© Libro N° 11980.
Doña Milagros. Pardo
Bazán, Emilia. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
Doña Milagros. Emilia Pardo Bazán
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Emilia Pardo Bazán
Doña
Milagros
Emilia
Pardo Bazán
Prólogo en el cielo
- I -
- II -
- III -
- IV -
- V -
- VI -
- VII -
- VIII -
- IX -
- X -
- XI -
- XII -
- XIII -
- XIV -
- XV -
- XVI -
- XVII -
- XVIII -
- XIX -
En la
pila bautismal me pusieron el nombre de Benicio. Por el lado paterno llevé el
apellido de los Neiras de Villalba, pueblo digno de eterno renombre, donde se
ceban los más suculentos capones de la Península española. En el escudo de mi
casa solariega, sin embargo, no campean estas aves inofensivas, sino un águila
coronada y un par de castillos de sable sobre campo de gules. Tales zarandajas
heráldicas no impidieron a mi padre, el mayorazgo, casarse con la hija de un
confitero y chocolatero natural de Astorga, establecido en los soportales de la
Plaza de Lugo. Era mi padre (Dios le haya perdonado) algo antojadizo y terco y
bastante libertino; y como la recia virtud de mi madre no consintió rendirse a
sus asaltos, a contrapelo de toda la familia la hizo su esposa.
Yo creo
que en tan desigual enlace quien salió perdiendo fue la confitera. Poseedora de
las cualidades morales que faltaban a su marido; hacendosa, recta y cristiana a
carta cabal, mi madre vivió sola, despreciada, maltratada y faltándole cariño,
consagró el suyo entero a mi hermana y a mí. Digo mal: yo fui el preferido, el
único amado tal vez, porque mi hermana, que pecaba de intrigante y chismosuela,
fue desde pequeñita el ojo derecho de mi padre. Mi niñez corrió triste, viendo
a mamá esconderse para llorar por los rincones de la casa, y echándome a
temblar cuando papá gritaba y maldecía y soltaba cada terno que se venía abajo
la bóveda celeste; pues una de las peores mañas del autor de mis días era jurar
como un carretero desde que abría la boca; y recuerdo que mi madre me inculcó
el odio a tan feo vicio, hasta hacerme caer en el extremo de considerar los
juramentos, las blasfemias y las palabras soeces como el mayor y más estúpido
pecado que puede cometer el hombre. Esta y las demás enseñanzas de mi madre se
me grabaron indeleblemente, viniendo a ser la base de mis convicciones y
principios; así como en el fondo de mi carácter quedó una blandura y un
apocamiento, que atribuyo a haberme ensopado y reblandecido el corazón los
terrores y las lágrimas maternales. Mi madre era mujer chapada a la antigua, e
hizo predominar en mí el elemento tradicional sobre el innovador; porque (ahora
lo discierno claramente) no cabía en sus facultades equilibrar los dos de tal
manera que yo me encontrase en condiciones favorables para vivir en la época
que Dios había señalado a mi paso por el mundo. Aprendí de mi madre la
probidad, el horror a las deudas, el respeto de los contratos y de la honra de
las mujeres, la modestia, la economía, la frugalidad, la veracidad, virtudes que
adornan a la grave raza castellana, aunque se atribuyan en general a la
ibérica. También me fue inculcado por mi madre otro sentimiento nada común en
la sociedad actual: una consideración profunda por las personas de elevado
nacimiento, unida a cierto democrático individualismo y a mucha llaneza con los
inferiores. En cuanto a la enseñanza religiosa, por entero la debí a mi madre:
ella me obligó a aprender de memoria el Catecismo, me hizo rezar diariamente el
Rosario, me leyó en el Año Cristiano las vidas de los Santos y
en el Kempis los capítulos referentes a la resignación, a la
humilde sujeción, al hombre bueno y pacífico, a la tolerancia de las injurias,
al puro corazón y la intención sencilla. Tales doctrinas prendieron en mí
maravillosamente: sin duda existía oculta conformidad entre ellas y mi
carácter; por lo cual llegué a imaginarme (a posteriori) que me hubiese convenido más ser amamantado en
principios de energía, acción y violencia, porque hallándose estos en pugna con
mi condición natural, se establecería el provechoso equilibrio donde quizá
reside el secreto de la armonía, perfección y felicidad humana. Someto este
problema a los doctos, y paso adelante.
Cuando me
veía quejoso y dolorido del proceder de mi padre, mamá me predicaba la
conformidad más entera. «Las faldas del marido -me decía- no excusan jamás las
de la mujer. Él es el jefe de la casa, y se le ha de obedecer y se le ha de
querer bien, todo lo que no sea esto se queda para bribonas infames. Rezar
mucho a ver si se convierte y se hace bueno... y paciencia, y que cada cual
acepte su cruz. Contra el marido y el padre jamás tiene razón la mujer y el
hijo. Silencio... y Dios sobre todo».
Uno de
los sanos consejos de la que me llevó en sus entrañas, fue el de seguir una
carrera. «Hijo -me decía- Dios sabe a dónde llegaremos... Puede suceder que
tengamos que pedir limosna». La vida rota y relajada de mi padre daba cierta
verosimilitud a tan tristes profecías. Asistí, pues, al Instituto, con
propósito de ingresar más tarde en el Seminario, ordenarme y conseguir un
curato de aldea donde viviríamos mi madre y yo, humildemente, según el espíritu
del Kempis, pero sin mendigar. La muerte de mi madre, casi súbita,
de un ataque de reuma al corazón, malogró estos planes. Por consejo de mi tío
Ventura Neira, el abogado, se me envió a la Universidad compostelana a cursar
leyes.
Cuento
mis épocas de estudiante como las mejores de mi vida. La alegría y descuido de
la mocedad, el trato regocijado de los amigos, las bromas y los
entretenimientos propios de mi edad y mi estado, me dejaron delicioso recuerdo.
Debo advertir que esto ocurría allá por los años 45 a 50, cuando todavía decir
estudiante era decir buen humor, chispa, viveza, ingenio, travesura. Ahora las
estudiantinas (todos los Carnavales se presenta alguna en Marineda) parecen
cuadrillas de penitentes, según lo compungidas y contritas que se muestran: ni
por casualidad provocan el más leve desorden; ni siquiera galantean a las
muchachas; embolsan el dinero que las dan, con la misma tristeza con que los
pobres vergonzantes se guardan el socorro; andan como si se hubiesen tragado el
molinillo; en fin, estos no son escolares. Nosotros armábamos cada guitarreo y
cada baile de máscaras y cada gresca, que si me acuerdo aún me río. Yo no
figuraba entre los inventores de las diabluras; pero no descomponía partido; se
contaba conmigo siempre, y una vez metido en danza, no me quedaba atrás
(entendiéndose que nuestras humoradas no pertenecían al género de las que dejan
en pos de sí deshonor y llanto).
Excuso
decir que ni rastros persistían en mí de la supuesta vocación eclesiástica. Al
contrario... Confesémoslo sin rebozo: mi corazón juvenil latía dulcemente
solicitado por misteriosas voces y por ansias indefinibles. Un aguijón, un
estímulo suave me incitaba sin cesar a que me aproximase a la mitad bella de la
humana progenie. Estudiante más enamoradizo que yo, dudo que haya existido
desde que hay aulas en el mundo. Sólo que en mí no llegaba a adquirir la pasión
amorosa el grado de concentración y de fijeza que la hace terrible: a fuerza de
gustarme tanto las mujeres, no me perdía por ninguna. Verlas y derretirme en
babas, era todo uno; sus insinuaciones me encontraban siempre rendido, galante,
hecho un caramelo; hoy me mareaban unas pupilas de azabache, mañana dos ajos
azules me volvían tarumba... y, al fin, nada; revoloteos de mariposa, sin
consecuencias ulteriores.
Mi
espíritu no anhelaba los torturadores goces del amor culpable, pagarlos con el
desasosiego de la conciencia: lo que me sonreía, en medio de tantos
zascandileos amorosos, era la perspectiva de la honesta felicidad conyugal. «No
hay remedio: me caso no bien acabe la carrera», decía, pareciéndome lo más
natural del mundo que como el ave busca pareja y nido, busque compañera y hogar
el hombre. Así es que apenas tuve en el bolsillo mi título de licenciado,
empecé a tender la vista, por si distinguía la media naranja... No fue en
Compostela, centro al fin de vida un poquillo disipada, donde se me apareció,
sino en Monforte, la villa medioeval, legendaria, que aún domina, ceñudo y
fiero, el torreón de los Hidalgos. ¡Allí te encontré, cara esposa, Ilduara mía,
en quien hasta el nombre revistió carácter de noble severidad, de dignidad
austera! ¡Algunas veces, al ver tu majestuoso continente, tus formas en que
cada año fue acentuándose más la línea recta, y sobre todo, tu energía
indomable, tu intransigencia loabilísima, te he comparado al torreón de tu
pueblo natal! Sin embargo, al tiempo que te conocí, la amable risa descendía
aún a tus ojos y a tus labios. ¡Después del primer año de boda fue cuando
empezó a ocurrírseme que te parecías al torreón!
Poseía mi
Ilduara bienes y casas en Monforte, y allí vivimos algún tiempo y nacieron
nuestros primeros vástagos. Porque esta fue otra excelencia y cualidad singular
de mi esposa: rendir infaliblemente su cosecha anual. Fecundidad semejante es
extraordinaria aun en Galicia misma. En esta narración se irá patentizando
hasta dónde llegaba la fertilidad de Ilda: debo decir que no puede compararse
sino con el prodigioso desarrollo del sentimiento de la filogenitura en mí. Tal
sentimiento dormía en las profundidades de mi ser afectivo, y sólo aguardaba,
para revelarse en toda su fuerza, la abundancia de prole con que quiso Dios
bendecir mi casa. Desde los paseos a las altas horas, descalzo y con el canario
de alcoba muy agasajadito en el pecho, hasta las corridas a cuatro patas con el
nene montado sobre el espinazo; desde la fabricación de trompos y cometas hasta
los perennes repasos de silabario y Astete, recorrí todos los grados de la
paternidad celosa y babosa: mi Ilduara bastante tenía con parir...
Un
trágico acontecimiento fue el primer cáliz de amargura que me hizo apurar la
paternidad. Mi primogénito era un varón, de lo más travieso, adelantado y listo
que se ha visto nunca: un fenómeno de talento para sus cuatro años. Con decir
que ya juntaba las letras... Cierto día se puso la criada a vestirle,
teniéndole sentado en el hueco de una de esas ventanas antiguas que forman como
nichos hondos. La vidriera estaba entornada... En una vuelta que dio la infante
mujer, el niño se inclinó... La cabeza le pesaba más que el cuerpo... ¡Ay, de
mí!
Desde
entonces Monforte se me hizo aborrecible. Los guijarros de las calles tenían
sangre de mi pequeño. Nos trasladamos a Lugo.
Encontré
a mi padre completamente subyugado por el marido de mi hermana, un procurador
llamado Garroso, lo más fullero y tramposazo que han conocido los siglos. Mi
Ilduara, desde el primer instante, adivinó la situación, y las dos cuñadas se
declararon guerra a muerte, sin tregua ni cuartel posible. Guerra solapada, eso
sí, pero doblemente feroz: tiroteo incesante de chismes, delaciones, enredos,
competencias, murmuraciones, desdenes y mal encubiertas groserías. Lo primerito
que hicieron, ponerse motes. Mi hermana apodó a mi esposa el Estandarte,
y mi esposa se vengó llamando a mi hermana la Dulcera.
¡Inconsiderada profanación de la memoria de mi santa madre!
No es
decible la hiel que yo tragué con semejantes rencillas. El dolor causado por la
desgracia de mi Monchito era al menos un dolor noble y que podía confesar y
desahogar ante las gentes; pero estas miserables cuestiones, si pudiese, me las
callaría a mí mismo. Andaba avergonzado. Comprendí entonces por primera vez que
el esposo, cuando no establece desde un principio su autoridad doméstica y su
legítimo ascendiente, queda anulado, sometido a la que, de súbita, se trueca en
tirana fiera. Ilduara desoyó mis ruegos, se mofó de mis consejos y hasta volvió
contra mí las faltas de los míos. Mi padre tomó, por supuesto, el partido de mi
hermana, y, enfermo de gravedad, no quería recibirme ni sufrirme a su cabecera.
Falleció, y ni aun después de muerto me lo dejaron ver. Se abrió el testamento,
y aparecí perjudicado en todo lo posible, con la saña y la mala voluntad que
podrían desplegarse contra el hijo más calavera e ingrato. Yo me inclinaba a
conformarme y tomar lo que buenamente me diesen; pero Ilduara, sin conocimiento
mío, consultó a varios abogados, y me forzó a entablar una serie de litigios,
de lo más embrollado que registran los laberínticos anales de la curia gallega.
Allí tuve ocasión de comprobar el acerado temple de alma de mi esposa. Ella
aseguraba que su bello ideal era pleitear «hasta quedarse por puertas» con tal
de ver a la familia de Garroso pidiendo también limosna. El lecho conyugal,
campo reservado a más tiernas expansiones, se convirtió para mí en antecámara
de la Audiencia marinedina, y todas las noches oí hablar de incidentes, vistas,
juicios, sala, autos, documentos -mezclado con invectivas y furibundos ataques
a mis padres, cuñado, hermana, etcétera-. ¡Qué intimidades, santo Dios, qué
intimidades! Dos años duró este tósigo. Al fin, mi cuñado me propuso
secretamente una transacción. Leonina, claro está; pero si el pleito de
partijas continuaba, todos quedaríamos iguales, en camisa... Temblé por mis
pobres chiquillos, y esta idea me dio fuerzas para abrazar una resolución sin
consentimiento de Ilduara. Abracela, y firmé...
Menos
funesto hubiese sido para mi paz doméstica abrazar a todas las mozas de seis
leguas en contorno. ¡Oh firma, oh rúbrica, que aún me parece estar viendo al
pie de la escritura, con vuestras letras encogidas, con vuestros trémulos
rasgos! Por obra vuestra descendí definitivamente desde el augusto solio de
jefe de familia al humilde lugar de esclavo consorte; vosotras, como las letras
de fuego que mudaron la faz del destino del monarca babilónico, señalasteis en
mi existencia de esposo y padre un trágico momento de crisis. Desde entonces
fui el acusado, el culpable, el traidor de la familia; todas nuestras escaseces
y adversidades se achacaron a aquel Benicio Neira y Quiñones... en
mal hora estampado; cuantas veces intenté hacer prevalecer mi opinión en mi
hogar, o emanciparme en algo, vino la fatídica firma a taparme la boca, y oí
resonar la frase tremenda:
-Como tú
arruinaste a tus niños con la escritura de partijas...
A fuerza
de oírlo repetir, llegué a creerlo yo mismo; sí, llegué a creer que, en efecto,
con la malhadada firma, había consumado la perdición de tan queridos seres.
Sin
embargo, para que se vea lo que son las pequeñeces y cuánto pesan en la balanza
de nuestra vida, no fue la desdichada transacción, sino otro suceso harto
insignificante, lo que hizo rebosar el vaso de la cólera y disgusto de mi
Ilduara, y la movió a adoptar una determinación tan radical como la de
trasladar nuestra residencia fuera de Lugo. Es el caso que el odio que mi
esposa sentía hacia la familia de mi hermana se comunicaba a nuestra
progenitura, y ya varias veces mi hija mayor, Gertrudis, había andado a la
greña, en la escuela, con las chiquillas de Garroso. Sólo el varón primogénito
de los Garroso, llamado Luis, de cinco años, se empeñaba, con magnanimidad
notoria, en echar pelillos a la mar; y apenas me veía desde cien leguas, ya
estaba gritando: «¡Tío Benitio... tío Benitio!... ¡Tayamelos!...». En épocas de
relativa concordia había yo contraído el hábito de regalarle, siempre que le
encontraba, dos o cuatro cuartos de esta golosina; y el ángel de Dios, por no
perder la costumbre, venía a reclamar su renta. Era tan guapote, tan colorado y
tan zalamero aquel sobrino mío; se parecía tanto a la pobre mamá, que, vamos,
cada vez que le hacía un desaire, me dolía el corazón. Una tarde salía yo de la
Catedral, de oír la plática del señor Penitenciario sobre el perdón de las
injurias, cuando me veo venir disparado al rapaz, repitiendo su estribillo:
«¡Tío... tayamelos... tayamelos!...». Agarrado a mi gabán, y saltando a la
patacoja, me llevó hacia los soportales, a la más próxima confitería. Tuve un
momento de flaqueza. «Mira que no digas nada a nadie, Luisito...». Y le puse en
las manos un cucurucho. Cuando salíamos de la confitería vi en los soportales
de enfrente a mi hija Gertrudis, por donde comprendí que se preparaba un
conflicto, y me propuse agachar las orejas y callar. Mas ¿cómo podía figurarme
que, en vez de los sermones a que iba habituándome ya, mi mujer me recibiese
con estas palabras disparadas a boca de jarro?
-He
escrito a Marineda preguntando por los alquileres de las casas.
-Mañana
empezaremos a levantar esta. Yo no sigo viviendo en infierno semejante: no y
no.
Cuando
comprendí que la cosa iba de veras, me resigné. ¿Qué había de hacer? Un
infierno era realmente nuestra existencia, envenenada por lo que más repugna a
mi carácter: odios, luchas y desazones diarias. Sólo que, si se hubiese querido
oír mi consejo, sería contrario a la traslación de domicilio a Marineda, donde
según mis noticias, la vida empezaba a complicarse con exigencias de lujo que
me asustaban, y favorable a Monforte, residencia más conveniente para un
matrimonio tan prolífico como el nuestro. Ha de decirse la verdad. Yo no creo
que la tontería aquella de los caramelos bastase a precipitar a Ilduara de tal
modo. Juzgo que influyó muchísimo su vanidad, o, mejor dicho, su justo amor
propio de esposa del mayorazgo de Neira, que se ve arrojada de la casa
solariega por manejos más o menos turbios de un procurador; pues este era el
caso verdaderamente triste en que nos encontrábamos, y el aguilucho y los
torreones de Neira, como todo lo más lúcido de un patrimonio, después de la
consabida transacción, a mi cuñado pertenecían. Se me figura, pues, que
Ilduara, creyó humillante la retirada a Monforte, y dio por cierto que la
marcha a Marineda revestía cierto carácter triunfal, como si por medio de ella
dijese a su aborrecida cuñada: «¡Usurpadora, ave de rapiña, quédate ahí hecha
una lugareña, una procuradora de mala muerte! Nosotros, los Neiras verdaderos,
nos vamos adonde la gente fina ha de apreciarnos más, adonde están nuestros
iguales, adonde vivamos en la esfera que nos corresponde y en el pie que nos compete».
Para mí
el trasplante fue doloroso. Y si analizo bien los motivos de la pena que sentí
al dejar a Lugo, sus humedades y sus brumas, yo mismo declaro que pertenecen al
número de aquellos sentimientos que demuestran que está lleno de
contradicciones el corazón humano. Me afligía dejar a Lugo, por lo mismo que en
él no gocé ni por casualidad un rato bueno. Y aquella gente ávida, indelicada,
sin fe, entre cuyas manos se quedaba lo mejor de mi herencia paterna y la paz
de mi hogar, me angustiaba, ¡quién lo dijera!, el perderla de vista, porque de
tal pasta soy, que no puedo desencariñarme de cosa ni de persona alguna...
Además, parecíame destruir, con el cambio de horizontes, mi ser tradicional de
propietario e hidalgo, en el cual fundaba, no diré mi orgullo, pues esta
profana virtud o nervio viril del orgullo, brillante vicio del alma superior,
me faltó siempre, pero sí mi modestísima dignidad, y el ambiente de lo que
puedo llamar mi vida histórica. Yo venero el pasado. Jamás miré sin respeto las
miniaturas de mis abuelas y tías, con sus mangas de jamón y su peinado a
lo nene; nunca creí que se pudiese ser cosa mejor que Neira de
Villalba; y la conservación de los muebles, inmuebles y fincas legadas por los
antecesores, la juzgué religioso deber. Uno de mis dolores del alma fue que
ciertos estafermos que poseíamos desde tiempo inmemorial, ciertos majestuosos
muebles apolillados, se vendiesen a una prendera, por imposibilidad de
acomodarlos en nuestra residencia marinedina. Después supe que entre aquellos
trastos nos deshicimos de algunas antiguallas de mérito.
Quizá por
la prevención que llevaba conmigo, al pronto Marineda no me agradó. Luego fui
convenciéndome de que se la puede contar entre las más lindas capitales de
provincia de España, si se exceptúan tres o cuatro ciudades de gran
importancia, como Barcelona y Sevilla. En esto convenían todos los forasteros.
Lo que me arrebató y cautivo fue el mar. Ni nunca lo había visto, ni nunca pude
imaginarme la hermosura, la atracción, la grandeza de tan magnífico elemento.
Los pensamientos religiosos y hasta filosóficos que me sugería, no los quiero
revelar, porque no sé si parecerían disparates, y además porque tiene algo de
vago e intraducible, que sólo podría condensarse en palabras si Dios me hubiese
otorgado dotes poéticas. Lo cierto es que la ocupación de contemplar el mar
vino a ser predilecta para mí, y si los días de tormenta y vendaval me
extasiaba el soberano espectáculo del Océano en el Varadero, los días
tranquilos me embelesaba con el siempre variado cuadro de la bahía, la entrada
y salida de vapores, el movimiento de la grúa y el ir y venir de las lanchas
pasajeras cargadas de gente.
No
disponía, sin embargo, de mucha libertad de espíritu para semejantes
contemplaciones, porque mi vida doméstica era agitada, angustiosa, merced a la
repetición periódica del fenómeno de la paternidad. Desde la llegada a
Marineda, en vez de amainar, había arreciado el chaparrón de hijos (lo cual
podía atribuirse a influencias del aire salitroso). De esta cosecha no toda
llegó a espigar y lograrse; pero entre embarazos, partos, amas, niñeras,
médicos, denticiones, escarlatinas, escuelas y maestras de costura, estábamos
que no nos llegaban a media muela el tiempo ni los cuartos. No obstante, hacia
el principio de la década de 1878 a 88, Dios consintió algún alivio a nuestra
enfermedad, que maliciosamente llamaría alguien plétora de salud. Sea que
experimentásemos cierto cansancio vital, sea por otras causas desconocidas,
pasaron cinco o seis años, ¡cinco o seis años!, sin que amenazase caer de nuevo
sobre nuestras cabezas la bendición del Señor. Yo miraba a mi Ilduara de reojo,
y me congratulaba viendo su talle, no ya esbelto, sino plano. Esta satisfacción
la amargaba aun poco la decadencia física de mi leal compañera, en quien notaba
cuantos la conocían, un estado de salud nada floreciente. ¿Y cómo era posible
otra cosa después de tan continuas batallas, de fecundidad tan increíble?
Padecía mi esposa diversísimos achaques, unos acabados en algias,
como neuralgias, gastralgias y cefalalgias; otros en agias, como
hemorragias; otros en emia, como anemia...; pero todo ello,
hablando en cristiano, se podía encerrar en dos síntomas funestos: debilidad de
un organismo gastado, pérdidas de sangre que agotaban su escaso caudal de
vigor. Lo extraño es que semejantes empobrecimientos y aflicciones no paraban
en apagarle el carácter a Ilda, ni en doblegar su firmeza. Al contrario, aquel
carácter de bronce parecía más recio y bravo con los males físicos; a semejanza
de los mártires que en el tormento cobraban fuerzas, mi mujer se crecía más
cuanto más sufría. Nunca ejerció mejor la dictadura; nunca la familia se
inclinó más sumisa bajo su férreo, aunque provechoso yugo. Aquel cuerpo, en vez
de rendirse, parecía curtirse a la intemperie, como el famoso torreón; aquel
genio, en vez de amansarse, se volvía más arisco y fiero; aquella boca, en vez
de ayes, exhalaba filípicas y regaños por cualquier motivo leve, o sin motivo
ni sombra de él. Era esto bien contrario a mi índole, pacífica de suyo y
codiciosa de tranquilidad en el sagrado recinto de mis lares; y nuevamente
lamenté no haber desplegado, desde los primeros días del matrimonio, un poco de
energía y de tesón que alcanzase en mis manos el cetro de la autoridad, mía y
sólo mía en su divino origen, como varón que soy. Si en casa de mis padres
obedecía siempre la mártir mujer, en la mía el marido era... francamente: era
la carabina de Ambrosio.
No
obstante, lo llevaba todo con paciencia: asperezas, persecuciones, bufidos, el
amargo y perpetuo reproche de haber arruinado a nuestros hijos, de ser un
panarra y un hombre inútil: sólo llegó a sacarme de quicio cierta peregrina
manía que a deshora padeció Ilduara... y fueron los... risa da escribirlo...
los furiosos celos que impensadamente empezaron a torturarla... digo mal... a
torturarme a mí.
Siempre
había notado en mi esposa atisbos de esa rabiosa enfermedad; caso tanto más
raro, cuanto que Ilda (dígase en honor suyo) nunca se mostró en nuestra
relación conyugal extremosa y apasionada, como yo la hubiese deseado allá en
los venturosos días de Monforte, aurora de nuestro amor; sino que supo guardar,
hasta un extremo inconcebible y para mí muy doloroso al principio, aquella
casta rigidez y recato de la verdadera esposa cristiana, y aquella reserva y
aparente frialdad que, si enojan al enamorado loco, deben satisfacer
profundamente al marido cuerdo.
Respecto
a los celos de Ilda, mi ejemplar conducta, mi fidelidad a prueba, el empeño que
ponía en desvanecer y calmar sus aprensiones, habían impedido que llegasen a
adquirir carácter perturbador de nuestra tranquilidad. ¡Y lo que no había sido
en la mocedad más que transitoria afección, retoñaba después de los años mil,
adquiriendo proporciones alarmantes! Yo no volvía de mi asombro, en especial
cuando me miraba al espejo. Si allá, por los tiempos en que era Neirita el
estudiante y rasgueaba en la guitarra, en tertulias caseras, la Marcha
de Luis XVI yendo al cadalso, pude alabarme de una regular presencia, ahora
de todo apenas quedaban señales; y como no soy fatuo ni me dio nunca por hacer
el pisaverde, lo declaro y pongo aquí el inventario descriptivo de mis gracias:
Mediana estatura; cabeza pequeña y piriforme, cubierta de un cepillo cerdoso y
entrecano; bigote híspido y color de ala de mosca; dientes largos, calzados de
verdín, como teclas de piano viejo que atacó la humedad; ojos... vamos, los
ojos podían pasar, y aun creo que en su negra profundidad se reflejaba la
honradez de mi alma, por la cual su expresión no carecía de atractivo. Para
definir de una vez lo peculiar de mi aspecto, diré que mi cara era una cara de
época, atrasada, como reloj que se ha parado, de estas que en mi país se
llaman caras antiguas; pero no de carácter histórico tan remoto
como esta frase parece significar, pues la fecha que marcaba mi semblante era
la de Espartero y la milicia; estaba diciendo Constitución o muerte.
Creo que a ello ayudaba mi manera anticuada de afeitarme, rasurándome todo el
vello facial, excepto el bigotillo de hisopo y la saliente mosquita. Volviendo
al asunto por que saqué a relucir mi facha, claro que esta no justificaba la
rara aprensión que le entró a mi buena esposa, aprensión de la cual debo hablar
con indulgencia, pues demuestra gran amor, aunque extraviado. En gracia de él
la perdoné y vuelvo de todo corazón a perdonarla aquel tomar y despedir de
criadas, cocineras y niñeras, aquel andar buscando para nuestro servicio las
más feas jimias y los más espantables monstruos, aquel humillante espionaje a
que me vi sometido, aquellas insensatas acusaciones y aquellas denigrantes
sospechas. Se las perdoné, claro está, aunque en el momento me consternaban, a
mí que profeso la religión del lazo conyugal y que desde mis bodas no había
encaminado mi gusto sino por la honesta vía del deber. En ocasiones me daba al
diablo, no sabiendo qué idear para devolver el juicio a la digna matrona.
En lo más
enconado de este período de celosa furia, medió algo que me hizo sentir
escalofríos de terror. Ilduara mandó bajar del desván cierto mueble arrinconado
hacía tiempo: la cuna, la vieja cunita de forma de nao, estrenada por mi
primogénito en Monforte veintinueve años antes, y en que tantos pimpollos míos
durmieron el primer sueño... Pero ¿es posible, oh Providencia dadivosa, más
bien derrochadora? ¡La cuna, la cuna otra vez!
Creo que
ha llegado el momento de decir cuál era el estado de mi familia, o más bien la
de mi tribu, cuando bajó del desván la ya arrumbada cuna. Me vivían entonces
diez retoños; seis estaban en el cielo. Por mandato de Dios, y ejecutando sus
inescrutables designios, la muerte se había cebado en los varones, dejándome
casi todas las niñas. Para nueve damas, sólo tenía un galán. Aunque en el curso
de estas páginas irá apareciendo mi prole, trazaré una especie de índice
cronológico de sus individuos.
Debe
decir en elogio de mi hija mayor, Gertrudis o Tula, que poseía las dotes de
gobierno de su madre, y aun aquella misma índole suspicaz y algo avinagrada. En
lo físico era también muy semejante a Ilda, pero faltábale la beldad correcta y
majestuosa que me había hechizado algunos lustros antes. Tenía de mi Ilduara la
curva nariz y los ojos grises, el talle recto y las formas angulosas, y su
rostro ofrecía semejanzas con la agorera y meditabunda faz de una lechuza.
Clara, la segunda, a quien Tula llevaba lo menos cuatro años, ofrecía el mismo
tipo, que, según oí decir a un amigo entendido en ciencias de estas de moda, es
el de la raza sueva, de la cual se conservan en Galicia muy caracterizados
ejemplares: rubia, alta, seria, nariz de caballete, ojos claros, bastante
linda; pero no tanto como la que la sigue, María Rosa, en la cual (sin vanidad)
prevalecía el tipo paterno; y con no ser el papá ningún Adonis, ella había
salido una muchacha notable, fresca como las flores -por lo cual la
llamamos Rosa a secas-. Dentro de la diversidad de gustos que
inspira los juicios humanos, podía no obstante discutir si la palma de la
hermosura, en mi descendencia, tocaba a mi tercer hija o a la cuarta, María
Ramona. Rosa tenía en su abono el esplendor de la tez, la perfección y la
irreprochable plástica de su cuerpo pero la belleza de María Ramona llegó a
ostentar un carácter tan expresivo y tan dramático, que era imposible mirarla
con indiferencia. Para especificar el mérito de María Ramona, diré con qué mote
la conocíamos. Siendo niña aún, el Penitenciario de Lugo, admirado de su cara
pálida y perfecta como la de una imagen, y de sus ojazos guarnecidos con una
rejilla de pestañas que parecían plumas de cuervo, la llamó Argos
divina, nombre que un librote del siglo pasado da a la Virgen del camarín
de la Catedral, más conocida por Nuestra Señora de los ojos grandes.
Estas
cuatro, Tula, Clara, Rosa y Argos divina, y la quinta, Constanza,
eran las que ya gozaban del fuero de mujeres hechas y derechas. Las demás
estaban en la categoría de niñas aún. Después de estos cinco pimpollos
femeniles venía el varón, Froilancito, llamado así por devoción al santo
patrono de Lugo (excuso decir que en Froilancito tenía yo cifradas mis
esperanzas todas). Seguía a Froilán una niña muy revoltosa y diabólica,
extravagante, mimosa, a quien conocíamos con el nombre de la primera de las
virtudes teologales, Fe; por lo cual sus hermanas, empeñadas en hacerla rabiar
siempre, no la llamaban más que Feíta (y la verdad es que no
se pasaba de hermosa). Había luego dos chicuelas, Rosario y Mizucha (diminutivo
de Mercedes), y, por último, el grupo de mi familia remataba, como esos racimos
humanos que en los circos forman los gimnastas, en un saladísimo angelón la
hembra de cinco años, que por haber caído su venida al mundo días antes o
después de las Candelas, respondía al bonito y comprometido nombre de Pura. Los
intervalos entre estos retoños los habían llenado diferentes malos partos, y
los ángeles que perdí.
Del
trabajo que costaba al familión encontrar casa donde alojarse, no hablaría aquí
si no fuese por observar de paso que uno de los ramos más caros en Marineda es
el de alquileres. Cuando por última vez bajo del desván la cuna, habitábamos
una de las casas acabadas de construir en el Páramo de Solares, que unía al
barrio de Arriba con el de Abajo y ya iba trocando el antiguo nombre por el de
Plaza de Marihernández, pues tenía los lados de su rectángulo casi guarnecidos
de construcciones, entre las cuales se contaba la casa de Correos, con su
esquinal siempre helado, siempre barrido por la ventolera furiosa. Pertenecen
las casas nuevas del páramo a esa clase de edificios que, pactando secretamente
con el genio de la molestia y de la mezquindad, levantan el bienestar de oropel
y el engañoso lujo moderno. El portal, embaldosado con rombos de mármol negro y
blanco, ostentaba una portería ilusoria, pues no había ocurrido jamás que el
infeliz visitador pudiese averiguar en ella dato alguno que le ahorrase la ascensión
de los seis pisos. Estos se contaban con las falaces y sutiles distinciones
madrileñas, destinadas a halagar la vanidad de los inquilinos haciéndoles
tragar que viven en un segundo cuando realmente habitan un sexto. Para fomento
de la susodicha vanidad, no faltaba mucho medallón de yeso, mucho rodapié
pintado, mucho barniz, mucho chinero en el comedor, mucho papel estampado,
mucha alcoba estucadita, y, en fin, mucho de todo eso que remeda la comodidad y
aun la elegancia. En cambio, la distribución era lastimosa; los dormitorios
estaban sacrificados al quiero y no puedo de la sala y el
gabinete; los tabiques, mejor que a salvaguardar la independencia y el
aislamiento que aun en el seno de la familia reclaman el pudor y la dignidad
del individuo, parecían llamados a servir de conducto acústico, de tal manera
se oía todo al través de ellos; en la antesala tenía que pedir permiso el que
entraba al que abría la puerta, por no caber los dos juntos, y los pasillos,
más que pasillos, semejaban intestinos ciegos. De las estrecheces de otras
piezas muy necesarias, nada quiero decir sino que eran ocasionadas a percances
harto ridículos. En lo que se había corrido el arquitecto, era en la altura de
techos, haciéndola tan disparatada y fuera de proporción con la importancia de
la vivienda, que yo pensaba para mí la gran lástima que era no poder tumbar
nuestro piso dejándole de ancho lo que tenía de alto, y lamentaba que las camas
de los niños no pudiesen ponerse como jaulas de pájaros, colgadas de las
paredes.
Dos
resultados daba esta altura de techos descomunal: el primero, que no había
cortinas que alcanzasen y a todas fue preciso añadir una especie de volante o
faldamentas; el segundo, que la cantidad de escaleras que subíamos para llegar
a nuestro domicilio era capaz de poner enfermo del corazón a quien más sano lo
tuviese. ¡Ah! Esto de la casa me había dado y siguió dándome mucho en qué
pensar. Imaginé mil veces que la angostura en que vivíamos tuvo bastante culpa
de habérsele agriado el genio a Ilduara. No hay nada que impaciente como vivir
estrecho, físicamente comprimido. Y ese malestar lo habíamos de sentir doble
los que veníamos de un pueblo como Lugo, más atrasado y barato que Marineda, y
donde por ínfima renta se podía disfrutar de un caserón. Si mis hijas se
conformasen con irse a vivir al Barrio de Arriba, la parte antigua y
aristocrática de Marineda, podríamos encontrar refugio en algún edificio viejo,
más o menos destartalado -pocos van quedando ya, pues Marineda se reconstruye
toda de unos treinta años a esta parte-. ¡Pero váyales usted con eso a las
niñas; impóngales usted que habiten en aquellos barrios desiertos, en la
melancólica zona que comprende el Hospital militar, las iglesias románicas y el
triste Jardín de amarillentas flores, colgado sobre el mar como un nido de
gaviota y adornado, en vez de fuentes y estatuas, con un sepulcro! No hubo más
remedio sino ir acercándose al Barrio de Abajo, centro del comercio, de las
distracciones y de la vida marinedina. Lo que decían las pobres muchachas: -Si
una no puede salir, al menos se asoma a la galería y ve pasar la gente-. Para
complacerlas, nos apretamos y nos desprendimos de los pocos muebles que aún
recordaban los esplendores de la casa solariega. ¡Ay! ¡Qué desplumado se iba
quedando el aguilucho aquel de nuestro blasón!
Así
vivíamos, como sardina en banasta. Para mí, la civilización, los adelantos de
la edad moderna, tomaron desde el primer distante forma... ¿cómo diré? forma
asfixiadora. En Villalba y Lugo, sobrábale a nuestro cuerpo espacio donde
moverse, aire que respirar, alimentos con que sustentarse y leña para quemar
durante el invierno. En Marineda todo venía con estrecha medida y tasa, todo
mermado por la angustia del bolsillo, que se echaba a temblar ante las cuentas.
Ilduara solía repetir: ¡tiento!, ¡mucho tiento! Ninguna de estas circunstancias
era a propósito para reconciliarme con la nueva vida. Mas si a todo me avenía
con tal que no se alterase la paz doméstica, en un punto no supe allanarme a
las circunstancias, y si en este punto me contrariasen, capaz sería de dar al
traste con mi condición bonachona y de lanzarme a la revolución. Este punto
era... convengo en la puerilidad del caso... que yo no quise, no pude, no supe
acostumbrarme al pan marinedino, amasado con harinas de afuera,
importadas de Santander. En balde me objetaban que peor era aún el agua que el
pan; que este, en suma, si no por exquisito, pasaba por tolerable; yo lo
declaraba un asco, un veneno, y le echaba la culpa de todas las enfermedades
novísimas -tuberculosis, difteria, reblandecimiento, diabetes-. No me dijesen a
mí: ¿pues quién oyó, veinte años hace, mentar semejantes padecimientos? Cuando
se comía el honrado trigo mariñán y el no menos honrado centeno montañés, nadie
padecía de esas enfermedades solapadas y traidores. Fiel a mi convicción, todos
los miércoles y sábados, que son en Marineda los días de mercado, una panadera
rural, venida desde la inmediata aldeíta de la Erbeda, a lomos de ágil
borriquillo, entregaba en mi casa un reverendo mollete, cortezudo, bazo, a
medio cocer, para que pesase más; y al hincarle el diente, no me trocara yo por
el rey de España. Sería un capricho mío esto del pan de la Erbeda, pero también
podría ser el instinto del propietario territorial, que en la introducción de
las harinas forasteras presentía la quiebra de nuestros míseros cereales.
No fue
este el único alarde de independencia, la única manifestación de personalidad
que me permití, a riesgo de concitar las iras de mi Ilduara. A la verdad,
tampoco quisiera que se creyese que Ilduara no me consentía, con su cuenta y
razón, hacer mi gusto. Yo había contraído el hábito de entretener parte de la
noche en la Sociedad de Amigos de Marineda. ¡Sombra de mi Ilduara, no te
vuelvas hacia mí, ceñuda y destellando indignación! Lo que me llevaba allí era
el profundo e inefable deseo de libertad.
¡Oh
nombre dulce entre todos, qué música misteriosa encerrarán tus tres sílabas
para que así hechices nuestra alma! Es evidente, y lo afirmo con sinceridad de
hombre de bien, que yo no tenía ni quería tener pensamiento, palabra ni obra
cuyo último fin no fuesen las cuatro paredes de mi hogar; que al encerrar en él
mis aspiraciones encerré también mi ternura; que por cuanto oro hay en el
mundo, no rompería un solo eslabón de la sagrada cadena que me echaban al
cuello mis deberes de esposo y padre. Pues con ser esto tanta verdad, no lo es
menos que la cadena que no quería romper, me encantaba levantarla un ratito y
no sentir su peso; que ese hogar donde tenía depositado acendradísimo amor, me
hacía feliz perderlo de vista dos o tres horas; y que, fanático de mi casa, me
gustaba la Sociedad de los Amigos porque... porque no era mi casa,
precisamente.
Reflexionando
sobre los casinos, círculos y sociedades, he caído en la cuenta de que, con mis
gravísimos defectos ¡vaya si son graves!, tienen ventajas suficientes para que
no se deba pensar en suprimirlos, (al menos mientras no se perfeccione bastante
la institución matrimonial); y entre ellas, la de hacerlo a uno olvidar las
penalidades domésticas. A los pobres diablos como yo, que ni se pueden solazar
con las grandes concepciones del arte ni chapuzarse hasta la coronilla en las
hondas corrientes de la ciencia, y tampoco han de buscar en el trabajo manual
la fatiga que trae la sedación del sueño, quíteles usted esta válvula, y
capaces son de pegar un estallido. ¿Quién sabe? Si las mujeres pudiesen gozar
del mismo desahogo, quizá no tomase nunca su carácter la acritud y displicencia
que desgraciadamente adquirió el de mi esposa. El encierro atiranta los
nervios. La familia, foco dulcísimo de calor, pero que a veces tuesta y sofoca,
para los hombres tiene una ventanita que da aire respirable. Sin ese aire, la
atmósfera se carga, la electricidad se condensa y la tormenta es inminente.
Con
anuencia tácita de mi esposa, pasaba yo en la Sociedad de Amigos unas horitas
algo retasadas, pero entretenidas, aperitivas, excitantes hasta por el estímulo
de la oposición y contrariedad entre mi genio y el de la mayor parte de los
concurrentes a aquel Centro, -el que en Marineda reunía más gente granada por
lo cual tenía sus ínfulas y se preciaba de no admitir a cualquiera-. Yo allí me
sentía bien, aun cuando experimentaba, en lo moral, una impresión parecida a la
que en lo físico me causaba el ponerme delante de un espejo: encontrábame algo
anticuado, retrasado en ideas y gustos, y muy distante del aplomo, resolución,
dogmatismo de opiniones y arrojo en la lucha por la existencia que creía notar
en los demás. Por eso en las discusiones me mostraba tímido: apenas me atrevía
a meter cucharada, prefiriendo los apartes en la sala de lectura o en algún
sofá, a las grandes polémicas en que terciaban, hablando a voces y sin
entenderse, más de una docena de socios.
En
aquellas grescas cotidianas, que siempre tenían por origen cualquier futesa,
-pues no he visto discutir sobre la punta de un alfiler como allí se discutía-
no dejaba de divertirme el papel de escucha; y más si se discutiese con modo, y
no tan aturdidamente, que no valían argumentos ni razones y se llevaba el gato
al agua quien vociferase más. Gimnasia de pulmones y derroches de laringe. Otra
cosa desagradable: allí se hablaba con libertad excesiva, por no decir con
soberana desvergüenza. Todas las interjecciones y palabrotas del idioma español
salían a relucir; el anfiteatro de disección estaba siempre abierto, siempre
preparadas las mesas y afilados los escalpelos y bisturíes. Allí se contaba, se
comentaba y se exageraba cuanto ocurría en Marineda: las honras se hacían
añicos, las más veces sin dañino propósito, bien como las olas del mar, por la
sola virtud de su maquinal embate, minan los cimientos de una torre. Falta de
miramiento es lo que había en la Sociedad de Amigos de Marineda y en otros muchos
centros análogos. Y entiéndase que esta palabra miramiento, que yo
empleo muy a menudo, encierra multitud de conceptos; es la fórmula del respeto
a infinidad de cosas respetables, que la gente moderna propende a desacatar:
honra de la mujer, creencias religiosas, principio de autoridad en las
sociedades y las familias... sacras ideas en las cuales se funda muestra vida
moral. Lo confieso: si generalmente procuraba oír como quien oye llover las
atrocidades que se decían en la Sociedad, a veces también montaba en cólera y
protestaba indignado. Y estos breves momentos de enojo (véase qué extraña es la
condición humana) eran de lo que más me apegaba al salón de los Amigos. En mi
hogar sólo tenía el derecho de enfadarse mi dulce costilla. Siquiera en la
Sociedad me dejaban derramar la bilis. En tales momentos me creía más hombre.
¡Qué descansado me quedaba después, y con cuánto alivio subía las escaleras de
mi casa!
Sí; la
Sociedad de Amigos había llegado a serme tan indispensable como el aire que
respiramos. ¿Dónde sino allí encontraba yo a los cuatro o seis conocidos que
ayudaban con su amena conversación a disipar las sombras que acumulaban en mi
espíritu las inevitables preocupaciones caseras? ¿Cómo evaluar la suma de bien
que me hacían las sensatas razones de Mauro Pareja, a quien propios y extraños
conocen por el Abad; las lucubraciones profundas de Arturito
Cáñamo, lumbrera de la ciencia penal española; las graciosas chifladuras del
insigne matemático Díaz del Alimón; la inspiración irrestañable del frondoso
poeta Ciriano de la Luna, y las donosísimas humoradas de Primo Cova, siempre
oportuno y regocijado, capaz de extraer el bálsamo de la risa de las tablas de
un ataúd? ¡Oh caros contertulios, cuánto os ha debido de consuelo mi atribulado
espíritu durante los momentos de angustia que sobran en este valle de lágrimas!
Aunque no
aparezca bullicioso, soy sociable, amigo de la conversación y de la broma;
desde mis tiempos de estudiante me acostumbré a la pandilla, al compañerismo, a
vivir de prestado sobre la alegría, la cháchara y el buen humor ajeno, y nunca
se ha apoderado de mí la negra misantropía, el tedio de la humanidad. Y no
omitiré, entre los encantos que para mí tenía la Sociedad de Amigos, la
relativa anchura de sus salones, comparada con la exigüidad de mi vivienda. Por
último... en la Sociedad de Amigos yo satisfacía un hábito vicioso, el único,
según creo, que se ha aposentado en mi alma: mi afición al tresillo.
Tenía muy
mal naipe. Generalmente, al final de la temporada me encontraba con un
mediano déficit en los escasos fondos que para el bolsillo me
otorgaba mi prudente esposa. La cual era dueña absoluta de la llave de la
gaveta, o dígase de la cómoda donde guardábamos el dinero... Costábame trabajo
confesar mis pérdidas; y por eso (lo escribo con rubor) me reservé el importe
de ciertas pensiones que se me abonaban por conducto de un procurador amigo
mío, a fin de poder asegurar a Ilduara que habíamos salido de la temporada pie
con bola. Asusta pensar de lo que hubiera sido yo capaz, a dominarme otras
pasiones menos inocentes que la del tresillo. La ocultación de las pensiones
demuestra que no es oro todo lo que reluce en mi hombría de bien.
Hacía ya
un mes que la cuna había vuelto a salir del desván, y, limpia de telarañas,
ocupaba un rincón de nuestra reducida alcoba, cuando mi esposa dio en mostrarse
peor humorada que nunca, y en renegar de su estado, que ella afirmaba no haber
sido jamás tan penoso, quejándose de síntomas extraños, de inusitado peso y
volumen, de raras perturbaciones y de anormales sufrimientos. Por esparcir mi
ánimo acongojado, frecuenté más la Sociedad de Amigos, y justamente entonces
apretó mi mala suerte en el juego. Racha tan fatal, no la recordaba nadie. Me
vi en la precisión de confesar a mi mitad las reiteradas pérdidas. Solía Ilda
ponerme como un trapo en ocasiones semejantes; pero observé con sorpresa que
prefería verme salir y jugar, a que me quedase en casa, asistiendo a la
tertulia que formaban mis hijas con la vecina del principal y los del tercero
de la derecha. Aprovechando benignidad tan desusada, me cebé en la partida con
el afán del desquite, que así acudía al febril ruletero, como al morigerado
tresillista.
Casi todo
el mes de octubre estuve tan de malas, que alrededor de nuestra mesa se formó
un corro alborozado, sólo para jalear mi perra suerte. Me crucificaban a
chistes. Estas bromitas llegaban a veces a sacarme de mis casillas; peor para
mí, pues las guasas llovían más espesas. Una de las estúpidas matracas
favoritas, era la de suponerme felicísimo en empresas galantes, por aquello de
«afortunado en amores», etc. Si esta chanza se contuviese en justos límites,
anda con Dios; pero la llevaban a tal extremo y la adornaban con pormenores tan
feos y chabacanos, que serían capaces de ruborizar a los bustos de piedra del
paseo de las Filas. Aquella gente se relamía de gusto oyendo las impertinencias
de Primo Cova, bufón de la Sociedad. Descuajábanse de risa al asegurar Primo
que me había visto con sus propios ojos, al anochecer, atravesando la calle del
Varadero (la más sospechosita de Marineda), muy embozado y en compañía de la
graciosa modista B o la salada cigarrera H. Últimamente el pesado guasón daba
en la flor de embromarme con la venia del principal, la esposa del comandante
del regimiento de Otumba... y aunque el marido, un colosal asturianazo, andaba
por allí dando vueltas, no había modo de conseguir que Cova pusiese término a
crianza tan inconveniente.
Cierta
noche -¡noche memorable!- me dirigió una sonrisa la coqueta de la suerte, en
forma de solo de esos llamados de Fernando Séptimo.
Seis triunfos de espada, mala, rey, caballo, en palo corto; dos fallos y un
monarca. Imperdible. Mi cara lo estaba proclamando a voces; mis ojos bailaban
de gusto, y mis manos temblaban ligeramente, estrujando contra el pecho el haz
de cartas. Para mayor fortuna andaban en el platillo dos puestas gemelas,
encimadas -al tanto a que se jugaba, representarían un duro.
Ante todo
importa declarar que no era sólo el vil interés causa de la placentera
excitación que me obligaba a teclear sobre las cartas y sonreír de júbilo. No
se me estaban pudriendo en el bolsillo los pesos; sin embargo, lo que irradiaba
triunfalmente en mis pupilas era el puro e ideal deleite de la victoria. Era el
amor propio, interesado en chafar a los majaderos mirones que me acribillaban a
chirigotas. Por ellos, por ellos me alegraba. ¡Condenados! Yo creo que aquellos
malditos, sospechando la condición suspicaz de mi Ilduara, tenían gusto en
propalar ciertos absurdos a fin de producirme desazones.
-¡Tienda
usted las cartas, hombre! -me decía el coronel de ingenieros Díaz del Alimón-.
¡Si es rodado! ¡Qué carabina!
-No
-respondía yo alardeando de modestia para disimular el gozo-. Jugarlo, señores,
jugarlo, que no sabemos todavía... Si la contra está en una sola mano... Salgo
de espada... no me la fallen ustedes... (la gracia de esta agudeza, que suele
repetirse por término medio quince veces cada noche, sólo pueden percibirla los
que conocen la marcha del tresillo).
