© Libro N° 11976.
Titanic. Brewster,
Hugh. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
Titanic. Hugh Brewster
Versión Original: © Titanic. Hugh Brewster
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Hugh Brewster
Titanic
Hugh
Brewster
CONTENIDO
Prólogo
1. En el
muelle de Cherburgo
2. Un
paréntesis en el «Nomadic»
3. La
sala de las palmeras
4. «Un
montón de gente rara»
5.
Queenstown
6.
Compañeros de viaje
7. Vidas
privadas
8. Las
pandillas del barco
9.
Diseñadoras
10. Un
domingo tranquilo
11. La
última noche
12. La
colisión
13. A los
botes salvavidas
14. Los
últimos minutos
15. Voces
en la noche
16. La
nave del dolor
17. Dos
continentes conmocionados
Epílogo
Apéndices
Agradecimientos
Bibliografía
Abreviaturas
A George
Behe, Randy Bryan Bigham y DonLynch, con agradecimiento
Prólogo
Un grupo excepcional
Las luces
del submarino iluminaron la pequeña estatua de una diosa griega que yacía en el
suave lodo abisal, rodeada de pedazos de carbón, lavamanos esmaltados, bandejas
de plata, vidrieras talladas, la cabeza de una muñeca de porcelana, botellas de
champán y muchas cosas más. Era la primera vez que una luz se proyectaba sobre
ese extraordinario gabinete de curiosidades submarino.
Como aún
quedaba mucho por explorar en el lugar del hundimiento del Titanic,
el submarino Alvin abandonó enseguida ese campo de restos y
siguió adelante. A comienzos de agosto de 1986, el explorador Robert Ballard
volvió con su equipo al Instituto Oceanográfico de Woods Hole, en
Massachusetts, cargado con kilómetros de película y centenares de fotografías.
A lo largo del año siguiente, me ocupé de recopilar y editar las imágenes y
datos del doctor Ballard para un libro sobre el descubrimiento y la exploración
del transatlántico perdido.
Tuve la
fortuna de compartir la tarea con Ken Marschall, el pintor más destacado
del Titanic y un pozo de sabiduría acerca del barco. Cuando le
pregunté por la diosa griega, me enseñó una fotografía del salón del pasaje de
primera, uno de los espacios comunes más elegantes del buque. Sobre la chimenea
de mármol aparecía una estatuilla idéntica a la del fondo oceánico. Resultó ser
una reproducción de la Artemisa de Versalles, una célebre escultura romana,
hecha a partir de un original griego, que Luis XIV había instalado en la Grande
Galerie de su palacio. Como elemento decorativo, la estatuilla encajaba
perfectamente en ese salón del Titanic que una revista de
construcción naval describió en 1912 como «un majestuoso apartamento[1] con
detalles copiados del Palacio de Versalles». La Artemisa del Titanic,
sin embargo, estaba hecha de una aleación de cinc barata, recubierta de una
capa dorada. En el fondo del mar, el dorado se había corroído y había dejado a
la vista el metal mate y gris. Para un barco que ha llegado a representar el
ocaso de la Edad Dorada, la estatua de cinc parece un símbolo apropiado.
La
historia del Titanic, por el contrario, no ha perdido su brillo. A
las puertas del centenario del naufragio, sigue siendo lo que Walter Lord,
autor de La última noche del «Titanic», bautizara como «el asunto
insumergible»[2]. Ha
inspirado tantos libros, películas y páginas de internet que uno vacila a la
hora de botar otra nave en una ruta tan transitada. Sin embargo, en la mayoría
de los relatos del desastre, el protagonista es el Titanic,
mientras que sus pasajeros quedan relegados a meros papeles secundarios,
despachados con etiquetas como «el millonario John Jacob Astor», «el intrépido
periodista W. T. Stead» o «la diseñadora de moda lady Duff Gordon». Pero ¿quién
era esa gente? ¿Y qué les había llevado a ese fatídico viaje?
Para Lily
May Futrelle, sus compañeros de viaje eran «un grupo excepcional de bellas
mujeres y hombres espléndidos»[3]. El
grupo era desde luego excepcional: los historiadores del buque aseguran que
ninguna otra lista de pasajeros de la época concentra tal cantidad de nombres
célebres. Para lady Duff Gordon, el Titanic era «un pequeño
mundo dedicado al placer»[4]. Y el
mundo de entonces era sin duda más pequeño que el nuestro, ya que las
poblaciones de Estados Unidos y Canadá eran un tercio de las actuales (y la de
Gran Bretaña, un tercio menor), y la riqueza y el poder estaban concentrados en
círculos mucho más restringidos. Quienes se embarcaban regularmente en esas
travesías oceánicas solían encontrarse con conocidos entre los pasajeros de
primera clase.
Pero
¿«dedicados al placer»? Es cierto que había a bordo un contingente de ricos
ociosos que cruzaban el Atlántico con regularidad, una nueva clase de
norteamericanos que tenían casa en París o hacían la travesía a menudo para
pasar la temporada de invierno en Londres o en el continente. Pero los
camarotes de primera clase los ocupaban personas que habían llegado muy alto
trabajando duro. El artista y escritor Frank Millet, por ejemplo, se dirigía a
Washington para ayudar a decidir el diseño del Monumento a Lincoln. Su amigo
Archie Butt, asesor de la Casa Blanca, regresaba a su país para preparar la
dura campaña de las elecciones presidenciales de aquel otoño. El empresario de
los ferrocarriles Charles Hays viajaba de regreso a Canadá para inaugurar un
nuevo hotel de su compañía, el Château Laurier de Ottawa. Y la citada lady Duff
Gordon era una de las principales diseñadoras de moda del Reino Unido y tenía
asuntos apremiantes que atender en su salón de Nueva York. En la vida de estas
personas y de otros pasajeros se puede constatar una significativa convergencia
de todos aquellos acontecimientos, asuntos y personalidades de la época que
formaban, en palabras de Walter Lord, «un exquisito microcosmos de la era
eduardiana»[5].
En
Estados Unidos, el Titanic se describe a menudo como una
muestra representativa de la Edad Dorada, una época de la rápida
industrialización y creación de riqueza que, en ese país, empezó en la década
de 1870 y terminó con la introducción de los impuestos sobre la renta en 1913 y
el estallido de la Primera Guerra Mundial al año siguiente. Su hundimiento se
interpreta a veces como la señal de alarma de una sociedad satisfecha de sí
misma que se encaminaba inexorablemente a una catástrofe en las trincheras del
frente occidental. Como observó la poeta y actriz Blanche Oelrichs, era «como
si un gran director de escena hubiera decidido que tenía que haber una pequeña
advertencia, un relámpago de horror», antes de la calamidad mucho mayor que se
avecinaba[6].
En 1987,
cuando estaba a punto de publicarse el libro de Robert Ballard El
descubrimiento del Titanic, pedí a Walter Lord, el decano de los
historiadores del buque, que escribiera una introducción. En ella, Lord
reflexionó sobre la persistente mística del Titanic y
concluyó:
…se me
ocurre que el Titanic es el ejemplo perfecto de algo con lo que todos
podemos identificarnos: la progresión de casi todas las tragedias de nuestra
vida, que empiezan con una incredulidad que deriva en inquietud creciente para
desembocar en la conciencia plena. Todos estamos familiarizados con esta
secuencia y la vemos desplegarse una y otra vez en el Titanic, siempre a
cámara lenta[7].
Puesto
que la tragedia del Titanic se despliega una vez más en estas
páginas, confío en que los singulares personajes que las habitan contribuyan a
iluminar un mundo distante y cercano a la vez, y a transmitir de nuevo la
imagen conmovedora de un desastre que marcó toda una época.
HUGH BREWSTER,
4 de abril de 2011
Capítulo
1
En el muelle de Cherburgo
Miércoles
10 de abril de 1912, 15:40 horas
El Titanic iba
a llevar retraso.
La
noticia dejó consternados a los viajeros de primera clase del Train
Transatlantique, que se dirigía a la estación del muelle de Cherburgo. El
trayecto de seis horas desde París ya había sido bastante largo. ¿Cuántas horas
—se preguntaban— tendrían que esperar en aquella estación pequeña y llena de
humo hasta que llegara el nuevo vapor de la naviera White Star para llevarlos a
Nueva York?
Cuando
los pasajeros se apearon del tren, había en el andén una actividad frenética,
según observó un joven estadounidense llamado R. Norris Williams, quien
recordaría «mozos de cuerda que corrían de acá para allá, aglomeraciones y
empujones…, gente nerviosa porque había perdido la maleta, mozos que reclamaban
una propina más generosa y empleados de la Thomas Cook tratando de apaciguar a
algún tipo airado con aires de superioridad que armaba alboroto»[8].
Uno de
esos empleados que trataban de calmar a la gente en medio del alboroto era
Nicholas Martin, el director de la oficina de la White Star en París, quien
había tomado el tren a Cherburgo para ejercer de mediador en ese tipo de
situaciones. Mientras los mozos empujaban por el andén carritos cargados hasta
arriba de baúles y maletas de piel, él se desplazaba entre los pequeños grupos
de pasajeros para asegurarles que el Titanic, a pesar de haber
zarpado con retraso de Southampton, ya estaba cruzando el canal, y que los
transbordadores estarían listos para embarcar sobre las cinco y media.
La
persona más importante a la que Martin tenía que calmar era un hombre alto y
delgado con un gran bigote negro y una expresión impaciente. El millonario
estadounidense John Jacob Astor IV no era solo el más rico de los pasajeros que
esperaban para embarcar en el Titanic, sino también amigo del
presidente de la White Star Line, J. Bruce Ismay. De hecho, diez semanas antes,
Astor y su joven esposa, Madeleine, habían hecho con Ismay la travesía desde
Nueva York en el Olympic, el transatlántico hermano del Titanic.
Astor, en palabras de un conocido, «idolatraba la puntualidad»[9] y
tenía la costumbre de llevarse compulsivamente la mano al chaleco para
consultar la hora en su reloj de bolsillo de oro. En esta ocasión, la delicada
salud de su mujer, entonces embarazada de varios meses, exacerbaba su
impaciencia. La preocupación por ella lo había llevado a contratar a una
enfermera para que la cuidara durante el viaje a casa. Sin duda, Martin se
aseguró de que el grupo que acompañaba a los Astor, formado por la enfermera,
una criada, un mozo y un terrier de Airedale, pasara rápidamente a la estación.
Reclamaban
muchas menos atenciones del empleado de la White Star los más de cien pasajeros
de tercera clase, la mayoría emigrantes libaneses y sirios, junto con un puñado
de croatas y búlgaros. Ellos se las arreglaban sin rechistar en bancos de
madera, junto a sus maletas de mimbre y bolsas de viaje, limitándose a llamar
de vez en cuando a sus hijos para que no se alejaran durante sus juegos.
Llevaban varios días de viaje desde que abandonaran sus pueblos, de modo que no
les importaba demasiado esperar unas pocas horas más.
Para un
viajero experimentado como el célebre artista y escritor Frank Millet, los
retrasos también eran algo que había que tomarse con calma. Pero la perspectiva
de pasar varias horas en una sala de espera mal ventilada entre los rebuznos de
sus compatriotas era desalentadora. Como muchos otros expatriados
estadounidenses, Millet había desarrollado un fuerte desdén hacia sus
compatriotas menos sofisticados, hombres y mujeres. Un particular menosprecio
mostraría hacia «las detestables americanas ostentosas», en una carta que
escribió la mañana siguiente en el Titanic. «[Son] el azote de
cualquiera de los lugares que infestan, y mucho peores a bordo de un barco que
en cualquier otro sitio —escribió a su viejo amigo Alfred Parsons—. Muchas van
con perritos y guían a sus maridos como si fueran ovejas domesticadas. Te aseguro
que cuando se ponen a hacer algo, las mujeres americanas son unas tiarronas.
Habría que meterlas en un harén y no dejarlas salir».[10]
Esa
maldad no era propia de Frank Millet, un hombre conocido por su afabilidad y su
sonrisa encantadora. Su amigo Mark Twain decía «un Millet» para referirse a
cualquier tipo amable y simpático. «Millet —escribió una vez— consigue que
todos se enamoren de él», y «realza las cualidades adorables de la gente…»[11]. El
menos que espléndido humor de Millet ese día de abril en Cherburgo puede
atribuirse al agotamiento. Acababa de estar un mes en Roma, donde —como le
explicó a Parsons— había pasado «una temporada infernal». Como director de la
nueva Academia Americana de Arte en la Ciudad Eterna, había tenido que sortear
un alud de conflictos administrativos. Y tuvo que pasar la última semana
cortejando a J. Pierpont Morgan, el financiero norteamericano que iba a aportar
fondos para el nuevo edificio de la Academia.
Millet
tenía que regresar a Estados Unidos para asistir a más reuniones. En
Washington, el Comité de las Bellas Artes, del que era vicepresidente, estaba
ansioso por cerrar un acuerdo sobre un diseño de templo dórico para el
Monumento a Lincoln. Después tenía que asistir a la asamblea anual de la junta
directiva de la Academia Americana en Nueva York, a la que seguiría un viaje a
Madison (Wisconsin), donde había ganado un concurso para pintar los murales del
edificio de la asamblea legislativa. Semejante agenda era un castigo para un
hombre que iba a cumplir sesenta y seis años en noviembre, pero Frank Millet
nunca se había conformado con hacer una sola cosa. Como observó uno de sus
mejores amigos, «Millet era un artista, pero vivía constantemente sujeto a la
fuerte tentación de hacer incursiones en otros campos. Por eso llevó una vida
bastante errabunda…»[12].
A lo
largo de esa vida errabunda, Millet había mostrado una habilidad bastante
extraña para estar presente en muchos de los acontecimientos más destacados de
su época. Millet estaba siempre ahí donde ocurría algo, desde la guerra de
Secesión, en la que sirvió de niño como tamborilero, hasta la construcción de
la Ciudad Blanca para la Exposición de Chicago de 1893 o el conflicto de
Filipinas durante la guerra hispanoestadounidense, y ahora en la travesía
inaugural del Titanic. Como señalara irónicamente en 1894 un
crítico de arte inglés, «la pereza no se cuenta entre los defectos de Millet;
está en constante movimiento; es un camarada en el mundo del arte. ¿Hay que
decorar los cielos? Acuda a Millet. ¿Hay que organizar un banquete para los
dioses? Acuda a Millet. ¿Ha intervenido el ejército? Sí, y Millet con él.
Respira el aire de ambos hemisferios; su arte y su entusiasmo varonil resultan
contagiosos»[13].
El nombre
por el que se conoce la época de Millet lo acuñó su amigo Mark Twain en su
primera novela, La Edad Dorada, una sátira sobre la avaricia y la
corrupción subyacentes en el auge que siguió a la guerra de Secesión, que
escribió a cuatro manos en 1873 con un amigo. El 11 de marzo de 1879, Twain
estuvo junto a Millet en la boda civil de este, celebrada en el distrito
parisino de Montmartre. El otro testigo era el escultor Augustus SaintGaudens,
y la novia, Elizabeth «Lily» Merrill, la hermana menor de un compañero de Frank
en Harvard. Lily era una hermosa y resuelta joven estadounidense, escogida
justamente de entre ese grupo de mujeres que más tarde su marido hubiera
querido ver encerradas en un harén.
En 1885,
Frank y Lily se convirtieron en el centro de una colonia de artistas en el
pueblo de Broadway, en Worcestershire. Aquel pueblo intacto de la región de los
Cotswolds había cautivado a Frank durante una escapada desde Londres que
realizó en la primavera de aquel año, y había alquilado una vieja casa de
piedra en las afueras. Sus amigos artistas fueron a visitarle y decidieron
quedarse. Henry James contribuyó a la fama del lugar al elogiarlo en la
revista Harper’s Monthly como «aquel pueblo perfecto»[14]. El
novelista, entonces de cuarenta y dos años, fue a Broadway porque allí se
encontraba uno de sus protegidos, un artista de veintinueve años, ojos
expresivos y corta barba negra llamado John Singer Sargent. En 1886, Sargent
pintó un retrato de una Lily Millet deslumbrante con un vestido blanco, un chal
malva y el cabello moreno recogido en un moño alto. Veintiséis años más tarde,
seguía llevando el pelo de esa manera, aunque ahora era de un elegante color
blanco.
En abril
de 1912, también a Frank se le notaban los años y su cara, antaño atractiva,
había adquirido el aspecto de la de una lechuza jovial. Mientras caminaba por
los azulejos de la dársena del muelle de Cherburgo, sus rasgos reflejaban la
fatiga producida por el ajetreado mes en Roma, adonde Lily había ido poco antes
de la fecha prevista para su partida. Dos días atrás habían viajado juntos a
París, donde se alojaron en el Grand Hotel antes de partir en trenes separados.
En ese momento, Lily estaría cruzando el canal de camino a Broadway, a Russell
House, la mansión de piedra donde años antes su círculo de amigos artistas
(John Singer Sargent, Henry James, Laurence Alma–Tadema, Edwin Austin Abbey,
Edmund Gosse y Alfred Parsons, entre otros) había pasado entretenidas veladas
de lo que Frank llamaba «pretenciosa cháchara de Broadway».
Sin
embargo, más que un hogar, Russell House había sido un lugar de paso para Frank
en los últimos años. Para Lily sí había sido un hogar, ya que crió allí a sus
tres hijos —una niña y dos varones—. Decoró el interior y diseñó los grandes
jardines. Millet se ausentaba con frecuencia para ir a Estados Unidos, donde
sus murales de figuras históricas y míticas se adecuaban a la perfección a las
rotondas, cúpulas y columnatas de los edificios públicos que se levantaban en
las florecientes capitales del país.
El gusto
estadounidense por el neoclasicismo monumental alcanzaría su apoteosis en la
Exposición Universal de Chicago de 1893. Alrededor de una laguna por la que se
deslizarían góndolas venecianas, se construyó la Ciudad Blanca, un asombroso
complejo de edificios abovedados, pórticos, columnatas y logias revocados de
blanco e iluminados de noche por bombillas eléctricas del mismo color. Frank
Millet fue el hombre que hizo blanca la Ciudad Blanca. Como responsable de la
parte ornamental de la exposición, aportó la mezcla adecuada de pintura blanca
para cubrir los toscos y provisionales acabados de los pabellones. Para ayudar
a su «banda de blanqueadores» a aplicarla en un plazo muy corto, inventó
incluso un primitivo espray usando un compresor y una manguera con un inyector
conectado a un conducto de gas. Millet también creó murales para el pabellón
del Estado de Nueva York y pintó unas grandes figuras aladas en el techo del
Palacio de las Bellas Artes, que albergó la mayor exposición de arte
norteamericano jamás vista en Estados Unidos.
La
brillante muestra de pintura y escultura estadounidenses de la Exposición de
Chicago estimuló la idea de fundar en Roma una academia donde los artistas
norteamericanos pudieran empaparse de cultura clásica. Charles F. McKim, uno de
los socios del célebre estudio de arquitectos McKim, Mead and White, encabezó
el proyecto de la academia, y Frank Millet aceptó el puesto de secretario de su
primera junta directiva. Como la financiación de la Academia Americana debía
ser privada en su totalidad, McKim recurrió al hombre más acaudalado de la
época, J. Pierpont Morgan. El 27 de marzo de 1902, McKim desayunó en casa del
financiero, en el 219 de Madison Avenue, y salió con más dinero del que
esperaba. Morgan se avino a prestar apoyo financiero a la Academia Americana y
pidió a McKim que diseñara una biblioteca privada, anexa a su casa de ladrillo
de Madison Avenue, para albergar su colección de libros y manuscritos antiguos.
«Quiero una joya», le dijo Morgan[15], y el
edificio de la Biblioteca Morgan que diseñó McKim, de inspiración renacentista,
sigue siendo uno de los tesoros arquitectónicos de Nueva York.
J. P.
Morgan viajó y adquirió piezas para su colección constantemente, pero a los
sesenta y cinco años no parecía tener intención de abandonar los negocios.
«Pierpont Morgan… carga con responsabilidades que asombran a los más incrédulos
—escribía en abril de 1902 el diarista de Washington Henry Adams—. Todo el
mundo se pregunta qué pasaría si una mañana amaneciera muerto»[16]. En esa
época, Morgan planeaba crear un gigantesco consorcio internacional de
navegación capaz de estabilizar el comercio y cosechar los grandes beneficios
de las lucrativas rutas transatlánticas. En junio de 1902 ya había comprado por
treinta y dos millones de dólares la prestigiosa White Star Line británica,
operación que combinó con otras adquisiciones de navieras para formar un
consorcio llamado International Mercantile Marine (IMM). En 1904, Morgan nombró
presidente de la IMM a J. Bruce Ismay, de cuarenta y un años, el mayor
accionista de la White Star Line e hijo de su difunto fundador. El segundo
accionista más importante era lord William J. Pirrie, de cincuenta y siete
años, presidente de Harland and Wolff, los astilleros de Belfast que construían
los barcos de la White Star. Pirrie había dirigido las negociaciones con los
hombres de Morgan y obtuvo un sillón en la junta del nuevo consorcio.
El
gobierno británico consintió el alarde de poderío económico estadounidense en
la adquisición de la White Star por parte de Morgan, pero también concedió
préstamos y subvenciones a la competencia, Cunard Line, para la construcción de
los transatlánticos más grandes y rápidos del mundo, el Lusitania y
el Mauritania, con la condición de que se pusieran a su disposición
en caso de guerra. En el verano de 1907, el Lusitania hizo su
travesía inaugural, que batió todas las marcas, y Pirrie e Ismay tramaron pronto
la respuesta de la White Star. Usarían el dinero de Morgan para construir tres
de los transatlánticos más grandes y lujosos del mundo. En cuestión de un año,
Harland and Wolff elaboró los planos de dos buques gigantescos, y a mediados de
diciembre ya se había plantado la quilla del primero, el Olympic.
El 31 de marzo de 1909 estaba en la misma fase de construcción su barco
hermano, que iba a llamarse Titanic. El tercer buque, que se llamó
inicialmente Gigantic, se construiría más tarde.
Existe
una fotografía, hoy famosa, de J. Bruce Ismay caminando con lord Pirrie junto
al enorme casco del Titanic poco antes de su botadura, el 31
de mayo de 1911. Ismay, con bigote, bombín y un elegante bastón, parece mucho
más alto que Pirrie, que luce patillas blancas y una desenfadada gorra de
marinero. En la foto falta J. P. Morgan, que había viajado a Belfast con Ismay
e iba a unirse a él y a otros dignatarios en una tribuna forrada de tela roja y
blanca. Una multitud de más de mil personas reconocería a Morgan de inmediato
gracias a las incontables caricaturas de los periódicos, que le presentaban
como el arquetípico ricachón norteamericano; su mostacho de morsa y el
gigantesco bulbo purpúreo de su nariz, producto de una enfermedad cutánea
llamada rinofima, facilitaban el trabajo a los caricaturistas.
En la
ceremonia de botadura no se estampó contra la proa la clásica botella de
champán adornada con un lazo ni hubo ninguna aristócrata viuda que pronunciara
las palabras «este barco se llamará Titanic». Esa no era la manera
de hacer las cosas en la White Star. En lugar de eso, a las doce y cinco del
mediodía se lanzó un cohete, seguido de otros dos, y entonces el casco del
barco, que pesaba casi veintiséis mil toneladas, empezó a deslizarse por el río
Lagan entre gritos de júbilo y los silbidos de los remolcadores. Las toneladas
de sebo, aceite de ballena y jabón usados para engrasar el suelo formaron una
capa blanca en el agua cuando el barco se detuvo por acción de las cadenas del
ancla. El casco del Titanic se balanceaba suavemente en el río
mientras el Olympic, que también estaba listo, esperaba su turno.
La
botadura se celebró tal y como estaba previsto, y un encantado lord Pirrie
ofreció un almuerzo a Morgan, Ismay y una selecta lista de invitados en las
oficinas de los astilleros, mientras varios centenares de personas eran
atendidas en el Grand Central Hotel de Belfast, donde se celebraba una tercera
comida para los señores de la prensa. En los discursos de la comida para los
periodistas, la construcción de los «leviatanes» Olympic y Titanic se
elogió como «un ejemplo destacado de la vitalidad y el instinto progresista de
la raza anglosajona»[17]. La
circunstancia de que hubieran sido pagados con dinero estadounidense se
presentó como algo positivo con la afirmación de que «la poderosa república de
Occidente» y el Reino Unido eran «naciones anglosajonas» que estaban ahora «aún
más unidas como resultado de su cooperación». Mientras los hombres de Belfast
brindaban por su éxito y por la primacía de su raza, un empleado de los
astilleros llamado James Dobbins estaba en el hospital. Durante la botadura, la
pierna de Dobbins había sido aplastada por uno de los soportes de madera del
casco. Murió al día siguiente a consecuencia de las heridas.
Después
del almuerzo, J. P. Morgan y Bruce Ismay embarcaron en el Olympic junto
con otros invitados y partieron con destino a Liverpool. Exactamente siete
meses después, el 31 de diciembre de 1911, Morgan volvía a caminar por la
pasarela del Olympic, esta vez en Nueva York, con destino a
Southampton. Desde Inglaterra siguió hacia Egipto, donde pasó el invierno en un
oasis llamado Khargeh, supervisando las excavaciones de unas ruinas romanas y
una necrópolis de los primeros cristianos. A mediados de marzo, Morgan estaba
en Roma, y en la mañana del 3 de abril de 1912 se encontraba en la colina del
Janículo en compañía de Frank Millet, revisando los planos y el emplazamiento
del nuevo edificio de la Academia Americana. Como la Biblioteca Morgan, iba a
ser otro de los palacios renacentistas de Charles McKim, construido a partir de
un esbozo que el arquitecto había realizado poco antes de su muerte en 1909.
Millet se alegraba de ver hecho realidad el sueño de McKim, y Morgan declaró
al New York Times: «Espero que surja aquí una institución
norteamericana de arte, mayor que las de todos los demás países, que ya son
famosas»[18]. El
financiero se marchó al día siguiente a Florencia, adonde pronto le seguiría
Millet, quizá para poder formarse una idea cabal sobre la incesante adquisición
de arte y antigüedades de Morgan. «Pierpont compra de todo, desde una pirámide
hasta un diente de María Magdalena», observó una vez su mujer[19]. Sin
duda, a Morgan le complacía que Millet participara en la travesía inaugural
del Titanic. Él también tenía previsto ir, pero al final cambió de
planes y se marchó unos días con su amante al balneario de Aix–les–Bains.
* * * *
El 10 de
abril, mientras Morgan tomaba las aguas en Aix, Millet esperaba la llegada del
nuevo barco del millonario en la costa de Normandía. Para evitar a los
norteamericanos gritones que abarrotaban la sala de espera, tal vez optara por
estirar las piernas después del largo viaje en tren desde París. Enfrente de la
pequeña estación marítima con su cubierta en mansarda estaban los dos
transbordadores de la White Star, el Traffic y el Nomadic,
en los que se cargaban equipajes y sacas de correos. Se habían construido en
Harland and Wolff para prestar servicio a los nuevos buques de la clase Olympic,
demasiado grandes para atracar en Cherburgo, la primera parada, después de
Southampton, de la ruta transatlántica de la White Star. El muelle frente a la
estación marítima llevaba a un largo embarcadero con una antigua torre de
piedra al final. Era un agradable día de primavera, con nubes que el viento
arrastraba rápidamente, dejando brillar el sol de forma intermitente. Es
probable que Frank saliera a pasear por el embarcadero para ver si ya se
distinguía el buque en el horizonte. El paseo era idóneo para despejarse la
cabeza después de los asuntos oficiales que lo habían mantenido ocupado en
Roma. Al día siguiente, escribió a Alfred Parsons: «…si esto sigue así, lo
dejaré. No pienso perder el tiempo y el buen humor»[20].
Para Lily
Millet, hubiera sido una gran decepción que Frank dejara su puesto de director
de la Academia Americana. Estaba encantada con la Villa Aurelia, el palacio
cardenalicio color ocre del siglo XVII que habitaba gracias al cargo de su
marido. Ahora que sus hijos eran mayores, Lily se estaba forjando una carrera
como diseñadora de interiores y tenía grandes planes para la villa y sus
jardines, con sus vistas panorámicas de Roma. Se imaginaba las serenas noches
de los años de su vejez, reconciliada y reunida con su errabundo marido.
También
Archie Butt, el amigo de Frank, había admirado la villa cuando ambos se
alojaron en ella antes de la llegada de Lily. Desde 1910, Frank vivía de forma
más o menos permanente en Washington DC, donde compartía casa con el comandante
Archibald Willingham Butt, asesor militar del presidente y conocido por todos
como Archie. Frank había convencido a un agotado Archie de que se marchara con
él a Roma el mes anterior para descansar antes de las elecciones presidenciales
de otoño. El presidente, William Howard Taft, necesitaba que su asesor más
cercano estuviera en forma para la campaña que se acercaba y entregó a Archie
cartas de presentación dirigidas al Papa y el rey de Italia para dar un aire de
oficialidad al viaje. Según una columna de sociedad publicada en el New
York Times el 31 de marzo, el comandante Butt «tenía acceso a todas
las casas de renombre de Roma» y, según sus propias palabras, «haciendo
exactamente lo que los médicos prohibían» estaba en unas condiciones
espléndidas para regresar a casa[21]. El
comandante Butt viajó a Berlín y a París, donde visitó embajadas, antes de
dirigirse a Inglaterra para ver a su hermano. Aproximadamente al mismo tiempo
que Frank partía desde París en el Train Transatlantique, Archie tomaba el tren
marítimo en la estación londinense de Waterloo para zarpar a mediodía en
el Titanic desde Southampton.
Pasadas
las cinco de aquella tarde, una vez que se hubo cargado el equipaje en los
transbordadores, los pasajeros empezaron a dirigirse hacia las pasarelas.
Mientras se acercaba al Nomadic, es probable que Frank se sintiera
aliviado. Sin duda le haría ilusión cenar con Archie en el Titanic esa
noche y escuchar sus divertidos comentarios sobre el resto de los pasajeros,
formulados con su característico acento de Georgia. Millet había dicho en
repetidas ocasiones que no le gustaban mucho las travesías inaugurales.
Prefería los buques con que los oficiales y la tripulación estaban más
familiarizados, pero sus negocios en Estados Unidos no podían esperar. Y si el
nuevo transatlántico de la White Star estaba a la altura de lo que se decía en
los anuncios publicitarios, al final de esa larga jornada le esperaría un
confortable camarote y una buena cena.
Capítulo
2
Un paréntesis en el «Nomadic»
10 de
abril de 1912, 17:30 horas
Tal y
como había prometido Nicholas Martin, el transbordador Nomadic estaba
listo para partir a las 17:30 horas[22]. Aunque
el Titanic aún no se divisaba en el horizonte, Martin decidió
que los pasajeros embarcaran y el transbordador esperara en el puerto. Con una
fresca brisa de última hora de la tarde, la mayoría de los ciento setenta y dos
pasajeros de primera y segunda clase del Nomadic bajaron a la
sala, donde había sitio de sobra para sentarse en los bancos de listones, la
parte superior de cuyo respaldo terminaba en una voluta. Las paredes de la sala
estaban recubiertas de paneles blancos decorados con cintas y guirnaldas
talladas que daban una idea de la elegancia que les esperaba en el Titanic.
En contraste, el interior del Traffic, cargado de sacas de correo y
las maletas de mimbre y bolsas de los viajeros de tercera, era limpio pero
espartano, acorde con el estilo de los camarotes de tercera de la White Star.
El suelo
de la sala del Nomadic pronto empezó a vibrar y salió humo de
su única chimenea cuando el transbordador comenzó a moverse hacia el espigón.
El joven estadounidense Norris Williams no tardó en preguntarse por qué los
habían enviado tan pronto al transbordador. «Deslizarse sobre las olas fuera
del puerto resulta interesante durante un rato —observó—, pero luego aburre. El
aire de la sala está cargado, así que sales a cubierta a dar otro paseo, sin
otra cosa que hacer que esperar. Innumerables falsas alarmas sobre el
avistamiento del Titanic. Continúa la espera. Ligero interés fugaz
por un barco de pescadores. Y continúa la espera»[23].
Williams descubrió entre los pasajeros de Cherburgo a uno de sus ídolos, Karl
H. Behr, el tenista más famoso de Estados Unidos. Behr, de veintiséis años,
había obtenido el tercer puesto en el circuito de Estados Unidos y disputado la
Copa Davis en Wimbledon. Norris Williams era también un buen tenista; había
ganado campeonatos en Suiza y Francia y planeaba jugar en el circuito
estadounidense aquel verano antes de ingresar en Harvard en otoño. Viajaba con
su padre, Charles Williams, oriundo de Filadelfia y tataranieto del vecino más
famoso de dicha ciudad, Benjamín Franklin. Williams padre había ejercido la
abogacía en Filadelfia antes de trasladarse a Ginebra con su esposa a finales
de la década de 1880. Norris nació y se crió allí, por lo que hablaba con
fluidez tres idiomas. A sus veintiún años, era alto y desgarbado, con orejas
prominentes y una sonrisa irresistible que coronaba el cuello de su grueso
abrigo de pieles. Padre e hijo llevaban unos grandes abrigos de pieles que
habrían llamado la atención de Frank Millet cuando echó un vistazo a la sala en
busca de conocidos.
Los
Astor, con su comitiva y el terrier de Airedale, también estaban en cubierta.
Las numerosas fotografías de la pareja con el perro que habían salpicado los
diarios el verano anterior habían hecho famoso al animal, que se llamaba Kitty.
Cualquier cosa que hicieran los Astor era noticia, pero la circunstancia de que
John Jacob Astor IV, de cuarenta y siete años —a quien las páginas de cotilleos
llamaban Jack Astor o incluso Jack–Ass (tor)[24]—,
estuviera prometido con una adolescente casi treinta años menor había
proporcionado a la prensa la historia más jugosa del año. Los detalles del
romance daban para titulares diarios. Se especulaba vivamente sobre cuándo y
dónde se casarían. Astor había confesado su adulterio a finales de 1909 para
poder conceder a su primera esposa el divorcio que ella tanto anhelaba. Eso
aligeró el paso del asunto por los tribunales, pero menguó considerablemente la
posibilidad de que la Iglesia diera su beneplácito a las segundas nupcias.
El
matrimonio de Astor con Ava Lowle Willing, una belleza de la alta sociedad de
Filadelfia, había sido un desastre desde el principio. La víspera de la
fastuosa boda, celebrada en febrero de 1891, la futura esposa, deshecha en
lágrimas, suplicó a sus padres que se cancelara. Se iba a casar con un miembro
de la familia más rica de Estados Unidos, cierto, pero no soportaba la fama de
mujeriego que Jack Astor ya se había ganado a los veintiséis años. En su
entorno, era conocido por «manosear a cualquier chica que se pusiera a su
alcance»[25], y en
1888 una columna de cotilleos se explayó describiendo la pelea —con puños y
bastones— que tuvo con otro niño bien en el guardarropa del restaurante
Sherry’s. A nadie le sorprenderá saber que la causa de la riña fue una chica.
Alto y
desgarbado, con una cabeza grande sobre un cuerpo flaco, Astor creció mimado
por una madre dominante y cuatro hermanas mayores e ignorado por un padre
distante y de vida disoluta. Tras estar interno en una escuela de Saint Paul
(New Hampshire) durante tres años, cursó estudios de ciencias en Harvard, que
abandonó sin haber terminado. «Es muy dudoso que pueda ganarse la vida usando
su cerebro», sentenció Town Topics, el diario de cotilleos de
Manhattan[26]. Pero
Jack era habilidoso con las máquinas y pasaba muchas horas en su laboratorio
casero urdiendo novedosos inventos. Muchos de ellos eran de lo más inútiles,
pero un «mejorador neumático de vías públicas»[27], capaz
de aspirar la porquería y los excrementos de caballo de las calles de la
ciudad, ganó un premio en la Exposición de Chicago en 1893. Al año siguiente,
publicó una novela al estilo de Jules Verne, A Journey in Other Worlds,
en la que imaginó coches eléctricos y viajes espaciales en el año 2000.
Al cabo
de un año de matrimonio, la hermosa Ava cumplió el papel que se esperaba de
ella y le dio un hijo, William Vincent Astor, pero a partir de entonces ignoró
a su marido todo lo que pudo y se dedicó a las fiestas, el bridge y el flirteo.
(Se rumoreó que Alice, nacida en 1902, no era hija de Astor, aunque
probablemente lo fuera). El divorcio no se podía plantear mientras viviera la
madre de Jack, Caroline Schermerhorn Astor. Los Schermerhorn se contaban entre
los primeros colonos del valle del Hudson, y esa ascendencia, junto con la
enorme fortuna de su marido, permitió a Caroline Astor coronarse como reina de
la alta sociedad de Nueva York. Su baile anual era el acontecimiento más lujoso
de la ciudad, y un divorcio podía ser motivo de expulsión de la dorada lista de
invitados. La gente creía que «los Cuatrocientos», como se conocía a la élite
social de la ciudad, era una denominación que se refería al aforo del salón de
baile de la señora Astor, pero en realidad fue el principal cortesano de la
señora Astor, Ward McAllister —un habitual de las reuniones del gran mundo que
hablaba arrastrando las vocales—, quien acuñó el término cuando un reportero le
preguntó cuántas personas creía que componían la buena sociedad de Nueva York.
McAllister había comprendido que podía gozar de una posición mejor que la que
le permitían sus medios organizando las actividades sociales de una ciudad
llena de nuevos ricos, y Caroline Astor, a la que apodó la Rosa Mística en
referencia al ser celestial en torno al cual se mueven todos los demás en el
Paraíso de Dante, necesitaba los servicios de un chambelán.
Cuando la
Rosa Mística ofrecía un baile, su mansión de la Quinta Avenida aparecía
decorada con centenares de rosas American Beauty, y ella comparecía adornada
con tantos diamantes que el bufón de su corte, el estrafalario Harry Lehr, se
refirió a ella como «una lámpara de araña andante». Pero en los primeros años
del nuevo siglo, la buena sociedad de Nueva York y de Newport empezó a cansarse
de la encorsetada elegancia de las reuniones de la señora Astor. Cuando un
derrame cerebral mermó sus facultades en 1905, Caroline Astor se convirtió en
una reclusa. En ella se inspiró Edith Wharton para una descripción de su relato
«Tras Holbein», donde «la pobre anciana, que se moría lentamente a medida que
se le reblandecía el cerebro…, seguía bajando todas las noches a sus
amortajados salones, con su diadema ladeada sobre la peluca de color púrpura,
para recibir a un torrente de invitados imaginarios»[28].
La muerte
de la señora Astor en 1908 marcó el fin de una época en la sociedad de Nueva
York, pero también brindó a su hijo y a su nuera la oportunidad de poner fin al
moribundo enlace. Al año siguiente, cuando se consumó el divorcio más discreto
que el dinero era capaz de comprar, Ava embarcó en el Lusitania con
destino a Inglaterra, en cuya sociedad era bien conocida. Con el tiempo se
casaría con un barón inglés, lord Ribblesdale, y aunque el matrimonio no duró
mucho, Ava siguió siendo lady Ribblesdale el resto de su vida.
Libre de
la sombra de dos mujeres despóticas, Jack pronto empezó a desplegar una
afabilidad que no había sido propia de él. Si hasta entonces se había mostrado
siempre taciturno y torpe en las reuniones sociales, a partir de ese momento
comenzó a aceptar de buena gana invitaciones y a organizar fiestas tanto en
Beech wood, la «casa de campo» de treinta y nueve habitaciones que la familia
poseía en Newport, como en la mansión de la Quinta Avenida. En el verano de
1910 conoció en Bar Harbor a una chica de diecisiete años llamada Madeleine
Talmage Force y enseguida se volvió loco por ella. Madeleine y su formidable
madre (conocida en sociedad como La Force Majeure) se convirtieron pronto en
invitadas habituales en el yate de Astor, el Noma, así como en su
palco en la ópera, en Beechwood —la casa de Newport—, en Ferncliff —la finca
que tenía en el valle del Hudson— y en su mansión de Nueva York. Todo eso tuvo
que deslumbrar a una adolescente que acababa de salir de la Escuela Femenina de
la señorita Spence.
A
principios de 1911, Town Topics señaló que «mamá Force no ha
tardado mucho en echarle la zarpa al coronel [Astor]»[29]. El 2 de
agosto, el New York Times informaba del compromiso de la
pareja y explicaba cómo se había producido. El padre de Madeleine, preocupado
al parecer por «continuos rumores acerca de la relación entre el coronel Astor
y su hija»[30], había
llamado por teléfono a Astor para hablar del asunto, y acordaron que «papá
Force» anunciaría el compromiso. Por razones de fuerza mayor, por supuesto.
En el
transcurso de las cinco semanas siguientes, los periódicos prodigaron detalles
sobre la boda, especialmente cuando un sacerdote tras otro se negaron a oficiar
la ceremonia. Al final, un pastor congregacionalista presidió un servicio
religioso bastante breve en el salón de baile de Beechwood, en Newport, el 9 de
septiembre de 1911. Las críticas de los fieles del pastor forzaron a este a
colgar los hábitos poco después. Los recién casados tuvieron una acogida muy
fría en el círculo social de Astor, lo que probablemente tuvo algo que ver en
su decisión de partir en enero para emprender un viaje de diez semanas por el
Mediterráneo, que culminaría con un crucero por el Nilo.
Hubo, sin
embargo, una amistad de Newport que no le hizo ningún desaire a Jack Astor:
Margaret Tobin Brown, de cuarenta y cuatro años, esposa del millonario de
Denver James J. Brown, con el que ya no vivía. La señora Brown se mostraba
comprensiva con las desgracias matrimoniales y escapaba de las suyas viajando.
Así pues, aquel invierno la señora Brown se unió a los Astor en su excursión al
norte de África y Egipto. Cuando se sentó en el Nomadic, junto al
grupo de los Astor, llevaba en el bolsillo una estatuilla funeraria egipcia que
le habían vendido como talismán de la buena suerte en un mercado de El Cairo.
El viaje que Margaret Brown estaba a punto de emprender la inmortalizaría en
libros, películas y un musical de Broadway como «la insumergible Molly Brown»,
una enérgica chica de pueblo que, gracias al golpe de suerte que tiene su
marido en una mina de oro en Leadville (Colorado), acaba viviendo en una
mansión de Denver, donde será rechazada por la buena sociedad. Cuando aparece
por primera vez en la película de 1957 La última noche del Titanic,
Molly Brown explica en voz alta a sus compañeros de mesa del comedor del Titanic que
su marido, Leadville Johnny, era «un maldito minero de oro, el mejor de
Colorado», que «me construyó una casa con dólares de plata incrustados en los
suelos de todas las habitaciones»[31]. El
salto de la miseria a la riqueza que cuenta la leyenda de Molly Brown
corresponde esencialmente a la verdad, si bien los detalles son pura quimera.
De hecho, Margaret Brown no fue conocida como Molly hasta después de su muerte,
cuando una biografía muy adornada la bautizó así, y la mansión con dólares de
plata en el suelo era una invención del mismo autor.
Pero sí
era enérgica, y ya había dedicado su singular vitalidad a causas como el voto
femenino y el establecimiento del primer tribunal de menores en Estados Unidos.
Su afán de superación la llevó a aprender varios idiomas en el Instituto
Carnegie de Nueva York, y en 1912, ya completamente desterrados de su
vocabulario los adjetivos como «maldito», se mezclaba con figuras destacadas de
la sociedad en su casa de campo de Newport y durante sus viajes por Europa. Con
su cabello teñido de alheña, sus vestidos caros y sus maneras directas, era, a
primera vista, una probable candidata a convertirse en una de las «detestables
americanas ostentosas» de Frank Millet. Pero noticias recientes habían atenuado
su habitual exaltación. Estando alojada en el Ritz de París, le comunicaron que
su primer nieto, Lawrence Brown Jr., de cuatro meses, había enfermado
gravemente, por lo que reservó de inmediato un billete en el primer barco. Así
que aquella Molly Brown que esperaba en el Nomadic el barco
que la catapultaría a la leyenda tenía que ser una mujer bastante apagada.
Margaret
Brown no era el único pasajero del Titanic que volvía a casa a
causa de una desgracia familiar. Helen Churchill Candee, escritora, diseñadora
de interiores y figura de la sociedad de Washington, también había recibido un
telegrama alarmante en el que se la informaba de que su hijo Harold, de
veinticinco años, había resultado herido en un accidente de avión. Helen, de
cincuenta y tres años, se había marchado al extranjero en enero a fin de
concluir las investigaciones para su nuevo libro sobre tapices antiguos. Tras
una temporada en Italia y España, pensaba volver a París pasando por la Riviera
cuando un telegrama de su hija la obligó a cambiar de planes y embarcar rumbo a
casa lo más pronto posible. Sentada sola en uno de los bancos de listones del Nomadic,
con su pequeña figura bien vestida y adornada con un sombrero a la moda,
también Helen debía de estar sumida en pensamientos angustiosos mientras se
preguntaba cómo se le había ocurrido a Harold subir a uno de esos nuevos
aparatos para volar tan peligrosos.
Sin
embargo, el grupo más sombrío de todos era el de los Ryerson, de Haverford
(Pensilvania), que volvían a casa para asistir al funeral de su hijo Arthur,
fallecido a los veintiún años. Arthur, estudiante de Yale, había salido
disparado de un coche descapotable el fin de semana de Pascua. La familia
recibió la noticia en París, por telegrama, al que Arthur Ryerson Sr., de
sesenta y un años, respondió para disponer que el funeral de su hijo tuviera
lugar el 19 de abril, dos días después de la llegada prevista del Titanic.
Su esposa, Emily, de cuarenta y ocho años, recibía el consuelo de dos de sus
hijas, Suzette, de veintiuno, y Emily, de dieciocho, mientras Jack Ryerson, de
trece, quedaba al cuidado de su tutora, Grace Bowen. Los Ryerson formaban parte
de la alta sociedad de Main Line de Filadelfia, llamada así por los lujosos
barrios de las afueras construidos a lo largo de la línea de ferrocarril de
Pensilvania, un grupo que estuvo bien representado en la lista de pasajeros de
primera clase del Titanic.
Al
describir el rato que pasó en el transbordador, Margaret Brown contó que
permaneció sentada durante una hora o más en una «atmósfera fría y gris»,
expresión con la que, dada la cantidad de pasajeros preocupados o afligidos,
seguramente se refería a algo más que el tiempo. El ambiente que reinaba en el
transbordador afectó sin duda a una amiga de Margaret, Emma Bucknell, de
cincuenta y nueve años, una viuda rica de Filadelfia que también había estado
viajando por Egipto. Emma, una mujer corpulenta y de carácter ansioso, le
confió que temía embarcar en el Titanic porque tenía el
«presentimiento de que algo malo podía suceder»[32]. La
señora Brown se limitó a sonreír y le dirigió palabras tranquilizadoras.
Pero Emma
Bucknell no era la única mujer con presentimientos de ese tipo. Edith
Rosenbaum, de treinta y tres años, autora de artículos de revistas de moda,
estaba ilusionada con la travesía mientras viajaba en el Tren Transatlantique,
pero al llegar a Cherburgo el miedo se apoderó de ella, hasta el punto de que
envió un telegrama a su secretaria en París para expresar su preocupación. Tal
vez no eran más que nervios, pensó, ya que se trataba de su primer viaje a
Nueva York. Se dedicaba a la compraventa de ropa y accesorios, y llevaba baúles
llenos de vestidos caros de París para enseñar a sus clientas americanas. Edith
no se había recuperado del todo de un accidente de coche que sufrió el verano
anterior, en el que murió su prometido alemán y otro amigo resultó gravemente
herido. Se dirigían a las carreras de caballos de Deauville, que Edith cubría
para el Women’s Wear Daily, cuando su vehículo se estampó contra un
árbol. Ella sobrevivió con heridas leves, pero el trauma del accidente
perduraba.
Sin
embargo, aquel suceso no hizo mella en su amor por Francia. En su primer viaje
a París, cinco años atrás, Edith se dio cuenta enseguida de que aquella era su
ciudad. Se esperaba que regresara a su hogar en Cincinnati y se casara con un
joven de una familia judía apropiada, pero, a sus veintiocho años, eso parecía
cada vez menos probable. Sin hacer caso de las objeciones de su padre, volvió a
París en 1908, decidida a encontrar trabajo en el mundo de la moda. Su primera
ocupación fue la de vendedora en la Maison Cheruit de la place Vendôme. A
madame Cheruit le impresionaron el ímpetu americano y el aspecto jolie
laide de Edith, así como su afirmación de que cuando vivía en
Cincinnati encargaba sus vestidos a Cheruit. Al cabo de un año, Edith dejó la
casa de modas para escribir sobre el estilo francés en una pequeña publicación
distribuida por los almacenes Wanamaker, lo que la llevó luego a trabajar como
corresponsal en París de Women’s Wear Daily. Además hacía diseños
para la firma Butterick Pattern Service, y más tarde llegó a crear su propia
línea de moda para Lord & Taylor, de Nueva York. Pero diseñar moda era, en
sus propias palabras, «una actividad secundaria». Como diría más tarde, «nunca
estuve tan loca como para pensar que me convertiría en otra lady Duff Gordon»[33].
Edith
había escrito sobre la inauguración, el año anterior, de la filial parisina de
Lucile Ltd., la casa de modas de lady Duff Gordon. La idea de que una
diseñadora inglesa abriera una tienda en la capital de la alta costura había
hecho fruncir el ceño a más de un galo del mundo de la moda, pero las mujeres
francesas bien vestidas no tardaron en acudir en tropel a las dependencias de
Lucile en la rue de Penthièvre. Desde allí partieron aquella mañana sir Cosmo y
lady Duff Gordon para tomar el tren a Cherburgo. Probablemente los temores de
Edith se apaciguaron cuando vio a la famosa diseñadora tranquilamente sentada
en el Nomadic, con su abrigo de marta cibelina, sus pendientes de
perlas y un ramito de muguetes en las manos. Aunque había escrito sobre los
desfiles de moda que se celebraban en el salón de Lucile, no había coincidido
nunca con la famosa modista. El salón del transbordador no parecía el lugar más
apropiado para acercarse a ella. Había aprendido que presentarse a una misma no
estaba bien visto a ese lado del Atlántico.
De forma
similar, las maneras aprendidas de resultas de su educación suiza impidieron a
Norris Williams acercarse a Karl Behr en el Nomadic. La estrella
del tenis estadounidense, en cualquier caso, estaba sin duda absorto pensando
en la chica con la que pronto se encontraría en el Titanic. Helen
Newsom, de diecinueve años, era amiga de la hermana pequeña de Karl, y ambos
habían iniciado recientemente un romance, pese a las protestas de la madre y el
padrastro de Helen, Sallie y Richard Beckwith. No es que Karl fuera un
pretendiente inapropiado. A fin de cuentas, provenía de una próspera familia de
Nueva York, se había graduado en Yale, era abogado y campeón de tenis, guapo y
más que encantador. Pero a sus diecinueve años, Helen les parecía demasiado
joven para un noviazgo serio. En un intento de calmar las cosas, los Beckwith
decidieron llevársela a un viaje de ocho semanas por Europa en febrero. Sin
embargo, al embarcar en el Cedric descubrieron que Karl Behr
también formaba parte del pasaje; iba a Europa en viaje de negocios, o eso dijo
él. Durante la travesía, la postura de los Beckwith se suavizó y Karl pudo
pasar tranquilamente algún tiempo con Helen, algo que esperaba repetir a la
vuelta.
Otra
pareja de enamorados que se preparaban para embarcar en el Titanic era
la que formaban Víctor Peñasco, de veinticuatro años, y su esposa María Josefa,
a quien llamaban Pepita, de veintidós. Era un joven matrimonio de Madrid que
disfrutaba de su luna de miel. En París, Víctor y Pepita decidieron gastar una
broma a sus familias realizando la travesía inaugural del Titanic sin
avisarles. Parte del truco consistía en dejar a su mayordomo en París postales
escritas que este enviaría a casa cada semana. La pasajera estadounidense Helen
Bishop recordaría más tarde que Pepita y Víctor «eran como dos pequeños
canarios…, encantadores, y estaban pasando una luna de miel tan feliz que todo
el mundo se interesó por ellos en el Titanic»[34].
Norris
Williams estaba en cubierta cuando por fin se divisó el Titanic en
el horizonte. Poco antes de las 19:00 horas, sus chimeneas aparecieron al otro
lado del rompeolas[35]. La
noticia se propagó con rapidez entre los pasajeros. Norris observó la
majestuosidad con que se aproximaba el transatlántico. A Edith Rosenbaum le
pareció un edificio de seis pisos, y Margaret Brown lo describiría como «el
palacio dueño del mar»[36]. La
señora Brown relató que después el Nomadic empezó a soltar
vapor y a enfilar las olas en dirección al puerto exterior. También recordó
que, cuando el Nomadic alcanzó las agitadas aguas al otro lado
del rompeolas, algunos pasajeros «se marearon mucho».
En los
distorsionados recuerdos de Edith Rosenbaum, el balanceo del transbordador
estuvo provocado exclusivamente por la estela del gigantesco Titanic,
ya que el mar había estado en calma hasta ese momento. Según su descripción,
mientras el Nomadic se deslizaba junto al Titanic,
«el transbordador [empezó] a golpear sus flancos con tanta fuerza que temí que
se partiera en dos»[37]. De
acuerdo con el relato de Edith, se necesitaron diez hombres para tender la
pasarela mientras el barco «se agitaba y balanceaba en todas las direcciones».
Edith aseguró haber sido la última persona en abandonar el transbordador, ya
que las «extraordinarias sacudidas» que causaba la estela del Titanic habían
vuelto a despertar sus miedos.
Pero ni
en sus fantasías más tremendas podía Edith Rosenbaum prever que cincuenta de
los ciento setenta y dos viajeros que habían estado sentados con ella a bordo
del Nomadic emprendían el último viaje de su vida.
Capítulo
3
La sala de las palmeras
Puerto de
Cherburgo, 10 de abril de 1912, 19:30 horas
Norris
Williams jamás olvidaría su primer vistazo al interior del Titanic.
