarquía de valores fue
sustituido por el espacio como sistema de magnitudes. Una de las indicaciones
de esta nueva orientación fue el más atento estudio de las relaciones de los
objetos en el espacio y el descubrimiento de las leyes de la perspectiva y de
la organización sistemática de las pinturas dentro del nuevo marco fijado por
el primer plano, el horizonte y el punto de influencia de las líneas paralelas.
La perspectiva convirtió la relación simbólica de los objetos en una relación
visual: lo visual a su vez se convirtió en una relación cuantitativa. En el
nuevo cuadro del mundo la dimensión no significaba importancia humana o divina,
sino distancia. Los cuerpos no existían separadamente como magnitudes
absolutas: estaban coordinados con otros cuerpos dentro del mismo marco de la
visión y debían estar a escala. Para lograr esta escala, debía existir una
representación precisa entre la pintura y la imagen: de ahí el nuevo interés
por la naturaleza externa y los hechos. La división del lienzo en cuadros y la
precisa observación del mundo a través de este tablero marcaron la nueva
técnica del pintor, a partir de Paolo Ucello.
El nuevo
interés por la perspectiva llevó profundidad al cuadro y distancia a la mente.
En los cuadros más antiguos, el ojo saltaba de un lado a otro, pillando migajas
simbólicas según lo dictase el gusto y la fantasía. En los nuevos cuadros, el
ojo seguía las líneas de la perspectiva lineal que el pintor había introducido
a propósito a lo largo de las calles, los edificios, los pavimentos con
mosaicos, cuyas líneas paralelas el pintor había introducido a propósito para
que el reloj las siguiera. Incluso los objetos en el primer plano estaban a
veces colocados en forma grotesca y escorzados con el fin de crear la misma
ilusión. El movimiento se convirtió en una nueva fuente de valor: movimiento
por sí mismo. El espacio medido del cuadro reforzó el tiempo medido del reloj.
Dentro de esta red ideal de espacio y tiempo tienen lugar ahora todos los
acontecimientos: y el hecho más satisfactorio dentro de este sistema fue el
movimiento en línea recta, pues dicho movimiento se prestó para la
representación precisa dentro del sistema espacial y temporal de coordenadas.
Otra consecuencia de este orden espacial debe tenerse en cuenta: el situar una
cosa espacial y temporalmente llegó a ser esencia para su comprensión. En el
espacio del Renacimiento, ha de explicarse la existencia de los objetos: su
paso por el tiempo y el espacio es una clave acerca de su aparición en
cualquier momento particular y en un sitio particular. Lo desconocido no está
menos determinado que lo conocido: dada la redondez del globo, podía suponerse
la posición de las Indias y calcularse el tiempo y distancia. La existencia
misma de tal orden es un incentivo para explorarlo y rellenar las partes aún
desconocidas.
Lo que
los pintores demostraron en su aplicación de la perspectiva, lo establecieron
los cartógrafos en el mismo siglo en sus mapas. El mapa de Hereford de 1314
hubiera podido hacerlo un niño: era prácticamente inútil para la navegación. El
del contemporáneo de Ucello, Andrea Banco, 1436, fue concebido según líneas
racionales y representaba un progreso en cuanto a concepción así como en
precisión práctica. Al trazar las líneas invisibles la de la latitud y
longitud, los cartógrafos allanaron el camino de los exploradores ulteriores,
como Colón: igual que con el método científico ulterior, el sistema abstracto
proporcionó esperanzas racionales, si bien sobre una base de conocimiento
impreciso. Ya no era necesario que el navegante siguiese el litoral: podía arrojarse
hacia lo desconocido, poner rumbo hacia un punto arbitrario y regresar
aproximadamente al lugar de partida. El Cielo y el Edén estaban ambos fuera del
nuevo espacio, y aunque se mantenían aún como los temas ostensibles de la
pintura, los temas reales eran el Tiempo y el Espacio y la Naturaleza y el
Hombre.
Luego,
sobre la base establecida por el pintor y el cartógrafo, surgió un interés por
el espacio como tal, por el movimiento como tal y por la locomoción como tal.
Detrás de este interés había naturalmente alteraciones más concretas: las
carreteras se habían hecho más seguras, los barcos se construían más
sólidamente, y, sobre todo, nuevos inventos —la brújula, el astrolabio, el
timón— habían hecho posible anotar un mapa y mantener un rumbo más seguro en el
mar. El oro de las Indias, las fabulosas fuentes de juventud y las afortunadas
islas de delicias sensuales sin fin indudablemente también aparecían
tentadores: pero la presencia de estas metas tangibles no restan importancia a
los nuevos esquemas. Las categorías de tiempo y espacio, antes prácticamente disociadas,
habían quedado unidas: y las abstracciones del tiempo medido y espacio medido
minaban las antiguas concepciones de infinito y de eternidad, ya que la
medición debe empezar con un arbitrario aquí y ahora incluso si el espacio y el
tiempo están vacíos. El deseo de emplear el espacio y el
tiempo se había desembarazado de obstáculos: y una vez coordinados con el
movimiento, podían ser contraídos o dilatados: la conquista del tiempo y del
espacio había empezado. (Es interesante observar, sin embargo, que el concepto
exacto de aceleración, que forma parte de nuestra experiencia mecánica diaria,
no fue formulado hasta el siglo XVII).
Los
signos de esta conquista son muchos: aparecieron en rápida sucesión. En las
artes militares la ballesta y la catapulta renacieron y se extendieron, y
pisándoles los talones vinieron armas más poderosas para anular la distancia:
el cañón y más adelante el mosquete. Leonardo concibió un aparato volador y lo
construyó. Se estudiaron fantásticos proyectos para volar. En 1420 Fontana
describió un velocípedo. En 1589 Gilles de Bom de Amberes construyó al parecer
un carro movido por la fuerza humana: preludios inquietos de los inmensos
esfuerzos e iniciativas del siglo XIX. Igual que con muchos elementos de
nuestra cultura, el impulso original fue dado a este movimiento por los árabes.
Ya en 880 Abûl-Qâsim había intentado volar, y en 1065 Olivier de Malmesbury se
mató tratando de planear desde una altura. Pero a partir del siglo XV el deseo
de conquistar el aire se convierte en una constante preocupación de las mentes
inventoras, y está lo suficientemente metido en la opinión popular como para
que un relato de un vuelo desde Portugal a Viena pudiera servir de noticia
engañosa en 1709.
La nueva
actitud hacia el tiempo y el espacio infectó el taller y la oficina, el
ejército y la ciudad. El ritmo se hizo más rápido: las magnitudes, mayores.
Mentalmente, la cultura moderna se lanzó al espacio y se entregó al movimiento.
Lo que Max Weber llamó el “romanticismo de los números” surgió naturalmente de
este interés. En la medición del tiempo, en el comercio, en la lucha, los
hombres contaron números, y finalmente, al extenderse la costumbre, sólo los
números contaron.
§ 4. La
influencia del capitalismo
El romanticismo de los números presentó aún otro aspecto, importante para el
desarrollo de los hábitos científicos del pensamiento. Este fue el nacimiento
del capitalismo y el cambio de una economía de trueque, facilitada por pequeñas
reservas de variadas monedas locales, a una economía de dinero con una
estructura de crédito internacional y una referencia constante a los símbolos
abstractos de la riqueza: oro, cheques, letras de cambio, y eventualmente sólo
números.
Desde el
punto de vista de la técnica, esta estructura tiene sus orígenes en las
ciudades del norte de Italia, particularmente Florencia y Venecia, en el siglo
XIV; doscientos años más tarde hubo en Amberes una bolsa internacional dedicada
a ayudar a la especulación en transportes desde puertos extranjeros y en
dinero. Hacia la mitad del siglo XVI la contabilidad por partida doble, las
letras de cambio, y la especulación en “futuros” estaban ya desarrollados
esencialmente en su forma moderna. Aunque los procedimientos de la ciencia no
se refinaron ni codificaron hasta después de Galileo y Newton, la financiación
había surgido con su atuendo actual en el inicio mismo de la edad de la
máquina. Jacobo Fugger y J. Pierpont Morgan hubieran podido entender sus métodos,
sus puntos de vista y su temperamento respectivos mucho mejor que Paracelso y
Einstein.
El
desarrollo del capitalismo trajo los nuevos hábitos de abstracción y cálculo a
las vidas de los hombres de las ciudades. Sólo la gente del campo, que aún
vivía sobre una base local más primitiva, se hallaban en parte inmunes. El
capitalismo llevó a la gente de lo tangible a lo intangible: su símbolo, según
observa Sombart, es el libro de contabilidad: “su valor vital reside en su
cuenta de pérdidas y ganancias”. La “economía de la adquisición” que hasta
entonces había sido practicada por extrañas y fabulosas criaturas como Midas y
Creso, llegó a ser nuevamente el estilo diario. Tendió a sustituir la “economía
de las necesidades” directas y a reemplazar los valores vitales por valores
dinerarios. El sistema entero del negocio tomó cada vez más una forma abstracta;
se ocupaba de “no-productos”, de futuros imaginarios, de ganancias hipotéticas.
Karl Marx
resumió muy bien este nuevo proceso de transmutación: “como el dinero no revela
lo que ha sido transformado en él, todo, sea una mercancía o no, es convertible
en oro. Todo se hace susceptible de compraventa. La circulación es la gran
retorta social en la que todo se echa y de la que todo se recupera como moneda
cristalizada. Ni siquiera los huesos de los santos son capaces de resistir esta
alquimia, y menos aún puede resistir las cosas más delicadas, cosas sacrosantas
que se encuentran fuera del tráfico comercial de los hombres. Lo mismo que
todas las diferencias cualitativas entre las mercancías se borran en el dinero,
así el dinero, nivelador radical, borra todas las distinciones. Pero el mismo
dinero es una mercancía, un objeto externo, capaz de convertirse en propiedad
particular de un individuo. Así el poder social se convierte en poder
particular en manos de una persona particular”.
Este
último hecho era especialmente importante en lo que se refiere a la vida y al
pensamiento: la busca del poder por medio de abstracciones. Una abstracción
reforzaba la otra. El tiempo era dinero: el dinero era poder: el poder exigía
el fomento del comercio y de la producción, la producción iba desviada de los
canales de uso directo a aquellos de comercio lejano, hacia la adquisición de
mayores beneficios, con un margen más amplio para nuevas inversiones de capital
para guerras, conquistas en el extranjero, minas, empresas productivas… más
dinero y más poder. Entre todas las formas de riqueza sólo el dinero no tiene
límites que se le puedan fijar. El príncipe que pudiera construir cinco
palacios vacilaría en construir cinco mil. ¿Pero qué es lo que le impediría
intentar, mediante la conquista y los impuestos, el multiplicar por miles la
riqueza de su tesoro? En una economía de dinero, el acelerar el proceso de la
producción era aumentar el movimiento: más dinero. Y como la importancia
concedida al dinero procedía en parte de la creciente movilidad de la última
sociedad medieval, con su comercio internacional, asimismo la resultante
economía de dinero favoreció más comercio: riqueza agraria, riqueza humanizada,
casas, pinturas, esculturas, libros, incluso el oro mismo eran difíciles de
transportar, mientras que el dinero podía ser transportado después de
pronunciar el abracadabra apropiado mediante una simple operación algebraica en
un lado u otro del libro mayor.
Con el
tiempo, los hombres se encontraron más a gusto con las abstracciones que con
las mercancías que representaban. Las operaciones típicas de finanza fueron la
adquisición o el intercambio de magnitudes. “Incluso los sueños del soñador
pecuniario —como observó Veblen— toman forma como un cálculo de pérdidas y
ganancias computadas en unidades estándar de una magnitud impersonal”. Los
hombres se hicieron poderosos hasta el punto que descuidaron el mundo real del
trigo y de la lana, de los alimentos y de los vestidos, y centraron su atención
en su representación puramente cuantitativa en signos y símbolos. La
contribución del capitalismo al cuadro del mundo mecánico consistió en pensar
en términos simplemente de peso y número, el hacer de la cantidad no sólo una
indicación de valor sino el criterio del valor. De esta manera las
abstracciones del capitalismo precedieron las abstracciones de la ciencia
moderna y reforzaron en todos los puntos sus lecciones típicas y sus típicos
métodos de proceder. La clarificación y la conveniencia, particularmente para
el comercio a larga distancia en el espacio y en el tiempo fueron grandes: pero
el precio social pagado por estas economías fue elevado. Son ilustrativas las
palabras de Mark Kepler, publicadas en 1595: “Lo mismo que el oído está hecho
para percibir el sonido y el ojo para percibir el color, así la mente del
hombre ha sido formada para comprender, no todas las clases de cosas, sino las
cantidades. Percibe más claramente cualquier cosa determinada en la medida en que
dicha cosa está más cerca de las puras cantidades como de sus orígenes, pero
cuanto más se aleja una cosa de las cantidades, más oscuridad y error se
encierran en ella”.
¿Fue una
casualidad que los fundadores y patrocinadores de la Royal Society —en verdad
algunos de los primeros experimentadores en ciencias físicas— fueran los
mercaderes de la City? El rey Carlos II podía reírse sin freno al oír que
aquellos caballeros habían pasado el tiempo pesando el aire; pero sus instintos
estaban justificados y sus procedimientos eran correctos: el método mismo
pertenecía a su tradición y en ello iba dinero. El poder que era la ciencia y
el poder que era el dinero eran, en fin de cuentas, la misma clase de poder: el
poder de abstracción, de medida, de cuantificación.
Pero no
fue solo por la promoción de hábitos abstractos, de pensamientos, intereses
pragmáticos y estimaciones cuantitativas por lo que el capitalismo preparó el
camino de las técnicas modernas. Desde el principio las máquinas y la
producción fabril, como los grandes cañones y los armamentos, hicieron demandas
directas de capital muy por encima de los pequeños anticipos necesarios para
proporcionar herramientas al artesano de viejo estilo o para dejarlo vivir. La
libertad para hacer funcionar talleres y fábricas independientes, para utilizar
máquinas y aprovecharlas, correspondió a aquellos que disponían de capital.
Mientras las familias feudales, con su dominio sobre la tierra, a menudo
disponían de un monopolio sobre recursos naturales tales como los que en ellos
se encuentran, y con frecuencia se interesaban por la fabricación del vidrio, o
la minería, o la fundición de hierro hasta los tiempos más modernos, los nuevos
inventos mecánicos se prestaron para su explotación por las clases mercantiles.
El incentivo de la mecanización reside en los mayores beneficios que podían
sacarse mediante la potencia y la eficiencia de la máquina.
Así,
aunque el capitalismo y la técnica deben distinguirse claramente en cada etapa,
una condicionaba la otra y repercutía sobre ella. El mercader acumulaba capital
ampliando la escala de sus operaciones, acelerando sus ingresos y descubriendo
nuevos territorios para la explotación. El inventor seguía un proceso paralelo
explotando nuevos métodos de producción e ideando cosas nuevas para
producirlas. Algunas veces el comercio apareció como un rival de la máquina por
ofrecer mayores oportunidades de beneficio; otras restringió ulteriores
desarrollos con el fin de aumentar el provecho de un monopolio en particular:
ambos motivos aún actúan en la sociedad capitalista. Desde el principio hubo
disparidades y conflictos entre estas dos formas de explotación; pero el
comercio era el socio más antiguo y ejercía mayor autoridad. Fue el comercio el
que aportó nuevos materiales de las Indias y de las Américas, nuevos alimentos,
nuevos cereales, tabaco, pieles, fue el comercio el que encontró un mercado
nuevo para todas las cosas más o menos inútiles que echó fuera la producción en
masa del siglo XVIII; fue el comercio —ayudado por la guerra— el que desarrolló
las empresas en gran escala y la capacidad administrativa y el método que hizo
posible crear el sistema industrial como un todo uniendo sus diferentes partes.
Es
extremadamente dudoso que las máquinas se hubieran inventado tan rápidamente y
hubieran penetrado con tanta fuerza sin el incentivo adicional de beneficio:
pues todas las ocupaciones artesanas más especializadas se encontraban
profundamente atrincheradas, y la introducción de la imprenta, por ejemplo, se
retrasó hasta veinte años en París debido a la dura oposición del gremio de los
amanuenses y copistas. Pero mientras la técnica indudablemente tiene una gran
deuda con el capitalismo, igual que la tiene con la guerra, fue sin embargo una
desgracia que la máquina se viera condicionada, desde el inicio, por aquellas
instituciones extrañas y adoptara características que nada tenían que ver
esencialmente con los procedimientos técnicos o las formas de trabajo. El
capitalismo utilizó la máquina no para fomentar el bienestar social, sino para
incrementar el beneficio particular: los instrumentos mecánicos se utilizaron
para la elevación de las clases dominantes. Fue a causa del capitalismo por lo
que las industrias artesanas tanto en Europa como en otras partes del mundo
fueron destruidas sin consideración por los productos de las máquinas, aun
cuando estos últimos fuesen inferiores a los que sustituían: pues el prestigio
del perfeccionamiento y del éxito y del poder estaban con la máquina, incluso
cuando no perfeccionaba nada, incluso cuando técnicamente hablando constituía
un fracaso. En virtud de las posibilidades de beneficio, el lugar de la máquina
fue sobreestimado y el grado de regimentación se llevó más allá de lo necesario
para la armonía o la eficiencia. A ciertos rasgos del capitalismo privado se
debió que la máquina —que era un agente neutral— haya parecido con frecuencia,
y de hecho haya sido a veces, un elemento maligno en la sociedad, despreocupada
por la vida humana, indiferente a los intereses humanos. La máquina ha sufrido
por los pecados del capitalismo; por el contrario, el capitalismo se ha
aprovechado a menudo de las virtudes de la máquina.
Al apoyar
la máquina, el capitalismo aceleró su andadura y proporcionó un incentivo
especial a la preocupación por los perfeccionamientos mecánicos. Aunque
frecuentemente no llegó a pagar al inventor, consiguió con halagos y promesas
estimularle para proseguir en su esfuerzo. En muchos sectores el paso fue
acelerado con exageración y el estímulo fue aplicado en demasía. Realmente, la
necesidad de fomentar continuos cambios y perfeccionamientos, que ha sido la
característica del capitalismo introdujo un elemento de inestabilidad en la
técnica e impidió a la sociedad el asimilar sus perfeccionamientos técnicos e
integrarlos en una estructura social adecuada. Al mismo tiempo que se ha
desarrollado y extendido el capitalismo mismo, estos vicios han crecido de hecho
desmesuradamente, y los peligros para la sociedad en conjunto han crecido
asimismo proporcionalmente. Basta observar aquí la estrecha asociación
histórica de la técnica moderna y del moderno capitalismo, y señalar que, a
pesar de su desarrollo histórico, no existe una conexión necesaria entre ambos.
El capitalismo ha existido en otras civilizaciones, que se encontraban en un
desarrollo técnico relativamente bajo, y la técnica mejoró continuamente desde
el siglo diez hasta el quince sin incentivo especial del capitalismo. Pero el
estilo de la máquina se ha visto hasta el momento actual poderosamente influido
por el capitalismo. La importancia concedida a lo grande, por ejemplo, es un
rasgo comercial, apareció en los edificios de los gremios y en las casas de los
mercaderes mucho antes de que se evidenciara en la técnica, con su escala de
operaciones originalmente modesta.
§ 5. De
la fábula al hecho
Mientras tanto, con la transformación de los conceptos de tiempo y espacio se
produjo un cambio en la dirección del interés desde el mundo celestial al
natural. Alrededor del siglo doce comenzó a disiparse el mundo sobrenatural, en
el que la mente europea había estado envuelta como en una nube a partir del
ocaso de las escuelas de pensamiento del período clásico: la hermosa cultura de
la Provenza cuya lengua Dante mismo había quizás pensado emplear en su Divina
Comedia, fue el primer brote del nuevo orden: un brote destinado a ser
salvajemente malogrado por la cruzada de los albigenses.
Cada
cultura vive con su sueño. El de la cristiandad fue uno en el que un fabuloso
mundo celestial, lleno de dioses, santos, diablos, demonios, ángeles,
arcángeles, querubines y serafines, dominios y potencias, lanzó sus formas e
imágenes fantásticamente engrandecidas sobre la vida real del hombre mortal.
Este sueño impregna la vida de una cultura como las fantasías de la noche
dominan la mente del que duerme: es realidad —mientras dura el sueño. Pero,
como el que duerme, una cultura vive dentro de un mundo objetivo que continúa a
través de su sueño o de su despertar, y a veces irrumpe en el sueño, como un
ruido, para modificarlo o para que sea imposible que el sueño prosiga.
Por un
lento proceso natural, el mundo de la naturaleza irrumpió en el sueño medieval
de infierno, paraíso y eternidad: en la fresca escultura naturalista de las
iglesias del siglo XIII puede uno sorprender el primer torpe despertar del que
dormía, al darle en los ojos la luz de la mañana. Primeramente el interés del
artífice por la naturaleza era confuso: al lado mismo de las tallas finas de
las hojas del roble o de las ramas del espino, fielmente copiadas,
delicadamente dispuestas, el escultor aún creaba monstruos, gárgolas, quimeras,
bestias legendarias. Pero el interés por la naturaleza se amplió sin
interrupción y se hizo un bien de consumo. El ingenuo sentimiento del artista
del siglo XIII se convirtió en la exploración sistemática de los fisiólogos y
los botánicos del siglo XIV.
“En la
Edad Media —como dijo Emile Mâle— la idea de una cosa forjada por alguien para
sí mismo siempre fue más real que la cosa real misma, y vemos por qué aquellos
siglos místicos no tenían el concepto de lo que los hombres llaman ahora
ciencia. El estudio de las cosas por sí mismas no tenía significado para el
pensador… La labor del estudioso de la naturaleza era descubrir la verdad
eterna que Dios quería que cada cosa expresara”. Al escapar a esta actitud, el
vulgo tenía la ventaja respecto del ilustrado: sus mentes eran menos capaces de
forjar sus propias ataduras. Un interés de sentido común racional por la
naturaleza no era un producto del nuevo saber clásico del Renacimiento; debe
decirse, más bien, que unos cuantos siglos después de florecer entre los
campesinos y los albañiles, se abrió paso por otro camino hacia la corte, el
estudio y la universidad. El cuaderno de notas de Villard de Honnecourt, el
valioso legado de un gran maestro albañil, tiene dibujos de un oso, de un
cisne, de una langosta, de una mosca, de una libélula, de un bogavante, de un
león, de un par de loros, todo ello del natural directamente. El libro de la
naturaleza reaparecía, como en un palimpsesto, a través del libro celestial del
mundo.
Durante
la Edad Media el mundo externo no había tenido poder conceptual sobre la mente.
Los hechos naturales eran insignificantes comparados con el orden y la
intención divina que Cristo y su Iglesia habían revelado: el mundo visible era
simplemente una prenda y un símbolo de aquel mundo eterno de cuyas
bienaventuranzas y condenaciones daba tan vivo anticipo. La gente comía, bebía
y se casaba, tomaba el sol y crecía solemne bajo las estrellas; pero este
estado inmediato tenía poco significado. Cualquiera que fuera el significado
que tuvieran los detalles de la vida diaria eran como accesorios y trajes de
ensayos de teatro para el drama de la peregrinación del Hombre a través de la
eternidad. Hasta dónde podía llegar la mente en la medición y la observación
científica en tanto los místicos números tres y cuatro y siete y nueve y doce
llenaran cada relación con un significado alegórico. Antes de poder estudiar
las secuencias en la naturaleza, era necesario disciplinar la imaginación y
aguzar la visión: la visión mística indirecta debía convertirse en visión
directa. Los artistas desempeñaron una parte más importante en esta disciplina
de la que generalmente se les ha reconocido. Al enumerar las muchas partes de
la naturaleza que no pueden estudiarse sin la “ayuda y la intervención de las
matemáticas”, Francis Bacon incluye correctamente la perspectiva, la música, la
arquitectura y la ingeniería junto con las ciencias de la astronomía y la
cosmografía.
El cambio
de actitud hacia la naturaleza se manifestó en figuras solitarias mucho antes
de que se hiciera común. Los preceptos experimentales de Roger Bacon y de sus
investigaciones especiales en óptica habían sido durante mucho tiempo un
conocimiento de dominio público; en verdad; su visión científica al igual que
la de su homónimo isabelino han sido algo exageradamente valoradas; su
significación reside en que representan una tendencia general: en el siglo
XIII, los discípulos de Alberto Magno estaban acuciados por una nueva
curiosidad de explorar lo que les rodeaba, mientras que Absalón de St. Victor
se quejaba de que los estudiantes deseaban estudiar “la conformación del globo,
la naturaleza de los elementos, el lugar de las estrellas, la naturaleza de los
animales, la violencia del viento, la vida de las hierbas y de las raíces”.
Dante y Petrarca, a diferencia de la mayor parte de los hombres del medioevo,
ya no evitaban las montañas como puros obstáculos terroríficos que aumentaban
las penalidades del viaje: las buscaban, y las escalaban por la exaltación que
produce la conquista de la distancia y el logro de una contemplación a vista de
pájaro. Más tarde, Leonardo exploró las montañas de la Toscana, descubrió
fósiles, hizo correctas interpretaciones de la geología. Agrícola, impulsado
por su interés por la minería, hizo lo mismo. Los herbarios y los tratados
sobre historia natural que surgieron durante los siglos XV y XVI, aunque aún
mezclaban fábulas y conjeturas con los hechos, constituían claras etapas hacia
la descripción de la naturaleza: sus admirables pinturas aún lo atestiguan, y
los libritos sobre las estaciones y la rutina de la vida diaria iban en la
misma dirección. Los grandes pintores no quedaba muy atrás. La capilla Sixtina,
no menos que el famoso cuadro de Rembrandt, eran una lección de anatomía, y
Leonardo fue un digno predecesor de Vesalio, cuya vida en parte coincidió con
la de aquel. En el siglo XVI, según Beckmann, había numerosas colecciones
particulares de historia natural, y en 1659 Elías Ashmole compró la colección
Tradescant, que después regaló a Oxford.
El
descubrimiento de la naturaleza en conjunto fue la parte más importante de esta
era de descubrimientos que empezó para el mundo occidental con las Cruzadas y
los viajes de Marco Polo. La naturaleza existía para ser explorada, invadida,
conquistada, y, finalmente entendida. El sueño medieval, al disolverse, reveló
el mundo de la naturaleza, como una niebla que al levantarse deja ver las rocas
y los árboles y los pastores en la ladera de una colina, cuya existencia había
sido anunciada por un casual tintinear de esquilas o el mugido de una vaca.
Desgraciadamente, persistió el hábito medieval de separar el alma del hombre de
la vida del mundo material aunque se había debilitado la teología que lo
apoyaba; pues tan pronto como el procedimiento de la exploración fue claramente
esbozado en la filosofía y la mecánica del siglo XVI, el hombre mismo fue
excluido del cuadro. Quizás temporalmente se aprovechara la técnica de esta
exclusión; pero a la larga, el resultado se demostraría desafortunado. Al
intentar conseguir poderío, el hombre tendió a reducirse a sí mismo a una
abstracción, o, lo que viene a ser casi igual a eliminar toda parte de sí mismo
que no sea aquella dirigida a alcanzar el poderío.
§ 6. El
obstáculo del animismo
La gran serie de perfeccionamientos técnicos que empezaron a cristalizar
alrededor del siglo XVI se apoyaba en una disociación de lo mecánico y lo
inanimado. Quizá la mayor dificultad en el camino de esta disociación fuera la
persistencia de hábitos inveterados de pensamiento anímico. A pesar del
animismo, dichas disociaciones se habían realizado en verdad en el pasado: uno
de los actos más importantes de este tipo fue el invento de la rueda. Incluso
en la civilización relativamente avanzada de los asirios se ven
representaciones de grandes estatuas arrastradas sobre un trineo por el suelo.
Indudablemente la acción de la rueda procedería de la observación de que rodar
un tronco era más fácil que empujarlo: pero los árboles han existido desde un
número incalculable de años y su tala se ha efectuado durante muchos millares,
con toda probabilidad, antes de que algún inventor neolítico realizara el
estupendo acto de disociación que hizo posible el carro.
Mientras
se consideró cada objeto, animado o inanimado, como la morada de un espíritu,
mientras se esperó que un árbol o un barco se comportaran como una criatura
viva, era poco menos que imposible aislar en tanto que secuencia mecánica la
función especial que se trataba de realizar. Lo mismo que el artesano egipcio,
cuando hizo la pata de la silla labrada para que pareciera una pata de buey,
así el deseo ingenuo de reproducir lo orgánico, y evocar gigantes y espíritus
para lograr poder, en vez de idear su equivalente abstracto, retrasó el
desarrollo de la máquina. La naturaleza a menudo ayuda en tal abstracción: el
uso de su ala por el cisne puede haber sugerido la vela, igual que el avispero
sugiriera el papel. A la inversa, el cuerpo mismo es una especie de microcosmo
de la máquina: los brazos son palancas, los pulmones son fuelles, los ojos son
lentes, el corazón, una bomba, el puño, en martillo, los nervios un sistema
telegráfico conectado con una estación central. Pero, en conjunto, los
instrumentos mecánicos fueron inventados antes de que se describieran con
precisión las funciones fisiológicas. El tipo de máquina más ineficaz es la
imitación mecánica realista de un hombre o de otro animal: la
técnica recuerda a Vaucanson por su telar, más bien, que por su pato mecánico
que parecía vivo y que no sólo comía sino que hasta digería y excretaba. Los
adelantos originales en la técnica moderna se hicieron posibles únicamente
cuando un sistema mecánico pudo ser aislado de todo un sistema de relaciones.
No fue solamente el primer aparato volador, como el de Leonardo, el que intentó
reproducir el movimiento de las alas de un pájaro: todavía en 1897, el aparato
con forma de murciélago de Ader, que ahora está colgado en el Conservatorio de
las Artes y Oficios de París, tenía sus costillas o nervios formados como los
del cuerpo de un murciélago, y los mismos propulsores, como para agotar todas
las posibilidades zoológicas, eran de fina madera partida, lo más parecido
posible a las plumas de un ave. De manera análoga, la creencia de que el
movimiento alternativo, como el de los brazos y las piernas, era la forma
“natural” de movimiento se utilizó para justificar la concepción original de la
turbina. El plano de Branca de una máquina de vapor a principios del siglo XVII
mostraba una caldera con la forma de la cabeza y el torso de un hombre. El
movimiento circular, uno de los atributos más útiles y frecuentes de una
máquina completamente perfeccionada es, cosa curiosa, uno de los movimientos
menos observables en la naturaleza: incluso las estrellas no describen una
órbita circular, y excepto los rotíferos, el hombre mismo, en algunas danzas y
volteretas, es el exponente principal del movimiento rotatorio.
El
triunfo específico de la imaginación técnica residió en el ingenio para
disociar el poder elevador del brazo y crear la grúa, para disociar el trabajo
de la acción de los hombres y los animales y crear el molino hidráulico, para
disociar la luz de la combustión de la madera y crear la lámpara eléctrica.
Durante miles de años el animismo fue el obstáculo en el camino de este
desarrollo, pues ocultó la faz total de la naturaleza detrás de garabatos de
formas humanas: hasta las estrellas fueron agrupadas en figuras vivas como
Cástor y Pólux o el Toro basándose en algunas relaciones de semejanza muy
remotas. La vida, no contenta con su propio terreno, invadió sin medida las
piedras, los ríos, las estrellas, y todos los elementos naturales: el ambiente
externo, por ser parte tan importante del hombre era caprichoso, dañino, un
reflejo de sus propios impulsos y temores.
Como el
mundo parecía, en esencia, animístico, y como aquellos poderes “externos”
amenazaban al hombre, el único método de escape que su voluntad podía seguir
era o bien la disciplina de sí mismo o la conquista de otros hombres: la vía de
la religión o la vía de la guerra. En otro lugar trataré de la contribución
especial que la técnica y el ánimo de la guerra aportaron al desarrollo de la
máquina; en cuanto a la disciplina de la personalidad era esencialmente,
durante la edad media, del dominio de la Iglesia, y tuvo mejor alcance,
naturalmente, no entre los campesinos y los nobles, aún aferrados a formas de
pensamiento esencialmente paganas, con las cuales la Iglesia había llegado
oportunamente a un compromiso, sino en los monasterios y en las universidades.
El
animismo, aquí fue expulsado por un sentido de la omnipotencia de su único
Espíritu, refinado, por el mismo engrandecimiento de sus deberes, hasta el
punto de eliminar cualquier semejanza con las capacidades puramente humanas o
animales. Dios había creado un mundo ordenado, y en él prevalecía su Ley. Sus
actos eran quizá inescrutables; pero no eran caprichosos: la vida religiosa
ponía todo el acento en crear una actitud de humildad ante la voluntad de Dios
y el mundo que él había creado. Si la fe subyacente de la Edad Media seguía
siendo supersticiosa y animística, las doctrinas de los Escolásticos eran de
hecho antianimísticas: el quid de la cuestión era que el mundo de Dios no era
el del hombre, y que sólo la Iglesia podía formar un puente entre el hombre y
el absoluto.
El
significado de esta división no se hizo aparente del todo hasta que los
Escolásticos mismos cayeran en descrédito y sus herederos, como Descartes,
empezaran a aprovecharse de la antigua brecha, describiendo sobre base
puramente mecánica todo el mundo de la naturaleza, dejando fuera sólo el campo
específico de la Iglesia, el alma del hombre. En función de la creencia de la
Iglesia en un mundo ordenado independiente, ha mostrado Whitehead en Science
and the Modern World, que la labor de la ciencia pudo continuar con tanta
confianza. Los humanistas del siglo XVI pudieron ser a menudo escépticos y
ateos, burlándose de la Iglesia incluso cuando permanecían en su seno: quizá no
sea casualidad que los Leibniz, Newton, Pascal, fueran tan uniformemente
devotos. El paso siguiente en el desarrollo, dado por Descartes mismo, fue el
transferir el orden de Dios a la Máquina. Así en el siglo XVIII se convirtió a
Dios en el Relojero Eterno, quien habiendo concebido, creado y dado cuerda al
reloj del universo, no tenía responsabilidad ulterior hasta que la máquina
finalmente se rompiera —o, como pensaban en el siglo XIX, se parara.
El método
de la ciencia y la tecnología, en sus formas desarrolladas, implica una
esterilización del ser, una eliminación, hasta donde sea posible, de la
tendencia y la preferencia humanas, incluyendo el placer humano en la propia
imagen del hombre y la creencia instintiva en la inmediata presencia de sus
fantasías. ¿Qué mejor preparación podría tener toda una cultura para realizar
tal esfuerzo que la difusión del sistema monástico y la multiplicación de un
gran número de comunidades separadas, dedicadas a vivir una humilde y abnegada
vida, bajo una regla estricta? Aquí en el monasterio, se encontraba un mundo
relativamente no animista y no orgánico: las tentaciones del cuerpo quedaban
minimizadas en teoría, y, a pesar de la tensión y la irregularidad, a menudo
eran también minimizadas en la práctica, en todo caso, más a menudo que en la
vida secular. El esfuerzo para exaltar al yo individual quedaba suspenso en la
rutina colectiva.
Como la
máquina, el monasterio era incapaz de propia perpetuación excepto por
renovación desde fuera. Y aparte del hecho que las mujeres estaban de la misma
manera en conventos de monjas, el monasterio era, como el ejército, un mundo
estrictamente masculino. Como el ejército, también aguzaba, disciplinaba y
concentraba la voluntad de poder: una serie de líderes militares salieron de
las órdenes religiosas, en tanto el jefe de la orden que ejemplificó los
ideales de la contrarreforma empezó su vida como soldado. Uno de los primeros
científicos experimentadores, Roger Bacon, fue un monje; también lo fue Michael
Stifel, quien en 1544 amplió el uso de los símbolos en las ecuaciones
algebraicas; los monjes ocuparon un puesto elevado en la lista de la mecánica y
de los inventores. La rutina espiritual del monasterio, si no favoreció
positivamente a la máquina, al menos anuló muchas de las influencias que la
combatían. Y a diferencia de la disciplina similar de los budistas, la de los
monjes occidentales dio origen a tipos más fecundos y complejos de máquinas que
las ruedas para rezar.
En otra
forma también las instituciones de la Iglesia prepararon el camino para la
máquina: en su menosprecio por el cuerpo, pues el respeto por el cuerpo y sus
órganos es profundo en todas las culturas clásicas del pasado. A veces, al ser
proyectado imaginativamente el cuerpo puede ser desplazado simbólicamente por
las partes o los órganos de otro animal, como en el Horus egipcio. Pero la
sustitución se hace para intensificar algunas cualidades orgánicas, el poder
del músculo, del ojo, de los genitales. Los falos que se llevaban en procesión
eran mayores y más poderosos, en la representación, que los verdaderos órganos
humanos: así, también, las imágenes de los dioses podían alcanzar dimensiones
heroicas, para acentuar su vitalidad. Todo el ritual de la vida en las antiguas
culturas tendía a recalcar el respeto por el cuerpo y espaciarse en sus
bellezas y deleites: incluso los monjes que pintaron las cuevas de Ajanta, en
la India, se encontraban bajo su hechizo. La entronización de la forma humana
en la escultura, y la atención por el cuerpo en la palestra de los griegos o en
los baños de los romanos, reforzó el sentimiento interno por lo orgánico. La
leyenda acerca de Procusto tipifica el horror y el resentimiento que los
pueblos clásicos sentían contra la mutilación del cuerpo. Se hacen camas para
adaptarlas a los seres humanos, no se cortan piernas o cabezas para que quepan
en las camas.
Este
sentido afirmativo del cuerpo jamás desapareció seguramente, ni durante los más
fuertes triunfos de la cristiandad: cada nueva pareja de amantes lo recobra a
través del placer físico mutuo. De forma análoga, el predominio de la
glotonería como pecado durante la Edad Media fue un testimonio de la
importancia del vientre. Pero las enseñanzas de la Iglesia iban dirigidas
contra el cuerpo y su cultivo: si por un lado era el Templo del Espíritu Santo,
también era vil y pecador por naturaleza: la carne tendía a la corrupción y
para lograr los laudables fines de la vida se la debe mortificar y dominar,
reduciendo sus apetitos por el ayuno y la abstención: esta era la letra de la
enseñanza de la Iglesia y si bien no puede suponerse que la masa de la
humanidad se atuviera a la letra, el sentimiento contra la exposición del
cuerpo, su uso, su celebración, ahí estaban.
Mientras
los baños públicos eran comunes en la Edad Media, contrariamente a la
complacida superstición que se desarrolló después de que el renacimiento los
abandonara, los verdaderamente santos desdeñaban bañar el cuerpo, se
martirizaban la piel con cilicios, se azotaban, volvían sus ojos con interés
caritativo hacia los llagados y los leprosos y los deformes. Al odiar el
cuerpo, las mentes ortodoxas de aquellas edades estaban preparadas para
violentarlo. En lugar de resentirse contra las máquinas que podían simular esta
o aquella acción del cuerpo, podían darles la bienvenida. Las formas de la
máquina no eran más feas o repulsivas que los cuerpos de los hombres y mujeres
lisiados y tullidos, o, si eran repulsivos y feos, eso mismo les impedía ser
una tentación para la carne. El escritor de la Crónica de Nürenberg, en 1398,
podía decir que “los artefactos con ruedas que realizan extrañas tareas y
exhibiciones y disparates proceden directamente del demonio, pero a pesar de sí
misma, la Iglesia estaba creando discípulos del demonio.
El hecho,
es, en todo caso, que la máquina entró más lentamente en la agricultura, con
sus funciones de mantener y conservar la vida, mientras que progresó con fuerza
precisamente en aquellas partes del ambiente en donde por costumbre se trataba
el cuerpo más odiosamente: es decir, en el monasterio, en la mina, en el campo
de batalla.
§ 7. La
ruta a través de la magia
Entre la fantasía y el conocimiento exacto, entre el drama y la tecnología,
existe una estación intermedia: la de la magia. En la magia se instituyó
decisivamente la conquista general del medio externo. Sin el orden que aportó
la Iglesia la campaña hubiera posiblemente sido impensable; pero sin la
salvaje, emprendedora lucha de los magos no se habrían tomado las primeras
posiciones. Pues los magos no sólo creían en las maravillas, sino que
audazmente ambicionaron obrarlas: por su esfuerzo hacia lo excepcional, los
filósofos naturales que los siguieron fueron los primeros en vislumbrar la
posibilidad de establecer regularidades en la naturaleza.
El sueño
de conquistar la naturaleza es uno de los más antiguos que ha fluido y refluido
en la mente del hombre. Cada gran época de la historia humana en que esta
voluntad ha encontrado una salida positiva marca una elevación en la cultura y
una contribución permanente a la seguridad y al bienestar del hombre. Prometeo,
genio del fuego, figura al origen de la conquista del hombre: pues el fuego no
hace simplemente posible la mejor digestión de los alimentos, sino que sus
llamas mantuvieron alejados los animales de presa, y alrededor de su calor,
durante las estaciones más frías del año, se hizo posible una vida social, más
allá del amontonamiento y de la vaciedad del sueño invernal. Los lentos
adelantos en la confección de herramientas y armas que marcaron los primeros
períodos de la piedra fueron una conquista pedestre del ambiente: ganancia por
pulgadas. En el período neolítico se llegó a la primera gran escalada, con la
domesticación de plantas y animales, la realización de observaciones
astronómicas ordenadas y efectivas, y la difusión de una civilización de
grandes piedras relativamente pacífica, en muchas tierras dispersas por el
planeta. El uso del fuego, la agricultura, la alfarería, la astronomía, fueron
maravillosos saltos: dominaciones más bien que adaptaciones. Durante miles de
años los hombres han debido soñar, en vano, con nuevos atajos y controles.
Fuera del
gran y quizá corto período de invención del neolítico los adelantos, hasta el
siglo X de nuestra era, habían sido proporcionalmente pequeños excepto en el
uso de los metales. Pero la esperanza de una conquista mayor, de algún cambio
fundamental de la relación del hombre dependiente de un mundo externo
indiferente y sin piedad siguió rondando sus sueños y hasta sus plegarias: los
mitos y los cuentos de hadas constituyen un testimonio de su deseo de plenitud
y poder, la libertad de movimiento y dimensión de los días.
Mirando a
las aves, los hombres soñaron con el vuelo: quizá una de las envidias y de los
deseos más universales del hombre; Dédalo entre los griegos, Ayar Katsi, el
hombre volador, entre los indios peruanos, sin hablar de Rah y Neith, Astarté o
Psique, o los ángeles de la cristiandad. En el siglo XIII, este sueño volvió a
aparecer proféticamente en la mente de Roger Bacon. La alfombra volante de las
Mil y Una Noches, las botas de siete leguas, el anillo mágico, eran pruebas
todas del deseo de volar, de viajar rápidamente, de disminuir el espacio, de
anular el obstáculo de la distancia. A esto acompañaba un deseo constante de
liberar el cuerpo de sus enfermedades, de su temprano envejecer, que deseca su
potencia, y de las dolencias que amenazan la vida hasta en lo más recio del
vigor y de la juventud. Los dioses pueden definirse como seres de algo más que
la estatura humana y que disponen de aquellos poderes de desafiar el espacio y
el tiempo y el ciclo del crecimiento y de la decadencia: incluso en la leyenda
cristiana la capacidad de hacer andar al paralítico y ver al ciego es una de
las pruebas de divinidad. Imhotep y Esculapio, por habilidad en las artes de la
medicina, fueron elevados a la categoría de dioses por los egipcios y los
griegos. Oprimido por la necesidad y por el hambre, el sueño del cuerno de la
abundancia y el paraíso terrenal siguen obsesionando al hombre.
En el
Norte fue donde esos mitos de extensos poderes cobraron una firmeza acentuada,
quizá, a causa de los positivos logros de los mineros y los herreros:
recuérdese a Thor, dueño del trueno, cuyo martillo mágico lo hacía tan
poderoso. Recuérdese a Loki, el astuto y malicioso dios del fuego. Recuérdese a
los gnomos que crearon la armadura y las mágicas armas del Sigfrido; Ilmarinen
de los fineses, que fabricó un águila de acero, y Wieland, el fabuloso forjador
germano, que confeccionó vestidos de plumas para volar. Detrás de todas estas
fábulas, esos deseos y utopías colectivos, reside la ambición de dominar la
naturaleza bruta de las cosas.
Pero los
mismos sueños que exponían aquellos deseos eran una revelación de la dificultad
de alcanzarlos. El sueño enseña la dirección a la actividad humana y a la vez
expresa el impulso interno del organismo y hace aparecer las metas apropiadas.
Pero cuando el sueño va mucho más allá de los hechos, tiende a “cortocircuitar”
la acción: el placer subjetivo de anticipación sirve de sustitutivo para el
pensamiento, el artificio y la acción que pudiera darle una base firme en la
realidad. El deseo separado, desconectado de las condiciones de su cumplimiento
o de sus medios de expresión, no conduce a ningún lado: todo lo más contribuye
a un equilibrio interno. Al ver el papel jugado por la magia en los siglos XVI
y XVII uno se da cuenta de lo difícil que era la disciplina necesaria antes de
que la invención mecánica fuese posible.
La magia,
como la fantasía pura, era un atajo hacia el conocimiento y el poder. Pero
hasta en la forma más primitiva de hechicería, la magia supone un drama y una
acción: si uno desea matar a su propio enemigo con la magia, debe uno por lo
menos moldear una figura de cera y clavarle unos alfileres; y de igual manera,
si la necesidad de oro en el primitivo capitalismo provocó una gran búsqueda de
medios de transmutar los metales de baja ley en metales nobles, se vio
acompañada por desmañados y frenéticos intentos de manipular el ambiente
externo. Con la magia el experimentador reconoció que se debía disponer de un
cierto material antes de poderlo transformar en otro más valioso. Lo cual
constituía un gran adelanto hacia lo positivo. “Las operaciones —como bien dice
Lynn Thorndike de la magia— se suponía que eran eficaces aquí, en el mundo de
la realidad externa”: la magia presuponía una demostración pública más bien que
una satisfacción simplemente particular.
Nadie
puede señalar cuando la magia se convirtió en ciencia, cuándo el empirismo se
hizo experimentación, cuándo la alquimia se convirtió en química y la
astrología en astronomía, dicho brevemente, cuándo y dónde la necesidad de
resultados y de satisfacciones humanos inmediatos acabaron de dejar su confusa
huella. La magia estaba marcada sobre todo quizá por dos propiedades no
científicas: por los secretos y las manifestaciones, y por una cierta
impaciencia por conseguir “resultados”. Según Agrícola los transmutacionistas
del siglo XVI no vacilaban en ocultar oro en una bolita de mineral, para que su
experimento tuviera éxito: parecidas argucias, como una llave de reloj
escondida para dar cuerda, se utilizaban en muchas máquinas de movimiento
perpetuo. En todas partes la escoria del fraude y del charlatanismo se
mezclaban con algún que otro grano de conocimiento científico que la magia
utilizaba o producía.
Pero los
instrumentos de investigación se desarrollaron antes de que se encontrara un
método para realizarla; y si el oro no salió del plomo en los experimentos de
los alquimistas, no se les debe reprochar por su ineptitud sino felicitarles
por su audacia: su imaginación olfateó la presa en una cueva en la que no
podían penetrar, pero sus ladridos y su mostrar la caza finalmente trajeron a
los cazadores al paraje. Algo más importante que el oro quedó de las
investigaciones de los alquimistas: la retorta, el horno y el alambique; el
hábito de manipular mediante trituración, molienda, fuego, destilación,
disolución: valiosos aparatos para verdaderos experimentos, valiosos métodos
para ciencia verdadera. La fuente de autoridad para los magos dejó de ser Aristóteles
y los Padres de la Iglesia. Confiaron en lo que sus manos podían hacer y sus
ojos podían ver, con ayuda del mortero, del almirez y del horno. La magia
residía más en la demostración que en la dialéctica: más que cualquier otra
cosa, quizá, excepto la pintura, liberó al pensamiento europeo de la tiranía
del texto escrito.
En
resumen, la magia dirigió la mente de los hombres hacia el mundo externo:
sugirió la necesidad de manipularlo. Ayudó a crear los instrumentos para
conseguirlo, y afinó la observación en cuanto a sus resultados. No se encontró
la piedra filosofal, pero surgió la ciencia de la química, para enriquecernos
mucho más allá de los sueños de buscadores de oro. El herborizador en su
ardiente busca de plantas medicinales y de panaceas mostró el camino para las
intensivas exploraciones del botánico y del médico. A pesar de nuestros alardes
de correctas drogas de alquitrán de hulla, no se debe olvidar que uno de los
específicos auténticos en medicina, la quinina, proviene de la corteza de la
quina, y que el aceite del chaulmugra, usado con éxito en el tratamiento de la
lepra, procede también de un árbol exótico. Lo mismo que el juego de los niños
anticipa cruelmente la vida adulta, así la magia anticipó la ciencia y la
tecnología modernas. Lo que fue fantástico, fue sobre todo la falta de
dirección: la dificultad no residía en el uso del instrumento, sino en
encontrar un terreno en el que pudiera aplicarse y hallar el sistema correcto
para aplicarlo. Mucha de la ciencia del siglo XVII, aunque ya no viciada de
charlatanismo, fue lo mismo de fantástica. Necesitó siglos de esfuerzo
sistemático para desarrollar la técnica que nos ha dado el salvarsán de Ehrlich
o el 207 de Bayer. Pero la magia fue el puente que unió la fantasía con la
tecnología: el sueño de poder fue el motor de la realización. La confianza
subjetiva de los magos, tratando de hinchar sus egos privados con riqueza sin
límites y energías misteriosas, superó hasta sus fracasos prácticos; sus
ardorosas esperanzas, sus sueños insensatos, sus homúnculos desarticulados
siguieron resplandeciendo en las cenizas: el haber soñado tan desenfrenadamente
iba a hacer a la técnica que siguió menos increíble y por tanto menos
imposible.
§ 8.
Control social
Si el pensamiento mecánico y el experimento ingenioso produjeron la máquina, el
control estricto le dio un suelo donde crecer: el proceso social trabajó de la
mano con la nueva ideología y la nueva técnica: Mucho antes de que los pueblos
del mundo occidental se volvieron hacia la máquina, el mecanismo como elemento
en la vida social había aparecido ya. Antes de que los inventores crearan
ingenios que ocuparan el lugar de los hombres, los líderes de éstos habían
ejercitado y sometido a control multitudes de seres humanos: habían descubierto
cómo reducir los hombres a máquinas. Los esclavos y los campesinos que
arrastraban las piedras para las pirámides, tirando al ritmo del restallido del
látigo, los esclavos que remaban en las galeras romanas, encadenado cada hombre
a su asiento e incapaz de realizar más movimiento que el mecánico limitado, el
orden y la marcha y el sistema de ataque de la falange macedónica: todos ellos
fueron fenómenos de máquina. Cualquier cosa que limite las acciones y los
movimientos de los seres humanos a sus elementos puramente mecánicos pertenece
a la fisiología, sino a la mecánica, de la edad de la máquina.
A partir
del siglo XV, el invento y el control estricto obraron recíprocamente. El
incremento del número y tipos de máquinas, molinos, cañones, relojes, autómatas
que parecían vivos deben haber sugerido a los hombres atributos mecánicos y
extendido las analogías del mecanismo a hechos orgánicos más sutiles y
complejos; en el siglo XVII estas preocupaciones irrumpieron en la filosofía.
Descartes, al analizar la fisiología del cuerpo humano, observa que su
funcionamiento, aparte de la guía de la voluntad, no “es en absoluto ajeno a
quienes están familiarizados con la variedad de movimientos realizados por los
diferentes autómatas, o máquinas móviles fabricadas por la industria humana, y
con la ayuda de sólo unas pocas piezas, comparadas con la gran multitud de
huesos, nervios, arterias, venas y otras partes que se encuentran en el cuerpo
de todo animal. Dichas personas consideran este cuerpo como una máquina hecha
por la mano de Dios”. Pero el proceso opuesto era también cierto: la
mecanización de los hábitos humanos preparaba el camino para las imitaciones
mecánicas.
En la
medida en que el miedo y la desorganización predominaron en la sociedad, los
hombres aspiraron hacia un absoluto: si éste no existe, lo proyectan. La
regimentación dio a los hombres de aquel período una finalidad que no podían
descubrir en ninguna otra parte. Si uno de los fenómenos de derrumbamiento del
orden medieval fue la turbulencia que hizo de los hombres filibusteros,
descubridores, precursores, rompiendo con la insulsez de las viejas formas y
con el rigor de las disciplinas autoimpuestas, los demás fenómenos,
relacionados con ellas, pero llevando obligatoriamente a la sociedad hacia un
molde regimentado, fueron la rutina metódica del instructor y del tenedor de
libros, del soldado y del burócrata. Estos maestros de la regimentación
alcanzaron una ascendencia total en el siglo XVII. La nueva burguesía en la
oficina y en la tienda, redujo la vida a una rutina cuidadosa e ininterrumpida.
Tanto por lo que se refiere al negocio como a las comidas y al placer; todo era
medido cuidadosamente, era tan metódico como el contacto sexual del padre de
Tristam Shandy, que coincidía, simbólicamente, con el dar cuerda mensual al
reloj. Pagos cronometrados, contratos cronometrados, trabajo cronometrado,
comidas cronometradas: a partir de este período nada estaba completamente libre
del calendario o del reloj. El desperdicio del tiempo se convirtió para los
predicadores religiosos protestantes, como Richard Baxter, en uno de los más
horribles pecados. El perder el tiempo en simples cuestiones de sociedad o hasta
en el sueño, era cosa reprensible.
El hombre
ideal del orden nuevo era Robinson Crusoe. No es de extrañar que adoctrinara a
los niños con sus virtudes durante dos siglos como modelo por un número de
sabios discursos sobre el hombre económico. Robinson Crusoe fue
un cuento de lo más representativo no sólo porque era la obra de uno de la
nueva generación de escritores y de periodistas profesionales, sino también
porque combinaban en el mismo escenario el elemento de la catástrofe y de la
aventura con la necesidad de la invención. En el nuevo sistema económico cada
hombre se preocupaba de sí mismo. Las virtudes dominantes eran la economía, la
previsión, la experta adaptación de los medios. La invención tomó el lugar de
la representación de la imagen y del ritual; la experiencia tomó el lugar de la
contemplación: la demostración, el lugar de la lógica deductiva y de la
autoridad. Incluso sólo en una isla desierta, las virtudes de la sobria clase
media le llevarían a uno a…
El
protestantismo reforzó estas lecciones de la sobriedad de la clase media y le
dieron la aprobación de Dios. Es cierto: los principales recursos de las
finanzas fueron un producto de la Europa católica, y el protestantismo ha
gozado una inmerecida alabanza como fuerza liberadora de la rutina medieval y
una censura no merecida como fuente original y justificación espiritual del
capitalismo moderno. Pero el servicio particular del protestantismo fue unir
las finanzas a la vida religiosa y convertir el ascetismo apoyado por la
religión en una empresa para la concentración en bienes terrenos y progreso del
mundo. El protestantismo descansó firmemente en las abstracciones de la
imprenta y el dinero. La religión debía hallarse no sólo en el compañerismo de
los espíritus religiosos, históricamente conectados con la Iglesia y
comunicando con Dios a través de un rito elaborado, sino también en el mundo
mismo: la palabra sin su fondo comunal. En último análisis, el individuo debe
responder por sí mismo en el cielo, como lo hizo en la lonja. La expresión de
creencias colectivas a través de las artes fue una trampa: por ello los
protestantes arrancaron las imágenes de sus catedrales y dejaron desnudas las
piedras de la construcción: desconfiaban de todas las pinturas, excepto quizá
del retrato, que reproducía con la exactitud de un espejo, y consideró el
teatro y la danza como una lujuria demoníaca. La vida, con toda su variedad
voluptuosa y cálido deleite fue arrancada del mundo del pensamiento
protestante: lo orgánico desapareció. El tiempo era real: ¡no lo pierda! El
trabajo era real: ¡ejérzalo! El dinero era real: ¡ahórrelo! El espacio era real
¡conquístelo! La materia era real: ¡mídala! Estas eran las realidades y los
imperativos de la filosofía de la clase media. Aparte el esquema superviviente
de la divina salvación todos sus impulsos se encontraban ya bajo la regla del
peso y la medida y la cantidad: el día y la vida estaban completamente
regimentados. En el siglo XVIII Benjamín Franklin, quien quizá había sido anticipado
por los jesuitas, encabezó el proceso inventando un sistema moral de teneduría
de libros.
¿Cómo
ocurrió que el impulso del poder quedara aislado e intensificado hacia el final
de la Edad Media?
Cada
elemento en la vida forma parte de una red cultural: una parte compromete,
restringe, ayuda a expresar a la otra. Durante este período se rompió la red, y
un fragmento escapó y se lanzó a una carrera separada, la voluntad de dominar
el medio. Dominar, no cultivar: alcanzar el poder, no conseguir la forma. Uno
no puede, claramente, abarcar una serie compleja de acontecimientos con unos
elementos tan simples. Otro factor en el cambio puede haber sido debido a un
sentimiento de inferioridad intensificado; quizá esto surgió debido a la
humillante disparidad entre las pretensiones ideales del hombre y sus
verdaderas realizaciones, entre la caridad y la paz predicadas por la Iglesia y
sus eternas guerras, enemistades y aversiones; entre la vida limpia predicada
por los santos y la lujuriosa vivida por los papas del Renacimiento; entre la
creencia en el cielo y el repulsivo desorden y desastre de su existencia real.
Fallando la redención por la gracia, la armonización de los deseos, las
virtudes cristianas, el pueblo buscó, quizá, cancelar su sentido de
inferioridad y superar su frustración buscando el poder.
En todo
caso, la antigua síntesis se había destruido en el pensamiento y la acción
social. En gran medida, se había destruido porque era inadecuada: un concepto
de la vida humana y de su destino, quizá fundamentalmente neurótico y cerrado,
el cual originalmente había nacido de la miseria y del terror que habían
concurrido a la vez a la brutalidad de la Roma imperialista y de su final
putrefacción y ruina. Tan lejanas estaban las actitudes y conceptos de la
cristiandad de los hechos del mundo natural y de la vida humana, que una vez
abierto el mundo mismo por la navegación y la exploración, por la nueva
cosmología, por nuevos métodos de observación y de experiencia, ya no había
regreso a la cáscara rota del orden antiguo. La ruptura entre el sistema
celestial y el terrenal se había hecho demasiado grave para ser pasada por alto
y demasiado ancha para ser llenada: la vida humana tenía un destino fuera de
aquella cáscara. La ciencia más tosca estaba más próxima a la verdad de la
época que el escolasticismo más refinado: la máquina de vapor peor ingeniada o
la hiladora más antigua eran más eficientes que la mejor reglamentación
gremial, y la fábrica o el puente de hierro más defectuosos eran más
prometedores para la arquitectura que las construcciones más magistrales de
Wren y Adam. El primer metro de tela tejido por una máquina, la primera
fundición de hierro puro tenían en potencia más interés estético que las joyas
cinceladas por Cellini o el lienzo pintado por un Reynolds. En pocas palabras:
una máquina viva era mejor que un organismo muerto, y el organismo de la
cultura medieval estaba muerto.
A partir
del siglo XV hasta el XVII los hombres vivieron en un mundo vacío: un mundo que
se estaba quedando cada día más vacío. Decían sus oraciones, repetían sus
fórmulas: trataron incluso de recobrar la santidad que habían perdido
resucitando supersticiones que abandonaron hacía largo tiempo: de aquí la furia
y el fanatismo sin sentido de la contrarreforma, su quema de herejes, su
persecución de brujas, precisamente en medio de la creciente “ilustración”.
Ellos mismos se volvieron atrás al sueño medieval con una nueva intensidad de
sentimiento, si no con convicción. Esculpieron y pintaron y escribieron: ¿Quién
en verdad labró jamás tan poderosamente la piedra como Miguel Ángel, quién
escribió con éxtasis y vigor más espectaculares que Shakespeare? Pero debajo de
la superficie ocupada por esas obras de arte y de pensamiento había un mundo
muerto, un mundo vacío, un hueco que ninguna cantidad de energía y bravura
podrían rellenar. Las artes se lanzaron al aire como un centenar de vibrantes
fuentes, pues precisamente en el momento de disolución cultural y social es
cuando la mente trabaja con una libertad e intensidad que no es posible cuando
la estructura social es estable y la vida en conjunto es más satisfactoria:
pero el ídolo mismo se había quedado vacío.
Los
hombres ya no creían, sin reservas en la práctica, en los cielos ni en el
infierno ni en la comunión de los santos: menos aún creían en los agradables
dioses y diosas, sílfides y musas con los que acostumbraban adornar, con gestos
elegantes pero sin sentido, sus pensamientos y embellecer su ambiente: estas
figuras sobrenaturales aunque humanas en su origen y en consonancia con ciertas
necesidades humanas inmutables, se habían convertido en fantasmas. Obsérvese el
niño Jesús de los retablos del siglo XIII: el niño se encuentra en un altar,
aparte; la Virgen está traspasada y beatificada por la presencia del Espíritu
Santo: el mito es real. Obsérvense las sagradas familias de la pintura de los
siglos XVI y XVII: jóvenes elegantes están mimando a sus niños bien
alimentados: el mito ha muerto. Primero sólo se dejaron los suntuosos vestidos;
finalmente una muñeca ocupó el lugar del niño viviente: una muñeca mecánica. La
mecánica se convirtió en la nueva religión, y dio al mundo un nuevo Mesías: la
máquina.
§ 9. El
universo mecánico
Los fines de la vida práctica encontraban su justificación y su marco apropiado
de ideas en la filosofía natural del siglo XVII: esta filosofía ha seguido
siendo la creencia de trabajo de la técnica, aun cuando su ideología haya sido
discutida, modificada, aplicada, y en parte minada por la ulterior prosecución
de la misma ciencia. Una serie de pensadores, Bacon, Descartes, Galileo, Newton
y Pascal delimitaron el dominio de la ciencia, elaboraron su técnica especial
de investigación y demostraron su eficacia.
A
principios del siglo XVII hubo sólo esfuerzos dispersos de pensamiento, algunos
escolásticos, otros aristotélicos, otros matemáticos y científicos, como los de
las observaciones astronómicas de Copérnico, Tycho Brahe y Kepler. La máquina
había desempeñado solamente una parte incidental en estos adelantos
intelectuales. Al fin, a pesar de la relativa esterilidad de la invención misma
durante este siglo, allí había una filosofía completamente articulada del
universo, siguiendo líneas puramente mecánicas, que sirvió de punto de partida
para todas las ciencias físicas y para posteriores perfeccionamientos técnicos:
el Weltbild[1] mecánico
había aparecido. La mecánica estableció el modelo de la investigación
afortunada y de la aplicación sagaz. Hasta aquel momento las ciencias
biológicas habían corrido parejas con las ciencias físicas. Posteriormente,
durante por lo menos un siglo y medio, hicieron un papel secundario; y sólo fue
después de 1860 cuando los hechos biológicos se reconocieron como base
importante de la técnica.
¿Con qué
medios se compuso este cuadro mecánico? ¿Y cómo llegó a proporcionar tan
excelente suelo para la propagación de inventos y la difusión de las máquinas?
El método
de las ciencias físicas residía fundamentalmente en unos pocos principios
sencillos. Primero: la eliminación de las cualidades, y la reducción de lo
complejo a lo simple atendiendo sólo a aquellos aspectos de los hechos que
pudieran pesarse, medirse o contarse, y a la especie particular de secuencia de
espacio —tiempo que pudiera controlarse y repetirse— o, como en astronomía,
cuya repetición pudiera predecirse. Segundo: concentración en el mundo externo,
y eliminación o neutralización del observador respecto de los datos con los
cuales trabaja. Tercero: aislamiento, limitación del campo, especialización del
interés y subdivisión del trabajo. En resumen, lo que las ciencias físicas
llaman el mundo no es el objeto total de la común experiencia humana: es sólo
aquellos aspectos de esta experiencia que se prestan a sí mismos a una
observación precisa de los hechos y a afirmaciones generalizadas. Se puede
definir un sistema mecánico como aquel en que una muestra al azar del conjunto
puede servir en lugar del conjunto: un gramo de agua pura en el laboratorio se
supone que tiene las mismas propiedades que un centenar de metros cúbicos de
agua igualmente pura en la cisterna y se supone que lo que rodea al objeto no
afecta a su comportamiento. Nuestros conceptos modernos de espacio y tiempo
parecen hacer dudoso que exista realmente algún sistema mecánico puro, pero la
predisposición original de la filosofía natural fue descartar complejos
orgánicos y buscar elementos aislados que pudieran ser descritos, con fines
prácticos, como si representaran completamente el “mundo físico” del que fueron
extraídos.
Esta
eliminación de lo orgánico tuvo la justificación no sólo del interés práctico
sino de la historia misma. Mientras Sócrates había vuelto la espalda a los
filósofos jonios porque le preocupaba más saber acerca de los dilemas del
hombre que aprender cosas sobre los árboles, los ríos y las estrellas, todo lo
que podía llamarse conocimiento positivo, que había sobrevivido al esplendor y
a la decadencia de las sociedades humanas, eran precisamente verdades no
vitales como el teorema de Pitágoras. En contraste con los ciclos de gusto,
doctrina o moda había habido un continuo incremento del conocimiento matemático
y físico. En este desarrollo, el estudio de la astronomía había sido una gran
ayuda: las estrellas no podían ser halagadas o corrompidas: sus cursos eran
visibles a simple vista y podían ser seguidas por cualquier observador
paciente.
Compárese
el complejo fenómeno de un buey que se mueve por una carretera sinuosa y
desigual con los movimientos de un planeta: es más fácil trazar una órbita
entera que hacer el diagrama del variable ritmo de velocidad y de los cambios
de posición que se producen en el objeto más cercano y más familiar. El fijar
la atención en un sistema mecánico fue el primer paso hacia la creación de un
sistema: una victoria importante para el pensamiento racional. Al centrar el
esfuerzo en lo no histórico y lo no orgánico, las ciencias físicas clarificaron
todo el procedimiento de análisis. Pues el terreno al que limitaron su acción
era uno en el cual el método podía llevarse adelante sin ser demasiado
palpablemente inadecuado o sin encontrar demasiadas dificultades especiales.
Pero el verdadero mundo físico no era, aún bastante sencillo respecto del
método científico en sus primeras fases de desarrollo. Era necesario reducirlo
a elementos tales que pudieran ser ordenados en términos de espacio, tiempo,
masa, movimiento y cantidad. La cantidad de eliminación y de selección que
acompañó esto fue excelentemente descrita por Galileo, quien dio al proceso un
ímpetu tan fuerte. Se le debe citar íntegramente:
“Tan
pronto como concibo una sustancia corpórea o material, siento simultáneamente
la necesidad de concebir que tiene límites de una u otra forma; que con
relación a otras es grande o pequeña; que se encuentra en este o aquel sitio,
en este o en aquel tiempo; que está en movimiento o en reposo; que toca o no
otro cuerpo; que es única y rara, o común; no puedo, por medio de ningún acto
de la imaginación, separarla de aquellas cualidades. Pero no me encuentro
absolutamente constreñido a aprehenderlo como acompañada necesariamente por
condiciones tales como que debe ser blanca o roja, amarga o dulce, sonora o
silenciosa, oliendo dulce o desagradablemente; y si los sentidos no hubieran
apuntado dichas cualidades el lenguaje y la imaginación solos jamás hubieran
llegado a ellas. Por consiguiente pienso que esos sabores, olores, colores,
etc., respecto del objeto en el que parecen residir, no son nada más que
simples nombres. Sólo existen en el cuerpo sensible, pues cuando la criatura
viva se aleja todas esas cualidades son eliminadas y anuladas, aunque les
hayamos puesto nombres particulares y de buena gana nos dejaríamos convencer de
que verdaderamente y de hecho existen. No creo que exista nada en los cuerpos
externos que excite los sabores, los olores y los sonidos, etc., excepto
tamaño, forma, cantidad y movimiento”.
Con otras
palabras, la ciencia física se limitó a las cualidades llamadas primarias: las
secundarias se desprecian como subjetivas. Pero una cualidad primaria no es más
fundamental o elemental que una secundaria y un cuerpo sensible no es menos
real que uno insensible. Biológicamente hablando, el olor era sumamente
importante para la supervivencia: mucho más, quizá, que la habilidad para
discernir la distancia o el peso: pues es el medio principal para determinar si
un alimento está en condiciones de ser comido, y el placer de los olores no
sólo refina el proceso de la comida sino que proporciona una asociación
especial a los símbolos visibles del interés erótico, finalmente sublimados en
perfume. Las cualidades primarias solamente podían llamarse así en términos de
análisis matemático, porque tenían, como punto máximo de referencia, un medio
de medida independiente para el tiempo y el espacio, un reloj, una regla, una
balanza.
El valor
de centrarse en las cualidades primarias era que neutralizaba en la experiencia
y el análisis las reacciones sensorias y emocionales del observador: aparte del
proceso del pensamiento, se convertía en un instrumento de registro. De esta
manera, la técnica científica se hizo común, impersonal, objetiva, dentro de su
campo limitado, el “mundo material” puramente convencional. Esta técnica dio
por resultado una valiosa moralización del pensamiento: los criterios,
primeramente elaborados en dominios extraños a los fines e inmediatos intereses
personales del hombre, eran asimismo aplicables a los aspectos más complejos de
la realidad que se encontraban más cerca de sus esperanzas, amores y
ambiciones. Pero el primer efecto de este adelanto en claridad y sobriedad de
pensamiento fue el desvalorizar cada esfera de la experiencia excepto aquella
que se entregó a la investigación matemática. Cuando se fundó en Inglaterra la
Royal Society, las humanidades fueron excluidas intencionadamente.
En
General, la práctica de las ciencias físicas significaba una intensificación de
los sentidos: jamás había sido el ojo hasta entonces tan agudo, el oído tan
alerta, la mano tan precisa. Hooke, que había visto cómo los lentes mejoraban
la visión, no dudaba que “puedan encontrarse inventos mecánicos para mejorar
nuestros demás sentidos, del oído, del olfato, del gusto y del tacto”. Pero con
este progreso en precisión, llegó una deformación de la experiencia en
conjunto. Los instrumentos de la ciencia eran inútiles en el reino de las
cualidades. Lo cualitativo se redujo a lo subjetivo: lo subjetivo fue desechado
como irreal, y lo no visto y no medible como inexistente. La intuición y el
sentimiento no afectaban al proceso mecánico ni a las explicaciones mecánicas.
Mucho pudo ser realzado por la nueva ciencia y la nueva técnica porque mucho de
lo que estaba asociado con la vida y el trabajo en el pasado —arte, poesía,
ritmo orgánico, fantasía— fue eliminado intencionadamente. Al crecer en
importancia el mundo exterior de la percepción, el mundo interno del
sentimiento se hizo cada vez más impotente.
La
división del trabajo y la especialización en partes simples de una operación,
que había empezado ya a caracterizar la vida económica del siglo XVII,
prevalecieron en el mundo del pensamiento: eran expresiones del mismo deseo de
precisión mecánica y de resultados rápidos. El campo de investigación fue
progresivamente dividido, y pequeñas partes del mismo fueron objeto de intenso
examen: en pequeñas cantidades, por así decirlo, la verdad podría ser perfecta.
Esta restricción era un gran artificio práctico. El conocer la naturaleza
completa de un objeto no le hace a uno necesariamente apto para trabajar con
él; pues un conocimiento completo exige una plenitud de tiempo; además tiende
finalmente a una especie de identificación que carece de la fría reserva que le
capacita a uno para manejarlo y manipularlo para fines externos. Si uno desea
comer un pollo, mejor será considerarlo como alimento desde el principio, sin
concederle demasiada atención amistosa, o humana simpatía o incluso apreciación
estética. Si se trata la vida del pollo como un fin, puede uno llegar con
brahmánica escrupulosidad a conservar los piojos en sus plumas tanto como el
ave. La selectividad es una operación adoptada necesariamente por el organismo
para no verse abrumado por sensaciones y comprensiones que no vienen al caso.
La ciencia concedió a esta selectividad inevitable un nuevo fundamento:
distinguió la serie de relaciones más utilizable, masa, peso, número,
movimiento.
Por
desgracia, el aislamiento y la abstracción, si bien son importantes en una
investigación ordenada y en una representación simbólica refinada, son
igualmente condiciones en las que mueren los organismos reales, o por lo menos
dejan de funcionar efectivamente. La exclusión de la experiencia en su conjunto
original, además de suprimir las imágenes y rebajar los aspectos no
instrumentales del pensamiento, tuvo otro resultado grave: positivamente, era
una creencia en lo muerto; pues los procesos vitales escapan a menudo a la
atenta observación en tanto el organismo está vivo. En resumen, la precisión y
la simplicidad de la ciencia, aunque eran responsables de sus colosales logros
prácticos, no eran una manera de enfocar la realidad objetiva sino de apartarse
de ella. En su deseo de conseguir resultados exactos las ciencias físicas
desdeñaron la verdadera objetividad. Individualmente, un lado de la
personalidad fue paralizado; colectivamente, se ignoró un lado de la
experiencia. Sustituir la historia por el tiempo mecánico o de dos direcciones,
el cuerpo vivo por el cadáver disecado, los hombres en grupo por unidades
desmanteladas llamadas “individuos”, o en general, el conjunto inaccesible,
complicado y orgánico por lo mecánicamente mensurable y reproducible, es lograr
una maestría práctica limitada a expensas de la verdad y de la mayor eficiencia
que depende de esta verdad.
Confinando
sus operaciones a aquellos aspectos de la realidad que tenían, por decirlo así,
valor comercial, y aislando y desmembrando el cuerpo de experiencia el físico
científico creó un hábito de pensamiento favorable a distintas invenciones
prácticas: al mismo tiempo era sumamente desfavorable a todas aquellas formas
de arte para las que las cualidades secundarias y los receptores y motivadores
del artista eran de importancia fundamental. Gracias a sus sólidos principios y
a su método real de investigación, el físico científico despojó el mundo de sus
objetos naturales y orgánicos y volvió la espalda a la verdadera experiencia:
sustituyó el cuerpo y la sangre de la realidad por un esqueleto de
abstracciones efectivas que él podía manipular con los hilos y las poleas
adecuados.
Lo que
quedó fue el mundo desnudo y despoblado de la materia y del movimiento: un
desierto. Con el fin de prosperar por encima de todo, fue necesario que los
herederos del ídolo del siglo XVII llenaran otra vez el mundo con los nuevos
organismos, ideados para representar las nuevas realidades de la ciencia
física. Las máquinas —y sólo las máquinas— satisfacían por completo las
demandas del método científico y del punto de vista nuevos. Cumplían la
definición de “realidad” mucho más perfectamente que los organismos vivos. Y
una vez establecido el cuadro mundial mecánico, las máquinas podían prosperar y
multiplicarse y dominar la existencia: sus competidores habían sido
exterminados o habían sido desterrados a un universo de penumbra en el que sólo
los artistas, los enamorados y los criadores de animales se atrevían a creer.
¿No estaban las máquinas concebidas en términos de cualidades primarias
solamente, sin consideración por la apariencia, el sonido, o cualquier otra
especie de estímulo sensorio? Si la ciencia presentaba una realidad última,
entonces la máquina era, como la ley en la balada de Gilbert, la verdadera
encarnación de todo lo excelente. En realidad en este mundo vacío y desnudo, la
invención de las máquinas se convirtió en un deber. Renunciando a una parte
considerable de su humanidad, el hombre podría alcanzar la divinidad: amanecía
en su segundo caos y creaba la máquina según su propia imagen: la imagen del
poder, pero el poder se desgarraba suelto de su carne y aislado de su
humanidad.
§ 10. El
deber de inventar
Los principios que habían demostrado ser efectivos en el desarrollo del método
científico eran, con los cambios adecuados, los que sirvieron de fundamento a
la invención. La técnica es un traslado a formas prácticas, apropiadas de
verdades teóricas, implícitas o formuladas, anticipadas o descubiertas, de la
ciencia. La ciencia y la técnica forman dos mundos independientes pero
relacionados: a veces convergentes, a veces separándose. Las invenciones
principalmente empíricas, como la máquina de vapor, pueden sugerir a Carnot sus
investigaciones sobre termodinámica. Una investigación física abstracta, como
la de Faraday en el campo magnético, puede conducir directamente a la invención
de la dinamo. Desde la geometría y la astronomía de Egipto y Mesopotamia, ambas
estrechamente unidas a la práctica de la agricultura hasta las últimas
investigaciones sobre electrofísica, el aforismo de Leonardo es aplicable: la
ciencia es el capitán y la práctica los soldados. Pero a veces los soldados ganan
la batalla sin jefatura, y a veces el capitán, gracias a una inteligente
estrategia, logra la victoria sin entrar realmente en combate.
El
desplazamiento de lo vivo y lo orgánico tuvo rápidamente lugar con el temprano
desarrollo de la máquina. Pues la máquina era una falsificación de la
naturaleza, la naturaleza analizada, regulada, estrechada, controlada por la
mente de los hombres. La última meta de su desarrollo no fue sin embargo la
simple conquista de la naturaleza sino su nueva síntesis: desmembrada por el
pensamiento, se juntaba otra vez a la naturaleza en nuevas combinaciones:
síntesis materiales en química, síntesis mecánica en ingeniería. La desgana por
aceptar el ambiente natural como condición fija y final de la existencia del
hombre siempre contribuyó tanto a favor de su arte como de su técnica: pero a
partir del siglo XVII, la actitud se hizo forzada, y para su cumplimiento se
volvió hacia la técnica. Las máquinas de vapor desplazaron la energía del
caballo, el hierro y el cemento desplazaron la madera, los tintes de anilina
reemplazaron los tintes vegetales, y así sucesivamente, con algunas excepciones
aisladas. Algunas veces el nuevo producto era práctica o estéticamente superior
al antiguo, como en el caso de la infinita superioridad de la lámpara eléctrica
sobre la vela de sebo. Otras veces el producto nuevo resultaba de calidad
inferior, como el rayón es aún inferior a la seda natural. Pero en cualquiera
de los casos el beneficio estaba en la creación de un producto equivalente o de
síntesis que dependía menos de inciertas variaciones e irregularidades o bien
en el producto mismo o en el trabajo a él aplicado que el original.
Con
frecuencia el conocimiento sobre el que se efectuaba el desplazamiento era
insuficiente y el resultado en algunos casos era desastroso. La historia de los
mil últimos años abunda en ejemplos de aparentes triunfos mecánicos y
científicos que fueron fundamentalmente erróneos. Sólo hay que mencionar la
sangría en medicina, el uso del cristal corriente de ventanas que excluía los
importantes rayos ultravioleta, el establecimiento de la dieta post-Liebig
sobre la base de una simple sustitución de energía, el uso del asiento de
retrete elevado, la introducción del calor de vapor con radiadores, que seca
excesivamente el aire, pero la lista es larga y algo aterradora. La cuestión es
que la invención se había convertido en un deber, y el deseo de usar nuevas maravillas
de la técnica, como el desconcierto encantado de un niño ante nuevos juguetes,
no estaba en lo esencial guiado por un juicio crítico: la gente estaba de
acuerdo en que los inventos eran buenos, produjeran o no realmente beneficio,
lo mismo que estaba de acuerdo en que tener hijos era bueno, tanto si la
descendencia resultaba una bendición para la sociedad o un perjuicio.
I.
Anticipaciones de la velocidad
Figura 1. Locomoción rápida por tierra: el carro a vela (1598) utilizado por
el príncipe Mauricio de Orange, uno de los primeros jefes militares que
introdujeron la instrucción moderna militar. El deseo de velocidad, proclamado
por Roger Bacon en el siglo XIII, se hizo imperioso en el siglo XVI. De aquí
los patines para los deportes. (Cortesía del Deutsches Museum, Münich)
Figura 2. Bicicleta movida directamente con los pies, inventada por el Barón
von Drais, en 1817. Nótese que en la misma época el automóvil de Gurney también
utilizaba la propulsión con el pie. La bicicleta original era de madera.
Después de varios experimentos con ruedas grandes, la máquina volvió a sus
líneas primitivas. (Cortesía del Deutsches Museum, Münich)
Figura 3. La máquina de volar de Henson y Stringfellow, construida según un
proyecto patentado por Henson en 1842. Uno de los primeros en seguir el ejemplo
de los pájaros planeadores. (Cortesía del Director de The Science Museum,
Londres)
Figura 4. Coche de pasajeros de propulsión por vapor, de Church: uno de los
muchos tipos de automóviles de vapor eliminados de las carreteras en la década
de 1830 por los monopolios de los ferrocarriles. El desarrollo del automóvil
tuvo que esperar los neumáticos, las carreteras de superficie dura y el
combustible líquido. (Cortesía del Deutsches Museum, Münich)
II.
Perspectivas
Figura 1: Alba del naturalismo en el siglo XII. (Saint-Lazare d’Autun,
Francia)
Figura 2: Grabado del tratado sobre perspectiva de Durero. Precisión
científica en la reproducción: coordinación de distancia, tamaño y movimiento.
Comienzo de la lógica cartesiana de la ciencia.
Figura 3: Susana y los viejos, de Tintoretto: el cuadro completo muestra un
espejo a los pies de Susana: véase capítulo 2, sección 9, y capítulo 3, sección
6.
Figura 4: La automación en el siglo XVIII, o la Venus automática: penúltimo
paso del naturalismo al mecanismo. El paso siguiente es eliminar por completo
el símbolo orgánico.
La
invención mecánica, incluso más que la ciencia fue la respuesta a una fe que
disminuye y a un impulso vital vacilante. Las tortuosas energías de los
hombres, que habían fluido sobre prados y jardines, y habían penetrado en
grutas y cavernas, durante el Renacimiento, fueron encauzadas por la invención
en un embalse de agua por encima de una turbina: ya no podían espumar, ni
ondear, ni refrescar, ni encantar. Estaban captadas por un definido y limitado
propósito: mover las ruedas y multiplicar la capacidad de la sociedad para el
trabajo. Vivir era trabajar: ¿Qué otra vida en verdad conocen las
máquinas? La fe había encontrado por fin un nuevo objeto, no el mover
las montañas, sino el mover los ingenios y las máquinas. Potencia: aplicación
de la potencia al movimiento, y la aplicación del movimiento a la producción, y
de la producción a la ganancia, y de este modo un ulterior incremento de
potencia; esto era el objeto más valioso que un hábito mecánico de la mente y
un modo mecánico de la acción ponía ante los hombres. Como todo el mundo
reconoce, de la nueva técnica nacieron unos miles de saludables instrumentos;
pero en el origen a partir del siglo XVII la máquina sirvió de religión
sustitutiva, y una religión vital no necesita la justificación de la simple
utilidad.
La
religión de la máquina necesitaba un apoyo tan pequeño como las creencias que
suplantaba. Pues la misión de la religión es proporcionar un significado y una
fuerza motora últimas. La necesidad de la invención era un dogma, y el ritual
de la rutina mecánica era el elemento de unión en la fe. En el siglo XVIII
nacieron Sociedades Mecánicas para propagar el credo con mayor celo: predicaron
el evangelio del trabajo, justificación por la fe en la ciencia mecánica, y
salvación por la máquina. Sin el entusiasmo misionero de los emprendedores e
industriales e ingenieros e incluso de los mecánicos incultos, sería imposible
explicar, a partir del siglo XVIII el tropel de los convertidos y el ritmo
acelerado del perfeccionamiento mecánico. El procedimiento impersonal de la
ciencia, las astutas estratagemas de la mecánica, el cálculo racional de los
utilitaristas, esos intereses capturaron la emoción, tanto más cuanto que el
paraíso de oro del éxito financiero queda más allá.
En su
recopilación de inventos y descubrimientos, Darmstaedter y Du Bois-Reymond
enumeraron los siguientes inventores: entre 1700 y 1750, 170; entre 1750 y
1800, 344; entre 1800 y 1850, 861; entre 1850 y 1900, 1.150. Incluso habida
cuenta del escorzo automáticamente provocado por la perspectiva histórica, no
se puede dudar de la creciente aceleración entre 1700 y 1850. La técnica se
había apoderado de la imaginación: las máquinas mismas y las mercancías que
producían ambas inmediatamente deseables. Si bien aparecieron muchas cosas
buenas gracias a la invención, muchos inventos prescindieron de lo bueno. Si la
sanción de la utilidad hubiera sido predominante, la invención habría
adelantado más rápidamente en aquellos sectores donde la necesidad humana era más
aguda, en la alimentación, en la vivienda, en la vestimenta, pero aunque en
este último sector adelantaba indudablemente, la granja y la vivienda corriente
se aprovechaban con más lentitud de la nueva tecnología mecánica que el campo
de batalla y la mina, mientras la conversión de beneficios en energía en una
vida abundante tuvo lugar mucho más despacio después del siglo XVII que durante
los setecientos años anteriores.
Tras su
aparición, la máquina tendió a justificarse a sí misma apoderándose
silenciosamente de sectores de la vida descuidados en su ideología. El
virtuosismo es un elemento importante en el desarrollo de la técnica: el
interés por los materiales como tales, el orgullo por la maestría en el manejo
de los instrumentos, la habilidosa manipulación de la forma. La máquina
cristalizó en nuevos patrones todo el juego de intereses que Thorstein Veblen
agrupó vagamente bajo la calificación de “instinto de habilidad en el trabajo”
y enriqueció la técnica en conjunto incluso cuando temporalmente agotó la
artesanía. Las verdaderas respuestas sensuales y contemplativas, excluidas del
galanteo y de la canción y de la fantasía por la concentración sobre los medios
mecánicos de producir, no fueron naturalmente en última instancia excluidos de
la vida: volvieron a entrar en ella asociados a las artes técnicas mismas, y la
máquina, a menudo afectuosamente personificada como una criatura viva, como los
ingenieros de Kipling, absorbió el cariño y la solicitud a la vez del que la
inventó y del trabajador. Manivelas, pistones, tornillos, válvulas, movimientos
sinuosos, pulsaciones, ritmos, murmullos, superficies lisas, todos son
contrapartidas de los órganos y funciones del cuerpo, y estimulaban y absorbían
algunos de los afectos naturalezas. Pero cuando se alcanzó esa fase, la máquina
ya no era un medio y sus operaciones no eran solamente mecánicas y causales,
sino humanas y finales: contribuían igual que cualquier otra obra de arte, a un
equilibrio orgánico. Este desarrollo de valor dentro del complejo mismo de la
máquina, aparte del valor de los productos por ella creados, fue, como veremos
más adelante un resultado profundamente importante de la nueva tecnología.
§ 11.
Anticipaciones prácticas
Desde el principio, el valor práctico de la ciencia estuvo en primer lugar en
la mente de sus exponentes, incluso de aquellos que con un sólo propósito
buscaban la verdad abstracta, y que eran tan indiferentes respecto de su
popularidad como Gauss y Weber, los científicos que inventaron el telégrafo
para sus comunicaciones particulares. “Si mi juicio tiene alguna importancia”,
dijo Francis Bacon en The Advancement of Learning, “el uso de la
historia de la mecánica es entre todos los otros el más radical y fundamental
con relación a la filosofía natural; aquella filosofía natural que no se
desvanecerá en el humo de la especulación sutil, sublime o deleitable, sino la
que será operativa en ventaja y beneficio de la vida del hombre”. Y Descartes,
en su Discurso del Método, observa: “Pues por ellas [restricciones
generales de la física] comprendí que era posible alcanzar un conocimiento
sumamente útil en la vida, y en lugar de la filosofía especulativa usualmente
enseñada en las escuelas descubrir una forma práctica, mediante la cual,
conociendo la fuerza y la acción del fuego, del aire, de las estrellas, de los
cielos y de todos los demás cuerpos que nos rodean, tan claramente como
conocemos los diferentes oficios de nuestros artesanos, pudiéramos también
aplicarlos de la misma manera en todos los usos a los que se adapten, y así
hacernos dueños y poseedores de la naturaleza. Y este es un resultado que debe
desearse, no sólo en orden a la invención de una infinidad de artes, gracias a
los cuales podríamos ser capaces de disfrutar sin dificultad alguna los frutos
de la tierra, y todos sus regalos, sino también especialmente para la
conservación de la salud, que es sin duda de todas las bendiciones de esta vida
la primera y fundamental; pues la mente depende tan íntimamente de la condición
y de la relación de los órganos del cuerpo que si alguna vez pueden hallarse
medios para que el hombre sea más sabio e ingenioso que hasta ahora, creo que
deberán buscarse en la medicina”.
¿Quién se
beneficia de la perfecta comunidad ideada por Bacon en The New Atlantis?
En la casa de Salomón, el filósofo, el artista y el maestro eran dejados fuera
de la relación, aunque Bacon, igual que el prudente Descartes, se adhería muy
ceremoniosamente a los ritos de la Iglesia cristiana. Para las “ordenanzas y
ritos” de la casa de Salomón hay dos galerías. En una de ellas “colocamos
patrones y muestras de todos los tipos de las más raras y excelentes
invenciones: en la otra colocamos las estatuas de todos los principales
inventores. Allí tenemos la estatua de su Colón, que descubrió las Islas
Occidentales; también el inventor de los barcos; su monje que fue el inventor
de la ordenanza y de la pólvora; el inventor de la música; el inventor de las
letras; el inventor de la imprenta; el inventor de las observaciones de la
astronomía; el inventor de los trabajos en metal; el inventor del vidrio; el
inventor de la seda del gusano; el inventor del vino; el inventor del grano y
del pan; el inventor de los azúcares… Pues por cada invento de valor,
levantamos una estatua del inventor y le concedemos una recompensa generosa y
honorable”. Esta casa de Salomón, como la imaginó Bacon, era una combinación
del Instituto Rockefeller y del Museo Alemán: allí, más que en cualquier parte,
estaban los medios para erigir el reino del hombre.
Obsérvese
esto: poco hay que sea vago o quimérico en todas estas conjeturas acerca del
nuevo papel a desempeñar por la ciencia y la máquina. El estado mayor de la
ciencia había elaborado la estrategia de la campaña mucho antes de que los
comandantes sobre el terreno hubieran desarrollado una táctica capaz de llevar
a cabo con detalle el ataque. En realidad, Usher observa que en el siglo XVII
la invención era relativamente floja, y que el poder de la imaginación técnica
había dejado muy atrás la capacidad real de los artífices y de los ingenieros.
Leonardo, Andreae, Campanella, Bacon, Hooke en su Micrographia y
Glanville en su Scepsis Scientifica, escribieron un esbozo de las
condiciones del nuevo orden: el uso de la ciencia para el adelanto de la
técnica, y la dirección de la técnica hacia la conquista de la naturaleza eran
la idea principal del esfuerzo total. La casa de Salomón de Bacon, aunque
posterior a la fundación real de la Academia dei Lincei en
Italia, fue el verdadero punto de partida del Philosophical College que
primeramente se reunió en 1646 en la Bullhead Tavern en
Cheapside, y en 1662 fue debidamente constituido como la Royal Society
of London for Improving Natural Knowledge. Esta sociedad se componía de
ocho comités permanente, el primero de los cuales debía “considerar y mejorar
todos los inventos mecánicos”. Los laboratorios y los museos técnicos del siglo
XX existieron primero como idea en la mente de este cortesano filósofo: nada de
lo que hacemos o practicamos hoy le hubiera sorprendido.
Hooke
confiaba tanto en los resultados de este nuevo enfoque que escribía: “No hay
nada que esté al alcance del ingenio humano (o lo que es más efectivo aún) de
la laboriosidad humana que no debiéramos lograr; no sólo deberíamos esperar en
inventos que igualaran los de Copérnico, Galileo, Gilbert, Harvey y otros más,
cuyos nombres casi se han perdido, que fueron los inventores de la pólvora, la
brújula náutica, la imprenta, el grabado, el cincelado, los microscopios, etc.,
sino multitudes que con mucho pueden superar a aquellos: porque aun los
descubiertos parecen haber sido el producto de algunos de tales métodos aunque
imperfectos; ¿qué no se podría esperar por tanto de ellos si se prosiguieran a
fondo? El hablar y la discusión de argumentos pronto se convertirían en
trabajos; todos los hermosos sueños y las opiniones y la naturaleza metafísica
universal que la fantasía de cerebros sutiles ha ideado, pronto se desvanecería
y dejaría el lugar a historia, experimentos y trabajos serios”.
Las
utopías más importantes del tiempo, Cristianópolis, la Ciudad
del Sol, por no decir nada del fragmento de Bacon o de las obras menores de
Cyrano de Bergerac, todas giran alrededor de la posibilidad de utilizar la
máquina para lograr que el mundo sea más perfecto: La máquina fue el sustituto
de la justicia, de la sobriedad y del valor de Platón; incluso si lo era
asimismo de los ideales cristianos de la gracia y la redención. La máquina se
presentó como el nuevo demiurgo que debía crear unos nuevos cielos y una tierra
nueva. Al menos, como el nuevo Moisés que había de conducir a una humanidad
bárbara a la Tierra de Promisión.
En los
siglos anteriores hubo premoniciones de todo esto. “Mencionaré ahora —decía
Roger Bacon— algunas de las maravillosas obras del arte y de la naturaleza en
las que no hay ninguna magia y que la magia no podría realizar. Se pueden crear
instrumentos mediante los cuales los barcos más grandes, guiados sólo por un
hombre, pueden navegar a una velocidad mayor que si estuvieran llenos de
marinos. Se podrán construir carros que se muevan con increíble rapidez sin la
ayuda de animales. Se podrán construir aparatos de vuelo en los que un hombre
sentado cómodamente y meditando sobre cualquier tema, pueda batir el aire con
sus alas artificiales a la manera de las aves…, así como también máquinas que
permitan a los hombres pasear por el fondo de los mares o de los ríos sin
barcos”. Y Leonardo da Vinci dejó una lista de inventos y de artefactos que
parecen una sinopsis del presente mundo industrial.
Pero
hacia el siglo XII la nota de confianza se había ampliado, y el impulso
práctico se había hecho más universal y urgente. Los trabajos de Porta, Cardan,
Besson, Ramelli y otros ingeniosos inventores, ingenieros y matemáticos son a
la vez testimonio de una creciente pericia de un aumentado entusiasmo por la
técnica misma. Schwenter en su Délassementes Physico-Mathématiques (1636)
señalaba cómo dos personas podían comunicar una con la otra mediante agujas
magnéticas. “Para los que vengan después de nosotros —decía Glanville— puede
ser tan corriente el comprar un par de alas para volar a las regiones lejanas,
como ahora comprar un par de botas para dar un paseo a caballo, y comunicar a
la distancia de las Indias por transmisiones simpáticas puede ser tan usual en
tiempos futuros como por carta”. Cyrano de Bergerac concibió el fonógrafo.
Hooke observó que “no es imposible oír un susurro a un estadio de distancia,
habiéndose hecho esto ya, y quizá la naturaleza de las cosas no lo hiciera más
imposible, aunque dicho estadio se multiplicara por diez”. En realidad, hasta
pronosticó el invento de la seda artificial. Y Glanville decía también: “No
dudo que la posteridad encuentre muchas cosas que ahora sólo son rumores
comprobados como realidades prácticas. Puede ocurrir que de aquí a alguna
centuria, un viaje a las regiones australes, sí, y posiblemente a la luna, no
sea más extraño que uno de América… La devolución de la juventud a los cabellos
grises y la renovación de la médula exhausta puede a la larga efectuarse sin
milagro, y la conversión del mundo ahora comparativamente desierto en un
paraíso puede que no sea improbable que la realice una avanzada agricultura”
(1661).
Fuera lo
que fuese lo que faltara en la perspectiva del siglo XVII no era la falta de fe
en la presencia inminente, el rápido desarrollo y la profunda importancia de la
máquina. La fabricación de relojes; la medición del tiempo; la exploración del
espacio; la regularidad monástica; el orden burgués; los artificios técnicos;
las inhibiciones protestantes; las exploraciones mágicas; finalmente el orden,
la precisión y la claridad de las ciencias físicas mismas; todas estas
actividades separadas, en sí quizá inconsiderables, habían formado al fin un
complejo social y una red ideológica, capaz de soportar el peso inmenso de la
máquina y de ampliar más aún sus operaciones. Hacia la mitad del siglo XVIII
las preparaciones iniciales se habían acabado y los inventos clave se habían
realizado. Se había formado un ejército de filósofos naturales, racionalistas,
experimentadores, mecánicos, gente ingeniosa, seguros en cuanto a su meta y
confiados en su victoria. Antes de que apareciera una raya gris en el
horizonte, pregonaron el alba y anunciaron cuán maravilloso era: cuán
maravilloso sería el nuevo día. De hecho, estaban anunciando un cambio en las
estaciones, quizá un largo cambio cíclico en el clima mismo.
Capítulo
2
Agentes de la mecanización
Contenido:
§ 1. El
perfil de la técnica
§ 2. De Re Metallica
§ 3. La minería y el capitalismo moderno
§ 4. El primitivo ingeniero
§ 5. De la caza de la presa a la caza del hombre
§ 6. Guerra e invento
§ 7. Producción en masa militar
§ 8. La instrucción militar y la deteriorización
§ 9. Marte y Venus
§ 10. Atracción del consumo e impulso productivo
§ 1. El
perfil de la técnica
La preparación para la máquina que tuvo lugar entre los siglos X y XVIII le dio
una amplia base y aseguró su conquista rápida y universal a través de la
civilización de Occidente. Pero detrás de esto se extendía el prolongado
desarrollo de la técnica misma: la exploración original del medio salvaje, la
utilización de los objetos formados por la naturaleza —conchas y piedras y
tripa de animal— como herramientas y utensilios. El desarrollo de
procedimientos industriales fundamentales: cavar, astillar, martillear, arañar,
hilar, secar: la confección intencionada de instrumentos específicos a medida
que apremiaban las necesidades y aumentaba la habilidad.
El
muestreo experimental, como con los comestibles, felices accidentes, como con
el vidrio, verdadera penetración causal, como con la perforadora: todo ello
desempeñó una parte en la transformación de nuestro medio natural y modificó
sin interrupción las posibilidades de vida social. Si el descubrimiento llega
primero, como al parecer ocurrió con la utilización del fuego, en el uso del
hierro de meteoros, en el empleo de filos duros cortantes tales como las
conchas, el invento propiamente dicho sigue pisándole los talones. En verdad,
la edad de la invención es sólo otro nombre para la edad del hombre. Si el
hombre se encuentra raramente en “estado natural” sólo es porque la naturaleza
es modificada constantemente por la técnica.
Para
resumir estos más tempranos desarrollos de la técnica, puede ser útil
asociarlos con el esquema abstracto de la sección de un valle: el perfil ideal
de un sistema completo de montaña. En sentido figurado, la civilización marcha
arriba y abajo de la sección del valle. Todas las grandes culturas históricas,
con la excepción parcial de las culturas marítimas aisladas en que los mares a
veces sirvieron de río, han prosperado gracias al movimiento de los hombres,
las instituciones, los inventos y las mercancías a lo largo de la vía natural
de un gran río: el Río Amarillo, el Tigris, el Nilo, el Éufrates, el Rin, el
Danubio, el Támesis. Junto a los fondos primitivos de la sección del valle se
desarrollaron las primeras formas de técnica: dentro de las ciudades, se
aceleraron los procesos de la invención, surge una multitud de nuevas
necesidades, las exigencias de una vida más próximos unos de otros y de un
suministro limitado de alimentos llevaron a nuevas adaptaciones e
ingeniosidades y en el acto mismo de alejar las condiciones primitivas, los
hombres se ven forzados a ideas sustitutivos de los toscos artefactos que una
vez aseguraron su supervivencia.
Tomando
la sección del valle en perfil puramente esquemático, se encuentra cerca de la
cima de la montaña, en la parte más empinada de la ladera en donde la roca
quizá aflora, la cantera y la mina: desde el alba casi de la historia el hombre
se entrega a esas ocupaciones. Es la supervivencia, hasta nuestros tiempos, del
prototipo de toda la actividad económica: la fase de la busca, la arrancada y
la recogida: bayas, hongos, piedras, conchas, animales muertos. Hasta los
tiempos modernos, la minería siguió siendo una de las ocupaciones más rudas:
sus armas principales fueron el pico y el martillo. Pero las artes derivadas de
la minería se desarrollaron continuamente en los tiempos históricos: en
realidad, el uso de los metales es el elemento principal que distingue los más
recientes oficios de Europa hasta el siglo X de nuestra era, desde las culturas
de la piedra que precedieron: la fundición, la refinación, la herrería, el
vaciado, todos aumentaron la velocidad de producción, perfeccionaron la forma
de las herramientas y de las armas, incrementando en gran manera su potencia y
eficacia. En el bosque que se extiende desde la cima de la montaña hacia el mar
el cazador acecha su caza: la suya es posiblemente la operación técnica
intencionada más antigua de la humanidad, pues en su origen el arma y la
herramienta son intercambiables. El simple mazo del martillo sirve igualmente
de proyectil; el cuchillo mata la caza y la descuartiza; el hacha puede
derribar un árbol o matar a un enemigo. El cazador sobrevive unas veces gracias
a la destreza del brazo o del ojo, otras por su fuerza física y otras por la
astuta estratagema de las trampas y hoyos disimulados. En la persecución de su
caza no permanece sólo en el bosque sino que la sigue dondequiera le lleve:
costumbre que a menudo desemboca en conflictos y hostilidades en las zonas
invadidas: quizá en el desarrollo de la guerra como trámite institucional.
Más abajo
en el valle, allí donde los pequeños torrentes de la montaña y los arroyos
forman un río, que facilita el transporte, se encuentra el dominio del
habitante primitivo de los bosques: el leñador, el silvicultor, el constructor
de molinos, el carpintero. Derriba los árboles, vacía canoas de madera, inventa
el arco que es quizá el tipo más efectivo de fuente natural de energía, e idea
la perforadora, en cuyo disco ensanchado Renard ve el origen de la polea y
quizá de la rueda, por no decir nada del torno simple. El hacha del hombre del
bosque es la principal herramienta primitiva de la humanidad: su ocupación
parecida a la del castor —que quizá accidentalmente dio por resultado el
reinvento humano del puente y del dique— es al parecer la forma original de la
ingeniería moderna; los más importantes instrumentos de precisión en la
transmisión del movimiento y en dar forma a los materiales de él proceden:
sobre todo el torno.
Por
debajo de la línea ideal del bosque, que se hace más visible con el avance de
una cultura arraigada, a medida que el hacha del leñador abre los claros y las
semillas que caen con una nueva exuberancia; por debajo del primitivo hombre
del bosque se encuentra el territorio del pastor y del campesino. El cabrero,
el pastor de ovejas, el de ganado vacuno, ocupan los pastos de las tierras
altas o los extensos prados de las mesetas en sus primeras o últimas fases de
erosión. El hilado mismo, arte mediante el cual débiles elementos filamentosos
se refuerzan tranzándolos, es uno de los más antiguos inventos, que pudo haber
sido aplicado primeramente a los nervios de los animales: las hebras y las
fibras se utilizaron originalmente allí donde hoy sólo las usaríamos en caso de
urgencia; como sujetar la pala de hierro del hacha a su mango. Pero el hilado y
el tejido de telas para vestidos, para tiendas de campaña o para cubrir
temporalmente el suelo de las tiendas, son obra del pastor: llegaron junto con
la domesticación de los animales en el período neolítico, y algunas de las
formas más tempranas del huso o del telar han perdurado en los pueblos
primitivos.
Por
debajo de los pastos más áridos, el campesino toma posesión permanente de la
tierra y la cultiva. Se extiende por los suelos más abundantes de los cauces de
los ríos a medida que aumenta su dominio sobre las herramientas y los animales
domesticados, o que la lucha por la vida se hace más intensa: puede incluso
volverse hacia las tierras del interior y poner en cultivo las potencialmente
arables. Las herramientas y las máquinas del granjero son relativamente pocas:
como ocurre con el pastor, sus capacidades inventivas se dedican, en su mayor
parte, a las plantas mismas, a su selección, producción y perfección. Sus
herramientas siguen sin cambio fundamental durante la mayor parte de la
historia registrada: la azada, el zapapico, el arado, la pala y la guadaña.
Pero sus utensilios y obras son muchos: las acequias para el riego, la bodega,
el almacén, la cisterna, el pozo y la vivienda permanente ocupada por el
campesino durante el año, le pertenecen: debido en parte a su necesidad de
defensa y de acción cooperativa nacen el pueblo y la ciudad. Finalmente, al
borde del océano, yendo y viniendo detrás de las barreras de las playas y de
las marismas, vive el pescador: una especie de cazador acuático. El primer
pescador que construyó una encañizada inventó posiblemente el arte de tejer: la
red y el cesto de cañas de los marjales seguramente procedían de este ambiente,
y el temprano y más importante modo de transporte y comunicación, el barco, fue
producto directo.
El orden
y la seguridad de una civilización agrícola y pastoral fue el mejoramiento
crítico que llegó junto con el período neolítico. De esta estabilidad nació no
simplemente la vivienda y la comunidad permanente sino una vida cooperativa
económica y social, que perpetuó sus instituciones mediante construcciones y
monumentos visibles así como mediante la palabra. En los lugares especiales de
reunión que surgieron cada vez más frecuentemente en las zonas de transición
entre una fase de actividad económica y otra, nació el mercado. En lo que se
refiere a ciertas especies de mercancías, ámbar, obsidiana, pedernal y sal, el
comercio entre amplias áreas se desarrolló en un período muy temprano. Con el
intercambio de tipos de mercancías más terminadas hubo un intercambio análogo
de aptitudes y de conocimientos tecnológicos: en términos de nuestro diagrama
de la sección del valle, se transfirieron de una parte a otra y se
entremezclaron ambientes especiales, tipos especiales de ocupación y técnicas
especiales; el resultado fue un enriquecimiento continuo y una creciente
complicación de la cultura misma y de la herencia técnica. Al carecer de
métodos impersonales de anotación escrita, la transmisión del conocimiento
artesano tendió a crear una casta de los oficios. La conservación de la aptitud
por esos medios condujo a un claro conservadurismo: los refinamientos mismos
del conocimiento tradicional sirvieron, quizá, de freno a la invención.
Los
diferentes elementos de una civilización jamás están en completo equilibrio:
siempre hay un tira y afloja de fuerzas, y en particular hay cambios en la
presión ejercida por las funciones destructoras de vida y las conservadoras. En
el período neolítico, el campesino y el pastor eran, parece, supremos; los
medios de vida dominantes eran el resultado de la agricultura, y la religión y
la ciencia del momento se dirigían hacia un ajuste más perfecto del hombre con
la tierra real de la que sacaba su alimento. Con el tiempo estas civilizaciones
campesinas sucumbieron ante fuerzas antivitales que llegaron de dos puntos
afines del ámbito; por un lado del comercio, con el aumento de su sistema
impersonal y abstracto de relaciones ligadas por un nexo de dinero; por otro,
debido a las tácticas rapaces de los cazadores y pastores nómadas, extendiendo
sus terrenos de caza y sus pastos o, en una época más avanzada, su poder para
cobrar tributo y gobernar. Sólo tres grandes culturas presentan una historia
continua a través del período histórico: las corteses y pacíficas culturas
campesinas de la India y de China y la cultura principalmente urbana de los
judíos: las dos últimas particularmente distinguidas por su inteligencia
práctica, su moral racional, sus maneras amables, sus instituciones
cooperativas y conservadoras de la vida; mientras que las formas de
civilización sobre todo militares se demostraron auto-destructivas.
Con el
nacimiento de las técnicas modernas en el norte de Europa, vemos estos tipos
primitivos una vez más con su carácter original y sus típicos habitat.
La nueva diferenciación de ocupaciones y oficios se produce ante nuestros
mismos ojos. Los gobernantes de Europa una vez más son cazadores y pescadores:
desde Noruega a Nápoles sus proezas en la caza alternan con su conquista de los
hombres; una de sus primeras preocupaciones cuando conquistan una tierra es
establecer sus derechos de caza y reservarse grandes parques como sagrados para
la caza que persiguen. Cuando estos intrépidos guerreros finalmente añaden a la
lanza, al hacha y a la antorcha el cañón como arma de asalto, las artes
militares se profesionalizan una vez más, y la ayuda a la guerra se convierte
en una de las cargas principales de una sociedad civil. La minería y la
metalurgia primitiva continúan como habían existido durante largo tiempo en el
pasado: pero en este momento las sencillas artes del minero y del forjador se
dividen en una veintena de ocupaciones especializadas. Este proceso continúa
con una velocidad acelerada a medida que el comercio se extiende y que aumenta
la demanda de oro y plata, que la guerra se hace más mecanizada y se incrementa
la demanda de armaduras, de artillería y de los nervios de la guerra. Así
también, el hombre del bosque aparece en las zonas forestales, pues gran parte
de Europa se ha convertido otra vez en montes y pastos. Ahora el aserrador, el
carpintero, el ebanista, el tornero, el constructor de carros se han convertido
en oficios especializados. En las ciudades que crece, a partir del siglo XI,
estas ocupaciones elementales aparecen diferenciadas, reaccionan unas sobre
otras e intercambian técnicas y formas. En unos pocos cientos de años casi todo
el drama de la técnica se vuelve a representar una vez más y la técnica alcanza
un plano más elevado de logro general que cualquier otra civilización había
conocido anteriormente, aunque en sectores especiales se veía una y otra vez
superada por las artes más hermosas del Este. Si se considera un corte
transversal de la técnica en la Edad Media se tiene a mano la mayor parte de
los elementos importantes derivados del pasado, y el germen de la mayor parte
del incremento que tendrá lugar en el futuro. Detrás se encuentra el oficio y
la herramienta, acompañados por los sencillos procedimientos químicos de la
granja: en vanguardia están las artes exactas, y la máquina y las nuevas
realizaciones en metalurgia y fabricación del vidrio. Algunos de los
instrumentos más característicos de la técnica medieval, como la ballesta,
muestran en su forma y en su factura la impronta tanto de la herramienta como
de la máquina. Esta es, pues, una gran ventaja.
§
2. De Re Metallica
El trabajo de las canteras y la minería son las primeras ocupaciones de
extracción: sin las piedras y los metales con filos cortantes y superficies
resistentes ni las armas ni las herramientas hubieran pasado más allá de una
forma muy tosca y de una efectividad limitada; por muy ingeniosamente que la
madera, la concha y el hueso pudieran haber sido usados por el hombre primitivo
antes de que dominara la piedra. El primer instrumento eficiente parece haber
sido una piedra sostenida por la mano del hombre como un martillo: la palabra
alemana para el puño es die Faust y hasta hoy el martillo del
minero se llama ein Fäustel.
Entre
todas las piedras el pedernal, debido a su extensión en el norte de Europa y
por su propiedad de romperse en pedazos de agudos filos, fue quizá la más
importante en el desarrollo de los instrumentos. Con la ayuda de otras rocas, o
de una piqueta hecha con cuerno de reno, el minero de pedernal sacaba su
piedra, y con paciente esfuerzo le daba la forma propia para su uso: el
martillo mismo había alcanzado su actual forma refinada hacia el último período
neolítico. Durante un gran lapso de vida primitiva el lento perfeccionamiento
de los instrumentos de piedra fue una de las características del avance de su
civilización y de su control sobre el ambiente: alcanzó posiblemente uno de sus
puntos culminantes en la cultura megalítica, con su capacidad para el esfuerzo
cooperativo industrial, como lo muestra en el transporte de las grandes piedras
para las puertas exteriores de los templos y los observatorios astronómicos, y
en su grado relativamente alto de conocimiento científico exacto. En su período
más avanzado el uso de la arcilla para la alfarería hizo posible el conservar y
almacenar líquidos, así como mantener secas las provisiones protegiéndolas
contra la humedad y el moho: otra victoria para el explorador primitivo que
estaba aprendiendo a reconocer la tierra y a adaptar sus contenidos no
orgánicos a sus usos.
No hay
ruptura brusca entre cavar la tierra, trabajar en las canteras y la minería. El
mismo afloramiento que muestra cuarzo puede tener igualmente oro, y el mismo
arroyo con orillas arcillosas puede revelar uno o dos destellos de este metal
precioso, precioso para el hombre primitivo no sólo por su rareza sino porque
es blando, maleable, dúctil, no se oxida y puede trabajarse sin la ayuda de
fuego. El uso del oro, del ámbar y del jade se anticipa a la llamada edad de
los metales. Tenían precio por su escasez y sus cualidades mágicas, más aún que
por lo que se podía hacer con ellos. Y la búsqueda de estos minerales no tenía
nada que ver fuese lo que fuese con la ampliación del suministro de alimentos o
el establecimiento de comodidades para la criatura. El hombre buscaba piedras
preciosas, como cultivaba flores, porque mucho antes de haber inventado el
capitalismo y la producción en masa había conseguido más energía que la que
necesitaba para su simple supervivencia física en las condiciones de su cultura.
En
contraste con la previsión y la sobria laboriosidad del campesino, el trabajo
del minero es el reino del esfuerzo al azar: irregular en su rutina e incierto
en cuanto a sus resultados. Ni el campesino ni el pastor pueden hacerse rico
rápidamente: el primero desbroza un campo o planta una hilera de árboles este
año, de los cuales quizá sólo sus nietos recojan todos los beneficios. Las
recompensas de la agricultura están limitadas por las cualidades conocidas del
suelo, la semilla y la especie: las vacas no paren un año más de prisa que
otro, ni tampoco tienen quince terneras en vez de una, y a los siete años de
abundancia es casi seguro que sigan siete años de carestía, según la ley de
promedios. La suerte para el campesino es generalmente un hecho negativo:
granizo, viento, plaga, podredumbre de las plantas. Pero las recompensas de la
minería pueden ser repentinas, y tener poca relación, en particular en las
primeras etapas de la industria, con la habilidad técnica del minero o con la
cantidad de trabajo que ha realizado. Un buscador persistente puede agotarse
durante años sin encontrar un filón valioso, y un recién llegado en la misma
zona tener un golpe de suerte en la primera mañana que va al trabajo. Aunque
ciertas minas, como las de sal de Salzkammergut han sido exploradas durante
siglos, en general la ocupación tiene carácter inestable.
Hasta el
siglo XV de nuestra era, es posible que la minería haya progresado menos que
cualquier otra industria: la habilidad ingenieril que mostró Roma en acueductos
y calzadas no se extendió a las minas. No solamente ese arte se mantuvo durante
miles de años en una etapa primitiva, sino que la ocupación misma se
consideraba como una de las más bajas en la escala humana. Aparte el atractivo
de la exploración, nadie entró en la mina en los estados civilizados hasta
tiempos relativamente modernos excepto como prisionero de guerra, o criminal o
esclavo. La minería no se consideraba como un arte humano; era una forma de
castigo. Combinaba los terrores de la mazmorra con la exacerbación física de la
galera. El trabajo real de la minería, precisamente porque se consideraba
pesado, no fue perfeccionado durante toda la antigüedad, desde sus más antiguas
noticias hasta la caída del imperio romano. En general, no sólo se puede decir
que el trabajo libre no entró en las minas hasta fines de la Edad Media, sino
que hay que recordar también que la esclavitud subsistió aquí, en las minas de
Escocia por ejemplo, mucho tiempo después de haber sido abolida en la
agricultura. Es posible que el mito de la Edad de Oro fuera una expresión de la
conciencia de la humanidad de lo que había perdido cuando logró dominar los
metales más duros.
¿Fue un
accidente la degradación social de la mina, o reside en la naturaleza de las
cosas? Examinaremos la ocupación y su ambiente, como existió a través de la
mayor parte de la historia.
Excepto
por lo que se refiere a la minería superficial, el arte se desarrolla en las
entrañas de la tierra. La oscuridad se combate con el tímido resplandor de una
lámpara o de una vela. Hasta el invento de la lámpara de seguridad de Davy, a
principios del siglo XIX, la luz podía encender el “gas de la mina” y
exterminar con una sola explosión a todos los que se encontraban a su alcance:
hasta hoy subsiste dicha posibilidad, ya que pueden producirse chispas por
accidente, incluso cuando se usa la electricidad. El agua subterránea se filtra
a través de las vetas y a menudo amenaza con inundar las galerías. Hasta que se
inventaron modernas herramientas, la galería era estrecha. Para extraer el
mineral, desde los tiempos más antiguos, se emplearon mujeres y niños para
arrastrarse por el angosto túnel, tirando de un carretón cargado: en verdad,
las mujeres se emplearon así como bestias de carga en las minas inglesas hasta
la misma mitad del siglo XIX. Cuando las herramientas primitivas no bastaban
para romper el mineral o para abrir una nueva boca, era necesario muy a menudo
encender grandes fuegos en las capas difíciles y después rociar la roca con
agua fría para quebrarla: el vapor era sofocante, y el estallido de la roca
podía ser peligroso: sin un sólido apuntalamiento, galerías enteras podían caer
sobre los trabajadores, lo que ocurrió con frecuencia. Cuanto más profundas
eran las galerías, mayor era el peligro, mayor el calor y mayores las
dificultades mecánicas. Entre las ocupaciones duras y brutales de la humanidad,
la única que puede compararse con la minería de tipo antiguo es la guerra de
trincheras. Lo que no debe asombrar, pues existe una conexión directa. Hasta
hoy, según Meeker, la tasa de mortalidad por accidentes entre los mineros es
cuatro veces mayor que en otras ocupaciones.
Si el uso
de los metales llegó a una fecha relativamente tardía en la técnica, no hay que
buscar muy lejos la razón. Para empezar, los metales existen generalmente como
componentes de minerales, y los minerales, a su vez, son a menudo inaccesibles,
trabajosos de encontrar y difíciles de llevar a la superficie; incluso si se
encuentran al aire no son fáciles de sacar. Un metal tan corriente como el cinc
no se descubrió hasta el siglo XVI. La obtención de metales, a diferencia de la
tala de árboles o la obtención de pedernales, exige altas temperaturas durante
tiempo considerable. Aun cuando los metales hayan sido extraídos, son duros de
trabajar: el más fácil es uno de los más preciosos, el oro, mientras que el más
duro es el más útil, el hierro. Entre ellos están el estaño, el plomo, el
cobre, el último de los cuales puede trabajarse en frío sólo en pequeñas masas
o en hojas. En resumen: los minerales y los metales son materiales
recalcitrantes: huyen el descubrimiento y se resisten al tratamiento. Los metales
sólo responden ablandándolos: donde hay metal debe haber fuego.
La
minería, la pulimentación y la forja evocan por la naturaleza del material
tratado, la crueldad de la guerra moderna: dan un premio a la fuerza bruta. En
la técnica de todas estas artes las operaciones del machacado son
predominantes: la piqueta, el acotillo, el triturador de mineral, la máquina de
machacar, el martinete a vapor: se debe o bien fundir o romper el material, con
el fin de hacer algo con él. Los procesos de la mina suponen un asalto resuelto
al medio físico: cada una de sus etapas es un enaltecimiento del poder. Cuando
las máquinas aparecieron en gran escala en el siglo XIV, fue en las artes
militares y en la metalurgia donde quizá se aplicaron más ampliamente.
Volvamos
ahora al ambiente de la minería. La mina, para empezar, es el primer medio
completamente inorgánico que fue creado y habitado por el hombre: mucho más
inorgánico que la ciudad gigante que Spengler utilizó como símbolo de las
últimas fases de la desecación mecánica. El campo y el bosque y el río y el
océano son el marco de la vida: la mina es sólo el medio de las menas, de los
minerales, de los metales. Dentro de la roca subterránea, no hay vida, ni
siquiera bacterias o protozoos, excepto en la medida que se puedan filtrar con
las aguas o que sean introducidos por el hombre. La faz de la naturaleza por
encima del suelo es hermosa para contemplarla, y el calor del sol agita la
sangre del cazador sobre la pista de su presa o del campesino en el campo.
Aparte las formaciones cristalinas, la faz de la mina no tiene forma: ni
árboles amigos, ni animales, ni nubes atraen la vista. Al cavar y buscar en la
masa de la tierra el minero no tiene ojos para las formas de las cosas: lo que
ve es pura materia, y hasta que llega a su veta es sólo un obstáculo que rompe
para abrirse paso obstinadamente y que envía hacia la superficie. Si el minero
ve formas en los muros de su caverna, el temblor de su vela, sólo se trata de
las distorsiones monstruosas de su pico o de su brazo: formas de miedo. El día
se ha abolido y el ritmo de la naturaleza se ha roto: la producción continua
día y noche empezó primero aquí. El minero debe trabajar con luz artificial
incluso cuando el sol brilla fuera; más abajo aún tiene que trabajar con
ventilación artificial también: un triunfo del “ambiente manufacturado”.
En los
pasos y las galerías subterráneas de la mina no hay nada que distraiga al
minero: no pasa ninguna bonita moza con una cesta en la cabeza, y cuyos
exuberantes pechos y caderas le recuerden su condición de hombre; ningún conejo
huye a través de su sendero para despertar al cazador en él; ningún juego de la
luz en un río lejano para excitar su fantasía. Aquí está el marco del trabajo:
trabajo tenaz, incesante, concentrado. Es un mundo oscuro, sin color, sin
sabor, sin perfume, así como sin forma: el plomizo paisaje de un invierno
perpetuo. Las masas y los terrones del mineral mismo, materia en su forma menos
organizada, completan el cuadro. La mina no es nada menos, de hecho,
que el modelo concreto del mundo conceptual que fue construido por los físicos
del siglo XVII.
Hay un
pasaje en Francis Bacon que le hace creer a uno que quizá los alquimistas
tuvieron vislumbre de este hecho. Dice: “Si pues es cierto que Demócrito dijo
Que la
verdad de la naturaleza se encuentra escondida en ciertas profundas minas y
cuevas,
y si es
cierto asimismo lo que los alquimistas tanto inculcan, que Vulcano es una
segunda naturaleza, e imita tan diestra y brevemente, lo que la naturaleza obra
con rodeos y longitud de tiempo, fuera conveniente dividir la filosofía natural
en la mina y el horno: y hacer dos profesiones u ocupaciones de los filósofos
naturales, algunos que fueran pioneros y algunos herreros; algunos para cavar y
algunos para refinar y martillear”. ¿Nos preparó la mina para el punto de vista
de la ciencia? ¿Nos preparó la ciencia a su vez para aceptar los productos y el
ambiente de la mina? El problema no es susceptible de prueba: pero las
relaciones lógicas, si no los hechos históricos, son manifiestos.
Los
hechos de la mina no quedan debajo del suelo: afectan al minero mismo, y
modifican la superficie de la tierra. Cualquier cosa que pudiera decirse en
defensa de ese arte fue dicho con gran vigor y buen sentido por el doctor Georg
Bauer (Agrícola), médico y científico alemán que escribió varios sucintos
tratados sobre geología y minería a principios del siglo XVI. Tuvo la honradez
de resumir en detalle los argumentos de sus oponentes, incluso cuando no pudo
refutarlos con éxito: por ello su libro De Re Metallica sigue
siendo clásico hasta hoy, como el de Vitruvio sobre arquitectura.
Primeramente
en cuanto al minero mismo: “Los críticos —dice el doctor Bauer— dicen además
que la minería es una ocupación peligrosa porque los mineros son a veces
muertos por el aire pestilente que respiran; a veces sus pulmones se corrompen;
a veces al caer de escalas en el pozo, se rompen los brazos, las piernas o la
nuca… Pero como estas cosas suceden raramente, y sólo si los trabajadores son
descuidados, no impiden que los mineros prosigan su oficio”. Esta última frase
tiene un sonido familiar: recuerdan las defensas de los alfareros y de los
fabricantes de esferas de reloj con radio cuando se señalaron los peligros de
sus oficios. El doctor Bauer sólo olvidó observar que aunque los mineros de
carbón no sin particularmente susceptibles de contraer la
tuberculosis, el frío y la humedad, a veces la auténtica mojadura, predisponen
el minero al reumatismo: enfermedad que comparten con los que cultivan el
arroz. Los peligros físicos de la minería siguen siendo grandes; algunos son
aún inevitables.
La
animosidad de la técnica del minero se refleja en su tratamiento del paisaje.
Dejemos que el doctor Bauer sea nuestro testigo. “Además de esto el argumento
más fuerte de los detractores es que las operaciones mineras devastan los
campos, por cuya razón en otros tiempos la ley advertía a los italianos que
ninguno debía cavar la tierra para buscar metales y así perjudicar sus campos
muy fértiles, sus viñedos y sus olivares. También condenan que se corten los
bosques y los sotos porque hay necesidad de una cantidad inacabable de madera
para construcción, para máquinas y para la fundición de metales. Y cuando se
han derribado los montes y los sotos, quedan exterminados los animales y los
pájaros, muchos de los cuales constituyen un agradable manjar para el hombre.
Además, cuando se lavan los minerales, el agua que se ha utilizado contamina
los arroyos y los ríos y o bien destruye los peces o los hace huir. Por
consiguiente los habitantes de esas regiones, debido a la devastación de sus
campos, sus bosques, sus sotos, sus arroyos y sus ríos, encuentran dificultad
en conseguir lo necesario para su vida, y por causa de la destrucción de la
madera se ven obligados a hacer un gasto mayor en la construcción de
edificios”.
No hay
razón para entrar en la pobre respuesta del doctor Bauer: ocurre que la
acusación aún es válida, y es incontrovertible. Se debe admitir la devastación
causada por la minería, aunque se esté dispuesto a justificar sus fines. “Un
típico ejemplo de despoblación de montes —dice sobre el tema un escritor
moderno— se puede observar en las laderas orientales de la Sierra Nevada, que
dominan el valle del Truckee, en donde la corta de árboles para proporcionar
madera a las profundas minas del Comstock dejaron las pendientes expuestas a la
erosión, de manera que hoy están rasas, estériles y horribles. La mayor parte
de las antiguas regiones mineras tienen la misma historia, desde Linares a
Leadville, desde Potosí a Porcupine”. Los acontecido en los últimos cuatrocientos
años ha subrayado lo cierto de estas acusaciones; pues lo que sólo era un daño
incidental y local en tiempo del doctor Bauer se ha convertido en una
característica difundida de la civilización occidental en el preciso momento
que en el siglo XVIII empezó a depender directamente de la mina y de sus
productos, y a reflejar, incluso en territorios lejanos de la mina misma, las
prácticas y los ideales del minero.
Debe
observarse un efecto ulterior de esta destrucción y desorganización habituales:
su reacción psicológica sobre el minero. Casi inevitablemente se encuentra en
un bajo nivel de vida. En parte, esto es un efecto del monopolio capitalista, a
menudo ejercido y mantenido por coacción física. Pero existe incluso en
condiciones relativamente libres y en tiempos “prósperos”. La explicación no es
difícil: cualquier espectáculo es más brillante que el pozo, casi cualquier
ruido es más agradable que el resonar metálico y el golpe seco del martillo;
cualquier incómoda cabaña, con tal de estar bien seca, es un lugar más acogedor
para un hombre exhausto que la oscura y húmeda galería de una mina. El minero,
como el soldado que sale de las trincheras, necesita un repentino solaz y un
inmediato olvido de su tarea diaria. No menos famosos que el sucio desorden de
la ciudad minera lo son la bebida y el juego que la acompañan: una compensación
necesaria a la fatiga diaria. Liberado de su rutina, el minero busca su suerte
en las cartas o en los dados o en las carreras de perros, con la esperanza de
que le traerán la rápida recompensa que se le niega en los fatigosos esfuerzos
de la mina. El heroísmo del minero es auténtico: de aquí su sencillo aplomo
animal: su profundo orgullo personal y su propia estimación. Pero la
brutalización también es inevitable.
En
verdad, los métodos de la minería no terminan en la boca de la mina: se
extienden, más o menos, a todas las ocupaciones accesorias. En la mitología
nórdica es ese el dominio, de los gnomos y los duendes: los ingeniosos
personajillos que saben cómo se emplea el fuelle, la forja, el martillo y el
yunque. Ellos, también, viven en las profundidades de las montañas, y algo hay
inhumano en ellos: tienden a ser malignos y engañosos. ¿Tendremos que atribuir
esta característica al miedo y a la desconfianza de los pueblos neolíticos que
dominaron el arte de trabajar los metales? Quizá: en todo caso se observa que
en las mitologías india y griega predomina el mismo criterio que en el Norte.
Mientras Prometeo, que robó el fuego del cielo, es un héroe, Hefaistos, el
herrero, es cojo y es el hazmerreír y el blanco de las burlas de los demás
dioses a pesar de su utilidad.
Generalmente
encerradas en las montañas, la mina, el horno y la forja quedaron algo fuera de
la vía de la civilización: el aislamiento y la monotonía se añadieron a los
defectos de las actividades mismas. En un antiguo reino industrial, como el
valle del Rin, dedicado a la industria desde los tiempos de los romanos y
afinado por los avances técnicos y civiles de toda la comunidad puede estar
sumamente mejorado: esto es hoy cierto en el distrito de Essen, gracias a la
original jefatura de un Krupp y a la posterior planificación de un Schmidt.
Pero en general las regiones mineras son la imagen verdadera del atraso, el
aislamiento, las duras aversiones y las luchas mortíferas. Desde el Rand hasta
el Klondike, desde las minas de carbón de Gales del Sur a las de Virginia
Occidental, desde las modernas minas de hierro de Minnesota a las antiguas de
planta de Grecia, la barbarie mancha todo el cuadro.
Debido a
su situación urbana y a un ambiente rural más humanizado, el modelador o el
trabajador en metales han escapado con frecuencia a esta influencia: los
orfebres han estado siempre unidos a la joyería y a los adornos femeninos, pero
incluso en el temprano Renacimiento la obra en hierro de Italia y Alemania, por
ejemplo, en las cerrajas y en los herrajes de los cofres así como en las
delicadas tracerías de las barandillas y soportes, hay una gracia y una soltura
que apuntan directamente a una vida más placentera. En lo esencial, sin
embargo, las artes mineras y metalúrgicas se hallaban fuera del esquema social
de la civilización tanto clásica como gótica. Este hecho demostró ser funesto
tan pronto como los métodos y los ideales de la minería se convirtieron en el
modelo principal del esfuerzo de la industria en todo el mundo de occidente. La
mina: explosión, vertedero, trituración, extracción, escape; había algo en
verdad demoníaco y siniestro en todo aquello. La vida florece finalmente sólo
en un ambiente de lo vivo.
§ 3. La
minería y el capitalismo moderno
Más estrechamente que cualquier otra industria, la minería estaba ligada al
primer desarrollo del capitalismo moderno. Hacia el siglo XVI había fijado
definitivamente el modelo para la explotación capitalista.
Cuando se
emprendió la minería por hombres libres en Alemania en el siglo XIV, el trabajo
de la mina era una simple asociación a base de participación. Los mineros
mismos eran a menudo fracasados y arruinados que habían vivido prósperamente.
Alentado en parte no cabe duda por esta misma demanda de trabajo libre, hubo un
rápido adelanto en la técnica de las minas alemanas. En el siglo XVI las de
Sajonia iban a la cabeza de Europa, y se importaba a los mineros alemanes a
otros países, como Inglaterra, para mejorar los métodos de éstos.
La
profundización de las minas, la extensión de las operaciones a nuevos terrenos,
la aplicación de nueva maquinaria para bombear agua, arrastrar el mineral y
ventilar la mina, y la posterior aplicación de la fuerza hidráulica para hacer
funcionar los fuelles en los nuevos hornos; todos estos perfeccionamientos
exigían más capital que el que poseían los trabajadores originales. Esto llevó
a la admisión de socios que contribuyeron con dinero en vez de con trabajo:
propiedad absentista. Y esto a su vez condujo a la paulatina expropiación de
los trabajadores-propietarios y a la reducción de su participación en los
beneficios a la condición de simples jornales. Este desarrollo capitalista fue
ulteriormente estimulado por la temeraria especulación con las acciones mineras
que se dio ya al principio del siglo XV: los propietarios locales y los
comerciantes de las ciudades cercanas siguieron ávidamente este nuevo juego. Si
la industria minera en tiempos del doctor Bauer presentó muchos de los modernos
perfeccionamientos en la organización industrial: los tres turnos, la jornada
de ocho horas, la existencia de gremios en las varias industrias metalúrgicas
para el intercambio social, la propia ayuda caritativa y el seguro; también
mostró, como resultado de la presión capitalista, las características de la
industria del siglo XIX en el mundo entero: la división de las clases, el
empleo de la huelga como arma de defensa, la cruel lucha de clases, y,
finalmente, la extinción del poder de los gremios por una unión de los propietarios
de las minas y la nobleza feudal durante la llamada Guerra de los Campesinos en
1525.
El
resultado de aquel conflicto fue el de abolir la base cooperativa de los
gremios de la industria minera, que había caracterizado su resurrección técnica
en Alemania, y colocarla sobre una base libre, es decir, una base de
adquisición sin trabas y dominación de clase por los accionistas y directores,
no obligados ya a respetar ninguna de las reglas humanas que habían sido
desarrolladas por la sociedad medieval como medidas de protección social.
Incluso el siervo tenía la salvaguarda de la usanza y la seguridad elemental de
la tierra misma: el minero y el trabajador del metal en la fragua era un
trabajador libre, es decir, no protegido: el predecesor del jornalero del siglo
XIX. La industria más fundamental de la técnica de la máquina conoció sólo por
un momento en su historia las normas, protecciones y humanidades del sistema de
los gremios: pasó caso directamente de la explotación inhumana de la esclavitud
de los enseres a la explotación apenas menos inhumana de la esclavitud de los
jornales. Y dondequiera que fuera, siguió la degradación del trabajador.
Pero la
minería fue de otra forma también un importante agente del capitalismo. La gran
necesidad de la empresa comercial en el siglo XV era la de un valor corriente
sólido pero expansible, y de capital para proporcionar los necesarios bienes
—barcos, molinos, pozos de mina, muelles, grúas— para la industria. Las minas
de Europa empezaron a satisfacer estas necesidades incluso antes que las minas
de México y Perú. Sombart calcula que en los siglos XV y XVI la minería alemana
ganó tanto en diez años como el comercio al estilo antiguo fue capaz de ganar
en cien. Así como las mayores fortunas de los tiempos modernos se fundaron
gracias a los monopolios del petróleo y del aluminio, así la gran fortuna de
los Fuggers en el siglo XVI se fundó sobre las minas de plata y plomo de
Estiria, de Tirol y de España. La acumulación de tales fortunas formó parte de
un ciclo del que hemos sido testigos con los cambios adecuados en nuestro
propio tiempo.
Primero:
los perfeccionamientos en la técnica de la guerra, especialmente el rápido
crecimiento del arma de artillería, incrementaron el consumo de hierro: esto
condujo a nuevas demandas a la mina. Para pagar el equipo y la manutención cada
vez más costosos de los nuevos soldados pagados, los gobernantes de Europa
hubieron de recurrir al financiero. Como garantía del préstamo, el prestamista
tomó las minas reales. El desarrollo de las minas mismas se convirtió por
consiguiente en una forma respetable de empresa financiera, con ingresos
comparables favorablemente con los intereses usurarios y generalmente
impagables. Incitados por las cuentas no pagadas, fueron a su vez empujados a
nuevas conquistas o a la explotación de lejanos territorios: y así empezaba otra
vez el ciclo. Guerra, mecanización, minería y finanza se hacían el juego unos a
otros. La minería era la industria clave que suministraba el nervio de la
guerra e incrementaba los contenidos metálicos del depósito del capital
original, el arca de la guerra: por otra parte, favorecía la industrialización
de las armas, y enriquecía al financiero con ambos procesos. La incertidumbre
tanto de la guerra como de la minería aumentaron las posibilidades de las
ganancias especulativas: lo que proporcionaba un caldo rico para que las
bacterias de la finanza prosperaran en él.
Finalmente,
es posible que la actitud del minero tuviera otro efecto aún sobre el
desarrollo del capitalismo. Consistía en la idea de que el valor económico
tenía una relación con la cantidad de trabajo bruto realizado y con la escasez
del producto: en el cálculo del costo, éstos figuraban como elementos
principales. La escasez del oro, de los rubíes, de los diamantes: el trabajo
pesado que hay que efectuar para arrancar el hierro de la tierra y prepararlo
para la laminadora, éstos tendieron a ser los criterios del valor económico
durante toda esta civilización. Pero los valores reales no se derivan ni de la
escasez ni de la fuerza bruta del hombre. No es la escasez lo que da al aire su
poder para sostener la vida, ni el trabajo humano realizado el que da a la
leche o a los plátanos su valor nutritivo. Si se compara con los efectos de la
acción química y de los rayos del sol la contribución humana es reducida. El
valor auténtico reside en el poder para sostener o enriquecer la vida: un
abalorio de cristal puede ser más valioso que un diamante, una mesa de
negociación más valiosa estéticamente que la más entreveradamente esculpida, y
el jugo de un limón puede tener más valor en un largo viaje oceánico que un
centenar de libras de carne sin aquél. El valor reside directamente en la
función vital, no en su origen, su escasez, o en el trabajo realizado por
agentes humanos. La noción de valor del minero, como la del financiero, tiende
a ser puramente abstracta y cuantitativa. ¿Proviene el defecto de que todo tipo
de medio primitivo contiene alimento, algo que puede ser inmediatamente
transformado en vida —caza, bayas, setas, savia de arce, nueces, ovejas, maíz,
pescado— en tanto que el medio del minero es únicamente —aparte la sal y la
sacarina— no sólo completamente inorgánica sino completamente incomestible? El
minero trabaja, no por amor o para alimentarse, sino para “hacer su montón”. La
clásica maldición de Midas se convirtió quizá en la característica dominante de
la máquina moderna: cualquier cosa que tocara se transformaba en oro y en
hierro, y sólo se permitía existir a la máquina cuando el oro y el hierro la
sustentaban.
§ 4. El
primitivo ingeniero
La conquista racional del medio ambiente por medio de las máquinas es la obra
fundamentalmente del hombre del bosque. En parte, la explicación de su éxito
puede descubrirse en razón de los materiales que usa. Pues la madera, mucho más
que otro material natural se presta a la manipulación: hasta el siglo XIX ocupó
un lugar en la civilización que los metales mismos hubieron de tomar sólo
después de aquel momento.
En los
montes de las zonas templadas y subártica que cubrieron la mayor parte de
Europa occidental desde las cumbres de las montañas hasta las partes más bajas
de los ríos, la madera naturalmente era la cosa más común y visible del medio.
Mientras el cavado de las piedras era una faena laboriosa, una vez descubierta
el hacha de cortar los árboles resultó una tarea bastante fácil. ¿Qué otro
objeto de la naturaleza tiene la longitud y la sección transversal de un árbol?
