© Libro N° 11995.
El Sastrecillo Valiente (Siete De Un Golpe). Hermanos
Grimm. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
El Sastrecillo Valiente (Siete De Un Golpe). Hermanos Grimm
Versión Original: © El
Sastrecillo Valiente (Siete De Un Golpe). Hermanos Grimm
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
de Carl Offterdinger (1829 - 1889). En: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/8/82/Offterdinger_Das_tapfere_Schneiderlein_%281%29.jpg/800px-Offterdinger_Das_tapfere_Schneiderlein_%281%29.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
(Siete De Un Golpe)
Hermanos Grimm
El
Sastrecillo Valiente
(Siete De
Un Golpe)
Hermanos
Grimm
No hace
mucho tiempo que existía un humilde sastrecillo que se ganaba la vida
trabajando con sus hilos y su costura, sentado sobre su mesa, junto a la
ventana; risueño y de buen humor, se había puesto a coser a todo trapo. En esto
pasó par la calle una campesina que gritaba:
-¡Rica
mermeladaaaa... Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa.
Este
pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina cabeza por la
ventana, llamó:
-¡Eh, mi
amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía!
Subió la
campesina los tres tramos de escalera con su pesada cesta a cuestas, y el
sastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos. Los inspeccionó uno por
uno acercándoles la nariz y, por fin, dijo:
-Esta
mermelada no me parece mala; así que pásame cuatro onzas, muchacha, y si te
pasas del cuarto de libra, no vamos a pelearnos por eso.
La mujer,
que esperaba una mejor venta, se marchó malhumorada y refunfuñando:
-¡Vaya!
-exclamo el sastrecito, frotándose las manos-. ¡Que Dios me bendiga esta
mermelada y me de salud y fuerza!
Y,
sacando el pan del armario, cortó una gran rebanada y la untó a su gusto.
"Parece que no sabrá mal", se dijo. "Pero antes de probarla,
terminaré esta chaqueta."
Dejó el
pan sobre la mesa y reanudó la costura; y tan contento estaba, que las puntadas
le salían cada vez mas largas.
Mientras
tanto, el dulce aroma que se desprendía del pan subía hasta donde estaban las
moscas sentadas en gran número y éstas, sintiéndose atraídas por el olor,
bajaron en verdaderas legiones.
-¡Eh,
quién las invitó a ustedes! -dijo el sastrecito, tratando de espantar a tan
indeseables huéspedes. Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de
hacerle caso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas.
Por fin
el sastrecito perdió la paciencia, sacó un pedazo de paño del hueco que había
bajo su mesa, y exclamando: "¡Esperen, que yo mismo voy a
servirles!", descargó sin misericordia un gran golpe sobre ellas, y otro y
otro. Al retirar el paño y contarlas, vio que por lo menos había aniquilado a
veinte.
"¡De
lo que soy capaz!", se dijo, admirado de su propia audacia. "La
ciudad entera tendrá que enterarse de esto" y, de prisa y corriendo, el
sastrecito se cortó un cinturón a su medida, lo cosió y luego le bordó en
grandes letras el siguiente letrero: SIETE DE UN GOLPE.
"¡Qué
digo la ciudad!", añadió. "¡El mundo entero se enterará de
esto!"
Y de puro
contento, el corazón le temblaba como el rabo al corderito.
Luego se
ciñó el cinturón y se dispuso a salir por el mundo, convencido de que su taller
era demasiado pequeño para su valentía. Antes de marcharse, estuvo rebuscando
por toda la casa a ver si encontraba algo que le sirviera para el viaje; pero
sólo encontró un queso viejo que se guardó en el bolsillo. Frente a la puerta
vio un pájaro que se había enredado en un matorral, y también se lo guardó en
el bolsillo para que acompañara al queso. Luego se puso animosamente en camino,
y como era ágil y ligero de pies, no se cansaba nunca.
El camino
lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo mas alto, se encontró con un
gigante que estaba allí sentado, mirando pacíficamente el paisaje. El
sastrecito se le acercó animoso y le dijo:
-¡Buenos
días, camarada! ¿Qué, contemplando el ancho mundo? Por él me voy yo,
precisamente, a correr fortuna. ¿Te decides a venir conmigo?
El
gigante lo miró con desprecio y dijo:
-¡Quítate
de mi vista, monigote, miserable criatura!
-¿Ah, sí?