Recordó que había entrado en un vestíbulo de paredes blancas con suelo de
dibujos blancos y negros que le pareció de sólido mármol, aunque pronto se
percató de que no era así. Sin embargo, la estancia le pareció tan imponente y
tan distinta de cuantas había visto jamás en un barco que su viaje empezó «de
una forma de lo más distinguida»[38]. A Edith
Rosenbaum, le causó una impresión incluso mayor. Al poner los pies en el Titanic,
decidió de inmediato que quería volver a Cherburgo. Preguntó al agente de la
White Star, Nicholas Martin, que había llegado en el transbordador junto con
los demás pasajeros, si había alguna posibilidad de localizar su equipaje.
—De
acuerdo, tome otro barco —recordó que le dijo Martin—, pero su equipaje tiene
que quedarse aquí.
Cuando
Edith preguntó si el equipaje estaba asegurado, él respondió:
—Eso es
ridículo. Este barco es insumergible.
Edith
pensó en los caros vestidos que transportaba a Nueva York y concluyó:
—Mi
equipaje vale más que yo, así que será mejor que me quede con él[39].
Y decidió
permanecer a bordo.
La
entrada en el Titanic también fue inolvidable para Ella White,
de cincuenta y cinco años, una viuda rica de Nueva York, bajita, robusta y de
rostro bastante chato y arrugado, a la que le fallaban las piernas. Se cayó en
la tambaleante pasarela y se torció el tobillo. Llamaron enseguida al médico
del barco, que acudió a la sala de recepción, y el chófer y la doncella de la
señora White la acompañaron a un camarote de la cubierta C, donde pasaría el
resto del viaje. Desde allí, enviaría de vez en cuando a su compañera Marie
Young, de treinta y siete años, más joven y delgada que ella, a echar un
vistazo a dos gallos y dos gallinas de Francia, animales valiosos que había
comprado para la granja de su propiedad de Westchester. Colocaron a las aves
cerca de la cocina del Titanic, y varios pasajeros hablarían de lo
curioso que era oír su cacareo en el barco.
Dos
puertas de roble con vidrieras emplomadas en los entrepaños comunicaban el
vestíbulo con la sala de recepción, con el suelo cubierto de suntuosas
alfombras, donde camareros uniformados esperaban para acompañar a sus
habitaciones a los pasajeros de Cherburgo. «En la entrada había unos cincuenta
mayordomos —escribió al día siguiente a su hermano el empresario uruguayo Ramón
Artagaveytia—. Uno de ellos agarró mi equipaje y lo llevó a mi planta, la B, en
un ascensor [había tres]»[40].
Artagaveytia, de setenta y un años, se había salvado en 1871 de un incendio que
se produjo en el buque Amerika frente a la costa de Uruguay
gracias a que saltó al mar. Dos meses antes de embarcar en el Titanic,
escribió a un amigo que aún tenía pesadillas con el Amerika. La
sala de recepción de primera clase del Titanic era en realidad
un largo pasillo en forma de U que rodeaba las curvadas balaustradas de la
magnífica escalinata y la entrada al comedor de primera clase. Pero también era
uno de los espacios públicos más populares del barco, donde los pasajeros se
reunían antes de cenar y tomaban café después mientras tocaba la orquesta. Se
conocía como la Sala de las Palmeras, debido a sus acogedores conjuntos de
sillones y mesas de mimbre colocados entre macetas con plantas, al estilo de
los grandes hoteles. Paredes revestidas de madera blanca, arqueadas ventanas
emplomadas y un techo con molduras de estilo jacobino completaban el conjunto,
al igual que un quinteto de cuerda y piano que interpretaba con regularidad
melodías que recordaban a las orquestas de los grandes hoteles.
Al entrar
en aquel escenario tan alegre, los extenuados pasajeros de Cherburgo
probablemente se sintieran como quien llega tarde a una fiesta. Y a los
afligidos Ryerson debió de parecerles fuera de lugar. J. Bruce Ismay, el
presidente de la White Star, saludó a Arthur Ryerson y a su familia e insistió
en ofrecerles un camarote adicional —habían reservado dos— y los servicios de
un camarero privado. Sin duda, Ismay quiso también recibir a John Jacob Astor y
a sus acompañantes. Ismay y Astor resultaban una pareja interesante, ya que
eran hombres de una curiosa similitud. Ambos eran altos, morenos, de cuarenta y
muchos años y con unos espléndidos bigotes. Los dos eran vástagos de familias
importantes y habían heredado sus respectivas posiciones en la vida. Se los
recuerda como personas distantes y en ocasiones bruscas, probablemente una
forma de disimular su timidez. ¿Sacaría Astor su reloj de oro para recordarle a
Ismay lo tarde que habían embarcado? Cabe imaginar a Ismay explicando
relajadamente que el Titanic se había retrasado por culpa de
otro transatlántico que se cruzó en su camino al salir de Southampton,
circunstancia lamentable pero inevitable a fin de cuentas.
En
realidad, el incidente que se produjo en el puerto de Southampton aquella
mañana pudo haber sido bastante más grave. Poco después del mediodía, cuando
los remolcadores habían empezado a sacar el Titanic del Muelle
del Océano para que entrara en el angosto canal, se aproximaron a dos pequeños
vapores, el Oceanic y el New York, abarloados a
cierta distancia en la dársena. Debido al desplazamiento del agua provocado por
el paso del nuevo buque gigante, las amarras de acero del New York «se
rompieron como si fueran hilos», con «unos chasquidos que parecían disparos de
pistola», en palabras del pasajero Francis Browne, y su popa se bamboleó hasta
quedar apuntada hacia el Titanic[41]. Browne,
fotógrafo entusiasta, se apoyó con su cámara sobre la barandilla de la cubierta
superior para captar la popa del New York situada a poco más
de un metro del Titanic. «A mi lado, una voz dijo: “Van a chocar”,
y apreté el disparador», recordaría. Entonces Browne avanzó aún más hacia la
proa y vio «cómo el negro casco del New York se deslizaba
lentamente» junto al Titanic[42]. Un
repentino borbotón de agua provocado por la hélice de babor del Titanic,
que siguió a la orden «¡todo a popa!» del puente de mando, evitó el previsible
choque, aunque por los pelos. Unos remolcadores ataron sus cabos al New
York y se lo llevaron para amarrarlo en otra parte, pero el amago de
colisión retrasó una hora o más la partida del Titanic.
Después,
durante la comida, en el Titanic se habló mucho del incidente,
y, en tanto que algunos se preguntaban en voz alta si los barcos de pasajeros
no se habían vuelto demasiado grandes, otros señalaban que era un mal augurio
para la travesía de un buque. Pero a última hora de la tarde, mientras los
pasajeros subían y bajaban en tropel por la espléndida escalinata para explorar
las cubiertas y los espacios públicos, la conversación giraba en torno al
tamaño y el esplendor del nuevo transatlántico. «Nunca dirías que estamos a
bordo de un barco» era uno de los comentarios más frecuentes. Frank Millet se
contagió del entusiasmo general de aquella noche y a la mañana siguiente
escribió a Alfred Parsons que en el Titanic se sentía «como si
no estuviera en el mar. No tienes ni idea de lo espacioso que es este barco…
Excepto taxis y teatros, tiene de todo».
Dada la
debilidad de Madeleine, seguramente Bruce Ismay no entretuvo demasiado a los
Astor, que fueron conducidos a su espaciosa y elegante suite en la cubierta C.
Fue entonces cuando la camarera Violet Jessop vio a Madeleine primera vez. «En
lugar de la mujer radiante que imaginaba, una persona que había logrado vencer
grandes obstáculos para casarse con el hombre al que amaba —escribió con
posterioridad—, vi a una joven apagada, callada, pálida, de cara triste, que
llegaba apáticamente agarrada del brazo de su marido y parecía indiferente a
todo lo que la rodeaba».
Es
evidente que Madeleine Astor acusaba los efectos de su embarazo y de una larga
jornada de viaje. Violet Jessop dejó un retrato aún más desfavorecedor de una
rica matrona americana, a la que se refirió discretamente con el seudónimo de
«señora Klapton».
Sentí
pena cuando la señora Cyrus Klapton, agarrada a su pequinés, bajó a mi sector
seguida de una alicaída criada. Antes de embarcar, siempre había metido en
vereda a todas las criadas, una tras otra. Aunque mi empleo no era tan
prestigioso, me consideré afortunada cuando miré a esa criada y vi en qué la
había convertido su trabajo[43].
Se supone
que para la descripción de esa adinerada arpía Violet Jessop se inspiró en
Charlotte Drake Cardeza, una heredera de Filadelfia que había reservado una
suite aún más lujosa que la de los Astor y que embarcó con aún más equipaje.
Sus catorce baúles, cuatro maletas y tres cajones de embalaje contenían setenta
vestidos, diez abrigos de pieles, ochenta y cuatro pares de guantes y treinta y
dos pares de zapatos, así como boas de plumas, parasoles, manguitos de armiño y
peines de marfil. Su joyero albergaba un anillo de diamantes y rubíes birmanos
valorado en catorce mil dólares (trescientos mil dólares de hoy), así como un
diamante rosa de siete quilates de Tiffany con un valor de veinte mil dólares
(cuatrocientos cincuenta mil dólares de nuestros días). La señora Cardeza había
reservado una de las dos suites de super lujo de la cubierta B, cada una de las
cuales disponía de un salón con chimenea de mármol y una terraza privada de
cincuenta pies de longitud decorada con plantas y madera tallada al estilo Tudor.
(La otra suite de lujo la había reservado J. P. Morgan, pero la ocupaba J.
Bruce Ismay). Charlotte Cardeza se dirigía a Montebello, a su mansión de piedra
amurallada en la elegante localidad de Germantown (Pensilvania). Sin embargo,
al parecer no se mezclaba demasiado con la alta sociedad de Filadelfia. Aquella
baja y fornida viuda de cincuenta y ocho años era de lo más feliz dedicándose a
la caza mayor, y durante un tiempo tuvo un yate de vapor, el Eleanor,
suficientemente grande para llevarla todos los años a África de safari. Su hijo
Thomas, de treinta y seis años, quien había estado viviendo en un refugio de
caza en Hungría, la acompañaba de regreso a casa para recibir tratamiento
médico. Charlotte seguramente pensó que relajarse encerrado en su terraza
privada sería bueno para la salud de su hijo, pero Thomas la utilizaba para
organizar partidas de póquer.
Aunque
Charlotte Cardeza parece otra posible candidata para entrar en la categoría
«detestable y ostentosa» de Frank Millet, no era una de esas mujeres a las que
el escritor vio con perritos, pese a que Violet Jessop describiera a su señora
Klapton con un pequinés. Myra Harper, la esposa de Henry Sleeper Harper, de la
familia de editores neoyorquinos, sí subió a bordo un pequinés al que había
llamado Sun Yat–Sen, que era el nombre del presidente de China. Otro perro
faldero, Frou Frou, acompañaba a la recién casada Helen Bishop, de diecinueve
años, quien después de cuatro meses de luna de miel regresaba a Dowagiac
(Michigan) con su marido, Dickinson Bishop, de veinticinco años. Mientras
esperaba en la sala del transbordador, Frank Millet tal vez se fijara asimismo
en un pomerania propiedad de Elizabeth Rothschild, de cincuenta y cuatro años,
y de su marido Martin, de cuarenta y seis, un fabricante textil de Nueva York.
Aunque
Millet admiraba los espaciosos camarotes del Titanic, la pequeña
cabina interior que él había reservado era muy distinta. Frank era un yanqui
austero que tenía por norma no gastar mucho dinero en un alojamiento de barco.
Pero, como había camarotes de primera libres, un grupo de pasajeros se las
arregló para mudarse a una habitación mejor, y Frank tal vez fuera uno de
ellos. Norris Williams y su padre estaban bastante satisfechos con su camarote
de dos literas, que era más grande de lo que esperaban. Norris empezó de
inmediato a describirlo en una carta que escribió a su madre en un santiamén
para enviarla con el transbordador, que regresaba a Cherburgo. «Por supuesto,
hay habitaciones de toda clase, para fumar, para leer, salones de té, con
palmeras —escribió—, y, como puedes figurarte, hay muchas otras habitaciones,
pero como solo llevamos diez minutos a bordo, aún no hemos podido verlo todo»[44].
Edith
Rosenbaum quedó impresionada con su lujoso camarote de la cubierta A y se
alegró de poder colocar parte de su equipaje en una cabina vacía situada justo
enfrente. Al bajar a cenar, no pudo sino sentirse anonadada por las dimensiones
y el lujo de los salones públicos del Titanic, que le parecieron
más grandes que los de la mayoría de los mejores hoteles de París. Pero en una
carta que envió a su secretaria a la mañana siguiente, se quejó de que el barco
«es un monstruo, y no puedo decir que me guste, ya que me siento como si
estuviera en un gran hotel, en lugar de un barco acogedor». Al despedirse,
escribió: «No puedo superar la sensación de depresión y premonición de que algo
malo va a pasar. Ojalá lograra quitármela de encima»[45].
Margaret
Brown seguía teniendo frío después de la larga espera en el transbordador, así
que decidió privarse de una opípara cena en el salón para refugiarse en su
camarote al calor de su estufa eléctrica y la gruesa colcha que cubría su cama
de latón. Muchos de los pasajeros que habían embarcado en Southampton ya
estaban sentados a la mesa del comedor cuando llegaron los transbordadores de
Cherburgo, como recordó el fotógrafo Francis Browne:
Cuando
nos sentamos a cenar (en nuestra mesa éramos ocho), vimos pasar por el salón
[la sala de recepción] a los pasajeros recién llegados, y oímos el ajetreo de
los empleados que embarcaban los equipajes y el correo. Pero pronto todo se
calmó, y al cabo de un rato alguien comentó: «Me pregunto si ya hemos zarpado».
Nos paramos a escuchar un momento y, como no percibiéramos vibración o ruido
alguno, llegó la respuesta: «No, no puede ser que hayamos zarpado ya». Pero el
camarero que nos atendía se acercó y dijo: «Hace más de diez minutos que
dejamos atrás el rompeolas, señor». El movimiento del barco era tan suave que
nadie podía notarlo (y en la mesa no había ninguna bebida más fuerte que el
agua mineral Apollinaris[46].
Francis
Browne, de treinta y dos años, estudiaba segundo de teología en Dublín y se
preparaba para ordenarse sacerdote con los jesuitas. El viaje, el primero que
realizaba en un transatlántico, había sido un regalo de su tío, el obispo de
Cloyne, cuya catedral estaba en Queenstown (hoy Cobh, Irlanda), que iba a ser
la siguiente parada del Titanic. Browne viajaba a Queenstown con
los Odell, una familia de ingleses católicos que su tío conocía y que iban a
recorrer Irlanda en coche. Fue una suerte para la posteridad que Browne llevara
consigo su cámara, otro regalo de su tío obispo. Las fotografías tomadas a
bordo del Titanic son realmente pocas, y las del álbum del
padre Browne constituyen la mayor parte del conjunto, y la más importante.
Browne
había empezado a hacer fotos esa mañana en la estación londinense de Waterloo
antes de la partida del tren marítimo, a las 9:40 horas. Cuando llegó a
Southampton, hizo una fotografía panorámica desde la cubierta de babor
del Titanic, anclado en el Muelle del Océano. Tras documentar el
amago de colisión con el New York, almorzó apresuradamente en el
salón, ya que quería estar en cubierta cuando pasaran junto a la isla de Wight.
Mientras fotografiaba una de las cinco fortalezas circulares de piedra que se
encuentran en las aguas del estrecho de Solent, cerca de Portsmouth, un
pasajero estadounidense se dirigió hacia él. Con una voz chillona y penetrante
que, en palabras de Browne, «no había adquirido la entonación de esta parte del
océano», el americano preguntó:
—Caballero,
¿sabría decirme por qué el canal es tan estrecho en esta parte?
—Supongo
que cuando construyeron esas fortalezas no contaron con que pasarían por aquí
barcos tan grandes como el Titanic —respondió Browne.
—No me
refería a eso. ¿Por qué está tan cerca la tierra aquí?
Con un
cáustico humor irlandés, Browne respondió:
—Bueno,
supongo que no pudieron mover la isla de Wight.
El
americano, impertérrito, le preguntó a continuación por la distancia entre
Dover y Calais, y añadió:
—Y
ustedes, los ingleses, ¿por qué no cruzan por esta parte?
Browne
recordó «una lejana clase de geografía» y respondió:
—Ah, eso
no es Francia, es la isla de Wight.
—Ya veo.
Creí que era Francia —contestó el americano antes de marcharse[47].
Diríase
que la curiosidad formaba parte del carácter de aquel americano alto y
despeinado con acento de Georgia. Se llamaba Jacques Heath Futrelle y había
escrito una serie de novelas de misterio con las que se ganó el apodo de «el
Conan Doyle americano». Sus populares relatos de la Máquina Pensante,
protagonizados por un brillante sabueso aficionado, el profesor S. F. X. van
Dusen, se habían publicado por capítulos en el Boston American,
diario propiedad de William Randolph Hearst, en cuya redacción trabajaba
Futrelle. El entusiasmo del público por el personaje le permitió dejar el
periodismo y concentrarse en la escritura de novelas de misterio. Gracias a los
derechos de autor compró a su mujer, Lily May, también escritora, y a sus dos
hijos, una casa llamada Stepping Stones en el puerto de Scituate
(Massachusetts). Si Futrelle no estaba de lo más despierto durante su
conversación con Francis Browne, seguramente se debía a que él y su mujer no
habían dormido la noche anterior. La fiesta en la que celebró con sus amigos su
treinta y siete cumpleaños en Londres duró hasta las tres de la madrugada y, en
lugar de irse a la cama, los Futrelle decidieron hacer las maletas para
marcharse a Southampton a primera hora.
Francis
Browne pronto volvería a ver a Futrelle en cubierta, donde le hizo una foto que
lo muestra de pie junto a las ventanas arqueadas del gimnasio del barco. Luego
Browne entró en el gimnasio y fotografió a un entrenador vestido de blanco que
posó alegremente en un aparato de remo. A continuación, bajó a la cubierta A y
tomó una fotografía desde el pie del puente del barco en la que aparece a lo
lejos Archie Butt, el amigo de Frank Millet, conversando con dos hombres.
Archie lleva un abrigo militar negro sobre el uniforme de comandante del
ejército de Estados Unidos. El primer día de la travesía inaugural era sin duda
una buena ocasión para llevar uniforme. Cuando había partido con Millet en
el Berlin cinco semanas atrás, vestía de paisano, lo que llevó
al New York Times a publicar un artículo con el titular: «El
maravilloso traje del comandante Butt». El reportero escribió que Archie
embarcó «con un traje que se ganó la admiración de todos los pasajeros que
estaban en la cubierta del buque»:
Su
pañuelo de batista sobresalía de la manga izquierda… Llevaba una chaqueta
Norfolk de vivo color cobre, abrochada con grandes botones de porcelana roja en
forma de bola, una corbata lila, cuello ancho alzado, pantalón de la misma tela
que la chaqueta, sombrero hongo de ala ancha y plana y zapatos de charol con
las punteras blancas. El comandante lucía un ramillete de lirios en el ojal y
parecía encantado de marcharse. Dijo que había perdido veinte libras de peso
siguiendo al presidente en su agotadora gira por el oeste.
A la
pregunta de si era verdad que estaba prometido con la señorita Dorothy
Williams, de Washington, el comandante Butt replicó con tristeza: «Ojalá lo
estuviera. Esta soltería conlleva una existencia desdichada. Me abruman los
síntomas de congoja, y no rechazaré ninguna oferta razonable de ingreso en el
campo del matrimonio. Haré todo lo que pueda, y si este año bisiesto pasa sin
que consiga una esposa, me sentiré de lo más desalentado».
El
apuesto comandante no llevaba abrigo y, al posar para los fotógrafos en la
cubierta barrida por el viento, una o dos veces se estremeció de frío…[48]
* * * *
Archie
tenía fama de dandi, y con razón: siete baúles le acompañaban a Europa solo
para transportar su ropa. Pero la descripción de una corbata lila y de lirios
en el ojal sugiere una extravagancia rayana en el afeminamiento. Archie era un
hombre de buen talante que disfrutaba bromeando con los reporteros, a quienes
alimentaba con cotilleos sobre la Casa Blanca. Como había sido periodista en el
pasado, sabía cómo complacer a la prensa. Y la presencia de reporteros de
varios periódicos con ocasión de su partida revela hasta qué punto se había
convertido en un personaje conocido en Washington. Pero el artículo del New
York Times probablemente no le hizo gracia, y cabe imaginárselo
desahogando su rencor al respecto con el humor sardónico del que con tanta
frecuencia hizo gala en las cartas que escribía casi a diario a su cuñada
Clara.
Archie
planeaba recopilar y publicar sus cartas a Clara en forma de diario de sus años
en la Casa Blanca. Las escribía rápido, a menudo al final de jornadas muy
largas, pero con un apreciable estilo. «Nunca releo ni corrijo mis cartas —le
aseguró a Clara—. He decidido reservar esa tarea para mi vejez, si es que
llego…»[49] Con
su espontaneidad, las cartas de Archie ofrecen una excepcional imagen de los
entresijos tanto de la Casa Blanca como del ambiente social de Washington
durante los gobiernos de Theodore Roosevelt y de Taft. Archie sabía que sus
cartas interesarían a los historiadores y, antes de marcharse a Europa, dio a
su cuñada órdenes inequívocas de que, «en caso de accidente de cualquier tipo»,
no debía suprimir ningún nombre, «ya que las cartas, si tienen algún valor
histórico, deben publicarse tal y como fueron escritas»[50].
Archie se
había enrolado en el ejército de Estados Unidos cuando estalló la guerra
hispano–estadounidense y fue un oficial de intendencia muy eficiente en sus
viajes de servicio a Cuba y Filipinas. Eso, unido a sus impecables modales y a
su exquisito encanto sureño, convirtió al capitán de cuarenta y dos años en un
candidato perfecto para el cargo de asesor militar del presidente. El carácter
de ese puesto era principalmente ceremonial, ya que se trataba de aportar algo
de pompa uniformada a las recepciones de embajadores y celebraciones por el
estilo, de «mostrar galones dorados», como diría Archie, pero él proporcionaría
mucho más que eso. Su trabajo en la Casa Blanca comenzó el 8 de abril de 1908.
No tardó en granjearse la amistad del presidente Theodore Roosevelt, con el que
jugaba duros partidos de tenis y realizaba excursiones a caballo por el parque
de Rock Creek. El presidente pronto le confió el cuidado de los establos de la
Casa Blanca, incluidos sus propios caballos. A ambos les unía además una herencia
sureña compartida —la madre de Roosevelt era de Georgia—, y el vivaz Teddy no
tardó en caracterizar a Archie y a sí mismo como «dos viejos caballeros del
sur» mientras tomaban bourbon con menta y hielo vestidos con traje de tenis y
bromeaban sobre los yanquis de Nueva Inglaterra.
A la
primera dama, Edith Roosevelt, Archie también le pareció un agradable
complemento al personal de la Casa Blanca, además de un acompañante adecuado
para ir al teatro o a reuniones sociales cuando el presidente tenía algún
compromiso. A finales de julio, le invitó a pasar unos días con la familia en
Sagamore Hill, su refugio veraniego en Oyster Bay, en Long Island, y fue allí
donde Archie fue prácticamente adoptado por la familia Roosevelt. En cuatro
cartas dirigidas a su madre, Archie describe unos días templados en «la Casa
Blanca de verano», en los que «no paramos de jugar al tenis, nadar, ir en bote
y a caballo… y me encanta»[51].
Gracias a
su buen humor, Archie se ganó el cariño de los seis hijos de los Roosevelt. En
una ocasión, describió un chapuzón después de jugar al tenis en el que «todos
participaron en la batalla acuática y se formaron bandos para ver quién
conseguía echar a los otros de la balsa»[52]. Cuando
Archie salió del agua, la pierna le sangraba por las magulladuras que se había
hecho con los percebes adheridos a la parte inferior de la balsa. El presidente
le preguntó qué había pasado, y Archie respondió en broma que el culpable había
sido uno de los invitados, un joven adinerado de Nueva Inglaterra llamado
William (Billy) Phillips que trabajaba en el Departamento de Estado. Roosevelt
se puso a aullar, y más tarde contó a un grupo de visitantes que «Phillips se
había metido en el agua sin quitarse las espuelas, y yo [Archie] dije que si
Phillips fuera un caballero, se cortaría las uñas». Archie explicó a
continuación que Phillips, «el arquetipo de bostoniano culto, no fue capaz de
encontrarle ninguna gracia al comentario»[53].
Billy
Phillips y sus «espuelas acuáticas» se convirtieron en un chiste recurrente que
siguió contándose cuando hubieron regresado a la Casa Blanca. Ese mes de
octubre, Archie decidió corresponder a la anfitriona, invitándolas a ella y su
hija Ethel a un almuerzo en su casa. En cuanto Theodore Roosevelt se enteró, se
invitó a sí mismo, con lo que la ocasión se convirtió en algo muy importante,
ya que el presidente raras veces comía fuera de la Casa Blanca. Pese a su
afirmación de que la soltería conllevaba «una existencia desdichada», en
realidad Archie manejaba con considerable aplomo los detalles domésticos de su
vida. Tenía una casa bien amueblada de la que se ocupaban un cocinero y unos
criados filipinos, y alquilaba habitaciones a otros solteros. Archie describió
a su madre con amoroso detalle la planificación del almuerzo presidencial,
desde la mesa (manteles individuales en lugar de uno grande) hasta la elección
del «sencillo menú sureño» y del resto de los invitados. Uno de ellos sería el
ultrarrefinado hombre de Nueva Inglaterra que había estado en Sagamore Hill,
Billy Phillips. Cuando sirvieron la sopa, llevaron a Phillips, tal como había
dispuesto Archie (con el apoyo del presidente), un bol de agua con un papel
enrollado a un par de espuelas. Phillips desenrolló animosamente el papel, que
decía:
GEORGIA
reconoce el derecho de Nueva Inglaterra a establecer una nueva costumbre en la
guerra y, en reconocimiento de ello, por la presente se proclama al señor
William Phillips de Massachusetts CABALLERO de las ESPUELAS ACUÁTICAS por
decisión del presidente, aconsejado por sus asesores[54].
El chiste
fue todo un éxito, como lo fue el almuerzo entero, y la pareja presidencial se
entretuvo admirando los muebles de estilo español de Archie y la colección de
abanicos chinos que había adquirido durante su estancia en Filipinas. Archie
debió de describir esa feliz reunión en una de las últimas cartas que envió a
su madre, que moriría pocos días después. Archie quedó destrozado, ya que era
el hijo que más la quería. La madre, que había enviudado cuando él tenía doce
años, había empezado a trabajar como bibliotecaria en la Universidad del Sur en
Sewanee (Tennessee) para ayudar a pagar la matrícula universitaria de Archie y
su hermano menor, Lewis. Murió en Inglaterra durante una visita a su hijo
mayor, Edward, y la distancia hizo las cosas aún más difíciles para Archie.
Finalmente transportó en tren las cenizas a Augusta (Georgia) para enterrarlas
en el panteón familiar. Más tarde, en una carta a Clara, señalaría que «cada
día echo más de menos a mamá, y la horrible certeza de que no volveré a verla
nunca más me paraliza el cerebro…»[55].
Los
Roosevelt se mostraron muy amables con el afligido Archie, y la primera dama
organizó una travesía por el Potomac en el yate presidencial al día siguiente
de su llegada. Sin embargo, el presidente y su familia harían pronto las
maletas para abandonar la Casa Blanca tras la elección en noviembre de William
Howard Taft, designado como sucesor de Roosevelt. Butt había conocido a Taft
cuando este era gobernador civil de Filipinas, y tras la toma de posesión, la
nueva familia presidencial acogió pronto a Archie. «El hombre grande», como
Archie llamaba a Taft, apreciaba a su asesor militar «como si fuera un hijo o
un hermano». Taft era un hábil jinete y jugador de golf aunque pesaba
trescientas libras, y Archie participaba con él en esas actividades y en sus
paseos diarios. También acompañaba al presidente, a su esposa, Helen (Nellie)
Taft, y a su hija adolescente, Helen, cuando navegaban en el yate presidencial,
el Mayflower, así como en sus visitas a su residencia veraniega en
Beverly (Massachusetts). Un empleado de la Casa Blanca apodó a Archie «el
Bienamado», y Taft aumentó su confianza en «el Bienamado» después de que en
mayo de 1909 Nellie Taft sufriera un ataque al corazón que durante unos meses
la incapacitó para ejercer muchas de las obligaciones de la primera dama.
En 1911,
Archie utilizó su amistad con Taft para tratar de subsanar la desavenencia que
se había producido entre el nuevo presidente y su predecesor. Tras el
nombramiento de Taft en marzo de 1909, Roosevelt y su hijo Kermit partieron a
una expedición de caza en África, y el ex presidente no regresó a América hasta
junio de 1910. En las elecciones de aquel mes de noviembre, los demócratas se
hicieron con el control de la Cámara de Representantes y el Senado, lo que
levantó serias dudas sobre la capacidad de Taft para mantener la Casa Blanca
bajo poder republicano en 1912. Taft se convenció pronto de que Roosevelt le
disputaría la candidatura. El incansable Teddy no se andaba con rodeos y no fue
capaz de ocultar su decepción por la tímida continuación de sus políticas
progresistas por parte de Taft. Archie hizo una visita conciliatoria a Sagamore
Hill el 28 de enero de 1912 y más tarde escribió en una carta a Clara que no
pensaba que Roosevelt fuera a presentarse. Pero pocas semanas después,
Roosevelt anunció que se lanzaba al ruedo[56].
Se ha
escrito con frecuencia que el esfuerzo por preservar su lealtad a ambos hombres
puso a Archie al borde de una crisis nerviosa a principios de 1912. Sin
embargo, sus cartas revelan que la razón de su desánimo era en realidad un
malestar físico causado por el estrés y el exceso de trabajo. Archie había
permanecido junto a Taft durante una durísima precampaña en la que recorrieron
veintiocho Estados en el otoño de 1911. Según sus propias cuentas, viajaron
durante cincuenta y ocho días e hicieron doscientas veinte paradas, en las que
Taft ofreció trescientos ochenta discursos a los que asistieron «3.213.600
estridentes ciudadanos». (Archie se mostró especialmente irritado con los
«desvergonzados mocosos» que gritaban «Hola, gordinflón» al presidente). Archie
explicó a Clara que, «como te puedes imaginar, tenemos los nervios destrozados
y las tripas revueltas»[57].
Ciertamente, Archie tuvo graves problemas intestinales a causa de una
«autointoxicación», enfermedad inducida por el estrés que le impedía digerir
bien la comida y que provocó que unos niveles imparables de toxinas le pasaran
a la sangre. Fue esa enfermedad lo que causó la pérdida de veinte libras de la
que hablaría luego al reportero del New York Times y que llevó
a sus amigos a comentar lo demacrado y enfermo que parecía.
El 23 de
febrero de 1912, Archie escribió a Clara sobre su decisión de ir a Roma para
pasar unas breves vacaciones con Frank Millet. «Odio tener que abandonar al
gran jefe blanco justamente en este momento, pero…, si quiero sobrevivir a este
espantoso verano, tengo que tomarme un descanso ahora»[58]. Soldado
leal como era, Archie decidió no dejar en la estacada a Taft durante las
elecciones del otoño. «Mi devoción al coronel [Roosevelt] es tan fuerte como el
día en que se fue, pero este hombre [Taft] se ha encariñado tanto conmigo en
estos últimos tres años que no puedo abandonarlo ahora»[59].
En una
frase de esta carta que se ha citado con frecuencia, Archie le dice a Clara: «…
no olvides que todos mis papeles están en el almacén y que, si el viejo barco
se hunde, encontrarás mis asuntos en orden». Esto se ha considerado a menudo
una premonición sobre el destino del Titanic, pero lo cierto es que
Archie añade a continuación: «… te escribo como siempre en este tono, vaya a
donde vaya; sé que en esta ocasión las premoniciones no te preocuparán»[60]. La
temporada que Archie pasó en Roma le serviría para recuperarse, pero su
desánimo y fatalismo volverían a aparecer. Cuando fue a ver a su prima Rebie
Rosenkranz en Londres antes de zarpar, al marido de esta le pareció que Archie
«se encuentra en un estado depresivo y triste…, nervios, lo llama él». En su
último día completo en Londres, propuso visitar la abadía de Westminster
diciendo que, «si no la veo ahora, no la veré nunca»[61]. Pero
Archie no tenía malos presentimientos respecto al Titanic, del que
había oído decir que era insumergible, y en la fotografía que le hizo el padre
Browne se le ve charlando animadamente en la cubierta A. Así pues, hay motivos
para creer que en la cena del 10 de abril de 1912 hizo gala de su habitual
naturaleza afable.
Habiendo
viajado a menudo en transatlánticos, Archie sabía que lo mejor era ir al
comedor poco después de embarcar a fin de reservar una buena mesa para el
viaje, que esta vez compartiría con Frank Millet y Clarence Moore, un amigo
suyo de Washington. Aquella noche, durante la cena, es probable que la
conversación de los tres hombres girara en torno a las audiencias concedidas a
Archie por el Papa y el rey de Italia, además del posterior viaje de Archie a
Inglaterra para ver a su hermano mayor, Edward, un comerciante de algodón que
vivía en Chester, cerca de Liverpool. Sin duda charlaron un poco sobre caballos
y perros —tal vez para consternación de Millet—, ya que Clarence Moore era un
destacado jinete y adiestrador de sabuesos en el elegante Club de Caza Chevy
Chase. Acababa de recorrer el norte de Inglaterra en busca de buenos perros y
había comprado cincuenta parejas para el recién inaugurado Club de Caza de Rock
Creek. Archie también amaba los perros con fervor y poseía algunos pointers que
compartían perrera en Washington con los ejemplares de Moore.
Clarence
Moore, de cuarenta y siete años, era un banquero y corredor de bolsa de
Washington cuya inversión más sabia había consistido en casarse con Mabelle
Swift, heredera de una fortuna del sector cárnico de Chicago. Eso le permitió
adquirir una gran mansión de estilo beaux–arts en el tramo más elegante de
Massachusetts Avenue y una gran casa al lado del mar con vistosos toldos
llamada Swiftmore, cerca de la residencia de verano de Taft, en Beverly
(Massachusetts). Moore había jugado alguna que otra vez al golf con Archie y
«el gran jefe blanco» en el club de campo de Beverly.
Dada la
tardía llegada de Frank Millet, Archie y Clarence Moore probablemente
decidieron cenar tarde en el comedor, tal vez en uno de los rincones de la
sala, donde las ventanas de vidrio emplomadas iluminadas del otro lado, creaban
una atmósfera más acogedora. «Era difícil creer —escribió más tarde otro
pasajero— que no estábamos en un gran hotel de lujo»[62]. El menú
largo y suntuoso, reflejaba el gusto eduardiano por las comidas elaboradas y
con muchos platos, desde el aperitivo, la sopa, el pescado, las aves y la carne
hasta canapés salados, una ensalada y una selección de pudines y dulces. El
médico había puesto a Archie una dieta muy estricta, pero, como era amante de
la buena mesa, es probable que en el comedor del Titanic acabara
«haciendo lo que los médicos prohibían».
Archie
era igualmente amante de la ópera, así que reconoció las melodías de la Cavalleria
rusticana y Los cuentos de Hoffmann que la orquesta
interpretaba en la Sala de las Palmeras. Probablemente Millet, Moore y Butt
tomaron café allí antes de retirarse a la sala de fumadores de la cubierta A,
un lugar que frecuentarían durante todo el viaje. La sala de humo, como se la llamaba
a menudo, era un espacio adecuado para la conversación masculina y las partidas
de cartas. Diseñada a imitación de un club de caballeros de Pall Mall, tenía
las paredes revestidas de caoba con incrustaciones de madreperla y vidrieras
pintadas a mano. Los sillones de cuero oscuros se agrupaban en torno a mesas
con tapetes verdes donde solía jugarse a las cartas. Sobre la chimenea de
carbón encendida, la única de verdad a bordo, colgaba un lienzo, obra del
pintor de temas marítimos Norman Wilkinson, que representaba unos barcos
entrando en el puerto de Plymouth. Es probable que Frank Millet lo examinara de
cerca, ya que pocos años antes había pintado una escena similar en el techo de
la aduana de Baltimore.
Después
de fumar y de jugar una partida de cartas, Butt, Millet y Moore probablemente
se fueron a dormir. Al fin y al cabo, había sido un día largo. Cuando se
dirigían a sus camarotes, apenas nada se movía mientras el barco mantenía su
rumbo a través de la parte baja del canal. En la cofa del trinquete, los vigías
Frederik Fleet y Reginald Lee veían a lo lejos las luces de la costa francesa,
y las de los mástiles de otros barcos. Unos prismáticos hubieran resultado
útiles para echar un vistazo más de cerca, pero los que habían usado en la cofa
durante la travesía de Belfast a Southampton se habían perdido. Se lo
comunicaron al segundo oficial de a bordo, Charles Lightoller, pero este les
dijo que no tenía otros de repuesto. A nadie pareció preocuparle, así que los
vigías tampoco le dieron importancia, eran cosas que sucedían en las travesías
inaugurales.
Capítulo
4
«Un montón de gente rara»
Jueves 11
de abril de 1912, 09:00 horas
A la
mañana siguiente, temprano, Frank Millet cogió una hoja de papel de carta color
crema de la White Star, con el gallardete rojo de la compañía y la leyenda «A
bordo del RMS Titanic» impresos en la parte superior, y empezó a escribir a su
amigo Alfred Parsons. Tras ensalzar las comodidades del Titanic,
describió su alojamiento:
Es el
mejor camarote que he tenido nunca, y no es de los mejores. Un gran pasillo
largo para colgar la ropa y, junto a una gran lámpara, una ventana cuadrada tan
grande como la del estudio [de Russell House]. Incontables muebles, armarios,
ropero, cómoda, sofá, etc.[63].
Esta
descripción no concuerda con la de la habitación E-38, que era la que tenía
asignada según la lista de pasajeros. Es, en cambio, un retrato preciso del
camarote de Archie Butt, el B–38. Archie, al igual que Frank, había pagado
veintiséis libras por su pasaje, pero la Casa Blanca se las arregló para que le
dieran un camarote más grande. Es posible que Archie hubiera logrado que
trasladaran también a su amigo a un camarote más grande, aunque Millet
seguramente no querría pagar mucho más. También es posible que Frank decidiera
simplemente usar su pequeña cabina para dormir y pasarse los días leyendo y
escribiendo en el gran camarote de Archie. Según parece, los dos habían
compartido camarote durante la travesía en el Berlín, en marzo, y
también habían vivido juntos en Washington. Un amigo común comparó la estrecha
relación entre estos dos hombres con la de Damón y Fintias, y otro observó que
«se entendían de una forma muy poco corriente»[64].
Afirmaciones como estas han alimentado especulaciones sobre la posible
existencia de una relación más íntima entre Frank y Archie.
De los
dos, Archie Butt parece reunir más cualidades propias de un homosexual, ya que
era un elegante soltero intensamente devoto de su madre. Frank Millet, en
cambio, era un corresponsal de guerra condecorado, estaba casado y era padre de
tres hijos. Sin embargo, solamente en el caso de Millet existen pruebas
fehacientes de relaciones afectuosas con personas del mismo sexo. De forma
bastante sorprendente, se ha conservado un puñado de cartas de amor dirigidas a
un poeta y escritor de San Francisco llamado Charles Warren Stoddard. Están
fechadas en 1874, cuando Millet, quien tenía entonces veintiocho años,
disfrutaba de la vida bohemia en Europa después de haber completado sus
estudios de arte en la Real Academia de Amberes. Aquel otoño se había marchado
a Venecia para pintar y estudiar a los maestros italianos, particularmente a
Tiziano. También a Charlie Stoddard, de treinta y un años, le cautivaba la vida
errante. Cuando tenía veintitantos años hizo cuatro viajes a Hawai y a otra
isla del Pacífico, sobre los cuales publicó un libro, South Sea Idyls,
que contiene descripciones de encuentros con nativos de carácter
inconfundiblemente homo erótico para cualquier lector despierto.
En el
otoño de 1874, Stoddard se ganaba la vida en Europa escribiendo artículos de
viajes para el San Francisco Chronicle. Una noche, en la ópera de
Venecia, un joven entró en silencio en su palco durante el intermedio. «Nos
miramos —escribió Stoddard— y al cabo de un minuto ya nos conocíamos»[65]. El
joven era Frank Millet. Este le preguntó enseguida a Stoddard qué planes tenía
para el invierno y le propuso que vivieran juntos. Stoddard aceptó, y más tarde
recordaría que «casi de inmediato nos sentimos muy cerca el uno del otro».
Es
posible que Millet hubiera conocido a Stoddard pocos meses antes en Roma a
través de Mark Twain, para quien Stoddard era una especie de secretario y
compañero de juergas. Frank necesitaba a alguien con quien compartir el
alquiler de la Casa Bunce, una vivienda de ocho habitaciones con vistas al Gran
Canal que había heredado de otro artista que trasladó su campamento a Roma.
Pero Charlie Stoddard se convertiría en algo más que un compañero de
habitación. Fue el primer amor de Millet, y tal vez el más grande, y su idilio
veneciano quedaría grabado por siempre en su memoria. Durante el día, Frank
trabajaba con diligencia en su arte, unas veces copiando obras de las iglesias
y las galerías, otras dibujando bocetos en la plaza de San Marco. Charlie
fumaba, dormía y trabajaba con parsimonia en sus artículos para el Chronicle.
Por la noche daban un paseo en góndola con Giovanni, su gondolero, cocinero y
chico de los recados. En sus textos para el Chronicle, Stoddard
cambiaba el género de su pareja al escribir sobre «caricias» con «mi amada» en
una góndola, «…pero eso queda entre nosotros»[66].
A finales
de enero de 1875, la pareja abandonó Venecia para hacer un recorrido de tres
semanas por el norte de Italia. En Padua, Frank quedó fascinado por los frescos
de Giotto que decoran la capilla de los Scrovegni. Stoddard, católico converso,
se dejó deslumbrar por la basílica de San Antonio y regaló a Frank un medallón
del santo patrón de los objetos perdidos. Después siguieron hasta Florencia,
donde vieron, fuera del horario de visitas, el David de Miguel
Ángel. Tras sobornar al guardián para que les abriera un cobertizo de madera
situado detrás de la Galería de la Academia, donde se guardaba la estatua, los
dos hombres treparon por una especie de andamio de madera hasta una plataforma
que rodeaba la figura a la altura de la cintura. Frank deslizó los dedos por
las venas hinchadas del brazo derecho y animó a Charlie a hacer lo mismo. Más
adelante explicaría que tuvo deseos de abrazar la imagen de mármol porque
parecía caliente como la carne[67]. Frank
había visto el David en Florencia el año anterior, y en
aquella ocasión ya fantaseó con tocarlo junto a Charlie, tal vez imaginándose a
los dos en comunión con un artista de tiempos pasados que compartía su aprecio
por la belleza masculina.
Continuaron
después a Siena, donde, según Stoddard, los amantes durmieron en «una gran cama
doble…, tan blanca y mullida que se parecía bastante a una gigantesca tarta. Y
fuimos felices»[68]. Sin
embargo, poco después de regresar a Venecia, la felicidad empezó a palidecer,
al menos en el caso de Charlie. Escaseaba el dinero y la Casa Bunce tenía
muchas corrientes de aire y era difícil de calentar, lo que le provocó un
ataque de reuma a Frank. En esta escena que parece sacada de La Bohème se
coló de repente una figura alta y apuesta, con una capa «de corte byroniano» y
un gran sombrero con borlas, a la que Charlie puso el mote de Montecristo. Era
en realidad un artista americano llamado A. A. Anderson, que vivía de las
rentas y gustaba de la buena vida y el lujo. Charlie, deslumbrado, pasó días
enteros en la góndola de Anderson, «leyendo, charlando, escribiendo, soñando o
simplemente a la deriva…». En su suite del hotel Danieli, Anderson organizó una
cena que a Charlie le pareció «el sueño de un sibarita hecho realidad»[69]. Poco
después, el extravagante americano se marchó precipitadamente a Egipto, y a
partir de ese momento la vida en la Casa Bunce le pareció bastante sosa al
decepcionado Charlie. En mayo, la mariposa de Millet, como este llamaba a
Stoddard, había emprendido el vuelo con destino a Chester, en Inglaterra, para
reunirse con un hombre con el que había tenido una cita amorosa el año
anterior.
Millet,
completamente desolado, expresó su amor por Charlie y su añoranza en unas
cartas que no hicieron sino aumentar el alejamiento de su mariposa. « ¿Que si
te añoro? Puedes apostar la vida a que sí —escribió—. Ponte en mi lugar. Quien
añora no es el que se ha ido, sino el que se queda. La silla vacía, la cama
vacía, la casa vacía»[70]. Sobre
la puerta de la Casa Bunce colgó un cartel con la leyenda Ubi bohemia
fuit? (¿Adónde se ha ido la bohemia?)[71], y en
sus cartas a Charlie no paró de imaginar escenarios donde pudieran recrear
«nuestra pequeña bohemia». Es raro encontrar expresiones de pasión masculina
tan atrevidas en una correspondencia del siglo XIX, y de las cartas de Millet
se desprende que, en el mundo de la bohemia europea en el que tan profundamente
se sumergió, apenas tenían cabida los reparos de su herencia puritana de
Massachusetts.
Cuando en
el otoño de 1875, sus maltrechas finanzas le obligaron a volver a casa, a East
Bridgewater, sus cartas a Stoddard adquirieron un tono casi obsesivo debido a
su añoranza de Europa y de Charlie, y a su desprecio por el ambiente
provinciano que le rodeaba. Pero no sería hasta enero de 1877 cuando sus
finanzas le permitieron zarpar de regreso al Viejo Continente. Le acompañaron a
Francia las dos hermanas de Royal Merrill, su amigo de Harvard, junto con la
madre y un hermano más joven. Durante sus estudios, Frank había vivido un año
en Cambridge con la familia Merrill. En París, compartiría casa con ellos en
Montmartre y echaría aún más de menos a Stoddard.
« ¡Ven,
Charlie, ven! —.Escribió en la primavera de 1877—. Mi cama es muy estrecha,
pero podrás arreglártelas para acomodarte en ella, espero»[72]. De modo
que le invitaba a ir con él, sin preocuparle que las dos hermanas Merrill
vivieran en el piso de abajo. Finalmente, Stoddard le visitó a últimos de
abril, cuando Millet se disponía a marcharse a Bucarest, enviado por el New
York Herald, para informar del conflicto entre Rusia y Turquía. Luego, en
Bulgaria, intentaría despertar un poco los celos de Stoddard al escribir que
compartía «caricias, deliciosamente, con un joven griego»[73].
Millet no
volvería a París hasta mediados de abril del año siguiente. Llegó quemado por
el sol, extenuado por la guerra y con dos condecoraciones militares del zar de
Rusia. Los Merrill habían anhelado el regreso de «nuestro héroe»[74], y hacia
finales de 1878 Frank anunció que estaba enamorado de Elizabeth (Lily) Merrill,
la mayor de las dos hermanas. Su afecto por Lily parece que era auténtico, pero
Millet se convertiría en un marido a menudo ausente y en un padre indiferente.
No habría nunca otras mujeres en su vida, y tanto en sus relatos breves como en
sus cartas hay indicios de que su atracción sexual por los hombres fue algo más
que una fase de su juventud bohemia.
Un siglo
atrás, a los homosexuales se les llamaba «misóginos», y Millet tenía realmente
una vena misógina. Se opuso a que la Exposición de Chicago acogiera obras de
artistas femeninas, y su última carta a Parsons desde el Titanic destila
menosprecio por las mujeres. Además de clamar contra las «detestables
americanas ostentosas»[75] y
declarar que las jóvenes americanas eran «unos tiarrones»[76], Millet
comenta que el barco tenía «una sala de fumadores para las damas y otra para
los caballeros, supongo que para mantener a las mujeres fuera de la sala de
fumadores para hombres, que ellas infestan en los barcos
alemanes y franceses» (la cursiva es mía). Y termina diciendo que la húngara
Olga Mead, esposa del arquitecto William Mead, es «una p… [Puta]». En conjunto,
esta misoginia supera el machismo habitual en la época.
En esa
reveladora misiva, Millet empieza sus comentarios sobre los otros pasajeros con
unas líneas que han intrigado desde el principio a los investigadores del Titanic
Un montón
de gente rara en este barco. Al consultar la lista [de pasajeros], solo
encuentro a tres o cuatro conocidos, pero hay muchos de «los nuestros», me
parece…
Aunque en
1912 «raro»[77] ya
se usaba como término peyorativo para referirse a los homosexuales, Millet
probablemente no lo utilizaba en ese sentido. Pero ¿quiénes eran entonces los
«nuestros», que él pone entre comillas de forma tan enigmática? Si alude
simplemente a «la gente de nuestra clase», ¿por qué no lo dice así? Por sus
comentarios despectivos sobre los americanos, parece evidente que Millet piensa
que la mayoría de los que había a bordo no eran de su clase, como tampoco lo
serían para un inglés refinado como Alfred Parsons.
Este
último era un integrante clave de la «pequeña bohemia» que se había formado en
torno al hogar de los Millet en Broadway durante el verano de 1885. En 1900,
Millet le vendió cinco acres de su propiedad de Russell House, donde Parsons se
construyó una casa con jardín. Parsons se había dado a conocer como ilustrador
y pintor de escenas pastorales inglesas, y más tarde se ganó una reputación
como diseñador de jardines. Colaboró con Lawrence Johnston en la creación de
Hidcote, que es hoy uno de los jardines más visitados de Inglaterra, y diseñó
los de Lamb House, la casa del escritor Henry James en Rye. Al igual que James,
Parsons nunca se casó y llevó una vida de soltero recalcitrante.
¿Es
posible que Millet se refiriera a los homosexuales al hablar de «los nuestros»?
Parsons era muy buen amigo de Millet, y no es imposible que este aludiera a sus
afinidades compartidas. Habrían de pasar aún décadas hasta que surgiera en
Inglaterra y en Estados Unidos algo que podamos calificar de identidad
homosexual, pero por los escritos de E. M. Forster, Edward Carpenter, Hugh
Walpole y otros sabemos que los homosexuales de la época eduardiana se las
arreglaban para encontrarse. ¿Puede ser una mera coincidencia que a un buen
número de los artistas y escritores que formaban parte de la colonia bohemia de
Broadway —Henry James, John Singer Sargent, Alfred Parsons, Edwin Austen Abbey
y Edmund Gosse— se les atribuya un interés por las personas de su mismo sexo?
Si fuera
cierto que Millet se dio cuenta de que entre los pasajeros del Titanic había
otros homosexuales, ¿quiénes eran estos? Un personaje a bordo de homosexualidad
bien documentada era el apuesto Joseph Finney, de treinta y cinco años, un
comerciante de caucho de Liverpool. En su parroquia se dedicaba a las
actividades juveniles, y las visitas nocturnas de adolescentes a su casa
despertaron en los vecinos la sospecha de que era «mariquita». Una vez al año,
Finney iba a Montreal para ver a su madre, viuda, y solía llevar a un
adolescente en el viaje. Esta vez, su acompañante era un aprendiz de tonelero
llamado Alfred Gaskell, un chaval moreno de dieciséis años. Pero ambos viajaban
en segunda clase, de modo que Millet difícilmente pudo verlos durante las pocas
horas que llevaba en el barco.
Sin
embargo, durante la larga espera en el transbordador, Frank probablemente se
fijó en un esbelto criado egipcio que viajaba con Henry y Myra Harper (y su
pequinés). Es posible que Millet conociera a Henry Harper, ya que era un buen
amigo de un primo de este, Harry Harper, un hombre más dinámico, y había
trabajado para las revistas de la familia en Nueva York. Henry Sleeper Harper,
de cuarenta y ocho años, escribiría más tarde que el criado egipcio era «un
viejo trujamán [guía] que me he traído de Alejandría porque quería “ver el país
de donde venían esos locos americanos”»[78]. En
realidad Hamad Hassab era un joven trujamán soltero de veintisiete años e
impresionante belleza, y a pesar de que los criados exóticos estaban de moda,
su presencia junto a los Harper producía un efecto inapropiado.
Es
posible que a Millet también le llamara la atención un trío de solteros
canadienses conocido como Los Tres Mosqueteros, aunque solamente debió de ver a
dos de ellos, Thomson Beattie, de treinta y seis años, y Thomas McCaffry, de
cuarenta y seis, ya que el tercero, John Hugo Ross, treinta y seis, estaba
enfermo y no salió de su camarote. Ross y Beattie eran prósperos agentes
inmobiliarios de Winnipeg (provincia de Manitoba), entonces una ciudad en auge
que concentraba a la mayor población de millonarios de Canadá. Para escapar de
los gélidos inviernos de las llanuras, Beattie y su buen amigo McCaffry solían
embarcar en transatlánticos con destino a lugares como el norte de África o el
mar Egeo. Ese año les acompañaba Ross, un soltero atildado y gracioso, y los
tres habían partido de Nueva York en enero con destino a Trieste para pasar
tres meses recorriendo Italia, Egipto, Francia e Inglaterra. Al cabo de dos
meses, Ross contrajo la disentería en Egipto y sus compañeros, extenuados por
el viaje, estaban ansiosos por volver a casa. Desde París Beattie escribió a su
madre, que vivía en Fergus (provincia de Ontario): «Vamos a cambiar de barco y
regresaremos a casa en un nuevo buque insumergible»[79]. Ross,
normalmente muy enérgico, estaba tan débil que en Southampton tuvieron que
embarcarlo en camilla en el Titanic, y se pasó todo el viaje en el
camarote. Beattie y McCaffry, descritos en el Winnipeg Free Press como
«prácticamente inseparables»[80],
compartieron el camarote C–6, que tenía una gran ventana con vistas al pozo de
la cubierta de proa.
