© Libro N° 11977.
La Lira Desafinada De Pitágoras. Castro,
Almudena Martín. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
La Lira Desafinada De Pitágoras. Almudena Martín Castro
Versión Original: © La Lira Desafinada De Pitágoras. Almudena
Martín Castro
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA LIRA DESAFINADA DE PITÁGORAS
Almudena Martín Castro
La Lira
Desafinada De Pitágoras
Almudena
Martín Castro
CONTENIDO
Preludio
1. El
nacimiento de la armonía
2. Las
matemáticas de la voz
3. La
belleza de los pequeños números
4. El
descubrimiento de la disonancia
5. La
música interminable
6. La
melodía que movió el mundo
7. El
arcoíris de Newton
8. La
física en busca de armonía
Coda
Agradecimientos
Bibliografía
A mi
familia, por regalarme un mundo lleno de música.
Preludio
Los
modelos del matemático, como los del pintor o el poeta, deben ser «hermosos»;
las ideas, como los colores o las palabras, deben encajar de manera armónica.
La belleza es la primera señal. No existe un lugar duradero en el mundo para
las ideas matemáticas feas.
Godfrey
Harold Hardy,
Apología
de un matemático[1]
§. Cinco
sigmas alrededor de 0,2
Un tipo se acerca caminando a un chalet por un camino rodeado de plantas.
Aparte de un coche aparcado a lo lejos, la calle parece vacía. Se trata, a
todas luces, de un barrio acomodado para gente que tiene más interés por las
casas amplias que por el contacto con sus vecinos, de esos que abundan en
Estados Unidos. El caminante, sin embargo, probablemente no vive allí. Lleva
una mochila chillona y el típico jersey anticuado de rombos granates. Se diría
que es bastante joven, aunque siempre es más difícil estimar la edad de unos
rasgos asiáticos.
Al llegar
al umbral se detiene, llama al timbre y una pareja entrada en años le abre la
puerta. Por su reacción —ese tipo de sonrisa cándida que hace entrecerrar los
ojillos—, resulta evidente que le conocen, probablemente le tengan hasta
cariño. Pero también está claro que su llegada no había sido anunciada. La
pareja viste de manera informal, algo a mitad de camino entre un pijama y la
ropa que uno se pondría para ir a comprar el pan. Él está visiblemente
despeinado, ella le acompaña con su flequillo desdentado. Ninguno de los dos
parece saber qué hace el visitante frente a la puerta de su casa.
—Tengo
una sorpresa para vosotros —les aclara entonces—. Es cinco sigmas alrededor de
0,2.
En una
fracción de segundo el rostro de los dos ancianos se transforma, apenas pueden
contener la emoción. Con un breve suspiro —«¿Descubrimiento?»—, ella se lanza a
abrazar al recién llegado —«Sí», le confirma él—. El anciano pide una y otra
vez que le repitan el mensaje, cauto primero, visiblemente emocionado después.
Parece a punto de echarse a llorar. Ambos son profesores de Física en la
Universidad de Stanford y el visitante inesperado, compañero suyo, acaba de
anunciarles una noticia largamente esperada: su teoría física, el trabajo de
toda una vida, acaba de ser confirmada experimentalmente.
Esta
escena no es una ficción ni un diálogo imaginado. Fue grabada por las cámaras
de la Universidad de Stanford y recorrió Internet como la pólvora a comienzos
de 2014[2]. Se
convirtió en el más improbable de los vídeos virales. En él no aparecen gatitos
ni bebés ni ningún listado de consejos cotidianos —«El cuarto te sorprenderá»—.
Tampoco hay celebrities ni escándalos. Son tres físicos a
quienes nadie conoce, diciéndose algo que casi nadie entiende: «cinco sigmas
alrededor de 0,2». Y aun así, en solo un par de días, acumuló más de dos
millones de visitas, sin contar todos los medios que lo replicaron en sus
propias plataformas digitales.
Aún hoy
el contador sigue creciendo. Gracias a esta grabación de apenas dos minutos y
medio de duración, podemos ver la primera reacción de Andrei Linde al conocer
los resultados obtenidos por BICEP2[3], un
telescopio superavanzado situado en el polo sur de la Tierra. Junto a él se
encuentra su esposa, Renata Kallosh, y quien les trae las buenas noticias es
Chao-Lin Kuo, líder del equipo que acababa de publicar los resultados tras una
larga investigación. Los tres son cosmólogos, científicos de élite en algunos
de los grupos de investigación más punteros del mundo, tres sabios
contemporáneos que se dedican a rascar los límites del conocimiento humano
entre fórmulas matemáticas imposibles y la tecnología más precisa de nuestra
era.
Pero no
hace falta saber nada de física teórica para entender de qué va el vídeo de la
Universidad de Stanford. Más allá del experimento y de los aciertos de la
teoría de Linde, más allá del significado de sigma o lo que sea que mida ese
0,2, este es un vídeo sobre emociones humanas. Tras décadas de especulación, un
equipo de astrofísicos parece haber encontrado en el cielo las huellas de una
idea que nació primero en la cabeza ya canosa del protagonista que abre la
puerta. Y el momento de recibir la noticia es, por puro contagio, emocionante:
—No
esperábamos a nadie —bromea Linde en el vídeo—. Renata pensó que probablemente
sería algún tipo de envío y me preguntó si había pedido algo. «Sí —le dije—. Lo
pedí hace treinta años, y por fin ha llegado».
Por otra
parte, la escena no podría ser más cercana. Linde y su esposa se nos presentan
a cámara no como los héroes invencibles que suelen pintar las películas
—científicos omniscientes y eternos a salvo de toda duda—. Todo lo contrario:
son dos seres humanos en el umbral de su domicilio, haciendo cosas de humanos,
como esperar al mensajero un domingo o vestir ropa cómoda para estar en casa.
Son como tú y como yo, vulnerables. Y es esa vulnerabilidad la que nos permite
empatizar con su alegría, pero también con sus dudas.
Al final
del vídeo, un Linde todavía emocionado se pregunta:
—Si esto
es verdad, este es un momento de conocimiento de la naturaleza de tal magnitud
que es abrumador. Esperemos que no sea solo un engaño. Siempre vivo con esa
sensación. ¿Y si me estoy engañando? ¿Y si creo en esto solo porque es bello?
§. ¡Qué
bonito!
A muchos quizás les sorprenda el interrogante de Linde. Un físico hablando de
belleza, invocando un ideal que no podría estar más alejado de su propia
disciplina, en apariencia. La pintura, la escultura, el cine… las por algo
llamadas «bellas» artes parecen más adecuadas para abordar estos temas. Y sin
embargo, en mi experiencia personal, durante mi paso por las facultades de
Ciencias y de Bellas Artes escuché muchas más veces exclamar «¡qué bonito!» a
los profesores de física que a los de dibujo o escultura.
Es una
paradoja que suelo contar en mis charlas de divulgación. Pero revela una
realidad que va mucho más allá de la anécdota graciosa. Vivimos un tiempo en
que la academia del Arte —así, con mayúscula, que es cosa seria— ha dado la
espalda progresivamente al placer de los sentidos como criterio de valoración
estética. El discurso contemporáneo suele priorizar otras formas de apreciación
artística más abstractas e intelectualizadas. Ante una obra de Arte, el connoisseur ya
no dice «qué bonito», sino «qué interesante». Después frunce ligeramente el
ceño, cuestiona su lugar en el mundo y emite algún lamento filosófico sobre la
naturaleza de la creación artística. Para cuando se termina la copa de vino,
acaba sufriendo, en el mejor de los casos, una profunda crisis existencial.
Paralelamente,
la física ha reclamado para sí el placer estético, no solo como fuente de
disfrute y de belleza, sino también como posible criterio de verdad. Algunos
científicos célebres, como Paul Dirac, parecen haber hecho suyos los versos del
poeta John Keats[4]:
La
belleza es verdad y la verdad belleza —nada más se sabe en esta tierra, y nada
más hace falta.
No se
trata de una belleza puramente visual, eso sí, sino de una especie de sencillez
conceptual acompañada de un gran poder explicativo. Las teorías o fórmulas más
bellas son aquellas que, de repente, consiguen que distintas piezas «encajen» y
resulten extrañamente satisfactorias, como meter el USB a la primera o
encontrar un mueble con las medidas exactas del hueco que te queda en el salón.
Es una belleza abstracta, sin duda, perceptible solo para aquellos que pueden
aferrarse a conceptos matemáticos no siempre evidentes. Pero es también una
belleza que tiene mucho que ver con los sonidos musicales y con su manera de
«encajar» —de armonizar— entre sí.
Fue una
de las hoy consideradas «bellas» artes la que contagió a la física su
expectativa de belleza. Gracias a la música, los griegos pudieron comprobar que
las cuerdas relacionadas por proporciones numéricas sencillas daban lugar a
combinaciones sonoras agradables para el oído o «consonantes». Es un fenómeno
que, como veremos, tiene su explicación última en la física y en cómo funciona
nuestro sistema auditivo. Pero casi tan interesantes e inesperadas fueron sus
consecuencias para la historia de la física y de la música: estudiando el
sonido de una cuerda, los griegos concluyeron que la belleza misma debía emanar
de la perfección de los números. Por ese motivo, los científicos y matemáticos
no solo debían perseguir la verdad, sino también que sus ecuaciones fuesen
«bellas» —o, en honor a una larga tradición, «armónicas»—.
La
música, a su vez, fue considerada una rama de las matemáticas y formó parte de
la educación de las élites durante toda la Edad Media en Europa. Esto significa
que gran parte de los grandes pensadores, protocientíficos y filósofos
occidentales estudiaron de manera conjunta astronomía, matemáticas, geometría y
música. Hoy conocemos a Ptolomeo como astrónomo, a Leonhard Euler como
matemático, a Johannes Kepler como físico. Pero hay algo que tienen en común,
¡y es que todos escribieron sobre música! La huella de esta tradición llega
hasta el siglo XX, con físicos como Max Planck o el mismo Einstein, que decía
obtener una de las mayores alegrías de su vida de su violín. Incluso hoy,
cuando la música ha sido relegada a un segundo plano en la búsqueda de conocimiento
científico, mencionar la belleza matemática o la «armonía» de las ecuaciones,
parece casi un requisito en el discurso de agradecimiento al Premio Nobel de
Física.
Esa
«belleza» que a menudo señalan físicos y matemáticos no es una metáfora ni una
campaña de marketing para engañar a los niños y convencerles
de que estudien disciplinas con fama de ser especialmente arduas. La emoción
que sienten estos científicos es muy similar a la que experimentan los amantes
del arte al pasear por un museo, o un melómano cuando escucha su composición
preferida. El parecido resulta evidente para todos los que en algún momento nos
hemos entusiasmado con algún problema de matemáticas. Pero, además, hace
algunos años, un grupo de investigadores de Reino Unido consiguió demostrar el
paralelismo entre estas experiencias utilizando herramientas de la
neurociencia.
En 2014,
el equipo liderado por Semir Zeki se dedicó a estudiar los cerebros de quince
matemáticos[5], de esos
a los que les da por exclamar «¡qué bonito!» ante un frío montón de signos
abstractos. Para ello, les pidieron que evaluasen estéticamente un total de
sesenta ecuaciones mientras registraban su actividad cerebral. El resultado
sorprendió a todos… excepto, probablemente, a los matemáticos del estudio.
Cuando veían una ecuación que consideraban bella, su cerebro tenía una
respuesta similar a la provocada por otros estímulos placenteros, como una
imagen bonita o un sonido agradable. En su mente se activaba la misma región
situada justo detrás de los ojos, en la llamada corteza orbitofrontal media,
donde se integran las experiencias sensoriales, la toma de decisiones y también
las emociones.
Los datos
concuerdan con la experiencia subjetiva que reportaron los participantes en el
estudio. Todos ellos afirmaron haber sentido placer, felicidad y satisfacción
al observar las ecuaciones que habían calificado como bellas. Todos
experimentaron, además, algún tipo de respuesta emocional. En el caso más
extremo, las ecuaciones provocaron escalofríos a uno de los participantes —se
le pusieron los pelos de punta, según aseguró—. Otro utilizó la palabra
«visceral» para describir su experiencia, mientras que un tercero afirmó sentir
«la misma sensación que al escuchar una pieza de música hermosa o ver un cuadro
especialmente llamativo». A pesar de su fama de frías y abstractas, el cerebro
de estos matemáticos se emocionaba con sus ecuaciones preferidas como el de
cualquier esteta, o como el de cualquier ser humano sensible a la belleza que
le proporcionan sus sentidos.
Por otra
parte, la investigación reveló que comprender esas ecuaciones era necesario,
pero no suficiente, para considerarlas bellas. Si bien todos los participantes
comprendían las ecuaciones que se les habían presentado, no todas eran igual de
bonitas a su juicio, no todas encendían en su mente las mismas lucecitas. Lo
cual plantea un delicado dilema, porque todas esas ecuaciones eran igualmente
«verdaderas». Quizás entonces, como temía Linde, ¿su belleza podría resultar
engañosa?
Zeki,
neurocirujano y autor principal del estudio, plantea esta misma pregunta en las
conclusiones de otro estudio[6]. «La
cuestión de si la belleza, incluso en un ámbito tan abstracto como las
matemáticas, es una brújula que señala hacia lo que es verdad en la naturaleza,
tanto dentro de nosotros como en el mundo en el que hemos evolucionado». Y más
tarde, él mismo insinúa su propia respuesta:
Creemos
que lo que «tiene sentido» para nosotros está basado en el funcionamiento de
nuestro propio cerebro que ha evolucionado en un entorno físico […]. Este
trabajo subraya hasta qué punto las futuras formulaciones matemáticas,
basándose en criterios de belleza, pueden revelar algo sobre nuestro cerebro,
por un lado, y sobre el grado en que la organización de nuestro cerebro revela
algo sobre el universo, por otro.
Revela
algo, revela algo… El autor no aclara el qué, exactamente. Y si bien en su
estudio habla mucho de cerebros y de datos fisiológicos, con argumentos muy
científicos y racionales, uno no puede sacudirse la sensación de que esas
conclusiones son, sobre todo, una expresión de deseos, más que de hechos. Zeki
quiere creer que la belleza apunta hacia la verdad y que las verdades que aún
nos aguardan en los secretos de la naturaleza serán matemáticamente
—estéticamente— bellas. Pero su argumento no se sostiene: si bien es posible
que nuestro cerebro evolucionara en un entorno físico, nada de ese entorno
podía hacer intuir los caprichos del mundo subatómico o los extremos de la
cosmología que hoy intentan desentrañar los físicos. Ninguna noción sobre los quarks salvó
la vida de los humanos de la sabana, nunca jamás.
A fin de
cuentas, no existe la belleza desinteresada. Allí donde algo nos da placer, a
menudo se esconde la biología, matizada por capas y capas de cultura. Sus
incentivos nos han ayudado a sobrevivir en el pasado y a menudo nos permiten
desenvolvernos mejor en nuestro día a día. Pero también dan forma a nuestros
sesgos perceptivos y cognitivos: atajos emocionales para problemas complejos de
nuestro entorno, que no tienen por qué ayudarnos a comprender mejor los
entresijos de la física teórica. Durante siglos, los físicos han perseguido las
ecuaciones más sencillas, las explicaciones más parsimoniosas y armónicas, a
menudo inspiradas directamente en conceptos musicales. Esta búsqueda ha dado
lugar a algunas de las ideas más asombrosas, «bellas» y memorables de la
historia del conocimiento. Pero también ha sembrado el camino de muchos
equívocos, en ocasiones mantenidos durante siglos. Cabe preguntarse, entonces,
si la belleza es un criterio razonable cuando uno intenta analizar las capas
más profundas de la realidad.
Hoy en
día, los físicos teóricos son creadores de mundos cada vez más asombrosos y
cada vez más remotos, mundos que a menudo preceden en varias décadas al
experimento que los verifica y los vuelve reales. Solo durante el siglo XX, sus
teorías y modelos nos descubrieron docenas de nuevas partículas fundamentales,
tres veces más dimensiones de las que cualquier humano puede percibir, un
espacio que no deja de expandirse, sin importar que su actual tamaño exceda ya
por mucho la capacidad humana para imaginar. También supera nuestra capacidad
para el lenguaje: grande, enorme, gigantesco, colosal, tochísimo… nada es
suficiente para abarcar la masa de un agujero negro, por ejemplo; o peor, la
posibilidad de que toda esa masa más todo lo demás —todos los planetas, todas
las galaxias, todos los autobuses de la EMT y también el tráfico de Madrid de
un lunes por la mañana—, TODO estuviera concentrado hace 13.800 millones de
años en un punto mucho más pequeño que un grano de sal. ¿Cuánto más pequeño?
Nuevamente, no tenemos palabras.
La única
palabra posible es la que decía temer Andrei Linde al ver confirmada su teoría.
Porque todos estos mundos son, indudablemente, bellos. Sobre todo, a ojos de un
físico o un matemático, proceden de teorías especialmente armoniosas. Pero si
la belleza es quizás un sesgo, ¿debería usarse entonces como criterio de
verdad?
* * * *
A pesar
de la alegría inicial, tan pronto como el equipo de Chao-Lin Kuo publicó sus
resultados empezaron a surgir voces críticas dentro de la comunidad científica:
muchos físicos ponían en duda las conclusiones del experimento. La cautela de
Linde, de hecho, estaba justificada. Especialmente porque este es el modus
operandi de la ciencia: nada se da por bueno hasta ser validado por
otros; toda verdad es provisional, un delicado equilibrio basado en el
consenso, también provisional, de toda una comunidad dedicada a analizar los
mejores datos de cada momento. Ante resultados especialmente novedosos y
rompedores, como los que parecían avalar tan rotundamente la teoría de Linde,
la reacción lógica era la sospecha.
El
problema resultó ser que el telescopio BICEP2 no cubría todo el cielo, sino
solo una pequeña región atravesada por la Vía Láctea. Para analizar sus
resultados, los físicos del proyecto habían aprendido a «restar» la enorme
cantidad de luz y radiación procedente de este reguero de estrellas. Pero
siempre queda algo, una especie de contaminación por polvo galáctico que
enturbia las mediciones y cuya magnitud es muy difícil de acotar[7].
Apenas un
año después de su primera publicación, BICEP2 pudo refinar sus resultados,
apoyado por los datos y las técnicas combinadas de otros telescopios y otros
equipos de investigación —Keck y Planck[8]—. El
famoso «0,2» resultó no ser 0,2, sino más bien 0,05. Pues menuda catástrofe,
pensarás. Y no te falta razón. La cuestión es que el 0,05 está mucho más cerca
del cero y, justo en esa delicada frontera, empieza a ser compatible con otro
tipo de teorías.
El nuevo
valor tampoco descarta el modelo cosmológico de Linde. El protagonista de
nuestra historia aún podría ganar un Premio Nobel si un nuevo experimento
alcanzase la precisión suficiente en las próximas décadas. De hecho, su
propuesta teórica sobre el origen del universo, conocida como «inflación
cósmica», es la que mejor encaja con todos los datos y observaciones realizadas
hasta la fecha, así que se suele dar por válida en general. Pero, por culpa de
un triste decimal, aún queda espacio para la duda: concretamente, un 8 %, que
es la probabilidad de que esos resultados mayores que cero se hayan producido
por puro azar —por culpa de ese polvo galáctico que los físicos tienen que
descartar—. Para bien o para mal, un 92 % de acierto no es suficiente para el
estándar que los científicos se suelen exigir en estos casos.
Tan
cerca… y tan lejos. Treinta años después de que la formulase por primera vez,
la teoría de Andrei Linde sigue siendo indudablemente bella. Pero aún es pronto
para asegurar si es cierta.
Capítulo
1
El nacimiento de la armonía
Ninmah
creó con arcilla a un hombre ciego, con los ojos siempre abiertos. Enki le
asignó un destino. Le atribuyó el arte de la música y le situó en un lugar de
honor junto al rey, como gran músico.
Mito
sumerio de la creación de los hombres y los músicos.
Tablilla
de arcilla de Mesopotamia.[9]
§. La
primera partitura de la historia
Anne Kilmer nunca pensó que terminaría dedicándose al estudio de la música
sumeria. Ciertamente, no es algo a lo que uno suela aspirar; probablemente, no
está en el «top diez» de respuestas a «qué quieres ser de mayor» en ninguna
guardería del mundo. Pero además, en los años cincuenta, cuando ella estudiaba
en la Universidad de Pensilvania, la música sumeria ni siquiera existía como
disciplina.
Es decir,
los historiadores sabían, sin lugar a dudas, que en la antigua Mesopotamia
tenía que haber sonado algún tipo de música. Existen multitud de imágenes de la
época que retratan la actividad de profesionales de diferentes instrumentos.
También se conservan documentos escritos que describen todo tipo de himnos,
lamentos, canciones de amor y de celebración, a veces acompañadas por
instrumentos o simplemente cantadas, tocadas en grupo o por un solista. Pero
nadie podía imaginar de manera precisa cómo podía haber sonado aquella música.
Para la
historia, la música de la antigua Mesopotamia era una intrigante película muda.
Podía explicar quiénes la tocaban, en qué contextos y por qué motivos. Podía
incluso listar y describir los instrumentos musicales que se solían utilizar.
Pero si uno intentaba acercar la oreja, todo lo que se encontraba era silencio.
El
principal problema es que las canciones no dejan esqueletos cuando dejan de
sonar. O al menos, no lo hacían hasta que se inventaron los vinilos. Los
investigadores solo pueden recurrir a algún tipo de escritura musical, y esto
en las culturas donde esa escritura llega a desarrollarse, que tampoco son
muchas. Sin embargo, a principios del siglo XX, las tablillas babilónicas que
supuestamente contenían canciones de la Antigüedad resultaban completamente
indescifrables. El caso más paradigmático fue el del etnomusicólogo Curt Sachs,
que en 1924 intentó transcribir una «partitura» babilónica basándose en la
frecuencia de repetición de ciertas sílabas en una tablilla de arcilla. Años
después descubrió que su transcripción no solo sonaba fatal sino que, además,
aquellas sílabas no tenían nada que ver con ningún tema musical: eran un
listado de nombres propios[10]. Imagina
que dentro de cincuenta mil años, los arqueólogos del futuro se encontrasen con
una papeleta electoral y la confundiesen con un tema de reguetón, ¡sería un
completo desastre!
En 1957,
aparecieron las primeras piezas del puzle que daría un vuelco a esta situación.
Ese año, Anne Kilmer empezó a descifrar unas tablillas cuneiformes que,
aparentemente, estaban llenas de símbolos matemáticos y problemas de cálculo.
Habían llegado a sus manos gracias a Benno Landsberger, el líder de su grupo de
investigación y uno de los mayores expertos del mundo en culturas
mesopotámicas. Al parecer, Landsberger era un poco torpe con los números. Por
eso, cuando vio aquellos documentos cubiertos de signos matemáticos, le encargó
a Kilmer que los analizara[11].
«Landsberger tenía la falsa impresión de que a mí se me daban bien las
matemáticas», relataría ella años más tarde[12]. «Esto
no era cierto pero, al parecer, por lo menos se me daban mejor que a él».
Lo que
Benno Landsberger no podía adivinar es que acababa de introducir a la futura
profesora Kilmer en el fascinante mundo de la música y las matemáticas de la
Antigüedad. Aquellas tablillas de más de tres mil años repletas de números
contenían las bases de la teoría musical más antigua de la historia. Una piedra
de Rosetta que permitiría, dos décadas más tarde, devolverle su banda sonora a
las ruinas de Mesopotamia.
Hoy
quizás puede resultar sorprendente que un texto de teoría musical se
encontrase, como un polizón, agazapado en un documento sobre matemáticas. En
nuestra cabeza del siglo XXI, la música es parte de «el Arte», y las
matemáticas son una rama de «la Ciencia», e imaginamos estas dos categorías,
como el agua y el aceite, claramente diferenciadas y bien definidas a lo largo
de la historia. Pero, como veremos, la música ha sido una de las bellas artes
solo desde tiempos muy recientes, desde el siglo XVIII concretamente. Durante
la mayor parte de su historia, fue algo mucho más parecido a lo que hoy
entendemos como ciencias. A fin de cuentas, las dos tablillas analizadas por
Kilmer contenían listados de números. Y desde sus orígenes, fueron números lo
que se utilizó para definir y comparar los sonidos del lenguaje musical.
Entre
operaciones geométricas, coeficientes, constantes matemáticas como π y
procedimientos astronómicos, uno de los textos que analizó Kilmer contenía una
sección entera dedicada a describir las cuerdas de un instrumento. Constaba de
una serie de términos, hasta entonces desconocidos, acompañados por parejas de
números. Pero su significado preciso no estaba nada claro.
Para
descifrar aquel mensaje fueron necesarias más tablillas cuneiformes y la
colaboración de otros investigadores. Los términos misteriosos que había
encontrado la profesora Kilmer empezaron a repetirse en otros tipos de
documentos, asociados casi siempre a canciones o como categorías musicales.
Poco a poco pudo establecerse que hacían referencia a las escalas de notas de
la música sumeria. Las parejas de números, que abarcaban las cifras del 1 al 7,
parecían indicar distancias sonoras entre notas, lo que en música se conoce
como intervalos. Y estos intervalos, a su vez, se clasificaban como «puros» o
«impuros», según desvelaban las investigaciones.
Por fin,
todo aquel rompecabezas empezaba a cobrar sentido, y lo que revelaban sus
piezas era fascinante: a pesar de las enormes diferencias culturales, a pesar
del paso de los siglos y el colapso de civilizaciones enteras, hace más de tres
milenios los sumerios ya utilizaban un sistema musical muy similar al nuestro;
con escalas de siete notas, intervalos consonantes —puros— y disonantes
—impuros—, con modos musicales asociados al carácter de cada pieza… y con
números.
En 1970,
una nueva tablilla llamó la atención de Anne Kilmer y otros investigadores:
el Himno del culto hurrita, conocido técnicamente como h.6. Se
trataba de la única tablilla casi completa en una colección de más de treinta
himnos encontrados en el Palacio Real de Ugarit, junto a la costa mediterránea
de Siria. Habían sido descubiertos durante una excavación de los años
cincuenta, pero nunca habían sido descifrados. La tablilla h.6, en concreto,
contenía una canción dedicada a Nikkal, la diosa de los huertos, la fruta y la
fertilidad, y tenía 3400 años de antigüedad. Pero la clave se encontraba bajo
la letra del himno. Allí, separados por una doble línea, podían leerse los
mismos términos musicales y las parejas de números con los que Kilmer ya estaba
familiarizada. Aquello era una partitura, ¡la primera de la historia!
Las
noticias sobre asiriología no suelen copar los medios de comunicación. Pero en
1974, casi veinte años después de que Landsberger se topara con aquellos
misteriosos documentos matemáticos, las tablillas cuneiformes saltaron a la
prensa de medio mundo: una profesora de la Universidad de Berkeley había
logrado devolver la música a las piedras de Mesopotamia.
Tras
meses de trabajo en colaboración con el Departamento de Música de su
universidad, Kilmer había conseguido transcribir aquellos signos cuneiformes a
notación actual y, por fin, el misterio parecía resuelto[13].
Pero para
presentar los resultados, no bastaba una conferencia académica convencional.
Aquello era música, la más antigua jamás escrita. Si quería explicarla y darla
a conocer, debía organizar un concierto. Para ello, Kilmer decidió reclutar a
otros dos profesores, Richard Crocker y Richard Brown. El primero era un
experto en música antigua y había colaborado con Kilmer en su investigación.
Pero, además, era un magnífico cantante capaz de tocar varios instrumentos de
cuerda. Brown, por su parte, era físico y aficionado a construir instrumentos.
Basándose en la documentación histórica disponible, decidió reconstruir dos
liras similares a las que probablemente se habían usado hace 3400 años para
componer el Himno del culto hurrita.
Por fin
llegó la demostración que toda la comunidad universitaria y la prensa habían
estado esperando. Crocker subió al escenario y empezó a tocar. Punteaba las
notas de su lira mientras cantaba la letra del himno en su lengua original —o
eso intentaba él, que tampoco había hurritas entre el público para
confirmarlo—. Una vez liberados del pentagrama, los símbolos cuneiformes
empezaron a dibujar una melodía suave, sencilla, similar a la de una canción
popular. Después de un silencio de tres mil años, los sonidos de Mesopotamia
despertaban de su letargo y parecían hablar un idioma sorprendentemente
familiar. Más tarde, Anne Kilmer rememoraría aquel momento durante una
entrevista: «El auditorio permaneció en completo silencio durante la
representación […]. El aplauso fue algo abrumador, pero muy gratificante para
los tres[14]».
Desgraciadamente,
no podemos saber con certeza si la música mesopotámica sonaba exactamente como
propuso Kilmer. Además de su transcripción, otros historiadores han propuesto
hipótesis alternativas, bastante diferentes entre sí[15][16][17]. A fin
de cuentas, todos los símbolos mueren cuando no queda nadie que recuerde su
significado. Cualquier forma de escritura es un frágil talismán, que pierde su
poder cuando desaparecen sus últimos fieles.
Hoy, la
tablilla hurrita h.6 permanece callada en una esquina del Museo Nacional de
Damasco. Para la mayoría de los visitantes, no es más que otro pedrusco muy
viejo en un edificio ya repleto de reliquias. Y este ni siquiera es de los más
vistosos, por fuera parece un triste trozo de barro agrietado. Casi nadie se
detiene ante sus notas, casi nadie sabe escuchar sus sonidos milenarios. Pero
incluso el visitante informado tiene buenos motivos para dudar de las
transcripciones contemporáneas. No hay manera cierta de invocar las melodías de
Mesopotamia. Lo mejor que nos ofrecen los historiadores son relatos creíbles,
hipótesis razonablemente informadas.
Lo que sí
sabemos es que la primera notación musical de la historia se confundió con un
texto sobre matemáticas. Y este hecho, que podría parecer un accidente tonto,
una de tantas serendipias que han dado impulso e interés narrativo al progreso
de la ciencia, es lo más revelador de toda esta historia. Para empezar, porque
esos números nos permiten desvelar propiedades de la música sumeria
sorprendentemente comunes y sorprendentemente similares a las de nuestra música
actual. Hace más de tres mil años años ya se usaban, con toda probabilidad,
escalas de siete notas y un sistema de afinación basado en lo que actualmente
consideramos «consonancias»; es decir, sonidos que resultan agradables al oído
al combinarse entre sí.
Hoy en
día, parece difícil encontrar dos personas que se pongan de acuerdo en si
escuchar tecno, rap, ópera o reguetón. Y sin embargo, en la base de todos estos
estilos tan distintos, desde los orígenes más remotos del sistema musical
occidental, podemos encontrar algo tan subjetivo a priori como
sonidos «agradables» al oído: las consonancias que describieron los sumerios y
que se han seguido considerando como tales durante, al menos, treinta siglos.
Pero,
además, esas «consonancias» parecen guardar una relación muy especial con los
números. Es esa relación la que ha dado lugar al coqueteo de la música con las
matemáticas y la física durante toda su historia. La música de las esferas, la
serie armónica, la interminable saga de músicos físicos y viceversa… Todas esas
historias nacieron hace tres milenios, en la misma cuna que vio nacer la
escritura. Tan pronto como la humanidad aprendió a escribir, empezó a
reflexionar sobre la música y, para hacerlo, se valió de números.
Hasta los
años setenta, sin embargo, antes de que la profesora Anne Kilmer reescribiese
los orígenes de la música occidental, la asociación entre música y matemáticas
se había atribuido a una figura más de mil años posterior en el tiempo pero
mucho más influyente en la historia de Occidente.
§.
Pitágoras, ese gran desconocido
Se diría
que el filósofo empírico es esclavo de su materia, pero el matemático puro,
como el músico, es creador libre de su mundo de belleza ordenada.
Bertrand
Russell, Historia de la filosofía occidental[18]
Pitágoras
es uno de los personajes más interesantes, enigmáticos y difíciles de
clasificar de la historia. Bertrand Russell lo describió como una mezcla de
Einstein y beata con poderes místicos, «uno de los hombres más importantes
intelectualmente que han existido jamás, tanto cuando era sabio como cuando no
lo era[19]».
Curiosamente,
sus méritos y cualidades difieren bastante de los que hoy, popularmente, se le
atribuyen. Para empezar, no puede decirse que fuese un matemático; o no como lo
entenderíamos hoy, al menos. Tampoco fue un filósofo muy común, ni siquiera el
descubridor del famoso teorema de Pitágoras. Todo lo que sabemos de él, hoy por
hoy, procede de algunos fragmentos inconexos escritos en el siglo posterior a
su muerte, o de documentos más completos pero también mucho más tardíos basados
en los dimes y diretes que sobrevivieron al paso de los siglos. Todos ellos
narran la vida de un místico al que se atribuyen todo tipo de obras y milagros,
el líder espiritual y fundador de la escuela de los pitagóricos.
Los
historiadores no se ponen de acuerdo en el grado de leyenda que empapa todas
esas historias. Tampoco resulta fácil desanudar sus contradicciones. Pero si
nos quedamos con la versión más probable de los hechos, parece que Pitágoras
nació en una isla del mar Egeo —probablemente Samos— hacia el año 570 a. C.
Cuatro décadas más tarde, se asentó en Crotona, al sur de Italia, que entonces
era parte de la Magna Grecia. Allí tuvo una gran influencia como maestro y
líder espiritual. Durante treinta años se dedicó a divulgar la teoría de la
reencarnación y a reflexionar sobre el mundo, acompañado por algunos de sus
seguidores. También le dio por tocar la lira y, como Pitágoras era mucho de
pensar, en el proceso empezó a preguntarse por qué algunas cuerdas, al combinarse,
producían sonidos bellos —agradables, consonantes— y otras no. Así es como
descubrió un hecho que hoy sabemos cierto: que existen números
sorprendentemente sencillos en la base de la armonía musical[20]. Y estos
números son los mismos, desde la antigua Babilonia hasta el reguetón.
Precisamente gracias a ellos, hoy podemos devolverle su voz a las notas de una
partitura escrita hace más de tres mil años.
Esta
revelación llevó a los pitagóricos a la convicción de que el universo era un
lugar racional, de que debía existir un orden escondido en todos los fenómenos
de la naturaleza que podía ser expresado en el lenguaje de las matemáticas.
Este orden resultaba bello, armonioso y esto era la prueba definitiva de que
los humanos estamos conectados con el orden del cosmos. Te gusta oír números
porque tú también eres número. Es más, «todo es número», dijo Pitágoras. Y en
un arrebato de misticismo, sus seguidores cayeron de rodillas y empezaron a
buscar números por todas partes: en la música, en los triángulos, debajo de la
alfombra, entre los planetas… y también, en lugares donde difícilmente podía
haber números, como en el alma humana y su destino. Así siguieron, por los
siglos de los siglos, y su influencia ha llegado hasta nuestros días. Amén.
Puede
parecer que ventilarse la vida entera de uno de los filósofos más influyentes
de toda la historia occidental en apenas un par de párrafos constituye un
resumen más bien grosero. Pero en realidad, esto es todo lo que sabemos con
relativa certeza. En gran parte, debido al enorme secretismo que mantuvieron
los propios pitagóricos quienes, de acuerdo con sus propios preceptos, debían
guardar para sí las enseñanzas del grupo y evitar hablar de «lo sagrado» en
público. Pitágoras no escribió ningún libro y sus seguidores no nos dejaron
testimonios directos de la vida del filósofo, ni textos, ni documentos, ni un
triste resto arqueológico donde podamos estudiar de primera mano el precioso
conocimiento que debieron de atesorar. Como dice la escritora y divulgadora
científica Kitty Ferguson[21], «ningún
otro grupo ha hecho tantos esfuerzos por mantenerse en secreto con tanto éxito
como los pitagóricos, y pese a ello ha logrado hacerse tan célebre e influyente
durante un periodo tan asombrosamente largo de tiempo». Más allá de algunas
pinceladas, no hay nada de la vida o enseñanzas de Pitágoras que podamos
afirmar con certeza.
Suele
darse por supuesto, por ejemplo, que antes de llegar a Crotona, Pitágoras pasó
algún tiempo estudiando en Egipto. Y es probable que fuera así, pero más allá
de este punto, el relato se vuelve, como poco, dudoso. Hacia el siglo IV a. C.,
uno de sus primeros biógrafos, llamado Antífono, implica al mismísimo faraón
Amasis II en la formación del filósofo —faraón de día, mentor de estudiantes
Erasmus por la noche, se entiende—. Seis siglos más tarde, Porfirio cita esta
fuente en su propia biografía de Pitágoras[22], pero
envía al filósofo a Tebas para completar su cursillo de sabiduría egipcia. Otro
biógrafo, llamado Plutarco, atribuye las lecciones al sacerdote Enufis de
Heliópolis[23], y un
tercero, Clemente de Alejandría, invoca directamente al gran profeta Soches
como maestro de Pitágoras[24].
Estudiar en Egipto era algo así como el Cambridge del siglo VI a. C., una forma
sonora y elitista de decir: «este tipo sabe lo que se hace». De hecho, es
probable que Pitágoras viajase al reino de los faraones durante su juventud,
pero dónde se formó realmente o lo que pudo aprender allí será para siempre un
misterio.
De un
modo u otro, es indudable que existen elementos de procedencia egipcia en el
pensamiento de Pitágoras, y también algunas ideas que recuerdan poderosamente a
las de los babilonios. En concreto, gran parte del conocimiento matemático de
los pitagóricos —entre otras cosas, el famoso teorema que hoy lleva el nombre
de su fundador— podría haber viajado en la mochila de Pitágoras después de
recorrer esas regiones.
Otras de
sus ideas, en cambio, tienen más que ver con el orfismo, una corriente
religiosa procedente de Creta, de la que Pitágoras extrae su lado más místico.
Los seguidores del orfismo creían en la transmigración de las almas, una
especie de reencarnación. Aspiraban a hacerse puros, siguiendo distintos
rituales y también evitando ciertos tipos de «contaminación». Para ello,
practicaban preceptos como el de no comer carne ni derramar sangre animal o
vestir tejidos de lino. Curiosamente, también defendían cierto tipo de
feminismo —su versión posible hace 2600 años— que, en algunos casos, llegó a
reclamar la completa igualdad política para las mujeres.
Todos
estos ingredientes de tipo religioso están muy presentes en el pensamiento del
filósofo. Cuando Pitágoras se trasladó a Crotona —con cuarenta años, más o
menos—, fundó una sociedad de discípulos basada en algunos de los preceptos
órficos… y, dependiendo de la fuente, también muchos otros. Por supuesto, nunca
sabremos cuáles exactamente y, desde la muerte de Pitágoras hasta su
reaparición en los documentos históricos, hubo bastante tiempo para inventarse
unos cuantos. Pero si tomamos como referencia, por ejemplo, la recolección que
hace Bertrand Russell en su Historia de la filosofía occidental,
estos debieron de incluir[25]:
1.
Abstenerse de tocar o comer alubias.
2.
No recoger lo que se ha caído.
3.
No tocar un gallo blanco.
4.
No partir el pan.
5.
No pasar sobre un travesaño.
6.
No remover el fuego con hierro.
7.
No comer de una hogaza de pan entera.
8.
No arrancar una guirnalda.
9.
No sentarse en una medida de a cuarto.
10. No comer
corazón.
11. No
caminar por las carreteras.
12. No dejar
que las golondrinas aniden en el tejado de la propia casa.
13. Cuando se
retira una cacerola del fuego, no dejar su marca en la ceniza, sino removerla
en un montón.
14. No mirar
un espejo al lado de una luz.
15. Al
levantarse de las sábanas, enrollarlas y hacer desaparecer la huella que haya
dejado el cuerpo.
Ahora
probablemente te estarás preguntando qué tendría Pitágoras en contra de las
alubias. Y por supuesto, tampoco lo sabemos con certeza. Pero, por trivial que
parezca, este detalle podría haber jugado un papel importante en la muerte del
filósofo. La explicación más cómica vincula su rechazo a esta humilde legumbre
con sus flagrantes —y fragantes— consecuencias digestivas: si el alma, como
creían los griegos, estaba hecha de aire… comer habas no podía ser nada bueno.
Quizás los gases eran la prueba de que las plantas mismas tenían algún tipo de
«esencia» inmortal, o quizás eran capaces de provocar «fugas» en quien osaba
comerlas. Diógenes Laercio, uno de los biógrafos de Pitágoras, afirmó en el
siglo III d. C. que evitar las alubias podría haber sido necesario para tener
un buen sueño «libre de agitaciones[26]». Otra
hipótesis es que las «alubias», por la forma de esta legumbre, eran para
Pitágoras un eufemismo de testículos[27], lo cual
situaría en boca del primer filósofo de nuestra historia el sabio consejo de
«abstenerse de tocar los cojones».
De un
modo u otro, se cuenta que al final de su vida, y mientras huía de sus
enemigos, Pitágoras se encontró con un campo de judías. Para evitar
atravesarlo, tuvo que dar un rodeo, y fue esto lo que llevó a su captura y
posterior ejecución[28]. Por
supuesto, este relato no es único ni verificable de ninguna manera. Según otra
versión, Pitágoras logró escapar pero, entristecido por la muerte de sus
compañeros caídos, acabó suicidándose. Un tercer relato lo sitúa refugiado en
Metaponto durante otros veinte años más… La vida de Pitágoras es el «elija su
propia aventura» de la historia de la filosofía. Lo que esta aventura parece
indicar, en el mejor de los casos, es que el filósofo se tomaba muy en serio
sus manías gastronómicas.
Más allá
de su peculiar dieta, los seguidores de Pitágoras juraban vivir en comunidad y
completo ascetismo. Entre sus discípulos fueron admitidos tanto hombres como
mujeres en iguales condiciones: el componente feminista del orfismo se conservó
en el pensamiento pitagórico y, a través, de él, en el de Platón. Ocho siglos
más tarde, la célebre matemática Hipatia sería hija de esta larga tradición —o
tatara-tatara… nieta, más bien—. Además, dentro de las sociedades pitagóricas,
la propiedad se consideraba común, tenían prohibido hablar de lo sagrado en
público, debían vestir de blanco y mantener una pureza sexual. Probablemente,
la palabra «secta» describe mucho mejor lo que hoy pensaríamos de los
seguidores de Pitágoras[29]. Poco a
poco, fueron ganando influencia hasta tomar el control del estado en Crotona y
otras ciudades. Pero antes o después, los ciudadanos se acabaron rebelando
—ansiosos quizás por volver a probar la fabada—.
El mismo
Pitágoras se atribuía a sí mismo un carácter semidivino. Decía poder recordar
sus vidas pasadas y ser más sabio que los demás hombres gracias a ello. Como
algunas de estas reencarnaciones le habían llevado a habitar cuerpos de
animales y de plantas, también se le adjudicaba el poder de charlar con todo
tipo de seres vivos. Jenófanes cuenta que Pitágoras salvó a un perro de ser
apaleado por su dueño porque, al escuchar sus gritos, reconoció la voz de un
viejo amigo fallecido. Otras fuentes afirman que tenía un muslo dorado, o
incluso que todo él resplandecía. Con semejantes atributos, Pitágoras no podía
ser sino el hijo del mismísimo Apolo, o eso creyeron en tiempos de la Roma
imperial, hacia el siglo I d. C. Se lo había revelado el propio filósofo griego
en persona o, según los más escépticos, un popular hechicero itinerante que
afirmaba ser su reencarnación.
§. La
religión de los números
Hasta aquí el lado místico y religioso de Pitágoras; su lado «bruja Lola», para
que nos entendamos. ¿Qué hay del lado «Einstein»? ¿Cómo se relaciona todo esto
con las matemáticas y con la música?
Pues,
mayormente, a través de la pereza. La ética de los griegos ensalzaba y promovía
un modo de vida contemplativo. Para Pitágoras, sudar o trabajar, en general,
era una cosa muy poco deseable. Hasta aquí, yo creo que todos estamos de
acuerdo. Pero, en su pensamiento, esta idea tenía además un puntito esnob:
trabajar, cansarse o hacer cosas útiles y productivas con las manos en general
era cosa de esclavos, como poco. Pasaba algo parecido en la antigua China,
donde los mandarines se dejaban crecer las uñas —la de un dedo, al menos— hasta
que les resultaba imposible sujetar o manejar nada con las manos. Así, solo con
verles, quedaba claro cuál era su estatus social, el de gente tan fina que
podía vivir sin mover un dedo, literalmente.
Desde
entonces, nuestros valores han cambiado considerablemente. Las películas de
Hollywood reivindican al emprendedor, al currante, al que ha llegado donde está
gracias a su propio esfuerzo, ¡el héroe del sueño americano! Quizás por eso,
como explica Russell[30],
idealizamos y cubrimos de oro a futbolistas y otros héroes musculosos en
pantalón corto que corren esforzadamente detrás de un balón. Pero, en el
esquema mental pitagórico, los verdaderos triunfadores de la historia eran los
tipos de la grada, gente ociosa con suficientes recursos como para pagar una
entrada y hacer que otros suden y se cansen solo para entretenerles.
En ese
sentido, para Pitágoras, nada purificaba el alma como las matemáticas, una
actividad idónea para no moverse del sofá. Ejemplificaban a la perfección la
elección de un espectador que, lejos de involucrarse en los asuntos mundanos o
distraerse con cuestiones utilitaristas, decide buscar la perfección en una
cosa tan irreal como son los números, sin otro motivo que el amor al
conocimiento. Por eso mismo, las matemáticas que cultivaron los pitagóricos
fueron puramente teóricas, inútiles en el mejor de los sentidos. Fueron el
equivalente al «arte por el arte» del siglo XIX, una ocupación aristocrática
sin propósito ni utilidad, sin referente posible en un mundo lleno de
contingencias, que solo la gente con suficiente dinero y tiempo libre podía
cultivar en busca de su propia elevación espiritual.
Este era
el ideal que daba sentido a la palabra «filosofía» —del griego φιλοσοφία, compuesta
por phylos, ‘amor’, y sophia, ‘sabiduría’— que, según
la tradición, el mismo Pitágoras acuñó. Aunque quizás sea más correcto decir
que ayudó a darle un nuevo significado. El objetivo de la «filosofía» —y, como
parte fundamental de ella, la matemática— no era únicamente obtener conocimiento,
o amarlo, sino que iba más allá: era la única vía para purificar el alma y
unirla con lo divino, para escapar así de la eterna rueda de la reencarnación.
Como explica William Jordan[31]:
El
propósito de fondo de las pruebas matemáticas de los pitagóricos parece haber
sido más teológico que científico. Aquellos que se adhirieron a su visión del
mundo meditaron sobre estas pruebas para desarrollar la conciencia espiritual.
Las pruebas estaban diseñadas para demostrar que el alma era racional, en
virtud de su capacidad para reconocer la coherencia de las proporciones
numéricas.
También
la palabra «teoría» tiene connotaciones místicas que enraízan en esta
tradición. Hoy esta palabra es inseparable del uso que se le da en el ámbito de
la ciencia: la teoría de la evolución, la teoría de la relatividad general, la
teoría atómica… son modelos que explican distintos fenómenos del mundo natural
y que pueden ser corroborados siguiendo distintas estrategias científicas. En
ese sentido, no debe confundirse una teoría científica con el uso que se le da
a esta palabra de manera popular. Como, por ejemplo, «tengo la teoría de que mi
lavadora se alimenta de calcetines» o «en teoría, en Murcia se habla
castellano». En estos casos, la palabra que debería utilizarse es «hipótesis».
Por su
parte, los pitagóricos atribuían cualidades más bien místicas a sus «teorías».
La palabra procede del griego θεωρία, theoria, que significa
‘contemplación’ o ‘meditación’. «Teatro», por ejemplo, tiene la misma raíz
etimológica derivada de thea, ‘vista’. De nuevo nos situamos en el
mundo de los espectadores privilegiados, donde las teorías matemáticas tendrían
el carácter de una revelación o «visión» mística para los pitagóricos.
Puede que
«cateto al cuadrado más cateto al cuadrado igual a hipotenusa al cuadrado» no
parezca una revelación especialmente conmovedora. Como manifestación espiritual
del mismísimo Dios, resulta quizás más decepcionante que los anuncios del
futuro de la señora de la lejía. Pero cualquiera que haya vivido el momento de
«entender» por primera vez algún concepto matemático quizás pueda empatizar con
el misticismo que le atribuía Pitágoras a sus «teorías». Y sin necesidad de
saber matemáticas, podemos intentar imaginar la emoción del primero o la
primera en descubrir un teorema cualquiera: cómo fue el día en que, después de
cientos de folios tachados quizás, un nuevo espacio se abrió en su cabeza, un
lugar inaccesible hasta ese momento al resto de la humanidad y a la vez tan
inevitable, tan perfecto… como solo los conceptos matemáticos pueden serlo.
No es de
extrañar que Pitágoras vinculase las matemáticas a lo divino. Y tampoco me
parece una locura que, situando al matemático en la figura de un espectador
pasivo, le diese un sentido místico a ese momento de aparente revelación.
Durante siglos, generaciones de nuevos científicos se han visto embriagados por
una emoción similar. A Pitágoras le dio por exclamar «¡oh, Dios mío!»,
Arquímedes se hizo célebre por su famoso «¡eureka!». Hoy es mucho más común oír
decir, simplemente, «¡qué bonito!».
Con todo
este misticismo, está claro que el uso de las matemáticas que pudieron hacer
Pitágoras y sus seguidores no fue, en muchos casos, el más científico. Hoy,
cuando marcamos una clara frontera entre astronomía y astrología, entre química
y alquimia, a menudo olvidamos que hace siglos fueron las mismas disciplinas.
De la misma manera, las matemáticas de Pitágoras estaban empapadas en
numerología y aún hoy se le considera el padre de esta peculiar pseudociencia.
Los números pitagóricos tenían significados que iban mucho más allá de su uso
aritmético: el 2 era el número femenino; el 3, el masculino; el 4 simbolizaba
la justicia; el 5, el matrimonio, etcétera. Se ordenaban en una figura
triangular, el tetraktys, que era un símbolo místico de adoración
relacionado también con la música y con el orden del cosmos.
Es
fascinante cómo lo racional y lo irracional se superponen en una sola figura,
como versiones con lira del doctor Jekyll y el señor Hyde. El hecho es que,
pese a todas sus chifladuras, Pitágoras, el mismo que decía ser hijo de un
dios, el mismo que presumía de sus muchas reencarnaciones y de poder hablar con
plantas y animales, el maniático de la dieta sin alubias y el pan sin partir,
fue también el fundador de una escuela de matemáticos cuya influencia se
extiende hasta la era moderna. Como afirma Russell, «se puede decir que la
matemática como argumento deductivo y demostrativo comienza con él». Hasta ese
momento, los números se habían usado para contar, para medir y para realizar
todo tipo de operaciones. Los babilonios se atrevieron incluso a hacer operaciones
imposibles, con números tan elevados que difícilmente habrían podido tener una
aplicación práctica. Pero Pitágoras va más allá: él utiliza la matemática para
pensar, la emplea como argumento, como un modo de razonar, más allá del conteo
de habichuelas —o lo que sea que contaran los pitagóricos—. En palabras de
Kitty Ferguson:
Imagina a
un carpintero mirando el martillo y el cincel, dos herramientas que siempre ha
dado por sentadas como un elemento útil de su trabajo diario, y en un golpe de
iluminación, atónito, se da cuenta de que tiene entre sus manos las llaves para
abrir la puerta a todo un mundo de conocimiento oculto. En eso se convirtieron
los números para los pitagóricos y, a través de ellos, para el futuro. Con esta
nueva apreciación —veneración, en realidad— sobre el poder de los números,
Pitágoras y sus seguidores hicieron uno de los descubrimientos más profundos y
significativos en la historia del pensamiento humano. Se pararon ante ese tipo
de umbral que la humanidad ha cruzado solo unas pocas veces. Esta puerta en
particular no volvería a cerrarse[32].
El
teorema de Pitágoras ejemplifica a la perfección el cambio que se produjo en el
pensamiento matemático. Existen multitud de tablillas procedentes de la antigua
Mesopotamia que prueban que, más de mil años antes de que Pitágoras hubiera
nacido siquiera, los babilonios ya sabían que los lados de un triángulo
rectángulo podían relacionarse por medio de la archifamosa ecuación a2 + b2 = c2 —la
suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa—. Es
posible que Pitágoras aprendiese su teorema al viajar allí o quizás lo
averiguase de manera independiente al volver a Grecia. Sobre este punto, como
tantos otros, los historiadores no se ponen de acuerdo. Pero si bien Pitágoras
no fue el primero en «descubrir» el teorema de Pitágoras, en cambio sí debió de
ser el primero en «demostrarlo»; es decir, el primero en presentar motivos
lógicos por los que esta ecuación se verifica siempre.
La misma
idea de que los principios matemáticos podían tener un carácter general, de que
un teorema podía ser eterno —más que cualquier diamante, más que cualquier
galaxia, eterno como solo los conceptos matemáticos pueden serlo— era un tipo
de planteamiento desconocido antes de la era de Pitágoras, y fue quizás una de
sus grandes aportaciones a la matemática.
Lamentablemente,
ni siquiera esto podemos afirmarlo con certeza. Debido al secreto obsesivo que
guardaron los primeros pitagóricos, no queda rastro documental de la supuesta
demostración. Si esta existió, hacia finales de la Edad Antigua ya se había
perdido. Algunos historiadores sugieren que podría haberse tratado de algún
tipo de prueba visual, como la de la figura, por resultar bastante evidente
—evidente si uno se ha pasado la vida pensando en triángulos, entiéndase—. Pero
no podemos estar seguros sobre este punto. Y tampoco podemos averiguar quién
fue su verdadero autor. Incluso de haber quedado constancia de la demostración,
hubiese sido difícil atribuírsela directamente a Pitágoras. La propiedad
comunal que imperaba entre sus seguidores afectaba también a las creaciones
científicas y matemáticas. Todos los descubrimientos pitagóricos eran
considerados colectivos, y más tarde fueron atribuidos a Pitágoras de manera
mística, a veces incluso décadas después de su muerte —o siglos: el mismo
Newton cayó en esta extraña clase de plagio invertido—.
Aunque en
nuestro tiempo tendemos a valorar la investigación, las ideas disruptivas y la
innovación como elementos esenciales para el progreso —o eso dicen los
programas de los partidos políticos, al menos—, tiempo atrás, un conocimiento
se consideraba más fiable cuanto más antiguo era y cuanto más renombre tenía su
creador, hasta el punto de que llamar «nueva» u «original» a una idea podía
considerarse degradante. Así, «pitagórico» —o «de Pitágoras»— se convirtió casi
en un calificativo equivalente a sabio o virtuoso, y muchos pensadores se lo
aplicaron a algunas de sus mejores ideas, convencidos de que el nombre del
filósofo les ayudaría a que se difundieran.
Este
«modo de pensar» a través de las matemáticas tuvo también una gran influencia
en el ámbito de la filosofía. Para lo bueno y para lo malo. Todo el idealismo
que tradicionalmente se atribuye a Platón hunde sus raíces más allá, en su
interpretación de las ideas de Pitágoras. A fin de cuentas, las matemáticas son
el ejemplo más claro de un mundo perfecto y eterno que se nos revela solo a
través del intelecto y no de los sentidos. Los puntos, las circunferencias, los
triángulos equiláteros… son ideas cuya realización siempre resulta imperfecta.
Porque, por muy bien que manejemos el compás, por mucho que afilemos el lápiz y
entornemos los ojillos, nuestros dibujos siempre tienen grosor, grafito,
rebabas; el ligero palpitar de la línea sobre la rugosidad del papel.
Esta es
la paradoja: cualquiera puede imaginar una circunferencia —puntos sin dimensión
en un plano que equidistan de otro llamado centro—. Pero nunca nadie en ninguna
parte ha «visto» una. De ahí a afirmar que ningún conocimiento puede obtenerse
a través de los sentidos y que, por tanto, hacer experimentos es inútil, va un
solo paso. La caverna de Platón estaba llena de sombras matemáticas. Siglos y
siglos de especulación idealista antes de la aparición de la ciencia moderna
fueron fruto de ello.
§. La
primera ley de la física
El lema de Pitágoras —o su esperanza, más bien— fue que, en este mundo, «todo
es número». Todo en la naturaleza, en el alma humana y en el universo obedece a
un orden lógico que puede ser desvelado a través de la razón y las matemáticas.
Tenemos en nuestra mente las mismas ideas que parecen regir el movimiento de
los astros y las órbitas de los planetas. Esta fue la gran revelación de los
pitagóricos, la idea que los hizo caer de rodillas y dedicar el resto de sus
vidas al estudio de la naturaleza y la reflexión filosófica: somos un universo
que se mira a sí mismo, solo así se explica que podamos entenderlo.
Sin
embargo, ese orden matemático rara vez se manifiesta a primera vista. Como
decíamos, el mundo está lleno de rebabas: los números nunca se pasean desnudos
ante nuestros ojos, siempre llevan consigo una finísima capa de error. Esta
frontera insalvable llevó a Platón a desconfiar por completo de los sentidos y
a aislarse en su reino de ideas puras. Pero los pitagóricos nunca renunciaron a
estudiar la realidad. Mientras Platón abrió una brecha entre lo terrenal y lo
abstracto, los pitagóricos creían que existía un camino que conectaba ambos
mundos. Y existían dominios donde esa conexión se hacía más evidente.
La música
era el ejemplo más claro, la conexión perfecta entre la percepción sensorial y
la perfección matemática. Gracias al oído, podemos percibir de manera inmediata
cuándo dos sonidos son armónicos o disonantes, agradables o desagradables.
Gracias a las matemáticas podemos establecer que estas sensaciones ¡están
regidas por números! Fue así como Pitágoras asentó las bases de la armonía
musical occidental. Y también las bases de la física: la primera ley natural
formulada de manera matemática fue la que establecía la relación entre un tono
musical y la longitud de la cuerda que lo produce. Esa ley fue descubierta por
los primeros pitagóricos y, probablemente, por el propio Pitágoras.
El relato
de su hallazgo, en cambio, es seguramente falso. Cuenta más o menos lo
siguiente: un día, guiado por la divinidad, Pitágoras pasó por delante de una
herrería. Sorprendido por los sonidos musicales que de ella brotaban, decidió
acercarse a observar. Para su sorpresa, esas notas eran producidas por los
martillos que golpeaban los yunques, y al combinarse a veces resultaban
consonantes —agradables— y, otras veces, disonantes —desagradables o tensas
para el oído—. Pitágoras decidió examinarlos y se dio cuenta de que su sonido
dependía de su tamaño: eran cuatro martillos de 6, 8, 9 y 12 libras. Solo los
sonidos procedentes de martillos relacionados por fracciones sencillas
producían consonancias al sonar a la vez, como por ejemplo, los martillos de 12
y 6 libras, con una relación de pesos de 2:1. En cambio, los martillos que se
encontraban en una relación más compleja —como los de 8 y 9 libras— resultaban
mucho más disonantes.
La
leyenda, como decía, es falsa y lo sabemos por un motivo muy sencillo: los
martillos, simplemente, no suenan así. Si uno hace el experimento —hoy o hace
treinta siglos— y golpea un yunque con distintos martillos, lo que descubre es
que su sonido no se relaciona de manera directa con su peso. No obstante, es
posible que el relato de los herreros no sea completamente accidental: en la
tradición antigua, los dáctilos del monte Ida eran magos e inventores de la
herrería y de la música. Dentro de la tradición pitagórica, también se decía
que el sonido del bronce al ser golpeado invocaba la voz de un daimon,
una especie de divinidad o espíritu guía. De alguna manera, el relato de la
herrería vincula a Pitágoras con los secretos de la música dentro de la
tradición mitológica.
Más allá
del mito, es probable que Pitágoras descubriese realmente la relación entre los
sonidos, la consonancia y los números. Pero, para hacerlo, debió de utilizar
las cuerdas de un instrumento musical como la lira. Sucede lo siguiente: si uno
toma una cuerda que mide, pongamos, 20 cm y otra que mide 10 —esto es, cuerdas
cuyas longitudes guardan una relación de 2:1— y las hace sonar a la vez, sus
sonidos se combinan, encajan entre sí y producen un tipo de sonoridad
característica, muy estable y coherente, que define la consonancia. Sucede algo
parecido si las cuerdas miden 15 y 10 cm —proporción de 3:2— o, incluso, 20 y
15 —proporción 4:3—. La consonancia no es una cuestión de blanco o negro, forma
una escala de grises: cuanto más aumentamos las cifras que definen estas
relaciones entre cuerdas, menos reconocible resulta, pero para pequeños números
enteros (1, 2, 3, 4…) es un fenómeno fácil de percibir. En cambio, si uno
cambia ligeramente estas proporciones, si las cuerdas ya no miden 20 y 10 cm,
sino un poquito más o un poquito menos, digamos 20,01 y 10,47 cm o, peor aún,
si su proporción viene dada por un número irracional con infinitos decimales
como π/3, entonces la consonancia se rompe y obtenemos sonidos que chirrían
entre sí, que suenan inestables o rugosos para el oído: es el reverso oscuro de
la consonancia, también conocido como disonancia.
Observando
este fenómeno, Pitágoras llegó a una asombrosa conclusión: la belleza de la
música emanaba de los propios números. Y por las mismas, era necesario
encontrar las matemáticas que ordenaban el resto del cosmos. ¡Seguro que eran
una preciosidad!
Fue esta
relación tan armónica —por definición— la que llevó a los pitagóricos a situar
la música en el centro de las matemáticas. Para Arquitas de Tarento, los
estudiantes de esta disciplina eran unos tipos de lo más avispados. «De hecho»,
según explica en un tratado titulado Armónicos[33], «nos
han transmitido su agudo discernimiento sobre las velocidades de las estrellas,
sus movimientos y posiciones en el cielo, sobre la geometría, la aritmética, la
astronomía y, ante todo, sobre la música. Estas parecen ser ciencias hermanas,
ya que se refieren a las dos primeras formas fundamentales del ser». Las cuatro
disciplinas que menciona, música, aritmética, geometría y astronomía, pasarían
a conocerse más adelante como el quadrivium —el camino
cuádruple—. Las dos formas del ser podían referirse al número —que estudia la
aritmética— y la magnitud —propia de la geometría—, o tal vez a lo audible
—música— y lo visible —astronomía—.
Las
disciplinas del quadrivium se complementaron con la enseñanza
la gramática, la retórica y la lógica, que constituían la base de la lengua y
el discurso. Esta triple enseñanza recibiría el nombre de trivium —el
triple camino—. En conjunto, las siete disciplinas del trivium y
el quadrivium terminaron siendo conocidas como «las siete
artes liberales» y sirvieron para definir el plan de estudios de las élites
desde la Antigüedad. Lo de «liberales» se debía, precisamente, a que solo eran
cultivadas por los hombres libres, aquellos que no tenían que trabajar con las
manos —como hemos comentado antes, a Pitágoras y a sus seguidores lo de sudar
les parecía muy mala idea en general—. Este esquema se transmitió al mundo
romano, y su influencia se extendió a toda la Edad Media a través de la obra de
Boecio. La Iglesia católica lo adaptó para formar a sus clérigos y, a medida
que su poder aumentó, lo terminó usando también para educar a los gobernantes y
a la nobleza de toda Europa.
Las
«siete bellas artes» que manejamos en la actualidad, en cambio, no se
inventaron hasta la era moderna[34]. El
primer libro que explora este concepto fue escrito en 1746 por un filósofo
francés llamado Charles Batteux, y desde entonces ha servido para agrupar
disciplinas que un griego difícilmente habría relacionado entre sí. El número
de artes también ha variado bastante desde el siglo XVIII, pero el hecho de que
hayan terminado confluyendo precisamente en siete difícilmente puede ser una
casualidad: el viejo molde sirvió para legitimar el nuevo concepto de arte que
estaba tomando forma precisamente en aquella época. Solo este molde puede
explicar que hoy agrupemos disciplinas tan distintas como la poesía, la
arquitectura o el cine, pero dejemos fuera del olimpo de las artes a otras
experiencias claramente estéticas, como la gastronomía, la fotografía o los videojuegos.
Gracias
al trivium y al quadrivium existe una línea
de aprendizaje ininterrumpida que conecta a Platón con la era moderna. Durante
cientos de años, las élites de cada época, los principales pensadores e
intelectuales, estuvieron expuestos a un mismo ideal educativo que vinculaba la
música con la aritmética, la astronomía y la geometría. Se trataba de una forma
de música teórica, eso sí. Nada de torturar a los vecinos con la flauta. La
música que conocían los estudiantes del quadrivium estaba
escrita en tratados armónicos, abundaba en reflexiones numéricas y era más bien
parca en melodías. Pero, gracias a su conexión con otras disciplinas
matemáticas, incluso en la época de Isaac Newton, cualquier universitario tenía
una base de teoría musical que hoy solo se puede encontrar en los
conservatorios. Por desgracia, otros aspectos de la utopía platónica no
resultaron tan influyentes. Su defensa de la educación de las mujeres y su
crítica de la esclavitud cayeron en saco roto, también durante dos mil años.
Esta
música teórica tuvo una fuerte influencia en el pensamiento estético griego.
Para Pitágoras, los números podían desvelar la verdad oculta tras los fenómenos
naturales, que era necesariamente una verdad ordenada, bella. El concepto de
«armonía» vinculaba estas ideas. Pero la clave aquí es que ese «sonar bien» que
hallaron los griegos no es un capricho subjetivo, ni un accidente cultural o
una moda cambiante con el paso de los siglos. Los sonidos armónicos de hace
2600 años, o de hace 3400, siguen siendo los mismos que hoy rigen nuestra
música, porque vienen determinados por el funcionamiento de nuestro oído. Los
sonidos armónicos no pueden sino relacionarse a través de proporciones
numéricas porque nacen de las propiedades físicas de una cuerda. Y por estos
motivos, los mismos armónicos han terminado apareciendo allí donde los humanos
han hecho música. La belleza sonora es una belleza numérica. Para entender por
qué, debemos mirar una cuerda un poco más de cerca.
Capítulo
2
Las matemáticas de la voz
El mundo
de donde uno viene se extinguió hace muchos años, pero lo que le queda de él es
la apetencia de las voces, la avaricia de oírlas y de reconocerlas en el
silencio de los libros […] y, sobre todo
el deseo
de que las palabras que uno escribe adquieran en el alma y en la imaginación de
quien las lea el sonido cálido e indudable de una voz.
Antonio
Muñoz Molina, «El reino de las voces», recopilado en su libro Las apariencias[35]
§. El
despertar de la momia
«Una momia vuelve a “hablar” tres mil años después de su muerte». Parece la
premisa de una novela de terror o, mejor, el comienzo de una peli de Indiana
Jones. Pero, una vez más, resulta que la realidad se anticipa a la ficción.
Este es el titular de una noticia que saltó a los medios a comienzos de 2020[36]. Según
un estudio publicado en Scientific Reports, unos investigadores de
la Universidad de Londres habían logrado arrancar nuevos sonidos a la garganta
reconstruida de una de las momias del Museo de Leeds[37]. La
momia elegida se llamaba Nesiamón. En vida había sido un importante sacerdote
egipcio, la mayor autoridad religiosa durante el reinado de Ramsés XI
(1106-1077 a. C.), y una de las personas más importantes de su corte. Sus
funciones habían consistido probablemente en cantar y declamar salmos de
adoración a Amón en el templo de Karnak de Tebas. Cuando murió, fue momificado
de manera ritual y encerrado en un sarcófago con las palabras Maa kheru junto
a su nombre, una frase que podría traducirse como ‘el de voz íntegra’ o ‘aquel
cuya palabra es verdad’. Otras inscripciones similares revelaban su deseo de
poder hablar después de la muerte, para poder dirigirse a los dioses como había
hecho en vida. Quizás eso explica que fuese embalsamado con la boca abierta,
como a punto de decir algo.
