© Libro N° 11981.
Pascual López: Autobiografía De Un Estudiante De
Medicina. Pardo Bazán, Emilia. Emancipación. Diciembre 16 de
2023
Título original: ©
Pascual López: Autobiografía De Un Estudiante De Medicina. Emilia
Pardo Bazán
Versión Original: © Pascual López: Autobiografía De Un Estudiante
De Medicina. Emilia Pardo Bazán
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Autobiografía De Un Estudiante De Medicina
Emilia Pardo Bazán
Pascual
López: Autobiografía De Un Estudiante De Medicina
Emilia
Pardo Bazán
Va
arraigándose cada vez más la costumbre de que toda obra que sale a luz y no
lleva al frente un nombre de autor acreditado y aplaudido ya del público, se
ampare bajo la égida protectora de un prefacio más o menos extenso, con la
firma de algún célebre crítico o prosista, al modo que en las tertulias los
antiguos asistentes presentan e introducen a los modernos. Este requisito del
prólogo, elevado ya a sacra fórmula del ritual literario, no lo suelen omitir
nunca los autores noveles, particularmente si pertenecen al sexo menos dado a
manejar la pluma.
El
prólogo es, de ordinario, una disertación acerca de la índole y género de la
obra que encabeza; disertación que así puede condensarse en escasas páginas
como crecer, a favor de lo elástico del asunto. Halla con esto el prologuista
ocasión oportuna de mostrar y lucir sus conocimientos, ya renovando y trayendo
a colación añejas contiendas entre escuelas rivales, e ingiriendo con maña y
tino unas cuantas citas de autores antiguos y modernos, ya discurriendo con
agudeza o profundidad sobre cuestiones y puntos de crítica delgada y sutil. Con
lo cual, y la indispensable añadidura de elogios calurosos y razonadas
exhortaciones al autor, y de no pocas advertencias al público, a fin de que
observe e inscriba en el anuario la nueva estrella que acaba de asomar por el
horizonte, termina el prefacio y queda el joven libro apto para arrostrar la
terrible prueba de la publicidad, como Don Quijote, después que el ventero le
hubo conferido la gloriosa orden de caballería, quedó dispuesto para todo
linaje de empresas y aventuras.
No
encuentro yo ciertamente reparo grave que poner a esta usanza del prólogo,
excepto que suena a literario reclamo lo de realzar con el barniz de un
apellido brillante otro ignorado y modesto, a lo cual suelen añadir los
editores la maliciosa treta de imprimir en la portada, en letras tamañas como
nueces, el nombre del autor del prólogo, mientras para el de la obra usan un
tipo menudito como alpiste. No obstante, confieso y declaro que tengo por tan
poderoso el atractivo de las reputaciones y glorias adquiridas en el palenque
de las letras, que no me extraña que aun per accidens nos agrade enlazarlas a nuestra personalidad
humilde; de suerte que, a no saber yo de buena tinta que a ninguno de los
ilustres amigos con que el cielo me favoreció sobra tiempo ni faltan
ocupaciones, quizás hubiera acatado la ley del uso, pidiéndoles media docena de
páginas de su galana prosa para que rectificasen y diesen tono a la desabrida
mía. Pero fuera abuso distraer y molestar, con poca causa, a ingenios que en
mejores trabajos se emplean.
Un riesgo
corre asimismo, en mi entender, quien decora con fachada opulenta pobre choza;
y es que la proporción y gallardía de aquélla pongan de manifiesto la
mezquindad y miseria de ésta. ¡Cuántas veces ocurre comprar un libro, y leído
con deleite el prólogo, arrojar con enfado el resto, que por comparación
resulta insufrible! No es otra la suerte de la fea que atrevida se coloca al
lado de una beldad. Suele acontecer a menudo que en los propios encomios que al
autor dirige el prologuista, se nota un matiz de deferente compasión, claro
indicio de que en ellos entra más amistosa indulgencia que sincero entusiasmo.
Bien es verdad que por ventura puede ocurrir que el autor, andando el tiempo,
se sobreponga y vuele más alto que el condescendiente crítico que le perdona la
vida: díganlo los prólogos de las obras de uno de nuestros ingenios más
floridos (que por más señas vestía faldas y ya abandonó este mundo), prólogos
en que no deja de marcarse la tendencia indicada. También se ve frecuentemente
que las alabanzas sembradas con largueza en el prólogo aparecen tan desmedidas
y pomposas, que el lector, con escasa caridad, vuelve la oración por pasiva.
Yo, que reconozco en los prólogos tales inconvenientes, debo, sin embargo,
hacer constar que no me he visto a ellos sujeta; pues la única obra mía que
anda precedida de un prólogo (el Ensayo crítico sobre las obras del
Padre Maestro Feijoo), tuvo la dicha de hallar un prologuista tan diestro y
docto, que midió el loor y la censura hasta donde ésta por delicada no ofende,
y aquél no empalaga por discreto.
Hay, con
todo, ciertos libros que de suyo piden prefacio; señaladamente los volúmenes de
poesías líricas o heroicas, que nada pierden con que les preceda una crítica
inteligente y sentida, las obras trascendentales que encubren pensamiento
profundo bajo ligeras apariencias, como son las sátiras de gran alcance; las
producciones, en suma, cuya intención doctrinal no resulta bastante clara y
determinada para la mayoría del público. Siempre que el prólogo ponga al lector
en camino de leer con más provecho la obra, diré que es acertada añadidura o
complemento indispensable. Donde no, me parecerá una superfluidad, que puede en
sí ser bella, pero que cabe suprimir sin daño alguno del libro.
En vista
de todo lo ya apuntado, consideré que no teniendo Pascual López mayores
ínfulas que de novela sencilla y más o menos entretenida, bastábanle para
introducción unos renglones de su propia autora. En ellos cabe cuanto acerca de
tal libro puede, según entiendo, decirse: Pascual López es el
extracto, atinado y puesto en orden, de los apuntes autobiográficos de un
estudiante de medicina en la insigne escuela compostelana. Por antojárseme que
las aventuras, comunes unas y extraordinarias otras, del pobre mozo, alcanzan a
proporcionar con su lectura un rato de solaz al que las repase, me tomé el
trabajo de corregir y enmendar las confusas notas, de esclarecer algunos puntos
oscuros y mal explicados que advertí en ellas, de apoderarme de las ideas del
estudiante, desenvolviéndolas, de acortar hartas divagaciones, y de reemplazar
el estilo no muy castizo con el mío que, sin ser inmejorable, aventaja
extraordinariamente al de mi protagonista.
Agradome
la tarea de pergeñar y dar forma a las sueltas hojas del diario de Pascual
López, ya por si su publicación puede mover al gobierno y a los sabios a
escudriñar lo referente al importantísimo asunto y problema que en ellas se
menciona, ya porque los sucesos de esta historia pasan en un pueblo de mí tan
preferido y visitado como Santiago. Me inspiran singular predilección e interés
las ciudades antiguas y melancólicas, envueltas en sus recuerdos, como un rey
caído en el armiño y púrpura marchita de su augusto manto. En España, nación
cuyo pasado hace palidecer más y más al presente, son bellos para el pensador
los lugares que hablan con sus monumentos elocuentísimos, con sus soberbias
carcomidas piedras, con la silenciosa majestad de su abandono. Toledo, Burgos,
Salamanca, Santiago, guardan cual urnas cinceladas y roídas por el tiempo, las
cenizas del espíritu nacional, el polvo de los colosos de nuestro espléndido
ayer. De todos estos sarcófagos imponentes, el que más huella imprimió en mi
fantasía fue Santiago; no en verdad porque su leyendario atractivo o el
carácter tradicional de sus edificios me parezca superior al de otras
poblaciones españolas, sino porque hubo de ser la primera que en la aurora de
la vida despertó mi mente a la contemplación de edades muertas, bajo los
pilares de su Catedral y en las revueltas de sus tortuosas calles. Consagrele
las primicias de mi imaginación adolescente, y a despecho de cuantas maravillas
arqueológicas pude más tarde admirar en mi patria y en extrañas tierras, no se
borró jamás aquella impresión viva y temprana. De suerte que vi con interés
grande localizada en Santiago la trama de Pascual López.
Por si
algún crítico, de estos que se empeñan en profundizar el sentido de los libros
más que sus mismos autores, se dedica a inquirir cuál sea mi propósito y qué es
lo que quiero significar con la autobiografía de mi estudiante, haré una
salvedad, anticipando la única explicación que me es posible ofrecer a los
asiduos destiladores de quinta esencia. Sin que yo me atreva a terciar en la
acalorada polémica, a cada paso rediviva, del arte docente y
el arte desinteresado (cuestión abstrusa que me pone miedo cerval
con recordarla sólo), diré que creo que toda obra bella eleva y enseña de por
sí, sin que el autor pretenda añadir a la belleza la lección. Mas el punto
estriba cabalmente en que sea bella la obra. ¿Lo es mi novela? No estoy
autorizada para decirlo: mi voto es recusable. De encerrar Pascual
López, en su género, alguna verdadera belleza, contendría también alguna
enseñanza. De no, las enseñanzas que tratase de inculcar alcanzarían sólo a
hacer más tediosa la novela. Claro está que en mi pensamiento alguna
significación moral tienen los personajes de la obra; pero si he andado tan
torpe en el arreglo y refundición de los apuntes de Pascual López que
no logre que el lector inteligente y discreto saque la consecuencia de lo que
lee, prefiero callármela, no sea que me arguya con que, puesto que la quise
decir, debí haberla dicho.
Y no
añado más a la introducción, que antes enfada lo largo que disgusta lo breve.
Terminaré declarando con sinceridad que, a pesar del amor que inspiran los
hijos del entendimiento, no me sorprenderá que esta obra se sumerja en el golfo
del olvido, donde anualmente caen tantos libros, quizás más sazonados, gustosos
y amenos que Pascual López.
No creo
que venga a cuento para la narración de esta verdadera cuanto inverosímil
historia, decir cómo fui por mis padres consagrado desde mi tierna infancia al
arte de Hipócrates y Galeno, y cómo hube de dejar el regalo de los paternos
lares por la estrechez de una mísera posada. Ignoro en qué particulares signos
y marcas pude revelar disposiciones felicísimas y raras aptitudes médicas; pero
es lo cierto que una mañanica me hallé en Santiago hecho estudiante.
Cuando
tal aconteció era yo un mozancón más espigado de lo que mis años pedían, muy
reñido con los libros y muy amigo de pasarme las horas vagabundeando o mano
sobre mano. Pienso que esta mi holgazanería fue cabalmente la que inclinó a mi
familia a dedicarme al estudio. La cava, la siembra, la siega, no entraban en
mi reino: luego yo tenía a la fuerza que ponerme a sabio. Mucho trabajo me
costó deshabituarme de la rústica abundancia que en su hogar montañés
ostentaban mis padres, a fuer de ricachones labradores gallegos; (y es de
advertir que estos tales, a pesar de su fama de cicateros y mezquinos, son,
según la experiencia y viajes me han demostrado, los mayores pródigos y
manirrotos de toda España). Ello es que yo, al beber el caldo turbio y chirle
que nos regalaba la fementida patrona, al engullir su pelado puchero, traía a
la mente las perpetuas bodas de Camacho que atrás dejara, y envidiaba de todo
corazón a mis hermanos, los que quedaban arando sin pensar en mojigangas de
estudios ni de Universidades.
Si era en
otoño, decía para mi sayo: tiempo de vendimia, de castañas, nueces y mosto,
¡quién te cogiera allá! Si en invierno: ¡valientes perniles y chorizos cocerán
en el pote de casa! Si en primavera: ¡viérame yo buscando nidos de jilgueros y
lavanderas, moras y fresillas silvestres, y no preso en estos bancos y oscuras
cátedras! Y finalmente, en carnestolendas recordaba el antruejo que
solíamos vestir, pereciendo de risa, con todos los trapos que hallábamos a
mano, dándole por corona un ruedo de paja, por cetro una escoba, y
pintorreándole de hollín la cara, mientras la sartén puesta en la trípode
cantaba el estribillo con que suele acompañar el nacimiento de las
amarillas filloas. A veces, como para irritar mi deseo, llegábame
una famosa remesa de jamones, pilongas y tal cual abigarrada perdiz, muerta en
los maíces a perdigonazos del cura de nuestra parroquia. Poseíame entonces
violenta murria o nostalgia, al través de cuyos vapores divisaba cuadros
campesinos, embellecidos por el espejismo de la distancia: ya las noches de
deshoja, en que a la luz del candil mortecino, sentados en el suelo y haciendo
corro, desnudábamos de su follaje la rubia espiga, no sin broma y algazara; ya
las mañanas de romería y fiesta patronal, cuando repican alegremente las campanas
de la iglesia y rasgan el cielo los cohetes, y la angosta nave, sembrada de
manzanilla, espadaña e hinojo, se impregna de nubes de incienso; y a las tardes
primeras de octubre, cuando turbulenta reata de chicuelos asa al rescoldo
manzanas y castañas en lo más recóndito del bosque.
Santiago
no era ciudad a propósito para aturdir con bullicio mis melancolías, ni para
embelesar con pueriles entretenimientos mi joven imaginación. Monumentales
edificios, altas iglesias con grandes retablos de amortiguado oro, calles
estrechas e irregulares con arcos de soportal, que parecen hechos de encargo
para misterios y tapujos, y de vez en cuando cortadas por la imponente mole de
alguna blasonada y desierta casa solar o de algún convento de verdinegras
tapias y rejas mohosas; paseos cuyos árboles se deshojan lentamente y sus hojas
mueren bajo los pies de escasos transeúntes; alrededores apacibles, mudos,
verdes y frondosos a causa de la humedad, pero sellados con la tristeza
peculiar de los países de montaña: tal es Santiago. De día, a la luz del sol,
la Jerusalén de Occidente (que así suele ser nombrada en elegante estilo),
parece venerable y pacífica, sin austeridad ni ceño; pero en las largas noches
invernales, cuando en las angostas calles se espesa la oscuridad, y la enorme
sombra de la Catedral se proyecta en el piso de la Quintana de muertos y
el reloj cuenta las horas con lengua de bronce, y la luna vierte vaporosas olas
de luz sobre las caladas torres, la impresión que produce Santiago es solemne.
¡Oh, si yo fuera dado a filigranas poéticas!, ¡qué linda ocasión se me ofrecía
ahora para describir los efectos de perspectiva que en la serenidad nocturna
producen los majestuosos edificios, mudos testigos de la muerta grandeza de tan
ilustre ciudad! Aquí venía como de molde recordar los antiguos peregrinos, que
en otros siglos se postraban ante el bizantino Apóstol, rígido y severo bajo su
pesada esclavina de purísima plata; las leyendas, las consejas más o menos
tradicionales que cada callejuela de Santiago puede narrar, desde aquella que
vio caer a un arzobispo bajo el puñal de los asesinos cuando en sus manos
llevaba la Sagrada Forma, hasta la que presenció la agonía del inocente Ome
Santo. Pero así me curaba yo de leyendas como de lo que ahora acontece en
la China. Traíanme a mal traer mis primeros estudios elementales, que a mí se
me antojaban fundamentalísimos. Como el día se me iba volando, entretenido no
sé en qué, fuerza era aplicar los codos de noche. ¡Vigilia eterna que iluminaba
la dificultosa claridad de una vela de sebo! Porque al tiempo que yo comencé a
dar frutos de ciencia, no había llegado aún a aquellas alturas el petróleo, y
sólo unas complicadas lámparas de gas schiste atufaban a los
amigos de novedades. En las horas perezosas de tales noches me familiaricé con
los ruidos de la calle, y distinguía ya el paso cadencioso de los serenos del
andar precipitado del transeúnte que se acogía a su techo, escandalizándose de
pisar el arroyo a las diez. Acompañábanme asimismo los gritos guturales y
plañideros con que pregonan los vendedores las ostras y lampreas, y el
regocijado cantar de los estudiantes, que, más felices que yo, hacían novillos
a Minerva para festejar a Apolo.
El
estudiante que cuenta con amigos y dinero, que puede frecuentar círculos,
teatros y demás lugares de recreo y solaz, vive alegre el tiempo que considera
dulce paréntesis entre la severidad de la casa paterna y los deberes y cargas
del estado matrimonial. Pero yo, pobre de mí, era un mocosuelo medio campesino,
hecho a la soltura rural, y más provisto por mis padres de admoniciones y
consejos que de ochavos; de suerte que me hallaba en Santiago como enjaulado
pájaro, que ni aun alpiste y lechuga a discreción posee. Iba muy de mañana al
Instituto, tiritando a pesar de mi carrik; cabeceaba de sueño durante la
conferencia del profesor; pellizcábanme mis compañeros de banco, no sé si por
caridad o entretenimiento, y solía yo replicarles con otros pellizcos, no sin
ponerme en ocasión de ser favorecido con encerrona o filípica. Las tardes me
solazaba y esparcía embistiendo a pelotazos a los murallones del monasterio de
San Francisco o de la Compañía de Jesús, o bien en tumultuosa junta con otros
de mi laya reñía descomunales batallas a canto pelado por aquellas amenidades
de Santa Susana y del río de los Sapos. Algún anochecer, y particularmente los
domingos jugábamos una brisca zapatera o un tute real mis compañeros de posada
y yo; arriesgábanse ochavillos, acaso tal cual pieza isabelina de dos cuartos
(los perros grandes y chicos no habían penetrado aún en nuestro sistema
monetario, a merced del huracán de las revoluciones), y quizá llegaban a
atravesarse cigarrillos de papel, ofrecidos por los talludos para mejor viciar
a los novatos, y en que el tabaco solía recibir aleación de raspaduras de
madera.
Poco a
poco, conforme corría el tiempo y penetraba yo en la comunión escolar, empecé a
percibir que iba acordándome menos y con menor cariño de mi aldea, a la vez que
me convencía de la posibilidad de ser estudiante sin abrir los libros, que,
sosegados, inofensivos y bonachones, dormían el sueño del justo en el cajón de
la mesilla de pino, mueble el más lucido de mi palacio. Fuime acostumbrando a
estudiar en el año obra de un mes, distribuido de esta suerte: quince días a
principio de curso y quince a fin. Los quince primeros eran los que tardaban en
borrarse de mi ánimo y oído el eco de las no muy blandas razones con que mi
padre me exhortaba a aplicarme para llegar a ser hombre de provecho, y de las
prolijas súplicas de mi madre, encaminadas a que me zampase todo el saber
humano, siempre que pudiese digerirlo sin detrimento de la salud. Los quince
últimos eran los que precedían al terrible trance de los exámenes. En aquel
período se desplegaba la concienzuda actividad con que los gallegos ponemos en
planta lo que se conoce por trasacuerdo. Allí el intelecto se
prensaba y apretaba, y la memoria se estiraba, almacenando en ella a escape
especies e ideas, como los viajeros descuidados amontonan a última hora ropa en
los baúles. Allí era el tomarse las lecciones unos a otros, incrustándolas en
la retentiva hasta poder repetirlas como papagayos. Allí el sudar, el maldecir
de la larga holganza, el proponer mayor asiduidad para otro curso, el comer
poco, el dormir menos, el soñar alto, el consultar el rostro del profesor como
un barómetro, por si a dicha revela hallarse de buen talante y estar propicio y
dispuesto a consentir que pasen carros y carretas por el estrecho sendero del
saber; allí las recomendaciones sin número, las intriguillas sin cuento, las
influencias suaves y eficaces, y por último, hasta las respuestas de antemano
escritas con lápiz en el blanco puño de la camisa del examinando... Tras de
angustioso purgatorio, vislumbrábamos el paraíso de las vacaciones.
Así,
yendo un año y viniendo otro, fuime aficionando cada vez más a la libre vida
estudiantil, que tiene fueros de gremio e inmunidades de cofradía. Ya no me
curaba de despachurrar terrones, y ordeñar cabras y vacas allá en la montaña;
ya comparaba con cierta fruición mis ropas de señorito y mis manos pulidas con
el rústico arreo y las garras callosas de mis parientes. Más me divertían los
espectáculos que toda villa, incluso Santiago, ofrece a la mocedad aturdida y
casquivana, que los agrestes pasatiempos que encantaran mi niñez, a pesar de
que en éstos me daba yo tono de personaje, y era el gallito de la reunión,
subyugada por mi futura grandeza.
Al
acercarse octubre volvía a mi elemento, a Santiago. Aquello de pasarse las
horas muertas en un cafetucho, teniendo una copilla de ron o marrasquino
delante y asido con la indecisa mano el seis doble del dominó o la torre del
ajedrez; aquel dar vueltas, al oscurecer, rebozado en derrotada capa, por los
lóbregos soportales de la Rúa del Villar, o por las tortuosas curvas del Preguntoiro,
saboreando la delicia que experimenta todo español de raza al pasearse sin
objeto ni necesidad; aquel entrarse de rondón por un baile, si no de candil,
por lo menos de quinqués mal despabilados, y danzar con juvenil ímpetu y
elásticas piernas, hasta que falta el aliento o interrumpe el placer una
quimera en que la gente artesana y la estudiantil vienen a las manos, y llueven
mojicones, y menudean puñadas, y se reparten y reciben a bulto sin saber de
quién, finalizando todo con la aparición de la policía; aquel apostarse en el
pórtico de una iglesia o en el hueco de un escaparate de tienda, saludando con
requiebros a los lindos palmitos que cruzan garbosos y ligeros, o con
cuchufletas a las dueñas quintañonas que salen arrastrando los pies; aquel
chillar, silbar y apostrofar desde la cazuela del Teatro; aquel salir en
Carnavales de tuna con manteos y tricornios, y una cuchara y tenedor cruzado
sobre la frente, cantando en festivo tono bulliciosas jotas... Niñerías eran y
desahogos de los verdes años, que acaso no revelaban gran cultura; pero tan
singularmente atractivos, que corrían días y pasaban semanas, y andaban meses sin
que me cansase la bohemia y picaresca vida. Excusado es añadir que con ella fui
dando razonables sangrías al bolsillo paterno. Cada vacación me llevaba yo
sabido mayor número de tretas para explotar el filón de la credulidad de los
autores de mis días. Unas veces era que nos habían exigido que nos
presentásemos en cátedra muy lechuguinos y peripuestos, lo cual demandaba
cuarenta pesos para un traje de lo más exquisito; otras que una grave
enfermedad me costara tanto de médico, tanto de drogas y cuanto de gallina en
el puchero; otras, que siéndome insuficiente el alimento de la posada (mentira
que andaba a dos dedos de ser gran verdad), comprendía mi presupuesto partidas
de queso, pan, vino y demás tente en pies, y, por último, así como
el estudiante del cuento hizo de Marco Tulio Cicerón tres personas distintas,
convertí yo cada autor de texto en varios autores. El corazón materno se
ablandaba fácilmente con súplicas reforzadas de caricias y cucamonas, e iba soltando
unas pesetejas y aun por ventura algún doblón de a cuatro muy envuelto en
trapos o papelitos: poca cosa todo, pero mucha para la hacienda de mis padres,
que si en su aldea vivían ancha y holgadamente, y pasaban plaza de Fúcares, no
podían, sin embargo, estirar algo el pie sin sacarlo fuera de la manta: ley
común en Galicia, cuya propiedad está muy fraccionada, y donde no existen los
caudalazos saneados de Castilla y Andalucía.
Con toda
su escasez las dádivas así recaudadas me sobraban a mí para darme tono y
triunfar entre mis compinches. Estos no pertenecían enteramente a aquella clase
de hambrones que viven de un poco de caldo y tocino, cuando no de la gracia de
Dios, y que a la luz de una torcida empapada en saín estudian como
benedictinos; ni tampoco eran de los privilegiados alumnos de Minerva que se
alojan en la mejor fonda o casa de huéspedes, encargan ropa a Madrid, y visitan
a los profesores dejándoles tarjetitas de cartulina inglesa. Representaban mis
compañeros la mayoría mesocrática; mozos a quienes su familia mantenía sin
estrechez, pero sin asomo de lujo; provistos de lo necesario y privados de lo
superfluo; que contaban con puchero y capa, mas no con café, licores y levita
flamante. Por ende, el que sentía en el bolsillo del chaqué la grata pesadumbre
de un duro, miraba a sus colegas de alto a bajo, hablaba gordo, convidaba y era
momentáneamente el jefe de la partida. Hartas veces lo fui yo, merced al
derecho divino de la moneda de a veinte.
Pero así
como no hay mal que cien años dure, tampoco no hay embuste que al fin y al cabo
no llegue a descubrirse, por raro e imprevisto modo. Sucedió que mis padres, no
sé en qué forma, llegaron a enterarse de que mi conducta no era fiel trasunto
de la del estudiante aplicado y metódico, y de que las asignaturas perdidas a
pretexto de enfermedades no lo fueron sino por mucha holgazanería y mayor
descuido. Recibieron tales informes a mediados del año escolar, precisamente
cuando me hallaba más embebido en jaranas y francachelillas. Vivíamos entonces
en fraternal consorcio bajo el techo de una misma posada cuatro mozalbetes, de
los cuales tres arribáramos, no sin muchos tropezones y caídas, a los primeros
años de medicina: y digo a los primeros, porque aprovechando la libertad de
enseñanza proclamada recientemente, mezclábamos asignaturas de dos años
diferentes. De perlas nos venía el oleaje del río revuelto, porque nos
proponíamos tentar el vado en muchas clases, que, a mal dar, siempre
despacharíamos seis u ocho siquiera. El cuarto comensal estudiaba, digámoslo
así, farmacia, y estaba ya en tercer año; era este tal nuestro decano, mentor y
bufón en una pieza: el que nos enseñaba a contestar con descaro en los
exámenes, a disertar un cuarto de hora sin decir nada entre dos platos, a
hurtar a la patrona algún fiambre culpando al gato inocente, a todo género de
diabluras en fin. Llamábase Cipriano, y era avellanado y enjuto, de largos
dientes y ojos burlonísimos. El resto de nuestra tribu se componía de un bendito,
víctima expiatoria y blanco perenne de nuestras chanzonetas; muy cerrado de
mollera, muy terco, pero excelente en el fondo, y al cual venía de molde su
nombre de Inocencio; y de un jaquetón, robusto y fornido, completamente inepto
para el estudio, pero maestro en puñadas, capaz de deshacer una mesa con un
dedo, y a quien sus admiradores llamaban Manuelón.
Acaeció
pues, que cierta mañana, a la hora en que debíamos hallarnos como científicas
abejas libando la hiblea miel de la doctrina, no estábamos todos cuatro sino
muy orondos y repantigados en nuestros fementidos lechos, los cuales ocupaban
un camaranchón a manera de dormitorio, en que nos había juntado no sé si
nuestra amistad o la economía de la patrona. Imperaba en la habitación el más
pintoresco desorden. Hallábase perfumada la pieza con infame esencia de
tagarnina, con tufillo de pábilo de sebo; sembrada de prendas de ropa por aquí
y por acullá, de botas en mal uso y de algún libro nuevecito abrigado bajo
venerable capa de polvo. La lluvia, a impulso de las ráfagas de viento, hería y
bañaba los cristales de la ventana, y con ruido cadencioso y monótono escurría
de las canales a la calle. Nosotros nos relamíamos de gusto tratando de necios
a los que a despecho del temporal dejaran las regaladas plumas por el duro
asiento que la diosa sapientísima brinda a sus hijos. Colocáramos nuestros
catres de manera que las cabeceras formasen los lados de un cuadrado, cuyo
centro era la mesilla de pino: y echados boca abajo, los codos descansando en
las almohadas, y con luz encendida, que otra cosa no consentía lo oscuro del
cielo, jugábamos a los naipes bien haría una hora.
La de las
diez podría ser y nuestra animación se revelaba en risotadas, chanzas,
dicterios y reniegos; y como de costumbre hacíamos infinitas trampas al bueno
de Inocencio, que estaba ya cariacontecido y mohíno. De improviso vimos abrirse
la puerta, pareciendo en su marco una cosa que casi nos trocó en estatuas de
sal: y sin embargo no era fiero basilisco, espantable gorgona ni fatídico
convidado de piedra, sino el manteo lustroso, la prolongada teja y los pies
hebilludos de un canónigo de la metropolitana Iglesia en que se guardan los
restos del patrón de las Españas. Entró y su primer cuidado fue abrir el
chorreante paraguas que sin duda por atinada precaución no quisiera dejar en la
antesala, y colocarlo en un ángulo del cuarto, de manera que escurriese en
debida forma. Y después, con pastosa y profunda voz, verdadera voz de iglesia,
dirigiose a nosotros, que debíamos de parecer papamoscas según estábamos de
quietos y absortos, saludándonos con un:
-Felices
días nos dé Dios. Beso a ustedes la mano.
El mismo
silencio y suspensión por nuestra parte.
-Siento
mucho haber interrumpido a ustedes, pero traigo un asunto urgente, que no
admite espera.
Y
nosotros tan embobados. Éramos al cabo pobres diablos, que habíamos visto el
mundo por un agujero. Al fin Cipriano, que tenía más camándulas y desvergüenza,
rompió el hielo exclamando:
-Usted
dispense. Como estamos en un traje así tan de confianza... (a él se le salían
los codos por una almilla de franela, nada limpia). Si usted quiere sentarse...
ahí no, en esa silla no, que no está sana... en esa tampoco... Estará usted
mejor en ese baúl.
El
canónigo permaneció cruzado de brazos y con gesto severo. Era hombre de
vigorosos miembros y recias proporciones, de prócer estatura y pobladas cejas,
que traía a la memoria los prelados batalladores que rechazaron de nuestras
costas a los normandos. Todo Santiago conocía a aquel canónigo, de quien se
contaban rasgos de valor y fuerza en su juventud, si bien desde que la nieve de
los años cubría su sien, nadie le viese hacer más vida que la del sabio de fray
Luis de León, que se la pasa a solas, ni envidiado ni envidioso. Si algo
pudiera revelar en él al bizarro lancero de Cabrera, serían las inflexiones
varoniles de su voz en el coro y el fuego que a veces despedían sus ojos tras
de la aguileña nariz. A mí en aquel momento me pareció torvo y terrible su
ademán, cuando pronunció:
-No
pienso gastar mucha prosa, y para lo que tengo que decir puedo hablar de pie.
¿Cuál de ustedes se llama Pascual López?
-Servidor
de usted -contesté balbuciendo.
-Por
muchos años. Pues ha de saber usted que yo conozco a su padre, a su madre, a
toda su familia, y no es porque esté usted delante, pero son gente muy de bien.
Su madre de usted y el difunto marido de mi hermana son de la misma parroquia,
y mi hermana se pasó alguna temporada cerca de su casa de usted.
Repuestos
ya todos de la sorpresa pueril de un principio, cobró Cipriano su gárrula
locuacidad y desparpajo de costumbre; y alentado del tono más benigno del
canónigo, dio suelta al buen humor que le retozaba en el cuerpo con estas
frases.
-Señor
canónigo, ya comprendo por qué se ha molestado en visitar este palacio. Usted
vendrá sin duda a traer a Pascual, de parte de su familia, algo de cumquibus.
Buena falta que le hace; no podía usted llegar en mejor ocasión. Repare usted
el estado de sus botas.
Y
señalaba las suyas propias, que se reían insolentemente a pocos pasos. El
canónigo frunció sus cejas anchas, con no menor majestad que el Júpiter de
Homero, y se adelantó hacia mi lecho, haciendo temblar el piso bajo la carga de
su corpulencia y de las firmes pisadas de sus pies calzados con flojo zapato,
sobre que resplandecía la hebilla de plata lavada por la lluvia. Gravemente se
encaró conmigo diciendo:
-Bien se
ve que es muy cierto cuanto me dicen sus padres acerca de los malos pasos en
que usted anda, y de las peores compañías que frecuenta. A las diez de la
mañana, jugando y con mocitos descarados... Ea, sírvase poner los huesos de
punta que ya va siendo hora de almorzar y yo estoy en ayunas, si de pecar no.
-Si usted
gusta -dije todo aturdido-, se le hará aquí chocolate.
-Usted es
el que va a tomarlo conmigo, y sin demora. Vístase usted: cuanto más pronto
mejor.
-Yo me
colocaré de modo que no le impida levantarse con libertad.
Encaminose
a la ventana volviéndome la espalda, y pegó el rostro a los vidrios turbios,
puercos y ofendidos de las moscas, en que para mayor adorno y claridad
pegáramos estampas recortadas, un general Prim a caballo, varias aleluyas y
unas majas de un cajón de pasas. Desde allí recreó su vista con la perspectiva
de las casas fronteras.
Mis
compañeros me hacían señas y guiños, ahogando sus carcajadas y murmullos con la
sábana y la manta. Cipriano reía, pero Manuelón, que gastaba sus ribetes de
avanzado, gruñía descompasadamente y enseñaba los puños al canónigo, que por
supuesto no podía verle. Yo no sabía lo que me pasaba, pero no dejé de echar
una pierna fuera de la cama, y tras de la una la otra, acabando por vestirme en
un santiamén. Terminado que hube me llegué al visitante, murmurando con
ejemplar sumisión:
-Aquí
estoy para lo que usted guste mandar.
-¡Pronto
despachó usted! Pero, ¿ha recogido usted sus trastos, los libros y el equipaje?
La criada está aguardando por orden mía para llevar la maleta.
-¡La
maleta! -replicaron tres voces.
Y
Cipriano, vuelto serio, y aun con malos modos, gritó:
-¿Pero
qué, se lleva usted a Pascual?
Al paso
que Manuelón mugía con voz bronca:
-¿Tú te
vas con él, grandísimo bárbaro? (Era la forma cariñosa de su pena por
perderme).
-¿Y a
ustedes quién les ha dado vela en este entierro? -dijo el canónigo midiéndolos
a todos, y particularmente a Manuelón, con desdeñosa ojeada-. Yo traigo órdenes
de quien por derecho humano y divino manda en este mozo. Véngase usted,
Pascual.
-Pero
así, de pronto... -objeté yo.
-No se
necesitan preámbulos. Acabe usted de llenar su maleta. No se cuide de nada más:
ya he hecho yo cuentas con la patrona. ¿Quiere usted que le ayude a liar el
hato?
Obedecí
por máquina. Siempre impresiona la primera vez que los padres demuestran no ser
de mazapán, y aunque el castigo no amenazaba ser espantoso, moralmente me
producía lo que se llama saludable temor. Los bigotes de un guardia civil me
impondrían menos que las cejas del canónigo.
-Respetable
señor -dijo Cipriano incorporándose en la cama-, ¿no nos concederá usted
siquiera este día, para dedicarlo a la amistad? Mire usted que yo estoy
afectado con esta marcha repentina, y que a Pascual las impresiones fuertes le
hacen también daño.
-Ya
podían venirme a mí con que me dejase llevar de este modo por un cura,
refunfuñó Manuelón.
El
canónigo les lanzó otra ojeada, y adiviné en el movimiento de sus cejas no sé
qué tentaciones vivísimas, que particularmente tenían por blanco a aquel
hércules provocativo que lucía sus brazos musculosos: mas prevaleciendo la
dignidad, se volvió y no pensó sino en acelerar mis preparativos de muda.
-¡Esos
libros!... ¡Anda pues si tienen las hojas por abrir! ¡Bueno va! Esa capa no
coge en la maleta: póngasela usted, que llueve... Vengan esas camisas... ese
pañuelo puede usted dejarlo quedar sin cargo de conciencia: parece una bandera.
¡Loado sea Dios! Ya hemos concluido.
Al cargar
yo con el liviano peso de mi maleta, abastecida de todos mis trebejos, vi al
canónigo que, echando hacia atrás el manteo con un movimiento enérgico de su
nervuda mano, se fue derecho a la cama de Manuelón, y poniéndole la diestra
sobre el hombro, con poca blandura, le dijo:
-Usted
cree, sin duda, que todo el mundo es de la misma laya que aquellos estudiantes
de Tuy que, siendo tres, se dejaron moler las costillas por usted, y además
llamar neos y otros motes. Pues a fe que tanto vaya el
cantarillo a la fuente que al fin se rompa.
Acompañó
estas palabras con la sonrisa casi benévola que la fuerza inteligente dirige a
la fuerza material y ciega; y Manuelón, que aunque rimaba con Salomón no tenía
nada de lo de ídem, quedose como atontado palomino, abierta la boca y trabada
el habla. Fui yo, entretanto, repartiendo un abrazo mudo y frío a mis
coholgazanes; respondiéronme ellos con reiterados abur, adiós, que te vaya
bien, chico, salud, hasta la vista; y un segundo después no quedaban en el
camaranchón más señales de lo acontecido que mi cama vacía y varios regueritos
de agua corriendo por el piso en el lugar que ocupó el paraguas del canónigo.
El cual y
yo, saltando charcos y pisando lodos, y sin hablar palabra que digna de
contarse fuera, llegamos a una casa de no mal aspecto, no importa en qué calle
y número; y subida la ancha escalera con tosco balaustre de palo, atarazado de
la polilla, llamamos y vino a abrir una dueña, cuya cara y rasgos me parecieron
grosera copia de los del canónigo. Era como él, robusta y membruda, pero
faltábale la armonía y proporción del cuerpo que constituye la buena presencia.
Gruesa y arrebatada de color, afeábanla dos parches en las sienes, y en vez de
los argentinos mechones que se escapaban del solideo del canónigo, traía ella
el pelo pegado y alisado, y encubiertas las canas con no sé qué artificios de
hollín y peine de plomo. Estas particularidades reparé después, que así al
pronto no pude notar más que la mezcla de dueñesco repulgo y melifluidad, y de
rudeza hombruna, que caracterizaba a la hermana del canónigo. Ella salió, con
los ojos curiosos y escudriñadores, y el ademán solícito. Don Vicente (que ya
es tiempo de dar al canónigo su nombre) la dijo, en vez de saludarla, esta
lacónica frase:
La dueña
se escurrió pisando blandito, a pesar de su humanidad voluminosa; y don Vicente
me hizo entrar en una desahogada pieza, descansando él en un antiguo sillón de
vaqueta y señalándome a mí una silla de paja de Vitoria.
Vivo era
el contraste entre el camaranchón que acababa de abandonar y el sitio en que me
hallaba. Cuanto allá de incuria, desbarajuste y desaliño, notábase aquí de
primor, pulcritud y orden. La mesa escritorio, de antiguo nogal bruñido por el
uso, relucía como barnizado ébano; la maciza escribanía de plata, como pluma de
cisne; el cuadrito, de plata también, que representaba al Apóstol matando
moros, cegaba con su resplandor y con los destellos de la espada y bandera del
santo, que eran sobredoradas lo mismo que los turbantes de los infieles. El
estante abrumado bajo el peso de voluminosos infolios cubiertos de pergamino,
templaba con su severidad el aspecto risueño de la salita, por cuya ventana se
veían asomar los pámpanos de vid y las ramas más encopetadas de los árboles de
un jardinete. En la piedra del umbral de la ventana, una gata maltesa,
acurrucada y hecha un ovillo, se refocilaba aprovechando un pálido rayo de sol,
que a dicha rompía las grises nubes haciendo danzar luminosos átomos en la
atmósfera apacible de la habitación.
Sentárase
don Vicente, como dije, en el sillón a un lado del ancho pupitre, y yo enfrente
en la modesta silla. Don Vicente tecleó un rato sobre la tabla del escritorio,
como si buscase una fórmula oratoria; y finalmente, clavando en mí los ojos:
-Supongo
-me dijo- que ya usted se figurará que para hacer lo que hice, tengo facultades
de sus padres, que me ruegan practique la obra de misericordia de mirar por
usted y apartarle de malas compañías y peores aventuras. Mucho ha apesarado
usted con su porte a esos padres, después que ellos le han favorecido tanto no
poniéndole a arar como a los otros hermanos, sino dándole buena y lucida
carrera. No estoy yo por eso de sacar a los chicos de su clase, como no
muestren grandes disposiciones; pero hoy en día, no hay arroyo que no quiera
ser Guadalquivir.
-Sin
embargo... -objeté confuso.
-Bueno,
bueno; yo no soy tampoco hijo de conde, ni de marqués, sino de un pobre
labriego, y por bondad de Dios llegué a esta categoría y dignidad altísima:
pero es harina de otro costal, mocito. Antaño estudiábamos lo poco o mucho que
se exigía, a conciencia y con fundamento: no nos echaban encima tanta balumba
de cosas inútiles, y lo concerniente a nuestra carrera a fuerza de laboriosidad
lo embutíamos en los cascos, que no lo arrancaran de allí poleas. Yo -en buen
hora lo diga- gasté mucho aceite, y rompí el paño de los codos, pero sabía mi
obligación; y a no haber sido por ciertas circunstancias... pero esto no es del
caso. Además yo tenía vocación verdadera... ¿Y usted, la tiene de médico?
-Si usted
llama vocación, así... a un entusiasmo, a un delirio... eso, no señor. No me
repugna, y basta.
-Está
usted en un error... ¡Qué ha de bastar! Sin afición no se estudia, y sin
estudiar no se sabe. ¿Lo oye usted? No se sabe, digan lo que quieran esos
flamantes sabiondillos de ahora, que en menos que canta un gallo, se calzan la
ciencia universal, ¡palabrería! Si usted no piensa dedicarse formalmente a
aprender, mejor será que se vuelva con el arado.
-Pero
señor, la mayor parte de mis compañeros están en el mismo caso que yo...
-Pero no
corren de cuenta de Vicente Prado. Usted va a estar bajo mi vigilancia, y, por
consiguiente, vida nueva. Usted estudiará y asistirá puntual a clase. No me ha
de perder usted una.
-Lo que
es una sin remedio tendré que perderla.
-¡Simultanear!
-gritó el canónigo tragándome con los ojos y poniéndose del color de la
escarlata- ¡Simultanear! Así salen ustedes en dos años hechos Sangredillos de
tres al cuarto, homicidas con diplomas e impunidad segura. Así dicen ya las
gentes: ¡Médico de revolución, prepara la Extremaunción! No, no,
caballerito, yo no paso por eso, ni puedo pasar en conciencia. Usted ha de
seguir su carrera como Dios manda, año tras año y con método; si no estamos
mal.
No sé si
fue el enojo pintado en el semblante del canónigo o el tono mandón que empleaba
lo que me mortificó y movió a replicar:
-Pues, la
verdad, no sé cómo mis padres han autorizado para tanto a personas extrañas. Ya
ve usted que se me sigue perjuicio, y a ellos también; tengo el año empezado, y
a fe que primero coja el azadón y la guadaña, que sujetarme a ciertas
exigencias.
La
escarlata de la frente de don Vicente subió a púrpura oscura, sus ojos ardieron
y su boca se abrió, sin duda para dar paso a coléricas razones, cuando en el
mismo punto resonaron ligeras pisadas, cedió la puerta y vi entrar una persona
llevando la bandeja de los humeantes chocolates. Era una mocita como de
dieciocho primaveras, espigada, pero de mediana estatura; vestía repulgado y
plegado hábito del Carmen, de estameña, ceñido al airoso talle con reluciente
correa de charol y ornada la manga izquierda con el coronado escudo de plata;
llevaba el cabello partido y alisado y cayendo en luengas trenzas, a la
labradoresca usanza. Ataviada así, sonrosado el rostro, bajos los párpados y
sosteniendo en ambas manos gallardamente la bandeja, pareciome la recién entrada
niña un milagro de donosura, y más cuando la oí decir, con peregrina modestia y
una vocecita de almíbar:
A que
contestamos don Vicente y yo:
Se acercó
ella a la mesa, y depuso su carga con diligencia singular, esgrimiendo unas
manos que diputé al punto por copos de apretada nieve. Ante cada uno de
nosotros dejó cumplida jícara de chocolate macho, cuyos efluvios aromáticos y
vigorosos confortaban; obra de seis rebanadas de pan tostado; hasta tres
almendrados finísimos de Belvís; un enorme vaso del agua sutil y clara de
Santiago; en el cóncavo del vaso, disolviéndose, un robusto azucarillo moreno,
y gruesa servilleta alemanisca, que trascendía a ropa limpia y a espliego,
hecho lo cual salió del aposento con la misma celeridad y silencio con que
entrara. Entonces hizo explosión, como comprimido volcán, el enfado de don
Vicente.
-¿De
suerte -prorrumpió sin curarse de la tentadora jícara- que se empeña usted en
ser, a toda costa, un holgazán y un perdis? ¿De modo que está usted totalmente
maleado? Si yo fuese padre de usted ya sé cómo había de traerle a la razón: que
la letra con sangre entra, y las blanduras pierden a no pocos. Pero una vez que
no puedo enteramente asumir el sagrado carácter que da la paternidad y usted se
propone vivir como las bestias, in quibus
non est intellecto, escribiré hoy mismo a su familia, diciéndole su resolución
y añadiendo que está usted empedernido.
¡Empedernidos
diablos me atenacen, si pensaba a la sazón en cosa alguna más que en la gentil
portadora de la bandeja! Las desabridas palabras de don Vicente me volvieron a
la realidad. Recordar punto por punto el anterior coloquio; hacer memoria de
que don Vicente tenía una sobrina llamada Pastora, cuya fama de hermosura
llegara a mis oídos estudiantilmente exagerada; pensar en que el tío de esta
criatura se estaba brindando a ser mi guía y director, y que por ende me
sobrarían ocasiones de visitar la casa que tal tesoro guardaba, cosas fueron
que escribo despacio, pero que calculé y enlacé con presteza eléctrica. Y con
la misma mudé rostro, ademán y hasta voz, diciendo humildemente:
-Le pido
por Dios que no lo haga, señor, ni dé ese amargo trago a mis padres; que yo, si
por malos de mis pecados fui hasta hoy un haragán, estoy arrepentido y me pesa,
y propongo muy de veras corregirme y seguir sus instrucciones de usted. No se
dirá que tuve la suerte de dar con una persona que por mí se interesa, y que he
pagado mal su bondad. Perdóneme usted lo que hablé; estaba acalorado, porque
así, al pronto... Pero conozco que le sobra a usted razón. ¿A dónde iría yo,
hecho un ignorante? No, señor, usted la acierta; vida nueva.
A medida
que discurría yo despejábase la frente del canónigo, serenábanse sus facciones
y brillaba en ellas tal contentamiento, que me iba dando vergüenza de mi
falacia, y proponía en mi corazón hacer todo cuanto ofrecí. Finalmente dio
muestras don Vicente de hallarse aplacado, ensopando una tostada en la jícara,
en lo cual le imité.
-Sí señor
-proseguí- También es cosa que no gusta eso de tener que andar buscando empeños
para salir airoso de un examen. Mejor es trabajar y ganarse los grados.
-¿Lo
comprende usted? Es lo que yo quiero inculcarle. Hay que tomar la profesión a
conciencia, y lo demás es patarata. ¡Mucho dure el buen propósito! Que no sé si
se quedará en agua de cerrajas. De usted depende el cumplirlo: usted no es
lerdo: si quiere, facultades tiene. Por de pronto, vamos a lo esencial. ¿Debe
usted algo?
-Sí...
no... es decir, a la patrona.
-Con esa
ya ajusté yo cuentas. ¡Buena alhaja!
-El
zapatero de la esquina del Mercado Viejo me hizo estas botas altas...
-Verá
usted... En el café de Mariano... como solemos jugar al dominó...
-¿Y no
hay libro de cuarenta hojas? ¡Todo es nonada, comparado con los naipes
malditos! ¿Tiene usted contraído vicio? Porque hoy he visto...
-No
señor, era la brisca, entre nosotros, por pura broma... a habichuelas...