Por
supuesto, la soltería no es necesariamente un indicio de homosexualidad, pero
también hay que decir que, en una época en que el matrimonio otorgaba la
masculinidad, resultaba incómodo ser soltero. Para las lesbianas, la presión
social era menos intensa, ya que las «señoritas solteras» que vivían juntas
despertaban pocas sospechas. En Estados Unidos, este tipo de uniones se
conocían como «matrimonios bostonianos», expresión acuñada por Henry James en
su novela de 1886 Las bostonianas, en la que describía a dos
«nuevas mujeres» que vivían juntas en una relación análoga al matrimonio. Si
Frank vio en el Nomadic a la robusta y hombruna Ella White
haciendo gestos con su bastón a Marie Young, su joven acompañante de voz suave,
quizá sospechara que las dos mujeres mantenían una relación de ese tipo. Sin
embargo, algunos «matrimonios bostonianos» eran platónicos, y se desconoce si
la relación de Ella White con Marie Young tenía un componente sexual. Lo cierto
es que durante treinta años vivieron y viajaron juntas, y cuando Ella White
murió, en 1942, dejó la mayor parte de sus propiedades a Marie Young.
Así pues,
es imposible saber con certeza si la relación entre Frank y Archie Butt iba más
allá de los límites de la amistad. Archie era demasiado escrupuloso para
escribir cosas tan indiscretas como las que se encuentran en la correspondencia
de Millet con Stoddard. Pero en sus cartas hay indicios suficientes para
imaginarlo como un homosexual de la era del ragtime. Archie tenía
el mismo don de observación e ingenio mordaz que se observa en los diaristas
homosexuales, desde Horace Walpole y Henry (Chips) Channon hasta Cecil Beaton y
Andy Warhol. También tenía un buen ojo para los detalles de los vestidos y
joyas de las mujeres, y era capaz, por ejemplo, de describir de memoria una
selección de los trajes de la primera dama Edith Roosevelt, con pormenores como
«terciopelo negro con pasamanería en la parte delantera»[81].
Archie
comenta con frecuencia la «belleza del elemento masculino»[82] que
observaba en las reuniones sociales y emplea expresiones tales como «hermoso
como un joven atleta griego»[83]. Aunque
a menudo fue considerado uno de los solteros más deseados de Washington, era
incapaz de mantener una relación con ninguna mujer que no fuera su madre. Hoy
día, el apego de Archie a Pamela Boggs Butt puede parecer extremo. Durante los
tres años que estuvo destinado en Filipinas, la echaba tanto de menos que
organizó un viaje en el que ella recorrió medio mundo para pasar una larga
temporada en una zona de guerra. Pamela se fue a vivir con él cuando volvió a
Washington como oficial de intendencia de municiones y le acompañó a Cuba
cuando le destinaron allí en 1905. Años después de la muerte de su madre,
Archie pensaría en ella todos los días, y viviría rodeado de sus fotos y
recuerdos.
El
primero de mayo de 1911, Archie escribió que cierta mujer «lleva meses
haciéndome la corte», pero que no se iba a casar con ella porque estaba seguro
de que no podría amarla y «no creo que a mi madre le hubiera gustado en
absoluto». Luego describe a las dos únicas mujeres que había amado. La primera
era una chica que se encaprichó de él cuando tenía veintipocos años, pero tenía
una «madre felina» decidida a casar a su hija con un hombre rico. La segunda
era Mathilde Townsend, entonces ya casada e hija de una de las principales
anfitrionas de Washington, quien, según observó Archie, «nunca se interesó
realmente por mí, al menos no de forma amorosa»[84]. Cuando
a principios de abril de 1910 Mathilde le dijo que estaba comprometida, Archie
escribió a Clara que había sido «un terrible golpe para mí… Y esta mañana me he
despertado como si alguien hubiera muerto durante la noche»[85].
La
angustia de Archie por haber perdido a Mathilde parece un poquito exagerada,
dado que ella no había hecho nada para alentar su interés. Tras no bailar con
ella en una fiesta celebrada unas semanas antes, Archie constató que «al final
fue la misma historia de siempre. Una noche echada a perder, golpeando con los
puños un iceberg»[86]. A
Mathilde, de veinticuatro años, le pareció embarazoso que el querido y viejo
Archie (veinte años mayor que ella) tratara de cortejarla de repente. Por otro
lado, Archie sabía que la formidable madre de Mathilde, Mary Scott Townsend,
viuda de un magnate de los ferrocarriles, había echado el ojo a un noble
británico para su hija, y que un oficial de intendencia del ejército, pese a su
elevado puesto, quedaba fuera de la carrera. Comprendía la resistencia de
Mathilde a convertirse en otra «princesa del dólar», pero las ambiciones
sociales de Archie resultan evidentes cuando escribe: «No volveré a
mencionarla, salvo para referirme a ella como una persona que ha salido de mi
vida para meterse en ese mundo de Nueva York y Newport al que yo he
echado una ojeada pero del que jamás disfrutaré» (la cursiva es mía)[87].
Sin
embargo, volvería a mencionar a Mathilde, ya que el 26 de mayo de 1910 asistió
a su boda en la gran mansión de los Townsend, en Massachusetts Avenue, y vio a
la encantadora novia recorrer un pasillo de lirios con un vestido de satén
blanco de Worth que tenía una cola de tres yardas. En diciembre, Archie explica
que hacía poco se lo había pasado «tan bien yendo de compras» con Mathilde, ya
convertida en la señora de Peter Gerry, y que después fueron a almorzar al
hotel Plaza[88]. Los
hombres que disfrutan con las compras pocas veces son de los que se casan, pero
si Archie era homosexual, probablemente no era afeminado, ya que nadie de
aspecto poco masculino podría haber triunfado en la atmósfera cargada de
testosterona que rodeaba a Theodore Roosevelt. Archie no iba a la zaga de
Roosevelt en las actividades físicas: juntos escalaban montañas y vadeaban los
fríos arroyos del parque de Rock Cliff, y en una ocasión galoparon noventa y
ocho millas hasta Warrenton (Virginia) y regresaron el mismo día. (Esa
extenuante carrera fue idea del presidente, que quería demostrar que no se
había sobrepasado al ordenar a los oficiales del ejército que recorrieran
noventa millas en tres días). Roosevelt era bastante susceptible a las
acusaciones de afeminamiento, ya que le habían puesto el mote de Oscar Wilde
por llevar un traje malva y dar un discurso con voz chillona cuando era un
joven miembro de la asamblea del Estado de Nueva York[89].
Siendo
presidente, nunca dejaría que le fotografiaran con el traje blanco de tenis
—aunque sus colaboradores más cercanos eran conocidos como «el gabinete del
tenis»—, y prefería autorizar fotos en las que posaba vestido con ropa de ante
o a caballo.
A finales
de marzo de 1910, justo antes de recibir la noticia del compromiso de Mathilde,
Archie escribe que Frank Millet se había ido a vivir con él y que es «tan
hacendoso que creo que le voy a ceder las tareas domésticas»[90]. Frank
daba clases de inglés a los criados filipinos antes del desayuno y, en ausencia
de Archie, tapizó las paredes del segundo piso con un papel con motivos de
rosas que a Archie le hacía sentirse como Heliogábalo, el emperador romano que
cubría de rosas a sus huéspedes. Pese a estas pequeñas actividades domésticas,
no hay pruebas de que la relación fuera más allá del compañerismo. Un joven
teniente de la marina que vivió durante un tiempo con los dos hombres solamente
recordaría que se entendían de una manera poco habitual y que «el comandante
Butt pedía consejo al viejo [es decir, Millet] y este solía aceptarlo»[91].
* * * *
Mientras
Millet escribía sobre el «montón de gente rara» del Titanic, el
impulsor de la ley que ilegalizó la homosexualidad en Gran Bretaña garabateaba
sus últimas cartas a su familia y amigos en un camarote de la cubierta C.
William Thomas Stead, a quien todo el mundo conocía por su firma W. T. Stead,
era un pionero del periodismo de investigación, considerado el «Napoleón de los
reporteros». En el transcurso de los treinta años anteriores, había abordado
asuntos que ofendieron y movilizaron por igual a las masas en el Reino Unido y
en el extranjero. En 1890, el New York Sun aseguró que «entre
los años 1884 y 1888 estuvo más cerca de gobernar Inglaterra que cualquier otro
ciudadano del reino»[92]. En los
últimos quince años, el veterano cruzado del periodismo había convertido la paz
mundial en una de sus causas, lo que le reportó una candidatura al Premio Nobel
de la Paz en 1903. En ese momento se dirigía a Nueva York para dar una charla
sobre la «paz universal» en el Congreso del Movimiento por el Avance del Hombre
y la Religión, que se celebraría en el Carnegie Hall, el 21 de abril.
Stead
tenía sesenta y dos años, solo tres menos que Frank Millet, pero aparentaba más
debido a su frente arrugada y a su blanca barba vetero testamentaria. Su
aspecto de profeta se adecuaba a otra de sus actividades: la comunicación con
el mundo de los espíritus. Se había convertido en el médium de un espíritu
llamado Julia, que se expresaba por medio de la escritura automática y en
sesiones de espiritismo. Stead recopiló los mensajes de Julia en un libro
titulado After Death y fundó un instituto espiritista llamado
Julia’s Bureau. Sin embargo, Julia no le comunicó ninguna advertencia sobre el
destino del Titanic. En una carta que envió en Queenstown a su hija
Estelle, Stead se muestra entusiasmado con el tamaño y la magnificencia del
barco y habla de su «maravilloso camarote…, con una ventana de dos pies por
cuatro con vistas al mar iluminado por el sol». También describe el Titanic como
«una espléndida y monstruosa Babilonia flotante»[93]. La
metáfora de Babilonia evoca de forma significativa la campaña periodística más
—tristemente— famosa de Stead, una serie de artículos que escribió en 1885 bajo
el título de «El tributo de las doncellas de la Babilonia moderna». Siendo
redactor jefe de la Pall Mall Gazette, de Londres, un destacado
luchador contra el vicio fue a verle en mayo de 1885 para pedirle que le
ayudara a fomentar el apoyo público a un proyecto de ley que estaba atascado en
el Parlamento. La Ley de Reforma de la Legislación Penal, que proponía medidas
para combatir la prostitución infantil y la trata de blancas, había sido
rechazada tres veces en la Cámara de los Comunes. Las conmovedoras historias
del luchador contra el vicio sobre niños explotados avivaron el celo reformista
de Stead, quien se embarcó en una investigación sobre el sórdido inframundo de
Londres y entrevistó a todo tipo de personas, desde alcahuetes y proxenetas
hasta trabajadores sociales y capellanes de cárceles. Se las arregló incluso
para que una de sus trabajadoras y una chica del Ejército de Salvación se
hicieran pasar por prostitutas para colarse en burdeles, con la esperanza de
que pudieran escapar antes de prestar el servicio.
El 6 de
julio de 1885 se publicó la primera entrega de «El tributo de las doncellas de
la Babilonia moderna», que causó sensación. El Londres victoriano no había
visto nunca contenidos sexuales tan explícitos en un texto impreso. Titulares
como «La violación de las vírgenes», «Confesiones del dueño de un burdel» o
«Chicas compradas y corrompidas» interesaron y escandalizaron a la gente.
Cuando W. H. Smith & Sons, el mayor distribuidor de prensa de la ciudad, se
negó a vender los periódicos, un grupo de voluntarios, algunos de ellos
miembros del Ejército de Salvación, acudió en ayuda de Stead. Incluso George
Bernard Shaw llamó por teléfono para ofrecer su colaboración. Durante los
cuatro días siguientes, las oficinas de la Gazette fueron
asaltadas por multitudes que se peleaban por conseguir ejemplares con la tinta
aún húmeda, y la policía tuvo que acudir para restablecer el orden. Se vendían
ejemplares de segunda mano por un importe doce veces mayor que el precio
normal. Pronto se organizaron en todo el Reino Unido concentraciones públicas y
airadas manifestaciones en apoyo de la Ley de Reforma de la Legislación Penal.
El Ejército de Salvación recogió 393.000 firmas en un gigantesco rollo de papel
de una milla y media de longitud que llevaron a Westminster en una
manifestación encabezada por un cartel que decía: «Exigimos el fin de la
perversidad»[94]. Los
parlamentarios pronto cedieron a la presión pública y el citado proyecto de ley
(conocido popularmente como «la ley Stead») obtuvo la aprobación real el 14 de
agosto. «Ha sido un placer dar mi consentimiento», comentó la reina Victoria[95].
Pero
Stead pronto acabaría siendo víctima de la «ley Stead». Una de las historias
más sensacionales de «El tributo de las doncellas…» se titulaba «Una niña de
trece años vendida por cinco libras», donde se explicaba cómo una chica
londinense de clase obrera llamada Lily había sido vendida por su madre
alcohólica y llevada primero a una comadrona para que certificara su virginidad
y luego a un burdel, donde la durmieron con cloroformo. Al final de la
historia, Lily se despierta cuando su comprador entra en la habitación. « ¡Hay
un hombre en la habitación! —Grita—. ¡Llevadme a casa, llevadme a casa!»[96]. Lo que
el artículo no decía era que el secuestro de Lily lo había organizado el propio
Stead para lograr que el caso sentara jurisprudencia. El hombre que entró en la
habitación haciendo de comprador era él mismo. Después la chica, al cuidado de
Bramwell Booth, el jefe del Ejército de Salvación, fue trasladada a toda prisa
a Francia.
Los
periódicos rivales empezaron a indagar en la historia y los enemigos de Stead
atisbaron pronto su oportunidad. El 2 de septiembre de 1885, él y quienes le
habían ayudado a comprar a la chica se sentaron en el banquillo acusados de
secuestro y proxenetismo. Stead se defendió a sí mismo con habilidad, pero fue
condenado por un detalle técnico: no había pedido permiso al padre de la niña.
La hostilidad del juez hacia Stead se hizo evidente en el transcurso del
proceso, y sus instrucciones a los miembros del jurado dejaron poco margen para
un veredicto que no fuera el de culpabilidad. El juez pidió incluso a los
miembros del jurado que no se dejaran influir por prejuicios, «ya que hace
algunos meses circularon por las calles un montón de artículos sucios y
asquerosos»[97]. Pero el
mayor logro de «El tributo de las doncellas…» tal vez fuera el hecho de que
Stead hizo añicos los tabúes del lenguaje. Lo que antes era «sucio y asqueroso»
ahora podía escribirse sin tapujos, con lo cual un público prácticamente
ignorante podía tener acceso a información útil sobre temas sexuales.
El 10 de
noviembre de 1885, Stead ingresó en prisión para cumplir una condena de dos
meses y una semana. A partir de entonces, cada 10 de noviembre se ponía su
traje de presidiario y se paseaba orgulloso por la calle. Sin embargo, la ley
Stead tendría consecuencias mayores de lo que el propio reportero imaginó
jamás. Durante el debate sobre el proyecto de ley en la Cámara de los Comunes,
un diputado liberal llamado Henry Labouchère preguntó por qué no se incluían en
la ley los actos sexuales entre hombres. La incorporación de la enmienda
Labouchère hizo que se castigara con dos años de cárcel cualquier acto de
«indecencia flagrante» entre hombres, lo que criminalizó la homosexualidad en
el Reino Unido durante los setenta y dos años siguientes.
Diez años
después de la aprobación de la ley, el poeta y dramaturgo Oscar Wilde demandó
por libelo al brutal marqués de Queensberry por una nota que este dejó en el
club de Wilde, en la que le calificaba de «sodomita afectado». Queensberry era
el padre del amante de Wilde, lord Alfred Douglas, y llevaba meses hostigando y
acosando al escritor. Wilde perdió el caso, y fue procesado y condenado por
«indecencia flagrante». Pasó dos años de trabajos forzados en prisión. W. T.
Stead atacó la hipocresía de esta condena comentando que, «si hubiera que meter
en la cárcel a todas las personas culpables de los delitos cometidos por Oscar
Wilde, se produciría un sorprendente éxodo de Eton y Harrow, Rugby y Winchester
[colegios de élite] a Pentonville y Holloway [presidios]»[98].
La dureza
de la vida en prisión contribuyó a la temprana muerte de Wilde en 1900, a la
edad de cuarenta y seis años. Stead nunca reflexionó por escrito sobre la
relación entre «El tributo de las doncellas…» y el destino de Wilde. Pero en
1904, tras leer De profundis, el libro que Wilde escribió en la
cárcel, envió una carta a Robbie Ross, amigo del dramaturgo, que decía:
Al leer
aquellas páginas profundamente conmovedoras, me alegro de recordar que él
[Wilde] siempre supo que al menos yo no me uní jamás a las huestes de sus
atacantes. Tuve el triste placer de conocerle por casualidad más tarde en París
y le saludé como a un viejo amigo. Hablamos durante unos minutos y nos
separamos para no volver a vernos nunca más, al menos en este planeta[99].
La mañana
del 11 de abril de 1912, cuando estaba a punto de expirar el plazo para
entregar el correo en Queenstown, Millet y Stead tal vez llamaran a un camarero
o se unieran a los pasajeros que se dirigían a la cubierta C con sus cartas y
postales. Desde allí el correo se llevó a la oficina postal, cuatro pisos más
abajo, donde fue clasificado y metido en sacas de lona, cada una con unas dos
mil cartas. Luego un montacargas eléctrico transportó las sacas al almacén de
correo, un piso más abajo, donde se prepararon para cargarlas en los
transbordadores de Queenstown. Un buen número de esas misivas no llegaron a sus
destinatarios hasta después del hundimiento del Titanic, y muchas
fueron la última comunicación escrita de aquellos que no sobrevivirían para ver
Nueva York. Una de estas es una carta del jefe de oficiales del Titanic,
Henry Wilde, a su hermana, en la que dice: «…este barco sigue sin gustarme, me
da una impresión rara»[100]
Capítulo
5
Queenstown
Mañana
del Jueves 11 de Abril de 1912
La mañana
del jueves, Norris Williams se despertó y encontró a su padre de pie junto al
ojo de buey del camarote que compartían, contemplando el sol que brillaba sobre
un mar en calma. En ese momento, Francis Browne ya se había levantado y estaba
en cubierta con su cámara fotográfica. Al amanecer había hecho una foto del sol
que salía entre las nubes. Como se preparaba para ingresar en los jesuitas,
probablemente decidiera hacer su meditación matutina en cubierta a esa hora.
Quería aprovechar al máximo su última mañana en el transatlántico.
Antes del
desayuno, cuando Browne seguramente había vuelto ya a su habitación en la
cubierta A, un camarero llevaba un carrito al camarote A–36, situado en la
banda de estribor, enfrente del suyo. Todos los días, a las siete de la mañana,
el camarero Ray Etches servía té y fruta al constructor jefe del Titanic,
Thomas Andrews, a quien encontraba siempre concentrado en su trabajo, con
planos y esbozos esparcidos por todo el camarote. Aunque solo tenía treinta y
nueve años, Andrews ya era director de Harland and Wolff, y tenía por costumbre
viajar en las travesías inaugurales para observar el funcionamiento de los
nuevos barcos y así recomendar mejoras. Estaba al mando de un equipo de
garantía compuesto por nueve hombres de Harland and Wolff, que se encontraban a
bordo para ayudar en asuntos que requirieran una atención especial. Los planos
enrollados junto a la cama de Andrews contenían bocetos para reducir el tamaño
de la sala de lectura y escritura, que se usaba menos de lo previsto, con el
fin de dar cabida a nuevos camarotes. En los papeles que cubrían su escritorio
y su mesita de noche figuraban apuntes sobre muchas cosas, desde cómo reducir
el número de tornillos en las perchas para sombreros de los camarotes hasta una
propuesta para pintar de un determinado tono verde el mobiliario de mimbre de
una parte del barco.
Andrews
era sobrino de lord Pirrie, el presidente de Harland and Wolff, pero jamás se
rumoreó que el nepotismo hubiera favorecido su carrera. Entró en la empresa
como aprendiz cuando tenía dieciséis años, y a partir de entonces trabajó sin
pausa en prácticamente todos los departamentos. A menudo entraba a trabajar a
las cuatro de la madrugada. Estaba especialmente orgulloso del Titanic y
llevó a su mujer y a su hija de un año para que lo admiraran antes de que
zarpara con destino a Southampton. En Harland and Wolff, todo el mundo le
conocía. Sus compañeros le describieron como «optimista y de buen corazón», con
«una maravillosa risa sonora»[101]. Su
mujer, Helen, recordó que una noche estaban cerca del astillero de la naviera
en Queens Island cuando una fila de empleados pasó por delante de ellos. «Ahí
están mis compañeros, Nellie —le dijo, para añadir a continuación—: Y son
compañeros de verdad»[102]. La
camarera Violet Jessop recordó que, antes de partir, los camareros habían hecho
un regalo a Tommy Andrews en agradecimiento por las mejoras que había
introducido en sus «madrigueras», las diminutas dependencias del servicio
situadas en las cubiertas inferiores. «La estima que sentíamos por él —escribió
Jessop—, que ya era grande, fue ilimitada a partir de entonces»[103].
En el
comedor de primera clase, muchos de esos mismos camareros trabajaban duro esa
mañana sirviendo el desayuno a las mesas que tenían asignadas. En una carta
dirigida a su mujer, el camarero Jack Stagg escribió que hasta entonces no
había hecho «otra cosa que trabajar», a pesar de que, con solo «trescientos
diecisiete pasajeros de primera» a bordo, puede que al final no tuviera que
atender más que una o dos mesas. «Aun así, no hay que quejarse —añadió—, porque
ya hay mucho que hacer sin ninguna»[104]. (Si no
había mesas, tampoco había propinas, un suplemento importante del salario de
los camareros). El camarero William Ryerson probablemente se las hubiera
arreglado mejor con tareas más ligeras, ya que hasta entonces había trabajado
en barcos de la Cunard y estaba aprendiendo las costumbres de la White Star. El
camarero Ryerson desconocía que estaba emparentado con los ricos Ryerson de la
cubierta B. Era de hecho primo lejano de Arthur Ryerson, que volvía a casa para
el funeral de su hijo mayor.
El
camarero Ryerson, de treinta y dos años, se había criado en Port Dover
(Ontario), un pueblo a orillas del lago Erie, del que se marchó siendo
adolescente para enrolarse en el ejército británico, donde prestó servicio en
la India antes de regresar a Londres. Allí se casó con una joven inglesa y,
como el trabajo escaseara, aceptó un puesto de camarero en la Cunard. Su rico
pariente lejano, en cambio, era hijo de Joseph T. Ryerson, fundador de una
siderúrgica en Chicago. Arthur Ryerson ejerció de abogado en Chicago antes de
retirarse a una mansión en Haverford (Pensilvania) y a una casa de verano con
vistas al lago Otsego en Copperstown (Nueva York).
Del
primer desayuno servido en el comedor de primera clase se conserva una carta
que detalla un variado surtido de platos fuertes, favoritos de los ingleses
—riñones de cordero a la plancha con beicon, lonjas de cordero, eglefino
ahumado y arenques frescos—, con algún guiño al paladar estadounidense en forma
de productos del consorcio alimentario Quaker Oats, maíz cocido, pasteles de
alforfón y pan de maíz. Por lo tanto, W. T. Stead y su compañero de mesa
americano, un abogado de Nueva York llamado Frederic Seward, de treinta y
cuatro años, no tendrían problemas para elegir platos de desayuno que les
resultaran familiares. Trabaron amistad al poco de empezar el viaje y, como
ambos eran hijos de sacerdotes, seguramente tuvieron tema de conversación en la
mesa. La educación de Stead, hijo de un predicador congregacionalista de una
pequeña ciudad de Yorkshire, explicaba en buena parte su fervor reformista.
Siendo un muchacho, una vez expresó su indignación ante una injusticia
exclamando: « ¡Ojalá Dios me diera un gran látigo para ir por el mundo
expulsando a latigazos a los malos!». En años posteriores, el padre de Stead le
preguntaría con sorna: «¿No le vas a dejar un poco al Señor, William?»[105].
Seguramente
Stead no se entretuvo demasiado con el desayuno, ya que tenía cartas y postales
por escribir. Francis Browne también abandonó pronto la mesa que compartía con
la familia Odell para continuar haciendo fotos en cubierta. Una instantánea que
tomó desde el extremo de popa de la cubierta A muestra el arco que trazó en el
agua la estela del Titanic cuando el barco giró para probar
las brújulas. En la misma página de su álbum, Browne pegó una etiqueta con el
título «El patio de recreo de los niños» bajo una foto en la que se ve a
Douglas Spedden, de seis años, jugando con una peonza junto a una grúa de carga
ante la mirada de su padre, Frederic.
Frederic
Spedden, de cuarenta y cinco años, y su esposa, Margaretta, de treinta y nueve,
conocida como Daisy, eran herederos de fortunas de la Era Dorada y repartían su
tiempo entre una casa en Tuxedo Park, un elegante barrio del norte de Nueva
York, y un «campamento» de verano cerca de Bar Harbor (Maine). En invierno
embarcaban en los transatlánticos para trasladarse a climas más templados, y el
itinerario de ese año incluía Argel, Montecarlo, Cannes y París. La pareja
adoraba a su único hijo, Douglas, y con ellos viajaba una niñera, Elizabeth
Margaret Burns (a quien Douglas llamaba Muddie Boons), además de la criada de
Daisy. Esta era aficionada a la escritura y llevaba un diario, en el que, tras
embarcar en Cherburgo, escribió: «Es un barco magnífico en todos los sentidos,
con un equipamiento del máximo lujo, aunque sin exageraciones»[106].
Francis
Browne pasó aquella mañana entusiasmado haciendo fotos y realizó dos tomas de
doble exposición que hubieran sido desechadas de no ser porque resultaron tener
una gran relevancia histórica. Una de ellas muestra a una pareja no
identificada paseando por la cubierta A, superpuesta a una vista fantasmal de
la terraza privada de la suite de lujo de Charlotte Cardeza, en la que se
distingue un ramo de flores sobre una mesa de mimbre. La segunda tiene incluso
más importancia, ya que es la única que existe de la cabina de transmisiones
del Titanic, conocida como la sala Marconi. Browne combinó en una
sola exposición dos instantáneas del operador Harold Bride sentado al telégrafo
con sus auriculares. En la pared de enfrente se ven dos tubos neumáticos de
latón curvados hacia abajo por los que llegaban los mensajes de los pasajeros
desde la oficina de correos, situada tres pisos por debajo. Los pasajeros
pagaban doce chelines y seis peniques (tres dólares) para dejar un mensaje de
hasta diez palabras, y un suplemento de nueve peniques (treinta y cinco
centavos) por cada palabra adicional. El mensaje se metía en un cilindro y se
enviaba a la sala Marconi, donde salía por el extremo acampanado del tubo
neumático para caer en una cesta de mimbre.
Mientras
Browne continuaba con sus fotos esa mañana, el capitán Smith hacía su ronda de
inspección del buque en compañía de los oficiales superiores. Todos los días, a
las 10:30 horas, Smith recorría todas las cubiertas del barco, incluidos los
salones de las tres categorías, los comedores y las cocinas, la enfermería, los
talleres y los almacenes, hasta llegar a la sala de máquinas, donde le recibía
el ingeniero jefe. Aquella mañana, la primera de la travesía, se realizó un
simulacro de emergencia en el que se probaron las alarmas y el cierre de las
compuertas de acero que sellaban los dieciséis compartimentos estancos del
transatlántico. Un ayudante de electricista llamado Albert Ervine describió el
simulacro en su última carta a su madre, y concluyó señalando «Como ves, es
imposible que el barco se hunda en una colisión con otro»[107].
Después
de la inspección diaria, Smith volvía al puente de mando y comentaba con sus
oficiales todas las cuestiones que habían surgido durante la ronda, además de
comprobar el avance del buque, consultar las cartas y leer los mensajes de
radio enviados desde la sala Marconi. Probablemente el capitán se dio cuenta de
que había cierta tensión entre sus oficiales a raíz de la designación a última
hora de Henry Wilde, de treinta y nueve años, como jefe de oficiales. Aquel
nombramiento había supuesto la degradación de jefe de oficiales a primer
oficial de William Murdoch, de la misma edad, mientras que Charles Lightoller,
de treinta y ocho, descendió a segundo oficial, ya que su predecesor había
abandonado el barco en Southampton. Según Lightoller,
…las
lumbreras de la White Star pensaron que sería una buena idea trasladar al jefe
de oficiales del Olympic al Titanic, solo para ese primer viaje,
a fin de que su experiencia fuera de ayuda en el barco hermano. Esa dudosa
política nos desplazó a Murdoch y a mí y, amén de la decepción de que nos
rebajaran de puesto, la decisión provocó cierta confusión[108].
Una de
las consecuencias de ese cambio fue la pérdida de los prismáticos en los
puestos de vigía. En el trayecto de Belfast a Southampton habían usado los del
segundo oficial, pero este había abandonado el barco y antes de marcharse los
había dejado en un cajón cerrado con llave de su cabina. Cuando Lightoller
preguntó por los prismáticos de los vigías, le dijeron que no había.
Lightoller
atribuyó la responsabilidad de la reestructuración de oficiales en el último
minuto al oficial jefe, en lugar de al capitán Smith, ya que mantenía su
lealtad inquebrantable a E. J. y creía que cualquier hombre estaría dispuesto a
«darlo todo» por navegar bajo su mando. Con su barba blanca, su uniforme
impecable y sus modales amables, el capitán Edward J. Smith, de sesenta y dos
años, también era muy querido entre los pasajeros, y muchos de los que viajaban
con frecuencia elegían para sus travesías los barcos que él comandaba. Con sus
treinta y ocho años de servicio en la White Star, Smith se había ganado el
título de comodoro de la flota, además del honor de asumir el mando de los
barcos nuevos en sus primeras travesías.
Aquella
mañana en particular, probablemente Smith planeó su ronda de inspección de
manera que pudiera estar de vuelta en el puente de mando para saludar a John
Whelan, de cincuenta y siete años, práctico del puerto de Queenstown al que
conocía bien y que había guiado el Olympic en su primera
escala en Queenstown el año anterior. Whelan había pasado la noche en la torre
de señales y, al ver que el transatlántico ondeaba una bandera de señales
rojiblanca para indicar que requería sus servicios, subió a un pequeño bote
ballenero y se dirigió hacia el barco.
Mientras
Francis Browne observaba desde cubierta cómo se aproximaba el bote del
práctico, alguien que estaba a su lado le preguntó: «¿Qué es esa
fortificación?», señalando una imponente edificación a poniente de la entrada
del puerto. «Templebreedy, una de las más sólidas del reino», respondió Browne.
Cock Harbor, un imponente puerto natural, había sido durante mucho tiempo una
importante base naval británica, y las ruinas de antiguas fortificaciones
salpicaban las colinas que lo rodeaban. Templebreedy era una fortificación
nueva, construida apenas tres años atrás, y en su batería se distinguían
gigantescos cañones modernos. « ¿Y Redmond y su banda quieren tomar ese
lugar?», preguntó otra voz. « ¿Por qué lo llama usted “su banda”, caballero?»,
replicó desafiante un tercero[109].
John
Redmond era un diputado irlandés que durante mucho tiempo había defendido la
autonomía irlandesa, una forma de autogobierno para Irlanda dentro del Reino
Unido. El asunto era de gran actualidad, ya que ese mismo día iba a tener lugar
en la Cámara de los Comunes la primera lectura de la tercera ley de autonomía,
apoyada por Redmond y su partido. En ese momento, parecía que la autonomía para
Irlanda estaba a punto de convertirse en realidad. No obstante, Francis Browne
se resistió a verse arrastrado a una discusión política, ya que, con el puerto
de Cork a la vista, era hora de ir a tomar su último almuerzo en el barco. Se
llevó consigo su cámara y tomó la única instantánea que se conserva del comedor
de primera clase del Titanic en servicio. Esa fotografía
tampoco es perfecta, pero, a pesar de sus defectos, ofrece una imagen íntima de
los pasajeros sentados a sus mesas, con los manteles de lino blanco, la
cubertería de plata y las cartas colocadas en vertical bajo el ornado techo de
yeso.
Mientras
Frank Browne y los Odell almorzaban, dos transbordadores, el Ireland y
el América, zarparon del embarcadero de la White Star en
Queenstown. El primero en partir fue el Ireland, que llevaba a
bordo a diez pasajeros de primera y segunda clase junto con un puñado de
reporteros que querían echar una ojeada al nuevo transatlántico. El
transbordador se dirigió a un muelle situado a unos pocos centenares de yardas
para recoger 1385 sacas de correos que debían ser transportadas a Nueva York.
En Queenstown embarcaron solo tres pasajeros de primera clase: William Minahan,
de cuarenta y cuatro años, un médico americano de origen irlandés que vivía en
Fond–du–Lac (Wisconsin); su esposa, Lilian, de treinta y siete años, y su
hermana Daisy, de treinta y tres. Los Minahan habían visitado a unos parientes
en Irlanda, y William envió una postal desde Killarney a unos amigos de
Wisconsin en la que decía: «Es un buen lugar para nacer, pero Estados Unidos es
mejor para vivir»[110].
El
transbordador América zarpó poco después, con algo de retraso
por la llegada tardía del tren de Cork. Llevaba una pesada carga de ciento
trece pasajeros de tercera clase, la mayoría emigrantes irlandeses en busca de
una nueva vida en el lugar que daba nombre al barco. Daniel Buckley, de
veintiún años, empleado de una granja de Kingwilliamstown, en el condado de
Cork, encabezaba un grupo de seis amigos, dos de ellos chicas adolescentes que
esperaban trabajar de camareras. Del condado de Mayo procedía un grupo similar
de quince personas que se dirigían a Chicago. Habían partido de sus hogares la
noche anterior y decenas de amigos les habían ofrecido una despedida con danzas
y violines en Castlebar[111]. Durante
la maniobra de salida del puerto, que duró media hora, Eugene Daly, un tejedor
de Athlone de veintinueve años, alegró al grupo tocando un instrumento conocido
como uilleann, una especie de gaita. Una canción que recibió
grandes aplausos fue el himno nacionalista irlandés «A Nation Once Again»[112], y
muchos corearon el estribillo: « ¡Volverá a ser una nación! Volverá a ser una
nación, / e Irlanda, tanto tiempo una provincia / volverá a ser una nación». La
canción resultaba de lo más adecuada en una jornada en que los periódicos
estaban llenos de noticias sobre el estatuto de autonomía.
Mientras
los transbordadores se deslizaban junto al Titanic, los pasajeros
de este se agrupaban en las cubiertas para presenciar el embarque de los recién
llegados. Lawrence Beesley, de treinta y cuatro años, maestro de escuela inglés
que viajaba en segunda y realizaba su primera travesía oceánica, escribió que,
«para hacerse la mejor idea posible de la longitud y el volumen del Titanic,
había que situarse en la popa de la cubierta superior, lo más atrás posible, y
mirar por la borda hacia delante y hacia abajo, donde los transbordadores que
se dirigían a proa no parecían más que cáscaras de nuez junto a la majestuosa
nave, cuyas múltiples cubiertas se alzaban sobre ellos». Varios botes de
vendedores de lino, encaje y otros souvenirs irlandeses
acompañaban a los transbordadores. Aquel era un momento muy esperado de las
escalas en Queenstown, y muchos pasajeros estaban impacientes por ver el género
que ofrecían. John Jacob Astor fue visto regateando con una mujer cubierta con
un chal antes de sacar un fajo de dólares para comprar una chaqueta de encaje
para Madeleine. Se produjo un incidente en la cubierta del barco cuando un
fogonero con la cara manchada de hollín asomó la cabeza por la cuarta chimenea.
Se oyeron chillidos de varias mujeres sobresaltadas que no se habían dado
cuenta de que esa chimenea era falsa, ya que solo se usaba como hueco de
ventilación de la cocina. El fogonero había trepado por una escalerilla
interior, probablemente para respirar un poco del aire fresco irlandés, pero
ese inocente suceso se recordaría más tarde como un mal presagio más de la
travesía inaugural.
Cuando
sobre las 13:30 el Titanic se disponía a levar anclas, Francis
Browne bajó para embarcar en el Ireland junto con la familia
Odell. Le acompañaba su hermano William, un sacerdote católico que había salido
del transbordador para echar un vistazo al Titanic. En la pasarela,
Browne se despidió del sobrecargo McElroy y de uno de los empleados de correos
diciendo: «Adiós, les daré copias de mis fotos cuando regresen [a Queenstown].
¡Buen viaje!»[113]. Una vez
en el transbordador, Francis continuó sacando fotos, entre ellas la última
instantánea del capitán Smith, que mira por la borda desde la banda de estribor
del puente. En el Ireland, Browne distinguió a un compañero
fotógrafo al que conocía, Thomas Barker, que había estado haciendo fotos en el
transatlántico para el Cork Examiner. Las fotos de Barker, junto
con las de Browne y doce que tomó Kate Odell, representan la mayor parte del
archivo fotográfico que documenta la corta vida del Titanic. Los
dos días siguientes, el Cork Examiner publicó sendos artículos
sobre el Titanic que elogiaban tanto sus espléndidos espacios
públicos como sus dispositivos de seguridad: «Nada se ha dejado al azar, todos
los aparatos mecánicos concebibles se han utilizado para asegurar la inmunidad
frente a cualquier riesgo, tanto de hundimiento como de incendio»[114].
Cuando el
transbordador pasó junto a Roche’s Point de regreso al puerto, se divisó con
claridad Queenstown, pese a la neblina azul que se había formado. La ciudad se
llamaba originalmente Cove («cala», la Cala de Cork), pero se rebautizó como
Queenstown en 1849 para conmemorar una visita de la reina Victoria. (Recibiría
el nombre de Cobh en 1922, tras la independencia irlandesa). En la parte alta
de la ciudad destacaba la catedral de Saint Colman, de la que un tío de Frank
era obispo y donde, después del desastre del Titanic, como
escribiría Francis Browne, «nos reunimos… para rezar por aquellos que partieron
y aquellos sobre quienes la mano del dolor se había posado con tanta fuerza»[115].
Entre las
fortificaciones que salpicaban las colinas alrededor del puerto había varias
torres Martello, similares a la que hizo célebre James Joyce en el primer
capítulo de Ulises. El joven Joyce había sido compañero de clase de
Francis Browne en el Belvedere College y en la Universidad Real de Dublín, y un
personaje llamado señor Browne, jesuita, aparece varias veces en su última
novela, Finnegan’s Wake. Cuando el Titanic zarpó,
Francis Browne le tomó una fotografía de perfil con una bandada de gaviotas sobre
la proa. Cerca de Browne, bajo una pila de sacas de correos, se escondía un
polizón, John Coffey, un fogonero de Queenstown de veinticuatro años. «Bajaré a
ese transbordador para ir a ver a mi madre», le dijo a otro polizón antes de
desaparecer. Mientras Coffey se dirigía a casa, otros hombres y mujeres
irlandeses buscaban sus diminutas cabinas en las cubiertas inferiores del Titanic.
Los hombres solteros se alojaban en cabinas compartidas bajo la proa y las
mujeres solteras encontraban alojamiento en popa. Hubo menos jaleo que en
Cherburgo, ya que, como apuntó un camarero, «al menos esta gente hablaba
inglés»[116].
Mientras
el Titanic se alejaba de Queenstown, el maestro de escuela
Lawrence Beesley observó que una casita blanca situada en la parte izquierda de
la entrada del puerto aún se divisaba en la distancia. También observó las
gaviotas que los seguían, y se maravilló de su habilidad para elevarse por
encima del barco sin mover apenas las alas. Al cabo de poco se divisó el faro
del cabo de Old Head of Kinsale, a catorce millas, y el Titanic viró
para bordear la costa meridional de Irlanda. Años más tarde, la gente que vivía
en casas enjalbegadas junto a la orilla recordaría haber alzado la vista para
contemplar el nuevo transatlántico gigantesco, que componía una imagen
magnífica. Sobre las cuatro, apareció la columna blanca del faro de Fastnet,
erigido sobre un pequeño saliente rocoso en la punta meridional de Irlanda.
Entonces el barco viró a estribor para entrar en mar abierto. Mientras la costa
irlandesa se alejaba en la distancia, Eugene Daly volvió a coger su gaita, se
acercó a la barandilla de popa y se despidió de su patria con una canción
melancólica titulada «Erin’s Lament». Las gaviotas volaban en círculo sobre la
estela del Titanic mientras las distantes colinas se
oscurecían bajo el sol poniente y menguaban hasta que finalmente desaparecieron
en la niebla.
Capítulo
6
Compañeros de viaje
Jueves 11
de abril de 1912, 17:45 horas
A media
tarde un buen número de pasajeros del Titanic seguía en
cubierta. Margaret describió esa hora del día como el momento en que «todo el
mundo da su paseo antes de bajar al comedor…, las mujeres con lujosas pieles y
los hombres con gruesos abrigos… y en parte disfrazados con gorras de marinero»[117]. El aire
era frío, pero había poco viento y el mar estaba muy calmo, «como un lago de
plata», según una descripción[118]. John
Jacob Astor era probablemente uno de los pocos pasajeros que habían sacado a su
perro a pasear. Madeleine Astor solía quedarse la mayor parte del tiempo en su
camarote y era frecuente ver al coronel Astor paseando con Kitty por la
cubierta superior. Dicen que las perreras del Titanic [119] estaban
allí, tras una puerta situada junto a la cuarta chimenea. Sin embargo, Kitty
pasaba mucho tiempo en el camarote de los Astor. Querían tenerla cerca, ya que
hacía poco, durante el crucero por el Nilo, se había perdido, como explicaría
posteriormente Katherine Force, hermana de Madeleine:
Un día,
al desembarcar, [Kitty] se alejó del coronel Astor, que se disgustó mucho por
la pérdida de la perra. Estuvo un buen rato buscándola y, cuando tuvo que
dejarlo para continuar la navegación por el Nilo, puso a un montón de nativos a
buscarla prometiéndoles una suculenta recompensa si la encontraban. No supieron
nada de Kitty hasta el viaje de vuelta, cuando, al adelantar a otra dahabea
[barca], el coronel Astor la vio cómodamente instalada a bordo de esta. Pararon
el barco de los Astor, y Kitty se reencontró con su dueño entre ladridos de
alegría. Después de eso, en el Titanic la vigilaron más de cerca.
Dormía en la habitación del coronel Astor, que la sacaba a pasear a menudo y
jugaba mucho con ella[120].
También
Frank Millet y Archie Butt optaban a menudo por dar un paseo por la cubierta
superior al final del día. De toparse con Astor, sin duda le saludarían, ya que
se conocían, aunque el coronel no era un hombre de conversación fácil. Astor
había obtenido el grado de coronel tras organizar un regimiento de artillería
llamado la Batería Astor, formada por ciento dos hombres, cuando estalló la
guerra hispano–estadounidense de 1898. Se marchó a Cuba con el regimiento en
junio de 1898 y observó desde una distancia segura la intervención del Primer
Regimiento de Caballería de Voluntarios de Teddy Roosevelt, primo lejano suyo,
en la famosa batalla de las Colinas de San Juan. Solo pasó un mes en Cuba, pero
fue suficiente para que se ganara el título con el que quería que la gente se
dirigiera a él. El coronel no acompañó a la Batería Astor cuando esta fue
enviada a Filipinas en 1899, pero sí lo hizo Frank Millet, quien cruzó el
Pacífico con el regimiento y escribió sobre la guerra para Harper’s Weekly. Con
posterioridad, publicó sus artículos en forma de libro bajo el título The
Expedition to the Philippines.
A
principios de febrero de 1910, Archie Butt estuvo sentado junto al coronel en
una cena seguida de baile celebrada en la mansión que Cornelius Vanderbilt III
tenía en Nueva York. Archie estaba muy contento con la invitación, ya que, como
escribió a Clara, era «la primera vez que un miembro de la familia Butt penetra
en el corazón de los Cuatrocientos»[121]. Según
le dijeron a Archie, habían sentado a Astor en la mesa principal, bajo la
atenta mirada de una camarera, por temor a que algún invitado le hiciera el
vacío debido a su reciente divorcio de Ava. Una mujer de la alta sociedad le
susurró a Archie al oído que, aunque no desaprobaba la moral de John Jacob
Astor, «pensaba que [este] parecía un mono», y Archie estuvo de acuerdo[122].
Buena
parte del resentimiento hacia los Astor en Nueva York provenía de la
circunstancia de que eran los mayores propietarios de inmuebles en los barrios
bajos de la ciudad[123]. El
primer John Jacob Astor era hijo de un carnicero de Baden que llegó a Nueva
York en 1784. Al morir, en 1848, dejó la mayor fortuna de Estados Unidos. Astor
había comenzado trabajando como comerciante de pieles, pero en la década de
1830 vendió su compañía peletera para comprar grandes parcelas en Nueva York.
«Si volviera a nacer —dijo en una ocasión—, compraría Manhattan palmo a palmo»[124]. Estuvo
muy cerca de conseguirlo. Su hijo William sería conocido como «el propietario
de Nueva York» por los numerosos inmuebles que poseía en la ciudad. Los Astor
optaban por arrendar sus terrenos a personas que se los devolverían
revalorizados una vez que expirara el contrato. Así la familia se ahorraba la
molesta tarea de cobrar el alquiler de quienes ocupaban muchas de esas
viviendas.
Hoteles
propiedad de los Astor como el Waldorf–Astoria y el Saint Regis camuflaban con
una pátina de elegancia la dura realidad de que tres cuartas partes de los
ingresos de la familia provenían de alquileres en las barriadas más pobres de
Nueva York. En eso, los Astor y la White Star Line tenían algo en común, ya que
el Olympic y el Titanic jamás hubieran podido
construirse sin el lucrativo transporte de inmigrantes que abarrotaban sus
cubiertas inferiores. Sin embargo, hay que decir que los alojamientos que
el Titanic ofrecía a sus pasajeros más humildes no presentaban
similitud alguna con los sórdidos e infectos cuchitriles de los que los Astor
eran propietarios. Después de que el intrépido periodista y fotógrafo Jacob
Riis los describiera en la década de 1890, en torno a 1900 el coronel Astor se
deshizo de algunos de los inmuebles que se encontraban en peor estado.
* * * *
Frank
Millet debió de pasarse la mayor parte del 11 de abril inmerso en sus papeles.
Las jornadas a bordo eran ideales para eso. Además de una conferencia sobre
vestidos de época que debía pronunciar en mayo, tenía que escribir un informe
sobre la construcción de la Academia Americana en la colina del Janículo y
preparar la reunión del Comité de las Bellas Artes en Washington sobre el
Monumento a Lincoln. El arquitecto Daniel Burnham, presidente de dicho comité,
necesitaba las dotes de persuasión de Millet para impedir que los políticos
desbarataran sus planes. Burnham, de sesenta y cinco años, jefe de un gran
estudio de arquitectura de Chicago que diseñó muchos de los edificios
emblemáticos de la Edad Dorada, entre ellos el Flatiron y la Union Station de Washington,
trabó enseguida amistad con Frank durante la construcción de la Exposición
Mundial de Columbia en 1892–1893. Burnham fue el artífice de la creación de una
ciudad de grandes bulevares, canales y fachadas clásicas sobre unos cuantos
acres de monte bajo a orillas del río, y el infalible buen humor de Frank
Millet y su capacidad para conseguir cosas de la gente en plazos imposibles le
convirtieron en el lugarteniente más cercano de Burnham.
En mayo
de 1893, cuando la exposición estaba a punto de inaugurarse, Burnham preguntó a
Millet si quería ser director de organización, con la tarea de idear actos que
atrajeran al público. Frank pronto preparó una serie de desfiles, días
especiales y castillos de fuegos artificiales, pero su éxito más sonado fue una
gala llamada el Baile de Midway. Bailarinas turcas de la danza del vientre y
mujeres africanas y de los mares del Sur procedentes de las réplicas de pueblos
del parque recreativo de Midway fueron invitadas a un baile al que asistieron
los directores de la exposición y otros ciudadanos destacados de Chicago. Las
crónicas de prensa describieron el acontecimiento, en el que hombres vestidos
con frac y corbata blanca «zarandeaban a amazonas negras de espeso cabello y
collares de dientes» en la pista de baile[125]. Para el
bufé nocturno, Frank ideó un menú compuesto por platos como «asado de misionero
a la Dahomey» y «joroba de camello hervida al estilo de las calles de El
Cairo». Según el Tribune de Chicago, el baile fue «el
acontecimiento más extraño desde la destrucción de la Torre de Babel»[126].
Diecinueve
años después de la Exposición de Chicago, Burnham y Millet volvían a trabajar
juntos en un proyecto de cuya importancia histórica eran conscientes. Ambos
eran jóvenes cuando Lincoln fue asesinado y tenían un recuerdo nítido de la
profunda aflicción nacional que provocó el magnicidio. Burnham había apostado
durante mucho tiempo por un emplazamiento con vistas al Potomac para construir
un monumento al presidente mártir. Quería que se diferenciara claramente de
otras construcciones y que se ampliara la Explanada Nacional, alineada con el
Capitolio y el Monumento a Washington. Pero Joseph Cannon, el brusco e
influyente ex presidente de la Cámara de Representantes, conocido como Tío Joe,
estaba decidido a situar el monumento lejos de «ese maldito terreno
empantanado» junto al río[127]. Quería
que se erigiera al otro lado del Potomac, en Arlington (Virginia), y pensaba
que los miembros del Congreso procedentes de los estados del sur le apoyarían.
Burnham pronto envió a Millet a hablar con los representantes sureños para
convencerles de que resultaría inapropiado levantar el monumento al
conquistador en tierra conquistada, ya que Arlington pertenecía al sagrado sur.
Burnham
también pidió a Millet que escribiera un informe con las recomendaciones del
Comité de las Bellas Artes, y el 10 de agosto de 1911 la Comisión del Monumento
aceptó sus principales puntos y acordó contratar al arquitecto neoyorquino
Henry Bacon para que diseñara un primer esbozo. Sin embargo, pocas semanas
después, Joe Cannon convenció a la comisión de que encargara al arquitecto John
Russell Pope dos esbozos alternativos, correspondientes a dos emplazamientos
distintos del que situaba el monumento junto al Potomac. En diciembre, Bacon y
Pope tenían listas sus maquetas. El templo dórico de Bacon contenía muchos
elementos simbólicos y albergaba una estatua de Lincoln con dos cámaras a ambos
lados, decoradas con frases talladas del discurso de Gettysburg y del Segundo
Discurso de Investidura. En comparación, el diseño de John Russell Pope se
antojaba menos ambicioso —una estatua de Lincoln rodeada de una doble
columnata—, y los emplazamientos que propuso no eran especialmente nobles.
Frank
Millet volvió de Roma para la decisiva reunión del 3 de febrero de 1912, cuando
el emplazamiento del parque del Potomac ganó finalmente el concurso. Pero el
Tío Joe y algunos de sus amigotes seguían insatisfechos y deseosos de cambiar
el diseño del monumento. Así pues, no hay duda de que Millet dedicó cierto
tiempo en el Titanic a preparar su próxima reunión con los
irascibles miembros de la Comisión del Monumento a Lincoln.
Daniel
Burnham no acudiría a dicha reunión. El sábado 13 de abril partiría con su
esposa, su hija y su yerno a un largo viaje por Europa que iba a prolongarse
hasta el verano. Decidió viajar en el Olympic, y el domingo por la
noche, después de cenar, pensó en su amigo Frank Millet, que viajaba por esas
mismas aguas pero en la dirección opuesta. Burnham llamó a un camarero y
telegrafió un mensaje para Frank Millet al Titanic. No obtuvo
respuesta.
* * * *
A las
seis de la tarde del jueves 11 de abril, se oyó en cubierta el sonido de la
corneta del Titanic, que indicaba que era hora de que los pasajeros
se vistieran para cenar. La primera noche en Cherburgo se había prescindido de
la etiqueta, pero en adelante «se impuso la norma de vestir siempre de gala»,
como apuntaría posteriormente con aprobación el aristócrata Archibald Gracie,
un historiador aficionado de Washington[128]. Para
Gracie, como para el resto de los caballeros que viajaban en primera clase, eso
significaba simplemente ponerse una corbata blanca y un frac o esmoquin,
prendas que solían llevar siempre en sus equipajes. Archie Butt tenía más
opciones, ya que sus siete baúles contenían tanto uniformes convencionales y de
gala como trajes de etiqueta para los actos civiles. (En la Casa Blanca, a
menudo se cambiaba de ropa seis veces al día). Para aquella primera cena
formal, probablemente eligiera su uniforme convencional o ropa de paisano,
reservando la exhibición de galones dorados para otro momento del viaje. La
mayoría de las mujeres llevaba, envuelto en papel de seda, un vestido distinto
para cada noche, si bien reservaban sus atuendos más espléndidos para los domingos
o los lunes.
La
belleza de las mujeres a bordo «fue objeto de observación y admiración», según
Archibald Gracie[129]. Pero
ese despliegue de encanto conllevaba un gran esfuerzo, y la hora de vestirse
era un momento de gran tensión para las criadas de las damas. Solo la colección
de ropa interior asombraría a una mujer de hoy día, empezando por los corsés
que aún llevaban las damas de clase alta en su mayoría. Las formidables
ballenas de la época victoriana ya pertenecían al pasado, al igual que los
corsés acolchados que empujaban el pecho hacia delante y el trasero hacia atrás
en el estilo que tanto admiraba el rey Eduardo VII. A partir de 1907 se puso de
moda un aspecto más esbelto, y los corsés tenían escudetes elásticos pensados
para que no estrecharan tanto el talle.
Pero se
había iniciado ya una rebelión contra el largo reinado del corsé. Las jóvenes
americanas habían adoptado ese año la costumbre de prescindir de él y, cuando
acudían a fiestas y bailes, se desprendían de sus estrechas piezas de ropa
interior. Lucile, es decir, lady Duff Gordon, había presentado un vestido sin
corsé en su colección de primavera de 1912, y en el último número de la revista
de moda Dress, que con toda seguridad algunas de las damas de
primera clase habían llevado a bordo, se señalaba. «Para la mujer que quiere
ser bonita y sentirse cómoda, el sujetador es tan importante como las prendas
íntimas más frívolas»[130].
Pero el
sujetador no encontraría una amplia aceptación hasta después de la Primera
Guerra Mundial, cuando el corsé pasó definitivamente a la historia. Así pues,
aquella noche de primavera de 1912, solo unas pocas mujeres, las más jóvenes y
modernas, como Edith Rosenbaum o Madeleine Astor, se atreverían a cambiar el
corsé por el sostén y la camisola. Las criadas ayudaban a muchas de las mujeres
de primera clase a encorsetarse y a ponerse a continuación las múltiples capas
de pololos y enaguas. En 1912, el elegante crujido de la ropa interior era
parte del encanto de una dama bien vestida, y ese sonido se oía todas las
noches en la gran escalinata del Titanic durante la procesión
que se encaminaba al comedor.