-contestó el sastrecito, y, desabrochándose la chaqueta, le enseñó el
cinturón--¡Aquí puedes leer qué clase de hombre soy!
El
gigante leyó: SIETE DE UN GOLPE, y pensando que se tratara de hombres
derribados por el sastre, empezó a tenerle un poco de respeto. De todos modos
decidió ponerlo a prueba. Agarró una piedra y la exprimió hasta sacarle unas
gotas de agua.
-¡A ver
si lo haces -dijo-, ya que eres tan fuerte!
-¿Nada
más que eso? -contestó el sastrecito-. ¡Es un juego de niños!
Y
metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle todo el
jugo.
-¿Qué me
dices? Un poquito mejor, ¿no te parece?
El
gigante no supo qué contestar, y apenas podía creer que hiciera tal cosa aquel
hombrecito. Tomando entonces otra piedra, la arrojó tan alto que la vista
apenas podía seguirla.
-Anda,
pedazo de hombre, a ver si haces algo parecido.
-Un buen
tiro -dijo el sastre-, aunque la piedra volvió a caer a tierra. Ahora verás -y
sacando al pájaro del bolsillo, lo arrojó al aire. El pájaro, encantado con su
libertad, alzó rápido el vuelo y se perdió de vista.
-¿Qué te
pareció este tiro, camarada? -preguntó el sastrecito.
-Tirar,
sabes -admitió el gigante-. Ahora veremos si puedes soportar alguna carga digna
de este nombre-y llevando al sastrecito hasta un inmenso roble que estaba
derribado en el suelo, le dijo-: Ya que te las das de forzudo, ayúdame a sacar
este árbol del bosque.
-Con
gusto -respondió el sastrecito-. Tú cárgate el tronco al hombro y yo me
encargaré del ramaje, que es lo más pesado .
En cuanto
estuvo el tronco en su puesto, el sastrecito se acomodó sobre una rama, de modo
que el gigante, que no podía volverse, tuvo de cargar también con él, además de
todo el peso del árbol. El sastrecito iba de lo más contento allí detrás,
silbando aquella tonadilla que dice: "A caballo salieron los tres
sastres", como si la tarea de cargar árboles fuese un juego de niños.
El
gigante, después de arrastrar un buen trecho la pesada carga, no pudo más y
gritó:
-¡Eh, tú!
¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol!
El sastre
saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos, como si lo
hubiese sostenido así todo el tiempo, y dijo:
-¡Un
grandullón como tú y ni siquiera eres capaz de cargar un árbol!
Siguieron
andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano a la copa,
donde colgaban las frutas maduras, inclinó el árbol hacia abajo y lo puso en
manos del sastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el hombrecito era
demasiado débil para sujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el gigante, volvió
la copa a su primera posición, arrastrando consigo al sastrecito por los aires.
Cayó al suelo sin hacerse daño, y el gigante le dijo:
-¿Qué es
eso? ¿No tienes fuerza para sujetar este tallito enclenque?
-No es
que me falte fuerza -respondió el sastrecito-. ¿Crees que semejante minucia es
para un hombre que mató a siete de un golpe? Es que salté por encima del árbol,
porque hay unos cazadores allá abajo disparando contra los matorrales. ¡Haz tú
lo mismo, si puedes!
El
gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo que también
esta vez el sastrecito se llevó la victoria. Dijo entonces el gigante:
-Ya que
eres tan valiente, ven conmigo a nuestra casa y pasa la noche con nosotros.
El
sastrecito aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna,
encontraron a varios gigantes sentados junto al fuego: cada uno tenía en la
mano un cordero asado y se lo estaba comiendo. El sastrecito miró a su
alrededor y pensó: "Esto es mucho más espacioso que mi taller."
El
gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse y dormir. La cama, sin
embargo, era demasiado grande para el hombrecito; así que, en vez de acomodarse
en ella, se acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el gigante que su
invitado estaría profundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme
barra de hierro, descargó un formidable golpe sobre la cama. Luego volvió a
acostarse, en la certeza de que había despachado para siempre a tan
impertinente grillo. A la madrugada, los gigantes, sin acordarse ya del
sastrecito, se disponían a marcharse al bosque cuando, de pronto, lo vieron tan
alegre y tranquilo como de costumbre. Aquello fue más de lo que podían
soportar, y pensando que iba a matarlos a todos, salieron corriendo, cada uno
por su lado.