¿Qué otra clase de material presenta sus propiedades características con una
tan gran variedad de dimensiones: qué otra clase que puede ser partida una y
otra vez con los más sencillos instrumentos, la cuña y el mazo? ¿Qué otro
material común puede a la vez ser roto en planos definidos y tallado y modelado
a través de estos planos? Las rocas sedimentarias, que son las que poseen
cualidades similares, son pobres sustitutivos de la madera. A diferencia de los
minerales se puede cortar la madera sin la ayuda del fuego. Utilizando el fuego
localmente uno puede ahondar un enorme tronco y convertirlo en canoa quemando
la madera y rascándola con un primitivo escoplo o un formón. Hasta los tiempos
modernos se utilizó el tronco del árbol en esta forma primitiva: un grabado de
Durero muestra a un hombre ahondando un gigantesco tronco, y durante mucho
tiempo se hicieron cuencos, y tinas y artesas y abrevaderos y bancos con
bloques enteros casi en su forma natural.
La
madera, diferente asimismo de la piedra, tiene cualidades excepcionales para el
transporte: los tronco preparados pueden ser rodados sobre el suelo, y como la
madera flota, se puede transportar a grandes distancias por el agua, incluso
antes de que se transformen en barcos: una ventaja sin rival. La construcción
de pueblos neolíticos sobre pilastras de madera por encima de las aguas de los
lagos fue uno de los testimonios más seguros del adelanto de la civilización:
la madera liberó al hombre de la servidumbre de la caverna y de la misma tierra
fría. Gracias a la ligereza y a la movilidad del material, así como su amplia
difusión, se encuentran los productos del leñador no sólo en las altiplanicies
sino hasta en alta mar. En los pantanos de la costa norte de Europa,
encontramos al hombre del bosque plantando sus pilares y construyendo sus
aldeas, utilizando sus troncos y sus esteras de varitas y ramas para que le
sirvieran de defensa contra el océano invasor y mantenerlo atrás. Durante miles
de años sólo la madera hizo posible la navegación.
Físicamente,
la madera tiene las cualidades a la vez de la piedra y el metal: más resistente
en sección transversal que la piedra, la madera se parece al acero en sus
propiedades físicas: su resistencia relativamente alta a la tensión y a la
comprensión, junto con su elasticidad. La piedra es una masa: pero la madera,
por su naturaleza, es ya una estructura. La diferencia en dureza, resistencia a
la tensión, peso y permeabilidad de varias especies de madera, desde el pino al
carpe, del cedro a la teca, dan a la madera un margen natural de adaptabilidad
para varios fines que es igualada por los metales sólo como resultado de una
larga evolución de experiencia metalúrgica: el plomo, el estaño, el cobre, el
oro y sus aleaciones, el surtido original, ofrecía una escasa variedad de
posibilidades, y hasta el final del siglo XIX la madera presentó una mayor
diversidad. Como la madera puede ser cepillada, serrada esculpida, partida,
cortada en hojas, y a menudo ablandada, doblada o moldeada, es el material más
obediente entre todos para la artesanía: se presta a la mayor variedad de
técnicas. Pero en su estado natural la madera conserva la forma del árbol y
retiene sus estructuras: y la forma original de la madera sugiere instrumentos
apropiados y adaptaciones de la forma. La curva de la rama forma el soporte, el
palo ahorquillado forma la esteva y el tipo primitivo del arado.
Finalmente,
la madera es combustible; y al principio este hecho era más importante y más
favorable que la resistencia al fuego de otros materiales para el desarrollo
humano. Pues el fuego era evidentemente el logro mayor del hombre primitivo en
la manipulación de su ambiente en conjunto: la utilización del fuego le alzó a
él por encima de sus más próximos contemporáneos subhumanos. Dondequiera que
pudiera reunir unos cuantos palos secos podía conseguir un hogar y un altar:
los gérmenes de una vida social y la posibilidad de un pensamiento y una
contemplación libres. Mucho antes de que se extrajera el carbón o se secaran la
turba y el estiércol, la madera era la principal fuente de energía del hombre,
además de los alimentos que comía o del sol que le calentaba: Mucho después de
haberse inventado las máquinas transformadoras de energía se continuó usando la
madera como combustible, en los primeros barcos de vapor y en los ferrocarriles
de América y Rusia.
La
madera, pues, fue el más variado, el más moldeable, el más útil de todos los
materiales que el hombre haya empleado en su tecnología: incluso la piedra fue
todo lo más un accesorio. La madera dio al hombre su capacitación preparatoria
en la técnica tanto de la piedra como del metal. Es poco de extrañar que le
fuera fiel cuando empezó a transformar los templos de madera en los de piedra.
Y la destreza del hombre del bosque se encuentra en la base de las más
importantes consecuciones postneolíticas en el desarrollo de la máquina. Si se
suprime la madera, se suprimen literalmente los pilares de la técnica moderna.
El lugar
del hombre del bosque en el desarrollo técnico se ha apreciado rara vez, pero
su labor es de hecho casi anónima respecto de la producción e industrialización
de energía. No es simplemente el leñador que explota el monte y proporciona
combustible: no es simplemente el carbonero de leña que convierte la madera en
la forma más común y efectiva de combustible, y así hace posibles los adelantos
en la metalurgia: es, junto con el minero y el herrero la forma primitiva del
ingeniero, y sin su experiencia la labor del minero y del albañil serían
difíciles, y cualquier gran avance en sus artes hubiera sido imposible. Es el
apuntalamiento de madera el que hace posible el túnel profundo de la mina, aun
si es el escantillón y la cimbra lo que hacen posible el majestuoso acto de la
catedral o la ancha luz del puente de piedra. Fue el hombre del bosque el que
perfeccionó la rueda: la rueda del alfarero, la del carro, la del molino de
agua, la de hilar y por encima de todo, la más importante de todas las máquinas-herramientas,
el torno. Si el barco y el carro son la contribución suprema del hombre del
bosque al transporte, el tonel, con su empleo habilidoso de la comprensión y la
tensión para lograr la impermeabilidad constituye uno de sus más ingeniosos
utensilios: un gran adelanto en cuanto a fuerza y ligereza respecto a los
recipientes de barro.
En cuanto
a la rueda y al eje mismos, son tan importantes que Reuleaux y otros han dicho
incluso que el adelanto técnico que caracteriza específicamente la edad moderna
es el de los movimientos alternativos a los movimientos rotatorios. Sin una
máquina para tornear cilindros, tornillos, pistones, instrumentos perforadores,
sería imposible crear otros instrumentos de precisión: la máquina-herramienta
hace posible la máquina moderna. El torno fue la contribución decisiva del
hombre del bosque al desarrollo de las máquinas. Registrada por primera vez
entre los griegos, la forma primitiva del torno consistía en dos partes fijas
que mantenían los mandriles que torneaban la madera. El mandril se manejaba a
mano y se hacía girar el vástago curvo al cual está atada la cuerda; el tornero
mantiene un formón o una gubia sobre la madera que gira la cual, si está bien
centrada, se convierte en cilindro o en alguna modificación del cilindro. Esta
tosca forma de torno se utiliza aún —o se utilizaba hace quince años— en las colinas
de Chiltern: lo bastante buena para producir patas de silla torneadas para el
mercado. Como instrumento de precisión regular, el torno existió mucho antes de
que sus partes se construyeran en metal, antes de que la rudimentaria forma de
energía se convirtiera en un pedal o en un motor eléctrico, antes de que el
bloque de madera se hiciera móvil o se inventara al portaherramienta ajustable
para fijar el formón. La transformación final del torno en un instrumento
metálico de alta precisión tuvo que esperar al siglo XVIII: se le puede
atribuir a Maudslay en Inglaterra. Pero en lo esencial todas las partes
importantes habían sido ideadas por el hombre del bosque. Por otro lado el
pedal del torno dio a Watt el modelo que necesitaba para transformar el movimiento
alternativo en rotativo en su máquina de vapor.
Las
ulteriores contribuciones específicas del hombre del bosque a la máquina se
tratarán al discutir la economía eotécnica. Basta señalar aquí el papel del
hombre del bosque como ingeniero: construyendo diques, esclusas, molinos,
ruedas de molino, controlando la corriente del agua. Al servir directamente las
necesidades del campesino, el hombre del bosque a menudo se unió a él. El medio
ambiente, sin embargo, se vio atrapado entre dos movimientos que siempre
amenazaron y a veces redujeron dolorosamente el reino en el que había dominado.
Uno era la necesidad imperiosa del agricultor de más tierra cultivable; ello
convirtió en agricultura mixta los suelos más apropiados para cultivar árboles.
En Francia, esto ha continuado hasta que los árboles que han quedado pueden ser
sólo un pequeño grupo o una fila de silueta sobre el cielo: en España y en
otras partes del Mediterráneo ha provocado no sólo la deforestación sino una
severa erosión del suelo. El mismo peligro aflige el terreno de aún más
antiguas civilizaciones, como el de China. (Este mal ha sido ahora remediado en
el Estado de Nueva York mediante la compra y la repoblación forestal de las
tierras agrícolas marginales).
Del otro
lado de nuestra típica sección del valle llegó la presión del minero y del
vidriero. En el siglo XVI los maravillosos montes de robles de Inglaterra
habían sido ya sacrificados al fabricante de hierro: la escasez era tan seria
que el Almirantazgo bajo sir John Evelyn se vio obligado a
ordenar una vigorosa política de repoblación forestal para conseguir madera
suficiente para la Marina Real. El ataque continuo contra el medio del hombre
del bosque ha llevado a su expulsión a zonas más lejanas, a los bosques de
abedules y abetos de norte de Rusia y Escandinavia, a las Sierras y a las
Rocosas de América. Tan imperiosa se hizo la demanda comercial, y tan
autoritarios los métodos de los mineros que la corta de los montes se redujo
durante el siglo XIX a la madera para la minería. Hoy se sacrifican montes
entero cada semana para abastecer las rotativas de los periódicos del lunes
solamente. Pero la cultura y la técnica de la madera, que sobrevivieron a
través de la edad de los metales, probablemente también resistirán a través de
la edad de los compuestos sintéticos: pues la madera misma es el modelo de la
naturaleza más barato para aquellos materiales.
§ 5. De
la caza de la presa a la caza del hombre
Quizá la mayor influencia positiva en el desarrollo de la máquina haya sido la
del soldado: a sus espaldas está el largo desarrollo del cazador primitivo.
Originalmente la necesidad de armas del cazador fue un esfuerzo para
incrementar el suministro de alimentos. De ahí el invento y el mejoramiento de
las puntas de flecha, de las lanzas, de las hondas y de los cuchillos desde el
alba más temprana de la técnica en adelante. El proyectil y el arma de mano
fueron las dos direcciones especiales de este desarrollo: y mientras el arco
fue posiblemente el arma más efectiva ideada antes del fusil moderno, puesto
que tenía a la vez alcance y precisión, el afilado de los cantos con la
introducción del bronce y del hierro no fue menos importante. El choque y el
fuego siguen estando aún entre las principales medidas tácticas de guerra.
Si la
tarea del minero es no-orgánica la del cazador es anti-vital: es un animal de
presa, y las necesidades de su apetito así como la excitación de la caza
causaron en él la inhibición de cualquier otra reacción —piedad o placer
estético— en el acto de matar. El pastor domestica a los animales y a su vez es
domesticado por ellos: el protegerlos y alimentarlos, en sí mismo el resultado,
no cabe duda, de la prolongación en el hombre de la infancia y su más tierno
cuidado de jóvenes y de los indefensos, despiertan sus instintos más humanos,
mientras el campesino aprende a extender sus simpatías más allá de los límites
del reino animal. Las lecciones diarias de la cosecha y del rebaño son
lecciones de cooperación y de solidaridad y la selectiva crianza de la vida.
Incluso cuando el granjero mata, extirpando las ratas o arrancando las malas
hierbas, su actividad está dirigida hacia la conservación de formas de vida más
elevadas en su relación con los fines humanos.
Pero el
cazador puede no tener respeto por la vida como tal. No tiene ninguna de las
responsabilidades que son preliminares al sacrificio del ganado por el
granjero. Entrenado en el uso de su arma, matar se convierte en su quehacer
principal. Agitado por la inseguridad y el temor, el cazador ataca no solamente
a la presa sino a otros cazadores: las cosas vivientes son para él carne en
potencia, pieles en potencias, enemigos y trofeos en potencia. Esta forma
predatoria de la vida, profundamente arraigada en los esfuerzos originales del
hombre por sobrevivir sin armas en un mundo hostil, no desaparecieron por
desgracia con el éxito de la agricultura: en las migraciones de los pueblos
tendió a dirigir su animosidad contra otros grupos, en particular cuando escaseaban
los animales y el suministro de alimentos era dudoso, y con el tiempo los
trofeos de la caza cobraron forma simbólica: los tesoros del templo o del
palacio se hicieron objeto del ataque.
El
adelanto en las “artes de la paz” no llevó por sí mismo a la paz: por el
contrario, el perfeccionamiento de las armas y la represión de las ingenuas
hostilidades bajo la forma de vida organizada, tendieron a hacer la guerra más
salvaje. Las manos o los pies desarmados son relativamente inocentes: su
alcance es limitado, su efectividad baja. Sólo con la organización colectiva y
la regimentación del ejército es cuando los conflictos entre los hombres llegan
a niveles de bestialidad y de terrorismo que los pueblos primitivos, con su
simple canibalismo post-mortem bien pudieron envidiar.
Encontrando
los instrumentos de guerra más efectivos, los hombres buscaron nuevas ocasiones
para usarlos. El robo es quizá el medio más antiguo de evitar el trabajo, y la
guerra rivaliza con la magia en sus esfuerzos por conseguir algo por nada,
conseguir mujeres sin poseer atractivo personal, lograr poder sin poseer
inteligencia y disfrutar de las recompensas de una labor continua y pesada sin
haber levantado un dedo en el trabajo, o sin haber aprendido un solo
conocimiento útil. Tentado por estas posibilidades, el cazador a medida que
avanza la civilización se vuelve hacia la conquista sistemática: busca
esclavos, botín y funda el estado político con el fin de asegurar y regular el
tributo anual, imponiendo, en cambio, una pequeña porción de orden.
Mientras
la alfarería, la cestería, la fabricación del vino, el cultivo de los cereales
sólo presentan mejoras superficiales desde los tiempos neolíticos en adelante,
el perfeccionamiento de los instrumentos de guerra ha sido constante. El
sistema de tres cultivos subsistió en la agricultura británica hasta el siglo
XVIII mientras las herramientas utilizadas en las más remotas zonas de
Inglaterra habrían hecho estallar de risa a un agricultor romano. Pero el torpe
campesino con su hoz de podar o su porra de madera había sido mientras tanto
sustituido por el arquero y el lancero, éstos habían dado paso al mosquetero,
el mosquetero se había convertido en un experto infante mecánicamente
obediente, y el mosquete mismo se había hecho más mortífero aún en el combate
cuerpo a cuerpo gracias a la bayoneta, y ésta a su vez resultaba más eficiente
debido al ejercicio militar y a la táctica de masa, y finalmente todas las
armas del servicio se habían coordinado con la más mortal y decisiva de todas:
la artillería. Un triunfo del perfeccionamiento mecánico, un triunfo de la
regimentación. Si el invento del reloj mecánico anunció la nueva voluntad de
orden, el uso del cañón en el siglo XIV aumentó la voluntad de poder, y la
máquina como la conocemos representa la convergencia y la incorporación
sistemática de estos dos elementos principales.
La
regimentación de la guerra moderna lleva mucho más allá que la disciplina
efectiva del ejército mismo. De fila a fila corre la orden de mando: este paso
se impediría si, en vez de la obediencia mecánica, se encontrara con una forma
de composición más activa y participante, que supusiera un conocimiento de cómo
y por qué y para quién y con qué fin: los jefes del siglo XVI descubrieron la
efectividad de ese hecho en la lucha de masas incrementada en la proporción en
que el soldado como individuo era reducido a una unidad del poder y se le
ejercitaba a ser un autómata. El arma, aun cuando no se utilice para dar
muerte, es, sin embargo, un medio para imponer una conducta humana que no se
aceptaría a no ser que la alternativa fuera la mutilación física o la muerte:
es, en resumen, un medio de crear una respuesta deshumanizada en el enemigo o
en la víctima.
El
adoctrinamiento general de hábitos de pensamiento soldadescos en el siglo XVII
fue, parece probable, una gran ayuda psicológica para la extensión del
industrialismo de la máquina. En términos de cuartel, la rutina de la fábrica
parecía tolerable y natural. El extenderse de la conscripción y de las fuerzas
de milicias voluntarias a través del mundo occidental después de la Revolución
francesa hizo que ejército y fábrica, en cuanto al alcance de sus efectos
sociales, fuesen dos términos casi intercambiables. Y las complacidas
caracterizaciones de la primera guerra mundial, o sea que fue una operación
industrial en gran escala, también tiene sentido a la inversa: la
industrialización puede considerarse igualmente una operación militar en gran
escala.
Obsérvese
el enorme aumento del ejército como unidad de potencia: ésta se ha multiplicado
por el uso de fusiles y cañones, por el incremento en dimensión y alcance del
cañón, por la multiplicación de los hombres lanzados sobre el terreno. El
primer cañón gigante que se registra tenía un tubo de más de tres metros y
medio de largo y pesaba más de 4.500 kilogramos; apareció en Austria en 1404.
La industria pesada no sólo se desarrolló como respuesta a la guerra mucho
antes de que contribuyera con algo de importancia a las artes de la paz, sino
que además la cuantificación de la vida, la concentración en el poder como un
fin en sí mismo, procedió en este sector tan rápidamente como en el comercio.
Apoyando esto había un creciente menosprecio por la vida: por la vida en su
variedad, su individualidad, su natural rebelión y exuberancia. Con el
incremento en la efectividad de las armas, llegó asimismo un incremento en el
sentido de la superioridad en el soldado mismo: su potencia, sus cualidades de
comportamiento ante la muerte habían sido realzadas por el progreso
tecnológico. Con un simple apretar el gatillo, podía aniquilar a un enemigo:
esto era el triunfo de la magia natural.
§ 6.
Guerra e invento
Dentro del dominio de la guerra no había habido obstáculo psicológico a la
invención mortífera, excepto la debida a la apatía y a la rutina: de suyo no
hay límites a la invención.
Los
ideales de la humanidad, por decirlo así, proceden de otros puntos del medio
ambiente: el pastor o el caravanero meditando bajo las estrellas —un Moisés, un
David, un San Pablo— o el hombre criado en la ciudad, que ha observado las
condiciones en que los hombres pueden vivir bien juntos, un Confucio, un
Sócrates, un Jesús, aportan a la sociedad las nociones de paz y de cooperación
fraterna como una expresión moral más elevada que la sumisión de los demás
hombres. A menudo este sentimiento, como en San Francisco y en los sabios
indios, se extiende al mundo entero de la naturaleza viviente. Lutero, es
cierto, era hijo de un minero, pero su carrera confirma la regla en vez de
negarla: estuvo activamente del lado de los caballeros y de los soldados cuando
ferozmente aplastaron a los pobres campesinos que se atrevieron a desafiarlos.
Aparte de
las incursiones de los tártaros, los hunos y los turcos, mientras la cultura de
la máquina no resultó dominante, la doctrina del poder sin trabas fue,
prácticamente hablando, indiscutida. Aunque Leonardo gastó gran parte de su
valioso tiempo en servir príncipes guerreros y en idear ingeniosos artificios
militares, se encontraba aún suficientemente bajo el freno de los ideales
humanos para trazar en alguna parte la línea divisoria. Suprimió el invento del
submarino porque sentía, como explicó en su libro de notas, que era demasiado
satánico para ponerlo en manos de hombres degenerados. Una por una las
invenciones de las máquinas y la creciente creencia en el poder abstracto
hicieron desaparecer esos escrúpulos y apartaron esas salvaguardas. Incluso la
caballería murió en la desigual contienda y en la triunfante matanza de los
pobremente armados bárbaros que el europeo encontró en su dispersión por el
planeta.
¿Hasta
dónde tiene uno que remontarse para demostrar el hecho que la guerra ha sido
quizá el principal propagador de la máquina? ¿Hasta la flecha envenenada o
hasta la bolita con veneno? Estas fueron las precursoras de los gases tóxicos:
aun cuando el gas venenoso mismo de la mina no fue uno de sus productos
naturales, el perfeccionamiento de las máscaras de gas tuvo lugar en la mina
antes de que se usaran en el campo de batalla. ¿Habrá que remontarse hasta el
carro armado con las guadañas que giran con su movimiento segando a los
soldados de a pie? Ese fue el precursor del tanque moderno, mientras el tanque
mismo, movido por la fuerza humana de los ocupantes, fue ideado ya en 1558 por
un alemán. ¿O al uso del petróleo ardiente y al fuego griego, el primero que
fue usado muchísimo antes de la era cristiana? Aquí estaba el embrión del más
móvil y efectivo lanzallamas de la última guerra. ¿O el más antiguo artefacto
de alta potencia que arrojaba piedras y jabalinas según parece inventado por
Dionisio de Siracusa y por él usado contra los cartagineses en su expedición de
397 antes de Jesucristo? En manos de los romanos las catapultas podían lanzar
piedras que pesaban alrededor de 57 libras a distancias de 400 a 500 yardas, en
tanto sus ballestas, que eran enormes arcos de madera para tirar piedras, eran
máquinas precisas incluso a mayores distancias: con estos instrumentos de
precisión la sociedad romana estaba más cerca de la máquina que con sus
acueductos y sus baños. Los forjadores de espadas de Damasco, Toledo y Milán
eran conocidos a la vez por su refinada metalurgia y su habilidad en fabricar
armamento: precursores de Krupp y de Creuseot. Hasta la utilización de las
ciencias físicas para una técnica guerrera más efectiva se desarrolló pronto:
Arquímedes, según cuenta la historia, concentró los rayos del sol mediante
espejos sobre las velas de la flota enemiga en Siracusa y quemó sus naves.
Ctesibio, uno de los primeros científicos de Alejandría inventó un cañón de
vapor. Leonardo ideó otro. Y cuando el padre jesuita, Francisco Lana-Terzi, en
1670 proyectó un globo dirigible vacío, insistió acerca de su utilidad en la
guerra. En pocas palabras, la asociación entre el soldado, el minero, el
técnico y el científico es antigua. El considerar los horrores de la guerra
moderna como el resultado accidental de un desarrollo técnico inocente y
pacífico es olvidar los hechos elementales de la historia de la máquina.
III. La
danza de la muerte
Figura 1: Reloj del siglo XVI. Los hábitos de puntualidad caracterizaron a
la burguesía ascendente: de aquí la moda de llevar objetos propios para medir
el tiempo a partir del siglo indicado. Las formas fantásticas de muchos de los
primeros relojes demuestran cuán tarde la máquina encontró su forma.
Figura 2: La prensa de imprimir fue un poderoso agente para producir
uniformidad en el lenguaje y con ello, gradualmente, en el pensamiento. La
estandardización, la producción en gran escala, y la empresa capitalista
aparecieron con la prensa de imprimir; y no sin ironía, la más antigua
representación conocida de la prensa, que aquí se muestra, ilustraba una «Danza
de la Muerte», impresa en Lyon en 1499.
Figura 3: Campo fortificado: 1573. La instrucción militar del siglo XVI iba
a ser el preludio del industrialismo del XVIII. La precisión y la
estandardización aparecieron muy pronto en las formaciones, los ejercicios y
las tácticas del ejército. La mecanización de los hombres es un primer paso
hacia la mecanización de las cosas.
Figura 4: Jacobo Fugger II, el primero del nuevo tipo de financiero y
banquero dedicado a las inversiones. Reaparece en cada generación, alias Barón
Rothschild, alias J. Pierpont Morgan, alias Sir Basil Zaharoff, etc., etc.
Financiando guerras, monopolizando recursos naturales, fomentando fábricas de
municiones, creando y hundiendo industrias según lo dictan las oportunidades
para conseguir beneficios, es el verdadero modelo del capitalista puro. Su
dominio simboliza la perversión de la economía de 3a vida en la economía del
dinero.
IV.
Minería, municiones y guerra
Figura 1: Una fundición de cañones del siglo XVI, que muestra al fondo una
fortificación y unos cañones en acción. La gran demanda de industrias mineras
que siguió a la introducción del cañón en el siglo XIV repercutió asimismo en
la necesaria expansión de las finanzas. He ahí el comienzo del ciclo minería,
mecanización, municiones y finanzas: hoy más peligrosamente evidente que nunca.
Figura 2: Aplicación en gran escala de la energía hidráulica a las muelas
para lijar y pulir armaduras. Estos métodos se prolongaron desde la producción
de armas en el siglo XVI a la producción de quincallería batata de Suecia a
fines del XVII y a la industria de chucherías de Birmingham en el siglo XVIII.
Figura 3: Protección contra los gases tóxicos en las minas; un aparato de
seguridad necesario para los trabajos de salvamento en el ambiente de perpetuo
peligro de los pozos. No sólo los productos sino las tácticas de la mina han
sido decididamente introducidas en la guerra moderna desde Vauban en adelante,
devolviendo así al minero su deuda contraída con la pólvora. (Fotografía por
Ewing Galloway).
Figura 4. Protección contra el uso intencionado de gases tóxicos en la
guerra: el arma y la defensa contra ella se derivan ambas de la mina. Las
recientes discusiones escolásticas acerca de la relativa humanidad de la
matanza por medio de gases o de bayonetas o de balas recalcan el extremado
refinamiento moral de nuestros contemporáneos Yahoos[2].
En el
desarrollo de las artes militares el soldado desde luego ha tomado libremente
prestado de otras ramas de la técnica: las armas de combate más móviles, la
caballería y la flota, proceden respectivamente de las ocupaciones pastorales y
de la pesca: la guerra estática, desde las trincheras de los castros romanos
hasta las pesadas fortificaciones de piedra de las ciudades es un producto del
campesino —el soldado romano, en realidad, conquistó con su pala tanto como con
su espada— mientras los instrumentos de madera del asedio, el ariete, la
balista, la escala de asalto, la torre móvil, la catapulta, todos ellos llevan
claro el sello del carpintero. Pero el hecho más importante acerca de la guerra
moderna es el continuo incremento de la mecanización desde el siglo XIV en
adelante: el militarismo forzó el paso y abrió una estrecha senda al desarrollo
de la industria estandarizada en moderna escala.
Para
resumir: el primer gran avance se produjo a través de la introducción de la
pólvora en Europa occidental: ya había sido usado en Oriente. En los principios
del siglo XIV llegó el primer cañón o “firepots”, y después a un paso más lento
llegaron las armas de mano, la pistola y el mosquete. En los comienzos de este
desarrollo se concibió el fuego múltiple, y el “cañón-órgano” fue la primera
ametralladora que se inventó.
El efecto
de las armas de fuego sobre la técnica fue triple. Para empezar, necesitaron el
amplio uso del hierro, tanto para los cañones como para las balas. Mientras el
desarrollo de la armadura puso de manifiesto la pericia del forjador, la
difusión de los cañones exigió una fabricación cooperativa en mucha mayor
escala: los antiguos métodos de la artesanía ya no eran adecuados. Debido a la
destrucción de los montes, se hicieron experimentos con carbón en los hornos de
hierro desde el siglo XVII en adelante, y cuando, un siglo después, Abraham
Darby en Inglaterra resolvió finalmente el problema, el carbón se convirtió en
la clave tanto para el poderío militar como para el nuevo poderío industrial.
En Francia, los altos hornos no se construyeron hasta alrededor de 1550, y a
últimos de siglo Francia disponía de trece fundiciones, todas ellas dedicadas a
la fabricación de cañones, siendo el otro producto importante las guadañas.
En
segundo lugar el cañón fue el punto de partida de un nuevo tipo de máquina
generadora de energía: era, en su aspecto mecánico, un motor de combustión
interna de un cilindro: la primera forma del motor de gasolina moderno, y uno
de los más tempranos experimentos en el uso de mezclas explosivas en los
motores intentaban emplear la pólvora en vez de un combustible líquido. Gracias
a la precisión y a la eficacia de los nuevos proyectiles, estas máquinas
tuvieron aún otro resultado: fueron la causa del perfeccionamiento del arte de
la fortificación, con elaboradas obras exteriores, fosos y salientes, estos
últimos dispuestos de tal manera que cualquier bastión pudiera ayudar a otro
mediante el fuego cruzado. El problema de la defensa se complicó en la medida
que la táctica de la ofensiva se hizo más mortífera: la construcción de
carreteras, de canales, de pontones con barcazas, de puentes se convirtió en
auxiliar necesario del arte militar. Característico es que Leonardo ofreciera
sus servicios al duque de Milán, no simplemente para proyectar máquinas de
guerra, sino para dirigir todas esas operaciones ingenieriles. Dicho
brevemente: la guerra creó un tipo nuevo de director industrial que no era un
albañil, ni un herrero ni un maestro artesano: el ingeniero militar. En el
curso de la guerra, el ingeniero militar combinó todas las funciones que no
empezaron a estar completamente diferenciadas hasta el siglo XVIII. La máquina
contrajo con los ingenieros militares italianos desde el siglo XV en adelante
una deuda tan alta como la que contrajo con los ingeniosos inventores
británicos del período de James Watt.
En el
siglo XVII gracias a la ciencia del gran Vauban, las artes del ataque y de la
defensa militar habían alcanzado casi un punto muerto: los fuertes de Vauban
eran inexpugnables ante cualquier ataque excepto aquel que finalmente él mismo
ideó. ¿Cómo tomar por asalto esas masas de piedra? La artillería era de un
valor dudoso, ya que actuaba en ambas direcciones: el único camino era llamar
al minero, cuyo oficio es vencer a la piedra. De acuerdo con la sugerencia de
Vauban, se sacaron en 1671 unas tropas de ingenieros, llamados zapadores, y dos
años más tarde se organizó la primera compañía de mineros. Se había superado el
punto muerto: la lucha abierta resultó nuevamente necesaria y posible, y fue
gracias al invento de la bayoneta, que tuvo lugar entre 1680 y 1700, que las
más finas intimidades del asesinato personal fueron devueltas a este arte.
Si el
cañón fue el primer artificio anulador del espacio mediante el cual el hombre
fue capaz de expresarse a distancia, el semáforo o telégrafo óptico (por
primera vez utilizado en la guerra) fue quizá el segundo: hacia finales del
siglo XVIII se había instalado en Francia un sistema eficaz, y se había
proyectado otro similar para el servicio de ferrocarriles de América antes de
que Morse inventara oportunamente el telégrafo eléctrico. En cada fase de su
desarrollo moderno fue más bien la guerra que la industria y el comercio, la
que mostró en plan general los principales rasgos que caracterizan la máquina.
El levantamiento de planos, el uso de mapas, el plan de campaña —mucho antes de
que los hombres de negocios idearan los diagramas de organización y de ventas—
la coordinación del transporte, los suministros y la producción [mutilación y
destrucción], la amplia división entre caballería, infantería y artillería, y
la división del proceso de producción entre cada una de dichas ramas;
finalmente, la distinción de funciones entre las actividades de la plana mayor
y las del campo, todas estas características colocaron al arte de la guerra muy
por delante de los negocios o de la artesanía con sus mezquinos, empíricos y
faltos de perspicacia métodos de preparación y operación. El ejército
es de hecho la forma ideal hacia la cual debe tender un sistema industrial
puramente mecánico. Los escritores utópicos del siglo XIX como Bellamy
y Cabet, que aceptaron este hecho, eran más realistas que los hombres de
negocios que se mofaron de su “idealismo”. Pero debe uno dudar de que el
resultado fuera un ideal.
§ 7.
Producción en masa militar
En el siglo XVII, antes de que el hierro hubiera empezado a ser usado en gran
escala en cualquiera de las demás artes industriales, Colbert había creado
fábricas de armas en Francia, Gustavo Adolfo había hecho lo mismo en Suecia, y
en Rusia, ya cuando Pedro el Grande, había hasta 683 trabajadores en una sola
fábrica. Había aislado ejemplos de talleres y fábricas en gran escala, incluso
de la del famoso Jack Newbury en Inglaterra: pero la serie más impresionante
era la de fábricas de armas. Dentro de estas fábricas, la división del trabajo
estaba establecida y la amoladura y el pulimento se realizaban hidráulicamente:
de tal manera que Sombart observó que Adam Smith hubiera hecho mejor tomando
las armas como ejemplo de producción moderna con todas las economías de
especialización y concentración que la fabricación de alfileres.
La
presión de la demanda militar no solo aceleró la organización de la fábrica al
principio: siguió persistiendo durante todo su desarrollo. A medida que la
guerra aumentó en extensión y que se llevaron al campo de batalla mayores
ejércitos, su equipo resultó ser una tarea más pesada. Y como sus tácticas
llegaron a mecanizarse, los instrumentos necesarios para realizar sus
movimientos precisos y oportunos exigieron también llegar a la uniformidad. De
aquí que con la organización de la fábrica apareció la estandarización en mayor
escala que la que podía hallarse en cualquier otro sector de la técnica,
excepto quizá el de la imprenta.
La
estandarización y la producción en masa de mosquetes se inició al final del
siglo XVIII. En 1785, Le Blanc, en Francia, fabricó mosquetes con piezas
intercambiables, una gran novedad en la producción y un modelo para todos los
proyectos mecánicos futuros. (Hasta este momento no había habido uniformidad ni
siquiera en la fabricación de elementos menores como los tornillos y sus
filetes). En 1800, Eli Whitney, que había conseguido un contrato para producir
armas de una manera análoga, produjo un arma estándar en su nueva fábrica de
Whitneyville. “La técnica de fabricación de partes intercambiables —como
observa Usher— se estableció así en líneas generales antes del invento de la
máquina de coser o de la cosechadora. La nueva técnica fue una condición fundamental
para los grandes logros realizados por los inventores y los fabricantes de esos
campos”. Detrás de este perfeccionamiento está la demanda en firme y en masa
del ejército. Se dio un paso parecido en dirección de la producción normalizada
en la marina británica casi al mismo tiempo. En la época de sir Samuel
Bentham y de Brunel el mayor, las diferentes cuadernas y planchas de los barcos
de madera se cortaron según medidas uniformes: la construcción se convirtió
entonces en la ensambladura de elementos medidos con precisión, en vez de la
producción artesana anticuada de cortar y ensayar.
Pero hubo
otro lugar aún en que la guerra aceleró el paso. La fundición de cañones no fue
simplemente el “gran estimulante de la técnica perfeccionada en la fundición”,
ni fue solamente “la reivindicación de Henry Cort de la gratitud de sus
compatriotas… basada sobre todo en la contribución suya a la seguridad
militar”, como dice Ashton, sino que la demanda de hierro de calidad superior
fue de la mano con el incremento del bombardeo de la artillería como
preparación para el asalto, cuya eficacia fue luego demostrada por el joven y
brillante artillero que iba a asolar Europa con su genio tecnológico mientras
liquidaba la revolución francesa. En realidad, la rigurosa base matemática y la
creciente precisión del fuego de la artillería misma la pusieron de modelo para
las nuevas artes industriales. Napoleón III a mitad del siglo XIX ofreció una
recompensa por un procedimiento económico de fabricación de acero capaz de
resistir la fuerza explosiva de las nuevas bombas. El procedimiento Bessemer
fue la respuesta directa a esta demanda.
El
segundo sector en el que la guerra anticipó a la máquina y ayudó a formarla fue
en la organización social del ejército. La guerra feudal se hacía generalmente
sobre la base de un servicio de cuarenta días: necesariamente interrumpida y
por tanto ineficiente, aparte los demás retrasos y suspensiones ocasionadas por
la lluvia o el frío o la Tregua de Dios. El cambio del servicio feudal a
ejércitos de base capitalista, compuestos por trabajadores pagados por días —o
sea, el cambio de guerrero al soldado— no superó por completo aquella
ineficiencia: pues si los capitales de las bandas pagadas aprendieron pronto
los últimos perfeccionamientos en las armas y en las tácticas, el interés
verdadero del soldado pagado era continuar en su asunto de ser soldado. De aquí
que la guerra a veces alcanzara el lugar que tan a menudo ocupa entre las
tribus salvajes, un ritual excitante llevado a cabo según reglas cuidadosamente
establecidas, con el peligro reducido casi a las proporciones de un partido de
fútbol a la antigua. Había siempre la posibilidad de que la banda mercenaria
fuera a la huelga o desertara pasándose al otro lado: el dinero, más bien que
el hábito o el interés o las alusiones de grandeza [patriotismo] fue el medio
principal de imponer la disciplina. A pesar de las nuevas armas técnicas, el
soldado pagado siguió siendo ineficiente.
La
transformación de las bandas sueltas de individuos, con sus incalculables
variaciones de fuerza y debilidad, valor y cobardía, celo e indiferencia, en la
tropa bien ejercitada, disciplinada, unificada del siglo XVII fue una gran
proeza mecánica. La instrucción militar, después del largo lapso desde la
práctica romana en Occidente fue introducida otra vez en el siglo XVI y
perfeccionada por el príncipe Mauricio de Orange y Nassau, y la psicología del
nuevo orden industrial apareció en el terreno de la parada antes de llegar,
hecho y derecho, al taller. La regimentación y la producción en masa de
soldados, con el fin de conseguir un producto barato, estandarizado y
sustituible, fue la gran contribución de la mente militar al proceso de la
máquina. Y junto con esta regimentación interna hubo otra externa que tuvo un
efecto ulterior sobre el sistema productivo: a saber, el desarrollo del
uniforme militar mismo.
A pesar
de las leyes suntuarias que regulaban los trajes de los diferentes grupos
económicos y sociales, no existía verdadera uniformidad en el vestido de la
Edad Media: por muy común que fuera el modelo, siempre había, por la naturaleza
propia de la producción artesana intermitente, variaciones y desviaciones
individuales. Los uniformes que existían como tales eran las libreas de los
grandes príncipes o de las municipalidades. Miguel Ángel ideó uno de tales
uniformes para la Guardia papal. Pero con el crecimiento del ejército y la
práctica diaria de la instrucción, era necesario crear un símbolo externo de la
unidad interna. En tanto las pequeñas compañías de hombres se conocían unos a
otros, las masas mayores se aseguraban de no luchar unas contra otras sólo
gracias a un emblema grande y visible. El uniforme fue ese símbolo y emblema,
por primera vez usado en gran escala en el siglo XVII. Cada soldado tenía que
llevar la misma ropa, el mismo gorro, el mismo equipo que cada uno de los
miembros de su compañía: la instrucción les hacía actuar como un solo hombre,
la disciplina les hacía responder como uno solo, el uniforme les hacía parecer
como uno solo. El cuidado diario del uniforme era un elemento importante en el
nuevo esprit de corps.
Con un
ejército de 100 000 soldados, como el que tenía Luis XIV, la demanda a la
industria de los uniformes necesarios no era pequeña: de hecho era la
primera demanda en gran escala de mercancías totalmente estandarizada. El
gusto individual, la opinión individual, las necesidades individuales, aparte
de las dimensiones del cuerpo, no desempeñaban ningún papel en este nuevo
departamento de producción: estaban presentes las condiciones para la
mecanización completa. Las industrias textiles sintieron esta maciza demanda, y
cuando la máquina de coser fue inventada tardíamente por Thimonnet de Lyon en
1829, no sorprende ver que fue el Ministerio de la guerra francés el que
primero procuró utilizarla. A partir del siglo XVII el ejército se convirtió en
el modelo no sólo de la producción sino del consumo ideal bajo el sistema de la
máquina.
Obsérvese
el efecto de los grandes ejércitos permanentes del siglo XVII, y los ejércitos
aún mayores de reclutas cuyo éxito en Francia durante la revolución había de
ser tan poderoso en el futuro desarrollo de la guerra. Un ejército es un cuerpo
de puros consumidores. A medida que el volumen del ejército aumentaba echaba
una carga cada vez más pesada sobre las empresas de producción: pues el
ejército tiene que ser alimentado y alojado y equipado, y, a diferencia de
otras profesiones, no proporciona a cambio ningún servicio excepto el de la
“protección” en tiempo de guerra. Además, en guerra, el ejército no es
simplemente un puro consumidor, sino un productor negativo: es decir, produce
“desgracia”, para decirlo con la excelente frase de Ruskin, en vez de riqueza
(o gracia), miseria, mutilación, destrucción física, terror, hambre y muerte
caracterizan el proceso de la guerra y forman la parte principal del producto.
Ahora
bien, la debilidad del sistema capitalista de producción, basado en el deseo de
incrementar los símbolos abstractos de poder y riqueza, es el hecho de que el
consumo y el movimiento de mercancías pueden ser retrasados por las debilidades
humanas: memoria afectuosa y honrado trabajo. Estas debilidades algunas veces
prolongan la vida de un producto mucho después del tiempo que una economía
abstracta lo hubiera señalado para la sustitución. Los frenos de ese tipo
quedan automáticamente excluidos del ejército, sobre todo durante los períodos
de servicio activo: pues el ejército es el consumidor ideal, ya que tiende a
reducir a cero el lapso de tiempo que media entre la producción original
provechosa y la sustitución provechosa. La más pródiga y fastuosa familia no
puede competir con un campo de batalla en rapidez de consumo. Un millar de
hombres segados por las balas constituyen una demanda de más o menos un millar
más de uniformes, un millar más de fusiles, un millar más de bayonetas: y un
millar de obuses disparados por los cañones no pueden ser recuperados y usados
nuevamente. Además de todas las fatalidades de la guerra, se produce una más
rápida destrucción de material de equipo y suministros.
La guerra
mecanizada, que tanto contribuyó en todos los aspectos de la producción en masa
estandarizada, es de hecho su gran justificación. ¿Es de admirar que siempre
actúe como tónico temporal sobre el sistema por el que tanto ha hecho para
producirlo? La producción en cantidad debe contar para su éxito en el consumo
en cantidad, y nada asegura la sustitución como la destrucción organizada. En
este sentido, la guerra no es sólo, como se la ha llamado, la salud del Estado:
es la salud de la máquina también. Sin la no producción de la guerra para
equilibrar las cuentas algebraicamente, las elevadas capacidades de la
producción por la máquina sólo pueden ser canceladas con medios limitados: un
aumento de los mercados extranjeros, un incremento de la población, una
elevación del poder adquisitivo de las masas a través de una restricción
drástica de los beneficios. Cuando se han agotado los dos primeros expedientes,
la guerra ayuda a conjurar la última alternativa, tan terrible para las clases
mantenidas, tan amenazadora para todo el sistema que las soporta.
§ 8. La
instrucción militar y la deteriorización
La deteriorización de la vida bajo el régimen del soldado es un tópico: pero
precisamente por ello hay que ponerlo de relieve mediante una exposición
explícita.
El poder
físico es un burdo sustituto de la paciencia y la inteligencia y el esfuerzo
cooperativo en el gobierno de los hombres: si se emplea como acompañamiento
normal de la acción en vez de último recurso es un signo de extrema debilidad
social. Cuando un niño se ve frustrado de manera intolerable por otra persona
sin ver claramente la causa de la situación y sin fuerza suficiente para llevar
a cabo sus propios fines, a menudo resuelve el problema expresando un simple
deseo: que la otra persona se muera. El soldado, un esclavo en comparación con
la ignorancia y el deseo del niño, difiere de él solamente en su capacidad para
pasar directamente a la acción. Matar es la simplificación final de la vida:
una fase entera más allá de las restricciones y simplificaciones
pragmáticamente justificables de la máquina. Y mientras el esfuerzo de la
cultura se encamina a una más completa diferenciación de percepciones y deseos
y valores y fines, manteniéndolos de instante en instante en un equilibrio
perpetuamente cambiante pero estable, el espíritu de la guerra es imponer la
uniformidad, extirpar todo lo que el soldado no pueda entender ni utilizar.
En su
patético deseo de sencillez, el soldado en el fondo extiende el impero de la
irracionalidad, y en su esfuerzo por sustituir la fuerza por la comprensión
intelectual y emocional, por las lealtades y las cohesiones naturales, en pocas
palabras, por los procesos orgánicos de la vida social, él crea ese ritmo
alternado de conquista y rebelión, represiones y represalias, que ha jalonado
grandes períodos de la existencia de la humanidad. Incluso cuando las
conquistas del guerrero se realizan inteligentemente y casi beneficiosamente
—como en el más tardío imperio inca del Perú— las reacciones que pone en
movimiento socavan los objetivos que tiene en vista. Porque el terrorismo y el
miedo crean un estado psíquico bajo. En el acto de hacerse a sí mismo un amo,
el soldado ayuda a crear una raza de esclavos.
En cuanto
al sentido de propia estimación que el soldado alcanza por su voluntad de
encararse con la muerte, no se puede negar que tiene una maligna cualidad de
ensalzar la vida, pero es común al pistolero y al bandido, así como al héroe, y
no existe fundamento para la creencia del soldado de que el campo de batalla es
el único que la produce. La mina, la nave, el alto horno, el esqueleto de
hierro del puente o del rascacielos, la sala del hospital, el parto proponen la
misma noble respuesta: en verdad, es cosa mucho más corriente en estos casos
que en la vida del soldado, que puede pasar sus años mejores en un
entrenamiento vano, no habiéndose enfrentado con amenazas más serias de muerte
que de aburrimiento. Una impenetrabilidad por los valores de la vida distintos
de los reunidos en torno al subyacente deseo de morir del soldado, es uno de
los efectos más siniestros de la disciplina militar.
Afortunadamente
para la humanidad, el ejército ha sido generalmente el refugio de las mentes de
tercera clase: un soldado con capacidad intelectual clara, un César o un
Napoleón, sobresale como una sorprendente excepción. Si el juicio del soldado
entrara en acción tan intensamente como su cuerpo, y si su disciplina
intelectual hubiera sido tan incansable como su entrenamiento, la civilización
pudiera haber sido aniquilada hace mucho tiempo. Y esta es la paradoja: la
guerra estimula la invención, pero el ejército se resiste a ella. El rechazo de
los cañones y rifles perfeccionados por Whitworth en pleno período victoriano
es sólo un ejemplo crítico de un proceso corriente: Alfred Krupp se quejó de
una resistencia análoga por parte del ejército y de la marina al adelanto
técnico. El retraso en la adopción del tanque por el ejército alemán en la
Guerra Mundial muestra cuán torpes pueden ser hasta los “grandes” guerreros.
Así al final, el soldado ha sido muchas veces la víctima de su propia
simplificación y sus propios atajos: al conseguir la precisión y la regularidad
de la máquina, ha perdido la capacidad de respuesta y adaptación inteligentes.
No debe asombrar que en inglés to soldier signifique no
alcanzar eficiencia en el trabajo.
La
alianza de la mecanización y de la militarización fue, en suma, desgraciada:
pues tendía a restringir las acciones de los grupos sociales a un modelo
militar, y estimulaba la táctica violenta y rápida militarista en la industria.
Fue desafortunado para la sociedad en conjunto que una organización de poder
como el ejército, más bien que el gremio artesano más humano y cooperativo
fuese el que presidiera al nacimiento de las formas modernas de la máquina.
§ 9.
Marte y Venus
Si la producción mecánica fue elevada y modelada por las activas demandas del
campo de batalla y de la parada, también fue posiblemente influida por los
efectos indirectos de la guerra durante los engañosos intervalos de reposo.
La guerra
es el instrumento principal mediante el cual las clases gobernantes crean el
estado y afirman su poder en el mismo. Estas clases gobernantes, fuere el que
fuere su ánimo y su origen militares, alternan sus explosiones de hazañas con
períodos dedicados a lo que Veblen en su Teoría de la Clase Ociosa llamó
el ritual de manifiesto desperdicio.
A partir
del siglo VI el feudalismo militar en Europa occidental había compartido el
poder con los pacíficos monasterios, que constituían un pilar importante del
sistema social: desde el siglo XII los señores feudales habían sido refrenados
y mantenidos en su lugar por las ciudades libres. Con el encumbramiento de los
monarcas absolutos del siglo XVI las viejas clases y corporaciones cuyo poder
había sido localizado y distribuido y por tanto equilibrado por causa de su
relativa autonomía, fueron absorbidos, de hecho, por el estado: en las grandes
capitales de Europa el poder estaba concentrado simbólicamente —y en parte
realmente— en el gobernante absoluto. La cultura de las grandes capitales,
cristalizada y expresada con la suprema potencia en el París de Luis XIV o el
San Petersburgo de Pedro el Grande, se hizo unilateral, militarista,
regimentada, opresiva. En aquel ambiente, la máquina solía crecer más
vigorosamente, pues la vida institucional había sido mecanizada. Por ello las
capitales se convirtieron en el foco, no sólo del gastar, sino de la producción
capitalista, y la primacía que entonces consiguieron la han mantenido hasta el
momento presente.
Existe un
fundamento psicológico para la prodigalidad y el lujo que se manifestaron con
irresistible esplendor en el siglo XVI, y que llevaron la forma del campamento
y de la corte a cada lugar y rincón apartado de la comunidad moderna. En el
fondo, esta nueva opulencia estaba conectada con la forma de vida brutal,
desordenada, irreligiosa que prevalecía en toda la sociedad: no difería mucho
de los brutos estallidos de embriaguez y juego que alternaban con el trabajo
del minero.
La vida
militar, sinceramente, es dura. Supone, durante su desarrollo activo, una
renuncia a las comodidades y a las seguridades de una existencia doméstica
normal. La negación del cuerpo, la privación de los sentidos, la supresión de
los impulsos espontáneos, las marchas forzadas, el sueño interrumpido, el
agotamiento medular, el descuido por la limpieza, todas esas condiciones del
servicio activo no dejan lugar a la decencia normal de la vida, y, excepto en
cortos intervalos de lujuria o de estupro, la vida sexual del soldado también
está limitada. Cuando más dura la campaña, y fue precisamente en aquel período
cuando la mecanización de las armas y la severa disciplina de la instrucción se
llevaron los últimos restos de la comodidad caballerosa y la deportividad del
aficionado, cuanto mayores los rigores y fuertes las restricciones, más
necesarias se hacían las compensaciones finales.
Cuando
Marte llega a casa, Venus lo espera en la cama: el tema es uno de los favoritos
entre los pintores del Renacimiento, desde Tintoretto a Rubens. Y Venus sirve
para un doble fin: ella no le entrega a él simplemente su cuerpo, sino que
opone la superbia del soldado a la propia luxuria de
ella, y en el grado que ella ha sido abandonada durante la guerra exige
atención compensatoria en tiempo de paz. Las caricias de Venus no bastan por sí
mismas para contrapesar las abstenciones y brutales crudezas del campo de
batalla: después de haber sido abandonado el cuerpo, debe ser glorificado. Ella
debe tener joyas, sedas, perfumes, vinos raros, anticipando y prolongando por
todos los medios posibles el rito erótico mismo. Y no deja nada por hacer para
alcanzar su fin: expone sus pechos, se despoja de sus prendas íntimas, descubre
sus piernas, hasta el mons veneris incluso al viandante. Desde
la sirvienta a la princesa, las mujeres consciente o inconscientemente adoptan
las costumbres de la cortesana al final de un largo período de tensión y
desorden y guerra: así, en forma extravagante, la vida se renueva a sí misma.
Las modas de las mujeres que dominaron en el mundo occidental después de la
última orgía marcial corresponden casi punto por punto a las que estuvieron en
boga a fines del Directorio, hasta la supresión del corset y abandono temporal
de las enaguas.
Precisamente
porque los impulsos eróticos buscan una compensación extraordinaria a su
denegación, rebosan y saturan toda actividad: la cortesana consume la sustancia
de las conquistas del guerrero. Una abundancia de bienes físicos concede un
premio especial a los triunfos del soldado y justifica el botín que trae
consigo. Shakespeare nos ha hecho un estudio agudo de la relación en Antonio y
Cleopatra; pero los resultados económicos del caso son más importantes aquí que
las consecuencias psicológicas. Económicamente, la conquista de Marte por Venus
significa la aumentada demanda de lujos de toda clase: satenes, galones,
terciopelos, brocados, piedras preciosas y adornos de oro y cofrecitos
finamente labrados para guardarlo todo: blandos lechos, baños perfumados,
apartamentos privados y jardines particulares encerrando un Árbol del Amor: en
resumen, la sustancia de una vida codiciosa. Si el soldado no la proporciona,
lo hará el mercader: si el botín no se saca de la corte de Moctezuma o de un
galeón español, debe ganarse en la oficina. La religión misma en aquellas
cortes y palacios se había convertido en una vana ceremonia: ¿hay que
asombrarse de que el lujo casi se convirtiera en una religión?
Pero
obsérvese el contraste. El lujo particular no se consideraba favorablemente
durante la Edad Media: en realidad, apenas existía una vida privada en el
sentido moderno. No era sólo porque los pecados de orgullo, avaricia y de
codicia, con sus posibles derivados de lujuria y fornicación, eran, si no
serias ofensas, al menos obstáculos para la salvación: no era simplemente
porque los niveles de vida, juzgados según ideales puramente financieros,
fueran modestos. Pero la Edad Media, con su constante tendencia a simbolizar,
utilizaba el oro, las joyas y el trabajo artístico como emblemas de poder. La
Virgen podía recibir dichos tributos porque era la Reina de los Cielos: el rey
y la reina, el papa y el príncipe terrenos, representantes de las potencias del
cielo también podían disponer de una cierta medida de lujo para indicar su
posición social: finalmente, los gremios en sus misterios y cortejos podían
gastar pródigamente para los espectáculos públicos. Pero el lujo en este caso
tenía una función colectiva: incluso entre las clases privilegiadas no
significaba simplemente comodidad sensible.
La
ruptura de la economía medieval fue marcada por la aparición del ideal del
poder particular y la posesión particular. El mercader, el capitalista, el
saqueador, el capitán de los condotieros, lo mismo que los originales señores y
príncipes de la tierra, trataron de apoderarse y de monopolizar las funciones
de la vida cívica. Lo que había sido una función pública se convirtió en una
acción privada: los dramas morales de la iglesia, se convirtieron en la máscara
de la corte: las pinturas murales que pertenecían a un lugar y a una
institución se convirtieron en el cuadro portátil de caballete que pertenecía a
un individuo particular. Junto con la restricción de la usura escarnecida por
la iglesia en el siglo XV y abandonada incluso en teoría por los reformadores
del siglo XVI, el mecanismo legal para la adquisición en gran escala fue de la
mano con la demanda social y psicológica de una vida codiciosa. La guerra no
fue la única condición motivadora: pero el lugar en donde el nuevo lujo fue más
visible y se llevó a un punto de extravagancia refinada, fue en la corte.
Económicamente,
el centro de gravedad se trasladó a la corte: geográficamente se trasladó a las
capitales en donde la corte —y la cortesana— se alojaban ambas lujosamente. El
arte grande del período barroco está en las casas de campo y en los palacios de
las ciudades. Cuando se construyeron las iglesias y los monasterios, se
hicieron en el mismo estilo: en abstracto, era difícil establecer la diferencia
entre la nave de una y el salón de baile del otro. Uno adquiría riqueza con el
fin de consumir bienes de acuerdo con las costumbres de la corte: “vivir como
un príncipe” se convirtió en un dicho. Por encima de todo ello se alzaba la
cortesana. La riqueza se adquiría para agradarla: para ella se compraba un
palacio: se ponían a su servicio muchos criados. Para retratarla alguien trajo
a un Tiziano. Y su propio sentido del poder florecía a su vez con todos los
regalos y las bellezas de la vida, y consideraba a su cuerpo alabado en
proporción a su habilidad por lograr aquellos lujos. La cima del sueño barroco
se alcanzó cuando Luis XIV construyó por razones sentimentales el gigantesco
palacio de Versalles sobre el lugar de un antiguo pabellón de caza en donde
primeramente había galanteado a madame de la Vallière. Pero el
sueño era de carácter universal: se le encuentra en cada recuerdo de la época,
en el espíritu así como en la carne y en la piedra y en el lienzo: quizá su
encarnación más espléndida esté en la temprana concepción por Rabelais de la
Abadía de Thélème. Lo que se usaba en la corte se convirtió en el criterio de
la buena vida, y las lujosas normas de consumo allí establecidas se extendieron
paulatinamente por todas las esferas de la sociedad.
La vida
en conjunto no fue simplemente la humilde obra del cochero, del cocinero, del
lacayo: pues la corte empezó asimismo a tomar parte directiva en la producción
industrial también: el nuevo lujo de la loza fina para los servicios de mesa se
convirtió en el monopolio de las reales fábricas de porcelana en Prusia,
Sajonia, Dinamarca y Austria, y en cuanto a tejidos la gran fábrica de los
Gobelinos fue uno de los centros principales de producción de Francia. Con el
fin de aparentar, se hizo corriente el uso de adulteraciones y sustitutivos. Se
imitó el mármol con yeso, el oro con oropel, la obra hecha a mano con adornos
moldeados y el vidrio en lugar de las piedras preciosas. La reproducción para
el consumo masivo de sustitutivos, como en la joyería de Birmingham, ocupó el
lugar de la original y lenta creación de la auténtica habilidad manual: el
abaratamiento sistemático mediante la producción en masa y con materiales
inferiores con el fin de conseguir una apariencia superior a los propios
medios, se presentó con los adornos mucho antes de que se aplicara a los
objetos corrientes de uso. Con la introducción de los ideales cortesanos a la
sociedad, tuvo lugar el mismo cambio en el siglo XVIII que ocurrió con la
entrada del ideal “democrático” de la conscripción militar. La manufactura
estandarizada de joyería barata y de adornos y textiles domésticos acompañó
directamente a la estandarización del equipo militar. Y debe uno observar
irónicamente que gracias al capital que Matthew Boulton había acumulado en sus talleres
de baratijas de Soho le fue posible ayudar a James Watt durante el período en
que estuvo perfeccionando su máquina de vapor.
La
concentración de lujos insignificantes como signo de bienestar fue en muchas
formas un preludio desafortunado a la producción de la máquina, pero no fue del
todo estéril. Como resultado de este ritual de consumo algunas de las grandes
realizaciones de la mecanización se concibieron primeramente como cosa de
juego: relojes complicados cuyas figurinas se movían con una sucesión de
difíciles y elegantes movimientos, muñecas que se movían solas, coches como el
de Camus que andaba con un mecanismo de reloj, pájaros que agitaban su cola al
tiempo que sonaba una caja de música. Aunque sin importancia, estos juguetes,
estos divertidos motivos, no fueron completamente inútiles. Es cierto que la
parte desempeñada por los juguetes y los instrumentos no utilitarios en el
fomento de importantes inventos no puede ignorarse a la ligera. El primer
“empleo” de la máquina de vapor, según lo sugiere Herón fue crear efectos
mágicos para infundir temor al pueblo: y el vapor aparece como un agente de
trabajo en el siglo X, cuando lo empleó Silvestre II para hacer funcionar un
órgano. El helicóptero fue inventado como juguete en 1796. Las imágenes en
movimiento no aparecieron sólo primeramente como un juguete en el
fenakistocopio, sino que la linterna mágica, que se utilizó en la producción
eventual de esas imágenes, fue un juguete del siglo XVII atribuido a Atanasio
Kircher. El giroscopio existía como juguete antes de que se empleara seriamente
como dispositivo de estabilización, y el éxito de los aeroplanos de juguete en
ese siglo ayudó a renovar el interés por las posibilidades de volar. El origen
del teléfono y del fonógrafo debe encontrarse en el divertido autómata;
mientras que las más potentes máquinas del siglo XVII, las ruedas hidráulicas
de Marly, se construyeron para bombear el agua hasta las grandes fuentes de
Versalles. Hasta el deseo de velocidad en el viaje apareció primero en forma de
juego antes de ser incorporado al ferrocarril y al automóvil: la
promenade aérienne —nuestro tren de las ferias— apareció antes que ningún
otro servicio útil.
La verdad
mecánica fue a veces dicha primeramente en broma, lo mismo que el éter fue
primero usado en los juegos de salón en América antes de ser empleado en
cirugía. En realidad, el ingenuo interés del niño subsiste en sólo vagos
disfraces como gran parte del interés del adulto por las máquinas: “los motores
son cubos y palas vestidos de etiqueta para los adultos”. El espíritu del juego
liberó la imaginación mecánica. Una vez empezada la organización de la máquina,
sin embargo, las ociosas ocupaciones de la aristocracia no permanecieron mucho
tiempo ociosas.
§ 10.
Atracción del consumo e impulso productivo
El desarrollo de la máquina exigía a la vez una trampa y un cebo, un impulso y
una atracción, un medio y un destino. Sin duda, la fuerza motriz procedió de la
técnica y de la ciencia: eran intereses que se mantenían con sus propios
recursos, y con los herreros, los fabricantes de carros, los fundidores, los
relojeros y el creciente cuerpo de experimentadores e inventores, la máquina se
estableció como el centro del proceso productivo. ¿Pero por qué hubo de asumir
la producción misma tan enormes proporciones? No hay nada en el milieu mismo
de la máquina que pueda explicar este hecho: pues en otras culturas la
producción, aunque pudiera crear amplios excedentes para obras públicas y para
el arte público, siguió siendo una sencilla necesidad de la existencia, a
menudo aceptada de mala gana, no un centro de interés continuo e irresistible.
En el pasado, incluso en Europa occidental, los hombres habían trabajado para
alcanzar el nivel de vida tradicional en su lugar y su clase: la noción de
adquirir dinero con el fin de salirse de la clase era de hecho extraña a la más
antigua ideología feudal y corporativa. Cuando su vida se hacía más fácil, la
gente no iba tras la adquisición abstracta: simplemente trabajaba menos. Y
cuando la naturaleza les favorecía, con frecuencia permanecían en el estado
idílico de los polinesios o de los griegos homéricos, entregando al arte, al
rito y al sexo lo mejor de sus energías.
La
atracción, como Sombart demostró ampliamente en su pequeño estudio Lujo
y Capitalismo, procedía principalmente de la corte y de la cortesana:
dirigieron las energías de la sociedad hacia un horizonte, continuamente en
movimiento, de consumo. Con la debilitación de las fronteras de clase y el
desarrollo del individualismo burgués el ritual del gasto llamativo se extendió
rápidamente por el resto de la sociedad: justificó las abstracciones de los
acumuladores de dinero y amplió los usos del progreso técnico de los
inventores. El ideal de una intensa vida dispendiosa suplantó el ideal de una
vida santa y humana. El Cielo, que había sido diferido al Más Allá en el
esquema del cosmos cristiano, había de ser ahora gozado inmediatamente: sus
calles pavimentadas con piedras preciosas, sus relucientes muros, sus salas de
mármoles, estaban casi al alcance de la mano, siempre que uno consiguiera
dinero suficiente para comprarlo todo.
Pocos
dudaban de que el Palacio era el Cielo: pocos dudaban de su
carácter sagrado. Incluso los pobres, los abrumados de trabajo, los explotados
estaban hipnotizados por este nuevo ritual, y permitieron que continuara a sus
expensas con apenas un murmullo de protesta hasta que la revolución francesa
proporcionó un intervalo, después del cual el proceso de consumo prosiguió
nuevamente con voracidad redoblada y justificada por las promesas hipócritas de
abundancia para las masas que sacaron las castañas del fuego y poco
consiguieron. La abstención de los placeres terrenos con la esperanza del más
allá, un Más Allá tal como el que fue imaginado por San Juan de Patmos, había
resultado ser de hecho una de esas bienaventuranzas engañosas, como el régimen
monástico, que había acabado en la vida terrena del lado opuesto a su objetivo
original. No era un preludio al Cielo sino una preparación de la empresa
capitalista. La necesidad de abstención de los placeres inmediatos, el
aplazamiento de los bienes presentes por las recompensas futuras, en realidad
las mismas palabras usadas por los escritores del siglo XIX para justificar la
acumulación de capital y el cobro del interés pudieran haberse puesto en boca
de cualquier predicador medieval, empeñándose en impulsar a los hombres a dejar
de lado las inmediatas tentaciones de la carne con el fin de ganar muchos
mayores premios en el cielo por su virtud. Gracias a la aceleración de la
máquina, el espacio de tiempo entre la abstención y el premio podía reducirse:
por lo menos para las clases medias, las puertas de oro se abrían.
El
puritanismo y la contrarreforma no impugnaron seriamente aquellos ideales
cortesanos. El espíritu militar de los puritanos, con Cromwell, por ejemplo, se
compaginaba bien con su sobria, ahorrativa e industriosa vida, concentrada en
acumular dinero, como si por evitar la ociosidad pudieran evitarse las
maquinaciones del demonio sin evitar actos demoníacos. Carlyle, el tardío
abogado de este puritanismo militarista no conocía otra clave para la salvación
que el evangelio del trabajo: pretendía incluso que el demonio de la codicia en
su punto más bajo estaba de acuerdo con la naturaleza de las cosas y por tanto
camino de Dios. Pero los ideales adquisitivos en la producción iban
necesariamente de la mano con los modos adquisitivos de consumo. El puritano que
ponía quizá su fortuna nuevamente en el comercio y la empresa industrial, a la
larga sólo hacía que los ideales de la corte se extendieran más ampliamente.
Con el tiempo, en la sociedad, si no en la vida del capitalista individual, el
día del juicio llega: a los sobrios esfuerzos del puritano siguen las
saturnales. En una sociedad que no conoce otros ideales, el hacer gastos se
convierte en la fuente principal de placer: finalmente, equivale a un deber
social.
Los
bienes se hacen respetables y deseables al margen de las necesidades vitales
que cubren: pueden acumularse, pueden amontonarse en palacios y en almacenes,
pueden —si resultan excedentes o duplicados— ser transformados temporalmente en
las formas más etéreas de dinero o de letra de cambio o de crédito. El escapar
a las secas restricciones de la pobreza se convirtió en un deber sagrado. El
ocio fue en sí mismo un pecado. Una vida alejada de los medios de la
producción, sin un particular esfuerzo industrial, sin conseguir dinero, había
dejado de ser respetable: hasta la aristocracia, impulsada por sus
incrementadas demandas de lujos y de servicios, comprometida con los mercaderes
y las clases de los fabricantes, se casó con ellos, adoptó sus vocaciones e intereses
y recibió con plácemes a los recién llegados a la riqueza. Los filósofos
especulaban, ahora con vacilante atención y la vista distraída, acerca de la
naturaleza del bien, de lo verdadero y de lo bello. ¿Había alguna duda sobre
ello? Su naturaleza podía ser cualquier cosa que pudiera estar encarnada en
bienes materiales y vendida con provecho: cualquier cosa que hiciera la vida
más fácil, más confortable, más libre de cuidado, físicamente más placentera:
en una palabra, mejor “arropada”.
Finalmente,
la teoría de la nueva edad, primeramente formulada en términos de éxito
pecuniario, fue expresada en términos sociales por los utilitaristas de
principios del siglo XIX. La felicidad era el verdadero objetivo del hombre, y
consistía en lograr el mayor bien para el mayor número, y en último lugar la
perfección de las instituciones humanas, podía ser considerada aproximadamente
por la cantidad de bienes que una sociedad era capaz de producir: necesidades
en expansión, expansión de mercados, empresas en expansión, un cuerpo de
consumidores en expansión. La máquina hacía esto posible y garantizaba el
éxito. El gritar basta o pedir un límite era una traición. La felicidad y la
producción ampliada eran una sola cosa.
Que la
vida pueda ser más intensa y significativa en sus momentos de pena y angustia,
que pueda ser menos sabrosa en sus momentos de ahíto, que una vez que los
medios esenciales de vida han sido provistos, sus intensidades, éxtasis y
estados de equilibrio no pueden ser medidos matemáticamente en una relación
cualquiera con la cantidad de bienes consumidos o la cantidad de poder
ejercitado —en resumen, los tópicos de la experiencia del amante, del
aventurero, del padre o la madre, del artista, del filósofo, del científico,
del trabajador activo de la clase que sea— estos tópicos se excluyeron del
popular credo de trabajo del utilitarismo. Si un Bentham o un Mill trataron de
conocerlos gracias a la casuística, un Gradgrind y un Bounderby[3] los
ignoraron sencillamente. La producción mecánica se había convertido en un
imperativo categórico más estricto que todos los que Kant hubiera descubierto.
En esto,
desde luego, la cortesana incluso y hasta el soldado sabían más que el mercader
y el filósofo utilitario: en caso de apuro hubieran arriesgado su cuerpo o las
comodidades del cuerpo por el honor o por el amor. Al favorecer la
cuantificación de la vida, además, apresaron al menos un botín concreto: telas
y comida y vino, pinturas y jardines. Pero al llegar el siglo XIX, estas
realidades se habían convertido en su mayor parte en fuegos fatuos: luces de
los pantanos para distraer a la humanidad de los bienes tangibles y de los
goces inmediatos. Lo que Sombart llamó el hombre fragmentario había venido al
mundo: el basto filisteo victoriano, al cual Ruskin contrapuso irónicamente el
fino “esteta” de una moneda griega. Este hombre fragmentario se jactaba, según
los mejores principios utilitarios, de no meterse en negocios por razones de
salud. El hecho estaba claro. ¿Pero por qué otra razón debieran los hombres
estar metidos en los negocios?
La
asimilación de la vida buena a la vida con bienes[4] fructificó
antes de que el complejo paleotécnico se formara. Este concepto fijó a la
máquina su meta social y le dio su justificación, aunque conformara a tantos de
sus productos finales. Cuando la máquina produjo otras máquinas u otras obras
mecánicas, su influencia fue a menudo fresca y creativa, pero cuando los deseos
que satisfizo siguieron siendo los que habían sido tomados sin discernimiento
de las clases superiores durante el período del absolutismo dinástico, la
política de potencia y la vacuidad barroca, su efecto fue el de favorecer la
desintegración de los valores humanos.
En
resumen, la máquina llegó a nuestra civilización, no para salvar al hombre de
la servidumbre de formas innobles de trabajo, sino para hacer más extensamente
posible la servidumbre a innobles normas de consumo que se habían desarrollado
dentro de las aristocracias militares. A partir del siglo XVII, la máquina
estuvo condicionada por la desordenada vida social del occidente de Europa. La
máquina dio una apariencia de orden a aquel caos: prometió colmar aquel vacío,
pero todas sus promesas fueron minadas insidiosamente por las mismas fuerzas
que le dieron forma: el juego de azar del minero, la lujuria del soldado, los
objetivos pecuniarios abstractos del financiero y las lujosas extensiones del
poder sexual y los sustitutivos del sexo ideados por la corte y la cortesana.
Todas estas fuerzas, todos estos propósitos y metas son visibles aún en nuestra
cultura de la máquina; por imitación se han extendido de clase a clase y de la
ciudad al campo. Lo bueno y lo malo, lo claro y lo contradictorio, lo dócil y lo
refractario; este es el mineral del que debemos extraer el metal del valor
humano. Al lado de los pocos lingotes de metal precioso que hemos refinado, las
montañas de escoria son enormes. Pero no todo es escoria, en absoluto. Ya ahora
se puede vislumbrar en el porvenir el día en que los gases tóxicos y los
desechos aterronados, productos derivados una vez inútiles de la máquina,
pueden ser convertidos por la inteligencia y la cooperación social para usos
más vitales.
Capítulo
3
La fase eotécnica
Contenido:
§ 1.
Sincretismo técnico
§ 2. El complejo tecnológico
§ 3. Nuevas fuentes de energía
§ 4. Tronco, plancha y mástil
§ 5. A través de un cristal, con claridad
§ 6. El cristal y el ego
§ 7. Los inventos principales
§ 8. Debilidad y fuerza
§ 1.
Sincretismo técnico
Las civilizaciones no son organismos autónomos. El hombre moderno no hubiera
podido fundar sus propios modos de pensamiento particulares o inventar su
actual equipo técnico sin aprovecharse libremente de las culturas que le
precedieron o de las que continúan desarrollándose a su alrededor.
Cada gran
diferenciación en la cultura parece ser el resultado, de hecho, de un proceso
de sincretismo. Flinders Petrie en su discusión sobre la civilización egipcia
ha mostrado que la mezcla necesaria para su desarrollo y su realización tenía
incluso una base racial, y en el desarrollo del cristianismo está claro que los
más diversos elementos extraños —un mito de la tierra dionisíaco, la filosofía
griega, el mesianismo judío, el mitraísmo, el zoroastrismo— todos desempeñaron
una parte en dar el contenido específico y hasta la forma a la colección final
de mitos y oficios que llegó a ser el cristianismo.
Antes de
que se produzca este sincretismo, las culturas de las que se sacan los
elementos deben estar o bien en estado de disolución, o lo bastante alejadas en
el tiempo o el espacio para que puedan extraerse los elementos simples de la
masa enmarañada de las verdaderas instituciones. De no existir esta condición
los elementos mismos no estarían libres, como debieran, para desplazarse hacia
el nuevo polo. La guerra actúa como tal agente de disociación, y en cuanto al
tiempo el renacimiento mecánico de Europa occidental se asoció con el choque y
la conmoción de las Cruzadas. Lo que la nueva civilización toma no es las
formas y las instituciones completas de una cultura sólida, sino sólo los
fragmentos que pueden ser transportados y trasplantados: utiliza los inventos,
los modelos, las ideas, del mismo modo que los constructores góticos en
Inglaterra utilizaron algunas piedras o tejas de la quinta romana en
combinación con el pedernal indígena y en formas completamente diferentes de
las de una arquitectura posterior. Si la quinta hubiera estado aún en pie y
ocupada no habría sido posible extraerle las piedras. La muerte de la forma
original, o más bien la vida que queda en las ruinas, es la que permite la
libre reconstrucción e integración de los elementos de otras culturas.
Debe
observarse otro hecho más acerca del sincretismo. En las primeras etapas de la
integración, antes de que una cultura haya dejado su propia marca inequívoca
sobre los materiales, antes de que la invención haya cristalizado en hábitos y
rutina satisfactorios, se encuentra libre para aprovecharse de las fuentes más
amplias. El principio y el fin, la primera absorción y la expansión y conquista
finales, después de ocurrir la integración cultural, se hallan más allá de un
reino universal.
Estas
generalizaciones se aplican al origen de la civilización actual de la máquina:
un sincretismo creador de invenciones, allegadas de los restos de otras
civilizaciones, hizo posible el nuevo cuerpo mecánico. La rueda hidráulica, en
su forma de noria, había sido usada por los egipcios para elevar agua, y quizá
por los sumerios para otros fines; seguramente que en la primera parte de la
era cristiana los molinos de agua se habían hecho bastante corrientes en Roma.
El molino de viento apareció quizá procedente de Persia en el siglo VIII. El
papel, la brújula, la pólvora, vinieron de China, los dos primeros a través de
los árabes, y la química y la fisiología también a través de ellos, mientras
que la geometría y la mecánica tuvieron su origen en la Grecia precristiana. La
máquina de vapor debió su concepción al gran inventor y científico Herón de
Alejandría: las traducciones de sus obras en el siglo XVI fueron las que
llamaron la atención sobre las posibilidades de este instrumento de energía.
En
resumen, la mayor parte de los descubrimientos e invenciones que sirvieron de
núcleo de un ulterior desarrollo mecánico, no surgieron, como pretendía
Spengler, de algún místico impulso interno del alma faustiana: eran semillas
traídas por el viento desde otras culturas. Después del siglo X en Europa
occidental, como he mostrado, el suelo estaba bien rastrillado y arado y
removido, dispuesto para recibir aquellas semillas, y mientras las mismas
plantas iban creciendo los cultivadores del arte y de la ciencia se ocupaban en
mantener el suelo en condiciones. Tomando raíces en la cultura medieval, en un
clima y en suelo diferentes, estas semillas de la máquina experimentaron una
mutación y adoptaron formas nuevas: quizá, precisamente porque no habían sido originadas
en Europa occidental y no tenían allí enemigos naturales, crecieron tan rápida
y gigantescamente como el cardo del Canadá cuando se abrió camino hacia las
pampas sudamericanas. Pero en ningún momento —y esto es lo importante que hay
que recordar— representó la máquina una completa ruptura. Lejos de no estar
preparada en la historia, la edad de la máquina moderna no puede ser
comprendida sino en términos de una preparación muy larga y diversa. La noción
de que un puñado de inventores británicos hicieron de repente zumbar las ruedas
en el siglo XVIII es demasiado burda incluso para servirla como cuento de hadas
a los niños.
§ 2. El
complejo tecnológico
Contemplando los últimos mil años, se puede dividir el desarrollo de la máquina
y su civilización en tres fases sucesivas pero que se superponen y se
interpenetran: eotécnica, paleotécnica y neotécnica. La demostración de que
la civilización industrial no era un todo único, sino que presentaba dos fases
marcadas y formando contraste, fue hecha primero por el profesor Patrick Geddes
y publicada hace una generación. Al definir las fases paleotécnica y
neotécnica, descuidó sin embargo el importante período de preparación, cuando
se hicieron o se prefiguraron todos los inventos clave. Así siguiendo el
paralelo sobre el cual llamó la atención, llamaré al primero período la fase
eotécnica: la edad auroral de la técnica moderna. Mientras cada una de estas
fases representa aproximadamente un período de la historia humana, está
caracterizado aún más significativamente por el hecho de formar un complejo
tecnológico. Es decir que cada fase tiene su origen en ciertas regiones
determinadas y tiende a emplear ciertos recursos y materias primas especiales.
Cada fase tiene sus medios específicos de utilización y generación de la
energía, y sus formas especiales de producción. Finalmente, cada fase pone en
existencia unos tipos particulares de trabajadores, los adiestra en forma
particular, desarrolla ciertas aptitudes y se opone a otras, recurre a ciertos
aspectos de la herencia social y los desarrolla aún.
Casi
cualquier parte de un complejo técnico apunta y simboliza una serie completa de
relaciones dentro de ese complejo. Considérense los varios tipos de plumas de
escribir. La pluma de ave, tallada por el usuario, es un producto eotécnico
típico: indica la base artesana de la industria y la estrecha relación con la
agricultura. Económicamente es barata; técnicamente es basta, pero fácilmente
adaptada al estilo de quien la usa. La pluma de acero simboliza igualmente la
fase paleotécnica: barata y uniforme, si no duradera, es un producto típico de
la mina, de la fábrica de acero y de la producción en masa. Técnicamente, en un
perfeccionamiento respecto de la pluma de ave; pero para disponer de la misma
adaptabilidad deben fabricarse media docena de tipos y puntas estándar
diferentes. Y finalmente la pluma estilográfica —aunque inventada ya en el
siglo XVII— es un producto neotécnico típico. Con su tubo de caucho o de resina
sintética, con su pluma de oro, su acción automática apunta hacia la más pura
economía neotécnica: y en su uso de la punta duradera de iridio la
estilográfica alarga de manera característica el servicio de la punta y
disminuye la necesidad de sustitución. Estas características respectivas se
reflejan en un centenar de lugares del ámbito típico de cada fase; pues aunque
las diferentes partes de un complejo puedan inventarse en diferentes momentos,
el complejo mismo se estará a punto hasta que sus partes
principales se junten. Incluso hoy el complejo neotécnico aún espera un cierto
número de inventos necesarios para su perfección: en particular un acumulador
con un voltaje seis veces mayor y por lo menos el amperaje que llevan los
actuales modelos de generadores.
Expresándonos
en términos de energía y materiales característicos, la fase eotécnica es un
complejo agua y madera: la fase paleotécnica es un complejo carbón y hierro, y
la neotécnica es un complejo electricidad y aleación. La gran contribución de
Marx como economista sociólogo fue el ver y en parte demostrar que cada período
de invención y producción tenía su propio valor específico para la
civilización, como él hubiera dicho, su propia misión histórica. No puede
divorciarse la máquina de su más amplio patrón social, porque es este patrón el
que le da significado y finalidad. Cada período de la civilización lleva dentro
de sí el significante desecho de tecnologías pasadas y el germen importante de
otras nuevas: pero el centro de desarrollo se encuentra dentro de su propio
complejo.
La edad
auroral de nuestras técnicas modernas se extiende aproximadamente desde el año
1000 al 1750. Durante este período los adelantos y sugerencias técnicas
dispersas de otras civilizaciones llegaron a reunirse, y el proceso de
invención y de adaptación experimental siguió con un paso lentamente acelerado.
Durante este período se favorecieron casi todos los inventos clave necesarios
para universalizar la máquina; apenas hay un elemento en la segunda fase que no
existiera como germen, a menudo como embrión, con frecuencia como ser
independiente, en la primera fase. Este complejo alcanzó su punto culminante,
dicho en términos tecnológicos, en el siglo XVII, con la fundación de la
ciencia experimental, apoyada sobre una base matemática, diestra manipulación,
medida del tiempo precisa y exacta medición.
La fase
eotécnica, como es natural, no terminó repentinamente a mediados del siglo
XVIII: lo mismo que alcanzó su cima antes que nada en Italia en el siglo XVI
con la obra de Leonardo y sus contemporáneos de talento, así llegó a una
retardada fructificación en la América de los años 1850. Dos de sus más finos
productos, el rápido barco clipper y el procedimiento Thonet
de fabricación de muebles de madera curvada se remontan hacia los años 1830.
Hubo partes del mundo, como Holanda y Dinamarca, que en muchos distritos,
pasaron directamente de una economía eotécnica a la neotécnica, sin sentir más
que la fría sombra de una nube paleotécnica.
Con
referencia a la cultura humana en conjunto, el período eotécnico, aunque
políticamente accidentado, y en sus últimos momentos caracterizado por una
profunda degradación del trabajador industrial, fue uno de los períodos más
brillantes de la historia. Pues además de sus grandes realizaciones mecánicas
construyó ciudades, cultivó paisajes, edificó obras y creó pinturas, que
igualaron en el reino del pensamiento y del goce humanos, los adelantos que se
estaban realizando decisivamente en la vida práctica. Y si este período fracasó
al no establecer una organización justa y equitativa en general, hubo momentos
por lo menos en la vida del monasterio y del municipio que se acercaron a su
sueño: el resplandor crepuscular de esta vida fue registrado en la Utopía de
Moro y en la Cristianópolis de Andreae.
Observando
la unidad subyacente de la civilización eotécnica, a través de todos sus
cambios superficiales de atuendo y creencia, se deben considerar sus porciones
sucesivas como expresiones de una sola cultura. Esta tesis la están poniendo
ahora de relieve los estudiosos que han llegado a rechazar la idea de una
gigantesca ruptura que se supone que se realizó durante el Renacimiento: una
ilusión contemporánea, indebidamente recalcada por los historiadores
ulteriores. Pero se debe añadir una modificación: a saber, que con los
crecientes adelantos técnicos de esta sociedad se produjo, por razones en parte
independientes de la máquina misma, una correspondiente decadencia y disolución
culturales. En resumen, el Renacimiento no fue, socialmente hablando, el alba
de un nuevo día, sino su crepúsculo. Las artes mecánicas avanzaban mientras las
artes humanas se debilitaban y retrocedían, y fue en el momento en que la forma
y la civilización se habían descompuesto más completamente cuando el ritmo de
la invención se hizo más rápido, y la multiplicación de las máquinas y el
incremento de la energía tuvieron lugar.
§ 3.
Nuevas fuentes de energía
A la base de la economía eotécnica hay un hecho importante: la disminución del
uso de los seres humanos como principales motores, y la separación de la
producción de energía de su aplicación e inmediato control. Mientras la
herramienta dominó aún la producción, la energía y la destreza humanas
estuvieron unidas en el artesano mismo: con la separación de estos dos
elementos el mismo proceso productivo tendió hacia una mayor impersonalidad, y
la máquina-herramienta y la máquina se desarrollaron junto con los nuevos
generadores de energía. Si la maquinaria productora de energía se utilizase
como criterio, la moderna revolución industrial habría empezado en el siglo XII
y estaría en pleno auge en el XV.
El
período eotécnico se caracterizó sobre todo por un continuo incremento de la
energía efectiva del caballo. Procedió directamente de dos piezas de aparejo:
primera, la introducción de la herradura de hierro, probablemente en el siglo
IX, un artificio que aumentó el radio de acción del caballo, adaptándole a
otras regiones que los prados, y acrecentó su efectivo poder de tracción dando
a sus cascos mayor capacidad de adhesión. Segunda: hacia el siglo X la moderna
forma de arnés, con la que la tracción se hace desde el hombro en vez de
hacerla con el pescuezo, fue nuevamente inventada en Europa occidental —había
existido en China desde el año 200 antes de nuestra era—, y en el siglo XII
había suplantado el arnés ineficiente conocido por los romanos. El beneficio
fue grande, pues el caballo no era simplemente una ayuda útil en la agricultura
o un medio de transporte: se convirtió asimismo en un agente mejorado de
producción mecánica: los molinos que utilizaban la fuerza motriz del caballo
para moler cereales o para elevar agua se extendieron por toda Europa, a veces
sirviendo de suplemento a otras formas de energía no humana. El incremento en
el número de caballos se hizo posible, asimismo, por los adelantos en la
agricultura y por la accesibilidad de las regiones hasta entonces escasamente
cultivadas o de montes primitivos del norte de Europa. Esto creó una situación
algo parecida a la que se repitió en América durante el período de los primeros
colonizadores: éstos, con abundancia de tierra a su disposición, carecían sobre
todo de mano de obra, y se vieron obligados a recurrir a ingeniosos
dispositivos para ahorrar trabajo que las regiones mejor pobladas en el sur con
su excedente de mano de obra y sus condiciones de vida más fácil nunca tuvieron
que inventar. Este hecho quizá fue en parte responsable del alto grado de
iniciativa técnica que señala el período.
Pero
mientras la energía del caballo aseguró la utilización de métodos mecánicos en
regiones no favorecidas de otra manera por la naturaleza, el mayor progreso
técnico tuvo lugar en regiones que tenían copiosos suministros de agua y de
viento. Fue a lo largo de los caudalosos ríos, el Ródano y el Danubio, y de los
pequeños y rápidos de Italia, y en el Mar del Norte y las zonas bálticas, con
sus fuertes vientos, donde esta nueva civilización tuvo sus bases más firmes y
algunas de sus más espléndidas expresiones culturales.
Las
ruedas hidráulicas para elevar agua en una cadena de canjilones y para hacer
funcionar figuras automáticas fueron descritas por Filón de Bizancio en el
siglo III antes de Cristo, y los molinos de agua fueron claramente registrados
en Roma en el siglo I antes de nuestra era. Antípater de Tesalónica,
contemporáneo de Cicerón, cantó su elogio de los nuevos molinos en el poema que
sigue: “Dejad de moler, ¡oh! vosotras mujeres que os esforzáis en el molino;
dormid hasta más tarde aunque los cantos de los gallos anuncian el alba. Pues
Demeter ordenó a las ninfas que hagan el trabajo de vuestras manos, y ellas
saltando a lo alto de la rueda, hacen girar su eje el cual, con sus rayos que
dan vueltas, hace que giren las pesadas muelas cóncavas de Nisiria. Gustamos
nuevamente las alegrías de la vida primitiva, aprendiendo a regalarnos con los
productos de Demeter sin trabajar”. La alusión es significativa; muestra, como
señaló Marx, cómo las civilizaciones clásicas consideraban más humanamente los
artificios que ahorraban trabajo que los industriales del siglo XIX, y ello
prueba, además, que aunque la rueda horizontal más primitiva fue probablemente
anterior, y por su construcción era más usada, el tipo vertical más complicado
había empezado a usarse, y al parecer con el sistema más eficiente de impulsión
por arriba. Vitruvio, en su tratado sobre arquitectura, describe el mecanismo
para regular la velocidad.
A
diferencia de los complicados trabajos de carácter sanitario de Roma, el molino
de agua jamás cayó por completo en desuso. Hay alusiones a tales molinos, como
indica Usher, en una colección de leyes irlandesas en el siglo V, y aparecen a
intervalos en otras leyes y crónicas. Aunque primeramente utilizados para moler
grano, el molino de agua se empleó para serrar madera ya en el siglo IV, y si
bien, con el hundimiento del imperio y la disminución de la población, el
número de molinos pudo haber decrecido durante un cierto tiempo, volvieron otra
vez con el rescate de las tierras y su colonización que tuvieron lugar bajo las
órdenes monásticas alrededor del siglo X; en el tiempo del Donesday
Book (o sea, el Registro del Gran Catastro que mandó realizar
Guillermo I el Conquistador) en Inglaterra solamente había cinco mil molinos
—uno por cada cuatrocientos habitantes— e Inglaterra era entonces un país
atrasado al margen de la civilización europea. Hacia el siglo XIV se había
hecho cosa corriente para la manufactura en todos los grandes centros
industriales: Bolonia, Augsburgo, Ulm. Su empleo posiblemente bajó por los ríos
hacia los estuarios, pues en el siglo XVI los Países Bajos utilizaban los
molinos para aprovechar la fuerza de las mareas.
El molino
de agua no se usaba sólo para moler grano o elevar agua: proporcionaba energía
para hacer pasta de papel con trapos (Ravensburg, 1290): hacía funcionar los
martillos y las máquinas de cortar de una herrería (cerca de Dobrilugk,
Lausitz, 1320): serraba la madera (Augsburgo, 1322): golpeaba el cuero de las
tenerías, proporcionaba energía para hilar la seda, se usaba en los batanes
para enfurtir los paños y hacía girar las pulidoras de los armeros. La máquina
trefiladora inventada por Rudolph de Nürenberg en 1400 era movida por energía
hidráulica. En la minería y en el trabajo de los metales el doctor Georg Bauer
describió la gran conveniencia de la energía hidráulica para el bombeo en las
minas, y sugirió que si se podía utilizar en forma adecuada, debería usarse en
vez de los caballos o los hombres para hacer funcionar la maquinaria
subterránea. Ya en el siglo XV se empleaban los molinos de agua para la
trituración de mineral. No se puede sobreestimar la importancia de la energía
hidráulica en relación con las industrias del hierro: pues utilizando esta
energía fue posible construir mayores fuelles, alcanzar mayores temperaturas,
usar mayores hornos, y por consiguiente incrementar la producción de hierro.
La
extensión de dichas operaciones, comparadas con las de hoy en Essen o Gary,
eran naturalmente reducidas, pero también lo era la sociedad. La difusión de la
energía fue una ayuda para la difusión de la población: en tanto el poder
industrial fue representado directamente por la utilización de la energía, más
bien que por la inversión financiera, el equilibrio entre las varias regiones
de Europa y entre la ciudad y el campo dentro de una región se mantenía
bastante igualado. Gracias a la rápida concentración del poder financiero y
político en los siglos XVI y XVII, tuvo lugar el crecimiento excesivo de
Amberes, Londres, Ámsterdam, París, Roma, Lyon, Nápoles.
En
segundo lugar solamente en cuanto a importancia después de la energía
hidráulica estaba la fuerza del viento. Cualquiera que fuera la ruta por donde
entró, el molino del viento se extendió rápidamente por Europa, y estuvo
ampliamente difundido ya a fines del siglo XII. El primer conocimiento definido
del molino de viento procede de un privilegio en 1105 autorizando al abate de
Savigny la instalación de molinos en las diócesis de Evreux, Bayeux y
Coutances; en Inglaterra la primera fecha es de 1143, y en Venecia la de 1332.
En 1341 el obispo de Utrecht trató de establecer su autoridad sobre los vientos
que soplaban sobre su provincia; esto en sí mismo basta casi para establecer el
valor industrial del molino de viento en los Países Bajos en aquel momento.
Aparte la
turbina de viento, descrita en la lejana fecha de 1438, hubo tres tipos. En el
más primitivo, la estructura entera hacía frente al viento dominante; en otro,
toda estructura se giraba para hacerle frente, a veces montada sobre un bote
para facilitar esta operación, y en el tipo más desarrollado sólo giraba la
torreta. El molino alcanzó su mayor tamaño y su forma más eficiente en manos de
los ingenieros holandeses hacia el final del siglo XVI, aunque los ingenieros
italianos, incluyendo a Leonardo mismo, a quien se acredita el molino de torre,
contribuyeron lo suyo. En este desarrollo los Países Bajos fueron casi tanto el
centro de producción de energía como Inglaterra lo fue durante la época
posterior del carbón y del hierro. Las provincias holandesas en particular, una
simple franja de arena, empapada de agua y barrida por el viento, arada de un
lado a otro por el Rin, el Amstel, el Maas, perfeccionó el molino de viento
hasta su más alto grado; molió el grano producido por los ricos prados, serró la
madera traída desde la costa báltica para construir una gran marina mercante y
molió las especies —unas quinientas mil libras al año en el siglo XVII— que se
traían de Oriente. Una civilización se extendió de abajo arriba de las turbosas
tierras de pantanos y las playas estrechas desde Flandes al Elba, pues las
orillas sajonas y frisias occidentales habían sido repobladas por colonos
holandeses en el siglo XII.
Por
encima de todo, el molino fue el agente principal de habilitación de las
tierras. La amenaza de inundación por el mar impulsó a estos pescadores y
agricultores del mar del Norte a tratar no sólo de controlar el agua misma,
sino de echarla atrás, para añadir tierra. El objetivo merecía el esfuerzo,
pues este suelo difícil proporcionó ricos pastos, después de ser desecado y
fertilizado. Llevada primeramente a cabo por las órdenes monásticas, esta
rehabilitación de las tierras se había convertido en el siglo XVI en una de las
mayores industrias de los holandeses. Una vez construidos los diques, sin
embargo, el problema era mantener la zona bajo el nivel del mar libre de las
aguas: el molino, que funciona precisamente con más regularidad y fuerza
precisamente cuanto más impetuosas son las tormentas, fue el medio de achicar
las aguas de las crecidas de los ríos y los canales: mantuvo el equilibrio
entre el agua y la tierra que hizo posible la vida en esta precaria situación.
Bajo el estímulo de la propia necesidad, los holandeses se convirtieron en los
ingenieros guías de Europa: sus únicos rivales estaban en Italia. Cuando los
ingleses, a principios del siglo XVII, desearon desecar sus marjales, invitaron
a Cornelius Vermeyden, un célebre ingeniero holandés, para realizar el trabajo.
El
beneficio en energía mediante el uso de la fuerza del viento y del agua no fue
sólo directo. Al hacer posible el cultivo del rico suelo del pólder, estos
instrumentos mecánicos invirtieron esa continua degradación causada por la tala
de la cubierta forestal y del sistema imprevisor agrícola que siguió a las
mejores prácticas romanas. La preparación y el riego de la tierra constituyen
el signo de la agricultura planeada y regeneradora; el molino aumentó en
términos absolutos la cantidad de energía disponible ayudando a abrir
completamente esas tierras ricas, así como a protegerlas y ayudarlas a dar sus
productos esenciales.
Este
desarrollo de la energía del viento y del agua no alcanzó su apogeo en la mayor
parte de Europa hasta el siglo XVII. ¿Cuán grande fue el incremento de la
energía no orgánica aplicada a la producción? Es difícil, quizá imposible,
hacer ni siquiera una suposición acerca de la cantidad total de energía
disponible: lo único que se puede decir es que aumentó continuamente a partir
del siglo XI. Marx observó que en Holanda todavía en el año 1836 había 12 000
molinos que producían hasta seis mil caballos de fuerza. Pero la estimación es
baja, pues una autoridad estima la potencia media de los molinos holandeses
hasta de diez caballos de fuerza cada uno; por su parte Vowles observa que el
tipo antiguo de molino holandés con cuatro aspas de veinticuatro pies cada una
y seis pies de ancho producía alrededor de 4,5 caballos de fuerza con un viento
de veinte millas. Naturalmente esta estimación no incluye la energía del agua
que se utilizaba. En potencia, la energía como cantidad disponible para la
producción era elevada si se comparaba con la de cualquier civilización
anterior. En el siglo XVII la más poderosa máquina productora de energía era de
la de los juegos de aguas de Versalles: producía cien caballos de fuerza y
podía elevar un millón de galones al día a unos 502 pies. Pero ya en 1582 las
bombas de los molinos de Peter Morice movidos por la marea, construidas en
Londres, elevaban cuatro millones de galones de agua por día a través de un
tubo de 12 pulgadas a un depósito de 128 pies de altura.
Puesto
que el suministro de viento y agua estaban sometidos a los caprichos del clima
local y de la precipitación anual, se podían probablemente comparar con las
actuales suspensiones debidas a las variaciones de las necesidades de la mano
de obra, así como a las huelgas, a los cierres de las fábricas y a la
superproducción. Además de esto, como no se podía monopolizar de manera
efectiva ni a la fuerza del viento ni la del agua, a pesar de los muchos
esfuerzos realizados desde el siglo XIII en adelante para prohibir los pequeños
molinos y molinillos para especias y establecer la molienda como costumbre en
casa del molino del señor, la fuente de energía era libre; una vez construido
el molino no añadía nada al costo de la producción. A diferencia de la ulterior
máquina de vapor, un considerable y costoso artefacto, se podían construir y se
construyeron muy pequeños y primitivos molinos de agua, y como la mayoría de
las partes en movimiento eran de madera y de piedra, el costo original era
reducido y la deteriorización a través del desgaste del tiempo no era tan
grande como lo hubiera sido tratándose del hierro. El molino servía para una
larga vida, el mantenimiento era cosa nominal, el suministro de energía era
inagotable. Y muy lejos de asolar la tierra y dejar atrás escombros y aldeas
despobladas, como ocurría con la minería, los molinos ayudaban a enriquecer la
tierra y a facilitar una agricultura estable conservadora.
Gracias a
los humildes servicios del viento y del agua, llegó a existir una gran
“intelligentsia”, y las grandes obras de arte y ciencia e ingeniería pudieron
crearse sin recurrir a la esclavitud; una liberación de la energía, una
victoria para el espíritu humano. Si se miden las ganancias no en
caballos-vapor originalmente utilizados sino en trabajo finalmente realizado,
el período eotécnico puede compararse favorablemente tanto en las épocas que le
precedieron como con las que le siguieron. Cuando las industrias textiles
alcanzaron un volumen desconocido de producción en el siglo XVIII, ello se
debió principalmente a la fuerza motriz del agua y no a la de la máquina de
vapor, y la primera fuente de energía que superó los pobres 5 o 10 por 100 de
eficiencia de las primeras máquinas de vapor fue la turbina de agua de
Fourneyron, un desarrollo de la rueda barroca perfeccionada en 1832. A mitad
del siglo XIX las turbinas hidráulicas de 500 H. P. ya habían sido construidas.
Sencillamente, la moderna revolución industrial se hubiera realizado y hubiera
continuado sin interrupción aunque no se hubiera sacado una tonelada de carbón
en Inglaterra y no se hubiera abierto una mina de hierro.
§ 4.
Tronco, plancha y mástil
La identificación mística con la vida de los viejos montes, que uno siente en
las baladas y en los cuentos populares de la época, expresaban un hecho que
estaba apareciendo; la madera era el material universal de la economía
eotécnica.
Antes que
nada, la madera era la base de su edificio. Todas las formas complicadas de
albañilería dependían de la labor del carpintero; no era simplemente que los
pilares mismos, en el más tardío gótico, se parecieran a troncos de árboles
entrelazados o que la luz filtrada dentro de la iglesia tuviera la penumbra del
bosque, mientras que el efecto del cristal brillante fuera como el cielo azul o
la puesta del sol vistos a través de las ramas; el hecho es que ninguna de
estas construcciones era posible sin un complicado trabajo de imitación de la
madera, ni hubiera sido posible levantar a las alturas convenientes las piedras
sin grúas de madera y sin tornos. Además, la madera alternaba con la piedra
como material de construcción, y cuando en el siglo XVI las ventanas de las
viviendas empezaron a imitar en anchura y claridad las de los edificios
públicos, las vigas de madera llevaban la carga a través de un espacio
imposible para que lo salvaran las ordinarias construcciones de piedra o de
ladrillo; en Hamburgo las casas de los habitantes del siglo XVI tienen ventanas
en toda la fachada.
En cuanto
a las herramientas y utensilios corrientes de la época, lo normal era que
fuesen de madera. Las herramientas del carpintero eran de madera, excepto la
última parte cortante: el rastrillo, el yugo para uncir los bueyes, el carro,
el carromato, eran de madera; también lo era la tina de lavarse en el baño, lo
era el cubo y asimismo la escoba, y en algunas partes de Europa también era de
madera el calzado del pobre. La madera servía al granjero y al obrero textil:
el telar y el torno de hilar, las prensas para el aceite y para el vino eran de
madera, y hasta cien años después de inventada la prensa de la imprenta aún se
hacía de madera. Las tuberías mismas que llevaban el agua a las ciudades era
con frecuencia tronco de árboles, y lo eran los cilindros de las bombas. Se
mecían cunas de madera, se dormía en camas de madera, y cuando se comía se
sentaba uno ante una “tabla”, o sea, la mesa. Se fabricaba cerveza en un gran
recipiente de madera y se vertía el licor en un barril de madera. Los tapones
de corcho introducidos después del invento de la botella de cristal o de vidrio
empezaron a ser mencionados en el siglo XV. Los barcos, naturalmente, eran de
madera y se clavaban con madera. Pero decir esto es decir simplemente que las
principales máquinas de la industria eran igualmente de madera: el torno, la
máquina-herramienta más importante de aquel período era enteramente de madera,
no sólo la base sino las partes móviles. Todas las partes del molino de viento
y del molino de agua, excepto las de los elementos cortantes eran de madera,
incluso el engranaje; las bombas eran sobre todo de madera, y hasta la máquina
de vapor, aún en el siglo XIX, tenía una gran parte de piezas de madera; la
caldera misma podía ser en forma de barril, dejándose el metal para las partes
expuestas al fuego. En todas las operaciones de la industria, la madera
desempeñó una parte fuera de toda proporción comparada con los metales. Si en
realidad no hubiera sido por la demanda de metal para las monedas, las
armaduras, los cañones y las balas durante este período, la necesidad de
metales hubiera sido relativamente insignificante; no fue meramente el uso de
la madera en forma directa, sino sus partes correspondientes a la minería y a
la forja y fundición, los que fueron responsables, como ya señalé
anteriormente, de la destrucción de los montes. Las operaciones mineras exigían
vigas para apuntalamiento; carros de madera transportaban el mineral, y
planchas de madera llevaban la carga sobre la superficie desigual de la mina.
La mayor
parte de las máquinas e invenciones clave de la última edad industrial se
desarrollaron primeramente en madera antes de ser trasladadas al metal; la
madera proporcionó el entrenamiento para el nuevo industrialismo. La deuda del
hierro respecto de la madera era importante. Ya en 1820 Ithiel Town, un
arquitecto de New Haven, patentó un nuevo tipo de puente sostenido con vigas de
enrejado, libre de la acción del arco y del empuje horizontal, que se convirtió
en el prototipo de muchos puentes posteriores de hierro. Como materia prima,
como instrumento, como máquina-herramienta, como máquina, como utensilio y como
obra, como combustible y como producto final la madera era el recurso
industrial dominante de la fase eotécnica.
El
viento, el agua y la madera se combinaron para constituir la base de aún otro
importante desarrollo técnico, la fabricación y funcionamiento de embarcaciones
y buques.
Si el
siglo XII presenció la introducción de la brújula para los marinos, el siglo
XIII trajo la instalación del timón permanente, usado en vez de los remos para
dirigir un barco, y el XVI introdujo el empleo del reloj para determinar la
longitud y el uso del cuadrante para determinar la latitud, mientras la rueda
de paletas, que no iba a resultar importante hasta el siglo XIX fue inventada
ya en el siglo VI, y realizada definitivamente en 1410, aunque no se empezó a
usar hasta más tarde. Debido a las necesidades de la navegación se ideó ese
magnífico instrumento de ahorro del trabajo, las tablas de logaritmos,
elaboradas por Briggs sobre la base de Napier, y un poco más de un siglo
después el cronómetro de los barcos fue finalmente perfeccionado por Harrison.
Al
principio de este período las velas, que hasta entonces se habían empleado
sobre todo acompañadas de los remos, empezaron a sustituir a éstos y el viento
vino a ocupar el puesto del músculo humano para impulsar a las naves. En el
siglo XV nació el barco de dos mástiles, pero dependía de un buen viento. Hacia
1500 apareció el tres palos y se había perfeccionado tanto que podía andar
contra el viento; al fin eran posibles los viajes oceánicos de altura, sin
necesidad de la audacia de un vikingo o la paciencia de Job. A medida que
aumentaban los barcos y se perfeccionaba el arte de navegar, se desarrollaban
los puertos, se colocaban faros en los puntos peligrosos de las costas, y a
principios del siglo XVIII se anclaron los primeros buques-faro en las Nore
Sands a lo largo de la costa inglesa. Al crecer la confianza en su habilidad
para navegar, para avanzar, hallar su posición y alcanzar el puerto, el marino
sustituyó las rutas de tierra por los rumbos del mar. El beneficio económico
debido al transporte por el agua fue calculado por Adam Smith: “Un carromato de
anchos ejes”, observa en La Riqueza de las Naciones, “conducido por
dos hombres y arrastrado por ocho caballos, en aproximadamente seis semanas
lleva y trae entre Londres y Edimburgo cerca de cuatro toneladas de mercancías.
En el mismo tiempo aproximadamente un barco tripulado por seis u ocho hombres,
y navegando entre los puertos de Londres y Leith, lleva y trae con frecuencia
doscientas toneladas de peso en mercancías. Por tanto, seis u ocho hombres, con
la ayuda del transporte por agua pueden llevar y traer en el mismo tiempo la
misma cantidad de mercancías entre Londres y Edimburgo que 50 carromatos
grandes, conducidos por un centenar de hombres y arrastrados por 400 caballos”.
Pero los
barcos no servían sólo para facilitar el transporte internacional y comerciar
con el otro lado del océano y a lo largo de los ríos continentales: los barcos
también servían para el transporte regional y local. Las dos ciudades
predominantes, una al principio y la otra al final del período eotécnico fueron
Venecia y Ámsterdam, ambas construidas sobre pilotes, ambas servidas por una
red de canales. El canal en sí era una antigua obra de ingeniería; pero su uso
extendido en Europa occidental, caracterizó claramente esta nueva economía. A
partir del siglo XVI los canales complementaron a las corrientes de agua
naturales: útiles a los fines de riego y avenamiento, y en ambos sectores un
don para la agricultura, los canales se convirtieron también en las nuevas
rutas en las regiones más desarrolladas de Europa. Fue en los canales de
Holanda en donde nació el primer servicio regular y seguro del transporte, casi
dos siglos antes que el ferrocarril. “Excepto en casos de helada”, como observa
el doctor H. W. Van Loon, “el barco del canal circulaba con tanta regularidad
como un tren. No dependía del viento ni de la condición de las carreteras”. Y
el servicio era frecuente; había dieciséis barcos cada día entre Delft y
Rotterdam.
El primer
canal de gran navegación fue el que unió el Báltico y el Elba, pero hacia el
siglo XVII Holanda disponía de una red de canales locales y regionales que
servían para coordinar la industria, la agricultura y el transporte.
Incidentalmente, las contenidas y serenas aguas del canal, con sus orillas
inclinadas y su sendero para el remolque eran un sistema de gran ahorro de
trabajo; la efectividad de un hombre y un simple caballo, o la de un hombre y
un largo palo es incomparablemente mayor por una vía de agua que por un camino
de tierra.
El orden
del desarrollo en este aspecto es significativo. Aparte de sus comienzos en
Italia —incluyendo el plan de Leonardo para mejorar la navegación de los ríos
mediante la canalización y las esclusas— el primer gran sistema de canales se
desarrolló en los Países Bajos, en donde fueron instituidos por los romanos;
después en Francia en el siglo XVII, con los canales de Briare, del Centro y
del Languedoc, después de Inglaterra en el siglo XVIII, y, finalmente en
América, excepto por lo que se refiere a los canales de poca importancia de la
ciudad de Nueva Ámsterdam en el siglo XVIII. Los países desarrollados de la era
paleotécnica fueron en este aspecto los atrasados de la fase eotécnica. Y así
como los molinos de viento y los de agua sirvieron para distribuir energía, así
el canal distribuyó población y bienes y efectuó una unión más estrecha entre
la ciudad y el campo. Incluso en América puede uno ver la típica estructura
eotécnica de la población y la industria en el Estado de Nueva York alrededor
de 1850, cuando sobre la base de los aserraderos, los molinos harineros y un
sistema entrelazado de canales y sucias carreteras, todo el Estado se pobló con
una notable uniformidad, y se dispuso en casi cada punto de toda la región de
las oportunidades industriales. Este equilibrio entre la agricultura y la
industria, esta difusión de civilización, fue una de las grandes realizaciones
del período eotécnico; hasta hoy día le ha dado al pueblecito holandés un toque
visible de fina urbanidad, y presenta un notable contraste con el atroz
desequilibrio del período que siguió.
El
desarrollo de los barcos, puertos, faros y canales continuó con firmeza; en
realidad, el complejo eotécnico se mantuvo compacto durante más tiempo en
cuestiones marítimas que en otro sector cualquiera de actividad. El tipo más
rápido de barco de vela, el clipper, no fue proyectado hasta los años 1840, y
hasta el siglo XX el tipo triangular de vela mayor no sustituyó al polígono
excesivamente pesado del barco más pequeño, aumentando su velocidad. El barco
de vela, como el molino de viento y el de agua, estaba a merced del viento y
del agua. Pero las ganancias en ahorro de mano de obra y en caballos de fuerza,
aunque incalculables, eran tremendamente importantes. El hablar de la energía
como de una adquisición reciente de la industria es olvidar la energía cinética
de la caída del agua y del movimiento del aire, mientras que olvidar la parte
del barco de vela en la utilización de la energía, es revelar una ignorancia de
marinero en tierra acerca de las realidades de la vida económica desde el siglo
XII hasta el tercer cuarto del XIX. Aparte de esto fue indirectamente un factor
de racionalización de la producción y de normalización de los productos. Así se
construyeron en Holanda grandes fábricas de galletas para los barcos en el
siglo XVII, y la manufactura de ropa de confección para los paisanos empezó
primero en New Bedford, hacia los años 1840 debido a la necesidad de vestir
rápidamente a los marinos cuando llegaban a puerto.
§ 5. A
través de un cristal, con claridad
Pero lo más importante de todo fue el papel desempeñado por el cristal o el
vidrio en la economía eotécnica. A través del cristal se concibieron nuevos
mundos, se hicieron accesibles y se desvelaron. Mucho más significativo por lo
que se refiere a la civilización y a la cultura que el progreso en las artes
metalúrgicas hasta el siglo XVIII fue el gran adelanto en la fabricación del
vidrio.
El vidrio
mismo era un muy antiguo descubrimiento de los egipcios, o es posible que de
pueblos aún más primitivos. Se han encontrado cuentas de vidrio de 1800 antes
de Cristo y en casas de Pompeya se encontraron vanos para ventanas de cristal.
Al comienzo de la Edad Media, los hornos empezaron a aparecer otra vez, primero
en los distritos forestales próximos a los monasterios, después cerca de las
ciudades; se utilizó el vidrio para los recipientes de líquidos y para
construir las ventanas de los edificios públicos. La primera clase de vidrio
era de textura y de acabado descuidados, pero hacia el siglo XII se fabricó
vidrio de color intenso, y el uso de estos cristales en las vidrieras de las
nuevas iglesias, dejando pasar la luz, modificándola y transformándola,
proporcionó una melancólica claridad con las que las esculturas más labradas y
los oros de las iglesias barrocas sólo podían rivalizar débilmente.
En el
siglo XIII se habían fundado los famosos talleres de vidrio de Murano, cerca de
Venecia, para ventanas, farolas de buques y copas. A pesar del enorme cuidado
para mantener el secreto de los métodos técnicos de los obreros del vidrio
veneciano, el conocimiento del arte se extendió a otras partes de Europa; hacia
1373 había un gremio de fabricantes de vidrio en Nüremberg, y el desarrollo de
esa industria continuó regularmente en otras partes de Europa. En Francia fue
uno de los primeros negocios que pudo llevarse a cabo por una familia noble
(adoptando así las características de la manufactura de porcelana), y ya en
1635 sir Robert Mansell consiguió el monopolio de la
fabricación de vidrio duro en consideración a que era la primera persona que
había usado el carbón mineral en vez de la leña en sus hornos de Inglaterra.
El
desarrollo del vidrio cambió el aspecto de la vida del hogar, particularmente
en las regiones de inviernos largos y de días nubosos. Al principio era un
artículo tan precioso que los paneles de ese material eran movibles y se
guardaban cuando los ocupantes de la casa la dejaban por cierto tiempo. El alto
coste limitaba el uso del cristal a los edificios públicos, pero poco a poco se
abrió paso hacia las viviendas particulares. Silvio Eneas Piccolomini observó
que en 1448 la mitad de las casas de Viena tenían cristales, y hacia fines del
siglo XVI el cristal había conseguido un lugar en el proyecto y en la
construcción de la vivienda que nunca había tenido hasta entonces. En
agricultura siguió un desarrollo paralelo. Una carta inédita, fechada en 1385,
escrita en latín y firmada John, refiere que “en Bois-le-Duc hay máquinas
maravillosas, incluso para elevar agua, zurrar pieles y limpiar telas. Allí,
también, cultivan plantas en pabellones con cristales vueltos hacia el
mediodía”. Los invernaderos, que utilizaban “lapis specularis”, una especie de
mica, en vez de vidrio, fueron ya empleados por el emperador Tiberio, pero el
invernadero de cristal fue probablemente un invento eotécnico. Alargó el
período de crecimiento en el norte de Europa, aumentó, por así decirlo, el
margen climático de una región y utilizó la energía solar que de otra manera se
hubiera perdido, otro claro beneficio. Más importante incluso para la
industria, el cristal aumentó la extensión del día de trabajo con tiempo frío e
inclemente, particularmente en las regiones del norte.
El tener
luz en la vivienda o en el invernadero sin estar sometidos al frío, a la lluvia
o a la nieve, fue la gran contribución a la regularidad de la vida doméstica y
la rutina de los negocios. Esta sustitución de las contraventanas de madera o
de los papeles aceitados o de la muselina por los cristales no llegó a ser del
todo completa hasta fines del XVII, es decir, hasta que los procedimientos de
fabricación de vidrio se perfeccionaron, se abarataron y se multiplicó el
número de hornos. Mientras tanto, el producto mismo había ido siguiendo un
proceso hacia la clarificación y la purificación. Ya en 1300 se fabricaba
vidrio puro sin color en Murano; hecho establecido por una ley que imponía un
duro castigo por la utilización de vidrio ordinario para los lentes. Al perder
el color y dejar de servir de pintura —función para la que había servido en la
decoración de la iglesia medieval— y al dejar pasar, en su lugar, las formas y
colores del mundo externo, el vidrio sirvió también como símbolo del doble proceso
de naturalismo y abstracción que había empezado a caracterizar el pensamiento
de Europa. Más aún, aceleró dicho proceso. El vidrio ayudó a poner el mundo en
un marco, hizo posible ver ciertos elementos de la realidad más claramente, y
enfocó la atención hacia un campo más definido, a saber, lo que estaba limitado
por el marco.
El
simbolismo medieval se disolvió y el mundo se convirtió en un lugar muy
diferente tan pronto como se le contempló a través de cristales. El primer
cambio ocurrió con el uso de las lentes convexas en las gafas; éstas corregían
el aplastamiento de la lente humana debido a la edad, y el defecto de la
presbicia; Singer ha sugerido que el renacimiento humanístico debería en parte
atribuirse al número de años adicionales de vista para leer que los lentes
dieron a la vida humana. Los anteojos fueron ya muy usados en el siglo XV,
cuando, con el invento de la imprenta, se produjo una gran necesidad de los
mismos. Y a fines de aquel siglo se introdujo la lente cóncava para corregir la
miopía. La naturaleza había proporcionado lentes en cada gota de rocío y en la goma
de cada árbol de bálsamo, pero quedaba para los eotécnicos el utilizar aquel
hecho. Se suele atribuir a Roger Bacon la invención de los anteojos; el hecho
es que aparte todas las conjeturas y anticipaciones su mayor labor científica
lo fue en la óptica.
Mucho
antes del siglo XVI, los árabes habían descubierto el uso de un tubo largo para
aislar y concentrar el campo de las estrellas en observación, pero fue un
óptico holandés, Johann Lippersheim, quien en 1605 inventó el telescopio y
sugirió a Galileo el medio eficiente para realizar observaciones astronómicas.
En 1590 otro holandés, el óptico Zacharias Jansen inventó el microscopio
compuesto, y posiblemente también el telescopio. Un invento incrementó el campo
del macrocosmos; el otro, reveló el microcosmos; entre ambos el ingenuo
concepto del espacio que tenía el hombre corriente estaba completamente
trastornado. Se puede decir que estos dos inventos, en cuanto a la nueva
perspectiva, alejaban el punto de fuga hacia el infinito e incrementaba casi
infinitamente el plano del primer término del cual estas líneas tenían su
origen.
A mitad
del siglo XVII Leeuwenhoek, el metódico experimentador comerciante, empleando
una técnica sobresaliente se convirtió en el primer bacteriólogo mundial.
Descubrió monstruos en las raspaduras de sus dientes más misteriosos y atroces
que cualquiera de los encontrados en la exploración de las indias. Si el
cristal no añadió realmente una nueva dimensión al espacio, amplió su tarea, y
llenó aquel espacio con nuevos cuerpos, fijó estrellas a distancias inmensas e
inimaginables, organismos microcelulares, cuya existencia era tan increíble
que, de no haber sido por las investigaciones de Spallanzani, hubieran quedado
fuera de la esfera de las indagaciones serias durante más de un siglo, después
de lo cual su existencia, su asociación, su hostilidad casi se convirtió en una
nueva demonología.
Los
cristales no sólo abrieron los ojos del pueblo sino sus mentes, ver era creer.
En las etapas más primitivas del pensamiento, las intuiciones y los raciocinios
de la autoridad eran sacrosantos, y la persona que insistía en ver la prueba de
acontecimientos imaginados era denostada como lo había sido el famoso
discípulo, era un Tomás dubitativo. Ahora el ojo se convirtió en el órgano más
respetado. Roger Bacon refutó la superstición de que los diamantes no podían
romperse sin utilizar la sangre de cabra recurriendo al experimento; rompió
piedras sin emplear sangre y afirmó: “He visto este hecho con mis
propios ojos”. El empleo de los lentes en los siglos que siguieron
ensalzaron la autoridad del ojo.
El
desarrollo del cristal tuvo otra importante función. Si la nueva astronomía era
inconcebible sin él, y si la bacteriología hubiera sido imposible, es casi tan
cierto que la química se hubiera visto seriamente perjudicada sin este
desarrollo. El profesor J. L. Myres, el arqueólogo clásico ha sugerido incluso
que el atraso de los griegos en química fue debido a la falta de un buen
cristal. Pues el cristal tiene propiedades únicas, no solamente puede
fabricarse transparente, sino que es para la mayor parte de los elementos y
compuestos químicos; tiene la gran ventaja de permanecer neutral al experimento
mismo, mientras permite al observador ver lo que ocurre en el tubo. Fácil de
limpiar, fácil de cerrar, fácil de transformar en cuanto a su forma, lo bastante
fuerte para que globos regularmente delgados puedan soportar la presión
atmosférica cuando se hace el vacío, el cristal tiene una combinación de
propiedades que ningún recipiente de madera, de metal o de barro puede
alcanzar. Además, puede someterse a temperaturas relativamente altas —cosa que
resultó importante en el siglo XIX— y es aislante. La retorta, el alambique, la
probeta, el barómetro, el termómetro, las lentes y el portaobjetos del
microscopio, la luz eléctrica, el tubo de rayos X, el audión; todos esos son
productos de la técnica del vidrio, y ¿dónde estarían las ciencias sin ellos?
El análisis metódico de la temperatura, de la presión y de la constitución
física de la materia precisaban el desarrollo del cristal; las realizaciones de
Boyle, Torricelli, Pascal, Galileo, fueron trabajos específicamente eotécnicos.
Incluso en la medicina tuvo su triunfo el cristal; el primer instrumento de
precisión que se usó en diagnosis fue la modificación del termómetro de Galileo
que introdujo Sanctorius.
Hay otra
propiedad más del cristal que tuvo su primer efecto total en el siglo XVII. La
nota uno quizá mejor en las casas de los holandeses, con sus enormes ventanas,
pues fue en Holanda donde el uso del cristal y sus múltiples aplicaciones llegó
más lejos. El cristal transparente deja entrar la luz, pone en evidencia, con
implacable sinceridad, el polvo bailando en los rayos del sol y la suciedad en
el rincón. Para su buen uso también el cristal tiene que estar limpio, y
ninguna superficie puede estar sujeta a un grado tan grande de limpieza
comprobable como la lisa y dura del cristal. Así, por lo que es y por lo que
hace, el cristal es favorable a la higiene; la ventana limpia, el piso fregado,
los utensilios brillantes, son características de la casa eotécnica, y el
abundante suministro de agua, con la introducción de los canales y de las obras
de elevación mediante tuberías para su circulación por toda la ciudad, sólo
hicieron el proceso más fácil y más universal. Una visión más penetrante, un
interés más vivo por el mundo externo, una respuesta más precisa a una imagen
clarificada; estas características iban de la mano con la extensa introducción
del cristal.
§ 6. El
cristal y el ego
Si el mundo externo fue cambiado por el cristal, el interno fue asimismo
modificado. El cristal tuvo un efecto profundo sobre el desarrollo de la
personalidad; en realidad, ayudó a alterar el concepto mismo del yo.
En
pequeña escala, los romanos habían usado el cristal para los espejos, pero el
fondo era oscuro y la imagen no era más clara que lo hubiera sido en la
superficie pulida de un metal. Hacia el siglo XVI, incluso antes de la
invención del vidrio o cristal cilindrado que siguió unos cien años después, la
superficie mecánica del cristal se había perfeccionado de tal manera que,
cubriéndola con una amalgama de plata, pudo crearse un excelente espejo. Este
fue técnicamente quizá, según Schulz, el punto más alto en la fabricación de
cristal veneciano. Con ello los espejos grandes resultaron relativamente
baratos y el espejo de mano fue cosa corriente.
Posiblemente
por primera vez, excepto por lo que se refiere a las reflexiones en el agua y
las apagadas superficies de los espejos de metal, fue posible hallar una imagen
que correspondía con precisión a lo que otros veían. No simplemente en lo
íntimo del tocador, en la casa ajena, en una reunión pública, la imagen del ego
en actitudes nuevas e inesperadas le acompañaban a uno. El príncipe más
poderoso del siglo XVII creó un vasto salón con espejos, y en la casa del
burgués se extendió de una habitación a otra. Conciencia de sí mismo,
introspección, conversación con el espejo se desarrollaron con el nuevo objeto
mismo; esta preocupación por la imagen de uno llega al umbral de la
personalidad madura cuando el joven Narciso contempla larga y profundamente la
superficie de la charca y el sentido de la personalidad separada, una
percepción de los atributos objetivos de la propia identidad, nace de esta
comunión.
El uso
del espejo señaló el principio de la biografía introspectiva en el estilo
moderno, es decir, no como un medio de edificación sino como una pintura del
yo, de sus profundidades, sus misterios, sus dimensiones internas. El yo en el
espejo corresponde al mundo físico que fue expuesto a la luz por las ciencias
naturales en la misma época; era el yo in abstracto, sólo una parte
del yo real, la parte que uno puede separar del fondo de la naturaleza y de la
presencia influyente de los demás hombres. Pero hay un valor en esa
personalidad del espejo que otras culturas más ingenuas no poseen. Si la imagen
que uno ve en el espejo es abstracta, no es ideal o mítica; cuanto más preciso
es el instrumento físico, cuanto mayor es la luz, más implacablemente muestra
los efectos de la edad, la enfermedad, la decepción, la frustración, la
astucia, la codicia, la debilidad, todo ello aparece tan claramente como la
salud, la alegría y la confianza. Cuando se encuentra uno en perfecto estado de
salud y de acuerdo con el mundo no necesita uno el espejo, es en el período de
desintegración psíquica cuando la personalidad individual se vuelve hacia la
imagen soledosa para ver qué hay allí, de hecho, y qué es lo que puede agarrar,
y fue en el período de desintegración cultural cuando los hombres empezaron a
levantar el espejo hacia la naturaleza exterior.
¿Quién es
el mayor de los biógrafos introspectivos? ¿Dónde se le encuentra? No es otro
que Rembrandt, y no es por casualidad que fuera holandés. Rembrandt sentía
mucho interés por los doctores y los burgueses que tenía a su alrededor, como
joven era aún hombre de gremio y todavía poseía la personalidad suficiente del
hombre de corporación para pintar aquellos retratos colectivos que pudieron
encargarlos los miembros de la Ronda de Noche o el Colegio de Médicos, aunque
ya estuviera jugando con sus convenciones. Pero llegó a la sustancia de su arte
en la serie de autorretratos que pintó, porque fue en parte de la cara que
encontró en el espejo, del conocimiento de sí mismo que logró y expresó en esta
comunión, como consiguió la intuición que aplicó a otros hombres. Un poco
después que Rembrandt, Annecy, la Venecia de los Alpes, albergó a otros pintor
retratista e introspeccionista, Juan Jacobo Rousseau quien, más que Montaigne,
fue el padre de la biografía literaria moderna y de la novela psicológica.
La
exploración del alma solitaria, la personalidad abstracta subsistió en la obra
de los poetas y los pintores incluso después de que el complejo eotécnico
desapareciera y que los artistas que una vez lo habían dominado, se vieran
arrastrados por un mundo más hostil e indiferente a las imágenes visuales y
contrarias a la unicidad del alma individual, se vieran arrastrados hasta el
punto de la completa frustración y de la locura. Basta observar aquí que
eliminar al yo del mundo —el método de las ciencias físicas— y eliminar al
mundo del yo —el método de la biografía introspectiva y de la poesía romántica—
eran fases complementarias de un mismo proceso. Mucho se aprendió gracias a
aquella disociación, pues en el acto de desintegrar la totalidad de la experiencia
humana, los diferentes fragmentos atómicos que la componían se vieron más
claramente y se entendieron sin esfuerzo. Si el procedimiento en sí era
disparatado, el método que se deriva de él era valioso.
El mundo
concebido y observado por la ciencia y el mundo revelado por el pintor, ambos
eran vistos a través y con la ayuda de cristales, lentes, microscopios,
telescopios, espejos, ventanas. ¿Qué era el nuevo caballete, sino una ventana
móvil abierta sobre un mundo imaginario? Aquella mente aguda científica,
Descartes, al describir el libro sobre historia natural, que jamás escribió,
menciona cuánto desearía finalmente describir, “cómo de aquellas cenizas, con
la simple intensidad de su acción [del calor] se formaba el vidrio, pues esta
transmutación de cenizas en vidrio me parecía a mí tan maravillosa como ninguna
otra en la naturaleza, sentía un placer especial en describirla”. Se puede muy
bien comprender este placer. El vidrio era de hecho la mirilla por donde uno
contemplaba un nuevo mundo. A través del cristal algunos de los misterios de la
naturaleza se volvían transparentes. No hay que asombrarse, pues, de que quizá
el filósofo con más amplios intereses del siglo XVII, que se encontraba a gusto
lo mismo en ética que en política, en ciencia que en religión, fuera Benito
Spinoza, no solamente holandés, sino un pulidor de lentes.
§ 7. Los
inventos principales
Entre los años 1000 y 1750 en Europa occidental las nuevas técnicas fomentaron
y adaptaron una serie de inventos y descubrimientos fundamentales, fueron la
base de los rápidos progresos que siguieron. Y la velocidad del movimiento
final, como la rapidez de un ataque de un ejército, fue proporcional a lo
completo de la preparación. Una vez la brecha abierta en la línea, era fácil
que el resto del ejército pasara por ella, pero mientras ese primer acto no se
hubiera cumplido el ejército, aunque fuerte y ardiente y tumultuoso, no podía
moverse ni una pulgada. Los principales inventos hicieron nacer algo que hasta
entonces no existía: relojes mecánicos, el telescopio, papel barato, la
impresión, la prensa de imprimir, la brújula, el método científico, invenciones
que eran medios para otras invenciones, conocimiento que constituía el núcleo
de un conocimiento en expansión. Algunas de estas invenciones necesarias, como
el torno y el telar, eran mucho más antiguas que el período eotécnico; otras
como el reloj mecánico, nacieron con el renovado impulso hacia la regularidad y
la regimentación. Sólo después de haber dado aquellos pasos podían florecer las
invenciones secundarias; la regulación del movimiento, que hizo el reloj más
preciso; el invento de la lanzadera móvil que hacía más rápido el tejer, la
prensa rotativa, que incrementaba la producción de material impreso.
Hay que
poner de manifiesto ahora un punto importante, los inventos del período
eotécnico fueron sólo en cierta medida el producto directo de la destreza y del
conocimiento artesanos, procedentes de la rutina regular de la industria. La
tendencia a la organización por oficios, reglamentados en provecho de una labor
estandarizada y eficiente, garantizada por monopolios locales, era en conjunto
conservadora, aunque en los oficios de la construcción, entre los siglos X y
XV, hubo indudablemente muchos audaces innovadores. Al principio, el
conocimiento, la habilidad y la experiencia, fueron monopolio del gremio. Con
el crecimiento del capitalismo llegó la concesión de monopolios especiales,
primero a las compañías constituidas y después a los propietarios de patentes
especiales concedidas por invenciones originales específicas. Esto fue
propuesto por Bacon en 1601 y ocurrió por primera vez en Inglaterra en 1624. A
partir de entonces, “no se monopolizó la herencia del pasado sino el
alejamiento de ella”.
Se
ofreció un incentivo especial a aquellos cuyo ingenio mecánico suplantaba los
reglamentos económicos y sociales de los gremios. En esta situación, era
natural que los inventores ocuparan la atención de los que se encontraban fuera
del sistema industrial mismo, el ingeniero militar, e incluso el aficionado en
cualquiera de los aspectos de la vida. El invento era un medio de escapar a su
propia clase o de conseguir la riqueza particular dentro de ella; si el monarca
absoluto podía decir “L’Etat c’est moi”, el inventor con éxito podía en efecto
decir “El gremio soy yo”. Mientras que la perfección detallada de los inventos
era, con mayor frecuencia, obra de trabajadores capacitados del ramo, la idea
decisiva era a menudo labor de aficionados. Los inventos mecánicos rompieron el
sistema de castas de la industria, del mismo modo que luego iban a amenazar la
división de castas de la sociedad misma.
Pero la
invención más importante no tenía relación directa industrial de ninguna clase,
es decir, la invención del método experimental en la ciencia. Este fue sin duda
alguna la mayor realización en la fase eotécnica, su efecto completo en la
técnica no empezó a sentirse hasta la mitad del siglo XIX. El método
experimental, como ya he señalado, tenía una gran deuda con la transformación
de las técnicas, pues la relativa impersonalidad de los nuevos instrumentos y
máquinas, particularmente los autómatas, deben haber ayudado a constituir la
creencia en un mundo igualmente impersonal de hechos brutos e irreductibles,
funcionando tan independientemente como el reloj y alejado de los deseos del
observador, la reorganización de la experiencia en términos de causalidad
mecánica y el desarrollo de experimentos cooperativos, controlados, repetibles,
verificables, utilizando precisamente aquellos segmentos de la realidad que se
prestaran por sí mismos a este método, “constituía un gigantesco dispositivo
ahorrador de trabajo”. Abrió un corto y estrecho sendero a través de las
junglas de confuso empirismo y trazó un firme camino de troncos sobre pantanos
de supersticiosas creencias inspiradas por el deseo, el haber hallado tal medio
rápido de locomoción intelectual fue quizá suficiente excusa al principio para
la indiferencia hacia el paisaje y la condena de todo lo que no favorecía el
viaje. Ninguna de las invenciones que siguieron al desarrollo del método
científico fueron tan importantes en dar nueva forma al pensamiento y a la
actividad de la humanidad como las que hicieron posible la ciencia
experimental. Con el tiempo el método científico había de pagar su deuda a la
técnica cien veces; dos siglos más tarde, como veremos, iban a sugerir nuevas
combinaciones de medios y llevar al terreno de la posibilidad los más
desenfrenados sueños y los deseos más irresponsables de los hombres.
Del hasta
entonces casi impenetrable caos de las cosas surgió finalmente, hacia el siglo
XVII, un mundo ordenado, el orden de la ciencia, de los hechos, impersonal,
articulado en cada parte y en todos sitios bajo el dominio de la “ley natural”.
El orden aun cuando se aceptase como base de los designios humanos, descansaba
entonces en un puro acto de fe, sólo las estrellas y los planetas lo
manifestaban a la inteligencia pura. Ahora el orden estaba apoyado por un
método. La naturaleza dejaba de ser inescrutable, sujeta a incursiones
demoníacas de otro mundo, la verdadera esencia de la naturaleza, vigorosamente
concebida por los nuevos científicos, era que sus secuencias eran ordenadas y
por tanto predecibles; hasta la trayectoria de un cometa puede trazarse en el
cielo. Fue sobre el modelo de este orden físico externo sobre el que los
hombres empezaron a reorganizar sus mentes y sus actividades prácticas, esto
llevó adelante, y hasta cada esfera, los preceptos y las prácticas
empíricamente sostenidas por la burguesía financiera. Como Emerson, los hombres
creyeron que el universo mismo estaba colmado y justificado, cuando los barcos
venían y se iban con la regularidad de cuerpos celestes. Y tenían razón, había
algo cósmico en ello. El haber hecho visible tanto orden no era un pequeño
triunfo.
En la
invención mecánica propiamente dicha, la principal innovación eotécnica era
naturalmente el reloj mecánico. Al final de la fase eotécnica, el reloj
doméstico se había convertido en un elemento usual del ajuar de la casa,
excepto entre los trabajadores industriales más pobres y los campesinos, y el
reloj de bolsillo era uno de los principales objetos de adorno llevado por los
ricos. La aplicación del péndulo al reloj, por Galileo y Huyghens, aumentó la
precisión del instrumento.
Pero la
influencia directa de la fabricación de relojes fue también importante, como el
primer instrumento real de precisión, estableció el modelo en exactitud y
acabado para todos los demás instrumentos, tanto más por estar regulado por la
precisión máxima de los movimientos planetarios. Al resolver los problemas de
transmitir y regular el movimiento, los fabricantes de mecanismos de relojería
ayudaron al desarrollo general de mecanismos delicados. Para citar a Usher: “El
desarrollo más importante de los principios fundamentales de la mecánica
aplicada… se basó en gran parte en los problemas del reloj”. Los relojeros,
junto con los herreros y los cerrajeros, figuraron entre los primeros artífices
de la máquina; Nicolás Forq, el francés que inventó la cepilladora en 1751, era
un relojero; Arkwright, en 1768 fue ayudado por Warrington, relojero; fue
Huntsman, otro relojero, deseoso de conseguir un acero mejor templado para el
resorte del reloj, quien inventó el procedimiento para producir acero en
crisol; estos son sólo algunos ejemplos de los nombres más sobresalientes. En
suma, el reloj fue la más influyente de las máquinas, tanto mecánica como
socialmente, y hacia mitad del siglo XVIII resultaba la más perfecta; en
realidad, su principio y su perfección definen bastante bien la fase eotécnica.
Hasta hoy, es el modelo del automatismo delicado.
Después
del reloj, en orden, si no quizá en importancia estaba la imprenta. Su
desarrollo fue admirablemente resumido por Carter, quien tanto hizo para
aclarar los hechos históricos. “De todos los inventos importantes del mundo el
de la imprenta es el más cosmopolita e internacional”. China inventó el papel y
experimentó por primera vez con la impresión con bloques y tipos móviles. El
Japón produjo los primeros impresos por bloques hoy existentes. Corea imprimió
antes que nadie con tipos de metal, fundidos en un molde. Unos pueblos de raza
turca figuran entre los primeros en trasmitir la imprenta con bloque a través
de Asia, y el tipo más antiguo existente está en una lengua turca. Persia y
Egipto son los dos países del Cercano Oriente en donde se sabe que la imprenta
mediante bloques se realizó antes que en Europa. Los árabes fueron los agentes
que prepararon el camino transmitiendo la fabricación del papel de China a
Europa… Florencia e Italia fueron los dos primeros países en la cristiandad en
manufacturar papel. En cuanto a la impresión con bloques, y su llegada a
Europa, la pretensión de Rusia de ser el canal se basa en la más antigua
autoridad, aunque la pretensión de Italia es igualmente válida. Alemania,
Italia y los Países Bajos fueron los centros más antiguos del arte de imprimir
con bloques. Holanda y Francia, así como Alemania pretenden haber experimentado
con tipos. Alemania perfeccionó el invento, y desde allí se extendió por el
mundo entero.
La prensa
de imprenta y el tipo móvil fueron perfeccionados por Gutenberg y sus ayudantes
en Maguncia hacia 1440. Un calendario de 1447 es el más antiguo ejemplo que se
pueda fechar de la imprenta de Gutenberg, pero quizá Coster haya utilizado
antes un sistema más primitivo de imprimir en Haarlem. El perfeccionamiento
decisivo fue el invento de un molde a mano para fundir tipos uniformes de
metal.
La
imprenta fue desde el principio un completo logro mecánico. No sólo eso, fue el
modelo para todos los futuros instrumentos de reproducción, pues la hoja
impresa, aun antes que el uniforme militar, fue el primer producto totalmente
estandarizado, manufacturado en serie, y los mismos tipos móviles fueron el
primer ejemplo de piezas del todo estandarizadas e intercambiables.
Verdaderamente un invento revolucionario en todas las esferas.
Cincuenta
años después había más de mil imprentas públicas en Alemania sólo, sin hablar
de las de los monasterios y castillos, y el arte se había extendido
rápidamente, a pesar de todos los intentos por conservar el secreto y el
monopolio, a Venecia, Florencia, París, Londres, Lyon, Leipzig y
Francfort-del-Main. Aunque había una gran competencia por parte de los copistas
a mano bien afirmados el arte se reafirmó con la exención de las tasas y las
reglamentaciones de los gremios. La imprenta se lanzó a la producción en gran
escala; a fines del siglo XV había en Nüremberg un gran negocio de imprenta con
veinticuatro prensas y un centenar de empleados —cajistas, impresores,
correctores y encuadernadores.
Comparada
con la comunicación oral cualquier clase de escritura es un medio de ahorrar
trabajo, ya que libera la comunicación de las restricciones del tiempo y
espacio y hace que el discurso espere a la conveniencia del lector, el cual
puede interrumpir el fluir del pensamiento o repetirlo o centrarse en partes
aisladas de aquél. La página impresa incrementaba la seguridad y la permanencia
de lo escrito multiplicándolo, ampliando el alcance de la comunicación y
economizando tiempo y esfuerzo. De esta manera la imprenta se convirtió
rápidamente en el nuevo medio de comunicación, haciendo abstracción del gesto y
de la presencia física, la palabra impresa favoreció ese proceso de análisis y
aislamiento, que se convirtió en el logro principal del pensamiento eotécnico y
que indujo a Augusto Comte a llamar a toda la época “metafísica”. A fines del
siglo XVII la medición del tiempo se había mezclado con el registro de lo dicho
en el arte de la comunicación; la consecuencia fue cartas con noticias,
informes sobre mercados, los periódicos y las revistas.