Convencidos
de la infalibilidad del coronel de ingenieros, autoridad en la materia (aunque
por economía no jugase jamás) y espejo de la ciencia matemática, los compañeros
se rindieron, y volqué en mi exangüe cesto el platillo repleto de fichas.
Dieron nuevamente, y... ¡ah, qué brinco pegó mi corazón de tresillista! Otro
solo, morrocotudo, un solo que pararía en bola quizá.
-¿Don
Benicio? -articuló a mis espaldas una voz sumisa y oficiosa.
-¿Eh? ¿Es
por mí? ¿Qué se ofrece? -respondí sin volver la cabeza, por no distraerme en
momentos tan dulces.
¡Implacables
mirones! Ellos fueron los que gritaron, llenos de feroz contento:
-Es el
mozo, que quiere hablar con usted... ¡Cómo se ceba en las ganancias este
hombre!
-Una
joven, que pregunta por usted.
¡Cristo,
qué alboroto! Tuve que alzar la voz y exclamar.
-¡Tengan
ustedes miramientoooo...! ¿A ver? ¿Por mí? ¿Una joven?
-Sí,
señor... Una chica así... bastante simpática, no despreciando. Dice que es la
de usted...
-¿La mía?
Cuidado con lo que se habla... ¿La mía? ¿Qué es eso de la míiiiiaaa?
-Ella
dijo así... Y que se llama Eduarda.
-¡Acabáramos!
La criada, señores... Ya me parecía... Pregúntele, Antón, a ver, qué ocurre...
¡Eh, sigamos el juego!... Tres bazas... y arrastro...
No podía
dudarse, era una bola. Sí, una bola, de esas que bien llevadas no las corta ni
el verbo. Estaba en lo más comprometido de la jugada, cuando he aquí que vuelve
el mozo, arrastrando los pies.
-Señor,
que vaya usted a casa... La señora, su mujer, está con dolores.
¡Con
dolores!... ¡Ah, conocidísima frase! Sí; eran los dolores clásicos, los dolores
por antonomasia, los únicos que no necesitan más calificativo: los dolores...
Recordé. A la hora de comer y por la tarde, Ilduara ya se había quejado, no muy
fuerte, pero varias veces. Mas a los veteranos en estas lides no incruentas,
nos sucede lo mismo que a los de otras cruentísimas: nos dormimos sobre el
cañón cargado, fumamos sobre el barril de pólvora, y disfrutamos del más
regalado descuido momentos antes de la batalla. Mi mujer con los dolores...
¡Pobrecita! Bueno... El mozo insistió.
-Con
dolores... vamos, de parir.
Toda la
Sociedad soltó la carcajada. Creo que se rieron hasta las alfombras y las
fichas del tresillo.
-Esas
tenemos, ¿eh? ¿Aumento de familia? Don Benicio... ¡Pillín! Pero ¿cuándo se
jubila usted con el haber que por clasificación le corresponde? ¿Chiquillos a
estas alturas?
-Digo que
es una inmoralidad... Debía prohibirse... Raya en desvergüenza.
-Hombre,
que le pensione a usted el Estado... ¿De qué taberna gasta usted el vino?
Queremos las señas... (Esto fue Primo Cova).
-Miramiento,
señores... Permítanme dar un recado al mozo... -exclamé con desconsuelo, porque
faltaban dos bazas no más para ganar aquella bola suspiradísima-. Oiga...
dígale que voy ahora mismo... Que vaya avisando al señor de Moragas, ¿eh? Al
médico, para que se haga cargo.
-¡Hombre,
qué lástima! -exclamó uno de los tresillistas, el secretario del Gobierno
civil-. Ahí estaba Moragas no hace un cuarto de hora en el salón de lectura.
-Sí, pero
son las diez y media largas -detallé-; ya se recogió a casa, de seguro- objetó
el Comandante del puerto.
Todos
aprobaron. En Marineda, y particularmente en aquel foco de hablillas que se
llama la Sociedad de Amigos, sábese puntualmente a qué hora está cada quisque
en su domicilio o en el ajeno, sin que en el cálculo de probabilidades quepa
más error que el de minutos arriba o abajo. A no mediar caso análogo al mío,
Moragas se encontraría en su alcoba, leyendo, para conciliar el sueño, alguna
revista francesa: hasta de esta clase de pormenores estábamos al corriente.
Seguro, pues, de que la fámula acertaría con el comadrón y este correría a mi
casa, me creí con derecho a terminar la jugada, que, según mis presentimientos,
resultó bola. Alguien me preguntó si liquidaba: ¡liquidar! el favor de la
suerte me embriagaba de tal modo, que manifesté deseos de dar un par de
vueltecillas más, hasta sacar todas las puestas. A la verdad, también me
satisfacía tener un pretexto para dilatar el regreso adonde me esperaba una
escena siempre desagradable; desacostumbrado ya de ella por el largo
interregno, me infundía ahora ese sentimiento que yo llamaría pavor doméstico,
miedo que cobramos a ciertos deberes y actos de la vida familiar, y que tal vez
no es sino una forma del hastío. Y al mismo tiempo que me dejaba dominar por la
cobardía, sin ver que las más elementales nociones del deber conyugal me
llamaban al lado de Ilda, deseaba aturdirme, matar la fiebre de mi emoción con
el choque de las fichas y el zumbido de la charla.
-Cerca de
treinta años hace que me casé, señores, y he visto nacer diez y seis hijos, sin
contar el que está llamando a la puerta.
-Pero no
me viven todos. Sólo conservo diez. Los otros... -esto debí de decirlo con los
ojos algo húmedos y la voz ronca- andarán allá pidiendo por
mí... Crean ustedes que, desde el tercero, preferiría uno que no viniesen; pero
si uno los ve aquí, no desea que se vayan. Sobre todo, el de la desgracia, el
mayorcito, Moncho... señores, me dejó unos recuerdos... es decir, empezaba a deletrear...
¡Juego! Una entradita...
Gané una
jugada magnífica, y la satisfacción me puso más excitado. Proseguí:
-A mí
nadie me quita de la cabeza que aquella criatura, si no llega a desgraciarse,
honra a la familia... ¡Era mucho despejo el suyo!
A esto
contestó Mauro Pareja, por sobrenombre el Abad, que acababa de entrar y miraba
por cima de mi hombro el juego.
-Señor de
Neira, más valió que se le muriese a usted ese niño de tantísimo talento, que
sus preciosas hijas. Al menos, nosotros los solteros opinamos así.
Se alzó
un clamor aprobando el parecer del Abad y a renglón seguido acercose a la mesa
mi vecino el comandante de Otumba, a quien la noticia de mi nueva paternidad
traía desde el cuarto de lectura a darme la enhorabuena. Y para repetir los
términos en que me la dio el bueno de don Tomás Llanes, yo me vería en mediano
apuro, si no recordase cómo su propia esposa explicaba aquel modo pintoresco de
hablar, diciendo que su marido, al despertarse, lo primero que soltaba era una
colección de peinetas y otra de moños.
Don
Tomás, que tenía las proporciones y el aspecto de un oso velludo, de aquellos
que se merendaron al rey astur, acercose a mí y dándome, con su finura
acostumbrada, una palmadaza en el hombro, exclamó:
-Moño, y
qué suerte de hombre... Peineta, otro chiquitín... y con veinticuatro lo menos
que ha tenido ya... ¡Moño, y para los demás ninguno! ¡Yo que llevo diez años de
casado, y ni noticia!
-¿Y eso,
qué? -respondí demostrando fe inquebrantable en la fecundidad humana-. Ya
cuajará... Mire usted, por mi casa hubo años estériles... y también tuvimos
fracasos...
-¿Eso
más? -preguntó Primo Cova-. Pero hombre, usted cultiva todas las formas de la
paternidad, incluso la frustrada... la tentativa de paternidad.
Acababa
de sacar otra puesta, y de buen humor con este triunfo, respondí:
-Tan
cierto eso, que hasta tuvimos un embarazo falso... Se armó una greguería, y
hube de dar explicaciones a los solteros, que se fingían asustados.
-Era lo
que llaman una mole, señores... una mole... un pedazo de carne, sin hechura,
sin ojos, sin cabeza...
No sé en
qué pararían las risotadas que arrancó este boceto, a no haber distraído la
atención un incidente, una disputa entre tresillistas y mirones.
-¿Pero
cómo juega usted, Domingo, hombre? ¿No está usted viendo que ahí el arrastrar
de bajo es una barbaridad?
-Manía de
meterse en negocios ajenos. Si sabré lo que me hago, sin necesidad de que me
aconsejen.
-Así
dicen todos los chambones. Si sólo se perjudicase usted, corriente. Pero hace
usted daño a los compañeros. Es una calamidad el que usted tenga que ir a la
contra.
-Nada, yo
soy así; antes que todo la franqueza.
-Cualquiera
es franco metiéndose en camisa de once varas...
-Hay que
pensar lo que se dice...
-¡Señores...
miramiento, miramiento! -intervine yo, pues no gusta ver a dos personas
regulares, o por lo menos obligadas a serlo, poniéndose como un trapo por si
debieron soltar la sota y largaron el siete, verbigracia. La discusión empeñaba
a aplacarse, cuando he aquí que el mozo, arrastrando los pies y con aquella
cara de memo malicioso que hacía la felicidad de Primo Cova, entró y se acercó
a mí, murmurando misteriosamente:
-Señor...
Señor Neira... Está ahí su chica...
Me volví
sobresaltado, restituido a la conciencia de mi deber.
-¿Qué...
qué pasa? Voy, voy...
-Dice...
-secreteó el mozo- que la señora, su mujer... ya... ya salió de apuros,
vamos...
Respiré
anchamente. ¡Tan pronto! Mejor, mejor; ya estamos fuera del paso: ¡gracias, San
Ramón de mi vida! Entre el coro de plácemes, alcé la voz para preguntar:
El mozo
me miró con ojos que parecían los de un pez, y articuló soñolientamente:
Los
solteros vinieron a darme la mano, a sacudírmela con gran énfasis, y a repetir:
-Dentro
de veinte años... cuente usted conmigo, don Benicio, cuente usted conmigo.
-Aunque
sea dentro de quince -murmuró reposadamente el Abad.
-Aunque
sea dentro de trece -balbució el sonámbulo Díaz del Alimón, aficionado al pan
tierno.
Cuando me
dejaron respirar, exclamé dirigiéndome al mozo que seguía allí hecho un poste:
-¿Estás
seguro de que dijo niña?
Y
entonces... ¡oh cielo pródigo, cielo que no mides, ni tasas, ni regateas los
bienes de este mundo; cielo que siembras tus dádivas como quien siembra
alcacer!... el mozo, columpiándose y sin alzar la voz, respondió:
-Dijo una
niña, sí señor... y que vaya allá en seguida, que va a nacer otra.
¡Naturaleza,
naturaleza! Me quedé lo mismo que el náufrago cuando una ola le zapatea contra
el casco del buque. ¡Un parto doble! Me iluminó como luz fatídica el recuerdo
de aquellos extraños fenómenos que contaba Ilda, de aquellos padecimientos
raros, de aquella anormal gravidez. ¡Un parto doble! ¡Géminis!
Al verme
en la calle, corrí como un loco. Y entre el desorden de mis pensamientos y la
muchedumbre de mis cuidados, predominaban los siguientes:
-Hay que
comprar otra cuna... hay que buscar dos amas... ¿Y dónde duermen, santo Dios?
¿Dónde? Lo dicho: como no se invente colgar las camas por la pared...
Cuando
empecé a ascender fatigosamente las escaleras de mi casa, subía delante de mí
la mujer del oso, la comandante de Otumba, doña Milagros. Ya sabemos que marido
y mujer eran nuestros vecinos, sólo que vivían menos alto que nosotros, y no
disfrutaban de tan hermosa vista al mar. Por cierto que de esta vista nació la
intimidad de doña Milagros en mi casa, pues iba a extasiarse, las tardes que
hacía bueno, con aquella gloria de Dios.
-Como en
mi pueblo -decía. Y en seguida añadía indefectiblemente-: Porque ya sabrán
ustés que yo soy gaditana.
No creo
atentar a la fidelidad que debí a mi Ilduara querida, si reconozco que la
señora de Llanes me pareció entonces, más que de costumbre, y acaso por
contraste con la gente que dejaba en la Sociedad de Amigos, un objeto muy grato
de contemplar. No diré que la comandanta fuese una belleza acabada y
sorprendente, pero poseía en grado altísimo ese don de su raza que se conoce
por sandunga. Hasta sus defectillos eran de los que prenden y enganchan la
voluntad mejor que las perfecciones clásicas. La sombra oscura sobre el labio
superior, carnosito y de un rosa algo pálido; el lunar castaño con cerdas
rizadas en el carrillo izquierdo; la abultada cadera, las ojeras cárdenas y la
voz gruesa y un tanto bronca, no acierto a decir si la desmejoraban, o si, por
el contrario, la hacían seductora en grado sumo. Estos puntos yo los había oído
debatir en la Sociedad de Amigos con gran calor, cuando el maridazo volvía la
espalda, pues doña Milagros era mujer muy discutida, y no caía sobre ella ese
olvido indiferente en que envuelven los varones a las hembras que no excitan su
malsana curiosidad.
Mientras
la señora subía la escalera, añadiré que siempre que en la Sociedad se trataba
de doña Milagros, o se me daban con ella bromas inconvenientes, yo sufría. En
torno de la comandante existía una atmósfera que me causaba enojo, persuadido
como estaba de que todo eran injusticias y hablillas, sin más base que los
pruritos de la maledicencia. Cada vez que veía a aquella excelente señora y
adivinaba la franqueza de su carácter y la bondad de su corazón, experimentaba
un sentimiento de lástima. ¿Lo habría adivinado la pobre? Porque me demostraba
a su vez una simpatía, una inclinación honesta, una particular deferencia
halagadora, que no sabía yo a qué atribuir. Y es el caso que mi Ilduara, sea
que esas voces maldicientes hubiesen llegado hasta ella, sea que las bondades
de doña Milagros para mí la alarmasen, profesaba a la graciosa comandanta
ojeriza tanto más tenaz, cuanto que la disimulaba bajo apariencias
engañosamente cordiales, y sólo la desahogaba con pasajeras indicaciones,
rápidas y agudas como saetas. De cuanto se murmuraba acerca de la comandante,
lo que más recogía mi esposa eran los rumores sobre origen plebeyo. Lamento
tener que descubrir estas flaquezas de mi Ilda: cuando llegamos a Marineda,
supuso que todo el aristocrático barrio de Arriba iba a dejarse caer en peso en
nuestra mansión, para atendernos y festejarnos: mas nada de esto ocurrió, y los
moradores de los cuatro o seis edificios blasonados que en Marineda se
conservan aún, no hicieron el menor caso de nosotros, pobres hidalgüelos de gotera,
quedándose reducidas nuestras relaciones a las que ofrecía la vecindad, y a dos
o tres familias procedentes de Lugo, que se enteraron de que existíamos. Esta
herida de amor propio se le enconó a Ilda, y en vez de buscar a toda costa
relaciones, volviose más relamida, tiesa y difícil, dándose a inquirir los
antecedentes de las personas que nos trataban. Doña Milagros tenía su
expediente en regla.
-Pero
esposa -decía yo en tono conciliador-, ¿qué sabes tú de malo respecto a doña
Milagros? A mí me parece una señora como todas las demás; es mujer de un
comandante; su categoría social la permite rozarse con lo mejorcito.
Mi mujer
fruncía el entrecejo, apretaba los labios y rezongaba no sé qué de un puesto de
verdura en el mercado de Chipiona, donde la madre o la tía carnal de doña
Milagros... no consta cuál de las dos...
-¡Mujer,
cada uno es hijo de sus obras... el trabajar no deshonra, y el vender berzas no
es oficio infamante!
-Pues
traeremos a casa a las verduleras para que traten con tus niñas, si te parece
-respondía echando lumbres mi mitad.
-Ilda
querida... No es eso. Si doña Milagros vendiese berzas hoy, corriente... Pero
en el día es la mujer de su marido, y, por lo mismo, una señora.
Hasta
para ese argumento, al parecer concluyente, tenía respuesta Ilda.
-Señora,
señora... A saber, a saber... Estas gentes que vienen así, de donde Cristo dio
las tres voces... A luengas tierras, luengas mentiras... Han estado en
Ultramar, allá en Cuba... (A mi mujer la escamaban muchísimo los que habían
estado en Ultramar, y los juzgaba ipso facto trapisondistas). A ver, hijo del alma (cuando
mi mujer me daba este dulce nombre, era para hacerme sentir mejor el peso de su
cólera), a ver, tú que tanto cargas en lo del señorío, ¿estás bien seguro de
que son marido y mujer verdaderos?
Y, en
efecto, no podía yo tener lo que se llama certeza absoluta, no habiendo
asistido a las bodas ni visto los registros parroquiales. Juraría, así y todo,
que no existía allí ni sombra de contrabando. Mi mujer comprendía, a pesar de
mi silencio, que no se me comunicaba su escepticismo, y añadía enrabiada.
-Y
además, hombre, ¡qué gente tan ordinaria! ¡Cómo se les ve que son señores
hechos a puñetazos! Él habla igual que un carretero y tiene pelos hasta en el
paladar; ella parece una cualquier cosa, con aquel meneo tan descarado que
lleva por la calle. Así es que todo el mundo se la atreve, porque la confunden
con una tía pindonga. He de salir yo cien veces a misa, y nadie me seguirá, de
fijo; y a ella el otro día la iba siguiendo Baltasar Sobrado. ¡No me lo
niegues, que yo lo vi!
Lejos de
mí el pensamiento de negar semejante noticia; para aquietar a Ilduara, exhalaba
una especie de gruñido de conformidad.
-No, no
tengas miedo de que persigan así a una mujer de bien... Lo que es a mí... ¡A mí
no se me atreven!
¿Y quién
había de atrevérsete ¡oh Ilduara mía! con aquel gesto tuyo y aquel entrecejo y
aquella austeridad de líneas que alejaba todo pensamiento profano? En eso sí
que estuvimos acordes, mujer incomparable.
-En fin,
son gentecilla; él huele a cuchara, y lo que es ella, no quiero pensar a qué
huele...
Temeroso
de que mi esposa cometiese con el matrimonio Llanes algún exabrupto no me metía
en defensas, mantuve mi acostumbrado sistema de decir amén a
todo. Allá en mi interior, esta inicua confabulación dentro y fuera de mi casa
contra una persona a quien no veía hacer nada malo, me infundía mayor interés
hacia ella. Muy bajito, protestaba contra las necedades y preocupaciones del
mundo, que no se contenta con que una mujer sea noble y servicial, sino que
además la exige que al andar no columpie las caderas, y que sus tías no vendan
zanahorias.
Porque
aquella doña Milagros tan duramente juzgada; aquella bendita señora, objeto de
comentarios tan poco caritativos, era una criatura de bondad, que se desvivía
por encontrar manera de servir de algo a sus semejantes, y en particular a los
vecinos. Pronta y fogosa para todo, nadie tan capaz de sacrificarse con
verdadera abnegación por lo que no le iba ni le venía. Se lo hice observar
tímidamente a Ilduara.
-Mujer,
la debemos un ciento de favores.
-Nadie se
los ha pedido -contestaba Ilda con acento que parecía el ruido de un ascua
encendida al caer en el agua.
Al
encontrármela yo en la escalera, doña Milagros subía con brioso taconeo,
haciendo vibrar los peldaños, de prisa, como persona a quien no pesan aún la
edad ni las carnes, a pesar de hallarse estas en condiciones de lozanía muy
apetecibles y simpáticas, y alcanzar todo el turgente desarrollo que requiere
la hermosura femenil. Siguiendo con la vista la alternativa de la claridad de
la suela y la negrura del zapatito que calzaba el pie meridional de la señora,
me distraje de aquella pavorosa perspectiva de las amas por partida doble,
pensando que era lástima que mi Ilduara no reuniese, a su aire digno, algo de
la morbidez de la señora de Llanes. Mientras se ocurrían estos pensamientos,
los tacones diminutos confirmaban produciendo agradable repique sobre la
escalera. Cerca ya de la puerta de mi piso, doña Milagros notó que alguien
subía detrás, se volvió rápidamente, y me saludó con efusión que rayaba en
exaltada ternura.
-¡Ay don
Benisio del arma!... Mare mía de la Consolación... ¡Ay!, ¿pero usted sabe lo
suseío? Si es un milagro e los grandes... ¡Grasia a Dió que ha venío usté!
¡Jesú, hombre! Si ya creí que se nos quedaba poallá, sin vení a ve la sal del
mundo, la cosa más chistosa... ¡Ay qué envidia le tengo a su mujé, santo varón!
Monáa como las tales gemeliyas... ¡Por unas así daba yo sangre e la vena!...
¡No etiman la suerte argunas!... ¡Es usté un cabayero, don Benisio!
Al oír
estos dichos, propios de tan apasionada señora, reparé que llevaba las manos
ocupadas con un sinnúmero de objetos; tiras de lienzo, tabletas de chocolate,
una cazuelita chica, una maquinilla de esas de hervir agua con alcohol, un
cucurucho, no sé qué más cachivaches...
-Pues
apenas va usted cargada.
-Quia,
hombre... Menuensias que hasen farta en casos como estos... Yo nunca me vi en
ellos, por mi suerte desdichá; pero con la afisión a los chicos, tengo ya más
práctica... En cuanto supe que yegaba el lanse, arriba me planté, a ofreserme
pa to lo que haga farta, con confiansa, como si fuese de la familia, lo
mismito. Más veses yevo subío y bajao...
El
sobrealiento de la señora probaba su afirmación, y al verla así, tan cordial,
tan cariñosa conmigo, no fui dueño de contener la gratitud que se me subía a la
garganta, y murmuré alargando las manos.
-Doña
Milagros... es usted muy buena.
Ella, no
menos conmovida, quiso y no pudo echarme un brazo al cuello, murmurando.
-Cáyese
usté. ¡Vaya unas bondaes, cristiano! Ea, cargue usted con este artilugio. (Y
entregó la maquinilla). Andando, andando, que no estamos pa paliques.
No fue
preciso tocar a la campanilla. Como si detrás de mi puerta nos acechase un ser
invisible, entreabriose calladamente y apareció la nariz de mi hija mayor,
Tula, cuyos ojos, que no por denigrarlos sino por definir su especial mirada,
he comparado a los de una lechuza, se clavaron en la comandanta y en mí. Y por
entre el hueco de la puerta y de la persona de Tula se deslizó Feíta,
deteniendo a doña Milagros, que iba a entrar como una manga de agua o un
ciclón, y diciendo: «¡Chist! Cuidado con meter bulla, por causa de mamá».
-Aquí
tenéis espliego -dijo la señora entregando a Tula el cucurucho-. Sahúma, hija,
sahúma, que es lo ma sano pa las parías... Toma la estufilla: verá tú como en
un verbo hasemo agua santa, agua paná, agua de tilo...
Cortó la
inspiración hidráulica de la buena señora la aparición de otros dos vástagos
míos, Clara y Constanza, con lo cual la antesala quedó de suerte que no nos
podíamos revolver. Y detrás apareció Rosa, emperejilada según costumbre, con su
cara deslumbradora, y una dalia prendida detrás de la oreja. ¡Para dalias
estábamos!
-¡Dos
niñas, papá! ¡Dos niñas! -exclamó con diferentes entonaciones el coro femenil.
-¡Dos
niñas! -repetí, sin que otra cosa se me ocurriese-. ¿Y mamá, qué tal?
Feíta se
adelantó, me cogió de la manga, y en voz apagada y discreta, voz de enfermera,
murmuró:
-Dice el
señor de Moragas que bien... Ahora dormita... Venga, papá; venga a ver la
cucada, la gracia del mundo, las gatiñas recién nacidas... Las estábamos
lavando... ¡Si viese qué idénticas!... Como dos gotas. Más lindas... El señor
de Moragas está ahí; pero se va a largar, que tiene que hacer...
Entré de
puntillas, no en la alcoba conyugal, por respetar el sueño de mi esposa, sino
en el gabinete que confinaba con ella. Moragas salió a recibirme, felicitándome
en un tono en que discerní compasión y algo de chunga. ¡Malditas casas
pequeñas, sin comodidad ni desahogo! Allí mismo, en el gabinete, entre el
armario de luna y el sofá, se había tenido que extender una sábana, y sobre
ella, en un lebrillo lleno de agua tibia, mi hija Argos y la criada lavaban a
las gemelas, palpando torpemente los cuerpos blandujos. No se entendían para
fajarlas; y sin consultar mi voluntad, me pusieron una en cada brazo, envueltas
en la toalla húmeda.
-¿Eh?
¡Qué bonitas! ¡Qué iguales! La que nació primero es esta; tiene atado a la
muñeca un estambre verde para diferenciarla.
Yo las
miraba, girando la cabeza del lado derecho al izquierdo. Parecíanme diminutas,
color de berenjena y algo hinchadas: esto es común en los recienes, e indica
que de grandes serán excesivamente blancos. Al fin, inclinándome, les di a mis
niñas un beso. Entró en esto doña Milagros, y me las arrebató, y empezó a
chillarlas.
-Monáas,
tesoros, cominiyos, peasos de masapán... ¡Ay qué judiá, tenerlas así en cuero,
arresiditas de frío! ¡A ver, a ver, un capiyito, que la quiero vetir a esta
emperatrís de la China!
La
andaluza tomó el capillito templado, la faja, el pañolico triangular, la gorra,
y empezó a vestir a una de las gemelas con extraña habilidad. Cualquiera
pensaría que la comandante había parido y criado media docena de chicos lo
menos. Manejaba aquella masa gelatinosa con incomparable soltura, y enrollaba
la faja alrededor del cuerpo lo mismo que si no hubiese hecho en su vida otra
cosa. En cambio, Argos y Clara se veían y se deseaban para arreglar la suya.
Feíta se entrometía, pretendiendo arrancársela de las manos.
-Quita,
mocosa, chiquilicuatra -contestaban desdeñosamente-. Si te remangamos las
faldas, verás qué azotes.
-Papá...
que me dejen... -articuló Feíta dirigiéndose a mí, con la garganta atascada de
sollozos-. Que me dejen. ¡Ya verán si sé!
Moragas,
siempre en pleito con Feíta, y al mismo tiempo encariñado con ella y
protegiéndola, indicó:
-Déjenla
ustedes a ver cómo se las compone esta mona sabia... Puede que haga prodigios.
-Bueno,
que la vista... -ordené yo.
¡Quién
vio a Feíta! Iluminose repentinamente su rostro con una expresión que, a no ser
ella tan diablillo, podría llamarse angelical; y tornando a la niña, sentose en
la butaca y la acomodó en el regazo. Yo la miraba atónito, mientras Moragas me
daba disimulados codazos, como diciendo: «¿Ve usted?». En efecto, aquella
empecatada chicuela, que no podía coger nada sin romperlo, que tenía los
movimientos y las actitudes de un muchacho revoltoso, se transformaba de
repente en la mujer más cuidadosa y solícita. Apretando y haciendo embudo con
los labios, fijos los ojos en la criatura, con manos que la tocaban como se
toca a una santa reliquia, trémula de gozo y de orgullo al mismo tiempo, Feíta
la vistió en tres minutos perfectamente. Y cuando estuvo liado el paquetito, lo
levantó en alto, lo arrimó a la cara, y chilló con delirio.
Y luego,
volviéndose hacia las hermanas mayores, que parecían burlarse de su triunfo,
les sacó una cuarta de lengua, y les gritó:
-¡Aaaá...
Pasmosas, chapuceras, envidiosas!
La cosa
no tuvo más consecuencias. Doña Milagros estaba en su elemento, daba órdenes,
hacía preguntas: parecía un general en jefe, y por ese instinto que hace que
obedezcamos a las personas de iniciativa, mis hijas ejecutaban sus mandatos al
punto, excepto Tula, que hasta se me figura que la respondió dos o tres veces
con aspereza. Sobre el velador, retirado el tapete de croché, hervía con
simpáticos gorgoritos no sé qué infusión en el cazo de la estufilla: era un
brebaje para paladear a las pequeñas: la comandanta, soplando en la cucharilla
antes, se la metía entre los labios, y las oruguitas hacían gestos muy cómicos,
entre estornudo y mueca, al percibir aquella primera sensación de los órganos
del gusto. Luego doña Milagros comenzó a lamentarse de que no hubiesen traído
un indispensable jarabe, a lo cual mi hija Tula contestó agriamente que no se
podía pensar en todo y que bastante se había hecho. La comandanta entonces
salió disparada, regresando a los dos minutos con la noticia de que ya iba por
el jarabe su asistente; y como Moragas y yo conferenciásemos en el hueco de una
ventana, se vino a nosotros hecha un basilisco, y cual si se tratase de su
propia alimentación, me interpeló acerca de la de mis hijas. «¿Cómo estábamos
de amas?». Sí, empleó el plural.
-A ver,
usté, señó Neira, ¿qué jase usté ahí tan parao? ¿Cuándo dispone que tengan teta
etas dos asuseniya?
-Si no se
la damos usté o yo, señora... -contesté riendo, porque no había medio de
formalizarse con una mujer tan excelente, aunque tan entrometida.
-¿Yo?...
Peasitos de mi corasón, con vía y arma se la daría. ¡Qué felisiá, criar un
nene! ¡Pa qué quería yo más! Pero esto no pue seguí así. Hijas, yorá pa que os
busquen teta, que os tienen desfayesías.
Lo mismo
que si obedeciesen a un conjuro, las gatitas dejaron oír quejumbrosos mayidos,
que resonaron en mis blandísimas entrañas de padre. Entre el médico, la señora
y yo comenzamos a debatir aquella pavorosa cuestión de subsistencias, que más
bien era de capacidad. El bolsillo, trémulo de pavor, se arriesgaría a afrontar
la doble lactancia; pero era humanamente imposible buscar acomodo al ama
sufragánea. Para alojar a la que ya estaba contratada en la Erbeda y sólo
aguardaba aviso, había sido indispensable repartir a los niños en los cuartos
de sus hermanos, y convertir en dormitorio un chiribitil antes destinado a
cuarto de plancha y leonera. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer, Dios santo?
-Mire
usté -exclamó con fuego doña Milagros-. Por eso no se apure usté ná. Abajo
sobra sitio. Tan holgaos estamos, que para ca pierna y ca brazo hay su
habitasión. Se bajan el ama y el angeliyo, y abajo duermen y abajo están tó el
santo día. Tomás, loco con la gurruminita; yo, con más babas que un caracol; y
se ha sarvao la patria.
Todo lo
facilitaba, y por poco me convence, aunque yo opinaba que aguardásemos a que
despertara mi esposa, cuyo sueño encargaba Moragas que no se perturbase, por la
necesidad que tenía de reponer sus fuerzas. Pero cambió nuestros planes el ver
entrar a mi hija Feíta empuñando una botella llena de un líquido blanco. Nunca
mostró la cara tan animada y satisfecha como entonces.
-Papá...
mira lo que he discurrido. Con esta botella hago un biberón, y le doy de mamar
a las niñas. No se necesita ama ninguna. Son unas galopinas, unas cargantes.
Yo, yo sola crío a las pequeñas. Y divinamente. Verás.
Nos
burlamos de la chiquilla; pero Moragas, risueño y todo, la cogió por la barba,
la pasó la mano por el cabello, y dijo:
-Sí,
Lucifer, trasto, tú salvarás a tus hermanas... No vendrá más que un ama, y la
otra será la señorita Fea... Ya verás cómo te doy un curso de cría con
biberón... En tres lecciones te gradúas de doctora.
Así quedó
resuelto el espantable conflicto. Al otro día muy temprano llegó de la Erbeda
el ama, y por la tarde se bautizaron las gatitas. Se les puso por nombre, a una
María Remedios y a otra María Teresa, por haber nacido el día 14 de octubre,
fiesta de Nuestra Señora de los Remedios, y bautizádose el 15 del mismo mes,
fiesta de la santa doctora de Ávila. Mis hijas y doña Milagros hicieron
prodigios para adornar a las gemelas. Encaje de aquí, cinta de acá y bordado de
acullá, me las pusieron tan majas. Al volver de la iglesia, el ama alzó los
pañolitos de nipis que tapaban la cara a mis dos retoños, y me dijo las
palabras sacramentales: «Llevé unas moras y traigo unas cristianas». Miré a las
inocentes criaturas, que dormían. Disipada la hinchazón de sus caritas, con la
aureola de encajes de las gorras, no se puede negar que estaban hechiceras. Las
tomé en peso, una en cada brazo, y la idea de ser autor de aquellos ángeles me
hizo pensar entre orgulloso y triste:
-¡Quién
duda que son unas monadas!... Si no fuese que ya tiene uno en casa otras
diez... Si el zapatero y el panadero no enviasen cuentas... Si estuviésemos en
el Paraíso terrenal...
La venida
al mundo de las dos encantadoras criaturitas pesó sobre mi espíritu como losa
de plomo: acaso por primera vez comprendí la gravedad de la obligación en que
me había puesto al decidirme a ser padre de doce hijos.
En mis
meditaciones solitarias y penosas; en mis horas de considerar el negro
porvenir, me acusaba a mí mismo, por no acusar a las instituciones sociales.
Era clarísimo que no debí haber engendrado aquellos dos vástagos más, y su
existencia probaba de un modo evidente y casi afrentoso para mí que yo no tenía
un adarme de juicio, de buen gusto, ni de sentido común. Cuando dos seres
humanos, en todo el hervor y fuego de la edad juvenil, siendo su cómplice la
naturaleza, que les brinda una primavera llena de flores y fragancias, que les
canta en las espesuras el epitalamio con coros de avecillas, y les alumbra las
bodas con la lámpara de plata de la luna, se dejan arrastrar a cualquier
flaqueza, el desliz les condena a reprobación, y le ocultan como si fuese el
mayor atentado. Y en cambio, si dos personas como Ilduara y yo, que nos
acercamos a la vejez, sin aliciente alguno, en prosa vulgar, damos al mundo
seres que ni tenemos medios de sostener, ni tiempo de ver criados, a nadie se
le pasa por las mientes discutir si sería lícita acción semejante, y se festeja
el nacimiento como si fuese algún motivo de regocijo y zambra.
Lo único
que tranquilizaba un poco mi conciencia (tranquilidad puramente negativa), era
pensar que el mayor tanto de culpa quizá no me correspondía a mí, sino a mi
pobre esposa, y que algo pudieron dañarnos sus desatentados celos y sus
absurdas suspicacias... Líbreme Dios de profundizar tan delicado asunto, y Él
me preserve también de censurarla por lo que mostraba a las claras su conyugal
amor, en el cual creo a pesar de todo... Probablemente la firmeza y
la prudencia faltaron en mí; tal vez no supe, con finas y tiernas
demostraciones, de un orden ideal y delicado, persuadirla de lo invariable de
mi lealtad... En fin, lo cierto es que ahí estaban las mellizas, dos seres
desvalidos y adorables, que sólo de mí esperaban protección, sustento, y lo que
debe la vida a cada individuo... ¿Y cómo iba yo a cumplir, ¡Señor Dios!,
obligación tan perentoria y sagrada? ¿Cómo sostener dos boquitas más, donde ya
sólo a fuerza de orden podíamos soportar las exigencias de una posición falsa y
de una vida, aunque modesta, mucho más lujosa de lo que permitían nuestros
medios?
Empecé a
ver que lo que complicaba la situación de mi familia, era la fatalidad de que
la naturaleza se empeñase en regalarme hembras y no varones. Son las hembras,
desde tiempo inmemorial, la plaga, la aflicción y el castigo de la fecundidad
humana. He oído que en algunos países se acostumbra darlas muerte al nacer; y
aunque se me haga duro creer tan horrible crueldad, lo cierto es que aquí, si
no las matamos, renegamos de ellas. Once veía yo a mi alrededor, como los
retoños de la oliva: cinco casaderas, una que lo sería bien pronto, y las
demás, pobres criaturitas indefensas, desarmadas para todas las luchas, sin más
apoyo que la protección de un hombre ya entrado en años, con un pie en el
sepulcro. Si aparecían maridos, soberbio; pero si no aparecían, ¿qué iba a ser
de mi prole? ¿Qué comerían hoy o mañana? ¡Como no echasen en el puchero el
consabido aguilucho!... Si Froilancito despuntaba, las ampararía... ¡Era
preciso que Froilancito nos saliese una eminencia!
Me
distrajeron de estas cavilaciones otras más urgentes. Es el caso que mi Ilduara
quedó exhausta desde la última y onerosa contribución pagada a la naturaleza.
Contemplándola después de su doble parto, me asustó: parecía un cirio. La
maternidad, que embellece y refresca a las mujeres relativamente jóvenes, había
acabado de aniquilar el ya gastado organismo de mi pobre compañera, y comprendí
que para reponerse necesitaría muchos meses de absoluto reposo, y, añadió
Moragas, «el aire del campo».
Desgraciadamente
estábamos en octubre, y cuando Ilduara pudiese ponerse en camino, sería bien
entrado noviembre. No cabía ni soñar en irse a una aldea, sin recursos, con
frío, con lluvias incesantes.
A falta
de campo, se ordenó una alimentación nutritiva, y yo no sé lo que gasté en
gallinas durante los días de la convalecencia. Si iba en persona al mercado
(¿quién se fía de criadas?), encomendaba a doña Milagros este pormenor, que no
me atrevía a encargar a la inexperiencia de mis hijas; y en el pasillo nos
encontramos más de una vez la comandanta y yo, muy ocupados en sopesar y en
soplar el obispillo a una gorda gallina, discutiendo si valía o no los doce
reales que costaba.
Es de
advertir que en cuanto mi esposa recobró ánimos, impacientose con la inmixtión
de la comandanta en nuestros asuntos domésticos. Ilda siempre había sido
guardadora de su autoridad, lo cual, añadido a la prevención que contra doña
Milagros alimentaba, dio por resultado una tirantez de espíritu y una
sobreexcitación que se declaraban sólo con sentir los pasos de la infeliz
señora en el recibimiento. Acaso la debilidad había desatado los nervios de
Ilda, porque nunca la vi en estado semejante. Por desgracia, la andaluza subía
más que nunca: nos la encontrábamos hasta en la sopa. Había cobrado a mis
gemelas tal cariño, que rayaba en frenesí, y no sabía pasarse dos horas sin
echarles la vista encima. Lo que sobre todo embelesaba a doña Milagros, era la
dificultad de distinguir a las gemelas, por lo muchísimo que se parecían. ¿Hay
encanto como no saber cuál es Zita ni cuál es Media?
(Mi hija pequeña, Pura, las confirmó así con una media lengua y su ceceo
incorregible). Para señal, doña Milagros había traído una medallita de plata
del Carmen, y una del Corazón de Jesús; y todo el día andábamos con el ajetreo
de abrirles el capillo a las mellizas y exclamar: «¡Ay, ama, que esta niña no
ha mamao... A ver... la medaya... Pues no, esta es Zita... esta si se echó una
buena tragantá al cuerpo... es la otra la que está muerta de hambre!... ¡Gloria
er mundo, biscochiyo, reina regente! ¡Te comería... huuum, te comería! ¡Pues si
se ríe ya... ama, se ríe... ya se ríe!».
Otras
veces ayudaba a Feíta en sus tareas de nutriz, en las cuales se lucía el
diablillo. Moragas le había explicado la higiene de la botellita vital,
destinada a reemplazar el calor y la afluencia del seno humano, y la chiquilla
se penetró tan perfectamente de aquello de la limpieza, y la temperatura, y las
cantidades de agua y leche, que las niñas tomaban con igual gusto el pezoncillo
de goma que el pecho del ama. Era esta una moza soltera, costurera de oficio,
que ya por segunda vez ejercía el de alquilar su cuerpo, convirtiendo en
granjería la quiebra de su virtud. Doña Milagros no estaba a bien con la
muchacha, ni le parecía ama suficiente para una sola de las niñas, cuanto más
para las dos, por mucho que las ayudase la botellita dichosa: y el ama, notando
que la comandanta no era amiga suya, le había cobrado una inquina sorda y
solapada, pero fiera. Yo llegué a sospechar más adelante, cuando sobrevinieron
acontecimientos funestísimos, que aquella pécora contribuyó a sobreexcitar a mi
esposa. Pero también alguna de mis hijas entraba en la conspiración doméstica
contra doña Milagros. Tula, en todas las cosas tan semejante a su madre, lo fue
asimismo en esta. Es imposible describir su gesto al ver a la andaluza.
Esta
marejada me disgustaba mucho, no solamente por lo que a mi parecer tenía de
injusto, sino principalmente porque contribuía a que se empeorase Ilduara, cuya
enfermedad tomaba forma de malquerencia contra doña Milagros. Yo veía a mi
esposa cada día más extenuada, sin fuerzas para levantarse, porque
generalmente, cuando a fin de mullir su cama la trasladábamos a un sillón,
solía acometerla algún desvanecimiento. Para evitar que perdiese la poca vida
que le quedaba, recomendábale Moragas que se mantuviese con los pies más altos
que la cabeza, y que guardase la mayor inmovilidad posible; pero sólo con oír
la voz de la comandanta en la antesala, mi mujer se retorcía como pisada
culebra, y vibrando odio por ojos y boca, exclamaba:
-Vamos,
bueno... ¡Ya está allí esa mujer!
Los
ofrecimientos y servicios de la complaciente andaluza, en vez de calmar a mi
esposa, acrecentaban su furia de un modo que para mí sería increíble si no lo
hubiese visto. Y el caso es que fundaba su enojo en razones enrevesadas y
estrambóticas, y argumentaba sin permitir que yo abogase en favor de aquella
excelente señora.
-Se
necesita poca vergüenza para meterse así en las casas ajenas, donde no le
llaman a uno, ni le necesitan. Gente ordinaria al fin y al cabo, militarotes de
cucharón, furrieles indecentes, acostumbrados a comer del rancho y dormir en
cama redonda. ¿Quién llama aquí a esa chula -porque es una chula-, Benicio,
desengáñate? Viene a curiosearlo todo, a enredarlo todo. Luego, qué frescura,
qué falta de pundonor. Le ve a uno serio, y nada, cara de corcho. Hasta que la
echen a puntapiés...
-¡Ilda...
Ilda! -murmuraba yo-. Hay que tener miramiento... Eso que dices es terrible. La
señora de Llanes se desvive por obsequiarnos.
-¿Y quién
le pide semejantes obsequios? Sin ellos hemos vivido siempre, sin ellos
seguiremos viviendo muy contentos y felices, en paz y en gracia de Dios. ¿Se
los has ido tú a mendigar? Puede que sí.
-No,
mujer, por los clavos de Cristo... Pero la buena voluntad se estima, aunque no
se solicite. Son atenciones que, al fin, nadie las tiene con uno más que esa
señora.
-Atenciones,
atenciones... Abusos e impertinencias les llamo yo.
-Ya sabes
que mima muchísimo a nuestros niños... ¿Cuántas veces se los lleva a merendar y
jugar abajo?
-Para
sonsacarlos y averiguar todo lo que aquí sucede. Tú eres un papamoscas: a ti te
pasan las cosas delante de los ojos, y como si nada.
Olvidando
el estado de mi esposa, que me imponía la obligación de asentir a cualquier
absurdo, me formalicé, tan infundada me pareció la acusación.
-Pero
vamos a ver, Ilduara querida, tómate el trabajo de discurrir con la cabeza.
¿Qué diablos tiene que averiguar doña Milagros de lo que aquí sucede? ¿Qué le
importa? En resumen, ¿qué sucede aquí? Ni le hacemos falta para nada, ni ella
viene sino porque es así, una infeliz, amiga de servir y de complacer, y
acabose. Tú eres la que ves visiones y armas líos, hija.
Me
detuve, porque Ilda, incorporándose en la cama, con las mejillas encendidas y
la voz ronca, gritó frenética.
-Ciertas defensas
me llaman la atención... Sacar la espada por ciertas personas,
no se comprende sino mediante ciertas razones. Si entre doña
Milagros y tu familia escoges a doña Milagros, a esa verdulera, y la prefieres
a una mujer que te ha parido diez y ocho hijos, entonces dilo claro y
entendámonos de una vez. Si no, sírvate de gobierno que esa individua no ha de
venir más a entrometerse donde sólo yo mando. En mi casa soy la reina, y como
vuelva aquí a mangonear, la canto las verdades del barquero. ¡Ya lo sabes! A mí
no me engañan las amabilidades ni los servicios de ciertas pájaras.
No me la pegan las doñas Milagros, ¡desinterés, atención! Ya sabemos lo que
viene a buscar. Lo que no tiene en su casa. ¡Y no me obligues a desbocarme,
porque saldrán sapos y culebras!
Quedé
aterrado. Sapos y culebras parecíame que, en efecto, se asomaban a aquella
calenturienta boca. En primer lugar, preveía un disgusto feroz con la familia
Llanes; en segundo, veía a mi esposa al borde de una recaída, arriesgando su
salud por un furor inexplicable. ¡Ah, Ilduara mía, compañera fiel y leal, casta
y honrada esposa! Créelo: en aquel momento lamenté de todo corazón mi carácter
débil y la resignación completa que en tus manos hice del poder desde que nos
unió la santa coyunda. Toda autoridad que se subvierte, se corrompe. ¿Quién
sabe si, con más tesón, poseería sobre ti el ascendiente necesario para traerte
entonces al camino de la razón, de la delicadeza y de la sensatez, y evitar las
desgracias que sobrevinieron?
Intenté
apaciguar a mi esposa con dulzura; pero vi que, lejos de lograr el objeto
apetecido, sólo conseguía aumentar su enojo; noté que la irritaba el eco de mi
voz y hasta mi tono humilde. Seriamente preocupado, como si el corazón me
avisase de alguna desdicha, me aparté de su cabecera, saliendo a la galería,
por donde empecé a pasearme angustiadísimo. No sé si lo que influía en mí era
aquella vieja educación cortés, la enseñanza materna, que me ordenaba guardar
consideración a las mujeres, y me hacía temer que a una maltratasen bajo mi
techo... o si era la ardiente simpatía que me inspiraba la señora de Llanes;
pero el caso es que sentí turbación y una pena y una vergüenza mortal. Con las
manos atrás, caída la cabeza sobre el pecho, empecé a medir la galería de
arriba abajo, tropezando en los tiestos y cajones de flores y enredaderas que
aglomeraran allí mis hijas. Aquel cierre de cristales tenía una particularidad
que lo diferenciaba de los restantes de Marineda: y es que su parte baja la
componían vidrios alternados de distintos colores, azules, rojos, verdes y
amarillos, al través de los cuales se veía el puerto y el anfiteatro de
montañas que lo corona, teñidos de un matiz fantástico, semejante a la de los
cosmoramas. La vistosa alternativa de los cristales me sugería ideas, ya
lúgubres, ya consoladoras. El país de oro que veía al través del vidrio
amarillo me reanimaba, y la fúnebre palidez del azul me abatía y acoquinaba
enteramente.
Entre
vuelta y vuelta, la idea de bajar y espontanearme con doña Milagros se me
apareció como un faro salvador. La señora, enterada de las rarezas de Ilda y
prevenida contra cualquier rasgo de barbarie, hasta ayudaría a desterrar
aquella mala disposición de mi esposa, ya presentándose menos, ya empleando
algún otro artificio, fácil para su entendimiento y despejo natural. Se me
venían a la imaginación cláusulas enteras del discurso que iba a espetarla.
«Mire usted, doña Milagros, en este mundo cada uno tiene sus manías, y usted,
con su buen talento, ha de saber dispensar ciertas cosas...». Y delante del
vidrio dorado, la cosa me parecía, no sólo fácil, sino grata, porque me
lisonjeaba la idea de desahogar mis cuitas en el corazón de aquella
bondadosísima señora, que no dejaría de compadecerme y consolarme. Pero al
pasar delante del vidrio azul, melancólico y afligido, se me ocurrieron todas
las dificultades de la empresa. ¿Si doña Milagros lo tomaba por donde quema y
subía a pedir cuenta a mi esposa de sus extrañas prevenciones? ¿Si aun cuando
doña Milagros guardase el secreto, averiguaba Ilduara mi visita al piso de
abajo y mi entrevista con la comandanta, por la bien montada policía de mis
hijas? Tampoco era fácil encontrar fórmula adecuada. «Mire usted, doña
Milagros, mi mujer dice que no quiere que aporte usted por casa en los días de
su vida». «Oiga... ¿por qué? ¿Se pué saber?». «Pues porque cree que usted es
una métome-en-todo, y una revoltosa y una pues, y una tal y una cual...». ¡En
fin, que ciertas cosas no hay medio humano de decirlas!
Mientras
me hallaba en esta perplejidad, vino a librarme de ella un suceso que no me dio
tiempo de poner por obra ninguna resolución. Y fue, que viendo un día de otoño
bastante claro y sereno, dispuso Ilduara que sacase el ama a las gemelitas a
tomar el aire. Rosa, siempre dispuesta al callejeo, y Constanza, fueron
comisionadas para acompañar y vigilar al ama. Arregláronse y bajaron todos;
pero apenas haría diez minutos que habían salido, cuando ¡tilín, tilín!
volvimos a sentir en la antesala el estruendo de sus voces, y el llanto de una
de las niñas.
Ilduara,
que se levantaba por tercera o cuarta vez, hallábase tendida en el sofá. Al ver
regresar el grupo, saltó sorprendida.
-Ama,
¿qué es eso? ¿Por qué vuelves? ¿Se ha olvidado algo?
-Es que
doña Milagro... -pió el ama con su vocecilla remilgada de costurera campesina-
nos mandó...
El rostro
de mi esposa se puso del color de los tomates maduros; tan rápidamente acudió a
él la poca sangre que andaba repartida por las venas de su cuerpo. Y manoteando
y enronquecida ya, gritó furiosa:
-Conque
doña Milagros, ¿eh? Magnífico... ¡Pues me hace gracia! ¿De manera que ya no
puede cada uno disponer de su casa y de sus hijos, sino que ha de venir la
gente de fuera a enmendarle la plana? ¿Y a ti, santa boba, quién te dice que
obedezcas a cualquiera? Y vosotras -añadió dirigiéndose a Rosa y Constanza-,
¿para qué os envío con las pequeñas, sino para hacer respetar la voluntad de
vuestra madre? ¡Ahora mismo... ahora mismo me estáis bajando otra vez a la
calle, y me paseáis a las niñas hasta las doce de la noche! ¿Habéis oído? Hasta
las doce. Si volvéis un minuto antes, cuidado conmigo... A ver si aquí manda
quien debe, o las desvergonzadas.