Esta
circunstancia y el buen estado de conservación de su momia fue en parte lo que
animó a los investigadores a intentar restaurar su voz. El viejo sacerdote
llevaba doscientos años en el Museo de Leeds, y durante su estancia había
participado ya en varios estudios científicos sin protestar. Gracias a estos
trabajos previos, sabemos que Nesiamón era de origen nubio, un poco prognato,
que sufría periodontitis y que murió con cincuenta y pico años, probablemente
debido a una fuerte reacción alérgica. En 1941, la Luftwaffe nazi atacó la
ciudad, dejando un reguero de bombas a su paso que destruyó casi toda la
colección de antigüedades egipcias del museo. Su momia fue la única que
sobrevivió —o lo que sea que hagan las momias— y ochenta años más tarde iba a
ser la primera en poder contarlo. «Dado el deseo explícito de Nesiamón de ser
oído en el más allá y vivir eternamente, el poder hacer realidad sus creencias
mediante la síntesis de su función vocal nos permite entrar en contacto con el
antiguo Egipto», aseguraron los investigadores de la Universidad de Londres[38].
Dudo
mucho que Nesiamón imaginase a unos científicos ingleses con rayos X e
impresoras 3D cuando expresó sus anhelos sobre el más allá. En cualquier caso,
su momia, como casi todos los cadáveres en la no-ficción, había permanecido en
riguroso silencio durante tres milenios. Y no parecía que fuese a cambiar de
idea hasta hace bien poco. En septiembre de 2016, el equipo de David Howard y
John Schofield la sacó de su reposo en el museo para hacerle una tomografía de
alta resolución. Escanearon su tracto vocal, desde la faringe hasta la boca, y
utilizaron una impresora 3D para crear una copia idéntica. Después conectaron
esa réplica a un sintetizador capaz de emitir vibraciones similares a las de
las cuerdas vocales humanas. Por fin, la momia empezó a hablar, y dijo:
—Eeeeeeeeeh.
El
resultado de la investigación fue una sola vocal, entre la a y
la e, de un segundo de duración, con un tono descendente. Su sonido
era parecido al balido de una oveja o a un bostezo con faringitis. Ojalá los
guionistas se den prisa y podamos ver pronto a Nesiamón dando miedito en alguna
superproducción de Hollywood. Quizás entonces empiece a proferir verdaderas
maldiciones, nos desvele el lugar secreto donde yacen Marco Antonio y
Cleopatra, o nos cuente si alguna vez tuvo espinillas la bellísima Nefertiti.
Por ahora, tenemos que conformarnos con esa especie de «meeeh» resacoso y
nasal, a medio camino entre el asco y la protesta. A Nesiamón le acababan de
despertar de su larguísima siesta y parecía francamente disgustado.
Por
fascinantes que sean los titulares de prensa, conviene ser cautos si queremos
referirnos a la voz de la momia. Muchos científicos han manifestado su
escepticismo ante el estudio de Howard y Schofield. La voz, eso que
identificamos en cada persona como su sonido característico, es un fenómeno muy
complejo que abarca desde aspectos puramente acústicos a otros más sutiles,
como el modo en que cada cual usa y articula los sonidos de las letras de su
propio idioma. Como explica Piero Cosi, especialista en habla en la Universidad
de Padua[39], «sin
conocer una infinidad de otros factores […] como la capacidad pulmonar, la
densidad y la rigidez de las cuerdas vocales y del resto de músculos
involucrados, la absorción de los tejidos y un largo etcétera, nunca se podría
llegar a una reconstrucción precisa». En ese sentido, los autores del estudio
son razonablemente cautos en su artículo: tienen solo una vocal procedente de
un tracto al que le falta el paladar blando. La lengua tampoco está completa,
se encogió con el tiempo, probablemente por deshidratación. La laringe se
encuentra en una postura bastante forzada —perfecta para embalsamamientos, no
tanto para dar discursos—. Por todo ello, más que de voz hablan de la «salida
acústica» del tracto vocal de la momia, sabiendo además que este tracto tiene
ya poco que ver con la garganta flexible y húmeda del sacerdote que fue.
Vaya, si
Nesiamón mañana despertara y, ansioso por adaptarse a las nuevas tecnologías,
nos mandase una notita de audio por Whatsapp, seguiríamos sin poder
reconocerle. Su famosa «eeeeh» nos daría, en el mejor de los casos, una idea
aproximada. Pero incluso teniendo en cuenta estas limitaciones, resulta
sorprendente que podamos obtener tanta información de la simple réplica de una
garganta.
«Las
dimensiones precisas del tracto vocal de un individuo dan lugar a un sonido
único y característico», explican los autores del estudio[40]. Esto es
así, de hecho. Como el cuerpo de un violín, el tracto vocal de cada persona
recoge los sonidos de sus cuerdas vocales y atenúa algunas frecuencias,
mientras que potencia otras. Cada vez que abrimos la boca para decir algo, el
sonido viaja por nuestro cuello y rebota en sus paredes, en nuestra cabeza y en
nuestro cuerpo. Todos estos elementos actúan conjuntamente como si fuesen un
ecualizador de alta precisión y dejan su huella distintiva en eso que llamamos
«nuestra voz».
Lo
interesante es que esa misma lógica aplica, no solo a los sonidos de la voz,
sino a cualquier objeto que vibra dentro de nuestra atmósfera. La forma de un
cuerpo —bien sea un violín, un mosquito o la garganta de un león— determina sus
movimientos posibles, que a su vez definen su sonido. Los objetos grandes y
masivos vibran siempre más despacio —emiten sonidos graves— mientras que los
más pequeños y rígidos se pueden mover más rápido —emiten sonidos agudos—.
Sumergidos en esta inmensa red de moléculas que cubre la Tierra, cada vibración
que llega a nuestros oídos nos informa sobre las características físicas de
aquello que la produjo: su tamaño, su forma, su rigidez, su volumen… Toda esta
información se transmite a través del aire en forma de ondas de presión y, como
veremos en este capítulo, nuestro oído es un experto en interpretarla.
§. El
sonido de una cuerda
Decía el compositor Murray Schafer[41], autor
de El paisaje sonoro, que «escuchar es una forma de tocar a la
distancia». No solo se trata de una preciosa evocación. Como las mejores
metáforas, también nos permite intuir un trocito de la realidad.
Cada vez
que algo vibra, su movimiento se transmite a nuestro oído a través del aire en
forma de ondas de presión. Esto no tiene ningún misterio: significa que, cuando
algo las empuja, las moléculas del aire se aprietan entre sí o se separan
ligeramente y ese empujón se va transmitiendo de unas a otras.
Sucedería
lo mismo si un 31 de diciembre en la Puerta del Sol, con todo el barullo de
gente, un turista borracho y bailón le diese un empujón a la persona que tiene
al lado. Sin querer, esta persona pierde el equilibro y empuja a la siguiente,
que se desplaza en la misma dirección encontrando todavía más gente, que a su
vez empujan a otros, etcétera. De este modo tan simple, el empujón se propaga
cada vez más lejos del turista borracho. Dada la loca afluencia de gente, la
ola humana sigue su camino imparable desde el centro de Madrid hasta las
afueras de Cuenca donde, sin haber hecho nada para merecerlo, un pobre peatón
acaba recibiendo el empujón a distancia de un guiri en la Puerta del Sol. El
ejemplo puede parecer una exageración, pero lo cierto es que si ampliásemos el
movimiento de las moléculas del aire a escala humana, cada metro recorrido por
una onda sonora equivaldría a unos diez mil kilómetros de distancia: la
separación que hay entre Madrid y Seúl, más o menos.
Así, de
manera bastante literal, los objetos vibrantes tocan nuestro oído. Es la misma
idea que evocaba Neruda, en un famoso verso de su «Poema XX»: «Mi voz
buscaba el viento para tocar su oído». Después de todo, resulta que era una
descripción sorprendentemente ajustada a la realidad.
Si la
vibración de un objeto es repetitiva o periódica —pongamos que el turista,
además de bailón es un poco cansino y se dedica a empujar una y otra vez,
rítmicamente, a los que tiene al lado—, en el aire aparecerán una serie de olas
separadas a una distancia regular conocida como longitud de onda. La
frecuencia, medida en hercios, es el número de olas que se suceden en un punto
del espacio por segundo, es decir, el número de empujones que llegan a nuestro
oído en ese tiempo. Cuanto mayor es la frecuencia, más agudo resulta el sonido.
En cambio, el volumen de un sonido depende principalmente de la amplitud de la
onda, esto es, de la intensidad del empujón, que hará que las moléculas se
aprieten más o menos entre sí cada vez que pase una nueva ola. Al final de la
cadena de empujones se encuentra la membrana de nuestro tímpano, un barómetro
de altísima precisión, capaz de detectar cualquier cambio de presión con una
resolución de miles de empujones por segundo.
La
cuestión es que la forma precisa de esa onda, el ritmo y la intensidad de los
empujones que llegan a nuestro oído, nos aporta muchísima información sobre el
objeto que lo produjo. Podemos adivinar si el turista era flaco, gordo, alto o
musculoso, gracias únicamente a los ritmos de su baile. De este modo, y de
manera figurada, el sonido nos permite palpar los objetos que se mueven en la
distancia. Como si tuviésemos manos telescópicas, podemos adivinar la forma de
aquello que suena sin verlo, porque la estructura y la geometría de cada objeto
determina cómo puede vibrar, a qué frecuencias, con qué amplitud.
El
ejemplo más sencillo de cómo la física de un objeto define su sonido es el de
una cuerda. Pongamos que tenemos una guitarra y la pulsamos con el dedo. Al
soltarla, la cuerda empezará a oscilar rápidamente, de forma aparentemente
desordenada. Pero solo aparentemente. En realidad, su movimiento está
perfectamente definido por sus condiciones físicas —o, dicho técnicamente, por
sus «condiciones de contorno»—. La cuerda no se puede mover de ninguna manera
que implique mover sus extremos, por ejemplo, ya que estos están firmemente
atados al instrumento. Tampoco se puede mover de maneras irregulares o
asimétricas. Esto implicaría saltos bruscos en la tensión y la velocidad, y a
la física no le gustan las discontinuidades. Incluso si atacamos la cuerda con
una púa afilada o la pellizcamos cruelmente por uno de sus extremos, los
esfuerzos tienden a repartirse rápidamente. Al cabo de un rato, la tensión se
iguala, las esquinas desaparecen. El movimiento se estabiliza y se convierte en
una combinación de los llamados «modos normales», las formas de vibrar
«cómodas» para una cuerda, los movimientos que respetan sus simetrías.
En la
ilustración se puede ver la pinta que tienen esos modos de vibración. Todos son
suaves, simétricos, con dos puntos fijos en los extremos. Todos se parecen
entre sí, salvo por un factor de escala, como si cada uno tuviese una vuelta
más que el anterior. Por eso, a menudo se dice que la cuerda vibra por mitades,
por tercios, por cuartos, etcétera. Es una manera de explicar que, en cada
modo, el movimiento de la cuerda se repite igual, solo que en un espacio más
pequeño.
¿Qué
tiene todo esto que ver con el sonido? Pues bien, lo crucial es que, debido a
su tamaño reducido, cada uno de esos modos tiene una frecuencia característica
diferente, un ritmo que le es propio. Como la onda viaja siempre a la misma
velocidad, cuanto más pequeñas son las oscilaciones —esos ojales del dibujo en
los que parece dividirse la cuerda—, más rápido es su camino de ida y vuelta. O
dicho en físico: la frecuencia del sonido es inversamente proporcional a su
longitud de onda. Por este motivo, cuando la cuerda vibra por mitades, tercios,
cuartos, etcétera, la frecuencia que produce es el doble, el triple y el
cuádruple que la de la cuerda entera.
El primer
modo, correspondiente al movimiento de la cuerda sin divisiones, oscilando como
una comba, se denomina modo fundamental. Su frecuencia es la más grave de
todas, la que más se oye y la que determina la nota de la cuerda tal y como la
percibe nuestro oído. Los demás modos forman lo que se conoce como su serie
armónica —la palabra preferida de Pitágoras, otra vez—.
Aunque
resulte difícil percibirlo a simple vista, cuando una cuerda suena, todos estos
movimientos se producen a la vez. La vibración es tan rápida que puede parecer
algo desordenada. Pero en realidad se trata de una coreografía numérica donde
se combinan multitud de modos normales, hermosamente simétricos. El sonido de
la cuerda, a su vez, aglutina las frecuencias que producen dichos modos,
combinadas en el aire en distintas proporciones. Las relaciones numéricas entre
los sucesivos armónicos del sonido, por tanto, no son fruto de la casualidad ni
el capricho estético de algún dios matemático: son resultado de las simetrías
de la cuerda y sus formas posibles de vibrar. Cada nota de un violín, de una
guitarra o de un arpa, está formada por la suma de un montón de frecuencias.
Pero todas ellas tienen una propiedad muy especial: están relacionadas por
números enteros.
Este es
el fenómeno que descubrió Pitágoras y que le llevó a rendir culto a las
matemáticas durante el resto de su vida. Claro que él no lo habría expresado
así. Nunca describió con tanto detalle el movimiento de una cuerda, y
difícilmente podría haber sabido que su sonido era una suma de muchas
frecuencias distintas. La misma noción de «frecuencia» es al menos dos mil años
posterior a su muerte.
En
cambio, los hallazgos de Pitágoras se basaron en sus experimentos con el
monocordio, un instrumento que le permitía variar la longitud de una cuerda
mediante una serie de cuñas o puentes móviles. Midiendo distintas proporciones,
pudo establecer lo que ya sabemos, que las cuerdas relacionadas por números
enteros producen sonidos consonantes, sonidos que «encajan» entre sí. Ahora,
además, podemos explicar por qué: cuando se da esta relación numérica, las
frecuencias parciales de las dos cuerdas coinciden en gran medida, sus series
armónicas —los sonidos más agudos que son múltiplos de la fundamental— en gran
parte se solapan.
Para
entenderlo en detalle, volvamos al ejemplo del primer capítulo, con las dos
cuerdas de 20 y de 10 cm. Supongamos que la primera produce frecuencias que son
múltiplos de 1 kilohercio (kHz), su sonido fundamental. Sus armónicos serán 2
kHz, 3 kHz, 4 kHz, etcétera. La segunda cuerda, al ser más corta, sonará más
aguda. ¿Cuánto más aguda? Exactamente el doble, puesto que es la mitad de
larga. En este caso, sus frecuencias serán 2 kHz, 4 kHz, 6 kHz, etcétera. Pero
todas estas frecuencias ¡ya estaban sonando en la primera cuerda! De alguna
manera, la segunda cuerda solo las refuerza, los sonidos de ambas «encajan»
—consuenan— porque en el fondo están hechos con los mismos ingredientes. Tanto
es así que, si hacemos sonar una de las cuerdas en presencia de la otra, la
segunda se pondrá a vibrar por simpatía ¡sin que nadie la pulse! El sonido es
un movimiento que se contagia. Por eso dos objetos pueden bailar a distancia
sin tocarse, siempre que lo hagan siguiendo el mismo ritmo.
§. El
físico ambulante y los sonidos de arena
La cuerda es el modelo más sencillo de un objeto que produce una vibración
armónica. No es el único. Nuestra voz, el canto de las aves y los instrumentos
de viento son otros ejemplos de sonidos armónicos. A ojos de un físico, de
hecho, una flauta no es muy diferente a un violín. La flauta consiste en un
tubo alargado y el violín suena gracias a sus cuerdas, que también son
alargadas. Ambos son objetos unidimensionales, parecidos a una línea más o
menos y, como tales, comparten las mismas simetrías. Por eso sus modos normales
—sus formas «cómodas» de moverse— son también muy parecidos.
Desde
este punto de vista, la mayoría de los instrumentos de una orquesta podrían
considerarse «cosas alargadas». Los violonchelos, las arpas, el piano —cosas
alargadas en una caja—, los saxofones —cosa alargada con cono al final—, las
trompas —cosas alargadas enrolladas—, el órgano incluso —cosas alargadas por
todas partes, llenando una catedral—… Cabe recordar aquí que los físicos son
los célebres inventores de las vacas esféricas en el vacío, otro objeto muy
simétrico. Así que, según para qué, tampoco hay que hacerles demasiado caso. En
cualquier caso, este inventario acústico de espaguetis se detiene cuando uno
llega a la zona de la percusión. Aquí aparecen objetos que confunden un poco
más a los físicos. El gong, las campanas, los timbales o incluso unas maracas,
son objetos multidimensionales, con simetrías y movimientos en varios ejes y
direcciones. Sus modos normales y, por tanto, su sonido, tienen características
muy diferentes a las de sus compañeros de orquesta.
A finales
del siglo XVIII, Ernst Chladni se dedicó a estudiar este tipo de objetos. Este
científico alemán, hijo de un abogado, abandonó la carrera de derecho en cuanto
falleció su padre para dedicarse «al estudio de la naturaleza, que siempre
fue», según sus palabras, su «segunda y, por tanto, más querida ocupación[42]». Como
tantos otros físicos, Chladni era además un gran aficionado a la música, y este
vicio le llevó a convertirse en el padre de la acústica moderna. Entre otras
aportaciones, estudió las vibraciones de los cuerpos elásticos y midió la
velocidad del sonido a través de distintos gases. Curiosamente, también se le
considera el padre de la meteorítica, la ciencia que estudia los meteoritos,
por atreverse a sugerir que aquellos extraños pedruscos chamuscados procedían
probablemente del espacio[43]. Hoy, un
cráter de la Luna lleva su nombre en reconocimiento a esta aportación.
En 1785,
Chladni emprendió una serie de experimentos en los que hacía vibrar distintas
planchas de cristal y de metal. Esperaba poder comprender su sonido partiendo
del modelo ya conocido de una cuerda. Utilizó una lámina de latón y consiguió
obtener frecuencias que eran múltiplos, no ya de números enteros como en el
caso de la cuerda (1, 2, 3, 4…), sino de esos mismos números elevados al
cuadrado (1, 4, 9, 16…). Sin embargo, encontró también otras frecuencias
extrañas (1,59, 2,14, 2,30…), con relaciones numéricas mucho más difíciles de
explicar.
Chladni
decidió que para entender de dónde salían aquellos sonidos, necesitaba
describir el movimiento básico de las superficies que los producían, necesitaba
poder «ver» lo que estaba pasando y, para ello, ideó un ingenioso experimento.
Cubrió una de sus planchas de metal con arena y empezó a frotarla por uno de
sus lados con ayuda de un arco de violín. La lámina empezó a sonar y su
vibración hacía que la arena saltase violentamente sobre su sitio. Pero lo
sorprendente es que, al alcanzar ciertas frecuencias, todas sus partículas se
reordenaban como por arte de magia y en un instante dibujaban patrones
hermosamente simétricos sobre la lámina. «Imagina mi asombro al ver este
fenómeno que nunca nadie había visto antes[44]»
escribiría el físico casi veinte años después.
Chladni,
1802, Die Akustic. Wellcome Collection.
En
realidad es probable que Chladni no fuese el primero en observar este fenómeno.
Leonardo da Vinci lo describió antes que él en sus libros de notas[45]. Le
llamó la atención al golpear una mesa cubierta de polvo. A causa de la
vibración, las partículas de suciedad se reordenaron repentinamente y formaron
un patrón extrañamente geométrico. También Galileo Galilei describió un suceso
parecido en un pasaje de su Dialogo sopra i due massimi sistemi del
mondo, el famoso libro prohibido donde defiende que la Tierra se mueve
alrededor del Sol. En cualquier caso, Chladni fue el primero en analizar
sistemáticamente este fenómeno y en describirlo de manera precisa a finales del
siglo XVIII. Por eso, las llamadas «figuras de Chladni» están bautizadas en su
honor.
Los
preciosos dibujos de arena que descubrió el físico alemán nos desvelan los
patrones de vibración de una superficie plana en función de su forma; sea
cuadrada, circular o algo más compleja, como la del cuerpo de un violín. Cada
vez que una lámina consigue vibrar de manera estable en uno de sus modos
normales —de nuevo, sus formas cómodas de moverse—, las partículas de arena se
acumulan en los puntos de la superficie donde la vibración es menor, también
conocidos como nodos. La localización de estos nodos no es arbitraria: trazan
líneas que dividen a la lámina de manera que su tensión sea homogénea. Son
similares a los puntos que dividían a la cuerda en mitades, tercios, cuartos,
etcétera, solo que distribuidos en dos dimensiones. Por eso, sus dibujos resultan
siempre tan simétricos, tan perfectamente geométricos, tan bonitos.
Si tienes
una pantalla con conexión a Internet cerca, te recomiendo encarecidamente
buscar estas figuras en YouTube. Y si te vienes muy arriba y otro día te da por
replicar el experimento, te lo aconsejo, ¡no hay nada como verlo en directo!
Hace un par de veranos, unos amigos y yo asaltamos una tienda de bricolaje para
montar nuestra propia fábrica de figuras de Chladni. Tardamos un par de tardes
en dar forma al dispositivo perfecto pero, como primera prueba de concepto,
bastó con anclar una lámina de aluminio sobre una varilla de metal y
espolvorear un poco de sal por encima. Para desgracia de mis vecinos, se me
ocurrió probar a cantar distintas frecuencias apuntando hacia la lámina, con mi
voz de soprano gallinácea. Hasta que, de repente, sucedió. Al llegar a una nota
determinada, la sal empezó a saltar sobre su sitio, como el agua de una olla
que hubiese empezado a hervir, y en un instante vimos aparecer una serie de
patrones, de líneas y curvas, un poco desdibujadas. Por un momento, me convertí
en una poderosa hechicera, moviendo cosas en la distancia sin tocarlas,
dibujando extrañas figuras geométricas solo con el poder de mi voz.
Desde su
descubrimiento, Chladni se dedicó a compartir esta extraña visión con sus
contemporáneos. Tras abandonar su carrera legal, se había convertido en un
erudito autónomo, sin una universidad que lo acogiera ni un sueldo al que
atenerse. Por ello, pensó que podría vivir dando charlas como «un artista
que, sabiendo hacerse publicidad, está menos ligado a un lugar específico y
tiene más oportunidades de ser bien recibido y ganarse la vida en casi todas
partes[46]».
Acompañado por sus placas y algunos instrumentos musicales de su invención,
Chladni se convirtió en una prematura estrella de rock, siempre a
la conquista de nuevos escenarios. Viajó por toda Europa haciendo
demostraciones y dando conferencias sobre acústica ante todo tipo de públicos.
Un verdadero físico ambulante.
Entre
gira y gira, el físico alemán publicó Die Akustik, un tratado donde recogió sus
descubrimientos. La edición francesa de 1809 está dedicada a «Napoleón el
Grande, quien se ha dignado a aceptarla tras ver los experimentos
fundamentales». Un año antes, Chladni había estado en París, presentado sus
hallazgos ante la Academia de Ciencias de Francia. Aquel espectáculo de sonidos
visibles y visiones sonoras tuvo tal acogida que el mismísimo emperador lo hizo
llamar a sus apartamentos en las Tullerías. «Napoleón mostró mucho interés en
mis experimentos y me pidió, como un experto en cuestiones matemáticas, que
explicase todo en detalle[47]».
Bonaparte
era, de hecho, un tipo bastante friki en cuestiones científicas, incluso para
el estándar progresista e ilustrado de su tiempo. En 1796, cuando aún era un
joven general de la República y sus tropas saquearon Pavía, dio orden de
salvaguardar las casas de los profesores universitarios —entre ellos Alessandro
Volta, el inventor de las pilas que da nombre a su voltaje—. En esta ocasión,
declaró que la investigación de Chladni le interesaba personalmente, y ordenó
pagar seis mil francos para que tradujera su obra al francés. Traite
d’acoustique se convertiría en un libro de referencia que dio lugar a
toda una rama de la física. Resulta poético pensar que la acústica nació sobre
un escenario, el de las charlas de Chladni, que le ganaron el favor del público
y la generosa propina de un emperador.
Además
del pago personal a Chladni, Napoleón ofreció un premio de tres mil francos a
quien consiguiera formular una teoría matemática de aquellos patrones de
sonido. Si bien Chladni había conseguido estudiar el fenómeno desde un punto de
vista experimental, la parte teórica se le había resistido. Todo lo que había
encontrado era una fórmula aproximada que permitía calcular las frecuencias de
una lámina circular. Pero sus predicciones no eran exactas, ni se podían
generalizar a otro tipo de superficies.
En 1816,
el premio de la Academia de Ciencias fue otorgado a Sophie Germain por un
ensayo sobre la teoría de las superficies elásticas. Germain era matemática y
esto, en el siglo XIX, además de constituir una rara excepción, implicaba que
su formación había sido autodidacta. Cuando tenía trece años, estalló la
Revolución francesa y ella se vio obligada a refugiarse por largo tiempo en su
casa. Fue así como descubrió los libros de matemáticas de la librería de su
padre. Mientras Francia cortaba cabezas al otro lado de la ventana, Germain
devoraba uno a uno aquellos tratados llenos de fórmulas y números, hasta que
llegó un punto en que tuvo que aprender también latín y griego para terminar de
entender los que le faltaban.
Cuando
cumplió dieciocho años y se inauguró en París la Escuela Politécnica, le fue
denegado el acceso por ser mujer. Sin embargo, el nuevo sistema educativo hacía
accesible los apuntes de las conferencias «a cualquiera que los solicitara».
También requería que los alumnos enviaran comentarios después de las lecciones.
Fue así como Germain se puso en contacto con Joseph-Louis Lagrange, uno de los
físicos más destacados de la época. Empezó a dirigirle sus trabajos bajo la
firma de Antoine Auguste Le Blanc para evitar —explicaría ella años más tarde—
«el ridículo asociado a una mujer científica[48]». Pero
cuando Lagrange se percató de la inteligencia de aquel misterioso alumno,
solicitó conocerle en persona y la tapadera de Germain quedó al descubierto.
Por suerte, Lagrange no cambió de idea respecto a su talento y desde entonces
se convirtió en su tutor.
Nadie le
dio permiso, ni sus padres ni la universidad. Pero, con el tiempo, Germain
terminó convirtiéndose en una importante matemática. Hizo contribuciones a la
teoría de números e intercambió correspondencia con algunos de los principales
científicos de su tiempo. El premio de la academia de 1816 avaló una larga
carrera de esfuerzos. Germain tenía entonces cuarenta años y nunca había podido
ejercer su profesión debido al machismo de la época. Sin embargo, su teoría de
las membranas no estaba completa, en parte porque adolecía de la falta de
formalidad de su educación. La matemática había conseguido establecer las
ecuaciones que definían el problema y había hecho importantes avances hacia su
resolución. Pero también había cometido algunos errores por el camino. Después
de aquel intento, pasarían más de tres décadas antes de que se obtuviera una
solución completa del problema, y solo para el caso más sencillo de una
membrana circular.
La
vibración de una superficie resultó ser mucho más compleja de lo que entonces
cabía esperar. Como la cuerda, una lámina también tiene modos normales y un
sonido compuesto por multitud de frecuencias. Pero estas ya no son armónicas,
ya no tienen una relación de números enteros sencillos (1, 2, 3, 4…), sino
otras más raras, con infinitos decimales, de las que no le gustaban a
Pitágoras. Si tomamos, por ejemplo, una membrana circular con un sonido
fundamental de 1 kHz, las frecuencias de sus modos serán, aproximadamente: 1,59
kHz, 2,14 kHz, 2,30 kHz, 2,65 kHz, 2,92 kHz, 3,16 kHz… Números sin una relación
evidente, que no parecen seguir ningún tipo de patrón. Números «feos», en
definitiva. Y, en correspondencia, su sonido combinado es muy distinto al de
una cuerda, más ruidoso, menos definido. Se diría —Pitágoras, sin duda, lo
diría— que nuestro oído tiene una afición especial por los números sencillos y
las ondas bien ordenadas.
De hecho,
si uno piensa en los distintos instrumentos musicales, es posible que observe
una curiosa brecha. Las flautas, los violines, los pianos, las guitarras, los
saxofones… las «cosas alargadas» se utilizan siempre para dibujar melodías. Son
instrumentos, se dice, de «tono bien definido». En cambio, los instrumentos con
otro tipo de formas, como el gong, los platillos, el bombo, las maracas…, se
emplean generalmente para marcar el ritmo, son los reyes de la percusión.
El tono
es uno de los ingredientes fundamentales de la música porque es la materia
prima de las melodías. Aunque pueda parecer una definición un tanto circular,
el tono es la propiedad de los sonidos que podemos cantar. Imagina que
escuchas Cumpleaños feliz tocado por un violín, o por un
piano, y alguien te pide que imites la melodía con tu voz. Más allá del talento
musical de cada cual, es probable que la tarea no te plantee demasiados
problemas. Imagina, en cambio, que alguien da unos golpes en una puerta y te
pide que los cantes. Puedes intentar chasquear la lengua, carraspear, darte
golpes en la cabeza o decir «toc, toc», pero, realmente, no puedes «entonar» el
sonido de la puerta con tu voz porque ese sonido, simplemente, no tiene «tono».
Del mismo modo, si intentas cantar el Cumpleaños feliz golpeando
una puerta, solo lograrás hacerte daño en los nudillos. La diferencia entre el
sonido de la puerta y el de tu voz es una de las claves que permiten dotar de
emoción a la música y guarda una estrecha relación con los números sencillos
que se encuentran en el sonido de una cuerda, pero no en el de una membrana.
§.
Helmholtz y el ruido
A mediados del siglo XIX, Hermann von Helmholtz se dedicó a estudiar en detalle
cómo es que percibimos la diferencia entre estos dos tipos de sonidos, los
tonos y los ruidos. Es el tema con que abre su libro maestro, Sobre las
sensaciones de tono como base fisiológica para la teoría de la música —un
título terriblemente largo que da aún más miedo en su idioma original[49]—:
Un tono
musical llega al oído como un sonido perfectamente imperturbable y uniforme que
permanece inalterado mientras dura, y cuyos componentes no cambian. A esto
corresponde un tipo de sensación simple y regular, mientras que en un ruido se
mezclan irregularmente varias sensaciones sonoras de manera confusa.
Helmholtz
argumentó que la percepción del tono se relaciona con la periodicidad de una
onda sonora. Cuando las variaciones en la presión del aire se repiten a
intervalos regulares de tiempo —centenares de veces por segundo—, nuestro oído
es capaz de discernir una nota. Si las repeticiones son más rápidas, más agudo
resulta ese tono. Pero, además, esa periodicidad es consecuencia de que los
componentes del sonido sean armónicos. Todos los modos de una cuerda tienen
frecuencias que son múltiplos de una fundamental. Por eso, al sumarse, todos
acaban coincidiendo cada cierto tiempo. Son como piezas de Lego basadas en el
mismo patrón —1 cuadradito, 2 cuadraditos, 3, 4…—: al juntarlas, todas encajan.
Si esas mismas piezas fuesen proporcionales a las frecuencias de la lámina
circular —1 cuadradito; 1,59 cuadraditos; 2,14 o 2,30, etcétera, con sus
infinitos decimales— no habría manera de unirlas entre sí, nunca podrían
coincidir sin dejar huecos.
En el
extremo opuesto, los ruidos, tal y como los describió Helmholtz, son sonidos
compuestos por multitud de frecuencias sin ninguna relación entre sí, o con
relaciones numéricas «feas». Resultan cambiantes, rugosos, impredecibles, como
el rumor del tráfico o el flashazo de un platillo. No hay ningún tono que
percibir porque no producen ningún patrón repetitivo en el aire, ni lento ni
rápido. Y luego existen casos intermedios, sonidos que son periódicos, salvo
por alguna pequeña imperfección: coinciden con la serie armónica solo
aproximadamente o tienen alguna frecuencia aislada que se desvía del patrón.
Este sería el caso de una nota tocada por un xilófono o por una campana, por
ejemplo. Ambos tienen un tono reconocible, una nota bien definida que nos permite
tocar Cumpleaños feliz o cualquier otra melodía con ellos. Sin
embargo, la textura de su sonido, a veces puede resultar un poco áspera, menos
homogénea o dulce que la de una flauta, por ejemplo.
Como la
mayoría de los personajes de este libro, Helmholtz era un melómano empedernido.
Había tocado el piano desde su infancia y había crecido en una casa, un país y
una época donde la música jugaba un papel protagonista. Sus padres pensaban que
tocar un instrumento era una parte importante de su formación. Por eso, cuando
fue a estudiar a la universidad, el joven Hermann se llevó su piano consigo, y
su padre le advirtió de que no permitiese que «su gusto por la sólida
inspiración de la música alemana y clásica» se viera viciado «por el brillo y
el toque de las nuevas extravagancias italianas[50]». La
versión siglo XIX de «hijo mío, ¡cuidado con el perreo!», solo que entonces la
ópera italiana debía de ser el equivalente al reguetón. Tampoco parece que
Helmholtz fuese especialmente manipulable en ese sentido. Sabemos, por las
muchas cartas escritas a su familia y amigos a lo largo de toda su vida que,
para él, la música era un placer íntimo y personal, casi tierno. Según sus
propias palabras, disfrutaba de la música más que nunca cuando la tocaba solo
para sí mismo[51].
Más allá
de sus gustos musicales, Helmholtz fue uno de esos tipos a los que la palabra
«multidisciplinar» se les queda corta. El saber enciclopédico lo clasifica como
—coge aire— físico, musicólogo, psicólogo, investigador en oftalmología, óptica
y meteorología, fisiólogo, anatomista, filósofo, profesor de universidad y
naturalista, entre otras cosas. Aunque estuvo interesado desde muy joven en la
física, sus circunstancias familiares hicieron que se formase primero como
cirujano militar. Más tarde, su interés por la belleza, por las artes y por la
música le llevó a investigar cuestiones muchísimo más amplias, desde la
fisiología del oído y los ojos, hasta la física de la luz y del sonido. Por el
camino, revolucionó la oftalmología gracias a la invención del oftalmoscopio,
midió la velocidad de transmisión de los impulsos nerviosos —unos noventa
kilómetros por hora—, sentó las bases experimentales de la psicología de la
percepción y consolidó la ley de la conservación de la energía, que aún hoy se
considera uno de los pilares de la física. También le sobró un rato para
escribir sobre electromagnetismo, sobre mecánica de fluidos, sobre el
metabolismo de los músculos, para investigar el origen del sistema solar y la
edad de la Tierra y para hacer diversas aportaciones en filosofía de la ciencia
y en estética. Helmholtz, queda claro, no tenía Twitter. Su trayectoria vital y
su excelencia en todos los campos que se atrevió a indagar fueron legendarias,
ya en su tiempo. Hoy, la mayor asociación de centros de investigación de
Alemania lleva su nombre.
Lo
curioso de Sobre las sensaciones del tono es que se presenta
en su introducción como un libro de estética y teoría de la música[52]:
En el
presente trabajo, se hará un intento por conectar las fronteras de dos ciencias
que, aunque unidas por muchas afinidades naturales, han permanecido hasta ahora
separadas. Me refiero a las fronteras de la acústica física y fisiológica, por
un lado, y la ciencia de la música y la estética por otro.
Toda la
tercera parte de este tocho de seiscientas páginas está dedicada por completo a
hablar de armonía, de estilos musicales, de escalas y acordes, de
etnomusicología, con un detalle y un nivel de conocimientos que puede resultar
sorprendente en una época donde prima la especialización del talento. No en
vano, su libro tuvo un impacto enorme entre todos los músicos de la época[53].
A pesar
de semejante despliegue, en las conclusiones, Helmholtz se define humildemente
como un mero amateur en materia musical, y circunscribe su
aportación al ámbito de la ciencia. A fin de cuentas, lo que él quería
dilucidar era el motivo por el que algunos sonidos nos suenan bien y otros no
tanto. «¿Qué tienen que ver las consonancias con los números?» —escribe en su
libro— o ¿por qué, como decía Thelonious Monk, parece que todos los músicos
son, en su subconsciente, matemáticos?
El mismo
fenómeno que fascinó a Pitágoras y le llevó poco menos que a fundar una
religión seguía moviendo a este científico veinticinco siglos más tarde. Con
una diferencia importante: Helmholtz era un tipo de su tiempo, y las
coincidencias numéricas o los caprichos de dioses matemáticos ya no le
bastaban. Él necesitaba averiguar de manera precisa cómo somos capaces de
reconocer esos números, de dónde proviene su supuesta belleza. Para ello,
estaba dispuesto a hurgar hasta el fondo de nuestros oídos[54]:
La
relación de los números enteros con las consonancias musicales ha sido
considerada desde siempre como un misterio maravilloso, lleno de profundo
significado. Los mismos pitagóricos lo utilizaron en sus especulaciones sobre
la armonía de las esferas. Desde entonces, ha sido a veces el objetivo y a
veces el punto de partida de las reflexiones más extrañas e intrépidas,
fantásticas o filosóficas. Hasta que, en tiempos modernos, la mayoría de los
investigadores adoptaron la teoría, aceptada por el propio Euler, de que la
mente humana obtiene un placer peculiar en las proporciones simples porque
puede entenderlas mejor. Pero no se investigó cómo es que la mente de un oyente
no versado en física, que ni siquiera es consciente de que los tonos musicales
dependen de vibraciones periódicas, consigue reconocer y comparar las
proporciones de los números presentes en esos tonos. Mostrar los procesos que
tienen lugar en el oído, hacer sensible la diferencia entre consonancia y
disonancia, será uno de los principales objetivos en la segunda parte de este
trabajo.
En ese
sentido, el libro no presenta grandes descubrimientos, ni innovaciones
demasiado rompedoras. El mismo Helmholtz así lo reconoce en la introducción. Su
aportación radica en una capacidad extraordinaria para tender puentes entre
disciplinas con conocimientos tan distintos —hoy casi diríamos que
opuestos—. Sobre las sensaciones de tono respira ese saber
universal que tan a menudo se echa de menos hoy en día. «Los horizontes de la
física, la filosofía y el arte han estado demasiado separados en los últimos
tiempos», argumenta su autor, que salta con total libertad de cuestiones
científicas y matemáticas a problemas estéticos de composición. Tan pronto te
disecciona un oído como inventa un resonador acústico, o se entretiene
explicando los fundamentos teóricos de una escala musical árabe. Hacía falta un
médico, físico, pianista, inventor, filósofo, para escribir algo así.
Volviendo
a la cuestión que plantea Helmholtz, ¿cómo es que nuestro oído consigue
reconocer las frecuencias presentes en los sonidos? ¿Cómo es posible que seamos
sensibles, sin saberlo, a las relaciones numéricas que existen entre las
frecuencias de una cuerda? La respuesta está en un caracol que vive en nuestro
oído: la cóclea.
De hecho,
casi todos los sonidos que escuchamos en nuestro día a día son los que
denominamos sonidos complejos. Esto significa que están compuestos por varias
frecuencias sumadas en distintas proporciones. Probablemente te suene haber
oído que la luz blanca del sol contiene todos los colores del arcoíris, o que
los píxeles de la pantalla de tu móvil están formados por pequeñas luces de
color rojo, verde y azul que se iluminan con distinta intensidad para dar lugar
a los demás colores. Pues bien, con el sonido pasa lo mismo: casi todas las
ondas que llegan a nuestro tímpano pueden descomponerse en otras más simples,
con una frecuencia única, conocidas como ondas «sinusoidales». Es el tipo de
vibración más sencilla que puede haber, similar al movimiento de un péndulo o
al de un columpio.
No es que
los sonidos compuestos, en sí, sean más complicados que otros. En realidad, el
movimiento de las partículas del aire es siempre igual de sencillo: solo se
aprietan o se separan, más despacio o más rápido, con más o menos intensidad.
Su estado se puede describir con un simple listado de números —los valores de
la presión en el tiempo—, o con una línea arrugada, como la que muestran
algunos programas de audio cuando reproduces una canción. El surco de los
discos de vinilo presenta esos mismos valores numéricos, grabados a distinta
profundidad, para que la aguja del tocadiscos pueda recorrerlos. Como explica
Helmholtz, «cuando llamamos “compuestas” a las vibraciones producidas por un
instrumento musical, esa “composición” no existe más allá de nuestra percepción
auditiva, o más allá de la teoría matemática». Pero el hecho es que, siempre
que una vibración llega a nuestro oído, este se empeña en descomponerla en una
suma de frecuencias puras.
Ese
proceso de descomposición es lo que en matemáticas se conoce como un análisis
de Fourier o análisis armónico. Es lo que hacen los «analizadores de
espectros», y puedes verlo en tu propio móvil bajándote una aplicación, o en
Internet, buscando Chrome Music Lab —un laboratorio virtual de Google que te
permite explorar distintas propiedades del sonido de manera interactiva—. Los
espectros, en este caso, no tienen nada fantasmagórico. Es simplemente el
nombre técnico que se le da a la composición en frecuencias de una onda, algo
así como la receta de un sonido. Si quisiésemos fabricar sintéticamente la
sonoridad de una vocal o de un clarinete, por ejemplo, podríamos tomar esta
receta e ir sumando frecuencias puras con distinta intensidad hasta obtener un
resultado parecido.
Estas
frecuencias se convierten así en los componentes básicos de cualquier sonido
tal y como lo percibe nuestro oído. Son los «sonidos primarios», como los
colores verde, azul y rojo que forman los píxeles de tu pantalla, pero con
muchos más colores distintos donde elegir. Sin embargo, es muy difícil
encontrarlos de manera aislada en la naturaleza. Los tonos puros son una
rareza, una creación de laboratorio equivalente a la luz de un láser o el agua
destilada. Hasta el siglo XVIII, probablemente, ningún ser humano había
escuchado uno. Entonces, en 1711, un trompetista llamado John Shore inventó el
diapasón, ese objeto metálico en forma de U que los músicos utilizan a menudo
para afinar. El diapasón es una herramienta única por su capacidad de producir
uno de los sonidos más puros y estables que existen. O lo fue hasta la
invención de los sonidos electrónicos y, más tarde, digitales. Hoy ya no es tan
raro oír tonos puros. Si alguna vez has ido al médico para que te revisen la
audición, es probable que te hayas tenido que esforzar por percibir más de uno,
y todos ellos agudísimos.
¿Cómo es
posible entonces que nuestro oído sea sensible a este tipo de frecuencias?
¿Cómo funciona el espectrógrafo que todos tenemos en las orejas? Pues bien, es
un proceso bastante complejo, pero la magia sucede principalmente en un órgano
llamado «cóclea», que actúa como el gran clasificador de frecuencias de nuestro
oído.
Cada vez
que un sonido se encuentra con tu oreja, la presión del aire hace vibrar el
tímpano y este, a su vez, empuja una serie de huesecillos que transmiten su
movimiento al oído interno[55]. Al
final de esta cadena se encuentra la cóclea, una cavidad enrollada sobre sí
misma con forma de espiral. De ahí viene su nombre, precisamente: κοχλίας o kokhlias significa
‘caracol’ en griego. La cóclea está recorrida por una membrana, que es más
rígida en un extremo que en el otro. Gracias a esta peculiaridad, puede vibrar
con distintas frecuencias en distintos puntos de su recorrido. Las zonas más
rígidas, a la entrada de la cavidad del caracol, resuenan con frecuencias más
agudas. Mientras que la zona final de la cóclea vibra por simpatía cuando
detecta frecuencias más graves. Así, cada trocito de la membrana basilar
funciona como una cuerda resonante, capaz de vibrar sin que nadie la pulse, con
solo percibir su propia frecuencia. Sobre su superficie, una serie de células
con forma de pelillos convierten su movimiento en impulsos nerviosos.
Finalmente, estos impulsos viajan hasta nuestro córtex auditivo, et
voilà, ¡oímos!
Esta,
evidentemente, es una versión simplificada. Helmholtz, en su libro, le dedica
más de veinte páginas a este mismo tema. También compara la cóclea con su
instrumento predilecto[56]:
Supongamos
que pudiéramos conectar cada cuerda de un piano con una fibra nerviosa, de tal
manera que esta fibra se excitara y experimentara una sensación cada vez que la
cuerda vibrara. […] De esta manera, cada tono parcial sería percibido
exactamente de la misma manera en que lo percibe nuestro oído.
De alguna
manera, la cóclea funciona así. Es un instrumento sutil y poderoso, con miles
de células con las yemas levantadas, dispuestas a atrapar cualquier vibración
que les pase por encima y les haga cosquillas. Gracias a ella, podemos
desenredar sin ningún esfuerzo todas esas frecuencias puras que hay en nuestro
ambiente, analizar en qué proporción se encuentran, cuál es su amplitud, si se
mantienen o pierden intensidad, cómo cambian en el tiempo, si son más graves o
más agudas…, aunque en realidad, en el aire, todas estas frecuencias formen
parte de una única señal —una línea arrugada, como decíamos—. Solo después de
siglos de investigación y mucho esfuerzo colectivo, nuestras matemáticas han
conseguido, de manera torpe y aproximada, hacer algo parecido. El análisis de
Fourier que mencionábamos al hablar de los espectrógrafos es una herramienta
del siglo XIX.
Esta
capacidad para descomponer sonidos es fundamental para nuestro oído. Si dos
sonidos de frecuencias distintas llegan a la cóclea, podemos oírlos y
procesarlos de forma separada, aunque en el aire, en realidad, sus frecuencias
se encuentran «sumadas». Gracias a la cóclea, podemos hablar en entornos
ruidosos, por ejemplo. Lo único importante es que el ruido no tenga una
frecuencia parecida a la de nuestra voz. Y cuando la tiene, tendemos a cambiar
inconscientemente nuestro propio tono en busca de un rango diferente, como
quien busca una emisora de radio libre.
Pero la
magia no acaba ahí. Porque lo que nosotros percibimos no es un listado de
frecuencias e intensidades —«400 Hz a 3 decibelios, 650 Hz a 5 decibelios»—.
No, no funciona así. Para que esa información sea realmente útil, nuestro
cerebro debe volver a agrupar las frecuencias e intentar pintar un paisaje con
ellas. Para ello, sigue distintas estrategias. Hay ciertas frecuencias que
suelen sonar siempre juntas —como, por ejemplo, las frecuencias armónicas, que
componen la voz humana—. Puede que, en un momento dado, algunas frecuencias
procedan de puntos cercanos en el espacio. Gracias a la separación existente
entre las dos orejas, nuestro oído puede calcular el desfase de tiempo en la
señal y averiguar la procedencia de distintos sonidos. Quizás algunas frecuencias
evolucionan de forma parecida, o se mueven en la misma dirección…, todas estas
son pistas que nos permiten identificar posibles fuentes sonoras, volver a
coser todas esas frecuencias que desenredó la cóclea e intentar formar un nuevo
tapiz con ellas.
Nuestro
oído es un experto en repintar paisajes sonoros a partir de números, hasta el
punto de que podemos estar en un restaurante escuchando el hilo musical de
fondo —con todos sus instrumentos— mientras en la mesa de al lado alguien se
ríe, fuera los coches gruñen, el camarero atiende a una llamada y los
comensales estrellan los cubiertos contra sus platos. Y sin embargo, nosotros
somos capaces de seguir el hilo de la conversación que está teniendo lugar en
nuestra mesa, como decíamos, porque todo ese procesamiento, toda esa magia,
insisto, la hace de manera inconsciente nuestro oído, una verdadera máquina de
convertir ondas de presión —un listado de números, una línea arrugada— en
significado.
Recapitulando,
casi todos los objetos físicos de este mundo vibran con varias frecuencias
simultáneamente. Estas frecuencias dependen de la forma y las propiedades
físicas del objeto y, en general, son más agudas cuanto más pequeño es. Todas
esas vibraciones se suman en el aire, como los colores del arcoíris que forman
la luz blanca. De manera consciente, nosotros no percibimos esas frecuencias
separadas, pero nuestro oído es capaz de detectarlas y separarlas
automáticamente en distintas señales nerviosas. Estas señales llegan a nuestro
cerebro, que las utiliza para recomponer el entorno sonoro que nos rodea,
identificando esos objetos vibrantes que causaron todo este lío en primer
lugar.
Lo
asombroso es que, en su búsqueda de significados, nuestro sistema auditivo se
ha especializado en identificar armónicos, frecuencias que son múltiplos de una
fundamental. Nuestro oído las agrupa en una misma sensación, el «tono», que
puede resultar más grave o más agudo dependiendo de la frecuencia fundamental
—la más grave, que sirve de factor común para todas las demás—. Pero no es un
capricho numérico de los dioses, ni tampoco una casualidad. Tiene sentido que
seamos sensibles a estos patrones porque son, precisamente, los que forman
nuestra voz. Reconocerlos es tan importante que hasta nuestras neuronas
reaccionan a ellos de manera peculiar. Como cuenta el neurocientífico Daniel J.
Levitin en Tu cerebro y la música[57], «hay
pruebas de que el cerebro reacciona a los sonidos armónicos con activaciones
neuronales sincrónicas». Las neuronas que procesan el sonido se activan
rítmicamente, a la misma velocidad, cuando escuchamos este tipo de armonías. La
consonancia consigue que hasta nuestro cerebro, con todas sus luces, se ponga
de repente a bailar.
§. Oímos
fantasmas
Estamos tan sintonizados con la serie armónica que, si detectamos una onda de
este tipo en la que falta la frecuencia fundamental, nuestro oído,
sencillamente, ¡se la inventa! Volvamos a la cuerda pitagórica con frecuencias
de 1 kHz, 2 kHz, 3 kHz, etcétera. Imagina que ahora usamos un sintetizador para
producir artificialmente un sonido compuesto por 2 kHz, 3 kHz, 4 kHz, etcétera,
esto es, la misma serie armónica pero sin la frecuencia más grave de todas.
Nuestro oído reconocerá automáticamente la relación entre estos números,
buscará el factor común a todos ellos y nos hará percibir un tono de 1 kHz,
¡aunque esa frecuencia en concreto no esté sonando en ningún momento!
Este
fenómeno, llamado fundamental ausente o fundamental fantasma, es una ilusión
tan conocida en el mundo de la música que se ha utilizado desde hace siglos en
la construcción de órganos. Varios tubos pequeños pueden sustituir a uno más
grande y caro de fabricar, siempre que produzcan las frecuencias
correspondientes a la serie armónica del más grave: el tono percibido será el
mismo. Este es también es el origen del sonido típicamente grave de los
timbales. Debido a su forma, estos instrumentos producen frecuencias que no son
perfectamente armónicas. De hecho, un timbal es probablemente la cosa menos
alargada que uno se puede encontrar en una orquesta, se parece más bien a una
media naranja. En concreto, su membrana circular produce un espectro bastante feo
según los estándares pitagóricos, como bien descubrieron Chladni y Germain. Sin
embargo, el cuerpo del instrumento refuerza solo algunas de esas frecuencias y,
por su parte, el intérprete golpea el parche del timbal siempre en un punto
determinado, de manera que se anulan otras. El resultado es una colección de
frecuencias «casi» armónicas, pongamos 200 Hz, 302 Hz, 400 Hz, 498 Hz, y algún
otro tono un poco más áspero que se sale del patrón —348 Hz, 449 Hz…—. El tono
fundamental de 100 Hz se lo inventa solito nuestro oído.
Además de
sonar en órganos y timbales, la fundamental fantasma saltó a la fama por
aparecerse en uno de los hits más célebres de comienzos del
siglo XXI. Lady Marmalade fue lanzado oficialmente el 27 de
febrero de 2001. Era una versión del mismo tema interpretado en los años
setenta por Patti LaBelle, pero esta vez la voz cantante la llevaban Christina
Aguilera, Lil’ Kim, Mýa y Pink, y formaba parte de la banda sonora de la
película Moulin Rouge. Si te tocó tener uso de razón en aquel
momento, probablemente tú también cantaste su pegajosísimo estribillo en
bucle, Voulez-vous coucher avec moi —ce soir—? El productor de la
canción quería conseguir un sonido rotundo a pesar de las posibles limitaciones
de los altavoces en los que luego se fuera a reproducir. Para ello se basó en
una tecnología conocida como MaxxBass, que potencia los graves gracias a los
armónicos inmediatamente superiores. Este plugin filtra las
frecuencias demasiado bajas para evitar dañar los sistemas de reproducción.
¿Cómo es posible que un sistema que elimina sonidos graves sirva para potenciar
los graves de una canción? La clave, de nuevo, está en nuestro oído y su gusto
por los números enteros sencillos.
Esta
curiosa ilusión sonora está también muy presente cada vez que hablamos por
teléfono. En nuestra atmósfera, los objetos pequeños no pueden producir sonidos
demasiado graves. El motivo es puramente físico: los sonidos graves tienen
grandes longitudes de onda —de decenas de metros incluso—. Ningún objeto
pequeño es capaz de generar semejante perturbación. Es posible llegar a esta
conclusión estudiando la dinámica de las vibraciones, pero la idea resulta
bastante intuitiva: un langostino nadando no puede provocar un tsunami. Para
producir sonidos grandes —esto es, graves— necesitamos objetos grandes. Sin
embargo, en un mercado que demanda teléfonos cada vez más ligeros, los
componentes están más y más miniaturizados. Los altavoces de muchos móviles no
pueden reproducir frecuencias inferiores a 300 Hz. En cambio, la media de las
voces masculinas ronda los 150 Hz, un piano llega a los 27,5 Hz y nuestro oído
es capaz de percibir hasta 20 Hz. Todo el rango que falta, de 20 a 300 Hz,
sencillamente, nos lo inventamos. No hace falta que te alarmes, pero parte de
esas voces que escuchas por el móvil están únicamente en tu cabeza.
Por otra
parte, no somos los únicos animales que oímos fantasmas. Levitin habla en su
libro sobre un experimento del biólogo Petr Janata[58], que le
colocó electrodos a una lechuza mientras le hacía escuchar la melodía del Danubio
azul. Lo peculiar es que en su versión del vals de Strauss, todas las
frecuencias fundamentales habían sido eliminadas. Su hipótesis era que, si esas
frecuencias se restauraban al inicio del proceso auditivo —si era el propio
oído de la lechuza el que reconstruía la fundamental nada más detectar su serie
armónica—, las neuronas se activarían imitando la frecuencia ausente. Eso fue
exactamente lo que sucedió:
Petr
envió las señales de esos electrodos a un pequeño amplificador y repitió el
sonido de las neuronas de la lechuza a través de un altavoz. Lo que oyó era
asombroso; la melodía del vals de El Danubio azul cantada claramente a través
de los altavoces[59].
Se han
hecho experimentos similares con gatos[60],
primates, estorninos y otras especies de pájaros[61]. Parece
que la fundamental ausente es algo bastante común entre las aves y en algunos
mamíferos, y su detección podría estar basada, precisamente, en la periodicidad
del tono que argumentaba Helmholtz.
§. Los
timbres de la voz
Puede resultar sorprendente que nuestro oído y el de otras especies sean
sensibles a semejante capricho matemático: frecuencias relacionadas por números
enteros, ni más ni menos. No es que tengamos calculadoras en las orejas.
Nuestro sistema auditivo ha evolucionado de manera que podamos reconocer
objetos en el océano de frecuencias que nos rodea. Separar distintas fuentes
sonoras a partir de una única señal donde todo está mezclado no es nada
sencillo. Por eso, tiene sentido que nuestro oído tenga estrategias para
agrupar sonidos que en nuestro entorno se suelen dar a la par.
Esas
frecuencias armónicas, múltiplos de una fundamental, son precisamente las que
conforman nuestra voz. Por eso somos sensibles a ellas. Si no las
interpretásemos como un todo, si no fuésemos capaces de reconocerlas como algo
especial e integrado, no podríamos reconocer la voz de nuestros seres queridos
ni escuchar las sinuosas melodías que producen cuando hablan ni saber cuándo
están tristes o contentos. Toda esta información está codificada en el tono de
la voz, y nuestro oído es un verdadero experto en procesarla.
A fin de
cuentas, nuestros sentidos evolucionaron por un proceso puramente utilitario.
Su función no es conocer «la Realidad» ni describir fielmente la física del
mundo que nos rodea, no; todo eso son inventos posteriores. Nuestros oídos
están ahí y funcionan como funcionan porque, en algún momento, eso nos ayudó a
sobrevivir. No es de extrañar que parte de ese éxito dependiera de reconocer
los sonidos que emiten los otros monos de nuestra especie y extraer la máxima
información de ellos. Luego, con el tiempo y un poco de prueba y error, es
posible que inventásemos instrumentos musicales que imitan las propiedades
sonoras de nuestras cuerdas vocales. Eso explicaría por qué las orquestas y las
bandas de rock están llenas de cosas alargadas. Toda música
es, con perspectiva, la sofisticación de algún tipo de canto. La base de
nuestra percepción sonora, de la armonía y la música, se encuentra en las
propiedades de nuestra propia voz.
Asimismo,
el uso del lenguaje depende crucialmente de esa habilidad que tenemos para
descomponer un sonido en números. Todas las vocales de un idioma son tonos,
sonidos periódicos. La diferencia entre unas y otras depende de la amplitud
relativa con que suenan sus armónicos. En cambio, la mayoría de las consonantes
son ruidos, sonidos irregulares transitorios que producimos al ocluir los
labios, la lengua y los dientes —intenta cantar Cumpleaños feliz con
al letra p, por ejemplo—.
Nuestro
oído, en comparación con el de otros primates, es un verdadero experto en
reconocer la composición interna de los sonidos, de manera que, incluso si le
presentan dos tonos con la misma frecuencia y la misma intensidad —una nota do
cantada por un clarinete o por un arpa—, él es capaz de diferenciarlos
simplemente por sus espectros, su «receta de frecuencias» y cómo varía en el
tiempo. Esto es lo que reconocemos como el timbre de un sonido. O, como
Helmholtz lo llamaba, «el carácter» o «la cualidad» del tono[62]:
Cuando
escuchamos notas con la misma fuerza y el mismo tono, tocadas sucesivamente por
un piano, un violín, clarinete, oboe o trompeta, o por la voz humana, el
carácter del tono musical es tan diferente, que gracias a él reconocemos los
instrumentos utilizados con toda facilidad […]. La variedad de cualidades
posibles parece infinita. No solo reconocemos una larga lista de instrumentos
musicales cuando tocan la misma nota, también distintos ejemplares de un
instrumento en particular y las voces de diferentes cantantes suenan con
matices propios que nuestro oído es capaz de distinguir. Pero además, las
mismas notas pueden sonar con caracteres distintos cuando las toca un mismo
instrumento. En este sentido, los instrumentos de cuerda frotada —esto es, de
la familia del violín— destacan por encima de todos los demás. Pero la voz
humana es aún más rica, y el habla humana utiliza todas estas variedades
cualitativas de tono para producir las diferentes letras. Las vocales, a saber,
pertenecen a la clase de tonos bien definidos que se suelen utilizar en música,
mientras que el carácter de las consonantes depende principalmente de ruidos
breves y transitorios.
Todas las
letras de un idioma se diferencian por su timbre. Todo nuestro lenguaje es un
juego de orquestación, infinitamente variado y dinámico. Cuando nacemos —puede
que desde un poco antes, incluso—, nuestro oído empieza a entrenarse en los
timbres propios del idioma de nuestro entorno, y antes de que haya transcurrido
un año es ya todo un experto. Esta especialización es necesaria para aprender a
hablar pero tiene también un efecto colateral, y es que poco a poco perdemos la
capacidad de reconocer otros timbres, propios de otros idiomas. Por eso resulta
tan difícil conseguir tener una pronunciación perfecta, por mucho que uno
estudie una lengua extranjera después de cierta edad. Nuestro oído se ha
especializado en reconocer y reproducir una colección de timbres en concreto, y
a cambio ha perdido la finura para identificar todos los demás. Es como si
tuviésemos un tipo de agrupación musical instalada en nuestra cabeza con la que
interpretamos y producimos todo nuestro lenguaje desde los seis meses de edad. Cuando
intentamos aproximarnos con ella a otro tipo de idioma, con otros timbres
diferentes —otros instrumentos, en nuestra analogía—, hay matices que
simplemente se nos escapan porque no forman parte de nuestra librería de
sonidos. Podríamos intentar tocar reguetón con un cuarteto de cuerda. Pero
aunque hagamos sonar las mismas notas, el resultado nunca será el mismo.
Siguiendo
con el lenguaje y las metáforas musicales, nosotros mismos somos un instrumento
de cuerda, de viento y de percusión, simultáneamente. Cada vez que hablamos,
nuestras cuerdas vocales se ponen en funcionamiento como si fuesen la lengüeta
de un instrumento de viento. Estas «cuerdas» se parecen a una membrana tensa
más que a fibra alargada, pero su vibración es periódica y podemos controlar la
frecuencia tensándolas más o menos. Para producir las distintas vocales, por
otra parte, es necesario cambiar la forma de nuestro tracto vocal, es decir, el
hueco existente desde nuestro cuello hasta la boca y la cara incluida, que
actúa como una caja de resonancia; como el cuerpo de un violín, solo que más
flexible.
Las
figuras tridimensionales, como las cajas de los instrumentos o nuestra propia
garganta, también tienen sus propios modos normales. Son formas y frecuencias
en las que les resulta más cómodo moverse, similares a las de las cuerdas y las
membranas. Estas frecuencias dependen de la forma de la caja: en general,
cuanto mayor es el hueco, mayor será la longitud de onda que quepa dentro y más
grave será el sonido. De esta manera, cuando un tono atraviesa nuestra
garganta, algunos de los armónicos del sonido se ven reforzados y otros
atenuados. Aunque el tracto vocal no emite sonido en sí mismo, actúa como un
filtro, un molde que da forma a la onda de sonido. Por eso también se habla a
menudo de los «formantes» de los sonidos del habla. Y por esto, también, la
réplica tridimensional de la garganta de Nesiamón nos puede ayudar a descubrir
cómo sonaba la voz de la momia.
Igual
parece una perogrullada, pero los formantes son el motivo por el que movemos la
boca al hablar. Si los sonidos de las distintas letras se generasen en las
mismas cuerdas vocales, la ventriloquía no tendría ningún mérito. Para
hacer a o u, sería nuestro cuello el que cambiaría
la vibración. En cambio, para hablar necesitamos cambiar la postura de nuestra
lengua, labios, dientes y demás, porque de esta manera modificamos la forma de
la caja donde resuena nuestra voz y solo así conseguimos que algunos de sus
armónicos suenen más que otros. Es parecido a cambiar un sonido con un
ecualizador o ajustar el brillo y el contraste de una fotografía. Tenemos una
serie de frecuencias primarias —los armónicos que generan las cuerdas vocales—,
y nuestro tracto vocal se encarga de decidir en qué proporción deben sonar para
producir las distintas letras.
Así, hace
tres mil años, la garganta de Nesiamón, su cara y su boca sirvieron para
potenciar algunos de sus tonos y atenuar otros, le otorgaron ese timbre
característico y único que los científicos de la actualidad intentan
reconstruir. Hoy su momia ya no puede mover la boca que, para colmo, se le
quedó abierta, con la lengua medio fuera. Todo lo que nos puede decir en estas
condiciones es «eeeeh» —prueba a imitar su postura, a ver qué dices tú—. Pero
incluso para obtener el timbre de una simple letra es necesario entender que la
materia prima de una voz son los armónicos, números, los mismos que emiten las
cuerdas de una guitarra y las cuerdas vocales de todos los seres humanos.
§. Voces
de laboratorio y perros que hablan
El descubrimiento de que todo sonido está compuesto por frecuencias más simples
y elementales llevó por primera vez a los científicos a crear una voz de
laboratorio. Nesiamón no fue el primer ser inanimado al que intentamos hacer
hablar.
En 1778,
la Academia de Ciencias de Rusia lanzó un concurso dirigido a la comunidad
científica. Su objetivo era entender la mecánica de las vocales humanas. Aunque
pronunciar una vocal pueda parecer cosa fácil, en aquella época no estaba nada
claro qué es lo que hace estos sonidos «especiales», en qué se distinguen del
canto de un pájaro o del de un violín. Dos años más tarde, el profesor
Christian Kratzenstein dio con la respuesta y fue anunciado como ganador. No
solo había logrado explicar por primera vez las diferencias acústicas entre los
sonidos A E I O U, sino que, además, fabricó una máquina capaz de producirlos
artificialmente.
Kratzenstein
era otro de esos tipos multitalentosos que abundaban en la época de la
Ilustración. Médico, físico e ingeniero, se inspiró en el tracto vocal humano y
en las ideas de Leonhard Euler sobre la física del sonido para construir su
propio instrumento parlante. En él, una serie de tubos vibraban al ser
accionados por el viento. Después, su sonido era filtrado por cajas de
distintas formas que actuaban como resonadores acústicos. El sistema era
similar al que ya existía en algunos tubos de órganos de la época, pero con dos
diferencias importantes: en primer lugar, el sonido de la máquina de
Kratzenstein era producido por lengüetas libres vibrantes, similares a las de
una armónica contemporánea —un sistema bastante innovador en aquella época—.
Por otro lado, la forma de las cajas era bastante peculiar, caprichosa incluso.
Cada una había sido cuidadosamente tallada para producir un sonido diferente. Y
aquí es donde residía la magia. Aquellos resonadores servían para modificar la
composición del sonido producido por la lengüeta, de manera que igualase el
espectro de una vocal —su receta de frecuencias— de manera lo bastante
inteligible.
Aunque el
invento de Kratzenstein estaba limitado a solo cinco sonidos, su diseño nos
ayudó a comprender mejor nuestro propio lenguaje. Como explicábamos antes, las
cuerdas vocales producen un sonido que luego es filtrado por el tracto vocal.
Es la forma de la boca, el «resonador», lo que distingue una a de
una o. Poco después de su descubrimiento, otro inventor de origen
húngaro presentó en Viena su propia máquina parlante acústico-mecánica, capaz
de pronunciar diferentes letras aisladas, tanto vocales como consonantes, y
también de articularlas en sílabas y palabras. Era el invento de Wolfgang von
Kempelen, que había estado trabajando en este proyecto durante varias décadas
—desde antes incluso de que Kratzenstein presentase sus cajas de vocales—. Su
creación le había llevado a estudiar en gran detalle la fisiología humana y
todo lo relacionado con la producción del habla[63]:
Para
avanzar en mi propósito era necesario, ante todo, que tuviese un perfecto
conocimiento de aquello que quería imitar. Tuve que hacer un estudio
sistemático del habla y consultar constantemente el modelo natural mientras
hacía mis experimentos. De este modo, mi máquina parlante y mi teoría sobre el
habla avanzaban siempre en paralelo, ya que uno servía de guía para el otro.
Tras
varios intentos fallidos, el diseño de Kempelen terminó siendo una réplica
inquietantemente fiel de la anatomía humana. Contaba con un fuelle a modo de
pulmones, una lengüeta vibrante en el lugar de las cuerdas vocales y una boca
simulada hecha de caucho natural que Kempelen manipulaba con sus manos. Entre
el fuelle y la salida del aire, había un tubo de piel a modo de garganta,
conectado a una cavidad con dos orificios, como la nariz, que permitían
articular las consonantes nasales —como la m y la n—.