Más que
cualquier otro artificio, el libro impreso liberó a los hombres de lo local y
lo inmediato. Haciéndolo, contribuyó aún a la disociación de la sociedad
medieval, lo impreso hacía una mayor impresión que los acontecimientos reales,
y al centrar la atención en la palabra impresa, la gente perdió aquel
equilibrio entre lo sensual y lo intelectual, entre la imagen y el sonido,
entre lo concreto y lo abstracto, que había de ser conseguido momentáneamente
por las mejores mentes del siglo XV —Miguel Angel, Leonardo, Alberti— antes de
que desapareciera, y fuera sustituido por la letra impresa solamente. Existir
era existir en forma impresa, el resto del mundo tendió paulatinamente a
hacerse más oscuro. El aprender se convirtió en aprender en los libros y la
autoridad de éstos se extendió más ampliamente con la imprenta, de manera que
si el conocimiento había ampliado sus dominios, también lo había hecho el
error. El divorcio entre lo impreso y la experiencia de primera mano llegó a
ser tan extremada que uno de los primeros educadores, John Amos Komensky,
preconizó el empleo de los dibujos en los libros para los niños como medio de
devolver el equilibrio y proporcionar las necesarias asociaciones visuales.
Pero la
prensa de imprimir por sí sola no realizó la revolución, el papel desempeñó una
parte asimismo importante, pues su utilización fue más allá de la página
impresa. La aplicación de la maquinaria movida por energía motriz a la
producción de papel fue uno de los principales desarrollos de esta economía. El
papel suprimió la necesidad del contacto cara a cara, las deudas, las
escrituras, los contratos, las noticias, todo fue confiado al papel, de tal
manera que mientras la sociedad feudal existía en virtud de costumbres que
habían sido mantenidas rigurosamente de generación en generación, los últimos
elementos de la sociedad feudal abolidos en Inglaterra por el simple hecho de
pedir a los campesinos que habían tenido siempre una participación consuetudinaria
en las tierras comunes alguna prueba documental de que siempre la habían
poseído. La costumbre y la memoria desempeñaron ahora un papel secundario
respecto de la palabra escrita; la realidad significaba “figurar en el papel”.
¿Estaba escrito en el pagaré? Si es así, hay que cumplir. Si no, puede
rechazarse. El capitalismo, al confiar sus transacciones al papel, podía por
fin llevar y mantener una cuenta estricta del tiempo y del dinero, y la nueva
educación para las clases mercantiles y sus ayudantes consistió esencialmente
en la maestría de las tres “R”[5]. Nació
un mundo de papel, y el poner en el papel una cosa se convirtió en la primera
etapa del pensamiento y de la acción, desgraciadamente también a menudo lo
último.
Como
ahorrador de espacio, de tiempo, de trabajo —y finalmente también de la vida—
el papel había de desempeñar una parte única en el desarrollo del
industrialismo. Con el hábito de usar la imprenta y el papel el pensamiento
perdió algo de su carácter fluyente, cuatri-dimensional, orgánico y se
convirtió en abstracto, categórico, estereotipado, contento con formulaciones
puramente verbales, y verbales soluciones a problemas que jamás habían sido
presentados en sus concretas relaciones.
Las
principales invenciones mecánicas del reloj y de la prensa de imprenta fueron
acompañadas por invenciones sociales que fueron casi igualmente importantes: la
Universidad, empezando con Bolonia en 1100, París en 1150, Cambridge en 1229 y
Salamanca en 1243, una organización cooperativa de conocimiento sobre una base
internacional. La escuela de medicina, a partir de Salerno y Montpellier no
sólo fue la primera escuela técnica en sentido moderno, sino que además los
médicos, educados en las ciencias naturales en esas escuelas y enseñados por la
práctica a la observación de la naturaleza, figuraron entre los pioneros en
cada esfera de la técnica y de la ciencia, Paracelso, Ambrosio Paré, Cardan,
Gilbert, el autor de De Magnete, Harvey, Erasmo Darwin, hasta Tomas
Young y Roberto von Mayer, todos fueron médicos. En el siglo XVI se añadieron
dos invenciones sociales más; la academia científica, primero fundada en
la Accademia Secretorum Naturae en 1560, y la exposición
industrial, la primera de las cuales se celebró en el Rathaus en Nürenberg en
1569, la segunda en París en 1683.
Gracias a
la universidad, a la academia científica y a la exposición industrial las artes
y las ciencias exactas fueron exploradas sistemáticamente, y se dio una base
común a las nuevas direcciones de investigación. Debe añadirse una institución
más, el laboratorio. Aquí se creó un nuevo tipo de ambiente, combinando los
recursos de la celda, el estudio, la biblioteca y el taller. El descubrimiento
y el invento, como cualquier otra forma de actividad, consiste en la
interacción de un organismo con su medio. Nuevas funciones exigen nuevos
medios, que tienden a estimular, concentrar y perpetuar la actividad especial.
En el siglo XVII esos medios nuevos habían ya sido creados.
Un efecto
más directo sobre la técnica tuvo la creación de la fábrica. Hasta el siglo XIX
las fábricas siempre fueron llamadas “molinos”, porque lo que llamamos fábrica
nació de la aplicación de la energía hidráulica a los procedimientos
industriales, y fue la existencia de un edificio central, separado del hogar y
del taller del artesano, en el que se podían reunir grandes grupos de hombres
para realizar las varias operaciones industriales con el beneficio de una
cooperación en gran escala lo que diferenció la fábrica en el sentido moderno
del mayor de los talleres. En este crítico desarrollo los italianos nuevamente
estuvieron a la cabeza, como lo estuvieron en la construcción de canales y
fortificaciones. Pero en el siglo XVIII las fábricas habían alcanzado la fase
de operaciones en gran escala en Suecia, en la manufactura de ferretería, y así
fue en los últimos trabajos de Bolton en Birmingham.
La
fábrica simplificó la recogida de materia prima y la distribución de productos
terminados, y facilitó asimismo la especialización de los conocimientos y la
división de los procedimientos de producción; finalmente, proporcionado un
lugar común de reunión a los trabajadores superó parcialmente el aislamiento y
la falta de ayuda que afligía al artesano después de que la estructura de los
gremios ciudadanos se desorganizó. La fábrica tenía en fin un doble papel, era
un agente de regimentación mecánica, como el nuevo ejército, y era un ejemplo
de auténtico orden social, adecuado a los nuevos procedimientos en la
industria. Bajo cualquier aspecto, era una invención significativa. Por un
lado, dio un nuevo motivo para la inversión capitalista en la forma de compañía
con capital social y proporcionó a las clases gobernantes un arma poderosa; por
otro, sirvió de centro para una nueva especie de integración social e hizo
posible una coordinación eficiente de producción que sería valiosa bajo
cualquier orden social.
La
armonía y la cooperación creadas por esas varias instituciones, desde la
universidad a la fábrica aumentaron ampliamente la cantidad de energía efectiva
en la sociedad, pues la energía no es simplemente una cuestión de puros
recursos físicos sino de su armoniosa aplicación social. Las costumbres de
cortesía, tales como los chinos las han cultivado, pueden ser tan importantes
para incrementar la eficiencia, incluso si se mide en duras cifras de libra-pie
de trabajo realizado, como los métodos económicos de utilizar el combustible,
en la sociedad, como en la máquina individual, los fallos en la lubricación y
en la transmisión pueden ser desastrosos. Era importante, en lo que se refiere
a la ulterior explotación de la máquina, que una organización social, adecuada
a la tecnología misma, hubiera sido inventada. El hecho de que el siglo XIX
descubriera varias imperfecciones serias en dicha organización —como lo hizo en
su gemela financiera, la sociedad anónima— no disminuye la importancia de la
invención original.
El reloj,
la imprenta y el alto horno fueron los inventos gigantes de la fase eotécnica,
comparables con la máquina de vapor en el período que siguió, o la dinamo y la
radio en la fase neotécnica. Pero estuvieron rodeados por una multitud de
invenciones, demasiado significativas para llamarlas menores, aun cuando
quedaran por debajo de las esperanzas del inventor.
Una buena
parte de estas invenciones nacieron —o fueron ulteriormente alimentadas— en la
mente fecunda de Leonardo da Vinci. Situado en el centro de esta era, Leonardo
recapituló la tecnología de los artesanos e ingenieros militares que le
precedieron y liberó nuevas reservas de percepción científica y de ingeniosa
inventiva: catalogar sus inventos y descubrimientos es casi trazar las líneas
generales de la estructura de la técnica moderna. No estuvo solo en su propio
tiempo, ingeniero militar él mismo, utilizó por completo el bagaje común de
conocimiento que era propiedad de su profesión, ni tampoco dejó de influir en
el período que siguió, pues es probable que se consultaran sus manuscritos y se
utilizaran por personas que no se preocuparon particularmente en confesar su
agradecimiento. Pero en su misma persona, Leonardo incorporaba las fuerzas del
período que había de seguir. Hizo las primeras observaciones científicas del
vuelo de las aves, proyectó y construyó una máquina de volar, e ideó el primer
paracaídas, la conquista del espacio le preocupó aun cuando no tuvo más éxito
que su oscuro contemporáneo, G. B. Danti. Se interesó por dispositivos
utilitarios, inventó la bobinadora de seda y el reloj despertador, ideó un
telar mecánico que estuvo muy cerca del éxito, inventó la carretilla de mano y
la lámpara de tubo o quinqué y la corredera de los barcos. Una vez presentó al
duque de Milán un proyecto para la producción en masa de viviendas
estandarizadas para trabajadores. Ni siquiera faltaba el tema de diversión:
inventó unas botas de agua. Como mecánico era incomparable: el rodamiento a
bolas antrifricción, el sistema de articulación universal, la transmisión por
cuerdas o por correas, las cadenas de eslabones, los engranajes cónicos y los
tornillos sin fin, el torno de movimiento continuo, todo ello fue obra de su
poderosa mente analítica. En realidad, su genio positivo como técnico supera
con mucho su fría perfección como pintor.
Incluso
en el aspecto más bajo de la explotación industrial Leonardo vislumbró las
fuerzas que iban a llegar. Se preocupaba no simplemente de la fama sino del
rápido éxito financiero: “Mañana temprano, 2 de enero de 1496”, registra en una
de sus notas, “haré la transmisión de cuero y procederé a un ensayo… Haré cien
veces 400 agujas por hora, lo que hará 40 000 por hora y 480 000 en doce horas.
Supongamos que decimos 4.000 miles, las cuales a cinco sueldos por mil dan
20 000 sueldos, 1.000 liras por día de trabajo, y si se trabaja veinte días al
mes son 60 000 ducados al año”. Estos locos sueños de libertad y de poder
mediante un invento con éxito habían de seducir a más de una mente audaz, aun
cuando el resultado fuera un fracaso en la realización tan completo como el de
Leonardo. Añádase a esto las contribuciones de Leonardo al arte de la guerra,
el cañón de vapor, el cañón de órgano, el submarino y varios perfeccionamientos
detallados en dispositivos corrientes en su época, inventos que representaban un
interés que, lejos de desaparecer con el crecimiento del industrialismo, fueron
suficientemente comprobados y fortalecidos por el mismo crecimiento. Incluso en
el mayor problema de la vida de Leonardo, la persistente lucha entre el
ingeniero y el artista simbolizó la mayor parte de las contradicciones
inherentes a la nueva civilización, a medida que se desarrolló hacia la
explotación fáustica del ego particular y de su satisfacción mediante el poder
financiero, militar e industrial.
Pero
Leonardo no estaba solo, tanto en sus inventos como en sus anticipaciones
estaba rodeado por un conjunto de técnicos y de inventores. En 1535 Francesco
del Marchi inventó la primera campana de buzo. En 1420 Joannes Fontana ideó un
carro de guerra o tanque. Y en 1518 se menciona la bomba contra incendios en
las crónicas de Augsburgo. En 1550 Palladio proyectó el primer puente colgante
de Europa occidental, mientras que Leonardo antes que él había proyectado el
puente levadizo o giratorio. En 1619 fue inventada una máquina para fabricar
tejas. En 1680 se inventó la primera draga mecánica, y antes de fines del siglo
un militar francés, De Gennes, había inventado un telar mecánico, en tanto otro
francés, el físico Papin, había inventado la máquina de vapor y el barco de
vapor. [Para tener una idea más completa de la riqueza de inventiva del período
eotécnico desde el siglo XV al XVIII, consúltese la Lista de Invenciones].
He aquí
algunas muestras de la gran cantidad de inventos eotécnicos, semillas que
llegaron a la vida o quedaron inactivas en el suelo seco o en grietas rocosas
según que el viento, el tiempo o la suerte lo dictaran. La mayoría de estos
inventos han sido atribuidos a este período, en parte porque fructificaron
entonces, en parte porque los primeros historiadores de la revolución mecánica,
debidamente conscientes de los grandes avances que se habían dado en su propia
generación, ignoraban la preparación y las realizaciones que estaban detrás de
aquellos, y tendían en todo caso a menospreciar el período preparatorio.
Además, a menudo no estaban familiarizados con los manuscritos, los libros y
los artefactos humanos que les hubieran puesto en el buen camino. Así sucede
que Inglaterra se ha tomado como el lugar original de inventos que habían
existido mucho antes en Italia. Así también, el siglo XIX se coronó a menudo
con laureles que pertenecían a los siglos XVI y XVII.
Como un
invento casi nunca es la obra exclusiva de un solo inventor, por muy grande que
pueda ser su genio, y como es el producto de los trabajos sucesivos de
innumerables hombres, trabajando en tiempos diferentes y a menudo en diversas
direcciones, el atribuir un invento a una sola persona constituye simplemente
una manera de hablar, es ésta una falsedad conveniente alentada por un falso
sentido de patriotismo y por el sistema de monopolios de patentes, sistema que
permite a un hombre reclamar una recompensa financiera especial por ser el
último eslabón en el complicado proceso social que produjo el invento.
Cualquier máquina completamente desarrollada es un producto colectivo
compuesto, la actual maquinaria de tejer, según Hobson, es un compuesto de cerca
de 800 inventos, en tanto la de cardar está constituida por un conjunto de 60
patentes. Esto también es cierto por lo que se refiere a países y generaciones,
el acervo común de conocimientos y de experiencias técnicas trasciende los
límites de los egos individuales o nacionales, y olvidar este hecho es no sólo
fomentar la superstición sino minar la base planetaria esencial de la
tecnología misma.
Al llamar
la atención sobre el alcance y la eficacia de los inventos eotécnicos no
tratamos de menospreciar la deuda habida con el pasado y con más lejanas
regiones, deseamos simplemente mostrar cuánta agua ha corrido bajo el puente
antes de que la gente se haya dado cuenta en general de que se ha construido un
puente.
§ 8.
Debilidad y fuerza
La principal debilidad del régimen eotécnico no estaba en la ineficiencia ni
menos aún en la carencia de energía, sino en su irregularidad. El depender de
fuertes vientos continuos y de una corriente regular de agua limitaba la
expansión y la universalización de esta economía, pues hubo zonas en Europa que
jamás se beneficiaron plenamente de aquéllos, y su dependencia de la madera en
la fabricación de vidrio y en la metalurgia, hacia fines del siglo XVIII, llevó
su potencia a un punto bajo. Los montes de Rusia y de América pudieron haber
retrasado su colapso, como en verdad prolongaron su reino dentro de sus propias
regiones, pero ni pudieron evitar la continua desintegración de sus suministros
de combustible. Si la rueda hidráulica del siglo XVII se hubiera convertido más
rápidamente en la eficiente turbina de agua de Fourneyron, el agua podría haber
seguido siendo el principal elemento del sistema energético hasta que la
electricidad se hubiera desarrollado suficientemente para darle una amplia zona
de empleo. Pero antes de que esto ocurriera, se había inventado la bomba de
vapor. Es interesante observar que esta máquina se usó primero fuera de la
mina, para elevar el agua cuya caída convirtió la convencional rueda hidráulica
en fábricas de quincalla. A medida que la sociedad se coordinó con más
precisión al ritmo del tiempo, la interrupción en sus programas debido a la
irregularidad del viento y del agua constituyó un defecto adicional. El molino
de viento se vio finalmente derrotado en Holanda por no poder conformarse
fácilmente a los reglamentos del trabajo. Y al aumentar las distancias e
insistir en los contratos de negocios en el factor tiempo, se hizo
económicamente necesario un medio energético más regular, los retrasos y los paros
eran costosos.
Pero
había debilidades sociales dentro del régimen eotécnico igualmente graves. La
primera de todas, que las nuevas industrias se encontraban fuera de los
controles del antiguo origen. La fabricación de vidrio, por ejemplo, por el
hecho de haber estado siempre situada en zonas forestales, tendió a escapar a
las restricciones de los gremios de las ciudades, desde el principio tuvo una
base semicapitalista. La minería y el trabajo del hierro, asimismo, estuvieron
casi desde el principio bajo un sistema capitalista de producción, incluso
cuando las minas no se trabajaban con mano de obra forzada o servil, se
encontraban fuera del control de las municipalidades. La imprenta, tampoco, se
veía sometida a los reglamentos gremiales, e incluso las industrias textiles
escapaban hacia el campo. El factor que dio su nombre a las factorías fue un
negociante que contrató las materias primas, y a veces las máquinas necesarias
para la producción, y que compraba después del producto. Las nuevas industrias,
como indica Mantoux, tendieron a escapar a los reglamentos de producción de los
gremios y hasta del mismo Estado —como el Estatuto Inglés de los Aprendices de
1563: crecieron sin control social. En otras palabras, los perfeccionamientos
mecánicos florecieron a expensas de los mejoramientos humanos que tan
vigorosamente habían sido introducidos por los gremios artesanales, y estos
últimos a su vez iban perdiendo continuamente fuerza debido al crecimiento de
los monopolios capitalistas que abrían una grieta cada vez más ancha entre los
amos y los trabajadores. La máquina tenía un sesgo antisocial, tendía por razón
de su carácter “progresivo” a las más descartadas formas de explotación humana.
Tanto la
fuerza como la debilidad del régimen eotécnico pueden evidenciarse en el
desarrollo técnico y en la disolución y la decadencia sociales que ocurrieron
en las industrias textiles, que eran la espina dorsal de la vieja economía.
Junto con
la minería, las industrias textiles registraron el mayor número de
perfeccionamientos. Mientras el hilado con la rueca continuó hasta muy entrado
el siglo XVII, el torno para hilar se había abierto camino en Europa desde la
India hacia 1298. Un siglo después ya se habían introducido las fábricas de
hilados y de abatanar. En el siglo XVI, según Usher, las abatanadoras se
utilizaban también como máquinas de lavar comunales, el batanero cuando no
tenía otra cosa que hacer se dedicaba al lavado de ropa del pueblo. Leonardo
hizo el importante invento de la lanzadera para las hiladoras alrededor de
1490, y una autoridad en cuanto a textiles, M. D. C. Crawford llega a decir que
“sin ese inspirado dibujo pudiéramos no haber tenido ulteriores desarrollos de
la maquinaria textil tal y como la conocemos”. Johann Jurgen, un tallista en
madera de Brunswick, inventó un torno para hilar parcialmente automático con
una lanzadera alrededor de 1530.
Después
de Leonardo una serie de inventores trabajaron en el telar automático. Pero el
dispositivo que hizo posible la máquina fue la lanzadera mecánica de Kay, la
cual incrementó de manera considerable la capacidad productiva del telar a mano
más de ochenta años antes de que la energía del vapor hiciérase aplicable con
éxito al telar automático. Este trabajo fue en parte anticipado en el telar de
cinta estrecha, inventado primero en Danzig y después introducido en Holanda,
pero el desarrollo del telar automático, por Bell y Monteith, fue en realidad
un producto de la fase paleotécnica, y Cartwright, el clérigo a quien
generalmente se atribuye el invento, sólo desempeñó un papel incidental en la
larga cadena de perfeccionamientos que lo hicieron posible. Mientras que la
seda se tejía con maquinaria en el siglo XIV, la primera hiladora de algodón
con éxito no se construyó hasta 1733 y no se patentó hasta 1738, en un momento
en que la industria todavía estaba empleando la energía del agua como fuerza
motriz. Esta serie de inventos fue de hecho el legado final de la fase
eotécnica. Sombart señala el punto crucial del capitalismo en el traslado del
centro de gravedad de las industrias textiles orgánicas a las industrias
mineras inorgánicas, esto también marca la transición de la economía eotécnica
a la paleotécnica.
Se debe
señalar todo un conjunto más de inventos en la industria textil, el de la
maquinaria de hacer punto en el siglo XVI. Los orígenes de la labor de punto a
mano son oscuros; si ya existía el arte sólo desempeñó una pequeña parte antes
del siglo XV. La labor de punto es no sólo quizá la más clara contribución
europea a las industrias textiles sino que fue una de las primeras en ser
mecanizada como consecuencia del invento de la máquina de hacer punto por otro
ingenioso clérigo inglés. Aprovechando la elasticidad de las hebras, la labor
de punto crea tejidos que se adaptan a los contornos del cuerpo y se pliegan y
contraen con los movimientos de los músculos, mientras que añadiendo a la
cantidad del espacio de aire dentro de la hebra misma y entre las hebras,
aumenta el calor sin aumentar el peso. Las medias de punto y las prendas de uso
interior —sin hablar del amplio uso de los tejidos de algodón lavables más
ligeros para el mismo fin— son todos contribuciones claramente eotécnicas a la
comodidad y a la limpieza.
En tanto
las industrias textiles presentaban un continuo progreso de la invención mucho
antes de la introducción de la máquina de vapor, asimismo presenciaron la
degradación de la mano de obra a través del desplazamiento de la experiencia y
por la ruptura del control político sobre los procedimientos de producción. La
primera característica se aprecia quizá mejor en las industrias en las que la
división del proceso puede apurarse más aún que en las textiles.
La
“manufactura”, es decir, la labor a mano organizada, repartida y llevada a cabo
en grandes establecimientos con o sin máquinas, dividió el proceso de
producción en una serie de operaciones especializadas. Cada una de ellas fue
efectuada por un trabajador especializado cuya destreza aumentaba en la medida
que su función era limitada. Esta división era, de hecho, una especie de
análisis empírico del proceso del trabajo, dividiéndolo en una serie de
movimientos humanos simplificados que podía entonces transformarse en
operaciones mecánicas. Una vez realizado este análisis, la reconstrucción de la
secuencia completa de operaciones en una máquina se hacía más factible. La
mecanización de la mano de obra humana, en efecto, era el primer paso hacia la
humanización de la máquina, humanización en el sentido de dar al autómata
algunos de los equivalentes mecánicos de parecido con la vida. El efecto
inmediato de esta división del proceso fue una monstruosa deshumanización, las
peores fatigas de la artesanía apenas pueden compararse con ella. Marx ha
resumido este proceso admirablemente.
“Mientras
la simple cooperación”, dice Marx, “deja los métodos individuales de trabajo
sustancialmente inalterados, la manufactura revoluciona dichos métodos y
elimina radicalmente la capacidad de la mano de obra individual. Transforma al
trabajador en un lisiado, un monstruo, forzándole a desarrollar alguna destreza
altamente especializada a expensas de un mundo de impulsos y facultades
productivas, algo similar a como en la Argentina sacrifican un animal entero
simplemente con el fin de aprovechar su piel o su cebo. No sólo las varias
operaciones parciales son asignadas a diferentes individuos, sino que el
individuo mismo es dividido, transformado en un motor automático de alguna
operación parcial… Para empezar el trabajador vende su capacidad de trabajo al
capital porque él mismo carece de los medios materiales exigidos para la
producción de un artículo. Mas su capacidad de trabajo renuncia de hecho al
trabajo a menos que se venda al capital”.
En esto
residía tanto el proceso de trabajo como los resultados alcanzados a través del
incremento de la utilización de la energía y la maquinaria en el período
eotécnico. Señaló el fin del sistema gremial y el principio del trabajador
asalariado. Señaló el fin de la disciplina interna del taller, administrado por
maestros y oficiales a través de un sistema de aprendizaje, enseñanza
tradicional, y la inspección conjunta del producto; en tanto indicaba el
comienzo de una disciplina externa impuesta por el trabajador y el fabricante
en el interés de un beneficio privado, un sistema que se prestó a la
adulteración y al deterioro de las normas de producción casi tanto como se
prestaba a los mejoramientos técnicos. Todo ello constituyó un gran descenso.
En las industrias textiles el descenso fue rápido y violento durante el siglo
XVIII.
En
resumen, a medida que la industria se perfeccionó más desde un punto de vista
mecánico, desde el primer momento se atrasó más desde un punto de vista humano.
La agricultura adelantada, tal y como se practicaba en las grandes fincas hacia
finales de este período, trató de establecer, como señaló Arthur Young, las
mismas normas en el campo que las que habían llegado a dominar en el taller:
especialización y división del trabajo. Si se desea contemplar el período
eotécnico en su mejor momento, debe uno hacerlo quizá en el siglo XIII, antes
de que aquel proceso se iniciara, o a más tardar al final del siglo XVI, cuando
el trabajador normal, aun perdiendo ya terreno, perdiendo libertad y autonomía,
era indócil y fértil en recursos, capaz todavía de luchar o colonizar antes que
resignarse a someterse al yugo de la máquina, o bien a convertirse en una
máquina, o bien a competir sudando trabajo con los productos de la máquina. Le
quedaba al siglo XIX el llevar a cabo esta degradación final.
Pero
aunque no se pueden ignorar los defectos de la economía eotécnica, incluyendo
el hecho de que se pusieran al servicio de morbosas ambiciones y de una
ideología corrompida las más poderosas máquinas de destrucción y exquisitos
aparatos para la tortura del hombre, aunque no se pueden ignorar tales cosas,
tampoco se deben subestimar los verdaderos logros. Los nuevos procedimientos
ahorraban la mano de obra humana y disminuían —como observó oportunamente el
industrial sueco Polhem— la cantidad y la intensidad del trabajo manual. Este
resultado se consiguió con la sustitución del trabajo manual por la energía
hidráulica, “con beneficios del 100 o incluso 1.000 por 100 en los costos
relativos”. Es fácil subestimar las ganancias si se aplica simplemente una unidad
de medida cuantitativa a las mismas, si uno compara los millones de caballos
vapor ahora disponibles con los existentes entonces, si uno compara la gran
cantidad de mercancías salidas de nuestras fábricas con la modesta producción
de los antiguos talleres. Pero para juzgar las dos economías de manera
correcta, se debe emplear también una unidad de medida cualitativa, debe uno
preguntar no simplemente cuánta energía bruta entró en ellas, sino qué cantidad
de ella se dedicó a la producción de mercancías duraderas. La energía del
régimen eotécnico no se desvaneció en humo ni sus productos fueron rápidamente
arrojados como montones de basura: hacia el siglo XVII había trasformado los
bosques y los pantanos de la Europa septentrional en un continuo paisaje de
bosques y sembrados, de pueblos y jardines. Un paisaje humano ordenado
reemplazó los prados desnudos y los montes salvajes, en tanto las necesidades
sociales del hombre habían creado centenares de nuevas ciudades, sólidamente
construidas y dispuestas con holgura, ciudades cuya espaciosidad, orden y
belleza aún retan en su decadencia, la escuálida anarquía de las nuevas
ciudades que las siguieron. Además de los ríos, había centenares de millas de
canales; además de las tierras construidas de la costa del norte, había puertos
preparados para la seguridad, y la iniciación de una red de faros. Todo esto
constituía efectivas realizaciones, obras de arte cuyas formas bien trabajadas
resistieron el proceso de degradación y aplazaron el final ajuste de cuentas a
que deben someterse todas las cosas humanas.
Durante
este período, la máquina fue complementada adecuadamente por la utilidad; si el
molino de agua proporcionó más energía, el dique y los fosos de drenaje crearon
más cantidad de suelo utilizable. Si el canal ayudó al transporte, las nuevas
ciudades ayudaron al trato social. En cada sector de la actividad había
equilibrio entre lo estático y lo dinámico, lo rural y lo urbano, lo vital y lo
mecánico. Así, pues, no es sólo en las tasas anuales de conversión de la
energía o en la tasa anual de producción como debe uno calibrar las ganancias
del período eotécnico, muchos de sus artefactos se usan aún y están tan buenos
como si fueran nuevos, y cuando se tiene en cuenta el superior tiempo de
funcionamiento disfrutado por los productos eotécnicos el fiel de la balanza se
inclina hacia su lado. Lo que le faltó en energía, lo suplió con tiempo: sus
obras tenían duración. Al período eotécnico no le faltó ni tiempo ni vigor;
lejos de afanarse día y noche para conseguir tanto como consiguió, disfrutó en
los países católicos de alrededor de un centenar de días de fiesta al año.
La
magnitud del exceso de energías en el siglo XVI se puede apreciar en parte por
el floreciente estado de la jardinería en Holanda; cuando la alimentación es
escasa uno no cultiva flores en su lugar. Y en cualquier sitio que la nueva
industria se abrió paso durante este período enriqueció y mejoró la vida de la
comunidad, pues los servicios del arte y de la cultura, en vez de paralizarse
por el creciente control sobre el medio ambiente, recibieron un apoyo más
completo. ¿Puede alguna otra cosa dar cuenta del estallido de las artes durante
el Renacimiento, en un momento en que la cultura que las sostenía era de
espíritu tan débil y los impulsos ostensibles tan imitadores y secundarios?
La meta
de la civilización eotécnica en conjunto hasta que alcanzó la decadencia del
siglo XVIII no fue el poder solamente sino una mayor intensificación de la
vida: color, perfume, imágenes, música, éxtasis sexual, así como audaces
proezas en las armas y el pensamiento y la exploración. En todas partes había
imágenes preciosas: un campo de tulipanes en flor, el olor del heno recién
segado, la ondulación de la carne bajo la seda o la redondez de pechos en
ciernes, la vigorosa picadura del viento al correr de las nubes, reflejados con
claridad cristalina sobre la aterciopelada superficie del canal, del tanque y
del arroyo. Los sentidos se refinaron uno a uno. Hacia fines de este período
los redundantes platos de la comida medieval fueron separados en la procesión
de alimentos que van del aperitivo que suscita las secreciones necesarias hasta
el dulce que significa la última plenitud. El tacto también se refinó, las
sedas se hicieron más corrientes y las más finas muselinas de Dacca en la India
suplantaron las lanas y los linos más bastos. Asimismo la delicada porcelana
china de suave superficie sustituyó a la loza más corriente de Delft y de
Mayólica.
En todos
los jardines las flores mejoraron la sensibilidad de la vista y el olfato,
afinándolos para que se sintieran ofendidos por el montón de basura y la
inmundicia humana, y reforzando las costumbres generales de orden y limpieza de
la casa, que aparecieron con los perfeccionamientos eotécnicos. En época tan
temprana como la de Agrícola éste observa que “el lugar que la naturaleza ha
favorecido con un arroyo o un río puede hacerse útil en muchas cosas, pues el
agua nunca faltará y puede ser conducida a través de tubos de madera a los
baños de las viviendas”. El refinamiento en los olores se llevó a tal punto que
sugirió al padre Castel el clavecín de los olores. Los libros no se
tocaban con manos sucias de grasa, así como tampoco los impresos, los libros de
los siglos XVI y XVII, bien manoseados, están ahí para probarlo.
Reforzando
el sentido de la limpieza y este refinamiento del tacto y del gusto, incluso en
la cocina, los primeros bastos cacharros de hierro dejaron el lugar a cacerolas
de cobre que brillaban como espejos gracias a la diligente sirvienta de la
cocina o a la señora de la casa. Pero por encima de todo fue la vista la que se
educó y refinó; el placer visual sirvió incluso a otras funciones que la pura
visión, retardándolas y dándoles la oportunidad de entrar en ellas más
plenamente. El bebedor miraba atentamente el color del vino antes de beberlo, y
la corte del enamorado se hacía más intensa, así como más prolongada, cuando el
placer de ver a su amada le apartaba un momento del deseo de posesión. El
grabado en madera y la plancha de cobre fueron populares durante este período,
incluso una gran parte del trabajo ordinario iba unido a la forma agradable y
gran parte del mismo era de auténtica distinción, en tanto la pintura era una
de las expresiones dominantes tanto de la vida intelectual como de la emocional.
Durante toda la vida, lo mismo el rico que el pobre, conocían y mimaban el
espíritu de juego. Aun cuando el evangelio del trabajo se formó durante este
período, no lo dominó.
V.
Técnicas de la madera
Figura 1: La madera fue la base principal de la industria eotécnica; se usó
fundamentalmente en la minería. Se usaron troncos huecos en bombas y como
tuberías para conducción de agua, así como en la artesa que se muestra más
arriba: se utilizaron pesados puntales, así como planchas en los inicios de los
ferrocarriles. El empleo de la madera para fundir, forjar y colar —y en la
fabricación de vidrio o cristal— provocó un verdadero saqueo de los montes. El
ilustrador del doctor Bauer representa fielmente esta destrucción del monte.
(De Agricola en De Re Metallica)
Figura 2: El fabricante de carros fue uno de los principales agentes del
perfeccionamiento del transporte y de la producción de energía mediante los
molinos de agua y de viento. Con la tonelería y la construcción de barcos la
labor del fabricante de carros fue uno de los oficios eotécnicos funda
mentales. (De Les Arts et Métiers, por Victor Adam)
Figura 3: Antigua fábrica de papel. Obsérvese que los engranajes y los ejes
son casi todos de madera. Este material subsistió en la construcción de
máquinas y talleres hasta muy entrado el siglo XIX. Hasta el período
paleotécnico, el metal fue simplemente un accesorio, utilizado cuando era
imprescindible un filo cortante o un material resistente, como la cuchilla de
un patín. (Cortesía del Deutsches Museum, Münich)
Figura 4: El torno, quizá la máquina-herramienta más importante, fue un
invento directo del habitante del bosque, probablemente en Grecia. Fue uno de
los primeros, y sigue siendo uno de los principales, instrumentos de precisión.
Platón se refiere a la belleza de las formas geométricas derivadas del torno.
Nótese que todas las partes eran originalmente de madera. (Cortesía del
Deutsches Museum, Münich)
VI. Medio
ambiente eotécnico
Figura 1: La antigua grúa en Luneburgo. Construida originalmente en el siglo
XIV y desde entonces reparada. Se trata de una máquina destinada a ahorrar
trabajo, corriente en el mar del Norte y en los puertos del Báltico durante el
período eotécnico: precursora de los delicados monstruos parecidos a pájaros
que ahora se ven en H am burgo y otros puertos. (Cortesía de la German Tourist
Information Office)
Figura 2: Típica batería de molinos de viento cerca de Elshout en Holanda. A
menudo se encuentran en una formación aún más cerrada. La cantidad de energía
desarrollada gracias a estos molinos fue en parte responsable del alto nivel de
civilización de Holanda en el siglo XVII. EL canal era importante tanto para la
planificación de la tierra y la agricultura como para el transporte. (De Onze
Hollandsche Molen)
Figura 3: Horticultura adelantada y jardinería para el mercado. No sólo fue
el invernadero un Invento eotécnico, sino que la baratura del cristal permitió
el uso de campanas de dicho material en el exterior para la protección y el
calor de las plantas sueltas» como se muestra en la ilustración. Nótese el
sistema de banquitos de la tierra y el uso del muro como protección.
Figura 4: Naarden, Holanda. Excelente ejemplo de desarrollo y fortificación
de una dudad en el apogeo del período eotécnico. Los antiguos bastiones sólo
tuvieron que convertirse en parques, como en muchas ciudades modernas europeas,
para crear una verdadera dudad-jardín. La estructura precisa de la ciudad y su
marcado contraste con el campo es aún inmensamente superior a cualquiera de los
tipos que siguieron de desarrollo urbano: sobre todo al troceo informe de la
especulación paleotécnica del terreno. (Fotografía de K. L. M.)
Esta gran
dilatación de los sentidos, esta respuesta más aguda a los estímulos externos,
fue uno de los primeros frutos de la cultura eotécnica, es aún una parte vital
de la tradición de la cultura occidental. Templando la tendencia eotécnica
hacia el abstraccionismo intelectual, estas expresiones sensuales formaron un
profundo contraste con la contracción y la miseria de los sentidos que habían
caracterizado los códigos religiosos que la precedieron, e iban a caracterizar
una vez más gran parte de las doctrinas y de la vida del siglo XIX. La cultura
y la técnica, aunque íntimamente relacionadas a través de las actividades de
los hombres, a menudo están situadas como estratos no conformables en geología,
y por así decirlo, resisten en forma diferente. Durante gran parte del período
eotécnico, sin embargo, estuvieron en una relativa armonía. Excepto quizá en la
mina y en el campo de batalla, se encontraban ambas de manera predominante al
servicio de la vida. La desavenencia entre la mecanización y la humanización,
entre el poder tendiendo a su propio engrandecimiento y el poder dirigido hacia
una realización humana más amplia había aparecido ya, pero sus consecuencias
tenían aún que hacerse completamente visibles.
Capítulo
4
La fase paleotécnica
Contenido:
§ 1. La
tardía hegemonía inglesa
§ 2. La nueva barbarie
§ 3. Capitalismo carbonífero
§ 4. La máquina de vapor
§ 5. Sangre y hierro
§ 6. La destrucción del medio ambiente
§ 7. La degradación del trabajador
§ 8. La inanición de la vida
§ 9. La doctrina del progreso
§ 10. La lucha por la existencia
§ 11. Clase y nación
§ 12. El imperio del desorden
§ 13. La energía y el tiempo
§ 14. La comprensión estética
§ 15. Triunfos mecánicos
§ 16. El paso paleotécnico
§ 1. La
tardía hegemonía inglesa
A mitad del siglo XVIII la revolución industrial fundamental, la que transformó
nuestra manera de pensar, nuestros medios de producción, nuestra manera de
vivir, ya se había cumplido, las fuerzas externas de la naturaleza estaban
dominadas; y las fábricas, los telares y las hiladoras trabajaban afanosamente
en toda Europa occidental. Había llegado el momento de consolidar y
sistematizar los grandes avances que se habían realizado.
En este
momento el régimen eotécnico estaba sacudido hasta sus cimientos. Apareció un
nuevo movimiento en la sociedad industrial que se había estado concentrando
progresivamente casi inadvertido desde el siglo XV, después de 1750 la
industria llegó a una nueva fase, con una fuente de energía diferente, con
materiales diferentes y objetivos sociales diferentes. Esta segunda revolución
multiplicó, vulgarizó y extendió los métodos y los bienes producidos por la
primera; ante todo, iba dirigida hacia la cuantificación de la vida, y podría
calibrarse su éxito solamente en términos de la tabla de multiplicar.
Durante
todo un siglo la segunda revolución industrial, a la que Geddes llamó la edad
paleotécnica, ha disfrutado del crédito de muchos progresos que se habían
conseguido en los siglos anteriores. En contraste con la supuesta e
inexplicable explosión de inventos después de 1760, los setecientos años
anteriores han sido con frecuencia considerados como un período estancado de
insignificante producción artesana en pequeña escala, con pobres recursos
energéticos y carentes de cualquier realización significativa. ¿Cómo se hizo
popular esta idea? Creo que una razón es que el cambio crítico que tuvo lugar
en realidad durante el siglo XVIII dejó en la sombra los métodos técnicos más
antiguos, pero quizá la razón principal es que este cambio tuvo lugar primero y
más rápidamente en Inglaterra, y que las observaciones de los nuevos métodos
industriales, después de Adam Smith —que llegó demasiado temprano para apreciar
la transformación— se hicieron por economistas que ignoraban la historia
técnica de Europa occidental, o que se sentían inclinados a disminuir su
significación. Los historiadores no apreciaron la deuda que la marina inglesa
había contraído bajo el reinado de Enrique VIII con los constructores navales
italianos, la que su industria minera había contraído con los mineros alemanes
importados, la que sus obras hidráulicas y proyectos de rehabilitación de
tierras tenían con los ingenieros holandeses, y la que sus fábricas de tejido
de sedas tenían con los modelos italianos que fueron copiados por Thomas Lombe.
El hecho
es que Inglaterra durante toda la Edad Media fue uno de los países atrasados de
Europa: se encontraba en las afueras de la gran civilización continental y
participaba sólo de forma limitada en el gran desarrollo industrial y cívico
que se produjo en el Sur a partir del siglo X. En tiempos de Enrique VIII,
Inglaterra como centro productor de lana era una fuente de materia prima, más
bien que un país agrícola y manufacturero bien desarrollado, y con la
destrucción de los monasterios por el mismo monarca, el atraso de Inglaterra no
hizo más que acentuarse. No fue sino en el siglo XVI cuando algunos negociantes
y hombres emprendedores empezaron a desarrollar las minas y las fábricas y la
producción de vidrio en escala algo considerable. Pocos de los decisivos
inventos o perfeccionamientos de la fase eotécnica tienen su origen en
Inglaterra, aparte el de la labor del punto. La primera gran contribución de
Inglaterra a los nuevos procesos del pensamiento y del trabajo procedió de la
maravillosa galaxia de distinguidos hombres de ciencia que produjo en el siglo
XVII: Gilbert, Napier, Boyle, Harvey, Newton y Hooke. Hasta el siglo XVIII
Inglaterra no participó en forma alguna importante en los procesos eotécnicos:
la horticultura, la jardinería paisajística, la construcción de canales,
incluso la organización de la fábrica de aquel período habían tenido lugar de
uno a tres siglos antes en otros lugares de Europa.
Como el
régimen eotécnico apenas había echado raíces en Inglaterra, había menos
resistencia allí a los nuevos métodos y a los nuevos procedimientos; la ruptura
con el pasado era más fácil, quizá, porque había menos con qué romper. El
atraso original de Inglaterra ayudó a establecer su hegemonía en la fase
paleotécnica.
§ 2. La
nueva barbarie
Como hemos visto, el temprano desarrollo no supuso una completa ruptura con el
pasado. Por el contrario, se había apoderado, apropiado y asimilado las
innovaciones técnicas de otras culturas, algunas muy antiguas, y las
estructuras de la industria estaban labradas según el patrón mismo dominante de
la vida. A pesar de la afanosa minería tras el oro, la plata, el plomo y el
estaño en el siglo XVI, no podemos llamar a la civilización misma una
civilización minera, y el mundo del artesano no cambiaba completamente cuando
andaba del taller a la iglesia o dejaba el jardín detrás de su casa para pasear
por los campos fuera de los muros de la ciudad.
La
industria paleotécnica, por otra parte, surgió del derrumbamiento de la
sociedad europea y llevó el proceso de desgajamiento a su punto final. El
interés dejó de centrarse en los valores vitales para desplazarse a los valores
pecuniarios, el sistema de intereses que había estado sólo latente y que se
había restringido en gran medida al mercader y a las clases ociosas invadió
ahora todos los ambientes de la vida. No bastaba ya que la industria
proporcionara un medio de vida, debía crear una fortuna independiente, el
trabajo no era ya una parte necesaria del vivir, se convirtió en un fin muy
importante. La industria se trasladó a nuevos centros regionales en Inglaterra.
Tendió a escapar de las ciudades existentes instalándose en suburbios ruinosos
o en distritos rurales fuera del alcance de la Legislación. Los valles yermos
de Yorkshire que suministraban energía hidráulica, los valles desiertos aún más
sucios de otras partes del país que descubrían vetas carboníferas, se
convirtieron en el marco del nuevo industrialismo. Un proletariado sin tierra,
sin tradición, que se había ido formando desde el siglo XVI, fue atraído a
estas nuevas zonas y puesto a trabajar en estas nuevas industrias. Si no
estaban a mano los campesinos, los pobres los suministraban las complacientes
autoridades municipales. Si se podía prescindir de los hombres adultos, se
utilizaban mujeres y niños. Estos nuevos pueblos y ciudades fabriles, carentes
hasta de los monumentos a los muertos de otra cultura más humana, no conocieron
otra tarea ni entrevieron otra salida que el incesante y uniforme trabajo. Las
operaciones mismas eran repetidas y monótonas; la vida que se llevaba en
aquellos centros era vacía y bárbara hasta el último grado; el ambiente era
sórdido. La ruptura con el pasado era aquí completa. La gente vivía y moría a
la vista del pozo de la mina de carbón o de la fábrica de algodón en los que
pasaban catorce o dieciséis horas de su vida diaria, vivían y morían sin
memoria y sin esperanza, felices por las migas que les mantenían vivos o por el
dormir que les aportaba el breve e inquieto alivio de los sueños.
Los
jornales, nunca muy por encima del nivel de subsistencia, se rebajaban en las
nuevas industrias gracias a la competencia de la máquina. Eran tan bajos en los
inicios del siglo XIX que en el sector de los textiles llegaron durante un
tiempo hasta a retrasar la introducción del telar mecánico. Como si el
excedente de trabajadores, garantizados por la privación de los derechos de
ciudadanía y el empobrecimiento de los obreros agrícolas no fueran suficiente
para reforzar la Ley de Hierro de los Salarios, hubo un extraordinario
incremento de la tasa de natalidad. Las causas de este aumento inicial son aún
oscuras; ninguna teoría lo explica hoy por hoy. Pero uno de los motivos
tangibles era que los padres sin empleo se veían forzados a vivir de los
jornales de los hijos que tenían. No había escape para el nuevo minero o para
el trabajador de la fábrica de las cadenas de la pobreza y la miseria
perpetuas; la servidumbre de la mina, profundamente inculcada en esta
ocupación, se extendió a todas las ocupaciones accesorias. Se necesitaba a la
vez suerte y habilidad para escapar a aquellos grilletes.
Había
aquí algo sin paralelo en la historia de la civilización: no una caída en la
barbarie debida al debilitamiento de una más alta civilización, sino un salto a
la barbarie, ayudado por las mismas fuerzas e intereses que originalmente se
habían dirigido hacia la conquista del medio y la perfección de la cultura
humana. ¿Cuándo y bajo qué condiciones tuvo lugar este cambio? ¿Y cómo, si
representaba de hecho el punto más bajo en el desarrollo social que Europa
había conocido desde la alta Edad Media, llegó a considerarse un adelanto
beneficioso y humano? Debemos contestar a estas preguntas.
La fase
que se define aquí como paleotécnica alcanzó su punto culminante, en los
términos de sus propios conceptos y fines, en Inglaterra, a mitad del siglo
XIX, su canto de triunfo fue la gran exposición industrial en el nuevo Palacio
de Cristal de Hyde Park en 1851, la primera Exposición Mundial, una victoria
aparente para el libre comercio, la libre empresa, el invento libre, y el libre
acceso a todos los mercados mundiales por parte del país que se jactaba ya de
ser el taller del mundo. Desde alrededor de 1870 en adelante los intereses y
las preocupaciones típicos de la fase paleotécnica han sido retados por
ulteriores desarrollos en la técnica misma, y modificados por varios
contrapesos en la sociedad. Pero como la fase eotécnica, aún está con nosotros,
en realidad, en ciertas partes del mundo, como Japón y China, pasa por lo
nuevo, lo progresivo, lo moderno, mientras en Rusia un desgraciado residuo de
conceptos paleotécnicos así como de métodos ha ayudado a dirigir erradamente,
incluso en alguna medida a inutilizar la economía por otro lado avanzada,
proyectada por los discípulos de Lenin. En los Estados Unidos el régimen
paleotécnico no arrancó hasta los años 1850, casi un siglo después que en
Inglaterra, y alcanzó su punto culminante a principios de este siglo, en tanto
en Alemania dominó los años entre 1870 y 1914, y habiendo sido llevado a una
expresión quizá más cumplida y completa, ha sufrido allí un colapso con mayor
rapidez que en ninguna otra parte del mundo. Francia, excepto en sus centros especiales
de carbón y hierro, escapó a algunos de los peores defectos del período, y
Holanda, como Dinamarca y en cierto modo Suiza, saltó directamente de una
economía eotécnica a una neotécnica, y excepto en los puertos de Rotterdam y en
los distritos mineros, resistió vigorosamente al infortunio paleotécnico.
En
resumen, estamos tratando de un complejo técnico que no puede situarse
estrictamente dentro de un lapso de tiempo, pero si se toma el año 1700 como
principio, 1870 como el punto máximo de la curva descendente, se consigue una
imagen bastante aproximada de los hechos. Sin aceptar ninguna de las
implicaciones del intento de Henri Adams de aplicar la regla de fases de la
física a los hechos de la historia, se puede conceder un incremento del ritmo
del cambio a los procesos de invención y de progreso técnico, al menos hasta el
momento presente, y si ochocientos años casi definen la fase eotécnica,
deberíamos esperar un lazo mucho más corto para la paleotécnica.
§ 3.
Capitalismo carbonífero
El gran cambio en la población y la industria que tuvo lugar en el siglo XVIII
se debió a la introducción del carbón como fuente de energía mecánica, para el
empleo de nuevos medios de hacer efectiva dicha energía —la máquina de vapor— y
de nuevos métodos de fundir y de trabajar el hierro. De este complejo del
hierro y del carbón surgió una civilización nueva.
Como
otros muchos elementos en el nuevo mundo técnico, el uso del carbón se remonta
a un considerable tiempo atrás en la historia. Teofrasto se refiere a él: el
año 320 a. de C. lo utilizaban los herreros; en tanto los chinos no sólo
empleaban el carbón para cocer la porcelana sino que empleaban gas natural para
la iluminación. El carbón es en sí un mineral único: aparte los metales
preciosos es una de las pocas sustancias que no están oxidadas en la
naturaleza: comparando los pesos es desde luego mucho más compacto para
almacenar y transportar que la madera.
Ya en
1234 los hombres libres de Newcastle disfrutaron de una carta para sacar
carbón, y una ordenanza para regular los perjuicios causados por el carbón en
Londres data del siglo XIV. Quinientos años más tarde, el carbón era de uso
general entre los fabricantes de vidrio, los cerveceros, los destiladores, los
confiteros, los jaboneros, los herreros, los tintoreros, los fabricantes de
ladrillos, los caleros, los fundidores y los estampadores de algodón. Pero
entretanto se había encontrado un empleo más significativo para el carbón, Dud
Dudley al principio del siglo XVII trató de sustituir el carbón de leña por el
carbón mineral en la producción del hierro, este objetivo fue alcanzado con
éxito por un cuáquero, Abraham Darby, en 1709. Gracias a este invento se hizo
posible el alto horno de gran potencia, pero el método mismo no se abrió camino
a Coalbrookdale en Shropshire a Escocia y el norte de Inglaterra hasta los años
1760. El perfeccionamiento siguiente en la fabricación de hierro colado no se
hizo hasta la introducción de una bomba que proporcionara al horno un chorro
más efectivo de aire, éste fue el invento que llegó con el de la bomba de vapor
de Watt, y la demanda mayor de hierro, que siguió, a su vez incrementó la
demanda de carbón.
Mientras
tanto, el carbón como combustible tanto para la calefacción casera como para
proporcionar energía empezaba una nueva carrera. A fines del siglo XVIII, el
carbón comenzó a ocupar el lugar de las fuentes corrientes de energía para la
iluminación gracias a los dispositivos de Murdock para producir luz de gas. La
madera, el viento, la cera de abejas, el sebo, el aceite de esperma, todos
fueron desplazados invariablemente por el carbón y sus derivados, aunque un
tipo eficiente de quemador, el ideado por Welsbach, no apareció hasta que la
electricidad estuvo dispuesta para suplantar el gas de iluminación. El carbón
que podía extraerse con mucho anticipo, y que se podía almacenar, colocó a la
industria casi fuera del alcance de las influencias estacionales y de los
caprichos del tiempo.
En la
economía de la tierra, la explotación en gran escala de las vetas de carbón
significó que la industria estaba empezando a vivir por primera vez de la
acumulación de energía potencial, derivada de los helechos del período
carbonífero, aportación realmente extraordinaria. De manera abstracta, la
humanidad entró en posesión de un capital heredado más espléndido que toda la
riqueza de las Indias, pues incluso al ritmo actual de gasto se ha calculado
que las reservas hoy conocidas durarían tres mil años. De manera concreta, sin
embargo, las perspectivas eran más limitadas, y la explotación del carbón
llevaba consigo castigos no vinculados a la extracción de la energía con el
cultivo de plantas o el aprovechamiento del viento o del agua. Mientras las
vetas de carbón de Inglaterra, Gales, el Rurh y los montes Alleghanys fueron
profundas y ricas los términos limitados de esta economía podían pasarse por
alto, pero tan pronto como se realizaron las primeras ganancias fáciles, se
vieron claramente las dificultades de mantener el proceso. Pues la minería es
una industria ladrona, el propietario de la mina, según observaron los señores
Tryon y Eckel, está consumiendo constantemente su capital, y en cuanto se
agotan las zonas de la superficie el costo por unidad de los minerales
extraídos y de las minas aumenta. La mina es la peor base local posible de una
civilización permanente, pues cuando las vetas están agotadas, la mina en
particular debe cerrarse, dejando atrás sus desechos y sus cobertizos y sus
casas. Los productos derivados constituyen un ambiente sucio y desordenado, el
producto final es un producto agotado.
Ahora
bien, la repentina llegada de capital en forma de estos inmensos yacimientos de
carbón puso a la humanidad en una fiebre de explotación: el carbón y el hierro
eran los pivotes alrededor de los cuales giraban las otras funciones de la
sociedad. Las actividades del siglo XIX se consumieron en una serie de
impetuosas carreras: las carreras hacia el oro, las carreras hacia el hierro,
las carreras hacia el cobre, hacia el petróleo, hacia los diamantes. El
espíritu de la minería afectó a todo el organismo social y económico, este modo
dominante de explotación se convirtió en el modelo de otras formas subordinadas
de la industria. La actitud temeraria, el de hacerse rápidamente rico, lo de
“el que venga atrás que arree” se extendió por todas partes; las granjas
lucrativas del Oeste Medio en los Estados Unidos se explotaron como si fueran
minas, y se esquilmaron los montes y se aprovecharon de la misma manera que los
minerales que se encontraban en sus laderas. La humanidad se comportó como un
heredero borracho en una juerga. Y el daño a las estructuras y a la
civilización por el auge de estas costumbres nuevas de explotación desordenada
y de gastos despilfarradores permanecieron, aunque desapareciera o no la fuente
misma de energía. Los resultados psicológicos del capitalismo carbonífero —la
moral rebajada, la esperanza de conseguir algo sin dar nada, el desprecio por
un modo equilibrado de producción y consumo, la habituación al naufragio y a
las ruinas como parte del ámbito humano normal— todos esos resultados eran
francamente dañosos.
§ 4. La
máquina de vapor
En todos los aspectos más generales, la industria paleotécnica dependía de la
mina, los productos de la mina dominaban su vida y determinaban sus inventos y
perfeccionamientos característicos.
De la
mina llegó la bomba de vapor y luego la máquina de vapor, seguidamente la
locomotora de vapor, y después, por derivación, el barco de vapor. De la mina
salió la escalera mecánica, el ascensor, que se utilizó primeramente en otra
parte en las fábricas de algodón, y en los ferrocarriles subterráneos para el
transporte urbano. El ferrocarril asimismo vino de la mina, en 1602 se
construyeron vías con raíles de madera en Newcastle, Inglaterra, pero eran ya
corrientes en las minas alemanas unos cien años antes, pues permitían mover las
vagonetas pesadas cargadas con mineral fácilmente sobre la superficie desigual
y de otra manera intransitable de la mina. Alrededor de 1716 estas vías de
madera fueron cubiertas con hierro maleable, y en 1767 se colocaron barras de
hierro colado. (Feldhaus observa que el invento de los raíles de madera
recubiertos de hierro se hace patente en el momento de las guerras husitas
hacia 1430, posiblemente el invento de algún ingeniero militar). La combinación
del ferrocarril, el tren de vagonetas y la locomotora, primero utilizada en las
minas al principio del siglo XIX, se aplicó al transporte de pasajeros una
generación después. Adonde fueran los raíles de hierro y las traviesas de
madera de este nuevo sistema de locomoción, la mina y sus productos fueron con
ellos, en verdad, el principal productor transportado por los ferrocarriles es
el carbón. La ciudad del siglo XIX se convirtió en efecto —y en verdad en
apariencia— en una prolongación de la mina de carbón. El costo del transporte
del carbón naturalmente aumenta con la distancia: de aquí que las industrias
pesadas tendieran a concentrarse cerca de las vetas carboníferas. El estar
separado de la mina de carbón era estar separado de la fuente de la
civilización paleotécnica.
En 1791,
menos de una generación después de que Watt perfeccionara la máquina de vapor,
el doctor Erasmo Darwin, cuyas fantasías poéticas se iban a convertir en ideas
directrices del siglo siguiente, apostrofaba a las nuevas energías con los
versos que se citan:
Pronto
estará tu brazo, vapor invencible, lejos
Arrastrando
la lenta barcaza, o guiando el rápido vagón;
O en
amplias alas ondulantes extendidas llevarás
El carro
volante por los campos celestes.
Hermosas
tripulaciones triunfantes, inclinándose desde arriba
Harán
tremolar sus pañuelos al alejarse
O bandas
del guerrero alertarán a la muchedumbre admirada
Y los
ejércitos se estremecerán bajo la nube oscura.
Sus
intuiciones eran rápidas y sus anticipaciones justas. La historia técnica de
los cien años siguientes fue directa o indirectamente la historia del vapor.
La
necesidad de una explotación minera más eficiente que pudiera alcanzar las
vetas más profundas impulsaron el esfuerzo para idear una bomba más poderosa
que la que pudiera accionar la fuerza del hombre o del caballo, y más regular y
accesible que los molinos de viento o de agua: esto era necesario para evacuar
el agua de las galerías. La traducción de la Pneumatica de
Herón que contiene dispositivos para emplear el vapor, fue publicada en Europa
en 1575, y una serie de inventores en el siglo XVI, Porta, Cardán, De Caus
hicieron varias sugerencias para utilizar la energía del vapor en la
realización de trabajo. Un siglo más tarde, el segundo marqués de Worcester se
ocupó él mismo en el invento de una máquina de bombear de vapor (1630),
transformando el instrumento de juguete científico que era en mecanismo
práctico. En 1633 el marqués consiguió una patente por su máquina “de mando de
agua”, y proyectó desarrollar unas obras hidráulicas para suministrar agua a
los habitantes de Londres. No resultó nada de aquello, pero el proyecto fue
llevado adelante por Tomás Savery cuya invención, llamada el Amigo del Minero,
fue publicada por primera vez en 1698.
El doctor
Papin, en Francia, había estado trabajando sobre los mismos aspectos: describe
su máquina como un “medio nuevo para crear energía motriz a bajo precio”: el
objetivo era bastante claro. Siguiendo la labor de Papin, Newcomen, en 1712,
construyó un tipo perfeccionado de bomba. Si bien la máquina de Newcomen era
tosca e ineficiente, pues perdía enormes cantidades de calor con la
condensación, supera en potencia cualquier otra máquina productora de energía
anterior, y mediante la aplicación de la energía del vapor en la fuente misma,
o sea la mina, era posible excavar más profundamente las minas y mantenerlas
aún libres de agua. Las líneas principales del invento se encontraban ya
trazadas antes de que apareciera Watt. Fue su misión, no el inventar la máquina
de vapor, sino incrementar considerablemente su eficiencia creando una cámara
separada de condensación y utilizando la presión expansiva del vapor mismo.
Watt trabajó en la máquina de vapor a partir de 1765, solicitó una patente en
1769, y entre 1775 y 1800 construyó 289 máquinas en Inglaterra. Sus máquinas
iniciales fueron todas bombas. Hasta 1781 no se dedicó Watt a inventar una
máquina rotatoria, y la respuesta a este problema fue la gran máquina de doble
acción de cincuenta caballos que su sociedad instaló en la Albion Flour Mill[6] en
1786, siguiendo a la máquina de diez caballos de vapor que construyó primero
para su uso en una cervecería en Londres. En menos de veinte años, tan grande
fue la demanda de energía, instaló 84 máquinas en fábricas de algodón, nueve en
fábricas de lana y de tejidos de estambre, 18 en obras de canales y 17 en
cervecerías.
El
perfeccionamiento de Watt de la máquina de vapor a su vez exigió
perfeccionamientos en las artes metalúrgicas. La construcción de la máquina a
su tiempo era muy imprecisa, y al horadar los cilindros se veía obligado a
“tolerar errores en los mismos que llegaban al espesor de un dedo pequeño en un
cilindro de 28 pulgadas (unos 70 centímetros) de diámetro”. Así, pues, la
demanda de máquinas mejores, llevando a la máquina de horadar de Wilkinson
alrededor de 1776, y a las numerosas invenciones y simplificaciones de Maudslay
una generación más tarde —incluyendo su perfeccionamiento del soporte de
corredera francés para el torno— proporcionó un gran estímulo a la construcción
de las máquinas. Se dio el caso que las Albion Mills, proyectadas por Rennie,
fueron no sólo las primeras fábricas en utilizar el vapor para moler trigo,
sino que se cree que fueron los primeros establecimientos importantes en los
que cada pieza de la fábrica y del equipo, ejes, ruedas, piñones y árboles eran
de metal.
En más de
un sector, pues, los años 1780 marcan la definitiva cristalización del complejo
paleotécnico: el coche de vapor de Murdock, el horno de reverbero de Cort, el
barco de hierro de Wilkinson, el telar mecánico de Cartwright y los barcos de
vapor de Juoffroy y de Fitch, este último con hélice, se remontan a aquella
década.
Toda la
técnica de la madera había de ser perfeccionada ahora en el material más
difícil y refractario, el hierro. El cambio de la fase eotécnica a la
paleotécnica pasó naturalmente por etapas de transición, pero no podía quedarse
a mitad de camino. Aunque en América y en Rusia la madera pudo, por ejemplo,
ser usada hasta el tercer cuarto del siglo para las locomotoras y los barcos de
vapor, la necesidad de carbón aumentaba con la demanda cada vez mayor de
combustible que la universalización de la máquina llevaba consigo. El hecho
mismo que la máquina de Watt consumiera unas ocho libras y media de carbón por
caballo de vapor, en comparación con la máquina atmosférica de Smeaton, que
había utilizado casi dieciséis libras, sólo incrementó la demanda para más
máquinas del tipo de las de Watt, y amplió el área de explotación. La turbina
hidráulica no se perfeccionó hasta 1832; en las dos generaciones intermedias el
vapor había conseguido supremacía, y se convirtió en el símbolo de
la eficiencia incrementada. Incluso en Holanda la eficiente máquina de vapor
fue introducida luego para ayudar en la rehabilitación de tierras del Zuyder
Zee: una vez establecidas la nueva escala, las nuevas magnitudes y las nuevas
regularidades, el viento y el agua no podían sin una ayuda ulterior competir
con el vapor.
Pero
obsérvese una diferencia importante: la máquina de vapor tendió hacia el
monopolio y la concentración. La energía del viento y del agua eran libres,
pero el carbón era caro y la máquina de vapor misma era una inversión costosa;
así también lo eran las máquinas que producía. El funcionamiento durante
veinticuatro horas, que caracterizaba la mina y el alto horno, llegó ahora a
otras industrias que hasta entonces había respetado las limitaciones del día y
de la noche. Impulsados por el deseo de ganar todo el dinero posible sobre sus
inversiones, los fabricantes de textiles alargaron el día de trabajo mientras
en Inglaterra en el siglo XV había sido de catorce o quince horas en pleno
verano con dos horas y media a tres horas para el recreo y las comidas, en las
nuevas ciudades fabriles fue a menudo de dieciséis horas durante todo el año,
con una hora sólo para comer. Funcionando con vapor, alumbradas por el gas, las
nuevas fábricas podían trabajar durante veinticuatro horas. ¿Por qué no el
trabajador? La máquina de vapor marcaba el paso.
Como la
máquina de vapor exige una atención constante por parte del que la alimenta y
del ingeniero, la energía de vapor era más eficiente en grandes unidades que en
pequeñas: en vez de una serie de pequeñas unidades, que trabajaran cuando se
les exigiera, se mantenía en continuo movimiento una sola grande. De tal manera
la energía del vapor alentó la tendencia hacia grandes instalaciones
industriales ya presentes en la subdivisión del proceso de fabricación. El
tamaño grande, exigido por la naturaleza de la máquina de vapor, se convirtió a
su vez en símbolo de eficiencia. Los dirigentes industriales no sólo aceptaron
la concentración y el gigantismo como condición de funcionamiento, exigidos por
la máquina de vapor, sino que además llegaron a creer en ellos por sí mismos,
como señal de progreso. Con la gran máquina de vapor, la gran fábrica, la gran
granja productora, el gran alto horno, se suponía que la eficiencia existía en
razón directa del tamaño. Más grande fue otra manera de decir mejor.
Pero la
máquina de vapor tendió hacia la concentración y el volumen de otra forma
también. Aunque el tren aumentó las distancias de los viajes y la cantidad de
locomoción y de transporte, lo hizo dentro de límites regionales relativamente
estrechos. El bajo rendimiento del ferrocarril en pendientes superiores al 2
por 100 obligó a que las nuevas líneas siguieran los ríos y los fondos de los
valles. Esto tendió a sacar a la gente del interior del país, que había sido
atendido durante la fase eotécnica por carreteras y canales. Con la integración
del sistema de ferrocarriles y el incremento de los mercados internacionales,
la población tendió a amontonarse en las grandes ciudades terminales, los
empalmes, las ciudades portuarias. Los servicios de trenes expresos de las
líneas principales tendieron a aumentar dicha concentración, y las líneas
auxiliares y los servicios a través del país disminuyeron y desaparecieron,
fueron decididamente suprimidos: para viajar a través del país era a menudo
necesario recorrer dos veces la distancia llegando a una ciudad central y otra
vez atrás, en un viaje en U.
Aunque se
inventó el coche de vapor y se puso en circulación en las antiguas carreteras
de las diligencias en Inglaterra antes que el ferrocarril, jamás constituyó una
amenaza para éste, pues una ley del Parlamento lo eliminó de las carreteras tan
pronto como el ferrocarril apareció en escena. La energía del vapor aumentó
pues la superficie de las ciudades. También aumentó la tendencia de las nuevas
comunidades urbanas a acumularse a lo largo de las principales líneas de
transporte y de viaje. Esta acumulación puramente física de la población, a la
que Patrick Geddes dio el nombre de conurbation, fue un producto
directo del régimen del carbón y hierro. Debe distinguirse cuidadosamente de la
formación social de la ciudad, con la que lleva cierto parecido casual debido a
su concentración de edificios y de gente. La prosperidad de estas nuevas zonas
se midió en términos del tamaño de sus nuevas fábricas, el tamaño de la
población, la tasa corriente de crecimiento. En todas las formas, pues, la
máquina de vapor acentuó y profundizó esa cuantificación de la vida que había
ido teniendo lugar lentamente y en cada sector durante los tres siglos que
precedieron a su introducción. Hacia 1852 el ferrocarril había alcanzado las
Indias Orientales: en 1872 el Japón y en 1876 China. A todas las partes donde
llegó llevó consigo los métodos y las ideas de esta civilización minera.
§ 5.
Sangre y hierro
El hierro y el carbón dominaron el período paleotécnico. Su color se extendió
por todos sitios, del gris al negro: las botas negras, el tubo negro de la
estufa, el coche o la carroza negras, el marco negro de hierro del hogar, y
negras todas las cacerolas y cocinas. ¿Era un luto? ¿Era un color de
protección? ¿Era sólo una simple depresión de los sentidos? Cualquiera que
fuera el color original del ambiente paleotécnico, pronto se reducía, en razón
del hollín y de las cenizas que acompañaban sus actividades, a sus tonos
característicos, gris, pardo sucio, negro. El centro del nuevo industrialismo
en Inglaterra fue llamado apropiadamente el País Negro: hacia 1850 había una
negrura análoga alrededor de Pittsburgo en América, y pronto otras en el Ruhr y
en torno a Lille.
El hierro
se convirtió en el material universal. Uno se acostaba en una cama de hierro y
se lavaba la cara por la mañana en una palangana de hierro; se hacía gimnasia
con palanquetas de hierro u otras clases de aparatos de levantamiento de pesos;
se jugaba al billar sobre una mesa de hierro, fabricada por Sharp y Roberts; se
sentaba uno detrás de una locomotora de hierro, y andaba hacia la ciudad sobre
raíles de hierro, pasando sobre un puente de hierro y llegando a una estación
de ferrocarril con una cubierta de hierro. En América, a partir de 1847, hasta
las fachadas de los edificios de oficinas podían ser de hierro. En la más
típica de las utopías victorianas, la de J. S. Buckingham, la ciudad ideal está
construida casi completamente con hierro.
Aunque
los italianos habían ideado puentes de hierro en el siglo XVI, el primero que
se construyó en Inglaterra lo fue en 1779, sobre el río Severn; la primera
cúpula de hierro se colocó en las Halles des Blés en París en
1817; el primer barco de hierro se construyó en 1787, y el primer barco de
vapor de hierro en 1821. Tan profunda fue la fe en el hierro durante el período
que no sólo fue una forma favorita de medicina, escogida tanto por su mágica
asociación con la fuerza como por algunos beneficios tangibles, sino que se
ofreció a la venta, aunque en realidad no se usó, para gemelos de camisa y para
collares destinados a ser llevados por los hombres, mientras, con el desarrollo
del acero elástico, el hierro a menudo sustituyó a las ballenas de corsé en los
aparatos usados por las mujeres de aquel tiempo para deformar sus pechos, sus
pelvis y sus caderas. Si bien el uso más amplio y más ventajoso del hierro fue
en la guerra, no hubo parte de la existencia, sin embargo, que no se viera
tocada directa o indirectamente por el nuevo material.
La
producción más barata y más eficiente de hierro fue un resultado directo de la
tremenda demanda militar de dicho producto. El primer perfeccionamiento notable
en la producción de hierro, según el procedimiento de Darby para fabricar
hierro colado y el sistema Huntsman para fabricar acero en crisol fue el
realizado por Henry Cort, un agente naval inglés. Consiguió una patente por su
procedimiento de pudelación en 1784 y contribuyó oportunamente no sólo al éxito
de la industria metalúrgica de Inglaterra en el comercio de exportación sino a
la victoria de las armas británicas durante las guerras contra Napoleón. En
1856 Henry Bessemer, un inglés, consiguió la patente para la descarbonización
del hierro colado en sus convertidos en forma de huevo para producir acero: un
procedimiento ligeramente anticipado por el intento independiente del dueño de
una herrería de Kentucky, William Kelly. Gracias a Bessemer y al ulterior
procedimiento Siemens-Martin para fabricar acero, el arma de artillería se
destacó en la guerra como nunca hasta entonces. Y después de ese período los
barcos de guerra acorazados con hierro y con acero, utilizando cañones de largo
alcance, se convirtieron en uno de los más efectivos consumidores de la renta
nacional, así como en una de las armas más mortíferas de la guerra. El hierro y
el acero baratos hicieron posible equipar ejércitos y marinas mayores que
nunca: cañones más grandes, buques de guerra más grandes, equipo más
complicado; en tanto el nuevo sistema de ferrocarriles permitía poner más
hombres en el campo de batalla manteniéndolos en comunicación constante con la
base de suministros a distancias cada vez mayores: la guerra se convirtió en un
sector de producción en masa en gran escala.
En plena
celebración de los triunfos de la paz y el internacionalismo en 1851, el
régimen paleotécnico estaba preparándose para una serie de guerras más letales
en las que, como consecuencia de los métodos modernos de producción y de
transporte se verían finalmente envueltas naciones enteras: la guerra civil
norteamericana, la guerra franco-prusiana, y más mortífera y encarnizada que
todas ellas la guerra mundial. Alimentadas por la guerra, las industrias de
armamentos, cuyas instalaciones estaban abarrotadas gracias a la construcción
de ferrocarriles y de las guerras pasadas, buscaron nuevos mercados: en
América, encontraron una salida en la construcción con armaduras de acero, pero
a largo plazo se vieron obligadas a volver a la industria de guerra más de
fiar, y sirvieron lealmente a sus accionistas suscitando temores de competencia
y rivalidades entre los países: la famosa parte recientemente desempeñada por
las fabricantes de acero americanos en hundir la Conferencia Internacional del
Desarme en 1927 fue sólo una muestra de un centenar de otras maniobras menos
conocidas del siglo anterior.
El
derramamiento de sangre siguió el ritmo de la producción de hierro:
esencialmente, desde el principio hasta el fin, todo el período paleotécnico
fue gobernado por la política de sangre y hierro. Su brutal menosprecio de la
vida sólo se vio igualado por el ritual casi sacerdotal que observó en la
preparación para causar la muerte. Su “paz” fue en verdad la paz que sobrepasa
el entendimiento: ¿qué fue sino guerra latente?
¿Cuál es
pues la naturaleza de este material que ejerció tan poderosa influencia sobre
los problemas de los hombres? El empleo de hierro de los meteoros posiblemente
se remonta a una muy lejana fecha en la historia: existen datos del empleo de
hierro derivado de las menas ordinarias ya en 1000 a. de C., pero la rápida
oxidación del hierro puede haber barrido las trazas de utilización muy
anterior. El hierro está asociado en Egipto a Set, el dios de la devastación y
del desierto, un objeto de temor, y esta asociación a través de los estrechos
lazos con las artes militares no es inapropiada.
La
principal virtud del hierro reside en su combinación de gran resistencia y
maleabilidad. En tanto diferentes muestras de carbón cambian sus
características, desde la dureza a la fragilidad, como acero o hierro forjado
tiene mayor resistencia que cualquiera de los comunes, y como, con una sección
transversal adecuada, una viga de hierro en forma de I es tan fuerte como un
bloque, une su resistencia a la ligereza y a la facilidad de transporte si se
le compara con la piedra, por ejemplo. Pero el hierro no es sólo resistencia a
la comprensión, como muchas variedades de piedras: a diferencia de la piedra,
es resistente a la tracción y cuando se usa en cadenas y cables, como los
chinos lo usaron los primeros, sus propiedades características se destacan aquí
más claramente. Tiene uno que pagar por estas excelentes cualidades trabajando
el hierro a una temperatura mayor que el cobre, el cinc o el estaño: mientras
el acero se funde a los 1.800 grados centígrados, y el hierro colado a 1.500,
el sobre tiene un punto de fusión a 1.100 y ciertos tipos de bronces a sólo la
mitad de dicha temperatura, por lo que la fundición de bronce precedió con
mucho a la del hierro. En gran escala el hierro exige para su fabricación una
producción de energía; por ello, mientras el hierro forjado se remonta al menos
a dos mil quinientos años atrás, el hierro fundido no se inventó hasta el siglo
XIV cuando los fuelles movidos por agua hicieron finalmente posible la gran
temperatura necesario en el alto horno. Para manipular el hierro en grandes
masas, transportarlo, enrollarlo, martillearlo, toda la maquinaria accesoria
debe ponerse en un avanzado punto de desarrollo. Aunque los antiguos producían
herramientas resistentes de cobre martilléandolo en frío, el enrollado en frío
del acero hubo de esperar tipos más avanzados de maquinaria. El martinete a
vapor de Nasmyth, inventado en 1838, fue uno de los pasos finales hacia el
trabajo del hierro en gran estilo que hizo posibles las máquinas y las obras
titánicas de la última mitad del siglo XIX.
Pero el
hierro tiene defectos casi comparables con sus virtudes. En su estado impuro
usual está sujeto a una oxidación bastante rápida, y hasta que se descubrieron
aleaciones de acero sin herrumbre en el período neotécnico fue necesario cubrir
el hierro con una película por lo menos de material no oxidante. Dejado al
descubierto el hierro se herrumbra: sin una lubrificación constante los
cojinetes se atascan y sin una pintura repetida los barcos de hierro y los
puentes, en el espacio de una generación, se debilitarían peligrosamente; a
menos que se asegure un cuidado continuo, los pétreos viaductos romanos, por
ejemplo, son superiores en lo que se refiere a un uso mayor. Asimismo, el
hierro está sujeto a los cambios de temperatura: deben tenerse en cuenta tolerancias
a la dilatación y contracción en verano e invierno y durante las diferentes
partes del día incluso, y sin una cubierta protectora de materia retractado el
hierro pierde su resistencia tan rápidamente bajo el calor que la más sólida
estructura se convertiría en una masa de metal deformada y retorcida. Pero si
el hierro se oxida demasiado fácilmente, tiene por lo menos este atributo de
compensación: junto con el aluminio es el metal más común en la corteza de la
tierra. Desgraciadamente, lo común y lo barato del hierro, unidos al hecho que
se utilizó según reglas empíricas mucho antes de que sus propiedades fueran
científicamente conocidas, fomentaron una cierta imperfección en su empelo:
Dada su ignorancia, para prevenir errores que repercutieran negativamente en la
seguridad, los proyectistas utilizaron elementos de tamaño exagerado en sus
estructuras de hierro que no tuvieron suficientemente en cuenta las ventajas
estéticas —por no decir nada del provecho económico— posibles mediante la
ligereza y la adaptación más estrecha a la función. De aquí la paradoja: entre
1775 y 1835 hubo un atraso tecnológico en la parte más adelantada de la
tecnología. Si el hierro era barato y si la energía era abundante, ¿por qué iba
el ingeniero a desperdiciar su talento tratando de emplear menos de uno y otra?
Según las normas paleotécnicas, no existía respuesta a tal pregunta. Gran parte
del hierro de que presumió el período era peso muerto.
§ 6. La
destrucción del medio ambiente
La primera marca de la industria paleotécnica fue la polución del aire.
Desatendiendo la sugerencia de Benjamín Franklin de que el humo de carbón,
siendo carbón sin quemar, debería ser utilizado una segunda vez en el horno,
las nuevas fábricas construyeron máquinas de vapor y chimeneas sin esfuerzo
alguno para conservar la energía quemando totalmente los productos de la
combustión; al principio tampoco intentaron utilizar los productos derivados de
los hornos de coke o quemar los gases producidos en el alto horno. A pesar de
sus pretensiones de perfeccionamiento, la máquina de vapor sólo era eficiente
en un 10 por 100: el 90 por 100 se escapaba en radiación y una buena parte del
combustible se esfumaba por la chimenea. Así como se mantuvo el ruidoso golpeo
de la máquina original de Watt, en contra de su deseo de suprimirlo, como una
grata marca de poder y eficiencia, el humear de la chimenea de la fábrica, que
contaminaba el aire y desperdiciaba energía, cuya capa de humo aumentaba el
número y el espesor de las tinieblas naturales disminuyendo más aún la luz del
sol, este emblema de una técnica tosca e imperfecta se convirtió en el símbolo
de la prosperidad. Y en esto la concentración de la industria paleotécnica
aumentó los daños del proceso mismo. La contaminación y la suciedad de una
pequeña fábrica de hierro situada en campo abierto podía absorberse o
eliminarse con facilidad. Al reunirse veinte grandes fábricas de hierro,
concentrando sus efluvios y sus productos de desecho, era inevitable el
deterioro completo del ambiente.
Hasta hoy
día se puede ver cuán seria pérdida ocasionaban aquellas costumbres
paleotécnicas, que se pueden cifrar en términos que incluso los paleotécnicos
pueden comprender: el costo anual para mantener limpio Pittsburgh por causa del
humo se ha estimado en 1.500 000 dólares para lavados extraordinarios, 750 000
dólares por limpieza general extraordinaria, y 360 000 dólares por limpieza
extraordinaria de cortinas: estimación que no incluye las pérdidas debidas a la
corrosión de los edificios, al costo por la iluminación extraordinaria durante
los períodos de smog, y las pérdidas causadas por la disminución de
la salud y la vitalidad consiguientes a la interferencia de los rayos del sol.
El ácido clorhídrico producido por el procedimiento Le Blanc para fabricar
carbonato sódico se perdía hasta que una ley del Parlamento británico en 1863,
impuesta por la acción corrosiva del gas sobre la vegetación ambiental y las
obras metálicas, obligó a conservarlo. ¿Debe añadirse que el cloro del
“producto de desecho” se aprovechó para usos comerciales como polvo para
blanquear?
En este
mundo paleotécnico las realidades eran dinero, precios, capital, acciones: el
ambiente mismo, como la mayor parte de la existencia humana, se trataba como
una abstracción. El aire y la luz del sol, por su escaso valor de cambio, no
tenían realidad alguna. Andrew Ure, el gran apologista británico del
capitalismo victoriano se mostraba estupefacto ante el excelente médico que
testimonió ante la Comisión de Investigación de la Fábrica Sadler sobre la base
de las experiencias del doctor Edwards, realizadas en París con renacuajos para
demostrar que la luz del sol era esencial para el crecimiento de los niños:
creencia que apoyó —un siglo antes de que se estableciera el efecto del sol
sobre el raquitismo— al señalar la ausencia de deformidades del crecimiento,
como las que eran corrientes en las ciudades fabriles, entre los mexicanos y
los peruanos continuamente expuestos a la luz del sol. En respuesta a ello Ure
presentó un dibujo de una sala de una fábrica sin ventanas como ejemplo de la
excelente iluminación de gas que servía como ¡sustitución del sol!
Los
valores de la economía paleotécnica estaban revueltos. Sus abstracciones se
reverenciaban como “hemos demostrados” y como realidades finales, mientras que
las realidades de la existencia eran tratadas por los Gradgrinds y Bounderbys
como abstracciones, fantasías sentimentales y hasta como aberraciones. Así
pues, este período quedó señalado en todo el mundo occidental por la extendida
alteración y destrucción del ambiente. Las tácticas de la minería y los
desechos de la mina llegaron a todas partes. El despilfarro anual corriente por
el humo en los Estados Unidos es descomunal, una estimación alcanza la cifra
aproximada de 200 000 000 de dólares. En un sentido demasiado literal, la
economía paleotécnica tenía dinero que quemar.
En las
nuevas industrias químicas que surgieron durante este período no se hizo ningún
esfuerzo serio para combatir la contaminación del aire y de las aguas, ni
tampoco para alejar dichas industrias de las zonas habitadas de las ciudades.
De las fábricas de sodio, de amoniaco, de cemento, de las de gas salían polvo,
humos, efluvios, a veces nocivos para los organismos humanos. En 1930, el
distrito alto del Mosa, en Bélgica, llegó al estado de pánico porque una espesa
niebla provocó extendidos casos de sofocación y la muerte de 65 personas:
después de un atento examen resultó que ello se había debido a una
concentración particularmente densa de los usuales gases
tóxicos, principalmente anhídrido sulfuroso. Incluso allí donde no había en
absoluto fábricas químicas, el ferrocarril distribuía suciedad y polvo: el tufo
del carbón era el verdadero incienso del nuevo industrialismo. Un cielo claro
en un distrito industrial era el signo de un cierre o de una depresión en la
industria.
Si la
contaminación atmosférica fue la primera característica de la industria
paleotécnica, la de las aguas fue la segunda. El verter los productos de
desecho químicos e industriales en las corrientes de agua fue algo
característico del nuevo orden. Adonde fueran las fábricas, los ríos se
ensuciaban y hacían tóxicas las aguas: los peces morían o se veían obligados a
emigrar, como el sábalo del Hudson, y el agua quedó inutilizada para la bebida
o para el baño. En muchos casos los desechos de los que tan brutalmente se
desembarazaban eran susceptibles de ser utilizados, pero todo el método
industrial era tan miope y tan poco científico que la utilización completa de
los productos derivados no preocupaba a nadie durante más o menos el primer
siglo. Lo que las corrientes de agua no podían llevarse quedaba amontonado en
pilas o cerritos en los alrededores de la fábrica, a menos que pudiera
utilizarse para rellenar los barrancos o los pantanos de los nuevos lugares de
la ciudad industrial. Estas formas de contaminación naturalmente se remontan
muy atrás en la historia de la industria paleotécnica: Agrícola las menciona, y
perduran aún hoy como uno de los atributos más duraderos de la economía minera.
Pero con
la nueva concentración de la industria en la ciudad industrial existía una
tercera forma de contaminación. La del excremento humano vertido sin
consideración en los ríos y las aguas de las mareas sin ningún tratamiento
previo, por no hablar de los intentos de conservar los elementos nitrogenados
valiosos para fertilizantes. Los ríos más pequeños, como el Támesis y el
Chicago se convirtieron en pocos menos que cloacas abiertas al aire. Careciendo
de los primeros elementos de limpieza, careciendo incluso de suministro de
agua, careciendo de reglamentos sanitarios de cualquier clase, careciendo de
los espacios despejados y de los jardines de la antigua ciudad medieval, que
hacían posibles los medios más elementales de deshacerse de la inmundicia, las
nuevas ciudades industriales se convirtieron en caldo de cultivo de
enfermedades: las bacterias de la fiebre tifoidea se filtraban a través del
suelo desde las alcantarillas cerradas y abiertas hasta los pozos de donde las
clases pobres sacaban su agua, o se bombeaban del río que servía lo mismo de
depósito de agua para beber que de salida de las cloacas; a veces, antes del
descubrimiento del cloro para el tratamiento del agua, las obras municipales de
las aguas eran la principal fuente de infección. Florecían las enfermedades de
la suciedad y las de la oscuridad: las viruelas, el tifus, las tifoideas, el
raquitismo, la tuberculosis. En los hospitales mismos, la suciedad dominante
contrapesaba los adelantos técnicos de la cirugía; una gran parte de los que sobrevivían
al bisturí del cirujano morían de la “fiebre de hospital”. Si Frederick Treves
recordaba cómo presumían los cirujanos del Guy’s Hospital de las costras de
sangre y suciedad en sus batas de quirófano, ¡como índice de una larga
práctica! Si ésta era la limpieza quirúrgica, ¿qué podía esperarse de los
trabajadores empobrecidos de los nuevos tugurios?
Pero
existían otros tipos de degradación ambiental además de estas formas de
contaminación. Entre éstas la principal era la debida a la especialización
regional de la industria. Las especializaciones naturales regionales tenían por
causa las grandes diferencias de clima y formación geológica y topográfica: en
condiciones naturales a nadie se le ocurre cultivar café en Islandia. Pero la
nueva especialización se basaba, no en conformarse con las oportunidades
regionales, sino en concentrarse en un solo aspecto de la industria
impulsándolo hasta la exclusión de cualquier otra forma de arte y de trabajo.
De esta forma en Inglaterra, la tierra de la nueva especialización, volcó todos
sus recursos, energía y mano de obra en la industria mecánica y dejó languidecer
a la agricultura. De la misma manera, dentro del complejo industrial nuevo, una
localidad se especializaba en el acero y otra en el algodón, sin intentar la
diversificación de la manufactura. El resultado fue una vida social pobre y
estrecha y una industria precaria. Por culpa de la especialización se descuidó
toda una variedad de oportunidades regionales, y la cantidad de transportes
cruzados ruinosos de productos que podían producirse con igual eficiencia en
cualquier localidad aumentó; en cuanto al cierre de una fábrica sola
significaba el colapso de toda la comunidad local. Sobre todo desapareció, el
estímulo psicológico y social que se deriva del cultivo de operaciones diversas
y numerosas, y de los diferentes modos de pensar. Resultado: una industria insegura,
una vida social desequilibrada, un empobrecimiento de los recursos
intelectuales y a menudo un ambiente físicamente depauperado. Esta
especialización regional intensiva primeramente produce inmensos beneficios
pecuniarios a los dueños de la industria, pero el precio que ello exigía era
demasiado alto. Incluso en términos de eficiencia mecánica el procedimiento era
dudoso, pues constituía una barrera contra el tomar prestado de otros
procedimientos extranjeros lo cual es uno de los medios principales de efectuar
inventos nuevos y de crear nuevas industrias. Por otro lado, al considerar el
medio como un elemento en la ecología humana, el sacrificio de sus variadas
potencialidades a las industrias mecánicas fue altamente perjudicial para el
bienestar humano: la usurpación de los sitios destinados a parques y a baños
por las nuevas fábricas de acero y los hornos de coque, la desconsiderada
colocación de instalaciones ferroviarias sin respeto a nada excepto la economía
y la conveniencia del mismo ferrocarril, la destrucción de bosques y la
construcción de grandes masas de ladrillo y de pavimento de piedra sin tener en
cuenta las cualidades especiales del sitio y del suelo, todo ello fue una forma
de destrucción y despilfarro. El costo de la indiferencia por el medio como
recurso humano, ¿quién puede medirlo? Pero ¿quién puede dudar de que compensa
en gran parte las ganancias por otra parte reales de la producción de textiles
baratos y del transporte de productos excedentes?
§ 7. La
degradación del trabajador
La doctrina de Kant, de que todo ser humano debería ser tratado como un fin, no
como un medio, fue precisamente formulada en el momento en que la industria
mecánica había empezado a tratar al trabajador únicamente como un medio, un
medio para lograr una producción mecánica más barata. Los seres humanos se
trataban con la misma brutalidad que el paisaje: la mano de obra era un recurso
que se había de explotar, de aprovechar como una mina, de agotar, y finalmente
de descartar. La responsabilidad por la vida del trabajador y su salud
terminaba con el pago de su jornal por el día de trabajo.
Los
pobres se propagaban como moscas, alcanzaban la madurez industrial —diez o doce
años—, rápidamente, servían su tiempo en las nuevas fábricas textiles o en las
minas, y morían económicamente. Durante el inicio del período paleotécnico, su
esperanza de vida era veinte años menor que la de las clases medias. Durante un
cierto número de siglos la degradación de la mano de obra ha sido continua en
Europa; a fines del siglo XVIII, gracias a la astucia y a la rapacidad miope de
los industriales ingleses, alcanzó su nadir en Inglaterra. En otros países, en
donde el sistema paleotécnico llegó más tarde, surgió la misma brutalidad: el
inglés sólo dio el ejemplo. ¿Cuáles eran las causas?
Hacia la
mitad del siglo XVIII el artesano había sido reducido, en las nuevas
industrias, a un competidor de la máquina. Pero había un punto débil en el
sistema: la naturaleza misma de las cosas, pues al principio se rebelaron ante
el ritmo enfebrecido, la rígida disciplina, la espantosa monotonía de sus
tareas. La dificultad sobresaliente fue, como señaló Ure, no tanto el invento
de un mecanismo efectivo automático como la “distribución de los diferentes
miembros del aparato en un cuerpo cooperativo, impulsar cada órgano con la
suavidad y velocidad apropiadas, y sobre todo, entrenar a los seres humanos a
renunciar a sus intermitentes hábitos de trabajo e identificarlos con la
regularidad invariable del complejo autómata”. “Debido a la debilidad de la
naturaleza humana”, proseguía Ure, “ocurre que cuanto más diestro sea el
trabajador, es capaz de hacerse más voluntarioso e intratable, y naturalmente
menos propio y conveniente para el sistema mecánico en el que… puede causar
gran daño al conjunto”.
El primer
requisito pues para el sistema de la fábrica era la castración de la pericia.
El segundo, la disciplina de la miseria. El tercero, el cierre a toda ocupación
alternativa mediante el monopolio de la tierra y la des-educación.
En el
orden real, estos tres requisitos se aplicaron en orden inverso. La pobreza y
el monopolio de la tierra les mantuvieron en la localidad que les necesitaba e
impedían la posibilidad de que mejoraran su posición emigrando, mientras la
exclusión del aprendizaje de un oficio junto con la especialización en
funciones mecánicas subdivididas y separadas, inhabilitaba al trabajador de la
máquina para la carrera de pionero o de granjero, incluso si hubiera tenido la
oportunidad de trasladarse a tierras libres y a las partes más nuevas del
mundo. Reducido a la función de una rueda, el nuevo trabajador no podía
funcionar sin estar unido a la máquina. Como los trabajadores carecían de los
incentivos de los capitalistas de la ganancia y la oportunidad social, las
únicas cosas que les mantenían atados a la máquina eran la miseria, la
ignorancia y el miedo. Estas tres condiciones fueron el fundamento de la
disciplina industrial, y fueron conservadas por las clases dirigentes aun
cuando la pobreza del trabajador socavaba y arruinaba periódicamente el sistema
de producción en masa que fomentaba la nueva disciplina de la fábrica. En ello
reside una de las “contradicciones” inherentes del esquema capitalista de
producción.
Correspondería
a Richard Arkwright, al principio del desarrollo paleotécnico, el dar los
toques finales al sistema mismo de la fábrica: quizá la pieza más notable de
regimentación, considerando todas las demás cosas, que han visto los últimos
mil años.
Arkwright,
en realidad, era algo así como un arquetipo del nuevo orden; aunque se le
considera, como a tantos otros capitalistas triunfantes, como un gran inventor,
el hecho es que jamás fue responsable de ninguna invención original; se apropió
de la labor de hombres menos astutos. Sus fábricas estaban situadas en
diferentes partes de Inglaterra, y con el fin de inspeccionarlas tenía que
viajar con diligencias napoleónicas, en coches de posta, lanzados a toda
velocidad; trabajaba hasta entrada la noche, tanto en los coches como sentado
en su mesa. La gran contribución de Arkwright a su éxito personal y al sistema
de la fábrica en conjunto fue la elaboración de un código de disciplina de la
misma; trescientos años después de que el príncipe Mauricio transformara las
artes militares, Arkwright perfeccionó el ejército industrial. Puso fin a los
hábitos fáciles y descuidados que se habían mantenido desde el pasado; forzó al
artesano un tiempo independiente a “renunciar a su antigua prerrogativa de
suspender su trabajo cuando le placía, pues”, como observa Ure, “habría puesto
con ello en desorden todo el establecimiento”.
Siguiendo
las anteriores mejoras de Wyatt y Kay, el empresario de las industrias textiles
disponía de una nueva arma en sus manos para imponer la disciplina. Las
máquinas se estaban haciendo tan automáticas que el trabajador mismo, en vez de
realizar su trabajo, se convirtió en un servidor de la máquina, que simplemente
corrige los fallos de la operación automática, como una rotura de las hebras.
Esto podía hacerlo una mujer tan fácilmente como un hombre, y un niño de ocho
años lo mismo que un adulto, siempre que la disciplina fuera suficientemente
rigurosa. Y por si la competencia de los niños no fuera bastante para imponer
jornales bajos y sumisión general, había otro agente de policía: la amenaza de
un nuevo invento que eliminara del todo al trabajador.
Desde el
principio, el perfeccionamiento tecnológico constituía la respuesta del
fabricante a la insubordinación laboral, o, como el inestimable Ure recordaba a
sus lectores, los nuevos inventos “confirmaban la gran doctrina ya propuesta de
que cuando el capital contrata a la ciencia a su servicio, la mano de obra
refractaria recibirá una lección de docilidad”. Nasmyth expuso este hecho en un
tono más suave cuando mantuvo, según Smiles, que las huelgas producían más bien
que mal, ya que servían a estimular la invención. Muchos fabricantes no se
verían obligados a adoptar nuestros utensilios y máquinas más potentes si no
fuese por las huelgas. Este fue el caso de la “self-acting mule” o antigua
máquina de hilar, la cardadora, la cepilladora mecánica, la máquina
mortajadora, el martillo de vapor de Nasmyth, y tantas otras máquinas.
Al
iniciarse el período, en 1770, un escritor había proyectado un nuevo programa
para socorrer a los pobres. Lo llamó la Casa del Terror: debía ser una casa en
donde los pobres estuvieran encerrados trabajando durante catorce horas al día
y sujetos por una dieta de hambre. Una generación después, esta Casa del Terror
se había convertido en la fábrica paleotécnica: de hecho el ideal, como muy
bien dijo Marx, palidecía ante la realidad.
Las
enfermedades industriales naturalmente florecían en este ambiente: el empleo
del barniz de plomo en la alfarería, del fósforo en la industria de fabricación
de cerillas, el fracaso en usar máscaras de protección en las numerosas
operaciones de molienda, particularmente en la cuchillería, incrementaron en
proporciones enormes las formas fatales de daños y envenenamiento industriales:
el consumo en gran escala de porcelana, de fósforos y de cuchillería tuvo por
resultado una continua destrucción de la vida. A medida que aumentaba el ritmo
en ciertas artes mecánicas, se incrementaban los peligros para la salud y la
seguridad en el proceso industrial mismo: por ejemplo, en la fabricación de
vidrio, se exigía demasiado esfuerzo a los pulmones; en otras industrias la
fatiga creciente provocaba movimientos descuidados, por lo cual era frecuente
machacarse una mano o el tener que amputar una pierna.
Con el
repentino crecimiento demográfico que marcó el comienzo del período
paleotécnico, la mano de obra apareció como un nuevo recurso natural: un feliz
hallazgo para el explorador así como para el explotador de la mano de obra. No
asombra, pues, que las clases dirigentes enrojecieran de indignación moral
cuando se encontraron con que Francis Place y sus seguidores se había dedicado
a propagar el conocimiento de anticonceptivos entre los obreros de Manchester
hacia los años 1880: aquellos filantrópicos radicales estaban amenazando una
fuente por otra parte inagotable de materia prima. Y en la medida en que los
obreros estuviesen enfermos, lisiados, aturdidos y reducidos a la apatía y al
desaliento por el ambiente paleotécnico, tanto mejor adaptados estaban a la
nueva rutina del taller y de la fábrica. Pues lo altos niveles de eficiencia
industrial se alcanzaban con la ayuda de organismos sólo parcialmente usados,
dicho brevemente, los defectuosos.
Con la
organización en gran escala de la fábrica se hizo necesario que los obreros
pudieran por lo menos leer los avisos, y a partir de 1832 se introdujeron
medidas en Inglaterra para proporcionar educación a los hijos de los
trabajadores. Pero con el fin de unificar todo el sistema, se introdujeron en
la medida de lo posible las limitaciones características de la Casa del Terror
en la escuela: silencio, ausencia de movimiento, pasividad completa, respuesta
sólo ante un estímulo externo, aprendizaje rutinario, repetición como loros,
adquisición de los conocimientos a destajo, todas ellas dieron a la escuela los
afortunados atributos de la cárcel y la fábrica combinados. Sólo un espíritu
insigne podía escapar a esta disciplina, o combatir con éxito contra este
ambiente sórdido. Al hacer más completa la habituación, la posibilidad de huir
hacia otras ocupaciones se hacía más limitada.
Hay que
señalar un último elemento de la degradación del trabajador: la maniática
intensidad del trabajo. Marx atribuyó la extensión del día en el período
paleotécnico al deseo del capitalista de extraer plusvalía extra del
trabajador: en tanto predominaron los valores en uso, señaló, no había
incentivo para la esclavitud o el trabajo suplementario, pero tan pronto como
la mano de obra se convirtió en un producto, el capitalista trató de conseguir
la mayor parte posible para sí con el gasto menor. Mas mientras el deseo de
ganancia fue quizá el principal incentivo para aumentar la jornada del
trabajador —daba la causalidad de ser un método equivocado incluso desde el
punto de vista más estrecho— tiene aún que explicarse la repentina intensidad
del deseo mismo. Esto no era el resultado del despliegue de la producción
capitalista según una dialéctica interna de desarrollo: el deseo de ganancia
fue un factor causal en dicho desarrollo. Lo que hay detrás de su repentino
ímpetu y vigorosa intensidad era el nuevo desprecio por cualquier otro modo de
vida o forma de expresión que no fuese el asociado con la máquina. La filosofía
natural esotérica del siglo XVII se había convertido finalmente en la doctrina
popular del XIX. El evangelio del trabajo era el lado positivo de la
incapacidad para el arte, el juego, el recreo, o la pura artesanía que había
producido el agotamiento de los valores culturales y religiosos del pasado. En
la persecución de la ganancia, los maestros siderúrgicos y los textiles se
trataban a sí mismos con casi tanta dureza como lo hacían con sus trabajadores:
se escatimaban, se restringían y se privaban de lo necesario para vivir, con
avaricia y voluntad de poder, como los trabajadores mismos tenían que hacerlo
por pura necesidad. La avidez de poder hizo que los Bounderbys despreciasen una
vida humana, pero la despreciaban para sí mismos tanto como la despreciaban
para sus esclavos del jornal. Si los obreros estaban castrados por la doctrina,
también lo estaban sus amos.
Había
nacido un nuevo tipo de personalidad, una abstracción ambulante: el Hombre
Económico. Los hombres vivos imitaban a esta máquina automática tragaperras, a
esta criatura del racionalismo puro. Estos nuevos hombres económicos
sacrificaron su digestión, los intereses de paternidad, su vida sexual, su
salud, la mayor parte de los normales placeres y deleites de la existencia
civilizada por la persecución sin trabas del poder y del dinero. Nada los
detenía; nada los distraía… excepto finalmente el darse cuenta de que tenían
más dinero del que podían gastar, y más poder del que inteligentemente podían
ejercer. Entonces llegaba el arrepentimiento tardío: Robert Owen funda una
utópica colonia cooperativa, Nobel, el fabricante de explosivos, una fundación
para la paz, Rockefeller, institutos de medicina. Aquellos cuyo arrepentimiento
tomó formas más discretas fueron las víctimas de sus queridas, o de sus sastres
o de sus marchantes de artes. Fuera del sistema industrial, el Hombre Económico
se encontraba en un estado de desajuste neurótico. Estos neuróticos afortunados
consideraron las artes como formas de escape de trabajo y de los negocios
impropias de un hombre. Pero ¿qué era su maniática concentración unilateral en
el trabajo sino una forma mucho más desastrosa de escape de la vida misma? Sólo
en un sentido muy limitado estaban mejor los grandes industriales que sus
obreros que degradaban: carcelero y prisionero eran ambos, por así decirlo,
huéspedes de la misma Casa del Terror.
Sin
embargo, aunque los resultados efectivos del nuevo industrialismo eran los de
incrementar las cargas de los trabajadores ordinarios, la ideología que lo
fomentaba iba dirigida hacia su liberación. Los elementos centrales en dicha
ideología eran dos principios que habían actuado como dinamita sobre la sólida
roca del feudalismo y del privilegio especial: el principio de la utilidad y el
principio de la democracia. En vez de justificar su existencia por razón de la
tradición y de la costumbre, las instituciones de la sociedad se veían forzadas
a justificarse por su uso real. En nombre de las mejores sociales muchos
convenios anticuados que se habían mantenido desde el pasado fueron barridos, y
asimismo en razón de su supuesta utilidad para la humanidad en general las
mentes más humanas e ilustradas del principio del siglo XIX acogieron
favorablemente a las máquinas y favorecieron su introducción. Mientras, el
siglo XVIII había trasladado la noción cristiana de igualdad de todos los
hombres en el Cielo en la igualdad de todos los hombres en la tierra; no iban a
conseguirla por la conversión y la muerte y la inmortalidad, sino que se daba
por sentado que “nacían libres e iguales”. En tanto la burguesía interpretaba
estos términos en ventaja propia, la noción de democracia no obstante sirvió de
racionalización psicológica para la industria de la máquina, pues la producción
en gran escala de mercancías baratas llevó el principio de la democracia
simplemente al plano material, y la máquina pudo justificarse porque favorecía
el proceso de la vulgarización. Esta noción agarró muy despacio en Europa, pero
en América, en donde las barreras entre las clases no eran muy fuertes se
resolvió en una nivelación hacia arriba sobre el patrón de gastos. Si esta
nivelación hubiera significado una auténtica igualación del nivel de vida,
habría sido beneficiosa, pero en realidad actuó sin uniformidad, siguiendo las
líneas más favorables para los beneficios, y por ello nivelando a menudo hacia
abajo, socavando el gusto y el juicio, rebajando la cualidad y multiplicando
los artículos inferiores.
§ 8. La
inanición de la vida
La degradación del trabajador era el punto central en esa más extensa inanición
de la vida que se presentó durante el régimen paleotécnico, y que aún continúa
en todas aquellas zonas y ocupaciones en donde predominan los hábitos
paleotécnicos.
En los
hogares depauperados de los trabajadores en Birmingham y Leeds y Glasgow, en
Nueva York y Filadelfia y Pittsburgh, en Hamburgo y Elberfeld-Barmen y Lille y
Lyon, y en centros parecidos desde Bombay y a Moscú, crecían los niños
raquíticos y desnutridos: la suciedad y la miseria eran hechos constantes del
medio ambiente. Apartados del campo por millas de calles pavimentadas podían
serles extraños los paisajes corrientes del campo y de la granja, lo mismo que
la vista de las violentas, los botones de oro, los lirios blancos, el aroma de
la hierbabuena, de la madreselva, de los algarrobos, de la tierra abierta por
el arado, del hecho cálido amontonado al sol, o del sabor a pescado de la playa
o de las marismas. Cubierto por la nube de humo, el cielo mismo podía quedar
oculto y disminuida su luz, incluso las estrellas de noches quedaban empapadas.
El patrón
esencial establecido por la industria paleotécnica en Inglaterra con su gran
dirección técnica y sus graves y bien disciplinados obreros, fue repetido en
cada nueva región, a medida que la máquina iba circundando el globo.
Bajo la
presión de la competencia, la adulteración de los alimentos se convirtió en
algo corriente en la industria victoriana: a la harina se añadía yeso, a la
pimienta, madera, el tocino rancio se trataba con ácido bórico, se evitaba que
la leche se agriara con líquido de embalsamar y millares de remedios
medicinales florecieron bajo la protección de patentes, agua sucia o veneno
cuya sola eficacia residía en la sugestión producida por las brillantes
mentiras de sus etiquetas. El alimento pasado o rancio degradaba el sentido del
gusto y turbaba la digestión: la ginebra, el ron, el whisky, el tabaco fuerte
hacían menos sensible el paladar y entorpecían los sentidos, pero la bebida era
aún la “manera más rápida de escapar de Manchester”. La religión dejó de ser
para mucha gente el opio de los pobres; en realidad, las minas y las fábricas
de textiles carecían a menudo de los más sencillos elementos de la más antigua
cultura cristiana. Y hubiera sido casi más cierto decir que el opio se
convirtió en la religión del pobre.
Añádase a
la falta de luz una falta de color: aparte de los anuncios en las vallas, los
tonos dominantes eran los deslucidos; en una atmósfera sombría hasta las
sombras perdían sus ricos colores ultramarinos y violetas. Desapareció el ritmo
del movimiento; dentro de la fábrica el rápido golpeo “staccato” de las
máquinas desplazó los ritmos del órgano, acompasado al canto, que
caracterizaban al taller antiguo, como Bücher ha señalado, mientras los
descorazonados y los desechados se arrastraban por las calles en las Ciudades
de la Horrible Noche, y los precisos movimientos atléticos de la danza de los
sables y las danzas grotescas desaparecían en las danzas supervivientes de las
clases trabajadoras, quienes empezaban a imitar torpemente la gracia aburrida
de los haraganes y de los ociosos.
El sexo,
sobre todo, estaba padeciendo miseria y estaba degradado en este ambiente. En
las minas, en las fábricas un comercio sexual de la más bruta especie era el
único consuelo al tedio y al agotador trabajo del día; en algunas de las minas
inglesas las mujeres que arrastraban los carros hasta trabajaban completamente
desnudas, sucias, salvajes y desagradables como sólo estuvieran los peores
esclavos de la antigüedad. En la población agrícola, en Inglaterra, la
experiencia sexual antes del matrimonio era un período de gracia experimental
antes de asentarse, entre los nuevos trabajadores industriales era con
frecuencia un preliminar del aborto, como lo prueban los testimonios
contemporáneos. La organización de las primeras fábricas que metía en los
mismos dormitorios a chicos y chicas jóvenes, también dio posibilidades a los
vigilantes de aquéllos, de las que a menudo abusaban: sadismos y perversiones
de toda especie eran corrientes. La vida del hogar era de una promiscuidad más
allá de lo posible; la capacidad misma de cocinar desapareció entre las mujeres
de los obreros.
Incluso
en las clases medias más prósperas, el sexo perdió su intensidad y su estímulo
priápico. Un frío estupro siguió a las continencias y a las evasiones del
estado pre-marital de las mujeres. Los secretos del estímulo sexual y su placer
se dejaron a los especialistas de los burdeles, y un conocimiento mutilado
acerca de las posibilidades del trato sexual quedó para ser transmitido por
aficionados bienintencionados o por charlatanes cuyos libros sobre sexología
servían de carnada suplementaria, frecuentemente, a sus medicinas específicas.
La vista del cuerpo desnudo, tan necesaria para su noble ejercicio y
desarrollo, fue discretamente prohibida incluso en la forma de estatuas sin
ropajes: los moralistas la consideraron como una distracción lujuriosa que
distraería del trabajo a la mente de los trabajadores y socavaría las
inhibiciones sistemáticas de la industria mecánica. El sexo no tenía valor
industrial. La figura ideal paleotécnica ni siquiera tenía piernas, por no
hablar de los pechos y de los órganos sexuales, hasta el polisón disfrazaba y
deformaba la curva opulenta de las caderas en el acto de hacerlas monstruosas.
Esta
inanición de los sentidos, esta restricción y agotamiento del cuerpo físico,
creó una raza de inválidos: gente que sólo conocía una salud parcial, fuerza
física parcial, potencia sexual parcial; los tipos rurales eran los que, lejos
del ambiente paleotécnico, el hacendado del campo, el párroco y el trabajador
agrícola, tenían en las tablas de seguro de vida la posibilidad de una larga
vida y con salud. Irónicamente las figuras dominantes en la nueva lucha por la
existencia carecían de valor biológico para la supervivencia; biológicamente,
el equilibrio de poder se encontraba en el campo, y sólo falsificando las
estadísticas —o sea, dejando de corregirlas por lo que se refiere a los grupos
de edad— pudieron ocultarse las debilidades de las nuevas ciudades
industriales.
A la
degradación de los sentidos acompañó una degradación general de las mentes: la
alfabetización elemental, la habilidad de leer signos, anuncios de tiendas,
periódicos, ocupó el lugar de aquella capacidad general sensoria y motriz que
iba unida a la artesanía y a las industrias agrícolas. En vano trataron los
educadores de aquel período, como Schreber en Alemania con sus proyectos de
Schrebergärten cual elementos necesarios en una educación integral y Spencer en
Inglaterra con su elogio del ocio, de la inactividad y del deporte placentero,
de combatir esta desecación del espíritu y este agostamiento de las raíces de
la vida. La preparación manual que se introdujo era tan abstracta como una
disciplina militar; el arte fomentado por South Kensington estaba más muerto y
era más triste que los productos incultos de la máquina.
La vista,
el oído, el tacto, degradados y batidos por el ambiente externo, se refugiaron
en el medio purificado de los impresos, y en la triste necesidad del ciego
recurrieron a todos los caminos de la experiencia. El museo ocupó el lugar de
la realidad concreta; la guía ocupó el lugar del museo; la crítica el lugar del
cuadro; la descripción escrita el lugar del edificio, de la escena en la
naturaleza, de la aventura, del acto vivo. Esto es exagerar y caricaturizar el
estado mental del paleotécnico, pero en esencia no lo falsifica. ¿Pudiera haber
sido de otra manera? El nuevo ámbito no se prestaba a la exploración y a la
recepción de primera mano. Llegar a él indirectamente, poner al menos una
distancia psicológica entre el observador y los horrores y las deformidades
observadas era después de todo preferible al contacto directo. La degradación y
el rebajamiento de la vida eran universales: un cierto embotamiento e
irresponsabilidad, en resumen, un estado de anestesia parcial, resultó una
condición de supervivencia. En el mismo punto culminante de la sordidez
industrial de Inglaterra, cuando con frecuencia las casas de las clases obreras
se construían al lado de albañales abiertos y cuando filas de ellas se
edificaban espalda contra espalda; en aquel mismo momento los complacientes
estudiosos escribieron en las bibliotecas de la clase media llegaban a insistir
sobre la “corrupción” y la “suciedad” y la “ignorancia” de la Edad Media, en
comparación con las luces y la limpieza de su propia Edad.
¿Cómo era
posible creer tal cosa? Hay que detenerse un segundo para examinar su origen,
pues no se puede entender la técnica, a menos que se aprecie la deuda que tiene
contraída con la mitología.
§ 9. La
doctrina del progreso
El mecanismo que produjo la fatuidad y la satisfacción de sí mismo del período
paleotécnico era de hecho maravillosamente simple. En el siglo XVIII, la noción
de Progreso se había alzado a la categoría de doctrina cardinal de las clases
educadas. El hombre, según los filósofos y los racionalistas, se estaba
elevando continuamente del fango de la superstición, la ignorancia, el
salvajismo, hacia un mundo que se iba a hacer cada vez más educado, humano y
racional: el mundo de los salones de París antes de que la tormenta de la
revolución rompiera los cristales de las ventanas y se llevara a los
conversadores al calabozo. Las herramientas, los instrumentos, las leyes y las
instituciones todos habían sido mejorados; en vez de moverse por los instintos
y gobernarse por la fuerza, los hombres eran capaces de ser movidos y
gobernados por la razón. El estudiante de la Universidad sabía más matemáticas
que Euclides, y así, también, el hombre de clase media, rodeado por sus nuevas
comodidades, era más rico que Carlomagno. Por la naturaleza del progreso, el
mundo por siempre y siempre continuaría en la misma dirección, haciéndose más
humano, más confortable, más pacífico, más fácil de recorrer, y por sobre todo,
mucho más rico.
Este
cuadro de perfeccionamiento continuo, persistente, en línea recta y casi
uniforme a través de la historia presentaba toda la estrechez del siglo XVIII,
pues a pesar de la apasionada convicción de Rousseau de que el adelanto de las
artes y de las ciencias habían depravado la moral, los abogados del Progreso
consideraban su propio período —que de hecho era bajo, medido por casi
cualquier rasero, excepto el pensamiento y la energía bruta— como la cima
natural del ascenso de la humanidad hasta la fecha. Con el rápido
perfeccionamiento de las máquinas, la incierta doctrina del siglo XVIII recibió
una nueva confirmación en el siglo XIX. Resultaron evidentes las leyes del
progreso. ¿No se inventaban nuevas máquinas cada año? ¿No se transformaban por
modificaciones sucesivas? ¿No tiraban mejor las chimeneas, no estaban las casas
más calientes, no se habían inventado los ferrocarriles?
Aquí se
tenía una buena vara de medir para la comparación histórica. Suponiendo que el
progreso fuera una realidad, si las ciudades del siglo XIX eran sucias, las del
siglo XIII deben haber sido seis siglos más sucias, pues ¿no se había hecho el
mundo constantemente más limpio? Si los hospitales de principios del siglo XIX
eran lazaretos atestados, entonces los del siglo XV deben haber sido más
mortíferos. Si los trabajadores de las nuevas ciudades fabriles eran ignorantes
y supersticiosos, entonces los que construyeron Chartres y Bamberg deben hacer
sido más estúpidos y no ilustrados. Si la mayor parte de la población era aún
menesterosa a pesar de la prosperidad de los negocios de textiles y de
quincalla, entonces los trabajadores del período artesano deben haber sido
todavía más pobres. El hecho que las ciudades del siglo XIII eran más alegres y
más limpias y mejor ordenadas que las nuevas ciudades victorianas; el hecho que
los hospitales fuesen más espaciosos y más higiénicos que sus sucesores victorianos;
el hecho que en muchas partes de Europa el artesano medieval hubiese disfrutado
ostensiblemente de un nivel de vida más alto que el esclavo paleotécnico,
triunfalmente atado a una máquina semi-automática, estos hechos ni siquiera se
les ocurrían a los exponentes del Progreso como posibilidades de investigación.
Se descartaban automáticamente por la teoría misma.
Sinceramente,
si se toma algún punto bajo del desarrollo humano en el pasado, se podría
señalar en un período limitado de tiempo un verdadero avance. Pero si se inicia
con un punto alto —por ejemplo, el hecho que los mineros alemanes en el siglo
XVI con frecuencia trabajaban en tres turnos de sólo ocho horas cada turno— los
hechos del progreso, cuando se estudiaban las minas del siglo XIX, no existían.
O si uno empezaba considerando la constante lucha feudal del siglo XIV, la paz
que prevalecía en extensas zonas de Europa entre 1815 y 1914 constituía un gran
beneficio. Pero si se comparaba la cantidad de destrucción causada por cien
años de la guerra más mortífera de la Edad Media con la provocada por sólo
cuatro años durante la Guerra Mundial, precisamente por culpa de aquellos
grandes instrumentos de progreso tecnológico como la artillería moderna, los
tanques de acero, los gases tóxicos, los lanzabombas y los lanzallamas, el
ácido pícrico y el T. N. T., el resultado es un auténtico retroceso.
El valor,
en la doctrina del progreso, se redujo a un cálculo del tiempo: el valor era de
hecho movimiento en tiempo. El estar pasado de moda o el estar
“fuera de tiempo” era carecer de valor. El progreso era el equivalente en
historia del movimiento mecánico a través del espacio; fue después de
contemplar un tren lanzado con estruendo cuando Tennyson exclamó, con exquisita
disposición: “Dejemos que la gran aguja del mundo siga los estruendosos surcos
del cambio”. La máquina estaba desplazando cualquier otra fuente de valor, en
parte porque la máquina era por naturaleza el elemento más progresivo de la
nueva economía.
VII.
Manufactura primitiva
Figura 1: Taller de tornero en madera. Separación típica de la mano de
obra-energía y la habilidad: eficiencia creciente al precio del incremento de
la servidumbre de la mano de obra. Obsérvese, sin embargo, los restos del tipo
más antiguo de motor, el muchacho encorvado, sujeto a un pedal. Nótese,
también, la existencia del soporte de corredera, generalmente atribuido a
Maudslay. (Todas las ilustraciones de esta página pertenecen al suplemento de
la Enciclopedia de Diderot)
Figura 2: Producción en gran escala de botellas. La estandardización de
botellas de cristal, tan útil para las medicinas y el vino, fue un tardío
adelanto eotécnico. Antes de eso las formas más finas de vasos, copas,
alambiques, espejos y frascos para la destilación habían sido ya creados. Sin
el uso del cristal para los anteojos, espejos, microscopios, telescopios,
ventanas y recipientes, nuestro mundo moderno, tal como lo han revelado la
física y la química, apenas podría haberse concebido.
Figura 3: Una de tantas máquinas devanadoras de seda, movidas por energía de
vapor, ilustrada en la Enciclopedia. Modelos semejantes posiblemente se
remontan hasta 1272 en Bolonia: figuran en el tratado de Zonca sobre maquinaria
de 1607. La producción de energía, el ahorro de mano de obra, la manufactura en
gran escala y la mecanización datan del comienzo del período eotécnico.
Figura 4: Mano de obra infantil en la manufactura de alfileres: ilustración
del famoso ejemplo de producción «moderna» de Adam Smith. Este empleo de mano
de obra incualificada de los niños fue una base esencial del capitalismo
paleotécnico: todavía perdura en zonas atrasadas. Sin embargo, una vez
simplificados los movimientos humanos, el problema estaba maduro para su
imitación por las máquinas.
VIII.
Productos paleotécnicos
Figura 1: «Puffing Billy»: construida en la Mina Wylam en 1813 por William
Hedley. Se trata de la locomotora más antigua que existe: obsérvese la
supervivencia eotécnica en la caldera de madera. (Cortesía del Director del
Science Museum, Londres)
Figura 2: Interior de una mina de carbón, con el apuntalamiento y el tipo de
carro para el mineral, aún primitivos. (Cortesía del Deutsches Museum, Münich)
Figura 3: Pittsburgo: un ambiente industrial típicamente paleotécnico: capa
de humo, contaminación del aire, desorden —y viviendas humanas reducidas a los
más bajos niveles de decencia y atractivo. Amontónense más las casas y el
resultado es Filadelfia, Manchester, Preston o Lille. Intensifíquese la
congestión y el resultado es Nueva York, Glasgow, Berlín o Bombay. (Fotografía
por Ewing Galloway).
Figura 4: Uno de los primeros ferrocarriles subterráneos de Londres:
1860-1863. La era de la construcción del ferrocarril fue también la de la
construcción de túneles. Todo elemento nuevo en cuanto al transporte
paleotécnico puede remontarse directamente a la mina. (Cortesía del Deutsches
Museum, Münich).
Lo que
quedaba como válido en la noción de progreso eran dos cosas que no tenían
relación esencial con el adelanto humano. La primera, el hecho de la vida, con
su nacimiento, su desarrollo, su renovación y su decadencia, que uno podría
generalizar de manera tal que se incluyera el universo entero, como el hecho
del cambio, del movimiento, de la transformación de la energía. La segunda, el
hecho social de la acumulación, es decir, la tendencia a aumentar o conservar
aquellas partes de la herencia social que se prestan a su transmisión a través
del tiempo. Ninguna sociedad puede escapar al hecho del cambio ni eludir el
deber de la acumulación selectiva. Desgraciadamente, el cambio y la acumulación
actúan en ambas direcciones; las energías pueden desperdiciarse, las
instituciones pueden decaer, y las sociedades pueden acumular desgracias y
cargas lo mismo que bienes y beneficios. Suponer que un punto ulterior de
desarrollo llevará a un tipo más elevado de sociedad es simplemente confundir
la cualidad neutra de la complejidad o la madurez con el mejoramiento. Suponer
que un punto ulterior en el tiempo aporta necesariamente una
mayor acumulación de valores, es olvidar los repetidos hechos de la barbarie y
la degradación.
A
diferencia de los modelos orgánicos del movimiento a través del espacio y el
tiempo, el ciclo del crecimiento y la decadencia, el movimiento de balanceo del
bailarín, la exposición y el retorno de la composición musical, el progreso era
un movimiento hacia el infinito, un movimiento sin perfección ni fin, un
movimiento por el movimiento. Uno no podía alcanzar demasiado progreso, no
podría llegar con demasiada rapidez, no podría extenderse con demasiada
amplitud, y no podría destruir los elementos “no progresivos” de la sociedad
demasiado rápidamente y sin piedad, pues el progreso era bueno por sí mismo
independientemente de la dirección o del fin. En nombre del progreso la
limitada pero equilibrada economía de una aldea india, con su alfarero, sus
hilanderos, sus tejedores y su herrero locales fue destruida para proporcionar
un mercado a las cerámicas de las Five Towns y a los textiles de Manchester y a
la quincallería sobrante de Birmingham. El resultado fue dejar empobrecidos
pueblos en la India, ciudades horrendas y desvalidas en Inglaterra, y un gran
despilfarro en tonelaje y mano de obra al cruzar el océano entre ellos, pero en
todo caso una gran victoria para el progreso.
La vida
se juzgaba por la extensión con que servía al progreso, el progreso no se
juzgaba por la extensión con que servía a la vida. La última posibilidad
hubiera sido fatal admitirla: hubiera transportado el problema del plano
cósmico al plano humano. ¿Qué paleotécnico se atrevía a preguntarse si los
medios de ahorrar mano de obra, de acumular dinero, de adquirir poder, de
anular el espacio, de producir cosas eran de hecho productores de una expansión
y enriquecimiento equivalentes de la vida? Esta pregunta hubiera sido la última
herejía. Los hombres que la formularon, los Ruskins, los Nietzsches, los
Melvilles, eran tratados en realidad como herejes y arrojados fuera de esta
sociedad: en más de un caso, estuvieron condenados a una irritante soledad que
alcanzó el límite de la locura.
§ 10. La
lucha por la existencia
Pero el progreso tenía un lado económico: en el fondo era poco más que una
racionalización elaborada de las condiciones económicas dominantes. Pues el
progreso sólo era posible mediante la producción incrementada, la producción
aumentaba de volumen sólo gracias a mayores ventas, éstas a su vez eran un
incentivo para perfeccionamientos mecánicos y nuevas invenciones que servían a
nuevos deseos y hacían consciente al pueblo de nuevas necesidades. De esta
manera la lucha por el mercado se convirtió en el motivo dominante de una
existencia progresiva.
El
trabajador se vendió al mayor postor en el mercado de la mano de obra. Su
trabajo era no una manifestación de orgullo personal y de capacidad sino un
producto, cuyo valor variaba según la cantidad de otros trabajadores que
estuvieran disponibles para realizar la misma tarea. Durante un cierto tiempo
las profesiones, como el derecho y la medicina, conservaron aún un nivel de
calidad, pero sus tradiciones fueron insidiosamente socavadas por las
costumbres más generales del mercado. De manera análoga, el fabricante vendía
su producto en el mercado. Comprando barato y vendiendo caro, él no tenía otra
norma que la de los grandes beneficios: en el clímax de esta economía John
Bright hizo la defensa de la adulteración de los artículos en la Cámara de los
Comunes británica como un incidente necesario de la venta en competencia.
Para
ampliar el margen entre los costos de producción y los ingresos procedentes de
las ventas en un mercado competitivo, el fabricante reducía los jornales,
alargaba las horas, aceleraba los ritmos, disminuía el tiempo de reposo del
obrero, lo privaba de esparcimiento y de educación, le robaba en su juventud
las oportunidades de desarrollo, en la madurez, los beneficios de la vida
familiar, y en la vejez le quitaba la seguridad y la paz. La competencia era
tan poco escrupulosa que al comienzo del período, los fabricantes defraudaron
hasta su propia clase; las minas que utilizaban la máquina de vapor de Watt se
negaron a pagarle los derechos que le debían, y los fabricantes organizaron
Shuttle Clubs[7] para
ayudar a los miembros a los que Kay perseguía en justicia para cobrar derechos
por su invento.
A esta
lucha por el mercado se le dio finalmente el nombre de lucha por la existencia.
El jornalero competía contra el jornalero por la simple existencia; los no
capacitados competían contra los capacitados; mujeres y niños competían contra
los cabezas de la familia varones. Junto con esta lucha horizontal entre los
diferentes elementos de la clase trabajadora, había una lucha vertical que
dividía a la sociedad en dos partes: la lucha de clases, la lucha entre los
poseedores y los desposeídos. Estas luchas universales sirvieron de base a la
nueva mitología que complementó y extendió la teoría más optimista del
progreso.
En su
ensayo sobre población el reverendo T. R. Malthus generalizó agudamente el
verdadero estado de Inglaterra en medio de los desórdenes que acompañaban a la
nueva industria. Afirmaba que la población tendía a incrementarse más
rápidamente que los recursos de alimentos, y que evitaría el hambre sólo
mediante una limitación con el control positivo de la continencia, o los
negativos de la miseria, la enfermedad y la guerra. En el curso de la guerra
por los alimentos, las clases superiores, con su economía, su previsión y su
mentalidad superior sobresalían de la masa de la humanidad. Pensando en esto, y
con el Ensayo sobre la Población de Malthus como preciso
estímulo de sus pensamientos, dos biólogos británicos, Charles Darwin y Alfred
Wallace, proyectaron la intensa lucha por el mercado sobre el mundo de la vida
en general. Otro filósofo del industrialismo, tan característicamente
ferroviario de profesión como Espinosa había sido pulidor de lentes, acuñó una
frase que describía con exactitud todo el proceso; a la lucha por la existencia
y al proceso de selección natural Spencer añadió los resultados: “la
supervivencia de los más adaptados”. La frase en sí era una tautología, pues la
supervivencia se consideraba la prueba de la adaptación, pero esto no disminuía
su utilidad.
Esta
nueva ideología surgió del nuevo orden social, no del componente trabajo
biológico de Darwin. Su estudio científico de las modificaciones, variaciones y
de los procesos de la selección sexual no fueron ni proseguidos ni explicados
por una teoría que tuviera en cuenta no la aparición de nuevas adaptaciones
orgánicas, sino simplemente un posible mecanismo por medio del cual ciertas
formas hubieran sido eliminadas después de que los supervivientes hubiesen sido
modificados favorablemente. Además, había los hechos demostrables de
comensalismo y simbiosis, sin hablar de la asociación ecológica, de la que el
mismo Darwin era plenamente consciente, para modificar la pesadilla victoriana
de una naturaleza sangrienta de garras y dientes.
Sin
embargo, la cosa es que en la sociedad paleotécnica el más débil era en
realidad acorralado y que la ayuda mutua había desaparecido casi. La doctrina
Malthus-Darwin explicaba la dominación de la nueva burguesía, gente sin gusto,
imaginación, intelecto, escrúpulos morales, cultura general o siquiera los más
elementales sentimientos de compasión, que surgían a la superficie precisamente
porque se adaptaban a un ambiente que no dejaba lugar ni tenía empleo para
ninguno de esos atributos humanos. Sólo las cualidades antisociales tenían
valor de supervivencia. Sólo la gente que valoraba las máquinas más que los
hombres era capaz en estas condiciones de gobernar a los hombres para su propio
provecho y conciencia.
§ 11.
Clase y nación
La lucha entre las clases poseedoras y las trabajadoras durante este período
adoptó una forma nueva, porque el sistema de producción y el ambiente
intelectual ordinario se habían alterado profundamente. Esta lucha fue
observaba de cerca y por primera vez exactamente apreciada por Federico Engels
y Carlos Marx. Lo mismo que Darwin había extendido la competencia del mercado a
todo el mundo de la vida, Engels y Marx extendieron la lucha de clases
contemporánea a toda la historia de la sociedad.
Pero
había una importante diferencia entre las nuevas luchas de clases y los
levantamientos de esclavos, las rebeliones de los campesinos y los conflictos
locales entre amos y jornaleros que habían tenido lugar anteriormente en
Europa. La nueva lucha era continua, las antiguas habían sido esporádicas.
Aparte los movimientos utópicos —como el de Lollards— los anteriores conflictos
habían sido, sobre todo, luchas por culpa de abusos en un sistema que ambos,
maestro y trabajador, aceptaban: la apelación del obrero se refería a un
derecho o privilegio reconocido que había sido brutalmente violando. La nueva
lucha se refería al sistema mismo: era un intento por parte de los trabajadores
de modificar el sistema de libre competición de salarios y de libre contratación
que dejaba al obrero, un átomo indefenso, la libertad de morir de hambre o de
cortarse el cuello si no aceptaba las condiciones ofrecidas por los
industriales.
Desde el
punto de vista del trabajador paleotécnico, la meta de la lucha era el control
del mercado de la mano de obra: aspiraba al poder como contratante, obteniendo
una parte ligeramente más amplia de los costos de producción, o si se quiere,
los beneficios de la venta. Pero no buscaba, en general, una participación
responsable como trabajador en el negocio de la producción; no estaba preparado
para ser un asociado autónomo en el nuevo mecanismo colectivo, en el que la
rueda más pequeña era tan importante en el proceso en conjunto como los
ingenieros y los científicos que lo habían proyectado y controlado. Aquí se
señala el gran foso entre la artesanía y la inicial economía de la máquina.
Según el primer sistema, el obrero iba camino de ser un jornalero; el jornalero
se abrió al viajar por otros lugares, e iniciado en los misterios de su oficio,
fue capaz, no sólo de negociar con su patrón, sino de ocupar su sitio.
El conflicto de clase se vio aminorado por el hecho que los amos no pudieron
quitarles a los obreros las herramientas de producción, que eran personales, ni
podían disminuir su gusto real de artesanos. Hasta que la especialización y la
expropiación dieron al patrón una ventaja especial no empezó el conflicto a
tomar su forma paleotécnica. Bajo el sistema capitalista el obrero sólo podía
alcanzar seguridad y maestría abandonando a su clase. El movimiento cooperativo
de consumidores fue la excepción a esto del lado del consumo: esencialmente
mucho más importante que las espectaculares batallas de salarios que se
libraron durante este período, pero no alcanzó a la organización de la fábrica
misma.
Desgraciadamente,
en las condiciones de la lucha de clases, no había medio de preparar al
trabajador para los resultados finales de su conquista. La lucha era por sí
misma una educación para la guerra, no para la dirección y la producción
industriales. La batalla era constante y se llevaba a cabo sin piedad por parte
de las clases explotadoras, que usaban la mayor brutalidad de que eran capaces
la policía y la tropa, si era necesario, para romper la resistencia de los
obreros. En el curso de esta guerra una u otra fracción del proletariado
—principalmente las ocupaciones más especializadas— lograron beneficios
precisos en cuanto a salarios y horas, y se quitaron de encima las formas más
degradantes de esclavitud del jornal y del trabajo en malas condiciones, pero
la condición fundamental siguió sin alterar. Mientras tanto, el proceso mismo
de la máquina, con su procedimiento efectivo, su automatismo, su
impersonalidad, su confianza en los servicios especializados y en los
complicados estudios tecnológicos del ingeniero, iba yendo más y más allá del
poder de comprensión intelectual o de control político del trabajador sin
ayuda.
La
predicción original de Marx de que la lucha de clases se realizaría en líneas
de clase precisas entre un proletariado internacional empobrecido y una
burguesía internacional igualmente coherente fue falsificada por dos
condiciones inesperadas. Una fue el crecimiento de las clases medias y de las
pequeñas industrias: en vez de ser barridas automáticamente mostraron una
resistencia y un poder de permanencia imprevistos. En una crisis, las grandes
industrias con su inmensa supercapitalización y sus enormes gastos generales,
eran menos capaces de ajustarse a la situación que las más pequeñas. Con el fin
de asegurar más el mercado, hubo incluso inciertos intentos de elevar el nivel
de consumo de los mismos trabajadores; por ello las líneas bien marcadas necesarias
para una guerra con éxito sólo se dibujaban en períodos de depresión. El
segundo hecho fue la nueva alineación de las fuerzas entre país y país, que
tendían a socavar el internacionalismo del capital y romper la unidad del
proletariado. Cuando Marx escribía hacia los años 1850 el nacionalismo le
parecía, lo mismo que a Cobden, un movimiento moribundo: los acontecimientos
demostraron que, por el contrario, había cobrado nueva vida.
Con la
concentración de las poblaciones en estados nacionales que continuó durante el
siglo XIX, la lucha nacional interfería con la lucha de clases. Después de la
Revolución francesa la guerra, que fue una vez el deporte de las dinastías, se
convirtió en la principal ocupación industrial de pueblos enteros: el
reclutamiento “democrático” hizo que fuera posible.
La lucha
por el poder político, siempre limitada en el pasado por la debilidad
financiera, las restricciones técnicas, la indiferencia y la hostilidad de la
población fundamental, se convirtió ahora en una lucha entre estados para el
dominio de zonas explotables: las minas de Lorena, los terrenos diamantíferos
de África del Sur, los mercados sudamericanos, las posibles fuentes de
suministros o las posibles salidas para los productos que no podían ser
absorbidos por el proletariado debilitado de los países industriales, o,
finalmente, los posibles campos para la inversión de los excedentes de capital
acumulado en los países “desarrollados”.
“El
presente —exclamaba Ure en 1835— se distingue de cualquier edad precedente por
un ardor universal de empresa en las artes y las manufacturas. Los nacionales,
convencidos al fin de que la guerra es siempre un juego donde se pierde, han
cambiado sus sables y mosquetes por herramientas fabriles, y ahora compiten uno
contra otro en la incruenta pero aún formidable lucha del comercio. Ya no
envían tropas para combatir en lejanos campos de batalla, sino manufacturas
para poner en fuga las de sus antiguos adversarios en las armas, y tomar
posesión de un mercado extranjero. Dañar los recursos de un rival en su país
malvendiendo sus mercancías en el extranjero, es el nuevo sistema beligerante,
en cumplimiento del cual se ponen en tensión las mayores fuerzas del pueblo”.
Desgraciadamente la sublimación no era completa: las rivalidades económicas
echaban leña a los odios nacionales y daban un aspecto pseudoracional a los
motivos más violentamente irracionales.
Incluso
las principales utopías de la fase paleotécnica eran nacionalistas y
militaristas: La Icaria de Cabet, contemporánea de las
revoluciones liberales de 1848, era una obra maestra de regimentación guerrera
en cada detalle de la vida, en tanto Bellamy, en 1888, adoptó la organización
del ejército, sobre una base de servicio obligatorio, como modelo para todas
las actividades industriales. La intensidad de estas luchas nacionalistas,
ayudadas por los instintos más tribales, debilitaron algo el efecto de las
luchas de clases. Pero se parecían en el aspecto que sigue: ni el estado
concebido por los seguidores de Austin, ni la clase proletaria concebida por
los seguidores de Marx, eran entidades orgánicas o verdaderos grupos sociales:
ambos eran colecciones arbitrarias de individuos, mantenidos juntos no por
funciones comunes, sino por un símbolo colectivo común de lealtad y de odio.
Este símbolo común cumplía un papel mágico: existía según fórmulas mágicas y
conjuros y se mantenía vivo por un ritual colectivo. En tanto subsistía
piadosamente el ritual, la naturaleza subjetiva de sus premisas podía
ignorarse. Pero la “nación” tenía esta ventaja sobre la “clase”: le era posible
conjurar más respuestas primitivas, pues jugaba no con la ventaja material,
sino con los odios candorosos y las manías y los deseos de muerte. Después de
1850, el nacionalismo se convirtió en el maestro instructor del revoltoso
proletariado, y este último resolvió su complejo de inferioridad y de derrota
en la identificación con el Estado todo poderoso.
§ 12. El
imperio del desorden
Se suponía que la cantidad de artículos producidos por la máquina estaba
regulada de manera automática por la ley de la oferta y la demanda. Se suponía
que los productos, como el agua, buscaban su propio equilibrio; a la larga se
producirían sólo tantos artículos como fuera posible vender con beneficios. La
disminución de éstos, cerrarían automáticamente la válvula de producción;
mientras que el aumento de los beneficios la abriría automáticamente y llevaría
incluso a la constitución de nuevos canales de alimentación. La producción de
lo necesario para la vida era, sin embargo, simplemente un sub-producto de la
realización de los beneficios. Como se podía hacer más dinero fabricando
textiles para los mercados extranjeros que con la construcción de casas
adecuadas para los obreros del país, y más ganancias con la cerveza y la
ginebra que con el pan sin adulterar, se descuidaban escandalosamente las
necesidades elementales de techo, y a veces incluso hasta las de alimentos. Ure,
el lírico poeta de las industrias textiles, confesaba de buena gana que “para
la producción de alimentos y las comodidades domésticas no se habían aplicado
muchas invenciones automáticas, ni parecían extensivamente aplicables”. Como
profecía esto resultó absurdo, pero como descripción de las limitaciones
corrientes, era correcto.
La
escasez de casas para los trabajadores, la congestión de los barrios del
interior del país, la construcción de barracas con pésimas condiciones de
higiene para el alojamiento humano decente eran características universales del
régimen paleotécnico. Afortunadamente, la terrible aparición de enfermedades en
los barrios más pobres de las ciudades despertó la atención de las autoridades
sanitarias, y en nombre de la higiene y de la salud pública se tomaron medidas,
aprobándose en Inglaterra en 1851 las leyes de viviendas “modelo” de
Shaftesbury, para aliviar las peores condiciones mediante una legislación
restrictiva, la reparación obligatoria de las viejas casas de los barrios
pobres, e incluso una insignificante eliminación de tugurios y aumento de
viviendas. Alguno de los mejores ejemplos, a partir del siglo XVIII, apareció
en los pueblos de las minas de carbón de Inglaterra, posiblemente como
consecuencia de sus tradiciones semi-feudales, a los que seguirían en los años
1860 los alojamientos de los obreros de Krupp en Essen. Lentamente, un pequeño
número de los males peores se barrieron, a pesar del hecho que las nuevas leyes
se oponían a los principios de libre empresa competitiva en la producción
de illth.[8]
El
maniobrar con engaños para alcanzar beneficios sin consideración alguna por el
ordenamiento estable de la producción tuvo dos resultados desafortunados.