A las
siete de la tarde, el corneta del barco, un camarero de veintiséis años llamado
Peter Fletcher, volvió a anunciar la cena con una breve melodía vivaz titulada
«The Roast Beef of Old England». En ese momento, muchos de los pasajeros ya se
habían reunido en las butacas de mimbre de la Sala de las Palmeras. La segunda
noche reinaba a bordo un ambiente cordial. En torno a las mesas se habían
establecido ya grupos bien avenidos y los camareros se dirigían a su clientela
por el nombre. En contra de lo que suele creerse, no había ninguna mesa del
capitán en la que E. J. Smith atendiera a una selección de pasajeros de su
agrado. Smith solía comer en una mesa para seis en el comedor o en su camarote,
servido por su criado, al que todos conocían como Tigre.
De la
atención a los pasajeros se encargaba principalmente el sobrecargo jefe del
navío, Hugh McElroy, de treinta y siete años, cuyo humor irlandés y jovial
conversación de sobremesa le convertían en una figura ideal para ese cometido.
Si un pasajero cenaba solo, solía sentarse a la mesa del sobrecargo, y luego
McElroy invitaba a otros dos pasajeros para completar la compañía. W. T. Stead
se unió una noche a la mesa de McElroy, al igual que Frederic K. Seward, quien
más tarde recordaría que todos los presentes quedaron «casi hipnotizados por el
humor, la belleza y la amplitud de miras de la conversación de Stead»[131]. En un
momento del viaje, Seward fue llamado aparte por un pasajero inglés que le
susurró al oído: «Mi querido amigo, ¿sabía usted que [Stead] apoyó a los
bóers?»[132]. La
oposición a la guerra de los Bóers en Sudáfrica había sido una de las causas
más polémicas de Stead, quien en 1899 escribió un panfleto titulado « ¿Mataré a
mi hermano bóer?».
Se
desconoce si W. T. Stead y Frank Millet pasaron algún tiempo juntos en el Titanic,
pero el emparejamiento de aquel par de anecdotistas habría garantizado un
coloquio de lo más entretenido. El ubicuo Mark Twain era amigo de ambos. Stead
le había conocido en 1894 a bordo de un barco cuando regresaba de su primera
visita a América. (Casualmente, el barco en el que Stead realizó aquella
travesía era el New York, el mismo que se cruzó en el camino
del Titanic al zarpar de Southampton). Durante una tormenta en
el mar, Stead entretuvo a Twain contándole una de sus populares historias de
fantasmas. Los dos mantuvieron luego correspondencia, y el Review of
Reviews, la revista mensual que fundó Stead en 1890 después de dejar
la Pall Mall Gazette, publicó intercambios de opiniones entre
ambos. En esa misma travesía, Stead trabó amistad con uno de los mejores amigos
de Millet, Charles Francis Adams, un aristócrata de Back Bay que descendía de
los dos presidentes Adams y era hermano del escritor y diarista de Washington
Henry Adams.
La
existencia de esos vínculos permite suponer que Frank Millet al menos saludó a
W. T. Stead en el Titanic, aunque puede que desconfiara de él por
la reputación que acompañaba al veterano periodista debido a sus espectros y
sesiones de espiritismo. Millet seguramente desaprobaba las tesis del
libro If Christ Came to Chicago, escrito por Stead tras su visita a
la exposición de 1893. Chicago fascinó a Stead, quien pasó allí varios meses
entrevistando a delincuentes, jugadores, políticos corruptos y prostitutas para
describir el inframundo de la ciudad desde un punto de vista impregnado de su
particular concepción cristiana. Cuando se publicó en 1894, If Christ
Came to Chicago provocó un considerable revuelo. Empezaba con una
descripción de cómo Jesucristo expulsaba a los cambistas ante el Patio de Honor
de la Ciudad Blanca y en las últimas páginas llevaba un mapa desplegable en
color de la zona de prostitución de Chicago, con la localización exacta de
todos los burdeles, tabernas y prestamistas. Aunque no fuera esa la intención
del autor, el libro facilitaba una guía manejable de la «ciudad del pecado» que
lo convirtió de inmediato en un éxito de ventas.
Cuando
Millet, Archie Butt y Clarence Moore entraron en el comedor, probablemente se
detuvieron a saludar ante la mesa que ocupaban el coronel Archibald Gracie IV,
de cincuenta y tres años, y sus dos acompañantes: Edward Austin Kent, un
arquitecto de Buffalo, de cincuenta y ocho años, y el neoyorquino James Clinch
Smith, de cincuenta y seis, un asiduo de los clubes de la ciudad. El afable
Gracie era el más extravertido de los tres, y tenía los modales refinados
propios de un miembro de una familia de antiguo abolengo. Su bisabuelo,
Archibald Gracie I, era un magnate naviero originario de Escocia que en 1799 se
construyó en Manhattan una casa de estilo federal con vistas al río Este,
conocida hoy como Gracie Mansion, la residencia oficial del alcalde de Nueva
York.
Archibald
Gracie IV nació en 1859, cuando la familia vivía en Mobile (Alabama), donde su
abuelo había fundado un negocio de compra y venta de algodón. Cuando estalló la
guerra de Secesión, el padre de Gracie, Archibald Gracie III, se alistó en un
regimiento de Alabama y con el tiempo ascendió a general de brigada. Fue
abatido durante el asedio de Petersburg (Virginia) en 1864. La pérdida del
padre a los cinco años de edad despertó en Archibald Gracie IV la curiosidad
por conocer su vida y su peripecia durante la guerra de Secesión. En el Titanic llevaba
ejemplares de The Truth About Chickamauga, su relato de 462 páginas
sobre la batalla de 1863 en la que participó su padre. Como muchas otras
batallas de la guerra de Secesión, la de Chickamauga fue un auténtico baño de
sangre, una matanza solo superada por la de Gettysburg, y una victoria, aunque
pírrica, para los confederados. La investigación sobre Chickamauga dejó
exhausto a Gracie. Como escribiría posteriormente en The Truth About
the Titanic, «a fin de disfrutar de un merecido descanso después de siete
años de trabajo en el libro, y para quitármelo de la cabeza, hice ese viaje
transoceánico de ida y vuelta. Mi experiencia fue un bálsamo de lo más eficaz»[133].
El estilo
farragoso que caracterizaba la escritura de Gracie, junto con su costumbre de
encasquetar el libro sobre Chickamauga a otros pasajeros, lo convirtieron en el
pesado del grupo en la sala de fumadores del Titanic, decorada a la
manera de un club. El afable Isidor Straus, de sesenta y siete años,
copropietario de los grandes almacenes Macy’s de Nueva York, aceptó amablemente
un ejemplar y se lo devolvió a Gracie al cabo de unos días expresando el
«profundo interés» que le había despertado su lectura. Teniendo en cuenta que
hasta los más entusiastas de la historia de la guerra de Secesión se veían
desalentados por las descripciones de movimientos de tropas de Chickamauga, es
indudable que Straus simplemente quería ser cortés.
Tanto
Frank Millet como Archie Butt eran lo bastante listos para sortear con
habilidad los intentos de Gracie de endosarles el libro. Frank guardaba un
recuerdo nítido de la guerra de Secesión, ya que tenía diecisiete años cuando
su padre, el doctor Asa Millet, al servicio de los unionistas como cirujano, le
invitó a acompañarle a un hospital de campaña en mayo de 1864. El
descubrimiento de la espeluznante realidad del campo de batalla no impidió a
Frank alistarse dos meses después como tamborilero en el 60º Regimiento de la
Milicia de Voluntarios de Massachusetts. Su servicio transcurrió sin grandes
sobresaltos, excepto la vez en que le llamaron para tocar el tambor en señal de
alarma cuando cuarenta prisioneros confederados se escaparon del campamento al
que estaba destinado.
Tres tíos
de Archie Butt habían sido oficiales del ejército confederado y él se había
criado en Augusta (Georgia), en medio de las penurias de la reconstrucción que
siguió a la guerra. Archie situaría en esa época su novela corta de 1899
titulada Both Sides of the Shield, una historia con referencias a
Chickamauga. El narrador es Palmer, un joven reportero, como lo había sido
Archie, al que un periódico de Boston envía al sur para que escriba artículos
sobre la posguerra en la antigua Confederación. En el tren Palmer conoce a un
galante coronel sureño llamado Turpin, quien le invita a Los Pinos, una
plantación venida a menos que la familia del coronel se esfuerza por mantener.
Palmer conoce al robusto hijo de Turpin, Bud, y a su hija, la señorita Ellen,
el sostén de la casa. Los Turpin le invitan a quedarse y Palmer envía una serie
de artículos que describen la vida de una familia sureña empobrecida pero
orgullosa tras la abolición de la esclavitud. Palmer se enamora de Ellen, pero,
cuando ella descubre que es el autor de artículos que, a su modo de ver,
ridiculizan a su familia, lo expulsa de Los Pinos.
Palmer
deja el periódico y se convierte en un vagabundo, perseguido por los recuerdos
de la señorita Ellen. Cuando estalla la guerra contra España, se alista en el
ejército y es destinado a un campamento de Chickamauga (Tennessee). Allí se
encuentra con Bud Turpin, ahora oficial del ejército, y le cuenta que sigue
sintiendo una gran devoción por Ellen. Palmer contrae la fiebre tifoidea, que
se ceba con los militares del campamento, y Bud informa por carta a su hermana
del amor que Palmer siente por ella. La señorita Ellen llega a Chickamauga, la
fiebre de Palmer remite y se reconcilian. Él deja el ejército y Ellen se lo
lleva de regreso a Los Pinos, donde le dice que continúe su vida de escritor.
La
historia muestra el apego sentimental de Archie por el mundo perdido del viejo
sur, pero seguramente tiene más interés por lo que revela sobre su autor. Al
describir a un hombre con un secreto oculto que encuentra la redención en el
sagrado suelo de Chickamauga gracias al amor de una sureña parecida a su propia
madre, Archie tal vez expresara sus anhelos más profundos. Cuando fue publicada
en la revista Lippincott’s Monthly Magazine, en marzo de
1905, Both Sides of the Shield fue objeto de gran admiración
por parte de Theodore Roosevelt, e incluso se ha dicho que motivó la elección
de Archie como su asesor en la Casa Blanca.
Al
término de su segunda cena en el Titanic, Archie y sus compañeros
de mesa tal vez tomaran otro café en una de las pequeñas mesas de la Sala de
las Palmeras, donde la orquesta continuaba tocando. Archibald Gracie dejó
constancia de que «durante aquellas deliciosas veladas no paraba de dar vueltas
por la sala, charlando con la gente a la que conocía o a la que había conocido
durante el viaje»[134].
En The Night Lives On, Walter Lord imaginó que «a la gente se le
crispaba el rostro en cuanto [Gracie] se aproximaba, pero al final le
soportaban, porque era amable y gentil y ciertamente tenía buenas intenciones»[135].
Propenso
como era a alardear de conocer a gente importante, Gracie nos informa de que
después de abandonar la Sala de las Palmeras «los hombres de mi grupo solían ir
a la sala de fumadores… y participar en las conversaciones de algunos de los
personajes famosos con quienes nos encontrábamos allí»[136]. Entre
esos hombres célebres con los que se reunía con regularidad, cita a Archie
Butt, Clarence Moore y Frank Millet, y recuerda haber hablado de política con
el comandante Butt. Este había escrito al presidente Taft desde el Berlin que
le gustaba «inmiscuirse» en las discusiones políticas a bordo, así que
probablemente también lo hiciera con Gracie en el Titanic. El tema
del día eran las campañas de Theodore Roosevelt y Taft por la candidatura
republicana. Roosevelt había perdido en las primarias de Nueva York el 26 de
marzo, pero había ganado holgadamente en Illinois el 9 de abril, solo dos días
atrás, y se esperaba que conquistara también Pensilvania el sábado siguiente.
Las conversaciones políticas probablemente alimentaran la inquietud de Archie,
que se preparaba para volver a la batalla en Washington.
Entre los
personajes conocidos que frecuentaban la sala de fumadores, Gracie también
menciona a Arthur Ryerson, a quien John B. Thayer, un vecino de Haverford
(Pensilvania), animaba a escapar de la atmósfera afligida que reinaba en su
suite. Thayer, de cuarenta y nueve años, era el segundo vicepresidente de la
compañía de ferrocarriles de Pensilvania y volvía de un viaje por Europa con su
mujer, Marian, y su hijo Jack, de diecisiete años, quien había estado en un
internado de Inglaterra, donde aprendió a jugar al críquet, el deporte favorito
de su padre. Marian Thayer era amiga de Emily Ryerson y durante el viaje
entraba con frecuencia en la suite de esta para ver cómo se encontraba.
John B.
Thayer y Arthur Ryerson conocían a George Widener, el último de los personajes
conocidos de la lista de Gracie, aunque no el menos importante desde el punto
de vista social. Widener, de cincuenta años, era hijo de P. A. B. Widener, el
magnate de los tranvías de Filadelfia, quien mandó construir una de las
residencias más majestuosas de toda la Main Line: Lynnewood Hall, un palacio de
ciento diez habitaciones de estilo neoclásico francés situado en un terreno de
trescientos acres, con jardines, un campo de polo y un lago. George Widener
dirigía varias empresas de la familia y vivía en Lynnewood Hall con su esposa,
Eleanor, sus dos hijos y su hija. El hijo mayor de la pareja, Harry Widener, de
veintisiete años, viajaba con ellos y ocupaba un camarote contiguo a su suite
de la cubierta C. Desde que abandonara Harvard cinco años atrás, Harry se
dedicaba a adquirir libros antiguos, y su colección incluía ya un temprano
infolio de Shakespeare y una Biblia de Gutenberg. En el Titanic llevaba
un valioso ejemplar de los Ensayos de sir Francis Bacon que
había encontrado durante una reciente excursión a Londres para comprar libros.
Antes de partir a Southampton, Harry pasó por Londres para mostrar su preciada
adquisición a un librero y le comentó en broma: «Si mi barco naufraga, sepa que
este ejemplar se hundirá conmigo»[137].
En la
sala de fumadores, Archibald Gracie y el resto de habituales se acomodaron en
las butacas de club y empezaron a jugar a las cartas. Mientras el humo de los
puros se elevaba y creaba un brillo neblinoso en torno a los globos de cristal
tallado de las arañas de latón, varios de los jugadores lanzaban miradas
escrutadoras alrededor, ya que estaban ahí por negocios más que por placer. Los
tahúres profesionales se habían convertido en un problema bastante gordo para
la White Star, hasta el punto de que la compañía se vio obligada a insertar una
advertencia especial en la guarda del folleto que se entregaba a los pasajeros.
Con un lenguaje de lo más cortés, el mensaje decía que «ciertas personas, que
creemos que son jugadores profesionales, tienen la costumbre de viajar en
transatlánticos», y advertía de que los juegos de azar brindaban a esos
individuos «singulares oportunidades para aprovecharse de otros de forma
desleal»[138].
Desplumar
a los pasajeros desprevenidos era sin duda una actividad lucrativa, ya que se
calcula que unos dieciséis «deportistas», como se denominaba eufemísticamente a
los jugadores, habían comprado billetes para buques de la White Star a
principios de abril de 1912, tres de ellos para el Titanic. George
Brereton, de Los Ángeles, aparece en la lista de pasajeros como George Brayton,
aunque era más conocido como George «Boy» Bradley. En la última noche del Titanic,
Brereton se uniría a otros dos tahúres, Harry «Kid» Homer y Charles «Harry»
Romaine, para desplumar a dos pasajeros durante una partida de whist.
Se ha
escrito repetidas veces que Jay Yates, un conocido tahúr y estafador
estadounidense que usaba el seudónimo de J. H. Rogers, también viajaba en
el Titanic. Una inquietante nota que supuestamente entregó a una
mujer en uno de los botes salvavidas dice: «Si se salva, informe a mi hermana,
la señorita J. F. Adams, de Findlay, Ohio. Desaparecido, J. H. Rogers»[139]. Pero
Yates no estuvo nunca a bordo, y la nota era un engaño. Fue escrita para que la
policía creyera que había muerto, ya que le buscaban por robo postal. Yates
pagó a una mujer para que se hiciera pasar por superviviente del naufragio y
entregara la nota en la redacción de un periódico. Este la publicó, pero el
truco no funcionó y la policía siguió tras la pista de Yates.
Las
pequeñas mesas de juego de la sala de fumadores tenían un reborde grueso para
evitar que los vasos se cayeran cuando el mar estaba agitado. Pero aquella
noche los vasos apenas se movían, ya que el transatlántico avanzaba suavemente
por un Atlántico norte extremadamente calmo. El barco iba muy bien de tiempo y
parecía que las millas recorridas superaban a las que había cubierto el Olympic el
primer día de su travesía inaugural. Cuando J. Bruce Ismay se retiró a su suite
para acostarse, tenía motivos para estar encantado con el rendimiento del
transatlántico más nuevo de la White Star.
Capítulo
7
Vidas privadas
Viernes
12 de abril de 1912
Los
diseñadores del Olympic y el Titanic sabían
perfectamente qué clase de decoración satisfacía los gustos de la clientela más
acomodada. En los palacios de la Edad Dorada americana, la opulencia del
Antiguo Régimen francés era el estilo más imitado. Por eso el salón de primera
clase de la cubierta A, el más llamativo de los espacios públicos del Titanic,
fue diseñado a imitación de Versalles, aunque con algunos toques ingleses, como
el estampado de las alfombras y los cómodos sofás tapizados, con grandes
almohadones verdes. Las paredes estaban recubiertas de roble labrado al estilo
rococó y el dorado se reservó únicamente para algunos detalles como el techo
enyesado, un reloj de pared de bronce dorado y la estatuilla de la Artemisa de
Versalles que descansaba sobre la repisa de mármol de la chimenea. En el otro
extremo de la estancia había una estantería de caoba con un frontal de vidrio
que albergaba la colección de libros del barco. En busca de una lectura
relajante, Archibald Gracie ya había encontrado en sus estantes The Old
Dominion, una novela ambientada en la Virginia colonial. Aquel viernes 12
de abril, como en los días de mar en calma que siguieron, Gracie, al igual que
muchos de sus compañeros de travesía, pasaba largo tiempo en el salón, leyendo,
tomando té y conversando con conocidos.
En una
ocasión se le acercó su amistad más antigua del barco, James Clinch Smith, un
hombre de «discreta modestia», en palabras de otro conocido, aunque también
tenía fama de poseer un humor seco[140]. Al
igual que Gracie, Jim Smith, como le llamaban, procedía de una rancia familia
estadounidense y era descendiente directo del fundador de Smithtown, al noreste
de Long Island, donde se crió. Era uno de los siete hijos del juez J. Lawrence
Smith y su mujer, Sarah Clinch. La viuda del magnate de los grandes almacenes
Alexander T. Stewart, era tía de su madre y a los treinta y cuatro años Jim
heredó tres millones de dólares del patrimonio de la tía Cornelia. También le
correspondió la residencia de los Smith, una granja blanca de estilo colonial
que se había ampliado varias veces en el transcurso de los años. En 1897, Jim
encargó unas obras de mejora y armonización del edificio a su cuñado, el famoso
arquitecto Stanford White. Este se había casado en 1884 con la hermana menor de
Jim, Bessie, quien con la parte que le tocó de la herencia de la tía Cornelia,
adquirió una granja en la vecina Saint James, que pronto transformó en una
propiedad rural llamada Box Hill.
Smith no
se casó hasta que hubo cumplido treinta y nueve años. Su esposa era la
extravertida Bertha Barnes, de Chicago, y durante un tiempo fueron una pareja
popular en la buena sociedad de Nueva York y Newport. Consumada intérprete y
compositora, aunque cultivaba esas actividades como aficionada, en 1904
convenció a su marido para irse a París. Una vez allí, Bertha pronto se dio a
conocer en los círculos musicales, sobre todo después de fundar una popular
orquesta femenina. Su marido no acababa de sentirse a gusto en París, así que
cada cierto tiempo embarcaba en un transatlántico para regresar a Nueva York y
el mundo que conocía. Eso pasó factura al matrimonio, y al cabo de unos pocos
años vivían prácticamente separados. En enero de 1912, sin embargo, Bertha
pidió a Jim que fuera a París, y durante esa visita la pareja se reconcilió.
Bertha accedió a regresar a Estados Unidos, a la residencia de Smithtown. En
abril, un amigo de la familia recibió una carta desde París con el siguiente
mensaje: «Jim zarpa hoy en el gran Titanic con destino a Nueva
York a fin de dejar preparada la vieja casa para Bertha, que llegará en
octubre»[141].
El
destino se las arregló para poner a una persona como Smith, que tan solo
ambicionaba la vida tranquila de un propietario de Long Island, en el lugar
equivocado en el momento menos propicio. Seis años antes de embarcar en
el Titanic había sido testigo del asesinato, perpetrado en
público, de su cuñado Stanford White y tuvo que declarar en el proceso por
asesinato más sensacionalista del nuevo siglo. La noche del 25 de junio de
1906, Smith estaba sentado a solas a una mesa de la terraza del restaurante que
había en la azotea del Madison Square Garden, un enorme edificio de estilo
árabe que había diseñado su cuñado. A sus pies se extendía el gigantesco
anfiteatro, que conocía bien porque todos los años asistía al concurso hípico
que se celebraba allí. Tenía aforo para catorce mil personas y en cierta
ocasión Stanford White decidió que lo inundaran para crear un espectáculo
veneciano. Por encima de la mesa de Smith se alzaba, iluminada en el cielo
nocturno, la torre de treinta y dos pisos, coronada por la estatua de una Diana
desnuda tensando el arco, obra de Saint–Gaudens. Para el jardín de la azotea,
White había creado un restaurante con terraza, decorada con enrejados, macetas
con palmeras y farolillos japonesas en torno a un escenario destinado a
espectáculos de variedades en las noches de verano.
A falta
de otros planes, esa cálida noche de junio Jim asistía al estreno de una
revista musical titulada Mamzelle Champagne. Al poco de comenzar la
función, un hombre con traje de etiqueta y abrigo largo apareció junto a su
mesa y le preguntó si podía sentarse. Su cara le resultaba conocida y, cuando
el hombre se hubo acomodado, Jim se dio cuenta de que era Harry Thaw, un joven
y millonario de Pittsburgh, de quien decían que era adicto a la cocaína o
estaba loco, o ambas cosas. Thaw le ofreció un puro y empezó a charlar sobre
inversiones y sobre Wall Street. La conversación derivó pronto hacia los viajes
y Jim mencionó que la semana siguiente se marchaba al extranjero a bordo
del Deutschland. Thaw replicó que creía que el Deutschland se
había averiado demasiadas veces y que por eso prefería el Amerika.
Jim explicó que conocía al capitán del Deutschland, que siempre
había sido muy amable con su mujer.
— ¿Dónde
está su mujer? —preguntó Thaw.
—En
París.
— ¿Está
usted bien casado?
Jim le
preguntó qué quería decir con eso.
Thaw
siguió adelante y le preguntó si quería «conocer a una chica muy guapa», y se
ofreció a concertarle una cita con una «morena pechugona»[142].
Jim
rechazó la oferta con frialdad y volvió la vista hacia el escenario. Hasta ese
momento, Mamzelle Champagne no se había ganado el favor del
público y en las mesas contiguas había animadas charlas. Thaw trató de
continuar la conversación, pero Smith no le hizo caso, así que finalmente se
levantó y se marchó. Mientras el espectáculo avanzaba, la hermosa actriz que
encarnaba el personaje del título saltó de una gigantesca botella de champán,
pero ni siquiera eso suscitó más que unos tímidos aplausos. Más tarde se
produjo un pequeño revuelo cuando Stanford White se abrió paso entre la gente
para dirigirse a su mesa habitual. White era un hombre fornido e imponente, y
muy famoso en Nueva York. Todo el mundo conocía al arquitecto que había
diseñado el arco de Washington Square, el Colony Club, la residencia conocida
como Villard Houses y muchas otras construcciones emblemáticas de la ciudad.
Sobre el escenario, el tenor principal cantaba «If I Could Love a Thousand
Girls», mientras las veinte muchachas del coro hacían cabriolas a su alrededor.
El arquitecto sonrió al ver a las coristas, mostrando el brillo de sus dientes
bajo el enorme bigote.
De
repente se oyó un disparo, y otro, y uno más. Alguien se rió pensando que era
parte del espectáculo, pero luego se oyó un estrépito, seguido de un fuerte
grito. El cuerpo de Stanford White yacía en el suelo junto a la mesa volcada,
con un charco de sangre que manchaba el mantel blanco arrugado. Harry Thaw
estaba de pie junto a él, con un revólver en la mano.
— ¡Lo he
hecho porque ha destrozado a mi mujer! —gritó, volviéndose—. ¡Se lo merecía!
¡Se aprovechó de ella y luego la abandonó!
Un
bombero de Nueva York tuvo la presencia de ánimo suficiente para quitarle el
arma, que Thaw le entregó sin oponer resistencia. Cuando el pistolero, que
mostraba una calma espeluznante, fue conducido al ascensor, su joven esposa,
Evelyn Nesbit Thaw, corrió hacia él y, sin poder creer lo que había sucedido,
exclamó:
— ¡Oh,
Harry! ¿Pero qué has hecho?[143]
Jim Smith
se unió a los clientes despavoridos que se dirigían hacia las puertas. Cuando
pasó junto al cadáver, ignoraba que la víctima del asesinato era su cuñado, ya
que la cara de White estaba parcialmente desfigurada por el disparo y
ennegrecida por quemaduras provocadas por la pólvora. Smith conocería pronto la
verdad, y a la mañana siguiente el crimen había saltado ya a la primera plana
de los periódicos. Cada edición llevaba nuevas revelaciones sobre la vida
oculta de White, acompañadas de atractivas fotografías de la coqueta Evelyn
Nesbit Thaw, a la que White, según decían, había conocido cuando ella era una
corista adolescente, antes de que se casara con Thaw. Las tiradas de los
periódicos subieron como la espuma. Hasta entonces la riqueza, el sexo y la
celebridad nunca se habían unido en una tormenta tan perfecta. Para evitar a la
multitud de curiosos, el funeral de White se trasladó de Manhattan a Smithtown,
y Jim Smith fue uno de los dolientes que acompañaron el cuerpo en el tren
fúnebre de Nueva York a Long Island, y luego a la pequeña iglesia episcopal de
Saint James, con sus paredes de tablillas de madera.
Cuando
empezó el proceso contra Harry Thaw, el 23 de enero de 1907, el nombre de
Stanford White ya estaba manchado. La madre de Thaw, una viuda de aire
imponente, contrató a un publicista para que esparciera historias de seducción
de jovencitas por parte de White y llegó a financiar tres obras de teatro que
pintaban como un monstruo depredador a un White de identidad apenas disimulada.
La estrategia funcionó. Vanity Fair tituló un artículo de este
modo: «Stanford White, voluptuoso y pervertido, muere como un perro»[144]. El
hombre que antaño había personificado la energía e inventiva de la Edad Dorada
era censurado desde los púlpitos como símbolo de los excesos y la depravación
moral de la misma.
En el
juicio, Jim Smith fue un testigo clave de la acusación, y su descripción de la
lucidez que había mostrado Thaw poco antes del tiroteo sembró serias dudas
sobre el argumento de la defensa, que apostaba por demostrar que había sido
víctima de un trastorno mental transitorio. Sin embargo, el testimonio de
Evelyn Nesbit Thaw fue con diferencia el que suscitó mayor interés. Cuando
subió al estrado con un recatado vestido azul con cuello blanco de Peter Pan,
un reportero la describió como «el ser humano más exquisitamente hermoso que he
visto en mi vida»[145]. Fue esa
singular belleza lo que había hecho de Evelyn una modelo muy solicitada por
artistas y fotógrafos cuando tenía tan solo catorce años. Más tarde, le
permitió entrar en el coro del musical Floradora. Stanford White y
Harry Thaw dejaban regalos y mensajes para ella en la puerta de los artistas,
pero el premio se lo llevó White, lo que encendió el odio obsesivo de Thaw.
A lo
largo de varias sesiones, Evelyn explicó al tribunal que White se la metió en
el bolsillo con su encanto y atenciones, y que se convirtió en un generoso
benefactor para ella, su hermano y su madre viuda. Describió también el
estudio–escondite del arquitecto en la calle Veinticuatro, con su decoración
exótica, estatuas, quimonos de seda, una alfombra de piel de oso polar, una
habitación con espejos y, lo que despertó la mayor atención, un columpio
forrado de terciopelo rojo en el que Evelyn daba puntapiés a unos parasoles
japoneses de papel mientras se balanceaba. La parte más sensacional del
testimonio de Evelyn fue la narración de cómo White la había drogado para
arrebatarle la virginidad cuando ella tenía solo dieciséis años. Al publicarse,
el testimonio causó un escándalo público que recordaba al de «El tributo de las
doncellas…» de W. T. Stead. La Casa Blanca se inundó de cartas y telegramas que
exigían al presidente Roosevelt que prohibiera a los periódicos publicar ese
tipo de material pornográfico, y en el Congreso se presentó una moción que
recomendaba excluir del sistema de correos de Estados Unidos todas las
publicaciones que llevaran «detalles repugnantes de aquel caso»[146].
El jurado
había llegado a un punto muerto cuando concluyó el proceso cuatro meses
después. El segundo juicio empezó el 6 de junio de 1908 y avanzó con mayor
rapidez, de modo que terminó al cabo de menos de cuatro semanas. En su alegato
final, el fiscal recordó a los miembros del jurado la cordura con la que Thaw
se había comportado en la mesa de James Clinch Smith pocos minutos antes del
asesinato. Sin embargo, el jurado no tardó más de veinticuatro horas en decidir
que Harry Thaw no era culpable, ya que estaba loco. Thaw fue trasladado a un
psiquiátrico estatal para criminales dementes, donde se instaló cómodamente
hasta su liberación, en 1915. Evelyn Nesbit trabajó como artista de vodevil y
actriz de cine mudo, pero su carrera declinó lentamente y los últimos años de
su vida estuvieron marcados por el alcoholismo, la adicción a la morfina y los
intentos de suicidio. «A Stanny White lo mataron —comentó una vez
lastimosamente—, pero mi destino fue peor: viví»[147].
En The
Vanderbilt Era, Louis Auchincloss compara la furia que provocó el escándalo
White–Thaw con la que suscitaron los procesos contra Oscar Wilde la década
anterior. «Había, sin duda, una nota de ignorancia en todo ello. “Conque así es
como se entretienen en realidad estos artistas”»[148]. Hay
otras semejanzas entre el escritor paradigmático de los Yellow Nineties, es
decir los años 1890, y el arquitecto que formó el gusto de la Edad Dorada.
Ambos se vieron acosados por perseguidores privilegiados, desequilibrados y
farisaicos; ambos fueron vilipendiados por cuestionar la moral sexual y se
adhirieron al credo bohemio según el cual los artistas no estaban sometidos a
las mismas reglas que el resto de los mortales. Ese punto de vista también lo
compartió durante un tiempo Frank Millet, como demuestran sus atrevidas cartas
de amor a Charles Warren Stoddard.
Ciertamente,
Frank Millet y Stanford White se movieron en los mismos círculos bohemios
durante su juventud. Se conocieron en 1876, con motivo de los trabajos de
decoración de la iglesia de la Trinidad, la monumental construcción de estilo
románico de Copley Square, en Boston, diseñada por H. H. Richardson. White,
antiguo aprendiz de Richardson, convenció al arquitecto de que invitara a
artistas jóvenes a completar la decoración interior de John LaFarge. Millet y
el resto de los artistas con quienes White trabó amistad durante los trabajos
en la iglesia de la Trinidad se convirtieron en el núcleo del Tile Club, que se
creó en Nueva York el otoño siguiente. El club se fundó con la intención de
producir azulejos decorativos artesanales en un estilo inspirado por William
Morris, pero se transformó con rapidez en un club social de artistas con el
exuberante Stanny en el papel de payaso jefe. Para una de sus reuniones, Millet
y Saint–Gaudens ayudaron a White a crear un comedor de estilo romano decorado
con cortinas color crema, pieles de tigre y objetos de latón. Los miembros del
Tile Club, vestidos con togas, se reclinaron en los sofás, atendidos por la
Hellion, una modelo de artistas con un atractivo sexual que, según Frank,
«lograría seducir incluso a san Antonio». Millet aseguró que jamás había
asistido a una «juerga semi respetable» más magnífica[149].
A medida
que crecían la fama y la riqueza de Stanford White, sus juergas se volvían cada
vez más rumbosas y menos respetables. Alegre frecuentador de clubes y diseñador
de algunos de los establecimientos más elitistas de Manhattan, también
participaba en las parrandas secretas del Sewer Club y en las aventuras
sexuales que tenían lugar en un espacio alquilado llamado La Morgue. Además se
convirtió en el supremo papaíto espléndido de todo un grupo de jóvenes coristas
—Evelyn Nesbit no era la única que se sentaba en el columpio de terciopelo
rojo—; derrochaba dinero en regalos y ropa e incluso les pagaba las visitas al
dentista. En los albores del nuevo siglo, «sus obsesiones adquirieron la
velocidad de un ciclón», en palabras de la bisnieta del arquitecto, Suzannah
Lessard[150]. En
1906, el cabello rojo y el desmesurado mostacho de White se habían vuelto
grises, y aparentaba veinte años más de los cincuenta y dos años que tenía.
Padecía, sin saberlo, una enfermedad hepática degenerativa y una tuberculosis
incipiente que probablemente hubieran acabado con él en cuestión de un año.
La mala
fama que seguía ensombreciendo el nombre de Stanford White en 1912 seguramente
quitó a Frank Millet las ganas de contar historias sobre Stanny al tranquilo y
reservado cuñado de White en el Titanic. John Jacob Astor también
había conocido al famoso arquitecto, pero ambos se distanciaron en 1903 a raíz
de la construcción de un pabellón de deportes para la propiedad del primero en
Ferncliff, cerca de Rhinebeck. Con el estímulo de Ava Astor, los planes se
ampliaron para incluir una piscina interior de mármol, un campo de tenis, una
biblioteca, una sala de billar y cuartos de invitados. Astor no había imaginado
algo tan grande, y el arquitecto y él pronto dejaron de hablarse. White decía
entender por qué a Astor le habían apodado Jackass. El edificio, al estilo del
Gran Trianón de Versalles, se terminó en 1904, y más de un siglo después se
convirtió en escenario de la boda de Chelsea, la hija del presidente de Estados
Unidos Bill Clinton. El escándalo de Stanford White también contribuyó a
alimentar la desaprobación que suscitó el compromiso de Astor con Madeleine
Force en 1911. Las fotografías de un hombre de mediana edad, alto y con bigote,
abrazado a una adolescente, despertaron recuerdos de las salaces historias que
habían llenado los periódicos pocos años antes.
* * * *
El
viernes 12 de abril, a mediodía, junto a la puerta del despacho del sobrecargo
se colgó una nota con las millas recorridas. Desde que partiera de Queenstown,
el Titanic había cubierto 484 millas náuticas, superando así
las 428 del Olympic en su primer día. Había un gran interés
por ese dato entre quienes participaban en una apuesta sobre la velocidad del
barco. Norris Williams señalaría que «en medio del océano el aviso del
recorrido diario constituía prácticamente la única emoción del día, sobre todo
para el afortunado ganador». La apuesta la organizaba el sobrecargo McElroy,
pero la gestionaba un comité de pasajeros que elegían veinte cifras relativas a
la posible distancia que recorrería el buque del día siguiente. Después de la
cena, se celebraba en la sala de fumadores una puja en la que tanto los
miembros del comité como quienes no pertenecían a él apostaban por los números,
y los primeros recibían un reembolso del cincuenta por ciento de su apuesta si
su número resultaba elegido. Norris Williams afirmó que el jueves por la noche
la apuesta sobre la singladura del viernes había subido a cuatro dígitos y que
había además un puñado de apuestas extraoficiales. El sobrecargo retenía
aproximadamente el diez por ciento de las ganancias de la apuesta para donarlo
a instituciones benéficas para marineros. Muchos pasajeros consultaban las
millas recorridas cuando bajaban a almorzar a mediodía, ya que el tablón de
anuncios del sobrecargo se encontraba cerca de la gran escalinata, un piso más
arriba del comedor.
La carta
del almuerzo del 12 de abril incluía tarta de Melton Mowbray, pollo hervido con
tocino y cordero con salsa de menta, la clase de platos ingleses que Frank
conocía de sus años en el pueblo de Broadway. Después de comer con Archie Butt
y Clarence Brown, Millet probablemente se retiró a su camarote para seguir
ocupándose de sus papeles. A buen seguro Archie Butt escribió algunas cartas
aquella tarde, tal vez a su hermana Clara, para continuar con el diario
epistolar. Aunque había escrito varias al presidente Taft durante su estancia
en Europa, a Clara aún no le había contado nada sobre sus viajes, y había mucho
que explicar, desde la audiencia en el Vaticano hasta la visita a Chester para
ver a su hermano y a su sobrina Arrington de dieciséis años, a la que adoraba.
El Titanic también
le parecía un buen lugar para trabajar a W. T. Stead, ocupado en la corrección
de las galeradas de unos apuntes autobiográficos que pensaba publicar. «El
barco es firme como una roca y el mar está como una balsa de aceite —escribió a
su mujer desde Queenstown—. Si sigue así, podré trabajar mejor que en casa,
porque no hay teléfonos que me molesten, y tampoco visitas»[151]. Aunque
el viernes fue lluvioso, el mar se mantuvo en calma y el barco prosiguió
suavemente su rumbo hacia Nueva York. Por la tarde, la mayor parte de los
pasajeros se había adormecido en la tranquilidad atemporal que a menudo
acompañaba a una serena travesía oceánica en un entorno confortable. No había
actividades organizadas a bordo y muchos pasajeros leían o charlaban en las
salas públicas, paseaban por cubierta, pedían un caldo caliente para tomarlo en
una butaca de cubierta, bien envueltos en una manta, o tal vez jugaban una
partida de tejo. Daisy Spedden, la madre del niño a quien Francis Browne había
fotografiado el día anterior jugando a la peonza en cubierta, consignó en su
diario que el viernes volvió a llevar al pequeño Douglas a cubierta para que
jugara a la pelota.
Para los
amantes del ejercicio más vigoroso estaba el gimnasio, con su entusiasta
instructor, T. W. McCawley, a quien Helen Churchill Candee describió como «una
poderosa figura de metro y medio por metro y medio con pantalones blancos» que
«iba saltando por ahí» en busca de pasajeros que quisieran probar las diversas
máquinas de ejercicios del gimnasio[152]. Archie
Butt había usado los caballos y el camello mecánicos del gimnasio del Berlin en
su viaje a Europa, así que es probable que hiciera lo mismo en el Titanic,
ya que necesitaba recuperar la fuerza que había perdido durante su enfermedad.
El ritual
británico del té de la tarde se observaba en los transatlánticos de la White
Star, y a las cuatro muchos pasajeros estadounidenses del Titanic tomaban
té con pastas o galletas, aunque no estaban acostumbrados a hacerlo en su país.
La Sala de las Palmeras era un sitio muy apreciado para tomar el té, ya que la
orquesta tocaba todos los días entre las cuatro y las cinco. También era un
buen lugar el Café Parisien, situado en la banda de estribor de la cubierta B,
una sala que no existía en el Olympic. Las celosías cubiertas de
hiedra y las mesas de café con sillas de mimbre creaban un ambiente
continental, en el que finos emparedados y un surtido de pastas se servían en
un carrito circular de dos pisos. «El café parisino es toda una novedad y tiene
un aspecto muy auténtico —escribió un pasajero inglés a su mujer—; seguro que
se hará muy popular entre los americanos ricos»[153].
Poco
después de la hora del té, el toque de corneta invitaba a los pasajeros a
vestirse para la cena. En ese momento, el personal del Café Parisien había
retirado las tazas y los platos de dulces, y las mesas del restaurante À la
Carte, situado justo al lado, ya estaban puestas, con sus servilletas de lino
artísticamente dobladas y colocadas de pie junto a la vajilla de porcelana con
borde dorado de la Royal Crown Derby, creada especialmente para la sala. Los
derechos de explotación del restaurante y el café adjunto los tenía Luigi
Gatti, un próspero restaurador de Londres. El restaurante era conocido entre
los pasajeros como restaurante Ritz, porque se parecía mucho a los de la cadena
de hoteles Ritz–Carlton que había en los transatlánticos de la compañía
Hamburg–Amerika. La White Star copió incluso el estilo Luis XV característico
del Ritz en los paneles de madera de las paredes y las columnas estriadas de
nogal. Pagando un recargo, los pasajeros podían degustar en aquel elegante
ambiente platos más exquisitos que los que se servían en el comedor. A última
hora de la tarde, un trío de piano, violín y chelo empezaba a tocar en la
recepción del restaurante para los comensales que estaban a punto de reunirse
en las sillas tapizadas de seda y colocadas entre las cuatro paredes de madera
blancas. La música ascendía por la gran escalinata de popa hasta los pasillos
de los camarotes, y los acordes de un vals o una melodía operística llegaban
sin duda hasta el camarote B–82, donde Benjamin Guggenheim se vestía para la
cena con ayuda de su criado.
A sus
cuarenta y seis años, Ben Guggenheim tenía el cabello canoso, pero seguía
siendo guapo, con sus rasgos suaves y su mirada soñadora. A las mujeres les
parecían atractivos su cálida sonrisa y su aire de hombre rico, y él
correspondía vivamente a ese interés. Ben no era el único de los siete hijos de
Meyer Guggenheim que tenía aventuras extramatrimoniales, pero, según un sobrino
suyo, «de todos los hermanos era el más extravagante en sus devaneos amorosos,
ya que llevaba a sus amantes a su propio hogar»[154]. Uno de
esos devaneos lo tuvo con una atractiva enfermera que se mudó a la mansión de
la familia en Manhattan, supuestamente para dar masajes a Ben a fin de tratar
su neuralgia. Eso sucedía cuando su hija Marguerite, a quienes todos llamaban
Peggy y que se convertiría en una admirada coleccionista de arte, tenía cinco o
seis años. Peggy escribiría posteriormente que adoraba a su apuesto padre, pero
también recordó que a los siete años la castigaron por soltar: «Papá, creo que
tienes una amante, porque pasas fuera muchas noches»[155].
Según
el New York Times, el enlace de Ben con Florette Seligman en 1894
fue «una de las bodas más bonitas de la temporada»[156], un
acontecimiento que unió al «príncipe de plata» de la rica familia minera con la
hija de uno de los clanes de la banca más importantes de la ciudad. Los
Seligman eran una familia judía de Nueva York, y se dice que contemplaban a los
Guggenheim como arribistas[157]. La
fortuna de los Guggenheim era, de hecho, bastante reciente, conseguida en su
mayor parte en el transcurso de la década anterior, cuando la familia cambió la
importación de encaje por la adquisición de minas y la construcción de
fundiciones. En 1885, cuando Ben tenía veinte años, lo enviaron a Leadville
(Colorado) —la misma ciudad donde el marido de Margaret Brown hizo su fortuna—
para que trabajara de contable en una mina de la familia. Luego ascendió a
gerente de una fundición de Pueblo (Colorado), trabajo que realizó con cierto
éxito, y la familia pronto empezó a concentrarse en la metalurgia como negocio
principal. Sin embargo, en 1901, un insatisfecho Ben dejó su trabajo en M.
Guggenheim & Sons para vivir de los ingresos resultantes de sus inversiones.
Eso se revelaría como una decisión corta de miras, ya que Ben se perdió con
ello la enormemente provechosa expansión del negocio familiar a la minería en
África y Sudamérica y al final dejaría a sus tres hijas mucho menos ricas que
los primos de estas.
No
obstante, ahora Ben era libre para cultivar sus aficiones, como viajar,
coleccionar obras de arte y conquistar mujeres. Florette amenazó con el
divorcio, pero los Guggenheim la convencieron de que siguiera casada por el
bien de las niñas: Benita, nacida en 1895; Peggy, nacida en 1898, y Bárbara
Hazel (a quien llamaban Hazel), nacida en 1903. Florette, en cualquier caso,
estaba lejos de ser una madre cariñosa y delegaba el cuidado de las niñas en
los sirvientes. Hazel recordaría que su madre jamás le leyó un libro ni le
contó un cuento. Peggy explicaba que Florette pasaba largas horas jugando al
bridge y tomando el té con otras damas de «nuestro círculo». (Excluidas de los
Cuatrocientos, las familias judías ricas de Nueva York formaron su propio
círculo). Entretanto, Ben pasaba cada vez más tiempo en París, donde tenía una
empresa llamada International Steam Pump Company, que, a pesar de contratos
lucrativos como la construcción de los ascensores de la torre Eiffel,
necesitaba constantes inyecciones de capital de la familia.
En abril
de 1912, Ben llevaba más de ocho meses en París y regresaba a casa con ocasión
del noveno cumpleaños de Hazel. En el Titanic le acompañaba su
última amante, una menuda cantante de cabaret rubia de veinticuatro años
conocida como Ninette, cuyo verdadero nombre era Léontine Pauline Aubart. En la
lista de pasajeros, figura como «señora N. Aubert [sic] y criada»,
aunque seguramente era soltera. Ninette se instaló en el camarote B–35, en la
misma cubierta que Ben, aunque a una discreta distancia. El pasaje que reservó
no incluía las comidas, lo que quiere decir que pensaba comer siempre en el
restaurante À la Carte. Ben probablemente pensara que en el restaurante
despertarían menos sospechas que en el comedor. En las travesías uno siempre se
encontraba con conocidos. Esta vez, los conocidos fueron Isidor e Ida Straus,
cuyo sobrino Roger estaba casado con Gladys, una sobrina de Ben. Este se
aseguró de que Ninette llevara vestidos caros en cada cena. En la reclamación
de equipaje perdido que envió posteriormente a la White Star constaban cuatro
baúles con veinticuatro vestidos, veinticuatro pares de zapatos, una colección
de lencería, siete sombreros (dos de ellos con plumas), guantes largos, varios
bolsos de pedrería, gemelos de ópera y una diadema.
Curiosamente,
había a bordo del Titanic otro millonario enamorado de una
cantante de cabaret parisina de veinticuatro años para la que había reservado
un camarote. La pasajera del camarote C–90 figura en la lista como «señorita B.
de Villiers», pero su verdadero nombre era Berthe Mayné, aunque a veces usaba
el nombre artístico de Bella Vielly. En realidad Berthe era belga, y fue en
Bruselas donde conoció a Quigg Baxter, un muchacho de veinticuatro años
originario de Montreal. Quigg era robusto, guapo a pesar de haber perdido un
ojo en un partido de hockey, bastante rico, y estaba loco por la chica. Hablaba
perfectamente francés —el idioma de su madre—, aunque con acento canadiense.
La madre
de Quigg, Hélène Baxter, procedía de una familia establecida en Quebec en los
tiempos de Champlain. En 1882 se casó con el padre de Quigg, James Baxter,
apodado Diamond Jim, vástago de una familia irlandesa de Ontario. Baxter hizo
una fortuna en Montreal con el comercio de diamantes y la banca. Finalmente
abrió su propio banco y mandó construir unos grandes almacenes de veintiocho
pisos conocidos como Baxter Block. Diamond Jim era un pequeño bribón y en 1900
le condenaron a cinco años de cárcel por desfalco. Murió poco después de
cumplir condena, momento en que la mayor parte de su fortuna se daba por
perdida. Pero Baxter había depositado efectivo en cuentas bancarias de Suiza y
realizado algunas inversiones en Francia y Bélgica. Una vez viuda, Hélène
pronto adquirió la costumbre de viajar todos los otoños a Europa para escapar
del invierno de Montreal y controlar su dinero. En noviembre de 1911 vendió el
Baxter Block y embarcó con destino a París en compañía de su hija Suzette, de
veintisiete años y casada, y su hijo pequeño, Quigg. Para el viaje de vuelta a
casa en abril, reservó en el Titanic una de las suites más
elegantes de la cubierta B, sin saber que Quigg había reservado otro camarote
en el piso de abajo para su amiga belga. Se desconoce si planeaba casarse con
Berthe en Montreal, un enlace que seguramente no hubiera contado con la
bendición de maman, ya que un diario belga había asegurado que la
cantante era «bien conocida en los ambientes de placer de Bruselas»[158].
Hélène
Baxter pasó los primeros días del viaje encerrada en su camarote debido a las
náuseas, circunstancia que permitió a su hijo estar más tiempo con Berthe. La
noche del viernes 12 de abril, es probable que Quigg también decidiera cenar en
el restaurante Ritz. No se sabe si Ben Guggenheim y Quigg Baxter hablaron
alguna vez ni si ambas parejas, tan curiosamente similares, se encontraron en
el Titanic.
* * * *
A las
19:45 horas de ese viernes, se recibió en el Titanic un
radiotelegrama del capitán del transatlántico francés La Touraine donde
se decía que habían «cruzado [una] gruesa masa de hielo» y avistado «otra masa
de hielo y dos icebergs», y se ofrecían las coordenadas del hielo y de un barco
naufragado que también habían descubierto[159]. El
capitán Smith respondió dando las gracias y enviando sus mejores deseos y un
comentario sobre el buen tiempo. Al añadir la nueva información al mapa, el
cuarto oficial, Joseph Boxhall, comentó al capitán que las coordenadas
del La Touraine no les servían de nada, ya que los barcos
franceses siempre tomaban una ruta más al norte. «Están fuera de nuestro
camino», señaló mientras el timonel guiaba el nuevo transatlántico por un mar
oscuro y calmo[160].
Fotografiada en el fondo del mar en 1986, esta estatuilla de inspiración
clásica había decorado la chimenea de uno de los salones de primera clase
del Titanic. ©Woods Hole Oceanographic Institute
El Titanic en
el dique. ©Library Of Congress Prints And Photographs Archive
La
botadura del Titanic. ©Library Of Congress Prints And
Photographs Archive
El Olympic, barco gemelo del Titanic, zarpando de Southampton en una imagen
muy parecida a lo que debió de ser la partida del Titanic el 10 de abril de
1912. ©Brown Brothers
El Nomadic, transbordador del Titanic, zarpa. ©Titanic Historical Society
Collection, Endpapers
Edith Rosenbaum. ©Randy Bryan Bigham Collection
Molly Brown. ©Randy Bryan Bigham collection
Karl H. Behr. ©Don Lynch Collection
Helen Newsom. ©Don Lynch Collection
Francis Browne. ©Davidson & Associates
Francis Browne fotografió al escritor Jacques Futrelle al lado del gimnasio,
en la cubierta del barco. ©Getty Images
R. Norris Williams y su padre, Charles Williams. ©International Tennis Hall
of Fame & Museum
El mayor Butt, a la izquierda, acompañaba siempre a Taft, a la derecha, en
sus apariciones públicas. ©Library os Congress Prints and Photographs Archive
La primera página de una carta de Frank Millet a Alfred Parsons.
©Worcestershire Record Office
Frank Millet. ©American Academy of Arts and Letters Collection New York City
W.T. Stead. ©Library Of Congress Prints And Photographs Archive
Thomas Andrews. ©Titanic Historical Society Collection Endpapers
El capitán Smith, a la derecha, con Purser McElroy. ©Irish Examiner
Una mujer observa cómo los pasajeros embarcan en el transbordador de
Queenstown. ©Irish Examiner
Pasajeros en la cubierta de segunda clase. ©Irish
El salón de primera clase del Olympic, muy parecido al del Titanic. ©Museum
of the City of New York, Byron Collection
James Clinch Smith. ©George Behe Collection
Standford White. ©Colección del autor
Evelyn Nesbit. ©Libray of Congress Prints and Photographs Archive
Capítulo
8
Las pandillas del barco
Sábado 13
de abril de 1912
«Esta
mañana he tomado un baño turco —refirió Daisy Spedden en su entrada de diario
del 13 de abril—. Ha sido el primero, y espero que sea el último, ya que jamás
nada me había desagradado tanto, aunque disfruté del chapuzón final en la
piscina»[161]. Daisy
se había llevado a «la señorita B.» —la niñera de su hijo, Elizabeth Burns— a
lo que probablemente fuera también para esta su primer baño de vapor. Los baños
turcos fueron populares en el Reino Unido a partir de la década de 1860, pero
en Estados Unidos eran menos comunes. Instalarlos en barcos fue una innovación
de la White Star, y el primero se presentó en el Adriatic en
1907. Para sus transatlánticos de la clase Olympic, la White Star había
decidido que los baños fueran un servicio estelar, y los decoró en un estilo
que, según The Shipbuilder, evocaba «algo de la grandeza del
misterioso Oriente»[162].
A la
entrada de los baños, en la cubierta F, Daisy y la señorita Burns recibieron un
juego completo de toallas y fueron acompañadas a los pequeños vestuarios,
situados en un extremo de la sala fría. Al entrar en esta, la niñera y su
señora —también ella, por mucho que hubiera viajado— se quedaron sin duda
asombradas por un instante ante la decoración, que, desde el techo dorado con
lámparas de bronce árabes y los ornados azulejos hasta los biombos con relieves
estilo El Cairo, era en conjunto una pura fantasía de las mil y una noches. Una
vez envueltos en las toallas blancas, una de ellas a modo de turbante, la
primera parada para la mayoría de los bañistas era la ingeniosa silla–báscula,
un asiento de lienzo colocado en un banco de madera dorado con una báscula,
imprimía un billete con el peso de quien se sentaba. Desde allí se dirigían a
la sala templada, donde permanecían unos quince minutos en un moderado calor
seco antes de dirigirse a la sala caliente, que se mantenía a doscientos grados
Fahrenheit. Parece ser que Daisy Spedden abandonó pronto la sala caliente para
echarse en una de las tumbonas de borde dorado de la sala fría, donde
probablemente tomaría un vaso de agua del grifo con cabeza de león que había en
la pared.