La máquina contaba asimismo con diversas palancas, tubos y varillas, destinados
a pronunciar las demás consonantes. Una de las versiones del diseño incluía
también una caja de madera, con dos membranas regulables a modo de labios y una
pieza articulada de madera controlada mediante cuerdas, la lengua. Finalmente,
Kempelen descartó esta complejidad añadida porque se dio cuenta de que sus
oyentes estaban dispuestos a aceptar muchos de los errores de pronunciación de
su máquina siempre que por contexto pudiesen deducir lo que decía.
Más allá
de lo fascinante que debió de ser ver a un cacharro con fuelles y palancas
hablar por primera vez en la historia, es posible que la tolerancia de los
oyentes con la mala pronunciación del invento tuviese una explicación mucho más
humana. Debido a la frecuencia aguda de su lengüeta, la máquina parlante de
Kempelen tenía voz de niño. Gracias a los mecanismos que la animaban, una de
las primeras palabras que aprendió a pronunciar fue «mamá».
En 1791,
Kempelen publicó un libro[64] en
el que recopilaba veinte años de investigación sobre los «mecanismos» del habla
humana, junto con una descripción de su máquina parlante. Sus estudios llevaron
a la conclusión de que el centro del habla es el tracto vocal; esto es, la boca
y no la laringe. Aunque hoy pueda parecer algo obvio, hasta entonces se pensaba
que las mismas cuerdas vocales eran las responsables de producir los sonidos de
un idioma. Pero en realidad, como hemos explicado, casi todos los timbres de
nuestro idioma se deben a las resonancias de nuestra boca y a los ruidos que
hacemos con la lengua, garganta, dientes y labios. Las cuerdas vocales, con su
tensión variable, son las responsables de la entonación, esos giros sutiles,
hacia el agudo o hacia el grave, que hacemos a veces cuando hablamos, como la
melodía ascendente con la que marcamos el final de una pregunta.
Gracias a
todas sus palancas y engranajes, la máquina de Kempelen podía producir timbres
diferentes, similares a los que emitimos con nuestra boca. Sin embargo, es
probable que su voz sonase demasiado homogénea, plana. Como la de un niño, sí…
pero un niño robótico, una especie de Pinocho apático. Al tener una única
lengüeta, capaz de producir un único tono, la máquina parlante no podía cambiar
su entonación. Es esa entonación, las diferentes notas que emiten nuestras
cuerdas vocales, lo que nos permite expresar nuestras emociones al
comunicarnos. Son melodías sutiles que nos hacen sonar más humanos.
Una de
las pruebas de que la producción del habla no se encuentra en la laringe es
que, de hecho, somos capaces de hablar susurrando. Cuando hacemos esto
«apagamos» nuestras cuerdas vocales y emitimos únicamente aire ruidoso, sin un
tono bien definido. Ese ruido es filtrado luego por el tracto vocal y el filtro
es suficiente para que reconozcamos las distintas letras. Lo que no podemos
hacer susurrando, en cambio, es cantar —intenta entonar Cumpleaños
feliz, ya verás—. Para producir las distintas notas de una melodía es
imprescindible la acción de las cuerdas vocales.
Todos los
idiomas del mundo tienen algún tipo de entonación, alguna melodía que marca la
estructura de las frases y su intención. Es en parte lo que distingue a un
gallego o a uno de Vitoria hablando castellano, por ejemplo. Pero en cierto
tipo de lenguas, conocidas como lenguas tonales, el tono de la voz se utiliza
además para cambiar el significado de las palabras, de manera que las mismas
letras pueden referirse a cosas distintas si se dicen con la voz más grave o
más aguda. Esto hace que susurrar en estas lenguas se vuelva especialmente
complicado.
Existen
culturas, de hecho, donde la gente simplemente no susurra. Es el caso de los
pirahãs, una tribu de Brasil en la selva del Amazonas. El lingüista Daniel
Everett convivió con ellos durante veinte años para poder aprender su idioma.
Descubrió que es uno de los más sencillos del mundo desde un punto de vista
fonológico. Apenas utilizan tres vocales —i, a, o— y ocho consonantes —p,
t, k, s, h, b, g, y una oclusiva glotal, x—. Esta aparente
falta de variedad tímbrica se compensa en cambio con una fuerte dependencia de
la entonación a la hora de distinguir las palabras. Para los pirahãs una misma
serie de letras puede significar cosas distintas dependiendo de si se
pronuncian sobre una nota más grave o más aguda. Por eso no pueden susurrar
porque, al perder la melodía, su idioma se vuelve sencillamente incomprensible.
Cuando quieren hablar de manera íntima o secreta, tienden a tararear
discretamente una especie de murmullo melódico pronunciado con la boca cerrada,
que les basta para entenderse a cortas distancias.
Otra
lengua típicamente tonal es el chino. Los chinos sí susurran, por si alguna vez
te lo habías preguntado. Hay bastantes científicos y lingüistas que sí lo han
hecho y, al indagar sobre el asunto, han descubierto que susurrar en chino no
es precisamente trivial. Para compensar la falta de tono de las palabras al
susurrar, los hablantes deben exagerar los ritmos de la pronunciación. De
manera inconsciente, refuerzan los cambios de intensidad y de velocidad que
todos hacemos, sin darnos cuenta, al apoyar nuestra voz en las sucesivas
sílabas de una frase[65][66]. No es
tan fácil entenderse así cuando tu lengua es tonal. Por eso resulta
especialmente poético que el famoso juego del teléfono escacharrado se conozca
en inglés como chinese whispers, susurros chinos. En este juego, un
montón personas se colocan en fila y se pasan un mensaje susurrando de oído a
oído. Solo desvelan la frase original al llegar al final de la fila,
normalmente para comprobar que su significado se ha perdido por completo.
Kempelen
fue el creador de la primera máquina parlante de la historia, capaz de hacerse
entender en un idioma no tonal, eso sí. Hoy, sin embargo, es principalmente
recordado por otro de sus inventos, mucho más popular en su día. Se trata del
Turco, un supuesto autómata capaz de jugar al ajedrez. Durante más de ochenta
años recorrió toda Europa y Estados Unidos venciendo a casi todas sus
oponentes, entre los que se incluyeron personajes como Benjamin Franklin y
Napoleón. La máquina constaba de un maniquí vestido con túnica y turbante, y
una caja de madera con un complicado mecanismo de relojería. Y, evidentemente,
el Turco tenía truco. Aunque quedó destruido en un incendio de 1854, hoy
sabemos que el secreto de su éxito consistía en ocultar hábilmente a un maestro
de ajedrez de carne y hueso en su interior. Quizás por eso, Kempelen despreció
en vida la popularidad de este invento, refiriéndose a él como una mera
«bagatela». Tras su muerte, otro científico inglés llamado Charles Wheatstone
retomó el que había sido su verdadero proyecto vital, la idea a la que Kempelen
había dedicado más esfuerzos: su máquina parlante. El resultado de este
esfuerzo conjunto inspiraría al mismísimo inventor que patentó el teléfono.
Cuando
Alexander Graham Bell tenía dieciséis años, su padre lo llevó a ver un curioso
autómata capaz de imitar la voz humana. Bell se quedó fascinado por aquel
hombre mecánico y, probablemente, así se inició su interés por el sonido. Hubo
otros factores que marcaron también el camino. La progresiva sordera de su
madre fue, sin duda, uno de ellos. Bell dedicaría gran parte de su vida a
ayudar a las personas con problemas auditivos y a investigar maneras de
enseñarles a pronunciar los sonidos del lenguaje. Pero el propio Alexander lo
atribuía a algo más: «tiendo a pensar que mi temprana pasión por la música tuvo
mucho que ver en mi preparación para el estudio científico del sonido[67]»,
escribiría décadas más tarde en su autobiografía.
Alexander
era el pianista de la familia y tenía un excelente oído. A menudo tocaba
canciones para su madre mientras ella apoyaba una trompetilla en la tabla de
resonancia del instrumento. Además, desde niño había tenido una curiosidad
creativa y traviesa, que le animaba a explorar todo lo que tenía a su alcance,
ya fueran los sonidos de su piano u otro tipo de inventos. Después de que su
padre les llevara a ver al autómata creado por Wheatstone, él y su hermano
decidieron construir su propia máquina parlante, basándose en los
descubrimientos de Kempelen. Con el apoyo de su familia, consiguieron construir
una cabeza capaz de pronunciar algunas palabras, para gran sorpresa de los
vecinos que fueron a validar el invento.
Tras
aquel primer éxito, Alexander se propuso un reto todavía más difícil: enseñar a
su perro Trouve a hablar. Primero le entrenó para que pudiese producir un solo
tono sostenido en el tiempo, en lugar de ladridos. Después, llegó la parte
cuestionable del experimento: Bell colocaba al perro entre sus piernas y,
mientras este aullaba, él se dedicaba a apretar la garganta y el hocico del
pobre bicho, intentando producir sonidos parecidos a los del habla humana.
Gracias a su experiencia previa con la máquina parlante, sabía exactamente cómo
colocar la boca del terrier de manera que sonase «ma, ma, ma». Con el tiempo —y
bastantes galletitas de premio—, Trouve fue añadiendo nuevas sílabas a su
vocabulario. Al final, era capaz de pronunciar algo parecido a «ow ah oo, ga,
ma-ma», que con buena voluntad y un poquito de sugestión, se podía interpretar
como How are you, grandmama? —¿cómo estás, abuela?—. El terrier,
sin embargo, nunca fue capaz de emitir estos sonidos por sí mismo. «Hice muchos
intentos, sin éxito, para que produjese estos efectos sin manipulación[68]». Pero
Trouve siempre necesitó a Bell para que moldease las palabras en su hocico. Lo
cual no evitó, por supuesto, que pronto corriese la voz sobre el increíble caso
del perro que hablaba.
El
siguiente paso para Bell consistió en generar una voz desde cero. Sin
referencias anatómicas, sin lengüetas, sin fuelles ni gargantas de cuero. Una
voz cien por cien sintética, generada a partir de sus componentes básicos, las
frecuencias puras que emiten diapasones. Y lo consiguió. A fin de cuentas, la
voz y los diapasones están hechos de la misma materia prima. Su sonido son solo
ondas sinusoidales, las más sencillas posibles, que se transmiten y se suman en
el aire en distintas proporciones. Teniendo estos ingredientes básicos, para
construir una voz solo hay que ir mezclando frecuencias hasta dar con la receta
exacta.
En 1866,
cuando tenía diecinueve años, Bell recopiló todo su trabajo y se lo envió al
fisiólogo Alexander Ellis. Sorprendido por el talento y la inquietud creativa
de aquel joven, Ellis le respondió de inmediato diciendo… que todo eso ya
estaba inventado. Lo había publicado tres años antes, ni más ni menos, Hermann
Ludwig Ferdinand von Helmholtz en su célebre libro Sobre las
sensaciones del tono. En su detallado estudio del sonido, tras explicar las
diferencias entre tonos y ruidos, el físico alemán pasa a analizar su uso en el
lenguaje. Pero Helmholtz no se había contentado con una explicación teórica.
Para entender las diferencias entre las distintas vocales, había logrado
sintetizarlas a partir de las frecuencias emitidas por simples diapasones, que
hacía sonar mediante electricidad.
Desanimado
al descubrir que alguien se le había adelantado, Bell se sumergió en la lectura
del libro de Helmholtz, porque hay actitudes inteligentes hasta para afrontar
un pequeño fracaso. Gracias a una mala traducción del francés, Bell dedujo un
hecho que marcaría el resto de su carrera. «Sin saber mucho del tema, me
pareció que, si los sonidos de las vocales podían ser producidos mediante
electricidad, las consonantes también, de modo que era posible articular el
habla». Bell pensó que Helmholtz había hecho precisamente esto, producir el
sonido de las distintas letras a partir de corrientes eléctricas. En realidad,
Helmholtz nunca había dado tal salto. Si bien sus diapasones se accionaban
mediante electricidad, su vibración seguía siendo puramente mecánica. No
obstante, el feliz malentendido impulsaría a Bell en sus pesquisas: «Si hubiese
entendido alemán en aquella época, quizás nunca hubiese comenzado con mis
experimentos[69]».
La idea
de convertir las frecuencias sonoras en una corriente eléctrica fue la base del
funcionamiento del teléfono y, más tarde, de nuestros móviles, esos cacharros
que orbitan día a día a menos de medio metro de nuestra mano. También fue el
origen de las guitarras eléctricas, de los sintetizadores, de todos esos
sonidos que continuamente nos tocan desde distancias cada vez más remotas. Para
que todo esto fuese posible, primero fue necesario aprender a descomponer los
sonidos en sus piezas más básicas, entender que nuestra voz también está
formada por números, descubrir que en el fondo todos somos matemáticos de oído.
Capítulo
3
La belleza de los pequeños números
Lo que es
bello es armonioso y bien proporcionado, lo que es armonioso y bien
proporcionado es verdadero; y lo que es a la vez bello y verdadero es
naturalmente agradable y bueno.
León
Tolstói atribuye la cita al filósofo Shaftesbury en ¿Qué es el arte?
§.
Armonía visual
Muy cerca de la principal estación de trenes de Florencia se encuentra la plaza
de Santa Maria Novella, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad.
Presidida por la basílica que le da su nombre, aún recuerda en su trazado las
carreras de carros y carrozas que ayudaron a darle forma durante el
Renacimiento. Hoy, gracias a la amplitud de sus terrazas y sus jardines, se ha
convertido en un lugar de encuentro para los florentinos y para turistas de
todas las nacionalidades.
La
basílica, a su vez, está considerada uno de los monumentos más bellos de la
ciudad. Fue edificada sobre una pequeña iglesia del siglo IX, asignada a los
monjes dominicos alrededor del año 1200. En 1279 decidieron ampliarla, pero su
fachada no se completó hasta dos siglos más tarde. Es, sin duda, el elemento
más característico del edificio y fue diseñada por Leon Battista Alberti, uno
de los principales arquitectos —entre otras muchas cosas— del periodo
renacentista. Austera y geométrica como un mosaico de op art, se vale del
contraste entre dos tipos de mármol, verde oscuro y blanco, típicos de la
arquitectura florentina, para atrapar al ojo en su riguroso dibujo. Y quizás
sea esto lo más llamativo del edificio. Santa Maria Novella se presenta ante el
espectador como una enorme cuadrícula, un mundo plano perfectamente ordenado,
sin una sola mancha de pintura ni una curva que no se pueda justificar. A
excepción de las dos volutas —como dos orejas— que flanquean su cabecera, nada
de su rica ornamentación parece escapar a la tiranía de la escuadra y el
cartabón. Ni a la de los números.
No es
fácil medirlo a ojo, pero la fachada de Santa Maria Novella se inscribe dentro
de un cuadrado perfecto de proporciones 1:1. El cuadrado está dividido por la
mitad y da lugar a dos pisos rectangulares exactamente iguales de proporciones
2:1. El piso superior destaca por su módulo central que se inscribe, a su vez,
en un cuadrado 1:1. Está coronado por un frontón triangular que secciona una
vez más el espacio, creando dos regiones desiguales. Si uno intenta localizar
la línea que las separa descubre que se relacionan, concretamente, mediante una
proporción de 3:2. Esa misma proporción define también las dimensiones del
portón principal de la iglesia, de forma rectangular. Las volutas de los
laterales, por su parte, constituyen probablemente el elemento más caprichoso y
llamativo de la fachada. Nacen justo a mitad del edificio y llegan hasta los
3:4 de su altura.
Dicho de
otra manera: si Pitágoras hubiese visto esta fachada, habría lamido las paredes
como poco.
La
aparición de unos números tan «armónicos» no es en absoluto casual. Alberti
fue, ante todo, un artista teórico. Durante toda su vida, intentó destilar la
fórmula racional de la belleza a través de numerosos tratados sobre
arquitectura, pintura, geometría, escultura, óptica y matemáticas. Como buen
artista del Renacimiento, a menudo se inspiró en las ideas de los clásicos y,
en concreto, en los textos de un célebre arquitecto romano llamado Marco
Vitruvio Polión.
En último
término, Vitruvio fue el responsable de contagiar las ideas estéticas
pitagóricas a la Europa moderna. En el siglo I a. C., publicó una revisión de
la arquitectura de su época que 1500 años después se convertiría en un
referente del arte clásico para todos los creadores del Renacimiento. De
architectura, como se titula, está dividido en diez tomos —una cifra muy
pitagórica— y recomienda a sus lectores utilizar circunferencias y cuadrados, o
proporciones sencillas en cualquier caso, para diseñar los espacios de los
edificios. En concreto, defendía que los artistas debían utilizar como
referencia los mismos números pitagóricos que daban lugar a la armonía también
en el ámbito de la música. Para Vitruvio, este tipo de conocimiento era
imprescindible en el desempeño profesional de los arquitectos y de cualquier
ingeniero, que «no sería capaz de construir motores hidráulicos ni de otro tipo
si ignorara la música[70]».
Así, a
pesar de los siglos que los separan, tanto Vitruvio como Alberti y otros
artistas renacentistas acabaron confiando en el poder de los pequeños números
pitagóricos como principio de ordenación estético. La clave de la belleza,
según creían, residía en sus proporciones. Y no valía con cualquier proporción:
lo que perseguían era esa armonía de origen musical que resulta tan evidente
para nuestro oído.
Pocas
imágenes evocan esta búsqueda de la proporción de manera tan icónica como El
hombre de Vitruvio. Se trata de una de las ilustraciones más populares de
Leonardo da Vinci, inspirada en las enseñanzas estéticas y numéricas del
antiguo arquitecto romano. Vitruvio había argumentado que «el cuerpo humano
está diseñado por la naturaleza» de acuerdo con proporciones exactas:
La cara,
desde el mentón hasta la parte superior de la frente y las raíces más bajas del
cabello, es una décima parte de la altura total; la mano abierta desde la
muñeca hasta la punta del dedo medio es igual; la cabeza desde el mentón hasta
la coronilla es un octavo, y con el cuello y el hombro desde la parte superior
del pecho hasta las raíces inferiores del cabello es un sexto; desde la mitad
del pecho hasta la cima de la corona hay un cuarto…
Da Vinci
solo perfeccionó estos principios estéticos gracias a su habilidad para el
dibujo y sus conocimientos sobre anatomía moderna. Su ilustración se convirtió
en un verdadero icono de la belleza y la perfección renacentistas. Pero quizás
lo más bonito de esta imagen es saber que, detrás de sus cuidadas líneas se
encuentran las mismas teorías numéricas y musicales que utilizaban los griegos
para afinar sus liras, y que ayudaron a ordenar la fachada de Santa Maria
Novella.
Alberti,
por su parte, fue el paradigma de eso que hoy llamamos «un pensador del
Renacimiento». Polivalente, curioso y humanista, es otro de esos personajes
difíciles de catalogar: arquitecto, matemático, pintor, escultor, teórico del
arte, filósofo, lingüista, poeta, dramaturgo y organista, entre otras cosas. De
entre toda esta colección de saberes, su legado arquitectónico es el que más ha
trascendido, no solo por los muchos edificios que aún susurran su nombre por
toda Italia —incluida la numérica fachada de Santa Maria Novella—. Además, su
tratado De re aedificatoria fue leído y estudiado por todos
los artistas del Renacimiento. En el noveno de sus diez tomos, Alberti escribe[71]:
Cada día
estoy más y más convencido de la verdad del dicho de Pitágoras […]. De donde
concluyo que los números que provocan la concordancia de sonidos y deleitan a
nuestros oídos son los mismos que complacen a nuestros ojos y a nuestra mente.
Por tanto, debemos tomar prestadas nuestras reglas para definir proporciones de
los músicos, que son los mayores maestros en este tipo de números, y de
aquellos ámbitos donde la naturaleza se muestra más excelente y completa.
Estas
ideas inspiraron a muchos de los contemporáneos y sucesores de Alberti. Entre
ellos, Andrea Palladio terminó por convertirse en el arquitecto más influyente,
probablemente, de todos los tiempos. Su estilo, más tarde conocido como
palladianismo, cubrió toda Inglaterra y el norte de Europa con edificios
neoclásicos hermosamente proporcionados. También viajó hasta Estados Unidos,
donde tuvo en Thomas Jefferson a uno de sus mejores discípulos —no todo el
mundo sabe que Jefferson, además de presidente y modelo para la estampación de
billetes, fue filósofo y arquitecto—. Hoy, la mismísima Casa Blanca está
adornada con ventanas alargadas de inspiración palladiana y reminiscencias
pitagóricas.
En
Europa, la misma estética de origen musical tuvo su propio eco en el ámbito
científico. En el siglo XV, el astrónomo Tycho Brahe se inspiró en las ideas de
Vitruvio para construir el mayor observatorio de su tiempo. Uraniborg, como se
llamó el edificio, fue diseñado de modo que cada habitación, cada altura y cada
torre guardaran una proporción numérica sencilla con el resto del conjunto[72]. Tycho
estaba convencido de que este tipo de armonía haría del observatorio y sus
jardines un lugar apacible para la vista y para el alma, capaz de inspirar a
cualquier persona sensible para realizar un trabajo inteligente y profundo.
Recuperaba, de este modo, uno de los sueños de los pensadores griegos: la idea
de que un cosmos ordenado debía resonar con el alma humana, el anhelo de una
belleza que se manifiesta a través de las matemáticas.
§. El
falso mito del número áureo
Aunque se suele asociar la belleza clásica y su obsesión con las proporciones
al famosísimo número áureo, los números bonitos de los griegos eran muchísimo
más sencillos: 1, 2, 3, 4… números pequeños y racionales procedentes de las
consonancias de una cuerda musical. El número áureo, en comparación, resulta
mucho más farragoso, es un número con infinitos decimales que rehúyen cualquier
tipo de repetición: 1,618 033 988 749 894…
Su valor
exacto se puede calcular sumando uno a la raíz cuadrada de cinco y dividiendo
el resultado entre dos[73], o
también geométricamente, comparando la diagonal de un pentágono con uno de sus
lados.
Los
filósofos griegos conocían esta proporción, así como muchas de sus interesantes
propiedades, al menos desde la época de Euclides —siglo III a. C.—. Pero, fuera
del mundo de las matemáticas, su popularidad no se impuso en Europa hasta la
era moderna. En el siglo XVI, Luca Pacioli escribió un libro titulado La
divina proporción (1509), que contribuyó enormemente a su fama. En él,
comparaba las propiedades de este número con las del mismísimo Dios. Entre
otras cosas, afirmaba que[74]:
Así como
no es posible definir a Dios con precisión, ni entenderlo con palabras, esta
nuestra proporción no puede determinarse jamás con un número inteligible ni
expresarse con cantidad racional alguna sino que su valor siempre es oculto y
secreto, y los matemáticos lo llaman irracional.
Leonardo
da Vinci, 1509, en Divina proportione de Pacioli. Archive.org.
Como
veremos más adelante, el concepto de «número» que manejaba Pacioli todavía no
abarcaba las cantidades irracionales. No es que no las conociese, sino que no
las consideraba «números» propiamente dichos, y por eso su valor le parece
imposible de expresar.
No
obstante, la admiración que sentía el matemático por esta proporción resulta
evidente. Pacioli alaba su sencillez, su autosemejanza y su utilidad a la hora
de construir figuras geométricas como el icosaedro o el dodecaedro. Para
ilustrar estos poliedros, el matemático contó con la colaboración de Leonardo
da Vinci, y probablemente por eso, su libro ayudó a asociar el número áureo con
el mundo de las artes plásticas. Sin embargo, se trata de un malentendido. Al
contrario de lo que se suele afirmar, Pacioli nunca dijo que su admirada
proporción tuviese un papel especialmente relevante en las obras de arte[75]. Más
bien al contrario[76]: en la
segunda parte de su libro, donde aborda cuestiones sobre diseño y arquitectura,
el matemático toma como modelo el sistema de Vitruvio, basado en la belleza de
las proporciones consonantes y los números pequeños. De manera específica,
recomienda a los arquitectos utilizar fracciones racionales siempre que sea
posible[77]:
Si no
podéis hacer todo con la forma del cuadrado o el círculo, tomaréis de ellos
siempre alguna parte —o partes— conocida, como la mitad, un tercio, tres
cuartos, dos tercios, etc. […], proporcionándolos siempre que podáis, en partes
que puedan expresarse con un número.
Gracias
al tratado de Pacioli y las ilustraciones de Da Vinci, la popularidad del
número áureo no paró de crecer. Su mote metálico aparece por primera vez en los
documentos históricos en la primera mitad del siglo XIX. Un siglo más tarde, el
matemático Mark Barr empezó a usar la letra griega φ (fi), en
honor a Fidias, para representarlo —sin que el escultor del Partenón pudiese
hacer nada para confirmar ni desmentir semejante asociación—. Fue a partir de
ese momento, y retrospectivamente, cuando los fieles forofos de fiempezaron a
buscar sus huellas en toda la historia del arte[78].
Fascinados por el relato y creyendo imitar a sus antecesores, los artistas
contemporáneos, como Dalí y Le Corbusier, se convirtieron probablemente en los
primeros en utilizar esta proporción de manera intencional en sus creaciones
—que tengamos constancia, al menos—.
Lo malo
de enamorarse demasiado de un número es que si alguien lo busca con suficiente
ahínco, corre el peligro de encontrarlo en todas partes. No es algo exclusivo
del número áureo. En la película El número 23, Jim Carrey se vuelve
loco por culpa de las constantes apariciones de esta cifra en concreto. Para
los supersticiosos pueden ser el 13 o, peor, el 666, los que se manifiestan en
sitios insospechados, como una canción maligna reproducida al revés o una marca
de nacimiento sospechosa. Yo prefiero la versión irónica de Douglas Adams que,
en La guía del autoestopista galáctico, aclara que «el sentido de
la vida, el universo y todo lo demás» es 42. Da un poco igual cuál sea tu cifra
mágica preferida. El caso es que para encontrar coincidencias numéricas en
estatuas, cuadros, construcciones o partituras, basta con trazar líneas lo
bastante gruesas, inventarse puntos arbitrarios desde donde medir o encadenar
suficientes operaciones algebraicas.
En muchos
sitios de Internet donde se relaciona el número áureo con distintas creaciones
artísticas de la Antigüedad y el Renacimiento, es fácil detectar este tipo de
trampas: imágenes distorsionadas por la perspectiva, líneas de referencia
caprichosas o aproximaciones de φ que hacen difícil justificar
su uso. Es común, por ejemplo, encontrar fotografías del Partenón con una
espiral áurea superpuesta. Pero si uno afina la mirada, enseguida se da cuenta
de que la altura del templo se ha empezado a medir desde el segundo escalón de
la plataforma sobre la que se apoya —¿por qué el segundo, por qué no desde la
base, o descartando completamente la escalinata?—, que a veces la espiral no
llega hasta arriba del frontón o se pasa de largo ligeramente, que su cara interna
no coincide con nada…
Otros
buscadores de oro numérico prefieren utilizar las dimensiones medidas del
Partenón para torturar a los números directamente y obtener con ellos el valor
de φ «aproximadamente». En esos casos, se suelen tomar como
referencia las medidas publicadas por Francis Cranmer Penrose en 1888[79]. El
principal problema de esta aproximación es que cualquier número se parece a
cualquier otro dentro de un «aproximadamente» lo bastante generoso. Yo gano
«aproximadamente» lo mismo que Messi… si nos comparan con Jeff Bezos, por
ejemplo —y oye, el que no se consuela es porque no quiere—. Así, algunos textos
afirman que los 30,89 metros de ancho y 18,02 de altura del templo griego —una
proporción de 1,71— se parecen aproximadamente a un rectángulo proporcionado
por φ (1,618…), pero no explican por qué descartan otras
proporciones posibles, como 1,75 (1 + 3:4) o 1,67 (1 + 2:3), por ejemplo, que
se acercan todavía más a la división exacta, ni tampoco indican los errores de
las medidas de Penrose, lo cual hace imposible validar la afirmación[80].
Mario
Livio analiza brillantemente esta cuestión en su libro sobre La
proporción áurea[81]:
El juego
de tratar de encontrar la proporción áurea en las dimensiones de los objetos es
engañoso […]. Cada vez que alguien mide las dimensiones de alguna estructura
relativamente compleja […], tiene a su disposición una colección completa de
longitudes donde elegir. Siempre que pueda ignorar convenientemente algunas
partes del objeto en consideración, si tiene paciencia para hacer malabares y
manipular los números de varias maneras, seguramente encontrará algunas
proporciones que sean interesantes.
Por ese
motivo, para afirmar que cierta imagen o edificio se inspira en una determinada
proporción numérica, no debería bastarnos con una mera coincidencia
«aproximada». Necesitamos algún indicio documental, algún texto escrito que nos
ayude a descubrir lo que sus creadores tenían realmente en mente. Si no,
corremos el riesgo de encontrar los números que ya estábamos buscando.
Aunque
algunos investigadores del siglo XX han intentado rastrear la presencia del
número áureo en distintas obras de la Antigüedad de forma un poco más seria, la
evidencia histórica actual no parece respaldar estas hipótesis[82]. En
concreto[83], no hay
ninguna prueba documental de que los arquitectos del Partenón se inspiraran en
dicha proporción para trazar sus planos. Tampoco los arquitectos egipcios, ni
los romanos, ni los renacentistas. Ni siquiera El hombre de Vitruvio de
Da Vinci, que tantas veces se ha asociado a las «proporciones perfectas»,
guarda rastro de esta cantidad, por muchas espirales que Internet le pinte
encima. La altura del dibujo de Da Vinci guarda una proporción respecto al
ombligo de 1,65 que se parece a φ como un huevo a una castaña
—o como mi sueldo al de Messi, ya puestos—. Pero nuevamente, el principal
problema es que, en el texto que acompaña a esta ilustración, Leonardo no hace
ni una sola mención a este ratio, ni dice nada que sugiera que podría haberse
inspirado en él. Todo lo contrario, El hombre de Vitruvio es
un homenaje a las teorías estéticas de Marco Vitruvio —tampoco se rompieron la
cabeza con el título—. Y como ya hemos comentado, el arquitecto romano abogaba
por el uso de proporciones sencillas, basadas en los pequeños números enteros
de la armonía musical que había descubierto Pitágoras.
Todo esto
no significa que φ no sea un número precioso en muchos
sentidos. Sus propiedades geométricas resultan fascinantes para cualquier
aficionado a las matemáticas y explican, además, por qué esta proporción se
repite en tantos patrones de la naturaleza, como las conchas de ciertos
moluscos o el crecimiento espiral de las semillas y las hojas de algunas
plantas. Existen varios libros que desarrollan este tema y no es mi intención
repetir sus argumentos aquí[84]. Sin
embargo, desde un punto de vista perceptivo, no hay pruebas de que el número
áureo dé lugar a creaciones más «bellas[85]»[86], ni
existen motivos para pensar que los griegos lo reverenciaban especialmente a
nivel estético o filosófico. Más bien al contrario: φ es un
número de tipo irracional y, como veremos más adelante, difícilmente habría
encajado en el concepto de «belleza» que manejaban los filósofos antiguos —ni
el de número, ya puestos—. En cambio, es más probable que el Partenón, al igual
que Santa Maria Novella y las ventanas de la Casa Blanca, esté basado en unas
proporciones mucho más armónicas, en el sentido pitagórico de la palabra.
Desde
hace algunas décadas, varios investigadores han apuntado que los ratios basados
en los números enteros 2 y 3 se repiten sistemáticamente en el plano y la
fachada del antiguo templo griego[87]. En los
años ochenta, el arqueólogo Ernst Berger determinó, mediante análisis por
ordenador, que la medida de 858 mm se repetía, más que ninguna otra, en muchas
de las dimensiones del Partenón como si fuese un factor común, la pieza básica
del Lego que articulaba todas las demás[88]. Más
tarde, la investigadora Anne Bulckens descubrió que este módulo era un múltiplo
del dáctilo[89], una
unidad de la época que podría haber servido para definir las medidas
principales del Partenón utilizando números enteros. Siguiendo este análisis,
Bulckens determinó que muchos de los elementos del edificio siguen la
proporción 9:4 —el cuadrado de 3:2; 9:4 = 3:2 × 3:2—. Aunque el arquitecto del
Partenón sigue sin estar aquí para preguntarle y, lamentablemente, no tenemos
fuentes documentales directas que nos aclaren cuál pudo ser su intención, estos
«números bonitos» cuadran mucho mejor con lo que sabemos de la filosofía y la
estética de los griegos. A fin de cuentas, estos son los números de la armonía,
procedentes de la misma tradición pitagórica en la que se inspiraron Marco
Vitruvio y, tras él, Leon Battista Alberti.
§. Los
números de la armonía
Pitágoras era aficionado a buscar números en todas partes y a otorgarles
significados estéticos y espirituales a lo loco. Solo que entre sus talismanes
no se encontraba φ. Él era más de coleccionar números enteros,
redondos y sencillos. En su universo espiritual, para empezar, el diez era un
número perfecto, divino, no solo porque fuese el número de dedos de nuestras
manos o la base del sistema de numeración griego, sino porque, además, el diez
era la suma de los cuatro primeros números naturales: 1 + 2 + 3 + 4 = 10.
Cuando
estos números se ordenaban en una pirámide, daban lugar a un triángulo
equilátero lleno de simbolismo para su religión. El tetraktys era
algo así como la «Santísima Cuatridad», representaba el orden numérico y
musical que Pitágoras atribuía a todo el universo. Cuando los seguidores de la
hermandad tomaban su juramento lo hacían en nombre de «aquel que transmitió a
nuestra alma el tetraktys». Su poder mágico aún puede rastrearse
entre las recetas de otros hechiceros contemporáneos, como los expertos en
tarot o los intérpretes de la cábala. Dos mil años más tarde, todo esto sigue
sin tener sentido, claro.
Además de
conformar el tetraktys, los cuatro primeros números estaban
cargados de múltiples significaciones místicas y matemáticas. En el plano
puramente simbólico, el 1 representaba la unidad, el principio del que surgen
todas las cosas. El 2, la díada, simbolizaba el comienzo de la multiplicidad y
de la contienda, pero también la posibilidad del logos —la palabra o la razón—
que permite establecer relaciones entre las cosas. Con el 3 llegaba la armonía
que media entre dos extremos, mientras que el 4 encapsulaba la naturaleza del
cosmos[90].
Para
Filolao, considerado por muchos como el sucesor de Pitágoras, estos números
representaban las posibles ordenaciones del espacio: el 1 era el punto; el 2,
la línea —definida por dos puntos—; la superficie era el 3 —los puntos que
definen un plano—, el 4 correspondía a un volumen —es el número mínimo de
puntos que pueden formar un sólido, como un tetraedro—. A través de las teorías
de Empédocles, las mismas cifras se asociaron a los cuatro elementos clásicos,
fuego, agua, tierra y aire. Y es posible seguir este rastro hasta llegar a la
tradición judeocristiana. Para Filón de Alejandría, el tetraktys pitagórico
estaba escondido en el libro del Génesis de la Biblia. Allí, Yaveh crea el Sol,
la Luna y las estrellas en el día número cuatro, precisamente el número que los
pitagóricos asociaban con el cosmos. ¿Casualidad? Muy probablemente, pero está
claro que Filón no lo creía así[91].
Con el
paso de los siglos, las cifras del tetraktys se relacionaron
con todo tipo de significados místicos, mágicos y religiosos. Pero entre toda
esta colección de asociaciones, los pequeños números tenían un vínculo mucho
más importante con la música. Para los pitagóricos, estos eran los números de
la armonía. Cuando, armados con su monocordio, medían cuerdas proporcionadas
por los números 2:1, 3:2, 4:3 y las hacían vibrar a la vez, lo que obtenían era
un tipo de sonoridades especialmente agradables al oído que, desde ese mismo
momento, se convirtieron en el centro de su religión y, de paso, en la piedra
fundacional de toda la teoría de la música occidental. Los números del tetraktys dieron
forma a la armonía desde sus orígenes hasta la Edad Moderna, llegando a limitar
incluso los sonidos que los compositores podían utilizar.
Todavía
hoy estas sonoridades tienen una función muy especial en nuestra música, son
las que se consideran más estables y consonantes. El sonido que resulta cuando
uno pulsa dos cuerdas proporcionadas por los números 2:1 —una cuerda de 20 cm y
otra de 10, por ejemplo— se conoce como octava. Si la proporción es de 3:2, el
resultado se llama quinta. La cuarta es la sonoridad de dos cuerdas cuyas
longitudes son proporcionales a 4:3. Estos nombres tienen su origen en la
escala musical: la octava abarca ocho notas de una escala —de do a do—, la
quinta abarca cinco notas —de do a sol—, y la cuarta, cuatro —de do a fa—. Pero
todo esto cobrará más sentido cuando hablemos de ellos en el séptimo capítulo.
De
momento, lo importante es entender que cada una de estas fracciones (2:1, 3:2,
4:3) define una sonoridad de forma unívoca, lo que en música se conoce como un
intervalo. Como, además, la frecuencia de una cuerda es inversamente
proporcional a su longitud, estas mismas proporciones son las que relacionan
las frecuencias de los sonidos que forman el intervalo[92]. Si
tenemos un tono de 1 kHz, por ejemplo, su octava se formará con otro tono de 2
kHz —proporción 2:1—, su quinta vendrá dada por un tono de 1,5 kHz (3:2), su
cuarta por 1,3 kHz (4:3), etcétera. Y lo mismo sucedería con un tono de 100 Hz,
de 400 Hz o de 798 Hz. Para encontrar cómo suena su octava, su quinta o su
cuarta, tendríamos que multiplicar esta frecuencia por una fracción.
Los
intervalos, como explicamos en el primer capítulo, son «distancias» sonoras que
nuestro oído es un experto en reconocer. La «distancia» entre un do y un re,
por ejemplo, es un intervalo. Es la misma distancia que existe entre un re y un
mi, o entre un sol y un la —técnicamente, un intervalo de tono, o 9:8,
aproximadamente—. La distancia entre las dos primeras notas de tu canción
preferida también viene dada por cierto intervalo, que estará definido por su
propia fracción. Da igual que suenen en un registro más grave o más agudo.
Podrías cantar tu canción preferida en otro tono, podrías oírla interpretada
por Tom Waits —más grave— o por Mariah Carey —más aguda—. Sus voces son muy
distintas, así que en rigor todas las frecuencias de la melodía de tu canción
habrían cambiado. Pero los intervalos que la forman, ese dibujo de notas que
suben y bajan en el aire, seguirían siendo los mismos. Es ese patrón el que tu
oído se empeña en reconocer y está formado por fracciones entre frecuencias
sucesivas.
Desde un
punto de vista físico, esto implica que las cuerdas proporcionales a una misma
fracción producen la misma sonoridad, o el mismo intervalo, para ser más
precisos. Da igual la longitud exacta, solo importa la proporción entre sus
tamaños. Dos cuerdas de 20 y 10 cm producirán el mismo intervalo que otras dos
de 60 y 30 cm, o de 130 y 65 cm. Aunque cada par de cuerdas suene más grave que
el anterior, la «distancia» que separa sus sonidos es la misma para tu oído,
porque 20:10 es igual que 60:30 o que 130:65. En todos los casos el resultado
es 2:1, una octava.
Nuestro
oído es un experto en identificar estos intervalos, como decíamos, es una
capacidad que conocemos como oído relativo y es única en el reino animal[93]. Para
nosotros, existe la misma distancia sonora entre dos tonos de 100 Hz y 200 Hz,
que entre 1000 Hz y 2000 Hz[94]. Aunque
la diferencia en hercios sea muy distinta en cada caso, la proporción entre las
frecuencias es la misma (2:1) y, por eso, tu oído relativo lo identifica como
el mismo intervalo. Casi todas las demás especies perciben la frecuencia
absoluta de los tonos principalmente. En cambio, los humanos recordamos mucho
más fácilmente las relaciones que hay entre ellos, las fracciones imaginarias
que forman en el aire. Tu oído sabe que 1316:987 es igual que 4:3 mucho antes
de que a ti te haya dado tiempo a sacar una calculadora. De alguna manera, es
como si tuviésemos una hoja de Excel en nuestras orejas, donde constantemente
apuntamos las divisiones que se forman con los sonidos que nos rodean.
En
concreto, las fracciones definidas por los números del tetraktys,
las octavas 2:1, las quintas 3:2 y las cuartas 4:3, se han considerado
especialmente consonantes desde tiempos de los griegos. Cuando los pitagóricos
hacían sonar dos cuerdas relacionadas por estas proporciones, lo que escuchaban
era la relación existente entre sus armónicos de la que hablamos en el capítulo
anterior. Esto explica, en parte, por qué se enamoraron de los números
del tetraktys. Cuanto más pequeños son los números que definen un
intervalo musical (2:1, 3:2, 4:3…) más frecuencias armónicas comparten sus
respectivas notas.
Para
entenderlo, regresemos por un momento al ejemplo del capítulo anterior, pero
con algo más de detalle. Imagina que tienes un tono de 1 kHz. Su serie armónica
estará formada por frecuencias de 2 kHz, 3 kHz, 4 kHz, etcétera. Si ahora haces
otro tono de 2 kHz a la vez —es decir, su octava 2:1—, sus armónicos serán 4
kHz, 6 kHz, 8 kHz, etcétera. Pero, como vimos, ¡todas estas frecuencias ya
formaban parte del primer tono de 1 kHz! De forma bastante literal, los dos
sonidos «encajan» perfectamente porque uno está contenido dentro del otro. En
cambio, si haces sonar la quinta —un tono de 1,5 kHz, en este caso, o lo que es
lo mismo, 3:2 de 1 kHz—, habrá algunas frecuencias de la nueva serie armónica
que no coincidan con las del primer tono. En, concreto, los armónicos impares
(1,5 kHz; 4,5 kHz; 7,5 Hz…) aportarán nueva información sonora, mientras que
los armónicos pares (1 kHz, 3 kHz, 600 Hz…) reforzarán la serie ya existente.
La cuarta (4:3) resultará más diferente todavía. Su serie armónica coincide
solo en una de cada tres frecuencias con la del tono original. Y así
sucesivamente. Cuanto mayores sean los números que definen el intervalo, menos
frecuencias compartirán sus espectros, de manera que «número pequeño», en
música, significa en gran medida «número armónico».
Se trata,
en cualquier caso, de una cuestión gradual. Aunque en teoría musical se suele
hablar de la consonancia y la disonancia como si fuesen conceptos perfectamente
excluyentes —agradable o desagradable, blanco o negro—, la realidad es bastante
más compleja. La consonancia de los sucesivos intervalos forma más bien una
escala de grises; donde la octava 2:1 resulta algo más consonante que la quinta
3:2, que encaja un poco mejor que la cuarta 4:3, y esta a su vez tiene
prioridad sobre 5:4, 6:5, etcétera. Y encima de todo esto, se encuentra la
cultura, el modo en que se utilizan estos sonidos dentro de un lenguaje
musical, que afecta también a la forma en que los percibimos.
Los
griegos, sin embargo, definieron la consonancia de manera inflexible para que
abarcase fracciones solo hasta el número 4. A través de esta tradición teórica,
los números del tetraktys terminaron por definir toda la
música religiosa en Europa durante la Edad Media. Gracias al fenómeno físico y
perceptivo de la consonancia y a su elocuente simplicidad matemática, los
pitagóricos concluyeron que debían existir patrones ocultos en la música, leyes
que podían entender, pero que ellos no habían inventado y que tampoco podían
cambiar. La belleza de la música, esa emoción sin referente que nos sobrecoge y
nos atrapa sin que podamos explicar el porqué, era el resultado de relaciones
numéricas exactas.
§. Un,
dos, tres… ¡catorce!
A simple
vista, no hay diferencia entre el cerebro de Einstein y el del maestro que, en
el periodo magdaleniense del paleolítico superior, pintó las cuevas de Lascaux.
Stanislas
Dehaene, El cerebro matemático[95]
Gracias a
arquitectos como Vitruvio y Alberti, los pequeños números de la música y el
ideal de belleza que representaban acabaron resonando en los planos de los
edificios de medio mundo, desde Florencia hasta Washington D. C. El talento de
Leonardo da Vinci como ilustrador capturó esas mismas «armonías» en una de las
imágenes más icónicas del Renacimiento, que hoy se repite en miles de pósteres
y hasta en algún meme de Internet. Lo bonito es pensar que, detrás de todo este
relato de influencias estéticas, se encuentra la ecuación que define el
movimiento de una cuerda ¡la primera ley física jamás descrita! A través de la
música, Pitágoras consiguió contagiar su pasión por los pequeños números
también al mundo de las artes plásticas.
Sin
embargo, cabe preguntarse, ¿por qué los griegos decidieron pararse ahí? 1, 2, 3
y 4 son solo los primeros armónicos de una cuerda, no los únicos. La física no
se detiene bruscamente en este punto, las cuerdas tienen tantos modos normales
como uno quiera contar, así que 5:4, 6:5 o 513:512 podrían considerarse
intervalos de la serie armónica, si se quiere. Al menos en teoría. En la
práctica, los armónicos más agudos se vuelven cada vez más tenues y a partir de
cierto punto se salen de nuestro rango auditivo, por lo que dejamos de oírlos.
Pero, matemáticamente —y las matemáticas eran lo único que le importaban a
Pitágoras—, los números grandes también forman parte del espectro armónico de
los sonidos musicales. Y, sin embargo, los griegos decidieron excluirlos de
su tetraktys sagrado.
Es
imposible conocer los motivos que les llevaron a esta superstición. Podríamos
intentar preguntarle a alguna de las reencarnaciones de Pitágoras, pero, claro,
el casting para encontrarlas podría salir un poco mal. Lo
mejor que podemos hacer es especular sobre lo que los pitagóricos tenían en la
cabeza y, en este punto, la psicología es la disciplina que más nos puede
ayudar. Si bien no hay ningún fenómeno acústico que justifique la contundencia
con que los pitagóricos descartaron las cifras mayores que cuatro, existen
posibles sesgos cognitivos que explican esta preferencia.
De hecho,
para nuestro cerebro no todos los números son iguales. Para comprobarlo, te
propongo un pequeño experimento. Si yo, por ejemplo, ahora escribo:
Imagina
la cantidad dos
Es probable que las neuronas de tu cabeza desfilen rápidamente para intentar
visualizar dos de algo: dos puntos, dos peras, dos velas de cumpleaños.
Probablemente, el reto no te haya planteado ningún problema. Sin embargo, si te
propongo:
Imagina
la cantidad diecisiete
¿Qué tal ahora? O tienes una mente de androide o, esta vez en tu cabeza, han
salido «un montón» de cosas. Pero ¿ese montón eran exactamente diecisiete?
Difícilmente puedes saberlo.
Vamos con
otra prueba. Esta vez, intenta contestar de un vistazo muy rápido, sin hacer
trampas. ¿Estás preparado? ¡Ya!
¿En cuál
de estas imágenes hay más puntos?
Fácil,
¿no? Basta mirar para darse cuenta de que la de la izquierda está más
densamente poblada. En cambio, si te pregunto cuántos puntos había exactamente
en cada imagen, probablemente te cueste bastante más averiguarlo. Más tiempo
—el que te lleve contarlos—, y más esfuerzo mental también. Ya no vale con un
simple vistazo.
¿Cuántos
años tienes?, ¿cuánto cobras?, ¿cuántos libros has leído este año?, ¿cuántos
kilómetros has recorrido en coche? Aunque usamos números para comunicarnos
constantemente en nuestro día a día, lo cierto es que nuestro cerebro no se
hizo precisamente a su medida. Somos mucho más ágiles comparando montones que
manejando cifras exactas. Nos perdemos con los grandes números —a menudo, ni
siquiera tan grandes— y chapoteamos torpemente entre cantidades aproximadas.
Una pizca, un poco, una «mijilla», bastante, un montón, una «pechá».
Tiene
sentido que sea así. A pesar de los anhelos de Pitágoras y de los siglos de
historia de la ciencia que nos han traído hasta aquí, dentro de nuestro cráneo
seguimos siendo solo monos medio listos; iguales esencialmente a los Homo
sapiens de hace cien mil años, pero con una buena biblioteca. Por eso
tu cerebro —o el del mismísimo Einstein, como apunta Stanislas Dehaene— no es
muy distinto al de los humanos que pintaron las cuevas de Altamira. Y en
Altamira nadie hacía exámenes de matemáticas, así que los números exactos, más
allá del cuatro o el cinco, no servían de gran cosa.
Comparar
cantidades groseramente, en cambio, sí pudo resultar bastante útil para
sobrevivir hace decenas de miles de años: elegir el árbol con más frutos —sin
importar que fuesen cuarenta y ocho o cincuenta—, evitar un grupo de
depredadores demasiado numeroso, estimar si son más abundantes los machos o las
hembras esta noche en el bar —o donde ligasen los homínidos de Altamira—… son
habilidades que no solo manejamos con soltura, sino que compartimos con muchas
otras especies animales. Desde el siglo pasado, se ha comprobado que varios
tipos de aves y mamíferos son capaces de distinguir cantidades numéricas sin
necesidad de un entrenamiento especial. Eso sí, solo son razonablemente
precisos cuando se trata de identificar cantidades muy pequeñas, como uno, dos,
tres. A partir de cuatro o cinco sus estimaciones se vuelven aproximadas y, en
todos los casos, la precisión disminuye cuanto mayores son los números. Lo
mismo sucede con los humanos, si se ponen restricciones que les impidan
«contar». Cuando se les enseña una imagen durante poco tiempo, o se les hace
escuchar secuencias muy rápidas de sonidos, aciertan únicamente con los números
más pequeños.
Esta
habilidad para reconocer cantidades de un vistazo es lo que se conoce en
psicología como subitización —por lo súbitamente que sucede— y, de acuerdo con
Stanislas Dehaene, estaría limitada por nuestra memoria de trabajo. Es como si
nuestra cabeza tuviese solo unos pocos bolsillos donde podemos colocar hasta
tres o cuatro elementos a la vez sin necesidad de pensar demasiado. A partir
del quinto empezamos a liarnos. Aunque no se trata de un límite totalmente
rígido, desde cantidades sorprendentemente pequeñas tenemos que ir punto por
punto, asignando un pensamiento nuevo a cada elemento y liberándolo antes de
poder pasar a otro. Este es el motivo por el que nos resulta más fácil
interpretar imágenes con pocos elementos —como un anuncio donde se nos muestran
tres opciones, en lugar de diecisiete— o por el que nunca conseguimos seguir al
camarero cuando nos recita la interminable carta de postres y siempre acabamos
pidiendo café. Tenemos tres o cuatro bolsillos en la cabeza para guardar
información y procesarla en el momento. Todo lo que se salga de ahí, es abusar.
La
subitización pudo tener mucho que ver con la preferencia de Pitágoras por
su tetraktys. Pero además, ha influido poderosamente en la historia
de los números que el filósofo tanto idolatró[96]. En
muchos sistemas de escritura numérica, los tres o cuatro primeros signos son,
sencillamente, la repetición del número 1. El ejemplo más cercano lo
encontramos en los números romanos. Los primeros son solo I, II, III,
probablemente porque distinguir un palito de dos o tres es algo que podemos
hacer sin pensar, literalmente. Imagina ahora que los romanos hubiesen decidido
seguir con la misma lógica hasta el infinito. Solo en el reloj de la cocina
tendríamos números completamente ilegibles como IIIIIIIII o IIIIIIIIIIII, un
verdadero dolor de cabeza. Evidentemente, añadir rayitas para representar
cantidades es una estrategia de alcance bastante corto y el límite lo marca,
precisamente, nuestra capacidad para distinguir cantidades a ojo de manera
precisa. Cuando llegaron al cuatro, los romanos decidieron que los palitos
empezaban a marearles y optaron por agruparlos visualmente bajo una nueva
lógica. Así nació el cinco (V), como los dedos de una mano, y el cuatro (IV),
que es cinco menos uno. Esta referencia a las manos es también el motivo por el
que nuestro sistema de numeración tiene base decimal y por el que el tetraktys,
después de todo, encajaba tan bien en la cabeza de los griegos.
Con todo,
los romanos no eran precisamente unos maestros en cuestiones de legibilidad. Si
alguna vez has visto una fecha escrita con su sistema numérico, sabrás a qué me
refiero. Se tarda un rato en comprobar que Colón llegó a América en MCDXCII o
si la Revolución francesa estalló en MDCCLXXXIX —¿o fue en MDCCCLXXIX? Siempre
me lío—. La numeración arábiga, en cambio, es mucho más compacta y sistemática
en su escritura. Y también, mucho más usable: facilita enormemente el resolver
ciertos cálculos con lápiz y papel. Prueba si no a hacer una multiplicación de
dos cifras en números romanos —como XIII por XXVIII— y verás a qué me refiero.
Por eso, probablemente, la numeración arábiga no tardó en reemplazar a las
aparatosas letras romanas. Sin embargo, los signos que utiliza, 1, 2, 3, tienen
una historia parecida a la del I, II y el III, aunque hoy su forma no nos dé
tantas pistas al respecto. Solo el 1 se sigue pareciendo al palito que fue. El
2 probablemente nació como dos líneas horizontales que se fueron fusionando
para ganar agilidad en su escritura, y lo mismo le sucedió a los tres tristes
trazos del 3. El 4, sin embargo, constituía de nuevo un punto de ruptura. En
numeración brahmi, tenía forma de cruz, probablemente porque cuatro palitos
empezaban a resultar difíciles de discernir. Estos símbolos nacieron en la
India hace más de dos mil años, llegaron a Occidente a través de los árabes en
la Edad Media y hoy llevan el nombre del mensajero. Los números arábigos hoy se
utilizan en todo el mundo a excepción, valga la ironía, de algunas partes del
mundo árabe.
Nuestra
capacidad para «no contar» solo hasta tres se encuentran también en otra
facultad característicamente humana, tan universal como el lenguaje: nuestro
sentido del ritmo. Si bien existen formas musicales enormemente complejas en
este dominio, en la mayoría de tradiciones predominan las métricas binarias y
ternarias, esto es, grupos de dos o tres duraciones iguales —pulsos— que
agrupan y estructuran la música. El vals sería un compás ternario, por ejemplo
—pum-chin-chin, pum-chin-chin—. La música pop, por su parte, suele utilizar
compases binarios. El más común es el conocido como cuatro por cuatro (4/4), un
compás de cuatro partes —oh, sorpresa— que a su vez se organizan de dos en dos
—una especie de pum-chin-pin-chin—. Cada pulso, a su vez, se subdivide en
mitades, en cuartos, etcétera. Todo un fractal de dualidades.
Hay
excepciones, por supuesto, culturas que han empujado los límites de la
complejidad rítmica hasta cotas verdaderamente sorprendentes. En la India, los
talas son patrones cíclicos que pueden llegar a encadenar hasta veintinueve
pulsos. Dentro de nuestra propia tradición encontramos compases como el cinco
por cuatro (5/4) que da nombre a Take Five, un estándar de jazz de
Paul Desmond, y casos todavía más extremos y experimentales dentro del
repertorio contemporáneo que hacen que el concepto mismo de métrica se vuelva
difícil de aplicar. Pero esto no es lo más habitual y, cuando se dan estos
casos, a menudo pueden interpretarse como una amalgama de métricas más
pequeñas. Un compás de cinco partes, por ejemplo, puede pensarse como la unión
de uno de tres partes y otro de dos —o viceversa—, que es como lo marcan
habitualmente los directores de orquesta. El hecho es que, a partir del cuatro
o el cinco, nuestras estimaciones numéricas se vuelven cada vez más aproximadas
y torpes. Cualquier cifra más alta nos obliga a estar pensando, y eso es
malísimo para bailar.
Así, los
pequeños números de la armonía tienen un encaje en nuestra forma de pensar que
va mucho más allá de la estética musical. Gracias a la teoría musical griega,
acabaron inspirando a los artistas y arquitectos del Renacimiento. Y, como
veremos, ayudaron a definir también nuestro concepto mismo de número.
Capítulo
4
El descubrimiento de la disonancia
§. Diabolus
in musica
Siempre se ha sospechado que muchas estrellas de rock deben de
ser buenas amigas del diablo. Es un estereotipo que tiene su origen,
probablemente, en la historia de Robert Johnson, un cantante, guitarrista y
compositor de blues de Misisipi que saltó repentinamente a la
fama a comienzos del siglo XX. Cuenta la leyenda que Johnson se encontró con el
mismísimo Satanás en un cruce de caminos, a medianoche —estas cosas nunca
suceden a las nueve de la mañana—, y que decidió venderle su alma a cambio de
talento musical. El diablo simplemente cogió su guitarra, tocó algunas
canciones y se la devolvió afinada. Pero, después de este toque mágico, Johnson
pasó de ser un músico itinerante mediocre a uno de los mejores guitarristas de
todos los tiempos, ganador de varios premios Grammy en el siglo XXI. Su
misteriosa muerte a la edad de veintisiete años —algunos especulan que por
asesinato— solo ayudó a reforzar el relato.
Cuando
el blues se convirtió en rock and roll a
mitad de siglo, este mito fundacional pasó a formar parte de su propia
narrativa. Los predicadores lo denunciaron desde sus púlpitos y advirtieron a
sus seguidores sobre estos orígenes demoníacos. Algunos artistas como John
Lennon, Katy Perry o Bon Jovi han bromeado en prensa sobre la posibilidad de
compartir el pacto mágico de Johnson. Otros han construido una autopista al
infierno —Highway to Hell— con su guitarra, han lanzados discos a Petición
de sus majestades satánicas —Their Satanic Majesties Request de
los Rolling— o le han dedicado una canción a El día de la bestia porque,
según cantaba Robe Iniesta, en el infierno se aburría. Desde los años setenta
se puso incluso de moda la idea de que, si reproducías ciertas canciones rock hacia
atrás, era posible escuchar mensajes satánicos. Pero no fue hasta que el rock dio
paso al heavy metal cuando Satán saltó al escenario por su
propio pie, como protagonista y articulador de toda una estética sonora y
visual.
Se
considera que Black Sabbath fue el grupo culpable de esta invocación
definitiva. En 1970 publicaron su primer disco, Black Sabbath, y la
primera canción, titulada también Black Sabbath —no se
rompieron mucho la cabeza—, deja pocas dudas acerca de su inspiración. La letra
habla de una figura oscura con ojos de fuego, que señala con el dedo y le dice
a la gente sus deseos. Es Satanás que sonríe, sentado, mientras observa las
llamas en ascenso a su alrededor. La gente huye despavorida, pero el cantante
se lamenta: no tiene escapatoria, él es el elegido.
Según
cuenta la propia banda, este extraño relato se basa en una experiencia real que
tuvieron dos de sus integrantes. El bajista, Geezer Butler, estaba obsesionado
con el ocultismo en aquella época. Había pintado todo su apartamento de negro,
después de añadir crucifijos invertidos e imágenes del anticristo como
decoración. Por eso, el cantante Ozzy Osbourne le había regalado un libro de
brujería. Sin embargo, y de acuerdo con el testimonio de Butler, este
desapareció de su estantería tras la visita de una figura… oscura. Inspirado
por el suceso, Osbourne escribió la famosa canción.
Toda la
estética del álbum acompaña esta narrativa. En la portada, una figura oscura se
mezcla con el paisaje tétrico, frente a una casa que tampoco da muy buen rollo.
Los primeros sonidos nos sitúan en medio de la lluvia, cerca de una iglesia de
tañido fúnebre, sorprendidos por el eco de algún trueno ocasional. Todo mal,
vaya. Pero la nota diabólica definitiva la pone la propia música. Black
Sabbath empieza con un riff característico —un patrón
melódico repetitivo— de solo tres notas: sol - sol - do#. La distancia sonora
que las separa se conoce hoy en día como el diabolus in musica y
su elección, por supuesto, no podría ser casual. Este intervalo, en concreto,
también conocido como tritono —un tridente, solo que formado por tonos—, o como
cuarta aumentada o quinta disminuida, ha sido considerado tradicionalmente como
uno de los más tensos e inquietantes de toda la teoría de la música occidental,
una de sus principales disonancias —la hermanastra malvada de la consonancia,
el reverso oscuro de la fuerza—. Cuando sus frecuencias se suman, en lugar de
«encajar» entre sí, se rozan, interfieren unas con otras y provocan cierta
aspereza en nuestro oído que se suele considerar desagradable.
Esta
sonoridad ha sido la causante de las connotaciones oscuras que han acompañado
al tritono desde la Antigüedad, si bien su asociación con Satanás,
específicamente, parece ser mucho más reciente de lo que se suele dar a
entender. El intervalo ya era conocido al menos desde tiempos de los griegos y
su aspereza sonora creó todo un cisma en sus matemáticas, como veremos más
adelante. Durante la Edad Media, los teóricos musicales y compositores
preferían evitarlo en sus partituras, porque resultaba especialmente difícil de
cantar. Como la música religiosa era principalmente vocal, era previsible que
algún monje acabara desafinando en el coro, y de esta manera se ahorraban
disgustos. Algunos tratados musicales como Musica enchiriadis en
el siglo IX, formularon distintas normas que tenían por objetivo desterrar el
tritono de las partituras de las iglesias[97] y,
con el paso de los siglos, este intervalo acabó siendo conocido como el diabolus
in musica. Esas «normas» eran puramente musicales, eso sí. No hay ningún
indicio de que la Inquisición lo prohibiera o de que la Iglesia afirmase que
ese era el sonido de Belcebú, ni nada por el estilo. A pesar de las muchas
referencias a este mito que hay por Internet, ni siquiera está muy claro si su
nombre diabólico se utilizaba ya en la Edad Media o si se trata de un apodo
posterior. En rigor, la primera aparición documentada del nombre diabolus
in musica se encuentra en un tratado de 1725 publicado por el
compositor Johann Fux. Su Gradus ad Parnassum fue leído y
estudiado por todos los compositores del siglo XVIII y del Romanticismo y, con
el paso del tiempo, más y más compositores empezaron a usar el tritono para
evocar al diablo de manera simbólica.
Fue así
cómo un apodo casual se convirtió en la semilla de todos los males. Liszt lo
hace sonar para recrear el infierno en su sonata Dante para
piano. Prokofiev lo convirtió en el protagonista de una Sugestión
diabólica, también para piano. Saint-Saëns abre su Danza macabra con
su ataque estridente arañando las cuerdas de un violín. Wagner, Berlioz,
Debussy, Britten… decenas de compositores, especialmente desde el Romanticismo,
se han sumado al mal de este demonio sonoro.
Y el
siglo XX no se ha quedado atrás. Puedes oír un tritono en los primeros acordes,
agresivos, estridentes, de Purple Haze de Jimi Hendrix —el
bajo toca un mi, la guitarra un si bemol—. Tocadas simultáneamente, las notas
del tritono provocan extrañeza, son duras como una mueca, o como una pregunta
poco cortés. Tocadas de forma consecutiva, como en el riff de Black
Sabbath, quizás no llaman tanto la atención. Pero aun así generan cierta
tensión que tiende a dirigir la música hacia el siguiente sonido. Las dos
primeras notas del tema de Los Simpson —The-Simp…—, por
ejemplo, forman precisamente un tritono. También el comienzo del estribillo
de Maria —Ma-ri…—, la canción de Bernstein para el
musical West Side Story. Lo interesante de estas dos melodías es
que no es posible dejarlas suspendidas en la segunda nota: el tritono es un
lugar de paso, resulta incómodo detenerse sobre él. En cambio, tanto en The
Simpsons como en Ma-ri-a, la última nota sirve como punto
de apoyo, como lugar de llegada. Es solo un poquito más aguda que la anterior
y, precisamente por eso, suena a alivio y a reposo. Cualquier otro sonido no
quedaría igual de bien ahí. En música se suele decir que la disonancia
«resuelve» hacia arriba, en este caso. La tensión creada por el tritono anticipa
y hace desear la nota final.
El riff que
se repite en Black Sabbath, por su parte, no tiene la menor
intención de «resolver» nada. Por eso se queda apoyado en el tritono, de manera
contundente y obstinada. Para colmo de males —satánicos males—, la guitarra
añade un trino sobre el último sonido —el do#— que flirtea con la posible
resolución —el re, un pelín más agudo—. La melodía alterna rápidamente entre
los dos sonidos —la nota tensa, do#, y su resolución, re—, pero nunca deja que
la estabilidad triunfe del todo. Porque no hay nada más diabólico que pasar sed
en el desierto y que te enseñen una botella de agua, sin poder llegar a
catarla.
Tras la
publicación de Black Sabbath, muchas otras bandas se sumaron a su
estética y su nueva sonoridad. Acababa de nacer el heavy metal, y
con él el Príncipe de las Tinieblas saltó a los medios convencionales
convertido en todo un icono pop, símbolo de subversión y rebeldía dispuesto a
conquistar el mundo desde las cámaras de la MTV. No es de extrañar que, en los
sectores más puritanos de Estados Unidos, todo esto despertase las alarmas de
los ciudadanos bienpensantes. Padres cristianos preocupados acusaban a este
género musical de arrastrar a los jóvenes hacia la delincuencia, la
autodestrucción, las drogas y el Mal, así en general. La polémica acabó en los
tribunales, donde los jueces obligaron a las discográficas a colocar un sello
de advertencia en los discos con mensajes oscuros de cualquier tipo. La
pegatina de Parental Advisory. Explicit Content —«Aviso
parental. Contenido explícito»— hoy mancha la portada de casi cualquier disco
que se publique en el país norteamericano.
Ninguna
advertencia podría acabar con el heavy metal, eso sí. Hoy, decenas
de discos repiten las mismas claves estéticas: portadas en letras góticas,
pentagramas, referencias a lo oculto, oscuridad, violencia… y disonancias,
claro. Muchos otros intérpretes después de Black Sabbath, incluidos Metallica,
Slayer, Marilyn Manson y Slipknot, han seguido confiando en el poder del
tritono para teñir de oscuridad y extrañeza su propia música. Algunos han hecho
referencia a este intervalo de manera explícita y, probablemente por eso, si
hoy uno hace una rápida búsqueda de diabolus in musica en el
buscador de imágenes Google, los resultados le devuelven decenas de discos,
temas y grupos… donde todos los integrantes van vestidos de negro.
Pero de
entre todos los males que ha causado este misterioso demonio sonoro, ninguno es
comparable a la crisis que provocó entre los matemáticos pitagóricos. Su
sonoridad áspera y estridente les llevó a cuestionar la base de toda su
religión numérica y definió la estructura misma de sus estudios matemáticos en
el quadrivium. Como veremos, esa terrible disonancia vino
acompañada por un hallazgo que no se esperaban: el descubrimiento de los
números irracionales.
§. El
nacimiento de los números
Antes de hablar de las matemáticas de los griegos y sus problemas con la
disonancia, volvamos por un momento al tema de la subitización, esa habilidad
para contar a ojo que mencionamos en el capítulo anterior. Si por naturaleza no
somos capaces de identificar cantidades mayores que cuatro, ¿cómo es posible
que hoy manejemos cifras mucho más altas para pagar la cuenta del restaurante,
seguir una receta de bizcocho o hasta para calcular la masa de los átomos o de
un cúmulo estelar? Si los números no vienen «de serie» en nuestro cerebro de
simio, ¿de dónde han salido?
La
respuesta a esta cuestión se encuentra en otra capacidad característicamente
humana, la misma que dio lugar al lenguaje y a la música hace decenas de miles
de años: nuestro pensamiento simbólico.
