© Libro N° 11978.
El Arcoiris De Feynman. Mlodinow,
Leonard. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
El Arcoiris De Feynman. Leonard Mlodinow
Versión Original: © El Arcoiris De Feynman. Leonard Mlodinow
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Leonard Mlodinow
El
Arcoiris De Feynman
Leonard
Mlodinow
CONTENIDO
Agradecimientos
Prefacio
Capítulo
I
Capítulo
II
Capítulo
III
Capítulo
IV
Capítulo
V
Capítulo
VI
Capítulo
VII
Capítulo
VIII
Capítulo
IX
Capítulo
X
Capítulo
XI
Capítulo
XII
Capítulo
XIII
Capítulo
XIV
Capítulo
XV
Capítulo
XVI
Capítulo
XVII
Capítulo
XVIII
Capítulo
XIX
Capítulo
XX
Capítulo
XXI
Capítulo
XXII
Capítulo
XXIII
Capítulo
XXIV
Lecturas
adicionales
Agradecimientos
Estoy en
deuda con Jamie Raab, de Warner Rooks, por ver lo que prometía este libro, y
con Les Pockell y Collin Fox, mis editores en Warner por su inestimable apoyo y
sus perspicaces sugerencias, por no mencionar todo su difícil trabajo; con
Susan Ginsburg por su guía, aliento, amistad y —sobre todo— su fe en mí; con
Michelle Feynman, Eric Wilson, Marie Hillery, Matt Costello, Erhard Seiler Fred
Rose, Annie Leuenberger y Stephen Morrow por sus aportaciones, apoyo y amistad;
con Donna Scott, por su amor y amistad; y con el bar Five Spot de Brooklyn,
donde siempre fui amablemente tolerado mientras bebía sin prisas algunas
cervezas y reflexionaba sobre el significado de la física yla vida.
Prefacio
A Donna
Scott
Así
hablaba un hombre honesto; el intuicionista destacado de nuestra era y un
perfecto ejemplo de lo que puede aguardar a quien se atreve a seguir el redoble
de un tambor diferente.
Julián Schwinger. Premio Nobel, en su obituario de Feynman en Physics Today,
febrero de 1989
Menos de
ochocientos norteamericanos obtienen cada año un doctorado en Física. En todo
el mundo, el número asciende probablemente a algunos miles. Y pese a todo, de
este pequeño grupo proceden los descubrimientos e innovaciones que configuran
nuestra forma de vida y de pensamiento. Desde los rayos X, láseres, ondas de
radio, transistores, energía atómica —y armas atómicas— hasta nuestra visión
del espacio y el tiempo, y la naturaleza del universo, todo esto ha surgido de
este grupo concreto de individuos. Ser un físico es tener un potencial enorme
para cambiar el mundo. Es también compartir una historia y una tradición
orgullosas.
Para un
físico, los años más importantes son los del doctorado y los inmediatamente
posteriores. Es el tiempo en que uno se encuentra a sí mismo y construye su
carrera. Este libro trata de mis días inmediatamente posteriores a mi
graduación como doctor en 1981, cuando era miembro del claustro del Instituto
Tecnológico de California, uno de los centros de investigación más importantes
del mundo.
Mi
experiencia allí no fue la habitual. Cuando llegué al Caltech me sentía perdido
e intimidado. Desconfiaba de mi capacidad y tenía una visión de mi futuro
anormalmente desenfocada. También tuve la fortuna poco habitual de haber
aterrizado en un despacho situado precisamente en el mismo pasillo que el de
uno de los más grandes físicos del siglo: Richard Feynman. Fue Feynman quien,
mientras formaba parte de la comisión que investigaba el desastre de la
lanzadera espacial, ocupó los titulares de prensa en todo el mundo al revelar
la solución al enigma de la arandela defectuosa sumergiéndola en agua helada y
golpeándola contra la mesa para demostrar que se había vuelto frágil. Eso era
clásico de Feynman: un triunfo del sentido común sobre los modelos de ordenador,
de la intuición sobre las ecuaciones. Un año antes, el irresistible libro de
memorias ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? había irrumpido en
las listas de libros más vendidos. En el alma popular. Feynman se ha
convertido, tras su muerte en 1988, en el Einstein de los tiempos modernos. En
1981 Feynman era generalmente desconocido fuera del mundo de la física, aunque
dentro de él había sido una leyenda durante décadas.
Yo había
obtenido mi beca porque mi tesis doctoral, que trataba sobre teoría cuántica en
infinitas dimensiones, había captado la atención de algunos físicos notables.
¿Encajaba yo realmente aquí, con dos ganadores del premio Nobel en el mismo
pasillo y los mejores estudiantes del país a mi alrededor? Semana tras semana
llegaba a mi despacho y pensaba en los grandes problemas abiertos de la física.
No me venía ninguna idea. Estaba seguro de que mi trabajo anterior había sido
un golpe de suerte y de que nunca más descubriría nada que valiese la pena. De
repente comprendí por qué el Caltech tenía una de las lasas de suicidio más
altas entre los centros universitarios del país.
Un día
reuní el valor para llamar a la puerta del despacho de Feynman y, para mi
sorpresa, descubrí que era bien recibido. Él acababa de sufrir la segunda
operación contra el cáncer que finalmente acabó con su vida. Durante los dos
años siguientes hablamos muchas veces, y tuve la oportunidad de hacerle
preguntas, tales como: ¿Cómo sé yo que tengo lo que hace falta? ¿Cómo piensa un
científico? ¿Cuál es la naturaleza de la creatividad? En este famoso científico
próximo al final de sus días encontré las respuestas que buscaba sobre la
naturaleza de la ciencia y los científicos. Pero más que eso, descubrí un nuevo
enfoque de la vida.
Este
libro cuenta una historia, pero no es una novela. Tomé notas y grabé muchas de
mis conversaciones con Feynman porque yo estaba atemorizado. Los pasajes en
cuerpo menor están basados en estas notas y en las transcripciones de algunas
de estas charlas. Todo lo que describo en este libro me sucedió a mí. Pero he
combinado y alterado sucesos, y, salvo las figuras históricas y aquellos cuyos
trabajos concretos cito —Feynman, Murray Gell-Mann, Helen Tuck, John Schwarz,
Mark Hillery y Nick Papanicolau— he cambiado nombres y personalidades para
retratar mejor mi experiencia.
Estoy
agradecido al Caltech por ser un lugar tan animado y motivador pata investigar,
y por tener durante tamo tiempo la confianza que tuvieron en mí; y estoy
especialmente agradecido al finado Richard Feynman por sus muchas lecciones de
vida.
Capítulo
I
Un hombre
delgado con cabello largo entra en su modesto despacho en un edificio de
cemento gris bordeado de olivos del campus del Caltech, en el California
Boulevard de Pasadena. Algunos estudiantes, cuya edad no llega a un tercio de
la del profesor, se detienen en el vestíbulo y observan. Nadie diría una
palabra si él no acudiese hoy al despacho, pero nada podría impedírselo, y
mucho menos la cirugía, cuyos efectos no conseguirán romper su rutina.
Fuera, el
sol brillante baña las palmeras, pero ya no es el sol abrasador del verano. La
vegetación de las colinas renace con la llegada de la estación más hospitalaria
del invierno, y el tono dorado deja paso al verde. Quizá el profesor se
pregunta cuántos ciclos más de dorado y verde va a contemplar; sabe que tiene
una enfermedad que va a acabar con él. Ama la vida, pero cree en la ley natural
y no en los milagros. Cuando le fue detectada su extraña forma de cáncer en el
verano de 1978, había consultado la literatura médica. Los informes decían que,
por regla general, menos de un diez por 100 de los afectados sobrevivía cinco
años. Prácticamente nadie sobrevivía diez años. Él estaba en su cuarto año.
Unos
cuarenta años antes, cuando era casi tan joven como los estudiantes que ahora
le rodean, había enviado una serie de artículos a la prestigiosa revista Physical
Review. Los artículos contenían unos extraños diagramas que
constituían una nueva forma de pensar en la mecánica cuántica, menos formal que
el lenguaje matemático estándar de la física. Aunque pocos parecían convencidos
por este nuevo enfoque, él pensaba que sería divertido que algún día dicha
revista estuviera repleta de sus diagramas. El caso es que el método que
reflejaban no solo se mostró correcto y útil, sino también revolucionario: así
que ese día de 1981 sus diagramas eran ubicuos en Physical Review. Eran
tan famosos como pueda serlo un diagrama. Y él era tan famoso, al menos en el
mundo de la ciencia, como pueda serlo un científico.
El
profesor ha estado trabajando en un nuevo problema durante los dos últimos
años. El método que desarrolló en sus días de estudiante había tenido un éxito
incontenible cuando se aplicó u una teoría denominada electrodinámica cuántica.
Esta es la teoría de la interacción electromagnética que gobierna, entre otras
cosas, el comportamiento de los electrones que describen órbitas alrededor del
núcleo del átomo. Estos electrones dan a los átomos sus propiedades químicas y
sus propiedades espectrales (los colores de la luz que emiten y absorben). De
ahí que el estudio de estos electrones concretos y su comportamiento se
denomine física atómica. Pero desde los días de estudiante del profesor, los
físicos habían hecho grandes progresos en un campo nuevo denominado física
nuclear. La física nuclear mira más allá de la estructura electrónica de los
átomos, a las potencialmente mucho más violentas interacciones de los protones
y neutrones en el interior del núcleo. Aunque los protones están sometidos a la
misma fuerza electromagnética que gobierna el comportamiento de los electrones
atómicos, esas interacciones están dominadas por una nueva fuerza, una fuerza
que es mucho más intensa que la fuerza electromagnética. Se denomina,
apropiadamente, la «fuerza fuerte».
Para
describir la fuerza fuerte se había ideado una nueva y gran teoría. La nueva
teoría tenía algunas similitudes matemáticas con la electrodinámica cuántica, y
se le dio un nombre que reflejaba dichas similitudes: cromodinámica cuántica
(que pese a su raíz, cromo, no tiene nada que ver con lo que
normalmente entendemos por color). En principio, la electrodinámica cuántica
proporcionaba una descripción cuantitativa precisa de protones, neutrones y
partículas afines, y de cómo interaccionan —cómo podrían unirse unas a otras, o
cómo se comportaban en las colisiones—, Pero ¿cómo extraemos descripciones de
estos procesos de la teoría? El enfoque del profesor se aplicaba en principio a
esta nueva teoría, pero surgían complicaciones en la práctica. Aunque la cromodinámica
cuántica había conseguido ciertos triunfos, había muchas situaciones en las que
ni el profesor ni nadie más sabían cómo utilizar sus diagramas —o cualquier
otro método— para extraer predicciones numéricas precisas de la teoría. Los
teóricos ni siquiera podían calcular la masa del protón, una cantidad
fundamental que los experimentales ya hacía tiempo que habían medido de forma
precisa.
El
profesor piensa, quizá, que en los meses o años que le quedan de vida se
entretendrá con el problema de la cromodinámica cuántica, considerado uno de
las más importantes de su época. Para acumular la energía y voluntad que
requiere su esfuerzo, se dice a sí mismo que todos aquellos que habían atacado
infructuosamente este problema durante muchos años carecían de ciertas
cualidades que él posee. Él. Richard Feynman, no está seguro de cuáles son: un
enfoque extravagante, quizá. Cualesquiera que fueran, le habían sido muy
útiles: tenía un premio Nobel, aunque podría haber tenido dos o tres
considerando los importantísimos avances, y en muy diversos campos, que había
generado en su cañera.
Mientras
tanto, en 1980, a varios cientos de kilómetros al norte, en Berkeley, un hombre
mucho más joven había publicado un par de artículos con su propio nuevo enfoque
para resolver algunos de los viejos misterios de la física atómica. Su método
ofrecía respuestas a algunos problemas difíciles, pero había una trampa. El
mundo que exploraba en su imaginación era un mundo en el que el espacio tiene
un número infinito de dimensiones. Es un mundo no sólo con arriba/abajo,
derecha/izquierda y delante/detrás, sino también con un conjunto incontable de
otras direcciones. ¿Se podía decir realmente algo útil acerca de nuestra
existencia tridimensional estudiando un universo así? ¿Y podía extenderse el
método a otras áreas de estudio, tales como el campo más moderno de la física
nuclear? El caso es que era lo suficientemente prometedor como para que a este
estudiante se le ofreciera un puesto como miembro del claustro del Caltech, y
un despacho junto al de Feynman.
La noche
después de recibir esta oferta de empleo recordaba el momento en que, lo que
para mí era media vida antes, estaba en mi cama preguntándome cómo sería el día
siguiente, mi primer día en el instituto. Recuerdo que, más que cualquier otra
cosa, lo que me preocupaba era el gimnasio y el tener que ducharme delante de
los demás muchachos. Lo que realmente me preocupaba era hacer el ridículo.
También en el Caltech estaría expuesto a ello. En Pasadena no había ningún
consejero, ningún tutor, sólo mis propias respuestas a los problemas más
difíciles que podían imaginar los mejores físicos. Para mí, un físico que no
producía ideas brillantes era un muerto viviente. Además, en un lugar como el
Caltech, sería rechazado, y pronto perdería el empleo.
¿Valía o
no valía? ¿O estaba planteándome la pregunta equivocada? Empecé a hablar con el
profesor delgado y moribundo de cabellos largos que tenía un despacho en el
mismo pasillo. Lo que me contó el anciano es el tema de este libro.
Capítulo
II
La
historia empieza realmente en el invierno de 1973. Yo vivía en un kibutz, una
granja comunitaria en Israel, al pie de las colinas próximas a Jerusalén. El
pelo me llegaba a los hombros y mi política era pacifista, pero estaba ahí a
causa de una guerra, la guerra del Yom Kippur, llamada así por el día en que
había comenzado. Aunque prácticamente había finalizado cuando llegué, sus
vestigios todavía se dejaban sentir. Las tropas aún estaban movilizadas y eso
había llevado a una gran escasez, de mano de obra. A mediados de mi segundo año
de universidad me lomé unas vacaciones para ir a ayudar.
Tenía
veinte años y me sentía mayor. Pero todavía era un niño: guiado, cuidado y
protegido. La experiencia del kibutz fue la primera en muchas áreas de la vida:
mi primera visita a un país extranjero, mi primera ocasión trabajando con
animales de granja, mi primera vez cobijándome en un refugio mientras fuera
explotaban las granadas. Y era la primera vez que vivía sin ciertas comodidades
que damos por supuestas: equipos de música, televisores, teléfonos... baños
interiores.
Por la
noche había poco que hacer excepto charlar con los otros voluntarios, mirar las
estrellas o visitar la pequeña «biblioteca» del kibutz, que tenía unas pocas
docenas de libros en inglés. Algunos de los libros de la biblioteca eran libros
de física, aparentemente donaciones de algún habitante del kibutz que había
asistido a la universidad en Estados Unidos. En aquella época yo tenía dos
asignaturas fuertes —Química y Matemáticas— y todos los que me conocían
suponían que algún día sería profesor de Química en una universidad importante.
Siempre había sido un muchacho con vocación académica y, por lo que todos
podían recordar, mis dos temas favoritos eran la química y las matemáticas. El
curso de Física «avanzada» que estudié en el instituto había sido árido y
aburrido. No participaba del gran revuelo que en todos provocaba Isaac Newton:
¿quién podía emocionarse por la velocidad de una bola rodando por un plano
inclinado, o la energía de un peso que se deja caer desde el segundo piso? No
había comparación con los fuegos artificiales y los cohetes que podía lanzar en
un laboratorio de química o con el espacio curvo con el que podía soñar en los
cursos de matemáticas. Pese a todo, y dadas las pocas opciones que tenía,
finalmente hojeé los libros de física.
Uno de
ellos era un libro de tapas blandas titulado El carácter de la ley
física, escrito por un tipo del que había oído hablar vagamente:
Richard Feynman. El libro era una transcripción de unas conferencias que había
impartido en los años sesenta. Lo tomé. Explicaba, sin utilizar las
matemáticas, los principios de la física moderna, especialmente la teoría
cuántica.
La
«teoría cuántica» no es realmente una teoría concreta, sino más bien un tipo de
teoría. Una teoría cuántica es cualquier teoría basada en la «hipótesis
cuántica» revelada al mundo por Max Planck en el año 1900, que afirma que
ciertas magnitudes tales como la energía pueden tomar sólo ciertos valores
discretos. Por ejemplo, a cualquier altura dada sobre la superficie de la
Tierra, uno posee algo llamado energía potencial gravitatoria. Esta es la
energía con la que uno llega al suelo si cae desde dicha altura (en ausencia de
resistencia del aire). En una teoría cuántica de la gravitación la energía
potencial gravitatoria no podría tener cualquier valor: habría sólo un conjunto
discreto de energías que podría poseer. Hay incluso una energía mínima posible que
corresponde a estar un poco por encima de la superficie de la Tierra. Ésta ha
sido medida recientemente en un experimento con neutrones, para los que la
energía mínima corresponde a una altura de aproximadamente catorce
diezmilésimas de centímetro.[1] Esto
es algo que difícilmente se podrá detectar con una regla ordinaria. Los efectos
cuánticos son importantes, no obstante, cuando se estudian objetos como
neutrones, núcleos o átomos.
Las
teorías que no incorporan la hipótesis cuántica de Planck se denominan teorías
clásicas. Obviamente, antes de 1900 todas las teorías en física eran teorías
clásicas. En general las teorías clásicas funcionan bien a menos que uno esté
interesado en tos matices del comportamiento en la escala atómica o menor. Ésta
resultó ser el centro de atención durante gran parte de los cien años
siguientes para gran parte de los físicos.
Los
físicos pasaron las primeras décadas del siglo XX desarrollando las
consecuencias de la hipótesis cuántica de Planck. Una de ellas es el famoso
principio de incertidumbre, que afirma que en la naturaleza existen ciertos
pares de magnitudes cuyos valores no pueden ser precisados simultáneamente. Por
ejemplo. Si se determina la posición de un objeto con gran precisión, entonces
no se puede conocer su velocidad de forma muy precisa. Una vez más, estas
limitaciones no son apreciables en el caso de los objetos grandes que
encontramos en la vida cotidiana, pero para los constituyentes de los átomos
suponen una enorme diferencia.
Otra
consecuencia de la teoría cuántica es lo que los físicos llaman «dualidad
onda-partícula», que significa que, en ciertas Circunstancias, partículas tales
como los electrones muestran el Comportamiento de ondas, y viceversa. Por
ejemplo, si se dispara un chorro de electrones contra una minúscula rendija en
un muro, cuando éstos lo atraviesan se dispersan en una figura circular, como
una onda de agua que atraviesa una pequeña abertura. Y si se ponen dos
minúsculas rendijas en el muro, veremos rizos de interferencia similares a los
que se ven cuando chocan dos ondas de agua. Un electrón como onda es un
electrón disperso en el espacio, un electrón que actúa como si fuera una
excitación de algún medio continuo antes que como un objeto discreto
propiamente dicho. Por otra parte, la dualidad onda-partícula nos dice también
que hay circunstancias en las que ondas de energía muestran un comportamiento
propio de partículas. Un ejemplo de esto es la luz. A lo largo de los tiempos
hemos conocido la luz básicamente como un fenómeno ondulatorio. Pensemos, por
ejemplo, en la forma en que se desvía cuando atraviesa una lente, o en cómo se
dispersa en un prisma. Pero también puede comportarse como una partícula, un
objeto discreto localizado, al que llamamos fotón. Este concepto de la luz
resultó ser la clave para la comprensión del efecto fotoeléctrico, por el que
algunos metales expulsan un electrón cuando sobre ellos ha incidido un fotón.
Einstein, el primero en aceptar la hipótesis cuántica como una ley física fundamental,
explicó en estos términos ciertas propiedades misteriosas del efecto
fotoeléctrico en uno de sus famosos artículos de 1905. (Fue por este trabajo, y
no por sus controvertidas teorías de la relatividad, por el que recibió el
premio Nobel de 1921.)
Actualmente
tenemos versiones cuánticas de las viejas teorías clásicas, como la
electrodinámica cuántica, y también tenemos nuevas teorías cuánticas que
describen fuerzas que ni siquiera eran conocidas en los días de Planck, como la
cromodinámica cuántica. Pero hay una excepción a esta tendencia de
cuantización: la teoría de la gravitación. Nadie ha imaginado siquiera cómo
incorporar la hipótesis cuántica en la teoría de la gravitación de Einstein,
denominada relatividad general.
La
mecánica cuántica constituye un mundo fascinante. Naturalmente yo sentía
curiosidad por él, pero siempre había encontrado las descripciones de los
libros de texto áridas y técnicas. Feynman lo hacía maravilloso y mágico. Yo
estaba fascinado. Quería leer más.
Había
otros tres libros de Feynman en la colección: los tres volúmenes de sus Feynman
Lectures of Physics, un curso de Física general que dio en el Caltech.
En ellos había una foto del autor: una instantánea de un tipo feliz tocando los
bongos. Aquellos libros eran diferentes de cualquier libro de texto que yo
hubiera visto antes. Eran coloquiales; eran divertidos. Parecía que Feynman
estuviese en la habitación hablando contigo. El planteamiento de la mecánica
hablaba de Newton, pero también de Daniel el Travieso. La sección sobre la
teoría cinética de los gases incluía preguntas como: «¿Por qué tratamos ahora
de este tema?». Los capítulos sobre la luz incluían una digresión sobre
«algunas cosas muy interesantes que se han descubierto sobre la visión de la
abeja». Pero Feynman no sólo hacía que la física sonara fascinante. Sin
siquiera decirlo, también hacía que sonara importante. Como si un físico, con
una idea, pudiese unilateralmente cambiar el mundo y el modo en que la gente lo
ve. Me encontré pensando en problemas y cuestiones de los libros de Feynman
mientras conducía el tractor cargado de huevos de gallina, pastoreaba el ganado
o pelaba patatas en la cocina comunal.
Para
cuando regresé a casa, en Chicago, ese verano, había decidido que quería
estudiar Física.
A la
vista de su gran impacto sobre mí, el kibutz me había permitido llevarme El
carácter de la ley física a cambio de un par de vaqueros viejos. Hacia
el final del libro de Feynman subrayé un pasaje: «Tenemos mucha suerte de vivir
en una época en la que todavía estamos haciendo descubrimientos. Es como el
descubrimiento de América: sólo se descubre una vez. La época en la que nos ha
tocado vivir es la época en la que se están descubriendo las leyes
fundamentales de la naturaleza, y esta época no volverá a repetirse». Me
prometí que algún día haría un descubrimiento. Y que algún día conocería a este
profesor Feynman.
Capítulo
III
Otoño de
1981. Muchas cosas habían sucedido desde mis días en Israel. Había sumado una
licenciatura en Física, había ido a la Universidad de Berkeley y obtenido mi
doctorado. Mis padres fueron a la graduación. Era el último acto importante de
mi vida en el que íbamos a estar reunidos como una familia. Era el final de mi
adolescencia.
Debido a
algunas formalidades relacionadas con la presentación de mi tesis —a saber,
redactarla— llegué al Caltech cuando el curso ya estaba bien empezado. Como
universidad privada el Caltech se había librado de los recortes presupuestarios
impuestos por Ronald Reagan en las universidades públicas, en particular la de
Berkeley, antes de que él mismo dejase de ser gobernador y se graduase como
presidente. El Caltech disfrutaba de una de las más altas dotaciones per cápita
entre las universidades del país. Quedaba patente. El campus era bello y
sereno. Y era grande, considerando que los estudiantes del Caltech se contaban
sólo por centenares. En su mayor parte consistía en varios bloques a cada lado
que no sufrían las molestias de las calles de la ciudad. En lugar de ello,
amplias veredas de césped bien cuidado, salpicadas de arbustos y retorcidos
olivos grises, serpenteaban entre los edificios bajos, muchos de ellos de
arquitectura de estilo mediterráneo. Era un lugar para sentirse en paz y
protegido, libre para olvidar el mundo exterior y concentrarse en las propias
ideas.
Para mí,
tener un trabajo —cualquier trabajo— en física académica era un privilegio. A
veces la gente se burlaba del sistema académico a causa de los salarios
relativamente bajos. Pero yo había visto a demasiados «adultos» que habían
dedicado muchas horas a trabajos que no les gustaban sólo para acumular cosas
que pensaban que necesitaban, y que, décadas más tarde, lamentaban los años
«malgastados». Y había visto a mi padre trabajar arduamente durante muchas
horas sólo para llegar a fin de mes. Había jurado que tendría una vida mejor
que ésa. Imaginaba que la mayor ventaja que podría sacar era la posibilidad de
pasar mi tiempo haciendo algo que me gustara.
Al
principio estaba extasiado porque no sólo tenía un puesto académico sino que lo
tenía en una universidad de élite: el hogar de mi héroe Feynman. Y era un
puesto de ensueño, una beca especialmente prestigiosa de varios años de
duración con completa libertad académica. Pero conforme se acercaba la fecha de
comienzo, el éxtasis se disolvió y empezó a cristalizar un pensamiento extraño.
Esta gente del Caltech estaría esperando realmente algo de mí. Antes de que mi
tesis hubiera sido aceptada oficialmente, yo era simplemente un estudiante
prometedor. Mi trabajo era hacer preguntas, aprender y cometer los ingenuos
errores que hacen que los profesores sonrían y recuerden los despreocupados
días de su juventud. Ahora, me había convertido repentinamente en un miembro
del claustro. Los estudiantes acudirían a mí en busca de sabiduría. Los
profesores famosos murmurarían algo junto a la cisterna del agua potable y
esperarían una respuesta inteligente. Los editores de revistas prestigiosas
reservarían espacios para artículos que describieran mi último descubrimiento
trascendental.
Diseñé
una estrategia para resistir la presión: mantener bajas las expectativas, pasar
inadvertido y, en eso confiaba, descubrir que, excepto por un par de tipos como
Feynman, todo el mundo en Caltech era tan normal como yo.
El primer
día fui llamado al despacho del director del departamento. En Caltech, los
departamentos de Física. Matemáticas y Astronomía estaban agrupados en una
división, de modo que este tipo era realmente la cabeza de los tres
departamentos. Yo no veía qué necesidad tenía una persona tan importante de ver
a un tipo como yo. Y llegué a pensar que me estaba llamando porque se habían
dado cuenta de que me habían dado la beca por error. Le imaginaba diciendo: «Lo
siento, mi secretaria se equivocó al enviar la carta con la oferta. Queríamos
contratar a un colega llamado Leonard M. Lodinow, no Leonard Mlodinow. Usted
debe conocerle, el doctor Lodinow de Harvard. Era un error fácil de cometer,
debe usted admitirlo». En mi pesadilla lo admitía, y empezaba a buscar otro
trabajo.
Cuando
llegué al despacho del director encontré a un hombre de mediana edad, con una
calvicie incipiente, que mantenía un cigarrillo entre sus dedos. Más tarde supe
que tenía úlcera. Sonrió, se levantó y me saludó con la mano. El humo de su
cigarrillo dejó un tenue rastro en el aire. Hablaba con voz autoritaria y
acento alemán.
—Bienvenido,
Dr. Mlodinow. ¿Ya ha terminado todo en Berkeley? Teníamos muchas ganas de que
llegara. —Nos estrechamos la mano y nos sentamos.
Yo sabía
que su comentario pretendía darme ánimos, pero el hecho de que el número uno de
Física, Matemáticas y Astronomía estuviera personalmente deseando mi llegada no
encajaba en mi estrategia de no hacer ruido. Aunque, por otra parte, al menos
no me estaba diciendo que la beca había sido un error. Traté de ser simpático
mientras mi estómago se encogía aún más.
—¿Qué le
ha parecido el sur de California hasta ahora? —Se recosió en su silla.
Todavía
no he visto mucho —dije.
—Por
supuesto que no. Acaba de llegar. ¿Qué le parece el campus? ¿Ha estado ya en el
Ateneo?
—He
almorzado allí hoy. —En realidad, para mí había sido un desayuno. En aquel
tiempo trabajaba hasta altas horas y me levantaba tarde.
El Ateneo
era el club de los profesores, un edificio de cincuenta años de antigüedad en
lo que me dijeron que era el «estilo Renacimiento español» del campus. Dentro
había mucha madera noble, cortinas de terciopelo y techos delicadamente
pintados. Supe que en el piso de arriba había algunas habitaciones para
huéspedes. Pensé que sería un buen tugar de vacaciones, pero no estaba seguro,
ya que nunca había estado en un buen lugar de vacaciones.
—¿Sabía
usted que Einstein estuvo allí dos inviernos antes de establecerse en
Princeton?
Dije que
no con la cabeza.
Hay quien
dice que sólo se estableció en Princeton porque nos negamos a darle un puesto
fijo a su ayudante. Si hubiera estallo yo no habríamos cometido ese error. —Se
rió entre dientes.
Tuvimos
una pequeña charla. Su secretaria entró con un mensaje telefónico y él le dijo
que no le pasara mensajes hasta que hubiéramos terminado. Me estudió durante un
momento.
—Déjeme
adivinar. Usted se pregunta por qué está aquí.
¿Veía a
través de mí?
—Supongo
que porque a la gente le gustó mi trabajo de doctorado.
—No,
cuando digo aquí no me refiero al Caltech. Quiero decir en mi despacho.
—Oh... en
realidad, sí. Me preguntaba...
—Le diré
por qué. Le pedí que viniera aquí porque usted tiene una posición especial en
el Caltech, y porque Caltech es un lugar especial. Eso significa que usted
merece una bienvenida especial, una bienvenida personal por mi parte.
Para otro
su bienvenida hubiera sonado como un gesto antis-
toso.
Pero yo no podía dejar de pensar que al final de su frase había un implícito «y
recuerde, por si estamos equivocados, que yo estaré observando».
—Oh...
—murmuré—. Gracias.
Él dio
una calada al cigarrillo y se recostó en la silla.
—¿Qué es
lo que conoce usted del Caltech? —dijo.
Me encogí
de hombros.
—Conozco
el departamento de Física.
—Por
supuesto, y precisamente en el mismo corredor de su despacho, como estoy seguro
de que habrá advertido, están los dos titanes gemelos de la física, Dick
Feynman y Murray Gell-Mann.
En
realidad esto era nuevo para mí. Todavía no me habían mostrado mi despacho.
—Pero
cuando explore más nuestro campus descubrirá que el Caltech tiene una rica
historia que quizá no conozca bien. ¡Oh!, probablemente sabe usted que fue aquí
donde Linus Pauling descubrió la naturaleza del enlace químico. Pero ¿sabía
usted que fue en el Caltech donde Charles Richter y Beno Gutenberg idearon la
escala Richter? ¿O donde Gordon Moore, el pionero de los ordenadores, obtuvo su
doctorado?
—No, no
lo sabía.
—Así fue.
Y estoy seguro de que, como físico, usted sabe que fue aquí donde se descubrió
la antimateria. Pero quizá no sepa que fue en el Caltech donde se concibieron
los principios de la aviación moderna, y donde se determinó exactamente por
primera vez la edad de la Tierra. O que fue aquí donde Roger Sperry descubrió
que los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro tienen funciones
diferentes: el izquierdo para el lenguaje, el derecho para las funciones visual
y espacial. También fue en el Caltech donde prácticamente se inventó la
biología molecular. Una de las personas claves en ello fue Max Delbrück, físico
como usted. Por ello, él ganó el premio Nobel en 1969.
Sonrió
otra vez entre dientes. Yo no veía nada humorístico en la conversación, pero
traté de sonreír también.
—¿Sabe
usted cuántos premios Nobel se han concedido a miembros de la comunidad del
Caltech?
Negué con
la cabeza. Nunca había pensado en ello.
—Diecinueve.
En comparación, el MIT, que tiene un tamaño aproximadamente cinco veces el
nuestro, sólo recibió veinte.
Me
pregunté si también llevaban la cuenta de cuántos miembros de la comunidad del
Caltech habían fracasado.
—¿Por qué
le digo esto? Porque incluso mientras hablamos, los grandes triunfos del futuro
se están generando hoy. Explore. Aprenda lo que está haciendo la gente. Quedará
sorprendido y, así lo espero, estimulado. A partir de hoy también usted es
parte de nuestra gran tradición intelectual.
Si yo
hubiera sentido antes la más mínima incomodidad, este recorrido por la memoria
del genio me hubiera mareado definitivamente. Me hubiera gustado decirle que
eso sonaba como si yo estuviera seis meses a prueba, y luego acabaría todo.
Pero pensé que no eran el lugar ni el momento oportunos, para empezar. Así que
di je: «trataré de estar a la altura».
Aceptó
mis deseos con gran entusiasmo.
-Oh,
pensamos que lo hará. Por eso le ofrecimos la beca. La mayoría de los
estudiantes postdoctorales vienen aquí para trabajar bajo la supervisión de un
profesor concreto. Usted no. Usted, doctor Mlodinow, es un agente libre. No
tiene que rendir cuentas a nadie sino a usted mismo. Puede decidir dar clases
si lo desea, algo que no hacen la mayoría de los postdocs, o puede
decidir no darlas. Puede desarrollar su investigación en física, o, como Max
Delbrück, en biología, o en cualquier otro campo que desee. ¡Si usted quiere,
puede utilizar su tiempo para diseñar barcos! ¡Usted tiene la palabra! Le damos
esta libertad porque hemos juzgado que usted es lo mejor de lo mejor, y
confiamos en que con esta libertad usted hará cosas grandes.