Yo, que
presenciaba esta escena y escuchaba esta filípica, me quedé helado al ver que
por la abertura de la puerta asomaba doña Milagros su rostro moreno.
-Esposa...
Ilda... ¡Por la Virgen... mira que está ahí... que te oye! -supliqué con
angustia, acercándome a mi mujer.
-Mejor
-chilló Ilda más alto-. Lo que estoy deseando es que oiga. No lo ha oído más
pronto porque no ha querido. No hay peor sordo...
Ya
entraba la impetuosa andaluza como un rehilete, sin fijarse en lo que Ilduara
decía, atenta sólo a su idea.
-¡Ay,
Jesús!... ¡Fortuna han tenido esos cachos de sielo en encontrarse conmigo!...
¡Pulmonía como la que piyan si no!... ¡Yo no sé cómo hay való pa enviá a esos
angeliyos fuera con una tarde tan fría! ¡Y desabrigás! ¡Ni el ganbansiyo e
franela yevaban! De forma que dije: Ama, arribita con eyas...».
Charlando
así, había tomado en brazos a una de las gemelas, y la cubría de besos
gorjeados y sonoros. Yo temblaba, mirando a mi esposa inmóvil, erguida como el
torreón aquel, con un aspecto arquitectónico y una calma fría del peor agüero.
Tan significativo y terrible era su ademán, que mi hija Rosa, muy partidaria de
doña Milagros, se atrevió a murmurar:
-Mamá, es
cierto... Hace un frío que pela, ahí en los soportales... A las niñas, aun no
bien salieron, se les puso morado el hociquito.
Ilda ni
siquiera prestó atención. Con una decisión glacial que me asustó mucho más que
un acceso de cólera, se adelantó hacia la comandanta, y, arrancándole de las
manos la criatura que en ellas tenía y restallando cada frase como un latigazo,
dijo así:
-Señora,
usted a disponer en su casa, pero no en las ajenas. Y si quiere usted manejar
chiquillos, haga por tenerlos, que los míos son míos y de nadie más. ¿Ve usted
esa galería? Pues si me da la gana de tirar por ella a la niña, la tiro... ¿ve
usted? La tiro... así.
Echó a
andar hacia la vidriera abierta, muy encendida de color, temblando de ira, con
la nena en alto; en la sala resonó un grito terrible, que a un mismo tiempo
lanzamos la andaluza, Rosa y yo. Por mis ojos pasó una nube, o mejor dicho, un
relámpago lívido, y en vez de ver en aquella acción de mi esposa un recurso
oratorio, feroz sí, pero teatral, vi sencillamente el cuerpo de la niña que
volteaba en el espacio e iba a estrellarse contra las losas de la calle, como
un día se estrelló el de su desgraciado hermanito. Mi clamor fue de agonía;
dando un salto de tigre, me arrojé a cortar el paso a Ilduara, y valiéndome de
su debilidad, le arranqué la pequeña, ayudándome doña Milagros, que sujetó por
la cintura a mi frenética esposa. La cual gritaba, ya fuera de tino:
-¿Para
qué me pone usted las manos encima? ¿No ve usted que yo no soy una verdulera
como usted, sino una señora? Una señora de toda la vida, ¿entiende usted? de
padres a hijos, porque los Pimenteles de Monforte siempre fueron caballeros.
Una señora no se mete en las casas de los demás... una señora se está en la
suya... Si usted lo fuera, hace tiempo que no pondría aquí los pies. Pero lo
que es usted todos los saben, y si usted quiere, se lo digo yo ahora mismo.
La fina
tez de la andaluza palideció bajo este chaparrón de injurias: en sus preciosos
ojos se pintó el asombro de verse tratada así, y medio sollozando, exclamó:
-¡Ay,
Jesú!... ¡Pero esta mujé está de luna!... ¡En nada la he fartao, y me
sapatea!... Señó e Neira, ¿qué pasa, qué tiene su señora de usté? ¿Se ha güerto
loca? ¿Está arrebatáa con sus enfermeaes y su pariura?... ¡Y grasia que no ha
tirao er angeliyo por la ventana! ¡No ma queao gota e sangre en las venas!...
¡Jesú, Jesú!... ¡Una hiena del África parece! ¡Que yamen al señó e Moragas
volando!
-¡Doña
Milagros... si le quedan a usted unas miajas de vergüenza... no se queje a mi
esposo! ¡Lárguese usted!
A todo
esto, los gritos habían atraído a la sala a mis hijas; y al través de la
puerta, la criada, atónita, miraba el escándalo. La andaluza se volvió como el
toro cuando se ve en el redondel acosado y aturdido.
-Pues ná,
que esta mujer se ha guillao -dijo, dirigiéndose al público-. Me dise
verdulera, al mismo tiempo me farta y arma la bronca conmigo, conmigo que no la
farto en ná... Me echa como a un perro. Por vosotras lo siento, angeliyos, que
os quiero más que a las telas der corasón. En mi casa me tenéis pa lo que se os
ocurra. Señó Neira, haga usté favó de declarar aquí que no les debo dinero,
grasia a Dió, y que no me habrá usté visto portarme mal en ná. ¿Digasté? ¿Me
tiene uté, sí o no, por una señora?
Un
impulso irresistible puso en mi boca estas palabras, mientras, penetrado aún
del terror pasado, estrechaba a la recién nacida contra el pecho.
-Doña
Milagros, usted es toda una señora, y yo no puedo decir otra cosa, porque sería
mentir, y Benicio Neira no miente.
Ilduara
me miró con extraviados ojos, y viniéndose sobre mí... la sinceridad me obliga
a no omitirlo... pero no lo repitan ustedes... ¡me puso... me puso en la faz la
mano...! Retrocedí; ella quiso hablar y no pudo, y negra de furor, se desplomó
en brazos de Tula, que la sostuvo y la condujo al sofá. Hubo un silencio
entrecortado por exclamaciones de angustia:
-¡Papá,
papá... mamá se muere!... -sollozó Argos, cogiéndose a mi manga-. ¡Ay, papá!
-Papá
-dijo Tula, pálida y severa, acercándose a mí- que se vaya la señora de Llanes.
Ya debía irse cuando mamá la echó... Ahora, échala tú... porque mamá agoniza.
Yo creía
volverme loco. Solté la pequeña dándosela al ama, me llegué a doña Milagros, y
le dije con acento suplicante:
-Señora,
me parece mejor que baje usted... Ya ve en qué circunstancias nos
encontramos... Dios me pone a prueba muy dura...
La
andaluza me contestó entre lástima y enfado:
-Ya tomo
la puerta, ya... Encaríñese usted con la gente pa esto... Vaya por Dios... ¿Me
dejasté dar un beso a las gatiyas?
-Es mala
ocasión... En otra... Todo se arreglará... Váyase usted...
Me
pareció mentira cuando la sentí cerrar la puerta y, pude atender a Ilduara, a
quien trasladamos a la cama lo mejor que supimos. Salió la cocinera a buscar al
médico, y mientras las niñas prestaban a su madre los cuidados que su estado
requería, yo me quedé al pie del lecho abrumado por el presentimiento de una
gran desgracia. El cariño por mi desdichada esposa se despertó con toda la
fuerza de los sentimientos inveterados, que están en nosotros sin que notemos
su presencia, como no notamos la de los órganos que sostienen nuestra vida. Me
entró inmenso remordimiento de haber provocado con palabras quijotescas el mal
de mi esposa; y de todo corazón me arrepentí de haberlas pronunciado. Las
exclamaciones de dolor de mis hijas me partían el alma. «Mamá... mamá
querida... Vinagre... un poco de éter... Que se muere, Virgen de los Dolores...
Sujetarla... No se puede... La arde la frente... Se ha sofocado muchísimo...
¿Qué tiene, mamá? Hable, diga por Dios...».
Sintiéronse
en la antesala pasos de hombre y me precipité, creyendo que venía el señor de
Moragas. Ya anochecía. En el pasillo me tropecé con un bulto ingente, enorme,
una especie de animalazo barbudo, peludo y bronco, y entreoí lo que sigue:
«Moño, vecino; aquí vengo a cantarle a usted...». Comprendí que el comandante
de Otumba quería pedirme una satisfacción por los insultos a su esposa. ¡Cuánta
mayor prudencia demostraría doña Milagros -la verdad- no enterando a su marido!
Pero, ¿pueden guardar reserva personas de un carácter tan fogoso y tan
polvorilla? El comandante, viendo mi silencio, me echó la zarpa al brazo.
-¡Peineta,
hijo, no se escurra usted...! Vengo a decirle dos o tres cosas calientes, y a
ver si está usted conforme, moño, en que nos rompamos las narices, remoño
peinero... ¡A mi señora, peineta, nadie la falta estando yo a su lado, y hay
ciertas cosas, moño, que sólo yo se las puedo decir; pero, peineta, a los demás
no se las aguanto, retemoño!
-¡Tenga
usted miramiento! -contesté al bárbaro-. Ahí al lado hay una señora enferma,
¿está usted? enferma de gravedad; y hay también señoritas que no deben oír la
ristra de cebollas que usted ensarta constantemente; y esto no es cuartel, ni
las personas regulares somos quintos.
-¡Peineta,
peine! Aquí se ha ofendido, moño, a mi señora, y... yo vengo a armar la de Dios
es Cristo, y a quemar, moño, la casa y hasta el barrio... No me salga usted con
que si hay enfermos, si no hay enfermos... A las señoras, moño, se las respeta
siempre...
El oso me
sacudía el brazo con ira. La puerta del recibimiento se abrió de repente, doña
Milagros, en bata y zapatillas, se apareció y se me figuró una visión
angelical. Con aquella voz de almíbar y aquel salado ceceo suyo, y con
sobrealiento que parecía el azorado anhelar de las palomas cuando alguien las
coge y las aprieta, se dirigió al bruto, y le dijo tartamudeando de emoción:
-A ver si
dejas en pas al señó Neira... Bastante abroncao estará el pobre hombre con las
majaerías y los selos y los sopitipandos e su mujé... No me ha fartao él, y la
señora está medio espichando y toa entrambilicáa... Vámono a nuestra casa, que
aquí naa se no pierde. ¡Ay, Jesú!... ¡Qué geniasos hay po el mundo!
-Moño,
como me dijiste, moño...
-No he
dicho ná. Abajito ma pronto que la lus.
¡Buena,
dulce doña Milagros! Mi corazón se inundó de gratitud hacia ella en aquel
instante, como en la escalera la noche del nacimiento de las gemelitas, y con
los ojos repentinamente humedecidos, murmuré:
-¡Si
supiese usted qué mala está Ilduara!
-¡Sea por
Dios! -exclamó la andaluza-. Si hago farta, naa de remilgos: mandar recao. No
soy rencorosa. Oigo yo a las locas como si oyese cantá la sartén.
Y se
retiró, arrastrando a su marido. Moragas vino de allí a poco. Enterado del
suceso, y habiendo visto a la enferma, puso cara grave y sombría, cosa tan
desusada en él cual lo sería el bigote en un niño de seis años. No dijo nada,
pero pronta y enérgicamente ordenó varios remedios, revulsivos la mayor parte.
-Ahora
hay modorra -indicó-. Temo que por la noche habrá mucha temperatura.
Prescribió
lo que debíamos ejecutar y en qué caso convendría llamarle; y, en efecto, a las
altas horas de la madrugada fue preciso enviarle apremiantísimo recado.
La casa
estaba en la mayor desolación. Tratábase de una supresión y un retroceso a la
cabeza, que constituía verdadera congestión cerebral. Al corto abatimiento
había sucedido la agitación, hiperemia, y luego altísima fiebre. Serían las
tres cuando comenzó a delirar. A las primeras palabras que pronunció
roncamente, con voz que parecía salida de lo más profundo de su ser, Moragas me
hizo expresiva seña, y ordené a mis hijas que se retirasen. Obedecieron de mal
talante, y sólo el médico y yo presenciamos el tremendo desvarío de aquella
mujer dignísima, de aquella madre de familia ejemplar, que a última hora,
perdido el albedrío, adoptaba en breves y tristes instantes la máscara de una
arpía furiosa. ¡Qué lenguaje, Dios mío, y cuánto sufrí al escucharlo! ¡Qué
horribles acusaciones las que me lanzó, no mi esposa, sino su fiebre, su
locura! ¡Con qué desesperación la oí renegar de su maternidad, maldecir la
tarea que la dignificaba a mis ojos, y abrumarme con un aborrecimiento sañudo y
atroz! Diríase que, abierta la misteriosa llave del corazón, salía de él algo
tan cínico y tan feo, que yo retrocedía de espanto. Ilduara se jactaba de
haberme devuelto mal por mal, condenándome a la servidumbre doméstica más
ignominiosa. «Calzonazos, pelele», repetía con expresión que no puedo recordar
sin estremecerme aún. ¡Pobre esposa de mi vida! No tomas, no, que yo te
atribuya a ti la que puso en tus labios el genio del mal, para
desmentir en minutos toda una vida consagrada al deber y al conyugal amor;
¡porque tú me amabas, Ilda de mi corazón, compañera de treinta años, santa
madre de mis hijos, y aquellas frases preñadas de odio y de hiel, aquellos
espumarajos de desprecio, burla y rabia, no eran sino las convulsiones de una
epiléptica agonía, que a costa de mi propia vida quisiera yo ahorrarte!...
Al
amanecer después de tan funesta troche, cesó el desvarío sobrevino un estado
comatoso, profundo y mortal. Ni el Viático pudo traerse. Luego sobrevino
cavernoso estertor, se apagó la pulsación y se vidriaron las pupilas...
El golpe
de la pérdida de su madre influyó de modo muy diverso en cada una de mis hijas.
Las que yo creí que se afligirían más (verbigracia, Tula, tan semejante a
Ilduara, tan identificada con ella), fueron las que, por el contrario,
conservaron bastante sangre fría; eso sí, Tula se manifestó dispuesta desde el
primer instante a empujar las riendas del poder doméstico, y gobernarnos a
todos, recogiendo la autoridad correspondiente a su derecho de primogenitura.
Tampoco
en Rosa -pagado el tributo de lágrimas que las mujeres no regatean a casos
mucho menos lastimosos- duró la pena: los arreglitos, los fúnebres perifollos
del luto la distrajeron, y no tardaron en volver a sus mejillas los sonrosados
colores, y a sus ojos el radiante brillo.
En
Constanza no sé si he dicho que nada hacía mella, o por lo menos nada se
exteriorizaba: era imposible averiguar cuándo a aquella criatura la complacían
los sucesos, ni cuándo no: tan extremada era su indiferencia, su pasividad, su
apatía de linfática. Lloraba sin alterar la expresión del rostro, y sus
lágrimas ni siquiera conseguían enrojecerla los párpados. Agua pura.
Las que
dieron señales de pena grande y profunda fueron Clara, Argos... y Feíta. Eran
estas tres, cada cual a su modo, mujeres de viva sensibilidad, y Argos sobre
todo propendía a exaltarse y a tomar las cosas de un modo arrebatado y
vehemente; en casa la llamábamos centellita, y recordábamos algunos
rasgos y anomalías de su infancia y de su primera juventud, que denotaba un
«alma montada sobre alambres eléctricos», según frase de Moragas. En la ocasión
del fallecimiento de Ilduara revelose este ser característico de Argos con
caracteres muy alarmantes.
Ha de
saberse que a la hora y media escasa del tránsito de mi pobre compañera,
presentose doña Milagros vestida de lana negra, con los ojos húmedos, el rostro
expresando piedad, el aliento congojoso y la voz timbrada de emoción; y en
palabras cordiales y casi humildes me explicó que venía, como siempre, a servir
de algo, que sentía reconcomio y pesadumbre inmensa por haber ocasionado
involuntariamente la catástrofe, y juraba y perjuraba que, si nosotros no le
habíamos cobrado aborrecimiento, ella estaba allí invariable, a nuestra
disposición con vida, alma y voluntad. Tula recibió a la comandanta tiesa como
un palo; pero mis otras hijas se la echaron en brazos sollozando y gimiendo, y
los chiquillos, que la querían por lo mucho que les mimaba, también la besaron
tristones y calladitos, como suelen estar los inocentes ante la muerte.
Al
acercarse la señora a Argos y verla color de cera, muda, agitada por un
temblorcillo, con los ojos secos y contraída la boca, hízome una señal
afectuosa y significativa, y, llevándome al hueco de la ventana, secreteó:
-Es
preciso que esta chica yore.
-Sí,
señora... -contesté- pero, ¿qué le hago si no llora? Y vaya si alivia el llanto
-añadí, enjugándome los párpados con el pañuelo.
-Pues e
que si no yora la chiquiya, verá usté lo que pasa. Vamo a tené lanse.
Quedándose así cortá, ar momento meno pensao, verá usté; un sopitipando, o un
mal del corasón. Yorará. Déjeme usté a mí... Capás soy de haser yorar a un
guijarro.
Los mil
tristes quehaceres que acarrea la pérdida de un ser querido me hicieron olvidar
la cuestión del llanto de mi hija. Doña Milagros bullía, trajinaba, activa,
infatigable, presente doquiera, arreglándolo todo, dando cien vueltas en un
minuto y evitándonos rozamientos, de esos que son tan dolorosos cuando, por
decirlo así, está el espíritu en carne viva. Ni aquel día, ni en la mañana
siguiente, pudo lograrse que asomase a los ojos de Argos esa lluvia
bienhechora, indispensable para que el dolor no se derrame interiormente y nos
sofoque. Recursos ingeniosos se emplearon para conseguir que Argos llorase; mas
no dieron resultado. La recordaron palabras de su madre; trajeron a sus
hermanitas y se las pusieron en brazos, diciéndola que aquellas huérfanas reclamaban
amor y protección, administraron medicamentos; fue inútil, y al cumplirse las
veinticuatro horas del fallecimiento de Ilda, realizáronse las profecías de
doña Milagros. Vino el anunciado sopitipando, la convulsión con sus
arrechuchos delirantes, sus contorsiones frenéticas, sus chillidos, sus ímpetus
suicidas de batir la frente contra los hierros de la cama o la madera de los
muebles. Argos se dislocaba, se descoyuntaba, formando su cuerpo arco vibrador,
como espinazo de culebra; entre cuatro personas no la podíamos sujetar: tal
fuerza desarrollaba bajo el influjo del aura epileptiforme. El acceso fue
determinado por la vista de la mortaja o hábito que traían para vestir a su
madre. Apenas logramos sosegar a la muchacha a puras dosis de éter y bromuro,
o, por mejor decir, así que gastó la pobrecilla todo su repuesto de fuerza y se
aplanó, empezó a preocuparnos la idea de lo que sucedería cuando se cerrase la
caja y Argos comprendiese que sacaban el cadáver, y resonasen en la calle los
piporros y los fagotes del entierro, y en la escalera los pasos de los que
bajasen el ataúd. En aquella vivienda de cartón, ¿cómo ocultarle a la infeliz
niña la salida del cuerpo?
Al
acercarse el momento solemne y triste en que alguien desciende por última vez
las escaleras de su casa -donde quedan los que le amaron, los que vivieron a su
lado-, para mudarse a la eterna soledad del nicho, doña Milagros penetró en la
salita en que recibíamos el duelo. Estaba esta, según la costumbre, menos que a
media luz, es decir, casi a oscuras. Mis hijas mayores, desaliñadas,
despeinadas, con pañuelos de seda negra, permanecían fijas en el sofá,
contestando por medio de monosílabos, o sólo de suspiros, a los saludos de las
amigas. Estas suspiraban también al tomar asiento, como si se hallasen cansadas
o muy doloridas. Luego se entablaba tímidamente en voz baja, algún diálogo
soso. «Hace frío, ¿eh?». «Sí, yo también lo noto». «Y mire usted, es raro; aún
puede decirse que no llegó noviembre». «Pues tiene usted razón: enfriaron
muchísimo las tardes». Etc., etc. Mientras palabreaban, el pensamiento estaba
allá, en la otra sala, la que caía a la marina, donde las del duelo sabían que
se encontraban el cadáver, y de donde iban a sacarlo muy pronto. Con disimulo
miraban todas para Argos, deseando y temiendo a la vez la dramática escena que
cortaría el denso aburrimiento de tan fastidiosas horas. Me han dicho después
(porque yo en tales momentos no estaba para observaciones) que Argos era una
perfecta y hermosísima imagen del extravío mental. Me aseguró doña Milagros que
sólo se la podía comparar a una Dolorosa, pero una Dolorosa que, en vez de
derramar lágrimas, se encontrase a punto de perder la razón. Sus desencajadas
facciones parecían esculpidas en fino marfil; sus inmensos ojazos negros
miraban con persistencia a un punto del espacio, y el mirar destellaba sombrío
fuego, como si lo que veía Argos fuese alguna aparición horrenda. El lienzo
de Doña Juana la Loca, de Pradilla, puede dar idea del semblante y
expresión de mi hija en tal momento. Las señoras del duelo cuchicheaban,
conviniendo en hablar más alto y hacer ruido para que no se oyesen martillazos,
pasos ni salida de los restos. A cada sordo rumor que venía de fuera,
estremecíase Argos con hondo escalofrío, y giraban sus pupilas, volviendo
después a la fijeza propia de la insania.
Aún
cuando ningún ruido sospechoso delató la llegada de los mozos que debían bajar
la caja, Argos, como si les olfatease, de pronto se enderezó, y sin pronunciar
palabra, rígida, tan pálida como la difunta, estiró el brazo y el dedo
señalando a la puerta, mientras dilataba sus papilas el espanto de una visión.
Era una actitud admirable, digna de una gran trágica. Su ensanchada nariz
parecía aspirar horror; sus abiertos labios se movían, pero su garganta no
formaba sonidos; su redondo pecho subía y bajaba, cual si se viese pasar a
través de él la ola de la aflicción inconsolable.
Fue
entonces cuando doña Milagros realizó uno de los hechos que debieran eternizar
su nombre. Repito que penetró disparada en la sala; con vigoroso empuje cogió a
Argos por la cintura; y bañándole la cara de llanto y cubriéndosela de besos,
la dijo sencillamente:
A la vez
que lo decía, la empujó al aposento donde Ilda, amortajada con hábito de los
Dolores, yacía en la caja aún abierta, entre cuatro cirios, y sobre una especie
de estrado de madera, pues no teníamos cama imperial. Amigos, conocidos,
carpinteros, empleados de los carros fúnebres, criados y vecinos curiosos; toda
esa gente que se mete, con razón o sólo porque sí, en las casas donde hay un
difunto, miraba atónita a doña Milagros y le abría calle; tras su paso se oía
reprimido murmullo de curiosidad. Cruzó impetuosamente la señora, arrastrando,
mejor que conduciendo, a mi hija; y sin transición, con calculada brutalidad,
la impulsó de suerte que fuese a caer de bruces sobre el cadáver, gritando al
mismo tiempo:
-Hija,
despídete de tu madre... Se la yevan... Dale un beso, hija, que ya no la ves
más sino en el sielo.
Argos se
abrazó al ataúd, exhalando un delirante chillido. Vi que juntaba mi cara a la
de la muerta, y que jadeaba, con ese anhelo especial del llanto, en que parece
sacudirse y retemblar el espinazo y el cuerpo todo; y en efecto, pasado aquel
minuto desgarrador, apenas alzó el rostro la muchacha, observamos que corría de
sus ojos abundante raudal de lágrimas, que deslizándose hilo a hilo por las
mejillas, las refrescaba, las coloreaba, regaba su viva flor. Con la misma
energía de antes, doña Milagros tomó a Argos casi en vilo, y la trasladó a mi
dormitorio; y obligándola a detenerse ante un Cristo antiguo de talla,
resguardado por un doselillo de damasco rojo -una de las pocas reliquias que
nos quedaban de nuestro esplendor solariego-, exclamó en voz persuasiva y
pesando sobre los hombros de la muchacha para que se arrodillase:
-¡Yora
allí, hija de mi corasón!... ¡Ese lo consuela too; yora, yora!
Díjome
después el doctor Moragas que doña Milagros era el mismo demonio; que con la
gracia pudo haber matado a mi hija, o trastornarle la razón; que había noventa
y nueve probabilidades y media de que así sucediese, pero que casualmente la
otra media fue la que se presentó, y a esa chiripa debíamos la salvación de
Argos.
La cual,
desde la tremenda experiencia, quedó totalmente variada. El carácter hosco y
huraño de su pena, la vaguedad de la mirada y el espanto de la expresión,
habían desaparecido, cediendo el paso a un abatimiento apacible, a una especie
de mansa tristeza, que, de allí a poco tomó forma de religiosidad exaltadísima,
como veremos. Diríase que no cabía en mi hija término medio, pues de la
desesperación y el frenesí saltó a una conformidad glacial lo mismo que si la
muerte de su madre y todas las demás cosas de la tierra la fuesen indiferentes,
y sólo la importase la nueva dirección de su espíritu. De esta evolución de mi
Argos y de sus consecuencias he de hablar más largamente; pero ahora debo pasar
a otro asunto, a otro dolor filial muy vivo. Grande, increíble fue la
metamorfosis de Argos con motivo de la muerte de su madre; pero ¿qué vale en
comparación de la que sufrió el empecatado diablillo de Feíta?
Es de
advertir que ya no era tal diablillo: quizás el nacimiento de las gemelas;
acaso la crisis de la pubertad, habían sosegado y amansado su carácter, que más
que bullicioso debe llamarse explosivo. He dicho que los deberes de ama seca
los cumplía Feíta admirablemente: dormía al lado de Media o Remedios, que era
su crío, y a la cual, con mucho biberón y exquisito cuidado, iba sacando a
flote. A pesar de lo embelesada que andaba Fe en estos maternales deberes, que
la volvían loca de orgullo y júbilo, al morir Ilduara comprendí que la niña se
convertía en mujer, y que el duende inquieto se aplomaba definitivamente, dando
indicios de una índole reflexiva y grave, que yo no hubiese sospechado nunca.
Ella fue, en los primeros días que siguieron a la desgracia, mi verdadero paño
de lágrimas, mi ángel consolador. Al encontrarme callado y abatido, sentado en
la galería, con los ojos fijos en el mar, al verme comer silenciosamente y
alzarme de la mesa suspirando, la niña salía detrás de mí, y acurrucándose a mi
lado, fijaba en los míos sus ojos verdes, pestañudos y chiquitos, espiando mis
movimientos, por si se me ocurría pedir alguna cosa. A mi menor indicación, ya
la tenía saltando:
-Papiño,
¿qué quiere? Papaíño... ¿traigo el bastón y el gabán? ¿va a salir? Papaíño...
¿enciendo el quinqué, que ya anochece? ¿El periódico? ¿Quiere ver a la gatita,
papaíño? La voy a traer aquí... verá qué mona, cómo gorjea.
Al
disfrutar de estos cuidados y compañía me fijé en la muchacha y estudié con
sorpresa su extraño carácter. Lo primero que en ella se notaba era una mezcla
de mucho desenfado, travesura y marimachismo, con una ternura de
corazón sorprendente. Además, podía afirmarse que Fe era precocísima, y hacía y
decía cosas admirables en sus años. Estaba dotada de una segunda vista o
instinto de adivinar lo que en realidad no podía saber, e iba derecha siempre
al enigma y a la contradicción, para resolverlos con arreglo a una lógica
irrebatible. Hay mil ideas y juicios hechos, que por la fuerza del hábito se
nos antojan muy naturales a los grandes, pero que son verdaderos
contrasentidos, y a una razón virgen y fresca como la de mi Feíta se aparecen
en todo su ilogismo, excitando la insaciable curiosidad discutidora, origen
quizá de la ciencia humana.
¡Ah! Si
Feíta hubiese nacido de un matrimonio ansioso de sucesión, de esos que tienen
tiempo para contarle las risas y las gracias al primogénito, no hay duda que
pasaría plaza de criatura asombrosa, de niña fenomenal. Pero donde hay muchos
hijos, crecen inobservados. Siendo mi Feíta muy pequeña, tuvo unos asomos de
raquitis, que combatimos con baños de algas marinas; y su notable desarrollo
frontal, la agudeza de su discurso y la viveza de su comprensión fueron siempre
tales, que Moragas, cada vez que venía a vernos, la llamaba «mona sabia»,
encargando mucho cuidado con la chiquilla, que era «un haz de nervios al
servicio de unos lóbulos cerebrales». No se crea que por eso presentaba Feíta
el tipo de la chicuela meditabunda y triste, abrumada por su temprano
desarrollo. Al contrario. Corregida ya la propensión a la raquitis, su cuerpo,
aunque delgado, iba poniéndose derecho; sus ojos húmedos y sus labios de clavel
rebosaban vida; su color era trigueño y sano, y sólo la excesiva delicadeza de
sus faccioncitas y cierta pobreza de los tejidos revelaban la lucha entre la
materia que se desarrolla y un meollo, o, por mejor decir, un espíritu que todo
lo quiere para sí.
Cuando se
peleaba con sus hermanas, cuando todo lo ponía patas arriba, cuando nos daban
ganas de atarla para que no nos volviese locos, Feíta era un bichejo, un tití
enredador, cuya graciosa insensatez ya fatiga, ya divierte; pero al hablar
conmigo a solas, quieta, seria, advertíase en ella inclinación a ponerse en lo
justo, a observar lo real y a conocerlo todo y juzgarlo todo con un sentido
exacto, original y radical, que bien podía admirar en mozuela tan tierna.
Añádase una comprensión sorprendente y una asombrosa memoria, por lo cual la
encargué, además de la cría de Media, de repasar las lecciones a Froilancito,
el único varón de mi estirpe, que cursaba el bachillerato y en quien fundábamos
nuestras esperanzas. A poco de imponerla esta tarea de repasar, es decir, de
tener el libro delante y ver si su hermano se sabía la lección, Fe mostró
tendencia a preguntarlo todo: parecía el Catecismo. Cuando Moragas venía a
casa, la primer persona que le salía al encuentro era la chiquilla.
-Explíqueme,
Moragas... ¿qué significa eso de angina gangrenosa? ¿Es lo mismo
que garrotillo? Ayer lo he visto en un periódico... ¿Qué es eso
de bacillus que
dijo usted anteayer? ¿Es un bichito? Dibújeme en un papel ese bichito. ¿Será
así... como las pulgas... o más pequeño? ¿Y cuándo me enseña usted un
microscopio?
-¡Ea, ya
está el diantre de la mona sabia esta empeñada en que le haga una mono-grafía!
Te haré una micro-grafía, bien; pero condición: que te vienes a vivir conmigo y
ya no te suelto hasta que aprendas medicina. ¡Se ha fastidiado el caballero
Hipócrates! ¿Se ríe don Benicio? Pues no vale reír, porque el arrapiezo puede
con eso y con mucho más. Ese cabezón admite todo lo que echen dentro. Mientras
da biberón a su hermana, no crea usted que la descansa la mollera a la
chiquilla.
-Las
mujeres -contestaba yo- mejor están dando biberón que discurriendo. No la haga
usted caso, señor de Moragas. Usted la mima demasiado, y ella se cree alguien.
Que le repase las lecciones a su hermanito... bueno: pero si veo se mete en
honduras y echa terminachos y quiere saber lo que no la importa... la
administraré una azotaina.
-Déjela
usted... -decía Moragas, atrayéndola a sí con benevolencia humorística-. Cuando
digo que la voy a dejar en herencia mi gabinete, mis libros y mis
instrumentos...
Claro
está que lo que yo estimaba en Feíta no eran sus listezas ni sus curiosidades,
reprobables en una muchacha, sino su cariñosa previsión mujeril. Las fuentes
del sentimiento estaban tan intactas y brotaban tan copiosas en el alma de
Feíta, que a pesar de la dramática pena de Argos, creo que la persona que más
lloró la muerte de su madre fue la traviesa criatura. Ya dejo indicado que
poseía una viveza tan extraordinaria, que parecía montada al aire, siéndola
punto menos que imposible estarse quieta y lo que se llama formal dos
minutos. Movida como por impulso febril, necesitaba dar vueltas entre los dedos
a alguna cosa, enrollar flechitas de papel, imitar el birimbao con los dedos en
el labio inferior, pegar saltos de carnero, pintar monos o barcos en el libro y
en la pared, pegar cromos en los vidrios, sentarse en posturas raras, tocar a
todo, abrir cuanto encontrase delante, y, si algo la ponía nerviosa, arrancarse
los botones y hasta los corchetes y cintas de la ropa. El síntoma en que noté
que nuestra desgracia labraba en su corazoncito hondo surco, fue que se paró lo
mismo que si a cada pie la hubiesen colgado una bala de diez libras de peso;
que cesó de atar sillas en hilera para que formasen el tiro de la
Ferrocarrilana, y de capear a sus hermanas con un pedazo de coco encarnado, y
de ponerlas banderillas de papel: que por extraordinario, sus indómitos pelos
aparecieron lisos, y sus faldas sujetas a la cintura, y sus trastos en orden.
Cuando nos sentamos a la mesa para esa primera comida de familia tan triste, en
que se mira, sin poder tragar bocado, hacia un sitio vacío, díjome de repente
Fe:
-Papá,
¿dónde estará mamá ahora?
-En el
cielo, hija mía -contesté, mientras las lágrimas me enturbiaban la vista y se
me atravesaba el pan en el garguero.
-Y di,
papá. Los que se matan a sí mismos, ¿van al cielo también?
-Porque...
-la niña bajó la voz y acercó su silla-. Porque mamaíta, en mi opinión, se ha
suicidado.
-Calla,
mocosa... ¡Suéltale a ese diablo una azote que la deje en carne viva!...
-exclamó Tula levantándose airada. Pero yo impuse silencio, y Feíta siguió,
revelando convencimiento profundo:
-No lo
dudes, papá. No es materialidad de que mamá se pegase un tiro. Pero se suicidó,
¡verás cómo!, enfadándose, rabiando, desobedeciendo al señor de Moragas. Ahí
tienes tú cómo se suicidó. Porque hay muchas maneras de hacer las cosas... ¿no
te parece, papá?
No
contesté, y la niña, adivinando que me entristecía aquello, se quedó también
callada, bajando los ojos, de los cuales se desprendió límpida gota.
Volviendo
a los terribles instantes en que perdí a Ilduara, diré que arrostro las burlas
de mi siglo, -que pone en solfa el amor entre cónyuges ya viejos, cuando la
antorcha amorosa lanzó su destello último- y declaro que me quedé sumido en
melancolía profunda. No calculaba yo mismo el lugar que ocupaba en mi
existencia la compañera de tantos años. Ella regía casa y hacienda, y si bien
las regía con poca suavidad, no por eso ha de negarse que su firmeza y su
vigilancia eran sanas y útiles. Podríase comparar a mi Ilduara con un corsé
emballenado y recio, que si oprime, sostiene. Pero aparte de este que no sé si
llamé dolor egoísta, el dulce y natural imperio de la costumbre me hacía sufrir
a cada instante al ver el sitio frontero de la mesa ocupado por Tula, y al
hallarme de noche solo en un lecho que me parecía de nieve. Perderían el tiempo
y el pecado los maliciosos: mis soledades de viudo eran espiritualísimas:
ningún estímulo vil me acuciaba: procedía mi nostalgia de un sentimiento puro y
elevado, compuesto de lo mejor de mí mismo, barajado con otros sentimientos
prosaicos, de conveniencia, de rutina afectuosa si se quiere, pero hondamente
arraigados, indestructibles.
El
encontrarme tan solo, tan alicaído, tan desquiciado moral y materialmente, me
aproximó a doña Milagros. Libre de la preocupación de que el trato con la
comandante pudiese ocasionar celosos desvaríos, me entregué sin escrúpulo al
consuelo de oír y ver a una señora que tan especial afecto me demostraba, y más
aún que a mí, a mis hijos, y particularmente a las gemelillas, de las cuales
puede decirse que no se apartaba casi. Mi amorosa lástima de los huerfanitos
vestidos de luto que veía a mi alrededor, mis inquietudes por su porvenir; mi
prurito de que fuesen dichosos, se convirtió en apasionada gratitud hacia doña
Milagros, que obraba el prodigio de reanimar nuestra casa, siendo el único rayo
de luz que entraba en mi hogar velado por tétricos crespones.
En
aquellos días de dolor, nostalgia y prueba, además de la pareja de ángeles que
me dejó mi compañero como recuerdo vivo de sus últimos instantes, vino a
aposentarse en mi casa otro ser impecable e inocente. Describiré su físico, con
toda la prolijidad que merece belleza tan divina. Tenía esta lindísima criatura
el cabello abundoso, rubio, de un matiz de oro cendrado, formando tirabuzones y
caprichosas sortijillas alrededor de la frente, la cual era tersa, lisa y
blanca como el alabastro más puro. Rodeaba sus ojos azules tan grandes que
parecían mayores que la boca, una selva de curvas y negrísimas pestañas. Miraba
con serena dulzura, algo atónita. Su naricilla era perfecta, redondeada y con
meseta en la punta como las de las esculturas clásicas; bajo la nariz, un hoyo
suave anunciaba las carnosidades y curvaturas de la imperceptible boquita,
rehenchida como dos mitades de guinda, roja lo mismo que coral; y entre ella
brillaban los dientes blancos, menudos y tan parejos, que su igualdad causaba
asombro. No era menos sorprendente la pureza del contorno de sus mejillas, ni
el arrebol siempre igual, limpio y delicadamente difuminado que las coloreaba.
También las orejitas, la garganta y los brazos se hacían notar por su forma,
así como las manos, que generalmente tenía extendidas, en actitud cariñosa de
acoger o implorar.
Con ser
tan acabada la hermosura de la niña, debo mayores elogios a su dulce genio, a
su índole apacible y encantadora. Mientras mis gemelas alborotaban y echaban
abajo la casa a berridos, ya porque el ama no se desabrochaba pronto, ya porque
no las paseaban o no las acunaban en el momento crítico en que las daba la
gana, esta otra recién venida se pasaba horas y más horas en calma absoluta, en
perfecto estado de reposo, siempre con sus ojazos azules abiertos de par en par
y sus manos gordezuelas extendidas. Jamás se oyó decir de ella que hubiese
reclamado destempladamente el necesario sustento, ni que cometiese ningún
desafuero en pañales o camisa. Su limpieza y pulcritud rayaban en maravillosas,
y a Pura y a Mizucha solíamos decirlas, cuando comían con los dedos o se
pringaban de sopa los hocicos:
-Mira la
Nené, que no se baba y no es una puerca marrana como tú.
Y cuando
había que cambiarlas el vestido o quitarlas unos pantalones húmedos:
-La Nené
nunca hace chis en la ropa. Es una monada ver lo aseadísima
que se conserva. No rompe los vestidos ni los zapatos andando arrastra por la
habitación.
En
electo, la Nené, pues con este nombre habíamos bautizado familiarmente a la
huéspeda, guardaría intacto y fresquísimo su traje de raso rosa con encajes
negros, si mis hijas, sobándola y abrazándola y desnudándola y vistiéndola otra
vez, no la ajasen sus trapitos de cristianar. Por lo cual se determinó que
convenía hacerla una bata de percal sencilla, para diario, que se encargaron de
cortar mis hijas pequeñas, y salió como de tales manos, con cada candil que
daba miedo. También se creyó que se la debía resguardar la ropita interior, y
en lugar de la enagua y pantalones de deshilado muy tieso, con puntillas
ordinarias, se la hizo una camisa de lienzo, y un refajo de franela, a causa
del frío.
Lo más
meritorio de Nené, entre tantas buenas propiedades y ejemplares virtudes, era
la sobriedad. Las tentativas de mis hijas de hacer comer fruta, probar una
cucharada de dulce o deglutir un sorbo de vino, resultaron completamente
frustradas. No la engolosinaban ni los caramelos: se dejaba embadurnar los
carrillitos; pero en cuanto a abrir la boca para chuparlos... ni por asomos. En
cambio dormía como una marmota. Indistintamente echaba su siesta en el sofá,
sobre una mesa, reclinada en una butaca, debajo o dentro de una cama, en las
posturas más incómodas, cabeza abajo, patas arriba, desabrigada o sin abrigo.
Para hacerla conciliar el sueño, y que sus párpados recubriesen sus ojos
lentamente, bastaba con tirar de un alambrito que tenía entre los dos omoplatos.
Sí...
Nené era una muñeca, ya que ha llegado la hora de decirlo. Una muñeca
artística, lujosa, parlante, de un coste elevadísimo, con cara, manos y pies de
porcelana-bizcocho, con peluca de verdadero pelo, traída de París directamente
al bazar más elegante y surtido de Marineda. Su precio había asustado a todo el
mundo, menos a doña Milagros, que se paró embelesada ante el escaparate donde
aquel hermosísimo simulacro de infancia se exhibía. Y con las manos juntas, la
lengua seca por el ardor del deseo, los ojos encandilados, exclamó a gritos:
-¡Ay
Jesú, María y José! Si paese un chiquiyo e veras.
Era de
oír cómo contaba la buena señora sus reflexiones y cálculos en presencia de
Nené, las vueltas que dio a la idea de adquirirla para tener luego el gustazo
de figurar que era una niña que le había nacido, y a la cual sería preciso
vestir, adornar y componer lo mismo que a una criatura verdadera. Pero treinta
y siete duros que el ladrón del tendero pedía por la muñeca, son una suma capaz
de asustar a la persona más hambrienta de sucesión. La comandanta batallaba
entre sus ansias maternales y su prudencia económica. Como lo mismito le pasaba
a toda la gente marinedina, ganosa de poseer aquel magnífico juguete y retraída
por la salsa, sucedió que el dueño del bazar, cansado de ver a la
muñeca eternizarse en el escaparate, discurrió rifarla con cédulas de a real.
¡Gran negocio! todo Marineda compró papeletas de la rifa; doña Milagros
adquirió ella sola por valor de dos duros, no sin consultar los números con un
San Antonio que tenía a la cabecera, y que, según la señora, era muy perito en
esto de acertar los que saldrían gananciosos en los sorteos de la lotería. Y en
efecto, San Antonio acertó de medio a medio, pues la muñeca vino a parar a casa
de la comandanta.
No
necesito pintar el regocijo de la agraciada. ¡Y mis niños! Creí que se
volverían locos. Las más pequeñas no cesaban de bajar al piso de la comandanta
para ver qué le sucedía a la niñita nueva. De tal modo se cebaron en admirarla,
manosearla y acariciarla; y tal idolatría les entró por ella, y con tal ansia
se desvivían por acompañarla a todas horas, que la generosa doña Milagros, en
uno de sus arranques, nos envió a Nené, regalándosela en propiedad a mis hijos,
a condición de que la cuidasen mucho y la gozasen por turno, sin peleas.
Aquella
atención me conmovió. Entre mis defectos y malas propiedades para vivir en la
sociedad actual, tuve yo la de un agradecimiento casi enfermizo. Cualquier
favor que se me hiciese lo estimaba de suerte que en vez de causarme
satisfacción me producía una especie de dolor; con tal urgencia anhelaba pagar,
cumplir, restituir el préstamo. Procediendo de doña Milagros, me enternecía más
cualquier rasgo de bondad. ¡Espontáneo y gracioso obsequio!
¡Ay! Bien
necesitaba consuelos mi espíritu; bien necesitaba algún halago; bien necesitaba
la solicitud de Feíta y el fundente corazón de la comandanta, para olvidar
nuevas angustias que comenzaban a asediarme, y de las cuales quiero decir algo,
porque si son del orden inferior y humilde, en mi existencia pesaron de tal
modo, que las sentí atirantar mi cuello como lo atirantaría una piedra de
molino.
Es el
caso que aquel año, en que tan bien se presentó la cosecha de niñas de carne y
hueso y de niñas de porcelana-bizcocho, anduvo rematadamente mal la del centeno
en la montaña, y no mucho mejor la del trigo en la llanura; y el gobierno, que
sin duda tuvo soplo, recargó un poquito más la contribución territorial,
ejemplo que siguió el municipio en la de consumos; y en el reparto, que se hizo
con arreglo a las órdenes del cacique comarcano, me echaron a mí, pobre hombre
sin mangoneo ni influencia, todo el peso de la cuota. Para mayor dolor, cuando
la simiente de la cosecha nueva empezaba a germinar, descargó un airado
pedrisco, y la mayoría de los caseros vino a pedirme prórroga, llorando a moco
y baba, diciendo que de fijo yo no me proponía acabar con ellos ni echarlos a
pedir limosna por las carreteras. Uno de ellos, anciano ya, me conmovió
profundamente.
Llamábase
el tío Farruco de Cornide, y era de mis mejores y más antiguos arrendatarios
montañeses. Casero de mi padre había sido el suyo, y de padres a hijos se
sucedían en el lugar. Cuando el tío Farruco acudía a pagar su renta, reuníanse
mis niños en la antesala para verle, pues venía muy majo y bien portado, con su
ropa de las fiestas: chaqueta y calzones de rizo azul, botonería de filigrana
de plata, camisa blanquísima de lienzo del país, pañuelo de seda carmesí atado
bajo la montera de terciopelo, y rebasando del pañuelo los mechones de plata de
sus canas.
Acompañábale
siempre alguno de sus hijos o yernos, portadores de ancha cesta donde se
amontonaban, cubiertos por níveo aunque grueso trapo, el pago en especie y los
rústicos obsequios de aquellas gentes sencillas. La renta en especie consistía
en tres pares de lucios y amarillentos capones, con las enjundias clavadas por
medio de una pluma a las rollizas zancas, y en varias orzas de manteca; los
regalos, en huevos, quesos de tetilla, una olla de miel, dos o tres tortas con
pedacitos de azúcar sembrados por cima. Estas provisiones hacían que la llegada
del tío Farruco, que ocurría generalmente hacia Navidades, fuese una especie de
solemnidad para la familia, prestando a nuestra mesa, por espacio de algunos
días, sana abundancia. Esta vez, acontecida la muerte de mi esposa, nos afligió
a todos la venida del arrendatario. Al darme el pésame con labriegas razones,
al pobre viejo se le llenaron los ojos de agua, acordándose de mi propia viudez
y de su difunta, «una loba para el trabajo, señor». Y cuando decía esto vi en
su cara atezada, de firmes líneas, como bronceada por el sol y el aire, una
expresión de dolor verdadero. Después, sin transición, pasó a las cuestiones
prácticas, y en solapadas frases me dio a entender que era preciso tener
influencia y mezclarse en elecciones, como hacía mi cuñado Garroso, pues si no
las contribuciones se lo comían a uno.
-En otro
tiempo, señor -dijo el viejo en su dialecto, sacudiendo la cabeza
melancólicamente- bastábale a un hombre ser honrado y trabajar para comer pan;
los holgazanes y perdularios eran quienes se morían de hambre; los que
echábamos mano al azadón y al arado teníamos el pote seguro. Hoy día ya no
sucede así. De poco sirve que uno se mate a trabajar y se reviente labrando la
tierra. No trabajamos para nosotros, señor mi amo, créame, que es como el
Evangelio: trabajaremos para los pillastres de los recaudadores y para el
maldito chupón Gobierno, con perdón de usted, que los envía a sacarnos el jugo.
Los que se meten en tracamundanas políticas, esos aún van saliendo avante...;
pero los moros de paz, que callamos y apretamos los puños, pagamos por todos, y
estamos ya que no sabemos si vale más vivir o morir de vez.
Y el
viejo, después de sonarse con un gran pañuelo de hierbas, volviéndose hacia la
pared por cortesía, añadió:
-Señor mi
amo, ya sabe si el tío Farruco de Cornide, en toda la vida que lleva de ser su
casero, le ha pedido nunca espera ni rebaja. Pues señor, hoy se la tengo que
pedir, y si me la niega, se acabó el tío Farruco y la casa del tío Farruco.
Siquiera hasta allá por julio o agosto no puedo pagar, señor, a no ser que lo
vaya a pedir prestado y me envuelva en réditos, que aún es mejor para mi hombre
echarse al río con una piedra al pescuezo, bien gorda. Si así vamos, señor amo,
y las contribuciones no amainan, y si ahora no me da un poco de espera, yo,
que, lavado sea Dios, nunca me avergoncé delante de nadie, porque, bendito
Asús, he sabido trabajar, andaré a pedir limosna.
-Andaremos
todos, tío Farruco -respondí haciendo grandes esfuerzos por ocultar mi
angustia-. Vaya tranquilo... y en julio, si puede...
-En
julio, señor mi amo, pierda cuidado... ¡Mas que no comiese pan todo el
invierno!
Había
traído el viejo, a falta de las moneditas, su acostumbrado cestón, y lo destapó
humildemente, significando que hacía cuanto estaba en su mano, daba la penuria
de los tiempos. Vi asomar las patas amarillas de los capones, que se me
figuraron bastante menos orondos que de costumbre; diríase que la brujería del
fisco chupaba la enjundia de aquellas suculentas aves, como si ellas fuesen a
modo de esquema o representación del contribuyente. Hasta los huevos me
parecieron desmedrados, la manteca rancia, los quesos chicos y duros, sin
aquella suave morbidez de otras veces, que, unida a su forma ubérrima, los
convertía en adecuada imagen de la agricultura fecunda, maternal, nutriz de las
naciones.
¡Bien
sabe Él que todo lo sabe la falta que me hacía el dinerete que solía traer el
viejo, y el que por fuerza hube de perdonar, atendida la miseria de la añada, a
otros caseros más necesitados aún! Entre el parto, el bautizo, la enfermedad y
entierro de Ilduara, las incumbencias de la testamentaría y otros mil
agujerillos más, me vi con el agua al cuello antes de que llegase la primavera.
Y la conciencia me obliga a que declare dos cosas, para honra y buen crédito de
dos personas: primera, que mi nunca bastante llorada Ilduara dejó una
reservita, una pequeña alcancía, caso portentoso, pues no sé cómo pudo ahorrar
un céntimo con las infinitas y apremiantes atenciones que por todas partes nos
rodeaban; segunda, que Moragas, cuando le supliqué que fijase sus honorarios de
comadrón y médico, me miró con una expresión que no olvidaré nunca, y contestó
en tono guasón, pero dejando transparentar una piedad inmensa:
-¿Que qué
me debe usted? El médico es quien debía pagarle a usted algo, porque le engañó,
y en vez de una boquita para mamar, le trajo dos... Pero en fin, si se empeña
usted en mandarme cuartos, mándeme los que guste, en la inteligencia de que
cuantos menos sean, más contento he de quedar.