-Por
broma pase... ¡pero cuidado, cuidadito! ¿Y libros? ¿Tiene usted todos los del
año?
-No, eso
no... Entre los cuatro reuníamos todos; pero naturalmente, no traje sino los
que me corresponden.
-¿No le
dan a usted sus padres dinero para libros?
-No diga
más. Con aguas pasadas no muele molino: pero ¿para cada cuatro un libro? ¡Madre
mía del Socorro, mientras tres holgaban, estudiaría uno!
-En
roncar y perder el tiempo. Ni jota sabían ustedes de la asignatura. Bueno, ya
pasó; pero desde ahora... Otra cosa tengo que preguntar a usted, y es materia
algo delicada. Advierta que tengo poderes de sus padres, poderes amplios... que
si no...
-Pues...
(Don Vicente se bebió un copioso trago de agua) sus padres temen, y me han
encargado que averigüe si tiene usted algún enredo, de esos que a su edad... En
fin, usted me comprende.
-Sí, sí,
comprendo -repuse con sinceridad y viveza- No, no tengo cosa mala que ocultar.
-A Dios
sean dadas gracias. También me encomiendan, como es justo, que mire por que
usted no descuide sus deberes religiosos.
Enmudecí.
Para no mentir y ser leal, fuerza me era declarar que largo tiempo hacía no iba
a misa, sino del pórtico afuera, en donde me recostaba pasando revista a las
devotas. No obraba yo así por irreligiosidad, ni por sistema, sino más bien por
descuido, pereza y rutina. Pero se me hacía cuesta arriba declararme al
canónigo.
-Muy
callado se queda usted -dijo éste gravemente, rechazando el pocillo del ya
sorbido chocolate, y limpiándose la boca con la servilleta doblada.
-Diré a
usted... Algunas misas he perdido, pero mucha culpa de ello toca a mis
compañeros, que se reían de todo lo relativo a Iglesia. Por librarme de su
chacota...
-Dime con
quién andas, te diré quién eres; las manzanas podridas dañan a las sanas. Pues
en ese asunto es preciso que usted ponga tiento, porque no quisiera yo
encargarme de mirar por ninguno de esos mancebitos desalmados de hoy, costales
de impiedades, pervertidos por las malas ideas que corren. Eso no. Y mire usted
que en su casa no deben de haberle dado tal ejemplo.
-Así como
pienso enmendarme en lo demás -respondí-, me enmendaré en eso.
-Ojalá.
Mala escuela ha tenido: ahora le será a usted más difícil tomar hábitos de
orden, formalidad y buenas costumbres. En fin, usted afirma que va a ser otro
hombre: ¡Dios lo quiera!, me sería muy doloroso tener que desesperar de su
conversión.
Dijo esto
último en tono agridulce, del cual vine en conocimiento que mi tibieza y
negligencia le habían parecido de mal agüero, y pesome de ser franco, como a
Gil Blas con el arzobispo de Granada. Yo, allá en mis adentros, me sentía más
reo de pereza y flojedad que de otra cosa, y muriendo por congraciarme con don
Vicente, pronuncié con contrición doblada:
-Señor,
no soy mal cristiano, aunque remiso; y no es posible que deje de conducirme
bien, viviendo con usted y en esta honradísima casa.
-¡En esta
casa! ¿Y quién le dijo que iba a estar en esta casa?
-¡Adiós
mi dinero! -pensé para mi coleto, y como edificio de naipes se vinieron al
suelo en un punto mis risueñas esperanzas y se volcó el cantarillo de la
lechera. Debí de mostrar rostro asaz turbado y compungido, puesto que don
Vicente añadió con más benignidad:
-Bien
quisiera yo poner así a salvo su mocedad, y hacer ese servicio a su familia;
pero me lo vedan razones muy obvias. Tengo a mi lado, como usted ha visto,
hermana y sobrina; esta última doncella, sin más dotes ni galas que su recato.
Ya entre, según piensa, en el convento de la Enseñanza, ya mude de propósito y
elija otro estado, no me parece que deba vivir bajo el mismo techo que un
mozalbete. Las lenguas maldicientes poco necesitan para sajar y hacer picadillo
de las honras. Pero no se apure: ya he procurado para usted más decente
albergue del que deja. No lejos de aquí vive una señora buena que admite
pupilos, no por hacer negocio, sino para ayudarse a pagar la casa. Serán
ustedes no más tres huéspedes, y todos moros de paz; no le maltratarán la ropa
blanca como en aquel tugurio, y su cuarto no parecerá un hospital robado.
Aún
departimos algún tiempo el canónigo y yo, él doctrinándome con sabios consejos,
yo respondiéndole sumiso, pero con el pensamiento en otra parte, porque las
nuevas del monjío en ciernes de Pastora me escarabajeaban en el alma.
Despidiome, en fin, asegurándole yo que sabría encaminarme solo al redil que me
buscara su solicitud. Encargome el que viniese con frecuencia a darle cuenta de
mis adelantos y conducta: lo que le prometí de muy buena gana. Con esto salí a
la antesala, y me disponía a levantar el picaporte para irme, cuando un suave
ceceo me llamó desde la esquina del pasillo. Diome la sangre impetuoso vuelco a
impulsos de una desatinada idea que me asaltó; pero al punto me reconocí
grandísimo sandio, pues quien me ceceaba no era sino la dueña.
-Entra
acá, hombre, -dijo campechanamente, empujándome por los hombros a un cuartico,
exornado de muchas estampas de santos con marcos de lantejuela, y amueblado con
una cómoda alta en que descansaba una urna de palo de rosa que contenía una
Divina Pastora de bulto, y una mesilla baja y ancha en que en gracioso
revoltijo se mezclaban tijeras, dedales, carretes de hilo, prendas a medio
repasar, retazos de cinta, hormillas, botones, cabos de cera y alfileteros. En
los rincones había canastas con ropa blanca, fuelles, planchas y tenacillas de
encañonar.
-Entra
-repitió la matrona, que apartada de su hermano se mostraba más lenguaraz y
entrometida que modesta-. A ver qué buen mozo eres. Esa santa bendita de tu
madre no te mandó a hacernos una visita, en tanto tiempo como llevas estudiando
aquí. Pues bien sabe ella que nos queremos, y yo pasé por allá muy buenos
ratos; ¿cómo están todos? ¿Y tu hermana la mayor, que tenía tres años cuando
estuve allí?
Miraba yo
a la madre de Pastora, y hallábala bien diferente de su hija; pero la
cordialidad del recibimiento me venía de molde, y propúseme no desperdiciar
ocasión tan propicia.
-Gracias
a Dios no tienen novedad por allá -contesté-; mi hermana casó con el hijo del
tío Alberto del Soto.
-Válgame
Dios, ese era un labrador de los de punta cuando yo...
-Y mi
madre no me dijo nada de ustedes, ni de que estaban aquí; que si no, ya se ve
que tendría mucho gusto en venir a verlas, y al señor don Vicente...
-Una
persona de tan buen consejo, aunque me esté mal el decirlo; pero no hay en el
cabildo otro más prudente. Y tú, claro, habrás andado como ya sabemos que andan
los estudiantes, metido en mil zahúrdas, sin sociedad de gente fina... Es una
compasión cómo se educa hoy la juventud. En mi tiempo había tertulias, y se
tocaba la guitarra, y se cantaban canciones, y se ponían acertijos y juegos de
prendas, y se recreaban las gentes sin malicia; ahora van los muchachos a esos
bailoteos, y si a mano viene gastan lo que no tuvieron nunca... Me acuerdo,
cuando yo era doncella de la señora marquesa de B... ¡qué buenos ratos! Tocaban
las señoritas el clavicordio, que lo hacían hablar... y a eso de las ocho
entraba un refresco... ¡cosa de gusto!, yo sabía dirigirlo y arreglarlo tan
bien, que la marquesa me decía sólo: Fermina, ya sabes; como siempre. Y ya
contaba yo: tantos convidados, tantas onzas de chocolate: tres bizcochos para
cada uno, dulce de guindas a proporción...
La
locuacidad de doña Fermina, rompiendo vallas y saltando diques, se desbordaba.
Propúseme llevar con paciencia las flaquezas de la dueña, oyéndola como quien
oye llover. Pero no había treta que bastase, porque sin dejarme el recurso de
pensar en las musarañas, me llamaba la atención hacia otro punto.
-¿Pero
qué estás mirando? -me decía-. ¿Miras esa imagen de la Pastora? Pues has de
saber que la compré de lance, y así y todo me costó siete pesos: es cosa fina.
Repara que los borreguitos son de cristal y los árboles conchitas, y el vestido
de la Divina Pastora es raso, con mucho bordado de oro... ¿No ves qué
sombrerito de paja tan cuco? ¿Y qué propios están esos pescados de cera que
nadan en ese río de hojadelata y talco? Y la cara de mi Madre bendita, ¡qué
preciosísima es! Dicen que se da un aire con mi hija...
No podía
yo meter baza, ni menos sumirme en mis pensamientos; la charla seguía
desenvolviéndose y girando, como un ovillo por cuyo cabo se tira. Además de los
anteriores temas, que nunca se agotaban, acribillome doña Fermina a preguntas
acerca de mi vida, mis amistades, mis propósitos, y la reprimenda que me había
administrado don Vicente; describiome al pormenor mi nuevo alojamiento, el
carácter de la patrona doña Verónica, el de los huéspedes, y hasta no sé si el
color de las colchas y el dibujo de las toallas, y vine en conocimiento de que
doña Fermina no ignoraba nada de cuanto no le iba ni le venía.
Marcado,
disponíame ya a tomar soleta, cuando acertó a entrar Pastora, y con ella el
alivio para mis nervios y el gusto para mi espíritu. Saludámonos con cierto
encogimiento y cortedad, y ella se sentó modestamente en su silleta baja,
tomando al punto la labor, que según vi no era tejido de lizos de oro y seda,
ni de orientales perlas recamado, sino las vainicas de unos anchos pañuelos.
Noté que delante de su hija la lengua de doña Fermina andaba un poco menos
suelta, ya porque el grave continente de la niña enfrenase su libertad
demasiada, ya porque temiese decir algo que sonara despreciablemente en
candorosos oídos. Ello es que se contuvo, tomó también las agujas de hacer
media, y puso en actividad los dedos dando respiro a la laringe.
A poco,
madre, hija y yo terciábamos en familiar plática.
Era
Pastora completamente distinta de todas las mujeres (no muchas ni muy selectas)
que había yo tratado. No se advertía en ella el descoco y presunción de mis
parejas en los estudiantiles bailes, ni menos la rustiquez zahareña de mis
montañesas hermanas y compañeras de infantiles juegos. Finilla y dama por
naturaleza, se mostraba al familiarizarse sencilla y alegre como paloma; y aun
no le faltaban unas miajas de malicia, destinadas a templar gratamente la
demasiada pureza de las líneas de su rostro, parecido al de una Virgen de cera.
Tal infantil malicia endulzaba, a la vez, la excesiva corrección y regularidad
del semblante, y la perspicacia extraordinaria del entendimiento; porque tenía
Pastora un juicio tan vivo y claro a veces, y formulaba unas sentencias, que
mal año para Séneca y cuantos maestros de filosofía produjo la antigüedad. Lo
mejor del caso consistía en que no sacaba Pastora su ciencia de ningún libro,
como no fuese del Año Cristiano, de la Leyenda áurea o del Catecismo explicado
del padre Mazo, únicos que en su poder vi; pues ni aun a las delicadezas
místicas del Kempis se atrevía su biblioteca. De suerte que hay que creer que
el recto discurso de Pastora nacía de una natural luz, propia de su alma, que
muy brillantemente alumbraba su criterio. Yo confieso mi pecado: algunas veces,
en presencia de Pastora, sentíame poseído de una impresión singular:
antojábaseme que, aunque nuestras sillas se tocasen y la estameña de su hábito
rozase el paño de mi capa, en realidad Pastora estaba lejos, muy lejos, allá en
unas cumbres muy altas que yo escalar no podía. Borrábase esta aprensión,
cuando alguna de las inocentes chiquilladas de los dieciocho años brotaba de
sus labios, más rosados que las conchas que contrahacían flores en la urna de
la Divina Pastora.
Nada
menos semejante a una hija de la civilización que aquella futura monjita. Jamás
respiraron sus pulmones, hechos al grave perfume del incienso, la atmósfera
turbia y malsana de los bailes de San Agustín, ni el polvo sofocante de la
Alameda en un día de música; jamás tapó su cara virginal el antifaz encubridor
que al velar el rostro rasga el velo de la vergüenza; jamás deshonró su
peruginesca cabeza, moño ni perifollo alguno, ni más afeite que la clara linfa
de las fuentes, con que alisaba el sedoso cabello; jamás trocó por manto de
blonda la graciosa mantilla de tira, de terciopelo y paño, que tan bien sentaba
al óvalo de su faz, realzando con el contraste lo delicado de su cutis; jamás
afeó su cuerpo traje a la moderna con pabellones, volantes o lazos, sino el
ceñido hábito de lisa falda y plegado corpiño, que dibujaba con púdica reserva
las ondulaciones de su ligero y garboso talle. Es cosa bien llana que los
estudiantes, que tienen ojos de lince para atisbar a las muchachas bonitas, no
dejarían de haber rondado a la sobrina de don Vicente; pero así paró ella
mientes en los galanes que acechaban su ida a misa y a la novena, como en las
habitantes de los antípodas. No existía en Santiago alcázar más inexpugnable
que el del recato de Pastora, ni cosa más proverbial que su recogimiento y
modestia: buena prueba de ello era el que juntas hubiesen llegado a mí,
caminando por no muy comedidas bocas, la nueva de su honestidad y la de su
hermosura. Así fue que al pronto no me atreví yo a cortejarla declaradamente.
Me presenté tímido, respetuoso, rendido y prendado: y no sin orgullo vi que iba
ablandándose aquel corazoncito y resbalando aquella voluntad por la pendiente
florida y suave a que yo la atraía.
Aunque
sirve el amor propio de natural ceguera, todavía no puedo persuadirme de que la
vocación monástica de Pastora fuese entonces verdadera y profunda, llamamiento
eficaz al estado religioso. Imagino que la paz y sosiego ociosos de su
espíritu, el carácter arrebatado y difícil de su madre, la devoción espontánea,
el cariño y halagos de las monjas, le sugirieran la idea de enclaustrarse,
considerando el convento más bien como un lugar de reposo que como el paraíso
del alma. Por mucha estima en que yo me tenga, no me parezco capaz de turbar un
pecho en que ya anidó la gracia, y que exaltan los transportes del amor divino.
Colijo pues, que Pastora no sostuvo lucha ni combates consigo misma, ni
experimentó remordimientos por desoír la voz de lo alto. Insensiblemente se fue
aficionando a mí, y nos hallamos al cabo novios.
No nos
faltaron ocasiones de pelar la pava y de departir largamente. Doña Fermina era
un Argos muy poco vigilante, amén de que tenía sus quehaceres y devociones, que
la forzaban a salir, y su incansable lengua, que la impelía a ir en busca de
vecinas y comadres para dar desahogo a la plétora de palabras que la sofocaba.
Don Vicente había distribuido sus horas entre coro, siesta, rezo, paseo y
lectura, de modo que me era facilísimo sortear las mías para no encontrarle. Es
de advertir, por que no padezca menoscabo la limpia fama de mi Pastorcilla, que
aquel nuestro afán de coger las vueltas a sus guardianes, no nacía de propósito
alguno menos honrado y comedido: antes al contrario, como desde que conocí a
Pastora la tuve por propia y adecuada para esposa legítima de un futuro
medicastro, y como tal la puse allá en mi interior más alta que los cuernos de
la luna, mi primer cuidado fue informarla de mi honesto propósito, y desde
aquel punto no nos igualaran en mutuo respeto y confianza los más pulcros
futuros ingleses. Pura niñería era lo de querer que nadie oyese nuestros
coloquios; porque en verdad, según su inocencia, pudiéramos pasarlos en mitad
de la calle.
A Pastora
la defendía su sencillez y candor; y yo, aunque algo maleado por el roce y por
mis adocenadas aventurillas, no tenía en el fondo mucho de Tenorio. Por otra
parte, en nuestros amoríos no fermentaba la menor levadura de sentimentalismo,
y nos tratábamos con aquel desahogo y llaneza que suministra la conciencia
tranquila. Obsequiaba yo a Pastora indistintamente con claveles y camelias, que
cogía en alguna huerta de los arrabales, o con canastillos de hojaldre y barras
de alfeñique compradas en la confitería; y ella así me pagaba con un
escapulario bordado o con una mata de malvarrosa, como remendándome los
desgarrones de la escolar capa. Todo el tiempo se nos iba en hacer planes para
el porvenir, o en ajustar la cuenta de la lechera. Yo levantaba canastillos de
naipes, y Pastora con un soplo de buen sentido los echaba a tierra.
-Mira
-solía decirle presentándole un espejillo que colgaba de un clavo en el cuarto
de su madre-: mírate, tonta, qué bonita eres. ¿Y aun te atreverás a decir que
no has de salir nunca de ese hábito y de esa mantilla de tira?
-¡Anda!
Más mérito es que sea bonita así. ¡Brava hazaña haría en estar guapa, si me
pusiese arrumacos y perendengues y aretes de piedras en vez de éstos!
Y tocaba
riendo sus orejas, en que dos hebras de seda verde hacían resaltar lo nacarado
y menudo del lóbulo.
-¡No,
pues cuando seas médica, ya te mando yo que has de gastar blondas, y cola, y
abrigo de terciopelo! No faltaría más.
-¡Ja,
ja!, ¡abrigo de terciopelo! ¿Quién te verá, Pastora? (Y hacía ademanes de dama
remilgada que anda contoneándose, con las manos pendientes y los brazos tiesos
y desviados del cuerpo).
-Mira,
cada uno debe vestir como quien es.
-¡Conversación!
¿Y quiénes somos tú y yo, Pascualito? ¡Vaya unos príncipes y unos peruleros!
Sí, que ayer nos cayó el premio gordo de la lotería. Si el Señor nos concede
patatas y tocino para guisarlas, mucho deberemos a su incansable bondad. Y
nunca nos falte.
-Va
largo. Digo, si es que tú no te das otra maña, hijo. Pascual, estudia, estudia,
Pascual, que si no tendremos que irnos a tu tierra a cebar bueyes. Y gracias si
como labradores vivimos honradamente, sin depender de nadie más que de nuestras
manos.
-Pero
mujer, si cada vez me entran menos en la chola esas malditas asignaturas. Por
complacerte a ti y a tu tío, voy llevándolas con orden, y aun me aplico, ¡vaya
si me aplico! Pero no hay día en que no vea graduarse en un santiamén a otros
que saben tan poco como yo, y me lleva pateta. Ya podía yo estar concluyendo la
carrera; ¡mira qué gusto!
-Pues sí,
que los que salen son unas notabilidades.
-Pero
hombre, para eso, mejor era que no hiciesen la farsa de ir a sentarse en
aquellos bancos. Bueno estaría que el tío, que es canónigo, no supiese decir
misa, ni teología, ni latín... Y lo que yo digo: si a mí me dieran un papel
escrito; ¿eh?, en que declarasen que yo sabía zurcir muy bien, vamos, y tú
fiado en ese papel me trajeses tu gabán a que le zurciese un siete, y por no
saber no te lo hiciera, ¿qué dirías?
-No es lo
mismo. La práctica...
-Ya;
después que mates un ciento, ¿sabrás curar una docena?
-Yo lo
que te digo es que me hierve la sangre de impaciencia por ser médico, y que nos
casemos...
-Y que
nos muramos de hambre, porque no tendrás enfermos... Mira, Pascual, yo vivo de
cualquier modo, porque, aunque boba, bien se me alcanza que al que se contenta
con poquito todo le sobra. Pero tú, que ya estás soñando ahí con blondas y
rasos, y que además eres aficionadillo a mil menudencias y primores... Vaya, el
que quiera ciertas cosas que las gane.
-No sé
cómo a ti no te entusiasma la idea de ir de mi brazo al paseo, al teatro...
-¡Teatro!
Haya para la olla, y dareme con un canto en los pechos.
-Te digo
que hemos de vivir como archipámpanos. ¡Verás cómo te gusta el teatro! ¿No
fuiste nunca?
-¡Quiá!
Dice el tío que es un espectáculo muy inmoral y muy impropio de muchachas
solteras.
-¿Qué
sabe tu tío? Apostaré a que en su vida lo vio.
-Sí tal,
fue una vez antes de ordenarse, y volvió escandalizado. Más de mil veces habla
de aquel lance. Dice que daban una función... ¿A ver si me acuerdo? Era cosa de
amores... ¡Ay!, sí. Los Amantes del Teral o Terel...
-De
Teruel... ¡Bueno! ¿Y qué tiene eso de inmoral? Eran dos que se querían, como tú
y como yo, ¡mira qué cosa! Pues digo, ¡si tu tío viese las que dan ahora
nuevas!
-No, ya
dice él que, según lo que traen los periódicos, aquello era tortas y pan
pintado en comparación de lo que hoy se estila. Ya ves como tiene razón, y una
muchacha formal no debe poner el pie en esos sitios.
-¡Qué
seria se me queda usted! ¡Parece una doctora! ¡Los dedos te chuparías tú de
gusto, sor Severiana, si oyeras una sola vez cantar el vals de las cartas
en La Gran Duquesa!
Y tomando
un ovillo de hilo que hallé a mano, y colocándolo a guisa de carta ante mí,
púseme a tararear.
|
Oh
carta adorada |
|||
|
me hiciste feliz. |
-Pareces
loco -me dijo Pastora riendo de todo corazón.
Yo así un
hierro de la plancha, y blandiéndolo, grité:
-Atiende,
atiende, que ahora va lo mejor:
|
Y zis
zas, pum, |
|||
|
yo soy el general
Bum-bum. |
-Eso sí
que lo aprendes pronto -exclamaba ella sin parar con su risa-. Tales necedades
se te imprimen enseguidita en la memoria; y en cambio lo que lees en los libros
se va como el agua si la echasen en esa canasta de mimbres.
A este
tenor eran nuestros diálogos, nada semejantes en verdad a los de Isabel de
Segura con Marsilla, que tanto asustaron in illo tempore a don Vicente. Algunos días, fuese por el
estado de la atmósfera o por el de nuestros nervios, armábamos camorra y
quimera, a lo mejor, por un quítame allá esas pajas; que con ser Pastorcita una
malva de ordinario, no dejaba, en ocasiones, de sacar las uñas. Recuerdo que
cierta vez llegué de improviso, y hallela con los ojos hinchados, la cara de
juez, devanando activamente una madeja puesta en el argadillo.
-Aquí
estoy yo -dije al entrar-, aquí estoy yo, venga esa madeja, que la tendré de
rodillas y todo para que devane a gusto la señora princesa Micomicona.
-No me
hace falta. Muchas gracias -contestó Pastora sin alzar los ojos.
-¡Uy qué
vientos de cortesía soplan! Malo, malo.
Senteme
en mi sitio de costumbre, y Pastora siguió con su labor, sin volver siquiera el
rostro para mirarme.
-¿Y qué
quieres que te diga? Habla tú.
Levanteme,
y con rápido movimiento sujeté entre las mías sus manos, al mismo tiempo que de
un disimulado puntapié hice volcar el argadillo.
-¿Qué
confianzas son estas? ¿A ver? -dijo ella tratando de desasirse.
-Pues.
Vendrás tú a hacerme mis obligaciones.
-Tengamos
la Fiesta en paz, Pastorcita. Yo he acudido aquí para hablar contigo, para
mirarte, y no para que me pongas hocico. Levanta esos ojos de sol y te dejaré
devanar.
Los alzó
con mirar nada blando; abrí yo las manos y ella se volvió a instalar,
enderezando la devanadera y despidiendo a la vez un suspiro. Yo me quedé en pie
a su lado. Un rayo de sol penetraba por la ventana, dorando los cabellos
castaños de su inclinada cabeza. Arranqué una paja del asiento de la silla más
próxima, y con el extremo la hice suaves cosquillas en la raya y en la nuca.
Estremeciose como si la picase una mosca impertinente, pero no descosió los
labios.
-¿Se
puede saber qué ocurre? -dije yo ya aburrido- ¿Qué te pasa? O me miras, y me
hablas, y me riñes, y me insultas, o me marcho y no vuelvo. Escoge.
-No, si
yo no tengo que reñirte por nada. Si te portas como un santo. ¿Quién ha de
hallar motivo de reprensión en la conducta del señorito don Pascual? Es un
modelo.
Pastora
se había puesto de frente, soltando el ovillo; y su rostro serio y un tanto
descolorido, representaba diez años más que solía.
-¿Qué he
hecho yo? Pues no me remuerde la conciencia de cosa alguna.
-La
conciencia tuya es de manga ancha.
-Pero,
por los clavos de Cristo, dime en qué está mi pecado, siquiera para
arrepentirme.
-¿De qué
se ha de arrepentir una persona tan cabal? No, si no es posible llevar una vida
más arreglada y perfecta que la tuya. Y si no, examinemos un día... por
ejemplo, el de ayer.
-Madrugaste
a las diez: ¿quién duda que es hora muy regular? ¡Otros se levantarán a
mediodía! Después fuiste a cátedra... con los que se quedan. A la una saliste a
tomar el sol, que es ejercicio muy higiénico y provechoso para la salud. A las
dos comiste, y te faltó tiempo para plantarte en el café. Allí no perderías
sino cinco reales al dominó y no sé cuántas mesas de billar... Para una pobre
como yo sería sensible la pérdida; pero para un millonario como tú, ¿qué vale
eso? Al anochecer asististe a la novena de las Madres, como van los buenos
cristianos, a no pasar del pórtico, y a quitar la devoción a las almas piadosas
que entran y salen.
-A otro
perro con ese hueso. Demasiadas veces te he dicho que no quiero que la iglesia
nos sirva de encubridora. A la iglesia se va a rezar y no a cosas profanas.
¿Ibas también por verme a la puerta de la casa de X... esos señores que dan
saraos, y ante cuyo portal os apostasteis veinte o treinta para chillar y
cantar a cada persona que entraba?
-Yo
desearía saber quien te trae a ti esos chismes, para enseñarle cuántas son
cinco.
-Mal me
quieren mis comadres, porque digo las verdades.
-Pascual,
no recurras nunca a la mentira. Eso sí que es peor. Lo sé de muy buena tinta, y
no me importa decirte por quién. Mamá estuvo hoy temprano en la catedral con
doña Verónica.
-Patrona
de Barrabás: ¡a eso van a la iglesia, a comerse los santos, y al mismo tiempo a
desollar al prójimo!
-No lo
hablaron dentro, que lo hablaron fuera y a la salida, ¿lo oyes? Y me parece que
no han descubierto cosa alguna secreta, sino pública y hasta callejera.
-Pues una
vez que doña Verónica es el testigo de mi vida, anda y pregúntale cuántos días
al año hago yo eso. ¿No se ha de disfrutar de alguna expansión?
-No me
quejo yo -dijo Pastora con aquella sutileza de discurso que a veces mostraba-
de que hayas vivido así ayer; quéjome de que esa vida tan vana te guste, y de
que le llames expansión. Porque según un padre jesuita, a quien una vez oí
predicar, no está el daño tanto en las faltas que por ventura cometemos, cuanto
en el placer y afición que despiertan en nosotros. Tu ánimo está cosido a esas
ociosidades y tu voluntad no sabe tomar otro rumbo. Mientras no quieras ser
hombre de provecho, ¡ay Pascual!, no lo serás. Querer es lo primero.
Acertaba
Pastora en su análisis. Es verdad que desde que mi estrella me pusiera en las
próvidas manos de don Vicente; desde que mis huesos reposaban en las sahumadas
y limpias sábanas de doña Verónica, mi conducta era todo lo regular posible.
Acabáronse los trasnoches, los desórdenes, las travesuras y las intriguillas;
olvidara mi paladar el gusto de los licores, y mi mano el movimiento de las
fichas del dominó y de las figuras del ajedrez. Cuando al revolver de una
esquina me daba de manos a boca con mis antiguos compañeros de zambras, volvía
la cara por no mirarles. Unido esto a que asistía con puntualidad a cátedra, a
que acompañaba a don Vicente a sus largos paseos extramuros, y a que la
simplota de doña Verónica tuvo la flaqueza de dejarse decir que yo vivía como
una palomita, resultó que la mucha malicia y la envidia grande de
mis antiguos compinches me confirmara conociéndome presto por el ridículo apodo
de Palomita.
Sí; ¡oh
debilidad, arcano y misterio del corazón del hombre! ¡Oh condición la suya
peregrina, de ningún novelista bien descrita, de ningún sabio enteramente
penetrada! ¿Quién no pensara que con tal pormenor había de cobrar yo tedio,
cuando no aborrecimiento, a aquellos pillastres? Pues razón tenía Pastora:
puntualmente ocurrió lo contrario. Desde que supe que, por iniciativa del
maligno mico que se llamaba Cipriano, eran mi bondad y virtud fábula y risa de
unos cuantos perdis, de cuyo parecer debiera importárseme un bledo, picome una
comezón extraordinaria de ver, hablar y tratar de nuevo a semejantes bellacos:
y era todo mi afán, no por darles sano ejemplo, ni por sacarles de la
desastrada vida en que andaban, sino a la inversa por probarles que yo era tan
truhan como antaño, y tan capaz de hacer una hombrada en La flor de los
campos de Cariñena, o cualquier otro noble lugar.
A tal
empeño, que declaro sin vindicarme ni alegar disculpas, obedeció mi
escapatoria, tan presto sabida como ejecutada. Doña Verónica, que me veía
siempre metódico y formal, se asombró de mi calaverada, y no cabiéndole el pan
en el cuerpo, manifestó su sorpresa a doña Fermina. Esta jugarreta no la
perdoné en todo el tiempo que Pastora se mantuvo pensativa, cavilando en mi
falta de seso y de amor al trabajo.
¡Qué paz,
qué afable y soñolienta holgura, qué conventual sosiego se gozaba en la casa de
doña Verónica, flor y nata de las posaderas de afición! Parecía un palacio
encantado. Tres no más éramos los felices mortales a quienes hospedaba, por
mucho favor, la buena señora.
El
primero un eclesiástico de estos cortesanos y sociables, cuya inofensiva manía
es relacionarse con lo más distinguido del pueblo en que viven, y que se
esponjan como si hubieran puesto una pica en Flandes, cuando les cabe la honra
altísima de derramar el agua sagrada del bautismo sobre la frente del
primogénito de una familia ilustre, o de echar las bendiciones a una pareja de
lo principal, o de cantar las honras de una persona de suposición e
importancia; que sin tener orgullo propio, lo tienen por cuenta ajena, y se
crecen y pavonean al pasar bajo el dintel de una puerta que corona un escudo
heráldico, o al rozar con el paño de su traje una manga galoneada o un vestido
de seda rica; eclesiásticos que rara vez dejan de ser morigerados y puros en
sus costumbres, sirviéndoles de mucho para ello el mismo trato correcto que
frecuentan y el decoro que se consideran obligados a guardar a sus elevadas
amistades. Era pues don Nemesio Angulo uno de éstos, y yo sabré decir que
aparte de aquella fútil niñería, pocos hombres conocí más afables, comedidos y
delicados. Andaba siempre con una misma sotana, ya reluciente a fuerza de
cepillo y uso, porque no siendo don Nemesio ningún potentado, vivía parca y
económicamente, y acongojábale sobremanera el pensar en ser nunca gravoso a
nadie. El otro huésped, harto menos simpático que don Nemesio, era un señorito,
inmediato sucesor de una casa amayorazgada, rico y único, muy pagado de sí
propio, muy fatuo; no vicioso ni calavera; pero con unos humos, un empaque y un
aire de superioridad y desdén que, en mi concepto, le hacían insufrible.
Gastaba a tontas y a locas en mil fruslerías de todo punto afeminadas e
inútiles; en la guantería ordenaba que sus guantes midiesen un dedo más del
largo ordinario por la muñeca, a fin de tener el gusto de pagarlos dos reales
más caros que todo el mundo; y parecíale a él que este era un rasgo de
exquisita distinción. Encargaba ropa y más ropa a los sastres, estrenando cada
semana una prenda, sin hablar de las infinitas corbatas, cadenas y junquillos:
pero su aire atado y lugareño, su rígida tiesura, así como una desdichada
afición a las modas extravagantes y pasajeras, no solamente le impedían llegar
a la elegancia, sino que le ponían a dos dedos de ser risible, y aun le
privaban de lucir una figura aventajada, un cuerpo de buenas proporciones y un
rostro nada despreciable.
Al llegar
aquí tengo que confesarme de un sentimiento que no me honra; pero que atañe a
todo lo que voy narrando. Es el caso que la opulencia fastuosa, el pesado lujo
y las pretensiones de don Víctor de la Formoseda (que así se llamaba el
señorito), me producían, ¿diré envidia?, ¿diré empacho y tedio? ¡Qué sé yo! Lo
cierto es que llegó a no serme posible verle sin enojo, y que asía por los
cabellos toda coyuntura (y no faltaban) de burlarme de él con los demás
estudiantes, que a causa de su atildamiento no le llamaban sino don Esdrújulo (fieles
a la costumbre de poner apodos). Queríanle muy mal, y quizá no sin algún
motivo, porque él prescindía de la unión y compañerismo, tenía a menos ir del
brazo con los que no se presentaban tan peripuestos; no cruzaba dos palabras
con los que a su lado se sentaban en clase; se hacía el desconocido al
tropezarlos fuera del aula, y en suma, se aislaba en su altura y magnificencia.
De suerte que puede decirse que la Universidad entera tenía, como yo, ojeriza
al rico estudiante. Al verle salir tan currutaco, con sus pantalones mahón o
gris perla, que no hacían una arruga, su levita de brillante paño, su cuello y
puños níveos, sus guantes frescos, sus charoladas botas y su sombrero
reluciente, algo torcido sobre la cabellera rizada a hierro, no podíamos
eximirnos de mirar compungidos nuestro arreo escolar, harto maltratado y lacio.
A veces
me ponía yo ante un espejo y me consolaba yo a mí mismo diciéndome: Pascual,
vale más tu soltura y tu buen avío que todas las galas de ese lindo don Diego.
Mas los sofismas del amor propio no bastan para encubrir la realidad. Mejor me
desahogaba con celebrar las diabluras de Cipriano, que desde un cuarto piso
despedía un puñado de harina hacia el flamante sombrero, o pasaba los días de
lluvia al lado de don Víctor, patullando en los charcos para constelar de lodo
el pantalón irreprensible. La noche en que, según informaron a Pastora, nos
pusimos de guardia a la puerta del sarao para molestar a los que pensaban
divertirse, Cipriano llevaba oculta bajo la capa una botella de asafétida, que
con el mayor disimulo lanzó sobre los faldones del frac de don Víctor. Este,
que era terrible cuando se encolerizaba, nos diera quizá a todos muy mal pago,
si ligeros y tácitos no nos hubiéramos escabullido por una callejuela
colindante sin aguardar a que advirtiese la burla.
Inútil es
decir que con el carácter de don Víctor, ni yo le trataba ni nos saludábamos
casi, a despecho de vivir tabique por medio. En cambio hice excelentes migas
con don Nemesio Angulo, y solíamos juntarnos para despachar la pitanza, no
opípara, pero sí sazonada y gustosa, que nos ofrecía doña Verónica. El señorito
comía aparte, en sus habitaciones, que eran dos y muy desahogadas, no que
nosotros con un angosto cuartuco nos contentábamos; cosa nada de extrañar,
teniendo en cuenta la diferencia de pupilaje, y que razonablemente no podía la
bondad de doña Verónica, con ser mucha, extenderse a equiparar a tan importante
huésped con nosotros tan humildes.
Sin
embargo, el caritativo corazón de la excelente patrona la movía a hacer a
nuestros estómagos partícipes de las golosinas con que a cuerpo de rey
obsequiaba a Formoseda. Indignábame yo, y era lo bastante quijote para no comer
cuando advertía que me presentaban algún relieve de la mesa del señorito. Don
Nemesio, en cambio, lo hallaba la cosa más natural del mundo.
-¿No
prueba usted de esa botella de Jerez? -solía decirme- El color convida. Traiga
usted, le echaré una copa.
-Señor
don Nemesio, ¿no ve usted que está descorchada y empezada? -contestaba yo
mohíno y fosco.
-¿Cómo
qué más da? ¿Somos aquí criados para que se nos den las sobras de ese don
Esdrújulo?
-¡Qué
aprensión! No, Pascual, no se las dan a usted en concepto de sobras; lo hace
esa infeliz de doña Verónica para que catemos de un vino excelente.
-¡A mí me
fríe la sangre todo esto! Ayer nos pusieron una empanada que traía alzada la
cubierta; se conoce que la levantó Formoseda, no le gustó el cariz y nos la
encajó acá, ¡sólo para chafarnos!
-¡Válgame
Dios! No lo crea usted; es una persona muy buena en el fondo el tal don Víctor;
conozco a su familia, que es dignísima, y de las antiguas de este país. Y él, a
pesar de ese aire así... serio, es un pedazo de pan. Dos o tres veces me ha
obsequiado convidándome a comer en su sala, y aseguro a usted que estuvo
atentísimo conmigo.
-Con
usted estará. Pues sólo faltaba: sí, que no trata usted a personas que valen y
suponen cien veces más que él.
-No, no
digo tanto, aunque es cierto que algunas señoras de respeto me favorecen y me
reciben con agasajo. Ya saben ellas que Nemesio Angulo es un inútil pero bien
intencionado capellán.
-Yo le
aseguro a usted que el don Victorcito me quiere mal y me hace los desaires que
puede. Por eso me irrita que nos sirvan sus platos recalientes y que esta sea
su segunda mesa.
-Mire
usted, Pascual, no podemos exigir muchas gollerías a doña Verónica; harto hace
la pobre, que nos hospeda por una friolera. Ella combinará sus arreglitos, y
puede entrar en sus cálculos ponernos un manjar que don Víctor no haya probado.
Y a nosotros ¿qué mal nos viene con eso? No lo digo por glotonería; soy más
sobrio que otra cosa; no tengo grandes exigencias, y ya sabe usted que lo paso
igual con nabos que con faisanes. Pero una vez que por desdicha nuestra no
somos tan ricos como don Víctor, debemos desechar la soberbia y conformarnos.
Es el gran arte en la vida, Pascual: contentarse con la suerte.
Decía
esto con filosofía tan apacible y semblante tan sereno, que a veces me movió a
probar de los aborrecidos manjares. Mas no me convencían sus razonamientos, ni
me hallaba dispuesto a resignarme. Desde que vivía al lado del señorito de la
Formoseda, siendo testigo de su lujo y prodigalidad, danzábanme allá en el
magín ciertos trasgos o duendes, y se me representaban escenas fantásticas que
me traían asaz de trastornado. No me sonreía el dinero como dinero, sino como
medio de lucir, de triunfar, de aplastar a aquel vanidoso bajo el peso de
mayores vanidades. ¿Pensará nadie que al cerrar los ojos para mejor ver dentro
de mí a Pastora, me la figuraba yo con su modesto hábito? ¡Buen hábito nos dé
Dios! La sobrina de don Vicente, en mis visiones, arrastraba ya rozagante traje
de ostentoso terciopelo, ya gasas sutiles y mágicos atavíos de baile; ocupaba
conmigo una gran casa, con ancho portal y salas amuebladas con primor; dábamos
convites a que era invitado don Nemesio Angulo, y en que las botellas tenían lacrado
el tapón, y las empanadas intacta la cubierta. Soñaba también que poseíamos un
coche más lujoso que el del cardenal arzobispo (para lo cual advertí después
que no se necesitaba mucho) y que pasábamos al lado de don Víctor, salpicándolo
con el fango que levantaban las rápidas ruedas.
Con tales
quimeras y devaneos, ya casi me era enojosa la sociedad de Cipriano y demás
regocijados compañeros. ¿Qué valían los truhanescos placeres en que ellos
pasaban la vida al lado de mis aspiraciones? Pastora algunas veces se burlaba
dulce y agudamente de mis ensueños.
-Dime,
¿cómo haremos para llegar a millonarios? -me preguntaba muy seria.
A esto no
replicaba yo nada, y derretíanse las alas de cera de mis ambiciosos desvaríos.
Cuando por ventura insistía yo más, se formalizaba ella.
-Pascual,
Pascual -me decía-, veo que el primer enemigo del alma no duerme. Malo, hijo;
esa codicia no augura sino desdichas. ¿A que eres capaz de venderme por treinta
dineros, como Judas a Nuestro Señor? El diablo, el diablo te trae a mal traer
con esas imaginaciones.
-También
es duro, Pastora, que nunca haya de poder uno gastarse las onzas en disfrutar
como don Víctor.
-¿Y qué
disfruta ese señorito?
-¡Ahí es
nada! Más derrocha él en un día, que tu Pascual desde que vino al mundo.
-Pues,
vaya, que la diversión... No estará más contento que yo lo estoy remendando
esta sábana vieja.
-¿Y por
qué han de tener unos tanto y otros tan poco? Por vida de...
-¡Calla,
deslenguado! ¿Le vas a enmendar tú la plana a Dios? Aparte de que a mí no me la
pegas: lo que te incomoda es ser menos, que si fueras más no me harías tal
pregunta.
Alzaba
ella entonces la cabeza de la labor, y mirándome fijamente pronunciaba:
-Todos
somos hijos de nuestras obras. Si tú quieres, podemos ser ricos. Aplica los
codos: de ti depende. ¡Yo no he de coger los libros y estudiar por ti! Si
estuviera en tu pellejo... No te rías; se me figura que tragaría las lecciones.
¡Si te ríes más voy a darte un tijeretazo; a la una... a las dos...! (Y las
tijeras caían de plano sobre los nudillos de mi diestra).
De sobra
alcanzaba yo que el porvenir de un mediquillo de mi laya no era de lo más
brillante. La voz interior que tan claramente nos dice las cosas más duras, me
gritaba que a aquel paso no iba yo derecho al templo de la fama. Sin ser torpe,
me reconocía frío y cerrado para el estudio. Faltábame el amor, que en el
estudio como en todo, hace la carga ligera y suave el yugo. No retenía mi
memoria los nombres técnicos; los libros se escapaban de mis manos; iba
trampeando, leyendo sin interés y de mala gana.
Con todo
eso, el sistema aconsejado por don Vicente dio su fruto. Por lo mismo que no
era entonces obligatoria la asistencia a clase; por lo mismo que la mayoría se
aprovechaba muy a su sabor de tal libertad, así como de la de simultanear y
atropellar asignaturas, yo, que acudía puntualmente a cátedra, yo que llevaba
la carrera por su orden antiguo, cobré fama de aplicado, de buen
muchacho, de hombre formal en suma, y antes de entrar a examen la
benevolencia general de los profesores me hacía augurar feliz éxito.
Así fue;
preguntáronme con blandura cosas fáciles y corrientes; despacháronme presto, y
salí, sin discusión, aprobado. Corrí a pedir albricias a Pastora, y recordando
en seguida que a dos leguas de mi hogar había un pueblecito, y en él estación
telegráfica, dirigime a expedir un parte a mis padres, o por mejor decir, a un
amigo, con encargo de que se lo comunicara. Al acercarme a transmitir mi
despacho, pude observar que el telegrafista, hombre ya maduro, rojo como un
pavo, no me atendía y refunfuñaba entre dientes coléricas exclamaciones.
-¡Tunantes,
ganapanes! -decía. Y volviéndose a mí-, usted dispense, caballero -murmuró-,
pero no soy dueño de mí mismo. -Y tomando mi parte, leyolo en voz alta.
-¡Ah!
-pronunció al terminar-: ¡reciba usted mi enhorabuena, caballero! ¡Usted es un
buen hijo y un hombre honrado! Lea usted, lea usted lo que ahora mismo acaba de
obligarme a transmitir un pillo, un tagarote, al cual insulté y se rio en mis
barbas, y dígame usted si un padre de familia puede ver impasible ciertas
cosas.
Tomé el
trozo de papel, y leí:
«Papá: en
fisiología mal; anatomía igual; las restantes ídem. Manda dinero. -Cipriano».
Aquel año
me parecían interminables las antes tan suspiradas vacaciones, a pesar de que
mis padres me recibieron, sin metáfora, como al hijo pródigo, matando una
rolliza ternera e invitando a parientes y deudos al homérico banquete que se
dispuso con los restos del pobre animal. Mas yo estaba en brasas. Me parecía
que trascurriera un siglo desde que no hablaba con Pastora. Las diversiones
rústicas, las fiestas y romerías me enfadaban; mi deseo era llegar cuanto antes
al mes de octubre. Próximo ya éste, avínome un suceso que redobló mi
impaciencia; y fue que me atacaron perniciosas calenturas, de carácter
tercianario, con las cuales postrado y doliente no fue posible que hasta
principios de noviembre soñase en el viaje. Al cabo me dieron de alta, y aunque
amarillo, chupado y hecho un espíritu, me faltó tiempo para tomar el camino de
la escolar ciudad. A medida que iba ganando terreno y respirando nuevo y
distinto ambiente, me parecía que la vida tornaba a mi debilitado organismo.
Sentía el torrente de la sangre, más tépido y apresurado, girar por mi cuerpo;
cobraban elasticidad mis miembros, mi cabeza regía sosegada y firme, y,
cerrados los ojos, en un ángulo de la diligencia, saboreaba las gratas
sensaciones del que resucita. Mil deleitosas quimeras, mil confusas
aspiraciones se agolpaban a mi cerebro; quería vivir, quería gozar. Como nos
acercásemos a Santiago, miré por las ventanillas, y el paisaje más monótono que
risueño, y el agudo soplo de fresquecillo de una tranquila tarde de noviembre,
que vino a herir mi epidermis, me produjo un estremecimiento de júbilo y
entusiasmo. Me apeé en los arrabales, antes de llegar a la parada y eché a
andar con paso ligero, sin dirección fija. Bajaba el día ya; el sol poniente
doraba con mágicos tornasoles los campanarios de las iglesias, y en especial
uno que descollaba entre todos, unas torres gallardas, afiligranadas, esbeltas.
En mi vagabunda carrera, atraído por aquellas torres, fui a parar a la
catedral.
Entré.
Pocos fieles oraban en las naves solitarias, por las cuales se extendía vago
perfume de incienso. Los negros confesonarios parecían otros tantos inmóviles
centinelas; un rayo de sol, casi moribundo, iluminaba el magnífico pórtico de
la Gloria, colocando aureolas de rojiza y desmayada luz sobre las cabezas de
piedra de los bienaventurados. Bajo el elegante y atrevido pilar que sostiene
el tímpano, la estatua del arquitecto Mateo, de hinojos sobre las losas,
continuaba su eterna oración. En el lejano altar, ya invadido por la sombra, se
percibía la melancólica imagen de la Virgen de la Soledad, rodeada de morenos
ángeles, cuyos cuerpos, en la penumbra crepuscular, parecían dotados de vida y
movimiento. Caminé hasta las gradas, arrodilleme, y fervorosamente di gracias a
Dios que me había conservado la existencia y devuelto la salud. Me distrajo de
mi plegaria una forma gentil, presente siempre a mi imaginación, cuya
proximidad entonces me revelaron los sentidos, pues la vi cruzar por detrás de
las columnas que dividen la nave. Levanteme, y la seguí a distancia; se
retiraba ya, pues pasó ante el altar mayor haciendo una genuflexión y un signo
de cruz. Tomó el camino para salir por la puerta que da a la Quintana, y al
pasar ante la pila del agua bendita, la vi humedecer sus dedos, sacudirlos y
santiguarse de nuevo. Vehemente tentación me impulsaba a ofrecerle el agua yo
mismo: supe contenerme, pero no me eximí de alzar la gruesa y pesada cortina de
cuero que pende ante la puerta de salida. La dama salió sin mirar al galán que
así la obsequiaba; yo eché detrás, y al verla ya fuera del sagrado recinto,
afanosamente le tiré de la manga, repitiendo a la vez su nombre.