Su
conversación era sincera, y lo hacía muy bien. Pero yo era el sujeto
equivocado. Salí de su despacho sintiéndome como en un sueño que tuve una vez.
Estaba en un ascensor de subida, de
camino a
mi despacho en Berkeley, cuando de repente me di cuenta de que estaba desnudo:
me había olvidado de vestirme esa mañana. Así que tenía que elegir: presionar
el botón de parada, lo que retrasaría el tener que salir, pero dispararía la
alarma y llamaría la atención sobre mí; o esperar a que se abriera la puerta y
tratar de llegar a mi mesa sin que nadie lo notase. En la vida, como en mi
sueño, escojo lo segundo.
Unos días
más larde estaba en mi despacho sopesando mi situación cuando repentinamente se
me ofreció la oportunidad de tranquilizar mis nervios con champán. Todo el
campus estaba de celebración, pues se había anunciado que Roger Sperry acababa
de ganar el premio Nobel en Medicina de 1981 por su investigación sobre la
división cerebral. El Caltech y el MIT estaban ahora empatados en premios
Nobel. Un hemisferio de mi cerebro estaba orgulloso y excitado por estar en
medio de esto, y el otro estaba inquieto, como si la presión hubiese subido un
punto más.
Capítulo
IV
Cuando
finalmente me mostraron mi despacho, resultó que era la puerta contigua a la de
Murray Gell-Mann, uno de los titanes gemelos que el director de departamento
había mencionado. Algunos días más tarde yo mismo me presenté y hablamos un
poco delante de la mesa con té y pastas adonde acudía la gente después de un
seminario. Murray tenía exactamente la apariencia que yo había esperado por las
fotos que había visto —hasta con su pajarita de marca—. Le dije mi nombre. Él
no me dijo el suyo —cuando uno es famoso, ¿por qué molestarse?— sino que
repitió el mío. Resultó irreconocible para mí, pero, según me dijo, era la
pronunciación (rusa) «correcta». También explicó la etimología. No le pregunté
por el origen de su propio nombre poco habitual; el caso es que el guión era
una invención de su padre. De todas formas, casi todos le llamaban por su
nombre de pila. Feynman era «Dick» para un grupo mucho menor.
Las ideas
de Murray habían dominado la física durante veinte años, pero su logro más
famoso era haber inventado, en los años sesenta, un elegante sistema matemático
para clasificar y explicar las propiedades de las docenas de partículas
subnucleares entonces conocidas. Excepto los componentes nucleares más
tradicionales —protones y neutrones—, estas partículas subnucleares se
desintegraban en una pequeñísima fracción de segúndo y habían sido descubiertas
en las últimas décadas. Nacían solamente cuando, por ejemplo, los protones
chocaban entre sí. Para explicar el orden matemático que encontró entre este
zoo de partículas subnucleares, Murray propuso más tarde que el protón, el
neutrón y las otras partículas tenían una estructura interna, constituida por
diferentes combinaciones de tan sólo unos pocos ladrillos básicos. Había
partículas «sub-subnucleares», es decir, partículas dentro de las partículas
que constituyen el núcleo. Las bautizó como quarks. Nunca se han visto quarks
individuales, pero finalmente los físicos llegaron a aceptar la teoría de
Murray. Esto le ha granjeado comparaciones con Dmitri Mendeléiev, quien ideó la
tabla periódica de los elementos. Al igual que el sistema de Murray, la tabla
periódica ordena los elementos químicos en grupos basados en propiedades
comunes. Y al igual que el sistema de Murray, este orden entre los elementos
fue explicado finalmente en términos de una estructura interna: en este caso,
la estructura interna del átomo basada en partículas que más tarde recibieron
el nombre de electrones.
El
trabajo de Murray le valió un premio Nobel y le sirvió para convertirse en uno
de los científicos más influyentes de la era de la posguerra. Pese a todo
parecía tener un complejo de inferioridad y parecía ansioso por demostrar lo
brillante que era. Tanto si hablabas de aceleradores de partículas como si lo
hacías de fosas sépticas, él podría contarte, y lo hacía, cómo funcionaban,
cuáles eran los aspectos cruciales y qué buscar en el último modelo. Su
pronunciación llamativamente «correcta» de mi nombre no era una aberración;
parecía buscar oportunidades de decir palabras en otros idiomas, tales como los
nombres de las ciudades, de modo que pudiera demostrar su capacidad de
pronunciarlas como un nativo. Por un momento parecía que estuvieras oyendo a un
neoyorquino nativo aparentemente normal; luego, su cara se contorsionaba
repentinamente y para las siguientes palabras él sería quebequés, o ruso, o
chino. Una vez, un estudiante que había aprendido algunas palabras de la lengua
maya mientras estaba de vacaciones decidió poner a prueba la pretensión de
Murray de que conocía dicha lengua pronunciando una frase para que Murray la
tradujera. Murray lo corrigió: la frase del estudiante estaba en bajo maya,
mientras que la lengua que Murray decía conocer era el alto maya.
Feynman y
Murray eran amigos, al menos a ratos. Fue por estar con Feynman por lo que
Murray escogió el Caltech por delante de otras universidades que le habían
hecho ofertas. Y fue Feynman quien, a finales de los años sesenta, proporcionó
alguna evidencia teórica clave con respecto a los quarks de Murray, que
supuestamente había dentro de cada neutrón y protón pero que nunca se habían
visto aislados.
En
aquella época había una importante controversia en física: si no podemos aislar
un quark individual, ¿qué sentido tiene decir que realmente existen los quarks
individuales? ¿No son estas partículas dentro de partículas simplemente una
construcción matemática conveniente? Estas preguntas forman parte de una
cuestión filosófica mayor: ¿en qué medida los resultados de los experimentos en
los modernos aceleradores son observaciones directas, y en qué medida son
simplemente una interpretación convenida de los datos numéricos? Después de
todo, también se considera que han sido observadas las partículas ordinarias,
tales como electrones y protones, aunque sólo las «vemos» a través de
evidencias tan indirectas como las trazas de su trayectoria en una película, o
los elida de un contador Geiger. Y en el caso de las
partículas más exóticas, la evidencia es aún menos directa: su existencia se
infiere a partir de recuentos estadísticos en tablas de datos referidos a la
dispersión de otras partículas. ¿No podría una civilización de Marte, haciendo
las mismas observaciones experimentales, tener un concepto completamente
diferente de la «realidad» que subyace en ellas? Una escuela de filosofía,
llamada positivismo, evita estas cuestiones manteniendo que sólo puede ser aceptado
como realidad aquello de lo que podemos tener sensación directa. La física
moderna se ha aventurado mucho más allá del punto de vista positivista. Pero
para muchos, la idea de que una partícula inobservable, como un quark, fuera
real, estaba llevando las cosas demasiado lejos. Cuando se le enfrentaba a
tales cuestiones, Feynman decía que su doctor le había recetado no discutir de
metafísica. Pero fue él quien, a finales de los sesenta, publicó un trabajo que
mostraba cómo ciertas observaciones experimentales del comportamiento del
protón podían explicarse suponiendo que los protones tenían una estructura
interna constituida por partículas invisibles —el tipo de «observación»
indirecta de los quarks que la mayoría de los físicos aceptaba como prueba de su
existencia. Irónicamente, Feynman, siempre cínico, se permitió discrepar. Los
quarks tenían muchas propiedades especiales que no eran relevantes para el
proceso físico que había investigado. Por ello, de sus cálculos no se podía
concluir que las partículas invisibles de su teoría tuvieran dichas
propiedades, es decir, que fueran realmente quarks. Podía ser que la teoría de
Murray fuera falsa, y que existieran otras partículas invisibles, todavía por
caracterizar, dentro del protón. Por esta razón, Feynman se negó a llamar
quarks a las partículas internas de su teoría, y en su lugar las llamó
«partones». Esto enojó a Murray, en parte debido a la negativa a apoyar su
trabajo, y en parte porque la palabra parlón es una mezcla de
raíces latina y griega. Pero así era Feynman: meticuloso con la descripción de
la naturaleza, displicente sobre las reglas para mezclar latín y griego.
Aunque
Feynman desdeñaba el estudio de la filosofía, eran estas diferencias en
filosofía las que subyacían en la fricción entre ambos. Feynman solía decir que
había dos tipos de físicos, los babilónicos y los griegos. Se refería con ello
a las filosofías contrapuestas de aquellas antiguas civilizaciones. Los
babilónicos dieron los primeros grandes pasos de la civilización occidental al
comprender números y ecuaciones, y también en geometría. Pero fueron los
griegos posteriores —en particular, Tales. Pitágoras y Euclides— quienes han
sido reconocidos como in-
ventores
de las matemáticas. Ello se debe a que a los babilónicos sólo les preocupaba si
un método de cálculo funcionaba o no —es decir, si describía adecuadamente una
situación física real— y no si era exacto o si encajaba en un sistema lógico
mayor. Por el contrario. Tales y sus seguidores griegos inventaron la idea de
teorema y demostración, y exigían que para que un enunciado se considerase
verdadero tenía que ser una consecuencia lógica exacta de un sistema de axiomas
o hipótesis explícitamente establecidos. Para ponerlo de forma sencilla, los
babilónicos se centraban en los fenómenos, y los griegos en el orden
subyacente.
Ambos
enfoques pueden ser potentes. El enfoque griego lleva toda la fuerza de la
maquinaria lógica de las matemáticas. Los físicos de este talante suelen estar
guiados por la belleza matemática de las teorías que desarrollan. Y ello ha
conducido a muchas bellas aplicaciones de las matemáticas —como la
clasificación de las partículas de Murray—. El enfoque babilónico permite
cierta libertad de imaginación, y le permite a uno seguir su instinto o su
intuición, su «sensación visceral» de la naturaleza, sin preocuparse por el
rigor y la justificación. Esta estética ha llevado también a grandes triunfos:
triunfos de la intuición y el «razonamiento físico», es decir, razonamiento
basado principalmente en la observación e interpretación de procesos físicos y
no dirigido por las matemáticas. De hecho, los físicos que utilizan este modo
de pensar violan a veces las reglas formales de las matemáticas, o incluso
inventan nuevas y extrañas (e indemostradas) matemáticas propias basadas en su
comprensión de los datos experimentales. En algunos casos esto ha dejado a los
matemáticos cerrando la marcha, ya sea justificando el nuevo uso que hacen los
físicos de sus ideas, o investigando por qué su uso «injustificado» da en
cualquier caso respuestas muy precisas.
Feynman
se consideraba un babilónico. Confiaba en su comprensión de la naturaleza para
que le guiara a dondequiera que pudiera llevar. Murray era más del tipo griego:
esperaba clasificar la naturaleza, imponer un orden matemático eficiente en los
datos subyacentes.
Aunque
Murray se irritaba por el hecho de que Feynman se negara a identificar como
quarks los elementos intentos de los protones, esto es exactamente lo que uno
esperaría de un pensador babilónico. Feynman había explicado algunos datos
señalando que parecía como si una estructura interna estuviera presente. No
veía en esos datos ninguna razón convincente para dar el paso posterior de
identificar la estructura interna con la propuesta por Murray. Para un pensador
de estilo griego, el hecho de que esta identificación coincidiese con un bello
esquema matemático de clasificación era una razón convincente para hacerlo.
Pese a la
caracterización que hacía Feynman de estos enfoques como babilónico y griego,
una tensión filosófica similar ha existido entre muchos otros personajes y
movimientos a lo largo de la historia; por ejemplo, entre los propios griegos:
Platón y Aristóteles. Platón creía que, subyacentes a los fenómenos diversos
del mundo material, existen patrones eternos e inmutables. Es la descripción de
éstos en términos matemáticos lo que buscan los físicos como Murray.
Aristóteles pensaba que Platón iba en el sentido equivocado. Para él, la
descripción ideal —es decir, abstracta— de la naturaleza era un mito, o quizá
una conveniencia, y en lo que realmente deberíamos estar interesados era en los
fenómenos que percibimos con nuestros sentidos. Al igual que Feynman, él rendía
culto a la propia naturaleza y no a la (posible) abstracción subyacente.
Para mí,
la distinción que hacía Feynman refleja también la teoría de Sperry sobre los
dos hemisferios cerebrales. El izquierdo, que busca orden y organización, es
Murray, el griego, el platónico; y el derecho, que percibe patrones y resalta
la intuición, es Feynman, el babilónico, el aristotélico. A la luz de su
enraizamiento físico dentro del cerebro, no es sorprendente que sus diferencias
de enfoque se extendieran más allá de la física, hasta
sus
formas de vida. Era una elección vital con la que yo también, sin darme cuenta,
tendría que enfrentarme.
En muchos
aspectos Feynman era la némesis intelectual de Murray. Aunque en 1981 Feynman
todavía no había sido descubierto por los medios de comunicación populares, en
el mundo de la física su personalidad había eclipsado a Murray durante décadas.
La leyenda de Feynman empezó cuando, en 1949, con treinta años, escribió esa
serie de artículos en Physical Review. Desde Isaac Newton,
para crear una teoría en física se escribía una ecuación, o un conjunto de
ecuaciones, llamadas ecuaciones diferenciales. Luego se calculaban las
consecuencias de la teoría resolviendo las ecuaciones diferenciales. Las
teorías cuánticas no eran diferentes. Por ejemplo, para descubrir lo que la
electrodinámica cuántica —la teoría cuántica de las partículas cargadas
eléctricamente— predecía para el comportamiento futuro de un electrón, un
físico de los años cuarenta describiría primero su estado actual o «inicial».
Esta función matemática contiene información que describe magnitudes tales como
el momento y la energía del electrón en el inicio de un proceso o experimento.
El objetivo del teórico sería el describir estas mismas magnitudes al final del
proceso o experimento (es decir, calcular lo que se denomina su «estado
final»), o al menos calcular la probabilidad de que alcance un concreto estado
final de interés. Para conseguirlo, el físico resolvería una ecuación
diferencial. La formulación que hizo Feynman de la teoría cuántica prescinde de
la necesidad de resolver la ecuación diferencial.
En el
enfoque de Feynman, para encontrar la probabilidad de que un electrón que
empezó en un estado inicial dado termine en un estado final concreto uno suma,
mediante ciertas reglas, las contribuciones de todos los posibles caminos, o
historias, que pudiera seguir el electrón desde el estado inicial al final.
Para Feynman, esto era lo que distinguía el mundo cuántico del mundo cotidiano,
o clásico. En las teorías clásicas una partícula seguía un camino definido,
como parecen hacerlo los objetos en
nuestro
mundo cotidiano. El extraño mundo cuántico surge porque uno tiene que tener en
cuenta caminos extra. Para objetos grandes, la forma en que se suman estos
caminos hace que sólo uno de ellos sea importante, el camino familiar clásico,
de modo que no se advierte ningún efecto cuántico. Pero en el caso de las
partículas subatómicas, tales como el electrón, no se pueden ignorar caminos en
los que el electrón viaja hasta los remotos confines del universo o zigzaguea
atrás y hacia delante en el tiempo. El electrón cuántico se mueve por el
universo en una danza cósmica, del presente al futuro y al pasado, desde aquí a
cualquier parte del universo, y vuelta. Al seguir estos caminos ignora las
reglas ortodoxas del movimiento y actúa como si la naturaleza le hubiera dejado
fuera de control. Como decía Feynman, incluso «el orden temporal de los
sucesos, es irrelevante». Pero de algún modo, como la música de los
instrumentos en armonía, todos estos caminos, sumados, dan el estado cuántico
final que observa el experimentador.
El método
de Feynman era radical y, a primera vista, absurdo. En nuestra cultura
orientada a la ciencia esperamos orden. Hemos desarrollado una firme idea del
tiempo y el espacio, y de que el tiempo avanza desde el pasado al presente y el
futuro. Pero según Feynman, subyacente a este orden hay procesos que están
libres de seguir tales reglas. Normalmente Feynman nunca discutía tales
aspectos metafísicos de su teoría. Más tarde, cuando llegué a conocerle, pensé
que yo entendía cómo pudo conjurar semejante teoría; él mismo se comportaba de
forma muy parecida al electrón.
El
enfoque de Feynman era difícil de captar y aceptar para los físicos de la
época. Las denominadas integrales de camino que él ideó para sumar los caminos
no estaban matemáticamente demostradas, y a veces estaban mal definidas. Y su
técnica pictórica para generar respuestas a partir de su teoría —hoy denominada
diagramas de Feynman— era diferente a todo lo que los físicos habían visto
antes. Los físicos exigían demostración.
Buscaban
una derivación matemática de sus fórmulas partiendo de la formulación habitual
de la teoría cuántica. Pero él había desarrollado su método utilizando la
intuición y el razonamiento físico, además de mucho ensayo y error. No podía
demostrarlo. Cuando presentó su método en una conferencia en 1948 fue
rotundamente atacado por físicos estrella tales como Niels Bohr, Edward Teller
y Paul Dirac. Estos exigían el enfoque griego, y ahí estaba él, un babilónico.
Pese a todo, al final no pudieron ignorarle: él podía hacer en media hora
cálculos teóricos que a ellos les llevaban meses.
Finalmente,
otro físico joven, Freeman Dyson, demostró que había una relación entre el
enfoque de Feynman y el habitual, y poco a poco fue aceptado. Algunos, como el
propio Murray, especulan si no será el método de Feynman, con sus integrales de
camino y diagramas de Feynman, antes que el enfoque de Newton, mediante
ecuaciones diferenciales, el verdadero fundamento de toda la teoría física.
Aunque
para los físicos Feynman era legendario, y Murray demasiado humano, en ciertos
aspectos Murray había tenido más influencia como guía en la dirección del
campo. Ello se debe a que Murray, buscando siempre orden y control, había
querido siempre el papel de líder. Feynman lo evitaba y prefería dejar que su
trabajo hablara por sí mismo.
¿Cómo
encajaba yo en esto?
La fuente
de mi éxito era mi tesis doctoral y varios artículos que escribí con un colega
posdoctoral griego llamado Nikos Papanicolau. Igual que Feynman. Nick y yo
exploramos una forma de conectar los mundos cuántico y clásico: descubrimos que
el mundo cuántico tendría un aspecto similar a nuestro mundo clásico siempre
que viviéramos en un universo con muchas más de las tres dimensiones del
espacio que nos son familiares. Luego mostramos cómo ciertos problemas en
física atómica serían fácilmente resolubles si el mundo tuviera un número
infinito de dimensiones. Y, finalmente, mostramos cómo compensar la falsa
hipótesis
de las infinitas dimensiones y encontrar respuestas que son precisas y
relevantes para nuestro mundo 3-D. Una vez disipado el humo, me había quedado
atónito por la exactitud de nuestro enfoque. Pero por encima de todo, estaba
orgulloso de nuestra originalidad.
Nuestro
trabajo había sido citado aproximadamente un año antes en un artículo de la
revista profesional semitécnica Physics Today por un joven
profesor de Princeton llamado Edward Witten, quien, durante la década
siguiente, iba a tomar el lugar del tinado profesor Feynman como el Yoda número
uno del mundo de la física (y a ocupar finalmente el antiguo despacho de
Murray). Tras ese artículo, otros empezaron a citar nuestro trabajo. El número
de citas creció hasta llegar a las docenas. Perdí la cuenta cuando alcanzó el
centenar. También me encontré siendo tratado con nuevo respeto. Mi tutor en el
doctorado estaba súbitamente interesado por los más mínimos detalles de mi
trabajo. Cuando menos lo esperaba, un antiguo profesor de mis años de
licenciatura envió sus saludos. Los catedráticos empezaron a tratarme como si
lo que yo decía sobre las cosas pudiera ser digno de atención. Cuando llegó el
momento de decidir lo que haría a continuación, empezaron a llegar los malos
pensamientos, las dudas. ¿Podía repetir mi éxito? Y entonces llegó la oferta de
trabajo del Caltech.
Ya fuera
griego, babilónico, o simplemente nativo de Chicago, yo sabía que tenía que
descubrir mi propio estilo y enfoque de la física —y de la vida—. Pero antes
tenía que superar la sensación de que mi descubrimiento había sido un golpe de
suerte, y mi éxito una especie de fraude, o una idea feliz que no se volvería a
dar nunca más. Pasé semanas en ese estado mental, con la mirada clavada en
largos pasajes de una u otra revista, pasando apenas las páginas, sin asimilar
nada. Iba a seminarios y era incapaz, de centrarme en el tema. Tenía
conversaciones en los pasillos con colegas posdoctorales, pero apenas podía
seguir el razonamiento más simple.
En casa
empecé a pasar las noches con un par de vecinos que habían encontrado su lugar
en el mundo fumando porros. Edward, un licenciado en Física en el Caltech, bajo
y delgado, disolvía en humo su aburrimiento y los problemas morales que le
planteaba un trabajo en investigación armamentística; y Ramón —a quien todo el
mundo llamaba Ray—, un recogedor de basuras, fumaba para olvidar los olores a
los que había estado sometido durante el día. Me sentaba junto a ellos, como
una vieja gloria de veintisiete años nervioso por mantener el secreto de que,
en realidad, era un don nadie. Juntos veíamos reposiciones de Colombo,
o The Rockford Files, seguros de saber que, prestáramos atención o no,
los torpes detectives siempre atrapaban a su hombre.
Mientras
tanto llegó el invierno, y con él el nuevo semestre y el nuevo año. Ahora vería
a Feynman, de vuelta de su operación, entrar y salir de su despacho. Imaginé
que si alguien podía ayudarme a salir de mi sequía creativa, ése sería mi ídolo
Feynman. Sus escritos me habían impulsado inicialmente hacia la física, y ahora
el destino me dejaba caer en el departamento a tan sólo unas puertas de él.
Todo lo que tenía que hacer era caminar algunos pasos y llamar a su puerta.
Afortunadamente, con toda mi ingenuidad y mis dudas, tenía valor, o agallas,
como dirían mis padres. Ni siquiera las leyendas vivas eran inabordables. Así,
Feynman, que menospreciaba la psicología aún más que la filosofía, iba a
convertirse pronto en mi principal consejero sobre la filosofía y la mentalidad
del científico.
Capítulo
V
Cuando lo
tuve delante por primera vez, la imagen no encajaba en la leyenda. Feynman
tenía sesenta y tres años —era unos diez años mayor que Murray—, pero parecía
demacrado y envejecido. Su largo cabello gris empezaba a aclararse; su paso
carecía de energía. Dado mi estado mental en esa época, es posible que yo me
pareciera un poco a él, pero su enfermedad era diferente de la mía. Por
entonces era bien sabido que Feynman era ya un enfermo terminal. En su reciente
operación, en una maratoniana intervención de catorce horas, se le había
extirpado un tumor muy extendido que rodeaba sus intestinos.
Me dirigí
a su despacho, llamé y me presenté. Él se mostró amable y me recibió. Yo no
había tenido ninguna experiencia directa con la muerte. Era difícil para mí no
sentir piedad, como podría sentirla por una persona deforme que viera en la
calle. La idea de hablar realmente con una persona moribunda me hacía sentir
incómodo. Me resultó extraño que esa situación no pareciera tener el mismo
efecto sobre él. Pude ver enseguida que aún le quedaba energía, que había un
brillo en sus ojos. Podía tener un cáncer terminal, pero su espíritu seguía
zigzagueando por el universo.
Aunque mi
corazón latía con fuerza, estaba sorprendido por la impresión que él producía.
No tenía ese brillo distanciador que tenía Murray; de hecho, no había nada en
él que indicara grandeza. Si me lo hubiera encontrado en la calle, y no hubiera
visto fotografías suyas, podría haber pensado que era un taxista jubilado de
Brooklyn. Tuve la impresión de que en su juventud debió de poseer cierta
sexualidad terrenal. Una vez que hubimos intercambiado algunas palabras
farfulló un «hasta luego» y volvió a su trabajo. Yo salí.
Algunos
días más tarde tropecé con Feynman fuera del Laboratorio Lauritsen.
—Mlodinow,
¿no es así? —Me sentí halagado por que lo recordara, y feliz de que no
pronunciara mi nombre de ninguna extraña manera rusa. Le pregunte adónde iba.
—A la
cafetería.
—¿La
cafetería o el Ateneo? —pregunté.
A
diferencia del elegante Ateneo, lugar favorito de Murray —y de casi todos los
profesores—, donde los hombres solían llevar traje y los camareros eran
estudiantes, la cafetería era entonces un antro nada extraordinario con el tipo
de comida que yo imaginaba que se podría encontrar en una cantina del ejército.
Normalmente era conocida por su mote más descriptivo, «la Grasienta». Feynman
me echó una mirada. Aparentemente el Ateneo no era de su estilo. Me invitó a
que le acompañara a la Grasienta.
La
cafetería del Caltech practicaba aquellos días una forma novedosa de preparar
sus hamburguesas. Cocinaban a medias algunas docenas de ellas hacia las diez de
la mañana y las dejaban apiladas al fondo de la parrilla. Cuando uno pedía una
hamburguesa, tomaban una de la pila y terminaban de cocinarla más o menos. El
caso es que esta técnica culinaria significaba que la cocina tenía mucho en
común con el laboratorio de microbiología, excepto que su hamburguesa era
probablemente más barata que el agaragar estéril utilizado en los laboratorios.
Llegamos aproximadamente a las dos, casi al cierre, para cuando las
hamburguesas ya llevaban varias horas semicocinadas y frías. Todavía
desconocedor de los modos del Caltech pedí dos hamburguesas, una con patatas
fritas y otra con aros de cebolla. Para mí era el desayuno.
Nos
sentamos. Feynman normalmente atraía a una multitud en la Grasienta, pero a
esta hora no había nadie más alrededor. Permanecimos en silencio durante un
rato. Yo trataba de pensar en algo inteligente que decir para romper el hielo.
Mi mente estaba en blanco. Era una sensación muy parecida a la que tendría
muchos años más tarde al aceptar un premio para juegos de ordenador en Cannes.
Entonces yo estaba en el escenario, iluminado por un foco ante miles de
personas. Había leído algunas líneas que llevaba preparadas y me disponía a
salir de escena, pero la bella celebridad de la televisión francesa que actuaba
como presentadora me sorprendió con una pregunta. No podía pensar en nada que
decirle, ni siquiera mi nombre. Era como si la luz del foco hubiera saturado
mis circuitos neuronales, imposibilitando un pensamiento inteligente. Hubiera
deseado ser lo bastante guapo como para encantar a todos con mi sonrisa, y
luego saludar con la mano y salir como una estrella. En lugar de ello, me quedé
allí azorado mientras ella respondía a su propia pregunta.
Con
Feynman fue fácil. Él miró mi bandeja. Luego me miró a mí y sonrió.
—Yo solía
comer demasiado —dijo—. Si realmente me gustaba la comida, comía tanto que me
sentía incómodo. Eso era estúpido. Ya no lo hago más.
—Creo que
puedo aprender mucho de usted —dije, e inmediatamente me di cuenta de lo
estúpido que debió de haber sonado.
—Sí,
bueno, yo no sé lo que es bueno para nadie excepto para mí mismo.
Más
silencio. Mi mente corría. Sabía que antes de que pasara mucho tiempo otros se
nos juntarían, y habría perdido mi oportunidad de pedirle consejo. Quería
preguntarle: «¿Cómo se yo si soy lo bastante inteligente para estar aquí?».
En lugar
de ello dije:
—¿Ha
leído algún buen libro últimamente?
Él
simplemente se encogió de hombros.
—Yo he
estado leyendo sobre el proceso de descubrimiento —le dije, tratando de
mantener viva la conversación—. Ahora estoy con The Act of Creation, de
Arthur Koestler.
—¿Aprendiste
algo? —preguntó. Estaba interesado. Así era Feynman, siempre interesado.
—Estoy
teniendo dificultades para seguir con mi investigación, y por ello pensé que
podría ayudarme.
—Sí, pero
¿«aprendiste» algo?
Estaba
ahora algo molesto porque yo no había respondido a su pregunta. Me sentí
rechazado. Todavía no estaba seguro de lo que había aprendido, de modo que le
hablé del pasaje que acababa de leer. Traté de que sonara espectacular.
—Sucedió
en Berlín. 1914. Imaginemos una fría mañana de primavera. Fuera repican las
campanas de la iglesia. Fin su despacho en la Universidad de Berlín, Einstein
piensa en la aún inacabada teoría de la relatividad. En un laboratorio no muy
distante, una joven chimpancé llamada Nueva reúne cascaras de
plátano en un montón con un palo. Dentro de unos años, este episodio será
vuelto a narrar en un libro famoso, The Mentality of Apes. Pero,
mientras recorre la habitación con la mirada, Nueva no se
preocupa por la fama. Su mundo es simple. Comer, beber, dormir...
—No
olvides el sexo —añadió con entusiasmo—. Descubrí que Feynman solía encontrar
modos de introducir el tema del sexo. Yo estaba contento de que mi historia
mantuviera su interés.
—Sí, y
practicar sexo, encontrar compañía. Pero precisamente ahora tiene hambre, y las
cáscaras de plátano no sirven. Mientras Nueva estudia su
apurada situación, un profesor llamado Koehler la estudia a ella. Él,
como Nueva (y Einstein) tiene un apetito que satisfacer, y sus
notas están destinadas a alimentar muchos libros y artículos. Koehler ofrece
piálanos a Nueva, sólo que no le hace el favor de colocar la
comida dentro de su
jaula. En
su lugar, la coloca fuera en el suelo, lejos de su alcance.
—Un tipo
cruel —dijo Feynman.
—La está
desafiando —dije yo—. Para comer, Nueva tendrá que descubrir
la forma de alcanzar los plátanos. Primero hace lo obvio. Camina hacia los
barrotes, extiende sus brazos y acaricia el fruto, pero los plátanos están
fuera de su alcance. Ella se arroja al suelo y rueda sobre su espalda con desesperación.
No muy lejos, Einstein lleva nueve años con su trabajo sobre la teoría de la
relatividad, y aún está a dos años de su gran triunfo.
—Y
sintiéndose probablemente como Nueva —dijo Feynman .
Asentí
con la cabeza y sonreí. Allí estábamos, Feynman y yo, conversando sobre las
frustraciones de la investigación. Feynman y yo, de igual a igual. Estábamos
conectando. Me sentía feliz.
Continué:
—Pasan
siete minutos. Nueva mira repentinamente el palo. Deja de
agitarse y lo agarra. Nueva lo saca fuera de la jaula, por
encima de la fruta, y luego arrastra la fruta con el palo hasta tenerla al
alcance de su brazo. Ella ha hecho un descubrimiento.
—¿Y qué
te enseñó este incidente? —preguntó Feynman sin dejarme terminar.
Me sentí
plenamente satisfecho al darme cuenta de que ahora realmente se estaban
formando ideas inteligentes en mi cabeza en respuesta a su pregunta.
—Nueva tenía
dos habilidades. Una era empujar cosas con un palo. La otra era extender los
brazos a través de los barrotes para coger cosas. Su descubrimiento fue que
podía juntar las dos habilidades independientes. Convirtió su vieja
herramienta, el palo, en un tipo de herramienta completamente diferente.
Precisamente lo mismo que hizo Galileo cuando utilizó el telescopio, que había
sido inventado como un juguete, para mirar al cielo. Muchos descubrimientos son
así, nuevas maneras de mirar viejas cosas o viejos conceptos. Pero las materias
primas para el descubrimiento siempre habían estado allí, y ésta es la razón de
que los descubrimientos puedan parecer sorprendentes en su tiempo aunque sean
simples y obvios para las generaciones posteriores. Así que supongo que aprendí
algo sobre la psicología del descubrimiento. Algo que confío en aplicar.
Me miró
por un momento.
—Estás
malgastando tu tiempo —dijo—, uno no aprende cómo descubrir cosas leyendo
libros sobre ello. Y la psicología es un montón de gilipolleces.
Sentí
como si me hubiese dado una bofetada. Pero luego, tras una pausa, me miró a los
ojos y dijo despacio y con una sonrisa pícara:
—Lo que
yo aprendería de tu historia es que si un mono puede hacer un descubrimiento,
también tú puedes.
Capítulo
VI
Pasaron
muchas semanas y trabé cierta amistad con Feynman, aunque no puede decirse que
me convirtiera en su amigo. Empezamos a hablar con más facilidad,
principalmente porque yo ya no me sentía nervioso con él. Le había preguntado
si podía grabar algunas de nuestras conversaciones porque quería escribir algo
sobre él. No sabía el qué: un artículo para una revista, quizá. Yo no estaba
seguro de poder hacer más física, pero siempre me había gustado escribir. Era
una escapatoria para mí, como ir al cine. Y a él no pareció importarle. Siempre
le gustaba tener audiencia.