Mientras los suministros de alimentos y los materiales podían obtenerse
económicamente de alguna parte de la tierra, incluso a expensas de la rápida
debilitación de los suelos que se cultivaban sin precauciones con algodón y
trigo, no se hacía ningún esfuerzo para mantener un equilibrio entre la
agricultura y la industria. El campo, reducido en general al margen de
subsistencia, fue aún más deprimido por la emigración de las poblaciones a las
ciudades fabriles aparentemente prósperas, con una tasa de mortalidad infantil
que se elevó a menudo hasta 300 por 1.000 nacimientos vivos, o más. La
introducción de las máquinas para sembrar, segar, trillar, instituida en gran
escala con la multitud de nuevas segadoras inventadas a principios de siglo
—McCormick sólo fue uno entre los muchos inventores— no hizo sino acelerar el
ritmo de este acontecimiento.
El
segundo efecto fue aún más desastroso. Dividió al mundo en zonas de producción
de máquinas y zonas de producción de alimentos y materias primas: esto hizo la
existencia de los países superindustrializados más precaria, en la medida en
que más separados estaban de su base rural de suministros: de aquí el comienzo
de una ardua competencia naval. La existencia de las aglomeraciones
carboníferas no dependía simplemente de su habilidad en disponer de agua de
ríos y lagos lejanos, y de alimentos de campos y granjas distantes, sino que la
producción dependía de la habilidad para sobornar o intimidar a otras partes de
la tierra con el fin de que aceptaran sus productos industriales. La guerra
civil en Norteamérica, al cortar los suministros de algodón, redujeron a la
extrema penuria a los animosos y honrados trabajadores textiles de Lancashire.
Y el temor de que se repitieran estos acontecimientos en otras industrias
además de la del algodón, fue en buena parte responsable del imperialismo
asustadizo y de la competición en los armamentos que se desarrolló en el mundo
entero después de 1870. Como la industria paleotécnica se fundó originalmente
en la sistemática esclavitud del niño, lo mismo dependía para su crecimiento
continuo de una forzada salida de sus productos.
Desgraciadamente
para los países que confiaron en que este proceso seguiría indefinidamente, las
zonas de consumo originales —los países nuevos o “atrasados”— tomaron posesión
con rapidez de la herencia común de ciencia y técnica y empezaron a producir artículos
fabricados a máquina para ellos mismos. Esta tendencia se extendió hacia 1880.
Se vio temporalmente limitada por el hecho que Inglaterra, que durante largo
tiempo conservó su superioridad en el tejido y en la hiladura, podía emplear
siete operarios por 1.000 husos en 1837 y sólo tres operarios por 1.000 en
1887, mientras que Alemania, su más próximo competidor, empleaba aún en la
segunda fecha de 7 ½ a 9, en tanto Bombay necesitaba 25. Pero a largo plazo ni
Inglaterra ni los “países avanzados” podían mantenerse a la cabeza, pues el
nuevo sistema de máquinas era universal. Con ello uno de los principales
pilares de la industria paleotécnica fue desplazado.
El método
de ensayo y error de la plaza del mercado penetró en toda la estructura social.
Los dirigentes de la industria eran en su mayor parte empíricos:
vanagloriándose de ser hombres “prácticos”, se enorgullecían de su ignorancia
técnica y de su inocencia. Solvany, que hizo una fortuna con el procedimiento
Solvany de empleo de la sosa para fabricar jabón, no sabía nada de química; ni
tampoco Krupp, el descubridor del acero colado; Hancock, uno de los primeros
experimentadores del caucho de la India era igualmente ignorante. Bessemer, el
inventor de muchas cosas además del procedimiento Bessemer de fabricación de
acero, al principio sólo dio con su gran invento debido al caso de usar hierro
con un bajo contenido en fósforo: fue únicamente el fracaso de su método con
los minerales del continente con un elevado porcentaje de fósforo lo que le
llevó a pensar en la química del procedimiento.
Dentro de
la instalación industrial el conocimiento científico se encontraba poco
estimado. Predominaba el hombre práctico, despreciador de la teoría, desdeñoso
de la formación rigurosa, ignorando la ciencia. Los secretos comerciales, a
veces importante, a veces implemente empirismo infantiles, retrasaron la
extensión cooperativa del conocimiento que había sido la base de todos nuestros
mayores adelantos técnicos; mientras el sistema de monopolio de patentes lo
utilizaban astutos hombres de negocios para apartar del mercado los
perfeccionamientos, si amenazaban con turbar los valores financieros
existentes, o para retrasar su introducción —como fue retrasada la del teléfono
automático— hasta que hubiera vencido los derechos originales de la patente.
Hasta la misma Guerra Mundial, una repugnancia por disponer de conocimientos
científicos o por fomentar la investigación científica caracterizó a la
industria paleotécnica en el mundo entero. Quizá la única gran excepción a
esto, la industria alemana de los tintes, se debió a su estrecha relación con
los tóxicos y los explosivos necesarios para la guerra.
Mientras
prevaleció entre los fabricantes individuales la libre competencia, resultó
imposible la producción planificada de la industria en conjunto: cada
fabricante seguía siendo su propio juez, sobre la base de un conocimiento y de
una información limitados, de la cantidad de mercancías que podía producir y
vender con provecho. El mercado de la mano de obra mismo carecía de plan: de
hecho, los salarios podían mantenerse a bajo nivel gracias a un constante
excedente de trabajadores desempleados, que nunca estuvieron sistemáticamente
integrados en la industria. Este exceso de desempleados en tiempos “normales y
prósperos” era esencial para la competición productiva. La ubicación de las
industrias no estaba planificada: la casualidad, la ventaja pecuniaria, la
costumbre, la gravitación hacia el mercado excedente de mano de obra, eran
datos tan importantes como las ventajas tangibles desde un punto de vista
técnico. La máquina —el resultado del impulso del hombre para conquistar su
medio y canalizar sus tendencias ocasionales en actividades ordenadas— produjo
durante la fase paleotécnica la negación sistemática de todas sus
características: nada menos que el imperio del desorden. ¿Qué era, en verdad,
la “cacareada movilidad de la mano de obra” sino la ruptura de las relaciones
sociales estables y la desorganización de la vida familiar?
El estado
de la sociedad paleotécnica puede describirse en forma ideal como estado de
guerra. Sus órganos típicos, desde la mina a la fábrica, desde el alto horno a
los tugurios al campo de batalla, todos estaban al servicio de la muerte.
Competición: lucha por la existencia. Dominación y sumisión: extinción. Con la
guerra, en el acto, los principales estímulos, la base subyacente y el destino
directo de esta sociedad, los motivos y las reacciones normales de los seres
humanos se redujeron al deseo de dominación y al miedo a la aniquilación —el
miedo a la pobreza, a la mutilación y a la muerte. Cuando llegaba la guerra
finalmente, se la recibía con los brazos abiertos, pues aliviaba de la
intolerable espera angustiada: el choque de la realidad, por muy siniestro, era
más soportable que la constante amenaza de espectros, elaborados y hechos
desfilar por el periodista y el político. La mina y el campo de batalla estaban
a la base de todas las actividades paleotécnicas, y las prácticas a las cuales
estimulaban conducían a la extendida explotación del miedo.
Los ricos
temían a los pobres y los pobres temían al cobrador de alquileres; las clases
medias temían a las plagas que venían de los barrios en horribles condiciones
sanitarias de la ciudad industrial y los pobres temían, con justicia, los
sucios hospitales a los que se les llevaba. Hacia la última parte del período,
la religión adoptó el uniforme de la guerra; cantando “Adelante soldados
cristianos”, los convertidos marchaban con humildad retadora, con orden y
vestimenta militares: salvación imperialista. La escuela estaba organizada como
un ejército, y el campamento armado se convirtió en la escuela universal: el
maestro y el alumno se temían uno a otro, de modo igual que se temían el
capitalista y el obrero. Muchas ventanas con rejas, cercas de alambre espinado
rodeaban a la fábrica lo mismo que a la cárcel. Las mujeres temían concebir
hijos y los hombres engendrarlos; el miedo a la sífilis y a la gonorrea
viciaban el contacto sexual; detrás de las enfermedades mismas acechaban los
Fantasmas; el espectro de la ataxia locomotriz, la paresia, la enajenación
mental, la ceguera en los niños, las piernas tullidas, y el único remedio
contra la sífilis, hasta el salvarán, era en sí mismo un veneno. Las parduscas
casas parecidas a cárceles, las empalizadas de las calles sombrías, los patios
sin árboles llenos de desperdicios, los tejados ininterrumpidos, sin un espacio
jamás para un parque o un terreno de juego, subrayaban este ambiente de muerte.
Una exploración de una mina, una catástrofe ferroviaria, un incendio en una
casa de vecindad, un asalto de los soldados contra un grupo de huelguistas, o
finalmente el más potente estallido de la guerra eran estigmas típicos de esta
sociedad. Explotados para lograr poder o beneficio, el destino de la mayor
parte de los productos de la máquina era o bien el montón de basura o el campo
de batalla. Si los grandes propietarios y otros monopolistas disfrutaban un
incremento no ganado de la acumulación de la población y de la eficacia
colectiva de la máquina, el resultado neto para la sociedad en general podría
caracterizarse como un no ganado excremento.
§ 13. La
energía y el tiempo
Durante el período paleotécnico los cambios que se manifestaron en todos los
sectores de la técnica consistían en su mayor parte en un hecho central: el
aumento de la energía. Dimensión, velocidad, cantidad, la multiplicación de las
máquinas, eran reflejos de los nuevos medios de utilizar combustible y la
ampliación de la reserva disponible del combustible mismo. Al fin la energía
estaba disociada de sus limitaciones humanas y geográficas: de los caprichos
del tiempo, de las irregularidades, de las precipitaciones y del viento, de la
ingestión de energía en forma de alimento que restringe en definitiva la
capacidad de los hombres y los animales.
La
energía, sin embargo, no puede disociarse de otro factor en juego, es decir, el
tiempo. El uso principal de la energía en el período paleotécnico era disminuir
el tiempo durante el cual puede realizarse una determinada cantidad de trabajo.
El que mucho tiempo así ahorrado fuera desperdiciado en la producción
desordenada, en paros derivados de las debilidades de las instituciones
sociales que acompañan a la fábrica, y en desempleo es un hecho que disminuía
la eficiencia reputada del nuevo régimen. Inmensos eran los trabajos realizados
por la máquina de vapor y sus accesorios, pero inmensas, asimismo, fueron las
pérdidas que la acompañaron. Medidos en trabajo efectivo, es decir, por
esfuerzo humano transformado en subsistencia directa o en obras duraderas de
arte y técnica, las ganancias relativas de la nueva industria fueron
lastimosamente pequeñas. Otras civilizaciones con una capacidad menor de
energía y un gasto mayor de tiempo habían igualado y posiblemente sobrepasado
al período paleotécnico en eficiencia real.
Con el
enorme incremento en la energía había entrado un ritmo nuevo en la producción:
la regimentación del tiempo, que había sido esporádica e incierta empezó ahora
a influir en todo el mundo occidental. El síntoma de este cambio fue la
producción en gran escala de relojes baratos: empezaba primero en Suiza, siguió
después en serie en Waterbury, en Connecticut, hacia los años 1880.
El ahorro
de tiempo se convirtió en una parte importante del ahorro de mano de obra. Y a
medida que el tiempo se acumulaba y se ahorraba, se volvía a reinvertir, como
el capital, en nuevas formas de explotación. Desde ese momento el llenar el
tiempo y el matar el tiempo resultaron importantes consideraciones: los
primeros patronos paleotécnicos hasta robaron tiempo a sus obreros haciendo
tocar la sirena de la fábrica un cuarto de hora más temprano por la mañana, o
moviendo las manecillas del reloj más deprisa a la hora de la comida: donde la
ocupación lo permitía, el obrero a menudo estaba a la recíproca cuando el
patrón había vuelto la espalda. El tiempo, en resumen, era un artículo en el
sentido en que el dinero se había convertido en un producto. El tiempo como
pura duración, el tiempo dedicado a la contemplación y al ensueño, el tiempo
divorciado de las operaciones mecánicas, era tratado como un horrible
desperdicio. El mundo paleotécnico no prestó atención a la Expostulation
and Reply (Reconvención y respuesta) de Wordsworth: no sentía
inclinación por sentarse en una vieja piedra gris y perder el tiempo soñando.
Lo mismo
que, por un lado, el llenar los huecos del tiempo se convirtió en un deber, así
se hizo manifiesta la necesidad también de “hacer las cosas más cortas”. Poe
atribuye la moda de las novelas cortas, hacia los años 1840, a la necesidad de
breves ratos de distracción en la rutina de un día atareado. El inmenso aumento
de la literatura periódica en aquella época, siguiendo a la producción barata y
en gran escala de la imprenta mecánica de vapor (1814) fue asimismo una marca
de la creciente división mecánica del tiempo. Mientras la novela en tres
volúmenes servía a los hábitos caseros de las clases medias victorianas, el
periódico —trimestral, mensual, diario y, finalmente, casi “horario”— sirvió a
la mayor parte de los requerimientos populares. Los embarazos humanos siguieron
durante nueve meses, pero el ritmo de casi todo lo demás en la vida fue
acelerado, no en términos de la función y de la actividad, sino en términos de
un sistema mecánico de cómputo del tiempo. La periodicidad mecánica ocupó el lugar
de la orgánica y funcional en cada sector de la vida en donde la usurpación era
posible.
La
expansión del transporte rápido causó un cambio en el método mismo de medir el
tiempo. El tiempo del sol que varía un minuto cada ocho millas cuando uno viaja
del Este al Oeste, ya no podía ser observado. En vez de un tiempo local basado
en el sol fue necesario adoptar una zona convencional de tiempo, y cambiar
bruscamente una hora entera cuando se entraba en la zona de tiempo siguiente.
El tiempo estándar fue impuesto por los mismos ferrocarriles transcontinentales
en 1875 en los Estados Unidos, diez años antes de que los reglamentos para su
aprobación fueran promulgados oficialmente con un congreso mundial. Este hecho
llevó a su término aquella estandardización del tiempo que había empezado con
la fundación del Observatorio de Greenwich, doscientos años antes, y que se
había realizado primero en el mar, comparando los cronómetros de los barcos con
el tiempo de Greenwich[9]. El
planeta entero se dividió en este momento en una serie de zonas o husos
horarios. Estas acciones se llevaron a cabo en zonas más amplias que las que
hasta entonces habían conseguido moverse simultáneamente.
El tiempo
mecánico se convirtió ahora en una segunda naturaleza: la aceleración del ritmo
se convirtió en un nuevo imperativo para la industria y el “progreso”. El
reducir el tiempo, de una labor determinada, fuera ésta una fuente de placer o
de dolor, o acelerar el movimiento en el espacio, fuese porque el viajero se
trasladara por su gusto o su provecho, se consideraba como un fin suficiente en
sí mismo. Algunos de los temores específicos en cuanto a los resultados de esta
aceleración eran absurdos, como la idea de que correr en un tren a través del
espacio a veinte millas por hora pudiera provocar una enfermedad del corazón o
minar el cuerpo humano; pero en su aplicación más general, esta alteración del
ritmo desde el período orgánico, que no puede ser aumentado sobremanera sin un
desajuste de las funciones, hasta el período mecánico, que puede ser estirado o
intensificado, fue en verdad efectuada con demasiada ligereza y
atolondramiento.
Aparte el
primer placer físico en el movimiento por el movimiento, esta aceleración del
ritmo no podía justificarse excepto en términos de compensación pecuniaria.
Pues la energía y el tiempo, las dos componentes del trabajo mecánico, son en
términos humanos sólo una función de propósito. No tienen más significación,
aparte el propósito humano, que la de la luz del sol que cae en la soledad del
desierto del Sahara. Durante el período paleotécnico el incremento de la
energía y la aceleración del movimiento se convirtieron en fines en sí mismos:
fines que se justificaban a sí mismos al margen de sus consecuencias humanas.
Tecnológicamente,
el sector en el que la industria paleotécnica se elevó a su punto máximo no fue
la fábrica de algodón sino el sistema ferroviario. El éxito de este nuevo
invento es tanto más notable si se tiene en cuenta que la técnica anterior del
coche de posta no pudo aprovecharse casi nada para los nuevos medios de
transporte. El ferrocarril fue la primera industria en beneficiarse del empleo
de la electricidad, pues el telégrafo hizo posible un sistema de señalización a
larga distancia y de control remoto, y fue en el ferrocarril donde el trazar un
camino a la producción y el tiempo y la interrelación de las varias partes de
la producción se realizó más de una generación antes de que tablas y programas
y pronósticos se adoptaran en la industria en general. La invención de los
dispositivos necesarios para garantizar regularidad y seguridad, desde el freno
de aire y el vagón con vestíbulo hasta el conmutador automático y el sistema de
señales automático, y la perfección del sistema para encaminar mercancías y
tráfico a tipos diferentes de velocidad y en condiciones de tiempo variables de
un punto a otro fue una de las realizaciones técnicas y administrativas
soberbias del siglo XIX. No hay que decir que hubo diferentes defectos en la
eficiencia del sistema en conjunto: piratería financiera, falta de
planificación racional de las industrias y las ciudades, fracaso en conseguir
el funcionamiento unificado de las más importantes líneas continentales. Pero
dentro de las limitaciones del período, el ferrocarril fue al mismo tiempo la
forma de técnica más característica y más eficiente.
§ 14. La
comprensión estética
Pero la industria paleotécnica no dejaba de tener un aspecto ideal. La misma
desolación del nuevo medio ambiente provoca compensaciones estéticas. El ojo,
privado de la luz del sol y del color, descubrió un nuevo mundo en el
crepúsculo, en la niebla, el humo, las diferencias tonales. La niebla de la
ciudad fabril ejercía su propia magia visual: los feos cuerpos de los seres
humanos, las sórdidas fábricas y los montones de basura, desaparecían en la
niebla, y en vez de las desagradables realidades que se encontraba uno bajo el
sol, había allí un velo de tiernos azules, grises, amarillos anacarados y
azules tristes.
Fue un
pintor inglés, J. W. M. Turner, quien trabajando en el apogeo del régimen
paleotécnico, dejó el paisaje clásico elegante con su escenario pulcro de
parque y sus ruinas artificiales para crear cuadros, durante la última parte de
su carrera, que sólo tenían dos temas: la niebla y la luz. Turner fue quizá el
primer pintor que asimiló y expresó directamente los efectos característicos
del nuevo industrialismo; su pintura de la locomotora de vapor, surgiendo de la
lluvia, fue posiblemente la primera imagen lírica inspirada por la máquina de
vapor.
La
chimenea humeante de la fábrica había ayudado a crear esta densa atmósfera, y
gracias a la atmósfera se evitaba la visión de algunos de los peores efectos de
la chimenea de la fábrica. En la pintura desaparecían hasta los acres olores, y
sólo quedaba la ilusión de la belleza. A distancia, a través de la niebla, las
fábricas de cerámica de Doulton en Lambeth, con su decoración piadosamente
despreciada, son casi tan estimulantes como cualquiera de los cuadros de la
Tate Gallery. Whistler, desde su estudio de Chelsea Embankment, dominando el
distrito de las fábricas de Battersea, se expresó a sí mismo a través de esta
niebla y esta llovizna sin la ayuda de la luz; las gradaciones de tono más
suaves revelan y definen las barcazas, la silueta de un puente, la ribera
distante; en la niebla, una hilera de faroles brillaba como pequeñas lunas en
una noche de verano.
Pero
Turner, reaccionando no sólo a la niebla sino contra ella, se volvió de las
calles llenas de desperdicios de Covent Market, de las fábricas ennegrecidas y
de los sombríos tugurios de Londres, hacia la pureza de la luz. En una serie de
cuadros pintó un himno a la maravilla de la luz, un himno tal que un ciego lo
hubiera cantado al recobrar la vista, un peán a la luz emergiendo de la noche,
de la niebla, del humo, y conquistando el mundo. Fue la falta misma de sol, la
falta de color, el hambre dentro de las ciudades industriales por la visión de
las escenas rurales, los que elevaron el arte del paisaje durante este período,
y dio origen a su principal triunfo colectivo, la obra de la escuela de
Barbizon y de los impresionistas posteriores, Monet, Sisley, Pissarro, y el más
característico si no el más original de todos ellos, Vincent Van Gogh.
Van Gogh
conoció la ciudad paleotécnica en su más completa tenebrosidad, el Londres
sucio, enlodado, alumbrado por el gas de los años 1870: también conoció la
fuente misma de sus oscuras energías, lugares como las minas de Le Borinage en
donde vivió con los mineros. En sus primeras pinturas absorbió y valerosamente
se encaró con los aspectos más siniestros de su ambiente: pintó los retorcidos
cuerpos de los mineros, el estupor casi animal de sus rostros, inclinados sobre
sus sencillos platos de patatas, los ternos negros, grises, azules oscuros y
sucios amarillos de sus casas arruinadas por la pobreza. Van Gogh se identificó
con esta lúgubre, repulsiva rutina: después, yéndose a Francia que no se había
rendido jamás por completo a la producción de la máquina de vapor y en gran
escala, que aún conservaba sus pueblos agrícolas y sus pequeñas artesanías,
pronto se encontró en rebelión contra las fealdades y las privaciones del nuevo
industrialismo. En el aire limpio de Provenza, Van Gogh contempló el mundo visual
con un sentimiento de intoxicación profundizado por la triste denegación que
había conocido por tanto tiempo: los sentidos, no cubiertos ya ni amortiguados
por el humo y la suciedad respondieron con vibrante éxtasis. La niebla se alzó,
vio el ciego, volvió el color.
Aunque el
análisis cromático de los impresionistas se derivaba directamente de las
investigaciones científicas de Chevreul sobre el color, su visión era
inaceptable para sus contemporáneos: fueron denunciados como impostores porque
los colores que pintaban no estaban suavizados por los muros del estudio,
amortiguados por la niebla, maduros por la edad, el humo, el barniz: porque el
verde de su hierba era amarillo bajo la intensidad de la luz, la nieva rosada y
las sombras sobre los muros blancos color azul del espliego. Puesto que el
mundo natural no era sobrio, los paleotécnicos pensaban que los artistas
estaban ebrios.
Mientras
la luz y el color absorbían a los nuevos pintores, la música se hizo a la vez
más encogida y más intensa como reacción contra el nuevo ambiente. La canción
de taller, los gritos callejeros del calderero remendón, del barrendero, del
pacotillero ambulante, del florista, la saloma de los marinos al tirar de los
cabos, los cantos tradicionales del campo, del lagar, de la taberna, iban
muriendo lentamente durante este período; al mismo tiempo, la capacidad de
crear otros nuevos estaba desapareciendo. El trabajo se orquestaba por el
número de revoluciones por minuto, más bien que por el ritmo del canto, la
salmodia o el rítmico tamborileo. La balada, con sus antiguos contenidos
religiosos, militares o trágicos, se disolvió en la canción popular sentimental,
envuelta incluso en su erotismo: su patetismo se hizo se hizo sensiblería. Sólo
como literatura para las clases cultivadas, en los poemas de Coleridge,
Wordsworth y Morris, sobrevivió la balada. Es apenas posible mencionar al mismo
tiempo “Mary Hamilton’s to the Kirk Gane” y, digamos, “The Baggage Car Ahead”.
La canción y la poesía dejaron de ser patrimonio del pueblo: se hicieron
“literarias”, profesionalizadas, segregadas. Nadie pensó ya jamás pedir a los
criados que vinieran al cuarto de estar a tomar parte en las baladas o en los
madrigales. Lo que ocurrió a la poesía ocurrió igualmente a la música. Pero la
música, en la creación de la nueva orquestar y el alcance y la potencia y el
movimiento de las nuevas sinfonías, se convirtió de una manera singularmente
representativa en la contrapartida ideal de la sociedad industrial.
La
orquesta barroca se había construido sobre la sonoridad y el volumen de los
instrumentos de cuerda. Mientras tanto la invención mecánica había añadido
enormemente a la extensión del sonido y a las cualidades de tono que se podían
producir: incluso acostumbró al oído a nuevos sonidos y nuevos ritmos. El débil
y pequeño clavicordio se convirtió en la maciza máquina conocida con el nombre
de piano, con su gran tabla de armonía y su extenso teclado: de manera análoga,
Adolfo Sax, el inventor del saxófono, introdujo hacia 1840 una serie de
instrumentos entre los de viento de madera y los viejos instrumentos de cobre.
Todos ellos estaban ahora científicamente calibrados: la producción de sonido
se hizo, dentro de ciertos límites, estandarizada y susceptible de predecir.
Con el aumento del número de instrumentos, la división del trabajo dentro de la
orquesta correspondió a la de la fábrica: la división del proceso mismo se pudo
notar en las más nuevas sinfonías. El director de orquestar era el
superintendente y jefe de producción, encargado de la fabricación y ensamblado
del producto, es decir, la obra de música, mientras el compositor correspondía
al inventor, ingeniero y proyectista, que debía calcular en el papel, con la
ayuda de pequeños instrumentos como el piano, la naturaleza del producto final,
elaborando hasta su último detalle, antes de que se diera un solo paso en la
fábrica. Para las composiciones difíciles, se inventaban a veces nuevos
instrumentos o se resucitaban algunos antiguos, pero en la orquesta la
eficiencia colectiva, la colectiva armonía, la división funcional del trabajo,
la interacción cooperativa leal entre los que dirigían y los dirigidos,
producía una armonía mayor que la que se podía conseguir, con toda
probabilidad, en cualquier fábrica. Entre otras cosas, el ritmo era más sutil,
y la medida del tiempo de las operaciones sucesivas se perfeccionó en la
orquesta mucho antes que cualquier cosa parecida a la misma eficiente rutina se
realizara en la fábrica.
Aquí,
pues, en la constitución de la orquesta, se encontraba el modelo de la nueva
sociedad. Se alcanzó en el arte antes de que se abordara en la técnica. En
cuanto a los productos hechos posibles por la orquesta, las sinfonías de
Beethoven y de Brahms y la música reorquestada de Bach, se distinguen por ser
las obras de arte más perfectas producidas durante el período paleotécnico:
ningún poema, ninguna pintura, expresa tanta profundidad y energía del
espíritu, recursos acumulados de los mismos elementos de la vida que estaban
ahogando y deformando la sociedad existente, tan completamente como las nuevas
sinfonías. El mundo visual del Renacimiento había sido casi borrado: sólo en
Francia, que no había sucumbido del todo a la podredumbre o al progreso, permanecía
vivo este mundo en la sucesión de pintores entre Delacroix y Renoir. Pero lo
que se perdía en las demás artes, lo que había desaparecido casi en absoluto en
arquitectura, se recuperó en la música. El “tiempo”, el ritmo, el tono, la
armonía, la melodía, la polifonía, el contrapunto, incluso la disonancia y la
atonalidad, todo ello se utilizó para crear un nuevo mundo ideal, en el que el
destino trágico, los oscuros deseos, los heroicos destinos de los hombres
pudieran ser tomados en consideración una vez más. Entumecido por sus nuevas
rutinas pragmáticas, expulsado de la plaza del mercado y de la fábrica, el
espíritu humano se elevó a una nueva supremacía en la sala de conciertos. Sus
estructuras mayores estaban constituidas por sonidos y se desvanecían en el
acto mismo de producirse. Aunque sólo una pequeña parte de la población
escuchara estas obras de arte o tuviera alguna comprensión de su significado,
alcanzaban al menos a vislumbrar un cielo distinto del de la “ciudad del
carbón”. La música proporcionaba un alimento y un calor más sólidos que los
echados a perder y adulterados de la “ciudad del carbón”, sus vulgares
vestidos, sus casas baratas.
Aparte la
pintura y la música, uno busca casi en vano entre los algodones de Manchester,
las cerámicas de Burslem y Limoges, en la quincalla de Solingen y Sheffield,
objetos lo bastante finos para ser colocados en las estanterías más oscuras de
un museo. Aunque el mejor escultor del período, Alfred Stevens recibió encargos
para diseñar cubiertos para Sheffield, su trabajo fue una excepción. Disgustado
con la fealdad de sus propios productos, el período paleotécnico se volvió
hacia el pasado para los modelos de arte auténtico. Este movimiento empezó al
comprender que el arte producido por las máquinas para la gran exposición de
1851 estaba condenado. Bajo el patrocinio del príncipe Alberto, se fundaron la
escuela y el museo en South Kensington con el fin de mejorar el gusto y el
diseño: el resultado fue simplemente quitarle la vitalidad que pudiera tener su
fealdad. Esfuerzos análogos en los países de habla alemana, bajo la dirección
de Gottfried Semper, y en Francia, Italia y los Estados Unidos no produjeron mejores
resultados. Por el momento la artesanía introducida nuevamente por De Morgan,
La Farge y William Morris proporcionó la única alternativa viva a los diseños
de la máquina muerta. Las artes de degradaron hasta el nivel de la labor de
aguja de las señoras victorianas: una trivialidad, una pérdida de tiempo.
Naturalmente,
la vida humana no se paró en seco durante este período. Muchas gentes aún
vivían, si bien con dificultad, para otros fines que el provecho, el poder y la
comodidad: ciertamente estos objetivos no se encontraban al alcance de los
millones de hombres y mujeres que componían las clases trabajadoras. Quizá la
mayor parte de los poetas, los novelistas y los pintores se sentían desdichados
por el nuevo orden y lo desafiaban de cien maneras: sobre todo, por existir
como poetas y novelistas y pintores, criaturas inútiles, cuya confrontación con
la vida era considerada por los Gradgrinds como un injustificado escape a las
“realidades” de su abstracta contabilidad. Thackeray situó voluntariamente sus
obras en un medio ambiente preindustrial, con el fin de evitar los nuevos
problemas. Carlyle, predicando el evangelio del trabajo denunciaba las
realidades de la obra victoriana. Dickens satirizaba al promotor de negocios,
al individualista de Manchester, al utilitarista, al jactancioso hombre que se
ha hecho una posición con su propio esfuerzo: Balzac y Zola, pintando el nuevo
orden financiero con un realismo documental, no dejaron dudas en cuanto a su
degradación y suciedad. Otros artistas se volvieron con Morris y los
prerafaelistas hacia la Edad Media, en donde Overbeck y Hoffmann en Alemania y
Chateaubriand y Hugo en Francia les habían precedido. Otros aún se volvieron
con Browning hacia la Italia del Renacimiento, con Doughty a la primitiva
Arabia, con Melville y Gauguin a los mares del sur, con Thoreau a los bosques
primitivos, y con Tolstoy a los campesinos. ¿Qué buscaban? Unas pocas cosas
sencillas que no se encontraban entre el terminal de un ferrocarril y la
fábrica: una clara propia estimación, color en el ambiente externo y
profundidad emocional en el paisaje interior, una vida vivida por sus propios
valores, en vez de una vida atenta a su provecho. Los campesinos y los salvajes
habían conservado algunas de estas cualidades, y el recobrarlas se convirtió en
el deber principal de aquellos que buscaban el suplementar el precio del pasaje
de hierro del industrialismo.
§ 15.
Triunfos mecánicos
Las ganancias humanas en la fase paleotécnica eran reducidas, tal vez
inexistentes para la masa de la población. El progresista y utilitarista John
Stuart Mill estaba de acuerdo con esto con el crítico más amargo del régimen,
John Ruskin. Pero un montón de adelantos concretos e hicieron en la técnica
misma. Los inventores y los fabricantes concretos se hicieron en la técnica
misma. Los inventores y los fabricantes de máquinas de la fase paleotécnica no
sólo perfeccionaron las herramientas y afinaron el conjunto de la producción
mecánica, sino que sus científicos y sus filósofos, sus poetas y sus artistas,
ayudaron a echar los cimientos de una cultura más humana que la que había
predominado durante el período eotécnico. Aunque la ciencia sólo se aplicó
esporádicamente a la producción industrial, quizá más notablemente, por Euler y
Camus, en el perfeccionamiento de engranajes, la actividad de la ciencia
continuó firmemente: los grandes adelantos realizados durante el siglo XVII
fueron igualados una vez más a mitad del siglo XIX en la reorganización conceptual
de cada sector del pensamiento técnico, adelantos a los que unimos los nombre
de von Meyer, Mendeleev, Faraday, Clerk Maxwell, Claude Bernard, Quetelet, Marx
y Comte, para no mencionar sino las figuras sobresalientes. A través de este
trabajo científico, la técnica misma entró en una nueva fase, cuyas
características examinaremos en el próximo capítulo. La continuidad
esencial de la ciencia y de la técnica sigue siendo una realidad a través de
todos sus cambios y fases.
Los
logros técnicos efectuados durante esta fase fueron inmensos: fue una era de
realización mecánica cuando, por fin, la habilidad de los fabricantes de
herramientas y los de máquinas se puso al día con las exigencias del inventor.
Durante este período se perfeccionaron las principales máquinas-herramientas,
incluyendo la taladradora, la acepilladora y el torno: se crearon vehículos
accionados por energía y sus velocidades aumentaron continuamente. Apareció la
prensa rotativa. La capacidad para producir, manipular y transportar vastas
masas de metal fue incrementada. Y muchos de los instrumentos principales de
cirugía —incluidos el estetoscopio y el oftalmoscopio— se inventaron o
perfeccionaron, aunque uno de los más notables adelantos en la instrumentación,
el uso del fórceps obstétrico, fue un invento francés de la fase eotécnica. La
extensión de las ganancias puede aparecer más clara si se fija la atención en
los cien primeros años aproximadamente. La producción de hierro aumentó de
17 000 toneladas en 1740 a 2 100 000 toneladas en 1850. Con el invento en 1804
de la máquina para aprestar los hilos de la urdimbre de algodón con almidón
para impedir la rotura, el telar mecánico para tejer el algodón por fin resultó
práctico. La invención de Horrocks de un telar satisfactorio transformó la
industria del algodón. Debido a la baratura de los obreros manuales —en 1834 se
estimó que eran de 45 000 a 50 000 en Escocia sólo y unos 200 000 en
Inglaterra— se introdujo lentamente el telar mecánico: mientras en 1823 había
nada más que 10 000 telares de vapor en Gran Bretaña, en 1865 había 400 000.
Aparte de
la producción en masa de vestidos y la distribución en masa de alimentos, las
grandes realizaciones de la fase paleotécnica no se alcanzaron en los productos
finales sino en las máquinas y los instrumentos intermedios. Sobre todo había
un sector que era particularmente su dominio: el empleo del hierro en gran
escala. Aquí los ingenieros y los obreros se encontraban en su elemento
familiar, y aquí, en el barco de vapor de hierro, en el puente de hierro, en la
torre con armadura y en las máquinas-herramientas y en las máquinas mismas,
registraron sus triunfos más decisivos.
El puente
y el barco de hierro tienen ambos una breve historia. Aunque Leonardo y sus
contemporáneos italianos hicieron numerosos proyectos, el primer puente de
hierro en Inglaterra no se construyó hasta fines del siglo XVIII. Los problemas
que se tenían que resolver en el uso del hierro estructural eran todos poco
conocidos, y mientras el ingeniero recurría a la ayuda matemática para hacer y
comprobar sus cálculos, la técnica real se encontraba adelantada a la expresión
matemática. Tenía ahí un terreno para ejercitar la ingeniosidad, la experiencia
atrevida, el abandono ambicioso de la regla.
En menos
de un siglo los fabricantes de hierro y los ingenieros de construcciones
llegaron a una perfección asombrosa. El tamaño del barco de vapor aumentó
rápidamente del pequeño Clermont, de 133 pies de largo y 60 toneladas brutas,
al Great Eastern, terminado en 1858, el monstruo del Atlántico, con puentes de
691 pies de largo y 22 500 toneladas brutas, con una potencia de 1.600 C. V. de
sus motores con hélices y 1.000 C. V. de sus ruedas de paletas. La regularidad
del rendimiento también se incrementó: en 1874 el City of Chester cruzó el
océano regularmente en ocho días y entre una y doce horas más, en ocho
travesías sucesivas. El ritmo de la velocidad aumentó desde la travesía del
Atlántico en veintiséis días por el Savannah en 1819 a siete y veinte horas en
1866. Este ritmo de incremento tendió a moderarse en los setenta años
siguientes: un hecho parecido al del transporte por tren. Lo que se refiere a
la velocidad también se refiere al tamaño, ya que los grandes barcos de vapor
perdían por sus dimensiones facilidad de manipulación en los puertos y al
alcanzar las profundidades del canal en los muelles seguros. El Great Eastern
era cinco veces más grande que el Clermont: el mayor vapor hoy no llega al
doble del Great Eastern. La velocidad del viaje trasatlántico en 1866 era tres
veces más rápida que en 1819 (cuarenta y siete años), pero la actual es menos
del doble que en 1866 (sesenta y siete años). Esto es cierto en muchos sectores
de la técnica: la aceleración, la cuantificación y la multiplicación iban más
deprisa al principio de la fase paleotécnica que lo hicieron después en el
mismo aspecto.
Asimismo
se consiguió una temprana maestría en la construcción de estructuras de hierro.
Quizá el mayor monumento del período fue el Crystal Palace en Inglaterra: un
edificio independiente del tiempo reúne la fase eotécnica, con su invento del
invernadero de cristal, la paleotécnica, con su uso de la cubierta de cristal
de estación de ferrocarril y la neotécnica, con su nueva valuación del sol, el
cristal y la ligereza de estructura. Pero los puentes eran los monumentos más
típicos: sin olvidar el puente suspendido de cadenas de hierro sobre los
estrechos de Menai (1819-1825); el puente de Brooklin, empezado en 1869 y el
del Firth of Forth, una gran construcción en voladizo, iniciado en 1867, fueron
quizá las metas estéticas más completas de la nueva industria técnica. Aquí la
cantidad del material, incluso el factor del elemento mismo, desempeñaban un
papel en el resultado estético, recalcando la dificultad de la tarea y la
victoria de la solución. En estas obras magníficas los descuidados hábitos
empíricos de pensamiento, las economías miserables de los manufactureros
textiles, fueron desechadas: dichos métodos, aunque tuvieron una parte
escandalosa contribuyendo a los desastres de los primeros ferrocarriles y
barcos de vapor de los ríos en Norteamérica, fueron finalmente abandonados: se
estableció y se alcanzó una norma objetiva de realización. Lord Kelvin fue
consultado por los constructores navales de Glasgow para la resolución de sus
problemas técnicos: aquellas máquinas y estructuras revelaron un honrado y
justificable orgullo en afrontar duras condiciones y en dominar duros
materiales. Lo que dijo Ruskin elogiando a los viejos barcos de madera de línea
se aplica aún mejor a sus compañeros mayores de hierro de los transportes
mercantes: merece repetirse. “Tómelo en conjunto, un barco de línea es la cosa
más honorable que el hombre, como animal gregario, ha producido. Él solo, sin
ayuda, puede hacer cosas mejores que barcos de línea; puede hacer poemas y
cuadros, y otras cosas por el estilo de lo mejor que hay en él. Pero como ser
viviendo en grupo y martilleando, con golpes alternados y de mutuo acuerdo, lo
que es necesario conseguir o producir en esos grupos, el barco de línea es su
primera obra. En ella ha puesto mucho de su paciencia humana, de su sentido
común, de su previsión, de su filosofía experimental, de su dominio de sí
mismo, de sus hábitos de orden y de obediencia, de su duro trabajo
completamente obrado, de su desafío a los duros elementos, de su valor
indiferente, de su solícito patriotismo, y tranquila esperanza del juicio de
Dios, cuanto se puede poner en un espacio de 300 pies de largo por 80 de ancho.
Y doy gracias por haber vivido en un tiempo en que pude ver realizada una cosa
así”.
Este
período de audaz experimentación en estructuras de hierro alcanzó su apogeo en
los primeros rascacielos de Chicago, y en los grandes puentes y viaductos de
Eiffel: la famosa Torre Eiffel de 1888 sobrepasó a todos en altura pero no en
maestría.
Sin
embargo, la construcción naval y la de puentes, eran tareas extremadamente
complejas: exigían un grado de interrelación y de coordinación que pocas
industrias, excepto quizá los ferrocarriles, alcanzaron. Estas estructuras
exigieron todas las latentes virtudes militares del régimen y las utilizaron
para un buen fin: los hombres arriesgaban su vida cada día con soberbia
indiferencia, fundiendo el hierro, martilleando y remachando el acero,
trabajando en estrechas plataformas y ligeras vigas, y allí había poca
desigualdad en el curso de la producción entre el ingeniero, el capataz y los
demás simples obreros; cada uno tenía su parte en la tarea común; cada una se
encaraba con el peligro. Cuando el puente de Brooklin se construyó, fue el
Maestro Mecánico, no un obrero cualquiera, quien primero probó el carro que se
usaba para tensar el cable. William Morris caracterizó los nuevos barcos de
vapor, con verdadera penetración, como las catedrales de la era industrial.
Tenía razón. Produjeron una orquestación de las artes y de las ciencias más
completa que cualquier otra obra en la que se hubieran empeñado los
paleotécnicos, y el producto final fue un milagro de solidez, velocidad,
potencia, interrelación y unidad estética. El buque y el puente fueron las
nuevas sinfonías en acero. Hombres duros y ceñudos las produjeron: esclavos del
salario o maestros de obra. Pero como los egipcios escultores de piedra muchos
miles de años antes conocieron la alegría del esfuerzo creador. Al serles
comparadas se esfumaban las artes de salón. El olor masculino de la forja era
un perfume más suave que cualquiera de los que gustaban las señoras.
Detrás de
estos esfuerzos había una nueva raza de artistas: los fabricantes de
herramientas de finales del siglo XVII y de principios del XIX. Estos
fabricantes de herramientas nacieron de dos habitantes diferentes: los talleres
de máquinas del Bolton y Watt y el taller de carpintería de Joseph Bramah.
Buscando a un operario que realizara una cerradura recientemente patentada,
Bramah se hizo con Henry Maudslay, un inteligente joven mecánico que había
empezado a trabajar en el arsenal de Woolwich. Maudslay se convirtió no sólo en
uno de los más expertos mecánicos de todos los tiempos, sobre todo en los
tornillos para metales. Hasta aquel momento los tornillos habían sido
fabricados a mano: eran difíciles de hacer y caros y se utilizaban lo menos
posible: no se obedecía a ningún sistema para diseñar el paso de rosca o su
forma. Cada perno y tuerca eran, según observa Smiles, una especialidad en sí
mismos. El torno para elaborar tornillos de Maudslay fue una de las piezas
decisivas de normalización que hicieron posibles la máquina moderna. Introdujo
el espíritu del artista en cada departamento de fabricación de máquinas:
normalizando, refinando, reduciendo a dimensiones exactas. Gracias a Maudslay
los ángulos internos, en lugar de tener la forma de cortante de la L se
hicieron curvados. Maudslay fue utilizado por M. I. Brunel para realizar su
máquina de poleas, y de su taller salió una sucesión apostólica de mecánicos:
Nasmyth, que inventó el martinete a vapor, Whitworth, que perfeccionó el rifle
y el cañón, Roberts, Muirs y Lewis. Otro gran mecánico de aquel tiempo,
Clement, también adiestrado por Bramah, trabajó en la máquina de calcular de
Babbage, entre 1823 y 1842, el más refinado e intrincado mecanismo, según Roe,
que se hubiera fabricado hasta entonces.
Estos
hombres no ahorraron esfuerzos en su construcción de máquinas: trabajaron con
vistas a alcanzar la perfección, sin tratar de hacer frente a la más barata
competición de artesanos inferiores. Hubo, naturalmente, hombres del mismo
calibre en América, Francia y Alemania, pero por la precisión de su trabajo los
fabricantes de herramientas inglesas dominaban un mercado internacional. Sus
producciones, finalmente, hicieron posibles el barco de vapor y el puente de
hierro. Merece repetirse la observación de un viejo trabajador de Maudslay:
“Daba gusto verle manejar una herramienta de cualquier clase, pero era verdaderamente
espléndido con una lima de dieciocho pulgadas”. Este fue el tributo de
un crítico competente a un excelente artista. Y es en las máquinas donde uno
debe buscar los ejemplos más originales del arte típicamente paleotécnico.
§ 16. El
paso paleotécnico
La fase paleotécnica, pues, hizo dos cosas. Exploró los callejones sin salida,
los últimos abismos, de un concepto cuantitativo de la vida, estimulada por la
voluntad de poder y sólo regulada por el conflicto de una unidad de poder —un
individuo, una clase, un estado— con otra unidad de poder. Y en la producción
en gran escala de artículos mostró que los perfeccionamientos mecánicos solos
no eran suficientes para producir resultados sociales valiosos, o ni siquiera
el más alto grado de eficiencia industrial.
El
resultado de esta ideología de poder tensa al extremo y de esta lucha constante
fue la Guerra Mundial, ese período de lucha insensata que maduró en 1914 y aún
se está resolviendo con una lucha entre poblaciones frustradas que se han
quedado bajo el sistema de la máquina. Este proceso no puede tener otro final
que el de una victoria importante: la destrucción de ambos a la vez, o el
suicidio de la nación victoriosa en el momento mismo en que acaba de sacrificar
a su víctima. Aunque por conveniencia he hablado de la fase paleotécnica en
tiempo pasado, ésta aún se encuentra con nosotros, y los métodos y hábitos de
pensamiento que suscitó todavía gobiernan a una gran parte de la humanidad. Si
no son desbancados, hasta la base de la técnica misma puede ser socavada, y
nuestra recaída en la barbarie progresará a una velocidad directamente
proporcional a la complicación y al refinamiento de nuestra actual herencia
tecnológica.
Pero la
parte verdaderamente significativa de la base paleotécnica no reside en lo que
produjo, sino en aquello a que llevó: fue un período de transición, una ruta
llena de movimiento, cubierta de desechos entre las economías eotécnica y
neotécnica. Las instituciones no afectan directamente a la vida humana: también
la afectan en razón de las reacciones contrarias que provoca. Mientras en el
sentido humano la fase paleotécnica fue un intervalo desastroso, ayudó con su
mismo desorden a intensificar la búsqueda del orden, y debido a sus formas
especiales de brutalidad a aclarar las metas del modo de vivir humano. La
acción y la reacción eran iguales, y en direcciones opuestas.
Capítulo
5
La fase neotécnica
Contenido:
§ 1. Los
inicios de la neotécnia
§ 2. La importancia de la ciencia
§ 3. Nuevas fuentes de energía
§ 4. El desplazamiento del proletariado
§ 5. Materiales neotécnicos
§ 6. Energía y movilidad
§ 7. La paradoja de la comunicación
§ 8. El nuevo archivo permanente
§ 9. Luz y vida
§ 10. La influencia de la biología
§ 11. De la destrucción a la conservación
§ 12. La planificación de la población
§ 13. El presente pseudomorfo
§ 1. Los
inicios de la neotécnia
La fase neotécnica representa un tercer desarrollo determinado en la máquina
durante los últimos mil años. Se trata de una verdadera mutación: difiere de la
fase paleotécnica casi como el blanco se diferencia del negro. Pero por otro
lado, tiene la misma relación con la fase eotécnica que la que el adulto tiene
con el niño.
Durante
la fase neotécnica, los conceptos, las anticipaciones, las visiones imperiosas
de Roger Bacon, Leonardo, lord Verulamio, Porta, Glanvill y
los demás filósofos y técnicos de aquella época habían encontrado al fin una
morada. Los primeros rápidos apuntes del siglo XV se convertían ahora en
proyectos de trabajo: las primeras conjeturas se reforzaron ahora con una
técnica de verificación; las primeras máquinas toscas se llevaron al fin a la
perfección con la exquisita nueva tecnología mecánica de la edad nueva, que dio
a los motores y a las turbinas propiedades que sólo un siglo antes hubieran
pertenecido al reloj. La soberbia audacia animal de Cellini, dispuesto a fundir
su difícil Perseo, o la obra apenas menos temeraria de Miguel Ángel
construyendo la cúpula de San Pedro, fue sustituida por un paciente
experimentalismo cooperativo: una sociedad entera estaba preparada ahora para
hacer lo que hasta este momento había sido obra de individuos solitarios.
Ahora
bien, en tanto la fase neotécnica sea un complejo físico y social, no puede uno
definirla como un período porque no se ha definido aún con su propia forma y
organización, en parte porque estamos en medio de ella y no podemos ver sus
detalles en sus relaciones finales, y en parte porque no ha desplazado el
régimen más antiguo con nada parecido a la velocidad y la decisión que
caracterizaron la transformación del orden eotécnico a fines del siglo XVIII.
Surgiendo del orden paleotécnico, las instituciones neotécnicas, sin embargo,
han llegado en muchos casos a un compromiso con aquél, han cedido ante él, han
perdido su identidad debido al peso de intereses creados que seguían apoyando
los instrumentos anticuados y los objetivos antisociales de la edad media
industrial. Los ideales paleotécnicos dominan aún en gran parte la
industria y la política del mundo occidental: las luchas de clases y las
luchas nacionales prosiguen aún con vigor implacable. Mientras las prácticas
eotécnicas perduran como influencias civilizadoras, en los jardines y los
parques, en la pintura y la música y el teatro, el paleotécnico sigue siendo un
influencia barbarizante. El negar esto sería estar en el limbo. Hacia los años
1870 Melville planteó una pregunta en versos desmañanados cuya significación se
ha profundizado con el paso del tiempo:
…Las
artes son herramientas;
Pero las herramientas, dicen, son para los fuertes
¿Es Satán débil? ¿Débil es el equivocado?
Ningún bendito augurio señorea:
Vuestras artes avanzaron en la decadencia de la fe:
No estáis sino ejercitando al nuevo Huno
Cuyo rugido aun ahora puede espantar a algunos.
En la
medida que la industria neotécnica ha fracasado en transformar el complejo
carbón-acero, en la medida que ha fracasado en asegurar un fundamento adecuado
para su tecnología más humana en la comunidad en conjunto, en la medida que ha
prestado sus elevados poderes al minero, al financiero, al militarista, las
posibilidades de desorganización y caos han aumentado.
Pero sin
embargo los comienzos de la fase neotécnica pueden fijarse aproximadamente. El
primer cambio determinado que incrementó la eficiencia de los generadores de
energía, multiplicándola de tres a nueve veces, fue el perfeccionamiento de la
turbina de agua por Fourneyron en 1832. Esto llegó al final de una larga serie
de estudios, empezados empíricamente con el desarrollo de la rueda de
cangilones en el siglo XVI y llevados a cabo científicamente por una serie de
investigadores, notablemente Euler a mitad del siglo XVIII. Burdin, el maestro
de Fourneyron había aportado varias mejores en el tipo de turbina de rueda
hidráulica —un desarrollo por el que uno puede quizá agradecer el retraso de
Francia en la industria paleotécnica— y Fourneyron construyó una turbina de 50
C. V. ya en 1832. A esto hay que asociar una serie de importantes
descubrimientos científicos realizados por Faraday durante la misma década. Uno
de éstos fue la obtención de la bencina: un líquido que hizo posible la
utilización comercial del caucho. Otro fue su trabajo sobre corrientes
electromagnéticas, empezando con su descubrimiento en 1831 de que un conductor
que corta las líneas de fuerza de un imán creaba una diferencia de potencial:
poco después de hacer este descubrimiento puramente científico, recibió una
carta anónima sugiriendo que el principio podría ser aplicado para Volta,
Galvani, Oersted, Ohm y Ampère, la labor de Faraday en electricidad, junto con
la investigación de su contemporáneo Joseph Henry sobre el electroimán y para
la mayor parte de las invenciones neotécnicas decisivas.
Hacia
1850 una buena parte de los descubrimientos científicos fundamentales de la
nueva fase se habían realizado: la pila eléctrica, el acumulador, la dinamo, el
motor, la lámpara eléctrica, el espectroscopio, la teoría de la conservación de
la energía. Entre 1875 y 1900 la aplicación detallada de estos inventos a los
procedimientos industriales se realizó en la central eléctrica, en el teléfono
y en el radio telégrafo. Finalmente, una serie de invenciones complementarias,
el fonógrafo, el cinematógrafo, el motor de gasolina, la turbina de vapor, el
aeroplano, estaban todas esbozadas, si no perfeccionadas hacia 1900: esto a su
vez produjo una transformación radical de la central generadora de fuerza
motriz y de la fábrica, y tuvo efectos ulteriores sugiriendo nuevos principios
para el proyecto de ciudades y para la utilización del medio ambiente en
conjunto. Hacia 1910 empezó una contramarcha definida contra los métodos
paleotécnicos en la industria misma.
Las
líneas generales del proceso fueron desdibujadas por la explosión de la Guerra
Mundial y por los sórdidos desórdenes e inversiones y compensaciones que la
siguieron. Aunque están ahora a mano los instrumentos de una civilización
neotécnica, y aunque no faltan muchos signos claros de una integración, no
puede uno decir resueltamente que una sola región, mucho menos nuestra
civilización occidental en conjunto, ha adoptado enteramente el complejo
neotécnico, pues faltan las instituciones sociales necesarias y el requisito
explícito de fines sociales aun para el cumplimiento tecnológico completo. Las
adquisiciones de la técnica jamás se registran automáticamente en la sociedad:
requieren igualmente valiosas invenciones y adaptaciones en política, y el irreflexivo
hábito de atribuir a los perfeccionamientos mecánicos un papel directo como
instrumentos de cultura y civilización pide a la máquina más de lo que ésta
puede dar. Careciendo de una inteligencia y buena voluntad social cooperativa,
nuestra más refinada técnica no aprovecha a nuestra sociedad del mismo modo que
una bombilla de nada sirve a un mono en medio de la selva.
Es
cierto: el mundo industrial producido durante el siglo XIX está o bien
tecnológicamente anticuado o bien está muerto. Pero desgraciadamente, su
cadáver agusanado ha producido organismos que a su vez pueden debilitar o
posiblemente matar el nuevo orden que debería ocupar su lugar, o dejarlo quizá
como un lisiado sin esperanza. Uno de los primeros pasos, sin embargo, en orden
de combatir dichos desastrosos resultados es constatar que incluso técnicamente
la Edad de la Máquina no forma una unidad continua y armoniosa, que existe un
foso profundo entre las fases paleotécnica y neotécnica, y que los hábitos
mentales y la táctica que hemos conservado del viejo orden son obstáculos en el
camino de nuestro desarrollo de lo nuevo.
§ 2. La
importancia de la ciencia
La historia detallada de la máquina de vapor, del ferrocarril, de la fábrica de
tejidos, del barco de hierro, podría escribirse sin hacer más que una
referencia a la labor científica del período. Pues todos estos ingenios fueron
posibles en gran parte por el método de la práctica empírica, mediante ensayo y
selección: muchas vidas se perdieron por la explosión de calderas de vapor
antes de que la válvula de seguridad se extendiese. Y aunque estos inventos
hayan favorecido a la ciencia, en su mayoría, llegaron a realizarse sin su
ayuda. Fueron los hombres prácticos de las minas, las fábricas, los talleres de
máquinas, los de relojería y de cerrajería o los curiosos aficionados a
manipular materiales y a imaginar nuevos procedimientos, quienes los hicieron
posibles. Quizá el único trabajo científico que afectara continua y
sistemáticamente al proyectar paleotécnico fuera el análisis de los elementos
del movimiento mecánico mismo.
Con la
fase neotécnica, resultaron claros dos hechos de importancia crítica.
Primeramente, el método científico, cuyos principales adelantos se registraron
en las matemáticas y en las ciencias físicas, tomó posesión de otros campos de
la experiencia: el organismo vivo y la sociedad humana se convirtieron también
en objetos de investigación sistemática, y aunque la labor realizada en estos
sectores se vio obstaculizada por la tentación de conservar las categorías de
pensamiento, los modos de investigación, y el aparato especial de la
abstracción cuantitativa desarrollada por el mundo físico aislado, la
ampliación de la ciencia había de tener aquí un efecto particularmente
importante sobre la técnica. La fisiología se convirtió para el siglo XIX en lo
que la mecánica había sido para el siglo XVII: el vez de que el mecanismo
constituyese un modelo para la vida, los organismos vivos empezaron a
constituir un modelo para el mecanismo. Mientras fue la mina la que dominó el
período paleotécnico, fueron el viñedo y la granja y el laboratorio de
fisiología los que orientaron muchas de sus más fecundas investigaciones y
contribuyeron a algunos de sus inventos y descubrimientos más fundamentales de
la fase neotécnica.
De manera
análoga, el estudio de la vida y de la sociedad humana se aprovecharon de las
mismas tendencias hacia el orden y la claridad. En esto la fase paleotécnica
había conseguido sólo dar nacimiento a las series abstractas de
racionalizaciones y sustitutivos que llevaban el nombre del economía política:
un cuerpo de doctrina que casi no tenía relación con la organización real de
producción y consumo o con las verdaderas necesidades, intereses y hábitos de
la sociedad humana. Hasta Carlos Marx, al criticar a aquellas doctrinas cayó en
sus engañosos verbalismos: de manera que mientras Das Kapital está
lleno de grandes intuiciones históricas, su descripción del precio y del valor
siguen siendo tan pre-científicas como las de Ricardo. Las abstracciones de la
economía, en vez de ser cosas aisladas y derivadas de la realidad, eran de
hecho construcciones mitológicas cuya única justificación estaría en los
impulsos que provocaban y en las acciones que sugerían. Siguiendo a Vico,
Condorcet, Herder y G. F. Hegel, que eran filósofos de la historia, Comte,
Quételet y Le Play crearon la nueva ciencia de la sociología; mientras que
persiguiendo de cerca a los psicólogos abstractos de Locke a Hume en adelante,
los nuevos observadores de la naturaleza, Bain, Herbart, Darwin, Spencer y
Fechner integraron la psicología con la biología y estudiaron los procesos
mentales como una función de todo comportamiento animal.
En
resumen, los conceptos de ciencia, hasta aquí asociados en general con lo
cósmico, lo inorgánico, lo “mecánico” se aplicaron ahora a cada fase de la
experiencia humana y a cada manifestación de la vida. El análisis de la materia
y del movimiento, que habían simplificado muchísimo las tareas originales de la
ciencia, dejaron ahora de agotar el círculo de los intereses científicos: los
hombres fueron en busca de un orden y una lógica subyacentes que abarcaran
manifestaciones más complejas. Los filósofos jonios muy antiguamente habían
sospechado la importancia del orden mismo en el constitutivo del universo. Pero
en el caos visible de la sociedad victoriana, la original formulación de
Newland de la tabla periódica como la Ley de Octavas fue rechazada, no porque
fuera insuficiente, sino porque se consideraba que era imposible que la
naturaleza dispusiera los elementos en un sistema tan regular horizontal y
vertical.
Durante
la fase neotécnica, el sentido del orden se hizo más penetrante y fundamental.
El ciego remolino de los átomos ya no pareció adecuado ni siquiera como
descripción metafórica del universo. Durante esta fase, la dura y firme
naturaleza de la materia misma sufrió un cambio: resultó penetrable a los
recién descubiertos impulsos eléctricos, y hasta la adivinación original del
alquimista acerca de la transmutación de los elementos se convirtió en
realidad, gracias al descubrimiento del radio. La imagen cambio de “materia
sólida” a “energía fluyente”.
Siguiendo
sólo en segundo lugar al ataque más comprensivo del método científico sobre los
aspectos de la existencia hasta aquí nada más que débilmente tocados por aquél,
estaba la aplicación directa del conocimiento científico a la técnica y a la
conducta de la vida. En la fase neotécnica, la principal iniciativa procede, no
del ingenioso inventor, sino del científico que establece la ley general: la
invención es un producto derivado. Fue Hey quien en sus elementos esenciales
inventó el telégrafo, no Morse; fue Faraday quien inventó el dínamo, no
Siemens; fue Oersted quien inventó el motor eléctrico, no Jacobi; fueron
Clerk-Maxwell y Hertz quienes inventaron el radiotelégrafo, no Marconi y De
Forest. La traducción del conocimiento científico a instrumentos prácticos era
un simple incidente en el proceso de la invención. Aun cuando se distinguía a
los inventores individuales como Edison, Baekeland y Sperry, el nuevo genio
inventivo trabajaba sobre los materiales proporcionados por la ciencia.
De este
hábito surgió un nuevo fenómeno: la invención sistemática y premeditada. He
aquí un nuevo material: problema: buscarle una nueva utilización. O bien he
aquí un nuevo instrumento: problema: buscar la fórmula teórica que permita
producirlo. El cable oceánico sólo se instaló cuando lord Kelvin hubo
contribuido al necesario análisis científico del problema que planteaba. El
empuje de propulsión de la hélice en el buque se adoptó finalmente sin toscos y
costosos dispositivos, sólo cuando Michell estudió el comportamiento de los
fluidos viscosos. La telefonía a larga distancia se hizo posible sólo cuando
Pupin y otros, en los laboratorios Bell, llevaron a cabo una investigación
sistemática sobre los diversos elementos del problema. La inspiración aislada y
el buscar a tientas empírico intervinieron cada vez menos en la invención. En
una serie completa de inventos neotécnicos el pensamiento fue el padre del
deseo. Y cosa típica, este pensamiento es un producto colectivo.
Si bien
la mente teórica independiente se veía aún, es natural, inmensamente estimulada
por las sugerencias y las necesidades de la vida práctica, como Carnot había
sido incitado a sus investigaciones sobre el calor por la máquina de vapor,
como el químico Louis Pasteur, a la investigación bacteriológica por la
situación apurada de los vinateros, de los cerveceros y de los criadores de
gusanos de seda, el hecho era que una curiosidad científica libre podía en
cualquier momento demostrarse tan valiosa como la investigación pragmática más
auténtica. En realidad, esta libertad, este alejamiento, este aislamiento
contemplativo, tan extraño al empuje del éxito práctico y al atractivo de las
aplicaciones inmediatas, empezaron a llenar un depósito general de las ideas,
que se desbordó, como por gravedad, en las cuestiones prácticas. Las
posibilidades para la vida humana podían ser calibradas por la altura misma del
depósito, mejor que por la presión que la corriente derivada pudiera mostrar en
cualquier momento. Y aunque la ciencia había sido impulsada, desde el
principio, por las necesidades prácticas y por el deseo de orden, vino durante
el siglo XIX a actuar como contrapeso del apasionado deseo de reducir toda la
existencia a términos de inmediato provecho y éxito. Los científicos de primer
orden, un Faraday, un Clerk-Marwell, un Gibbs no se vieron afectados por las
necesidades prácticas; para ellos la ciencia existía, como existían las artes,
no simplemente como medio de explotar la naturaleza, sino como modo de vida,
deseables tanto por los estados mentales que provocaban como por las
condiciones externas que cambiaban.
Otras
civilizaciones alcanzaron un cierto estadio de perfección técnica y en él se
detuvieron: sólo podían repetir los viejos modelos. La técnica en sus formas
tradicionales no proporcionaba medios de continuar su propio crecimiento. La
ciencia, al unirse a la técnica, elevó por así decirlo el techo de la
realización técnica y amplió su área potencial de crucero. En la interpretación
y en la aplicación de la ciencia apareció un nuevo grupo de hombres, o, más
bien, una antigua profesión cobró nueva importancia. Entre el industrial, el
simple obrero y el investigador científico, apareció el ingeniero.
Hemos
visto cómo la ingeniería como arte se remonta hasta la antigüedad y de qué
manera el ingeniero empezó a desenvolverse como entidad separada a consecuencia
de la empresa militar a partir del siglo XIV, proyectando fortificaciones,
canales y armas de asalto. La primera gran escuela ideada para la preparación
de ingenieros fue la Ecole Polytechnique, fundada en París en 1794 en medio de
la revolución: la escuela de Saint Etienne, el Berlin Polytechnic y Rensselaer
(1824) se crearon poco después. Pero fue sólo a mitad del siglo XIX cuando
siguieron South Kensington, Stevens, Zürich y otras escuelas. Los nuevos
ingenieros tenían que dominar todos los problemas que supone el desarrollo de
las nuevas máquinas y obras, y la aplicación de las nuevas formas de energía;
la esfera de la profesión debe ser tan amplia en todas sus ramas especializadas
como la de Leonardo lo había sido en su primitivo estado relativamente
indiferenciado.
Ya en
1825 Augusto Comte podía decir:
“Es fácil
reconocer en el cuerpo científico tal y como existe ahora un cierto número
de ingenieros distintos de los hombres de ciencia propiamente
dichos. Esta importante clase nació necesariamente cuando la Teoría y la
Práctica, que salieron de puntos distantes, se acercaron lo suficiente para
darse la mano. Esto es lo que hace que su estatus propio esté aún poco
definido. En cuanto a las doctrinas características adecuadas para establecer
la existencia especial de la clase de los ingenieros, su verdadera naturaleza
no puede indicarse fácilmente porque sólo existen sus rudimentos… El
establecimientos de la clase de ingenieros con sus propias características es
de la mayor importancia porque esta clase constituirá, sin duda, el instrumento
de coalición directo y necesario entre los hombres de ciencia y los
industriales por medio de los cuales solamente puede empezar el nuevo orden
social”. (Comte: Cuarto Ensayo, 1825).
La
situación que preveía Comte no llegó a ser posible hasta que la fase neotécnica
empezó a surgir. A medida que los métodos de exacto análisis y de observación
controlada comenzaron a penetrar en cada sector de la actividad, el concepto
del ingeniero se fue ampliando hasta la noción más general de técnico. Más y
más, cada una de las artes buscó para sí una base de conocimiento exacto. La
infusión de métodos exactos, científicos en cada sector del trabajo y de la
acción, desde la educación a la arquitectura, incrementó en cierta medida el
alcance y el poder del cuadro mundial de la mecánica que se había formado en el
siglo XVII, pues los técnicos tendían a considerar el mundo de los hombres de
ciencias especialistas de la física como la sección de experiencia más real,
porque ocurría que era, en conjunto la más mensurable, y se contentaban a veces
con investigaciones superficiales siempre que presentaran el aspecto general de
las ciencias exactas. La educación unilateral, especializada, atenida a los
hechos del ingeniero, la ausencia de intereses humanísticos, tanto en la
escuela de ingenieros misma como en el ambiente en que fue metido el ingeniero,
sólo acentuaron estas limitaciones. Aquellos intereses en los que Thomas Mann
en broma introdujo a su torpe ingeniero náutico en La Montaña Mágica,
los intereses de la filosofía, la religión, la política y el amor, estaban
ausente del mundo utilitario, pero a largo plazo, la más amplia base de la
economía neotécnica misma había de tener un efecto, y el restablecimiento de
las humanidades en el Instituto de Tecnología de California y en el Instituto
Stevens fue un paso significativo para salvar la brecha que se había abierto en
el siglo XVII. A diferencia de la economía paleotécnica, que creció tan
exclusivamente a expensas de la mina, la economía neotécnica fue aplicable en
todo punto en la sección del valle, tan importante para el granjero en su
bacteriología como en su psicología para el maestro.
§ 3.
Nuevas fuentes de energía
La fase neotécnica fue marcada, desde el principio, por la conquista de una
nueva forma de energía: la electricidad. La magnetita y las propiedades del
ámbar cuando se frota eran ambas conocidas por los griegos, pero el primer
tratado moderno sobre electricidad se remonta al doctor John Gilbert con su
libro De Magnete, publicado en 1600. El doctor Gilbert relaciona la
electricidad friccional con el magnetismo, y después de él el temible
burgomaestre de Magdeburgo, Otto von Guericke, el de los famosos hemisferios,
reconoció el fenómeno de repulsión, así como de atracción, en tanto Leibniz, al
parecer, fue el primero en observar la chispa eléctrica. En el siglo XVIII, con
la invención de la botella de Leyden, y el descubrimiento de que el rayo y la
electricidad eran una misma cosa, empezó a formarse la labor experimental en
este terreno. Hacia 1840 ya se había realizado la exploración científica
preliminar, gracias a Oersted, Ohm y, sobre todo, Faraday, y en 1838 Joseph
Henry había observado los efectos inductivos a distancia de una botella de
Leyden: la primera vislumbre de la radiocomunicación.
La
técnica no quedó atrás de la ciencia. Hacia 1838 el profesor Jacobi, en San
Petersburgo, había conseguido propulsar un barco sobre el Neva a una velocidad
de cuatro millas por hora mediante un “motor electromagnético”, Davidson en el
ferrocarril de Edimburgo y Glasgow alcanzó la misma velocidad; en tanto en 1849
el profesor Page consiguió una velocidad de 19 millas por hora en un vehículo
del ferrocarril de Baltimore y Washington. El arco eléctrico se patentó en 1846
y se aplicó en el faro de Dugeness, Inglaterra, en 1862. Mientras tanto, se
había inventado una docena de tipos de telégrafo eléctrico: hacia 1839 Morse y
Steinheil habían hecho posibles las comunicaciones instantáneas a distancias
largas, utilizando alambres enterrados a cada extremo. El perfeccionamiento
práctico de la dinamo por Werner Siemens (1886) y del alternador por Nicola
Tesla (1887) fueron los dos pasos necesarios en la sustitución del vapor por la
electricidad: poco después se desarrollaron la central eléctrica y el sistema
de distribución inventados por Edison (1882).
En la
aplicación de la energía, la electricidad produjo cambios revolucionarios:
éstos afectaron la situación y la concentración de las industrias y la
organización detallada de la fábrica así como una multitud de servicios e
instituciones interrelacionadas. Se transformaron las industrias metalúrgicas y
se estimularon otras como las de producción del caucho. Veamos algunos de estos
cambios más de cerca.
Durante
la fase paleotécnica, la industria dependía por completo de la mina de carbón
como fuente de energía. Las industria pesadas se vieron obligadas a instalarse
próximas a la mina misma, o a medios baratos de transporte, por canales o
ferrocarril. La electricidad, por otra parte, puede generarse con la energía de
un gran número de fuentes: no solamente el carbón, sino la rápida corriente del
río, los saltos de agua, el estuario de marea fuerte pueden utilizarse para
ello; así también los rayos directos del sol (7.000 C. V. por acre) para los
acumuladores solares que se han construido en Egipto; lo mismo el molino de
viento, cuando se le acoplan acumuladores eléctricos. Las zonas montañosas
inaccesibles, como las de los Alpes, el Tirol, Noruega, las Montañas Rocosas,
el interior de África, se convirtieron por primera vez en potenciales fuentes
de energía y en lugares potenciales para la industria moderna: la captación de
la energía del agua, gracias a la eficacia suprema de la turbina hidráulica,
que rinde al 90 por 100, abrió nuevos recursos y nuevas zonas de colonización,
zonas más irregulares en cuanto a topografía y con frecuencia más sanas de
clima que los fondos de los valles y las tierras bajas de las eras anteriores.
Debido a los inmensos intereses invertidos en las minas de carbón, las fuentes
de energía más económicas no han recibido la suficiente atención por parte de
los inventores, pero la actual utilización de la energía solar en agricultura
—alrededor del 0,13 por 100 de la cantidad total de energía solar recibida—
reta al ingeniero científico; mientras que la posibilidad de usar las
diferencias de temperatura entre las capas superiores e inferiores del agua del
mar en los trópicos ofrece otra perspectiva para escapar a la servidumbre del
carbón.
La
disponibilidad de la fuerza hidráulica para producir energía, finalmente,
cambia la distribución potencial de la industria moderna en el planeta entero,
y disminuye la dominación industrial particular que Europa y los Estados Unidos
ejercieron bajo el régimen del carbón y del hierro. Pues Asia y América del Sur
están casi tan bien dotadas de energía hidráulica —más de cincuenta millones de
C. V. cada una— como las otras regiones industriales, y África tiene tres veces
lo que Europa o América del Norte. Incluso dentro de Europa y los Estados
Unidos se está produciendo un traslado del centro de gravedad: así por ejemplo,
la hegemonía en el desarrollo hidroeléctrico se ha trasladado a Italia,
Francia, Noruega, Suiza y Suecia en este orden, y se está produciendo un
fenómeno parecido de cambio hacia los dos grandes sistemas montañosos de los
Estados Unidos. Los estratos carboníferos no son ya los únicos cimientos del
poder industrial.
A
diferencia del transporte a larga distancia del carbón, o como el vapor en la
distribución local, la electricidad es mucho más fácil de transmitir sin
grandes pérdidas de energía y costos altos. Los hilos de alta tensión de
corrientes alternas pueden cruzar las montañas por donde no pasaría ningún
vehículo, y una vez instalada la energía eléctrica la tasa de deterioro es
baja. Además, la electricidad es fácilmente convertible en varias formas: el
motor, para realizar un trabajo mecánico, la lámpara eléctrica, para alumbrar,
el radiador eléctrico, para calentar, el tubo de rayos X y la luz ultravioleta,
para penetrar y explorar, y la célula de selenio, para realizar el control
automático. Si bien las dinamos pequeñas son menos eficientes que las grandes, la
diferencia entre ambas, en cuanto a rendimiento, es mucho mayor que entre la
máquina de vapor pequeña y la grande. Cuando puede utilizarse la turbina
hidráulica, resulta clara la ventaja de usar la electricidad con gran
eficiencia en todas las dimensiones y capacidad de trabajo: si no existe carga
hidrostática suficientemente grande para hacer funcionar un potente alternador,
se puede, sin embargo, conseguir un excelente trabajo en una pequeña
instalación industrial, como una granja, aprovechando un arroyo o una corriente
de agua y utilizando sólo unos cuantos caballos de fuerza, y mediante un
pequeño motor de gasolina pueden asegurarse una operación continua a pesar de
las fluctuaciones estacionales del caudal de agua. La turbina hidráulica tiene
la ventaja de ser automática: una vez instalada, los costos de producción son
casi nulos, ya que no se necesita ningún fogonero o asistente. En lo que se
refiere a las grandes centrales productoras de energía hay otras ventajas. No
toda la energía ha de ser absorbida por la zona local: mediante un sistema de
estaciones enlazadas, la energía sobrante puede transmitirse a grandes
distancias, y en el caso de una avería en una de las centrales el suministro
podrá continuar dando paso a la corriente de las instalaciones asociadas.
§ 4. El
desplazamiento del proletariado
Los centros productores típicos del período paleotécnico estaban afectados de
gigantismo: aumentaban de tamaño y se aglomeraban sin intentar adaptar la
dimensión a la eficiencia. En parte esto se debió al defectuoso sistema de
comunicación que precedió al teléfono, y que limitó la administración eficaz a
una sola instalación e hizo difícil dispersar las diferentes unidades, se
necesitaran o no en un mismo sitio. También se vio favorecido el hecho por las
dificultades de producción económica de energía con pequeñas máquinas de vapor:
por ello los ingenieros tendían a acumular el mayor número posible de unidades
productoras sobre un mismo árbol de transmisión, o al alcance de la presión del
vapor a través de tuberías lo bastante limitados como para evitar las pérdidas
por condensación excesiva. El funcionamiento de las diferentes máquinas por un
sólo árbol de transmisión hizo necesario situar las máquinas a lo largo de
dicho árbol, sin adecuado ajuste a las demandas topográficas del trabajo mismo:
se producían pérdidas por fricción en las correas de transmisión, y la jungla
de correas creaba verdaderos peligros para los obreros; además de estos
defectos, los árboles y las correas limitaban el empleo de grúas para el transporte
local.
La
introducción del motor eléctrico produjo una transformación dentro de la
fábrica misma. Pues creó flexibilidad en su diseño: no solamente pudieron
colocarse las unidades individuales donde se necesitaran, y no solamente
pudieron diseñarse para la labor particular requerida, sino que la transmisión
directa, que incrementó la eficacia del motor, también hizo posible modificar
la planta misma de la fábrica según las necesidades. La instalación de motores
suprimió las correas que quitaban luz y disminuían la eficiencia, y abrió el
camino para la nueva disposición de las máquinas en unidades funcionales sin
tener en cuenta los árboles de transmisión y las naves de la fábrica a la
antigua. Cada unidad podía trabajar según su propia velocidad, y arrancar y parar
según sus propios requerimientos, sin pérdidas de energía para el
funcionamiento de la fábrica en conjunto. De acuerdo con los cálculos de un
ingeniero alemán, todo esto había incrementado la eficiencia en un 50 por 100.
En donde se trataba de grandes unidades, la atención automática de las máquinas
mediante grúas móviles resultó sencillo. Todos estos perfeccionamientos han
llegado a realizarse en los últimos cuarenta años, y no es necesario decir que
sólo en las instalaciones más adelantadas se han logrado todos estos
refinamientos y economías en las operaciones.
Con el
uso de la electricidad, como ha señalado Henry Ford, las pequeñas unidades de
producción pueden, sin embargo, ser utilizadas por grandes unidades de
administración, pues la administración eficiente depende de llevar un registro,
de planificar, de disponer y dirigir el orden de una serie de operaciones, de
la comunicación, y no necesariamente de una inspección local. En una palabra,
el tamaño de la unidad productiva ya no está determinado por los requisitos
locales o de la máquina de vapor o del personal de dirección: es una función de
la operación misma. Pero la eficiencia de las pequeñas unidades funcionando con
motores eléctricos que utilizan corriente o bien de turbinas locales o bien de
una central ha concedido a la industria en pequeña escala un nuevo arriendo:
sobre una base puramente técnica puede, por primera vez desde la introducción
del motor de vapor, competir en condiciones de igualdad con unidades mayores.
Incluso se ha hecho posible la producción casera también gracias al motor
eléctrico, pues aunque el molino doméstico de grano sea menos eficiente, desde
un punto de vista puramente mecánico, que los grandes molinos de harina de
Minneapolis, permite una mejor cronología de la producción y las necesidades,
de manera que ya no es necesario consumir harinas blancas tamizadas porque las
harinas integrales se deterioran más rápidamente y se corrompen si llevan
demasiado tiempo molidas antes de venderlas y usarlas. Para ser eficiente, la
pequeña instalación no necesita estar funcionando continuamente ni tampoco
producir cantidades ingentes de alimentos o artículos para un mercado lejano:
puede responder a la demanda y la oferta local; puede actuar sobre una base
irregular, ya que los gastos generales de personal permanente y de equipo son
[245] proporcionalmente menores; puede aprovecharse del menor tiempo y energía
en el transporte, y gracias al contacto directo reducir la inevitable
burocracia que existe hasta en grandes organizaciones eficientes.
Como
elemento de una industria normalizada en gran escala, y fabricando productos
para un mercado continental, la fábrica pequeña puede ahora sobrevivir. “No
interesa”, como dice Henry Ford, “centralizar la fabricación a menos que
resulte económica. Si nosotros, por ejemplo, centrásemos toda nuestra industria
en Detroit tendríamos que emplear unos 6 000 000 de personas… Un producto que
se utiliza en todo el país debería fabricarse por todo el país, con el fin de
distribuir el poder adquisitivo más equitativamente. Durante muchos años hemos
seguido la política de fabricar en nuestros departamentos todas las piezas que
eran capaces de fabricar para la zona a la que servían. Un buen fabricante que
se convierte en especialista controlará de cerca su producción y debe
preferirse a un departamento”. Ford dice también: “En nuestra primera
experimentación… pensábamos que debíamos tener las diversas secciones de
máquinas con su ensamblaje y asimismo el ensamblaje final todo ello bajo un
mismo techo, pero al aumentar el conocimiento aprendimos que la fabricación de
cada pieza era un asunto separado por sí mismo, que debería realizarse en el
lugar más adecuado y que la sección de ensamblaje final podía estar en
cualquier sitio. Esto nos dio la primera prueba de la flexibilidad de la
producción moderna, así como la indicación de los ahorros que se podía hacer al
reducir el transporte necesario”.
Incluso
sin el empleo de la energía eléctrica los pequeños talleres, debido a algunos
de los datos citados, han sobrevivido en el mundo entero, desafiando las
confiadas esperanzas de los primeros economistas victorianos, que se asombraban
ante la eficiencia mecánica de las enormes fábricas de textiles: con la
electricidad, las ventajas del tamaño desde cualquier punto de vista, excepto
en posibles operaciones especiales como la producción de hierro, se hacen
problemáticas. En la producción de acero partiendo del hierro viejo el horno
eléctrico puede emplearse económicamente para operaciones en escala mucho más
pequeña de las que permite el alto horno. Además, la parte más débil
mecánicamente de la producción automática reside en el gasto y en la mano de obra
requeridos en la preparación para el transporte. En la medida que un mercado
local y un servicio directo suprimen estas operaciones, se elimina una forma de
trabajo costosa y que no exige ninguna instrucción. Mas grande ya no significa
automáticamente mejor: la flexibilidad de la unidad de energía, más estrecha
adaptación de los medios a los fines, mejor regulación de las operaciones, son
las nuevas marcas de una industria eficiente. Hasta donde pueda llegar la
concentración, se trata en general de un fenómeno de mercado, más bien que de
técnica: promovido por financieros astutos que ven en la gran organización un
mecanismo más fácil para sus manipulaciones de crédito, para su inflación del
valor del capital y para sus controles monopolistas.
La
central de energía eléctrica no es solamente la fuerza motora de la nueva
tecnología: es asimismo quizá uno de los productos finales más característicos.
Porque es en sí una demostración de ese completo automatismo hacia el cual,
como han probado hábilmente Fred Henderson y Walter Polakov, tiende nuestro
moderno sistema de producción. Desde el movimiento del carbón desde el vagón de
ferrocarril o la barcaza, mediante una grúa móvil, accionada por un solo
hombre, hasta la carga del carbón en el horno por un alimentador mecánico, la
maquinaria automática ocupa el lugar de la energía humana: el trabajador, en
vez de ser una fuente de trabajo, se convierte en un observador y regulador del
funcionamiento de las máquinas, un supervisor de producción más bien que un
agente activo. En realidad el control directo del obrero local es el mismo en
principio que el control a distancia de la dirección misma, que supervise
mediante informes y diagramas, la corriente de energía y mercancías a través de
toda la fábrica.
Las
cualidades que necesita el nuevo trabajador son viveza, interés y una
inteligente comprensión de las partes de las operaciones: en breve, debe ser un
mecánico completo más bien que uno especializado. Excepto el completo
automatismo, este procedimiento es aún peligroso para el trabajador, pues un
automatismo parcial se había alcanzado en las fábricas textiles de Inglaterra
hacia los años 1880 sin ninguna gran liberación del espíritu humano. Pero con
el automatismo completo la libertad de movimientos e iniciativa volvía aquella
pequeña parte de la fuerza de trabajo original necesaria ahora para que
funcione la fábrica. A propósito, es interesante observar que uno de los más
importantes medios de ahorro de mano de obra y de evitación de trabajos
penosos, el encendido y alimentación de las calderas, se inventó en el apogeo
del período paleotécnico, en 1845. Pero no empezó a extenderse rápidamente en
las instalaciones generadoras de fuerza motriz hasta 1920, en cuyo momento
había comenzado a sufrir la competencia de los quemadores de petróleo. (Otra
gran economía inventada el mismo año [1845], el empleo de los gases del alto
horno como combustible, no llegó hasta mucho más tarde).
Todas las
industrias neotécnicas que fabrican productos completamente estandarizados,
tienen como meta el automatismo en las operaciones. Pero, como señala Barnett,
“el poder de desplazamiento de las máquinas varía muchísimo. Un hombre con una
aplanadora de piedra puede producir tanto como ocho hombres trabajando a mano.
Un hombre en la máquina de botellas semi-automático puede producir lo mismo que
cuatro sopladores a mano. Un linotipista con la máquina puede componer tanto
como cuatro cajistas a mano. La máquina para fabricar botellas Owens, en su
último modelo, tiene la misma capacidad de producción con un solo obrero que 18
sopladores a mano”. A lo que se puede añadir que en la central automática de
teléfonos el número de obreros se ha reducido en un 80 por 100 aproximadamente,
y que en una fábrica de textiles americana un solo obrero puede atender a 1.200
husos. En tanto la forma más mortífera, de labor sin variación, a ritmo
acelerado, hecha a pedazos, aún sigue en tantas industrias llamadas adelantadas,
como la línea no interrumpida de montaje de los autos Ford, una forma de
trabajo tan deshumanizada y tan atrasada como cualquiera de las practicadas con
los peores procedimientos de manufactura del siglo XVIII —en tanto esto es
cierto, en las industrias verdaderamente neotécnicas y en sus procedimientos el
trabajador ha sido casi eliminado.
La
producción de energía y las máquinas automáticas han disminuido continuamente
la importancia del obrero en la producción fabril. Entre 1919 y 1929, dejaron
fuera dos millones de obreros en los Estados Unidos, mientras la producción
misma en realidad aumentó. Menos de una décima parte de la población de los
Estados Unidos es suficiente para producir la mayor parte de sus productos
manufacturados y sus servicios mecánicos. Benjamin Franklin entendía que en su
tiempo la extensión del trabajo y la eliminación de las clases ociosas
permitirían que toda la producción necesaria se pudiera realizar con un tributo
anual de cinco horas diarias por obrero. Incluso con nuestro vasto incremento
en los niveles de consumo, tanto en máquinas intermedias y en obras como en
productos terminados, un fragmento de este tiempo bastaría probablemente para
una industria neotécnica, si estuviera organizada eficientemente sobre una base
de producción continua y de jornada completa.
Paralelamente
a los adelantos de la electricidad y de la metalurgia a partir de 1870 se
realizaron los progresos en la química. En verdad, el surgir de las industrias
químicas después de 1870 es uno de los signos determinantes del orden
neotécnico, puesto que el avance más allá de los métodos empíricos del pasado
usados, por ejemplo, en la destilación y en la manufactura de jabón estaba
limitado por el paso de la ciencia misma. La química no sólo tuvo una
participación relativamente más amplia en cada fase de la producción industrial
desde la metalurgia hasta la fabricación de la seda artificial, sino que las
industria químicas, por su propia naturaleza, presentaron los rasgos
neotécnicos característicos una generación antes que la industria mecánica. En
esto las cifras de Mataré, aunque tienen una generación de antigüedad, son aún
significativas: en las industrias mecánicas avanzadas sólo el 2,8 por 100 de
todo el personal eran técnicos: en las industrias químicas a la antigua, como
las fábricas de vinagre y las de cerveza los técnicos eran el 2,9 por 100, pero
en las más recientes industrias químicas, tintes, productos amiláceos, fábricas
de gas, etc., eran técnicos el 7,1 por 100 del personal. De forma análoga, los
procedimientos mismos tendían a ser automáticos, y el porcentaje de
trabajadores empleado era menor que incluso en las industrias avanzadas de
maquinaria, mientras que los obreros que las supervisaban debían tener
capacidad similar a los de los cuadros de control a distancia de una central
generadora de energía o de un barco de vapor. Aquí, en la industria neotécnica
en general, los progresos en la producción incrementan el número de técnicos
capacitados en el laboratorio y disminuyen el número de “robots” en la fábrica.
En breve, se presencia en los procedimientos químicos —aparte el empaquetado y
envasado finales— el cambio general que caracteriza a toda la auténtica
industria neotécnica: el desplazamiento del proletariado.
Está
claro que todos estos beneficios en cuanto a automatismo y energía no han sido
asimilados por la sociedad; volveré sobre el problema aquí apuntado en el
capítulo final.
§ 5.
Materiales neotécnicos
Lo mismo que uno asocia el viento y el agua de la economía eotécnica con el uso
del vidrio y de la madera, y el carbón del período paleotécnico con el hierro,
la electricidad aporta al amplio uso industrial, las materias térreas raras y
los metales más ligeros. Al mismo tiempo, crea una nueva serie de compuestos
sintéticos que sustituyen al papel, al vidrio y a la madera: el celuloide, la
vulcanita, la bakelita y las resinas sintéticas, con propiedades especiales de
irrompibilidad, resistencia eléctrica, impermeabilidad a los ácidos o
elasticidad.
Entre los
metales, la electricidad concede un galardón a aquellos que presentan un alto
grado de conductibilidad: el cobre y el aluminio. Teniendo en cuenta la sección
el cobre conduce dos veces mejor que el aluminio, pero considerando el peso del
aluminio es superior a cualquier otro metal, incluida la plata, mientras que el
hierro y el níquel son prácticamente inútiles excepto cuando se requiere
resistencia, como por ejemplo en la calefacción eléctrica. Quizá el metal más
característicamente neotécnico sea el aluminio, pues fue descubierto por el
danés Oersted, uno de los primeros fecundos experimentadores de la
electricidad, en 1825, aunque fue tenido por una simple curiosidad de
laboratorio durante todo el alto período paleotécnico. Hasta 1886, la década
que vio el invento del cine y el descubrimiento de las ondas hertzianas, no se
tomaron las patentes para la producción comercial del aluminio. No debe uno
asombrarse del lento desarrollo del aluminio: para el procedimiento comercial
de extracción depende del empleo de grandes cantidades de energía eléctrica. El
costo principal del tratamiento del mineral de aluminio por el procedimiento
electrolítico es el empleo de 10 a 12 kilovatios-hora de energía por cada libra
de metal producida. Por ello la industria se debe valer de una fuente económica
de energía eléctrica.
El
aluminio es el tercer elemento en cuanto a abundancia que se encuentra en la
corteza terrestre, siguiendo al oxígeno y al silicio, pero actualmente se
fabrica principalmente con el sesquióxido hidratado de aluminio, la bauxita. Si
la extracción del aluminio de la arcilla no es factible comercialmente, nadie
duda que es posible que se encuentre un medio efectivo, por lo que el
suministro de aluminio es prácticamente inagotable, cuanto más porque su
oxidación lenta permite a la sociedad acumular regularmente una reserva de
chatarra de ese metal. Todo este desarrollo ha tenido lugar en un plazo de poco
más de cuarenta años, esos mismos cuarenta años que vieron la introducción de
las centrales de energía eléctrica y las instalaciones de motores múltiples en
las fábricas, y mientras la producción de cobre en los últimos veinte años ha
aumentado un buen 50 por 100, la producción de aluminio durante el mismo
período lo ha hecho en un 316 por 100. Todo, desde las estructuras de las
máquinas de escribir a los aeroplanos, desde las cacerolas para guisar hasta el
mobiliario, puede hacerse hoy con el aluminio y sus fuertes aleaciones. Con el
aluminio ha nacido una nueva norma de ligereza: se ha eliminado un peso muerto
de todas las formas de locomoción, y los nuevos vagones de aluminio para los
trenes pueden alcanzar mayor velocidad con menor producción de energía. Si uno
de los grandes logros del período paleotécnico fue la transformación de las
toscas máquinas de madera en las más fuertes y precisas de hierro, una de las
tareas principales del período eotécnico es cambiar las pesadas formas de
hierro por las más ligeras de aluminio. Y lo mismo que la técnica de la energía
hidráulica y la electricidad tuvo su efecto en la reorganización incluso del
consumo de carbón y de la producción de vapor de las fábricas de energía, la
ligereza del aluminio es un reto para que se llegue a un más cuidadoso y
preciso diseño en aquellas máquinas y obras que aún utilizan el hierro y el
acero. El tamaño exagerado de las dimensiones normalizadas, con un excesivo
factor de seguridad basado en una juiciosa tolerancia por ignorancia no se
puede consentir en el diseño más apurado de los aviones, y los cálculos del
ingeniero aeronáutico debe finalmente repercutir en el diseño de puentes, grúas
y construcciones de acero: de hecho esta reacción ya es evidente. En lugar de
constituir una feliz distinción lo grande y lo pesado, estas cualidades se
consideran ahora como desventajas: la ligereza y la solidez son las cualidades
emergentes de la era neotécnica.
El uso de
los metales raros y de las tierras metálicas es otro avance característico de
esta fase: tántalo, tungsteno, torio y cerio en las lámparas, iridio y platino
en los puntos de contacto mecánico —las puntas de las plumas estilográficas o
los enganches de las dentaduras postizas— y el níquel, tungsteno, vanadio,
manganeso y cromo en el acero. El selenio, cuya resistencia eléctrica varía
inversamente con la intensidad de la luz, fue otro metal que llegó a ser
ampliamente usado con la electricidad: los dispositivos de recuento automático
y el sistema de abre-puertas eléctrico son ambos posibles gracias a esta
propiedad física.
Como
resultado del experimento sistemático en metalurgia tuvo lugar con esto una
revolución comparable a la ocurrida cuando se cambio del motor de vapor a la
dinamo. Pues los metales raros ocupan ahora un lugar especial en la industria,
y su uso cuidadoso tiende a fomentar hábitos de economía hasta en la
explotación de minerales más comunes. Así la producción de acero inoxidable
reducirá la erosión del acero y se añadirá al metal que merezca ser salvado del
montón de chatarra. El suministro de acero es tan grande y su conservación por
fin se ha hecho tan importante que la mitad de la carga de los hornos de hogar
abierto en los Estados Unidos es chatarra, y el procedimiento de hogar abierto
cubre el 80 por 100 de la producción nacional de acero. Los elementos raros,
muchos de los cuales no se descubrieron hasta el siglo XIX, dejan de ser
curiosidad o tienen, como el oro, un valor decorativo u honorífico: su
importancia carece de proporción en absoluto con su cantidad. El significado de
las cantidades minúsculas —lo que observaremos también en filosofía y en
medicina— es característica de la metalurgia y la técnica de esta nueva fase.
Podría decirse, con énfasis dramático, que la paleotécnica tenía en cuenta sólo
las cifras a la izquierda de la decimal, mientras que la neotécnica se preocupa
de las que están a la derecha.
Hay
además otra consecuencia importante de este nuevo complejo. Mientras ciertos
productos de la fase neotécnica, como el vidrio, el cobre y el aluminio,
existen como el hierro en grandes cantidades, hay otros materiales importantes
—asbestos, mica, cobalto, radio, uranio, helio, cerio, molibdeno, tungsteno—
que son extremadamente raros, o limitados en su distribución. La mica, por
ejemplo, tiene propiedades únicas que la hacen indispensable en la industria
eléctrica: su regular división en láminas, su gran flexibilidad, elasticidad,
transparencia, no conductibilidad del calor y de la electricidad y su
resistencia general a la descomposición la convierten en el mejor material
posible para condensadores de radio, magnetos, bujías y otros instrumentos
necesarios, pero aunque esté distribuida con bastante amplitud hay partes
importantes de la tierra que carecen por completo de ella. El manganeso, uno de
los más importantes metales de aleación para producir acero duro, está
concentrado principalmente en la India, Rusia, Brasil y Costa de Oro en África.
Del tungsteno, el 70 por 100 procede de América del Sur y el 9,3 por 100 de los
Estados Unidos; en cuanto a la cromita, casi la mitad del suministro actual
viene de Rhodesia del Sur, el 12,6 por 100 de Nueva Caledonia, y el 10,2 por
100 de la India. El suministro de caucho está asimismo aún limitado a ciertas
zonas tropicales o subtopicales, sobre todo Brasil y el archipiélago malayo.
Obsérvese
la importancia de estos hechos en el esquema de la corriente mundial de
productos. Las industrias eotécnica y paleotécnica pudieron ambas desarrollarse
dentro del marco de la sociedad europea: Inglaterra, Alemania, Francia, los
países guías, tenías suficiente suministro de viento, madera, agua, caliza,
carbón, mineral de hierro; así también los Estados Unidos. Bajos el régimen
neotécnico su independencia y su autonomía han desaparecido. Deben
organizar y salvaguardar una base de extensión mundial de suministro, o correr
el riesgo de quedar desprovistos y recaer en una tecnología más baja y más
tosca. La base de los elementos materiales en la nueva industria no es
nacional ni continental sino planetaria: esto es igualmente cierto,
naturalmente, por lo que se refiere a su herencia científica y tecnológica. Un
laboratorio en Tokio o Calcuta puede formular una teoría o llegar a un invento
que modificará por completo las posibilidades de vida de una comunidad pesquera
en Noruega. En estas condiciones, ningún país y ningún continente puede
encerrarse tras una muralla sin hundir la base internacional esencial de su
tecnología: así pues, si la economía neotécnica ha de sobrevivir, no tiene otra
alternativa que organizar la industria y su política sobre una base a escala
mundial. El aislamiento y los hostilidades nacionales son unas formas
voluntarias de suicidio tecnológico. La distribución geográfica de las tierras
y de los metales raros casi por sí mismos establecen este hecho.
Uno de
los mayores adelantos neotécnicos está asociado a la utilización química del
carbón. El alquitrán, que fue un día del desgraciado desecho del tipo
paleoténico de horno de coque de colmena, se convirtió en una importante fuente
de riqueza: de cada tonelada de carbón “el horno de productos derivados produce
aproximadamente 1.500 libras de coque, 113 600 pies cúbicos de gas, 12 galones
de alquitrán, 25 libras de sulfato de amonio y cuatro galones de aceites
ligeros”. Gracias al análisis del alquitrán mismo el químico ha producido un
gran número de nuevas medicinas, tintes, resinas y hasta perfumes. Con los
adelantos de la mecanización, ha tendido a proporcionar una mayor libertad
frente a las condiciones locales, y los accidentes del suministro o los caprichos
de la naturaleza: aunque una plaga de los gusanos de seda pudieron reducir la
producción de seda natural, la seda artificial, que se creó por primera vez con
éxito en los años ochenta, podría ocupar parcialmente su lugar.
Pero
mientras la química se dedicó a imitar o reconstruir lo orgánico —irónicamente
su primer gran triunfo fue la producción por Wohler de urea en 1825— ciertos
compuestos orgánicos por primera vez se hicieron importantes en la industria:
por lo que no puede uno sin gran restricción aceptar la caracterización de
Sombart de la industria moderna como la suplantación de los materiales
orgánicos por los inorgánicos. El mayor de dichos productos era el caucho, con
el que los indios del Amazonas, en el siglo XVI habían fabricado calzado, ropa
y bolsas de agua caliente, por no decir nada de las pelotas y las jeringas. El
desarrollo del caucho es exactamente contemporáneo del de la electricidad, aun
si el del algodón en Europa occidental es exactamente paralelo al de la máquina
de vapor, pues fue el aislamiento por Faraday de la bencina, y el empleo
ulterior de la nafta, los que hicieron posible su fabricación en lugares
distintos de su origen. Los múltiples usos del caucho, para materias aislantes,
para los discos de fonógrafo, para los neumáticos, para las suelas y los
tacones de los zapatos, para la ropa impermeable, para accesorios higiénicos,
para los guantes del cirujano, para las pelotas que se emplean en el juego, le
confieren un lugar único en la vida moderna. Su elasticidad e impermeabilidad y
sus cualidades aisladoras lo convierten en un valioso sustituto, en ciertos
casos, de la fibra, del metal y del vidrio, a pesar de su bajo punto de fusión.
El caucho constituye uno de los grandes materiales importantes de la industria,
y el caucho regenerado en los Estados Unidos, según Zimmerman, formó del 35 al
51 por 100 de la producción total de caucho entre 1925 y 1930. El empleo de los
tallos y cañas de maíz y de azúcar para fabricar materiales de construcción compuestos
y para el papel ilustra otro principio: el intento de vivir del aporte de
energía corriente en lugar de vivir del capital en forma de árboles y depósitos
de minerales.
Casi
todas estas nuevas aplicaciones se remontan a 1850; la mayor parte llegaron
después de 1875; mientras los grandes éxitos en la química coloidal sólo se han
producido dentro de nuestra propia generación. Debemos a estos materiales y
recursos casi tanto a los finos instrumentos y aparatos de laboratorio como a
la maquinaria productora de energía. Sinceramente, Marx estaba en un error
cuando dijo que las máquinas enseñaban más acerca del sistema de producción que
caracterizaba una época que los utensilios o las obras de la misma, pues sería
imposible describir la fase neotécnica sin tomar en cuenta varios triunfos en
química y en bacteriología en los que las máquinas desempeñaron un papel
secundario. Quizá el único instrumento más importante que ha creado el último
período neotécnico sea la válvula oscilante de tres elementos —o amplificadora—
perfeccionada por De Forest partiendo de la válvula de Fleming: una pieza o
aparato en que las únicas partes móviles son las cargas eléctricas. El
movimiento de los miembros es más evidente que el proceso de la ósmosis, pero
tienen igual importancia en la vida humana, y asimismo las operaciones
relativamente estáticas de la química son tan importantes en relación con
nuestra tecnología como los más evidentes motores de velocidad y movimiento.
Hoy nuestra industria tiene contraída una gran deuda con la química: mañana es
posible que incurra en una mayor aún respecto de la fisiología y la biología:
de hecho, ya empieza a estar claro.
§ 6.
Energía y movilidad
Siguiendo en el segundo puesto en cuanto a importancia al descubrimiento de la
electricidad estuvo el perfeccionamiento de la máquina de vapor y del motor de
combustión interna. A finales del siglo XVIII, el doctor Erasmus Darwin, que
anticipó tantos descubrimientos científicos y técnicos del siglo XIX, predijo
que el motor de combustión interna sería más útil que el motor de vapor para
resolver el problema del vuelo. El petróleo, que era conocido y utilizado por
los antiguos, y que utilizaron los curanderos de las tribus indias de América
como medicina, fue extraído por pozos perforados, en 1859, por primera vez en
el período moderno: después de eso fue rápidamente explotado. El valor de los
productos destilados más ligeros como combustibles sólo fue igualado por los
aceites más pesados como lubrificantes.
A partir
del siglo XVIII el motor a gas fue objeto de muchos experimentos. Se ensayó
hasta el uso de explosivos, por analogía con el cañón, y finalmente el motor a
gas fue perfeccionado por Otto en 1876. Con el perfeccionamiento del motor de
combustión interna se abrió una vasta y nueva fuente de energía, que igualaba
en importancia a las antiguas vetas carboníferas, si bien estaba destinada a
ser consumida a un ritmo posiblemente mayor. Pero la principal ventaja del
aceite pesado (utilizado por el ulterior motor Diésel) y la gasolina era su
relativa ligereza y transportabilidad. No sólo se podían llevar desde el pozo
al mercado mediante tuberías permanentes sino que, puesto que son líquidos y
las vaporizaciones y la combustión dejan poco residuo en comparación con el
carbón, se pueden almacenar fácilmente, en lugares en donde el carbón no podría
colocarse o alcanzarse: estando alimentado por la fuerza de la gravedad o por
la presión, el motor no necesita quien lo alimente.
El efecto
de introducir combustible líquido y de los alimentadores mecánicos para el
carbón, en las centrales eléctricas, y en los barcos de vapor, fue el de
emancipar una raza de esclavos de la galera, los fogoneros, esos pobres hombres
cuyo trabajo horrible Eugenio O’Neill tomó apropiadamente como símbolo de la
opresión del proletariado en su drama, The Hairy Ape (El mono
peludo). Mientras tanto, aumentaba la eficiencia de la máquina de vapor: el
invento por Parson de la turbina de vapor en 1884, incrementó la potencia del
motor de vapor de diez a doce, correspondientes al antiguo motor de vaivén,
hasta más del 30 por 100 para la turbina. El uso ulterior del vapor de mercurio
en vez del de agua en las turbinas hizo elevarse este porcentaje hasta el 41,5.
Cuán rápido fue el adelanto en la eficiencia, puede calibrarse por el consumo
medio de carbón en las centrales eléctricas: bajó de 3,2 libras por
kilovatios-hora en 1913 a 1,34 libras en 1928. Estos perfeccionamientos
hicieron posibles la electrificación de los ferrocarriles incluso en donde no
se podía disponer de energía hidráulica económica.
El motor
de vapor y el de combustión interna compitieron en una carrera uno al lado de
otro: en 1892, utilizando un modo más científico de combustión, a través de la
comprensión de aire solamente, Diésel inventó un tipo mejorado de motor de
explosión de aceite pesado que se ha construido en unidades de hasta 15 000
caballos, como en la instalación de Hamburgo. El desarrollo del motor de
combustión interna más pequeño durante los años ochenta y noventa fue
igualmente importante para el perfeccionamiento del automóvil y del aeroplano.
El
transporte neotécnico esperó por esta nueva forma de energía, en la que todo el
peso debía estar representado por el combustible mismo, en vez de llevar, como
la máquina de vapor, la carga adicional de agua. Con el nuevo automóvil, la
energía y el movimiento ya no estaban encadenados a las vías del ferrocarril:
un vehículo podía viajar tan rápidamente como un tren: una vez más la unidad
menor era tan eficiente como la más grande. (Dejo de lado el problema técnico
de si, con aceite como combustible la máquina de vapor no habría podido
competir con el motor de combustión interna, y si no podrá, con una forma
mejorada y simplificada, volver a entrar en la carrera).
Los
efectos sociales del automóvil y del aeroplano no empezaron a hacerse notar en
gran escala hasta alrededor de 1910: el vuelo de Blériot a través del Canal de
la Mancha en 1909 y la introducción del coche barato producido en grandes
series por Henry Ford fueron los puntos significativos cruciales.
Pero lo
que ocurrió en este caso, desgraciadamente, es lo que ocurrió en cada sector de
la vida industrial. Las nuevas máquinas siguieron, no sus propios patrones,
sino el patrón dejado por las anteriores estructuras económicas y técnicas. Si
bien el nuevo coche con motor era llamado un coche sin caballos no tenía ningún
otro punto de parecido sino el hecho que andaba sobre ruedas; era una
locomotora de alta potencia, equivalente a la de cinco a cien caballos de
fuerza, capaz de una velocidad segura hasta de sesenta millas por hora, y en
cuanto se inventó el neumático con urdimbre de cordel, con un radio de crucero
diario de dos a trescientas millas. Esta locomotora privada estaba hecha para
rodar por las antiguas carreteras polvorientas o las de macadam que habían sido
construidas para el caballo y el carro, y aunque después de 1910 estas
carreteras fueron ensanchadas y el hormigón sustituyó a los materiales más
ligeros para las superficies, el tipo de las líneas de transporte siguió siendo
el mismo que en tiempo pasado. Todos los errores que se habían cometido durante
el período de construcción del ferrocarril se volvieron a cometer otra vez con
este nuevo tipo de locomóvil. Las principales carreteras cortaban por el centro
de las ciudades, a pesar de la congestión, de la fricción, del ruido y de los
peligros de esta antigua práctica paleotécnica. Al tratar al motor únicamente
como un objeto mecánico, sus introductores no intentaron acompañarlo de obras
apropiadas que pudieran dar vida a sus potenciales beneficios.
Si
alguien hubiera preguntado a sangre fría —como sugirió el profesor Morris
Cohen— si esta nueva forma de transporte merecía el sacrificio anual de 30 000
vidas en los Estados Unidos solamente, por no hablar de los heridos y los
mutilados, la respuesta hubiera sido, sin ninguna duda, no. Pero el automóvil
fue lanzado al mercado con un ritmo acelerado, por los hombres de negocios y
los industriales que buscaban perfeccionamientos sólo en el terreno de la
mecánica, y que no tenían disposición para inventar en otros planos. Benton
Mackaye ha demostrado que el transporte rápido, el transporte seguro y el
movimiento de los peatones, y una construcción bien pensada para la comunidad
constituyen las partes de un mismo proceso: el auto exigía para el transporte a
larga distancia una carretera sin ciudades, con estaciones para la entrada y
salida a intervalos regulares y con pasos elevados y subterráneos para el cruce
de las carreteras de mayor tráfico: de manera análoga, para el transporte
local, exigía la ciudad sin carreteras, en la que ninguna comunidad se viera
cortada por arterias principales o invadida por el ruido del tráfico que la
cruza.
Aún desde
el punto de vista de la velocidad misma, la solución no depende solamente del
ingeniero de automóviles. Un auto capaz de correr a cincuenta millas por hora
en un sistema de carreteras bien planeado es un auto más rápido que otro que
pueda correr a cien millas por hora, en medio del barro y la congelación del
tráfico de una red de carreteras anticuadas, y reducido a una velocidad de
veinte millas por hora. El régimen de velocidad de un coche en la fábrica, así
como su potencia, tienen poco que ver con su rendimiento real: en resumen, el
automóvil es tan ineficiente sin sus obras apropiadas como lo sería la central
eléctrica si los hilos conductores fueran de hierro en vez de ser de cobre.
Desarrollado por una sociedad tan preocupada por problemas puramente mecánicos
y soluciones puramente mecánicas —determinados estos mismos en gran parte por
la velocidad en conseguir beneficios financieros para las clases inversoras— el
auto jamás ha alcanzado nada parecido a su eficiencia potencial excepto aquí y
allí en lejanas regiones rurales. La baratura y la producción en cantidad,
combinadas con la extravagante reconstrucción de viejos sistemas de carreteras
anticuadas —con algunas excepciones honrosas, como en Nueva Jersey, Michigan y
Westchester County, Nueva York— no han hecho sino aumentar la ineficiencia de
los automóviles en uso. Las pérdidas debidas a la congestión del tráfico, a la
vez en las apiñadas y desesperadamente enmarañadas metrópolis y en las
carreteras por las que la gente trata de huir de las ciudades en los días de
fiesta, son incalculables en países que, como los Estados Unidos e Inglaterra,
se han hecho con el auto de la manera más atolondrada y complacida.
Esta
debilidad en el desarrollo del transporte neotécnico ha tenido por resultado
durante la generación última otro tipo aún de efectos: la distribución
geográfica de la población. El auto y el avión tienen ambos una ventaja
particular sobre las locomotoras de vapor: el segundo puede sobrevolar regiones
que no pueden cruzarse con otro modo cualquiera de transporte, y el primero
puede subir fácilmente pendientes que son prohibitivas para la locomotora de
vapor corriente. Gracias al auto las zonas de altura, en donde puede producirse
económicamente la electricidad, y adonde llega con desventaja considerable el
ferrocarril, se pueden subir al comercio, la industria y la población. Estas
altiplanicies son asimismo con frecuencia el lugar más saludable para vivir,
con sus hermosos paisajes, con su vigorizante aire ionizado, y su amplitud de
esparcimiento, desde el montañismo y la pesca hasta la natación y el patinaje
sobre hielo. Aquí está el habitat especial de la civilización neotécnica, como
fueron las bajas zonas costeras para la fase eotécnica, y los fondos de los
valles y los yacimientos carboníferos para el período paleotécnico. Sin
embargo, la población en vez de descargarse en esos nuevos centros de vida, ha
seguido fluyendo en muchos países hacia los centros metropolitanos de la
industria: el auto ha servido para facilitar esta acumulación en vez de
eliminarla. Además, debido a la gran expansión de los centros anormalmente
desarrollados los terrenos de aterrizaje pudieron situarse sólo en las lejanas
afueras de las mayores ciudades, en aquellos campos restantes que no habían
sido edificados o divididos en trozos suburbanos: por lo que el ahorro de
tiempo debido a la rapidez y a lo directo del viaje aéreo se encuentra a menudo
contrapesado, en los vuelos cortos, por el tiempo que se tarda en alcanzar el
centro de la gran ciudad desde los aeropuertos en las afueras.
§ 7. La
paradoja de la comunicación
La comunicación entre los seres humanos empieza con las expresiones
fisiológicas del contacto personal, desde los lamentos, los arrullos y los
movimientos de cabeza del niño pequeño hasta los gestos más abstractos, los
signos y los sonidos con los que el lenguaje se desarrolla con toda plenitud.
Con los jeroglíficos, la pintura, el dibujo, el alfabeto escrito, llegó a
desarrollarse durante el período histórico una serie de formas abstractas de
expresión que profundizaron e hicieron más reflexivo y fecundo el trato entre
los hombres. El lapso de tiempo entre la expresión y la recepción tenía un
efecto parecido al que al detenerse la acción se hacía posible el pensamiento
mismo.
Con el
invento del telégrafo una serie de inventos empezaron a colmar el espacio de
tiempo que pasa entre la comunicación y la respuesta a pesar del espacio:
primero el telégrafo, después del teléfono, después el telégrafo sin hilos,
después el radioteléfono y finalmente la televisión. Como resultado la
comunicación se encuentra ahora en el punto de retorno, con la ayuda de los
medios mecánicos, en aquella reacción instantánea de persona a persona con la
cual empezó, pero las posibilidades de este encuentro inmediato, en vez de
estar limitadas por el espacio y el tiempo, estarán sólo limitadas por la
cantidad de energía disponible, la perfección mecánica y la accesibilidad del
aparato. Cuando el radioteléfono se una a la televisión, la comunicación se
diferenciará del trato directo sólo por la imposibilidad del contacto físico:
la mano de la simpatía no podrá asir realmente la mano del beneficiario, ni el
puño alzado golpear la cabeza provocadora.
¿Cuál
será el resultado? Evidentemente, un margen ampliado de intercambio: contactos
más numerosos, más numerosas exigencias en cuanto a atención y tiempo. Pero,
desgraciadamente, la posibilidad de este intercambio inmediato sobre una base
mundial no significa necesariamente una personalidad menos trivial o menos
mezquina. Pues en contraste con la conveniencia de la comunicación instantánea
está el hecho que las grandes abstracciones económicas de la escritura, la
lectura y el dibujo, los medios del pensamiento reflexivo y la acción
premeditada, se verán debilitados. Los hombres tienden a ser más sociales a
distancia de lo que suelen serlo en su ser local, limitado y directo: su
intercambio se realiza mejor a veces, como el trueque entre los pueblos salvajes,
cuando ninguno de los grupos puede ver al otro. El que la extensión y la
repetición demasiado frecuentes de trato personal puedan ser socialmente
ineficaces se demuestra claramente por el abuso del teléfono: una docena de
conversaciones de cinco minutos pueden a menudo reducirse en esencia a una
docena de notas cuya lectura, escritura y contestación exigen menos tiempo,
esfuerzo y energía nerviosa que las llamadas más personales. Con el teléfono,
la corriente de interés y de atención en vez de ser autodirigida, se encuentra
a merced de cualquier persona extraña que trata de desviarla para sus propios
fines.
Se
enfrenta uno aquí con una forma ampliada de un peligro común a todos los
inventos: una tendencia a usarlos exíjalo o no la ocasión. Así nuestros abuelos
utilizaban planchas de hierro para las fachadas de los edificios, a pesar del
hecho de que el hierro es un conocido conductor de calor: asimismo la gente
abandonó el estudio del violín, de la guitarra y del piano, aunque el escuchar
pasivamente discos no es en el más mínimo grado cosa equivalente a una
ejecución activa; de igual manera la introducción de la anestesia incrementó
las muertes en operaciones innecesarias. El eliminar las restricciones en el
estrecho contacto humano ha sido, en sus primeras etapas, tan peligroso como el
alud de las poblaciones hacia las nuevas tierras: ha aumentado las zonas de
fricción. De la misma manera, ha movilizado y acelerado las reacciones de
masas, como las que ocurren en vísperas de una guerra, y ha incrementado los
peligros de conflicto internacional. El ignorar esto sería pintar un cuadro muy
falsamente optimista y exagerado de la economía actual.
No
obstante, la comunicación personal instantánea a largas distancias es uno de
los signos más sobresalientes de la fase neotécnica: es el símbolo mecánico de
esas cooperaciones mundiales de pensamiento y sentimiento que deben surgir,
finalmente, si nuestra civilización entera no ha de hundirse en la ruina. Los
nuevos caminos de comunicación tienen los rasgos y las ventajas características
de la nueva técnica, pues entrañan, entre otras cosas, el uso de aparatos
mecánicos para duplicar y aumentar las operaciones orgánicas: a largo plazo,
prometen, no el desplazar al ser humano sino enfocarlo nuevamente y ampliar sus
capacidades. Pero existe una condición unida a esta promesa: a saber, que la
cultura de la personalidad deberá ser paralela en cuanto a perfeccionamiento al
desarrollo mecánico de la máquina. Quizá el mayor efecto social de la
radiocomunicación, hasta ahora, haya sido de carácter político: la restauración
del contacto directo del líder y el grupo. Platón definió los límites del
tamaño de una ciudad como el número de personas que podían oír la voz de un
solo orador: hoy, esos límites no definen una ciudad sino una civilización. En
cualquier sitio en donde existan instrumentos neotécnicos y un lenguaje común
están ahora los elementos de una unidad política casi tan estrecha como la que
fue posible antaño en las más pequeñas ciudades del Ática. En esto las
oportunidades para el bien y el mal son inmensas: el contacto personal
secundario con la voz y la imagen pueden incrementar la manipulación en masa,
tanto más cuanto que la ocasión de que los miembros individuales reaccionen
directamente contra el líder mismo, como en una reunión local, se aleja cada
vez más. En el momento actual, como con otros tantos beneficios, los peligros
de la radio y del cine sonoro parecen mayores que los provechos. Como
ocurre con todos los instrumentos de multiplicación la cuestión crítica se
refiere a la función y a la calidad del objeto que se está multiplicando. No
hay respuesta satisfactoria a esto sobre la base de la técnica solamente: en
todo caso nada que indique, como los primeros defensores de la comunicación
instantánea parecen haber pensado de manera bastante uniforme, que los
resultados serán automáticamente favorables a la comunidad.
§ 8. El
nuevo archivo permanente
La cultura del hombre depende para su transmisión en el tiempo del registro o
archivo permanente: el edificio, el monumento, la palabra escrita. Durante la
fase neotécnica inicial, se realizaron inmensos cambios en este aspecto, tan
importante como los debidos unos quinientos años antes con el invento del
grabado en madera, el grabado en cobre y la imprenta. La imagen en blanco y
negro, o en color, el sonido y la película se han convertido en registros o
archivos permanentes, que pueden multiplicarse con medios mecánicos y químicos.
En el invento de la cámara, del fonógrafo y de la película la interacción de la
ciencia y de la destreza mecánica, que ya se había puesto de relieve se ha
manifestado una vez más.
Mientras
todas estas nuevas formas de registro permanente se emplearon primero sobre
todo como diversión, y mientras su interés era estético más bien que
exclusivamente utilitario, tuvieron importantes usos en la ciencia, y hasta
obraron asimismo en nuestro mundo conceptual. La fotografía, para empezar,
sirvió de comprobación objetiva de la observación. El valor de un experimento
científico reside en parte en el hecho que es repetible y por tanto comprobable
por observadores independientes, pero en el caso de observaciones astronómicas,
por ejemplo, se puede sustituir la lentitud y la falibilidad del ojo por la
cámara, y la fotografía da el efecto de la repetición a lo que, quizá, era un
único acontecimiento, que no podría volver a presenciarse. De la misma manera
la cámara da una casi instantánea sección transversal de la historia,
deteniendo las imágenes en su vuelo a través del tiempo. En el caso de la
arquitectura esta copia mecánica sobre el papel llevó a artificios
desgraciadamente similares en edificios reales, y en vez de enriquecer la mente
dejó un rastro de imágenes fijas en forma de edificios por todo el paisaje.
Pues la historia no es repetible, y la única cosa que se puede recobrar de la
historia es la nota que uno toma y conserva en algún momento de su evolución.
Separar un objeto de su secuencia-tiempo integral es robarle todo su
significado, aunque ello pueda hacer posible que se comprendan relaciones
espaciales que, por otra parte, escaparían quizá a la observación. En realidad,
el verdadero valor de la cámara como medio reproductor es el de presentar un
memorándum, como si dijésemos de una cosa que de otra manera no puede
reproducirse.
En un
mundo de flujo y cambio, la cámara suministra un medio de combatir los procesos
ordinarios de deterioro y decadencia, no por la “restauración” o la
“reproducción” sino por fijación en forma conveniente de la delgada imagen de
hombres, lugares, edificios, paisajes, sirviendo así a la ampliación de la
memoria colectiva. La película, transportando una sucesión de imágenes a través
del tiempo, aumentó el alcance de la cámara y modificó esencialmente su
función, pues pudo captar el movimiento de crecimiento, o prolongar el rápido
movimiento del salto, y pudo mantener en enfoque continuo acontecimientos que
de otra manera no hubieran podido conservarse con la misma intensidad y fijeza.
Hasta ahora se han limitado los registros a fragmentos de tiempo o, cuando se
trababan de moverse con el tiempo mismo, se redujeron a abstracciones. Ahora
podían convertirse en imágenes continuas de los acontecimientos que
representaban. Por lo que curso del tiempo dejaba de ser representable por el
tic-tac mecánico del reloj: su equivalente —y Bergson se apresuró a captar esta
imagen— fue la cinta de la película cinematográfica.
Es
posible que uno sobrestime los cambios en el comportamiento humano que
siguieron al invento de estos nuevos medios, pero uno o dos de ellos se
sugieren por sí mismos. Mientras en la fase eotécnica se hablaba con el espejo
dando lugar al retrato biográfico y la biografía introspectiva, en la fase
neotécnica uno posa para la cámara, mejor aún, se actúa para la película. El
resultado es el paso de una psicología introspectiva a una psicología
conductista, de los sentimientos de mal gusto de Werther a la máscara pública
impasible de un Ernest Hemingway. Enfrentándose con el hambre y la muerte en el
desierto, un aviador perdido escribe en sus notas: “Construí otra balsa, y esta
vez me quité la ropa para probarla. Debí resultar estupendo cargando con esos
grandes trastos a la espalda y en ropas menores”. Allí y solo, aún piensa en sí
mismo como en un tipo de carácter público, a quien están observando:
y en grado mayor o menor, cada uno, desde la pobre vieja arrugada en una lejana
aldea hasta el dictador político en su escenario cuidadosamente preparado, se
encuentra en la misma posición. Este continuo sentido del medio ambiente
público parecería, en parte, por lo menos, el resultado de la cámara y el ojo
de la cámara que con ella se desarrolló. Si el ojo está ausente de la realidad,
se le improvisa falsamente con un fragmento de la propia conciencia. El cambio
es significativo: no autoexamen sino autoexposición; no el alma orgullosa
envuelta en su capa, paseando por la playa solitaria a medianoche, sino el ser
material, desnudo, expuesto al sol de la playa al mediodía, uno de tantos de
una multitud de seres desnudos. Estas reacciones, naturalmente, están fuera del
terreno de la prueba, e incluso si pudiera demostrarse la influencia de la
cámara, existen pocas razones para creer que sean definitivas. ¿Debo insistir
nuevamente en que nada de los producido por la técnica es más definitivo que
las necesidades y los intereses mismos que han creado la técnica?
IX.
Triunfos paleotécnicos
Figura 1: Torno original de Maudslay para fabricar tornillos, inventado hada
1800. Es posible que los artistas más auténticos fueran los fabricantes de
herramientas, que trasladaron las antiguas máquinas de madera a su versión en
metal, que perfeccionaron y normalizaron las partes componentes, y que
resolvieron algunos de los demás difíciles problemas mecánicos. (Cortesía del
Director del Science Museum, Londres)
Figura 2: El puente de Brooklyn: 1869-1883. Una gran masa unida a una gran
delicadeza y una solución habilidosa a un problema difícil. Los constructores,
John A. y Washington Roebling, merecen ocupar su puesto en esa gran sucesión de
ingenieros del período paleo técnico, que comienza con Smeaton y Rennie e
incluye Telford, los Brunels, Samuel Bentham y Eiffel. (Cortesía de Catherine
Baxter)
Figura 3: El Salón de las Máquinas en la Exposición de París de 1889 fue una
de las más elegantes estructuras ingenieriles: en cuanto a su técnica superaba
cualquiera de las cubiertas de estaciones de ferrocarriles en el refinamiento
de su diseño. Creada por un arquitecto, Dutert, y un ingeniero, Contamin, tenía
quizá mayor significado que la Torre Eiffel más audaz, levantada en la misma
época. Hay que recordar que el rascacielos americano de estructura de acero fue
un producto de ese mismo período.
Figura 4: Un buque de vapor moderno: aún esencialmente paleotécnico en su
diseño, pero con toda la limpieza y fuerza del tipo más antiguo de ingeniería.
Como tantos otros productos típicos paleotécnicos adolece de gigantismo. En su
distribución interior, con el lujo y el espacio de la primera clase en
contraste con las estrechas y pobres condiciones de la tercera clase, el gran
transatlántico sigue siendo una muestra de la lucha de clases de la era
paleotécnica. (Fotografía por Ewing Galloway)
Cualquiera
que sea la reacción psíquica a la cámara y a la película y al fonógrafo, no
creo que haya duda de cuál es su contribución a la gerencia del patrimonio
social. Antes de que aparecieran, el sonido sólo pudo ser representado
imperfectamente en las convenciones de la escritura: Es interesante observar
que uno de los sistemas mejores, el “Habla Visible” de Bell, fue inventado por
el padre del que inventó el teléfono. Aparte de los documentos escritos e
impresos o pintados en papel, pergamino, o telas, nada sobrevivió de una
civilización excepto sus montones de desperdicios y sus monumentos, edificios,
esculturas, obras de ingeniería, todo difícil de manejar, todo chocando más o
menos con el libre desarrollo de una vida diferente en el mismo lugar.
Gracias a
los nuevos medios esta masa inmensa de estorbos físicos podría convertirse en
hojas de papel, discos metálicos o de caucho, películas de celuloide que
podrían ser conservadas más completamente y más económicamente. Ya no es
necesario conservar montones de material para tener contacto, en la mente, con
las formas y expresiones del pasado. Estos medios mecánicos son, pues, un
aliado excelente de aquella otra nueva parte del aparato social que se
popularizó en el siglo XIX: el museo público. Dieron a la civilización moderna
un sentido directo del pasado y una percepción de sus rasgos memorables
superior a los que pudiera haber tenido cualquier otra civilización. No sólo
hicieron más inmediato al pasado: hicieron al presente más histórico reduciendo
el lapso de tiempo entre los acontecimientos reales mismos y su registro
concreto. Por primera vez podía uno encontrarse cara a cara con el retrato
parlante de gente desaparecida y recordar en su proximidad escenas y acciones.
Fausto trocó su alma a Mefistófeles para ver a Elena de Troya: será mucho más
fácil para nuestros descendientes el ver a las Elenas del siglo XX. Así pues se
ha realizado una nueva forma de inmortalidad, y un tardío escritor victoriano,
pudo muy bien especular acerca de hasta qué punto estaba completamente muerto
un hombre mientras sus palabras, su imagen y su voz eran aún susceptibles de
resucitar y podían tener un efecto directo sobre el espectador y el oyente.
Al
principio los nuevos medios de registro y reproducción produjeron gran
confusión y desafiaron la capacidad de selección: nadie puede pretender que los
hayamos empleado aún, en grado suficiente, con juicio y eficiencia. Pero
sugieren una nueva relación entre documentos escritos y archivos, entre el
desarrollo social y su codificación: por encima de todo, exigen una
sensibilidad más fina y una mayor inteligencia. Si estos inventos han hecho de
nosotros unos monos, es porque somos monos aún.
§ 9. Luz
y vida
La luz brilla en todas las partes del mundo neotécnico: se filtra a través de
los objetos sólidos, traspasa la niebla, se refleja sobre las superficies
pulidas de los espejos y los electrodos. Con la luz vuelve el color, y la forma
de las cosas, antaño oculta tras la niebla y el humo, se hace clara como el
cristal. La técnica del vidrio, que había alcanzado su primer apogeo de
perfección mecánica en el espejo veneciano, repite ahora su triunfo en cien
sectores diferentes: sólo el cuarzo es su rival.
En la
fase neotécnica, el telescopio, y sobre todo el microscopio, cobran una nueva
importancia, pues este último estuvo prácticamente en desuso durante dos
siglos, aparte la labor extraordinaria de Leeuwenhoek y de Spallanzani. A estos
instrumentos debemos añadir el espectroscopio y el tubo de rayos X, que también
utiliza la luz como instrumento de exploración. Clerk-Maxwell y su unificación
de la electricidad y de la luz es quizá el símbolo externo de esta nueva fase.
La exquisita discriminación de color presentada por Monet y sus compañeros
impresionistas, trabajando al aire libre y a la luz del sol fue repetida en el
laboratorio: el análisis del espectro y la producción de una multitud de tintes
de anilina derivados del alquitrán de hulla son descubrimientos específicos neotécnicos.
Ahora el color, hasta aquí relegado a un lugar sin importancia como
característica de la materia, se convierte en un importante factor en el
análisis químico, con el descubrimiento de que cada elemento tiene su espectro
característico. Los nuevos colorantes, además, ocupan su puesto en el
laboratorio del bacteriólogo para teñir muestras: algunos, como el violeta de
genciana, sirven de antisépticos y otros aún como medicinas en los tratamientos
de ciertas enfermedades.
El oscuro
mundo ciego de la máquina, el mundo del minero, empezó a desaparecer: calor,
luz, electricidad y, finalmente, la materia todo era manifestación de la
energía, y a medida que se proseguía el análisis de la materia los viejos
sólidos se hacían cada vez más sutiles, hasta que al fin se identificaron con
cargas eléctricas, últimos elementos constituyentes de la física moderna, del
mismo modo que el átomo lo había sido de las teorías físicas anteriores. Las
imperceptibles series de rayos ultravioletas e infrarrojos, se convirtieron en
elementos corrientes en el nuevo mundo físico en el momento en que las fuerzas
oscuras de lo inconsciente se añadieron a la psicología puramente externa y
racionalizada del mundo humano. Incluso lo oculto estaba, por así decirlo,
iluminado: ya no era desconocido. Y mientras el mundo paleotécnico había
empleado golpes y fuego para transformar la materia, el neotécnico era
consciente de otras fuerzas igualmente potentes bajo otras circunstancias: la
electricidad, la luz, los rayos visibles y las emanaciones. La creencia mística
en un aura humana resultó tan bien justificada por la ciencia exacta como el
sueño del alquimista de la transmutación lo fue por la separación del radio por
los Curie.
El culto
al sol, tan caro a Kepler al principio de aquellos desarrollos científicos
revolucionarios, surgió otra vez: la exposición del cuerpo desnudo al sol
ayudaba, se descubrió a prevenir el raquitismo y a curar la tuberculosis,
mientras la luz del sol directa saneaba el agua y reducía el número de
bacterias patógenas del medio. Con este nuevo conocimiento, fundado en el
renovado estudio del organismo que fomentaron los descubrimientos de Pasteur,
la naturaleza esencialmente antivital del ambiente paleotécnico resultó clara:
la oscuridad y la humedad de sus típicas minas y fábricas y barrios miserables
reunían las condiciones ideales para el cultivo de las bacterias, en tanto su
dieta privada de vitalidad provocaba una estructura pobre de los huesos, dentadura
defectuosa y resistencia debilitada contra la enfermedad. Los efectos totales
de estas condiciones fueron ampliamente claros debido a la urbanización
predominante en Inglaterra. Pero las estadísticas de mortalidad de
Massachusetts reflejan la misma situación: la longevidad del granjero era mayor
que la del trabajador industrial. Gracias a las invenciones y a los
descubrimientos neotécnicos la máquina se convirtió, quizá por primera vez, en
un aliado directo de la vida, y a la luz de este conocimiento sus fechorías
anteriores aparecían más grotescas e increíbles.
La
precisión matemática, la economía física, la pureza química, la limpieza
quirúrgica, éstos son algunos de los atributos del nuevo régimen. Y obsérvese
que no pertenecen a un sector cualquiera de la vida. La precisión matemática es
necesaria en el diagrama de temperatura o en el recuento de la sangre, en tanto
la limpieza se convierte en parte del ritual diario de la sociedad neotécnica
con un rigor casi tan grande como el impuesto por las primeras religiones, como
la judía o la mahometana. El cobre pulido del radiador eléctrico se refleja en
lo inmaculado del quirófano: los grandes ventanales de cristal del sanatorio se
repiten en la fábrica, en la escuela, en la casa. Durante la última década, en
las más adelantadas comunidades que se han constituido con la ayuda del Estado
en Europa, las casas mismas son positivamente heliotrópicas: se orientan hacia
el sol.
Esta
nueva técnica no se queda en las invenciones mecánicas, empieza a llamar en su
ayuda a las ciencias biológicas y psicológicas, y los estudios de eficiencia y
fatiga en el trabajo, por ejemplo, establecen que reducir la jornada de trabajo
puede redundar en aumento del volumen de producción por unidad. La prevención
de la enfermedad, la sustitución de la higiene al remedio retrasado, es una
característica de la medicina neotécnica, un retorno a la naturaleza, una nueva
confianza en el organismo como una unidad armoniosa y autoequilibrada. Bajo la
dirección de Osler y de su escuela, el médico confía en los agentes curativos
naturales: el agua, la dieta, el sol, el aire, el esparcimiento, el masaje, el
cambio de ambiente; en resumen, en una atmósfera de intensificación de la vida
y en el reajuste funcional, más bien que en más ayudas extrañas químicas y
mecánicas sin aquellas condiciones. Aquí también la intuición de Hahnemann, en
cuanto al papel de las cantidades diminutas y de la terapéutica de su escuela,
anticipó el nuevo régimen en más de un siglo, como Osler mismo reconoció
noblemente. El tratamiento psicológico de los desórdenes funcionales, que se
abrieron camino en la medicina con Freud hace una generación, casi completa
esta nueva orientación: lo único que aún falta en gran medida es el elemento
social. Como consecuencia de todos estos adelantos, uno de los problemas más
importantes de la nueva técnica llega a ser la eliminación del ambiente
marchitado paleotécnico y la reeducación de sus víctimas en un régimen más
vital de trabajo y de vida. El enemigo está constituido por las sucias casas
hacinadas, los patios y callejas húmedos, los suelos desolados, la atmósfera
sulfurosa, la fábrica más que rutinaria y deshumanizada, las escuelas con
disciplina militar, las experiencias de segunda mano, la muerte por inanición
de los sentidos, el alejamiento de la naturaleza y de la actividad animal. El
organismo vivo exige un medio que sostenga la vida. Lejos de tratar de
reemplazar esto por sustitutivos mecánicos, la fase neotécnica trata de
establecer aquellas condiciones sostenedoras de la vida dentro de lo más
recóndito de la técnica misma.
La fase
paleotécnica comenzó con una matanza de inocentes: primero en la cuna, y
después, si sobrevivían a aquélla, en las fábricas de textiles y en las minas.
El trabajo de los niños subsistió en las fábricas de algodón de los Estados
Unidos, por ejemplo, hasta 1933. Como consecuencia de un mayor cuidado durante
el embarazo y el parto, junto con un régimen mejor en la infancia, la
mortalidad de los niños por debajo de cinco años ha disminuido enormemente,
sobre todo porque ciertas enfermedades típicas infantiles se combaten mejor
gracias a la inmunología moderna. Este cuidado creciente de la vida se ha
extendido lentamente a las ocupaciones de la madurez: nótese la introducción de
dispositivos para la seguridad en las operaciones industriales peligrosas, tales
como las caretas en la trituración y pulverizado, o ropas de asbestos o mica
cuando son grandes las posibilidades de fuego o el calor excesivo, el esfuerzo
por suprimir los vidriados de plomo en la alfarería, por eliminar el fósforo
tóxico en la preparación de esferas de reloj. Estas medidas negativas con
vistas a la salud no son, naturalmente, sino un principio: el fomento positivo
de las ocupaciones favorables a la vida y el medio de reprimir aquellas formas
de la industria que reducen la esperanza de vida sin ninguna intensificación
compensadora en su producción —todo esto espera una cultura más profundamente
interesada en la vida que la neotécnica misma, en la que el cálculo de las
energías precede aún al cálculo de la vida.
En
cirugía, los métodos neotécnicos sustituyen igualmente a la mecánica de mitad
del siglo XIX. Existe un gran foso entre los métodos antisépticos de Lister,
con su confianza en su típico antiséptico de alquitrán, el ácido carbólico, y
la técnica aséptica de la cirugía moderna, primeramente introducida antes que
Lister en las operaciones de los ojos. El uso de los rayos X y las diminutas
válvulas eléctricas para la exploración, por ejemplo, junto con las
comprobaciones sistemáticas proporcionadas por el laboratorio bacteriológico,
han incrementado la posibilidad de una diagnosis inteligente por medios
distintos que los que ofrece el bisturí.
Con la
prevención mejor que con la cura, y la salud mejor que la enfermedad, como
puntos focales de la nueva medicina, el aspecto psicológico del proceso
mente-cuerpo se convierte más aún en el objeto de investigación científica. La
noción cartesiana de un cuerpo mecánico presidido por una entidad independiente
llamada alma se reemplaza, al atenuarse más la “materia” de la física teórica,
por la noción de la transformación dentro del organismo de estados-de-la-mente
en estados-del-cuerpo, y viceversa. El dualismo del cuerpo mecánico muerto,
perteneciente al mundo de la materia, y el alma vital trascendental,
perteneciente al dominio espiritual, desaparecen ante la creciente comprensión,
derivada de la fisiología por un lado y la investigación de la neurosis por
otro, de una interpenetración dinámica y una conversión dentro de los límites
de las estructuras y las funciones orgánicas. Ahora lo físico y lo psíquico se
convierten en diferentes aspectos de la energía, sólo diferenciados por la
situación a que se refieren y por el juego particular de receptores sobre los
cuales actúan. Este desarrollo hace sospechosa la especialización y el
aislamiento de las funciones, sobre las que tantas operaciones mecánicas están
basadas. La vida integral del organismo no es compatible con la extremada
separación de las funciones; incluso la eficiencia mecánica se ve seriamente
afectada por la ansiedad sexual y la falta de salud animal. El hecho de que las
operaciones simples y repetitivas concuerden con la constitución psicológica de
los débiles mentales es una advertencia en cuanto a los límites de la mano de
obra subdividida. La producción en gran escala bajo condiciones que confirman
estos límites puede imponer un precio demasiado alto por sus productos de
baratija. Lo que no es suficientemente mecánico para que lo realice una máquina
puede no ser bastante humano para un hombre. La eficiencia debe empezar con el
hombre total, y los esfuerzos para incrementar el rendimiento mecánico deben
cesar cuando el equilibrio de este hombre se ve amenazado.
§ 10. La
influencia de la biología
En los capítulos anteriores hemos visto que el primer paso hacia el mecanismo
consistía en una maniobra contra la vida: la sustitución de la duración por la
medida del tiempo, del cuerpo humano por la fuerza motriz mecánica, de los
impulsos espontáneos y de los modos cooperativos de asociación por la
instrucción militar y la regimentación. Durante la fase neotécnica esta actitud
fue profundamente modificada. La investigación del mundo de la vida abrió
nuevas posibilidades para la máquina misma: intereses vitales, antiguos deseos
humanos, influidos por el desarrollo de los nuevos inventos. El vuelo, la
comunicación telefónica, el fonógrafo, la película, todo ello surgió de un
estudio más científico de los organismos mismos. Los estudios de los fisiólogos
sirvieron de complemento a los del físico.