El
sastrecito prosiguió su camino, siempre con su puntiaguda nariz por delante.
Tras mucho caminar, llegó al jardín de un palacio real, y como se sentía muy
cansado, se echó a dormir sobre la hierba. Mientras estaba así durmiendo, se le
acercaron varios cortesanos, lo examinaron par todas partes y leyeron la
inscripción: SIETE DE UN GOLPE.
-¡Ah!
-exclamaron-. ¿Qué hace aquí tan terrible hombre de guerra, ahora que estamos
en paz? Sin duda, será algún poderoso caballero.
Y
corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su opinión sería un hombre
extremadamente valioso en caso de guerra y que en modo alguno debía perder la
oportunidad de ponerlo a su servicio. Al rey le complació el consejo, y envió a
uno de sus nobles para que le hiciese una oferta tan pronto despertara. El
emisario permaneció en guardia junto al durmiente, y cuando vio que éste se
estiraba y abría los ojos, le comunicó la proposición del rey.
-Justamente
he venido con ese propósito -contestó el sastrecito-. Estoy dispuesto a servir
al rey -así que lo recibieron honrosamente y le prepararon toda una residencia
para él solo.
Pero los
soldados del rey lo miraban con malos ojos y, en realidad, deseaban tenerlo a
mil millas de distancia.
-¿En qué
parará todo esto? -comentaban entre sí-. Si nos peleamos con él y la emprende
con nosotros, a cada golpe derribará a siete. No hay aquí quien pueda
enfrentársele.
Tomaron,
pues, la decisión de presentarse al rey y pedirle que los licenciase del
ejército.
-No
estamos preparados -le dijeron- para luchar al lado de un hombre capaz de matar
a siete de un golpe.
El rey se
disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a perder tan fieles
servidores: ya se lamentaba hasta de haber visto al sastrecito y de muy buena
gana se habría deshecho de él. Pero no se atrevía a despedirlo, por miedo a que
acabara con él y todos los suyos, y luego se instalara en el trono. Estuvo
pensándolo por horas y horas y, al fin, encontró una solución.
Mandó
decir al sastrecito que, siendo tan poderoso hombre de armas como era, tenía
una oferta que hacerle. En un bosque del país vivían dos gigantes que causaban
enormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie
podía acercárseles sin correr peligro de muerte. Si el sastrecito lograba
vencer y exterminar a estos gigantes, recibiría la mano de su hija y la mitad
del reino como recompensa. Además, cien soldados de caballería lo auxiliarían
en la empresa.
"¡No
está mal para un hombre como tú!" se dijo el sastrecito. "Que a uno
le ofrezcan una bella princesa y la mitad de un reino es cosa que no sucede
todos los días." Así que contestó:
-Claro
que acepto. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no me hacen falta los
cien jinetes. El que derriba a siete de un golpe no tiene por qué asustarse con
dos.
Así,
pues, el sastrecito se puso en camino, seguido por cien jinetes. Cuando llegó a
las afueras del bosque, dijo a sus seguidores:
-Esperen
aquí. Yo solo acabaré con los gigantes.
Y de un
salto se internó en el bosque, donde empezó a buscar a diestro y siniestro. Al
cabo de un rato descubrió a los dos gigantes. Estaban durmiendo al pie de un
árbol y roncaban tan fuerte, que las ramas se balanceaban arriba y abajo. El
sastrecito, ni corto ni perezoso, eligió especialmente dos grandes piedras que
guardó en los bolsillos y trepó al árbol. A medio camino se deslizó por una
rama hasta situarse justo encima de los durmientes, y, acto seguido, hizo muy
buena puntería (pues no podía fallar) pues de lo contrario estaría perdido.
Los
gigantes, al recibir cada uno un fuerte golpe con la piedra, despertaron
echándose entre ellos las culpas de los golpes. Uno dio un empujón a su
compañero y le dijo:
-¿Por qué
me pegas?
-Estás
soñando -respondió el otro-. Yo no te he pegado.
Se
volvieron a dormir, y entonces el sastrecito le tiró una piedra al segundo.
-¿Qué
significa esto? -gruñó el gigante-. ¿Por qué me tiras piedras?
-Yo no te
he tirado nada -gruñó el primero.
Discutieron
todavía un rato; pero como los dos estaban cansados, dejaron las cosas como
estaban y cerraron otra vez los ojos. El sastrecito volvió a las andadas.