¡Maldita
plaza! Estaba clara aún, porque el día no se extinguiera del todo; cruzaban
varios transeúntes, y el rápido y ahogado chillido que lanzó Pastora al verme,
hizo volver la cabeza a dos o tres. Ella lo notó, y precipitadamente me dijo:
-Pascual,
Pascual, estoy muy contenta: pero aquí no puede ser, no puede ser. Adiós, hasta
mañana a las nueve.
Asió mi
mano, la estrechó suavemente, y veloz como una exhalación, antes que yo pudiera
seguirla, cambió de rumbo, bajando apriesa la peligrosa escalinata, roída por
el uso, que conduce de la Quintana a la Platería. Quedé parado, y al fin
resolví no seguirla, puesto que ya me citaba para el día siguiente.
Doña
Verónica me recibió deshaciéndose en felicitaciones y extremos de gozo, porque
no me había muerto. Supe que éramos los mismos huéspedes del año anterior; vi a
don Nemesio, que mostró gran contento al hallarme restablecido; y se reanudó la
rota cadena de mi existencia escolar. Poco me dejó dormir aquella noche el
desasosiego, y dos regulares horas antes de la fijada para la entrevista, ya
andaba yo rondando la casa del canónigo. La madrugada era fría y brumosa, como
del mes en que estábamos, y subí el embozo de mi capa recatando el rostro. Cual
enamorado novel, miraba ya a los cristales de las vidrieras, ya a las nubes
color de pizarra, ya a la cerrada puerta de don Vicente. Hecho vivo
guardacantón, fui viendo cómo salían, primero la cerril moza de cántaro, que
desempeñaba los más humildes menesteres de la casa, y que en este momento iba
sin duda a la compra, si no mentía el panzudo cesto, cuya asa rodeaba su brazo;
después doña Fermina, rebujada en un mantón, rosario en muñeca y
descoyuntándose a bostezos, y por último, don Vicente mismo, que con diligente
andar se encaminaba a la basílica a celebrar la misa cotidiana.
Vista que
me causó mucho regocijo, pues salir él y colarme yo en el portal fue todo uno.
Mas al cruzar el cancel, no sé cómo no pegué un brinco de sorpresa. Tras de mí
se enhebró otra persona, y esa persona era un señorito alto, de buen talante,
embutido en un abrigado gabán; yo ignoro cómo le vi quizás por el rabo del ojo,
pero él no debió de verme, pues venía del otro lado de la calle, y a mí me
encubría la meseta de la escalera, que formaba un recodo. Subí como un
relámpago; la puerta estaba entreabierta; entré como una bomba; empujé a
escape; cerré, y sólo entonces pude reparar en Pastora, que de pie ante mí me
miraba asombrada.
-¡Jesús,
hombre, qué manera de entrar! -exclamó.
-Es
que... es que subía una persona que... -respondí sin aliento y casi sin acertar
con las palabras.
-¿Pero
qué ocurre?, ¿quién sube? -preguntó alarmada la muchacha.
Esta
conversación era en la antesala, en voz queda y apagada; iba yo a satisfacer la
curiosidad de Pastora, a tiempo que el sonido de un campanillazo me cortó el
habla.
-Bien, ¿y
qué? -repuso Pastora ya más serena- Vete a mi cuarto; yo tengo que abrir.
Espérame allá.
Así lo
hice, y contando los segundos por los latidos de mi corazón y la pulsación de
mis arterias, esperé obra de tres minutos. Al cabo de ellos se presentó
Pastora, encendido el rostro como brasa, y los ojos muy brillantes.
-¿Qué
hay?, ¿quién era?, ¿era él?
-¿El
señorito de la Formoseda? Ya lo creo.
-¿Y qué
quería?, ¿qué quería? Me ha hecho subir las escaleras de cuatro en cuatro.
-¿Te ha
visto? -preguntó algo turbada la sobrina del canónigo.
-No, no
me ha visto; no es posible.
Pastora
respiró, y su rostro se puso natural, risueño, con unos visos de aquella
particular malicia suya.
-Mucho me
alegro -me dijo- Una calumnia se inventa presto, y como la gente no está
obligada a saber el buen fin con que tú y yo nos queremos... Si te viera ese
ocioso entrar aquí en ausencia de mi tío y de mi madre...
-No
receles: me di tal prisa y maña a subir, que ni el viento. Pero me vas a
explicar... porque yo aquí olfateo algo raro, desusado y peregrino. Vi que
entraba ese señorito en el portal, y entonces volé, porque las consideraciones
que a ti se te ofrecen me pusieron alas en los pies. Anda, dime qué es esto:
veo unas cosas confusas.
-Pues,
Pascualillo, no son sino muy claras. El señorito de la Formoseda me ronda.
-Sí,
hombre -recalcó ella- ¡Vaya un milagro! ¿No dices tú que yo soy tan preciosa, y
tan mona? Pues el señorito quiere darte la razón. Digo, porque supongo que no
me obsequiará por mis rentas; luego es porque le parezco bien. ¡Soy yo mucha
Pastora!
-¡Qué
necia estás! -repliqué furioso-. ¡Linda sazón y asunto de donaires! Ríete de tu
propia gracia.
-Pero
Pascual, no te conozco -exclamó ella sobrecogida-. ¿Qué yerba has pisado?
¿Cuántos miles de veces no nos hemos solazado juntos a cuenta de mis
rondadores? Vaya, que lo tomas de un modo bien raro.
-Es que
ese señorito me empalaga hace mucho tiempo, y además es un osado; ¡qué
atrevimiento!, ¡venirse a llamar a tu puerta cuando sabe que estás sola! ¡Eso
es un insulto!
-¿Si
creerás tú que es el primero que lo hace? En tierra de estudiantes no hay
diablura nueva. Como a mí no me atrapan en bailes, ni en bureos, aprovechan
esta ocasión. Sino que como recibí a los chuscos con un buen portazo, hace ya
tiempo que no vienen. Este es nuevo, se conoce, y bobo por añadidura.
-¡Toma!
Un ratito de cháchara.
-Y tú,
¿qué le has respondido?
-Que no
la gastaba, y que tenía la cesta del repaso colmadita de ropa esperando por mí.
-¿Y desde
cuándo te hace la rosca el señorito Esdrújulo?
-¡Qué
bien le cae ese nombre! -dijo ella dando suelta a la risa que le retozaba en el
cuerpo, y que sólo contuviera mi trágico ademán- ¿Querrás creer que ahora venía
muy soplado de guantes? ¡A las nueve de la mañana! ¡Y no traía capa!
-Contesta,
contesta a lo que te pregunto. ¿Cómo empezó este cortejo?
-Verás
tú... Fue una ocurrencia de doña Verónica.
-¡Comida
de lobos vea yo a esa vieja!
-Un día
fui allá con mamá a visitarla para no sé qué cosa que teníamos que tratar de la
función de la Virgen del Amparo, que ya sabes que somos sus indignas
camareras... Pues es el caso que mientras hablábamos, ese señorito la llamó,
sin duda para algún servicio... y fue allá, y tuvo la ocurrencia de decirle:
Señorito Víctor, usted que le ponderó tanto a don Nemesio lo guapas que estaban
en el teatro anoche las señoritas de P... venga a ver una niña que les pone a
todas ellas el pie delante. Mantilla de paño gasta, pero el hábito no hace al
monje. Véngase y me dirá maravillas. Mire, puede entrar pasito por la puerta
del corredor que da a mi alcoba, y la estará viendo y oyendo sin que ella lo
sospeche.
-¡Celestina
de Barrabás, condenada zurcidora de voluntades!
-¡Bah!
Estamos hablando de tonterías y dejamos lo esencial. Cuéntame tu enfermedad
toda: ¿te duele aún algo? ¿Te hallas fuerte?
-No, no,
acaba con la aventura de don Víctor.
-¿Y qué
más quieres saber? Me vio y se le puso en los cascos conquistarme. Como está
tan moscón y anda tras de mí día y noche, mi madre le dio quejas a doña
Verónica, sin saber que de ella era la culpa; ¿y qué pensarás que contestó la
muy simple? Pues contó lo de la alcoba; se declaró autora e inventora del
enredo, y aseguró muy seria que lo había hecho por buscarme una colocación
brillante; que estaba segura de que el don Victorcito famoso concluiría por
pedir mi blanca mano en debida forma, que yo arrastraría sedas, que bien lo
merece mi gracejo, y... ¿Qué importarán las chocheces de doña Verónica?
-¡Será
verdad, será! ¡Ese fachenda querrá casarse contigo!
-Me
parece, Pascualillo, que el mal te ha sorbido el seso. Tú piensas que yo soy
boba. Pues a fe que aunque visto de lana no soy oveja. Sí, que me mamo yo el
dedo. Para el que no conociese a estos estudiantes ricos y desocupados. De
perlas les viene pasar el rato con una muchacha necia, y reírse de ella a su
sabor y plantarla después.
-¡Bueno,
bueno! Yo soy de la misma pasta que otras, que si burladas fueron, burladas se
quedaron.
-Y sí...
vamos, por una casualidad... supongamos que fuese cierto...
No me
dejó concluir la sobrina del canónigo, antes tomando un aire de cómica
dignidad, y paseando arriba y abajo con un empaque y una expresión de altivez
que contrastaban con la picante malicia de sus ojos, me espetó esta arenga:
-Señor
don Pascual López, tengo que decirle a usted que todo se ha concluido entre
nosotros; ¿oye usted?, todito... Sírvase no volver a hablarme ni a mirarme; una
cosa era aquella Pastora que usted conoció repasando y barriendo, y otra la
señora de la Formoseda, que tiene usted delante... Lo más que puedo hacer por
usted es concederle nuestra clientela cuando sea médico... le llamaremos si
enferma Víctor... o yo... o alguno de los criados o doncellas.
Y
volviéndose hacia un punto imaginario del espacio, pronunció:
-Esposo,
Victorcito que pongan el coche...
Antes que
yo tuviera tiempo de reírme o enfadarme, dos dedos afilados asieron cada una de
mis orejas, y con más fuerza de la que parecía posible en ellos, tiraron hacia
abajo y caí en el humilde suelo medio de bruces. Entonces las manos dueñas de
los dedos me administraron hasta media docena de gentiles escozones, que sufrí
sin chistar, y por último, una voz grave, cuanto puede serlo la que brote de
una gargantita císnea y cristalina como la de mi Pastora, me dijo
perentoriamente:
-Ahora
mismo se marcha usted de aquí.
-Pero,
Pastorcilla -repliqué agarrándome a la correa de su hábito-, si he llegado hace
un momento.
-El
onceno no estorbar; pueden volver, y son cerca de las diez.
-¡Si aún
no me diste la bienvenida! ¡Si no me has dicho ni que te alegrabas de verme de
nuevo!
-Yo bien
quise, pero tú preferiste hablar de don Víctor.
-¡Siquiera
un cuartito de hora más!
-Ni un
minuto. Hasta mañana a las ocho, que estarás...
-No; en
la capilla del Cristo de la Corticela, don Nemesio dirá una misa por mi
intención. ¡Judío! ¡Sólo falta que pongas gesto cuando se dan gracias a Dios
porque te dejó en este mundo! Él sabrá para qué; yo no lo entiendo.
No me
costó trabajo alguno cohonestar mi ausencia con los profesores. Tan verdad es
aquello de «coge buena fama y échate a dormir», que ni aun miraron el
certificado del médico que les fui exhibiendo, aunque la ley no me lo
prescribía. Mi reputación me garantizaba. Animado con esto y con el feliz éxito
del año anterior, reanudé mis ocupaciones, asistiendo a clase con la
regularidad acostumbrada. Don Vicente no desistía de inculcarme las muchas
ventajas que podía traerme en el porvenir mi juiciosa conducta. Hallábase más
satisfecho de ésta que de mis estudios, que no le parecían, y con harta razón,
suficientes. Con todo, en las advertencias de don Vicente se notaba aquella
blandura que manifestamos a los que aceptan y siguen nuestros consejos. Don
Vicente se pagaba mucho de que se tomase su parecer, y yo le mostraba acatarlo
en todo.
-Este año
es preciso aplicarse más -me decía-; no se fíe usted de que el pasado le
aprobasen, porque hogaño hay profesorado nuevo, y esos... ya se ve, ¡justicia
de enero!, aprietan siempre las clavijas.
Esta
aserción me la confirmaron presto mis compañeros. En particular me designaban
como rígido y endiablado a un tal don Félix O'Narr, cuyo apellido españolizaban
llamándole Onarro. El cual era recién venido, con fama inmensa de saber, a
desempeñar la cátedra de química.
Cabalmente
me tocaba aquel año cursar tal asignatura, una de las que más tedio me
producían en la carrera. Miré con curiosidad y aun con saludable temor al que
había de embutirme en el caletre tantas cosas aborrecidas. Era el señor Onarro,
a quien llamaré así siguiendo la costumbre general, hombre ya maduro y calvo,
con azules antiparras que quitadas descubrían los ojos grises más penetrantes,
inquisidores y claros del mundo; los pocos cabellos que le restaban parecían
rubios entrecanos; las patillas lo mismo; pergaminoso el rostro, la boca
benévola y provista de sana dentadura, ágil el cuerpo y ligero como el de un
muchacho. En su tipo se mezclaban el sabio y el montañés de Irlanda. Su traje
lo componían en todo tiempo un levitón color de nuez moscada, un sombrero
blanco de fieltro, una corbata con nudo hecho aprisa, y una ropa blanca limpia
siempre como el oro; combinación de desmaña y pulcritud que es frecuente en los
anglosajones. Si Onarro, cuyo apellido revelaba oriundez irlandesa, era nacido
español, o si de niño fuera traído a tierra de España, es cosa que nunca
supimos. Rodeábale cierto misterio, muy favorable a su fabulosa reputación
científica. Se contaban de él lances inauditos y peregrinos, inverosímiles
exploraciones geológicas por las montañas. Él había penetrado más adentro que
nadie en la sima y galería pavorosa del Pico Sacro; él visitara en toda su
extensión los subterráneos de las torres de Altamira. Para completar el mito,
se aseguraba que su venida a Santiago obedecía al propósito de entregarse con
completa libertad y aislamiento a unas investigaciones acerca de la piedra
filosofal. Desquitada toda exageración era fácil conocer, aun siendo tan lego
como yo en la materia, que Onarro dominaba la asignatura.
Lo fácil,
abundante y luminoso de sus explicaciones; la evidencia con que las demostraba;
los muchísimos datos que traía en su apoyo sin esfuerzo alguno; la sencillez
misma con que nos ponía en camino para ahorrarnos hasta el trabajo de
discurrir, todo daba muestra de su superioridad. Veíase que la tarea de la
enseñanza, tan ardua de suyo, le servía a él de juego y pasatiempo, en que
descansaba de más graves faenas. Nosotros éramos medianos jueces, y nuestro
voto significaba poco; pero Onarro era admirado de sus mismos colegas. Se sabía
que se carteaba con Liebig, Würtz, Berthelot y otras lumbreras alemanas,
francesas e inglesas, a quienes no conocíamos sino para servirlas. Lo que
despertaba mayor interés en la cátedra de Onarro eran los numerosos experimentos,
diarios casi, con que vivamente inculcaba sus teorías. Eran éstos tan varios,
tan felizmente realizados, tan divertidos algunos y tan curiosos todos, que los
atendientes estaban como embobados y suspensos, y ni uno solo faltaba a clase,
a pesar de la laxitud que reinaba en punto a asistencia. Mucho siento que mi
ignorancia y escasez de memoria no me permitan recordar algunos de tales
experimentos, por todo extremo originales y dignos de no morir en el olvido.
Pero también es verdad que poco atendía yo a grabarlos en mi mente, distraído
como andaba con mis amoríos, y los disgustos que iba teniendo por razones que
diré.
Es el
caso que aquel pacífico y alegre cariño que Pastora y yo nos profesábamos, y
que era semejante a un arroyito manso, que sin meterse con nadie va lamiendo
una margen de flores, se trocaba en torrente impetuoso a medida que lo
sujetaban y detenían los obstáculos. Los que se nos habían presentado no eran
de calibre que nos desesperase, pero sí que nos molestaba mucho. Ni más ni
menos que doña Fermina, aquel modelo de agasajadoras, aunque parlanchinas
dueñas, se metamorfoseó de la noche a la mañana en hostil y encarnizada
enemiga. La primera vez que desde mi vuelta de la montaña fui a hacerle la
visita oficial, me recibió de un modo tan seco y áspero, me puso gesto tan de
vinagre, me disparó tan agresivas pullas, me asaeteó con tales indirectas a los
«estudiantes del pío-pío, llenos de hambre y muertos de frío», a los
«entrometidos que se cuelan por el ojo de una aguja», a los que «piensan en
casarse, y establecerse, y pretenden a las muchachas sin tener sobre qué caerse
muertos», que fuera preciso provistarse de orejas de corcho y alma de almirez
para sufrirlas y hacerse el sueco. Mi paciencia no llegó a tanto, y
levantándome, propuse en mi corazón no volver allí sino después de cerciorarme
de la ausencia de semejante harpía. La cual, sin duda, me adivinó el propósito,
y vuelta Argos vigilante e impertinente, se cosió al guardapiés de su hija, no
dejándola a sol ni a sombra. Adiós las íntimas conversaciones, las dulces
chanzas y todo el regocijo de nuestra mutua y honesta afición. Era tal el humor
que con semejante dieta traía yo, que a agregarse los celos de don Víctor,
enteramente me diera de calabazadas contra la pared. Por fortuna este último
motivo de desasosiego e inquietud había desaparecido, pues siéndome a mí tan
fácil saber y seguir los pasos del señorito de la Formoseda, pude convencerme
de que desde la escena de la puerta el rico estudiante no volviera a rondar la
calle de Pastora, ni a esperarla a la salida de misa, ni en suma, a dar señales
de proseguir pensando en ella. Andaba, eso sí, más grave, serio y espetado que
nunca, cosa que yo atribuí al amor propio ofendido, y que me lisonjeaba un
tantico por ser yo el vencedor en la lid de que él saliera tan poco airoso.
El hombre
es un ser expansivo y comunicativo, que goza del bello privilegio de disminuir
el dolor y aumentar la dicha cuando ambas cosas confía a sus semejantes. Yo, en
particular, jamás presumí de misántropo ni de callado, y siempre experimenté
comezón de hablar de mis asuntos, lo cual prueba bien esta mi determinación de
tomar hoy por confidente al público entero. En aquellas circunstancias no me
ocurrió ni pude abrir mi pecho sino a don Nemesio Angulo. Claro está que ni
doña Fermina ni don Vicente me oirían con benignidad; Cipriano, a quien hallé
más apicarado que nunca, y ocupadísimo en obsequiar a una corista de la
compañía de zarzuela que entonces actuaba en el teatro, no me pareció de tan
limpios oídos que debiese poner en ellos el nombre de Pastora; y en cuanto a
doña Verónica, huía yo de ella como del fuego. Reunía don Nemesio incomparables
prendas para su papel de confidente. Habituado a tratar damas, había oído
muchas quejas y desdichas íntimas, y era tan paciente en atenderlas como suave
en consolarlas. Era además discreto y reservado, condición que no puede faltar
en quien, frecuentando con fueros de confianza varios círculos, no quiere
ponerse a mal con ninguno. Rara vez llevaba la contraria a nadie, y cuando lo
hacía, usaba tono afable y cortés. Mostraba interesarse mucho en los ajenos
placeres y tribulaciones, y nunca revelaba impaciencia o hastío cuando
prolijamente se las referían. No se contaba por cierto don Nemesio en el número
de los pocos hombres de quienes en momentos críticos y supremos pueden
esperarse elevadas y enérgicas sugestiones al bien obrar y un criterio moral
alto y sublime; pero hallábase en él un consejero siempre prudente y
conciliador, que con benignidad consolaba, y que sabía tocar a las llagas del
espíritu con suave mano, don Nemesio no era un tónico, sino un lenitivo.
Contele,
pues, de pe a pa mis contrariedades, sin omitir el fracaso amoroso de nuestro
convecino en la empresa de Pastora. Dos cosas maravillaron a don Nemesio: la
retirada del señorito y la conducta de doña Fermina. No sabía cómo
compaginarlas.
-Me pasma
-decía- conociendo a don Víctor, que desista así de su propósito. Tiene una...
no, vanidad no, pero más bien así, un puntito de orgullo... ya se ve; tanto le
han mimado a porfía la naturaleza y la suerte, que no es extraño que imagine
que cualquier muchacha se ha de conceptuar muy venturosa con que él la
pretenda, dicho sea sin ofender a usted, Pascual. Yo no estoy autorizado para
suponer lo que voy a asegurar, ni nada he visto que me lo confirme; pero creo a
pies juntillas que muchas señoritas de Santiago le darían un sí más redondo que
una bola de billar. Y según de público se refiere (pero mire usted, que a mí no
me consta) ya a alguna se inclinó que no le hizo ascos: al contrario.
-Pastora,
señor don Nemesio, vale por todas las que visten seda.
-¡Dígamelo
usted a mí! Es mi hija de confesión hace cuatro años; es una niña como una
rosa, y además muy honrada; nadie tiene por dónde murmurarla ni tanto así;
seria, con lo cual enfrena a los atrevidos; laboriosita, buena cristiana; en
fin, amigo, no cabe dudar que es una alhaja. Pero ya sabe usted que vivimos en
un tiempo en que el dinero es estimado, y la posición y linaje también; y usted
comprende que desde ese punto de vista Pastora no sirve para Formoseda.
-Señor
don Nemesio ¿y a usted qué le parece?, ¿tendría Formoseda intenciones formales?
-¡Pchs!
No es probable, no es probable. Querría pasar el tiempo agradablemente; una
muchachada.
-Pero
entonces, ¿por qué me recibe con cara de perro doña Fermina?
-A doña
Fermina, por lo visto, le llenó la cabeza de viento esta alma de Dios de doña
Verónica, y ya está ella, de seguro, figurándose que es suegra del rico don
Víctor, y viendo a su hija hecha una señorona principal. En tales ilusiones (si
yo no alcanzo muy poco) estriba su porte para con usted. Por lo cual, creo que
no debe usted apurarse; así que el tiempo le demuestre la vanidad de sus
encumbrados pensamientos, y así que se persuada de que don Víctor no se acuerda
ya de ese devaneo juvenil, ella amansará.
-Cáseme
yo con su hija, y ajustarele las cuentas.
-Pero,
para casarse... se necesita... a mí se me figura... que usted no cuenta con
muchos medios.
-¡Ay
señor don Nemesio! ¡Ahí está el quid!, en los medios. ¡Mocosa suerte la mía!
-Vamos,
que Dios proveerá. Yo no he sido nunca rico, y viviendo y gobernándome fui, y
aun tratando con lo principal: cierto es que por mi estado carezco de
obligaciones perentorias.
De esta
suerte, y con tales coloquios engañaba yo mi aburrimiento, indispensable
consecuencia de la encerrona de Pastora. Hacía lo posible para verla y
hablarla; menudeaba visitas a don Vicente por si ella salía a abrirme y lograba
unas palabras siquiera: pero siempre fueron la indigesta dueña o la tosca
Maritornes quienes me franqueaban la entrada. Don Vicente me recibía cariñoso
unas veces, sermoneador otras, y por efecto de la impaciencia sus consejos y
exhortaciones me sonaban a cencerro cascado. Reducido al oficio de melancólico
rondador, pasábame las horas muertas mirando al portal del canónigo, cual un
tiempo don Víctor. Un día, sobreexcitado y ahíto ya de la situación, resolví
quemar las naves, y me colé de rondón en las habitaciones de mi adorado tormento.
Hallé a madre e hija en sus labores acostumbradas; Pastora dio un chillido al
verme, y en su rostro se pintaron gozo y sorpresa; doña Fermina me miró como
miraría a un megaterio u otro antediluviano animalazo. Vi sucederse en su cara
un color de púrpura, y la biliosa palidez de la ira. Levantose majestuosamente,
y con laconismo admirable en ella:
-Pastora
-dijo a su hija-, vete a ver si se le ocurre algo al tío. ¡Anda! Qué, ¿no has
salido ya?
-Madre,
voy -respondió Pastora sin descomponerse-; y salió con su andar ligero y noble,
andar que yo hubiera puesto en música, si a tanto alcanzase mi habilidad.
Sin saber
lo que hacía, por instinto eché yo detrás; pero la indignada matrona me asió
del cuello de la americana, y sacudiéndome nada suavemente, me disparó estas
frases:
-Oye tú:
no me parece mal que vengas cuando te dé la gana; pero te aviso que no has de
ver a Pastora: te pasarás un rato conmigo, si gustas; lo que es con ella, ni
por pienso. Mi hija no ha de perder su crédito por haraganes. Las mujeres somos
cristal, ¿entiendes? (ella no tenía nada de trasparente, ni de frágil al
parecer) y un soplo nos empaña. A Pastora se lo he dicho: mira que la
reputación no se gana en años, y se pierde en un segundo; mira que no tienes
más dote que tu buena fama; mira que los veinte pasan pronto, y después...
arrancarse los cabellos. Y a ti te canto lo mismo: no vengas a hacer sombra a
mi hija: ya lo sabes. Si no quisiste entender por indirectas, ahora lo
comprenderás, así, clarito.
-Señora
-contesté yo, después de libertar mi cuello de aquellas manos gruesas y
surcadas, que aún lo retenían cautivo-, usted se prevale de que yo en esta casa
no puedo poner en movimiento la lengua, por respetos a don Vicente. Me voy, sí
me voy, y no haré a usted más sombra; pero también le prometo reírme a mis
anchas cuando usted se encuentre como la niña bonita, compuesta y sin novio.
-Nada,
ilustre suegra del señorito don Víctor... ja, ja.
De todos
los arbitrios para exasperar a doña Fermina, el más seguro era reírse. La vi
lanzarse hacia mí; pero yo, con mis ágiles piernas de estudiante, estaba ya en
la escalera.
Hasta
este punto, los sucesos de mi historia, si bien para mí muy importantes, nada
ofrecen que se salga y aparte del curso ordinario y corriente de la vida. Ni en
mis amoríos, ni en mis estudios, ni en mis pocas travesuras y niñadas de
escolar, hay cosa que digna de especial atención parezca. Tan vulgar va siendo
mi odisea, y tan insignificante su argumento, que omitiera escribirla, si no lo
creyese indispensable para mejor inteligencia de los acontecimientos que
seguirán, y si a la vez no experimentase yo cierto deleite en recordar escenas
triviales y comunes, pero muy gratas para mi corazón y muy presentes a mi
memoria. Desde ahora empieza el relato de hechos que al principio eran
solamente singulares, mas después se tiñeron de color fantástico muy subido,
hasta rematar en increíbles. Procuraré narrarlos como si nada de extraño
hubiese en ellos, y manifestando el menor asombro posible: por este medio,
acaso el lector les dará más fácilmente asenso y no me motejará de embustero ni
de exagerado.
Sucedió
que empecé yo a observar, y conmigo todos cuantos a la cátedra de química
asistían, la mucha atención y benevolencia que me dispensaba el profesor
Onarro. El destello de sus antiparras azules, deslizándole por encima de las
apiñadas cabezas de mis compañeros, iba a buscarme hasta el sombrío rincón en
que yo gustaba de echar tal cual regalado sueñecito, al arrullo de las
magníficas disertaciones del sabio. Al verme entrar éste, una leve sonrisilla
dilataba el ángulo de su boca, descubriendo los blancos dientes; al mirarme
salir, sus ojos agudos, libres ya de antiparras, me seguían con pertinacia e
interés. Nada tenía por cierto de admirable que un catedrático reparase
benignamente en un alumno, pero era rarísimo, por ser yo el alumno distinguido,
y Onarro quien me distinguía. Contábanse en nuestra clase cinco o seis
muchachos que, naturalmente aplicados y estudiosos, despierto además su
entusiasmo científico por la explicación brillante y la diestra enseñanza de
Onarro, se dieran a trabajar con ardor en aquella asignatura, desatendiendo las
restantes; los pobrecillos se pasaban horas y horas con los codos apoyados en
la mesa, devorando libros, y realmente iban obteniendo resultados no
despreciables, que, en el concepto general, debían granjear las simpatías y
aprobación del profesor a tan beneméritos discípulos.
Sin
embargo no fue así: Onarro, enterado de sus adelantos, mostró poca sorpresa y
menos regocijo; sereno e impasible, como de costumbre, les aconsejó en breves
frases que siguiesen con la misma o mayor asiduidad, si aspiraban a no
ignorarlo todo. En cuanto a la turbamulta de medianías y nulidades que llenaba
la cátedra, Onarro la conducía como a chicos rebeldes, a palmetazos. En su
porte y en su método especial de instruir, obraba cual si tuviese que
habérselas con niños. Repetía experimentos, introduciendo así breve e
intuitivamente por los ojos aquello que era difícil de hacer entender mediante
la razón. Que el sistema no era del todo desacertado, probábase con la
concurrencia mayor cada día, y con el vivísimo interés que en ella despertaban
las lecciones. Como sus experimentos solían ser tan sorprendentes e ingeniosos,
el auditorio se prendaba de ellos, y la herida imaginación movía a estudiar el
fenómeno para comprenderlo. Experimento había tan sencillo, que se tomaría por
juego o recreación entretenida. Todos los alumnos lo repetían al día
siguiente... menos yo.
Sí,
direlo sin empacho ni melindres: yo era el más zopenco de la clase. Ya porque
mi pensamiento vagara en regiones diversas, ya, lo que es más probable, porque
mi falta de afición y gusto para aquella clase de estudios embotase y espesase
el magín, para otras cosas no tan obtuso, que Dios me ha dado, resultaba que mi
torpeza crecía lastimosamente, y mi repugnancia hacia la química lo mismo. Y
como si el socarrón de Onarro se divirtiese malignamente en tomar el pulso a mi
inepcia, a los demás discípulos llamaba por turno, y a mí ni una sola vez dejó
de hacerme señal para que repitiera el experimento ante los ojos burlones y
escudriñadores de toda la clase. Subía yo las escalerillas que conducen a la
mesa del profesor, como el reo las del cadalso; tomaba los trebejos, aparatos y
chismes necesarios para la experiencia, como toma el arma el soldado cerril y
bisoño, y sin una sola honrosa excepción, lo echaba todo a perder, malogrando
el experimento. ¿Ustedes creerán que entonces Onarro me reprendía como a los demás,
o mostraba impaciencia o enojo, o se quejaba del desperfecto? Pues aquí entra
lo singular. A cada barbaridad gorda por mí cometida, una expresión de contento
y una risa benévola desplegaban las arruguillas de su tez, semejante al
pergamino rancio de un viejo libro, y su felina mirada despedía vivo
resplandor.
Recuerdo,
entre otras, una experiencia talmente infantil, que a buen seguro que un niño
de cuatro años la realizaría con destreza y brillantez. Ocurriósele a Onarro,
que gustaba infinito de llamarnos la atención hacia las teorías generales que
pudieran sobrecoger e interesar por su grandeza, recordarnos, a propósito de la
composición química de los cuerpos celestes, la célebre hipótesis astronómica
de Laplace, que explicó con su concisión y claridad acostumbradas.
-La
formación de los planetas -nos dijo- según la concibe este gran matemático, es
sencilla hasta no más. Supongan ustedes que hubo un tiempo anterior a la
constitución de nuestro sistema planetario, en que el sol era una nebulosa
enorme, una masa de materia tendida en un espacio inmenso. Esta materia estaba
en extremo rarificada; pero en su centro existía un núcleo. ¿Han visto ustedes
la tela de una araña? ¿Repararon cómo los hilos son más tenues a medida que se
separan del punto central? Pues figúrense una tela de araña extendida en todas
direcciones, y se formarán una idea aproximativa del aspecto de la nebulosa.
Ahora entiendan ustedes que este gran conjunto de materia giraba sobre sí
mismo, y naturalmente había atracción de la periferia al centro... Por una ley
que ustedes conocen ya, las partes más lejanas del centro eran las menos
atraídas; pero como sucede siempre, giraban más aprisa que las restantes. ¿No
han estado ustedes nunca en un picadero? Si han estado, verían que allí se
ejecuta una maniobra consistente en que los jinetes se pongan unos al lado de
otros, en formación, y así unidos den vueltas al redondel. En este manejo
ocurre que para que puedan ir juntos, el jinete más próximo a la pared galopa
largo, mientras el más cercano al centro toma un paso sumamente despacioso.
Pues bien, en nuestra nebulosa, salva la inconcebible diferencia de extensión y
velocidad, sucedía casi lo mismo. Las partes más separadas del centro giraban
con rapidez indefinidamente superior a las de las cercanas; en virtud de lo
cual, tendían a alejarse del centro; esto se observa en todo movimiento de
rotación, que cuando crece, hay un momento en que la fuerza centrífuga se
sobrepone a la de atracción central, y se destaca un anillo de materia de la
masa común de la nebulosa, anillo que sigue girando, girando, a favor de la
energía que lo anima y del movimiento adquirido. Esta hipótesis no tiene nada
de imposible: Saturno, hoy en día, presenta uno de tales anillos, es decir, un
anillo triple encima de su ecuador, como suponemos que estaba el de la
nebulosa...
Y
volviéndose hacia mí de pronto, me preguntó a boca de jarro:
-Señor
López, ¿podría usted, en caso de necesidad, repetir lo que voy diciendo?
Puse una
cara como de persona que ya está enterada, y exhalé un ejem muy
ambiguo, al mismo tiempo que murmuraba para mi sayo. -Que me emplumen si
entiendo jota de tal galimatías.
-Si usted
quiere yo lo repetiré punto por punto -gritó uno de los aprovechados que
rabiaba por lucirse.
-Y yo; y
yo -añadieron dos o tres voces.
-Perdonen
ustedes -dijo Onarro-: voy a proseguir. Ahora bien, el anillo formado en torno
de la gran nebulosa solar, no era homogéneo en todas sus partes; la materia se
presentaba en unas más difusa, y más compacta en otras. De suerte que allí
donde más se espesó hubo un nuevo núcleo, la materia se fue acumulando y
precipitándose a él se ratificaron las partes más lejanas, y el anillo vino a
romperse, quedando en figura de huso, con una faja central... Hoy se observan
en el cielo muchas nebulosas así, fusiformes. Mas la atracción continúa
obrando; el huso se encoge, gira sobre sí mismo, sin dejar de gravitar en torno
del núcleo central... Llega al fin un instante en que el huso se convierte en
esfera: primero gaseosa, incandescente luego, fría por último... Ya tenemos
nuestro planeta. El primero que así nació en nuestro sistema fue el remoto
mundo de Neptuno. Después de éste, se reprodujo el fenómeno con la formación de
otro anillo en el sol; rompiose a su vez, tomó forma de huso, se redondeó, y he
aquí que nace Urano, el orbe descubierto por Herschell... Tras de Urano
vinieron Saturno, Júpiter y los demás planetas de este universo parcial,
incluso el globo que habitamos... Somos, pues, hijos del sol, y la luna a su
vez es hija nuestra: un anillo de nuestra masa la formó. Esta teoría, como
ustedes ven, no puede ser más sencilla y accesible a la inteligencia; mas eso
no le impide gozar de gran crédito entre hombres eminentes. El experimento con
que voy a apoyarla y ponerla de relieve para que ustedes se impongan bien, es
todavía más sencillo. Acérquense ustedes si gustan... Señor López, tenga usted
la bondad, le ruego, de colocarse aquí, a mi lado.
Me
aproximé andando torpe y remolonamente, y de costado, casi como los cangrejos.
La mayoría de la cátedra, se agrupó afanosa en torno de la mesa, indicando los
semblantes la atención con que esperaban el experimento. Onarro tomó un vaso
bien tapado que ante sí tenía, y descubriéndolo, nos dijo:
-Aquí,
señores, no hay más que una mezcla de agua y de alcohol, en proporciones tales,
que tiene exactamente la misma densidad que el aceite. En medio de esta mezcla
he colocado ¿ven ustedes? una gruesa gota de aceite... ¿Se distingue bien?
¿Observan ustedes cómo permanece sin confundirse con el resto del líquido y sin
bajar al fondo? En este momento se halla exenta de la ley de gravedad. Como
ustedes pueden notar, ha tomado la forma de una esfera perfecta; ninguna fuerza
la solicita, y se mantiene inmóvil. Bien; pues ahora tomo este alambre, dirijo
su punta a través de la esfera de aceite, y hago girar el alambre poco a
poco... ¿Qué perciben ustedes?, ¿qué ve usted señor López?
-La
esfera ha adquirido movimiento de rotación -chilló uno de los estudiosos.
-Eso
es... ahora acelero gradualmente el girar de mi alambre... así... ¡Atención! La
esfera se aplasta por los polos, se hincha hacia el ecuador... ni más ni menos
de lo que está la tierra... ahora volteo más deprisa aún... Señor López, ¿no
advierte usted nada?
-Que...
que el alambre da vueltas...
-¿Estás
ciego? -Interrumpió otro estudioso-. ¿No ves que de la esfera se ha destacado
un anillo de aceite que gira a su vez en torno de ella?... Lo que pasó en la
nebulosa solar.
-Miren
ustedes bien -advirtió Onarro.
-El
anillo se rompe -exclamó el que había hablado antes-. Se alarga en figura de
huso...
-Ahora se
va redondeando... ¡ya es otra esfera! -clamaron gozosos los aplicados.
-¡Y sigue
describiendo su órbita alrededor de la grande!
-Como los
planetas en torno del sol -observó Onarro.
Un
silencio profundo, el silencio de la convicción tendió sus alas sobre la
cátedra. Los jóvenes se miraban maravillados los unos a los otros. Yo examinaba
la punta de mis botas, y algunas veces contemplaba una araña que tejía
apaciblemente su tela en un ángulo del techo, inaccesible a las escobas. De
pronto me estremecí como si hubiese escuchado la trompeta del juicio final.
Onarro había pronunciado mi nombre.
-Señor
López, señor López -me gritaba.
-¿Quiere
usted dispensarme el favor de repetir la experiencia? Es muy curiosa, y estos
señores la verán dos veces con gusto. Tome usted el alambre.
-No es
muy difícil. Se reduce a manipular como si se tratase de hacer bien una taza de
chocolate. Batir suave al principio y fuerte después. Tendrá usted el honor de
ser el primer alumno que la verifique en España: en Francia la han practicado
ya algunos, bajo la dirección de M. Plateau.
Cogí el
alambre con todo el cuidado posible y me preparé a salir del paso lo menos
ridículamente que dable fuera. Mil reflexiones acudían a mi magín.
-También
es mucho empeño -pensaba yo- el que tiene este maldito en ponerme en evidencia
delante de todo el mundo. Él es bien listo y de sobra conoce que yo soy para
este caso el más alcornoque de mis compañeros. Miren qué bromita tan propia de
un hombre de ciencia, de un sabio, hacer correr baquetas a un infeliz. Reniego
de la química, y del maniático ocioso que la inventó.
Mientras
en mi ánimo rugía esta tormenta, introduje el alambre en el vaso. Todos los
ojos circunstantes se clavaron en mí, y los de Onarro con particular fijeza.
Diome tal rabia de pensar en la situación y papel que me correspondían, que en
vez de entrar delicadamente el alambre e imprimirle suave balanceo, lo hinqué
de un modo brutal, blandiéndolo a guisa de lanza. Osciló el vaso, rompiose el
equilibrio del líquido, y se derramó repartiéndose mitad por la mesa y mitad
por mis pantalones y por el suelo.
Un
murmullo se alzó en la cátedra, y yo quedé como embobado y fuera de mí; pero en
el mismo punto sentí que Onarro me daba la más afectuosa, amigable y aprobativa
palmada en el hombro, exclamando:
-¡Eso es,
eso es! ¡Perfectamente!
Mirele
colérico y airado, pensando distinguir en su rostro inequívocas señales de
ironía y chunga. Ni la más leve. Sus facciones rebosaban sinceridad y
satisfacción. Me volví hacia los restantes espectadores de mi torpeza, y les
hallé unas caras de papamoscas, cosa muy natural, pues también debía yo de
tenerla, no entendiendo, como ellos, qué motivos pudieran dictar la rara
conducta del sabio. Pronuncié confuso y atortolado algunas palabras de
disculpa, y bajé otra vez a ocupar mi puesto.
A la
salida, como de costumbre, nos dividimos en grupos, y, a mi alrededor se formó
uno numeroso e hirviente de curiosidad. Todos preguntaban lo que yo bien
quisiera saber; la razón de las deferencias y mimos que me prodigaba el severo
profesor de química; el porqué de sus miradas, de su interés, de su indulgencia
para mis torpezas...
-A fe de
Pascual -decía yo a los preguntones- nada sé, ni esto. Estoy tan en ayunas como
vosotros.
-Pero,
¡cómo te distingue! ¡Cómo te favorece! -observaba con envidia uno de los
aplicados.
-No, es
que se fija siempre en ti.
-¡Bah!,
exageráis. Me pareceré a algún pariente, o amigo...
-No
disimules. Es imposible que no sepas la causa.
-Dínosla,
Palomita. Sácanos de penas.
-Es que
el día que no vienes a clase, está él como en brasas. Aquí hay gato encerrado,
y tú eres un hipocritón, un maula, que te lo callas todo.
-Por el
siglo de mi abuelo, que estoy pasmado también de su conducta; pero no atino en
qué pueda fundarse esta rareza.
Ello es
que yo en mi interior creía haber encontrado la clave del problema, pero me era
tan humillante darla, que opté por guardármela en el bolsillo. Estaba visto:
era evidente. El señor don Félix se reía en grande: espantaba el mal humor a
cuenta mía. Hacíale gracia mi misma ineptitud, como a los reyes la propia
deformidad de sus bufones; y sin duda él, que tantos análisis había realizado,
quería determinar cualitativa y cuantitativamente los grados de estolidez que
alcanza un estudiante de medicina. Sea todo por Dios, pensaba yo; sirvamos de
mono a este grandísimo loco, que lo es si no mienten los indicios. Encerrado
debiera él estar en Orates, no haciendo fábula y juguete de una persona
inofensiva que no se mete con nadie.
Esta
solución, en mi concepto muy obvia y única que racionalmente era posible dar al
enigma, parecíame a mí que se les ocurriría también tarde o temprano a mis
condiscípulos. Me preparaba ya, y apercibía cachaza para aguantar todo linaje
de chanzonetas, donaires y pullas, más o menos pesadas y sangrientas. Paciencia
habré menester, calculaba yo, y aun quizás me estuviera mejor no volver a
presentarme en la cátedra de química, aunque naufrague después en los exámenes.
Tales eran mis reflexiones: mas ¿quién pudiera, a no ser zahorí, adivinar el
gracioso desatino que mis compañeros idearon?
Es cosa
averiguada ya que las muchedumbres huyen, para la interpretación de los hechos,
de las causas naturales, llanas y corrientes y rebuscan los orígenes más
extraordinarios e inverosímiles. Cuando las cosas pueden explicarse sin
violencia, por sencillos y vulgares móviles, la gente no queda satisfecha si no
las atribuye a motivos desusados y novelescos. A tal procedimiento fue sujeta
la historia de mis relaciones con Onarro.
En vez de
admitir que Onarro era un humorista implacable al modo inglés, y yo un alumno
corto de luces, y que el profesor se divertía conmigo, supusieron (atención)
que yo recataba, bajo capa de ignorancia, un tesoro de estudios y
conocimientos; que Onarro lo sabía; que mi disimulo se encaminaba a no eclipsar
al sabio dejándole tamañito; pero que Onarro empeñado en descubrirme, trataba
de herir mi amor propio por todos los medios posibles e imaginables, a ver si
en un arrebato de susceptibilidad me quitaba la máscara, presentándome con mi
verdadero semblante de químico ilustre, émulo y sucesor de Lavoisier.
Algún
embustero de oficio y gracioso de café debió de inventar esta especie que, como
llama en yesca, prendió al punto en la deshecha credulidad de los escolares.
Unos visos y perfiles de verdad le prestaban mi recogido vivir, mi suerte en
los pasados exámenes, mi fama recién adquirida de formal y estudioso, y sobre
todo, las caprichosas distinciones de Onarro. Corrió de boca en boca la
patraña, tanto más comentada y creída cuanto más enorme. Yo no sé qué correos
aéreos, qué telégrafos invisibles, qué misteriosos geniecillos, trasgos o
duendes alígeros y veloces desempeñan el encargo de esparcir y comunicar las
nuevas: lo que afirmo es que no los hay más diligentes y puntuales, ni tampoco
más amigos de enredos y mentiras. Porque ya perdonara yo que se contasen,
descubriesen y trompeteasen los hechos, sin poner ni quitar un ápice: mas no se
avienen a ello los susodichos duendes o lo que sean. Las noticias, como la bola
de nieve, engruesan a medida que caminan y concluyen por desfigurarse tanto y
alcanzar tan hidrópica magnitud, que no las conociera la misma madre que las
parió. El proceder de Onarro para conmigo, salió aumentado de los mismos bancos
de la cátedra; ya no era sólo que el profesor reparase en mí; era que me
trataba de igual a igual; era que me había llamado, conferenciando largo rato
los dos acerca de arduas cuestiones científicas; era que había dicho a sus
compañeros de profesorado, en sibilíticas y misteriosas frases, que no sabían
la joya que en mí poseía la Escuela, y que me mirasen con mucho, mucho
respeto... En fin, por este estilo, mil y mil ridiculeces.
Diéronme
sobre tan socorrido tema larga matraca mis compañeros; no podía poner el pie
fuera de casa sin que acudiesen a estrecharme la mano y abrazarme cinco o seis
de aquellos pesadísimos tábanos y fastidiosas chinches. El mismo don Nemesio,
con la mayor cordialidad y buena fe, vino a darme el parabién, manifestándome
que en las distinguidas casas que frecuentaba le molían a preguntas relativas a
mi persona, y estaban deshechos por conocerme y tratarme: en Dios y en mi ánima
que pude entonces adquirir tan buenas relaciones como don Nemesio. Hasta un
día, que aburrido y seco de tanta simpleza, y deseoso de no topar con ningún
necio que me llamase sabio, me fui a esparcir por los Agros de Carreira, lugar
solitario y retirado en extremo, no habría andado cien pasos, cuando, saliendo
de detrás de un derruido paredón que el camino orillaba, vi un semblante
diabólicamente risueño, como de mico que hace una jugarreta, y el taimado de
Cipriano me gritó: «Salve, ¡oh!, nata, flor y espejo de los galaicos estudiantes,
prez y gala de esta ilustre Escuela, y asombro y envidia de las restantes del
mundo. Dame acá esos brazos, que han de estrechar los míos al nuevo Orfila, que
niño de teta era el otro, y noramala vaya». Y diciendo y haciendo me apretó
hasta sofocarme casi, de manera que yo con mal humor, me desenganché de los
palillos que así me ceñían y enclavijaban. Agarrose él entonces a mi capa,
señalándome hacia el muro que lo ocultara a mis ojos, y vi a una damisela, en
quien reconocí a la corista de sus pensamientos, que haciendo de la vergonzosa
y de la modesta se mantenía apartada, caído el velo del manto sobre su rostro
no nada celestial, y sí muy adobado con afeites, cosméticos y mudas.