Era un
día frío. El campus estaba tranquilo; los pocos estudiantes que paseaban no
estaban hablando. Dentro, el despacho de Feynman era funcional. Las pizarras
estaban llenas de matemáticas, básicamente con diagramas de Feynman como los
que había inventado en su juventud. Había una mesa, un sofá, una mesita de
café, un par de estanterías. Nada parecía opulento. Nada indicaba que él fuera
uno de los científicos más famosos y respetados del siglo XX. Él hablaba de lo
que más me había preocupado: ¿tenía yo ese algo especial que se necesita para
ser un científico?
Feynman
decía:
No
pienses que ser un científico es tan diferente. La persona común no está tan
alejada de un científico. Puede estar alejada de un artista o de un poeta o
algo así, aunque dudo que demasiado. Creo en el sentido común habitual de la
vicia cotidiana, y hay mucho de ello en el tipo de pensamiento que practican
los científicos. Todo el mundo reúne en la vida ordinaria algunas cosas para
llegar a conclusiones sobre el mundo ordinario. Hacen cosas que no estaban
allí, como dibujos, como literatura, como teorías científicas. ¿Hay algo común
en estos procesos? No veo que haya una diferencia tan grande entre eso y el
trabajo del científico.
Por
ejemplo, cualquier persona corriente puede mentir, y mentir requiere cierta
imaginación. Hay que construir una historia que parezca razonable, e incluso
tendría que encajar con ciertos hechos. A veces hacen un buen trabajo. No hace
falta que sean científicos o escritores.
¿Es la
ciencia algo más maravilloso que la persona que dice: «María todavía no ha
llegado a casa, supongo que fue a comer al Loaf and Ladle porque le gusta ir
allí. Llamémosla allí»? Llamas y María está allí. ¿Es eso creatividad? La
persona común junta ideas de su experiencia para ver algo más, o alguna
relación, y repentinamente advierte que el tic que tiene la pequeña María
aparece siempre cuando ella está hablando de la escuela. Entonces hacen algo al
darse cuenta de eso. Toda la vida y el comportamiento ordinarios implican
actividad humana que me parece muy similar.
Los
científicos piensan de una forma constructiva. Planteas una pregunta a un
científico y él se preocupa. No se preocupa en el sentido en el que a veces se
preocupa una persona corriente, como «me pregunto si este enfermo va a
mejorar». Eso no es pensamiento, eso es sólo preocupación. El científico trata
de construir algo. No sólo de preocuparse por algo, sino de pensar algo.
El
científico analiza las cosas como lo hace un detective. Como un detective que
trata de descubrir lo que sucedió cuando él no estaba allí, a partir de unas
pistas. Nosotros estamos tratando de descubrir cómo es la naturaleza a partir
de las pistas dadas
por los
experimentos. Tenemos las pistas y tratamos de descubrirlo. Es más parecido a
un trabajo de detective que a cualquier otra cosa.
De
cualquier forma, yo no retrataría a Feynman como un Sherlock Holmes. Eso iría
mejor con Murray, una persona que siempre parecía caminar murmurando:
«elemental...» a cualquiera con quien estuviera. Murray pertenecía a la escuela
de física de yo-puedo-hacerlo-porque-soy-más-inteligente-que-todos-los-demás.
Desde luego Murray era más inteligente que todos los demás. Pero yo no lo era.
Feynman vestía y hablaba más como un tipo normal, un trabajador de la física,
que era mucho más mi tipo. Con ese pensamiento, la metáfora del detective
súbitamente tuvo sentido para mí, y la encontré alentadora. Sabía que había
detectives torpes como Rockford o Colombo —o tipos normales como Sam Spade— que
sin embargo se las arreglaban para descubrir los misterios del mundo que les
rodeaba.
Pese a
todo, cuando volví esa noche al apartamento sugerí a Edward y Ray que fuéramos
a la biblioteca a alquilar una película de Sherlock Holmes, suponiendo que era
un modelo mejor para un físico que Rockford. Eran los días anteriores al vídeo,
de modo que en realidad teníamos que buscar la película y un proyector y
proyectarla en una pared en el exterior del edificio. A partir de esa semana,
mis vecinos y yo salíamos al exterior cada viernes por la noche y veíamos la
misma película: El perro de los Baskerville. Provistos de
porros y cervezas nos sentábamos bajo las palmeras junto a la piscina y
disfrutábamos con sus sombríos fotogramas en blanco y negro. De vez en cuando
Edward se vestía como Sherlock, aunque lo que había en su pipa no conducía al
tipo de análisis lógico y riguroso de Holmes. Antes de empezar, conjurábamos
juntos al espíritu de ultratumba de Basil Rathbone, como harían los
espectadores ante una hipotética versión de 1939 de The Rocky Horror
Picture Show. Pero al final de la noche me encontraba perdido en un
mundo a mitad de
camino
entre la decadencia de Pasadena y el decoro del Viejo Mundo, y maravillado por
el poder del cine.
Feynman
continuó:
En
realidad todo lo que hacemos es un tipo concreto de actividad que es normal y
ordinaria, pero la hacemos a gran escala. La gente tiene imaginación, sólo que
no trabajan tanto tiempo con ella. La creatividad la practica todo el mundo,
sólo que los científicos lo hacen más. Lo que no es normal es practicarla de
forma tan intensa durante tantos años que se acumule toda esta experiencia
sobre el mismo tema limitado.
Un
trabajo de científico consiste en actividades normales de los seres humanos
llevadas a un extremo, de una forma muy exagerada. La gente corriente no piensa
en el mismo problema tan a menudo como lo hago yo, todos los días. Sólo los
idiotas como yo lo hacen. O Darwin, o algún otro que se preocupa por la misma
cuestión: «¿De dónde proceden los animales?», o «¿qué relación hay entre las
especies?». Un científico trabaja sobre ello, y piensa en ello, durante años.
Lo que hago yo es algo que la gente corriente suele hacer, pero lo hago tanto
que parece una locura. Pero se trata de encontrar la potencialidad como ser
humano.
Por
ejemplo, ni tú ni yo tenemos músculos que destaquen en nuestros brazos como
sucede con esos tipos fabulosos. Para nosotros eso sería imposible. Bien, ellos
trabajan y trabajan y trabajan. En su caso, podría ser una desmesura. ¿Cuánto
puedes hacer crecer esos músculos? ¿Hasta dónde puedes agrandar el pecho? Ellos
tratan de descubrir hasta dónde pueden llegar. Y por consiguiente, hacen algo
con una intensidad fuera de lo normal. Eso no quiere decir que nosotros nunca
levantemos pesos. Todo lo que hacen ellos es levantar más peso. Pero, como
nosotros, están tratando de encontrar la máxima capacidad de la actividad de
los seres humanos en una cierta dirección.
¿El
científico como un deportista del cerebro? ¿Le creía? ¿Es el genio creativo una
forma de sudor sinóptico? Yo había entra
do en la
física y estudiado pensando que los físicos eran algo parecidos a los místicos.
Después de todo, el lápiz del físico puede conmocionar a la teología con una
nueva visión de la Creación, o cambiar el mundo con un invento, como la radio,
el transistor, el láser... o la bomba. La física tradicional que encuentras en
la escuela alienta esta idea: leemos que Einstein, con su coeficiente
intelectual fuera de serie, empleó la pura lógica para derivar la conexión
entre espacio y tiempo; se nos describe a Niels Bohr, por su intuición física,
como si tuviera línea directa con Dios; brindamos por Werner Heisenberg, quien
formuló el principio de incertidumbre que sacudió los fundamentos de la
filosofía mecanicista. Entre mis amigos, todos estos físicos eran héroes
míticos.
La gente
se imagina a los científicos en balas blancas. Los físicos, al menos, no las
llevan, pero en cierto aspecto yo suscribía la misma concepción errónea básica:
que los científicos eran de alguna forma diferentes de las otras personas. Leí
sus teorías en el estricto desarrollo lógico que sólo llega mucho después de
los hechos. No sabía nada de sus inseguridades, sus pasos en falso, su
confusión, sus días en cama con dolor de estómago. Nunca llegué a pensar en los
profesores como personas, ni siquiera cuando era estudiante de doctorado.
Estaban allí para plantear cuestiones, pero siempre separados por la misma
divisoria que separa a los ricos de los pobres. Ahora yo mismo era parte del
claustro, un científico real, y eso es lo que parecía tan extraño. No me veía
tan diferente, así que si los científicos eran diferentes, ¿cómo podía yo ser
un científico? Feynman estaba diciendo, no te preocupes, no lo son. Era una
idea simple, y un alivio.
Hay un
cambio de perspectiva en el reconfortante conocimiento de que todo el mundo
está simplemente tanteando a través de la niebla, y es que hay muchas
probabilidades de que muchos no estén tanteando en la dirección correcta.
¿Quién está siguiendo un callejón sin salida y quién está en el camino hacia el
éxito? ¿De quiénes se recordarán sus trabajos y de quiénes se olvidarán? ¿Qué
es digno de hacerse, y cómo saberlo? Yo no tenía las respuestas, pero recordaba
las palabras de ánimo que me había dado el director de la división. Explore,
dijo. Compruebe lo que otras personas están haciendo. Decidí abrirme a los
demás.
Capítulo
VII
El primer
tipo con el que traté de conectar era un colega llamado Stephen Wolfram que
tenía una posición similar a la mía. Quedamos para comer en un lugar que se
autodenominaba como un delicatessen italiano. Wolfram pidió un plato de extraño
rosbif. Le sirvieron quizá medio kilo de eso. Sin pan. Sin patatas fritas. Sin
verduras. Sólo medio kilo de carne roja. Yo tomé un sándwich normal, patatas
fritas y todo. A pesar de nuestros diferentes gustos culinarios entablamos una
conversación amistosa. Al principio él parecía un colega bastante simpático,
pero conforme seguíamos hablando descubrí algunas cosas que me alarmaron, a
saber: él había estudiado en Oxford, había publicado su primer artículo
científico cuando tenía quince años, y obtuvo su doctorado en Física Teórica en
el Caltech cuando tenía veinte. No, decidí. Nunca podríamos ser amigos. Años
más tarde leí acerca de él a menudo, porque fundó una compañía de software de
éxito exagerado y luego publicó un famoso libro, un producto de su teoría
favorita, los autómatas celulares.[2] ¿Gente
corriente? Me preguntaba si Feynman había conocido a este tipo.
Unos días
más tarde llegué a mi despacho con jaqueca. Me había quedado hasta las cuatro
de la madrugada con Ray, que estaba deprimido porque no podía encontrar novia.
Últimamente parecía plenamente dedicado a esta tarea. Murmuraba para sí mismo,
a veces en español, el único recordatorio de que su verdadero nombre era Ramón
y no Ray. Si sonaba por la radio una canción de amor, él gritaba palabrotas, o
cambiaba de emisora o, como hizo en una ocasión, destrozaba la radio. Día y
noche pensaba en su problema con las mujeres. Le consumía. Lo imaginé,
utilizando el análisis de Feynman, como si fuera un científico. Su campo era el
amor, y, como Darwin o Feynman, se preocupaba por la misma cuestión lodo el
tiempo —en su caso la cuestión de encontrar pareja—. Ray había estado hablando
de suicidio y, puesto que tenía una pistola, pensé que mi deber era asegurarme
de que no la usara. De modo que le privé de las drogas y en su lugar bebíamos
martinis. Descubrimos que podíamos consolarnos mutuamente porque nos afectaban
problemas similares. Ninguno de los dos podía encontrar la amante que deseaba,
que en mi caso era un buen problema en el que trabajar.
Ya en mi
despacho, el dolor de cabeza no se aliviaba porque a través de la pared podía
oír a Murray gritando a alguien por teléfono. Parecía ser alguien del banco,
algún empleado que se mostraba corto de entendederas sobre algo. Murray podía
molestarse mucho cuando la gente no sabía las cosas, o no captaba las ideas con
la misma rapidez que él. A menos, por supuesto, que se tratase de Feynman, en
cuyo caso Murray se regocijaba. Y puesto que Murray tenía un conocimiento
mundano enciclopédico, y el conocimiento factual de Feynman se centraba en las
matemáticas y las ciencias, había muchas cosas de las que Murray podía hablar
donde Feynman estaría en desventaja.
Mastiqué
una aspirina y me pregunté qué iba a hacer. Yo había tenido
antes periodos en blanco entre artículo y artículo, momentos que pasaba leyendo
y pensando, tratando de dar con una buena idea o un buen problema que resolver.
Esto es normal para un físico teórico. La incapacidad para concentrarse no lo
es. Decidí hacer una visita a un joven profesor de la casa. Quizá, pensaba yo,
podríamos colaborar en algo. Parecía accesible, y había escrito una famosa
tesis doctoral que tenía que ver con la fuerza fuerte.
Uno de
los atractivos de la física está en la magnitud de las ideas que consideras.
Puede parecer que pasar el día manejando expresiones matemáticas provoca un
bostezo continuo, pero se hace excitante cuando te das cuenta de que al
estudiar la fuerza fuerte estás explorando un poder tan grande como el que
podrías encontrar en la ciencia-ficción más especulativa. Sin la fuerza fuerte,
la repulsión eléctrica entre los protones cargados positivamente en el núcleo
reventaría todos los átomos del universo, excepto los del hidrógeno gaseoso,
cuyos núcleos consisten en protones solitarios. Cuando lo piensas de esta
manera, el poder y el potencial de lo que puedes descubrir parece casi
ilimitado.
La fuerza
fuerte que liga a los quarks entre sí era para los físicos la razón de que los
quarks de Murray nunca se hubieran visto aislados. Pero había un problema con
esta explicación: según las observaciones experimentales, cuando las partículas
como los protones chocaban unas con otras se comportaban como si las partículas
que había en su interior —que Feynman había denominado partones, pero que todos
los demás creían que eran quarks— pudieran moverse libremente. ¿Cómo se podían
mover libremente si estaban ligadas tan firmemente? Puesto que era muy difícil
calcular las consecuencias de la cromodinámica cuántica —la teoría de la fuerza
fuerte—, la respuesta a esta pregunta no era en absoluto evidente. Este joven
profesor de la casa había hecho un trabajo original sobre este problema. La
respuesta era que, según la cromodinámica cuántica, la fuerza fuerte, a
diferencia
de las demás fuerzas fundamentales, crece con la distancia. Si se pudieran
separar dos quarks a una distancia de un centímetro (lo que no es posible),
éstos experimentarían una atracción inimaginablemente intensa; sin embargo, dos
quarks confinados dentro de un protón apenas se afectarían mutuamente, y se
comportarían como si estuvieran libres.
Para
escapar a los efectos de la fuerza fuerte, uno no se aleja, sino que se acerca.
Aunque era una novedad en física, este comportamiento se parecía mucho a las
fuerzas humanas que actuaban sobre mí en el Caltech. Yo estaba allí,
supuestamente libre para hacer lo que quisiera. Y mientras actuase como un
científico serio, que llevaba a cabo una investigación importante, yo me sentía
libre. Pero no me sentía libre para decir algo estúpido. No me sentía libre
para fracasar. No me sentía libre para nada que no fuera estar obsesionado con
la investigación, y no precisamente cualquier investigación.
En la
cultura de la física con la que yo había crecido había una jerarquía de
respetabilidad. Mi despacho estaba en la planta que albergaba a los teóricos de
partículas elementales —aquellos que, como Feynman y Murray, trabajan en la
teoría de las fuerzas y partículas fundamentales de la naturaleza—. Estos
tienden a mirar por encima del hombro a otros, como los biólogos, o los
químicos, o la mayoría de los demás físicos, que están aplicando, antes que
descubriendo, leyes fundamentales. En esta visión, incluso la física del estado
sólido, que ha llevado a descubrimientos tales como el transistor, y con ello a
la moderna era digital, es menospreciada como algo menos respetable. «Física
del estado escuálido», la llamaba Murray.
Yo
imaginaba cómo se podía representar este paisaje cultural según las líneas de
la clásica cubierta de Saúl Steinberg para la revista New Yorker, donde
aparece una vista hacia el oeste desde Manhattan. Imaginaba, en primer término,
en el centro del mundo, los diferentes aspectos de la teoría de las partículas
elementales —equivalentes a los edificios de Manhattan . En esto es en lo
que
trabajaban Feynman y Murray y la mayoría de los de la planta. Las regiones
circundantes —en algún lugar de New Jersey— representaban las matemáticas y
otras áreas de la física teórica. En el vasto y distante espacio medio del país
estaban las grandes llanuras marginales de la física experimental. Finalmente,
en la costa lejana, había algunas estructuras minúsculas; física aplicada,
ciencias de la vida y otras profesiones apenas dignas de atención. Mientras yo
me quedase cerca del centro del mundo, era libre para moverme. Pero cuanto más
lejos de ello me llevara mi investigación, mayor sería la fuerza que sentiría
tirando de mí.
Feynman
siempre tenía a gala ignorar tales fuerzas. Estaba interesado en toda la
física, en otras ciencias y muchas otras empresas creativas. Tampoco se avenía
a los usos sociales establecidos. Si se esperaba que se comportase con cierto
decoro profesional, él iba a un club de striptease a trabajar en su física. Ya
en el club de striptease, uno hubiera esperado que bebiese alcohol, o quizá que
se contorsionase con las bailarinas. Pero no bebía y era fiel a su mujer. De lo
que no me di cuenta entonces era que yo también tenía el poder de ignorar la
fuerza de las expectativas de otras personas. No tuve entonces la intuición de
aplicarme a mí mismo este análisis de la fuerza fuerte, pero la idea de este
joven profesor me atraía. También imaginé que, puesto que él había tenido un
éxito temprano, como yo, y había acertado en dar el paso siguiente —como
profesor permanente en el Caltech— sería un buen tutor.
Fui a su
despacho. Varias plantas de interior y un póster de los jardines Huntington —un
famoso jardín botánico próximo— adornaban la habitación. Era la segunda vez que
yo veía plantas en el despacho de un físico. La primera fue en el despacho de
un físico matemático al que conocí en cierta ocasión, pero él no cuenta
realmente, porque sus plantas estaban todas muertas por falta de agua.
El joven
profesor era un tipo grande y rotundo. Parecía amable. Tras una pequeña charla,
le pregunté en qué estaba trabajan
do esos
días, tratando de no parecer demasiado interesado. La mayoría de los
investigadores están contentos de encontrar colaboradores, pero nadie quiere un
colaborador desesperado. Sin embargo, mi despreocupación debió de ser
exagerada, porque me echó una mirada divertida.
—Simplemente
—dije—, me estoy familiarizando con lo que hacen todos en esta planta.
—Lo
entiendo. —Él sonrió. Pero seguía sin responder.
—Así
que... ¿en qué estás trabajando? — pregunté una vez más.
—Oh, tú
no querrás trabajar en eso.
—Nunca se
sabe —dije.
Él siguió
sonriendo, pero no hablaba. Le miré como un conductor podría mirar un semáforo,
esperando que se ponga verde. Pero la luz no cambiaba.
En cierta
ocasión leí acerca de un estudio que concluía que el rasgo más correlacionado
con el éxito en la universidad es la persistencia. Veía que en sociología los
propios investigadores solían tener este rasgo en exceso: persistían en extraer
conclusiones más allá del límite de la validez estadística. Pese a todo, siendo
un tipo persistente, a menudo me apoyaba en ese estudio.
—Así que
¿en qué trabajas? —persistí.
Se
encogió de hombros.
—Oh,
estos días... básicamente en jardinería.
No dejó
de sonreír mientras respondía.
Ya en el
pasillo supuse que se ganaba su sustento enseñando, pero yo le miraba por
encima del hombro. Enseñar ciencia no era ser un científico, y para mí,
entonces, no era digno de su posición. A partir de entonces siempre pensé en él
como el profesor Jardinero.
Fui a mi
amigo Constantine. Éste era un colega posdoctoral de Atenas. Su padre era
griego, pero su madre era italiana, y él parecía haber heredado de ella un
estilo impecable, tanto en la manera de vestir como en su aproximación a la
física.
—¿No
sabes nada de él? —me dijo en voz baja—. Está quemado. Le dieron la plaza
permanente inmediatamente después del doctorado porque lodo el mundo luchaba
por hacerse con él. Resulta que sólo sabe hacer una cosa.
Constantine
sonrió desdeñosamente.
Sólo sabe
hacer una cosa. Yo sonreí también por obligación, pero estaba pensando: «justo
igual que yo». Salvo que nadie cometió el terrible error de darme la plaza
permanente. En unos pocos años estaría completamente perdido, imaginé, y
tendría que aceptar un trabajo deprimente como el de mi vecino en la industria
de defensa. No obstante, no me podía ver diseñando misiles, al menos no sin
saber contra quienes se utilizarían.
La cabeza
seguía doliéndome, así que acudí a Helen, la secretaria del departamento, en
busca de más aspirinas. Tenía el despacho al otro lado del de Murray —el que
estaba entre Murray y Feynman— y llevaba en el departamento casi tanto tiempo
como ellos. Mientras me acercaba a su despacho oí que decía a alguien que había
dentro:
—Seguro
que le ha montado una buena al del banco.
Yluego la
voz de Murray:
—Oh. ¿lo
oyó?
YHelen:
—¿Cómo
podía no oírlo?
Murray
salió de su despacho. Me saludó con la cabeza. Yo le saludé con la cabeza.
Entré para ver a Helen.
—¿Tiene
usted jaqueca? —dijo cuando le pedí las píldoras—. No me sorprende.
Le eché
una mirada: ¿qué quería decir?
—Si no le
importa que se lo diga, usted no tiene un aspecto muy feliz últimamente.
—Oh,
simplemente... me está costando encontrar algo en lo que trabajar a
continuación.
Bueno, yo
no sé nada de física, pero me parece que a todo el mundo le pasa. Al menos a
los que no han abandonado.
Yo dije:
—Apuesto
a que a Feynman no le pasa.
—¿El
profesor Feynman? ¿Por qué ? Él ha tenido largos períodos de sequía. Todo el
mundo lo sabe, al menos todos los de aquí. Pero él siempre vuelve. Estoy segura
de que usted también lo hará.
Me dio
las píldoras. Luego dijo:
—O si no,
usted encontrará alguna otra cosa que hacer con su vida. Aún es joven.
Capítulo
VIII
En sus
años de práctica de la física. Feynman había resuelto varios de los problemas
más difíciles de la época de la posguerra. Confirmé que entre unos y otros hubo
algunos períodos prolongados de inactividad. Y de hecho, él siempre volvió. Y
mientras que Murray trabajó casi exclusivamente en el campo de la física de
partículas elementales, Feynman había hecho importantes contribuciones en
muchas áreas: física de bajas temperaturas, óptica, electrodinámica. Parecía
tener un don para encontrar el problema correcto en el que trabajar, y en el
momento oportuno. Yo me preguntaba: ¿cuál era su enfoque? ¿Qué requiere
talento: escoger el problema correcto, la cuestión con la que yo luchaba ahora,
o encontrar la solución? Y una vez que se decidía por un problema, ¿qué
necesitaba para resolverlo?
Cuando
viniste aquí por primera vez y me pediste que explicara cómo enfocaba un
problema, sentí pánico. Porque realmente no lo sé. Creo que es como preguntar a
un ciempiés qué pata viene después de qué otra. Tengo que pensar un rato,
tratar de mirar atrás y citar algunos problemas.
En
algunos casos, encontrar el problema en que trabajar podría ser el resultado de
una imaginación creativa muy buena. Y resolverlo quizá no necesite la misma
habilidad. Pero hay problemas en matemáticas y física donde se da la situación
inversa: los problemas son bastante obvios y la solución es difícil. Es difícil
no advertir el problema y, pese a todo, las técnicas y métodos conocidos en esa
época y la cantidad de información conocida para la gente es pequeña. En ese
caso, la solución es lo ingenioso.
Un
ejemplo muy bueno es la teoría de la relatividad y la gravitación de Einstein:
la teoría de la relatividad general. Con la relatividad estaba claro que había
que combinar de algún modo la teoría de la relatividad especial, el hecho de
que la luz viaja a cierta velocidad, c, con el fenómeno de la
gravitación. No se puede tener eso: no se puede tener la vieja gravitación
newtoniana, con velocidades infinitas, y la teoría de la relatividad que limita
las velocidades. De modo que hay que modificar la teoría de la gravedad de
algún modo.
La
gravitación tenía que ser modificada para que encajara en la teoría de la
relatividad, con el hecho de que la luz se mueve a cierta velocidad. Bien, eso
no es mucho para empezar. ¿Cómo hacerlo? ¡Ése era el desafío!
Para
Einstein era obvio que había que hacer esto. No era obvio para todo el mundo,
porque para ellos la teoría de la relatividad especial no era aún obvia. Pero
Einstein había superado eso. Así que vio este otro problema. Era obvio, pero la
manera de resolverlo necesitaba la máxima imaginación. ¡Los principios que tuvo
que desarrollar! Utilizó el hecho de que las cosas no pesaban cuando caían.
Necesitó mucha, mucha imaginación.
O tomemos
el problema en el que estoy trabajando ahora. Es perfectamente obvio para todo
el mundo. Tenemos esta teoría matemática llamada cromodinámica cuántica que se
supone explica las propiedades de protones y neutrones y demás.
En el
pasado, si uno tenía una teoría y quería descubrir si era correcta, simplemente
la tomaba, miraba lo que sucedía en la teoría y lo comparaba con el
experimento. Aquí, los experimentos ya están hechos. Conocemos montones de
propiedades de los protones y tenemos la teoría. La dificultad está en que es
nueva, y no sabemos cómo calcular las consecuencias de esta teoría porque no
hemos conseguido la potencia matemática.
Inventar
una manera de hacerlo. Ahora bien, ¿cómo lo haces? Tienes que crear o inventar
una manera de hacerlo. Yo no sé cómo hacerlo. Aquí el problema es obvio y la
solución es difícil.
Se
necesitaron muchos golpes de imaginación para encontrar esta teoría, gente que
advertía patrones y poco a poco descubría cosas, finalmente los quarks, y
entonces tratar de encontrar la teoría más simple. De modo que hay una larga
historia que dio lugar a este problema concreto. Nos llevó mucho tiempo llegar
aquí, pero ahora nuestras narices se han dado contra eso.
Nuestras
narices se han dado contra eso. Era una expresión interesante la que utilizaba.
La encontré estimulante cuando Feynman reveló que también él se sintió
frustrado.
Estoy
trabajando ahora en este difícil problema, y lo he estado haciendo durante los
últimos años. Lo primero que ensayé con este problema es tratar de encontrar
algún tipo de forma matemática de hacerlo, resolver algunas ecuaciones. ¿Cómo
lo hice? ¿Cómo empecé a explicarlo? Probablemente es algo que viene dado por la
dificultad del problema. En este caso simplemente lo ensayé todo. Me ha llevado
dos años, y he luchado con un método y con otro. Quizá eso es lo que hago:
ensayo al máximo diferentes tipos de cosas que no funcionan, y si no funcionan
paso a alguna otra manera de intentarlo. Pero aquí me di cuenta, después de
intentarlo todo, de que no podía hacerlo. Que ninguno de mis trucos funcionaba.
Así que
entonces pensé, bien, si entendiera cómo se comportan las cosas,
aproximadamente, eso me diría más o menos qué tipo de formas matemáticas podría
ensayar. Así que gasté un montón de tiempo pensando en cómo funcionaba, de
forma aproximada.
Hay
también un aspecto psicológico. Para empezar, en mis últimos años tomo sólo los
problemas más difíciles. Me gustan los problemas más difíciles, los problemas
que nadie ha resuelto, y por lo tanto las probabilidades de que vaya a
resolverlos no son demasiado altas. Pero ahora siento que he ganado una
posición.
un puesto
permanente, y no me preocupa perder el tiempo que se necesita para trabajar en
un largo proyecto. No tengo que decir que voy a obtener mi título en un año. Es
verdad que quizá no dure tanto tiempo físicamente, pero no me preocupo por eso.
Su
enfermedad estaba siempre allí, en la habitación, con nosotros, un ángel de la
muerte esperando pacientemente su oportunidad de salir.
El
siguiente aspecto psicológico es, tengo que pensar que tengo algún tipo de ruta
interior para este problema. Es decir, tengo algún tipo de talento que los
demás no están utilizando, o alguna forma de mirar, y ellos se están engañando
por no advertir esta maravillosa forma de considerarlo. Tengo que pensar que
tengo una probabilidad algo mayor que los demás, por alguna razón. Sé en mi
interior que es probable que la razón sea falsa, y que probablemente la actitud
concreta que estoy adoptando ya se le ocurrió a otros. No me preocupa; me
engaño pensando que tengo una posibilidad extra. Que tengo algo con lo que
contribuir. De lo contrario podría esperar también que otro lo haga,
quienquiera que sea.
Pero mí
enfoque es que yo no soy nunca exactamente el mismo que algún otro. Siempre
pienso que tengo una ruta interior, siempre ensayo otra vía. Y pienso que
puesto que estoy ensayando otra vía, ésa es buena. Ellos no han tenido una
oportunidad. Es exagerado. Y yo tengo que trabajar con esta exageración.
Siempre lo considero algo parecido a los africanos cuando iban a entrar en
batalla, tocando tambores y autoexcitándose. Me hablo a mí mismo y me convenzo
de que este problema es tratable por mis métodos y que los otros no lo están
haciendo bien. La razón de que no lo hayan logrado es que no lo están haciendo
bien. Y yo voy a hacerlo de una manera diferente. Me hablo a mí mismo, y yo
mismo me entusiasmo.
La razón
es que, cuando hay un problema difícil, tienes que trabajar mucho tiempo y
tienes que ser persistente. Para ser persistente, tienes que convencerte de que
vale la pena trabajar tan
duro, que
estás yendo a alguna parte. Y eso requiere una especie de autoengaño.
En este
último problema realmente me engañé a mí mismo. No he llegado a ninguna parte.
No podría decir que mi enfoque sea muy bueno. Mi imaginación me está fallando.
He entendido cualitativamente cómo funciona, pero no puedo entender
cuantitativamente cómo funciona. Cuando el problema esté finalmente resuelto,
será todo por imaginación. Entonces se hablará mucho sobre la forma en que se
hizo. Pero es sencillo: todo será por imaginación, y persistencia.
La gente
que nunca ha trabajado en física tiende a describirla con palabras como árida,
exacta y precisa. La física de la vida real está tan alejada de eso como lo
está la práctica de la ley del debate teórico en la Facultad de Derecho, o como
lo está la práctica de la medicina de la teoría de la fisiología y la
enfermedad. La ley podrá consistir en reglas definidas, pero su aplicación está
sujeta a interpretación, conocimiento incompleto, consideraciones prácticas y
la psicología de quienes juzgan. La ciencia médica podrá detallar los síntomas
de una enfermedad, pero pocos pacientes entran en la consulta de su médico
citando las descripciones que hacen los libros de texto de su enfermedad. Con
la experiencia los médicos aprenden a hacer juicios. La física es también un
arte. Pocos problemas de la física real pueden ser lo que uno llamaría,
estrictamente hablando, «resueltos». Para un físico, resolver un problema
implica juzgar qué aspectos de un fenómeno son esenciales y cuáles pueden ser
ignorados, qué parte de las matemáticas hay que conservar y cuál alterar. Por
ejemplo, un átomo de hidrógeno consiste en un electrón en órbita alrededor de
un solo protón. Es el único entre los más de cien tipos de átomos cuyas
ecuaciones cuánticas pueden resolverse exactamente. Y si uno hace algo tan
sencillo como colocar el átomo de hidrógeno en un campo magnético, entonces las
ecuaciones, alteradas para incluir el campo magnético, no pueden resolverse.
Tomemos
el problema de encontrar la luz emitida por un átomo de hidrógeno en un campo
magnético. Uno tiene que simplificar. Podría empezar suponiendo que el campo
magnético es lo esencial, y despreciando los términos matemáticos que implican
al protón; o podría empezar suponiendo que el efecto del protón es dominante, y
despreciando los términos que representan el campo magnético. O, como yo hice
en mi tesis doctoral, se podrían reescribir las ecuaciones como si el mundo
tuviera infinitas dimensiones. Resolver un problema de investigación en física
implica hipótesis tras hipótesis, aproximación sobre aproximación, y esos
grandes vuelos de imaginación que la gente llama saltarse los límites. Implica
la capacidad de avanzar, seguir tu intuición y aceptar que no entiendes por
completo lo que estás haciendo. Y por encima de todo, implica creer en uno
mismo.
El
enfoque de Feynman para resolver la cromodinámica cuántica consistía en
escribir una forma simplificada de la teoría y ver si las propiedades de la
teoría satisfacían dicha hipótesis. El trabajo de Feynman sobre el problema
recordaba uno de sus más famosos trabajos anteriores: su teoría del helio
líquido. El problema consistía en explicar teóricamente algunas propiedades muy
extrañas de dicho fluido. Por ejemplo, no hierve, y si lo colocas en un vaso
trepará por las paredes y rebosará hasta que el vaso quede vacío. Después de
ver a físicos frustrados tratando de resolver este problema directamente,
Feynman, en su estilo babilónico habitual, decidió que la mejor aproximación es
«mover las manos, utilizar analogías con sistemas más sencillos, dibujar figuras
y hacer conjeturas plausibles». Ésta era la marca de Feynman: no potentes
matemáticas, sino potente imaginación combinada con comprensión física.