La
creencia en el vuelo mecánico nació directamente de las investigaciones del
laboratorio de fisiología. Después de Leonardo, el único estudio científico
sobre el vuelo, hasta los trabajos de J. B. Pettigrew y E. J. Marey en los años
mil ochocientos sesenta, fue el del fisiólogo Borelli, cuyo De Motu
Animalium se publicó en 1680. Pettigrew, un patólogo de Edimburgo,
hizo un estudio detallado de la locomoción en los animales, en el que demostró
que el andar, el nadar y el volar son en realidad modificaciones uno de otro:
“el ala —averiguó—, tanto en reposo como en movimiento, puede ser comparada, no
sin razón, con la paleta de una hélice corriente como las que se emplean en la
navegación…”, en tanto “el paso… en vez de constituir una barrera al vuelo
artificial es absolutamente necesario para el mismo”. De estas investigaciones
Pettigrew —y Marey independientemente— concluyeron que el vuelo humano era
posible.
En este
desarrollo, los modelos voladores, utilizando el nuevo material de caucho como
potencia motriz, desempeñaron una parte importante: Pénaud en París, Kress en
Viena y, más tarde, Langley en los Estados Unidos los utilizaron; pero el toque
final, necesario para el vuelo estabilizado, lo dieron dos mecánicos de
bicicletas, Orville y Wilbur Wright, al estudiar el vuelo de las aves
planeadoras, como la gaviota y el halcón, y descubrieron la función del alabeo
de los extremos del ala para lograr la estabilidad lateral. Los
perfeccionamientos en el diseño de los aviones se han asociado no solamente con
la perfección mecánica de las alas y de los motores, sino con el estudio del
vuelo de otros tipos de pájaros, como el pato, y los movimientos del pez en el agua.
De manera
análoga, la película fue en esencia la combinación de elementos derivados del
estudio de organismos vivos. El primero fue el descubrimiento de la base de la
ilusión del movimiento, por Plateau en la investigación de las imágenes
retrospectivas. Partiendo de este trabajo, la sucesión de imágenes de papel,
recorrida rápidamente con la vista, se convirtió en un juego popular de niños,
el fenaquistoscopio y el zoótropo. El paso siguiente fue obra de un francés,
Marey, al fotografiar los movimientos de los animales de cuatro patas y del
hombre: una investigación que empezó en 1870 y fue finalmente proyectada en una
pantalla en 1889. Mientras tanto Edward Muybridge, para decidir una apuesta con
Leland Stanford, un aficionado a los caballos, hizo las fotografías de los
movimientos sucesivos de un caballo, y continuó con las fotos de un buey, de un
toro salvaje, de un galgo, de un ciervo y de pájaros. En 1887 se le ocurrió a
Edison, que estaba enterado de estos experimentos, de hacer para el ojo lo que ya
había hecho para el oído, y resultó el invento de la máquina cinematográfica,
un adelanto que dependió a su vez del invento del filme de celuloide en los
años ochenta.
El
teléfono de Bell contrajo una deuda análoga con la fisiología y el juego
humano. Vom Kempelen había inventado un autómata parlante que decía unas pocas
palabras en 1778. Otra máquina parecida, “Euphonia”, inventada por el profesor
Faber, se presentó en Londres; y el mayor de los Bell convenció a Alexander y a
su hermano para construir ellos mismos un autómata. Imitando la lengua y las
partes blandas de la garganta con caucho, intentaron de manera estimable una
máquina parlante. El abuelo de Alexander había dedicado su vida a corregir
defectos del habla. Su padre, A. M. Bell, inventó un sistema de lenguaje visual
y se interesó por el cultivo de la voz: él mismo era un científico de la
emisión de la voz e hizo grandes adelantos en la enseñanza del lenguaje para
sordomudos. Partiendo de este conocimiento fisiológico y de este interés humano
—ayudados por el trabajo de Helmholtz en física— nació el teléfono, cuyo
receptor, según el consejo de un cirujano de Boston, el doctor C. J. Blake,
estaba directamente diseñado según los huesos y el diafragma del oído humano.
El
interés por los organismos vivos no se detiene ante las máquinas específicas
que imitan el ojo o el oído. Del mundo orgánico vino una idea totalmente
extraña a la mente paleotécnica: la importancia de la forma.
Uno puede
triturar un diamante o un pedazo de cuarzo hasta reducirlo a polvo; aunque haya
perdido su forma específica cristalina, las partículas conservarán todas sus
propiedades químicas y la mayor parte de las físicas: aún seguirán siendo al
menos carbono o bióxido de silicio. Pero el organismo que se tritura hasta
hacerle perder su forma ya no es un organismo; no solamente sus propiedades
específicas de crecimiento, renovación y reproducción faltan, sino que la misma
constitución química de sus partes ha sido sometida a un cambio. Ni la forma
más floja de organismo, la clásica ameba, puede considerarse una masa sin
forma. La importancia técnica de la forma no fue apreciada durante la fase
paleotécnica; pero para los grandes artífices mecánicos, como Maudslay, el
interés por el refinamiento estético de la máquina no existía, o cuando
apareció, lo hizo como un pegote, como el añadido del adorno dórico y gótico,
entre 1830 y 1860. Excepto por lo que se refiere a los perfeccionamientos en
las construcciones eotécnicas, como el barco de vela rápido “clipper”, la forma
se consideraba como cosa sin importancia. Por ejemplo, ya en 1874 estaba
diseñada la locomotora de línea aerodinámica, pero el redactor del diccionario
Knight de Artes Mecánicas que la describe cita el perfeccionamiento sólo para
desecharlo. “No tiene ninguna importancia”, dice con frío desprecio. En contra
de los posibles beneficios de la simple modificación de la forma de la máquina,
el paleotécnico pone su fe en un mayor consumo de energía y en tamaño mayor.
Solamente
con el desarrollo de las máquinas específicamente neotécnicas, como el avión,
con los estudios científicos sobre la resistencia del aire que le siguieron de
cerca, fue cuando la forma empezó a desempeñar un papel nuevo en la técnica.
Las máquinas, que adoptaron sus formas características en su desarrollo
independientes de las formas orgánicas, se vieron ahora obligadas a reconocer
la economía superior de la naturaleza. En pruebas reales, las cabezas romas de
muchas especies de peces y la larga cola afilada demostraron, en contra de la
intuición ingenua, ser la forma más económica de mover el aire y el agua;
mientras, en el movimiento de planear sobre la tierra, la forma de la tortuga,
desarrollada para caminar sobre un fondo de barro, resultó sugestivo para el
proyectista. La utilización de las curvas aerodinámicas en el diseño del
fuselaje del avión —sin hablar de las alas— incrementa el poder de elevación
sin añadir un solo caballo de fuerza: el mismo principio, aplicado a las
locomotoras y a los automóviles, al eliminar los puntos de resistencia del
aire, disminuye la cantidad de energía necesaria y aumenta la velocidad. En
realidad, gracias al conocimiento sacado de las formas vivientes para el avión,
el ferrocarril puede ahora competir una vez más en condiciones iguales con su
sucesor.
En
resumen, la organización estética integral de la máquina se convierte, con la
economía neotécnica, en el paso final que asegura su eficiencia. En tanto la
estética de la máquina es más independiente de los factores subjetivos que la
estética de una pintura, existe un punto en el fondo en el que, sin embargo,
los dos se encuentran, pues nuestras reacciones y nuestras normas de eficiencia
y de belleza se derivan ambas ampliamente de nuestras reacciones al mundo vivo,
en donde la adaptación correcta de la forma ha sobrevivido con tanta
frecuencia. La visión de la forma, del color, de la adecuación, que el ganadero
y el horticultor habían compartido hasta ahora con el artista, se abrió ahora
camino en la fábrica de las máquinas y en el laboratorio. Podía uno juzgar de
una máquina con los criterios que se aplican a un toro, a un pájaro, a una
manzana. En odontología, la apreciación de la función esencial fisiológica de
las formas dentales naturales modificaron toda la técnica de restauración de
los dientes: la mecánica basta y la estética más basta aún de tiempos
anteriores cayeron en descrédito. Este nuevo interés por la forma fue un
desafío directo a la ciega ideología del período precedente. Se podría invertir
el dicho de Emerson y decir, a la luz de la nueva tecnología, que lo necesario
jamás puede separarse de la superestructura de lo bello. Volveré a hablar de
este hecho cuando trate acerca de la asimilación de la máquina.
Debe
observarse un fenómeno más, que une la máquina con el mundo de la vida en la
fase neotécnica; a saber, el respeto por las cantidades diminutas, no notadas o
invisibles hasta entonces, a veces por debajo del umbral de lo consciente: la
parte desempeñada por las aleaciones con metales raros en metalurgia, por
pequeñísimas cantidades de energía en la recepción de radio, por las hormonas
en el cuerpo, por las vitaminas en la dieta, por los rayos ultravioletas en el
crecimiento, por las bacterias y los virus filtrables en la enfermedad. No sólo
la importancia en la fase neotécnica ya no está representada por la masa, sino
que la consideración hacia los oligoelementos en general llevó a más altos
niveles de refinamiento en cada sector de la actividad. El bolómetro de Langley
puede medir una millonésima de grado centígrado, en lugar de la milésima
posible con un termómetro de mercurio: el calibre de tensión de Tuckerman puede
dar la lectura de millonésimas de pulgada —la deformación de un ladrillo cuando
se intenta doblarlo con la mano—, mientras que el “crescógrafo” de Bose de alta
amplificación registra una velocidad del orden de cien milésimas de pulgada por
segundo. La sutileza, la finura, el respeto por la complejidad orgánica
caracterizan ahora toda la extensión del pensamiento científico: éste se ha
ampliado en parte gracias a los refinamientos de los métodos técnicos y, a su
vez, los ha acelerado. El cambio está registrado en cada parte de la
experiencia del hombre: desde la creciente importancia que la psicología otorga
a los traumas no observados hasta la sustitución de la dieta puramente
calórica, basada en el contenido energético solamente, por la dieta equilibrada
que incluye hasta las cantidades infinitesimales de iodina y cobre que requiere
la salud. En una palabra, lo cuantitativo y lo mecánico se han hecho al fin
sensibles a lo vital.
Estamos,
debo insistir, probablemente sólo al principio de este proceso invertido, por
el que la técnica, en vez de beneficiarse por su abstracción de la vida, se
beneficiará mucho más por su integración con ella. Importantes desarrollos
aparecen ya en el horizonte. Bastan dos ejemplos. En 1919 Harvey estudió la
producción de calor durante la luminiscencia de la sustancia apropiada derivada
del crustáceo Cyrpoidina hilgendorfi. Encontró que el incremento de
temperatura durante la reacción luminiscente es inferior a 0,0005 grados. Los
componentes químicos de esta luz fría son ahora conocidos: luciferina y
luciferase; y la posibilidad de llegar a su síntesis y fabricarlos, ya al
alcance de nuestra mano, incrementaría la eficiencia de la iluminación muy por
encima de cualquier otra cosa ahora posible en la utilización de la
electricidad. La producción orgánica de ésta por ciertos peces puede asimismo
dar la clave para el invento de células eléctricas económicas de alta potencia,
en cuyo caso el motor eléctrico, que no priva de vitalidad ni contamina ni
recalienta el aire, desempeñaría una nueva parte, probablemente, en todas las
formas de locomoción. Desarrollos como éste, que son claramente inminentes,
apuntan a perfeccionamientos en la técnica que harán parecer nuestra actual
bruta utilización de los caballos de vapor aún más despilfarradora que los
métodos de la ingeniería paleotécnica al proyectista de una moderna central
productora de energía.
§ 11. De
la destrucción a la conservación
Hemos visto que el período paleotécnico está marcado por un despilfarro
desconsiderado de los recursos. Ansiosos en la persecución de beneficios
inmediatos, los nuevos explotadores no prestaron atención al ambiente que los
rodeaba ni a las consecuencias futuras de sus acciones en el día de mañana.
“¿Qué había hecho por ellos la posteridad?”. En su apresuramiento, se pasaron
de listos: tiraron el dinero a los ríos, lo dejaron escapar en humo, se
encontraron apresados por sus propios escombros y suciedad y agotaron
prematuramente las tierras agrícolas de las que dependían para su alimentación
y sus fábricas.
Contra
estos despilfarros, la fase neotécnica, con su mayor conocimiento químico y
biológico, establece su prestigio. Tiende a reemplazar los descuidados hábitos
mineros del período anterior con una utilización económica y conservadora del
ambiente natural. Concretamente, el aprovechamiento y utilización de la
chatarra y de los desechos del caucho y las escorias significan limpiar el
paisaje: el final de los desperdicios paleotécnicos. La electricidad misma
ayuda en su transformación. La nube de humo de la industria paleotécnica
empieza a alzarse; con la electricidad, el cielo claro y las limpias aguas de
la fase eotécnica vuelven otra vez: el agua que fluye a través de los discos
inmaculados de la turbina, a diferencia de la que va cargada de residuos del
lavaje de las vetas carboníferas o de los desechos de las viejas fábricas
químicas, es lo mismo de pura cuando sale. La hidroelectricidad, además, da
nacimiento a la geotécnica: protección de la cubierta forestal, control de las
corrientes de agua, construcción de embalses y presas para la producción de
energía.
Ya en
1866 George Perkins Marsh, en su obra clásica sobre El hombre y la
Naturaleza, señaló los graves peligros de la destrucción de los montes y la
consiguiente erosión del suelo. Se trataba del despilfarro en su forma
primitiva, el despilfarro de la preciosa piel del suelo labrantío, lleno de
humus con el que las regiones más favorecidas del mundo están cubiertas; una
piel que es insustituible sin siglos de espera, excepto transportando nuevo
tejido de otras regiones. El arrancar la piel de los campos de trigo y de
algodón con el fin de proporcionar pan barato y tejidos a las clases
manufactureras equivalía literalmente a cavar una fosa bajo sus pies. Estos
métodos estaban tan afincados en América, que ni siquiera se tomaron medidas
para combatir este despilfarro hasta una generación después de publicarse los
libros de Marsh. En realidad, con el invento de la fabricación de papel con el
procedimiento de la pulpa de madera, la expoliación del monte prosiguió con
mayor rapidez aún. La explotación del monte y la de la mina continuaron
paralelamente.
Pero
durante el siglo XIX una serie de experiencias desastrosas llamaron la atención
sobre el hecho que la naturaleza no podía ser invadida cruelmente y la vida
silvestre exterminada sin discriminación por el hombre, sin atraerle más
perjuicios que los que trataba de eliminar. Las investigaciones ecológicas de
Darwin y de los biólogos ulteriores establecieron el concepto de la trama de la
vida, y de esa compleja interrelación de la formación geológica, el clima, el
suelo, las plantas, los animales, los protozoos y las bacterias que mantienen
un ajuste armonioso de las especies en el habitat. El destruir un monte o
introducir nuevas clases de árboles o de insectos podría significar poner en
movimiento una cadena completa de lejanas consecuencias. Al fin de mantener un
equilibrio ecológico en una región, no se podía ya explotar o exterminar de
manera tan inconsiderada como había sido costumbre de los primeros
colonizadores. La región, en breve, tenía algunas de las características del
organismo individual: lo mismo que el organismo, tiene varios métodos de hacer
frente a su desajuste para llegar a mantener su equilibrio; pero convertir esto
en una máquina especializada de producción de una sola clase de productos
—trigo, árboles, carbón— y olvidar sus varias potencialidades, tales como
habitat para una vida orgánica, era finalmente perturbar y hacer precaria la
simple función económica que parecían tan importante.
Respecto
del suelo mismo, la fase neotécnica produjo importantes cambios de
conservación. Uno de ellos era la utilización cada vez mayor de los excrementos
humanos como fertilizantes, en contraste con el método desconsiderado de
ensuciar los ríos y las aguas de las mareas y de desperdiciar los preciosos
compuestos de nitrógeno. Las instalaciones de utilización de las aguas de los
albañales como método neotécnico, más ampliamente extendido e introducido quizá
en Alemania, no simplemente evitaba el uso impropio del medio ambiente, sino
que en realidad lo enriquecía y ayudaba a llevarlo a una etapa más alta de
cultivo. La presencia de dichas plantas es una de las características del
ambiente neotécnico. El segundo avance importante fue la fijación del nitrógeno.
A finales del siglo XIX la existencia de la agricultura pareció amenazada por
el próximo agotamiento de las fuentes de nitrato de Chile. Por después se
descubrieron varios procedimientos para la fijación del nitrógeno: el
procedimiento del arco (1903) exigía energía eléctrica barata; pero el
procedimiento del amoniaco sintético, introducido por Haber en 1910, le dio un
nuevo empleo al horno de coque. Igualmente típico de la nueva tecnología fue el
descubrimiento de las bacterias formadoras de nitrógeno en los nódulos de las
raíces de ciertas plantas como el guisante, el trébol y la soja: algunas de
estas plantas fueron usadas por los romanos y los chinos para la regeneración
del suelo, pero ahora se estableció ya su función específica de reposición del
nitrógeno. Con este hallazgo desapareció una de las pesadillas paleotécnicas,
la del agotamiento inminente del suelo. Estos procedimientos alternativos
representan otro hecho neotécnico; a saber, que la solución técnica que ofrece
para sus problemas no se limita necesariamente a un medio físico o mecánico: la
electrofísica presenta una solución; la química, otra; la bacteriología y la
fisiología de las plantas, otra tercera.
Sencillamente,
la fijación del nitrógeno constituyó una contribución mucho mayor a la
eficiencia de la agricultura que cualquiera de los excelentes aparatos que
aceleraron los procedimientos para arar, escarificar, sembrar, cultivar o
cosechar. Un conocimiento de este tipo —como el conocimiento de las formas más
aptas para el movimiento de los cuerpos— es característico de la fase
neotécnica. Mientras por un lado los progresos neotécnicos perfeccionaron la
máquina automática y amplían sus operaciones, por otro eliminan las
complicaciones de la maquinaria en sectores donde no se necesitan. Un campo de
soja puede, para ciertos fines, ocupar el lugar de un ferrocarril
transcontinental, un muelle en San Francisco, un puerto, una vía férrea y una
mina en Chile, sin hablar de toda la mano de obra que supone el reunir y
ajustar todas esas máquinas y piezas. Esta generalización sigue siendo cierto
en lo que se refiere a otros dominios distintos de la agricultura. Uno de los
primeros perfeccionamientos importantes introducidos por Frederick Taylor en lo
que respecta a la dirección científica consistía solamente en un cambio en el
movimiento y en los procesos de los obreros no especializados que transportaban
rieles. De manera análoga, una mejor organización de vida y un ambiente
planeado más adecuadamente eliminan las lámparas de sol, los aparatos mecánicos
para hacer ejercicios, los remedios contra el estreñimiento, mientras un
conocimiento de la dieta ha desechado, excepto en caso desesperado las una vez
elegantes —y peligrosísimas— operaciones de estómago.
Mientras
el aumento y la multiplicación de las máquinas fue una característica clara del
período paleotécnico, ya puede uno decir resueltamente que el refinamiento, la
disminución y la eliminación parcial de la máquina es una característica de la
economía neotécnica emergente. Confiar las máquinas a los sectores donde sus
servicios son únicos e indispensables es una consecuencia necesaria de nuestra
mejor comprensión de la máquina misma y del mundo en que funciona.
La
conservación del medio ambiente tiene también otro aspecto neotécnico: la
constitución en agricultura de un medio artificial apropiado. Hasta el siglo
XVII el artefacto más importante del hombre fue probablemente la ciudad misma;
pero durante este siglo las mismas tácticas que había utilizado para su propia
adaptación a lo doméstico las aplicó a la agricultura en la construcción de
invernaderos de cristal, y durante el siglo XIX, con el aumento de la
producción de cristal y la expansión del conocimiento empírico de los suelos,
el cultivo bajo cristal se hizo importante en el suministro de frutas y de
verduras. El agricultor neotécnico, no contento ya con tomar la naturaleza tal
y como se presenta, trata de determinar las condiciones exactas del suelo, de
la temperatura, de la humedad, de las horas de sol necesarias para que se dé el
cultivo específico que él desea. Dentro de sus marcos fríos y sus calientes
invernaderos crea aquellas condiciones.
Esta
agricultura premeditada y sistemática se ve hoy en todo su esplendor, quizá, en
Holanda y Bélgica, y en las granjas lecheras, tal como se hace en Dinamarca y
Wisconsin. Paralelamente, pues, a la expansión de la industria moderna en el
mundo entero existe una igualación similar en la agricultura. Ayudada por una
producción barata de marcos de metal y de cristal, por no decir nada de los
sustitutivos sintéticos del cristal que permitirán el paso de los rayos
ultravioletas, existe la perspectiva del convertir parte de la agricultura en
una ocupación de todo el año, disminuyendo así la cantidad de transporte
necesario de frutas frescas y hortalizas, y de cultivar, en condiciones más
humanas posibles, las frutas y verduras tropicales. En esta nueva fase, la
cantidad disponible de suelo no es tan importante críticamente como su calidad
y la manera de utilizarlo.
La más
estrecha interplanificación de las ocupaciones rurales y urbanas sigue
necesariamente a la industrialización parcial de la agricultura. Incluso sin el
uso de invernaderos, la amplia distribución de la población por todo el campo
es consecuencia de la industria neotécnica que está ahora en el proceso de
realización: esto trae consigo la posibilidad de ajustar la producción
industrial a los cambios estacionales del trabajo impuestos por la naturaleza
en agricultura. Y como la agricultura resulta más industrializada, no sólo
tenderán a disminuir los tipos extremos del rústico y del cockney[10],
sino que los ritmos de las dos ocupaciones se acercarán una a otra y se
modificarán recíprocamente. Si la agricultura, liberada de la incertidumbre del
tiempo y de las plagas de insectos, se hace más regular, el ritmo orgánico de
los procesos vitales puede modificar la pulsación de la organización
industrial: un salto repentino en la industria mecánica, cuando los campos
están haciendo señas, puede considerarse no sólo como una marca de
planificación ineficiente, sino como un sacrilegio esencial. El provecho humano
de esta unión de la ciudad y el campo, de la industria y la agricultura, estuvo
presente en las mejores mentes del siglo XIX, aunque el estado mismo pareciera
encontrarse a una distancia astronómica de ellas. En cuanto a esta política, el
comunista Marx, el conservador social Ruskin y el anarquista Kropotkin estaban
de acuerdo. Es ahora uno de los evidentes objetivos de una economía
racionalmente planificada.
§ 12. La
planificación de la población
Punto central en el uso ordenado de los recursos, la integración sistemática de
la industria, y la planificación y desarrollo de las regiones humanas, es quizá
la más importante de todas las innovaciones neotécnicas: la planificación del
crecimiento y distribución de la población.
Aun
cuando los nacimientos han sido controlados desde los tiempos más antiguos con
uno u otro medio empírico, desde el ascetismo hasta el aborto, desde el coito
interrumpido hasta el método ateniense de exponer o abandonar al recién nacido,
el primer gran perfeccionamiento en Europa Occidental llegó en el siglo XVI a
través de los árabes. Falopio, el descubridor de las trompas que llevan su
nombre, describe el uso tanto del pesario como del preservativo. Como los
jardines y los palacios de aquel período, el descubrimiento quedó al parecer
como propiedad de las clases superiores de Francia e Italia: sólo fue a
principios del siglo XIX cuando Francis Place y sus discípulos intentaron
propagar sus conocimientos entre los obreros agotados del algodón en Inglaterra.
Pero la práctica racional de la contracepción y el perfeccionamiento de los
contraceptivos esperó no solamente al descubrimiento de la exacta naturaleza de
la célula germinal y del proceso de fecundación, también esperó los
mejoramientos en los medios tecnológicos. La contracepción efectiva general,
dicho con otras palabras, es posterior a Goodyear y a Lister. El primer gran
descenso en la tasa de nacimientos ingleses se registró en la década de
1870-1880, la década que ya hemos señalado como la que vio el perfeccionamiento
de la máquina de gas, la dínamo, el teléfono y la lámpara de filamento
eléctrico.
Los tabús
acerca del sexo se han mantenido durante tan largo tiempo en la sociedad
cristiana que sus investigaciones científicas se vieron retrasadas mucho más
que la referentes a otra función cualquiera del cuerpo: existen incluso hoy
libros de texto sobre fisiología que pasan por alto las funciones sexuales con
las más rápidas alusiones; por tanto, un tema de importancia crítica para el
cuidado y la educación de la raza no está aún por completo fuera de las manos
de los empíricos y de la gente supersticiosa, por no decir de los curanderos.
Pero la técnica de la esterilización temporal —llamada control de natalidad—
fue quizá el más importante para la raza humana de todos los avances
científicos y técnicos que se llevaron a cabo durante el siglo XIX. Fue la
respuesta neotécnica a esa vasta e irresponsable proliferación de la humanidad
en Occidente que tuvo lugar durante la fase paleotécnica, respuesta en parte
posiblemente a la introducción de nuevos alimentos principales y la extensión
de nuevas zonas alimentarias, estimulada y favorecida por el hecho de que la
copulación era el único arte y la única diversión que no podía negarse a la
población de las factorías por mucho que estuviera o estuvieran brutalizadas.
Los
efectos de la contracepción fueron múltiples. Por lo que respecta a la vida
personal, tendió a producir una separación entre las funciones sexuales
preliminares y las paternales, ya que el contacto sexual, llevado
prudentemente, ya no traía consigo la probabilidad inminente de la progenie.
Esto tendió a prolongar el período de amor romántico entre los recién casados:
dio una oportunidad para llevar a cabo una corte sexual perfecta en lugar de
reducirla y eliminarla rápidamente por tempranos y continuos embarazos. La
contracepción, asimismo, dio naturalmente la oportunidad de las relaciones
sexuales antes de aceptar las responsabilidades legales del matrimonio y de la
paternidad, lo que produjo una desvalorización de la virginidad, en tanto
permitió que la vida erótica siguiera una secuencia natural de crecimiento y
florescencia, sin respeto por la oportunidad económica o profesional.
Disminuyó, por tanto, en cierta medida, los peligros de la detención del
desarrollo sexual y emocional, con las tensiones y las angustias que tan a
menudo acompañan esta detención, dando oportunidad al trato sexual sin completa
irresponsabilidad social. Además, al permitir el íntimo conocimiento sexual
antes del matrimonio, ofrecía un medio para evitar una relación más o menos
permanente de dos personas en cuya feliz unión pudieran existir graves
obstáculos fisiológicos o temperamentales. Mientras, la contracepción,
eliminando el elemento de finalidad, quizá disminuía el peso de las elecciones
trágicas, tendía a estabilizar la institución del matrimonio, por el hecho
mismo de disociar la relación social y afectiva de la paternidad de la
incidencia más caprichosa de la pasión sexual.
Pero si
importante fue la contracepción en la vida sexual, en particular por el hecho
de devolver vigor compensatorio al sexo con un papel más central en la
personalidad, sus efectos sociales fueron igualmente importantes.
Cualesquiera
que puedan ser los límites de crecimiento demográfico en el planeta, nadie duda
de que existen límites. La superficie misma del planeta constituye un límite, y
la cantidad de suelo cultivable y de aguas piscícolas es otro. En países
superpoblados como China y la India, la población ha presionado intensamente
sobre los suministros de alimentos, y la seguridad ha alternado con el hambre,
a pesar de la inmensa superioridad de la agricultura china sobre la mayor parte
de las agriculturas europea y americana en cuanto a rendimiento por acre. Con
la creciente presión de la población en los países europeos a partir del fin
del siglo XVIII y con la tasa de crecimiento superando las guerras, una alta
tasa de mortalidad debida a enfermedades y la emigración, hubo como una marea
de pueblos moviéndose del hemisferio oriental al occidental, de Rusia a
Siberia, y de China y Japón a Manchuria. Cada área poco poblada actuó como un
centro meteorológico de baja presión para atraer el movimiento ciclónico de pueblos
en las zonas de alta presión. De haber continuado automáticamente aumentando la
población de todos los países, este movimiento habría desembocado finalmente en
desesperados conflictos —como el que surgió en 1932 entre China y Japón—, con
muertes por hambre y plagas como única alternativa a los enérgicos
mejoramientos de la agricultura. Bajo la tensión de la competencia ciega y de
la igualmente ciega fecundidad, no habría posibilidad de poner fin a esos
movimientos y a esas guerras en gran escala.
Con la
práctica extendida del control de natalidad, sin embargo, se alcanzó un
equilibrio vital en fecha temprana en Francia, y se está ahora alcanzando en
Inglaterra y los Estados Unidos. Este equilibrio reduce el número de variables
que se deben tener en cuenta al planificar, y el tamaño de la población en
cualquier área puede ahora ponerse teóricamente en relación con los recursos
permanentes para sustentar la vida que proporciona, mientras que el
despilfarro, el deterioro y la disolución de una tasa de natalidad incontrolada
y una alta tasa de mortalidad se ven superadas por el decrecimiento en ambos
términos de la razón al mismo tiempo. Sin embargo, el control de la natalidad
ha llegado demasiado tarde a ser puesto en práctica para ejercer un control apreciable
en los problemas del planeta en conjunto. Unas fuerzas que se pusieron en
movimiento en el pasado pueden encontrarse aún durante dos o tres generaciones
en el camino de la ordenación racional de la natalidad, excepto en los países
más civilizados; y la redistribución racional de la población de la tierra en
habitats espera el reflujo general de la marea humana desde el punto al que se
vio lanzada en el siglo XIX.
Pero los
medios técnicos de este cambio se encuentran por primera vez a mano. Los
intereses personales y sociales coinciden tan fuertemente aquí que es dudoso
que los tabús de la religión puedan resistirles. Los intentos mismos que han
hecho los médicos para descubrir períodos “seguros” en que la concepción es
improbable es una señal de la exigencia de encontrar una medida que escape a la
prohibición algo caprichosa de la Iglesia contra los métodos artificiales.
Incluso la religión del nacionalismo, aunque estimulada por proezas sádicas,
ilusiones paranoicas de grandeza y deseos maniáticos de imponer la voluntad
nacional sobre otras poblaciones, incluso esta religión no está inmune al
control de la natalidad, siempre que conserve los principales elementos de la
tecnología moderna.
Aquí,
pues, hay otro ejemplo del paso de las normas cuantitativas a las cualitativas,
que marca la transición de la economía paleotécnica. El primer período se
caracterizó por una orgía de producción incontrolada y de reproducción
igualmente incontrolada: carne de máquina y carne de cañón; valores excedentes
y poblaciones excedentes. En la fase neotécnica aparece un cambio de valores:
no más nacimientos, sino mejores nacimientos, con mayores perspectivas de
supervivencia, mejores oportunidades de vida sana y sana paternidad, no
manchada por la mala salud, enfermedades evitables, y pobreza, no destrozadas
por la competencia industrial y las guerras nacionales. Estas son las nuevas
exigencias. ¿Qué mente racional pone en duda su legitimidad? ¿Qué mente humana
retrasaría su aplicación?
§ 13. El
presente pseudomorfo
Hasta ahora, al tratar la fase neotécnica, me he preocupado más de la
descripción y la realidad que de la predicción y la potencialidad. Pero quien
ha dicho A en neotécnica ha dicho ya B, y es de las implicaciones y las
consecuencias sociales de la economía técnica, más bien que de sus instrumentos
típicos técnicos de lo que yo deseo tratar en los dos capítulos finales de este
libro.
Existe,
sin embargo, otra dificultad al tratar de esta fase; a saber, estamos aún en
plena transición. El conocimiento científico, las máquinas y las obras, los
métodos tecnológicos, los hábitos de vida y los fines humanos que pertenecen a
esta economía están muy lejos de ser los dominantes en nuestra civilización
actual. El hecho es que en las grandes zonas industriales de Europa Occidental
y América y en los territorios susceptibles de explotación que se encuentran
bajo el control de aquellos centros la fase paleotécnica está aún intacta y
predominan todas sus características esenciales, incluso si muchas de las
máquinas que usa son neotécnicas o han sido construidas —como la
electrificación de los sistemas de ferrocarriles— según métodos neotécnicos. En
esta persistencia de prácticas paleotécnicas es evidente el sesgo antivital de
la máquina: belicosa, centrada en el dinero, refrenadora de la vida, seguimos
adorando las divinidades gemelas Mammón y Moloch, por no hablar de dioses
tribales más terriblemente salvajes.
Incluso
en medio del colapso económico mundial que empezó en 1929, el valor de lo que
se había derrumbado no fue puesto en duda en el primer momento, aunque los más
pusilánimes abogados del viejo orden no tienen esperanza ahora de
reconstituirlo. Y en el único país, la Rusia Soviética, que ha intentado
magníficamente destruir las normas pecuniarias y los intereses, incluso en la
Rusia Soviética, los elementos de la fase neotécnica no están claros. Pues a
pesar de la auténtica intuición de Lenin de que “electrificación más socialismo
igual a comunismo”, la adoración por el tamaño y el poder mecánico puro, y la
introducción de una técnica militarista, tanto en el gobierno como en la
industria, van de la mano con razonables logros neotécnicos en la higiene y la
educación. Por un lado, la planificación científica de la industria; por el
otro, la agricultura de tipo de gran rendimiento, al estilo de las granjas de
América en los años setenta del siglo pasado; aquí los grandes centros de
energía eléctrica con una descentralización potencial en ciudades-jardín; allí
la introducción de industrias pesadas en la ya congestionada y anticuada
metrópolis de Moscú y el despilfarro ulterior de energía en la construcción de
costosos ferrocarriles subterráneos que intensifican dicha congestión. Aunque
en distinta forma que en los países no comunistas, se observa, sin embargo, en
la Rusia Soviética algo de la misma confusión y de propósitos opuestos, algo de
las mismas perniciosas supervivencias que prevalecen en otras partes. ¿Qué es
responsable de este fracaso de la máquina?
La
respuesta implica algo más que un desfase o un retraso cultural. Se explica
mejor, creo, mediante un concepto apuntado por Oswald Spengler en el segundo
volumen de la Decadencia de Occidente: el concepto de pseudomorfo
cultural. Spengler apunta al hecho corriente en geología de que una roca puede
conservar su estructura después de que ciertos elementos han sido lixiviados y
han sido sustituidos por otros de un material completamente diferente. Como la
estructura aparente de la vieja roca permanece, el nuevo producto se denomina
pseudomorfo. Una metamorfosis similar es posible en la cultura: nuevas fuerzas,
actividades, instituciones, en vez de cristalizar independientemente en sus
formas propias adecuadas, pueden insinuarse en la estructura de una civilización
existente. Este quizá sea el hecho esencial de nuestra situación actual. Como
civilización, no hemos entrado aún en la fase neotécnica; y si un futuro
historiador hubiera de usar la actual terminología, tendría indudablemente que
caracterizar la transición presente como un período mesotécnico: estamos aún
viviendo, dicho con palabras de Matthew Arnold, entre dos mundos, el uno
muerto, el otro sin potencia para nacer.
Pues
¿cuál ha sido el resultado total de todos esos grandes descubrimientos e
invenciones científicos, de esos intereses más orgánicos, de esos refinamientos
y delicadezas de la técnica? Hemos utilizado simplemente nuestras nuevas
máquinas y energías para apoyar proceso que se empezaron bajo los auspicios de
la empresa capitalista y militarista: no las hemos utilizado aún para dominar
aquellas formas de empresa y someterlas a propósitos más vitales y humanos. Los
ejemplos de formas pseudomórficas pueden sacarse de todos los sectores. En el
crecimiento de la ciudad, por ejemplo, hemos utilizado el transporte eléctrico
y con gasolina para aumentar la congestión que era el resultado original de las
concentraciones capitalistas de la energía del carbón y del vapor: los medios
nuevos han sido utilizados para ampliar el área y la población de esos centros
metropolitanos anticuados e ineficientes y humanamente defectuosos. De la misma
manera, la construcción con armadura de acero en la arquitectura, que permite el
empleo más completo del cristal y el mayor aprovechamiento de la luz, se ha
usado en América para incrementar el hacinamiento de los edificios y poner
barreras a los rayos del sol. El estudio psicológico de comportamiento humano
se aprovecha para condicionar a la gente a aceptar productos ofrecidos por
astutos anunciantes publicitarios, a pesar de que la ciencia, según se aplica
en la Oficina Nacional de Normas de Washington, da niveles mensurables y
tasables de calidades de los artículos cuyo valor se establece ahora en forma
comúnmente aceptable por medios puramente subjetivos. La planificación y la
coordinación de la empresa productiva, en manos de banqueros privados más bien
que de funcionarios públicos, se convierte en un método para conservar el control
monopolista de grupos financieros privilegiados o de países privilegiados. Los
medios para el ahorro de la mano de obra, en vez de aumentar el tiempo de ocio,
ha resultado en un medio para mantener a un nivel depauperado una parte
creciente de la población. El avión, en lugar de incrementar simplemente el
volumen de viajes e intercambio entre los países, ha aumentado sus temores
recíprocos: como instrumento de guerra, en combinación con los últimos inventos
de la química en cuanto a gases tóxicos, augura una crueldad exterminadora que
el hombre hasta ahora no ha sido capaz de aplicar contra las chinches y las
ratas. El refinamiento neotécnico de la máquina, sin un desarrollo coordinado
de fines sociales más altos, no ha hecho sino aumentar las posibilidades de
depravación y de barbarie.
Las
antiguas formas de la técnica no sólo han servido para restringir el desarrollo
de la economía neotécnica, con frecuencia los nuevos inventos y medios se han
utilizado para mantener, renovar y estabilizar la estructura del antiguo orden.
Existe un interés político y financiero en un equipo técnico anticuado, ese
conflicto subyacente entre los intereses de los negocios y los intereses
industriales, los cuales Veblen analizó con agudeza en The Theory of
Business Enterprise (La teoría de la empresa de negocios), se ve
acentuado por el hecho de que se invierten grandes cantidades de capital en
máquinas anticuadas y onerosas. La “adquisitividad” financiera que
originalmente aceleró la invención favorece ahora la inercia técnica. De aquí
el retraso en la introducción del teléfono automático; de aquí el continuo
diseñar automóviles en términos de moda superficial, en lugar de aprovechar los
principios aerodinámicos en la construcción con vistas a la comodidad, la
velocidad y la economía; de aquí la compra constante de patentes para
perfeccionamientos que después se ocultan por el monopolio que las posee.
Y esta
repugnancia, esta resistencia, esta inercia tienen buenas razones: lo antiguo
tiene múltiples causas para temer lo nuevo. La industria planificada e
integrada de diseño neotécnico promete tanta mayor eficacia que la antigua, que
ni una sola institución apropiada a una economía de excedentes, en particular
las instituciones que limitan la propiedad y los dividendos a un pequeño grupo
de la población, que así absorbe el poder adquisitivo por una reinversión
excesiva en la empresa industrial, favoreciendo su mayor expansión. Estas
instituciones, en realidad, son incompatibles con una producción y una
distribución planificadas de lo necesario para la vida, pues los valores
financieros y los bienes reales no pueden ser empleados para toda la comunidad
en términos que beneficien fundamentalmente a los capitalistas particulares por
quienes y para quienes ha sido creada la estructura original del capitalismo.
No debe
uno de asombrarse de que los que aparentan controlar los destino de la sociedad
industrial, los banqueros, los hombres de negocios y los políticos, hayan
frenado continuamente el progreso y hayan tratado de limitar los desarrollos
neotécnicos y evitado los cambios drásticos que han de realizarse en todo el
medio social. El actual pseudomorfo es, social y técnicamente, de tercera
clase. Sólo puede tener una fracción de la eficiencia que posee la civilización
neotécnica en conjunto, a condición de que finalmente produzca sus propios
controles, formas, direcciones y patrones institucionales. Actualmente, en
lugar de encontrar esas formas, hemos aplicados nuestra destreza e invención de
manera que dejamos una nueva prórroga de vida a las instituciones capitalistas
y militaristas anticuadas del más viejo período. Fines paleotécnicos con medios
neotécnicos: ésta es la característica más evidente del orden actual. Y por eso
es por lo que una gran parte de las máquinas y las instituciones que se jactan
de ser “nuevas” o “avanzadas” o “progresivas” lo son a menudo solamente en la
forma en que un moderno buque de guerra es nuevo y avanzado: pueden de hecho
ser reaccionarias, y pueden encontrarse en el camino de una nueva integración
del trabajo y el arte y la vida que hemos de buscar y crear.
Capítulo
6
Ventajas e inconvenientes
Contenido:
§ 1.
Resumen de las reacciones sociales
§ 2. La rutina mecánica
§ 3. Materialismo sin objetivo: Poder superfluo
§ 4. Cooperación contra esclavitud
§ 5. Ataque directo contra la máquina
§ 6. Lo romántico y lo utilitario
§ 7. El culto del pasado
§ 8. El retorno a la naturaleza
§ 9. Polaridades orgánicas y mecánicas
§ 10. El deporte y la “diosa impura”
§ 11. El culto a la muerte
§ 12. Los parachoques menores
§ 13. Resistencia y ajuste
§ 1.
Resumen de las reacciones sociales
Cada una de las tres fases de la civilización de la máquina ha dejado sus
rendimientos en la sociedad. Cada una ha cambiado su paisaje, alterado el plano
físico de las ciudades, utilizado ciertos recursos y despreciados otros,
favorecido ciertos tipos de comodidad y ciertos senderos de actividad, y
modificado la herencia técnica común. Es la suma total de estas fases,
confusas, mezcladas, contradictorias, anulando sus fuerzas así como añadiendo a
ellas, lo que constituye nuestra actual civilización mecánica. Algunos aspectos
de esta civilización están en completa decadencia; algunos están vivos pero
abandonados en el pensamiento; otros aún se encuentran en las primeras etapas
del desarrollo. El llamar a esta complicada herencia la Edad de la Energía o la
Edad de la Máquina oculta más de lo que pone de relieve. Si la máquina parece
dominar la vida de hoy, es sólo porque la sociedad están más desorganizada de
lo que estaba en el siglo XVII.
Pero
junto con las transformaciones positivas del medio por medio de la máquina han
llegado las reacciones de la sociedad contra la máquina. A pesar del largo
período de preparación cultural, la máquina encontró inercia y resistencia: en
general, los países católicos fueron más lentos en aceptarlas que los
protestantes, y las regiones agrícolas la asimilaron mucho menos completamente
que los distritos mineros. Han seguido existiendo modos de vida esencialmente
hostiles a la máquina: la vida institucional de las iglesias, aunque muchas
veces está subordinada al capitalismo ha permanecido ajena a los intereses
naturalistas y mecanicistas que contribuyeron al desarrollo de la máquina. De
aquí que la máquina misma haya sido apartada o metamorfoseada hasta cierto
punto por las reacciones humanas que ha establecido, o a las que, de una manera
u otra, se ha visto forzada a adaptarse. De la máquina han resultado muchos
reajustes sociales que estaban muy lejos del pensamiento de los filósofos
originales del industrialismo. Ellos esperaban que las antiguas instituciones
sociales del feudalismo habían sido disueltas por el orden nuevo: no previeron
que podrían cristalizar de nuevo.
Además,
sólo en los textos de economía es donde el Hombre Económico y la Edad de la
Máquina han mantenido siempre la pureza de sus imágenes ideales. Antes del
período paleotécnico avanzado, sus imágenes estaban ya deslustradas: la libre
competencia fue frenada desde el principio por los acuerdos comerciales y las
colaboraciones anti-unionistas de los mismos industriales que gritaban más alto
en su favor. Y la retirada de la máquina, encabezada por filósofos, poetas y
artistas aparecía en el instante mismo en que las fuerzas del utilitarismo
parecían más confiadas y más coherentes. Los éxitos del mecanismo sólo
incrementaban la conciencia de los valores no incluidos en una ideología
mecanicística, valores derivados, no de la máquina, sino de otros dominios de
la vida. Cualquier apreciación justa de la contribución de la máquina a la
civilización debe contar con estas resistencias y compensaciones.
§ 2. La
rutina mecánica
Examine el lector por sí mismo la parte desempeñada por la rutina mecánica y
sus aparatos en su jornada de trabajo, desde el despertador que le hace
levantarse por la mañana hasta el programa de radio que le acompaña para
dormirse. En vez de abrumarle con la recapitulación, me propongo resumir los
resultados de sus investigaciones y analizar las consecuencias.
La
primera característica de la moderna civilización de la máquina es su
regularidad temporal. Desde el momento del despertar, el ritmo del día está
medido por el reloj. Independientemente del esfuerzo o de la fatiga, a pesar de
la desgana o de la apatía, la familia se levanta a la hora establecida. El
tardar en levantarse está castigado con la mayor prisa en desayunarse o en
correr para tomar el tren: a largo plazo, puede incluso significar la pérdida
de un empleo o el ascenso en el negocio. El desayuno, el almuerzo, la comida,
se hacen a horas fijas y tienen una duración bien limitada: un millón de
personas realizan estas funciones dentro de un corto espacio de tiempo, y sólo
se toman escasas medidas para los que tengan que comer fuera de este plan regular.
Al aumentar la escala de la organización, la puntualidad y la regularidad del
régimen mecánico tienden a incrementarse: el reloj registrador regula
automáticamente la entrada y la salida del trabajador, en tanto un trabajador
que no cumpla con regularidad —tentado por la trucha de los riachuelos o por
los patos de las marismas— se encuentra con que esos impulsos se tratan tan
desfavorablemente como la embriaguez arraigada: si quiere atenerse a sus
impulsos debe permanecer atado a los menos rutinarios dominios de la
agricultura. “Los temperamentos refractarios de la gente obrera acostumbrada a
paroxismos irregulares de diligencia”, de los que Ure escribía hace un siglo
con tan piadoso horror han sido desde luego dominados.
Bajo el
capitalismo, la medida del tiempo no es solamente un medio de coordinar e
interrelacionar funciones complicadas: es también como el dinero un producto
independiente con un valor propio. El maestro de escuela, el abogado, incluso
el doctor con su programa de operaciones conforman sus funciones con un
calendario casi tan riguroso como el de un maquinista de una locomotora. En
caso de parto, la paciencia más bien que la instrumentación es uno de los
requisitos principales para un alumbramiento normal satisfactorio y una de las
garantías mayores contra la infección en casos difíciles. En este caso la
interferencia mecánica del tocólogo, impaciente por reanudar sus visitas, ha
sido ampliamente responsable del descrédito corriente en la estadística de los
médicos americanos, que utilizan el equipo más higiénico de hospital, si se
compara con las comadronas que no intentan acelerar con brusquedad los procesos
de la naturaleza. Mientras la regularidad en ciertas funciones fisiológicas,
como comer y eliminar, puede de hecho ayudar a mantener la salud, en otros
casos, como el juego, el trato sexual y otras formas de diversión, la fuerza
misma del impulso es de sacudida más bien que de repetición regular: en este
caso los hábitos fomentados por el reloj o el calendario pueden conducir al
embotamiento y a la rutina.
Luego la
existencia de una civilización de la máquina, completamente cronometrada,
programada y regulada, no garantiza necesariamente el máximo de eficiencia en
ningún sentido. La medida del tiempo establece un punto útil de referencia, y
es inestimable en la coordinación de diversos grupos y funciones que carecen de
otro marco cualquiera de actividad. En la práctica de una vocación individual
dicha regularidad puede ayudar muchísimo en la concentración y en la economía
del esfuerzo. Pero el consentir que gobierne arbitrariamente las funciones
humanas es reducir la existencia misma a una simple esclava del tiempo y a
extender las sombras de la cárcel sobre una zona demasiado amplia de la
conducta humana. La regularidad que produce apatía y atrofia —esa acedia que
era ruina de la existencia monástica, como lo es asimismo el ejército— es tan
despilfarradora como la irregularidad que produce el desorden y la confusión.
Utilizar lo accidental, lo impredecible, lo caprichoso es tan necesario, hasta
en términos de economía, como utilizar lo regular: las actividades que excluyen
las operaciones del azar provocan la pérdida de algunas ventajas de la
regularidad.
En pocas
palabras, el tiempo mecánico no es un absoluto. Y una población entrenada a
atenerse a una rutina mecánica del tiempo con cualquier sacrificio de la salud,
conveniencia y felicidad orgánica puede muy bien llegar a sufrir de la tensión
de esa disciplina y hallar que la vida es imposible sin las más vigorosas
compensaciones. El hecho de que el trato carnal en una ciudad moderna esté
limitado, para los trabajadores en todos los grados y sectores, a las horas ya
fatigadas del día puede aprovechar a la eficiencia de la vida de trabajo sólo
con un sacrificio demasiado gravoso en las relaciones personales y orgánicas.
Los beneficios prometidos por la reducción de las horas de trabajo de ningún
modo constituyen una oportunidad para dar al placer corporal el vigor que hasta
ese momento se ha agotado al servicio de las máquinas.
Junto a
la regularidad mecánica, se observa el hecho de que una buena parte de los
elementos mecánicos de hoy son intentos para contrarrestar los efectos del
alargamiento del tiempo y de la distancias en el espacio. La refrigeración de
los huevos, por ejemplo, es un esfuerzo para espaciar su distribución de manera
más uniforme de lo que la gallina es capaz de hacer. La pasteurización de la
leche es un intento de contrarrestar el efecto del tiempo que transcurre en la
cadena entre la vaca y el lejano consumidor. Las partes que acompañan al
aparato mecánico nada hacen para mejorar el producto mismo: la refrigeración
simplemente detiene el proceso de descomposición, mientras que la
pasteurización en realidad le quita a la leche algo de su valor nutritivo. Donde
es posible distribuir a la población más cerca de los centros rurales en donde
se producen la leche, la mantequilla y las verduras, los complicados aparatos
para contrarrestar el tiempo y las distancias puede hasta cierto punto
disminuir.
Se pueden
multiplicar dichos ejemplos tomándolos de distintos sectores; apuntan a un
aspecto de la máquina que no ha sido reconocido en general por aquellos
originales apologistas del capitalismo de la máquina que consideran cualquier
gasto extraordinario de fuerza motriz y toda pieza nueva de un aparato mecánico
como un beneficio neto automático en eficiencia. En The Instinct of
Workmanship (El instinto manufacturero), Veblen de hecho se ha
preguntado si la máquina de escribir, el teléfono y el automóvil, aunque logros
tecnológicos acreditados “no han desperdiciado más esfuerzo y sustancia de la
que han ahorrado”, si no se les debe achacar una apreciable pérdida económica,
por haber aumentado el ritmo y el volumen de la correspondencia y la
comunicación y los viajes fuera de toda proporción con las necesidades reales.
Y Bertrand Russel ha observado que cada mejora en la locomoción ha incrementado
el área sobre la que cada persona se ve impulsada a moverse; de manera que una
persona que hace un siglo tuviera que emplear media hora para ir a trabajar,
aún tiene que emplear media hora para llegar a su destino, porque el artefacto
que le permitía ahorrar tiempo si hubiera permanecido en su situación original,
ahora —llevándole a una zona residencial más lejana— anula de hecho el
beneficio.
Ha de
observarse aquí otro efecto ulterior de nuestra más estrecha coordinación del
tiempo y de nuestra comunicación instantánea: la ruptura del tiempo y la
ruptura de la atención. Las dificultades de transporte y de comunicación antes
de 1850 actuaban automáticamente como pantalla selectiva que no permitía que a
una persona alcanzaran más estímulos que aquellos a los que ella podía
responder: una cierta urgencia era necesaria antes de que uno recibiera una
llamada lejana o se viera uno mismo obligado a emprender un viaje. Esta
condición de lenta locomoción física mantenía el trato a escala humana, y
perfectamente controlado. Hoy día esta pantalla ha desaparecido: lo lejano está
tan próximo como lo cercano: lo efímero es tan importante como lo duradero. Mientras
el “tempo” del día ha sido acelerado por la comunicación instantánea, se ha
roto su ritmo: la radio, el teléfono, el clamor del periódico por llamar la
atención, y en medio de la multitud de estímulos a que se encuentra sometida la
gente, se hace cada vez más difícil absorber y poder con cualquier parte sola
del ambiente, por no decir con el conjunto. El hombre corriente están tan
sujeto a esas interrupciones como el estudioso o el hombre de negocios, e
incluso el período semanal de cese de las tareas familiares y de ensueño
contemplativo, que ha sido una de las grandes contribuciones de la religión
occidental a la disciplina de la vida personal, se ha convertido en una
posibilidad cada vez más remota. Esas ayudas mecánicas a la eficiencia, la
cooperación y la inteligencia han sido explotadas sin piedad, por la presión
comercial y política, pero hasta ahora —por no reguladas y por indisciplinadas—
han sido obstáculos a los fines mismos que pretenden favorecer. Hemos
multiplicado las exigencias mecánicas sin multiplicar en grado alguno nuestras
capacidades humanas por registrarlas y reaccionar de manera inteligente a
ellas. Con las sucesivas demandas del mundo externo tan frecuentes y tan
imperativas, sin ningún respeto por su verdadera importancia, el mundo interno
se convierte progresivamente en algo estéril e informe: en lugar de una
selección activa, hay una absorción pasiva que termina en un estado muy bien
descrito por Víctor Brandford como “huera subjetividad”.
§ 3.
Materialismo sin objetivo: Poder superfluo
Nacida de su preocupación por la producción masiva está la tendencia de la
máquina en centrar el esfuerzo exclusivamente en la producción de bienes
materiales. Existe un énfasis desproporcionado en los medios físicos de vida:
la gente sacrifica tiempo y disfrutes presentes con el fin de conseguir una
abundancia mayor de medios físicos, pues se supone que existe una estrecha
relación entre el bienestar y el número de bañeras, autos y otros productos
análogos de la máquina que uno pueda poseer. Esta tendencia, no para satisfacer
las necesidades físicas de la vida, sino para extender hasta un límite
indefinido la cantidad de equipo material que se aplica a la vida, no es
exclusivamente característica de la máquina, pues ha constituido un
acompañamiento normal de otras fases de capitalismo en otras civilizaciones. Lo
que es típico de la máquina es el hecho que esos ideales, en vez de estar
limitados a una clase, han sido vulgarizados y se han extendido —al menos como
ideal— a cada sector de la sociedad.
Puede
definirse este aspecto de la máquina como “materialismo sin objetivo”. Su
defecto particular es que proyecta una sombra de reproche sobre todos los
intereses y ocupaciones no materiales de la humanidad: especialmente, condena
la estética liberal y los intereses individuales porque “no sirven a ningún
objetivo útil”. Una de las bendiciones de la invención, entre los ingenuos
abogados de la máquina, es que elimina la necesidad de la imaginación: en vez
de mantener una conservación como en ensueño con un amigo lejano, puede uno
coger el teléfono y sustituir la fantasía por su voz. Si uno se encuentra
agitado por una emoción, en lugar de cantar una cancioncita o de escribir un
poema, puede uno echar mano de un disco de fonógrafo. No hay desdoro en que ni
el gramófono ni el teléfono nos sugieran que sus funciones especiales no ocupen
el lugar de una dinámica vida imaginativa, ni de que un cuarto de baño más, por
muy admirablemente instrumental que sea, sustituya a una pintura o a un jardín
de flores. El hecho bruto de la materia es que nuestra civilización concede un
valor al uso de los instrumentos mecánicos, porque las oportunidades de
producción comercial y de ejercicio del poder residen en ello: mientras todas
las reacciones humanas directas o las artes personales que requieren un mínimo
de aparatos mecánicos se consideran insignificantes. La costumbre de producir
bienes, sean útiles o no, de utilizar invenciones que sean necesarias o no, de
aplicar energía, efectiva o no, penetra en casi todos los dominios de nuestra
actual civilización. El resultado es que áreas enteras de la personalidad han
sido desatendidas: las esferas de conducta que tienden hacia un fin, más bien
que las simplemente adaptables, existen por tolerancia. Este penetrante
instrumentalismo pone un obstáculo a las reacciones vitales que no pueden ser
estrechamente unidas a la máquina, y amplifica la importancia de los bienes
físicos como símbolos —símbolos de inteligencia y de habilidad y de
perspicacia— incluso si tiende a caracterizar su ausencia como un signo de
estupidez o de fracaso. Y en la medida en que este materialismo no tiene
objetivo, resulta final: los medios se convierten luego en un fin. Si los
bienes materiales necesitan alguna otra justificación, la tienen en el hecho
que el esfuerzo para consumirlos mantiene las máquinas funcionando.
Estos
ingenios que contraen el espacio, que ahorran tiempo, que ensalzan los bienes
son asimismo manifestaciones de la moderna producción de energía: y la paradoja
es cierta en cuanto a la fuerza motriz y a la maquinaria que la produce: sus
economías han sido anuladas en parte por el incremento de la oportunidad,
diríamos la verdadera necesidad, del consumo. La situación fue presentada con
precisión hace mucho tiempo por Babbage, el matemático inglés. Refiere un
experimento realizado por un francés, Redelet, en el que un bloque de piedra
cuadrado fue tomando como objeto para medir el esfuerzo necesario para moverlo.
Pesaba 1.080 libras. Con el fin de arrastrar la piedra, toscamente desbastada,
por el suelo de la cantera, se necesitaba una fuerza igual a 758 libras. La
misma piedra arrastrada sobre un piso de planchas exigía 652 libras; sobre una
plataforma de madera, arrastrada encima de un piso de planchas, exigía 606
libras. Después de enjabonar las dos superficies de madera que resbalaban una
sobre otra, 182 libras. La misma piedra colocada después sobre rodillos de tres
pulgadas de diámetro, necesitó para ponerla en movimiento sobre el suelo de la
cantera sólo 34 libras, mientras que para arrastrarla sobre esos mismos
rodillos y sobre un piso de madera no se necesitaron sino 22 libras.
Esta es
una simple ilustración de las dos maneras de aplicar la energía a la producción
moderna. Una es la de incrementar el gasto de energía; la otra es la de
economizar en su aplicación. Muchos de los llamados provechos nuestros en
cuanto a eficiencia han consistido, en efecto, en emplear máquinas para aplicar
758 libras a trabajos que podían realizarse con la misma eficiencia, gracias a
una palanca y preparación cuidadosas con un gasto de energía de 22 libras:
nuestra ilusión de superioridad está basada en el hecho que disponemos de 736
libras para desperdiciarlas. Este hecho explica algunos de los cálculos
erróneos y de las apreciaciones equivocadas que se han hecho al comprar la
eficiencia del trabajo de los tiempos pasados con los actuales. Algunos de
nuestros tecnólogos han cometido el error de confundir el incremento de equipo
pesado y el consumo de energía con la cantidad de trabajo realizado. Sin
embargo, la inmensa cantidad de energía de la producción moderna está afectada
de despilfarros aún mayores que los estimados por Stuart Chase en su excelente
estudio La Tragedia del Derroche. Aunque es muy posible que la
civilización moderna muestre una ganancia neta, no es menos cierto que esa
ganancia no es tan importante como creemos con nuestra manía de considerar tan
sólo uno de los platillos de la balanza.
El hecho
es que la costosa y compleja organización mecánica está sustituyendo a una
organización social efectiva o a una adaptación biológica sensata. Antes de que
emprendiésemos un análisis ordenado de la sociedad moderna e intentásemos
controlar la marcha inconsciente de las fuerzas técnicas y económicas, se nos
desveló el secreto del análisis del movimiento, del aprovechamiento de la
energía, del diseño de máquinas. Del mismo modo que las ingeniosas reparaciones
mecánicas dentarias iniciales en el XIX precedieron a los adelantos
fisiológicos y bromatológicos, que harán disminuir la necesidad de tales
reparaciones mecánicas, así, la mayor parte de los otros triunfos mecánicos no
son más que sucedáneos que sirven mientras la sociedad aprende a dirigir sus
instituciones sociales, sus condiciones biológica y sus metas personales de un
modo más eficiente. En otras palabras, la mayor parte de nuestros aparatos
mecánicos son tan útiles como una muleta cuando se tiene una pierna rota. La
muleta, sin duda inferior a la pierna normal, ayuda a caminar mejor o peor
hasta que se curen huesos y tejidos. El error más corriente o consiste en creer
que una sociedad en la que todo el mundo lleva muletas es por eso más eficiente
que otra en la que la mayor parte de la gente camina con sus dos piernas.
Con
considerable inteligencia hemos ideado aparatos mecánicos para contrarrestar el
efecto de la extensión del tiempo y de las distancias en el espacio, para
incrementar la cantidad de energía disponible para realizar trabajos
innecesarios y para aumentar el desperdicio del tiempo consiguiente al
intercambio sin interés y superficial. Pero nuestro éxito al realizar estas
cosas nos ha cegado con referencia al hecho de que dichos instrumentos no son
por sí mismos señal de eficiencia o de esfuerzo social inteligente. El enlatado
y la refrigeración como medios para distribuir una cantidad limitada de
alimentos durante todo el año, o para ponerlo a disposición de zonas distantes
del lugar original donde se producen, representa un provecho real. El empleo de
artículos enlatados, por otra parte, en regiones del campo en donde se dispone
de frutas y hortalizas frescas resulta una pérdida vital y social. El hecho
mismo de que la mecanización se preste a una organización industrial y
financiera en gran escala, y marche al paso de todo el mecanismo distribuidor
de la sociedad capitalista concede una ventaja a tales métodos indirectos y
finalmente más ineficientes. Sin embargo, no tiene sentido comer alimentos que
tienen años o que han sido transportados desde millares de millas, cuando se
dispone de alimentos igualmente buenos sin salir de la localidad. Es una falta
de distribución racional la que permite que continúe este proceso en nuestra
sociedad. Las máquinas han dado carta blanca a la ineficiencia social. Esta carta
blanca fue tolerada tanto más fácilmente cuanto que lo que la comunidad perdió
en conjunto por culpa de esas energías mal aplicadas lo ganaron como beneficio
los individuos emprendedores.
El caso
es que la eficiencia se confunde corrientemente con la adaptabilidad a la
producción y a la comercialización fabril en gran escala: es decir, con la
adaptación a los actuales métodos de explotación comercial. Pero en términos de
vida social, muchos de los más extravagantes adelantos de la máquina han
demostrado consistir en el invento de medios complicados para hacer cosas que
pueden realizarse con un costo menor por medios más sencillos. Esos complicados
conjuntos de aparatos, primeramente ideados por dibujantes americanos con
sentido del humor, y después llevado a la escena por cómicos como Joe Cook, en
los que una serie de mecanismos e intrincados movimientos se han creado para
hacer estallar una bolsa de papel o mojar un sello de correos no constituyen
locos productos de la imaginación americana: son simplemente transposiciones en
el terrenos de lo humorístico de procesos que se pueden presenciar en
centenares de puntos diferentes de la vida real. Unos antisépticos elaborados
se nos ofrecen en envases mecánicamente costosos de conseguir, muy tentadores
por sus litografías y su propaganda impresa, en lugar de lo que el sentido
común científico indica: que están llenos con uno de los minerales más comunes,
el cloruro de sodio. Unas bombas de vacío se introducen en los hogares
americanos con el fin de limpiar una forma anticuada de cubrir los pisos, la
alfombra o el felpudo, cuya propiedad para su uso en el interior, si no
desapareció con las caravanas de donde salió, ciertamente dejará de existir con
los tacones de caucho y las casas con calefacción de vapor. El atribuir tales
ejemplos de desperdicio patético al crédito de la máquina es como contar el
número de aumentos de los remedios contra el estreñimiento como prueba de los
beneficios del ocio.
X.
Automatismo neotécnico
Figura 1: Telar moderno de algodón. Durante el período paleotécnico las
industrias textiles fueron el modelo de la producción progresiva, y el término
factoría se aplicaba solamente a las fábricas de tejidos. Hoy el obrero
desempeña en ellas una parte cada vez menor: perdura como un pastor de
máquinas. (Fotografía por Ewing Galloway)
Figura 2: La máquina de fabricación automática de botellas no es solamente
un medio de ahorrar mano de obra, sino también vidas, pues el estallido de
botellas provocaba muchas bajas en los obreros. Por otro lado, lo barato de las
botellas significa un desperdicio mayor debido al descuido, y la creciente
demanda tiende a menudo a anular algunos de los beneficios de la producción
automática económica. (Véanse las botellas de la lámina XIV.) (Fotografía por
Ewing Galloway).
Figura 3: Máquina automática para fabricar tapones de rosca en la
Krausswerke, en Sajonia. Esta fábrica, que ha pertenecido a una sola familia
durante un siglo, ilustra el cambio desde los métodos artesanales del Antiguo
herrero hasta los adelantos de la máquina del ingeniero moderno. (Cortesía de
Friedriech Emil Krauss)
Figura 4: Lo mismo que el ferrocarril aerodinámico, el fogonero automático
fue inventado más de cincuenta años antes de que su uso se generalizara. El
tipo que aquí se presenta ha eliminado una forma de esclavitud de la mano de
obra y ha llevado a una creciente eficiencia en la utilización del combustible.
Nótese el único obrero que atiende el servicio. (Cortesía de Consolidated Gas
Company)
XI.
Formas de aeroplanos
Figura 1: Aeroplano moderno, proyectado para disminuir la resistencia al
aire y aumentar la potencia de alzamiento, según líneas sugeridas por los
estudios de las aves y de los peces. Desde 1920 el desarrollo del conocimiento
científico y del diseño técnico han continuado sin cesar en este campo; y con
el uso de nuevas aleaciones, como el duraluminio, se han conseguido a la vez
ligereza y resistencia. El aeroplano es el culmen de la ingeniería refinada y
exacta. (Fotografía por Ewing Galloway)
Figura 2: Tal vez el impulso más radical para corregir el diseño del
automóvil se deba a Glenn Curtiss, el proyectista de aviones, cuando condujo un
auto hacia atrás y mejoró su rendimiento. El mejor diseño hasta ahora parece
ser el del auto Dymaxion, hecho por Buckminster Fuller y Starling Burgess, que
ha mejorado extraordinariamente la velocidad y la comodidad sin aumento de la
potencia. (Fotografía por F. S. Lincoln)
Figura 3: El tren aerodinámico, diseñado pero rechazado ya en 1874, se ha
realizado en 1934, gracias a la lección y a la competencia del avión. (Cortesía
de la Union Pacific System)
Figura 4: El llamado tren Zeppelin. Intento experimental y posiblemente algo
romántico de adaptar al transporte en superficie las ventajas del avión y del
dirigible. Se está probando ahora en la Rusia Soviética un enfoque aún más
radical al problema del transporte por tierra, el «esfero-tren» inventado por
un joven ingeniero soviético, M. I. Yarmalchuk. Dicho tren corre sobre grandes
cojinetes de bolas motorizados. El avión ha liberado al inventor de los modelos
estereotipados de la locomoción con ruedas.
La
tercera característica importante de la máquina en su proceso y su ambiente es
la uniformidad, la estandarización y la posibilidad de sustitución. Mientras
que la artesanía, por su misma naturaleza de trabajo humano, exhibe constantes
variaciones y adaptaciones, el trabajo de la máquina presenta exactamente la
característica opuesta, ya que aquélla se jacta de que el coche que hace el
número un millón, construido según un proyecto dado es exactamente como el
primero. Hablando en general, la máquina ha sustituido una serie ilimitada de
variables por una cantidad finita de constantes: si bien disminuye el campo de
posibilidades, aumenta el área de predicción y control.
Mientras
que la uniformidad de las actuaciones humanas, si se lleva demasiado lejos,
elimina la iniciativa y disminuye el tono general del organismo, la uniformidad
en las operaciones de las máquinas y la estandarización de los productos
produce efectos contrarios. Los peligros de los productos estandarizados han
sido exagerados por aquellas personas que aplican a las máquinas los mismos
criterios que se aplican al comportamiento de los seres vivos. Este peligro lo
han exagerado más aún quienes consideran la uniformidad como mala por sí misma
y la variación, buena en sí misma, cuando en realidad tanto la monotonía
(uniformidad) como la variedad son características opuestas que no pueden
eliminarse de la vida. De hecho, la estandarización y la repetición desempeñan
en nuestra economía social el mismo papel que desempeñan los hábitos en el
organismo humano: al relegar al nivel inconsciente ciertos elementos
recurrentes de nuestra experiencia, liberan la atención que puede así centrarse
en las cosas no-mecánicas, inesperadas, personales. (Trataré de la importancia
social y estética de este hecho cuando discuta la asimilación de nuestra
cultura de la máquina).
§ 4.
Cooperación contra esclavitud
Uno de los resultados del desarrollo de instrumentos y productos mecánicos ha
sido la eliminación de la destreza: lo ocurrido en la fábrica aparece también
en la utilización final de sus productos. Por ejemplo, la maquinilla de afeitar
de seguridad ha convertido la difícil operación del afeitado que era preferible
encomendar a un barbero experto, en una rápida operación cotidiana que puede
realizar el hombre más inexperto. El automóvil ha convertido la conducción de
una máquina, reservada a la tarea especializada del técnico en locomotoras, en
la ocupaciones de millones de aficionados. La cámara ha transformado en parte
las reproducciones artísticas del grabador en madera en un procedimiento
relativamente sencillo en el que cada uno puede adquirir al menos los
rudimentos. Como en la manufactura las funciones humanas primero se
especializan, después se mecanizan y finalmente se automatizan, o por lo menos
se automatizan a medias.
Cuando se
ha alcanzado la última etapa, la función toma nuevamente algo de su carácter
original no especializado: la fotografía necesita volver a cultivar la vista,
el teléfono la voz, la radio el oído, lo mismo que el automóvil ha devuelto
algunas de las habilidades manuales y operativas que la máquina estaba
desterrando de otros sectores de la existencia, al mismo tiempo que ha dado al
conductor el sentido de poder y dirección autónoma —un sentimiento de mando
firme en medio de un peligro continuo— que la máquina le había arrancado en
otros aspectos de su vida. Asimismo, la mecanización, al disminuir la necesidad
del servicio doméstico, ha aumentado la cantidad de participación y autonomía
personales en el hogar. En resumen, la mecanización crea nuevas ocasiones para
el esfuerzo humano; en conjunto los efectos son más educativos que lo eran los
servicios de los esclavos o los servidores en las más antiguas civilizaciones.
Pues la anulación mecánica de la habilidad sólo puede tener lugar hasta cierto
punto. Solamente cuando se ha perdido por completo el poder de discriminación
es cuando una sopa enlatada puede, sin otra preparación, sustituir a una
casera, o cuando se ha perdido toda la prudencia en que un freno sobre las
cuatro ruedas puede sustituir a un buen conductor. Estos inventos amplían el
campo y multiplican los intereses de los aficionados. Cuando se generalice el
automatismo y se socialicen las ventajas de la mecanización, los hombres
retornarán una vez más al estado paradisíaco en el que habían vivido en las
regiones naturalmente desarrolladas como los mares del Sur: el ritual del ocio
sustituirá al ritual del trabajo, y el mismo trabajo se tornará una especie de
juego. De hecho, esta es la meta ideal de un sistema de producción energética
totalmente mecanizado y automatizado: la eliminación del trabajo, la universal
consecución del ocio. En su discusión de la esclavitud, Aristóteles dijo que
cuando la aguja tejiese sola y la púa se moviese por sí misma ni el maestro
necesitaría ayudantes ni el amo esclavos[11].
Cuando escribió eso, creía estar estableciendo la eterna validez de la
esclavitud, pero para nosotros hoy, en realidad, estaba justificando la
existencia de la máquina. El trabajo, bien es cierto, es la forma constante de
la interacción del hombre con su medio, si entendemos por trabajo la suma total
de acciones necesarias para conservar la vida. La falta de trabajo significa
normalmente un deterioro de la función y un derrumbamiento de relaciones
orgánicas conducentes a sustituir formas de trabajo, como invalidez y neurosis.
Pero el trabajo entendido como tarea onerosa o monótonamente sedentaria, formas
de trabajo desapreciadas justamente por los atenienses como nos recuerda el
señor Alfred Zimmern, esas formas degeneradas de trabajo caen dentro del campo
de la máquina con toda propiedad. En lugar de reducir los seres humanos a
mecanismos de trabajo, podemos descargar la mayor parte del peso sobre las
máquinas automáticas. Esta posibilidad aun tan lejos de una aplicación efectiva
en gran escala para toda la humanidad, constituye tal vez la mayor
justificación de los desarrollos mecánicos de los últimos mil años.
Desde el
punto de vista social debe observarse una última característica de la máquina,
quizá la más importante de todas: la máquina impone la necesidad del esfuerzo
colectivo y amplía su campo. En la medida en que los hombres han escapado al
control de la naturaleza deben someterse al control de la sociedad. Como en una
operación en serie cada parte debe funcionar suavemente y engranar con la
velocidad justa a fin de asegurar el trabajo colectivo del proceso en conjunto,
así en la sociedad en general debe haber una estrecha articulación entre todos
sus elementos. La capacidad de bastarse a sí mismo es otra manera de expresar
la imperfección tecnológica: a medida que nuestra técnica se hace más refinada
resulta imposible manejar la máquina sin cooperación colectiva en gran escala,
y al largo plazo; una alta técnica sólo es posible sobre la base de un
intercambio intelectual y de un comercio con carácter planetario. La máquina ha
roto el aislamiento relativo —jamás completo hasta en las más primitivas sociedades—
del período artesanal: ha intensificado la necesidad del esfuerzo y del orden
colectivos. Los esfuerzos por alcanzar la participación colectiva han sido
desmañados y empíricos: así, por lo general, la gente es consciente de la
necesidad de ciertas limitaciones en cuanto a la libertad personal y la
iniciativa, limitaciones como las de los semáforos del tráfico de un centro
congestionado, o como las de la burocracia en una gran organización comercial.
La naturaleza colectiva del proceso de la máquina exige un especial aumento de
la imaginación y una educación especial con el fin de impedir que la demanda
colectiva misma se convierta en un acto de regimentación externa. En la medida
en que se hace efectiva la disciplina colectiva y los diversos grupos de la
sociedad se integran en una organización bien trabada, se deben tomar medidas
contra elementos aislados y anárquicos que no está incluidos en un colectivismo
tan amplio, elementos que no pueden ser ignorados o reprimidos sin peligro.
Pero el abandonar el colectivismo social impuesto por la técnica moderna
significa retornar a la naturaleza y verse a merced de las fuerzas naturales.
Las
regularización del tiempo, el incremento en la energía mecánica, la
multiplicación de los bienes, la contracción del tiempo y del espacio, la
estandarización de la producción y el producto, y el aumento de la
interdependencia constituyen las características principales de nuestra
civilización de la máquina. Son las bases de las formas de vida y modos de
expresión particulares que distinguen a la civilización occidental, por lo
menos en grado, de las diversas civilizaciones anteriores que la precedieron.
En la
aplicación de los perfeccionamientos técnicos a procesos sociales, sin embargo,
la máquina ha sufrido una perversión: en vez de ser utilizada como un
instrumento de vida, ha tendido a convertirse en un absoluto. El poder y el
control social, que estaban en otro tiempo en manos de los grupos militares que
habían conquistado la tierra y se habían apoderado de ella, pasaron en el siglo
XVII a manos de aquellos que han organizado, controlado y poseído la máquina.
La máquina ha sido valorada porque incrementó el empleo de las máquinas. Y
dicho empleo fue la fuente de beneficios, poder y riqueza para las nuevas
clases dirigentes, beneficios que hasta ahora habían ido a los negociantes o a
aquellos que monopolizaban la tierra. Las junglas y las islas tropicales fueron
invadidas durante el siglo XIX con el fin de conseguir nuevos conversos para la
máquina: Exploradores como Stanely padecieron increíbles torturas y privaciones
con el fin de llevar los beneficios de la máquina a regiones inaccesibles
comunicadas por el Congo: países aislados como el Japón fueron invadidos por
las armas para abrirle camino al comerciante: los indígenas de África y América
fueron cargados con falsas deudas e impuestos mal intencionados para
estimularles al trabajo y hacerles consumir a estilo del sistema de la máquina,
y proporcionar un mercado para los productos de América y Europa, o garantizar
la recogida regular del caucho o de la goma laca.
La
necesidad de usar máquinas era tan imperativa, desde el punto de vista de los
propietarios de las mismas, cuyos medios y situación en la sociedad dependían
de ellas, que cargó al trabajador con un peso especial, el deber de consumir
productos de la máquina, mientras que imponía al fabricante y al ingeniero el
deber de inventar productos suficientemente deleznables y efímeros (como la
hojilla de la máquina de afeitar o la producción corriente de las lanas
americanas) para que sea necesario sustituirlos rápidamente por otros. La gran
herejía de la edad de la máquina fue creer en una institución o en un hábito de
acciones o en un sistema de ideas que pudieran reducir este servicio a las
máquinas, pues bajo la dirección capitalista el objetivo del mecanismo no es el
de ahorrar mano de obra sino eliminar toda aquella que no pueda ser canalizada
con provecho para la factoría.
Al
principio, la máquina fue un intento de reemplazar la cantidad por el valor en
el cálculo de la vida. Entre la concepción de la máquina y su utilización, como
señaló Krannhals, se pasó por alto un proceso psicológico y social: la fase de
la evaluación. Así una turbina de vapor puede producir miles de caballos vapor,
y una canoa automóvil alcanzar gran velocidad, pero estos hechos, que quizá
satisfacen al ingeniero, no se integran necesariamente en la sociedad. Los
ferrocarriles pueden ser más rápidos que los barcos de los canales, y una
lámpara de gas puede ser más brillante que una vela, pero la velocidad o la
luminosidad sólo tienen sentido en términos de utilidad humana y en relación
con un esquema de valores humanos y sociales. Si uno desea contemplar el
paisaje, el lento movimiento de un barco en el canal puede ser preferible a la
rápida carrera de un auto, y si uno desea apreciar la misteriosa oscuridad y
las formas extrañas de una caverna natural, es mejor penetrar en ella con pasos
inciertos, con ayuda de una antorcha o de una linterna, que bajar con un
ascensor, como en las famosas cavernas de Virginia, y resultar que el misterio
ha desaparecido por completo debido al empleo deslumbrante de la luz eléctrica
—una falsificación comercializada que sitúa todo el espectáculo al bajo nivel
dramático de un parque de diversiones popular.
Como el
proceso de evaluación social faltaba en gran parte en la gente que desarrolló
la máquina en los siglos XVIII y XIX, ésta corrió como un motor sin gobierno,
tendiendo a recalentar sus propios rodamientos o cojinetes y reducir su
eficacia sin ninguna compensación. Esto dejó el proceso de la evaluación a
grupos que estaban fuerza del ambiente de la máquina, y que desgraciadamente
carecían a menudo del conocimiento y comprensión que hubieran hecho sus
críticas más pertinentes.
Lo que
hay que tener en cuenta es que el fallo en evaluar la máquina y en integrarla
en la sociedad en conjunto no se debió simplemente a defectos en la
distribución de beneficios, a errores de administración, a la avaricia y a la
falta de amplitud en las ideas de los dirigentes industriales: también se debió
a la debilidad de toda filosofía sobre la que se basaban las nuevas técnicas y
los inventos. Los dirigentes y hombres emprendedores de aquella época creían
que habían evitado la necesidad de introducir valores, excepto los que iban
automáticamente registrado en beneficios y en precios. Creían que el problema
de distribuir en forma justa los bienes podía eliminarse creando una gran
abundancia de los mismos: que el problema de aplicar las energías de uno
juiciosamente podía anularse sencillamente multiplicándolas: en resumen, que la
mayor parte de las dificultades que hasta entonces habían afligido a la
humanidad tenían una solución matemática o mecánica, es decir, cuantitativa. La
creencia en que se podía prescindir de los valores constituyó el nuevo sistema
de valores. Los valores, separados de los procesos corrientes de la vida,
quedaron como preocupación de los que reaccionaron contra la máquina. Mientras
tanto, los procesos corrientes se justificaron a sí mismos únicamente en
términos de producción cuantitativa y de resultados pecuniarios. Cuando la
máquina en conjunto se lanzó a toda velocidad y el poder adquisitivo o no pudo
ir al mismo paso que la supercapitalización poco honrada y los beneficios exorbitantes,
entonces la máquina toda de repente dio marcha atrás, desmontó sus engranajes,
y se detuvo: un fracaso humillante, una espantosa pérdida social.
Se
enfrenta uno, entonces, con el hecho que la máquina es ambivalente. Es a la vez
un instrumento de liberación y de represión. Ha economizado energía humana y la
ha dirigido erradamente. Ha creado un amplio marco de orden y ha provocado
desorden y caos. Ha servido noblemente a los objetivos humanos, y los ha
pervertido y negado. Antes de intentar discutir con mayor detalle aquellos
aspectos de la máquina que han sido efectivamente asimilados y han funcionado
bien, me propongo tratar de las resistencias y de las compensaciones por ella
creadas. Pues ni este tipo nuevo de civilización ni su ideal ha quedado sin
desafío: el espíritu humano no se ha inclinado ante la máquina con absoluta
sumisión. En cada fase de la existencia la máquina ha suscitado antipatías,
disensiones, reacciones, algunas débiles, histéricas, injustificadas, otras que
son en su naturaleza inevitables, tan bien fundadas que no se puede tocar el
futuro de la máquina sin tomarlas en cuenta. De forma análoga, las
compensaciones que han surgido para superar o mitigar los efectos de la nueva
rutina de vida y de trabajo llaman la atención sobre los peligros en la
integración parcial que ahora existe.
§ 5.
Ataque directo contra la máquina
La conquista de la civilización occidental por la máquina no se realizó sin la
obstinada resistencia por parte de las instituciones, hábitos e impulsos que no
se prestaban a la organización mecánica. Desde el principio mismo la máquina
provocó reacciones hostiles o de compensación. En el mundo de las ideas, el
romanticismo y el utilitarismo van de la mano: Shakespeare con su culto del
héroe individual y su énfasis puesto en el nacionalismo apareció el mismo
tiempo que el pragmáticos Bacon, y el ardor emocional del metodismo de Wesley
se extendió como el fuego por la hierba seca a través de las mismas clases
deprimidas sujetas el nuevo régimen de la fábrica. La reacción directa de la
máquina era hacer que la gente fuera materialista y racional: su acción
indirecta a menudo era hacer a la gente extremadamente emocional e irracional.
La tendencia a ignorar la segunda serie de reacciones porque no coincidían
lógicamente con las exigencias de la máquina ha sido común, desgraciadamente en
muchos críticos del nuevo orden industrial: hasta Veblen no se libró de esa
tendencia.
La
resistencia a los perfeccionamientos mecánicos adoptó una gran variedad de
formas. La más directa y sencilla fue destrozar la máquina ofensora o asesinar
a su inventor.
La
destrucción de las máquinas y la prohibición del invento, que tan
beneficiosamente transformó a la sociedad imaginaria de Erewhon, de
Butler, pudieran haber sido cumplidas por las clases trabajadoras de Europa de
no ser por dos hechos. Primero: la guerra directa contra la máquina era una
lucha desigual; pues los poderes financieros y militares estaban del lado de
las clases que se empeñaban en explotar la máquina, y en un momento crítico los
soldados, armados con sus nuevas máquinas, podían aplastar la resistencia de
los obreros con una ráfaga de fusilería. Mientras los inventos se hacían
esporádicamente, la introducción de una sola máquina podía muy bien retrasarse
por un ataque directo: una vez realizada en un frente amplio y unido, ninguna
simple rebelión local podía ya impedir su avance sino temporalmente. Un reto
satisfactorio hubiera necesitado un grado de organización del que, por la misma
naturaleza del caso, las clases trabajadoras no disponían, ni siquiera hoy
disponen de él en verdad.
El
segundo punto era igualmente importante; la vida, la energía y la aventura se
encontraban primeramente del lado de la máquina: la artesanía estaba asociada a
lo fijo, lo sedentario, lo jubilado, lo moribundo. Se apartaba manifiestamente
de los nuevos movimientos del pensamiento y de la ordalía de la nueva realidad.
La máquina significaba nuevas revelaciones, nuevas posibilidades de acción;
traía consigo un élan revolucionario. La juventud estaba de su
lado. Buscando sólo la persistencia de los medios viejos, los enemigos de la
máquina estaban luchando un combate de retaguardia, y se encontraban del lado
de los muertos incluso cuando se abrazaban a lo orgánico en contra de lo
mecánico.
Tan
pronto como la máquina consiguió la hegemonía en la vida real, el único lugar
donde podía ser atacada o resistida era en las actitudes e intereses de los que
con ella trabajaban. La extensión con que han florecido las ideas y los
programas no mecánicos desde el siglo XVII, a pesar de la permanente
fluctuación de la máquina, es en parte una medida de la cantidad de resistencia
que la máquina ha ocasionado, directa o indirectamente.
§ 6. Lo
romántico y lo utilitario
La ruptura mayor en las ideas provocada por la máquina fue entre lo romántico y
lo utilitario. Arrastrado por los ideales industriales y comerciales de su
edad, el utilitarista se identificaba con sus fines. Creía en la ciencia, en
las invenciones, en los beneficios y en el poder, en la maquinaria y en el
progreso, en el dinero y en lo confortable, y confiaba en extender dichos
ideales a otras sociedades mediante el comercio libre y en permitir que algunos
de los beneficios se filtraran de las clases poseedoras a las explotadas —o
como ahora se las llama con eufemismo, las “menos privilegiadas”— siempre que
ello se hiciera con la suficiente prudencia para mantener las clases inferiores
trabajando con diligencia en un estado de sumisión respetuosa y soñolienta.
La
novedad de los productos mecánicos fue, desde el punto de vista utilitarista,
una garantía de su valor. El utilitarista deseaba poner toda la distancia
posible entre su propia sociedad de individuos libres fabricantes de dinero y
los ideales de una vida feudal y colectiva. Esos ideales, con sus tradiciones,
lealtades, sentimientos, constituían un freno a la introducción de cambio y de
mejoramiento mecánicos. Los sentimientos que giran en torno de una casa antigua
podrían encontrarse en el camino de la apertura de una mina que corriera por
debajo de aquélla, incluso si el afecto existente en el antiguo régimen
patriarcal entre amo y servidor pudiera encontrarse en el camino de aquel
ilustrado egoísmo que pudiera llevar a prescindir del trabajador tan pronto
como el mercado quedara inactivo. Lo que más claramente impedía una completa
victoria de los ideales capitalistas y mecanicistas fue la trama de antiguas
instituciones y modos de pensar. La creencia de que el honor podía ser más
importante que el dinero o que el afecto amistoso y la camaradería pudieran ser
un motivo tan potente en la vida como el conseguir beneficios, o que la actual
salud animal pudiera ser más preciosa que las futuras adquisiciones materiales
—en resumen, que el hombre integral pudiera tener más interés que el éxito y el
poder extremos del Hombre Económico—. En verdad, algunas de las críticas más
duras contra el nuevo credo mecánico procedieron de los “tories” aristócratas
de Inglaterra, Francia y de los estados sudistas de los Estados Unidos.
El
romanticismo en todas sus manifestaciones, desde Shakespeare a William Morris,
de Goethe y los hermanos Grimm a Nietzsche, de Rousseau y Chateaubriand a Hugo,
fue un intento de volver a colocar las actividades esenciales de la vida humana
en un lugar central del nuevo esquema, en vez de aceptar la máquina como
centro, y considerar todos sus valores como últimos y absolutos.
En su
intención, el romanticismo estaba en lo cierto; pues representaba aquellos
atributos vitales históricos y orgánicos que habían sido eliminados
deliberadamente de los conceptos de la ciencia y de los métodos de la técnica
anterior, y proporcionó los necesarios canales de compensación. Los órganos
vitales de la vida, que han sido amputados por culpa de los accidentes
históricos, deben ser restaurados por lo menos con la fantasía, como cosa
preliminar a su real reconstitución de hecho: una psicosis es a veces la única
alterativa posible a una completa ruptura y muerte. Desgraciadamente, en su
compensación de las fuerzas que actuaban en la sociedad, el movimiento
romántico era débil, superado por la tremenda destrucción que acompañaba a la
introducción de la máquina, no distinguió entre las fuerzas que eran hostiles a
la vida y las que la servían, sino que tendió a meterlas a todas en el mismo
saco y volverles la espalda. En su esfuerzo por encontrar remedios a la
extremas debilidades y perversiones de la sociedad industrial, el romanticismo
eludió las verdaderas energías mediante las cuales podía esperar crear un
modelo más adecuado de existencia —a saber, las energías que estaban
concentradas en la ciencia y la técnica y en la masa misma de los trabajadores
de las máquinas nuevas—. El movimiento romántico era retrospectivo, encerrado
entre muros, sentimental; en una palabra, regresivo. Aminoró el choque del
nuevo orden, pero era, en gran parte, un movimiento de escape.
Pero
reconocerlo no equivale a decir que el movimiento romántico fuera poco
importante o injustificado. Por el contrario, no se pueden comprender los
dilemas típicos de la nueva civilización si no se entiende la razón y el
fundamento de la reacción romántica contra ella ni se comprende la necesidad de
introducir los elementos positivos de la actitud romántica en la nueva síntesis
social. El romanticismo como alternativa a la máquina ha
muerto: en verdad jamás estuvo vivo. Pero las fuerzas y las ideas un tiempo
representadas de forma arcaica por el romanticismo son ingredientes necesarios
en la nueva civilización y hoy es necesario traducirlos a modos sociales
directos de expresión en vez de continuarlos en la antigua forma de una vuelta
inconsciente o deliberada hacia el pasado que sólo puede ser recuperado con la
fantasía.
La
reacción romántica adoptó varias formas, y sólo consideraré las tres
dominantes: el culto de la historia y el nacionalismo, el culto de la
naturaleza y el culto de lo primitivo. El mismo período vio, asimismo, el culto
del individuo aislado y el resurgir de las antiguas teologías, teosofías y
supernaturalismos, que debieron su existencia y mucha de su fuerza sin duda a
las mismas contradicciones y vacuidades que impulsaron los despertares más
especialmente románticos; por ello limitaré este análisis a la propia reacción
romántica, pues ésta acompañó claramente y probablemente nació de esta
situación nueva.
§ 7. El
culto del pasado
El culto del pasado no se desarrolló inmediatamente como respuesta a la
máquina; fue, en Italia, un intento de recuperar las ideas y las formas de la
civilización clásica, y durante el Renacimiento el culto era, en realidad, una
especie de aliado secreto de la máquina. ¿No desafió, como la máquina, la
validez de las tradiciones existentes tanto en la filosofía como en la vida
diaria? ¿No concedió mayor autoridad a los manuscritos de los autores antiguos,
de Herón de Alejandría en física, de Vitruvio en arquitectura, de Columela en
agricultura, que al existente cuerpo de tradición y prácticas de los maestros
de la época? Al romper con el pasado inmediato, ¿no impulsó al futuro a romper
con el presente?
La
recuperación del pasado clásico durante el Renacimiento causó una ruptura en la
continuidad histórica de Europa Occidental; y esta brecha que se abrió en la
educación y en las artes formales creó una brecha de la que la máquina
prontamente se aprovechó. Hacia el siglo XVIII la cultura renacentista misma se
había esterilizado, formalizado, “pedantizado”. Se entregó a la recuperación y
reproducción de formas muertas; y aunque Poussin o Piranesi pudieron dar nueva
vida a aquéllas con algo de instinto y la confianza que habían tenido los
hombres de finales del siglo XV, lo neoclásico y lo mecánico se hicieron
mutuamente juego: estando divorciados de la vida, el primero era incluso más
mecánico que el propio mecanismo. Quizá no sea un accidente que a cierta distancia
los palacios de Versalles y de San Petersburgo tenga el aspecto de fábricas
modernas. Cuando volvió a revivir el culto del pasado nuevamente, estuvo
dirigido tanto contra el árido humanismo del siglo XVIII y el igualmente árido
“deshumanismo” de la edad mecánica. William Blake, con su habitual claro
instinto de las diferencias fundamentales, atacó con igual vehemencia a Sir Joshua
Reynolds y a Sir Isaac Newton.
En el
siglo XVIII, un hombre culto era el que conocía a sus clásicos griegos y
latinos; un hombre ilustrado era el que consideraba cualquier parte del mundo
como adecuada para servir de habitación humana, siempre que sus leyes fueran
justas y su administración imparcial; un hombre de gusto era aquel que conocía
las normas aquellas de proporción y belleza en arquitectura y pintura que
habían sido fijadas para siempre por un precedente clásico. El tejido vivo de
las costumbres y las tradiciones, la arquitectura local, las culturas de grupos
sociales, los cuentos de tradición oral, las lenguas vernáculas y los dialectos
que se hablaban fuera de París y Londres, todo ello era considerado por los
caballeros del siglo XVIII como un conjunto de locuras y barbarismos. La
ilustración y el progreso significaban la extensión de Londres, París, Viena,
Berlín, Madrid y San Petersburgo por zonas cada vez más amplias.
Gracias
al dominio de la máquina, a los libros y las bayonetas, a los algodones
estampados y los pañuelos de bolsillo de los misioneros, a la joyería, la
cuchillería y los abalorios de relumbrón, una masa de esta civilización empezó
a extenderse como una mancha de aceite a todo lo ancho del planeta: los tejidos
a máquina suplantaron a los tejidos a mano, los tintes de anilina desalojaron a
los tintes de origen vegetal y fabricados localmente, y hasta en la lejana
Polinesia los vestidos de algodón estampado, los sombreros de copa y el pudor
cubrieron los orgullosos cuerpos de los indígenas, mientras que la sífilis y el
ron, introducidos al mismo tiempo que la Biblia, añadían un horror especial a
su degradación. A todas partes donde llegó esta mancha de aceite, los peces
vivos fueron envenenados y sus cuerpos hinchados subieron a la superficie del
agua, uniendo su propia putrefacción al hedor del aceite mismo. La nueva
civilización mecánica no respetó lugares ni tradiciones. En la reacción que
provocó, los lugares y las tradiciones fueron los dos aspectos de la existencia
que fueron sometidos a extrema tensión.
Esta
reacción apareció definitivamente en el siglo XVIII en el momento preciso en
que la revolución paleotécnica se estaba realizando. Empezó como un intento de
recoger los viejos hilos de la vida en el punto en que el Renacimiento los
había dejado; era, pues, un retroceso a la Edad Media y una nueva lectura de su
significado, de manera absurda por Walpole, fría por Robert Adam, gráfica por
Scott, fiel por von Scheffel, estética por Goethe y Blake, piadosa por Pugin y
los miembros del movimiento de Oxford, moralística por Carlyle y Ruskin,
imaginativa por Víctor Hugo. Estos poetas y arquitectos y críticos revelaron
una vez más la riqueza y el interés de la vieja vida local en Europa: mostraron
cuánto había perdido la ingeniería al apartarse de las formas góticas a favor
de la construcción más simple de pilar y dintel de la arquitectura clásica y
cuánto había sacrificado la literatura por su extravagante interés e las formas
y los temas clásicos y su pedantesca parada de alusiones clásicas, mientras las
emociones más dramáticas se incorporaban a las baladas locales que aún
perduraban por los campos.
Este
resurgir “gótico” sirvió de obstáculo a los procesos de centralización y
“descentralización” explotadora de los procesos de la civilización de la
máquina. El folklore y los cuentos de hadas locales los recogían los estudiosos
como los hermanos Grimm y los novelistas inclinados hacia la historia como
Scott; los monumentos locales de arqueología se protegían y las gloriosas
vidrieras y los muros pintados de las iglesias medievales y del primer
Renacimiento se iban salvando aquí y allí del vidriero o del revocador, que aún
rascaban aquellos restos de la “barbarie gótica” en nombre del progreso y del
buen gusto. Se coleccionaban las leyendas locales; en verdad, uno de los poemas
más notables del movimiento romántico, Tam O’Shanter, fue escrito
sencillamente para servir de texto al pie de una ilustración de una antigua
iglesia con fantasmas, de Alloway. Y cosa más poderosa aún, los lenguaje y los
dialectos locales se pulieron en trance de muerte y fueron resucitados para
devolverlos a su empleo literario.
El
movimiento nacionalista se aprovechó de estos nuevos intereses e intentó
utilizarlos para fortificar el poder político del estado nacionalista
unificado, ese poderoso motor para conservar el statu quo económico
y para llevar a cabo políticas imperialistas de agresión contra razas más
débiles. De esta manera, entidades amorfas como Alemania e Italia tomaron
conciencia de sí mismas y alcanzaron un cierto grado de autosuficiencia
política. Pero los nuevos intereses y resurgimientos penetraron más profundamente
que el nacionalismo político y se concentraron más en su esfera de acción;
además, tocaban aspectos de la vida para los que una política de poder era tan
indiferente como una economía de poder. La creación de los estados
nacionalistas fue esencialmente un movimiento de protesta contra los poderes
políticos extranjeros ejercidos sin el consentimiento ni la participación de
los gobernados: una protesta contra las agrupaciones políticas en gran parte
arbitrarias del período dinástico. Pero las naciones, una vez conseguida la
independencia nacional, empezaron rápidamente con la introducción del
industrialismo del carbón a recorrer el mismo proceso de “desregionalización”
que aquellos que no habían tenido existencia nacional separada; y precisamente
con el crecimiento de un regionalismo más intenso y consciente el proceso
empezó a desarrollarse en sentido opuesto.
El
resurgimiento de los intereses locales y de los intereses del lenguaje,
enfocado en una nueva apreciación de la historia regional, es una de las
características definitivas de la cultura del siglo XIX. Por encontrarse en
conflicto directo con el imperialismo librecambista cosmopolita del pensamiento
económico guía de aquel período —y la economía política gozaba de un carácter
sagrado entre las ciencias sociales del momento por su útil sentido
mitológico—, este nuevo regionalismo nunca fue cuidadosamente valorado o
suficientemente apreciado en los primeros días de su existencia. Incluso hoy
todavía se le considera como una extraña aberración, pues claramente no encaja
por completo con las doctrinas de la conquista industrial del mundo o con las
del “progreso”. El movimiento, de hecho, no cristalizó, a pesar del valioso
trabajo preliminar de los románticos, hasta mitad del siglo XIX; y en lugar de
desaparecer con el triunfo más universal de la máquina, siguió aún después de
aquello con velocidad e intensidad aceleradas. Primero, Francia; luego,
Dinamarca; ahora, cualquier parte del mundo ha sentido al menos un temblor de
choque de rechazo del regionalismo, algunas veces una verdadera conmoción.
Al
principio, el impulso principal procedió de las regiones históricas cuya
existencia estaban amenazada por las unificaciones mecánicas y políticas del
siglo XIX. El movimiento tiene, desde luego, un comienzo histórico definido, a
saber, 1854; en aquel año se celebró la primera reunión de los felibrigios, que
tenían como objetivo el restaurar la lengua y la vida cultura autónoma de la
Provenza. La lengua provenzal había sido poco menos que destruida por las
cruzadas de los albigenses; la Provenza había sido, por así decirlo, una
provincia conquistada por la Iglesia, que la había diezmado con el uso vigoroso
del brazo secular; y aunque se había hecho un intento por los Siete Poetas de
Toulousse, en 1324, para dar nueva vida a la lengua, el movimiento no tuvo
éxito: la lengua de Ronsard y de Racine había prevalecido finalmente. En su
conciencia de la parte desempeñada por la lengua como medio para establecer y
ayudar a reconstruir su identidad con su región, un grupo de literatos,
encabezados por Federico Mistral, comenzaron a organizar el movimiento
regionalista.
Este
movimiento ha recorrido una serie análoga de etapas en cada país donde se ha
desarrollado: en Dinamarca, en Noruega, en Irlanda, en Cataluña, en Bretaña, en
Gales, en Escocia, en Palestina, y aún son visibles ciertos signos del mismo en
varias regiones de América del Norte. Hay primeramente, como ha señalado M.
Jourdanne, un ciclo poético; éste lleva al restablecimiento de la lengua y la
literatura del pueblo, a su utilización como vehículo de la expresión
contemporánea con una base de formas más ampliamente tradicionales. El segundo
es el ciclo de la prosa, en el que el interés por la lengua conduce hacia un
interés por la totalidad de la vida y la historia de la comunidad, lo que lleva
al movimiento directamente a la etapa contemporánea. Y finalmente hay un ciclo
de acción, en el que el regionalismo forma para sí mismo nuevos objetivos,
políticos, económicos, culturales, sobre la base no de una restauración servil
del pasado, sino de una creciente integración de las nuevas fuerzas que se han
unido al tronco principal de la tradición. Los únicos lugares en donde el
regionalismo no ha sido conscientemente militante son lugares como las ciudades
de Alemania, en donde —hasta la reciente centralización del poder por el estado
totalitario— nunca desapareció por completo una vida local autónoma y efectiva.
La
debilidad dominante del regionalismo reside en el hecho de que constituye en
parte una reacción contra circunstancias y rupturas externas, un intento de
encontrar refugio dentro de una antigua concha contra las turbulentas
invasiones del mundo exterior, armado con sus nuevas máquinas; en resumen, una
aversión a lo que es, más bien que un impulso hacia lo que puede ser. Para el
regionalista simplemente sentimental, el pasado era un absoluto. Su impulso era
fijar algún momento definido en el espacio y mantenerlo viviendo en él una y
otra vez, guardando los trajes regionales “originales”, que de hecho eran la
moda de un cierto siglo, conservando las formas regionales de arquitectura, que
sólo eran las construcciones más convenientes y propias en un cierto momento de
desarrollo técnico y cultural; y trató de mantener, más o menos, aquellos
intereses, hábitos y trajes “originales” fijados para siempre en el mismo
molde: una retirada neurótica. En dicho sentido el regionalismo, parece claro,
era antihistórico y antiorgánico, pues negaba a la vez el hecho del cambio y la
posibilidad de que algo valioso pudiera salir del mismo.
Aunque no
sería honrado ocultar esa debilidad, debe uno entenderla en los términos de las
circunstancias que contribuyeron a producirla. Fue una reacción absoluta contra
el abandono igualmente exagerado de las tradiciones y los monumentos históricos
de la vida de una comunidad, fomentada por las mentes abstractamente
progresivas del siglo XIX. ¿Hay que asombrarse, pues, de que los nuevos
regionalistas exageraran que hasta los más sucios vestigios del pasado eran
sagrados? Lo que estaba equivocado no era el interés, sino la táctica. Frente a
la máquina, el regionalista se encontraba como el nadador ante una fuerte marea
que se le echa encima: si intenta mantenerse de pie, lo abate; si trata de
buscar la seguridad retirándose sin ayuda hacia la orilla, se encuentra cogido
en la corriente de la resaca y no puede llegar a tierra ni mantenerse de pie;
su salvación depende de su confianza en afrontar la ola y zambullirse junto con
ella en el momento en que va a romper, utilizando la energía de la fuerza misma
a la que está tratando de escapar. Esas fueron las tácticas del obispo
Grundtvig de Dinamarca, quien no sólo resucitó las antiguas baladas, sino que
fundó el movimiento agrícola cooperativo; ésas son las bases de un regionalismo
dinámico.
El hecho
es, en todo caso, que el desarrollo de las lenguas locales y las culturas
regionales, aunque naciendo inmediatamente quizá de un impulso reaccionario, no
se limitaba a negaciones, ni estaba tampoco alejado sin esperanza de aquellas
corrientes de la vida moderna que refuerzan los lazos entre regiones y
universalizan los beneficios comunes de la civilización occidental, fue más
bien complementario de aquéllas. Un mundo que está unido físicamente por el
avión, la radio, el cable, debe eventualmente, si ha de incrementarse la
cooperación, idear un lenguaje común para atender a todas sus cuestiones
prácticas —sus despachos de noticias, sus comunicaciones y curiosidades
relativamente sencillas de los viajeros. Precisamente a medida que los límites
del intercambio mecánico se amplían y se convierte en mundial, una lengua
universal debe sustituir el idioma incluso del conjunto nacional de mayor
influencia. Desde este punto de vista, uno de los peores golpes contra el
internacionalismo fue el asestado por los pedantes de Renacimiento cuando en su
adoración por los clásicos abandonaron el latín escolástico, la lengua
universal de las clases cultas.
Pero,
junto con este desarrollo pragmático de una lengua común, se necesita un
lenguaje más íntimo para el aspecto más profundo de cooperación y de
comunicación. Las lenguas equipadas para este objetivo cultural especial han
venido progresando o reviviendo en todo el mundo occidental desde la mitad del
siglo XIX. El galés, el gaélico, el hebreo, el catalán, el flamenco, el checo,
el noruego, el landsmåal, el africaans con algunas de las lenguas que, o bien
son nuevas o han sido renovadas y popularizadas recientemente para el uso
combinado vernacular y literario. Mientras el incremento de los viajes y la
comunicación conducirán sin duda a una consolidación de dialectos, reduciendo,
digamos, los trescientos, más o menos, lenguajes de la India a un puñado de lenguas
principales, está ya contrarrestado por el proceso opuesto de diferenciación:
la brecha entre el inglés y el americano es ahora más amplia que cuando Noah
Webster codificó las formas y las pronunciaciones ligeramente más arcaicas
americanas.
No hay
razón alguna para pensar que alguna lengua nacional pueda dominar el mundo,
como los franceses y los ingleses soñaron uno después de otro, pues a menos que
pueda crearse una lengua internacional fija y sin vida, correrá la misma
diferenciación del tipo babélico en la misma forma que lo hizo el latín. Es
mucho más probable que el bilingüismo se haga universal, es decir, que haya un
idioma mundial puramente artificial para los usos pragmáticos y científicos y
otro cultural para la comunidad local.
El
resurgir de estas lenguas y literaturas culturales, y el estímulo de la vida
local provocado por su uso, debe contarse como una de las medidas más efectivas
que ha tomado la sociedad para la protección contra los procesos automáticos de
la civilización de la máquina. Frente a la estandarización completa y universal
como sueño, el sueño del cockney universal, y una larga calle, llamada la
Tottenham Court Road o el Broadway corriendo por el mundo entero, y de una sola
lengua hablada en todas partes y en todas las ocasiones —frente a este sueño
arcaico, debe uno plantear el hecho de la nueva individuación cultural—.
Mientras la reacción ha sido ciega y arbitraria, no lo ha sido más que los
movimientos “mirando al futuro” que estaba tratando de detener. Tras ello
reside la necesidad humana de controlar la máquina, sino en el punto de origen,
sí en el punto de aplicación.
§ 8. El
retorno a la naturaleza
El despertar histórico del regionalismo se vio reforzado por otro movimiento:
el del “Retorno a la Naturaleza”.
El
cultivo de la naturaleza por sí misma, la imitación de los modos de vida rural
y la apreciación del ambiente del campo se convirtieron en el siglo XVIII en
uno de los medios principales de escapar al escritorio y a la máquina. Mientras
el campo predominó, el culto de la naturaleza no podía tener sentido; formando
parte de la vida, no había necesidad de que constituyera un tema especial de
pensamiento. Fue solamente cuando el hombre se encontró encerrado por su
metódica rutina urbana y privado en su nuevo ambiente urbano de la vista del
cielo y de la hierba y de los árboles, cuando el valor del campo se manifestó
claramente. Antes de esto, únicamente un raro aventurero casual habría buscado
la soledad de las montañas para cultivar su alma; pero en el siglo XVIII
Jean-Jacques Rousseau, predicando la sabiduría del campesino y lo sano de la
sencilla vida rural, arrastró a toda una serie de generaciones fuera de las
puertas de sus ciudades: recogieron hierbas, escalaron montañas, cantaron
canciones campesinas, nadaron a la luz de la luna, ayudaron en la recogida de
las cosechas; y los que pudieron se construyeron sus retiros rurales. Este
impulso por volver a recobrar la naturaleza tuvo una importancia poderosa sobre
el cultivo del medio ambiente en general y sobre el desarrollo de las ciudades;
pero reservo este tema para tratarlo en otro libro.
Lo
importante es comprender que en el mismo momento en que la vida se estaba
anquilosando y haciendo rutinaria se había encontrado una gran válvula de
salvación para los impulsos humanos originales —las salvajes, inexploradas y
relativamente incultas regiones de América y África, y hasta las menos
formidables islas de los mares del Sur—. Por encima de todo, el más constante
de los medios primitivos, el océano, se había abierto a los descontentos y a
los aventureros. Negándose a aceptar el destino que los inventores y los
industriales estaban creando, no acogiendo con gusto las comodidades y
oportunidades de la existencia civilizada ni aceptando el alto valor que a
éstas atribuía la burguesía reinante, los que poseían virtudes más audaces y un
sentido más vivo de los valores podían escapar a la máquina. En los montes y
las praderas de los nuevos mundos podían arrancar su medio de vida del suelo, y
en el mar podían hacer frente a las fuerzas elementales del viento y del agua.
Aquí, los demasiado débiles para hacer frente a la máquina podían encontrar un
refugio temporal.
Esta
solución era quizá casi demasiado perfecta, pues los nuevos colonizadores y
pioneros no sólo satisfacían sus propias necesidades espirituales al
establecerse en las zonas menos habitadas del globo, sino que en el acto de
hacerlo proporcionaban materias primas para las nuevas industrias, abrían
asimismo un mercado para sus productos manufacturados y repararon el terreno
para la eventual introducción de la máquina. Rara vez los impulsos internos de
diferentes partes de la sociedad se equilibraron tan bien con las condiciones
externas de su éxito; rara vez ha habido una situación social que fuera
satisfactoria para tipos tan diferentes de personalidad y para tantas
variedades de esfuerzo humano. Durante un siglo escaso —aproximadamente desde
1790 a 1890 en América del Norte y quizá un poco antes y un poco más tarde en
América del Sur y en África— el pionero de la tierra y el pionero industrial
estuvieron estrechamente asociados. Los hombres industriosos, agresivos,
prácticos construyeron sus factorías y reglamentaron a sus trabajadores. Los
hombres duros, optimistas, animosos y no mecánicos combatieron a los
aborígenes, desbrozaron las tierras, batieron los bosques en busca de caza y
abrieron los suelos vírgenes con sus arados. Aunque las nuevas oportunidades
agrícolas fuesen aún demasiado pobres y respetables, incluso aunque se
despreciasen las antiguas costumbres y solidaridades y se escarneciesen las
viejas tradiciones, había caballos para coger con lazo en las pampas, petróleo
que extraer en Pensilvania, oro que podía encontrarse en California y en
Australia, caucho y té por plantar en el Este y tierras vírgenes en el África
ardiente y en el Norte más frío que podían ser pisadas por primera vez por
hombres blancos, en busca de alimentos, o de aventura, o de conocimiento, o de
alejamiento psíquico de su propia especie.
La
máquina no llegó hasta que las nuevas tierras fueron completamente ocupadas y
explotadas, para reclamar su forma especial de dominio sobre los que no habían
mostrado ni valor, ni suerte, ni ingenio en la explotación de la naturaleza.
Para millones de hombre y de mujeres, las nuevas tierras alejaron el momento de
la sumisión. Al aceptar la sujeción de la naturaleza pudieron durante un breve
momento evadir la complicada interdependencia de la civilización de la máquina.
Los tipos más humanos o fanáticos, en compañía de sus camaradas, pudieron hacer
incluso un breve esfuerzo para realizar su sueño de la sociedad perfecta o
Ciudad del Cielo; desde las colonias de los Shakers en la
Nueva Inglaterra o de los mormones de Utah trazaron allí una vaga línea de
perfeccionistas que intentaban eludir la brutalidad sin objeto de la naturaleza
y la más intencionada brutalidad del hombre.
Los
movimientos, tan vastos y complejos como la migración de los pueblos del siglo
XVII al XVIII, no pueden naturalmente adscribirse a una sola causa o a un solo
conjunto de circunstancias. La presión de la explotación demográfica por sí
sola no basta para explicarla, pues no solamente precedió el movimiento al
aumento, sino que el hecho es que esta presión fue considerablemente facilitada
en Europa por la introducción de la patata, por el mejoramiento de los forrajes
de invierno del ganado y el abandono del sistema de las tres cosechas en el
momento en que se aceleraba muchísimo el éxodo hacia el nuevo mundo. Tampoco
puede explicarse en términos puramente políticos como un intento de escapar a
instituciones eclesiásticas y políticas anticuadas, o como resultado del deseo
de respirar el aire limpio de las instituciones republicanas. Ni tampoco se
trataba de una práctica elaboración del deseo de retorno a la naturaleza,
aunque Rousseau había influido claramente en la gente que hablaba en términos
de Rousseau y actuaba como él sin haber oído quizá jamás su nombre. Pero todos
esos motivos existían: el deseo de estar libre de la presión social, el deseo
de disfrutar de seguridad económica, el deseo de retorno a la naturaleza; y
todos se favorecían unos de otros. Estaban aportando a la vez la excusa y la
fuerza motriz para escapar a la nueva civilización mecánica que estaba
conquistando el mundo occidental. El disparar, el poner trampas, el derribar
árboles, el llevar un arado, explorar, enfrentarse con una veta —todas esas
ocupaciones primitivas, de las cuales había surgido originalmente la técnica,
todas esas ocupaciones que se habían cerrado y estabilizado por los adelantos
mismos de la técnica estaban ahora abiertas al pionero: podía ser cazador,
pescador, minero, leñador y granjero, una cosa tras otra, y al entregarse a
estas tareas la gente podía recuperar su pleno vigor animal como hombres y
mujeres, libres temporalmente de los deberes de una existencia más ordenada y
servil.
En apenas
un siglo este idilio salvaje llegó a su fin. El pionero industrial alcanzó al
de la tierra y este último sólo pudo repetir como un juego lo que sus
antepasados habían hecho por pura necesidad. Pero en tanto se ofrecieron
libremente las oportunidades en los países no colonizados, las gentes se
aprovecharon de ellas en números que serían asombrosos si las dotes de una
civilización ordenada, adquisitiva y mecanizada fueran tan grandes como lo
predicaban y creían los abogados del progreso. Millones de personas escogieron
una vida de peligro, de afán heroico, de privación y de sufrimientos,
combatiendo contra las fuerzas de la naturaleza antes que aceptar la vida en
los términos que se les ofrecía, tanto a los victoriosos como a los vencidos,
en las nuevas colmenas de la industria. El movimiento era en parte el inverso
de aquel gran esfuerzo de organización de los siglos XI y XII que limpiaron los
montes y los pantanos y levantaron ciudades de una punta a otra de Europa: fue
más bien una tendencia a la dispersión, al escape de una vida cultivada,
cerrada y sistemática hacia una existencia abierta y relativamente bárbara.
Con la
ocupación de las tierras que quedaban libres, este movimiento moderno de
población fue cesando, y nuestra civilización mecánica perdió una de sus
principales válvulas de escape. La más simple reacción humana que pudiera
provocar el temor a la máquina —escapar corriendo— había dejado de ser posible
sin socavar la base del medio de vida. La victoria de la máquina ha sido tan
completa que en éxodo periódico de la máquina, que tiene lugar en los días de
fiesta en América, los aspirantes a exiliados escapan en automóviles y se
llevan hacia la soledad un gramófono o un aparato de radio. Y finalmente,
aunque en seguida encontró cauces prácticos, la reacción de pionero fue menos
efectiva que el romanticismo de los poetas, los arquitectos y los pintores, quienes
simplemente crearon en la mente la imagen ideal de una vida más humana.
Con todo,
perdura el atractivo de las condiciones más primitivas de vida, como
alternativa a la máquina. Algunos de los que retroceden ante el grado de
control social necesario para manejar racionalmente la máquina están ahora
ocupados en planes para desecharla y volver a un puro nivel de subsistencias en
pequeñas utopías isleñas dedicadas a la subagricultura y a la submanufactura.
Los partidarios de estas medidas de regreso a lo primitivo sólo olvidan un
hecho: lo que están proponiendo no es una aventura, sino una retirada
arrastrándose; no una liberación, sino una confesión de completo fracaso.
Proponen volver a las condiciones físicas de la existencia del pionero sin el
impulso positivo espiritual que hizo tolerables las condiciones originales y
posibles los primeros esfuerzos. Si un derrotismo de ese tipo se extendiera
significaría algo más que el colapso de la máquina, sería el fin del ciclo
presente de la civilización occidental.
§ 9.
Polaridades orgánicas y mecánicas
Durante el siglo y medio que siguió a Rousseau, el culto de lo primitivo adoptó
muchas formas. Uniéndose al romanticismo histórico, que tenía otras raíces, se
expresó a nivel imaginativo, en las artes populares y en los productos de la
gente primitiva, ya no descartados como burdos y bárbaros, sino valorados
precisamente por dichas cualidades, que a menudo faltaban claramente en
comunidades mucho más desarrolladas. No fue accidental el interés por el arte
de los negros en África, una de las manifestaciones de este culto en nuestro
siglo, el producto del mismo grupo de pintores de París que aceptaron con el
mayor calor las nuevas formas de la máquina: el Congo mantuvo el equilibrio
frente a las obras del motor y el ferrocarril subterráneo.
Pero en
la más amplia plataforma de la conducta personal, lo primitivo se reveló
durante el siglo XX con la insurrección del sexo. Las danzas eróticas de los
polinesios, la música erótica de las tribus negras africanas conquistaron la
imaginación y presidieron el esparcimiento de las masas urbanas mecánicamente
disciplinadas de la civilización occidental, alcanzando su desarrollo más vivo
en los Estados Unidos, el país que había alentado con mayor insistencia los
chismes mecánicos y las rutinas mecánicas. Al relajamiento, antes
fundamentalmente masculino, de la embriaguez se añadió el relajamiento
heterosexual del baile y del abrazo erótico, dos fases del acto sexual que
ahora se realizaban en público. La reacción creció proporcionalmente a la
restricción impuesta por el trabajo del día; pero en vez de enriquecer la vida
erótica y aportar profundas satisfacciones orgánicas, estas medidas
compensatorias tendieron a mantener el sexo en un punto constante de estímulo y
finalmente de irritación, pues el ritual de la excitación sexual invadió no
sólo el esparcimiento, sino el negocio; apareció en la oficina y en la
publicidad, para recordar y tentar sin suministrar ocasiones suficientes de
liberación activa.
La
distinción entre la expresión sexual como una de las formas de vida y el sexo
como elemento compensador en una existencia monótona y restringida no debe
olvidarse, aunque sea difícil de definir. Pues el sexo, apenas debo decirlo, se
manifestó de ambos modos durante este período, y sobre el aspecto positivo de
este desarrollo y sus muchas consecuencias fructíferas y trascendentes tengo la
intención de hablar largamente en otro lugar. Pero en sus formas extremas, el
elemento compensatorio podía descubrirse fácilmente, pues estaba marcado por
una abstracción y un retraimiento, derivados del ambiente mismo al cual el
pueblo trataba desesperadamente de escapar. La debilidad de estas
compensaciones primitivas se revelaban en las obscenidades sintéticas en general
de la broma popular, en el extraño hechizo del abrazo de los artistas de cine,
en las voluptuosas contorsiones de los bailarines en el escenario y en las
experiencias de segunda o tercera mano de las verdes bufonadas de la canción
del pueblo o, un poco más cerca de la realidad, arrancándolas precipitada y
furtivamente al final de un paseo en automóvil o de un día fatigoso en la
oficina o en la fábrica. Los que escapaban a la ansiedad y a la frustración de
tales abrazos sólo lo conseguían apagando sus centros nerviosos superiores con
el alcohol o mediante la química de alguna forma de anestesia psíquica que
tomaba el aspecto extremo de la vulgaridad y la degradación.
En
resumen, la mayor parte de las compensaciones sexuales se hallaban apenas un
poco por encima del nivel de la abyecta fantasía; mientras que cuando el sexo
se acepta como un modo de vida importante, los amantes rechazan estos
sustitutivos del mismo y dedican sus mentes y sus energías al galanteo y a la
expresión de sí mismos: pasos necesarios para aquellas ampliaciones y
enriquecimientos y sublimaciones del sexo que mantienen del mismo modo la
especie y vigorizan toda la herencia cultural. Fue un hijo de minero, D. H.
Lawrence, quien hizo la clara diferencia entre la degradación del sexo, que
ocurre cuando es simplemente un medio de escapar al sórdido medio ambiente y al
embotamiento opresivo de una ciudad industrial de grado superior y la alegría
que surge cuando el sexo se respeta y se celebra por sí mismo.
La
debilidad del regreso sexual a lo primitivo no fue en verdad distinta del
cultivo más general del cuerpo mediante el deporte. El impulso que lo
estimulaba era genuino y estaba justificado; pero la forma que adoptó no llevó
a una transformación de la condición original, más bien se convirtió en el
mecanismo gracias al cual dicha condición se remedió lo bastante para seguir
existiendo. El sexo tenía que pretender una parte mayor de la vida que la que
conseguía por sí mismo en la reacción instintiva contra la máquina.
A medida
que ésta tendía hacia el polo de regularidad y de automatismo completo, quedó
separada finalmente del cordón umbilical que la unían a los cuerpos de los
hombres y de las mujeres. Se convirtió en un absoluto. Este fue el peligro
augurado en broma por Samuel Bu Her en Erewhon de que el ser
humano pudiera convertirse en un medio por el cual la máquina se perpetuara a
sí misma y extendiera su dominio. La reacción contra lo absoluto del mecanismo
desembocó en un absoluto igualmente estéril de lo orgánico: lo descaradamente
primitivo. Los procesos orgánicos, reducidos a las sombras por la máquina,
hicieron un esfuerzo violento para recobrar su posición. La máquina que negaba
con rigor la carne era recompensada por la carne, que denegaba los procesos racionales,
inteligentes, ordenados del comportamiento, que habían entrado en los
desarrollos culturales de todos los hombres —incluso aquellos desarrollos que
derivaban más estrechamente de lo orgánico—. La noción falsa de que el
mecanismo nada tenía que aprender de la vida fue sustituida por la igualmente
falsa noción de que la vida nada tenía que aprender del mecanismo. Por un lado
está la gigantesca prensa, un milagro de fina articulación, que produce el
periódico ilustrado; por el otro están los contenidos mismos del periódico,
registrando simbólicamente los estados más descarnados y elementales de la
emoción, del sentimiento, apenas rudimentario pensamiento. Aquí está lo
impersonal y lo cooperativo y lo objetivo; en contraste, el ego violento,
recalcitrante, subjetivo, limitado, lleno de odios, de temores, de desvaríos
ciegos, de brutos impulsos hacia la destrucción. Los instrumentos mecánicos, un
vehículo potencial de objetivos humanos racionales, apenas constituyen un
beneficio cuando permiten que el chismorreo del tonto del pueblo y las hazañas
del criminal se difundan por la radio a un millón de personas cada día.
El efecto
de este regreso a lo primitivo absoluto, lo mismo que tantas otras adaptaciones
neuróticas que temporalmente tienden un puente sobre el abismo, desarrolla
tensiones propias que tratan de separar los dos lados de la existencia más aún.
Ese hiato limita la eficiencia de la reacción compensatoria; finalmente
significa ruina para la civilización que trata de mantener lo mecánico bruto
valorándolo con lo primitivo bruto. Pues en sus más amplios alcances,
incluyendo todos aquellos intereses, sentimientos y admiraciones culturales que
sostienen la labor del científico, del técnico, del artista, del filósofo,
incluso cuando no aparecen en el trabajo particular mismo —en sus más amplios
alcances esta civilización no puede ser llevada adelante por unos bárbaros. Un
mono peludo en el cuarto de calderas es una señal de grave peligro; un mono
peludo en el puente de mando significa un rápido hundimiento. El aparecer de
tales monos, en las formas de estos dictadores políticos que tratan de realizar
a fuerza de brutalidad y agresión calculadas aquello que no tienen la
inteligencia ni la magnanimidad de realizar con una dirección más humana,
indica sobre qué bases poco sólidas y engañosas descansa actualmente la
máquina. Pues, más desastrosa que cualquier destrucción física de las máquinas
por los bárbaros es su amenaza de desviar o de distraer la fuerza motriz
humana, descorazonando los procesos cooperativos del pensamiento y la
investigación desinteresada que son responsables de nuestros mayores logros
técnicos.
Hacia el
final de su vida Herbert Spencer contemplaba con verdadera alarma la regresión
hacia el imperialismo, el militarismo, la servidumbre que veía a su alrededor
al principio del siglo actual; y tenía toda la razón en sus augurios. Pero el
caso es que aquellas fuerzas no eran simples supervivencias arcaicas que no
habían conseguido extirpar la máquina, eran más bien elementos humanos
subyacentes despertados a una estertórea actividad por la victoria misma de la
máquina como una fuerza absoluta y no condicionada en la vida humana. La
máquina, al fracasar todavía —a pesar de los adelantos neotécnicos— en permitir
un juego suficiente en la existencia social a lo orgánico, ha abierto el camino
para su retorno a la estrecha y hostil forma de lo primitivo. La sociedad
occidental está recayendo, en puntos críticos, en modos de pensamiento, de
sentimiento y de acción precivilizados porque ha aceptado demasiado fácilmente
la deshumanización de la sociedad a través de la explotación capitalista y de
la conquista militar. La retirada a lo primitivo es, en suma, un sensiblero
esfuerzo para evitar la transformación más básica e infinitamente más difícil
que nuestros pensadores, dirigentes y hombres de acción han carecido de la
sinceridad de afrontar, la inteligencia de planear y la voluntad de realizar:
la transición más allá de las formas históricas del capitalismo y de las formas
originalmente igualmente limitadas de la máquina a una economía centrada en la
vida.
§ 10. El
deporte y la “diosa impura”
Los movimientos románticos fueron importantes como correctivos de la máquina
porque llamaron la atención sobre los elementos esenciales en la vida que
habían quedado fuera del cuadro mundial mecánico; ellos mismos prepararon
algunos de los materiales para hacer una síntesis más rica. Pero hay en la
moderna civilización toda una serie de funciones compensatorias que, muy lejos
de hacer posible una mejor integración, sólo sirven para estabilizar el estado
existente, y finalmente ellas mismas se convierten en parte de la propia
reglamentación que pretendían combatir. La principal de estas instituciones la
constituyen quizá los deportes de masas. Puede uno definir dichos deportes como
aquellas formas de juego organizado en el que el espectador es más importante
que el jugador, y en el que una buena parte del significado se pierde cuando el
juego se juega por el juego. El deporte de masas es principalmente un
espectáculo.
A
diferencia del juego, el deporte de masas exige un elemento de contingencia o
de azar mortales como uno de sus ingredientes; pero en lugar de que el azar se
presente espontáneamente, como en el montañismo, tiene que ocurrir de acuerdo
con las reglas del juego y debe incrementarse cuando el espectáculo empieza a
aburrir a los espectadores. El juego, en una u otra forma, se encuentra en toda
sociedad humana y entre muchas especies de animales; pero el deporte en el
sentido de espectáculo de masas, con la muerte para añadirse a la excitación
subyacente, llega a aparecer cuando una población ha sido disciplinada,
regulada y deprimida hasta tal punto de necesitar al menos una participación
sustitutiva en hechos difíciles de fuerza, destreza o heroísmo con el fin de
sostener su sentido declinante de la vida. La demanda de circos, y cuando los
espectáculos más moderados son aún insuficientes para excitar la vida, la
exigencia de proezas de tipo sádico y finalmente el deseo de sangre es la
característica de las civilizaciones que están perdiendo su poder: Roma bajo
los Césares, México en tiempo de Moctezuma, Alemania bajo los nazis. Estas
formas de sustitutivo de la virilidad y de la valentía son los signos más
seguros de una impotencia colectiva y de un difundido deseo de muerte. Los
peligrosos síntomas de su decadencia final se encuentran en todas partes hoy en
la civilización de la máquina so capa de deportes de masas.
La
invención de nuevas formas de deporte y la transformación del juego en deporte
fueron dos rasgos característicos del siglo pasado: el béisbol es un ejemplo de
lo primero y el cambio del tenis y del golf en espectáculo de torneo, en
nuestros días, es un ejemplo de lo segundo. A diferencia del juego, el deporte
tiene en nuestra civilización mecánica una existencia hasta en su manifestación
más abstracta posible: la muchedumbre que no va a presenciar el juego del balón
se amontonará alrededor del marcador en la ciudad para asistir al cambio de
puntos. Si no ve al aviador terminar su vuelo en torno al mundo batiendo una
marca, escuchará por la radio la reseña de su aterrizaje y oirá los gritos
frenéticos de la multitud en el terreno; si el héroe intentara evitar una
recepción pública y el desfile, se consideraría que estaba haciendo trampa. A
veces, como en las carreras de caballos, los elementos pueden reducirse a
nombres y apuestas de números: la participación puede ir no más allá del
periódico y de la taquilla, siempre que intervenga el factor suerte. Como el
objetivo principal de nuestra rutina mecánica en la industria es reducir los
dominios de la suerte, a mayor gloria de ésta y de lo inesperado, que
proporciona el deporte, el elemento expulsado por la máquina retorna a la vida
con una carga emocional acumulada. En las últimas formas de deportes de masas,
como las aéreas y las de autos, la emoción del espectáculo se ve intensificada
por la expectación de la muerte inmediata o la herida fatal. El grito de horror
que escapa de la muchedumbre cuando vuelca el auto o el avión se estrella, no
es un grito de sorpresa, sino de espera consumada: ¿no es fundamentalmente en
razón de excitar sólo ese deseo de sangre por lo que se celebra la competición
y asiste tanta gente? Gracias a la película sonora ese espectáculo y esa
emoción se repiten en un millar de cines del mundo entero como un incidente más
en el noticiero de la semana. Así, esta habituación continua a la sangría y al
asesinato y suicidio exhibicionistas acompaña a la máquina, y al perder fuerza
en sus formas más suaves estimula la exigencia de muestras de brutalidad más
masivas y desesperadas.
El
deporte presenta tres elementos principales: el espectáculo, la competición y
la personalidad de los gladiadores. El espectáculo en sí introduce el elemento
estético, del cual carece tan a menudo el medio ambiente paleotécnico mismo. La
carrera se efectúa o se juega el partido dentro de un marco de espectadores,
estrechamente amontonados: los movimientos de esta masa, sus gritos, sus
cantos, sus aclamaciones son un acompañamiento constante del espectáculo;
desempeñan, en efecto, la parte del coro griego en el nuevo drama-máquina,
anunciando lo que va a ocurrir y subrayando los acontecimientos del mismo. Por
su lugar con el coro, el espectador consigue su especial liberación;
generalmente separado de unas estrechas asociaciones físicas por su rutina impersonal,
se encuentra ahora unido a un grupo primitivo indiferenciado. Sus músculos se
contraen o se relajan con el progreso del juego, su aliento se acelera o se
detiene, sus gritos aumentan la excitación del momento e incrementan su sentido
interno del drama: en sus momentos de frenesí da palmadas en la espalda de su
vecino o hasta lo abraza. El espectador se siente contribuyendo él mismo por su
presencia a la victoria de los suyos, y algunas veces, más por hostilidad hacia
el enemigo que por estímulo al amigo, ejerce quizá un efecto visible en la
contienda. Es un alivio del papel pasivo de recibir órdenes y de cumplirlas
automáticamente, de acomodarse mediante un reducido “Yo” a un ensalzado “Ello”,
pues en la arena de los deportes el espectador tiene la ilusión de estar
completamente movilizado y utilizado. Además, el espectáculo por sí mismo es
una de las satisfacciones más intensas, en cuanto a sentido estético, que la
civilización de la máquina puede ofrecer a aquellos que no tienen medios de
alcanzar otra forma de cultura: el espectador conoce el estilo de sus
contendientes favoritos lo mismo que el pintor conoce la pincelada
característica o la paleta de su maestro, y reacciona ante el jugador de bolos,
ante el que lanza la pelota al batsman, o el que pega el punterazo
al balón, o el que saca en el tenis, o el as de aviación, atendiendo no sólo a
la consecución de un tanto, sino al espectáculo estético mismo. Este punto se
ha recalcado en las corridas de toros; pero naturalmente se aplica a toda clase
de deporte. Queda, sin embargo, un conflicto entre el deseo de una exhibición
valiosa y el deseo de un resultado brutal: la mortificación o la muerte de uno
o más de los contendientes.
Ahora
bien, en la competición se encuentran en conflicto dos elementos: la suerte y
el batir una marca. La suerte es la salsa que estimula la excitación del
espectador e incrementa su entusiasmo en el juego por dinero: las carreras de
perros y las de caballos son tan útiles en este aspecto como los juegos en los
que se requiera un mayor grado de destreza humana. Pero los hábitos del régimen
mecánico son tan difíciles de combatir en el deporte como en el reino del
comportamiento sexual; de aquí que uno de los elementos más significativos del
deporte moderno sea el hecho de que el interés abstracto de batir marcas se
haya convertido en una de sus preocupaciones principales. El bajar en un quinto
de segundo el tiempo de una carrera, el nadar a través del canal de la Mancha
veinte minutos más rápidamente que otro nadador, mantenerse en el aire una hora
más que otro rival —esos intereses entran en la competición y la convierten en
una contienda en que el verdadero oponente es el “record” o la marca anterior
en vez de ser una competencia puramente humana: el tiempo ocupa el lugar de un
rival visible—. Algunas veces, como en los maratones de baile o en los
concursos del mástil, el batir la marca tiene carácter de resistencia fútil: el
más aburrido y falto de interés de todos los espectáculos subhumanos. Con el
aumento en la destreza profesionalizada que acompaña a este cambio, el factor
suerte se ve aún más reducido; el deporte, que originalmente era un drama, se
convierte en exhibición. En cuanto el especialismo alcanza este punto, todo lo
que se presente está arreglado en toda la medida de lo posible para que termine
con la victoria del favorito popular: a los demás contendientes se les echa,
por así decirlo, a los leones. En lugar de “juego limpio”, la regla se convierte
ahora en “éxito a cualquier precio”.
Finalmente,
además del carácter espectacular y competitivo, aparece en el escenario, para
diferenciar más aún el deporte del juego, el nuevo tipo de héroe popular, el
jugador profesional o deportista. Está tan especializado en su vocación como un
soldado o un cantante de ópera: representa la virilidad, el valor, la
resolución, esa capacidad de ejercitar y mandar al cuerpo que tan pequeña parte
desempeña en el nuevo régimen mecánico. Si el héroe es una joven, sus
cualidades deben tener el carácter de la amazona. El héroe deportivo representa
las virtudes masculinas, el complejo de Marte, lo mismo que la actriz popular
de cine o la belleza nadadora en concurso representa a Venus. Él reúne toda
aquella destreza a la que el aficionado aspira vanamente. En lugar de ser
considerado como un ser villano y servil, por la misma perfección de sus
esfuerzos físicos, como los atenienses en tiempos de Sócrates consideraban a
los atletas y a los danzarines profesionales, este nuevo héroe representa la
cumbre de los esfuerzos del aficionado no en cuanto a placer, sino en
eficiencia. El héroe está magníficamente pagado por sus esfuerzos, así como
recompensado por la fama y la publicidad, y así devuelve después al deporte su
conexión con la existencia verdaderamente comercializada de la que se supone
que le da realce —se la devuelve y con ello se la santifica—. Los pocos héroes
que resisten a esta vulgarización —notablemente Lindbergh— caen en desgracia
popular o la menos periodística, pues están desempeñando la parte menos importante
del juego. El héroe deportivo con verdadero éxito, para satisfacer a la demanda
de las masas, debe encontrarse a mitad de camino entre una proxeneta y una
prostituta.
El
deporte, pues, en esta sociedad mecanizada, no es ya un simple juego sin más
recompensa que el juego, es un negocio provechoso: se invierten millones en
estadios, equipo y jugadores, y el mantener el deporte se convierte en cosa tan
importante como mantener cualquier otra forma de mecanismo productor de
beneficio. Y la técnica del deporte de masas infecta otras actividades: se
llevan a cabo expediciones científicas y exploraciones geográficas como si se
tratasen de pruebas de velocidad o combates de boxeo, y por las mismas
razones. Como negocio, diversión o espectáculo de masas, el deporte es
siempre un medio, aun cuando se reduzca a ejercicios atléticos y militares
realizados con gran pompa en estadios deportivos, el fin es reunir una
muchedumbre de espectadores y deportistas que batan records y así atestiguar el
éxito o importancia del ejercicio ejecutado. De este modo el deporte, que tal
vez originalmente comenzó como una reacción espontánea contra la máquina, se ha
convertido en uno de los deberes masivos de la edad de la máquina. Forma parte
de esa universal reglamentación de la vida para beneficio privado y gloria
nacional, aunque la excitación que produce pretenda suministrar una liberación
temporal y tan sólo superficial. En resumidas cuentas, el deporte se ha
convertido en una de las reacciones menos efectivas contra la máquina.
Solamente hay otra reacción menos efectiva en su resultado final, más ambiciosa
y también más desastrosa. Me refiero a la guerra.
§ 11. El
culto a la muerte
En las sociedades modernas es corriente el conflicto, una de cuyas
representaciones especiales institucionalizadas es la guerra. Además es
inevitable cuando la sociedad ha alcanzado un cierto grado de diferenciación,
puesto que la ausencia de conflicto supondría una conformidad que sólo existe
en los placentarios entre los embriones y sus progenitores hembra. El deseo de
realizar este tipo de unidad es una de las características reaccionarias más
patentes de los estados totalitarios y de intentos similares de tiranía en
grupos más reducidos.
Mas la
guerra es esa forma particular de conflicto que no pretende resolver los puntos
de desacuerdo, sino aniquilar físicamente a los defensores de los puntos de
vista contrarios o bien obligarlos a someterse por la fuerza. Y si bien el
conflicto es un incidente inevitable en cualquier sistema activo de
cooperación, al que hay que dar la bienvenida por las saludables variaciones y
modificaciones que aporta, la guerra es desde luego una perversión
especializada de conflicto, legada quizá por los grupos cazadores más
depredadores; y ha dejado de ser un fenómeno eterno y necesario, como ha dejado
de serlo el canibalismo y el infanticidio.
La guerra
difiere en escala, intención, calidad mortífera y frecuencia con el tipo de
sociedad; recorre todas las formas desde la guerra con predominio ritual de
muchas sociedades primitivas hasta las feroces matanzas cometidas de tiempo en
tiempo por bárbaros conquistadores como Gengis-Kan y los combates sistemáticos
entre naciones enteras que ahora ocupan tanto tiempo y atención de los países
industriales “adelantados” y “pacíficos”. Los impulsos hacia la destrucción no
han disminuido de ninguna manera con el progreso en los medios; en realidad hay
alguna razón para pensar que nuestros antepasados primitivos recolectores de
alimentos, antes de inventar las armas que les ayudaron en la caza, fueron más
pacíficos en sus costumbres que sus descendientes más civilizados. A medida que
la guerra aumentó en destructividad, el elemento deportivo se ha hecho menor.
Cuenta la leyenda de un antiguo conquistador que rechazó con desprecio la toma
de una ciudad por sorpresa de noche porque hubiera sido demasiado fácil y le
hubiera quitado toda la gloria: hoy un ejército bien organizado trata de
exterminar al enemigo con el fuego de la artillería antes de avanzar para tomar
la posición.
En casi
todas sus manifestaciones, sin embargo, la guerra indica un retroceso hacia un
patrón psíquico infantil por parte del pueblo que no puede resistir por más
tiempo la tensión exigente de la vida en grupos, con todas las necesidades de
compromiso, de toma y daca, de vivir y dejar vivir, el entendimiento y la
comprensión que pide la vida y con todo lo que supone de complejidades y de
ajuste. Tratan de desatar el nudo con el cuchillo y el fusil. Pero mientras las
guerras nacionales hoy son esencialmente competiciones en las que el campo de
batalla toma el lugar del mercado, la habilidad de la guerra en dirigir la
lealtad y los intereses de toda la población subyacente reside en parte en sus
peculiares reacciones psicológicas: proporciona una salida y una relación
emocional. “El arte degradaba, la imaginación denegaba —como dice Blake—, la
guerra gobernaba las naciones”.