Son los
símbolos los que nos permiten inventar unidades discretas, siempre iguales
entre sí y usarlas como referencia para medir el mundo. Contar es inventarse
algo abstracto e inmutable llamado «uno» —un plátano, una fruta, una noche, un
kilo, un 1—, hacerlo encajar sobre la realidad borrosa y cambiante que nos
rodea, y asignarle algún tipo de representación a las sucesivas coincidencias
—uno, 2, III, four,—. Es esa representación, los números
propiamente dichos, la que fija de manera precisa cada cantidad y nos permite
realmente «contar» más allá de las cantidades que nuestros sentidos reconocen
de manera inmediata.
De
acuerdo con esta idea, el primer número de la historia del que tenemos
constancia —esto es, la primera representación simbólica de una cantidad— fue,
probablemente, el 29. Ni más ni menos. Esa es la cantidad de marcas que figuran
en un hueso de babuino de más de cuarenta mil años de antigüedad, encontrado en
una cueva de Suazilandia a principios de los años setenta[98]. El
hueso de Lebombo, como se llama, ha llevado a algunos arqueólogos a pensar que
aquellos humanos primitivos estaban representando las noches de un ciclo lunar.
A fin de cuentas, las fases de la Luna, con su periodo de 29 días, 12 horas y
44 minutos, es uno de los fenómenos más regulares y fáciles de observar de
nuestro entorno cotidiano —después de la salida diaria del sol, quizás—. Otros
investigadores, en cambio, argumentan que el hueso parece estar roto por uno de
sus extremos. En tal caso, el número total de marcas podría ser mayor, 33, 54,
107, y la hipótesis de la Luna dejaría de tener sentido —personalmente,
preferiría que en total sumasen 42, e imaginar que los primeros humanos ya
tenían en sus manos el sentido del universo, la vida y todo lo demás—.
Poco a
poco, las marcas del hueso de Lebombo dieron paso a otras representaciones más
sofisticadas, como los nudos de los quipus incas o las cuentas del ábaco. La
palabra «cálculo» proviene de un sistema parecido. Para aprender a contar, los
niños romanos utilizaban unas piedrecillas llamadas calculus, y por
ese motivo hoy podemos albergar en el riñón una asignatura entera de las
matemáticas. Los números arábigos y el sistema decimal llegaron algo después.
Son un reflejo de los dedos de nuestras manos, otro de los símbolos que desde
un primer momento utilizamos para poder cuantificar el mundo que nos rodea.
Gracias a
esa capacidad única que nos permite relacionar las marcas de un hueso con la
luna —o ponerle voz a unas manchas de tinta sobre las páginas de un libro—, los
humanos inventamos los números naturales. Pero estos fueron solo el principio
de una larga historia. Precisamente porque los números son símbolos, la forma
en que pensamos sobre ellos ha cambiado enormemente a lo largo de la historia.
Hoy tenemos números irracionales, trascendentes, números nulos como el cero,
negativos o incluso imaginarios. No siempre fue así. Cada una de estas
categorías ha ido surgiendo en respuesta a distintos problemas planteados por
la propia evolución cultural de las matemáticas o incluso de la música, como
veremos. Pero ninguno de estos cambios sucedió sin oponer cierta resistencia.
Para los
griegos, por ejemplo, el cero no era claramente un número. No es que no
concibiesen la ausencia de cosas. En algún momento se beberían un vaso entero
de vino y echarían de menos su contenido. Pero ¿cómo iba a ser «nada» un
«algo»? Si yo voy y digo que tengo «cero plátanos», ¿por qué menciono siquiera
el plátano? También tengo cero yates y cero gamusinos y, sin embargo, no hago
referencia a ellos. ¿Qué sentido tiene contar lo que no hay? Por este motivo,
los matemáticos griegos no crearon ningún símbolo que representase el cero
—tenían 0 símbolos para representar el cero, concretamente, aunque ellos nunca
lo hubiesen expresado así—. Esto explica en parte que su sistema de notación
numérica fuese farragoso y complejo y que no haya perdurado hasta nuestros
días. Pasó algo parecido con los números romanos, que ahora solo sirven para
marcar el paso de los siglos y dar la hora en algunos relojes refinados.
El cero,
como signo escrito, apareció por primera vez en unas tablillas de arcilla de
los babilonios, hacia el siglo III a. C. Aunque entonces todavía no podía
considerarse un número como tal. Más bien se trataba de «un hueco», un signo de
puntuación que les ayudaba a diferenciar mejor algunas cantidades como 1·1 (1
cien más 1 uno) o 2··3 (2 miles más 3 unos). Los matemáticos indios fueron los
primeros en desarrollar el concepto del cero como hoy lo entendemos, hacia el
siglo V d. C., así como la notación numérica que usamos en la actualidad (1, 2,
3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 0). Sus aportaciones fueron recogidas por los árabes, y
desde al-Ándalus viajaron al resto de Europa.
Un poco
más allá de la nada, los primeros matemáticos de la Antigüedad se encontraron
con otra limitación adicional. Para ellos, una resta como «1-3» carecía por
completo de sentido. Si te quedas sin nada, ¿cómo te van a quitar más cosas?
Podría parecer una objeción bastante ingenua, en un tiempo en el que todos
parecemos condenados a negociar una hipoteca con el banco. Pero la rareza de
los números negativos irritó, incluso, a algunos científicos de la modernidad.
El matemático Michael Stifel se refirió a ellos como «números absurdos» a
mediados del siglo XVI, e incluso un siglo entero más tarde, el célebre Blaise
Pascal se negaba a aceptar una resta con resultado negativo. En sus Pensamientos[99],
publicados en 1670, afirma indignado: «Conozco a algunos incapaces de entender
que cuando le restas cuatro a cero, lo que te queda es cero». El padre de
Pascal era recaudador de impuestos, quizás tuviera algo que ver con su aversión
a esta especie de números morosos. La primera aparición de este concepto se
encuentra al otro lado del mundo, en un libro titulado Los nueve
capítulos sobre arte matemático —Jiŭzhāng Suànshù—. Se trata de
una obra anónima, una recolección del saber matemático atesorado durante la
dinastía Han hace poco más de dos mil años. En él, el color negro se utiliza
para distinguir los números fu —‘falsos’ o negativos— de los
colorados zheng —los números ‘verdaderos’—. Este color se
asocia al éxito y la fortuna en la cultura oriental, quizás por eso aquí se
invierte nuestra idea convencional sobre los «números rojos».
Los
últimos en llegar a esta fiesta fueron los números complejos, inventados en
Europa en el siglo XVI, y su aparición tampoco estuvo exenta de polémica. El
apodo de «imaginarios» se lo debemos a Descartes, de hecho, quien los llamaba
así despectivamente para manifestar su oposición —como si hubiese algún tipo de
número que no fuese «imaginario»—. Ya en el siglo XIX, el matemático Augustus
De Morgan los calificó como «vacíos de significado, contradictorios y
absurdos». Pero no debemos ser demasiado duros con los matemáticos del pasado,
ni con nosotros mismos cuando nos cuesta entender cualquier concepto numérico
novedoso. Como explica el neurocientífico Stanislas Dehaene[100]:
Estas
entidades matemáticas son tan difíciles de asimilar para nosotros, y desafían
nuestra intuición, porque no se corresponden con ninguna categoría preexistente
en nuestro cerebro. Los números enteros y positivos encuentran naturalmente un
eco en nuestra representación mental innata de las cantidades. Por ello, un
niño de cuatro años puede entenderlos. Sin embargo, otros tipos de números no
tienen ningún análogo directo en el cerebro. Para comprenderlos realmente, uno
debe construir un modelo mental que le proporcione una comprensión intuitiva.
Algo
parecido les debió de suceder a los matemáticos griegos. En su época, el
concepto de número se parecía mucho a la primera versión intuitiva y directa de
las cantidades que los humanos aprendimos a manejar en primer lugar. No
abarcaba más allá de lo que hoy entendemos como números racionales
estrictamente positivos; es decir, los números naturales —1, 2, 3, 4, 5…
cualquier cifra que se pueda apuntar como marcas en un hueso de babuino— y
fracciones que se pueden expresar como la relación entre dos números naturales
(1:2, 3:2, 4:3, 514:345…). Sin embargo, en tiempos de Pitágoras tuvo lugar un
descubrimiento que cambiaría necesariamente este concepto. Los hoy llamados
números irracionales aparecieron, como un dulce envenenado, en el mismo teorema
por el que recordamos principalmente al filósofo griego, y provocaron una
brecha en la historia de las matemáticas que no superaríamos hasta la Edad
Moderna.
Su
rechazo por este tipo de cantidades obedecía a cuestiones filosóficas y
matemáticas, pero también, de manera muy relevante, a argumentos musicales y
estéticos. Los irracionales son números extraños, con infinitos decimales
eternamente cambiantes, que no se pueden expresar como una simple fracción
entre dos enteros. Pero además, cuando los griegos tocaban con su lira cuerdas
de distintas longitudes proporcionadas por cantidades de este tipo, el
resultado eran sonoridades ásperas y desagradables, como el comienzo de la
canción de Black Sabbath. Sus indagaciones matemáticas y musicales les llevaron
a descubrir, ni más ni menos, el diabolus in musica. Su disonancia
les sirvió para confirmar que ciertas cantidades debían ser excluidas del mundo
de los números y provocó un cisma entre sus seguidores que, según la leyenda,
terminó en asesinato.
§. El
demonio infinito
Nos encontramos en el mar Egeo, en el siglo V a. C. Un barco se pelea con las
olas durante la tormenta cuando, de repente, un hombre sale despedido por la
borda. Ha sido arrojado por sus compañeros con el objetivo de que muera
ahogado. Y no es para menos: el muy malnacido acaba de demostrar que la raíz
cuadrada de dos (√2) es un número irracional.
Esta es
la leyenda que rodea el final de uno de los matemáticos más destacados de la
escuela pitagórica temprana, el célebre Hípaso de Metaponto. Como todo lo que
rodea la vida de Pitágoras y sus seguidores, la historia es altamente dudosa,
está escasamente documentada y tiene su propia colección de versiones posibles.
En algunas se indica que Hípaso simplemente murió en un naufragio, sin especial
ayuda de nadie —o quizás ayudado por los dioses, debido a su impiedad—. En
otras, es Pitágoras quien lo lanza con sus propias manos al mar. Otras niegan
este último punto. Aclaran que los pitagóricos nunca ahogaron a Hípaso, ¡menuda
exageración! Tan solo lo desterraron, lo declararon hereje y construyeron una
tumba con su nombre para demostrar que, a sus ojos, el matemático había muerto[101]. Lo que
está claro es que el temita de los irracionales les sentó peor que fatal, y
desde ese momento, al igual que «pitagórico» se convirtió en sinónimo de
virtud, todo lo malo se empezó a atribuir al malvado Hípaso.
Pero ¿a
qué se debió tanto revuelo? ¿De verdad una simple prueba matemática podía
causar tanto mal?
Está
claro que los pitagóricos así lo creían. La cuestión es que, para ellos, Hípaso
no solo había descubierto un nuevo tipo de cantidades. Su hallazgo ponía en
duda todo el concepto de «número» sobre el que se construía su pensamiento
filosófico y su religión. La idea de que «todo es número» hacía referencia,
específicamente, a los números racionales y articulaba su idea de un cosmos
ordenado y armónico, regido por las mismas proporciones que hacían agradables
los sonidos de una lira[102].
De hecho,
aunque el concepto de los griegos no abarcaba más que los números racionales,
esto no significa que fuese en absoluto simple o carente de sutileza. En sus
matemáticas había mucha filosofía involucrada y, como veremos, también mucha
música. Para Platón, contar era mucho más que recitar «uno, dos, tres,
cuatro…». Era la base del pensamiento abstracto y simbólico, porque implicaba
primero definir la unidad, esto es, la «idea», y reconocerla en la multitud
—sus manifestaciones—. Ante una lechuga, un tomate y un atún, un filósofo puede
describir tres seres vivos, dos tipos de verduras o una rica ensalada. Para
ello, necesita distinguir algunos elementos según ciertas propiedades u olvidar
sus diferencias respecto a otras, para unirlos en categorías más amplias[103].
Necesita saber conceptualizar y cambiar de concepto según el contexto, necesita
reconocer la «idea», que era lo único realmente importante en el pensamiento de
Platón.
Este tipo
de conocimiento de la diferencia, profundo y abstracto, era el que emparentaba
la filosofía con las matemáticas y, en concreto, con la aritmética. Dentro
del quadrivium, esta era la disciplina que se dedicaba al estudio
de los números y de las operaciones elementales que se pueden hacer con ellos.
Es decir, trataba sobre las cosas que se pueden contar —plátanos, yates,
gamusinos…— y sobre las distintas maneras de formar grupos con ellas —sumas,
restas, multiplicaciones y divisiones— y, por tanto, dependía crucialmente de
esa distinción entre el uno y el varios a la que Platón daba tanta importancia.
Los arithmos, en griego, eran los números enteros y servían para
designar las sucesivas repeticiones de la unidad —la multitud o plēthos—.
Su nombre tiene un interesante parentesco musical. El «ritmo» —que comparte la
misma raíz indoeuropea— hace referencia a un patrón repetitivo de duraciones de
tiempo, que para los griegos se manifestaba a través del movimiento. Tanto en
la aritmética como en el ritmo de la música, hay unidades de distintos tamaños
que encajan entre sí, se fusionan o se dividen en partes iguales: se relacionan
mediante números exclusivamente racionales.
De manera
totalmente opuesta, la geometría trataba sobre el estudio del espacio, y el
espacio es una magnitud —megathos—. En él no existen «porciones» por
defecto ni hay una unidad predefinida. El espacio, en principio, no se puede
«contar» como los plátanos, los yates y los gamusinos. Y lo mismo sucede con el
tiempo, la temperatura, la frecuencia, la masa… casi todo lo que estudian los
físicos son magnitudes. Para poder cuantificarlas es necesario «medirlas», que
consiste en comparar la magnitud en cuestión con alguna unidad inventada: el
metro, el kelvin, el hercio, la candela, el culombio, el gramo… Ninguna de
estas unidades existe a priori, nadie va por ahí y se encuentra un
amperio colgando de la rama de un árbol. Son solo referencias convenientes,
puntos arbitrarios definidos porque sí, dentro de un continuo infinitamente
divisible.
En el
fondo, la esperanza de los griegos era que el mundo de la geometría también
pudiese describirse con «números», una vez definidas las unidades necesarias.
Dados dos números racionales, siempre es posible encontrar otro número racional
que se encuentre a medio camino entre los dos, por lo que parecería lógico
esperar que cualquier magnitud se pudiese medir de forma exacta utilizando
únicamente este tipo de relaciones, por muy grandes y tortuosas que se
volviesen las fracciones. Sin embargo, esto no es así. A diferencia de las
multitudes, las magnitudes no siempre se pueden relacionar mediante números
enteros, ni siquiera mediante números racionales. En el mundo de la geometría
es habitual encontrar líneas y superficies que nunca encajan perfectamente entre
sí. Por más que se repitan en el espacio, por más que uno las mida con más y
más precisión, no es posible encontrar dos números enteros que definan su
proporción.
Este es
el caso de π, por ejemplo. Si uno toma el diámetro de un círculo y su perímetro
y los compara, no es posible determinar cuántas veces cabe el primero en el
segundo usando solo números racionales. Como mucho, se pueden buscar buenas
aproximaciones, que es lo que han hecho los matemáticos desde que descubrieron
las cosas redondas. A los babilonios les bastaba con saber que el diámetro cabe
unas tres veces en la circunferencia, grosso modo. Puede parecer
una barbaridad, pero conviene recordar que, en 1897, la Asamblea General de
Indiana, en Estados Unidos, estuvo a punto de aprobar por medio de una ley que
la cuadratura del círculo es posible dado que π = 3,2 ¡y punto! Por desgracia,
la ley no se aprobó, habría simplificado mucho las cosas y resuelto un problema
milenario de las matemáticas. En el año 250 a. C., Arquímedes estimó
correctamente que 223 diámetros caben en 71 perímetros, pero 22 sobresalen
respecto a 7 —es decir, 223:71 es un poco menor que π y 22:7 es un poco mayor—.
En China, en el siglo V, Zu Chongzhi encontró una aproximación todavía mejor,
355:113, que coincide hasta su sexto decimal con π. Lo bonito de estos números
es que son, además, especialmente fáciles de recordar. Basta con recitar los
impares repetidos de dos en dos: 113,355.
Sin
embargo, ninguna de estas operaciones da el valor exacto de π y tampoco es
fácil demostrar que este camino de sucesivas aproximaciones es, en realidad,
infinito. Puesto que existen infinitos números racionales, con tantos decimales
y tanta precisión como uno quiera añadir, lo razonable —nunca mejor dicho—
sería que el diámetro de un círculo y su perímetro se relacionasen mediante
alguna proporción exacta, por muy «feos» que fueran los números finales, por
tortuosa que resultase la última fracción. Este fue, desde luego, el anhelo
pitagórico, su idea de que «todo es número». Lo que querían decir, en realidad,
es que al final «todo encaja». Y, sin embargo, no es así. Existen lugares en la
recta de los números que no se pueden expresar como fracciones, que no marcan
ningún ritmo, que no encajan ni pueden encajar con los números naturales, por
mucho que se repitan o se subdividan. Este es el universo de los números
irracionales.
Fueron
los pitagóricos, para su desdicha, quienes descubrieron este hecho matemático.
Estaba esperándoles a traición en el mismo teorema que hoy lleva el nombre de
su fundador; concretamente, en la esquina de un cuadrado regular. Resulta que
si uno compara la longitud de uno de sus lados con la diagonal, descubre que no
es posible hacerlos encajar jamás, por mucho que los multiplique o divida sus
dimensiones mediante números enteros. Su proporción, hoy lo sabemos, es √2, un
número con infinitos decimales.
Se suele
atribuir a Hípaso de Metaponto la prueba matemática de que esta relación
geométrica es necesariamente irracional. Se hace por reducción al absurdo y
parte de las propiedades del teorema de Pitágoras para demostrar que, en caso
de existir una proporción racional entre la diagonal de un cuadrado y su lado,
este lado no podría ser ni par ni impar, ¡un absurdo! Es bastante elegante, así
que la dejo en una nota aparte, por si a algún lector le picase la curiosidad[104].
Pitágoras, el hombre que dedicó su vida entera a proclamar que «todo es
número», hoy es principalmente recordado por la primera ecuación geométrica que
demuestra que algunas magnitudes no lo son, ni pueden serlo.
Hoy π,
√2, φ y otras magnitudes similares forman parte de nuestro concepto de
«número». Pero este cambio no se dio en Europa hasta muchos siglos más tarde y
fue gracias a la música en gran medida, como veremos más adelante. A un
pitagórico, el mismo nombre le habría parecido un sinsentido. Bajo su
definición, los números «irracionales» son números «no numéricos», una
contradicción ridícula, como el agua seca o la luz sombría. Y hasta cierto
punto, no les faltaba razón. Ni siquiera en nuestro tiempo podemos representar
estas cantidades mediante signos numéricos, estrictamente hablando. Cada vez
que cogemos el boli para anotar garabatos como π, √2 o φ, usamos un atajo —un
símbolo— que nos permite hacer referencia a una relación geométrica. Pero si
prescindimos de ese truco, si quisiéramos expresar π, rigurosamente, como un
valor numérico sobre la recta de los reales, nos veríamos obligados a utilizar
infinitos signos, sin llegar a encontrar nunca un patrón que dictase su forma.
Toda la tinta del planeta sería insuficiente, agotaríamos todos los bolis,
todos los lápices y todo el papel de cada árbol de cada bosque de cada rincón
del mundo. Nos marchitaríamos sobre toneladas de folios sin haber completado la
tarea y el tiempo de nuestros hijos, sus nietos y todas las generaciones
venideras hasta que el Sol se apague y devore la Tierra, seguiría siendo
insuficiente. Ese es el abismo al que nos enfrenta el infinito de lo
irracional. No es de extrañar que los pitagóricos quisiesen desterrarlo de su
armonioso mundo de pequeños números y, por eso mismo, resulta especialmente
improbable que ningún arquitecto o escultor griego quisiese utilizar el número
áureo en sus creaciones con el objetivo de producir «belleza».
Por otra
parte, y más allá de este problema de notación, los pitagóricos tenían otros
motivos estéticos para separar tajantemente la geometría —con sus magnitudes
irracionales— de la aritmética —con sus multitudes—. Y es que resulta que ¡la
raíz cuadrada de dos les sonaba fatal!
Existen
buenos motivos para ello. Los encontramos nuevamente en la física de una cuerda
que vibra y en la habilidad que tiene nuestro oído para reconocer la serie
armónica e integrar sus frecuencias en un único tono. En los intervalos
consonantes, producidos por cuerdas relacionadas mediante números enteros y
sencillos (2:1, 3:2, 4:3…), las frecuencias de cada nota coinciden en gran
medida. Al sumarse, originan una onda periódica, que según explicó Helmholtz,
es la marca característica de un tono musical. Pero si la relación numérica es
más complicada o directamente irracional, ¡no hay manera de que nada coincida
con nada! Los espectros se rozan sin que nuestro oído pueda llegar a
separarlos, y sin que puedan encajar tampoco. Es la tensión propia de la disonancia.
El caso
de √2, el primero de los irracionales que los griegos descubrieron gracias a —o
por culpa de— Hípaso, era especialmente doloroso. Cuando los pitagóricos
pulsaban dos cuerdas de longitudes proporcionales al lado y la diagonal de un
cuadrado —es decir, proporcionales a √2:1— no solo generaban una disonancia. Lo
que obtenían era un sonido especialmente tenso, irreverente e inquietante: ¡el
mismísimo diabolus in musica!
El resto
de la historia ya la hemos contado. Después de romperle el corazón a los
pitagóricos, el tritono se pasó toda la Edad Media arruinando coros de monjes,
saltó al Romanticismo con un tridente en la mano y poseyó a las estrellas
del rock para que inventasen el heavy metal a
comienzos de los años setenta. Decenas de músicos y compositores, desde hace al
menos dos siglos, se han sumado al mal de este demonio infinito, cabalgando
sobre el primero de los números irracionales. Al final, puede que los pitagóricos
hiciesen bien en tirar a Hípaso por la borda. Después de todo, quizás solo se
tratase de un exorcismo.
§. La
simetría irracional de la música
Los griegos descubrieron el concepto de lo irracional. Sin embargo, la fealdad
de sus decimales infinitos y su falta de armonía los llevó a levantar un muro
entre la aritmética y la geometría que, durante siglos, nadie se atrevería a
franquear. Para ellos, las multitudes y las magnitudes, los números racionales
e irracionales formaban mundos excluyentes. Esta brecha prevaleció durante la
Edad Media, cristalizada en la estructura del quadrivium, con sus
cuatro disciplinas matemáticas perfectamente separadas.
A partir
del siglo XVI, sin embargo, el desarrollo de las matemáticas empezó a
encontrarse problemas asociados a este antiguo divorcio. Los matemáticos
modernos necesitaban nuevas formas de trabajar con las cantidades irracionales
que los griegos habían desterrado al mundo de la geometría. Necesitaban
formular un nuevo concepto de número que abarcase también los inconmensurables,
y la música se convirtió en una pieza fundamental para conseguirlo. Desde la
Antigüedad, los sonidos de sus cuerdas habían originado el conflicto entre la
aritmética y la geometría. Pero también fueron ellas, dos mil años más tarde,
las que facilitaron una reconciliación.
La
primera mención explícita y plenamente consecuente a los «números irracionales»
—numerici irrationales—, en tanto que «números», se la debemos a un
matemático alemán del siglo XVI[105]. En su
libro Arithmetica integra, de 1544, Michael Stifel introduce
también el término «exponente» y usa los símbolos +, – y √ que hoy nos resultan
familiares. Lo curioso es que su novedoso concepto aparece en un contexto
puramente musical, ¡un problema de afinación, ni más ni menos! En su tratado,
Stiefel utiliza las longitudes de una cuerda para definir diferentes intervalos
musicales, como ya habían hecho los pitagóricos antes que él. Pero, a partir de
las notas así definidas, el matemático se pregunta cómo dividir un intervalo de
un tono —proporción 9:8— en dos mitades «musicalmente» iguales. Dicho de otra
manera, Stiefel busca el sonido intermedio entre un do y un re, eso que hoy
llamamos do sostenido.
Aunque
este problema no era precisamente nuevo en el mundo de la música, es en el
Renacimiento cuando empieza a cobrar más importancia. Al mismo tiempo que los
matemáticos intentaban liberarse del concepto griego de número, los músicos
estaban intentando ampliar el concepto pitagórico de consonancia. Durante
siglos, los músicos teóricos solo habían aceptado como intervalos perfectos
aquellos definidos por los armónicos hasta el número cuatro (2:1, 3:2, 4:3),
según la definición convencional que había establecido Pitágoras y su
amado tetraktys. Sin embargo, gracias a la práctica musical de los
siglos XV y XVI, menos pendiente de los números y más atenta a los sonidos
percibidos y a las emociones de los oyentes, ciertas sonoridades no tan
pitagóricas empezaron a ser aceptadas. Fue entonces cuando la música abandonó
su ideal matemático para volverse una disciplina mucho más humana.
Como
parte de este cambio, los compositores empezaron a utilizar habitualmente un
tipo de intervalos conocidos como terceras y sextas, con relaciones de
frecuencias que llegan a incluir los armónicos hasta el número 5 y el 6 —las
terceras, en concreto, se corresponden con las fracciones 5:4 y 6:5—. En 1640,
el musicólogo Giovanni Battista Doni señala estos intervalos como las
principales fuentes de afectividad y emoción musical, «porque las consonancias
menores son tristes y llorosas y dan este carácter a los acordes y lo contrario
es cierto de las mayores, que son alegres y enérgicas[106]».
Esta
asociación aún perdura en la actualidad. Las terceras y sextas son los
intervalos que caracterizan los acordes mayores y menores, utilizados
habitualmente para expresar alegría o tristeza en música. Es una asociación que
admite muchos matices, por supuesto —la música no es algo sencillo y las
emociones humanas, todavía menos—, pero como pauta general, vale para hacerse
una idea. Fue precisamente en el Renacimiento cuando nació esta asociación y
cuando los músicos comenzaron a teorizar sobre cómo combinar distintos modos y
escalas musicales con el fin de obtener distintos efectos emocionales. Para
ello se inspiraron en la teoría musical de los griegos, pero hablaremos más
sobre estos modos y sus modulaciones cuando entre en escena Galileo.
Hoy estos
intervalos y escalas están completamente aceptados en la teoría musical. Todo
lo que oímos en la radio, de Il Divo a Rosalía, pasando por cualquier tema
de rock, pop, trap o reguetón, está formado por
los mismos elementos: octavas, quintas y terceras. Constituyen las piezas
básicas de eso que conocemos como «acordes», los pilares verticales de la
música, las partículas que le dan su color. El acorde de do mayor —formado por
las notas do-mi-sol—, por poner el ejemplo más sencillo, combina una tercera
mayor —de do a mi, 5:4— con una quinta —entre do y sol, 3:2—. Son sonoridades
procedentes de los armónicos de una cuerda y refuerzan, de alguna manera, los
ingredientes que ya están presentes en un tono musical y que nuestro oído está
acostumbrado a integrar.
En el
Renacimiento, por otra parte, toda la flexibilidad expresiva aportada por las
nuevas sonoridades y los cambios de escala tuvo un coste inesperado para los
músicos y los lutieres de la época. Al utilizar más tipos de sonoridades y
consonancias, la afinación de sus instrumentos se volvió mucho más complicada.
Hoy aún es posible encontrar en los museos clavecines de esta época con
diecisiete, diecinueve ¡o hasta treinta y seis teclas en cada escala! Son los
llamados teclados enarmónicos —los pianos contemporáneos tienen doce teclas en
cada octava, por comparación—.
El motivo
para semejante despliegue de teclas y sonidos es algo técnico pero,
básicamente, lo que nos vienen a decir la armonía y las matemáticas en este
caso es que, en cuestiones de afinación, todo no se puede tener. Si en una
guitarra o un laúd uno afina perfectamente las quintas, se le estropean las
terceras y viceversa. Hasta ese momento, no había habido gran problema, porque
casi todos los músicos habían jugado al mismo palo, a quintas —o, dicho de otra
manera, solo habían utilizado las consonancias pitagóricas 2:1, 3:2, 4:3 para
afinar—. Pero en esta época empiezan a cobrar importancia otros sistemas de
afinación alternativos, en un intento por conseguir que las terceras y las
sextas sonasen un poco mejor.
De esta
manera, los músicos del Renacimiento empezaron a añadir nuevas notas a sus
escalas y a sus instrumentos. Desde un punto de vista matemático, su esfuerzo
no era muy distinto al de los geómetras que buscaban aproximaciones cada vez
más precisas de π. Pero, al igual que sucede con el perímetro de un círculo y
su radio, no existe un encaje posible entre las distintas consonancias dentro
de una escala, y el motivo es exactamente el mismo. Por muchas vueltas que le
dé uno a la escala, por muchas teclas que añada a su clavecín, las terceras,
quintas y octavas nos arrojan una y otra vez al mundo de los infinitos
irracionales. No hay encaje posible, es una incompatibilidad matemática. En
cuestiones de afinación, todo no se puede tener, y de hecho, en la perfecta
lira de Pitágoras, no todos los intervalos sonaban bien.
Pero como
sucede habitualmente con los problemas irresolubles, la diplomacia terminó
siendo el camino hacia la paz. Por suerte, en el Renacimiento, los músicos
habían empezado a sacudirse el idealismo pitagórico que los había obligado a
componer con las orejas tapadas y la vista puesta en los números. Poco a poco,
empezaron a inventar otros sistemas de afinación conciliadores y generosos en
ñapas, sistemas que desafinaban un poco todas las notas para que ningún
intervalo sonase demasiado mal —aunque ninguno sonase perfectamente bien
tampoco—. Son los llamados «temperamentos» que, en este caso, no tienen nada
que ver con el carácter de una persona. La palabra hace referencia al acto de
«templar las cuerdas», medirlas con cuidado para modificar ligeramente su
afinación, en busca de un sonido que se acomodase mejor a la práctica musical.
Y podría parecer, quizás, un problema poco trascendente. Un pasatiempo
artesanal, interesante solo para contables minuciosos o para afinadores de
pianos con trastorno obsesivo compulsivo. Sin embargo, las discusiones sobre
afinación ocuparon a científicos como Galileo, Christiaan Huygens, Leonhard
Euler, Isaac Newton, Thomas Young, Helmholtz o Max Planck. Todos ellos
escribieron sobre posibles temperamentos en alguno de sus tratados,
probablemente porque les intrigaba la posibilidad de resolver un problema
estético utilizando números.
Probablemente,
el más conocido de todos estos sistemas de afinación fue el «buen temperamento»
que Johann Sebastian Bach ilustró con sus libros de preludios y fugas. A pesar
de lo que se suele leer por Internet, Bach no inventó el sistema de afinación
actual —el temperamento igual— y ni siquiera parece que llegase a usarlo en
absoluto. Lo más probable es que su famoso Clave bien temperado se
basara en un sistema de afinación ligeramente irregular, construido a base de
apaños y pequeños retales de sonidos. Este «buen» temperamento tampoco lo había
ideado el compositor, por otra parte, si bien fue bastante utilizado en su
época. La idea de Bach, más bien, era que si tocabas sus veinticuatro preludios
y fugas en todas las tonalidades posibles y ninguna sonaba del todo mal,
entonces tu clave estaba «bien» temperado. Sin duda, un esfuerzo un pelín
exagerado como ejercicio de afinación, pero Bach era un tío aplicado y
prolífico en todos los aspectos de su vida. El «temperamento igual» que
utilizamos en la actualidad es ligeramente diferente. Es un sistema mucho más
simétrico y matemáticamente preciso. Pero, para poder formularlo, los
matemáticos tuvieron que dejar de lado las ñapas de los afinadores y aprender a
partir los intervalos musicales en varios trozos iguales de manera precisa.
Necesitaban calcular el «punto intermedio» entre varias notas.
Este era
precisamente el problema que ocupaba a Michael Stifel en su libro Arithmetica
integra. El matemático buscaba la forma de dividir el tono en dos mitades
iguales de manera exacta. Lo complicado del asunto radicaba en que, para
nuestro oído, las distancias sonoras son en realidad fracciones, intervalos,
como ya hemos visto. En el mundo de los tonos musicales, existe la misma
separación entre 100 Hz y 200 Hz que entre 1000 Hz y 2000 Hz. Por eso, los
puntos intermedios entre dos notas deben calcularse mediante multiplicaciones y
divisiones, en lugar de sumas y restas, lo que se conoce como hallar una media
geométrica. Por poner un ejemplo sencillo: la media aritmética entre 2 y 8 es
5, porque para ir de 2 a 5 o de 5 a 8 hay que sumar siempre la misma cantidad
(+ 3); la media geométrica entre 2 y 8 es 4, porque para pasar de 2 a 4 y de 4
a 8, uno debe multiplicar siempre por el mismo factor (× 2). Para nuestro oído,
este es el verdadero punto intermedio, el que divide el espacio —la cuerda o el
sonido— en «proporciones» iguales.
Stifel se
dio cuenta de que la única solución a su problema pasaba por utilizar
cantidades irracionales, e incluso ideó un concepto muy parecido al de los
logaritmos que formalizaría Napier medio siglo después[107]. En
concreto, se ve obligado a introducir una raíz cuadrada, ¡como la que había
condenado a Hípaso de Metaponto dos mil años antes! La distancia de do a do
sostenido que buscaba el matemático alemán era √9/8, un
número con infinitos decimales que habría puesto los pelos de punta a cualquier
matemático griego.
Consciente
quizás de este pequeño agravio, Stifel discute las propiedades de estos nuevos
números en su libro. Se pregunta si son «verdaderos o ficticios», si realmente
pueden considerarse números. Por un lado, los encuentra demasiado útiles como
para prescindir de ellos. Entre otras cosas, afirma que «los músicos hablan de
estas proporciones irracionales», como dando a entender que si el concepto
estaba presente en la práctica musical, debía de ser válido también
matemáticamente. Sin embargo, el carácter infinito, inasible de estas
cantidades sigue dándole demasiado vértigo. La estética matemática se impone, y
Stiefel termina dudando de sus «números» irracionales[108]:
Cuando
intentamos someterlos a numeración y hacerlos proporcionales a los números
racionales, encontramos que huyen perpetuamente, de modo que ninguno de ellos
puede ser aprehendido con precisión […] Del mismo modo que un número infinito
no es un número, un número irracional no es un número verdadero, ya que está
oculto bajo una especie de nube de infinito.
El
sistema de afinación que usamos en la actualidad, conocido como temperamento
igual, está construido usando este tipo de «nubes de infinito». Todas las notas
que escuchamos se definen mediante cantidades irracionales. El resultado es
mucho menos «perfecto» —armónicamente hablando— que el que había prescrito
Pitágoras. Pero en otros sentidos, resulta mucho más simétrico y «sencillo»,
más fácil de trasladar y de sistematizar. Hoy usamos doce semitonos exactamente
iguales para dividir una octava, definidos por la proporción 12√2. Esta es la
distancia que separa un do y un do sostenido en nuestros teclados, guitarras y
sintetizadores —o cualquier par de notas contiguas, en realidad—. De este modo,
todos los sonidos de nuestras escalas están «a mitad de camino», exactamente,
entre los dos que lo acompañan, todos contienen un poco de disonancia en su
interior, todos están ligerísimamente desafinados para que ninguno suene
demasiado mal. El error, en cualquier caso, es inapreciable para nuestro oído,
así que el mal del diablo infinito, se convierte, en este caso, en un pecado
venial.
Tras
varios siglos de discusiones entre músicos, lutieres y matemáticos, la búsqueda
de sencillez y de un estándar de afinación común para todos los músicos acabó
imponiéndose a la perfección armónica que habían prescrito los pitagóricos. En
su lugar, surgió un orden mucho más simétrico y regular. Pero para encontrarlo
fue necesario crear un concepto matemático capaz de absorber y sintetizar toda
esa complejidad: los números irracionales. Poco a poco, las matemáticas y la
práctica musical nos ayudaron a encontrar un equilibrio en el infinito de lo
inconmensurable.
Capítulo
5
La música interminable
En algún
lugar, sobre la oscurecida curva del mundo, el sol y la luna tiraban de la
membrana de agua del planeta terrestre, levemente hinchada en uno de sus lados,
sosteniéndola mientras la sólida bola giraba. Siguió avanzando la gran ola de
la marea a lo largo de la isla, y el agua se elevó.
William
Golding, El señor de las moscas[109]
§. La
versión coreana del milagro de Moisés
Cada año, cientos de coreanos y turistas acuden al sur de la península asiática
para observar un curioso milagro. Durante una hora, siempre en primavera, el
mar Amarillo se divide en dos y deja a la vista un camino estrecho y
serpenteante de tres kilómetros de longitud que une las islas Modo y Jindo.
Esta breve ventana de tiempo ofrece la oportunidad a los habitantes de ambos
extremos de cruzar el mar a pie y juntarse a medio camino entre las dos islas.
El fenómeno se repite durante cuatro días consecutivos, mientras a su alrededor
se celebra un festival que atrae a curiosos de todo el mundo. Cada vez que el
mar se retira, los humanos se abalanzan sobre el camino, como un largo reguero
de hormigas, dispuestos a hacer suyo el terreno recién robado a los peces.
Algunos bailan, otros se hacen selfies. Los más avispados
aprovechan para recoger almejas y algas marinas, repentinamente desprotegidas
sin su húmedo manto de olas.
Fue en
1975 cuando Pierre Landy, el embajador de Francia en Corea del Sur, llamó la
atención del mundo sobre este fenómeno. Gracias a un artículo suyo en un
periódico francés —y a las agencias de viajes que lo citaron después—, hoy el
evento se conoce en todo Occidente como «la versión coreana del milagro de
Moisés». En la isla, sin embargo, este camino efímero tiene su propio relato
mágico. Según se cuenta, los tigres eran abundantes hace tiempo en la isla
Jindo. Un día, empezaron a invadir las aldeas locales y sus habitantes tuvieron
que huir a la isla Modo, pero una pobre anciana se quedó abandonada en Jindo
por error. Durante días rezó al dios del mar, Yongwang, para que la ayudara a
pasar. Este, al final, se apiadó y respondió a sus plegarias en un sueño. Al
día siguiente, crearía un arcoíris para que su familia pasase a recogerla. ¡Y
así sucedió! Hoy ya no quedan tigres en Jindo, y los turistas que invaden la
isla no parecen demasiado fieros. Pero el dios Yongwang sigue fiel a su
promesa, y cada año parte el mar en dos para regocijo de los isleños. Parece
que los dioses son muy de dividir mares para dejar huir a la gente que les cae
bien. Me pregunto qué tendrán en contra de los barcos.
Los
físicos tienen su propia versión de los hechos, claro. En realidad, no son los
dioses sino las mareas las que causan la división del mar Amarillo. Como
sabemos desde hace tiempo, la Luna tira de la piel líquida de nuestro planeta,
deformándola levemente mientras la Tierra gira. Esto provoca que el nivel del
agua cambie regularmente cerca de las costas. En cada playa se dan dos mareas
altas cada día: siempre que ese punto está más cerca de la Luna, o justo en el
extremo opuesto. A medida que avanza el día, el abultamiento del agua se
desplaza hacia nuevas costas, persiguiendo a nuestro satélite como un
romántico hula hoop. Mientras tanto, en la playa, las olas parecen
alejarse cada vez más de nuestros pies. Su propia huella, lisa y oscura, es la
única que ya no pueden borrar.
Durante
una marea especialmente baja, el mar de Jindo se retrae tanto que deja al
descubierto un estrecho camino de arena acumulado sobre el lecho marino entre
las dos islas. El mar no se divide en dos. Simplemente, se agacha. En Corea del
Sur se queda con el ombligo al aire, mientras estira sus espumosos rizos para
alcanzar a la Luna desde Estambul.
La
cuestión, entonces, es por qué el mar no se divide en Jindo todos los días,
sino solo en primavera, un par de veces al año o tres como mucho, siempre a
distinta hora y en una fecha distinta. ¿No gira la Tierra cada veinticuatro
horas?, ¿no nos rodea la Luna una vez al mes? La respuesta se encuentra en un
fenómeno conocido como armónicos de la marea, y no podría tener un nombre más
bonito.
En
realidad, no todas las mareas son iguales. Si alguna vez decides acampar en la
playa, te recomiendo que lo tengas en cuenta. Yo lo aprendí por las malas una
noche a las cuatro de la madrugada, a orillas del océano Atlántico. Una amiga y
yo habíamos colocado nuestro campamento la tarde anterior cuidadosamente
alejado de la última huella de la marea, pero por la noche el mar nos despertó
con sus fríos lametones para intentar robarnos la tienda. Pasamos el resto de
las vacaciones oliendo a algas y a sal. Pero a cambio aprendimos algo de física
y de geología. El nivel del mar no sigue una oscilación perfectamente
periódica, ni sube siempre hasta la misma altura.
El motivo
es que las mareas no solo se ven afectadas por la Luna y la rotación de la
Tierra. También el Sol atrae a las masas de agua. Tanto su fuerza gravitatoria,
como la de la Luna, dependen de su distancia de la Tierra, que varía a lo largo
de cada traslación. Y todas las órbitas que participan en este ballet sufren
a su vez pequeñas variaciones, precesiones, nutaciones, bamboleos varios que
afectan en mayor o menor medida al juego de fuerzas que tiran del mar. Aunque,
por simplificar, hablemos de mareas altas y bajas, en realidad existen decenas
de efectos de diversa magnitud y frecuencia que las modelan, dando lugar a
mareas enanas, enormes, medianas y de todas las tallas que uno quiera buscar.
Si
representamos el nivel del agua cerca de la costa, en lugar de obtener una
curva perfectamente regular, de hecho, lo que encontramos es un garabato más
bien difícil de predecir. En él se puede ver cómo el nivel del mar sube y baja
dos veces cada día, aproximadamente, de acuerdo con los ritmos de la Luna y la
rotación terrestre. Pero, claramente, debe de haber otros factores involucrados
que hacen que el dibujo sea mucho más enrevesado. Existen varios fenómenos que
van moldeando la forma de la onda a lo largo del mes, y modifican la amplitud
de las oscilaciones más rápidas. Para identificarlos y poder predecir el nivel
del mar de manera precisa, es necesario descomponer la onda en sus múltiples
frecuencias, igual que hace nuestro oído con los sonidos compuestos. Por este
motivo, estas «frecuencias» marinas se conocen como armónicos de marea. La
partitura a dúo del Sol y la Luna está escrita sobre la superficie del mar. El
proceso necesario para separar sus voces es un análisis de Fourier, el mismo
que aplica la caracola de nuestro oído para identificar los tonos musicales.
Sin
embargo, los componentes de la marea no son precisamente «armónicos», al menos
no en el sentido musical y pitagórico del término. La Luna orbita a la Tierra
cada 27,321662 días. La Tierra tarda 86.164,098903691 segundos en girar sobre
sí misma; le cuesta 365,256363 días dar una vuelta alrededor del Sol. Desde
hace siglos, los físicos se esfuerzan por añadir más y más decimales a estos
números, en busca de los valores exactos de cada ciclo. Y estas son solo las
frecuencias principales que interactúan con las mareas. En total, se requieren
hasta sesenta componentes para describir fielmente su oscilación diaria.
Tomados
en conjunto, los números que sincronizan esta compleja maquinaria espacial no
podrían ser más feos, ¡nada encaja con nada! Son frecuencias inconmensurables
que, al combinarse, dan lugar a una onda irregular, cambiante, similar a los
ruidos que analizó Helmholtz o al sonido de las láminas bidimensionales que
tanto fascinó a Chladni y a Sophie Germain. Por eso en Jindo, el mar se divide
solo un par de veces o tres cada año, y siempre en una fecha distinta. Hace
falta que muchas frecuencias orbitales coincidan en su punto más bajo para que
el nivel del mar descienda lo suficiente, y esto no se da tan a menudo, ni con
una periodicidad regular. Lo cierto es que no existen dos mareas iguales. El ir
y venir del mar junto a las islas jamás se repite exactamente de la misma
manera.
§. La
música de las esferas
«¿Qué
sonido es este tan fuerte y tan suave a la vez, que llena mis oídos?». «Este
es», dijo, «aquel que resulta del impulso y del movimiento de las esferas
mismas, en intervalos desiguales pero en proporciones determinadas, y que,
combinando los tonos agudos con los más graves, produce acordes variados pero
armónicos; pues no puede hacerse en silencio movimiento tan grande, y la
naturaleza hace que las esferas extremas emitan de una parte sonidos más
graves, y de otra parte sonidos agudos».
Cicerón,
«El sueño de Escipión», De re publica (55 a. C.).
Hoy los
físicos buscan relaciones en los periodos del Sol, la Luna y la Tierra para
poder entender y predecir las mareas de forma precisa. Aunque el análisis de
Fourier, como buena herramienta matemática, se pueda aplicar a este y a otros
fenómenos de lo más variado, el símil sonoro no es más que una metáfora útil.
Las frecuencias que se combinan y dan lugar a la complejidad de las mareas no
representan ningún tipo de sonido, únicamente movimientos periódicos, como el
de la Luna, el Sol y la Tierra girando sobre sus órbitas. Incluso si esos
movimientos produjeran algún tipo de ruido —que no lo hacen—, o si sus
frecuencias estuvieran dentro del rango que los humanos podemos percibir —y no
lo están—, en el vacío, a falta de aire, esas supuestas ondas sonoras nunca
podrían viajar. Como rezaba el cartel de la película Alien, «en el
espacio, nadie puede oírte gritar». Todas las demás sagas de ciencia ficción
que sobrecogen a los espectadores con estupendas explosiones en el espacio
mienten como bellacas. No hay sonidos de ningún tipo en el espacio. Es una
imposibilidad física. ¡Ni siquiera el Big Bang fue bang!
Durante
siglos, sin embargo, se creyó que estos movimientos planetarios daban lugar de
verdad a toda una sinfonía cósmica. Así lo explica Aristóteles en el siglo IV
a. C.[110]:
Hay
quienes creen que unos cuerpos tan grandes deben producir necesariamente sonido
con su movimiento. También los cuerpos sobre la Tierra lo hacen, aunque no sean
tan voluminosos, ni se muevan tan rápido, ni sean tantos en número.
Aunque el
filósofo rechazaba esta idea, la expone en su tratado Sobre el cielo para
explicar el origen de la llamada «música de las esferas». Según este mito
pitagórico, no solo el Sol y la Luna, sino también los planetas y las
estrellas, debían emitir su propia frecuencia sonora. En conjunto, producían
una especie de música celestial y la clave para desentrañarla consistía en
averiguar las proporciones racionales o irracionales que relacionaban sus
órbitas. A fin de cuentas, Pitágoras había descubierto que la naturaleza estaba
ordenada por números, y la belleza de esos números se manifestaba de manera
sensible a través de nuestros oídos. Un universo bello y armónico debía ser,
necesariamente, un universo sonoro. Así, en el quadrivium, la
música no solo estaba íntimamente ligada a la aritmética, sino también a la
astronomía. Las dos eran disciplinas hermanas, capaces de hacer perceptible a
través de nuestros sentidos el abstracto mundo de las matemáticas. «Podemos
decir que, del mismo modo que nuestros ojos están hechos para la astronomía,
nuestros oídos están hechos para percibir la armonía», afirmó Platón en
la República.
La unión
de música y astronomía daba sentido a otro concepto de profundas implicaciones
en el pensamiento griego: el cosmos. Aunque hoy usamos esta palabra como
sinónimo de mundo o universo, en su origen tenía muchas más connotaciones. El
kósmos —κόσμος— era lo opuesto al kháos —χάος—, implicaba cierto
orden y armonía. Se trataba de un todo bien estructurado, regido por números y,
por tanto, bello. Esta acepción es la que se esconde en una palabra como
«cosmética», por ejemplo. Para un griego, maquillarse —usar «cosméticos»— sería
algo así como organizarse la cara, colocar sus elementos en busca de
proporciones numéricas; una posibilidad mucho más realista para Mister Potato
que para cualquier ser humano con la nariz clavada a mitad de camino entre las
orejas, en el mejor de los casos.
La
cuestión es, por supuesto, que a pesar de jugar con liras y vestir túnicas
blancas, en la antigua Atenas tampoco caía música del cielo. Y los griegos
podían ser algo ingenuos pero, desde luego, no eran sordos —o no todos, al
menos—. Así que los pitagóricos tuvieron que presentar buenos motivos para
explicar el contradictorio silencio cotidiano de los astros. Algunos lo
achacaron a la imperfección humana. Según la versión de Porfirio, filósofo
neoplatónico e historiador del siglo III d. C., solo Pitágoras era lo bastante
puro como para percibir la música celestial[111]:
Podía
escuchar la armonía del universo, entendía la música de las esferas y las
estrellas que se mueven en concierto con ellas, la misma que nosotros no
podemos escuchar debido a las limitaciones de nuestra naturaleza débil[112].
Otros
filósofos aludieron a una especie de sordera aprendida. Su idea era la
siguiente: si el sonido de los planetas nos acompaña desde nuestro nacimiento,
es posible que nuestros oídos hayan aprendido a omitirlo. Como un olor que se
diluye cuando nos acostumbramos a él, la música celestial no aporta ningún
contraste que pueda llamarnos la atención. Cicerón, por su parte, pensaba que
la limitación se encontraba en nuestros sentidos: «Los oídos de los mortales
están llenos de este sonido, pero son incapaces de oírlo… uno puede también
intentar mirar directamente al Sol, cuyos rayos son demasiado intensos para
nuestros ojos». Arquitas, en cambio, apuntó a las propiedades de esas
vibraciones cósmicas: «muchos sonidos no pueden ser reconocidos por nuestra
naturaleza, algunos por la debilidad del impacto, otros por encontrarse a una
gran distancia de nosotros, y otros porque su magnitud excede lo que puede
entrar por nuestros oídos, como cuando uno vierte demasiado en una vasija con
el cuello demasiado estrecho y nada entra». De pura chiripa, la explicación de
Arquitas tenía algo de sentido: existen sonidos demasiado graves que no «caben»
en nuestro oído; debido a su gran longitud de onda no pueden excitar nuestro
tímpano. Si los planetas produjeran algún tipo de sonidos de acuerdo con la
frecuencia de sus órbitas, serían de este tipo, profundos infrasonidos. Pero no
lo hacen, ya lo hemos dicho: en el espacio nadie puede oírte gritar.
A través
de Arquitas, la música de las esferas llegó a oídos de Platón y este la ilustró
con algo más de detalle. Al final de la República, cuenta la
historia del soldado Er, que es resucitado por los dioses para contar a los
vivos su experiencia después de la muerte. Poco antes de elegir un nuevo
destino en el que reencarnarse, las almas tienen acceso a una visión del
universo en su conjunto. El mito de Er desemboca así en una descripción de la
máquina del cosmos, que resulta ser una especie de gramola gigante. En ella, el
huso de la Necesidad impulsa el movimiento de los astros. Conectados a él, hay
ocho círculos que giran suavemente a distintas velocidades: el del zodíaco, con
su laberinto de estrellas, es el más alejado de todos. Contiene las órbitas de
los cinco planetas entonces conocidos —Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y
Saturno—, la Luna y el Sol. La Tierra, en cambio, se sitúa en el centro del
universo, completamente estática. A su alrededor, las órbitas de los demás
astros forman esferas perfectas, y en cada una hay «una sirena, transportada en
su movimiento, cantando el sonido de una sola nota, de modo que las ocho dan
lugar a las concordancias de una escala».
La escena
es lo bastante psicodélica como para esperar que nadie se la tomase demasiado
en serio. Sin embargo, durante siglos, decenas de sabios intentaron averiguar
cómo sonaba exactamente aquella música cantada por sirenas espaciales. En el
siglo I a. C., en Roma, Cicerón propuso un cosmos de ocho voces, una por
esfera, con Mercurio y Venus cantando la misma nota. De este modo, su cosmos
cantaba siete notas distintas en total, como en una escala musical o en las
cuerdas de una lira. Poco después, Plinio el Viejo determinó exactamente qué
nota correspondía a cada planeta e incluyó a la Tierra en la base de todo el
coro. Nicómaco de Gerasa, otro pitagórico, revisó la partitura un siglo más
tarde, y en su versión decidió silenciar nuevamente a la Tierra, que para algo
estaba quieta. Pero, probablemente, ninguno le dio tantas vueltas a su armonía
cósmica como Ptolomeo. El astrónomo más conocido de la Antigüedad, creador del
sistema «ptolemaico» que clavó la Tierra al centro del universo durante toda la
Edad Media, fue también el autor de uno de los tratados de teoría musical más
célebres de su tiempo titulado, para variar, Armónicos. Nueve de
sus capítulos están dedicados a analizar la armonía de las esferas. Como cuenta
Kitty Ferguson en La música de Pitágoras:
Cuando
Ptolomeo desarrolló su propio sistema, lo consideró un logro tan significativo
que lo hizo grabar en una losa de piedra en Canopo, cerca de Alejandría. Sintió
que había hecho una conexión con el conocimiento antiguo, acercando de nuevo el
concepto de la música de las esferas a su versión original pitagórica. Venus y
Mercurio compartían una nota; las estrellas formaban el coro, cantando la nota
más alta; los cuatro elementos hacían sonar las dos notas más graves[113].
La
inscripción que dejó Ptolomeo en Canopo es tan críptica que nadie puede estar
seguro acerca de su significado. Pero, de acuerdo con la interpretación de
Bruce Stephenson[114], su
partitura celestial abarcaba varias escalas e incidía repetidamente sobre las
notas re, sol, do. Estas mismas notas pueden utilizarse como la base de tres
acordes que forman una cadencia bastante común, y que en armonía tonal se
representan como II - V - I. Es solo una especulación, basada en una de las
muchas interpretaciones que quisieron hacer audible lo que no es más que un
mito antiguo y algo chiflado. Pero me encanta imaginar que el cosmos de los
griegos, con sus sirenas giratorias, sus liras celestiales y su gran gramola,
pudo sonar como una de las secuencias de acordes más típicas de la música jazz.
§.
Oresme, el moderno
Aunque la mayor parte del tratado de Ptolomeo se perdió antes de la Edad Media,
otros escritos antiguos legaron el mito pitagórico a la nueva Europa. En la
segunda mitad del siglo XIV, fue retomado por Nicolás de Oresme. Filósofo y
matemático francés, hoy se le recuerda como uno de los pensadores más
originales de su tiempo. Escribió numerosos tratados sobre economía,
matemáticas, física y teología, y ejerció como consejero del rey Carlos V de
Francia. Fue, además, el primero en demostrar que la conocida como «serie
armónica» en matemáticas —esto es, la suma de 1 + 1/2 + 1/3 + 1/4 +…— es
divergente o, dicho de otra manera, su resultado es infinito. El nombre de esta
serie, cómo no, se debe a su origen musical: estas fracciones definen las
proporciones de una cuerda que producen los sonidos armónicos de una frecuencia
fundamental.
No fue el
único trato de Oresme con la armonía o con el infinito, ya puestos. También
intentó dilucidar, a lo largo de varios escritos, cómo sonaría esa supuesta
sinfonía celestial de la que hablaban los filósofos antiguos. La clave del
asunto era determinar si el deejay del cosmos era la
aritmética o la geometría —esto es, si las órbitas celestes estaban regidas por
números racionales o irracionales—, porque la diferencia entre una y otra podía
llevar a una mezcla disonante interminable, o a otra consonante pero
mortalmente repetitiva. En la tercera parte de su Tratado sobre la
conmensurabilidad o inconmensurabilidad de los movimientos celestiales,
Oresme prefiere dejar que sean personificaciones de estas disciplinas
matemáticas las que discutan sus aportaciones a la música celestial, mientras
Apolo ejerce como moderador del debate y él escucha anonadado.
Inicialmente,
parece que Aritmética tiene todas las de ganar. La tradición pitagórica y el
ideal científico que aspira a describir la naturaleza matemáticamente la
respaldan. Según ella misma argumenta, Dios reveló la primacía de los números
enteros al «ordenar todas las cosas agradablemente, es decir, armónicamente[115]». Sin
embargo, si las proporciones entre las órbitas de los planetas estaban
gobernadas por la aritmética, entonces, la música del universo acabaría por
repetirse tarde o temprano. Si, por ejemplo, un planeta diera dos vueltas
exactas en el tiempo preciso en que otro da tres —lo que equivaldría a un
intervalo musical consonante de quinta 2:3—, ambos volverían a encontrarse en
el mismo punto de partida al cabo de cierto tiempo, siempre el mismo, y
repetirán exactamente el recorrido inicial sin ninguna alteración. La misma
periodicidad que caracteriza a los tonos musicales que tanto placen a nuestro
oído, daría lugar a un cosmos totalmente cíclico. Ya en tiempos de Oresme se
sabía que esto no sucedía así. Las conjunciones de los planetas rara vez
suceden en los mismos puntos del cielo, por lo que su danza conjunta
difícilmente puede describirse como periódica. Pero, más allá de los hechos
observables, que en la Edad Media rara vez eran el centro del debate, el
argumento principal de DJ Aritmética parece ser la belleza: el hecho conocido
de que las proporciones no conmensurables suenan fatal y, por tanto, no pueden
permitirse en un cosmos armonioso. Lo irracional «parece más apropiado para las
lamentaciones salvajes del infierno miserable que para los movimientos
celestiales que unen, con un maravilloso control, las melodías musicales que
apaciguan el gran mundo».
Geometría,
por su parte, no intenta negar este punto. Ciertamente, los sonidos racionales
son más agradables que los que ella misma es capaz de producir. Más bien,
considera que el mero placer perceptivo como motivación artística resulta
insuficiente para apreciar la complejidad de la música celestial. Es un
criterio estético simplista y está pasado de moda. Sin duda, un cosmos
compuesto por Aritmética sería muy armónico, perfectamente ordenado y
periódico. ¡Tanto que dormiría hasta a las ovejas! Y «¿qué canción agradaría
que se repitiese una y otra vez?», argumenta Geometría, «¿no produciría hastío
tanta uniformidad? Sin duda lo haría, ya que la novedad es más deleitable».
Para colmo, un universo ambientado con semejante tostón estaría condenado a
repetir su historia eternamente, de forma cíclica. Y, según la concepción de
Oresme, el cosmos debía ser irreversible, lineal, con un principio y un fin,
capaz de generar música rompedora por los siglos de los siglos.
La
cuestión, por supuesto, es que Nicolás era un moderno, un hípster con levita a
la vanguardia de las tendencias del siglo XIV, y a él lo que le gustaba era la
«música nueva» de su tiempo. Sus argumentos científicos son también un reflejo
de sus gustos musicales. Un cosmos movido por Geometría podría resultar menos
armonioso, sin duda. Pero, por el mismo motivo, su melodía nunca se repetiría
exactamente igual. Como las mareas eternamente cambiantes del mar de Jindo, las
órbitas inconmensurables serían capaces de generar armonías siempre diferentes.
En este tratado, sin embargo, Oresme no se atreve a dar por zanjada la
cuestión. Como en el final de una serie de televisión cutre, el filósofo abre
los ojos justo antes de que acabe el debate, y en pantalla salen los títulos de
crédito. ¡Resulta que todo había sido un sueño! Ya despierto, Oresme recula y
afirma «que no está en manos de los hombres descubrir semejantes cosas». Sin
embargo, por los ojitos que le pone, está claro quién es su diosa matemática
preferida, y el nombre no empieza por A.
En otra
obra posterior, El libro del cielo y del mundo, de 1377, Oresme
encuentra aún más argumentos a favor de la reina de lo irracional. El
matemático demuestra que las proporciones inconmensurables entre las órbitas
son más probables que las armónicas. Este razonamiento le lleva a criticar la
astrología, entonces considerada parte indisoluble de la astronomía. La
infinita variabilidad de los movimientos celestiales haría imposible la
recurrencia sobre la que se basan sus predicciones. Nunca habría dos Piscis
iguales, dicho de otra manera, da igual cuánto detalle añada uno en su carta
astral. En pleno siglo XXI, esto es casi una obviedad. El poder predictivo de
los horóscopos se basa en la vaguedad de sus afirmaciones y el deseo de creer
en ellas. Si busco el mío en Internet, por ejemplo, y abro una página al azar,
el texto me asegura que «Libra se enfrentará a un nuevo reto». Siete palabras
que sirven para describir un ascenso a la cumbre del Everest o el hecho heroico
de atragantarse con una miga de pan y sobrevivir al desayuno. Siempre es
posible encontrar algún evento que encaje con una predicción lo bastante
ambigua, así que la eficacia de los horóscopos solo depende de la creatividad
de sus seguidores. En tiempos de Oresme, sin embargo, la astrología era el
compás que guiaba las decisiones de muchos monarcas de Europa, y les animaba a
pagar el sueldo de los astrónomos y matemáticos de su corte como consejeros. No
era tan fácil desdeñarla.
No fue la
única idea original de Oresme, el moderno. En El libro del cielo y del
mundo, llega incluso a plantear la posibilidad de que la Tierra estuviese
en movimiento. Esta configuración resultaba especialmente convincente desde un
punto de vista musical: en el sistema geocéntrico, las estrellas debían emitir
un sonido extremadamente agudo debido a su gran velocidad, puesto que daban una
vuelta completa al universo cada día. Claro, la imagen de estos astros dando
gritos estridentes y haciendo derrapes a las afueras del cosmos no era
precisamente elegante. En cambio, al dejarlas quietas como un póster clavado en
el fondo del cosmos, era posible que estuviesen en silencio, una actitud mucho
más coherente con su majestuosidad. No obstante, Oresme no termina de
decantarse claramente por este modelo, quizás porque era demasiado
contraintuitivo o porque temía tener que defenderlo. Aún hoy resulta difícil
asimilar el hecho de que la Tierra está en perpetuo movimiento, por mucha
física que uno sepa. Piénsalo, ahora que me lees sentado en el sofá, en un
parque tranquilo o tumbado en la cama quizás. Debes saber que en este preciso
momento te estás moviendo a casi treinta kilómetros por segundo alrededor del
Sol, unos 107.208 kilómetros por hora. Ciento. Siete mil. Kilómetros. Cada.
Hora. Como cuando vas en coche, no: mil veces más rápido, y sin despeinarte.
El relato
popular atribuye la originalidad del modelo heliocéntrico a Nicolás Copérnico.
Lo cierto es que, mucho antes que él, en el siglo III a. C., Aristarco de Samos
ya había propuesto un sistema planetario centrado en el Sol, inspirándose en
las ideas de los pitagóricos. Para ellos, era obvio que si el cosmos
ejemplificaba la belleza matemática, los astros debían moverse en círculos
perfectos, lo que solo era posible si todos los planetas, incluida la Tierra,
giraban alrededor del Sol. Filolao, el sucesor de Pitágoras, creía además en la
existencia de un fuego invisible en el centro del universo que provocaba el
movimiento de todo lo demás a su alrededor —incluido también el Sol—. En total,
su sistema constaba de diez cuerpos celestes: los cinco planetas entonces
conocidos, la Luna y el Sol, la bóveda celeste, el fuego central y una
contratierra, para rellenar. La elección del número 10, evidentemente, no era
casualidad. Lo llamativo, más bien, es que su fe en el modelo teórico y en la
belleza de ciertos números le llevase a postular no solo el movimiento de la
Tierra —un hecho ciertamente contraintuitivo, contrario a la experiencia
cotidiana—, sino también la existencia de objetos celestes imposibles de
observar. Si hacía falta una contratierra para sumar diez cuerpos celestes, se
añadía sin más. La perfección de los números bonitos, la búsqueda de conexiones
y de un sistema «redondo» era más importante que ceñirse estrictamente a la
realidad. Quizás por eso Platón llegó a afirmar que mirar al cielo para estudiar
astronomía era una pérdida de tiempo. La verdad residía en el mundo de las
ideas, así que solo el razonamiento puro podía conducir a ella. Hoy tenemos
mejores datos, modelos más completos y un criterio científico mucho más maduro.
Pero, quizás, la inspiración de los pitagóricos no era tan distinta a la de
muchos físicos teóricos contemporáneos, que se apoyan en la simetría y la
simplicidad matemática de ciertos modelos —su belleza— para proponer la
existencia de nuevas fuerzas y partículas elementales. A menudo, estas ideas
solo pueden ser validadas experimentalmente varias décadas después.
Dos
milenios después de Aristarco —seis siglos antes de que se tuviese noticia de
las partículas subatómicas—, las motivaciones de Oresme parecen tener también
un fuerte trasfondo estético. Su preferencia por esa «música nueva» que solo la
geometría podía generar iba más allá de la metáfora. Desde finales del siglo
XIII se había librado en Europa la lucha entre dos corrientes musicales,
correspondientes a dos épocas distintas. Ars nova fue el
nombre que Philippe de Vitry, otro moderno del siglo XIV, le dio a su propia
forma de componer. Con este término buscaba distanciarse de la música del
periodo anterior, que desde entonces pasó a conocerse como ars antiqua.
La diferencia clave estaba en el ritmo. Junto con músicos de la época, De Vitry
había logrado liberar a la música de ciertos patrones rítmicos del pasado,
especialmente repetitivos, gracias a nuevas formas de notación musical. Sus
aportaciones a la música escrita hicieron posible una diversidad y una
sofisticación inusitadas hasta la fecha. Con el paso del tiempo, esta tendencia
dio lugar a una tercera corriente musical, el ars subtilior,
caracterizada por la riqueza visual de sus partituras y todo tipo de
«sutilezas» intelectuales, solo accesibles a un público culto capaz de analizar
la escritura musical. Fue otra forma de música teórica, pensada para degustarse
con los ojos y con la mente, y no solo para los oídos.
De Vitry
fue uno de los teóricos musicales más influyentes e innovadores de su tiempo.
Estuvo en contacto con muchos intelectuales de la época, entre ellos Oresme.
Los dos debieron de llevarse bastante bien, porque este último dedicó uno de
sus libros de matemáticas al compositor: Algorismus proportionum,
sobre fracciones racionales e irracionales, precisamente. Como un verdadero
fan, Oresme colma de halagos a Vitry y afirma efusivamente que le «llamaría
Pitágoras si fuese posible creer en la reencarnación de las almas». También
sugiere que cualquier corrección del compositor a su libro supondría una
mejora, y bastaría para hacerlo invulnerable a cualquier crítica. El
equivalente contemporáneo sería leer una dedicatoria de Stephen Hawking a Luis
Fonsi pidiéndole sus valiosísimas aportaciones a una nueva teoría sobre
agujeros negros: «¿Crees que más allá del horizonte de sucesos el tiempo
transcurre… despacito?». La cuestión es que, hace siete siglos, Oresme y Vitry
no se dedicaban a disciplinas tan distintas, en realidad. Solo eran ramas
hermanas dentro del quadrivium que ambos habían estudiado. Los
tratados musicales de Vitry estaban llenos de argumentos matemáticos. Los
tratados matemáticos y astronómicos de Oresme sonaban con el ritmo de la música
de su tiempo.
Baude
Cordier, «Tout par compas suy composés», canon circular, siglo XIV. En el
Códice de Chantilly, IMSLP.