Resolvió el problema del helio en una serie de famosos artículos a mediados de
los años cincuenta. Obviamente él esperaba repetir ese éxito aquí.
Feynman
no vivió para resolver el problema de la cromodinámica cuántica. Y en los más
de veinte años transcurridos desde nuestra conversación, tampoco lo ha resuelto
ningún otro. Hoy, los únicos nuevos resultados calculados a partir de la teoría
no proceden de una comprensión más profunda o una solución matemática de ésta,
sino de la aplicación continuada de ordenadores cada vez más potentes.
Capítulo
IX
Mientras
continuaba en mi búsqueda de un problema pensé en lo que había dicho Feynman
acerca de una ruta interior. ¿Cuáles son mis poderes? Siempre tuve más
inclinación matemática que la mayoría de mis compañeros de estudios. También
era un tipo rebelde, impulsado por mi naturaleza hacia algo que fuera contra el
saber establecido. La mayoría de los investigadores que tenían su despacho en
la misma planta que yo estaban trabajando, como Feynman, para descubrir mejores
maneras de resolver problemas en cromodinámica cuántica. En esta búsqueda se
utilizaban básicamente matemáticas ordinarias y se consideraba uno de los
problemas más importantes del momento.
Pero
también había un profesor, John Schwarz, cuya investigación implicaba
matemáticas muy exóticas, y estaba completamente al margen de la corriente
principal.
Hay
cuatro fuerzas conocidas en la naturaleza: el electromagnetismo, la gravedad,
la fuerza fuerte y su compañera sub- nuclear, la fuerza débil. Los físicos
tienen una teoría para describir las interacciones causadas por cada una de
estas fuerzas: la teoría cuántica electrodébil, una generalización de la
electrodinámica cuántica, describe a la vez el electromagnetismo y la fuerza
débil; la relatividad general, que no es una teoría cuántica, describe la
gravedad; y la cromodinámica cuántica describe
la fuerza
fuerte. La creencia en que todos los fenómenos naturales pueden ser explicados
por una ley física fundamental se denomina reduccionismo. La creencia en el
reduccionismo está ampliamente extendida en física, y cruza las «fronteras
entre partidos», desde los griegos como Murray a los babilónicos como Feynman.
Eso significa que la mayoría de los físicos creen que nada sucede en el
universo que no sea el resultado de una o más de las cuatro fuerzas
fundamentales, ya se trate del nacimiento de un niño o el nacimiento de una
galaxia. Dado que la mayoría de los físicos sostiene esta visión, desarrollar
una teoría de las cuatro fuerzas es la empresa más importante que puede
emprender un físico teórico. Schwarz trabajaba en una teoría única que, si
fuera verdadera, reuniría (y modificaría) todas estas teorías. Su nueva teoría
las reescribiría de una tacada, reemplazándolas por una única teoría
totalizadora.
Considerando
lo diferentes que son las cuatro fuerzas, una única teoría que describa todas
ellas puede parecer un objetivo inalcanzable. Por ejemplo, la fuerza
electromagnética puede atraer o repeler, pero la fuerza gravitatoria atrae
siempre. La fuerza fuerte se hace más débil a distancias cortas, mientras que
las fuerzas gravitatoria y electromagnética se hacen más fuertes. Y las fuerzas
también tienen un rango de intensidades casi inimaginable: la fuerza fuerte es
unas cien veces más fuerte que la fuerza electromagnética, que es mil veces más
fuerte que la fuerza débil, que es billones de billones de billones de veces
más fuerte que la fuerza gravitatoria. Las cuatro fuerzas también desempeñan
diferentes papeles en nuestras vidas y en el funcionamiento del universo. La
gravedad es, por supuesto, lo que nos mantiene pegados a la Tierra, y es
responsable del flujo y reflujo de las mareas. Pero sus efectos más importantes
en la naturaleza son a escala cósmica. La gravedad es la causa de que se formen
los planetas y describan órbitas alrededor de sus estrellas, y genera el horno
nuclear en el centro de una estrella que da la luz y el calor que llevan a la
vida. Y, mucho antes de que sus plañe
tas
existieran, fue la compresión debida a la gravedad la que hizo que estas mismas
estrellas se formaran. La fuerza electromagnética es importante para nosotros
principalmente en la escala atómica. La fuerza electromagnética entre átomos y
moléculas, por ejemplo, hace visibles los objetos, permite que el oxígeno se
fije en los glóbulos rojos de la sangre, e impide que nuestra mano atraviese la
pared cuando la apoyamos en ella. Es la fuerza que da a los materiales la
mayoría de las propiedades que éstos poseen. Y es el aprovechamiento de esta
fuerza, básicamente en el siglo XX, lo que explica la mayoría de los aparatos
modernos: desde las lámparas a los teléfonos y la radio, la televisión y los
ordenadores. Las otras dos fuerzas, las fuerzas fuerte y débil, gobiernan el
mundo que existe a escalas más pequeñas incluso que el mundo atómico del
electromagnetismo: el interior del núcleo. La fuerza débil gobierna la
desintegración radiactiva del núcleo llamada desintegración beta. La fuerza
fuerte es responsable de la energía atómica. Es la potencia de esta fuerza,
liberada de los núcleos contenidos en menos de diez gramos de uranio, la que
destruyó la ciudad de Hiroshima.
¿Cómo
podrían describirse estas cuatro fuerzas por una única teoría? La historia
ofrece aquí una lección: en cierto modo hay realmente cinco fuerzas, pero
hablamos sólo de cuatro porque la primera unificación de las fuerzas tuvo lugar
hace tiempo. Fue la unificación de las teorías de la electricidad y el
magnetismo, una especie de «precursora» de la búsqueda actual. La historia es
algo parecido a esto: hace mucho, mucho tiempo (el siglo VI a. C), en un país
lejano (la antigua Grecia), los fenómenos electromagnéticos más sencillos, el
magnetismo y la electricidad estática, fueron estudiados por un sabio filósofo
llamado Tales. Desde esta época hasta el siglo XIX, los seres humanos
aprendieron cada vez más cosas sobre la electricidad y el magnetismo, pero nada
les indicaba que éstos fueran algo más que dos tipos de fenómenos separados. La
gravedad, la electricidad y el magnetismo constituían las tres fuerzas
conocidas de la naturaleza. Luego, al
rededor
del año 1820, varios científicos en diferentes partes de Europa descubrieron
que los cables que transportaban corrientes eléctricas tenían misteriosas
propiedades magnéticas. Esto era un importante indicio de que las fuerzas de la
electricidad y el magnetismo estaban relacionadas, pero nadie sabía exactamente
cómo. En las pocas décadas siguientes todos estos mortales eran invocados para
describir los efectos que ellos habían visto como un batiburrillo de leyes
empíricas. Luego, en 1865, un físico escocés, de poco más de un metro sesenta,
llamado James Clerk Maxwell, utilizó este batiburrillo de leyes para llegar a
un maravilloso conjunto de ecuaciones. En tan sólo unas pocas líneas, éstas
mostraron al mundo cómo surgían las fuerzas eléctrica y magnética a partir de
las cargas y corrientes eléctricas; y, lo que es más importante, cómo surgía
cada una a partir de la otra. Maxwell había producido así una teoría unificada
de dos de las tres antiguas fuerzas, la electricidad y el magnetismo, o, como
ahora lo llamamos, el electromagnetismo.
La
historia muestra también que la unificación de Maxwell era bastante más que una
bella teoría. Un estudio de sus Implicaciones revelaba nuevos efectos
revolucionarios. Por ejemplo, sus ecuaciones indicaban que las cargas
aceleradas podían producir ondas de campos electromagnéticos. Estas ondas se
movían siempre a la misma velocidad, y sus cálculos mostraban que era la
velocidad de la luz. Esto proporcionó a Einstein la inspiración para su teoría
de la relatividad. Y una vez que Maxwell descubrió que la luz es un fenómeno
electromagnético, quedó claro que también podían existir otros tipos de ondas
electromagnéticas. Esto preparó el camino para que el experimentador alemán
Heinrich Rudolf Hertz creara las primeras ondas de radio, y finalmente para la
invención de nuevas tecnologías como la radio, la televisión, el radar, los
satélites para comunicaciones, los aparatos de rayos X y los hornos de
microondas. En sus Feynman Lectures of Physics, Feynman
escribió: «...pocas dudas puede haber de que el descubrimiento por parte de
Maxwell de las le
yes de la
electrodinámica será juzgado el acontecimiento más importante del siglo XIX».
Los
físicos llaman «teoría del campo unificado» a una única teoría que explique
todas las fuerzas de la naturaleza. Vale la pena reflexionar un momento sobre
lo que esto significa. Para que una teoría sea una teoría del campo unificado
tiene que ir más allá de la descripción de fuerzas individuales para describir
la relación de las fuerzas entre sí, como hizo Maxwell cuando mostró cómo las
fuerzas eléctricas podían crear fuerzas magnéticas y viceversa.
La
mayoría de los físicos que buscan una teoría del campo unificado exigen aún
más: tratan de demostrar cómo todas las fuerzas de la naturaleza surgen de una
única fuerza, o principio subyacente, más fundamental. Aunque hay poca
evidencia experimental de que sea realmente así en la naturaleza (o de que no
lo sea), buscan de todas formas una teoría semejante, por un sentido estético o
por fe en que en algún lugar hay una única clave para todas las leyes
naturales. Semejante teoría unificada sería el triunfo definitivo de la física
al estilo griego. A la búsqueda de semejante teoría es a lo que Einstein dedicó
la mayor parte de su vida, sus años posrelatividad, apartándose poco a poco de
la corriente principal de los físicos, que estaban más centrados en cuestiones
más prácticas.
Más allá
de la belleza matemática y el descubrimiento potencial de nuevos fenómenos
físicos, una teoría del campo unificado también promete responder a preguntas
fundamentales acerca de nuestra simple existencia. Es el equilibrio de las
cuatro fuerzas de la naturaleza, sus intensidades relativas y propiedades
diversas, lo que permite que exista el universo tal como lo conocemos. Por
ejemplo, supongamos que la fuerza gravitatoria no fuera tan débil comparada con
la fuerza fuerte. Entonces las estrellas se comprimirían más y su combustible
nuclear se consumiría mucho más rápidamente, impidiendo la evolución de la
vida. Por el contrario, si la gravedad fuera mucho más débil.
la
repulsión electromagnética impediría que la materia se agrupase en estrellas.
Si la fuerza fuerte no fuera tan grande comparada con las fuerzas
electromagnéticas, la mayoría de los núcleos atómicos se desintegrarían. Y si
el número de electrones y protones en la materia estuviera desequilibrado en
tan sólo un uno por 100, la fuerza electromagnética entre usted y alguien a un
metro de distancia sería mayor que el peso de la Tierra. Las fuerzas de la
naturaleza son dispares, pero están en buen balance. ¿Por qué? Aunque teorías
independientes pueden describir las fuerzas individuales, sólo una teoría que
englobe a todas las fuerzas puede responder a esta cuestión fundamental de
existencia.
Cuando
Einstein empezó a buscar una teoría del campo unificado tenía una enorme
desventaja: todavía no se habían descubierto las fuerzas fuerte y débil. Pero
en 1981 el electromagnetismo y la fuerza débil habían sido unidos en una sola
teoría, y los físicos tenían ideas acerca de cómo incluir la fuerza fuerte. El
progreso hacia una teoría unificada era tentador. Treinta años después de la
muerte de Einstein, su búsqueda ganó una nueva popularidad. El término una
leona de todo entró en el vocabulario de los físicos. El mayor
obstáculo para el éxito, admitía todo el mundo, era la gravedad. No sólo los
físicos no sabían cómo incluir la gravedad en una teoría unificada, sino que
todavía no existía ninguna teoría cuántica de la gravedad, ni siquiera como
fuerza aislada. A menos que uno creyese a John Schwarz. Schwarz afirmaba que su
teoría podía unir a todas las fuerzas, incluso la gravedad, en una única teoría
cuántica.
La teoría
que constituía la obsesión de Schwarz se denominaba teoría de cuerdas. Las
cuerdas en la teoría de cuerdas tienen poca relación con cuerdas ordinarias, o
con esas delgadas fibras que uno puede enrollar en su dedo para acordarse de
comprar leche cuando vuelva a casa. Las cuerdas de los físicos fueron pro
puestas inicialmente por el físico japonés Yoichiro Nambu y el físico
norteamericano Leonard Susskind en 1970. La idea consistía en que lo que
parecía ser una partícula puntual podía ser
realmente
una cuerda minúscula y ondulante. ¿Cuál podía ser la utilidad de una idea tan
extraña? Al principio, su utilidad parecía consistir en que podría resolver el
viejo problema causado por los experimentadores, quienes seguían descubriendo
nuevas partículas. Incluso el número de quarks, con los que Murray fue capaz de
explicar la existencia de una gran cantidad de partículas diferentes a partir
de una cantidad mucho menor de ellas, había tenido que ser sustancialmente
incrementado en los años transcurridos desde que lo propuso por primera vez. De
modo que el aspecto inicial de la teoría de cuerdas estaba íntimamente
relacionado con una idea que Murray ayudó a crear en los años cincuenta,
incluso antes de que él diera con tos quarks: que todas estas partículas pueden
ser simplemente formas alternativas de la misma cosa.
En la
teoría de cuerdas existe una y sólo una teoría que engloba todas las fuerzas, y
una y sólo una partícula fundamental: la cuerda. Sus propiedades dependerían
del estado de vibración en que se encuentre, de la misma forma que el modo de
vibración determina el sonido creado por una cuerda de violín, pero en este
caso los diferentes estados de vibración se manifestarían como diferentes
partículas en lugar de diferentes sonidos. Esta entidad, la cuerda, daría
cuenta así de la amplia variedad de partículas en la naturaleza y explicaría
las fuerzas a las que reaccionan.
Por la
forma matemática que tomó la teoría de cuerdas había grandes indicios de que
podía mantener la promesa de ser una teoría de campo unificado de todas las
fuerzas, incluida la gravedad. Para algunos, como Schwarz, esto parecía un
milagro. Pero éstas eran solamente propiedades generales de la teoría, no
predicciones que se pudieran poner a prueba en el laboratorio. De modo que la
pregunta más importante seguía abierta: ¿era correcta la teoría de cuerdas?
Se podría
pensar que esto sería algo fácil de comprobar. Uno mira de cerca a una
panícula. ¿Hay allí una pequeña cuerda danzando, o no la hay? Pero las
partículas elementales son tan pequeñas que no podemos verlas con suficiente
precisión para distinguir semejante estructura más tina. Es la misma razón por
la que, vista a gran distancia, esa verruga con forma de violín en tu nariz
podría parecer la minúscula peca que tu madre siempre dijo que era. Pese a
todo, el hecho de que no podamos comprobar directamente si las partículas están
hechas realmente de cuerdas no significa que una teoría construida sobre esta
hipótesis no tenga consecuencias. Suponga que usted considera mi vida desde la
distancia, digamos que desde las limitadas interacciones que usted tiene
conmigo como colega, pero no como amigo. Usted podría pensar: él habla de forma
inteligente, tiene buenas credenciales, aterrizó en este puesto en el Caltech;
parece ser un tipo confiado y con éxito. Pero ¿qué soy yo en un nivel más
profundo? Eso es algo que, dada nuestra relación, usted no podría ser capaz de
comprobar directamente, así que tendría que teorizar. En casa, ¿leo novelas de
Jane Austen, me dedico tranquilamente a mi jardín y toco el violín? ¿O trago
martinis y trato de impedir que explote el cerebro de mi vecino el basurero?
Ciertamente hay circunstancias en las que el comportamiento de los Leonards de
las dos teorías divergirían, y observándome en una de estas circunstancias
usted podría inferir cuál está más próximo a la verdad. Y eso es lo que pasa
con las cuerdas. Incluso si no tenemos tanta intimidad con la naturaleza como
para poder comprobar directamente si las partículas están hechas de cuerdas, la
pregunta es: ¿podemos preparar una situación en la que las consecuencias
observables predichas por las teorías de cuerdas y las teorías sin cuerdas
estén en conflicto? Ser capaces de proponer un experimento semejante era la
máxima esperanza de los teóricos de cuerdas. Por desgracia, nadie podía
imaginar cómo hacerlo. Sencillamente, la teoría era demasiado compleja desde el
punto de vista matemático.
Puesto
que los teóricos de cuerdas no sabían cómo hacer ninguna predicción
verificable, inventaron otro objetivo para su teoría, al menos a corto plazo.
Se ha bautizado como «retrodicción». En este enfoque, más que hacer la
predicción de algún fenómeno nuevo, la teoría de cuerdas proporcionaría la
explicación de algo que ya era conocido, pero no comprendido. Por ejemplo,
conocemos los valores de muchas magnitudes físicas fundamentales, tales como la
masa de los quarks o la carga del electrón, pero no tenemos idea de por qué
tienen dichos valores. La teoría de cuerdas tenía el potencial de cambiar eso:
promete deducir estos números partiendo de cero. Pero nadie podía explicar cómo
hacerlo.
Durante
los años setenta la teoría de cuerdas no había respondido a su promesa.
Entonces se descubrieron ciertas inconsistencias. Todo el mundo, incluyendo a
John Schwarz, pensaba que se necesitaría otro milagro matemático para eliminar
dichas inconsistencias. Schwarz y un minúsculo grupo de colaboradores creían
tan firmemente en que la teoría de cuerdas era correcta que empezaron a buscar
el milagro. Para ellos, la estructura matemática que ya habían descubierto —por
ejemplo, la promesa de incluir la gravedad— era ya un milagro matemático, y
estaban dispuestos a permitir que la teoría les llevase al siguiente. Todos los
demás simplemente abandonaron la teoría.
Uno de
los problemas de la teoría de cuerdas que Schwarz no intentó eliminar era el
problema de las dimensiones: la teoría de cuerdas no es consistente
matemáticamente en sólo tres dimensiones espaciales. Las cuerdas de la teoría
de cuerdas tienen longitud, anchura y altura, pero también requieren extensión
en seis dimensiones adicionales que no parecen existir en el mundo real. No
eran tantas como en mi método de dimensiones infinitas, pero estas dimensiones
extra no eran un artificio de un método de aproximación matemática. Según la
teoría de cuerdas, las dimensiones extra tenían que ser reales. Los teóricos de
cuerdas «resolvieron» este problema ajustando matemáticamente la teoría de modo
que las seis dimensiones extra fueran, como las cuerdas, de una extensión tan
minúscula que naturalmente habrían pasado inadvertidas, y, de hecho, eran
prácticamente imposibles de detectar.
Era como
si viviéramos en un mundo bidimensional, por ejemplo confinados en la
superficie de la Tierra, y de repente un físico dijera: «Eh, mira, existe esta
dimensión extra, arriba y abajo, que nunca antes hemos advertido». La gente
podría preguntar: «¿Cómo podríamos no advertir algo tan obvio como una nueva
dirección? Si este “arriba y abajo” realmente existe, yo debería ser capaz de
saltar, o lanzar una bola hacia arriba». «Tú puedes saltar —dice el físico—,
pero la dimensión es minúscula, de modo que tu salto sólo puede llevarte una
minúscula fracción de milímetro hacia arriba. Tan exiguo es tu salto que ni
siquiera notarías que te separas del suelo.»
Para unos
pocos, el requisito de la teoría de cuerdas de que existan dimensiones extra
representaba un gran descubrimiento —como el descubrimiento de Planck del
principio cuántico, o el descubrimiento de Einstein de que espacio y tiempo
están entretejidos—. Para estos pocos la teoría de cuerdas ofrecía un desafío
excitante: encontrar una consecuencia indirecta, pero que se pudiera medir, de
las dimensiones extra (mientras que, al mismo tiempo, seguían trabajando para
eliminar las otras inconsistencias de la teoría). Pero, incluso en el Caltech,
la mayoría de los físicos reaccionaron ante Schwarz como si él hubiera
propuesto que todos se trasladasen a Nevada para unirse al equipo secreto que
estudiaba a los alienígenas en el Área 51.
Constantine
era uno de ellos. Lo encontré sentado a su mesa. Tenía un despacho interior,
sin ventanas. El tubo fluorescente zumbaba sobre su cabeza. A mí me hubiera
deprimido tener que oír el zumbido todo el día. Me habría deprimido no tener
luz natural. Demasiadas cosas me deprimían entonces, excepto cuando estaba
trabajando. Pero nada parecía deprimir nunca a Constantine. Sin embargo,
parecía cansado.
—Me fui a
la cama a las cuatro. Eh, la vida es dura. —Hizo un gesto con los brazos y la
cara que yo interpreté como queriendo decir que la vida no es dura en absoluto.
Había estado de fiesta con su novia americana, una deslumbrante actriz rubia
llamada Meg.
Yo estaba
celoso de él y de Meg. Constantine era muy apuesto, de maneras mediterráneas
—de constitución ligera pero perfectamente esculpido, con ojos atractivos y una
gran sonrisa. Siempre estaba bronceado y, aunque no había llegado a los
treinta, su cabello tenía el tono gris justo para darle un aire de
sofisticación. Cuando fumaba un cigarrillo recordaba a uno de esos anuncios que
pretenden hacer que fumar parezca sexy. A veces yo tenía la fantasía secreta de
tropezarme con él veinte años después para encontrarle con el pelo blanco y
arrugado, quizá incluso encorvado. En mi fantasía yo no habría cambiado nada,
excepto por una intangible maduración que aumentaba enormemente mi sex appeal.
Le dije a
Constantine que iba a tener una conversación con John Schwarz.
—¿Por qué
vas a hacerlo? —preguntó.
Dije que
pensaba que podría ser un buen tutor.
Constantine
se rió.
—¿Tutor?
Ni siquiera es capaz de aconsejarse a sí mismo.
—Parece
que él acepta estudiantes.
—Vamos.
Ese tipo lleva aquí nueve años y aún no tiene plaza estable. Ni siquiera es
profesor. Tiene una beca de investigación igual que tú y que yo.
Hizo otro
de sus gestos griegos —o quizá italiano—, un movimiento despectivo con las
manos como el que uno pudiera hacer a alguien en el autobús para indicar que se
va y el otro puede tomar el sitio.
—Bien, si
lleva aquí nueve años debe de tener el apoyo de alguien del claustro. Una
especie de empujón —dije.
Constantine
dio su propio empujón a su cigarrillo. Exhaló el humo hacia el techo y luego me
miró con una sonrisa. «Es una muía.» Da clases, acepta a muchos estudiantes.
«Hace el trabajo para que tipos como Feynman puedan liberarse.»
—Bien,
con esa gran carga quizá aprecie tener otra persona que trabaje con él —dije.
—Estoy
seguro de que será feliz de enseñarte todo sobre su trabajo. Después de todo, a
nadie más le preocupa realmente.
—Gracias
por tu apoyo, Constantine. —Salí de su despacho.
—¿Qué?
¿He dicho algo malo? —preguntó cuando yo estaba saliendo.
El
despacho de Schwarz estaba a la vuelta de la esquina. Su puerta estaba abierta.
Parecía de unos cuarenta años, y era muy pulcro. Estaba sentado a su mesa,
leyendo un preprint, que es como los físicos llaman al
manuscrito de un artículo de investigación. Puesto que las revistas tardan
mucho tiempo en publicar realmente un artículo, la mayor parte del trabajo en
curso circula y es leído en forma de preprint (y ahora puede
descargarse de la web). Levantó 1a vista hacia mí.
—¿Sí?
Me
presenté. Él sonrió.
—He oído
que eras un recién llegado.
—Estaba
interesado en conocer a todos, y en qué trabajan.
—Trabajo
en teoría de cuerdas —dijo, como si fuera una palabra corriente.
—Pensé
que quizá podrías explicarme un poco acerca de tu investigación.
—En
realidad no tengo tiempo —dijo.
—En otra
ocasión, entonces... —dije yo—. ¿Cuándo podría ser?
Se
levantó y caminó hasta la estantería. Recogió media docena de preprints y
copias de artículos.
—Aquí
—dijo—, simplemente lee éstos.
Me pasó
el material y volvió a trabajar como si yo no estuviera allí. Había consumido
todas las palabras que estaba dispuesto a gastar, e incluso parecía estar
reservando su suministro de contacto ocular.
De vuelta
en mi despacho me lamí las heridas, Constantine se
detuvo y preguntó
demasiado cariñosamente si yo era ahora el último «discípulo» de Schwarz. Hice
un gesto con el dedo corazón que no se utiliza ni en Grecia ni en Italia. Pero
él se lo imaginó.
Lo que
ninguno de nosotros sabía era que en pocos años el montón de artículos que
ahora había en mi mesa sería reverenciado en todo el mundo como heraldo de uno
de los avances más prometedores del siglo en física teórica.
Capítulo
X
Fue
difícil hincarle el diente a los artículos que Schwarz me pasó, pero al menos
me encontré capaz de centrarme. Descubrí que, a pesar de la dudosa reputación
de Schwarz y su teoría, y su falta de colaboradores entre el claustro, tenía a
cuatro o cinco estudiantes trabajando con él, más que cualquier otro profesor
del departamento. Hablé con un par de ellos cuando me surgieron preguntas que
hacer. Parecían capaces. Parecían sanos. ¿No se daban cuenta de que el 99,9 por
100 de los físicos «expertos» pensaba que todos ellos estaban chiflados?
¿Y por
qué el resto del claustro permitía que tantos estudiantes se «extraviasen» de
este modo? Alguien, pensaba yo, debía de estar apoyándoles. ¿Sería Feynman?
Era
sábado y el campus estaba tan tranquilo como la ciudad al amanecer. Pero era
bien pasado el mediodía, y tenía ganas de desayunar. El problema era que,
aunque muchos estudiantes vivían en el campus, tanto el Ateneo como la
Grasienta estaban cerrados los fines de semana. Supuse que ellos debían de
comer en alguna parte, de modo que fui caminando fuera en busca de algún animal
atropellado, o una máquina automática. Descubrí a Feynman a corta distancia. No
podía imaginar por qué estaba allí, pero aproveché la oportunidad para hacerme
el encontradizo —¿Has hecho ya algún descubrimiento? —dijo.
—Precisamente
ahora estoy tratando de descubrir algo de comida. ¿Sabe usted dónde puedo
comer?
—Sé dónde
—dijo—. El problema está en el cuándo. Los fines de semana los lugares
habituales del campus están cerrados.
Nos
dirigimos en dirección al Ateneo. Parecía que algo pasaba allí. Estuvimos en
silencio durante un rato.
—Déjeme
preguntarle algo —dije finalmente—. ¿Cree usted que sería prudente trabajar en
una teoría que casi todos los demás piensan que no tiene sentido?
—Sólo con
una condición —dijo.
—¿Y cuál
es?
—Que «tú»
no pienses que no tiene sentido.
—No estoy
seguro de saber suficiente para decirlo.
Se rió
entre dientes.
—Quizá si
supieras lo suficiente para decirlo tampoco trabajarías en ella.
—Quiere
usted decir que quizá soy demasiado tonto para esas cosas.
—No
necesariamente. Quizá simplemente no sepas lo suficiente, o no lo hayas sabido
el tiempo suficiente, para «echarte a perder» por lo que sabes. Demasiada
educación puede causar problemas.
Es cierto
que muchos de los mayores descubrimientos en física fueron hechos por «niños»
que tenían aproximadamente mi edad. Era la edad a la que Newton inventó el
cálculo infinitesimal, Einstein descubrió la relatividad y Feynman desarrolló
su técnica de diagramas. Muchos otros avances fueron hechos por físicos más
viejos, pero los más revolucionarios parecían estar hechos por los jóvenes.
Entre nosotros, los estudiantes de doctorado, se daba por sobreentendido que en
cuanto a la capacidad necesaria para la física matemática y teórica nuestras
mentes estaban en su punto más alto. Pero Feynman parecía estar viéndolo de
forma diferente, como si fuéramos cuesta abajo no por causa de un declive
mental, sino debido a una especie de lavado de cerebro. Quizás fuera por eso
por lo que él evitaba leer cosas nuevas de libros o artículos de investigación;
tenía fama de insistir siempre en extraer los nuevos resultados por sí mismo,
comprendiéndolos a su manera. Para él, seguir siendo joven significaba retener
una actitud de principiante. Claramente lo había logrado.
—Mira
—dijo—. Has encontrado comida.
Había un
gran bufé en el patio del Ateneo. Parecía ser un convite de boda. Nos detuvimos
y miramos detenidamente a la multitud con sus elegantes vestidos, trajes y
corbatas.
—Sí, pero
por desgracia no estamos invitados.
—Veo que
eres un experto en etiqueta.
—¿Qué
quiere decir?
—Lo que
quiero decir es: el hecho de que no estés invitado ¿significa que no eres
bienvenido?
Me encogí
de hombros.
—Normalmente
lo supongo así.
-—Entonces
no debes de tener tanta hambre.
Pensé en
eso durante un momento.
—Bien, no
estamos vestidos exactamente para eso. —Él iba en pantalones y camisa. Yo
llevaba pantalones cortos y una camiseta.
—Por
supuesto que no lo estamos. ¿Qué científico va al trabajo vestido como para ir
a una boda? Bueno, aparte de Murray. —Soltó una carcajada.
—¿Entrará
usted conmigo? —dije.
Sonrió
abiertamente. Nos dirigimos al bufé. Miró cómo empezaba a llenar mi plato. Al
principio nadie parecía prestamos mucha atención, pero luego un hombre con
esmoquin se puso detrás de nosotros.
—¿De
parte de la novia o del novio? —preguntó.
—De
ninguno de los dos —dijo Feynman. El hombre nos miró de arriba abajo. Mi mente
se apresuraba, tratando de encontrar una mentira que pudiera minimizar mi
embarazo. Entonces Feynman dijo—: Representamos al departamento de Física.
El hombre
sonrió, tomó algo de ensalada y se fue, sin molestarse aparentemente por la
respuesta ni por nuestro atuendo.
Capítulo
XI
Seguir
siendo juguetón, divertirse, mantener una actitud juvenil. Para mí estaba claro
que, para Feynman, el estar abierto a todas las posibilidades de la naturaleza,
o de la vida, era una clave de su creatividad y de su felicidad.
Le
pregunté:
—¿Es
ridículo madurar?
Pensó un
momento. Se encogió de hombros.
No estoy
seguro. Pero una parte importante del proceso creativo es el juego. Al menos
para algunos científicos. Es difícil de mantener cuando te haces mayor. Te
haces menos juguetón. Pero no debería ser así, por supuesto.
Tengo
muchos problemas matemáticos divertidos, pequeños mundos con los que juego y en
los que trabajo de vez en cuando. Por ejemplo, oí hablar del cálculo
infinitesimal por primera vez cuando estaba en el instituto y vi la fórmula
para la derivada de una función. Y la segunda derivada, y la tercera...
Entonces advertí una pauta que funcionaba para la enésima derivada, no importa
cuál fuera el entero «: uno, dos, tres y así sucesivamente.
Pero
entonces pregunté, ¿qué pasa con la «media» derivada? Quería una operación que
cuando la aplicaras a una función te diera una nueva función, y si lo hicieras
dos veces obtuvieras la derivada primera ordinaria de la función. ¿Conoces esa
operación? Yo la inventé cuando estaba en el instituto. Pero entonces no sabía
cómo calcularla. Solamente estaba en el instituto, así que sólo pude definirla.
No podía calcular nada. Y no sabía cómo hacer para comprobarla. Solamente la
definí. Más adelante, cuando estaba en la universidad, empecé de nuevo con
ello. Y me divertí mucho. Y descubrí que la definición original que había
ideado en el instituto era conecta. Funcionaba.
Luego,
cuando estaba en Los Álamos trabajando en la bomba atómica, vi a unas personas
que tenían una ecuación complicada. Y me di cuenta de que la forma que tenían
correspondía a mi «media» derivada. Bueno, yo había ideado una operación
numérica para resolverla, así que lo hice, y funcionó. La comprobamos
haciéndola dos veces, que es precisamente la primera derivada. Así que construí
un ingenioso método numérico para resolver su ecuación. Todo, bueno, no todo,
pero muchas cosas resultaron de utilidad. Simplemente juegas.
La mente
creativa tiene un vasto desván. Ese problema casero que hiciste en la
universidad, ese artículo intrigante aunque aparentemente absurdo que tardaste
una semana en descifrar cuando eras un postdoc, ese comentario
brusco de un colega, todo está almacenado en cajones en algún lugar del cerebro
de una persona creativa, a veces para ser seleccionado y aplicado por el
subconsciente en los momentos más inesperados. Es una parte del proceso
creativo que trasciende a la física. Por ejemplo. Tchaikovski escribió: «El
germen de una futura composición llega súbita e inesperadamente. Si el terreno
está preparado...». Y Mary Shelley: «La invención no consiste en crear a partir
del vacío, sino a partir del caos». Y Stephen Spender: «No hay nada que
imaginemos que no conozcamos ya. Y nuestra capacidad para imaginar es nuestra
capacidad para recordar lo que ya hemos experimentado alguna vez y aplicarlo a
alguna situación diferente».