Pues la
guerra es el drama supremo de una sociedad completamente mecanizada; y lleva
una ventaja sobre todas las demás formas de deporte de masas en las que se
mimetizan las actitudes de la guerra; la guerra es real, en tanto en los otros
deportes de masas existe un elemento de simulación: aparte las excitaciones del
juego o las pérdidas en las apuestas, no tiene real importancia quién sea
victorioso. En la guerra, no cabe duda en cuanto a la realidad, el éxito puede
traer la recompensa de la muerte con la misma seguridad que el fracaso, y puede
llevarla al más lejano espectador como a los gladiadores en el centro de la
vasta arena de las naciones.
Pero la
guerra, para los que realmente están en el combate, aporta asimismo una
liberación de los sórdidos motivos de hacer beneficios y del egoísmo que
gobiernan las formas que prevalecen de las empresas de negocios, incluido el
deporte: la acción tiene el significado del auténtico drama. Y en cuanto la
guerra es una de las principales fuentes de mecanismo, y su instrucción militar
y su regimentación constituyen el verdadero modelo del esfuerzo industrial al
estilo antiguo, suministra mejor que el campo de deportes las compensaciones
necesarias a esta rutina. La preparación del soldado, la parada, la elegancia y
el brillo del equipo y del uniforme, el movimiento preciso de grandes masas de
hombres, el sonar de los clarines, el redoble de los tambores, el ritmo de la
marcha, y después, ya en la batalla misma, la explosión final del esfuerzo en
el bombardeo y en la carga, prestan una grandeza moral y una estética a todo el
conjunto. La muerte o la mutilación del cuerpo da al drama el elemento de
sacrificio trágico, como el que se oculta bajo el exterior de muchos rituales
de religiones primitivas: el esfuerzo se ve santificado e intensificado por el
grado del holocausto. En los pueblos que han perdido los valores de la cultura
y no pueden ya responder con interés y comprensión a los símbolos de la misma,
el abandono de todo el proceso y la regresión a creencias toscas y a dogmas no
racionales, se ve poderosamente favorecida por los procesos de la guerra. Si no
existiera realmente un enemigo, sería necesario inventarlo, con el fin de
favorecer este desarrollo.
Así,
pues, la guerra rompe el tedio de una sociedad mecanizada y la descarga de la
mezquindad y la prudencia de sus esfuerzos cotidianos, concentrando hasta el
último grado la mecanización de los medios de producción y el vigor opuesto de
los estallidos vitales desesperados. La guerra permite la exhibición extrema de
lo primitivo al mismo tiempo que deifica lo mecánico. En la guerra moderna, lo
primitivo absoluto y la maquinaria de reloj son una sola cosa.
A la
vista de sus productos finales —los muertos, los mutilados, los dementes, las
regiones devastadas, los recursos quebrantados, la corrupción moral, los odios
y la rufianería antisociales—, la guerra es la más desastrosa salida de los
impulsos reprimidos de la sociedad que se haya ideado. Las consecuencias
funestas han crecido en magnitud y en miseria humana en la medida en que los
elementos reales de lucha se han mecanizado más; la amenaza de la guerra
química contra la población civil, además de contra el arma militar, pone en
manos de los ejércitos del mundo unos instrumentos de crueldad de lo que sólo
los salvajes conquistadores del pasado se hubieran aprovechado. La diferencia
entre los atenienses con sus espadas y sus escudos luchando en los campos de
Maratón y los soldados que se enfrentaron con tanques, cañones, lanzallamas,
gases tóxicos y granadas de mano en el frente occidental es la diferencia que
hay entre el rito de la danza y la rutina del matadero. Una es la exhibición de
la destreza y el valor con la posibilidad presente de la muerte; la otra es una
exhibición de las artes de la muerte, con el casi accidental producto derivado
de la destreza y el valor. Pero es en la muerte donde las poblaciones
reprimidas y regimentadas vislumbran por vez primera la vida efectiva; y el
culto de la muerte es un signo de su retroceso a lo primitivo corrompido.
Como
reacción en contra del mecanismo, la guerra, más aún que el deporte de masas,
ha incrementado el área de conflagración sin refrenar su avance. Sin embargo,
mientras la máquina siga siendo un absoluto, la guerra representa para esta
sociedad la suma de sus valores y compensaciones, pues la guerra lleva a la
gente de nuevo a la tierra, le hace enfrentar la guerra con los elementos,
desata las fuerzas brutas de su propia naturaleza, libera las normales
cohibiciones de la vida social y permite un retorno a lo primitivo en el
pensamiento y en el sentir, aun si después da pie al infantilismo en la
obediencia ciega que impone, como ocurre en el arquetipo del padre con el
arquetipo del hijo, que despoja a este último de la necesidad de comportarse
como una persona responsable y autónoma. El salvajismo que hemos asociado a los
no civilizados aún, es también una formación reactiva que surge en los
mecánicamente supercivilizados. A veces el mecanismo contra el cual tiene lugar
la reacción es una moralidad apremiante o una regimentación social: en el caso
de los pueblos occidentales lo que asociamos con la máquina es un medio
demasiado estrechamente reglamentado. La guerra, como una neurosis, es la
solución destructiva de una tensión insoportable y un conflicto entre los
impulsos orgánicos y el código y las circunstancias que le impiden a uno
satisfacerlos.
Esta
unión destructiva de lo primitivo mecanizado y salvaje es la alternativa a una
cultura madura y humanizada capaz de dirigir la máquina para el ensalzamiento
de la vida personal y comunal. Si nuestra vida fuera un conjunto orgánico, esta
escisión y esta perversión no serían posibles, pues el orden que hemos
incorporado a las máquinas se vería más completamente ejemplificado en nuestra
vida personal y los impulsos primitivos que hemos desviado o reprimido con
excesiva preocupación con dispositivos mecánicos tendían salidas naturales en
sus formas culturales apropiadas. En tanto empezamos a alcanzar esta cultura,
sin embargo, la guerra seguirá siendo probablemente la sombra constante de la
máquina: las guerras entre ejércitos nacionales, las guerras entre partidas,
las guerras de clases y, tras todo ello, la incesante preparación para esas
guerras mediante la instrucción militar y la propaganda. Una sociedad que ha
perdido sus valores vitales tenderá a crear una religión de la muerte y erigir
un culto para adorarla: una religión no menos grata porque satisface al número
creciente de paranoicos y sádicos que tal sociedad destrozada necesariamente
produce.
§ 12. Los
parachoques menores
De todas las formas de resistencia y compensación que hemos estado examinando
se deduce claramente que la introducción de la máquina no fue cosa fácil, ni
sus hábitos característicos de vida indiscutidos. Las reacciones hubieran sido
probablemente más numerosas y más decisivas de no ser por el hecho de que los
antiguos hábitos de pensamiento y las viejas formas de vida siguieron
existiendo; esto sirvió de puente entre lo antiguo y lo nuevo, e impidió que la
máquina dominara la vida tanto como controlaba los procesos de la actividad
industrial. En parte, estas instituciones existentes, al tiempo que
estabilizaban la sociedad, impedían que ésta absorbiera y reaccionara contra
los elementos culturales derivados de la máquina: de forma que disminuyeron los
valiosos servicios de la máquina en el momento de mitigar sus defectos.
Además de
la inercia estabilizadora de la sociedad en conjunto, y de los múltiples
intentos por varios lados de combatir a la máquina por la fuerza de ideas y de
medios institucionales, hubo también otras reacciones que sirvieron, por
decirlo así, de amortiguadores o parachoques. Lejos de detener a la máquina o
de socavar el programa puramente mecánico, quizá disminuyeron las tensiones
producidas por ella. Así la tendencia a destruir los monumentos de culturas más
antiguas, presentada por los utilitaristas en su primer impulso de confianza en
sí mismos y de esfuerzo creador, se encontró en parte entre las clases mismas
más activas en ese ataque, por el culto a las antigüedades.
Este
culto carecía de la convicción apasionada de que cualquier período pasado
gozaba de un valor supremo; simplemente sostenía que casi cualquier cosa
antigua era ipso facto valiosa o hermosa, tratárase de una
estatua romana, de una imagen de madera del siglo XV o de una aldaba de puerta
de hierro. Los adoradores de este culto intentaron crear ambientes privados en
los que no había señal alguna de máquina: quemaban leños en los hogares de las
chimeneas que imitaban el estilo de las mansiones normandas, aunque en realidad
se calentaban con vapor, y se diseñaban con la ayuda de una cámara y planos
exactamente calculados, y sostenidas, cuando el arquitecto no estaba muy seguro
de su capacidad o de sus materiales, con vigas ocultas de acero. Si no podían
robarse los artículos de artesanía de los edificios en ruinas del pasado, los
copiaban viejos artesanos con muchísimo cuidado; cuando la demanda de dichas
copias penetró en las clases medias, se reprodujeron mediante maquinaria en una
forma capaz de engañar sólo a un ciego o a un ignorante: una doble superchería.
Oprimidos
por un ambiente mecánico que no habían ni dominado, ni humanizado, ni
conseguido apreciar estéticamente, las clases dirigentes y sus imitadores de la
burguesía inferior se retiraban de la fábrica o de la oficina a un ambiente
falsificado no mecánico, en el que el pasado se modificaba añadiendo
comodidades físicas, tales como la temperatura tropical en invierno, y muelles
y acolchados en sofás, divanes y camas. Cada individuo próspero producía su
especial ambiente de anticuario: un mundo privado.
Este
mundo privado, vivido en barrios residenciales o en las más palaciegas casas de
campo, en nada se diferencia, en cuanto a aspectos objetivos del mundo, de
aquel en el que el lunático trata de vivir el drama en el que se cree Lorenzo
el Magnífico o Luis XIV. En cada caso la dificultad de mantener un equilibrio
en relación con un mundo externo difícil u hostil se resuelve con la retirada,
permanente o temporal, a un rincón privado, no inficionado por la mayor parte
de las condiciones que la vida pública y el esfuerzo establecen. Esos decorados
de anticuariado, que caracterizaron la mayoría del equipo doméstico de los
miembros más prósperos de la burguesía a partir del siglo XVIII —con un
intermedio de menor importancia de fealdad segura de sí misma durante el alto
período paleotécnico—, esos decorados eran, con una interpretación
estrictamente psicológica, celdas; en verdad, la adición de “comodidades” las
hacían celdas acolchadas. Los que en ellas vivían eran personas estables,
“normales”, “equilibradas”. En relación con todo el ambiente en que trabajaban
y pensaban y vivían, se comportaban simplemente como si se
encontraran en un estado de colapso neurótico, como si hubiera
un profundo conflicto entre la circunstancia mecánica que habían ayudado a
crear y su exigencia interna, como si no hubieran sido capaces
de resolver sus actividades divididas en un solo patrón sólido.
El otro
aspecto de este conservadurismo en el gusto, y esta repulsa por reconocer
cambios naturales estaba la tendencia de refugiarse en el cambio por el cambio,
y acelerar el proceso mismo que había introducido la máquina. Cambiar el estilo
de un objeto, modificar su forma o su color superficial, sin efectuar ninguna
mejora real, se convirtió en parte de la rutina de la sociedad moderna,
precisamente porque las variaciones y las rupturas naturales faltaban en la
vida: la respuesta a una regimentación excesiva llegó a través de una demanda
avivada y estimulada, hasta la exageración, de novedades. A la larga, el cambio
incesante es tan monótono como la continua falta de variedad: la verdadera
renovación supone a la vez incertidumbre y selección, y el tener que abandonar
la selección sólo por razones externas de que un estilo ha cambiado es perder
lo que realmente se ha ganado. En esto también el cambio y la novedad no son ya
más sagrados ni más enemigos que la estabilidad y la monotonía; pero el
materialismo sin objetivo y la regimentación imbécil de la producción dio por
resultado un cambio sin objeto y la ausencia de estímulos reales y ajustes
efectivos en el consumo; y muy lejos de resolver la dificultad, sólo consiguió
incrementarlos la resistencia. El deseo de cambio, de movimiento y de novedad
infectó todo el sistema de producción y consumo y los separó de los verdaderos
modelos y normas que tan importante era inventar. Cuando el trabajo y los días
eran variados, la gente se conformaba con permanecer en el mismo lugar; cuando
sus vidas fueron reducidas a una vacía rutina consideraron que era necesario
moverse; y cuanto más rápidamente se movieron, más estandarizado se hizo el
ambiente en que se movían: no había escape. Y así sucedió en todos los sectores
de la vida.
Donde los
medios físicos de retirada fueron inadecuados, la fantasía pura floreció sin
necesidad de otros medios externos que la palabra o el cuadro. Pero estos
medios externos se colocaron en una base colectiva mecanizada durante el siglo
XIX, como resultado de los procedimientos más económicos de producción hechos
posibles gracias a la prensa rotativa, la cámara fotográfica, el fotograbado y
la película. Con la expansión del alfabetismo, la literatura en todos grados y
niveles formó un mundo semipúblico al cual el individuo insatisfecho podía
retirarse a vivir una vida de aventura, siguiendo a los viajeros y a los
exploradores en sus relatos, o una vida de acción peligrosa y de observación
penetrante participando en los crímenes e investigaciones de un Dupin o de un
Sherlock Holmes, o una vida de romanticismo en las historias de amor y en las
novelas eróticas que llegaron a estar a mano de todos a partir del siglo XVIII.
La mayoría de estas fantasías y ensueños habían existido naturalmente en el
pasado, pero ahora se convertían en parte del gigantesco aparato colectivo de
escape. La función de la literatura popular como válvula de escape fue tan
importante que muchos psicólogos modernos han tratado a la literatura en
conjunto como un simple vehículo de retirada de las duras realidades de la
existencia: olvidando el hecho de que la literatura de primer orden, muy lejos
de consistir en un mero medio de placer, es un intento supremo de afrontar y
comprender la realidad —un intento al lado del cual una atareada vida de
trabajo implica una merma y representa una retirada parcial.
Durante
el siglo XIX la literatura corriente sustituyó en gran medida a las
construcciones mitológicas de la religión; el austero movimiento cósmico y los
cautelosos códigos de las religiones más sagradas eran, ¡ay!, demasiado afines
a la máquina misma, de la que la gente estaba tratando de escapar. Este
refugiarse en la fantasía se vio inmensamente reforzado a partir de 1910, por
la película, que apareció precisamente cuando la presión de la máquina estaba
empezando a reducirse cada vez más inexorablemente. Los sueños despiertos
públicos de riqueza, magnificencia, aventura, desorden y acción espontánea —la
identificación con el criminal que desafía a las fuerzas del orden; la
identificación con la cortesana que practica públicamente las seducciones del
sexo—, estas casi adolescentes fantasías, creadas y proyectadas con la ayuda de
la máquina, hicieron el ritual de la máquina tolerable a las vastas poblaciones
urbanas y urbanizadas del mundo. Pero esos sueños ya no eran cosa privada, y lo
que es más, ya no eran espontáneos y libres: fueron rápidamente capitalizados
en gran escala como el “negocio de la diversión” y establecido como un interés
legal. El crear una vida más liberal que pudiera pasarse sin esos calmantes era
amenazar la seguridad de las inversiones, construidas sobre la certidumbre del
continuo aburrimiento, hastío y fracaso.
Demasiado
aburrida para pensar, la gente leía; demasiado cansada para leer, podía ir al
cine; incapaces de ir al cine, podían encender la radio; en cualquier caso,
podían evitar la llamada a la acción; amantes sustitutivos, héroes y heroínas
sustitutivas, riqueza de sustitución llenaban sus vidas debilitadas y
empobrecidas y llevaban el perfume de lo ilusorio hasta dentro de sus casas. Y
como la máquina misma se convirtió, por así decirlo, en más activa y humana,
reproduciendo las propiedades orgánicas del ojo y del oído, los seres humanos
que empleaban la máquina como escapatoria han tendido a hacer más pasivos y
mecánicos. Inseguros de sus propias voces, incapaces de cantar una canción,
llevan consigo un gramófono o un transistor incluso a una merienda en el campo;
temerosos de encontrarse solos con sus propios pensamientos, espantados de
enfrentarse con el vacío y la inercia de sus propias mentes, encienden la radio
y comen y duermen con el acompañamiento de un continuo estímulo del mundo
externo: ahora una banda de música, ahora un poquito de publicidad, después un
poco de chismorreo llamado noticias. Hasta esa independencia que el más pobre
esclavo un tiempo disfrutaba, dejada como la Cenicienta con sus sueños por el
Príncipe Encantado cuando sus hermanas se fueron al baile, ha desaparecido en
este ambiente mecánico; cualesquiera compensaciones que pueda tener su
contrapartida actual, debe proceder de la máquina. Utilizando la máquina para
huir de ella, nuestras mecanizadas poblaciones han dado el salto escapando del
fuego para caer en las brasas. Los amortiguadores pertenecen al mismo orden que
el ambiente mismo. Las películas glorifican decididamente la fría brutalidad y
los deseos homicidas del bandidismo; el noticiario prepara para las batallas
futuras presentando cada semana los últimos artefactos para el combate armado,
acompañándolos con unas cuantas notas de himno nacional. En el acto de aliviar
la tensión psicológica esos diferentes artefactos no hacen sino incrementar la
tensión final y favorecen formas más desastrosas de liberación. Cuando se ha
estado asistiendo a un millar de muertes horribles en la pantalla, ya está uno
dispuesto para una violación, un linchamiento, un asesinato o una guerra en la
vida real; cuando las excitaciones de la película o de la radio empiezan a
perder fuerza, se hace necesario un sabor de sangre verdadera. En resumen: el
parachoques prepara para un choque nuevo.
§ 13.
Resistencia y ajuste
En todos estos esfuerzos por atacar, resistir o retirarse de la máquina, el
observador puede verse tentado a no ver nada más que el fenómeno descrito por
el profesor W. F. Obburn como el “desfase cultural”. El fallo en el “ajuste”
puede considerarse como un fracaso por parte del arte, de la moral y de la
religión en cambiar con la misma rapidez que la máquina y en la misma
dirección.
Esto me
parece a mí una interpretación esencialmente superficial. Por un lado, el
cambio de dirección opuesta a la de la máquina puede ser tan importante para
asegurar el ajuste como el cambio en la misma dirección, si ocurre que la
máquina está tomando un camino que pudiera, de no compensarse, conducir al
deterioro humano y al colapso. Por otro lado, esta interpretación concierne a
la máquina como estructura independiente y considera la dirección y el ritmo
del cambio de la máquina como norma, a los que todos los demás aspectos de la
vida humana deben conformarse. En realidad, la interacciones entre los
organismos y sus medios tienen lugar en ambas direcciones, y lo mismo es
correcto considerar la maquinaria de guerra como retrasada con referencia a la
moral de Confucio como adoptar la posición contraria. En su The
Instinct of Workmanship, Thorstein Veblen evitó cuidadosamente la noción
parcial de ajuste, pero más tarde los economistas y los sociólogos no han sido
tan prudentes siempre, y han tratado la máquina como si fuera una cosa final y
como si fuera algo más que una proyección de un aspecto particular de la
personalidad humana.
Todas las
artes y las instituciones del hombre derivan su autoridad de la naturaleza de
la vida humana como tal. Esto se aplica tan de lleno a la técnica como a la
pintura. Un régimen particular económico o técnico puede denegar esta
naturaleza, lo mismo que algunas costumbres sociales particulares, cual la de
vendar los pies de la mujeres o imponer la virginidad, puede rechazar los
hechos patentes de la fisiología o la anatomía: pero tales usos y puntos de
vista erróneos no eliminan el hecho que deniegan. En todo caso, la simple masa
de la tecnología, su poder y su ubicuidad, no proporcionan prueba alguna de su
valor humano relativo o de su pueblo en la economía de una sociedad humana
inteligente. El hecho mismo de que uno encuentre resistencias, regresiones,
arcaísmos en el momento del mayor adelanto de la máquina —incluso en aquellas
clases que, desde el punto de vista de la riqueza y el poder, más se han
beneficiado de la victoria de la máquina— le hace a uno dudar a la vez de la
efectividad y de la suficiencia de todo el esquema de vida a que ha dado lugar
la máquina. ¿Y quién es hoy tan inocente que piense que el desajuste respecto a
la máquina pueda resolverse por el simple procedimiento de introducir mayores
cantidades de maquinaria?
Sencillamente,
si la vida humana sólo consistiera en adaptarse al medio dominante físico y
social, el hombre habría dejado el mundo tal y como lo encontró, como han hecho
la mayoría de sus compañeros en biología: la máquina misma no se habría
inventado. La habilidad singular del hombre reside en haber creado normas y
objetivos propios suyos, no dados directamente en el orden externo de las
cosas, y al realizar su propia naturaleza cooperando con el medio ambiente,
crea un tercer reino, el de las artes, en el que los dos están armonizados,
ordenados y hechos significativos. El hombre es esa parte de la naturaleza en
al que la causalidad puede, en circunstancias determinadas, dar lugar a la
finalidad: en la que los fines condicionan los medios. Algunas veces las normas
del hombre son grotescas y arbitrarias: no moderado por el conocimiento
positivo y un sentido justo de sus límites, el hombre es capaz de deformar la
anatomía humana persiguiendo un sueño bárbaro de belleza, o, para objetivar sus
temores y sus torturados deseos, puede recurrir a horribles sacrificios
humanos. Pero incluso en esas perversiones hay un reconocimiento de que el
hombre mismo crea las condiciones en las que vive, y no en el mero impotente
prisionero de las circunstancias.
Si ésta
ha sido la actitud del hombre hacia la naturaleza ¿por qué tendría que adoptar
una postura más cobarde hacia la máquina, cuyas leyes físicas él descubrió,
cuyo cuerpo creó, cuyos ritmos anticipó por acciones externas de regimentación
en su propia vida? Es absurdo sostener que hemos de seguir aceptando la
abrumadora preocupación de la burguesía por el poder, por el éxito práctico,
sobre todo por la comodidad, o que tenemos que asimilar pasivamente, sin
discriminación ni selección —lo cual si es necesario exige un rechazo— todos
los nuevos productos de la máquina. Es igualmente absurdo creer que debemos
adaptar nuestra vida y nuestro pensamiento al anticuado sistema ideológico que
ayudó a crear los numerosos brillantes atajos que acompañaron el desarrollo
inicial de la máquina. La verdadera pregunta que se nos presenta es ésta: ¿esos
instrumentos favorecen a la vida y realzan sus valores, o no? Algunos de los
resultados, como explicaré en el próximo capítulo, son admirables, mucho más
admirables de lo que el industrial o el utilitarista se permitió imaginar.
Otros aspectos de la máquina son por el contrario insignificantes, y otros aún,
como la guerra mecanizada moderna, son decisivamente antagónicos de cualquier
ideal de humanidad, incluso del antiguo ideal del soldado que entonces
arriesgaba su vida en combate singular. En estos últimos casos nuestro problema
es eliminar o dominar la máquina, a menos que deseemos ser eliminados nosotros.
Pues lo peligroso no es el automatismo, ni la estandarización, ni el orden, Es
la restricción de la vida que tan a menudo acompañó a su aceptación inculta.
¿Debido a qué absurda lógica hemos de inclinarnos ante nuestra creación si ésta
es una máquina, y despreciarla como “irreal” tratándose de una pintura o de un
poema?: el poema es un hecho de la realidad tanto como la máquina. Los que
utilizan la máquina cuando necesitan reaccionar contra la vida directamente o
emplean las artes humanas, carecen tanto de eficiencia como si estudiaran
metafísica para aprender a cocer pan. La pregunta en cada caso es: ¿cuál es la
reacción vital apropiada? ¿Hasta dónde este o aquel instrumento favorecen los
objetivos biológicos o las metas ideales de la vida?
Cada
forma de vida, como lo ha expresado Patrick Geddes, está marcada no sólo por el
ajuste al medio ambiente, sino por la rebelión contra ese ambiente: es a la vez
criatura y creador, a la vez víctima de la fortuna y dueño del destino. Vive no
menos por la dominación que por la aceptación. En el hombre esta insurgencia
alcanza su ápice, y se manifiesta más completamente, quizá, en las artes, en
donde el sueño y la actualidad, la imaginación y sus condiciones limitadoras,
el ideal y los medios, se funden en el acto dinámico de la expresión y en el
cuerpo resultante que se expresa. Como un ser con una herencia social, el
hombre pertenece a un mundo que incluye el pasado y el futuro, en el cual puede
con sus esfuerzos selectivos crear pasos y fines no derivados de la situación
inmediata, alterar la dirección a ciegas de las fuerzas insensatas que le
rodean.
El
reconocer estos hechos es posiblemente el primer paso para tratar racionalmente
con la máquina. Debemos abandonar nuestros vanos y lamentables recursos para
resistir a la máquina mediante ridículas recaídas en la barbarie o recurriendo
a anestésicos y a parachoques. Aunque temporalmente puedan aliviar la tensión,
en fin de cuentas hacen más daño que el que evitan. Por otro lado, los más
objetivos defensores de la máquina debe reconocer el valor humano subyacente a
la protesta romántica contra la máquina: los elementos originalmente
incorporados en la literatura y el arte en el movimiento romántico forman parte
esencial de la herencia humana que no puede ser descuidada ni despreciada:
apuntan a una síntesis más comprensiva que la desarrollada a través de los
órganos de la máquina misma. Incapaz de crear esta síntesis, incapaz de
incorporarla a nuestra vida personal y comunal, la máquina sólo podrá seguir
hacia adelante con la ayuda de parachoques que confirman sus peores
características, o con el ajuste compensatorio de elementos defectuosos y
bárbaros que, con toda probabilidad, destruirán toda la estructura de nuestra
civilización.
Capítulo
7
Asimilación de la maquinaria
Contenido:
§ 1.
Nuevos valores culturales
§ 2. La neutralidad del orden
§ 3. La experiencia estética de la máquina
§ 4. La fotografía como medio y símbolo
§ 5. El crecimiento del funcionalismo
§ 6. La simplificación del medio ambiente
§ 7. La personalidad objetiva
§ 1.
Nuevos valores culturales
Las herramientas y utensilios empleados durante la mayor parte de la historia
del hombre fueron, fundamentalmente, extensión de su propio organismo: no
tenían —o lo que es más importante no parecían tener— una
existencia independiente. Pero aunque eran una parte íntima del trabajador,
reaccionaban sobre sus capacidades, agrupando su ojo, refinando su destreza,
enseñándole a respetar la naturaleza del material con el que obraba. El
instrumento puso al hombre en más estrecha armonía con su ambiente, no sólo
porque le ponía en condiciones de darle otra forma, sino porque le hacía
reconocer los límites de sus capacidades. En sueños, era todopoderoso: en la
realidad tenía que reconocer el peso de la piedra y cortar piedras no mayores
que las que pudiera transportar. En el libro de la sabiduría el carpintero, el
herrero, el alfarero, el campesino escribieron, aun si no firmaron, sus páginas
respectivas. Y en este sentido, la técnica ha sido siempre un instrumento
constante de disciplina y educación. Un primitivo superviviente podía de vez en
cuando descargar su ira contra un carro atascado en el barro rompiendo sus
ruedas, de la misma manera que hubiera pegado a un burro que se negara a
moverse, pero la masa de la humanidad aprendió, al menos desde que disponemos
de documentos escritos, que ciertas partes del medio circundante no pueden ser
intimidadas ni engatusadas. Para controlarlas, debe uno aprender las leyes de
su comportamiento, en lugar de imponer con petulancia los deseos propios de
uno. Así el saber popular y la tradición de la técnica, aunque empírica, tiende
a crear el cuadro de una objetividad relativa. Algo de esto hay en la
definición victoriana de la ciencia como “el sentido común organizado”.
Debido a
su fuente de energía independiente, y su funcionamiento semiautomático incluso
en sus formas más bastas, ha parecido que las máquinas tenían una realidad y
una existencia independientes aparte de la del usuario. Mientras los valores
educativos de la artesanía se encontraban principalmente en el procedimiento,
los de la máquina estaban sobre todo en el proyecto preparatorio: razón por la
que el proceso mismo era entendido sólo por los maquinistas y los técnicos
responsables del diseño y de la operación de la maquinaria real. Al hacerse la
producción más mecanizada, la disciplina de la fábrica más impersonal y el
trabajo en sí menos gratificador, al margen de algunas ligeras oportunidades de
trato social que favorecía, la atención se fue centrando cada vez más en el
producto: la gente valoró la máquina por sus realizaciones externas, por el
número de yardas de tela que tejía, por el número de millas que recorría. La
máquina, pues, apareció puramente como un instrumento externo para la conquista
del medio: la forma real de los productos, la colaboración y la inteligencia
verdaderas manifestadas en crearla, las posibilidades educacionales de esta
misma cooperación impersonal, todos esos elementos se descuidaron. Asimilamos
los objetos más bien que el espíritu que los produjo, y lejos de respetar ese
espíritu, intentamos una y otra vez hacer que los objetos mismos parezcan ser
algo distinto del producto de la máquina. No esperábamos obtener belleza de la
máquina del mismo modo que del laboratorio no esperamos un mayor nivel de
moralidad: y sin embargo, es un hecho que si buscamos una auténtica muestra de
una nueva estética o una ética más elevada durante el siglo XIX tal vez sea en
la técnica y en la ciencia donde sea más fácil encontrarla.
Los
hombres prácticos mismos fueron las personas que se encontraron más cerca de
nuestra idea de que el significado de la máquina no se limitaba a sus
realizaciones efectivas. Los inventores e industriales concebían la máquina de
tal modo que no pretendían llevarla a la fábrica, al mercado o a cualquier otro
sector de la vida humana más que como un medio. La posibilidad de que la
técnica se hubiera convertido en una fuerza creativa, llevada por su propio
impulso, que estaba rápidamente organizando un nuevo tipo de medio y
produciendo un tercer estado a medio camino entre la naturaleza y las artes
humanas, que no era meramente el camino más rápido de conseguir antiguas metas
sino un medio efectivo de expresar nuevos objetivos: la posibilidad en resumen
de que la máquina favoreciera un nuevo modo de vida se
encontraba muy lejos del pensamiento de aquellos que lo promovían activamente.
Los industriales y los ingenieros mismos no creían en los aspectos cualitativos
y culturales de la máquina. En su indiferencia hacia esos aspectos, estaban tan
lejos de apreciar la naturaleza de la máquina como lo estaban los románticos:
sólo que lo que los románticos, juzgando a la máquina desde el punto de vista
de la vida, consideraban un defecto, los utilitaristas lo exaltaban como una
virtud: para los últimos la ausencia de arte era una seguridad de cosa
práctica.
Si la
máquina hubiera carecido de valores culturales, los románticos habrían tenido
razón, y sus deseos de buscar dichos valores, si fuese menester en un pasado
muerto hubieran sido justificados por la misma desesperación del caso. Pero los
intereses en los hechos y en la práctica, por los que los industriales
consideran la única clave para su inteligencia, sólo fueron dos en toda una
serie de valores nuevos que habían aparecido por el desarrollo de la nueva
técnica. Los hechos positivos y prácticos se utilizaron generalmente en
civilizaciones anteriores con un esnobismo despreciativo por las clases
ociosas: como si la lógica ordenación de las propiedades fuera un hecho técnico
más noble que la articulación de las máquinas. El interés por lo práctico era sintomático
de aquel mundo más amplio y más inteligible que la gente había empezado a
vivir, un mundo en que los tabúes de clase y de casta ya no podían considerarse
como definitivos al tratar con acontecimientos y experiencias. El capitalismo y
la técnica habían actuado ambos de disolvente de esos grumos del prejuicio y la
confusión intelectual, y por ello fueron primeramente importantes liberadores
de la vida.
Desde el
principio, en verdad, las conquistas más duraderas de la máquina residieron no
en los instrumentos mismos, que pronto quedaron anticuados, ni en los bienes
producidos, que pronto se consumieron, sino en los modos de vida hechos
posibles gracias a la máquina y en la máquina: el estrafalario esclavo mecánico
era también un pedagogo. En tanto la máquina incrementó la servidumbre de
personalidades serviles, también prometió la más amplia liberación de
personalidades liberadas: desafió el pensamiento y el esfuerzo como ningún
sistema de técnica anterior lo había hecho. No podían darse por sentado ningún
aspecto concreto del medio, ni las convenciones sociales, una vez que la
máquina había mostrado hasta qué punto el orden y el sistema y la inteligencia
podían prevalecer sobre la burda naturaleza de las cosas.
Lo que
queda como contribución permanente de la máquina, transmitida de una generación
a otra, es la técnica de la cooperación fomentada en el pensamiento y en la
acción, la excelencia estética de las formas de las máquinas, la delicada
lógica de los materiales y de las fuerzas, que han añadido un canon nuevo —el
de la máquina— a las artes: sobre todo, quizá, la personalidad más objetiva que
ha nacido mediante un trato más sensible y comprensivo con esos nuevos
instrumentos sociales y a través de su deliberada asimilación cultural. Al
proyectar un lado de la personalidad humana en las formas concretas de la
máquina, hemos creado un medio independiente que ha reaccionado sobre cada uno
de los demás lados de la personalidad.
En el
pasado, los aspectos irracionales y demoníacos de la vida habían invadido
esferas a las que no pertenecían. Era un paso adelante el descubrir que las
bacterias, y no los duendes, eran responsables del cuajado de la leche y que un
motor refrigerado por aire era más efectivo que una escoba de bruja para el
transporte a larga distancia. Este triunfo del orden era penetrante, daba una
confianza a los objetivos humanos parecida a la que tiene un regimiento bien
instruido cuando marcha el paso. Al crear la ilusión de la invencibilidad, la
máquina realmente aumentó la cantidad de poder que el hombre puede ejercer. La
ciencia y la técnica dieron firmeza a nuestra moral: por sus mismas
austeridades y abnegaciones encarecieron el valor de la personalidad humana que
sometieron a su disciplina: hicieron despreciar temores infantiles,
suposiciones infantiles, afirmaciones igualmente infantiles. Gracias a la
máquina el hombre dio una forma concreta, externa y personal a su deseo de
orden, y de una manera sutil estableció así un nuevo nivel para su vida
personal y sus actitudes más orgánicas. A menos de ser mejor que la máquina se
hubiera encontrado reducido a su nivel: mudo, servil, abyecto, una criatura de
reflejos inmediatos y de respuestas pasivas sin selección.
Si bien
muchas de las preciadas realizaciones del industrialismo son simplemente cosas
sin valor, y muchos de sus productos son fraudulentos y evanescentes, su
estética, su lógica y su técnica apegada a los hechos constituyen una
contribución duradera: figuran entre las conquistas supremas del hombre. Los
resultados prácticos pueden ser admirables o dudosos, pero el método que les
sirve de base tiene una importancia permanente para la raza, aparte de sus
consecuencias inmediatas. Pues la máquina ha añadido toda una serie de artes a
los producidos por las simples herramientas y los métodos artesanales y ha
añadido un nuevo reino al medio en que el hombre culto trabaja, siente y
piensa. De forma análoga, ha ampliado la potencia y el alcance de los órganos
humanos y ha descubierto nuevos espectáculos estéticos y nuevos mundos. Las
artes exactas producidas con la ayuda de la máquina tiene sus propias normas y
dan sus propias satisfacciones particulares al espíritu humano. Diferentes en
cuanto a técnica a las artes del pasado, proceden, sin embargo, de la misma
fuente, pues la máquina misma, debo recalcarlo por décima vez, es un producto
humano, en un sentido, que aquellas artes humanas que a veces falsifican
realísticamente la naturaleza.
En esto
consiste, más allá de lo que aparece en el momento de la realización, la
contribución vital de la máquina. No importa el hecho que el trabajador
corriente tenga lo que equivale a 240 esclavos trabajando para él, si el
maestro sigue siendo un imbécil, que devora las noticias adulteradas, las
falsas sugerencias, los prejuicios intelectuales que actúan sobre él en la
prensa y en la escuela, dando salida a las afirmaciones tribales y a los deseos
primitivos bajo la impresión de que él es el resultado último del progreso y la
civilización. No se hace poderoso a un niño poniéndole un cartucho de dinamita
en las manos: sólo se aumentan los peligros de su irresponsabilidad. Si la
humanidad se quedara en la etapa infantil, ejercería un poder más efectivo reducida
a utilizar un pegote de barro y una anticuada herramienta de modelar. Pero si
la máquina ha sido una de las ayudas creadas por el hombre para conseguir un
más amplio crecimiento intelectual y alcanzar madurez, si trata a este poderoso
autómata suyo como un reto a su propio desarrollo, si las artes exactas
fomentadas por la máquina tienen que ofrecer su propia contribución a la mente,
y son ayudadas en la ordenada cristalización de la experiencia, entonces esas
contribuciones son realmente vitales. La máquina, que alcanzó tan abrumadoras
dimensiones en la civilización occidental en parte porque surgió de una cultura
desorganizada y unilateral, puede sin embargo ayudar a los distintos campos de
la cultura misma y con ello construir una síntesis más amplia: en cuyo caso,
llevará un antídoto contra su propio veneno. Veamos pues la máquina más de
cerca como un instrumento de cultura y examinemos las formas en que, durante el
siglo pasado, empezamos a asimilarla.
§ 2. La
neutralidad del orden
Antes de que la máquina penetrara en la vida, el orden fue la prerrogativa de
los dioses y los monarcas absolutos. La deidad y sus representantes en la
tierra tuvieron ambos, sin embargo, la desgracia de ser impenetrables en su
juicio y con frecuencia de ser caprichosos y crueles en sus afirmaciones de
maestría. Al nivel humano, su orden estaba representada por la esclavitud:
determinación completa desde arriba; subordinación completa abajo sin preguntas
ni comprensión. Detrás de los dioses y los monarcas absolutos se encontraba la
naturaleza bruta misma, llena de demonios, genios, gnomos, gigantes, disputando
el reino a los dioses. El azar y la malicia accidental del universo se
atravesaban entre los objetivos de los hombres y las regularidades observables
de la naturaleza. Incluso como símbolo el monarca absoluto era débil como
exponente del orden: sus tropas podían obedecerle con absoluta precisión, pero
podía ser anulado, como observa Hans Andersen en uno de sus cuentos de hadas,
por la pequeña violencia de un mosquito.
Con el
desarrollo de las ciencias y con la articulación de la máquina en la vida
práctica, el dominio del orden fue transferido de los gobernantes absolutos,
ejerciendo un control personal, al universo de naturaleza impersonal y al grupo
particular de artefactos y costumbres que llamamos la máquina. La fórmula real
de decisión —“Yo quiero”— fue traducida a los términos causales de la ciencia
—“Ella debe”—. Sustituyendo en parte el basto deseo de dominio personal por una
impersonal curiosidad y por el afán de comprender, la ciencia preparó el camino
para una conquista más efectiva del ambiente externo y finalmente para un
control más efectivo del agente, el hombre mismo. El hecho de que una parte del
universo sea una contribución del hombre mismo, de que las limitaciones
impuestas en la investigación científica por los instrumentos y los intereses
humanos tiendan a producir un resultado ordenada y matemáticamente analizable,
no disminuye la maravilla y la belleza del sistema: Da más bien a la concepción
del universo algo del carácter de una obra de arte. El reconocer las
limitaciones impuestas por la ciencia, el subordinar el deseo al hecho y
esperar el orden como un esquema urgente en las relaciones observadas más bien
que como uno extraño en esas relaciones, éstas fueron las grandes
contribuciones del nuevo concepto de la vida. Expresando regularidades y series
que se repiten, la ciencia amplió el área de la certidumbre, la predicción y el
control.
Suprimiendo
intencionadamente ciertas fases de la personalidad del hombre, la cálida vida
de la sensación privada, los sentimientos privados y las percepciones privadas,
las ciencias ayudaron a construir un mundo más público que ganó en
accesibilidad lo que perdiera en profundidad. El medir un peso, una distancia,
una carga de electricidad, con referencia a lecturas de índices establecidos
dentro de un sistema mecánico, construido deliberadamente para ese fin, fue
limitar la posibilidad de errores de interpretación y anular las diferencias de
experiencia individual y de historia privada. Y cuanto más grande el grado de
abstracción, mayor era la precisión de la referencia. Aislando simples sistemas
y sencillas secuencias causales las ciencias crearon la confianza en la
posibilidad de hallar un tipo análogo de orden en cada aspecto de la
experiencia. Fue, en realidad, por el éxito de la ciencia en el reino de lo
inorgánico como hemos adquirido cualquier creencia que podamos abrigar en la
posibilidad de alcanzar un control y una comprensión similares en el
inmensamente más complejo dominio de la vida.
Los
primeros pasos en las ciencias físicas no fueron muy lejos. Comparada con el
comportamiento orgánico, en el que toda una serie de estímulos puede crear la
misma reacción, o en el que un solo estímulo puede en diferentes condiciones
crear un número de reacciones diferentes, en que el organismo en conjunto
responde y cambia al mismo tiempo como la parte aislada que uno desea
investigar, comparada con el comportamiento dentro de este marco la reacción
física más complicada es agradablemente sencilla. Pero el caso es que gracias a
los análisis y a los instrumentos desarrollados en las ciencias físicas e
incorporados a la técnica, se han creado algunos de los instrumentos
preliminares necesarios para la exploración biológica y social. Toda medición
supone la referencia de ciertas partes de un fenómeno complejo a uno más
sencillo cuyas características son relativamente independientes, fijas y
determinables. La personalidad entera era un instrumento inútil para investigar
limitados fenómenos mecánicos. En su estado no crítico, era asimismo inútil
para la investigación de sistemas orgánicos, fueran organismos animales u
organismos sociales. Mediante un proceso de desmembramiento la ciencia creó un
tipo de orden más útil: un orden externo para el ser. A largo plazo, esa
limitación especial reforzó el ego como quizá ningún otro logro intelectual lo
había hecho.
Aunque
las aplicaciones más intensas del método científico lo fueran en tecnología,
los intereses que satisfizo y puso en juego, el deseo de orden que expresé se
trasladaron a otras esferas. Una investigación cada vez más atenida a los
hechos, el documento, el cálculo exacto se convirtieron en lo preliminar a la
expresión. En verdad, el respeto por las cantidades resultó una nueva condición
de lo que hasta entonces habían sido torpes juicios cualitativos. Bueno y malo,
belleza y fealdad, están determinados, no simplemente por sus respectivas
naturalezas, sino por las cantidades que uno puede asignarles y por cada
situación particular. Pensar con exactitud respecto de las cantidades es pensar
más precisamente acerca de la naturaleza esencial de las cosas: el arsénico es
un tónico en pequeñas cantidades y un veneno en onzas: la cantidad, la
composición local y la relación ambiental de una cualidad son tan importantes,
por así decirlo, como su signo original como cualidad. Por esta
razón es por lo que toda una serie de distinciones éticas, basadas en la noción
de cualidades puras y absolutas sin relación con sus cantidades, ha sido
instintivamente descartada por una parte considerable de la humanidad. En tanto
el dicho de Samuel Butler, de que cada virtud debería ser mezclada con un poco
de su opuesta, dando a entender, como lo hace, que las cualidades son alteradas
por sus relaciones cuantitativas, parece estar más cerca con mucho del fondo
del problema. Este respeto por la cantidad ha sido groseramente caricaturizado
por pobres mentes pedantes, que han tratado con medios matemáticos de eliminar
los aspectos cualitativos de complicadas situaciones estéticas. Pero uno no
debe dejarse guiar por su error al no reconocer la contribución peculiar que
nuestra técnica cuantitativa ha aportado a sectores aparentemente lejanos de la
máquina.
Hay que
distinguir entre el culto de la naturaleza como norma y un criterio de
expresión humana y la influencia general del espíritu científico. En cuanto al
primero, puede uno decir que aunque Ruskin, un discípulo estético de la
ciencia, rechazara el relieve griego porque no tenía correspondiente entre las
flores, los minerales o los animales, para nosotros hoy la naturaleza no es ya
un absoluto: o mejor, no consideramos ya a la naturaleza como si el nombre
mismo no estuviera implicado en ella, y como si sus modificaciones de ella no
fueran ellas mismas una parte del orden para el que ha nacido. Incluso cuando
se hace hincapié en la impersonalidad de la máquina no debe uno olvidar el
atareado humanizarse que aparece antes de que el hombre complete a medias su
cuadro de una naturaleza objetiva e indiferente. Todas las herramientas que usa
el hombre, sus ojos con su limitado campo de visión y su insensibilidad a los
rayos ultravioletas e infrarrojos, sus manos que sólo pueden mantener y
manipular un número limitado de objetos a la vez, su mente que tiende a crear
categorías de dos y tres porque, sin un entrenamiento intensivo, el abarcar
tantas ideas juntas como un músico puede abarcar en el piano provoca una
tensión excesiva sobre su inteligencia, más aún sus microscopios y balanzas,
todas llevan la impronta de su propio carácter así como las características
generales impuestas por el medio físico. Ha sido sólo gracias a un proceso de
razonamiento e inferencia —en sí mismo no libre de la mácula de su origen— como
el hombre ha establecido el reino neutro de la naturaleza. El hombre puede
definir arbitrariamente a la naturaleza como esa parte de su experiencia que es
neutral ante sus deseos y sus intereses, pero él con sus deseos y sus
intereses, sin hablar de su constitución química, ha sido formado por la
naturaleza y forma parte ineludiblemente de su sistema. Una vez que ha cogido y
escogido en este reino, como lo hace en la ciencia, el resultado es una obra de
arte, su arte: desde luego ya no se encuentra en estado natural.
En la
medida en que el culto de la naturaleza ha hecho que los hombres se lancen a
una mayor experiencia, para descubrirse en ambientes hasta entonces
inexplorados, y discurrir nuevos medios en el laboratorio que les permitan
realizar ulteriores descubrimientos, ha influido positivamente: el hombre
debería encontrarse a sus anchas tanto entre las estrellas como al lado de su
propio fuego. Pero aunque el nuevo canon del orden tenga una profunda estética
así como un estado intelectual, la naturaleza externa no tiene finalmente
autoridad independiente: existe, como resultado de la experiencia colectiva del
hombre, y como objeto de sus posteriores improvisaciones mediante la ciencia,
la técnica y las artes humanas.
El mérito
del orden nuevo fue dar al hombre por proyección un mundo externo que le
ayudara a rehacer el cálido mundo espontáneo del deseo que lleva dentro de sí.
Pero el nuevo orden, la nueva impersonalidad, era sólo un fragmento
trasplantado de la personalidad en conjunto: había existido como parte del
hombre antes de que lo separara y le diera un medio ambiente y un sistema de
raíces independientes. La comprensión y la transformación de este mundo
impersonal “externo” de la técnica fue una de las grandes revelaciones de los
pintores y los artistas y poetas de los tres últimos siglos. El arte es la
nueva representación de la realidad, de una realidad purificada, liberada de
constreñimientos y de accidentes sin importancia, no trabada por circunstancias
materiales que hacen confusa la esencia. El paso de la máquina al arte fue en
sí mismo un signo de liberación, un signo de que las duras necesidades de la
práctica, la preocupación de la batalla inmediata había pasado: un signo de que
la mente estaba una vez más libre para ver, para contemplar y así ampliar y
profundizar todos los beneficios de la máquina.
La
ciencia tenía otra cosa con que contribuir a las artes además de la noción de
que la máquina era un absoluto. Contribuyó, con sus efectos sobre la invención
y la mecanización, un nuevo tipo de orden para el ambiente: un orden en el que
el poder, la economía, la objetividad, lo colectivo desempeñarán un papel más
decisivo que el que habían desempeñado antes incluso en formas de dominio tan
absolutas como el sacerdocio real —y en los ingenieros— de Egipto y Babilonia.
La sensible aprensión de este ambiente nuevo, su traslación a términos que
suponen afectos y sentimientos humanos, y que ponen en juego una vez más toda
la personalidad, se convirtieron en parte de la misión del artista: y los
grandes espíritus del siglo XIX, quienes primero dieron la bienvenida a este
medio ambiente modificado, no eran indiferentes al mismo. Turner y Tennyson,
Emily Dickinson y Thoureau, Whitman y Emerson, todos saludaron con admiración
la locomotora, ese símbolo del orden nuevo en la sociedad occidental. Eran
conscientes del hecho de que los nuevos instrumentos estaban cambiando las
dimensiones y hasta cierto punto por tanto las cualidades mismas de la
experiencia; estos hechos estaban tan claro para Thoureau como para Samuel
Smiles; para Kipling como para H. G. Wells. El hilo del telégrafo, la
locomotora, el buque de vapor oceánico, hasta los cigüeñales y los pistones y
los conmutadores que conducían y canalizaban o controlaban la nueva energía,
podían suscitar emoción lo mismo que el harpa o el corcel de guerra: la mano puesta
en la válvula de regulación o en un conmutador no era menos regia que la que
una vez había sostenido un cetro.
La
segunda contribución de la actitud científica fue limitadora: tendió a destruir
las persistentes mitologías de las diosas griegas y de los héroes y santos
cristianos; o más bien, impidió un uso ingenuo y reiterado de aquellos
símbolos. Pero al propio tiempo reveló nuevos símbolos universales, y amplió el
verdadero dominio del símbolo mismo. Este proceso ocurrió en todas las artes:
afectó tanto a la poesía como a la arquitectura. La prosecución de la ciencia,
sin embargo, sugirió nuevos mitos. La transformación de la leyenda popular
medieval del doctor Fausto desde Marlowe a Goethe, terminando Fausto como
constructor de canales y drenador de pantanos y encontrando el sentido de la
vida en la pura actividad, la transformación de Prometeo como mito en el Moby
Dick de Melville, atestiguan la destrucción de los mitos no por el conocimiento
positivo sino por su más fecunda aplicación. Sólo puedo repetir aquí lo que he
dicho en otro lugar: “Lo que el espíritu científico ha hecho realmente ha sido
ejercer la imaginación de modos más finos de los que el deseo autístico —el
deseo del niño poseído por las ilusiones del poder y la dominación— era capaz
de expresar. La habilidad de Faraday al concebir las líneas de fuerza en un
campo magnético fue un triunfo tan grande como la habilidad para concebir una
danza de hadas en una escena, y A. N. Whitehead ha mostrado que los poetas que
simpatizan con esta nueva especie de imaginación, poetas como Shelley,
Wordsworth, Whitman, Melville, no se sentían privados de sus propios poderes
específicos, sino que los hallaron ampliados y renovados”.
“Uno de
los más finos poemas de amor del siglo XIX, Out of the Cradle Endlessly
Rocking, de Whitman, está expresado con una imagen como la que Darwin o
Audubon pudieran haber empleado, si los científicos hubieran sido capaces de
expresar sus sentimientos íntimos lo mismo que los acontecimientos ‘externos’:
el poeta vagando por la playa y observando el acoplamiento de las aves,
siguiendo día tras día su vida, apenas pudo haber existido antes del siglo XIX.
En los inicios del siglo XVII un poeta así habría permanecido en su jardín y
habría escrito acerca de un fantasma literario, Filomelo, y no acerca de una
verdadera pareja de aves; en tiempos de Pope, el poeta habría estado en la
biblioteca y escrito sobre los pájaros del abanico de una dama. Casi todas las
obras importantes del siglo XIX cabían en este molde y expresaban el nuevo
alcance imaginativo: respetan el hecho; están repletas de observación:
proyectan un reino ideal por dentro y a través, no trascendentalmente por
encima, del paisaje de la realidad. Notre Dame hubiera podido
escribirla un historiador, Guerra y Paz, un sociólogo, El
Idiota hubiera podido crearlo un psiquiatra, y Salambó ser
la obra de un arqueólogo. No digo que estos libros fueran científicos
intencionadamente, o que hubieran podido ser sustituidos por obras de ciencia
sin pérdida grave; lejos de ello. Simplemente señalo que fueron concebidas con
el mismo espíritu; que pertenecen a un mismo plano de conciencia”.
Una vez
enfocado el símbolo, la tarea de las artes prácticas se hizo más intencional.
La ciencia dio al artista y al técnico nuevos objetivos: pidió que respondiera
a la naturaleza de la máquina en sus funciones y que se dejara de tratar de
expresar su personalidad en medios fraudulentos y fuera de propósito acerca del
material objetivo. La calidad “leñosa” de la madera, la “vidriosidad” del
vidrio, lo “metálico” del acero, lo “móvil” del movimiento, todos estos
atributos habían sido analizados con medios físicos y químicos, y el
respetarlos era entender y trabajar con el nuevo ámbito. El adorno, concebido
al margen de la función, era tan bárbaro como el tatuaje del cuerpo humano: el
objeto desnudo, cualquiera que fuese, tenía su propia belleza, cuya revelación
lo hacía más humano, y más próximo a la personalidad nueva que pudiera hacerlo
cualquier cantidad de artística decoración. Mientras los jardineros holandeses
del siglo XVII habían a menudo, por ejemplo, convertido la alheña y el boj en
formas de animales o de figuras arbitrarias, en el siglo XX apareció un nuevo
tipo de jardinería que respetaba las asociaciones ecológicas naturales, y que
no sólo permitía que las plantas crecieran con sus formas naturales sino que
trataba de aclarar simplemente sus relaciones naturales: el conocimiento
científico fue uno de los hechos que contribuyó al placer estético. Este cambio
simboliza lo que ha estado ocurriendo continuamente, a veces con lentitud,
otras deprisa, en todas las artes. Pues finalmente, aunque la naturaleza mismo
no sea un absoluto, y los hechos de la naturaleza externa no constituyan los
únicos materiales del artista, ni su imitación literal sea garantía de éxito
estético, la ciencia le da, no obstante, la seguridad de un reino en parte
independiente que define los límites de sus propias posibilidades de trabajo.
Al crear esta unión del mundo interno y externo, de sus pasiones y afectos, con
la cosa que existe, el artista necesita no quedar como la víctima pasiva de sus
caprichos y alucinaciones neuróticas: por ello incluso cuando se separa de
alguna forma externa objetiva o de alguna convención ensayada, posee aún una
común medida de lo extenso de su desviación. Mientras el determinismo del
objeto —si está permitido acuñar una frase— es más enfático en las artes
mecánicas que en las artes humanas, un hilo que las une corre a través de ambos
reinos.
La
aprehensión estética y emocional del nuevo ámbito apareció coordinada con la
asimilación intelectual de la máquina por el técnico y el artista, que surgió
en parte a través del hábito, en parte a través de la experiencia de la labor
diaria, y en parte gracias a la ampliación del entrenamiento sistemático en la
ciencia. Veamos esto con detalle.
§ 3. La
experiencia estética de la máquina
El medio ambiente desarrollado de la máquina en el siglo XX tiene su afinidad
con aproximaciones primitivas en este orden en los castillos, las
fortificaciones y los puentes desde los siglos XI al XIII, e incluso después:
el puente de Tournay o las bóvedas y las obras de ladrillos de Mariekirche en
Lübeck. Estos primeros toques de los prácticos tienen las mismas finas
características que los últimos elevadores de cereales o las grúas de acero.
Pero las nuevas características ahora alcanzan a casi todo sector de la
experiencia. Obsérvense las cabrias, los cabos, los candeleros o las escalas de
un moderno buque de vapor, cerca, en la noche, cuando las duras sombras negras
se entremezclan oblicuamente con las sólidas formas blancas. He aquí un hecho
nuevo de experiencia estética, y puede ser trasladado con la misma dureza: el
buscar matices y atmósfera aquí es perder una calidad fresca que ha surgido del
uso de formas mecánicas y de modos mecánicos de iluminación. O situarse en una
plataforma de metropolitano desierta y contemplar el hueco bajo que se
convierte en un disco negro en el que, a medida que el tren avanza con
estruendo hacia la estación, dos círculos verdes aparecen como puntas de
alfiler aumentando hasta el tamaño de unas placas redondas. O seguir la
repetición parecida a una araña de las líneas límites, que definen los cubos
huecos del esqueleto de un rascacielo moderno: un efecto ni siquiera existente
en madera antes de que fuesen posibles las vigas de madera aserrada. O pasar a
lo largo del puerto de Hamburgo, por ejemplo, y ver desfilar la línea de
gigantescos pájaros de acero con las patas abiertas que presiden al cargar y
descargar de los barcos en las dársenas: ese espacio entre las patas, ese largo
cuello, el juego del movimiento en este vasto mecanismo, el placer especial
derivado de la aparente ligereza combinada con la enorme potencia en su
trabajo, jamás existieron en esta escala en ningún otro medio: comparadas con
estas grúas, las pirámides de Egipto pertenecen al tipo de los flanes de arena.
O mire por el ocular de un microscopio, y enfoque la lente sobre un hilo, un
cabello, una sección de una hoja, una gota de sangre: hay aquí un mundo de
formas y colores tan variados y misteriosos como los que se encuentran en el
fondo del mar. O sitúese en un almacén y contemple una hilera de bañeras, o de
sifones, o de botellas, cada objeto de idéntico tamaño, forma, color,
extendiéndose hasta un cuarto de milla de distancia: el efecto visual especial
de un modelo repetido, que antes sólo se observaba en grandes templos o en
masas de ejércitos, es ahora un tópico del ambiente mecánico. Existe una
estética de las unidades y las series, así como una estética de los único y lo
no repetible.
Ausente
de estas experiencias, en su mayor parte, está el juego de las superficies, la
danza de las luces y las sombras, los matices de color, los tonos, la
atmósfera, las complicadas armonías que forman los cuerpos humanos y los
compuestos específicamente orgánicos, todas las cualidades que pertenecen a los
niveles tradicionales de la experiencia y al mundo no ordenado de la
naturaleza. Pero frente a estas nuevas máquinas e instrumentos con sus
superficies duras, sus rígidos volúmenes, sus formas puras, surge una nueva
especie de percepción y de placer: el interpretar este orden es una de las
nuevas tareas de las artes. Mientras estas nuevas cualidades existieron como
hechos de la industria mecánica, no se reconocieron en general como valores
hasta que fueron interpretadas por el pintor y el escultor, y así existieron en
un anonimato indiferente durante más de un siglo. Las formas nuevas eran a
veces apreciadas, quizá, como símbolos del progreso, pero el arte, como tal, se
valora por lo que es, no por lo que indica, y la especie de atención necesaria
para la apreciación del arte faltó muchísimo en el medio industrial del siglo
XIX, y exceptuando a un excepcional ingeniero de gran talento, como Eiffel, se
consideró con profundo recelo.
En el
preciso momento en que era más clamoroso y más confiado el elogio del
industrialismo, se consideraba el mundo de la máquina como inherentemente feo,
tan feo que no importa cuánta fealdad adicional se debía a la basura, a los
desechos, a los montones de escorias, a la chatarra, o a la inmundicia que se
podía quitar. Lo mismo que los contemporáneos de Watt exigían que la máquina de
vapor hiciera más ruido, como proclamación de potencia, así la mente
paleotécnica exultaba, en su mayor parte, con la cualidad antiestética de la
máquina.
Los
cubistas fueron posiblemente la primera escuela que superó esta asociación de
lo feo y lo mecánico: no sólo sostuvieron que podía producirse belleza a través
de la máquina, incluso señalaron el hecho de que se había producido. La primera
expresión de cubismo en realidad se remonta al siglo XVII: Jean Baptiste
Bracelle, en 1624, hizo una serie de Bizarreries que
describían hombres mecánicos completamente cubistas en su concepción. Esto
anticipó en el arte, como Glanville en la ciencia, nuestros ulteriores
intereses e inventos. ¿Qué hicieron los cubistas? Extrajeron del ambiente
orgánico aquellos elementos precisos que podían ser expuestos en símbolos
geométricos abstractos: Transpusieron y reajustaron los contenidos de la visión
con tanta libertad como el inventor reajustaba funciones orgánicas: crearon
incluso en tela o en metal equivalentes mecánicos de objetos orgánicos: Léger
pintó figuras humanas que parecían haber sido torneadas en un torno mecánico, y
Duchamp-Villon modeló un caballo como si fuera una máquina. Todo este proceso
de experimento racional en formas mecánicas abstractas fue proseguido por los
constructivistas. Artistas como Grabo y Moholy-Nagy pusieron juntas piezas de
escultura abstracta, compuestas de vidrio, chapas de metal, espirales de
resortes, madera, que era equivalentes no utilitarios de los aparatos que el
físico estaba empleando en su laboratorio. Crearon en forma la semblanza de las
ecuaciones matemáticas y de las fórmulas físicas, tratando en esta nueva
escultura de respetar las leyes del equilibrio o de derivar equivalentes
dinámicos de la escultura sólida del pasado haciendo rotar en el espacio una
parte del objeto.
El valor
final de estos esfuerzos no residía quizá en el arte mismo, pues las máquinas y
los instrumentos originales eran tan estimulantes como sus equivalentes, y las
nuevas piezas de escultura eran tan limitadas como las máquinas. No: el valor
de esos esfuerzos reside en la creciente sensibilidad hacia el ambiente
mecánico que se producía en aquellos que entendían y apreciaban este arte. El
experimento estético ocupaba un lugar comparable al experimento científico: era
un intento de emplear una cierta especie de aparato físico con el fin de aislar
un fenómeno sujeto a experimentación para determinar los valores de ciertas
relaciones: el experimento era una guía para el pensamiento y una manera de
plantear la acción. Como las pinturas abstractas de Braque, Picasso, Léger,
Kandinsky, estos experimentos constructivistas hicieron distinta la respuesta
de la máquina como objeto estético. Analizando, con la ayuda de simples
construcciones, los efectos producidos, mostraron lo que había que buscar y qué
valores podían esperarse. El cálculo, el invento, la organización matemática
desempeñaron un papel especial en estos nuevos efectos visuales producidos por
la máquina, mientras la continua iluminación de la escultura y del lienzo,
hecha posible con la electricidad, modificó profundamente la relación visual.
Por un proceso de abstracción, las nuevas pinturas finalmente, en algunos
pintores como Mondrian, consistieron en una pura fórmula geométrica, con un
simple residuo de contenido visual.
Quizá las
más completa así como las más brillante de las interpretaciones de la capacidad
de la máquina lo fueron en la escultura de Brancusi, pues él exhibía a la vez
forma, método y símbolo. En la obra de Brancusi se constata, antes que nada, la
importancia del material, con su peso específico, forma, textura, color y
acabado: cuando modela en la madera, aún se obliga a conservar la forma
orgánica del árbol, insistiendo más bien que reduciendo la parte dada por la
naturaleza, mientras que cuando modela en mármol le saca plenamente la suave
textura satinada, en las formas más suaves y más semejantes a un huevo. El
respeto por la materia se extiende más aún en la concepción del tema tratado:
el individuo está sumergido, como en la ciencia, en la clase; en vez de
representar en mármol la cara contrahecha de una madre y un niño, pone dos
bloques de mármol uno al lado del otro con sólo la depresión de superficie más
ligera para señalar los rasgos de la cara; es mediante las relaciones de
volúmenes como presenta la idea genérica de madre e hijo; la idea en su forma
más tenue. Así también, en su famoso pájaro, trata al objeto mismo, en el
modelo en metal, como si fuera el pistón de un motor: el afilado es tan
delicado, el pulimento tan fino como si tuviera que adaptarse a la pieza más
complicada de maquinaria, en la que tan sólo unos granitos de polvo pudieran
impedir su acción perfecta: mirando al pájaro, piensa uno en el casco de un
torpedo. En cuanto al pájaro mismo, ya no es ningún pájaro particular, sino genérico
en su aspecto más ornitológico, la función del vuelo. Lo mismo ocurre con su
pez de mármol o metálico, pareciendo formas experimentales desarrolladas en un
laboratorio de aviación, flotando en la superficie sin defectos de un espejo.
Este es el equivalente en arte del mundo mecánico que nos rodea por todas
partes. Con su perfección adicional del símbolo, y la de las formas metálicas
sumamente pulidas el mundo en conjunto y el espectador mismo, se reflejan
igualmente: por lo que la antigua separación entre sujeto y objeto está ahora
figurativamente cerrada. El torpe oficial de aduanas de los Estados Unidos que
deseaba clasificar la escultura de Brancusi como maquinaria o aparatos de
fontanería estaba en realidad haciéndole un cumplido. En la escultura de
Brancusi la idea de la máquina está objetivada y asimilada en obras
equivalentes de arte.
En la
percepción de la máquina como fuente de arte, los nuevos pintores y escultores
aclararon todo el problema y liberaron el arte del prejuicio romántico contra
la máquina como necesariamente hostil al mundo del sentimiento. Al propio
tiempo, empezaron a interpretar intuitivamente los nuevos conceptos de tiempo y
espacio que distinguen el tiempo presente del Renacimiento. El curso de este
desarrollo puede quizá seguirse mejor en la fotografía y en el cine: las artes
específicas de la máquina.
§ 4. La
fotografía como medio y símbolo
La historia de la cámara oscura, y de su producto, la fotografía, ilustra los
dilemas típicos que han surgido en el desarrollo del procedimiento de la
máquina y su aplicación a objetos de valor estético. Tanto los hechos de la
máquina como sus posibles corrupciones son igualmente manifiestas.
Primeramente,
las limitaciones de la cámara eran una salvaguardia para un uso de ella de
manera inteligente. El fotógrafo, aún ocupado con difíciles problemas
fotoquímicos y ópticos, no extrajo de la fotografía otros valores que los que
rendía inmediatamente por la técnica misma, y como resultado los serios
retratos de alguno de los primeros fotógrafos, en particular el de David
Octavius Hill, de Edinburgo, alcanzaron un alto nivel de perfección: en
realidad no ha sido superado muchas veces por ninguna de las obras ulteriores.
Al resolverse los problemas técnicos uno tras otro, gracias al uso de lentes
mejores, de emulsiones más sensibles, de nuevas texturas de papel para
sustituir las superficies brillantes del daguerrotipo, el fotógrafo se hizo más
consciente de dispositivos estéticos de los temas que encontraba ante él, en
vez de llevar adelante la estética de la luz, volvió tímidamente a los cánones
de la pintura, y se empeñó en hacer que sus cuadros cumplieran ciertos
conceptos previos de belleza como la concebida por los pintores clásicos. Lejos
de exaltarse con la representación minuciosa y detallada de la vida, como el
ojo mecánico la afronta, el fotógrafo de los años ochenta en adelante buscó
mediante suaves lentes un impresionismo neblinoso, o cuidando la disposición y
la luz teatral intentó imitar las posturas y a veces los trajes de Holbein y
Gainsbotough. Algunos experimentadores llegaron hasta imitar en la fotografía
impresa el borroso efecto del carboncillo o las líneas precisas del grabado. Esta
recaída de procedimientos limpiamente mecánicos en una imitación artificial
causó la ruina de la fotografía durante toda una generación, fue lo mismo que
la recaída en la técnica de la fabricación de muebles que empleaba la
maquinaria para imitar las formas muertas de la antigua artesanía. Tras ello
estaba el fracaso en entender la importancia estética intrínseca del nuevo
medio mecánico con sus propias posibilidades peculiares.
Toda la
fotografía, no importa el cuidado en la observación por parte del fotógrafo, o
el tiempo empleado en la expresión real, es esencialmente una instantánea: es
un intento de penetrar y capturar el único momento estético que se distingue
por sí mismo entre los miles de composiciones fortuitas, no cristalizadas e
insignificantes, que se presentan en el curso de un día. El fotógrafo no puede
reorganizar su material a su gusto. Debe tomar el mundo como lo encuentra: todo
lo más su modificación se limita a un cambio de posición o una alteración de la
dirección y de la intensidad de la luz o en la distancia focal. Debe respetar y
entender la luz del sol, la atmósfera, la hora del día, la estación del año,
las posibilidades de la máquina, los procedimientos de revelado químico, pues
el dispositivo mecánico no funciona automáticamente, y los resultados dependen
de la correlación exacta del momento estético con los medios físicos
apropiados. Pero mientras una técnica subyacente condiciona tanto la pintura
como la fotografía, pues el pintor, también, debe respetar la composición
química de sus colores y las condiciones físicas que les darán permanencia y
visibilidad, la fotografía difiere de las otras artes gráficas en que el
procedimiento está determinado en cada caso por las condiciones externas que se
presentan por sí mismas; su impulso interno, en vez de ampliarse en fantasía
subjetiva, debe estar siempre en armonía y en la clave de las circunstancias
externas. En cuanto a las varias especies de montaje de la fotografía
no son en realidad fotografía de ninguna clase sino una especie de pintura, en
la que se usa la foto —como retazos de tejidos en colchas de fantasía— para
formar un mosaico. Cualquier valor que pueda tener el montaje, deriva más bien
de la pintura que de la cámara.
Aunque
pueda ser para la pintura de primer orden, la foto de primera clase es quizá
aún más rara. El grado de emoción y significado representado en la foto por la
labor de Alfred Stieglitz en América es de un grado que raramente se supera
allí. La mitad del mérito de Stieglitz se debe a su riguroso respeto por las
limitaciones de la máquina y la sutileza con la que combina la imagen y el
papel. No juega con trucos, ni con fingimientos, ni siquiera con los de ser
insensible, pues la vida y el objeto tienen sus momentos suaves y sus aspectos
tiernos; la misión del fotógrafo es esclarecer el objeto. Esta objetivación,
esta clarificación constituyen importantes desarrollos en la mente misma: es quizá
el primer hecho psicológico que surge de nuestra asimilación racional a la
máquina. Ver cómo son, como si estuviesen ahí por ver primera, un barco cargado
de emigrantes, un árbol del Madison Square Park, un pecho de mujer, o unas
nubes bajando sobre unas montañas negras requiere paciencia y comprensión.
Generalmente, saltamos por encima de estas cosas, las relacionamos con alguna
necesidad práctica, o las subordinamos a algún deseo práctico: la fotografía
nos da la posibilidad de reconocerlas en una forma independiente creada por la
luz y la sombra y el matiz. La buena fotografía, pues, es una de las mejores
educaciones con vistas a un sentido cabal de la realidad. Devolviendo al ojo,
por otra parte tan preocupado con las abstracciones de lo impreso, el estímulo
de las cosas vistas rotundamente como cosas, formas, colores, texturas,
exigiendo para su disfrute una previa experiencia de la luz y la sombra, este
procedimiento de la máquina en sí mismo neutraliza algunos de los peores
defectos de nuestro ambiente mecánico. Es la esperanzada antítesis de una
sensibilidad estética debilitada y segregada, el culto de la forma pura, la que
se esfuerza por ocultar al mundo que finalmente da forma y significado a sus
más lejanos símbolos.
Si la
fotografía se ha hecho popular otra vez en nuestros propios días, después de su
primer, aunque algo sentimental, estallido en los años ochenta, es quizá
porque, como un inválido que recobra la salud, estamos encontrando un nuevo
deleite en ser, ver, tocar y sentir; porque en un ambiente rural o neotécnico
la luz del sol y el aire puro que lo hacen posible están presentes; porque
también hemos aprendido al fin la lección de Whitman y miramos con un nuevo
respeto el milagro de nuestros dedos cruzados o la realidad de una brizna de
hierba: la fotografía no es menos efectiva cuando está tratando con cosas tan
sencillas. El despreciar la fotografía porque no puede conseguir lo que
consiguieron El Greco o Rembrandt o Tintoretto es como descartar la ciencia
porque su visión del mundo no es comparable con las visiones de Plotino o las
mitologías del hinduismo. Su virtud reside precisamente en el hecho de haber
conquistado otro sector completamente diferente de la realidad. Pues la
fotografía, finalmente, da el efecto de permanencia a lo transitorio y efímero:
la fotografía —y quizá sólo ella— es capaz de habérselas y de presentar
adecuadamente los aspectos complicados, interrelacionados de nuestro ambiente
moderno. Como historias de la comedia humana de nuestros tiempos, las fotos de
Atget, en París, y de Stieglitz, en Nueva York, son únicas como drama y como
documento a la vez: no sólo comunican la forma verdadera y el toque de nuestro
ambiente, sino que con el ángulo de visión y el momento de la observación arrojan
una luz oblicua sobre nuestras vidas íntimas, nuestras esperanzas, nuestros
valores, nuestros humores. Y este arte, entre todas las artes, es quizá el más
ampliamente usado y el más disfrutado: el aficionado, el especialista, el
fotógrafo de reportaje y el hombre corriente, todos han participado en esta
experiencia de abrir los ojos, y en este descubrimiento de ese momento estético
que es propiedad común de toda experiencia, en todos sus diferentes niveles
desde el sueño sin regla a la acción bruta y a la idea racional.
Lo que se
ha dicho de la fotografía se aplica aún más al cine. En su primera explotación
el cine demostró su calidad única, la posibilidad de abstraer y reproducir
objetos en movimiento: las sencillas carreras y persecuciones de las primeras
películas apuntaron al arte en la dirección justa. Pero en el siguiente
desarrollo comercial fue un tanto degradada con el intento de convertirla en el
vehículo de un cuento, de una novela o de un drama: una mera imitación en el
aspecto visual de artes totalmente diferentes. Por ello debe uno distinguir
entre la película como un medio indiferente de reproducción, menos
satisfactorio, por varias razones, que la producción directa en el teatro, y la
película como arte en todos sus derechos. La gran realización de la película ha
sido la presentación de la historia o de la historia natural, las secuencias de
la actualidad, o su interpretación del reino íntimo de la fantasía, como en las
simples comedias de Charlie Chaplin, René Clair y Walt Disney. A diferencia de
la fotografía, se reúnen en la película los extremos de subjetivismo y de la
realidad de los hechos. Nanook del Norte, Chang, El
acorazado Potemkin, estas películas lograron su efecto dramático a través
de su interpretación de una experiencia inmediata y de un elevado complacerse
en la actualidad. Su exotismo era completamente accidental: un ojo igualmente
bueno hubiera conseguido el mismo orden de acontecimientos significativos en la
rutina del día de trabajo de un guardián del metropolitano o de un peón de
fábrica. En verdad, las imágenes más interesantes son las de los noticiarios de
actualidades —a pesar de la insoportable trivialidad de los locutores que los
comentan.
Ninguna
trama en el antiguo sentido dramático, sino secuencias históricas y
geográficas, es la clave para la disposición de estas nuevas composiciones
cinéticas: imágenes de sueño, pasaje de objetos, organismos, a través del
tiempo y del espacio. Constituye un desgraciado accidente social —como ha
ocurrido en tantos otros departamentos de la técnica— que este arte haya sido
groseramente desviado de su propia función por la necesidad comercial de crear
exhibiciones sentimentales para una población emocionalmente vacía,
“metropolitanizada”, que vivía por sustitución los besos, y los cócteles, los
crímenes y las orgías y los asesinatos de sus ídolos-fantasmas. Pues la
película simboliza y expresa mejor que cualquiera de las artes tradicionales
nuestro cuadro mundial moderno y las concepciones esenciales del tiempo y del
espacio que forman parte de la experiencia no formulada de millones de personas
para las cuales Einstein o Bohr, Bergson o Alexander apenas si son siquiera
nombres.
En la
pintura gótica puede uno recordar que el tiempo y el espacio eran sucesivos y
no relacionados: lo inmediato y lo eterno, lo próximo y lo lejano, estaban
confundidos; la fiel ordenación del tiempo de los cronistas medievales queda
destruida por el amontonamiento de sucesos presentados y por la imposibilidad
de distinguir entre lo que es de oídas y la observación, y entre el hecho y la
conjetura. En el Renacimiento, el espacio y el tiempo estaban coordinados
dentro de un sistema sencillo; pero el eje de los acontecimientos permanecía
fijo, por así decirlo, dentro de un marco establecido a una distancia
determinada del observador, cuya existencia con referencia al sistema se daba
por sentada de manera inocente. Hoy, en el cine, que simboliza nuestras percepciones
y sentimientos, el tiempo y el espacio no están coordinados meramente en su
propio eje, sino en relación con un observador, el cual por sí mismo, por su
posición, determina en parte el cuadro, y ya no está fijo, sino que es también
susceptible de movimiento. Y la película, con sus primeros planos y sus vistas
sinópticas, con sus acontecimientos cambiantes y su ojo de la cámara siempre
presente, con sus formas espaciales siempre mostradas a través del tiempo, con
su capacidad por representar objetos que se interpenetran, y por colocar
ambientes distantes en inmediata yuxtaposición —como ocurre en la comunicación
instantánea— con su habilidad, en fin, para representar elementos subjetivos,
distorsiones, alucinaciones, es hoy el único arte que puede representar con
algún grado de concreción una visión del mundo que emerge y que diferencia
nuestra cultura de todas las que la precedieron.
Incluso
con temas flojos y triviales, el arte enfoca intereses y capta valores que las
artes tradicionales deja sin tocar. Sólo la música hasta ahora ha representado
el movimiento a través del tiempo; pero la película sintetiza el movimiento a
la vez a través del tiempo y del espacio y en el hecho mismo que puede
coordinar imágenes visuales con sonido y dar ambos elementos desde los límites
de un espacio aparente y un lugar fijo, contribuye algo a nuestro cuadro del
mundo que no nos es dado por completo en experiencia directa. Utilizando
nuestra experiencia directa en el tren y el auto, la película recrear en forma
simbólica un mundo que por otra parte está más allá de nuestra directa
percepción o alcance. Sin ninguna noción consciente de su destino, la película
nos presenta un mundo de organismos interpenetrantes y que influyen unos contra
otros: lo que nos permite pensar en un mundo con un mayor grado concreto. Esto
no constituye un pequeño triunfo en la asimilación cultural. Aunque se haya
usado tan estúpidamente, la película se anuncia, sin embargo, como el arte más
importante de la fase neotécnica. Gracias a la máquina tenemos nuevas
posibilidades de entender el mundo que hemos ayudado a crear.
XII. La
naturaleza y la maquina
Figura 1: Radiografía del Nautilus por J. B. Polak. La Naturaleza emplea la
espiral en sus obras. Los rayos X, como el microscopio, revelan un nuevo mundo
estético. (Cortesía de Wendingen)
Figura 2: Sección de una hidroturbina moderna: la forma espiral está dictada
por la necesidad mecánica. Las formas geométricas, sencillas y complejas, están
orquestadas en el proyecto de la máquina.
Figura 3: Tribuna del nuevo estadio de Florencia: arquitecto, Pier Luigi
Nervi. Ingeniería en la que la imaginación y la necesidad se armonizan
completamente.
Figura 4: R. Duchamp-Villon: interpretación de la forma orgánica de un
caballo en función de la máquina. (Cortesía de Walter Pach)
XIII.
Asimilación estética
Figura 1: Escultura por Constantin Brancusi, Abstracción respecto a los
materiales, importancia de las medidas precisas y las modulaciones delicadas,
impersonalidad. Véase lámina XIV , número 2. (Cortesía de Marcel Duchamp)
Figura 2: Los trabajadores del acero: mural por Thomas H. Benton. Expresión
del elemento dramático en la industria moderna, y el heroísmo cotidiano que a
menudo supera al del campo de batalla. (Cortesía de la New School por Social
Research)
Figura 3: Moderno elevador de cereales. Efecto estético derivado de la
sencillez, esencialidad y repetición de formas elementales, realzado a escala
colosal. Véase el sugestivo ensayo de Worringer sobre Egipto y América.
(Cortesía de Erich Mendelsohn)
Figura 4: Mesa de desayuno, por Ferdinand Léger. Transposición de lo
orgánico y lo vivo en términos de lo mecánico: desmembramiento de las formas
naturales y la nueva invención gráfica. (Colección particular: Cortesía del
Museo de Arte Moderno)
Pero en
las artes está claro que la máquina es un instrumento con múltiples y
conflictivas posibilidades. Puede utilizarse como un sustituto pasivo para la
experiencia; puede usarse para falsificar formas más antiguas de arte; también
puede utilizarse, por derecho propio, para concentrar e intensificar y expresar
nuevas formas de experiencia. Como sustitutivo de experiencia primaria, la
máquina no tiene valor: en verdad es empobrecedora. Lo mismo que el microscopio
es inútil a menos que el ojo sea penetrante, de la misma manera nuestros
aparatos mecánicos en las artes dependen para su éxito de la debida cultura de
las aptitudes orgánicas, fisiológicas y espirituales que se encuentran bajo su
uso. No puede usarse la máquina como un atajo para escapar a la necesidad de la
experiencia orgánica. Waldo Frank planteó muy bien el problema. “El arte —dice—
no puede convertirse en un lenguaje, y con ello en una experiencia, a menos que
se practique. Para el hombre que toca, una reproducción mecánica de música puede
representar mucho, puesto que ya tiene una experiencia que asimilar. Pero
cuando la reproducción se convierte en la norma, los pocos músicos ejecutantes
llegarán a ser más aislados y estériles, y la capacidad de oír música
desaparecerá. Lo mismo ocurrirá con el cine, la danza y hasta el deporte”.
Mientras
en la industria la máquina puede sustituir al ser humano cuando ha sido
reducido a un autómata, en las artes la máquina sólo puede ampliar y
profundizar las funciones originales y las intuiciones del hombre. En la medida
en que el fonógrafo y la radio descartan el impulso de cantar, en la medida en
que la cámara elimina el impulso de ver, en la medida en que el automóvil evita
el deseo de andar, la máquina conduce a una condición funcional que están a un
paso de la parálisis. Pero en lo que se refiere a la aplicación de los
instrumentos mecánicos a las artes, no es la máquina lo que debemos temer. El
peligro mayor está en el fracaso de integrar las artes mismas con la totalidad
de nuestra experiencia vital: el triunfo perverso de la máquina sigue automáticamente
a la abdicación del espíritu. El asimilar conscientemente la máquina es un
medio de reducir su omnipotencia. No podemos, como ha dicho justamente Karl
Buecher, “abandonar la esperanza de que será posible unir la técnica y el arte
en una unidad rítmica superior que devuelva al espíritu la afortunada serenidad
y al cuerpo el armonioso cultivo que se manifiestan en su más alto grado en los
pueblos primitivos”. La máquina no ha destruido esta promesa. Por el contrario,
con el mayor cultivo más consciente de las artes de la máquina y con una mayor
selectividad en su uso, uno ve el empeño de su más amplio cumplimiento en toda
la civilización. Pues en el fondo de este cultivo debe estar la experiencia
directa e inmediata del mismo vivir: debemos ver, sentir, tocar, manipular,
cantar, bailar, comunicar directamente antes de que podamos extraer de la
máquina algún apoyo ulterior para la vida. Si estamos vacíos antes de empezar,
la máquina sólo nos dejará más vacíos aún; si somos pasivos e impotentes para
empezar, la máquina sólo nos dejará más débiles aún.
§ 5. El
crecimiento del funcionalismo
Pero la técnica moderna, incluso aparte de las artes especiales que favoreció,
hubo de aportar una contribución cultural por derecho propio. Lo mismo que la
ciencia subrayó el respeto por el hecho, así la técnica recalcó la importancia
de la función; en este terreno, como señaló Emerson, lo bello reposa sobre los
cimientos de lo necesario. La naturaleza de esta contribución puede verse
mejor, quizá, describiendo la forma en que el problema de la máquina fue
primero afrontado, después evadido y finalmente resuelto.
Uno de
los primeros productos de la máquina fue la máquina misma. Como en la
organización de las primeras factorías las consideraciones más prácticas venían
en primer lugar y todas las demás necesidades de la personalidad se echaban
firmemente a un lado. La máquina era una expresión directa de sus propias
funciones: el primer cañón, las primeras ballestas, las primeras máquinas de
vapor se construían claramente para la acción. Pero una vez resueltos los
principales problemas de organización y operación, el factor humano, que se
había descartado, necesitó ser reincorporado de algún modo. El único precedente
de esta integración de forma más completa provino naturalmente de la artesanía,
por lo que, sobre las formas incompletas, sólo en parte realizadas, del primer
cañón, los primeros puentes, las primeras máquinas, se añadió un toque de
decoración de mal gusto: simple reliquia de las fantasías semimágicas y felices
que la pintura y la escultura añadían en tiempo pasado a todo objeto de
artesanía. Quizá debido a que las energías del período eotécnico estaban tan
acaparadas por completo por los problemas técnicos, desde el punto de vista del
diseño, era asombrosamente limpio y directo: el adorno floreció en los
accesorios de la vida, a menudo corrompidos y extravagantes florecimientos,
pero se le busca en vano en las máquinas proyectadas por Agrícola o Besson o
los ingenieros italianos: son tan directas y atenidas a los hechos como lo era
la arquitectura desde el siglo X al XIII.
Los
peores culpables —o sea los más evidentemente sentimentales— fueron los
ingenieros del período paleotécnico. En el acto de desflorar ampliamente el
ambiente, trataron de expiar sus fracasos añadiendo algunas ramitas o
florecitas a las nuevas máquinas que estaban creando: embellecieron sus
máquinas de vapor con columnas dóricas o las ocultaron en parte con tracería
gótica; decoraron los bastidores de sus prensas y sus máquinas automáticas con
arabescos de hierro colado, horadaron agujeros ornamentales en las estructuras
de hierro modernas, desde los viejas armazones del Museo Metropolitano a la
base de la torre Eiffel, en París. En todas partes dominaron modas análogas:
homenaje de la hipocresía al arte. Se observan idénticos esfuerzos en los
radiadores de vapor originales, en las decoraciones florales que adornaron un
tiempo las máquinas de escribir, en los indescriptibles ornamentos que aún
perduran en las escopetas de caza y en las máquinas de coser, si bien han
desaparecido al fin en las cajas registradoras y en los auto-Pullman, como
mucho antes, en las primeras incertidumbres de la nueva técnica, apareció la
misma división en armaduras y en ballestas.
La
segunda etapa en el diseño de la máquina fue un compromiso. El objeto se
dividió en dos partes. Una de ellas tenía que ser diseñada precisamente con
vistas a la eficiencia mecánica. La otra debía ser diseñada con vistas a la
apariencia. Mientras los utilitaristas reclamaban para sí las partes
funcionales de la estructura, al esteta, por así decirlo, sólo se le permitía
modificar ligeramente la superficie con sus patrones no importados, sus flores
“plutónicas”, su filigrana sin sentido, siempre que no debilitaran seriamente
la estructura o condenaran la función a la ineficacia. Utilizando mecánicamente
la máquina, este tipo de diseño trataba vergonzosamente de ocultar los orígenes
que aún se consideraban como bajos y mezquinos. El ingeniero se sentía con la
inquietud de un parvenu, y con el mismo impulso por imitar los
modelos más arcaicos de sus mayores.
Naturalmente
pronto se alcanzó la segunda fase: el utilitarista y el esteta se retiraron
nuevamente a sus campos respectivos. El esteta, insistiendo con justicia en que
la estructura formaba parte integral de la decoración y que el arte era algo
más fundamental que cubrir con capa de azúcar la torta como hace el pastelero,
trató de realizar la antigua decoración verdadera alterando la naturaleza de la
estructura. Ocupando su lugar como trabajador, empezó a hacer revivir los
antiguos métodos puramente artesanos del tejedor, el ebanista, el impresor,
artes que habían sobrevivido en su mayor parte solamente en los rincones más
atrasados del mundo, no pisados por el turista y el viajante del comercio. Los
antiguos talleres y otros lugares de trabajo habían languidecido y muerto poco
a poco en el siglo XIX, especialmente en la progresiva Inglaterra y en América,
cuando otros talleres nuevos como los dedicados al vidrio con William de Morgan
en Inglaterra, y John La Farge en América, y Lalique en Francia, o una mezcla
de oficios, tales como el de William Morris en Inglaterra, aparecieron para
probar con su ejemplo que podían sobrevivir las artes del pasado. El
industrial, aislado de este movimiento, aunque lo aceptaba, despreciativo pero
a medio convencer, hizo un esfuerzo por recobrar su posición intentando copiar
mecánicamente las formas muertas del arte que encontraban en el museo. Lejos de
conseguir algún provecho del movimiento de los oficios, perdió por este
procedimiento aquel poco valor que poseían sus ingenuos proyectos que procedían
algunas veces de un íntimo conocimiento de los procedimientos y de los
materiales.
La
debilidad del movimiento original de los oficios estribaba en que suponía que
el único cambio importante en la industria había consistido en la intrusión de
la máquina sin alma. Mientras el hecho era que todo había cambiado, y que todas
las formas y los modelos empleados por la técnica estaban, por tanto,
destinados a cambiar también. El mundo que los hombres tenían en la mente,
su idolum, era completamente diferente del que llevó al constructor
medieval a esculpir la historia de la Creación o las vidas de los santos encima
del portal de las catedrales, o una divertida imagen encima de su propia
puerta. Un arte basado, como la artesanía, en una cierta estratificación de las
clases y en la diferenciación social de las artes no podía sobrevivir en un
mundo en el que los hombres habían sufrido la Revolución Francesa y a los que
se les había prometido una cierta parte de igualdad. La artesanía moderna, que
trataba de liberar al trabajador de la esclavitud de la producción de la
máquina, sólo permitía a las personas de cierta categoría disfrutar de objetos
nuevos que estaban completamente alejados del medio social dominante, como los
palacios y monasterios que el anticuario y el coleccionista habían empezado a
saquear. La tendencia educacional del movimiento de las artes
y oficios era admirable; y, en la medida que suministraba valor y comprensión
al aficionado, era un éxito. Aunque este movimiento no añadía una cantidad
suficiente de buena artesanía, por lo menos hacía desaparecer una buena parte
de arte falso. El lema de William Morris, de que no debía uno poseer nada que
no se considerase hermoso o que se supiera que era útil, era un lema
revolucionario en el frívolo y ostentoso mundo burgués.
Pero el
resultado social de ese movimiento de las artes y oficios no correspondía a las
necesidades de la nueva situación; como señaló Frank Lloyd Wright en su famoso
discurso en Hull House en 1908, la máquina misma era tanto un instrumento
artístico, en manos de un artista, como eran los simples utensilios y
herramientas. Levantar una barrera social entre las máquinas y las herramientas
era realmente aceptar la falsa noción del nuevo industrial que, empeñado en
explotar la máquina, que poseía, y celoso del instrumento, que aún podía ser
propiedad del trabajador independiente, dispensaba a la máquina una santidad y
gracia exclusiva que no se merecía. Careciendo del valor para usar la máquina
como un instrumento de fines creativos, y siendo incapaz de armonizarse con los
nuevos objetivos y las nuevas normas, los estetas se vieron lógicamente
obligados a restaurar la ideología medieval con objeto de proporcionar un apoyo
social para su sesgo antimaquinista. En una palabra, ese movimiento de las
artes y los oficios no captó el hecho de que la nueva técnica, al ampliar el
papel de la máquina, había modificado completamente el papel de la artesanía en
la producción y que los exactos procedimientos de la máquina no eran
necesariamente hostiles a la fina labor del hombre y su artesanía. En su forma
moderna, ésta no podía servir como en el pasado, cuando había sido utilizada en
forma de una intensiva especialización de casta. Para sobrevivir, la artesanía
hubiera tenido que adaptarse al aficionado y estaba destinada a dar vida
incluso en el puro trabajo a mano, aquellas formas de economía y sencillez que
la máquina estaba reclamando por derecho propio, y a las cuales se estaban
adaptando la mente, la mano y el ojo. En este proceso de reintegración se
recobrarían ciertas formas “eternas”: existen formas de artesanía que se
remontan a un lejano pasado que cumplen tan por completo sus funciones que
ninguna ulterior cantidad de cálculo o experimento podría mejorarlas. Estas
formas-tipo aparecen y reaparecen de una civilización a otra; y si no hubieran
sido descubiertas por la artesanía, la máquina habría tenido que inventarlas.
La nueva
artesanía iba de hecho a recibir en realidad una poderosa lección por parte de
la máquina. Pues las formas creadas por ésta cuando ya no trataron de imitar
los antiguos y superficiales patrones de la obra a mano, se vieron más cerca de
lo que podrían ser producidos por el aficionado que, por ejemplo, las
complicaciones de ensambladuras especiales, finos taraceados, maderas haciendo
juego, relieves y tallas, formas intrincadas, formas de adornos metálicos, el
orgullo de la artesanía en el pasado. Mientras en la fábrica la máquina se
redujo con frecuencia a producir artesanía falsificada, en el taller del
aficionado podía ocurrir el proceso opuesto con verdadero provecho: se
encontraba liberado por la sencillez misma de las buenas formas de la máquina.
La técnica de ésta como medio para alcanzar una forma simplificada y purificada
alivió al aficionado de la necesidad de respetar e imitar los complicados
patrones del pasado —patrones cuyas complicaciones era en parte resultado de un
verdadero despilfarro, en parte de un virtuosismo técnico y en parte de una
forma diferente de sentir. Pero antes que la artesanía pudiera, pues,
restaurarse como una admirable forma de juego y un eficaz alivio de una vida
físicamente ingenua, era necesario disponer de la máquina misma como
instrumento social y estético. Por lo que la mayor contribución al arte la
realizaron, después de todo, los industriales que permanecieron en su labor y
la llevaron a cabo.
Con la
tercera etapa tiene lugar una modificación en el diseño de la máquina. La
imaginación no se aplica al objeto mecánico después de haberse terminado el
diseño práctico: está fundida con él en cada etapa del desarrollo. La mente
trabaja directamente a través de la máquina, respeta las condiciones que se le
imponen y no contenta con una burda aproximación cuantitativa busca una
realización estética más positiva. No debe confundirse esto con el dogma, a
menudo tan corriente, de que cualquier artefacto mecánico que funciona es por
fuera estéticamente interesante. La fuente de este sofisma está clara. En
muchos casos, en realidad, se han acostumbrado nuestros ojos a reconocer lo
bello en la naturaleza, y sentimos una especial simpatía hacia ciertas especies
de animales y pájaros. Cuando un avión aparece como una gaviota, se aprovecha
esta vaga asociación y acoplamos adecuadamente la belleza con la propiedad
mecánica, ya que el peso y la caída de un vuelo de una gaviota añade una
belleza como en reflejo a su estructura animal. No existiendo tal asociación
con una semilla de vencetósigo, no sentimos la misma belleza en lo que se
refiere al autogiro, que se mantiene en vuelo gracias a un principio similar.
Mientras la verdadera belleza en algo que se usa debe unirse siempre a su
adecuación mecánica, y por tanto supone una cierta cantidad de reconocimiento y
valoración intelectual, la relación no es sencilla: apunta a una fuente común
más bien que a una identidad.
En la
concepción de la máquina o de un producto de la máquina hay un punto en el que
hay que detenerse por razones de economía sin haber alcanzado la perfección
estética: en este momento quizá ha de tenerse en cuenta cada factor mecánico, y
el sentido de cosa incompleta se debe al fracaso en reconocer las exigencias
del agente humano. La estética lleva consigo la implicación de alternativas
entre un cierto número de soluciones mecánicas de igual validez, y a menos que
esta conciencia esté presente en cada etapa del proceso, en cuestiones menores
de acabado, finura, composición, no es probable que aparezca de alguna manera
satisfactoria en la etapa final del diseño. La forma sigue a la función,
subrayándola, cristalizándola, clarificándola, haciéndola real para el ojo. Los
recursos y las aproximaciones se expresan por sí mismas en formas incompletas,
formas parecidas al absurdamente embarazoso y mal ajustado aparato de teléfono
del pasado, como el anticuado aeroplano, lleno de armaduras, hilos, soportes suplementarios,
testimonios todos de la angustia por remediar innumerables factores inciertos y
desconocidos; formas como las del antiguo automóvil en la que una parte tras
otra se añadió al mecanismo efectivo sin haber sido absorbida en el cuerpo del
diseño en conjunto; formas como las de las obras de acero de grandes
dimensiones que se debían a nuestra falta de cuidado en la utilización de
materiales baratos y en nuestro deseo de evitar un gasto extraordinario al
calcularlos con precisión y haciendo el gasto de la mano de obra necesaria para
realizarlos. El impulso que crea un objeto mecánico completo es afín al que
crea un objeto estéticamente acabado; y la fusión de dos de estos objetos en
cada etapa del proceso se realizará necesariamente por el ambiente en general:
¿Podemos calibrar qué parte del desorden y confusión del ambiente paleotécnico
socavó el buen diseño, o cuánta parte del orden y de la belleza de nuestras
fábricas neotécnicas —como las de Van Nelle en Rotterdam— podrían eventualmente
ayudar? Los intereses estéticos no pueden introducirse repentinamente de la
nada: deben ser constantemente operativos, constantemente visibles.
La
expresión a través de la máquina supone el reconocimiento de términos estéticos
relativamente nuevos: precisión, cálculo, perfección, sencillez, economía. El
sentimiento se une por sí mismo a estas nuevas formas con cualidades diferentes
de las que hicieron tan entretenida la artesanía. El éxito consiste aquí en la
eliminación de lo no esencial, más bien que, como en la decoración artesana, en
la producción voluntaria de lo superfluo, aportado por el trabajador debido a
su propio deleite en el trabajo. La elegancia de una ecuación matemática, la
inevitabilidad de una serie de interrelaciones físicas, la pura cualidad del
material mismo, la segura lógica del conjunto, todos éstos son ingredientes que
entran en el diseño de las máquinas; y también entran como productos que han
sido adecuadamente diseñados para la producción de la máquina. En la artesanía
es el trabajador el que está representado; en el diseño de la máquina es el
trabajo. En la artesanía, se hace hincapié en el toque personal, y son inevitables
la impronta del trabajador y de su herramienta: en el trabajo de la máquina
prevalece lo impersonal, y si el trabajador deja alguna prueba evidente de su
parte en la operación, se trata de un defecto o de una imperfección. Por ello
la tarea del diseño de la máquina consiste en la confección del patrón
original: aquí es donde se hacen los ensayos, se descubren y se ocultan los
errores, aquí es donde se concentra el proceso creativo en conjunto. Una vez
establecido el modelo, el resto es rutina; más allá de la oficina de proyectos
y del laboratorio no hay —para los artículos producido en serie destinados a un
mercado en gran escala— ni oportunidad para la selección ni realización
personal. Por consiguiente, aparte aquellos productos que pueden producirse automáticamente,
el esfuerzo para lograr una producción industrial equilibrada debe centrarse en
el desarrollo de la oficina de proyectos y del laboratorio, reduciendo la
escala de la producción y haciendo posible un tránsito más fácil hacia adelante
y hacia atrás entre las secciones de diseño y las operativas de la fábrica.
¿Quién
descubrió estos nuevos cánones de diseño de la máquina? Más de un ingeniero y
más de un obrero en las máquinas deben haberse dado cuenta de ello y haberse
aproximado a aquéllos; en verdad, se da uno cuenta del principio de aquellos
cánones en muchos instrumentos mecánicos de los primeros tiempos. Pero sólo
después de algunos siglos de esfuerzo más o menos ciego y no formulado llegaron
finalmente a demostrarse dichos cánones con un cierto grado de certidumbre en
la obra de los grandes ingenieros hacia fines del siglo XIX —particularmente
los Roeblings en América y Eiffel en Francia—, siendo formulados después de
esto por teóricos como Riedler y Meyer en Alemania. La popularización de la
nueva estética esperó, como ya lo he señalado, a los pintores posimpresionistas.
Contribuyeron rompiendo con los valores del arte puramente asociativo y
aboliendo una preocupación indebida por los objetos naturales como base del
interés del pintor: si por un lado esto llevó a un subjetivismo más completo,
por el otro tendió a un reconocimiento de la máquina a la vez como forma y
símbolo. En la misma dirección Marcel Duchamp, por ejemplo, que fue uno de los
jefes de este movimiento, hizo una colección de artículos acabados, baratos,
producidos por la máquina, y llamó la atención acerca de su suficiencia y
bondad estéticas. En muchos casos, los más finos diseños se consiguieron antes
de que un reconocimiento estético consciente tuviera lugar. Con la aparición de
un diseñador comercializado, tratando de añadir “arte” a un producto que
ya era arte, el diseño ha sido más de una vez dañado y
estropeado. La aplicada estructura de la máquina fotográfica Kodak, el griferío
del cuarto de baño y el radiador de vapor sometidos a dicha estilización
constituyen un tópico.
La clave
para comprender esta nueva apreciación de la máquina como fuente de nuevas
formas estéticas ha aparecido a través de la formulación de su más importante
principio estético: el principio de economía. Naturalmente este principio no es
desconocido en otras fases del arte, pero el caso es que en lo que se refiere a
formas mecánicas es siempre un principio de control, y disfruta de la ayuda de
los cálculos y medidas más exactos hoy día posibles. Un buen diseño pretende
eliminar del objeto, sea un automóvil, un juego de porcelana o una habitación,
todo detalle, toda moldura, toda variación de superficie, toda parte
superficial, excepto aquello que pueda conducir a su efectivo funcionamiento.
Nuestros impulsos inconscientes y nuestros hábitos mecánicos tienden firmemente
a la consecución de este principio. En aquellos sectores en que los gustos
estéticos no son conscientemente valederos, nuestro gusto a menudo ha sido
seguro y excelente. Le Corbusier ha sido muy ingenioso al escoger multitud de
objetos, ocultos a la observación por su misma ubicuidad, en los que esta
excelencia mecánica de forma se ha manifestado sin pretensión ni engaño.
Considérese la pipa de fumar; ya no está tallada para parecerse a una cabeza
humana, ni lleva, excepto entre los estudiantes universitarios, ningún emblema
heráldico: se ha convertido en algo exquisitamente anónimo, consistiendo nada
más que en un aparato para proporcionar a la boca humana el humo procedente de
una masa vegetal en lenta combustión. Considérese el vaso corriente de beber de
restaurante barato: ya no está tallado o colado o grabado con dibujos
especiales, todo lo más puede llevar una ligera protuberancia en la parte
superior para impedir que un vaso se pegue a otro al formar pilas; es tan
limpio, tan funcional, como un aislador de alta tensión. O bien tómese el reloj
actual y su caja y compárese con las formas de ingenuidad, gusto y asociación
artesanos creadas en los siglos XVI y XVII. En todos los objetos más comunes de
nuestro ámbito se han aceptado los cánones de la máquina. Incluso ni al más
sentimental fabricante de automóviles se le ha ocurrido pintar su coche para
que se parezca a una silla de postas al estilo de Watteau, aunque es posible
que viva en una casa en donde los muebles y decoración corresponden a aquella
pasada moda.
Este
carácter descarnado de lo esencial ha alcanzado todos los sectores del trabajo
de la máquina y tocado todos los aspectos de la vida. Es un primer paso hacia
la integración más completa de la máquina con las necesidades humanas y sus
deseos que caracteriza la fase neotécnica, y caracterizará más aún el período
biotécnico, ya visible por encima de la línea del horizonte. Como en la
transición social del orden paleotécnico al neotécnico, el principal obstáculo
al más completo desarrollo de la máquina reside en la asociación del gusto y la
moda con el despilfarro y el aprovechamiento comercial. Pues el desarrollo
racional de normas técnicas auténticas, basadas en la función y la realización,
sólo puede producirse por una desvalorización total del esquema de la
civilización burguesa sobre el cual nuestro presente sistema de producción está
basado.
El
capitalismo, que juntamente con la guerra desempeñó una parte tan estimulante
en el desarrollo de la técnica, se ha convertido ahora, junto con la guerra, en
el mayor obstáculo a su futuro mejoramiento. La razón debería estar clara. La
máquina desvaloriza lo raro: en vez de producir un solo objeto único, es capaz
de producir un millón de objetos más, tan buenos como el patrón a partir del
cual se hacen todos éstos. La máquina desvaloriza la edad, pues la edad es otro
ejemplo de cosa rara, y la máquina, al poner el acento en la aptitud y la
adaptación, se enorgullece en lo más nuevo más bien que en lo antiguo: en vez
de sentirse auténticamente confortable en medio de la herrumbre, el polvo, las
telarañas, las partes decadentes, se enorgullece de sus cualidades opuestas
—lustrosidad, suavidad, brillantez, limpieza—. La máquina desvaloriza el gusto
arcaico, pues el gusto en el sentido burgués es simplemente otro nombre que se
le da a la fama de desahogo financiero, y contra esta norma la máquina
establece las de la función y la aptitud. Lo más nuevo, lo más barato, los
objetos más corrientes pueden, desde el punto de vista de la estética pura, ser
inmensamente superiores a los más raros, los más caros y los más antiguos. El
decir todo esto es simplemente recalcar que la técnica moderna, por su propia
naturaleza esencial, impone una gran purificación de la estética; es decir,
despoja al objeto de los anteojos de la asociación, de todos los valores
sentimentales y pecuniarios que no tienen absolutamente nada que ver con la
forma estética y dirige la atención hacia el objeto mismo.
La
desvalorización social de casta exigida por el propio uso y apreciación de la
máquina es tan importante como el despojo de las formas esenciales en el
proceso mismo. Uno de los signos más felices de este hecho durante la última
década ha sido el uso de materiales baratos y corrientes en joyería,
primeramente introducido, creo, por Lalique, pues esto implicaba un
reconocimiento del hecho de que una forma estéticamente apropiada, incluso en
el adorno del cuerpo, nada tiene que ver con la rareza o el gasto, sino que es
una cuestión de color, forma, línea, textura, aptitud y símbolo. El empleo de
algodones baratos en el vestir por parte de Chanel y sus imitadores, que fue
otro fenómeno de la posguerra, fue asimismo un feliz reconocimiento de los
valores esenciales de nuestra nueva economía: puso al fin a nuestra
civilización, aunque sólo momentáneamente, al nivel de aquellas primitivas
culturas que con tanto gusto trocaban sus pieles y sus marfiles por las cuentas
de vidrio de colores del hombre blanco, con cuyo diestro uso el artista salvaje
demostró a cualquier observador desinteresado que —al contrario del fatuo
concepto del hombre blanco— había conseguido mayor beneficio en el negocio.
Debido al hecho que el vestido de la mujer desempeña un papel compensatorio en
nuestra sociedad megalopolita, con ello indica mucho más lo que está ausente
que lo que está presente en ella, la victoria de la estética genuina sólo
podría ser temporal. Pero estas formas de vestido y joyería apuntan a la meta
de la producción de la máquina; meta por la cual cada objeto se valoraría en
términos de su función social directa, mecánica y vital, dejando aparte su
valor pecuniario, los esnobismos de casta o los sentimientos muertos de la
emulación histórica.
Este
estado de guerra entre verdadera estética de la máquina y lo que Veblen ha
llamado las “exigencias de la reputación pecuniaria” presenta aún otro aspecto.
Nuestra tecnología moderna, en su organización interna, ha producido una
economía colectiva y sus productos típicos son puramente colectivos. Cualquiera
que sea la política de un país, la máquina es comunista; de aquí los profundos
conflictos y contradicciones que han venido desarrollándose en la industria de
la máquina desde finales del siglo XVIII. En cada etapa de la técnica, el
trabajo representa una colaboración de innumerables trabajadores, que utilizan
ellos mismos una amplia y ramificada herencia tecnológica: el inventor más
ingenioso, el científico más brillante individualmente, el más capacitado
diseñador sólo contribuyen a la meta del resultado final. Y el producto mismo
lleva necesariamente la misma impronta impersonal: funciona o no en líneas
totalmente impersonales. No puede existir diferencia cualitativa entre la
bombilla eléctrica de un número determinado de bujías de un hombre pobre y la
de un hombre rico que indique la diferencia de categoría pecuniaria en la
sociedad, aunque existía una enorme diferencia entre el apestoso sebo de las
velas del campesino y las candelas de cera o de aceite de esperma utilizadas
por las clases superiores antes de la llegada del gas y la electricidad.
En la
medida en que las diferencias pecuniarias pueden contar en la economía de la
máquina, sólo pueden modificar la escala y no el tipo, hablando en términos de
la producción actual. Lo que se aplica a la bombillas de la luz eléctrica, se
aplica a los automóviles; lo que se aplica aquí, lo mismo se aplica a toda
especie de aparato o de obra. Los desesperados intentos que se han hecho en
América por las agencias de publicidad y los “diseñadores” para estilizar los
objetos fabricados a máquina han sido, en su mayor parte, intentos para desviar
el proceso de la máquina a favor de los intereses de casta y de distinción
pecuniaria. En las sociedades basadas en el dinero, en la que los hombres
juegan con fichas de póker en vez de jugar con realidades estéticas o
económicas, se hacen todos los intentos por disfrazar el hecho de que la
máquina ha conseguido potencialmente una nueva economía colectiva en la que la
posesión de bienes es una distinción sin sentido, ya que la máquina puede
producir todos nuestros productos esenciales en cantidades inmensas, que caen a
su vez sobre el justo y el injusto, el loco y el cuerdo, como la lluvia misma.
La
conclusión es evidente: no podemos captar de forma inteligente los beneficios
prácticos de la máquina sin aceptar sus imperativos morales y sus formas
estéticas. De otra manera, tanto nosotros como nuestra sociedad seremos las
víctimas de una desunión destructora y una serie de objetivos, los que crearon
el orden de la máquina se encontrarán constantemente en guerra con los impulsos
personales triviales e inferiores inclinados a aprovecharse de manera
encubierta de nuestras debilidades psicológicas. Faltando en conjunto esta
aceptación racional, hemos perdido una buena parte de los beneficios prácticos
de la máquina y hemos logrado la expresión estética solamente en una forma
indecisa y parcial. La verdadera distinción social de la técnica moderna, sin embargo,
es que tiende a eliminar las distinciones sociales. Su meta inmediata es el
trabajo efectivo. Sus medios son la estandarización, la insistencia de los
genérico y lo típico, en resumen, una escueta economía. Su objetivo último es
el ocio —es decir, la liberación de otras capacidades orgánicas.
El
poderoso aspecto estético de este proceso social ha sido oscurecido por
intereses pragmáticos y pecuniarios en apariencia que se han insertado en
nuestra tecnología y se han impuesto sobre sus metas legítimas. Pero a pesar de
esta desviación del esfuerzo hemos empezado finalmente a comprender estos
nuevos valores, estas nuevas formas y estos nuevos modos de expresión. Se trata
aquí de un nuevo medio ambiente: la extensión de la naturaleza del hombre en
términos descubiertos por la observación atenta y el análisis y abstracción de
la naturaleza. Los elementos de este ambiente son duros, ásperos y claros: el
puente de acero, la carretera de cemento, la turbina y el alternador, la pared
de cristal. Detrás de esta fachada se encuentran filas y filas de máquinas,
tejiendo algodón, transportando carbón, reuniendo alimentos, imprimiendo
libros, máquinas con dedos de acero y finos brazos musculares, con reflejos
perfectos, a veces hasta con ojos eléctricos. Junto a todo ello hay nuevos
aparatos, el horno de coque, el transformador, las calderas de tintorería,
cooperando químicamente en estos procedimientos mecánicos y ensamblando nuevas
cualidades en compuestos y materiales químicos. Cada parte efectiva en este
ambiente general representa un esfuerzo de la mente colectiva para ampliar el
dominio del orden, el control y la provisión. Y aquí, finalmente, las formas
perfectas empiezan a tener interés humano incluso al margen de sus
realizaciones prácticas: tienden a producir esa serenidad y equilibrio
internos, ese sentido del contrapeso entre el impulso interno y el ambiente
externo, que es una de las marcas de una obra de arte. Las máquinas, incluso
cuando no son obras de arte, ocultan nuestro arte —es decir, nuestras
percepciones y sentimientos organizados— en la forma con que la naturaleza los
oculta, ampliando la base sobre la cual operamos y confirmando nuestro propio
impulso hacia el orden. Lo económico, lo objetivo, lo colectivo y, finalmente,
la integración de estos principios en una nueva concepción de lo orgánico
constituyen las características ya discernibles de nuestra asimilación de la
máquina no sólo como un instrumento de acción práctica, sino como un modo de
vida valioso.
§ 6. La
simplificación del medio ambiente
Como instrumento práctico, la máquina ha complicado de manera enorme el medio
ambiente. Cuando se compara la estructura interna de una casa del siglo XVIII
con la mezcla de tuberías de agua, tuberías de gas, hilos eléctricos, desagües,
tomas de aire, ventiladores, sistemas de calefacción y acondicionamiento de
aire que forman parte de una casa moderna, o cuando se comparan los adoquines
de una calle antigua, colocados directamente sobre la tierra, con los sistemas
de cables, tuberías y líneas de Metro que corren bajo el asfalto, no se tiene
duda alguna acerca de la complejidad mecánica de la vida moderna.
Pero
precisamente porque existen tantos órganos físicos, y porque tantas partes de
nuestro ambiente compiten constantemente por llamar la atención, necesitamos
precavernos contra la fatiga de manejar demasiados objetos o de vernos
estimulados innecesariamente por su presencia cuando realizamos los numerosos
servicios que imponen. Por consiguiente, una simplificación de los aspectos
exteriores del mundo mecánico constituye casi un requisito previo para tratar
con sus complicaciones internas. Para reducir la sucesión constante de
estímulos, el ambiente mismo debe hacerse lo más neutro posible. Esto,
nuevamente, se opone en parte al principio de muchos oficios artísticos, en lo
que el esfuerzo es retener la mirada, dar a la mente algo con qué jugar,
reclamar una especial atención para la misma. Así, pues, si el canon de la
economía y el respeto de la función no estuvieran arraigados en la técnica
moderna, habría de derivarse de nuestra reacción psicológica a la máquina: sólo
observando estéticamente estos principios puede reducirse el caos de estímulos
hasta el punto de asimilación efectiva.
Sin la
estandarización, sin la repetición, sin el efecto de neutralización del hábito,
nuestro ambiente mecánico podría muy bien, en razón de su ritmo y de su impacto
continuo, resultar demasiado formidable: en los sectores que no han sido
suficientemente simplificados excede el límite de tolerancia. La máquina tiene,
pues, en sus manifestaciones estéticas, algo parecido al efecto de un código
convencional de manera en el trato social: elimina la tensión del contacto y
del ajuste. La estandarización de maneras es un parachoques psicológico:
permite el trato entre personas y grupos sin la exploración y entendimiento
preliminares que son un requisito para un ajuste final. En el campo de la
estética está simplificación tiene aún un uso más: proporciona a las pequeñas
desviaciones y variaciones de la norma dominante el renuevo psicológico que
sólo llegaría con cambios mucho más amplios en una condición en que la
variación sería el modo esperado y la estandarización sería la excepción. A. N.
Whitehead ha señalado que uno de nuestros principales pecados literarios
consiste en pensar del pasado y del futuro en términos de unos mil años hacia
adelante y hacia atrás, cuando en realidad, para experimentar la naturaleza
orgánica del pasado y del futuro debería uno referirse al tiempo en el orden de
un segundo, o de una fracción de segundo. Se puede hacer una observación
análoga acerca de nuestras perfecciones estéticas: los que se quejan de la
estandarización de la máquina acostumbran a pensar en las variaciones en términos
de grandes cambios en cuanto a patrón y estructura, tales como los que ocurren
entre culturas o generaciones totalmente diferentes; mientras que uno de los
signos de un disfrute racional de la máquina y del medio ambiente creado por
ella se refiere a diferencias mucho menores y a reacciones de manera sensibles
a ellas.
El sentir
la diferencia entre dos tipos elementales de ventana, con una ligera diferencia
de proporción en la división de las luces, más bien que sentirla cuando una de
ellas consiste en un marco de acero y la otra está adornada por un frontón
roto, constituye el signo de una fina conciencia estética en nuestra cultura
que surge. Los buenos artesanos siempre han tenido algo de este más fino
sentido de la forma, pero se confundía con el gusto “esnobista” y las normas
literarias arbitrarias de una forma que llegó a la vida de la corte durante el
Renacimiento. A medida que diversas partes de nuestro ambiente alcanzan un
grado creciente de estandarización, los sentidos a su vez deben hacerse más
agudos y más refinados: un pelillo, una motita de polvo, una suave ola en la
superficie nos abrumará tanto como el guisante dañó a la princesa de Hans
Andersen, y de la misma manera derivará el placer de las delicadezas de la
adaptación a las que la mayor parte de nosotros somos ahora indiferentes. La
estandarización, que economiza nuestra atención cuando nuestras mentes tienen
que realizar otro trabajo, sirve como substrato en aquellos sectores en donde
buscamos intencionadamente una satisfacción estética.
Al crear
la máquina, hemos establecido ante nosotros una norma positivamente inhumana de
perfección. Cualquiera que sea la ocasión, el criterio de una forma mecánica
satisfactoria es que debería aparecer como si ninguna mano
humana la hubiera tocado. En este esfuerzo, en esta pretensión, en este logro
la mano humana se muestra, quizá, en su manifestación más aguda. Y, sin
embargo, finalmente, hemos de volver al organismo humano para alcanzar el toque
final de perfección: la reproducción más exacta carece aún de algo que poseía
el cuadro original; la más fina porcelana producida con la ayuda de cualquier
accesorio mecánico carece de la perfección de los grandes alfareros chinos; el
impreso mecánico más fino carece de aquella unión completa del blanco y negro
que produce la impresión a mano con su método más lento y su papel humedecido.
Con mucha frecuencia, en la labor de la máquina la mejor estructura está
desfigurada por simple conveniencia de producción: dadas normas igualmente
altas de realización, la máquina con frecuencia no puede hacer otra cosa sino
mantener su competencia con el producto hecho a mano. Los puntos más altos de
la artesanía establecen una norma que la máquina debe tener de continua
presente ante sí; pero contra esto se debe reconocer que en un centenar de
sectores se han hecho corrientes, gracias a la máquina, ejemplos de suprema
destreza y de refinamiento. Y que en todos los niveles este refinamiento
estético se extiende a toda la vida: aparece en cirugía y en odontología, así
como en el proyecto de casas y puentes y líneas de energías de alta tensión. El
efecto directo de estas técnicas sobre los diseñadores, trabajadores y
manipuladores no puede sobrestimarse. Cualquiera que sean las etiquetas, los
arcaísmos, los verbalismos, los errores emocionales e intelectuales de nuestro
presente sistema de educación, no puede olvidarse a la máquina como un educador
constante. Si durante el período paleotécnico la máquina acentuó la brutalidad
de la mina, en la fase neotécnica promete, si la utilizamos con inteligencia,
devolver la delicadeza y la sensibilidad al organismo.
§ 7. La
personalidad objetiva
Dados estos nuevos instrumentos, este nuevo ámbito, estas nuevas perfecciones,
sensaciones y normas, esta nueva rutina diaria, estas nuevas respuestas
estéticas, ¿qué clase de hombre surge de nuestra técnica moderna? Le Play
preguntó una vez a sus oyentes cuál era la cosa más importante que había salido
de la mina; y después de que uno dijo que el carbón y otro que el hierro y otro
que el oro, contestó: “No, la cosa más importante que sale de la mina es el
minero”. Y esto es cierto con referencia a cualquier ocupación. Y hoy día
cualquier tipo de trabajo se ha visto afectado por la máquina.
Ya he
tratado, en cuanto a sus limitaciones y renuncias, acerca del tipo de hombre
que influyó en la mecanización moderna: el monje, el soldado, el minero, el
financiero; pero la experiencia más completa de la máquina no tiende
necesariamente a producir una repetición de estos modelos originales, aunque
existen abundantes pruebas que muestran que el soldado y el financiero ocupan
una posición más extendida en nuestro mundo de hoy que quizá en cualquier otro
tiempo pasado. En el acto de expresarse con la ayuda de la máquina las
capacidades de estos tipos originales han sido modificadas y alterado su
carácter; además, lo que en un tiempo fue la innovación de una raza temeraria
de pioneros se ha convertido ahora en una rutina establecida de una inmensa
masa de gentes que se han apoderado de las costumbres sin haber compartido nada
del entusiasmo original, y muchos de estos últimos quizá no tienen aún ninguna
especial inclinación hacia la máquina. Es difícil analizar una influencia tan
penetrante como ésta: no se trata de una sola causa, no puede atribuirse
únicamente a la máquina una determinada reacción. Y nosotros, que lo respiramos
constantemente y nos adaptamos a él, es posible que no podamos medir la
desviación causada por el medio, menos aún estimar el impulso de la máquina, y
todo lo que lleva consigo, de otras normas. El único correctivo parcial es
examinar un ambiente más primitivo, como intentó hacerlo Stuart Chase; pero
incluso aquí no puede uno corregir la forma en que nuestras mismas cuestiones y
nuestra escala de valores han sido modificados por nuestro contacto con la
máquina.
Pero
entre la personalidad que era más efectiva en el ambiente técnicamente inmaduro
del siglo X y el tipo que es hoy efectivo, puede uno decir que el primero se
encontraba subjetivamente condicionado y que el segundo está directamente
influido por las situaciones objetivas. Estas, en todo caso, parecen ser las
tendencias. En ambos tipos de personalidad existía una norma externa de
referencia; pero mientras que el hombre medieval determinaba la realidad por la
extensión con que se acordaba con un complicado tejido de creencias, en el caso
del hombre moderno el árbitro final del juicio es siempre un conjunto de
hechos, recurso al que están igualmente abiertos y de un modo igualmente
satisfactorio todos los organismos normalmente constituidos. Con quienes no
aceptan tal substrato común, no es posible argumentar racionalmente ni cooperar
de un modo racional. Además, las cuestiones que se encuentran fuera de esta
verificación en términos fácticos tienen para la mente moderna un bajo nivel de
realidad, por muy fuerte que sea la suposición, por muy grande que sea la
certidumbre interna, por muy apasionado que sea el interés. Un ángel y una onda
de alta frecuencia son igualmente invisibles para la masa de la humanidad; pero
los informes acerca de los ángeles sólo han procedido de un número limitado de
receptores humanos, en tanto que gracias a adecuados aparatos la comunicación
entre una estación emisora y otra receptora puede ser inspeccionada y
controlada por cualquier ser humano competente.
La
técnica de creación de un mundo neutral, de hecho distinguiéndose de los datos
primarios de la experiencia inmediata, fue la gran contribución general de la
ciencia analítica moderna. Esta contribución fue posible solamente después del
desarrollo de nuestros conceptos del lenguaje original, que construyeron e
identificaron, con la ayuda de un símbolo común tal como un árbol o un hombre
los miles de aspectos confusos y parciales de árboles y hombres que se
presentaban en la experiencia directa. Detrás de esta técnica, sin embargo, se
encuentra una moral colectiva especial: una confianza racional en el trabajo de
otros hombres, una lealtad respecto de los informes de los sentidos, gústennos
o no, una voluntad de aceptar una interpretación competente y no desviada de
los resultados. Este recurso a un juez neutral y a un cuerpo constituido de ley
fue un tardío desarrollo en la mente comparable al que tuvo lugar en la moral
cuando los ciegos conflictos entre los hombres adversarios se sustituyeron por
los procedimientos civiles de la justicia. El proceso colectivo, incluso
permitiendo la acumulación de error y el sesgo inconsciente del instrumento
neutral mismo, concedió un grado más alto de certidumbre que el más recto y
subjetivamente satisfactorio juicio individual.
El
concepto de un mundo neutro, no afectado por los esfuerzos del hombre,
indiferente a sus actividades, insensible a sus deseos y súplica, es uno de los
grandes triunfos de la imaginación del hombre y en sí mismo representa un nuevo
valor humano. Los cerebros de categoría científica, incluso antes de Pitágoras,
han debido tener intuiciones de este mundo; pero el hábito del pensamiento no
se extendió sobre ninguna amplia zona hasta que el método científico y la
técnica de la máquina se hicieran corrientes: en realidad no empieza a surgir
con alguna claridad hasta el siglo XX. El reconocimiento de este nuevo orden es
uno de los elementos principales de la nueva objetividad. Está incorporado en
una frase corriente que sale a los labios de cualquiera cuando ocurre algún
accidente o trastorno en una circunstancia que se encuentra fuera de control
inmediato de cada uno: una fuga de gasolina en un depósito de un aeroplano, un
retraso en un tren: “That’s that”. “C’est ça”. “So geht’s”. Ya está. De las
máquinas que se han averiado la misma actitud impersonal empieza a extenderse
al resultado de la negligencia o la malicia humanas: una comida mal guisada o
la fuga de una novia. Estos acontecimientos provocan a menudo naturalmente
reacciones emocionales tormentosas e incontrolables, pero en vez de ampliar la
explosión y de echarle más combustible, tendemos a hacer corresponder la
respuesta, así como el acontecimiento a una interpretación causal común. La
relativa pasividad de poblaciones disciplinadas por la máquina durante períodos
en que el sistema industrial mismo ha sido desorganizado, una pasividad que
contrasta a veces con el comportamiento de las poblaciones rurales, es quizá el
aspecto menos favorables de la misma objetividad.
Ahora
bien, en cualquier análisis completo de carácter la personalidad “objetiva” es
una abstracción, tanto como la personalidad “romántica”. Lo que tendemos a
llamar objetivo son aquellas disposiciones y actitudes que están de acuerdo con
la ciencia y la técnica; pero si bien debe uno tener cuidado de no confundir la
personalidad objetiva o racional con la personalidad en conjunto, debería estar
claro que la zona de la primera se ha incrementado, aunque sólo fuera porque
representa una indispensable adaptación al funcionamiento de la máquina misma.
Y la adaptación a su vez tiene efectos ulteriores: una modulación de énfasis,
un aspecto positivo, razonable, una serena seguridad de un reino neutro en el
que las diferencias más insensibles pueden ser entendidas, si no armonizadas,
es un signo de una personalidad emergente. Los paroxismos agudos, violentos,
vociferantes, el mostrar los diente y el pataleo puramente animales de un
egoísmo sin crítica y un odio incontrolado —todas estas características arcaicas
que fueron un tiempo la muestra de los líderes de los hombres y de sus
imitadores— se encuentran ahora fuera del estilo de nuestra época: su reciente
resurgir y el intento de santificación es simplemente un síntoma de aquella
recaída en lo más primitivo a que me referí hace poco. Cuando uno mantiene
estas salvajes características hoy, se tiene la impresión de mantener una forma
de vida atrasada, como la del mastodonte, o la de presenciar el estallido de
una personalidad demencial. Entre el fuego de tales tipos bajos y el hielo de
la máquina tendría uno que escoger el hielo. Afortunadamente nuestra elección
no está tan limitada. En el desarrollo del carácter humano hemos alcanzado un
punto análogo al que hemos alcanzado en la técnica misma: el punto en el que
utilizamos los más completos desarrollos en la ciencia y la técnica para
alcanzar una vez más lo orgánico. Pero aquí también:
nuestra
capacidad para ir más allá de la máquina depende de nuestro poder para
asimilarla. Hasta que no hallamos aprendido las lecciones de objetividad,
impersonalidad y neutralidad, las lecciones de nuestro reino mecánico, no
podemos ir más allá en nuestro desarrollo hacia lo más ricamente orgánico, lo
más profundamente humano.
Capítulo
8
Orientación
Contenido:
§ 1. La
disolución de “la máquina”
§ 2. Hacia una ideología orgánica
§ 3. Los elementos de la energética social
§ 4. ¡Aumenten la conversión!
§ 5. ¡Economicen la producción!
§ 6. ¡Normalicen el consumo!
§ 7. Consumismo básico
§ 8. ¡Socialicen la creación!
§ 9. Trabajo para el autómata y el aficionado
§ 10. Control político
§ 11. La disminución de la máquina
§ 12. Hacia un equilibrio dinámico
§ 13. Resumen y perspectivas
§ 1. La
disolución de “la máquina”
Lo que llamamos, en sus resultados finales, “la máquina” no era, hemos visto,
el subproducto pasivo de la técnica misma desarrollándose a través de pequeñas
ingeniosidades y perfeccionamientos y finalmente extendiéndose por todo el
campo del esfuerzo social. Al contrario, la disciplina mecánica y muchas de las
invenciones fundamentales fueron el resultado de un esfuerzo deliberado por
alcanzar una forma de vida mecánica: el motivo que estaba a la base de este
hecho no era la eficiencia técnica, sino la felicidad, o el poder sobre otros
hombres. En el curso del desarrollo, las máquinas han ampliado sus objetivos y
proporcionado un vehículo físico para su cumplimiento.
Ahora
bien, la ideología mecánica que dirigió los cerebros de los hombres hacia la
producción de máquinas fue ella misma el resultado de circunstancias
especiales, de elecciones, intereses y deseos especiales. En tanto otros
valores fueron supremos, la tecnología europea permaneció relativamente estable
y equilibrada durante un período de tres a cuatro mil años. Los hombres
produjeron máquinas en parte porque estaban tratando de encontrar una salida a
una complejidad y confusión desconcertantes, que caracterizaban tanto la acción
como el pensamiento; en parte, también, porque su ambición de poder, frustrada
por la tremenda violencia de otros hombres, se volvió finalmente hacia el mundo
neutro de la materia bruta. Antes ya se había buscado el orden, una y otra vez,
en otras civilizaciones, en la disciplina, la regimentación, las inflexibles
reglas sociales, la disciplina de casta y las costumbres; después del siglo
XVII se buscó en una serie de instrumentos y máquinas externos. El europeo
occidental concibió la máquina porque anhelaba regularidad, orden y
certidumbre, porque deseaba reducir el movimiento de sus semejantes, así como
el comportamiento del medio a una base más definida y calculable. Pero, más que
un instrumento de ajuste práctico, la máquina fue, a partir de 1750, un objeto
de deseo. Aunque diseñada nominalmente para favorecer los medios de la
existencia, la máquina sirvió al industrial y al inventor, así como a todas
clases que cooperaron como un fin. En un mundo de cambios y desorden y ajuste
precario, la máquina al fin fue considerada como una finalidad.
Si algo
fue creído y adorado incondicionalmente durante los dos últimos siglos, al
menos por los líderes y los amos de la sociedad, eso fue la máquina; pues la
máquina y el universo se identificaron, unidos como lo estaban por las fórmulas
de las ciencias matemáticas y físicas; y el servicio de la máquina fue la
manifestación principal de la fe y la religión: el motivo principal de la
acción humana y la fuente de la mayor parte de los bienes del hombre. Sólo como
una religión puede uno explicar la naturaleza apremiante del impulso hacia un
desarrollo mecánico sin tener en consideración el resultado real del desarrollo
en las relaciones humanas mismas; incluso en sectores en donde los resultados
de la mecanización eran claramente desastrosos, los más razonables partidarios,
sin embargo, mantenían que “la máquina estaba aquí para quedarse” —con lo que
daban a entender no que la historia fuera irreversible, sino que la máquina
misma era inmodificable.
Hoy día
esta fe indudable en la máquina ha sido duramente sacudida. La absoluta validez
de la máquina se ha convertido en una validez condicionada; hasta Spengler, que
impulsó a los hombres de su generación a hacerse ingenieros y hombres de
hechos, considera esta carrera como una especie de suicidio honorable e imagina
el período en que los monumentos de la civilización de la máquina serán masas
enmarañadas de hierro oxidado y cáscaras vacías de cemento. Por el contrario,
para aquellos de nosotros que tenemos más esperanza a la vez en el destino del
hombre y en el de la máquina, ésta no es ya el modelo del progreso y la
expresión final de nuestros deseos, sino simplemente una serie de instrumentos
que utilizaremos en la medida en que nos sirvan para la vida en general, y que
eliminaremos cuando la infrinjan o existan puramente para soportar la
contingente estructura capitalista.
La
decadencia de esta fe absoluta se deriva de varias causas. Una de ellas es el
hecho de que los instrumentos de destrucción ingeniosamente urdidos en el
taller de máquinas y en el laboratorio químico se han convertido, en las manos
de personalidades vulgares y deshumanizadas, en una amenaza permanente contra
la existencia de la sociedad organizada. Los instrumentos mecánicos de
armamento y ataque, nacidos del miedo, han ampliado los campos del temor entre
todos los pueblos del mundo; y nuestra inseguridad frente a los hombres
bestiales y ambiciosos de poder es un precio demasiado alto que hay que pagar
para defendernos de las inseguridades del medio natural.
¿De qué
sirve conquistar la naturaleza si nos convertimos en presa de la naturaleza
bajo la forma de hombres sin freno? ¿De qué sirve equipar a la humanidad con
fuerzas poderosas para moverse, construir y comunicar si el resultado final de
esta acumulación de alimentos y esta excelente organización ha de entronizar
los morbosos impulsos de una humanidad frustrada?
En el
desarrollo del mundo neutral de la ciencia, y en el adelanto de las funciones
instrumentales y adaptadoras de la máquina, hemos dejado a los egoísmos
incultos de la humanidad el control de las energías y las máquinas gigantescas
que la técnica ha creado. Al avanzar con demasiada rapidez e incautamente por
la línea del perfeccionamiento mecánico no hemos logrado asimilar la máquina y
coordinarla con las capacidades y las necesidades humanas; y con nuestro atraso
social y nuestra ciega confianza nos hemos sobrepasado pensando que los
problemas ocasionados por la máquina podrían ser resueltos con medios puramente
mecánicos. Cuando uno resta de los manifiestos bienes de la máquina la cantidad
total de energía, inteligencia, tiempo y recursos dedicados a la preparación
para la guerra —sin hablar de las cargas residuales de guerras pasadas—, se da
uno cuenta de que el beneficio neto es desesperadamente pequeño y que con el
progreso de medios aún más eficientes de infligir la muerte dicho beneficio
resulta progresivamente menor. Nuestro fracaso en esto es el ejemplo crítico de
un fracaso común en toda la línea.
La
decadencia de la fe en lo mecánico ha tenido, sin embargo, otra fuente: se
trata de la comprobación de que la utilidad de las máquinas se ha venido
entendiendo como utilidad para la empresa capitalista. Estamos entrando ahora
en una fase de disociación entre el capitalismo y la técnica; y empezamos a
ver, junto con Thorstein Veblen, que sus respectivos intereses, muy lejos de
ser idénticos, se encuentran a menudo en guerra, y que los beneficios humanos
de la técnica no han sido cumplidos por una desviación en los intereses de una
economía pecuniaria. Vemos, además, que muchos de los beneficios especiales en
la productividad que se acreditan al capitalismo fueron debidos realmente a
agentes por completo diferentes —pensamiento colectivo, acción cooperativa y
hábitos generales de orden—, cualidades que no tienen necesariamente conexión
con la empresa capitalista. Perfeccionar y ampliar el alcance de la máquinas
sin perfeccionar y dar dirección humana a los órganos de acción y control
social es crear peligrosas tensiones en la estructura de la sociedad. Gracias
al capitalismo, la máquina ha sido explotada con exceso, agrandada con exceso y
aprovechada, debido a la posibilidad de hacer dinero con ella. Y el problema de
integrar la máquina en la sociedad no es simplemente una cuestión, como ya he
señalado, de hacer que las instituciones sociales sigan al paso de la máquina:
el problema es también el de modificar la naturaleza y el ritmo de la máquina
para adaptarla a las necesidades reales de la comunidad. Mientras las ciencias
físicas gozaban de prioridad en los cerebros privilegiados de la época pasada,
las que requieren ahora un cultivo más urgente son las ciencias biológicas y
sociales, y las artes políticas de la planificación industrial, regional y
comunitaria; una vez que empiecen a florecer, despertarán nuevos intereses y
plantearán nuevos problemas al tecnólogo. Pero la creencia en que los dilemas
sociales creados por la máquina puedan resolverse simplemente inventando más
máquinas constituye hoy un signo de pensamiento poco maduro que raya en la
charlatanería.
Estos
síntomas de peligro y decadencia sociales, derivados de la naturaleza misma de
la máquina —sus deudas peculiares contraídas con la guerra, la minería y la
finanza—, han debilitado la fe absoluta en la máquina que caracterizaba su
desarrollo inicial.
Al mismo
tiempo, hemos alcanzado ya un punto en el perfeccionamiento de la tecnología
misma en que lo orgánico ha empezado a dominar a la máquina. En vez de
simplificar lo orgánico, para hacerlo inteligentemente mecánico, como era
necesario en el caso de las grandes invenciones eotécnicas y paleotécnicas,
hemos empezado a complicar lo mecánico, con el fin de hacerlo más orgánico; por
tanto, más efectivo y más armonioso con nuestro ambiente vital. Pues nuestra
destreza, perfeccionada con los ejercicios de nuestros dedos en la máquina, se
aburriría con la simple repetición de las escalas y otras tonterías infantiles
de ese tipo: apoyados en los métodos analíticos y en las habilidades
desarrolladas al crear la máquina, podemos ahora acercarnos a tareas mayores de
síntesis. En resumen, la máquina está sirviendo independientemente en su fase
neotécnica como un nuevo punto de integración en el pensamiento y en la vida
social.
Aunque en
el pasado la máquina se retrasó por su limitada herencia histórica, por su
ideología inadecuada, por su tendencia a denegar lo vital y lo orgánico, está
ahora superando dichas limitaciones. Además, puesto que nuestras máquinas y
nuestros aparatos se hacen más sutiles y el conocimiento derivado con su ayuda
se hace más delicado y penetrante, el simple análisis mecánico del universo
realizado por los primeros físicos deja de representar algo en que el
científico mismo esté ahora interesado. El cuadro del mundo mecánico se está
disolviendo. El medio intelectual en donde, en un tiempo, la máquina se
reprodujo tan rápidamente, se está alterando, al tiempo que el medio social —el
punto de aplicación está sufriendo un cambio paralelo. Ninguno de estos cambios
es aún dominante; ninguno es automático o inevitable. Pero ya puede uno decir
definitivamente ahora, aunque no se podía hace cincuenta años, que existe una
nueva concentración de fuerzas del lado de la vida. Las exigencias de la vida,
antes expuestas solamente por los románticos y por los grupos e instituciones
sociales más arcaicas de la sociedad, están ahora empezando a estar
representadas en el corazón mismo de la técnica. Esbocemos algunas de las
consecuencias de este hecho.
§ 2.
Hacia una ideología orgánica
Durante el primer período de avance mecánico, la aplicación de las simples
analogías mecánicas a fenómenos orgánicos complejos ayudaron al científico a
crear un marco sencillo para la experiencia en general, incluidas las
manifestaciones de la vida. Lo “real” desde este punto de vista era aquello que
podía ser medido y definido con precisión, y la idea de que la realidad pudiera
de hecho ser vaga, compleja, indefinible, necesariamente algo oscura y mutable
no correspondía al seguro traqueteo y movimiento de las máquinas.
Hoy este
marco abstracto está todo él en proceso de reconstrucción. Provisionalmente, es
tan útil decir en la ciencia que un simple elemento es una especie limitada de
organismo, como lo era una vez el decir que un organismo era una especie
complicada de máquina. “La física newtoniana”, como dice el profesor A. N.
Whitehead en Adventures of Ideas, “está basada en la individualidad
independiente de cada pedacito de materia. Cada piedra está concebida como
plenamente descriptible al margen de toda referencia a cualquier porción de
materia. Podría encontrarse sola en el universo, ser la única ocupante del
espacio uniforme. La piedra también podría describirse en forma adecuada sin
referencia al pasado o al futuro. Está concebida plena y adecuadamente como totalmente
constituida dentro del momento actual”. Estos objetos sólidos independientes de
la física newtoniana podrían moverse, tocarse, entrar en colisión unos con
otros, o incluso, con un cierto esfuerzo de la imaginación, actuar a distancia,
pero nada podría penetrarlos excepto en esa forma limitada con que la luz
penetra las sustancias traslúcidas.