Después
de una ducha fría o un chapuzón en la piscina, los bañistas se dirigían a una
de las dos «salas de champú» para lavarse todo el cuerpo en unas duchas de
chorro circular. Cada una de esas salas disponía también de una gran losa de
mármol donde los clientes podían tumbarse para darse una ducha–masaje gracias a
un sistema de tuberías con inyectores ajustables. La piscina anexa en la que
Daisy Spedden se dio el chapuzón estaba llena de agua de mar templada gracias
al agua salada calentada que caía de un tanque situado en la cubierta superior.
Al terminar, con el papelito de la báscula en la mano, que indicaba si habían
perdido algo de peso, Daisy y la señorita Burns probablemente volvieron a sus
camarotes de la cubierta E antes de dirigirse al comedor para cenar.
Una vez
más, en el comedor se habló mucho de la distancia recorrida por el barco esa
jornada, que según el tablón de anuncios era de quinientas diecinueve millas
náuticas, marca que superaba la del día anterior y que alegró sobre todo a
aquellos que más se habían acercado a la cifra en la apuesta. El asunto también
fue objeto de una conversación de sobremesa entre J. Bruce Ismay y el capitán
Smith que oyó una pasajera llamada Elizabeth Lines. La señora Lines era otra
americana en París, donde se había establecido unos años atrás con su marido,
un médico que anteriormente había dirigido la Compañía de Seguros de Vida de
Nueva York. Acompañada de su hija Mary, de dieciséis años, la señora Lines
viajaba a Nueva York para asistir a la graduación de su hijo en el Dartmouth
College. Después del almuerzo, se sentó sola a una mesa tranquila de un rincón
de la Sala de las Palmeras para tomar un café, como había hecho el día
anterior. Al cabo de poco, el capitán Smith y Bruce Ismay se sentaron en un
sofá cercano. La señora Lines reconoció a Ismay de la época en que ambos vivían
en Nueva York y confirmó su identidad preguntando al camarero que la atendía.
Observó que el director de la White Star era el que más hablaba, mientras que
el capitán se limitaba a asentir con la cabeza. Ismay comparó las millas
recorridas por el Titanic con las del Olympic y
expresó su gran satisfacción por el rendimiento del nuevo transatlántico.
Repitió varias veces que estaba seguro de que recorrerían una distancia aún
mayor al día siguiente, ya que iban a poner en marcha más calderas. Finalmente
dio un manotazo al brazo del sofá de mimbre y dijo con énfasis: «¡Vamos a
superar al Olympic y llegaremos a Nueva York el martes!»[163].
Los
historiadores que creen que se ha convertido a Ismay en chivo expiatorio del
hundimiento ponen en tela de juicio la veracidad de aquella conversación.
Señalan que arribar a Nueva York el martes por la tarde habría provocado
problemas de amarre y desbaratado los planes que los pasajeros tuvieran a su
llegada, por no mencionar la ceremoniosa bienvenida organizada en el puerto
para el Titanic. Además, el propio capitán Smith había dicho a la
prensa después del primer viaje del Olympic que «no
intentaremos llegar el martes. Se construyó para llegar el miércoles»[164]. Pero la
hora oficial de llegada a Nueva York no se registraba en el momento en que el
transatlántico amarraba, sino cuando pasaba junto al buque faro Ambrose,
en Sandy Hook (Nueva Jersey), que señalaba la entrada del principal canal del
puerto de Nueva York. En su primera travesía, el Olympic había
pasado junto al buque faro a las 2:24 horas del miércoles 21 de junio de 1911.
Ismay sabía que, para superar la marca del Olympic y llegar el
martes, el Titanic solo tenía que pasar por allí antes de
medianoche y mejorar en dos horas y media el tiempo de su buque hermano. De
hecho, en su segunda travesía hacia el oeste, el Olympic alcanzó
el buque faro a las 22:08 del martes 18 de julio. Como el Titanic llevaba
ya dos días avanzando a una velocidad media de casi veintidós nudos, tenía
muchas posibilidades de llegar el martes, como predijo Ismay con tanto
entusiasmo.
* * * *
Daisy
Spedden se pasó casi toda la tarde del sábado jugando a las cartas con Jim
Smith en el salón. Smith y los Spedden se movían en los mismos círculos de la
buena sociedad de Nueva York e incluso tenían parientes comunes. Sin embargo,
Daisy y Frederic Spedden no se incorporaron a la pandilla que habían formado a
bordo Smith y sus compañeros de mesa, Archibald Gracie y Edward Kent. Según
Walter Lord, aquel círculo de siete personas era «uno de esos grupos que
algunas veces se crean en un viaje transatlántico, cuando la química funciona y
sus miembros se vuelven inseparables»[165].
Archibald Gracie los llamaba «nuestra pandilla». La abeja reina de esa pandilla
era Helen Churchill Hungerford Candee, escritora y dama de sociedad de
Washington. Era una de las «damas desprotegidas» del barco a quienes el coronel
Gracie, siguiendo una práctica bastante singular, se había ofrecido como
«protector». En «Sealed Orders», el resumen del viaje que publicó en la
revista Collier’s Weekly, la señora Candee se refería a Gracie como
«el hablador», y pronto se dio cuenta de que ella tenía más en común con «el
hombre sensible», el arquitecto de Buffalo Edward Kent, quien compartía su
interés por las antigüedades y la decoración de interiores. La escritora Mabel
Dodge Luhan recordaba a Kent, un eterno soltero de cincuenta y ocho años, alto
y distinguido, como un hombre «con inclinación por la belleza y los colores
vivos».
Pero fue
otro miembro de la pandilla, un «inglés cosmopolita» llamado Hugh Woolner,
quien despertó el mayor interés en la señora Candee. Woolner era ocho años
menor que ella y contemplaba la pequeña figura bien vestida de Candee desde sus
seis pies y tres pulgadas de altura. Hijo de un eminente escultor victoriano,
había estudiado en las mejores escuelas y en Cambridge, donde fue miembro del
equipo de remo de la universidad. Sus modales de clase alta eran impecables,
pero los tratos que hacía en sus negocios lo eran menos. Después de la muerte
de su padre en 1892, utilizó su herencia para fundar una compañía de corredores
de bolsa que tuvo problemas durante la guerra de los bóers en Sudáfrica. En un
intento de reflotar su menguante fortuna, Woolner realizó una serie de
prácticas ilegales que provocaron su expulsión de la Bolsa de Londres. En 1907
estaba arruinado y además era viudo, ya que su esposa estadounidense había
fallecido el año anterior, dejándole con una hija de nueve años. Woolner
decidió dejar a la niña al cuidado de sus suegros en Estados Unidos y probar
suerte en los estados occidentales del país. En 1910 ya había amasado capital
suficiente para pagar su deuda de insolvencia en el Reino Unido, de modo que
pudo volver a presentarse como director de una compañía.
Desconocedora
de su reputación de empresario de carrera accidentada y encantada con las
atenciones que el gentil caballero inglés le dispensaba, Helen Candee le
permitió acompañarla en largos paseos por las cubiertas del Titanic,
como explica en «Sealed Orders». «“Vamos a dar una vuelta por el barco para
verlo todo”, dijo la mujer del camarote de lujo al viudo. Subieron a la
cubierta entoldada y echaron un vistazo al otro mundo, el de segunda clase, y
quedaron maravillados por su lujo; miraron las olas y se maravillaron de su
clemencia»[166].
En unas
memorias inéditas, Helen presenta a «aquellos dos», como se refiere a sí misma
y a Woolner, de pie en la proa del barco. «Mientras la proa cortaba las olas,
lanzando juguetonamente toneladas de agua a derecha e izquierda —escribió—, la
indiferencia del barco hacia la humanidad era patente. Qué magnífico era, qué
soberbio, qué titánico»[167]. Esta
descripción prefigura la famosa pose de los amantes en la epopeya
cinematográfica de James Cameron, pero, teniendo en cuenta que el acceso al
castillo de proa del barco estaba vedado a los pasajeros, es probable que la
escena de Candee fuera igualmente inventada.
Hugh
Woolner no fue el primer bribón encantador que se ganó las atenciones de Helen.
Cuando rondaba los veinticinco años, se enamoró de Edward W. Candee, un rico
empresario de Norwalk (Connecticut). El matrimonio tuvo una hija y un hijo,
pero Candee abusaba de la bebida y acabó abandonando a su mujer e hijos. Helen
podría haber pedido ayuda a su familia —los Churchill Hungerford eran un clan
adinerado y bien conocido en la buena sociedad—, pero decidió generar sus
propios ingresos convirtiéndose en periodista. Pronto aparecieron artículos con
su firma en Ladies Home Journal, Harper’s Bazaar y otras
revistas femeninas, y en 1900 escribió un libro de autoayuda, How Women
May Earn a Living, que fue un éxito de ventas. Al año siguiente publicó su
única novela, An Oklahoma Romance, de la que los críticos elogiaron
la autenticidad de sus descripciones de las tierras del oeste, si bien no se
sabe si la erótica historia de amor que contiene es también auténtica. Helen
había pasado varios años en Guthrie (Oklahoma) a mediados de la década de 1890
para facilitar su divorcio de Candee. Tanto el divorcio en sí como el traslado
a una ciudad fronteriza fueron decisiones poco convencionales para una mujer de
sus orígenes, pero Helen tenía una mentalidad independiente muy adelantada a su
tiempo.
En 1904
Helen y sus hijos vivían en Washington, y al cabo de pocos años el Washington
Times la describiría como «una integrante de la élite más elegante de
la ciudad», que había adquirido «una sólida reputación de brillante anfitriona»
y cuya mansión de Rhode Island Avenue habían «visitado algunos de los
personajes más importantes del mundo»[168]. Ese
estilo de vida fue posible gracias a una herencia que le tocó a la muerte de su
madre, pero Helen no dejó de ganar dinero escribiendo y asesorando a algunas de
las damas más influyentes de Washington sobre la decoración del hogar. Entre
sus clientas figuraban Mathilde Townsend Gerry, el antiguo amor de Archie Butt,
y las dos primeras damas para las que trabajó Archie, Edith Roosevelt y Nellie
Taft. Helen había crecido entre antigüedades —una silla propiedad del viejo
William Brewster, pasajero del Mayflower, era una reliquia de la
familia—, y en su libro de 1906 Decorative Styles and Periods defendía
su uso. Los caballos también habían formado parte de su infancia en el campo de
Connecticut, y en Washington cabalgaba con Clarence Moore y su esposa en el
Club de Caza Chevy Chase. Helen participaba activamente en campañas a favor del
voto femenino y encabezó un contingente de elegantes amazonas en el histórico
desfile por el sufragio femenino que se celebró en Washington el 3 de marzo de
1913.
A pesar
de su pleno compromiso con la causa del voto femenino, Helen declaró que, a
diferencia de otras partidarias de que las mujeres pudieran votar, a ella no le
interesaba «ir vestida como la enfermera jefe de un asilo»[169]. Las
columnas de sociedad comentaban con frecuencia los elegantes atavíos de la
«encantadora señora Churchill Candee», a quien le encantaban el terciopelo
negro y el armiño, así como los grandes sombreros con plumas que estaban tan de
moda en aquella época. Un sombrero igual de chic pero más discreto coronaba su
cabeza mientras leía sentada en la cubierta de paseo del Titanic,
donde reservaba dos butacas, «una para mí y la otra para las visitas, o para
protegerme»[170]. Un día,
al regresar allí después del almuerzo, la señora Candee encontró a los seis
miembros de su pandilla esperándola junto a las butacas. Además de Hugh Woolner
y el trío de Gracie, sus otros admiradores eran dos hombres a quienes Woolner
había conocido a bordo. El primero era Mauritz Håkan Björnström–Steffansson, de
veintiocho años, hijo de un barón sueco, que cursaba estudios técnicos en
Washington, y el segundo, un ingeniero irlandés alegre y rechoncho llamado
Edward Colley, que tenía una casa en Victoria (Columbia Británica).
«Estamos
aquí para entretenerla —dijo uno de los hombres—. Todos hemos tenido la misma
idea: que no debe estar nunca sola»[171]. Sus
solícitos admiradores sabían muy bien que la señora Candee regresaba a América
para estar junto al lecho de su hijo herido, Harold. También es posible que
Archie Butt y Frank Millet, conocidos de Washington que paseaban todos los días
por las cubiertas, se pararan junto a su butaca para expresarle educadamente su
preocupación. La compañera de Ella White, Marie Young, los vio muchas veces
caminando juntos, y posteriormente explicó que «los dos hombres famosos pasaban
muchas veces al día dando juntos un vigoroso paseo, uno [Archie] hablando
siempre con la misma rapidez con que caminaba, mientras el otro escuchaba y
sonreía»[172].
Marie
Young había dado clases de música a los hijos de los Roosevelt en Washington y
sabía quiénes eran Frank y Archie, aunque no los conocía personalmente. En sus
frecuentes visitas a la cocina de la cubierta D para echar un vistazo a «los
hermosos pollos franceses que nos llevábamos a casa», Marie se lo pasó en
grande observando algunos de los trabajos del barco. Según describió con
posterioridad, veía «a los cocineros ante los grandes calderos de porcelana y a
los panaderos sacando las enormes hogazas de pan, con las que más tarde se
llenó una canasta que se subió a cubierta para aprovisionar los botes de
salvamento». Le pidió al carpintero del barco que hiciera unas cajas para las
gallinas y gallos y, cuando le pagó con monedas de oro, él le dio las gracias
diciendo: «Es una suerte que te den oro en una travesía inaugural»[173].
Entretanto, las gallinas ya estaban muy ocupadas poniendo huevos y Marie
informaba a diario a Ella White, quien seguía sin poder abandonar el camarote
que compartían en la cubierta C, ya que aún se estaba recuperando de su caída
al embarcar.
Otro
pasajero que seguía en su camarote era Hugo Ross, el integrante enfermo de Los
Tres Mosqueteros canadienses, que había embarcado en camilla en Southampton.
Sus compañeros, Thomson Beattie y Thomas McCaffry, pasaban a verle a menudo en
su camarote de la cubierta A, al igual que otro amigo, el comandante Arthur
Peuchen, un millonario de Toronto, oficial de la milicia y regatista. Ross
había formado parte de la tripulación del yate de Peuchen, el Vreda,
de sesenta y cinco pies de eslora, cuando estudiaba en la Universidad de
Toronto, y había acudido con él muchas veces a las fiestas que se celebraban
tras las competiciones en la terraza del Real Club Náutico Canadiense, con
vistas al lago Ontario. Sin duda Peuchen había invitado a Ross a visitar
Woodlands, su casa a orillas del lago Simcoe, al norte de la ciudad, donde los
paseos en barca se alternaban con partidos de tenis, golf y cróquet sobre la
hierba de los terrenos que rodeaban la alta casa de ladrillo rojo con tejado a
dos aguas. Todo aquello, además de una gran mansión en el número 599 de Jarvis
Street, la vía más esplendorosa del Toronto de entonces, fue posible gracias a
que Peuchen había desarrollado un método innovador para extraer acetona (un
producto químico usado principalmente para la elaboración de explosivos) de la
madera. Su empresa, la Standard Chemical Company, poseía grandes extensiones
forestales en Alberta, así como fábricas en Ontario y Quebec que suministraban
por vía marítima alcohol bruto a refinerías de Inglaterra, Alemania y Francia.
Debido al alcance internacional de su negocio, Peuchen realizaba con frecuencia
viajes transatlánticos. Con la primera travesía del Titanic,
Peuchen ya había cruzado el océano cuarenta veces, y pensaba estar de vuelta en
casa el 18 de abril para celebrar su cincuenta y tres cumpleaños.
Peuchen
era uno de los treinta canadienses que viajaban en primera clase, los cuales
constituyen una muestra fascinante de la élite empresarial de aquel joven país.
Si la plutocracia de la Edad Dorada de Estados Unidos era un mundo pequeño,
Canadá era un pueblecito. El comandante Peuchen conocía a casi todos los
canadienses importantes a bordo, y era a su pandilla del barco lo que el
coronel Gracie a «la suya». Las semejanzas entre los dos hombres van incluso
más allá: ambos nacieron en 1859, ambos disfrutaban de una posición desahogada
y debían sus títulos militares a regimientos modernos de la milicia. Además,
llevaban bigotes parecidos (aunque Peuchen también lucía una pequeña perilla) y
eran extravertidos y a menudo incluso demasiado parlanchines.
Aunque
había reservado un camarote sencillo en la cubierta C, Arthur Peuchen
disfrutaba de las comodidades del Titanic y con posterioridad
declaró: «El Titanic era un buen barco, lujosamente equipado,
y yo estaba encantado con él. Pero cuando supe que nuestro capitán era Smith,
dije: “No puede ser que tengamos a ese hombre”»[174]. Smith
le parecía un capitán demasiado sociable. Opinar sobre capitanes y barcos era
habitual en las conversaciones de los viajeros experimentados, y sin duda
Peuchen pontificó sobre el capitán Smith ante sus compañeros de mesa, Harry
Markland Molson, miembro de la conocida familia cervecera y director del Banco
de Molson en Montreal, y Hudson J. C. Allison, quien a sus treinta años ya
había hecho su agosto con el negocio inmobiliario y bursátil en Montreal.
Allison viajaba con su joven esposa, Bess, sus dos hijos pequeños y cuatro
criados a los que habían contratado recientemente en Inglaterra. Molson, el
canadiense más rico a bordo, era director de una de las empresas de Peuchen,
quien en Londres lo había convencido de que viajara en el Titanic en
lugar de esperar al Lusitania.
Hombre
tranquilo y modesto, con barba corta y bigote, a sus cincuenta y cinco años
Molson seguía siendo soltero, aunque no era de los recalcitrantes. Su apodo,
Merry Larkwand[175], se
debía a su reputación de playboy. En The Molson Saga, la cronista
de la familia, Shirley E. Woods, cuenta que durante unos años Harry mantuvo una
relación íntima con Florence Morris, la atractiva esposa de uno de sus primos.
Parece que el marido de Florence dio su visto bueno al romance —su esposa
navegaba a menudo a solas con Molson en el yate de este y se quedaba en su casa
de verano— y el ménage à trois era del dominio público en
Montreal. Antes de partir a Inglaterra, Molson cambió su testamento para dejar
a Florence una de sus casas y una suma considerable de dinero en efectivo con
carácter «indivisible y para que sea de su plena propiedad»[176].
Si Hud
Allison, un hombre con gafas, y su mujer hubieran oído algún rumor sobre la
amante de Molson, seguramente habrían decidido ignorarle, ya que eran una joven
pareja tranquila y conservadora, con dedicación activa a las labores de la
iglesia metodista de Montreal. Durante su estancia en Inglaterra, bautizaron a
su hijo recién nacido Trevor en una iglesia de Epworth, donde antaño predicara
el fundador del metodismo, John Wesley. En Londres, Hudson Allison asistió a
una reunión de directores de la British Lumber Corporation, y tal vez fuese
allí donde se encontró con Peuchen y aceptó compartir mesa con él en el Titanic durante
la travesía a casa.
Cuando
tenía poco más de veinte años, Hudson Allison pasó dos años en Winnipeg, donde
conoció a algunos de los otros canadienses que formaban parte de la pandilla de
Peuchen en el barco: Thomson Beattie, uno de Los Tres Mosqueteros, y el magnate
inmobiliario Mark Fortune y familia. Mark Fortune había llegado a Winnipeg en
1871, cuando el lugar era poco más que un punto de comercio de pieles y él un
joven campesino de Ontario con un nombre y una ambición dignos de una historia
de Horatio Alger. Tuvo la perspicacia de adquirir mil acres de tierra que en el
futuro atravesaría Portage Avenue, una de las principales vías de una ciudad en
pleno crecimiento. Aquella inversión le proporcionó una fortuna a la altura de
su nombre. En 1911 ya había visto satisfecha su ambición de ser concejal de la
ciudad y construido una gran mansión de estilo imitación Tudor en el vecindario
más elegante de la ciudad. Al año siguiente decidió realizar un gran viaje por
Europa con su mujer, su hijo Charles, de diecinueve años, y tres de sus hijas:
Ethel, de veintiocho; Alice, de veinticuatro, y Mabel, de veintitrés.
Partieron
en enero de Nueva York a bordo del Franconia, donde Alice Fortune
encontró a un admirador en William Sloper, un joven afable de New Britain
(Connecticut), hijo de banquero, a quien ella le pareció «una chica muy bonita
y una excelente pareja de baile». Pero Sloper, de veintiocho años, no estaba dispuesto
a contentarse con una sola muchacha en el viaje de la vida. Según recordó en
sus memorias, también estaba la «vivaz y guapa sobrina» de una pareja de
Connecticut, que le dejó fascinado, además de «dos atractivas hermanas de
Chicago» con las que decidió marcharse en primavera a la Riviera francesa para
pasar un par de semanas[177]. Pero
antes disfrutaría de un crucero por el Mediterráneo, seguido de una excursión
en barco Nilo abajo. Para la mayoría de los turistas, la primera parada en El
Cairo era el hotel Shepheard, y cuando Sloper llegó en febrero la familia
Fortune ya se alojaba allí. Una tarde se sentó con ellos en la terraza para
tomar unas copas y Alice Fortune pronto notó la presencia de un indio bajito
tocado con un fez granate; el hombrecillo agitaba las manos hacia ellos entre
los balaustres de la terraza, y Alice envió a Sloper a ver qué quería. El indio
resultó ser un adivino que, al mirar la palma de la mano de Alice, advirtió:
«Estás en peligro cada vez que viajas por mar; veo que vas a la deriva en un
bote por el océano. Lo perderás todo menos la vida. Te salvarás, pero otros
morirán»[178]. Aquel
mal augurio fue rechazado de inmediato con una risotada, y pagaron rápidamente
al pequeño faquir para que se marchara.
Sloper
abandonó pronto El Cairo en un vapor del Nilo con la pareja de Connecticut y su
despierta sobrina, mientras los Fortune y Los Tres Mosqueteros partían en otro
barco para realizar una excursión por el río. No se volverían a ver hasta el
domingo 7 de abril, en Londres, donde Sloper se encontró a los Fortune tomando
el té en la Sala de las Palmeras del hotel Carlton, en Pall Mall. « ¿Cuándo se
marcha a casa?», fue la primera pregunta que le hizo Alice. Sloper respondió
que acababa de reservar un billete para el sábado siguiente en el Mauritania.
Alice le sugirió que intentara cambiar el pasaje para el Titanic,
que zarpaba el miércoles, y le aseguró que a bordo habría por lo menos veinte
personas que él conocía del Franconia. Luego aceptó ir a cenar y al
teatro con él la noche siguiente. Cuando Sloper fue a recogerla al Carlton el
lunes por la noche, anunció con orgullo que había reservado un camarote en
el Titanic. «Ha olvidado que es peligroso viajar conmigo», replicó
juguetona Alice, recordándole la predicción del adivino en El Cairo[179]. A
Sloper le divirtió el comentario, y el miércoles por la mañana se reunió con
los Fortune en la estación de Waterloo para tomar el tren marítimo a
Southampton.
* * * *
A las
cuatro de la tarde del sábado, Daisy Spedden había terminado su última partida
de cartas con Jim Smith y decidió que le llevaran una bandeja con el servicio
de té al salón. Después del té, charló con Malvina Cornell, de cincuenta y
cinco años, esposa de un juez de Nueva York, y su hermana, Caroline Brown, de
cincuenta y nueve, cuyo marido era socio de la editorial Little, Brown, de
Boston. También se encontraba a bordo una tercera hermana, Charlotte Appleton,
de cincuenta y tres años, ya que las tres mujeres volvían a su país tras
asistir en Inglaterra al funeral de una hermana mayor que se había casado con
un diplomático británico. La mujer de Archibald Gracie era amiga de las
hermanas Lamson, como se las había conocido en el pasado, y al verlas en el
embarcadero de Southampton Gracie se ofreció para ser su protector masculino a
bordo, la misma peculiar galantería de que ya había hecho objeto a la señora
Candee. Más tarde conoció a una cuarta integrante de esa pandilla íntegramente
femenina, una mujer más joven, Edith Corse Evans, de treinta y seis años,
pariente política de Malvina Cornell, quien embarcó en Cherburgo. «Qué poco
sabía yo de la responsabilidad que asumí con respecto a su seguridad»,
escribiría Gracie recordando a aquellas cuatro mujeres.
Avanzada
ya la tarde, las cubiertas empezaron a llenarse de pasajeros que se disponían a
dar su paseo previo a la cena. Norris Williams y su padre caminaron por la
cubierta superior con sus abrigos de pieles, y Norris recordó que el principal
tema de conversación era «la velocidad del barco y cómo se estaba convirtiendo
en el navío más popular de todo el océano»[180]. Cuando
el sol descendía hacia el horizonte atlántico para ofrecer de nuevo un
espectacular final de jornada, Steward Fletcher se llevó la corneta a los
labios para anunciar a los pasajeros que era la hora de vestirse para la que
sería la penúltima cena del Titanic.
Capítulo
9
Diseñadoras
Sábado 13
de abril de 1912, 18:00 horas
Mientras
Helen Candee, Edith Rosenbaum y Ninette Aubart decidían cuál de los vestidos
que habían adquirido en París sería el más adecuado para la cena del sábado,
algunas de las otras damas de primera clase elegían creaciones de la diseñadora
inglesa entonces más de moda, Lucile, es decir lady Duff Gordon. Muchas de
ellas ignoraban que la diseñadora de sus vestidos Lucile, de un acabado
exquisito, se hallaba a bordo, ya que viajaba con un nombre falso. En la lista
de pasajeros, figuran como ocupantes de los camarotes A–16 y A–20 unos tales
«señor y señora Morgan», cuando en realidad en esas habitaciones se alojaban
sir Cosmo y lady Duff Gordon.
Seguramente
los Duff Gordon usaron el nombre Morgan para disfrutar de una travesía
tranquila, sin el frenesí de invitaciones que hubieran obligado a Lucile a
pasar el tiempo entreteniendo con su encanto a las ricas damas que constituían
una parte importante de su clientela. Y para su marido, un reservado baronet
escocés, siete días de cotilleos con americanas ostentosas hubieran sido siete
días en el purgatorio. Sir Cosmo detestaba especialmente a los reporteros de
Nueva York que esperarían a su esposa en el muelle para molestarla con
preguntas impertinentes si se enteraban de que se encontraba a bordo. Lucile no
solía viajar con su marido, pero esta vez necesitaba su firme mano empresarial,
ya que estaba a punto de cerrar un acuerdo para alquilar un local más grande
para la sucursal neoyorquina de Lucile Ltd. Habían entrado en contacto por
motivos profesionales: Cosmo invirtió en la casa de modas en 1895, poco después
de su creación, y pronto quedó cautivado por aquella pequeña mujer enérgica que
dirigía el negocio. Sin embargo, su madre se oponía categóricamente a un
«enlace escandaloso» con una divorciada, de modo que no se casaron hasta que la
anciana murió, en 1900.
Al igual
que Helen Candee, Lucile tuvo un primer matrimonio desafortunado. A los
veintiún años se casó con James Stuart Wallace, un comerciante de vino veinte
años mayor que ella. Wallace pronto mostró una afición excesiva al producto que
vendía y le ponía los cuernos cada dos por tres, dando a Lucile lo que ella
denominó los peores seis años de su vida. Después de que la abandonara por una
bailarina de music–hall, estaba decidida a pedir el divorcio, un paso que en
aquella época resultaba caro e infamante para una mujer. Con una hija pequeña y
sin ninguna fuente de ingresos, Lucy (como la llamaban familiarmente) llegó a
la conclusión de que tenía que encontrar trabajo, pese a que para las mujeres
distinguidas las opciones eran muy limitadas. Pero pronto tuvo una idea. «Una
mañana, cuando estaba haciendo un vestido para Esmé [su hija] —escribió—, tuve
una inspiración. No importaba lo que supiera hacer y lo que no. Sabía hacer
vestidos. Me convertiría en modista»[181].
Es bien
cierto que Lucy sabía confeccionar vestidos, ya que había sido una necesidad
para ella durante la mayor parte de su vida. Había pasado gran parte de su
infancia en Canadá, en Guelph, localidad situada en una zona rural de Ontario.
Su padre, Douglas Sutherland, un ingeniero de Nueva Escocia, conoció a la
futura madre de Lucy, Elinor Saunders, hija de un funcionario del lugar, cuando
trabajaba allí en la construcción del Grand Trunk en 1859. Poco después de su
boda en 1861, el trabajo llevó a Sutherland a trasladarse primero a Nueva York,
luego a Brasil y finalmente a Italia. Su mujer lo acompañó, pero mientras él
trabajaba en Italia alquiló un alojamiento en Londres, donde nació Lucy en
junio de 1863. Al año siguiente, en octubre de 1864, nació otra hija, Elinor,
pero solo cinco meses después Douglas Sutherland enfermó de fiebre tifoidea y
murió. Su esposa se vio obligada a regresar a Canadá con sus dos hijas pequeñas
para vivir con su familia en una granja llamada Summerhill, en las afueras de
Guelph.
El hogar
de Summerhill estaba dominado por la abuela de Lucy, una formidable matriarca
victoriana vestida de luto que estaba decidida a inculcar maneras refinadas a
sus nietas. La vida podía ser bastante sosa en aquella casa gris de piedra
caliza situada sobre una colina, especialmente durante los largos meses de
invierno, pero todos los años se animaba con la llegada de le tonneau
bienvenue, un tonel enviado desde París por los parientes franceses. Las
dos chicas temblaban de ilusión cuando la tapa del tonel se abría para dejar al
descubierto vestidos de colores alegres, medias de seda, gorros con cintas,
vaporosas enaguas con lazos, corsés e incluso guantes y pelucas. Lo más
importante para Lucy era que también había rollos de tela, con cuyos retales
confeccionaba vestidos para sus muñecas hechas a mano.
Antes de
morir, Douglas Sutherland hizo prometer a su mujer que sus hijas crecerían y se
educarían en Inglaterra. El único hombre de Guelph que podía ayudar a la joven
viuda a cumplir aquel deseo era un adusto escocés de sesenta y tres años
llamado David Kennedy, que vivía en una granja cercana. En octubre de 1871
Elinor Sutherland se prometió con él, y pocos meses después las dos niñas
zarparon hacia Inglaterra con su madre y su padrastro. Las hermanas no tardaron
en sentir un intenso rechazo hacia Kennedy, a quien Elinor describió como «un
inválido malhumorado y maniático»[182]. Se
establecieron en Jersey, una isla del canal cercana a la costa de Normandía,
donde la vida era barata y el clima templado sentaba bien a la frágil
constitución del padrastro. Como consecuencia de la tacañería de Kennedy, las
chicas fueron educadas sin demasiado entusiasmo por una sucesión de
institutrices y profesores mal pagados. Afortunadamente, encontraron muchas
cosas para estimular su fantasía en la biblioteca de la bella casa georgiana
que Kennedy logró alquilar por relativamente poco dinero. Algunas pinturas de
primera clase adornaban sus paredes —un Gainsborough, un Lawrence y un Lely
entre ellas—, y Lucy pronto comenzó a diseñar vestidos inspirados en los que
veía en los retratos y los libros. La naturaleza romántica de su hermana Elinor
se vio espoleada por las historias de reyes y reinas que devoraba en la
biblioteca.
La vida
social de Jersey giraba en torno a la Casa del Gobierno, la residencia del
teniente gobernador, de cuya hija pronto se hicieron amigas Lucy y Elinor. Un
día, cuando Lucy tenía once años, las chicas se pusieron locas de contento al
oír que Lillie Langtry pronto iría a cenar a la Casa del Gobierno. Lillie era
una lugareña, hija del deán de Jersey, que se había casado y marchado a
Londres, donde su belleza llamó la atención de pintores como John Everett
Millais. En una ocasión en que llevaba un vestido negro, el único bueno que
tenía, atrajo la mirada del príncipe de Gales, de quien pronto se convirtió en
amante. Eso le facilitó la entrada en el elitista grupo de Malborough House, y
en poco tiempo llegaría a ser la belleza más alabada de la época. Las mujeres
imitaban su singular estilo, desde su sencilla cofia hasta su costumbre de ir
siempre vestida de blanco o de negro.
La noche
en que Jersey Lily, como era conocida, tenía que aparecer en la Casa del
Gobierno, Lucy y Elinor se escondieron bajo un tocador del cuarto de baño para
escudriñar por los agujeros que habían hecho en la funda de calicó y muselina
que lo cubría. Sin embargo, cuando entró Lillie Langtry, la excitación las
delató, y la famosa belleza las sacó de su escondite. Años más tarde, Elinor
aún era capaz de describir los detalles del «vestido de seda blanca» de Lillie,
con «un estrecho corpiño y un polisón abombado en la parte de atrás»[183]. Jersey
Lily también recordaría en sus memorias a «las dos guapas niñas pelirrojas» que
espiaban ocultas debajo del tocador[184].
Al día
siguiente, las chicas observaron a la señora Langtry cuando caminaba por la
ciudad ataviada con terciopelo negro y pieles. Lucy hizo un dibujo de la mujer
que inspiró un vestido que confeccionaría para uno de los primeros bailes a los
que asistió en la Casa del Gobierno. «Era de terciopelo negro —recordó— que
caía en suaves pliegues hasta los pies y tenía un pequeño corpiño ceñido que
acababa en un cinturón bajo»[185]. En otro
baile al que acudió con ese mismo vestido negro conoció a un guapo capitán del
ejército que se convirtió en su primer amor. Cuando parecía que la relación
podía terminar en boda, estalló una pelea de enamorados. Desoyendo el consejo
de su madre, la voluble Lucy hizo las maletas y se fue a vivir con unos
parientes a Inglaterra. «Decidí que solo se podía hacer una cosa —escribió con
posterioridad—. Tenía que hacerle ver [al capitán del ejército] que no me
importaba. Así que con ese fin me casé con el primero que pidió mi mano, y
resultó ser James Stuart Wallace»[186].
Cuando su
matrimonio con Wallace acabó en divorcio en 1893, Lucy estaba prácticamente sin
un penique y vivía en el piso de su madre, que había enviudado, cerca de
Berkeley Square. Poco después de la inspiración que la empujó a ser modista,
una amiga que se movía en sociedad le comentó que necesitaba un vestido de té
para una fiesta que se celebraría en una casa de campo. Los vestidos de té
o teagies, como se los denominaba, no tenían corsé y se llevaban a
la hora del té, momento del día en que los caballeros se iban con sus amantes.
Eran hermosas creaciones vaporosas, confeccionadas con pocas piezas. Lucy se
puso a trabajar para crear un vestido de té con finos pliegues inspirado en uno
que recordaba haber visto en el teatro. En la fiesta de la casa de campo,
provocó un torrente de comentarios, y al cabo de poco tiempo todas las mujeres
que lo habían visto querían que Lucy les hiciera un vestido de té. Pronto tuvo
que contratar a una ayudante para poder satisfacer la demanda.
La
mayoría de las mujeres distinguidas del Londres de la década de 1890 compraban
su ropa en París, a modistas como Worth y Doucet, o tal vez elegían un diseño
de una revista para que su costurera particular lo copiara. Lucile pudo haber
acabado siendo una de las muchas costureras de Londres, de no ser porque se le
ocurrió crear diseños originales, que no eran copias de los parisinos. Cuando
las mujeres de la buena sociedad descubrieron que podían adquirir vestidos que
nadie más llevaría, los libros de pedidos de Lucy se llenaron con rapidez. Los
últimos toques de los diseños de Lucile también eran muy admirados: los
diminutos botones, los volantes de encaje y las cintas, así como las delicadas
flores de seda se convirtieron en la seña distintiva de Lucile. En 1893, Lucy
contrató a cuatro ayudantes y abrió una tienda en Old Burlington Street. Las
columnas de sociedad señalaron que durante las carreras Royal Ascot de ese mes
de junio los vestidos de Lucile llamaron mucho la atención.
Pero aún
más comentarios suscitó una habitación de Old Burlington Street donde se
exhibían prendas de ropa interior, que hasta entonces se llamaban
«innombrables». En lugar de la sencilla ropa interior blanca de batista que se
suponía que tenían que llevar las mujeres decentes, la habitación con cortinas
de tafetán rosa ofrecía pololos de colores pastel y lencería rosa pálido. «En
aquella época, la virtud se expresaba con demasiada frecuencia a través de lo
anticuado —recordó Lucy—. Yo solté en una asombrada ciudad de Londres, un
Londres de ropa interior de franela, medias de lana y voluminosas enaguas, una
cascada de chifón, de telas tan bonitas como las de la Grecia antigua»[187]. Según
sus memorias, «la mitad de las mujeres venían a verlas, aunque no tenían el
coraje necesario para ser las primeras en comprarlas. Esos atrevidos motivos de
encaje…, esos provocativos lazos de terciopelo… eran seguramente las armas de
una mujer “no muy bonita”»[188]. Para el
círculo de aristócratas que rodeaban al príncipe de Gales, ser solo bonita era
algo propio de las clases inferiores, y cuando las vaporosas creaciones de
Lucile fueron adoptadas por mujeres como la condesa de Warwick, una de las
favoritas del príncipe, otras damas distinguidas la imitaron.
* * * *
Daisy
Warwick era amiga de la hermana de Lucy, Elinor, quien en 1892 se había casado
con Clayton Glyn, un terrateniente de Essex de maneras bruscas que poseía una
casa no lejos del imponente Easton Lodge de los Warwick. Elinor se pasó la
mayor parte de su segunda década de vida buscando a un compañero rico de una
buena familia inglesa. Sin dote que aportar al matrimonio, tuvo que confiar en
la atracción de su espléndida belleza —brillante cabello pelirrojo, ojos verdes
y una piel pálida perfecta—, realzada por los llamativos vestidos elaborados
por su hermana. Una vez casada, sin embargo, Elinor comprobó con tristeza que
los medios de Clayton eran más modestos de lo que parecían. Pero eso no le
impidió vestirse con estilo, y ella y su marido se mezclaron con «la flor y
nata de la aristocracia inglesa» en las fiestas que se celebraban en Easton
Lodge[189].
Por estar
divorciada, a Lucy no la invitaban a las reuniones en las casas de campo, y en
cualquier caso ella prefería la compañía de café society, como se
llamaba entonces a la bohemia elegante de Londres. Y en esos círculos, no le
faltaban admiradores. Uno de ellos era el artista Philip Burne–Jones, hijo del
pintor prerrafaelita Edward Burne–Jones, y otro el reconocido laringólogo sir
Morell Mackenzie, quien todos los jueves organizaba reuniones a las que
asistían personalidades del mundo del arte. En uno de los salones de Mackenzie,
Lucy conoció a Oscar Wilde, que ese día llevaba calzones cortos de terciopelo
negro y un girasol en el ojal, y que le pareció «la criatura más extraña que he
visto en mi vida»[190].
Otra
figura del mundo del teatro, la actriz Ellen Terry, le causó una impresión
mucho mayor. Lucy se convirtió en una de las acólitas de la actriz, quien la
consoló y animó tras su divorcio. Terry le presentó a amigos de la farándula,
lo que permitió a Lucy obtener algunos contratos para diseñar el vestuario de
obras de teatro. En aquella época, las ropas que se llevaban sobre el escenario
solían ser de brocado y terciopelo, telas rígidas que, según Lucy, caían «en
pesados pliegues sin vida»[191]. Al usar
tejidos más suaves y crear trajes que también podían llevarse fuera del
escenario, Lucy aportó un nuevo realismo al diseño de ropa para el teatro.
Cecil Beaton calificaría esos vestidos de «obras maestras de compleja
confección» y afirmaría que la influencia de Lucy fue enorme. Muchos años
después de haber visto un vestido de princesa de las nieves que Lucile creó
para que la actriz Lily Elsie lo luciera en La viuda alegre, Beaton
se inspiró en él para diseñar el vestido de baile blanco que Audrey Hepburn
llevaba en la película My Fair Lady[192].
Lucy
introdujo en el mundo de la venta al detalle algunos de los efectos que había
aprendido en el teatro. Cuando en 1897 Lucile Ltd. se trasladó a una casa de la
elegante Hanover Square revistió de seda gris las paredes de las salas y colocó
sillas y sofás dorados donde la clientela podía tomar el té mientras escogía
sus vestidos. Y en lugar de exhibir sus diseños con la ayuda de maniquíes de
cera, Lucile tenía maniquíes de carne y hueso, a las que vestía con sus
preciosas creaciones, que llevaban nombres como Hebe, Dolores o Gamela. Aunque
algunas casas de alta costura de París ya habían organizado alguna vez desfiles
de maniquíes, en los que las modelos se paseaban por las salas, es Lucile quien
puede considerarse la creadora de los primeros desfiles de moda de verdad.
Poco
después de trasladarse al local de Hanover Square, más grande que el anterior,
en la primavera de 1904, Lucy envió invitaciones impresas para su primer
desfile de moda escenificado, «haciendo ver que invitaba a mis amigos a una
fiesta de tarde». Sabía que «en ese desfile triunfaría o fracasaría y a medida
que se acercaba el día, más nerviosa estaba». El 28 de abril, un buen número de
amigos de Lucile y de fieles clientas pasó por Hanover Square para conocer el
local, decorado con más de tres mil rosas de seda hechas a mano. En la
alfombrada sala de exhibición, Ellen Terry acompañó a los invitados a sus
asientos ante un escenario que «estaba todo envuelto en vaporosas cortinas de
chifón color verde oliva… que creaban el efecto que yo buscaba»[193]. Las
cabezas se volvieron cuando Lillie Langtry se acomodó en su asiento junto a
aristócratas como la princesa Alicia de Albany y la duquesa de Westminster.
También asistió una de las amigas de Lucy, la siempre «vivaracha y divertida»
Margot Asquith, cuyo marido, Herbert Asquith, sería más tarde primer ministro
británico.
Cuando se
apagaron las luces, una orquesta de cuerda comenzó a tocar y apareció la
primera modelo. «Nunca olvidaré el largo suspiró de admiración que recorrió la
sala cuando se abrieron las cortinas —escribió más tarde Lucy— y la primera de
mis gloriosas muchachas salió al escenario, se paró un momento para exhibirse y
después continuó flotando por la sala entre aplausos»[194]. Al día
siguiente, los periódicos expresaron su entusiasmo por la «galería de
exquisitas creaciones»[195] de
Lucile, y una columnista de sociedad proclamó que el salón de Lucile era «un
templo de la moda»[196]. La
propia Lucy afirmaría que nunca tuvo «otro éxito como el de aquella tarde. Los
pedidos llegaban a docenas y las vendedoras apenas daban abasto». Al cabo de
pocos meses ya celebraba nada menos que tres desfiles al día, y en la primavera
del año siguiente empezó a organizar desfiles de ropa de calle en el jardín de
Hanover Square, algunas veces con modelos acompañadas de perros de raza con
correas enjoyadas, cada uno adecuado al vestido de la modelo. Un periódico
hablaría de «lady Duff y sus cosas» para referirse al singular estilo de
Lucile, ya que entonces madame Lucile era igualmente conocida como la señora de
Cosmo Duff Gordon, aunque el matrimonio estuvo a punto de no celebrarse.
Cuando la
madre de Cosmo murió, a principios de 1900, él casi perdió a Lucy. Aquella
primavera, ella se marchó con su madre de vacaciones a Montecarlo, donde un
noble terrateniente irlandés (casado) empezó a dedicarle grandes atenciones.
Cuando Lucy y su madre continuaron viaje a Venecia, el barón irlandés las
siguió, y pronto llegaron a Londres rumores de que este planeaba divorciarse de
su mujer para irse con Lucy. Cuando se enteró de ello, un Cosmo enfurecido le
envió un telegrama a su hotel que decía: «Si te casas con alguien, será
conmigo»[197].
Entonces corrió a Venecia, tuvo un ruidoso enfrentamiento con su rival en la
recepción del hotel y convenció a Lucy de que se casara con él.
El 24 de
mayo de 1900 se celebró el enlace en el consulado británico de Venecia, y
durante la luna de miel Lucy escribió: «Los dos estamos muy enamorados». Pero
no tardaría en quejarse de que era «extraordinariamente aburrido» estar con
Cosmo. Las visitas que realizaban a su residencia escocesa de Maryculter
(Aberdeenshire) eran «para morirse de aburrimiento», ya que él era un ágil
deportista y ella no[198]. En las
fiestas que ofrecían en casa, la idea que tenía Cosmo de una buena diversión
era que algunos invitados se pusieran máscaras de esgrima para que él les
disparara balas de cera. El propio Cosmo había perdido un ojo por un disparo
accidental, pero eso no hizo mella en su destreza con el florete. Encabezó el
equipo inglés de esgrima cuando este ganó una medalla de plata en las
Olimpiadas de 1906. Además, era alto (un metro noventa y dos) y bastante guapo,
con su fino bigote, y su título elevó de forma incuestionable el estatus de
Lucy.
Pese a
que su marido era un baronet, Lucy no pudo participar en el rito social de la
presentación ante la corte por ser divorciada. Sin embargo, a su hermana Elinor
sí que la presentaron en el palacio de Buckingham, en mayo de 1896,
circunstancia que provocaría un amargo resentimiento perpetuo en Lucy, aunque
le diseñó un precioso traje blanco de satén con las obligadas plumas blancas de
avestruz. Lucy llevaba entonces cuatro años casada con Clayton Glyn y tenía una
hija, Margot, de casi tres años. Pero el romance con Glyn se había evaporado.
Como muchos hombres de su clase, empezó a ser infiel a su esposa a los dos años
de casado.
Mientras
se recuperaba del difícil parto de su segunda hija, Elinor empezó a esbozar una
novela cómica titulada The Visits of Elizabeth, que satirizaba
algunos de los modales y costumbres que había observado en fiestas celebradas
en casas de campo. A su amiga Daisy Warwick el manuscrito le pareció sumamente
divertido, y recurrió a sus contactos para que un periódico de Londres lo
sacara a la luz por entregas. Estas se publicaron de forma anónima, pero, tras
convertirse en un éxito del que todo el mundo hablaba, Elinor no pudo resistir
la tentación de anunciar su autoría. La publicación en forma de libro de The
Visits of Elizabeth en 1901 supuso el lanzamiento de la carrera de
Elinor Glyn como novelista.
Siguieron
varias novelas más, pero la obra que la hizo famosa y le dio cierta mala
reputación fue una historia de amor subida de tono publicada en 1907 con el
título de Three Weeks. La historia de un amorío de tres semanas
entre un inglés joven y guapo y una exótica mujer mayor que él (monarca de un
reino sin nombre de los Balcanes) estaba basada en la relación, breve pero
apasionada, de Elinor con un joven oficial de la guardia real llamado Alistair
Innes Kerr, hijo del duque de Roxburghe. Algunas amigas que leyeron el
manuscrito advirtieron a Elinor de que no lo publicara, pero ella necesitaba el
dinero del anticipo porque las finanzas de Glyn avanzaban velozmente de la
precariedad a la calamidad. El libro fue un enorme éxito; se vendieron más de
cinco millones de ejemplares y se tradujo a muchas lenguas. Pero era un típico
éxito escandaloso, y la novela se consideró inadecuada para la juventud y fue
prohibida en Boston y, durante un tiempo, también en Canadá. Aunque hoy puede
parecernos sosa, Three Weeks provocó un escándalo no solo
porque describía un adulterio y el nacimiento de un hijo fuera del matrimonio,
sino también porque era la historia de una efímera aventura iniciada,
controlada y finalmente concluida por la mujer. Eso contravenía todas las
convenciones sexuales de la época, pero al hacerlo Elinor inició un nuevo
género: la novela romántica erótica.
La escena
clave de seducción de Three Weeks tiene lugar en un sofá cubierto con una piel
de tigre que fue objeto de un poemilla anónimo que perseguiría para siempre a
Elinor:
¿Te
gustaría pecar
con
Elinor Glyn
sobre una
piel de tigre?
¿O
preferirías
errar
con ella
sobre
alguna otra piel?[199]
Además de
los revolcones sobre pieles de tigre, la ropa es omnipresente en Three
Weeks, y muchos de los resplandecientes atuendos descritos en el relato
tienen el inconfundible estilo de Lucile. Lucy devolvería el cumplido llamando
«el Elinor Glyn» a un nuevo vestido provocativo.
Para su
primera gira publicitaria en Estados Unidos, Elinor llenó siete baúles de
prendas diseñadas por Lucile, y a su llegada al puerto de Nueva York el 5 de
octubre de 1907 vestía completamente de púrpura, incluido un sombrero con un
largo velo de chifón, en una evocación de la heroína de su libro. La prensa
quedó cautivada, y pronto empezaron a llegar a su suite del Plaza invitaciones
de algunas de las principales anfitrionas. Cuando Lucy supo del éxito de
Elinor, decidió que en diciembre viajaría a Nueva York para sondear qué
perspectivas tendría una sucursal neoyorquina de Lucile Ltd. Mientras se
alojaba con su famosa hermana en el Plaza, escribió una carta a Cosmo que
decía: «Estoy segura de que aquí podemos hacer una fortuna, si encontramos el
dinero. Aquí hay muchísimas oportunidades de llevar buenos vestidos»[200]. Lucy
volvió a Londres en enero y Elinor se quedó en Nueva York, contenta de no tener
que seguir compartiendo los focos con su hermana.
Durante
su estancia en Nueva York con Elinor, Lucy aprendió a apreciar el valor de la
publicidad para causar sensación en América. «Lo que cuenta —escribió— es el
autobombo más descarado»[201]. Para la
filial neoyorquina de Lucile Ltd. encontró una casa de ladrillo rojo en la
calle Treinta y seis Oeste, y a finales de 1909 pidió a su amiga Elsie de
Wolfe, una de las primeras diseñadoras de interiores, que la decorara al estilo
de su tienda de Hanover Square. Elsie también contrató a una publicista que
divulgó tal torrente de artículos, con títulos como «Lady Duff Gordon, First
English Swell to Trade in New York», que un periodista apodó jocosamente a
Lucile «Lady Muff Boredom»[202].
Pero la
prensa cayó en éxtasis cuando Lucy llegó a bordo del Lusitania a
principios de marzo de 1910 con cuatro de sus escultóricas modelos y una nueva
colección de lo que ella llamaba «vestidos de ensueño». Era una variación de
sus «vestidos con personalidad» o «prendas con emoción», y cada traje tenía un
nombre que reflejaba su personalidad, como When Passion’s Thrall is
O’er, The Sighing Sound of Lips Unsatisfied o Red Mouth of a
Venomous Flower. De una forma más descarada, llamó a parte de su colección americana
«vestidos de dinero» y, para asegurarse de que nadie se perdía el chiste,
explicó en su folleto publicitario que el nombre se refería a que «se necesita
mucho para comprarlos». Por lo visto semejante sinceridad echó atrás a muy
pocas, ya que el día de la apertura de la casa de moda se recibieron pedidos de
más de mil vestidos, ninguno de los cuales costaba menos de trescientos dólares
(importe que equivaldría hoy a unos seis mil).
Sus
desfiles de moda atrajeron a tal muchedumbre que se formaban colas de damas
elegantes a lo largo de la calle Treinta y seis Oeste, y a Lucile se le ocurrió
la idea de vender entradas y donar los ingresos resultantes al Actors Fund. En
su primer desfile en Nueva York, sentada en un diván cerca de Lucy se hallaba
su buena amiga Anne Morgan, hija de J. P. Morgan y una de las principales
inversoras de su empresa de Nueva York. «Lo que teníamos era una nueva casa de
muñecas para mujeres americanas ricas —recordó una de las empleadas de Lucile—.
Nunca habíamos visto tanto derroche, ni tal indiferencia hacia el precio de la
ropa»[203]. Las
clientas estadounidenses de Lucile iban desde Gertrude Vanderbilt Whitney y
Alice Roosevelt Longworth hasta la bailarina Irene Castle y las estrellas del
Ziegfeld Follies. Madeleine Force y su madre también visitarían el salón de la
calle Treinta y seis Oeste para comprar un ajuar de Lucile antes de su boda con
John Jacob Astor en 1911.
Una vez
conquistada Nueva York, la siguiente cúspide de Lucile fue París. Los
diseñadores parisinos miraban con recelo a la invasora inglesa, pero tras la
apertura de su nuevo salón el 4 de abril de 1911 Lucy tuvo la satisfacción de
leer en un periódico francés que «la extraordinaria exhibición con que lady
Duff Gordon deslumbró ayer a París no tardará en ser copiada por todo diseñador
que se precie»[204]. Incluso
la revista francesa Vogue sucumbió al fenómeno y comentó:
«Estamos tan acostumbrados a que todo aquello que posee algún valor venga de
París que nos asombra que una inglesa haya realizado algunas de las mayores
aportaciones al mundo de la moda»[205]. Para
esa chica del Canadá rural, que se emocionaba al recibir de París un tonel de
ropa vieja todos los años, tuvo que ser sin duda una victoria de lo más dulce.
El mes de
abril siguiente se requería su presencia en Nueva York para firmar el contrato
de alquiler de una nueva tienda. «Como los negocios me reclamaban con tanta
premura —recordó—, reservé un pasaje en el primer barco disponible. Ese barco
era el Titanic»[206]. En el
andén de la estación Saint–Lazare, un grupo de dependientas y modelos apareció
para darle una despedida sorpresa, y depositaron en sus brazos una cesta de
muguetes. Solía viajar con un contingente de empleados. «La diseñadora estaba
acostumbrada a viajar por todo lo alto —escribe su biógrafo Randy Bryan
Bigham—, con varios pequineses y un grupo de hermosas modelos vestidas con sus
últimas creaciones»[207]. Esta
vez, sin duda por deferencia a Cosmo, solo la acompañaba su ayudante personal,
Laura Mabel Francatelli, a quien llamaban familiarmente Mabel o Franks.
Lucy
afirmaría más tarde que estuvo algo nerviosa ante la idea de hacer la travesía
en un barco nuevo, pero una vez instalada en su camarote del Titanic se
relajó. «En aquel espléndido barco, todo me tranquilizaba, desde el capitán
Smith, con su rostro barbado y bondadoso y sus afables modales…, hasta mi
alegre camarera con su suave acento irlandés». Lucile también estaba encantada
con su «bonito y pequeño camarote, con su estufa eléctrica y sus cortinas
rosas», que hacían que «irse a la cama fuera un placer»[208]. Pero
cuando Lucile se retiraba a dormir, no lo hacía con Cosmo, quien tenía su
propio camarote al otro lado del pasillo. Su relación, que había empezado
siendo profesional, parecía limitarse en su mayor parte a ese ámbito. En una
obra en la que ella se situaba en el centro del escenario, él se había
convertido en un actor bastante secundario. En las fotografías Lucy suele
aparecer apartada de Cosmo, mirando a la cámara, mientras él la observa con
perplejidad y cariño.