Inverosímil
parecerá este desprendimiento: los médicos pasan plaza de ávidos y codiciosos,
y se refieren cosas espantables sobre sus cuentas. Yo creo que en esta
profesión hay de todo, y si la pasta archibuena de Moragas no abunda, tampoco
serán regla general esas atrocidades de un galeno que pide por un parto miles y
miles, y de otro que tasa a peso de oro la operación que sólo él sabe ejecutar
con maestría.
Volviendo
a mis apuros, diré que, a pesar de las economías de Ilduara y del noble
desasimiento de Moragas, me hallé tan ahogado al acercarse la primavera, que
acepté con júbilo la proposición que me hizo bajo cuerda mi cuñado Garroso, de
comprarme ciertas pensiones que le redondeaban un partidillo de renta a él. Mi
difunta esposa siempre se había opuesto a esta venta, más bien por la tirria
que profesaba al cuñado, que por apego a las pensiones. No en cambio me avine
sin gran dificultad a deshacerme de ellas: al fin una pensión no es tierra,
no son bienes. He sido educado en el culto de la tierra, la tierra
la consideré sagrada. Parecíame que debía dejarme cortar una mano antes que
vender un pedazo de tierra: así entendía mis deberes de propietario obligado a
guardar y transmitir a mis hijos la herencia de mis antepasados, chica o
grande. ¡Quién me dijera que con estos principios...! En fin, ello es que
entonces enajené las pensiones y pude respirar y cubrir necesidades urgentes.
Por
aquellos días Baltasar Sobrado, dueño de la casa donde habitábamos, me pasó
aviso de que le era imposible seguir dejándome el piso en el precio convenido,
y subiéndome un duro al mes. No son un caudal doce duros al año; pero para una
familia tan numerosa y un presupuesto tan exiguo, no hay gasto pequeño, y con
doce duros se calza a seis criaturas. Llamé a capítulos a mis dos hijas
mayores, y las consulté si convendría tomar una casa más barata, aunque
careciese de vista al mar y se encontrase situada en punto no tan céntrico;
pero convinimos en que una mudanza cuesta bastante más de doce duros, y que se
debía aguantar aquella existencia intempestiva y vejatoria. Con secreta alegría
permanecí bajo el mismo techo que cobijaba a doña Milagros.
En vida
de Ilduara no me incumbían estos detalles; me enteraba de ellos de noche, a
obscuras, en la intimidad del tálamo (pues de día nunca se está solo en casa de
familia tan numerosa). Allí, marido y mujer nos hacíamos confianzas sobre el
estado económico y las crisis pecuniarias (que eran el pan nuestro de cada
día), y nos comunicábamos nuestras inquietudes respecto a probables subidas del
aceite, falta de peso en la carne o sisas de la fámula... No puedo explicarme
la razón por que me era imposible hablar de todo esto con mis hijas. Parecíame
que la paternidad me imponía el deber de no afligirlas con cuestiones de
dinero, y de darlas, como el ave a su pollada, la pitanza y el nido sin que
tuviesen una hora de preocupación por tales miserias. Al absolutismo de Ilduara
había sustituido una oligarquía que dificultaba mucho el gobierno. Todas mis
hijas querían mandar; ninguna se sujetaba a la autoridad de Tula, y si ella
disponía una cosa, era lo suficiente para que no se ejecutase o se hiciese
enteramente al revés. Tula por su acritud y su falta de prestigio; Clara por su
prudencia y poca afición a luchar; Argos por lo que la abstraía la devoción;
Rosa por su frivolidad; Constanza por su insignificancia, no se prestaban a
regir aquel estado diminuto; y las únicas personas a quienes yo enteraba de la
marcha de los asuntos domésticos, fueron -ya lo supondrá, lector- doña Milagros
y Feíta. A la comandanta la hablaba de las grandes líneas de mi situación, del
miedo al porvenir, de la inquietud de verme viejo, morirme el día menos
pensado, y dejar a once mujeres -algunas de ellas niñas- sin amparo, casi sin
recursos, sin elementos para sostener su posición social. Con Feíta solía
conferenciar sobre menudencias terribles, la cuenta apremiante, el mueble
desvencijado o la prenda de ropa que necesitaba sustitución.
Recuerdo
que una tarde lluviosa, encontrándonos sentados alrededor de la tibia camilla
-mientras Feíta daba vueltas a un serón de paja del verano y lo forraba con un
retal de merino negro, para sacar un sombrero de invierno de riguroso luto, y
doña Milagros arrullaba y entretenía a Media, agitando un sonajero para
divertirla y meciéndola después para que conciliase el sueño- a propósito del
sombrero aprovechado se suscitó la conversación de lo caras que cuestan las
mujeres, de lo imponente de la partida de trapos y moños, por modesta y
sencillamente que se vista.
-Es lo
que yo le digo a papá -exclamó Feíta con viveza y energía suma, escupiendo el
cabo de hilo que la estorbaba entre los labios-. No hay mayor desgracia que
reunirse tantas Marías como aquí nos hemos reunido. Si en vez de mujeres
fuésemos hombres, saldríamos adelante, ¡vaya si saldríamos! Pero esto es un
gallinero. No entiendo qué será de nosotras, porque realmente no servimos más
que de estorbo.
-Hija...
estorbo precisamente, no -observó doña Milagros dando palmaditas en las nalgas
a Media, arbitrio muy eficaz para que los rorros concilien el sueño-. Si os
quedáis para vestir santos, no digo... pero... encontrando maríos buenos, como
el mío o como tu padre...
-Sí
señora... Esos maridos buenos se encargan a París y vienen del Printemps ya
preparaditos y atados con cintas de color -exclamó la chicuela-. ¡Anda!
¡Bonitos están los tiempos para maridos!
-¡Vaya si
sé! ¿Soy alguna tonta? No parece sino que aquí llueven maridos. ¡Eso quisieran
mis hermanas!
-¡Calla,
trasto! Si te oyen...
-¡Qué han
de oír! Tula, por no perder la costumbre, está regañando a la cocinera; Clara
durmiendo la siesta, ¡porque es más comodona! se ha propuesto ver lo que dura
una chica bien cuidada... Rosa... colgada de la ventana, a ver no se qué, los
charcos, porque diluvia; y Argos... en la plática del Padre Incienso.
Constanza... papando moscas, por variar... y las otras... Las otras no
entienden aún.
Reímonos,
y la chiquilla, engreída, prosiguió:
-Ya ven:
Tula me parece a mí que está madurita; además, por casarse, se casaría con el
perro de San Roque... Pues el perrito no parece... Clara ya no cumple los
veintiséis... Pues tampoco pasa un alma por la calle. Rosa es bien guapa... La
miran muchos... la dicen tonterías... pero todo jarabe de pico. Argos... ¡A
esa, no siendo que la hagan el amor los monaguillos...!
-Hija mía
-dije interviniendo con tono de severidad que exhorta-, una señorita, si no
encuentra marido, no tiene por qué apurarse; como que probablemente se ahorra
mil penas y sinsabores... En su casa está muy bien. Tú no entiendes de eso.
-Entiendo
-afirmó con aplomo-. En su casa, la señorita se aburre. En su casa se pone
hecha un alacrán, papaíño. Si Tula rabia tanto por cualquier cosa, es que está
pirrada por casarse. Que aparezca el novio, y verás una paloma. ¡Pues Rosa!
¡Pues Argos!
-¿Argos
dise? ¡Hijita del arma! -intervino doña Milagros, que ya había dormido en su
regazo a la nena-. ¡Anda! Si parece que está tu hermana elevá al quinto sielo!
¡Si es una santiya! ¡Si eya confesar, eya comulgar, eya resar to el día y toa
la noche, eya metía en aquel saco de estameña de hábito del Carmen! ¡Si
edifica, mujé, edifica!
-Bueno,
bueno, pues es... es porque... precisamente... quiero decir... En fin, que por
lo mismo... y aunque a ustedes les parezca así... una cosa rara, de tantísimo
comerse los santos...
La
chiquilla se confundía y embrollaba, no sabiendo cómo expresar la idea. Al fin,
retorciendo un alambre, añadió:
-Tula, y
Rosa, y Argos, y todas, pero todas, lo que esperan y lo que piden es casaca,
papá... ¿No podrías tú hacer algo para que encuentren marido? Y usted, doña
Milagros, que es tan amiga nuestra, ¿no podría ayudarnos? Allá en su tierra de
usted probablemente los maridos abundarán más que aquí... usted, ¿cómo hizo
para casarse?
-¡Miren
el cascabeliyo este, y qué cosas pregunta! -exclamaba doña Milagros perdida de
risa, tocándome familiarmente en un hombro y empujándome: confianza que me supo
tan bien, que me alentó a abrir el corazón.
-¡Ay,
amiga mía! Este cascabel no va muy descaminado. Hay algo de razón en los
desatinos que hilvana... Mentiría si dijese que no cavilo en lo del
establecimiento de las niñas... ¡Qué harán cuando yo falte! ¡Qué va a ser de
ellas, con pocos intereses, sin guía ni dirección, sin nadie que las quiera y
las aconseje, porque mi hermana nos odia y su marido nos vería gustoso ir
descalzos! ¡Qué destino espera a estas chiquitas, las que Dios me envía tan
tarde, cuando ya no puedo esperar fundadamente que las veré con uso de razón!
Al oírme
decir esto, la comandanta fijó en mí los flecheros ojos, se puso seria, y vi
que sustituía a la risa un enternecimiento evidente y el gesto del que va a
decir algo que hace tiempo le hormiguea en el corazón. Cogiome la mano; me la
apretó tiernamente, y mientras yo, trémulo, no me atrevía ni a devolver el
amistoso halago, murmuró en el tono con que una santa se ofrecería a rezar por
un devoto:
-Misté,
don Benisio... no apurarse... Dios aprieta... pero no ahorca. Usté es mu
bueno... y yo le tengo... vamo... una ley, ¡que aunque fuéramos hermanos de
padre y madre! Pues usté... siempre y cuando quiera dejar amparás a las
pequeñiyas... a estas... a este par de pendientes de perla engarsaos en oro...
me las da, y me hase usté felis... ¡tan felis como si me regalase un miyón! Yo
no he tené chicos... allá yo me entiendo: no los he tené... y si la Virgen me
encomendase estas presiosidaes... loca, vamo, loca me pongo de enserrar... Usté
me da las rosiyas de pitiminí; yo las hago de mamá; parentela no hay que gruña
por herensias; una tía tengo ricachona, y lo suyo pa mí es... y lo mío pa las
reinas mellisas, y a usté le quean toavía nueve... ¡nueve chavalas!... que me
parese bastante. ¡Se contesta... hombre... se contesta! ¡No digo nada que
ofenda! Y lo digo como si hablase a Dios.
El
calorcillo de la mano; el magnetismo de los ojos; lo afectuoso de los
conceptos; la generosidad de la proposición, todo me conmovió de suerte que
tuve harto quehacer en reprimir las lágrimas. Tartamudeando, articulé unas
gracias confusas. Doña Milagros me apretó la mano más fuerte, metiéndome en la
piel sus torneados dedos, como si sellase un pacto.
-¡Es que
no va de guasa... hablo formal... formal!... No pueo yo vivir sin las
gatiyas... Si me trasláan o se va usté... no quiero pensá la que me espera.
Cojo yo cariño a too; a un gato, a una escoba... pero a estas... no es cariño,
que es chiflaúra... ¡Es un delirio, una enfermedá!
Oyose en
esto la voz de Tula, que llamaba a gritos a Feíta para reclamar no sé qué
objeto que no parecía por ninguna parte. Y al quedarnos enteramente solos, la
comandanta, llegándose a mi oído y hallando tan de cerca que sentí en mis
mejillas el divino calor de su aliento, balbució:
-Si a
veses se me mete en el arma que no las parió su mujer de usté, Dio la haya
perdonao. ¡Qué iba a parirlas eya! ¡A fe de Milagro, que me han salío a mí de
la entraña!
Prestábame
doña Milagros diariamente el gran servicio de acompañar a mis hijas a que
tornasen el aire por sitios retirados, -paseos largos, como se dice en
Marineda-, a la estación, a las afueras, a todos los lugares no vedados por el
rigor del luto. Conviene advertir que las muchachas llevaban el de su madre con
exagerada puntualidad. Salían hechas unas tapadas de la época de Felipe IV, con
vestidos de lana escurridos y sin adornos, y larguísimos mantos de beatilla con
tupido velo de crespón, que, por delante, les llegaba casi hasta los pies,
dejando entrever en confuso esbozo las facciones. Verdad que bajo aquella
apretada celosía se adivinaban rostros espolvoreados de arroz, cabelleras bien
peinadas y artísticamente rizadas, moños de construcción arquitectónica, formas
turgentes delineadas por la estrecha cárcel del faldellín, piececitos calzados
con esmero y manos cuidadosamente enguantadas. Diré más: tanto recato y
tenebroso misterio realzaban mucho los atractivos juveniles, y parecían las
enlutadas un enjambre de negras mariposas. La identidad del vestido y del
tocado multiplicaba el efecto de la hermosura, bien como en los escaparates
fascina más un objeto repetido o presentado en gran cantidad. Empezó entonces a
correr por Marineda la fama de que eran muy bellas mis hijas: lo cual si pudo
afirmarse de Rosa y Argos, no tanto de Clara, y Constanza mucho menos; mas ya
se sabe que donde hay varias hermanas, una nota dominante de belleza o fealdad
se aplica en general a todas.
Comenzaban
a estar de moda las de Neira; a disfrutar de ese favor del público que en
provincia dura tan corto tiempo, pasando en seguida la gente a cansarse de las
muchachas lindas, como se cansan de las actrices y de las celebridades. Lo
cierto es que, desde el luto, se hicieron populares mis niñas, y muchos de esos
oficiosos que nunca faltan, me llamaron la atención cerca de si convenía al
buen nombre y crédito de tan guapas chiquillas dejarlas autorizar por doña
Milagros. Mauro Pareja, alias el Abad, me dijo con aparente candor en la
Sociedad de Amigos:
-Ya veo a
sus preciosas hijas. Las encuentro por ahí... por los andurriales. Siempre con
la comandanta de Otumba, ¿eh? ¿Es parienta de ustedes la comandanta de Otumba?
A quien echo de menos es a Argos... Esa se quedará en San Agustín, admirando al
Padre Incienso, que es el predicador y el confesor de la crema. El otro día oí
decir que Díaz del Alimón le comparó al Padre Ravignan y luego al Padre
Jacinto... Sospecho que Díaz del Alimón no ha leído ni al uno ni al otro.
No era yo
tan lerdo que no entendiese la ironía de la preguntita acerca del parentesco de
doña Milagros. ¡Parentesco! ¡Oh mundo que te pagas de formalidades externas y
del mecanismo del azar! ¡Mis parientes! Una hermana que me había despojado, un
hermano político que afilaba las uñas para no perder hilacha de lo que yo
soltase... Nuestros parientes son los que nos aman, los que nos auxilian, los
que nos dan calor de afecto... Y con ira reconcentrada respondí al Abad:
-Sí
señor: soy próximo pariente de doña Milagros.
Ya no
podía sufrir la guerra de mordaces reticencias y mordaces calumnias, la cobarde
cruzada contra la señora de Llanes. Nadie acababa nunca de decir en qué
consistían las maldades de esta. Yo que la veía a todas horas, yo que era su
amigo, me creí en el deber de sacar la cara por ella, y ir cara insinuación más
procaz que otras, respondí proclamando a la comandanta de Otumba la mejor
señora del mundo.
Mi
arranque caballeresco dio que reír. Y cuando me vieron atufado, furioso,
recogieron velas de un modo significativo. Saqué en limpio sus medias
palabritas que me creían loco de amor por doña Milagros. La hipótesis no me
ofendía, pero me desatinaba, porque podía manchar aquella honra limpia como un
espejo, pese a canallas malsines.
Confieso
que, después de la gresca, pasé dos o tres días muy malos. ¡Yo, casto y limpio;
yo, enemigo de infringir la ley, acusado de tan ilícitos tratos, de tan impuros
propósitos! Estudiaba con anhelo la cara del comandante Llanes, a ver si
revelaba enojo; moraba ansiosamente a doña Milagros, por si fruncía el ceñito o
se le nublaban las pupilas; observaba a mis hijas, por si maliciaban algo. Nada
alarmante noté. Las chiquillas conservaban su misma actitud de siempre respecto
a la comandanta: Tula, hostil, bufadora como gato montés; las demás, cariñosas;
algunas, apasionadas, porque al fin la comandanta las complacía y halagaba como
jamás lo hiciera su madre. Comencé a tranquilizarme, diciéndome a mí mismo:
-Ven acá,
infeliz. ¿Piensas tú enfrenar las lenguas? Más fácil te sería atar las hojas de
los árboles. ¿Cómo has de evitar que digan todo género de absurdos? Y es que ni
siquiera los dicen, tonto. ¿No lo ves? Cuando quieres precisar, poner el dedo
en la llaga, nadie da cuerpo y nombre a la calumnia: ¡frases vagas,
indicaciones traidoras, reticencias embozadas, que no resisten el enérgico
empuje de tu honrada conciencia! Eres run-run insidioso, en cuanto se le acosa
de cerca, se desvanece. Es cobarde porque es infame. Combatirlo es pretender
atravesar con una espada un fantasma de niebla: la espada pasa al través, y el
fantasma como si tal cosa. No; no incurras en la niñería de lidiar con nubes.
Desprecia esas calumnias, ellas caerán de suyo. Si te alborotas, sólo
conseguirás arrojar una mancha verdadera sobre la reputación de la angelical
señora. La murmuración no encontraba asidero: lo buscará en ti, y entonces sí
que se cebarán en ella sin miramiento alguno. Lo que hoy no pasa de broma,
tomará carácter serio, y la desgraciada caerá bajo el peso de una grave
acusación, que llegando tal vez a oídos de su marido, estorbará y quebrantará
para siempre vuestra amistad. ¡Lenguas viperinas! ¡Sociedad inicua, mundo malo,
malo, malo! ¡Qué felices son los que no tienen que habérselas contigo! ¡Qué
dichosos eran los frailes, y al mismo tiempo qué sabios! ¡Venturoso estado el
suyo! ¡Por qué se habrá acabado la costumbre de retirarse a los conventos!
El
resultado de todo fue que sentí hacia la comandanta un delicado respeto unido a
inexplicable ternura. Sus palabras me embelesaban; su gracia y monería en
hablar me tenían cautivo, y me hubiese pasado veinte años oyéndola el ceceo y
los dichitos salados y graciosos. Cualquier tontería contada por ella adquiría
el mérito de la sandunga. Escuchándola llegué a creer que cuanto le sucediese a
aquella mujer merecía la pena de referirse, y que a cada paso le ocurrían cosas
chuscas, reideras y donosas, que no nos pasaban a los demás. Como todas las
personas de individualidad muy acentuada y típica, doña Milagros parecía crear
vida alrededor de sí; diríase que la trama de la existencia diaria, tan pálida,
vulgar y monótona, para ella estaba entretejida de hilos de color y de
pajuelitas de oro. En mi casa hacía sol cuando entraba doña Milagros.
Estaba
entonces la señora en temporada humorística, pues todos los días tenía algo que
contar del asistente, a quien por sus torpezas apodaba Gedeón. Las
gracias de Gedeón eran inagotable tema de risa. Subía doña Milagros agitada y
abanicándose con un periódico; dejábase caer en el primer asiento que
encontraba a mano, y emprendía el relato de las gedeonadas. Gedeón había
servido en el mismo asafate el chocolate de ella y las
botas embetunás de su marido; Gedeón había cepillado un traje
de lana a pintitas, y persuadido de que cada pinta era una mancha, medio había
deshecho la tela; Gedeón había colgado el cuadrito de San Antonio cabeza bajo;
Gedeón, con las abrazaderas de las cortinas de la sala, había adornado la mesa.
«Hoy ese mardito me hiso pedasos la compostera buena, sin más que cogerla así,
entre el purgar y el dedo índise... Yo le dije: ¡Mira, Gedeón, borrico de mi
arma, que te aviso que pa otra ves que derrames el dulse por el piso, te hago
lamer el suelo con la boca... hasta que no quee rastro...! ¡Ay Jesú, don
Benisio! Los asistentes aquí son muy rudos. No se puede con eyos». De pronto la
veíamos echar a correr sobresaltada: «¿Qué pasa?». «Na; dime que hay que colar
un caldo, y tengo miedo de ese Gedeón me lo cuele por un calsetín». Las
chapucerías de Gedeón se habían hecho proverbiales. El pobrecillo era un quinto
montañés, a quien el comandante había escogido para asistente mediante no sé
que recomendaciones que no podía desairar; pero tan cansada estaba doña
Milagros de sus fechorías, que había intimado al señor de Llanes la orden de
desenterrar un mozo listo, limpio y útil, «una cosa desente».
Aquella
temporada noté pocas ganas de salir, y cierta repugnancia a la Sociedad de
Amigos y hasta al tresillo. ¿Sería que estaba casi seguro de encontrarme
siempre allí dos o tres prójimos dispuestos a hincar el diente ponzoñoso en la
honra de doña Milagros? Lo cierto es que prefería quedarme en casa.
Transcurrido el primer mes del luto, habíamos armado una tertulia. Era de toda
la confianza imaginable y posible: mis niñas cosían o bordaban, revolvían
figurines, consultaban catálogos del Printemps, comentaban noticias
de amoríos, bodas, teatros y fiestas, y doña Milagros elaboraba una
constelación, o sea un cubrecama de gancho en que entraba la friolera de
trescientas y no sé cuántas estrellas. Oíase fuera el ruido de la lluvia y del
viento, y junto a la lámpara diálogos de este jaez:
-¿Cuánto
cuesta ese vestido de armure negro, con adorno de azabache?
-Sesenta
francos... doce duros.
-¡Ay,
Jesús, qué baratito! Chicas, si es de balde. Aquí, entre forros, corchetes,
aceros, una cosa y otra, subiría doble. Yo me voy a encargar la corbata con
encaje... porque también es una ganga. ¿Qué querrá decir esto de bonito
paf?
-Es un
puf... ¿no lo veis? Un puf... ¡Ay! este catálogo está lleno de disparates.
-Enséñame
las muestras, Rosa... ¿Cuál te gusta a ti?
-¿A mí?
La verde y oro... La azul gendarme... La fresa, ¡sobre todo la
fresa!
Quien
llevaba la batuta en lo concerniente a trapos y moños, era Rosa. Podría
afirmarse de ella que ni existía ni respiraba sino para emperejilarse. Lo
exiguo de nuestra bolsa no permitía a Rosa desarrollar su vocación; pero cada
cual hace lo que puede, y dentro del límite que por fuerza tenían sus gustos,
Rosa hacía prodigios. Ingeniábase para variar de adornos sin comprar ninguno
nuevo; volvía al revés los trajes; les añadía perendengues, volantes
aprovechados; la pasamanería que guarnecía la falda subía al cuerpo, y a la
falda bajaba el fleco de las hombreras, repartido en golpes... Veía en un
escaparate algo nuevo y caro; suspiraba, daba cien vueltas en redor del
vidrio... y en casa, con vejeces, imitaba al punto la novedad. Siempre estaba
refrescando sombreros, improvisando cinturones, forrando manguitos o planchando
encajes. Su lectura predilecta consistía en figurines; su encanto eran las
crónicas de sociedad y los ecos de salón. ¡Pobrecilla! Su mundo ideal no estaba
a su alcance.
Algunas
noches venía a pasar un rato con nosotros el casero, Baltasar Sobrado, persona
muy bien acogida de mis hijas, porque les traía siempre noticias frescas,
chismes picantes, sazonados con la sal y pimienta de su experiencia del mundo.
Sobrado había sido militar y casado con mujer rica, de la cual estaba viudo
hacía cinco años; había corrido mundo y tratado gentes, y no carecía de despejo
y facilidad para la conversación. Se le sabía una aventura añeja con cierta
cigarrera muy hermosa, Amparo, por mote la Tribuna. De esta
historia había recuerdos vivos; un niño, hoy un muchacho tipógrafo, socialista,
que se hacía llamar el compañero Sobrado. A Baltasar le escocía
fuerte todo esto, y no aludía jamás a sus mocedades.
¿Vendría
a mi casa atraído por la belleza de alguna de mis hijas? Esta idea se me pasó
por la cabeza, pero no tardé en desecharla, porque la sustituyó otra muy cruel.
El verdadero imán para el opulento viudo era doña Milagros.
Recordé
la afirmación de Ilduara, que aseguraba haber visto a Sobrado siguiendo por las
calles a la andaluza. Me fijé en ciertas disimuladas atenciones, en ciertas
galanterías que, con bastante cautela, tributaba Sobrado a la señora. No
presumo de observador ni me paso de malicioso; pero hay cosas que sólo no las
ve el que no quiere verlas, y el ya antiguo pleito entablado con toda la ciudad
de Marineda sobre la virtud de doña Milagros, me abrió el ojo y me despabiló el
entendimiento en semejante coyuntura. «Ahora se averiguará -pensé- si tienen
razón los que zapatean a esta mujer ejemplar, modelo de esposas y de madres...
es decir, de madres no, porque la naturaleza no ha querido que llegue a serlo;
pero ¿qué le falta para la maternidad? Lo material y fisiológico: moralmente,
¡qué madre más sublime!... Ya no dirán que es buena porque nadie la asedia:
aquí tenemos el escollo. Sobrado no es viejo, está muy bien de figura, viste
con primor, su trato es agradable, y reúne una circunstancia de gran peso en esta
sociedad corrompida: dinero, posición; es socio de la casa Sobrado y Compañía;
es de las personas más consideradas de Marineda... Ahora, ahora voy a
cerciorarme de que esta mujer no es de frágil cristal, sino de oro purísimo...
¡Ah! Yo velo, seductor, calavera infame y disimulado... Te juro que no ha de
escapárseme la más leve de tus artimañas. En caso de necesidad, prevendré a la
bendita a quien tratas de corromper... ¡Ojo, Sobrado! Estoy aquí».
Me puse
alerta y atisbé. Ninguno de los artificios del rancio burlador de cigarreras se
me escapaba. Llevaba cuenta de las medias palabritas, de las blandas
insinuaciones, de las miradas de recojo, de las maniobras para colocarse al
lado de la andaluza y poder hablarla en secreto.
Sin duda
el galopo de Sobrado, no atreviéndose a intentar el asalto a domicilio por
miedo al comandantazo Llanes, se había deslizado en mi casa y elegídola como
aguas neutrales, digámoslo así. A mí probablemente me tenía por un memo, un
alma de Dios, a quien le pasan las cosas por delante de los ojos sin que se
entere; y a mis hijas, por unas vanidosuelas tontas, pagadas de su hermosura, y
persuadidas de que todo el que se aproximase a ellas caía vencido. Como que
fingía cortejar a Rosa; pera yo veía la hilaza. Sí, la veía. ¡Ah! Aunque
sencillo, no tan bobo, caballero Sobrado.
Lo
pescaba todo, todo: el mirar de borrego moribundo, las tentativas para juntar
sillas desviadas, las capciosas preguntas, las intentonas audaces, furtivas,
cuya insolencia me arrebataba a la cabeza la sangre...
Un día vi
más. Por cierto que estuve a punto de echar a rodar los miramientos.
Necesitando doña Milagros retirarse de la tertulia más temprano que de
costumbre, Sobrado, mientras la señora recogía la labor, recordó que tenía
también una ocupación urgentísima y se ofreció a acompañar a la andaluza y
darla el brazo por la escalera. En efecto, bajaron de bracete, y quedé más
muerto que vivo, presa de tan fiera inquietud, que no sé cómo no salí corriendo
detrás de ellos, para impedir que la noble sencillez de doña Milagros la
hiciese víctima de alguna infame asechanza. Sin embargo, no hallé pretexto;
hube de mascar el freno: la noche que pasé fue de las más negras de mi vida: se
me figuraba que era mi deber proteger a doña Milagros, arrebatarla de las uñas
del lobo; y me acusaba por no haberla hablado francamente, advirtiéndola del
riesgo que corría su honor.
Tanta
zozobra y amargura se transformaron en una alegría inmensa, loca. Porque ignoro
lo que pudo suceder entre el casero y la inquilina, pero es lo cierto que él no
volvió a presentarse en la tertulia, ni doña Milagros a mentarle sin decir:
«Ese mamarracho... ese pedaso de monigote, que me quería dar la casa de
balde...». Y no pudo caberme la menor duda de que, en aquella empresa, don
Baltasar había ido por lana para salir trasquilado. Lo que más me demostró el
fracaso del tenorio burgués, es que desde entonces se dedicó a sacarle a doña
Milagros el pellejo a tiras en la Sociedad de Amigos, dejando aparte el pérfido
sistema de las reticencias, que sin manchar empañan y sin herir desfloran, y
pasando a afirmaciones concretas, directas, fundadas, ¡qué horror! en mí, en mí
mismo.
Lo que
supe por una indiscreción de Primo Cova, y me retraje enteramente del Círculo,
consagrándome a nuestra dulce tertulia nocturna, cada vez más deliciosa para
mí. Si me encontrase con Sobrado, temería no poder contenerme. Sí; no lo duden
ustedes: me desataría, ya que soy la quintaescencia de la paz. Pero confiesen
que hay acciones capaces de sacar de sus casillas al mismísimo Job.
Lo que me
aguaba la fiesta de la tertulia era la resistencia de Argos a presentarse en
ella. Verdad que no asistía casi a ninguno de los actos de la vida familiar.
Nada: mi hija se había «dado a la mística». Ya dije cómo empezó a indicarse
esta evolución de su apasionado espíritu, a vista del cadáver de su madre,
cuando doña milagros la empujó, la lanzó al frío beso de la muerte. Sólo que la
crisis se graduaba, ahora tenía su devoción un carácter de vehemencia que
rayaba en insano frenesí. Si puede la devoción calificarse de manía, maniática
estaba Argos.
Levantábase
tempranito, antes de que amaneciese, y en ayunas salía a no perder las primeras
misas. Dijérase que cuanto más tempranas, a hora más intempestiva e incómoda,
mejor le sabían, cual si el valor de esta práctica piadosa consistiese en
realizarla antes que los barrenderos terminasen su modesta faena. Era el templo
predilecto de mi hija una antigua iglesia conventual, hoy entregada a los
Jesuitas, tan madrugadores en celebrar como solícitos en atender al culto.
Despachadas las misas, confesiones y comuniones, siempre había alguna función
que entretuviese a Argos hasta las diez; más tarde no, porque, en el fervor de
su vida austera, mi hija repugnaba ver y ser vista de gente. La mañana la
dedicaba a bordar pues estaba haciendo un manto muy repicado para un San José.
Por la tarde, manifiesto: a velar al Santísimo. De noche se recogía a su
cuarto, donde suponemos que leía o meditaba.
Lo seguro
es que no podíamos reducirla a compartir nuestros inocentes y honestos solaces.
Diríase que en ellos olfateaba insidias del demonio. También era arduo
conseguir que acompañase a sus hermanas a los paseos, con ser estos tan
retirados y solitarios; y rara vez podíamos lograr que, con velo tupidísimo y
saco de estameña, se uniese a la familia para tomar un poco el aire y hacer el
ejercicio que reclama la salud. Yo insistía en que saliese, porque Moragas, al
observar a Argos, solía decirme:
-Esa
señorita le está buscando tres pies al gato... Mucho cuidado, señor de Neira.
Su hija de usted está provocando una congestión en el alma.
No era
para notado sin inquietud en que la extremosa Argos, lejos de hallar en su
nueva existencia mansedumbre y paz, humildad, sumisión y agrado, frutos
naturales del amor divino, diríase que contraía una excitación malsana y
alarmante. No podía yo echar la culpa a la devoción, porque Clara, otra hija
mía, a quien siempre se le había notado afición a la iglesia, solía volver de
ella como volvemos de los sitios adonde vamos por nuestro gusto, con cara
satisfecha, plácida sonrisa, humor inmejorable, y una voluntad, por decirlo
así, baqueteada, suavizada, amoldada a las contrariedades, que tomaba luego con
más paciencia y resignación. Argos, en cambio, traía de sus madrugonas, o una
acometividad impaciente, un prurito de censurar cuanto hacíamos y decíamos, por
encontrarlo profanísimo y pecaminoso, o una tétrica reserva que la aislaba de
nuestro afecto. Si la señal del provecho que hacen al alma las devociones es el
estado moral de esa alma misma, Argos con sus rezos empeoraba.
Hubo
semana en que casi no la vimos, de tal modo la embelesaba una novena muy
solemne, en la cual debía cantar, en unión de otras varias señoritas de
Marineda que ensayaban los Gozos. No recuerdo si dije que Argos
poseía voz de contralto: siempre la tuvimos por hermosa y extensa, pero a las
pocas lecciones del organista y de una profesora que por devoción dirigía el
coro, resultó admirable. Soy poco inteligente; pero la voz de mi hija, apenas
educada, me pareció, en efecto, un prodigio; al entonar los primeros compases
del Ave María de Gounod, vibraban en su acento toda la pasión
y toda la arrebatada sensibilidad de mi carácter: era una voz profunda,
timbrada, sonora, pastosa, que llegaba al corazón. Hablose mucho de esta voz en
Marineda, y la iglesia se llenó de curiosos. Recuerdo que un día me dijo Feíta
misteriosamente:
-Papá...
¿Sabe lo que hice hoy? Estuve haciendo rabiar a Argos divina más
de una hora. ¡Se puso conmigo hecha un escorpión! ¡Si viese! La dije que desde
que anda vestida de mamarracho, con un hábito tan feo, y confesándose hasta de
que respira, ha echado un genio peor que el de antes. Y que no hace nada en
todo el santo día, más que gorgoritos y leer libros que no entiende. Y que a mí
me parece que las mujeres... vaya... y también los hombres... deben rezar una
horita... bueno, aunque recen horita y media... y el resto de tiempo trabajar o
divertirse; porque ni somos frailes ni monjas. ¿No crees tú que tengo razón?
¿Es bueno eso de rezar como un molino, tacarataca, tacarataca?
-Claro
que no... las cosas necesitan un término medio.
-Pues es
lo que yo quería decir; que no hay cosa que no tenga su término medio. Y cuando
se exagera... pataplum.
-¿Qué
significa eso de pataplum? -preguntaba yo, embobado con la labia de la
chiquilla.
-Quiere
decir que... vamos... ¡la mar! Porque hasta para Dios debe ser muy cargantito
que continuamente le esté mareando Argos. A ella todo se le vuelve: -«voy a ver
a Dios»; «abur, que me espera el Santísimo Sacramento». ¡Vaya! machacona. Y
¡caramba! con la compañía del Santísimo, parece que una chica se ha de volver
más amable y más servicial y más cariñosa, ¿no?
-Pues mi
hermana, cuanto más va a la iglesia, más se avinagra y más se chifla. Hoy creí
que me arañaba, porque la dije: «Arguitos, tómale a Froilán la lección de
latín, que yo no puedo ahora; anda, mujer, que yo rezaré por ti el Rosario».
¡Ay! ¡El fin del mundo! Saltó chillando que no se llamaba Argos, sino María
Ramona; que eso de Argos era un mote y una profanación, y que ya me enseñaría a
llamarle Argos. Luego me dijo que la lección de latín que la tomase el diablo;
y como yo respondí que nombrar al diablo era pecado, agarró los zorros de
sacudir las sillas y se vino detrás de mí corriendo. Si no ando lista, me
zorrega. A bien que ya pagaría yo la tunda en moneda de oro.
-¡Bah!
-contesté en tono conciliador-. Son bromas entre hermanos. Y al fin, ¿quién le
tomó la lección al chico?
-¿Quién
había de ser? Doña Fea... mangue, como de costumbre. Y también como
de costumbre no sabía palotada el señorito. Me veo y me deseo para meterle en
la cabeza los pretéritos. Pero mira, papá. Esta Argos, el día menos pensado te
dará el disgusto del siglo. Pudiera suceder que volviese loca. ¿Tú crees que
eso de rezar y cantar por turno no será una enfermedad lo mismo que otra
cualquiera?
-No, hija
mía. Es fervor que le ha entrado. Debemos respetar eso, porque no se trata de
ninguna mala acción.
-¿Fervor,
papá? Pues a mí se me figura que en lo del canto tiene su vanidad
correspondiente Arguitos. Sabe que van a San Agustín muchos tontos, y cuando
hay tontos es cuando florea y se despepita. No es oro todo lo que reluce,
papaíño...
Sorprendente
era la paciencia con que doña Milagros, tan asidua en escoltar a mis hijas por
paseos y tiendas, se prestaba también a la devoción de Argos, acompañándola a
la iglesia siempre que era preciso y aun asociándose con ella para rezuquear.
El Rosario lo despabilaban juntas: y era interminable, la corona entera con sus
misterios dolorosos o gloriosos, seguido de una retahíla de padre nuestros,
credos, salves, actos de fe, trisagios y letanías. Reuníanse asimismo para las
novenas caseras, poniendo en común su tesoro de devociones especiales. Y si se
ha de creer a Feíta, las de doña Milagros eran de un género sumamente original.
-¡Papá...
si viese qué santos tiene doña Milagros en su alcoba! Una Dolorosa que parece
un acerico... Dos San Sebastianes que parecen dos pollos desplumados... Una
Virgen del Carmen con miriñaque... Cuando rezan ella y Argos, se duerme y
contesta medio dormida... ¿Sabe usted cómo rezaban ayer? Doña Milagros echó un
puñado enorme de garbanzos sobre la mesa del comedor, y empezó a decir a voces:
«¡Satanás! ¡En mí no entrarás! Porque diré mil veses: Jesú, Jesú, Jesú...».
Y a cada
Jesú: ¡pin! un garbanzo al cesto que tenía debajo de la mesa...
-Chiquilla,
no inventes patrañas.
-Papá, es
verdad; es verdad, papá -afirmaba Feíta con especie de angustia de los niños,
que se consternan cuando no se les cree.
Otro día
me trajo unos papeles encontrados en el cuarto de su hermana. Titulábanse, el
uno Ferrocarril celeste; el otro, Receta para confitar
almas. Eran de esas hojitas donde por medio de un simbolismo del orden más
pedestre, se quiere hacer accesibles a la inteligencia y al corazón verdades
altas y sublimes de nuestra religión sacrosanta. Debo anticiparme a advertir
que mi hija leía cosas mejores, libros piadosos que, sin saber de dónde
procedían, vi varias veces sobre su mesa; entre ellos reconocí la Imitación,
las sagradas páginas que santificaron a mi madre... y que sin duda Argos no
entendía o no aplicaba tan bien.
Aquellos
días en que ensayó Argos el Ave María de Gounod, empezó a
divulgarse por Marineda la noticia de que deseaba entrar en un convento. La
primera vez que me lo preguntaron personas extrañas, sentí un golpe en el alma.
¿Pensaría en efecto mi hija sepultarse entre cuatro muros? ¡Monja mi Argos!
¡Monja! Enterrada en vida, separada de mí por vallas de hierro, sin esperanza
de ninguna ventura terrenal, virgen, estéril, sola, ¡muerta!
En
Marineda se comentaban estos supuestos planes de monjío, que llamaban la
atención, como la llamaba ya todo lo referente a Argos, su hábito, sus
madrugonas, su voz, su canto, y, ¿por qué no decirlo? su pálida cara de imagen
alumbrada por los dos ardientes cirios de sus ojazos negros. En las ciudades
poco populosas la vida no puede ser original; hay para ella un patrón común, y
quien pretenda apartarse de ese patrón, o ha de llevar una existencia tan
obscura que nadie le vea, o ha de resignarse a que le roan los zancajos y le
zarandeen como a escobajo de uva pisada. Esto le sucedió a mi hija la devota.
Dio la gente en fijarse más en ella, con su saco de anascote y su velo de
merino, que en sus hermanas, las cuales, emperejilándose lo que consentía el
luto, no hacían más de lo acostumbrado en muchachas de su clase y edad. Argos
-envuelta en el sayal, con la mata del obscurísimo cabello apenas sujeta,
pronta a desatarse y caer trágicamente por sus espaldas- en vez de sustraerse a
la curiosidad del mundo y encontrar aquel espiritual retiro que tanto agrada al
alma contemplativa, lo que conseguía era ser blanco de todas las miradas y tema
de todas las conversaciones.
¡Monja!
Buen católico soy, a Dios gracias, y venero el claustro; pero nunca se me había
ocurrido separarme de una hija para no verla más, tropezar con unas rejas que
se interponen, negras y frías, entre su querido cuerpo y mis brazos; perderla,
en suma. Sólo de pensarlo se me encogía el corazón. Si calculaba desprenderme
de una hija, era para dar su mano a un hombre que la amase, y me hiciese abuelo
de unos serafines que pudiese tener sobre mis rodillas; y mil veces fantaseaba
yo cómo sería la casita de mis hijas casadas, qué muebles tendrían, y qué
butaca grande me reservarían a mí, al abuelito helado por la vejez, en un
rincón muy confortable, cerca de la ventana por donde entrase a torrentes el
sol.
En la
Sociedad de Amigos, en la calle Mayor, en las Filas, no me dejaban vivir, «¿Es
cierto que la más bonita de sus niñas se mete a monja? ¿Es verdad que ya tiene
elegido el convento?». Mauro Pareja, sobre todo, revelaba en su asombro su
carácter, porque nada le admira como las resoluciones extremas. Un ingenuo
pasmo se pintaba en sus facciones. Parecía exclamar: «¡Quiere ser monja! ¡Es
posible que haya quien intente cosas tan románticas!».
Por
entonces Argos incurrió en nuevas extravagancias.
Estábamos
en Carnaval. En Marineda hay años de gran animación carnavalesca, mientras
otros transcurren lánguidos: esto pende de circunstancias imprevistas, del
estado de los bolsillos, de la duración de la temporada teatral, del humor de
los Presidentes de las sociedades. El año de la muerte de mi pobre Ilda,
tocaron Carnestolendas bulliciosas; sobre todo hubo muchas máscaras por la
calle, a lo cual ayudó el caer la «temporada de locura» a fines de marzo, y
estar el tiempo sereno, despejado y magnífico. La primer comparsa la organizó
la Nautilia, sociedad nueva y emprendedora, empeñada en eclipsar a
otra más antigua y acreditada, el Casino de Industriales. La
comparsa de la Nautilia, que salió el Jueves de Comadres por la
tarde, representaba la entrada de Dios Momo, cuyo bando o proclama iban
repartiendo profusamente unos demonios vestidos de colorado; anunciaba Momo que
traía en sus baúles alegría y felicidad para los pollos, noviazgos
para las niñas, melancólicas reminiscencias para las viejas, y que se marcharía
dejando en pos chascos y desengaños a montones. Los que iban a esperarle
cantaban versos alusivos, y regresaban luego escoltando la dorada carroza donde
se repantigaba el dios, lucio, risueño, enviando a diestro y siniestro saludos
con la mano enguatada de blanco, que metía a veces en un saquito de raso rosa
para arrojar confites a las señoritas que descollaban entre el gentío. Como la
tarde era primaveral, la temperatura deliciosa y el espectáculo alegre,
entretenido y gratis, despobláronse las casas de Marineda: todo el mundo se
dirigió hacia los arrabales para admirar la lucida comparsa.
Mis hijas
resolvieron no salir aquella tarde, porque precisamente el barullo carnavalesco
invadía los lugares por donde ellas solían pasear; y la incomparable doña
Milagros también decidió quedarse haciéndoles compañía. Se convino en
entretener la tarde con arreglos de trajes de las pequeñas y con sacar, de una
manteleta vieja de la señora, un abrigo de luto para la muñeca Nené, que, en
opinión de Purita, lo necesitaba muchísimo. Reuniose en nuestra sala la
tertulia, mientras yo, desde la galería abierta, recreaba la vista con el
airoso balanceo de las embarcaciones y el azul espléndido del mar en calma, que
parecía una placa de empavonado acero. Reinaba tal soledad aquel día en la
población, que se oía claramente sobre las losas del muelle el ruido de los
zuecos de algún marinero que pasaba, o la risa de un niño, resonando límpida y
argentina en la pureza de la atmósfera; por momentos llegaba una bocanada de
música, la de la comparsa, que iba acercándose a la ciudad.
Al
principiar la sesión, Argos tomó dedal y aguja como las demás; pero parecía
azorada. Dos o tres veces la vi acercarse a la vidriera, y mirar hacia el sitio
donde la comparsa debía de encontrarse entonces, como si los efluvios
primaverales que llenaban el aire y los ecos lejanos de la algazara la
excitasen e irritasen profundamente. Esta vaga desazón duró hasta que la música
de la comparsa, aproximándose, se dejó oír interrumpida aún, pero más clara y
distinta. Entonces, Argos, saliendo precipitadamente de la sala, regresó al
cabo de dos minutos con el manto puesto. Como no tenía que hacer ningún
preparativo de tocador, sus salidas eran así, súbitas, instantáneas; algo de
fuga, la correría del que se siente perseguido.
-¿A dónde
vas, chica? -preguntaron las costureras.
-Irá a la
iglesia, de seguro -respondió por ella doña Milagros.
-No...
¡lo que es ahora no voy a la iglesia!... -contestó sombría y enfáticamente la
devota.
-¿Pues a
dónde, hija, a dónde? -interrogó sorprendida la andaluza.
-A ver a
mamá -declaró Argos, tomando el rumbo de la puerta. Pero ya doña Milagros y
Clara se habían levantado interponiéndose, impidiéndole salir.
-¿Estás
loca? ¿Ar Campo Santo soliya? Esa gracia no te la permito yo y papá tampoco.
Escuche, señó Neira: sola se quiere ir por ese camino del sementerio, que es un
presipisio, y donde hase poco le diron a una mujer de puñalás ¡Dios nos asista!
Tú tiene el bicho en la cabesa.
-Dice
bien doña Milagros. De ningún modo consiento que vayas, y mucho menos sola.
Dentro de hora y media es noche cerrada; te expones y además te... criticarían.
Deja eso, hija... por Dios.
-Pues
venga conmigo, papá, si quiere. Venga. Porque yo, sola o acompañada, hoy he de
visitar a mamá, que está en el nicho, mientras todo el mundo ríe y se divierte.
El ruego
me cayó encima como un lienzo de muralla que me dejase aplastado. ¡Qué idea tan
lúgubre, tan antipática, tan fea! ¿A qué, vamos a ver, a qué tenía yo de ir
-cuando precisamente me encontraba tranquilo, dulcemente conmovido por la vista
del mar y la hermosura de la tarde- a abrir heridas y cultivar dolores? Ilduara
mía: tú, que a última hora calumniasete tu existencia; desde el cielo, que
espero que en él estés, bien ves los móviles que entonces inspiraron mi
conducta. Mientras viviste, traté de hacerte dichosa: cumplí siempre tus
deseos; te guardé fidelidad, y hoy que todo lo sabes, sabrás que no falté a mi
deber. Si de algo te sirviesen las visitas a tu nicho, las prodigaría; pero
¿qué alivio puede prestarte el que me abisme en la aflicción, y además coja un
reuma con la humedad del cementerio?
Algo así
objeté a Argos para que renunciase a su antojo sentimental. Me contestó unas
boberías: «Su mamá estaba muy solita. ¡La gente de fiesta, y ella allí,
abandonada, sin más compañía que los gusanos del sepulcro! Ella oía que su
madre la llamaba; sí, oía su voz». Repliqué que para ser cristiano y rezarles a
los difuntos, a lo sumo bastaba con ir a la iglesia. Pero la muchacha se
obstinaba en su deseo: despreciando mis ruegos y mis órdenes, otra vez se lanzó
hacia la puerta. Entonces cogí el sombrero y la seguí; y doña Milagros, no
menos diligente, se echó el manto y se reunió con nosotros en el portal.
Después supe que Mizucha y Purita, alborotadas, con el instinto de imitación
propio de su edad, querían también ir al cementerio, como si fuese cosa muy
recreativa; y porque Feíta quiso convencerlas, rompieron a llorar y tomaron
un cabrito que no se les quitó en toda la tarde.
¡Qué
tétrico es el camino del cementerio de Marineda! Lo limitan terrenos baldíos,
pardos peñascales, y el mar inmenso que se estrella con zumbido lúgubre y
perenne contra la brava costa. A cada revuelta se ve surgir la alta mole del
Faro, cuya luz, ya se entorna, ya rebrilla fulgente. Y cuando se cruza la
verja, vense tres patios llenos de nichos, donde brotan hierbecillas
amarillentas y pálidas; tres patios como de cárcel, sin un sauce, sin un
ciprés, sin esa vegetación que poetiza la muerte... La uniformidad desolada de
las lápidas blancas y negras y el viento del mar que azota el rostro y seca las
lágrimas...
No me
atreví a penetrar en el recinto. Parecíame como si no hubiese muerto Ilduara, y
me la fuese a encontrar erguida, airada, maldiciéndonos a la comandanta y a mí.
¡Peregrina aprensión! Hasta creía oír sus palabras iracundas y despreciativas:
«Muy bonito... vienes a visitarme con la verdulera... Para escándalos, este...
Quítate de mi vista, ¡panarrá, mal marido!». Entró Argos, paresurada, derecha,
sin volver atrás la vista, como las somnámbulas. Doña Milagros y yo nos
quedamos a la puerta, mirando cómo declinaba el sol y sus últimos resplandores
tendían sobre el Océano unos rizos de oro y fuego, deshechos al punto. Sin
decírnoslo, comprendíamos la señora y yo que era muy bonito aquello, que el
espectáculo tenía algo de misteriosamente conmovedor. La andaluza había
suprimido su cháchara; yo me deleitaba en callar. Un vientecillo fresco,
precursor de la noche, vino a acariciarnos. Argos prolongó la visita como un
cuarto de hora. Cuando volvimos, empezaba a asomar la luna.
X -
Pasaron
Carnestolendas, y el mal de mi hija arreció, hasta el extremo, que vi llegada
la hora de vencer la debilidad de mi carácter y adoptar alguna resolución,
porque aquello más que a santidad transcendía a delirio. Antes de que
confirmase mis recelos el médico, había yo comprendido que Argos ni era santa
ni penitente, sino enferma.