§. El
astrónomo miope
Siéntate,
Jessica. Mira la bóveda celeste tachonada de astros de oro. Hasta el más
pequeño que contemples al girar en su esfera como un ángel canta uniendo su voz
al coro de los querubines. Tal es la armonía de las almas inmortales, pero
mientras este perecedero traje de barro burdamente las cubra, no podemos oírla…
William
Shakespeare, El mercader de Venecia (1600)
Con el
paso de los siglos, la música de las esferas fue perdiendo interés como
hipótesis cosmológica, y su sonido se diluyó en el eco de otros mitos del
pasado. El último pensador que intentó escucharla seriamente fue también uno de
los primeros referentes de la ciencia moderna. Al igual que Pitágoras y sus
seguidores, Kepler estaba convencido de que los números podían revelar la
verdad de la naturaleza, más allá de las apariencias. Pero, mientras que los
primeros apenas intuyeron la superficie de una ley física que entendieron mal y
que de inmediato convirtieron en el centro de su religión, casi dos mil años
más tarde los descubrimientos del físico alemán cambiarían para siempre el
pensamiento de Occidente.
Su
talento matemático y su minucioso tratamiento de los datos fueron clave para
ello. Kepler fue el primer matemático en desarrollar un método riguroso para
predecir eclipses, el primer astrofísico propiamente dicho, al plantear la
existencia de fuerzas que mueven los cuerpos celestes en elipses calculables,
el primero en trascender una astronomía puramente descriptiva para hablar de
causas que la ligan a la realidad. Todo eso con una mano. Mientras, con la otra
se dedicaba a dibujar horóscopos, proponía la aparición espontánea de nuevas
especies animales en los pantanos, describía la Tierra como un organismo vivo
con cuerpo y alma y sugería la existencia de vida inteligente en Júpiter y el
Sol. Se le considera, incluso, uno de los primeros escritores de ciencia
ficción. Su novela Somnium —«El sueño»— describe el viaje de
un joven astrónomo a la Luna. Se trata de un alegato a favor de la visión
heliocentrista del sistema solar: una vez se encuentra en nuestro satélite, el
protagonista descubre que sus habitantes creen que la Tierra gira a su
alrededor —al igual que los terrícolas percibimos el movimiento aparente del
Sol—.
Por otra
parte, podría decirse que buena parte de la ciencia de Kepler se distingue más
bien poco de la ficción, incluida su propia versión de la música de las
esferas. Para él, el sistema solar era una especie de coro giratorio sostenido
por poliedros de cristal y cantando un motete polifónico compuesto por el
mismísimo Dios. ¡Ríete ahora de las sirenas espaciales! No se trataba de una
inocente alegoría: en su tratado más célebre, Harmonices Mundi,
Kepler incluye una transcripción de la partitura celestial con sus pentagramas,
su análisis armónico y hasta las distintas voces corales que correspondían a
cada planeta. La Tierra era contralto, Marte era un tenor. Irónicamente, tras
su legado, el concepto de la música de las esferas quedó relegado para siempre
al mundo de la poesía. Y sin embargo, puede decirse que fue precisamente su
trabajo el que dio sentido por primera vez al ideal que aquella música
representaba, el sueño de un universo ordenado, racional y comprensible por el
intelecto humano, descrito por hermosas leyes matemáticas.
Kepler se
crio en el seno de una familia luterana de Baden-Wurtemberg. Poco antes de
cumplir los seis años, su madre le llevó a una colina para ver el cometa de
1577, lo que probablemente despertó su interés por la astronomía. Tampoco
sabemos si el pequeño Johannes «vio» gran cosa. Dos años antes había padecido
viruela, y la enfermedad había dañado su vista considerablemente. Quedó
convertido para siempre en un astrónomo miope, incapaz de observar por sí mismo
esos astros que tanto se esmeraría en ordenar. Por lo demás, debió de ser un
niño bastante espabilado, y sus esfuerzos académicos le llevaron a estudiar en
la Universidad de Tubinga. Allí, Kepler demostró ser un excelente matemático y
se granjeó una gran fama también como astrólogo, gracias a los horóscopos que
inventaba para otros estudiantes. En ese sentido, Kepler era un escéptico muy
pragmático: para él, todos los astrólogos eran unos charlatanes y estafadores,
pero hacía una excepción para sus propias predicciones, que siempre le parecían
bastante acertadas —quizás había cierta armonía entre el cosmos, el destino y
la economía personal, ¡quién sabe!—.
En
Tubinga tuvo también la oportunidad de conocer las ideas pecaminosas de
Copérnico, que empujaban al Sol hacia el centro del universo desde hacía casi
medio siglo. Aunque este modelo no formaba parte del programa oficial de la
universidad —la teoría más aceptada en el mundo académico y religioso seguía
siendo la de Ptolomeo—, el profesor Michael Maestlin lo reservaba para sus
alumnos más aventajados, como Kepler. Maestlin fue uno de los astrónomos más
destacados de su tiempo y uno de los primeros en aceptar —y enseñar con
disimulo— que la Tierra realmente gira alrededor del Sol. Tuvo una influencia
notable sobre el joven Johannes y terminó ejerciendo como su mentor durante el
resto de su vida. Años después de su paso por la universidad, en una de las muchas
cartas dirigidas a su antiguo profesor, Kepler se refiere a Pitágoras como «el
abuelo de todos los copernicanos». Esto demuestra que los dos debían de conocer
la obra de los pensadores griegos que habían defendido este modelo en la
Antigüedad.
Más allá
de las enseñanzas de Maestlin, para Kepler, la teoría heliocéntrica tenía un
profundo sentido religioso. En un cosmos creado a imagen y semejanza de Dios,
resultaba coherente que el Sol, el más brillante y espléndido de todos los
objetos celestes, se situase en el centro de todas las cosas, en representación
de su Creador. Este mismo enfoque simbólico y espiritual empapaba toda su
cosmología. «Es absolutamente necesario que del Creador más perfecto surja una
obra de la máxima belleza[116]»,
argumenta en su primer libro. El orden, la armonía, la simplicidad y la
simetría del cosmos no eran simples atributos estéticos. Para Kepler, revelaban
la firma del Creador. Su pensamiento matemático, como el de Pitágoras, estaba
íntimamente ligado a su religión.
De hecho,
mientras estudiaba en Tubinga, el propósito de Kepler no era ser astrónomo,
sino convertirse en pastor luterano. Seguía este camino con esmero cuando su
propia universidad le obligó a tomar un desvío, justo antes de acabar los
estudios. La escuela luterana de la vecina Graz había solicitado un profesor de
matemáticas y astronomía, y Kepler era el candidato perfecto para cubrir la
plaza. A sus veintitrés años, aceptó su destino con resignación religiosa, pero
sin ninguna ilusión. Su vocación era decididamente espiritual. Así que pronto
empezó a pensar en cómo poner su talento matemático al servicio de su fe, y la
respuesta no tardó en aparecer.
El 19 de
julio de 1595, mientras dibujaba un diagrama para sus alumnos en la pizarra,
Kepler tuvo una revelación divina, o eso debió de parecerle. Sabemos la fecha
exacta porque él mismo la anotó, convencido de su importancia, para detallarla
más tarde en su primer libro, Mysterium Cosmographicum. «El placer
que me proporcionó mi descubrimiento, nunca conseguiré describirlo con palabras[117]»
escribió. En su pizarra, Kepler había empezado a dibujar las conjunciones de
Júpiter y Saturno, es decir, los lugares del cielo donde los dos planetas
parecen alinearse. Para su sorpresa, estos puntos parecían dibujar una serie de
triángulos equiláteros sobre el fondo de estrellas. Solo una pequeña diferencia
hacía que la figura rotase ligeramente en cada vuelta, pero, por lo demás,
aquel dibujo geométrico parecía perfecto. ¡Quién sino Dios podría haberlo
dibujado! La idea le inspiró para buscar otras figuras en el sistema solar y,
tras descartar varios polígonos que no se ajustaban a sus datos, se le ocurrió
que en un universo tridimensional lo más adecuado sería utilizar formas con
volumen.
«Pasé
días y noches calculando», cuenta en su libro, «para ver si esta idea encajaría
con las órbitas copernicanas, o si mi felicidad se la llevaría el viento[118]». Kepler
estaba convencido de que las órbitas de los planetas estaban definidas por los
llamados sólidos platónicos, un tipo de poliedros regulares caracterizados por
el hecho de que todas sus caras, ángulos y aristas son iguales: el tetraedro,
el cubo, el octaedro, el icosaedro y el dodecaedro. Reciben su apodo en honor
al filósofo griego Platón, a quien se atribuye su descubrimiento. Lo
interesante es que solo existen cinco de ellos y no es posible formar ninguno
más, es una imposibilidad matemática. Esto fue lo que terminó de convencer a
Kepler. Cada uno de esos cinco sólidos podía utilizarse como separador entre
las órbitas de dos planetas. ¡Esta debía de ser la razón por la que Dios había
decidido crear, precisamente, seis cuerpos celestes alrededor del Sol! De un
solo plumazo, con un solo argumento, el físico alemán creía poder explicar el
número de planetas y, además, las distancias que los separan.
Es cierto
que Kepler se esforzó en comprobar si su corazonada era cierta. Después de
todo, demostró ser un tipo muy metódico y un excelente matemático. Solo el
hecho de que intentase ajustarse a los datos ya demuestra el cambio de
mentalidad que comenzó a operar precisamente en aquella época. Sin embargo, la
mera coincidencia numérica parece ser la motivación más importante para este
físico teórico algo desnortado. Cinco poliedros regulares, ¿casualidad? Por
supuesto. Pero Kepler no lo creía. Existía un motivo por el que Dios había
elegido crear exactamente seis planetas, no tres, ni dos ni trece. Había orden
en las esferas, había números, ¡había armonía y belleza! Desde ese momento,
Kepler decidió que su objetivo como académico sería buscar en el cielo el plan
de su Creador, que «también quiere ser conocido a través del Libro de la
Naturaleza». Como el dios de los pitagóricos, el suyo parecía tener una
peculiar afición por las matemáticas.
Pequeño spoiler:
la teoría de los poliedros de Kepler no tenía ningún sentido. No hay figuras
geométricas transparentes entre los planetas, y sus distancias no pueden
calcularse usando solo escuadra y cartabón. Para colmo, resulta que nuestro
sistema solar tiene más de seis planetas. Son ocho en total, además de tres
planetas enanos entre los que se encuentra el pobre Plutón, recientemente
degradado. Algunos astrofísicos contemporáneos proponen incluso la existencia
de un noveno planeta que todavía no ha sido observado. Su detección colmaría de
felicidad a los pitagóricos, habitantes al fin de un sistema con diez cuerpos
celestes —los nueve planetas y el Sol—.
Por otra
parte, hoy sabemos que existen innumerables sistemas en todo el universo con
distinto número de planetas orbitando alrededor de una estrella. Ni el número
seis ni el ocho ni el diez tienen nada de particular en ese sentido, solo son
fruto del azar, así que la pregunta de Kepler —«¿por qué seis planetas?»—, tan
inocente en apariencia, simplemente no tenía sentido. Y sin embargo, resulta
especialmente reveladora. Para Kepler, su trabajo como astrofísico no se
limitaba a describir la trayectoria de los astros sobre el cielo, como un
simple escriba, minucioso pero pasivo. Él estaba interesado en averiguar las
causas de esos movimientos, en explicar «el sistema», de manera que sus
infinitas peculiaridades surgiesen naturalmente de una razón más elemental, más
básica y comprensible. Para ello, tuvo que inventar la noción de fuerza física.
«La máquina celestial», escribió en su Mysterium Cosmographicum,
«es algo parecido al mecanismo de un reloj, donde un solo peso impulsa todos
los engranajes». En él, «la totalidad de los movimientos complejos se basa en
una sola fuerza magnética». Esa supuesta fuerza resultó no ser magnética, sino
gravitatoria, según describiría más tarde Newton. Y a los planetas les salieron
otro par de compañeros con el paso de los siglos. Pero fue Kepler quien intentó
plantear un modelo dinámico en primer lugar, en su afán por simplificar y
reducir los movimientos del sistema a una causa más fundamental.
Este tipo
de planteamiento sentó un precedente para toda la ciencia moderna, donde la
simetría, la armonía y cierta simplicidad lógica y perceptiva son atributos
importantes de toda buena teoría. Los modelos más potentes de la física
—también los considerados más bellos— son aquellos capaces de explicar más con
menos, de conectar puntos aparentemente dispersos, hasta formar con ellos una
figura compacta que nos cabe mejor en la cabeza, incluso si para ello es
necesario desarrollar aparatos matemáticos cada vez más complejos. Ese largo
camino conceptual que, ya en el siglo XX, ha llevado a muchos físicos a
intentar unificar todas las fuerzas conocidas del universo, fue un camino
iniciado por Kepler. Como dice el historiador Owen Gingerich[119], «rara
vez en la historia un libro tan erróneo ha sido tan fundamental para dirigir el
futuro camino de la ciencia».
El propio
Kepler terminó dándose cuenta de que su hermosa teoría no se ajustaba con
precisión a las observaciones astronómicas disponibles en aquella época. No
obstante, el libro donde dio a conocer sus poliedros cósmicos hizo resonar su
nombre por toda Europa. Llegó a oídos de Galileo, que le escribió una carta
confesando en secreto su propio apoyo a las ideas de Copérnico. También acabó
en manos de Tycho Brahe, quien supo reconocer enseguida el talento del joven
físico, pese a no compartir su visión heliocentrista. Brahe era entonces el
astrónomo más destacado de toda Europa, matemático imperial en la corte de
Rodolfo II y guardián de los mejores instrumentos y las observaciones más
precisas realizadas hasta la fecha. Fue necesario que sus caminos se cruzaran
para que Kepler pudiese completar su trabajo. Y, una vez descartada la teoría
poliédrica, el físico alemán apostó por otra no menos fantástica: la teoría
armónica de los planetas.
§. Kepler
y el coro de los planetas
El
movimiento celeste no es otra cosa que una continua canción para varias voces,
para ser percibida por el intelecto, no por el oído; una música que, a través
de sus discordantes tensiones, a través de sus síncopas y cadencias, progresa
hacia cierta predesignada cadencia para seis voces, y mientras tanto deja sus
marcas en el inmensurable flujo del tiempo.
Kepler,
Harmonices Mundi
Kepler
solo menciona la música una vez en su Mysterium Cosmigraphicum. Lo
hace para subrayar la coincidencia entre los cinco sólidos platónicos con los
cinco armónicos que ya eran admitidos para formar intervalos consonantes en su
época. Afortunadamente, el repertorio armónico se había ampliado un poco desde
tiempos de Pitágoras, que solo admitía los intervalos 2:1, 3:2, 4:3, para
incorporar las relaciones de terceras y de sextas como 5:4 y 5:3. Se trataba,
por supuesto, de una casualidad y, para colmo, estaba basada en datos
incorrectos: ni hay seis planetas ni las consonancias llegan hasta el armónico
cinco, de manera tan tajante. Pero Kepler quiso ver en este número una señal
divina, la enésima, y desde ese momento se dedicó a perseguir la armonía en las
órbitas de su cosmos. Fue el último cazador de la música de las esferas.
Desenterró las ideas de los clásicos y se dedicó a traducir Armónicos de
Ptolomeo; llegó a recrear por su cuenta, incluso, algunos de sus pasajes
perdidos. Decidió también actualizar sus conocimientos sobre teoría musical
estudiando los escritos de sus contemporáneos, y para ello leyó, entre otros,
la obra de Vincenzo Galilei, laudista y compositor, uno de los pensadores
musicales más destacados de su tiempo. Hoy, sin embargo, Vincenzo es mucho más
recordado por haber criado a un niño llamado Galileo.
El 4 de
febrero de 1600, Kepler viajó a Praga invitado por el eminente Tycho Brahe, el
astrónomo más importante de Europa en aquel momento, que andaba en busca de
nuevos talentos matemáticos con los que trabajar. Kepler esperaba poder usar
sus datos para poder terminar de afinar sus teorías. Sin embargo, la
colaboración no fue todo lo fluida que cabría esperar. Brahe recelaba del
físico alemán, en parte por su propio carácter insidioso y conspiranoico. Pero,
además, temía que las ideas heliocéntricas del alemán diesen al traste con su
propia teoría tychoniana. Tycho defendía personalmente que todos los planetas
giraban alrededor del Sol, con una conveniente excepción: la Tierra. El Sol y
su corte planetaria al completo se dedicaban a dar vueltas alrededor de nuestro
planeta. Era una teoría que reunía todas las ventajas del sistema copernicano,
más las ventajas de no tener que enfrentarse a la Iglesia católica. ¡Lo tenía
todo! Excepto por un pequeño detalle: que no era correcta, claro. Tycho temía
que Kepler fuese el hombre capaz de demostrarlo, y por eso tardó meses en
filtrarle con cuentagotas algunos de sus preciosos datos. Solo después de
muerto le dejó trabajar en paz —lo que no tardaría mucho en suceder, por otra
parte—.
En
octubre de 1601, el astrónomo imperial volvió a su casa con molestias en la
vejiga después de un largo banquete, y murió a los pocos días entre delirios y
terribles dolores. La causa de la muerte no termina de estar clara, aunque su
cuerpo ha sido exhumado ya dos veces desde comienzos del siglo XX. Pero, de
acuerdo con el diagnóstico más probable, Brahe podría haber fallecido a causa
de una uremia; esto es, acumulación de urea en la sangre debida a una ruptura
de la vejiga. Al parecer, la etiqueta en los banquetes de la época imponía
esperar a que el anfitrión se levantara para moverse de la mesa y Brahe, que
era un tío elegante, se había aguantado demasiado las ganas de mear durante la
cena. Según un relato probablemente apócrifo, en sus últimos días de agonía, el
desdichado aún tuvo fuerzas para proponer su propio epitafio: «Vivió como un
sabio y murió como un idiota». No le debieron de tomar demasiado en serio
porque hoy en su tumba solo se lee una inscripción en latín. Non fasces
nec opes, Sola Artis sceptra perennant. Ni los honores ni la riqueza: solo
la perfección de la obra sobrevivirá.
Una vez
Brahe estuvo fuera de escena, Kepler le sucedió en la corte de Rodolfo II como
matemático imperial y custodio de los mejores datos astronómicos de la época.
Con todo este conocimiento por fin a su alcance, se dedicó a revisar sus
propias teorías astronómicas, y la primera idea que tuvo que descartar fue la
de las «esferas». Desde Platón se había creído que esta figura definía los
movimientos astronómicos, por ser la más perfecta. El propio Copérnico había
defendido la veracidad de sus teorías basándose en la belleza de las
circunferencias que trazaban los planetas. En concreto, su modelo permitía
librarse de los dichosos epiciclos: círculos montados sobre otros círculos, que
era necesario encadenar para describir el movimiento de los planetas observado
desde un centro irreal —desde la Tierra—. Copérnico fue capaz de simplificar
todo ese jaleo de engranajes, tirabuzones y chapuzas, al sustituirlo por un
sencillo juego de elegantes circunferencias. Sin embargo, estudiando la órbita
de Marte, Kepler se dio cuenta de que los datos simplemente no encajaban con
este ideal. «Hice cálculos y reconsideré los datos hasta casi volverme loco,
pero no podía entender por qué el planeta […] había de seguir una trayectoria
elíptica, según mostraban las ecuaciones. ¡Oh, ridículo de mí!»[120] —Kepler
era muy de giros dramáticos y epifanías en sus tratados de física—. De repente,
«como en una revelación», vio que la respuesta a todos sus problemas se
encontraba precisamente en esa figura geométrica.
Por fin,
en 1609, publicó Astronomia Nova, un libro que recoge las dos
primeras leyes por las que hoy se le recuerda principalmente. A saber:
1. Las
órbitas no tienen forma de circunferencia sino de elipse, con el Sol situado en
uno de los focos.
2. Los
planetas barren áreas iguales en tiempos iguales. Esto significa que no
circulan siempre a la misma velocidad: van más rápido cuanto más cerca están
del Sol.
La
tercera ley de Kepler tardó aún otros diez años en llegar. Pero fue la que
logró conectar por primera vez los movimientos planetarios con esos números que
tanto anhelaban los astrónomos desde la Antigüedad:
3. El
periodo de un planeta elevado al cuadrado es directamente proporcional al
semieje mayor de su elipse elevado al cubo.
Esta ley
aparece descrita por primera vez en Harmonices Mundi, un libro
publicado en 1619. El texto deja clara la importancia que le otorga el propio
Kepler, que señala la fecha exacta del descubrimiento y hasta añade un poco de
redoble de tambor antes de enunciarla: «una parte de mi Misterio
cósmico, puesto en suspenso hace veintidós años […], se completará aquí y
se introducirá en este punto». Cuenta también que, tras dos décadas revisando
los datos de Tycho Brahe, el hallazgo de este modelo fue tan revelador que
creyó «estar soñando». Ante sus ojos tenía la primera ley física capaz de
relacionar los movimientos de todos los astros del cielo, la primera fórmula
matemática que permitía describir el cosmos mediante números, como siempre
habían deseado los pitagóricos.
La parte
menos conocida de esta historia es que, en el mismo libro, Kepler propone que
Mercurio suena como una soprano, Júpiter produce la melodía característica de
un bajo y que los seis planetas forman un coro cuyas propiedades se parecen,
sospechosamente, a la música polifónica de la época de Kepler. También habla un
poquito de astrología y otro poco de la sexualidad de los planetas. Tenía
teorías para todo. Pero, digresiones aparte, Harmonices Mundi es,
principalmente, un tratado de teoría musical. Al menos tres cuartas partes de
sus páginas están dedicadas a explicar las causas de la consonancia perceptiva,
las posibles maneras de dividir una cuerda, los tipos de modos musicales y su
relación con las facultades del alma humana. La tercera ley de Kepler aparece
agazapada hacia el final de este inmenso tratado, como parte de un «resumen de
teoría astronómica, necesario para el estudio de las armonías celestiales». E
incluso ahí se enuncia en términos musicales: según explica su autor, los
periodos orbitales y las distancias al Sol guardan una proporción de 3:2, solo
que estos números tan pitagóricos no se encuentran en forma de factores, sino
como potencias de dichas magnitudes. No en vano, la llamó «la ley armónica».
Más
adelante, Kepler transcribe en pentagramas las notas exactas de cada planeta,
en función de su velocidad orbital, y encuentra que el resultado es
especialmente musical. Mercurio, el planeta más cercano al Sol, y, por tanto,
el que más rápido se mueve —la voz más aguda—, es también el planeta con una
órbita más achatada, menos circular. Esto implica, de acuerdo con las leyes que
el propio Kepler formuló, que tiene una velocidad especialmente cambiante en
comparación con la de los demás planetas. En términos sonoros, el físico alemán
hace corresponder a cada velocidad una nota distinta, dando lugar a un rango de
sonidos especialmente amplio. Así, Mercurio resulta ser el planeta con mayores
posibilidades melódicas. Pero es que su voz es precisamente la de soprano, ¡la
más aguda del coro!, y como buena soprano, razona Kepler, es lógico que pueda
hacer más gorgoritos. Todo encaja, claramente aquí hay un plan.
Johannes
Kepler, 1619, Harmonices Mundi. Archive.org.
El
siguiente planeta con más notas disponibles es Marte, que «como tenor es libre,
aunque procede de forma moderada». Su voz es la más aguda de entre las
masculinas del coro, y por eso las melodías de los tenores también suelen
ocupar un papel protagonista, con más saltos y más variedad. Il Divo, Los Tres
Tenores y hasta los Backstreet Boys —y todas las boybands del
mundo, en realidad— están formadas mayoritariamente por este tipo de voces
masculinas agudas. Por el contrario, las melodías de los bajos, como Júpiter y
Saturno, suelen ser menos floridas. Sus órbitas son mucho más circulares y por
eso, en el universo de Kepler, estos planetas se limitan a cantar tres tristes
notas, muy apropiadas eso sí como base armónica —lo que suelen cantar los
bajos—. No obstante, la suya ni siquiera es la partitura más aburrida. Las
pobres contraltos se mueren de asco durante toda la obra: Venus canta una sola
nota —su órbita, de hecho, es casi una circunferencia—, y la Tierra se pasa la
eternidad cantando mi-fa-mi-fa… Para Kepler, la elección de estas notas por
parte del Creador no era en absoluto casual: «la Tierra canta mi fa mi y de
estas sílabas se infiere, que en nuestro hogar la miseria y la fame [el hambre]
prevalecen». Yo prefiero destacar que, si el modelo kepleriano se hiciese
realidad, la Tierra entonaría las notas del famoso tema de Tiburón,
la bestia amenazante y sigilosa de la película de Spielberg.
Ahora
bien, en el espacio no hay ni gritos, como decía Alien, ni ninguna
banda sonora posible. El propio Kepler aclara que su propuesta consiste en
algún tipo de música teórica, no en un sonido real y perceptible. Los
movimientos planetarios forman una composición conceptual que debe ser
degustada con la mente y no con el oído. El mejor lugar desde donde apreciarla
es el mismísimo Sol, y aquí Kepler elucubra que quizás nuestra estrella esté
habitada por seres sensibles a su belleza. Si no, ¡menudo desperdicio! Según su
teoría, la música silenciosa del cosmos estaría formada por seis melodías
distintas unidas en un complejo entramado de contrapunto, ¡justo como la música
que le gustaba a Kepler! De hecho, de acuerdo con el físico y pianista Peter
Pesic, es probable que el físico alemán se inspirase en una composición en
concreto al escribir sus teorías: In me transierunt, de Orlando di
Lasso[121], una
especie de balada religiosa tristísima compuesta hacia 1562. Del mismo modo que
Oresme fue un admirador declarado de Philippe de Vitry, Kepler tenía su propio
referente. Esas partituras dejaron su huella para siempre en la historia de la
física.
Una vez
asignadas las voces y sus tesituras, solo había un pequeño problema. De acuerdo
con su propia teoría, aquella música cósmica sonaba bastante mal. Por un lado,
la velocidad de los planetas varía de manera continua. Todos aceleran y
deceleran suavemente, como un coche sin marchas. Esto implica, según la segunda
ley de Kepler, que su sonido nunca está fijo; se desliza entre frecuencias como
«una nota continuamente cambiante», lo que en términos musicales se conoce como
un glissando. Cuando se suman seis voces con estas características,
el resultado sonoro es un complejo entramado de llantos perezosos, como una
piscina de bebés, o un atasco de ambulancias haciendo sonar sus sirenas cada
una a distinta velocidad.
Por otra
parte, es una música que jamás se repite. Kepler llega a la misma conclusión
que Oresme —y que los organizadores del festival de Jindo—. Los planetas nunca
repiten su danza exactamente igual. «Sus movimientos se relacionan mediante
proporciones irracionales y, por tanto, nunca regresan al mismo punto de
partida, incluso si perdurasen durante un tiempo infinito», había escrito ya en
su Mysterium Cosmographicum. Tras años de estudio, su tercera ley y
los exponentes que la caracterizan, le reafirman en su conclusión. Para Kepler,
esta ausencia total de repeticiones tenía además, consecuencias cosmológicas.
En un
universo orquestado por la geometría, para empezar, es prácticamente imposible
que todos los planetas se alineen para emitir sonoridades consonantes entre sí.
Para llegar a esta conclusión, Kepler analiza en detalle las posibles
combinaciones. Las armonías entre dos y tres planetas suceden relativamente a
menudo. Las de «cuatro planetas empiezan a dispersarse a lo largo de varios
siglos y las de cinco, a lo largo de miles de años. Sin embargo, el acuerdo
entre los seis está separado por brechas inmensas entre edades históricas, y ni
siquiera sé si es imposible que ocurra más de una vez en la historia. Más bien,
constituye la prueba de que hubo un comienzo de los tiempos del que descienden
todas las eras del mundo». Ese comienzo de los tiempos, el Big Bang según
Kepler, fue un big acorde consonante de do mayor en segunda
inversión, entonado por todos los planetas a la vez. Quizás el único sonido
completamente estable y armonioso de la historia del universo. Su armonía
abarcaba más de siete octavas, desde los sonidos más graves a los más agudos
que puede percibir el oído humano. Hoy no se podría tocar en un piano, de
hecho, haría falta un órgano para poder imaginarlo. Para Kepler, su eco podía
usarse para calcular el momento exacto de la creación y recuerda las palabras
de Dios a Job: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la Tierra? […] y todas las
estrellas del alba cantaban a la vez».
La idea
de que semejante evento era del todo irrepetible llevó a Kepler a pensar que el
cosmos no podía tener un final. Era una noción especialmente arriesgada en una
época marcada por el cisma del cristianismo y las guerras religiosas, donde la
herejía era duramente perseguida. Un universo sin final era un universo sin
Apocalipsis, en contra de lo que decían las sagradas escrituras. Y aunque
Kepler era un hombre profundamente religioso, también tenía fuertes
convicciones propias —le acabaron granjeando la excomunión entre los
protestantes, además de la persecución de los católicos—, y simplemente no
podía concebir una música celestial que acabara mal. ¿Cómo iba el Creador a
rematar su coral en medio de sonidos indefinidos y disonantes, sin una
cadencia, sin un ¡chimpón! rotundo que resolviese milenios de disonancias y
tensiones de manera satisfactoria? «Así, los movimientos del cielo no son más
que una armonía perenne —en pensamiento, no en sonido— a través de afinaciones
disonantes». Kepler prefería imaginar una música interminable antes de aceptar
un final antimusical. Sus esferas recorrerán el universo indefinidamente en
busca de la sonoridad perfecta que los vio nacer, pero que nunca jamás volverán
a encontrar.
§.
Planetas resonantes
Durante toda la historia, los humanos hemos mirado al cielo y hemos imaginado
su movimiento como un ciclo perfecto e inmutable. Kepler comparó el cosmos con
un mecanismo de reloj. Platón lo retrató como una enorme gramola cabalgada por
sirenas. Pero la idea subyacente a ambas metáforas es la misma: los planetas y
las estrellas ocupan su lugar en el cielo porque ahí los puso algún dios, y ahí
seguirán hasta que el mismo dios decida quitarlos.
La
realidad es muy diferente. El universo está en constante transformación, aunque
sus cambios no siempre resulten apreciables en la escala temporal humana. El
mismo Kepler fue testigo de un raro evento que cambió fugazmente el cielo
nocturno de su época. En 1604, una nueva luz se encendió en la Vía Láctea, en
la constelación de Ofiuco. Se trataba de una supernova, una inmensa explosión
estelar que ocurre una vez cada varios cientos de años. Era más brillante que
cualquier otra estrella del cielo, y se podía observar a simple vista. El
astrónomo miope tardó más de una semana en percatarse de su aparición, pero el
estudio que realizó a continuación fue tan detallado y preciso, que su nombre
quedó ligado para siempre a aquel evento. La supernova SN 1604 aún es conocida
habitualmente como la estrella de Kepler.
De manera
más general, hoy sabemos que el cosmos es un lugar lleno de violencia y de
cambio, donde las estrellas y los planetas nacen, crecen, colapsan y, a veces,
también mueren. Aunque puedan pasar miles de millones de años entre cada uno de
estos eventos, la gravedad sigue su guion lento pero implacable, cambiando cada
noche el cielo que cubre nuestras cabezas, sin que apenas nos demos cuenta.
En
concreto, desde finales del siglo pasado, hemos empezado a descubrir multitud
de sistemas planetarios, que nos permiten entender mejor cómo es su proceso de
transformación. Según el Catálogo interactivo de planetas extrasolares[122], a día
25 de julio de 2020 se ha confirmado la existencia de 4301 exoplanetas
—planetas fuera de nuestro sistema solar— pertenecientes a 3176 sistemas
diferentes. La mayoría de ellos han sido descubiertos por Kepler, el nombre de
un telescopio espacial de la NASA que orbita alrededor del Sol desde el 6 de
marzo de 2009. Y la cuenta no para de crecer. Cada mes se detectan decenas de
nuevos exoplanetas en distintas regiones del cielo.
Con toda
esta información, existen motivos para pensar que los sistemas planetarios son
mucho más dinámicos de lo que se creía. Se han observado planetas con órbitas
muy extrañas, mundos imposibles, desplazados respecto a su sistema, o situados
en regiones donde difícilmente podrían haberse formado. Se han detectado
incluso planetas interestelares, huérfanos de estrella. A menudo se los conoce
como planetas errantes o vagabundos, porque flotan en el espacio sin ningún
cobijo tras haber sido expulsados, aparentemente, de su propio sistema
planetario. Todos estos fenómenos nos dan pistas sobre un pasado que ya no es,
que necesariamente tuvo que cambiar para dar lugar al escenario actual. Son
escenas de una película que hemos empezado a ver desde el final y que ahora
intentamos dilucidar.
Sin
embargo, entre tanta volatilidad, también se han observado casos que
ejemplifican justo el caso contrario. Allá donde Kepler mira, encuentra
extrañas islas de estabilidad, aparentemente inmunes al cambio, sistemas que
han conseguido alcanzar un equilibrio duradero por los siglos de los siglos.
Estos planetas tuvieron una infancia tranquila, de jóvenes encontraron su lugar
en el cosmos y no se han movido de ahí desde entonces. Les falta pedirle una
hipoteca al banco. Hoy se piensa que su apacible historia se debe en parte a un
fenómeno conocido como resonancia orbital.
Para
entender este fenómeno, volvamos al problema que ocupó a Oresme y a Kepler.
Aunque el movimiento de los planetas que orbitan alrededor del Sol parezca
perfectamente periódico, cuando se considera el sistema en su conjunto resulta
que sus posiciones nunca se repiten exactamente igual. Puede resultar algo
contraintuitivo, pero para visualizarlo, te propongo que imagines el sistema
como una especie de reloj. Si un momento determinado, por ejemplo, Mercurio se
sitúa sobre las doce, Venus a la una, la Tierra a las dos… resulta que esa
combinación de agujas, en concreto, nunca se vuelve a repetir igual en miles de
millones de años.
Esto se
debe a que la relación entre las órbitas de los distintos planetas es bastante
compleja. Si todos diesen una vuelta al Sol en el mismo lapso de tiempo —si
todos tuviesen el mismo periodo orbital—, su danza conjunta se repetiría todos
los años igual, como si se tratase de un tiovivo. Sucedería algo parecido si la
relación entre sus órbitas fuese armónica, aunque en ese caso, el movimiento
solo se repetiría después de cierto número de vueltas. Sin embargo, cuando
observamos los periodos orbitales de los planetas en nuestro sistema solar,
resulta que sus números distan mucho de ser «bonitos». Mercurio completa una
vuelta alrededor del Sol en 0,24 años terrestres —87,97 días—. Venus tarda 0,61
años —224,7 días—. El año marciano dura 1,88 años terrestres —686,98 días— y el
de Júpiter, 11,86 —4332,82 días—. Todos son números extraños, con un montón de
decimales. ¡Nada encaja con nada!
Esta
falta de armonía entre las órbitas de los planetas no tiene por qué suponer un
problema a priori, no necesariamente. Sin embargo, en ocasiones,
las pequeñas diferencias de una vuelta a la siguiente pueden acumularse y
acabar desencadenando cambios mucho más bruscos dentro de un sistema
planetario. Por poner el ejemplo más sencillo, imagina dos planetas cuyas
órbitas se cruzan en algún punto. Es posible que den mil millones de vueltas
sin encontrarse —ancha es Castilla, y el cosmos, todavía más—. Pero si sus
periodos están relacionados por algo parecido a un número irracional, están
condenados a encontrarse antes o después. Esa relación numérica «fea» los
obligará a recorrer todas las combinaciones posibles de sus posiciones en
órbita, incluida aquella en la que chocan irremediablemente. Es como si
tuvieses dos relojes, uno con la hora de Nueva York y otro con la de Madrid,
pero uno de ellos tendiese a retrasarse ligeramente. Tarde o temprano, ese
pequeño desfase provocará que ambos acaben dando la misma hora —o se choquen,
en el caso de los planetas—.
La única
manera de evitar el fatal accidente sería que, fortuitamente, los dos planetas
hubiesen conseguido sincronizar sus periodos. Si ambos orbitan con la misma
frecuencia, o si sus periodos se relacionan mediante algún número racional,
pueden ponerse de acuerdo para no pasar por el punto conflictivo a la vez.
Quizás el primero atraviese ese lugar dos veces en cierto intervalo de tiempo
—en diciembre y en junio, por poner un ejemplo cercano—, mientras que el
segundo lo hace tres veces —en enero, en mayo y en septiembre—. Una vez hayan
dado una primera vuelta entera sin tropezarse, pueden estar seguros de no
encontrarse jamás, porque ambos comparten un patrón común, sus tiempos
«encajan» dentro de un periodo mayor. Como dos bailarines expertos moviéndose
juntos para no tocarse, los dos seguirán el ritmo silencioso de una melodía
compartida.
La
resonancia orbital permite, además, que la propia dinámica del sistema refuerce
su estabilidad. Cada planeta tira de los demás rítmicamente y modifica
ligeramente sus órbitas hasta que todas encajan, se acoplan entre sí. Una vez
se ha alcanzado este equilibrio, cualquier perturbación lo bastante pequeña es
anulada por el resto de fuerzas. Los cuerpos del sistema están enganchados en
una especie de bloqueo gravitacional. Entre todos forman una caja de ritmos que
se crece en su propia monotonía. Como la peor de las canciones pegadizas, cada
nueva vuelta refuerza y desencadena la siguiente repetición —ya lo advertía
Oresme, las órbitas armónicas son también las más aburridas—.
El nombre
del fenómeno, por supuesto, no es casual. Aunque estos planetas sean igual de
silenciosos que el resto del universo, sus órbitas «resuenan» y se refuerzan de
manera parecida a como lo hacen los cuerpos sumergidos en la atmósfera de la
Tierra. El ejemplo más típico que se suele usar para explicar este fenómeno es
el de un niño en un columpio, impulsado por un adulto. Siempre que lo empujen
con una fuerza parecida y al ritmo correcto —idealmente, cuando llega al punto
más alto de su vaivén—, el movimiento del niño tenderá a ser estable y los
empujones, si acaso, ayudarán a que vuele un poco más alto en cada oscilación.
Si el adulto fuese lo bastante torpe y se dedicase a empujar en distintos
puntos de la trayectoria, o con ritmos cambiantes, aparte de parecer un idiota,
podría acabar sufriendo algún tipo de accidente. Seguramente terminaría
chocando contra el columpio o tirando al niño al suelo. Es necesario que las
frecuencias coincidan —la del columpio y la del adulto, en este caso— para que
el movimiento sea reforzado.
El
fenómeno se llama resonancia porque, a menudo, estos empujones rítmicos pueden
transmitirse a través del aire, y dos objetos que no están en contacto acaban
moviéndose a la vez gracias a un sonido compartido. Es lo que sucede con las
cuerdas que vibran «por simpatía» cuando escuchan alguna frecuencia de su
propia serie armónica —algún ritmo al que les resulta cómodo moverse—. Pero es
un fenómeno común a todo tipo de objetos. Si alguna vez, estando en casa, te
has puesto a escuchar música y has notado una especie de zumbido en la
habitación, es probable que algún objeto esté resonando por simpatía. La
música, o alguna de sus notas, lo ha empujado al ritmo correcto, y por eso ha
empezado a vibrar. De esta manera, como contábamos en el segundo capítulo, dos
objetos pueden bailar en la distancia sin tocarse, gracias al sonido que los
conecta a través del aire.
En el
caso de los sistemas resonantes, es la gravedad la que conecta a los planetas a
través del espacio. Basta con que sus frecuencias orbitales sean «armónicas».
Siempre que estén relacionadas por números enteros y sencillos —y que, por
tanto, compartan algún ritmo más fundamental—, sus movimientos tenderán a
estabilizarse. No es un fenómeno excepcional ni se debe solo a la casualidad.
En muchas ocasiones, ese ritmo fundamental es el que ha permitido que sus
órbitas sean compatibles en primer lugar.
De hecho,
la sincronía es probablemente el motivo por el que Plutón todavía sobrevive a
las afueras del sistema solar. Su órbita se cruza con la de Neptuno en dos
puntos, pero los planetas nunca chocan porque se encuentran en resonancia.
Neptuno da tres vueltas al Sol en el tiempo en que Plutón completa dos
—relación 3:2—. Gracias a esta armonía, los planetas nunca pasan por los puntos
conflictivos al mismo tiempo. Pero lo mejor de todo es saber que, como no se
chocaron durante su formación, ¡ahora es imposible que puedan hacerlo! Tenemos
planeta enano para rato.
Es una
pena que Kepler nunca llegase a descubrir este intervalo de quinta perfecta en
pleno sistema solar. Neptuno no fue descubierto hasta 1846, gracias a una
predicción teórica. Los astrónomos Adams y Le Verrier echaban en falta una masa
que hiciese encajar las órbitas de Urano, Saturno y Júpiter con sus bonitos
números, y en menos de un mes su hipótesis se materializó como una gran bola de
gas azul ante el telescopio de Johann Gottfried Galle. Fue una de esas veces en
las que una bella teoría precede al experimento. Plutón, por su parte, saludó
por primera vez a la humanidad en 1930. Algunos fotones rebotaron en su
superficie para estamparse varias horas más tarde contra las placas
fotográficas de un observatorio en Arizona. Cuando los astrónomos vieron la
mancha casi invisible que habían dejado, decidieron que aquello debía ser un
planeta diminuto.
Si,
después de una vida buscándolas, Kepler hubiese sabido que había órbitas
armónicas en el sistema solar que tanto se esforzó por explicar, creo que
habría llorado de la emoción. O puede que de frustración: quizás le habría
amargado descubrir que el número total de planetas no coincide con los cinco
sólidos platónicos; pero habría llorado, eso seguro. Curiosamente, estuvo muy
cerca de descubrir este tipo de órbitas resonantes, pero no gracias a Neptuno y
Plutón; ambos quedaban muy lejos de su tiempo. Cuando, en 1610, el físico
alemán usó un telescopio por primera vez, lo hizo para apuntar a las lunas de
Júpiter, recién descubiertas por Galileo. Entre ellas, Ío da dos vueltas al
planeta en el tiempo en que Europa completa una; y esta, a su vez, es el doble
de rápida que Ganímedes, 1:2:4. Es lo que se conoce como resonancia de Laplace.
Si las lunas de Júpiter sonasen, formarían la base rítmica de una canción pop.
También
se encuentran armónicos en los satélites de Saturno. Aunque, vistos desde la
Tierra, sus anillos parecen formar un enorme disco compacto, en realidad están
constituidos por millones de piedrecillas que reflejan la luz solar. Las
franjas más oscuras corresponden a huecos vacíos, regiones libres de escombros
situadas a cierta distancia del planeta. Las piedrecillas que solían habitar en
estas zonas fueron derribadas debido a que existía una relación armónica entre
su órbita y la órbita de una de las lunas del planeta. La resonancia orbital,
en este caso, tuvo un efecto desestabilizador. Como un sonido capaz de romper
una copa a base de empujarla siempre a la misma frecuencia, las lunas Mimas,
Pan y Dafne fueron derribando rítmicamente las rocas que orbitan Saturno a
cierta velocidad —o lo que es lo mismo, las rocas situadas a cierta distancia
del planeta—. El resultado son franjas oscuras, notas ausentes en la colección
de brazaletes grises que custodian el planeta.
Cassini-Huygens,
2005. NASA / Jet Propulsion Lab.
Sucede
algo parecido con el cinturón de asteroides de nuestro sistema. Es una de sus
características más extrañas. Aunque las distancias astronómicas resulten a
menudo impensables para nosotros, pequeños simios acostumbrados a vivir en
pisos de cincuenta metros cuadrados, resulta especialmente extraño que Júpiter
se encuentre tan rematadamente lejos del Sol, en comparación con los llamados
planetas interiores. Mientras que Mercurio, Venus, Tierra y Marte orbitan a una
distancia inferior a catorce minutos luz de nuestra estrella —unos 250 millones
de kilómetros, que se dice pronto—, para que sus rayos alcancen al gigantesco
Júpiter tienen que pasar cuarenta y cinco minutos, ¡más del triple de
distancia! ¿A qué viene tanto hueco?, ¿de dónde sale esa disparidad? Es cierto
que todo ese espacio no está vacío del todo. Entre la órbita de Júpiter y la de
Marte hay millones de pedruscos de distinto tamaño conocidos como el cinturón
de asteroides. Pero, aun así, la región está mucho más despoblada de lo que
cabría esperar. La masa de todos esos pedruscos, sumada, apenas iguala la de
nuestra Luna.
Durante
más de un siglo, los astrónomos han sabido que existen huecos extraños en el
cinturón; agujeros, por así decirlo. Fueron descubiertos en 1857 por Daniel
Kirkwood, un astrónomo aficionado y matemático que se dedicó a buscar
coincidencias numéricas en esta región del espacio. Partiendo de todos los
datos que pudo encontrar, se dio cuenta de que los agujeros del cinturón de
asteroides no estaban repartidos homogéneamente a lo largo de la órbita. Para
entender mejor su distribución, Kirkwood decidió utilizar la tercera ley de
Kepler y calculó su periodo orbital. La pregunta que se planteaba era la
siguiente: si en lugar de agujero hubiese asteroides, ¿cuánto tardarían en
completar una vuelta alrededor del Sol? Una vez hechos los cálculos, empezaron
a aparecer patrones sorprendentes. Los periodos de algunos de esos «agujeros»
coincidían sospechosamente con el de Júpiter —doce años terrestres— o con
alguno de sus armónicos. Uno de los huecos, por ejemplo, tenía un periodo
orbital de cuatro años: daba tres vueltas por cada ciclo del gigante gaseoso,
3:1. Otro daba cinco vueltas al Sol en veinticuatro años —armónico 5:2—. Como
cuenta el físico Steven Strogatz en su libro Sync[123], «de
hecho, todos los huecos obedecían la misma y hermosa regla: sus periodos
orbitales estaban siempre relacionados con el de Júpiter por una fracción de
números enteros y sencillos, como 3:1, 5:2, 7:3 o 2:1».
Más cerca
aún de casa, encontramos la resonancia de nuestra querida Luna. Este satélite
díscolo, con su periodo de incontables decimales que originan la belleza
irrepetible de cada marea, completa una vuelta sobre sí mismo en el mismo
tiempo en que orbita alrededor de la Tierra (1:1). A Mercurio le sucede algo
parecido con el Sol, salvo que él da tres vueltas mientras rodea dos veces al
Sol (3:2). Esto se debe a un tipo especial de resonancia llamada resonancia
órbita-espín. La órbita es el movimiento de un cuerpo alrededor de otro. El
espín, en este caso, hace referencia a las vueltas de ese cuerpo sobre sí
mismo. Son las fuerzas de marea las que tienden a sincronizar los dos tipos de
movimientos. Del mismo modo que la Luna tira de nuestros océanos, la Tierra
provoca una ligerísima deformación en ella, como si fuese un globo apuntando
siempre en la dirección de la cuerda que lo ata a nosotros. Esa forma alargada
tiende a frenar la rotación del satélite, porque la gravedad intenta colocarlo
siempre en la misma posición, mirando hacia nosotros. Las mismas fuerzas de
marea que dibujan el deambular caprichoso de las olas en la Tierra hacen que la
Luna siempre nos muestre la misma cara en el cielo.
Por otra
parte, desde que Kepler —el telescopio— recorre el universo en busca de
planetas similares al nuestro, la resonancia orbital ha dejado de ser una
rareza. Se han encontrado sistemas enteros moviéndose de manera armónica,
cadenas de cinco e incluso siete planetas que han terminado sincronizando sus
movimientos mediante números enteros y sencillos. Se calcula que alrededor de
un tercio de los exoplanetas observados presentan algún tipo de resonancia con
otro cuerpo, y algunas simulaciones numéricas sugieren que este tipo de cadenas
armónicas podrían ser especialmente frecuentes durante su formación. La idea es
que los sistemas planetarios no son lugares inmutables. Hasta alcanzar su forma
estable, algunos planetas migran y, al hacerlo, pueden ser atrapados por
resonancias que los fijan sobre cierta órbita. Como una vez encasillados en
esta dinámica es difícil que escapen a ella, las órbitas resonantes terminan
prevaleciendo sobre todas las demás.
La
cuestión es, entonces, por qué la armonía no es la característica más común de
todos los sistemas planetarios, y la respuesta no termina de estar del todo
clara. Pero podríamos entender este tipo de resonancia como un síntoma: la
huella de un pasado suave y tranquilo que culminó en una danza especialmente
estable. Cualquier accidente puede romper ese equilibrio, a veces con
consecuencias catastróficas. Pero los sistemas que sobreviven nos cuentan su
historia a través de los números feos, como la cicatriz que rompe la simetría
de una cara.
Después
de siglos persiguiendo los números en el cosmos, parece que existen buenos
motivos por los que este tipo de armonías se repiten una y otra vez, allí donde
apuntamos nuestros telescopios. Pero no nos engañemos. Tampoco en estos nuevos
mundos suena la música de las esferas, ni cantan los planetas a coro, ni hay
sirenas espaciales. El espacio es igual de silencioso, incluso entre los
planetas que «resuenan». La única diferencia, probablemente, es que, en sus
playas, las mareas son iguales todos los días.
Capítulo
6
La melodía que movió el mundo
§. La
modulación del camionero
Cinco años después de dar la vuelta al mundo con Thriller, Michael
Jackson lanzó su nuevo álbum, el séptimo. Llevaba trabajando en él casi un año
junto con su productor Quincy Jones, experimentando con nuevos timbres,
sintetizadores y cajas de ritmos, en busca de un nuevo sonido. Pero la espera
mereció la pena. En 1987, Bad salió a la luz y se colocó
directamente en el primer puesto de todas las listas de éxitos musicales.
Vendió más de dos millones de copias durante su primera semana solo en Estados
Unidos, y en poco tiempo alcanzó también el éxito internacional, con récords de
ventas en al menos otros veinticuatro países. Nueve de sus diez canciones
fueron publicadas adicionalmente como sencillos, y cinco consiguieron colocarse
nuevamente en la cima del Billboard Hot 100 —algo así como los «100
principales» en versión estadounidense—. Jackson se convirtió en el primer
artista de la historia del pop en batir semejante récord. Hacia 1991, Bad ya
se había consagrado como el segundo disco más vendido de todos los tiempos, con
25 millones de copias en todo el mundo. Solo lo superaba Thriller,
que aún hoy se mantiene en el primer puesto. Su contador supera los 66
millones.
Entre
semejante colección de grandes éxitos, se encuentra una de las canciones más
emblemáticas y comprometidas del Rey del Pop y, según se dice, una de las que
más le gustaban a él, personalmente, dentro de su propia discografía. Man
in the Mirror fue compuesta por Deborah Siedah Garrett
en colaboración con Glen Ballard y a través de su letra propone que, para
cambiar el mundo, uno debe empezar por uno mismo, por «el hombre del espejo».
Si quieres mejorar el mundo, mírate y transforma tu manera de actuar. Haz un
«cambio» (change!).
Se pueden
decir muchas cosas sobre esta letra. No deja de ser un mensaje rabiosamente
individualista flotando sobre los problemas de un sistema que ni siquiera se
atreve a mencionar. El videoclip abunda en ese carácter cursi, bienintencionado
pero sin foco, y alterna entre imágenes de niños famélicos y llorosos, la
muerte de Kennedy, grabaciones de Hitler y la madre Teresa de Calcuta. ¡Quién
da más!
No
obstante, desde un punto de vista musical y comunicativo, la canción resulta
especialmente ilustrativa. Desde el tono intimista de la introducción, a la
euforia resolutiva del estribillo —¡con coro de góspel y todo!—, todo está
pensado para reforzar el mensaje de la letra. En el estribillo, por ejemplo, la
melodía empieza por todo lo alto. La palabra inicial es «yo», y suena acentuada
sobre la nota más aguda que se ha escuchado hasta ese momento en toda la
canción —¿decíamos que el mensaje era individualista?—. Después desciende
abruptamente en la siguiente nota, de manera que el verbo «empiezo» —con el
hombre del espejo—, se convierte, de hecho, en una especie de arranque, un
camino ascendente hacia la conclusión triunfal. Cuando por fin llega el final
del estribillo, la letra es casi una orden y todo suena mucho más rítmico y
contundente, como si quisiera presentarnos la solución mas-ti-ca-di-ta, como si
fuese un eslogan escrito en una pancarta: si quieres mejorar el mundo, mírate
al espejo, guapo.
Podríamos
seguir desmenuzando la canción, pero la idea general es que cada nota se adapta
a la letra como un guante hecho a medida. Es casi música figurativa. En ese
sentido, Man in the Mirror se suele utilizar como ejemplo
debido a un giro musical que aparece hacia la segunda mitad de la canción —diez
segundos antes del minuto tres—. Tras repetir dos veces el estribillo sin casi
ninguna variación, Jackson aprovecha la tercera vuelta para subir de
intensidad. De repente, todo el coro se une con los brazos alzados y la misma
música brilla como si la oyésemos por primera vez. Es un giro sorprendente,
estimulante y gozoso como solo la música puede serlo. Pero además, resulta
especialmente ingenioso por cómo se compagina con la letra de la canción. Todo
esto sucede sobre una palabra en concreto del estribillo. Hay una levísima
pausa —la de un vagón en una montaña rusa a punto de caer— y, justo cuando
suena la palabra change —‘cambio’—, la música entera se
transforma.
Existen
diversos recursos compositivos que contribuyen a que percibamos este «cambio»
musical, tan intencional y tan simbólico. La intensidad de la música aumenta en
parte porque aumenta su densidad sonora, aparecen nuevas voces y el coro
contesta a cada frase del estribillo con oh, yeah! jubilosos. Pero,
sin duda, la transformación más llamativa se debe a lo que en música se conoce
como una modulación o cambio de tonalidad en la canción. Si uno escucha con
atención, puede notar que, a partir de ese preciso momento, todas las notas
suenan un poco más agudas que en la repetición anterior. La melodía es
exactamente la misma, pero se encuentra de alguna manera desplazada. En
consecuencia, el estribillo resulta más enérgico, más luminoso que antes, como
nuevo.
Para
entender por qué esta modulación es tan efectiva, debemos presentar algunos
conceptos de teoría musical. Pero será indoloro, lo prometo. La clave es
entender qué es y para qué sirve una escala de notas, uno de los ingredientes
más universales y característicos de la musicalidad humana.
Las
canciones que escuchamos cotidianamente, de hecho, suelen estar escritas usando
como base una sola de esas escalas. Aunque no seas un experto en música, es
posible que hayas oído hablar de ellas, incluso sin saberlo: do mayor, mi
menor, re dórico, fa mixolidio… son solo algunos de sus nombres. Cuando se dice
que una canción está escrita en do mayor, por ejemplo, lo que significa es que
el compositor ha utilizado principalmente una colección de sonidos determinada
para componerla —los sonidos de la escala de do mayor, ni más ni menos, do re
mi fa sol la si do—. Y no deja de ser un fenómeno curioso porque, si lo
piensas, existen infinitos tonos posibles dentro del rango sonoro. Sin embargo,
cuando hacemos música, los humanos decidimos ceñirnos a solo unos pocos.
De hecho,
las posibles frecuencias de un sonido forman un continuo, una rampa lisa y sin
fisuras, como el llanto resbaladizo de una ambulancia. Existen sonidos audibles
para todas las frecuencias comprendidas entre 20 y 20.000 Hz, tonos, por
ejemplo, de 440 Hz o 441 Hz. Pero también existen infinitos tonos cuyas
frecuencias se pueden definir entre estas dos: 440,1 Hz, 440,2 Hz,
440,000000314159 Hz… Y, sin embargo, los músicos se empeñan en tallar todo tipo
de «escaleras» sobre esta rampa sonora imaginaria —de ahí viene la palabra
«escala», de hecho—. Es como si un pintor, con todo un mundo de colores a su
disposición, decidiese tirar la paleta de óleos a la basura para quedarse con
la típica caja de doce rotuladores planos que todos tuvimos en el colegio. ¿Por
qué un artista querría autolimitarse de semejante manera?
Puede
resultar desconcertante, pero es un fenómeno que se da en todas las culturas
musicales conocidas. Cada vez que hacemos música, los seres humanos dividimos
las frecuencias del sonido en un número limitado de alturas o notas —no más de
cinco o siete, normalmente—, que luego se repiten cíclicamente. Ocasionalmente,
y en ciertos contextos, los músicos pueden curvar levemente algunas
frecuencias, o unirlas con un solo trazo continuo, eso que hemos
denominado glissando. Pero, en general, siempre acaban volviendo a
sus estables escaleras, las rampas y las curvas son solo lugares de paso. Se
trata de una de las propiedades más características y universales de la música.
También
es una de las propiedades que nos ayudan a distinguirla más fácilmente del
lenguaje humano. Al hablar, lo normal es que nuestra voz se deslice de un
sonido a otro, oscilando entre frecuencias más agudas o más graves de manera
continua. Estos cambios de tono suaves y fluctuantes nos ayudan a comunicar
nuestras emociones en todo lo que decimos. Cuando queremos imitar un tono de
voz robótico, en cambio, lo que hacemos es limitar el rango de frecuencias de
lo que decimos, precisamente: colocamos cada sílaba sobre una sola nota, de
manera fija. El resultado suena ciertamente inhumano, artificial; una voz sin
melodía es una voz sin alma, sin intención, la carcasa fría de un texto
generado por ordenador. Por su parte, la música utiliza varios tonos distintos,
no solo uno. Sus escalas nos permiten tejer todo tipo de melodías —gracias al
cielo—. Pero en comparación con el lenguaje, las notas musicales son mucho más
nítidas, más estables y rígidas que los sonidos de la voz hablada.
Una de
las hipótesis que barajan los musicólogos para explicar esta paradójica
restricción se basa en el carácter colectivo de la música. Las notas de la
escala serían una limitación necesaria de los sonidos posibles para conseguir
que todos nos pongamos de acuerdo en qué cantar. En esa misma línea, el ritmo
podría entenderse como una limitación de los «cuándos» posibles[124]. Quizás
ambas restricciones sean simplificaciones necesarias para poder hacer música de
forma coordinada con otros seres humanos, y para poder recordar las melodías
resultantes después. El ritmo y las escalas formarían una especie de matriz de
frecuencias y momentos, como si fuese la cuadrícula de un papel pautado, que
nos sirve de plantilla a la hora de crear y recrear distintas canciones. Si los
sonidos musicales y los instantes fuesen infinitos, la probabilidad de cantar
las mismas frecuencias, al mismo tiempo, con otras personas, sería
despreciable. Tan difícil, o más, que reunir a un grupo numeroso de personas,
pedirles que digan algo a la vez y conseguir que se les entienda. Sin notas y
sin ritmo, todas las melodías se emborronarían en torno a alguna frecuencia
siempre variable y mal definida. Todos los coros disonarían, los auditorios del
mundo se llenarían de desconciertos…
Por otra
parte, el hecho de limitar los sonidos posibles de la música a una colección
reducida de tonos es fundamental para dirigir las expectativas de los oyentes.
Siempre que escuchamos música, estamos constantemente intentando adivinar lo
que viene a continuación. A menudo es el hecho de acertar, el hecho de
«sabernos» la canción y poder oírlo todo por anticipado en nuestra cabeza, lo
que nos hace disfrutarla todavía más. Nuestro cerebro se siente listo y libera
galletitas de dopamina como premio a todas nuestras profecías autocumplidas.
Otras veces, en cambio, el disfrute proviene de la sorpresa. Los compositores
introducen pequeños cambios sobre aquello que habíamos anticipado o lo retrasan
sensiblemente, haciéndonos desearlo todavía más.
La música
es un juego de adivinanzas, sorpresas y predicción que, como las mejores
historias de Sherlock Holmes, nos invita a escuchar constantemente en el
futuro, intentando anticipar el siguiente desenlace, el próximo giro de guion.
Cada acorde contiene la semilla del siguiente, cada frase es solo una pista,
apenas el preludio de las que vendrán. Y cuando la historia es perfecta, cuando
incluso las notas más sorprendentes terminan pareciéndonos inevitables, la
música nos mueve con ella, nos obliga a habitarla por completo. Por eso, solo
en música pasamos tanto tiempo escuchando canciones que ya habíamos oído
previamente y, por eso también, algunas de esas canciones se quedan atrapadas
en nuestra cabeza en forma de melodías pegadizas.
Las
expectativas son el motivo por el que la música está llena de patrones y
estructuras, a todos los niveles. Como explica Douglas R. Hofstadter, autor
de Gödel, Escher, Bach: «La música no es una mera secuencia lineal
de notas; nuestra mente percibe la música en un nivel mucho más elevado que
ese. A las notas las articulamos en frases, a las frases en melodías, a las
melodías en movimientos y a los movimientos en composiciones[125]». Cada
uno de estos niveles contiene su propia lógica y su propio sistema de
relaciones, de forma parecida a lo que sucede en la gramática de un idioma. Hay
estudios que sugieren que el procesamiento de la música y su estructura tonal
involucra los mismos mecanismos cognitivos que se ocupan del procesamiento de
la sintaxis en el lenguaje hablado[126]. Dicho[127] de
otra manera, en nuestro cerebro, se encienden las mismas lucecitas cuando
escuchamos una buena armonía o una frase bien construida. En ese sentido, la
música podría entenderse como un lenguaje sin referente, sin significados
externos a sí misma, donde la pura forma es el contenido.
Por
tanto, las escalas y sus correspondientes modos musicales no son «solo» una
colección de sonidos. Son una colección de sonidos con todo un sistema de
relaciones. Son uno de los ingredientes que utilizamos inconscientemente para
interpretar una pieza musical. Su sonoridad define el molde sobre el que se
construye cada canción y esto, a su vez, nos permite generar ciertas
predicciones. Bastan unos pocos compases para hacernos una idea de qué notas
vamos a escuchar, en qué orden, con qué frecuencia… durante el resto de la
canción. Estas expectativas pueden cumplirse o no, lo que a su vez nos mantiene
involucrados en la escucha, en un constante devenir de sorpresas, sospechas y
deseos cumplidos.
Quizás
nunca hayas pensado que las notas pudiesen tener una sintaxis o que se
relacionen entre sí de forma especial. Pero, hasta cierto punto, esa es la idea
que subyace al concepto de tonalidad y a los modos musicales. Cuando decimos
que algo está en do mayor, por ejemplo, significa que la nota do va a tener un
papel protagonista: funcionará como punto de partida y de reposo, el lugar
sonoro hacia el que se dirige toda la música. Cuando yo estudiaba Armonía,
solía imaginarlo como el sujeto de una frase —lo que en armonía funcional se
conoce como tónica—. Las otras notas de la escala serán sus compañeras, sus
primas lejanas, antagonistas, complementos o «predicados»: capaces de crear una
tensión que nos hace desear la vuelta al do, la vuelta a casa. Y lo mejor de
todo es que, para oír todo esto, no es necesario saber nada de teoría musical,
ni haber estudiado en el conservatorio, ni siquiera prestar demasiada atención.
Cuando
escuchamos música, incluso la persona que no sabe qué es una clave de sol,
«sabe» intuitivamente qué escala se está utilizando desde los primeros compases
de una canción. Por eso puede reconocer que ha habido un error cuando un músico
se equivoca de nota, como si fuese una palabra mal dicha dentro de una frase en
su propio idioma. Puede que no sepa explicar exactamente en qué consiste el
error, claro, pero sí que ha sonado algo raro. La música de nuestra cultura, de
hecho, está escrita en un lenguaje que todos aprendemos desde muy pequeños y en
paralelo a nuestra lengua materna. Y, del mismo modo que se puede hablar
castellano sin ser filólogo, casi todo el mundo habla música, entiende música,
aunque no haya pisado un conservatorio en su vida.
La manera
en que aprendemos este lenguaje es a base de repetición. Cuando escuchamos una
canción en do mayor, inferimos automáticamente la tonalidad y sus muchas
implicaciones, gracias a los mil millones de canciones en modo mayor que hemos
escuchado previamente. Nuestra mente es una máquina de resolver puzles y
encontrar patrones. Sabe que si una canción empieza con cierta sonoridad,
algunas notas se repiten más veces que las demás, y ciertos acordes se suceden
en el mismo orden, entonces puede aplicar el modelo mental de «canciones en
modo mayor» y usarlo para adivinar qué es lo que viene a continuación.
Retomando
el símil con el lenguaje, esto es algo parecido a lo que sucede con otro tipo
de estructuras narrativas. Si uno se acostumbra a leer muchas historias de
detectives, por ejemplo, acaba adivinando quién es el malo, simplemente por
intuición. En la música, las expectativas no suelen ser tan explícitas, no es
como si conscientemente pensáramos «¡el asesino es un fa sostenido!». Lo que
sucede cuando nuestros modelos mentales se cumplen es que la canción
simplemente nos suena bien, nos resulta familiar, fluye como tantas otras que
hemos escuchado previamente —o como cuando escuchamos una frase gramaticalmente
correcta en nuestro idioma materno—. A un nivel superior, podemos manejar
incluso varios modelos distintos y cambiar de uno a otro según el contexto: jazz,
reguetón, country, nana, marcha fúnebre, rock… son algunos de esos modelos.
Los reconocemos al instante, sin necesidad de analizarlos o de ver la
partitura, y notamos cuándo algo se sale de lo corriente. Todos somos expertos
en música, aunque no todos manejemos el lenguaje técnico necesario para
describirla.
Pero
volvamos al tema del cambio de tonalidad que resulta tan llamativo en Man
in the Mirror. Decíamos que gran parte de la música pop que escuchamos
cotidianamente suele estar escrita con una sola escala musical, o en una sola
tonalidad. Como esquema de composición, esta es una opción muy práctica. Desde
que empieza a sonar, los oyentes conocen todas las notas de la canción, los
«personajes» que van a aparecer en su historia, y esto les permite imaginar
cómo van a interactuar entre sí. Sin embargo, en ocasiones, los compositores
pueden decidir cambiar de tonalidad. El efecto es parecido al de un flashback,
o una historia secundaria que se abre en mitad de la trama de una película. De
repente un personaje empieza a cobrar importancia, y el guionista decide
contarnos una anécdota de su infancia que nos permita entender mejor su
personalidad. Esa anécdota en concreto tiene sus propios personajes y su propio
desarrollo, no tiene por qué interferir con la trama principal. Es posible que
venga marcada por un cambio en la fotografía, con sus propios «tonos» y su
propia estética visual. El cambio consigue que durante un rato viajemos a otro
mundo, otro contexto, que tarde o temprano nos termina devolviendo al punto de
partida, la trama principal. Otras veces, hay varias historias secundarias que
nos llevan de vuelta al inicio a través de un viaje circular. O se encadenan,
como en Las mil y una noches, de manera que cada mundo sirve de
punto de partida al siguiente, recursivamente, y solo es posible volver al
inicio deshaciendo el camino andado. No es solo una metáfora: los estudios que
analizan la relación entre nuestro procesamiento de la sintaxis y la música
sugieren que ciertos tipos de modulaciones equivalen a estructuras recursivas
del lenguaje. Historias dentro de historias, castillos de sonidos colgantes.
Mientras
que en el cine la fotografía es fundamental para crear distintos ambientes, en
el caso de la música los viajes a otros mundos se consiguen a través de cambios
de escala. A mitad de canción, el compositor puede decidir usar otra colección
de sonidos distinta a la inicial, con otras notas distintas y su propio sistema
de relaciones, de manera que nuestro oído se ve forzado a cambiar de contexto.