Otra cosa
muy interesante y divertida es preguntar: si yo pudiera cambiar la naturaleza
en algún aspecto, cambiar una ley física, ¿qué sucedería? En primer lugar, si
cambiara algo, tendría que ser consistente con algunas otras cosas. Y también
tengo que entender todas las consecuencias de esta ley modificada que se
estarían dando en el mundo como resultado de ello. Es un trabajo muy
interesante. Es un montón de trabajo. Y traté de hacerlo una vez, quería ver
cómo sería la física si fuera bidimensional en lugar de tridimensional. Dos
dimensiones espaciales —como el plano de Euclides— más una dimensión temporal.
Y hay fenómenos muy, muy interesantes, como la forma en que se comportan los
átomos —sus líneas espectrales, por ejemplo—. Recorrí muchas cosas que son
diferentes en dos dimensiones frente a tres dimensiones. Es muy interesante. Lo
tengo en un cuaderno. Me divertí mucho haciéndolo.
Con lo de
líneas espectrales, Feynman se está refiriendo a la luz característica que
irradia un átomo. Para mí era fácil imaginar el añadido de nuevas dimensiones
espaciales. En mi tesis había estudiado también cómo varía esto con la
dimensión: en todo el camino desde una a infinitas dimensiones. Era como añadir
nuevas direcciones. En una dimensión hay sólo delante y detrás. Para tener dos,
uno añade izquierda y derecha. Para tres, arriba y abajo. Por cada dimensión
adicional uno añade simplemente una nueva dirección independiente posible (para
algunos de nosotros, una nueva posibilidad de perderse). Era bonito sentir que
nuestra imaginación nos había educado para imaginar mundos alternativos
similares. Pero yo no estaba listo para el extraño lugar al que él fue a
continuación...
Y
entonces me divertí haciendo otra cosa. Supongamos que hubiera dos tiempos. Dos
espacios y dos tiempos. ¿Qué tipo de mundo sería ése con dos tiempos?
Estamos
acostumbrados a que los sucesos tengan un orden temporal. Con dos dimensiones
temporales —si el tiempo se registrara en un plano, más que en una línea
temporal— ya no habría un orden estricto para los sucesos. En verdad sería un
mundo extraño.
Mi
hijo y yo hablamos de eso en la playa durante mucho tiempo. Él
tenía mucha y buena imaginación geométrica. Había construido una especie de
modelo con el que podíamos representar esto, de modo que podíamos imaginar cómo
serían las cosas. Así que podíamos representar y hacernos preguntas. Qué sucede
y cosas así. Ése es otro juego al que me gusta jugar algunas veces cuando no
tengo nada que hacer.
Hacemos
eso continuamente, preguntar «¿qué pasaría si?» y empezar a considerar las
consecuencias. Pero hay muchas cosas que se podrían cambiar, de modo que, a
menos que tengas una buena razón, no te molestas en cambiarlas. Se necesita
imaginación para encontrar la correcta, porque, si te permitieras hacer
modificaciones sencillas como ésa, existe un número infinito de maneras en que
podrías modificar las cosas, y sería muy difícil seleccionar la correcta.
En cierta
ocasión alguien dijo: «¿Qué pasaría si todo estuviera hecho de tres
partículas?»
Feynman
está siendo aquí irónico: el «alguien» del que está hablando es Murray, y las
tres partículas son sus quarks, las partículas que son los ladrillos para las
partículas subnucleares como el protón.
Bien,
entonces esta partícula llamada mesón K no encajaría en el patrón. Malo. ¿Qué
pasaría, sin embargo, si las cargas de las panículas no fueran enteras? ; Ah!,
¡eso lo explicaría! ¡Eh, eso es ingenioso! ¡Mira, eso produce esto! ¡Eso
explicaría aquello! ¡Eso explicaría esta cosa que nunca entendimos antes! ¡Gran
excitación! ¡Así que ahora sabemos que las cosas están hechas de tres
partículas que no tienen cargas normales!
Los
físicos habían advertido hacía tiempo que toda la carga eléctrica parecía darse
en múltiplos de una cierta carga mínimo
En 1891
el físico irlandés George Johnstone propuso que existían partículas
fundamentales e indivisibles que portaban esta carga elemental, y acuñó la
palabra electrón. Algunos años más tarde los científicos que
experimentaban con rayos catódicos observaron electrones individuales. Desde
entonces nadie ha observado nunca ningún ion o partícula cuya carga tuviera un
valor que no fuera igual a uno, dos, tres, o algún otro múltiplo entero de la
carga del electrón. Así que el concepto de una carga «no entera», o
fraccionaria, era muy controvertido cuando Murray propuso los quarks por
primera vez. Pero, como las misteriosas dimensiones extra en la teoría de
cuerdas, era necesario para la consistencia de su teoría.
Consciente
de la posible reacción negativa, Murray fue cauto en sus primeras propuestas
sobre los quarks. Evitó enviar su artículo inicial sobre los quarks a Physical
Review, temeroso de los ataques que esperaba de sus editores y
recensores, y en su lugar lo publicó en una revista de menos prestigio. Al
principio, Feynman fue uno de aquellos escépticos sobre la teoría de quarks. Al
final, su propia duda inicial pareció incrementar su admiración hacia Murray
por haberla desarrollado.
Liberarle
de la proposición de que todas las cargas tienen que ser enteras, y que, pese a
todo, todo lo que ves tiene una carga entera, eso necesita imaginación. Se
necesita imaginación para decir que las cargas quizá no sean tal como las ves
continuamente. Existe cierto conservadurismo implícito. Hemos establecido que
las cosas son siempre cargas enteras, en todas partes. ¡En todas partes! Así
que uno imagina que todo está hecho también de cargas enteras. Parecía
razonable, y nadie pensaría en una alternativa porque no parecía necesario y no
había evidencia de ello.
Cuando
has acabado todo y descubres algo que no esperabas, algo que está allí y que
pasaste por alto, parece al principio como si fuera magia. Es divertido. Es muy
interesante. He investigado muchos problemas pequeños. Ése es mi papel.
Escuchando
a Feynman yo me inspiraba. ¿Por qué no liberarme de la idea de que el
espacio-tiempo tenía cuatro dimensiones? De modo que, ¿qué pasaría si la teoría
de cuerdas requiriese seis más? Pensé que era un «qué pasaría si» que merecía
más investigación.
Capítulo
XII
Se
acercaba la primavera. Es una estación agradable en Pasadena: clima templado,
pero todavía no caluroso, y menos lluvia que en invierno. Tiempo para disfrutar
del cielo azul, las palmeras y una vista despejada de las montañas de San
Gabriel aún cubiertas de verde. De algún modo, en alguna parte, Ray encontró
finalmente a la chica que quería, o, mejor dicho, que le quería. El único
problema, según Ray, era que ella vivía en el estado de Washington. En
Bellevue, para ser exactos. Yo veía otros problemas. Como el hecho de que él
hubiera decidido no decirle que era un recogedor de basuras, sino sólo que
trabajaba para el ayuntamiento. Y que lo único que parecían tener en común era
que ambos eran buenos en matemáticas, al menos en las matemáticas elementales.
Pero puesto que resultaba que Ray odiaba las matemáticas, yo no veía
necesariamente la conexión matemática como una ventaja. Pese a todo, parecía ir
muy en serio con ella y yo me alegraba por él. Incluso estaba pensando en
trasladarse para estar juntos. Ella hacía algunos trabajos para una pequeña
compañía de software llamada Microsoft. Él pensaba que quizá ella pudiera
ayudarle a encontrar un trabajo. Yo, por supuesto, esperaba egoístamente que se
quedase.
Puesto
que solía hablar con Ray sobre el departamento de Física del Caltech, y
especialmente sobre «ese tipo Feynman»,
cómo él
siempre decía, Ray decidió que quería ver el lugar y conocer al tipo. Yo
acepté, aunque no sin cierta agitación. Presentar a un locuaz aficionado al
cannabis, que odia las matemáticas pero disfruta hablando de filosofía, a un
huraño y viejo profesor que ama las matemáticas, odia hablar de filosofía y es
orgulloso guardián de su tiempo no carece de riesgos. Pero Ray y yo éramos
amigos, de modo que estuve de acuerdo en hacerlo.
Ray solía
preguntarme qué hacían los físicos, y por qué lo hacían. Una vez le respondí
recitando una cita de Einstein que había leído en Zen and the Art of
Motorcycle Maintenance:[3] «El
hombre trata de hacerse, del modo que mejor le convenga, una imagen
simplificada e inteligible del mundo... y así superarlo... Hace de este cosmos
y su construcción el pivote de su vida emocional, para encontrar de esta manera
la paz y serenidad que no puede encontrar en la vorágine de su experiencia
personal».
—Eso es
cosa de Einstein —había dicho Ray. Su cabeza estaba en las nubes—. Lo que yo
quisiera saber tiene que ver con el planeta Tierra. Quisiera saber...
qué-haces-tú y por-qué-lo-ha- ces. —Lo dijo como si al repetir la pregunta
lentamente y con énfasis en cada palabra le diera de alguna forma otro
significado. Si lo hacía, se me escapaba. Pero pensé que una visita al campus
podría ofrecer la imagen que valiese por mil de mis ineficaces palabras.
En el
camino, ensayé mi metáfora del detective.
—Es muy
parecido a Sherlock Holmes, o Rockford, dependiendo de tu estilo personal, por
supuesto. Lo primero es: tienes que escoger un problema.
—Como
escoger un crimen en el que trabajar.
—Exacto.
Salvo que a los detectives les asignan los casos. Los físicos tienen que
escogerlos ellos mismos.
—¿Hay un
equivalente a la lista de los diez más buscados del FBI?
—Claro,
hay problemas que todo el mundo piensa que son importantes. Pero habría que
tener cuidado: mucha gente está trabajando en ellos. Es mejor encontrar un
problema que sólo tú adviertas que es importante resolver, bueno, si tienes
razón en que es importante.
—Y
entonces buscas las pistas.
—Sí, pero
todo está en tu cabeza. Le das vueltas a las posibilidades, das con ideas, con
pistas. Luego sigues las pistas jugando con las matemáticas. Para descubrir si
tu idea tiene las consecuencias que tú pensabas o no las tiene. A menudo eso no
es tan fácil, porque no sabes cómo utilizar las matemáticas. ¿Me explico?
—Sólo de
una forma abstracta y completamente superficial.
Sonreí.
—Suena
como un avance.
Tras una
rápida parada en mi despacho entramos en el corredor y doblamos la esquina.
Había ya algunos estudiantes graduados en la sala de seminarios. Los físicos se
crecen en la discusión. Hablarán de física en cualquier parte, igual que los
demás hablan de deportes o del tiempo. Les ofrece una oportunidad de
intercambiar ideas. Así es como Schwarz hizo su gran avance, bueno, lo que «él»
consideraba un gran avance, en todo caso. Había estado charlando de manera
informal con Michael Green en la cafetería del Centro Europeo de Investigación
Nuclear, en Suiza, un par de años antes, cuando, repentinamente, ambos se
dieron cuenta de que la teoría de cuerdas era también una teoría de la
gravitación. Si hubieran descubierto que, digamos, la cromodinámica cuántica
podía ampliarse para incluir la gravitación, eso habría ocupado titulares de
portada en todo el mundo y garantizado un premio Nobel. Pero casi nadie pensaba
que la teoría de cuerdas fuera correcta. El hecho de que esta teoría incorrecta
pudiera incluir también una descripción de la gravedad no despertaba mucho
entusiasmo entre los pocos que siquiera se molestaban en escuchar.
Yo tenía
que admirar a Schwarz; el rechazo masivo no le impedía promocionar su teoría en
cualquier oportunidad.
Hoy iba a
dar un seminario sobre su trabajo con Groen. Cada vez que un miembro del
claustro o un estudiante descubre algo digno de exponer, y a veces cuando no lo
ha hecho, la sala de seminarios es el lugar para hacer que sus colegas conozcan
en masa su trabajo. En el caso de Schwarz, en masa probablemente significaría
sólo un puñado de personas que se molestaban en aparecer, pero Schwarz siempre
se lo tomaba con una sonrisa. Y parecía dar más seminarios que cualquier otro
en el departamento.
También
le admiraba por otra cosa. Schwarz, como yo, había ¡do a Berkeley. Allí, su
tutor de doctorado, en los años sesenta, que un colega llamado Geoffrey Chew,
que era la figura líder de otra ambiciosa aproximación llamada teoría de la
matriz S. El objetivo y la filosofía de la teoría de la matriz S eran muy
similares a los que había detrás de la teoría de cuerdas, y durante algunos
años fue el tema más candente, aunque no salió adelante. Chew, sin embargo, no
la abandonó, y durante décadas trabajó, como Schwarz, ridiculizado y
prácticamente solo. Chew no llegó a ninguna parte y terminó su otrora brillante
carrera en el olvido. Yo pensaba que, en el caso de Schwarz, trabajar a la
sombra de Chew, estar repitiendo su historia y, pese a todo, seguir sonriendo
demostraba una gran personalidad.
Yo sabía
que Ray no entendería ni una palabra del seminario, lo que sólo le colocaría
ligeramente por detrás de mí, pero supo nía que, puesto que seguía preguntando
qué es lo que hacíamos realmente todo el día, también podría darle una idea de
ello.
Solamente
unas diez personas, la mitad de las cuales eran estudiantes de doctorado de
Schwarz, acudieron a la charla. Pero poco antes de que la charla empezara,
Murray y Feynman se añadieron al grupo que merodeaba fuera de la sala de seno
nanos.
Era la primera vez que los había visto asistir juntos a un seminario, y supuse
que ello podría significar fuegos artificiales.
Algunos
años antes, cuando era más habitual ver a Murray y Feynman asistiendo juntos,
los seminarios en Caltech gozaban de una reputación de acontecimientos
brutales. Murray podía desafiarte sin descanso, incluso en el punto más
insignificante. O peor aún, si él pensaba que lo que estabas diciendo no tenía
importancia o interés, podía sacar un periódico y ponerse a leerlo mostrando
visiblemente su aburrimiento. También Feynman era siempre avasallador y estaba
poco dispuesto a aceptar un pensamiento equivocado o descuidado, y parecía
disfrutar jugando al gato y al ratón. Para Feynman la física era un show, y si
no quedaba satisfecho con tus respuestas, su réplica solía ser levantarse,
expresar su opinión y marcharse. La combinación de Murray y Feynman era tan
intimidadora que al menos un futuro ganador de! premio Nobel se lo pensó antes
de dar conferencias en el Caltech.
Cuando
nos acercamos, Murray estaba hablando con un visitante que al parecer acababa
de llegar de Montreal. Solamente Murray insistía en pronunciar el nombre de la
ciudad como lo hacían los nativos; «Mon-ray-al».
Feynman
se volvió hacia Mun-ray-al.
—¿Dónde?
—dijo.
—Mon-ray-al
—repitió Murray.
—¿Dónde
está eso? —dijo Feynman—. Nunca he oído hablar de Mon-ray-al. —Exageró la
pronunciación de Murray para llamar la atención.
—He
observado que existen muchas ciudades bien conocidas cuyos nombres no pareces
reconocer —dijo Murray.
—Lógicamente,
eso significa que o bien yo soy un ignorante... o tú las dices de una manera
extraña.
—No es
verdad —dijo Murray—. Lógicamente, podrían ser las dos cosas. —Murray era
siempre muy quisquilloso con la precisión.
Feynman
sonrió.
—Bien,
dejemos que cada cual saque sus propias conclusiones.
Murray
sonrió con desdén y entró en la sala de seminarios. Feynman se divertía
haciendo bromas y juegos con Murray; Murray siempre le contrariaba. En silencio
le señalé a Ray quién era Feynman.
—¿Quién
es el otro? —dijo.
—Murray
Gell-Mann.
—Oh, el
tipo de los quarks.
—Sí, el
tipo de los quarks.
—¿Siempre
se hablan así? —preguntó.
Me encogí
de hombros. Raramente los veía juntos.
-—Me
recuerdan a mi padre y mi madre —dijo Ray.
Cuando
empezó el seminario Feynman dijo:
—Eh,
Schwarz, ¿en cuántas dimensiones estás hoy?
No fue la
única vez que le oí decir esa broma, refiriéndose a las dimensiones extra
requeridas por la teoría de cuerdas. Pero siempre era de buenas maneras. Esto
significaba algo, porque las bromas de Feynman no siempre tenían esa cualidad.
Por eso yo no pensaba que ello mostrase necesariamente cuál era su opinión
sobre el tema. Me sentí algo tenso, estando allí, esperando con Ray. Estaba
listo para observar un combate: ¿harían equipo Feynman y Murray contra Schwarz,
o terminarían de alguna forma combatiendo entre sí? Estaba un poco molesto por
haber llevado a Ray, como se puede estar molesto por llevar a un amigo a oír
discutir a tus padres.
Schwarz
sonrió y empezó su charla. Parecía sentirse cómodo. Incluso hizo algunas
bromas. Éstas apenas merecían una risa ahogada. Años después Schwarz me
contaría divertido cómo, después de hacerse famoso, bromas similares
despertaban enormes carcajadas.
Feynman y
Murray escuchaban con respeto, y sólo plantearon algunas cuestiones técnicas.
No hubo comentarios burlones.
Cuando la
charla llevaba unos minutos miré a Ray. Estaba dormido.
En el
momento del té y las pastas en el fondo de la sala, después de la conferencia,
presenté a Ray a Feynman. Había advertido a Ray de que no fuera demasiado
agresivo. Y que por el amor de Dios no hiciese preguntas de naturaleza
psicológica o metafísica. Feynman tiene orden del doctor de no discutir de
metafísica, le había dicho. El me había echado una mirada extraña, pero yo
confiaba en que se comportaría de la mejor manera. Feynman se volvió hacia mí.
—Así que
¿te enseñó algo útil el seminario acerca de esa teoría «sin sentido» en la que
estabas interesado? —dijo.
—¿Quiere
eso decir que usted siempre supo que se trataba de la teoría de cuerdas?
—Es la
única teoría sin sentido que se está haciendo en este departamento —dijo.
—Si la
teoría no tiene sentido —preguntó Ray—, ¿por qué está usted aquí?
Feynman
sonrió.
—Vine por
las pastas.
Salimos
al pasillo fuera de la sala de seminarios. En ese momento el visitante de
Montreal, que había estado escuchando, se acercó.
—Creo que
no deberíamos desanimar a los jóvenes a la hora de investigar nuevas teorías
sólo porque no están aceptadas por la comunidad de la física —dijo.
Algo en
su tono desafiante me hizo sentir corno si este tipo estuviera en casa
dirigiéndose a una manifestación en Berkeley contra el imperialismo cultural.
Pero Feynman se lo tomó bien.
—Yo no
estoy diciéndole que no trabaje en algo nuevo —dijo Feynman. Entonces me miró y
dijo—: Simplemente estoy diciendo: en cualquier cosa en que decidas trabajar,
sé tu peor crítico. Y entonces no lo hagas por las razones equivocadas. No lo
hagas a
menos que realmente creas. Porque si no funciona, podrías acabar desperdiciando
mucho tiempo.
El
visitante dijo:
-—Bueno,
yo he estado trabajando en mi propia teoría durante doce años.
Feynman
le preguntó qué teoría era ésa. El hombre la describió brevemente. Al final
parecía sorprendido de que nadie estuviera impresionado. Tuve la sensación de
que, sólo por escuchar cortésmente, todos deberíamos haber sido recompensados
con un premio del movimiento por conceder-el-
mismo-tiempo-a-las-teorías-estúpidas, del que yo estaba seguro que él debía ser
un miembro. Pareció advertirlo, porque añadió:
—La
comunidad de la física tardó años en aceptar a Einstein. Está tardando años en
aceptar a Schwarz. No me importa si tarda años en aceptar mi trabajo. Realmente
es un halago. Y lo hará todo más dulce cuando llegue el reconocimiento.
No creo
que la actitud del colega le sentara muy bien a Feynman, pero parecía estar
escuchando atentamente. Y cuando el colega terminó, Feynman movió la cabeza
cortésmente, como si acabara de aprender algo.
Entonces
me miró y dijo:
—Eso es
exactamente lo que yo quería decir sobre desperdiciar tu tiempo.
El
visitante se alejó irritado. Ray le dijo a Feynman:
—¿Cómo
pudo decirle eso? Eso es muy duro.
Le di un
codazo a Ray.
Feynman
dijo:
—¿No te
gusta lo que le dije? ¿Por qué no? Él quería reconocimiento. Yo se lo he dado.
Le he reconocido como un imbécil pomposo.
Precisamente
entonces, Helen apareció en el vestíbulo. Sostenía una carta, aparentemente de
Feynman. Hizo un gesto quien interpreté como que lo iba a dejar en su despacho.
Él asintió
con la
cabeza. Luego, al verme, ella me llamó. Eché a Ray una mirada de advertencia
que decía:
—¡Mira lo
que dices! —Me devolvió una mirada que decía: «¿Yo?». Me preocupaba dejar a
Feynman a merced de un Ray desatado, pero cuando Helen llamaba, uno obedecía.
Cuando
finalmente volví de su despacho, el pasillo estaba desierto y Ray y algunas
pastas con mantequilla era todo lo que quedaba en la sala de seminarios.
—¿Cómo
fue? —pregunté—. ¿Me volverá a hablar alguna vez?
—Relájate
—dijo. Y luego—: Necesitas un porro.
—Ray.
¡cállate! —Miré alrededor para asegurarme de que nadie estaba dentro
escuchando. Lo que yo no sabía entonces era que el propio Feynman había probado
la marihuana, e incluso el LSD.
—No te
preocupes, fue bien. Somos compinches. Eh, nunca me dijiste que tenía un premio
Nobel.
—¿Él te
lo dijo?
—Sí.
—Nunca le
oí hablar sobre eso. Él piensa que el premio Nobel es injusto por naturaleza. Y
una gran distracción. Un falso dios, por así decir. Me contó que cuando el
primer periodista le llamó en mitad de la noche para decirle que lo había
ganado, le dijo que volviera a llamar a una hora decente y colgó.
—Bien,
quizá lo siente así. Pero quizá también está orgulloso. Eso sería humano, ¿no
es verdad? Quizá simplemente él no se abre a ti como lo hace conmigo.
—Así que
ahora tú y él sois los mejores compinches, supongo.
—Bueno,
¿sabes qué otra cosa me contó? Finalmente me explicó lo que hacéis todos los
físicos y por qué lo hacéis.
—¿Lo
hizo?
—Lo hizo.
—¿Que
dijo?
—No, no,
no —dijo Ray—. No lo vas a tener tan fácil. Pregúntale tú mismo, o aún mejor,
encuentra tu propia respuesta. —Ahora «tú» suenas como Feynman —dije.
—Bueno,
tenemos la misma opinión sobre algunas cosas.
Lo dejé
ahí. Pero imaginé que, de una forma u otra, yo me había alejado de Feynman.
Capítulo
XIII
En 1988
un antiguo compañero de clase de Berkeley empezó a escribir un texto sobre
teoría de cuerdas que es ahora una referencia estándar para estudiantes de
doctorado en Física. Pensaba completar el libro un año más tarde, en junio de
1989 «más menos un mes». No es infrecuente que los libros se concluyan con
retraso, pero este libro no se publicó hasta 1998. Había necesitado once años,
un tiempo diez veces mayor que el previsto. ¿Por qué? La teoría de cuerdas es
difícil. Se cuentan historias famosas sobre las pocas personas que entendían la
teoría de la relatividad o la mecánica cuántica cuando estaban en sus inicios,
e incluso en tiempos más recientes. Pero se puede decir con seguridad que,
incluso hoy, nadie entiende la teoría de cuerdas.
La
mayoría de las teorías nuevas son exigidas por la naturaleza. Surgen de nuevos
principios físicos o hechos experimentales que necesitan ser explicados o
acomodados. La teoría de cuerdas no surgió así. La teoría de cuerdas fue, como
la penicilina, descubierta por accidente. Los físicos teóricos aún están
buscando los nuevos principios físicos que la teoría de cuerdas presumiblemente
representa. Los físicos experimentales aún están buscando una consecuencia
experimental que pueda ser puesta a prueba en el laboratorio. Los físicos que
la estudian son como paleontólogos, cavan y escarban pacientemente en ella,
como si
estuviesen
descubriendo un esqueleto gigante de origen desconocido.
Todo
empezó en el verano de 1967. Murray, que todavía no había recibido su premio
Nobel, estaba dando una conferencia en el Centro Ettore Majorana de Erice,
Sicilia. Estaba hablando sobre ciertas cuestiones de la teoría de la matriz S,
esa teoría defendida por el tutor de doctorado de Schwarz, Geoffrey Chew. Esa
teoría que nunca tuvo éxito. Entre la audiencia había un licenciado italiano
(que entonces trabajaba en Israel) llamado Gabriele Veneziano. Murray, siempre
clasificador, siempre griego, estaba discutiendo ciertas regularidades
sorprendentes en datos que pertenecían a colisiones entre protones y neutrones.
Veneziano quedó intrigado. Tardó un año, pero finalmente encontró una única
función matemática que describía mágicamente dichas regularidades. La
palabra magia no está utilizada aquí a la ligera: Veneziano no
utilizó ninguna teoría física para obtener la función; simplemente descubrió
las matemáticas que funcionaban. Hicieron falta dos años más para que los
físicos propusieran una razón de por qué funcionaba. El porqué fue presentado
por primera vez en 1970, en el trabajo de Nambu y Susskind, quienes explicaron
que la función matemática de Veneziano surgiría de la teoría subyacente si se
modelaban los protones y neutrones no como partículas puntuales sino como
minúsculas cuerdas vibrantes.
El caso
es que esa idea aparentemente simple era mucho más rica, y mucho más difícil de
desarrollar matemáticamente, de lo que cualquiera podía haber conjeturado
entonces. Aunque era un modelo físico de la constitución de las partículas, no
era un principio físico, como la constancia de la velocidad de la luz, que
pudiera servir de guía cuando se barajan todas las formas posibles de
desarrollar la teoría. Ésa es otra razón por la que la teoría de cuerdas es tan
difícil.
Tras mis
dos intentos de plantear suavemente la cuestión dita teoría de cuerdas, una
larde entré en el despacho de Feynman para preguntarle qué pensaba él
realmente.
—¿Podemos
hablar un poco sobre la teoría de cuerdas? —pregunté.
—No
quiero hablar de la teoría de cuerdas. No sé mucho sobre ella. —Volvió a su
trabajo—. Si quieres hablar de la teoría de cuerdas, ve a hablar con Schwarz.
—Lo hice.
—Entonces
ve a hablar otra vez. Yo estoy trabajando.
—Es
difícil de entender, y estoy tratando de decidir si vale la pena el esfuerzo.
—Como te
dije, sólo tú puedes decidir eso.
—¿No
piensa usted que hay aspectos en la teoría que parecen muy prometedores?
—¿Prometedores?
¿Qué es lo que prometen? ¿Prometen decirte la masa del protón? No. ¿Qué
prometen decirte?
—Bueno,
nadie sabe aún cómo extraer predicciones cuantitativas, pero...
—Estás
equivocado. Hace una predicción cuantitativa. ¿Sabes cuál es?
Lo miré.
Mi mente estaba en blanco.
—Requiere
que vivamos en diez dimensiones. ¿Es razonable tener una teoría que requiere
diez dimensiones? No. ¿Vemos esas dimensiones? No. Así que las enrolla en
minúsculas bolas o cilindros demasiado pequeños para ser detectados. De modo
que la única predicción que hace es una que tiene que ser excusada porque no
encaja con la observación.
—Lo
sé..., hay mucho trabajo por hacer. Pero lo que me intriga es que la teoría de
cuerdas tiene la capacidad de unificar todas las fuerzas conocidas de la física
en una teoría. Incluso la gravedad.
Me miró
con una expresión extraña. Una expresión del tipo que uno podría esperar si
estuviera charlando con un obispo católico y de manera informal le preguntara
por su mujer e hijos.
-Una
teoría unificada. ¿No es eso lo que todos queremos?
Yo no
quiero nada. La naturaleza no tiene nada que ver con
lo que yo
quiero. ¿Cómo sabes que hay una teoría unificada? ¡Quizá haya cuatro teorías!
¡Quizá hay una teoría para cada fuerza! No lo sé. Yo no digo a la naturaleza lo
que tiene que hacer. La naturaleza me lo dice. ¡Toda esta discusión es absurda!
¡ Me saca de quicio! Te lo dije: ¡yo no quiero hablar de la teoría de cuerdas!
La última
parte la dijo a gritos. Además agitaba los brazos. Me quedé perplejo. Primero,
porque yo pensaba que la razón por la que todos hacíamos física era nuestra
pasión por la belleza y elegancia en la naturaleza, y cuatro teorías no me
parecía muy elegante. Y segundo, porque por la expresión de su cara temí que
pudiera levantarse y morderme. Supuse que era el momento de irme.
—Mire, lo
siento. Sólo quería saber su opinión sobre eso.
—¿Mi
opinión? Mi opinión es que estás en un período de sequía, y ahora estás
peleando, tratando de encontrar algo en lo que trabajar.
—¿Está
mal eso? —pregunté.
—Lo que
está mal es que vengas a hablarme de la teoría de cuerdas.
-—Su
opinión me importa.
—Como te
dije antes, lo que debería importarte no es mi opinión. Es «tu» opinión.
—Siento
haberle molestado —dije, y me dispuse a salir.
—Mira
—dijo—, seleccionar un tema de investigación no es como escalar una montaña. No
lo haces sólo porque está allí. Si realmente creyeras en la teoría de cuerdas,
no vendrías aquí a preguntarme. Vendrías aquí a decírmelo.
Me sentí
como un niño pequeño a quien su padre acaba de re ganar. Ya en el pasillo, fui
regañado otra vez, por «mamá». Tropecé con Helen. Aunque ella era la secretaria
de toda la planta, trabajaba principalmente para Feynman y Murray. Delgada y de
mediana edad, tenía el valor para enfrentarse a ambos, y toneladas más de valor
del que necesitaba para manejarme. Lucía un ceño serio.
—¿Qué
dijo para cabrear al profesor Feynman? —preguntó.
Me encogí
de hombros.
—Sabe que
no debería interrumpirle cuando está trabajando.
—Supongo
que simplemente traté de enzarzarle en el tema equivocado.
—¿Filosofía?
—preguntó.
—No,
teoría de cuerdas —dije.
—¡Oh,
Dios mío!, eso es igual de malo.
—¿Puedo
hacerle una pregunta? —dije.
—Tal vez
—dijo ella—. ¿Cuál es?
—Si todo
el mundo es tan escéptico respecto al trabajo de Schwarz, ¿por qué está aquí
todavía después de nueve años?
Me echó
una mirada. Yo no sabía si ella quería decir: «¿es que no lo sabe?» o «¿porqué
le preocupa?». Pero después de un momento, ella dijo en voz más baja:
—Tiene
alguien que le protege.
—Ah, sí.
¿quién es? —dije.
Ella
dijo:
—Murray.
Capítulo
XIV
Un par de
días después yo estaba en el despacho a última hora del día. Antes, Constantine
me había dicho que Murray había estado separado durante años de su hija, quien
se había afiliado a lo que se convirtió en el Partido Marxista Leninista de
Estados Unidos y era una gran admiradora de Albania. Aparentemente, aunque
Murray se burlaba de Reagan llamándole Ray-Gun. Lisa se había pasado de la raya
cantando canciones como «Abajo Ronald Reagan, jefe de la Reacción Capitalista».
Me senté
en mi mesa pensando que había un paralelismo irónico entre la política de Lisa
y el apoyo subterráneo de Murray a la teoría subversiva de John Schwarz. Pues a
su propia manera, la política de Lisa no estaba más lejos de la corriente
principal que la teoría de cuerdas o, para el caso, que el anterior
descubrimiento/invención de Murray de los quarks con carga fraccionaria.
¿Heredó
la hija de su padre la capacidad de no inmutarse, por el bien de la teoría, por
datos aparentemente obvios —como la ausencia en nuestro mundo de las
dimensiones extra de la teoría de cuerdas, o la ausencia en Albania de ciertos
bienes, como comida, ropa y un techo—? ¿Compartían el don (o el maleficio) de
poder ver a través de la fachada de la realidad una verdad más fundamentar?
Mis
cavilaciones fueron interrumpidas por Murray, a quien pude oír una vez más
gritando a través de la pared. Era preocupante, pero eso no me molestaba, pues
mi despacho, en cualquier caso, era demasiado tranquilo para mi gusto. Lo que
me molestaba, con el comunismo aún fresco en mi mente, era la idea del pobre
individuo oprimido aguantando el rapapolvo al otro extremo del teléfono. Decidí
que si Helen podía educarle, yo también podía. Le diría un par de cosas.