Después
de la visita al cementerio, sus rarezas redoblaron. Había días que se recluía
en su cuartito (tenía uno para ella sola, de donde había expulsado a Rosa, bajo
pretexto de que Rosa quería espejos, floreros y otras profanidades), y nuestros
ruegos para que saliese a comer eran inútiles: dejaba correr horas y horas sin
probar alimento, tal vez llorando; lo encendido de sus párpados la delataba.
Aquella devoción sordomuda de los primeros días; aquel bullir de la segunda
época, aquel piadoso zascandileo en unión de la marquesa de Veniales,
Paciencita Borreguero, Regaladita Sanz y demás fundadoras y socias del Roperito;
aquella afición al canto, aquel continuo ensayar trinos y fermatas,
habían cedido el puesto a fúnebre preocupación, a un lirismo que puedo llamar
mortuorio. Pasábase en el cementerio muchas tardes; y era lo peor que se
escabullía sola, a pesar de mis mandatos. Nunca la vimos más desaliñada, más
olvidada de que era mujer, y mujer joven y hermosa. El abandono de su traje
sólo podía compararse al de su peinado. Más de una semana trajo vendada la
frente con trapos negros, afirmando que era por culpa de unas jaquecas
horribles. La venda era angosta, y prestaba singular realce al rostro de la
muchacha, en cuyos ojos ardía la fiebre. Todo esto debía asustarme. Consulté,
en primer lugar a mi amiga.
-Sí, señó
-exclamó la andaluza cuando la manifesté mi propósito de avisar al Doctor-.
Hase usté mu bien; pero no sé que el Doctor le pueda sacar a la chica los
mengues del cuerpo y el clavo del corasón donde afincao lo tiene. Los médicos
piensan que too es resetar, que too es tomar el pulso y dar medicamentos contra
el flato y para engordá la sangre, y yo le digo a usté que hay otras cosiyas en
el arma, y que los médicos no hasen caso de eya, y son unos jumentos, hablando
mal.
-Según
eso, ¿usted cree que no la curará el Doctor? Doña Milagros, querida doña
Milagros, dígame su opinión, porque estoy que se me puede ahogar con un pelo.
Usted, que ve a la chiquilla a todas horas; usted, que la acompaña mil veces
(Dios se lo pague); usted, a quien, como mujeres que son las dos, ella
entenderá de cosas íntimas que conmigo no ha de conferir nunca, sea franca
conmigo. Siempre he tenido en usted mucha confianza; pero de algún tiempo a
esta parte, la miro a usted como a un ángel bajado del cielo... Y no digo más,
porque no quiero enternecerme.
La
comandanta sonrió, apoyando su dedito moreno y afilado en sus labios
descoloridos, tan lindos y tentadores. Era la actitud de la reflexión, en ella
poco usual. Pasaba el diálogo en la sala de la señora, puesta con el aseo algo
anticuado y la sencillez sin gusto de las casas meridionales. Las paredes
estaban llenas de fotografías de familia: individuos mal engestados,
displicentes, vestidos de domingo y apoyados en las estelas jónicas y en los
muebles recargados de talla de la guardarropía fotográfica. Me había explicado
la andaluza cien veces el parentesco el grado de consanguinidad y la afinidad
que la unían a los originales; pero yo siempre los confundía, viendo, no
obstante, en tal exhibición de parentela una prueba de la respetabilidad de la
señora.
-¿Ve
usté? -solía decirme-. Esta es mi primiya Paula, la que casó el año pasao con
este sanguango, un capitán de lanseros... Esta se ha quedao viuda la pobre:
Juaniya se yama. Estos son los chicos de la esta misma Juaniya. Mire el
pequeñiyo, qué mono (ya sabemos que a doña Milagros le parecían una monada
todos los chicos). Esta... tan farfantona... la del mantón y el pañuelo... es
mi tía la ricacha, la Tomatera de Chipiona, que la disen así porque ganó su
fortuna cargando tomates para mandá a toda España y a Inglaterra... Podría de
dinero está... y yo no me avergonsé de ella cuando empesaba a negosiar, y así
me adora y me hase mil regalos y dise que me dejará su hasienda. A mí el interé
no me siega; pero ¿avergonsarme de una mujer honrá? ¡Sabe Dios cuántas condesas
quisieran ser como eya! ¿Verdá, don Benisio?
Esta
charla no se repitió hoy, porque la andaluza, como dejo dicho, reflexionaba;
operación penosa y difícil para quien era pura espontaneidad, instinto y
arremetida franca y súbita, semejante a la del toro que por primera vez ve
flotar el rojo e incitante trapo. Al fin sus ojos entornados irradiaron luz de
inspiración; y echando mano de toda su sabiduría, de todo cuanto en ella
formaba el elemento intelectual, me embocó este que casi puede llamarse
discurso:
-Don
Benisio, ya sabe usté que puede pedirme la vía si la nesesita: yo no quiero
gastar retóricas para desir que se le apresia... Por lo mismo voy a hablarle
como quien pisa huevos, y como quien mete la mano en brasas y no la quiere
tostar. Cosas delicás saldrán a cuento, y si usté se me ofende a las primeras
de cambio, meteré la cabesa debajo el ala, y agur.
Hice un
ademán expresivo animando a la señora a que se explicase, y ella, dando
tormento al abanico, aunque ni hacía calor ni estábamos en verano, prosiguió
sin perder la gravedad:
-¿Usté se
acuerda, santo varón, cómo empesaron los trabajos que pasamos en este pícaro
mando los hombre y las mujere?
-Doña
Milagros, ¿eso que tiene que ver?...
-Calma,
cristiano, que allá voy. Todas cuantas desdichas y berrinches aguantamos, le
vinieron a Adán por Eva y a Eva por Adán, y a los Adanes por las hijas de Eva,
y a las hijas de Eva por los Adanes condenaos. Siempre que vea usté una mujer o
un hombre con fatigas de muerte, no se derrita los sesos cavilando: es por la
otra cara de la luna... ¿está usté? es por un Adán o una Eva, y digasté que yo
lo digo. Cuanto zafarrancho se arma por ahí; cuanto inventan los hombres, con
esos discursos endemoniaos de mecánicas y de construsiones y de embarcasiones;
cuantas trifulcas arman de teatros y bailes y comersios y fábricas y diablos
coronaos... todito es por la pingarrona de Eva, por eya nada más. Y cuanto
nosotras no componemos y no asicalamos y no depepitamos y no ponemos tristes y
no reímos a carcajá y murmuramo y chillamo, y arañamo y reñimo... y no tragamo
a la gente... como le susedía a su difunta de usté, señó Neira... too es por el
perdío de Adán, ni ma ni meno.
Oía yo
sonriendo a la señora, por la sal de cielo con que echaba su relación; pero la
idea no me parecía ciertamente ni muy nueva, ni muy aplicable al caso presente,
o sea al místico desvarío de mi hija Argos. Sin duda doña Milagros leyó en mis
ojos, pues se apresuró a añadir:
-Yo
siento no tené más labia, más esplicaeras, y sobre too más siensia, para
haserle a usté ver claro como el agua este intríngulis del mundo, que yo ayá a
mi móo lo entiendo divinamente... Porque esté ahora dise pa entre sí: «¿Y qué
tiene que ver con las arrancadas de mi niña, que todas son por el lao de la
iglesia, la casta de los Adanes? Precisamente la chiquiya se corre que quiere
entrar monja... y en el convento Adanes no hay». Pues velay, don Benicio: que a
las mosita y lo propio a las mujere manías, no se crea usté, tanto las altera
Adán de sobra como faltón... y basta, y usté ayúeme a hilar delgadillo esta
madeja.
Quedeme
suspenso, sin saber qué objetar a tan incongruentes afirmaciones.
-¿De
suerte... -pregunté- que usted juzga que Argos... sus males... sus
caprichos...?
-Los
tontos creerán que son por Dio nuetro Señor. Por Adán y nada ma que por Adán; y
si Moragas dise otra cosa, cómprele usté una gafa a Moragas.
-Pero
-insistí- ¿qué Adán puede ser, doña Milagros, el que me tiene trastornada a la
chiquilla? Sospecho que eso no lleva camino; porque si alguno pretendiese a
Argos o Argos quisiese a alguien, Argos se compondría, Argos presumiría, Argos
estaría como están las muchachas con novio.
-¡Ay qué
material que es usté, don Benisio! Pué si no hubiese en el mundo más enreos que
los que están a la vista de la gente y los noviasgos a son de trompeta... Mil
veses se entra el corasón, y no lo sabe más que el corasón mismo: por fuera,
nada: gayo tapao.
Me
resonaron dentro estas palabras que con vivacidad acentuó la andaluza.
-Su niña
de usté es una mosa que tiene en aquella cabesita un volcán. Too le entra por
arrechucho, y se pinta eya a sí misma que siente la cosa más aún de lo que la
siente. Por la mañana dise pa sí: «María Ramona, hoy tocan a yorar y a besar el
suelo». Y se la caen los lagrimone como aveyanas, y capas es de lavá el piso
con yanto. Pues como diga: «Hoy tocan a cantá...», más canta que un ruiseñor:
vos como la suya, que tanto yegue al alma, en mi vida la he oído. Si la da la
tema por está de rodiyas, de rodiyas aguanta horas y horas sobre la piedra, sin
quejarse, aunque luego se caiga desvanesía de dolor. Si se la pone en el
periquito vestir el saco de estameña, el saco suyo ha de ser el más gordo y más
bronco y más feo; y dé usté grasia a Dio que no se la ocurra arrastrar tisú,
porque lo arrastraría del más vistoso, aunque la costase darse al diablo.
-¡Doña
Milagros! -pronuncié, saltando en la silla.
-Perdone...
-murmuró la señora, confusa, con tan hechicera mansedumbre que me desarmó al
punto-. No he querío ofender... Usté me pregunta... y yo... vamos, tengo la
lengua larga... No se me atufe... Diga que me perdona. ¿Así? ¿Pases?
Y para
sellarlas, tomó mi diestra y la oprimió contra la parte baja del pecho
izquierdo, donde noté que el corazoncito sin hiel brincaba y golpeaba la tela
tirante...
-Lo que
he querío desir, don Benisio, es que su niña es una pila del telégrafo. Si
tuviese novio, un Adansejo en regla, como Dios manda, valdría más que no andar
visitando a los difuntos... La cosa es que...
-Que...
vamos, en el caso de su hija de usté, el Adán no puede ser... no es posible que
sea.. ¡Ay! se me traba la lengua, don Benisio... ¿no se va usté a enfadar?...
Pues... ese Adán de Argos... si es que sale... nos saldrá... apestando a cera;
¡eso... cabal...!
Me puse
en pie. En mi cráneo, de improviso, retumbaban voces, carcajadas y burlas
infames. ¡Dios justo! Por primera vez se me ocurría la idea, la absurda idea...
y ya no iba pareciéndome tan absurda, a los dos segundos de haberla concebido.
Recuerdo que me eché a la cabeza las manos, para ahogar aquel estrépito
diabólico. Doña Milagros comprendió con su agudeza femenil y murmuró:
-No hay
que apurarse, señó de Neira... Esto que le digo yo a usté no creo que nadie lo
sospeche. Ni la misma Argos entiende lo que la está pasando; eya se cree
buenamente que anda así, afligía por sus pecaos y sus penitencias y sus
étasis... y se figura que las cosa rara que la entran son ayá unas visitas de
la gracia de Dios... y no hay, para qué desengañarla, que los achares se la han
de quitar.
-Pero...
-tartamudeé- ¿por quién, doña Milagros, por quién cree usted que siente mi
hija... debilidad... afición... en fin, eso?
-¡Eh! No
tan aprisa... No he dicho eso presisamente; sólo que se me ha puesto aquí que
alguna tontá por el estilo será la madre del cordero.
-Un
nombre... ¿No se la ocurre a usted un nombre?
-Don
Benisio... es delicaíyo contestar. No nombro a nadie. Usté abra el ojo, fíjese,
entérese, como es el deber de too padre, de lo que hace su hija y a quién ve...
porque también es usté demasiado confiao y blandullón, y con usté hasen su
santa voluntá las niñas las veinticuatro horas del día, vamo... Así como su
señora, Cristo la haya perdonao, pecaba de dómina y de regañona, usté parese
hecho de merengue: con usté las chiquillas tienen república. No le aconsejo que
mire por Argos... y no ha de sacarme usté más, que estaría muy feo calumniar...
o salir con algún sinfundo.
No
conseguí otra cosa. A mis súplicas opuso la señora un significativo, «se ha
dicho bastante». Para torcer la conversación, sin duda, preguntome de pronto:
-¿Se ha
enterao usted del cambio de ministerio? ¿Ha visto al nuevo Gedeón? Es decir...
este de Gedeón no tiene nada.
-Sí, se
me figura que me abrió la puerta una cara desconocida... ¿Ha encontrado usted
su ideal?
-¡Ay
mare! pues si estoy que no quepo en mí de goso. Le digo, Neira, que ahora sí me
encuentro en la gloria. No sé dónde ha podío desenterrar Tomás semejante
alhaja; pero no he visto naa como eso. Un muchacho más limpio que el oro; da
ganas de comer verle: y trabajaor, no se crea usté: que hasta los suelos friega
y saca lustre a los hierros del balcón. Mañoso como él solito: mejor guisa que
ninguna cocinera: pone el arroz que se chuparía usté hasta el codo. Me tiene el
fogón, que dan ganas de colgarlo al cuello por dije. No lo va usté a creer:
plancha, pega botones y limpia y sacúe mi ropa.
-Que
sí... Y no se crea usté que eso que es ningún mariquiyas. Es disposición que
Dios le ha dao. ¡Ay! Mis pies y mis manos es la criatura. Ya le he cobrao una
ley...
Quieras o
no quieras (no tenía yo el menor empeño en admirar las habilidades del nuevo
asistente), hubo que dejarse llevar a la cocina por unos pasillos obscuros.
Entramos en la oficina de la bucólica, y vimos de pie ante una mesa de pino
blanco, a la nata, flor y espejo de los asistentes, y con las mangas de la
camisa arremangadas y frotando a todo frotar la hoja de unos cuchillos. El
exterior del sirviente era de lo más simpático; pero yo, con cierta repulsión
(afirmo que la sentí desde luego), me volví a la señora y, pregunté en voz
baja:
Entonces
reparé que, en efecto, aquel hermoso tipo meridional sólo podía haberse
producido en las márgenes del Turia, que llaman floridas los poetas. Si no
repugna hablar de la belleza de un hombre, hablemos de la de Vicente o Visanté,
que a tal nombre respondía el soldado. Pálido, con la palidez sana, caliente y
marmórea de las razas semi-africanas; de negros ojos, fogosos, largos y
brilladores; de facciones correctas, espesa barba que azuleaba de puro sombría,
dientes blanquísimos y prócer estatura, era Vicente lo que se llama un
arrogante mozo. El brazo ligeramente velludo, que ostentaba su rica musculatura
al fregar los cuchillos, tentaría a un escultor; y la mano, fuerte, morena,
grande, pero flexible, de noble diseño, lejos de denunciar la baja extracción
del fámulo, parecía decir que por sus venas corría ignorada sangre de árabes
conquistadores. Al vernos, cuadrose el muchacho, como si viese al comandante en
persona.
-Aquí
vengo a lusir tus gracias, Visente -dijo la señora con garbosa familiaridad-.
Mire usté, Neira, qué tinaja tan fregaíta. ¡Ay! En estas sartenes reluciente me
gusta a mí freír los huevos, que salen abuñolaos. ¡Caye! Si hasta el perejil me
lo tiene este chico que parese un ramiyete -añadió tomando un vaso donde en
agua muy clara se encrespaban ramas de perejil-. Abre ese cajón, Visente,
alhajiya. Too en orden, too aseado. ¡Qué almirés! ¡Qué perol! ¡Qué encanto de
chocolatera!
El autor
de tantas maravillas se mantenía derecho, inmóvil, callado, y al parecer
melancólico, con esa melancolía noble que llevan sellada en el rostro las
bellas razas de Levante, que saben ejecutar con dignidad los menesteres más
bajos.
Al salir
de los dominios de Vicente, la señora, volviéndose hacia mí con orgullo,
preguntome:
-¿Qué me
dise usté del muchacho? ¿Es o no es prenda?
Era en la
antesala; me acuerdo bien que la figura de doña Milagros se destacaba sobre una
cortina de reps verde obscuro, y que sonreía, dejando ver la dentadura de
nácar, ornato de su boca de adolescente que empieza a sombrear el bozo. Yo me
sentía lastimado, abatido, con inmenso abatimiento, como el que acaba de
recibir funesta noticia, o de asistir a un espectáculo repulsivo, o de
prestarse a algo que subleva su conciencia y su corazón; y de pronto, en medio
de esta depresión moral, de esta angustia mal definida, cuya causa no me era
posible inferir, ¡oh vergüenza para mis canas!, ¡oh vil y despreciable
condición del hombre!, ¡oh barro de que somos fabricados, escoria, limo de la
tierra, polvo, basura!, ¡oh rostro del pecado original!, una oleada de profana
embriaguez me arrolló; un relámpago cruzó ante mis ojos, deslumbrándolos con el
serpear de su luz siniestra, un golpe como de saeta que se clava repercutió en
lo profundo de mi ser, y, despavorido, comprendí, sin que me quedase lugar a
duda, qué genero de sentimientos me inspiraba doña Milagros.
Luché
como un atleta para que no se me conociese. Sujeté mis ojos, contuve mi lengua,
crucé los brazos sobre el pecho, clavándome en el antebrazo las uñas.
Abochornado, sólo quise ocultar mi flaqueza, a manera de asesino que esconde el
cuerpo de su víctima. Miraba dentro de mí y me parecía ver negra sentina de
maldades. ¡Cuán lejos estaba doña Milagros de sospechar el verdadero estado de
mi alma en su compañía y presencia! Sentí impulsos de presentarla los carrillos
diciéndola:
-Abofetéeme
usted señora... Écheme como a un perro tiñoso... Lo merezco... y me servirá de
consuelo el que usted lo haga.
Y en alta
voz, en lugar de implorar castigo, lo que dije fue:
-Doña
Milagros... me voy ya, sin que usted aclare aquel enigma.
-¿Cuál,
cristianos? -y la andaluza se aproximaba.
-Entremos
en la sala, entremos -murmuré turbado por la media luz del recibimiento,
sofocado por el zumbido de mis arterias-. Aquí pueden oír...
-No, si
es que me quiere sacar con terrasa el nombre del Adán... pierde usté el tiempo.
Y adiós, amigo... Va a venir Tomás, y le va a volver loco con sus peinaos...
Lárguese si no quiere aguantar el solo... ¡Tomás tiene la sangre más gorda! Por
hoy, chito: se ha dicho que no. ¡Hasta luego!
Huí.
Sentíame tan rebajado, tan indigno de ejercer de padre, que en vez de subir
salí solo a la calle, recorrí el camino de la estación, me retiré tarde, no
dormí, tuve calentura, y, al día siguiente, en vez de reprender a Argos por sus
exaltadas devociones, madrugué como ella y la acompañé a la iglesia de San
Agustín. Ansiaba confesarme, limpiarme mi conciencia y ofrecer a Dios, con mi
firme propósito de la enmienda, mi arrepentimiento sincero y casi inmediato,
pues lo mismo fue calmarse mi vergonzosa fiebre, que pesarme de ella y conocer
cuán mal le estaba a mi edad y cuánto ofendía al cielo. Si no acostumbraba
importunar a Dios por leves circunstancias de la vida, en la gran tribulación
no se me ocurrió pedir consuelo y ayuda a nadie más que a Él.
Mi hija
caminaba a mi izquierda, cubierto el rostro, arrastrando sobre las baldosas de
las bien empedradas calles marinedinas su blando calzado de beata. Creí notar
que lejos de alegrarla mi acto de religiosidad, iba de mal talante,
reconcentrada y arisca.
-¿Habrá
quien confiese a estas horas? -la pregunté antes de entrar en el templo.
-¡Ya lo
creo que lo habrá! -fue su única respuesta.
Adelanté
por la nave. Algunas formas confusas se rebullían a uno y otro lado de los
bancos: el templo, sin estar obscuro como una cueva, no estaba tampoco claro:
era la luz incierta del amanecer. Un jesuita alto, encorvado, de aire
distinguido, salió de la sacristía dirigiéndose al confesionario. Mi hija se
alzó el velo, corrió, precipitose, y balbuceó suplicante:
-¡Padre
Incienso!... ¡Padre Incienso! Estoy aquí.
Él
proseguía andando, deslizándose, sin mirar a la devota: pero como yo añadiese:
«También deseo confesarme», volviose vivamente, se fijó en mí, y exclamó: «Con
mucho gusto, señor de Neira, inmediatamente», se introdujo en la garita de
madera. Me arrodillé ante la rejilla: Argos se desvió: y, después de las
fórmulas y rezos que preceden a la confesión auricular, en un arranque efusivo,
sincero, espontáneo, que debió de agradarte, ¡oh Dios que ves las almas!,
derramé todas mis culpas en el oído en el pecho de tu ministro.
¿Quién,
si tiene la fortuna de ser católico, no adivina lo que dije y lo que me
respondieron y aconsejaron? ¿A qué profanar contándolo el inefable cuchicheo,
el misterioso diálogo de nuestras conciencias, las palabras, ya severas, ya
consoladoras, las viriles exhortaciones, las advertencias prudentísimas, las
firmes e indulgentes frases del confesor, con todo lo demás que atañe a la
sabia economía del admirable Sacramento de la Penitencia? Lo que importa es que
me levanté sereno, aliviado, animoso, en una situación moral que sólo no
envidian los que la desconocen, y que allí y sólo allí se consigue con tal
plenitud y tan exquisito sabor de bienaventuranza.
-Le daré
a usted ahora mismo la sagrada comunión-, advirtió el jesuita doblándose para
salir del confesonario.
-¿Y yo,
Padre Incienso? -susurró la voz de la mujer que aguardaba casi postrada, y en
quien reconocimos a Argos.
-Usted no
se confiesa hoy porque no tiene para qué: se ha confesado ya dos veces en lo
que va de semana -respondió el Padre.
Me
acerqué solo a la barandilla del presbiterio; dejé caer la frente sobre el paño
blanco; una oración sin palabras se alzó de mi regenerado espíritu... y poco
después, temblando de respeto ante el misterio augusto... sentí en los labios
el Pan de los ángeles.
Ahora,
Satanás, puedes venir... Me he revestido de coraza, he embrazado el escudo, y
he jurado que, si te presentas, te llevarás un chasco como para ti solo. En
mí no entrarás, que diría mi tormento, mi enemiga dulcísima, doña... No la
nombremos: más vale.
Apenas
salí de la iglesia, donde Argos se quedó rezando, tuve un trasacuerdo. Pesome
no haber solicitado del director espiritual de Argos una conferencia reservada,
uno de esos coloquios que, sin tener la solemnidad sacramental de la confesión,
ni su virtud medicatriz para el espíritu, le sirven no obstante de luz y de
guía y hacen ver claro lo que no discerníamos antes. Una serie de reflexiones o
más bien de intuiciones rápidas, me dijo que sólo el confesor de mi hija podía
darme consejo discreto, reservado y prudente. Él, mejor que nadie, conocía el
verdadero estado moral de María Ramona; él, mejor que nadie, podía confirmar o
desmentir las osadas conjeturas de... tengo que nombrarla por fuerza, pero al
nombrarla, Señor, purifico mi intención... de doña Milagros.
-Consultar
con el médico males del alma, se me figuraba que era atender, en cierto modo,
al pudor de la doncella. Únicamente con el sacerdote pueden conferirse ciertas
cosas.
Iba
cavilando en eso, a tiempo que una voz fuerte y hombruna, pero enmelada,
digámoslo así, por el propósito de resonar con inflexiones afectuosas,
pronunció a mi espalda: «¡Qué paso de muchacho lleva usted, señor de Neira!». Y
al instante mismo emparejó conmigo el Padre Incienso.
A la luz
del sol pude reparar bien la fisonomía y catadura del Jesuita. Era alto, recio,
delgado, no mal dispuesto, aunque se doblaba por costumbre, lo cual le hacía
parecer cargado de hombros; su rostro expresaba firmeza e inteligencia, y unos
rastros de orgullo, involuntario sin duda, pues se esforzaba en sonreír con
agrado y, apagar la chispa dominadora de sus ojos castaños, amarillentos por la
bilis. Tenía la barba espesa y mal rasurada; el pelo obscuro y, copioso, apenas
salpicado de algún hilito de plata; la tez marchita y con ráfagas requemadas
sobre un tono moreno claro genuinamente español; aguileña la nariz, los dientes
blancos y juntos, pero descuidados, y, la boca exangüe, casi sin labios,
contraída, indicio cierto de represión de las pasiones. La edad fluctuaba entre
los treinta y ocho y los cuarenta y dos, aunque a primera vista parecía más
avanzada. Se adivinaba que el Jesuita no era hombre a quien se le hacía fácil
vencerse, pero también que, si llegase a caer, se despreciaría a sí mismo. La continencia,
fuente a veces de plácido sosiego, a él sin duda le embravecía, reconcentrando
en su alma el vigor varonil, volviéndole más enérgico y un tanto impaciente y
duro. Esto se notaba en el confesonario y asimismo en el trato, no obstante
todo el cuidado que ponía en mostrarse afable; en el púlpito, el Padre Incienso
se transformaba, se volvía todo azúcar, y tenía una elocuencia dulzona, rizada
y quintaesenciada hasta dar en empalagosa: puro arrope conceptista, digno de un
Gracián, admiración del vulgo y encanto de las beatas. Personificaba el Padre
un aspecto muy conocido del genio nacional: la austeridad religiosa que oculta
sus maceradas carnes bajo un recargado paño barroco bordado de pájaros y de
floripones.
-Parece
que se quería usted escapar de mí -díjome con la misma violenta amabilidad de
antes, al ver que yo me detenía respetuosamente.
-Al
contrario -exclamé-. ¡Si es cosa como de Dios! Tenía precisamente que solicitar
de usted un ratito de conversación a solas.
-Es mi
mayor deseo -contestó con entonación que me pareció singular por lo expresiva-.
Sólo que, en la calle, imposible hablar de nada -y al decir esto miraba
precavidamente a un lado y a otro, como si temiese ser oído-. Tampoco quiero ir
a su casa de usted, ni que nos vean entrar juntos, mano a mano, en la
residencia. Si usted me dispensase el favor de venir a verme... aguarde...
¿Mañana, a boca de noche... a la hora en que la gente de los balcones ya no
atisba, y en la mayor parte de las casas se come o se cena...? ¿Comprende
usted? Porque todo lo que sea evitar comentarios... Supongo que se hace usted
cargo, y no necesito añadir más... Hasta mañana ¿no es cierto, señor de Neira?
El
misterio y recato, las precauciones adoptadas para la entrevista, me probaron
que si yo tenía cosas graves que preguntar al Padre, no eran de poca monta las
que el Padre deseaba comunicar conmigo. Un confuso presentimiento, fundado en
datos más o menos elocuentes, me gritaba que el Jesuita y yo nos buscábamos
para tratar el mismo asunto. Yo sentía que la conferencia se llamaba Argos,
y que la alarmante muchacha, la pobrecita loca, la chiflada, la calamidad de mi
familia, era quien nos reuniría en plática grave y triste al padre de su alma y
al de su cuerpo.
Obedeciendo
en todo y por todo las órdenes del Jesuita, esperé la hora señalada, y
embozándome en mi pañosa, como el que acude a cita secreta, y dando primero mil
reviravueltas por callejuelas a fin de desorientar a los que averiguan cuanto
no les importa, llegué a la residencia de los Jesuitas, viejo caserón situado
en solitaria plaza del Barrio de Arriba. No necesité llamar: la puerta de la
calle, cerrada al parecer en realidad sólo arrimada. Se abrió sin ruido alguno,
y un donado, lego o lo que fuese -un corcovadito gangoso, que andaba sin hacer
ruido- me dijo en apagada voz:
-Tómese
usted la molestia de entrar.
Cuando
estuve dentro, el corcovado cerró de veras, con llave, me alumbró para que no
tropezase en la escalera vetusta. Atravesé varias piezas frías y aseadas,
amuebladas sin pobreza ni lujo, decorosamente, hasta llega a una sala chica,
que sobre sus desnudas paredes blancas no mostraba más adorno que una
detestable copia de la famosa Concepción de Murillo. Un hombre
que leía sentado ante una mesa con tapete de hule, se levantó al sentirme
entrar, y murmurando «Bienvenido, felices noches» me condujo a un sillón de
gutapercha, acomodándose él enfrente, en otro igual, de tal modo que su cara
quedaba en sombra, mientras la claridad que derramaba el quinqué de petróleo
puesto sobre la mesa me iluminaba por completo a mí.
Callamos
un instante los dos. El Padre tosiqueaba, afectaba sonarse; pero, al fin, su
natural resuelto triunfó del embarazo que no podía disimular, y después
del ¡ejem! que precede siempre a las primeras interrogaciones
en el tribunal de la penitencia, dijo, eligiendo con evidente cuidado las
palabras:
-Al
llamarle a usted a esta hora y de este modo, adivinará que tengo que
manifestarle algo muy importante a su tranquilidad y su honra de usted... y a
la mía no menos. Si me hubiese sido posible resolver el conflicto con mis
propias fuerzas, no acudiría a usted; desgraciadamente hemos llegado a tal
punto, que, consultado mi superior, me ordena que me ponga de acuerdo con
usted, para que entre los dos remediemos el mal.
El tono
de persuasión y autoridad del Jesuita me impuso tal respeto, que al pronto no
acerté a contestar palabra: sólo el temblorcillo de mis labios y la ansiosa
expresión de mi cara respondieron por mí.
-¿Ya
habrá usted comprendido que aludo al estado de... su hija, la señorita María
Ramona?
-Sí,
señor... digo, Padre... ¡Me lo supuse!
-Soy su
confesor -advirtió el Jesuita poniendo sordina a la aspereza de la voz-; pero
nada de lo que va usted a oír lo sé por el confesonario, porque entonces no me
sería lícito tratar de ello con persona de este mundo. Sin aludir, pues, a
relaciones que no tienen más testigo que Dios; por indicios externos, por
observaciones que usted habría podido realizar si quisiese, y que puede
comprobar cuando guste, he llegado a adquirir el convencimiento, señor de
Neira, de que su hija padece una manía... fatal, perniciosa; y en mi opinión,
usted, interponiendo su autoridad de padre, debe prohibirla que frecuente tanto
la iglesia, y no permitirla sino aquellos actos de piedad que no omite ningún
buen cristiano. En el cuidado de su casa; en las labores de su sexo; en
honestas distracciones, propias de su clase y estado, empleará el tiempo
bastante mejor que en extremos de devoción... que su director... autorizó al
principio... pero que... bien mirado... ya no puede menos que reprobar
severamente.
Guardé
silencio, esperando más razones, y el Padre continuó, poniendo el mismo tiento
exquisito en la elección de palabras:
-Si el
cambio de vida y la distracción no bastasen para... para... sosegar... el
espíritu de esa señorita... en mi entender sería muy conveniente entregarla a
un facultativo experto y sabio... como... como el doctor Moragas, que creo es
el que asiste a ustedes, y de cuya ciencia tengo formado excelente concepto. No
soy tan enteramente profano en medicina (aquí el Padre sonrió intentado
expresar modestia) que no me haga cargo de que el alma tiene con el cuerpo una
relación estrechísima y que a veces, para granjear la salud del alma, es
preciso evitar que sea juguete del cuerpo alborotado o débil. Si su hija de
usted no... no se reporta, póngala usted en cura, señor don Benicio... Y si no
es indiscreción, a este ruego añadiré otro: no piense usted más que en las
cosas de su casa, y en ellas... piense con ahínco, a toda hora, sin cesar.
Tiene usted a su cargo la honra y la felicidad de muchos seres -no digo que su
salvación eterna, pues ni el mismo Dios, que pudo hacernos sin nosotros, puede
sin nosotros salvarnos, y la salvación de cada uno se la ha de procurar uno
mismo-; pero... por lo menos... a la de sus hijas, debe usted contribuir.
No sé por
qué, esta alusión a mis propias flaquezas me desató la lengua y me prestó
confianza para responder:
-Padre,
lo que usted va diciendo es el Evangelio... Le sobra a usted razón...; y con
todo, es preciso que comprenda la situación en que me hallo. Ese estado de mi
hija María Ramona..., vengo notándolo desde el fallecimiento de su madre, y
desde que lo noté lo creí funesto y quise remediarlo. La hice mis reflexiones;
intenté evitar que se excediese en las prácticas religiosas y en las
penitencias... pero... lo malo es que... por la costumbre que había contraído
mi esposa de ejercer plena autoridad en el hogar doméstico... y mi asentimiento
a dejarla exclusivamente en sus manos... es lo cierto que las niñas se
habituaron a obedecerla a ella... y... faltando ella... a mí... a mí... no me
tienen respeto... es decir... no me tienen miedo ninguno... o... francamente,
soy la última carta de la baraja en esto de regir a la familia. Sí señor: un
cero a la izquierda. Hábitos así no se corrigen en días ni en meses. Las
muchachas apenas cuentan conmigo; no es que no me quieran, no es que deseen
faltarme; es que nunca vieron en mí al que gobierna... y acaso yo también
tenga... inexperiencia... y poca firmeza en el mandar.
Esto lo
dije lleno de confusión; y si no fuese por la hábil colocación de la luz,
hubiese leído en la mirada del Padre -de aquel hombre tan confitado en hablar y
tan rudamente viril por dentro- un menosprecio que apenas atenuaba la piedad.
De todas las miserias en que puede caer el varón, sin duda al Padre le parecía
la más vergonzosa el dejarse usurpar la autoridad por una hembra. ¡Con qué
magnífico desdén se regocijaba entonces el Jesuita de haber renunciado a la
unión conyugal, que así curte y reblandece las almas!
-¿De
manera -articuló precipitadamente- que usted no se encuentra capaz, dentro de
su casa de hacer entrar en orden y en razón a su hija, o al menos de impedirla
que se ponga en ridículo... y que nos ponga en berlina a los demás?
Ya no
escogía términos el Padre. La desazón, el enojo y la pesadumbre le salían a
borbotones por la boca.
-¿En
berlina? -pregunté dolorido a mi vez...
-En
berlina. Ya que ha llegado la ocasión de decir la verdad... me molesta, me
contraría, me abochorna lo que está pasando... y, envenenado por la malicia, es
imposible inferir qué proporciones tomará. He empleado cuantos medios están a
mi alcance para que su hija de usted suprimiese ciertas demostraciones...
inconvenientes, indiscretísimas. He puesto tasa a las confesiones y comuniones;
he evitado toda aproximación, excepto las que me imponía mi santo ministerio;
me he servido de mi autoridad espiritual para prohibir cuanto pudiese dar
pábulo a la maledicencia; he vedado el canto, porque desde que Argos cantaba,
se fijaba mucho más en ella la atención; en fin, nada descuidé... y como no ha
surtido efecto; como está cada día más revuelto aquel meollo; como he notado
cosas que... que prueban la debilidad de su cerebro... como me la encuentro
a... la pobrecilla... hasta creo que dentro de la faja... como se echa a llorar
cuando me ve... como si no me ve me escribe y casi es peor... como ha dado en
la tontería de regalarme pañuelos... y libros... y medallas de plata... que yo
devuelvo, ya usted se lo figurará... ¡creo que ha llegado el instante de que
usted venga en mi ayuda... y a la vez se ayude a sí propio. Porque si a mí me
contraría ¡bien lo sabe Dios! esta peripecia, a usted... ¡a usted debe de
sacarle de quicio!
Calló el
Padre, y como si se encontrase fatigado reclinó el codo sobre la orilla del
sofá, y la cabeza en el dorso de la mano cerrada.
¿Por qué
mi pensamiento se convirtió entonces hacia ti, o mi adivinadora, mi maga, mi
bruja, doña Milagros? Allí estaba la viva prueba de tu teoría, la clave de tu
síntesis del mundo: aquel hombre que en actitud apesadumbrada tenía delante de
mí: aquel hombre esclavo de una idea, vestido de negro, severo, inflexible,
feo, casi viejo ya, era el Adán, el estrafalario Adán por quien una Eva
romántica, incitada del demonio, desdeñaba el mundo, sus pompas y vanidades, y
creía abrir las alas remontándose al cielo, cuando en realidad se precipitaba
al abismo. La devoción de mi hija, sus rezos, sus delirios, sus penitencias, su
olvido completo de la coquetería femenil, no eran, no, llamamientos de lo
divino... Eran aquel hombre y nada más que aquel hombre... ¡Adán y Eva, el
drama eterno del Paraíso!
Sin
embargo, en cierto respecto, el caso presente desmentía más bien que confirmaba
las suposiciones de doña Milagros. Este Adán no era Adán, en el sentido
terrenal y profano de la frase: al contrario, representaba la victoria del
ángel sobre el instinto del hombre. La reprobación de ciertas flaquezas; la
altanera repulsión hacia ciertos pecados; el horror al cenagal de la
concupiscencia, se pintaban tan claramente en las acentuadas facciones, en el
ceño adusto y en los delgados labios desdeñosos del Jesuita, que me sugirieron
una envidia extraña: envidié a las almas soberbias que ven el pecado en forma
de humillación, y que, por poseer la naturaleza grandiosa del águila, llegan a
adquirir la condición inmaculada del armiño. La protesta del ser espiritual y
racional contra la materia impura hermoseaba tanto al padre, que se
transfiguraban las líneas de su rostro, dándole cierta semejanza con un
arcángel moreno... un arcángel muy casto... y semirrebelde. Ocurrióseme que la
castidad, bella en la mujer, adquiere en el hombre, en quien tiene tanto de
inesperada, un tinte majestuoso y sobrehumano.
El
Jesuita se levantó de pronto, lo mismo que si le impacientase la prolongación
de nuestra plática, y comprendiese que ningún fruto sacaría de ella.
-En
resumidas cuentas... ¿intentará usted... probará? Mire usted que la situación
actual es insostenible -pronunció con tedio-. Por ahora, el cuentecillo no pasa
de las sacristías; hay alguien que ha visto... que ha
olfateado... pero aún no se divulgó por allí la especiota. Se divulgará
bien pronto; ya sabemos lo que pasa. Es la teoría de la mancha de aceite.
-Sí por
cierto... y añada usted, ¡qué responsabilidad! -agregó de un modo incisivo,
paseándose agitado por la reducida salita-. Pues antes de que estalle la
bomba... a recogerla. No ignora usted que aquí, lo mismo que en todas partes,
existen unos papeluchos indecentes, órganos de las desmedradas logias locales,
o solo de la desvergüenza y la grosería de quien los escribe. Los tales
papeluchos señalan con piedra blanca el día en que averiguan yerros como el de
su hija de usted. Una señorita de buena familia, joven, hermosa, y un
Jesuita... ¡qué presa para esos sabuesos viles! Ya oigo sus ladridos irónicos;
ya leo el suelto indigno, ya veo la asquerosa caricatura obscena... Ya me
parece que las mejillas se me abrasan de rubor y que las manos me tiemblan, porque
no pueden abofetear, como lo merecería, al miserable... -Y al expresarse así,
el Jesuita se me venía encima, con las manos abiertas y en actitud de
agarrar algo para deshacerlo-. ¡Tantos años pasados en rogar a
Dios que aparte de mí hasta la sombra de una calumnia; tantos años de combate,
tanta perseverancia en el ejemplo... expuestos a perderse por la insania de
una... de una... de una pobre joven! ¡De cuantos deberes tengo que cumplir por
obediencia, el único que me cuesta esfuerzo es este de confesar a mujeres! Lo
cumplo, lo cumplo... ¡Pero si usted supiese lo que se sufre! No parece sino que
el aliento de la mujer envenena el aire... En fin, don Benicio, ¿me promete
usted sacar fuerzas de flaqueza? Se lo ruego por amor de Cristo sacramentado.
-Padre
-murmuré-, yo he de hacer cuanto sea posible; pero quien sabe si exagera usted
algo nuestra desdicha. No me toca defender a mi hija en este caso; cuando usted
dice que... que le molesta... que le acosa... cierto será...; pero tal vez sus
intenciones no cederán en pureza a las de usted; acaso sólo por imprudencia,
por exceso de celo, por fervor mal entendido, ha pecado María Ramona.
El
Jesuita se había vuelto a sentar, quedando en la sombra su rostro. Un ligero
estremecimiento de su cuerpo respondió a mi frase, y, después, como
violentándose, articuló:
-Poco
importa la intención al mundo, que ve las cosas por fuera. Yo le apercibo a
usted, en concepto de padre, porque, si no lleva a mal mis palabras sinceras,
le diré que usted responde de esto que pasa... En mi ya largo ejercicio de
confesor, he tenido a veces la desgracia de... de tropezar con mujeres... cuya
cabeza regía mal; pero eran solteronas ya entradas en años, versos sueltos, por
decirlo así, y no tenían las infelices quien las contuviese. ¡Una señorita tan
joven y de las... condiciones... de su hija de usted... jamás se me atravesó en
el camino...! Sólo una huérfana podría... No me haga usted creer que sus hijas
están huérfanas... o que deberían estarlo.
Sentí que
la sangre se me arrebataba a las mejillas y tartamudeé:
-¿Usted
sabe que mi hija quiere entrar en un convento?
-Su hija
de usted... -contestó reposadamente el Padre...- Sí, su hija de usted; pero no
su hija María Ramona, que es de la que hablamos.
-¿Eh?
¿Qué... qué dice usted?... María Ramona... Argos divina...
-¡No
señor! Pero ¿dónde vive usted? Veo que nuestra conversación era más necesaria
de lo que yo mismo creía. ¡Válgame la Virgen santa! ¿Es posible que hasta ese
extremo dispongan de sí mismos los que de usted dependen, sin consultarle, sin
enterarle siquiera? Don Benicio... ¡la autoridad del padre es sagrada, procede
de Dios! ¡El que no la sostiene y no la ejercita, renuncia a sus más santos
derechos! ¡El que forma lazos y engendra familia contrae deberes; usted ha
permitido que todo se subvierta, que todo se corrompa en su casa de usted!
¡Lamento no haberlo conocido a usted antes, para repetirle sin cesar que quien
manda, manda, y que mujeres entregadas a su albedrío no pueden dar al varón
prudente sino amarguras!
-¡No sé
lo que me pasa! -exclamé ya aturullado-. ¡Pero por Dios, acláreme usted el
enigma! ¿Qué sucede? ¿Cuál de mis hijas, si no es Argos, aspira a la vida
monástica?
-Virgos,
como usted la llama... esa... esa será monja cuando yo sea obispo- y una pálida
sonrisa jugó en los marchitos labios del Padre-. La que ingresará muy pronto en
las Benedictinas de San Payo de Compostela, es... ¡increíble parece que usted
lo ignore! Clarita, la segunda.
-¿De qué
se asombra usted? Clara ve el mundo tal cual es... y no quiere vivir en él. Es
también mi confesada: he combatido al principio su vocación, lo tengo por
sistema invariable; pero un día tras otro la vocación ha resistido a mis
ataques, y he llegado a aprobarla a alabar la resolución de la señorita. Su
vocación no es de esas arrebatadas, ardientes; no la produce ningún amoroso
desengaño, ningún antojo o desarreglo del alma; ¡es una determinación madurada
despacio, fundada en razones sólidas y en consideraciones que revelan juicio y
discernimiento!
-Clara
vale mucho -exclamé entre afligido y lisonjeado.
-Vale,
vale... Piensa como un hombre -dijo indulgentemente el Jesuita-. Sabe que no ha
de heredar grandes bienes de fortuna, ve que pasa tiempo y no la han pretendido
aquellos jóvenes a quienes podría aceptar y con quienes podría ser una buena
esposa; no quiere ni imaginar bodas con un hombre desagradable, que la repugne;
cree, y no se engaña, que si el matrimonio encierra felicidades, también trae
consigo grandes penas, y, por último en la imaginación de su hija de usted ha
labrado huella el espectáculo de la incesante fecundidad de su madre, al verla
sufriendo siempre, siempre encinta, siempre con el comadrón a la puerta y, por
último, el verla morir como murió... En fin -pronunció el Jesuita con voz
mordiente-, la han asustado ustedes. Clara es de complexión tranquila, amiga
del reposo, de la vida regular y metódica, de las horas fijas de la paz, de la
calma, de la dignidad. En las Benedictinas estará como en su centro. La regla
no es estrecha; el convento tiene una huerta preciosa.
Miraba yo
al Padre, atónito y subyugado ante aquel hombre que me hablaba por primera vez,
y conocía mejor que yo los propósitos, el corazón y el carácter de mis hijas.
-Debe
usted -añadió- alegrarse mucho del monjío de Clara. En el convento será
dichosa: los embates y las luchas del mundo no llegan allí. Usted no tendrá que
pensar en dote...
-Nada: la
dota su padrillo, el Penitenciario de Lugo...
Yo me
cogía con las manos la cabeza.
-¡Estoy
soñando! Clara... ¡mi Clarita! ¡Pero si nada me ha indicado; si hace la vida
normal; si se arregla, se adorna, ríe, pasea con sus otras hermanas! Buena
cristiana, sí; pero no se come los santos... ¿Está usted cierto, Padre? ¿Está
usted cierto?
-Sí,
señor... No se lo diría a usted a no estar certísimo. Ahora llega usted a su
casa, y se lo pregunta a ella misma... En fin, para ser francos del todo, señor
de Neira... Clarita me ha dado la comisión de enterarle a usted. No se
atrevía... y contó conmigo para este encargo. Ya lo desempeñé... Ruego a usted
que lo tome como se deben tomar cosas que ni nos perjudican ni nos avergüenzan.
Pero que por Clara no se le olvide a usted María Ramona. Clara marcha bien. ¡A
la otra, si tiene usted carácter!...
¡Carácter,
carácter! ¡Que pronto se dice eso, Padre Incienso de mi vida! ¡Quisiera yo que
hubiese sido casado treinta años con doña Ilduara Pimentel... y ya veríamos en
qué paraban sus fueros y sus bravezas! El manso gato casero no es el tigre, y
el Jesuita no es el marido... Por el camino, desde la residencia a mi casa,
combiné unas entradas terribles, unas catilinarias de papá fiero... y al
abrirse la puerta aparecer las chiquilladas, sólo supe decir:
-Hijas,
¿está la cena? Vengo muerto de debilidad.
Y cuando
Clara, un poco humedecidos los ojos, se me colgó del cuello, todo lo que pude
exclamar fue: -¡Ay Clarita! ¿Que debía yo hacerte? ¿De cuando a acá a los
padres los enteran los extraños?
Me había
ordenado en el confesonario el Padre Incienso que procurase no estar nunca,
nunca a solas con mi peligrosa amiga; y deseoso de obedecer al pie de la letra,
no hallé medio de enterarla de lo referente a Clara y Argos y consultarla para
que su incomparable talento me guiase y alumbrase; porque yo no sabía qué
hacer, ni cómo echarle a Argos dobles llaves y triples cerrojos a fin de que
dejase vivir a la gente.
Pasado el
alboroto de los primeros instantes, se me figuraba que hubiese podido acercarme
a doña Milagros, oír su habla graciosa y disfrutar de su compañía, sin que se
desmandase ningún instinto inferior, ni apareciese ninguna forma baja e indigna
del acendrado afecto que me inspiraba aquella mujer seductora. Ni aun me
explicaba cómo habían podido desencadenarse en mí los malos impulsos. Esperaba
no reincidir; en lo sucesivo con agravios a la señora, al par que un cariño
hondo, un delicado respeto, el que merecía por sus virtudes. Virtudes he dicho,
y no me retracto: rabien los lenguateros de la Sociedad de Amigos: el caso de
Sobrado estaba ahí: yo tenía pruebas. El figurarme a doña Milagros honesta,
legal, incólume, fidelísima, me tranquilizaba; depurábase mi cariño, y se
calmaba mi espíritu contristado.
Siguiendo
otro consejo del Padre, avisé al médico para saber ante todo lo que procedía
hacer con Argos, y cómo asistir a tan rara enferma. Y mientras ella estaba en
el templo, y las mayores de paseo con la comandanta, y las chiquitas jugaban
bajo los soportales, custodiadas por la niñera y por Visanté.
Moragas acudió, dándose por enterado aun antes de que yo le expusiese el caso.
-Su hija
de usted -me dijo- hace tiempo que me llama la atención. Es cosa notable: una
imaginación servida por órganos... y también perturbada por algunos. Va usted
me conoce: ya sabe mi manera de pensar... Pero no seré yo quien incurra en la
vulgaridad de echar a la religión culpas que no tiene. Argos ha nacido con una
fantasía exaltadísima, candente, rica, dominadora, y tendencia a dramatizar la
vida. Es, por vocación, actriz y neurósica por temperamento. En esta clase de
naturalezas, a veces se desliza la niñez y parte de la juventud sin revelar lo
que late, porque faltó el móvil, la sacudida inicial. Móvil ha sido para Argos
la muerte de su madre y las escenas que precedieron y siguieron a esa muerte.
Cuando su difunta señora de usted cogió en brazos a la niña y amagó arrojarla
por la ventana; cuando Argos echó a llorar conociendo que su madre se moría;
cuando al verla se quedó cortada, sin llanto; cuando luego se
abrazó al cadáver se arrodilló delante del Crucifijo, fue sufriendo otros
tantos embates que la desequilibraron.
-Pero...
-murmuré, sin comprender bien-. ¿Usted cree que está la niña...
transtornada?...
-¿Loca?
-interrogué como si sollozarse.
-¿Qué
adelantaríamos con poner rótulos? -exclamó don Pelayo-. Las fronteras de la
locura están por deslindar; y casi inexplorado el terreno que limitan. Hay
locos de un minuto, locos de una hora, de un día, de un año, de diez... Nadie
se muere sin el cuarto de hora de locura. La razón nuestra no es una lámpara
fija, inalterable, resguardada por un globo de vidrio sino una antorcha agitada
por el viento...
Como no
callase. Moragas volvió a tomar la ampolleta:
-No se
figure usted que lo de Argos es cosa nunca vista. Al contrario: la exaltación
nerviosa es un mal característico del sexo. Tampoco piense usted que me parezco
a esos que creen que hay dos medicinas, una para la mujer y otra para el
hombre. Si el padecimiento de su hija de usted se presenta más a menudo en la
mujer o casi exclusivamente en ella, no es tanto por diferencias de
organización, como por las de educación y vida social. El varón que nace dotado
de esa ardiente fantasía, de esa sensibilidad que notamos en Argos, tiene mil
modos de emplearlas: el estudio, el arte, el trabajo, la distracción, la
multiplicidad de las relaciones exteriores... y... no se asuste usted... el
amor real.