La nueva escala puede parecerse más o menos a la actual, puede requerir un
viaje más corto o más largo pero, en todos los casos, es bastante habitual que
el compositor nos ayude a prepararlo: introduciendo sonidos de la nueva
tonalidad poco a poco, usando sonoridades ambiguas, o haciendo algún tipo de
pausa —una cadencia, un fundido a negro— que nos permita limpiar nuestros oídos
antes de entrar en la nueva sección.
La
modulación de Man in the Mirror es completamente diferente. En
esta canción no viajamos, nos teletransportamos abruptamente en un silencio de
nanosegundo. Y ni siquiera podemos decir que lleguemos a un nuevo mundo, porque
el estribillo suena exactamente igual que antes del change, solo
que un pelín más agudo. No es un viaje: es un terremoto. El suelo mismo de la
música se ha movido abruptamente a un nuevo lugar donde todo suena más
luminoso, más enérgico y brillante. No existe ninguna necesidad de volver donde
estábamos, a la tonalidad inicial, porque, como reza el estribillo, es el
propio mundo el que «ha cambiado».
Es fácil
entender por qué este tipo de modulación, en esta canción en concreto, resulta
especialmente ingeniosa. La clave está en el contexto, en dónde y cómo suena.
Por lo demás, no se trata de un recurso precisamente original. Cientos de
canciones pop lo utilizan, aunque sea de forma quizás no tan intencional.
Quizás el ejemplo más conocido es Livin’ on a Prayer, de Bon Jovi
—minuto 03:23 de la canción—. Pero también, típicamente I Will Always
Love you cantada por Whitney Houston, cuando culmina el último
estribillo —and aaaiaaaiaaai…—; When a Man Loves a Woman, de
Michael Bolton, después de un silencio dramático apuntalado por la
batería; Love Story, de Taylor Swift; Strong Enough, de
Cher; My Generation, de The Who; I Want it that Way —y
otras mil canciones—, de los Backstreet Boys…
El cambio
de marras se deja oír en La vida de Brian: cuando un campo de
crucificados empieza a cantar Always Look on the Bright Side al
unísono, los Monty Python deciden exagerar aún más el sarcasmo iluminando la
melodía con esta eufórica modulación. Y desde luego, no debemos olvidar su
aparición estelar en el La, la, la de Massiel. Justo antes de
terminar, a partir del minuto 01:50 de la canción, el estribillo se repite
cuatro veces seguidas —son setenta «las», que los he contado—. A la tercera,
Massiel abre los brazos y eleva repentinamente el tono de voz para acabar
triunfalmente su actuación. Es un efecto especialmente apropiado para un
momento así. ¡Euforia, optimismo, energía! Nada dice Europe’s Living a
Celebration! —«Europa está de celebración»— como una modulación repentina
hacia un tono más agudo. Porque, sí, por supuesto, Rosa también echó mano de la
popular modulación. De hecho, este recurso es tan típico en las canciones del
festival, que en algunos foros, especialmente a partir de los años noventa, se
empezó a conocer como «la modulación de Eurovisión».
Más allá
de su éxito eurovisivo, parece que en algún momento este terremoto musical se
puso de moda, y hoy constituye casi un cliché de la música pop. Es esa
popularidad, excesiva quizás, lo que exaspera a sus críticos. Algunos lo
consideran la salida de emergencia, fácil y poco imaginativa, a cualquier
canción que se está quedando pocha. En el año 2003, el humorista y escritor
Robert Anwood —bajo el pseudónimo de Siegfried Baboon— decidió evidenciar este
abuso a través de gearchange.org[128], una
página web en la que fue recopilando todas las canciones que recurrían a esta
modulación. Su objetivo era crear una especie de muro de la vergüenza musical.
Así nació el concepto de «modulación del camionero que cambia de marcha»
o truck driver’s gear change, como se suele encontrar hoy en la
web. En palabras de Anwood:
Muchos
compositores y arreglistas sienten que cuando su canción corre el peligro de
agotarse, se le puede insuflar nueva vida alterando todas las notas en un tono
[…]. Es posible que hayas escuchado hablar de esta técnica referida
informalmente como una «modulación», pero el término etnomusicológico correcto
para referirse a este fenómeno es «cambio de marchas del conductor del camión».
Este concepto refleja la naturaleza completamente predecible y trabajosa de la
transición, evocando a un camionero cansado y con exceso de trabajo que coloca
la palanca de cambios en la nueva posición con su puño.
Hoy en
día, la modulación del camionero es un recurso tan común, que se ha ganado el
menosprecio de los más sibaritas. En su web, Anwood afirma sarcásticamente que
es la manera en que los músicos confiesan que se han quedado sin ideas y no
tienen otra forma de alargar su canción. No obstante, su uso se ha generalizado
hasta tal punto que, en algunos contextos, se utiliza casi como sinónimo de
«modulación». Y esta equivalencia es engañosa, ya que existen muchos otros
tipos de cambios de tonalidad, que la enriquecen y estructuran la música a
todos los niveles, incluso dentro del contexto de la música pop.
Desde un
punto de vista histórico, de hecho, las modulaciones han jugado un papel
fundamental en la evolución de la música occidental desde, al menos, la época
del Renacimiento. En realidad, no sabemos en qué momento exacto los
compositores, trovadores y hacedores de música en general empezaron a alternar
entre distintas paletas de sonidos para hacernos viajar a otros mundos. La
mayor parte de la música de nuestra historia no nos ha dejado esqueletos de
papel. Pero fue en el Renacimiento cuando los teóricos musicales empezaron a
pensar y escribir sistemáticamente sobre este fenómeno. Su música acabó por
«cambiar el mundo» en un sentido muy literal. La idea de un contexto musical
cambiante encontró un claro paralelismo en la Tierra móvil de las nuevas teorías
heliocentristas, y aquellas primeras modulaciones acabaron contribuyendo a que
el suelo de la humanidad temblase bajo sus pies. Pero para ello, fueron
necesarias las teorías de un célebre pensador italiano de apellido Galilei.
§.
Galilei, Vincenzo Galilei
No se suele mencionar muy a menudo, pero lo cierto es que Galileo Galilei nació
y se crio entre corcheas, en el seno de una familia y de una época que
consideraba la música como una parte indispensable de la formación de cualquier
persona culta. Tanto su padre Vincenzo como su hermano Michelangelo fueron
virtuosos del laúd y se dedicaron profesionalmente a la composición. El
primero, además, jugó un papel protagonista en la revolución musical que tuvo
lugar durante la época del Renacimiento en Italia.
También
Galileo fue aficionado a tocar el laúd. Lo hacía «con tal suavidad», según
relata su primer biógrafo, que «superaba en gracia y belleza a su padre[129]». Fue
Vincenzo quien le enseñó la técnica del instrumento de pequeño, así como toda
la teoría matemática y numerológica que lo rodeaba. Hoy aún se conservan los
apuntes del pequeño Galileo; análisis matemáticos de los tonos musicales,
anotados en los márgenes de un tutorial dedicado por su padre. Sin embargo,
cuando Vincenzo notó que a su hijo mayor le gustaba «demasiado» este lado
silencioso de la música —su lado numérico y pitagórico—, intentó convencerle de
que estudiara Medicina[130]. Solo
con el tiempo terminó aceptando que se decantara por la física, las matemáticas
y la astronomía. El lado «sonoro» de la música tampoco le abandonó del todo. El
laúd acompañaría a Galileo durante toda su vida. Por sus cartas sabemos que
esta afición constituyó una gran fuente de placer y consuelo para él,
especialmente durante sus últimos años, cuando la ceguera se sumó a los muchos
otros conflictos de su vida.
Además de
compositor, Vincenzo Galilei fue un gran pedagogo y quizás el teórico musical
más destacado del siglo XVI. En aquella época, el redescubrimiento de la
cultura clásica había cambiado por completo el pensamiento de Europa, y la
música, por supuesto, no podía ser una excepción. Pero en este ámbito, los
creadores no contaban con modelos históricos, como los edificios y las
esculturas que inspiraron a sus coetáneos en el campo de las artes visuales.
Nada en las ruinas arqueológicas podía guiar a los compositores en su búsqueda
de los sonidos del pasado.
Sin
embargo, aquellos que leían la literatura clásica se preguntaban por qué la
música de su tiempo no los conmovía y emocionaba como aseguraban los textos de
la Antigüedad. «La música de los antiguos fue la más espléndida de todas las
artes» escribió el obispo de Loreto, Bernardino Cirillo, en una carta de 1549[131]:
Con ella,
crearon efectos cargados de fuerza que nosotros, en la actualidad, no somos
capaces de producir bien, ni con la retórica ni con la oratoria, a la hora de
conmover las pasiones y los afectos del alma. Con el poder del canto era fácil
para ellos desviar cualquier mente sabia desde el uso de la razón hacia la ira
y la cólera. Con la eficacia del canto, el perezoso laxo se convertiría en
agresivo y rápido; el furioso en pacífico; el disoluto en moderado; el afligido
en consolado; el alegre en triste…
Su
opinión era compartida por muchos músicos de la época. La música, que hasta ese
momento había sido valorada por su refinamiento y erudición, debía recuperar
urgentemente la capacidad de conmover a sus oyentes. Y para ello, la clave
debía estar en los modos musicales que utilizaron los antiguos.
Los
griegos, de hecho, habían atribuido todo tipo de poderes mágicos a la música.
Algunos creían que podía curar enfermedades, purificar el cuerpo y la mente y
obrar todo tipo de milagros. Poderes similares se le atribuyen en otros mitos y
culturas. Quizás por eso, aún hoy es común decir que la música amansa a las
fieras. En el Antiguo Testamento, sin ir más lejos, David sana de la locura a
Saúl con el tañido de su arpa, y el sonido de trompetas primitivas sirve para
derribar las murallas de Jericó. De manera más específica, los escritores
griegos creyeron que la música poseía cualidades morales, y que podía afectar
al carácter y al comportamiento. A fin de cuentas, en las cuerdas de una lira
era posible encontrar las mismas leyes que regían el universo entero. No era de
extrañar que el alma humana también armonizase con ellas.
Por este
motivo, tanto Platón como Aristóteles insistieron en la importancia de la
música en la educación de las élites. Para Aristóteles, su poder transformador
radicaba en su capacidad para imitar los estados del alma: la ira, la dulzura,
el valor, la templanza… Cada vez que una persona escucha música, es invadida
por estos estados. Pero el contagio puede tener terribles consecuencias. Si
alguien escucha durante demasiado tiempo el tipo de música que despierta
pasiones innobles, se vuelve permanentemente una persona innoble. Y viceversa:
la música idónea podía llevar a los hombres a la virtud. Por ese motivo, para
Platón, la clave para construir una sociedad ideal era un sistema educativo
basado en la gimnasia y la música —para formar el cuerpo y la mente de los
ciudadanos— y, por supuesto, regular qué música debían escuchar. No todas
resultaban convenientes. En concreto, el tipo de música vinculado a ciertos
ritos orgiásticos de la antigua Grecia probablemente escandalizase a los
filósofos finos como Aristóteles y Platón.
Así, la
música estuvo regulada en las primeras constituciones, tanto de Atenas como de
Esparta. Puede parecer una noción inimaginable en nuestro tiempo:
La Nación
española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y
promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su
voluntad de:
—
Desterrar a Ramoncín.
Y, sin
embargo, a lo largo de la historia ha habido multitud de ejemplos y situaciones
en los que ciertos tipos de música han sido prohibidos «por el bien social».
Las dictaduras del siglo XX son solo el ejemplo más reciente. Los nazis
persiguieron activamente la «música degenerada», que incluía en gran medida
el jazz, con sus «tempos excesivos propios de los negros[132]», y la
música compuesta por artistas judíos, cómo no. En la URSS, durante la Guerra
Fría, el peligro era que la gente escuchara rock and roll; los
jóvenes, a partir de los años sesenta, empezaron a traficar con vinilos como el
más puro acto de rebeldía. Algunos historiadores plantean que su afición
musical tuvo mucho que ver con un cambio en la percepción de Occidente y con la
posterior caída de la URSS. Aquello fue música capaz de «cambiar» el mundo en
un sentido muy literal.
Platón
fue mucho más moderado en comparación: para él, el problema radicaba en ciertos
modos musicales o escalas de notas. Por eso, solo quería abolir cinco de las
siete escalas que se empleaban en la antigua Grecia. Las canciones en modo
dórico y modo frigio, en cambio, podían seguir escuchándose sin problema, pues
promovían el valor y la templanza. No fue el único en pensar de manera
parecida. Para los griegos, las escalas musicales —los modos— condensaban todo
el poder emocional de la música[133]. Podían
cambiar el carácter de los individuos, corromperlos o salvarlos. La leyenda
cuenta que Pitágoras fue capaz de calmar a un joven nervioso y con
inclinaciones violentas, haciendo que un flautista entonase una simple
modulación. Según otro mito antiguo, Alejandro Magno abandonó un banquete de
pronto y se armó para la lucha cuando escuchó una melodía frigia[134].
La
asociación de los modos musicales con ciertas emociones ha perdurado hasta
nuestros días. De nuevo, no hace falta ser un experto en música. Si alguna vez
has oído hablar de «el modo menor», probablemente haya sido en relación a su
poder para evocar tristeza. En cambio, su luminoso hermano, «el modo mayor»,
suele llegar anunciando la alegría. La euforia del estribillo de Man in
the Mirror, por ejemplo, se puede atribuir en parte a sus acordes mayores
—aunque el coro de góspel seguro que también ayuda—.
El
reinado de estos dos modos, mayor y menor, se impuso en la época de Vincenzo
Galilei, hacia finales del Renacimiento, precisamente. En realidad, se
utilizaban ya desde tiempos de los griegos, pero, como ya hemos mencionado, la
paleta de escalas era mucho más amplia entonces: existían siete modos en total,
designados con nombres de lo más rimbombante. Lo que hoy entendemos como «modo
mayor», por ejemplo, entonces se llamaba modo lidio, y el «modo menor» era
hipodórico o locrio. Pero los griegos también utilizaban los modos frigio,
hipofrigio, dórico, hipolidio y mixolidio. Todos ellos tenían siete notas y se
asociaban a distintos contextos y emociones. Su uso fue heredado por los
romanos y llegaron hasta la Edad Media convertidos en modos eclesiásticos o
gregorianos. Pero con el paso de los siglos, la teoría se había ido perdiendo
de transcripción en transcripción y los nombres de cada escala habían ido
rotando en una especie de teléfono escacharrado histórico. Hoy, esos mismos
modos se utilizan en música moderna, en contextos como la música jazz,
pero los nombres están completamente cambiados.
Si nos
alejamos un poco de la tradición europea, el abanico de paletas sonoras se
amplía todavía más. Encontramos incluso escalas con distinto número de notas,
como las escalas pentatónicas —de cinco tonos—, las octatónicas —de ocho—,
escalas con microtonos —un tipo de peldaños sonoros especialmente pequeños— o
escalas que dividen el rango sonoro en escalones iguales, como la escala
cromática de doce notas —esta escala se utiliza como la base de nuestro sistema
musical actual, como veremos—.
Solo hay
una cosa común dentro de toda esta diversidad: allá donde uno vaya, los
sistemas musicales utilizan escalas. Y allá donde se utilizan escalas, estas
suelen asociarse a distintas emociones. Se podría decir que la escala es a la
música lo que la paleta de color es a un cuadro o a la fotografía de una
película. Sirve para crear un ambiente, para dar contexto y coherencia a la
música, nos sitúa en cierto lugar. De hecho, raga, la palabra que designa los
modos melódicos de la música india, significa eso literalmente, ‘lo que colorea
la mente’.
Desde el
siglo XV, en su afán por recuperar las emociones que la música había perdido
entre malabarismos teóricos y partituras «sutiles» de infinita erudición, los
compositores volvieron a jugar y alternar entre los distintos modos griegos. O
eso creyeron. En realidad, es posible que la afinación no fuese la misma que se
utilizaba en la Antigüedad y parece que también se liaron con los nombres de
las escalas, como hemos comentado. Sin embargo, gracias a sus pesquisas y su
búsqueda de un nuevo sonido más humano, más emocional, los músicos del
Renacimiento terminaron formalizando lo que hoy conocemos como lenguaje tonal,
la «sintaxis sonora», por así decirlo, que aún hoy se encuentra en la base del
pop, del rock, del reguetón, de la jota aragonesa y hasta de las
óperas de Verdi —salvo raras excepciones, si lo has escuchado en la radio, es
que era música tonal—. Es ese lenguaje el que nos permite crear historias
detectivescas con la música, hacer flashbacks, cambiar de contexto
—modular— o crear terremotos sonoros como el de Man in the Mirror.
Es el lenguaje de nuestras expectativas.
Por otra
parte, estos músicos dieron paso a un debate mucho más inesperado y de
implicaciones cósmicas. Las modulaciones de su música ayudaron a cambiar el
mundo, literalmente esta vez: lo pusieron en órbita alrededor del Sol.
Durante
toda la Edad Media, los distintos modos se habían asociado a los planetas
dentro del mito de la música de las esferas. De acuerdo con esa misma analogía,
la posibilidad de mover el centro tonal de una pieza —la casa de la música, su
base—, la posibilidad de hacer modulaciones, en definitiva, llevó a muchos a
plantearse si otro tipo de «suelo» podía ponerse en movimiento. Como explica
Peter Pesic, autor de Music and the Making of Modern Science:
La música
y la astronomía retomaron la cuestión de si un centro aparentemente inmóvil
podía ser movido. Ese centro podía ser la Tierra o el modo de una composición
musical, que generalmente se asumían como inalterables. Dado que cada esfera
celestial se asociaba a un modo, un cambio de modo sugería movimiento entre las
esferas. A medida que las composiciones musicales más innovadoras fueron
utilizando cambios de modo más insólitos, el centro inamovible de la música se
empezó a desplazar. En las siguientes décadas, la nueva astronomía presentó la
teoría de la Tierra en movimiento.
En 1543,
Copérnico publicó De revolutionibus orbium coelestium, un libro
sobre giros celestes que revolucionó nuestro concepto del mundo. Desde que sus
páginas salieron de la imprenta, la Tierra dejó de ser el centro del universo
y, poco a poco, su suelo empezó a girar bajo nuestros pies. Dentro del debate
que siguió a la publicación de Revolutionibus, muchos de los
argumentos a favor y en contra de la nueva teoría se basaron, cómo no, en
cuestiones musicales y estéticas. Algunos alababan su simetría. A otros les
convencía su simplicidad —nada tan rocambolesco y feo como el sistema
ptolemaico podía ser cierto—. Y también hubo quienes analizaron las
consonancias de los planetas sobre sus nuevas órbitas.
El mismo
Copérnico se apoyó en este tipo de razonamientos. Como explica Kitty Ferguson[135], «ningún
descubrimiento astronómico ni ninguna observación mejor o más precisa del cielo
llevó a Copérnico a descartar la astronomía ptolemaica centrada en la Tierra y
sustituirla por un sistema con el Sol en el centro». Si bien es cierto que la
astronomía ptolemaica, con sus muchos epiciclos, excepciones y apaños, carecía
de precisión a la hora de predecir las posiciones de los astros, ningún
instrumento de observación en tiempos de Copérnico habría podido revelarle este
error. El telescopio aún tardaría más de medio siglo en llegar —fue patentado
en 1608—, y tampoco es que la astronomía copernicana, tal y como él la
concibió, basada en circunferencias perfectas y órbitas regulares, fuese mucho
más precisa.
La
preferencia de Copérnico por el sistema heliocéntrico no se basaba en
argumentos científicos. Era, en el fondo, una preferencia estética. Y como tal,
estaba vinculada a la tradición pitagórica y musical que inspiró en sus
pesquisas a tantos otros físicos y matemáticos. Solo así pueden entenderse sus
referencias a la «armonía» del modelo heliocéntrico y a su capacidad para
explicar el «baile» de los planetas —siderum chorea—. Incluso para
nombrar su propio sistema eligió esta inspiración: inicialmente, Copérnico se
refirió a sus hallazgos como «astronomía pitagórica» o «astronomía filolaica».
Se habría sumado así a una larga tradición de la hermandad pitagórica, que
atribuía todos sus descubrimientos a su primer fundador.
Entre
todo el ruido que siguió a la publicación de Revolutionibus, sus
ecos más insospechados se encuentran en un tratado musical firmado por un
importante teórico italiano. Dialogo della musica antica, et della
moderna fue publicado en 1581. En sus páginas, Vincenzo Galilei
afirma:
Como
líneas trazadas desde el centro de un círculo a la circunferencia, que se
reflejan en el centro, cada intervalo musical se mira a sí mismo en la octava
como en un espejo, como los planetas lo hacen en el sol.
Así, como
de pasada, como quien pide el bote de sal a la hora de la cena, Vincenzo deja
clara su posición en uno de los debates más candentes y arriesgados de su
tiempo, el mismo que provocaría el conflicto de su hijo con la Iglesia católica
treinta años después: «Do, re, mi, fa, el Sol está en el centro del universo,
la, si, do».
El Diálogo
de la música antigua y la moderna de Vincenzo fue uno de los tratados
musicales más influyentes del siglo XVI. Sus ideas encontraron lectores mucho
más allá del ámbito musical. En 1617, cuando Kepler viajó a Wurtemberg para
salvar a su madre de un juicio por brujería —el crimen por excelencia de las
mujeres con inquietudes en aquella época—, el Diálogo de
Galilei le acompañó en el trayecto. El astrónomo alemán estaba trabajando
entonces en sus teorías de armonía planetaria y, probablemente, este tratado le
ayudó a profundizar en sus conocimientos de teoría musical —de hecho, se
convirtió en su referencia más citada a partir de ese momento en cuestiones de
armonía—. Me pregunto si Kepler repararía en la sutil confesión copernicana del
músico italiano. Me gusta imaginar que, aunque nunca se conocieran y apenas
coincidieran en el tiempo —Kepler nació en 1571 y Vincenzo falleció en 1591—,
solo esa pequeña frase, la certeza de pertenecer a una minoría absoluta en un
momento tan adverso, sirvió para establecer algún tipo de complicidad remota
entre los dos.
Por lo
demás, Vincenzo nunca menciona explícitamente la obra de Copérnico en su Diálogo,
pero parece que pudo leer y estudiar De revolutionibus gracias
a su mentor y maestro Gioseffo Zarlino, que poseía una copia de la primera
edición. Zarlino era probablemente el teórico musical más importante de ese
momento en Italia. Vincenzo venía del lado práctico de la música y quería
adquirir una base más conceptual para progresar en su carrera, así que, a
partir de 1563, empezó a desplazarse a Venecia para poder estudiar con él. De
acuerdo con Peter Pesic[136], esto lo
habría situado en un lugar excepcional para conocer y estudiar las ideas de
Copérnico en una época en que los libros eran escasos y, sobre todo, muy caros.
También hace probable que fuese el mismo Vincenzo quien se las presentase y
explicase por primera vez a su hijo Galileo.
Las
teorías copernicanas pudieron contribuir al conflicto que acabó distanciando a
Vincenzo de su profesor. Zarlino fue un teórico de lo más innovador en muchos
sentidos. Sus ideas fueron fundamentales para el desarrollo de la música tonal
—el tipo de música que escuchamos hoy, principalmente—. En otros sentidos, sin
embargo, seguía siendo un músico del pasado, un músico principalmente teórico,
de acuerdo con la tradición pitagórica. Su obra se caracterizó por las
aportaciones que hizo al desarrollo del contrapunto, una técnica de composición
estilizada, relativamente compleja, donde varias voces se mezclan en una
textura de enredadera. Muchos compositores de la época empezaron a criticar
este tipo de creaciones por parecerles demasiado cerebrales, demasiado
crípticas. Pero Zarlino era muy de pensar y poco de sentir y experimentar. Era,
todavía, un músico teórico. También era un convencido geocentrista.
Vincenzo,
por el contrario, se convirtió en el símbolo de la nueva música en una nueva
era. La suya era una música más directa, anclada en los sentidos y las
experiencias. Los compositores del Renacimiento habían puesto su foco en
recuperar las emociones de los oyentes, en manipular sus pasiones, y para
Vincenzo la clave estaba en recuperar la sencillez de la música antigua. Era
necesario limpiar las partituras de distracciones, utilizar una única línea
melódica que se adaptase al significado del texto para poder comunicarlo mejor.
Del mismo modo que en Man in the Mirror, como vimos, las notas de
la melodía «dibujan» el contenido de la letra, Vincenzo quería que sus
composiciones fuesen un molde hecho a medida del lenguaje. Defendía que la
música no era sino una forma de retórica, la extensión de la poesía. Su consejo
para otros compositores consistía en estudiar la voz de los actores: el canto
solo tenía que imitar este tipo de habla expresiva y emocional.
Curiosamente,
hoy algunos investigadores en psicología y cognición musical piensan que el
poder emotivo de las escalas y los modos musicales procede, precisamente, de su
capacidad para evocar una voz humana y sus distintos estados de ánimo. De
acuerdo con el investigador David Huron[137], las
canciones en modo menor sonarían, en general, más tristes que sus hermanas
mayores, debido a que la distribución de sus sonidos es comparativamente más
grave, más oscura. De forma similar, cuando un humano está triste, se comporta
como si se hubiese quedado sin pilas y esto afecta a su tono de voz. Es común
que el humano triste hable bajito, sin cambiar mucho la frecuencia de su
entonación, balbuceando a menudo. Particularmente, el humano triste tiende a
producir sonidos más graves de lo habitual. Por ese motivo, según Huron, la
escala menor con sus notas comparativamente más graves, recordaría a su tono de
voz.
A
Vincenzo Galilei, sin duda, le habrían fascinado los estudios en psicología de
la música de nuestra era. Su interés por renovar la música de su época le llevó
a participar en la llamada Camerata Florentina, un grupo de poetas,
músicos e intelectuales, que se reunían bajo el patrocinio del conde Giovanni
de Bardi para discutir sobre el estado de las artes de la época, y
especialmente de la música y el drama. Su objetivo era crear un nuevo estilo de
música humanista, capaz de adaptarse a sus oyentes, de imitar sus pasiones y de
evocar el sonido de sus propias voces.
Como
buenos renacentistas, los miembros de la Camerata tomaron como
referencia la práctica de los autores antiguos y, en concreto, la tradición
teatral griega donde se fusionaban música, poesía y drama. Sus esfuerzos
culminaron, a finales de siglo, con la aparición de todo un nuevo género
musical: la ópera. Hoy encontramos esa misma inspiración en todas las canciones
con letra que nos conmueven, en todas las historias del cine con bandas sonoras
capaces de ponernos los pelos de punta, ¡incluso en los esfuerzos de Man
in the Mirror por representar con música cada detalle de la letra! Y
también, cómo no, en las verdaderas óperas del siglo XX y XXI, más conocidas
como musicales: de West Side Story a Hamilton,
pasando por Grease y La La Land, todo comenzó con
un grupo de músicos renacentistas, el padre de un célebre astrónomo y su empeño
por mover el mundo con todas las emociones humanas a cuestas.
§. De la
música a la física experimental
Es difícil saber si fue Vincenzo quien le habló a su hijo sobre las ideas de
Copérnico, o si quizás el contagio de ideas se dio al revés. Cuando Vincenzo
publicó su Diálogo, Galileo apenas tenía diecisiete años. Justo un
año antes, en 1580, acababa de matricularse en la Universidad de Pisa para
estudiar Medicina. Resulta tentador imaginar a un adolescente Galileo
intentando convencer a su padre de que la Tierra se mueve a más de cien mil
kilómetros por hora alrededor del Sol, y a un Vincenzo preocupado por el acceso
a hierbas «medicinales» en la facultad de su primogénito. Parece más probable
que el influjo se diese al revés, pero ¡quién sabe!
De lo que
no cabe duda es de la influencia que tuvo Vincenzo, en un sentido mucho más
amplio, sobre la obra y el pensamiento de Galileo. Galilei padre no fue solo un
músico de los sentidos. También fue un pionero de la acústica física y de la
investigación estética y perceptiva, y en ambos campos su enfoque fue
rompedoramente empírico. Frente a una tradición medieval donde las teorías se
sostenían sobre más teorías e interminables argumentos de autoridad, Vincenzo
parte siempre de su propia experiencia, puesta a prueba de manera sistemática.
En sus
tratados aparecen descritos algunos de sus experimentos. El Diálogo incluye
un estudio sobre el tono de los tubos de un órgano en función de su tamaño, y
una discusión estética sobre distintos sistemas de afinación. En su segundo
libro, el Discorso de 1589, el compositor va más allá y afirma
que el experimento es «el maestro de todas las cosas».
Aunque
hoy lo recordamos sobre todo por sus teorías, Vincenzo Galilei fue un músico
práctico antes que teórico, su laúd fue su laboratorio, sus oídos le sirvieron
de guía. En el sótano de su casa de Florencia colgaban cuerdas de diferentes
longitudes, espesores y mezcla de materiales, con diferentes pesos para probar
y medir sistemáticamente sus propiedades. Así se convirtió en la primera
persona en descubrir la relación entre el tono de una cuerda y su tensión, ¡la
primera ley de la física no lineal de la historia!
En un
experimento que muchos otros hemos validado después —yo misma, en las prácticas
de la universidad—, Galilei colgó diferentes pesos a una cuerda para estudiar
cómo se relacionaba su tensión con su tono. Descubrió que las masas que
producían los armónicos pitagóricos ya no dependían de números enteros
sencillos (1, 2, 3, 4), sino de esos mismos números elevados al cuadrado (1, 4,
9, 16). O, dicho en físico: la tensión de una cuerda guarda una relación
cuadrática con la frecuencia. Esto es lo que significa que fuese una ley «no
lineal». Para hallar la relación entre las dos magnitudes —entre la tensión y
el tono—, Galilei tuvo que utilizar operaciones algo más sofisticadas que
simples sumas y multiplicaciones.
No
obstante, su experimento era tremendamente sencillo. Por eso resulta aún más
sorprendente que, desde tiempos de Pitágoras hasta finales del siglo XVI, a
nadie se le hubiese ocurrido hacerlo. En más de dos mil años, a ningún sabio se
le había pasado por la cabeza colgar distintos pesos de una cuerda y ver qué
pasaba realmente con su sonido. Preferían leerse cincuenta sesudos tratados en
latín antes que usar sus propias manos. El mismo Zarlino, maestro de Vincenzo,
creía que la relación entre tensión y frecuencia era lineal, como decían los
antiguos —es decir, que dependía solo de números sin exponentes 1, 2, 3…—. El
conflicto que lo enfrentó públicamente con su alumno ejemplifica también la
lucha entre dos mundos: el del saber antiguo y teórico, contra la nueva ciencia
experimental.
El
historiador Stillman Drake argumenta que en la época en que Vincenzo realizó
todos estos experimentos con cuerdas, alrededor de 1588, su hijo mayor se
alojaba en su casa. En aquella época, Galileo daba clases particulares de
matemáticas a estudiantes locales[138]. Drake
cree probable que el joven astrónomo ejerciese como ayudante de laboratorio
para su padre, un hecho que habría tenido una influencia decisiva en algunos de
sus descubrimientos posteriores.
Uno de
esos experimentos fue el del péndulo. Galileo fue el primer físico en describir
el movimiento periódico de una masa colgada de una cuerda tensa. Su primer
biógrafo relata que la inspiración para estudiar este fenómeno surgió al
observar los candelabros colgantes de la catedral de Pisa, mientras estudiaba
en la universidad en 1582. Sin embargo, las primeras anotaciones de Galileo
sobre este fenómeno datan de 1588, ¡precisamente cuando acompañaba a su padre
en Florencia! Para Drake, es probable que el joven astrónomo observase
directamente las masas suspendidas de cuerdas que Vincenzo utilizaba para
afinar y experimentar. De este modo, Galileo descubrió que la frecuencia de un
péndulo es independiente de la amplitud de su movimiento y de su masa, lo cual
lo convierte en una herramienta ideal para medir el tiempo. Al final de su
vida, sugirió incluso un modelo de reloj primitivo que, desgraciadamente, nunca
llegó a construirse. Inspirándose en sus ideas, otro físico, músico, e hijo de
músicos llamado Christiaan Huygens patentó el primer reloj de péndulo funcional
en 1656.
La música
tuvo otro papel importante en la medida del tiempo para Galileo. Hacia 1604, el
físico italiano estaba estudiando el movimiento de los cuerpos acelerados por
la gravedad. Para comparar su avance, necesitaba algún recurso que le
permitiese medir lapsos de tiempo iguales pero, en aquella época, no existían
los cronómetros ni nada parecido a un reloj de precisión. Para realizar sus
medidas, Galileo recurrió a los pulsos de una canción[139]. Y no le
valía una cualquiera: si quería ser lo bastante preciso, necesitaba un ritmo
contundente, bien definido, como el de un buen tema pop. Después, de acuerdo
con sus notas de laboratorio, colocó una serie de trastes sobre un plano
inclinado, parecidos quizás a los de su propio laúd, y dejó rodar una pelota
sobre su pendiente. Al pasar sobre los trastes, la pelota emitía un pequeño
ruido, así que Galileo solo tenía que mover estas marcas sonoras hasta
sincronizarlas con los pulsos regulares de su propia canción. Tras completar
este proceso de ajuste, los trastes revelaban un claro patrón. Las distancias
recorridas por la pelota sobre la rampa eran proporcionales al tiempo
transcurrido —el pulso enésimo de la canción— elevado al cuadrado. Podemos
afirmar que Galileo descubrió la matemática de los cuerpos acelerados por la
gravedad mientras cantaba una canción popular. En mi cabeza era algo parecido a
Shakira, aunque probablemente los historiadores no estarán muy de acuerdo
conmigo en esto. Lo sorprendente es que, a pesar de lo rudimentario de su
método, ¡sus medidas alcanzaron una precisión de 1/64 de segundo! Los humanos
somos increíblemente precisos detectando el ritmo de una canción. Junto con las
escalas de notas, esta «cuadrícula temporal» es otra de las características más
universales y reconocibles de la música.
Como
tantos otros físicos, Galileo se interesó también por el problema de la
consonancia y la disonancia. Intuyó que los sonidos armónicos eran más
regulares, y que esta regularidad emanaba directamente de los números: «los
pulsos producidos por dos tonos, al mismo tiempo, deben ser conmensurables en
número, para que no mantengan al tímpano en un estado de tormento perpetuo,
doblándose en direcciones distintas para ceder a impulsos siempre
discordantes». Su principal discusión sobre este tema se encuentra en su último
libro, Discursos sobre dos nuevas ciencias. En sus páginas, Galileo
promete «deducir las razones de los maravillosos accidentes de los sonidos»
usando como punto de partida «algunos experimentos sencillos y sensatos[140]». Este
libro, sin embargo, es mucho más conocido por su trascendencia para la física y
para el desarrollo de la ciencia, en general. En él establece los fundamentos
de la mecánica en tanto que ciencia, incluye gran parte de su trabajo realizado
durante las tres décadas anteriores y pone fin a la corriente de pensamiento
que había dominado durante toda la Edad Media.
De manera
más general, la influencia de Vincenzo sobre Galileo tuvo más que ver con el
hecho de experimentar en sí, antes que con ningún experimento en concreto. Hoy
se considera a Galileo como «el padre de la física moderna», el primer impulsor
de la revolución científica que sacó a los científicos de sus laberintos de
papel y los arrastró hasta el laboratorio, a mancharse las manos y a cantar
música pop. En el camino, se atrevió incluso a salpicar la cara de la Luna con
los cráteres que observó a través de su telescopio, porque para él ni siquiera
el cielo podía ser «ideal». Es probable que encontrase la inspiración para todo
este proceso en el taller de su padre y, en ese sentido, Galileo es un
científico mucho más moderno que Kepler. Mientras que la deuda de Kepler con la
música de su tiempo proviene de su vertiente teórica y pitagórica, Galileo es
hijo —nunca mejor dicho— de la «práctica» musical de su época, mucho más
experimental y artesana.
Las
ciencias naturales, de hecho, requieren tanto teoría y matemáticas como
experimentos y observaciones para poder generar conocimiento. En eso radica su
éxito y su fascinante poder descriptivo. Pero, hasta la época de Galilei, esas
dos piezas del puzle habían permanecido separadas por una barrera social. En
parte por culpa de la tradición griega y el desprecio a «trabajar con las
manos» que también compartía Pitágoras. Como explica el historiador y filósofo
de la ciencia Edgar Zilsel[141]:
La
formación lógica estaba reservada para los estudiosos de la clase alta; la
experimentación, el interés causal y el método cuantitativo se dejaron en manos
de artesanos más o menos plebeyos. La ciencia nació cuando, con el progreso de
la tecnología, el método experimental finalmente superó el prejuicio social
contra el trabajo manual y fue adoptado por estudiosos con formación racional.
Fue la
unión de teoría y práctica durante el Renacimiento la que elevó a los artesanos
a la categoría de artistas y convirtió a los filósofos en científicos.
Vincenzo,
de hecho, provenía del lado práctico de la música, la música mundana, la de
afinar cuerdas y romper laúdes, la que aún hoy se toca «de oído». La teoría,
para él, vino después. En ese sentido, tenía poco miedo a mancharse las manos
y, gracias a ello, se convirtió en uno de los primeros científicos
experimentales de la historia. Llegó a afirmar que «hay pocas cosas que no
puedan ser pesadas, numeradas, o medidas[142]». Pero
su método no se limitó al ámbito de la acústica. Ese empeño por observar la
realidad y poner a prueba sus propias ideas moldeó también su pensamiento
estético. La música no solo debía ser «teóricamente hermosa», no bastaba con
una idea brillante o un discurso al pie de la partitura que demostrase la
inteligencia suprema de su creador. Vincenzo se habría rebelado contra los
museos y las sesiones de «música culta» contemporánea, donde el libreto
explicativo resulta más conmovedor que la obra en sí. Para él, la música no era
solo pensamiento. Era, antes que nada, sonido. Y sin oyentes, sin comprobar el
efecto que provocaba esa música sobre el público al que iba destinada, sus
teorías no valían de nada. Como explica el musicólogo Howard Mayer Brown[143], «uno de
los mayores logros de Galileo Galilei fue haber ido más allá del aristotelismo
para verificar hechos y confirmar teorías mediante experimentos empíricos. Eso,
por supuesto, es precisamente lo que hizo su padre Vincenzo al tratar de
revivir el poder afectivo de la música griega antigua». En ese sentido, su
música fue mucho más científica que la de cualquier época anterior, más
experimental y humanista. Al mismo tiempo, sin embargo, la nueva tendencia
emocional y expresiva de la música terminó expulsándola para siempre de su
lugar en el quadrivium, junto a la aritmética, la geometría y la
astronomía. El experimento puso fin a dos mil años de música teórica. A cambio,
le hizo un nuevo hueco en el reino de las artes.
Capítulo
7
El arcoíris de Newton
§. Las
siete notas del arcoíris
Cuenta Harold Arlen que la compuso en un golpe de inspiración[144]. «No
estaba pensando en el trabajo. No era consciente de estar pensando en el
trabajo. Solo quería relajarme». Llevaba ya tiempo trabajando en la banda
sonora de El mago de Oz y la última canción aún se le
resistía. Así que le propuso a su esposa que le llevara a comer a un
restaurante chino. Pero a mitad de camino tuvieron que detenerse: «Para el
coche, por favor». Arlen acababa de imaginar una de las canciones más populares
del siglo XX y necesitaba apuntarla inmediatamente. En su cabeza acababan de
sonar los primeros compases de Over the Rainbow.
Si tienes
orejas y no has vivido en un búnker durante los últimos ochenta años, es
simplemente imposible que no la hayas oído alguna vez. La canción es tan
conocida por su preciosa melodía como por su letra, añadida por Yip Harburg
después. Curiosamente, estuvo a punto de ser excluida de la película porque a
algunos gerifaltes de la productora Metro-Goldwyn-Mayer les parecía demasiado
lenta y triste y no entendían que la niña se pusiese a cantar una balada en
medio de un corral. Por fortuna —o por la insistencia del productor Arthur
Freed, más bien—, Over the Rainbow sobrevivió a las tijeras de
la edición y hoy constituye uno de los momentos más icónicos de la famosa
película. A los cinco minutos de empezar, Dorothy, la protagonista de zapatos
rojos interpretada por Judy Garland, es despachada por su tía Em, que tiene
cosas mejores que hacer que escuchar sus movidas. «¡Ayúdanos y quédate en algún
lugar donde no te metas en problemas!», le suelta. La niña —que por lo que se
ve es un poco literal—, empieza a imaginar entonces «un lugar sin problemas»,
alejado de la árida Kansas, al que no se puede llegar ni en barco ni en tren,
un lugar al otro lado del arcoíris… y, como suele suceder en los musicales, de
repente rompe a cantar: «Soooome-wheeere over the rainbow…».
Tras el
estreno de El mago de Oz en 1939, Over the Rainbow ganó
el Óscar a la mejor canción original. En 2001, fue elegida por votación como la
número uno de las «Canciones del siglo», de acuerdo con un ranking elaborado
por la Asociación de la Industria Discográfica (RIAA) y el Fondo Nacional de
las Artes (NEA) de Estados Unidos. También el Instituto Americano de Cine (AFI)
la proclamó la mejor canción en cien años. En marzo de 2017, la grabación
cantada por Judy Garland pasó a formar parte del Registro Nacional de
Grabaciones de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, cuyo objetivo es
preservar música «cultural, histórica o estéticamente relevante»[145].
A lo
largo de ochenta años, la balada ha ido mutando y creciendo también gracias a
los muchos artistas que la han replicado con sus voces e instrumentos. Además
de Judy Garland, Aretha Franklin, Ella Fitzgerald, Art Tatum, Elvis, Queen,
Pink Floyd, Tori Amos, David Bowie, Louis Armstrong, Frank Sinatra, Eric
Clapton, Ariana Grande… la lista es verdaderamente interminable —a fecha de
escribir estas líneas, la Wikipedia en español recoge 169 versiones—. No
obstante, hoy la interpretación más conocida es probablemente la de Israel
Kamakawiwo’ole, que intercala pasajes de What a Wonderful World.
Kamakawiwo’ole la grabó en una sola toma de quince minutos acompañado por su
ukelele y, desde entonces, su voz ha dado la vuelta al mundo. Por mi parte, os
recomiendo buscar la interpretación de Beyoncé en 2007 para una gala conocida
como Movies Rock. En primer lugar, porque ver cantar a Beyoncé es aprender a
lidiar con la propia mortalidad en presencia de la absoluta perfección divina.
Pero, además, en el minuto 01:45 podrás reconocer una modulación del camionero
especialmente audaz que pone a cualquiera los pelos de punta —la voz de la
Diosa sube una tercera mayor, un intervalo mucho más amplio de lo común—.
Over the
Rainbow ha roto, en definitiva, todos los récords habidos y por haber en
cuanto a difusión, reconocimiento y popularidad. Es posible que parte de su
éxito se debiese a la acogida que tuvo la propia película, una de las más
vistas de la historia según la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. O,
quizás, la clave fuese el momento de su publicación. En 1939, Europa acababa de
empezar una terrible guerra mundial que arrastraría más tarde a su aliado
yanqui. Puede que la balada, con su mensaje de optimismo, sus ganas de
encontrar un lugar mejor al otro lado del arcoíris resonase especialmente con
una audiencia que vivía un momento histórico doloroso y confuso.
De lo que
no cabe ninguna duda, más allá del éxito de El mago de Oz u
otras coincidencias históricas, es de que la melodía de Over the
Rainbow es una auténtica maravilla. Simple y llanamente. Una miniatura
musical, delicada y sensible, emotiva y hermosa. Y, aunque algunos poetas
quizás me acusen de querer «destejer el arcoíris», podríamos analizar algunas
claves por las que esta balada funciona tan bien.
Empecemos
por el principio. Probablemente, el rasgo más reconocible de la melodía es su
salto inicial. De Some a where hay
exactamente un intervalo de octava. Suena algo técnico, pero solo es el término
que usan los músicos para designar esta distancia sonora en particular: un
salto amplio, muy reconocible. De hecho, un salto quizás «demasiado» amplio
para tratarse de una canción popular. Como explica el compositor Rob Kapilow[146], «los
productores estaban preocupados de que nadie comprase la canción porque fuese
demasiado difícil de cantar». Es probable que una cantante profesional tenga
que cambiar de registro para poder entonar las dos notas correctamente. A los
demás no nos queda más remedio que desafinar bochornosamente.
Este
mismo intervalo se encuentra también en otra canción popular, una de las pocas
aún más conocidas que Over the Rainbow. Me refiero al Cumpleaños
feliz. Desde su composición en 1893 por las hermanas Mildred y Patty Smith
Hill, no se ha cantado afinado ni una sola vez. Yo lo sufro todos los años.
Toca el momento de soplar las velas, rodeada por aquellos que más dicen
quererme, y encojo el cuello, me agazapo, cierro fuerte los ojos, porque
millones de años de evolución no nos han concedido la bendición de unas orejas
con párpados. Cuando llega el «te de-sé-a-mos to-dos», la sílaba tildada
debería sonar una octava más aguda que la anterior, pero nadie es capaz de
cantarla bien afinada. Por suerte, en Over the Rainbow, Judy
Garland no tiene esta limitación. En su voz, el salto de octava resulta
especialmente expresivo. Suena a anhelos y a inocencia. Es un salto al lugar
soñado.
Este es
solo el primer paso del viaje, no obstante. Over the Rainbow presenta
una línea melódica especialmente larga. Parece que todo su estribillo está
dibujado con un solo trazo de principio a fin, y no descansa hasta el octavo
compás. Por eso, cuando suena, la última nota resulta especialmente
satisfactoria, como si nuestro oído la hubiese estado buscando desde el
principio de la canción. Es imposible destilar todos los ingredientes que
contribuyen a esta magia. Pero podemos intentar hacer un ejercicio de
abstracción para simplificar la melodía en busca de sus puntos de apoyo, su
«esqueleto sonoro», por así decirlo. Lo que sobresale entonces es un dibujo
especialmente sencillo y familiar que, probablemente, es el que dirige las
expectativas de los oyentes. La melodía de Over the Rainbow es,
como decía, un viaje; uno de ida y vuelta, concretamente. Todo comienza con el
salto de octava ascendente (la♭ - la♭), un salto más allá del arcoíris. Desde ahí, en
cada compás, la melodía desciende una única nota, paso a paso, por peldaños. Al
llegar al octavo compás, hemos completado la escala entera. Hemos recorrido el
arcoíris cuesta abajo y, sin darnos casi cuenta, volvemos a encontrarnos donde
todo comenzó. Como Dorothy, después de visitar Oz, volvemos a estar en casa.
Nota para
escépticos: con esto no quiero decir que Harold Arlen hiciese todo este
análisis en su cabeza cuando compuso la canción. Bastante tenía con repasar
mentalmente el menú del restaurante chino y hacer de copiloto para su señora
esposa. Simplemente tuvo una idea musical brillante, una idea que funciona muy
bien. Uno de los motivos por los que probablemente funciona tan bien es que se
asienta sobre expectativas musicales compartidas por los oyentes, como una
escala musical descendente en este caso. Pero esta es una explicación que solo
puede darse a posteriori. Cualquier acto creativo hace suya la
maldición del Titanic: una vez hundido, todo el mundo sabe cómo
salvarlo. Lo difícil es ser capitán de barco cuando los icebergs aún no figuran
en el mapa. Del mismo modo, componer es siempre mucho más complicado que
analizar: solo las intuiciones de los mejores músicos —que a menudo sintetizan
y anticipan las expectativas de los oyentes—, pueden orientarles en su proceso
creativo.
Por otra
parte, y aunque probablemente solo fuera un accidente —al menos en un primer
momento—, es precioso pensar que la primera y más icónica canción de El
mago de Oz recoge en su estructura melódica toda la narración
posterior. Al comienzo de la película, un tornado se lleva a Dorothy volando
hasta un lugar colorido «más allá del arcoíris». La imagen misma cambia de
sepia a tecnicolor en ese preciso momento. Pero ese salto repentino (la♭ - la♭) solo
sirve para hacerle añorar su hogar. El resto de la narración trata sobre el
largo camino de regreso a casa, a lo largo de un camino de baldosas amarillas
(sol fa mi♭ re♭ do si♭… la♭). En la película, como en la melodía, una tensión
inicial nos lleva paso a paso hasta el punto de partida, y solo allí
descansamos. Como dice Dorothy, «se está mejor en casa que en ningún sitio».
En ese
sentido, el salto inicial de Over the Rainbow resulta
especialmente sugerente. Algunos críticos han querido ver en él el mismo
arcoíris del que habla la canción. La octava es, de hecho, el intervalo que
separa las notas de una escala y la siguiente, es decir: la distancia sonora
que hay entre un do y el siguiente do —o entre un la bemol y el siguiente, en
este caso— pasando por encima de las siete notas del arcoíris… digo, de la
escala. El nombre viene precisamente de ahí. Después de do re mi fa sol la si,
la siguiente nota, el siguiente do más agudo, es «la octava».
Existe un
segundo paralelismo aún más sutil. Se basa en el hecho de que Dorothy, en
realidad, nunca abandona su casa. Al final de la película, se despierta
acompañada por sus seres queridos, convaleciente tras sufrir un golpe en la
cabeza debido al caos ocasionado por el tornado —el golpe que, sin duda, la
llevó a alucinar en colores—. El viaje de la melodía, por su parte, se produce
entre un la♭ y otro
la♭, una nota idéntica a la primera, y al mismo tiempo
mucho más brillante. Para Rob Kapilow[147], «es el
salto entre dos mundos distintos y dos zonas de la voz». La nota más grave
«representa la realidad problemática de Dorothy, la aridez de Kansas, sin
flores. Es el comienzo en blanco y negro de la película. […] La nota aguda es
más etérea, es el lugar al que ella quiere escapar. Es Oz».
Dorothy
necesitaba saltar por encima de las siete notas del arcoíris para llegar a la
octava. Allí se encontró con un mundo mucho más luminoso y, a la vez, idéntico
a este. Como veremos, su viaje de siete notas se lo debemos, en parte, a la
física que armoniza las distintas notas de una escala musical.
§.
Sonidos siameses
Over the Rainbow es una canción brillante en muchos sentidos. Pero
la metáfora de la octava, el paralelismo entre Kansas y Oz, nos revela una
cuestión especialmente interesante desde un punto de vista perceptivo. Me
refiero a esos dos sonidos al comienzo de la canción (la♭ - la♭). Están
separados por un salto tan grande que resultan incluso difíciles de cantar.
¿Por qué reciben entonces el mismo nombre?, ¿qué es lo que tienen en común?
De alguna
manera, parece que en nuestro oído las notas se organizan en círculos,
siguiendo una especie de bucle. Todos conocemos aquella famosa canción de Sonrisas
y lágrimas. María le enseña las notas de la escala a los siete hijos del
capitán Von Trapp, y resulta que después del si «otra vez ya viene el do, uoh,
uoh, uoh». En música, cada siete notas, se repite la misma escala. En el piano,
puede verse el mismo patrón de teclas negras y blancas replicado una y otra
vez, aunque sus sonidos se hagan cada vez más agudos. Podríamos representar
todas las notas en una especie de espiral o una escalera de caracol. Las
frecuencias crecen y se alejan cada vez más de la base, mientras que en cada
vuelta encontramos las mismas notas, separadas por los mismos ángulos.
Pero ¿a
qué se debe este enrollamiento?, ¿qué provoca las vueltas de la espiral? La
respuesta a esta pregunta no se encuentra en las notas mismas, sino en nuestro
sistema auditivo y su asombrosa capacidad para identificar los sonidos de la
serie armónica.
La
octava, como ya sabemos, no es un intervalo fortuito. Esta es la relación que
existe entre un sonido y su primer armónico, es decir, la relación entre dos
sonidos cuyas frecuencias se encuentran en proporción 2:1. Estos sonidos, como
vimos, tienen espectros que coinciden casi por completo, sus recetas de
frecuencias comparten los mismos ingredientes, de hecho. Si uno toca en el
piano dos teclas separadas por una octava, pongamos un sol de unos 100 Hz y el
siguiente sol de 200 Hz, todos los armónicos de la nota más aguda —200 Hz, 400
Hz, 600 Hz…— coinciden exactamente con algunos de los armónicos de la nota más
grave —sus armónicos pares, concretamente: 100 Hz, 200 Hz, 300 Hz, 400 Hz, 500
Hz, 600 Hz…—. Nuestro cerebro simplemente agrupa estas frecuencias, las
identifica como componentes de una única fuente sonora. Por este motivo
probablemente, cada vez que una nota duplica su frecuencia —da igual que sea de
50 Hz a 100 Hz, o de 300 Hz a 600 Hz— nosotros la percibimos como si fuese la
misma. Volvemos a ponerle el mismo nombre, aunque objetivamente sea mucho más
aguda.
Este
hecho se conoce en psicología como equivalencia de octava. Se trata de una
ilusión perceptiva y, como tal, tiene un sentido adaptativo. Nuestro oído
reconoce la serie armónica y agrupa sus frecuencias, porque esta estrategia le
permite identificar la voz de otros seres humanos. Todos los tonos de la
música, todas las palabras que nos conmueven esconden en su receta sonora la
firma numérica de la armonía. Por el mismo motivo, un do y el siguiente do
tienen el mismo nombre, nos parecen «lo mismo» porque, de hecho, sus
frecuencias suelen formar parte de «los mismos» sonidos. Salvo que estemos en
el médico intentando oír pitidos o que usemos un diapasón, jamás escuchamos un
tono sin su doble —en todos los sentidos—, así que nuestro oído los trata como
sonidos gemelos o, mejor aún: siameses idénticos.
Se piensa
que esta equivalencia podría jugar un papel importante para los bebés durante
la adquisición del lenguaje[148][149]. Los
miembros más jóvenes de nuestra especie aprenden a hablar imitando los sonidos
que hacen los adultos de su entorno: tanto su timbre —las letras, los fonemas
de un idioma—, como la prosodia —las entonaciones, ritmos y melodías del
habla—. Todos esos agugu, tata, bubu-bú y ma-ma-má que producen los bebés son
pruebas de au-dio; ejercicios de autoexploración que les van acercando poco a
poco a las sofisticadas vocalizaciones de los adultos. Sin embargo, sus cuerdas
vocales son mucho más pequeñas que las nuestras. Es imposible que produzcan
«los mismos» sonidos. Para que puedan jugar con esta información, es necesario
que su oído la transporte a la octava correcta: la que encaja con su propio
rango vocal. Esto es posible, en general, gracias a nuestro oído relativo, una
habilidad única que nos permite reconocer una melodía aunque nos la canten en
distintos tonos, o a distintas alturas. De manera más específica, se ha
comprobado que los niños tienden a imitar las voces de los adultos intentando
igualar el tono, y al hacerlo, sin saberlo, multiplican la frecuencia del
sonido por dos[150].
Este es
también el motivo por el que hombres y mujeres podemos cantar juntos. Es bien
conocido que los hombres, en general, tienen la voz más grave que las mujeres:
al hablar, ellos se mueven entre los 85 y los 180 Hz, mientras que las mujeres
usamos un rango entre 165 y 255 Hz A priori, es difícil que todos
podamos entonar con comodidad las mismas notas. Cuando nos presentan una
melodía, espontáneamente, las mujeres cantamos al doble de frecuencia que los
hombres —esto es, una octava más arriba—, o viceversa: los hombres dividen la
frecuencia por la mitad. Y lo hacemos sin ningún entrenamiento, sin darnos
siquiera cuenta, porque para nosotros todas las notas separadas por un factor 2
son iguales.
Esto ha
llevado a los psicólogos a distinguir dos cualidades distintas relacionadas con
la percepción del tono. Por un lado, los humanos percibimos la «altura» de los
sonidos: podemos distinguir si son más graves o más agudos dependiendo de su
frecuencia fundamental. Pero, además, somos sensibles a cierta propiedad
denominada «color» —o pitch chroma, como se encuentra en la
literatura científica—: la cualidad que hace que todas las notas que se llaman
do nos suenen parecidas y que nos ayuda a distinguirlas de aquellas que se
llaman re o sol. Después de todo, resulta que sí hay algo de arcoíris en las
escalas musicales, al menos para los psicólogos de la música.
En El
mago de Oz es la equivalencia de octava lo que nos permite establecer
un paralelismo entre Kansas y el mundo colorido de los sueños de Dorothy. Otras
veces, su poder igualador se ha utilizado de manera aún más explícita en el
cine. Hans Zimmer, uno de los compositores de bandas sonoras más aclamados de
la actualidad, se aprovechó de este fenómeno para hacer crecer hasta el
infinito la tensión de la película Dunkerque. Lo cuenta Christopher
Nolan, el director, en una entrevista para Business Insider[151]:
Hay una
ilusión sonora en música llamada «tonos de Shepard» […] en la que un tono
asciende continuamente. Es un efecto sacacorchos. Siempre se mueve hacia
arriba, pero nunca cambia de rango.
La magia
de los tonos de Shepard se basa en sus armónicos. Son tonos sintéticos,
compuestos únicamente por frecuencias relacionadas mediante intervalos de
octava (2:1). Un tono de Shepard con una frecuencia fundamental de 100 Hz, por
ejemplo, tendría un espectro formado por 200 Hz, 400 Hz, 800 Hz… todo números
relacionados mediante potencias de dos. Como, para nuestro oído, todas estas
frecuencias son siamesas idénticas, es posible darle el cambiazo sin que ni
siquiera se dé cuenta, lo cual puede llevar a paradojas de lo más
sorprendentes. Imagina, por ejemplo, que cogemos uno de estos tonos y empezamos
a aumentar poco a poco su frecuencia, 100 Hz, 101 Hz, 102 Hz, etcétera. Nuestro
oído tendrá la sensación de que el sonido va subiendo continuamente, poco a
poco. A medida que esa frecuencia fundamental aumenta podemos hacer que su
intensidad disminuya y, simultáneamente, muy sutilmente, hacer que aparezca
otra frecuencia más grave, con intensidad creciente, exactamente una octava por
debajo de la primera. Llegará un momento en el que la segunda frecuencia grave
se oiga más que la primera y nuestro oído salte automáticamente a ella, sin que
nos demos cuenta siquiera. Como en las escaleras infinitas de los grabados de
Escher, o en esas espirales giratorias que decoran las puertas de las
barberías, nuestro oído tendrá la sensación de subir en todo momento, hacia
sonidos infinitamente crecientes, cada vez más tensos, más insostenibles… y, a
pesar de ello, inmutables.
Parece un
recurso especialmente adecuado para una película como Dunkerque,
que mantiene a los espectadores en tensión de principio a fin. Cuando yo la vi
en el cine, con el estómago permanentemente encogido sobre la butaca, pensé que
ese sonido representaba como ninguno el horror creciente, incesante y sin
salida de la guerra. Una tensión sin melodía, como un enemigo sin rostro, que
aplasta a los personajes con el peso de un azar indiferente e implacable. A
pesar de sus esfuerzos por salir a flote, a pesar del camuflaje, la puntería y
las pequeñas victorias, octava tras octava, todo sigue igual y nadie sabe dónde
caerá la próxima bomba. El paralelismo es todavía mayor porque Hans Zimmer no
solo utiliza los tonos Shepard para crear tensión, utiliza tres escalas de este
tipo simultáneamente, siguiendo tres escalas temporales distintas. ¡Exactamente
igual que las historias de la película! Según confesó el mismo Nolan, el uso de
los tonos Shepard fue buscado por este motivo[152]: «Yo
escribí el guion de acuerdo con esa idea. Entrelacé tres líneas de tiempo, de
manera que hubiese una sensación continua de intensidad creciente. Quería
construir la música sobre un principio matemático así».
Más allá
de su uso en el cine, la equivalencia de octava se considera un fenómeno
prácticamente universal, con la posible excepción de algunos sistemas musicales
primitivos[153]. Da
igual donde vaya uno o lo extraña que suene allí la música. Podrá encontrar
ritmos complejísimos, sonidos estridentes, paletas de cinco sonidos, de doce o
de siete. Pero después de recorrerlos todos, la música volverá a repetir «los
mismos» sonidos; esto es, sonidos separados de los primeros por un intervalo de
octava.
§.
Instrucciones para construir una escalera
Al igual
que la octava, otras consonancias juegan también un papel importante en los
sistemas musicales de diferentes culturas, aunque quizás no de forma tan
evidente. El intervalo conocido como «quinta», en concreto, suele utilizarse en
la construcción de escalas. Como ya hemos contado, para hacer música los
humanos tenemos la manía de trocear el sonido. Dado un espectro continuo e
infinito de frecuencias posibles, nosotros siempre decidimos quedarnos con solo
unas pocas. La cuestión de cómo se eligen esas frecuencias no es en absoluto
trivial. ¿En qué se basan los músicos para crear sus paletas de sonidos?,
¿tiran un dado, le preguntan a una gallina, miran al cielo en busca de
inspiración…? ¿Es una elección puramente aleatoria, o existe algún tipo de patrón?
La respuesta a estas preguntas se encuentra nuevamente en las consonancias del
sonido y en las limitaciones de nuestra memoria y de nuestro sistema auditivo.
La quinta
es el sonido que producen dos cuerdas de longitudes proporcionadas por los
números 3:2, como vimos, otra relación muy pitagórica. El origen de su nombre
se encuentra en la escala musical, al igual que sucedía con la octava. Esta es
la distancia sonora que existe entre un do y un sol, que es la «quinta» nota
empezando desde el do. Para reconocer su sonoridad, puedes pensar en el tema
de Supermán —las dos primeras notas forman una quinta— o
buscar en YouTube un tipo de música medieval conocido como «organum paralelo».
Comprobarás que suena MUY medieval. Hace poco más de mil años, a los monjes
católicos les flipaban las quintas porque Pitágoras había dicho que eran
divinas y, básicamente, no cantaban otra cosa. Luego la Edad Media pasó, y en
el Renacimiento empezaron a cuestionar las manías de los pitagóricos. Para
celebrarlo, se dieron un festín de fabada asturiana y empezaron a componer
música pop. Pero, a cambio, decidieron prohibir las quintas paralelas porque
ahora les sonaban demasiado divinas, demasiado «medievales». Los ecos de
aquella manía estilística han llegado hasta nuestros días, y aún hoy los
estudiantes de armonía de los conservatorios deben aprender a evitar que este
intervalo se produzca de manera consecutiva entre las distintas voces de una
composición: las temidas quintas paralelas. Yo misma me pasé años resolviendo
partituras como si fuesen algún tipo de sudoku. No creo que aquello me ayudase
a componer mejor, pero por lo menos me entretenía un rato.
En teoría
musical, la quinta es el intervalo más consonante —el que mejor encaja, para
nuestro oído— después de la octava. Juega un papel especialmente importante
porque, de alguna manera, aporta más información que esta última. Si solo
usásemos sonidos relacionados por octavas, todas las notas tendrían el mismo
color, no habría melodías, cada canción sería el salmo interminable de un
grillo machacón. La quinta, en cambio, nos permite generar nuevos colores
sonoros, constituye una nueva pieza con la que jugar. Cuando dos notas
relacionadas por este intervalo suenan a la vez, aunque sus espectros coinciden
en gran medida, contienen también algunas frecuencias diferentes que aportan
nueva información. En palabras de Galileo Galilei[154]:
En la
octava, los pulsos de la nota más grave siempre son acompañados por los de la
más aguda […] Esta armonía es demasiado sosa, carece de fuego. La quinta, sin
embargo, se caracteriza por sus batidos desplazados. […] Así, el efecto de la
quinta es producir un cosquilleo en el tímpano de modo que, aliviando la
dulzura con una mezcla de acidez, produce la impresión de un beso suave y un
mordisco al mismo tiempo.
Este
cosquilleo, a mitad de camino entre el beso y el mordisco, como dice Galileo
—¡qué bonito!—, ha convertido a la quinta en una pieza insustituible dentro de
la música de muchas culturas. Los sumerios que escribieron la primera partitura
de la historia usaban quintas, además de octavas, para afinar sus instrumentos.
Gracias a eso, aún podemos entender sus partituras 3400 años más tarde. Los
violinistas de las orquestas contemporáneas siguen confiando en este mismo
intervalo para encontrar el sonido de sus cuerdas. En la India, las vinas, una
familia de instrumentos de cuerda, imitan esas mismas consonancias. Los
guitarristas, por su parte, utilizan cuartas, el intervalo correspondiente a la
proporción de frecuencias 4:3. En terminología musical, se dice que son
intervalos complementarios porque entre los dos suman una octava: si la quinta
es la distancia que hay entre un do y sol, la cuarta es la distancia que hay
desde ese sol al siguiente do más agudo —de ahí su nombre, de nuevo: do es la
«cuarta» nota contando desde el sol—.
Nuestra
propia escala de siete notas y la famosa escala pentatónica surgen como
resultado de utilizar quintas y octavas para afinar[155]. También
la llamada escala cromática: sus doce semitonos, la cuadrícula sobre la que se
construye toda la música occidental, están definidos en último término por
quintas. Puedes reconocer estas escalas fácilmente en el piano, con sus siete
teclas blancas —escala heptatónica—, más las cinco negras —pentatónica—, que en
conjunto dan lugar a doce sonidos. Lo fascinante —lo bonito— es que el número
de notas de cada una de estas escalas, cinco, siete, doce, no es en absoluto
casual, ni un capricho accesorio. Existe toda una teoría matemática —la teoría
de las escalas bien formadas[156][157]— que da
sentido a estas cifras de manera precisa. Pero no es necesario bajar al detalle
numérico para entenderlo[158].
La idea,
a grandes rasgos, es la siguiente: imagina que estamos en el gran rascacielos
imaginario de la música y, en lugar de ascensor, el idiota del arquitecto nos
ha plantado un tobogán, una inmensa rampa espiral y continua de sonidos que
nadie sabe muy bien cómo trepar. Como músicos, lo que queremos es tallar una
serie de escalones sobre ella, para que los habitantes del rascacielos puedan
subir y bajar cómodamente de un piso a otro. La altura de los pisos ya está
definida, son las octavas del sonido. Son iguales aquí, en los Andes y en
Pekín. La cuestión es cómo elegir la altura de los peldaños intermedios, y aquí
decenas de culturas de todo el mundo han coincidido en su elección: han
decidido utilizar el intervalo de quinta como vara de medir. Usando esta
distancia sonora, nos aseguramos de que los sonidos musicales del sistema
encajan bien entre sí, son consonantes y podemos empezar a tallar escalones. La
única condición es que, siempre que dibujemos un nuevo escalón en un punto de
la rampa, este debe figurar a la misma altura en todos los pisos del
rascacielos —en todas las octavas—. Llevándolo a un ejemplo concreto: imagina
que tuviésemos pisos de 5 metros y una vara de medir de 3. Al utilizar la vara
dos veces seguidas nos encontraríamos a una altura de 6 metros (ya que 3 + 3 =
6). Pero en ese punto, además, habríamos cambiado de piso. Nos encontraríamos
sobre la segunda planta, a 1 metro de altura sobre el suelo (puesto que 6 - 5 =
1). Por tanto, tendríamos que tallar un escalón a 1 metro de altura en todas
las plantas del rascacielos.