-Bien
parece, oh fénix de las ciencias -siguió el truhan-, la cortesía junta con el
saber: saluda, pues, a esta señora, que es una eminente artista, una
notabilidad en su género.
Aturdido
llevé al sombrero la mano, y la ninfa me tendió la suya con mil dengues y
flechándome los ojos tiernos; mas yo me hice el sueco, y me escurrí, no sin que
Cipriano exclamase:
-Hurañito
le tenemos ya; no hay que maravillarse, bella Leonor; todos los sabios pasamos
nuestras temporadas de misantropía, y solemos huir de los hombres.
La broma
me iba pareciendo ya sobrado prolija; pero finalmente, tomé el partido de
dejarla correr, pensando con juicio que el tiempo todo lo descubre y la verdad
sobrenada siempre. El mal giro que tomaran mis asuntos amorosos me traía asaz
de preocupado y pensativo, contribuyendo a que me pareciesen de secundario
interés los demás negocios. Ocurriome ir una mañana a casa de don Vicente, sin
esperanza alguna de ver a Pastora, pues harto me constaba que el centinela
enemigo estaría, según costumbre, de guardia. Hallé al canónigo recostado en el
ancho sillón, afligido de unos dolorcillos de gota que no le consentían dar su
cotidiano paseo. Ante sí y en el pupitre tenía una carta abierta, el sobre
roto, y dos o tres periódicos cuyas fajas alfombraban el piso. Al verme entrar
depuso el que leía, y mirándome con curiosidad exclamó:
-¡Venga
usted acá, venga usted acá! Tenemos que ajustar unas cuentas.
-¿Querrá
hablarme de Pastora? -pensé inquieto. Y en alta voz-: Señor don Vicente
-contesté-, ajuste usted, que aquí estoy dispuesto a rendirlas puntualísimas.
-Pues
prepárese, porque voy a ser minucioso. Estoy tan admirado, me ha cogido tan de
nuevas la especie, que no se si la crea...
Ciertos
son los toros -calculé-: y me puse contrito.
-¡Yo bien
quisiera creerla, canario! Tendré uno de los ratos mejores de mi vida, si puedo
escribir a sus padres de usted la enhorabuena. ¿Conque, por lo visto, es usted
una notabilidad, una lumbrera en química?
-¡Ah!
-murmuré yo como si despertase de un sueño profundo- ¡Esas tenemos, señor don
Vicente! ¿Hasta usted han llegado tales nuevas?
-Y me
dejaron al pronto más patitieso que estaba, porque no podía comprender de qué
modo había usted llegado a tal altura; pues si bien es cierto que se enmendó
usted mucho, todavía sus estudios no...
-Y
acierta usted, señor canónigo. Crea usted que esas cosazas que se propalan por
ahí, no tienen asomo de fundamento ni visos de sentido común. Yo lo siento en
el alma; quisiera ser uno de los siete de Grecia; pero Pascual López nací, y
Pascual López a secas, mondo y lirondo, sin aditamentos de notabilidad ni de
prodigio, he de ir a la fosa.
-Con todo
eso, es muy extraño que corran tales voces sin que se basen en algo. Y la fama
lleva ya su nombre de usted más allá de Santiago. Lea usted, lea usted este
periódico: es de Pontevedra, -me dijo tendiéndome el que en la mano guardaba.
Tomé la
hoja impresa, y busqué el sitio que el canónigo me señalaba con la uña. En la
acción de entregarme el diario, el codo de don Vicente tropezó con la carta
medio plegada sobre la mesa y le imprimió un leve impulso que la hizo
desdoblarse del todo. Una indiscreción involuntaria retuvo mis ojos fijos en
ella, y vi, como en un relámpago, dos nombres que me hicieron casi saltar en la
silla: el de Pastora y el de Víctor. Seguí mirando afanoso, proponiéndome
sorprender el contenido entero de la epístola; mas el brazo del canónigo se
posó sobre ella y su voz resonó gritándome:
Con voz
alterada y el tonillo maquinal que adoptan los niños cuando leen sin
comprender, recité el siguiente párrafo:
«Nos
dicen de Santiago, que aquella Escuela de Medicina cuenta entre sus alumnos un
joven notabilísimo, una esperanza para el país. Este joven hijo de padres
honrados, pero humildes, ha llegado, merced a sus grandes dotes y profundos
estudios, a llamar la atención de un profesor también célebre, que hace poco
vino a Compostela. Se asegura que en breve saldrán juntos ambos a visitar los
establecimientos y adelantos científicos en el extranjero. Felicitamos al señor
don Pascual López, gloria de esta Galicia tan calumniada, ultrajada y desdeñada
por los que no la conocen, etcétera, etcétera».
-¿Hay
otro que se llame Pascual López entre los alumnos de Medicina? -interrogó don
Vicente cuando hubo concluido el suelto.
-Pues
entonces, bien claro está que es usted el aludido.
-Yo soy,
sí señor; no lo niego. Si esta temporada no se habla de otra cosa.
-Pero
entonces, ¿es embuste todo lo que ahí ponen? Imposible parece -murmuraba don
Vicente volviendo a su cavilación primera- ¿Es falso también lo que dice del
profesor?
-Que el
profesor me distingue, es exacto: me distingue como a nadie; pero lléveme Judas
si atino con la razón.
-De
cualquier modo, usted debe de haber estudiado este año un poco más: puede que
en esa asignatura haya usted puesto sus cinco sentidos: y como al fin y al cabo
esas ciencias modernas son una cascarita brillante y presto se llega al fondo,
tal vez esté usted en efecto en la cúspide de ese ramo del saber. Otro gallo le
cantara si se tratase de profundizar la teología o la pura latinidad clásica.
Tácito y Horacio son los autores de muchas de estas canas, que ahora ya
justifican los años, pero que asomaron antes de lo debido. En fin, yo me
holgaré de que salga usted un doctor, siquiera para no dejarme quedar mal...
Mientras
hablaba el canónigo, revolvía yo en el magín los medios de echar la vista
encima a aquella carta, presa bajo su brazo. Al fin me ocurrió un expediente.
-Señor
don Vicente -le dije-, ¿quiere usted hacerme el favor de permitirme que copie
ese suelto para mandarlo a mis padres? Deme usted un retacillo cualquiera de
papel.
El
canónigo alzó el codo... pero fue para asir la carta, partirla en dos mitades,
darme la blanca y guardar bonitamente la escrita en el bade de cuero que ante
sí tenía. Nada pude pescar; copié el suelto, y después de otro rato de plática
con don Vicente, en que hablamos de política, comentando las noticias de
sensación que en aquella agitada época abundaban, me despedí. Salime a la
antesala, mirando, no sin melancolía, el pasillo que guiaba al cuarto de
Pastora. Al descolgar de la percha mi capa, un objeto blanco se deslizó de
entre la esclavina y vino a caer a mis pies. Lo recogí apriesa, era una carta
cerrada sobre sí misma y con obleas, a la antigua española, un tanto arrugada y
con un sano tufillo a espliego, aroma especial de que la ropa de Pastora estaba
impregnada siempre. Así el olor como las arrugas me indicaron que la misiva,
antes de ir al buzón de mi esclavina, reposó sobre el corazoncito de mi
Dulcinea. Bajé los escalones cuatro a cuatro, y trabajo me costó no leer la
epístola en el mismo portal del canónigo. Dando largas zancajadas, me fui en
busca de uno de los muchos sitios retiradísimos que tiene Santiago, para bien
de los estudiantes que desean leer en paz una carta.
VI -
Rompí la
nema y devoré las líneas siguientes, de letra menudita, redonda y cerrada como
las planas de Torío.
Mi
querido Pascual: Dios se lo pague a la madre Serafina de la Enseñanza, por
haberme amaestrado en formar estos palotes, que hoy me sirven para comunicarme
contigo. Ante todo, te pido perdón por mi necedad en reírme de tus temores con
respecto a don Víctor: bien sabe Dios que pensé que eran todas bobadas y
figuraciones de doña Verónica, y ahora conozco que no se puede decir nunca de
esta agua no beberé. El padre de don Víctor ha escrito al tío pidiéndome
formalmente en matrimonio para su hijo. Sólo a un señorito mimado
como D. Víctor se le ofrece encapricharse por una muchacha tan
inferior a su clase como yo: y el padre debe de ser bien débil. En sustancia,
él me pide, y ya puedes colegir cómo estará mamá desde tal acontecimiento. Hace
extremos, baila, canta, se lo cuenta en confianza a todas las vecinas, que me
saca los colores. ¿Te acuerdas de aquellas tonterías que ideabas tú, cuando te
empeñabas en que yo había de vestir seda, y raso y no sé qué más? Pues mi madre
está a todas horas con esa manía. Pero lo peor, Pascual, es que también el tío
esta satisfecho, porque el pobre quiere mi bien y piensa que me cayó un
fortunón. Pascual, Pascual, aconséjame. A mí por fuerza no me han de casar; a
nadie se le hace hoy en día eso, y si yo digo siempre que no, gano la batalla.
Pero me duele disgustar a mi tío, a quien debo cuanto soy, que me sacó de pobre
aldeana, y me amparó desde pequeñita, y que hoy pasa también sus apurillos,
porque el Gobierno no paga a los que no juran. De mi madre no me da tanto
cuidado, que a ésa las rabias no le pasan de la garganta.
¡Si
pudiera hablarte un ratito! Ya que no es posible, contéstame, metiendo la carta
en la capa. Sabes que te estima y quiere de veras. Pastora».
«P D.
Oí decir que eras un sabio y un chico notabilísimo: eso anda muy corrido.
Supongo que algún chusco de tus compañeros será el que haya inventado, sin
permiso tuyo, esa broma, porque a ti no te tengo por tan farsante».
Cómo
tornaría a mi albergue, piénselo el lector. La incertidumbre, la cólera, el
despecho, ocupaban mi ánimo por igual. Subí a mi habitación, tomé papel y
pluma, y con furibundos rasgos y numerosos borrones y tachaduras, garrapateé
este despótico billete:
«Querida
Pastora: No sé a qué viene esa hipocresía de pedirme consejo. Aconséjate de tu
cariño, si es que me profesas el que dices; y de tu palabra, si la sabes
guardar. No puede decirte otra cosa Pascual».
Eché
arenillas, cerré, lacré, puse la carta en el bolsillo, y tomando otra vez capa
y sombrero me dispuse a volver con cualquier pretexto a casa de don Vicente.
Mas al asomarme a la escalera, un bulto negro se interpuso, y dos brazos me
interceptaron el paso.
-¡Sttttt!
¿Adónde tan deprisa, señor don Pascual? -dijo la voz afable de don Nemesio
Angulo-; entre usted en mi cuarto, si no es urgente lo que va a hacer; tengo
que hablarle.
-Pase
usted al mío, si gusta, y tome asiento -le repliqué mandándole en mis adentros
al diablo.
-Mire
usted, Pascual -empezó don Nemesio con mucha solemnidad-, yo vengo a dar un
paso que usted calificará como guste; pero que considero no debo omitir. Nadie
podrá acusarme nunca de un proceder torcido o de una falta de consecuencia para
con mis amigos, entre los cuales se cuenta usted.
-Usted
dirá... -respondí sin saber qué opinar de aquel introito.
-Amiguito,
yo no sé si le voy a dar a usted una mala noticia; pero es probable que ya esté
al tanto de lo que ocurre. Don Víctor...
-Ha
pedido a Pastora -exclamé con ímpetu.
-Ya me
figuraba yo que usted lo sabría. Ella se lo habrá dicho. Sí, amigo mío, usted
estará admirado, y yo también. Lo que sucede, lo que sucede. Emprende un
señorito, así... que no tiene muchas ocupaciones... el rondar una niña de pocas
ínfulas; cree que todo van a ser mieles; se encuentra con la horma de su
zapato, con una muchacha educada religiosamente y en los más sanos principios
como es Pastora, aunque yo decirlo no deba; le recibe ella con dignidad y
recato, se pica él de amor propio, comienza a mirarla con ojos muy distintos, y
acaba por prendarse de veras. Así le pasó a nuestro vecino.
-¡Pues
apenas hacía tiempo que ese mono no importunaba a Pastora! Ella se creía libre
de tal botarate.
-Justo,
justo; desde que la niña le puso las peras a cuarto. Nadie hay sin algún
defectillo; todos los tenemos, que lo sepamos o no, y el de don Víctor consiste
en un si es no es de orgullo; pero ya ve usted, tiene en qué fundarlo. Como
Pastora le dio tan redondo desaire, él dijo: ¿sí?, pues de un modo o de otro me
has de pertenecer; nadie rehúsa a Víctor de la Formoseda. Empezó a escribir a
su padre cartas y más cartas, y por último, hasta hizo allá un viajecito. El
padre ¡ya se ve!, no tiene más hilo que ese; deseará conocer un nietezuelo que
perpetúe su antiguo apellido; le pintarían las perfecciones de la muchacha...
En fin, que el pobre señor vino en todo cuanto quiso el chico. Ha escrito la
carta pidiendo a Pastora.
-Ya lo sé
-dije mostrando con ademán hosco lo poco grata que me era la narración.
-Sí; pero
esto viene a cuento de que... yo he recibido dos comisiones, que en manera
alguna quiero desempeñar a hurto de usted, Pascual. Nemesio Angulo gusta de ser
sincero, y de no jugar nunca una mala partida a sus amigos. Mire usted, yo he
sido toda esta temporada el paño de lágrimas de don Víctor; pero sus secretos
eran suyos, y usted bien sabe que nada le he dicho. Mas hoy me confía un
encargo, ni privado ni secreto, y sin encomendarme particular reserva, y de eso
creo que debo antes prevenir a usted.
-Yo soy
el que ha de presentar al señorito de la Formoseda en casa de don Vicente: y
asimismo me corresponde transmitir al padre de don Víctor la respuesta del
canónigo, de doña Fermina y de Pastora. En suma, correré con todo el negocio.
Tengo plenos poderes de don Víctor, y me autoriza y obliga a entrar en el
asunto la amistad que me dispensa el pretendiente, y el ser Pastora mi hija de
confesión hace tanto tiempo.
-Pero
señor don Nemesio -articulé todo trémulo y airado-, ¿qué cosa está usted
diciendo ahí? ¿Usted se olvida, por lo visto, de que Pastora tiene tratado el
casarse conmigo y con nadie más? Me extraña mucho en usted semejante porte.
-Pascual,
serénese usted y hablemos formalmente.
-Me
parece que hablo con toda formalidad.
-Amiguito,
usted es un hombre ya y no un niño. Las cosas deben mirarse despacio: es
preciso reflexionar y no partir de ligero. Usted habla de casarse; ¿cuenta
usted con recursos para ello?
-¿Y para
el día de mañana? Yo le hablo así, porque me tomo interés por Pastora y por
usted también, y ojalá pudiese ver a los dos tan contentos y tan...
-Así que
acabe la carrera, me ganaré la vida como los demás médicos.
-Que no
se la ganan y andan pereciendo. ¿Y quiere usted exponer a Pastora a tal
contingencia? Advierta usted que si las cosas no mudan de faz y esta desatinada
revolución no toma otro camino, tendrá usted a cuestas a doña Fermina, y aun
quién sabe si a don Vicente. Todo pudiera ser.
-¿Y cree
usted que Pastora querrá bien nunca a ese don Esdrújulo? Pastora me prefiere a
mí tan sólo y no se avendrá a tener otro novio.
-Esos
cariños tan ciegos y tan desesperados he visto, Pascual, que sólo se hallan en
las novelas. En la vida no.
-Y usted,
que es un sacerdote, ¿piensa que una mujer tiene muchas probabilidades de ser
buena cuando la hacen casarse con un hombre que le repugna?
-Pastora,
de casada como de soltera, será buena, buenísima, porque lo tiene de condición,
y eso lo sabe usted perfectamente. Además, ¿por qué le ha de repugnar don
Víctor? Don Víctor es mozo, apuesto, bien nacido, rico; a pesar de su seriedad,
tiene un fondo angelical; hará un marido excelente; se me figura que es como si
dijéramos bebe con guindas.
-Eso es
-exclamé rabioso-, eso es; alábelo usted, llévelo en palmas, póngalo en
compota. A usted se le antojara una preciosidad, pero a mí me empalaga y me
apesta ese fatuo, ese orgulloso que parece que tiene a menos saludar a los que
no llevan la chistera tan flamante como él. Le digo a usted que si se tratase
de otro, aun quizá me pondría más en razón; pero tratándose de semejante
monigote, me empeño yo en que ha de sufrir el segundo desaire. Y no digo más.
Creerá el don necio que con sus guantes y sus botas de charol todas le han de
hacer el buz. Ya verá que no es el mundo lo que él piensa. Más dinero tendrá
que yo, pero por esta vez me llevo el gato al agua.
-Usted lo
meditará, Pascual -respondió don Nemesio levantándose-. Yo he cumplido como lo
exige nuestro mutuo aprecio. Consulte usted con su conciencia si debe colocarse
entre Pastora y la fortuna inesperada que se le brinda.
Dicho
esto salió apretándome amigablemente la mano. Vi muy bien en la placidez de su
rostro que se le daba una higa de mis bravatas, y que la idea de que el
señorito de la Formoseda pudiera ser rehusado no echaba raíces en su
pensamiento. Quedeme en un estado de exaltación vehementísima.
Por más
sofismas que la pasión me dictara, por más hervores de sangre que ascendiesen a
mi cerebro al doble impulso de la vanidad mortificada y del sentimiento herido,
una voz, la voz indiscreta que con desesperante claridad canta dentro de
nosotros mismos importunas verdades, me decía cosas que no me era posible
desoír ni negar. Repetíame doblemente esforzados los argumentos de don Nemesio;
me mostraba irónica mi propia insignificancia, la posición precaria y
angustiosa que yo podía ofrecer a una familia, contrastando con el cómodo
bienestar, la existencia honrosa prometida a Pastora en el enlace con don
Víctor. Y es muy de advertir que, con aborrecer yo profundamente al señorito de
la Formoseda, cuyas acciones, lujo y maneras me parecían tan impertinentes y
desdeñosas, allá en mi interior no podía dejar de hacerle completa justicia,
reconociendo que en la ya larga temporada que llevábamos habitando juntos bajo
el techo de doña Verónica, nunca sorprendiera en el señorito un indicio de
desarreglo ni de viciosas costumbres.
Ordinariamente,
al recogerme yo, ya él reposaba entre sábanas; jamás escuché en su habitación
choque de vasos y botellas, ni bullicio y jácara de descompuestos amigos;
siempre le vi tan tieso, tan estirado y tan metódico; juego, ni por las
mientes; de galanteos, no le conocí nunca más que los muy inocentes,
superficiales y decorosos que la voz pública le atribuía con algunas señoritas
de calidad, a quienes por ventura tropezó en las arboledas del paseo o vio
arrastrar vaporosa cola de tarlatana sobre las alfombras de los bailes; y
finalmente, la aventura de Pastora, que si pudo iniciarse con funesto
propósito, de tan cristiana manera terminaba. A la convicción de estos
morigerados hábitos de mi rival, se unía la lucidez con que yo me analizaba a
mí propio y a mi menguado porvenir. No tenía más perspectiva lisonjera que la
de pescar un partidillo y matar allí sanos; verdad es que me correspondía, por
mi casa, una exigua parte de montañés patrimonio; pero amén de que ya ni mis
gustos, remontados como panderos, ni mi género de vida, me consentirían empuñar
el arado y la azada, habíame comprometido con mi padre a no recoger aquel lote
de herencia y a dejarlo a beneficio de los demás hermanos: compromiso
justísimo, puesto que los gastos de la carrera en breve consumirían aquella
porción de legítima, y disfrutarla fuera expoliar a mis coherederos, cosa que,
aun no siendo yo modelo de virtudes, repugnaba a mi conciencia. ¡Rayo de Dios!
¡Por qué los que tienen exigencias, necesidades y ansias de goces no han de poseer
a proporción voluntad enérgica y fuerza para separar los obstáculos sociales!
¡Por qué mi condenada holgazanería se ha de interponer entre los libros y yo!
Estas
especies acudían en tropel a mi imaginación con la aguda viveza que revisten
las representaciones penosas. Mas a la vez el amor me suministraba argumentos
para desecharlas. Pastora te quiere, me decía; quien bien quiere, pasa por
todo: preferiría ella partir contigo unas patatas, a saborear faisán en
compañía del señorito de la Formoseda. Pero, replicaba el juicio, Pastora no se
verá forzada a sacrificarte únicamente lo superfluo y lo exquisito de la vida,
que eso bien aína lo hiciera ella; tendrá que inmolarte su reposo, los
sentimientos más honrados de su alma, cuales son la gratitud y el respeto a su
tío, la obediencia a su madre... En este ovillejo andábame yo, sin acertar a
desenredarlo. Tumbeme sobre la cama, revolviéndome en ella en un estado de
fluctuación y angustia inexplicables; encendí cigarro tras cigarro, sin
concluir alguno, antes arrojándolos a medio fumar... Doña Verónica, con
importuna solicitud, entró varias veces a preguntarme en voz meliflua si «se me
ofrecía algo» si «me iba mal» y si «no quería la comida». Respondile
desabridamente que me dolían las muelas de un modo atroz, que me incomodaba ver
luz y tener que hablar: ella entonces fuese pisando blandito, no sin que antes
entornase las maderas de la ventana.
Ciertas
crisis no pueden prolongarse. Mi propio desasosiego trajo de la mano una
inquietud que de súbito me invadió: dormité una media hora, y me hallé calmado
y resuelto. Salté del lecho y abrí la ventana: era ya anochecido: brillaban
algunas estrellas en el oscuro azul del cielo, y los faroles luchaban con las
tinieblas de la calle. Respiré con deleite el fresco nocturno, y permanecí
algún rato meditando. Parecíame haber encontrado un expediente conciliador.
Cuantas más vueltas le daba, más razonable me parecía. Cerré otra vez la
vidriera, encendí fósforo y bujía, y tomando recado de escribir, tracé ya con
firme pulso y letra clara, estos renglones:
«Mi
querida Pastora: pídesme consejo, y voy a decirte lo que la conciencia me
dicta. Obra cual te sugieran tu buena razón y tu juicio. Yo estoy demasiado
interesado en el asunto para poder acertadamente dirigirte. Si dejase correr la
pluma, te pondría cosas que tu albedrío sujetaran. La cuestión es grave, y como
de ella pende toda tu vida, debo irme con tiento. No influyan en tu ánimo las
palabras que nos dimos, en cuanto obligan y son sagradas, que yo de buen grado
las tendré por no recibidas: obra cual si, conociéndome y queriéndome, nada
hubiésemos tratado de casamiento.
Ni en
contra ni en favor mío te inclino. Pero soy, como siempre, tu constante Pascual».
Esta
sensatísima carta concluida, respiré con más desahogo; la verdad ante todo: al
darla así de magnánimo, no dejaba yo de contar firmemente con el fiel apego de
Pastora, y de calcular que las hábiles reticencias de la carta habían de ser
claros signos de mi deseo. Después de todo, la carta era diplomática, y yo lo
comprendía bien. En el fondo, a pesar de mi generoso alarde, yo resultaba un
egoísta. El hombre suele concluir convenios de esta clase con su deber,
estipulando una cláusula secreta a favor de la pasión.
Resuelto
a enviar a mayor brevedad la misiva a su destino, recordé que, hallándose don
Vicente prisionero de la gota en su casa, no parecería extemporáneo ir de noche
a hacerle un rato de tertulia. Salí, pues, y eché a andar en aquella dirección:
sorprendiome ver el portal iluminado y abierto, cosa tan opuesta a la sabia
economía y metódicas costumbres del canónigo: subí, llamé, abriome la
Maritornes, y por poco caigo de espaldas al divisar, pendientes de la percha en
que solía yo colgar mi capa, dos objetos de mí muy conocidos, a saber: el
manteo algo raído, pero cepillado y pulcro, de don Nemesio, y el magnífico
gabán con vueltas de suaves pieles, que varias veces envidiara en hombros de
don Víctor de la Formoseda.
-¿Están
ahí? -pregunté a la fámula, señalando hacia la sala.
-Ahora
mismito vendrá; le mandó misia Fermina que se compusiera el
pelo y se pusiese una corbata, y está en su cuarto.
Con
ligereza y silencio de fantasma me escurrí a lo largo del corredor, sin hacer
caso de la sirviente, que bien me conocía. Empujé la puerta del cuarto de
Pastora, y la vi de pie, ante una cómoda, apoyados en ella los dos codos, y
entre las manos la cabeza. Alumbraba el lugar un veloncito de aceite.
Al sentir
mis pasos volviose ella, y casi a un tiempo gritamos nuestros nombres.
-Qué
milagro... -iba a preguntar Pastora.
-¡Ah! Ya
lo sé. Tengo que salir.
-Nada,
nada. Que te dio un dolor de cabeza, o de cualquier otra cosa. No sales.
-Bueno,
bueno; pero vete: si el tío o mamá se enteran de que estás aquí, ¡qué
disgusto...!
-Me
alegraría. Así se marcharía de una vez ese don Víctor o don demonio.
-¿Qué me
aconsejas, Pascual? Estoy que no sé lo que me pasa.
-¡Aconsejarte!
Mira la carta que te traía escrita.
Eché mano
al bolsillo, y no hay necesidad de decir que saqué la primera epístola, la que
me dictara un arrebato de enojo y celos. Pastora la leyó rápidamente.
-¡Ay de
mí! -dijo- Tienes razón; pero, ¡qué de amarguras, qué de combates se preparan!
Mirela, y
a la luz del veloncillo, su rostro cándido y malicioso siempre, me pareció
grave, surcado de huellas de insomnio y de llanto.
-¿Tú me
quieres, sí o no? -le dije.
-Ahora
mismo -respondí apretando sus deditos, fríos como barras de hielo.
Oyose en
el corredor la voz de doña Fermina, contenida e impaciente.
Temblamos
que entrase. Pastora respondió con apagada voz:
-Voy en
seguida, mamá. Estoy concluyendo.
-Pues a
ver si despachas, ¿eh?
Con la
misma cautela que puse al entrar dejé la habitación, solicitado por los
elocuentes ademanes con que Pastora me señalaba la puerta. No hablamos otra
palabra, y en breve me hallé lejos de aquella casa, recorriendo las calles sin
dirección fija. Sentíame a la vez enorgullecido y malcontento, en una de esas
situaciones complejas que piden desahogo. La ciudad estaba tan reposada y
soñolienta como inquieto yo. No se oía más que el paso presuroso de algún
tardío transeúnte dirigiéndose a la cotidiana tertulia, o el ladrido lejano de
algún perro. Estaba la noche entreclara, sin luna, pero las estrellas bastaban
a iluminarla. Llevado de mis pensamientos, caminé hacia la Alameda y una vez
allí seguí la dirección del hermoso paseo de Bóveda, más conocido por la
Herradura, elevado semicírculo, desde el cual se domina, como a vista de
pájaro, Santiago y un extenso anfiteatro de montañas, destacándose sobre la
perspectiva de la ciudad las torres de la catedral, elegantes cúpulas que
rompen la monotonía de las líneas de casas, confundidas entre la oscuridad y
distintas únicamente por la mancha más sombría del verdor de las huertas.
Reinaba
quietud profunda en el lugar, y sólo leve soplo de viento remedaba en las copas
de los árboles voces misteriosas. Dejeme caer en un banco: ante mí, por entre
dos troncos, vi oscilar algunas luces en la ciudad, y particularmente en
ciertas casas ya aisladas y próximas a la falda del monte, un grupo de tres
lucecitas vagarosas y bailadoras se movía y cruzaba como si ejecutase
fantástico solo de rigodón. Emboceme en mi capa, porque el frío, en aquel sitio
alto y montuoso, era recio. Las luces seguían danzando, y he de advertir que
los gallegos asociamos multitud de ideas supersticiosas a estas luminarias
movedizas y andariegas: razón por la cual yo miraba algo fascinado los
resplandores de las saltarinas luces. De pronto, pegué un respingo: un hombre estaba
sentado, arrimadito a mí, en el mismo banco, sin que yo supiese cómo ni cuándo
había venido. Quedeme de una pieza. Lo peregrino del suceso, la hora, el lugar,
el silencio y recogimiento maravillosos, pusieran pavor en el ánimo más entero
y valiente.
Vergüenza
me da hoy confesarlo: mas es lo cierto que el sobresalto me paralizó, hasta no
consentirme echar a correr, ni menos volver y mirar cara a cara al inesperado
acompañante. Así permanecimos unos segundos, en que yo oía distinto y claro el
ruido de las palpitaciones de mi corazón. Mas subió de punto el temor cuando
sentí una mano que me parecía de descomunal gigante posarse en mi hombro y una
voz pronunciar estas palabras, bien vulgares y nada alarmantes en sí:
-Tenga
usted felices noches, señor de López.
Pegóseme
la voz a la laringe, y a impulsos del mismo susto me incorporé. Pero la voz
añadió:
Sí que le
conocía, y conocía aquellos dos negros huecos en lugar de ojos, que a la
indecisa nocturna claridad hacían espantable figura. ¡Cosas de la imaginación!
Si miedo tenía antes, cien veces más miedo me entró desde que vi que el duende
llevaba las antiparras de Onarro.
-Buenas...
noches... -tartamudeé.
-Siéntese
usted -dijo el raro interlocutor asiéndome de la capa.
Búrlese
el que quiera; téngame norabuena por medroso y apocado y aun por crédulo y
simple en demasía; pero es lo cierto que al sentir que me agarraban, no se qué
estremecimiento, qué horripilación corrió por la raíz de mis cabellos, y con la
celeridad del rayo puse en planta el infalible expediente que sugiere el temor
a los más tardos, y tomé las de Villadiego, dejando en manos del fantasma la
capa que tenía cogida.
En
desatada carrera crucé por delante del cuartel, me engolfé en las calles, y no
paré hasta la plaza del Toral. Llegado allí, las iluminadas ventanas del Casino
me animaron, y me detuve sin aliento. Una agudísima sensación de frío vino a
congelar en mi frente el doble sudor de la congoja y del violento escape. El
curso de mis ideas cambió por completo; me repuse, borráronse mis quiméricos
temores, y comprendí la extensión de mi necia ridiculez. ¿A qué venía mi
exagerada alarma, mi tontísima fuga? ¿Qué endriago, qué vestiglo, qué alma del
otro mundo me asaltara? ¿Acaso Onarro no era, como yo, hombre de carne y hueso?
Lo mismo que a mí me diera la humorada de pasearme a deshora por el hemiciclo
de la Herradura, ¿no podía tenerla el caprichoso y extemporáneo profesor?
¿Valía el lance la pena de tanto aspaviento? ¡Qué burla, qué chacota se me
preparaba si se traslucía mi grande y risible pavura!
Lo que
más me apretaba y daba fatiga era el pesar de haber perdido mi capa, fiel
compañera de aventuras estudiantiles, adicta amiga de mis pobres huesos, tan
propicia a encubrir el mal estado de mi raído chaquetón, como a cobijar entre
sus pliegues el billetito amoroso de Pastora. Sólo el que ha sido estudiante en
Santiago, comprende el subido valor de una capa. Heredera directa del manteo
tradicional, la capa establece entre los escolares la igualdad, fraternidad y
solidaridad más estrechas. Ante la capa, no hay altos ni bajos, pobres ni
ricos, no hay sino hermanos. Los estudiantes que, como el señorito de la
Formoseda, prescinden de la capa, rompen ipso facto el sagrado vínculo de la unión escolar. Están
calificados y puestos en entredicho: la antipatía general cae sobre sus cabezas
y viven como hongos, reducidos a la sociedad de viejos.
La capa
forma parte del estudiante: es un órgano suyo, es el complemento de su piel:
así es que al hallarme yo sin ella, parecíame que me faltaba algo íntimo,
indispensable para la vida, algo de mi individuo. Además, me chupaba de frío
los dedos.
Mohíno y
de mal talante, estúveme largo rato suspenso entre volver a la Herradura y
cobrar mi capa, o tocar retreta hacia el hospitalario techo de doña Verónica.
Era yo la viva estatua de la indecisión. Finalmente, vi aparecerse por debajo
de los soportales de la Rúa Nueva dos serenos armados de sendos chuzos y
farolillos: vista que me determinó a ir en busca de mi casa y cama. Llegué
transido a la posada; al subir oí el rechinamiento de las bocas nuevas de don
Víctor, que medía a grandes pasos su sala, y di en el corredor con don Nemesio,
que llevaba en la diestra una palmatoria, amparando la luz con la siniestra
para que el aire no la extinguiese.
-¿A dónde
bueno tan deprisa y tan callado? -me preguntó, mostrando querer entrar conmigo
en mi dormitorio- ¡Oiga! ¡Viene usted a cuerpo! ¡Pues no está la noche cruel
que digamos!
-Voy a
recogerme, señor don Nemesio -respondí con flaca y desmayada voz, mientras daba
diente con diente.
-¿Quiere
que me quede en su compañía velando? Disponga usted de mi inutilidad, con
franqueza.
-No, no
señor, un millón de gracias. En durmiendo se me pasará.
-Traiga
usted acá esa mano, hombre... ¡Cáspita, qué fría, parece la mismísima nieve!, y
el pulso medio loco... Vaya, entre usted en el cuarto y acuéstese, que ya que
no me quiera de enfermero, le haré una tacita de mi té. Es excelente, como que
me lo regaló un capitán de barco, un muchacho más obsequioso...
El
sacerdote me dejó para volver a pocos momentos con una estufilla y una tetera,
en que en breve hervía la perfumada infusión. De suyo era servicial don
Nemesio; pero sospecho que aquella noche nació su grande caridad para conmigo,
de atribuir mi abatimiento a causas muy diversas de la ridícula aventura de la
capa. Algo escarabajeaba en el ánimo de don Nemesio, algo semejante a un
remordimiento involuntario, que le movió a decirme, al par que echaba en la
taza unos terroncitos de azúcar:
-¿No me
pregunta usted nada de mi negociación matrimonial?
-¿Qué
quiere usted que le pregunte?
-Pastorcita
no estaba hoy buena. Digo, no sé si sería pretexto para no recibir al
pretendiente.
Volvime
del otro lado sin responder. Tal era el efecto producido en mi espíritu por los
sucesos nocturnos del paseo de la Herradura, que la grata noticia de la lealtad
de Pastora resbaló sobre mi pensamiento como gota de agua sobre una superficie
de acero bruñido. Don Nemesio renunció a sacarme del cuerpo palabra, y
servídome que hubo el té y deseado una apacible noche, fuese. Me dormí al
fomento del calorcillo de la cama, pero me molestaron pesadillas singulares. La
desordenada e inconsciente actividad de mi cerebro, transformaba lo ocurrido
durante el día en fantástica sucesión de disolventes cuadros. Soñábame yo
arrebatando a Pastora de las uñas de su furiosa madre, y huyendo a campo
traviesa, montados ambos amantes en un corcel velocísimo, ella a ancas y yo
gobernando el trotón. De pronto el pescuezo de éste se alargaba, se alargaba,
convirtiéndose en el chuzo de un sereno, a cuyo extremo aparecía la cabeza, y
ésta volviéndose hacia nosotros mostraba tener ojos humanos, provistos de
azules resplandecientes antiparras... Otras veces me imaginaba estar con
Pastora también, en la apacible estancia de su casa, a la luz del veloncillo:
de pronto veíamos entrar a don Nemesio con la sonrisa en los labios: Pastora
daba un chillido, volcábase el velón: a tientas yo la buscaba para que nos
fugásemos juntos: hallaba por fin un bulto en la oscuridad, y lo sacaba no sé
por dónde a la calle: echábale encima mi capa, mas ésta se convirtiera en manto
de plomo, como el de los hipócritas de Dante, y yo no podía manejarla... Después
volábamos, volábamos, trasponiendo las torres de la Catedral, y siempre en
dirección de triángulo de luces que en remota lontananza giraban
vertiginosamente... ¿A qué contar tanto desatino?
Cuando
desperté, bañado en sudor copioso, pude pensar que continuaba el sueño. En
efecto, sobre mi lecho tendida, yacía mi capa: era la misma, no cabía dudarlo:
harto conocía yo las bandas de descolorida grana, el paño parduzco y los
broches de plata figurando conchas de peregrino de aquella cara prenda...
Froteme los párpados, paseé atónito una mirada por la habitación, y en la silla
que junto a la mesa estaba vi sentado a Onarro, hojeando mis pocos libros.
No hay
nadie medroso a las doce del día (tratándose de miedo a cosas sobrenaturales).
Yo, en aquel momento, ante el rayo de sol que cruzaba la vidriera e iba a besar
jocundo la caleada pared, me hallé poseído únicamente de vergüenza terrible,
recordando mi poquedad de ánimo y mi humillante escapatoria. Onarro estaba allí
con su gabán color nuez, su floja y desaliñada corbata; a su lado, en la
mesilla, reposaban las antiparras; y sus grises ojos, en mí clavados, se teñían
de la benévola suspicacia que caracteriza las pupilas del gato doméstico,
tigrecillo siempre receloso y siempre maligno en su mansedumbre. Onarro fue el
que entabló el coloquio, que yo no supe ni quise.
-Ahí
tiene usted su capa -me dijo señalando con el dedo al irrefragable testimonio
de mi cobardía.
-Siento
mucho que se haya usted molestado...
-¡Famoso
susto di a usted! Si yo sospechase que era usted tan... nervioso, jamás
emprendería conversación con usted en aquel lugar y a aquella hora.
-¿Habrá
venido aquí este hombre solamente para traerme la capa y soltarme de paso estas
pullitas? -pensaba yo. Y repliqué en voz alta-: Señor don Félix, la imaginación
a veces...
-Sí, ya
sé yo que la imaginación, cuando preponderando sobre facultades superiores y
envuelta en las nieblas de la ignorancia... y acaso dominada por preocupaciones
adquiridas... Y es evidente que usted es un ignorante. Eso no impide a veces
tener mucho talento. Hoffmann, el inimitable cuentista, soñaba despierto con
trasgos, hechicerías, espectros y apariciones. Y usted puede estar adornado de
brillante fantasía, sin que deje de ser un ignorante. ¿Verdad que lo es usted?
-En
realidad... me parece que... francamente...
El
respeto y el temor contenían en mis labios una respuesta agria, pero íbame
amostazando tan impertinente discurrir. Onarro se levantó, y en vez de tomar la
puerta tomó su silla y vino a sentarse a mi lado, casi tocando conmigo, a la
cabecera de la cama.
-No sólo
es usted un ignorante -prosiguió- sino que se le da un comino de serlo.
-A mí...
no señor, usted dispense, está usted en un error.
-Lo
dicho. ¿Qué le va a usted ni le viene en las cuestiones científicas? ¿Qué
entiende usted de achaque de saber? Usted no posee la curiosidad, ni siquiera
la vulgar curiosidad, que incita al estudio. La química, verbigracia, le es a
usted, no sólo indiferente, sino odiosa.
-¿A qué
santo vendrá este maniático a meterse conmigo? -murmuré para mi capote.
-Un
ardite se le daría a usted de llegar a la altura de un Dumas o un Berthelot, o
de quedarse hecho un zarramplín.
-Señor
mío -exclamé yo, creyendo que interesaban al éxito de mi carrera y al honor del
pabellón unas miajas de farsas y embuste-, usted se engaña, y mucho. ¡No
gustarme a mí la química! ¡Bueno va!, ¡la química!, ¡justamente!, ¡y explicada
como usted la explica!, ¡oh!
La cara
de limoncillo seco de Onarro adquirió de improviso formidable seriedad, sus
ojos despidieron chispas, y alzándose y asiéndome de una muñeca que apretó con
toda la fuerza de sus dedos sutiles y vigorosos como resortes de acero, dijo
con voz contenida, pero enérgica:
-Oiga
usted. Atiéndame bien. Yo no vengo aquí de broma, ni la admito. Exijo de usted
la verdad, y usted me la dirá. Tanto peor para usted si me toma por un juglar o
un loco.
-Rematado
-pensé en seguida; pero enmudecí.
Onarro me
soltó, y con más reposo:
-Ruego a
usted que sea sincero -pronunció mirándome a la cara-. Salga de su boca la
verdad, que por lo demás conozco yo tan bien o mejor que usted, porque hace
meses que le estudio sin descanso, como a un organismo curioso e ignoto. No soy
aquí el profesor ante el discípulo, soy un hombre que necesita de otro hombre.
Sea usted leal, y no le pesará. ¿Usted no tiene la menor vocación científica,
no es eso?
Subyugome
el tono y la manera de hacer la pregunta, y sin fijarme en lo extraño de tal
interrogatorio ni en lo peregrino de mi franqueza, repliqué.
-Ya que
usted quiere a toda costa que lo confiese... No, no, señor.
-¿A usted
le causará tedio abrir hasta el libro de texto?
-Más
todavía. ¿Usted conoce que en su cabeza no arraigan ni fructifican las
explicaciones que doy en mi clase?
-Por un
oído me entran y me salen por otro.
-¿Y los
experimentos? ¿Le interesan a usted los experimentos?
-Me
parecen un juego de chiquillos.
-¿No le
gustaría a usted sobresalir entre sus compañeros, por su aplicación, su
inteligencia?
-Quisiera
tener concluidos ya los años de curso, para hacer una hoguerita con los libros.
-Y a
veces, cuando me ve usted en mi puesto, vulgarizando las grandes verdades de la
ciencia, poniéndolas al alcance de la juventud, echando el germen de la cultura
en aquellas almas... ¿No me envidia usted con noble envidia? ¿No quisiera usted
estar en mi lugar?...
-¡Tomarme
yo tanto trabajo por desbastar alcornoques! No en mis días.
Crecía la
audacia de mis respuestas, a medida que el semblante de Onarro se iluminaba con
alegre expresión.
-¿Nunca
ha soñado usted, en sus ratos perdidos, con ser una de esas lumbreras del
mundo, uno de esos grandes hombres que ensanchan los límites del conocimiento
humano e interpretan acertadamente la obra divina; un Arquímedes, un Newton, un
Leibnitz? ¿No le gustaría a usted que su nombre corriese de boca en boca, y se
conservase de generación en generación, y se esculpiese en mármoles, y se
grabase en bronces, y lo inmortalizase el arte en gloriosos monumentos?
Onarro
estaba en pie, sin duda en las puntas de los pies, porque me parecía más alto
que de costumbre; entre la ceniza de sus pardos ojos brillaba sobrehumano
fuego; tendía con ademán majestuoso el diestro brazo, cubierto con la exigua
manga color nuez. Vínoseme a la memoria una estrofa de Espronceda, poeta muy
leído de estudiantes, que en materia de gusto literario aún suelen estar con la
generación romántica del 30 al 40, y declamé enfáticamente:
|
«Yo,
con perdón de la gloria, |
|||
|
mucho más estimaría
vivir |
|||
|
en el mundo un día |
|||
|
que cien años en la
historia». |
Al pronto
temí haberme excedido, porque una sombra de desagrado y amargura cruzó por el
semblante de Onarro. Mas fue un momento. Volvió a pintarse en la satisfacción,
y dejándose caer de nuevo en la silla, preguntome con tono muy diverso del que
antes empleara:
-¿Qué
desea usted, pues? ¿No tiene usted ideal de ninguna clase? ¿No aspira usted
sino a vegetar en la oscuridad y la inercia?
-¡Que si
aspiro! ¡Ay señor don Félix, si yo pudiera pedir por esta boca!
-Pida
usted, pida usted; ¡quién sabe si será medida!
-Señor
don Félix, si yo tuviese dinero en abundancia, ¡qué cosas haría! ¡Qué planes me
bullen aquí!
-¡Magnífico!
-exclamó él levantando el embozo de la sábana y cogiéndome una mano que apretó
esta vez con entusiasmo, y casi con ternura- ¡De modo que es usted codicioso!
-Codicioso
precisamente, no; pero desengáñese usted, que lo que hay que ser en el día es
rico. Los pobres significamos tanto como la última palabra del Credo: sí, señor
don Félix, somos de peor condición que los negros de Guinea. ¿Ve usted esa capa
que me ha devuelto? Pues tiene siete años; se transparenta casi el día por
ella, y, sin embargo, al recobrarla me pareció que recuperaba un pedazo del
corazón, porque no tengo esperanza alguna de poder comprar otra, y anoche me he
vuelto carámbano con su falta. ¿Ve usted esas botas? Pues a fuerza de betún
disimulan su vetustez... ¿Cree usted que si yo tuviera peluconas me quebraría
los cascos en estudiar? ¡A otra puerta! Vida alegre, ver mundo, gozar de la
juventud... ¿Usted piensa que si yo fuera poderoso aguantaría que me pusiesen
sábanas gordas y remendadas como éstas, mientras otro en la sala de al lado las
gasta de holán y con tandas y encajes? ¿Que me conformaría con los desperdicios
del señorito de la Formoseda, y no haría venir de Francia pechugas de ángeles
rellenas de tocinos del cielo? Pero, señor don Félix, me aguanto, porque la
necesidad tiene cara de hereje.
-¿Las
riquezas serían, pues, para usted la dicha cabal y perfecta? ¿No aspira usted a
más?
-¿Y qué
más se puede pedir? Salud gasto, mi novia me quiere, y si no nos casamos, y aun
si es probable que no nos lleguemos a casar en la vida, la culpa es de los
pícaros doblones.
-¿Tiene
usted novia? -preguntó Onarro, por cuyos ojuelos pasaron unos idilios
juveniles.
-Sí,
señor; pero le ha salido una proporción riquísima, y es fácil que al cabo... Lo
que yo digo, don Félix: poderoso caballero es don dinero. El que tiene llave de
oro, abre todas las puertas.
Excitado
por el prurito de hablar de mi propia persona, que es cosa en general muy
grata, íbame ya olvidando de la extrañeza de aquel diálogo y de lo inexplicable
que era la presencia del profesor en mi cuarto tanto tiempo. Onarro, como
hombre indeciso, medía el aposento con rápidas pisadas. Al cabo se detuvo ante
mí y mirándome fijamente:
-Ya sabía
todo eso -me dijo- Desde que usted ha puesto el pie en mi clase le estudio, le
conozco, no le pierdo de vista... He probado a usted de mil maneras, he tratado
de excitarle la curiosidad, el amor propio, la emulación... Nada, nada. Más
fácil sería sacar jugo del mármol que de usted un arranque de entusiasmo
científico... Me he convencido, estoy seguro de que para usted, lo que se
refiere a conocimiento, es letra muerta. Usted no miente, no. Es usted, en
realidad, tan extravagante e imperfecto como dice.
-Tú sí
que eres un extravagante -repliqué yo aparte, por supuesto.
-Al mismo
tiempo he tomado informes de usted, y sé que es usted hombre de bien, capaz de
cumplir un contrato.
-Eso, sí,
señor. Con la leche lo mamé y con la cristiana enseñanza que me dieron. Me
precio de ello, aunque pobre.
-¿Quiere
usted -me dijo solemnemente Onarro acariciando su barba lampiña y puntiaguda-;
quiere usted ser el hombre más rico de toda Europa? ¿De todo el mundo?