Este
mundo de cuerpos separados, no afectados por los accidentes de la historia o la
ubicación geográfica, sufrieron un cambio profundo con la elaboración de los
nuevos conceptos de materia y energía que se desarrollaron desde Faraday y von
Mayer hasta Planck y Einstein, pasando por Clerk-Maxwell, Willard Gibbs y
Ernest Mach. El descubrimiento de que los sólidos, los líquidos y los gases
eran fases de todas las formas de la materia modificó la verdadera confección
de la sustancia, en tanto la identificación de la electricidad, la luz y el
calor como aspectos de una energía proteica, y la descomposición final de la
materia “sólida” en partículas de esta misma energía final salvaron la brecha,
no sólo entre los varios aspectos del mundo físico, sino también entre lo
mecánico y lo orgánico. Tanto la materia en bruto como los organismos más
estructurados y que se mantienen con sus propios medios internamente podrían
describirse como sistemas de energía en estados de equilibrio más o menos
estable, más o menos complejo.
En el
siglo XVII se concebía al mundo como una serie de sistemas independientes.
Primero, el mundo muerto de la física, el mundo de la materia y el movimiento,
sujeto a una descripción matemática precisa. Segundo, e inferior desde el punto
de vista del análisis de los hechos, se encontraba el mundo de los organismos
vivos, un reino mal definido, sujeto a la intrusión de una entidad misteriosa,
el principio vital. Tercero, el mundo del hombre, un ser extraño que era un
autómata mecánico en lo que se refiere al mundo de la física, pero un ser
independiente con un destino en los cielos desde el punto de vista del teólogo.
Hoy, un lugar de esta serie de sistemas paralelos, el mundo se ha convertido
conceptualmente en un solo sistema: si no se puede aún unificar en una sola
fórmula es aún menos concebible sin sentar un orden subyacente que aparece a
través de todas sus manifestaciones. Aquéllas partes de realidad que pueden
reducirse a una patente declaración cuantitativa de orden y ley no son más
reales o esenciales que aquellas otras que continúan siendo oscuras e
ilusorias: en verdad, la exactitud de la descripción puede incrementar el error
de interpretación cuando se aplica en un momento equivocado o en un lugar
erróneo o en un falso contexto.
Todos
nuestros datos realmente fundamentales son de carácter social y vital. Uno
empieza con la vida, y uno conoce la vida no como un hecho en bruto sino en la
medida en que uno es consciente de la sociedad humana y utiliza las
herramientas e instrumentos que la sociedad ha desarrollado a través de la
historia: palabras, símbolos, gramática, lógica, en breve, toda la técnica de
la comunicación y de la experiencia fundada. El conocimiento más abstracto, el
método más impersonal, es un derivado de este mundo de valores socialmente
ordenados. Y en lugar de aceptar el mito victoriano de una lucha por la
existencia en un universo ciego y sin sentido, se debe, con el profesor
Lawrence Henderson, sustituir aquél por el cuadro de una asociación de ayuda
mutua, en la que la estructura física de la materia misma, y la propia
distribución de los elementos en la corteza terrestre, su cantidad, su
solubilidad, su peso específico, su distribución y combinación química, son
fomentadoras y sostenedoras de vida. Incluso la descripción científica más
rigurosa de la base física de la vida señala su íntimo carácter teleológico.
Pero los
cambios en nuestro aparato conceptual son rara vez importantes o influyentes a
menos que estén acompañados, más o menos independientemente, por cambios
paralelos en los hábitos personales y en las instituciones de tipo social. El
tiempo mecánico resultó importante porque estaba reforzado por la contabilidad
financiera del capitalismo; el progreso resultó importante como una doctrina
porque se estaban realizando rápidamente visibles perfeccionamientos en las
máquinas. Así nuestra forma de pensar orgánica es importante hoy, pues hemos
empezado, aquí y allí, a actuar en esos términos aun cuando no nos damos cuenta
de sus implicaciones conceptuales. Este desarrollo ha continuado en
arquitectura desde Sullivan y Frank Lloyd Wright a los nuevos arquitectos en
Europa y de Owen y Ebenezer Howard y Patrick Geddes en la urbanización hasta
los planificadores de la comunidad en Holanda, Alemania y Suiza que han
empezado a cristalizar en un nuevo patrón en la totalidad del ambiente
neotécnico. Las artes humanas del físico, el psicólogo y el arquitecto, el
higienista y el planificador de la comunidad, han empezado durante las últimas
décadas a desplazar las artes mecánicas de su posición hasta ahora central en
nuestra economía y en nuestra vida. La forma, el modelo, la configuración, el
organismo, la filiación histórica y la relación ecológica son conceptos que se
utilizaban en toda la escala de la ciencia: la estructura estética y las
relaciones sociales son tan reales como las cualidades físicas fundamentales que
antes consideraban las ciencias exclusivamente. Este cambio conceptual, pues,
es un amplio movimiento que se extiende a todas las partes de la sociedad: en
parte nace del resurgir general de la vida, el cuidado de los niños, el cultivo
del sexo, la vuelta a la naturaleza salvaje y la renovada adoración del sol, y
a su vez concede un refuerzo intelectual a aquellos movimientos y actividades
espontáneos. La estructura misma de las máquinas, como he señalado al describir
la fase neotécnica, refleja aquellos intereses más vitales. Comprendemos ahora
que las máquinas, en el mejor de los casos, son imperfectas falsificaciones de
organismo vivos. Nuestros mejores aeroplanos son bastas e inciertas
aproximaciones si se comparan con un pato en vuelo: nuestras mejores lámparas
eléctricas no pueden compararse en cuanto a eficiencia con la luz de una
luciérnaga: nuestro sistema automático más complicado de teléfonos es un
artefacto infantil si se compara con el sistema nervioso del cuerpo humano.
Este
nuevo despertar de lo vital y lo orgánico en cada sector socava la autoridad de
lo puramente mecánico. La vida, que siempre “ha pagado al músico”, ahora
empieza “a pedir la canción”. Lo mismo que The Walker, en el poema
de Robert Frost, que encontró un nido de huevos de tortuga cerca de una vía de
tren, estamos armados para la guerra:
La
próxima máquina que tenga potencia para pasar
Recibirá
este plasma en su metal pulido.
Pero en
lugar de limitarnos a un resentimiento que destruye la vida en el acto de
arrojado desafío, podemos ahora actuar directamente sobre la naturaleza de la
máquina misma y crear otra raza de estas criaturas, más adaptada efectivamente
al ambiente y a los usos de la vida. En este punto, se debe ir más allá del tan
excelente análisis de Sombart. Este señaló, en una larga lista de producciones
e invenciones comparadas que la clave de la tecnología moderna consistía en el
desplazamiento de lo orgánico y lo vivo por lo artificial y lo mecánico. Dentro
de la misma tecnología este proceso, en muchos aspectos, se está invirtiendo:
estamos volviendo a lo orgánico; de todas maneras, ya no consideramos lo
mecánico como si lo abarcara todo y fuera autosuficiente.
Una vez
que la imagen de lo orgánico ocupa el lugar de la imagen de lo mecánico, se
puede predecir con confianza una disminución del ritmo de investigación, del
ritmo de la invención mecánico y del ritmo del cambio social, ya que un
adelanto coherente e integrado debe ocurrir más lentamente que un adelanto
desconexo y unilateral. Mientras que el mundo mecánico inicial podría
representarse por el juego de damas, en el que una serie análoga de movimientos
se lleva a cabo por piezas idénticas, cualitativamente similares, el mundo
nuevo debe ser representado por el ajedrez, un juego en el que cada clase de
figuras tiene una categoría diferente, un valor diferente y diferente función:
un juego más lento y exigente. Con el mismo ejemplo, sin embargo, los resultados
en la tecnología y en la sociedad serán de naturaleza más sólida que aquellos
con que se felicita a sí misma la ciencia pelotécnica. Pues la verdad es que
cada aspecto del orden anterior, desde los tugurios en que alojaban sus
trabajadores hasta las torres de abstracción en que alojaban a sus
intelectuales, estaba construido de mala manera, apresuradamente terminado con
vistas a beneficios inmediatos, inmediato éxito práctico, sin consideración
alguna por las consecuencias e implicaciones mayores. El acento en el futuro
debe colocarse, no en la velocidad y en la conquista inmediata práctica, sino
en lo exhaustivo, en lo interrelacionado e integrado. La coordinación de
nuestro esfuerzo técnico —dicha coordinación y ajuste como se representa para
nosotros en la fisiología del organismo vivo— es más importante que los
extravagantes progresos siguiendo líneas especiales, y los igualmente
extravagantes retrasos siguiendo otras líneas, con una desastrosa falta de
equilibrio y armonía entre las diferentes partes.
XIV. Arte
moderno de la máquina
Figura 1: Rodamientos de bolas automáticos. Alto grado de precisión y
refinamiento en uno de los aspectos más esenciales de la máquina. La belleza de
las formas geométricamente elementales. Perfección del acabado y ajuste, aunque
ya presentes en la artesanía fina, se hizo corriente —y esencial— en los
productos de la máquina. (Cortesía del Museo de Arte Moderno)
Figura 2: Sección de resorte. Aunque la línea y la masa son puramente
utilitarias en cuanto al origen, el resultado, cuando se aísla, tiene interés
estético. La percepción de las cualidades especiales del alto grado de acabado
de las formas de la máquina fue uno de los descubrimientos principales de
Brancusi, y de los escultores en vidrio y metal, tales como Moholy-Nagy y
Grabo. (Cortesía del Museo de Arte Moderno)
Figura 3: Botellas de cristal con tapones: típicas de la producción en gran
escala moderna. Compárese este sencillo producto de la Owens-Illinois Glass Co.
con la máquina extremadamente complicada que hace posible esta producción en
masa y que figura en la lámina X, núm. 2. (Cortesía del Museo de Arte Moderno)
Figura 4: Cucharones de cocina: otro ejemplo de producción en serie, con
todas las ventajas de diseño uniforme y de alto grado de refinamiento en el
acabado. Pero mientras la máquina no puede conseguir satisfactoriamente la
decoración, la artesanía a menudo produce formas tan racionales como las de la
máquina. En el diseño funcional las dos maneras se superponen. Incluso en
técnicas más primitivas, máquinas tales como el torno, la perforadora y el
telar condicionaron la artesanía y a su vez la artesanía eotécnica favoreció a
la máquina. (Cortesía del Museo de Arte Moderno)
XV. El
nuevo ambiente
Figura 1: Interior de la gigantesca central de energía de Dnieprostroy. La
calma, la limpieza y el orden del ambiente neotécnico. Las mismas cualidades
dominan en la central de energía que en la fábrica, en la cocina o el baño de
la vivienda individual. En cualquiera de estos lugares podría uno «comer en el
suelo». Compárese con el ambiente paleotécnico. (Fotografía por Sovfoto)
Figura 2: Muelles del puerto de Colonia. El orden y el plan de la economía
neotécnica se manifiesta en lo que solía ser una de las partes más caóticas y
sucias de la ciudad. Las fábricas y los muelles forman una unidad sola, que,
lejos de que la escena sea horrible, contribuyen a su ordenación estética.
Compárese esto con el despilfarro competitivo, la maraña, la plaga y los
anuncios del régimen más antiguo.
Figura 3: Ejemplo de viviendas modernas de trabajadores en Suecia. Típicas
de los millones de viviendas parecidas que se construyeron en Europa después de
1915, gracias a la repentina cristalización de los métodos neotécnicos en la
planificación y construcción de viviendas para la comunidad. Se trata de una
vuelta a un ambiente humanó hermoso y bien integrado, en el que la eficiencia
de la producción neotécnica puede registrarse con un alto nivel de vida y un
mayor disfrute del ocio. (Cortesía de Architectural Forum)
Figura 4: Modernas obras hidráulicas en Suecia. Lo que se llamó la nueva
arquitectura es de hecho un símbolo de un nuevo modo de pensar, sentir y vivir
en el que los países escandinavos en particular han estado a menudo a la
cabeza. Pero ejemplos similares pueden encontrarse en casi toda región
neotécnica. (Cortesía de Architectural Forum)
El hecho
es, pues, que gracias en parte a la máquina disponemos ahora de una visión de
un mundo más amplio y de una síntesis intelectual más comprensiva que la que
estaba originalmente delineada en nuestra ideología mecánica. Podemos ver ahora
claramente que la energía, el trabajo, la regularidad, son principios adecuados
de acción solamente cuando cooperan con un esquema humano de vida: que
cualquier orden mecánico que podamos proyectar debe adaptarse a un orden más
amplio de la vida misma. Más allá de la necesaria reconstrucción intelectual,
que ya está ocurriendo a la vez en la ciencia y en la técnica debemos construir
más centros orgánicos de fe y acción en las artes de la sociedad y en la
disciplina de la personalidad: esto supone una nueva orientación que nos
llevará mucho más allá del terrenos inmediato de la propia técnica. Hay
problemas: problemas que se refieren a la construcción de comunidades, a la
dirección de grupos, al desarrollo de las artes de la comunicación y de la
expresión, de la educación y de la higiene de la personalidad, que me propongo
tratar en otro libro. Aquí limitaré mi atención a coordinar los reajustes que
están claramente indicados y ya en parte formulados y estatuidos en el reino de
la técnica y de la industria.
§ 3. Los
elementos de la energética social
Examinemos las consecuencias de los desarrollos neotécnicos, en la máquina
misma sobre nuestros objetivos económicos, la organización del trabajo, la
dirección de la industria y las metas de consumo, y sobre los objetos sociales
que surgen en la fase neotécnica de la civilización.
Primero:
los objetivos económicos.
En el
curso de la empresa capitalista, que acompañaba la extensa introducción de las
máquinas y de los métodos aplicados por éstas en los siglos XV y XVI, el foco
de la industria se trasladó desde el gremio artesano al gremio de los
marchantes o a la corporación o a la compañía de negociantes, aventureros, o a
la organización especial de explotación de monopolios auténticos. Los medios de
intercambio usurparon la función y el significado de las cosas que se
intercambian: el dinero mismo se convirtió en un producto y el ganarlo en una
forma de actividad especializada. Bajo el capitalismo el beneficio dominó como
principal objetivo económico, y el beneficio se convirtió en el factor decisivo
de toda empresa industrial. Los inventos que prometían beneficios, las
industrias que los producían, se veían favorecidos. El premio del capital, si
no era el primer objetivo de la empresa productiva, era en todo caso el que
dominaba: el servicio al consumidor y el apoyo al obrero eran cosas
completamente secundarias. Incluso en un período de crisis y de colapso, tal
como éste en que se encuentra ahora aún el capitalismo, en el momento en que
escribo, se sigue pagando los dividendos a los rentistas con cargo a la
acumulación pasada cuando la industria misma operaba a menudo con pérdidas, o
la masa de los trabajadores se despedía para pasar miseria. A veces se obtenían
beneficios reduciendo los costos y ampliando el producto pero si se podían
conseguir con sólo ofrecer artículos inferiores o adulterados —como en la venta
de medicinas de charlatanes o en las viviendas de los tugurios de los
trabajadores peor pagados— la salud y el bienestar eran sacrificados a favor
del beneficio. La comunidad, en vez de recibir un provecho completo por sus
bienes y servicios, permitía que una porción del producto se desviara para los
propietarios privados de la tierra y del capital. Estos, apoyados por la ley y
por todos los instrumentos de gobierno, determinaban privadamente y por sí
solos y de acuerdo al canon de provecho qué debería producirse y cuánto y
dónde, como por quién y en qué términos. En el análisis económico de la
sociedad que creció sobre esta base, los tres términos principales de la
actividad industrial eran la producción, la distribución y el consumo. Los
beneficios debían incrementarse mediante una producción más económica, una
distribución múltiple y más amplia, y por un nivel continuamente creciente de
gastos de consumo, con —a veces en lugar de esto, a veces acompañándolo— un
creciente mercado de consumidores. Ahorrar la mano de obra o abaratarla
mediante una superioridad del poder de contratación obtenido retirándole la
tierra al labrador y monopolizando los nuevos instrumentos de producción,
constituyeron los dos medios principales del capital para incrementar el margen
de beneficios. Ahorrar mano de obra mediante la racionalización fue un
verdadero mejoramiento que aprovechó a todo excepto a la posición del
trabajador. El estímulo de la demanda de productos fue el medio principal de
aumentar el capital invertido: de aquí que el problema del capitalismo fuera
esencialmente no el satisfacer necesidades sino crear demandas. Y el intento de
representar este proceso de elevación privada y de ventaja de clase como un
beneficio natural y social fue quizá la principal labor de los economistas
políticos durante el siglo XIX.
Cuando
uno examina las actividades económicas desde el punto de vista del empleo de la
energía y el servicio a la vida humana, esta estructura financiera conjunta de
producción y consumo resulta que tiene una base supersticiosa. En la base de la
estructura se encuentra el granjero y el campesino, quienes durante todo el
curso de la revolución industrial, que hicieron posible con su incremento de
suministro de alimentos, apenas recibieron nunca un provecho adecuado por sus
productos, al menos habida cuenta de una contabilidad pecuniaria según la cual
se rige el resto de la sociedad. Además, lo que se llama ganancias en la
economía capitalista resultan a menudo pérdidas, desde el punto de vista de la
energética social, mientras que las verdaderas ganancias, de las cuales
finalmente dependen todas las actividades de la vida, la civilización y la
cultura se cuentan o bien como pérdidas, o bien se ignoran, porque permanecen
fuera del esquema comercial de la contabilidad.
¿Cuáles
son, pues, las características de los procesos económicos en relación con la
energía y la vida? Los procesos esenciales son la conversión, la producción, el
consumo y la creación. En los dos primeros escalones se capta la energía y se
prepara para el sostenimiento de la vida. En el tercer escalón se mantiene la
vida y se renueva con el fin de que, por así decirlo, revierta sobre sí misma
en los más altos niveles del pensamiento y la cultura en lugar de que se vea
encauzada nuevamente hacia las funciones preparatorias. Las sociedades humanas
normales presentan todas las cuatro etapas de los procesos económicos, pero sus
cantidades y sus proporciones absolutas varían con el medio ambiente social.
La
conversión se refiere a la utilización del medio como fuente de energía. El
primer hecho de toda actividad económica desde la de los organismos más bajos
hasta las culturas humanas más adelantadas, es la conversión de la energía
solar: esta transformación depende de las propiedades de conservación del calor
de la atmósfera sobre los procesos geológicos de levantamiento y erosión y
rehabilitación del suelo, de las condiciones del clima y de la topografía local
y —lo más importante— de la reacción de la hoja verde en el crecimiento de las
plantas. Esta captación de la energía es la fuente original de todas nuestras
ganancias: en una interpretación puramente energética del proceso, todo lo que
ocurre después de esto es un desperdicio de energía, desperdicio que puede ser
retrasado, que puede ser contenido, que temporalmente puede ser desviado por la
ingeniosidad humana, pero que a largo plazo no puede ser evitado. Todos los
monumentos permanentes de la cultura humana son intentos, utilizando medios
físicos más acentuados, para preservar y transmitir esta energía para evitar la
hora de la última extinción. La conquista más importante de la energía fue el
descubrimiento y la utilización originales del fuego por el hombre; después de
esto, la transformación más significativa del medio se produjo gracias al
cultivo de los cereales, de las verduras y del aprovechamiento de los animales
domésticos. En realidad, el enorme incremento de la población que tuvo lugar al
principio del siglo XIX, antes que la máquina hubiera afectado algún cambio
apreciable en la agricultura, se debió a la habilitación de inmensas zonas de
tierras libres para el cultivo de cereales y la producción de ganado y el mejor
abastecimiento de cosechas forrajeras de invierno, combinada con la adición de
tres nuevas cosechas energética —la caña de azúcar, la remolacha azucarera y la
patata— a la dieta de la población industrial.
La
conversión mecánica de la energía viene en segundo lugar en cuanto a
importancia en la conversión orgánica. Pero en el desarrollo de la técnica la
invención de la ruega hidráulica, de la turbina hidráulica, de la máquina de
vapor y del motor de gasolina multiplicaron las energías de que disponía el
hombre, gracias al empleo de alimentos por él cultivados y a sus animales
domésticos. Sin el incremento de la energía humana hecho posible a través de
esta serie de fuentes de energía, nuestro sistema de producción y transporte no
hubiera podido alcanzar la escala gigantesca a la que llegó en el siglo XIX.
Todas las etapas ulteriores del proceso económico dependen del hecho original
de la conversión: el nivel de realización nunca puede llegar más arriba que el
nivel de la energía originalmente convertida y lo mismo que sólo una parte
insignificante de la energía del sol disponible se utiliza en la conversión,
así solamente una pequeña parte de ésta, a su vez, se utiliza finalmente en el
consumo y la creación.
La
conversión eleva la energía disponible a un punto máximo: desde este punto la
energía corre pendiente abajo, reuniendo y formando las materias primas,
transportando suministros y productos, y en los procesos del consumo mismo.
Hasta que el proceso económico no alcanza la etapa de la creación, hasta que no
abastece al animal humano con más energía de la que necesita para mantener su
existencia física, y en tanto no se han transformado en medios más duraderos de
arte, ciencia y filosofía, libros, edificios y símbolos no existe nada que
pueda llamarse, ni siquiera dentro de un limitado lapso de tiempo, una
ganancia. En un extremo del proceso se encuentra la conversión de la energía
libre de la naturaleza y su transformación en formas más utilizables por la
agricultura y la tecnología: en el otro extremo está la conversión de los
productos preparatorios e intermedios en subsistencia humana y en aquellas
formas culturales que se pueden utilizar por las generaciones sucesivas de los
hombres.
La
cantidad de energía disponible para el proceso final depende de dos hechos: de
cuánta energía se convierte por la agricultura y la técnica al principio, y de
qué cantidad de esta energía se aplica y se conserva efectivamente en la
transmisión. Hasta la sociedad más tosca dispone de un excedente. Pero bajo el
sistema capitalista el principal empleo de este excedente es servir como
beneficios que son incentivos a las inversiones de capital, las cuales a su vez
incrementan la producción. De aquí dos hechos importantes y repetidos en el
moderno capitalismo: primero, una enorme expansión de instalaciones y equipo.
Así, por ejemplo, el Hoover Committee on the Elimination of Waste in
Industry (Comité Hoover para la eliminación del despilfarro en la
industria), encontró, por ejemplo, que las fábricas de vestidos en los Estados
Unidos son aproximadamente un 45 por 100 mayores que lo necesario; los
establecimientos de imprenta poseen un equipo del 50 al 150 por 100 superior al
necesario, y la industria del calzado tiene una capacidad excesiva de energía y
de mano de obra en la promoción y distribución de ventas. Mientras en 1870 sólo
el 10 por 100 de la población trabajadora de los Estados Unidos estaba dedicada
al transporte y distribución de productos, la proporción había aumentado al 25
por 100 en 1920. Otros medios de utilización del excedente, tales como los
legados culturales y educacionales de varias sociedades filantrópicas alivian
una cierta parte de la carga del desperdicio tanto del individuo como de la sociedad
industrial, pero no existe teoría capitalista de empresas no remuneradoras y de
bienes que no sean de consumo.
Estas
funciones existen accidentalmente, gracias al filántropo sin tener un lugar
verdadero en el sistema; sin embargo, debería quedar claro que a medida que la
sociedad se hace técnicamente más madura y civilizada, el área ocupada por el
excedente debe hacerse progresivamente más amplia: será mayor que la que
ocupaba con el capitalismo o en aquellas civilizaciones no capitalistas más
primitivas que —como demostró perfectamente Radhakamal Mukerjee— tan
inadecuadamente describe la economía capitalista.
El
beneficio permanente que surge del proceso económico en general está en los
elementos relativamente no materiales de la cultura, en la herencia social
misma, en las artes y las ciencias, en las tradiciones y los procesos de la
tecnología, o directamente en la vida misma, en aquellos enriquecimientos
reales que proceden de la libre explotación de la energía orgánica en el
pensamiento, la acción y la experiencia emocional, en el juego, la aventura, el
drama y el desarrollo personal, beneficios que perduran a través de la memoria
y la comunicación más allá del momento inmediato en que se disfrutaron. En
resumen, como dijo John Ruskin, There is no Wealth but life (No
hay riqueza sino vida), y lo que llamamos riqueza de hecho solamente lo es
cuando es un signo de vitalidad potencial o real.
Un
proceso económico que no produjera este margen para el ocio, el esparcimiento,
la absorción, la actividad creativa, la comunicación y la transmisión carecería
por completo de significado y referencia humanos. En las historias de los
grupos humanos existen naturalmente períodos, períodos de hambre, períodos de
inundaciones y terremotos y guerra, y ni siquiera asegura su simple
supervivencia física, y hay momentos en que todo el proceso social queda
brutalmente cortado. Pero hasta en las formas más corrompidas y degradadas de
la vida, existe un aspecto que corresponde, vital y psíquicamente hablando, a
la “creación”, e incluso en las formas más inadecuadas de producción, tales
como las que prevalecieron durante la fase paleotécnica, queda un excedente no apropiado
por la industria. El hecho de que este excedente vaya a incrementar los
procesos preparatorios, o que se emplee en la creación, es una elección que no
puede decidirse de manera automática, y la tendencia en la sociedad capitalista
de devolverlo rápidamente a los procesos preparatorios, y en hacer posible una
producción incrementada aplicando la presión al consumo, constituye una
indicación más de su carencia de criterios sociales.
La
significación real de la máquina, en su sentido social, no consiste ni en la
multiplicación de bienes ni en la multiplicación de necesidades, auténticas o
ilusorias. Su significado reside en las ganancia de energía a través de la
conversión incrementada, la producción eficiente, el consumo equilibrado y la
creación socializada. La prueba del éxito económico no reside, pues, en el
proceso industrial solamente, y no puede medirse por la cantidad de
caballos-vapor convertidos o por la cantidad dominada por un usuario
individual, pues los factores importantes en este caso no son las cantidades
sino las proporciones: proporciones de esfuerzo mecánico con resultados
sociales y culturales. Una sociedad en la que la producción y el consumo
anulara por completo las ganancias de la conversión —en la que el pueblo
trabajara para vivir y viviera para trabajar— resultaría socialmente ineficaz,
incluso si toda la población estuviera constantemente empleada, y adecuadamente
alimentada, vestida y alojada.
La prueba
decisiva de una industria eficiente es la razón que existe entre los medios
productivos y los fines alcanzados. Por eso, una sociedad con un bajo nivel de
conversión pero con una alta cantidad de creación es desde el punto de vista
humano superior a una sociedad con una enorme panoplia de convertidores y un
ejército pequeño e inadecuado de creadores. Gracias al saqueo sin piedad de los
territorios productores de alimentos de Asia y de África, el Imperio romano
acumuló mucha más energía que Grecia, con su parca dieta de sobriedad y su
nivel de vida bajo. Pero Roma no produjo poema, ni estatua, ni arquitectura
original, ni obra de ciencia, ni filosofía comparable con la Odisea, El
Partenón, las obras de los escultores de los siglos VI y V, y la ciencia de
Pitágoras, Euclides, Arquímedes y Herón. Y por ello la grandeza, el lujo y el
poder cuantitativos de los romanos, a pesar de su extraordinaria capacidad como
ingenieros, quedaron relativamente sin significado; incluso por lo que se
refiere al continuado desarrollo de la técnica la obra de los matemáticos y
físicos griegos fue más importante.
Esta es
la razón por la cual ningún ideal de producción de máquinas puede basarse
solamente en el evangelio del trabajo: menos aún se puede basar en la creencia
indiscriminada de un constante aumento del nivel cuantitativo de consumo. Si
hemos de construir un uso planificado y cultivado de las enormes energías de
las que felizmente ahora disponemos, debemos examinar con detalle los procesos
que conducen al estado final de ocio, libre actividad y creación. Por culpa del
error y de la mala gestión en estos procesos es por lo que no hemos alcanzado
el fin deseado, y es debido a nuestro fracaso en fijar un esquema amplio de
fines por lo que no hemos conseguido alcanzar ni siquiera los comienzos de la
eficiencia social en la labor preparatoria.
¿Cómo ha
de alcanzarse este margen y cómo ha de aplicarse? Estamos ya enfrentados a
problemas políticos y morales así como a problemas tecnológicos. No existe nada
en la naturaleza de la máquina como tal, nada en la capacitación del técnico
como tal, que nos proporcione una respuesta suficiente. Necesitaremos desde
luego su ayuda, pero a su vez necesitará ayuda de otros puntos cardinales mucho
más allá del dominio de la tecnología.
§ 4.
¡Aumenten la conversión!
La técnica moderna empezó en la civilización occidental con una capacidad
incrementada para la conversión. Mientras la sociedad hace frente a una escasez
bastante inminente de petróleo y quizá de gas natural, y mientras los
yacimientos conocidos de carbón del mundo no parecen tener ya una vida
superior, según los actuales ritmos de consumo, a unos tres mil años, no nos
encontramos con ningún grave problema de energía que no podamos resolver
incluso con nuestro equipo actual, siempre que utilicemos al máximo nuestros
recursos científicos. Aparte la dudosa posibilidad de utilizar la energía
interatómica, existe la mucho más próxima de utilizar directamente la energía
del sol en convertidores solares o la de utilizar la diferencia de temperatura
entre las mayores profundidades y la superficie de los mares tropicales: existe
asimismo la posibilidad de aplicar en una amplia escala nuevos tipos de
turbinas de viento, como el rotor; en realidad, una vez que se dispusiera de
una eficiente batería de almacenamiento el viento solo sería suficiente, con
toda probabilidad, para suministrar cualesquiera necesidades razonables de
energía.
Junto con
el renovado uso a través de la electricidad del viento y del agua puede uno
situar la destilación fraccionada del carbón, cerca de las bocas de los pozos,
en los nuevos tipos de hornos de coque. Esto no solamente ahorra enormes
cantidades de energías gastadas ahora en el transporte del combustible desde el
lugar donde se extrae hasta el lugar donde se usa, sino que también conserva
preciosos elementos compuestos que ahora escapan en el aire en los
despilfarradores hornos individuales. Teóricamente, sin embargo, dichas
economías de energía sólo conducen a un mayor consumo y con ello a una
utilización más rápida de aquello mismo que deseamos conservar: de aquí la
necesidad de realizar un monopolio socializado de todas aquellas materias
primas y recursos. El monopolio privado de los yacimientos de carbón y de los
pozos de petróleo constituye un anacronismo intolerable, tan intolerable como
podría serlo el del sol, el aire o el agua corriente. En este caso los
objetivos de una economía de precios y de una economía social no puede ser
reconciliados, y la propiedad común de los medios de conversión de la energía,
desde las regiones montañosas cubiertas de bosques en donde tienen sus fuentes
los ríos, hasta los más lejanos pozos de petróleo, constituye la única
salvaguardia para su uso y su conservación efectivos. Sólo incrementando la
cantidad disponible de energía, o cuando la cantidad sea restringida,
economizándola con una aplicación ingeniosa, estaremos en situación de eliminar
libremente las formas más bajas del trabajo penoso.
Lo que es
cierto en cuanto a la producción de energía mecánica lo es asimismo en lo que
se refiere a las formas orgánicas de producción de energías, como por ejemplo
la producción de alimentos y la extracción de materias primas del suelo. En
este aspecto la sociedad capitalista ha confundido la propiedad con la
seguridad en la tenencia y la continuidad del esfuerzo, y en el intento mismo
de favorecer la propiedad manteniendo a la par el mercado especulativo ha
destruido la seguridad en la tenencia. Esta última condición es la necesaria
para lograr una agricultura conservadora, y mientras la comunidad misma no
posea la tierra, la posición del granjero no será deseable. El lado negativo de
esta socialización de la tierra, es decir, la compra de tierra marginal,
inadecuada para otros fines que no sean la producción forestal, ha sido ya
realizada, por ejemplo, por el estado de Nueva York. Queda por cumplir un
objetivo análogo en su aspecto positivo haciéndose cargo y planificando
adecuadamente para alcanzar el cultivo máximo y el disfrute de las buenas
tierras agrícolas.
Dicha
propiedad y planificación por la comunidad no significa necesariamente una
agricultura en gran escala, pues las unidades económicas eficientes difieren
del tipo de agricultura, y las grandes unidades mecanizadas adecuadas para el
cultivo de las tierras de trigo de las praderas son de hecho inadecuadas para
otros tipos de agricultura. Dicho sistema de racionalización tampoco significa
inevitablemente la extinción del pequeño grupo agrícola familiar, con la
capacidad, la iniciativa y la inteligencia general que distingue favorablemente
al granjero del trabajador de fábrica muy especializado de tipo antiguo. Pero
la repartición permanente en zonas de ciertas áreas para ciertos tipos de
agricultura, y la determinación experimental de los tipos de cultivos
apropiados para una región o una sección particulares son cuestiones que no
deben dejarse a la conjetura, la suerte o la ciega iniciativa individual: son,
por el contrario, complicadas cuestiones técnicas en las que son posibles
respuestas objetivas. En las áreas asentadas desde hace mucho tiempo, como las
varias zonas vinícolas de Francia, las encuestas sobre utilización del suelo
confirmará probablemente los existentes tipos de esfuerzo, pero cualquier otra
parte en que exista una selección entre tipos de uso, la decisión no puede
dejarse a los intereses azarosos de los individuos. El primer paso hacia la
racionalización en agricultura es la propiedad común de la tierra. Dicha
propiedad prevaleció en Europa bajo formas consuetudinarias hasta el siglo XIX
en ciertas regiones, y su restauración no supone ruptura alguna con los
fundamentos esenciales de la vida rural.
La
apropiación y la explotación privadas de la tierra, en realidad, deben ser
consideradas como un estado transitorio peculiar del capitalismo, entre la
agricultura local consuetudinaria basada en las necesidades comunes de una
pequeña comunidad local y una agricultura mundial racionada, basada en los
recursos cooperativos de todo el planeta, considerado como una federación de
regiones equilibradas. El hecho de que, excepto en tiempos de extrema escasez,
el granjero se vea depauperado o arruinado por la abundancia de sus cosechas
sólo recalca el que deba encontrarse una base más estable para la producción
agrícola: una base que no dependa de las conjeturas individuales del granjero,
de los caprichos de la naturaleza y de las fluctuaciones especulativas del
mercado mundial. Dentro de una período determinado, el precio tiende a variar
en relación inversa con la cantidad disponible: en esto como en otros casos los
valores y las energías vitales aumentan. De aquí la necesidad de racionar, de
cosechas estables y de un sistema enteramente nuevo de determinación de precios
y de comercialidad. Trataré de este último punto más adelante. Basta señalar
aquí que con el desarrollo de regiones económicas equilibradas, la producción
agrícola irá unida a un mercado local estable, desaparecerán las repentinas
abundancias y escaseces que surgen con el transporte a centros distantes, y
posteriormente para regularizar la producción una buena parte de las cosechas
más delicadas se cultivarán en pequeñas unidades, posiblemente, como en
Holanda, en invernaderos, cerca del lugar de consumo.
Incrementar
la conversión, pues, no es una simple cuestión de extraer carbón de las minas o
de construir más dinamos. Supone la apropiación social de los recursos
naturales, la nueva planificación de la agricultura y la utilización máxima de
aquellas regiones en donde la energía cinética en forma de sol, viento y agua
corriente está disponible en abundancia. La socialización de estas fuentes de
energía constituye una condición de su uso efectivo e intencionado.
§ 5.
¡Economicen la producción!
La aplicación de la energía a la producción y el empleo de máquinas rápidas y
relativamente incansables para realizar un movimiento manual, la organización
del transporte rápido y la concentración del trabajo en fábricas fueron los
medios principales adoptados durante el siglo XIX para incrementar la cantidad
de productos disponibles. Y la meta de este desarrollo dentro de la fábrica fue
la sustitución completa de la energía del hombre por la energía no humana, de
la habilidad humana por la destreza mecánica, de los trabajadores por autómatas
en todos los departamentos en donde aquello fuera posible. Cuando la falta de
sentimientos humanos o de inteligencia no se traducía por una inferioridad de
producto mismo, esta meta era legítima.
Los
elementos mecánicos en la producción fueron racionalizados mucho más
rápidamente que los elementos humanos. De hecho, casi podría uno decir que
estos elementos humanos fueron al mismo tiempo irracionalizados, pues los
estímulos a la producción, la amistad humana, un esprit de corps,
la esperanza de ascenso y maestría, la apreciación de todo el proceso de
trabajo mismo, todo se redujo o se barrió en el momento preciso en que el
trabajo mismo, por su subdivisión, dejó de proporcionar una satisfacción independiente.
Sólo quedó en la producción el interés pecuniario, y la mayoría de los seres
humanos, aparte los espíritus avariciosos y ambiciosos que alcanzaron la
dirección de la industria, son tan poco sensibles en apariencia a este estímulo
pecuniario que las clases dirigentes confiaron en el latigazo del hambre, más
bien que en los placeres de la abundancia, para atraerlos nuevamente a la
máquina.
Se
crearon y se emplearon instrumentos colectivos de producción, sin el beneficio
de una voluntad colectiva y de un interés colectivo. Esto, para empezar,
constituyó una grave desventaja en lo que se refiere a la eficiencia
productiva. Los trabajadores escatimaron los esfuerzos que aportaban a la
máquina, se aplicaban con desgana, holgazaneaban y se paseaban cuando había una
oportunidad de escapar a la atención del capataz o del jefe del taller,
trataban de dar lo menos que podían a cambio de los mayores jornales que
pudieran conseguir. Lejos de intentar combatir estas fuentes de ineficiencia,
los empresarios las sancionaban quitándole al trabajador aquella autonomía y
responsabilidad que pudieran naturalmente corresponder al trabajo, insistiendo
en la velocidad con vistas a la economía sin consideración por la excelencia
del buen trabajo, y organizando la industria atendiendo solamente al máximo
beneficio. Había excepciones en todos los ramos, pero no constituían la regla.
Al no
apreciar la ganancia en eficiencia que representaba la lealtad e interés
colectivos junto con una fuerte dirección común, los grandes industriales se
dedicaron a eliminar estas incipientes peticiones de los obreros:
mediante lockouts, brutales represiones en las huelgas, durísimos
reajustes salariales y despidos despiadados en períodos de escasez de trabajo,
los típicos compradores de fuerza de trabajo disminuyeron estúpidamente la
eficiencia de los obreros y echaron a perder los productos. Esta táctica
aumentó desmesuradamente la renovación de trabajadores con la consiguiente
disminución en el rendimiento del trabajo. Incluso un aumento en la escala de
salarios tan moderado como el introducido por Ford en Detroit tuvo un notable
efecto en la disminución de dichas pérdidas. Mas ¿qué pensar de la eficiencia
de un sistema productivo en el que las huelgas y los lockouts arrojaron
una media de 54 millones anuales de jornadas de trabajo perdidas en los Estados
Unidos al comienza de la última década, según Polakov? Apenas se pueden
calcular la ineficiencia y pérdidas debidas a la incapacidad de crear un modelo
cooperativo de relaciones humanas capaz de sustituir al de la industria de la
máquina. Sin embargo, el éxito de ciertas mutaciones ocasionales realizadas
dentro del propio sistema capitalista, como la fábrica Calbury Cocoa en
Bourneville, o la fábrica de acero Godin en Guisa (que viene a ser una
adaptación del plan de Fourier de un falansterio cooperativista) o la fábrica
de papel Dennison en Framingham, Massachusetts, dan una ligera idea de cómo
hubiera podido ser la eficiencia total si las propias relaciones sociales
hubiesen sido racionalizadas cuando se introdujo la máquina. Es evidente, de
todas maneras, que una buena parte de nuestra destreza mecánica ha sido
desperdiciada por la fricción social, el despilfarro y el innecesario deterioro
humano. En este aspecto el testimonio procede de los propios ingenieros de
producción.
Al final
del siglo XIX se llevó a cabo un nuevo ataque del problema de la eficiencia en
la producción dentro de la fábrica: tal vez no haya sido casual que el
distinguido ingeniero que lo inició fuera también el coinventor de un nuevo
acero ultrarrápido para herramientas, un perfeccionamiento característico
neotécnico. En vez de estudiar la máquina como una unidad aislada, Taylor
estudió al obrero mismo como un elemento de la producción. Gracias a un
estrecho estudio real de sus movimientos, Taylor estuvo en condiciones de
aumentar el rendimiento del trabajo por hombre sin añadir nada a su carga
física. Los estudios del tiempo y del movimiento que Taylor y sus seguidores
introdujeron se han hecho hoy, con el desarrollo de los procedimientos en serie
y del mayor automatismo, algo anticuados: su importancia reside en el hecho de
que atendieron al proceso industrial en conjunto y trataron al trabajador como
un elemento integrado de aquél. Su debilidad reside en el hecho de que
aceptaron los objetivos de la producción capitalista como estaban fijados, y se
vieron obligados a confiar en un estrecho incentivo pecuniario —con producción
a destajo y bonos— para alcanzar las ganancias mecánicas que fuesen posibles.
El paso
siguiente hacia la auténtica racionalización de la industria consiste en
ampliar los intereses e incrementar los alicientes sociales para la producción.
Por un lado, esto significa la reducción de las formas vulgares y degradantes
de trabajo. Significa igualmente la eliminación de productos que no tienen
verdadero uso social, ya que no hay forma de crueldad peor hacia un ser humano
racional que hacerle producir artículos que no tienen valor humano: el deshacer
estopa es en comparación una tarea instructiva. Además, el estímulo a la
invención y a la iniciativa dentro del proceso industrial, la confianza en la
actividad del grupo y en las formas íntimas de aprobación social, y la
transformación del trabajo en educación, asó como las oportunidades sociales de
la producción fabril en formas efectivas de acción política, todos estos
incentivos dirigidos hacia una producción industrial más humanamente controlada
y efectivamente dirigida esperan la formulación de modos no capitalistas de
empresa. El taylorismo, aunque llevaba dentro de su técnica el germen de un
cambio revolucionario en la industria, fue reducido a un instrumento menor en
caso todos los países menos en Rusia. Pero es precisamente en las relaciones
políticas y psicológicas del trabajador con la industria como han de realizarse
aún las economías más efectivas. Esto se ha ilustrado perfectamente en una
experiencia llevada a cabo en una instalación de Westinghouse descrita por el
profesor Elton Mayo. Observando las condiciones del trabajo y proporcionando
períodos de reposo, se aumentó regularmente la eficiencia de un grupo de
trabajadores. Después de un cierto período de experimentación, se colocó
nuevamente al grupo en las condiciones originales de trabajo sin períodos de
reposo: la productividad fue aún mayor de lo que había sido originalmente. ¿Qué
había sucedido? Existía el sentimiento entre los operarios según el observador,
de que “una productividad mayor está de alguna manera relacionada con las
condiciones de trabajo claramente más agradables, más libres y más felices”.
Esta es una etapa bastante más allá del estudio original sobre el movimiento
mecánico de Taylor. Y señala un factor de eficiencia en la industria
socializada, en la que el trabajador mismo goza de todo respeto, cosa que el capitalismo
en el caso más ilustrado apenas puede llegar a tocar nada más. (¿No es este
factor humano quizá una de las razones de que la industria en pequeña escala
—además de sus gastos generales menores— pueda aún competir con la gran
industria, en la que el monopolio no favorece a esta última?).
Mientras
tanto, la producción moderna ha aumentado enormemente el rendimiento productivo
sin añadir ni un solo caballo-vapor ni una simple máquina ni un simple obrero.
¿De qué manera lo ha conseguido? Por un lado ha habido grandes aprovechamientos
mediante la articulación mecánica dentro de la fábrica, y gracias a la
organización más estrecha de las materias primas, el transporte, el
almacenamiento y la utilización en la fábrica misma. Calculando el tiempo,
elaborando las series económicas, creando una pauta ordenada de actividad, el
ingeniero ha aumentado tremendamente el producto colectivo. Al transferir la
energía de los organismos humanos a las máquinas ha disminuido el número de
factores variables e integrado el sistema en conjunto. Estos son los beneficios
de la organización y la administración. La otra serie de beneficios ha
procedido de la estandarización y de la producción en serie. Esto supone la
reducción de un grupo entero de productos diferentes, en los que las
diferencias no corresponden a las cualidades esenciales, a un número limitado
de tipos: una vez establecidos dichos tipos e ideadas las máquinas adecuadas
para elaborarlos y fabricarlos el procedimiento puede acercarse cada vez más al
automatismo. Los peligros residen aquí en la estandarización prematura, y en
producir objetos con piezas ensambladas —como los automóviles— tan
completamente estandarizados que no se pueden mejorar sin desechar por completo
la instalación de la fábrica. Este fue el costoso error que se cometió con el
Ford modelo T. Pero en todos los casos de la producción en donde es posible la
tipificación se pueden conseguir grandes economías productivas sólo con ese
método.
Volvamos
al ejemplo de Babbage. La piedra podía moverse sin experiencia o sin esfuerzo
organizado ejerciendo un esfuerzo equivalente a 753 libras. O se podía mover,
adaptando apropiadamente todos los elementos del medio, empleando sólo
veintidós libras. En el estado bruto, la industria se enorgullece de su uso
grosero de la potencia y de la maquinaria. En su estado avanzado se apoya en la
organización racional, el control social, la comprensión fisiológica y
psicológica. En el primer caso, confía en el ejercicio externo de la potencia
en sus relaciones políticas: en realidad, se precia de superar la fricción que
con soberbia ineptitud se crea. En el segundo estado, ninguna parte de los
trabajos pueden permanecer inmunes a la crítica y a los criterios racionales:
la meta no es ya tanta producción como sea compatible con los cánones de la
empresa privada y de los beneficios particulares y de los incentivos de lucro
individuales: es más bien producción eficiente con vista a usos sociales por
muy drásticamente que esos sagrados cánones deban ser revisados o extirpados.
En una
palabra, para economizar producción, no podemos empezar o terminar con las
máquinas físicas o las obras mismas, ni la producción eficiente puede empezar o
terminar en la fábrica o la industria individuales. El proceso supone una
integración del trabajador, de la función industrial y del producto, lo mismo
que implica una coordinación de las fuentes de suministro y los mercados
finales de consumo. Apenas hemos comenzado en algún punto de nuestro actual
sistema de producción a utilizar las energías latentes disponibles mediante la
organización y el control social: en el mejor de los casos, aquí y allí, sólo
hemos empezado a ensayar dichas eficiencias.
Si
solamente hemos empezado a utilizar las energías latentes del personal, es
también cierto que la distribución geográfica de las industrias, hasta ahora
gobernada por elecciones y oportunidades accidentales, tiene aún que ser
elaborada racionalmente considerando los recursos mundiales y el reasentamiento
de la población del mundo dentro de las áreas señaladas como favorables para la
vida humana. Se ofrece aquí una nueva serie de economías mediante el
regionalismo económico.
Los
accidentes de la fabricación original o de la ubicación original de los
recursos no pueden seguir como factores que sirvan de pauta en el desarrollo
cuando se hayan reconocido nuevas fuentes de suministros y una nueva
distribución de mercados. Además, la distribución neotécnica de la energía
tiende al regionalismo económico: la concentración de las poblaciones en las
ciudades carboníferas y en las portuarias fue una característica de la
utilización de la mano de obra organizada de manera fortuita y del alto costo
del transporte de carbón. Una de las grandes posibilidades de economía consiste
en la abolición de los cruces de los transportes: el famoso procedimiento de
llevar hierro a Newcastle. Los comerciantes y los intermediarios ganan
alargando la distancia en el espacio y en el tiempo entre el productor y el
consumidor final. Con una distribución racionalmente planificada de la
industria, este parasitismo en el tránsito se reduciría a un mínimo. Y al
ampliarse el conocimiento de la técnica moderna, las ventajas especiales en
experiencia, organización y ciencia, patrimonio un tiempo de sólo unos pocos
países, sobre todo de Inglaterra durante el siglo XIX, tienden a convertirse en
la propiedad común de toda la humanidad, pues las ideas no se ven detenidas por
barreras aduaneras o tarifas de fletes. Nuestro mundo moderno, al transportar
mercancías: los zapatos de San Luis son tan buenos como los de Nueva
Inglaterra, y los textiles franceses tan buenos como los ingleses. En una
economía equilibrada, la producción de artículos corrientes se convierte en una
producción racional, y el intercambio entre las regiones se convierte en la
exportación de excedentes de las regiones de abundancia a las de escasez, o en
el cambio de materias especiales y de experiencias —como tungsteno, manganeso,
porcelana fina, lentes— que no se encuentran o se fabrican universalmente. Pero
incluso aquí pueden seguir siendo temporales las ventajas de un sitio en
particular. Mientras el queso camembert americano o alemán es
aún enormemente inferior a la variedad francesa, el gruyère producido
en Wisconsin puede compararse en calidad con el que se produce en Suiza. Con el
aumento del regionalismo económico, las ventajas de la industria moderna se
ampliarán, no solamente con el transporte —como en el siglo XIX— sino por el
desarrollo local.
Los
principales ejemplos de regionalismo económico consciente hasta el momento
actual proceden de países como Irlanda y Dinamarca, o de estados como el de
Wisconsin, en donde las ocupaciones eran sobre todo agrícolas, y la floreciente
vida económica dependía de una explotación inteligente de todos los recursos
regionales. Pero el regionalismo económico no tiende a la autarquía completa:
hasta en las condiciones más primitivas ninguna región ha sido jamás
económicamente autosuficiente en todos los aspectos. Por otro lado, el
regionalismo económico tiende a combatir el daño de la especialización
exagerada: ya que cualesquiera que sean las ventajas comerciales transitorias
de dicha especialización conducen al empobrecimiento de la vida cultural de una
región y, arriesgándolo todo a una sola carta, a hacer finalmente precaria su
existencia económica. Lo mismo que una región posee un equilibrio potencial de
vida animal y vegetal, así también posee un equilibrio social potencial entre
la industria y la agricultura, entre las ciudades y las granjas, entre los
espacios edificados y los abiertos. Una región enteramente especializada en un
solo recurso o cubierta de un extremo a otro de una zona maciza de casas y
calles, constituye un medio deficiente, sea el que sea el florecimiento
temporal de su comercio. El regionalismo económico es necesario para
proporcionar una vida social variada, así como para lograr una economía
equilibrada.
Está
claro que una buena parte de la actividad, los negocios y la potencia del mundo
moderno, por los que tanto se enorgullecía el siglo XIX, fue el resultado de la
organización, la ignorancia, la ineficiencia y la ineptitud sociales. Pero la
extensión de los conocimientos técnicos, de los métodos estandarizados y de las
realizaciones científicamente controladas disminuye la necesidad del
transporte: en la nueva economía, el viejo sistema de especialización exagerada
será la excepción más bien que la regla. Incluso hoy Inglaterra ya no es el
taller del mundo, ni Nieva Inglaterra es ya el taller de América. Y a medida
que la industria mecánica se racionaliza más y se adapta de manera más precisa
al medio ambiente, una vida industrial variada y multilateral tiende a
desarrollarse dentro de cada región humana natural.
Alcanzar
todos esos logros posibles en la producción nos lleva mucho más allá de la
fábrica o industria individual, más allá de las tareas corrientes del
administrador o del ingeniero: exige los servicios del geógrafo y del
planificador regional, del psicólogo, del educador, del sociólogo, del
administrador político experimentado. Tal vez sólo Rusia posea en la actualidad
las condiciones necesarias para esta planificación en sus instituciones
fundamentales, pero en un grado u otro, impulsados por la necesidad de crear el
orden para salir del caos y la desorganización, otros países se están moviendo
en la misma dirección: la desecación del Zuyder Zee en Holanda, por ejemplo, es
una muestra de la racionalización múltiple de la industria y la agricultura y
de la construcción de unidades económicas regionales aquí indicadas.
Los modos
más antiguos de producción han explotado solamente los procedimientos
superficiales que eran capaces de ser mecanizados y ordenados externamente, sin
embargo, una economía social más ambiciosa tocará todos los aspectos del
complejo industrial. La organización completa de los elementos mecánicos con la
ignorancia, el accidente, la costumbre no criticada dominante en la sociedad en
conjunto, era la fórmula de empresa capitalista durante sus fases anteriores.
Esta fórmula pertenece al pasado. Logró sólo una pequeña parte de la producción
potencial que incluso la edad de la máquina tosca del pasado hubiera sido capaz
de lograr, de haber eliminado las fricciones, las contradicciones y los
proyectos antagónicos que perpetuamente impedían la corriente de mercancías
desde la fuente hasta el consumo. El conseguir eficiencia en el pasado era una
tarea tan contraproducente como la del famoso dilema de Carlyle, dada una banda
de ladrones lograr algo honrado gracias a su acción unida. En detalle,
llevaremos a cabo sin duda muchas cosas prácticas y arreglos racionales
derivados del capitalismo, pero es completamente dudoso, por ser tan profundas
las disonancias y tan inevitables las fricciones, que llevemos adelante la
sociedad capitalista misma. Humanamente hablando ya no hay nada que esperar de
él. Necesitamos un sistema más seguro, más flexible, más adaptable y finalmente
que sostenga mejor la vida que el construido por nuestra estrecha y unilateral
economía. Su eficiencia era una simple sombra de la eficiencia real, su poder
despilfarrador era un pobre sustitutivo del orden; su producción calenturienta
y sus escandalosos hundimientos, derroches y atascamientos eran pobres
falsificaciones de una economía funcional que podía realmente aprovecharse de
una técnica moderna.
§ 6.
¡Normalicen el consumo!
Si bien podemos llevar al máximo la conversión para conseguir energías
excedentes disponibles, cubrir las necesidades existentes y estar preparados
para las inesperadas, de ello no se deriva que debamos también llevar al máximo
la producción según las líneas existentes de esfuerzo. La expansión sin meta de
la producción es de hecho la típica enfermedad del capitalismo en su aplicación
de la técnica moderna, pues como falló en establecer normas no disponía de una
medida definida para su realización productiva ni objetivos posibles, excepto
los fijados por la costumbre y el deseo accidental.
La
expansión de la máquina durante los dos últimos siglos se vio acompañada por el
dogma de las crecientes necesidades. La industria iba dirigida no sólo hacia la
multiplicación de los bienes y al incremento en su variedad, sino también hacia
la multiplicación del deseo de dichos bienes. Pasamos entonces de una economía
de la necesidad a una economía de adquisición. El deseo de satisfacciones más
materiales correspondientes a lo facilitado por la producción mecánica siguió
de cerca y en parte anuló las ganancias en la productividad. Las necesidades se
hicieron nebulosas e indirectas: para satisfacerlas de manera apropiada bajo el
criterio capitalista se las debe contentar con un provecho indirecto a través
de los circuitos de la venta. El símbolo del precio hizo que la apropiación
directa y la recompensa resultaran vulgares: de suerte que finalmente el
granjero que producía suficiente fruta, carne y hortalizas para satisfacer su
hambre se sentía algo inferior al hombre que, produciendo estos artículos para
un mercado, podía comprar nuevamente los productos de calidad inferior del
almacén o de la fábrica de conservas. ¿Exagera esto la realidad? Por el
contrario, apenas si hace justicia a la misma. El dinero se convirtió en el
símbolo del consumo honorable en todos los aspectos de la vida, desde el arte y
la educación hasta el matrimonio y la religión.
Max Weber
señaló el extraordinario alejamiento de las nuevas doctrinas del industrialismo
de los hábitos y costumbres de la mayor parte de la humanidad bajo el sistema
más parco de producción que prevaleció en el pasado. El objetivo de la
industria tradicional no era incrementar el número de necesidades, sino
satisfacer los niveles de una clase particular. Incluso hoy, entre los pobres,
los hábitos de aquel pasado perduran junto con las reliquias de la medicina
primitiva y de la magia, pues un aumento en los jornales, en vez de emplearse
para elevar el nivel de gastos del trabajador, se usa a menudo para conseguir
un descanso del trabajo, o para proporcionar el dinero necesario para una
diversión, lo que deja al obrero exactamente en el mismo estado físico y social
en que se encontraba antes de empezar. La idea de emplear el dinero para
escapar a la propia clase y de gastar el dinero ostentosamente para marcar el
hecho que uno ha escapado, no apareció en la sociedad en general hasta una fase
bastante avanzada en el desarrollo del capitalismo, aunque se manifestó en las
categorías superiores al principio mismo del régimen moderno.
El dogma
de necesidades crecientes, igual que otros dogmas del industrialismo y la
democracia, apareció en el resto de la sociedad. Cuando las abstractas monedas
de oro y de papel se convirtieron en los símbolos de la potencia y la riqueza,
los hombres empezaron a valorar una forma de producto que de hecho no tenía
límites naturales. La carencia de normas de adquisición se manifestó primero
entre los banqueros y los comerciantes prósperos; aún así estas normas, incluso
aquí, perduraron hasta muy entrado en siglo XIX en el concepto de retirarse de
los negocios después de conseguir la holgura, es decir, los niveles de la
propia clase de uno. La falta de una norma consuetudinaria de consumo era más
evidente en la vida extravagante de las cortes. Para exteriorizar el afán de
poder, de riqueza y de privilegio, los príncipes del Renacimiento derrochaban
en lujo y despilfarraban enormes cantidades de dinero. Ellos mismos, a menos
que ocurriera que procedieran de la clase de los comerciantes, no habían ganado
aquel dinero: se veían obligados por tanto a solicitar, a pedir prestado, a
extorsionar, a robar, o a saquear para conseguirlo. Y a decir verdad, no
dejaron ninguna de esas posibilidades sin explorar. Una vez que la máquina
empezara a incrementar las capacidades de hacer dinero para la industria, estos
límites se ampliaron y el nivel de gastos se aumentó para toda la sociedad.
Esta fase del capitalismo se vio acompañada, como ya he señalado, por un
colapso general de las instituciones: por consiguiente el individuo a menudo
trató de compensar mediante un gasto y un provecho egocéntricos la ausencia de
instituciones colectivas y de una meta colectiva. La riqueza de las naciones
estaba destinada a la satisfacción particular de los individuos: las maravillas
de la empresa colectiva y de la cooperación que la máquina puso en juego
dejaron a la comunidad misma empobrecida.
A pesar
de la tendencia igualitaria de la producción en gran escala, siguió existiendo
un profundo foso entre las diferentes clases económicas: este foso se explica
desembarazadamente en términos victorianos de economía por una diferenciación
entre necesidades, comodidades y lujos. Las más apremiantes necesidades
correspondían a la masa de los trabajadores. Las clases medias, además de tener
satisfechas sus necesidades en una escala más amplia que los trabajadores
disponían de comodidades: en tanto que los ricos poseían además lujos, y esto
les hacía más afortunados. Sin embargo, había una contradicción. Según la
doctrina de las necesidades crecientes se suponía que la masa de la humanidad
tenía que adoptar para sí misma la meta final de un nivel de gastos
principesco. Existía nada menos que una obligación moral de pedir mayores
cantidades y más variadas especies de productos, siendo el único límite a esta
obligación la persistente renuencia del fabricante capitalista a dar al
trabajador una participación suficiente del ingreso industrial que le
permitiera realizar una demanda efectiva. (En el momento culminante de la
última ola de expansión financiera en los Estados Unidos el capitalista trató
de resolver esta paradoja prestando dinero para el incremento del consumo
—compras a plazos— sin aumentar los jornales, ni bajar los precios, ni reducir
su propia excesiva participación en la renta nacional: una artimaña que no se
les hubiera ocurrido ni siquiera a los Harpagones del siglo XVII, mucho más
sobrios).
Los
errores históricos de los hombres no son jamás tan aparentemente buenos y
peligrosos como cuando están incorporados en una doctrina formal, capaz de ser
expresada en un lema. El dogma de las necesidades crecientes y la división de
los consumos en necesidades, comodidades y lujos, y la descripción del proceso
económico llevando a la universalización de niveles más costosos de
consumo en términos de productos de la máquina, todas estas
creencias han sido dadas por supuestas ampliamente, incluso por aquellos que se
han opuesto a las rotundas injusticias y a las más escandalosas desigualdades
del sistema económico capitalista. La doctrina fue presentada, con una clásica
vanidad y de manera terminante, por el informe del Comité Hoover sobre cambios
económicos recientes en los Estados Unidos. “La encuesta ha probado de manera
concluyente”, dice el informe, “lo que desde hace mucho tiempo se ha
considerado como verdadero, que las necesidades son casi insaciables; que una
necesidad abre el camino a otra. La conclusión es que económicamente tenemos
ante nosotros un campo infinito; que existen nuevas necesidades que abrirán el
camino incesantemente a nuevas necesidades, tan pronto como se vean
satisfechas”.
Cuando se
abandonan los niveles de consumo de clase y se examinan los hechos mismos desde
el punto de vista de los procesos vitales que se han de satisfacer, se
encuentra uno con que no hay un solo elemento que se pueda retener en dichas
doctrinas.
Ante
todo: las necesidades vitales son necesariamente limitadas. Lo mismo que el
organismo no continúa creciendo más allá de las normas de su especie, norma
establecida dentro de límites relativamente estrechos, así ninguna función
particular de la vida puede ser satisfecha con una complacencia sin límites. El
cuerpo no exige más de un número limitado de calorías al día. Si funciona
adecuadamente con tres comidas al día, no se hace tres veces más fuerte o
efectivo con nueve comidas: por el contrario, es probable que padezca de
indigestión y de estreñimiento. Si la intensidad de la diversión se triplica en
un circo con el empleo de tres pistas en vez de una, existen pocas
circunstancias de otro tipo en que se aplique esta regla. El valor de varios
estímulos e intereses no se incrementa con una multiplicación cuantitativa, ni
tampoco, más allá de un cierto punto, con una variedad sin fin. Una variedad de
productos que cumplan funciones similares es como la dieta omnívora: un útil
factor de seguridad. Pero esto no altera el hecho esencial de la estabilidad
del deseo y de la demanda. Un harén de un millar de mujeres puede satisfacer la
vanidad de un monarca oriental, pero ¿cuál es el monarca suficientemente dotado
por la naturaleza para satisfacer el harén?
La
actividad saludable exige restricción, monotonía, repetición, así como cambio,
variedad y expansión. El aburrimiento quejumbroso de un niño que posee
demasiados juguetes se repite interminablemente en las vidas de los ricos los
cuales, no teniendo límite pecuniario a la expresión de sus deseos, son
incapaces sin una tremenda fuerza de voluntad de restringirse a un solo canal
lo bastante largo para aprovecharlo abriendo surcos y profundizándolo hasta el
fin. En tanto el hombre del siglo XX puede usar instrumentos, como la radio, el
fonógrafo y el teléfono, que no tiene equivalentes en otras civilizaciones, el
número de dichos productos es en sí mismo limitado. Nadie está en mejor
posición por tener muebles que se hacen pedazos en unos pocos años o, a falta
de esta feliz manera de crear una nueva demanda, que “se pasan de moda”. Nadie
está mejor vestido por tener trajes que están tan mal tejidos que están ya
viejos al final de la temporada. Por el contrario, un consumo tan rápido
constituye una carga sobre la producción, y tiende a barrer las ganancias que
hace la máquina en aquel sector de la actividad. En la medida en que las
personas desarrollan intereses personales y estéticos, quedan inmunes a los
cambios frívolos del estilo y menosprecian el favorecer exigencias tan pobres.
Además, como ha señalado sagazmente J. A. Hobson, “si se dedicara una cantidad
indebida de individualidad a la producción y consumo de alimentos, vestidos,
etc., y al cultivo consciente y refinado de esos gustos, se descuidarían formas
de expresión individual más elevadas en el trabajo y en la vida”.
La
segunda característica de las necesidades vitales es que no pueden restringirse
a los simples elementos de alimentación suficientes para prevenirse del hambre
y vestidos y alojamientos bastantes para satisfacer las convenciones y evitar
la muerte a la intemperie. La vida, desde el preciso momento del nacer exige,
para su cumplimiento, bienes y servicios, que se sitúan usualmente en el
departamento de “lujos”. La canción, la historia, la música, la pintura, la
escultura, el juego en sí, el drama; todas estas cosas están fuera del campo de
las necesidades humanas, pero no son cosas que han de ser incluidas en la
existencia humana hasta para satisfacer el estómago, por no decir nada de las
necesidades emocionales, intelectuales e imaginativas del hombre. El colocar
estas funciones a lo lejos, el hacer de ellas la meta de una vida adquisitiva,
o aceptar de ellas sólo lo que puede canalizarse en bienes producidos por la
máquina y venderse con beneficio, el hacer esto es interpretar erróneamente la
naturaleza de la vida así como las posibilidades de la máquina.
El hecho
es que cada nivel de vida tiene sus propios lujos necesarios, y el salario que
no los incluye no es un salario vital, ni la vida es posible por la simple
subsistencia de una vida humana. Por otra parte, fijar como meta para un
esfuerzo económico universal, o al menos poner como cebo, el imbécil nivel de
gastos adoptado por los ricos y los poderosos es simplemente hacer bailar una
zanahoria de madera ante el hocico del burro; no puede alcanzar la zanahoria, y
si pudiera, ésta no podría alimentarle. Una escala de gastos elevada no tiene
relación esencial alguna con un alto nivel de vida, y una abundancia de bienes,
producto de la máquina, no tiene relación esencial, tampoco, puesto que uno de
los elementos más esenciales de una vida buena —un medio ambiente natural
agradable y estimulante, a la vez cultivado y primitivo— no es un producto de
la máquina. La noción de que una cosa implica la otra es una ficción de la
voluntad de creer del hombre de negocios. En cuanto a lo que se llama
comodidades, una buena parte de ellas, liberación del esfuerzo, el uso
extensivo del servicio personal y mecánico, conduce de hecho a una atrofia de
la función: el ideal es en el mejor de los casos valetudinario. El confiar para
el placer sensual en objetos inanimados —almohadones de sofá, muebles
tapizados, comidas dulces y telas suaves— fue uno de esos artificios con lo que
un puritanismo burgués, fingiendo renunciar a la carne y castigar el cuerpo,
simplemente los reconocían en sus formas más decadentes, transfiriendo la atención
de los cuerpos animados de los hombres y las mujeres a los objetos que los
simulaban. El Renacimiento, que alababa una vigorosa vida sensual, apenas
produjo una silla confortable en doscientos años, pues sólo tiene uno que echar
una ojeada a las mujeres pintadas por Veronés y Rubens para ver cuán poco se
necesitaba aquella tapicería inorgánica.
Al
hacerse los métodos mecánicos más productivos, se ha desarrollado la idea de
que el consumo debería hacerse más voraz. Tras esto existe una ansiedad, por
miedo a que la máquina cree una saturación en el mercado. La justificación de
los medios que ahorran la mano de obra no era que realmente ahorrasen ésta sino
que aumentaban el consumo: mientras que, claramente, el ahorro de mano de obra
sólo puede tener lugar cuando el nivel de consumo permanece relativamente
estable, para que los incrementos en la conversión y en facilidad productiva se
realicen en forma de verdaderos incrementos del ocio. Desgraciadamente, el
sistema capitalista industrial prospera gracias a una negativa de esta
condición. Prospera estimulando las necesidades más bien que limitándolas y
satisfaciéndolas. Fijar un límite al consumo sería poner un freno a la
producción y reducir las oportunidades de ganancia.
Técnicamente
hablando, los cambios en la forma y el estilo son síntomas de inmadurez: marcan
un período de transición. El error del capitalismo como credo reside en el
intento de hacer que este período de transición sea permanente. Tan pronto como
un artificio alcanza perfecta técnica, no hay excusa para sustituirlo
pretendiendo un incremento de eficiencia: de aquí que tenga que recurrir a las
artimañas de derroche competitivo, de obra de desecho y a la moda. El consumo
destructivo y la artesanía de mala calidad van de la mano, por lo que si
valoramos la solidez, la integridad y la eficiencia dentro del sistema de la
máquina, debemos crear una estabilidad correspondiente en el consumo.
Dicho en
términos más amplios, esto significa que una vez satisfechas las mayores
necesidades de la humanidad gracias a la máquina, nuestro sistema fabril debe
ser organizado sobre una base de sustitución regular anual en lugar de una
expansión progresiva, no sobre una base de sustitución prematura mediante una
obra mal hecha, unos materiales adulterados y un capricho groseramente
estimulado. “El caso, como señala nuevamente J. A. Hobson, es sencillo. Un
simple incremento en la variedad de nuestro consumo material alivia el esfuerzo
impuesto al hombre por los límites de universo material, pues dicha variedad le
permite utilizar una mayor proporción de la totalidad de la materia. Pero en la
medida que añadimos a la simple variedad una apreciación más alta de aquellas
adaptaciones de la materia que son debidas a la habilidad humana, que llamamos
Arte, pasamos fuera de los límites de la materia y ya no somos esclavos de las
yardas, de los acres y de una ley de reducción de los beneficios”. En otras
palabras: un nivel auténtico, una vez satisfechas las necesidades físicas
vitales, tiende a cambiar el plano del consumo y por tanto a
limitar, en grado considerable, la extensión de la ulterior empresa mecánica.
Pero
obsérvese la maligna paradoja de la producción capitalista. Aunque el sistema
fabril se ha basado en la doctrina de la expansión de las necesidades y de la
masa de consumidores, se ha quedado corto universalmente en lo que se refiere
al abastecimiento de las necesidades normales de la humanidad. Horrorizado ante
la idea “utópica” de necesidades normalizadas y limitadas, y proclamando
orgullosamente por el contrario que las necesidades son insaciables, el
capitalismo no ha llegado ni mucho menos a satisfacer el más modesto nivel de
consumo normalizado. El capitalismo, con relación a la masa trabajadora de
la humanidad, ha sido como un mendigo que ostenta una mano cubierta de joyas,
una o dos de éstas auténticas, mientras está tiritando en sus andrajos y trata
de arrebatar un mendrugo de pan: puede que el mendigo tenga dinero en el Banco,
también, pero esto no mejora su condición. Este caso se ha visto claramente en
todos los estudios basados sobre hechos que se han realizado acerca de las
comunidades “avanzadas” industriales, desde la clásica encuesta de Charles
Booth sobre Londres hasta la muy documentada sobre Pittsburg. También ha sido
puesto de manifiesto una vez más por el estudio de Robert Lynd sobre la
comunidad bastante representativa de “Middletown”. ¿Qué es lo que se descubre?
Mientras los habitantes más pobres de Middletown con frecuencia ostentan un
automóvil o una radio, las casas en donde habitan durante sus períodos de falsa
prosperidad no disponen a menudo de servicios sanitarios corrientes, en tanto
el estado de la casa y sus alrededores en general, era, de hecho, el de un
barrio miserable.
Cuando se
dice que hay que rechazar la doctrina del incremento de las necesidades y que
hay que normalizar el nivel de consumo, no se pide en verdad una contracción de
nuestras actuales facilidades industriales. En muchos sectores, por el
contrario, necesitamos una expansión de los mismos. Pues lo cierto es que, a
pesar de todos los alardes de progreso y de realización mecánica, a pesar de
todos los temores de excedentes y plétoras, la masa de la humanidad, incluso en
países que se encuentran técnicamente adelantados y son financieramente más
prósperos, no disfruta (ni ha disfrutado nunca, aparte de la población
agrícola) una dieta adecuada, servicios higiénicos apropiados, alojamiento
decente, medios suficientes y oportunidades para la educación y el esparcimiento.
Verdaderamente, en términos de norma vital una buena parte de estas cosas han
estado faltando en el aparente nivel de gastos conseguido por los ricos. En la
mayor parte de las grandes ciudades las viviendas urbanas de las clases
superiores, por ejemplo, carecen de sol y de espacios abiertos, y son casi tan
inadecuadas como las de los pobres mismos: por lo que, según un nivel de vida
normalizado, serían en muchos casos más saludables y felices de lo que son
actualmente incluso aunque carecieran de la ilusión del éxito, del poder y de
la distinción.
Normalizar
el consumo es establecer un nivel que ninguna clase, cualesquiera que sean sus
gastos, posee hoy. Pero ese nivel no puede expresarse en términos de una suma
arbitraria de dinero, los 5.000 dólares por persona anuales, sugerida por
Bellamy en los años ochenta, o los 20 000 dólares, sugerida por un reciente
grupo de tecnócratas, pues el caso es que lo que cinco o 20 000 dólares
pudieran comprar hoy para cada individuo no cubrirían necesariamente las
exigencias más apremiantes de este nivel. Y realmente, cuanto más alto
es el nivel de vida, menos puede expresarse adecuadamente en términos de dinero,
y más debe expresarse en términos de ocio, de salud y actividad biológica, y de
placer estético, y más, por tanto, tenderá a ser expresado en términos de
bienes y mejoramientos ambientales que quedan fuera de la producción de la
máquina.
Al mismo
tiempo, el concepto de un consumo normalizado reconoce el fin de aquellos
sueños capitalistas principescos de ilimitados ingresos, privilegios y
vulgaridades voluptuosas cuya posesión por los amos de la sociedad proporcionó
una satisfacción sin límites delegada a sus lacayos e imitadores. Nuestra meta
no es el consumo incrementado sino un estándar vital: menos en
los medios preparatorios, más en los fines, menos en el aparato mecánico, más
en el cumplimiento orgánico. Cuando tengamos tal norma, nuestro éxito en la
vida no será juzgado por la dimensión de los montones de desechos que hemos
producido: será juzgado por los bienes inmateriales y no de consumo que hayamos
aprendido a disfrutar, y por nuestras realizaciones biológicas como amantes,
compañeros y padres, y por nuestra realización personal como hombres y mujeres
que piensan y sienten. La distinción y la individualidad residirán en la
personalidad, a la que pertenecen, no en el tamaño de la casa en la que
vivimos, en el costo de nuestros adornos, o en la cantidad de mano de obra que
podemos dominar. Cuerpos hermosos, mentes sutiles, vida sencilla, pensamiento
elevado, percepciones agudas, sensibles reacciones emocionales y una vida de
grupo afinada para hacer que sean posibles estas cosas y ensalzarlas, éstos son
algunos de los objetivos de un nivel normalizado.
Mientras
el espíritu que condujo a la expansión de la máquina era estrechamente
utilitario, el resultado neto de dicha economía es el de crear una etapa
antitética, igualada por las civilizaciones de la antigüedad, dotadas con una
abundancia de ocio. Este ocio, si no se emplea malamente en la producción
irreflexiva de más trabajo mecánico, puede desembocar en una forma no
utilitaria de sociedad, dedicada más plenamente al juego, al pensamiento y al
trato social y todas aquellas especulaciones y aquellos empeños que hacen que
la vida tenga más significado. El máximo de maquinaria y de organización, el
máximo de comodidades y de lujos, el máximo de consumo, no significan
necesariamente un máximo de eficiencia vital o de expresión vital. El error
consiste en pensar que la comodidad, la seguridad, la falta de enfermedad
física, o una plétora de bienes son los mayores dones de la civilización, y en
creer que a medida que aumentan, los males de la vida se disolverán y
desaparecerán. Pero la comodidad y la seguridad no son bienes incondicionados;
son capaces de derrotar a la vida tan completamente como las penalidades y la
incertidumbre, y la idea de que cualquier otro interés, arte, amistad, amor,
parentesco, debe subordinarse a la producción de cantidades crecientes de
comodidades y lujos, es simplemente una de las supersticiones de una sociedad
utilitaria apegada al dinero.
Al
aceptar esta superstición el utilitario ha convertido una condición elemental
de la existencia, la necesidad de proporcionar una base física a la vida, en un
fin. Como resultado, nuestra sociedad dominada por la máquina está orientada
únicamente hacia las “cosas” y sus miembros tienen toda clase de dominios
excepto el dominio de sí mismos. No es cosa que asombre que Thoreau observara
que sus miembros, incluso en una etapa temprana y relativamente inocente del
comercio y de la industria, llevaban vidas de callada desesperación. Colocando
el negocio por encima de cualquier otra manifestación de la vida, nuestros
líderes de la mecánica y de la finanza han descuidado el principal negocio de
la vida: a saber, el crecimiento, la reproducción, el desarrollo, la expresión.
Dedicando infinita atención al invento y a la perfección de las incubadoras,
olvidaron el huevo y su razón de existir.
§ 7.
Consumismo básico
La base de un modo racionalizado de producción la constituye un modo
normalizado de consumo. Si uno empieza con la producción como un fin en sí
mismo no existe nada en el sistema de la máquina o en el sistema de precios que
garantice un abastecimiento suficiente de bienes vitales. La economía
capitalista intentó evitar la necesidad de establecer un nivel real de vida
confiando en el funcionamiento automático de los intereses privados de los
hombres, con el hechizo del beneficio. Todas las ganancias necesarias en la
producción, junto con el abaratamiento de los objetos vendidos, se suponía que
eran un producto derivado inevitable del negocio de comprar barato y vender
cuando la demanda fuera mayor y el suministro escaso. El egoísmo ilustrado de
los compradores individuales era la garantía de que se producirían las cosas
justas, en el momento justo, y en el justo orden.
Careciendo
de alguna norma con visitas a la distribución de las utilidades excepto sobre
la base de la obra en bruto realizada y sobre la imprescindible subsistencia
necesaria para que el obrero vuelva cada día a su tarea, este sistema jamás
acertó en sus mejores tiempos ni siquiera en sus propios términos. La historia
del capitalismo es la historia de la producción en cantidad, sobre la base de
una expansión exagerada, de una supercapitalización privada codiciosa fundada
en una perspectiva de ingreso creciente, de una apropiación privada de los
beneficios y los dividendos a expensas de los trabajadores y del inmenso cuerpo
de consumidores finales no capitalistas, todo ello seguido, una y otra vez, por
una plétora de bienes que no se compran, de colapsos, de bancarrotas, de
deflación y de hambre amarga y depresión de las clases trabajadoras cuya
original incapacidad de comprar a su vez las mercancías que habían producido
era siempre el factor principal en este desastre.
Este
sistema es necesariamente inexplotable según sus propias premisas excepto quizá
por un modo de producción anterior a la máquina. Pues en las condiciones
capitalistas, el precio de cada producto, en general, varía en proporción
inversa de la cantidad disponible en un determinado momento. Esto significa que
a medida que la producción alcanza el infinito, el precio de un artículo dado
debe caer en forma correspondiente a cero. Hasta un cierto punto, la baja en
los precios amplía el mercado: más allá de ese punto, el incremento en riqueza
real para la comunidad significa una continua disminución en los beneficios por
unidad para el fabricante. Si los precios se mantienen altos sin un aumento de
los salarios reales, se produce un excedente. Si el precio baja
suficientemente, el fabricante no puede, por grandes que sean sus ingresos,
conseguir un margen de beneficio satisfactorio. Mientras la humanidad en
conjunto gana en riqueza en la medida en que lo necesario para la vida puede
obtenerse como el aire, con sólo pedirlo, el sistema de precios se estrella y
termina en un desastre mucho antes de que se haya alcanzado ese punto ideal.
Así pues, las ganancias en la producción según el sistema de precios deben ser
disminuidos o anuladas, como observa mordazmente Veblen, mediante su sabotaje
premeditado por parte del financiero o del hombre de negocios. Pero esta
estrategia sólo consigue un efecto temporal: el peso de la deuda, especialmente
cuando se capitaliza de nuevo sobre la base de una expansión esperada de la población
y del mercado, finalmente sobrepasa las disminuidas capacidades productivas y
las somete a una carga que no puede soportar.
Ahora
bien, el significado de la conversión de energía y de la producción mecanizada
reside en el hecho de que han creado una economía de excedentes, lo que quiere
decir una economía no adaptada al sistema de precios. A medida que se
transfiere más trabajo a las máquinas automáticas el proceso de desplazamiento
de trabajadores de la industria según este sistema equivale a privarlos de los
derechos como consumidores, ya que, al contrario de los poseedores de títulos,
obligaciones, e hipotecas, no gozan de otros derechos sobre la industria, de
acuerdo con las convenciones capitalistas, que los que resulten de su trabajo.
Es inútil hablar de absorciones temporales de la mano de obra por ésta o
aquella industria: parte de esta absorción por las industrias relacionadas con
la distribución sólo incrementa los gastos generales y el derecho. Y aparte de
esto, bajo el sistema mismo de la mano de obra ha perdido a la vez su poder de
contratación y su capacidad para lograr la subsistencia: la existencia de
industrias sustitutivas aplaza a veces el día del ajuste de cuentas individual,
pero no el colectivo. Al faltarles el poder de compra de lo necesario para su
vida, el aprieto que los trabajadores desplazados repercute en los que han
quedado trabajando; en realidad, entra en colapso toda la estructura, y hasta
los financieros y los empresarios y los administradores se ven arrastrados en
el vértice que su propia codicia, miopía e insensatez han provocado. Todo esto
es un tópico, pero nace, no a resultas de alguna ley oscura e incontrolable,
como la existencia de las manchas del sol, sino debido a nuestro fracaso en
aprovechar, mediante una provisión social adecuada, los nuevos procedimientos
de la producción mecanizada.
El
problema exige con apremio una solución, pero en cierto sentido ya ha sido
resuelto. Durante una buena parte de unos mil años, las viudas, los huérfanos y
la gente prudente sedentaria han estado viviendo a gusto, comprando alimentos y
bebidas, y alojándose sin realizar trabajo alguno a favor de la comunidad. Sus
participaciones y sus seguros constituyen una primera exigencia que recae sobre
la industria, y en tanto exista alguna producción de bienes, y mientras se
mantengan las actuales convenciones legales, están seguros de conservar sus
medios de existencia. Ningún capitalista habla de este sistema como de un
régimen que desmoralice o dañe la propia estimación de los que así son
ayudados: en realidad, los pequeños ingresos de las clases de los rentistas han
constituido una evidente ayuda en las artes y las ciencias a sus beneficiarios:
un Milton, un Shelley, un Darwin, un Ruskin existieron gracias a su merced; se
podría incluso demostrar que habían sido, quizá, más beneficiosas para la
sociedad en general que las hinchadas fortunas de los capitalistas más activos.
Por otra parte, el reducido ingreso fijo, aunque aleja a cierta distancia los
peores tormentos de la miseria económica, no hace por completo frente a todas
las necesidades económicas: por ello, en el caso del joven y del ambicioso,
existe un incentivo para la empresa productiva y profesional, incluso si falta
la mordedura del hambre.
La
ampliación de este sistema a la comunidad en conjunto es a lo que yo me refiero
al hablar de comunismo básico. En tiempos recientes, se propuso seriamente
primero por Edward Bellamy, en una forma algo arbitraria, en su utopía Looking
Backward (Mirando hacia atrás), y ha resultado claro durante los
últimos cincuenta años que un sistema mecanizado eficiente de producción no
puede hacerse útil para la humanidad en general de ninguna otra manera. El
hacer que la participación del obrero en la producción constituya la única base
de sus exigencias para lograr un medio de vida —como hizo incluso Marx en su
teoría de la plusvalía que tomó de Adam Smith— es, a medida que la producción
de energía alcanza la perfección, quitarle el terreno bajo sus pies, es decir,
anular la base de sus peticiones. En realidad, la exigencia de un medio de vida
reside en el hecho que, como el niño en una familia, uno es miembro de una
comunidad: la energía, el conocimiento técnico, la herencia social de una
comunidad pertenecen igualmente a cada miembro de ésta, ya que en general las
contribuciones y las diferencias son completamente insignificantes.
[El
nombre clásico de un sistema universal de distribución de los medios esenciales
de vida —como lo describieron Platón y Moro mucho antes que Owen y Marx—
es
comunismo, y lo he conservado aquí. Pero debo insistir en que este comunismo es
necesariamente post-Marxista, pues los hechos y los valores en los cuales se
basa no son ya los paleotécnicos sobre los que Marx fundó sus planes de acción
y sus programas. Por lo que la palabra comunismo, como se usa aquí, no implica
la ideología particular del siglo XIX, el absolutismo mesiánico, y las tácticas
estrechamente militantes a las que generalmente se aferran los partidos
comunistas oficiales, ni tampoco implica una servil imitación de los medios
políticos y las instituciones sociales de la Rusia Soviética, por muy
admirables que puedan ser el valor y la disciplina soviéticos].
Se deben
tener en cuenta la diferenciación, la preferencia y el incentivo especial en la
producción y en el consumo sólo después de que estén aseguradas la seguridad y
la continuidad de la vida misma. Hemos establecido aquí y allí los inicios de
un comunismo básico del suministro de agua y de la educación y de los libros.
No hay razón alguna para detenerse en un punto cualquiera de un nivel normal de
consumo. Dicha base no tiene ninguna relación con las capacidades y las
virtudes individuales: una familia de seis personas necesita en términos
generales tantos bienes como una familia de dos, aunque pueda haber una sola
persona que gane un sueldo en el primer grupo y dos en el segundo. Damos por lo
menos un mínimo de alimentos y de alojamiento, así como asistencia médica, a
los criminales que probablemente se han portado mal con los intereses de la
sociedad: entonces, ¿por qué tendríamos que denegar todo eso a los perezosos y
a los difíciles de manejar? El dar por sentado que la gran masa de la humanidad
pertenezca a esta última categoría es olvidar los placeres positivos de una
vida más completa y más rica.
Además,
en una economía científica, la cantidad de cereales, frutas, leche, textiles,
metales y materias primas, así como el número de casas necesarias anualmente
para la sustitución y para el incremento demográfico, puede calcularse
aproximadamente con anticipo a la producción. Se necesita solamente tener la
seguridad del consumo para establecer las tablas de producción progresivamente
más precisas. Una vez establecida la norma, lo que se gane más allá de lo
calculado sería una prima para la comunidad en conjunto: esas ganancias serían,
en vez de un freno al trabajo, como lo son ahora, un lubrificante, y lejos de
trastornar el engranaje aligerarían la carga de toda la comunidad y aumentarían
el margen de tiempo o de energía disponible para las formas de vida más bien
que para los medios.
Hablar de
una “economía planificada”, sin tal norma básica de consumo y sin los medios
políticos para hacerla prevalecer, es confundir el sabotaje monopolista de la
industria capitalista en gran escala con el control social inteligente.
Los
fundamentos de este sistema de distribución, repito, ya existen. La escuelas,
las bibliotecas, los hospitales, las universidades, los museos, los baños,
ciertas residencias, los gimnasios, están sostenidos en cualquier centro de
importancia a expensas de la comunidad en conjunto. La policía y los servicios
contra incendios, de forma análoga, se proporcionan sobre la base de las
necesidades, en vez de sobre la capacidad para pagar: las carreteras, los
canales, los puentes, los parques, los terrenos de juegos o de deportes, e
incluso —en Ámsterdam— los servicios de los barcos para cruzar ríos o canales
están igualmente a cargo de la comunidad. Además, en la forma más estéril y
desagradable, existe un comunismo básico en los países que aplican un seguro de
paro y de vejez. Pero estas últimas medidas se tratan como medios de
salvamiento más bien que como mecanismo positivo saludable para racionalizar la
producción y normalizar los niveles de consumo de toda la comunidad.
Un
comunismo básico, que implique la obligación de compartir el trabajo de la
comunidad hasta la cantidad requerida para alcanzar la base, no significa el
cierre completo de cada proceso ni la satisfacción completa de cada necesidad
dentro del sistema de producción planificada. Unos ingenieros han calculado
cuidadosamente que todo el volumen de trabajo de la comunidad existente podría
realizarse con menos de veinte horas de trabajo por semana para cada
trabajador. Con una racionalización completa en toda la línea, y con la
eliminación de duplicaciones y de parasitismos, probablemente bastarían menos
de veinte horas para producir una cantidad mucho mayor de bienes que
actualmente. Siendo así, unos 15 millones de obreros industriales cubrirían las
necesidades de 120 millones de habitantes de los Estados Unidos. Limitando la
producción racionada y el consumo a disposición de la comunidad a las
necesidades básicas, el volumen de trabajo obligatorio sería incluso menor. En
tales condiciones, la desocupación tecnológica sería una dicha.
El
comunismo básico se aplicaría a las necesidades económicas calculables de la
comunidad. Alcanzaría aquellos bienes y servicios que pueden normalizarse,
pesarse, medirse, o acerca de los cuales puede establecerse un cómputo
estadístico. Por encima de dicha norma el deseo del ocio competiría con el
deseo de más bienes, y en esto la moda, el capricho, la elección irracional, la
invención, los objetivos especiales, tendrían quizá aún un papel que
desempeñar, pues si bien todos esos elementos han sido toscamente estimulados
de manera exagerada por el capitalismo, quedaría un residuo de ellos y habrían
de tomarse las medidas apropiadas en un sistema económico cualquiera
imaginable. Pero en un sistema de comunismo básico, estas necesidades no
actuarían desorganizando la producción y paralizando la distribución. Por lo
que se refiere a los productos básicos habría completa igualdad de ingresos, y
a medida que se normalizara el consumo, los procedimientos básicos cuidarían,
con toda probabilidad, de una parte cada vez mayor de las necesidades de la
comunidad. Sobre esta base y hasta este momento no puedo ver sobre qué otra
base nuestros beneficios en la producción y nuestro creciente desplazamiento de
la mano de obra humana podrían realizarse con provecho para toda la sociedad en
general. La alternativa al comunismo básico es la tolerancia del caos, o bien
el cierre periódico de la instalación productiva y la destrucción —curiosamente
llamada valorización— de bienes esenciales, con industriosos esfuerzos en la conquista
imperialista para conseguir por la fuerza abrir mercados extranjeros; eso o
bien una completa retirada de la máquina en una subagricultura (agricultura de
subsistencia) y una subindustria (manufactura de subsistencia) que estarían en
un nivel mucho más bajo en todos sus aspectos que el que la industria artesana
proporcionara en el siglo XVIII. Si deseamos retener los beneficios de la
máquina, no podemos permitirnos denegar por más tiempo su mayor implicación
social, es decir, el comunismo básico.
No sería
la ventaja menor del comunismo básico el hecho de que tendería a poner un freno
a la empresa industrial. Pero dicho freno, en lugar de tener la forma del
sabotaje capitalista, o de la escandalosa dislocación de una crisis comercial,
sería una disminución gradual de la velocidad de las partes individuales y un
engranaje de toda la organización en una regular rutina de productividad. J. A.
Hobson ha presentado también este problema con su habitual penetración y
sagacidad: “El progreso industrial”, dice, “sería indudablemente más lento bajo
el control del Estado, pues el objetivo mismo de este control es desviar una
mayor proporción del genio y el esfuerzo humanos de aquellas ocupaciones
[producción preparatoria] para aplicarlos a producir formas más elevadas de
riqueza. Sin embargo, no es justo suponer que el progreso en las artes
industriales cesaría bajo la industria estatal: dicho progreso sería más lento
y participaría de un carácter de rutina, un lento, continuo ajuste del
mecanismo de producción y distribución a las necesidades lentamente cambiantes
de la comunidad”. Por muy desagradable que dicha perspectiva le resulte al
empresario del orden antiguo, dicho humanamente representaría una tremenda
ganancia.
§ 8.
¡Socialicen la creación!
Durante una gran parte de la historia de la humanidad, a partir de los tiempos
neolíticos, las más altas realizaciones de la humanidad en el arte, la
filosofía y la literatura, la técnica, la ciencia y la religión estuvieron en
poder de una pequeña casta. Los medios técnicos para multiplicar dichas
realizaciones eran tan dificultosos —los jeroglíficos de los egipcios, las
tabletas cocidas de los babilonios para sus textos y hasta las letras escritas
a mano en los papiros o en los pergaminos de una época ulterior— que el dominio
de los instrumentos del pensamiento y de la expresión ocupaban la mayor parte
de una vida. Los que tenían que realizar trabajos manuales estaban excluidos
automáticamente de la mayoría de los caminos de la creación fuera de lo suyo,
aunque eventualmente podían compartir el producto creado, en segunda o tercera
mano. La vida del alfarero o la del herrero, como Jesús ben Sirach observó con
presuntuosa pero realista autojustificación, lo imposibilitaban para las tareas
de la vida creadora.
Este
monopolio de casta fue seriamente destrozado durante la Edad Media, en parte
porque el cristianismo mismo era originalmente la religión de los humildes y
los vejados. No sólo era cada criatura humana un sujeto merecedor de salvación,
sino que dentro del monasterio y de la iglesia y de la universidad había un
reclutamiento continuo de novicios y estudiantes de todas las clases de la
sociedad, y la poderosa orden de los benedictinos, haciendo del trabajo manual
en sí una de las obligaciones de una vida disciplinada, rompió un antiguo e
invalidante prejuicio en contra de la participación y el experimento, como
complementarios de la observación y la contemplación, en la actividad creadora.
Dentro de los gremios artesanales tuvo lugar el mismo proceso en orden inverso:
el oficial, al irse a alcanzar la pericia en su oficio, no sólo tenía la
oportunidad de estudiar críticamente las artes y las realizaciones de otras
ciudades, no sólo se veía estimulado a elevarse desde las serviles y mecánicas
operaciones de su oficio hasta aquella maestría que le era ofrecida, sino
también en el cumplimiento de los misterios y las moralidades en que el
trabajador participaba en la vida estética y religiosa de toda la comunidad. En
verdad el escritor, como Dante, podía tener un “estatuto” en esta sociedad
solamente como miembro de un gremio de artesanía.
El
movimiento humanista, concediendo importancia a la erudición textual y a las
lenguas muertas a las que se aplicaba dicha erudición, reforzó esta amplia
separación de las clases bajo el capitalismo. Imposibilitado para conseguir la
capacitación preparatoria necesaria, el trabajador fue excluido de la más alta
cultura europea: incluso el tipo más elevado de trabajador eotécnico, el
artista, y hasta una de sus más nobles figuras entre aquellos artistas,
Leonardo, se sintió obligado en sus notas íntimas a defenderse frente a la
suposición de los simples literatos de que sus intereses por la pintura y la
ciencia eran algo en cierta manera de categoría inferior.
Indiferente
a la vida esencial de los hombres como trabajadores, esta cultura se desarrolló
originalmente como un instrumento de poder de una casta, y sólo en una segunda
y débil forma para el beneficio de la humanidad en general. De un extremo a
otro, algunos de los verdaderamente mejores cerebros de los tres últimos
siglos, en lo más recio de sus vigorosos esfuerzos creativos, han estado
disculpándose por las injusticias y las corrupciones de sus amos. Thorndike en
su History of Science and Medicine in the Fifteenth Century (Historia
de la ciencia y la medicina en el siglo XV) observa la degradación que se
apoderó del pensamiento cuando las ciudades libres que Petrarca había conocido
en su juventud fueron esclavizadas por los ejércitos de conquistadores, pero el
mismo hecho se da en Maquiavelo, Hobbes, Leibniz, Hegel, y esta tendencia del
pensamiento alcanzó un cierto apogeo en la mala aplicación de la teoría de
Malthus-Darwin acerca de la lucha por la existencia, con fin de justificar la
guerra, la raza nórdica y la posición dominante de la burguesía.
Pero
mientras el aspecto humanístico de esta nueva cultura fue fomentado en términos
individualistas y de casta, con un marcado sesgo a favor de las clases
poseedoras, la ciencia obró en dirección opuesta. El verdadero incremento del
conocimiento científico hizo imposible el limitarlo, como un secreto, a un
pequeño grupo, como la astronomía se había mantenido en anteriores
civilizaciones. No solamente esto, sino que la ciencia, utilizando
sistemáticamente el conocimiento práctico de los artistas y los médicos en
anatomía, de los mineros y metalúrgicos en química, se mantuvo en contacto con
la vida de trabajo de la comunidad. ¿No fue el aprieto en que se encontraban
los viticultores, los cerveceros y los criadores de gusanos de seda lo que
impulsó a Pasteur a sus fructuosas investigaciones en bacteriología? Incluso
cuando la ciencia era inaccesible y esotérica, no fue presuntuosa. Socializada
en cuanto al método, internacional en su esfera, impersonal en intención,
realizando algunos de sus más arriesgados y provechosos hechos en el
pensamiento en razón de su divorcio mismo de la inmediata responsabilidad, las
ciencias han estado construyendo lentamente una gran cosmogonía en la que sólo
falta un elemento aún, la inclusión del espectador y experimentador en el
cuadro final.
Desgraciadamente,
el embotamiento y la depresión de la mente que siguieron inevitablemente a la
división del trabajo y a la mera rutina de la vida de la fábrica, han abierto
una brecha antinatural entre la ciencia y la técnica, la práctica común y todas
las artes que se encuentran fuera del sistema de la máquina. Los trabajadores
mismos fueron arrojados hacia los desechos de las culturas anteriores, que
perduraban en la tradición y en la memoria, y se aferraron a las formas
supersticiosas de la religión que los mantenían en un estado de tutela
emocional hacia aquellas precisas fuerzas que los estaban explotando, o bien
perdieron juntamente el poderoso estímulo emocional y moral con el que una
religión auténtica contribuye a la vida. Esto se aplica asimismo a las artes.
El campesino y trabajador manual de la Edad Media era el igual de los artistas
que esculpieron y pintaron en sus iglesias y sus salas comunales: el arte más
elevado de aquel tiempo no lo era demasiado para la gente corriente, ni tampoco
había, aparte de las afectaciones de la poesía de corte, una especie de arte
para la minoría y otra especie para la mayoría. Había niveles altos y bajos en
todo este arte, pero la división no estaba marcada por la categoría o la
condición pecuniaria.
Durante
los últimos siglos, sin embargo, popular significa “vulgar” y “vulgar” no
significa simplemente lo más ampliamente humano, sino algo inferior y basto y
algo deshumanizado. En breve, en vez de socializar las actividades creativas de
la sociedad, hemos socializado en gran escala solamente las bajas imitaciones
de esas actividades: imitaciones que limitan y embrutecen la mente. Un Millet,
un van Gogh, un Daumier, un Withman, un Tolstoy buscan naturalmente a la clase
trabajadora como compañera, pero fueron en realidad mantenidos vivos y
recompensados y apreciados sobre todo por la burguesía misma que abominaban por
sus maneras y cuyo patrocinio deseaban evitar. Por otra parte, la experiencia
de Nueva Inglaterra y de Nueva York entre 1830 y 1860, cuando aún existía hacia
el Oeste una gran extensión de tierras sin propietario, muestra cuán fructífera
puede ser una sociedad esencialmente sin clases cuando está alimentada por las
mismas ocupaciones que una cultura de casta desprecia.
No es una
casualidad el que la epopeya de Moby Dick fuera escrita por un
simple marinero, que Walden fuera escrita por un fabricante de
plumas e inspector, y que Leaves of Grass lo fuera por un
impresor y carpintero. Sólo cuando es posible moverse libremente desde un
aspecto de la experiencia, del pensamiento y la acción a otro, puede la mente
seguir su completa trayectoria. La división del trabajo y la especialización,
especialización entre ocupaciones y especialización en el pensar, sólo pueden
justificarse como expedientes temporales: fuera de esto, como señaló
Kropotkine, existe el imperativo de integrar el trabajo y restituir su unidad
con la vida.
Lo que se
requiere, pues, es comprender que la vida creadora en todas sus
manifestaciones, es necesariamente un producto social. Se incrementa con la
ayuda de tradiciones y técnicas mantenidas y transmitidas por la sociedad en
general, y ni la tradición ni el producto pueden quedar como propiedad única
del científico, del artista o del filósofo, menos aún de grupos privilegiados
que, según las convenciones capitalistas tan ampliamente los apoyan. La
aportación a esta herencia realizada por un individuo o incluso por una
generación, es tan pequeña comparada con los recursos acumulados del pasado que
los grandes artistas creadores, como Goethe se sienten debidamente humildes
acerca de su importancia personal. Tratar dicha actividad como un goce egoísta
o como una propiedad es simplemente imprimirle un sello de trivialidad, pues el
hecho es que la actividad creadora constituye el único negocio importante de la
humanidad, la justificación principal y el fruto más duradero de su esencia en
el planeta. La tarea esencial de toda actividad económica equilibrada es la de
producir un estado en el que la creación sea un hecho corriente en toda
experiencia: en el que no se niegue a ningún grupo, en razón de su trabajo o su
deficiente educación, su parte en la vida cultural de la comunidad, dentro de
los límites de su capacidad personal. A menos que socialicemos la creación, a
menos que subordinemos la producción a la educación, un sistema mecanizado de
producción, por muy eficiente que sea, sólo conseguirá endurecerse en una
formalidad bizantina servil, enriquecida con pan y circo.
§ 9.
Trabajo para el autómata y el aficionado
Las características de una sociedad económica racional son, no el trabajo, ni
la producción por la producción con vistas a un beneficio ulterior, sino la
producción en interés de la vida y el trabajo como expresión normal de una vida
disciplinada. Dicha sociedad aporta elecciones y posibilidades que apenas
existieron mientras el trabajo se consideró extraño, y el beneficio —o el temor
al hambre— fue el impulso principal para el trabajo.
La
tendencia a la mecanización, a partir del siglo XVII, ha sido el normalizar los
procedimientos de trabajo y hacer que pudieran ser realizados por la máquina.
En las centrales de energía con asistencia automática, en las fábricas de
textiles avanzadas, en las de estampado, en varias instalaciones químicas, el
obrero apenas tiene una parte directa en el proceso de la producción: es, por
así decirlo, un pastor de las máquinas, que atiende al bienestar del rebaño de
máquina que realizan el verdadero trabajo: todo lo más, las alimenta, las
engrasa, las repara cuando se averían, en tanto el trabajo está tan lejos de él
como la digestión que engorda al ganado cuidado por el pastor.
Esta
asistencia a la máquina a menudo exige viveza, movimientos no reiterados, e
inteligencia general: al tratar de la neotécnica señalé que en las industrias
que han avanzado hasta este nivel el trabajador ha recuperado algo de libertad
y autonomía que fueron frustradas en los procesos mecánicos más incompletos en
los que el obrero, en lugar de ser un mecánico y un inspector general, es
simplemente un sustituto de la mano y el ojo que la máquina aún no ha
desarrollado. Pero en otros procedimientos, como la línea ininterrumpida de
ensamblado de la fábrica de motores, por ejemplo, el trabajador individual
forma parte del proceso mismo, y sólo está comprometida una pequeña fracción de
él. Un trabajo de ese tipo es necesariamente de carácter servil y ninguna disculpa
o racionalización psicológica pueden conseguir otra cosa: ni la necesidad
social puede, en lo que se refiere al producto, debilitar el proceso mismo.
Nuestra
desconsideración por la calidad del trabajo, por el trabajo como proceso vital
y educacional, es tan acostumbrada que apenas entra jamás en nuestras
exigencias sociales. Pero está claro que en la decisión de cómo construir un
puente o un túnel, existe una cuestión humana que debería contrastar la
cuestión de la economía o de la factibilidad mecánica: me refiero al número de
vidas que se podrán perder en la construcción real o a la conveniencia de
condenar a un cierto número de hombres a pasar sus días enteros de trabajo bajo
tierra vigilando el tráfico del túnel. Tan pronto como nuestros pensamientos
dejen de estar automáticamente condicionados por la mina, dichas cuestiones
resultan importantes. De manera análoga la elección social entre la seda y el
rayón no es problema que pueda resolverse sencillamente con referencia a los
diferentes costos de producción, o a la diferencia en calidad entre las fibras
mismas: queda también, para integrarse en la decisión, el problema de la
diferencia en el placer del trabajo entre el cuidado de los gusanos de seda y
el atender a la producción del rayón. Lo que el producto aporta al trabajador
es tan importante como lo que el trabajador aporta al producto. Una sociedad
bien administrada debería modificar el procedimiento de montaje de automóviles,
con alguna pérdida de velocidad y de baratura, con el fin de proporcionar un
proceso más interesante para el trabajador: de la misma forma se haría a
expensas de equipar las instalaciones de fabricación de cemento mediante el
procedimiento en seco con eliminadores de polvo, o reemplazar el producto con
un sustituto menos nocivo. Cuando no se puede disponer de ninguna de dichas
alternativas, se reduciría drásticamente la demanda a su más bajo nivel
posible.
Ahora
bien, en conjunto, incluyendo los procesos preparatorios de la investigación
científica y del proyecto mecánico, sin hablar de la organización política
subyacente, la industria es en lo potencial un valioso instrumento de
educación. Este punto, originalmente recalcado por Karl Marx, fue bien señalado
por Helen Marot cuando dijo: “La industria ofrece oportunidades para la
experiencia creadora que es social en sus productos así como en su destino. El
fin imaginario de la producción no termina con la posesión de un artículo; no
se centra en el producto o en la pericia de este o aquel hombre, sino en el
desarrollo del comercio, de los procedimientos tecnológicos, de la evolución
del conocimiento y de la comprensión del mundo. La maquinaria moderna, la división
del trabajo, el sistema bancario, los métodos de comunicación, hacen
posible una asociación real. Pero son reales y posibles sólo en la
medida en que los procedimientos están abiertos a la participación, al
entendimiento y al juicio comunes de los que están entregados a la empresa
industrial; son reales y posibles en la medida en que el espíritu de la
industria cambia de la explotación al deseo común y asociado para crear; son
reales y posibles en la medida en que el carácter individual de la industria
cede ante la evolución del esfuerzo social”.
Una vez
que el objetivo de la industria está apartado de la realización de beneficios,
del engrandecimiento particular, de la bruta explotación, las monotonías y
restricciones inevitables ocuparán un lugar subordinado, debido a que el
procedimiento en conjunto se verá humanizado. Esto significa que las
compensaciones a los elementos represivos en la rutina industrial se realizarán
mediante ajustes dentro de la industria, en lugar de permitirle acumulaciones
en un sitio, y que explote desastrosa y antisocialmente en otras partes de la
sociedad. Imaginar que tal sistema no lucrativo sea un imposible es olvidar que
durante miles de años la masa de la humanidad no conoció otro sistema. La nueva
economía de necesidades, sustituyendo a la economía de adquisición capitalista,
colocará a las corporaciones limitadas y a las comunidades de la vieja economía
en una base socializada más amplia y más inteligente, pero en el fondo echará
mano y canalizará impulsos análogos. A pesar de sus altibajos y sus
contradicciones internas, esta es quizá hasta la fecha la principal promesa
mantenida por la Rusia Soviética.
En la
medida en que la industria debe aún emplear seres humanos como máquinas, deben
reducirse las horas de trabajo. Debemos determinar el número de horas de rutina
vacía, por semana, que está dentro de los límites de la tolerancia humana, más
allá de la cual se produce un deterioro de la mente y del espíritu. El hecho
preciso de que el trabajo puramente repetitivo, sin elecciones o variaciones,
parezca convenir a los retrasados mentales basta para advertirnos de sus
peligros con relación a los seres humanos de grado más elevado. Pero quedan
ocupaciones y oficios realizados con máquina así como oficios manuales, que son
interesantes y absorbentes por sí mismos, siempre que no estén reglamentados
demasiado estrictamente en interés de la eficiencia superficial. En el acto de
racionalizar y normalizar los métodos de producción, la ingeniería humana
tendrá que sopesar los beneficios sociales de la producción incrementada con la
maquinaria automática, con una participación y satisfacción disminuidas por
parte del trabajador, frente a un nivel menor de producción, con una mayor
oportunidad para el obrero. Es un tecnicismo superficial imponer el producto
más barato a cualquier precio. Si el producto es socialmente valioso y el
trabajador mismo puede ser completamente eliminado la respuesta favorecerá, a
menudo, quizá, el automatismo, pero a menos de que esto suceda no puede tomarse
la decisión a la ligera. Pues ninguna ganancia en la producción justificará
eliminar una especie humana de trabajo, a menos que se aporten al mismo tiempo
otras compensaciones en el trabajo. El dinero, los bienes, el ocio vacío, no
puede posiblemente resolver la pérdida de una vida de trabajo; aunque está
claro que el dinero y los bienes según nuestros actuales niveles abstractos de
éxito son a menudo llamados para hacer precisamente esto.
Cuando
empezamos a racionalizar orgánicamente la industria, es decir, con referencia a
toda la situación social, así como con referencia al trabajador mismo en todas
sus capacidades biológicas —no simplemente con referencia al producto bruto del
trabajo y al ideal extraño de la eficiencia mecánica— el trabajador y su
educación y su medio ambiente se hacen tan importantes como los bienes que
produce. Ya conocemos este principio en el aspecto negativo cuando prohibimos
el empleo de barnices de plomo baratos en la alfarería porque su empleo
perjudica la salud del trabajador, pero también tiene una aplicación positiva.
No solamente deberíamos prohibir el trabajo que es perjudicial para la salud,
deberíamos fomentar el trabajo que es bueno para la misma. Es en estos aspectos
como la agricultura y nuestras regiones rurales pueden realmente conseguir que
regrese parte de la población que fue originalmente absorbida por la máquina en
las villes tentaculaires.
El
trabajo, desde zapar un jardín hasta hacer mapas de las estrellas, constituye
uno de los placeres permanentes de la vida. Una economía de la máquina que
permitiera a la humanidad el ocio estéril y trivial que H. G. Wells describió
una vez en The Time Machine (La Máquina del Tiempo) y al que
muchos habitantes de la ciudad están condenados bajo la sociedad capitalista,
en particular durante los períodos de paro, apenas si merecería el esfuerzo
necesario para lubrificarla. Dicha esterilidad, dicho aburrimiento, dicha
carencia debilitadora de la función no representan una ganancia de ninguna
especie. El beneficio principal que el uso racional de la máquina promete no es
ciertamente la eliminación del trabajo: lo que promete es algo bastante
diferente, la eliminación del trabajo servil o esclavitud:
estos tipos de trabajo que deforman el cuerpo, que entumecen la mente y matan
el espíritu. La explotación de las máquinas es la alternativa a aquella
explotación de los hombres degradados que se practicó durante la antigüedad y
que fue combatida en tan gran escala, por primera vez, en la economía de la
energía desarrollada durante la fase eotécnica.
Completando
nuestra organización de la máquina, podemos recobrar para el trabajo los
valores inherentes que le fueron robados por los objetivos pecuniarios y las
animosidades de clase de la producción capitalista. El trabajador, debidamente
expulsado de la producción mecánica como esclavo, vuelve como director: si sus
instintos de arte en el trabajo se ven aún insatisfechos por esas tareas de
administración, dispone en razón del poder y del ocio de que ahora goza en
potencia un nuevo estatuto dentro de la producción como aficionado. La ganancia
en cuanto a libertad aquí es una compensación directa por la presión y la
dureza por la impersonalidad, el anonimato, la unidad colectiva de la
producción de la máquina.
Más allá
de las necesidades básicas de la producción, más allá de un normalizado —y por
tanto moral— nivel de vida, más allá del comunismo esencial en el consumo que
he propuesto, existen aquí necesidades que el individuo o el grupo no tienen
derecho a pedir en general a la sociedad, y que, a su vez, la sociedad no tiene
necesidad de reducir o arbitrariamente sofocar en el individuo siempre que esté
eliminado el motivo de la explotación. Estas necesidades pueden satisfacerse
con un esfuerzo directo. El tejer o tricotar vestidos a mano, el producir un
mueble necesario, el construir experimentalmente un aeroplano según directivas
que no han conseguido aprobación oficial —estos son ejemplos de ocupaciones
abiertas al individuo, a la familia, al pequeño grupo de trabajo fuera de los
circuitos regulares de producción—. Asimismo, mientras los principales
artículos de primera necesidad en agricultura, como el trigo, el maíz, los
cerdos, la carne de vaca, posiblemente tenderán a constituir la producción de
grandes cooperativas, las verduras y las flores no fueron producidas por
individuos en gran escala en tanto la tierra fue de propiedad privada y la masa
de la humanidad industrial se vio amontonada en sólidas zonas de casas y
pavimentos.
A medida
que nuestra producción se haga más impersonal y rutinaria, es muy posible que
nuestra producción auxiliar se haga más personal, más experimental, y más
individualizada. Esto no podía ocurrir bajo el antiguo régimen de la artesanía:
no era un desarrollo posible antes de los perfeccionamientos neotécnicos de la
máquina con la electricidad como fuente de energía. Pues la adquisición de la
experiencia necesaria para lograr una producción eficiente sobre una base
artesana era un proceso aburrido, y el ritmo lento de esa artesanía en las
ocupaciones esenciales no concedía un margen suficiente de tiempo para una
realización siguiendo otros caminos. O más bien el margen se conseguía mediante
la subordinación de la clase trabajadora y la elevación de una pequeña clase
ociosa, el trabajador y el aficionado representaban dos estratos diferentes.
Con la energía eléctrica un pequeño taller de maquinaria puede disponer de
todos los dispositivos y máquinas herramientas esenciales —aparte las máquinas
automáticas especializadas— que sólo una gran fábrica podía haberse permitido
hace un siglo; de esta manera el trabajador puede recobrar, incluso dentro de
las ocupaciones de la máquina la mayor parte del placer que la máquina misma,
con su creciente automatismo, le ha estado quitando. Dichos talleres,
relacionados con las escuelas, deberían formar parte del equipo público de cada
comunidad.
El
trabajo del aficionado, pues, es un correctivo necesario a la impersonalidad,
la estandarización, los métodos en gran escala y la producción educacional para
el proceso de la máquina. Todos los grandes adelantos en la máquina lo han sido
sobre la base de operaciones artesanas o de pensamiento científico —ayudados
estos y corregidos por operaciones manuales en pequeña escala llamadas
experimentos—. Al incrementar la “debilidad tecnológica”, es necesaria la
difusión del conocimiento y de la destreza artesanos como modo de educación, a
la vez como dispositivo de seguridad y como medio de mayor penetración,
descubrimiento e invención. Pues la máquina no puede conocer más o hacer más
que el ojo humano o la mano o la mente que la proyecta o la hace funcionar.
Dado el conocimiento de las operaciones esenciales, puede uno reconstruir
cualquier máquina en el mundo. Pero si dejamos perder este conocimiento, aunque
sea durante una sola generación, todos los complicados derivados sólo quedarían
como deshecho. Si las partes se rompen y se oxidan sin ser inmediatamente
reemplazadas, toda la fábrica quedaría en ruinas. Y existe además una razón
ulterior para conceder una posición importante a los trabajos manuales y a las
artesanías mecánicas, como formas auxiliares de producción, manejadas en una
escala doméstica para la seguridad y la flexibilidad de todas las formas de
producción industrial es importante que aprendamos a andar ligeros. Nuestras
máquinas automáticas especializadas, debido precisamente a su alto grado de especialización,
carecen de adaptabilidad para las nuevas formas de producción: un cambio en la
demanda, un cambio en el modelo, conducen a una total transformación de
chatarra de un equipo muy costoso. Siempre que la demanda de productos sea de
naturaleza incierta, o variable, será una economía a la larga el utilizar
máquinas no especializadas; esto disminuye el desperdicio de esfuerzos y el
tener maquinaria inactiva. Lo que es cierto de la máquina también lo es con
referencia al trabajador: en lugar de un alto grado de aptitud especializada,
una competencia general constituye una mejor preparación para abrirse paso a
través de rutinas superadas y hacer frente a situaciones críticas.
Son las
experiencias básicas, las operaciones manuales básicas, los descubrimientos
básicos, y las fórmulas básicas, lo que debe transmitirse de generación en
generación. Mantener la superestructura mientras dejamos que los cimientos se
desmoronen es poner en peligro no solamente la existencia de nuestra complicada
civilización, sino su desarrollo y refinamiento ulteriores. Pues los cambios y
las adaptaciones críticas en la máquina, como en los organismos, no proceden
del fondo diferenciado y especializado, sino del común antepasado relativamente
indiferenciado. Fue el pedal el que sirvió a lo que necesitaba Watt para
transmitir la energía en una máquina de vapor. Las máquinas automáticas pueden
conquistar un terreno cada vez mayor en la producción básica, pero deben estar
equilibradas por los trabajos manuales y las artesanías mecánicas para la
educación, el recreo y el experimento. Sin lo segundo, el automatismo se vería
finalmente como una plaga en la sociedad, y su existencia posterior estaría en
peligro.
§ 10.
Control político
El plan y el orden están latentes en todos los procedimientos industriales
modernos, en los diseños, en los cálculos preliminares, en los organigramas, en
el horario, en las gráficas que reflejan la producción día por día, e incluso
hora por hora como en la central de energía. Este proceso, ordenado y gráfico,
que se origina en las técnicas diversas del ingeniero de caminos, del
arquitecto, del ingeniero industrial, del agrónomo de montes y demás tipos de
técnicos es particularmente claro en las industrias neotécnicas (véase, por
ejemplo, las elaboradas encuestas económicas y sociales de la Bell
Telephone Company, en preparación para establecer o ampliar sus servicios).
Lo que falta aún es la transferencia de estas técnicas de la industria al orden
social en general. El orden hasta ahora establecido es demasiado local para ser
socialmente efectivo en gran escala y, aparte la Rusia Soviética, el aparato
social está o bien anticuado, como en los países “democráticos”, o renovado en
formas arcaicas, como en los países fascistas aún más atrasados. En resumen,
nuestra organización política es o bien paleotécnica o pretécnica. De aquí el
hiato entre las realizaciones mecánicas y los resultados sociales. Tenemos que
elaborar ahora los detalles de un orden político y social nuevo, radicalmente
distinto del actual en razón del conocimiento que está ya a nuestro alcance. Y
en la medida en que este orden sea producto del pensamiento científico y de la
imaginación humanística dejará lugar para los elementos irracionales,
instintivos y tradicionales en la sociedad que fueron despreciados, para su
propio riesgo final, por las estrechas formas del racionalismo que prevaleció
durante el siglo pasado.
La
transformación del estatuto del obrero en la industria puede llegar solamente a
través de un triple sistema de control: la organización política funcional de
la industria desde dentro, la organización de los consumidores como grupos
activos y de regulación autónoma, concediendo expresión racional a las demandas
colectivas, y la organización de la industria como unidades dentro de la
estructura política de Estados que cooperan.
La
organización interna supone la transformación de los sindicatos de
organizaciones de negociación, que buscan privilegios especiales aparte de la
industria o de la clase trabajadora en general, en organizaciones productoras,
preocupadas por el establecimiento de un nivel de producción, un sistema humano
de administración y una disciplina colectiva que incluya a cada miembro, desde
los trabajadores no especializados que pueden entrar como aprendices hasta los
administradores e ingenieros. En el siglo XIX la masa de trabajadores,
acobardados, no educados, no preparados a la cooperación no deseaban otra cosa
que permitir a los capitalistas conservar las responsabilidades de la gestión
financiera y la producción: sus sindicatos buscaban en su mayor parte simplemente
obtener para el trabajador una mayor parte del ingreso, y en cierta forma
condiciones más favorables de trabajo.
El
empresario, a su vez, consideraba la administración de su industria como un
derecho de propiedad concedido por Dios: contratar y despedir, parar y empezar,
construir y destruir eran derechos especiales que ni el trabajador ni el
gobierno podían usurparle. El desarrollo de la leyes restringiendo las horas de
trabajo y estableciendo un mínimo de condiciones sanitarias, el desarrollo del
control público de importantes obras de interés general, el crecimiento de los
“cartels” y las organizaciones comerciales semi-monopolistas bajo la
supervisión del gobierno, han dado al traste con esta autonomía del fabricante.
Pero estas medidas, aunque combatidas por el obrero, han conseguido poco en
orden a aumentar su participación dinámica en la gestión de la industria misma.
Si bien aquí y allí se han dado pasos hacia una integración más positiva de la
mano de obra como en las fábricas de máquinas del Baltimore and Ohio
Railroad (ferrocarriles de Baltimore y Ohio) y en ciertas secciones de
la Garment Industry (industria del vestido) en América, en la
mayor parte de los casos el trabajador no tiene responsabilidad fuera de su
tarea detallada.
Hasta que
el trabajador no salga de un estado de dependencia sin espíritu, no puede
existir ganancia importante ni en la eficiencia colectiva ni en la dirección
social; por su naturaleza, la autonomía es algo que no puede ser entregado
desde arriba. Para la organización funcional de la industria debe existir
disciplina colectiva, eficiencia colectiva y, por encima de todo,
responsabilidad colectiva. Junto con esto debe ir un esfuerzo deliberado para
producir talento ingenieril, científico y administrativo sacándolo de las filas
de los mismos trabajadores, además de reclutar los servicios de miembros más
socializados de este grupo que se encuentran ya espiritualmente más allá de los
señuelos y oportunidades del sistema financiero al cual están unidos sin el
crecimiento dentro de la fábrica de unidades efectivas para el trabajo, la
posición del obrero, cualquiera que sea la naturaleza ostensible del sistema
político, deberá seguir siendo precaria y servil, pues el incremento de la
mecanización vicia su poder de negociación, las filas crecientes de parados
tienden automáticamente a hacer que se reduzcan sus jornales, y la
desorganización periódica de la industria anula cualesquiera pequeñas ganancias
que pudiera conseguir momentáneamente. Dicho claramente, este control, esa
autonomía, no pueden lograrse sin una lucha externa contra las armas y los
instrumentos transmitidos desde el pasado. A largo plazo esta lucha supone un
combate contra una burocracia administrativa sedentaria dentro de los mismos
sindicatos; aún más importante, supone una batalla abierta con los guardianes
del capitalismo. Afortunadamente, la bancarrota moral del sistema capitalista
es una oportunidad así como un obstáculo: una institución en decadencia, aunque
más peligrosa para vivir con ella, que una institución sana, es más fácil de
eliminar. La victoria sobre las clases poseedoras no es la meta de esta lucha:
no es sino un incidente necesario en el esfuerzo para conseguir una base
sólidamente integrada y socializada para la industria. La lucha por el poder es
fútil, cualquiera que sea victorioso, a menos que esté dirigida por la voluntad
de actuar. El fascismo ha borrado los intentos de los trabajadores para
derribar el sistema capitalista en Italia y Alemania porque en última instancia
los trabajadores no tenían un plan de lucha para la etapa posterior a la lucha
misma.
Hay que
recordar, sin embargo, que el poder necesario para hacer funcionar y
transformar nuestras técnicas modernas es algo distinto de la fuerza física. La
organización general de la industria moderna es complicada, dependiente de un
ejército de experiencias profesionalizadas que se unen unas a otras,
dependiente asimismo de la fe y de la buena voluntad de aquellos que se
intercambian servicios, datos y cálculos. A menos de que exista una coherencia
interna, ninguna clase de supervisión asegurará contra la picardía y la no
cooperación. Esta sociedad no puede ser manejada por la fuerza bruta o por una
habilidad bárbara y servir apoyada en esa fuerza bruta: a largo plazo dichos
hábitos de acción son autodestructores. El principio de autonomía funcional y
de responsabilidad funcional debe observarse en cada etapa del proceso, y el
principio contrario de la dominación de clase, basado en un estatuto
privilegiado —sea esta clase aristocrática o proletaria— es ineficiente tanto
en el aspecto técnico como social. Además, la técnica y la ciencia exigen
autonomía y dominio de sí mismo, es decir, libertad en el reino del
pensamiento. El intento de limitar esta autonomía funcional mediante el
establecimiento de dogmas especiales, como los cristianos la limitaron en los
primeros días del cristianismo, provocará una caída en métodos más toscos de
pensamiento, enemigos de la base esencial tanto de la técnica como de la
civilización modernas.
A medida
que la industria adelanta en mecanización, debe desarrollarse un mayor peso de
poder político fuera de ella de lo que era necesario en el pasado. Para
contrapesar el control a distancia y la tendencia a seguir los surcos
establecidos del esfuerzo industrial, debe surgir una organización colectiva de
consumidores con el fin de fiscalizar la especie y la cantidad y la
distribución del producto. Además del aspecto negativo a que está sujeta toda
industria, la lucha por la existencia entre productos competidores, debe
existir un modo positivo de regulación que asegure la producción de tipos
deseables de artículos. Sin dicha organización, incluso nuestro régimen
comercial semi-competitivo es lento en adaptarse a la demanda; en el preciso
momento en el que cambia de un mes a otro y de un año a otro los estilos
superficiales de su producto, resiste a la introducción de ideas nuevas, lo
mismo que la industria de muebles americana durante mucho tiempo y
testarudamente se opuso a la introducción de mobiliario que no correspondiera a
un cierto período. En una organización de la industria no competitiva y más
estable, los grupos de consumidores creados para formular e imponer demandas
serán aún más importantes en lo que se refiere a la producción racional: sin dichos
grupos cualquier agencia central dedicada a determinar líneas de producción y
cupos deberá ser por necesidad arbitraria e ineficiente. Mientras el
establecimiento de escalas científicas de realización y de calidad material —de
manera que los productos se vendan sobre la base de un valor y un servicio
reales, más bien que teniendo en cuenta el mañoso embalaje y la astuta
publicidad— es un corolario natural del afán del consumidor para la
racionalización de la industria. El fracaso en utilizar los laboratorios
existentes para determinar dichas normas —como el National Bureau of
Standards in the United States— para beneficio de todo el cuerpo de
consumidores es uno de los más insolentes fallos del conocimiento bajo el
sistema capitalista.
El tercer
elemento necesario de control político reside en la posesión de la tierra, del
capital, del crédito y de las máquinas. En América, que ha alcanzado una etapa
avanzada, a la vez que perfeccionamiento mecánico y de organización financiera,
casi el cincuenta por ciento del capital invertido en la industria, y algo más
del cuarenta por cierto del ingreso de la nación, están concentrados en
doscientas sociedades. Estas son tan inmensas y tienen su capital distribuido
en tantas acciones, que en ninguna de ellas ninguna persona controla en
propiedad más del cinco por ciento del capital invertido. En otras palabras, la
administración y la propiedad, que tenían una afiliación natural en la empresa
en pequeña escala, se encuentran ahora casi por completo separadas en las
industrias mayores. (Esta condición fue utilizada de manera astuta durante los
dos últimos decenios por los banqueros y los administradores de la industria
americana, por ejemplo, para apropiarse en beneficio propio una parte del león
del ingreso, gracias a un proceso de saqueo sistemático mediante la
recapitulación y las primas). Como los actuales accionistas de la industria han
sido ya desposeídos por las maquinaciones del capitalismo, no constituiría un
choque serio si se colocara el sistema sobre una base racional, situando las
funciones bancarias directamente bajo la administración del Estado, y
recogiendo directamente el capital de las ganancias de la industria en vez de
permitir que se encamine dando un rodeo a través de la adquisición por
individuos, cuyo conocimiento de las necesidades de la comunidad es empírica y
anticientífica, y cuyo interés público está viciado por preocupaciones
particulares —si no abiertamente por un espíritu antisocial—. Dicho cambio en
la estructura financiera de nuestros principales instrumentos de producción
constituye un preludio necesario a la humanización de la máquina. Naturalmente,
esto significa una revolución: que haya de ser humana o sangrienta, inteligente
o brutal, que haya de realizarse suavemente o con una serie de choques
violentos y de sacudidas y de catástrofe, depende en gran medida de la calidad
mental y del estado moral que exista entre los actuales directores de la
industria y sus componentes.
Ahora
bien, los impulsos necesarios encaminados a dicho cambio aparecen ya en la
estructura de bancarrota de la sociedad capitalista durante sus ataques de
parálisis, pide a gritos el estado que ha de llegar, la salve y la ponga
nuevamente de pie. Una vez que se ha espantado al lobo, el capitalismo se hace
otra vez valiente, pero durante el último siglo apenas si en algún punto ha
sido capaz de vivir sin la ayuda de las subvenciones del Estado, sus
privilegios, sus tarifas, por no decir nada de la ayuda del Estado para someter
y dominar a los obreros cuando los dos grupos se encontraron en guerra abierta.
El laissez-faire está de hecho preconizado y predicado por el
capitalismo sólo durante aquellos raros momentos en que le va bien sin la ayuda
del Estado, pero en su fase imperialista el laissez-faire es
lo último que desea el capitalismo. Lo que quiere decir con este lema no es
“¡no intervención en la industria!”, sino “¡no intervención en los
beneficios!”. Al concluir su monumental encuesta Capitalismo, Sombart
considera el año 1914 como un punto crucial para dicho sistema. Los signos del
cambio son la impregnación de los modos de existencia capitalista con las ideas
normativas: el desplazamiento de la lucha por el beneficio como condición única
de la orientación en las relaciones industriales, el socavar la competencia
privada mediante el principio de entendimientos, y la organización
constitucional de la empresa industrial. Estos procesos, que empezaron en
realidad bajo el capitalismo, sólo han de ser llevados a sus conclusiones
lógicas para conducirnos más allá del orden capitalista. La racionalización, la
estandarización y, sobre todo, la producción y el consumo racionados en la
escala para producir una norma vital del nivel consuntivo de toda la comunidad,
estas cosas son imposibles en una escala suficiente sin un control político
socializado de todo el proceso.
Si dicho
control no puede ser instituido con la cooperación y la ayuda inteligente de
los existentes administradores de la industria, debe lograrse derribándolos y
desplazándolos. La aplicación de nuevas normas de consumo, como en la vivienda
de los trabajadores, durante los últimos treinta años consiguió el apoyo
pasivo, a veces subsidios procedentes de los impuestos, de los gobiernos de
Europa, desde el Londres conservador al comunista Moscú. Pero dichas
comunidades, aunque han retado y cambiado la empresa capitalista, son simples
señales de los nuevos vientos que soplan. Antes de que podamos volver a planear
y ordenar todo nuestro medio en una escala conmensurable con nuestras
necesidades humanas, la base moral, política y legal de nuestro sistema productivo
tendrá que ser revisada cuidadosamente. De no tener lugar dicha revisión, el
capitalismo será eliminado por una podredumbre interna: tendrán lugar luchas
letales entre Estados que traten de salvarse mediante la conquista imperial,
así como tendrán lugar entre clases dentro del Estado, maniobrando para
alcanzar un poder que tome la forma de la fuerza bruta precisamente en la
medida en que se debilite la garra de la sociedad sobre el mecanismo
productivo.
§ 11. La
disminución de la máquina
La mayor parte de las fantasías corrientes sobre el futuro que han sido
sugeridas por el triunfo de la máquina se basan en la idea de que nuestro medio
ambiente mecánico se hará más penetrante y opresivo. Dentro de la generación
pasada, pareció justificada esta creencia. H. G. Wells, en sus primeras
historias de The War of the Worlds (La guerra de los mundos)
y When the Sleeper Wakes (Cuando despierte el durmiente),
predijo horrores grandes y pequeños, desde gigantescos combates aéreos hasta
los ruidosos avisos de salvación por parte de las proselitistas iglesias
protestantes —horrores que se realizaron casi antes de que las palabras
salieran de su boca.
La
creencia en el dominio mayor del mecanismo se ha reforzado por un error vulgar
en la interpretación estadística: la creencia de que las curvas generadas por
un complejo pasado histórico continuarán sin modificación en el futuro. Las
personas que mantienen estos puntos de vista dan por supuesto no sólo que la
sociedad es inmune a los cambios cualitativos, sino también que presenta una
dirección uniforme, un movimiento uniforme e incluso una aceleración uniforme
—un hecho que sólo vale para procesos sociales simples y durante lapsos muy
pequeños de tiempo—. El hecho es que las predicciones sociales que se basan en
la experiencia pasada son siempre retrospectivas: no alcanzan el futuro
verdadero. Que tales predicciones tengan una forma de justificarse a sí mismas
de tanto en tanto se debe a otro hecho: a saber, aquel que el profesor John
Dewey llama juicios de la práctica, en los que la hipótesis misma se convierte
en uno de los elementos determinantes de la elaboración de los acontecimientos,
en el sentido de que es deformada y falseada para que los acontecimientos
hablen en favor suyo. La doctrina del progreso mecánico indudablemente
desempeñó dicho papel en el siglo XIX.
¿Qué
razón existe para creer que la máquina seguirá multiplicándose indefinidamente
al ritmo que caracterizó el pasado, y que ocupará incluso más territorio del
que ha conquistado? Mientras la inercia de la sociedad es grande, los hechos
referentes a la materia se prestan a una interpretación diferente. La tasa de
crecimiento en todas las ramas más antiguas de la producción de máquinas de
hecho ha ido disminuyendo continuamente. Bassett Jones incluso pretende que
esto es generalmente cierto acerca de toda la industria desde 1910. En aquellos
sectores de la industria mecánica que estaban bien establecidos en 1870, como
el ferrocarril y las fábricas textiles, esta disminución del ritmo se aplica
igualmente a las invenciones importantes. ¿Las condiciones que forzaron y
aceleraron el crecimiento inicial —es decir, la expansión territorial de la
civilización de Occidente y el tremendo incremento demográfico— no han estado
disminuyendo desde aquel punto?
Ciertas
máquinas, además, han alcanzado ya el límite de su desarrollo, ciertas zonas de
la investigación científica han sido ya completadas. La prensa de imprimir, por
ejemplo, alcanzó un alto grado de perfección dentro del siglo posterior a su
invento; toda una sucesión de inventos ulteriores, desde la prensa rotativa a
las máquinas de linotipia y monotipo, mientras han incrementado el ritmo de la
producción no han mejorado el producto original: la máquina más hermosa que
puede producirse hoy no es más hermosa que el trabajo de los impresores del
siglo XVI. La turbina hidráulica es ahora un noventa por ciento eficiente; no
podemos, de ninguna manera, añadir más de un diez por ciento a su eficiencia.
La transmisión telefónica es prácticamente perfecta, incluso a largas
distancias; lo mejor que los ingenieros puedan hacer ahora es multiplicar la
capacidad de los cables y ampliar las intercomunicaciones. La palabra y la
visión a distancia no pueden transmitirse más rápidamente de lo que se
transmiten hoy por la electricidad; las ganancias que podamos realizar lo son
en cuanto a baratura y ubicuidad. En resumen: existen límites al progreso
mecánico dentro de la naturaleza del mundo físico mismo. Sólo ignorando estas
condiciones limitativas es como puede considerarse una creencia en la expansión
automática, inevitable e ilimitada de la máquina.
Y aparte
de dejar de tener interés por la máquina, un incremento general en el
conocimiento comprobado en sectores distintos de las ciencias físicas amenaza
ya una gran disminución de las prácticas y de los instrumentos mecánicos. No es
una retirada mística de las preocupaciones prácticas acerca del mundo lo que
desafía a la máquina, tanto como un conocimiento más comprensivo de los
fenómenos a los que nuestros dispositivos mecánicos sólo fueron respuestas
parciales e inefectivas. Lo mismo que, dentro de la ingeniería, ha habido una
creciente tendencia hacia el refinamiento y la eficiencia a través de una mayor
interrelación de las partes, así en el medio ambiente en general el dominio de
la máquina ha empezado a reducirse. Cuando pensamos y actuamos en términos de
un conjunto orgánico más bien que en términos de abstracciones, cuando estamos
preocupados por la vida en todas sus manifestaciones, más bien que con
fragmentos de ésta que requieren dominación física y que se proyecta a sí misma
en sistemas puramente mecánicos, ya no necesitamos de la máquina sola lo que
deberíamos pedir a través de un ajuste multilateral de otro aspecto cualquiera
de la vida. Un conocimiento más exacto de la fisiología reduce el número de
drogas y medicamentos en los cuales el médico pone su confianza; disminuye
también el número y el alcance de las operaciones quirúrgicas —¡esos exquisitos
triunfos de la técnica de la máquina!— de tal manera que aunque los
refinamientos en la técnica han incrementado el número de operaciones potenciales
a las que se pueda acudir, los médicos competentes se ven tentados a agotar los
recursos de la naturaleza antes de utilizar un atajo mecánico. En general, los
métodos clásicos de Hipócrates han empezado a desplazar con una nueva
certidumbre de convicción, a la vez las absurdas pócimas recetadas en El
enfermo imaginario, de Molière, y la bárbara intervención de Mr. Surgeon
Cuticle. De manera análoga, una noción más clara del cuerpo humano ha relegado
al montón de chatarra la mayor parte de aparatos de levantamiento de pesos de
la gimnasia de la última época victoriana. La costumbre de andar sin sombrero,
sin enaguas y son corsé, en el siglo pasado destrozó industrias enteras; un
destino similar, gracias a una actitud más decente hacia el cuerpo humano
desnudo, amenaza la industria de los trajes de baño. Finalmente, con una gran
parte de las obras, como los ferrocarriles, las líneas de transmisión de
energía, los muelles y los servicios de los puertos, los automóviles, las
carreteras de hormigón que estuvimos construyendo con tanto afán durante los
últimos cien años, nos encontramos ahora con que todo lo que se necesita es la
reparación y la sustitución. A medida que nuestra producción se racionaliza
más, y que los cambios y nuevas agrupaciones de la población en una relación
mejor con la industria y el esparcimiento se están construyendo nuevas
comunidades diseñadas a la escala humana. Este movimiento que ha tenido lugar
en Europa durante la última generación es un resultado de la obra precursora
realizada a los largo de un siglo desde Robert Owen a Ebenezer Howard. En la
medida en que se construyen nuevas comunidades desaparecerá la necesidad de
sistemas mecánicos extravagantes tales como los pasos subterráneos que se
construyeron como respuesta a la desorganización y al caos especulativo de la
megalópolis.
En una
palabra,
al
madurar la vida social, el paro social de las máquinas resultará tan señalado
como el actual paro tecnológico de los hombres. Lo mismo que los ingeniosos y
complicados mecanismos para dar muerte utilizados por los ejércitos y las
marinas constituyen signos de anarquía internacional y dolorosas psicosis
colectivas, muchas de nuestras máquinas actuales son también reflejos de la
pobreza, la ignorancia y el desorden. La máquina, lejos de ser un signo de
nuestra actual civilización de poder y orden humanos, es con frecuencia una
indicación de ineptitud y parálisis social. Cualquier mejoramiento apreciable
en la educación y la cultura reducirá el volumen de maquinaria dedicado a
multiplicar los falsos substitutos mecánicos del conocimiento y la experiencia
ahora proporcionados a través de las cadenas de películas, los periódicos, la
radio y el libro. Así también cualquier mejoramiento apreciable en el aparato
físico de la vida gracias a una nutrición mejor, una vivienda más higiénica,
formas más agradables de recreo, mayores oportunidades para el goce natural de
la vida, disminuirán la parte desempeñada por el aparato mecánico en el
salvamento de los cuerpos naufragados y de cerebros enfermos. Cualquier
ganancia apreciable en la armonía y el equilibrio personales repercutirán en
una demanda decreciente de bienes y servicios de compensación. La dependencia
pasiva de la máquina que ha caracterizado tan grandes sectores del mundo
occidental en el pasado fue en realidad una aplicación de la vida. Una vez que
cultivemos las artes de la vida directamente, la proporción ocupada por la
rutina mecánica y sus instrumentos disminuirá nuevamente.