Hasta
aquí el proceso es fácil. Pero cuando llevamos unos cuantos escalones, nos
encontramos con un grave problema. Resulta que la quinta nunca encaja
exactamente con la octava. Por mucho que multipliquemos una frecuencia por 3:2
—esto es, por mucho que subamos de quinta en quinta por la rampa sonora, usando
nuestra vara de medir—, nunca volvemos a la nota original —a la misma
frecuencia multiplicada por alguna potencia de 2, que son los «pisos» u octavas
superiores—. Por eso, la lira de Pitágoras, con toda su perfección numérica,
solo podía estar desafinada.
Como
sucede con los números irracionales y sus infinitos decimales, en el mundo de
los intervalos sonoros es imposible encontrar dos números enteros que definan
la relación exacta entre estas consonancias[159].
Podríamos estar tallando nuevos escalones para siempre, cada vez más pequeños y
más apretados entre sí, sin llegar jamás a encontrarnos sobre la base de un
piso concreto. Pero este proceso infinito daría como resultado el tobogán del
que partimos. ¡No tendría ningún sentido! Todas las culturas del mundo han
decidido detenerse, antes de llegar a ese extremo, en puntos de la construcción
donde los escalones tienen un tamaño «cómodo» para nuestro oído, ni demasiado
grande ni demasiado pequeño.
En
términos musicales, esta «comodidad» se traduce en escalas donde las notas
están lo bastante separadas entre sí, son fáciles de distinguir y de recordar
pero, al mismo tiempo, aportan suficiente variedad a la paleta de colores del
conjunto y resultan fáciles de cantar —no tienes que dar saltos demasiado
grandes con la voz—. Los músicos suelen optar, además, por escaleras
relativamente simétricas, con solo dos tamaños de escalón diferentes. Teniendo
en cuenta todas estas condiciones, lo más común es que las escalas resultantes
tengan cinco o siete notas. En sistemas musicales más complejos, además, el
doce permite dividir el espectro sonoro de forma regular, aunque también
existen paletas de sonidos más complejas, con diecisiete, veintidós o hasta
veinticuatro notas llamadas microtonales. En estos casos, lo habitual es que no
se utilicen nunca todos los sonidos disponibles. Se trata más bien de escaleras
teóricas con taburetes auxiliares, diseñadas para que la altura de algunos
sonidos musicales puedan variar sutilmente según la ocasión. Pero sus sonidos
nunca se presentan seguidos, ni en los mismos contextos, pertenecen más bien al
mundo de la metamúsica[160].
La escala
pentatónica, en concreto, se podría considerar prácticamente universal[161]. Ha
surgido de manera independiente en tradiciones musicales de todos los
continentes, desde la cumbia peruana a la música de Sudán, pasando por el blues y
el jazz, las danzas celtas, los cantos de los bereberes, la música
escocesa o las melodías populares de China, Japón, Tailandia y Vietnam. No hay
lugar del planeta donde no se canten sus cinco armónicas notas. Incluso
en Encuentros en la tercera fase, la famosa película de Spielberg,
cuando los alienígenas llegan a la Tierra, parece haber una sola manera de
comunicarse con ellos. A pesar de una distancia de millones de galaxias y otros
tantos años luz, la misteriosa civilización extraterrestre nos saluda con unos sonidos
sorprendentemente familiares: cinco notas sacadas de una escala pentatónica. Si
tienes un piano a mano y quieres ver cómo suena esta paleta de sonidos, prueba
a jugar con las teclas negras. Es posible que el resultado te suene a chino.
Literalmente: se ha usado tanto en la música oriental que para nuestros oídos
su sonido representa el mundo por donde sale el sol.
Las
escalas de siete notas, por su parte, son relativamente comunes también. Las
encontramos en la India, en la música árabe y en China, con distintos tipos de
afinación. Y, por supuesto, también en la música occidental: desde la época de
los babilonios hasta la actualidad, 7 ha sido el número que ha dado color a
nuestra música. Con el paso del tiempo, esta escala se amplió para hacerla
encajar sobre una matriz perfectamente regular de doce semitonos iguales. En el
sistema de afinación actual, conocido como temperamento igual, la mayoría de
las consonancias —a excepción de la octava— están un pelín desafinadas para que
todos los intervalos encajen mejor entre sí y obtener una colección de sonidos
más simétrica. Ese pelín es inapreciable para nuestro oído —un error de 0,1 %
en el caso de las quintas—, pero se puede calcular matemáticamente de manera
precisa.
Para
alcanzar este equilibrio tuvieron que pasar varios siglos y descartar muchos
otros sistemas de afinación por el camino. Como ya hemos contado, en el
Renacimiento y el Barroco, no era raro encontrar teclados con más de doce notas
por octava. Algunos de estos instrumentos intentaban reconciliar no solo las
consonancias de octava (2:1) y de quinta (3:2), sino también las terceras
(5:4). Un lío. El temperamento igual de doce notas es mucho más práctico a la
hora de construir instrumentos de afinación fija, como los pianos, y también es
más simétrico, lo que facilita modular entre tonalidades lejanas —cambiar el
contexto de la música o mover su «suelo» sobre la marcha, como hacía Michael
Jackson en Man in the Mirror—. Como todas las escalas se construyen
sobre la misma matriz de doce sonidos, es posible cambiar de una y otra, sin
tener que desmontar el piano y reafinar todas las cuerdas a mitad de concierto.
No obstante, en cualquier canción pop normalmente solo se utilizan siete de
esas doce notas en un momento dado. Es como si tuviésemos una paleta de muchos
colores regularmente espaciados, pero por cuestiones estilísticas nunca
quisiésemos usarlos todos a la vez. En lugar de eso, creamos paletas más
sencillas, con menos colores y una identidad propia, que nos permiten crear
distintos ambientes y movernos de uno a otro con fines narrativos y
emocionales.
Las
mismas consonancias, definidas mediante números, determinadas por la física y
seleccionadas por nuestro oído, se han utilizado para crear las paletas de
sonidos musicales de culturas de todo el mundo. Gracias a estos intervalos
armónicos, aún hoy podemos entender los números de unas tablillas escritas hace
más de tres milenios, recrear las liras que sonaban en la antigua Babilonia o
reconocer una escala de cinco notas procedente del otro lado de nuestro
planeta. Existe un buen motivo por el que Dorothy tenía que bajar exactamente
siete peldaños sonoros para viajar desde Oz hasta Kansas. Cada nota de nuestra
escala está definida por una relación numérica, seleccionada culturalmente y
determinada por las propiedades físicas del sonido y de nuestro sistema
auditivo.
Lo
curioso es que este mismo fenómeno sonoro acabó definiendo también el número de
colores del arcoíris del que habla la canción de Harold Arlen. En este caso,
nuestros oídos no tuvieron nada que ver. La culpa la tuvo uno de los mejores
físicos de nuestra historia: el mismísimo Isaac Newton.
§. Y todo
fue luz
Entre los años 1665 y 1666, un brote de peste bubónica asoló Inglaterra y
obligó a cerrar la Universidad de Cambridge. Newton, que entonces tenía
veintidós años y acababa de graduarse, tuvo que refugiarse en la casa de campo
de su familia, en Woolsthorpe, donde permaneció recluido una larga temporada.
Debemos a
este confinamiento uno de los frenesís creativos más intensos de la historia de
la ciencia. A falta de PlayStation, Newton empezó a trabajar en las tres
grandes teorías físicas por las que hoy es principalmente conocido: profundizó
en las matemáticas que le llevaron a desarrollar el cálculo infinitesimal,
asentó las bases de la gravitación universal y de la mecánica y comenzó a
interesarse también por la óptica. ¡Ojalá la pandemia de 2020 me hubiese
cundido a mí tanto!
Este
periodo es ahora conocido como el año maravilloso —annus mirabilis— de
Newton, aunque parece que el nombre no refleja la duración que debió de tener
en realidad[162]. Por sus
cuadernos de notas, sabemos que el joven Isaac estuvo trabajando en estos temas
durante un periodo de al menos seis años y, de hecho, ninguna de sus teorías
fue publicada hasta mucho tiempo después —décadas incluso—.
El propio
Newton habría contribuido a exagerar lo «maravilloso» de su productividad
durante el confinamiento. Al final de su vida, dijo haber hecho todos sus
descubrimientos en un solo año, ¡recién salido de la universidad! Quizás,
debido a su avanzada edad, sus recuerdos habían empezado a deteriorarse y solo
idealizaba sus años de juventud. Pero parece que pudo haber un objetivo un
tanto más oscuro detrás de esta exageración: con su relato, Newton reivindicaba
la autoría temprana sobre todas estas ideas y se defendía contra las diversas
disputas que lo enfrentaban a Gottfried Wilhelm Leibniz —el descubridor del
cálculo, de manera independiente a Newton—, a Christiaan Huygens —pionero de la
óptica— y a Robert Hooke —genio multitalentoso que estudió, entre otros muchos
fenómenos, la gravedad—. La estrategia del físico inglés era establecer una
narrativa que le permitiese adelantarse en el tiempo a todos sus competidores.
Y debió de funcionar bastante bien: hoy se le atribuyen todas estas teorías y
el mito ha condensado en un único año aquel periodo de descubrimiento, sin
duda, «maravilloso».
Por otra
parte, no hace falta condensar esta hazaña en doce meses para que a uno le
estalle la cabeza de pura admiración: las aportaciones que realizó Newton en
esta época no tienen igual en toda la historia de la ciencia. En apenas unos
años de estudio, un solo ser humano consiguió cambiar para siempre nuestro
concepto de la física, inventó toda una nueva rama de las matemáticas y
revolucionó, de paso, nuestro entendimiento de la luz. En opinión de Isaac
Asimov, «Newton fue el talento científico más grande que jamás haya visto el
mundo[163]». Tras
su muerte, el poeta inglés Alexander Pope le dedicó el siguiente epitafio: «La
naturaleza y sus leyes permanecían ocultas en la noche. Dijo Dios: ¡Sea Newton!
Y todo fue luz».
Sin
embargo, hay una parte de la producción de Newton durante el confinamiento que
no suele salir a relucir en los compendios sobre su año maravilloso. En sus
cuadernos de notas, entre reflexiones sobre lunas flotantes, esquemas de
órbitas celestes y sumas infinitesimales, se encuentra también un curioso
manuscrito. Su título es Of Musick —sobre la música—. En él,
Newton teoriza sobre los intervalos musicales y su belleza, sobre los modos y
las escalas, con un detalle y una minuciosidad casi obsesivos.
Puede
decirse que Newton, al contrario que Galileo, fue un músico puramente teórico
—o un músico solo en teoría, más bien—. No tocaba ningún instrumento y tampoco
era muy aficionado a ir a conciertos ni otros eventos parecidos. Se cuenta que,
a lo largo de toda su vida, solo asistió a una ópera, el espectáculo musical
por excelencia de su época. Según uno de sus primeros biógrafos, «el primer
acto lo escuchó con placer, el segundo agotó su paciencia y en el tercero huyó[164]». No
obstante, Newton había estudiado música dentro de su formación universitaria,
como una de las cuatro disciplinas matemáticas que conformaban el quadrivium.
Por este
motivo, su aproximación a las escalas y a los sonidos era esencialmente
numérica. Su objetivo en Of Musick era encontrar la manera más
perfecta de afinar una escala desde un punto de vista objetivo, utilizando las
herramientas de las matemáticas. Se enfrentaba así al problema de la
construcción de escalas que describíamos antes y que ha provocado tantas
jaquecas a los músicos desde el principio de los tiempos: cómo conseguir que
las siete notas, con sus consonancias irreconciliables, encajen lo mejor
posible entre sí, cómo tallar los peldaños de una escalera sonora. En su
escrito, Newton intenta relacionar la «dulzura», el «encanto» o lo
«desagradable» y «tedioso» de ciertos intervalos con esos mismos números que
guiaban su razonamiento también en el ámbito de la investigación científica[165]. Newton
quería cuantificar una experiencia estética, en definitiva.
Aunque
este trabajo de juventud no tuvo mayor continuidad, la influencia de la música
y el pensamiento pitagórico sobre la obra de Newton salió a relucir más tarde
en algunas de sus teorías físicas más conocidas. El caso más sorprendente fue
el de las leyes de la gravedad. Resulta que en Principia Mathematica,
el físico inglés atribuye su descubrimiento ¡al mismísimo Pitágoras! El libro
fue publicado en 1687 y constituye, sin duda, su obra más emblemática. En un
comentario a la Proposición VIII, relaciona la gravedad con el mito griego de
la música de las esferas y las cuerdas de la lira de Apolo. Pero la anotación
va más allá de una simple mención cortés. Como cuentan los historiadores James
E. McGuire y Piyo M. Rattansi, aquí Newton afirma que la fórmula matemática que
describe la fuerza gravitatoria —la fórmula que él mismo había desarrollado—
había sido descrita en primer lugar por el filósofo griego, de manera un tanto
más críptica, eso sí. Sin embargo[166], «este
conocimiento verdadero, expresado esotéricamente, se perdió debido a la
incomprensión de generaciones posteriores».
Esta
atribución no puede entenderse como una muestra de modestia por su parte.
Newton era de todo menos un tipo humilde. Si no, no se habría enfrentado a
todos los científicos de su tiempo por la propiedad de lo que consideraba sus
ideas. Ante ellos no quiso ceder ni una pizca de mérito. A Pitágoras, en
cambio, ¡parece que se lo regala! Pero no podemos entender este gesto como una
concesión gratuita sino, más bien, como una manera de elevar sus propios
descubrimientos, poniéndolos a la altura de la «sabiduría ancestral». Su
planteamiento no era muy distinto al de ciertas películas de Indiana Jones,
donde las mejores reliquias arqueológicas esconden siempre alguna verdad
trascendente, profunda, preferiblemente de origen mágico o extraterrestre, que
toda la ciencia de la era moderna no ha sabido desvelar.
Las
reminiscencias musicales son todavía más claras en el caso de su teoría óptica.
En los años posteriores a su provechoso confinamiento, Newton trabajó en varios
experimentos que le ayudaron a comprender la naturaleza de la luz y del color.
Fue así cómo descubrió lo que hoy sabemos bien, que todos los colores del
espectro luminoso están presentes en la luz aparentemente blanca del sol. Pero,
en este caso, la influencia del pensamiento musical le llevó nuevamente a
intentar cuantificar este fenómeno. Guiado por su conocimiento de las escalas
musicales y su construcción matemática, Newton se convirtió en el autor
insospechado de uno de los memes culturales más populares de nuestro tiempo: la
idea de que el arcoíris tiene siete colores.
§. La
invención del color añil
¿Sabes
quién explicó por primera vez el verdadero origen del arcoíris? —pregunté.
—Fue
Descartes —dijo.
Después
de un momento, Feynman me miró a los ojos.
—¿Y cuál
crees que fue la característica más llamativa del arcoíris que inspiró el
análisis matemático de Descartes? —preguntó.
[…]
—Me
rindo. ¿Qué dirías que inspiró su teoría?
—Diría
que su inspiración fue que los arcoíris le parecían hermosos.
Conversación
entre Richard Feynman
y Leonard
Mlodinow, narrada por este último
en El
arcoíris de Feynman[167]
Todos lo
hemos visto en más de una ocasión. Un rayo de luz se tropieza con la esquina de
alguna ventana y dispara un haz de colores a su alrededor. Parece pura magia,
pero este bonito fenómeno tiene una explicación física bien conocida. Cuando la
luz atraviesa un vidrio, su velocidad se reduce por culpa de las moléculas del
material, que entorpecen su camino. Si este frenazo se produce de medio lado,
el cristal la hará derrapar y la obligará a cambiar ligeramente su rumbo, como
un camión que se saliese de la carretera con una rueda primero. Lo importante,
en este caso, es que el frenazo no es igual para los distintos colores que
forman la luz blanca del sol, o dicho en físico: el índice de refracción del
cristal —la medida en que el material es capaz de frenar a la luz— depende de
la longitud de onda —depende del color—, lo que provoca que cada color termine
siguiendo una dirección distinta a la salida del prisma. El resultado es un
abanico de tonalidades luminosas, las mismas que componen el dibujo del arcoíris
y que han intrigado a los científicos desde hace siglos.
El
filósofo y matemático René Descartes fue el primero en describir este fenómeno
meteorológico de forma precisa en el siglo XVII. Según explicó, las gotas de
agua de la lluvia se comportan como miles de prismas diminutos cayendo en una
cascada. Cuando los rayos del sol los alcanzan, ellos dejan pasar una parte de
la luz y reflejan el resto, dispersando y destejiendo los colores que contiene.
La reflexión se da en muchas direcciones distintas pero, debido a la forma
aproximadamente esférica de las gotas, presenta un máximo alrededor de los 42º.
El índice de refracción del agua hace que este ángulo sea ligeramente más
amplio para los tonos rojizos y más pequeño para los azules. Por eso nosotros
los vemos separados, formando un gradiente de color.
Así,
cuando llueve y hace sol, lo que vemos no es un «arco» propiamente dicho. No
hay nada pintado de rojo, amarillo, verde o azul en el cielo. No hay ningún
cofre de oro protegido por duendes en su base, porque no existe tal base. Lo
que vemos es el reflejo de innumerables espejos suspendidos en el aire,
explotando de color en todas las direcciones a la vez. Son nuestros ojos los
que seleccionan solo algunos de esos rayos de colores y nos sitúan en el centro
de un cono imaginario: el formado por todas las gotas que se sitúan a 42º
respecto a la dirección de los rayos del sol, apuntando desde nuestros ojos.
Por este motivo, solo podemos ver el arcoíris a ciertas horas del día y siempre
que nos situemos entre el sol y la lluvia. En concreto, el sol debe situarse
por debajo de los 42º sobre el horizonte, de manera que el cono de colores de
su luz reflejada sobresalga del suelo. Desde un avión, no tendríamos ese
problema y, de hecho, se puede llegar a ver un arcoíris completo, perfectamente
circular, estando en vuelo. Desde tierra, en cambio, cuanto más inclinado esté
el sol, más alto se refleja en el cielo y mayor es el arcoíris resultante.
Probablemente no te habías fijado hasta ahora, pero nunca has visto un arcoíris
sin la compañía de tu propia sombra, una alfombra oscura y alargada tendida
justo delante de tus pies. La próxima vez que vayas por la calle y veas una
fuente, o un aspersor, puedes usar este recuerdo para forzar la aparición de un
pequeño arcoíris. Simplemente tendrás que colocarte entre las gotas de agua y
el sol.
La teoría
óptica de Newton fue fundamental para terminar de comprender este fenómeno
meteorológico. Aunque él no fue el primero en dividir la luz con ayuda de un
prisma, sí fue pionero al demostrar que los colores no provenían del cristal —o
de las gotas de agua— como algunos pensaban, sino que estaban ya presentes en
la propia luz solar, a pesar de su apariencia blanca. Para ello, ideó un par de
experimentos. En el primero, separó los distintos colores de la luz y los hizo
pasar por un segundo prisma. Si el cristal fuese el responsable de «teñir» la
luz del sol, todos los colores deberían haber vuelto a aparecer en cada
ocasión. Sin embargo, tras atravesar el segundo prisma, cada color permanecía
inalterado, sin adquirir tonalidades distintas a la suya original. En un
segundo experimento, Newton consiguió volver a juntar todos estos rayos en un
solo haz, utilizando diversas lentes y prismas. El resultado de la suma de
todos los colores era un solo rayo luminoso de color blanco, idéntico al
original.
En Destejiendo
el arcoíris, el biólogo y escritor Richard Dawkins cuenta que, en los
siglos posteriores a Newton, algunos artistas y escritores del Romanticismo le
acusaron de destruir la poesía del arcoíris al convertirlo en el producto frío
y mecánico de las leyes de la óptica[168]. Newton
había arruinado el arcoíris al explicarlo. El título del libro de Dawkins es
una referencia a un poema de 1820 escrito por John Keats titulado Lamia,
que incluye los siguientes versos:
¿Acaso no
vuelan todos los encantos
Al mero
toque de la fría filosofía?
Una vez
había en el cielo un arcoíris tremendo;
Conocemos
su trama, su textura; está indicada
En el
insulso catálogo de las cosas comunes.
La
filosofía cercenará las alas de un Ángel,
Conquistará
todos los misterios con la regla y la línea,
Vaciará
el aire de fantasmas, y la mina de gnomos,
Destejerá
un arcoíris…
Tres años
después, en una cena con otros escritores y pintores, Keats les propuso un
brindis: «¡A la salud de Newton, y por la confusión de las matemáticas!».
Parece que el conocimiento más profundo y científico sobre este fenómeno lo
hubiese privado de belleza para algunos artistas.
Sin
embargo, se me ocurren pocas imágenes que pueden resultar tan poéticas, tan
bonitas y evocadoras, como la del arcoíris líquido que ayudaron a construir
Descartes y Newton. El arcoíris no es un decorado pintado en el cielo. No es
obra de los duendes ni de seres mágicos haciéndonos trampas con la meteorología
y los mapas del tesoro. Lo cierto es que hay tantos arcoíris como ojos que los
miran, y cada uno nace y muere en un solo parpadeo. Y si eso no es bonito, «si
no les pone los pelos de punta…», como decía uno de mis profesores de mecánica
teórica en la facultad, «yo no sé de qué están hechos». Después de todo, el
relato científico no despoja al arcoíris de sus colores, no lo hace menos
brillante. Solo aporta nuevas capas a la realidad, plagadas a su vez de
metáforas emocionantes. Como dice Richard Feynman[169], uno de
los físicos más brillantes del siglo XX —el que abría este apartado convencido
de que Descartes estudió el arcoíris motivado por su belleza—:
Los
poetas dicen que la ciencia despoja de belleza a las estrellas, meros montones
de átomos de gas. Nada es «mero». También yo puedo ver las estrellas en una
noche clara, y sentirlas. Pero ¿veo menos o veo más? La inmensidad de los
cielos extiende mi imaginación: atado a este carrusel, mi ojo puede captar luz
de hace un millón de años. […] Al misterio no le perjudica que se sepa algo
sobre él. ¡Pues la verdad es mucho más maravillosa que lo que cualquier artista
del pasado pudo imaginar!
Por otra
parte, cabe señalar que la investigación de Newton tampoco permaneció ajena a
sus propias ideas estéticas. En este caso, eran ideas procedentes del mundo de
la música, que le llevaron a establecer una analogía entre este mismo arcoíris
y las notas de una escala musical. Es la misma metáfora que utilizó Harold
Arlen para componer Over the Rainbow, solo que Newton fue el
primero que se la inventó.
Pero
vayamos por partes. No sé si alguna vez habrás tenido ocasión de jugar con un
prisma, o si recuerdas haber visto un arcoíris recientemente. Si no es así, te
recomiendo refrescar su recuerdo con ayuda de la Wikipedia. Observarás que, en
realidad, los colores de la luz forman un continuo, sin fronteras definidas. Es
imposible saber dónde empieza y dónde acaba el naranja, por ejemplo, o cuál es
la frontera entre el verde y el azul. Por eso mismo, no resulta fácil
determinar cuántos colores hay ahí. Y, a pesar de eso, diferentes filósofos a
lo largo de la historia han decidido apostar por algún número en particular.
Aristóteles
pensaba que el arcoíris tenía solo tres colores: el rojo, el verde y el azul.
Según explica en su libro Meteorologica, el color amarillo, en
cambio, «se debe al contraste de otros dos ya que el rojo, en contraste con el
verde, parece claro. —Y el color amarillo se encuentra entre el rojo y el verde
en el arcoíris—»[170]. Aunque
de pura chiripa, Aristóteles acertó bastante en cierto sentido. Al menos desde
un punto de vista perceptivo, nuestros ojos solo distinguen la luz roja, verde
o azul gracias a unas células fotorreceptoras llamadas conos. Cada cono es
sensible a una longitud de onda distinta, y los humanos solo tenemos de tres
tipos —por eso se dice que somos tricromáticos—. Todos los demás colores son
una inferencia que hace nuestro cerebro a partir de una mezcla de estos tres.
Por eso mismo, las pantallas de nuestros móviles y ordenadores pueden
reproducir cualquier imagen con solo tres tipos de luces distintas, y cada
píxel de una foto digital puede expresarse como un valor de RGB —red, green,
blue, sus siglas en inglés—.
Otras
especies animales cuentan con más tipos de células sensibles al color, o con
menos. Los delfines, por ejemplo, son monocrómatas: por lo que sabemos, su
visión del mundo submarino es una película en blanco y negro. Los perros, en
cambio, son dicrómatas: su percepción es equivalente a la de un humano que
padeciese un daltonismo especialmente grave. Algunas especies de pájaros,
mariposas y otros insectos cuentan con cuatro o hasta cinco receptores de color
distintos, que les permiten captar también la gama del ultravioleta y
distinguir mejor algunas flores. Pero la palma, sin duda, se la lleva la
langosta mantis, con al menos doce pigmentos sensibles al color de la luz. Para
ella, nuestra visión del arcoíris debe de ser triste como un día de niebla, la versión
apagada y desteñida de su propia realidad.
Aristóteles,
por supuesto, no tenía ni idea de todo esto. No podía haber imaginado nada ni
de conos, ni de fotorreceptores, ni de langostas con visión psicodélica.
Probablemente eligió el número tres porque le parecía bonito, conscientemente o
no. Otros escritores posteriores propusieron una división del arcoíris en
cuatro colores. Para ello se basaron en las ideas de Empédocles que, en el
siglo V a. C., había definido cuatro tonalidades básicas asociadas a los cuatro
elementos clásicos —agua, fuego, aire y tierra— que, a su vez, eran herederos
del tetraktys pitagórico. Séneca, por su parte, afinó un poco
más la vista, y en el siglo I d. C. consiguió distinguir hasta cinco
tonalidades dentro del arco celeste. Sus colores no coincidían del todo con los
que hoy conocemos, por otra parte —eran el morado, violeta, verde, naranja y
rojo—, pero esto es otra cuestión.
No fue
hasta el siglo XVII, gracias a los experimentos ópticos de Isaac Newton, cuando
la idea de los siete colores empezó a calar. Antes que él, Ptolomeo en el siglo
I d. C. y Dante en su Divina comedia (1320), ya habían
coqueteado con esa misma cifra. Pero Newton fue pionero en intentar darle algo
parecido a una justificación científica. En su segunda carta sobre la luz y los
colores para la Royal Society, presentada en 1675, el físico inglés argumenta
que la luz excita el nervio óptico, del mismo modo que las vibraciones en el
aire generan distintos tonos de sonido[171]:
Es más,
así como la armonía y la disonancia de los sonidos proceden de las proporciones
de las vibraciones del aire, la armonía de algunos colores, como el dorado y el
azul, y la discordancia de otros, como el rojo y el azul, puede proceder de las
proporciones del éter. Y posiblemente el color puede distinguirse en sus tonos
principales, rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta intenso,
siguiendo los mismos principios por los que el sonido de una octava se gradúa
en tonos.
Para
validar su escala, Newton dividió un haz de luz blanca con ayuda de un prisma.
A continuación, midió cuidadosamente las distancias entre los colores que creía
poder identificar, tal y como salían proyectados a través del cristal. En un
intento por objetivar sus observaciones y evitar el sesgo al que podían
llevarle sus propias hipótesis, el físico recurrió a otro par de ojos para que
le ayudasen en la tarea. Según explica, le pidió a un amigo que marcase con un
lápiz el punto exacto donde veía de forma más clara cada color. Aunque Newton
reconoce que los límites de los colores son difíciles de asignar debido a su
gradación continua, también argumenta que el proceso de medición fue repetido
varias veces, obteniendo resultados parecidos. Usando como referencia la media
de estas observaciones, Newton se dispuso a medir las distancias que separaban
los colores del arcoíris. Así es como determinó que el espectro luminoso estaba
dividido «en las mismas proporciones que una cuerda aproximadamente […] para producir
los tonos de una escala[172]».
En
realidad, el arcoíris no tiene escalones predefinidos. Como sucede con la rampa
imaginaria de las frecuencias sonoras, existen tantos tonos de color distintos
como uno quiera contar, aunque quizás nuestro ojo no sea capaz de
diferenciarlos todos —habría que preguntarle a la langosta mantis—. Y Newton
era un poco obstinado pero no estaba ciego, así que tenía que saber que el
espectro que observaba era continuo. De hecho, en varios puntos de sus textos y
sus conferencias sobre óptica admite la dificultad de identificar los colores
más representativos. Sin embargo, decidió confiar en sus conocimientos de
teoría musical para convertir el arcoíris en una escala musical.
Solo así
se explica que aún hoy contemos el naranja y el añil como componentes
intrínsecos del arcoíris, cuando en realidad son tonos francamente difíciles de
observar. El naranja, en concreto, se considera un color terciario en pintura,
definido por la mezcla del rojo y el amarillo, y con mucha menos entidad que
estos dos. Y el añil, si os digo mi opinión, directamente no existe. Es un
nombre inventado para confundir a los niños en el colegio. Por lo menos a mí,
de pequeña, me parecía un timo: entre mis lápices de colores estaba siempre el
azul, claro u oscuro, pero azul. En el cielo, el mar y las flores, nunca tuve
problemas para reconocer este color. Pero jamás me topé con el «añil» por
ningún lado… más que en el inventario del arcoíris. Ahora, de adulta, y tras
pasar por la Facultad de Bellas Artes, tengo más pruebas para respaldar mi
acusación. He aquí los datos: de los siete colores del arcoíris, el añil es el
único que no figura en la bandera del Orgullo. Es el único que no sale en la
mítica portada de The Dark Side of The Moon, de Pink Floyd, el
único que no impulsa la estela del gato-tostada, Nyan Cat. El añil, en
definitiva, no existe: es un invento de Newton, colocado ad hoc entre
el azul y el violeta, porque le faltaba una nota para completar su escala de
luces musical.
De hecho,
Newton hace corresponder los dos semitonos de su escala precisamente sobre el
naranja y el añil. El semitono es el intervalo sonoro más pequeño que se usa en
nuestro sistema musical. Es la distancia que separa a las dos primeras notas de
la melodía de Para Elisa de Beethoven, o los sonidos que
anuncian al tiburón en la película de Spielberg. Es un intervalo francamente
pequeño, difícil de cantar incluso, por lo que tiene sentido que el físico los
hiciese corresponder con colores ambiguos o especialmente cercanos a sus
vecinos como el naranja y el añil, los colores más difíciles de distinguir
dentro de su colección. Teniendo en cuenta estos detalles, la luz de Newton
formaba una escala dórica, la única escala musical de siete notas perfectamente
simétrica —en un piano, es la escala que va desde un re, entre las dos teclas
negras, hasta el siguiente re—. Si quieres escuchar cómo suena, te animo a que
busques Happy, de Pharrell Williams, en YouTube. No solo aprenderás
algo sobre el modo dórico, sino que, además, seguirás leyendo este capítulo de
mucho mejor humor.
Newton,
1704, Opticks. Archive.org.
El añil
no fue la única invención de Newton. Después de definir los siete colores del
arcoíris, su analogía musical le llevó a colocarlos en un círculo, similar al
que forman las notas musicales debido a la equivalencia de octava. Para Newton,
después del violeta, la luz volvía otra vez al rojo, del mismo modo que
en Sonrisas y lágrimas, después del si «otra vez ya viene el do».
Según afirma en un manuscrito[173] de
1672, «las vibraciones que causan el escarlata más profundo guardan una
relación de dos a uno con aquellas que generan el violeta […] y la razón por la
cual estos extremos se parecen entre sí sería la misma que causa que las
octavas suenen con la misma nota en cierta medida».
Sin
embargo, desde un punto de vista puramente físico, esta idea no tiene demasiado
sentido. Los colores rojo y violeta, situados en los extremos opuestos del
arcoíris, no tienen nada particular en común. Lo que sucede es que nuestro ojo
ha creado todo un mundo de tonalidades cálidas que se sitúa aparentemente a
medio camino entre estos dos. Cuando las ondas azules y rojas impactan
simultáneamente nuestra retina, nuestra mente «las suma» y genera una sensación
específica que es lo que luego identificamos con el nombre de un color. Por eso
los púrpuras, rosas y morados parecen situarse entre los extremos del espectro,
cerrando la octava imaginaria de Newton: tienen algo de rojo y algo de azul, al
mismo tiempo. Sin embargo, sus tonos son necesariamente un collage,
no forman parte del espectro luminoso, no hay ninguna frecuencia de luz, en
concreto, que pueda producir por sí misma el rosa o el morado. Los físicos los
llaman colores extra-espectrales, que es una forma muy fina de decir que no se
encuentran en el arcoíris. Yo prefiero pensar en ellos como colores
psicodélicos, ninguno de ellos existe más allá de nuestros ojos.
A pesar
de la analogía de Newton, el rango luminoso no está enrollado sobre sí mismo,
ni podemos percibir varias octavas, como sí sucede con el del sonido. Antes del
rojo, no hay nada parecido al violeta; se encuentran las frecuencias del
espectro infrarrojo, que dan paso a las microondas y a las ondas de radio. Más
allá del violeta, se sitúa el espectro ultravioleta, los rayos X y los rayos
gamma. Todos estos rayos invisibles son esencialmente lo mismo que la luz,
ondas electromagnéticas —o radiación electromagnética— y fueron descritos por
Maxwell en el siglo XIX. Curiosamente, una analogía sonora había llevado al
matemático Leonhard Euler a proponer su existencia décadas antes de que sus
rayos invisibles fuesen detectados experimentalmente. Para él, las ondas
ultravioleta eran equivalentes a sobretonos de los sonidos musicales, los
armónicos de la luz visible. No por casualidad, Euler era un melómano
empedernido y un matemático profundamente interesado por cuestiones estéticas
—quizás por ello, se convirtió también en el autor de una de las ecuaciones más
bellas de la historia de las matemáticas, hoy conocida como identidad de Euler,
que relaciona π con la unidad imaginaria i y el número de
Euler e—. Según Nikolai Fuss, su alumno, yerno y secretario[174], «su
principal relajación era la música, pero incluso aquí su espíritu matemático
permanecía activo. Cediendo a la agradable sensación de la consonancia, se
sumergía en la búsqueda de su causa, y durante las actuaciones musicales
calculaba la proporción de los tonos».
Dentro de
todo este rango de radiación, desde las ondas de radio hasta los rayos gamma,
la luz visible abarca una fracción minúscula del espectro. Guiado por su
analogía musical, Newton había supuesto que el rango luminoso debía abarcar las
proporciones de una octava, 2:1, pero ni siquiera llega a eso. Hoy sabemos que
el espectro de la luz visible abarca desde los 400 nm hasta los 700 nm
aproximadamente, que es «casi» una octava, pero no del todo —700:400 es un
poquito menos que 2:1—. Por comparación, mientras que nuestro oído es capaz de
percibir casi diez octavas de sonido —como el teclado de un piano más otro
medio, más o menos—, nuestra percepción de la luz apenas rellenaría seis teclas
blancas. No nos valdría ni para tocar el Cumpleaños feliz ni,
por supuesto, Over the Rainbow.
En su
libro Opticks, publicado en 1704, Newton se dio cuenta de este
error. Afirmó entonces que los colores del espectro[175] «se
relacionan de forma parecida a las seis longitudes de un acorde que se
encuentran en las notas de una sexta mayor». Una sexta es la distancia que hay
de do a la, es decir, seis notas. ¡Newton estuvo a tiempo de rectificar! Podría
habernos librado de la ficción del añil. Hoy viviríamos en un mundo más
sensato, sin traumas infantiles, con gradientes de seis colores fáciles de
identificar. Sin embargo, la idea del arcoíris heptatónico y su paralelismo con
la escala musical era tan potente, tan bonita, que fue esa primera analogía la
que finalmente se popularizó.
Así, sin
buscarlo ni quererlo, Newton acabó siendo el autor de este trocito del saber
popular. Por otro lado, su búsqueda de armonía le dio sentido a una de las
canciones más escuchadas y celebradas de todo el siglo XX. Las siete notas del
arcoíris de Oz también forman parte de su legado cultural.
§.
Afinadores de estrellas
Se puede decir que el canto de las sirenas estéticas desvió a Newton de su
camino en más de una ocasión. Al final resultó que los colores de la luz no son
siete, ni se organizan en círculos ni abarcan un intervalo de octava. ¡Ni
siquiera era cierto que Pitágoras descubriese las leyes de la gravedad! —oh,
sorpresa—.
Sin
embargo y casi sin quererlo, justo en la base de su analogía musical, acertó:
el color es a la luz lo que las distintas notas son al sonido, el modo en que
percibimos las frecuencias de una onda. Newton nunca lo habría expresado de
este modo, eso sí. Él defendía que la luz estaba formada por partículas, así
que difícilmente habría hablado de «frecuencia». La teoría ondulatoria tuvo que
enfrentarse al peso de su nombre para imponerse durante el siglo XIX y, cuando
lo hizo, el paralelismo entre la luz y la música volvió a inspirar a los
científicos, proporcionando un modelo ya conocido para fenómenos que hasta
entonces habían resultado escurridizos.
Un
ejemplo clave fue el de Thomas Young. Su famoso experimento de la doble rendija
se inspira directamente en el fenómeno de la disonancia musical. Con él,
demostró un hecho que aún hoy resulta sorprendente para la mayoría: que dos
rayos de luz sumados ¡pueden dar lugar a regiones de oscuridad! Este fenómeno
se conoce en física como interferencia. En el caso del sonido, se manifiesta en
forma de batidos, una serie de variaciones en la amplitud del sonido que
generalmente resultan desagradables para el oído —por eso se asocian con la
disonancia musical—. Se producen cuando la cresta de una onda coincide con el
valle de otra distinta; ambas se superponen y se anulan entre sí, dando lugar a
franjas intermitentes de silencio, o de oscuridad en el caso de la luz.
La música
inspiró también el trabajo de otros científicos como Euler, Faraday y
Wheatstone, que se valieron de sus ondas para entender mejor la luz y la
electricidad. Pero de entre todas las sinestesias que guiaron el progreso de la
física durante estos años, la más fértil fue, sin duda, la que llevó a los
científicos a analizar los «timbres» de la luz. El espectro de colores que
Newton había ayudado a desenredar con ayuda de un prisma reapareció en la luz
de las estrellas y, más tarde, en los átomos que componen la materia. Sus
pistas de colores terminaron dando lugar al nacimiento de la física cuántica a
comienzos del siglo XX.
Pero
contemos esta historia desde el principio. Un siglo después de que Isaac Newton
nos enseñara a destejer el arcoíris, otro paisano suyo llevó su labor costurera
un paso más allá. En 1802, William Wollaston modificó ligeramente el montaje
experimental original para afinar los rayos de luz al máximo y observar su
abanico de colores con mucha más precisión.
Fue
entonces cuando el arcoíris finalmente se rompió.
Sobre sus
tonos aparecieron una serie de líneas oscuras nunca antes vistas, pequeñas
franjas sin luz que dibujaban una frontera aparente entre distintas regiones de
color. Wollaston pensó que aquellas debían de ser las líneas que separaban las
notas del arcoíris según la definición que había hecho Newton, ¡al fin una
prueba experimental, medible y objetiva de la existencia del añil! Pero no
tenía nada que ver con eso. Wollaston ni siquiera podía imaginar la importancia
del fenómeno que acababa de encontrar.
Apenas
una década más tarde, estas mismas líneas fueron redescubiertas de manera
independiente por otro físico alemán, Joseph von Fraunhofer, que se dedicó a
medirlas y clasificarlas de manera sistemática. Su recién inventado
espectroscopio le permitía estudiar la composición en frecuencias de la luz —su
distribución interna de colores— con una precisión sin precedentes. Mientras
tanto, al otro lado del mar Báltico, en Suecia, Anders Jonas Ångström realizaba
sus propios estudios espectroscópicos. Desde mediados de siglo, se dedicó a
calentar distintos gases, hasta hacerlos brillar, para analizar la luz
procedente de cada uno de ellos. Mientras observaba una muestra de hidrógeno
incandescente, descubrió una serie de líneas muy parecidas a las que habían descrito
Wollaston y Fraunhofer, solo que invertidas. En lugar de franjas oscuras,
¡estas eran brillantes! Lucían los mismos colores presentes en el arcoíris,
solo que separados en el espacio y definidos como franjas nítidas sobre un
fondo oscuro.
Ångström
dedujo correctamente que aquellas líneas debían de estar relacionadas con las
que había catalogado Fraunhofer. Su modelo conceptual era el de la resonancia
acústica: del mismo modo en que una cuerda puede «absorber» su propia
frecuencia natural y vibrar con ella, argumentó[176], «un
mismo gas, al ser calentado hasta hacerse luminoso, debe emitir los mismos
rayos que absorbe a una temperatura ordinaria». Gracias a este símil sonoro,
Ångström concluyó que las líneas luminosas que acababa de descubrir eran las
mismas que dejaban su huella oscura sobre el espectro de la luz del Sol y que,
por tanto, los mismos elementos gaseosos que él estaba catalogando en la
Tierra, ¡se encontraban también a 148 millones de kilómetros de distancia sobre
la superficie ardiente de nuestra estrella! De este modo, consiguió lo que
hasta entonces se creía imposible: averiguar de qué materia están hechas las
estrellas. Se convirtió en el primer químico cósmico, capaz de atrapar todo el
cielo nocturno en una probeta de laboratorio.
Aunque
las herramientas que utilizan los científicos contemporáneos son mucho más
precisas y sofisticadas que el prisma de cristal que utilizó Newton, la base de
la espectroscopía moderna sigue siendo la misma. Hoy podemos viajar por todo el
cielo y deducir la composición y la temperatura de algunos de los cuerpos
celestes más grandes y remotos del universo gracias a un arcoíris roto. Al
mismo tiempo, sus colores iluminaron el camino para describir los objetos más
pequeños y cercanos de nuestro cosmos: los átomos que componen la materia.
Desde
finales del siglo XIX, los físicos intentaron averiguar cuál era la razón de
ser de todas estas líneas misteriosas de luz y de color. ¿Qué las originaba? ¿A
qué se debían sus distancias? ¿Podían expresarse de alguna manera matemática?
Notaron entonces que la composición en frecuencias de la luz era
sorprendentemente parecida a las de otros fenómenos ondulatorios que conocían
mucho mejor: los timbres de los instrumentos musicales y de la voz humana que
había analizado Hermann von Helmholtz en esa misma época, ¡su composición en
armónicos!
Nuevamente,
una metáfora musical fue la clave para avanzar. De hecho, todas las luces que
nos rodean —al igual que los sonidos de nuestro entorno— son la suma de muchas
frecuencias distintas, una mezcla de colores en distintas proporciones que
podemos destejer con ayuda de un cristal triangular. En el mundo del sonido,
esta composición es lo que da lugar a los distintos timbres que reconoce
nuestro oído. Gracias a ellos podemos distinguir una a de
una i, el canto de una trompeta del de un violín o la voz de
nuestra madre. Por otra parte, la forma y propiedades dinámicas de los objetos,
como una cuerda o una lámina, determinan los sonidos que pueden llegar a
producir, así que esos timbres están directamente relacionados con ciertas
propiedades físicas en su origen. Por eso, podemos reconocer cada objeto por la
huella única de su voz, o incluso rescatar la voz de una momia milenaria
simplemente estudiando la forma de su garganta. Con la luz sucede algo
parecido. Por eso, los físicos del siglo XIX pensaron que las líneas de
Fraunhofer debían de representar algo parecido a sus «armónicos», sus modos
característicos de moverse internamente, aunque aún no estuviera muy claro qué
o cómo podía estar generando exactamente esa vibración.
En 1871,
el físico Johnstone Stoney argumentó[177] que
«un movimiento periódico de las moléculas del gas incandescente puede dar lugar
a toda una serie de líneas en el espectro de la luz». Inspirándose en el
trabajo de Helmholtz, denominó a estas líneas «sobretonos» e intentó ajustar
las longitudes de onda del espectro del hidrógeno a la serie armónica (1, 1:2,
1:3, 1:4…), como si cada molécula fuese una cuerda musical. Concluyó que tres
de las líneas espectrales principales de este gas —en el rango de la luz
visible— correspondían a los armónicos 20, 27 y 32 de una frecuencia
fundamental muchísimo más grave —más allá del espectro visible—. Sin embargo,
para su contemporáneo Johann Balmer, estos números resultaban demasiado
caprichosos, demasiado feos para resultar aceptables, eran «unos números tan
altos que no aportan ninguna aclaración[178]». Por
eso se esforzó en encontrar una expresión más sencilla que le permitiese
calcular la frecuencia fundamental del espectro del hidrógeno, la nota
característica de su «cuerda», que le permitiría deducir todos los demás
armónicos.
Balmer
era un matemático suizo, profesor en un colegio de Basilea, y tenía sesenta
años cuando se interesó por este tema. En 1885, publicó su primer artículo
científico con la fórmula que hoy lleva su nombre. Partiendo de la hipótesis de
que cada línea representaba un armónico del átomo de hidrógeno, y aprovechando
sus conocimientos sobre música y acústica, encontró la frecuencia fundamental
del gas que buscaba, la constante que le permitía calcular todas las líneas de
su espectro mediante solo una pareja de números naturales. Así, usando una
fórmula sorprendentemente sencilla —sorprendentemente bonita—, Balmer pudo
deducir la posición de las líneas oscuras que rompían el arcoíris de Newton y
predecir algunas que todavía no se habían encontrado. Quizás no era exactamente
la serie armónica, tal y como la había descrito Pitágoras —en la fórmula de
Balmer, los números enteros están elevados al cuadrado—, pero desde luego se le
parecía bastante. Y el mismo Balmer destacó, como argumento en su favor, que
«las relaciones entre estas longitudes de onda pueden ser expresadas con
sorprendente precisión mediante números pequeños».
Los
físicos ya tenían una expresión matemática y las medidas experimentales que la
validaban, pero seguían sin tener un modelo completo, aún no entendían qué
estaba rompiendo el arcoíris. La explicación no sería posible hasta varias
décadas más tarde, gracias al nacimiento de la física cuántica. Y, como tantos
otros descubrimientos de la historia, este llegó empapado de metáforas
musicales.
El padre
de la cuántica fue de hecho un célebre melómano y talentoso pianista que en
ocasiones se reunía con Albert Einstein para ensayar. Se cuenta sobre Max
Planck que su oído era tan fino que a menudo le costaba disfrutar de los
conciertos, cuando los músicos no eran lo bastante precisos con su afinación.
Él fue el primero en proponer que quizás la energía de la luz no era una rampa
continua, como hasta entonces se creía, sino que podían existir peldaños
—cuantos— que la subdividían. De acuerdo con Peter Pesic[179], esta
idea se inspiraba probablemente en sus propios experimentos con la escala
musical, que le habían llevado a cuantizar el sonido en doce semitonos iguales
a pesar de sus prejuicios estéticos —a Planck no le gustaba el sistema de
afinación temperado que utilizamos en la actualidad—.
Fue Erwin
Schrödinger, sin embargo, quien consiguió relacionar estos paquetes de energía,
que hoy conocemos como fotones, con los gases y los arcoíris rotos que habían
analizado los físicos desde el siglo XIX. En busca de un modelo matemático que
explicase las líneas de Fraunhofer, Ångström y compañía, este físico austriaco
se dispuso a deducir la ecuación que debía gobernar la estructura interna de
los átomos. Su idea era que los electrones —no las moléculas, como creía
Stoney— liberaban luz de diferentes colores al saltar entre distintos «modos» u
orbitales, como veremos más adelante. Y aunque Schrödinger, al contrario que
Planck, no era muy aficionado a la música, en su búsqueda de nuevas
formulaciones matemáticas se inspiró directamente en el mundo de la física
acústica. De hecho, las soluciones a su famosa ecuación son funciones de onda
¡muy similares a las que describen el sonido! Así, como cuenta Frank Wilczek[180]:
En los
primeros días de la teoría cuántica moderna, todavía no existía un libro de
texto. Los investigadores, ansiosos por utilizar la nueva teoría atómica,
recurrieron a un libro de texto sobre un tema diferente, la Teoría del sonido
de Lord Rayleigh. Allí encontraron las matemáticas necesarias para describir
cómo funcionan los átomos. ¡Se había desarrollado antes para describir cómo
funcionan los instrumentos musicales!
Lo bueno
de esta analogía es que, del mismo modo que Schrödinger se apoyó en ella para
entender la estructura de los átomos, al resto de los mortales nos puede servir
para entender a Schrödinger, que tampoco es cosa fácil. Basta con recurrir a lo
que ya sabemos sobre acústica.
La idea
básica es la siguiente: los electrones, al igual que las cuerdas de una
guitarra, están restringidos a vibrar de ciertas maneras, sus modos normales,
sus formas «cómodas» de moverse dentro del átomo. Así de fácil. Esos «modos»,
en el caso de la guitarra, se corresponden con ciertas frecuencias, los
armónicos, que le dan al instrumento su timbre característico. Y en el átomo
sucede lo mismo: existen fuerzas internas que determinan en qué modos se
encuentra cómodo un electrón. Cada uno de esos modos representa un estado
estable y cada uno tiene asociado cierto nivel de energía. Son pisos u
«orbitales» en los que el electrón puede habitar, su «hogar, dulce hogar». El
electrón puede saltar de un nivel a otro, viajar de su piso en Madrid a la casa
de la playa. Pero para hacerlo debe robar o liberar la energía sobrante en
forma de fotón, esto es, emitiendo luz de cierto color.
Así, las
líneas espectrales características de cada gas representan la diferencia de
energías que hay entre sus orbitales. La luz azul corresponde a saltos
energéticos más grandes; la más roja, a saltos más pequeñitos. Lo que llega a
nosotros, las líneas de colores que forman el arcoíris roto propio de un gas,
son los fotones que salen disparados del átomo cuando uno de sus electrones
salta de un orbital a otro. El espectro es la sombra de una escalera, el molde
por el que deducimos la estructura interna de la materia.
Cuando se
calienta lo suficiente un gas, los electrones excitados tienden a trepar a
niveles de energía superiores y liberan luz cuando regresan a su estado
original. Obtenemos entonces un espectro de emisión, las líneas de colores
sobre fondo oscuro que encontró Ångström en su laboratorio. En los espectros de
absorción —las líneas oscuras que encontraron Wollaston y Fraunhofer—, el
fenómeno es el mismo pero a la inversa. Alrededor de las estrellas existen
gases de distintos elementos, que absorben parte de su radiación. Cuando la luz
los atraviesa, los electrones de los átomos le roban fotones para dar un salto
y colocarse en algún orbital superior. Pero son bastante exquisitos, los gases,
no les vale con cualquier fotón. Solo se quedan con aquellos que tienen
exactamente la energía correspondiente a su propio «salto de nivel», solo los
de cierto color. Por eso, cuando la luz del Sol llega a nosotros, podemos leer
en su espectro la historia de todos esos pequeños robos: las líneas oscuras que
descubrió Fraunhofer son fotones que quedaron atrapados en la atmósfera del
Sol.
Al igual
que sucede con el sonido y los instrumentos musicales, todas estas líneas —la
composición en frecuencias de la luz— nos informan sobre las características
físicas del átomo que la originó. Cada elemento tiene su propia escalera, un
timbre característico que nos permite identificarlo por su luz. Como dice
Arnold Sommerfeld, en un libro que es ya referente para la ciencia de la
espectroscopía[181]:
Lo que
hoy oímos en el lenguaje de los espectros es una verdadera «música de las
esferas» dentro del átomo, acordes relacionados por números enteros, un orden y
una armonía que se vuelve cada vez más perfecta.
Después
de todo, parece que el arcoíris que destejió Newton sí estaba formado por
notas, aunque no las siete de la escala que él había imaginado, sino las de los
instrumentos diminutos que componen la materia.
Capítulo
8
La física en busca de armonía
¿Conque
quieres saber qué es lo que mantiene unido al mundo, cómo se hizo el universo y
qué reglas obedece nuestra existencia? Lo más cerca que estarás de alcanzar una
respuesta es siguiendo el rastro de los hechos hasta el sótano de la ciencia.
Síguelo hasta que los hechos se vuelvan escasos y el camino esté bloqueado por
teóricos discutiendo cuál es la teoría más bella. Ahí es cuando sabes que has
llegado a los cimientos.
Sabine
Hossenfelder, Perdidos en las matemáticas[182]
§.
Después de la música
Johann Balmer logró explicar los armónicos del átomo de hidrógeno gracias a las
metáforas musicales que han inspirado a los físicos de todas las épocas desde
la Antigüedad. Lo sabemos porque así lo explica él mismo en su primer artículo
científico, publicado en una revista de su ciudad. Sin embargo, cuando el
físico suizo quiso dar a conocer estos resultados en una publicación más
internacional, omitió todo el hilo de asociaciones musicales que le habían
llevado a su descubrimiento. En Annalen der Physik, la fórmula de
Balmer aparece aislada, sin contexto, «como arrancada del éter por pura
especulación matemática» —en palabras de Peter Pesic[183].
El de
Balmer no es un caso aislado. A medida que las publicaciones científicas se
fueron estandarizando, se volvió común comunicar sus resultados de manera más
directa, omitiendo el proceso de búsqueda previo o las posibles asociaciones
que lo habían guiado. Poco a poco, la música fue quedándose atrapada en los
auriculares de los investigadores, sin llegar nunca a manchar el papel de sus
artículos científicos. En el mejor de los casos, siguió ejerciendo como una
motivación —personalmente, preguntarme por qué ciertos sonidos nos emocionan me
llevó a estudiar Física—, o como un elemento de ocio y de evasión necesario en
todo proceso creativo. Es bien conocida la afición de Einstein por su violín.
En una entrevista de 1929[184], el
físico de la lengua fotogénica llegó a afirmar incluso que, de no haberse
dedicado a la física, habría sido músico: «Pienso a menudo en música. Vivo mis
ensoñaciones en música. Veo mi vida en clave musical. […] La mayor alegría de
mi vida es mi violín». Sin embargo, ya no es posible establecer una conexión
entre sus teorías, como la relatividad general, y lo que fue, en el mejor de
los casos, una bonita afición.
La música
ha dejado de guiar el camino de la física. Y sin embargo, su expectativa de
belleza sigue muy presente. Si hubiese que elegir una sola palabra, un solo
hilo conductor que ha tejido el diálogo entre estas dos disciplinas a través de
los siglos, sin duda esa palabra sería «armonía». Este concepto, empapado de
connotaciones filosóficas y musicales, contagió a la física su eterna búsqueda
de simplicidad, de unidad, de cierto equilibrio que es simultáneamente estético
y matemático.
La
armonía inspiró a Oresme para buscar melodías eternamente novedosas en el
sistema solar y persuadió a Kepler de que, sin un último acorde consonante, su
danza nunca podría acabar. Copérnico se atrevió a decir que los planetas
giraban alrededor del Sol gracias nuevamente a la armonía y a la belleza de sus
órbitas circulares. Cuando Kepler rompió la simetría de ese sistema, tuvo que
recurrir a poliedros perfectos y a patrones numéricos para inventar un nuevo
tipo de belleza. Sus hallazgos fueron retomados por Newton y con ellos formuló
las leyes de la gravitación universal, el motor del cosmos mecánico que inspiró
a tantos científicos en la era de la Ilustración y que él mismo relacionó con
la tradición pitagórica. Newton fue también el primero en ponerle notas
musicales a la luz solar. Su disección del arcoíris y el poder de esta metáfora
sonora permitieron demostrar las propiedades ondulatorias de la luz, analizar
la materia de que están hechas las estrellas y describir la estructura interna
de los átomos, como si fuesen diminutos instrumentos musicales. Fue así como la
música se abrió paso también en la física del siglo XX, iluminando con sus
timbres los entresijos de la mecánica cuántica.
Para
encontrar los orígenes de este relato, sin embargo, debemos remontarnos hasta
los tiempos de Pitágoras. Más allá de sus extravagancias, sus manías culinarias
y su sectarismo, el legado más profundo del filósofo griego es la intuición de
que el mundo físico debe obedecer a conceptos hermosos. No se trataba de una
belleza siempre perceptible para los sentidos, eso sí. Aunque Pitágoras y sus
seguidores encontraron la confirmación a sus teorías estéticas en los armónicos
de una cuerda, su ordenado cosmos no era necesariamente agradable a la vista ni
al olfato, ni siquiera al oído. La suya era la belleza de los números, de la
simetría y de la regularidad matemática, que se manifiesta a través de patrones
repetitivos y de cierta sencillez conceptual y aglutinadora. Esta fue la fe de
Pitágoras, su anhelo, su religión: todo en el cosmos es número, todo es
comprensible, todo es reducible a algún esquema mental satisfactorio.
Platón
llevó esta idea más allá —«demasiado» más allá, de hecho—. Para él, la belleza
ordenada de las ideas era más importante que la realidad que supuestamente
representaban. Los filósofos debían cerrar sus ojos, hacer música en el vacío,
aprender astronomía de espaldas al cielo, si querían alcanzar la forma más
perfecta de conocimiento. Por ese motivo, si una teoría era hermosa pero no
encajaba con las observaciones, pues bien, ¡mucho peor para las observaciones!
Estas eran, en el mejor de los casos, el reflejo imperfecto de la idea, nada
que tomarse demasiado en serio.
Este tipo
de idealismo que lastró el conocimiento europeo durante siglos es hoy, por
suerte, una reliquia, una actitud superada gracias al método empírico y la
revolución científica que se inició en la Edad Moderna. Y sin embargo, cabe
recordar que el mismo Einstein afirmó algo parecido cuando se confirmó
experimentalmente su teoría de la relatividad general. En 1919, sir Arthur
Eddington organizó una expedición a la isla Príncipe, cerca de África, para
observar un eclipse solar que tuvo lugar el 29 de mayo. El astrónomo quería
aprovechar la sombra de la Luna para medir la posición aparente de las
estrellas alrededor del Sol y calcular así la trayectoria de sus rayos
luminosos. Si la teoría de Einstein era correcta, la luz se curvaría debido a
la atracción del Sol, y las estrellas aparecerían ligerísimamente desplazadas
en el cielo. ¡Y fue esto precisamente lo que pasó! Ante los telescopios de los
expedicionarios, el espacio mismo se deformaba alrededor de nuestra estrella
según los cálculos del bigotudo pensador alemán. Debió de ser un momento
emocionante, y sin embargo, se cuenta que Einstein reaccionó sin sorpresa ante
la noticia[185]. Cuando
un estudiante le preguntó qué habría pensado si el experimento de Eddington no
hubiese confirmado sus teorías, él contestó: «Entonces, lo hubiese sentido
mucho por el buen lord, ya que la teoría es correcta[186]».
Einstein
probablemente exageraba. O, por lo menos, podemos estar seguros de que tras dos
milenios intentando fugarse de la caverna de Platón, la comunidad científica no
habría apoyado su obstinación en contra de los hechos experimentales. Si la
expedición de Eddington no la hubiese confirmado, la teoría de la relatividad
general no habría sido correcta, y simplemente se habría descartado, como
tantas otras que hoy no figuran en los libros de texto. Pero lo que deja
traslucir esta anécdota es que, para Einstein, su solución era tan elegante,
describía de manera tan compacta y satisfactoria tantos fenómenos complejos…
que le habría costado enormemente renunciar a ella. ¿Cómo podría ser erróneo
algo tan hermoso?
Paul
Dirac resumió el mismo anhelo tomando prestados versos de John Keats —el mismo
poeta que acusaba a Newton de destejer el arcoíris—. Defendía que, en
cuestiones de física teórica, «belleza es verdad, y verdad es belleza[187]». Por
eso mismo, «quien trabaja en investigación, en sus esfuerzos por expresar las
leyes más fundamentales de la naturaleza, debe perseguir ante todo la belleza
matemática[188]». Dirac
fue uno de los principales impulsores de la física cuántica del siglo XX,
ganador del Premio Nobel junto con Erwin Schrödinger en 1933. Entre otras
aportaciones, formuló una expresión especialmente compacta —los físicos dirían
«bonita»— que describe el comportamiento de unas partículas llamadas fermiones,
como el electrón. La hoy conocida como ecuación de Dirac permitió predecir la
existencia de la antimateria, que se detectaría experimentalmente algunos años
después. Por eso, da igual que uno no la entienda, que no tenga ni idea de
mecánica cuántica o que no sienta ningún cariño por los fermiones en general:
resulta fascinante que unos pocos símbolos en un papel puedan describir toda la
complejidad de la materia y hacer predicciones sobre el mundo real, incluso a
niveles inaccesibles para nuestros sentidos. Son matemáticas que construyen
mundos, que amplían con su breve dibujo el tejido mismo de la realidad.
Dirac ha
sido caracterizado a menudo como un físico teórico puro. «Sus descubrimientos
eran como estatuas exquisitamente talladas que caían del cielo una tras otra»,
dijo sobre él el matemático Freeman Dyson[189].
«Parecía ser capaz de conjurar leyes de la naturaleza a partir del pensamiento
puro». Dirac mismo anteponía la lógica y la consistencia matemática a las
observaciones que típicamente preocupan a otros físicos, e incluso se negaba a
dar explicaciones sobre sus teorías, afirmando que la cuántica se construye «a
partir de conceptos físicos que no pueden explicarse con palabras[190]».
También decía guiarse, principalmente, por criterios estéticos en su
investigación[191]:
«Reviste mayor importancia obtener la belleza en una ecuación que conseguir que
se ajuste a la observación experimental». Según argumentaba, este tipo de
planteamiento le permitía avanzar más rápido en sus teorías puesto que, de
existir un acuerdo imperfecto entre los resultados experimentales y el modelo,
un refinamiento posterior de la teoría podía resolver las posibles
discrepancias.
* * * *
Werner
Heisenberg, otro de los fundadores de la mecánica cuántica —y ganador del
Premio Nobel en 1932—, defendía también que la belleza era un síntoma de verdad[192]. Creía
que la sencillez era una propiedad objetiva de las leyes de la física, y, por
ese motivo, «si la naturaleza nos lleva a formas matemáticas de gran
simplicidad y belleza, no podemos evitar pensar que son “verdaderas”».
Heisenberg hoy es conocido, principalmente, por formular el principio de
incertidumbre. Para él, la influencia de la filosofía idealista en su propio
trabajo era transparente: «La física moderna se ha decantado definitivamente en
favor de Platón. De hecho, las unidades más pequeñas de la materia no son
objetos físicos en un sentido ordinario: son formas, ideas, que pueden ser
expresadas de manera inequívoca en el lenguaje de las matemáticas[193]».
Más cerca
de nuestro tiempo, muchos investigadores han expresado ideas parecidas. De
hecho, si la gala de los premios de la Academia Sueca tuviese una banda sonora,
el discurso de los físicos podría acompañarlo Pau Donés —todos les parece
bonito…—. Uno de los ejemplos más recientes es el de Frank Wilczek, ganador del
Premio Nobel en 2004 por sus aportaciones al estudio de la llamada interacción
fuerte. Ha dedicado varios libros a explorar la búsqueda de la belleza en el
estudio de la física. En su libro El mundo como obra de arte afirma[194]:
Habiendo
saboreado la belleza en el corazón del mundo, anhelamos más. En esta búsqueda,
creo yo, no hay guía más prometedora que la belleza misma. […] Cuando busco
conjeturas, la belleza es mi inspiración. Me ha funcionado bien en muchas
ocasiones.
En la
misma línea se pronunció Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física en 1969 por
sus descubrimientos sobre partículas elementales, quien aseguró que en física
fundamental, una teoría bonita o elegante tiene más probabilidades de ser
correcta que una no elegante[195]. Y
también Leon Max Lederman, Premio Nobel en 1988 por su investigación sobre los
neutrinos, creía[196] «que
la naturaleza se describe mejor mediante ecuaciones que son simples, hermosas y
compactas, y tan universales como sea posible». Incluso Rosalind Franklin, que
contribuyó a descubrir la estructura del ADN pero no ganó un Nobel, por lo que
sea, estaba convencida de que la forma de doble hélice de esta molécula era la
correcta porque era algo «demasiado hermoso para no ser cierto». Pero la lista
continúa: Gerard’t Hooft, Melvin Schwartz, Hermann Weyl[197], Fabiola
Gianotti… son solo algunos de los físicos y matemáticos contemporáneos que han
querido intuir la verdad a través de la belleza y la belleza en aquello que
creían verdad.
Este afán
estético, sin embargo, no está exento de polémica. Para la física Sabine
Hossenfelder[198], «en la
búsqueda de nuevas ideas, la belleza desempeña muchos papeles. Es una guía, una
recompensa, una motivación. También es un sesgo sistemático». Hossenfelder es
física teórica e investiga temas relacionados con la gravedad cuántica. En su
libro más reciente, se pregunta hasta qué punto estos principios estéticos son,
en realidad, vicios adquiridos, prejuicios sin fundamento sobre cómo deben ser
las leyes de la física, modas que buscan sin quererlo el consenso con las
teorías ya establecidas, o simple y llanamente numerología, como la que en
tantas ocasiones embriagó a Pitágoras y a otros científicos no tan antiguos.
Sobre la belleza que dicen experimentar muchos físicos contemporáneos,
Hossenfelder afirma: «No es que no sepa a qué se refieren; es que no sé por qué
debería importar. Dudo que mi sentido de la belleza sea una guía fiable para
descubrir las leyes fundamentales de la naturaleza, leyes que dictan el
comportamiento de entidades sobre las que no tengo ninguna experiencia
sensorial directa, nunca la he tenido y nunca la tendré».
Para esta
investigadora, el énfasis creciente en este tipo de criterios estéticos desde
el siglo XX no es precisamente una «bonita» noticia, sino todo lo contrario. Se
trata de un síntoma poco deseable de la escasez de datos, debido al enorme
esfuerzo que implica obtenerlos. Vivimos en una época en que la experimentación
en física fundamental es cada vez más complicada, larga y costosa. No hay más
que pensar en la inversión que requiere construir un acelerador de partículas o
el lanzamiento de un telescopio espacial como el Hubble, por poner solo un par
de ejemplos. Esto ha generado una brecha de tiempo que se interpone
inevitablemente entre las nuevas teorías físicas y su confirmación
experimental. Cuando Einstein formuló su teoría general de la relatividad en
1915, pasaron solo cuatro años hasta que un eclipse permitió confirmarla. Su
nueva concepción del espacio y el tiempo era muy bonita, qué duda cabe. Pero,
de haberse descartado, el desengaño habría dado fin a un flechazo de apenas
unos pocos años. En cambio, desde la formulación del bosón de Higgs en su forma
matemática hasta su detección en el CERN en 2013, transcurrieron cuarenta y
nueve años. Las teorías sobre la inflación cósmica de Andrei Linde, con quien
arrancamos este libro, fueron formuladas a finales de los años setenta. Todavía
no hemos podido confirmar hasta qué punto son correctas. Como dice Hossenfelder[199]:
Hoy en
día, el tiempo que requiere testar una nueva teoría fundamental de la
naturaleza puede ser más largo que la carrera entera de un científico. Esto
fuerza a los teóricos a basarse en criterios al margen de la adecuación
empírica para decidir qué líneas de investigación perseguir. El atractivo
estético es una de ellas.
El
problema es que ese atractivo se convierta en el criterio principal, o el
único, a la hora de decidir qué líneas de investigación se potencian y cuáles
no, a falta de otras referencias más sólidas en las que apoyarse. La belleza ha
dejado de ser un complemento ventajoso para convertirse en un requisito
indispensable, y esto resulta peligroso. Algunas hipótesis de la física teórica
contemporánea han rehuido cualquier intento de verificación experimental hasta
la fecha. Es el caso de la supersimetría, una hipótesis preciosa de la física
de partículas —su propio nombre lo dice— que muchos consideran uno de los
ingredientes clave de la teoría de cuerdas. Sin embargo, ninguna de las
partículas que predice se ha asomado hasta ahora por un acelerador.