Abrí
tamaños ojos. Siempre me pareciera que el bueno del profesor de química tenía
algunas afinidades con los habitantes de Orates, Leganés y otros puntos
análogos; pero en aquel instante le diputé por el mayor y más gracioso demente
que pudiese haber bajo la capa del cielo. Así que respondí con disimulada
chunga:
-Me
conformo con ser el más rico de Galicia.
-Poco
pide usted; ya subirán de punto sus exigencias andando el tiempo. Por lo demás,
no he de ser yo quien tase y limite el caudal de usted, sino usted mismo.
-Ea pues,
señor don Félix -repliqué resuelto a llevarle el humor-, venga acá ese Perú,
lleguen esas Indias, acérquese esa California, que yo de buena voluntad y por
amor de Dios apencaré con todo ello. ¿Es billete de lotería? ¿Posee usted algún
lagarto de doble rabo, que con él dibuje en la arena mojada los números que han
de salir? ¿Es tesoro encantado en el Pico-Sacro, cuyas profundidades y cuevas
visitó usted menudamente?
-Mocito
-repuso don Félix-, ya he dicho que esto no es asunto de burlas, y espero que
mis canas, cuando no mi carácter de hombre de ciencia, me den derecho a ser
oído con seriedad.
-Perdone
usted, pero la proposición es tan halagüeña...
-Es muy
formal y grave. En prueba de lo cual, usted, como cristiano y católico, va a
jurar ahora mismo sobre los Santos Evangelios no revelar a nadie, ¿entiende
usted?, ni a esa novia, el secreto de la empresa en que he menester su auxilio.
Diciendo
y haciendo sacó del bolsillo del gabán un libro grueso, con cantoneras doradas
y encuadernación de lujo; abriolo lentamente, y me señaló con el dedo la hoja.
Pude ver a Jesús Salvador en una rica viñeta cromolitografiada, y debajo, en
caracteres góticos de oro y azul, leí: In principio erat verbum...
-Jure
usted -repitió la voz profunda de Onarro.
-Pero
-exclamé medio vencido- yo no juro así sin más ni más, ni sin saber a qué me
obligo.
-Se
obliga usted únicamente a guardar silencio, a no decir a nadie de este mundo lo
que yo le confíe.
-Si no es
más que eso, bien está, me avengo a prometerlo; pero podría usted indicarme...
-Necesito
de usted para una empresa, empresa en que puede usted hacerse fabulosamente
rico, más que todos los propietarios, banqueros y monarcas de Europa.
-Me
conviene -dije contagiado de la fe de Onarro.
-Es de
advertir que arriesga usted la vida.
La
advertencia me resfrió un poco. A despecho de mis contrariedades financieras y
amorosas, maldita la gana que tenía de morirme. No obstante, el cebo era
tentador, yo mozo, estudiante y aventurero. El recelo fue corto.
-También
la arriesgo yo -añadió Onarro.
-Eso no
me consuela ni pizca, señor don Félix; pero, en fin, ya que usted dice que con
arriesgarla voy a ser un potentado, vale la pena. Por cosas de bastante menor
monta hay quien se la juega todos los días.
-En ese
caso es usted mío -dijo Onarro comiéndome con los ojos.
Y volvió
a presentarme el libro.
-Jure
usted, por su fe de cristiano, no revelar a nadie lo que entre usted y yo
ocurra. Júrelo usted por cuanto existe de sagrado en el tiempo y en la
eternidad; júrelo usted por el Dios que nos escucha.
Honda y
extraña impresión me sobrecogió. La fórmula del juramento, repetida en actos
públicos, y que con tanta ligereza se profana, parecíame en aquella ocasión,
ante aquel hombre singular y en tan peregrinas circunstancias, lo que realmente
debe ser: un acto solemnísimo, imponente, religioso.
-Salte
usted de la cama -me dijo Onarro-. Jure usted con respeto.
Brinqué a
tierra, y sin darme razón de lo que hacía, me arrodillé, puse la mano sobre el
sagrado libro, pronuncié las palabras de ordenanza y besé la página por el
sitio en que los pies del Salvador se apoyaban en el globo del mundo.
-Bien
está -murmuró Onarro lacónicamente- Hasta la vista.
-Eh,
señor don Félix, ¡eh! -grité aturdido sin pensar en dejar mi humilde postura-
Mire usted que yo he jurado; pero si se trata de alguna cosa que... de alguna
acción no buena, vamos... entonces...
Volviose
el sabio desde el umbral, y me dejó atónito con disparar la más larga, alegre y
espontánea carcajada que escuché en mi vida.
-¡Bonita
facha hace usted! -tartamudeó ahogándose de risa- En calzoncillos... con esa
cara de susto... No tenga usted miedo, hombre... no soy capitán de gavilla, ni
monedero falso... ni secuestrador...
Esta
última palabra y el postrer eco de hilaridad se perdieron en lontananza, porque
ya Onarro bajaba la escalera con prisa y agilidad juveniles. Quedeme yo hecho
una estatua, boquiabierto, sin saber qué me pasaba; pero fue lo bueno que al
recobrarme y empezar a traer a la memoria la reciente escena, asaltome tan
irresistible convicción de que el profesor de química se había querido divertir
conmigo y jugarme una de sus burlas estrafalarias, que, sin ser poderoso a
contenerme, viéndome así, en tan raro pergeño y de hinojos, solté a mi vez el
trapo con la mejor gana del mundo. Parecíame extraordinariamente cómica la
sencillez con que creyera yo todo aquello de las riquezas inmensas, de los
tesoros, del peligro de muerte, la formalidad con que había jurado guardar el
secreto de tales sueños y delirios... No me era posible dejar de considerar los
actos de Onarro como inspirados por un cerebro enfermo o por una condición
retozona, maliciosa y picaresca. Y, con todo, la fantasía, abogada perenne de
lo maravilloso, me insinuaba pasito un «¿quién sabe?» y un «tal vez» que me
hacían cavilar... Como el personaje del conjuro en El diablo en el
poder, temía y deseaba a un tiempo la presencia de Satanás.
Vestime
apresuradamente, recordando que era hora de asistir a mis diarias clases, y
como cruzase el corredor, vi abierta de par en par la puerta del cuarto de don
Nemesio Angulo. Acordeme entonces de la tetera y demás chismes que en mi alcoba
quedaran, y no quise salir sin haber vuelto a colocarlos en su acostumbrado
sitio, sobre la cómoda del buen clérigo. Volví a mi nido, cogí los trebejos y
me entré sin ceremonia en el domicilio de don Nemesio, depositando en su lugar
correspondiente cada trasto. Mucho me sorprendió ver el lugar vacío a aquella
hora. La puertecilla de escape que comunicaba con las habitaciones del señorito
de la Formoseda se hallaba entreabierta, y al través de la cortina de drogué
que velaba los cristales se oían los acentos de una gárrula voz, para mí muy
conocida. Todo el mundo es indiscreto en determinadas circunstancias: yo me
puse a escuchar.
-Señor
don Nemesio -decía doña Fermina-, no hay motivo de desesperarse por eso que le
han dicho a usted. Ella siempre tuvo unas sombritas de vocación; pero ¡bah!, ya
se sabe lo que son las vocaciones de las muchachas: conforme vienen se van.
Señorito don Víctor, no se desanime usted ni se ofenda: la niña no le conoce
apenas, que cuando le conozca, juro yo...
-No,
señora -contestaba desapaciblemente don Víctor-; yo no me desanimo, ni... Pero
no andemos con bromas. Si Pastora tiene firme propósito de tomar el velo,
díganmelo de una vez, y salgamos de dudas. Me están haciendo desempeñar un
papel ridículo.
-¡Jesús,
don Victorcito! ¡Que sea usted tan vivo de genio! No, señor de mi alma, no. Mi
niña comprende muy bien el favor que usted le dispensa fijándose en ella.
¡Jesús!, sí, que es ella tonta o ciega para no ver sus prendas de usted. No,
pues de boba no tiene nada; que lo diga don Nemesio, que lo diga.
-¡Boba!
No por cierto; es muy discreta Pastora; no le podía faltar esa gracia. Pero
señor don Víctor y señora doña Fermina, si Pastora quiere, en vez de esposo
terrenal, a Jesucristo por dueño perpetuo, paréceme a mí que eso no es ser
boba. Nadie debe ofenderse porque prefieran a Dios, ni resentirse de que se
aspire a mejor estado.
-Yo no me
resentiré; sentirlo es otra cosa. Sólo quiero saber si esa resolución es fija y
terminante. Ya ven ustedes que si ahora me dicen que Pastora me desaira por el
convento, y luego salimos con que me deja por algún galán... eso ya me
ofendería en altísimo grado, señores. No soy ningún muñeco para que se juegue
conmigo.
-¡Madre
mía del Amor Hermoso! ¿Qué dijo, don Victorcito? ¡Galanes a mi niña, cortejos a
mi Pastora! ¡Sí, buena es ella! No, si no tómenle el pulso y verán. ¡Señor de
la Corticela, galanes! Mire usted, a puntapiés los tuvo, así Dios me dé buen
siglo y buen año, pero ella, ni esto. Don Nemesio, dígale a don Víctor cómo es
Pastora de recogida y de...
-Alto
ahí, doña Fermina -intervino don Nemesio-. Pastora puede ser una muchacha
excelente, como de hecho lo es, que yo la fío, y, sin embargo, tener un galán,
con el más limpio propósito.
-¡Vaya,
señor don Nemesio, que no posee uno más honra que la que le quieren dar! Si
usted, que es hace tantos años el confesor de la niña, dice esas cosas, no sé
yo qué quedará para los maldicientes...
-Señora,
yo no digo que lo tenga -replicó don Nemesio, en cuya voz noté por vez primera
de su vida inflexiones coléricas- Usted está soñando; lo que yo afirmo es que,
aunque lo tuviese, no sería mancha de judío; y me parece que cuando me explico
así, no lo sacaré de mi cabeza, ni defenderé cosa que nuestra Santa Religión no
autorice. En esa materia ya no seré tan ignorante que diga una tontería.
-Hablemos
claros -exclamó don Víctor-. No quiero dar a ustedes un mal rato, ni
contradecir a usted, señora doña Fermina; pero, francamente, tampoco me agrada
pasar por bobo. Anoche he recibido un aviso anónimo, en que me advierten que
Pastora tiene novio; que lo tenía ya antes de conocerme a mí, y que por eso no
se avendrá a la boda. Ya comprenden ustedes que para una persona como yo es un
lance altamente humillante este en que me veo.
-Los
anónimos sólo merecen desprecio, señor don Víctor -dijo don Nemesio.
-¡Ay, don
Victorcito de mi alma! -gritó doña Fermina- ¡Ay, de qué medios se valen, y cómo
me lo engañan y embaucan las envidiosonas que se están reconcomiendo de ver la
fineza que usted hace a mi hija! ¡Ay, si yo soltase la sin hueso! ¡Ay, si no me
contuviese la prudencia! Don Victorcito, mire usted, mire usted a su alrededor
y abra los ojos. Ya se ve, como contaban con que usted les iba a pedir sus
hijas... y las hijas, porque arrastran un pingajo de seda y llevan mil
arrumacos, piensan que no hay nadie en el mundo que valga más que ellas... no,
pues de alguna sé yo que... pero más vale callar...
-Mejor,
mucho mejor es que usted calle, doña Fermina -exclamó don Nemesio, cuya benigna
condición no fue parte a hacerle llevar en paciencia las alharacas de la
irritada dueña-. Ninguna señora, ninguna señorita es capaz de lo que usted
malignamente supone. Las personas regulares proceden como quien son.
-Sin
embargo, don Nemesio -objetó el señorito de la Formoseda-, no va del todo
descaminada doña Fermina. Como no he sido mal acogido en muchos sitios... y
trato a las familias que tienen hijas casaderas... Ello es que en todas partes
me festejaban, y si hubiera querido elegir, creo que no me pondrían ceño. De
manera que no fuera extraño...
No quise
oír más. En dos brincos me planté en la calle, y con otros dos me puse en la
casa de Pastora; necio es quien no se ase del único cabello que guarnece el
mondo colodrillo de la ocasión.
-Niña mía
-dije a Pastora, que estaba algo desmejorada y abatida, y que se admiró al
verme entrar-, recibe mi enhorabuena. Eres un diplomático, que mal año para
Bismarck. Esa cabecita es mucha cabecita.
Fregábame
las manos al hablar así, y en señal de admiración castañeteaba los dedos,
sacudiéndolos.
-No sé
por qué dirás eso, Pascual -articuló Pastora alzando hacia mí los ojos, que
rodeaba hondo y amoratado cerco-. Explícamelo, y no hagas tales extremos y
boberías, que no vienen al caso.
-¿Pues no
he de hacerlos? Me encantó tu labia, y el enredo que ideaste para salir del
apuro.
-¡Mujer!
¿Cuál ha de ser? El del monjío.
Arrancó
Pastora de lo más hondo de las entrañas un suspiro tiernísimo y doliente, y no
me dio otra respuesta.
-¿Qué es
eso? -exclamé impaciente- ¿Suspiritos tenemos? ¿Cuánto va a que sientes haberte
sacudido ese moscón?
-Pascual
-pronunció ella volviendo el rostro hacia los vidrios de la ventana-; el moscón
eres tú, y de ti sí que tendré que sacudirme y desembarazarme. ¿Crees que no
hay sino andar jugando al escondite con lo del monjío, y aquí tomo y allí dejo?
Yo no sirvo para esas variaciones. Casarme contigo no puedo; con don Víctor no
quiero; seré religiosa; y como esto no tiene remedio sino hacerse, cuanto más
pronto dejemos de vernos valdrá más. ¿Tomar a Dios por disculpa y pretexto?,
¡bueno fuera, Pascual! Mucho he meditado en mi destino, y comprendo que la
vocación de mis primeros años era la mejor. Con pena te abandono, pero ya se te
alcanza...
¡Oh y qué
oportunidad se me ofrecía aquí -si en vez de contar los sucesos de mi verdadera
historia estuviese hilvanando entretenida novela- de encajar una escena
patética y de efecto, en que yo me arrojase a las plantas de Pastora, y besando
la fimbria de su vestido, con muchas lágrimas le rogase no repitiera la palabra
fatal; y ella luchara consigo misma, hasta que fascinada y mal de su grado se
precipitase en mis brazos; y ambos a dúo, en tierna actitud, jurásemos bebernos
un sutil veneno o siquiera traspasarnos el corazón con acicalada daga, si ya el
destino en perseguirnos tenaz, nos vedase finalmente vivir el uno para el otro!
Mas como a todo antepongo mi escrupulosa veracidad de autobiógrafo, debo,
aunque prive a mis sensibles lectores de un sabroso regalo, declarar que no
pasó nada semejante a tan dramático episodio. Lo único que hubo (y cuenta que
no pongo ni quito una tilde), fue que yo me llegué a Pastora, y sin decir
palabra, con gentil donaire, le administré en el brazo izquierdo un retorcido pellizco;
lo cual le obligó a exhalar un grito y a levantarse con presteza, empuñando la
correa del hábito a guisa de disciplina; y como viniese a mí con intención
manifiesta de sacudirme algunos zurriagazos, refugieme corriendo en un rincón,
desde donde con las manos juntas, pedí cuartel; mas no logré nada, pues me
zurró en grande, y por mucho que yo chillaba:
-Ea,
Pastora ¡que duele de veras, caramba!
-Mejor;
aguárdate, falso -contestaba ella menudeando el mosqueo.
-Mira,
Pastorcilla -díjele yo así que hubo saciado su venganza y quedádose animada,
encendida y ya medio risueña-: mira, no me hables de convento estando yo como
estoy, sano y rollizo; antes espónjate y alégrate, niña, que te anuncio y mando
que voy a ser rico, más rico que Creso, y a casarme contigo por la posta.
-A fe que
te vengas con chanzas. No está la dama para tafetanes.
-Si hablo
formal, mujer. Mírame a la cara.
-¡Música
celestial! Tienes tío en Montevideo, ¿eh? Nunca me lo mentaste.
-No, si
no necesito yo tener tíos en Montevideo ni en Flandes para achinarme. ¡Vaya!
-Pues
hijo, ¿qué, van a hacerte ministro?
-No me
sacarás otra palabra del cuerpo, sirena tentadora, taimada Dalila.
-Bien,
bien. Cuando me enseñes una oncita junta, te daré crédito. Hasta entonces...
Y con la
uña del dedo pulgar produjo un chasquido expresivo en los dientes.
-Mira que
va de veras, Pastora. Prepárate a ser princesa y millonaria.
-Déjate
de insulseces y hablemos con seriedad. No parece sino que nos sobra el tiempo,
que así lo perdemos. Pascual, de veras, he cavilado mucho, y se me figura que
estas dificultades y tropiezos que encuentran nuestros amores son un aviso
claro de Dios que me dice: «Pastora, vas mal por ahí». Entrando yo monja, se
arreglaba todo. Ni mi pobre tío ni mi madre podían quejarse; y tú menos. Dios
me daría fuerzas para ser una buena religiosa.
-Justito.
Como no puedo casarme con mi novio, me caso con Jesucristo, ¿verdad? Pues vaya
una virtud. No, señora mía, otro porvenir más espléndido aguarda a vuestra
merced. Arregle de modo que pase este chubasco, y amanecerá Dios y medraremos.
-Es que
tú no sabes lo que me amargan la vida, mi madre riñendo y el tío callando.
Éste, sobre todo, me da ratos terribles. Él nada dice; pero yo sé leer muy bien
en su cara. Es el primer disgusto que le causo.
-Pues
hija, sigue afirmando que quieres hacerte monja. Con eso no se atreverán a
desaprobarte; y yo en breve tendré dinero con que ahogar a cuantos se opongan a
nuestros amores.
Pastora
me colocó las dos manos en los hombros, y rechazándome y sujetándome a la vez
con esta cariñosa familiaridad, me miró fija un largo rato. Al fin pronunció,
con los tonos más graves de su voz dulce:
-Honra y
provecho no caben en un saco. El dinero no llueve del cielo.
-¡Yo no
sirvo para este mundo! -exclamó dejándose caer en la silleta-. Desengáñate,
Pascual: es mejor encerrarse y rezar, que afligir a todos por casarse contigo.
¿Quién eres tú?
-¡Linda
pregunta! -contesté amostazado-. No soy un personaje como don Víctor, pero
¿quién sabe lo que podrá suceder mañana? Aunque te rías y te reburles, puede
ser que nade en oro antes de lo que tú tardas en hacer una novena...
Pastora
se levantó de nuevo, y por uno de aquellos cambios frecuentes en las
organizaciones delicadas, vi que sonreía y que sus ojos destellaban malicia.
Cogió entre las yemas de los dedos la solapa de mi levitillo, la alzó, y
mostrando que abrochaba al revés, signo indefectible de que la prenda había
sido económicamente vuelta con lo de dentro para fuera, me interrogó así:
-Pascualillo,
¿entonces no te pondrás la ropa con las solapas cambiadas?...
VIII -
En la
vida los sucesos suelen ya precipitarse y atropellarse con vertiginosa rapidez,
ya pararse flemáticos, sin que nada acelere su andar de tortuga. Esto último me
aconteció después del día memorable en que recibí la visita de Onarro. Tras de
horas tan accidentadas, vino una semana lenta en que no ocurrió cosa
particular. Asistí a clase, y Onarro no dio leves indicios de acordarse de la
historia de la capa y de sus consecuencias. Mis compañeros continuaron
comentando mi sabiduría, que andaba tan oculta, y a la vez la entrevista de
Onarro conmigo, que averiguaron no sé por qué medios, y que atribuyeron, como
era de esperar, a graves disquisiciones y diálogos científicos de la mayor
importancia. Por lo común, ninguno de los embustes que ruedan por las bocas del
vulgo deja de fundar su origen en un dato cierto; solamente que es mejor
carecer de datos que tenerlos y servirse mal de ellos. Existe un fondo de
verdad en toda fábula, mas el hecho real llega a desaparecer por completo o
quedar soterrado bajo el mito.
Por lo
que respecta a Pastora, no pude pescar otro momento en que la dejase sola su
Argos. Por don Nemesio supe que continuaba hablando de monjío: lo que achaqué a
disimulo y destreza. Mas no servían de nada las moratorias, dado el carácter
del porfiado pretendiente que Pastora se ganara. Al pedir don Víctor a la
sobrina del canónigo, pensó ser llevado en palmas y entrar bajo arcos
triunfales por la puerta del matrimonio; y así los velos del orgullo le
encubrían la desigualdad del enlace. Mas al advertir que lejos de ser acogido
con halago y de encontrar francos los caminos, le era forzoso rogar y esperar y
temer, experimentó primero un asombro sin límites, después una ira sin freno.
En suma, él se halló humilladísimo, y desde el mismo punto se volviera atrás de
lo dicho, y deshiciera el nudo, a no parecerle que cejar así era peor y más
vergonzosa derrota. Entonces su amor propio resentido le dictó una resolución
irrevocable como todas las que toman hombres de su temple: que no sin razón se
ha dicho que la terca firmeza es virtud de necios. Fuese, pues, una mañana con
don Nemesio a casa de don Vicente, y llamando a cónclave a misia Fermina,
manifestó sin rodeos a todos que o Pastora se determinaba a darle un sí claro,
explícito y redondo en el plazo improrrogable de ocho días, sin que entre el sí
y la ida a la iglesia mediasen más de veinticuatro horas, o tuviesen entendido
que se rompía y desataba todo proyecto matrimonial. Al proponer esta última
tregua, estaba don Víctor pensando entre sí que, de desairarle aquella modesta
muchachilla, no le quedaba otro arbitrio para ocultar el bochorno sino salirse
de Santiago por siempre jamás amén. Doña Fermina puso el grito en el cielo,
protestando que eso era forzar las cosas; que puesto que la niña iba fijándose
cada día más en las singulares prendas del señorito de la Formoseda, todavía no
era posible, ni aun decoroso, que en tan corto tiempo le correspondiese y
pagase con la debida vehemencia. Don Nemesio se limitó a aconsejar a don Víctor
procurase insinuarse por suaves medios con Pastora, lo cual era muy hacedero
para un joven de dotes tan relevantes. En cuanto al canónigo, oyó con gran reposo
la arenga del mancebo, haciendo señales de asentimiento a cada uno de sus
períodos; y así que todos hubieron hablado, levantose trabajosamente del
sillón, en que más y más le crucificaba la gota, y dando una palmada en el
hombro de don Víctor:
-Tiene
usted razón de sobra -le dijo-. Cuanto ha alegado usted está dentro de los
límites de las exigencias más justas. Déjelo usted de mi cuenta, que yo le
prometo que al plazo señalado sabrá usted a qué atenerse, y no me le
entretendrán con disculpillas de mal pagador. Basta mi palabra.
En
efecto, cumpliendo la oferta hecha al señorito, llamó más adelante el canónigo
a Pastora a su cuarto, sin testigos, y pasó con ella una plática cuyos
resultados conoceremos a su tiempo.
No supe
yo entonces la circunstancia de la intimación de don Víctor, que acabo de
narrar. Faltábame todo medio de comunicarme con Pastora, pues hasta la
estratagema de las cartas en la capa se hiciera imposible, atendido que don
Vicente me recibió un día con serio semblante, frunciendo sus temerosas cejas,
visto lo cual no me arriesgué a repetir la visita.
Andaba
yo, pues, del peor talante posible, y entre tantas dificultades y pequeños
tropiezos no se apartaba de mi mente el recuerdo de la extraña entrevista con
Onarro. ¿Sería verdad que aquel hombre poseía medios para enriquecerme? A veces
esta idea se me presentaba posible, verosímil, inmediata. Otras pensaba en el
invariable y raído gabán color nuez del sabio, y a mandíbula batiente me reía
de mí mismo. Sin embargo, aquella quimérica esperanza no se separaba de mí.
Rumores misteriosos, repetidos y comentados y engrosados en las bocas de todo
el mundo, estimulaban mi fantasía. Con mayor insistencia que nunca, afirmábase
que el profesor de química andaba dado a buscar la piedra filosofal. Aun se
susurraba que Onarro tenía sus puntas y ribetes de mágico, y que aderezaba
filtros, bebedizos y elixires peregrinos y de extrañas propiedades; con aquello
de mudar las piedras en oro, hacer retoñar un verde y florido jardín en el mes
de diciembre, y otras patrañas del mismo jaez, dignas del tiempo de la
alquimia, pero creídas del vulgo en todo tiempo. Nadie mejor que yo pudiera dar
valor y fuerza a tales voces, contando las raras ofertas del profesor, que tal
saborcillo tenían de pacto diabólico: pero me guardé bien de descoser la boca,
diputando por chanza y fábula todo ello.
Al mismo
tiempo la ilusión, agitando mi espíritu, me movía a anhelar secretamente fuese
real alguna de las soñadas perspectivas. Yo no dejaba de figurarme que bien
podía la química tener algo de brujería. Mis conocimientos no llegaran hasta
distinguir los fenómenos naturales de los portentos de la magia. Por intuición
se me antojaba que las gentes decían en ese respecto mil desatinos; pero
careciendo de la racional seguridad con que el sabio calcula, vagas aprensiones
me impelían a pensar como las gentes. A medida que pasaban días, adquiría
cuerpo en mi ánimo el terror y atractivo de lo sobrenatural. No era posible
defenderme. A deshora de la noche pensaba en Onarro, en sus fantásticas
promesas, y juntándose todo ello con los dicharachos y consejas del público,
allá en mi interior se organizaba un ejército de necedades.
Juzgue,
pues, el lector compasivo, de la impresión que experimentaría yo cuando una
mañana, al concluirse la cátedra y desfilar los estudiantes, me llamó Onarro
con una leve seña, e inclinándose hacia mi oído, pronunció esta frase,
impregnada de misterio y novelescamente concisa:
-Esta
noche, en mi casa, a las diez.
No pude
responder sino bajando la cabeza en muestra de asentimiento, mientras Onarro,
por cuya boca irónicamente plegada vi resbalar una enigmática sonrisa, se
levantaba y salía de la clase con ambas manos forradas en los bolsillos del
indefinible gabán.
¡Si
pasaría yo preocupado e inquieto las cuántas horas que mediaron entre el aviso
y la de la cita! Donde quiera que me sentase, punzábanme alfileres, y ortigas
me picaban. El tiempo se me antojaba unas veces corcel alígero, y otras caracol
pelmazo. No quise comer apenas, pues una especie de calentura y tensión
nerviosa acallaba las voces, sonoras de ordinario, de mi estómago juvenil.
Distraído y atortolado, respondía con troncas palabras a los obsequios
empalagosos de doña Verónica y a la acostumbrada afabilidad de don Nemesio, que
acertó aquel día a acompañarme a la mesa. Yo, hecho un azogue, continuamente me
asomaba a la ventana, cual si por ella hubiese de ver algo para mí muy
importante. En fin, estaba tan alterado, que derramé el agua por la servilleta
y al echar a don Nemesio garbanzos con el cucharón, se los sembré en la sotana.
Fuese
yendo el día, y viniendo la noche, no en verdad negra, caliginosa y
relampagueante, como conviene a escenas de aquelarre y a diablerías, sino
apacible, clara, magnífica, que ni soñada para coloquios de amor. La luna, a la
sazón en su cenit, derramaba suaves olas de luz sobre la austera ciudad sumida
en silencio. Vaporosa lumbre y profunda sombra contrastaban en las calles. Me
embocé en la capa, y emprendí el camino de la casa del sabio.
Habitaba
Onarro en uno de esos caserones vastos y semimonumentales que abundan en los
pueblos ya decadentes como Santiago. Vivienda ayer de ilustre familia, que dejó
la residencia de provincia para irse tras del bullicio y gala de la corte, el
casi palacio va mustiándose y ajándose: la polilla roe las maderas, la humedad
amortigua y descascara las pinturas, la lepra verdosa del musgo invade los
escudos heráldicos y las piedras de la fachada, los cristales se rompen uno
tras otro, y entonces sus dueños se resignan a alquilar el edificio a un precio
siempre más módico que el de los angostos pisos modernos, porque la misma
grandeza y anchura del local hace que no poseyendo ningún inquilino muebles
suficientes para alhajarlo, parezca un cuartel o un hospital robado y la
desnudez patentice las lacras y arrugas de la ancianidad.
El
caserón que Onarro tomara en arriendo mediante una suma nada crecida -y en que
se gobernaba sin otra compañía que la de una criada entradita en años- era de
lo más ruinoso y triste que imaginarse pudiera. Aumentaban al exterior su
aspecto tétrico unas fuertes y gruesas rejas, comidas de orín, y tapizadas de
venerables telarañas, claro indicio del tiempo que hacía que ninguna hermosa a
las ventanas se acercara, prestando oído a alegre serenata estudiantil.
Así de la
aldaba de hierro, figura de monstruoso dragón, que más parecía despedir que
convidar a la entrada, y sacudí tres vigorosos aldabonazos. Rechinaron con
desapacible estridor los cerrojos, gimieron los recios goznes, y apareció la
vejezuela criada, con un velón en la mano; y a fe que juzgué que sólo le
faltaba la untura para volar por los aires como las Camachas y Montillas, tal
era de chupada, sumida y pergaminosa, y tanto acusaba los planos, líneas y
sinuosidades de su esqueletado rostro aquella rojiza luz. La clara y fría de la
luna me mostró allá en el fondo un patio o claustro, con arcos y columnas, en
cuya balaustrada superior, calada como encaje, descollaba de trecho en trecho
un escudo de armas rematando en casco o cimera. A la izquierda se enroscaba
carcomida escalinata, que ascendí precedido por la Marizápalos.
Hízome
cruzar varios pasillos y habitaciones, frías y sin muebles, en que nuestras
pisadas retumbaban con eco solemne y lúgubre, y señalándome al extremo de un
gran salón, en que las paredes lucían aún pálidas cenefas y descoloridos frisos
al temple, una puerta, bajo la cual se filtraba una línea luminosa, me dijo con
voz de catarro, mostrando la traspillada dentadura:
Confieso
que me quedé indeciso un punto. No las tenía todas conmigo, como suele decirse.
Al fin herí blandamente con los nudillos las hojas de la puerta, y éstas
cedieron sin otro esfuerzo a tan leve presión, abriéndose cual por arte de
birlibirloque.
El
espectáculo que se ofreció a mi vista turbada, me dejó cosido al umbral. No
conocía yo entonces por cierto ninguna de las obras maestras de la literatura
demonológico-fantástico-transcendental, tan en boga actualmente; no había
visto Fausto, ni Roberto el Diablo, ni siquiera leído
el Mágico prodigioso, de nuestro admirable Calderón; ignoraba
totalmente las formas, disfraces y tipos que gusta de adoptar Luzbel para hacer
a mansalva sus picardigüelas y bellaquerías por acá abajo: y con todo eso,
corrió por mis venas terrible escalofrío, y a tener ánimos, no parara hasta la
calle, cuando vi a Onarro vestido con larga hopalanda de color rojo de sangre,
destacándose sobre un horno o brasero de ardientes y movibles llamas, y
sosteniendo en la mano diestra un pajarraco enorme, sin duda búho o mochuelo,
que al verme exhaló ronco y amenazador graznido. Flaqueáronme las piernas y se
me pusieron de punta los cabellos... ¡Lo que es la imaginación! Sobre que
después de media hora de estar sentado cerca del profesor de química, y de
haber palpado la rara hopalanda, que no era sino abrigada bata de tartán, y de
calentarme a la hoguera misteriosa, que era excelente chimenea inglesa en que
ardía razonable cantidad de cok, y de oír al supuesto búho -un loro muy
sinvergüenza- llamarme cobarrrde y borrrrriiico, aun me temblaban
las carnes, y aún me corría sudor desde la raíz del pelo.
Onarro,
que casi a viva fuerza me arrastrara al interior del gabinete, sentándome poco
menos que como a un niño en la butaca, había sacado de una alhacenita una
botella, un vaso y dos o tres bizcochos, y escanciándome un Jerez aromático, de
color de caramelo, obligome a beberlo para que me repusiese y sosegara.
Avergonzado yo de la sátira fina y sutil que se contenía en tales cuidados y
mimos, permanecí como un doctrino, sin saber qué rostro poner.
Sentose
Onarro fronterizo a mí, y la claridad intermitente del fuego, alumbrando a
trechos su cara, la hacía aparecer más sarcástica, aguda y burlona que de
ordinario.
-Viendo
estoy -me dijo sin apartar de mí sus ojos, no velados entonces por los azules
espejuelos- que no va usted a servirme para lo que yo le he menester. Es usted
medrosico e impresionable, tiene usted fibras de azúcar cande, y yo le he
advertido, y mi conciencia me manda se lo repita, que hay peligro de muerte.
-Ya he
respondido que eso no me arredra, ni me se da de ello un bledo -contesté con
intrepidez aumentada por las cosquillas del generoso licor y el grato fomento
de la lumbre.
-Sin
embargo; como ha mostrado usted así... cierta vacilación y parálisis
repentina...
-Señor,
le seré a usted franco; lo que a mí me asusta son ciertas cosas que... vamos,
serán niñerías y simplezas, pero no puedo remediar el temor que me causan.
Montañés nací, y crieme entre mil cuentos de asombro; allí, en las noches sin
luna, vemos pasar con sus antorchas sepulcrales la misteriosa procesión de
la Compaña; allí los fuegos fatuos del cementerio, cuyo origen nos
explicó usted el otro día en clase, se consideran almas de difuntos que vagan
entre la niebla, y, realmente, como tienen aquella maldita gracia de correr
detrás del que escapa y de huir del que los sigue... En fin, no se hable más
del asunto, que de día me pondré yo con el mismo Bernardo del Carpio. No
retrocedo ante ese peligro que usted dice.
-Yo
cumplo con un deber al declarar a usted que lo hay, y muy grande. Importa que
usted se penetre de ello, a fin de que disponga y ordene sus negocios
temporales y espirituales, no sea que el lance le coja desprevenido.
-¿Ha de
ser el peligro de tal especie que a nada dé lugar? -pregunté yo un poco menos
decidido.
-Según
eso, ¿puedo morir de repente?
-¡Zambomba!
-pensé para mis adentros- ¡y que serio lo dice el condenado! Esto tiene traza
de ser una verdad como un templo. No faltaría más sino que al enfrascarme en
tal aventura corriese yo el riesgo que me están anunciando, y a la vez me
saliese vana y huera la perspectiva de los millones y los tesoros. ¿Quién me
mete a mí en libros de caballería? No, lo que es sin ciertas aclaraciones
previas no va el hijo de mi padre a ponerse a morir así, sin tener ni aun
tiempo de decir oste ni moste.
-Parece
que se ha quedado usted pensativo -advirtió incisivamente el profesor.
-El caso
no es para menos, señor don Félix -repliqué acariciándome maquinalmente la
barbilla-. No se figure usted que experimento lo que en rigor se llama miedo,
no, en verdad, pero digo...
-Digo que
la vida no es grano de anís para jugarla contra promesas y esperanzas que, así
yo medre, no sé en qué puedan fundarse.
-Razón
tiene usted -repuso Onarro con mucho sosiego-, y con efecto, ya me guardaría yo
bien de poner en punto de perderse su vida de usted ni la mía propia, a no
contar con un sesenta por ciento de probabilidades de venturoso éxito.
-¿Usted
cree? -contesté no muy persuadido.
-No creo.
Estoy seguro de que de cien veces sesenta...
-Bien,
señor don Félix. Yo abrigo gran confianza en usted y en su saber; vaya si la
abrigo; pero en puridad, si usted quisiera indicarme así... algo de lo que...
en fin... Porque si usted me explicase un poquito de lo que vamos a hacer, y yo
comprendiera que no faltan esas probabilidades que usted dice, arrostraría con
gusto todos los peligros que sobrevenir pudiesen.
Riose
Onarro al oírme, y abriendo con una llavecita un secreter o papelera situado en
el ángulo de la habitación sacó un grueso rollo de papeles, que me puso sobre
las rodillas. Miré y vi que las páginas estaban garrapateadas en todos sentidos
de fórmulas químicas y algebraicas. Viendo el profesor que yo permanecía
confuso y sin saber qué decir, me tomó de la mano, y sacándome del gabinete por
una puerta lateral, me hizo atravesar pasillos, hasta que llegamos a una pieza
estrecha y abovedada, que daba señales de haber sido oratorio, pues aún se
conocía el lugar en que estuvo el ara santa, y se divisaba en la pared el negro
hueco del nicho que contuvo la imagen. Una lámpara mortecina alumbraba el
sitio, y en el centro había una larga mesa: por los muros corrían anchos
estantes, y estantes y mesa soportaban la carga de aparatos, máquinas y pilas
de mil formas y dimensiones, y botes y frascos de diversísimas figuras: todo lo
cual no sabré yo detallar por menudo así me asaeteen, puesto que si alguno de
aquellos instrumentos más vulgares, como microscopios, espectroscopios,
campanas neumáticas, los conocía de haberlos visto emplear para experimentos, o
para describir sus efectos en clase, la mayor parte de los que allí se veían,
tubos, placas, cilindros, hélices, discos, cubos, galvanómetros, giróscopos,
cápsulas y matraces, eran para mí tan ignotos como las letras del alfabeto
chino. Volviose Onarro hacia mí, y me preguntó festivamente:
-Nada
-respondí, contentándome con pasear mis espantados ojos por la revuelta
prendería del lúgubre laboratorio. A la luz opaca de la lámpara, los cristales
y bronces, limpios como el oro, arrojaban fugitivos y misteriosos destellos, y
las siluetas de las extrañas máquinas se dibujaban sobre la pared caleada como
animales monstruosos y grotescos. Entonces Onarro me habló:
-Ya se lo
he dicho a usted: este es un contrato celebrado para inter nos, y que usted selló con solemne juramento. En tal
asociación y pacto, usted representa para mí lo que cualquiera de esos aparatos
que ve usted alineados en los estantes: mero instrumento y nada más. Para usted
que no aspira en modo alguno a la gloria, a la celebridad, a los grandes
descubrimientos, para usted la riqueza, los montones de oro, única recompensa y
salario que exige por el peligro que arrostra. ¡Para mí el honor eterno, el rastro
de luz en la historia, la inmortalidad! ¡Usted es la materia, la materia inerte
y pasiva; yo soy la fuerza, la idea, la actividad, el genio!
Los
hombres de convicción la comunican por irresistible manera. La fogosa perorata
de Onarro, si bien en ciertos respectos no muy lisonjera para mí, fue bastante
para amenguar mis recelos e infundirme aliento, haciendo que aquella empresa,
de la cual no sabía una palabra, se me ofreciera con risueño aspecto. Sin
embargo, sucedíame lo que a todo ignorante; y era que se me figuraba que si
Onarro me exponía sucintamente sus planes, desde luego iba yo a entender muy
bien hasta qué punto eran realizables y positiva la ganancia que brindaban. Así
fue que, sacudiendo la cabeza, como aquel que no quiere darse por convencido,
repliqué:
-Sin
duda, señor don Félix, usted ha de ser aquí el hombre célebre, y yo el
zascandil que se satisface con llegar a archimillonario; pero con todo eso
diera un ojo de la cara por que usted me indicase algo de en qué consiste ese
nuevo vellocino de oro. Aunque materia inerte, confieso que me punza la
curiosidad; y si por malos de nuestros pecados saliese frustrado el ensayo, y
en un decir Jesús nos fuésemos al otro mundo, no marcharía tranquilo ignorando
por qué causa o por qué efecto nos despedimos de éste.
-¿De
suerte que a toda costa quiere usted saber en qué se ha metido?
-Sí
señor. Al menos ese consuelo tendré.
Echó
Onarro a andar de nuevo hacia el gabinete y tumbose en la poltrona mirándome de
hito en hito. En la diestra empuñaba las tenazas de la chimenea, removiendo o
atizando de tiempo en tiempo los inflamados carbones. Así permanecimos unos
minutos, él caviloso y sin descoser la boca, yo sin atreverme a despegar los
labios ni a respirar casi.
Al fin
rompió el silencio el profesor preguntándome con aparente descuido:
-¿No ha
oído usted por ahí comentar algo de lo que he venido a hacer a este pueblo?
Aunque yo no estoy muy al corriente de cuanto se murmura y charla, las
habladurías de la criada me han revelado que la gente fisgonea mis
pensamientos, palabras y obras. ¿Qué ha entreoído usted en los corrillos?
-A Roma
por todo -pensé: cuando lo pregunta, querrá saberlo-. Señor don Félix -dije en
voz alta-, usted es una persona tan ilustrada, que de fijo no se ofende porque
le sea franco y sincero.
-Al
contrario. Exijo, reclamo de usted ambas cosas: franqueza y sinceridad.
-Pues
señor, las personas instruidas, la gente formal, piensa generalmente que usted
está aquí ejerciendo su cátedra y dedicándose... pues... a estudiar mucho, y a
hacerse más sabio de lo que es aún, y acaso a algún descubrimiento o mejora,
vamos, de eso de química o de física. Pero el vulgo... ¡ya ve usted!, como
siempre explica las cosas de la manera más extraordinaria y más imposible... ha
dado en decir que es usted brujo, que tiene pacto con Lucifer, que anda usted
buscando la piedra filosofal... Y no crea usted: aun personas inteligentes y
graves, o que por su profesión y doctrina debieran serlo, no andan exentas de
cierta sospecha y escozorcillo. Por supuesto que yo no he creído nunca una
palabra de tales invenciones.
Diciendo
iba esto con aire de persona muy experta, y guiñando a la vez un ojo, sin
acordarme de que poco tiempo hacía confesara mi supersticioso temor a duendes,
a apariciones, a todo lo extranatural. Pero en aquel instante gustábame darme
barniz de espíritu fuerte.
-¿Con que
usted no creyó nada de eso? -interrogó Onarro.
-Nada, no
señor. ¡Tales dislates! Me río y me burlo y hago chacota de todos cuantos me
tocan esa conversación.
-Bien;
usted no lo creyó. Y dígame por su vida: ¿qué entiende usted por buscar
la piedra filosofal?
-Yo le
diré a usted... He oído muchísimo de eso: pero de seguro que ahora no me
acordaré y no podré explicarlo con sus pelos y señales... Me parece, si no me
engaño, que es que allá hace muchísimos años había unos hombres que se pasaban
la vida estudiando y devanándose los sesos y quemándose las cejas, revolviendo
librotes de conjuros, exorcismos y fórmulas mágicas, derritiendo ingredientes y
metales en retortas y alambiques, para conseguir fabricar una cosa, un guijarro
o unos polvos, que llamaban piedra filosofal... En resumen, que con
aquella piedra curaban todos los males, y alargaban la vida, y remozaban a los
viejos, y las peladillas de arroyo las trocaban en oro purísimo... Mire usted,
aun el maestro de escuela de un lugar cerca de mi casa, anduvo, por más señas,
discurriendo cinco años en cómo se haría la tal piedra, y qué especies y
condimentos se han menester para sazonarla: unos librotes antiguos que heredó
de la biblioteca de un tío cura le sorbieron el seso hasta tal punto, que al
cabo de los cinco años no halló la piedra, pero sí una celda en un manicomio,
donde muy a su sabor continúa con sus investigaciones. Ello dicen que la
dichosa piedra, no obstante andar tan buscada, no pudo encontrarse; o que si
alguno dio con ella, se fue con el secreto al otro barrio.
Oyó
Onarro mi docta aclaración, atendiéndome mucho y sin perder sílaba; y cuando
hube terminado, lentamente, pero con energía me preguntó:
-Y dadas
tales premisas, ¿se puede saber por qué califica usted de patraña el que yo me
consagrase a encontrar lo que tantos hombres eminentes de la Edad Media han
pedido a sus vigilias y afanes?
-¡Ciertos
son los toros! -pensé afligido para mis adentros-. ¡No tiene cabal el juicio!
¡Eran verdad las mentiras que se contaban!
-¿En qué
se funda usted -prosiguió Onarro con la voz de acero, penetrante y clara, que
en ciertos momentos tenía- para relegar a la región de los sueños y de los
imposibles un descubrimiento tras el cual anduvieron constantemente los
alquimistas, gente al cabo estudiosísima y familiarizada con los misterios de
la naturaleza, por espacio de tantos siglos; falange donde cada uno valía tanto
como usted y todos juntos más que usted? A ver, ¿tiene usted alguna razón
seria, verdadera, para negar a priori la
posibilidad de la piedra filosofal?
-¿Qué
razón he de tener, pecador de mí? -repliqué humildemente-. ¿No sabe usted,
señor don Félix, que así entiendo yo de estas cosas como de estañar calderos?
-Pues,
amigo -repuso el singular interlocutor mudando tono-, es lo bueno que sin
entender, ha acertado usted en algo, en mucha parte. Su instinto, en cierto
respecto, le ha servido de infalible guía.
-¡Ya lo
dije yo! ¡Eso de fabricar un elixir con el cual en un periquete se vuelva
muchacho el mismísimo Matusalén, tendría bemoles!
-¡Y eso
de curar todos los males como por ensalmo!
-¡Y
evitar la muerte y quedarse como el Judío errante!
-¡Pues
digo lo de trocar las chinas de la calle en monedas de cinco duros!, ¡ni Jauja!
-Alto,
amigo. No se exprese usted con tan magistral desdén. Cuidadito.
-¿Cómo,
señor don Félix? ¿Qué dice usted?
-Digo que
se guarde de declarar imposibles cosas que, acaso, cuando menos se percate,
hallará realizadas.
-¿Habla
usted formal, señor don Félix? -grité yo saltando en la butaca y mirándole
atónito, presa de emoción vivísima y temeroso de alguna nueva ironía que me
cortase el paso.
-No gasto
chanzas de ninguna clase.
-Perdóneme
usted que me impresione, que dude... porque es tan inaudito, tan admirable, tan
increíble ese supuesto...
-¿Se le
despierta a usted la curiosidad científica? Malo, malísimo. Yo le he elegido a
usted y he puesto en usted mis miras, porque me pareció un costal de paja,
incapaz de soñar nunca en apropiarse ni la centava parte de la gloria que me
corresponde; si ahora salimos con que es usted racional y pensador, y con que
pueden conmoverle a usted estas cosas, mal negocio.
-Señor
don Félix, no crea usted que es la parte científica lo que a mí me llama la
atención, y me entusiasma y arrebata: no señor; lo que me hace a mí tilín son
los millones, ¡qué digo millones!, ¡los billones y cuatrillones y sextillones
que puede adquirir un hombre que tenga la habilidad que usted dice de volver
las losas en barras de oro! Mire usted que de esa manera se podía uno hacer en
menos que canta un gallo una rentita... vaya, me quedaré corto... así, de unos
trescientos mil pesos diarios, que vienen a ser por hora...
Y me puse
a contar por los dedos. Onarro callaba.
-¡Qué
barbaridad! -continué sin saber moderar mi exaltación- ¡qué barbaridad!, ¡qué
cosas se podían hacer con tanto dinero! En primer lugar, ensanchar todas las
calles de Santiago, que buena falta les hace, y suprimirles los baches, que no
tienen pocos... Convidar a comer a todos los estudiantes de leyes, de medicina
y del Seminario, y darles Champagne a discreción por espacio de una semana...
cubrir de cristales la Rúa Nueva y la Alameda, para pasear a pie enjuto... Y
ahora que está vacante el trono de España, con meterles un mal millón en la
mano a cada alcalde, y dos o tres a cada coronel, y diez o quince a cada
capitán general o gobernador de provincia, y un billoncejo o dos a los miembros
del Gobierno provisional, sería uno rey sin efusión de sangre y con inmenso
entusiasmo... ¡Figúrese usted! Pero usted, señor don Félix, no debe tener
vocación de monarca, según me escucha cabizbajo.