Nuestra
civilización mecánica, contrariamente a los supuesto por aquellos que adoran su
poder externo para ocultar mejor su propio sentimiento de impotencia, no
constituye un absoluto. Todos sus mecanismos dependen de los objetivos y deseos
humanos: muchos de ellos florecen en proporción directa de nuestro fracaso en
conseguir una cooperación social racional y personalidades integradas. Por eso
no tenemos que renunciar por completo a la máquina y regresar a la artesanía en
orden a abolir una buena parte de la maquinaria inútil y de la rutina
abrumadora: hemos de utilizar simplemente la imaginación, la inteligencia y la
disciplina social en nuestro trato con la máquina misma. Los dos últimos siglos
más o menos de desorganización social, por un exceso de fe en la máquina nos
vimos tentados a realizarlo todo con ella. Eramos como un niño a quien se deja
solo con una brocha que aplica indiferentemente a la madera sin pintar, a los
muebles barnizados, al mantel, a sus juguetes y a su propia cara. Cuando, con más
conocimiento y juicio descubrimos que algunos de aquellos usos eran
inapropiados, que otros redundaban, que otros eran sustitutos ineficientes de
un ajuste más vital, limitaremos la máquina a aquellas zonas en la que sirve
directamente como instrumento para un objetivo humano. Lo último,
evidentemente, abarca una amplia zona, pero es probablemente menor que la que
ahora está ocupada por la máquina. Una de las cosas para que sirvió este
período de experimento mecánico sin discriminación fue para revelar puntos
insospechados de debilidad en la sociedad misma. Como un criado a la antigua
moda, la arrogancia de la máquina aumentó en proporción a la debilidad e
insensatez de su amo. Con un cambio en los ideales de la conquista material, la
riqueza y el poder a la vida, la cultura y la expresión, la máquina, como el
criado con un amo nuevo y más confiado, volverá a ocupar su propio lugar: el de
nuestro servidor, no el de nuestro tirano.
Cuantitativamente,
pues, en el futuro estaremos probablemente menos preocupados con la producción
de lo que nos vimos forzados a estarlo durante el período de la rápida
expansión que se encuentra detrás de nosotros. Así, también utilizaremos
probablemente menos instrumentos mecánicos de lo que hacemos en la actualidad,
aunque dispongamos de un número mayor por seleccionar, y tengamos artefactos
mejor diseñados, más finamente calibrados, más económicos y más de fiar de los
que poseemos en este momento. Las máquinas del futuro, si continúa nuestra
técnica presente, superarán a las actuales en cuanto al uso como el Partenon
superó a la cabaña de madera neolítica; la transformación será a la vez hacia
la duración y el refinamiento de las formas. La disociación de la producción de
la vida adquisitiva favorecerá el conservadurismo técnico en un alto nivel más
bien que un experimentalismo ostentoso en un nivel bajo.
Pero este
cambio se verá acompañado también por un cambio cualitativo en interés: en
general un cambio del interés mecánico hacia los intereses vitales, psíquicos y
sociales. Este cambio potencial en interés se ignora en general en las
predicciones acerca del futuro de la máquina. Pero una vez que se ha
comprendido su importancia, modifica claramente toda predicción cuantitativa
que se base en la suposición de que los intereses que durante tres siglos han
actuado principalmente dentro de una estructura mecánica, continuarán vigentes
siempre dentro de esta estructura. Por el contrario, bajo la superficie en la
labor de los poetas, pintores, biólogos, en un Goethe, un Whitman, un von
Mueller, un Darwin, un Bernard, ha habido un cambio continuo, en la atención
desde los mecánico a lo vital y lo social; cada vez más, la aventura y el
esfuerzo estimulante residirán aquí, más bien que en el aspecto ya exhausto en
parte de la máquina.
Dicho
cambio modificará la incidencia de la máquina y alterará profundamente su
posición relativa en todo el complejo del pensamiento y la actividad humanos.
Shaw, en su Back to Methuselah (Vuelta a Matusalén), situó
dicho cambio en un futuro lejano, y aunque la profecía de esta naturaleza sea
arriesgada, me parece que es probable que ya esté insidiosamente en acción. Que
dicho movimiento no pudiera tener lugar, ciertamente ni en la ciencia ni en sus
aplicaciones técnicas, sin una larga preparación en el reino inorgánico está
ahora perfectamente claro: era la relativa sencillez de las abstracciones
mecánicas originales lo que nos permitió desarrollar la técnica y la confianza
para aproximarnos a fenómenos más complicados. Pero mientras este movimiento
hacia lo orgánico tiene contraída una gran deuda con la máquina, no dejará a su
pariente en posesión indiscutida del terreno. En el acto mismo de ampliar su
dominio sobre el pensamiento y la prácticas humanos, la máquina se ha
demostrado en un alto grado autoeliminadora: su perfección implica en cierto
grado su desaparición —lo mismo que un sistema comunal de abastecimiento de
agua una vez construido supone menos cuidado diario y menos gasto en
sustituciones anuales que lo necesitarían cien mil pozos de bomba domésticos.
Este hecho es afortunado para la gente. Suprimirá la necesidad, que Samuel
Butler describió satíricamente en Erewhon, de extirpar a la fuerza
los peligrosos trogloditas de la edad mecánica anterior. Las viejas máquinas en
parte morían, como murieron los grandes saurios, para ser sustituidas por
organismos más pequeños, más rápidos, con mayor cerebro y más adaptables,
adecuados no a la mina, al campo de batalla y a la fábrica, sino al positivo
medio ambiente de la vida.
§ 12.
Hacia un equilibrio dinámico
La principal justificación de los cambios gigantescos que tuvieron lugar
durante el siglo XIX fue el hecho del cambio. Sin importar lo que ocurriera a
las vidas humanas y a las relaciones sociales, la gente consideró cada nuevo
invento como un paso feliz hacia inventos ulteriores, y la sociedad continuó
ciegamente como un tractor-oruga marcando su nueva ruta en el acto preciso de
cancelar la antigua. Se suponía que la máquina anulaba los límites del
movimiento y del crecimiento: las máquinas tenían que llegar a ser más grandes;
tenían que llegar a ser más poderosas; las velocidades habían de ser mayores;
la producción en masa tenía que multiplicarse inmensamente más; la población
misma tenía que seguir creciendo indefinidamente hasta que al final superara el
abastecimiento de los alimentos o agotara el nitrógeno del suelo. Tal era el
mito del siglo XIX.
Hoy, la
noción de progreso en una línea recta sin meta o límite parece quizá la más
mezquina noción de un siglo muy mezquino. Los límites en el pensamiento y en la
acción, normas de crecimiento y desarrollo, están ahora tan presentes en
nuestra conciencia como ausentes estaban para los contemporáneos de Herbert
Spencer. En nuestra técnica, han de realizarse naturalmente innumerables
mejoramientos, y aún habrán de abrirse sin duda muchísimos nuevos terrenos,
pero incluso en el reino del logro puramente mecánico estamos ya a la vista de
los límites naturales, no impuestos por la timidez humana o por la falta de
recursos o por la técnica inmadura, sino por la naturaleza misma de los
elementos con los que trabajamos. El período de exploración y adelanto esporádico
y no sistemático, que pareció al siglo XVI incorporar las características
esenciales de la nueva economía, está llegando rápidamente a su fin. Nos
encontramos ahora con el período de consolidación y de asimilación sistemática.
La civilización occidental, en conjunto, en otras palabras, está en la
situación en que los nuevos países pioneros como los Estados Unidos se
encontraron, una vez que todas sus tierras libres habían sido ocupadas y que se
habían instalado sus principales líneas de transporte y de comunicación: debe
ahora empezar a asentarse y a aprovechar lo más posible lo que tiene. Nuestro
sistema de la máquina está empezando a alcanzar un estado de equilibrio
interno. El equilibrio dinámico, no el progreso indefinido, es el signo de la
edad que se abre: nivelación, no rápido avance unilateral; conservación, no
saqueo inconsiderado. El paralelismo entre los tiempos neolíticos y neotécnicos
conviene incluso aquí, pues los principales adelantos que se consolidaron en
los tiempos neolíticos permanecieron estables, con variaciones menores dentro
del patrón, durante unos 2.500 a 3.500 años. Una vez que hemos alcanzado
generalmente una nueva meseta técnica podemos permanecer a ese nivel con
altibajos muy pequeños durante millares de años. ¿Cuáles son las consecuencias
de este equilibrio que estamos alcanzando?
Primero:
el equilibrio en el medio ambiente. Esto significa ante todo la restauración
del equilibrio entre el hombre y la naturaleza. La conservación y
rehabilitación de los suelos, la repoblación allí donde es factible y posible,
de la cubierta forestal para proporcionar abrigo a la vida silvestre y mantener
el trasfondo primitivo del hombre como fuente de recreo, cuya importancia crece
en proporción con el refinamiento de su herencia cultural. El aprovechamiento
de tres cosechas en donde sea posible en sustitución de las anuales, y el
empleo de la energía cinética —el sol, agua corriente, viento— en vez de los
recursos principalmente limitados. La conservación del medio ambiente mismo
como fuente, y la adaptación de las necesidades humanas a la estructura formada
por la región en conjunto: de aquí la restauración progresiva de aquellas
regiones no equilibradas como las zonas metropolitanas de superurbanización de
Londres y Nueva York. ¿Es necesario señalar que todo esto marca la llegada del
fin de la economía del minero? No aprovechar la mina y marcharse, sino quedarse
y cultivar son las contraseñas del orden nuevo. También, ¿es necesario insistir
que en lo que se refiere a nuestro empleo de los metales, el uso conservador
del suministro existente disminuirá la importancia de la mina en relación con
otras partes del ambiente natural?
Segundo:
el equilibrio en la industria y la agricultura. Este ha tenido lugar
rápidamente durante las últimas dos generaciones en la migración de la técnica
moderna de Inglaterra a América y al resto de Europa, y de estos países a su
vez a África y a Asia. Ningún centro es ya el hogar de la industria moderna o
su único punto focal: el trabajo más preciso en la fotografía rápida de
películas se ha realizado en el Japón y el instrumento más asombroso de
producción en gran escala de zapatos baratos es la fábrica de Bata, en
Checoslovaquia. La distribución más o menos uniforme de la industria mecánica
en todas las partes del planeta tiende a producir una vida industrial
equilibrada en cada región: finalmente un estado de equilibrio en la tierra
misma. Queda por realizar un adelanto análogo más ampliamente en la
agricultura. Con la descentralización de las poblaciones en nuevos centros,
estimulada por el transporte automóvil y aéreo y por la gigantesca energía, así
como con la aplicación de métodos científicos al cultivo de los suelos y a los
métodos de la agricultura, como se practican tan admirablemente hoy en Bélgica
y Holanda, existe una tendencia a igualar la ventaja entre las regiones
agrícolas. Mediante el regionalismo económico la zona de horticultura para el
mercado y de agricultura mixta —ya favorecidas por la transformación científica
de nuestra dieta— se ensancharán, y el aprovechamiento especializado del suelo
para la explotación mundial, tenderá a disminuir excepto en donde, como en la
industria, alguna región produzca especialidades que no se puedan duplicar
fácilmente.
Una vez
que se haya elaborado el equilibrio regional entre la industria y la
agricultura, en detalle, la producción en ambos sectores se realizará sobre una
base más estable. Esta estabilidad es el aspecto técnico de la normalización
del consumo del cual ya he tratado. Como en el fondo el motivo de lucro surgió
y fue estimulado por la incertidumbre y la especulación, cualquiera que fuera
la estabilidad del capitalismo especializado en el pasado, ésta residía en su
capacidad para promover el cambio y aprovecharse del mismo. Su seguridad
residía en su tendencia progresiva para revolucionar los medios de producción,
fomentar nuevos cambios en la población, y utilizar con ventaja el desorden
especulativo. El equilibrio del capitalismo, en otras palabras, era el
equilibrio del caos. Al contrario, las fuerzas que actúan hacia una
normalización del consumo, hacia una producción planificada y racionada, hacia
una conservación de los recursos, hacia una distribución proyectada de la
población están en oposición violenta en razón de sus técnicas esenciales con
los métodos del pasado. Por consiguiente, hay un inherente conflicto entre esta
tecnología y los métodos capitalistas dominantes de explotación. A medida que
nos aproximamos a un equilibrio industrial y agrícola, parte de la raison
d’être del capitalismo se desvanecerá.
Tercero:
equilibrio en la población. Existen partes del mundo occidental en los que hay
una nivelación práctica entre el número de nacimientos y de muertes; la mayor
parte de estos países, Francia, Gran Bretaña, los Estados Unidos, los Países
Escandinavos, se encuentran en un estado relativamente alto de desarrollo
técnico y cultural. La ciega presión animal de los nacimientos, responsable de
tantas de las peores características del desarrollo del siglo XIX, es ahora
característica de los principales países atrasados, que se encuentran en un
estado político o técnico de inferioridad. Si el equilibrio tiene lugar aquí
durante el próximo siglo, podremos considerar en lo futuro un reasentamiento
racional de todo el planeta en regiones más favorables para la habitación
humana: una era de recolonización deliberada sustituirá aquellas conquistas
ruidosas y fútiles que empezaron con las exploraciones de los españoles y los
portugueses en el siglo XVI y que habrían continuado sin ningún cambio esencial
hasta las más recientes incursiones de los japoneses. Dicho reasentamiento
interno está ya teniendo lugar en muchos países; el movimiento de las
industrias en Inglaterra meridional, el desarrollo de los Alpes franceses, el
asentamiento de nuevos agricultores en Palestina y Siberia, constituyen el
primer paso hacia un estado de equilibrio. La nivelación de la tasa de
nacimientos y la tasa de mortalidad, así como la de los ambientes rural y
urbano —con la total extirpación de las zonas industriales arruinadas heredadas
del pasado— todo ello forma parte de una integración única.
Este
estado de nivelación y equilibrio —regional, industrial, agrícola, comunal—
obrará un cambio ulterior en el terreno mismo de la máquina: un cambio de
ritmo. El hecho temporal de la creciente aceleración, que pareció tan notable a
Henry Adams cuando estudió el progreso desde la unidad del siglo XII a la
multiplicidad del siglo XX, el hecho que más tarde fue acompañado por una
creencia en el cambio y la velocidad por sí mismos, ya no caracterizará a
nuestra sociedad. No es la velocidad absoluta asumida por alguna parte del
sistema de la máquina la que indica eficiencia: lo que es importante es la
velocidad relativa de las diferentes partes con vista a los fines que han de
cumplirse: a saber, el mantenimiento y el desarrollo de la vida humana. La
eficiencia, incluso en el nivel técnico solamente, significa un engranaje
conjunto de las varias partes con el fin de que puedan proporcionar las
cantidades correctas y previsibles de energía, bienes, servicios, obras. Para
alcanzar esta eficiencia, puede ser necesario el disminuir el ritmo más bien
que aumentarlo, en este o aquel sector; y a medida que mayores porciones de
nuestros días pueden dedicarse al ocio y menores porciones al trabajo, a medida
que nuestro pensamiento se hace sintético y relacionado, en vez de abstracto y
pragmático, a medida que nos dedicamos al cultivo de la personalidad entera en
vez de centrarnos solamente en los elementos de poder, al realizarse todas
estas cosas podemos considerar en los futuro una disminución del ritmo en
nuestras vidas, así como podemos considerar una reducción del número de
estímulos externos innecesarios. H. G. Wells ha caracterizado el período que se
aproxima como la Era de la Reconstrucción. Ninguna parte de nuestra vida, de
nuestro pensamiento, o de nuestro ambiente puede escapar a aquella necesidad y
a aquella obligación.
El
problema del ritmo, el problema del equilibrio, el problema de la satisfacción
humana y de la realización cultural: estos se han convertido ahora en los
problemas críticos y de toda importancia de la civilización moderna. Afrontar
estos problemas, fijar metas sociales apropiadas e inventar instrumentos
apropiados sociales y políticos para atacarlos activamente, y finalmente
ponerlos en acción; estas son nuevas salidas para la inteligencia social, la
energía social y la buena voluntad social.
§ 13.
Resumen y perspectivas
Hemos estudiado los orígenes, los adelantos, los triunfos, los errores y las
ulteriores promesas de la técnica moderna. Hemos observado las limitaciones de
la Europa occidental impuestas sobre ella con el fin de crear la máquina y
proyectarla como un cuerpo fuera de la voluntad personal: hemos observado las
limitaciones que la máquina ha impuesto a los hombres a través de los
accidentes históricos que acompañaron su desarrollo. Hemos visto surgir la
máquina de la negación de lo orgánico y lo vivo y a su vez hemos señalado la
reacción de lo orgánico y lo vivo sobre la máquina. Esta reacción tiene dos
formas. Una de ellas, el empleo de medios mecánicos para regresar a lo
primitivo, significa un retorno a los niveles más bajos de pensamiento y de
emoción que finalmente conducirán a la destrucción de la máquina misma y a los
tipos más elevados de vida que han contribuido a su concepción. La otra supone
la reconstrucción de la personalidad individual y del grupo colectivo, y la nueva
orientación de todas las formas de pensamiento y de actividad social hacia la
vida: esta segunda reacción promete transformar la naturaleza y la función de
nuestro ambiente mecánico y sentar fundamentos más amplios y más firmes y más
seguros para la sociedad humana en general. El problema no está decidido, los
resultados son inciertos y cuando en el presente capítulo he utilizado la forma
profética no me ha cegado el hecho de que mientras todas las tendencias y
movimientos que he señalado son reales, aún están lejos de ser supremos: así
pues, cuando he dicho “será” he querido decir “debemos”.
Al
discutir las técnicas modernas, hemos avanzados tan lejos como parece posible
considerando la civilización mecánica como un sistema aislado: el próximo paso
para orientar nuevamente nuestra técnica consiste en ponerla más completamente
en armonía con los nuevos patrones culturales, regionales, societarios y
personales que hemos empezado a desarrollar coordinadamente. Sería un gran
error el buscar enteramente dentro del terreno de la técnica una respuesta a
todos los problemas que la misma ha suscitado. Pues el instrumento sólo en
parte determina el carácter de la sinfonía o la reacción del auditorio: el
compositor, los músicos y el auditorio también han de ser tenidos en cuenta.
¿Qué
diremos de la música que se ha producido hasta ahora? Mirando hacia atrás en la
historia de la técnica moderna, se observa que a partir del siglo X los
instrumentos han estado rascando y afinándose. Uno por uno, antes de que se
encendieran las luces, nuevos miembros se añadieron a la orquesta y se
esforzaban por leer la partitura. Hacia el siglo XVII se habían reunido los
violines y los instrumentos de viento de madera, y tocaban en sus altas notas
agudas el preludio a la gran ópera de la ciencia y la invención mecánicas. En
el siglo XVIII acudieron los cobres a la orquesta, predominando los metales
sobre la madera. Se inició la sinfonía que sonó en todas las salas y las
galerías del mundo occidental. Finalmente en el siglo XIX, la voz humana misma,
hasta entonces sometida y silenciosa se oyó tímidamente a través de las
disonancias sistemáticas de la partitura, en el preciso momento en que los
imponentes instrumentos de percusión se introducían. ¿Hemos oído la obra
completa? Ni mucho menos. Todo lo que ha ocurrido hasta ha sido apenas un
ensayo, y al fin, reconocida la importancia de los cantantes y del coro,
tendremos que tocar la música de manera diferente, sometiendo los cobres
insistentes y los timbales y concediéndole más importancia a los violines y a
las voces. Pero si esto llega a ser así, nuestra tarea es aún más difícil, pues
tendremos que volver a escribir la música en el momento de tocarla, y cambiar
al director y reagrupar a la orquesta en el momento preciso en que estamos
rehaciendo los trozos más importantes. ¿Imposible? No, pues por mucho que la
técnica y la ciencia modernas hayan fallado en sus posibilidades inherentes,
han enseñado a la humanidad por lo menos una lección: nada es imposible.
Inventos
§ 1.
Introducción
Esta lista de inventos no pretende ser exhaustiva. Trata simplemente de
proporcionar un marco histórico de los hechos técnicos para las
interpretaciones sociales de las páginas precedentes. Si bien he intentado
escoger los procesos e invenciones más importantes, he dejado sin duda fuera
muchos de los que habrían tenido derecho a figurar en esta lista. La guía más
completa sobre este tema son las compilaciones de Darmstaedter y Feldhaus, pero
he acudido a otras muchas fuentes. Las fechas y atribuciones de muchos
inventos, como saben todos los técnicos, son por fuerza un tanto arbitrarias. A
diferencia de lo que ocurre con el niño, a menudo no puede uno decir en qué
fecha ha nacido el invento: con frecuencia, lo que era en apariencia un aborto
puede ser resucitado unos pocos años después de su primera desgraciada
aparición.
Lo mismo
ocurre con la genealogía que muchas veces es difícil de establecer, pues, como
han demostrado W. F. Ogburn y Dorothy S. Thomas, los inventos son muchas veces
prácticamente simultáneos: son el resultado de una herencia y de una necesidad
comunes. Aunque me he propuesto ser a la vez preciso e imparcial al dar la
fecha de la invención y el nombre del inventor putativo, el lector deberá
recordar que estos datos se ofrecen únicamente para su conveniencia ulterior.
En lugar de una sola fecha se encuentra uno generalmente una serie de fechas
que señalan un proceso desde el estado de pura fantasía al de realización
concreta en la forma que ha sido más aceptable a las mores capitalistas,
las de un éxito comercial. Como resultado de estas mores se ha
insistido usualmente demasiado acerca del individuo que colocó el título de
propiedad privada sobre este proceso social tomando los derechos de la patente
sobre «su» invención. Pero hay que observar lo que sigue: los inventos son
frecuentemente patentados mucho antes de que puedan utilizarse en la práctica
y, por otra parte, a menudo también están dispuestos para el uso mucho antes de
que los empresarios industriales deseen aprovecharse de ellos. Como la ciencia
y la tecnología modernas forman parte del acervo común de la civilización
occidental, me he negado a atribuir los inventos a uno u otro país y he hecho
lo mejor que he podido para evitar un sesgo inconsciente que hiciera inclinarse
la lista a favor de mi propio país, confiando con mi buen ejemplo avergonzar a
los estudiosos que se permiten desplegar sus más infantiles impulsos en este
terreno. Si aún existiera algún sesgo o una información defectuosa, agradeceré
las correcciones.
§ 2.
Lista de inventos
Resumen de la técnica existente antes del siglo décimo. El fuego: sus
aplicaciones en hornos, hogares y hornillos, en general. Las máquinas simples:
plano inclinado, tornillo, etc. Hilo, cuerdas, cabos. Hilado y tejido.
Agricultura avanzada, incluyendo el riego, el cultivo en terrazas, y
rehabilitación del suelo (pasada a Europa septentrional). Ganadería y empleo
del caballo para el transporte. Fabricación del vidrio, alfarería, cestería.
Minería, metalurgia y herrería, incluyendo el trabajo del hierro. Máquinas
productoras de energía: molinos de agua, barcos de velas, probablemente molinos
de viento. Máquinas herramientas: berbiquí de ballesta y tornos. Instrumentos
de artesanía con filos cortantes de metal templado. Papel. Relojes de agua.
Astronomía, matemáticas, física y la tradición científica. En Europa
septentrional una tradición tecnológica dispersa y algo decadente basada en
Roma, pero en el Sur y en el Este, desde España a China, una tecnología
avanzada y aún activa, cuyas ideas se iban filtrando hacia el Oeste y Norte a
través de los comerciantes, los estudiantes y los soldados.
|
Siglo X |
Uso de
relojes de agua y molinos de agua. |
|
La herradura para caballo y un arnés efectivo
para el mismo. |
|
|
Yugo
múltiple para bueyes. |
|
|
|
Posible invención del reloj mecánico. |
|
999 |
Ventanas
de cristal coloreado en Inglaterra. |
|
Siglo XI |
|
|
1041-1049 |
Tipos
móviles (Pi Sheng). |
|
1050 |
Primeras lentes verdaderas (Alhazen). |
|
1065 |
Olivier
de Malmesbury intenta volar. |
|
1080 |
Sistema decimal (Azachel). |
|
Siglo
XII |
Uso
militar de la pólvora en China. La brújula magnética, conocida en China en
1160 a. J. C. llega a Europa, a través de los árabes. |
|
1105 |
Primer molino de viento registrado en Europa
(Francia). |
|
1100 |
Universidad
de Bolonia. |
|
1118 |
Cañón usado por los moros. |
|
1144 |
Papel
(España). |
|
1147 |
Uso de tipos grabados en madera para letras
mayúsculas (Monasterio Benedictino de Engelberg). |
|
1180 |
Timón
fijo. |
|
1188 |
Puente de Aviñón —18 pilares de piedra— 3.000
pies de largo. |
|
1190 |
Fábrica
de papel (en el Hérault, Francia). |
|
1195 |
Brújula magnética en Europa (cita inglesa). |
|
Siglo
XIII |
Invento
de relojes mecánicos. |
|
1232 |
Globos de aire caliente (en China). |
|
1247 |
Cañón
usado en la defensa de Sevilla. |
|
1269 |
Brújula magnética con pivote (Petrus Peregrinus). |
|
1270 |
Tratado
sobre lentes (Vitelio). |
|
1272 |
Máquina de bobinar seda (Bolonia). |
|
1280 |
Opus
Ruralium Commodorum-Compendio de práctica agrícola (Petrus de Crescentis). |
|
1285-1299 |
Anteojos. |
|
1289 |
Impresión
con planchas (Ravena). |
|
1290 |
Fábrica de papel (Ravensburgo). |
|
1298 |
Rueda
de hilar. |
|
Siglo XIV |
Se hace corriente el reloj mecánico. Se usa la
energía hidráulica para inyectar aire en las fraguas, lo cual hace posible el
hierro colado. Telar de pedal (inventor desconocido). Invento del timón y
comienzo de la canalización. Perfeccionamiento de la fabricación del vidrio. |
|
1300 |
Tipos
de madera (Turquestán). |
|
1315 |
Comienzos de la anatomía científica mediante
disección del cuerpo humano (Raimondo de Luzzi de Bolonia). |
|
1320 |
Forjas
movidas por energía hidráulica, cerca de Dobrilugk. |
|
1322 |
Aserradero en Augsburgo. |
|
1324 |
Cañón
[Pólvora: 846 a. J. C. (Magnus Graecus)]. |
|
1330 |
Grúa en Luneburgo. |
|
1345 |
División
de las horas y minutos en sesenta partes. |
|
1338 |
Armas de fuego. |
|
1350 |
Trefiladora
(Rudolph de Nüremberg). |
|
1370 |
Perfeccionamiento del reloj mecánico (von Wyck). |
|
1382 |
Cañón
gigante, 4,86 metros de largo. |
|
1390 |
Tipos de metal (Corea). |
|
1390 |
Fábrica
de papel. |
|
Siglo XV |
Empleo del molino de agua para el avenamiento de
las tierras. Invento del molino de viento con torreta. Introducción del
tejido de punto. Perforadora de hierro para agujerear cañones. Martillo con
disparador. Barcos con dos y tres mástiles. |
|
1402 |
Pintura
al óleo (Hermanos van Eyck). |
|
1405 |
Traje para sumergirse (Konrad Kyeser von
Eichstädt). |
|
1405 |
Máquina
infernal (Konrad Kyeser von Eichstädt). |
|
1409 |
Primer libro con tipos móviles (Corea). |
|
1410 |
Diseño
de barco con ruedas de paleta. |
|
1418 |
Auténtico grabado en madera. |
|
1420 |
Observatorio
en Samarkanda. |
|
1420. |
Aserradero en la isla de Madera. |
|
1420 |
Velocípedo
(Fontana). |
|
1420 |
Carro de guerra (Fontana). |
|
1423 |
Primer
grabado europeo en madera. |
|
1430 |
Molino de viento con torreta. |
|
1436 |
Cartografía
científica (Banco). |
|
1438 |
Turbina de viento (Mariano). |
|
1440 |
Leyes
de la perspectiva (Alberti). |
|
1446 |
Grabado en plancha de cobre. |
|
1440-1460 |
Imprenta
moderna (Gutenberg y Schoeffer). |
|
1457 |
Nuevo descubrimiento del carro con ballestas
citado por Homero. |
|
1470 |
Fundamentos
de la trigonometría (J. Müller Regiomontanus). |
|
1471 |
Balas de cañón de hierro. |
|
1472 |
Observatorio
de Nürenberg por Bernard Walther. |
|
1472-1519 |
Leonardo da Vinci inventa lo siguiente: |
|
1481 |
Esclusa
de canal (Dionisio y Petro Domenico). |
|
1483 |
Grabado en cobre al aguafuerte (Wenceslaus von
Olnutz). |
|
1492 |
Primer
globo (Martin Behain). |
|
Siglo XVI |
Estañado para preservación del hierro. Los
molinos de vientos de diez C. V. se hacen corrientes. Gran progreso técnico y
de mecanización en las industrias mineras, que se extiende a altos hornos y
al hierro moldeado. Introducción del reloj en las casas. |
|
1500 |
Primer
reloj portátil con la cuerda de hierro (Peter Henlein). |
|
1500 |
Sembradora mecánica (Cavallina). |
|
1500-1650 |
Los
complicados relojes de catedrales alcanzan alto desarrollo. |
|
1508 |
Grabado en madera en colores. |
|
1511 |
Lechos
neumáticos (Vegetius). |
|
1518 |
Máquina contra incendios (Platner). |
|
1524 |
Segadora. |
|
1528 |
Nuevo invento del taxímetro. |
|
1530 |
Torno
de hilar con pedal (Jurgens). |
|
1534 |
Barco de ruedas de paletas (Blasco de Garay). |
|
1535 |
Campana
de inmersión (Francesco del Marchi). |
|
1539 |
Primer mapa astronómico (Alesandro Piccolomini). |
|
1544 |
Cosmographia
Universales (Sebastian Munster). |
|
1544 |
Elaboración de los símbolos algebraicos (Stifel). |
|
1545 |
Cirugía
moderna (Ambroise Paré). |
|
1546 |
Ferrocarril en las minas alemanas. |
|
1548 |
Suministro
de agua mediante bombas (Augsburgo). |
|
1550 |
Primer puente colgante conocido en Europa
(Palladio). |
|
1552 |
Máquina
de laminar hierro (Brulier). |
|
1558 |
Carro de combate. |
|
1558 |
Cámara
con lente y diafragma regulable (Daniello Bárbaro). |
|
1560 |
Accademia Secretorum Naturae en Nápoles (primera
sociedad científica. |
|
1565 |
Lápiz
con mina de plomo (Gesner). |
|
1569 |
Exposición industrial en el Rathaus, Nürenberg. |
|
1575 |
Traducción
de las Obras de Herón. |
|
1578 |
Torno para tornillos (Jacques Besson). |
|
1579 |
Telar
automático de cinta en Dantzig. |
|
1582 |
Revisión del calendario gregoriano. |
|
1582 |
Bomba
de molino movido por la marea para Londres (Morice). |
|
1585 |
Sistema decimal (Simon Stevin). |
|
1589 |
Bastidor
para tejer (William Lee). |
|
1589 |
Carro de propulsión humana (Gilles de Bom). |
|
1590 |
Microscopio
compuesto (Jansen). |
|
1594 |
Empleo del reloj para determinar la longitud. |
|
1595 |
Diseño
para puentes metálicos, arcadas y cadenas (Veranzio). |
|
1595 |
Turbina de viento (Veranzio). |
|
1597 |
Escenario
giratorio de teatro. |
|
Siglo XVII |
Introducción de ruedas hidráulicas de 20 C. V.:
transmisión mediante vástagos de movimiento alternante a distancias de un
cuarto de milla. Empieza el uso de invernaderos. Fundamentos del moderno
método científico. Rápidos desarrollos en física. |
|
1600 |
Sembradoras
de trigo con el fin de aumentar el rendimiento (Plat). |
|
1600 |
Tratado sobre el magnetismo terrestre y la
electricidad (Gilbert). |
|
1600 |
Péndulo
(Galileo). |
|
1603 |
Academia dei Lincei en Roma. |
|
1608 |
Telescopio
(Lippersheim). |
|
1609 |
Primera ley sobre el movimiento (Galileo). |
|
1610 |
Descubrimiento
de los gases (Van Helmont). |
|
1613 |
La pólvora para la voladura en las minas. |
|
1614 |
Descubrimiento
de los logaritmos por John Napier. |
|
1615 |
Empleo del sistema de triangulación en topografía
por Willebrord Snell van Roijen (1581-1626). |
|
1617 |
Primera
tabla de logaritmos (Henry Briggs). |
|
1618 |
Máquina para arar, estercolar y sembrar (Ramsay y
Wilgoose). |
|
1619 |
Empleo
del coque en vez del carbón de leña en los altos hornos (Dudley). |
|
1619 |
Máquina para fabricar tejas. |
|
1620 |
Máquina
de sumar (Napier). |
|
1624 |
Submarino (Cornelius Drebbel). Navegó dos millas
en una prueba entre Westminster y Greenwich. |
|
1624 |
Primera
ley sobre patentes protegiendo las invenciones (Inglaterra). |
|
1628 |
Máquina de vapor (Descrita en 1663 por
Worcester). |
|
1630 |
Patente
para la máquina de vapor (David Ramsey). |
|
1635 |
Descubrimiento de organismos diminutos
(Leeuwenhoek). |
|
1636 |
Cálculo
infinitesimal (Fermat). |
|
1636 |
Pluma estilográfica (Schwenter). |
|
1636 |
Máquina
de trillar (Van Berg). |
|
1637 |
Periscopio (Hevel, Dantzig). |
|
1643 |
Barómetro
(Torricelli). |
|
1647 |
Cálculo de los focos de todas las formas de
lentes. |
|
1650 |
Máquina
de calcular (Pascal). |
|
1650 |
Linterna mágica (Kircher). |
|
1652 |
Bomba
de vacío (von Guericke). |
|
1654 |
Ley de probabilidades (Pascal). |
|
1657 |
Reloj
de péndulo (Huygens). |
|
1658 |
Espiral con volante para relojes (Hooke). |
|
1658 |
Corpúsculos
rojos en la sangre (Schwammerdam). |
|
1660 |
Ley de probabilidades aplicada a los seguros (Jan
de Witt). |
|
1665 |
Modelo
de automóvil de vapor (Verbiest, S. J.). |
|
1666 |
Telescopio de reflexión (Newton). |
|
1667 |
Estructura
celular de las plantas (Hooke). |
|
1667 |
Observatorio de París. |
|
1669 |
Siembra
de semillas a chorrillo (Worlidge). |
|
1671 |
Tubo para hablar (Morland). |
|
1673 |
Nuevo
tipo de fortificación (Vauban). |
|
1675 |
Primera determinación de la velocidad de la luz
(Roemer). |
|
1675 |
Fundación
del observatorio de Greenwich. |
|
1677 |
Fundación del Ashmolean Museum. |
|
1678 |
Telar
mecánico (De Gennes). |
|
1679-1681 |
Primer túnel moderno para el transporte, de 515
pies de largo, en el Canal de Languedoc. |
|
1680 |
Primera
draga mecánica (Cornelius Meyer). |
|
1680 |
Cálculo diferencial (Leibniz). |
|
1680 |
Motor
de gas utilizando la pólvora (Huygens). |
|
1682 |
Ley de la gravitación (Newton). |
|
1682 |
Bombas
de 100 C. V. en Marly (Ranneguin). |
|
1683 |
Exposición industrial en París. |
|
1684 |
Segadora
accionada con energía hidráulica (Delabadie). |
|
1685 |
Fundación de la obstetricia científica (van
Deventer). |
|
1687 |
Publicación
de los Principia de Newton. |
|
1688 |
Destilación del gas a partir del carbón
(Clayton). |
|
1695 |
Máquina
de vapor atmosférico (Papin). |
|
Siglo XVIII |
Perfeccionamientos rápidos en la maquinaria
minera y textil. Fundación de la química moderna. |
|
1700 |
Energía
hidráulica para producción en gran escala (Polhem). |
|
1705 |
Máquina de vapor atmosférico (Newcomen). |
|
1707 |
Reloj
de médico para tomar el pulso con segundero (John Floger). |
|
1708 |
Coladura de hierro con arena húmeda (Darby). |
|
1709 |
Empleo
del coque en altos hornos (Darby). |
|
1710 |
Primer estereotipo (van der Mey y Müller). |
|
1711 |
Máquina
de coser (De Camus). |
|
1714 |
Termómetro de mercurio (Fahrenheit). |
|
1714 |
Máquina
de escribir (Henry Mili). |
|
1716 |
Railes de madera cubiertos con hierro. |
|
1719 |
Planchas
de cobre para imprimir en tres colores (Le Blond). |
|
1727 |
Primera medida exacta de la presión sanguínea
(Stephen Hales). |
|
1727 |
Invento
del estereotipo (Ged). |
|
1727 |
Imágenes de la luz con nitrato de plata (Schulze:
véase 1839). |
|
1730 |
Procedimiento
de estereotipia (Goldsmith). |
|
1733 |
Lanzadera volante (Kay). |
|
1733 |
Telar
de rodillo (Wyatt y Paul). |
|
1736 |
Cronómetro de precisión (Harrison). |
|
1736 |
Fabricación
comercial del ácido sulfúrico (Ward). |
|
1738 |
Tranvía con raíles de hierro colado (en
Whitehaven, Inglaterra). |
|
1740 |
Acero
fundido (Huntsman). |
|
1745 |
Primera escuela técnica separada de la ingeniería
militar en Braunschweig. |
|
1749 |
Cálculo
científico de la resistencia del agua a los barcos (Euler). |
|
1755 |
Ruedas de hierro para los trenes de carbón. |
|
1756 |
Fábrica
de cemento (Smeaton). |
|
1763 |
Cronómetro de tipo moderno (Le Roy). |
|
1761 |
Cilindros
de aire; pistón funcionando con rueda hidráulica. Multiplicó más de tres
veces la producción de alto horno (Smeaton). |
|
1763 |
Primera exposición de artes industriales en
París. |
|
1763 |
Soporte
de corredera (Encicl. francesa). |
|
1765-1769 |
Motor de bombeo de vapor perfeccionando con
condensador separado (Watt). |
|
1767 |
Raíles
de hierro colado en Coalbrookdale. |
|
1767 |
Telar jenny (también llamado
Mule-Jenny) (Hargreaves). |
|
1769 |
Coche
de vapor (Cugnot). |
|
1770 |
Cinta de oruga (R. L. Edgeworth: véase 1902). |
|
1772 |
Descripción
de un rodamiento a bolas (Narlo). |
|
1774 |
Máquina perforadora (Wilkinson). |
|
1775 |
Motor
reciprocado con rueda. |
|
1776 |
Horno de reverbero (Hermanos Cranege). |
|
1778 |
Moderno
«water closet» (Bramah). |
|
1778 |
Autómata parlante (von Kempelen). |
|
1779 |
Secciones
de puente en hierro colado (Darby y Wilkinson). |
|
1781-1786 |
Motor de vapor como generador de energía (Watt). |
|
1781 |
Barco
de vapor (Joufroy). |
|
1781 |
Arado para sembrar (Proude: también usado por los
babilonios: 1700-1200 a. J. C.). |
|
1782 |
Globo
(J. M. y J. E. Montgolfier). Invención original china. |
|
1784 |
Procedimiento de pudelado en torno de reverbero
(Cort). |
|
1784 |
«Mula»
de hilar (Crompton). |
|
1785 |
Piezas intercambiables para mosquetes (Le Blanc). |
|
1785 |
Primera
hilatura de vapor en Papplewick. |
|
1785 |
Telar mecánico (Cartwright). |
|
1785 |
El
cloro como agente blanqueador (Berthollet). |
|
1785 |
Hélice (Bramah). |
|
1787 |
Barco
de hierro (Wilkinson). |
|
1787 |
Barco de vapor con hélices (Fitch). |
|
1788 |
Trilladora
(Meikle). |
|
1790 |
Fabricación de sosa partiendo de NaCl (Le Blanc). |
|
1790 |
Primera
máquina de coser patentada (M. Saint, Inglaterra). |
|
1791 |
Motor de gas (Barker). |
|
1792 |
Gas
para alumbrado doméstico (Murdock). |
|
1793 |
Desmontadora de algodón (Whitney). |
|
1793 |
Telégrafo
de señales (Claude Chappe). |
|
1794 |
Fundación de la Escuela Politécnica. |
|
1795-1809 |
Alimentos
en conserva (Appert). |
|
1796 |
Litografía (Senefelder). |
|
1796 |
Cemento
natural (J. Parker). |
|
1796 |
Helicóptero de juguete (Cayley). |
|
1796 |
Prensa
hidráulica (Bramah). |
|
1797 |
Torno de roscar (Maudslay). |
|
1799 |
Humphry
Davy demuestra las propiedades anestésicas del óxido de nitrógeno. |
|
1799 |
Conservatorio Nacional de Artes y Oficios
(París). |
|
1799 |
Fabricación
de polvo blanqueador (Tennant). |
|
Siglo XIX |
Enormes progresos en la conversión de energía.
Producción en gran escala de textiles, hierro, acero, maquinaria. Era de
construcción de ferrocarriles. Fundamentos de la biología y la sociología
modernas. |
|
1800 |
Pila
galvánica (Volta). |
|
1801 |
Ferrocarril público de caballos de Wandsworth a
Croydon, Inglaterra. |
|
1801 |
Barco
de vapor Charlotte Dundas (Symington). |
|
1801-1802 |
Carruaje de vapor (Trevithick). |
|
1802 |
Máquina
preparadora de hilos de urdimbre de algodón (necesaria para el tejido
mecánico). |
|
1802 |
Máquina planeadora (Bramah). |
|
1803 |
Barco
de vapor con rueda de paletas lateral (Fulton). |
|
1804 |
Telar Jacquard para telas adornadas. |
|
1804 |
Vehículo
anfibio de vapor de Oliver Evans. |
|
1805 |
Hélices gemelas (Stevens). |
|
1807 |
Primera
patente para un automóvil movido por gas (Isaac de Rivaz). |
|
1807 |
Kimógrafo. Cilindro móvil para registrar
movimientos continuados. (Young). |
|
1813 |
Telar
mecánico (Horrocks). |
|
1814 |
Esparcidora de hierba (Salmón). |
|
1814 |
Prensa
de imprimir de vapor (Kenig). |
|
1817 |
Biciclo de empujar (Drais)[12]. |
|
1818 |
Máquina
fresadora (Whitney). |
|
1818 |
Estetoscopio (Laennec). |
|
1820 |
Madera
curvada (Sargent). |
|
1820 |
Lámpara de incandescencia (De la Rue). |
|
1820 |
Garlopas
modernas (George Rennie). |
|
1821 |
Barco de vapor de hierro (A. Manby). |
|
1822 |
Primer
Congreso Científico de Leipzig. |
|
1822 |
Aleaciones de acero (Faraday). |
|
1823 |
Principio
del motor (Faraday). |
|
1823-1843 |
Máquinas de calcular (Babbage). |
|
1824 |
Cemento
Portland (Aspdin). |
|
1825 |
Electroimán (William Sturgeon). |
|
1825 |
Ferrocarril
de Stockton a Darlington. |
|
1825-1843 |
Túnel bajo el Támesis (Marc I. Brunel). |
|
1826 |
Cosechadora
(Bell). Primeramente usada en Roma y descrita por Plinio. |
|
1827 |
Automóvil de vapor (Hancock). |
|
1827 |
Caldera
de vapor de alta presión, 1.400 libras (Jacob Perkins). |
|
1827 |
Cromolitografía (Zahn). |
|
1828 |
Chorro
de aire caliente en la producción de hierro (J. B. Nielson). |
|
1828 |
Pluma de acero fabricada a máquina (Gillot). |
|
1829 |
Caracteres
de imprenta para ciegos (Braille). |
|
1829 |
Planta de filtrado de agua (obras hidráulicas de
Chelsea, Londres). |
|
1829 |
Ferrocarril
de Liverpool y Manchester. |
|
1829 |
Máquina de coser (Thimonnier). |
|
1829 |
Esterotipia
con matriz para papel (Genoux). |
|
1830 |
Aire comprimido para excavar pozos y túneles bajo
el agua (Thomas Cochrane). |
|
1830 |
Ascensores
(usados en fábricas). |
|
1831 |
Cosechadora (McCormick). |
|
1831 |
Dinamo
(Faraday). |
|
1831 |
Cloroformo. |
|
1832 |
Turbina
de agua (Fourneyron). |
|
1833 |
Telégrafo magnético (Gauss y Weber). |
|
1833 |
Leyes
de la electrólisis (Faraday). |
|
1834 |
Batería eléctrica en barco (M. H. Jacobi). |
|
1834 |
Tintura
de anilina en el alquitrán (Runge). |
|
1834 |
Máquina con líquido refrigerante explotable
(Jacob Perkins). |
|
1835 |
Aplicación
del método estadístico a los fenómenos sociales (Quetelet). |
|
1835 |
Conmutador para dinamo. |
|
1835 |
Telégrafo
eléctrico. |
|
1835 |
Automóvil eléctrico (Davenport). |
|
1836 |
Primera
aplicación del telégrafo eléctrico a los ferrocarriles (Robert Stephenson). |
|
1837 |
Motor eléctrico (Davenport). |
|
1837 |
Telégrafo
de aguja (Wheatstone). |
|
1838 |
Telégrafo electromagnético (Morse). |
|
1838) |
Circuito
sencillo con hilos y toma de tierra (Steinheil). |
|
1838 |
Martinete de vapor (Nasmyth). |
|
1838 |
Motor
de gas de dos tiempos y doble acción (Barnett). |
|
1838 |
Barco de vapor con propulsor de hélice (Ericsson:
véase 1805). |
|
1838 |
Barco
con motor eléctrico (Jacobi). |
|
1839 |
Acero al manganeso (Heath). |
|
1839 |
Electrotipo
(Jacobi). |
|
1839 |
«Calotipo» (procedimiento de Talbot). |
|
1839 |
Daguerrotipo
(Niepce y Daguerre). |
|
1839 |
Vulcanización en caliente del caucho (Goodyear). |
|
1840 |
Lámpara
incandescente de Grove. |
|
1840 |
Techado de hierro ondulado. Estación de
ferrocarril de los Condados del Este. |
|
1840 |
Microfotografía
(Donne). |
|
1840 |
Primer puente colgante con cables de acero en
Pittsburgo (Roebling). |
|
1841 |
Positivos
de papel en fotografías (Talbot). |
|
1841 |
Conservación de la energía (von Mayer). |
|
1842 |
Motor
eléctrico (Davidson). |
|
1842 |
Conservación de la energía (J. R. von Mayer). |
|
1843 |
Aeróstato
(Henson). |
|
1843 |
Máquina de escribir (Thurber). |
|
1843 |
Análisis
del espectro (Miller). |
|
1843 |
Gutapercha (Montgomery). |
|
1844 |
Lámpara
de arco de carbón (Poucault). |
|
1844 |
Aplicación del óxido de nitrógeno (Dr. Horace
Wells): véase 1799. |
|
1844 |
Papel
de pulpa de madera práctico (Keller). |
|
1844 |
Linóleo de corcho y caucho (Galloway). |
|
1845 |
Arco
eléctrico patentado (Wright). |
|
1845 |
Máquina de coser moderna de gran velocidad (Elias
Howe). |
|
1845 |
Ruedas
con neumáticos (Thonson). |
|
1845 |
Aprovisionador de caldera mecánico. |
|
1846 |
Prensa
rotativa (Hoe). |
|
1846 |
Eter (Warren y Morton). |
|
1846 |
Nitroglicerina
(Sobrero). |
|
1846 |
Piroxilina (C. F. Schönbein). |
|
1847 |
Anestesia
con cloroformo (J. Y. Simpson). |
|
1847 |
Locomotora eléctrica (M. G. Farmer). |
|
1847 |
Edificio
en hierro (Bogardus). |
|
1848 |
Cerilla de seguridad moderna (R. C. Bottger). |
|
1848 |
Ventilador
rotatorio (Lloyd). |
|
1849 |
Locomotora eléctrica (Page). |
|
1850 |
Ventilador
rotatorio (Fabry). |
|
1850 |
Oftalmoscopio. |
|
1851 |
Palacio
de cristal. Primera exposición internacional de máquinas y artes industriales
(Joseph Paxton). |
|
1851 |
Coche con motor eléctrico (Page). |
|
1851 |
Reloj
electromagnético (Shepherd). |
|
1851 |
Segadora (McCormick). |
|
1853 |
Museo
de Ciencias (Londres). |
|
1853 |
Barco de vapor «Great Eastern» —680 pies de
largo— compartimientos estancos. |
|
1853 |
Corredera
de barco mecánica (William Semens). |
|
1853 |
Producción de relojes en gran escala (Dernison,
Howard y Curtís). |
|
1853 |
Telegrafía
múltiple en un solo hilo (Gintl). |
|
1854 |
Registrador automático de mensajes telegráficos
(Hughes). |
|
1855 |
Producción
comercial del aluminio (Deville). |
|
1855 |
Turbina de agua de 800 C. V. en París. |
|
1855 |
Televisión
(Caselle). |
|
1855 |
Cañoneros acorazados con hierro. |
|
1855 |
Cerradura
de seguridad (Yale). |
|
1856 |
Horno de hogar abierto (Siemens). |
|
1856 |
Convertidor
Bessemer (Bessemer). |
|
1856 |
Fotografía en color (Zenker). |
|
1858 |
«Fonautógrafo».
Vibraciones de la voz registradas en un cilindro giratorio (Scott). |
|
1859 |
Exploración de petróleo mediante excavación y
perforación (Drake). |
|
1859 |
Acumulador
(Planté). |
|
1860 |
Refrigeración por amoníaco (Carre). |
|
1860 |
Pavimentación
con asfalto. |
|
1860-1863 |
Metropolitano de Londres. |
|
1861-1864 |
Motor
dinamo (Pacinnoti). |
|
1861 |
Ametrallador (Gatling). |
|
1862 |
El Monitor (Ericsson). |
|
1863 |
Motor de gas (Lenoir). |
|
1863 |
Procedimiento
de la sosa de amoníaco (Solvay). |
|
1864 |
Teoría de la luz y la electricidad
(Clerk-Maxwell). |
|
1864 |
Cinematógrafo
(Ducos). |
|
1864 y 1875 |
Coche con motor de gasolina (S. Marcus). |
|
1865 |
Pasteurización
del vino (L. Pasteur). |
|
1866 |
Dinamo práctica (Siemens). |
|
1867 |
Dinamita
(Nobel). |
|
1867 |
Hormigón armado (Monier). |
|
1867 |
Máquina
de escribir (Scholes). |
|
1867 |
Motor de gas (Otto y Langen). |
|
1867 |
Bicicleta
(Michaux). |
|
1868 |
Acero al tungsteno (Mushet). |
|
1869 |
Tabla
periódica de los elementos (Mendeléiev y Lothar Meyer). |
|
1870 |
Horno de acero eléctrico (Siemens). |
|
1870 |
Aplicación
del hipnotismo en psicopatología (Charcot). |
|
1870 |
Celuloide (J. W. y I. S. Hyatt). |
|
1870 |
Tinte
artificial de granza (Perkin). |
|
1871 |
Tinte de anilina para colorar bacterias
(Weigert). |
|
1872 |
Aeroplano
modelo (A. Penaud). |
|
1872 |
Freno de aire automático (Westinghouse). |
|
1873 |
Refrigerador
por compresión de amoníaco, Carie Linde (Münich). |
|
1874 |
Locomotora aerodinámica. |
|
1875 |
Coche
eléctrico (Siemens). |
|
1875 |
Tiempo estándar (ferrocarriles americanos). |
|
1876 |
Bon
Marché en París (Boileau y G. Eiffel). |
|
1876 |
Descubrimiento de las toxinas. |
|
1876 |
Motor
de gas de Cuatro tiempos (Otto). |
|
1876 |
Teléfono eléctrico (Bell). |
|
1877 |
Micrófono
(Edison). |
|
1877 |
Propiedades bactericidas de la luz establecidas
(Downes y Blunt). |
|
1877 |
Refrigerador
de aire comprimido (J. J. Coleman). |
|
1877 |
Fonógrafo (Edison). |
|
1877 |
Máquina
de volar modelo (Kress). |
|
1878 |
Separador centrífugo de crema (De Laval). |
|
1879 |
Lámpara
incandescente de carbón (Edison). |
|
1879 |
Ferrocarril eléctrico. |
|
1880 |
Rodamiento
a bolas y cojinetes en la bicicleta. |
|
1880 |
Ascensor eléctrico (Siemens). |
|
1882 |
Primera
estación central de generación de energía (Edison). |
|
1882 |
Cámara de cinematógrafo (Marly). |
|
1882 |
Turbina
de vapor (De Laval). |
|
1883 |
Globo dirigible (Hermanos Tissandier). |
|
1883 |
Motor
de gasolina de gran velocidad (Daimler). |
|
1884 |
Rascacielos con armazón de acero (Chicago). |
|
1884 |
Cocaína
(Singer). |
|
1884 |
Linotipia (Mergenthaler). |
|
1884 |
Turbina
para las Cataratas (Pelton). |
|
1884 |
Pólvora sin humo (Duttenhofer). |
|
1884 |
Turbina
de vapor (Parsons). |
|
1885 |
Tiempo estándar internacional. |
|
1886 |
Fabricación
de aluminio por procedimiento electrolítico (Hall). |
|
1886 |
Cámara portátil (Eastman). |
|
1886 |
Cirugía
aséptica (Bergmann). |
|
1886 |
Máquina de soplar vidrio. |
|
1887 |
Alternador
polifásico (Tesla). |
|
1887 |
Teléfono automático. |
|
1887 |
Ondas
electromagnéticas (Hertz). |
|
1887 |
Monotipia (Leviston). |
|
1888 |
Máquina
sumadora registradora (Burroughs). |
|
1889 |
Seda artificial del desecho de algodón
(Chardonnet). |
|
1889 |
Disco
de fonógrafo de caucho endurecido. |
|
1889 |
Torre Eiffel. |
|
1889 |
Cámara
de cine moderna (Edison). |
|
1890 |
Detector (Branly). |
|
1890 |
Cámaras
neumáticas en bicicletas. |
|
1892 |
Carburo de calcio (Willson y Moissan). |
|
1892 |
Seda
artificial de pulpa de madera (Cross, Bevan y Beadle). |
|
1893-1898 |
Motor Diésel. |
|
1893 |
Cinematógrafo
(Edison). |
|
1893 |
Producto derivado del horno de coque (Hoffman). |
|
1894 |
«Fantoscopio»
de Jenkins, primer cinematógrafo de tipo moderno. |
|
1895 |
Proyector de películas (Edison). |
|
1895 |
Rayos X
(Roentgen). |
|
1896 |
Vuelo en un aeródromo de una máquina movida por
vapor, media milla sin pasajero (Langley). |
|
1896 |
Radiotelégrafo
(Marconi). |
|
1896 |
Radiactividad (Becquerel). |
|
1898 |
Lámpara
de osmio (Welsbach). |
|
1898 |
El radio (Curie). |
|
1898 |
«Garden
City» (Howard). |
|
1899 |
Bobina con armadura para la telegrafía y
telefonía a larga distancia (Pupin). |
|
Siglo
XX |
Introducción
general de laboratorios para investigaciones científicas y técnicas. |
|
1900 |
Acero para herramientas rápidas (Taylor y White). |
|
1900 |
Lámpara
Nernst. |
|
1900 |
Teoría de los cuantos (Planck). |
|
1901 |
Oficina
Nacional de Normas de los Estados Unidos. |
|
1902 |
Sistema de oruga perfeccionado. Véase 1770. |
|
1902 |
Motor
de aeroplano de tipo radial (Charles Manly). |
|
1903 |
Primer aeroplano pilotado por un hombre (Orville
y Wilbur Wright). |
|
1903 |
Fijación
eléctrica del nitrógeno. |
|
1903 |
Fijación del nitrógeno por el procedimiento del
arco (Birkeland y Eyde). |
|
1903 |
Radioteléfono. |
|
1903 |
Museo Alemán (Münich). |
|
1903 |
Barco
de combustión de petróleo. |
|
1903 |
Lámpara de Tántalo (von Bolton). |
|
1904 |
Tubo de
Fleury. |
|
1904 |
Luz del tubo de Moore. |
|
1905 |
Bomba
de mercurio rotatoria (Gaede). |
|
1905 |
Procedimiento a la cianamida para fijación del
nitrógeno (Rothe). |
|
1906 |
Resinas
sintéticas (Baeckeland). |
|
1906 |
Audión (De Forest). |
|
1907 |
Máquina
automática de fabricación de botellas (Owen). |
|
1907 |
Lámpara de tungsteno. |
|
1907 |
Fotografía-televisión
(Korn). |
|
1908 |
Museo Técnico para la Industria y Oficios
(Viena). |
|
1909 |
Duraluminio
(Wilm). |
|
1910 |
Brújula giroscópica (Sperry). |
|
1910 |
Procedimiento
para la fijación del nitrógeno por la síntesis del amoníaco (Haber). |
|
1912 |
Vitaminas (Hopkins). |
|
1913 |
Luz de
filamento de tungsteno (Coolidge). |
|
1920 |
Radiodifusión. |
|
1922 |
Órgano
de color perfeccionado (Wilfred). |
|
1927 |
Radiotelevisión. |
|
1933 |
Automóvil
aerodinámico (Fuller). |
Bibliografía
§ 1.
Introducción general
Los libros no pueden ocupar el lugar de la exploración de primera mano: por
ello cualquier estudio de la técnica debería empezar con una encuesta de una
región, a través de la vida real de un grupo concreto hacia el estudio
detallado o generalizado de la máquina. Esta forma de abordar el problema es
tanto más necesaria por cuanto que nuestros intereses intelectuales están ya
tan especializados que empezamos usualmente nuestro pensamiento con
abstracciones y fragmentos que son tan difíciles de unificar con los métodos de
la especialización como lo son las piezas rotas de Humpty-Dumpty tras haberse
caído de la tapia. La observación al aire libre y sobre el terreno, y la
experiencia como trabajador, tomando parte activa en los procesos que ocurren
alrededor de nosotros, son los dos medios fundamentales de superar la parálisis
del especialismo. Como segundo medio para profundizar más en las operaciones y
en el equipo técnico, particularmente por parte de los profanos cuyo
entrenamiento y margen de experiencia son limitados, es útil el Museo
Industrial. El más temprano de éstos es el Conservatorio de Artes y Oficios en
París: desde el punto de vista, educativo, es un simple almacenamiento. El más
exhaustivo es el museo alemán en Münich, pero sus colecciones se han superado a
sí mismas en lo que se refiere a magnitud y se pierde la visión del bosque por
culpa de los árboles. Quizá las mejores secciones en éste estén constituidas
por las dramáticas reconstrucciones de las minas; éstas han sido copiadas en el
museo Rosenwald en Chicago. Los museos de Viena y de Londres tienen ambos valor
educacional, sin que lleguen a ser extraordinarios. Uno de los mejores entre
los pequeños es el Museo de Ciencia e Industria en Nueva York. El nuevo museo
del Instituto Franklin en Filadelfia y el del Smithsonian Institution
en Washington son respectivamente el último y el más antiguo en los
Estados Unidos. El Museo del Bucks County Historical Society en
Doylestown, Pensilvania, está lleno de interesantes reliquias eotécnicas.
Hasta el
momento presente las únicas introducciones generales de algún valor han
sido Men and Machines de Stuart Chase y The Great
Technology de Harold Rugg. Ambas tienen la limitación del escorzo
histórico, pero Chase es valioso por su descripción de los perfeccionamientos
técnicos modernos y Rugg lo es en lo que se refiere a sus sugerencias
educativas. No existe ninguna historia completa y adecuada de la técnica en
inglés. La History of Mechanical Inventions de Usher es lo que
más se acerca a dicho estudio. Aunque no abarca todos los aspectos de la
técnica, se refiere crítica y exhaustivamente a todo lo que toca, y los
capítulos iniciales acerca del equipo de la antigüedad y el desarrollo del
reloj son resúmenes particularmente excelentes. Es quizá la obra más adecuada y
precisa en inglés. En alemán, las series de libros de Franz Marie Feldhaus, en
particular su Ruhmesblätter der Technik (Páginas de gloria de
la técnica) sería muy valiosa aunque fuera sólo por sus ilustraciones; forman
el núcleo de cualquier biblioteca histórica. Tanto Usher como Feldhaus son
útiles por sus comentarios acerca de fuentes y libros. Encabezando todos estos
tratados figura el monumento del estudioso del siglo XX Werner Sombart, Der
Moderne Kapitalismus (El capitalismo moderno). Apenas existe algún
aspecto de la historia europea occidental desde el siglo décimo que haya
escapado a la visión de águila y a la tremenda ingeniosidad de Sombart; sus
bibliografías anotadas pagarían casi únicamente por sí mismas su
publicación. The Evolution of Modern Capitalism (La evolución
del capitalismo moderno), por J. A. Hobson es un trabajo paralelo al de
Sombart, y en tanto la edición original utilizó en especial fuentes inglesas,
su última edición reconoce abiertamente la deuda contraída con Sombart. En
América las obras de Thorstein Veblen, en conjunto, incluyendo sus libros menos
apreciados como Imperial Germany (Alemania imperial) y The
Nature of Peace (La naturaleza de la paz), constituyen una
contribución única al tema. En cuanto a las fuentes sobre la técnica moderna
del estudio reciente de Erich Zimmerman titulado World Resources and
World Industries (Recursos e industrias mundiales), llena lo que hasta
ahora era un grave vacío, lo cual se complementa hasta cierto punto por el algo
difuso trabajo de H. G. Wells acerca de los procesos físicos de la vida moderna
en The Work, Wealth and Happiness of Mankind (El trabajo, la
riqueza y la felicidad de la humanidad).
Con
referencia a cualquier comentario acerca de los libros más importantes véase la
lista que sigue. Los números romanos entre corchetes remiten al capítulo o
capítulos pertinentes.
§ 2.
Lista de libros
·
Ackerman, A. P., y Dana R. T.: The Human
Machine in Industry. Nueva York, 1927.
·
Adams, Henry: The Degradation of the
Democratic Dogma. Nueva York, 1919. Intento por parte de Adams para adaptar
la «regla de la fase» a los fenómenos sociales, que aunque incorrecto tuvo por
resultado una predicción muy interesante en cuanto a la fase final, la cual
corresponde, en efecto, a la que nosotros llamamos neotécnica [V].
·
Agricola, Georgius: De Re Metallica.
Primera edición, 1546. Traducida de la edición de 1556 por H. C. Hoover y Lou
Henry Hoover, 1912. Uno de los grandes clásicos de la técnica. Hace un estudio
a través de las prácticas técnicas avanzadas en las industrias pesadas a
principios del siglo XVI. Importante para cualquier estimación precisa de la
realización eotécnica [II, III, IV].
·
Albion, R. G.: Introduction to Military
History. Nueva York, 1929 [II].
·
Allport, Floyd A.: Institutional Behavior.
Chapel Hill, 1933. Un análisis crítico y en conjunto justo de los defectos de
la teoría del ahorro de la mano de obra y del ocio forzado: mejor que el de
Borsodi, aunque afectado por algo del mismo romanticismo de la clase media
suburbana [VI, VIII].
·
Andrade, E. N.: The Mechanism of Nature.
Londres, 1930.
·
Annals of the American Academy of Political and
Social Science: National and World Planning. Filadelfia, julio 1932
·
Appier, Jean, y Thybourel, F.: Recueil de
Plusieurs Machines Militaires et Feux Artificiels Pour la Guerre et Récréation.
Pont-à-Mousson, 1620 [II].
·
Ashton, Thomas S.: Iron and Steel in the
Industrial Revolution. Nueva York, 1924. Introducción útil al tema, quizá
la mejor en inglés. Pero véase Ludwig Beck. [II, IV, V].
·
Babbage, Charles: On the Economy of
Machinery and Manufactures. Segunda edición. Londres, 1832 [IV]. Uno de los
hitos en el pensamiento paleotécnico por un distinguido matemático
británico. Exposición de 1851; or Views of the Industry, the Science
and the Government of England. Segunda edición. Londres, 1851.
·
Bacon, Francis: Of the Advancement of
Learning. Primera edición. Londres, 1605. Un estudio sinóptico de los
fallos y logros del conocimiento eotécnico: pregalileano en su concepto del
método científico pero, sin embargo, muy sugestivo [I, III]. Novum
Organum. Primera edición. Londres, 1620. The New Atlantis.
Primera edición. Londres, 1660. Una utopía incompleta solamente útil como
documento histórico. Para un estudio más profundo de las técnicas corrientes y
del nuevo orden industrial, véase J. V. Andreae, en su obra Christianopolis.
·
Bacon Roger: Opus Majus. Traducida por
Robert B. Burke. Dos volúmenes. Filadelfia, 1928 [I, III]. Debe ser leído
juntamente con Thorndike, quien quizá es algo despreciativo respecto de Bacon,
en reacción contra los elogios de aquellos que no conocían otro caso de ciencia
medieval.
·
Baker, Elizabeth: Displacement of Men by
Machines; Effects of Technological Change in Comercial Printing. Nueva
York, 1933 [V, VIII]. Buen estudio empírico sobre los cambios en una sola
industria que combina la tradición con el continuo progreso técnico.
·
Banfield, T. C.: Organization of Industry.
Londres, 1848.
·
Barclay, A.: Handbook of the Collections
Illustrating Industrial Chemistry. Museo de Ciencias, South Kensington.
Londres: 1929 [IV, V]. Como los demás manuales publicados por el Museo de
Ciencias, es admirable en cuanto a alcance, método y lucidez; siendo más que
simples manuales, estos ensayos no deberían faltar en una biblioteca sobre
técnica moderna.
·
Barnett, George: Chapters on Machinery and
Labor. Cambridge, 1926. Discusión sobre el desplazamiento de la mano de
obra por las máquinas automáticas [V, VIII].
·
Bartels, Adolph: Der Bauer in der Deutschen
Vergangenheit. Segunda edición. Jena, 1924. Como los demás libros de esta
serie, muy ilustrado.
·
Bavink, Bernhard: The Anatomy of Modern
Science. Traducido del alemán, cuarta edición, Nueva York, 1932. Un estudio
útil que se acepte o no la metafísica de Bavink [I].
·
Bayley, R. C.: The Complete Photographer.
Novena edición. Londres, 1926. El mejor libro en inglés que trate en general de
la historia y técnica de la fotografía moderna [V, VII].
·
Beard, Charles A. (Editor): Whither Mankind.
Nueva York, 1928. Toward Civilization. Nueva York, 1930 [VII,
VIII]. El primer libro intenta resolver hasta qué punto y en qué manera varios
aspectos de la vida han sido afectados por la ciencia y la máquina. El segundo
es una apología confiada y algo confusa sobre la técnica moderna, que, sin
embargo, lleva un prefacio con un ensayo crítico excelente por parte del
editor.
·
Bechtel, Heinrich: Wirtschaftsstil des
Deutschen Spätmittelalters. Munich, 1930 [III]. Sigue en detalle el camino
marcado por Sombart: trata el arte y la arquitectura juntamente con la
industria y el comercio. Buena sección sobre minería.
·
Beck, Ludwig: Die Geschichte des Eisens in
Technischer und Kulturgeschichtlicher Beziehung. Cinco volúmenes.
Braunschweig, 1891-1903 [II, III, IV, V]. Obra monumental de primer orden.
·
Beck, Theodor: Beiträge zur Geschichte des
Machinenbaues. Segunda edición revisada. Berlín, 1900 [I, III, IV]. Tiene
un especial valor para el estudioso de la historia porque resume las
realizaciones y los libros técnicos de los primeros ingenieros italianos y
alemanes.
·
Beckmann, J.: Beiträge zur Geschichte der
Erfindungen. Cinco volúmenes. Leipzig, 1783-1788. Traducido al
inglés, A History of Inventions, Discoveries and Origins. Londres,
1846. El primer tratado sobre historia de la técnica moderna; no debe pasarse
ligeramente por alto ni siquiera hoy. Particularmente interesante, porque igual
que el tratado clásico de Adam Smith, muestra la tendencia del pensamiento
eotécnico antes de la revolución paleotécnica.
·
Bellamy, Edward: Looking Backward.
Primera edición. Boston, 1888. Nueva edición. Boston, 1931 [VIII]. Una utopía
algo deshumanizada que, sin embargo, ha ganado más bien que perdido terreno
durante la última generación. Está en la tradición de Cabet más bien que en la
de Morris.
·
Bellet, Daniel: La Machine et la
Main-d’Oeuvre Humaine. París, 1912, L’Evolution de l’Industrie.
París, 1914.
·
Bennet and Elton: History of Commercial
Milling [III]. Libro útil. Pero véase la crítica de Usher.
·
Bennett, C. N.: The Handbook of
Kinematography. Segunda edición. Londres, 1913.
·
Bent, Silas: Machine Made Man. Nueva
York, 1930.
·
Berdrow, Wilhelm: Alfred Krupp. Dos
volúmenes. Berlín, 1927 [IV]. Retrato exhaustivo de uno de los grandes
paleotécnicos; pero extrañamente incompleto en cuanto a su falta de referencia
acerca de su obra como pionero en la vivienda.
·
Berle, Adolf A., Jr.: The Modern
Corporation and Private Property. Nueva York. 1933 [VIII]. Excelente
estudio acerca de los hechos de la concentración de la finanza moderna en los
Estados Unidos y la dificultad de aplicar nuestros conceptos legales usuales a
la situación. Pero cauteloso hasta el punto de timidez completa en sus
recomendaciones.
·
Besson, Jacques: Theâtre des Instruments
Mathématiques et Mécaniques. Ginebra, 1626 [III]. Obra de un matemático del
siglo XVII que fue también un brillante técnico.
·
Biringucci, Vannuccio: De la Pirotecnia.
Venecia, 1540. Traducida en alemán. Braunschweig, 1925 [III].
·
Blake, George G.: History of
Radiotelegraphy and Telephony. Londres, 1926 [V].
·
Bodin, Charles: Economie Dirigée, Economie
Scientifique. París, 1932. Oposición conservadora.
·
Boissonade, Prosper: Life and Work in
Mediaeval Europe: Fifth to Fifteenth Centuries. Nueva York, 1927 [III]. Una
buena contribución a una serie bien pensada y bien editada.
·
Booth, Charles: Life and Labor in London.
Diecisiete volúmenes. Iniciado 1889. Londres, 1902 [IV]. Cuadro real exhaustivo
y completo del nivel de vida de una gran metrópoli imperial. Véase también el
último y más compacto estudio.
·
Borsodi, Ralph: This Ugly Civilization.
Nueva York, 1929 [VI]. Un intento de demostrar que con la ayuda del motor
eléctrico y las máquinas modernas la industria doméstica puede competir con los
métodos de producción en gran escala. Véase Kropotkin, por lo que se refiere a
una afirmación mejor fundada de esta tesis.
·
Böttcher, Alfred: Das Scheinglück der
Technik. Weimar, 1932 [VI].
·
Bourdeau, Louis: Les Forces de l’Industrie:
Progrès de la Puissance Humaine. París, 1884.
·
Bouthoul, Gaston: L’Invention. París,
1930 [I].
·
Bowden, Witt: Industrial Society in England
Toward the End of the Eighteenth Century. Nueva York, 1925 [IV]. Debería
completarse con Mantoux y Halévy.
·
Boyle, Robert: The Sceptical Chymist.
Londres, 1661.
·
Bragg, William: Creative Knowledge: Old
Trades and New Science. Nueva York, 1927.
·
Brandt, Paul: Schaffende Arbeit und
Bildende Kunst. Vol. I: «Im Altertum und Mittelalter» [I, II, III]. Vol. II
«Vom Mittelalter bis zur Gegenwart». Leipzig, 1927 [III, IV]. Utiliza las
importantes ilustraciones de Stradanus, Ammann, Van Vliet y Luyken para la
presentación de la industria eotécnica. Pero no utiliza bastante las fuentes
francesas.
·
Branford, Benchara: A New Chapter in the
Science of Government. Londres, 1919 [VIII].
·
Branford, Victor (Editor): The Coal Crisis
and the Future: A Study of Social Disorders and Their Treatment. Londres,
1926 [V]. Coal-Ways to Reconstruction. Londres, 1926.
·
Branford, Victor, y Geddes, P.: The Coming
Polity. Londres, 1917 [V]. Una aplicación de Le Play y Comte a la situación
contemporánea.
·
Branford, Victor, y Geddes, P.: Our Social
Inheritance. Londres, 1919 [VIII].
·
Branford, Victor: Interpretations and
Forecasts: A Study of Survivals and Tendencies in Contemporary Society.
Nueva York, 1914. Science and Sanctity. Londres, 1923 [I, VI,
VIII]. La más completa afirmación de la filosofía de Branford, a veces oscura,
a veces porfiada; está, sin embargo, llena de ideas profundas y penetrantes.
·
Bréarley, Harry C.: Time Telling Through
the Ages. Nueva York, 1919 [I]. Brocklehurst, H. J., y Fleming,
A. P. M.: A History of Engineering. Londres, 1925.
·
Browder, E. R.: Is Planning Possible Under
Capitalism? Nueva York, 1933.
·
Buch der Erfindungen, Gewerbe und Industrien. Diez
vols. Novena edición. Leipzig, 1895-1901.
·
Bücher, Karl: Arbeit und Rhythmus.
Leipzig, 1924 [I, II, VII]. Una contribución única al tema, que se ha agotado y
modificado en el curso de numerosas ediciones. Una discusión fundamental sobre
estética e industria.
·
Buckingham, James Silk: National Evils and
Practical Remedies. Londres, 1849 [IV]. La quintaesencia del reformismo
paleotécnico: una utopía cuyos defectos, como la Hygeia de
Richardson, señalan las características del período.
·
Budgen, Norman F.: Aluminium and Its Alloys.
Londres, 1933 [V].
·
Burr, William H.: Ancient and Modern
Engineering. Nueva York, 1907.
·
Butler, Samuel: Erewhon, or Over the Range.
Primera edición. Londres, 1872. Describe un país imaginario cuyo pueblo ha
abandonado las máquinas y llevar un reloj se considera un crimen. Aunque
considerado como una pura diversión y una sátira de la época victoriana, señala
un miedo inconsciente a la máquina que aún sobrevive, no sin razón.
·
Butt, I. N., y Harris, I. S.: Scientific
Research and Human Welfare. Nueva York, 1924. Popular.
·
Buxton, L. H. D.: Primitive Labor.
Londres, 1924 [II].
·
Byrn, Edward W.: Progress of Invention in
the Nineteenth Century. Nueva York, 1900 [IV]. Util sinopsis de inventos y
procedimientos.
·
Campbell, Argyll y Hills, Leonard: Health
and Environment. Londres, 1925 [IV, V]. Lleno de valiosos datos sobre los
defectos del ambiente paleotécnico.
·
Capek, Karel: R. U. R. Nueva York,
1923 [V]. Una obra que anticipa Mr. Televox, el autómata moderno. Su drama, que
trata de la rebelión de un robot mecanizado convirtiéndose ligeramente en
humano, está estropeado por un final chapucero. Una señal de la revuelta contra
la mecanización excesiva, como The adding Machine, de Rice, y The
Hairy Ape, de O’Neill.
·
Carter, Thomas F.: The Invention of
Printing in China and Its Spread Westward. Nueva York, 1931 [III]. Un libro
brillante que añade un importante complemento al capítulo de Usher sobre
imprenta. Casi establece el último eslabón en la cadena que une la aparición de
la imprenta en Europa con su desarrollo inicial —incluyendo los tipos de metal
colado— en China y Corea.
·
Casson, H. N.: Kelvin: His Amazing Life and
Worldwide Influence. Londres, 1930 [V]. History of the Telephone.
Chicago, 1910.
·
Chase, Stuart: Men and Machines. Nueva
York, 1929 [IV, V, VIII]. Superficial pero sugestivo.
·
Chase, Stuart: The Nemesis of American
Business. Nueva York, 1931 [V]. Véase estudio de la planta de A. O. Smith.
·
Chase, Stuart: The Promise of Power.
Nueva York, 1933 [V].
Technocracy and Interpretation. Nueva York, 1933.
The Tragedy of Waste. Nueva York, 1925 [V, VIII]. El mejor de los libros
de Chase hasta la fecha, probablemente: lleno de material útil sobre las
corrupciones del comercio y la industria modernos.
·
Chittenden, N. W.: Life of Sir Isaac Newton.
Nueva York, 1848.
·
Clark, Victor S.: History of Manufactures
in the United States (1607-1928). Tres vols. Nueva York, 1929 [III, IV].
Como el período eotécnico perduró, incluso en partes avanzadas del país, hasta
el tercer cuarto del siglo XIX, esta obra es un valioso estudio de los métodos
del último período eotécnico —incluyendo la minería a cielo abierto.
·
Clay, Reginald S., y Court, Thomas H.: The
History of the Microscope. Londres, 1932 [III].
·
Clegg, Samuel: Architecture of Machinery:
An Essay of Propriety of Form and Proportion. Londres, 1852 [VII].
·
Cole, G. D. H.: Life of Robert Owen.
Londres, 1930. Buen estudio de un importante industrial y utopista cuyas ideas
precursoras sobre gestión industrial y construcción de ciudades aún son
valiosas.
·
Cole, G. D. H.: Modern Theories and Forms
of Industrial Organisation. Londres, 1932 [VIII].
·
Cooke, R. W. Taylor: Introduction to
History of Factory System. Londres, 1886. Buena perspectiva histórica; pero
debe ahora ser completada con los datos de Sombart [III, IV].
·
Coudenhove-Kalergi, R. N.: Revolution durch
Technik. Viena, 1932.
·
Coulton, G. G.: Art and the Reformation.
Nueva York, 1928 [I, III].
·
Court, Thomas H., y Clay, Reginald S.: The
History of the Microscope. Londres, 1932 [III].
·
Crawford, M. D. C.: The Heritage of Cotton.
Nueva York, 1924 [IV].
·
Cressy, Edward: Discoveries and Inventions
of the Twentieth Century. Tercera edición. Nueva York, 1930 [V]. Para el
profano.
·
Dahlberg, Arthur: Jobs, Machines and
Capitalism. Nueva York, 1932 [V, VIII]. Un intento de resolver el problema
del desplazamiento de la mano de obra mediante mejoras técnicas.
·
Dampier, Sir William: A History of Science
and Its Relation with Philosophy and Religion. Nueva York, 1932 [I].
·
Dana, R. T., y Ackerman, A. P.: The Human
Machine in Industry. Nueva York, 1927.
·
Daniels, Emil: Geschichte des Kriegswesens.
Seis vols. (Sammlung Goschen). Leipzig, 1910-1913 [II, III, IV]. Quizá la mejor
introducción general reducida sobre el desarrollo de la guerra.
·
Darmstaedter, Ludwig, y otros: Handbuch zur
Geschichte der Haturwissenschaften und der Technik: In Chronologischer
Darstellung. Segunda edición corregida y aumentada. Berlín, 1908 [I-VIII].
Un compendio exhaustivo de fechas, pero mejor por lo que se refiere a la
ciencia que a la técnica.
·
Demmin, Auguste Frédéric: Weapons of War:
Being a History of Arms and Armour the Earliest Period to the Present Time.
Londres, 1870 [II].
·
Descartes, Rene: A Discourse on Method.
Primera edición. Leyden, 1637. Uno de los hitos fundamentales de la metafísica
del siglo XVII: no discutido seriamente en la ciencia —excepto entre los
fisiólogos como Claude Bernard— hasta Mach.
·
Dessauer, Friedrich: Philosophie der
Technik. Bonn, 1927. Obra con gran fama en Alemania; pero un tanto dedicada
a elaborar lo obvio.
·
Deutsches Museum: Amtlicher Führer durch
die Sammlungen. Munich, 1928.
·
Diamond, Moses: Evolutionary Development of
Reconstructive Dentistry. Reimpresión del New York Medical Journal
and Medical Record. Nueva York, agosto 1923 [V].
·
Diels, Hermann: Antike Technik. Primera
edición. Berlín, 1914. Segunda edición, 1919.
·
Dixon, Roland B.: The Building of Cultures.
Nueva York, 1928.
·
Dominian, L.: The Frontiers of Language and
Nationality in Europe. Nueva York, 1917 [VI].
·
Douglas, Clifford H.: Social Credit.
Tercera edición. Londres, 1933.
·
Dulac, A., y Renard, G.: L’Evolution
Industrielle et Agricole depuis Cent Cinquante Ans [IV, V]. Buen
cuadro del desarrollo del último siglo y medio.
·
Dyer, Frank L., y Martin, T. C.: Edison:
His Life and Inventions. Nueva York, 1910.
·
Eckel, E. C.: Coal, Iron and War: A Study
in Industrialism, Past and Future. Nueva York, 1920. Interesante estudio
suscitado en parte por las tensiones de la Guerra Mundial.
·
Economic Significance of Technological Progress. A
Report to the Society of Industrial Engineers. Nueva York, 1933 [V, VIII]. Un
resumen por un comité del cual Polakov era presidente; véase Polakov.
·
Eddington, A. S.: The Nature of the
Physical World. Nueva York, 1929 [VIII].
·
Egloff, Gustav: Earth Oil. Nueva York,
1933 [V].
·
Ehrenberg, Richard: Das Zeitalter der
Fugger. Jena, 1896. Traducida. Capital and Finance in the Age of
the Renaissance. Nueva York, 1928 [I, II, III].
·
Elton, John, y Bennet, Richard: History of
Corn Milling. Cuatro vols. Londres, 1898-1904.
·
Encyclopédie (en folio) des
Sciences, des Arts et des Métiers. Recueil de Planches. París, 1763 [III].
Un corte transversal en la técnica europea de mitad del siglo XVIII, con
referencia especial a Francia, que había arrebatado la hegemonía de Holanda. La
explicación y la ilustración detalladas de los procedimientos le dan una
importancia especial. Los grabados que he utilizado son típicos de toda la
obra. La Encyclopédie ha sido menospreciada por los
historiadores alemanes de la técnica. Su ilustración de la división del trabajo
constituye un comentario gráfico de las teorías de Adam Smith.
·
Engelhart, Viktor: Weltanschauung und
Technik. Leipzig, 1922.
·
Engels, Friedrich: The Condition of the
Working Class in England in 1844. Traducida. Londres, 1892 [IV]. Cuadro de
primera mano sobre los horrores del industrialismo paleotécnico durante una de
sus mayores crisis: la documentación ulterior ha enriquecido, y no aligerado,
la descripción de Engels. Véanse las obras de Hammonds.
·
Engels, Friedrich, y Marx, Karl: Manifesto
of the Communist Party. Nueva York, 1930 [IV].
·
Enock, C. R.: Can We Set the World in
Order? The Need for a Constructive World Culture; An Appeal for the Development
and Practice of a Science of Corporate Life… a New Science of Geography and
Industry Planning. Londres, 1916 [V, VIII]. Una obra cuya originalidad y
crítica están estropeadas por los rasgos de extravagancias.
·
Erhard, L.: Der Weg des Geistes in der
Technik. Berlín, 1929.
·
Espinas, Alfred: Les Origines de la
Technologie. París, 1899.
·
Ewing, J. Alfred: An Engineer’s Outlook.
Londres, 1933 [V, VIII]. Dura crítica del fracaso de la moral y la política
para seguir el paso de la máquina: sugiere reducir el ritmo de invención hasta
que hallamos dominado nuestras dificultades. Obra notable debido a la alta
categoría profesional de Ewing.
·
Eyth, Max: Lebendige Krafte; Sieben
Vortrage aus dem Gebiete der Technik. Primera edición. Berlín, 1904.
Tercera edición. Berlín, 1919.
·
Farnham, Dwight T., y otros: Profitable
Science in Industry. Nueva York, 1925.
·
Feldhaus, Franz Maria: Leonardo; der
Techniker und Erfinder. Jena, 1913 [III]. Die Technik der Vorzeit;
der Geschichtlichen Zeit und der Naturvolker. Leipzig, 1914. Ruhmesblätter
der Technik von der Urerfindungen bis zur Gegenwart. Dos vols. Segunda
edición. Leipzig, 1926 [I-III]. Obra de valor inestimable.
·
Feldhaus, Franz Maria: Kulturgeschichte der
Technik. Dos vols. Berlín, 1928 [I-III]. Lexikon der Erfindungen
und Entdeckungen auf den Gebieten der Naturwissenschaften und Technik.
Heidelberg, 1904. Technik der Antike und des Mittelalters. Potsdam,
1931 [III]. Aunque no siempre exhaustiva en su tratamiento de las fuentes de
fuera de Alemania o de la literatura alemana sobre el tema, Feldhaus obliga al
estudioso del desarrollo histórico de la técnica a una deuda constante hacia
él.
·
Ferrero, Gina Lombroso: The Tragedies of
Progress. Nueva York, 1931. Un libro flojo que exagera las virtudes del
pasado y no consigue presentar una crítica bastante drástica del presente, a
pesar del evidente sesgo contra éste [VI].
·
Field, J. A.: Essays on Population.
Chicago, 1931 [V].
·
Flanders, Ralph: Taming Our Machines: The
Attainment of Human Values in a Mechanized Society. Nueva York, 1931 [V,
VIII]. Ensayos por un ingeniero que comprende que la edad de la máquina no es
una pura utopía.
·
Fleming, A. P. M., y Brocklehusrt, M. J.: A
History of Engeenering, Londres, 1925.
·
Fleming, A. P. M., y Pearce, J. G.: Research
in Industry. Londres, 1917.
·
Föppl, Otto: Die Weiterentwicklung der
Menschheit mit Hilfe der Technik, Berlín, 1932.
·
Ford, Henry: Today and Tomorrow. Nueva
York, 1926. Moving Forward. Nueva York, 1930. My Life and
Work. Nueva York, 1926 [V, VIII]. Importante por la potencia industrial de
Ford y su reconocimiento casi instintivo de las necesidades de la
reorganización neotécnica de la industria, aunque estas obras están viciadas
por la inclinación que con tanta frecuencia se unen a las intenciones buenas de
un americano en particular cuando debe justificar su arbitrario poder
financiero.
·
Form, Die. Fortnightly organ of the Deutscher
Werkbund. Entre 1925 y enero de 1933, la revista más importante que trata de
todas las artes sobre la forma, tanto en las obras manuales como en las obras a
máquina. Si bien la hegemonía ha pasado en este aspecto nuevamente a Francia,
Bélgica, Holanda y los países escandinavos, Die Form sigue
siendo un documento indispensable del breve pero auténticamente creativo
estallido de Alemania [VII].
·
Fournier, Edouard: Curiosités des
Inventions et Découvertes. París, 1855.
·
Fox, R. M.: The Triumphant Machine.
Londres, 1928.
·
Frank, Waldo: The Rediscovery of America.
Nueva York, 1929 [VI]. Algunos valiosos comentarios sobre los efectos
subjetivos de la mecanización.
·
Freeman, Richard A.: Social Decay and
Regeneration. Londres, 1921 [VI]. Una crítica de la clase superior de la
máquina desde el punto de vista del deterioro humano resultante. Véase Allport,
para tener una exposición más inteligente.
·
Frémont, Charles: Origines et Evolution des
Outils. París, 1913.
·
Frey, Dagobert: Gotik und Renaissance als
Grundlagen der Modernen Weltanschauung. Augsburgo, 1929 [I, VII]. Un
estudio brillante y bien ilustrado de un tema difícil, delicado y fascinante.
·
Friedell, Egon: A Cultural History of the
Modern Age. Tres vols. Nueva York, 130-1932. Generalmente ingenioso, a
veces impreciso, ocasionalmente oscurantista: no es de fiar en cuanto a los
hechos, pero, como Spengler, a veces valioso por las revelaciones indirectas no
conseguidas por cerebros competentes más académicos.
·
Frost, Dr. Julius: Die Hollandische
Landwirtschaft; Ein Muster moderner Rationalisierung. Berlín, 1930.
·
Gage, S. H.: The Microscope. Edición
revisada. Ithaca, 1932 [III].
·
Galilei, Galileo: Dialogues Concerning Two
New Sciences. Nueva York, 1914 [I, III]. Obra clásica.
·
Gantner, Joseph: Revision der
Kunstgeschichte. Viena, 1952 [VII]. Sugiere la necesidad de revisión de los
juicios históricos sobre la base de nuevos intereses y valores. El autor fue
director de la brillante revista, aunque de breve vida, Die Neue Stadt.
·
Gantt, H. L.: Work, Wages and Profits.
Nueva York, 1910. Uno de los hitos del movimiento de la eficiencia por un
contemporáneo de Taylor que fue más allá de la estrecha posición original del
maestro.
·
Garrett, Garret: Ouroboros, or the Future
of the Machine, Nueva York, 1926.
·
Gaskell, P.: Artisans and Machinery; The
Moral and Physical Condition of the Manufacturing Population Considered with
Reference to Mechanical Sustitutos for Human Labour. Londres, 1836 [IV].
·
Gaskell, escribiendo con una creencia en el orden
establecido, presenta una edición condenable de la temprana industria
paleotécnica, cuyos defectos le indignaron.
·
Gast, Paul: Unsere neue Lebensform.
Munich, 1932.
·
Geddes, Norman Bel: Horizons. Boston,
1932 [V, VII]. Sugerencias de nuevas formas para las máquinas y obras, con una
plena utilización de los principios aerodinámicos y de los materiales modernos.
Si bien debe más a la publicidad que a la ciencia, es útil por sus
ilustraciones.
·
Geddes, Patrick: An Analysis of the
Principies of Economic. Edimburgo, 1885 [VIII]. The Classification
of Statistics. Edimburgo, 1881. Los primeros estudios de Geddes aún
sugestivos para los que son capaces de llevar las claves del autor a su
conclusión. La primera aplicación sociológica del concepto moderno de energía.
·
Geddes, Patrick: An Indian Pioneer of
Science; The Life and Work of Sir Jorgadis Bose. Londres, 1920. Cities
in Evolution. Londres, 1915. Los primeros ensayos de Geddes que distinguen
el período paleotécnico del neotécnico.
·
Geddes, Patrick, y Thomson, J. A.: Life;
Outlines of General Biology. Dos vols. Nueva York, 1931. Biology.
Nueva York, 1925. El libro más pequeño da el esqueleto del mayor en forma
reducida. Los últimos capítulos del volumen II de Life son
quizá el mejor epítome del pensamiento de Geddes hasta ahora disponibles.
Proyectaba una obra similar en Sociology, pero falleció antes de
terminarla.
·
Geddes, Patrick y Slater, G.: Ideas at War.
Londres, 1917 [II, IV]. Una brillante ampliación esbozada del artículo más
reducido de Geddes, «Wardom and Peacedom», que apareció en la Sociological
Review.
·
Geer, William C.: The Reign of Rubber.
Nueva York, 1922 [V]. Uno de los pocos libros disponibles sobre un tema que
exige un tratamiento más extenso y científico que hasta ahora.
·
Geitel, Max (Editor): Der Siegeslauf der
Technik. Tres vols. Berlín, 1909.
·
George, Henry: Progress and Poverty.
Nueva York, 1879. Mientras la insistencia de George sobre el papel de la
apropiación privada de la renta de la tierra hizo que diera una reseña
altamente unilateral del industrialismo moderno, su obra, como la de Marx,
constituye un hito en la crítica.
·
Giese, Fritz: Bildungsideale im
Maschinenzeitalter. Halle, a. S., 1931.
·
Glanvill, Joseph: Ecepsis Scientifica; or
Confessed Ignorance the Way to Science. Londres, 1665 [I].
·
Glauner, Karl, Th.: Industrial Engineering.
Des Moines, 1931.
·
Gloag, John: Artifex, of The Future of
Craftsmanship. Nueva York, 1927.
·
Clockmeier, Georg: Von Naturalwirtschaft
zum Millardentribut: Ein Langschnitt durch Technik, Wissenschaft und Wirtschaft
zweier Jahrtausende. Zurich, 1931.
·
Goodyear, Charles: Gum Elastic and Its
Varieties, 1835 [V].
·
Gordon, G. F. C.: Clockmaking, Past and
Present; with which is Incorporated the More Important Portions of «Clocks,
Watches and Bells» by the late Lord Grimthorpe. Londres, 1925 [I, III].
·
Graham, J. J.: Elementary History of the
Progress of the Art of War. Londres, 1858 [II].
·
Gras, N. S. B.: Industrial Evolution.
Cambridge, 1930 [I-V]. Una serie útil de estudios concretos sobre el desarrollo
de la industria.
·
Gras, N. S. B.: An Introduction to Economic
History. Nueva York, 1922.
·
Green, A. H., y otros: Coal; Its History
and Uses. Londres, 1878 [IV].
·
Grossmann, Robert: Die Technische
Entwicklungen der Glasindustrie in ihrer Wirtschaftlichen Bedeutung.
Leipzig, 1908 [II, III].
·
Guerard, A. L.: A Short History of the
International Language Movement. Londres, 1922 [VI]. Un excelente resumen
del problema referente a una lengua internacional y de la situación del
movimiento hace una docena de años. La obra de Ogden sobre el inglés básico, si
bien valiosa por sus sugerencias en cuanto a lógica y gramática, jamás ha
constituido una defensa adecuada para el uso de una lengua viva para las
relaciones internacionales.
·
Hale, W. J.: Chemistry Triumphant.
Baltimore, 1933 [V].
·
Halévy, Elie: The Growth of Philosophic
Radicalism. Londres, 1928 [IV]. La mejor historia de la ideología de los
utilitarios.
·
Hammond, John Lawrence and Barbara: The
Rise of Modern Industry. Nueva York, 1926. [III, IV]. The Town
Labourer (1760-1832). The Skilled Labourer (1760-1832).
Nueva York, 1919 [IV]. The Village Labourer. Londres, 1911 [III,
IV]. Esta serie de libros, incluso el más general sobre el nacimiento de la
industria moderna, está casi exclusivamente basado en documentación británica.
Dentro de estos límites, constituye el cuadro más vivo, sólido e indiscutible
de los principios del régimen paleotécnico y del orgulloso progreso que se ha
realizado. Cf. Engels, Mantoux y, como contraste, Ure. El patrón descrito por
los Hammonds fue seguido, con variantes menores, en otros países.
·
Hamor, William A., y Weidlein, E. R.: Science
in Action. Nueva York, 1931.
·
Harris, L. S., y Butt, I. N.: Scientific
Research and Human Welfare. Nueva York, 1924 [V].
·
Harrison, H. S.: Pots and Pans.
Londres, 1923 [II]. The Evolution of the Domestic Arts. Segunda
edición. Londres, 1925. Travel and Transport. Londres, 1925
[II]. War and Chase. Londres, 1929 [II]. Una excelente serie de
introducciones; pero particularmente la que trata de la guerra y la caza.
·
Hatfield, H. Stafford: The Inventor and His
World. Nueva York, 1933.
·
Hauser, Henri: La Modernité du XVIe Siècle.
París, 1930 [I].
·
Hausleiter, L.: The Machine Unchined.
Nueva York, 1933. Sin valor.
·
Hart, Ivor B.: The Mechanical Investigation
of Leonardo da Vinci. Londres, 1925 [III]. Junto con la obra de Feldhaus
sobre Leonardo, un resumen excelente de las realizaciones de éste. Véase
también el capítulo en Usher.
·
Hart, Ivor B.: The Great Engineers.
Londres, 1928.
·
Havemeyer, Loomis: Conservaron of Our
Natural Resources (basado en Van Hise). Nueva York, 1930 [V].
Reconocimiento por el ingeniero de los hechos referentes a despilfarro y
destrucción del ambiente primeramente señalados con claridad por George Perkins
Marsh hacia 1860.
·
Henderson, Fred: Economic Consequences of
Power Production. Londres, 1931 [V, VIII]. Estudio competente y bien
razonado de las tendencias al automatismo y el control a distancia en la
producción neotécnica.
·
Henderson, Lawrence J.: The Order of Nature.
Cambridge, 1925 [I]. The Fitness of the Environment; An Inquiry into
the Biological Significance of the Properties of Matter. Nueva York, 1927
[I, VIII]. Una contribución original y brillante que cambia el tratamiento
usual de la adaptación.
·
Hendrick, B. J.: The Life of Andrew
Carnegie. Nueva York, 1932 [IV].
·
Hill, Leonard, y Campbell, Argyll: Health
and Environment. Londres, 1925 [IV, V]. Valioso.
·
Hine, Lewis: Men at Work. Nueva York,
1932 [V]. Fotografías de obreros modernos en el trabajo. Tipo de estudio que
debiera realizarse sistemáticamente si ha de publicarse alguna vez la Encyclopedia
Graphica de Geddes.
·
Hobson, John A.: The Evolution of Modern
Capitalism; a Study of Machine Production. Nueva edición (Revisada).
Londres, 1926 [I-V]. Incentives in the New Industrial Order.
Londres, 1922 [VIII]. Wealth and Life; a Study in Values. Londres,
1929 [VIII]. Uno de los economistas modernos más inteligente, humano y de claro
pensamiento. Estas obras constituyen un correctivo útil para los sueños sin
crítica alguna del «nuevo capitalismo» tan de moda en América entre 1925 y
1930.
·
Hocart, A. M.: The Progress of Man.
Londres, 1933. Breve estudio crítico de los varios campos de la antropología
incluyendo la técnica.
·
Hoe, R.: A Short History of the Printing
Press. Nueva York, 1902.
·
Holland, Maurice, y Pringle, H. F.: Industrial
Explorers. Nueva York, 1928.
·
Hollandsche Molen: Eerste Jaarboekje.
Amsterdam, 1927 [III]. Informe de la sociedad para la conservación de los
antiguos molinos de Holanda.
·
Holsti, R.: Relation of War to the Origin
of the State. Helsingfors, 1913 [II]. Un libro que desafía la antigua
noción complaciente que hacía de la guerra una característica peculiar de los
pueblos salvajes. Demuestra la naturaleza ritualista de muchos estados de
guerra primitivos.
·
Holzer, Martin: Technik und Kapitalismus.
Jena, 1932 [VIII]. Una aguda crítica del tecnicismo y pseudo-eficiencia
favorecidos por la finanza moderna en gran escala.
·
Hooke, Robert: Micrographia. Londres,
1665 [I]. Posthumous Works. Londres, 1705.
·
Hopkins, W. M.: The Outlook for Research
and Invention. Nueva York, 1919 [V].
·
Hough, Walter: Fire as an Agent in Human
Culture. Smithsonian Institution, Boletín 139. Washington, 1926 [II].
·
Howard, Ebenezer: Tomorrow; A Peaceful Path
to Reform. Londres, 1898. Segunda edición titulada: Garden Cities
of Tomorrow. Londres, 1902 [V]. Un libro que describe uno de los inventos
neotécnicos más importante, la ciudad jardín. Véase también Kropotkine y Cities
in Evolution de Geddes.
·
Iles, George: Inventors at Work. Nueva
York, 1906. Leading American Inventions. Nueva York, 1912.
·
Jameson, Alexander (Editor): A Dictionary
of Mecanical Science, Arts, Manufactures and Miscellaneous Knowledge.
Londres, 1827 [III, IV].
·
Jeffrey, E. C.: Coal and Civilization.
Nueva York, 1925 [IV, V].
·
Jevons, H. Stanley: Economic Equality in
the Cooperative Commonwealth. Londres, 1933 [VIII].
·
Detalladas sugerencias para un paso típicamente
inglés y ordenado al comunismo.
·
Jevons, W. Stanley: The Coal Question.
Londres, 1866 [IV]. Un libro que llama la atención sobre la base
fundamentalmente insegura de la economía paleotécnica.
·
Johannsen, Otto: Louis de Geer. Berlín,
1933 [III]. Breve historia de un capitalista belga que prosperó en la industria
de municiones en la Suecia del siglo XVII. Véase también lo referente a
Chistopher Polhem en Usher.
·
Johnson, Philip: Machine Art. Nueva
York, 1934. Un estudio sobre los elementos estéticos básicos en las formas de
la máquina.
·
Jones, Bassett: Debt and Production.
Nueva York, 1933 [VIII]. Un intento de probar que el ritmo de la producción
industrial está decreciendo en tanto aumenta la estructura de la deuda. Una
tesis importante.
·
Kaempffert, Waldemar: A Popular History of
American Invention. Nueva York, 1924 [IV, V].
·
Kapp, Ernst: Grundlinien einer Philosophie
der Tecknik. Braunschweig, 1877.
·
Keir, R. M.: The Epic of Industry.
Nueva York, 1926 [IV, V].
·
Trata del desarrollo de la industria americana.
Bien ilustrado.
·
Kessler, Count Harry: Walter Rathenau: His
Life and Work. Nueva York, 1930 [V]. Favorable informe sobre el financiero
e industrial neotécnico más importante: un apéndice biográfico a la teoría de
la empresa de negocios de Veblen que muestra el conflicto entre los niveles
pecuniarios y técnicos de una sola personalidad.
·
Kirby, Richard S., y Laurson, P. G.: The
Early Years of Modern Civil Engineering. New Haven, 1932 [IV]. Algún
interesante material americano.
·
Klatt, Fritz: Die Geistige Wendung des
Maschinenzeitalters. Potsdam, 1930.
·
Knight, Edward H.: Knight’s American
Mechanical Dictionary. Nueva York, 1875 [V]. Una compilación muy de fiar,
si se considera el tiempo y el lugar, y que proporciona un corte transversal de
la industria paleotécnica.
·
Koffka, Kurt: The Growth of the Mind.
Nueva York, 1925.
·
Kollmann, Franz: Schönheit der Technik.
Munich, 1928 [VII]. Un buen estudio con numerosas fotografías que aún necesita
un suplemento que trate de formas ulteriores.
·
Kraft, Max: Das System der technischen
Arbeit. Cuatro vols. Leipzig, 1902.
·
Krannhals, Paul: Das organische Weltbild.
Dos vols. Munich, 1928. Der Weltsinn der Technik. Munich, 1932 [I].
·
Der Weltsinn es un intento de formar una
filosofía crítica de la técnica y relacionarla con otros aspectos de la vida.
·
Kropotkine, P.: Fields, Factories and
Workshops; or Industry Combined with Agriculture and Brainwork with Manual Work.
Primera edición, 1898. Edición, 1898. Edición revisada. Londres, 1919 [V,
VIII]. Un temprano intento de trazar las consecuencias de la economía
neotécnica, muy reforzada por el ulterior desarrollo de la electricidad y la
producción fabril. Véase Howard.
·
Kulischer, A. M., y Y. M.: Kriegs und
Wanderzüge; Weltgeschichte als Volkerbewegung. Berlín, 1932 [II, IV].
Competente análisis de la relación entre la guerra y las migraciones de los
pueblos.
·
Labarte: Histoire des Arts Industriele au
Moyen Age et à L’Epoque de la Renaissance. Tres vols. París, 1872-1875. No
corresponde a lo que promete su título. Véase Boissonade y Renard.
·
Lacroix, Paul: Military and Religious Life
in the Middle Ages and… the Renaissance. Londres, 1874 [II].
·
Landauer, Cari: Planwirtschaft und
Verkehrswirtschaft. Munich, 1931.
·
Langley, S. P.: Langley Memoir on
Mechanical Flight. Parte primera, 1887-1896. Washington, 1911 [V].
·
Launay, Louis de: La Technique Industrielle.
París, 1930.
·
Laurson, P. G., y Kirby, R. S.: The Early
Years of Modern Civil Engineering. New Haven, 1932 [IV].
·
Le Corbusier: L’Art Décoratif d’Aujourd’hui.
París, 1925. Vers Une Architecture. París, 1922. Traducida.
Londres, 1927 [VII]. Siguiendo la obra de Sullivan, Wright y Loos más de una
generación después, Le Corbusier volvió a descubrir por sí mismo la máquina y
es quizá el defensor más polémico de las formas de la misma.
·
Lee, Gerald Stanley: The Voice of the
Machines: An Introduction to the Twentieth Century. Northampton, 1906. Un
libro sentimental.
·
Leith, C. K.: World Minerals and World
Politics. Nueva York, 1931 [V].
·
Lenard, Philipp: Great Men of Science; A
History of Human Progress. Londres, 1933.
·
Leonard, J. N.: Loki; The Life of Charles
P. Steinmetz. Nueva York, 1929 [V].
·
Le Play, Frederick: Les Ouvriers Européens.
Seis vols. Segunda edición. Tours, 1879 [II]. Uno de los grandes hitos de la
sociología moderna: el fracaso en seguirla revela las limitaciones de las
principales escuelas de economistas y antropólogos. La falta de dichos estudios
concretos sobre el trabajo, el trabajador y el medio ambiente del trabajo
constituye una seria desventaja al escribir una historia de la técnica o al
apreciar las fuerzas que actúan.
·
Leplay House: Coal: Ways to Reconstruction.
Londres, 1926 [V]. Aplicación del pensamiento neotécnico a una industria
atrasada.
·
Levy, H.: The Universe of Science.
Londres, 1932. Buena introducción. [I, V.].
·
Lewis, Gilbert Newton: The Anatomy of
Science. New Haven, 1926 [I, V]. Excelente exposición de una aproximación
contemporánea a la ciencia: véase también Poincaré, Henderson, Levy y Bavink.
·
Lewis, Wyndham: Time and Western Man.
Nueva York, 1928 [I]. Ataque crítico contra la medida del tiempo y todas las
artes dependientes del tiempo por un defensor de las artes especiales con
mentalidad visual. Unilateral, pero al mismo tiempo no despreciable.
·
Liehburg, Max Eduard: Das neue Weltbild.
Zurich, 1932.
·
Lilje, Hams: Das technische Zeitalter.
Berlín, 1932.
·
Lindner, Werner, y Steinmetz, G.: Die
Ingenieurhauten in ihrer guten Gestaltung. Berlín, 1923 [VII].
Particularmente bueno por la relación que establece entre las antiguas formas
de construcción industrial y las fábricas modernas: abundantes ilustraciones.
Véanse Le Corbusier y Kollmann.
·
Lombroso, Ferrero Gina: The Tragedies of
Progress. Nueva York, 1931. (Véase Ferrero).
·
Lucke, Charles E.: Power. Nueva York,
1911.
·
Lux, J. A.: Ingenieur-Aesthetik.
Munich, 1910 [VII]. Uno de los primeros estudios. Véase Lindner.
·
MacCurdy, G. G.: Human Origins.
Londres, 1923. Nueva York, 1924 [I, II]. Buena relación basada en los hechos
sobre las herramientas y las armas en culturas prehistóricas.
·
MacIver, R. M.: Society: Its Structure and
Changes. Nueva York, 1932. Introducción equilibrada y penetrante.
·
Mackaye, Benton: The New Exploration.
Nueva York, 1928 [V, VIII]. Tratado precursor sobre geotécnica y planificación
regional que debe colocarse junto a Marsh y Howard.
·
Mackenzie, Catherine: Alexander Graham Bell.
Nueva York, 1928 [V].
·
Mâle, Emile: Religious Art in Trance, XIII
Century. Traducido de la tercera edición. Nueva York, 1913 [I].
·
Malthus, T. R.: An Essay on Population.
Dos vols. Londres, 1914 [IV].
·
Man, Henri de: Joy in Work. Londres,
1929 [VI]. Estudio empírico de las ventajas psicológicas del trabajo, basado,
sin embargo, en una observación muy limitada y en número insuficiente de casos.
Cualquier observación útil sobre el tema espera un estudio en la forma de la
labor de Terpenning sobre el Aldea. Véase Le Play.
·
Manley, Charles M.: Langley Memoir on
Mechanical Flight. Parte segunda. Washington, 1911 [V].
·
Mannheim, Karl: Ideologie und Utopie.
Bonn, 1929. Obra sugestiva aunque difícil (traducida al español. Madrid,
Aguilar, 1968).
·
Mantoux, Paul: La Revolution Industrielle
du XVIIIe siècle. París, 1906. Traducida, Industrial
Revolution. Primera edición. París, 1905. Nueva York, 1928 [IV]. Trata de
los cambios técnicos e industriales en la Inglaterra del siglo XVIII, y es
quizá el mejor libro sobre el tema que hasta ahora se haya escrito.
·
Marey, Etienne Jules: Animal Mechanism; A
Treatise on Terrestrial and Aerial Locomotion. Nueva York, 1874 [V]. Movement.
Nueva York, 1895. Importantes estudios fisiológicos que estaban destinados a
estimular un renovado interés en el vuelo. Véase Pettigrew.
·
Marot, Helen: The Creative Impulse in
Industry. Nueva York, 1918 [VIII]. Apreciación de los valores potenciales
educacionales en las modernas organizaciones de la industria. Aún lleno de
críticas y sugerencias pertinentes.
·
Martin, T. C., y Dyer, F. L.: Edison: His
Life and Inventions. Nueva York, 1910 [V].
·
Marx, Karl, y Engels, Friedrich: Manifest
of the Communist Party. Nueva York. Capital. Traducido por Eden
y Cedar Paul. Dos vols. Londres, 1930. (Traducido al castellano por F. C. E.,
México). Obra clásica cuya documentación histórica, penetración sociológica y
honrada pasión humana superan los defectos de sus análisis económicos abstractos.
Primera interpretación adecuada de la sociedad moderna en términos de su
técnica.
·
Mason, Otis T.: The Origins of Invention; A
Study of Industry Among Primitive Peoples. Nueva York, 1895 [I, II]. En su
tiempo una buena obra, que pide ahora un valioso sucesor.
·
Mataré, Franz: Die Arbeitsmittel, Maschine,
Apparat, Werkzeug. Leipzig, 1913 [I, V]. Importante. Recalca el papel de
los aparatos y obras y demuestra las tendencias neotécnicas de las avanzadas
industrias químicas en lo que se refiere a la organización científica, el
número de técnicos proporcionalmente más alto, y el creciente automatismo del
trabajo.
·
Matschoss, Conrad (Editor): Manner der
Technik. Berlín, 1925. Serie de biografías, criticadas por Feldhaus a causa
de varias omisiones y errores.
·
Matschoss, Conrad: Die Entwicklung der
Dampfmaschine: eine Geschichte der Ortsfesten Dampfmaschine und der Lokomobile,
der Schiffsmaschine und Lokomotive. Dos vols. Berlín, 1908 [IV]. Un estudio
exhaustivo de la máquina de vapor. Para una reseña más breve véase Thurston.
·
Matschoss, Conrad: Technische
Kulturdenkmaler. Berlín, 1927.
·
Mayhew, Henry: London Labor and the London
Poor. Cuatro vols. Londres, 1861.
·
Mayo, Elton: The Human Problema of an
Industrial Civilization. Nueva York, 1933 [V]. Estudio útil sobre la
relación de la eficiencia con los períodos de reposo e interés en el trabajo.
Véase Henri de Man.
·
McCartney, Eugene S.: Warfare by Land and
Sea. (Serie de Nuestra Deuda con Grecia y Roma). Boston, 1923 [II].
·
McCurdy, Edward: Leonardo da Vinci’s
Notebooks. Nueva York, 1923 [I, III]. The Mind of Leonardo da Vinci.
Nueva York, 1928 [I, III].
·
Meisner, Erich: Weltanschauung Eines
Technikers. Berlín, 1927.
·
Meyer, Alfred Gotthold: Eisenbauten, ihre
Geschicht und Æsthetik. Esslingen a. N., 1907 [IV, V, VII]. Muy importante:
obra valiosa de crítica e historia.
·
Middle West Utilities Company: America’s
New Frontier. Chicago, 1929 [V]. A pesar de su origen, estudio muy útil
sobre la relación de la electricidad con la descentralización industrial y
urbana.
·
Milham, Willis L: Time and Time-Keepers.
Nueva York, 1923 [I, III, IV].
·
Moholy-Nagy, L.: The New Vision (traducido
por Daphne Hoffman). Nueva York (sin fecha) [VII]. Malerei Fotografie
Film. Munich, 1927 [VII]. Aunque no cumple lo prometido en sus primeros
capítulos, The New Vision es aún una de las mejores
presentaciones de los experimentos modernos sobre la forma iniciados en el
Bauhaus, en Dessau, bajo la iniciativa de Gropius y Moholy-Nagy. Incluso los
fracasos y los callejones sin salida de estos experimentos no carecen de
interés —aunque sólo sea porque los que son nuevos, respecto del tema, tienden
a repetirlos.
·
Morgan, C. Lloyd: Emergent Evolution.
Nueva York, 1923.
·
Mory, L. V. H., y Redman, L. V.: The
Romance of Research. Baltimore, 1933.
·
Mumford, Lewis: The Story of Utopias.
Nueva York, 1922 [VI, VIII]. Resumen de las utopías clásicas, aunque a menudo
superficiales, a veces abren una senda descuidada.
·
Neuburger, Albert: The Technical Arts and
Sciences of the Ancients. Nueva York, 1930. Voluminoso. Pero véase
Feldhaus.
·
Neudeck, G.: Geschichte der Technik.
Stuttgart, 1923. A veces útil por los hechos históricos. Amplio, pero no de
primera categoría.
·
Nummenhoff, Ernst: Der Handwerker in der
Deutschen Vergangenheit. Jena, 1924. Profusamente ilustrado.
·
Nussbaum, Frederick L.: A History of the
Economic Institutions of Modern Europe. Nueva York, 1933. Un resumen de la
obra de Sombart.
·
Obermeyer, Henry: Stop That Smoke! Nueva
York, 1933 [IV, V]. Obra de carácter popular sobre el costo y extensión de la
polución paleotécnica que pende aun hoy sobre nuestros centros manufactureros.
·
Ogburn, W. F.: Living with Machines.
Nueva York, 1933 [IV, V]. Social Change. Nueva York, 1922. Véase
Geddes, The Classification of Statistics, escrito una generación
anterior.
·
Ortega y Gasset, José: La rebelión de las
masas. Nueva York, 1933 [VI].
·
Ostwald, Wilhelm: Energetische Grundlangen
der Kulturwissenschaften. Leipzig, 1909. Véase The Classification
of Statistics de Geddes, escrita una generación antes.
·
Ozenfant, Amédée: Foundations of Modern Art.
Nueva York, 1931 [VII]. Desigual pero a veces penetrante.
·
Pacoret, Etienne: Le Machinisme Universel:
Ancien, Moderne et Contemporain. París, 1925. Una de las introducciones más
útiles en francés.
·
Parrish, Wayne William: An Outline of
Technocracy. Nueva York, 1933.
·
Pasdermadjian, H.: L’Organisation
Scientifique du Travail. Ginebra, 1932.
·
Pasquet, D.: Londres et Les Ouvriers de
Londres. París, 1914.
·
Passmore, J. B., y Spencer, A. J.: Agricultural
Implements and Machinery [III, IV]. A Handbook of the
Collections in the Science Museum, London. Londres, 1930. Útil.
·
Paulham, Frédéric: Psychologie de
l’Invention. París, 1901. Trata sagazmente de la invención mecánica, no
como un don especial de la naturaleza, sino como una variedad particular de una
característica humana más general común a todas las artes.
·
Peake, Harold J. E.: Early Steps in Human
Progress. Londres, 1933 [I, II].
·
Bueno, pero véase Renard.
·
Peake, Harold, y Fleure, H. J.: The
Corridors of Time. Ocho vols. Oxford, 1927.
·
Péligot, Eugène M.: Le Verre; Son Histoire,
sa Fabrication. París, 1877 [III].
·
Penty, Arthur: Post-Industrialism.
Londres, 1922 [VI]. Crítica de la finanza moderna y de la máquina y predicción
de la caída del sistema en un momento en que esta posición era menos popular
que actualmente.
·
Petrie, W. F.: The Arts and Crafts of
Ancient Egypt. Segunda edición. Londres, 1910 [I, II]. The
Revolutions of Civilization. Londres, 1911 [III].
·
Pettigrew, J. Bell: Animal Locomotion; or
Walking, Swimming and Flying; with a Dissertation on Aeronautics. Nueva
York, 1874 [V]. Contribución importante. Véase Marey.
·
Poincaré, Henri: Science and Method.
Londres, 1914. Un clásico de la filosofía de la ciencia. (Traducido al
castellano por Espasa Calpe, Madrid).
·
Polakov, Walter N.: The Power Age; Its
Quest and Challenge. Nueva York, 1933 [V, VIII]. Excelente presentación de
lo que suponen las nuevas formas de utilizar la energía eléctrica y de
organizar la industria moderna. Desafortunado en su posición de que el uso de
la energía es el rasgo distintivo de la industria neotécnica.
·
Popp, Josef: Die Technik als Kultur Problem.
Munich, 1929.
·
Poppe, Johann H. M. von: Geschichte aller
Erfindungen und Entdeckungen im Bereiche der Gewerbe, Künste und Wissenschaften.
Stuttgart, 1837 [III]. Sucesor más próximo de Beckmann: contiene algunos hechos
que se han abandonado desde entonces.
·
Porta, Giovanni Battista della: Natural
Magick. Londres, 1658 [III]. Traducción inglesa de un clásico del siglo
XVI.
·
Porter, George R.: Progress of the Nation.
Tres vols. en uno. Londres, 1836-1843 [IV]. Util como documentación.
·
Pound, A.: Iron Man in Industry.
Boston, 1922 [V]. Discusión sobre el automatismo en la industria y la necesidad
de compensarlo.
·
Pupin, Michael J.: Romance of the Machine,
Nueva York, 1930. Trivial.
·
Rathenau, Walter: The New Society.
Nueva York, 1921 [V, VIII]. In Days to Come. Londres, 1921
[VIII]. Die Neue Wortschaft. Berlín, 1919 [VIII]. Consciente de los
peligros de la mecanización siderúrgica, Rathenau, aunque a veces algo
estridente y casi histérico, escribió una serie de críticas justas del orden
existente, y In Days to Come y en The New Society esbozó
una nueva sociedad industrial. Se diferenció de muchos socialdemócratas y
comunistas en reconocer la importancia crítica de los problemas morales y
educacionales que supone la nueva orientación.
·
Read, T. T.: Our Mineral Civilization.
Nueva York, 1932.
·
Recent Social Trends in the United States. Dos
vols. Nueva York, 1933.
·
Recent Economic Changes in the United States. Dos
vols. Nueva York, 1929 [IV, V]. Encuesta útil aún por sus datos, que hubiera
sido todavía más importante si sus hechos se hubieran reunido de manera que
señalaran claramente su conclusión desde luego dudosa y pesimista.
·
Recueil de Planches, sur les Science, les Arts
Libéraux et les Arts Mécaniques. (Suplemento a la Enciclopedia de
Diderot). París, 1763 [III]. Véase Encyclopédie.
·
Redman, L. V., y Mory, L. V. H.: The
Romance of Research. Baltimore, 1933.
·
Redzich, Constantin: Das Grosse Buch der
Erfindungen und deren Erfinder. Dos vols. Leipzig, 1928.
·
Renard, George F.: Guilds in the Middle
Ages. Londres, 1919 [III]. Life and Work in Primitive Times.
Nueva York, 1929 [II]. Estudio penetrante y sugestivo sobre un tema cuyos
escasos materiales exigen una imaginación activa pero prudente.
·
Renard, George F., y Dulac, A.: L’Evolution
Industrielle et Agricole depuis Cent Cinquante Ans. París, 1912 [IV, V].
Obra corriente.
·
Renard, George F., y Weulersse, G.: Life
and Work in Modern Europe; Fifteenth to Eighteenth Centuries. Londres, 1926
[III]. Excelente.
·
Reuleaux, Franz: The Kinematics of
Machinery; Outlines of a Theory of Machines. Londres, 1876. La morfología
sistemática de las máquinas de más importancia: un libro tan bueno que ha
desalentado a sus rivales.
·
Richards, Charles R.: The Industrial Museum.
Nueva York, 1925. Encuesta crítica de los tipos existentes de museo industrial.
·
Rickard, Thomas A.: Man and Metals; A
History of Mining in Relation to the Development of Civilization. Dos vols.
Nueva York, 1932 [II-V]. Sucinto y bastante exhaustivo.
·
Riedler, A.: Das Maschinen-Zeichnen.
Segunda edición. Berlín, 1913. Tratado de influencia en Alemania.
·
Robertson, J. Drummond: The Evolution of
Clockwork; with a Special Section on the Clocks of Japan. Londres, 1931.
Datos recientes sobre un tema cuya temprana historia encierra muchas trampas.
Véase Usher.
·
Roe, Joseph W.: English and American Tool
Builders. New Haven, 1916 [IV]. Valioso. Véase Smiles.
·
Rossman, Joseph: The Psychology of the
Inventor. Nueva York, 1932.
·
Routledge, Robert: Discoveries and
Inventions of the Nineteenth Century. Londres, 1899 [IV].
·
Rugg, Harold O.: The Great Technology;
Social Chaos and the Public Mind. Nueva York, 1933 [V, VIII]. Preocupado
por el problema educacional de la comprensión de los valores de la industria
moderna y del control de la máquina.
·
Russell, George W.: The National Being.
Nueva York, 1916.
·
Salter, Arthur: Modern Mechanization.
Nueva York, 1933.
·
Sarton, George: Introduction to the History
of Science. Tres vols. Baltimore, 1927-1931 [I]. La obra de una vida de un
ferviente estudioso. (Traducido al castellano por Eudeba, B. Aires).
·
Sayce, R. U.: Primitive Arts and Crafts; An
Introduction to the Study of Material Culture. Nueva York, 1933 [II].
Sugestivo.
·
Schmidt, Robert: Das Glas. Berlín, 1922
[III].
·
Schmithenner, Paul: Krieg und Kriegführung
im Wandel der Weltgeschichte. Potsdam, 1930 [II, III, IV]. Bien ilustrado
con una excelente bibliografía.
·
Schneider, Hermann: The History of World
Civilization from Prehistoric Times to the Middle Ages. Volumen I. Nueva
York, 1931.
·
Schregardus, J.; Visser, Door C., y Ten
Bruggencate, A.: Onze Hollandsche Molen. Amsterdam, 1926. Bien
ilustrado.
·
Schulz, Hans: Die Geschichte der
Glaserzeugung. Leipzig, 1928 [III]. Das Glas. Munich, 1923
[III].
·
Schumacher, Fritz: Schöpferwille und
Mechanisierung. Hamburgo, 1933. Der Fluch der Technik.
Hamburgo, 1932. Dice más en unas pocas páginas que muchos tratados con más
pretensiones consiguen hacerlo en un tomo. La mente racional y humana de
Schumacher puede compararse con la de Spengler, como sus admirables escuelas y
comunidades en Hamburgo se comparan con el oscurantismo estético decadente de
la Böttcherstrasse en Brema. Es importante reconocer que ambas estirpes son
características del pensamiento alemán, aunque actualmente la representada por
Schumacher esté en eclipse.
·
Schuyler, Hamilton: The Roeblings; A
Century of Engineers, Bridge-Builders and Industrialists. Princeton, 1931
[IV]. Más importante por su tema que por lo que el autor ha aportado al mismo.
·
Schwarz, Heinrich: David Octavius Hill;
Master of Protography. Nueva York, 1931 [V, VII]. Obra buena.
·
Schwarz, Rudolph: Wegweisung der Technik.
Potsdam (sin fecha) [VII]. Algunas comparaciones interesantes entre el fuerte
gótico del norte Lubeck y las formas modernas de la máquina. Obsérvese que lo
dicho conviene también a las ciudades fortaleza del sur de Francia.
·
Science at the Crossroads.
Documentos presentados al congreso internacional de Historia de la Ciencia y la
Tecnología por los delegados de la U. R. S. S. Londres, 1931. Documento
sugestivo, aunque a menudo fastidiosamente oscuro, sobre el comunismo y el
marxismo y la ciencia moderna.
·
Scott, Howard: Introduction to Technocracy.
Nueva York, 1933.
·
Obra cuya inexperiencia política, ignorancia
histórica y desprecio de los hechos contribuyó mucho a desacreditar las
conclusiones legítimas de los llamados tecnócratas.
·
Soule, George: A Planned Society. Nueva
York, 1932 [VIII].
·
Sheard, Charles: Life-giving Light.
Nueva York, 1933 [V].
·
Uno de los mejores libros en la muy desigual serie
«Century of Progress».
·
Singer, Charles: From Magic to Science.
Nueva York, 1928 [I]. A Short History of Medicine. Nueva York,
1928.
·
Slosson, E. E.: Creative Chemistry.
Nueva York, 1920 [V].
·
Smiles, Samuel: Industrial Biography; Iron
Workers and Toolmakers. Londres, 1863 [IV]. Lives of the Engineers.
Cuatro vols. Londres, 1862-1866. Cinco vols. Londres, 1874. Nuevos vols.
Londres, 1895 [IV]. Men of Invention and Industry, 1885 [IV].
·
Smiles, tal vez conocido mejor por sus
complacientes ideas morales victorianas sobre la autosuficiencia y el éxito,
fue un precursor en el campo de la biografía industrial, y sus estudios, que a
menudo estuvieron cerca de sus fuentes, constituyen importantes contribuciones
a la historia de la técnica. Sus reseñas sobre Maudslay, Bramah y sus
seguidores le hacen desear a uno que hubieran aparecido más a menudo hombres de
su especial tendencia y laboriosidad.
·
Smith, Adam: An Inquiry into the Nature and
Causes of the Wealth of Nations. Dos vols. Londres, 1776 [III]. Corte
transversal en la última fase de la economía eotécnica cuando la división del
procedimiento iba reduciendo al trabajador a una simple rueda en el mecanismo.
Véase la Encyclopédie por lo que se refiere a las
ilustraciones.
·
Smith, Preserved: A History of Modern
Culture. Volumen I. Nueva York, 1930 [III]. Excelente discusión acerca de
todos los temas menos el de la técnica.
·
Soddy, Frederick: Wealth, Virtual Wealth
and Debt. Londres, 1926. Segunda edición, revisada, Nueva York, 1933
[VIII]. La aplicación de la energética a las finanzas.
·
Sombart, Werner: Gewerbewesen. Dos
vols. Berlín, 1929. The Quintessence of Capitalistn. Nueva York,
1915. Krieg und Kapitalismus. Munich, 1913 [II, III, IV]. Estudio
inestimable de las relaciones sociales, técnicas y financieras entre la guerra
y el capitalismo, con insistencia en particular sobre los cambios importantes
que tuvieron lugar en los siglos XVI y XVII.
·
Sombart, Werner: Luxus und Kapitalismus.
Munich, 1913 [II, III]. (Traducido al castellano por F. C. E., México).
Relación social y económica penetrante del papel de la corte y el cortesano,
así como del culto del lujo desarrollado durante el Renacimiento.
·
Der Moderne Kapitalismus. Cuatro
vols. Munich, 1927 [I-V]. Obra concebida y llevada a cabo en escala colosal.
Sirve de paralelo a la presente historia de la técnica, como podría decirse que
el Misisipí es paralelo al tren que se acerca a veces a sus orillas. Mientras
las generalizaciones de Sombart me parecen demasiado precisas y confiadas
—como, por ejemplo, en lo que se refiere al cambio de lo orgánico a lo
inorgánico cual signo creciente de técnica moderna— he diferido de su
importante erudición sólo cuando no tenía otro camino.
·
Spencer, A. J., y Passmore, J. B.: Agricultural
Implements and Machinery. A Handbook of the Collection in the Science Museum,
London. Londres, 1930.
·
Spengler, Oswald: The Decline of the West.
Dos vols. Nueva York, 1928. (Traducido al castellano por Espasa Calpe, Madrid).
Si bien Spengler generaliza mucho acerca de la técnica, es éste un terreno en
el que este penetrante y original (pero estrambótico) pensador es
particularmente poco de fiar. En una forma típicamente decimonónica descarta
las realizaciones técnicas de otras culturas y concede un falso aire de
unicidad a los iniciales inventos fáusticos, que se
aprovecharon a fondo de los árabes y chinos más adelantados. Sus errores se
derivan en parte de su teoría del aislamiento absoluto de las culturas: una
curiosa contrapartida del inconsciente imperialismo de la teoría británica de
la absoluta difusión partiendo de una sola fuente.
·
Man and Technics. Nueva York, 1932. (Traducido al
castellano por Espasa Calpe, Madrid). Un libro muy cargado de rancio
misticismo, regresando a los aspectos más débiles de Wagner y Nietzsche.
·
Stenger, Erich: Geschichte der Photographie.
Berlín, 1929 [V]. Resumen útil.
·
Stevers, Martin: Steel Trails; The Epic of
the Railroads. Nueva York, 1933 [IV]. De carácter popular, pero no sin
interés técnico.
·
Strada, Jacobus de: Kunstlicher Abriss
Allerhand Wasser, Wind, Ross und Handmühlen. Francfort, 1617 [III].
·
Survey Graphic: Regional Planning Number. Mayo,
1925 [V]. Predijo el colapso de la actual economía metropolitana y esbozó un
regionalismo neotécnico.
·
Sutherland, George: Twentieth Century
Inventions; A Forecast. Nueva York, 1901.
·
Taussig, F. E.: Inventors and Moneymakers.
Nueva York, 1915.
·
Sobrestimado.
·
Tawney, R. H.: Equality. Nueva York,
1931. Religion and the Rise of Capitalism. Nueva York, 1927
[I]. The Acquisitive Society. Nueva York, 1920. La obra de un
economista capaz y de un humanista.
·
Taylor, Frederic W.: The Principles of
Scientific Management. Nueva York, 1911 [V]. Uno de aquellos clásicos cuya
reputación es incomprensible sin un conocimiento directo de la personalidad que
hay detrás de ella.
·
Taylor Society (Person, H. S., editor): Scientific
Management in American Industry. Nueva York, 1929 [V]. Estudio de las
aplicaciones más recientes de los principios de Taylor y Gantt.
·
Thompson, Holland: The Age of Invention.
New Haven, 1921 [IV, V]. La historia de la técnica en América. Legible, pero no
exhaustivo. Véase Kaemffert.
·
Thomson, J. A., y Geddes, Patrick: Life;
Outlines of General Biology. Nueva York, 1931. Biology. Nueva
York, 1925. Véase Geddes.
·
Thorndike, Lynn: A History of Magic and
Experimental Science During the First Thirteen Centuries of Our Era. Dos
vols. Nueva York, 1923 [I, III]. Science and Thought in the Fifteenth
Century. Nueva York, 1929 [I, III]. Ambos inestimables.
·
Thorpe, T. E. (Editor), Green, Miall y otros: Coal;
Its History and Uses. Londres, 1878 [IV].
·
Thurston, R. H.: A History of the Growth of
the Steam Engine. Primera edición, 1878. Cuarta edición, 1903 [IV]. Muy
buena obra.
·
Tilden, W. A.: Chemical Discovery and
Invention in the Twentieth Century. Londres, 1916 [V].
·
Tilgher, Adriano: Work; What It Has Meant
to Men Through the Middle Ages. Nueva York, 1930. Obra decepcionante.
·
Tilgher, Adriano: Tomlinson’s Encyclopedie
of the Useful Arts. Dos vols. Londres, 1854.
·
Traill, Henry D.: Social England. Seis
vols. Londres, 1909.
·
Trasfondo bien ilustrado.
·
Tryon, F. G., y Eckel, E. C.: Mineral
Economics. Nueva York, 1932 [V]. Útil.
·
Tugwell, Rexford Guy: Industry’s Coming of
Age. Nueva York, 1927. Un tanto desembarazado y vehemente acerca de las
perspectivas de una transformación de la industria bajo la dirección
existentes.
·
Unwin, George: Industrial Organization in
the Sixteenth and Seventeenth Centuries. Oxford, 1904.
·
Updike, D. B.: Printing Types: Their
History, Forms and Use. Dos vols. Cambridge, 1922 [III]. Importante.
·
Ure, Andrew: The Philosophy of
Manufactures; or An Exposition of the Scientific, Moral and Commercial Economy
of the Factory System of Great Britain. Primera edición. Londres, 1835, IV.
Tercera edición. Londres, 1861. El primer ejemplo quizá de apologética
paleotécnica en la que el autor «se ahorca con su propia cuerda».
·
Dictionary of Arts, Manufactures and Mines. Séptima
edición, editada por Robert Hunt y F. W. Hudler. Londres, 1875.
·
Usher, Abbott Payson: A History of
Mechanical Inventions. Nueva York, 1929 [I-V]. Véase la introducción.
·
Van Loon, Hendrick: Man the Miracle Maker.
Nueva York, 1928. The Fall of the Dutch Republic. Nueva York, 1913
[III]. Algunos datos útiles sobre el comercio y el transporte en Holanda.
·
Veblen, Thorstein: The Instinct of
Workmanship and the State of the Industrial Arts. Nueva York, 1914. Imperial
Germany and the Industrial Revolution. Nueva York, 1915. The Theory
of Business Enterprise. Nueva York, 1905. The Theory of the Leisure
Class. Nueva York, 1899. The Place of Science in Modern
Civilization. Nueva York, 1919. The Engineers and the Price System.
Nueva York, 1921 [V, VIII]. An Inquiry into the Nature of Peace and the
Terms of Its Perpetuation. Nueva York, 1917. Después de Marx, Veblen
comparte con Sombart la distinción de ser quizá el economista de tipo
sociológico superior. Sus diversas obras, consideradas en conjunto, forman una
contribución única a la teoría de la técnica moderna. Posiblemente, las más
importantes desde el punto de vista de la técnica sean sus obras The
Theory of Business Enterprise y Imperial Germany and the
Industrial Revolution, pero hay capítulos valiosos en The Theory of
the Leisure Class y en The Instinct of Workmanship. Si
bien es un convencido de la industria racionalizada, Veblen no considera la
adaptación como el ajuste pasivo de un organismo a un medio ambiente
físicamente inflexible y mecánico.
·
Vegetius, Renatus Flavius: Military
Institutions. Londres, 1767 [II]. Traducción en el siglo XVIII de un
clásico del siglo XV.
·
Verantius, Faustus: Machinae Novae,
Venecia, 1595 [III].
·
Vierendeel, A.: Esquisse d’une Histoire de
la Technique. Bruselas, 1921.
·
Von Dyck, W.: Wege und Ziele des Deutschen
Museum. Berlín, 1929.
·
Voskuil, Walter H.: Minerals in Modern
Industry. Nueva York, 1930 [V]. The Economics of Water Power
Development. Nueva York, 1928 [V]. Buen resumen.
·
Vowles, Hugh P., y Margaret W.: The Quest
for Power; from Prehistoric Times to the Present Day. Londres, 1931 [I-V].
Un valioso estudio sobre las diferentes formas de fuentes de energía.
·
Warshaw, H. T.: Representative Industries
in the United States. Nueva York, 1928.
·
Wasmuth, Ewald: Kritik des Mechanisierten
Weltbildes. Hellerau, 1929.
·
Webb, Sidney, y Beatrice: A History of
Trades Unionism. Primera edición. Londres, 1894. Industrial
Democracy. Dos vols. Londres, 1897. Relaciones clásicas con especial
referencia a Inglaterra.
·
Weber, Max: General Economic History.
Nueva York, 1927. The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism.
Londres, 1930 [I]. Trad. de Legaz en Editorial Revista de Derecho privado,
Madrid, 1955.
·
Weinreich, Hermann: Bildungswerte der
Technik. Berlín, 1928. Principalmente útil por lo que se refiere a la
bibliografía.
·
Wells, David L.: Recent Economic Changes.
Nueva York, 1886. Compárese con el volumen análogo de 1929.
·
Wells, H. G.: Anticipation of the Reaction
of Mechanical and Scientific Progress. Londres, 1902. The Work,
Wealth and Happiness of Mankind. Dos vols. Nueva York, 1931 [V].
·
Wendt, Ulrich: Die Technik als Kulturmacht.
Berlín, 1906. Uno de los mejores comentarios históricos sobre la técnica.
·
Westcott, G. F.: Pumping Machinery. A
Handbook of the Science Museum. Londres, 1932 [III, IV].
·
Whitehead, Alfred North: Science and the
Modern World. Nueva York, 1925. The Concept of Nature.
Cambridge, 1926. Adventures of Ideas. Nueva York, 1933.
·
Whitney, Charles S.: Bridges: A Study in
Their Art, Science and Evolution. Nueva York, 1929.
·
World Economic Planning; The Necessity for Planned
Adjustment of Productive Capacity and Standards of Living. La
Haya, 1932 [V, VIII]. Introducción exhaustiva al tema, desde casi todos los
ángulos posibles.
·
Worringer, Wilhelm: Form in Gothic.
Londres, 1927. Interesante si no siempre justificado: se relaciona con la forma
general.
·
Zimmer, George F.: The Engineering of
Antiquity. Londres, 1913.
·
Zimmerman, Erich W.: World Resources and
Industries; An Appraisal of Agricultural and Industrial Resources. Nueva
York, 1933 [IV, V]. Muy útil, con una bibliografía adecuada.
·
Zimmern, Alfred: The Greek Commonwealth.
Oxford, 1911 [II]. Nationality and Government. Londres, 1918 [VI].
·
Zonca, Vittorio: Novo Teatro di Machine et
Edifici. Padua, 1607 [III].
·
Zschimmer, Eberhard: Philosophie der
Technik. Jena, 1919.
[1]Weltbild:
representación o visión del mundo (N. del T.).
[2] Personajes
de Gulliver’s Travels, de Swift. Se trata de una raza de seres
humanos degenerados y con costumbres propias de animales (N. del T.).
[3] Gradgrind
y Bounderby: dos nombres supuestos que significan gente común (N. del
T.).
[4] Juego
de palabras entre good-life (buena vida) y goods life (vida
de los bienes). (N. del T.).
[5] Se
trata de las iniciales de las palabras «reading», «‘riting»,
y «‘rithmetic», las dos últimas con esa ortografía especial para
que resulte «R». (N. del T.).
[6] Albio
Flour Mill: Molino de Harina Albion (N. del T.).
[7] Literalmente,
clubs de la lanzadera (N. del T.).
[8] Illth:
juego de palabras entre “health” salud y de “ill” malo,
nocivo. Ruskin inventó “illth”: conjunto de cosas nocivas. (N.
del T.).
[9] Uno
de los factores que impulsaron la construcción de cronómetros exactos fue
precisamente la necesidad de determinar exactamente la longitud en la
navegación. Esto se conseguía comparando la hora local con la de Greenwich
conservada en cronómetros suficientemente precisos, sabiendo que a cada hora de
diferencia corresponden 15° de distancia. (N. del T.).
[10] Nombre
dado al lumpe-proletariado londinense. (N. del T.).
[11] “Si
cada utensilio pudiese ejecutar sin previa orden, por sí mismo, la función que
le es propia, como las obras maestras de Dédalo que se movían por sí mismas, o
como los trípodes de Vulcano que realizaban espontáneamente su trabajo
razonado; si, por ejemplo, las agujas de los tejedores tejiesen ellas mismas,
el jefe del taller no tendría necesidad de ayuda, ni el amo de esclavo”.
Aristóteles, Pol. 44. (N. del T.).
[12] Draisienne» (N.
del T.).

No hay comentarios:
Publicar un comentario