-¡Señor
de Moragas! -exclamé-. No entiendo... Hábleme usted como a un ignorante que
soy: dígame en qué consiste la enfermedad de mi hija y cómo se cura.
-A eso
voy... ¿Se acuerda usted de un refrán que dice: carrera que no da el
potro, en el cuerpo se le queda?
-Que como
la mujer no puede dar carrera ninguna... a no ser que la dé para perderse... se
le va almacenando dentro, en los sentidos, en el cerebro, en el corazón, toda
esa fuerza... y, en ciertas organizaciones, se produce fatalmente la
explosión... ¿Todavía no me ha entendido usted?
-De
suerte que las muchachas vienen a ser así... como una bomba de dinamita bien
cargada, y que al menor contacto, al menor sacudimiento...
-No las
muchachas todas... pero sí algunas muchachas... bastantes muchachas... las que
poseen en alto grado ciertas facultades no logran atrofiarlas con la vida
pasiva a que las costumbres y las instituciones condenan a la mujer.
¡Pobrecillas! ¿Qué quiere usted que hagan, don Benicio?
-¿Qué?
-exclamé-. ¡Lo que hicieron siempre... lo que hizo mi santa madre! Mucho
coser... mucho rezar... en casita... y querer a su marido y a sus hijos!
Cuando
expresaba estas opiniones tan cuerdas, pareciome que la sombra de Ilduara,
irritada y fatídica, lívida de color, cruzaba por delante del vidrio azul de la
galería -porque en la galería pasaba esta plática-. Y sobre el cirio amarillo,
como bañada en luz de oro, apareciose doña Milagros. Ninguna de aquellas dos
mujeres, tan diferentes entre sí -las dos a quien yo había querido-, se
asemejaba a mi madre en lo más mínimo. Entonces pensé que tal vez suceda con
las mujeres lo que con los hombres, y lo que es bueno para unas sea para otras
ominoso y detestable. El Doctor, entre tanto, alisando su blanco cabello
rizoso, estirando sus níveos puños, derecho y engallado, sonreía
maliciosamente.
-Me
parece que no está usted conforme, señor de Moragas -añadí al notar su buen
humor.
-No... lo
que pasa es que se me figura que hablamos dos idiomas diferentes, y que por
este camino no podremos entendernos jamás. Con el fin de que nos entendamos en
lo indispensable, en lo referente al tratamiento de su hija de usted, sólo le
ruego que se haga cargo de una cosa: que para querer al marido y a los hijos
hay que empezar por tenerlos... y que acaso, si Argos los surgiese, no
descarrilaría. ¿Puede usted casarla? ¿No? ¿Entonces, cómo quiere usted que
realice el tipo ortodoxo de la hembra de nuestra especie?
Según
hablaba Moragas, pensé en mí mismo, y vi con extraña lucidez que yo, yo en
persona, Benicio Neira, sí que realizaba el tipo señalado como ortodoxo para la
mujer. Empapado en las ideas de mi madre acerca de la organización
monárquico-absoluta de la familia, y no pudiendo plantearlas porque mi esposa
no se había sometido a mí, las había planteado sometiéndome yo a ella y
viviendo única y exclusivamente para mis funciones de esposo y padre.
No había cosido, es cierto; pero otros oficios domésticos que, en mi opinión,
incumben a la mujer, los había aceptado en ocasiones dócilmente. Una llamarada
de rubor me encendió el rostro; no estaba seguro de mi virilidad; parecíame
sentir alrededor de mi cuerpo crujido de enaguas. Por fidelidad a mis ideas
tradicionales, ¿habría yo sido en mi casa el hembro? ¿Tal vez quien
no sirve para amo es necesariamente esclavo?
-Señor de
Moragas -dije en alta voz y sin fe- que yo sepa, no piensa en amores mi hija.
Trátase de una monomanía mística; si algo tememos es que se nos meta monja.
-Señor de
Neira -respondió el doctor-, yo le aseguro a usted que no hay tal, y su hija
está perturbada en el terreno amoroso. La congestión de la fantasía ha parado
en eso; y cuando lo digo, tengo mis razones. La he examinado atentamente; pero
no atribuya usted este rasgo mío a perspicacia, no; la malicia se ha adelantado
a la ciencia, y corren voces por ahí...
-¿Qué
voces? -exclamé alteradísimo.
-Las que
nunca faltan... Las de los innumerables chismosos de cada pueblo.
-Pero...
¡Dios mío! ¿Con quién? Argos...
-Es
difícil mi situación. La de usted también. Hay otra situación peor todavía: la
del hombre que, obligado a evitar, no ya el pecado, sino hasta la apariencia de
él; más sujeto dentro de su sotana a las vírgenes dentro de su blanco traje;
forzado, sin embargo, a tratar con mujeres, a oír sus íntimos secretos, a ser,
como ellas dicen, su director espiritual, su confidente, su amigo,
ve a alguna de esas mujeres -de cuya conducta, en cierto modo, es responsable-
caer en el abismo de la pasión imposible, absurda, reprobada, sin finalidad.
¿Qué se hace en casos así?
No dijo
más Moragas, ni era preciso para que yo comprendiese que sus noticias
confirmaban enteramente las del Padre Incienso. Y la aflicción, la paternal
humillación que sentí fueron tales, que se me saltaron las lágrimas. Por
primera vez, de mi vida apreciaba uno de los aspectos terribles de la
solidaridad entre padres e hijos: la responsabilidad que nos toca en el mal que
no hemos cometido, como autores del autor de ese mal.
La mano
del doctor se apoyó en mi hombro.
-¡Ánimo!
¡Ea! ¿Qué es eso? Alégrese usted de la persona en quien recae el extravío de
Argos; esté usted cierto que no abusará de él. ¿Quiere usted saber más? Vamos,
yo le voy a decir todo... siempre que prometa tener valor.
-Lo tengo
-respondí-; sólo que lo que atañe a mis hijas, en esto de la honra, es lo único
que me aplana... Pero diga usted... diga.
-Pues
allí va... Conviene que usted sepa que él mismo fue quien me
avisó de... de la enfermedad de Argos.
-Sí... el
director... Y mire usted... yo, el médico empecatado, el librepensador
empedernido, tengo que reconocer que el diantre del Jesuita se porta como
hombre de bien... y además como hombre experto. Rayó a gran altura de
discreción. Díjome que sabiendo que soy el médico y el amigo de la casa, se
creía en el deber de llamarme la atención respecto al estado de salud de
Argos... Me rogó que me fijase en ciertos fenómenos y síntomas, y diome a
entender que, entre las manifestaciones de la enfermedad de su hija de usted,
había algunas que rebasaban del límite de aquellas que la medicina puede
combatir... Añadió que, por su profesión y ministerio, estaba habituado a ver
casos semejantes, y que, hecho a diferenciar los verdaderos llamamientos de
Dios de las ilusiones que se forja la fantasía humana, no atribuía gran valor a
ciertas cosas... extraordinarias... peregrinas... que le ha referido Argos, y
las consideraba síntomas de un estado de perturbación causado por la muerte de
su madre...
Callé.
Algo ardiente me quemaba el rostro. Al fin, pude preguntar:
-Y...
¿qué síntomas raros son esos... de que habló el confesor de mi hija?
-Los
hubiese yo podido relatar antes de oírle a él y de verla a ella... La agitación
moral; la alteración funcional del sueño y de la comida, que ella toma por
devoción, diciendo que ayuna al traspaso cuando deja transcurrir un día entero
sin probar alimento; la insensibilidad al frío, que la permite pasarse la noche
en camisa, rezando; el buscar el mismo frío para calmar el ardor de la piel,
echándose sobre el santo suelo; y, por último, algo alarmante: las
alucinaciones... Del oído: su hija de usted, a cada momento, cree oír la voz
del Padre que la ordena que haga esto, aquello o lo de más allá... De la vista:
su hija de usted cree que a ciertas horas se aparece a su lado. El Padre... y
siempre de pie, y al lado izquierdo siempre... Pues aún hay más... ¡Hay más!
Voy a enterarle de una cosa que usted no sabe, y... vamos... cosa peliaguda...
Argos se alabó de tener... ¡ahí es nada! una llaga milagrosa en la frente...
como una santa... ¡no sé cuál! usted recordará mejor.
Retrocedí,
mirando espantado al médico.
-No se
asuste... Oiga con calma... En efecto... la frente... ¿no se ha reparado usted
que la llevó vendada algunos días? La frente de su hija de usted... ha sudado
sangre.
Mi
palidez, mi susto, fueron tales que sobresaltaron a Moragas. Sentí un
estremecimiento que bien puedo calificar de terror sagrado: aquel escalofrío de
que habla Job, que entre las nocturnas tinieblas heló en sus venas la sangre y
erizó sus cabellos, vino a resbalar, como un hálito de tumba, sobre mi rostro
que la angustia bañó en sudor glacial. Mis cincuenta años de fe; las creencias
mamadas con la leche y enraizadas en el corazón; todo aquel fondo de
catolicismo, que yo ignoraba a veces, pero que no por eso dejaba de regir mi
conciencia, mis sentimientos y mis actos, se condensó en un solo grito, en una
exclamación venido del alma:
Y
Moragas, cogiéndome del brazo y apretándomelo con sobrehumana energía,
respondiome:
-No es
Jesús, no... Le hablaré a usted, no como habla el médico, sino como hablaría el
mismo Padre Incienso si usted le consultase... Jesús debe de complacerse en la
pureza; Jesús debe de aborrecer la amalgama de la pasión humana y profanísima,
con las formas castas y místicas de la caridad... No es el dedo de Jesús el que
abrió en la frente de Argos esa llaga. Es la circulación alterada por los
fenómenos histéricos, y que, congestionando un punto cualquiera de la
epidermis, lo hincha hasta que rompe la piel y sale la sangre por allí... Es un
fenómeno característico de la enfermedad, que combatiremos por medios
racionales... Tan natural es eso, como el sangrar por las narices... No corre
peligro la vida... Lo que sí peligra es la fama, es la consideración de su hija
de usted. ¡Ya empieza a susurrarse...! ¿Sabe usted quiénes lo llevan y traen,
quiénes lo propalan? Esas beatuelas, esas ratas de sacristía, esas diletantes del
confesonario, que tienen de ella... ¿cómo me explicaré? una especie de celos...
sí, de celos. Zoe Martínez Orante, Paciencia Borreguero, Ragaladita Sanz, han
sido las primeras en notar ciertas tonterías de Argos... y en comentarlas con
frases de emponzoñada miel. Yo puedo atender al cuerpo: a la reputación, solo
usted puede.
-¡Dios
mío! -murmuré lleno de aflicción-. ¡Dios piadoso! Bastante es para un hombre,
señor de Moragas, cuidar de su propia conciencia, de su reputación propia;
celar su honradez y librarla de manchas feas... ¡La reputación de los hijos
debiera ser sagrada! Sagrada, sí; los que atentan a ella proceden como
infames... ¡Ah! ¡Que no haya castigo para estos delitos! ¡Mi hija
desconceptuada! ¡La pobrecilla, que ignora tal vez su estado; que se cree
inspirada por el cielo!
-Así es.
Ella tiene en esto la misma responsabilidad que tendría si la saliese un tumor,
o la doliesen las muelas. En fin, no amontonarse. Calma, mucha calma, calma
sobre todo. Voy a poner un directorio en regla: usted se obliga a que lo
observe la muchacha, y sobre todo, no me la deja ir a la iglesia... ¡ni a otros
lugares de perdición...! Y dentro de dos o tres meses, según esté Argos, nos la
llevamos a la Erbeda a beber leche y desgranar maíz. Campo, aire, libertad,
sueño, comida. Salud segura.
La tarde
de este mismo día, entrome un escozor de comprobar por mí personalmente la
verdad de las afirmaciones de Moragas y saber si, en efecto, la honra de mi
hija andaba en lenguas. Se me figuraba -y no iba descaminado- que sólo con
acercarme a la Sociedad de Amigos, leería en los rostros la calumnia. Resuelto
a observar, emboceme en mi capa y me fui a la Sociedad, a la hora en que sabía
yo que se esgrimían las tijeras y el cuchillo.
Así que
entré, pude comprender que, en efecto, allí se murmuraba, y lo que más que
demostró que se hablaba de personas para mí queridas, fue que, al llegar yo se
estableció de súbito en el corrillo embarazoso silencio. Como si mi presencia
les hubiese echado una rociada de agua glacial, callaron y sorprendí codazos,
gestos, miradas expresivas que decían con elocuentísimo lenguaje: «Ahora no
podemos continuar. Hay papel de estraza. A otro asunto».
Entonces
sentí un impulso que no había notado jamás en mis cincuenta años de vida
esencialmente pacífica. Fue como una remoción, en lo profundo de mí, de todos
los instintos animales y sanguinarios de que no carece ningún hombre. Fue un
deseo vivo, ardiente, incoercible, de destruir, romper, ahogar, hacer trizas.
Sí; gustoso, gustosísimo, hubiese cogido a todas aquellas gentes y las hubiese
retorcido entre mis flacas manos como se retuerce la ropa mojada. Una visión
horrible me pasó ante los ojos: pareciome ver a mi hija, a mi niña querida, al
pedazo de mis entrañas; pero verla... ¿cómo lo diré sin que se manche mi boca?,
despojada de los ropajes que velan el pudor, tendida, pálida, exánime, sobre
una losa de mármol; y las miradas de aquella gente maldita se clavaba en ella,
escudriñaban su hermosura, la registraban ávidos e impúdicos, la profanaban...
¡Ah! ¡Qué tentación, repito, de lanzarme a ellos y despedazarles! Acordeme de
la gallina, que a pesar de su mansedumbre, se eriza y enfurece para defender a
su progenitura. ¡Yo me volvía león!
Algo
extraño debía de notarse en mi gesto, para que Mauro Pareja, el Abad,
mirándome fijamente, me cogiese de un brazo y me llevase, como en animosa
demostración, hacia el cierre de cristales que daba al mar, en el salón de
lectura.
-Don
Benicio... ¿qué le pasa a usted? -preguntome-. Parece que está usted así...
como inmutado.
-No sé...
-murmuré apenas repuesto de la horrible impresión- No sé... ¡Déjeme usted
ahora... aguarde un poco...!
Y de
pronto, encarándome con él:
-Mire
usted, don Mauro.. usted es amigo mío... usted me aprecia; digo, yo creo que me
aprecia. Deme usted una prueba de amistad: una sola.
-Diga
usted... ¿De qué se trata?
-Pero no
ha de engañarme usted.
-¡Si no
sé que es ello! -exclamó cada vez más sorprendido. Al ver mi angustia, añadió:
-En fin,
bueno... se lo prometo a usted. Explíquese.
-Pues
dígame, ¡pero con verdad! de qué hablaba esa gente cuando yo entré, y por qué
callaron de pronto.
Mauro
Pareja reflexionó breves instantes. Vi en su rostro señales de perplejidad. Al
fin, enarcando las cejas:
-Haré lo
posible... Venga... Espero.
-Después
de todo, si se sulfurase usted, valiente tontería... Cuando no se trata de
personas que a uno le tocan muy de cerca...
-¡Vamos...
oiga...! Como usted es tan amigo... -y Mauro recalcó la frase- del
comandante de Otumba... y como se hablaba del escándalo... del escandalito
monumental...
-¡Hágase
usted de nuevas! Lo del asistente...
-¡Vamos!
¡Conmigo no sirven disimulos! Ese asistente tan buen mozo... ¡Pues es un grano
de anís!... Usted me decía que las murmuraciones contra doña Milagros no
tomaban forma nunca... Ya la han tomado... ¡y muy gallarda! Si yo soy mujer,
creo que por un chico tan guapo... Aunque... francamente... la clase... la...
¡Digo, si doña Milagros no tiene el mismo aristocrático abolengo que el
Vicente!
Apoyeme
en la vidriera. Me caía. El mar dio vueltas y el cielo también. Entreoí que
dijo Mauro Pareja:
-Pero,
¡qué rábanos, don Benicio!.... ¡Se nos va usted a desmayar como las mujeres!
¡Oh Dios,
autor nuestro; Dios que sacaste de la nada esta hermosa bola verde-mar y color
de chocolate, que gira por el espacio azul llevando en su seno tantas
maravillas de la naturaleza, de la civilización, del arte y de la industria!
¡Oh Dios, que cuentas entre tus atributos la universal presciencia y la suprema
sabiduría; Dios, que todo lo haces con número, medida y peso; Dios, que enlazas
a la causa el efecto y derivas el fenómeno del noúmeno; Dios, que sólo puedes
tener por divisa la armonía y la lógica inflexible; Dios, que te propusiste un
plan, y en ese plan simbolizaste la razón suma...! ¿Por qué dividiste a la
humanidad en dos sexos?
¡Te
hubiese sido tan fácil, Señor, al formar al ser humano, constituirle de suerte
que no se encontrase descabalado y solo, y no le apremiase sin cesar el impulso
de reunirse con la otra mitad de la naranja, a riesgo de tropezar en vez de
medio fruto dorado y deleitable, media venenosa poma! Este estímulo: esta sed,
menos material que psicológica; este desasosiego, esta inquietud, estas rabias
y dolores que nos atarazan el espíritu, ¿por qué, Señor, por que nos las
impusiste a nosotros, efímeras criaturas de una hora, destinadas ya a tantos
sufrimientos? ¿Por qué condenaste al amor a los que ya estaban
condenados al trabajo y a morir?
Todavía,
Señor, comprende mi flaca inteligencia que esa ley amorosa nos obligue durante
el período indispensable para que no se extinga la especie humana: todavía me
avengo, de buen grado, a que por instantes se alborote y escalabrine el barro
vil de nuestro cuerpo; pero el alma, Señor; la porción inmaterial y purísima,
que guarda en sí la centella divina de su origen, ¿no valdría más que se
mantuviese libre y tranquila, en plácido sosiego, dedicada sólo a contemplarte,
a admirar tu grandeza y a esperar el momento en que Tú la recojas?
¡Porque
en efecto, Señor, para los fines de la conservación de nuestra especie, corto
tiempo bastaría; y los que han llenado -tal vez con exceso- el deber de impedir
la extinción de la raza humana -verbigracia yo- deberían -así como al jornalero
se le otorga descanso cuando ha cumplido su tarea- encontrar el reposo y la
calma del corazón y de las potencias, y dominar con serena sonrisa la lucha de
las pasiones!
¡Lo has
querido así, Señor... y sin comprender tu voluntad, la respeto! Has dispuesto
que, atraídos sin cesar por el sexo contrario, sin cesar también, si hemos de
acatar tus leyes, lo evitemos, lo huyamos, elevemos barreras entre él y
nosotros. Y procuramos hacerlo para servirte. Pero tómalo en cuenta, Señor...
porque si es fácil, sobre todo cuando se han calmado los hervores de la
mocedad, huir de un cuerpo que la ilusión nos representa divino... ¡es casi
imposible apartarse de un alma en quien teníamos cifrada nuestra espiritual
delicia!
Si
hubiesen podido tomar forma mis atropellados pensamientos -al volver de la
Sociedad de Amigos llevado del brazo por Mauro Pareja-, creo que sería muy
análoga a la de los párrafos anteriores. Bajo la impresión de la bochornosa
nueva; en medio del dolor que me aplanaba y casi me embrutecía, mi imaginación,
excitada por acontecimientos recientes, alzaba líricamente su vuelo para
preguntar a la Providencia la razón de ser del perpetuo conflicto entre las
pícaras mujeres y los bellacos de los hombres. En aquella triste hora de
desengaño y vergüenza, creía verlo todo claro: el fundamento de las
desconfianzas de mi esposa; su perspicacia al rastrear la condición de la
comandanta de Otumba; la razón suficiente de mis defensas y de mis
caballarescos arrechuchos; el móvil conducta al confiar mis hijas a doña
Milagros; el verdadero carácter de semejante mujer, buena y sencilla en
apariencia, en realidad impúdica y torpe como las romanas emperatrices...
Porque,
señores, sólo con una emperatriz romana, de las que entronizaban
momentáneamente a sus esclavos, se me ocurría comparar a la inicua, a la falsa,
a la perversa...
Pensando
estoy, lector y juez mío, que al llegar aquí dirás: pues hombre ligero de
cascos, mal pensado y tornadizo, ¿cómo das tan fácilmente crédito a la más
ofensiva de las imputaciones que contra esa señora se formulan, mientras
desdeñabas, con olímpico desdén, otras hipótesis por cierto estilo menos
infamantes y aun algo creíbles?
Es muy
cierto, y yo también reflexioné sobre esta anomalía, y vine a deducir que, como
sucede con todas las cosas del mundo, lo creí... no porque me lo dijesen, sino
porque instintivamente ya lo creía antes, desde el mismo día en que doña
Milagros me expuso aquella célebre teoría acerca de nuestros primeros padres, y
después me llevó a la cocina para enseñarme cómo había encontrado la perla de
los servidores...
Mi
movimiento de repulsión al notar la arrogante presencia de Vicente; el impulso
profanísimo, inesperado, que sentí en la antesala, no habían sido más que
avisos, intuiciones de unos celos que aún no se conocían a sí propios. A
primera vista yo no había podido definir ni precisar lo que temía, porque me
engañaba la desigualdad de condición social entre la señora y el mozo
valenciano... Pero, bien mirado, ¿dónde estaba semejante desigualdad? Doña
Milagros (bien lo decía Ilduara) pertenecía al pueblo por los cuatro costados.
La sobrina de la tomatera de Chipiona no tenía por qué hacer ascos, como no
fuese por virtud, al soldado raso, hijo tal vez de algún honrado labriego de la
ribera, y no inferior a su ama ni en origen, ni en principios. El mismo encanto
de doña Milagros; la simpática espontaneidad, la frescura de sentimientos, la
sinceridad, la abnegación, la completa ausencia de esas pretensiones ridículas
y mezquinas que afligen a la mesocracia, bien podía poseerlo Vicente, como
poseía una belleza noble y varonil que los caballeros ¡ay de mí! le
envidiábamos.
Pensando
en esto, casi se me saltaban las lágrimas de rabia y despecho. No ha de
llamarse celos lo que yo sentía, entonces. Era más bien un remordimiento doble
y agudo; el de haber ofendido y abreviado la vida a la buena esposa, el de
haber confiado mis hijas a semejante mujer. ¡Ah, todo se acabaría, todo! La
ruptura de la amistad sería completa, irremediable y pública; prefería dar,
como suele decirse, mi brazo a torcer, reconocer tácitamente que había sido un
bolo y vivido en el más risible engaño, a fin de extirpar de una vez aquella
mala hierba enraizada ya en mi hogar!
«La
extirparé, quien lo duda» -afirmaba entre mí-. Pero al mismo tiempo, cierta
vocecilla desalentada y mofadora decía también allá en los últimos pliegues de
mi conciencia: «No la extirparás, porque te faltará valor. Tú eres hombre que
ha soportado el destino, pero no lo ha dirigido y dominado nunca. Tú tienes de
varón sólo la forma: tu espíritu es pasivo, dócil; por el cauce que le abren,
se desliza; no sabe rebelarse y arrostrar los obstáculos. Tu política es la
política de los aplazamientos y de las contemporizaciones; tu ética, la
resignación; en tu niñez sólo aprendiste a sufrir, sólo viste ejemplos de
mansedumbre y paciencia; el resorte de tu carácter está roto; no te erguirás;
seguirás consintiendo que una mujer liviana haga de madre de tus hijas, y ocupe
el lugar de la intachable señora a quien mató...». ¡Porque hasta de asesinar a
Ilduara acusaba yo entonces a doña Milagros!
Con tan
negras vacilaciones entraba, del brazo del Abad, bajo los soportales de la
plaza de Marihernández, paseo muy concurrido en los días de lluvia -aunque por
lo general estuviesen más húmedos que la misma plaza-. Mauro Pareja, que me
sostenía, preguntome cortésmente:
-Gracias,
mucho mejor fue encuentro... No acostumbro padecer estos vahídos- respondí.
-No es
nada: ya lleva usted otro cariz: allá se desencajó usted enteramente; parecía
usted un cadáver. Pero, antes que lleguemos a su domicilio de usted, quiero
atar el cabo que nos dejamos suelto cuando usted se indispuso. Todo lo que yo
le dijese a usted de lo que se glosa en el pueblo respecto a doña Milagros y al
asistente buen mozo, sería flor de cantueso al lado de la realidad. Hace años
que no había disfrutado Marineda escándalo por el estilo. Sé que corren por ahí
unos versos de Primo Cova, que arden en un candil: pimienta fina... Se han
sacado de ellos una docena de copias... pero no he podido conseguir ninguna
todavía, y eso que me los prometió el condenado... Así que los tenga se los
leeré a usted... Y nos reiremos.
Hice el
gesto que haría un sentenciado a garrote si al ajustarle el collar le dijese el
verdugo una chanza, y el Abad continuó:
-Los
detalles son de este género: que Vicente le abrocha las botas y le ajusta el
corsé a su ama... En fin, le aseguro a usted que la historia no tiene
desperdicio. Yo no sé si a usted le agrada o le contraría que le entere: pero
se me figura -y noté en el acento del Abad cierta conmiseración- que estaba en
el deber de enterarle. Era cargo de conciencia el permitir que por ser usted la
única persona que a estas fechas no veía claro, consintiese que sus lindísimas
hijas... Lo demás... ¿qué diantre importa?
-¡Ay
amigo mío -murmuré con aflicción-. ¡Eso es más fácil de decir que de hacer!
Crea usted que me pone en un conflicto...
-¿Quiere
usted un consejo bueno? Se muda usted de casa... ¡y andando!
Excelente
encontré el parecer. A los miedosos les es grata y fácil la retirada. Mudarse,
sí, mudarse: romper ese nudo sutil y apretado de la vecindad, que estrecha toda
relación como irrita toda antipatía suprimir los encuentros en la escalera, las
paraditas en el portal, las bajadas y subidas de los niños, el inevitable roce,
basta el ruido de muebles que recuerda la proximidad de la persona en quien no
quisiéramos pensar... Mudarse, sí: ni había otro arbitrio.
-Tiene
usted razón -dije al Abad-: lo único factible es irse bien lejos, a la calle de
la Unión de Cantabria... o a la plaza de Compostela... ¿Gusta usted subir a
descansar?
Negose
cortésmente el Abad, fiel a su sistemática resistencia de solterón empedernido,
que no entiende de poner los pies en casa donde hay señoritas casaderas. En
este punto, Mauro Pareja era incorruptible, y yo, que lo sabía, no insistí.
En el
mismo portal encontré a mi casero Baltasar Sobrado, que se disponía a emprender
la ascensión. Nos saludamos cordialmente. Hacía tiempo -desde que él asediaba a
doña Milagros en nuestra tertulia- que no nos dirigíamos la palabra el rico
viudo y yo. No sé por qué razón, ahora me aproximé a él con un apresuramiento
que puede llamarse amistoso. Él me tendió la mano bien enguatada y me dedicó
una sonrisa semiprotectora, semiconfidencial, colocándose en la actitud de un
hombre que quiere demostrar que no ha dado importancia a los candorosos
desplantes de otro; y yo, aprovechando la ocasión favorable, con la
precipitación de los que no están seguros de mandar en su voluntad al día
siguiente, díjele que había resuelto mudarme: que la casa era muy cara para mí,
y que le agradecería me advirtiese si en alguna de las suyas había un piso
desalquilado -pues Baltasar poseía en Marineda seis u ocho hermosos inmuebles-.
Con gran sorpresa mía, el casero se encogió de hombros, forzó la sonrisa y la
amabilidad, y murmuró cogiendo y remirando las solapas de mi gabán, lo mismo
que si le interesase mucho su forma y color:
-¡Bah! ya
entiendo... La subidita del duro, que no la ha digerido usted, vecino... No, y
tiene usted razón: eso fue una tontería del apoderado, que se empeñó en
apretar, y apretó donde no debía... Pero le he leído la cartilla, y cuente
usted que desde hoy tendrá usted su piso al precio de antes. Y se empapelará
también el dormitorio de las niñas. ¡Sólo faltaba! No había de estar con papel
sucio y viejo. Las pondremos algo bonito... un fondo perla con ramitos de
rosas Pompadour: Hasta he dispuesto que se componga el fogón: si
hace humo, lo renovaremos completamente. Estas mejoras y otras de pintura,
revoques... etc., ya supondrá usted que las concedo con mucho gusto: todo antes
que usted se me vaya. No: lo que es con eso... no se transige, don Benicio: no
se transige.
Aturdido
y sin saber cómo interpretar tanta atención y afecto, respondí:
-Pero si
es que lo... Si es que me convenía...
-No, no
le conviene a usted... ¿Qué le va a convenir? Como que le rebajaré no sólo los
veinte reales de la subida, sino otros veinte de alquiler... ¿eh? vamos, aunque
digamos treinta... Se me figura que así... ¿Pero iba usted a retirarse? ¿Tenía
usted mucha prisa? -añadió aquel modelo de casero, cogiéndose campechanamente
de mi brazo y llevándome hacia los soportales, por donde comenzamos a pasear
deteniéndonos a cada minuto.
-Conmigo
-decía Sobrado recargando el tono confianzudo- puede usted hablar francamente.
¡Yo sé bien..., pero muy bien! lo que son ciertas cosas. Un padre tan cargado
de familia como usted, pasa a lo mejor la pena negra... y no es que falte con
qué vivir, no; ni es tampoco que sea un despilfarrado, ni mucho menos un
vicioso. Es que vienen los imprevistos; es que no se puede, teniendo chicas,
meterlas debajo de una cazuela; es que hoy el traje, mañana el sombrerillo...
el dinero se va, ¡qué sé yo cómo!, sin sentir. Para establecerlas es preciso
lucirlas; para lucirlas, adornarlas; para adornarlas, gastar bastante... No
salimos bastante de este círculo vicioso. Hoy sus hijas de usted llevan luto;
pero no lo han de llevar eternamente; vendrá el paseo, el teatro, el baile; no
tendría nada de extraño que usted..., que usted necesitase... por poco tiempo,
naturalmente... recurrir... a un... a un amigo... De esto se ve... a cada
triquitraque. ¿Porque usted será opuesto a vender?
-¡Opuestísimo!
-exclamé con toda la energía de mi alma-. Para mí son sagrados los pedazos de
tierra que me transmitieron mis mayores.
-¡Bien,
bien! Muy sanas ideas. La propiedad fundada en la tradición, es una base
social... de las más sólidas. No venda don Benicio; no venda usted, aunque le
ofrezcan el oro y el moro.
-Antes
creo que me dejaría morir.
-Y
además, pregunto yo: ¿qué necesidad tiene usted de vender? El que vende por
necesidad, vende casi siempre a desprecio, malbaratando. Pero eso es para quien
no dispone de un amigo, que en buenas condiciones le adelante tres... o seis...
o diez que puedan urgirle en aquel momento. Y usted no está en ese caso. A
usted le basta abrir la boca.. y encontrará inmediatamente lo que se le ocurra.
Supongo que, si llega la ocasión, se acordará usted de los que estamos cerca.
No vaya usted a ponerse en manos de logreros que le asfixien... Bien sabe usted
dónde hay amigos viejos.
Confieso
que la gratitud y la sorpresa me embargaron el habla. Yo, dígase la verdad, me
había conducido con Sobrado medianamente. Hasta creía haber estado impolítico
con él. Todo por culpa de mi quijotesco empeño en defender contra malandrines y
follones la honra de doña Milagros. ¡Necio de mí! Sobrado era el hombre de
mundo, el experto, el que conocía a las mujeres, mientras yo... ¡Cuánto me
despreciaba a mí mismo! ¡Cuán ridículo me encontraba!
Como si
Sobrado adivinase mis pensamientos, diome al codo obligándome a mirar, de
soportal afuera, hacia las iluminadas ventanas de la comandanta de Otumba.
-Ese piso
sí que me gustaría a mí que se desalquilase -murmuró mordiendo ligeramente su
bigote, que aún era dorado y fino-. No me hacen feliz historias de cierto
género... Pero ¡ahora que me acuerdo! ¡Si usted es uña y carne de la prójima...
y va a sacar la espada por ella, de seguro!
-Yo no
saco la espada por nadie... Pero me agrada que de las señoras se hable con
miramiento -advertí, sintiendo renacer, al latigazo de aquellas brutales
palabras, mi tradicional criterio y mis añejas indagaciones.
El
camastrón de Sobrado no insistió: era demasiado sagaz. Se limitó a hacer un
movimiento picaresco de cejas, y antes de soltarme, en el descanso de la
escalera, a la puerta de su piso, insistió, tomándome de nuevo las manos:
-Cuidadito...
Si alguna vez se ve usted en apuro... con franqueza... Nada de vender... Los
amigos para esos casos somos.
Subí a mi
casa. Mis piernas flaqueaban, rendidas por doloroso cansancio; mis sienes
latían; en mi cabeza retumbaba un murmurio, como de resaca del mar... «Voy a
caer enfermo», pensé, mientas Feíta, según costumbre, me abría la puerta.
Hay días
-muy contados, es cierto- que parecen tejidos con hilos de luz; en otros
diríase que la trama de la vida se enreda y se afea y adquiere negruras de
fúnebre crespón. Aquel era de estos últimos. ¡Qué día, viven los cielos! ¡Qué
día! Primero el doctor Moragas y sus noticias sobre Argos; después, el Abad y
sus noticias sobre la comandanta de Otumba; luego, Sobrado y sus ofrecimientos,
que olían a miseria y a ruina; y ahora... Ahora, Feíta me siguió
misteriosamente a mi cuarto, y mirando alrededor, y acercándose luego a mi
oído, murmuró esta lacónica y terrible frase:
-¿Qué?
¿Que debemos? Chiquilla, ¿estás en tu sano juicio?
-Ya se ve
que estoy. Debemos mucho, y vamos a deber más, porque urge comprar mil cosas.
Me han amenazado Rosa y Tula con ponerme las posaderas como un tomate si se lo
digo a usted... pero se lo digo, y a Roma por todo. Si se atreven a tocarme,
las dejo el pescuezo como un hilo. ¡Vaya!
-¡Pero
hija... no te entiendo! ¿Qué deudas son esas, di?
-Son...
son trampas de Tula... porque dice que lo que usted daba para gobernar la casa
no alcanzaba... y que ella no se ha de volver duros. Se le debe a la panadera;
se le debe al de la tienda de ultramarinos; a la aguadora dos meses; a la
lechera; a la lavandera, al que trajo la leña... y a la tocinera de la plaza el
jamón y el tocino de más de un trimestre... Esa parece que ya se insolentó, y
le dijo a Tula mil barbaridades.
-Pero...
-tartamudeé -¡si es imposible!... He dado más de lo que se daba en vida de tu
pobre madre... ¡Más de lo justo!... No puedo creer lo que me cuentas.
-¡Papá
del alma! -murmuró la chiquilla echándome al cuello los brazos-. ¡Qué
buenísimo, qué infeliz le hizo Dios! Por eso hay que quererle más -añadió
estampándome un fresco beso en los bigotes-. Usted dio, ya se ve que dio, y más
de lo que destinaba mamá para el gasto... Solo que no se invirtió ese dinerito
en la casa, sino en los caprichos de cada una... Tula, que no tiene bonito sino
el pie, ha derrochado un dineral en calzado y medias... Rosa, se pierde la
cuenta de lo que se le va en perfumería, en guantes, en alfileres de azabache
en macacadas por el estilo... La chiflada de Argos compra piezas de música, se
suscribe para las novenas, y además le compró regalitos al Padre Incienso... Yo
lo sé... Por cierto que el Padre la dio un chafo: los devolvió... Hasta la
pavisosa de Constanza tuvo el antojito de retratarse y de comprar un álbum...
¡Está para álbumes el tiempo!... Mire usted -añadió bajando la voz-, también
milor Froilán fuma... ¡Son muchas gotas de cera, y hacen el cirio Pascual!
¡Día de
oro! Antes de acabar de enterarme de nuestro precario estado y calcular la
gravedad del conflicto económico, nos avisaron de que estaba servida la cena...
Senteme a la mesa con más ganas de llorar que de comer, y las chicas, que
andaban tan alegres y alborotadas como alicaído yo, sacaron la necia
conversación de la belleza física de los hombres.
-¿Te
gusta a ti Baltasar Sobrado? -Preguntó Purita a Constanza.
-¡Ay!
no... ¡Parece un calabacín... los carrillos tan gordos!
-¡Visanté!
-exclamaron dos o tres de las chicas-. ¡Ese sí! ¡Es guapísimo! ¡Una
preciosidad! ¡Qué ojos! ¡Qué pelo! ¡Qué cara!
-A ver si
os calláis -dijo severamente Tula, con un acento y un gesto que recordaban
enteramente a su madre-. Da asco oíros hablar así de un criado. Para las
señoritas, los criados no son hombres.
-Pues
Vicente es hombre, y reguapo -declaró Feíta con energía de niña emancipada-. Y
mira: más vale decirlo así, francamente, que mirarle con el rabillo del ojo,
como le miraba... alguna que... que se la echa de dómina.
De un
brinco se alzó Tula de la mesa: y agarrando por un brazo a Feíta, la sacudió
dos bárbaras puñadas en el rostro. Pero Feíta, desprendiéndose de a las manos
de la mayor, descargole a su vez sonora bofetada en la mejilla, mientras
balbucía sollozando:
-¿Quién
eres tú para pegarme, malvada? ¿Quién eres tú?
Me lancé
a separarlas, porque Tula, descompuesta, quería «hacer un escarmiento». No sé
cómo logré que, gruñendo y lloriqueando, se apartasen. Ya sosegado el motín, se
me ocurrió ver qué hacía Argos. En su cuarto había luz: miré por la cerradura,
y vi algo semejante a una aparición. Mi hija, de pie, inmóvil, no tenía otra
ropa sino la larga camisa de dormir, que descendía hasta el suelo. Con la
cabellera tendida, las manos abiertas y cruzadas sobre el seno, como pintan a
las Concepciones, los ojos al cielo y las mejillas arreboladas por el
transporte de su espíritu, era Argos una hermosísima extática, una verdadera
efigie de altar. Y al recogerme en mi cama, donde me aguardaba el insomnio, no
pude menos de pensar que mi casa parecía la de Orases, y que acaso yo no estaba
mucho más cuerdo que mis hijas.
No
hablemos de la noche que pasé. Hacia cualquier parte que me volviese, sólo veía
responsabilidades, decepciones y peligros. Era preciso emprender lo más difícil
para quien no está habituado: tener tesón, revestirse de energía, en una
palabra, transformar mi ser... ¡Ah, Ilduara! ¡Cuán preferible encontraba yo
entonces la docilidad y obediencia a tu bienhechor régimen absoluto, a la
triste anarquía que me rodeaba por todas partes y que representaba el más
profundo desbarajuste moral y económico!
Apenas me
hube levantado y salido en zapatillas a la galería, por ver si el aire fresco
de la mañana entonaba un poco mis nervios, volvíame de pronto, porque sentí
detrás el aliento de una persona que respira fuerte y vivo. Mi sangre dio una
vuelta... Era la misma doña Milagros, que abusando de la confianza con que nos
tratábamos, venía a aquella temprana hora, sin cumplido alguno, de falda usada
y casaquillo blanco, el negro pelo recogido, una toquilla marrón anudada a la
garganta. En el momento de verla, lo olvidé todo: encargos del Padre Incienso,
chismes de la Sociedad de Amigos, quejas y suspicacias propias..., y me dejé
llevar del gusto de tenerla allí, a media cuarta de distancia, en aquel traje
casero, que favorecía las ilusiones más dulces de convivencia íntima.
Mal
conocerá la naturaleza de ciertos afectos quien sospeche que la proximidad de
doña Milagros me producía pecaminosas impresiones. Mi satisfacción era noble y
honesta: la alegría del que, agobiado por cuidados y ansias mortales, ve al
amigo a quien puede confiar todas sus cuitas y con el cual espera desahogar su
corazón.
Como si
la andaluza adivinase lo que por él pasaba; como si tuviese facultades de
zahorí, adelantose a mis confidencias, exclamando:
-Vamo,
don Benisio, que hoy hay penitas nuevas... No me las caye usté; así como así
las he calao.
Me
estremecí, y ella continuó:
-Estoy
enterá de toos los disgustos. Soy yo el paño de lágrimas de la casa, y las
chiquillas me cuentan antes que a nadie sus rabieta. Una confiansa tienen
conmigo... ¡Pobresiyas! No haya reparo, santo varón: descargue ese costalito de
aflisiones... que alguna se podrá remediar en un verbo.
Sonreía
picarescamente al hablar así, mientras con una mano se sujetaba las puntas del
pelo indómito que quería salirse del rodete. El movimiento era juvenil,
encantador, y suspiré, más de verla y de pensar en su infamia, que por mis
apuros y contrariedades.
-No valen
suspiro... ea, ¿qué hase usté callao como un poste? A contar esos pesare...
¿No? -añadió, viendo que yo sacudía tristemente la cabeza y hacía ademán de
rechazar las preguntas y el interés de la señora-. Pue los contaré yo... y le
iré disiendo a usté el remedio para cada uno.
Acabo de
arreglar los rizos; miró al mar, que el sol doraba y opalizaba allá a lo lejos,
donde surgía la espuma de los rompientes; me dio un empellón... y habló así:
-Las
hija, por orden de edaes. Tula está insufrible: con la soltería, es un pepiniyo
en vinagre; rie, pega, y además, ni gobernar sabe... o no la da la gana. Bueno:
pasiencia, y quitarla el mando; las cuentas las paga usté... y por la mano de
eya, ni un séntimo. Clara... ¿se creía usté que yo no estaba enterá? Clara
tiene determinao resar en el coro... Tan secretico lo guardó que pocos lo
sabemo... Pero hace mu bien, y usté debe alegrarse. ¿Qué? Es una chica colocá;
se la dota a usté otro, ¡y lleva buen marío!... ¿Que si la pesará luego? ¡A
cuántas casás las pesa! Clarita corre el albur... y puede que esté más contenta
que tos nosotro en el mundo. Rosa... casquivaniya... mucha gana de gastá la
plata y de emperifoyarse, y de mirá al primero que la hase guiño... No perderla
de vista, y no largarla ni un real tampoco a esa... ¡Argos, con vena de loca...
pero no se asuste usté, hombre, que eso no dura, y la persona por quien anda
ella bebiendo los vientos ni la ha de mirá siquiera! A esa, cerrojo y yave: no
dejala salí en dos mese. Y si quiere usté oí un consejo bueno... pero bueno,
¡compadre!, a Argos... cuando se la quite esta luna que tiene... la dedica usté
al canto, y la manda usté a Madrí, y en el teatro se gana la vía y lo pasa como
una reina... Amiguito, en estos tiempos hay que trabajá, y ca palo que aguante
su vela; ¡y no vale decir que salimos de la pata isquierda de los
Gutigambas...! Esa chica, en la tabla se hase de oro... y puede que encuentre
un esposo título y miyonario. ¡Anda! Ya no sería la primera, ni la segunda.
Oía yo a
la señora sin despegar los labios. Reaparecían poco a poco mi cólera y mi
desprecio, y no encontraban más fórmula que la de aquel silencio elocuente, que
ella interpretó de otra manera, creyéndolo efecto de mi apocamiento.
-¿Se le
ha comío a usté la lengua un ratón? -exclamó festivamente, tirándome de la
manga-. Si ya sé yo, aunque usté no responda, lo que cavila... Cavila usté en
que usté es, como quien dise, un alma de Dios, un bonusir, un cacho
de calabasa, que no tiene arranque... ¡vamo!, para apretarse los calsones y
chillar: ¡Eh, gayinero, aquí mando yo, porque quiero y porque puedo y porque me
da la gana... y a cayar, y a enderesarse! Pues hombre, si usté no puede
decidirse a ser autoridá, yo... yo estaré a su vera pa darle ánimo ¿entiende?,
pa que me sea un valentón... y pa que todo ande derechito. Y no le consiento a
usté que se ladee. Y usté no se ladea. ¡No faltaba má! Por los hijo hay que ser
duro como un cuerno... y blando como un merengue... too a su tiempo...
¿estamos? En fin, que usté hará su obligación de padre... o si no, a la horca.
Misté: ¿Ha visto esa payasá que la disen el enano? Es una persona
que habla y otra la apunta lo que ha de desir y mueve los braso por eya. Pues
así haremos, camarada: usté habla y yo le soplo.
Tuve un
respingo que la señora interpretó por desconsolada negativa, fundada en alguna
razón secreta, y al punto añadió con toda su monería y con la zalamera humildad
que la hacía tan irresistible:
-Que
tenemos la cuestión de monise... Que este mes va a haber algún ahogo... Pues
ná... no hay ahogo, querío, no hay ni sombra de él... Ayer, cuando salto de la
cama, me entra Visente una carta sertificá, con más pegotes de lacre... Firmo
el resibo, la abro, y sale de dentro una letriya... ¿Ve usted? -añadió,
entreabriendo el casaquín con indiscreta familiaridad y sacando un papel largo,
crujidor, cubierto de renglones mitad litografiados, mitad de esa bonita letra
inglesa propia de los documentos comerciales-. Mi tía la rica e Chipiona... que
cada medio año o cada tres mese me dispara estas pedrás... Tres mil peseta
sobre la casa Sobrao... ¿Qué me dise usté del confite? Pues teniendo yo parné,
¿hae pasá usté agonías? Hombre, estaría grasioso. Tomás ni sabe ni se entera de
nada de esto. Es el hombre más infelís de la tierra y sus arrabales... digo,
no; más infelís es usté... ¡Al grano: el grano es que hoy cobro yo la letra...
y esta noche tiene usté en su bolsa el trigo! A mí no me viene usté con resibo
ni con pinturas: los papelote son bueno pa los trapalone: yo le conosco a usté
y sé que tan honraos los habrá, pero más es imposible. Arreglamos las trampiyas
esas... que son neutrales: porque, patriarca, esta casa es una federal, donde
todos mandan y nadie gobierna, y si usté no agarra el látigo, va a traerse de
las orejas cuando me lo sangren. Y como yo no he de consentir que se meta usté
en manos de usureros, le doy lo que necesita... y no se habla más del asunto.
Ante
aquel rasgo que confirmaba la magnanimidad de la señora y la verdad de su
cariño, un enternecimiento repentino me invadió, y la voz se me trabó en la
garganta. Sí; doña Milagros era muy buena; quedábamos en esos, en que
efectivamente era la más generosa, la más noblota de cuantas mujeres existen en
el mundo... pero lo otro, lo otro, no podía olvidarse ni
perdonarse; lo otro era como mancha de cieno en blanco ropaje,
como hendidura en aspa de cristal, como desgarrón en encaje rico, como grieta
en torre, que delata su caída próxima. Lo otro les estropeaba
todo, les inflamaba todo, lo echaba todo a perder... ¡Admitir yo dinero de las
manitas impuras que jugueteaban sobre el borde de la galería! Primero la ruina
y el hambre y la mendicidad... No era indignación lo que sentía; creo que este
viril resorte de la indignación, como el del orgullo, faltaba en mi carácter;
era pena, era bochorno, era un dolor depresivo, como el del muchacho a quien
han castigado rudamente sin causa, y que respira, en la atmósfera, una gran
maldad, una irritante injusticia... A seguir mi impulso, hubiese dejado caer la
cabeza sobre el hombro de la culpable y lo hubiese calado de lágrimas.
-Pero
cristiano, ¡se contesta! ¿Habla algún gato, que no merese ni una rasón?
-murmuró la señora, enrollando la letra alrededor de su índice.
De
pronto, como al destaparse e inclinarse una botella sale el agua a borbotones,
salieron las quejas de mi boca.
-Doña
Milagros... ya que se empeña... usted sabe que soy un hombre de bien; que en mí
no cabe un sentimiento villano: que soy incapaz de no agradecer, que agradezco,
que agradezco... ¡No; no me juzgue usted tan vil que la ingratitud tenga
asiento en mi corazón...!
-No vale
haser puchero -murmuró la andaluza volviéndose, pero no tan pronto que yo no
divisase, al borde de sus pestañitas curvas y negras, una gota menuda, que al
sol relució como un brillante.
-No, si
no me enternezco por lo que usted piensa... No es que me conmueva su bondad...
Me conmueve; pero lo que me aflige... es que no puedo aceptarla... y las causas
porque no la acepto... las causas... no me las pregunte usted... porque mire
usted... ¡no se las diría, no se las diría...! No, doña Milagros, no insista
usted, no me mate... Mucho ascendiente tiene usted sobre mí; es decir, mucho ha
tenido... pero lo que es ahora... Lo que es ahora, moriré callando. Bástele a
usted con saber que ni admito ni puedo admitir sus favores... Y esto es lo de
menos. No le he dicho a usted lo gordo. ¡Lo más gordo! Que... que... que nos...
que ya no podemos tratarnos... vernos... ser amigo... amigos... como antes. Que
se acaba esto... ¡Sí, se acaba, y mal, y feamente! Y que ya no saldrán con
usted mis hijas a la calle... ni bajarán... ni... ni cogerá usted... en
brazos... a las pequeñas... a las gemelitas.
Aquí me
aturullé, me desfallecí, se me atascó la voz, se me encogió el corazón, y me
volví de espalda... ¡Cuál no sería mi asombro... y mi repulsión, al escuchar la
carcajada insolente que soltó doña Milagros!
-¡Divino!
-exclamaba la señora sacudiéndose de risa y destellando malicia por sus negras
pupilas, de venturina a la luz del sol-. ¡Es usté un alma mejor aún de lo que
parese, don Benisio! ¡Es usté la perla e Dios! Pero, cristiano, ¿se ha figurao
usté que yo soy tan infelís como usté mismo?
-¡No
entiendo, doña Milagros! ¡Y a la verdad... me choca... me extraña!
-Le
choca... le extraña... ¡Querío, querío! ¡Santo de mi corazón!
El acento
de dulzura, de mimoso halago, con que la señora pronunció estas palabras, no lo
puedo yo expresar, ni se imagina sin oírlo. Quedé atónito. ¡Así acogía la
señora la grave acusación, el terrible como que envolvían mis palabras! ¡Con
tal descaro, con tal cinismo ponía en solfa la enérgica reprobación que yo la
arrojaba a la luz! ¡Hasta tal punto me creía débil, que osaba reírse en mis
bigotes errando yo la aseguraba que no volvería a acompañar a mis hijas!