«Solo es
posible divertirse en compañía de un joven guapo»[209], comentó
una vez Lucy, quien en efecto cultivó siempre el trato de jóvenes admiradores
masculinos. Cosmo se mostraba bastante tolerante, ya que la mayoría de ellos
eran homosexuales. Una bisnieta recuerda que Lucile «estaba a menudo rodeada de
caballeros homosexuales que también eran diseñadores, recogían alfileres y
hacían lo que ella les dijese»[210]. Edward
Molyneux, a quien Lucy llamaba Toni, no fue más que uno de los protegidos que
más tarde se convertirían en diseñadores por derecho propio. Entre sus
amistades femeninas, destacaban particularmente las lesbianas: sus mejores
amigas de Nueva York eran Elsie de Wolfe y su compañera, la agente teatral
Bessie Marbury, así como Anne Morgan y su amante Ann Harriman Vanderbilt, y en
París hizo buenas migas con la novelista lesbiana Natalie Barney y su círculo.
Lucy admiraba el arrojo de esas mujeres independientes y, según Randy Bryan
Bigham, «es posible que existiera cierta ambigüedad sexual en Lucy»[211].
* * * *
El sábado
13 de abril, durante la hora de vestirse en el Titanic, Charlotte
Cardeza, nuestra dama de los catorce baúles, probablemente indicó a su criada
que sacara su vestido de noche rosa de Lucile de entre los veinte que llevaba
consigo. La señora Cardeza también poseía unas de las exquisitas enaguas de
satén con borde de encaje y flores, que en su reclamación de indemnización
valoraría en trescientos dólares (hoy seis mil dólares). Es posible que también
Marian Thayer, la esposa del vicepresidente de los ferrocarriles de
Pensilvania, John Thayer, llevara un vestido de Lucile esa noche, ya que era
clienta y amiga de Lucy. Pero ninguna pasajera constituía un mejor ejemplo del
estilo Lucile que la propia diseñadora. Vogue señaló que su
estilo personal era muy sencillo pero «elegante en grado sumo»[212]. El
negro seguía siendo uno de sus colores favoritos, porque le recordaba el
vestido cosido a mano que llevó en su primer baile en la Casa del Gobierno.
Así pues,
es fácil imaginar a Lucile ataviada con un vestido de noche negro, realzado por
los pendientes de perlas que con frecuencia le gustaba ponerse, cuando aquel
sábado descendió del brazo de Cosmo por la gran escalinata hasta el salón
comedor de la cubierta D. Cuando entraron en la extensión alfombrada de azul y
rojo de la Sala de las Palmeras, los recibió lo que ella describiría como «el
murmullo de voces, el ritmo alegre de un vals alemán, los sonidos sordos de un
pequeño mundo entregado al placer». Pero para lo que en su siguiente frase
llama «el desastre súbito y sobrecogedor» solo faltaba una noche[213].
Capítulo
10
Un domingo tranquilo
Domingo
14 de abril, 10:55 horas
Como una
perpetua corriente viva,
a todos
sus hijos se lleva el tiempo[214].
El viejo
himno religioso inglés «O God Our Help in Ages Past»[215] fue
objeto de una vigorosa interpretación coral en el servicio del domingo por la
mañana, ya que «en torno a la mitad» de los trescientos veintinueve pasajeros
de primera clase asistió a él, según anotó Margaret Brown[216]. Se
celebró a las 10:30 horas en la parte central del comedor, donde un aparador de
roble profusamente labrado y un piano proporcionaban un apropiado telón de
fondo eclesiástico. El capitán Smith causaba sin duda una gran impresión
mientras, de pie ante el aparador con su uniforme azul con galones dorados,
leía alguna página del libro de oraciones de la White Star. Se supone que el
capitán ofició el servicio porque se trataba del primero de la travesía
inaugural y ningún asunto urgente requería su presencia en el puente de mando.
En la sala Marconi se había recibido a las nueve de la mañana un mensaje del
buque Caronia, de la Cunard, que advertía de la presencia de «icebergs, bloques
de hielo y superficies heladas»[217], cuya
posición estimada se situaba en la ruta del Titanic, pero aún bastante lejos
del barco.
Archibald
Gracie se mostró impresionado por la lectura de la «Oración por los que están
en el mar» aquella mañana, así como por la letra de «O God Our Help in Ages
Past». W. T. Stead también admiraba el himno del viejo Isaac Watts, que había
incluido en una colección de canciones sacras que recopiló en 1897 con el
título Hymns That Have Helped. Para el libro, Stead pidió a gente
ilustre que nombrara sus himnos favoritos, y el futuro primer ministro Herbert
Asquith escogió «O God Our Help», mientras que el futuro rey Eduardo VII se
decantó por «Nearer My God To Thee», un himno que quedaría para siempre
asociado al Titanic. Archie Butt había planteado la misma pregunta
a Theodore Roosevelt al salir de misa durante su visita a Sagamore Hill en
julio de 1908. Archie explicó a su madre por carta que el presidente y su
familia citaron varios himnos, y luego, con una clarividencia espeluznante,
escribió: «En mi funeral quiero que canten “Nearer My God To Thee”… porque
conmueve mi parte sentimental»[218].
La
diferencia de clases se observaba en el Titanic incluso a la
hora de rezar. El segundo sobrecargo, Reginald Barker, ofició el servicio para
los pasajeros de segunda clase en su comedor, y el padre Thomas Byles celebró
una misa católica en el salón de segunda, seguida de otra para los pasajeros de
tercera clase. (El considerable número de judíos a bordo no celebraba el sabat,
aunque la comida kosher estaba disponible en todas las
categorías). El servicio religioso para los pasajeros de primera terminó poco
después de las once, y Daisy Spedden, pianista consumada, se levantó para tocar
el piano mientras los camareros del comedor colocaban las sillas y preparaban
las mesas para el almuerzo del domingo. A mediodía se colgó la nota con la
distancia recorrida esa jornada, que volvió a ser uno de los principales temas
de conversación durante la comida. Muchos pasajeros llamaron la atención sobre
la circunstancia de que las quinientas cuarenta y seis millas náuticas
constituían la mejor marca del buque hasta ese momento. Un Archibald Gracie de
mejillas sonrosadas probablemente explicó a sus compañeros de mesa Edward Kent
y Jim Smith que aquella mañana se había levantado temprano para jugar un
partido de squash con el profesional del barco en ese deporte, tras lo cual se
dieron un chapuzón en la piscina. Durante los últimos cuatro días, había
disfrutado de la abundante comida y las comodidades del barco «como si me
encontrara en un palacio de verano a orillas del mar»[219], pero
ahora necesitaba hacer algo de ejercicio y había quedado con el profesional de
la raqueta para volver a jugar a squash la mañana siguiente.
Archie
Butt, Frank Millet y Clarence Moore volvieron a ocupar su mesa habitual para el
almuerzo del domingo, y por la tarde Archie y Clarence Moore dieron un paseo
por cubierta a pesar de que el aire helado mantuvo en el interior a muchos
pasajeros. Después, Archibald Gracie se dirigió como de costumbre al salón y
devolvió al encargado de la biblioteca su ejemplar de The Old Dominion,
que ya había acabado de leer. Una vez más, charló con Isidor e Ida Straus,
quienes le dijeron que habían enviado un radiotelegrama a su hijo y a la esposa
de este, que viajaban a Europa a bordo del buque alemán Amerika. La
lata que contenía el mensaje de los Straus probablemente fue una de las muchas
que habían ido a parar a la cesta de la sala Marconi, ya que el equipo de
radiotelegrafía había estado fuera de servicio durante la mayor parte de la
noche, y ahora los dos operadores se esforzaban por recuperar el tiempo
perdido. A las 13:40 horas, hicieron una pausa para recibir un mensaje
del Baltic, un buque de la White Star, que notificó que «el barco
griego Athinai informa de la presencia de icebergs y grandes
cantidades de hielo sobre la superficie»[220]. El
mensaje se entregó rápidamente al capitán Smith, quien, en lugar de pasárselo a
los oficiales de guardia, se lo metió en el bolsillo. Poco después, se encontró
con Bruce Ismay, quien estaba charlando con George y Eleanor Widener en el
paseo acristalado de la cubierta A, y se lo entregó. Ismay le echó un vistazo y
se lo guardó en el bolsillo.
Aproximadamente
a esa hora se repartían las cartas para una partida de póquer organizada por el
hijo de Charlotte Cardeza, Thomas, en su suite de lujo en la cubierta B. Uno de
los jugadores era un productor de teatro de Nueva York llamado Henry B. Harris,
quien había invitado a su mujer, René, a sentarse con ellos para que así fueran
ocho jugadores. En una partida de póquer anterior, hubo sospechas de que uno de
los participantes era un tahúr y, en lugar de vetarle el acceso a la siguiente
timba, pensaron que sería más fácil hacerle ver simplemente que la mesa estaba
llena. Más tarde, cuando a René le indicaron quién era el tahúr sospechoso,
ella pensó «que se trataba de un ministro del Señor, tan virtuoso parecía».
René
recordaría que las fichas costaban un dólar y que ella iba ganando noventa
dólares cuando la corneta que anunciaba la hora de vestirse puso fin a la
partida de cartas. Si cualquiera de las matronas más conservadoras del barco
hubiera visto a la pequeña René jugando al póquer (y, con toda probabilidad,
dando caladas a un cigarrillo) con siete hombres, es posible que hubiera alzado
las cejas. Pero a René no le hubiera importado en absoluto. Su naturaleza
desafiante y franca fue lo que atrajo a Henry, una persona más reservada —«mi
chico», como le llamaba ella— en primer lugar. Y para René, el Titanic había
sido hasta aquel momento «una gran fiesta», con «un espíritu de camaradería
diferente de todo lo que yo había visto en mis anteriores viajes»[221]. Henry y
ella se habían hecho amigos de Jacques Futrelle, el escritor de novelas de
misterio fotografiado por Francis Browne el primer día, y de su esposa, May.
Los Harris ya conocían a los Futrelle, probablemente de cuando Jacques
trabajaba en el teatro algunos años atrás, y estuvieron encantados de descubrir
que su camarote se hallaba enfrente del suyo. Otros conocidos a bordo eran John
y Madeleine Astor.
La buena
vida tuvo que haber sido una perspectiva improbable para Irene (René) Wallach,
la séptima de nueve hermanos de una gran familia judía de Washington. Su padre,
propietario de una joyería situada junto al hotel Willard, murió cuando ella
tenía seis años y dejó a la madre con cinco criaturas. La familia alquiló
habitaciones de su casa para poder llegar a fin de mes, y varios de sus
miembros trabajaron de secretarios en el Capitolio. Uno de sus hermanos sugirió
a la adolescente René que estudiara taquigrafía y mecanografía. Ella así lo
hizo, y a los diecinueve años obtuvo un puesto de secretaria de un congresista
de Tennessee. También tomó clases nocturnas de derecho, y al cabo de tres años
se mudó a Nueva York, donde encontró un empleo de oficinista en un bufete de
abogados. Sin embargo, cuando llevaba pocos meses en su nuevo trabajo, René se
dio cuenta de que «no podía hacer nada» mientras estaba sentada a su escritorio
con una sonrisa soñadora en los labios. La causa de la sonrisa era un promotor teatral
llamado Henry Harris, que la cortejaba con flores, cenas y paseos en coche de
caballos por Central Park. El principio del romance no había sido prometedor,
ya que Henry, que estaba sentado detrás de ella, le acarició la nuca durante la
función de tarde de un espectáculo de variedades. René lo rechazó por
«descarado», y cuando se encendieron las luces se volvió para reprender a «don
Descaradillo», pero enseguida se dio cuenta de que «no podía odiarle. Tenía los
ojos más dulces y la sonrisa más hermosa que había visto jamás»[222].
El 22 de
octubre de 1899, Henry Burkhardt Harris, de treinta y dos años, e Irene
Wallach, de veintitrés, se casaron. René abandonó su ambición de ser abogado y
volcó su considerable energía en Henry B. Harris Enterprises, la compañía que
su marido fundó en 1901. Ella ayudaba en la oficina, leía guiones, asistía a
ensayos e incluso interpretó un pequeño papel en una producción. La pareja se
mudó a un apartamento del hotel Wellington, donde René trabó amistad con Evelyn
Nesbit, quien vivía ahí gracias a la ayuda de Stanford White. Nesbit, de
veintiséis años, le pareció «infantil y adorable», y a menudo jugaba al
ping–pong con ella en el salón. El interés del famoso arquitecto por Evelyn no
se le escapaba, pero no creyó que existiera realmente un romance entre ellos
hasta que la historia empezó a aparecer en los titulares. Otra conocida famosa
era Lillie Langtry, de quien se hicieron amigos cuando Henry pasó a ser su
representante en Estados Unidos en 1902. A sus más de cincuenta años, Lillie
conservaba su belleza y constituía una gran atracción cuando llevaba sus
montajes a Broadway. Más tarde hizo incluso una gira con una obra de un solo
acto por los teatros de vodevil. Según René, Lillie hablaba abiertamente de la
aventura que había tenido con el rey Eduardo VII cuando era príncipe de Gales,
y durante una visita a Londres en 1906 presentó a los Harris al monarca en el
hipódromo de Epsom Downs, donde fueron invitados a presenciar las carreras
desde el palco real.
Los
primeros años del nuevo siglo fueron buenos para Harris Enterprises. En 1903,
Harry (como se conocía a Henry B.) construyó junto con un socio el lujoso
teatro Hudson, que tenía un vestíbulo de cien pies, el más grande de Broadway,
coronado por un techo de cristales de colores con iluminación indirecta. El
local se inauguró con Ethel Barrymore como protagonista de la comedia Cousin
Kate. El Hudson también presentó las primeras actuaciones de estilo
oriental de la bailarina Ruth St. Denis, una de las pioneras de la danza
moderna y profesora de Martha Graham. En cuestión de dos años, Harry compró la
parte de su socio y se convirtió en el único propietario del Hudson, y pronto
adquirió otro teatro, que llamó Harris en memoria de su padre, también
productor de teatro. Cuando el dinero empezó a llegar, la pareja se mudó a un
apartamento más lujoso al oeste de Central Park. Tenía unos ventanales con
vistas al parque, por donde algunas mañanas René paseaba a caballo con un
elegantísimo traje de montar. «Para mí todo en la vida era un juego, y no tenía
otra cosa que hacer que disfrutar», diría al recordar aquellos embriagadores
días de champán y estrenos[223]. Pero
René era mucho más que una esposa mimada. «Si me pasa algo, ella podrá tomar
las riendas», decía a menudo Harry, unas palabras que se revelarían proféticas[224].
Harry dio
uno de sus pocos pasos en falso al abrir en Nueva York el teatro Folies Bergère
en 1911, una encarnación del célebre cabaret parisino. «Harry perdió 430.000
dólares en nueve meses», recordó René[225]. A pesar
de presentar a Mae West en Broadway y estrenar melodías de ragtime como
«Oh You Beautiful Doll» y «Alexander’s Ragtime Band», Harry se vio obligado a
reconvertir el cabaret en un teatro convencional llamado Fulton. En busca de un
éxito de taquilla, montó una comedia musical que había triunfado en
Londres, The Quaker Girl. En Nueva York también resultó un gran
éxito, protagonizada por uno de los descubrimientos de Harry, la encantadora
Ina Claire, en el papel de una chica cuyo sencillo atuendo de cuáquera causa
furor en París. El novelista Francis Scott Fitzgerald recordó que se enamoró
perdidamente de Ina Claire cuando asistió a la función siendo adolescente. Fue
un montaje fastuoso, con bonitos trajes diseñados por Lucile, otra conocida que
sin duda saludó a Harry en el Titanic.
En
diciembre de 1911, Harry decidió viajar a Europa con René para pasar unas
vacaciones que aprovecharía para echar un vistazo a alguna producción
extranjera que le ayudara a recuperar las pérdidas del Folies Bergère. Durante
los cuatro meses que estuvieron lejos de Broadway compraron ropa para René en
París y viajaron a Italia, Egipto y Marruecos antes de regresar a Londres,
donde les esperaba el trabajo. Desde Londres Harry envió una carta a su oficina
diciendo que no había visto ninguna obra que fuera a funcionar en los
escenarios de Nueva York. Sin embargo, aseguró al London Standard que
había firmado un contrato para producir su primera película, una versión
cinematográfica de la obra The Miracle. Antes de embarcar en
el Titanic, también envió un telegrama a Ruth St. Denis para
prometerle que a su vuelta financiaría un espectáculo de danza para ella.
* * * *
Mientras
las columnas de fichas de póquer crecían junto a René Harris en la mesita de
mimbre de los Cardeza aquella tarde de domingo, «aquellos dos», como se refería
Helen Candee a sí misma y a Hugh Woolner, aguantaban el frío en cubierta. Para
entrar en calor se metieron en el gimnasio, donde el siempre entusiasta
entrenador T. W. McCawley puso a Helen sobre el caballo mecánico, tras lo cual
se sentó en una máquina de remo y sugirió a Woolner que usara la otra y «lo
derrotara con la palada de Cambridge». Después de una hora con lo que Helen
denominó «los juguetes de ese maravilloso refugio», «aquellos dos» volvieron a
cubierta, donde vieron que, aunque aún brillaba el sol, hacía más frío, y que
no había nadie en las tumbonas del paseo de la cubierta A. Pero sí había gente
caminando por el paseo vallado, y cuando pasó una hermosa joven, Helen acusó a
Woolner de «flirtear con la muchacha más guapa», a lo que él replicó con
timidez que «el hombre es omnívoro». («La muchacha más guapa» era casi con toda
seguridad Dorothy Gibson, de veintidós años, modelo de revistas ilustradas y
actriz de cine mudo que volvía de un viaje por Europa con su madre).
Woolner
reaccionó rápido al envite y comentó que «una de las mujeres que más admiro es
esta», señalando a Ida Straus, que caminaba del brazo de su marido. «Acaban de
tener una conversación radiotelegráfica con su hijo, cuyo barco, que se dirige
hacia el este, está en comunicación con el nuestro», añadió[226]. En
efecto, los Straus recibieron aquella tarde la respuesta al marconigrama que
habían enviado al Amerika, lo que indica que Phillips y Bride, los
operadores, habían conseguido tramitar los mensajes atrasados por la avería. La
sala Marconi del Titanic también había recibido y transmitido un mensaje que
el Amerika envió a la Oficina Hidrográfica estadounidense, con
sede en Washington, que informaba de la presencia de «dos grandes icebergs» en
la misma área en que se encontraban los que habían avistado el Caronia y
el Athina[227]. Por su
relevancia para la navegación, aquel mensaje tenía que haberse enviado al
puente de mando, pero nadie se ocupó de ello.
Mientras
el sol descendía, Marian Thayer fue a la cubierta B, al camarote de su afligida
amiga Emily Ryerson, para convencerla de que fuera a ver lo que prometía ser
una hermosa puesta de sol. Hasta ese momento la señora Ryerson no había salido
de su camarote sino para dar algún paseo con su marido al anochecer, cuando era
menos probable que se encontraran con algún conocido. Después de un paseo de
casi una hora, las dos mujeres se acomodaron en unas tumbonas del paseo de la
cubierta A, donde Bruce J. Ismay se unió a ellas de forma inesperada.
«Espero
que se sienta cómoda y a gusto», dijo Ismay a Emily Ryerson al sentarse junto a
ella. Emily le dio las gracias por haberle facilitado un camarote adicional con
camarero para su familia, pero añadió que no estaba de humor para conversar y
le pidió que se marchara.
«Estamos
rodeados de icebergs», anunció de repente Ismay, con lo que la señora Ryerson
llamó «sus bruscos modales». El hombre sacó el mensaje del Baltic que
el capitán le había dado y lo sostuvo en alto para que ella lo viera. «No vamos
muy rápido, veinte o veintiún nudos —continuó—, pero esta noche vamos a
encender algunas calderas más».
La señora
Ryerson vio una referencia al Deutschland (un petrolero
alemán) en el marconigrama, y preguntó qué quería decir.
«Es
el Deutschland, que necesita que lo remolquen, no lo tienen bajo
control», respondió Ismay. Cuando ella preguntó qué iba a hacer al respecto,
Ismay contestó que no iban a hacer nada, porque así llegarían a Nueva York el
martes por la noche en lugar del miércoles por la mañana[228].
El
mensaje del Baltic siguió en el bolsillo de Ismay hasta que el
capitán Smith se lo encontró en la sala de fumadores sobre las 19:10 horas y le
pidió que se lo devolviera, ya que quería colgarlo en el cuarto de derrota. En
aquel momento, el capitán ya sabía perfectamente que tenían hielo por delante,
y por ese motivo retrasó de las 17:00 a las 17:50 el momento en que el
transatlántico debía tomar la «curva», es decir, cambiar el rumbo hacia el
oeste en dirección al buque faro de Nantucket. De ese modo el Titanic tomó
una ruta situada unas diez millas al sur de la que normalmente seguían los
barcos. Cuando Lightoller, el segundo oficial, entró en servicio a las seis de
la tarde, pidió al sexto oficial James Moody que calculara a qué hora
alcanzarían el hielo. Moody no tardó en informarle de que sería aquella misma
noche, en torno a las once.
Con un
simbolismo conmovedor, la última puesta de sol del Titanic fue
sin duda la más hermosa. Cuando Edith Rosenbaum subió a cubierta aquella tarde,
vio a un grupo de hombres que miraban hacia la popa admirando el reflejo del
crepúsculo en el agua que la hélice lanzaba «en una ancha cinta rojo sangre que
iba del costado del barco al horizonte»[229]. En su
camarote había sentido el frío de la tarde, y pronto notó lo helado que se
había vuelto el aire en cubierta.
En ese
momento, «aquellos dos» se acurrucaban entre cojines verdes junto a la chimenea
encendida del salón, donde les sirvieron té con tostadas. A Helen Candee, eso
le recordó las veces en que se acomodaba ante el fuego del hogar después de un
paseo a caballo por los campos en una tarde helada. Los Straus se sentaron
junto a ellos y, al ver al coronel Gracie en la sala, le dijeron que habían
recibido un mensaje de respuesta del Amerika. Cuando sonó la
corneta a las seis de la tarde, el salón empezó a vaciarse, pues los pasajeros
regresaron a sus camarotes a vestirse para la cena. Una planta más abajo, la
timba de los Cardeza se interrumpió, y los Harris se encaminaron hacia la gran
escalinata para bajar a su camarote de la cubierta C. De repente René resbaló
en una mancha que había dejado un pastel caído y, según sus palabras, «caí de
cabeza seis o siete escalones» para aterrizar «como un fardo al pie de la
escalera». Varios hombres, Harry entre ellos, se apresuraron a ayudarla a
levantarse. «Supe que no me había hecho nada —recordó—, excepto en el brazo
derecho. No podían ni tocármelo».
Insistió
en ir a su camarote, donde Harry llamó al médico del barco, el doctor William
O’Loughlin. El «pequeño doctor», como lo llamaba René, dijo que tenía el brazo
roto y empezó a preparar una escayola para inmovilizarlo. Pero René quería una
segunda opinión. Había oído que entre los pasajeros se encontraba un cirujano
ortopédico y, tras disculparse con O’Loughlin, preguntó si podía consultarle.
Al poco, el fornido y bigotudo doctor Henry Frauenthal, especialista en
artropatías, apareció en la puerta de su camarote. Recomendó que le vendaran el
brazo con el codo doblado y la mano apoyada sobre el hombro. Una vez hecho
esto, le aconsejó que guardara reposo, pero René estaba decidida a mantener su
cita para cenar con los Futrelle en el restaurante Ritz. «Pese a que estaba
sufriendo una tortura —recordó—, pensé que esta no iba a menguar si me quedaba
en mi habitación…, así que me puse con gran esfuerzo mi vestido para la cena,
que por supuesto no tenía mangas». Entretanto se había propagado la noticia del
accidente de René. «Antes de salir de mi habitación —recordó—, tenía diez o más
mensajes de buenos deseos»[230].
El
vestido de noche en el que se embutió René era probablemente uno de los que
había comprado recientemente en París. May Futrelle, su amiga y compañera de
mesa, recordaría con posterioridad «con qué orgullo» lucían las mujeres aquella
noche sus recién adquiridos modelos parisinos[231]. Y puede
que el resbalón de René en la escalera también tuviera algo que ver con la
moda, ya que las faldas rectas y ajustadas dificultaban el movimiento, y es
posible que la suya contribuyera a convertirla literalmente en una víctima de
la moda. La más ceñida de todas era la falda de medio paso, muy estrecha en el
tobillo, en cuya confección era campeón el modisto Paul Poiret y que había
estado muy de boga en 1910–1911. Lucile Duff Gordon reaccionó introduciendo en
sus faldas rectas unos cortes longitudinales (discretamente cubiertos de tela)
para aligerar el movimiento. Pero esas faldas solo se llevaban durante el día,
y para la cena de aquel domingo, la mayor gala hasta ese momento, las damas de
primera clase escogieron sus vestidos más vistosos. Antes de la cena, Helen
Candee vio en la Sala de las Palmeras a mujeres «que brillaban en satenes
pálidos y gasas ceñidas» y se fijó en «la muchacha más guapa», que lucía «un
esplendoroso vestido de baile largo con flecos plateados alrededor de los
delicados pies enfundados en satén blanco»[232].
(Dorothy Gibson incluiría únicamente ese par de zapatos en su reclamación de
equipaje perdido). Durante la hora de vestirse, se sacaron joyeros de la caja
fuerte del sobrecargo, y May Futrelle recordaría que las joyas lanzaban
destellos sobre los vestidos de las mujeres durante la cena.
Eleanor
Widener probablemente lució su famoso collar de perlas de varias vueltas
(valorado en doscientos cincuenta mil dólares), ya que su marido, ella y su
hijo Harry ofrecían una cena para el capitán Smith a las 19:30 horas en el
restaurante Ritz. Invitaron a sus vecinos de la Main Line de Filadelfia, los
Thayer de Haverford y William Carter y su esposa, Lucile, de Bryn Mawr. Billy
Carter, de treinta y seis años, era un experimentado jinete y jugador de polo,
y durante el invierno alquilaba junto con su familia la casa de Rotherby Manor,
en Leicestershire, para participar en las numerosas cacerías del zorro que se
organizaban cerca de Melton Mowbray. Los Carter regresaban ahora a Gwedna, una
gran mansión de estilo colonial en Bryn Mawr, con sus dos hijos, tres criados,
dos perros y un Renault de veinticinco caballos, que transportaban embalado en
la bodega de proa. El noveno invitado a la mesa de los Widener era Archie Butt,
a quien podemos imaginar animando la charla con historias divertidas y cotilleos
de Washington. Para aquella velada, Archie escogió su uniforme de gala, el
mismo que había llevado en su audiencia con el Papa, por considerar que los
galones dorados resultaban apropiados para cenar con el capitán y la flor y
nata de la buena sociedad de Filadelfia. Eleanor Widener se había reunido antes
con el director del restaurante, el signor Luigi Gatti, para hablar del menú y
el lugar donde se sentarían sus invitados en la elegante sala que, con su
decoración dorada estilo Luis XV, se parecía mucho a su propio comedor de
Lynnewood Hall.
Muchos de
los pasajeros que se vestían para cenar notaron que el ritmo de los motores del
barco se había acelerado, una señal de que habían puesto en marcha nuevas
calderas y de que al día siguiente habrían recorrido una distancia aún mayor
que en los precedentes. A las 19:15 horas, el marinero Samuel Hemming, uno de
los encargados de las luces de a bordo, llegó al puente de mando para informar
a Murdoch, el primer oficial, de que todas las luces de navegación estaban
encendidas. Murdoch desempeñaba en ese momento la función de oficial vigía, ya
que Lightoller estaba cenando en el comedor de oficiales. Cuando Hemming se
marchaba, Murdoch le llamó para pedirle que cerrara la escotilla de la
carbonera del castillo de proa, ya que salía de ella un resplandor. «Quiero que
todo esté oscuro delante del puente de mando», ordenó Murdoch con su acento
escocés[233]. Con
hielo alrededor, cualquier luz podía impedir a los vigías distinguir con
claridad lo que tenían delante. El vapor Californian había
avisado a las 18:30 horas de que había avistado tres grandes icebergs cinco
millas al sudoeste, pero la sala Marconi del Titanic no
recibió ese mensaje. En aquel momento el segundo operador, Harold Bride, estaba
escribiendo el informe del día, y había dejado descansar el equipo después de
una jornada muy intensa. Una hora después, cuando volvió a estar operativo, el
transmisor interceptó el mismo mensaje enviado desde el Californian al Antillian y
lo pasó al puente de mando. El segundo oficial Lightoller ya había vuelto de la
cena, y Murdoch le comentó que durante la media hora que había estado ausente
la temperatura había descendido quince grados, hasta alcanzar los 3,8. En
cuestión de una hora, bajaría hasta alcanzar casi el punto de congelación.
Los
pasajeros también sabían que las temperaturas estaban bajando y, según Margaret
Brown, durante la cena algunas mujeres llevaban chales calentitos sobre sus
vestidos de noche. Se habló mucho en aquella velada del aumento de velocidad
del barco y de la posibilidad de llegar antes a Nueva York. También se comentó
la presencia de icebergs en la ruta, pero, curiosamente, a nadie se le ocurrió
que acechara ningún peligro. May Futrelle escribiría posteriormente:
Entre el
elegante mobiliario del salón, no había ninguna sombra premonitoria de la
muerte que insuflara un miedo frío a la alegría de la velada. Era una escena
brillante, mujeres hermosamente vestidas que reían y hablaban, aroma de flores;
era ridículo pensar en peligro alguno. Era como estar en una bonita residencia
de verano. No había ni una posibilidad entre un millón de que se produjera un
accidente…[234]
Capítulo
11
La última noche
Domingo
14 de abril de 1912, 19:40 horas
René
Harris fue vitoreada como una heroína herida cuando entró en el restaurante
Ritz del brazo de Harry. Bruce Ismay y el doctor O’Loughlin se levantaron para
saludarla desde su mesa junto a la entrada. George y Eleanor Widener
abandonaron por un momento a sus invitados para hacer lo mismo, y los Duff
Gordon se mostraron igualmente solícitos cuando los Harris pasaron por delante
de ellos. Poco después de que los Harris se sentaran con los Futrelle[235], el
capitán Smith se acercó para felicitar a René por su buen ánimo. «Me sentí como
si tener un brazo roto fuera una ventaja», escribió ella con posterioridad[236].
Los
invitados de los Widener se reunieron a las 19:30 horas en la recepción del
restaurante y al cabo de poco se sentaron a una mesa larga que se extendía
hasta un compartimento situado junto a la entrada. Mahala Douglas, quien cenaba
al otro lado del compartimento con su marido, observó a través de una abertura
en los paneles labrados que el capitán se hallaba en la cabecera de la mesa,
con Eleanor Widener a su derecha y Archie Butt a su izquierda. También recordó
que las mesas estaban decoradas con rosas de color rosado y margaritas blancas,
y que la comida fue excelente: «Caviar, langosta, codorniz de Egipto, huevos de
chorlito, uvas de invernadero y melocotones frescos»[237]. Mahala
Dutton Douglas, de cuarenta y ocho años, era la segunda mujer de Walter
Douglas, de cincuenta, un heredero de la Quaker Oats y millonario de Cedar
Rapids (Iowa), que poseía unos activos de valor similar al de la mayoría de los
millonarios de la mesa de los Widener. Tras enviudar en 1899, Douglas se casó
con Mahala en 1906. Se había jubilado recientemente a los cincuenta años para
disfrutar de la vida con ella en una mansión de estilo renacentista francés que
había mandado construir junto al lago Minnetonka, cerca de Mineápolis. La
pareja había viajado por Europa durante cinco meses en busca de muebles para la
casa del lago, a la que habían llamado Walden.
Mahala,
una mujer con temperamento artístico y un don para la escritura, describiría
más tarde que la velada transcurrió tranquilamente, amenizada por la música de
Puccini y Tchaikovski que el trío de cuerda tocaba en la sala de recepción.
También sostuvo que «todas las afirmaciones respecto a una alegría excesiva» en
la mesa de los Widener eran «absolutamente infundadas»[238]Eleanor
Widener confirmó que el capitán no tomó alcohol en la cena (las normas de la
White Star lo prohibían), y Marian Thayer afirmó que en la mesa no oyó ninguna
conversación sobre icebergs cercanos, ya que «el señor Widener, el comandante
Butt y yo estuvimos ocupados con otros asuntos durante toda la cena»[239]. Pero
parece que fue sobre todo Archie Butt quien acaparó a Marian Thayer esa noche.
En una emotiva carta enviada al presidente Taft una semana después del
desastre, ella escribió:
…desde el
momento en que nos conocimos, ya no nos separamos durante el resto de la
velada. Nunca había hecho tan buenas migas con nadie de una forma tan
inmediata. A él le pasaba lo mismo, y lo insólito de aquello nos maravilló a
los dos. Nos dimos cuenta mientras intercambiábamos nuestros pensamientos más
íntimos. Él me habló de su madre y de sus cartas… Habló con profundo entusiasmo
de poder lanzar al mundo su marca y sus recuerdos a través de las cartas, que
debían publicarse después de su muerte.
Para
evitar que aquella instantánea intimidad fuera malinterpretada, Marian añadió:
«Dijo que yo era como su madre, me abrió su corazón y fue como si nos
conociéramos bien desde hacía muchos años». Incluso llegó a sugerir que podía
existir un vínculo entre ellos en sus vidas pasadas, una idea que en esa época
aún resultaba bastante extravagante:
Fue una
sensación de lo más extraña, como si de un soplo hicieran desaparecer un velo y
eliminasen durante unas horas la distancia entre dos personas que se conocían
desde hacía mucho, muchísimo tiempo, y que acabaran de reencontrarse. Eso es lo
que creo. De otro modo, no nos habríamos conocido justo en ese momento ni
hubiéramos hablado como lo hicimos[240].
Al
observar desde el otro lado de la mesa a la pareja abstraída en su
conversación, a Eleanor Widener no debió de entusiasmarle que monopolizaran a
uno de sus preciados invitados. Sin duda esperaba que Archie contara anécdotas
de Washington para no tener ella que entretener al capitán durante la cena.
Pero es evidente que no tuvo que agasajar durante mucho tiempo al capitán, ya
que Marian Thayer explicó que sirvieron la cena muy rápido, que a las 20:30
horas el grupo se trasladó a la sala de recepción para tomar café y que el
capitán Smith se marchó sobre las 20:45 horas. Puede sorprender que en una hora
pudieran dar cuenta de una opípara cena de varios platos, y lo cierto es que
otros clientes del restaurante afirmaron que la fiesta de los Widener duró más
tiempo[241]. Pero la
cronología de Marian coincide con la de Lightoller, el segundo oficial, quien
declaró que el capitán había llegado al puente de mando a las 20:55 horas. Las
primeras palabras de Smith a Lightoller se refirieron al frío que hacía.
Lightoller dijo que estaban tan solo a un grado de temperatura y añadió que
acababa de pedir al carpintero del barco que se asegurara de que las reservas
de agua no se congelaran.
—No hace
mucho viento —observó entonces el capitán.
—No, es
verdad. Tenemos calma chicha —replicó Smith—.
Sí, calma
chicha.
—Es una
pena que no sople nada de brisa —dijo Lightoller, refiriéndose a que no habría
olas que delataran la presencia de icebergs—. En cualquier caso —continuó—, los
icebergs reflejarán algo de luz.
El
capitán asintió y comentó que, si tuvieran enfrente la masa azul del iceberg,
su perfil blanco sería visible. Pero añadió que si hubiese niebla tendrían que
reducir la marcha, y antes de abandonar el puente de mando a las 21:20 le dijo
a Lightoller: «Si tienes la más mínima duda, avísame»[242].
En la
recepción del restaurante, el resto de los invitados de los Widener terminaban
de tomar café. Por lo visto Archie Butt seguía abstraído en su conversación con
Marian Thayer, y tal vez fue allí, tras levantarse de la mesa, donde le confesó
que «no sabía cómo iba a soportar la ajetreada vida que estaba a punto de
reanudar». Según las descripciones que contienen las cartas de Archie a Clara,
«ajetreado» es un término acertado para la febril existencia que llevaba en
Washington, con largas jornadas en la Casa Blanca seguidas de cenas,
recepciones y bailes. En su carta al presidente Taft, Marian Thayer continúa
explicando que Archie aceptó quedar con ella la tarde siguiente para que le
enseñara «un método de control de los nervios que acababa de probar con un
médico suizo de renombre». Reconocer que uno había recibido tratamiento
psiquiátrico era una confesión extraordinariamente franca en 1912, en
particular si se hacía al presidente de Estados Unidos. La señora Thayer cuenta
a continuación a Taft que pensó «que sería maravilloso que [Archie] llegara a
dominarlo [el método de control de los nervios], ya que estaba muy nervioso…
Íbamos a trabajar en ello todo lo que pudiéramos durante nuestra estancia en el
barco»[243].
«Nervioso»
era entonces un término habitual para referirse a los problemas mentales, y
seguramente el mal que afligía a Archie hoy se diagnosticaría como un trastorno
de ansiedad, e incluso como depresión. «Sé que las personas para las que
trabajo me aprecian y confían en mí», había observado una vez Archie al
reflexionar sobre sí mismo[244]. Al
hacerse imprescindible para el presidente y la sociedad de Washington y estar
siempre a su disposición, la «vida ajetreada» de Archie le había llevado al
borde de una crisis nerviosa. A pesar de las vacaciones, seguía sufriendo
momentos de desánimo, según observaron su primo y la esposa de este en Londres.
Archie sabía que el ritmo que impondrían las elecciones de otoño sería
agotador, pero se sentía incapaz de dejar el puesto. Si lo hacía, afirmó, sería
desleal y parecería que abandonaba a Taft por Roosevelt. Ese dilema y su
ansiedad ante la perspectiva de volver a casa hicieron que después de la cena
siguiera sumido en una conversación seria con Marian Thayer.
En la
mesa de los Harris reinaba un ambiente bastante más alegre. May Futrelle
recordó que su marido y Henry Harris hablaron de las últimas obras de teatro
americanas y que «todos éramos muy felices. Todos estábamos llenos de alegría
de vivir»[245]. Había
una atmósfera igual de festiva dos plantas más abajo, en la Sala de las
Palmeras, donde «nuestra pandilla» se había reunido después de cenar y la
orquesta tocaba las melodías solicitadas. Helen Candee sugirió que tocaran algo
de Puccini, y Hugh Woolner quiso escuchar una pieza de Dvorák. Helen observó
que «la muchacha más hermosa» pedía música de baile y «taconeaba con sus
zapatos de satén y balanceaba sus brazos adolescentes al ritmo de la música»[246]. Cuando
a las 21:15 horas los músicos empezaron a guardar los instrumentos en sus
estuches, Helen y sus admiradores quisieron seguir con la fiesta y decidieron
subir al Café Parisién por la gran escalinata. Cuando se hubieron sentado a una
mesa para siete, la señora Candee vio que la única otra mesa ocupada estaba
«muy animada con el grupo de un asesor del presidente», lo que quiere decir que
a esa hora Archie ya se había soltado un poco y se dedicaba a entretener a
algunos de los invitados a los que había descuidado durante la cena.
—Pero qué
frío hace, un frío glacial —dijo Helen mientras se ceñía el fular.
—Pues
algo caliente —sugirió Woolner al camarero que les tomaba nota. Pidieron whisky
con limón, whisky con agua caliente y limonada tibia. Pero, según Helen, el
frío no templó su buen humor:
Qué
contentos estaban aquellos seis. El hablador [Gracie] contaba historias, el
hombre sensible [Kent] estaba radiante y se reía, los dos modestos irlandeses
[Colley y probablemente Smith] se olvidaron de reprimirse, el noruego simplón
[Björnström–Steffansson] se desternillaba con los chistes americanos, el inglés
cosmopolita [Woolner] no paraba de hablar y la dama se sentía divinamente
encantada de estar en semejante compañía[247].
En el
restaurante seguían los Harris y los Futrelle al igual que Walter y Mahala
Douglas. A otra mesa se sentaban los Minahan, el médico de origen irlandés de
Wisconsin, su mujer y su hermana, que habían embarcado en Queenstown. Los Duff
Gordon ya se habían marchado, y Lucile se había puesto el abrigo de piel de
ardilla que había llevado al comedor por si hacía frío. Cosmo y ella subieron
al salón, donde se sentaron con una joven pareja de Nueva York, Edgar y Leila
Meyer, que también habían cenado en el restaurante aquella noche. Lucile sabía
que Leila, de veinticinco años, era hija de Andrew Saks, propietario de los
grandes almacenes Saks de la Quinta Avenida, quien había fallecido el 8 de
abril mientras cenaba en el restaurante Sherry’s. Los Meyer habían recibido un
telegrama en París al día siguiente y reservado de inmediato dos pasajes para
volver a casa en el Titanic el día 10. Mientras conversaba con
ellos, Lucile sacó su cuaderno de autógrafos, que era en realidad un cuaderno
de confesiones, una novedad entonces popular con páginas donde los amigos
podían anotar comentarios sobre sí mismos bajo rúbricas como «Le gusta»,
«Detesta», e incluso «Locuras». Edgar Meyer, de veintiocho años, cogió la
libreta de Lucile y, cuando llegó a «Locuras», se rió y escribió: «Solo tengo
una: vivir»[248]; una
triste paradoja teniendo en cuenta las pocas horas de vida que le quedaban.
Al salir
del restaurante, los Harris decidieron hacer escala en el salón de fumadores
para fumarse un pitillo, mientras que los Futrelle optaron por dar un paseo por
cubierta, ya que a Jacques le dolía un poco la cabeza. René fue probablemente
la única mujer que «infestó» la sala de fumadores esa noche, por usar el
término de Frank Millet. Este también estaba allí, jugando a las cartas con
Clarence Moore. Aquella noche habían cenado solos en el comedor, ya que Archie
había subido al restaurante. La comida había sido la más elegante del viaje,
con una carta que entre sus once platos incluía ostras a la rusa, filets
mignons, asado de pato bañado en calvados y pepitos cubiertos de chocolate.
Uvas de invernadero y otras frutas frescas decoraban las mesas, y a la pequeña
Loraine Allison, de dos años, la habían llevado a la mesa que sus padres
compartían con Arthur Peuchen y Harry Molson para que viera lo bonita que era.
En el
comedor de segunda clase las mesas también estaban adornadas con cestas de
fruta. Después de cenar, un centenar de pasajeros se puso a cantar un himno
alrededor del piano. En tercera clase, la comida principal se había servido
como siempre a mediodía, seguida de una opípara merienda inglesa avanzada la
tarde. Después, en la sala común de tercera clase, austeramente amueblada, se
había montado una fiesta informal, con música interpretada al piano vertical de
la estancia y con los instrumentos que algunos pasajeros llevaban consigo. Sin
embargo, no debieron de bailar mucho, dado que los grandes bancos con respaldo
de dos tablas dejaban poco espacio libre, y además era fiesta de guardar. En un
determinado momento alguien vio una rata y varios jóvenes se pusieron a cazarla
entre los chillidos de las mujeres. A las diez en punto los camareros apagaron
las luces de la sala común y de la sala de fumadores anexa, y los pasajeros se
dispersaron en dirección a sus respectivas literas en proa y popa, mientras unos
pocos probablemente buscaban espacios oscuros por el pozo de cubierta para sus
encuentros románticos.
Lightoller,
el segundo oficial, se disponía a esa hora a ser relevado en la guardia por el
primero, Murdoch. Explicó a este la conversación que había tenido con el
capitán y le dijo que había enviado órdenes a la cofa para que los vigías
estuvieran atentos a los pequeños bloques de hielo e icebergs que flotaban a
poca altura. El mensaje acababa de llegar a los vigías Fred Fleet y Reginald
Lee, quienes comenzaban en ese momento su turno de dos horas. El hecho de que
aún no hubieran encontrado los prismáticos no parecía preocuparles demasiado.
Otro mensaje que advertía de la presencia de hielo había llegado a la sala
Marconi sobre las 21:40 horas sin que tampoco al operador Jack Phillips le
pareciera terriblemente preocupante. Ya había transmitido al puente de mando
varios mensajes con el mismo contenido y aquel último, enviado por el Mesaba,
que hablaba de «gruesos trozos de hielo y un gran número de grandes icebergs,
así como masas de hielo», tal vez no le pareció muy diferente de los demás[249]. Puede
que incluso lo dejara a un lado cuando logró establecer contacto con la
estación de radiotelegrafía de Cabo Race, en Terranova, y se puso a transmitir
los mensajes de los pasajeros. Lightoller, el segundo oficial, afirmaría con
posterioridad que aquel mensaje, el más importante de todos, pues no solo
indicaba que había icebergs aislados, sino una gigantesca masa de hielo en la
ruta del Titanic, no se entregó[250]. Cuando
Lightoller se marchó del puente, comentó a Murdoch que, según sus estimaciones,
alcanzarían el hielo sobre las once.
Norris
Williams y su padre habían paseado por cubierta después de cenar, pero aun con
sus abrigos de pieles les pareció que hacía demasiado frío, de modo que bajaron
a la sala de fumadores, donde se unieron a un grupo de hombres, entre los que
se encontraban John B. Thayer y Archie Butt. Muy pronto, el frío y la
posibilidad de que hubiera icebergs salieron a colación. Charles Williams contó
que se hallaba a bordo de un barco llamado Arizona cuando
chocó contra un iceberg en 1879. La colisión abrió un agujero en la proa, pero
la tripulación y los pasajeros sacaron de la bodega unas balas de algodón y
taparon la vía de agua, de forma que el Arizona arribó a San
Juan de Terranova treinta y seis horas más tarde.
Aproximadamente
en ese mismo momento, en la Sala de las Palmeras, a Jack, el hijo adolescente
de John y Marian Thayer, le contaban también una historia de naufragios.
Mientras sus padres cenaban arriba con los Widener y compañía, Jack comió solo
en el comedor y se dirigió a continuación a la Sala de las Palmeras. Mientras
buscaba una mesa libre, un joven americano llamado Milton Long le hizo gestos
para que se acercara. Se pusieron a hablar y Long, de veintinueve años, hijo de
un juez de Springfield (Massachusetts), entretuvo a Thayer con historias de sus
viajes. Una de sus aventuras más impresionantes ocurrió en Alaska, donde iba a
bordo de un pequeño vapor que encalló en un arrecife cerca de la costa. Cuando
el barco escoró, Long se las arregló para saltar a un banco de arena y pasó de
una roca a otra hasta alcanzar la orilla con solo los pies mojados.
W. T.
Stead también tenía ganas de contar anécdotas aquella noche, y su compañero de
mesa, Frederick Seward, recordó que, mientras fumaban puros en la sala de
fumadores, explicó «el caso de una momia del Museo Británico que, según dijo,
había vivido asombrosas peripecias y castigaba con grandes calamidades a
cualquiera que escribiera su historia. Habló de varias personas que habían
sufrido desgracias después de escribir la historia y añadió que, aun
conociéndola, él jamás la escribiría»[251]. Esta
historia se asoció posteriormente a la del Titanic, y la idea de
que a bordo viajaba una momia maldita se convirtió en una de las muchas
leyendas sobre el hundimiento. Stead había predicho en 1886 un desastre muy
parecido al que estaba a punto de vivir, en un artículo titulado «Cómo el vapor
correo se hundió en medio del Atlántico», que concluía con la frase: «Esto es
exactamente lo que podría suceder y sucederá si los transatlánticos se hacen a
la mar sin botes suficientes»[252].
Después
de las diez, Walter y Mahala Douglas se levantaron de su mesa del restaurante,
ya casi vacío. Al bajar a su camarote de la cubierta C, percibieron una fuerte
vibración en la escalera y comentaron que el barco iba más rápido que nunca.
Lawrence Beesley leía sentado en la litera de su camarote de segunda, en la
cubierta D, cuando notó que el «movimiento danzarín» que la vibración de los
motores provocaba en su colchón era más pronunciado de lo habitual[253]. En ese
momento, la indómita René Harris había convencido a Harry de que salieran de la
sala de fumadores para ir al salón de primera clase, donde se sentaron con
Edgar y Leila Meyer. Los Duff Gordon, por su parte, ya se habían marchado.
Cosmo se retiró a su camarote a dormir, mientras, al otro lado del pasillo,
Lucile y su asistenta Franks se sentaban a charlar delante de la estufa
eléctrica. También estaba encendida la chimenea eléctrica del salón, pero no
daba calor suficiente para disipar el frío de la estancia, así que Harry pronto
rogó a su mujer que se fueran al camarote. «Yo debía de parecer exhausta, lo
notaba —recordó ella—, de manera que sobre las diez y media nos fuimos»[254]. En el
Café Parisién, la señora Candee también tenía frío y se retiró pronto a su
camarote, posiblemente escoltada por el caballeroso Edward Kent. El ingeniero
irlandés Edward Colley también dio las buenas noches, mientras los otros cuatro
hombres se quedaban en la mesa, apurando lo que Woolner llamó su «grog
caliente»[255].
Sobre las
once, el salón estaba casi vacío; solo había un grupo de cuatro personas
concentradas en una emocionante partida de bridge. Uno de los jugadores era
William Sloper, el joven banquero de Connecticut al que Alice Fortune convenció
de que embarcara en el Titanic. Durante los primeros días del
viaje, Sloper pasó mucho tiempo con Alice, pero ese día no la había visto.
Después de cenar, se había puesto a escribir cartas de agradecimiento a sus
amigos de Londres sentado a un escritorio del salón, y lo que él describió como
«una joven muy hermosa» se le acercó para preguntarle si quería unirse a su
grupo, ya que eran tres y necesitaban a una cuarta persona para jugar al bridge[256]. Aunque
a Sloper no se le daba muy bien el bridge, no quería rechazar una invitación de
Dorothy Gibson, la muchacha más guapa a bordo. La evidente belleza de Dorothy
también había llamado la atención del ilustrador Harrison Fisher, quien mostró
la cara de la muchacha en las portadas de Cosmopolitan y
del Saturday Evening Post, así como en incontables postales. Eso
brindó a Dorothy la posibilidad de trabajar en varias películas, y en julio de
1911 la contrataron como primera actriz de la sucursal estadounidense de
Éclair, una compañía de cine francesa que rodaba películas en Fort Lee (Nueva
Jersey). En marzo de 1912 Dorothy había participado en una serie de películas
mudas y, como necesitaba un descanso, decidió irse una temporadita a Europa con
su madre. Pero a las pocas semanas de estar en el extranjero, el jefe de Éclair
la llamó desde Fort Lee para decirle que volviera, porque tenía que rodar dos
nuevas películas.
Sloper se
sentó con Dorothy, su madre y el compañero de mesa de W. T. Stead, William
Seward, a quien la joven conocía porque los dos frecuentaban la misma iglesia
en Nueva York. Seward pidió al encargado de la biblioteca que colocara una mesa
de juego en el centro de la habitación, cerca de la chimenea. Al cabo de pocas
horas los cuatro estaban tan concentrados en la partida de bridge que no se
dieron cuenta de que la habitación se había quedado casi vacía y el encargado
ya tenía ganas de apagar las luces. Edith Rosenbaum, que estaba escribiendo
cartas en un escritorio del salón, advirtió que era hora de marcharse. Entregó
al encargado varios sobres para echar al correo y cogió dos libros de la
librería. Finalmente, a las once y media, el encargado rogó a los jugadores de
bridge que terminaran la partida para que pudiera cerrar la sala. Dorothy
Gibson le dijo a William Sloper que quería dar una vuelta por cubierta antes de
irse a dormir. Él sugirió que bajaran juntos a ponerse ropa de abrigo y se
encontraran luego en el rellano de la escalera de la cubierta A. Tras dejar a
la joven ante la puerta de su camarote, bajó corriendo al suyo, se puso un
jersey de lana de Shetland con cuello de pico debajo de la chaqueta del traje,
se embutió en su pesado abrigo de invierno y subió a esperar a Dorothy. Un mapa
del Atlántico norte colgaba de la pared del rellano, y probablemente se pusiera
a examinarlo mientras esperaba.
Pasadas
las once, las salas de fumadores de primera y segunda clase solían ser los
únicos espacios públicos que seguían abiertos. Cuando cerró el café, los
hombres de «nuestra pandilla» que quedaban subieron a la sala de fumadores de
primera. Archibald Gracie se sentó a la mesa donde un hombre fornido y de barba
entrecana fumaba un puro. Gracie le oyó decir: «La White Star, la Cunard y la
Hamburg–Amerika se centran ahora en conseguir la supremacía dotando a sus
barcos del equipamiento más lujoso, pero pronto llegará un momento en que el
resultado será el mayor y más terrible desastre naval de todos los tiempos». Al
recordarlo, Gracie escribiría que «el placer y la comodidad de que todos
disfrutamos en aquel palacio flotante nos parecía a muchos algo inquietante,
demasiado bueno para que durara sin que un ser omnipotente se enfadara y nos
castigara por ello»[257]. Es
improbable que Charles Hays creyera que los alojamientos suntuosos conllevaban
un castigo divino, ya que se había embarcado en la construcción de una cadena
de hoteles de lujo junto a estaciones de ferrocarril y regresaba a casa para la
inauguración del primero de ellos, el Château Laurier de Ottawa, prevista para
el 26 de abril. Ese día se descubriría el busto de Wilfrid Laurier, el primer
ministro canadiense, cuyo nombre llevaba el hotel. Con el grupo que acompañaba
a Hays viajaba el escultor del busto, que acompañaba a Paul Romain Chevré. Con
su mostacho, Chevré tenía todo el aspecto de un artista de la Rive Gauche,
mientras, envuelto en humo de tabaco negro en una mesa cercana, jugaba al
bridge con otros dos franceses y un estadounidense[258].
En ese
momento, Archie Butt estaba jugando al whist con Clarence Moore y dos hombres
del grupo con el que había cenado, Harry Widener y William Carter. El whist
también era el juego preferido de tres tahúres profesionales que habían elegido
a un ejecutivo de una compañía petrolera americana como su próxima víctima.