-Estoy
pensando -contestó el sabio sin levantar la cabeza- que en vista de las
tonterías que le sugiere a usted la perspectiva sola de tener oro a discreción,
quizá voy a obrar mal y a contraer responsabilidad gravísima si se lo
proporciono.
-De
suerte... -murmuré conmovido y temblando y sin atender a contestar acorde- que
usted cree firmemente que es posible hacer oro de las piedras... ¿Esa es...
pues... la empresa que vamos a acometer juntos?
-¡No!
-exclamé más frío que la nieve.
-No,
nuestra empresa será menos difícil.
-Yo
creí... ¡Vamos, ya me parecía a mí que eso no era posible! Porque al fin el oro
es oro, y las piedras... piedras.
-No cabe
duda... pero mire usted, bien pudiera suceder que... Aunque me parece difícil
que en su caletre de usted se abran camino mis explicaciones... haré una
prueba. Yo tengo el don de claridad. ¿Sabe usted de qué está compuesto el
universo físico?
-Pues
claro está... de los cuatro elementos, aire, fuego, agua y... ¡y.. y explique
usted para esto! -gritó Onarro-. ¿Qué, ha olvidado usted una cosa tan
sencillísima, que le enseñé mil veces en clase? Le hacía, en verdad, torpe y
desmemoriado; pero no hasta ese punto inverosímil. Recordará usted que les dije
que la química ha reconocido actualmente hasta setenta y cinco cuerpos o
sustancias simples, cuyas diversas combinaciones forman los componentes todos
del Universo.
-Sí, me
parece que voy haciendo memoria... -dije yo sin recordar miaja.
-No
podemos asegurar -continuó Onarro- que esa cantidad de cuerpos simples sea
definitiva. Puede acontecer que se descubran, como en efecto se han
descubierto, algunos nuevos, y puede suceder que, mejor analizado uno de los
antiguos, resulte compuesto de elementos conocidos ya. De suerte que el número
setenta y cinco está sujeto a aumentar o a disminuir.
-Justo
-aprobé yo muy serio-. Confieso que en aquel momento me fijaba muchísimo en la
explicación, apretando el intelecto cuanto podía.
-Ahora
bien; los químicos nos preguntamos a cada instante: ¿habrá realmente en el
Universo setenta y cinco especies diferentes de materia? ¿Existirá un número
dado de cuerpos intrínsecamente distintos, irreductibles, insolubles los unos y
los otros? Y muchos de los químicos más eminentes, entre ellos Cauchy y Ampère,
que son dos lumbreras, responden: No, es imposible que se dé esa cantidad de
materiales sustancialmente diversos: eso no es más que una apariencia, un
efecto de la distinta colocación y agrupamiento de los átomos, único elemento
verdaderamente simple, indivisible, inanalizable, irreductible y primitivo que
se presenta en el Universo.
-¿Ha
echado usted también en olvido los ejemplos que puse, a fin de explanar la
teoría?
-Haga
usted como si nunca los hubiese puesto.
-Para
probar que dos cuerpos absolutamente idénticos, según demuestra el análisis con
evidencia, pueden ofrecer propiedades que los hagan aparecer diversísimos, cité
el fósforo. El fósforo es un cuerpo blanco, luminoso en la oscuridad, muy
inflamable, con olor fuerte y penetrante y en extremo venenoso. Pues caliéntelo
usted en un vaso cerrado, y se encontrará con un cuerpo rojo, opaco en la
oscuridad, poco inflamable, inodoro y sin veneno alguno. ¡Ya ve usted si al
parecer se diferencian estos dos estados! No obstante, lo repito, el análisis
prueba que es exactamente una misma cosa la de antes y la de después. Sólo se
han alterado sus propiedades físicas. Lo propio pasa con el agua, que es cuerpo
compuesto. ¡Considérela usted mudándose del estado de hielo al de líquido y al
de vapor! Sin embargo, siempre es la misma combinación: dos átomos de hidrógeno
por uno de oxígeno. El silicato de potasio es líquido; con todo, es idéntico al
cristal sólido. Aun les puse a ustedes en cátedra, y podría ponerle a usted ahora
infinitos ejemplos más, y todos igualmente sencillos e inteligibles. Pero usted
no atendería o estaría pensando en las musarañas.
Yo no
protesté, porque el trabajo mental de ir entendiendo aquellas cosas tan obvias
y claras me tenía medio atolondrado.
-Ahora
bien -prosiguió Onarro- Éstas y otras razones que usted no necesita, nos
conducen como de la mano a suponer que, en realidad, no existe más que un
género de materia, una sola sustancia. Los átomos agrupados entre sí de
diversas maneras en los cuerpos simples, y formando cristales elementales
pequeñísimos, constituirían esta o aquella sustancia simple, según el número de
átomos del cristalillo elemental, su posición, su movimiento, etc. Así
sucede con las fichas del dominó, que colocadas de un modo hacen una torre, de
otro un reducto, de aquél una muralla almenada... No habiendo, pues, diferencia
sustancial en la materia, quién duda que, por ejemplo, el plomo y el oro, son
una misma sustancia bajo formas diversas. La ciencia en su estado actual no conoce
razón alguna que pueda calificar de imposible y absurda esta hipótesis. Los
antiguos aristotélicos solían decir que la materia es indiferente a las formas.
¿Qué necesitaríamos, según esto, para transmutar los demás cuerpos en oro? Poca
cosa en verdad. Bastaría con que así como analizamos, disecamos y descomponemos
los cuerpos compuestos, reduciéndolos a su más sencilla fórmula, a la mínima
expresión, pudiéramos hacer otro tanto con los simples. Una vez traídos a su
originaria situación de meros átomos elementales, era asunto no más que de
ponerlos en condiciones de cristalizar formando las moléculas especiales del
oro.
-Y siendo
esto tan fácil, señor don Félix de mi alma, ¿por qué no lo hace usted? -exclamé
impaciente, con afán vehementísimo.
-¡Fácil!
¿Cuántos siglos transcurrirán quizás antes de que la paciencia y el estudio del
hombre alcancen a aplicar en toda su extensión estos principios que he
indicado? ¿Quién será el genio que el destino señala para que los complete,
desenvuelva y perfeccione? ¿Quién el ilustre inventor de los instrumentos
delicadísimos y mil veces más exactos que relojes, que nos consientan
profundizar la estructura íntima de los cuerpos? ¿Sabe usted, desdichado, que
los átomos son una cosa que no tiene tamaño ni peso apreciable; que son el
último grado de división de la materia; que se ocultan absolutamente, no ya a
los sentidos, sino a los aparatos que centuplican la energía de los sentidos;
que la fragmentación de estas partículas es casi infinita? ¿Sabe usted que si
los átomos contenidos en una gota de agua del grosor de un guisante se trocasen
en granos de arena, un convoy continuo de camino de hierro marchando con una
rapidez de treinta y seis kilómetros por hora necesitaría más de dos millones y
medio de años para transportar esa arena? ¿Que si se quisiera calcular el
número de átomos metálicos contenidos en una cabeza de alfiler de a ochavo,
separando cada segundo con el pensamiento mil millones, tendríamos que repetir
tal operación por espacio de doscientos cincuenta y tres mil seiscientos
setenta y ocho años para llegar a la cuenta justa?
-¿Cómo
diantres habrán averiguado eso? -pensé para mí, mientras en voz alta decía-
¡Canastos!
-Y
advierta que estoy hablando de los átomos de la materia ponderable, que si me
refiriese a los del éter, cuya sustancia pensamos que sea la misma, pero
infinitamente más afinada y tenue... La imaginación se pierde. Por lo indicado,
ya ve usted que hay camino que andar antes de resolver a fondo tantos enigmas;
y quién sabe si jamás...
-Lo que
yo voy sospechando, señor don Félix -murmuré ya mareado-, es que con todas esas
maravillas, laberintos y portentos, yo me quedaré como estaba, porque usted,
por lo visto, aunque cree posible, factible y corriente lo del oro hecho con
pedruscos y cantos, no sabe cómo manejárselas para conseguirlo, y viene a ser
igual que si lo declarase imposible desde luego.
-Nunca
alcé mi osado pensamiento hasta tratar de resolver lo que hoy por hoy permanece
insoluble. Ya he dicho a usted que nuestra empresa era más fácil.
-Y
también, de seguro, menos fructuosa, menos suculenta, menos...
-¡No, no!
-gritó Onarro descargando con la tenaza un fuerte golpe sobre los carbones de
la chimenea, y haciendo saltar multitud de chispas, que un momento formaron a
su calva cabeza fantástica aureola-. ¡No, y mil veces no! Por desdicha mía, y
fortuna de usted, la empresa será todo lo lucrativa posible, pero más hacedera
y llana, y por ende menos gloriosa. ¿Lo oye usted bien?
-De modo
que... ¡Ay, señor don Félix! Repita usted eso. ¿De modo que es así... cosa tan
rodada?
-Sí,
porque no tratamos de transmutar un cuerpo simple en otro cuerpo simple, sino
pura y sencillamente de hacer pasar un cuerpo mismo de un estado a otro
diverso. Por las sucintas, groseras y elementalísimas explicaciones que di a
usted, notará que de lo primero a lo segundo media tanta distancia como de
beberse un vaso de agua a sorber el Océano.
-Ya, ya
-aprobé yo como el que va entendiendo.
-¡Será
usted rico, hombre, si sale vivo!, no lo dude; será usted un poderoso de la
tierra. Venga acá. ¿Conoce usted por casualidad lo que es un diamante?
Estremecime,
y repentina luz iluminó mi mente.
Sin
embargo, mis ideas confusas no me alcanzaban para entender bien todas las
revelaciones y todas las promesas encerradas en la pregunta. Además, mis
conocimientos en pedrería eran bastante imperfectos.
-Diamante...
-balbucí- Sí, me acuerdo de que un día en que Pastora estaba vistiendo y
aderezando a la Virgen del Amparo, de quien es camarista, con alhajas que le
prestaron las señoras de R... me enseñó una gran piocha de prender en el pecho
y unas arracadas largas, todo ello hecho de unas piedras blancas que brillaban
muchísimo, y me dijo: «¿Ves esto que parece vidrio? Pues es un vidrio que
valdrá por ahí dos o tres mil pesos». Aún se me figura que estoy viendo las
joyas... resplandecían como estrellas. Después he reparado otros brincos
modernos con piedras del mismo jaez, en el escaparate del platero Lorenzo, y en
los de los Cordobeses que vienen aquí en la temporada del Corpus al Apóstol.
-Pues
mire usted, si yo tuviese en mi poder esa piocha y arracadas de que usted
habla, y pudiese someterlas a un grado de calor determinado, ¿sabe usted lo que
sucedería? Las piedras se irían enturbiando, luego poniéndose negras, luego
hinchándose... hasta convertirse...
Onarro se
levantó, abrió el mueblecillo situado al lado de la chimenea, y cuyo destino
era guardar el combustible, metió en él la mano, y sacando un pedazo de carbón
me lo puso ante los ojos, diciéndome:
-¡En
esto! -repetí pasmado y un tanto incrédulo.
-En esto
mismo. ¿Lo entiende usted? En esta materia despreciable y vil, que quemo yo
así, a puñados, para calentarme...
Y el
sabio, perdida ya la frialdad y calma habituales, cogía a manos llenas el
carbón y lo arrojaba a mis pies.
-¿De
suerte -dije yo sin la menor intención de burla- que vamos a hacernos ricos
quemando de esas piedras para encender después la chimenea?
-O quiere
usted hacer jocoso lo que es muy serio, o es usted el mayor sandio del mundo.
¡No ha comprendido usted aún que lo que haremos será convertir esta ínfima
materia sin valor que a toneladas se extrae de las minas, que se encuentra en
capas inmensas bajo el subsuelo de Europa, en magníficos, enormes y fúlgidos
diamantes!
-¡Diamantes!
-repetí yo como fascinado por la oriental palabra.
-Sí,
diamantes. Lo que está usted oyendo.
-¿Pero
eso se ha de hacer... calentando?...
-El cómo
se ha de hacer, ni le importa a usted ni tengo para que explicárselo, ni lo
entendería aunque prensase el magín toda la vida... El cómo es cuenta mía, mía
enteramente. Harto le he aclarado, para que al fin viniese a quedarse tan en
ayunas como estaba. Ahora, usted no tiene que ocuparse sino en tres cosas: la
primera callar como ha jurado, es decir, como un muerto; la segunda confesarse
y disponer su testamento, si tuviere de qué; la tercera presentárseme aquí,
preparado a toda contingencia, pasado mañana al rayar el día. ¿Está usted
dispuesto?
-Sí,
señor -contesté resueltamente- Pasado mañana, al amanecer, me tendrá usted
aquí. Yo no sé si hago un disparate, si me meto en un berenjenal del que haya
de salir con los pies para delante, camino del cementerio; pero ya... ya quiero
despejar esta incógnita, y ver si de una vez en la vida dejo de ser pobre, y
puedo darme el gustazo de regalarle a Pastora una piocha y unas arracadas como
aquéllas.
-Escuche
usted -advirtió el sabio cogiéndome de la mano, y señalando hacia el Pequeño
esferamundi, colocado sobre una mesilla no lejos de nosotros- En el globo que
ve usted ahí representado, existen a estas horas muchos miles de seres humanos,
cuya vida se pasa en esperar encorvados el hallazgo de una miserable piedra
preciosa, oculta en las entrañas del planeta... No crea usted que en ese oficio
no arriesgan la existencia; no crea usted que no son tratados como parias, peor
que parias, porque el paria tiene el derecho de alzar al sol su faz, y ellos
doblan su frente al suelo árido... Ya puede usted, joven, considerarse
protegido por benigna estrella y destino fausto. Usted buscará en Santiago el
diamante en mi laboratorio; si hubiera usted nacido en el Brasil, con un poco
más de pigmento bajo la epidermis, lo buscaría a puras persuasiones del látigo
de un capataz, que no le dejaría acaso hueso sano.
Condújome
Onarro hasta la puerta, sin añadir otra palabra. Aturdido, trastornado y con la
cabeza hecha una olla de grillos, me despedí, y ya tenía el pie en la calle,
cuando Onarro me reiteró paternalmente.
-No deje
usted de prepararse a bien morir, por si acaso.
Y decíame
yo a la mañana siguiente, entrando, después de una noche de desasosiego y
vigilia a cuentas y juicio conmigo mismo, cual un tiempo lo hizo Sancho:
sepamos, Pascual hermano, qué compromiso es el que ha contraído vuesa merced.
¿Ha tratado acaso de alguna gira o diversión campestre, para la cual haya de
reunirse con un par de amigos, o media docena, en un ameno lugar, llevando
todos sabrosos víveres y golosinas para merendar alegremente? No por cierto.
¿Hanle invitado a concierto o sarao, en que esparza el ánimo y honestamente se
distraiga? Menos aún. ¿Pues adónde tiene de asistir mañana al despuntar la
aurora? A la conquista de unos millones, tantos en número que no es posible
contarlos. ¿Y quién os ha de ayudar y encaminar a conseguirlos? Pues el nunca
bien ponderado don Félix Onarro, nata y flor de la ciencia, cifra y compendio
de la sabiduría, que manda en la naturaleza y la metamorfosea y muda cual nuevo
Ovidio. Bueno va. ¿Y sabéis vos, hermano Pascual, las peripecias que pueden
sobreveniros en esa aventura? Según confiesa el héroe principal de ella, es
fácil que él y vos, en un segundo, rodéis a la eternidad. ¿Él y vos decís? ¿Y
no fuera posible que sólo vos corrieseis el peligro, y el taimado del sabio se
quedase riendo? No va descaminado ese recelo. Y ahora supongamos que salís con
bien de la aventura: ¿sabéis de buena tinta que se os vendrán a las manos los
ofrecidos tesoros? Prometiómelo don Félix. ¿Y cónstaos a vos que don Félix no
tiene la región cerebral vacía y seca como una avellana rancia? No me consta en
modo alguno. Ligero anduvisteis entonces, Pascual. El diablo, añadía yo como el
escudero manchego, el diablo me ha metido a mí en esto, que otro no.
Con tales
reflexiones me eché a la calle, ansiando gozar del aire libre, por si era aquel
mi último día de respirarlo, y deseoso de ver rostros conocidos, por si me
restaban sólo unas horas de poderlos mirar. Nada de cuanto me encargara Onarro
hice, porque en lo tocante a testamento, como no legase el alma a Dios y los
huesos a la tierra, otra cosa no poseía; y de confesarme, si bien se me
alcanzaba que fuera saludable prevención, era tal mi inquietud, zozobra y falta
de recogimiento, y tal el tropel de imágenes y dorados sueños que por momentos
me asediaba, que no pude resolverme a hacer examen de conciencia. Lo único que
puntualmente cumplí fue la cláusula de no traslucir cosa alguna de la
proyectada empresa ni del objeto de mis entrevistas con Onarro.
Sin
embargo, me bullía a veces en el cuerpo un afán irresistible de que supiese
todo el mundo que mi suerte iba a pasar, muy en breve, de adversa a próspera y
magnífica. La mitad de mis futuras riquezas diera yo por ostentar desde luego
la otra mitad. Deparome la casualidad que aquel día, paseándome por la Rúa del
Villar, del lado de los soportales en que está la animación del comercio y el
mayor concurso de gente, viese cruzar por las arcadas fronterizas un cuerpo,
que más pareciera sombra derrotada y lacia, y que escurriéndose con cautela y
recatándose y pegándose a las casas, parecía, no andar, sino deslizarse.
Inmediatamente di caza a la sombra, que al pronto, al verme, apretó el paso;
mas después, conociéndome sin duda, volvió pies atrás, y llegándose a mí, con
voz anhelosa me dijo:
-Si
quieres hablarme salgamos de ahí. Chico, la Inglaterra toda está por esos
comercios.
-Pero
-respondí yo admirado contemplando el traje astroso y hecho jirones, el
grasiento tapabocas y el abollado sombrero de Cipriano-, ¿cómo debes nada en
tienda alguna, si te veo con el propio traje y pergeño que usabas allá cuando
vivíamos los cuatro juntos y jugábamos a la brisca? Deberás en el café, o
en La flor de los campos de Cariñena.
-¡Ay,
Pascual bueno! -suspiró el estudiante, guiándome hacia calles retiradas, y a la
sazón casi desiertas- ¡Bien se ve que tú no estás enterado, ni comprendes los
extravíos a que nos arrastra una pasión! ¿No te acuerdas ya de mi hermosísima
Leonor?
-¿Aquella
buena alhaja, con la cara embadurnada de almazarrón y harina, que paseaba
contigo por los Agros de Carreira?
-¡Stttt!,
¡nómbrala con más respeto, que, al fin y al cabo es una notabilidad escénica!
No vayas a figurarte que sólo cantaba en los coros, no señor; hizo papeles casi
de los más difíciles y comprometidos, como el de mujer primera en
los Magyares, una criada, en Marta; dama
convidada primera, en el segundo acto de Los diamantes de la corona,
y otros por el estilo.
-En suma,
esa grande artista te ha estrujado el bolsillo.
-¡Pero de
qué manera!, ¡chico!, él ya no estaba muy repleto, y ahora parece una oblea.
-Tu
capital solían ser diez reales, siete cuartos y tres ochavos...
-Esos
eran los días de opulencia; pero me dejó sin blanca la divina ninfa. En aquella
boca tenía escondido un fraile mendicante. ¿Querrás creer que hasta me pidió
los cuellos y puños postizos que yo solía gastar, y el único levitín decente
que tuve en mi vida, bajo pretexto de que la obligaban a salir vestida de
hombre en un fin de fiesta? Y allá se quedó mi guardarropa olvidado. Así ando
yo de roto y hecho una lástima. ¡Oh mujeres! Bien dijeron Salomón y San Agustín
y el Crisóstomo...
-¿De
suerte -dije yo atajando aquel torrente de erudición quejumbrosa- que estás
como el gallo de Morón?
-Lo
mismito. Si me quedo en casa me acribilla la patrona; bloquéanme los acreedores
si salgo a la calle; el autor de mis días se ha declarado en quiebra, y cuando
le pido monises me responde que siente plaza. ¡Qué situación la del general!
¡Ahora precisamente que pensaba yo estudiar, ganar curso, volverme hombre de
pro! ¡Pero aplíquese usted oyendo gruñir a una patrona sin entrañas! ¡Asista
usted a clase sin tener casi camisa ni ropa! ¡Pase usted de esta facha sin
ruborizarse ante aquella señora Minerva de la Universidad, que está siempre tan
arregladita y tan limpia!
-Pues no
te apures. ¿Quién sabe si andando el tiempo hallarás quién te dé la mano?
-pronuncié yo con mal encubierto airecillo protector.
-Para
saludarme, podrá ser... y aún lo dudo, según estoy de tronado. Por lo demás,
¿apurarme yo? ¡Bah!
Y me miró
con tal expresión de picaresca alegría, que sirviera su rostro para perfecto
modelo de un Demócrito risueño y despreocupado.
-Cuando
te digo que a lo mejor... donde menos se piensa salta la liebre. Podrá suceder
que no pasen cuarenta y ocho horas sin que veas maravillas, y sin que acaso te
ofrezca yo con qué tapar la boca a los mastines que te andan a los alcances...
-¿Qué es
eso? ¿Tonillo enigmático? ¡Calle! ¿Si Onarro que tanto te estima, te habrá dado
parte de la piedra filosofal?
Temblé al
oír la frase del estudiante, que sin sospecharlo colocaba el tiro tan cerca del
blanco. Perdido soy y perjuro además -calculé-, si algo se vislumbra. Mi
emoción debió de reflejarse en mi fisonomía, porque el sagaz Cipriano añadió
mirándome de hito en hito:
-¡Qué
efecto te ha causado! Te has puesto del color de las bandas de la capa...
Pascualillo, ¿con que andas en esos fregados? Ahora sí que digo yo que vamos a
pasar magnífica vida a tu cuenta.
Aquí es
fuerza salir del paso con un enredo -discurrí yo. Y componiendo el rostro y con
aire misterioso y confidencial, murmuré-: Cipriano, mira que te lo cuento a ti,
y sólo a ti: cuidadito no me comprometas, porque si por ahí lo saben me
asediarán a petitorios, y para tanto no alcanza. En efecto, el señor don Félix
ha tenido la bondad de...
-¿De
darte un cachillo de la piedra?
-¡Qué
piedra ni qué niño muerto! Me extraña que tú des crédito a semejantes
paparruchas. El señor don Félix, repito, que es un hombre servicialísimo, y a
mí me distingue de manera que no sé cómo pagarle, se ha dignado negociar con un
editor de allá de Francia una obrilla que había yo compuesto en mis ratos de
ocio... poca cosa, pero en fin...
-Que el
editor la ha comprado, y la va a publicar y me da por ella diez mil realitos...
-¡Hombre!
-exclamó el estudiante, cuyas truhanescas facciones expresaban la duda, el
asombro y la burla, todo junto-. ¡Hombre! Milagro y maravilla sería aquello de
la piedra filosofal, pero más me espanto de esotro que me cuentas tú. Chico,
dicen por ahí que eres un sabio; pero, ¿cómo te he de adorar santo, si te
conocí tan ciruelo como los restantes? En fin, sea todo por Dios, y daca unas
cuantas caras de reyes feos con peluquín, que a mí me parecerán más lindos que
Leonor, ya los hayas granjeado escribiendo una portentosa obra científica, lo
cual considero fuera de lo natural, ya por arte mágica, que para el caso es lo
mismo. Llueve tú onzas, y llamarete antorcha de las ciencias y sol de la
escuela.
El ladino
del estudiante cazaba demasiado largo, cosa que no me supo bien. Híceme, puse,
el amostazado, y repliqué:
-No, ya
que dudas de mi palabra y de mis méritos, nada haré por librarte de ingleses y
por vestirte de un modo más regular.
-¡Jesús,
si yo no dudo! Con tal que me facilites unas pesetejas, te tendré por más docto
que al mismo Séneca en persona. Figúrate tú que hace un mes que me quiebro yo
los cascos por dar con dinero, y calcula la profunda admiración que me
inspirará el que lo posee.
-Por hoy
nada puedo prestarte. Espera -insistí yo muy formal-. ¿A cuántos estamos? ¿A 16
o a 17 del mes?
-A 17
-respondió Cipriano quedándose algo confuso y dudoso al ver mi gravedad.
-17...
17... del 10 al 17... mañana 18... Mañana cobro la letra de Francia.
-Pero
chico, ¿va de veras? -exclamó Cipriano.
-¡Anda a
paseo! -contesté yo-. Si no me dieses lástima con esas botas entornadas que
parecen almejas, y ese tapabocas asqueroso... a fe, a fe, que te dejara
entregado a tu triste suerte.
-Mira,
Pascual... si es verdad lo que dices, y vas a tener cuartitos frescos, puedes
hacer una obra de caridad... Ya sé yo que ese corazoncito es como la misma
seda.
-¡Calla!,
¿no te basta pedir para ti?
-¿Te
acuerdas de Inocencio? El pobre siempre fue muy ganso, ya sabes, y en el juego
le hacíamos las trampas que se nos antojaban; y él, cuantas más trampas, más
ciego y aturrullado... Pues el infeliz recibió una cantidad que le mandaba el
autor de sus días para redimir una pensión... era una miseria de tres mil
reales, ¡pero ya ves!, para él... Barrabás le tentó a jugar a dinero... chico,
le despabilaron sus duretes... ¡Si vieras cómo está! Ni come, ni duerme; se
quedó hecho un espárrago... Dice que se va a embarcar para América... o a
colgarse de una viga... Chico, parte el corazón.
Y
diciendo esto, sacó Cipriano del bolsillo un trapo sucio y agujereado, con el
cual hizo finta de enjugar tiernas y compasivas lágrimas. Yo formé propósito,
al escribir estos sucesos de mi vida, de retratarme tal cual soy, sin poner ni
quitar un ápice, y así como declaro que no alardeo de filántropo, ni busco
ocasiones, ni me tomo molestias por hacer el bien, así, cuando éste se me viene
a las manos, no lo rehúyo. En suma, yo confieso que no tengo carácter, pues
caso de tenerlo, trazaríame una senda y por ella caminaría: lejos de lo cual,
siempre practiqué con el mal y el bien lo que con la fruta: comerla en verano
porque se presenta madura y fácil, y en el invierno no acordarme de si la hay
en el mundo. En aquel momento vi sazonada y oportuna la buena acción de salvar
a Inocencio, y pensé en ello con placer: quizás aun en este sentimiento noble
entraba una pizquilla de deseo de deslumbrar con el fortunón que ya contaba
seguro; pero ¿quién va a decantar tanto los sentimientos? Sucédeles, por
ventura, lo que a los linajes: en el más limpio e ilustre se halla, a fuerza de
revolver y escudriñar, algún entronque, alguna mancha de judío.
-No se
colgará -dije a Cipriano- si puedo evitarlo yo.
-¡Y tanto
como puedes! Mañana cobras la letra, ¿no es eso? ¿A qué hora? Siempre será
antes de las dos: más tarde no suelen pagarlas. A las tres me planto yo en tu
casita... me das lo que quieras para mí, y para Inocencio los tres mil
consabidos.
-No,
chico -advertí al estudiante-; tus manos tienen un agujero en medio, y no es
posible colocar dinero en ellas. Ya sé dónde vive Inocencio, y si la letra
viene, yo en persona iré a llevarle...
-Me
ofendes, me faltas; pero, en fin, soy magnánimo, y te perdono, en vista de tu
munificencia. Mira, una vez que eres tan bienhechor y que te proporcionas el
inefable placer de socorrer y amparar a tus semejantes... A tus hermanos... A
la humanidad... Voy a revelarte otro infortunio en que puedes ostentar tu
generosa largueza.
-Oye
-exclamé yo, deseando alejar toda sospecha-, que mis diez mil reales no son de
goma elástica.
-No; si
se trata de una cosa pequeña, si no te hablo más que de... Ya sabes que la
compañía de zarzuela...
-¡Dale!
¿Y qué tengo yo que ver con la compañía de zarzuela? ¡Está bueno!
-¡Hombre!...
¡Si los vieras! Han tenido los cuitados poquísimo abono... Vacío el teatro casi
todas las noches... Está empeñado el vestuario... El tenor, aquel buen mozo,
¿no sabes?, padece atrozmente de la laringe, consultó a varios médicos y debe
las consultas y la botica... La tiple entró en meses mayores... ¿Con qué
envolverá lo que venga?
-Que lo
envuelva con los mantos de reina que saca a las tablas... ¿A mí qué me cuentas?
-¡Ya
escampa! ¡También Leonor! ¿Y qué le pasa a esa principesa?
-¿Entrampada
y te exprimió como un limón?
-Tan
entrampada, que debe hasta la dentadura.
-¡Sí,
hombre! Al dentista de la Rúa del Villar. Sin una buena dentadura no puede una
artista cantar ni subir a las tablas.
¡Si paso
con Cipriano una hora más, averiguo hasta las necesidades y miserias del
traspunte y de los comparsas de la compañía! Él, en suma, me distrajo, ya con
su cháchara, ya con la perspectiva que me mostró de remediar una multitud de
desdichas con la fortuna que en potencia residía en el laboratorio de Onarro.
Dolíame sólo no poder pasar un ratito con Pastora, antes del famoso
experimento. ¡Siquiera un ratito! ¡Tiene uno tantas cosas que contar a su novia
en vísperas de viaje o en anuncios de riesgo! Estrujaba yo mi imaginación
buscando medios para obtener una entrevista privada con Pastora: mas no me
ocurrió ningún recurso. El día pasó así. Pensé en escribir a mis padres, mas no
tuve ánimos para hacerlo; ni, a la verdad, sabía qué les dijese. Mi situación
no era para declarada; si alguna desgracia ocurría, harto pronto llegaría a sus
oídos.
Próxima
ya la noche, al recogerme en mi cuarto, encontreme a don Nemesio Angulo
esperándome.
-Sus
negocios de usted van muy mal -me dijo- Yo se lo advierto para que no crea que
obro torcidamente y con doblez. Mañana expira el plazo fijado por don Víctor.
-¿Don
Víctor ha fijado un plazo? -pregunté.
-Sí, un
plazo de ocho días para que le den definitiva respuesta. Y me parece que ésta
será favorable a sus deseos. No es que Pastora no le estime a usted mucho, no
por cierto: eso a las leguas se le conoce: ella le tiene a usted gran cariño.
Pero el tío ha tomado el asunto como cosa propia, y ya sabe usted que para
Pastora la opinión del tío significa...
-Señor
don Nemesio -objeté yo-, imposible parece que un señor tan prudente y bondadoso
como usted ayude también a forzar la voluntad y a tiranizar el corazón de una
niña...
-¡Qué
cosas pasan por esa cabecita! Nadie, amigo, fuerza hoy en día la voluntad de
nadie; no se recurre ya a medios coercitivos, que no están en nuestras
costumbres. Pero Para una doncella tan discreta, y buena, y dócil como Pastora,
es de más peso sólo la opinión de las personas mayores en edad, dignidad y
gobierno, que cincuenta mil violencias. Puede que por la tremenda nada se
consiguiese de ella, porque, mire usted, tiene su pedacito de energía y de
entereza, y en dando en decir que no debe hacerse esto o aquello, no hay forma
de apearla: pero con el amor y la persuasión...
Exhalé un
suspiro, porque comprendí que don Nemesio conocía a Pastora perfectamente.
-Señor
don Nemesio -le dije con aire y tono lúgubre-, mire usted que si Pastora me
planta, es muy fácil que me muera del disgusto.
-¡Buena
es esa! Como no tenga usted enfermedad más grave... No niego que lo sentirá
usted, al pronto, algo, y que hará extremos; pero...
-Mire
usted -añadí con insistencia-, Si me muero... porque ya ve usted que todos
somos hijos de la muerte...
-Eso sí.
En manos de Dios está...
-Pues, si
eso sucede, prométame usted que llevará a Pastora de mi parte esa Virgen de la
Soledad que tengo a la cabecera de la cama...
-¡Tiene
usted cada idea más extravagante! Creo que voy por la tetera y la estufilla,
porque usted no debe hallarse en su estado normal, y le vendrá de perlas una
tacita de té.
-También
desearía, si ocurre eso...
-Aguarde
usted un momentito, que en seguida vuelvo con la tetera.
-Señor
don Nemesio -Insistí asiéndole del brazo-, en el caso de morir, tendría gusto
en que usted se quedase con este reloj en memoria mía.
Y saqué
del bolsillo y le mostré la única alhaja de que podía disponer sin necesidad de
fórmula testamentaria. Era una cebolla de plata, nada elegante y muy poco
exacta, que con todo eso estimaba yo a par de las telas de mi corazón, mediante
haberme costado diez duros, suma para mí fabulosa.
-Jesús,
Jesús, Jesús -repitió tres veces don Nemesio- Usted sueña, o usted está malo, o
usted tiene un acceso de locura, o ha tomado una copilla más de lo regular con
los amigos. ¿Me querrá usted persuadir de que va a morirse de amor? ¡Viva usted
mil años, que tiempo habrá de dejar este mundo, y que usted, que es un buen
cristiano, no ha de pensar cosas que sólo imaginarlas horroriza! No, yo no le
hago a usted tan cobarde, ni tan pequeño, ni tan impío, ni tan...
-Señor
don Nemesio -repuse riendo de todo corazón y sin poder contenerme-, no se
mortifique usted en probarme con excelentes argumentos que no debo beber
estricnina, ni levantarme la tapa de los sesos. A fe de Pascual que no sé de
dónde saca usted tan gracioso dislate.
-¡Loado
sea Dios! Pues entonces, ¿a qué viene hablar de muertes y embelecos?
-Si, una
suposición, falleciese de muerte natural...
-Está
usted más sano que una manzana, y, gracias al Señor, pocas trazas presenta...
No, suceder podría, en eso no hay duda. Pero también a mí me visite quizá esta
noche, o cuando menos lo piense, la de la guadaña... Oiga usted -añadió
abriendo la sotana y mostrándome un reloj poco más lucido que el mío-, ya que
usted me quiere dejar un recuerdo, yo también le ofrezco éste... Como soy más
viejo, es regular que vaya delante. Ya lo sabe usted; el reloj es suyo cuando
yo sea borrado del número de los vivientes.
¿Quién se
maravillará si declaro que aquella noche subió de punto mi excitación, hasta el
extremo de no consentirme acostarme sino allá a las altas horas? Y fue eso
cuando rendido ya de medir la habitación a grandes pasos, de entreabrir las
maderas por ver si asomaba el día, de cavilar, de hacer soliloquios, de beber
tragos de agua, y de encender y tirar cigarrillos, me encontré tan molido y
aniquilado, que sin ser fuerte a otra cosa subí al lecho, dejándome caer en él
vestido y con botas. Al momento me embargó un sopor profundo y total. En lo
mejor de él me encontraba, cuando sentí que me zarandeaban y sacudían, y una
voz resquebrajada y hendida como sartén vieja, chilló:
-¡Don
Pascual, don Pascualillo! ¡Despierte, que ya amanece un día precioso! Era doña
Verónica que cumplía mis órdenes.
-Bueno,
allá voy -contesté con voz trabada, y volviéndome del otro lado, cogí de nuevo
el sueño, y hasta quizá roncaría.
-¡Don
Pascualillo! ¡Eh! ¡Mire que ya es de día! -Insistió la solícita patrona-.
¡Válgame Dios, y cómo duerme! ¡Don Pascual! -repitió a gritos; y al mismo
tiempo, sin pararse en pelillos, con sus dedos ganchudos me cogió un pellizco
en un hombro, tan sutil y retorcidísimo, que esta vez me incorporé lanzando una
exclamación furibunda.
-Es de
día, don Pascualito -reiteró mi verdugo, presentándome al mismo tiempo una
jícara de chocolate y unas tostadas de pan en un plato. Aparté el desayuno con
la mano, y llevándome el dedo al hombro dolorido, gruñí:
-¡Vaya
que tiene usted unos modos! ¿Y a qué viene esto de despertarme a lo mejor del
sueño?
-¡Ay qué
señorito! ¿Y no me lo mandó usted ayer?
-Usted
mismo. Ande, tome el chocolatito. Vaya, chocolatito al loro; que se muere de
hambre todo.
-Llévese
usted ese chocolate, y déjeme.
-¡Vamos!
-dijo con misterio la patrona-; ya entiendo; hay pecata. Bien hecho, hijito; a
barrer la casa, que los estudiantes suelen no tenerla nunca muy limpia.
Coordiné
mis ideas. Al pronto no sabía yo mismo a qué fin había dispuesto que me
despertaran: esta ruptura de la ilación de la vida es frecuente al salir de un
sueño pesado y letárgico como el mío. Medité un instante, a fin de enlazar de
nuevo las interrumpidas representaciones. Dos minutos después, desazonado y
tiritando, estaba camino de casa de Onarro.
La
mañanita era nebulosa y triste, y el mayor silencio reinaba en las calles, que
aparecían enteramente desiertas, sin los madrugadores devotos que iban en busca
de las primeras misas, con los ojos aún medio entornados y encogido el cuerpo.
La puerta de Onarro, entreabierta ya, brindaba a pasar adelante. Empujela y
subí la escalera, hallándome presto en aquellas piezas vastas y lóbregas ya
cruzadas la antevíspera. ¿En qué imaginarán ustedes que cavilé durante todo el
camino que media desde mi casa hasta los últimos confines de la del sabio? Pues
no fue ni en el riesgo inminente de la vida, ni en Pastora, a quien dejaba, ni
en mis padres y en la aldea, que acaso no volvería a ver, ni en don Nemesio, a
quien instituyera heredero de mi cascada cebolla, ni en don Víctor, que se
disponía a soplarme la novia con la ayuda de sus rentas y bienes, ni... En
nada, en nada discurría yo en aquellos momentos críticos, excepto en el
diamante, entidad misteriosa, geniecillo burlón cual los de las árabes
leyendas, tras del que corríamos en desatinada cabalgata el sabio y yo. De mi
memoria no se apartaba la clara y resplandeciente piedra, cuyos destellos
mágicos deslumbraran sólo una vez mi mirada en las joyas pendientes del cuello
y orejas de la Virgen.
Nada
sabía yo acerca del diamante, y mi misma ignorancia prestaba a la hermosa
cristalización cualidades de precioso amuleto o de eficaz talismán. Ignoraba
que aquella piedrecita es el cuerpo más duro que se conoce, la materia de más
valor intrínseco que existe, el mineral que en más escasa cantidad se
encuentra; desconocía las propiedades sobrenaturales que por los sarracenos y
por los hebreos le fueron atribuidos; no sospechaba que dijesen fortifica el
corazón, neutraliza el veneno de las serpientes, aclara la vista haciéndola
perspicaz cual la del lince o del águila; no pensaba que en las sociedades
civilizadas el puro y bello rayo del diamante despierta pensamientos de
codicia, envidia y latrocinio. Ni menos oyera yo jamás que el diamante se
hallase, no solamente en el Brasil, Indias Orientales y Rusia asiática, sino en
las cordilleras del Ural, en Bohemia, Australia y el Oregón, y en las abrasadas
tierras africanas. No me era conocido el dato de que en la maravillosa tierra
de California, donde los pies del viajero huellan polvo áureo y diamantífero,
produzca cada tonelada de terreno la friolera de unos ocho millones de reales.
No leyera tampoco las consejas e historias que corren acerca de los diamantes
de fama, cuyo tamaño excepcional los hace guardar, sobre cojines de terciopelo
y entre fuertes rejas de hierro, en el tesoro de los reyes o de los rajás
indios. No sabía, por ejemplo, que el Sancy, hallado por un soldado suizo en el
campo de batalla de Nancy sobre el ensangrentado cadáver de su primitivo dueño
Carlos el Temerario, fue vendido al ínfimo precio de un escudo a un sacerdote,
y de manos de éste pasó a las de un rey de Portugal y de allí a las del
embajador Sancy, que le dio su nombre; que Sancy hizo presente con él al rey de
Francia, y que el portador, asaltado en el camino por bandoleros, hubo de
tragarse la piedra antes de ser asesinado; que el cadáver fue abierto y sacado
del estómago el diamante. Y de las entrañas del muerto fue a poder de Jacobo II
de Inglaterra, de Luis XIV, Luis XV, el príncipe ruso Demidoff... Ni escuchara
la historia de aquellos tres proscritos brasileños, los hermanos Sousa, que
tras de vagar siete años por breñales y asperezas, hallaron en el lecho de un
riachuelo seco el diamante mayor que ha conocido el mundo, de peso de una onza,
estimado en fabulosa e inverosímil cantidad de millones, diamante cuyo enorme
tamaño hacía dudar de su autenticidad, cuando el presumido monarca Juan VI, no
hallando otro medio de ingerirlo en su traje, y habiéndolo sacrílegamente
horadado, lo llevaba pendiente del cuello en los días de gala y ceremonia. No
habían llegado a mi noticia los poéticos nombres y adjetivos que el mundo dio a
ciertos diamantes célebres: ni que el rajá de Lahore, custodiado tras recia
verja en la sombría torre de Londres, se llama Montaña de Luz, y Estrella del
Sur otra magnífica gota de agua encontrada en el Brasil, y Estrella del Norte
la que posee el Zar de Rusia. Ni que los diamantes brasileños, que se hallan en
desolada y aridísima región, que cierra natural baluarte de escarpadas y
ásperas montañas, fueron por mucho tiempo tenidos en concepto de primorosas,
pero inútiles guijas, y sirvieron largos años de fichas para jugar al tresillo,
apuntándose así realmente con millones a un juego en que, en apariencia, se arriesgarían
unos cuantos realejos. Ni tenía la menor idea de la peregrina legislación que
la codicia de los gobiernos, ansiosos de asegurar el rico tesoro, estableciera
en los terrenos diamantíferos, ni de cómo no se podía en aquellas comarcas
incomparables echar los cimientos de la más exigua cabaña sin que lo
presenciasen multitud de funcionarios, ni poseer un instrumentillo de labranza
llamado almocafre, sin peligro de parar en galeote.
Ni podía
calcular los ardides ingeniosísimos de negros y contrabandistas para sustraer
en hábil escamoteo la apetecida piedra; las heridas profundas practicadas en
muslos y brazos, o en el anca de un caballo, que ocultan en su ulcerado seno el
diamante que ha de brillar después en el pecho de una hermosa; los escondrijos
en orejas, narices y planta del pie; las palomas mensajeras adiestradas, que
llevan bajo el ala colgado el diamante. Ni la vida azarosa de los Garimpeiros,
nómadas audaces que trepan a los inaccesibles riscos o se hunden en abismos y
quebradas vertiginosas, siguiendo la pista a algún diamante trasconejado que
escapó de la criba de los negros; ni las escenas de fiebre y desorden de
California, que han inspirado a los Aimard y Bret-Harte. No llegaban mis
conocimientos hasta saber que hay diamantes claros, diáfanos y transparentes
como las linfas del arroyo, y blancos y opacos como la leche fresca; rubios y
acaramelados como el ámbar; verdosos y glaucos, como las olas del mar; rojos
como sangre; azules como el firmamento, y negros como el invierno. No podía
figurarme los deseos, tentaciones y suspiros arrancados del corazón de las
hijas de Eva, que conservan siempre el apetito del salvaje por lo que brilla y
reluce, cuando al pararse ante el escaparate de un joyero ven campear sobre
gracioso estuche en que artísticamente se arruga el raso o el terciopelo, un
hilo de resplandecientes gotas de rocío, o lágrimas de ángeles, que tales
parecen a la viva luz del gas los diamantinos collares, tallados en su más
bella forma, la de brillantes, y despidiendo por cada una de sus facetas
irisado río de chispas.
Y, por
último, no se me alcanzaba que el origen de la soberbia piedra se hallase aún
encubierto en tinieblas profundas, así para los ignorantes como para los
sabios; que éstos le atribuyesen tan pronto procedencia vegetal como
procedencia ígnea, ya naturaleza mineral, ya orgánica, y lo mismo la juzgasen
elaborada en las entrañas de la tierra por ignotas combinaciones y acciones
químicas de fuerza extraordinaria, que caída en aerolitos procedentes de
remotos planetas y apartados mundos.
Todo lo
cual averigüé después, porque hubo ya de espolearme la curiosidad y pincharme
el deseo de saber algo de la rara piedra que tal influencia ejerció sobre mi
oscuro y estudiantil destino. En aquel punto, mis antecedentes se reducían a
las embozadas promesas de Onarro, a las enfáticas frases de Pastora cuando me
enseñó las preseas de la imagen. Quebrábame la cabeza sin poder dar respuesta a
esta pregunta: ¿Por qué valdrá tanto esa piedra? ¿Qué busilis tendrá? Y después
recordaba haber visto en el dedo anular del señorito de la Formoseda un grueso
y limpio brillante montado en gótica y monumental sortija de familia, que se
parecía bien aun debajo de los justos guantes que el señorito calzaba; y con
esto me di a pensar en mi interior en el gustazo que debía de ser lucir otro
anillo con piedra más grande y más hermosa.
-¿Está
usted dispuesto? -me preguntó Onarro al recibirme.
Observé
que Onarro tenía aquella mañana dos leves rosetas, como de fiebre, en sus
mejillas de ordinario pálidas; que sus ojos centelleaban con la luz fosfórica
que se advierte a oscuras en los del gato; que todo su cuerpo estaba agitado de
temblores instantáneos, que cesaban tan pronto aparecían; que su voz era seca,
estridente, más acerada aún que de costumbre.
Yo
titubeé un momento antes de contestarle.
-Dispuesto,
sí, señor; pero si usted me permitiese una pregunta sola...
-Permito
hasta tres. Abrevie usted lo posible.
-Quisiera
saber si usted corre realmente el mismo peligro que yo.
-Yo. Mi
palabra de hombre honrado.
No sé
cómo pronunció Onarro esta frase sencillísima, que, aunque apenas mudó tono, ni
cambió actitud, obtuvo que viniesen instantáneamente a tierra mis pertinaces
sospechas y la suspicacia que yo poseo en grado superlativo, a fuer de buen
gallego y montañés. No vacilé más, y dije resuelto:
Onarro me
guio al laboratorio. El sol había salido, y sus rayos, oblicuos aún, entraban
burlándose de la neblina por los altos y angostos ventanillos de la abovedada
estancia. Sobre la mesa, que ocupaba el centro, divisé un bulto de razonables
dimensiones encubierto cuidadosamente bajo un paño blanco, cuyos extremos
colgaban a guisa de mantel, llegando casi a barrer el piso. Alzolo el sabio con
delicadeza por una punta y pude ver una máquina de figura extraña, que algunos
perfiles presentaba de semejanza con una pila o batería eléctrica; pero era
infinitamente más grande, complicada, y ofrecía un laberinto y confusión de
sectores, plataformas, condensadores, hilos y cadenillas que remataban
hundiéndose en agujeros practicados en el suelo.