Aquello
debía de ser un error. ¿Me habría entendido efectivamente doña Milagros?
-¡Qué
cara de bobo estasté poniendo! -insistió ella sin dar de mano a la risa-.
Vamos... yo me explicaré, es decir, yo le explicaré a usté lo que cavila, y lo
que usté cree tan secretiyo entre usté y el confesor. Para que vea que no soy
ninguna boba. ¡Atensión! ¿andan las chiquiyas por ahí?
Salió de
la galería, se cercioró de que estábamos bien solos, volviendo a mí, pronunció
risueña:
-¿Se
acuerda usté, don Benisio, de lo que hablamo el otro día? ¿Se acuerda que le
dije que en el mundo todo lo hase Adán por Eva y Eva por Adán? Pues... aplique
usté ahora la moraleja. Usté, aunque no es ningún chico, y aunque es por lo
bueno un paseo de mojicón, al fin... es de la casta de Adán... y como además
tiene consiencia... se le ha puesto en el periquito... vamo... que me... es
desir... que está un poco más chalao por mí de lo regular... y que Dios, y el
Padre Jesuita, y toda la corte selestial... quieren que se aparte de mí
alrededor de cuatrosientas leguas. ¿Que te quemas! ¿Verdá?
Al decir
esto me miraba serena y tiernamente, y en sus mejillas tersas y sin color
asomaba un carmín ligero que la hacía mucho más linda.
-No, no
acierta usted, doña Milagros -respondí, trémulo, aterrado de mi emoción.
-Sí que
asierto... y usté, troso de masapán, es el que no sabe por dónde se anda. Don
Benisio, usté se ha creío que me quiere; y yo, si empieso a devanar por todo lo
alto, también soy capás de jurar a Dios vivo que le quiero a usté como una
guillá...; pero, ¿qué, hombre, qué? Si todos los pecaos del mundo fuesen así...
ni agua bendita. Porque del modo que le quiero yo a usté es una cosa tan bonita
y tan inocente... que, si Dios la pesca, dirá allá pa sí: «Por esto no me
atufo». Porque el caso es... oiga, que tiene su intríngulis: que yo, si le
quiero a usté, es porque ha engendrao dos angeliyos que me roban el arma... y a
mis horas... cuando el corasón me pide querensia... verasté... no se ría... me
creo que soy la mamá de eyos, y que a Zita y Media las he dado a lus, pasando
los dolore y la fatiga y las aflisiones de las madre... Que si, don Benisio:
caa loco con su tema, y no hay nadie que no esté loco; yo loquiya estoy, y me
ha entrao la manía de que es mentira que usté estuviese casao con... con la difunta,
vamo, ¡con la difunta!; que con quien estuvo usté casao fue conmigo; que nos
quisimo... allá en tiempos; que tuvimos esas neniya... y que ahora todavía nos
queremo, sí señó, nos queremo... de la entraña...; pero santamente, como lo
hermanitos viejos, muy viejos... sin pecao ni malisia. Ahí tiene usted,
querío... cómo el Padre que le dijo que no me viese y que se apartase de mí,
demostró que no entiende de estas cosa. Si usté me tiene ley, es por las
chiquiyas, por las gemelas de gloria... y si yo le tengo ley a usted... es por
las gemelas también, por las gemelas. Y el que se figure porquerías y
maldaes... peor para el muy bárbaro... peor pa el gorrino. ¿Tengo rasón? No
ponga esos ojos espantaos. Los dos somo una Eva y un Adán, pero que acaban por
donde los demás empiesan. Los Adanes que hasen la rosca a las Evas, es para
vení a parar en la patochá de tener luego un vástago... o dos... o los que
salten. Pues si aquí ya han venío; si ya los tenemos y los adoramo y son como
los serafines de hermoso, ¿me quiere usté desir a qué íbamos a calentarnos la
cabesa? Esto es ma claro que el agua, cristiano... Dígaselo al cura, y que se
entere de que yo, grasia a la Virgen de la Consolasión, soy una buena mujer...
y usté... usté, un santo.
Al
ensartar estas locuras, no estaba muy lejos la señora de abrazarme; y yo,
turbado, confuso, estático, embriagado, absorto, no encontraba palabra que
pronunciar, ni razón que oponer a los divinos disparates de la ceceosa lengua.
-Yo le
quiero a usté -repetía la señora- por la habilidad de las niñas... pero
también... ¿qué se creía usté? por su persona, por usté que vale cuanto pesa...
Hombre mejor no nace de madre... Bueno es Tomás, que yo no lo he de poner por
los suelos; pero es bueno a lo bruto, a lo patán... y usté a lo cabayero, a lo
desente. Tenía yo una amiga en Cádis que me desía siempre: «Me pirro por los
perdíos». Yo soy de otra manera. Me pirro por la bondá. Siempre me yevó el alma
la gente buena. Alguna delirará por un chico arrogante. A mí que me den los
infelises y las criaturas de Dios. Y tampoco por aquí me voy a condenar. Esto
no es cosa mala.
Ponte en
mi caso, lector intransigente. Que te diga estar vaciedades una mujer de
singular atractivo, de coquetería tanto más peligrosa cuanto más involuntaria;
que te las diga con toda la gracia de su acento, toda la efusión de su alma,
todo el brío de su carácter, y mucha inocencia real o fingida; que te las diga
en una mañana de sol, delante del mar cuya salobre brisa te acaricia la frente,
cerca de unos tiestos de heliotropo en flor, que trascienden a bienaventuranza
y a primavera; que te las diga con abandono, en traje casero y en incitadora
soledad relativa... Y si a más no has sido amado nunca, por lo menos de una
manera blanda y dulce; si tienes años y ningún mérito; si te ilusionan más las
delicadezas y monerías del cariño que los estímulos de la materia; si eres
capaz de estimar la dicha pura en todo lo que vale, ¿no te sentirías aturdido,
loco?
Me
tambaleaba; iba a caer, como los galanes de comedia, a los pies de mi dama
encantadora... cuando vi que por el muelle cruzaba una figura apuesta, un
hombre que levantó el rostro y se fijó en el cierre donde estábamos. El rayo de
aquellos ojos fue para mí como un rayo verdadero... Volví a la razón, a la
memoria, a la realidad; y señalando a Vicente -pues era él el que pasaba,
llevando en las manos un envoltorio y mirándonos con intensidad y fijeza-, dije
en voz que gemía:
-Usted se
chancea, doña Milagros; usted me quiere tapiar la boca con jalea, pero no
sirve... Vejestorios de mi facha no cautivan a nadie... Si yo me pareciese a
ese...
-¿Eh?
-prorrumpió sorprendida la andaluza.
-¡Digo
que para gustar a Eva hay que tener la figura de ese Adán! -añadí con algo que
intentaba ser ironía-. ¡Adanes así valen un mundo! ¿No es cierto?
-¿Ha
almorsao usté fuerte, don Benisio? -contestó la comandanta poniéndose pálida y
desviándose un poco-. Semejante guasa.
-No es
guasa, sino el Evangelio -respondí con la brutalidad de los tímidos.
-¿A
ver... Qué dise este hombre?
-Lo que
todos dicen. Lo que todos saben.
-¿Toos?
¿Y quién son toos? ¡Embusteros infame!
-¡No,
no... Por desgracia no mienten... Y como yo he abierto los ojos ya..., doña
Milagros..., se ha concluido el acompañar a mis hijas... y de las gemelitas
despídase usted... que no ha de volver a besarlas!
La
andaluza se quedó muda. Oscilaba todo su cuerpo; sus manos bailaban sobre el
talle, como si tuviese alferecía su dueña. Al fin se las echó a las sienes, se
metió en la boca el puño, dio dos pataditas, respiró ruidosamente, y un grito
salió de su boca.
Al mismo
tiempo echó a correr sin mirarme; salió de casa como un cohete; batió mi
puerta; se disparó por las escaleras; retumbó su puerta también, y yo me
encontré tan humillado y tan triste, que de buena gana regalaría mi corazón al
que me hiciese la calidad de sacármelo del pecho.
Tal vez
lo que más duele de los dolores es no poder entregarnos libremente a ellos,
prescindiendo de los demás cuidados y preocupaciones ruines de la vida. Cuando
nos agobia la pena; diríase que también nos emborracha, y deseamos sumergirnos
en ella hasta el fondo, sin sacar la cabeza fuera un instante, ni distraernos
por cosa ninguna. Pero a mí no me era lícito este amargo gusto. Tenía que
pensar en mi gente.
Por
orden: ante todo la prosa vil: me encontraba sin recursos para hacer frente a
las urgencias económicas de que me había enterado Feíta. Hasta junio no vencían
las rentas, y hasta octubre o noviembre lo más pronto no se podía soñar en
vender la cosecha del trigo, que estaría despuntando entonces. Rehusado, ¡y con
el agua al cuello lo rehusaría! el ofrecimiento de doña Milagros, sólo me
quedaban dos medios de salir del apuro: o escribir a Garroso proponiéndole la
adquisición de alguna finca, o recordar las insinuantes palabras de Sobrado,
que de fijo me echaría un cable sin ahorcarme con él. Todo menos vender la
tierra heredada de mis antecesores, y a la cual se me figuraban que iban
adheridas partículas de sus ya carcomidos huesos. Solicité, pues, una entrevista
de mi casero, y con la vergüenza y el sofoco inevitables en el que pide,
-aunque no pida gratis y por su cara bonita-, expuse mi necesidad y manifesté
-apenas formaba palabras mi garganta seca- que si dos o tres mil pesetas... por
poco tiempo... empeñando mi palabra de hombre de bien de que al vender la
cosecha, sin falta...
Me
tranquilicé algo viendo que Sobrado me recibía de la manera más cordial y
campechana del orbe. No advertí en él ninguno de esos estremecimientos
nerviosos que suelen producir, aun en los temperamentos más linfáticos, los
ataques al bolsillo. Me tuvo un rato cogida la mano izquierda; ofreciome puros,
aunque sabía que yo no fumaba jamás; me dirigió frases alegres y animadoras;
¿quién no se ha visto en algún ahogo? ¿de qué sirven los amigos? ¿para qué se
ha inventado la moneda? y acabó por decirme que él arreglaría el asunto
infinitamente mejor que yo mismo. -«Carta blanca»- exclamó mientras se retorcía
el bigote siempre juvenil, y acariciaba a un gracioso perrillo canelo, de
hocico negrísimo y poblada cola. «Usted, don Benicio -añadía el ricachón- está
atortolado: es la primera vez que pide dinero... y la cosa se le hace una
montaña. Si los negociantes nos aliviásemos así por miserias de déficits y
de evoluciones del capital, en unas o en otras condiciones... estaríamos
frescos. Nada: ánimo, y tome usted esto como la cosa más usual y corriente.
Ninguno de los propietarios que ve usted por ahí tan orondos deja de tener su
cachito de hipoteca encima... No; y yo le aseguro que voy a admitir la garantía
que usted me ofrece... sólo por complacerle, por quitarle el empacho».
No
recordaba haber ofrecido a Sobrado hipoteca alguna, antes al contrario, creía
que el dinero se me daba a confianza; y poniéndome muy colorado, se lo hice
observar así.
-¡A
confianza! -refarfuyó risueño don Baltasar-. ¡Pues claro que a confianza se lo
daré a usted! ¡Porque ya podían venir ahora la marquesa de Veniales, o los de
Lobeira, o los Caudillos, a pedirme valor de una peseta dejándome en garantía
cuanto tiene! Se volverían como vinieron. ¿Soy acaso prestamista? ¡La garantía
de usted... fórmula, pura fórmula! Usted de sobra comprende que, aun cuando no
pudiese abonarme a su tiempo la cantidad, yo no le iba a sacar a la vergüenza
vendiendo los lugares. Hay más; si usted, ¡ni intereses ha de abonar por el
préstamo! Los intereses, o los capitalizamos, o ¡mejor aún! los cargamos sobre
la renta misma de esos lugarejos que aparece usted
hipotecándome. ¡Ya ve usted si es sencillo! En vez de adquirir un gravamen,
puede usted decir como Juan Palomo: «Yo me lo guiso, yo me lo como». ¡Habas
contaditas!
No me
salía a mí la cuenta de las habas, porque también estaba en la persuasión de
que Sobrado me facilitaría la suma desinteresadamente. Indiqué, de un modo
tímido:
-Pero...
intereses... Supongo... usted me dijo...
-¿Que se
lo prestaría sin réditos? Claro está, porque el seis no se considera rédito nunca:
menos del doce o del quince, nadie se arriesga a estas alturas en que andamos.
El seis no es interés, puesto que casi lo produce la misma propiedad
hipotecada, de modo que el interés de lo puede usted sacar a la suma,
quedando ras con ras... En fin, don Benicio, salta a la vista que
usted no entiende de estas cosas. Si tiene el menor reparo, no hay nada
perdido: usted busca esa cantidad por ahí; a mí crea usted que me causa... no
extorsión, pues por usted eso y mucho más estoy dispuesto a hacer, pero, en
fin..., cierta mala obra el distraer fondos... Tanto, que si usted no quiere
perjudicarme mucho, le agradeceré que acepte, en vez de un préstamo de dos mil,
uno de cinco mil... La suma redonda no me trastornará tanto. ¡Para usted, más
respiro; para mí, la ventaja de no desmembrar capital! Pero carta
blanca... Y serenidad, ¡qué demontre! No merece la pena.
Entre
aturdido y receloso; no viendo más salida y anhelando librarme cuanto antes de
pensar en la ingrata cuestión de la escasez de numerario, concedí la
famosa carta blanca. Por un lado, me parecía caer en una red
tendida hábilmente, y experimentaba la angustia del que sabe que bajo sus pies
se abre un precipicio; por otro, la inmediata posesión de cinco mil pesetazas
representaba tanto descanso en mi espíritu y tanta alegría en mi hogar, que se
necesitaba heroica virtud para no tender la mano y recoger la cantidad
tentadora. ¡Cinco mil pesetas! ¡Desahogo lo menos hasta el invierno! ¡Y sin
vender, sin deshacerme de una mota de tierra! Lo que acabó de decidirme fue que
el negociante, desabrochándose y echando mano a una cartera, me puso en las
manos, a guisa de arras, cinco billetes de a cien. «Ya formalizaremos el trato»
-murmuró-; «Esto es para que tape usted los primeros agujerillos». ¡Ay si había
agujerillos que tapar! La víspera había estado en mi antesala María la
tocinera, con los brazos en jarras y la lengua en erupción, exigiendo
doscientos veintiséis reales de rancio y fresco que se le
debían por delante de la cara de Dios, y poniéndonos de tramposos, hambrones y
señores de papel de estraza, que no había más que oír... Por librarme de
semejante arpía, era yo capaz de dar el dedo meñique. «Ya formalizaremos»,
repitió Sobrado al despedirme. En efecto, formalizó bien pronto como se verá.
No le hipotecaba mis buenos lugares de Cardobre; los intereses del dinero, el
seis, se cobrarían sobre la renta actual y futura; el plazo era de un año; pero
Baltasar aseguraba que a los seis meses -¡claro, hombre!- liquidaría yo con él.
Sí; era un pasajero desequilibrio en mi hacienda, debida a las circunstancias
realmente extraordinarias de aquella temporada azarosa. Muertes, entierros,
partijas, derechos del Estado... Una crisis.
-Oye,
Feíta -dije reservadamente al trastuelo cuando hube saldado las cuentas
pendientes y restablecido en apariencia el orden-; ya no tenemos pufos; y
ahora, vida nueva. Se me ha ocurrido que acaso poseas tú más juicio que todas
tus hermanas juntas; te pongo al frente de la administración de esta casa; me
irás pidiendo lo que necesites, y cada noche ajustaremos al céntimo el gasto
del día. Hay que imponerse una economía severa y no derrochar ni el valor de un
perro chico. ¡No sabes..., no puedes saber el sacrificio que me ha costado
salir de este aprieto! Desde hoy se han de contar aquí hasta los garbanzos de
la olla.
Feíta me
escuchaba en reflexiva actitud, con el dedo puesto sobre los labios, y fijos en
mi cara los diminutos ojuelos verdes, que destellaban atención e inteligencia.
Aquel día, la muchacha tenía más que nunca su gracioso aspecto hombruno, de
chiquillo travieso y diabólico; se había cortado el pelo no sé de qué
empaquetada manera, y en su frente se alzaban aborrascados unos mechoncillos
indómitos, mal sujetos atrás por un cordón deshilachado y viejo; vestía un
largo delantal-blusa de hilo del Norte, gris, que ocultaba las formas y no
descubría ninguna turgencia femenil; además, en una mejilla ostentaba un
churrete de tinta, formidable. Sólo contestó a mis disposiciones económicas con
una mueca y un suspiro.
-También
-añadí-, quiero que te encargues de impedir que tus hermanas vuelvan a casa de
doña Milagros. Bajo ningún pretexto -¿entiendes?- bajo ninguno. Fíjate bien en
lo que te digo: bajo nin-gu-no. Haced cuenta que... que he reñido con esa
señora... o que esa señora se ha muerto... o... en fin... ¡Basta de
explicaciones! Yo saldré con las que quieran salir a la calle; yo las
acompañaré a todos lados, al paseo, a las tiendas, adonde vayan... pero que no
sepa que ponen los pies abajo... ¿estás? ¡Cuidado conmigo!
Feíta
bajó la mano, castañeteó los dedos y sonrió.
-¡Ay
papá! Me envía con la embajada a mí... porque no se atreve a decírselo a ellas.
¿Pero no ve que a mí también me mandan al rábano? Lo que sucede es que no se
necesitan semejantes prohibiciones, porque los de Llanes han tomado la
delantera.
-No nos
reciben ya... Esta mañana bajó Rosa con Mizucha y yo con el ama y las pequeñas,
y nada... cara de palo. Abre la puerta el Vicente... y la defiende lo mismo que
un perro de presa: no permite que entremos ni en el recibimiento. «Que la
señora está indispuesta... que ahora no se pasa... que necesita descansar...
que el señor también ha salido...». ¡Y si viese con qué cara dice eso Vicente!
Los ojos le echan fuego. Debe de estar enfermo también él, como doña Milagros,
porque parece un difunto. ¿Qué ha sido, papá? Cuéntemelo, que le prometo no
decir ni esto a las mosconas, que andan muertas de curiosidad.
-Hija mía
-murmuré turbadísimo y con desfallecida voz- no ha sido nada; vamos, una
tontería; pero hay cuestiones de delicadeza que... los niños no podéis
comprender... Cuando seas más grande, te diré a ti... ¡a ti sola!
-¿Y
a esas? ¿Se lo dirá ahora porque son mayores?
-No,
tampoco... es decir, dentro de algún tiempo... Soy vuestro padre, y no tengo
para qué justificar una determinación que he adoptado en provecho vuestro. Creo
que aquí debo mandar en jefe... Digo, estoy seguro; debo mandar, y mandaré. Es
preciso enderezar esta casa.
-Papaíño
-contestó la muchacha, echándoseme encima y besándome a bulto, creo que en la
nariz- ya se sabe que usted debe mandar; pero también se sabe que no manda ni
pizca. A mamá la obedecían esas mezquinas, por miedo, porque las zorregaba.
Desde que falta mamá, cada cual va por su lado; y me alegro que hablemos de
eso, que así le diré lo que conviene que sepa. Argos, aunque usted la prohibió
ir sola a la iglesia, allá se larga todas las mañanitas, mientras usted está en
la cama aún. Tula tiene amores... Se lo juro, papá: tiene amores con un cojo,
un escribiente de la Diputación... Se cartean... Los tendría con el palo de una
escoba, créame, con el afán que ahora la ha entrado por novio... El cojo es un
infeliz: se me figura que maldito lo que le encanta el noviajo; con cuatro
gritos que usted le pegue, no volverá a acordarse de Tula. Rosita también me
parece a mí que tiene sus maulas... Están de atar -añadió con el profundo
desdén de un filósofo viejo hacia las humanas flaquezas. Viendo que yo callaba
atónito, continuó-. Aún falta que sepa lo que sucede con Froilán. Usted me ha
encargado que le repase las lecciones, y yo se las repasaba siempre. Nunca daba
pie con bola; no se le quedaban en la memoria ni las cosas más insignificantes.
Su cabeza es una perilla de balcón. Sólo a fuerza de machacar... Pero ya, ni
eso: ya no coge el libro.
-Le voy a
matar -exclamé levantándome trémulo, con los nervios como cuerdas de guitarra.
-¡Jesús!
-respondió la chiquilla, riendo y deteniéndome-. ¡Matar! ¡Mataban! ¡Si usted no
es capaz ni de arrearle un lapito! Óigame a mí, guíese por mí. ¿Por qué se
empeña en que Froilán sea un sabio?
-¡Hija
mía... es el único varón de la casa! Sólo de él podéis esperar alguna
protección cuando yo muera. No hay más recurso sino que estudie, que siga una
carrera con lucimiento, y hoy o mañana podrá seros útil... ¡Acaso ampararos a
todas!
-Pero,
papaíño -respondió Feíta cruzando las manos y acentuando más la expresiva
mirada de sus ojos y la firmeza singular de su cara infantil-, si Dios ha
querido que el único varón de la casa sea un desaplicado y un bodoque... no nos
vamos a reponer contra Dios. Es un dolor que esté usted derrochando dinero y
paciencia con Froilán. Lo que gasta usted con él en matrículas y libros, ¿por
qué no lo gasta conmigo? Yo tengo muy buena memoria. Con una vez que lea las
lecciones, lo más dos, se me quedan. ¿Y qué piensa usted? entiendo lo que leo;
me gusta muchísimo... Me trago el libro de texto, y no crea usted, también
otros que no son de texto y... que... me los prestan. Sobrado me envió dos
novelas de Víctor Hugo; Moragas me trajo obras de Camilo Flammarion...; hasta
don Tomás Llanes me regaló unos novelones muy disparatados de ladrones y de
moros. ¿Qué se había usted figurado? ¿Que soy una burra? Pues no hay tal. Me ha
entrado un flus de leer... Leería toda la biblioteca del
Puerto de un tirón. Hasta me zampo los libros de Argos divina, la Filotea,
los escritos de Santa Teresa y los del Padre Faber... Si ya sé mucho: sé más de
lo que parece. Haga usted un cambio: Froilán que vigile al ama y registre la
cesta de la criada cuando vuelve de la compra, y yo iré al instituto en lugar
de Froilán. Verá usted como los dos quedamos bailando de contentos.
Era tan
cómica la proposición de aquel diablejo, que tuyo la virtud de hacerme olvidar
por un instante mis penalidades y zozobras y de hacerme soltar una carcajada.
-Mira,
Marisabidilla, tú dices que tus hermanas están de remate... Pues lo que es a
ti... te voy a mandar al manicomio ahora mismo. Si te pillo en esas lecturas de
autores malos, que te enseñan lo que no te importa, tengo energía... ¡ah, para
eso sí que la tengo! Quemo el librote..., a ver si te prestan otro. ¿Pues no
quiere estudiar en vez de su hermano? ¿Y para qué, si puede saberse?
-Para
graduarme de bachillera.
-¡Magnífico!
¿Y después de graduarte? ¡Ya lo eres!
-Para
tener un título en forma...
-Para
ejercer una profesión... la que sea... y ganar cuartos... y fama... vivir de mi
ciencia y de mi trabajo... como había de vivir Froilán, si no fuese un camueso.
La risa
me salía a borbotones por las ventanas de la nariz, por la apretada boca que
espurriaba saliva, por los hijares convulsos. Me retorcía en el sillón.
-¡Chiquilla...
delicioso! Vales cuanto pesas, te lo aseguro... Ven acá, te voy a plantar un
beso... porque no quiero plantarte una azotaina.
La
acaricié como a un niño chiquito, y proseguí:
-Muy
bien. ¿Conque estudiar y ejercer una profesión? ¿No sabes que las mujeres no
pueden? Te vestiremos de hombre...
-Sí
pueden -respondió con gran aplomo-. ¿Usted cree que yo no he preguntado? Cuando
quiero saber una cosa... se la pregunto hasta a las lápidas de seguros mutuos y
a los guardacantones. He charlado largo y tendido con el señor de Moragas.
Puedo estudiar las asignaturas en el Instituto, en la Universidad o en mi casa;
examinarme como alumno oficial, o como alumno libre. Y si sigo la carrera de
medicina, puedo ejercerla; hay señoritas que la ejercen. Además, con el tiempo,
ya nos permitirán que ejerzamos otras profesiones. ¿Por qué se ríe así? ¿Tengo
en la cara una danza de monos?
-En la
cara no... Tienes en la cabeza una olla de grillos. ¿Qué quieres: que esté
serio cuando ensartas despropósitos?
-Sí
señor... Yo bien seria estoy. No es cosa de risa.
-Es que
si no riese, te remangaría las faldas... y ¡pum!
-¿Por
qué? ¡Me va a decir por qué!
-Vamos,
vamos, juicio... Mete esa cabeza en agua fresca, y que se te quite la fiebre.
Como yo vuelva a oírte barbarizar... Hija mía. Dios hizo a la mujer para la
familia, para la maternidad, para la sumisión, para las labores propias de su
sexo... ¡de su sexo! No lo olvides nunca, y que nadie tenga que recordártelo, o
serás la criatura más antipática, más ridícula y más despreciable del mundo:
un marimacho; ¡puh! La mujer a zurcir medias... no se ha visto no
se verá nunca que truequen los papeles a no ser en San Balandrán.
-Pues sí
señor que se ha visto -respondió con brío la muñeca, reprimiendo trabajosamente
una lagrimilla de rabia-. Porque mamá le mandaba a usted y usted obedecía a
mamá lo mismo que un borrego. ¿Y sabe en qué consistía? En que mamá tuvo más
disposición para el mando que usted. Cada quisque debe hacer aquello para que
tiene disposición. ¿Dios me da a mí talento para estudiar? Estudio. ¿Dios le
dio a Froilán disposición para jugar a la billarda y tirar piedras? Que juegue
y que las tire. ¡Y vamos! es una picardía muy gorda eso de que las mujeres,
cuando sirven para esto o para aquello... hagan precisamente lo otro y lo de
más allá. Yo sé barrer y coser y cuidar de una casa, y sé criar un chiquillo,
como crié a las gatas monas... pero me gusta estudiar, y estudiaré. ¡Sólo
faltaba! Aquí todo el mundo se pronuncia para hacer disparates... Pues me
pronuncio yo para hacer una cosa justa y buena. Quiero estudiar, aprender,
saber, y valerme el día de mañana sin necesitar de nadie. Yo no he de estar
dependiendo de un hombre. Me lo ganaré, y me burlaré de todos ellos.
Todavía
prevaleció en mí la risa contra el enojo, y seguí echando a broma la
estrambótica resolución de Feíta, que ni era posible que pasase a mayores ni
debía en buena ley considerarse más que como una genialidad cómica. Sin
embargo, me contrariaba su insubordinación, porque repitió con entereza que
estaba decidida a no auxiliarme en lo referente a las lecciones de Froilancito
ni en el gobierno de la casa.
-No,
papá, no me meto más en eso, se acabó -decía con insistencia en que ya se
advertía la tenacidad de la mujercita formada, y el desarrollo repentino de un
carácter-. Atenderé a las gatiñas, sobre todo ahora que doña Milagros no las
atiende; las atenderé, porque las quiero mucho y me dan lástima; no bajaré a
casa de Llanes, ya que usted lo prohíbe... pero en cosas de mis hermanas
mayores no me mezclo: no y no. Papá, para disponer hay que tener mando, y para
tener mando hay que tener autoridad; yo no la tengo; soy una chiquilla; y usted
no está para guardarme las espaldas, porque su genio de usted es... así... ¡ya
se sabe! Froilán se me repone; y las otras... ¿Vio cómo pegaba Tula en la mesa
una noche? Pues mire... ayer.
Desabrochó
el puñito del delantal-blusa, y subió la manga, enseñando un cardenal, o por
mejor decir, una magulladura profunda más arriba del codo.
-Esto fue
que ayer Tula quería arañarme, porque la amenacé con contar a usted lo del cojo
si le seguía escribiendo papelitos... Saqué uñas para uñas, y nos peleamos; yo
la eché contra la pared, y ella me arreó piñas en la cabeza y luego en el
brazo: parecía un basilisco... Papá, bien debe usted conocer que no es para mí
el gobernar la casa. Si me da un duro, me lo despabilarán en sus caprichos
antes de que yo pague con él la cuenta. ¡Gracias! Mejor lidio con las presas de
la cárcel que con mis hermanitas.
Me
contrarió sobremanera la actitud de la muchacha. ¿De modo que ya -sobre
faltarme doña Milagros, la dulce confidente- me abandonaba el diablejo, el
marimacho angelical, la activa organizadora, mi sostén de los primeros días?
Aquella
tarde Rosa vino a decirme que «estaba desnuda», que iba a aliviar el luto, y
que ella y sus hermanas necesitaban ropa «como el pan»; y Argos, si no pidió
moños, ni cosa que lo valiese me causó mayor disgusto: desapareció de casa a
eso de las tres, aunque salí escapado a buscarla, no la encontré en la iglesia
ni en parte alguna. A las ocho dadas regresó, con los ojos extraviados,
demudado el rostro, la respiración congojosa; la oímos que se dejaba caer en la
cama, sin desnudarse, suspirando hondamente. Salí; compré un candado; lo mandé
colocar en la puerta, y me tomé el trapajo de ir a abrirlo cada vez que era
preciso salir o entrar. ¡Qué infierno!
Es el
caso que, desde el mismo instante en que me decidí a poner el candado, cesó de
hacer falta.
Argos, al
día siguiente de su escapatoria y de mi larga e inexplicable ausencia, fue
acometida a la madrugada de violenta convulsión, lo cual al pronto no nos
alarmó extremadamente, porque la habíamos visto muchas veces de aquel modo.
Aplicamos los remedios conocidos, pero nos preocupó que a la excitación
sucediese una especie de estupor letárgico. Dispuse que avisasen a Moragas, y
criada volvió diciendo que el doctor había salido la víspera, llamado
precipitadamente, para un enfermo de mucho peligro, al pueblecillo de Roblas,
célebre por sus aguas minerales. Roblas dista cuatro leguas de Marineda; no
había que pensar en Moragas, opté porque buscasen al facultativo que viviese
más cerca y más a mano estuviese. Y por convenir sus señas con estas, accedió
don Dióscoro Napelo, viejo y rutinario practicón, de los del tipo clásico, que
no han abierto en su vida una revista francesa ni alemana y mantienen cierta
saludable prevención contra los remedios modernos, y un entrañable amor a las
fórmulas que aplicaron en sus juventudes. Como quien cierra los ojos y se
entrega en brazos de la suerte, introduje al buen señor en el cuarto de mi
desgraciada hija, a la cual rodeaban sus hermanas, locas de miedo, pues la
creían expirante.
Ordenó
don Dióscoro que saliesen las muchachas y se inclinó sobre la enferma, a quien
habían depositado encima de la cama, vestida con la holgada bata de estameña
-el triste hábito, semejante a un sayal-. Tenía el rostro muy
rubicundo, los párpados hinchados y entreabiertos, empañado el brillo de los
ojos, turgentes los labios, y la lengua asomando entre los dientes, cual si no
cupiese en la boca. Empecé a llamarla a gritos, con ansia amorosa y lastimeras
voces; sin duda me oía, pues al repetir yo su nombre se esforzaba en pestañear,
pero al punto volvía a quedarme inmóvil. Era su respiración frecuente, luctuosa
o entrecortada, y sus pies desnudos estaban helados y cárdenos. Por orden del
señor de Napelo traté de desviar con el rabo de una cuchara sus apretados
dientes y hacerla tragar un poco de agua y éter, pero el líquido se deslizaba
sin acción rebozaba por las comisuras de los labios. La pellizqué, la apreté la
muñeca, y permaneció insensible. Sus pulsos no se descubrían en parte alguna;
sólo sobre el corazón parecía advertirse un obscuro diástole.
-¡Está
muy grave! -grité detrás del señor Napelo cuando este apoyaba su mano bajo el
seno izquierdo de la enferma-. ¡Se me muere!
-¡Ya verá
usted cómo no! -respondió el viejo, en tono afirmativo e imperioso-. Me atrevo
a responder... y si el señor Moragas, a su regreso, critica las medidas
adoptadas por este modestísimo compañero... ¡dígale usted que yo no sé curar
por la nueva! A mis aforismos me atengo. Ubi stimulus, ibi afluxus. Venga una palangana... trapos
de lienzo... Envíe usted a la farmacia, inmediatamente, por vejigatorios y
cáusticos de los más enérgicos... Y todo volando, volando... porque ya conozco
este mal, y otra vez que lo asistí en una señora de más edad que su hija de
usted, hice traer, con los medicamentos, ¡la Santa Extremaunción!
Puede
calcularse cómo estaría en tales momentos mi casa. Dábamos vueltas sin
entendernos, unos buscando las camisas viejas para hacer vendas y trapos, otros
disponiéndose a asaltar la botica, esta trayendo, en vez de palangana, una
ensaladera, la otra llorando con hipo angustioso en un rincón. Mis manos
trémulas sostuvieron la palangana; el viejo sacaba ya de una carterilla de zapa
la lanceta, cuyo acerado brillo me hizo daño a los ojos. Crucificada por dos
vejigatorios en la espina y el vientre, envueltas en sinapismos las plantas de
los pies. Argos continuaba sin dar más señal de vida que la fatigosa y
entrecortada respiración. Don Dióscoro se acercó; alzó la floja manga del saco,
y quedó descubierto un brazo inerte y marmóreo; con rápido movimiento practicó
la incisión en la vena, y al pronto no corrió la sangre; por fin rezumaron
gotas negruzcas. Sentí que no podía resistir tal espectáculo, y a punto estuve
de caer al suelo. Feíta, de pie detrás de mí, me arrebató la palangana de las
manos, diciéndome:
-Salga un
poco, que se le ha puesto muy mal color... Yo basto... Clara me ayuda.
Salí en
efecto, y abatidísimo me dejé caer en un sofá. No sé cuánto tiempo
transcurriría así, porque el dolor a veces tiene la virtud del placer: hace
insensible el curso del tiempo. Oía el ir y venir azorado de mis hijas; notaba
alrededor mío esa trepidación peculiar de los instantes en que se lucha con la
muerte, y vi pasar a Clara llevando en las manos un frasco oblongo de cristal.
La llamé; pregunté alarmado qué era aquello; y la futura monja, sin responder,
lo colocó sobre la mesa. Al trasluz del agua turbia, vi una cosa horrible: un
enjambre de delgados y enroscados viboreznos, de piel verde esmeralda con
manchas sombrías, se agitaba adhiriéndose a las paredes del frasco. Escuálidas
ahora como lombrices, dentro de poco aquellas fieras estarían hechas una
boytarga asquerosa, digiriendo la sangre de las venas de mi hija...
-Ha
costado -exclamó Tula excitadísima, acercándose a la mesa- Dios y ayuda el
encontrarlas. Ya no hay sanguijuelas más que en la barbería de Redondo. El hijo
es el que las proporciona, ¿no sabe usted? ese muchacho pintor que decoró las
casas de don Juan Achinado... Dice que por casualidad tenían una docena... Ha
sido tan atento que las trajo él mismo.
Al punto
se entreabrió suavemente la puerta de la sala, y un mozo moreno aceitunado,
patilludo, ojinegro, rechoncho ya a pesar de sus pocos años, que no pasarían de
veintiséis, murmuró obsequiosamente:
-Don
Benicio, dice papá que si hacen falta más... que aún podrá buscarlas por ahí.
-Dios se
lo pague -respondí dolorosamente-: estimo el favor, y agradeceré que vengan
pronto.
-Pues
volveré con ellas -indicó el pintor, desapareciendo por el foro.
Jamás he
podido comprender -reflexionando después sobre el método antiflogístico que con
Argos se puso en práctica- cómo a la pobrecilla le quedó en el cuerpo gota de
licor vital. Para abreviar el relato de sus tormentos, diré que la administró
el valiente discípulo de Broussais nada menos de cinco sangrías, sustrayéndola
más de diez onzas de sangre; y a la vez la aplicó al plano alto de los muslos
veinticuatro rabiosas sanguijuelas -pues la segunda docena la trajo luego, y
muy solícito, el hijo de Redondo-. Yo no conozco tus arcanos, ¡oh arte de
curar!; yo no soy el llamado a decidir entre dos siglos médicos armados el uno
contra el otro; yo respeto profundamente la ciencia, y la sabiduría, y los
adelantos, y los descubrimientos, gloria de las eminencias contemporáneas; yo
no descreo del progreso, ni es mi ánimo retroceder a los ominosos tiempos en
que era peor, o sea más temible, el remedio que la enfermedad; pero yo debo
también atribuir a cada cual lo suyo, y proclamar a la faz del mundo entero que
con su lanceta y sus anélidos verdes, mi don Dióscoro Napelo sacó a flote a la
moribunda Argos.
A las dos
primeras sangrías, se calentaron un poco las manos y los pies de la muchacha. A
la tercera, en vez de sangre negra y semicoagulada, empezó a brotar un caño
rojo y vivo. La piel se humedeció ligeramente y la temperatura fue menos
cadavérica. Y por último, cuando el señor de Napelo, tomando una plumita de
gallina empapada en tintura de asafétida, la introdujo en las fosas nasales de
la paciente para provocar un estornudo salvador, la muchacha no estornudó, pero
empezó a moverse y a quejarse con expresiones interrumpidas y balbucientes, que
indicaban el trastorno de las facultades cerebrales. En seguida aparecieron sus
pulsos, aunque muy lentos, profundos e irregulares, y por instantes fue
vitalizándose su rostro. La dimos unas cucharadas de caldo y las tragó bien;
poco después -a la tarde- el pulso latía con libertad y blandura, y aunque la
calentura fuese alta e intensa, viose claramente que estaba conjurado el
inminente peligro.
El
practicón me lo advirtió con una sonrisa confidencial y en términos sencillos y
llanos. «Animarse, que ya pasó lo peor. Ahora no es nada. Habrá que alimentarla
bien: cosas muy nutritivas y muy tónicas, porque va a quedarse debilísima, y la
suma debilidad no nos conviene tampoco. En fin, esto correrá de cuenta de don
Pelayo Moragas... Y usted no se acoquine. Yo soy padre también... Desgracia y
muy grande considero el tener hijas en un mundo tan ignorante, que está sobre
poco más o menos a la altura de los tiempos en que Areteo de Capadocia
diagnosticó por primera vez el mal que padece esta señorita, y que suele
llamar histeria. El injusto mundo, señor don Benicio, hace a las
doncellas responsables de este mal... cuando este mal es precisamente un
certificado público de vida honesta y de pureza incólume, pues las mujeres que
se entregan a desarreglos como el varón, apenas conocen tan terrible
padecimiento. ¡Ah! -añadió el facultativo-. Por si acaso... las sanguijuelas
que las estrujen, para que suelten lo que chuparon y puedan volver a servir».
Feíta se
encargó de operación tan cruenta, y sus finos deditos estiraron el monstruoso
cuerpo de las sanguijuelas llenas como odres. Echolas luego en agua clara a fin
de que se avivasen y volviesen a sentir sed de sangre humana... Y como la
enferma necesitaba reposo, yo cerré las maderas y me instalé en una sillita
baja, velando su calenturiento sueño. Estaba a obscuras la habitación
silenciosa e impregnada de olores farmacéuticos; y... ¡no ocultaré mi flojedad!
reclinando la cabeza sobre la durísima esquina de la mesa de noche... me quedé
dormido como una marmota. Era que indudablemente los disgustos, los sustos, las
impresiones fuertes, las emociones, me habían rendido... Lo cierto es que me
amodorré. Y cuando llevaba de siesta... no sé cuánto, tal vez un cuarto de
hora, el ruido de una respiración agitada me despertó... No era de la enferma,
sino otra que yo conocía bien, que había comparado mil veces al aleteo de la
asustada paloma... Sí: allí estaba doña Milagros.
Me
pareció su presencia cosa natural. En el momento de trasposición del sueño a la
vigilia, ningún hecho nos sorprende: conservamos la credulidad del durmiente,
que vuela sin alas, y en realidad, dentro del modo de ser de doña Milagros, no
tenía nada de admirable el que se me presentara olvidando mis desprecios. Por
otra parte, apenas tuve tiempo de reflexionar, porque la comandanta, poniendo
un dedo sobre los labios, me hizo expresiva seña de que no debíamos hablar
allí; después, con el mismo dedito, apuntó a la puerta, indicando que tenía que
decirme algo de suma importancia.
Me
levanté y de puntillas las seguí a la galería, que comunicaba con la sala y
también con los dormitorios. Al salir a la luz cruda del sol, reverberada por
el mar y que caía a torrentes en el cierre de cristales, me impresionó advertir
el cambio del rostro de la señora. La expresión de malicia infantil e ingenua,
de bondad humorística y alegre franqueza derramada por sus facciones y
rebosante de su boca y sus ojos, había desaparecido, siendo sustituida por una
mezcla de angustia indecible y morboso abatimiento; sus párpados estaban
hinchados, contraída su boca, y se veía que reprimía a duras penas las lágrimas
que querían saltársele. Parecía como si de pronto la hubiesen echado encima
diez años; entre el negro pelo, dos o tres canas, en que yo no había reparado
nunca, brillando al sol, aumentaron aquella impresión de madurez triste y
dolorosa, de mujer sola y sin afecciones que la consuelen de la edad. Mi
corazón se hizo papilla, se liquidó... aun antes de que ella exclamase:
-¡Ay don
Benisio! Tenga compasión de esta infelis... No puedo ma; se me acaba la cuerda.
En mi vía, desde la muerte de mi madre, recuerdo pena como la presente.
-¿Qué le
sucede a usted, señora? -respondí esforzándome en conservar la dignidad de
quien está cargado de razón.
-Me
suceden varias cosas y toas muy gordas, muy gordísima; pero en particular me
sucede que no me acostumbro a vivir sin ver a las gemeliyas y sin cuidarlas y
sin besarlas. Como cada hijo de vesino tiene su cacho de dignidá, y no es una
de palo ni de corcho, ni está acostumbrá a que la digan atrosidaes... yo... a
la fuersa... en los primeros momentos... hise juramento solemne que ni volvería
a pisá su casa de usté, ni a crusarle saludo. Porque mire usté que le he cogío
yo ley a esta casa desde que les trato, y mire usté que en ella he recibío
bofetás y coses en el arma... Pero soy de esta hechura y no de otra; soy de la
condición de la hiedra, que se arrima y se agarra y se abrasa, y no se pue
apartar ya del árbol sin secarse... Es una condición mala, detestable, y daría
argo porque me fabricasen un corasón de metal muy nuevesito y muy reluciente,
que fuese a modo de reló, ¿comprende usté? de esos que se les da cuerda, y ya
están en marcha para un año, sin discrepar ni un segundo... Eso me hace a mi
farta; el relojiyo, y no esta porquería de corasón de manteca, que se le sale
el cariño por toos laos como harina por criba rota. Me vasté a desir por qué
regla de tres estoy yo aguantando en esta casa desaires de ca cual, groserías
de su mujé de usté (que en pas descanse) jetas torsías de su hija Tula,
impertinencias de los criaos, y hasta de usté -de usté, santo varón- el chafo y
el sonrojo de la Era cristiana. Yo tengo, gracia a Dio, con que vivir; en mi
chosa no debía echar na de menos; mi marío, a su moo, me complace y me trata
bien; sólo me farta, como dijo el otro, sarna que rascá... y mire usted por
donde diantre se me pone en el periquito del condenao corasón prendarme de
ustés, pero sobre unos de las dos reina gitana... Y aquí estoy en disposición
de tragarme las injurias y hasta de dar gracia por eya, con tal de que me
consienta usté tener en bracos a los dos cachos de sielo. No crea usté; yo
misma me río de mí misma, señó don Benisio. Si conosco mi tontera; si la
conosco. Que esa niña ni son mía ni cosa que lo valga; que no me deben na, ni
yo a eyas, ni a usté, ni ese es el camino... Corriente, enterá ¿Y qué le hago
si me voy tras ellas lo propio que si me hubiesen salío de la entraña? ¿Qué le
hago, si desde que me las privan no encuentro gusto para na? ¿Y si me consumo y
me acabo? ¿Qué hago, a ver, dígamelo usted?
Me quedé
perplejo. La no fingida aflicción de la señora, su desmejoramiento, la
elocuencia desordenada con que expresaba aquel extraño amor maternal electivo por
mis últimos retoños, me conmovían profundamente; pero creíame en el deber de
resistir a tal emoción, y de llevar adelante mis propósitos de desvío y
ruptura.
-Me
aflije usted, doña Milagros -murmuré- y me aflije usted en momentos bien
tristes de suyo, porque no debe usted de ignorar que la pobre Argos por poco se
nos muere, y aún quién sabe lo que será de ella. Tengo demasiadas penas, doña
Milagros, créame usted, y no venga a doblarme la carga pidiendo imposibles. No
me obligue a dar razones de mi determinación, porque tampoco me agrada que
usted pueda decir que la trato mal. Por Dios, no me agobie; comprenda que no
podemos ser amigos como antes... y, retírese, se lo ruego.
-¿Retirarme?
-exclamó ella briosamente, con cierto gracioso desgarro chulesco muy en armonía
con su tipo físico-. No en mis días, hasta que usté se entere; porque está usté
en Belén, hijo, en Belén, a consecuencia de haser caso de cuentos, enreos y
chisme... Si en ves de creer a esos despellejaores viene usté a mí y me
pregunta ¿Milagro, qué hay de esto y de lo otro? ¡mejor para usté y retemejor
para mí! Pero usté se traga las bolas, se enfurruña, me echa con cajas
destemplás... y aquí se ha enredao una madeja que el desenredarla va a costá
sudore.
-Si no se
explica usted más... -exclamé a mí vez.
-Allá
voy... ¿No se trata de Visente?
Bajé los
ojos y sentí que me encendía de vergüenza al oír aquel nombre que tantas
vueltas venía dando en mi perturbada imaginación.
-De
Visente... no tuersa usté la jeta, ¡mala persona!; de mi cortejo... ¿No dise
usté que ese es mi cortejo? Vamo, dígamelo usté en mi cara, en mi misma cara...
sin empacho. Pensarlo habrá sío lo feo; que desirlo...
-Doña
Milagros... ¡por lo que más quiera! -murmuré-. Me está usted dando un rato muy
cruel... y no lo necesito; crea usted que me gastan los disgustos de puertas
adentro.
-No, no
se sofoque usté, abaníquese, refrésquese... y a los demás, ¡que no parta un
rayo! -prorrumpió la comandanta-. ¿Se cree usté que es el único a tragar quina?
Pues toos tenemos nuestra alma en el almario... Pa no cansar, ¡porque está usté
como un chiquiyo, Neira!, hasta el otro día que usté me dio aquel bofetón, yo
mardito si pensé que a ningún alma negra se le podía pasá por la cabesa
criticarme con el criao... Bajo con él y le digo que Visente se tiene que ir de
mi casa; que se ha hecho muy insolentón y muy holgasán, y que no me conviene ni
chispa...
-¿Eso es
verdad? -grité con un gozo tal, que me temblaban las manos y el cuerpo todo.
-No, que
e mentira -contestó remedándome.
-¿Y... ya
se ha ido? -añadí, con la sonrisa que deben de tener los bienaventurados en el
cielo.
-¡Irse!
Allí está el hueso, el hueso malo de roer... No le da la gana al señorito, y
Tomás es tan lerdo, que por má que le digo no acaba de plantarle... Tendré que
cantar claro. Y canto. ¡No que no! Mal me conoce ese chaval si piensa que no he
de ser a la postre franca con mi marío. Y a serlo con él, voy a serlo también
con usté. Los despellejaores tenían media rasón. Visente se ha atrevío ¡el muy
naranjo! a desirme que no se larga porque no puede viví sino a mi vera; que con
eso se contenta; que nunca ha solisitao más... pero que si le quitan eso sin
motivo arguno, la menor determinasión será pegar fuego a la casa; y de que arda
y ardamos todos... verá lo que hase después.
Mi júbilo
era tal, que me decidí a tomar una mano de la señora, y a pasarla por los
húmedos ojos.
-¿Ve
usted? -tartamudeaba-. ¿Ve usted como era cierto? ¿Ve usted como ese tunante la
estaba a usted poniendo en ridículo? ¿Ve como?...
-¿Ve usté
como yo la he tenido a usté por una sirvengüensa?
-No, eso
no, doña Milagros; por Dios, no me diga usted eso, porque me mata... Perdón; se
lo pido de rodillas si quiere... ¡Si usted supiese el daño que me hacía pensar
mal de usted! Soy un necio, soy un malvado; pero perdóneme... ¡Diga que me
perdona! Ahora mismo va usted a tener a las gemelitas todo el día en brazos...
A ver, ama, Constanza, Feíta... que traigan a las pequeñas... ¡Si viese usted
qué monas están! -proseguí, como si la señora no las hubiese visto en un año.
-Bien;
pero ¿y el conflicto del bruto es, que quiere quemá la casa? -murmuró ella por
lo bajo, antes de que entrasen las niñas.
-¡Bah!
¡Quemar! ¡Fanfarronadas... barbaridades para asustarla a usted a imponérsele!
¡Con la escoba le barre usted... y al día siguiente, a ver si hay en Marineda
quien no hable de usted con el sombrero quitado!
A la
salida de uno de los sermones cuaresmales en San Efrén, Zoe Martínez Orante,
cruzando sobre el púdico seno las puntas del manto de granadina, rojo ya por el
uso, le susurró a Regaladita Sanz (que iba como siempre muy atildada y
peripuesta, de gabán de terciopelo negro y velo-toquilla bien prendido con
agujones de azabache), la siguiente estupenda noticia:
La
sorpresa de Regaladita fue tal, que a poco se la cae de las manos el Áncora
de Salvación y el paraguas de bonito puño cincelado.
-¡Ay!
¡Virgen María! ¡Qué me dice usted! ¡Pero si en Marineda nadie sabe nada!
Una
sonrisa de Zoe -sonrisa orgullosa que inmediatamente veló la humildad- pareció
decir con significativa ironía:
-Necia,
¿no había de ser yo la primera a saberlo?