La teoría
de cuerdas, por su parte, es también un bellezón, ¡qué duda cabe! No solo
ofrece una explicación cuántica de la gravedad —el gran reto de la física de
nuestro tiempo—, también es capaz de simplificar todo el zoo de partículas
conocidas hasta el momento, presentando sus muy dispares y aparentemente
caprichosas propiedades como variaciones de un mismo elemento: vibraciones de
una cuerda. En serio, es pura poesía, ¡cuerdas en la misma tela que compone el
universo! El elemento que nos desveló la primera ley de la física como solución
para la última, la teoría final, la teoría del todo. A Pitágoras se le caerían
las lágrimas de la emoción con esto. Salvo por un pequeño detalle, y es que
esas cuerdas son completamente indetectables.
Este es
el principal problema de la teoría de cuerdas, el debate filosófico que
plantea: es muy difícil de validar experimentalmente. Su misma formulación
matemática —que requiere la existencia de once dimensiones, aunque quizás eso
sea lo de menos— da cabida a universos muy diferentes, y los físicos de cuerdas
aún no tienen muy claro con cuál quedarse. Y no es un detalle menor. Según la
configuración de partida, es posible obtener ¡hasta 10100 universos
diferentes! Esto impide la formulación de hipótesis que se puedan validar en
este —el único que conocemos—. Todo lo que pueda suceder es compatible e
incompatible con la teoría de cuerdas, según la versión que uno elija ese día.
Por otra parte, y como explica Brian Greene[200], las
cuerdas mismas que dan sustento a la teoría son tan minúsculas que, «utilizando
la tecnología actual, necesitaríamos un acelerador del tamaño de la galaxia
para ver las cuerdas de una en una». Quizás aún queda trabajo por hacer y sea
solo cuestión de tiempo que aparezca una versión más madura de la teoría, con
respuestas a todas estas objeciones, pero hasta entonces es imposible decidir
qué preguntas será capaz de resolver realmente, por muy bonita que nos parezca.
Por otra
parte, la estética no ha demostrado ser siempre el más fiable de los criterios
científicos. Los físicos —sobre todo después de ganar un Nobel— tienden a
ponerse románticos, rememorando junto a la hoguera todas las ocasiones en las
que la belleza se proclamó vencedora de alguna batalla. Pero, con demasiada
frecuencia, se olvidan de sus muchas derrotas, historias donde el sentido
estético —o cualquier tipo de intuición sobre la forma que debería tener una
solución— no solo no ayudó a los científicos, sino que los apartó de un posible
descubrimiento.
Tycho
Brahe, por ejemplo, descartó el modelo heliocéntrico debido a que, según sus
propias observaciones, este sistema implicaría un universo con distancias
enormes. «Es necesario preservar en estas materias alguna proporción decente»,
afirmó, «no sea que alcancen el infinito y se abandone la justa simetría de las
criaturas y las cosas visibles en cuanto a tamaño y a distancia: es necesario
preservar esta simetría porque Dios, el autor del universo, ama el orden
apropiado, no la confusión y el desorden[201]».
Copérnico no tuvo inconveniente en asumir esta proporción «indecente». En
cambio, defendió la validez de su modelo, destacando la belleza de las
circunferencias perfectas que había utilizado para darle forma. Unas pocas
décadas después, Kepler las tuvo que sustituir por elipses algo menos
perfectas, pero se consoló con el hecho de que los planetas fuesen precisamente
cinco, igual que los sólidos platónicos, ¡qué bonito! Salvo porque no eran
cinco, claro.
Newton,
por su parte, se empeñó en buscarle las siete notas al arcoíris y aún hoy
seguimos sin saber qué narices es el añil. Su legado estético fue indudable
también en otro sentido: el genio inglés convenció al mundo de que el universo
era una especie de mecanismo de relojería, al más puro estilo steampunk.
Cuando Maxwell analizó sus propias teorías bajo esta estética mecanicista, le
parecieron feas en comparación. Argumentaba que solo «cuando un fenómeno físico
puede describirse completamente como un cambio en la configuración y el
movimiento de un sistema material, se dice que la explicación dinámica de ese
fenómeno es completa[202]», y se
pasó años intentando explicar los campos eléctricos bajo un enfoque más
newtoniano. En cambio, fue uno de los muchos fans de la teoría de los átomos de
vórtice propuesta por William Thomson —más conocido como Lord Kelvin—, alabada
a menudo por su belleza. Era una teoría tan bonita, según escribió Oliver
Lodge, que «casi merecía ser cierta». Hoy nadie la recuerda, claro está, porque
la teoría de los vórtices no describía la realidad.
La teoría
cuántica, en cambio, tuvo que enfrentarse a la aversión estética de muchos
científicos durante el siglo XX, entre otros, la de su propio fundador. Cuando
Max Planck propuso la idea de que la energía podía estar paquetizada en
cuantos, lo hizo con una pinza colocada en la nariz. Él despreciaba esta
hipótesis y las herramientas matemáticas que involucraba, pero la adoptó como
última alternativa para escapar del callejón al que le había conducido su
investigación. Después de publicarla, se pasó años intentando enmendar su
propia teoría, convencido de que no era más que un apaño provisional, a la
espera de encontrar una explicación más «bonita». Spoiler: nunca la
encontró porque su primera explicación ya era correcta.
Otros
físicos después de Planck le han fruncido el cejo a la teoría cuántica. Sus
descripciones a menudo resultan extrañas, contraintuitivas —se ha llegado a
decir que si crees que entiendes la física cuántica es porque no la entiendes—.
Entre otros, y de forma muy destacada, Albert Einstein recelaba de sus
resultados solo ciertos en forma de probabilidad. En una de sus citas más
celebres, extraída de una carta a Max Born de 1926, afirma[203]:
La
mecánica cuántica es muy impresionante. Pero una voz interior me dice que aún
no es real. La teoría predice mucho, pero apenas nos acerca al secreto del
Viejo. En todo caso, estoy convencido de que Él no juega a los dados.
Sin
embargo, y a pesar de cualquier juicio estético o del desasosiego espiritual
que a cada cual le pueda causar, el hecho es que la cuántica funciona: sus
cálculos predicen los resultados de los experimentos a la perfección, y lo
llevan haciendo desde hace más de cien años.
No fue la
última vez que Albert Einstein perdió el rumbo, presa del canto de las sirenas
estetas. Aunque el físico alemán vinculó sus teorías más reconocidas a la
búsqueda de belleza, también le podría haber atribuido «la mayor metedura de
pata» de su carrera, tal y como él mismo la calificó[204]. En
1917, se dio cuenta de que su recién formulada teoría de la relatividad
describía un universo en expansión. Pero esta idea le parecía «abominable»,
según confesaría a Lemaître años más tarde[205], así que
introdujo un nuevo término en sus ecuaciones —la llamada «constante
cosmológica»—, cuyo objetivo era producir un modelo estático del universo de
acuerdo con las teorías cosmológicas más aceptadas en aquel momento. Poco
después, otros físicos como Friedman empezaron a disentir de esta visión, que
suponía un equilibrio inestable y, en 1931, Hubble demostró mediante su estudio
de las galaxias cercanas que el universo, de hecho, se está expandiendo. Fue
entonces cuando Einstein se dio cuenta de su error. «Solo» habían pasado
catorce años desde su planteamiento de un universo estático hasta que los datos
experimentales le ayudaron a descartar una bonita idea. ¿Cuántos años tendremos
que esperar para olvidarnos —o no— de la teoría de cuerdas?
§. Menos
es más
En
realidad, no debería sorprender que los científicos persigamos la belleza
porque, al fin y al cabo, la belleza es seguramente un atributo de los
proyectos en que nos embarcamos, de los ideales en los que creemos, de las
causas en las que militamos
Juan
Ignacio Pérez[206]
El saber
popular argumenta que la belleza es algo subjetivo —que me lo digan a mí,
casada con el hombre más guapo del universo ¡y a ver quién demuestra lo
contrario!—. Sin embargo, en todas las frases célebres de ganadores del Nobel
de Física, algunos ingredientes se repiten con sospechosa frecuencia. Si
hubiese que formular la receta de la belleza física y matemática, probablemente
sería algo así:
— Cien
gramos de simplicidad.
— Tres
cucharadas de armonía (o elegancia, según lo que tengas en la nevera).
— Medio
kilo de simetrías.
— Mezclar
todo en un recipiente redondo que le dé unidad y universalidad al resultado.
—
Aderezar con un buen puñado de metáforas para aumentar su poder explicativo.
— Buscar
aplicaciones en ámbitos insospechados. Ganará adeptos si establece conexiones
entre conceptos que se creían no relacionados.
* * * *
Et voilà, ¡aquí
tiene usted una teoría bien bonita!
La
cuestión es que, bien mirados, todos estos ingredientes son esencialmente el
mismo: la simplicidad invocada con distintos nombres, pero simplicidad al fin y
al cabo. Todos estos puntos describen teorías que permiten predecir mucho con
el menor esfuerzo mental posible.
Incluso
el concepto de simetría se puede analizar bajo esta perspectiva. Aunque primero
hay que puntualizar que, para los físicos, «simetría» no significa exactamente
lo mismo que para el común de los mortales. Con este concepto señalan algún
tipo de no-cambio dentro del cambio. Siempre que hay algo que permanece
invariable mientras todo se transforma a su alrededor, ese algo esconde una
simetría. Algo así como Jordi Hurtado en la programación de la televisión. Si
coges la figura de un cubo, por ejemplo, y la rotas 90º en cualquier dirección,
volverás a encontrarte con un cubo idéntico al original, por eso se dice que es
simétrico ante este tipo de rotaciones. La cara de una persona es simétrica si,
cuando la miramos a través de un espejo —la rotamos e invertimos en el
espacio—, sigue pareciendo la misma.
Las
simetrías de la física no suelen ser únicamente visuales. Generalmente implican
otro tipo de transformaciones más profundas. La idea general es que si tú coges
un sistema —cualquier cosa, dicho en físico— y lo giras, mueves, tuerces, le
cambias el espín, lo trasladas en el tiempo o lo torturas de cualquier otra
manera… siempre que exista alguna propiedad que se conserve, siempre que el
sistema permanezca «igual» en algún sentido posible de la palabra, entonces
existe una simetría. Fue Emmy Noether, probablemente la matemática más
importante del siglo XX, quien encontró esta reveladora relación. La presentó
en un artículo de 1918 titulado «Problemas de variaciones invariantes» —que
parece una poesía, pero trataba sobre matemáticas—. El teorema de Noether
explica la conexión entre las simetrías de la naturaleza y las leyes de
conservación, y muchos físicos lo consideran —lo consideramos— uno de los
teoremas más bellos de esta disciplina.
Desde un
punto de vista estético, lo importante es que las simetrías en física permiten
identificar patrones, detectar cosas que se repiten en diferentes sistemas o
fenómenos. De esta manera se convierten en un elemento de orden que nos ayuda a
construir modelos físicos más simples, libres de duplicidades innecesarias. Por
eso mismo, como explica Anthony Zee, «dadas dos teorías, los físicos sienten
que la más simétrica, en general, es la más hermosa. Cuando el espectador es un
físico, la belleza significa simetría[207]».
Sencillez,
armonía, simetría, conseguir que las piezas «encajen»… son ingredientes que
caracterizan a las teorías más «bonitas», capaces de explicar lo máximo posible
pensando lo mínimo posible. Pensar es malísimo, hasta los físicos teóricos lo
saben, especialmente si implica sobrecargar nuestra memoria de trabajo. En
nuestra vida cotidiana hacemos grandes esfuerzos por pensar lo menos posible,
desde evitar leer las instrucciones de la lavadora —es mucho más divertido
probar a pulsar botones y ver qué pasa—, hasta aceptar todas las cookies sin
rechistar. La física no es una excepción. Ante dos modelos, los físicos optarán
siempre por el más sencillo, el más parsimonioso, sin ninguna pieza que sobre o
que sea superflua. Y es lógico que sea así, ¿por qué iban a añadir elementos de
más a una teoría, pudiendo explicar lo mismo con menos? Si una fórmula tiene
tres términos en lugar de cinco, perfecto, ¡más fácil de recordar! Si un mismo
modelo es aplicable a varios fenómenos, ¡tenemos un dos por uno! Así, como explica
el astrofísico Amedeo Balbi[208]:
Una de
las consecuencias de cualquier nueva teoría científica es la de simplificar la
descripción de fenómenos que antes parecían terriblemente complejos. Newton,
por ejemplo, revolucionó el conocimiento científico de su época al descubrir
que eventos aparentemente no relacionados —la caída de cuerpos en la Tierra y
las órbitas planetarias—, en realidad se explicaban por una sola ley de
gravitación.
A menudo,
para conseguir este tipo de «rebajas», es necesario desarrollar nuevas
herramientas matemáticas —como el cálculo en el caso de Newton—, máquinas
conceptuales más sofisticadas que permiten detectar patrones menos evidentes y
establecer conexiones a niveles cada vez más elevados. Pero los humanos somos
mucho más hábiles relacionando conceptos que cargando datos en nuestra memoria
de trabajo. Esa es la gracia de las matemáticas y la potencia de su lenguaje
simbólico: en física, como en matemáticas, preferimos inventar nuevas formas de
pensar, nuevos modelos, siempre que eso implique pensar menos a la larga.
Otros
matemáticos, físicos y filósofos han entendido así la estética de sus
ecuaciones. La belleza no es una propiedad de la naturaleza, ni de los
fenómenos del universo que habitamos. La belleza es un requisito de nuestra
mente, la virtud de ciertos modelos que hace que nos resulte más fácil
pensarlos, aprenderlos y compartirlos con otros seres humanos. Así lo entendió
Ernst Mach, para quien el objetivo de la física debía ser «la expresión
abstracta de los hechos más simple y económica[209]». Mach
fue un físico y filósofo a quien hoy recordamos habitualmente por dar nombre a
las velocidades supersónicas —el famoso número de Mach—. Lo menos conocido es
que su investigación en acústica estaba íntimamente ligada a cuestiones
estéticas. Como Helmholtz, Mach investigó todo tipo de cuestiones relacionadas
con la psicofísica y la percepción sensorial. Le preocupaba entender cómo
ciertos estímulos daban lugar a nuestras sensaciones, y entendió la estética
como una cuestión adaptativa, también en el caso de la ciencia. Para Mach, las
leyes científicas eran compendios de hechos experimentales, construidos con el
propósito de hacer comprensibles datos complejos. Afirmó que las teorías más
simples y compactas economizaban la memoria y el esfuerzo, al usar conceptos y
leyes abstractos en lugar de perderse en los detalles de cada experimento
individual[210]. Esta
«economía del pensamiento», como la llamó, contribuía a que el conocimiento
fuese más fácil de comunicar, y constituía el objetivo principal de la ciencia,
que bajo su punto de vista no era más que «experiencia ordenada económicamente[211]».
Este
concepto fue desarrollado también por el matemático Henri Poincaré, quien
consideraba la economía del pensamiento como «una fuente de belleza y una
ventaja práctica[212]». Para
él, la armonía de una buena teoría era «a la vez una satisfacción de nuestros
requisitos estéticos y una ayuda a la mente a la que apoya y guía», de modo que
«el cuidado por lo bello nos lleva a la misma selección que el cuidado por lo
útil». Poincaré era lo que hoy se conoce como un matemático intuicionista. Esta
corriente de la filosofía considera que los objetos matemáticos son una
construcción de la mente humana, más que entes abstractos con una existencia
propia. Los matemáticos no «descubren» las matemáticas; más bien, su trabajo
consiste en ir formalizando ciertas intuiciones numéricas y lógicas de nuestra
mente en forma de teoremas y fórmulas, para luego compartirlos con el resto de
la comunidad. Por tanto, las matemáticas y la física no serían disciplinas
perfectamente neutras, hijas inmaculadas de la abstracción pura que nos conecta
con el mismísimo Dios, como a Pitágoras y a Platón les hubiese gustado creer.
Son el resultado de nuestros procesos cerebrales y de nuestra forma de procesar
la información.
En ese
sentido, el largo idilio de la física con la música pudo ser de todo menos un
accidente. Según algunas teorías estéticas, nuestra percepción de la belleza
tiene mucho que ver con lo fácil o difícil que nos resulta percibir y procesar
ciertos estímulos, lo que los psicólogos han llamado fluidez de procesamiento[213] —processing
fluency—. Esta facilidad es moldeable mediante la cultura y el aprendizaje
—por eso, hay gente a la que le gustan formas de arte más complejas o textos
más complicados— y tiene mucho que ver, también, con el llamado efecto de mera
percepción, el hecho de que nos guste más aquello que nos resulta familiar —al
haberlo experimentado antes, también es más fácil de procesar—. Lo curioso es
que este fenómeno afecta a nuestro disfrute de todo tipo de estímulos, desde
sonidos e imágenes, a conceptos matemáticos o teorías científicas. La belleza,
así en la música como en la física, es un producto de nuestra mente. Por eso no
debería extrañarnos que algunos principios estéticos —las cosas que le dan
gusto a esa mente— coincidan en gran parte a través de distintas disciplinas.
Bajo esta perspectiva, Pitágoras encontró belleza numérica en la música y la
convirtió en el centro de su religión, no porque la música «le descubriese» la
belleza de los números, sino porque esa armonía ejemplificaba la misma sencillez
perceptiva y conceptual que ya le resultaba atractiva en otros ámbitos del
pensamiento.
Quizás el
ejemplo más evidente de esto lo encontramos en su culto al tetraktys.
Los pitagóricos comprobaron la consonancia de los pequeños números (1, 2, 3, 4)
midiendo las longitudes de las cuerdas de una lira. Pero sería absurdo pensar
que se dedicaron a venerarlos únicamente por ese motivo. Si las leyes de la
física hubiesen dado lugar a cuerdas más complicadas, con armónicos
relacionados por números caprichosos —(4, 8, 15, 16, 23, 42…)—, números
demasiado elevados, con decimales aleatorios o difíciles de memorizar,
probablemente el fenómeno nunca habría llamado su atención y se habrían
dedicado a idolatrar cualquier otra cosa, los garbanzos, el punto de cruz, vete
tú a saber. Los pequeños números capturaron su imaginación porque tienen un
encaje especialmente dulce en nuestra forma de pensar y conceptualizar el
mundo.
De hecho,
como ya hemos comentado, los armónicos del sonido no se detienen bruscamente en
el número 4. La consonancia es un fenómeno gradual y moldeable culturalmente,
como la historia de la música se ha empeñado en demostrar. Hoy manejamos una
definición mucho más amplia que la de Pitágoras y, en concreto, el armónico 5
—la tercera—, forma parte integral de nuestra música, incluso el armónico 7 —la
séptima— es muy habitual. En cambio, es mucho más probable que Pitágoras
marcase una frontera rígida en la base de su tetraktys debido
a sus propios sesgos perceptivos. Su capacidad de reconocer más fácilmente
cantidades pequeñas le llevó a preferir estas cifras sobre todas las demás.
En El
cerebro matemático, un fascinante libro sobre las habilidades numéricas del
ser humano, el neurocientífico Stanislas Dehaene analiza cómo esta preferencia
por los pequeños números afecta sistemáticamente a la manera en que
interpretamos la realidad que nos rodea. De hecho, no todas las cantidades son
iguales para nuestro cerebro. Como unidades de procesamiento simiescas que
somos, tenemos una memoria de trabajo francamente pobre, y esto ha hecho que
solo podamos reconocer de manera precisa y manejar con soltura cantidades
sorprendentemente pequeñas. En palabras de Dehaene[214]:
Prestamos
atención a las regularidades numéricas de la naturaleza solo en la medida en
que encajan con nuestro bagaje cognitivo, y sesgamos a favor de las
numerosidades pequeñas o redondas.
Esto ha
tenido consecuencias tanto para la música como para la historia de la física y
las matemáticas. Los signos numéricos que manejamos, por ejemplo, siguieron en
muchas culturas un desarrollo similar: desde la acumulación de palitos que aún
podemos ver en los primeros números romanos (I, II, III), los humanos tuvieron
que inventar otras formas de representar cantidades a partir del cuatro o el
cinco, porque IIII palitos empezaban a ser difíciles de desentrañar. Hoy usamos
puntos para agrupar de tres en tres las cifras de los millones, o espacios
cuando queremos hacer que nuestro número de teléfono sea más fácil de leer. Por
su parte, la mayoría de la música que escuchamos subdivide el tiempo de manera
binaria —en dos o cuatro partes— o ternaria —en tres—.
Los
pequeños números son también más comunes en nuestro lenguaje. En 1992, Dehaene
y otro investigador, Jacques Mehler, publicaron un estudio[215] donde
analizaban la frecuencia con que se utilizan distintas palabras relacionadas
con números en siete idiomas diferentes. Descubrieron que, sin saberlo ni
intentarlo, los hablantes usamos los pequeños números con mucha más frecuencia
que todos los demás y, de forma más general, el uso de cualquier cifra
disminuye con su magnitud —la palabra «tres» se usa con menos frecuencia que
«dos» y esta aún menos que «uno»—. Según su explicación, esta tendencia no
sería necesariamente un reflejo del mundo que nos rodea. No es que en nuestro
entorno haya más unidades, parejas o tríos de cosas. Se trata de un sesgo
impuesto por nuestros sistemas perceptivo y cognitivo, que tienden a agrupar
elementos en cantidades que manejamos con mayor facilidad. Probablemente por eso Star
Wars se lanzó en trilogías —a pesar de que la saga cuenta ya con más
de diez películas—, y las películas de Terminator y de Rambo dejaron
de numerarse a partir de la cuarta.
Podría
pensarse que la física, con sus sesudos premios Nobel y sus muy refinadas
matemáticas, está a salvo de este tipo de preferencias. Pero probablemente
estos mismos principios perceptivos tengan mucho que ver con el hecho de que
sus leyes tiendan a agruparse de tres en tres —como las leyes de Kepler, las de
Newton, las de la termodinámica…—, o con que las ecuaciones más bellas en todos
los concursos de Miss Matemáticas sean siempre sorprendentemente compactas,
sencillas, con pocos términos fáciles de memorizar.
El
ejemplo más paradigmático en este sentido es, sin duda, el de las leyes de
Maxwell. Todo físico que se precie guarda un rinconcito en su corazón para esta
obra de arte de la física: cuatro ecuaciones capaces de describir la relación
entre la electricidad y el magnetismo y que explican, al mismo tiempo, las
ondas electromagnéticas, como la luz. Para derretirse. El hecho menos conocido
es que las leyes de Maxwell, en la forma en que las conocemos hoy —la forma que
llena camisetas, pósteres y memes por doquier— ¡fueron escritas por Oliver
Heaviside! Maxwell publicó su Tratado sobre electricidad y magnetismo en
1873, pero su formulación era tan farragosa y difícil de leer, que en los años
posteriores a su publicación apenas tuvo acogida. Sus famosas ecuaciones se
encontraban desperdigadas en al menos veinte expresiones y por eso mismo, como
explica Heaviside, era «imposible adherirse estrictamente a la teoría de
Maxwell tal como la dio a conocer al mundo, aunque solo sea por su
inconveniente forma[216]». Para
conseguir entenderla mejor, Heaviside se arremangó y decidió reescribirla, como
quien se hace un esquema con los apuntes de la universidad. «Fue solo cambiando
su forma de presentación que pude verlo todo con claridad y evitar las
inconsistencias», relataría años más tarde. Hoy recordamos a Maxwell como el
autor de la teoría electromagnética, pero deberíamos honrar también a Heaviside
como el arquitecto que la hizo hermosa, el que nos permitió realmente
entenderla.
El
atractivo de los pequeños números y las leyes trinas de la física es solo una
de las formas que toman los principios estéticos que inspiran y motivan a
muchos científicos. Pero ejemplifica la manera en que el conocimiento se
adapta, en lo posible, a nuestra forma de pensar y de procesar la información.
Por eso mismo, la tan reivindicada «belleza» de la física no está exenta de
ciertos peligros. Según varios estudios psicológicos, percibimos como más
cierto aquello que nos parece más atractivo y que nos resulta más fácil de
procesar[217]. Esto
puede incluir estímulos que nos resultan familiares, imágenes más claras o
simétricas y también, incluso, textos más fáciles de leer y entender.
Probablemente por eso, la publicidad —esa fábrica contemporánea de persuasión—
se empeña en mostrarnos mensajes repetitivos, pronunciados por caras bonitas y
famosas, en fotografías bien contrastadas y con frases cortas o que riman.
El efecto
se extiende a detalles tan aparentemente nimios como la tipografía de un texto[218]. En un
estudio, se pidió a varios voluntarios evaluar la veracidad de frases como
«Osorno está en Chile» o «Lima está en Perú». Cuando estaban escritas con una
letra más clara y un color más contrastante, más fácil de leer, los voluntarios
tendían a estar de acuerdo con su contenido, independientemente de si era
correcto o no. En otra ocasión, se les presentaron varias operaciones
aritméticas de manera visual, como sumas representadas mediante puntos. En
algunos casos, la disposición de estos puntos era simétrica y en otros, no
tanto. La versión más simétrica y ordenada tendía a ser interpretada como más
agradable y, también, como más correcta —independientemente de la exactitud de
las operaciones en sí—. Curiosamente, los participantes de ambos estudios eran
capaces de revertir su sesgo si se les hacía conscientes de aquello que lo
estaba causando. Cuando se daban cuenta de que un texto era más legible que el
otro, o de que una de las sumas estaba presentada de manera más bonita, eran
más conscientes de sus propios razonamientos, el espejismo de la belleza se
rompía para ellos y solo entonces empezaban a evaluar correctamente los
problemas a los que se enfrentaban.
La
cuestión, entonces, es si los físicos contemporáneos deberían hacer esto mismo,
permanecer alerta. La facilidad con que procesamos la información aumenta su
veracidad aparente, lo cual explica por qué tantos científicos han buscado
belleza en sus teorías. Cuando un modelo ha sido contrastado experimentalmente,
una formulación más sencilla puede hacer que sea más de aplicar y de comunicar
—como sucedió con las leyes de Maxwell—. Pero, a falta de otro tipo de
validaciones, la belleza también puede inducir a error. Por eso, resulta
preocupante que tantos premios Nobel insistan en destacarla como un valor que
acerca sus ecuaciones a la verdad. Todo lo contrario, quizás deberían vigilar
sus preferencias estéticas, sospechar sistemáticamente de ese gustito que dan
en el cerebro las cosas que encajan con demasiada facilidad. Podría tratarse de
un sesgo que eclipse otro tipo de soluciones, quizás más correctas. La estética
debe ser siempre un añadido en ciencia, no un criterio de verdad.
En una
charla sobre percepción y usabilidad suelo repetir, a modo de provocación, que
pensar da cáncer. Espero que no, sinceramente, o este libro habrá acortado
peligrosamente mi esperanza de vida. Pero, de algún modo, creo que este afán de
simplicidad explica la eterna búsqueda estética de la física: el objetivo de
cualquier teoría es siempre entender más con menos, unificar, encontrar puntos
de encuentro entre fenómenos aparentemente distantes que nos permitan formar
modelos más compactos, más sencillos, más «económicos» en términos cognitivos.
Y tiene sentido que sea así. Conocer no es crear un modelo en el vacío. Es
adaptar ciertos datos a la forma de nuestra cabeza simiesca para que podamos
manejarlos, entenderlos, recordarlos y compartirlos mejor con otras cabezas.
Ahora que la computación y la inteligencia artificial se utilizan con cada vez
mayor frecuencia para encontrar patrones y nuevas soluciones a problemas, cabe
preguntarse cómo serán las leyes de la física que descubramos gracias a estas
técnicas. ¿Seguirán formando tríos? ¿Podremos entenderlas? y, sobre todo,
¿seguirán pareciéndonos bellas?
CODA
A pesar
de su sugerente nombre, el Big Bang se produjo en el más absoluto silencio. Y
ni siquiera fue muy grande, a decir verdad. Hace 13 800 millones de años, toda
la energía del universo se encontraba concentrada en un punto infinitesimal
conocido como singularidad. Su temperatura era extrema y su densidad,
inimaginable, tanto que nuestros modelos físicos se rompen cuando intentan
aproximarse a ella. Cuando de repente…
—!
Nada. Ni
un ruido. Cero.
La
violencia del momento, en cambio, debió de ser ensordecedora. En un instante o,
para ser más precisos, entre 10-37 y 10-32 segundos
después de la singularidad —o, lo que es lo mismo, en menos de
0,00000000000000000000000000000001 segundos—, el universo empezó a expandirse a
lo loco. Su temperatura se redujo en un factor de cien mil y su volumen se
multiplicó por 1078. Esto es un uno seguido por setenta y ocho
ceros, o lo que técnicamente se denomina «una auténtica salvajada».
Lo más
habitual es imaginar este momento como una gran explosión. El nombre de Big
Bang no ayuda a evitarlo, está claro. Se lo debemos al astrónomo Fred Hoyle,
que lo usaba despectivamente para burlarse de la teoría propuesta por su
contemporáneo, Georges Lemaître. El mismo Hoyle reconocía que tenía un «sesgo
estético en contra del Big Bang[219]», e
incluso en 1992, cuando los resultados experimentales confirmaron que el
universo no podía ser estático, él se negó a aceptarlo.
El apodo
que este astrónomo nos legó contribuyó probablemente a la popularidad actual de
la teoría del Big Bang, pero evoca una imagen explosiva que resulta engañosa.
No se trata de que el universo «estallase» y empezase a invadir el espacio a su
alrededor. Fue el Big Bang lo que dio lugar al propio espacio —y al tiempo, y a
cualquier marco de referencia que podamos imaginar—. Lo hizo a una velocidad
inimaginable, literalmente. Puesto que era el propio espacio lo que se
expandía, su crecimiento no se veía limitado por la velocidad de la luz como
sucede con el resto de fenómenos de la naturaleza. Una explosión habría sido
necesariamente más lenta. Por eso, es más correcto pensar en el Big Bang como
algo que sucedió de manera repentina y en todas partes a la vez —también en el
sofá de tu casa, mucho antes de que sus partículas se ordenasen en forma de
sofá—. Más que a una explosión, se podría parecer a una animación de los Looney
Tunes, algo como el correcaminos sacándose un universo ACME de debajo del ala,
aunque es difícil que ninguna imagen nos ayude a visualizar lo que pudo suceder
en realidad.
Durante
todo este proceso de expansión exponencial, conocido como inflación cósmica, el
Big Bang no pudo hacer ningún tipo de ruido, por el simple motivo de que no
existía ningún espacio «alrededor» del universo donde el sonido pudiese
transmitirse[220]. Pero
tampoco parece probable que las ondas sonoras recorriesen su interior. Todo
estaba tan comprimido que ningún tipo de información podía viajar a través del
espacio. Cada punto estaba completamente aislado de los demás. Era una nada
densa, oscura y sigilosa, creciendo en todas las direcciones a la vez a una
velocidad vertiginosa.
Aquel
terrible silencio no duró mucho, por suerte. Después de 10-37 segundos,
el universo siguió expandiéndose, pero a un ritmo mucho más moderado. Para
hacerse una idea del cambio de marcha que se produjo ahí, basta pensar que en
toda la historia posterior del universo no se ha vuelto a igualar aquella
expansión inicial, aunque hayan pasado miles de millones de años desde
entonces. Como un castillo autohinchable, el universo primitivo apareció de
golpe y se frenó en seco. Solo unos minutos después del Big Bang, ya tenía la
forma de una gran masa ardiente y uniforme de plasma, con temperaturas
superiores a los mil millones de grados. A los diez días, la temperatura había
descendido hasta igualar la que se encuentra típicamente en el interior de
nuestro Sol, unos diez millones de grados.
El plasma
que llenaba el universo en aquel momento puede entenderse como un estado físico
en el que los átomos están derretidos. La energía es tan alta que rompe la
atracción entre los núcleos —con carga eléctrica positiva— y sus electrones
—con carga negativa—, y lo que obtenemos es un gas de cargas sueltas no
ligadas, también conocido como gas ionizado. Los iones hacen referencia a esas
cargas positivas y negativas, núcleos y electrones, que forman los átomos.
En
nuestro entorno, no es habitual encontrar energía suficiente para mantener la
materia en este estado. Los rayos, por ejemplo, serían una excepción. Cuando
atraviesan el cielo rompen los átomos del aire que encuentran a su paso, los
ionizan. Pero, en el universo primitivo, las energías eran tan altas que
sucedía justo lo contrario: ningún átomo podía sobrevivir en su forma neutra,
con todos sus electrones a cuestas. Aunque las cargas opuestas tendían a
atraerse, los fotones eran tan energéticos que rompían en pedazos cualquier
intento de unión. Aquello era una rave interminable de
partículas chocando sin descanso, un universo cegador, inhóspito y abrasador.
Por el lado bueno, era una cosa muy fácil de estudiar para un físico. Este
universo primitivo era muy similar al interior de una estrella —si una estrella
ocupase el universo entero, claro—. Esto nos permite relacionar su temperatura
y su radiación —el color de la luz que emitía— de manera muy precisa.
Paradójicamente,
en este ajetreado océano de luz, la luz no podía llegar demasiado lejos. Al
igual que sucede en el interior de una estrella, los fotones interactuaban
constantemente con los electrones del plasma, avanzando a trompicones de un
lado para otro, como una abeja hiperactiva o una pelota de pinball.
Por eso las estrellas son opacas: los fotones de su interior están sumergidos
en una piscina de bolas olímpica y tienen la estabilidad mental de un cachorro
de chihuahua. No exagero; un fotón de nuestro Sol tarda unos cien mil años en
llegar de su núcleo a su superficie —una distancia de menos de un millón de
kilómetros—. En cambio, cuando por fin sale al espacio, llega a la Tierra en
tan solo ocho minutos —después de recorrer 147 millones de kilómetros—.
Además de
romper átomos constantemente, los fotones en el interior de una estrella se
dedican a empujar la materia hacia el exterior, a expandirla. Es el efecto de
lo que se conoce como presión de radiación. En cambio, la gravedad intenta
siempre comprimir la materia agrupando sus partículas. Esta batalla entre
fuerzas opuestas se dio también en el cosmos después del Big Bang. Debido a
ciertas fluctuaciones cuánticas, aleatorias, que se expandieron durante el
proceso de inflación, el universo primitivo no era perfectamente homogéneo,
sino que tenía algunos grumos —muy leves, eso sí—. En estos grumos, las
partículas se encontraban más apretadas, lo que hacía que interactuasen más
entre sí y emitiesen más radiación. Esto causaba un aumento de la presión de la
luz, lo que a su vez tendía a descomprimir la materia. El grumo se volvía
entonces menos denso, lo que provocaba que la radiación disminuyese y la
gravedad pudiese actuar de nuevo, comprimiendo la materia y reiniciando otra
vez todo el ciclo. En definitiva, gracias al tira y afloja de la radiación y la
gravedad, surgieron vibraciones periódicas en el plasma primordial, pequeñas
variaciones de la densidad que recorrían el universo con una pulsación rítmica,
debatiéndose entre la luz y la materia, la expansión y la compresión.
Pero
llamémoslo por su nombre. Existe un término para las «variaciones de la
densidad» que a todos nos resulta mucho más familiar: aquello eran vibraciones
de sonido.
No es una
metáfora, ni un símil explicativo. Los mismos cosmólogos las denominan
«oscilaciones acústicas de bariones» —este último es el nombre fino de los
protones y los neutrones—. Lo fascinante es que aquel primer sonido cósmico no
fue un ruido blanco, ni un murmullo de fondo que podamos ignorar. Del mismo
modo que, en una cuerda, el tono y sus armónicos dependen de su longitud y su
tensión, el universo cantaba con un perfil de frecuencias determinado que hoy
nos informa sobre sus características físicas. Como explica Amedeo Balbi[221]:
Las ondas
acústicas viajaron a través del espacio en el universo temprano. […] Así como
cualquier instrumento musical produce un espectro característico de
frecuencias, los parámetros físicos que definen la naturaleza de nuestro
universo se manifiestan a través del timbre específico de esas ondas acústicas
primordiales. La búsqueda de esta «música» del Big Bang mantuvo ocupados a los
cosmólogos durante décadas.
Por
supuesto, hace 13 800 millones de años no había nadie en el bosque para oír
esos bariones caer. Y si algún viajero en el tiempo —convenientemente protegido
contra el plasma ardiente— hubiese puesto la oreja, tampoco habría podido oír
nada. Las primeras notas de aquella música de las esferas eran mucho más graves
que las que cualquier humano podría percibir. Y es lógico que así fuera: del
mismo modo que, en una orquesta, los instrumentos más grandes producen sonidos
más graves, las vibraciones acústicas del universo primitivo tenían una
longitud de onda inmensa, acorde con su propio tamaño. Consecuentemente, a
medida que el espacio se siguió expandiendo, esa frecuencia se iba volviendo
cada vez más grave, un glissando siempre descendente a un
volumen de unos 110 decibelios[222] —comparable
a un concierto de rock en directo o a la bocina de un coche
escuchada de cerca—.
La danza
de la luz y la materia continuó ininterrumpida hasta el llamado periodo de
recombinación. 380 000 años después del Big Bang, la temperatura del universo
descendió lo suficiente —hasta unos 3000 kelvin— como para que se formase la
primera materia eléctricamente neutra. Los núcleos atómicos se reconciliaron
con sus electrones —de ahí, lo de «recombinación»— y aparecieron los primeros
átomos de hidrógeno estables. La cifra en años puede parecer una eternidad,
pero en términos cosmológicos es un suspiro. Si hoy el universo fuese una
abuela centenaria, en aquel momento habría cumplido un día de edad, como un
bebé recién nacido.
Debido a
la expansión del espacio, la radiación también había ido perdiendo energía[223]. Los
fotones dejaron de interactuar tan frecuentemente con la materia, y el universo
se hizo transparente. Como una estrella diluida en la niebla, la luz escapó al
fin de su prisión. Aquel primer fogonazo de luz universal es lo que hoy
conocemos como fondo cósmico de microondas —o CMB, por sus siglas en inglés—.
ESA and
the Planck Collaboration.
Y,
entonces, el universo nuevamente enmudeció.
Cuando
los fotones y la materia se desacoplaron, el duelo de fuerzas del plasma
primordial cesó. Como si tomase una última foto antes de despedirse, la luz que
escapó en aquel momento capturó la forma de la vibración final. Sus fotones
fueron entonces lanzados al espacio en todas las direcciones posibles y miles
de millones de años después aún siguen viajando, aunque ligeramente cambiados.
Desde la
época de la recombinación, el universo se ha seguido expandiendo, por lo que la
longitud de onda de aquella luz primitiva se ha alargado enormemente y ha
acabado convertida en microondas; es decir, radiación electromagnética —lo
mismo que la luz—, pero de muy baja frecuencia —con muy poca energía—. Hoy,
nuestros telescopios en la Tierra deben ser extremadamente sensibles para
capturar estos fotones, que llegan agotados tras su larguísimo viaje de 13 800
millones de años. Resulta fascinante pensar que cada uno de ellos ha recorrido
el espacio libremente sin interactuar con nada durante todo este tiempo hasta
que, de repente, ¡clonc! se la pegan contra una antena humana. El relato es aún
más anticlimático si tenemos en cuenta que la primera vez que los físicos
detectaron estos fotones confundieron su señal con cagadas de paloma que, según
creían, estaban ensuciando las antenas y añadiendo ruido en sus mediciones.
Solo con el tiempo supieron reconocer lo que tenían realmente entre manos: la
luz más antigua del universo, la prueba definitiva de que todo empezó con un
—mal llamado— Big Bang.
En el
fondo cósmico de microondas, hoy podemos ver regiones donde la radiación es más
energética y otras donde lo es menos. Las distinguimos porque la frecuencia de
esa radiación —su color, por así decirlo, solo que en el rango de las
microondas— varía muy sutilmente. Con esa información es posible calcular la
temperatura a la que se encontraba cada punto del cielo, que a su vez está
directamente relacionada con la densidad que tenía el plasma 380 000 años
después del Big Bang. Debido a la expansión del universo, hoy la temperatura
media del CMB es de unos 3 kelvin —muy cerca del cero absoluto, a unos 270°C
bajo cero—, pero sabemos que en su día rondaba los 3000 kelvin. Dado que esa
temperatura está relacionada con la densidad del plasma primordial, las pequeñas
variaciones de la luz del CMB hoy nos susurran los sonidos que recorrieron el
cosmos primitivo. Como una figura de Chladni que desvelase los patrones de
vibración de la membrana que la produjo, podemos aprender a oír el sonido del
universo primigenio a partir de una fotografía.
Esto es
tan bonito que, la primera vez que lo descubrí, se me pusieron los pelos de
punta. A Pitágoras le hubiese dado un pasmo religioso, directamente. El
espectro sonoro del CMB presenta varios picos acústicos. Pues bien, resulta que
estos picos se corresponden con una frecuencia fundamental, y sus armónicos
¡están relacionados por números enteros y sencillos! Existe un buen motivo para
esta armonía y tiene que ver con el hecho de que todas esas frecuencias
empezaron a oscilar a la vez, justo tras la inflación[224]. Pero lo
realmente interesante es que esos picos contienen información de gran valor
para los cosmólogos. Son como el timbre de un instrumento musical que nos
informa sobre sus características físicas. A partir del análisis de los picos
acústicos y otros datos astronómicos, los investigadores pueden calcular con
precisión algunos parámetros que de otro modo parecerían imposibles de medir,
como el peso de todo el universo, su edad, la velocidad a la que se expande y
también las proporciones de materia oscura, radiación y materia ordinaria que
lo caracterizan —así sabemos, por ejemplo, que el 85 % de la materia del
universo es materia oscura, aunque no podamos detectarla de manera directa—.
Todo esto está escrito en el espectro sonoro que nos llega a través del CMB. En
palabras de Balbi[225]:
Exactamente
igual que podemos distinguir dos instrumentos musicales mediante un análisis
armónico de su sonido, el espectro de fluctuación CMB se puede utilizar para
evaluar la naturaleza del universo. Tanto las posiciones como las amplitudes de
los picos en el espectro dependen muy sensiblemente de las condiciones físicas
que existen en el plasma primordial. Variando los parámetros cosmológicos
usados en los modelos teóricos, se predicen espectros muy diferentes. Cada
universo tiene su propio «timbre» específico.
Una vez
la luz escapó del plasma, la gravedad pudo comenzar su lento trabajo
escultórico con la materia. Su acción es la que nos ha traído hasta aquí, la
que ha dado lugar a los planetas, las galaxias y las estrellas. Pero para que
comenzase fueron imprescindibles aquellas ondas acústicas que aún nos canta el
CMB. Si el plasma inicial hubiese sido completamente homogéneo —suave como
meter la mano en un bote de harina—, la gravedad no habría tenido nada a lo que
agarrarse. La materia habría seguido expandiéndose por el espacio, en todas las
direcciones por igual. No se habría visto atraída por nada, ni se habría
acumulado en ningún lugar en particular. Hoy el universo sería más aburrido que
un acuario de berberechos: un átomo de hidrógeno aquí, otro de helio por allá…,
todos perfectamente equidistantes, tristes y muertos de frío.
Sin
embargo, gracias a las ondas que lo recorrían, el plasma primigenio sí tenía
cierta —sutil— rugosidad. Su materia se concentraba en algunas regiones más
densamente que en otras, separadas por cierta longitud característica —una
distancia que hoy conocemos con el precioso nombre de escala del BAO—. Tras
380.000 años recorriendo el universo, aquellas olas sonoras se convirtieron en
la primera excusa, una semilla, un tropiezo que la gravedad aprovechó para
construir espuma alrededor. Galaxias, nebulosas, estrellas, planetas… todo lo
que conocemos, todo lo que vemos en el cielo por las noches, es la cicatriz
luminosa de un sonido ya pasado, esculturas que crecieron sobre el recuerdo de
una vibración.
Fuera de
esos cúmulos de materia, en cambio, el vacío terminó por conquistarlo todo. Aún
hoy, ese vacío se sigue expandiendo de manera acelerada, aumentando el abismo
que nos separa de cualquier otro punto del cielo. Pascal decía temer ese
«silencio eterno de los espacios infinitos[226]». Por
eso prefería el mundo del pensamiento: «por el espacio, el universo me envuelve
y me traga como un átomo; por el pensamiento, yo comprendo el mundo[227]».
Antonio Vega describió una emoción parecida en una de sus canciones más
emblemáticas. A él le daba miedo «la enormidad», donde nadie podía oír su voz.
No mucha gente sabe que Lucha de gigantes está dedicada a una
de sus grandes pasiones: la astrofísica[228].
Hubo que
esperar otros trescientos millones de años hasta que la gravedad consiguió
formar las primeras estrellas. Con el tiempo, su luz fue salpicando poco a poco
el universo. Crecieron, se multiplicaron, formaron galaxias y murieron
violentamente, dando lugar, con sus terribles explosiones, a todos los
elementos químicos que hoy conocemos. Otras generaciones de estrellas las
sucedieron, y a algunas les salieron planetas alrededor. Atrapado en sus
atmósferas, el sonido volvió a recorrer el universo.
Hasta
donde sabemos, durante diez mil millones de años, no hubo nada que pudiese
detectar ese sonido. Después, en un planeta cubierto de agua llamado Tierra
—otro mal nombre— empezó a burbujear un nuevo invento llamado vida. Solo ayer,
como quien dice, aparecieron los primeros homínidos en la foto. Se cree que
nuestra especie tiene apenas trescientos mil años —menos de lo que duró el
plasma primigenio, ni un día de vida para nuestra abuela centenaria— y no
dominó el lenguaje hasta pasados, como mínimo, otros doscientos mil.
Aquellos Homo sapiens aprendieron a dominar su voz por primera
vez para hacer música y para comunicarse con sus semejantes. Pero los símbolos
que crearon con ese sonido, como las palabras y los números, les permitieron
describir todo el universo que tenían alrededor.
Hoy,
algunos de esos homínidos dedican la mayor parte de su tiempo a seguir juntando
símbolos, con la esperanza de entender mejor cómo hemos llegado hasta aquí,
después de un viaje tan largo. Unos pocos han aprendido a interpretar el brillo
de las ondas sonoras que aún nos llega desde el plasma primordial. En sus
manchas, buscan las pruebas experimentales que confirmarían la fascinante
teoría de un tipo de pelo canoso llamado Andrei Linde. Hasta que las
encuentren, su modelo de la inflación cósmica seguirá siendo muy bonito. Ojalá
pronto podamos confirmar si además es cierto.
Agradecimientos
Llega el
momento de escribir los agradecimientos y en mi cabeza se pasea aquel proverbio
popular: para criar a un niño, hace falta una tribu entera. Y para escribir un
ensayo durante un periodo de casi dos años, supongo que sucede algo parecido.
La tribu
que ha visto crecer a este texto ha sido amplia y generosa, por fortuna. Aunque
esto también la hace más difícil de enumerar. Me atreveré a intentar hacerlo en
orden cronológico, empezando por el momento en que el libro no era más que un
texto imaginado. Sin mi editor, Miguel Ángel Delgado, y sin la confianza del
equipo de HarperCollins Ibérica estas páginas de papel, simplemente, no
existirían. Miguel Ángel me convenció de que yo llevaba un libro en la cabeza,
en primer lugar, y después me enseñó a escribirlo página a página. Por ese
motivo le estoy especialmente agradecida.
Debo
hacer también una mención especial al profesor Pedro Miguel Echenique. Ha sido
un honor poder compartir con él este ensayo y escuchar sus reflexiones. Sigo
abrumada por su inmensa generosidad, su sentido del humor y sus ganas de
enseñar. Pero me asombra todavía más la inmensa cantidad de conocimientos que
puede caber en una sola cabeza humana.
Jaime
Altozano es otro de los amigos que me han apoyado en esta aventura y con el que
he tenido la inmensa fortuna de charlar y colaborar a raíz de la escritura de
este ensayo. Jaime es un maestro de la comunicación de nuestro tiempo y solo
espero poder seguir aprendiendo de él en cada nuevo proyecto.
Me
gustaría mencionar también a todos los amigos y familiares que en algún momento
me han regalado un trocito de su tiempo para enviarme comentarios y
sugerencias. Gracias a Nieves García, a Samuel Dorado, a Pablo Rodríguez, a
Carolina Pellicer y a Alicia Pérez, por su mirada fresca y sincera al texto, en
un momento en que todavía estaba madurando. Gracias especialmente a Rosana
Martín, la lectora atenta que toda escritora novata querría tener a su lado, y
a Otilia Castro, por sus consejos críticos y rigurosos.
Asimismo,
ha sido una fortuna poder contar durante todo este tiempo con el apoyo
incondicional de Lucas Sánchez y de Borja Robert. Su curiosidad infinita es mi
forma preferida de sabiduría.
Y, por
último, gracias a Iñaki Úcar. Por todo.
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Notas:
[1] Hardy,
1940.
[2] Stanford
Report, 2014.
[3] Ade et
al., 2014.
[4] Keats,
1819, p. 639.
[5] Zeki et
al., 2014.
[6] Zeki et
al., 2018.
[7] Un
par de buenos artículos de divulgación que analizan los resultados y las causas
del error: Borja, Cuentos cuánticos, 2015, y Villatoro, La
ciencia de la mula Francis, 2014.
[8] BICEP2/Keck,
Planck Collaborations, 2015.
[9] Black et
al., 1988, líneas 62-65, traducido aquí libremente. Tablilla del periodo
amorrita, c. 1800 a. C.
[10] Kilmer,
1965.
[11] Kilmer,
1960.
[12] Smith,
2011, p. 1.
[13] Kilmer,
1974.
[14] Smith,
2011, p. 3.
[15] Duchesne-Guillemin,
1984.
[16] Dumbrill,
2017.
[17] West,
1994.
[18] Russell,
2004/1946, cap. 3, p. 42.
[19] Russell,
2004/1946, cap. 3, p. 38.
[20] Tramo et
al., 2001.
[21] Ferguson,
2008, cap. 0.
[22] Porfirio,
1987/siglo III d. C., p. 124.
[23] Plutarco,
1936/c. 100 d. C., pp. 25-29.
[24] Clemente
de Alejandría, 1885, cap. 15.
[25] Russell,
2004/1946, cap. 3, p. 40.
[26] Ferguson,
2008, cap. 4.
[27] Gellius
1893/160 d. C., libro IV, cap. XI, p. 177.
[28] Laertius,
1972/siglo III d. C.
[29] De
hecho, siglos más tarde, se convirtieron en el modelo perfecto para otras
sociedades secretas con afición por los rituales, como la francmasonería o
los illuminati.
[30] Russell,
2004/1946, cap. 3, p. 42.
[31] Jordan,
1992, p. 130.
[32] Ferguson,
2008, cap. 0.
[33] Ferguson,
2008, cap.8, cita a Platón, 375 a. C., República.
[34] Kristeller,
1951. Un artículo muy recomendable que explica la evolución del sistema de las
artes.
[35] Muñoz
Molina, 2008.
[36] Ansede,
2020.
[37] Howard et
al., 2020.
[38] Howard et
al., 2020.
[39] Ansede,
2020.
[40] Howard et
al., 2020.
[41] Schafer,
1997/1977, p. 11.
[42] Chladni,
2015/1802, p. XXVIII.
[43] Chladni
argumentó esta idea por primera vez en un libro con un título verdaderamente
aterrador: Über den Ursprung der von Pallas gefundenen und anderer ihr
ähnlicher Eisenmassen und über einige damit in Verbindung stehende
Naturerscheinungen —«Sobre el origen del Hierro de Pallas y otros
similares, y algunos fenómenos naturales asociados»—. A pesar de la densidad de
la portada, los científicos de la época no se lo tomaron demasiado en serio y
el asunto atrajo algunas burlas hacia su autor —entonces se pensaba que los
meteoritos eran de origen volcánico—. Sin embargo, la idea prendió una chispa
de curiosidad que llevó a otros a investigar sobre el asunto. Finalmente,
Chladni resultó estar en lo cierto. Como temían Astérix y Obélix, a veces el
cielo sí cae sobre nuestras cabezas —en trozos no demasiado grandes desde la
era de los dinosaurios, por suerte para nosotros—.
[44] Chladni,
2015/1802, p. XXIX.
[45] Stöckmann,
2007, p. 16.
[46] Stöckmann,
2007, pp. 16-17, cita a Chladni, 1802, Die Akustik.
[47] Stöckmann,
2007, p. 19, cita a F. Melde, 1888, Chladnis’s Leben und Wirken.
[48] Mackinnon,
1990, pp. 348-349.
[49] Helmholtz,
1895/1863, cap. 1, pp. 7-8.
[50] Hui,
2012, cap. 3, p. 59, cita una carta del padre de Helmholtz datada el 2 de
noviembre de 1838.
[51] Hui,
2012, cap. 3, p. 56.
[52] Helmholtz,
1895/1863, «Introduction», p. 1.
[53] Hiebert
y Hiebert, 1994.
[54] Helmholtz,
1895/1863, cap. 1, p. 15.
[55] El
martillo, el yunque y el estribo son los huesos más pequeños del cuerpo humano,
y es de justicia poética que los tres tengan nombres tan sonoros.
[56] Helmholtz,
1895, cap. 6, p. 129.
[57] Levitin,
2008/2006, p. 50.
[58] Janata,
1996.
[59] Levitin,
2008/2006, p. 50.
[60] Heffner
y Whitfield, 1976.
[61] Hoeschele
et al., 2018, sec. «Pitch».
[62] Helmholtz,
1895/1863, cap. 1, p. 19.
[63] Kempelen,
2017/1791, cap. 5, p. 485.
[64] Kempelen,
1791.
[65] Meyer-Eppler,
1956.
[66] Gao,
1999.
[67] Surtees,
2003.
[68] Bell,
1910.
[69] Shulman,
2008, cap. 4.
[70] Ferguson,
2008, cita a Marco Vitruvio Polión, De architectura.
[71] Alberti,
1986/1485, libro IX, p. 196.
[72] Ferguson,
2013, cap. 7.
[73] El
número áureo es un tipo de proporción entre dos magnitudes —pongamos, dos
segmentos de una recta, a y b—, tal que el menor de ellos (b) guarda una
relación con el mayor (a) igual a la del mayor respecto a la suma de los dos
(a+b). Es decir: b/a = a/(a+b). Se puede calcular de manera precisa resolviendo
esta ecuación y su valor es φ = (1+√5)/2.
[74] Pacioli,
2005/1509, primera parte, cap. V.
[75] Livio,
2002, cap. 6.
[76] Pacioli,
2013/1509.
[77] Pacioli,
2013/1509, segunda parte, cap. XIX.
[78] Markowsky,
1992.
[79] Penrose,
1888.
[80] El
error declarado es menor a 1 cm, en cualquier caso, así que tampoco sería
compatible con φ.
[81] Livio,
2002, cap. 3.
[82] Markowsky,
1992.
[83] Para
leer un análisis detallado, recomiendo el libro de Livio, 2002.
[84] Recomiendo,
especialmente, el libro de Livio, 2002, por su exhausti-vidad y Stewart, 1998,
que explica muy bien el empaquetamiento de semillas basado en la proporción
áurea.
[85] Markowsky,
1992.
[86] Höge,
1997
[87] Kappraff
y McClain, 2005.
[88] Kappraff,
2002.
[89] Bulckens,
1999.
[90] Fideler,
1987, pp. 21-22.
[91] Ferguson,
2008, cap. 12.
[92] Si
una cuerda de 20 cm produce un sonido de 100 Hz, pongamos, la cuerda de 10 cm
producirá un sonido de 200 Hz —el doble—. El intervalo sigue siendo el mismo,
2:1, solo que invertido —20 cm entre 10 cm es 2:1, o bien, 200 Hz entre 100
Hz—.
[93] Honing,
2019.
[94] Técnicamente,
se dice que nuestra percepción de la frecuencia sonora es logarítmica.
Percibimos como distancias lo que en realidad son proporciones entre
frecuencias. El oído relativo nos permite calcular logaritmos de oído. Es una
habilidad esencial para la música y, también, para identificar las emociones en
la voz de alguien que nos habla.
[95] Dehaene,
2011, «Introduction».
[96] Ifrah,
1994/1981.
[97] Grout
y Palisca, 2001/1960, cap. 3, pp. 111-112.
[98] Bellos,
2010, cap. 1.
[99] Pascal,
2003/1669, sección 1, XV.
[100] Dehaene,
2011, cap. 3, sec. «Intuitions of Number».
[101] Livio,
2002, cita a Iamblichus, 300 a. C., Vida pitagórica.
[102] Pesic,
2014, cap. 1, pp. 9-20.
[103] Por
eso, en el famoso relato de Borges, Funes el memorioso no podía pensar. El
hombre de memoria infinita era incapaz de obviar las diferen-cias entre cada
hoja de cada rama de cada árbol. Cada una era algo único e irrepetible dentro
de su mente, por lo que el concepto mismo de «hoja» le resultaba impensable,
literalmente.
[104] Supongamos
que sí existe un número racional que relaciona estas dimensiones. Entonces los
lados del cuadrado vendrán dados por un número entero que tendrá que ser par o
impar, llamémoslo a. Sucederá lo mismo con la diagonal, c.
Como solo nos interesa la proporción entre sus longitudes —es decir, c/a—,
debemos buscar números que no tengan factores en común. Si c y a son
pares, en concreto, su relación se puede expresar mediante dos números más
sencillos. Por tanto, o bien a, o c, o ambos, deben ser
impares. Como los dos lados del cuadrado son iguales, el teorema de Pitágoras
nos dice que 2 a2 = c2.
Ahora bien, el lado izquierdo de la ecuación es divisible entre dos, por lo que
la diagonal, c, tiene que ser par. Esto hace que el lado derecho de
la ecuación sea múltiplo de 4. Si a es impar, la ecuación no
se verifica. Pero, como c es par, a no puede
serlo, o existiría una solución más sencilla a la ecuación. Hemos llegado a un
absurdo. De hecho, c/a no es un número racional. Hoy conocemos
la solución a este problema y es, sencillamente, √2.
[105] Pesic,
2014, cap. 4, p. 56.
[106] Walker,
2000, cita a Giovanni Battista Doni. «Annotazioni Sopra il Compendio de’
Generi, e de’ Modi della Musica».
[107] El
hecho de que nuestro oído perciba «multiplicaciones» como distancias es
equiparable a lo que sucede en una escala logarítmica. En este tipo de escala
existe la misma distancia entre cualquier par de números relacionados por la
misma proporción, por ejemplo, entre el 1 y el 10 o entre el 10 y el 100.
[108] Pesic,
2014, cap. 4, p. 56.
[109] Golding,
2010/1954.
[110] Aristóteles,
1922/350 a. C., libro II, parte 9.
[111] Algunos
investigadores contemporáneos sugieren que lo que tenía Pi-tágoras era
tinnitus, esa especie de pitidito desagradable que nos da a todos en el oído
después de escuchar música a un volumen demasiado alto.
[112] Porfirio,
1987/siglo III d. C., p. 129.
[113] Ferguson,
2008, cap. 12.
[114] Stephenson,
1994.
[115] Pesic,
2014, cap. 2, p. 29, cita a Oresme, Tractatus de commensurabilitate vel
incommensurabilitate motuum celi.
[116] Hossenfelder,
2018, cap. 2, sec. «Where We Come From».
[117] Ferguson,
2013, cita a Kepler, 1596, Mysterium Cosmographicum.
[118] Sobel,
2011, cap. 10.
[119] Ferguson,
2008, cap.16.
[120] Kepler,
1992/1609.
[121] Pesic,
2014, cap. 5, pp. 73-88.
[122] Exoplanet.eu.
[123] Strogatz,
cap. 4, 2012.
[124] Savage et
al., 2015.
[125] Hofstadter,
2009/1979, cap. XVI, p. 584.
[126] Maess et
al., 2001.
[127] Koelsch et
al., 2002.
[128] Baboon,
2003. La página ya no está disponible en su dominio original, pero puede
encontrarse en Internet Archive.
[129] Fabris,
2011, cita a Viviani, 1654, Racconto istorico della vita del Sig.r
Galileo Galilei di Vincenzio Viviani.
[130] Lundberg,
1992, p. 211.
[131] Grout
y Palisca, 2001/1960, cap. 6, p. 211.
[132] Škvorecký,
2013/1967.
[133] Palisca,
2000, p. 296.
[134] Grout
y Palisca, 2001/1960, cap. 6, p. 212.
[135] Ferguson,
2008, cap. 15.
[136] Pesic,
2014, cap. 3, pp. 49-53.
[137] Huron,
2008.
[138] Drake,
1992.
[139] Drake,
1992.
[140] Butts,
1992, cita a Galileo Galilei, 1638, Discorsi e dimostrazioni
matematiche intorno a due nuove scienze.
[141] Zilsel,
1942, p. 544.
[142] Palisca,
1992, p. 149, cita a Vincenzo Galilei, Discorso particolare intorno
alla diversità delle forme del diapason.
[143] Brown,
1992.
[144] Alonso,
2012, p. 106.
[145] Library
of Congress, 2017.
[146] PBS
NewsHour, 2015.
[147] PBS
NewsHour, 2015.
[148] Sacks,
2007.
[149] Saffran
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[150] Peter et
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[151] Guerrasio,
2017.
[152] Guerrasio,
2017.
[153] Burns,
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[154] Galilei,
1730/1638, p. 155.
[155] Burns,
1999, p. 249.
[156] Carey
y Clampitt, 1989.
[157] Castrillón
y Domínguez, 2013.
[158] Si
por curiosidad —o por vicio— el lector sí quisiera entretenerse con el detalle
numérico, hace tiempo escribí varios artículos de divulgación sobre el tema en
mi blog, Enchufa2. La serie se titulaba «Música y matemáticas». Ver
Martín Castro y Úcar, 2009.
[159] El
motivo, como contamos al hablar de los números bonitos, es que nuestra
percepción del sonido es logarítmica. Percibimos como distancias, lo que en
realidad son multiplicaciones y divisiones de frecuencias. Aunque suene a
matemática avanzada, el hecho es que todos, constantemente, estamos calculando
logaritmos con el oído para poder reconocer una simple melodía o para detectar
las emociones en la voz de los demás, y en el mundo de los logaritmos, los
intervalos 2:1 y 3:2 se vuelven inconmensurables.
[160] Burns,
1999, pp. 217-218.
[161] Khe,
1977.
[162] Westfall,
1980.
[163] Asimov,
2010/1973.
[164] Gouk,
1988, p. 101, cita a William Stukeley, Diary, entrada del 18 de
abril de 1720.
[165] Pesic,
2014, cap. 8, p. 123.
[166] McGuire
y Rattansi, 1966.
[167] Mlodinow,
2003, cap. XV.
[168] Dawkins,
2000, cap. 3.
[169] Feynman,
2017, cap. 3, nota al pie 2.
[170] Wolf,
2007, p. 55, cita a Aristóteles, Meteorologica.
[171] Pesic,
2014, cap. 8, p. 124.
[172] Pesic,
2014, cap. 8, p. 125.
[173] Pesic,
2014, cap. 8, p. 127, cita a Newton, 1665.
[174] Pesic,
2014, cap. 9, p. 133, cita a Yushkevich et al., 2007, «Euler and the history of
a certain musical-mathematical idea».
[175] Pesic,
2014, cap. 8, p. 127, cita a Newton, 1704, Opticks.
[176] Ångström,
1885, p. 329.
[177] Stoney,
1871, p. 291.
[178] Pesic,
2014, cap. 16, p. 250.
[179] Pesic,
2014, cap. 17, pp. 255-269.
[180] Wilczek,
2015, «Quantum Beauty I: Music of the Spheres».
[181] Sommerfeld,
1923.
[182] Hossenfelder,
2018, cap. 1, sec. «Failure».
[183] Pesic,
2014, cap. 16, p. 251.
[184] Viereck,
1929.
[185] Clark,
1984, p. 287.
[186] Greene,
1999, cap. 7.
[187] Lost
in Math», p. 23.
[188] Dirac,
1940, p. 124.
[189] Farmelo,
2009, cap. 31.
[190] Farmelo,
2009, cap. 11.
[191] Farmelo,
2009, cap. 27.
[192] Heisenberg,
1971, cap. 5, p. 68.
[193] Heisenberg,
1970, p. 32.
[194] Wilczek,
2015, «The Question».
[195] Gell-Mann,
2007.
[196] Lederman,
2007.
[197] Dyson,
1956.
[198] Hossenfelder,
2018, cap. 1, sec. «Physics Envy».
[199] Hossenfelder,
2018, cap. 1, sec. «Physics Envy».
[200] Greene,
1999, cap. 9, sec. «The Road to Experiment».
[201] Hossenfelder,
2018, cap. 4, sec. «Where the Numbers Have No Name», cita a Brahe, 1602, Astronomiae
instauratae progymnasmata.
[202] Hossenfelder,
2018, cap. 2, sec. «Where Beauty Lies».
[203] Einstein,
2005/1926.
[204] O’Raifeartaigh
y Mitton, 2018, citan las memorias de George Ga-mow.
[205] Lemaître,
1958.
[206] Pérez,
2014.
[207] Hossenfelder,
2018, cap. 2, sec. «What We Are Made Of».
[208] Balbi,
2008, cap.1, p. 20.
[209] Hiebert,
1970, p. 201.
[210] Banks,
2004.
[211] Hui,
2012, cap. 4, p. 108 cita a Mach, 1882.
[212] Poincaré,
2001/1914, primera parte, cap. 1.
[213] Reber et
al., 1998.
[214] Dehaene,
2011, cap. 4, sec. «Why Are Some Numerals More Frequent Than Others?».
[215] Dehaene
y Mehler, 1992.
[216] Heaviside,
1893, p. VII.
[217] Schwarz
et al., 2009.
[218] Song
y Schwarz, 2010.
[219] Hossenfelder,
2018, cap. 2, sec. «Where Beauty Lies» cita el obituario de Hoyle publicado
por Telegraph el 22 de agosto de 2001.
[220] Goldsmith,
2012.
[221] Balbi,
2008, «Preface», p. X.
[222] Goldsmith,
2012.
[223] Es
un fenómeno conocido como corrimiento hacia el rojo: al expandirse el espacio,
la longitud de onda de la luz aumenta y disminuye la energía de sus fotones.
[224] Del
mismo modo que, en una cuerda, el hecho de que sus extremos estén inmóviles
causa la aparición de frecuencias que son múltiplos de una fundamental, en el
universo primitivo, el contorno temporal en el que viajaron estas ondas —todas
empezaron a propagarse, simultáneamente, tras el proceso de inflación—, hizo
que ciertas frecuencias alcanzasen un máximo justo en el periodo de
recombinación. Es decir, no es que el universo «sonase» con un tono bien
definido; más bien, el espectro del CMB nos descubre la fase que tenían las
distintas ondas cuando, de repente, su movimiento se congeló. Todas las
frecuencias que son múltiplos de una fundamental alcanzaron un máximo a la vez,
porque todas ellas habían empezado a vibrar al mismo tiempo y sus periodos
«encajaban» entre sí.
[225] Balbi,
2008, cap. 4, p. 98.
[226] Pascal,
2003/1669, sec. 1, XV.
[227] Pascal,
2003/1669, sec. 1, VI.
[228] Navas,
2019.

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