Después
supe que las cadenillas iban a dar al sótano, enterrándose hasta más abajo de
los cimientos de la casa, a fin de que aumentase por este medio la intensidad
de la chispa eléctrica. ¡Oh, si yo fuera perito en estas abstrusas materias de
física y mecánica, cómo podría ahora describir en sus mínimos pormenores el
peregrino y maravilloso artificio! El cual revelaba en su forma y disposición
ser, no obra común y corriente, y por ende perfeccionada ya, de fábrica, sino
combinación laboriosa de muchas y diversas piezas ajustadas por la hábil mano
de un paciente inventor. Percibíase allí la especie de irregularidad que
distingue al trabajo individual y espontáneo y que tanto se aparta de la nimia
igualdad y exactitud que sella los productos de la industria organizada y
metódica.
Yo miré a
la máquina como se mira a un cañón cargado o a un fusil que tiene levantado el
gatillo. El artillero de aquella terrible batería se puso en movimiento al
punto, enroscando aquí, estirando acullá, dando aceite por un lado, ajustando
bien una plancha por otro, y todo con maravilloso silencio y diligencia. Yo me
estaba suspenso e inmóvil sin brindarle una ayuda que probablemente le sería
inútil. Finalmente, tomó no sé qué botes y frascos de ácido y los derramó en
unos a manera de recipientes que en la pila se encontraban: bajose en seguida,
destapó un cesto que había a sus pies, tomó de él seis u ocho medianos
trocillos de carbón iguales en todo a los que ardían de noche en su chimenea.
Cuanto antes de agitado y trémulo, parecíame ahora Onarro de sereno y
tranquilo. Su pecho no se alteró al derramar el líquido en los recipientes, ni
al atornillar las delicadas barras de acero. En cuanto a mí me sucedía el
fenómeno inverso. Perdía de tal suerte el aplomo en aquella expectativa
angustiosa, que casi flaqueaban mis piernas y un sudor helado comenzaba a
resbalar por mi frente. El reo que ve colocar el tajo, afilar el hacha y
extender el serrín a sus pies debe de experimentar sensaciones análogas a las
mías.
A todo
ello acompañaban violentísimas ganas e impulsos irresistibles de tomar las de
Villadiego.
Tal era
mi estado, a tiempo que una voz, que me sonó como la trompeta del ángel del
tremendo día, dijo:
-Señor
López, coja usted ese manubrio.
-Ese...
manubrio... -respondí con voz ahogada, como la que formamos entre sueños
queriendo gritar y sin poder lograrlo.
-Ese...
este. ¿No le ve usted? Ponga usted la mano sobre él. Cuando yo grite Fiat lo hará usted girar con toda la rapidez y
fuerza posible.
Cogí el
manubrio y por instinto cerré los ojos.
-Ahora,
mientras el cuerpo ejecuta el movimiento prescrito, eleve usted el alma a Dios
-añadió Onarro-. El peligro ha llegado. Sobre todo, no vaya usted a descuidarse
en el punto en que yo dé la voz de mando. ¡Atención!
Sentí a
Onarro agitarse todavía y aun dar algunos pasos hacia mí. Separábanos, sin
embargo, el ancho de la mesa y la balumba y volumen de la máquina.
Sin
despegar los párpados y apretando convulsivamente el manubrio, permanecí un
espacio de tiempo inapreciable, que así pudieron ser diez minutos como cinco
segundos. Percibía yo en aquel silencio y espera, no sólo el latido de las
arterias, sino la circulación completa del torrente sanguíneo con presuroso
ritmo y desordenado correr.
Vagas
sensaciones de color y luz llegaban al través de la oscuridad a mis cerrados
ojos. Aunque mis ideas giraban también en tropel, no por eso dejé de
encomendarme a Dios de todo corazón y de hacer propósito firme de enmendarme de
mis menores pecados y aun de ejercer penitencia si la vida me durase para ello.
El laboratorio estaba absolutamente mudo.
-¡Atención!
-repitió la voz de Onarro.
Quise
santiguarme, pero estaba la mano derecha como adherida al manubrio. Apretábalo
cual si tuviese alas y pudiese echar a volar. De pronto una hueca orden hirió
mis oídos, pareciéndome no menos estrepitosa que un trueno. Onarro había dicho:
Instantáneamente,
sin concurso de la voluntad, por una acción nerviosa, mi brazo se puso en
ejercicio, y un sacudimiento raro, intensísimo, profundo, estremeció todo mi
ser desde la planta de los pies hasta las últimas celdillas del cerebro. No era
dolor, ni golpe; era una sensación semejante a la que debe experimentar el
árbol cuando de raíz lo arrancan, descuajan y hienden. Fue como si desatasen
las ligaduras de mi individualidad, y cada una de las pequeñas células o
moléculas orgánicas que lo constituyen se disociase de las restantes, yéndose
aislada a un punto distinto del espacio. Arrojé un clamor y abrí los espantados
ojos, que vieron o soñaron ver rápidas centellas de fuego corriendo a lo largo
de hilos y cadenillas de la máquina. A mi grito contestó otro de Onarro, que
encerraba todas las vibraciones del gozo, del júbilo, del triunfo. Incapaz yo
de tenerme en pie, fui vacilando a recostarme en la pared más próxima. La
habitación daba vueltas en torno mío, y todas mis fibras retemblaban como las
cuerdas de un violín después de que las acaricia y oprime el arco. Vi que
Onarro se llegó a mí, oí que me dirigía palabras alentándome, que trajo un
frasquito del estante, que lo destapó, que vertió unas gotas en la palma de sus
manos, frotando después con ellas mis sienes, y que, como un filtro, obró
inmediatamente la fricción; despejose mi cabeza, me serené todo y con
curiosidad vehementísima miré a Onarro, y con delicia inefable me sentí, palpé
y hallé vivo, sano y bueno.
-¿Qué
tal? ¡No se ha muerto usted, hombre! -exclamaba Onarro con burlona y enajenada
voz-. Pertenece usted todavía al mundo: el susto ha sido regular, ¿eh? Es una
desgracia poseer hasta ese grado la receptividad nerviosa.
-¡Ay
señor don Félix! -contesté- ¡Gracias a Dios, y a María Santísima! ¡Jesús, y qué
cosa tan rara! ¡Qué malo me puse! ¡Qué daño me hizo el maldito manubrio! ¿Y los
millones? ¿Hemos ganado?
-¡Victoria!
-respondió con indefinible acento el sabio, cuyas facciones irradiaban unos
resplandores de éxtasis, alzando al cielo las manos juntas-. ¡Victoria! ¡Aquí
están los diamantes auténticos, legítimos, soberbios! ¡Como los mejores de
Golconda! ¡Como los más limpios y puros del Cabo! ¡Victoria! ¡Se acabaron esas
explotaciones sórdidas, ese trabajo cruel aun para las bestias, inicuo para
seres racionales! ¡Ya el negro no se pasará los días recibiendo el ardor del
sol sobre sus desnudos lomos, agobiado el espinazo a tierra, con los pies
metidos en agua, para que el avaro traficante engruese con su sudor, vendiendo
en los mercados europeos la piedra preciosa hallada por el infeliz lavador de
arena! ¡Victoria!
-Sí
-pensé yo-, el negro descansará, pero en cambio nos descolgarán y batanearán a
los blancos las entrañas.
-Impondré
-prosiguió Onarro- una contribución voluntaria a la vanidad universal de la
mujer opulenta, para socorro de muchos infortunios y cumplimiento de grandes
propósitos... Verificaré una pequeña revolución industrial. ¡He triunfado!
-Ah,
señor don Félix -insinué yo-, daca esos diamantes.
-¡Véalos
usted! -exclamó él acercándose a la máquina y poniéndome en la mano unos seis,
a mi parecer, toscos y turbios vidrios. Quedéme como Sancho cuando su amo se
empeñaba en hacerle admirar por yelmo finísimo la bacía del barbero.
-Pero
estos no brillan... estos son muy feos -dije.
-¡Claros
y bellos como el éter! -contestó el sabio; y tomando uno y llegándose al
ventanillo, apoyó el extremo o pico saliente de la piedra en el centro de un
vidrio, y trazando una línea sin apoyar mucho, vi al cristal partirse conforme
corría a lo largo la mano de Onarro, y finalmente, cuando éste la retiró y con
el dedo tocó ligeramente la fisura, caer en dos pedazos.
-¡Diamantes!
-continuó Onarro-. ¡Diamantes reales y efectivos, no míseros cristalillos
octaédricos, visibles sólo al microscopio, como los que después de tantos meses
de volatilización y lentas acciones químicas se jactaron Despretz y Dumas de
haber obtenido! ¡Diamantes que pueden recibir talla, fulgentes, hermosísimos!
Miraba yo
los trocitos que habían quedado en mi poder, y no me parecían tan lindos, ni la
mitad de lo que el sabio decía; mas con todo, no acertaba a considerarlos sin
cierto respeto, ni cerraba la mano, no fuera que se pulverizasen o deshiciesen
como merengue. En esto un rayo de sol, vivo y dorado ya, cruzó el ventanillo,
hiriendo de soslayo en las piedras, y arrancándoles el centelleo multicolor y
luminoso que sólo al diamante pertenece. A ser yo muy inteligente en pedrería,
esta prueba me convenciera; y aun con no serlo, el rico destello me alegró el
corazón.
-¿De
suerte -pregunté a Onarro- que esto vale muchísimo dinero?
-Tiene
usted ahí un capitalito -repuso el sabio- Nada más que un capitalito, porque de
esta vez, el tamaño del producto obtenido no ha pasado de ciertos límites, por
causas y dificultades que fuera ocioso explicar a usted y que desaparecerán,
así lo espero, en un nuevo y decisivo experimento.
-¿De
manera -dije yo medio desencantado- que esto no representa millones?
-Tanto
como millones, no por cierto.
-¡Oh! La
diferencia de tamaño, por pequeña que sea, acrece el valor de los diamantes de
un modo fabuloso.
-¡Oiga!,
¿y no podía usted entonces haberlos fabricado más gordos?
Onarro se
sonrió, fijó en mí sus ojos que expresaban ironía agudísima, y pronunció sin
enfadarse:
-Descuide
usted amiguito: tenga paciencia, aguarde algo, y echará usted la pata en asunto
de piedras ricas al rajá de Borneo, al gran Mogol, y al Hijo del Cielo.
-Pues
manos a la obra ya, señor don Félix. El susto pasarlo de una vez. Otra
vueltecita al manubrio, y construyamos un diamante del volumen siquiera de un
regular queso de bola.
Onarro
tornó a mirarme, encogiéndose de hombros. Tomó las piedras todas y las contó;
separó dos, guardándolas, y entregome las cuatro restantes. Yo estaba algo
mohíno. Sí, mohíno, ríase quien se ría. Se me figuraba que de aquellos
cristalejos a la soñada, fantástica y prodigiosa fortuna que el sabio me
ofreciera, había un camino infinito. Quedeme, pues, como aquel que tiene algo
que decir, y no se atreve.
-Ea, ¿qué
aguarda usted? -exclamó Onarro- Aquí no puede usted vender esas piedras:
excitaría usted sospechas y comentarios sin fin: pero váyase usted a Madrid o a
París. Ningún joyero allí se negará a tomarlas. Esté usted aquí antes de dos
meses, porque calculo que para entonces repetiremos el experimento.
-Es
que... señor don Félix... la verdad, usted me dispensará... pero yo creo que
esto no era lo tratado.
-¡No
señor, que esto no era lo convenido! -afirmé envalentonándome con mis propias
palabras-. Yo creí, y usted me dijo, que exponiéndome a lo que me expuse
quedaría riquísimo... con más millones que hay en el mundo entero... y, por lo
visto, esto es una friolera, así para abrir el apetito... y además no puedo
negociarla aquí, ni... Yo pensé que pasado el mal paso, me encontraría nadando
en oro.
-¡Voto a
tal! -gritó Onarro dando muestras de enojo violentísimo- ¡que es usted el mayor
necio y codicioso que hace muchos años he tenido el disgusto de tratar!
Diciendo estoy a usted que esas piedras valen lo que jamás soñó usted en tener
en su vida de estudiante; añadiéndole, que en breve plazo podrá usted poseerlas
de tal magnitud, que una sola baste a saciar sus más extravagantes caprichos y
apagar su hidrópica sed de oro; ¡y aún se me viene usted con esas quejas! Alma
de almirez, ¿no tendrá usted creederas sino para las brujerías y supersticiosas
sandeces que le encajaron de chico en la cabeza? ¿Dudará usted de mi palabra?
¡Cuánto ruido mueven los pequeños por las pequeñeces! ¿Qué importa al mundo,
después de todo, que usted sea o no millonario?
-Pero lo
que es a mí me importa, y mucho, serlo: ¡pues no faltaría más! ¿Por qué sufrí
yo si no ese revolcón eléctrico?
-Pues
usted será archimillonario, y ahora déjeme, que a fe que está usted enturbiando
con su presencia este hermoso y claro día de mi vida terrenal. ¡Váyase usted
con Dios, hombre; hágame usted ese favor!
Decía
esto Onarro con tono de verdadera y afectuosa súplica.
-Pero,
señor don Félix -contesté yo-, ¿qué hago con estas chinas?
-¡A
París, a Londres, al infierno a venderlas!
-A
Montevideo, al Polo Norte... justo. ¿Y quién me paga el asiento?
El sabio
se quedó parado, como aquel que ve surgir ante sí una repentina, inesperada y
gravísima dificultad.
-Como
usted sabe demasiado, no tengo un cuarto -añadí.
Onarro
meditó breves instantes, y después salió rápidamente, volviendo a poco con un
portamonedas de gamuza, que me pareció leve y vano como canuto de caña.
-Tome
usted -me dijo-. Es cuanto poseo hoy.
No quiero
denigrarme ni disculparme tampoco. Vacilé; pero al fin cogí el donativo,
balbuciendo una frase de gracias. El sabio me empujó hacia la puerta, y al
llegar al dintel, poniendo un dedo sobre sus labios me advirtió con mirada
significativa:
-Sobre
todo, mucho silencio. Lo ha jurado usted solemnemente.
A la
verdad mi conducta no brillaba por el desinterés. Lo conozco; pero si no me
producía una blanca, ¿de qué me servía el riesgo corrido y la cooperación en el
gran descubrimiento, que sin mí y mi esfuerzo heroico no hubiera llegado jamás
al debido término y felice cima? Y decía yo para mi sayo: he aquí que me llevo
en cuatro pedruscos un tesoro, que no me sirve para maldita de Dios la cosa; un
caudal que no puedo aprovechar hasta que dé con mi cuerpo en Flandes, o qué sé
yo en dónde; he aquí que guardo en la faltriquera de mi chaleco un capital, y
que, sin embargo, mi haber se reduce a lo que contenga este vaporoso
bolsillejo, ¡más aéreo y tamizado que el cuerpo de un cesante! ¡Válanos Dios, y
qué caprichosa que es la suerte!
Así
pensando apreté el resorte del portamonedas de Onarro, y vi en su fondo nada
menos de una peseta, por más señas columnaria, y obra de seis piezas de a dos
cuartos, roñosas y veteadas de verdín, cuya vista me produjo el efecto que
cualquiera podrá figurarse, y fue tal el chasco, que con irritada mano me
disponía a arrojar el ridículo tesoro a las losas de la calle, a tiempo que
noté que el monedero tenía un segundo cuerpo interior, que yo no abriera.
Hícelo y divisé en él un papel enrollado y amarillento, gastado por los cantos
y esquinas, que desenvuelto pareció ser un billete de 4.000 reales del Banco de
España.
De cuatro
mil reales a la fortuna de perulero que yo me prometía, distancia va: y con
todo eso me aligeró el corazón y confortó el espíritu aquella cantidad, no
poseída en mis días de mayor opulencia y racha más afortunada. Hubiera yo
preferido atesorarla en centenes de oro, amarillitos y sonantes, mejor que en
aquel viejo retazo de papel. No obstante, guardelo con religioso respeto en el
bolsillo del izquierdo lado.
¡Cosa
extraña y natural, sin embargo! Desde que me hallé propietario de tanto dinero
junto, empezó a turbarme doble desasosiego: el ansia febril de gozar las
primicias de la posesión y el temor de la pérdida. Ante todas las tiendas me
paraba: se me iban los ojos tras de cuantos objetos veía expuestos, no porque
los necesitase, sino por el gustazo de adquirirlos. Al mismo tiempo, y cual si
padeciese palpitaciones cardiacas, llevaba frecuentemente la mano al lado
siniestro, pareciéndome que a cada minuto le saldrían alas al billete, con que
volase sin parar hasta la veleta más alta de la torre de la catedral. Al cabo
fueron creciendo mis tentaciones, y no pude menos de entrar en un
establecimiento de ropas hechas, o por mejor decir, vergonzante sastrería, donde
compré el gabán más majo y el más currutaco pantalón posible; unido lo cual a
una corbata de rabiosos colores y a un sombrero recién salido del horno según
estaba de flamante, me hallé con el billete cambiado, cuarenta pesos menos, y
el más gentil equipo del mundo, a mi parecer. Añadí a mis compras guantes y un
chabacano junquillo que remataba en la cabeza de un galgo de metal, y en tal
atavío comencé a pasearme ufano por aquellas calles de Dios.
Nunca
mico puesto en balcón, borrego de rifa o toro con moña de raso y plata
obtuvieron ovación tan ruidosa y espontánea cual la que logré yo entre mis
compañeros de estudiantería. Quién me paraba en la calle, haciéndome dar más
vueltas que un molino para admirarme mejor de pies a cabeza; quién palpaba el
paño de mi gabán, para cerciorarse de su bondad, y mi persona, para persuadirse
de que era el de siempre, y no contrahecha y fantástica figura; quién me
felicitaba irónico, y quién me tragaba con ojazos de envidia. Disfrutado el
lucimiento de la calle, aspiré al del hogar; volví a casa, y entré taconeando y
llamando a gritos a la criada para que me sirviese la comida luego. Salió ella,
y quedose absorta ante mi nuevo avío; apareció después doña Verónica, y
cruzando sus manos flacas, que se trasparentaban por la negra rejilla de unos
tradicionales mitones, exclamó:
-¡Ay,
Jesús... madre mía..., ay, qué diferente viene! ¡Qué ropa tan elegante y tan
preciosa! ¿Quién lo conocería así? Si parece el señorito don Víctor fuera el
alm... digo, si la cara fuese igual... ¡Sombrero de copa alta... guantes y
todo! Pero, ¿y cómo le dio esta manía de ponerse tan lechuguino? ¿Hay dinerito
nuevo?
-¡La
comida! -contesté yo con dignidad.
-¡Ay qué
bastoncito! Deje, deje ver -replicó la curiosísima patrona-. ¡Qué monada!
-¡La
comida! -repetí perentoriamente-. Y que vaya Dominga al café de Mariano, y que
traiga ponche y una botella de Jerez del mejor... y a don Nemesio que le
suplico me haga el favor de venir a comer conmigo.
-Bien,
sí, señor, se hará todo... Solamente que don Nemesio come hoy con el señorito
don Víctor; ya se sentaron a la mesa... y el café de Mariano, como está tan
lejos, no sé si Dominga podrá ir, porque tiene que hacer el servicio... Pero
usted va allá después de comer, ¿verdad?, y toma allí el café a su gusto. Diga,
diga, ¿le cayó la lotería? ¡Qué risa, señorito Pascual! ¡Qué guapo viene!
¡Cuántas conquistas por esas calles!
En vista
de que era imposible lucirme con don Nemesio, como deseaba, resigneme a comer
solo con gabán, mas aún no trasegara la segunda cucharada de sopa del plato al
estómago, cuando abriéndose la puerta vi aparecer en ella la lastimosa y
derrotada figura de Cipriano, que se vino derecho a mí, y apretándome, como el
día de los Agros, hasta sofocarme, exclamó dando voces:
-¡Oh,
Creso! ¡Oh, Mecenas magnífico! ¡Oh, capitalista sin segundo! A ti me acojo, de
ti me amparo, por ti me salvo; perdona mis dudas, mis desconfianzas, mis
suspicacias y chanzonetas. Sé tu lucimiento, conozco tus esplendores, no ignoro
tus grandezas, tu gabán toco, tus pantalones veo, tu sombrero me deslumbra y me
anonadan tus guantes.
-Y mi
sopa te hechiza -contesté yo sin poder dejar de reírme al verle asir una
cuchara y mudar el sustancioso alimento de la sopera a la boca con gentil
desembarazo.
-¡Oh,
Anfitrión espléndido! -replicó el estudiante con la boca llena y sin cesar de
embaular. Ya sé yo que no pararán aquí tus beneficios. Ya estoy viendo caer
sobre mí una lluvia de oro, derramada por un Júpiter más desinteresado y menos
bellaco que el de marras. Ea, vengan esos cuantos miles de reales.
-Confórmate
con la sopa -repuse yo-. Por hoy no puedo ofrecerte don más opulento. Atrácate
de fideos, y date por servido.
-Bromas
que prueban tu festivo ingenio. Eres agudo y discreto, como Quevedo de feliz
memoria. Pero mi bolsillo arde en impaciencia: y por ende...
Diciendo
esto hacía ademán de registrarme y tentaba sutilmente todo lugar en que pudiera
guardarse dinero. En el bolsillo del chaleco tenía yo el mermado cambio del
billete: los dedos insinuantes y resbaladizos de Cipriano se enhebraban ya por
entre la solapa del gabán, buscando el escondrijo, cuando me pareció oportuno
enderezarme y desviarle con enérgico movimiento.
-Manos
quedas -grité-. ¿No basta decir que no tengo?
-¡Mentira!
-respondió sin perífrasis Cipriano- Acabo de notar y percibir el dulce bulto...
el áureo sonido...
-Vete
noramala, y con mil de a caballo. Tengo dinero; pero no me es posible
desprenderme de él. Lo necesito.
-Valiente
perdis estás tú. ¿No te acuerdas ya de Inocencio?
-Sí, de
Inocencio. ¿No me has dicho que estaba a dos dedos de ahorcarse por falta de
unas pesetas? Pues hijo, antes que tú es él.
-¿Yo te
dije eso? Vive Dios, que ya no hacía memoria. Me parece que te engañas, y acaso
yo también exageré en más de la mitad. Pero, ¡observa mi estado! Nadie como yo
ha menester tus larguezas...
En vez de
discutir con tan fastidioso y terco tábano, resolvime a no comer, y tomando el
sombrero, eché a andar camino de la calle. Siguiome el estudiante menudeando
lamentaciones y ruegos: mas como yo fuese acercándome ya a la casa en que
Inocencio vivía, noté que al revolver de una esquina desapareció Cipriano de
súbito. Entonces, confieso que me asaltaron tentaciones de no seguir adelante
con la proyectada obra de caridad, que al fin y al cabo iba a consumir lo más
granado de mis haberes.
Repito
que sin tenerme por enteramente malo, estoy persuadido de que nunca fui ni seré
heroico y sublime. Mis cualidades, como mis defectos, pertenecen, a una esfera
vulgar y mediana. No me desagrada favorecer a los necesitados, siempre que para
ello no sea preciso imponerme privaciones y sacrificios. No miento sin objeto:
pero mentiría con fruición por librarme del cadalso o del martirio. A despecho
de esta condición mía, en aquel momento hubo de vencer el buen propósito, ya
porque a mi indolencia moral repugnase la idea de tener que acusarme del
suicidio de Inocencio, ya porque hurgase en mi conciencia cierto remordimiento
íntimo de las muchas truhanerías, de las pesadas bromas y trampas ligeras
hechas tantas veces al pobretón estudiante. Además, yo reconozco en mí un gran
prurito de ostentación y vanidad: gústame en extremo presentarme como persona
de importancia, y así fue que la idea de desempeñar el papel de Providencia, de
aparecer repartiendo oro y salvando la situación, me sonreía en extremo. Continué,
pues, decidido a hacer la dicha del malaventurado jugador.
Causome
una especie de desengaño el no encontrar a Inocencio descabezando menudamente
las cerillas de una caja, ni untando de sebo un lazo corredizo, ni aguzando y
acicalando bien un fiero puñal. Hallele abatido sí, pero sin arrebatos y muy
resuelto a venderse por sustituto en las próximas quintas, a fin de resarcir a
sus padres el perjuicio ocasionado: propósito en verdad muy conforme con el
fondo de tosca y cerril honradez de su alma. Volvile ésta al cuerpo con el
anuncio del inesperado socorro que le traía. Vile, depuesta su bronca reserva y
huraño carácter, arrojarse a mis pies, abrazar mis rodillas y llorar y babear
como un chiquillo. Me juró mil veces no volver a tocar a un naipe en los días
de su vida, recordando siempre el fatal momento en que Cipriano le desplumó sin
misericordia. Cipriano, en efecto, había sido el autor de la fechoría, y quiso
sin duda aplacar a su manera los escrúpulos de la conciencia, reparando su
fullera estafa a cuenta de mi bolsillo.
XI -
Recogime
a mi albergue tan molido y quebrantado a puras emociones, que apenas podía
tenerme en pie. Caía la tarde, y una parda y penetrante neblina, comunísima en
aquel clima húmedo, se tendía lentamente por las calles. Al penetrar en el
portal fementido y negruzco de doña Verónica, tropecé con un bulto humano que
soltó una imprecación; estaba el sitio como boca de lobo, pero encendí un
fósforo apresuradamente, y pude divisar, a su luz parpadeante y dudosa, a un
ganapán con blusa azul de cotonía y gorra de pelo, que en sus fornidos brazos
sostenía una sombrerera, un estuche de viaje de cuero de Rusia, y un saco de
mano: detrás bajaba la escalera, dando taconazos y tumbos, otro tagarote,
cargado con un baúl mundo razonable, cuyos dorados clavos relucían sobre las tiras
de charol negro que fileteaban sus costados. Dejé pasar a los dos mozos de
cuerda, y subí deprisa hasta mi cuartuco.
No bien
encendida a tientas la palmatoria, vi sobre su platillo de latón una carta
cerrada con oblea, cuya forma conocí presto, abriéndola con ansia. Era de
Pastora. Con los sucesos de la mañana, casi había yo echado en olvido que aquel
día terminaba el plazo impuesto por el señorito de la Formoseda para la
decisión final de la sobrina del canónigo. Recordándolo, leí afanoso la misiva,
sin discurrir al pronto cómo podía haber llegado a mi habitación para que yo la
encontrase. He aquí su contenido, previas las devotas iniciales de costumbre:
Hoy ha
sido para mí día de grandes trabajos: vaya todo por Dios; aún no sé cómo tengo
cabeza para escribirte ahora. Sabrás que mi tío me llamó a las doce, y con una
cara y una voz que ponían respeto, me dijo que era preciso que resolviese una
contestación definitiva para D. Víctor, porque bien se me alcanzaba
que no era ya formalidad ni conducta estarlo entreteniendo. Me expuso las
ventajas de la boda, me habló de las costumbres de D. Víctor, de sus buenas
ideas, de su familia, de sus intereses... Yo tenía mucho miedo al principio;
después fui serenándome, y hablé claro, sin rodeos, como si estuviese en el
confesonario.
Declaré
que me era imposible gustar de D. Víctor, que repugnaba el enlace, y que mal
camino era para cumplir los deberes de mi estado entrar en él con violencia y
fuerza notorias. No sé dónde pude rebuscar el valor necesario para responder
así al tío: temblaban todos mis miembros, pero creo que la voz era firme.
Contra lo que yo imaginaba no se airó el tío: antes me contestó, con gravedad y
compostura, que llevaba razón, y que puesto que me conocía por prudente y
cuerda y cristiana, vista mi decisión, no había más que tratar en ello.
Respiraba
yo ya con holgura, cuando el tío, haciéndome sentar y discurriendo como en
amistosa plática, me habló de ti. Empezó por informarse e inquirir que prendas
singulares en ti se juntaban que así me hacían rehuir y desdeñar una tan
ventajosa colocación y un tan honrado marido, por conservarme fiel amante tuya.
Díjome que, dejada aparte tu pobreza, que no era imputable a ti, él tenía
noticias verídicas y exactas de que ninguna cualidad digna de nota te
distinguía del vulgo de los mortales. Que a despecho de ciertas voces que
corrían, a él le constaba de buena tinta que eras en el estudio desaplicado, y
no muy agudo; en religión indiferente y perezoso; en tu conducta ni malo ni
bueno; y por último, en todo inferior a la alta estimación que yo te concedía.
Pascual, Pascual, nunca me vi en mayor aprieto. No sabía qué responder, ni por
dónde salir. Una voz me excitaba impeliéndome a defenderte, y otra me imponía
silencio, arguyéndome que el tío estaba muy en lo cierto. Alegué, sin embargo,
las palabras y promesas que han mediado entre tú y yo, y replicome el tío que
se maravillaba de cómo una doncella de mi reflexión y juicio podía tratar
asunto tan importante al alma y al cuerpo, cual es el del matrimonio, sin
guiarse mas que por loca afición y vano enamoramiento, que no mira en dónde se
emplea.
Sobrina,
añadió, en eso se distinguen la laboriosa abeja y la mariposa casquivana: en
que aquélla no se posa sino en el cáliz donde sabe que hay buena miel, y ésta
revolotea y se para sobre cualquier flor inútil. -Y aún prosiguió el tío largo
rato exponiéndome los peligros de esas uniones, hechas con liviandad y ceguera,
sin que haya acuerdo en los pensamientos, ni concierto en las almas, y que,
pasado el hervor primero, y resfriado el corazón ya, rematan en desastres y
rencillas y desconformidad y guerra. Oíale yo con la cabeza baja, y sin topar,
así Dios me prospere, argumento que oponer a sus argumentos. Porque mientras
iba el tío estrechándome y encerrándome en la exactitud de sus razones, parecía
como si se rasgase un velo y quedasen patentes para mí una multitud de
cavilosas dudas con que he batallado mil veces y que me han hecho salir, aunque
tan moza, un par de canas que puedo enseñarte. Es el caso que, si bien soy
ignorante y ruda y no sé más que lo que oí al vuelo en algún sermón, bien se me
alcanza que el destino de los humanos es aspirar a la suma mayor de perfección
en esta vida y en la otra, para lo cual debemos cogernos y asirnos muy
estrechamente a las cosas más perfectas, que nos comuniquen algo de su esencia.
Y así yo, Pascual, que me encontraba ya unida y enlazada con la perfección del
estado monástico, erré quizás poniendo el amor que debía al Divino Esposo en un
hombre mortal. Pero como quiera que a Dios no le vemos sino con los ojos del
alma, y para esto se ha menester tenerlos muy claros y perspicaces, y al
hombre, que es imagen y semejanza de Dios le notamos muy bien con los
corporales ojos, no es de extrañar que a veces dejemos la perfección altísima e
invisible de Dios por lo perfecto visible que en su imagen encontramos. Mas
para disculpar y explicar este sendero que toma el alma, y esta manera de
infidelidad que hace a Jesucristo, es fuerza que se reconozca en el objeto que
la aparta de tanta hermosura, algún atractivo o belleza especial que dé color y
haga comprender en cierto modo mi mudanza. Y por este razonamiento, Pascual,
pensaba yo cuando iba hablando el tío con cuán poca tentación fui rendida y con
qué chica causa me moví a romper la fe ya casi prometida a Dios. No quiero
ofenderte, pero la verdad es que desde que te conozco no te he visto seguir más
regla que tu gusto, ni aspirar más que a la satisfacción de tus mundanos
apetitos. En fin, no estás tú enteramente cortado por el patrón de aquellos
hombres que parece que justifican en lo posible la determinación de dejar por
ellos un estado que envidian los ángeles. Mientras estas especies se me
presentaban confusas y en tropel, acabó el tío su perorata, proponiéndome un
arbitrio que conformaba también con mis propios deseos, que lo acepté en
seguida. D. Nemesio te informará de él, y entre tanto, deseando que apruebes y
estimes mi resolución, se despide de ti. Pastora».
-¡De
dónde diantre sacará esta muchacha tanta sutileza, tales raciocinios y tanto
tiquis miquis!-exclamé, olvidándome en mi enojo de que mil veces admirara yo la
claridad de entendimiento de Pastora, llamándole en chanza doctora y
bachillera-. ¡Y qué resolución será esa! ¡De fijo que se casa con el rico, y
para disculparse ha puesto cuatro cosillas de argucias y teologías! ¡Don
Nemesio! -grité golpeando la puertecilla de comunicación- ¡Don Nemesio! ¿Está
usted ahí?, ¿puedo entrar?
Don
Nemesio asomó a la puerta, y se coló en mi cuarto, no sin haber apagado antes
la palmatoria que en el suyo ardía.
-Don
Pascual -me dijo con despaciosa pronunciación-, ya me presumo lo que va usted a
preguntarme; pero antes tengo que aclarar un punto. Yo he traído a usted esa
carta de Pastora; mas es inútil añadir que lo hice conociendo su contenido,
acerca del cual, como buena y sumisa hija de confesión, se asesoró Pastora
conmigo.
-Bien,
señor don Nemesio; pero ¿qué resolución ha tomado Pastora?, ¿se casa con don
Víctor?
-Pasan en
el mundo cosas que le dejan a uno con tamaña boca abierta. No hay inteligencia
que alcance a vaticinar ciertos sucesos.
-¡Quiá,
amigo mío! Un no más redondo que una naranja.
-¡Vaya!
Poco pesquis hacia falta para profetizar eso, señor don Nemesio.
-No, pues
usted pasó sus miedos y sus recelillos correspondientes.
-¡Bah!,
ya sabía yo que mi Pastora...
-De cien
niñas habrá una que desdeñe así un partido como don Víctor; pero dejémoslo. Don
Víctor se marcha; no sabe usted cuánto lo siento. Va a la corte a distraerse de
este mal rato. ¡Un joven tan apreciable! La casa se queda vacía.
-¿De
suerte que el equipaje que topé en la escalera...?
-Era el
suyo. En menos que canta un gallo se preparó todo. Es muy vivo don Víctor en
ciertas ocasiones. Aun le ayudé yo a doblar la levita y a guardar las camisas
planchadas... Y hoy era día de despedidas. La de Pastora me enterneció casi, a
fe de Nemesio.
-¿La de
Pastora? Pues, ¿se ha marchado?
-¿Sí que
no lo sabrá usted?, ¿no lo anuncia la carta?
-Pensé
que lo añadiese en postdata. Pues, amigo, Pastora ha resuelto entrarse, por
algún tiempo, siquiera, en el convento de...
Y aquí me
citó uno de los más conocidos de Santiago, que no nombro yo por razones que el
lector comprenderá más adelante fácilmente.
-¡A un
convento! -repetí atontado sin darme cuenta de lo que decía- ¡Va a ser monja!
-No,
señor; monja no, por ahora al menos. Lo que quieren don Vicente y ella es que
no siga en el mundo y en la respetable casa de su tío, mientras esos amoríos
fútiles no paren en matrimonio, o mientras no se persuada Pastora de cuál es su
vocación verdadera y firme; que aun sobre ésta y otras materias anda sumida en
dudas graves. No sabe usted cuánto me huelgo de que la pobrecilla esté en
puerto seguro, y de que las rejas del convento se hayan cerrado sobre su
doncellez, porque si usted presenciara hoy la escena que entre ella y su madre
medió, le tendría usted lástima. Cuando la furia (¡Dios me perdone!) de misia
Fermina se convenció de que ya era fallida toda esperanza de opulento yerno, se
encerró con Pastora, y después de cubrirla de denuestos e injurias de plazuela,
la asió de las trenzas, queriendo arrastrarla por el cuarto; y qué sé yo cómo
lo pasaría la infeliz cordera, si don Vicente, recordando sus buenos tiempos de
la guerra civil, en que era un mozo (según dicen) como un trinquete, no echara abajo
la puerta de una puñada formidable y no arrancara a Pastora de aquellas felinas
uñas. Todo el día se lo pasó el bueno del tío haciendo centinela en el umbral
de la habitación en que puso a su sobrina, para que llorase y escribiese a sus
anchas.
-La pobre
nada me dice de esos malos tratamientos -murmuré yo casi compungido-. ¡Lástima
que hoy no se use el emplumar!
-Pues no
le dejó don Vicente a esa monfí que se arrimase a su hija hasta el momento de
la despedida, en que Pastora, como es tan buena cristiana, fue a besarle
humildemente la mano.
-¡Voto a
sanes! ¡Qué mordisco!
-Don
Vicente hizo a Pastora que se echase el velo a la cara, se embozó él en el
manteo y se la llevó. Ahí tiene usted el final de la tragedia. ¡Gracias a
Dios!, al menos en su celda estará sosegada. Y usted debe considerar que este
arbitrio ha sido el más prudente, sabio y cauto que pudo adoptarse. El alma de
ambos gana mucho con él. El diablo no duerme y hurga el corazón y teje los
sucesos de modo que a veces, con los propósitos más rectos, se para en lo peor.
No lo digo por Pastora, que bien conocida la tengo, y sé que su alma es un
cristal y un espejo; eso sí.
-Entonces,
por mí lo dirá usted.
-No, no;
usted es un mancebo muy de bien... Pero mozos, y enamorados, y dueños de
verse... De todos modos, le viene a usted de perlas carecer de la distracción
que le proporcionaba la presencia de Pastora, porque así podrá usted estudiar y
procurarse un porvenir para merecerla.
Oía yo a
don Nemesio, y como suspenso y absorto daba golpecitos en mi rodilla con la
mano. Al rozar en el pantalón, hube de sentir un objeto duro. Eran los famosos
diamantes del experimento, envueltos en el propio papel en que me los entregara
Onarro. Pegué un brinco al súbito recuerdo que aquel objeto despertaba y que
casi se borrara ya de mi mente con tantas impresiones varias y nuevas.
-¡Señor
don Nemesio -exclamé-, pero si me olvidaba de lo mejor! ¡Majadero de mí, si mi
porvenir está hecho ya, y es magnífico, soberbio, incomparable!
Don
Nemesio me miró de hito en hito, a ver si estaba serio. Alarmole mi cara.
-¡Sí, soy
rico -proseguí-; rico y poderoso, sin necesidad de quebrarme los cascos y
mancharme los dedos en la clínica! Y no digo más; pero, por mi santiguada, que
el que viva verá buenas cosas. ¡Sí, don Nemesio honrado, nos casaremos, nos
casará usted, y tendrá un buen regalo, y dirá la misa con cáliz de oro, y
cuanto lujo pudiera desplegar don Víctor en su boda, no llegará a la suela del
zapato del que ostentaré yo! -Y en la expansión de mi júbilo, eché los brazos
al cuello del buen clérigo, que se desasió blandamente, y entrando a la carrera
en su dormitorio, volvió en seguida con la tetera y correspondientes chismes.
-Si no
estoy enfermo ni lunático -grité-. La tetera no hace falta.
-Bueno
será, sin embargo, que tome usted una tacita -repuso don Nemesio, que diciendo
y haciendo encendió la estufilla.
Dejele yo
con su inocente faena, y tomando papel y pluma emborroné una misiva para
Pastora:
«Paloma
mía -púsele con febril pulso y mal trazada letra-, fuera de sazón me parece que
vienen ahora esos repulgos y esas cavilaciones en que te engolfas. Has
despachado al monigote de D. Víctor: has hecho muy bien; pero no sueñes con
rejas, ni con tocas, porque, óyeme, que de esta vez va de veras; soy rico,
opulento, apaleo el oro, nado en riquezas, no sé cómo te lo exprese, repita e
inculque para que lo entiendas; hoy mismo salgo a un viaje de algunos días, y a
mi vuelta traigo conmigo los tesoros de las Indias, la plata de todo Méjico;
con que, chiquilla, déjate de discurrir, van a realizarse mis proyectos,
fantasías y castillos en el aire, que te hacían reír tanto; llegaré y verasme
poner a tus pies un montón de onzas, que mal año y mala pascua me dé Dios si no
sube tan alto como el campanario de tu convento.
Adiós,
princesa; no pienses en monjío, criatura; podemos ser más felices que reyes. El
matrimonio es un estado santo; pregúntaselo a D. Nemesio, que no me dejará
mentir. Hasta la vuelta; te escribirá desde todas partes tu
A un
mismo tiempo tendía yo a don Nemesio esta carta, y alargábame él a mí la
tacilla llena de la aromática bebida, y despidiendo suave vaho. Mientras yo
bebía por compromiso el té, él concienzudamente se daba a leer mi epístola. Al
terminarla, dejola caer con desaliento en el regazo femenil que le formaban los
pliegues de la sotana, y apoyando el codo en la mesilla, murmuró:
-Señor
don Pascual, no tengo inconveniente en dar a Pastora esta carta; pero quisiera
que usted se fijase bien en lo que en ella se contiene. Habla usted de
riquezas, de millones, de apalear oro... y, vamos, yo creo que los malos ratos
de estos días pueden haberle afectado... no, no lo eche a mala parte; pero en
fin... ahí hay cosas, que en Dios y en mi ánima...
-Todo es
verdad -afirmé muy grave, chupando los terrones de azúcar que, ensopados y a
medio desleír, quedaban en el fondo de la taza.
-Podrá
ser, pero no lo parece.
-¡Su alma
en su palma! Si Pastora me pide consejo, yo, como padre espiritual, debo
dárselo sano; y no se enfade, Pascualito; tengo para mí que en durmiendo hoy, y
tomando caldo de sustancias y té, escribirá con más cordura y razón. Estudie,
trabaje; Pastora le quiere bien...
Sin decir
palabra, y con diligencia admirable tras de haber mirado la hora que era,
inclineme y arrastré de debajo de la cama la maleta de cuero negro y bruñido a
fuerza de uso, y sin cuidarme de sacudir la costra de polvo inveterado que la
cubría, comencé a embutirla y rellenarla sin orden ni concierto con las tres o
cuatro maltratadas camisas, los pañuelos, las botas de repuesto, las navajas de
afeitar y demás prendas y trastos de mi mezquino guardarropa y ajuar espartano.
Allí caían y se mezclaban heterogéneos objetos, con la propia confusión con que
se barajaban en el seno del caos los elementos primarios de los mundos.
-¿Qué
hace? -preguntome don Nemesio, que no cesaba de observar con azorados ojos mis
idas y venidas y mi apresurada maniobra.
-Ya lo ve
usted; el hato -contesté envolviendo en una chalina vieja unas cuantas
cajetillas de papel y sepultándolas en las entrañas del maletín.
-¡Pascual!...
¡Pascual! Dios quiera... vamos, yo me entiendo. ¿Y a dónde bueno? ¿Se puede
saber?
-Por la
diligencia portuguesa, que sale ahora a las diez y media de la noche.
-¡Señor!...
¡Señor! ¡Peste hay de marchar! ¡Se va todo bicho viviente! Y esta fuga, ¿es
para volver con los millones?
-Hijo -me
insinuó don Nemesio, incorporándose y llegándose a mí, con muestras y señales
de enternecimiento y pujos de paternal afecto-, hijo, piénselo: barrunto que
camina usted en alas de un desatinado afán y hacia una empresa huera y loca.
Estos misterios, esta precipitación, esos montes y morenas que usted se
promete... desde mil leguas trascienden a mirage y engañosa quimera de la
fantasía. No quiere usted revelar cuál sea el fundamento de sus esperanzas, ¡malum signum! Créame, deshaga el equipaje, y ahora cenaremos
juntos en paz y en gracia de Dios.
-Convido
a usted -dije con fachenda- a comer en mi compañía el día de mi vuelta, y le
prometo que habrá pechuguitas de faisán y vino del de a cinco pesos botella.
¡Ánimo, señor don Nemesio! Usted verá quién es Pascual López.
Mostró
don Nemesio en la expresión del semblante hallarse un tanto impresionado y
movido por mi terquedad y afirmaciones rotundas. Explicábame yo con tan gentil
y seguro y alegre ademán, que era irresistiblemente contagioso mi optimismo. De
repente, en el momento de doblar con delicado esmero mi flamante gabán,
estirando las mangas para evitar las arrugas, cruzó por mi mente un
pensamiento, un recuerdo que me dejó helado y de una pieza. Introduje los dedos
pulgar e índice en el bolsillo del chaleco, y extraje un doblón de a cinco, un
peso isabelino y alguna calderilla. Era cuanto restaba del billete de cuatro
mil.
Pareme
abrumado, sin movimiento ni voz, caída la cabeza y colgantes los brazos y
trasudando de congoja. Don Nemesio me contemplaba, esperando sin duda a ver en
qué quedaría aquello. Mas de improviso me fui derecho a él y retrocedió. Le así
violentamente de la mano. Se hizo una pelota, y se metió en un rincón. Medio a
la fuerza le arranqué de allí.
-Señor
don Nemesio de mi vida -grité con descompasado tono-, usted es bueno, usted es
un santo, usted me salvará. Présteme usted sólo media onza: con ella espero
llegar a Madrid. Me basta.
Mirome
don Nemesio atónito, y soltando al cabo la risa.
-¡Buen
principio de semana -exclamó-, cuando ahorcan el lunes! ¡Con que es usted el
futuro millonario, el que apalea el oro, el que nada en riquezas! ¡Bien
comenzamos, hombre!
-Yo le
juro a usted que se la volveré doblada y sahumada. Antes de ocho días, le
enviaré si gusta ochocientos duros. Pero no me deje usted morir ahora de pena.
Vengan por el cielo esos 160 reales.
-Pascual,
media onza supone mucho para este humilde capellán, que no quiere en su vejez
vivir a expensas de nadie, aunque tiene excelentes amigos que se
regocijarían...
-¡Señor
don Nemesio! ¡Será un favor que no olvidaré jamás! Esa media oncita, mire
usted, me saca del pantano. Con lo que tengo no me alcanza para el billete.
Se nubló
el rostro del excelente hombre. Vi claro que le afligía de un modo igual
negarme el servicio o perder sus ocho duros. Entonces me ocurrió un expediente.
Cogí en mis brazos el gabán, como se coge a un niño chiquito, y lo deposité en
manos de don Nemesio.
-Me ha
costado veintiséis pesos hoy -dije- y siempre producirá diez. Autorizo a usted
para que lo venda.
-No, Dios
mío, no lo decía yo por tanto -murmuró don Nemesio algo colorado y confuso-
Nemesio Angulo experimenta placer singular en servir a sus amigos sin interés
ni cálculo. Sólo que ya ve usted, yo no soy un potentado; ni ahora ni nunca lo
fui; la misita me mantiene, y procuro vivir con sobriedad. Pero al cabo le
aprecio. Voy por la media onza. Le suplico, eso sí, que cuanto antes pueda...
porque mis economías son tan escasas...
-No, no
la admito, si usted no recibe el gabán.
-Bien,
bien, lo cepillaré y cuidaré en ausencia de usted... Le pondré alcanfor para
que no se apolille.
Salió don
Nemesio, y volvió trayéndome, envuelta en mil papelitos, media reluciente
pelucona. Breves fueron mis aprestos de viaje. En la administración de
diligencias vi, lo primero de todo, a don Víctor de la Formoseda, muy embutido
en su gabán y resguardado el rostro de la fría temperatura con un pasamontaña
de pieles. No pude juzgar de la expresión más o menos mohína de su rostro,
porque sólo la nariz asomaba entre aquel atavío semieslavo. A un tiempo mismo
saltó él y se recostó en la berlina, y me encaramé yo al cupé trabajosamente.
¡Jugarretas de la suerte caprichosa! Íbase él calabaceado y a malgastar dinero,
yo preferido y a granjearme un caudal; y como para irritar mis ansias, todo el
camino le vi bajarse en las estaciones, y comer y almorzar opíparamente,
mientras yo engañaba el apetito con el pan y el queso que envueltos y atados en
una servilleta me entregara al partir doña Verónica; y en tanto que a mí me
servían de incómodo asiento los duros bancos de los coches de tercera, tendíase
él muellemente en los cojines de un departamento de primera, dormitando al amor
de los caloríferos.