Poco antes, René Harris había señalado uno de los estafadores a May Futrelle,
quien había reparado en su sonrisa fría y calculadora. En una mesa más pequeña,
Frank Millet jugaba a las cartas con Frederick Hoyt, un corredor de bolsa de
Nueva York entusiasta de los yates, quien durante su estancia en Inglaterra con
su mujer había combinado el trabajo y el ocio. Arthur Peuchen fumaba y charlaba
con dos de Los Tres Mosqueteros, Thomson Beattie y Thomas McCaffry, y con un
inglés que viajaba a Canadá. Sobre las 23:20 horas, Peuchen les dio las buenas
noches y bajó a su habitación de la cubierta C. En el camarote C–83, los Harris
aún no se habían acostado, ya que a René le dolía mucho el brazo y se había negado
a tomar la morfina que el médico le había dejado. Harry le cortó una manga de
un pijama, la ayudó a ponerse un albornoz y a sentarse en una silla y la
envolvió en una manta. Se sentó frente a ella y jugaron un solitario doble.
En la
cofa, los dos vigías estaban en la segunda hora de su turno. Había una ligera
niebla sobre el horizonte, lo que Fred Fleet comentó a Reginald Lee, pero
ninguno de los dos pensó que fuera suficientemente importante para informar al
puente de mando. Las estrellas aún brillaban, y el mar seguía en calma. En
torno a las 22:30 horas, la fragata Californian había entrado
en la banquisa que se hallaba en la ruta del Titanic y decidió
detenerse y pasar allí la noche. El capitán pidió al operador de
radiotelegrafía que informara de la presencia de hielo a los barcos que se
encontraran en los alrededores. Poco antes de las once, Jack Phillips estaba
muy ocupado transmitiendo mensajes de los pasajeros cuando la llamada del Californian estalló
en sus auriculares: «Escuche, nos hemos detenido, estamos rodeados de hielo».
Phillips, agotado, respondió: « ¡No me moleste! ¡Cállese, estoy ocupado! Estoy
comunicando con cabo Race»[259]. El
operador del Californian oyó cómo Phillips se disculpaba con
cabo Race por la interrupción y pedía que le repitieran el último mensaje.
Veinte minutos más tarde, oyó que Phillips seguía enviando mensajes a
Terranova, así que a las 23:35 horas se quitó los auriculares, apagó el equipo
y se fue a dormir.
En el
puente de mando del Titanic, el cabo Robert Hichens estaba al timón
y Moody, el sexto oficial, se hallaba junto a él. Habían apagado todas las
luces del puente, de forma que podían ver con claridad a través de las
ventanas. El buque avanzaba a veintidós nudos y medio. De repente Fred Fleet
avistó una gran forma oscura justo delante de ellos. Solo podía ser una cosa.
Pasando por delante de Lee, se apresuró a tocar tres veces la campana de la
cofa. Luego cogió el teléfono y oyó que lo descolgaban en la cabina del timón.
— ¿Hay
alguien ahí? —preguntó Fleet.
—Sí
—contestó Moody—. ¿Qué has visto?
— ¡Un
iceberg justo delante![260]
Capítulo
12
La colisión
Domingo
14 de abril de 1912, 23:40 hora
La cara
blanquiazul de un acantilado surgió de repente de la oscuridad. El buque
avanzaba imparable con la proa dirigida directamente hacia él. Fred Fleet se
preparó para el choque. Luego, muy lentamente, el barco empezó a virar.
¿Lograrían esquivarlo? Fleet vio que la punta de la proa casi rozaba el hielo.
Pero entonces se produjo una vibrante sacudida en la banda de estribor. Grandes
pedazos de hielo cayeron sobre el pozo de cubierta. Fleet oyó un ruido
chirriante que venía de muy abajo cuando el iceberg arañó el casco por la banda
de estribor. No había pasado ni un minuto desde que vio por primera vez la
montaña de hielo.
En el
rellano de la escalera, William Sloper notó que el barco daba un leve bandazo
hacia estribor. Le recordó a un transbordador al chocar contra los tablones de
un embarcadero[261]. Dorothy
Gibson subió corriendo por la escalera y juntos se desplazaron a toda prisa al
paseo de la cubierta A. Inclinados sobre la borda, escudriñaron la oscuridad
estrellada y distinguieron una gran forma blanca que desaparecía tras la proa.
En la
sala de fumadores, Hugh Woolner sintió un crujido sordo bajo sus pies. Vio que
varios hombres se dirigían hacia la puerta del fondo y los siguió con rapidez.
Al alcanzar la cubierta de popa, oyó voces agitadas en el aire de la noche. Una
de ellas destacó en medio del clamor: « ¡Acaba de pasar un iceberg por la
proa!»[262]. Al poco
apareció Archie Butt con el resto de los hombres de su partida de cartas
—William Carter, Harry Widener y Clarence Moore—, y justo en ese momento los
motores se detuvieron. El desacostumbrado silencio enmudeció a todos. Algernon
Barkworth, juez de paz de Yorkshire, vio a W. T. Stead, quien le dijo que «un
iceberg se ha estampado contra la banda de estribor»[263]. Pronto
las palabras «iceberg» y «ningún motivo de preocupación» circularon de boca en
boca. Los hombres asentían, se encogían de hombros y volvían a la sala de
fumadores para seguir jugando a las cartas. William Carter, sin embargo, bajó a
su camarote de la cubierta B para ver cómo se encontraban su esposa y los dos
niños, que ya dormían. Hugh Woolner pensó en Helen Candee y decidió que debía
ir a verla. Frank Millet ocupó el lugar de Carter en la mesa de Archie para
continuar con la partida de whist.
Los
pasajeros que se encontraban en sus camarotes no notaron tanto la colisión.
Muchos se habían acostado y no sintieron más que una ligera sacudida
chirriante. Ella White estaba a punto de apagar la luz cuando le pareció como
si el barco se abriera paso a través de mil piezas de mármol[264]. A Lucy
Duff Gordon la despertó un estruendo que sonó como si una mano de gigante
jugara a los bolos debajo[265].
Madeleine Astor creyó que había habido un accidente en la cocina. René Harris
seguía jugando a las cartas con Harry y vio que los vestidos de su armario
abierto se balanceaban. Solo cuando los motores pararon, René, al igual que
muchos otros pasajeros, se dio cuenta de que había sucedido algo grave.
El
capitán Smith lo supo de inmediato y salió a toda prisa de su camarote, situado
detrás de la cabina del timonel.
— ¿Con
qué hemos chocado? —inquirió al llegar al puente de mando.
—Con un
iceberg, señor —respondió Murdoch, el primer oficial. Explicó que había
intentado maniobrar para esquivarlo, pero el iceberg estaba demasiado cerca.
—
¡Cierren las compuertas herméticas! —ordenó el capitán.
—Las
compuertas herméticas están cerradas, señor —respondió Murdoch[266].
En la
sala de calderas número 6, al fogonero Frederick Barrett le había salpicado un
chorro de agua que entraba por el casco a menos de un metro de donde se
encontraba[267]. Cuando
de repente la luz que pendía sobre la compuerta hermética de la sala empezó a
parpadear, tuvo que correr junto con otro hombre para alcanzar la salida antes
de que se cerrara, mientras un tercero trepaba por una escalerilla de
emergencia. Después de subir un piso, Barrett bajó la mirada hacia la sala de
calderas número 6 y vio que el agua ya había alcanzado ocho pies de altura.
En un
pequeño camarote de proa, una ruidosa vibración despertó al pasajero de tercera
clase Daniel Buckley. Saltó de la litera y notó que había agua bajo sus pies
descalzos. Sus tres compañeros de habitación, originarios del condado de Cork,
roncaban en sus literas y protestaron cuando los despertó. Buckley se vistió y
salió al pasillo, donde oyó a dos tripulantes gritar: «¡Todos a cubierta, si no
queréis ahogaros!»[268].
Mientras Buckley subía por las escaleras, los pasillos de tercera clase
empezaron a llenarse de viajeros que llevaban sus pertenencias hacia la proa.
En la
cubierta D, Lawrence Beesley, que leía tumbado en su litera, notó que el
movimiento danzarín de su colchón había cesado. Se puso un traje y unos zapatos
y salió al pasillo para subir por la escalera que llevaba a la cubierta
superior. Echó un vistazo al tranquilo mar negro y no le pareció que sucediera
nada, así que fue a la sala de fumadores de segunda clase y preguntó a algunos
jugadores de cartas si sabían qué había pasado. Le informaron de que el barco
había pasado junto a un iceberg que calculaban que debía de tener entre sesenta
y cien pies de altura. Uno dijo: «Apostaría a que el iceberg ha arañado un poco
la pintura del barco y el capitán no quiere seguir hasta que lo hayan
repintado». Otro señaló su vaso de whisky y comentó en broma: «Vamos a la
cubierta para ver si ha caído algo de hielo. Me gustaría coger un poco para el
whisky»[269]. Hubo
grandes risotadas y Beesley volvió a su camarote para reanudar su lectura, pero
al oír voces en el pasillo se puso una chaqueta de abrigo y volvió a la
cubierta superior, donde vio que el barco avanzaba con lentitud y distinguió
una suave espuma blanca que rompía contra la proa.
Muchos
relatos del hundimiento del Titanic no mencionan que el barco
reanudó la marcha después de chocar contra el iceberg, pero Lawrence Beesley no
fue la única persona a bordo que lo comentó. El cabo Alfred Oliver testificaría
que el capitán Smith ordenó poner los motores «a media marcha» poco después de
la colisión. En aquel momento, el capitán ya había mandado a Boxhall, el cuarto
oficial, a inspeccionar la parte inferior, lo que indica que probablemente
pensó que el barco tendría que llegar a Nueva York o Halifax con sus propios
motores y que podían navegar despacio. El buque avanzó como mínimo durante unos
diez minutos y probablemente se detuvo cuando Wilde, el oficial jefe, comunicó
a Smith que el pique de proa, un tanque con agua de lastre situado en la parte
inferior de la proa, tenía una vía de agua.
Bruce
Ismay se despertó en su camarote de lujo de la cubierta B poco después de la
colisión y se quedó en la cama preguntándose por qué el barco se había parado.
Al principio pensó que habían perdido una pala de una hélice. Salió al
vestíbulo en pijama y preguntó a un camarero: «¿Qué ha pasado?». El camarero
contestó que no lo sabía, así que Ismay se puso un abrigo y unas zapatillas y
subió al puente.
—Hemos
topado con hielo —explicó Smith.
— ¿Cree
que el barco ha sufrido daños irreparables? —preguntó Ismay.
—Me temo
que sí —respondió aquel[270].
Ismay
regresó a la escalinata, donde se encontró con Bell, el ingeniero jefe, y le
preguntó si creía que los desperfectos eran muy graves. Bell respondió que eso
parecía, pero que pensaba que las bombas mantendrían el barco a flote. Sin duda
también Smith lo creía, ya que, de otro modo, no hubiera dado la orden de
avanzar a media marcha.
Al filo
de la medianoche, Boxhall, el cuarto oficial, volvió al puente tras una breve
inspección que lo llevó hasta la cubierta F y le dijo al capitán que no había
visto nada anormal. Smith le ordenó que buscara al carpintero para que
examinara la nave. Boxhall se encontraba en la escalera que llevaba a la
cubierta A cuando se topó con el carpintero. «El barco hace agua», le comunicó
este casi sin aliento. Boxhall le indicó que se lo dijera al capitán y continuó
bajando la escalera hasta que se encontró con un encargado del correo que
anunció: «La sala del correo se está llenando muy rápido». Boxhall replicó:
«Vaya a decírselo al capitán, yo bajaré a ver»[271].
Cuando el
cuarto oficial entró en la oficina de correos, en la cubierta G, los empleados
estaban sacando apresuradamente montones de cartas de los estantes. Al mirar el
almacén que había más abajo, vio sacas que flotaban en el agua. Cuando Boxhall
informó de ello al puente, el capitán dio la orden de destapar los botes
salvavidas, y bajó a ver los daños con sus propios ojos. El constructor del
barco, Thomas Andrews, ya estaba inspeccionando las cubiertas inferiores[272]. Fue a
la oficina de correos y envió enseguida a un empleado a buscar al capitán. El
empleado corrió por los pasillos y volvió con el capitán Smith y el sobrecargo
McElroy. Cuando los tres hubieron visto los daños, alguien oyó cómo Andrews le
decía a Smith: «Bueno, capitán, tres están rotos». Andrews se refería sin duda
a tres de los mamparos que dividían el barco en los compartimentos estancos a
los que el Titanic debía su reputación de insumergible. Sin
embargo, si solo se habían inundado tres compartimentos, había una posibilidad
de que las bombas funcionaran. El capitán regresó al puente y dio orden de que
las mujeres y los niños subieran a cubierta con los salvavidas. Thomas Andrews,
entretanto, continuaba su inspección.
Sobre las
00:25 horas, William Sloper vio a Andrews subir corriendo por la escalera con
semblante de profunda preocupación. El constructor del barco pasó junto a
Dorothy Gibson, quien lo agarró del brazo y le preguntó qué había sucedido.
Andrews se limitó a apartar a la muchacha más bonita del buque y siguió
subiendo los escalones de tres en tres. Acababa de descubrir que en otros dos
compartimentos estancos se habían abierto brechas. Andrews era consciente de la
gravedad de la situación. El mamparo situado entre los compartimentos quinto y
sexto se alzaba solo a la altura de la cubierta E. A medida que el buque se
inclinara hacia la proa, el agua pasaría al siguiente compartimento, y luego al
otro, hasta que el barco inevitablemente se hundiera. Mientras dibujaba los
planos en Harland and Wolff, nunca había imaginado una eventualidad semejante.
Andrews informó al capitán de que al barco le quedaba una hora de vida, como
mucho una hora y media. Smith pidió de inmediato al cuarto oficial, Boxhall,
que calculara la posición del transatlántico y la comunicara a la sala Marconi
para que enviaran la señal de socorro. También dio órdenes de reunir a los
pasajeros y a la tripulación.
Momentos
después de que Andrews pasara a toda prisa por su lado, William Sloper oyó a un
camarero anunciar: «El capitán dice que todos los pasajeros se abriguen bien,
cojan sus salvavidas y suban a la cubierta superior»[273]. Quedó
en reunirse con Dorothy y la madre de esta al cabo de pocos minutos y corrió a
su camarote. Sacó el salvavidas del estante superior y al salir al pasillo oyó
a alguien exclamar en un camarote cercano: « ¿Qué ha pasado?». Era Hugo Ross,
el enfermo de los solteros canadienses a quienes Sloper apodara Los Tres
Mosqueteros en el Franconia. Entró en la habitación de Ross y trató
de tranquilizarle diciendo que no creía que el barco tuviera ningún problema
grave. El comandante Peuchen ya había hablado a Ross del iceberg cuando le
visitó poco después de la colisión.
A las
23:40 horas, mientras se preparaba para meterse en la cama, Peuchen había
sentido temblar el barco por efecto de lo que le pareció una gran ola. Tras
subir a la cubierta A y observar que había hielo sobre la borda, decidió
informar a Hugo Ross, quien al parecer le dijo: «Hace falta algo más que un
iceberg para que yo me levante de la cama»[274]. El
comandante llamó entonces con los nudillos a la puerta de Harry Molson, pero
este no estaba en su camarote. Al poco, Peuchen vio a otro conocido canadiense,
Charles Hays, que caminaba con su yerno por la cubierta C, y le preguntó si
había visto el hielo. Hays respondió que no, de modo que Peuchen llevó a los
dos hombres a la cubierta de paseo A para enseñárselo. Allí, notó una
diferencia respecto a su última visita. «Vaya, está escorado —le dijo a Hays—.
No debería, el mar está en calma y el barco se ha parado». El presidente de los
ferrocarriles no le dio importancia. «Este barco no se puede hundir —replicó—.
No importa con qué hayamos chocado, aguantará entre ocho y diez horas»[275].
Archibald
Gracie también se encontraba en la cubierta de paseo aproximadamente a esa
hora, pero no notó que el barco escorara. Se había despertado después de la
colisión y, al oír el ruido del vapor que atravesaba los conductos de aire,
decidió investigar qué pasaba. Subió a la cubierta superior, que encontró
desierta, y bajó después a la cubierta A, donde se asomó por la barandilla, sin
ver nada anormal. Al regresar a la escalera, vio que Bruce Ismay subía
corriendo en compañía de un tripulante. Ismay llevaba entonces un traje de
calle y a Gracie le pareció preocupado, pero no alarmado. Gracie se topó luego
con su amigo James Clinch Smith y varios pasajeros más en el rellano de la
escalera de la cubierta B. Smith abrió la mano para mostrarle un trozo de hielo,
plano y ligeramente redondeado, como un reloj de bolsillo, y le dijo con sorna
que se lo llevara a casa de recuerdo[276]. También
le dijo que había oído hablar de la colisión y le explicó que alguien que había
salido a toda prisa de la sala de fumadores para ver el iceberg afirmó que este
se elevaba por encima de la cubierta A. Gracie se enteró asimismo de que los
empleados de correos estaban sacando las sacas del almacén. Al poco, el rellano
de la escalera se inclinó y Gracie y Smith decidieron volver a sus camarotes
para reencontrarse más tarde.
El
comandante Peuchen se encontraba cerca del vestíbulo de la escalera de la
cubierta A en torno a las 00:25 horas, cuando un grupo de gente con expresión
muy preocupada bajó de la cubierta superior, entre ellos el Mosquetero Thomson
Beattie. «Han dado orden de hacer uso de los salvavidas y los botes de
salvamento», le dijo Beattie. Peuchen estaba desconcertado. «¿Puede avisar
usted a Hugo Ross?», preguntó. Beattie respondió que lo haría[277]. Peuchen
regresó a su camarote de la cubierta C y empezó a quitarse el traje de
etiqueta. Se puso ropa interior gruesa, dos pares de calcetines y un jersey de
invierno, su abrigo y el chaleco salvavidas. Antes de abandonar su pequeño
camarote, echó una mirada a una caja de hojalata que contenía diversas joyas y
doscientos diecisiete mil dólares en acciones y bonos. Decidió que no era el
momento de ocuparse de las cosas de valor y salió. El pasillo estaba lleno de
pasajeros con chalecos salvavidas. Algunas mujeres lloraban. Unas cuantas
llevaban solamente vestidos de noche o quimonos, y les aconsejaron que se
abrigaran más. Peuchen dio media vuelta y regresó a su habitación. Encontró su
alfiler de corbata favorito, se metió tres naranjas en el bolsillo y volvió a
la escalera.
Nadie
tuvo que decirle a Margaret Brown que se abrigara. En cuanto oyó la orden de
ponerse los salvavidas, se enfundó varios pares de medias de lana debajo de un
vestido de terciopelo negro con solapas de seda blanca, se colocó un gorro de
seda en la cabeza y se envolvió en un abrigo de piel de marta cibelina. En su
camarote encontró dos salvavidas y decidió llevárselos, los dos. Antes de salir
cogió la figurilla funeraria comprada en Egipto que supuestamente daba buena
suerte y se la metió en el bolsillo. Cuando llegó al vestíbulo de la escalera
de la cubierta A, su compañera de viaje Emma Bucknell se acercó a ella. «¿No te
dije que algo iba a pasar?», le susurró nerviosa, recordando la conversación
que habían tenido en el Nomadic[278].
Edith
Rosenbaum, quien en el transbordador había tenido premoniciones que ahora se
revelaban certeras, estaba sorprendentemente tranquila. Había subido a la
cubierta superior antes de medianoche y visto pedazos de hielo, pero cuando le
dijeron que no había motivo para preocuparse, volvió a su camarote. Estaba a
punto de acostarse de nuevo cuando un miembro de la tripulación llamó a su
puerta y le anunció que todos los pasajeros debían ponerse los salvavidas.
— ¿Para
qué? —preguntó Edith.
—Es una
orden —replicó él, y se marchó[279].
Edith
recogió su ropa y sus joyas y ordenó la habitación para dejarla presentable.
Cerró con llave todos sus baúles, corrió las cortinas, se puso un grueso abrigo
de pieles y abandonó el camarote sin llevarse el salvavidas. Cuando se encontró
con su camarero de habitación, Robert Wareham, le preguntó si pensaba que había
realmente algún peligro o si la orden de coger los salvavidas se daba
simplemente porque lo mandaba el reglamento. El camarero contestó que las
órdenes se referían a los salvavidas y a los botes de salvamento y que él
suponía que remolcarían el barco hasta Halifax. Edith sacó las llaves de sus
baúles y se los entregó para que las franqueara para ella en la aduana.
—Bueno,
yo en su lugar les daría un beso de despedida a esos baúles —dijo él.
— ¿Cree
que el barco se va a hundir? —preguntó Edith con un ligero sobresalto.
—Nadie
cree nada; esperemos a ver qué ocurre —respondió el camarero, más circunspecto.
De camino
al salón, Edith pasó ante la puerta abierta del camarote de un conocido suyo
llamado Robert Daniel, un joven banquero de una vieja familia de Virginia.
Daniel había comprado un bulldog francés en Inglaterra llamado Gamin de
Pycombe, al que Edith encontró gimiendo en el interior. Metió al perro bajo el
cubrecama, le acarició la cabeza y se marchó.
Norris
Williams y su padre también decidieron subir a cubierta cuando les despertó la
colisión, y también ellos observaron que el barco avanzaba a media marcha. Tras
regresar a sus camarotes para ponerse los abrigos de pieles y los salvavidas,
vieron que un camarero trataba de abrir la puerta atascada de un camarote de la
cubierta C. Desoyendo las protestas del sirviente, Norris apoyó el hombro en la
puerta y la abrió de un empujón, para alivio del hombre que se encontraba
dentro. Cuando se marchaba, Norris oyó exclamar al camarero: «¡Tendré que
denunciarle por daños a la propiedad de la compañía!»[280].
Poco
después de las 00:30 horas, el pasajero de tercera Daniel Buckley vio que un
hombre daba patadas a una puerta de hierro cerrada en lo alto de una escalera
de proa. La puerta estaba abierta antes, cuando Buckley la había cruzado para
subir a la cubierta B[281]. Allí
había visto a pasajeros de primera clase que se ponían los salvavidas, y pensó
que lo mejor sería ir a buscar el suyo. Abriéndose camino a empujones entre una
multitud de pasajeros de tercera que subían, Buckley llegó al pasillo de su
cabina y lo encontró inundado. Mientras subía de nuevo para volver a la
cubierta B, Buckley oyó el alboroto que se produjo cuando un tripulante empujó
escaleras abajo a un pasajero de tercera y cerró la puerta, vedándoles el paso
a la cubierta de primera clase. El furioso pasajero de tercera se levantó,
destrozó la puerta cerrada con llave y se fue corriendo a buscar al tripulante.
Más tarde le contó a Buckley que, de haber dado con él, lo hubiera arrojado por
la borda.
Mientras
tanto, Thomas Andrews recorría los pasillos de primera para asegurarse de que
los camareros sacaban a los pasajeros de sus cabinas. Vio a la camarera May
Sloan, una conocida de Belfast, llamando a las puertas y le dijo que se
cerciorara de que todos los pasajeros se ponían los salvavidas, tras lo cual
añadió que debía encontrar uno para ella y subir pronto a cubierta. Su cara,
pensó Sloan, «era la de una persona descorazonada»[282].
Sobre las
00:35 horas, William Sloper se reunió con sus compañeros de bridge, Dorothy
Gibson, la madre de esta y Frederic Seward, en el vestíbulo de la escalera de
la cubierta A. Los cuatro subieron a la cubierta superior pasando junto al
elegante reloj de pared, colocado al lado de un relieve que representaba el
Honor y la Gloria coronando el Tiempo. En la helada cubierta superior, donde se
hallaban los botes salvavidas, oyeron el bramido ensordecedor del vapor que
salía de los tubos que recorrían los lados de las tres chimeneas delanteras. El
ruido hacía imposible la conversación, e incluso a Jack Phillips, el operador
de la sala Marconi, le costaba oír las respuestas a sus llamadas de socorro.
Poco
después de la colisión, el capitán Smith había entrado en la sala de
radiotelegrafía, donde le dijo al operador Jack Phillips que el barco había
chocado contra un iceberg y que estuviera pendiente por si le pedían que
enviara llamadas de socorro. Imperturbable al parecer, Phillips continuó
mandando sus mensajes a cabo Race y, cuando Harold Bride llegó para empezar su
turno a medianoche, le dijo con toda tranquilidad que el barco tal vez tendría
que volver a Belfast para que lo repararan. Cuando regresó el capitán, sobre
las 00:25 horas, Phillips salió del dormitorio.
—Será
mejor que pida ayuda —anunció Smith con severidad.
— ¿Quiere
que envíe una señal de socorro?
—Sí,
enseguida —respondió el capitán, y se marchó[283].
Phillips
cogió el papelito en el que el cuarto oficial, Boxhall, había anotado la
posición del Titanic y empezó a transmitir la señal de socorro
CQD, que repitió seis veces, seguida de MGY, el indicativo del Titanic.
Envió a continuación este mensaje: «Hemos chocado con un iceberg. Graves
daños, Titanic. Posición 41°, 44’ N, 50° 24’ W»[284].
Unos
cinco minutos después, el capitán volvió a la sala Marconi.
— ¿Qué
está enviando? —preguntó.
—CQD
—contestó Phillips.
—Envíe
SOS —interrumpió Harold Bride—. Es la nueva señal, y puede que esta sea su
última oportunidad de enviarla[285].
Los tres
se rieron, y Phillips empezó a transmitir tanto la señal SOS como la CQD[286]. Aunque
SOS era sin duda una señal nueva, no era, como se ha afirmado con frecuencia,
la primera vez que un barco en apuros la usaba[287].
Mientras
Phillips estaba alerta por si llegaba alguna respuesta, en la banda de estribor
ya habían sacado los primeros botes salvavidas. Cuando el bote salvavidas
número 7 se situó a la altura de la cubierta, el primer oficial, Murdoch, y el
quinto, Lowe, llamaron a las mujeres para que subieran en primer lugar, pero
muy pocas lo hicieron. William Sloper y sus compañeros de bridge estaban en un
grupo de pasajeros que, para calentarse, se apiñaban contra una pared cerca de
la puerta. La multitud avanzó hacia el bote salvavidas, pero la mayoría se
resistió y volvió atrás. Murdoch gritó que el bote era absolutamente seguro, ya
que el mar estaba muy calmo. Añadió que, una vez evaluados los daños,
embarcarían de nuevo en el buque. Pero no muchos querían abandonar el calor y
la seguridad del barco por una gélida excursión en un pequeño bote abierto.
Sin
embargo Dorothy Gibson estaba segura de que el Titanic se iba
a hundir y repetía histérica: « ¡Nunca volveré a conducir mi pequeño coche
gris!»[288]. William
Sloper trató de calmar a la muchacha más hermosa y la ayudó a subir a la proa
del bote salvavidas número 7, mientras Frederic Seward colocaba a la madre de
Dorothy en un asiento cercano. Dorothy agarró la mano de Sloper e insistió en
que él también subiera. Murdoch asintió, Sloper y Seward se metieron en el
bote. Sloper escribió con posterioridad que estuvieron diez minutos mirando las
caras de incertidumbre de los pasajeros que se quedaron en cubierta.
Helen
Bishop, la joven recién casada de Dowagiac (Michigan), afirmó que a ella y a su
marido, Dickinson, los empujaron al bote número 7 después de que un oficial la
cogiera del brazo y le dijera que estuviera muy tranquila. Helen había dejado
de mala gana a su perro faldero Frou Frou en la habitación, aunque el animal le
tiraba del dobladillo de la falda mientras ella se ponía el salvavidas.
Pensando que resultaría inapropiado llevarse a su mascota, Helen cerró la
puerta del camarote entre los agudos ladridos del animalito. Pero había otra
mujer que no iría a ninguna parte sin su pomerania. La neoyorquina Margaret
Hays, de veinticuatro años, se había llevado a su perrito a un viaje por Europa
con una amiga del colegio y su madre. Cuando las tres mujeres decidieron
vestirse y subir a la cubierta superior, Margaret envolvió a su mascota en una
manta y se la llevó consigo. Cerca de la escalera de la cubierta C las saludó
Gilbert Tucker, un joven director de una revista y escritor de Albany (Nueva
York), que se había enamorado perdidamente de Margaret. Tucker sostenía tres
salvavidas y procedió a ayudar a Margaret y las otras dos a ponérselos. Cuando
Jim Smith pasó por allí y los vio, dijo con sorna: «Vaya, supongo que también
deberíamos ponerle un salvavidas al perrito, ¿no?»[289]. Tucker
y las tres mujeres se dirigieron a la cubierta superior, donde a los cuatro,
con el perrito, se les permitió subir al bote salvavidas número 7.
« ¿Alguna
dama más?», gritó Murdoch a través de su megáfono[290]. Al no
acercarse ninguna, el escultor Paul Chevré y los otros dos franceses con los
que había jugado a las cartas avanzaron y pudieron subir. El bote salvavidas
número 7 acogía en ese momento a más de treinta pasajeros, aproximadamente la
mitad de su capacidad, de sesenta y cinco. A las 00:40 horas, Murdoch ordenó
que se soltaran las sogas enrolladas en las bitas de hierro de la cubierta y se
hiciera descender el primer bote salvavidas del Titanic[291].
Mientras
sacaban el siguiente bote de proa, el 5, el tercer oficial, Herbert Pitman,
notó la facilidad con que funcionaban los pescantes, en comparación con los que
había usado en otros barcos. Bert Pitman, de treinta y cuatro años, hijo de un
granjero de Somerset, había trabajado en barcos desde los dieciocho años. Los
nuevos pescantes Welin del Titanic eran sin duda muy modernos
y estaban equipados para sostener varios botes, no solo uno como ocurría en el
transatlántico. Pero ciertas regulaciones desfasadas de la Oficina Británica de
Comercio estipulaban que un barco del tamaño del Titanic, con
cabida para 3511 personas, solo necesitaba dieciséis botes salvavidas, en los
que cabían un total de 962 pasajeros. De hecho la White Star había ido más allá
de lo que establecía el reglamento incorporando cuatro botes con costados de
lona plegables, de modo que había espacio para un total de 1.178 pasajeros.
Pero, aun estando llenos todos los botes del Titanic, solo podían
albergar a poco más de la mitad de las 2.209 personas a bordo. Nadie había
imaginado una situación en la que un barco tan seguro tendría que ser evacuado
por completo antes de que llegara la ayuda.
Pitman
pensó que bajar los botes era más que nada una medida de precaución. Por eso se
sorprendió cuando un hombre alto y con bigote se acercó a hablar con él
mientras destapaba el bote salvavidas número 5 y le anunció con expresión
funesta: «No hay tiempo que perder»[292]. Cuando
el bote estaba listo para embarcar, el hombre alto volvió y le dijo a Pitman
que lo llenara inmediatamente de mujeres y niños. Pitman replicó secamente que
él recibía órdenes del capitán. Cuando el hombre se alejó, el tercer oficial se
dio cuenta de que tal vez acabara de desairar a J. Bruce Ismay. Corrió hacia el
puente y le dijo al capitán Smith que un hombre que sospechaba que podía ser
Bruce Ismay le había dicho que llenara el bote.
—Adelante,
continúe —replicó Smith con calma.
—Vamos,
señoras —gritó Pitman al volver al bote salvavidas número 5 y subirse a él.
Bruce
Ismay se acercó a Karl Behr, que estaba con Helen Newsom, su madre y su
padrastro, y les rogó que también subieran.
—¿Pueden
venir también los hombres? —preguntó la madre de Helen, Sallie Beckwith.
—Por
supuesto, señora, todos ustedes —respondió Ismay[293].
Karl Behr
ayudó a los Beckwith y a Helen Newsom a subirse al bote junto con sus amigos,
los Kimball de Boston, y luego subió él. Henry y Annie Stengel, una pareja de
mediana edad de Newark (Nueva Jersey), también se acercaron. Henry acomodó a su
esposa en el bote, pero se apartó cuando Pitman dijo que estaba lleno. El
doctor Henry Frauenthal, el ortopeda de Nueva York que había tratado el brazo
de René Harris aquella misma noche, acompañó a su mujer, Clara, para que
subiera al bote salvavidas y se quedó en cubierta con su hermano Isaac. Hacía
solo dos semanas, Isaac había sido testigo de la boda de Henry y Clara en Niza.
Cuando en
el bote salvavidas número 5 había casi cuarenta personas, el primer oficial,
Murdoch, se aproximó y le dijo a Pitman: «Vaya usted en este bote y quédese
cerca de la pasarela de popa»[294]. Murdoch
le dio la mano y le deseó buena suerte. Cuando Pitman gritó «¡Bote al agua!»,
Bruce Ismay repitió la orden y empezó a exclamar «¡Bote al agua! ¡Bote al
agua!» mientras hacía un movimiento circular con un brazo.
— ¡Si se
larga de aquí de una puñetera vez, podré hacer algo! —gritó indignado el quinto
oficial, Lowe, con su acento galés—. ¿Quiere que eche el bote al agua deprisa?
¿Quiere que ahogue a todos los pasajeros?[295]
Como
antes Pitman, Lowe no tenía ni idea de quién era ese entrometido.
Cuando el
escarmentado Ismay se marchó, el bote salvavidas emprendió su descenso. Justo
en ese momento Henry Frauenthal saltó a su interior, seguido por su hermano
Isaac. Según Annie Stengel, el corpulento «médico hebreo» aterrizó encima de
ella, dejándola inconsciente del golpe y dislocándole dos costillas[296].
Mientras el bote 5 continuaba su descenso, se lanzó al cielo la primera bengala
de socorro, que explotó sobre la chimenea delantera con una lluvia de estrellas
acompañada de un fuerte estrépito. El ruido alarmó a muchos de los pasajeros
que se hallaban en cubierta.
—No
lanzarían esa bengala si no fuera el final —comentó Emily Ryerson a su marido.
— ¿No
oyes cómo toca la orquesta? —dijo él, tratando de tranquilizarla[297].
La
orquesta del barco, que había empezado a tocar en el salón, se trasladó a la
entrada de la cubierta superior para interpretar alegres melodías de ragtime que
se esparcían por el aire. La música era tranquilizadora, al igual que la vista
de las luces del mástil de otro barco por la popa, pues daba la impresión de
que la ayuda por fin llegaba.
No hay
duda de que las luces del Californian parecían muy cercanas,
pero el vapor no respondía a las llamadas de socorro del Titanic,
ya que su radiotelegrafista había apagado el equipo y se había ido a la cama
hacía más de una hora, después de que Jack Phillips le dijera: «¡Cállate!».
Boxhall, el cuarto oficial, trató de indicar la posición del barco con una
lámpara morse, pero no recibió respuesta. Se sintió aliviado cuando el cabo
Rowe llegó con más bengalas. Seguro que el barco las vería y se acercaría.
«Lance una cada cinco o seis minutos», ordenó el capitán Smith[298]. Boxhall
continuó haciendo señales luminosas con la lámpara entre los estallidos de las
bengalas.
Mientras
tanto, Frank Millet, Archie Butt, Clarence Brown y un cuarto hombre cuya
identidad se desconoce continuaban su partida de cartas en la sala de
fumadores, aparentemente ajenos a cuanto sucedía a su alrededor. A las 00:30
horas, el camarero de la sala de fumadores anunció: «Caballeros, el accidente
parece grave. Están bajando los botes para las mujeres y los niños»[299]. En ese
momento, hasta los jugadores profesionales abandonaron la habitación, pero,
cuando Archibald Gracie entró a mirar diez minutos más tarde, vio que la mesa
de Archie seguía ocupada. Le pareció «que querían mostrar una indiferencia
total ante el peligro y que, si les decía lo grave que juzgaba yo la situación,
se iban a reír de mí»[300]. Sin
embargo, sobre las 00:45 horas un camarero, Fred Ray, los vio salir de la sala
de fumadores. Fue tal vez entonces, al ver a los pasajeros reunidos y con los
salvavidas puestos y notar la inclinación del suelo, cuando Archie y Frank por
fin se dieron cuenta de lo grave que era la situación. En el vestíbulo de la
escalera de la cubierta A, Marian Thayer vio que Archie caminaba hacia la
escalera con lo que ella llamó «una mirada extraña, como si no viera nada». La
mujer le tiró del abrigo y dijo:
—Comandante
Butt, comandante Butt, ¿adónde va? Venga conmigo.
—Antes
tengo que hacer una cosa, pero luego me reuniré con usted —respondió Archie
distraído, y bajó a su camarote.
«Va a por
sus cartas», pensó Marian Thayer[301].
Durante
la cena, Archie le había hablado de cuánto valoraba sus cartas, pero es
probable que fueran las comunicaciones oficiales dirigidas al presidente Taft
lo que más le preocupaba. Una vez en su camarote, o bien destruyó las cartas
del Papa y de varios embajadores de Estados Unidos, o bien decidió metérselas
en la casaca. Puede que Archie se quitara entonces el uniforme de gala que
probablemente llevó en la cena para ponerse el uniforme de diario. Frank Millet
decidió no cambiarse, pero añadió al traje de etiqueta un chaleco gris de lana
que le había hecho Lily. Se puso un abrigo y bajó el salvavidas de lo alto del
armario.
Más tarde
vieron a un tranquilo Archie Butt en la banda de popa de la cubierta superior,
donde estaban bajando el bote 3. En ese bote iban Daisy y Frederic Spedden; su
hijo pequeño, Douglas; la niñera, Elizabeth Burns, y la criada de Daisy.
Douglas dormía en el regazo de la señorita Burns, apretando contra el pecho su
oso polar de peluche. La señorita B. le había despertado un rato antes para
decirle que iban «a mirar las estrellas»[302]. Cerca
de ellos estaba sentado Henry Sleeper Harper, quien acunaba a Sun Yat–Sen, el
pequeño pequinés marrón. Harper había visto cómo el iceberg rozaba el casco por
el ojo de buey de su camarote y, pese a las objeciones de su esposa, Myra,
insistió en que ambos se vistieran y subieran deprisa a cubierta. La larga
espera para meterse en un bote le pareció interminable a Harper, quien había
pasado casi todo el viaje en la cama con amigdalitis. Con posterioridad,
explicó que la espera había sido «como un estúpido picnic donde no conoces a
nadie y te preguntas cuándo podrás irte de un sitio tan aburrido»[303]. Pero la
«aburrida» espera salvó la vida a Harper y a su guapo sirviente egipcio, Hamad
Hassab. Thomas Cardeza también subió al bote con su criado después de que su
madre, Charlotte, embarcara con su doncella. Creyendo sin duda que se trataba
de una medida provisional, la señora Cardeza dejó en el buque su joyero, con su
fabuloso contenido.
El bote
salvavidas 3 comenzó a descender a las 00:55 horas con treinta y dos personas a
bordo, de las cuales diecisiete eran hombres. El presidente de los
ferrocarriles Charles Hays estaba en cubierta con una colilla de puro entre los
dientes cuando su mujer, Clara, su hija casada, Orian Davidson, y la criada
francocanadiense de la primera desaparecieron de la vista. Le había dicho a
Orian: «Tú y mamá id primero; los demás esperaremos aquí hasta la mañana»[304]. Orian
estaba tan tranquila por la seguridad que mostraba su padre que ni siquiera
pensó en darle un beso de despedida, como tampoco a su marido, Thornton. El
bote empezó a bajar dando bandazos, ya que a los dos tripulantes que manejaban
los cabos les costaba coordinar el descenso. Hubo un momento en que Daisy
Spedden creyó que caerían todos al mar. «Al final los cabos se movieron al
mismo tiempo y nos aproximamos cada vez más al agua negra y aceitosa —recordó
otra pasajera, Elisabeth Shutes—. Lo que deseábamos todos en primer lugar
—continuó— era permanecer cerca del Titanic. Nos sentíamos mucho
más seguros cerca del barco. Un barco como aquel no podía hundirse»[305].
Capítulo
13
A los botes salvavidas
Lunes 15
de abril de 1912, 00:55 horas
Cuando se
aproximaba la una de la madrugada, Lightoller, el segundo oficial, se sentía
frustrado. A pesar de sus esfuerzos, aún no habían bajado ninguno de los botes
de babor. Media hora antes, había conseguido que sacaran y arriaran el bote 4,
aunque Wilde, el oficial jefe, le había dicho dos veces que esperara. En ambas
ocasiones, Lightoller se saltó el orden jerárquico y acudió directamente al
capitán Smith para que le diera su autorización. El capitán propuso que bajaran
el bote 4 hasta la cubierta A, porque pensaba que los pasajeros podrían
embarcar más fácilmente desde allí. Sin embargo, un miembro de la tripulación
acababa de informar de que las ventanas de la cubierta A estaban cerradas.
(Smith probablemente olvidó que, a diferencia del Olympic, el Titanic tenía
un paseo de proa acristalado). Lightoller mandó abrir las ventanas y llamar a
los pasajeros enviados a esa cubierta.
Mientras
tanto, se trasladó a la banda de popa para preparar los botes salvavidas 6 y 8
y ordenó que sacaran de ellos mástiles y velas. Justo en ese momento cesó el
estruendoso ruido del vapor, y Lightoller no pudo evitar cierto sobresalto al
oír su propia voz. Arthur Peuchen oyó la orden y, siempre dispuesto a ayudar
con los botes, saltó para cortar las ataduras y dejar los mástiles sobre la
cubierta. Luego llamaron a las mujeres y los niños. La orden de «solo mujeres y
niños» se aplicó de forma más estricta aquí que en la banda de estribor, donde
dejaban que los hombres subieran a los botes. Cuando de repente apareció una
multitud de mugrientos fogoneros y bomberos con sus petates a cuestas, Wilde,
el oficial jefe, se vio empujado a actuar. «¡Eh, vosotros, id abajo! ¡Id todos
abajo!», bramó severamente con su acento de Liverpool[306]. Al
comandante Peuchen le causó gran impresión la actitud autoritaria de Wilde
cuando este expulsó a los hombres de la cubierta, y le pareció «una actuación
espléndida»[307].
A Helen
Candee, en cambio, no la impresionó tanto y se compadeció de los fogoneros, a
quienes describiría con posterioridad como un grupo de héroes desconocidos que
aceptaron su destino sin rechistar. Compartía la espera junto al bote
salvavidas 6 con Hugh Woolner, quien permanecía a su lado desde que había ido a
buscarla a su camarote tras la colisión. Ambos habían caminado por la cubierta
superior entre el rugido de los conductos de ventilación y notado que el barco
se inclinaba a estribor. Para escapar del frío y el ruido, entraron en el
salón, donde un joven se les acercó con algo en la mano. «¿Un poco de
iceberg?», dijo con una sonrisa mientras depositaba un trozo de hielo en la
palma de la mano de Helen[308]. El
hielo enfrió enseguida los dedos de Helen y Woolner lo tiró, le frotó la mano y
la mantuvo apretada en la suya.
—¿Por qué
estamos tan tranquilos? —preguntó ella.
—Somos
anglosajones —respondió él[309].
Cuando se
dio la orden de ir a por los salvavidas, «aquellos dos» volvieron a sus
habitaciones para subir luego juntos a la cubierta superior en compañía del
joven amigo sueco de Woolner, Mauritz Björnström–Steffansson. En la escalera se
toparon con otro miembro de la pandilla, Edward Kent, quien dijo a Helen que
había estado buscándola. Aquello conmovió a la señora Candee, quien regaló al
arquitecto dos recuerdos de familia para que los guardara bien: un pequeño
frasco de plata con el timbre de los Churchill[310] grabado
y un camafeo de marfil de su madre[311].
Mientras
esperaba junto al bote 6, Helen se puso nerviosa al pensar que tendría que
bajar al bote salvavidas. Cuando finalmente lo hizo, con gran esfuerzo, uno de
sus lujosamente calzados pies quedó atrapado entre dos remos que reposaban
sobre la borda. Perdió el equilibrio y se torció un tobillo, que se fracturó.
Hizo una mueca de dolor, pero no quiso que nadie supiera lo que acababa de
pasarle, así que se cubrió estoicamente con la manta de barco que le alcanzó
Woolner.
Quigg
Baxter, el joven de Montreal, acudió pronto al bote 6 con su madre, Hélène, en
brazos. La dejó en el bote y ayudó a su hermana Zette a sentarse junto a ella.
Luego fue a buscar a su novia, Berthe Mayné, quien apareció con escarpines y un
largo abrigo de lana que se había puesto encima del vestido de noche. Al
enterarse de que Quigg no iría con ella, la artista belga se puso muy nerviosa
y se negó a subir al bote. Margaret Brown intervino e intentó tranquilizarla,
pero Berthe insistió en que tenía que volver a su camarote a por su dinero y
sus joyas[312]. La
señora Brown la convenció de que el traslado a los botes no era más que una
medida de precaución y que los pasajeros pronto podrían regresar al barco. Así
pues, Quigg ayudó a una tranquilizada Berthe a subir al bote y la presentó a su
madre y hermana, que se quedaron perplejas. Luego sacó una petaca de plata con
brandy, tomó un sorbo y se la pasó a su madre, quien enseguida le regañó por
beber[313].
Margaret
Brown vio poco después a su amiga Emma Bucknell sentada cerca de la popa del
siguiente bote, el 8, y fue a hablar con ella. La señora Bucknell estaba con su
doncella italiana, Albina Bazzani. Ellen Bird, la criada inglesa de Ida Straus,
también se hallaba a bordo, a diferencia de su señora, quien la había seguido
hasta el bote salvavidas, pero que tras poner un pie en la borda se detuvo de
repente. Dio media vuelta y regresó con su marido, diciendo: «Hemos vivido
juntos muchos años, así que iré a donde tú vayas»[314]. Hugh
Woolner comentó a Isidor Straus: «Estoy seguro de que nadie pondrá objeciones a
que suba un anciano caballero como usted. Parece que hay sitio en el bote».
Straus replicó con firmeza: «No subiré antes que el resto de los hombres»[315]. La
anciana pareja se alejó cogida del brazo.
En el
bote 8 se hallaba asimismo la audaz Ella White junto con su criada y su
compañera, Marie Young. Mientras esperaban en el bote, la señora White no
paraba de agitar en el aire su bastón de ópera, que tenía una luz eléctrica en
la empuñadura. La luz molestaba a Lightoller, quien mandó decir a la señora
White que, si no lo apagaba, arrojaría «ese maldito trasto por la borda»[316].
—¿Alguna
dama más? —preguntó el capitán Smith junto al bote 8. Al no acudir ninguna,
ordenó a Thomas Jones, el marinero que estaba al mando, que remaran hacia la
luz del barco que se encontraba cerca del Titanic, desembarcaran a
los pasajeros y volvieran a por más. El bote inició su descenso a la una de la
madrugada con veintidós mujeres y tres tripulantes. Lightoller sintió alivio al
ver que no estaban ocupadas sus sesenta y cinco plazas, porque temía que los pescantes
no soportaran el peso. Pensó que podrían embarcar algunas de las mujeres que
aguardaban junto a las puertas de las pasarelas inferiores, de modo que envió a
dos tripulantes a abrirlas, pero estos no volvieron.
Una vez
que el bote 8 se hubo alejado, Lightoller se dirigió al número 6. Cuando
empezaron a bajarlo, sobre las 1:10 horas, un hombre cogió del brazo a Margaret
Brown, le dijo «¡Usted también va!» y la empujó al bote[317].
Mientras descendía, Hugh Woolner y Björnström–Steffansson hicieron señas a la
señora Candee y le gritaron que la ayudarían a subir de nuevo a bordo una vez
que el barco se hubiera estabilizado. Cuando el bote hubo descendido unas pocas
cubiertas, el cabo Hichens gritó desde popa:
—¡No
puedo manejar este bote con solo un marinero!
Lightoller
llamó a un tripulante, pero nadie acudió. Entonces se adelantó Arthur Peuchen.
—¿Puedo
ayudar? —preguntó.
—¿Es
usted marinero? —preguntó Lightoller.
—Soy
regatista, y puedo manejar un bote con la ayuda de otro hombre —respondió el
comandante[318].
Lightoller
le dijo que, si era tan marinero como para subirse al pescante y bajar al bote,
podía hacerlo. El capitán Smith sugirió a Peuchen que fuera a una cubierta de
abajo, rompiera una ventana y subiera al bote desde allí. El comandante no
creía que eso fuera factible y gritó a los tripulantes del bote que le lanzaran
un cabo suelto que colgaba del brazo del pescante. Peuchen explicaría
posteriormente que «ciento noventa libras es un peso considerable para
colocarlo de repente en un cabo suelto, pero aguantó»[319]. Quedar
suspendido a sesenta pies de altura y luego deslizarse otros treinta por un
cabo hasta el bote en la oscuridad es una notable proeza, particularmente en el
caso de un hombre que estaba a punto de cumplir cincuenta y tres años. Pero fue
el mejor momento de la noche para Peuchen.
Cuando el
bote llegó al agua, el cabo Hichens empezó a desenganchar las poleas y Peuchen
preguntó si podía ayudar. «Agáchese y ponga ese tapón», le ordenó Hichens con
sequedad. El tapón cerraba un agujero que servía para achicar el agua que se
acumulaba en el bote cuando estaba en cubierta. De rodillas, Peuchen tanteó en
la oscuridad en busca del agujero, pero no lo encontró. Preocupado por el agua
que entraba en la embarcación, se levantó y le dijo a Hichens que buscara el
agujero mientras él soltaba las poleas. Hichens volvió a toda prisa, furioso, y
dijo: «¡Rápido! ¡Este barco se hunde!»[320]. Peuchen
pensó que se refería al bote, pero Hichens hablaba del Titanic.
Cuando el
bote estuvo listo, el cabo ordenó con brusquedad a Peuchen que se sentara y
remara junto al otro tripulante, quien resultó ser el vigía Frederick Fleet.
Hichens era el hombre que se hallaba al timón cuando Fleet había gritado su
fatídico mensaje de «¡Iceberg a proa!». Al timón del bote salvavidas, Hichens,
nervioso y tiritando, ordenó a Fleet y a Peuchen que remaran con fuerza para
alejarse del transatlántico y farfulló horribles predicciones sobre el efecto
de succión que provocaría el hundimiento.
Las
consecuencias de ese efecto también eran motivo de preocupación en otro bote,
que en ese momento se alejaba por el lado opuesto del transatlántico. Lady Duff
Gordon oyó decir a un hombre del bote en el que se encontraba que el Titanic era
tan enorme que «ninguno de nosotros sabe cómo será la succión si llega a
hundirse»[321].
Posteriormente, Lucile no pudo jurar que el hombre dijera exactamente eso, ya
que estaba mareada a causa del movimiento del bote. La modista estaba apoyada
en la borda de estribor del bote 1, envuelta en su abrigo de piel de ardilla,
con una bufanda de crepé turquesa en la cabeza. Aun así tenía frío, ya que
debajo del abrigo solo llevaba un quimono de seda color lavanda que se había
puesto sobre el vestido de noche[322]. Pero al
menos sus pies estaban protegidos por un par de babuchas de terciopelo rosa con
pompón, forradas de armiño, diseñadas especialmente para ella por el legendario
zapatero parisino Pietro Yantorny[323]. Cosmo
estaba sentado delante de Lucy con su chaqueta de lana Norfolk, y la secretaria
de Lucy, Mabel Francatelli, detrás, con un abrigo largo de lana y un jersey que
se había puesto a toda prisa sobre el vestido de noche.
Franks,
como la llamaba todo el mundo, había acudido aterrorizada al camarote de Lucy
después de medianoche diciendo que había visto agua en el pasillo al salir de
su habitación en la cubierta E. Luego llegó Cosmo, quien las llevó por la
escalera hasta el vestíbulo de la cubierta superior. Al oír la llamada para que
embarcaran las mujeres, los tres salieron a la cubierta de estribor, donde
enseguida los tripulantes intentaron empujar a las dos mujeres hacia los botes.
Pero ellas protestaron a gritos. Lucy no se iría sin Cosmo, y Franks nunca se
separaba de ella. Cuando el bote 3 hubo partido, la multitud de la cubierta de
proa se dispersó y de repente Lucy vio que preparaban un bote de salvamento,
más pequeño.
—¿No
deberíamos tratar de subir a ese? —preguntó a Cosmo.
—Tenemos
que esperar órdenes —contestó él. Pero al cabo de unos minutos avanzó y
preguntó a Murdoch, el primer oficial, si podían subir.
—Sí,
espero que lo hagan —respondió este[324].
El bote
de salvamento era un cúter que pendía permanentemente de la baranda, de modo
que hubo que alzar a las dos mujeres y, como diría Lucy con posterioridad,
«lanzarlas dentro». Henry Stengel, que había visto partir a su mujer, Annie, en
el bote 3, se acercó poco después, Murdoch le sugirió que saltara a la
embarcación, y el peletero de Nueva Jersey se encaramó a la baranda y se
deslizó hacia el bote, lo que provocó las carcajadas de Murdoch. «Es lo más
divertido que he visto esta noche», dijo entre risitas, de manera que Stengel
pensó que la situación tal vez no era tan grave como creía[325]. Sin
embargo, cuando lanzaron otra bengala desde el cercano puente de estribor, lady
Duff Gordon tuvo la certeza de que la situación del barco era desesperada.
Poco
después, un hombre de negocios de Nueva York llamado Abraham Salomon se acercó
y Murdoch le permitió unirse al pequeño grupo del bote. El primer oficial mandó
subir a dos marineros para que manejaran los remos y, al no ver a más pasajeros
en cubierta, dijo a un grupo de cinco fogoneros y bomberos que se encontraban
cerca que saltaran al bote. Puso al mando a uno de los vigías del Titanic,
George Symons, de veinticuatro años, y le ordenó que se alejara del barco y
estuviera al tanto por si le indicaban que volviera.
Cuando el
bote salvavidas descendía por la borda de la cubierta A, quedó trabado en un
obenque y Franks, la criada de Lucy, recordaría cómo se balanceó mientras
cortaban el cabo[326]. Al
alcanzar el mar, el vigía Symons se sorprendió al ver que los ojos de buey de
la cubierta D se hallaban a flor de agua y que esta ascendía hacia el
nombre Titanic pintado en la proa. Se colocó al timón mientras
los tripulantes remaban para alejarse del barco. En un bote salvavidas con
capacidad para cuarenta personas había solo doce, de las cuales únicamente
cinco eran pasajeros y solo dos, mujeres.