Mientras
caminaba por el pasillo, mi corazón se aceleró. Después de todo. Murray
necesitaba a Helen. Junto con él y Feynman, Helen me parecía formar el alma del
departamento. Yo, por el contrario, era prescindible. Murray podía aplastar mi
carrera sin pensárselo. Imaginé lo peor, que se me prohibiría utilizar el papel
y la tiza del departamento. O que mi despacho sería trasladado a la sala de
calderas o, quizá con la ayuda de Lisa, a Albania. Cuando llegué a la puerta de
Murray, sin embargo, los gritos habían cesado. Sentí alivio.
Advertí
que la puerta tenía una rendija abierta. Esto no era habitual. Tanto Murray
como Feynman tenían normalmente sus puertas cerradas. Así se ahorraban las
interrupciones por parte de estudiantes y profesores jóvenes como yo. También
servía para mantener fuera a los chiflados ocasionales que siempre plagan las
escuelas importantes. Se presentaban con sus nuevos descubrimientos. Partículas
más rápidas que la luz, o el universo como un pastel del que nosotros somos el
almíbar... no importa lo que ellos creyeran, siempre se veían a sí mismos como
el nuevo Einstein. Si tenías la mala fortuna de encontrarte a uno de estos
genios escondidos, podía costarte un par de horas tiradas a la basura. Tenías
que ser cuidadoso en cómo los rechazabas, porque a veces resultaba que iban
armados. En Berkeley se dio el caso de un tipo que respondió al rechazo
apostándose fuera del edificio de física con un cuchillo. Mi tutor de doctorado
me contó que en cierta ocasión, en Columbia, un tipo volvió con una pistola. Su
profesor había salido, de modo que mató a mi secretaria.
Miré a
través de la rendija de la puerta de Murray. Esperaba verle recostado en su
silla, disfrutando de alguna victoria que sin duda acababa de conseguir. Pero
lo que vi en su lugar era un hombre que parecía roto, con los codos en la mesa
y la cabeza reposando en sus manos. Su rostro era agónico. Se me habían pasado
las ganas de gritarle. En lugar de ello, le compadecí. No sabía por qué estaba
trastornado. Al día siguiente volví a mi Oráculo Griego, Constantine, en busca
de respuesta. Él me dijo que la mujer de Murray había muerto recientemente de
cáncer.
Decidí
dejar de fisgar e irme. Pero era demasiado tarde. Él me había visto.
—¿Puedo
ayudarte? —dijo.
Me quedé
ahí de pie, roto. ¿Qué iba a decir ? ¿Que venía a decirle que dejara de gritar
a la gente pero que luego, en lugar de eso, decidí espiarle?
—Oh,
hola. Entra —dijo, reconociéndome a través de la rendija.
Abrí la
puerta y entré, con una sensación incómoda.
Él
añadió:
—Quiero
darte las gracias por haberme regalado el maravilloso libro de tu hermano.
Un par de
años antes, mientras todavía estaba en el instituto, mi hermano menor, Steve,
había escrito un libro sobre los pájaros de la región de Chicago. Murray era un
ávido conservacionista y observador de los pájaros. Podía recitar las
características identificativas de los diversos pájaros con la misma facilidad
con que hablaba et alto maya. Probablemente podía recitar las características
de los pájaros en alto maya. Así que, cuando me trasladé a la puerta de al
lado, le había dado a Murray un ejemplar como una especie de regalo de
recibimiento inverso.
—Fue muy
bonito por tu parte —continuó.
—Mi
hermano se emocionó cuando le dije que usted lo estaba leyendo.
Murray
sonrió.
—Entonces,
¿qué puedo hacer por ti? Te vi el otro día en el seminario de John sobre las
cuerdas.
Parecía
una buena oportunidad.
—Me
estaba preguntando... ¿Cuál es su punto de vista sobre la teoría de cuerdas?
—Creo que
es muy prometedora.
—¿Prometedora
en qué sentido?
Dada mi
experiencia con Feynman, yo estaba procediendo con cautela. No quería decir
nada estúpido. Pero acababa de hacerlo. ¿.Cómo alguien que hubiera leído algo
sobre teoría de cuerdas podía ignorar por qué algunas personas pensaban que era
prometedora? Feynman podría haberme ensartado por eso, pero a Murray no pareció
molestarle la pregunta.
—Podría
ser la teoría que unifique todas las fuerzas de la naturaleza. Tener una única
teoría de la fuerza gravitatoria, de la fuerza eléctrica, de todas las fuerzas,
ése fue el sueño de Einstein. ¿No es eso lo que nos inspira a todos nosotros?
¡Figúrate, una única y simple fórmula que explica la gran multiplicidad de las
partículas y todas sus interacciones!
—Pero la
gente es muy escéptica.
—Tienen
razón. Pero sigue siendo digna de perseguir. Mira, cuando traje aquí a John por
primera vez, hace casi diez años, ni siquiera sabíamos la conexión entre la
gravedad y las cuerdas. Entonces yo no sabía para qué podían servir las
cuerdas. Pero sabía que sería algo grande. Era demasiado bello para no serlo.
Obviamente, no todos lo ven así necesariamente. Luego, cuando John Schwarz y
Michael Green encontraron la conexión con la gravedad, fue una buena
advertencia. Me hizo sentirme orgulloso y feliz por tener a John aquí en el
Caltech. Pese a todo, algunas personas influyentes no lo entienden. Hay alguna
oposición descabellada. Incluso hostilidad.
—Supongo
que la gente no ve su conexión con la realidad —dije.
—Eso se
debe a que la investigación en teoría de cuerdas está
avanzando
dando los pasos más heterodoxos. La creación de esta teoría es un proceso de
descubrimiento, no de invención. Están buscando algo que está «allí», no
«creando» algo para ajustar datos experimentales. El progreso es lento. Pero la
esperanza está en que la gente está construyendo una teoría única y autoconsistente.
Por eso es por lo que les apoyo. Tengo una sensación visceral de que hay algo
allí. Digamos simplemente que estoy manteniendo una reserva natural para
teorías en peligro.
Como yo
iba a aprender más tarde, Feynman no ponía ninguna objeción a la idea de que
una teoría como la teoría de cuerdas estaba ya «allí», esperando a ser
desenterrada, como pensaba Murray de la teoría de cuerdas. Pero Feynman creía
que sólo un principio u observación de la naturaleza podía llevamos a la teoría
correcta, y no el deseo de unificación de un científico. Era su enfoque
babilónico: rendir culto a los fenómenos, no a la explicación.
Así que
Feynman desdeñaba la teoría de cuerdas, y Murray la defendía. Así eran Feynman
y Murray: cada uno atraído por el genio del otro, cada uno repelido por la
filosofía del otro, y ambos mantenidos en órbita uno alrededor del otro para
compensar. No podía imaginar a ninguno de ellos sin el otro. Pensaba que cuando
Feynman muriera, Murray se saldría de órbita, como lo haría la Luna si la
Tierra desapareciese repentinamente.
El
objetivo de la ciencia quizá sea describir la realidad, pero en tanto que la
ciencia es realizada por seres humanos, las cualidades humanas afectarán a la
descripción. Los Feynman se mantendrán próximos a los datos, los Murray serán
guiados por su filosofía, por su necesidad de clasificar la naturaleza de forma
limpia y clara. Al final, uno o los dos pueden tener éxito, y si ambos lo
tienen, entonces un pacificador demostrará cómo encajan sus teorías, lo mismo
que Freeman Dyson había hecho con los diagramas de Feynman. Igual que en
mecánica cuántica la energía puede verse como partículas o como ondas, dos
diferentes visiones pueden ser correctas a la vez, sólo que son
diferentes
visiones del mismo milagro multifacético, la naturaleza.
Murray
demostró ser un buen conservacionista. Aunque había habido fuertes presiones
para no renovar el puesto de Schwarz, recientemente se le había concedido una
promoción menor a becario de investigación sénior, y un nuevo contrato para
tres años más. Todavía no era lo que Murray había querido para él —un puesto
permanente—, pero servía por el momento.
Cuando
supe de la muerte de la mujer de Murray, le admiré por tener la concentración
suficiente para hacer todo eso por John. Margaret había estado enferma durante
más de un año. Fue una forma de cáncer sin esperanza, un cáncer de colon que se
había extendido a su hígado.
Al
principio, Murray había abordado el cáncer de forma muy parecida a como Feynman
abordó el suyo: aprendió todo lo que se sabía sobre ello y se implicó
totalmente en decidir el tratamiento. Al final, sus enfoques difirieron.
Feynman, como era habitual, se apegó a los datos: no había mucho más que
pudiera hacerse por él. Pero Murray tardó mucho en aceptar que con su genio, y
con todos los recursos de la ciencia moderna a su disposición, no podía salvar
a Margaret, su única amiga verdadera. Incluso después de que le dijeran que no
había esperanza, él trató desesperadamente de mantenerla viva con tratamientos
experimentales con la esperanza de que mientras tanto se descubriría una cura.
Y en
medio de todo esto, se las arregló para mantener a John Schwarz a flote en el
Caltech.
Constantine
me contó que la opinión dominante era que en el corto tiempo transcurrido desde
la muerte de Margaret, Murray se había apaciguado. Ya no gritaba en voz, tan
alta como solía hacer, ni tan a menudo. No parecía ser el mismo Murray, dijo
Constantine. Yo no había conocido nunca al «viejo Murray», pero cuando le
observé durante el año siguiente detecté un gradual ablandamiento. Nunca más
volví a oír n Murray gritando a través
de la
pared del despacho. Me preguntaba: ¿era simplemente que su energía se había
debilitado, o era algo más profundo? ¿Había encontrado de algún modo, a través
de su pérdida, una forma mejor de vivir? Con el tiempo, llegué a sentir lástima
por él. No porque él ya no sintiese la necesidad de despotricar, o de mostrarse
constantemente superior, sino porque, por primera vez en los cincuenta y dos
años de su vida, él lo era.
Capítulo
XV
Constantine
y yo caminábamos por el paseo de los olivos a última hora de la tarde. El
campus estaba tranquilo. Había llovido durante toda la noche y la mañana, pero
la lluvia había cesado recientemente. Las ramas de los olivos brillaban a la
luz del sol que asomaba. Tiempo atrás Feynman había sugerido que pasara a ver a
un estudiante de licenciatura que vivía en una residencia próxima. Finalmente
decidí ir, y había pillado a Constantine para que fuera conmigo.
Sus ojos
estaban enrojecidos. Otra larga noche con Meg. Bebidas en algún bar en de
Hollywood. Luego su Fiat se averió bajo la lluvia. Un gran automóvil, a menos
que uno necesitase estar en alguna parte. Funcionó para Constantine, no
obstante. Un viaje a casa en un camión, y luego él y Meg hicieron el amor toda
la noche. Constantine había dicho algunas veces que Meg y él no parecían
congeniar a nivel intelectual, pero aparentemente en otros aspectos lo hacían
muy bien. Para mí, parecían hechos el uno para el otro, como modelos de portada
de Cosmopolitan y Cigar Aficionado.
Yo me
sentía solo, y estaba comento de que él hubiera accedido a venir. Siempre
dispuesto a una aventura, así era Constantine.
—¿Qué hay
tan especial en ese tipo para que Feynman te envíe allí? —preguntó.
Me encogí
de hombros. Todo lo que sabía era que Feynman dijo que sería interesante, o,
como él lo pronunciaba. IN-te-RE- san-TE. Al parecer el estudiante tenía una
colección de arañas. Supuse que tenía que ser una colección muy buena para que
fuese digna de una visita especial.
Constantine
caminaba ágilmente por la acera mojada. No tenía ni una gota de agua en sus
elegantes zapatos italianos. Yo pisé accidentalmente un charco profundo y me
empapé los calcetines. Debía de haber un agujero en el asfalto. Mientras me
sacaba el agua del pie. Constantine preguntó si quería colaborar con él en su
investigación.
—Olvida
la teoría de cuerdas —dijo—. Y olvídate de tratar de resolver la cromodinámica
cuántica con matemáticas. La respuesta está en los ordenadores. Los ordenadores
son el futuro. Si quieres tener éxito, introdúcete ahora.
Constantine
trabajaba en cromodinámica cuántica, pero pertenecía a un número creciente de
físicos computacionales que trabajaban en un área denominada teoría de
retículos. Puesto que las ecuaciones de la cromodinámica cuántica no podían ser
resueltas aparentemente por los seres humanos, su enfoque consistía en
resolverlas con un ordenador. Y puesto que ningún ordenador, por rápido que
sea, puede manejar los infinitos puntos del continuo espacio-temporal, los
teóricos de retículos tenían que reescribir las ecuaciones en términos de un
conjunto finito de puntos: de ahí su nombre, teóricos de retículos.
La
propuesta de Constantine me pilló por sorpresa. Sonaba un poco como Ray
hablando de su novia y el trabajo de ésta en Bellevue.
—Verás
—había dicho Ray—, algún día los ordenadores lo harán todo. Serán como HAL
en 2001.
—Quizá
—dije—, pero ¿serán capaces de recoger la basura?
—No,
supongo que mi trabajo está a salvo —dijo—, pero apuesto a que serán capaces de
fumar porros.
-—Ése
será un día triste —dije.
—No
exactamente —dijo Ray—. No reemplazarán a los seres humanos. Los aumentarán.
Con HAL a tu lado, la fiesta será mucho mejor.
Yo había
tenido alguna pequeña experiencia programando ordenadores, pero no los veía
mejorando las fiestas. Ni los veía como la panacea para teorías insolubles. Me
gustaba Constantine, pero no creía realmente en su enfoque. Obtener respuestas
de un ordenador era como obtenerlas de una caja negra. Tenía la sensación de
que daban soluciones —resultados numéricos— sin proporcionar la comprensión que
uno obtiene cuando resuelve o aproxima las ecuaciones por sí mismo, con
matemáticas. A causa de esto, nunca confié siquiera en las soluciones por
ordenador. Nunca le había mencionado nada de esto a Constantine, y no veía qué
habría de bueno en decírselo ahora. Además, imaginé que el hecho de que yo no
creyera en el enfoque no significaba que no fuera el correcto, o incluso que no
debiera seguirlo. A mi intuición personal tenía que contraponer el hecho de que
la teoría de retículos era mucho más in que la teoría de
cuerdas, o mucho más conducente a una futura posición permanente. Y seguramente
me habría gustado trabajar con Constantine.
—Eh —dijo
leyendo mis dudas—, nosotros calculamos la masa del protón. Eso es algo que
nadie puede hacer utilizando matemáticas convencionales.
Tenía
razón. La masa del protón era algo sencillo de medir para los experimentales,
pero en la teoría la masa del protón dependía de los quarks en su interior y
sus interacciones mediante la fuerza fuerte, y era uno de esos problemas en
cromodinámica cuántica que nadie sabía cómo resolver. Constantine había dado un
buen golpe haciéndolo mediante ordenador: incluso muchos escépticos de los
ordenadores estaban sorprendidos por la precisión de su respuesta.
Me guiñó
el ojo.
—Me trajo
al Caltech, ¿no es cierto?
Encontramos
la habitación, y el Chico Araña abrió la puerta.
Era
delgado y llevaba una camiseta del Caltech varias tallas más grande. Tenía una
gran habitación que brillaba con la luz del sol, pero dudé que él lo apreciara.
Hubiera estado igual en una cueva, pensé. Lo mismo sucedía para los que, a la
vista de las cosas, eran los principales ocupantes de la habitación: varios
cientos de arañas.
La
habitación estaba llena de mesas de juego, colocadas para recubrir el espacio
del piso con eficiencia matemática, pero no por conveniencia humana. Apenas
había sitio para caminar entre ellas. En las mesas de juego había filas y filas
de pequeñas copas de plástico. Cada una contenía una araña, o al menos un bicho
parecido a una araña. Arañas grandes. Arañas minúsculas. Arañas peludas. Arañas
sin pelo. Aquí y allá había arañas que él anunciaba que eran venenosas.
—No
pueden salir —dijo el Chico Araña—. Mirad. —Y entonces inclinó una de las copas
para demostrar que era demasiado resbaladiza para que la araña trepara por
ella. ¿Estaba encerada la copa? ¿La había rociado con alguna sustancia? Yo no
lo sabía, pero, cualquiera que fuera su truco, funcionaba. Gracias a Dios,
pensé. Luego me pregunté qué sucedería en un terremoto. Hacía un año, en
noviembre, cerca de Eureka había habido un terremoto de 7,2. Los pensamientos
de Constantine eran aparentemente menos teóricos.
—Eh —dijo
después de examinar la colección—, ¿dónde duermes tú?
Y eso me
sorprendió —no había una cama, ni siquiera una silla, en la habitación. Sólo
aquellas mesas con arañas.
—Debajo
de las mesas —dijo el Chico Araña.
—A las
chicas les debe de gustar eso —dijo Constantine.
—Oh, para
eso voy a sus casas —dijo el Chico Araña.
Dados sus
intereses y la escasez de estudiantes femeninas en el Caltech me sorprendía que
tuviese mucho de «eso». O que lo buscase particularmente. Parecía que estuviese
enamorado de sus arañas.
Salimos.
—Me
pregunto por qué Feynman te envió a ver «eso» —dijo Constantine.
—No lo
sé. Pero tenía razón. Ciertamente era interesante —dije.
—En un
sentido enfermizo —replicó.
Me encogí
de hombros.
—Pensé
que parecía muy feliz —dije.
—Eh, a
veces las personas enfermas son las más felices. Están demasiado locas para
saber lo infelices que deberían ser.
Se detuvo
para encender un cigarrillo.
—También
es probable que Schwarz sea feliz. Probablemente duerme bajo un montón de
cuerdas —dijo. Exhaló lentamente una bocanada de humo. Repentinamente quise un
cigarrillo. Parecía proporcionarle una profunda satisfacción—. Hazme saber si
quieres aprender sobre retículos —añadió—. Te prometeré una cosa... no tendrás
que dormir debajo de una mesa con arañas... o cuerdas.
Así
continuamos hacia el edificio de Física. Entonces divisé a Feynman a cierta
distancia. Yo había pasado los dos últimos días a la espera, confiando en
provocar una forma natural de tropezar con él y ver si aún me seguía hablando.
Le dije a Constantine que le vería más tarde. Me dirigí hacia Feynman.
Cuando
llegué a él, Feynman estaba observando un arcoíris. Tenía una intensa mirada en
su rostro, como si se estuviera concentrando, como si nunca hubiera visto uno
antes. O quizá como si pudiera ser el último que viera.
Me
acerqué a él cautelosamente.
—Hola,
profesor Feynman —dije.
-—Mira,
un arco iris —dijo sin mirarme. Sentí alivio porque no noté ningún resto de
enfado en su voz.
Observé
con él el arco iris. Parecía muy impresionante, si te parabas a considerarlo.
No era algo que yo hiciera normalmente en esa época.
—Me
pregunto qué pensaban los antiguos del arcoíris —dije en voz baja. Había muchos
mitos basados en las estrellas, pero
pensaba
que el arco iris debió de haber parecido igualmente misterioso.
—Ésa es
una pregunta para Murray —dijo.
Con el
tiempo puse a prueba la teoría de Feynman sobre eso y se lo pregunté a Murray.
Por supuesto, descubrí que Murray era una enciclopedia cuando se trataba de
culturas nativas y antiguas. Incluso coleccionaba artefactos. De él aprendí que
el pueblo navajo veía el arco iris como un signo de buena suerte, mientras que
otros indios veían el arco iris como un puente entre los vivos y los muertos.
No me quedé con los nombres de esos indios porque Murray los pronunciaba de una
manera tan auténtica que era ininteligible.
—Todo lo
que sé —siguió diciendo Feynman— es que según una leyenda los ángeles ponen oro
en sus extremos y sólo un hombre desnudo puede alcanzarlo. Como si un hombre
desnudo no tuviera cosas mejores que hacer —dijo con una sonrisa picara.
—¿Sabe
quién explicó por primera vez el verdadero origen del arco iris? —pregunté.
—Fue
Descartes —dijo. Después de un rato me miró a los ojos.
—¿Y cuál
piensas tú que fue la principal característica del arco iris que inspiró el
análisis matemático de Descartes? —preguntó.
—Bien, el
arcoíris es en realidad una sección de un cono que aparece como un arco con los
colores del espectro cuando las gotas de agua son iluminadas por la luz del sol
que procede de detrás del observador.
-¿Y?
—Supongo
que lo que le inspiró fue el darse cuenta de que el problema podía analizarse
considerando una única gota y la geometría de la situación.
—Estás
pasando por alto un aspecto clave del fenómeno —dijo.
—Muy
bien, me rindo. ¿Qué diría usted que inspiró su teoría?
—Yo diría
que lo que le inspiró fue el pensamiento de que el arco iris era bello.
Le miré
avergonzado. Él me miró.
—¿Cómo va
tu trabajo? —preguntó.
Me encogí
de hombros.
—En
realidad no va.
Yo
deseaba ser como Constantine. Todo le resultaba fácil.
—Déjame
preguntarte una cosa. Piensa en cuando eras un niño. Para ti eso no es
retroceder demasiado. Cuando eras un niño, ¿te gustaba la ciencia?, ¿era tu
pasión?
Asentí
con la cabeza.
—Hasta
dónde puedo recordar.
—A mí
también —dijo—. Recuerda, se supone que es divertida. Y echó a andar.
Capítulo
XVI
Durante
el breve intervalo de tiempo en el que tuve contacto con Feynman, él tuvo un
efecto exagerado en mi vida. Yo no estaba seguro de por qué. Sabía que él no
iba a ser un mentor de ningún tipo. Feynman evitaba todos los asuntos
administrativos del departamento, y prestaba poca ayuda a sus propios postdocs o
estudiantes. Incluso hizo que Helen enviara una circular poco habitual a todos
los físicos júnior con los que había trabajado a los dos años de que éstos
hubieran dejado el Caltech. La circular decía que él ya no les escribiría
cartas de recomendación porque durante los dos últimos años no había estado
siguiendo su investigación. Evitaba concienzudamente cualquier actividad que no
encontrara IN-te-RE-san-TE. Podía ser seco y brusco, pero yo no perdí nunca
nada del afecto instantáneo que surgió automáticamente la primera vez, que me
encontré con él. ¿Por qué?
Recordándolo,
no sé la respuesta. Hoy, como padre de dos niños pequeños, reconozco la
atracción. Incluso después de los altibajos de los cincuenta años más o menos
de vida adulta, incluso cuando estaba próximo a morir, Feynman seguía siendo un
niño. Fresco, alegre, juguetón, travieso, curioso... IN-te-RE-sa- DO). Añadamos
algunos cabellos, quitemos algunas arrugas, devolvámosle su salud, y tendremos
al mismo Feynman que grita-
ha falsas
maldiciones en un italiano inventado para insultar a los conductores de
Brooklyn cincuenta años antes.
Tener
cerca a un niño adulto como Feynman hacía que te cuestionaras las cosas. Como
todas las cosas que hacemos en la vida porque tenemos que hacerlas, o al menos
«pensamos» que tenemos que hacerlas. Sentarnos en reuniones aburridas con
colegas o clientes cuando estaríamos mejor fuera mirando un arco iris, u
orientar nuestras carreras para seguir un camino por el que no sentimos pasión,
simplemente porque se supone que es el camino del éxito. Como lo son hoy mis
hijos pequeños, Feynman era extraordinariamente honesto con la gente, incluido
él mismo, y no podías hacerle realizar algo que él no quisiera, al menos no sin
rechistar. En contraste, allí estaba yo, aún libre de elegir mi propio camino,
y comprometiéndome casi antes de empezar. Para mí, ¿qué es lo que valía la pena
hacer? ¿Qué daría sentido a mi vida? ¿Era la teoría de cuerdas? ¿La teoría de
retículos? ¿O era simplemente «encajar» en un lugar como el Caltech?
En su
despacho, Feynman me contó cómo había encontrado su lugar en la vida, en la
física.
Se
suponía que yo iba a dedicarme a la física. ¿Sabes cómo lo sé? Mira, yo tenía
un laboratorio cuando era un niño, y solía jugar en el laboratorio. Solía decir
que hacía experimentos, pero en realidad nunca hice experimentos. Cuando llegué
a la universidad me di cuenta de lo que realmente era un experimento. Un
experimento es una medida para comprobar una idea. Pero mis experimentos no
eran así. Mi experimento consistía en construir una fotocélula que hiciese
sonar una campana cuando pasabas por delante, o construir una radio que
funcionase o algo parecido. No era un experimento para descubrir algo. Era sólo
jugar. Solía jugar en mi laboratorio. Y solía reparar radios. En esta ciudad,
durante la Depresión, y yo era sólo un muchacho, de modo que no podía gastar
mucho.... y yo mismo hice un pequeño equipo, y compró las piezas. Comprendía lo
que estaba haciendo Disfrutaba mucho simplemente haciendo cosas.
Luego
descubrí esta capacidad para el análisis teórico. Al principio fui al MIT como
estudiante de primer curso en el departamento de Matemáticas. Fui al director
del departamento de Matemáticas y le pregunté: «Señor, ¿qué utilidad tienen las
matemáticas superiores si no es enseñar más matemáticas superiores?». Y él
respondió: «Si tienes que hacer esa pregunta no sigas en las matemáticas».
Tenía
toda la razón. Y eso me enseñó algo.
Yo había
escogido las matemáticas sólo porque descubrí que se me daban muy bien. Y de
algún modo había llegado a la idea de lo que eran las matemáticas en un nivel
superior. Pero realmente me interesé por las matemáticas debido a su aplicación
a la ciencia. No había apreciado eso por completo.
Estaba
interesado en las matemáticas, y estaba interesado en todas estas cosas en
función de sus posibles usos. Y por uso entiendo aplicación, comprender la
naturaleza: HACER algo con ello. No sólo hacer más de eso, más de esta cosa
lógica, este monstruo. Por supuesto, no hay nada malo en eso. No estoy tratando
de rebajar al matemático. Cada uno tiene intereses diferentes. Pero me di
cuenta de que mi interés no está en la precisión de las demostraciones, sino en
lo que se demuestra, que no es la actitud ordinaria del matemático. A ellos les
gusta estructurar la naturaleza de las demostraciones y así sucesivamente. Yo
estaba más interesado en los hechos que se demostraban con las relaciones
matemáticas. Porque quería utilizarlos para algo, ya ves. De modo que la
actitud era diferente.
Encontré
mi lugar en la física. Eso es mi vida. Para mí, la física es más divertida que
cualquier otra cosa, si no, no podría hacerla.
Capítulo
XVII
Estaba en
la cocina y sorbía un café exprés fuerte y dulce, como un jarabe. No tenía ni
idea de que era el comienzo de lo que iba a convertirse en el peor día de mi
vida.
Me había
levantado temprano porque un profesor a quien conocía de mis días de estudiante
de licenciatura estaba en la ciudad. Había sido una especie de tutor para mí,
pero hacía años que no lo veía. Nos citamos en el Ateneo para un desayuno
tardío, o, como él lo llamaba, un almuerzo. Después él tenía un vuelo de vuelta
a Boston y yo tenía que acudir al médico.
Para mí,
aquellos días «temprano» significaba alrededor de las diez. Me hace parecer un
holgazán, pero desde mis días de estudiante de licenciatura me había
acostumbrado a trabajar hasta bien pasada la media noche. Es una tradición
entre los físicos que se remonta al menos hasta Rene Descartes, en el siglo
XVII. Descartes nunca se levantaba antes del mediodía. Debe de haber sido un
pionero en esta tradición, porque la gente no le entendía, y le ganó reputación
de perezoso. Pese a todo, se las arregló para revolucionar los campos de la
física, las matemáticas y la filosofía. No está mal para un tipo perezoso.
Cuando
era un estudiante de doctorado idealicé mi trabajo. Dormiría hasta tarde,
trabajaría hasta tarde e iría a muchas fiestas. Quizá no revolucionara tres
campos, pensaba, pero al menos en estos aspectos podía ser como el joven
Descartes, Dados mis horarios, y el hecho de que mis pensamientos y energías
estaban dedicados casi exclusivamente a mi trabajo, no tenía mucho contacto con
el mundo exterior. Incluso las fiestas eran básicamente con otros estudiantes.
Pero estaba contento de sentirme conectado a mis iguales, tanto contemporáneos
como de otros tiempos. Para mí, físicos separados en el tiempo como Einstein y
Newton —y por supuesto Descartes— formaban parte de mi comunidad tanto como los
amigos físicos que vivían en otro lugar. Todos éramos miembros de una noble
sociedad, cada uno contribuyendo con los ladrillos que podía al edificio de la
física teórica.
Ser
miembro del claustro del Caltech era algo diferente. Allí no había inmersión.
Mientras estudiaba teoría de cuerdas me descubría a mí mismo mirando al reloj
demasiado a menudo y buscando distracción cuando era posible. No conectaba
mucho con mis iguales, pero el conserje de noche era especialmente simpático,
de modo que en lugar de hablar de física hasta última hora de la noche terminé
aprendiendo mucho sobre el fútbol profesional en México.
Lo que me
había mantenido despierto hasta última hora la noche anterior había sido el
resurgimiento de una antigua diversión: escribir. Todo había empezado durante
una de nuestras fiestas nocturnas viendo El perro de los Baskerville. Mientras
mis vecinos y yo la mirábamos, decíamos en voz alta, como suele pasar,
divertidas líneas de diálogo alternativas. Y entonces se me ocurrió: ésta era
una película que se prestaba a hacer bromas con ella. Así que empecé a escribir
una parodia de la película parecida a Aterriza como puedas, una
película que había visto cinco veces cuando se estrenó, aproximadamente un año
antes.
Aunque yo
había estado escribiendo historias cortas esporádicamente desde que tenía nueve
años, me daba mucha vergüenza hablar a cualquiera en el Caltech sobre el guión
cinematográfico. Los físicos, especialmente los teóricos, eran con frecuencia
misioneros,
o simplemente esnobs. Escribir literatura se juzgaría apenas aceptable, pero un
guión cinematográfico colocaría definitivamente por debajo de cero en la escala
de pobreza intelectual. Se suponía que yo tenía que estar obsesionado con la
física, no con Sherlock Holmes.
Pensaba
en esto cuando llegué a las once y media al Ateneo para encontrarme con mi
amigo y profesor. Habíamos intimado en mis días de estudiante de licenciatura,
y me preguntaba si debería pedirte su consejo tanto sobre mis dificultades con
la investigación como sobre mi nuevo interés. No estaba seguro de cómo
reaccionaría. Cuando apareció, lo primero que me chocó fue que tenía
exactamente el mismo aspecto que cuando lo había dejado: corpulento, paternal,
con un poblado cabello gris y una gran barba. Incluso pensé que reconocía su
chaqueta sport. La única novedad en su apariencia era una miga en su barba,
presumiblemente un residuo del desayuno y no de mis días de estudiante. Le
encontré extrañamente simpático.
El
camarero, un estudiante con elegante indumentaria que compaginaba este trabajo,
nos trajo tostadas y mantequilla. Bebimos de nuestras elegantes copas y miramos
el menú. Yo no pregunté a mi antiguo profesor en qué estaba trabajando: había
hecho algunos trabajos buenos veinte años antes, aunque yo no recordaba que
hubiera publicado mucho mientras le conocí. Pero le dije que yo estaba
considerando la teoría de cuerdas. Él la conocía de sus inicios a primeros de
los setenta, pero se sorprendió al oír que alguien estuviera aún trabajando en
ella. En mi interior lo clasifiqué en el campo de los ajenos, opuesto al campo
de los escépticos.
—Simplemente
ten cuidado en cómo enfocas tu carrera —dijo—. No puedes saltar demasiado de un
campo a otro, si no, tendrás dificultades para obtener tu siguiente empleo.
Para hacerte un nombre, tu investigación tiene que tener cierta coherencia.
—A veces
pienso que nunca escribiré otro artículo.
—Eso
puede llevar tiempo. No tengas miedo.
—No tengo
miedo. Estoy más bien... desanimado.
—Todos
pasamos por eso. Es parte del proceso.
—Quizá yo
no estoy cortado para esto —dije.
—Mira, yo
creo en ti, déjalo ahí.
—Gracias.
Él
sonrió.
—De todas
formas, ¿qué otra cosa ibas a hacer?
—No he
pensado realmente en eso.
—Por
supuesto que no. —Por el modo en que lo dijo, no sabía si me creía incapaz de
hacer otra cosa que no fuera física, o si simplemente creía que no existía nada
más.
—Bueno,
estoy escribiendo algo —dije finalmente.
—¿Escribiendo?
—Pareció intrigado, como si el único tipo de escritura que pudiera imaginar era
practicar la caligrafía—. ¿Qué estás escribiendo? —preguntó.
—He
empezado un guión cinematográfico.
—¿Qué?
¿Estás escribiendo un guión cinematográfico?
Pronunció
esta frase con una extraña cadencia, como si fuera mi padre y estuviera
diciendo: «¿Quieres decir que este proceso reciente que has sufrido era... una
operación de cambio de sexo?».
—¿Por qué
demonios tenías que hacer eso? —dijo con una repentina vehemencia.
—No lo
sé. Porque me gusta, supongo.