* * *
Yo pude
vender mis diamantes en Oporto, ciudad donde es activísimo el tráfico de
joyería, y donde una larga calle está formada sólo por tiendas de orífices. El
comercio con el Brasil daría color al negocio de la venta de unas piedras en
bruto. Mas no me ocurrió tan sencillo expediente, y pasando sin detenerme por
Oporto, no paré hasta Madrid.
Al sentar
el pie en la coronada villa, donde a la sazón no existía quién se atreviese a
usar corona que aun las inofensivas heráldicas había suprimido el Gobierno
revolucionario, vime en más que mediano apuro, por habérseme concluido el
dinero totalmente, y no poseer ni aun unos céntimos para parodiar el alarde de
Camoens cuando entró en su patria. Halleme, pues, perdido por las calles de
Madrid, en una bella y despejada mañana de invierno, sin blanca en el bolsillo.
El sol, claro, picante y alegre, a despecho de la estación, rasgaba la ligera y
vaporosa neblina matinal, cuyas gasas azules flotaban aún, encubriendo a medias
la elegante perspectiva de los árboles de parques y paseos. Algún carruaje de
lujo rodaba ya, cruzando desdeñoso al través de los pesados carros de vituallas
y mudanzas. Por las puertas entreabiertas de las cocheras se veía a los criados
de cuadra, en mangas de camisa, cepillando y bruzando el arrogante tronco media
sangre, o bruñendo los lucios cascos del bayo trotón inglés. Los cafés solitarios
convidaban, no obstante, a entrar, y en su dintel se recostaban los mozos, con
blanquísimo delantal, bien peinados, tendiendo su hocico insolente y pulcro,
como si de mí y de mi apetito se burlasen. Los escaparates comenzaban a
recibir, en artística agrupación, su tentadora carga. Atraíanme las joyerías.
Me detuve ante la de Ansorena, y contemplé largo rato, al través de los altos y
diáfanos cristales, los estuches de raso cereza, de terciopelo azul, en que
descansaban aderezos soberbios, sartas de iguales y gruesas perlas, un pájaro
de rubíes y esmeraldas, con cola de airones de blanca pluma.
Estuve a
punto de entrar allí y arrojar sobre el mostrador los diamantes del
experimento: mas contúvome una idea: al lado de aquellas pedrerías talladas,
engarzadas y resplandecientes, lo que yo llevaba en la faltriquera se me antojó
más opaco y feo que los adoquines del empedrado: no me podía habituar al
pensamiento de que mi tesoro fuese igual en calidad a los que ostentaba la
vidriera de la joyería; y al imaginar que acaso mi esperanza estribaba en unos
guijarros sin valor, me temblaron las rodillas, y sentí un desfallecimiento
creciente. Al azar y sin objeto subí por una calle, que después supe ser la de
la Montera; y cerca ya de la graciosa fuente de la Red de San Luis, cuyo pilón
y platillos adornaban colgantes agujas y carámbanos de hielo, vi una platería
humilde y estrecha en cuya delantera, entre algunos brincos de oro y algunos
corales, había cucharillas de sobredorada plata, pilillas de cáscara argentina,
y tal cual diamante montado en sortija o aretes. Penetré, ya resuelto a salir
de angustiosas dudas. Inventé una historia, supuse un pariente muerto en el
Brasil, y cuya herencia constituían aquellas piedrecitas. El platero dejó el
periódico con que se solazaba, y calándose los lentes, examinó curioso el
contenido de mi envoltorio. Sin pronunciar palabra pasó a la trastienda,
volviendo al cabo de pocos instantes. Traía las piedras en una balanza, que
dejó sobre el mostrador.
-Son
diamantes en bruto -dijo.
-¿Verdaderos?
-pregunté con ansia y aturdida indiscreción.
El
platero tornó a mirarlos, a remirarlos; equilibró la balanza, los fue tomando
después entre los dedos uno por uno.
-Son
-repitió- verdaderos, y tan puros y limpios, que es pedrería de primera.
Tendrán facetas ricas y numerosas. ¡Qué claros!
-Y...
¿Qué valdrán?, ¿qué valdrán? -reiteré trémulo de gozo y henchido de fe en la
ciencia.
El
traficante incrustó sus ojos en mi rostro, como para persuadirse de mi perfecta
ignorancia e inexperiencia en materia de diamantes. Patente debió mostrarse mi
incompetencia en el asunto, porque el hombre puso satisfecho gesto.
-Valen...
valen bastante: no una suma fabulosa... pero... El tamaño no es grande, y en
diamantes, el tamaño es lo que importa... Un tantico más de volumen hace subir
el precio...
-En
sustancia, ¿qué me da usted por ellos?
-Yo... es
decir... ¿Usted los vende?
-Para mí
no es negocio: hay que tallarlos, engastarlos, revenderlos... Pero si usted no
es exigente... ¿Se contenta usted con media talega?
¡Diez mil
reales para quien carece de un ochavo y siente los ásperos mordiscos del
hambre! No obstante, aunque me urgía tanto cerrar el trato y recoger el dinero,
con todo, despertándose mi suspicacia del Norte, barrunté que aquel hombre
especulaba con mi falta de conocimientos y con mi carencia de medios, y
decidido a no dejarme cazar sin defensa, regateé desesperadamente hasta obtener
los dieciséis mil. Entregome la mitad incontinenti y firmó un
pagaré del resto, a plazo de tres días.
No bien
fui dueño de aquella cantidad, pensé en mantenerme y alojarme. Al saltar en la
estación del ferrocarril, oyera yo a don Víctor de la Formoseda dar al cochero
de un tres por ciento las señas de una fonda, señas que se quedaron impresas en
mi memoria. Acudí a igual medio; ceceé al primer alquilón que vi parado,
gritele la propia orden, y con gran sorpresa mía, no bien hubo rodado como
cinco pasos, abrió el auriga la portezuela y dijo:
Era allí,
en efecto, en la misma calle: la maliciosa simplicidad del cochero le hizo
guardarse bien de advertírmelo. Halleme, pues, como en Santiago, viviendo bajo
el techo que cobijaba al señorito de la Formoseda, circunstancia que, como verá
el lector, influyó harto en mi destino.
Es de
advertir que el gallego, y aun no sé si todo provinciano que de improviso y por
vez primera llega a la corte, experimenta una impresión de nostalgia y
melancolía, una sensación de aislamiento penoso, que le mueve a procurar, por
cuantos medios estén a su alcance, la sociedad y trato de los paisanos y
compatricios que errantes andan por aquella liorna de Madrid. Dispersos los
gallegos en espectáculos y calles, se buscan con no menor afán instintivo y
mecánico del que muestran por reunirse los trozos de la cortada serpiente. El
gallego de levita arroja entonces miradas de simpatía y ternura a los zafios
aguadores que por las esquinas tropieza abrumados bajo el peso de los enseres
de su humilde oficio. Si la Maritornes de su fonda es gallega, casi casi improvisa
con ella un idilio. Los que en Galicia eran indiferentes, enemigos quizá, se
saludan en Madrid con cordialidad y júbilo. Con fruición inefable se dirigen
una frase en dialecto, y la celebran a carcajadas como si hubiera sido el
donaire mayor del mundo. Comparan los alimentos, el paisaje, el trato, y
concluyen por echar de menos, mientras saborean trufas, las filloas y la
borona, o por maldecir del empedrado, que no tiene baches como el del pueblo
natal. Puntualmente nos sucedió esto a mí y a don Víctor. Al encontrarme él en
la mesa redonda, viéndome a la vez con buen equipo ya, cosa que procuré en
seguida, echó a un lado su altanería, reserva y tiesura, y me tendió la mano
con cuanta amabilidad cupo en su engomada persona.
Por mi
parte correspondí a su cortés demostración, cediendo al doble deseo que me
bullía en el cuerpo, de hablar con una persona de mi país, y, principalmente,
de mostrar al orgulloso señorito que Pascual López no era ya un quidam, y que podía competir con él en lujo, boato y
esplendidez. Mal conocería el carácter de los gallegos quien los supusiera
consagrados a amontonar sórdidamente ochavo sobre ochavo, por el avaro goce de
la posesión. Si el gallego es capaz de ahorrar sin descanso toda su vida, eslo
también de quemar sus economías en cohetes por deslumbrar una semana a su
parroquia. Eso sí, es de rigor que los espectadores y admiradores de su
magnificencia sean aquellos mismos que le vieron partir descalzo y mísero a las
Antillas o a la América del Sur. Cuando el pobre mancebo barre en la Habana la
tienda, y esconde en la hucha un real más, sueña con el día memorable en que
ante toda su parentela luzca el reloj y la cadena y la sortija adquiridos a
costa de tantos sudores, y pague a peso de oro la propiedad del predio por
cuyos linderos llevó en su infancia las mansas vacas a merodear unas briznas de
yerba.
Yo, que
sin mayor trabajo me hallaba con un capital regular presente, y opulentísimas
promesas para el porvenir, así a dos manos la coyuntura de aturdir, sobrepujar
y dejar atrás al acaudalado señorito, cuyos gastos y refinamientos tantas veces
me quitaron el sueño en Santiago. En este torneo y certamen de necedad no me
iba en zaga el bueno de don Víctor. Si juntos asistíamos al Teatro Real, y me
adelantaba yo a tomar los asientos, a la salida Formoseda me obligaba a cenar
en la Iberia, y pagaba el Champagne y los helados. Al día siguiente convidábale
yo a un almuerzo en la Perla, y por la tarde traía él un carruaje de alquiler
de lujo, en que arrellanados como archipámpanos girábamos alrededor del
obelisco de la Castellana, sin conocer alma viviente en aquel remolino de
landós, clarens, berlinas y milores, dando quizás a alguna hija de la
civilización asunto de maliciosa risa con nuestro aire semiaburrido,
semimportante.
Un
incidente impensado vino a animar nuestra sosa cuanto espléndida vida.
Y fue
que, como acertásemos una noche a entrar en un teatrillo de los de quinta
clase, donde se representaba un comedión de magia primitiva, con muchas trampas
y alambres, mucho ángel parlanchín y mucho diablo vestido de colorado,
pareciome reconocer en uno de dichos diablos, a pesar del diabólico arreo, la
propia figura y jeta del ganapán de Cipriano, aquel espejo y flor de los malos
estudiantes; no pudiendo caberme ya duda en ello, cuando vi que el diablo,
habiéndonos divisado en las primeras filas, nos hacía grandes señas,
aspavientos y garatusas. Apenas cayó el telón y comenzó el entreacto, vino un
acomodador a rogarme le siguiese entre bastidores; obedecíle, no sin llevar del
brazo al inseparable don Víctor. Cipriano, ataviado con su traje infernal, me
recibió colgándose de mi cuello, con demostraciones de extraño regocijo, y
presentome a toda la gente de la carátula y la farándula, que nos hizo
campechana y risueña acogida. Supe que el estudiante, siguiendo su aventurera
vena y humor traviesísimo, se viniera de comparsa con los zarzueleros, en pos
de la estela de su doña Leonor, que muy emperifollada, con disfraz de arcángel,
alitas de cartón y bucles, por allí andaba dando vueltas. Desde aquel punto nos
hallamos don Víctor y yo altamente relacionados: frecuentamos las bambalinas, y
no nos faltó quien nos riese las gracias y quien nos aleccionase en conocer el
mapa del Madrid que se divierte. Eso sí: las saneadas rentas de la Formoseda y
mi caudal diamantesco se iban en volandas, derritiéndose como la sal en el
agua.
Yo no sé
por dónde acertaba Cipriano con tanta socaliña. A don Víctor lo embaucó quizá
más fácilmente que a mí. Pude con tal ocasión convencerme de que bajo el
aspecto rígido y el aire de juez recataba el pobre señorito de la Formoseda
vivos afectos y pasiones, y persuadirme de que, fuese por ternura o por
orgullo, Pastora era un dolor que aún le lastimaba el corazón y que trataba de
espantar y curar con heroicas medicinas que, a ser yo mejor cristiano y hombre
de propósitos más dignos, no le hubiera puesto cerca, como por descuido lo
hice. Veíale yo con cierto escozorcillo de conciencia olvidar su antiguo método
y conducta, y jamás acerté a intentar sacarlo de la zanja. Mi vanidad no me
consentía retroceder ni aturdirme cual don Víctor; gastaba lo mismo o más que
él, por no quedarme a la cola. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: un día
registré mi cartera y hallela punto menos desalquilada que estaba cuando dejé a
Santiago. Casi al terminar yo mi recuento me trajo el camarero en una bandeja
dos cartas.
Cuando
recapacito despacio en los acontecimientos de mi vida, nada me hiere y
sorprende como lo flaco de mi voluntad y lo mudable y tornadizo de mis
resoluciones. Soy una especie de camaleón moral, que trueca color a cada
minuto. Amé a Pastora, aborrecí a don Víctor de la Formoseda, y por la mayor y
más necia de las debilidades, teniendo en mi poder el medio de acercarme al
objeto amado, me quedé en compañía del objeto aborrecido. ¡Qué metal tan
endeble el de mi alma! ¡Qué estofa tan rompediza la de mi querer! Dos meses
había yo invertido en Madrid, dos meses y un capital; ¡y todo ello por el
regalado gusto de mostrar a don Víctor que si él se compraba un bastón por la
mañana, podía yo alquilar un caballo por la tarde!
Y es lo
bueno que no miré frente a frente la situación hasta que, después de hallar
escurrida mi bolsa, eché una ojeada a las dos cartas traídas por el camarero, y
reconocí en el sobre de una, hecho de papel grueso y regado de arenillas, la
letra chiquita y ceñida de Pastora.
Abrí y
leí, después del encabezado de costumbre:
«Mi
apreciado Pascual: Por si no te acuerdas ya de quién soy yo, te diré que soy
aquella Pastora que conociste en casa del canónigo D. Vicente Prado. Es regular
que hayas perdido la memoria completamente en dos meses que hace que no das
noticias tuyas.
Puede ser
que no obre bien, Pascual, en escribirte ahora, y que atente contra el sosiego
de mi alma; pero no abrazaría con tranquilidad resolución alguna para el
porvenir, sin enterarme de todos los antecedentes para juzgar con completo
conocimiento de causa. Tú dejaste a Santiago el día que yo entré en el
convento, escribiéndome una carta en que me prometías volver cuanto antes, y
riquísimo y millonario. No pude disuadirte porque ya estabas en camino cuando
yo la recibí, ni contestarte a Madrid porque ignoraba a la sazón tus señas;
pero la Virgen sabe que lo que hoy te digo, quise decírtelo entonces. No sé qué
riquezas son esas que vas a buscar, Pascual; has ocultado tus planes, y el
principio de tu fortuna fue pedir a D. Nemesio media onza, que no le haría poca
falta. Pero sea cualquiera el fundamento de tu esperanza, te aseguro que lo que
mal empieza, bien no puede acabar. Cuéntanme que estás en Madrid, que, en
efecto, se te ve desplegar lujo, que andas hecho un príncipe, que convidas, y
todo ello me da malísima espina; y aun me la da peor el que ni dos letras me
hayas puesto; porque, a ser honrado tu propósito y recto tu fin, ¿cómo dejarías
de noticiárselo a Pastora?...
Te ruego
por Dios, Pascual, que mires por dónde andas. De mí no te dé pena, que Él
cuidará de consolarme. Afectos de D. Nemesio. Ya sabes te estima,
Tras de
esta epístola, que claramente revelaba las tormentosas luchas de un corazón
femenino, era admirable el laconismo de la otra. No encerraba más que estos
renglones:
Necesito
que se presente Vd. en esta su casa el jueves de la semana entrante,
a la madrugada.
Esta
carta segunda me traía como de la mano la contestación para la primera. Otra
vuelta de manubrio, otro susto y otro caudal, que de esta vez sin remisión
pondría a los gentiles pies de Pastora. Ánimo, y a ello. Calculé el tiempo, y
vi que saliendo de Madrid aquella noche misma, podía llegar a Santiago el
miércoles. Despedime de don Víctor, quien me dio una lección, confesándome
triste y cariacontecido que había usado con exceso del crédito que le abriera
su padre, que éste se quejaba ya, y que su intento era retirarse a la
Formoseda, a recobrar la perdida salud, y a conseguir la indulgencia,
facilísima en verdad, del buen viejo. Nos separamos los mejores amigos del
mundo (cosa que ciertamente no hubiera yo creído posible un año antes). ¡Tan
seguro es que los hombres toman por verdadera antipatía de ordinario, el amor
propio no satisfecho, o la vanidad mal contenta! Algunas deudillas que en el
último instante aparecieron, me forzaron a dejar en prenda cuantas galas,
elegancias, y primores me había comprado, y emprendí el viaje con mi antiguo
pergeño estudiantil. No me cuidé de dar un adiós a Cipriano, ni a sus ángeles y
comparsas.
Mi primer
pensamiento, tan pronto como llegué a Santiago, fue informarme de las horas de
reja del convento de Pastora, e impensadamente la hice llamar al locutorio por
conducto de la tornera, sin decir mi nombre. La reja a que Pastora salió se
conocía por reja alta, y era una pieza bastante lóbrega, dada de cal, con una
ventana larga y angosta que escatimaba la luz del día, y algún cuadro o estampa
piadosa colgada por las desnudas paredes. En el fondo tenía la reja, que era
doble, formando la más cercana al espectador barrotes de hierro no muy juntos,
por entre los cuales podía caber la mano, y la más lejana menuda rejilla que
apenas consentía ver entera una facción de la religiosa interlocutora. Al lado
de la reja estaba un torno chiquito, donde se ponían los objetos que se quería
hacer llegar a poder de las monjas, o que éstas mandaban fuera. Un banco de
madera tosca, muy antiguo, era el único mueble del aposento.
Permanecí
de pie, aguardando la aparición de Pastora, cuya presencia me reveló al cabo
suave roce de faldas y pisadas leves, que sólo a ella podían corresponder. Sin
duda sus ojos, habituados a la luz crepuscular de aquel sitio, eran más
perspicaces que los míos; pues sin darme tiempo a que hablase, gritó:
-Yo mismo
-respondí hiriendo con ambas manos los barrotes fríos y negros- ¿Ya pensabas
que no iba a volver nunca?
-Cualquiera
lo imaginaría... Has vuelto de repente...
-Ea, pues
ahora alégrate, que me tienes acá y nos casaremos. Se acabaron las penas.
Yo no
podía ver bien el conjunto y la expresión del semblante de Pastora: sus formas
se me aparecían vagas al través de la rejilla, que la cubría como un velo
espeso. Sin embargo, se me figuró que sacudía melancólicamente la cabeza como
en son de duda.
-¿A qué
es tanto silencio? -exclamé yo, encajando el rostro por los barrotes- ¿Hemos
perdido las amistades, Pastorcilla? Estás hecha una estatua. Yo te diré por qué
no te he escrito; pero dígnese Vuestra Excelencia darme antes la bienvenida y
ponerme carita de pascuas. Ya ves que emprendí el camino en cuanto recibí tu
carta.
-Otras
razones habrás tenido para volverte -contestó Pastora, cuya perspicacia me dejó
un instante mudo. Al fin pronuncié:
-No te
veo, quiero verte. Arrímate al torno.
La sentí
que se aproximaba, y haciendo yo girar las aspas del torno, quedó éste de
manera que entre una de ellas y la pared dejase un claro de dos dedos. Vi casi
a mi lado el semblante de Pastora. Estaba descolorido y, al acercarme yo,
tiñose con matices de grana.
-Vamos a
hablar clarito, Pascual -murmuró ella, contrastando lo enérgico de la expresión
con lo apagado de la voz, que de propósito bajaba.
-¿Estás
dispuesto a contestar a mis preguntas?
-Empieza
-repliqué sin comprometerme.
-Voy a
hacerte tres, seguidas, para que puedas reflexionar antes de contestarlas.
-Pregunte,
padre, ¿en el primer mandamiento?... -dije como en chanza, llegándome cuanto
pude al torno.
-Hablo
seria. Mis preguntas son cortas y categóricas. ¿Tienes dinero? ¿Quién te lo ha
dado? ¿Por qué medios lo ganaste?
Bajé los
ojos perplejo y sin saber qué contestar.
-¿Lo ves?
-recalcó ella- No puedes salir del paso.
-Pues
bien -exclamé decidido, prefiriéndolo todo a la fiscalización de los ojos de
Pastora, que como punzones se hincaban en mi rostro a través de la rendija-
Dinero tuve; espero tener mucho más; en cuanto a revelar quien me lo
proporciona, y cómo, es harina de otro costal. He jurado silencio.
-Pues voy
a decírtelo yo, yo -replicó Pastora cuyas miradas ardían y cuya voz era
trémula-. Ese dinero lo has granjeado por caminos oscuros; por sortilegios
quizás; por reprobadas vías; no lo has obtenido a la faz del mundo, a la luz
del sol; no es precio de tu trabajo, es salario de tu holgazanería y
servilismo. ¡Pascual, Pascual!
-¿Quién
la habrá informado... cómo adivinaría? -pensé yo, aturdido y confuso.
-¿Estás
ahí rumiando lo que me oyes? -añadió Pastora, que parecía zahorí, según fitaba
en mi conciencia- Pues nadie me ha contado de ti cosa alguna que yo creyese;
dicen unos que eres un sabio, y que con libros que has escrito te enriqueciste;
otros, que tú y un catedrático tenéis pacto con el diablo, y que allá, en el
Pico Sacro, os descubrió un tesoro... pero, hijo, Pastora, aunque no es sino
una infeliz, conserva cabales las tres potencias del alma. No, esos son
embustes y patrañas; pero no es bueno lo que hay, cuando tú lo ocultas. Algún
manejo tenebroso, alguna sociedad secreta de las que dice el tío que van contra
la fe... en fin, yo no aseguro que sea esto, ni aquello, ni lo otro; pero,
¡nadie me lo saca de aquí! (y tocó con su dedito la frente) cosa como Dios
manda, no la es, no la es.
-A fe de
Pascual, Pastora, puedo asegurarte, y jurártelo si gustas, que no me he metido
en ningún complot, ni en ninguna infamia. De veras que no.
-El
misterio hace sospechosas las cosas más sencillas. Las acciones del bueno deben
aparecer claras -afirmó la sobrina del canónigo, sin sospechar que repetía, en
forma menos correcta, un célebre aforismo de antiguo filósofo.
-¿Yo qué
quieres que le haga? El silencio era condición precisa en este caso -respondí
apurado ya.
-Pues
también es condición precisa, si me he de casar contigo, que sepa yo, y que
sepa todo el orbe, de dónde viene la última corteza de pan que se ponga a la
mesa. Si no, no pienses, Pascual, que deje yo estas rejas: aunque bien sabe
Dios que te quiero. El Señor no me ha otorgado la gracia de olvidarte.
Al decir
esto, desapareció de la reja el pedazo de cara que estaba yo viendo. Oí un
ruido cual de ahogados sollozos. Pastora no era llorona, antes muy risueña de
condición, y me impresionó aquel arrebato de pena.
-¡Pastora!,
¡chiquilla! ¡Pastora! -grité sacudiendo el torno.
-¡Chist!,
¿qué ocurre? -murmuró arrimándose de nuevo; y vi en efecto dos o tres lágrimas
suaves y presurosas, que rodaban por sus sofocadas mejillas.
-Que no
llores, mujer, por Dios; que no hay motivo alguno. Hoy es miércoles, ¿no es
eso? Pues mañana a medio día, probablemente, podré descubrirte todo el secreto.
¿Te conformas? Anda, ríete y dime que sí.
Ella me
miraba con empeño, como si quisiese escudriñar hasta dónde llegaba la
sinceridad y entereza de mi resolución. Debió de parecerle de buen agüero mi
rostro, pues al cabo se desanubló el suyo, y los ojos comenzaron a sonreírse
antes aun que los labios; y ya íbamos a trocar, de fijo, algunas amorosas
ternezas, cuando se oyeron los dobles de la campana del convento. Había
transcurrido la hora de reja, y me ausenté, con promesa de volver al siguiente
día.
Empleé
aquella tarde en platicar con don Nemesio Angulo, que mostró bien su pundonor y
delicadeza no aludiendo, ni de soslayo siquiera, a su desventurada media onza;
verdad es que tampoco me hizo entrega del gabán, ni yo cuidé de reclamárselo.
Acribillome a preguntas acerca de don Víctor, cuyas travesuras y desarreglos le
maravillaron en un joven tan sensato y formal. Hablamos también de Pastora, y
no me ocultó los combates que ésta sostenía entre su vocación, reanimada en el
convento, y el cariño que me profesaba, no disminuido, antes acendrado, por la
ausencia. Advirtiome, por supuesto, que estas confidencias no las hiciera
Pastora al pie del confesonario, sino en familiar y no secreta conversación,
que de otro modo no le sería lícito a él indicar ni un ápice a persona de este
mundo. Sin presumir yo de muy experto en conocer el corazón femenino, parecíame
que aquellas gentiles lágrimas que a mi vista corrieran inclinaban más que
suficientemente el platillo de la balanza hacia el lado del matrimonio.
Poco
dormí, y al amanecer acudí puntual a la cita de Onarro. La puerta estaba, como
la otra vez, entornada, y la calle en tanta soledad y silencio, que no vi en
toda ella alma viviente. El sabio me aguardaba en el descanso de la escalera;
destellaban de tal suerte sus pupilas, que parecían dos discos de acero
pulimentado. Me condujo desde luego al laboratorio.
-Me place
-dijo- la puntualidad con que se ha presentado usted a mis órdenes. ¿Qué tal?
¿Ha vendido usted los diamantes?
-Señor
don Félix -contesté-, es usted el mayor prodigio de ciencia que se ha visto en
el universo, desde que hay estudios y libros y química. Es usted un hombre
pasmoso, y le pido perdón humildemente por haber puesto en duda alguna vez el
imperio que ejerce usted en la creación.
-Adelante,
adelante. ¿Qué dijo el joyero de los diamantes?
-Que eran
soberbios, magníficos, puros, que no los había encontrado en su vida más
perfectos.
El rostro
de Onarro se iluminó.
-Lo
esperaba así -pronunció mirando a un punto del espacio, y como si yo no
estuviese presente-. El rayo es un artífice consumado. Oiga usted, -añadió
volviéndose hacia mí- No debo ocultarle que hoy el peligro es mayor y más
inminente que en el anterior experimento. Hoy tenemos un 50 por 100 de
probabilidades en contra. Es decir, que si la otra vez era verosímil que
quedaríamos vivos, hoy es tan verosímil que salvemos, como que muramos en la
empresa.
-¡Ay
señor don Félix! ¿Y vamos a estar siempre así, con el alma en un hilo?
-No:
tengo una idea que espero realizar, y que hará inofensiva para nosotros la
descarga, en un tercer ensayo.
Ganas me
dieron de exclamar «pues pasemos al tercer ensayo sin demora»; pero Onarro no
era hombre que abriese paso a chanzonetas, y vi en la imponente gravedad de su
exigua personilla que estaban más tendidos que nunca los resortes de su férrea
voluntad.
-Debo
asimismo -prosiguió Onarro- advertir a usted, por más que a mansalva me sería
fácil callármelo, que de esta vez puede ocurrir que el peligro se desequilibre,
que usted perezca y que yo quede sano.
Bajé la
cabeza, y el sabio después de meditar un segundo, añadió:
-O que yo
muera y se salve usted. En el primer caso, deseo me informe de cuáles sean sus
voluntades con respecto al inmenso caudal que, vivo o difunto usted, es su
propiedad legítima. ¿Tiene usted herederos forzosos?
-Tengo
padres -contesté con debilitada voz, porque el giro del diálogo no era lo más a
propósito para infundirme esfuerzo.
-Bien:
sus padres de usted. ¿No se propone usted hacer algún legado especial, alguna
manda?
Pensé
instantáneamente en Pastora, en don Nemesio, en el mismo don Vicente; pero la
serenidad infernal de aquel hombre de tal manera me conturbaba y robaba la
necesaria resolución, que respondí medio tartamudeando:
-Señor
don Félix, lo que yo me propongo, y pido, y solicito, es salir cuanto antes de
este susto y trance amargo. Venía muy decidido cuando entré, y usted con esas
advertencias me está poniendo carne de gallina. No quiero hacer disposiciones:
contaba David su gente, y Dios echábale peste; no haga el diablo que, con
tenerlo todo muy ajustado, calculado y arregladito, facilite yo el tránsito de
este mundo a la eternidad. Nada, nada. Si vivo, ya sabré en qué emplear los
caudales; si muero... allá usted.
Mirome el
profesor sonriendo, mitad con lástima y mitad con ironía, y sosegadamente
repuso:
-Puesto
que usted no quiere dictarme sus voluntades, no llevará a mal que yo le indique
las mías.
-Sea todo
por Dios, señor don Félix -murmuré, cruzando resignadamente las manos.
-Si
perezco en el experimento, ordeno a usted que tome esa caja (y me señaló una de
tosca madera, que se hallaba en el ángulo del laboratorio) y que la dirija a
donde dice el rótulo. ¿Ve usted? Está bien claro: a la Academia de Ciencias de
París. Como observo que los viajes no le arredran a usted y que los hace con
bastante facilidad y fortuna, me dispensaría un señalado servicio si en persona
llevase esa caja al lugar que, clarísimamente indicado, reza el letrero.
Recuerde usted su juramento: me ha ofrecido no apropiarse ni un átomo de mi
gloria: esa caja contiene las pruebas de mi hallazgo, el fruto y la
demostración de mis investigaciones; usted será mero depositario de tal tesoro.
Prométalo usted de nuevo.
-Lo
prometo -contesté-. Pero señor don Félix, Dios lo hará mejor: ¿no le parece a
usted? Viviremos.
-He
previsto -replicó el hombre implacable- la contingencia de que pudiésemos morir
ambos, que también es verosímil. He escrito a mi ilustre amigo... pero eso a
usted no le importa. Lo que a usted concierne es, si sobrevive, recoger la caja
y conducirla a su destino, y aprovechar y disfrutar el diamante que produzca el
experimento.
Oía yo
las instrucciones de Onarro como se oyen entre sueños los rumores de la calle
que nos traen una percepción de la vida exterior, y no son sin embargo
suficientes para llamarnos plenamente a ella. Dícese que los soldados, aunque
en la primer batalla se espanten por ventura del silbido de los proyectiles, en
las sucesivas se van familiarizando con él de tal suerte, que ya no les causa
ni leve contracción de nervios. Cuanto a mí afirmo que la segunda hazaña me
infundía más pánico que la anterior. El recuerdo de la conmoción sufrida
paralizaba ya mi sangre: amén de que la flema y precauciones de Onarro me
impedían aturdirme y me forzaban a considerar bajo todas sus fases el peligro.
Así es
que casi experimenté una sensación de alivio cuando el sabio, acercándose a la
mesa y alzando el paño blanco que cubría, como siempre, la máquina, comenzó sus
preparativos y arreglos previos. La forma de la máquina me pareció un poco
modificada desde el primer ensayo. Figuróseme, no sé por qué, puesto que no me
sería posible señalar en dónde residía la diferencia, que el terrible aparato
era a la vez más sencillo y más poderoso. Onarro puso un gruesísimo trozo de
carbón en la pila.
Empuñé el
manubrio como si empuñase una daga cuyo filo hubiera sido impregnado de ponzoña
sutil. No cerré de esta vez los ojos: antes una involuntaria tensión me obligó
a tenerlos abiertos de par en par, como dos arcos de puente. Entre sudores
mortales oí el decisivo Fiat. Giró el
manubrio y resonó una espantosa detonación. Vi al profesor de pie, bañado en un
rompimiento de luz sulfúrea; un globo azulado de fuego volteaba con suavidad
acariciando su frente, y este globo, con rapidez inexplicable, salió después
por la estrecha ventana. Esta visión fue del todo momentánea para mí; porque
como mi mano, movida sin duda por la fiebre, siguiese haciendo andar el
manubrio, sentí de pronto que cesaban los fenómenos vitales. No sé cuánto
tiempo permanecí en tal situación, pero al cabo alenté, recobrando el
sentimiento intelectual de lo que me estaba sucediendo; la razón y la memoria
fueron lo primero que se despertó; los sentidos, y en especial el nervio
óptico, se hallaban aún de tal manera embargados, que mi cuerpo se me antojaba
hecho de pedacitos esparcidos por puntos diversos del espacio; mis piernas y
mis brazos me parecían muy distantes del tronco.
Cuando
logré ya hacerme un tanto dueño de mi personalidad, acerqueme a Onarro. Seguía
inmóvil, derecho, con la mano en la pila. Al tocarle yo levemente cayó al
suelo. Era cadáver.
El
espanto me paralizó un punto ante aquel muerto que no tenía herida, ni sangre,
ni señal de violencia alguna. En el platillo de la pila brillaba un diamante
enorme, enorme. ¡Dónde quedaban el del rajá de Lahore, el Regente,
la Montaña de Luz, cuyos tamaños me eran conocidos por las
reproducciones que en Madrid se exponían al público! Aquel que ante mis
fascinados ojos ostentaba su magnificencia, podía llamarse con justicia el rey
de los diamantes del mundo. Tendí la mano temblorosa y cogí la piedra, como coge
el ladrón el bien ajeno. En el instante advertí una ligera picazón en la
garganta, y mis ojos se nublaron. Un tufo espeso y acre invadió el aposento.
Distinguí un resplandor rojizo en el ángulo de la estancia. No cabía duda,
estaba ardiendo la habitación; alguna chispa del rayo comunicara el incendio.
En mi terror ciego e instintivo, no pensé más que en la fuga, y abandoné el
laboratorio, y corrí como un loco atravesando los salones desiertos y el triste
patio. Por supuesto que no me acordé, ni por sueños, de la caja que contenía
las pruebas del descubrimiento de Onarro. Felizmente la calle se hallaba
solitaria como a la venida, y nadie pudo observar la palidez de mi rostro, el
extravío de mi mirada, el temblor de mis miembros, el desorden de mi ropa y
todos los acusadores indicios que podían hacer recaer sobre mí sospechas
terribles de asesino y de incendiario. Fuime a vagar por las áridas laderas del
Monte Pedroso, y solo allí, cuando el silencio, el cielo gris y apacible, el
airecillo fresco y picante me hubieron devuelto algo la calma, noté que el
precioso diamante se hallaba fuertísimamente oprimido en el hueco de mi mano
por las falanges de mis dedos.
* * *
Aquella
tarde no se habló en Santiago más que del terrible suceso acaecido a la
madrugada en la casa de Onarro. La población entera se iba como de romería a
visitar el teatro del trágico acontecimiento. Decíase que el sabio, sin duda en
alguno de sus peligrosos ensayos, había dejado prenderse fuego en su
laboratorio, y que, impotente quizá para dominar el voraz elemento, pereciera
entre las llamas.
Hallándose
la vieja criada en sus devociones y compras, y cayendo el laboratorio no a la
calle sino al patio, el incendio creció sin ser advertido, encontrando fácil
presa en la vieja tablazón y vigas, hasta que el humo y las lenguas de fuego
que por las ventanas comenzaron a salir, y el estrépito que produjo el techo
del laboratorio al desplomarse, hubieron de despertar a la calle soñolienta y
retirada de su honda quietud. Cundió la voz de alarma, inundose de gente el
sitio, y comenzaron a ponerse en práctica los medios acostumbrados en
siniestros tales. Algo se pudo atajar, a fuerza de auxilios, el incendio; pero
la parte del edificio correspondiente al laboratorio había sido ya pasto de las
llamas devoradoras. Entre los escombros se encontraron trozos de bronce
fundidos, barras de acero ennegrecidas y retuertas, despojos de la maravillosa
máquina; en cuanto al sabio, quedó de él un tronco carbonizado e informe.
No
necesito añadir que las lenguas del vulgo tuvieron pábulo y campo en que
explayarse, con tan trágica ocurrencia. Comentáronse a saciedad y fueron por
largos meses comidilla de la multitud las causas del incendio del laboratorio.
Sin saberlo anduvieron algunos de los habladores a dos dedos de la verdad, o
tropezaron con la verdad misma, asegurando que el fuego del cielo era el que
había abrasado aquel lugar, tenebrosa cueva donde sin duda se entregaba Onarro
a sombrías prácticas y maleficios infernales. Con estar yo tan perfectamente
impuesto en los pormenores y circunstancias del drama misterioso que traía
excitada la curiosidad del vecindario, confieso que a veces no dejaba de
asaltarme vaga aprensión, cavilando allá en mi alma si el desenlace aterrador
de la empresa de Onarro no sería castigo de su osada soberbia y de su empeño
satánico de arrebatar a la naturaleza los arcanos que celosa y vigilante recata
de los ojos atrevidos del hombre.
La misma
tarde de la agitada mañana, recobrados ya un tanto los espíritus, pero abrumado
aún por las emociones magnas que sobre mí pasaron en tan breve tiempo, fui a la
reja del convento, a la cual salió a recibirme Pastora. Después de los
preámbulos y explicaciones indispensables, y de ser interrumpido mil veces por
las exclamaciones y preguntas de la sobrina del canónigo, logré ponerla al
corriente de todo lo que entre Onarro y yo mediara, sin omitir circunstancia ni
detalle. Ya se sabía en el convento la tragedia ocurrida, y no fue pequeño el
asombro de Pastora al comprender la parte que yo había tomado en el terrible
lance que arrancara hacía un momento a las religiosas no pocas avemarías y
padrenuestros a Santa Bárbara, abogada de la centella y del rayo. Para
confirmar mi narración, saqué del bolsillo el diamante portentoso, y lo coloqué
en el torno, que, girando se lo llevó a Pastora. ¡Nunca aquel humilde torno de
convento, groseramente pintado de azul y hecho a sufrir el peso de alguna caja
de mermelada o de alguna libra de chocolate, imaginó ser momentáneo depositario
de una suma incalculable de millones!
Pastora
tomó la piedra y la consideró largo rato; hecho lo cual, y dirigiéndose a mí,
-Pascual
-me dijo-, por lo que veo, tu aturdimiento y el susto que te sobrecogió, aun
dándote lugar para poner en salvo este tesoro, te vedaron cumplir la última
voluntad del desdichado catedrático.
-¡Qué
quieres! -respondí impresionado por la exactitud de la observación-; el cuarto
ardía, sofocábame el humo, y atendí a salvar la vida.
-Y el
diamante -contestó Pastora sin dejar de dar vueltas entre sus dedos a la
soberbia piedra.
-Pero, ya
ves, el diamante era mío; Onarro me lo había dado de antemano; vale una fortuna
incomparable, que no se puede ni soñar; ¿querías que lo abandonase allí? Vaya
que eres rara de veras. No faltaría otra cosa.
-¡Y ese
pobre hombre, ese señor tan sabio, que ha realizado un milagro casi, y que por
tu apocamiento y tu falta de corazón se queda oscurecido para siempre, vuelto
puñado de despreciada ceniza, después de sufrir muerte tan horrible!
-Mira, yo
no entiendo de esas cosas, ni sé cómo pueden llevarse a cabo esos prodigios, y
todo ello me confunde y me aturde; pero, Pascual, si yo hubiera inventado tal
maravilla, me desesperaría y maldeciría del que me robase la reputación,
merecida con tanta justicia.
-Pues
cómo ha de ser: no tiene remedio; lo siento, pero conozco que don Félix está ya
en el otro mundo y ¿qué servicio le podemos prestar? Le rezaremos, le haremos
decir muchas misas, y le construiremos un nicho decente. Déjate por Dios de
esos escrúpulos, Pastora, y considera que somos dueños de un tesoro en la
actualidad; que vamos a vivir felicísimos, sí, felicísimos. Los deseos más
caprichosos que puedas formar se cumplirán; ese diamante vale millones; ¡ea!,
al agua penas, preparémonos a vernos hechos unos reyes. ¡Verás qué existencia
nos aguarda!
Decía yo
esto procurando excitarme y excitar a Pastora con mis frases; pero ella
permanecía cabizbaja, abatida más bien.
-Pascual
-murmuró sin alzar la frente-, tú dices que me quieres muchísimo. ¿Verdad que
me quieres?
-¿Quién
lo duda, Pastorcilla? Con toda mi alma.
-Tú me
aseguraste mil veces que yo era lo que más estimabas en el mundo.
-¿Tú no
te metiste en estos berenjenales de experimentos, sino por la esperanza de
casarte conmigo y de hacerme muy dichosa con sedas, lujo y bienestar?
-¡Ajajá!
-exclamó la niña batiendo palmas, con uno de aquellos ímpetus de alegría que
mostraba a veces-. Pues ahora voy a saber si mientes, Pascualito. ¿Eres capaz
de regalarme este diamante, es decir, este caudal?
Dudé un
instante; pero después creí comprender el intento de Pastora. Quería ella ser
la dueña de nuestra futura riqueza, sin duda para que no pudiese nunca yo
tenerla en menos cuando fuese mi esposa, o bien para poder a su sabor gastar y
triunfar con mis pesetas. Ya entendí después lo temerario de mi juicio; pero
las personas vulgares rara vez toman en cuenta los móviles elevados que pueden
dictar las ajenas acciones.
Respondí,
haciendo del generoso y del magnánimo:
-¿Pero
para mí?, ¿para mí sola?, ¿soy dueña de él?
Pensé en
que marido y mujer son una carne misma, y pronuncié:
Lanzó un
grito de infantil placer, y abandonó corriendo el locutorio. Tardaba en volver,
y yo no entendía aquella repentina fuga. Al cabo reapareció en la reja,
encendida como si se hubiese agitado mucho, con el pelo algo desaliñado y los
ojos brillantes. Reía, y su risa era semejante a una cascada de gotas de agua,
o como el canto de un pájaro refugiado en aquel sitio sombrío.
-¡Pascual,
Pascual! -gritó sin dejar de reír-. ¡Ya estás libre, ya estamos libres de ese
tesoro del infierno, que era precio de la vida de un hombre!
-¿Qué
estás diciendo? -prorrumpí enloquecido, y mis puños sacudían la reja, sin
considerar que me arañaba y ensangrentaba la piel.
-El
diamante... ¡Qué has hecho del diamante!
-Lo he
echado al pozo de la huerta, Pascual. ¡El pozo es tan profundo! Y tiene unos
desaguaderos que no se sabe adónde llegan; por allí se deben arrojar las cosas
que no queremos encontrar ya nunca en el curso de la vida.
-¡Mi
diamante!... ¡Mi tesoro! -rugí yo frenético.
-Calla,
insensato -exclamó Pastora, que se puso de color de cera al ver mis arrebatados
extremos-. No escandalices esta casa de Dios.
-¡Mejor,
mejor! ¡Quiero mi diamante, mi fortuna!
-Pero,
¿no deseabas la fortuna por mí? ¿No me lo has dicho? Pues bien; esa fortuna yo
la reniego, la rechazo, me horroriza; seré tu mujer, trabajarás, nos
mantendremos con pan negro, y Dios vendrá en nuestra ayuda. ¡Soy tuya, me
entrego a cambio de aquel talismán de maldición, que el diablo te puso en las
manos!
-¡Déjame
en paz, y púdrete en tu convento! -repliqué sin saber lo que pronunciaba y sin
experimentar más que la angustia material de la codicia y el delirio de mis
ansias de riqueza-. Lo que yo quiero es que me devuelvas mi diamante, o si
no... arrancaré esta reja, pegaré fuego al convento por los cuatro costados. Es
un robo lo que has hecho; la piedra era mía, mía, la reclamo, la exijo, ¿oyes?
¡Malditas sean estas barras, y este sitio, y tu necedad, y tu engaño, y mi
confianza! Pastora, Pastora, ¿no me entiendes? ¡El diamante!
Era tal
mi exaltación y rabia, que transcurrieron algunos minutos antes que me diese
cuenta de que me hallaba enteramente solo y de que estaba increpando a las
paredes, porque Pastora había salido, sin ser de mí sentida, del locutorio.
No quiero
narrar los excesos a que me condujeron ira y cólera, y el sentimiento de la
pérdida del tesoro. ¿A qué descubrir en toda su extensión la flaqueza de mi
espíritu y la mezquindad de mi carácter? Cosas son estas mejores para calladas
que para referidas, porque el mundo falaz arroja flores y poesía sobre la tumba
de los pocos que de amor y malograda ternura sucumben, y sonríe y pisa
desdeñoso la de los muchos que en nuestras metalizadas sociedades fallecen de
hipocondría engendrada por las escaseces y contrariedades pecuniarias. De
suerte que omito el relato de mis pesares, que a nadie interesarían, ni aun a
los más capaces de sentirlos por cuenta propia.
Cuando
aplacada un poco la desesperación retoñó en mí el antiguo amor que me inspirara
la linda sobrina del canónigo, causa no inocente de mis amarguras, me llegué a
la reja; pero fui despedido con la respuesta de que Pastora había tomado el
velo, y que durante el año de noviciado no quería hablar ni ver a nadie.
Desahogué
mi aflicción en el benévolo y amigo seno de don Nemesio, y habiendo convenido
ambos en que tal vez Pastora valiese tanto como el diamante incomparable cuya
posesión habían de disputarse los soberanos del mundo, el excelente clérigo se
allanó a servirme de intercesor y a impetrar de Pastora que me concediese una
entrevista, siempre que en ello no peligrase la salud de su alma. Pero no
alcanzó la influencia de don Nemesio cosa alguna, y, al contrario, hasta creí
observar que se arrepentía de haber cedido a su natural complaciente, al
interceder con Pastora por mí.
No quiero
echar en olvido una circunstancia que atañe al suceso trágico del laboratorio.
Pocas semanas después de la muerte de Onarro, llegó a Santiago un individuo
que, en su pronunciación dificultosa, su largo redingote y abollado sombrero,
su pelo lacio y casi blanco de puro rubio, daba muestras evidentes de
extranjería. En efecto, se averiguó que era un doctor alemán, de un nombre
difícil y enrevesado que no sé escribir. Este personaje, seriote, pero no
desprovisto de afabilidad, y que yo sospeché al punto ser aquel ilustre amigo a
quien Onarro casualmente me dijo que había escrito, se instaló con toda cachaza
en el medio ardido caserón de Onarro, y se pasó un mes removiendo los fríos
escombros del antes laboratorio. Al mismo tiempo emprendió una serie de
investigaciones encaminadas a precisar las mínimas circunstancias de la
catástrofe. Se dirigió a las autoridades, que le hicieron poco caso, y al
pueblo, que le contó mil desatinos y consejas. El bueno del doctor insistía y
se deshacía en repetir que Onarro cuando murió no estaba solo; que por fuerza
le acompañaba otra persona, y que había que buscarla para que diera luz en tan
oscuro asunto. Riose el público unánime de la pesadez y flema de aquel
personaje, y sobre todo de su paletó, de la caja de instrumentos geológicos que
llevaba terciada siempre, y del poquísimo chiste, garbo y soltura que le
distinguían. Él, sin embargo, se mostró satisfecho de ver los monumentos
característicos de Santiago, y manifestó pena cuando, persuadido de lo
infructuoso de sus pesquisas, tuvo que incrustar de nuevo su desairada persona
en la diligencia. El único resultado de la visita de aquel ente a nuestro país
será acaso algún libro atestado de curiosas noticias y eruditas impresiones de
viaje.

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