-¡Ay,
Virgen! -repetía entre tanto Regaladita-. ¡Si me deja usted con un palmo de
boca! ¿Es cosa resulta... segura?
Nueva
sonrisita ambigua y desdeñosa de la Orante, que gozaba un placer divino al
asombrar a la pulcra devota de los salones, siempre atrasada de noticias y
siempre pronta a pasmarse por todo, como una simplaina que era.
-Ya, ya;
cuando usted lo dice... -murmuró Regaladita- sabido lo tendrá. ¿Y... eso...
es... por...?
-Claro
que es por esa pícara, Dios me perdone -refunfuñó la bien informada, arrugando
el gesto como si la obligasen a beber una copa de vinagre de yema.
-¡Pobrecita!
-suspiró tiernamente la Sanz, en quien solían encontrar dulce indulgencia las
flaquezas amorosas.
-¡Sí, sí,
compadézcala usted! -respondió con bilis la del manto rojizo.
-Como ha
estado tan mala, y todavía ni sale de casa ni levanta cabeza...
-¡Ay
hija, qué bondad la de usted! Mala habrá sido, para que la visitase el Padre
después del sofión y las despachaderas que la dio la última tarde que vino a
intentar confesarse con él. Demasiado lo oyó usted y lo oímos todas, cuando la
dijo con aquella voz... aquella voz suya... ¡Ya sabe usted! ¡la voz de cuando
se enfada de veras! ¡que había dejado de ser su confesor y, que ya no tenían
nada que hablar, ni a qué cruzar palabra! A mí nadie me quita de la cabeza que
al día siguiente fingió ella la enfermedad para que se ablandase el Padre.
-¡Ay,
Corazón de Jesús! No diga usted eso, Zoe, que hasta es pecado... Mire usted que
yo sé por la planchadora de la marquesa de Veniales -que la asiste precisamente
Napelo, el mismo que vio a la chica por no encontrarse en el pueblo Moragas-
que la dieron un horror de sangrías y la aplicaron una infinidad de
sanguijuelas... Se puso a morir, con un susto gravísimo.
-Mire
usted, ¡estoy por decir que más valdría!... siempre que la cogiese en buena
disposición.
-Vamos,
hija... eso es fuertecito. Hay que tener caridad. Todos somos pecadores...
aunque no tanto, no tanto; digo, al menos yo.
-Ello es
que el Padre se nos va -insistió la Orante con acento agorero y fúnebre- por
causa de esa mocosa perversa...
-Sí, es
lástima que nos quedemos sin el Padre; no nos vamos a acostumbrar, pero... ¿qué
se ha de hacer, Zoe? Los Padres Jesuitas, ya sabe usted que siempre andan así,
de un lado para otro... Es su instituto. Siento que nos le quiten, porque vale
muchísimo el Padre. Qué cosas tan poéticas dijo hoy de la gracia, comparándola
a... fuente límpida, ¿de qué?...
-De
cristalinas linfas celestiales... Otro así no vuelve por acá, Regaladita. Le
digo a usted que no. ¡Si no incurre en la... en la debilidad de confesar
polluelas!
-¿Y qué
va a suceder si se entera de la marcha del Padre la convaleciente? Hay que
encargar que no se lo digan...
-¡Al
contrario! -bufó la Orante con saña-. ¡Que comprenda la desgracia que ha
causado por casquivana y loca! Cuando llegó a mis oídos que se ausentaba el
jesuita, me impresionó más aún que a la indignada Zoe. ¡Noticia humillante! La
retirada del buen religioso se debía exclusivamente a mi falta de energía para
reprimir las insensateces de Argos. El Padre no podía hacer otra cosa sino
apelar a la fuga. Su política tenía necesariamente que ser la del poeta monje:
Huir, no
ya de la tentación, de antemano vencida, sino del escándalo, de la calumnia y
de la mofa, es lo único que le restaba a aquel varón prudente y sabio -en vista
de mi autoridad paterna era vano hombre-. ¡Qué mengua! ¡Qué idea tan triste
llevaría el sacerdote de mí! ¿Y qué iba a ser de mi pobre hija? Dios sabe a qué
extremos la arrastraría su funesta obcecación. Dios sabe si la amenazaba una
recaída mortal.
Convaleciente,
muy débil aún, Argos empezaba a levantarse y a andar un poco por la casa,
apoyada en el brazo de alguna de sus hermanas o en el mío. A su edad la
naturaleza repone pronto lo gastado; pero Argos había perdido tanta sangre, que
su mate palidez se transformaba en amarillez transparente de cera. En cambio
sus ojos magníficos lucían como nunca y el sufrimiento y la demacración
aumentaban el carácter expresivo de su fisonomía. Lo que empecé a notar con
asombro, al poco tiempo, fue su cambio moral. Con la sangre sustraída, parecía
haberla sacado también la lanceta del médico parte del alma, el punto donde
radicaban sus antiguas manías y delirios. La lanceta y los viboreznos chipones,
habían sorbido las calenturas místicas y románticas de Argos. Ni hablaba de ir
a la iglesia, ni intentaba practicar devociones, ni velar, ni ayunar, ni
enfrascarse en lecturas espirituales, ni dar una puntada en el manto de San
José; ni siquiera notó que pasaban domingos y días de fiesta y que no asistía a
la misa de precepto. No cabía duda: una crisis profunda modificaba su ser.
Hasta llegué a persuadirme de que había perdido la memoria de sus sentimientos
anteriores.
Una
tarde, a la hora reglamentaria de las visitas en Marineda, se nos presentó en
casa Regaladita Sanz, de veinticinco alfileres, alegando como pretexto que
deseaba ver a Argos y felicitarla por el restablecimiento de su salud. Sin
embargo, no tardé en comprender que a lo que venía la devota era a dar la
noticia de la marcha del Padre; y lo hizo con remilgos de gata casera y mimosa,
y con suavidades de enfermera de amor y casamentera asidua, acostumbrada tocar
sin irritarlas las llagas de los corazones. Pero, ¡oh chasco! ¡oh curiosidad
defraudada! Al oír el nombre del Padre Incienso, mi hija ni pestañeó; y al
escuchar que partía de Marineda tal vez para siempre, y que acaso le destinasen
a las misiones del Asia, la única señal de pena que dio, fueron estas palabras
cuerdas, naturales y sencillas:
-¡Ay!
¡Qué contrariedad tan grande! ¡Lo que lo va a sentir Zoe! ¡Y Paciencita
Borreguero, que dice que sólo el Padre la entendía! ¡Yo lo siento también
mucho, mucho! Dígaselo usted papá, si le ve antes que se vaya.
Ni una
sílaba más, ni sombra de alteración en el hermoso y descolorido semblante.
Entonces fue cuando me convencí de que mi hija había perdido el hilo de lo
pasado. Es imposible fingir así, y ya sabíamos que Argos no descollaba en el
disimulo ni en el arte de reprimir sus fogosas sensaciones. No era, no,
fingimiento; era que las sanguijuelas, con sus bocas de ventosa viva, la habían
extraído de las venas el maldito, el reprobado, el insensato amor. La negra
sangre que los dedos de Feíta hicieron escurrir de los abotargados cuerpos de
aquellos bichos asquerosos, era ni más ni menos que la nefanda pasión de su
infeliz hermana. No en balde suele decirse, cuando un afecto nos subyuga,
que lo llevamos en la masa de la sangre. ¡Benditas sanguijuelas!
Sentí habérselas restituido al pintorcejo, a quien desde entonces solía
encontrarme muy a menudo en la antesala o en la escalera, y a quien siempre
saludaba con simpatía y gratitud.
Entre
tanto el Padre Incienso dejaba a Marineda y se iba lejos, muy lejos, tal vez
con la perspectiva de convertir salvajes en remotas comarcas, de clima
insalubre, países donde en los pantanos derraman en el aire la fiebre y el sol
abrasa las carnes del misionero; huía expiando faltas que no había cometido,
evitando peligros que no existían ya, males que la sabia naturaleza había
conjurado y desvanecido con su hálito puro. No de otra suerte, ganada ya la
batalla, el soldado que no oyó el toque de alto el fuego sigue batiéndose hasta
morir.
Por
momentos, Argos se restablecía físicamente también, y, ¡oh vista deliciosa para
mis paternales ojos!, renacía en ella la natural afición de las muchachas a
acicalarse y componerse. Empezó por demostrar vivo deseo de sustituir con ropa
más propia de su edad y estado el informe y feo sayo del hábito del Carmen; y
como las demás niñas creían llegada la ocasión de cambiar el luto riguroso por
el medio alivio, la casa se convirtió en taller de modista, y todas prepararon
galas para salir los días de Semana Santa a los Oficios y a la visita de
Estaciones. Doña Milagros nos transmitió el convite de la Generala, comisionada
por la Hermana mayor de la Cofradía a fin organizar la procesión de la Soledad,
para que mis hijas fuesen alumbrando; y con tal motivo, la generosa andaluza
sacó a relucir una completa colección de mantillas de blonda y casco y regaló
una a Tula, otra a María Rosa, y la mejor, que era larguísima, a la
convaleciente. En vano quise oponerme a tal rasgo de munificencia; me desarmó
la alegría de las muchachas, que no cesaban de probar y volver a probar el
suntuoso regalo ante el espejo. Clara fue la única que, con su buen sentido
práctico acostumbrado, exigió que no la hiciésemos traje, puesto que en mayo, a
más tardar, empezaría su noviciado en las Benedictinas.
Cuando el
enjambre juvenil se echó a la calle a visitar iglesias, luciendo los trajes
majos, de seda negra arrasada, profusamente adornados con cintas, y las
mantillas sujetas con unos alfileres de piedras antiguas que habían pertenecido
a mi Ilduara, produjo sensación. Halagüeños murmullos de los hombres apostados
a la puerta de San Efrén, donde se celebraban los Oficios, saludaron el paso de
la gentil cohorte. Un grupo donde se destacaban Baltasar Sobrado, el Abad,
Primo Cova, el Jefe de Estado mayor, el Gobernador civil y el hijo de la
marquesa de Veniales, exageró las demostraciones de entusiasmo al paso de las
muchachas. A la luz del sol, no cabía duda, el triunfo era para Rosa. La
frescura deslumbradora de su tez, la gallardía de su talle, la plenitud esbelta
de sus formas, la alegría de su cara, el carmín de su boca, la graciosa
disposición de su pelo castaño y rizo, el donaire de su andar, hacían de ella
una hermosura indiscutible. Parecía efectivamente una rosa sembrada de rocío,
o, por mejor decir, era la primavera misma que pasaba dejando un rastro de
aromas, armonía y luz. Pero aquella noche, en la procesión de la Soledad, tornó
su desquite Argos divina.
Ya he
dicho que tal vez el síntoma más claro del restablecimiento moral de mi hija,
era la reaparición del instinto de agradar, que casi todos los seres animados
sienten en el período de los amores y que en la mujer ha sido desarrollado y
reforzado por la educación desde la cuna. Argos había vuelto a mirarse al
espejo; Argos ya consagraba largas horas a la magna tarea de desenredar,
limpiar y atusar su cabellera; pesada y abundosa y al escoger el atavío con que
debía presentarse en público, demostró un interés que me parecería increíble
dos meses antes. Asociada con Rosa, consultó figurines, examinó patrones,
revolvió muestrarios de flecos y adornos, y al fin se decidió, eligiendo, con
el gusto delicado y artístico que solía probar citando se fijaba en cuestiones
de modas, una forma sencilla lisa, rasa -hechura princesa-, según
dijeron.
La noche
del Viernes Santo, poco antes de la hora en que debían reunirse en la sacristía
de San Efrén para formar luego el séquito de la Virgen, mis hijas mayores,
ayudadas por la solícita comandanta y por las menores, que no cesaban de
admirar los estrenos, daban la última mano a su tocado y se contemplaban por
turno en espejo que coronaba la consola, sobre la cual habían encendido las
bujías de dos candelabros. Dijérase que se preparaban para un baile, cuando
realmente iban a acompañar en mi soledad a la Madre del dolor. Lucían los
vestidos de seda, y en su cabeza y sobre sus hombros, la clásica mantilla
derramaba negras espumas. A todos nos pareció que Rosa estaba, si cabe, más
linda que por la mañana; a Argos, en cambio, la encontramos demasiado pálida, y
con los ojos tan excesivamente grandes, que se le comían la cara al alumbrarla
como diamantes obscuros. Así que se abrocharon los guantes, se enroscaron el
rosario en la muñeca, y deslizaron entre la blonda, al lado izquierdo, un
ramito chico de violetas tardías, se puso en marcha el escuadrón, capitaneado
por doña Milagros, también vestida lujosamente, de un brocado «que se tenía de
pie».
Los que
quedábamos en casa apagamos todas las luces, echamos la llave, nos bajamos al
piso de doña Milagros, y ocupamos inmediatamente las ventanas, a fin de que
pasase la procesión sin que la viésemos. Porque a diferencia de las demás
procesiones, que se anuncian con estruendo sonoro de músicas militares,
redobles de tambor y choque de herrados cascos de caballos sobre las anchas
losas del pavimento, esta de la Soledad va tan muda, en silencio tan profundo,
que el pueblo la ha bautizado con el expresivo nombre de procesión de
los calladitos. Diríase que un tierno respeto a la desolación y al abandono
de la Virgen, un recelo de turbar mi triste ensimismamiento, han presidido a la
idea de esta procesión bella y singular, que es -a su manera- obra de arte.
Abrimos
las vidrieras. Tibio céfiro de abril abanicaba dulcemente las cortinas: la
noche había cerrado por completo; en el cielo despejado y alto, las estrellas
titilaban, la gente se agolpaba ya en la plaza, y en la bocacalle más próxima,
la del Canal, se arremolinaba un grupo de hombres, figuras conocidas -el
elemento joven y galán de la población-. Era la presencia de este grupo señal
infalible de que la procesión se aproximaba, pues los caballeretes que lo
componían se las ingeniaban siempre para situarse en las bocacalles, esperando
el desfile de las devotas que alumbran a la Virgen, con objeto de decirlas al
oído, o como se pudiese, todo lo que sugiere a un español, en una noche de
primavera, la vista de mujeres jóvenes, bien parecidas, graves, serias, de
negro, con mantilla y un cirio en la mano.
La
procesión, formada en la iglesia de San Efrén y habiendo dado la vuelta a la
Capitanía general, bajaba ya la cuesta del marisco, y un susurro de la gente
mirona anunciaba que se la sentía venir, que llegaba. En efecto, no tardamos en
divisar las movedizas líneas paralelas de las luces de los cirios. La doble
hilera de mujeres -porque en la procesión de la Soledad no alumbra ningún
hombre- avanzaba despacio, solemnemente, con acompasado y rítmico andar. Venían
las primeras las hermanas de las cofradías de los Dolores, la Soledad y la
Orden Tercera: gente humilde y artesana, llena de fe, vestida de hábito o de
lana gruesa, con el escapulario muy a la vista, descollando sobre la espalda y
el pecho. A estas devotas -entre las cuales se contaban muchas encorvadas
vejezuelas, muchas mozas de rostro feo y vulgar- los grupos de las bocacalles
nada las decían, o las despachaban con burletas irónicas y mordaces, con
ronquidos de fingida codicia voluptuosa. El tiroteo empezaba al primer traje de
seda, a la primer mantilla garbosamente prendida y llevada. Estas se habían
replegado a retaguardia, muy cerca de la Virgen y alrededor de la Generala, que
presidía la procesión; y eran todas o casi todas las señoras de algún viso de
Marineda, las que no tenían el marido republicano intransigente y poseían un
pinto de gro y un rebozo de encaje. Fantástica impresión producía el verlas
avanzar sosteniendo el cirio con la mano enguantada, y divisar los rostros
iluminados por aquella luz intermitente, que arrancaba a veces mi destello al
broche de diamantes con que se sujetaba la mantilla o descubría de improviso la
blancura de una garganta, el rosicler de una boca, el coquetón y estrecho
calzado que aprisionaba un pie diminuto.
Ya, a lo
lejos, erguida en el aire, oscilando ligeramente -no más de lo preciso para dar
a su misteriosa figura apariencia de vida real-, se divisaba la venerada
efigie, la Virgen del Dolor. Luengos lutos negros, arrastrando y rebosando de
las andas, envolvían a la Madre de Cristo. Una sola espada, aguda y reluciente,
se hincaba en su afligido corazón. Sobre el pecho se cruzaban sus manos
delicadas y amarillas, como reprimiendo la ola de lágrimas que quería
desbordarse. Era conmovedora aquella imagen pobremente vestida, sin adornos,
sin bordados, sin joyas, sin más que dos gotas de llanto que al desprenderse de
los ojos brillaban sobre la surcada mejilla. El silencio absoluto hacía más
extraña la aparición, más temerosa la doble fila de enlutadas mujeres por cima
las cuales se cernía otra mujer, llorando, con el corazón partido. Sin duda el
efecto de la procesión consistía en que mientras las mujeres vivas, por su
mutismo y su compostura, parecían imágenes, la imagen, vestida como las que la
escoltaban, parecía mujer de carne y hueso.
Baboso a
fuer de papá, lo que yo miraba de la procesión eran mis hijas. Al fin las
divisé: me las anunció un rumor de muchedumbre, un anhelante y tempestuoso
arrechucho de los hombres apostados en las bocacalles. Creí al pronto que la
marejada la causaba Rosa, que en verdad venía hermosísima, con su traje de seda
de volantitos, su corpiño de terciopelo negro, y su mantilla de casco, de
terciopelo picado también. Poco tardé en notar que a quien aclamaban, digámoslo
así, no era a Rosa, sino a Argos que la seguía. Yo mismo no pude reprimir una
exclamación de sorpresa. Argos era la viva reproducción, la copia fiel, pero
animada, pestañeando, de la efigie de la Soledad.
Con su
traje liso; cubierta la cabeza por la mantilla larguísima, casi sin prender y
que descendía hasta el borde de la falda de cola; blanca como el cirio que
empuñaba, y con los incomparables ojos, no bajos, sino alzados hacia la Virgen,
Argos tenía en su belleza ese tinte sobrehumano que da la expresión, y que es
resplandor de alma, triunfadora del color, de las líneas, del elemento plástico
en suma. Siempre habíamos advertido en Argos notable semejanza con las
esculturas religiosas; pero en aquel momento, envuelta en la blonda pesada y
castiza que sobre sus hombros y alrededor de su talle formaba estatuarios
pliegues, con la diadema de sobra del cabello que encuadraba su rostro afinado
por la anemia, dificultó que pudiese artista alguno encontrar modelo más
admirable para una de esas caras en que el transporte místico sublima la humana
aflicción. En el teatro, representando un drama, con aquella actitud y aquel
rostro. Argos hubiese arrebatado a los espectadores, en la procesión arrebataba
a la gente, no sólo a los grupos de señoritos, sino a la muchedumbre, al pueblo
apiñado para verla, y que la saludaba con frases de entusiasmo, con requiebros
en alta voz, francos, brutales.
-Nunca
Dios me diera, ¡qué señorita!
-¡Parece
propiamente la Virgen!
-¡Vaya
unos ojos! Alumbran más ellos que las velas de esas beatonas mandilonas.
-¡Esta sí
que es moza, esta sí!
-Hay que
rezarle -exclamó un marinero.
-Podía ir
en las andas figurando a Nuestra Señora -recalcaba una cigarrera.
Bajo este
diluvio de piropos, Argos caminaba indiferente al parecer. Se podría jurar que
no escuchaba. Y sin embargo, no perdía mi acento, ni una sílaba. Bebía
calladamente la admiración, y su alma se impregnaba de ella como se impregna la
piel de un perfume insidioso y grato. Al llegar a casa, antes de quitarse la
mantilla, volvió a mirarse al espejo; se contempló mucho tiempo, un cuarto de
hora, reprimiendo la sonrisa que intentaba asomar...
Al otro
día, Sábado de Gloria, aún no bien se echaron a vuelo las campanas, la que yo
temía sepultada otra vez en delirios místicos corrió al piano, levantó
impetuosamente la tapa, hizo vibrar el teclado con acordes lánguidos y
melodiosos, y soltando su voz de contralto, timbrada por la pasión, entonó la
profanísima serenata de Gounod, Víctor Hugo. ¡Cómo cantaba!
¡Qué manera de acentuar ciertos pasajes; qué fuego, qué arrullos! ¡Aleluya! ¡La
mujer ha resucitado!... ¿Será para bien? ¡Argos, Argos divina! Volcán en
ignición, veleta siempre sacudida por desencadenados vientos... ¡Dios te tenga
de su mano!
¡Imborrable
recuerdo el que me dejaste, procesión de la Soledad! Y no sólo porque en ti
resucitó mi María Ramona, sino porque señalas la fecha de acontecimientos
graves y temibles.
Aunque
recobrara la fe en doña Milagros, no por eso dejaba de ver con extrañeza que la
señora no acababa de poner en la calle a Vicente. Si no supiese que con todo su
almacén de peinetas y moños y su gigantesca humanidad, el comandante era otro
como yo -otro marido de los que abdican y dejan que recaiga el mando en rueca-,
a él acusaría por lenidad tan inconcebible. Dado que al señor de Llanes le
excusaba su sumisión conyugal, la responsable era doña Milagros. ¿Cómo permitía
que el asistente permaneciese en su casa ni un minuto?
-Mire
usté, es una tontera -respondió ella cuando la interrogué sobre el caso al otro
día de la procesión de la Soledad-, pero le he cogío una miajas de respeto al
charrán ese. Al desirle que se largue comiensa a hasé morisquetas y a poné los
ojos de loco... y, vamos, que yo... como lee uno en los periódicos, a caa paso,
tales atrosidaes...
-Por
Dios, doña Milagros... ¡Parece mentira que una mujer como usted se acoquine! El
bergante la ha metido a usted en un puño... Nada, una buena resolución. Escoja
usted un momento en que el señor de Llanes esté en casa... Yo estaré también,
si usted quiere... No nos comerá a los dos... ¡Si usted supiese lo que la urge
limpiar la casa de ese pillo!
Esta vez
mis exhortaciones surtieron efecto. Aquella misma noche -según dijo- la señora
significó a Vicente que había resuelto, por razones poderosas, «plantarle en la
del rey», y ¡cosa singular!, el valenciano se oyó despedir silencioso, estoico;
se contrajo su fisonomía; pero de sus labios no salió, como otras veces,
réplica ni objeción contra el inapelable fallo que lo expulsaba. Cierto que el
comandante estaba presente y apoyaba la medida con toda su autoridad de jefe y
de esposo. Retirose el asistente cabizbajo, y se le oyó trastear en su
cuartuco, arreglando ropa y rompiendo algunos papeles. La compañera -pues la
comandanta tenía a su servicio una moza para fregar los pisos y atender a las
labores domésticas cuando el asistente salía a recados- dijo después que
Vicente había conservado encendida la luz hasta muy tarde, porque al levantarse
ella, al punto del amanecer, la vio filtrarse por debajo de la puerta; y
también añadió que, al regresar Vicente a la cocina después de despedirle sus
amos, como le reclamase una palma que el Domingo de Ramos la había prometido,
el soldado respondió pocas y fatídicas palabras:
-¡Ya
regalaré palmas a todos, ya!... El Domingo de Ramos pasó; pero lo que es el
Domingo de Pascua, ha de ser señalado en Marineda.
El
Domingo de Pascua, Vicente salió de su cuarto a la hora de costumbre, y se
dirigió al despacho, llamémosle así, de don Tomás, donde el comandante, por
despachar algo daba buena cuenta de los excelentes cigarros de contrabando,
obsequio de la Tomatera de Chipiona. Vicente arreglaba aquella pieza, sin
permitirse jamás tocar a los cajones de puros -tentación fuerte, sin embargo,
para un español-. No sólo barría y limpiaba, sino que cuidaba las armas del
comandante con esmero exquisito, haciendo relucir las hojas de los sables y los
cañones de los revólveres y escopetas, porque don Tomás, sin ser muy
aficionado, ni menos inteligente, había adquirido, por rutina y por vanidad,
algunos hermosos ejemplares de armamento moderno, encargándolos a Inglaterra.
Vicente permaneció en el despacho de don Tomás media hora escasa, y después se
sentó en la cocina, abstraído, rehusando el desayuno. A las nueve empezó a dar
indicios de agitación; giró como la fiera en la jaula, comenzó labores sin
concluirlas, se mojó la cara con agua fresca, rompió dos o tres platos, y
mostró pueril enojo porque tenía que embetunar las botas del comandante.
A las
diez de la mañana, la fámula salió a la compra, y se echó a la calle don Tomás,
dejando a doña Milagros entregada a la faena de prepararse para misa de once; a
la salida de esta misa, donde concurre toda la high-life de Marineda, la aguardaba su marido ante el
pórtico de San Efrén charlando con vecinos y amigotes. Parece que en el mismo
instante en que la comandanta, después de haber desenredado su pelo crespo y
negrísimo, alzaba los brazos para retorcer el moño, se abrió con el estrépito
la puerta de su gabinete, y penetró Vicente navaja en mano, con aspecto y
ademanes de insensato furioso. La escena que sigue a esta entrada de Vicente
merecería sin duda ser descrita y relatada; convendría saber -pero saber sin
omitir punto ni coma- lo que habló con su ama el mozo, y lo que ella, trémula
de espanto, pudo responderle. Por desgracia, jamás lo averiguaremos; nunca
aquel diálogo tremendo en que una mujer defendía su honra y su virtud contra un
hombre empeñado en profanarlas, será conocido de nadie. Las palabras volaron,
disipándose en el ambiente del aposento que las oyó resonar; las violencias de
la pasión se evaporaron como el agua de las salinas, que al beberla el sol deja
en el fondo amargor inmenso..., y lo único que quedó en pie fueron hechos, por
otra parte bien elocuentes.
Subía yo
a mi piso, oída la misa de diez, con ánimo de activar los preparativos del
tocado de mis hijas, parroquianas de la de once, cuando no sé si el cansancio
de mis piernas o un impulso maquinal -el del cariño, que tal vez se reduce a
una necesidad continua de aproximación- me obligó a detenerme ante la puerta de
doña Milagros. Y lo mismo fue pararme allí, que oír el estampido de un tiro, al
cual siguió otro, y otro... ¡Horror! Toda la carga de un revólver, disparada
seguidamente, con una especie de rabioso frenesí... Empujé la puerta, lo mismo
que si pudiese abrirla; grité, bajé al portal, salí a la calle... Y en un decir
Jesús, sin que yo advirtiese cómo, la gente que pasaba, la de las casas
próximas, la de la mía, acudió, se juntó, se atropelló, se agolpó en la
escalera, se arremolinó, rodeándome, queriendo saber lo que pasaba, cuando no
lo sabía yo mismo...
Entre
tanto, seguía cerrada la puerta; detrás de ella reinaba fúnebre silencio. A
nuestros campanillazos, a nuestros gritos, no contestaba un soplo, ni el eco de
unos pasos. Una gente propuso que se avisase al herrero; pero Redondo el
embadurnador, el de las sanguijuelas, que según costumbre andaba por allí, tuvo
una idea mucho más sencilla: traer la escalera que estaba en la portería, y ya
encaramado en ella, romper de un puñetazo el vidrio de un ventanillo que daba
luz al recibimiento, abriendo así entrada bien fácil, por donde se descolgó y
pudo franquearnos la puerta. Nadie reparó en que cometíamos una infracción de
la ley allanando una morada: todas las leyes del mundo infringiríamos entonces.
Fui el
primero que, frío de pavor, entró en la silenciosa vivienda. Guiado por el
corazón, me precipité hacia el gabinete de doña Milagros, pieza que la servía a
la vez de tocador y de cuarto de costura, y donde, con su graciosa familiaridad
habitual, me había hecho entrar mil veces. Era preciso pasar por la sala, y
creí escuchar un gemido leve, apagado, que me dejó más yerto de lo que estaba.
Aparté las cortinas; la puerta vidriera encontrábase abierta... Vi en el suelo
a la comandanta de Otumba. La veré siempre así. Yacía reclinada sobre el lado
izquierdo: un reguero de sangre empapaba sus faldas y extendía vasta placa roja
por su blanco peinador; el pelo suelto casi la cubría la cara; un brazo,
replegándose hacia la cintura, señalaba la actitud de oprimir la herida...
Mientras
yo me arrojaba a levantar en peso a doña Milagros y con fuerzas que nunca creí
poseer la llevaba a su alcoba y la tendía cuidadosamente sobre la cama;
mientras clamaba por «¡socorro, un médico!», y me apresuraba a bañar de agua
las sienes y los pulsos de la herida señora, porque la sentía respirar;
mientras perdía el poco seso que me restaba al ver correr la sangre y al
humedecerme con ella las manos, la gente, que se había desparramado por las
habitaciones, exhalaba chillidos y exclamaciones de horror al encontrar
atravesado en el despacho del comandante Llanes el cadáver de Vicente. La
furibunda mano del suicida había agotado la carga del revólver; sin duda le
temblaba el pulso, pues algunas cápsulas agujerearon la pared, mientras dos
penetraban por debajo de la barba y se alojaban en el cerebro. Refiriéronme
esto después: yo tuve la suerte de no ver aquel espectáculo.
Lo único
que me preocupaba en tales momentos era la señora. ¿Lo he de confesar? Sí,
porque ya sé que tú, lector, en el curso de esta historia habrás encontrado
toda clase de defectos que ponerme... excepto el de duro e inhumano. Pues bien;
así que el señor de Napelo, llamado precipitadamente, hubo cortado el corsé,
reconocido la herida y hecho la primera cura; así que doña Milagros abrió
lánguidamente los ojos y nos sonrió como para tranquilizarnos; así que el
inédito declaró que la lesión, no sólo no era mortal, sino levísima y que
cicatrizaría pronto, gracias a la oportunidad de la navaja que resbaló sobre la
ballena del corsé y tropezó después en no sé cuál bienhechora costilla, lo que
sentí fue, más que alivio y tranquilidad, alegría delirante, irracional,
absurda; alegría que me hizo caer arrodillado al pie de la cuna de la mártir,
bendiciendo a Dios que formó el alma de la mujer de tan generoso y noble
temple, que prefiere la muerte a la ignominia. Me sentía inundado, ahogado,
sumergido en gratitud; quería besar los pies de la cama y la colcha; porque
nada agradecemos como la conservación de nuestras caras ilusiones, el que nos
pisoteen las flores que nos brotan dentro del alma; y si podemos perdonar, y
perdonamos de hecho, al que nos roba dinero o bienes, nunca perdonamos al que
nos quita nuestra propia estimación destrozándonos el ideal. Si doña Milagros
hubiese sido la mujer liviana que pintaban las malas lenguas, yo no se lo
hubiese perdonado nunca. Su virtud me halagaba tanto como podría halagarme una
prueba de amor directa y vehemente: su virtud, ya heroica, ya adornada con las
palmas del martirio, era la forma en que correspondía a mi amante veneración;
era su manera de entregarse, de ofrecerme su corazón y su cuerpo. Ni ella ni yo
habíamos creído jamás que pudiese unirnos un indigno lazo, subrepticio,
vergonzoso, impropio de mi edad, antipático a mis convicciones: ni ella ni yo
-si se exceptúa un minuto de extravío del cual me acusé en el tribunal de la
penitencia- habíamos notado la mutua atracción que nos guiaba, sino como
fórmula del completo desarrollo de nuestros sentimientos más puros y más
castos; como última flor de la filogenitura. ¡Ah doña Milagros! ¡Mujer soñada
en mi juventud, bendita seas! Y al pie de la cama, con el rostro sepultado en
los pliegues de la colcha, juré yo entonces pagar tu admirable conducta con
algún rasgo admirable también, digno de ti y de mí y de la delicada hermosura
de nuestras relaciones -porque ya creí poderles dar en mi interior este nombre
dulce y significativo.
Sí: era
preciso que me elevase a la misma altura que tú, ¡oh mi dueña y maestra, ley y
norma de mi vida! Porque en aquella ocasión lo veía claramente; la única
persona que había realizado ante mis ojos el tipo de la bondad era doña
Milagros. Pronta a sacrificarse por todos; con el sentimiento más hermoso y más
santo en la mujer, que es la fraternidad, tan poderosamente desenvuelto que
absorbía los restantes; sencilla humilde, mansa, desprendida, tierna, doña
Milagros era la encarnación de lo bueno femenino. Para que el
cuadro fuese completo; para que no faltase pincelada alguna, ahora se había
demostrado del más evidente modo, que no sólo doña Milagros era la misma
honestidad, sino la honestidad heroica, dispuesta a arrostrarlo todo por no
mancharse. Yo no ignoraba sus temores; yo sabía que ella tenía previsto el
crimen. Una compasión ternísima, una dulzura llena de beatitud me inundaban al
pensar que a mí se debía la brillante prueba de integridad dada por la señora.
Y al mismo tiempo, me estremecía pensando en la terrorífica escena de que
habían sido testigos aquellas paredes; la infeliz, sola con el dragón furioso
sin poder oponer a sus amenazas y violencias más que el grito ahogado por el
miedo, viendo brillar siniestramente la navaja, percibiendo el frío de la hoja,
sintiendo correr la sangre, cayendo desmayada... Dios la había preservado: Dios
había querido que el monstruo no tuviese la mano certera sino para hacerse
justicia; Dios había resuelto dar a todos, al público malvado y suspicaz,
testimonio de que ni el armiño ni la nieve podrían emular a doña Milagros en
limpieza. Sí: yo veía en la bárbara y desesperada acción del mozo la huella
indudable de esa Providencia en la cual siempre he creído, y que de tiempo en
tiempo derrama su gracia y su luz sobre nosotros, para confundir a los malvados
y alentar a los buenos. El doble atentado de Vicente era diadema de gloria
puesta sobre las sienes de doña Milagros.
Entonces
fue cuando adquirió el plenísimo convencimiento de que una mujer, así sea
limpia y firme como el diamante, y así los sucesos la ofrezcan ocasiones
especialísimas de revelar estos méritos a la faz del mundo, siempre está
expuesta a que la calumnia halle resquicios por donde eclipsar el resplandor de
la acción más memorable y digna de encomio. Nadie lo dude: por unanimidad no se
ha proclamado todavía la castidad de una mujer, ¡ni aun de la que pisa las
estrellas y apoya el pie en la luna! ¡Por unanimidad no hay tampoco hombre
bueno, guerrero valeroso, sabio profundo ni excelso artista! La reputación es
un espejo grande, claro, hermoso, pero que siempre en alguna esquina aparecerá
empañado. Limpiad la mancha, y reaparece por la esquina opuesta. Parece que un
travieso diablillo colgado del espejo se entretiene en soplar aquí y allí
enturbiando la superficie.
Digo
esto, porque ¿quién creería que después de la tragedia en que doña Milagros
afirmó a tanta costa su virtud, no había de estar a cubierto -enteramente a
cubierto- de malévolas suposiciones, y que no se habían de postrar todos
reconociendo su valor y tributándola el merecido respeto? Pues no sucedió así.
Los eternos enemigos de la señora, los incansables detractores de aquel ser
para mí celestial, encontraron medio de sacar de su gloria su deshonor, y de
sepultarla en todo con lo mismo que debiera servir para ponerla en las nubes.
Yo, que me lancé a todos los corrillos, y en especial a los de la Sociedad de
Amigos, a gozar de mi triunfo y a escuchar cosas que me lisonjeasen, noté con
asombro y cólera que abundaban más las reticencias, las dudas y las descabelladas
hipótesis, de las cuales salía muy mal librado el decoro del comandante, más
nublada que nunca, la fama de su esposa.
Sostenían,
en efecto, con el encarnizamiento de la saña y la malicia, que no se explicaba
la conducta de Vicente, sino suponiendo que creía tener sobre su ama algún
derecho que la flaqueza de esta le hubiese concedido. Afirmaban que en aquella
suprema entrevista última, que, aparte de los interesados, sólo tuvo por
testigo a Dios, habían mediado reconvenciones, cargos, amenazas, súplicas
-cuando media entre el amante abandonado y la mujer hastiada y resuelta a
desembarazarse de él a toda costa, porque la asusta, porque constituye un
obstáculo-. Aseguraban, como si lo hubiesen visto, que el bárbaro había
colocado a la señora en la espantosa disyuntiva de morir o continuar
arrostrando la reprobación general y el peligro de despertar las sospechas de
su esposo; y juraban que era tal la idolatría del mozo por su señora, que, al
derramar la sangre de aquellas venas, al pensar que había herido, quizás
mortalmente, a doña Milagros, lo vio todo negro, y, loco de dolor, de
desesperación y de remordimiento, volvió contra sí su rabia, tan aturdido, que
arrojó al suelo la ensangrentada hoja, sin ocurrírsele servirse de ella para
matarse.
-Ya jamás
se despejará la incógnita de este drama -decía con silbo de serpiente Baltasar
Sobrado-. El muerto no habla, y la viva, claro que ha de decir lo que más la
convenga. En amoríos domésticos no median cartas. No se encontrará prueba
alguna... Pero los que conocemos la vida, no nos tragamos esta clase de
Lucrecias. ¡Seráfico don Tomás Llanes! ¡Cuando pienso que las nueve décimas
partes son así! Por supuesto, que al pobre diablo no le queda más
recurso que pedir el traslado. Sé que al capitán general le haría poquísima
gracia que después de la tragedia siguiese viviendo aquí. Eso lo guisarán en
familia los del cuerpo. La cosa es tan feílla, que le echarán un capote para
taparla. ¡Bah! Todo se arregla en este mundo... y la los diez años, todo se
olvida!
¡Ah
venenoso áspid! Si yo no te debiese cinco mil pesetas, a las cuales ya había
abierto una brecha regular, ¡cómo te metería el resuello en el cuerpo! Pero
eras el ser sagrado, a quien saludamos hasta los pies despreciándole
profundamente: eras el acreedor... Contra el acreedor no hay
razones. Agaché la cabeza. Lo que más me afligió fue ver que de tu detestable
opinión era partícipe una persona en quien yo tenía gran confianza, aun cuando
desde entonces la perdí. Moragas, de regreso de su viaje y al enterarse de lo
ocurrido, había exclamado arrugando la expresiva fisonomía:
-Esas
cosas nunca suceden antes de la letra.
Tal furia
pasional, tales arrebatos ciegos y destructores, es casi increíble que no
tengan por raíz los sentidos exaltados con el cebo de la posesión.
Como a
Moragas no le debía yo un céntimo, me creí en el caso de contestarle:
-Ustedes
no ven en todo más que materia. Son ustedes tuertos del entendimiento. Les
compadezco... ¡porque no les quiero aborrecer!
El
epílogo de mi historia con doña Milagros coincidió con muy importantes
acontecimientos para mi familia. Perdí a dos hijas casi al mismo tiempo...
Clara, acompañada del Penitenciario, salió hacia Compostela dispuesta a que
ciñese su frente la toca de las novicias. Y Tula, ¡nada menos que Tula!, con
toda su severidad, su acritud, sus principios de orgullo y sus altivas frases
fielmente calcadas en las de mi pobre esposa..., cogió al aguilucho de la
familia y lo chapuzó... ¿dónde diréis que chapuzó al mísero pajarraco? ¡En la
bacía del barbero Redondo! Sí: con el hijo del rapista, con el pintorcejo de
puertas y ventanas fue con quien Tula se resolvió a renunciar a su honesta
soltería, y a entrar en el amor y el matrimonio, paraísos desconocidos para
ella hasta entonces...
Me
avergüenza esta página. Quiero pasarla por alto o punto menos, corriendo un
velo sobre el error de una doncella a quien tuve, no solamente por recatada e
invencible, sino por preciada de su calidad y deseosa de conservar siquiera el
prestigio de un distinguido nacimiento... Los chismes de Feíta no habían hecho
mella en mí; juzgué que eran invenciones de aquella cabeza caliente y
destornillada... La caída de Tula me recordó que el hambre de amor, como la
obra, hace olvidar las facticias jerarquías sociales, y conduce a la más
democrática igualdad, a la nivelación más absoluta... Bajo el impulso de esta
necesidad, apremiantísima; bajo la fuerza de esta ley, todo lo convencional
desaparece, y sólo quedan en pie Adán y Eva, la primitiva pareja del Edén, el varón
y la hembra atraídos el uno hacia el otro merced a instintos que a veces ni
saben definir... Tula no encontraba su media naranja, y se moría por dar con
ella, hasta que se la brindó la embadurnada mano del vástago del rapabarbas. Y
verla y asirla fue todo uno.
Hemos
ignorado siempre cómo se desenvolvió el idilio. Yo bien noté que el pintor
venía muy a menudo a mi casa; pero lo consideraba efecto de su carácter
solícito y servicial. Queriendo Sobrado cumplirnos su palabra de adecentar el
piso donde vivíamos, envió al hijo de Redondo para que diese una mano de
pintura gris perla a las maderas -puertas, ventanas y galerías- con lo cual el
mozo se pasó una quincena dentro de nuestro hogar, tanto más libremente, cuanto
que nadie sospechaba que sus brochas gordas fuesen flechas del carcaj de
Cupido. Así que se difundió por la ciudad la noticia de que Tula, la almidonada
y remilgada Tula, descendía hasta el pintorcejo; los comentarios versaron
principalmente sobre un punto tan delicado como difícil de esclarecer: ¿de qué
manera habían principiado a entenderse los amantes? Dada la condición social
del muchacho, casi todos suponían que la iniciativa no habría partido de él.
Regaladita Sanz, con su voz dulce y melosa y su chancera suavidad de devota
aristocrática, declaró en la tertulia de la marquesa de Veniales que sin duda
alguna mi hija se había declarado de un modo indirecto, y que probablemente,
colocándose delante del pintor en ocasión en que este embadurnaba con más brío,
habría exclamado suspirando hondo:
Así o de
otro modo, es lo cierta que la pareja se arregló, y que la descendiente de los
antiguos señores de Villalba entregó su mano seca y febril al nieto de cien
Fígaros. En la activa desintegración que se verifica en la sociedad
contemporánea, mi hija, procedente de la vieja aristocracia de aldea, y
perteneciente ya, por nuestra escasez de recursos, a la modesta clase media, se
perdía, por ansia amorosa, por obediencia a ineludibles leyes naturales, en las
filas obscuras del populacho... Casada con Redondo, mi hija encendería la
lumbre, la soplaría, arrimaría el puchero, barrería ella misma su cuarto, y tal
vez, ¡perspectiva afrentosa!, tendría que bajar al lavadero para retorcer los
pañales de mis nietecillos... Estando yo, muy abatido, en lid con estos
pensamientos, díjome Feíta:
-¿Ve,
papá? ¿Ve la gracia de Tula? ¿Ve cómo caen primero las torres más altas? ¿Ve el
afán de casarse? ¿Ve el no haber más Dios ni más Santa María que encontrar
marido? ¿Se convence ahora de que tengo razón?
-Bueno,
bueno... Chiquilla, que me duele la cabeza... ¿En qué quieres tener razón tú?
-En mis
proyectos de buscarme la vida sin aguardar el mosiú que venga a sacarme de
penas. ¿Qué le parece, los asquitos y las monadas? Mucho de señoritas y
mucho de que nos rebajaríamos trabajando y ejerciendo una profesión... Ya me
dirá qué bonita profesión la que va a ejercer Tula ahora. El estropajo y la
escoba sean con ella. Más le valiera... aunque fuese... ¡pintar puertas como su
marido! y con lo que ganase pagar una criadita. ¡Ay papá! Lo que es a mí... A
mí no me cogen. Yo me las arreglaré: yo les haré a todos la mamola.
-Tú estás
más loca y más en Belén que la misma Tula -contesté severamente.
-No,
papá: yo soy la única persona que está aquí en su juicio... Guíese por mí, que
tengo revelaciones... como dicen los libros que leía Argos. Tula ya
hizo la trastada; Clara se buscó la vida a su manera; yo... yo... soy yo. Mire
ahora por Rosa y por Argos. No se duerma: le advierto que están las dos muy en
peligro. ¡Muy en peligro! A Rosa... no quiero asegurarlo aún... pero me parece
que la ronda un pez... ¡Qué pez! En fin, chito... atiéndalas, papá... Son
bonitas... no tanto como les dicen los memos, pero en fin, son bonitas... Argos
tiene además esa voz... Mándela a Madrid a estudiar, aunque sea haciendo un
sacrificio. Que cante, ¡que salga a las tablas! ¿No vale más salir a oír
aplausos, que repasarle los calcetines a Redondo? ¡usted no me da crédito!
Tampoco me creyó cuando le avisé que Tula estaba dispuesta a casarse con el
mismísimo diablo... Pues acerté.
Las
reflexiones que debieran sugerirme estas advertencias de la muchacha, se
borraron entonces porque sobrevino otro suceso que embargó mi espíritu. Los
esposos Llanes habían sido trasladados a Barcelona. Todo el mundo aplaudió y
comprendió el traslado: se imponía, era de cajón; resolvía una situación
embarazosa. Aunque el terrible drama había valido al matrimonio bastantes
manifestaciones de simpatía (pues en el fondo la gente marinedina es buenaza y
afectuosa), con todo eso, después de ciertas catástrofes, aunque no alcance a
las personas que en ellas intervienen responsabilidad alguna, se diría que en
el ambiente que las rodea flota una nube de siniestra obscuridad, y que se les
hace indispensable respirar otra atmósfera, ver otras caras y residir en otros
lugares, que no recuerden el pasado. El matrimonio Llanes debió de comprender
que no había más camino; marido y mujer se habían quedado muertos... «Nos han
dao cañaso», decía la señora... La populosa capital y sus distracciones tenían
que hacerles un bien muy grande. Así lo reconocían todos... Sólo yo no podía
acostumbrar mi corazón a la perspectiva de no ver más a doña Milagros; sólo yo,
que había erigido a aquella señora un templo, que ya había logrado purificar mi
pasión enteramente y llevara a tal grado de decantación espiritual que ni al
mismo sol ofendería, no acertaba a resignarme a que desapareciese para siempre
de mi vida aquel atractivo, aquel estímulo, aquel sueño, aquella mujer que
triste, enferma aún, sin su charla y su vivacidad de antaño, me interesaba cien
veces más, y despertaba en mí tal efusión de ternura y engendraba tales
ilusiones purísimas, que mientras la mirase y oyese su voz, no me creería
viejo.
Era
preciso, sin embargo, separarse. El día se aproximaba, y cuanto más cerca lo
veíamos, más patente era el desconsuelo y la pasión de ánimo de doña Milagros.
¿Cabía atribuirlo a la herida? No; la herida era un rasguño; apenas había
causado fiebre. El susto y la aflicción sí que explicaban racionalmente el que
doña Milagros apareciese tan decaída. Huía de mí; todo mi afán de tener con
ella una conversación a solas -de esas pláticas en que se desahoga el alma-,
fue inútil; la señora me evitaba cuidadosamente, y dos o tres veces, al
dirigirla la palabra, oí que reprimía un sollozo, y noté su fatiga y su
angustia.
La
víspera del día fijado para la marcha, en ocasión de hallarme reclinado sobre
el antepecho de mi ventana favorita, junto al tiesto de heliotropos en flor, se
me representó con más fuerza que nunca la imagen de doña Milagros, la santa
mujer calumniada por todos... y hasta por mí; víctima de su deber y juguete de
la injusticia del mundo; reflexioné sobre las causas de su misteriosa tristeza,
de su profunda depresión física y moral; medité por centésima vez en si podía
darla algún consuelo, serla en algún modo útil o grato -porque comprendía en
aquel instante que lo único que podría aplacar el dolor de la separación sería
un gran sacrificio, una ofrenda...- y de pronto, mientras mis ojos seguían el
gracioso columpiarse de un esquife blanco sobre las ondas de la bahía, sentí
algo como llamarada súbita, el escalofrío de la inspiración... Se me había
ocurrido la idea feliz, la idea que debía servir de consuelo a doña Milagros,
expresarla cumplidamente mi respeto, mi veneración, mi idolatría, y, por
último, estampar la ceniza en la frente a los que se habían atrevido a murmurar
de la señora. Sí: aquello, y sólo aquello, podía simbolizar de un modo adecuado
lo que representaba doña Milagros en la sencilla y corta historia de mi
corazón. Y la idea me infundió al instante tal alborozo, que no quise tardar ni
un minuto en ponerla por obra.
Entré en
el cuarto donde dormían las gemelas, destetadas ya y reunidas en la misma
camita de hierro. Detúveme un instante a contemplarlas. Sobre la almohada
descansaban las cabezas encantadoras, y se esparcía una hojarasca de rizos
castaño alborotados, confundidos, tocándose las dos frentes que el sueño
humedecía de ligerísimo aljofarado sudor. Las respiraciones se mezclaban; un
brazo de Zita rodeaba el cuello de Media; esta, adelantando el hociquito,
mamaba en sueños, como suele suceder a los niños recién despechados; y la otra,
sonriendo vagamente, muy sofocada, veía sin duda en el aire a sus hermanos los
serafines... Miré alrededor; cogí el pañolón de lana que las abrigaba los pies;
y sin temor a que se despertasen, las eché el mantón encima, las enrollé en él,
y me las cargué al hombro... Seguían durmiendo. Sólo Zita gruñó y entreabrió
los párpados, que se volvieron a cerrar de suyo.
Bajé las
escaleras a escape; había recuperado todo el vigor juvenil, la fuerte agilidad
de los veinte años... Pegué a la puerta de doña Milagros un campanillazo
arrollador, triunfal; entré de súbito en el gabinete, donde la señora doblaba
ropa que iba a colocar en una maleta; con impulso delirante, llorando y riendo,
la presenté las criaturas, los dos seres por quienes y en quienes nos habíamos
amado.
¿Que qué
la dije? Maldita la cosa: no hizo falta. El presentimiento y la esperanza la
habían iluminado a ella, como la devoción y la ternura a mí... Abrió los brazos
y estrechó a las gemelitas y a su padre a su vez; y su boca trémula,
impensadamente, rozó mi boca, y nuestros ojos mezclaron sus lágrimas, mientras
ella balbucía:
-¡Querío...
querío! ¡Dio te lo pague!
Si en
Marineda armó alboroto el que se llevase a mis dos niñas doña Milagros, lo dejo
a tu penetración, amigo que esto lees. La opinión más general fue que yo había
querido redimir un censo. Estuve en la cama varios días; se me
apagaron las pupilas; se me dobló el espinazo; aumentaron mis canas como si
nevase en mi pobre cabeza... pero no me valió. Yo era un mal padre... y además,
un viejo chocho.

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