Miré el
menú. Esto se estaba poniendo incómodo.
Dije:
—La
vichyssoise es realmente buena aquí.
La escena
parecía surrealista, y ningún intento de cambiar de tema iba a librarme de
ello; pero, siempre optimista, lo intente de todas formas.
—Sabes,
deberíamos pedir la comida. Tengo que ir a una cita con el médico dentro de un
rato.
—Mira
—dijo—, tú te debes a ti mismo, y a mí y a un montón de personas, para
mantenerte en la física. Pusimos muchísimas horas en tu instrucción. Años. No
puedes arrojar eso así
como así.
Tu talento. Tu educación. Es un insulto. Una falta de respeto. ¿Y para qué?
¿Ficción? ¿Mierda del despreciable Hollywood? —Su rostro enrojeció. La miga del
desayuno cayó de su barba.
Su ira me
cogió con la guardia baja. Por una parte, yo no había pretendido de ninguna
forma sugerir que estaba pensando en abandonar la física; por otra parte, me
sentía diciendo: «¿Cómo te atreves a decirme lo que tengo que hacer con mi
vida?». Pero él había puesto el dedo en mi sensación de ser indigno. ¿Por qué
estaba yo trabajando en una mierda de Hollywood tan inútil? Traté de
rectificar.
—No dije
exactamente que quisiera un trabajo en el cine.
—¿Por qué
otra cosa ibas a escribir un guión cinematográfico?
—Es sólo
un hobby, eso es todo.
El
camarero estudiante vino.
—Simplemente
recuerda tu responsabilidad. Tú tienes talento. Tienes que hacer algo con tu
vida.
El
camarero me lanzó una sonrisa cómplice. Debió de pensar que éramos padre e
hijo.
Yo pedí
la vichyssoise y una tortilla. El profesor pidió también una tortilla, pero
pasó de la vichyssoise. Aparentemente no estaba interesado en las
recomendaciones culinarias de un pervertido intelectual. A mitad de la comida,
una miga fresca se aposentó en su barba. Entablarnos una conversación muy
general. Yo me sentí aliviado cuando finalmente llegó la hora en que me tenía
que ir al médico, aunque dicho alivio se demostró equivocado.
Con más
perspectiva, supongo que podía haber mirado con diversión la diatriba del
profesor Migadepán. Preso en su propio y estrecho campo, incapaz de apreciar la
creatividad de otros. Pero entonces no tenía esa perspectiva y su diatriba
realmente me molestó. Con el tiempo hablé con Feynman sobre ello. Y aunque él
compartía cierto desdén por gran parte de la literatura moderna, respetaba al
escritor, como parecía respetar todas las empresas que requiriesen el rasgo que
él más admiraba: la imaginación.
En cierta
ocasión yo mismo pensé en escribir ficción durante un tiempo. Por supuesto, he
dado conferencias; es decir, he hablado y han sido grabadas. Pero eso es una
salida fácil. Así que en una fiesta en el departamento de Inglés les pregunté,
por pura diversión, cómo podría escribir ficción, y un hombre al que respetaba
mucho, un profesor, respondió: «Todo lo que tienes que hacer es escribir».
Me hice
con los Cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Decía que no
podían ser muy difíciles de escribir... ellos podían hacer lo que quisieran
porque salían ángeles, y gnomos, y cosas así. De modo que se puede hacer lo que
se quiera, hay todo tipo de magia. Así que dije: «Voy a hacer uno nuevo».
Lo único
que pude hacer era combinar lo que ya había leído. Pero lamentablemente veía
que, cuando lo recombinaba, no obtenía una trama muy diferente, alguna idea
ingeniosa, algo diferente, alguna sorpresa, mientras que la historia siguiente
del libro tenía algo de sorpresa, no era como las otras historias. Había gnomos
otra vez, pero la naturaleza de la trama, el giro, era muy diferente... Y dije:
«Ahora sí que no hay más posibilidades». Pero entonces leí el cuento siguiente
y es completamente diferente. Así que no creo que tenga el tipo de imaginación
necesaria para construir muy bien una nueva historia.
Esto no
quiere decir que yo no tenga una buena imaginación. De hecho, creo que es más
difícil hacer lo que hace un científico, descubrir o imaginar lo que existe,
que imaginar ficción, es decir, cosas que no existen. Comprender realmente cómo
funcionan las cosas a pequeña escala, o a gran escala, ¡es tan diferente de lo
que esperas! ¡Se necesita mucha imaginación para verlo! Necesitamos mucha
imaginación para representar un átomo, imaginar que existen átomos y cómo
podrían operar. O para hacer la tabla periódica de los elementos.
Pero la
diferencia entre la imaginación de un científico y la del escritor es que la
primera se somete a prueba. Un científico
imagina
algo y entonces Dios dice «incorrecto» o «bueno por el momento». Dios es el
experimento, por supuesto, y Dios podría decir: «Oh no, eso no concuerda». Tú
dices: «Imagino que funciona de esta manera. Y si lo hace, deberíais verlo».
Entonces otros tipos miran y no lo ven. Eso es bastante malo. Conjeturaste mal.
En literatura no existe eso.
Un
escritor o un artista puede imaginar algo y por supuesto puede quedar
insatisfecho artísticamente, o estéticamente, con ello, pero ése no es el mismo
grado de perspicacia o precisión con que trabaja el científico. Para el
científico existe este dios del experimento que puede decir: «Eso es muy
bonito, amigo mío, pero no es real». Ésa es una gran diferencia.
Supongamos
que hubiera algún gran dios de la estética. Y entonces, cuando pintas un
cuadro, no importa cuánto te guste, no importa cuánto te satisfaga, no importa
qué, incluso si algo no te satisface, en cualquier caso deberías someterlo al
gran dios de la estética y el dios diría: «Esto es bueno», o «esto es malo».
Con el tiempo se te plantea el problema de desarrollar un sentido estético que
encaje con esto, no sólo con tus sentimientos personales. Esto es más parecido
al tipo de creatividad que tenemos en ciencia.
Además,
la literatura, a diferencia de las matemáticas y la ciencia, no es un cuerpo de
conocimiento que se está expandiendo y en donde todo se acumula, un gran
monstruo construido por muchas personas y en donde hay un progreso. ¿Puedes
decir: «Cada día nos estamos haciendo mejores escritores porque hemos visto lo
que se ha escrito antes»? ¿Que escribimos mejor porque otros tipos nos han
mostrado antes cómo hacer esto o aquello de modo que ahora podemos continuarlo
y llegar más lejos? Eso es lo que sucede en ciencia y en matemáticas. Por
ejemplo, leí Madame Bovary, que pienso que es maravillosa. Por
supuesto, no era otra cosa que la descripción de una persona corriente. No
estoy seguro de mi historia, pero creo que Madame Bovary es de
cuando se empezaron a escribir novelas sobre gente corriente. Supongo que si
las novelas de otras personas fueran parecidas, eso me haría feliz. Pero las
novelas modernas ya no están hechas con esa destreza, con ese detalle. Las
pocas que he leído, no puedo aguantarlas.
Capítulo
XVIII
Mi médico
trabajaba en una pequeña clínica de la ciudad. No estaba lejos, de modo que
tras mi almuerzo con el profesor Migadepán fui andando. Era un día bello y
soleado. El interior de la clínica tenía un aspecto entre estéril y hortera. A
pesar de mi cita tuve que esperar cuarenta minutos para ser visitado. Mientras
esperaba, jugaba en mi cabeza con las ideas de mi guión cinematográfico, de la
misma forma que solía hacer con las ideas de la física. Así que no me importó
la espera.
El médico
era un hombre mayor, algo obeso. Su cara era redonda y agradable, como una de
esas caras sonrientes que se construyen con signos gráficos. A esa imagen había
que añadir que estaba casi completamente calvo. Me sentía cómodo con este
doctor, lo que estaba bien, porque él tenía la mano en mis testículos. No dejo
hacer eso a cualquiera. Especialmente si son hombres.
—¿Cuánto
tiempo han estado así? —preguntó.
Al
principio pensé que era una pregunta en broma.
—¿Cómo
así? —pregunté.
—¿Estos
bultos?
¿Bultos?
Estaba confuso. ¿De qué estaba hablando?
—Aquí
——dijo—. Me lo mostró.
Técnicamente,
dijo, en esta fase eran sólo bultos sospechosos, pero bultos en los testículos
con ese aspecto eran cancerosos casi con certeza.
Eso era
extraño en alguien de mi edad. Y yo tenía uno en cada testículo, lo que, según
dijo, era tan raro que podía ser publicable. Creí detectar excitación en su
voz. Después de todo, era el ex presidente de una prestigiosa asociación
profesional. Pero yo estaba tan conmocionado que sus comentarios no me
ofendían. Todo lo que podía pensar era, esto no es posible.
Me dijo
que el paso siguiente era un análisis de sangre para ver si el nivel de cierta
hormona era demasiado elevado. Deberíamos concertar una charla con un cirujano,
dijo. Sentí que la sangre huía de mi cabeza. Me desplomé en una silla. En ese
momento su radar detectó que yo era humano, y no algún pobre perro anónimo en
su laboratorio. Repentinamente se le iluminó la expresión, y para consolarme,
supongo, me dijo que, si el cáncer no se había extendido, una vez que me
hubieran extirpado los testículos, unas píldoras hormonales y una prótesis me
permitirían llevar una vida casi normal. Me preguntaba qué quería decir el
doctor Cara Sonriente con «casi normal». Para mí, olvidar las píldoras y que tu
voz suba una octava está muy lejos de ser normal. ¿Y cómo le explicas a tu
novia esos falsos testículos no funcionales? No, pensé, la vida ya no volvería
a ser «casi normal» para mí.
Eso es lo
que pasó. En un instante, mi vida había cambiado. La madre de mi madre había
muerto de cáncer a los cuarenta años. Fue un tipo de tumor que se da entre la
vejiga y el riñón. Ellos eran ricos, pero esto sucedió en Polonia en los años
treinta, y no había mucho que hacer. Al parecer había sido una muerte lenta y
terriblemente dolorosa. Existía la morfina, pero no sirvió. Mi madre solía
contar con lágrimas cómo oía los gritos de su madre todas las noches. Me habló
de cuando pasó una noche en casa de un amigo, y de cómo, cuando volvió, su
padre le riñó por abandonar esa noche a su madre moribunda y por olvidar el
dolor de su familia. No volvió a salir con amigos después de eso.
Luego su
madre murió. Dos años más tarde Hitler eliminó a su familia, a sus amigos y la
necesidad de compensar sus preocupaciones. Hasta hoy mi madre no ha olvidado el
dolor de su familia. Ni lo había hecho yo. Incluso cuando era veinteañero, el
cáncer había sido mi mayor temor.
Parecía
ser el año del cáncer en el Caltech. Feynman se enfrentaba a su muerte
inminente haciendo todo lo que era prudente para combatirla, pero también
aceptándola con calma. Murray había luchado como un loco para salvar a su
mujer, y su pánico y su tristeza habían sido patentes. ¿Cómo lo llevaría yo? Y
¿cuánto tiempo duraría? Pensé en todas aquellas veces en que había sentido
lástima por Feynman, cuando, según parece, siempre fui yo el pobre infeliz.
Al
principio anduve aturdido después de recibir la noticia. Si antes era incapaz
de concentrarme en la física, después fui incapaz de concentrarme en cualquier
cosa. Tenía dificultades para seguir cualquier simple conversación. Pese a
todo, seguí haciendo vida normal y no se lo dije a nadie. Constantine me llevó
aparte y me preguntó si estaba drogado. Creo que Ray también lo supuso. Cuando
estaba solo sentía compasión de mí mismo. Gritaba a menudo, y a veces seguía
haciéndolo durante lo que parecían horas. Al cabo de algunos días, cuando mi
cerebro empezó a trabajar de nuevo, no había un momento en que mi muerte no
estuviese en primer término, junto con la sensación de vacío que producía en mi
estómago. La muerte se convirtió en el centro de mi vida.
Miraba
los olivos en el campus. Sus bellas formas retorcidas. Su agradable color gris.
Repentinamente, todo parecía precioso. El paisaje, el ciclo, el perfil elegante
que formaba mi apartamento allí donde la pared blancuzca se encontraba con el
techo de color requesón. Pensaba en Feynman observando el arco iris. Así estaba
yo ahora, desesperado por apreciar las pequeñas experiencias de la existencia,
incluso las que antes solían aburrirme.
Al cabo
de unos días me llamó el doctor. El análisis de sangre había sido negativo. El
nivel hormonal no era elevado. Alivio. Éxtasis. Pero rápidamente se vino abajo.
—A menudo
el test resulta negativo —dijo—. En realidad no significa nada.
Me sentí
perdido. Confuso. No podía asirme a nada para lo que iba a pasar.
—¿Por qué
hizo usted el análisis si no significa nada? —dije.
—Hubiera
sido la forma más fácil de confirmar el diagnóstico. Pero hay otras formas. En
realidad, es una formalidad.
—¿Hará
una biopsia?
—No,
normalmente extirpamos todo el testículo.
—Pero
ahora son los dos testículos.
—Me temo
que este tipo de tumor es siempre maligno dijo. Pensé que yo lo temía más que
él—. Hablaremos cuando venga usted —dijo. Con esto dio por terminada la
conversación. Dios me colgó el teléfono.
Me sentí
perdido. ¿Cómo había llegado a esta situación? Yo tenía un doctorado en Física.
Según un estudio que leí en cierta ocasión, eso significa, en promedio, que yo
era un 25 por 100 más inteligente que el doctor Cara Sonriente. Pero él era el
experto. Y me quedé implorando por su tiempo y sus explicaciones. Decidí ir en
coche hasta la Facultad de Medicina de la USC y estudiar por mi cuenta,
encontrar un libro y leer todo sobre bultos y testículos. En el camino
fantaseaba descubriendo un conjunto de explicaciones benignas. Como quistes. O
juanetes de los testículos.
Por
desgracia, los testículos no parecían sufrir semejante destino. Los libros
parecían apoyarle.
Cuando
llegué a casa me senté en mi cojín de bolas de poliestireno. Fuera, el calor
del día estaba amainando y el sol estaba lo suficientemente bajo para resultar
confortable en lugar de agobiante. La piscina que había en el patio trasero
estaba desierta, salvo por el galo de un vecino que se agazapaba en el asfalto
cercano. Como parte de mi nueva apreciación de la vida y la naturaleza, observé
al gato. Pensé en lo precisa que era la forma en que se agazapaba y se
abalanzaba, practicando su ancestral arte de la caza.
Entonces
me di cuenta de que no estaba practicando solo. El gato estaba jugando con un
ratón joven que había atrapado. Se agazapaba, inmóvil, hasta que el ratón
trataba de escapar, y entonces saltaba y lo capturaba. Al cabo de un rato,
dejaba suelto al ratón y repetía el juego. En lugar de recibir tranquilidad de
la belleza do la dulce Madre Naturaleza, me encontré recibiendo un recordatorio
deprimente de que la mierda existe. Me acordé de Feynman y sus múltiples
operaciones de cáncer. Pero si Dios estaba jugando con Feynman, al menos
Feynman parecía estar disfrutando del final de sus días. Yo no pensaba que
pudiera decirse lo mismo del pobre ratón. O de mí.
Llegó
Ray.
—Puedo
ver nubarrones sobre el monte Leonard —dijo.
Aún no le
había hablado de los bultos, pero los nubarrones eran imposibles de ocultar.
Así que me encogí de hombros. Él sonrió.
—No te
preocupes —dijo—. El doctor Ray trajo medicina. No exactamente la recetada por
la profesión médica, pero servirá.
—Que se
joda la profesión médica —dije—. Pero he estado fumando demasiado. —De repente
me pregunté si fumar marihuana tenía algo que ver con los bultos.
—Necesito
lumbre —dijo, ignorando mi respuesta.
Me
levanté y busqué cerillas. Tomó una copia de un artículo sobre teoría de
cuerdas y lo miró por encima. Como la mayoría de los artículos de investigación
en física estaba lleno de ecuaciones.
—Es
física teórica pero parecen matemáticas —dijo.
—Llámalo
matemáticas con objetivo —dije.
—Odio las
matemáticas por culpa de mi padre —dijo—. Era ingeniero, salido del gueto
(estamos hablando del Harlem hispano) y maldita sea, él también iba a hacer de
mí un ingeniero. Para
él era
cuestión de supervivencia. Para él se trataba de aprender matemáticas o
terminar en la asistencia social. De modo que ponía a prueba mi aritmética. Y
cada vez que yo daba una respuesta equivocada, ¡zas!, me pegaba. Y lo hacía
fuerte, de modo que yo lo sentía realmente. No se podía divagar con mi padre,
no señor. ¿Cuánto es 9 x 8?, ¡zas! ¿Cuánto es 6 x 12?, ¡zas! Por eso es por lo
que las odio y por lo que se me dan bien.
Encendió
su pipa y me ofreció un poco. Yo lo necesitaba mucho.
—No,
gracias —dije, y luego lo lamenté.
—Mi padre
debería haberme obligado a fumar hierba en lugar de hacer matemáticas. Entonces
habría crecido odiando la hierba y amando las matemáticas. Quizá sería un
físico como tú. No está mal, alternar con científicos famosos, dormir hasta el
mediodía. Pero ¡qué demonios!, me gusta recoger basura. Salgo de trabajar a
primera llora del día, y estoy fuera. Volvió a mirar el artículo de
investigación.
—Apuesto
a que realmente tienes que concentrarte para hacer cosas como ésta.
—Sí
—dije—. Sentí que entendía cómo se sentía. Yo era él y su padre en uno,
obligándome a estudiar lo que no quería, y golpeándome cuando no obtenía las
respuestas con la rapidez suficiente.
Trató de
pasarme la pipa otra vez. Esta vez la tomé.
Capítulo
XIX
Caminaba
hacia el despacho de Feynman. Mis vaqueros tenían un roto en la rodilla y
llevaba tres días con la misma camisa de franela. Pero yo no pensaba en eso.
Estaba centrado en la idea de que Feynman y yo teníamos al final algo en común.
La muerte inminente. Quizá pudiéramos formar un grupo de apoyo de dos.
Advertí
que Helen estaba en la puerta de su despacho charlando con un estudiante.
—Hola
—dijo cuando me acerqué.
—¿Qué
tal? —dije. Me detuve en los buzones e hice como que revisaba los dos sobres
rancios de correo basura en la ranura que había bajo mi nombre. Tenía que
esperar un rato, pero no quena que Helen me echara de la puerta de Feynman.
Finalmente su teléfono sonó y ella desapareció en el interior de su despacho.
Crucé rápidamente. Llamé a la puerta de Feynman. Ninguna respuesta. Llamé otra
vez.
—Sí
-—llegó su voz queda desde el interior.
Abrí la
puerta y di un paso adentro. Estaba sentado en el sofá, mirando un cuaderno que
sostenía entre las manos. Finalmente levantó la vista hacia mí.
—Estoy
demasiado ocupado para hablar —dijo. Y como yo no me moví inmediatamente,
añadió—: Vete.
—Tengo
una pregunta de física —dije.
Por
supuesto, no era verdad. Pero si dejaba ver que mi propósito real era personal,
nunca habría entrado. Desde luego no iba a soltarle toda la verdad: «Vengo a
charlar porque los dos nos estamos muriendo de cáncer».
Tras una
pausa, dijo:
—Ahora
no.
Su tono
era más blando ahora que pensaba que mi visita tenía que ver realmente con una
cuestión de física.
—Muy
bien, ¿cuándo es un buen momento?
—No lo
sé. Búscame la semana que viene.
La semana
que viene no valía. La semana que viene yo podía estar muerto.
Dije:
—Muy
bien. —Y me retiré—. En cualquier caso no es seguro que me pudiera ayudar. Es
una cuestión de óptica cuántica, y estoy seguro de que hace años que usted no
ha tratado ese tema.
Un buen
amigo de los días del doctorado llamado Marie Hillery había conseguido un
trabajo en Nuevo México para llevar a cabo una investigación en óptica
cuántica. Habíamos estado hablando por teléfono sobre su trabajo y el mío,
entremezclado intermitentemente con mi estudio de la teoría de cuerdas, sobre
todo en las noches en que el conserje estaba demasiado ocupado para ofrecer una
distracción. Como mi literatura, mi incursión en óptica cuántica no era algo
que compartiera con mis colegas. Se consideraría poco intelectual. Demasiado
aplicado. Pero Feynman apreciaba todos los aspectos de la física. Y siempre
disfrutaba con un desafío.
Empecé a
cerrar la puerta. Lentamente.
Y cuando
casi estaba cerrada, él dijo:
—Espera.
Ahora él
sentía curiosidad y, por encima de todo, quería demostrarme que no había ningún
problema en el mundo de la física en el que no pudiera aportar las mejores
ideas.
—¿Cuál es
el problema? —preguntó.
Mi ardid
había funcionado. Ahora tenía que dar con una pregunta. No era difícil.
Una de
las cuestiones más importantes en óptica cuántica era describir cómo se
comportan los haces de luz láser cuando penetran en un material tal como un
cristal. Debido a la presencia del medio material, se comportaban de forma muy
distinta de como lo hacen en el vacío. Marie y yo habíamos encontrado que
podíamos utilizar los métodos de mi tesis doctoral —aproximación por infinitas
dimensiones— para modelar los átomos en el interior de ciertos cristales y, con
algunas hipótesis y muchas matemáticas, desarrollar una teoría de cómo
interaccionan la luz láser y el cristal.
Ya
existía una teoría que describía dichas interacciones, pero no se había
derivado de una teoría de los átomos individuales, como la nuestra. En lugar de
ello, se derivaba aproximando la red cristalina de los átomos como un medio
continuo con ciertas macropropiedades que se medían experimentalmente. Si el
cristal fuera una copa de agua, entonces el viejo enfoque consistiría en tratar
el agua dentro de la copa como un líquido con ciertas propiedades
macroscópicas, tales como la densidad, viscosidad e índice de refracción (una
medida de cuánto se desvía la luz), e ignorar el hecho de que en realidad está
formada por objetos microscópicos llamados moléculas de agua. Nuestro enfoque
consistía en partir de las moléculas de agua y luego derivar todo lo demás. Si
realmente pudiéramos «derivar» todo lo demás, entonces, puesto que no
ignorábamos los «detalles», el nuestro sería un enfoque claramente superior.
Pero hacer lo que queríamos era una empresa mucho más complicada que el viejo
enfoque, de modo que para llevarla a cabo teníamos que hacer nuestras propias
aproximaciones simplificadoras. La más importante consistía en utilizar mi
método de las infinitas dimensiones. Puesto que tanto la forma antigua como la
nuestra implicaban aproximaciones, ninguna de las dos constituía un método
intrínsecamente mejor que el otro. Pese a todo, pensábamos que rehacer la
teoría
a nuestra
manera podría llevar a nuevas ideas sobre la física. Como el trabajo de Feynman
sobre el helio líquido, esta teoría sería un modelo creado para una situación
dada, no una teoría fundamental como la cromodinámica cuántica o la teoría de
cuerdas. Pero parecía interesante, así que nos pusimos manos a la obra.
Mark
comparó nuestra teoría con la teoría habitual y me llamó una noche para
informarme de que no coincidían. Yo busqué el artículo de hacía quince años
donde se había presentado inicialmente la antigua teoría y, en efecto, nuestros
resultados, aunque similares, presentaban un conflicto importante. Obviamente,
una o las dos teorías estaban equivocadas, y pensamos que era la nuestra. En
alguna parte habíamos cometido un error matemático o hecho una hipótesis no
justificada. Pensé que encontrarla sería un gran problema para discutir con
Feynman.
Feynman
captó inmediatamente la idea que había detrás de nuestra teoría, demostrándome
que realmente no había ningún problema en el mundo de la física en el que no
pudiera aportar las mejores ideas. De hecho, en la media hora siguiente me dio
más ideas de las que yo había tenido en los meses que había estado pensando en
ello. Debería de haberme desanimado por la facilidad con que sobrepasó mi
propio pensamiento, pero en lugar de ello estaba excitado porque a él le
gustaba nuestra idea.
Entonces
le hablé del conflicto con la otra teoría.
—¿Entiendes
su teoría? —dijo.
—He leído
el artículo, y he seguido la mayor parte.
—¿Seguido?
Sólo porque estés siguiendo algo no significa que estés yendo por el camino
correcto. Cuando puedes derivarlo por ti mismo —dijo—, entonces lo entiendes. Y
quizá puedes creerlo; —Después de un momento añadió—: Por supuesto, podrías
descubrir que es una gilipollez. Sospecho que lo es, porque me parece que tú lo
hiciste todo correctamente.
—Pero la
teoría ha estado ahí durante quince años —dije.
—Muy
bien. Así que no es sólo una gilipollez, sino una gilipollez vieja.
Solté una
carcajada.
Nunca
llegamos a hablar de nuestras muertes inminentes, pero fue un grupo de apoyo de
todas formas. Durante el corto período de nuestras conversaciones, se me
ofreció una escapatoria a mi constante preocupación por el cáncer. Cuando
hablábamos sobre óptica cuántica el mundo parecía maravilloso y excitante. Tuve
la impresión de que Feynman sentía lo mismo.
Capítulo
XX
Era el
momento de ver otra vez al doctor Cara Sonriente.
Mientras
me acercaba a la clínica, mi estómago se encogía. Cuando llegué debía de tener
un aspecto pálido y espantoso, porque esta vez no me hicieron esperar. Me
llevaron inmediatamente a una sala de examen y me dijeron que podía quedarme
allí y descansar si quería. Sí, ahora me tratan bien, pensaba yo. Porque
sienten lástima por mí.
Tumbado
en los cojines imaginaba todos los procesos desagradables que podrían
aguardarme. La cirugía, por supuesto, que por sí sola ya era demasiado terrible
para contemplar, y luego las interminables pruebas, inyecciones, rayos X, y
quizá radio o quimioterapia, lo que significaba más mutilaciones internas.
Náuseas terribles y pérdida total del cabello, incluso de las cejas y las
pestañas.
Al cabo
de unos minutos mi médico abrió la puerta. Me levanté, sintiendo repentinamente
que la adrenalina invadía mi cuerpo. Pareció sorprendido de que yo estuviera
solo. Empezó a retirarse de la habitación.
—¿Doctor?
—dije.
—He
pedido una consulta —dijo—. Lo mejor que tenemos. Será sólo un minuto.
Entonces
salió. Había sonado lúgubre. Me pregunté qué significaba. ¿Qué me aguardaba? Lo
peor era no saber qué iba a pasar. Me dejé caer de nuevo.
Cuando
regresó, con él había no uno sino dos especialistas, señal, imaginé, de su
nerviosismo por mi enfermedad. Me estaba exhibiendo. En un momento había allí,
de pie, tres hombres serios, apiñados frente a mis testículos. A diferencia de
los físicos, estos doctores llevaban batas blancas. Por alguna razón, esto
hacía aún más terrible todo el episodio. Era como si las llevaran para aislarse
de mi cuerpo arruinado.
Un
especialista susurró algo a otro. Ambos asintieron con la cabeza.
El
segundo especialista salió, y el primero me miró.
—Tiene
usted bultos —me dijo—, pero no son cancerosos. Ni siquiera son tumores. Está
usted perfectamente.
Le miré,
y por un momento quedé aliviado. Todo mi cuerpo se relajó como si me hubieran
puesto una inyección. Las lágrimas acudieron a mis ojos, y luego corrieron por
mis mejillas. Miré al doctor Cara Sonriente. De repente estaba pensando: «Usted
dijo que los bultos eran malignos. ¿Por qué estos otros tipos dicen que los
bultos están bien? ¿Tienen ellos rayos X en la punta de los dedos? ¿Qué tipo de
medicina practican ustedes: la regla de la mayoría?».
El doctor
Cara Sonriente respondió a las preguntas que debían de estar escritas en mi
rostro.
—Los
bultos son iguales en ambos lados —dijo.
—Son
imágenes especulares —dijo el especialista—. Los tumores no crecerían así. De
modo que deben de ser de nacimiento. Usted está bien. ¿Nunca antes había notado
esto ningún otro médico? No, el paisaje de mis testículos había sido un
territorio virgen hasta entonces.
El doctor
Cara Sonriente se disculpó, y en eso quedó todo, al menos para ellos. En cuanto
a mí, años después de este inciden te aún no podía dejar de creer que el doctor
Cara Sonriente esta ha realmente en lo cierto. Los artículos de los periódicos
sobre
cáncer
testicular me producían una sensación de vacío en el estómago y la sangre se
escapaba de mi cabeza y tenía que sentarme para no desfallecer. Cuando acudía a
un médico por algún achaque que no tenía nada que ver y, de paso, le pedía que
examinase mis testículos, me parecía percibir extrañas miradas.
Finalmente
lo superé. Supuse que, si hubiera sido cierto, ahora hace tiempo que estaría
muerto. El problema de mis genitales era congénito. Me había salvado la
simetría.
Capítulo
XXI
Regresé
en coche a mi apartamento, tan exultante que casi tuve dos accidentes serios
por el camino. Pensé en la ironía de morir justo después de saber que no me
estaba muriendo. Pensé en que no se necesita un cáncer para morir. Podía llegar
así, por un momento de descuido. Entras en el coche. Eres un enfermo terminal
pero no lo sabes hasta el último momento, cuando estás pisando los frenos.
Traté de
serenarme, pero después de ver al médico me sentía como si estuviera colocado.
Debe de haber algún tipo de hormona de la euforia que libera tu cuerpo. Podrías
hacerte rico si fueses capaz de venderla por dosis, pero probablemente la
declararían ilegal. Hacía difícil concentrarse en la carretera. También debía
de haber afectado a mi psicología, pues ahora que mi pesadilla había terminado,
y debería de tener menos necesidad de hablar, sentí repentinamente la necesidad
de contar a alguien lo que me acababa de ocurrir.
Empecé
por Ray. Lo encontré pascando por la piscina, recién duchado después de su día
arrastrando basura. A medida que escuchaba, su rostro se retorcía en una serie
de expresiones, como si en segundos él hubiera pasado por todas las fases de la
aflicción: conmoción, negación, enfado, depresión, aceptación —y luego el
alivio . Me estrechó en un fortísimo abrazo. Estrujado
contra
él, sentía su incipiente barba como papel de lija en mi mejilla. Podía oler el
talco, mezclado con un ligero toque del persistente y agrio olor de la basura.
Cuando me soltó, todo lo que decía era «me alegro de que estés bien».
Decidí
que tenía que tomarme algunos días libres. Ray, también. Bueno, al menos un
día. Estuvimos de juerga hasta las tantas. A la mañana siguiente me llamó
completamente mareado, alegre por mí, y continuamos la fiesta. Tuvimos todo lo
que queríamos, una especie de celebración de la vida. Eso significaba pizza
para desayunar, hamburguesas para almorzar y pizza y hamburguesas para cenar.
Más muchos porros, cerveza y puros entre medio.
A última
hora de la tarde Ray dejó caer su propia bomba. Se marchaba. Se trasladaba a
Bellevue para estar con su nuevo amor, la mujer de Microsoft. Ella decía que
podía vivir un tiempo en su casa antes de que necesitase conseguir un trabajo,
de modo que estaba pensando en dejar el negocio de la basura y aprender a
programar ordenadores. Poner finalmente en uso su talento matemático. Era el
momento de dejar de castigarse con su padre, supongo.
Mi
burbuja de euforia podía reventar rápidamente. Yo ya era solitario, y la idea
de que desapareciera la persona que se había convertido en mi más íntimo amigo
en la ciudad me hacía tambalear. Debería de haberme alegrado por él, pero lo
sentía como otro puñetazo en el estómago.
A la
mañana siguiente nuestra fiesta maratoniana había acabado con Ray y yo
enfermos. Ray llamó mareado otra vez, esta vez con toda la razón. Y yo pasé el
día en la cama masticando aspirinas y sorbiendo té, sopesando la cuestión:
«Ahora que he recuperado mi vida, ¿qué debería hacer con ella?».
Fuera
hacía un calor asfixiante, «inestacionalmente cálido»,[4] como
decían por la radio. Quizá, pero era un recordatorio de que se acercaba el
verano. El curso académico terminaría pronto. Pensé en lo que había hecho y
dejado de hacer. No había conseguido mucho. Ningún gran descubrimiento, ni
siquiera un trabajo publicable, a menos que Mark y yo expusiéramos nuestra
teoría óptica. Pero aún estaba vivo. Recordé mis conversaciones con Feynman. A
mí, la vida y la carrera me habían parecido muy complicadas. Él hacía que todo
sonara sencillo. Si un mono podía hacerlo, también yo podía, había dicho. Pero
yo no era un mono. Me preocupaba por cómo resultaría todo. Imaginé que los
monos no hacían eso. ¿Es eso lo que aprendes cuando te haces mayor, que nada es
tan complicado o importante como pensabas?
Cuando
regresé al Caltech descubrí que me había perdido algunas grandes noticias.