Escogiendo la más grande de sus piedras, la tiró con toda su fuerza al pecho
del primer gigante.
-¡Esto ya
es demasiado! -vociferó furioso. Y saltando como un loco, arremetió contra su
compañero y lo empujó con tal fuerza contra el árbol, que lo hizo estremecerse
hasta la copa. El segundo gigante le pagó con la misma moneda, y los dos se
enfurecieron tanto que arrancaron de cuajo dos árboles enteros y estuvieron
aporreándose el uno al otro hasta que los dos cayeron muertos. Entonces bajó
del árbol el sastrecito.
"Suerte
que no arrancaron el árbol en que yo estaba", se dijo, "pues habría
tenido que saltar a otro como una ardilla. Menos mal que nosotros los sastres
somos livianos."
Y
desenvainando la espada, dio un par de tajos a cada uno en el pecho. Enseguida
se presentó donde estaban los caballeros y les dijo:
-Se
acabaron los gigantes, aunque debo confesar que la faena fue dura. Se pusieron
a arrancar árboles para defenderse. ¡Venirle con tronquitos a un hombre como
yo, que mata a siete de un golpe!
-¿Y no
estás herido? -preguntaron los jinetes.
-No
piensen tal cosa -dijo el sastrecito-. Ni siquiera, despeinado.
Los
jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque y allí encontraron
a los dos gigantes flotando en su propia sangre y, a su alrededor, los árboles
arrancados de cuajo.
El
sastrecito se presentó al rey para pedirle la recompensa ofrecida; pero el rey
se hizo el remolón y maquinó otra manera de deshacerse del héroe.
-Antes de
que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino -le dijo-, tendrás que
llevar a cabo una nueva hazaña. Por el bosque corre un unicornio que hace
grandes destrozos, y debes capturarlo primero.
-Menos
temo yo a un unicornio que a dos gigantes -respondió el sastrecito--Siete de un
golpe: ésa es mi especialidad.
Y se
internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de haber rogado a sus
seguidores que lo aguardasen afuera.
No tuvo
que buscar mucho. El unicornio se presentó de pronto y lo embistió ferozmente,
decidido a ensartarlo de una vez con su único cuerno.
-Poco a
poco; la cosa no es tan fácil como piensas -dijo el sastrecito.
Plantándose
muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio estuviese cerca y,
entonces, saltó ágilmente detrás del árbol. Como el unicornio había embestido
con fuerza, el cuerno se clavó en el tronco tan profundamente, que por más que
hizo no pudo sacarlo, y quedó prisionero.
"¡Ya
cayó el pajarito!", dijo el sastre, saliendo de detrás del árbol. Ató la
cuerda al cuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y llevó su presa
al rey.
Pero éste
aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió un tercer trabajo. Antes
de que la boda se celebrase, el sastrecito tendría que cazar un feroz jabalí
que rondaba por el bosque causando enormes daños. Para ello contaría con la
ayuda de los cazadores.
-¡No
faltaba más! -dijo el sastrecito-. ¡Si es un juego de niños!
Dejó a
los cazadores a la entrada del bosque, con gran alegría de ellos, pues de tal
modo los había recibido el feroz jabalí en otras ocasiones, que no les quedaban
ganas de enfrentarse con él de nuevo.
Tan
pronto vio al sastrecito, el jabalí lo acometió con los agudos colmillos de su
boca espumeante, y ya estaba a punto de derribarlo, cuando el héroe huyó a todo
correr, se precipitó dentro de una capilla que se levantaba por aquellas
cercanías. subió de un salto a la ventana del fondo y, de otro salto, estuvo
enseguida afuera. El jabalí se abalanzó tras él en la capilla; pero ya el
sastrecito había dado la vuelta y le cerraba la puerta de un golpe, con lo que
la enfurecida bestia quedó prisionera, pues era demasiado torpe y pesada para
saltar a su vez por la ventana. El sastrecito se apresuró a llamar a los
cazadores, para que la contemplasen con su propios ojos.
El rey
tuvo ahora que cumplir su promesa y le dio la mano de su hija y la mitad del
reino, agregándole: "Ya eres mi heredero al trono".
Se
celebró la boda con gran esplendor, y allí fue que se convirtió en todo un rey
el sastrecito valiente.
* * * *
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