Concernían a Constantine. Nunca habíamos vuelto a hablar sobre la posibilidad
de que yo trabajara con él. Ahora terminaba su nombramiento posdoctoral y tenía
previsto un nuevo trabajo en Atenas a partir del próximo otoño. Ésa era una
noticia, pero no era la gran noticia.
El
pasaporte de Constantine para la fama era su cálculo por ordenador de la masa
del protón a partir de la teoría de la cromodinámica cuántica. Ahora circulaba
el rumor de que Constantine no trasladó el problema al ordenador de una manera
honrada. No hay una única manera de traducir las ecuaciones desde el espacio
continuo real de la teoría matemática a un retículo finito de puntos que pueda
manejar el ordenador, de modo que la teoría de retículos es tamo un arte como
una ciencia. Uno trata de seguir principios aceptados con respecto a lo que
tiene más sentido en términos de fiabilidad y precisión. Y entones uno deja que
el ordenador haga el resto. El trabajo en teoría de retículos es más difícil de
comprobar que el trabajo puramente matemático, porque, aunque uno pueda seguir
la forma en que se estableció el problema, no puede recorrer mentalmente todos
los pasos que da el ordenador mientras realiza un cálculo. Según radio macuto,
Constantine había trabajado de atrás adelante, sabiendo cuál era
la masa
del protón y jugando con los parámetros que introducía en su cálculo particular
para obtener la respuesta correcta. Es una diferencia sutil, tal vez, pero es
importante reconocerla.
Constantine
no lo negaba. Y pretendía no estar preocupado por el revuelo. Simplemente movía
los brazos y lo despachaba con la misma confianza de sabelotodo que tenía
cuando discutía de política griega o estadounidense. «¿Por qué tanto revuelo?»,
decía. «Yo utilicé lo que sabía para mejorar mi modelo por ordenador. Todo el
mundo lo hace.» Pero constantemente daba caladas a sus cigarrillos. Caladas
cortas y tristes.
Me sentí
mal por él, pero también estaba un poco enfadado. Era un buen amigo, y yo había
confiado en él. Aún pensaba que era digno de confianza a nivel personal, pero
sería difícil volver a tener el mismo respeto por él. No le hablé de mi susto
con el cáncer.
Pero
quería decírselo a Feynman.
Utilicé
mi truco del buzón para asegurarme de que Helen no me veía, y entonces irrumpí
en el despacho de Feynman tras un ligero golpe en la puerta. Estaba descansando
en el sofá, y no pareció importarle la interrupción.
Para
romper el hielo mencioné la controversia sobre Constantine. Él simplemente se
encogió de hombros.
-—No he
leído su artículo. No sé suficiente sobre ello. ¿Qué esperas que diga?
—Pensaba
que diría algo como, «¡qué canalla! ¡Lo hizo porque pensaba que lo importante
era el éxito, no el descubrimiento!».
—¡Cielos,
no! Yo no voy a psicoanalizar al tipo. Pero lo que debería molestarte tanto
como si tu amigo amañó o no su trabajo es que muchas personas lo leen y no
podrían notar la diferencia. Hay muchas personas que no son escépticas, ni
entienden lo que están haciendo. Sólo están siguiendo a alguien. Eso es lo que
tenemos: demasiados seguidores, muy pocos líderes.
Me senté.
Ya había tenido bastante sobre Constantine. Quería hablar de mí. Le conté a
Feynman la historia de mi cáncer.
Movió la
cabeza.
—Al menos
un físico estúpido sólo se hace daño a sí mismo —dijo—. ¿Sabes? Yo tenía muchos
médicos que me decían que no podían operarme. Pero entonces encontré al único
médico del país lo bastante valiente para intentarlo. Fue una operación muy
larga. Muy completa. Por supuesto, hay probabilidades de que hubiera fallado.
No hay forma de saberlo. Tendremos que verlo.
Cerró los
ojos.
Le miré.
Parecía agotado: pálido, delgado y arrugado. Por primera vez lo vi no como un
físico, o una leyenda, o un viejo compañero de pasillo, sino meramente como un
anciano.
Abrió los
ojos. Yo estaba mirándole.
—Estás
pensando en que no tengo tan buen aspecto —dijo.
—No,
tiene buen aspecto —mentí.
—No digas
gilipolleces. ¿Y sabes qué?
—¿Qué?
—Tú
tampoco estás tan bien.
Sonreí.
—He
tenido un par de semanas agitadas.
Decidí
pasar por alto la parte de los dos días de fiesta.
Esbozó
una ligera sonrisa.
—¿Quizá
con alguna agotadora celebración al final?
Volví a
sonreír.
—Sí, un
poco. Con Ray. ¿Se acuerda de él?
Feynman
asintió con la cabeza. Obviamente le había gustado Ray. De algún modo llegamos
a hablar de cómo el padre de Ray le intimidaba hasta hacerle odiar las
matemáticas.
—A mi
hijo Cari y a mí —dijo—, nos gustaba hablar de matemáticas. —Se le iluminó el
rostro como si le hubiese infundido un pulso de energía—. Y él es muy bueno.
—Mi padre
y yo nunca hablamos de matemáticas —dije—. El nunca llegó a ir al instituto.
Los nazis se ocuparon de eso. Pero a mí siempre me gustó resolver problemas de
matemáticas. Me gusta pensar intensamente. Y me gusta la sensación
que
tienes cuando explicas algo, o cuando creas una nueva idea.
—Bueno,
entonces, ésa es la respuesta que has estado buscando. ¿no es cierto?
—¿Qué
quiere decir?
—Cuando
estaba hablando con Ray me dijo que te preguntó por qué te gustaba la física y
tú no supiste decírselo.
—Oh, sí.
—Yo estaba un poco azorado porque Ray hubiera revelado eso.
—Bien, lo
has descubierto. Te gusta porque te gusta pensar intensamente, te gusta ser
creativo, y te gusta resolver problemas.
—Yo no
creo que ésa sea la respuesta —dije.
—¿Qué
quieres decir con que tú no crees que ésa sea la respuesta? Ésa no es mi
respuesta. Ésa era tu respuesta. —Sonaba impaciente. Así es como se ponía
cuando tú no eras suficientemente rápido para pillar las cosas al vuelo. Traté
de explicarme.
—Muy
bien, yo dije eso, pero quizá no fuera porque me gusta la física, porque no es
realmente específico de la física.
—¿Y?
—Eso se
aplica también a muchas actividades.
-¿Y?
En ese
momento, Helen entró a ver.
—Profesor
Feynman, ¿le está molestando? —Se volvió para mirarme con furia, pero seguía
hablándole a él—. Sé que usted estaba intentando terminar un trabajo.
-Está
bien, Helen —dijo—. No estaba molestándome.
-Luego,
para mí, «pero está empezando a hacerlo».
-Entonces
parece que llegué justo a tiempo —dijo Helen Vamos, doctor Mlodinow. Advertí
que después de esperar en los buzones, olvidó usted coger el correo. —Ella me
lo alcanzó. Adiós a mi ardid.
Déjeme
sólo un minuto más, ¿de acuerdo, Helen?
Hizo una
mueca de desprecio, pero Feynman no puso reparos, de modo que salió. Me dirigí
a Feynman.
—Creo que
veo su punto.
—Muy
bien.
—El curso
está acabando, así que..., en caso de que no le vea antes del verano..., sólo
quería agradecerle... todo lo que me ha enseñado.
—Yo no te
he enseñado nada —dijo.
—Me ha
enseñado algo sobre mí mismo.
—Eso es
una gilipollez. ¿Qué te he enseñado?
—Supongo
que aún lo estoy asimilando..., pero precisamente ahora... usted me ha enseñado
una manera de mirar el mundo, supongo. Y dónde encajo yo.
—En
primer lugar, «precisamente ahora», yo no te he enseñado eso, tú lo has hecho.
Yo no puedo enseñarte cómo encajas; tienes que descubrirlo por ti mismo. Y en
segundo lugar, yo soy un malísimo maestro, así que dudo que te haya enseñado
algo.
—Muy
bien, entonces... gracias por todas las... conversaciones que hemos tenido. Me
haya enseñado alguna cosa o no, yo las he disfrutado.
—Mira, si
vas a seguir insistiendo en que yo te he enseñado algo, supongo que debería
hacerte pasar un examen final.
—¿De
verdad?
—Una
pregunta.
—Por
supuesto.
—Supón
que ves una fotografía de un átomo con un microscopio electrónico, ¿de acuerdo?
No es sólo echar una ojeada. Es muy importante que la examines detenidamente.
Piensa en lo que eso significa.
—Muy
bien.
—Y ahora
responde a esta pregunta: ¿hace que tu corazón palpite?
—¿Si hace
que mi corazón palpite?
—Sí o no.
Es una pregunta de sí o no. No se permiten ecuaciones.
—Muy
bien, se lo haré saber.
—No seas
burro. Yo no necesito saber. Tú necesitas saber. Éste es un examen de
autoevaluación. Y lo que cuenta no es la respuesta, es lo que tú haces con la
información.
Cerramos
los ojos. En mi mente se apareció fugazmente su cara cuando era más joven. El
enérgico y sonriente tocador de bongos que yo había visto
fotografiado en la primera página de su libro Feynman Lectures of
Physics. De mis labios brotó una pregunta.
—¿Lamenta
algo? —dije.
Feynman
no me cortó diciendo que eso no era de mi incumbencia. Durante un rato no hizo
nada. Me pregunté si empezaría a hablar de su frustración con la cromodinámica
cuántica. Pero entonces sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Por
supuesto —dijo—. Lamento que quizá no viva para ver crecer a mi hija Michelle.
Capítulo
XXII
De todas
las preguntas que le había planteado a Feynman, la que más me importaba era la
pregunta definitiva: ¿quién eres tú como persona y cómo un científico es
influido por su carácter?
A él no
le gustó la pregunta: era demasiado psicológica. Pero la respondió.
Dada su
impaciencia con todas las preguntas psicológicas, consideré que la respuesta
era un regalo especial. Un aviso para mí de que, por mucha importancia que yo
pudiera ligar al éxito, al final no es el éxito lo que realmente importa.
No sé
siquiera lo que significa eso de comprenderte a ti mismo a nivel personal. Oigo
a la gente hablar de cosas como: «Tengo que descubrir quién soy». No sé de lo
que están hablando. Puedo decir que realmente he aprendido muchísimas cosas
sobre mí mismo estudiando biología. Sé cómo estoy hecho. Tengo una buena teoría
de cómo funciono mecánicamente. Pero eso no es comprenderte a ti mismo a nivel
personal.
Puedo
decir que soy un científico. Encuentro excitación en el descubrimiento. La
excitación no está en el hecho de que hayas creado algo, sino en que has
encontrado algo bello que siempre ha estado allí. De modo que lo científico
afecta a cada parte de mi vida. Y afecta a mis actitudes hacia muchas cosas. No
puedo
decir
cuál es el carro y cuál es el caballo. Porque soy una persona integrada y no
puedo decirte si, por ejemplo, mi escepticismo es la razón de que esté
interesado en la ciencia o si es mi ciencia la razón de que sea escéptico. Esas
cosas son imposibles. Pero quiero saber lo que es verdad. Así es como yo miro
en el interior de las cosas. Para ver y descubrir lo que está pasando.
Te
contaré una historia. Cuando tenía trece años conocí a una chica. Arlene.
Arlene fue mi primera novia. Salimos juntos durante muchos años. Al principio
no tan en serio, y luego más en serio. Nos enamoramos. Cuando yo tenía
diecinueve años nos comprometimos, y cuando tenía veintiséis nos casamos. La
amaba profundamente. Crecimos juntos. La cambié enseñándole mi punto de vista,
mi racionalidad. Ella me cambió. Me ayudó mucho. Me enseñó que a veces uno
tiene que ser irracional. Eso no quiere decir estúpido, simplemente quiere
decir que hay ocasiones, situaciones, en las que deberías reflexionar, y otras
en las que no deberías hacerlo.
Las
mujeres han tenido una gran influencia sobre mí y me han hecho la mejor persona
que soy hoy. Representan el lado emocional de la vida. Y me doy cuenta de que
eso también es muy importante.
No voy a
psicoanalizarme. A veces es bueno conocerte a ti mismo, pero otras veces no lo
es. Cuando te ríes con un chiste, si piensas en por qué te ríes podrías darte
cuenta de que, después de todo, no era gracioso, era estúpido, de modo que
dejas de reír. No deberías pensar en ello. Mi regla es, cuando eres infeliz,
piensa en ello. Pero cuando eres feliz, no lo hagas. ¿Por qué echarlo a perder?
Probablemente eres feliz por alguna razón ridícula y saberlo es echarlo a
perder.
Yo era
feliz, con Arlene. Estuvimos muy felizmente casados durante algunos años. Y
luego murió de tuberculosis. Yo sabía que ella tenía tuberculosis cuando me
casé. Mis amigos me decían que no me casara con ella, que puesto que tenía
tuberculosis ya no tenía que casarme con ella. Yo no me casé con ella por un
sentido del deber. Lo hice porque la quería. Lo que ellos temían en realidad
era que yo me contagiase, pero nunca pasó. Éramos muy
cuidadosos.
Sabíamos de dónde procedían los gérmenes y éramos muy cuidadosos. Era un
peligro real, pero no me contagié.
Así que,
por ejemplo, la ciencia tiene un efecto sobre mi actitud, digamos, respecto a
la muerte. No maldije a nadie cuando Arlene murió. ¿Quién había para maldecir?
No podía maldecir a Dios porque no creo en Dios. Y no puedes maldecir a una
bacteria, ¿o sí? Así que no tuve ningún resentimiento y no tenía que buscar
venganza. Y no tenía ningún remordimiento porque yo no podía haber hecho nada.
No estoy
preocupado por mi propio futuro en el cielo o en el infierno. Tengo una teoría
sobre eso que creo que procede de mi ciencia. Creo en los descubrimientos
científicos y por ello tengo una idea sobre mí mismo que es coherente. Ahora
acabo de estar en el hospital y no sé cuánto tiempo voy a vivir. Nos pasa a
todos nosotros más pronto o más tarde. Todo el mundo muere. Es sólo cuestión de
cuándo. Pero con Arlene fui realmente feliz durante un tiempo. Así que lo he
tenido todo. Después de Arlene el resto de mi vida no tenía que ser tan bueno,
ya ves, porque ya lo había tenido todo.
Capítulo
XXIII
Qué es
importante en la vida? Es una pregunta que a todos nos debería hacer pensar. La
respuesta no se enseña en la escuela y no es tan fácil como pueda parecer, pues
una respuesta superficial no es aceptable. Para descubrir la auténtica verdad
tienes que conocerte a ti mismo. Luego tienes que ser sincero contigo mismo,
luego tienes que respetarte y aceptarte a ti mismo. Para mí, todas éstas eran
tareas arduas.
Yo había
pasado rápidamente por la facultad y había entrado en el mundo académico
buscando salir adelante con mi trabajo y demostrar al mundo que había estado
vivo, y que había importado. Eso era tener un foco de atención exterior a la
vida. Ésa era la manera de Murray. Conseguir e impresionar. Ser una persona
importante y un líder. Era el camino clásico. El tradicional. Parecía ser un
objetivo obvio y digno. Yo lo había aceptado sin dudas. Pero para mí, eso era
como atrapar un arco iris. Aún peor, era como atrapar el arco iris de otras
personas. Un arco iris cuya belleza no veía realmente.
Gracias a
Feynman vi otra posibilidad. E igual que el descubrimiento del principio
cuántico hizo que los físicos rehicieran todas sus teorías, el ejemplo de
Feynman hizo que yo repensara la mía. Él no buscaba el papel de líder. Él no
gravitaba hacia las teorías «unificadas» seductoras. Para él, la satisfacción
por el descubrimiento estaba allí incluso si lo que descubrías ya era conocido
para otros. Estaba allí incluso si lodo lo que tú estabas haciendo era
reproducir el resultado de algún otro a tu propia manera. Y estaba allí incluso
si tu creatividad está en jugar con tu hijo. Era una autosatisfacción. El foco
de atención de Feynman era interno, y su foco interno le daba libertad.
Nuestra
cultura es una cultura que, siguiendo la caracterización de Feynman, es griega.
Es una cultura de lógica y demostración, de reglas y orden. En nuestra cultura
la gente que vive su vida como Feynman se considera excéntrica, pues Feynman
era un babilónico. Para Feynman, la física y la vida estaban gobernadas por la
intuición y la inspiración, y por un desdén hacia las reglas y las costumbres.
Ignoraba los métodos convencionales de la física, e inventó los suyos propios,
su suma sobre caminos y sus diagramas de Feynman. También ignoraba la cultura
académica e inventó la suya propia, comiendo con los estudiantes en la
Grasienta, o desarrollando su física en clubs de striptease, o investigando
menos por ambición que por amor. Y si su comportamiento no era aprobado, bueno,
¿qué le importaba lo que pensaran los demás?
Yo escogí
la vía de Feynman. Muchas personas no son suficientemente afortunadas para
sentir pasión por alguna empresa concreta, o también, como mi padre inmigrante,
están demasiado ocupadas con la mera supervivencia para tener cualquier
oportunidad. Especialmente después de mi terrorífica historia con la muerte, si
tenía una oportunidad, no quería desaprovecharla. Decidí que, mientras pudiera,
dedicaría mi limitado tiempo de vida a perseguir objetivos que me motivaran,
independientemente de que otros los encontrasen dignos o no. Decidí no perder
minea de vista la belleza en la física, y en la vida, cualquier cosa que sea
esa belleza, personalmente, para mí.
Sabía que
tendría que correr ciertos riesgos por no atarme a un campo de investigación
estrecho y «coherente», o incluso a una única carrera. Sabía que, puesto que
rio estaba impulsado por la ambición, quizá no fuera aceptado por mis iguales,
que sí lo estaban. Sabía que podría ser mirado con el mismo desprecio
equivocado con el que yo había mirado al profesor Jardinero, o con el que el
profesor Migadepán me había mirado. Y sabía que, al final, probablemente no
encontraría el éxito en los términos convencionales o materiales en los que
Feynman lo logró, o que mi madre deseaba para mí, o que Murray parecía querer
imponer en su hija Lisa. Pero al menos, con un foco interno, mi felicidad
estaría bajo mi propio control.
Una vez
que me deshice de la carga de los valores y las expectativas de los demás,
fueran reales o imaginarios, fue fácil decir dónde estaban mis pasiones.
Abandoné la teoría de cuerdas. Empecé a trabajar más en la óptica cuántica que
había empezado con Mark. Resultó que Feynman había acertado: nuestra teoría era
correcta y el enfoque aceptado tenía fallos. También salí del armario en lo
relativo a mi literatura. Si Feynman podía ver la belleza como inspiración para
la teoría del arco iris, y si un electrón podía comportarse como una onda y la
luz como una partícula, entonces la pequeña contradicción de Leonard saltando
entre diferentes subcampos de la física, o incluso entre cañeras diversas, no
sacudiría el universo.
Aparte de
Feynman, ninguno de mis colegas en el Caltech se tomó interés en mi trabajo
sobre óptica. Y la mayoría de ellos apartaban los ojos cada vez que les llevaba
literatura. Antes de que pasara mucho tiempo, me pidieron que dejara mi
despacho para ir a otro al otro lado del edificio. «Murray quiere el despacho
contiguo al suyo para uno de su propio grupo», dijo Helen. Me pregunté si había
alguna relación con mi nueva elección de actividades, pero, sobre todo pensé,
¿a quién le importa? No sabía dónde me llevaría mi física o mi literatura. Pero
seguía adelante. Y tanto si continuaba con la literatura como un hobby, como si
llegaba a ser mi sustento, esperaba que quizá algún día escribiría algo que
Feynman admirase. Y entonces pensé, no, mejor aún, espero que algún día
escribiré algo que yo admire.
Capítulo
XXIV
Después
de dejar el Caltech no volví a ver a Feynman, excepto en televisión.
Fue a
comienzos de 1986. Estaba débil por su larga batalla contra el cáncer, pero aun
así había aceptado ser el único científico en la comisión presidencial
norteamericana constituida para investigar la catástrofe de la lanzadera
espacial Challenger. Impaciente con el proceso burocrático,
voló de un lado a otro del país realizando su propia miniinvestigación. Pronto
apuntó una primera causa del desastre: la pérdida de elasticidad de una de las
juntas clave de la lanzadera, una arandela de caucho, a bajas temperaturas.
Esto podría haber seguido siendo un misterio de no ser por la polvareda que él
levantó. En la reunión de la comisión del 11 de febrero de 1986, retransmitida
por televisión, Feynman sumergió una arandela en agua helada y demostró que.
Cuando se estrujaba, no mostraba elasticidad. Con esta sencilla demostración
casera, ahora famosa, Feynman mostró que la responsabilidad del desastre recaía
básicamente en los gestores de la NASA que ignoraron las advertencias de sus
ingenieros para abonar el lanzamiento a causa de las temperaturas anormalmente
bajas de aquella mañana: -2 ºC (la temperatura más baja en cualquier
lanzamiento previo había sido de 12 ºC). Feynman, ahora una celebridad,
escribió un informe con sus hallazgos: que la comisión trató de ocultar,
pensando que era embarazoso para la NASA. Pero Feynman luchó porque fuera
incluido, y finalmente apareció como un apéndice.[5]
Feynman
combatió su cáncer con otras dos operaciones, en octubre de 1986 y octubre de
1987. Tras la última operación, la cuarta, tuvo dificultades para recuperarse.
Ahora estaba débil, con dolores, y a menudo deprimido. Pero la física aún le
daba vigor. Continuó impartiendo un curso de cromodinámica cuántica. Y, en sus
últimos meses de vida, decidió aprender finalmente la teoría de cuerdas. Murray
se la enseñó, en un «seminario privado» que mantenían cada semana.
El
miércoles 3 de febrero de 1988, Feynman entró en el Centro Médico de la UCLA,
en Los Ángeles. Cuando entró en el hospital no conocía la gravedad de su
enfermedad, pero pronto lo descubrió. Sólo tenía un riñón y estaba fallando.
Sus médicos le ofrecieron continuar con diálisis, pero eso no le proporcionaría
mucha calidad de vida. No era un camino que quisiera seguir. Rechazó el
procedimiento. Aceptó morfina para el dolor, y oxígeno, y se preparó para las
consecuencias. Dijo que lo veía como su descubrimiento definitivo: cómo es
morir. Contó a un amigo que cuando tenía siete años se había dado cuenta de que
sucedería algún día, y no veía ninguna razón para empezar a quejarse ahora.
Dijo que encontraría la experiencia IN-te-RE- san-TE.
La vida
se le escurría poco a poco. Primero no pudo hablar. Luego no pudo moverse. Y
finalmente ya no pudo respirar. Había hecho su último descubrimiento. Era el 15
de febrero de 1988, sólo unos meses antes de su septuagésimo aniversario. Había
sobrevivido a su cáncer durante diez años, batiendo de forma significativa las
expectativas que había consultado hacía tiempo. Y había resistido lo suficiente
para superar su máxima pena: había vivido para ver a su pequeña Michelle llegar
a la edad adulta.
Seis
semanas después de la muerte de Feynman hubo un servicio en su memoria en el
Caltech, una ceremonia festiva de su vida, donde un orador tras otro subió al
estrado para contar sus recuerdos. El nombre de Murray figuraba en el programa,
pero él no apareció.
Tenía una
excusa.
Cuando
Murray se disponía a salir para ir a la ceremonia, agentes federales que
llevaban chalecos blindados y rifles de asalto irrumpieron en su casa. Resulta
que su interés por las culturas antiguas y sus artefactos, le había llevado a
comprar algo que había sido introducido de contrabando en el país. Murray tuvo
que devolver algunas piezas, cooperó con los agentes de aduanas de Estados
Unidos y, al final, voló a Perú donde fue honrado por sentar un buen ejemplo y
recibió la llave de la ciudad de Lima.
Finalmente
Murray tuvo la oportunidad de rendir un tributo público a Feynman en un número
conmemorativo especial de Physics Today en honor de Feynman.
En su obituario, Murray escribió lo que sólo puede calificarse como un «examen
contradictorio» del estilo personal de Feynman. Provocó algunos levantamientos
de cejas en la comunidad de la física.
«Lo que
siempre me gustó del estilo de Feynman —escribió Murray— era su falta de
pomposidad en la presentación. Yo estaba cansado de los teóricos que revestían
su trabajo de un lenguaje matemático fantasioso o inventaban andamiajes
pretenciosos para sus a veces más bien modestas contribuciones. Las ideas de
Richard, con frecuencia poderosas, ingeniosas y originales, eran presentadas de
una forma sencilla que yo encontraba refrescante. Menos me impresionaba otro
aspecto bien conocido del estilo de Richard. Se rodeó de una nube de mito, y
gastó mucho tiempo y energía generando anécdotas sobre sí mismo... Muchas de
estas anécdotas surgían, por supuesto, de las historias que Richard contaba, en
las que él era generalmente el héroe y en las que él tenía que salir, si era
posible, pareciendo más inteligente que cualquier otro. Debo confesar que con
el paso de los años me sentí incómodo con la sensación de ser un rival a quien
él quería superar, y encontré el trabajo con él menos agradable porque parecía
que estaba pensando más en términos de “tú” y "yo” que en “nosotros".
Probablemente le era difícil acostumbrarse a colaborar con alguien que no fuera
simplemente un contrapunto a sus propias ideas...»
Murray y
Feynman eran rivales. De todas formas me sorprendió que Murray decidiese ser
tan duro. Así es Murray, siempre competitivo, siempre atormentado. Pero
prefiero creer que la verdadera razón de la negatividad de Murray era
simplemente que cuando escribió el obituario estaba pasando por un mal día. En
cualquier caso no creo que Feynman se hubiera ofendido: siempre apreciaba que
expusieses tu pensamiento. Irónicamente, aproximadamente al mismo tiempo que
Murray estaba escribiendo el artículo crítico, estaba también realizando una
nueva investigación señera basada en un trabajo anterior de Feynman sobre la
formulación de la teoría cuántica en términos de caminos o historias.
Inmediatamente después de completar dicho trabajo, Murray dejó el Caltech.
Ahora vive y trabaja en Santa Fe. Nuevo México.
Para
cuando Murray dejó el Caltech. John Schwarz ya no le necesitaba como mentor,
pues en 1984 Schwarz y Michael Oreen hicieron un descubrimiento histórico.
Después de trabajar en el problema durante cinco años, encontraron el milagro
matemático que estaban buscando y resolvieron la última inconsistencia
importante en la teoría de cuerdas. Ello no hacía la teoría de cuerdas más
fácil de resolver, pero convenció a muchos físicos destacados —especialmente a
Edward Witten— de que la teoría tenía demasiadas propiedades milagrosas como
para ser olvidada. Como hubiera podido decir Holmes, o más probable mente
Rockford, «¿Coincidencia? No lo creo». En algunos meses, la leona de cuerdas,
el hazmerreír de la física, se convirtió en la teoría de cuerdas, el tema candente
en física.
Durante
los dos años siguientes centenares de teóricos de partículas se subieron al
cano, escribiendo más de un millar de artículos de investigación. Hoy, la
investigación en teoría de cuerdas domina el campo de la teoría de las
partículas elementales. Tan raro como había sido encontrar a alguien trabajando
en teoría de cuerdas, igual de raro era ahora encontrar a un teórico de
partículas que no trabajara en ella. A finales de 1984, Murray pudo finalmente
conseguirle a Schwarz un «puesto de trabajo real» como profesor en el Caltech.
Pero ni siquiera entonces fue fácil. Como comentó un administrador: «No sabemos
si este señor ha inventado la rebanada de pan, pero incluso si lo ha hecho, la
gente dirá que lo hizo en el Caltech, de modo que no tenemos que mantenerle
aquí».
En 1987
Schwarz recibió una prestigiosa beca MacArthur, y en 1997 fue elegido miembro
de la Academia Nacional de Ciencias. En 2001 se le concedió el premio Dannie
Heineman 2002 de la Sociedad Americana de Física y el Instituto Americano de
Física por sus «valiosas contribuciones en el campo de la física matemática». A
pesar de la gloria, la teoría de cuerdas es aún un trabajo en curso, lejos de
estar demostrada o siquiera bien entendida. Schwarz dice que nunca tuvo nada
que lamentar, incluso cuando parecía que su trabajo nunca sería aceptado.
También dice que nunca tuvo ninguna duda de que era correcto. Hoy Schwarz ocupa
el antiguo despacho de Feynman, y sigue trabajando en la teoría de cuerdas. Lo
que aún no se sabe es cómo le irá sin la ayuda de Helen Tuck, quien, ya
septuagenaria, se acaba de jubilar como secretaria del departamento.
Feynman
no era un fan de la teoría de cuerdas, pero respetaba a Schwarz. ¿Y por qué no?
Si había alguien que no estaba siguiendo a la multitud, ése era Schwarz. Cada
vez que yo oía que las ideas de otras personas eran desechadas, u oía que los
objetivos de alguien eran criticados como inalcanzables, siempre pensaba en
John Schwarz. Y pensaba en Feynman, pues si hay algo que él me enseñó, es la
importancia de estar verdaderamente comprometido con lo que quiera que sea
aquello por lo que estamos luchando.
Un día,
hace aproximadamente un año, estaba examinando cajas polvorientas que había
guardado en un almacén fuera de la ciudad. En una de ellas, entre decenas de
viejos textos de la facultad, encontré las cintas de un viejo radiocasete Radio
Shack que iban a formar la base de las transcripciones del libro. Cuando grabé
nuestras conversaciones no sabía que quería escribir un libro, ni siquiera que
era capaz de hacerlo, pero sabía que quería escribir sobre Feynman. Imagino que
cualquiera que le hubiera conocido alguna vez, y tuviera la inclinación de
escribir, tendría la misma sensación. Pese a todo, no escribí sobre él, y las
cintas quedaron durmiendo durante veinte años. Creo que la razón era que,
entonces, no tenía ningún objetivo en mente.
Al volver
a oír las cintas después de todos esos años añoré a Feynman, el brusco, el
maestro reacio cuyo espíritu ni siquiera el cáncer terminal pudo domeñar. Y
añoré la persona que yo era el estudiante ávido e inocente con toda su vida por
delante. Fue entonces cuando el objetivo de este libro se hizo claro.
En el
epílogo, Feynman establecía su propio objetivo al escribir las Feynman
Lectures of Physics que yo había leído en el kibutz de Israel hacía
tantos años. Feynman escribió: «Sobre todo quería darles una idea del
maravilloso mundo y de la forma de verlo por parte del físico». Su enunciado
era demasiado modesto, pues la visión del mundo que él comunicaba en dichos
libros no era sólo la manera de ver el mundo por parte de cualquier físico: era
inconfundiblemente la suya propia. Es este objetivo el que espero haber
cumplido al escribir este libro. Pues Richard Feynman siempre supo cómo sacar
el máximo partido del talento con que Dios —o la mera genética— le había
bendecido. Eso es todo lo que podemos esperar de la vida y en los años
transcurridos desde su muerte, he descubierto que es una valiosa lección.
Lecturas
adicionales
De
Feynman
·
Richard Feynman, The Feynman Lectures of
Physics, Pearson Addison Wesley,1989.
·
Richard Feynman, El carácter de la ley
física, Tusquets, Barcelona, 2000.
Sobre
Feynman
·
James Gleik, Genius: The Life and Science
of Richard Feynman, Vintage, 1993.
Y con
mayor énfasis en el contenido técnico:
·
Jagdish Mehra, The Beat of a Different
Drurn, Oxford University Press, 1996.
De Murray
·
Murray Gell-Mann, El Quark y el Jaguar, Tusquets,
Barcelona, 1995.
Sobre
Murray
·
George Johnson, Strange Beauty, Knopf,
1999.
Sobre la
teoría de cuerdas
Para un público general:
·
Brian Greene. El universo elegante,
Crítica, Barcelona, 2001.
·
F. David Peat, Superstrings and the Search
for the Theory of Everything. McGraw Hill, 1989.
Si tiene
usted estudios avanzados en matemáticas o en física:
·
Joseph Polchinski, String Theory, Cambridge
University Press. 1998.
·
Michio Kaku, Introduction to Superstrings and
M-theory, Springer, 1988.
Notas:
[1] Véase Nesvizhevsky
el al. Nature n° 415, 2002, p. 297. (N. del T.)
[2] Stephen
Wolfram es el creador de Mathematica, un programa informático
ampliamente utilizado que realiza cálculos analíticos y no
simples operaciones aritméticas. El libro en cuestión es A New Kind of
Science (2002), un volumen de 1.200 páginas en el que defiende que
todos los fenómenos naturales pueden simularse o describirse mediante autómatas
celulares que obedecen a reglas relativamente simples. (N. del T.)
[3] Robert
Pirsig, hay traducción castellana: El Zen y el Arte del Movimiento de
la Motocicleta. Mondadori, Barcelona, . (N. del T.)
[4] Juego
de palabras intraducibie: unseasomably por unreasonably (irrazonablemente). (N.
del T.)
[5] El
informe de Feynman está recogido en El placer de descubrir. Crítica.
Barcelona, 2000. (N. del T.)

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