Hasta ese
momento, ninguno de los seis botes salvavidas que habían partido del Titanic estaba
lleno, y ninguno llevaba a un solo pasajero de segunda o tercera clase. A los
de segunda les habían dicho que embarcarían desde su zona de paseo de la
cubierta superior, situada más a proa. Entretanto, una multitud de pasajeros de
tercera esperaba pacientemente en los pozos de cubierta, mientras otros
charlaban y jugaban a las cartas en el salón y la sala de fumadores de tercera.
Las puertas de las escaleras por las que se subía desde el pozo de la cubierta
de popa habían sido cerradas para evitar que los hombres de tercera subieran a
los botes. Pero algunos se habían encaramado a las grandes bases circulares de
las dos grúas de carga, por cuyos brazos trepaban hacia el área de segunda
clase.
Cuando
empezaron a bajar los botes del extremo de proa, un grupo de pasajeros aporreó
las puertas cerradas de las escaleras que conducían a la cubierta superior. Un
tripulante se acercó a la barrera donde se hallaban Mary Murphy, de veinticinco
años, su hermana adolescente, Kate y sus compañeras de habitación Katie
Gilnagh, de diecisiete, y Kate Mullen, de veintiuno. «¡Por el amor de Dios,
hombre, al menos deje pasar a los botes a las chicas!», gritó Jim Farrell, un
granjero del condado de Longford[327]. El
tripulante abrió la puerta a las cuatro jóvenes irlandesas y las cerró de
inmediato. Cuando alcanzaron la cubierta superior, Mary Murphy y las tres Kate
se metieron en el bote 16, situado en el extremo de proa de la banda de babor.
A la una y veinte bajaron en él con otras cuarenta y tres mujeres, todas de
segunda y tercera clase, además de cinco tripulantes y un bebé. Cinco minutos
después, el siguiente bote de babor, el 14, comenzó a descender con unas
cuarenta personas a bordo. Estaba al mando el quinto oficial, Lowe, el joven
galés imprevisible que había gritado a Bruce Ismay junto al bote 5 unos
cuarenta minutos antes. A Lowe le preocupaba que el bote, que ya iba muy
cargado, volcara si alguien saltaba a él. Lowe iba en la popa y, mientras
descendían, vio lo que con posterioridad describiría como «muchos italianos,
latinos, a lo largo de las barandillas del barco, todos con una mirada feroz,
como de bestias salvajes listas para saltar»[328]. Lowe
sacó su revólver y disparó varias veces, y las «bestias salvajes» retrocedieron
al instante.
Lowe tuvo
que actuar con rapidez una vez más cuando los cabos con los que arriaban el
bote se enredaron, de modo que la popa tocó el agua mientras la proa quedaba a
una altura de un metro y medio. Se abrió paso hacia la proa, cortó los cabos y
la proa descendió de golpe. Varias mujeres gritaron, y Lowe les ordenó que se
callaran mientras corría hacia el timón[329]. Apenas
se hubo alejado el bote salvavidas 14, el siguiente bote de estribor, el número
12, alcanzó el agua con unas cuarenta personas a bordo. En babor, el bote 9
también descendía con otras cuarenta, entre ellas la amante de Ben Guggenheim,
Ninette Aubart, y su criada, así como Elizabeth Lines, la mujer que había oído
a Ismay pronosticar que el Titanic llegaría antes de lo
previsto, y su hija Mary.
A la una
y media, diez de los dieciséis botes salvavidas del Titanic habían
partido con unas trescientas treinta personas, solo una pequeña parte de las
dos mil doscientas nueve que había a bordo. Para los pasajeros que permanecían
en cubierta, la inclinación del barco hacia la proa era evidente, pero muchos
de ellos, particularmente los hombres de primera clase, seguían creyendo que
aguantaría hasta la mañana y que la ayuda llegaría antes. Las luces del barco
que se encontraba en los alrededores aún eran visibles. Norris Williams estaba
seguro de ver la luz de la punta del mástil. Además, circulaba el rumor de que
el Olympic, el buque hermano del Titanic, estaba en
camino. En la sala Marconi, Jack Phillips había recibido un mensaje del Olympic,
que se hallaba a quinientas millas al este, lo que quería decir que no podría
llegar hasta la noche siguiente. El vapor alemán Frankfurt había
sido el primero en responder a la llamada de socorro, pero se encontraba a más
de ciento setenta millas, a muchas horas de camino. El Carpathia,
un transatlántico de la Cunard, estaba aproximadamente a cincuenta y ocho
millas del Titanic y había enviado el mensaje de que llegaría
lo antes posible. Esperaba estar allí en cuestión de cuatro horas.
Los
músicos del barco seguían tocando melodías alegres, que oían tanto los que
permanecían en cubierta como los que se encontraban ya en los botes salvavidas.
Arthur Peuchen oyó «Alexander’s Ragtime Band» cuando se hizo un incómodo
silencio en el bote 6. El comandante canadiense había propuesto que el cabo
Hichens cediera el timón a una de las mujeres y se pusiera a remar. Al oírlo,
el cabo exclamó: «¡Yo estoy al mando de este barco! ¡Su trabajo es callar y
remar!». Un poco más tarde, se oyó la voz del capitán Smith, que llamaba por un
megáfono al bote 6 para que volviera a por más pasajeros. Hichens hizo caso
omiso y comentó: «Ahora se trata de nuestras vidas, no de las suyas». Muchas de
las mujeres protestaron, pero el humillado Peuchen permaneció en silencio. «Era
consciente de mi absoluta impotencia —recordaría después—. Estuvo despotricando
un buen rato y era muy desagradable».
En
cubierta, René Harris también oyó a los músicos tocar «Alexander’s Ragtime
Band» y sin duda se acordó de que fue su Harry quien había presentado la
melodía en Nueva York. Ella y su «chico» se habían acercado a varios botes
salvavidas que se iban llenando de pasajeros, pero, cuando le dijeron que su
marido no podía acompañarla, se negó a embarcar. Bajo el salvavidas llevaba el
abrigo de piel con una manga colgando, y debajo una blusa de franela a la que
Harry había cortado una manga para acomodar el brazo roto. Los Harris habían
subido a cubierta con los Futrelle sobre las 00:30 horas, pero después cada
pareja se fue por su lado.
A la una
y media, Edith Rosenbaum se sentía algo perpleja. Tras esperar unos cuarenta y
cinco minutos en el salón, había subido a la cubierta superior con otras
mujeres que más tarde recibieron la orden de bajar a la cubierta A. Acababa de
volver a la cubierta superior y se preguntaba si debía subir a un bote, cuando
un hombre la agarró del brazo. «¿Qué hace aquí? —preguntó—. ¡Todas las mujeres
deberían haber abandonado ya el barco!»[330].
El hombre
la arrastró hacia una estrecha escalera que conducía a la cubierta A, y
entonces Edith lo reconoció: era Bruce Ismay. Al pie de la escalera la
esperaban, dos tripulantes que la llevaron hacia la barandilla del paseo y la
levantaron en volandas para lanzarla de cabeza al bote salvavidas 11. Cuando
sus dos zapatillas de terciopelo cayeron al suelo, insistió en que la soltaran
para recogerlas. Entonces uno de los marineros le quitó el cerdito de juguete
que llevaba bajo el brazo y lo arrojó al bote. Edith le tenía mucho cariño al
cerdito, que tocaba una melodía de baile latina llamada «The Maxixe» cuando le
retorcían la cola. Su madre se lo había comprado como mascota de la buena
suerte después de su accidente de coche. Edith quería recuperarlo, pero saltar
al bote con un vestido de seda que tenía una falda estrecha recogida a un lado
iba a ser difícil. Al apercibirse de su dilema, un hombre a quien Edith había
conocido a bordo, Philipp Mock, de treinta años, se adelantó e hincó
galantemente una rodilla en el suelo. «Ponga un pie en mi rodilla y un brazo
alrededor de mi cuello —le indicó—; así podrá saltar al bote»[331]. Una vez
que Edith estuvo a salvo en el bote, subió Mock, que se sentó junto a su
hermana casada, Emma Schabert. Edith encontró su cerdito de juguete en el
suelo; tenía dos patas rotas, pero aún tocaba «The Maxixe».
El bote
de Edith alcanzó la superficie del mar a la 1:40, justo cuando los dos botes de
los pescantes contiguos, el 13 y el 15, empezaban a bajar. A Lawrence Beesley,
el maestro de escuela de Londres, le habían permitido subir al bote 13, cuyo
tripulante al mando era el primer fogonero, Fred Barrett, quien aquella noche
había escapado dos veces de las salas de calderas inundadas, la primera después
del choque y la segunda cuando manejaba las bombas. Mientras su cargamento de
cincuenta personas descendía, Barrett se enfrentó una vez más a chorros de
agua; esta vez salían de la válvula de escape del condensador, justo encima del
nivel del mar. Barrett gritó que detuvieran el descenso, mientras Washington
Dodge, un médico de San Francisco, y dos tripulantes buscaban los remos, que
resultaron encontrarse amarrados a asientos ocupados por pasajeros. Cuando
hubieron sacado los remos, Dodge logró dominar el bote con la ayuda de otros
pasajeros y apartarlo del chorro. Pero la fuerza de este empujó la embarcación hacia
atrás, hasta que se tensaron los cabos que la arriaban. Los tripulantes
intentaron soltar las poleas de proa y popa, pero los tensos cabos dificultaban
la tarea. De repente, vieron descender directamente sobre ellos el bote
salvavidas 15. Nadie oyó los gritos de «¡Pare, pare!», y la quilla del bote 15
estuvo pronto tan cerca que Lawrence Beesley y un fogonero que se encontraba en
la proa del bote 13 se levantaron e intentaron apartarlo con las manos. Fred
Barrett saltó hacia los cabos de la popa con un cuchillo en la mano mientras
otro tripulante hacía lo mismo en proa. Al grito de «¡Uno! ¡Dos!» cortaron los
cabos y liberaron la embarcación, que cayó al agua al mismo tiempo que el bote
15.
Mientras
el bote 13 se alejaba, Fred Barrett volvió la vista hacia el transatlántico que
se hundía, con la luz de sus ojos de buey reflejada en un mar negro y calmo, y
pensó que el barco parecía «un gran teatro iluminado»[332]. Pero el
agua que lamía ya la barandilla de proa dejaba bien claro que aquel drama
marítimo iniciaba su último acto. En la cubierta superior, trece de los
dieciséis pescantes estaban vacíos. El segundo cúter de salvamento, el bote 2,
ya estaba listo para embarcar a babor, pero un grupo de fogoneros se había
metido dentro trepando por la barandilla.
—¿Cuántos
tripulantes hay en ese barco? —gritó el capitán Smith a través de un megáfono—.
¡Salgan todos de ahí![333]
Mahala
Douglas vio cómo a continuación una fila de hombres salía obedientemente del
bote, mientras Wilde, el oficial jefe, les gritaba que eran unos «malditos
cobardes» que merecían que los lanzaran por la borda[334].
Cuando
llamaron a las mujeres y los niños, la señora Douglas pidió a su marido,
Walter, que se fuera con ella, pero este se negó señalando a las mujeres que
aún esperaban en la cubierta. Cuando los tripulantes le indicaron por señas que
subiera al bote, Mahala se volvió hacia su marido e insistió en que la
acompañara, pero él respondió: «No, tengo que ser un caballero», y dio media
vuelta. Al ver a Archie Butt y Clarence Brown cerca de allí, la mujer gritó:
«¡Walter, cuando te vayas, vete con el comandante Butt y el señor Moore, que
son unos hombres muy fuertes. Seguro que se salvan!»[335]. Mahala
distinguió asimismo entre la multitud a Edgar Meyer y a Arthur Ryerson, y es
casi seguro que Frank Millet también estaba allí, ayudando a las mujeres a
subir a los botes, como él y sus amigos llevaban casi una hora haciendo.
Mientras los últimos botes se llenaban, Thomas Andrews apremiaba a las mujeres.
«¡Señoras, tienen que subir enseguida —le oyeron exclamar—. No hay tiempo que
perder. No pueden elegir el bote, suban, suban!»[336].
No se
acercaron más mujeres para embarcar en el bote salvavidas número 2, y a la 1:45
dieron la orden de arriarlos. Anton Kink, un austríaco de veintinueve años con
barba morena que viajaba en tercera, vio cómo su mujer y su hija de cuatro años
le gritaban llorando que fuera con ellas. Cuando el bote empezó a descender,
Kink tomó carrerilla y se subió de un salto. Mahala Douglas sintió que el bote
se balanceaba cuando Kink se acomodó junto a su mujer e hija. La señora Douglas
estaba sentada en el suelo delante de Boxhall, el cuarto oficial, quien iba en
la popa. Un oficial pidió a Boxhall que dirigiera el bote hacia la banda de
estribor del transatlántico para recoger a más pasajeros, ya que había sitio
para otros quince. Cuando bordearon la proa del barco, ya casi sumergida, el
cuarto oficial dejó a Mahala Douglas al timón para ponerse a remar. Al llegar a
la banda de estribor, Boxhall notó que el bote era arrastrado hacia el barco y,
por miedo a la temida succión, ordenó que se alejaran.
En la
inclinada cubierta, los tripulantes empezaron a trasladar dos de los botes
plegables Engelhardt, el C y el D, a los pescantes situados más a proa, en los
que habían estado los botes 1 y 2. Los botes plegables, con casco de madera,
tenían costados de lona que se levantaban y quedaban sujetos. Mientras tanto,
en la sala Marconi, Jack Phillips manejaba sin parar el radiotransmisor
mientras Harold Bridge anotaba los mensajes y se los llevaba al capitán. Varios
barcos, entre ellos el Baltic y el Virginian,
habían respondido a la llamada de socorro, pero el Carpathia era
el que se encontraba más cerca. Phillips ya había notado que la señal de radio
se debilitaba cada vez más cuando el capitán Smith entró para decir que las
salas de máquinas se estaban llenando de agua y que la electricidad no iba a
durar mucho más. A la 1:45, Phillips envió su último mensaje al Carpathia:
«Vengan lo antes posible. Salas de máquinas inundadas hasta las calderas»[337].
Poco
después, la última bengala del Titanic se lanzó al aire y
descendió emitiendo fuertes estallidos que sonaron como cañonazos. A los
oficiales veteranos del Titanic les parecía asombroso que el
misterioso barco que se encontraba cerca no oyera ni viera las bengalas sobre
el mar en calma de una noche tan clara. «Es imposible que no vea estas señales,
tiene que venir y recogernos a todos», había repetido Lightoller una y otra vez
para tranquilizar a los pasajeros angustiados[338]. En ese
momento ya había dejado de decirlo. En el vapor Californian, que se
calcula que se encontraba a una distancia de entre once y veinte millas, vieron
ocho bengalas, pero no oyeron ningún estallido. Un estudio reciente ha revelado
que el mar inusualmente calmo de aquella noche debió de actuar como un espejo
que reflejaba y amortiguaba el sonido hasta hacerlo inaudible más allá de cinco
o seis millas náuticas[339]. Pero no
hay duda de que el Californian vio las bengalas, aunque no las
oyera, y el hecho de que su capitán, Stanley Lord, no despertara al responsable
de radiotransmisiones para averiguar por qué un barco lanzaba bengalas en plena
noche sigue siendo uno de los «si alguien hubiera…» más recurrentes de la
historia del Titanic.
Sobre la
1:40, Lightoller oyó que el bote salvavidas 4, que él había bajado a la
cubierta A hacía más de una hora, estaba por fin listo para embarcar. Habían
encontrado una llave para abrir las ventanas del paseo, pero debajo de estas
sobresalía un poste de modo que tuvieron que cortarlo. Mientras tanto, un grupo
formado por algunos de los pasajeros más famosos del Titanic —los
Astor, los Widener, los Thayer, los Carter y los Ryerson— esperaban, primero en
la cubierta A, luego en el vestíbulo de la escalera y finalmente en la cubierta
superior[340]. Emily
Ryerson dijo que había entre ellos «bastantes conocidos nuestros» y observó que
«todos estaban muy callados y serenos». Pero cuando les ordenaron regresar a la
cubierta A, Marian Thayer gritó exasperada: «¡Dígannos adónde tenemos que ir y
allá iremos! ¡Nos han ordenado subir aquí, y ahora nos envían de vuelta!»[341].
Los Astor
se unieron a los Thayer y a otros vecinos de la Main Line para subir a la
cubierta A por los estrechos peldaños de hierro. Antes, John Jacob Astor había
llevado a Madeleine al gimnasio para guarecerse del frío, y estuvieron sentados
juntos en los aparatos de ejercicios. Sentía la viva necesidad de cuidar de
ella, pues había estado indispuesta toda la tarde. Cuando subieron por primera
vez a la cubierta A después de medianoche, Astor envió a su criado a por un
vestido más grueso y un abrigo de pieles para su mujer. Alguien la vio vestirse
con ayuda de su criada en una butaca de cubierta[342]. Astor
se aseguró además de que hubieran sacado del joyero de Madeleine sus perlas, el
anillo de compromiso y otras chucherías[343].
En la
cubierta A, Lightoller se había subido a una rampa hecha con butacas que
conducía a las ventanas abiertas junto al bote salvavidas 4. El coronel Gracie,
quien había estado ayudando a las mujeres a entrar los botes desde el paseo,
condujo cortésmente a Madeleine Astor hasta donde se encontraba Lightoller. Una
vez que el segundo oficial la hubo acomodado en el bote, Astor asomó la cabeza
por una ventana y le preguntó si podía acompañar a su mujer, dado su «delicado
estado». Cuando el segundo oficial se negó, Astor preguntó cuál era el número
del bote y lanzó sus guantes a Madeleine. Emily Ryerson se acercó al bote con
sus dos hijas y su hijo Jack.
—¡El
chico no sube! —dijo Lightoller.
—¡Por
supuesto que sí! ¡El muchacho se va con su madre! —exclamó Arthur Ryerson—. ¡No
tiene más que trece años!
—Muy bien
—oyeron murmurar a Lightoller—, pero ningún chico más[344].
Al oír
eso, Lucile Carter colocó su gran sombrero en la cabeza de su hijo de once años
que subió al bote 4 con su madre y su hermana sin que nadie protestara.
Mientras tanto, en la cubierta del buque, el bote salvavidas 10 recibía a sus
pasajeros. Junto a él se hallaba Mark Fortune, un magnate inmobiliario de
Winnipeg, con su hijo Charles, de diecinueve años, despidiéndose de su esposa,
Mary, y de sus tres hijas. Llevaba un abrigo muy grueso de piel de búfalo,
encontrando por fin utilidad a una prenda que durante sus vacaciones
mediterráneas había sido objeto de chistes recurrentes en la familia. Alice y
Mabel Fortune se sacaron las joyas de los bolsillos y se las dieron a su
hermano para que las guardara. «¡Cuida a papá, Charles!», le gritaron, sin
dejar de sonreír ante la estampa de papá con su incómodo abrigo de las praderas[345].
Otro que
se despedía de su familia junto al bote 10 era Bertram Dean, propietario de un
pub de Londres, que emigraba a Wichita (Kansas) para abrir un estanco. Su
mujer, Eva, llevaba en brazos a su hija Millvina, de nueve meses, mientras
Bertram, de dos años, estaba sentado a su lado. Exhalando su aliento con olor a
whisky en el aire de la noche, el panadero jefe del Titanic,
Charles Joughin, agarraba con entusiasmo a los niños que encontraba para
meterlos en el bote. Al oír que estaban destapando los botes salvavidas,
Joughin había reunido a sus trece ayudantes y les había llenado los brazos de
hogazas de pan para aprovisionar las embarcaciones. A Edith Rosenbaum, los
panaderos vestidos de blanco camino de la cubierta superior le recordaron un
desfile que había presenciado en Niza.
Una vez
amontonado el pan en cubierta, Joughin pensó que era un buen momento para beber
algo, así que volvió a su camarote a por un reconfortante trago de su licor
favorito. Mientras avanzaba la noche, se paraba de vez en cuando para tomar
algún que otro sorbo. A la 1:45, cuando se hallaba junto al bote 10, con la
sensación de estar bien protegido del frío, vio a una mujer vestida de negro
que se aproximaba titubeante. Era evidente que estaba nerviosa ante la
perspectiva de tener que salvar un hueco de varios pies, provocado por la
inclinación del buque hacia babor. Cuando finalmente decidió saltar, la mujer
gritó y cayó de cabeza entre el barco y el bote. Al instante el camarero
William Burke la agarró de los tobillos, salvándola de una caída al mar desde
cincuenta pies de altura. Varios hombres que se encontraban en la cubierta A
cogieron de los hombros a la aterrorizada mujer y la subieron al paseo cuando
el bote empezó a descender. Se desconoce si logró subir a otro bote.
Mientras
contemplaba lo que parecía la partida del último bote, el único pasajero
japonés del Titanic, Masabumi Hosono, un funcionario de Tokio de
cuarenta y dos años, pensó en su mujer y en sus hijos y sintió unas fuertes
ansias de sobrevivir, pero no quería hacer nada que supusiera una deshonra. No
obstante, cuando vio a un hombre saltar al bote desde la cubierta A, él hizo lo
mismo. Hosono y el otro hombre, un armenio llamado Neshán Krekorián, se
acurrucaron en el suelo del bote salvavidas 10, que acogía entonces a más de
cincuenta personas.
El bote 4
también alcanzó el agua a esa hora, y Madeleine Astor oyó a su perra Kitty
ladrar. Al levantar la vista mientras el bote se alejaba, distinguió la figura
alta y cargada de espaldas de su marido, junto a la barandilla de la cubierta
superior, con Kitty a su lado. El bote había tardado muy pocos minutos en tocar
el mar porque el agua ya estaba solo veinte pies por debajo de la cubierta A.
El bote 4 avanzó hacia la proa del transatlántico, ya que les habían ordenado
recoger a más hombres en un portalón abierto. Emily Ryerson no daba crédito
cuando miró por las ventanas bien iluminadas y vio cómo el agua lamía las patas
de madera de las camas en los camarotes de la cubierta B. Del interior del
barco llegaban fuertes chasquidos, como si alguien estuviera rompiendo
porcelana. Mientras remaban, vieron que desde arriba lanzaban al mar incluso
puertas, barriles, butacas. En popa no había ningún portalón abierto, pero
desde la cubierta superior un grupo de fogoneros observaba con interés el bote
salvavidas que se aproximaba. Dos de ellos agarraron los cabos que colgaban de
un pescante vacío y se deslizaron por ellos notando cómo les quemaron las
manos. Uno logró saltar al bote y el otro cayó al agua, pero lo rescataron
rápidamente.
Mientras
el bote 4 se alejaba de la popa, sus pasajeros se asombraron al ver que las
tres gigantescas hélices de bronce del transatlántico emergían lentamente del
mar.
Capítulo
14
Los últimos minutos
15 de
abril de 1912, 01:55 horas
«¡Salgan
de ahí, fuera!», gritó William Murdoch con su severo acento escocés cuando un
grupo de hombres empezó a saltar al bote plegable C[346]. El
primer oficial sacó su revólver y disparó dos tiros al aire. Agachado en el
bote, Daniel Buckley, aterrorizado, se puso a llorar y una mujer que estaba a
su lado le echó encima su chal y le dijo que se tumbara[347]. Hugh
Woolner vio relampaguear el arma de Murdoch cuando se acercó a toda prisa con
Björnström–Steffansson pisándole los talones. El robusto inglés y su joven
amigo sueco habían pasado la última hora reuniendo a mujeres y niños y
empujándolos a los botes salvavidas. El enérgico dúo empezó a sacar a los
hombres del bote plegable C agarrándolos de los tobillos. Pero Daniel Buckley
logró pasar inadvertido en la oscuridad, al igual que cuatro marineros chinos
acuclillados bajo la proa.
Una vez
que hubieron sacado del bote a casi todos los hombres, Woolner se dirigió hacia
las «mujeres italianas y otras extranjeras» que esperaban cerca (en realidad
eran libanesas, en su mayoría) y empezó a subirlas al bote[348]. Al
levantarlas para pasarlas por encima de la barandilla, notó que muchas quedaban
desmadejadas en sus brazos. Cuando todas las mujeres hubieron embarcado,
Woolner propuso a Steffansson que bajaran a la cubierta A a por más. Sin
embargo, encontraron desierta la cubierta de paseo, donde las lámparas del
techo emitían una luz roja fantasmal, ya que el suministro eléctrico se
debilitaba. Tampoco había ninguna mujer cerca del bote plegable C, según
William Carter y Bruce Ismay. Carter afirmó que Ismay y él anduvieron por
cubierta durante varios minutos preguntando «¿Hay más mujeres aquí?», pero no
obtuvieron respuesta[349]. Al no
encontrar a más mujeres, el millonario de Filadelfia y el director de la White
Star se encaramaron a la barandilla y saltaron al bote plegable C mientras
descendía.
Pero en
realidad unas doscientas mujeres y niños seguían a bordo del Titanic.
Más de la mitad de ellos esperaba en las salas públicas y en los pasillos de
tercera clase, o en las cubiertas cerca de la popa. A la una y media se habían
abierto las puertas de las escaleras de tercera clase para que subieran las
mujeres, pero muchas decidieron no abandonar a los hombres. El padre Thomas
Byles circulaba entre los pasajeros de tercera, que se confesaran o rezaran el
rosario con él. A las dos, se abrieron las puertas para que salieran tanto los
hombres como las mujeres, y pronto muchos pasajeros de tercera abarrotaron la
cubierta superior. Mientras embarcaban en el bote plegable C, Lightoller tuvo
que sacar su revólver para dispersar a una multitud de lo que él llamó
«mexicanos»[350]. Luego,
mandó a los tripulantes formar un cordón para evitar que la gente se lanzara al
bote[351].
Mientras
conducían hacia el último bote a pequeños grupos de mujeres de tercera clase,
aún se encontraban a bordo algunas pasajeras de primera. Archibald Gracie se
sorprendió al ver a Caroline Brown y Edith Evans junto a la barandilla de
estribor. Gracie había acompañado a Evans y a las tres hermanas Lamson al
rellano de la escalera situada bajo la cubierta superior hacía más de una hora,
y luego había ido a buscar a la «desprotegida» Helen Candee, pero se enteró de
que ya había subido a cubierta. Caroline Brown empezó a explicar a Gracie cómo
se habían separado de los demás, pero Jim Smith y él se limitaron a conducirlas
hacia la fila de hombres que rodeaban el bote plegable D. Una vez que las
hubieron dejado pasar, Edith Evans dijo a Caroline Brown: «Tú primero. Estás
casada y tienes hijos». Los hombres, ayudaron a Brown a subir al bote, pero,
cuando Evans quiso seguirla, no pudo encaramarse la barandilla por culpa de su
estrecha falda. «No te preocupes —le gritó a Brown—; subiré a otro bote»[352]. Luego,
dio media vuelta y se alejó por la cubierta. Evans había contado a Archibald
Gracie que una pitonisa le había dicho que tuviera cuidado con el agua y que
ahora sabía que iba a morir ahogada. Gracie lo consideró una superstición, pero
Edith Evans sería una de las cuatro mujeres de primera clase que perecieron.
René
Harris aún no había embarcado en ningún bote pese a los esfuerzos de Harry por
convencerla de que lo hiciera. Sobre las dos, el capitán Smith y el doctor
O’Loughlin distinguieron a la pareja cerca del puente.
—¡Dios
mío, señora! —gritó el capitán—. ¿Por qué no está usted en un bote?
—No voy a
abandonar a mi marido —protestó ella.
—¿A que
es un encanto? —dijo O’Loughlin con una sonrisa.
—¡Una
loca es lo que es! —replicó el capitán con ferocidad—. Está impidiendo que su
marido se salve.
—¿Podrá
salvarse si me voy? —preguntó ella.
—Sí, hay
balsas de sobra en la popa —respondió el capitán faltando a la verdad—, y los
hombres podrán utilizarlas si ustedes, las mujeres, les dan la oportunidad.
Antes de
que pudiera seguir protestando, René notó que la agarraban y la llevaban a
través del círculo formado por los tripulantes.
—Llévense
a mi mujer. Tengan cuidado, tiene un brazo roto —oyó decir a Harry mientras la
metían en el bote plegable D[353].
Cuando la
embarcación empezó a descender, su marido se inclinó sobre la barandilla y le
lanzó una manta.
—¡Harry!
—gritó ella.
—¡Adiós,
cariño! —respondió él mientras el bote bajaba entre sacudidas hacia el agua,
que ya estaba a unos quince pies[354].
René miró
hacia arriba y vio a Archie Butt junto a su marido. «Estaba inmóvil —escribiría
luego—, sin asomo de miedo en sus ojos»[355]. Antes
había visto a Archie acompañar a mujeres y niños hacia los botes con la
cortesía de la que habría hecho gala en una recepción en la Casa Blanca. René
también distinguió en cubierta a Frank Millet, quien, según recordaría, «tenía
la misma sonrisa que había mostrado durante todo el viaje desde Southampton»[356].
Frederick Hoyt, el corredor de bolsa de Connecticut que horas antes había
jugado a las cartas con Millet, también observó la expresión cordial del
artista cuando ayudó a la esposa de Hoyt a subir al bote plegable D.
—¿Quieres
que dé algún recado, Frank? —le preguntó Jane Hoyt.
—Dale un
beso de mi parte a Lily y a todos mis amigos —contestó Millet con tranquilidad[357].
En la
banda de babor de la cubierta de paseo, cuya luz era cada vez más débil, Hugh
Woolner y Steffansson se miraron y vieron bajar el bote plegable D.
—¡Saltemos!
—dijo Woolner—. ¡Hay espacio de sobras en la proa![358]
Treparon
a la barandilla por el extremo abierto del paseo. Steffansson saltó primero y
aterrizó sano y salvo en el bote, que ya estaba en el agua. Poco después le
siguió Woolner, pero dio con el pecho en el costado de la embarcación y cayó
hacia atrás. Se agarró a la borda y sacó un pie del agua. Steffansson lo cogió
de la pierna y tiró de él hasta subirlo al bote. Woolner apenas había
recuperado el aliento cuando oyeron un chapoteo cerca y vieron que otro hombre
nadaba hacia el bote. Le ayudaron a subir. Jane Hoyt lanzó su abrigo de pieles
al tiritante recién llegado y chilló:
—¡Dios
mío, es mi marido![359]
—¡Jane!
—exclamó Fred Hoyt cuando llegó a donde estaba su esposa—. Pasadme un remo
—añadió acto seguido—; así entraré en calor[360].
Hugh
Woolner escribiría posteriormente que él y los otros tres hombres que manejaban
los remos empezaron «a remar como demonios para alejarnos del buque»[361]. El ex
remero de Cambridge afirmó que nunca había remado con tanta fuerza. René Harris
recordaría que la frase «¡Cuidado con el efecto de succión!» resonaba en sus
oídos mientras el bote plegable D avanzaba[362]. Fue
entonces cuando vio a dos niños sentados en el suelo y les pasó su manta para
que se envolvieran con ella. A los niñitos de pelo rizado los había metido en
el bote su padre, quien, con un fuerte acento francés, dijo ser «el señor
Hoffman».
May
Futrelle aseguraría después que ella se hallaba con René Harris en el bote D[363]. May
también se había mostrado reacia a abandonar el transatlántico sin su marido,
pero al final Jacques insistió: «¡Por el amor de Dios, vete!»[364]. Cuando
May alzó la vista hacia la cubierta superior, distinguió a Jacques, que, con
las manos ahuecadas, encendía un cigarrillo para él y para el coronel Astor,
con la cerilla iluminando sus rostros. «Sé que esas manos jamás temblaban
—escribió—. Aquello fue una bravuconada. Los dos tenían que saber que iban a
morir»[365].
Pero ¿lo
sabían? Porque parece que la mayoría de los hombres que quedaron a bordo del
transatlántico que se hundía aún tenía esperanzas de sobrevivir. Jacques
Futrelle había dicho a su mujer que estaba seguro de que podría nadar hacia un
bote salvavidas para que le recogieran. Al millonario de Montreal Harry Molson
le vieron quitarse los zapatos con la intención de nadar hacia las luces del
barco que se divisaba a babor. Algernon Barkworth, un juez de paz de Yorkshire,
afirmaría más tarde: «Aprendí a nadar en Eton y decidí que, en el peor de los
casos, probaría suerte en el agua»[366]. El
panadero Charles Joughin recogió unas cincuenta butacas de cubierta A y las
lanzó por la borda con ebria determinación para que los nadadores se agarraran
a ellas.
Las
historias de fatalismo heroico en el transatlántico que se hundía forman parte
de la mística del Titanic, pero es posible que muchas no sean del
todo auténticas. A Ben Guggenheim se le recuerda sobre todo por decir: «Nos
hemos puesto nuestras mejores galas y estamos listos para hundirnos como
caballeros», mientras se hallaba en la inclinada cubierta con su criado, ambos
ataviados con traje de etiqueta. Más tarde Guggenheim dio el siguiente recado
al camarero Henry Etches: «Si algo me ocurriera dígale a mi esposa, que está en
Nueva York, que he cumplido con mi deber lo mejor que he podido»[367]. Pero,
según Etches, eso ocurrió cuarenta y cinco minutos después de la colisión, es
decir, a las 00:25 horas, cuando la mayoría de los pasajeros aún no creía que
el barco estuviera en peligro y todavía no había partido ningún bote
salvavidas. Etches abandonó el buque a las 00:45 horas a bordo del bote 5, de
modo que no es posible saber si en efecto Guggenheim hizo gala de semejante
sangre fría cuando el barco se iba a pique.
La
película La última noche del Titanic muestra los últimos
momentos de Thomas Andrews, solo en la sala de fumadores, con la mirada clavada
en el cuadro colgado de la chimenea, su salvavidas tirado a un lado. Esa imagen
se basa en el relato del camarero auxiliar John Stewart, quien al ver al
constructor del barco preguntó: «¿No lo va a intentar, señor Andrews?», pero el
afligido hombre «parecía anonadado»[368]. Sin
embargo, otros relatos sitúan a Andrews en el puente y en la cubierta superior
después de que todos los botes salvavidas hubieron partido, así que es posible
que al final pensara en su mujer y en su hijo y tratara de salvarse. También se
presenta a menudo a W. T. Stead sentado impasible en la sala de fumadores,
leyendo un libro mientras el barco se hunde. Cuando el fogonero George Kemish
lo vio, Stead «parecía que hubiera decidido quedarse donde estaba, pasara lo
que pasara»[369]. Pero
Kemish escribió sus recuerdos del hundimiento más de cuarenta años después, y
parece improbable que en aquel momento conociera ni siquiera de vista a Stead.
Imanita Shelley, una pasajera de segunda clase, recordaría que mientras
embarcaba en el bote 10, que partió aproximadamente a la 1:50, vio a Stead solo
y sin salvavidas en la cubierta superior, cerca de la barandilla del costado de
popa, «en silencio y en lo que me pareció una actitud de oración, o de profunda
meditación»[370].
Norris
Williams recordó la calma que reinaba cuando los últimos botes hubieron
partido. Los músicos continuaron tocando suavemente, pese a que la mayoría de
los pasajeros se había retirado hacia la popa. Williams pensó que parecía
extraño seguir dando vueltas cuando ya no había forma de escapar. Su padre y él
habían entrado en el vestíbulo de la escalera y, al mirar hacia abajo, habían
visto que el agua verdosa ascendía por los peldaños. Cuando salieron a la
cubierta superior, vieron las luces de los botes salvavidas y Norris observó lo
lejos que parecían muchos de ellos. La calma superficie del océano emitía
reflejos de fósforo, y le recordó a la luz vista a través de un prisma. En el
bote 3, Henry Harper advirtió que, «a cada palada, el resplandor de luz
fosforescente verdosa y amarilla que dejaban los remos se arremolinaba hacia la
popa y goteaba de los remos como pequeños globos de fuego… Nunca he visto tan
bien ese fenómeno»[371].
Otros
pensaron que jamás habían visto tantas estrellas en el cielo. Jack Thayer, de
diecisiete años, contempló cómo el brazo de un pescante se alzaba hacia el
firmamento estrellado mientras estaba junto a la barandilla de babor en
compañía de Milton Long, el amigo con el que se había encontrado después de
cenar en la Sala de las Palmeras. Thayer había perdido de vista a sus padres
entre la multitud que bajaba a la cubierta A para embarcar en el bote 4 y
pensaba que su padre se había marchado en él con su madre. Varias veces estuvo
a punto de deslizarse por un cabo que colgaba de un pescante, pero Long le
había dicho que esperara. En el silencio reinante, Jack pensó en sus padres y
en su hermana y su hermano, en los buenos momentos de su vida y en los placeres
futuros de los que tal vez ya no disfrutaría.
Mientras
tanto, el padre de Jack estaba en el otro lado de la cubierta superior. Se
había trasladado hacia la popa con George Widener, Arthur Ryerson y algunos
otros compañeros de la sala de fumadores, entre los que probablemente figuraban
Archie Butt, Frank Millet y Clarence Brown. Archibald Gracie y James Clinch
Smith también estaban cerca. Cuando Gracie se dio cuenta de que todos los botes
habían partido, la sensación, según sus propias palabras, «no fue agradable».
Notó que le costaba respirar y que apenas le salía la voz. Pero su
entrenamiento en West Point le había enseñado que para sobrevivir no debía
ceder al miedo. «Mientras me decía: “Adiós a todos los que estáis en casa”
—escribió luego—, esperé y recé para que pudiera escapar»[372].
Sin duda,
Archie Butt y Frank Millet experimentaban emociones similares. Archie tuvo que
saber que los malos presentimientos que le habían acosado durante semanas
parecían a punto de cumplirse. Puede que eso explique la expresión impasible
que tanto Marian Thayer como René Harris habían observado en él. Pocos meses
atrás, Frank Millet había escrito a un amigo que preferiría hundirse en un
buque de guerra antes que en un bote de pesca[373]. Y había
afirmado con frecuencia que, de poder elegir la manera de morir, caería en
combate tras haber exprimido su vida al máximo. Pero perecer en un
transatlántico naufragado parecía inverosímil, así que es probable que Millet,
como Gracie, siguiera pensando que era posible que los rescataran.
La
noticia de que había dos botes plegables más amarrados en el tejado de las
dependencias de los oficiales insufló renovadas esperanzas a Archibald Gracie.
Jim Smith y él corrieron hacia proa por la banda de babor y ayudaron a preparar
un pescante vacío para el bote plegable. «¿Algún pasajero tiene un cuchillo?»,
gritó uno de los hombres que se habían encaramado al tejado, y Gracie lanzó su
navaja, si bien pensó que era una herramienta inadecuada para una tarea tan
importante[374]. Smith y
Gracie apoyaron los remos contra la pared para deslizar por ellos el bote
plegable A, que de repente cayó con estrépito e hizo trizas los remos, y ambos
se apartaron corriendo. Luego los tripulantes empezaron a arrastrar el bote
hacia los pescantes para sujetarlo a los cabos con el fin de bajarlo.
En ese
mismo momento, en el costado de babor Charles Lightoller estaba en lo alto del
tejado con una docena de tripulantes que se esforzaban por cortar los cabos
para soltar el otro bote Engelhardt, el B. Harold Bride, el operador de la sala
Marconi, acababa de subir para ayudarles. Unos diez minutos antes, el capitán
había acudido a la sala Marconi para eximir de sus obligaciones a Bride y
Phillips. «Cuiden de sí mismos —les dijo Smith—. Así son las cosas en momentos
como este. Que cada uno piense en sí mismo»[375]. Pero
Jack Phillips continuó ante el radiotransmisor cuando apenas había luz y la
señal ya chisporroteaba. Aquella entrega impresionó a Bride. El segundo
operador fue a los dormitorios para coger su dinero y al volver vio que un
fogonero intentaba llevarse el salvavidas de Phillips. Enfurecido, agarró al
hombre y se produjo una refriega en la que Phillips golpeó al fogonero y lo
derribó. «Vámonos de aquí», dijo Phillips sin aliento, y ambos huyeron de la
cabina de transmisiones dejando al fogonero en el suelo. Cuando oyeron el
borboteo del agua que subía hacia el puente, Phillips se dirigió a popa y Bride
trepó al tejado de las dependencias de los oficiales.
Mientras
tanto, Norris Williams y su padre se hallaban en el puente con el capitán Smith
cuando el barco dio una repentina sacudida. Norris miró hacia la proa, y no vio
más que el mástil delantero, que se elevaba del agua como un árbol en una
planicie inundada. De pronto, lo arrolló un torrente de gélida agua de mar que
barrió todo el barco. Mientras trataba de escapar a nado del puente anegado
hacia la barandilla de babor, Norris perdió de vista a su padre. Al barrer la
cubierta, la ola se había llevado a los que intentaban soltar el bote plegable
A de los cabos del pescante. En la banda de babor, el bote plegable B cayó y
aterrizó con estrépito boca abajo en la cubierta.
Cuando
Archibald Gracie y Jim Smith retrocedieron para escapar de la ola, toparon con
una multitud que salía de la puerta de las escaleras de primera clase. El
grupo, en el que había varias mujeres, corrió hacia la popa para huir del agua
que avanzaba, pero tuvo que detenerse ante la barandilla que marcaba el final
del paseo de primera clase. Al darse cuenta de que estaban en un sitio sin
salida, Gracie y Smith levantaron la mirada hacia el tejado del comedor de los
oficiales. Smith dio un salto para encaramarse a él, pero no lo consiguió y
cayó hacia atrás. Gracie erró igualmente el intento, entorpecido por su pesado
abrigo y el salvavidas.
En ese
momento, la proa del transatlántico se alzó con un temblor y Norris Williams se
encontró de repente a gran altura en la cubierta superior, fuera del torrente
de agua, que retrocedía. Al mirar a su alrededor, vio a su padre a una
distancia de entre doce y quince pies. Cuando la palabra «succión» relampagueó
en su cerebro, gritó a su padre: «¡Rápido, salta!», y saltó por la barandilla.
Otros que estaban cerca hicieron lo mismo. Según afirmaría el operador Harold
Bride, más o menos en ese momento vio desde el tejado cómo el capitán Smith se
lanzaba al mar desde el puente.
Un
instante después, la proa del barco descendió con una nueva sacudida y envió
hacia popa una ola aún mayor. En ese instante, Harold Bride se hallaba en
cubierta junto al bote plegable B, que estaba boca abajo, y cuando el agua
avanzó hacia él, se agarró a un tolete del bote, que la ola arrastró por la
cubierta. En la banda de babor, varias personas treparon al bote plegable A, y
cuando dos hombres intentaban cortar los cabos, la segunda ola les cayó encima.
El bote se estampó contra el pescante y fue empujado hacia la chimenea
delantera antes de flotar a la deriva, medio inundado, con unos cuantos
ocupantes.
Archibald
Gracie se abalanzó hacia la segunda ola como si estuviera haciendo surf en la
orilla de una playa. La masa de agua lo levantó hasta el tejado del comedor de
los oficiales, adonde subió agarrándose a la barandilla. Reptó hasta la base de
la segunda chimenea y miró alrededor en busca de Jim Smith, pero no vio ni a su
amigo ni a ninguno de los que estaban en cubierta solo unos segundos antes.
Gracie sintió remordimientos al verse separado de Smith, ya que habían acordado
permanecer juntos hasta el final. Pensó que seguramente se había estampado
contra la pared, y quedado inconsciente, o se había visto arrastrado por la
borda en una maraña de cuerdas y escombros.
Charles
Lightoller gateó deprisa hacia el tejado de la timonera y se tiró al agua, cuya
gélida temperatura hizo que tuviera la impresión de que le clavaban mil
cuchillos en el cuerpo. Al salir a la superficie vio la cofa del mástil de proa
justo delante de él. Su primera reacción fue nadar hacia allí, pero enseguida
se dio cuenta de que agarrarse a cualquier parte del barco era una locura.
Cuando empezó a alejarse a nado hacia estribor, de repente un torrente de agua
lo arrastró hacia un hueco de ventilación. Sabía que el hueco daba directamente
al cuarto de calderas y que la frágil rejilla que lo cubría era lo único que lo
separaba de una caída de cien pies. Sin embargo, cada vez que intentaba
apartarse, el agua lo arrastraba de nuevo hacia la rejilla. Empezó a sentir que
se ahogaba y pensó que solo le quedaban unos minutos de vida. De pronto, una
ráfaga de aire caliente brotó del hueco y le liberó. Salió jadeando a la
superficie, pero enseguida lo arrolló un nuevo torrente de agua. Cuando
finalmente consiguió alejarse, se encontró junto al bote plegable B, que estaba
boca abajo. Algunos hombres se aferraban a su dorso, pero Lightoller, exhausto,
solo pudo agarrarse a un cabo y flotar junto a la embarcación. A su alrededor,
algunos nadaban y otros se ahogaban en lo que él llamó «una absoluta pesadilla
de imágenes y sonidos».
Mientras
la proa del Titanic se hundía, Lightoller vio cómo la popa se
elevaba por encima del agua, lo que hizo que «la gente se apelotonara por la
empinada cubierta en grupos indefensos, algunos de los cuales caían al agua
helada»[376]. Vio que
los cabos de amarre de la chimenea de proa se tensaban y rompían con un
chasquido. La gigantesca chimenea se desplomó provocando una lluvia de chispas
y hollín. El cabo de la banda de estribor aguantó un poco más y tiró de la
chimenea en esa dirección, hasta que cayó encima de un grupo de gente que
nadaba y por poco aplastó a Lightoller. Norris Williams estaba seguro de que la
chimenea había matado a su padre. El derrumbe de la chimenea también provocó
una ola que lanzó fuera del barco el bote plegable B, a cuyo cabo seguía
agarrado Lightoller.
Jack
Thayer acababa de salir a la superficie cuando la vio desplomarse a unos quince
pies de él. No veía por ninguna parte a Milton Long, quien se había arrojado al
agua unos cinco segundos antes que él. Long se había deslizado por el casco, en
tanto que Thayer había saltado limpiamente, lo que le salvó la vida. Jack se
volvió hacia el barco y lo vio rodeado de un resplandor rojo. La popa estaba
inclinada en un ángulo de unos treinta grados, con los ojos de buey aún
iluminados. Harold Bride, que también se hallaba en el agua, pensó que parecía
un pato con la cabeza sumergida. Entonces, las luces parpadearon y se apagaron.
Jack Thayer oyó el estruendo y el rugido de lo que pensó que eran los motores y
las calderas al ser arrancados de su base. En el bote plegable D, a Hugh
Woolner el ruido le pareció como si mil toneladas de rocas se precipitaran por
una rampa metálica. Otros pasajeros de los botes salvavidas lo describirían
como una serie de explosiones, y muchos pensaron que las calderas habían
estallado.
Pero lo
que oían en realidad era el desmembramiento del barco. Incapaz de soportar la
tensión, el transatlántico se partió en dos justo detrás de la tercera
chimenea. Un pasajero anónimo declararía más tarde a un periodista que sintió
cómo el barco temblaba bajo sus pies. «Era como si alguien hubiera gritado:
“¡El barco se hunde!”», recordó[377]. A
continuación explicó que había saltado al agua junto con Archie Butt y Clarence
Moore. Cuando la sección de proa empezó a hundirse, Archibald Gracie se
encontró en medio de un remolino de agua. Se agarró a la barandilla del borde
del tejado y no la soltó aunque lo arrastraba hacia abajo. De repente pensó que
corría el riesgo de hervir vivo en el agua que borboteaba de las calderas, de
modo que soltó la barandilla y pateó hacia arriba con todas sus fuerzas. Cuando
se aproximaba a la superficie, vio pedazos de madera que ascendían a su
alrededor y se agarró a una pequeña tabla. Al sacar la cabeza del agua,
contempló una masa de vapor gris sobre el mar y una maraña de escombros.
El Titanic no se veía por ninguna parte. Distinguió una caja
de madera que flotaba entre los restos, y se dirigió a nado hacia allí. Justo
detrás había un bote boca abajo con unos hombres encaramados a la quilla. Nadó
hasta allí y se subió.
Se
trataba del bote plegable B, y Jack Thayer era uno de los hombres que se
encontraban sobre él. Al hundirse la sección de proa del buque, una ola lo
había lanzado contra el bote, desde cuya parte posterior presenció con claridad
los últimos momentos del Titanic. «La popa pareció elevarse en el
aire —recordó— y se detuvo en un ángulo de unos sesenta grados. Se quedó así
unos instantes y luego desapareció en el mar con un sonido silbante mientras la
gente saltaba de la popa»[378]. Norris
Williams levantó la cabeza y vio las tres hélices y el timón recortados contra
el cielo. A continuación observó cómo la popa giraba sobre sí misma y se
hundía, al parecer sin provocar ninguna succión y con muy poco ruido. Joughin,
el panadero jefe, que estaba junto a la barandilla de popa, también afirmaría
que no hubo succión. Dijo que el barco se hundió como un ascensor y que él se
alejó nadando sin mojarse ni siquiera el pelo.
«Se ha
hundido», oyó Charles Lightoller murmurar como una bendición a los que estaban
a su alrededor en el bote volcado[379]. «Se ha
hundido, chicos —repitió como un eco un tripulante en el bote 3—. Remad con
todas vuestras fuerzas, o nos alcanzará un oleaje fortísimo»[380]. Un
hombre de negocios inglés que se hallaba en ese mismo bote recordó que «nos
quitamos el sombrero, inclinamos la cabeza y nadie dijo nada durante unos
minutos»[381]. En el
bote 5, Pitman, el tercer oficial, consultó su reloj y vio que eran las 2:20
horas. May Futrelle oyó sollozar a una mujer francesa en su bote, pero ella no
lloró; se sentía como muerta. En el bote plegable C, Bruce Ismay no pudo
soportar el espectáculo y se sentó de espaldas al transatlántico que se hundía.
Lucy Duff Gordon, presa de un intenso mareo, vio desaparecer la negra silueta
en el agua.
Entonces
oyeron lo que Archibald Gracie llamó «los sonidos más horribles jamás oídos por
un mortal»[382]. Hugh
Woolner lo describió como «el gemido más pavoroso y espeluznante»[383], y René
Harris como «un sonido… que nos perseguirá hasta la eternidad»[384]. Henry
Harper dijo que era «un violento coro enloquecido», y concluyó que muchos
debieron de perder la razón al notar que el barco se hundía[385]. A Edith
Rosenbaum le parecieron vítores, y recordó que un tripulante que estaba en su
bote les animó a lanzar vítores también, ya que eso significaba que todos los
pasajeros del transatlántico habían conseguido meterse en los botes salvavidas.
William
Sloper no se engañaba respecto al sentido del coro de lamentos. Recordó que
cada vez que se encendía una luz en un bote salvavidas, los centenares de
personas que estaban en el agua la veían y «de inmediato el conjunto de voces
aumentaba de volumen y descendía en un tremendo gemido que reverberaba en la
oscuridad estrellada de la silenciosa noche»[386].
Lawrence Beesley pensó que los gritos expresaban «todas las posibles emociones
humanas, miedo, desesperación, agonía, profunda indignación y furia ciega,
mezclados (estoy seguro) con notas de infinita sorpresa, como si estuvieran
diciendo: “¿Cómo es posible que me esté pasando a mí esto tan terrible, que me
haya metido en esta trampa mortal?”»[387]. Tal vez
esas «notas de infinita sorpresa» emanaran más profundamente de los señores del
universo de la Edad Dorada —entre ellos Astor, Widener, Thayer, Guggenheim,
Douglas, Moore y Hays—, quienes de repente se vieron sumergidos en el agua
helada. En el pasado la gente perecía en naufragios, pero estaban en el siglo
XX; ese tipo de cosas ya no ocurrían, y menos a gente como ellos.
Ahora
sabemos que la actividad frenética en el agua helada no hace más que
intensificar los efectos de la hipotermia. Por eso, los que intentaron nadar
sin salvavidas hasta los botes fueron seguramente los primeros en morir. Tal
vez Archie Butt se contara entre ellos. Un fogonero no identificado que logró
llegar al bote plegable B, explicó a un periodista que, cuando le hubieron
ayudado a subir, «un hombre con uniforme del ejército trepó a la balsa, pero
tenía el cuerpo agarrotado y enseguida murió. Lo lanzamos por la borda para
hacer sitio a un superviviente»[388]. Si
Archie Butt murió de esa manera, entonces el final le llegó rápido. Parece
tristemente apropiado que un hombre que había llevado una vida tan ajetreada la
concluyera con un último esfuerzo desenfrenado. Su cuerpo desapareció bajo la
negra superficie del mar para descender lentamente al fondo oceánico, a más de
dos millas de profundidad.
En el
caso de Frank Millet, parece que la muerte tardó en llegar, tal vez media hora
o más, mientras tiritaba bajo un resplandeciente baldaquino de estrellas, más
hermoso que cualquiera de los que había visto en los mosaicos bizantinos y en
los frescos venecianos, imposible de reproducir en un cuadro. Tal vez tuviera
momentos de arrepentimiento y reflexión, o comprendiera mejor algunas cosas
antes de que se nublara su mente y finalmente se produjera la insuficiencia
respiratoria y cardíaca. Su cuerpo se recuperó diez días después, en posición
vertical en un salvavidas de corcho, con la corbata blanca visible bajo el
cuello del abrigo negro. La expresión de su rostro era serena, y en su cuerpo
no había señales de esfuerzo.
A los que
estaban en los botes salvavidas les pareció que los gemidos de los moribundos
no cesarían nunca. A medida que pasaba el tiempo, se convertían en un canto
monótono, lo que Helen Candee llamó «un fuerte gemido de un solo ser, forzado
por la agonía final a emitir un único sonido»[389]. A Jack
Thayer le recordó al agudo zumbido de los insectos en una noche de verano. René
Harris pensó en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén. Muy lentamente, el
sonido fue debilitándose, hasta que se desvaneció en la quietud mortal de la
noche del Atlántico norte.
El baño turco en el Olympic, seguramente muy parecido al del Titanic.
©Museum of the City of New York, Byron Collection
Helen Candee. ©Randy Bryan Bigham Collection
Ben Guggenheim. ©Randy Bryan Bigham Collection
Lady Duff Gordon. ©Randy Bryan Bigham Collection
Sir Cosmo Duff Gordon, marido de Lady Duff Gordon, pescando en su finca de
Aberdeenshire. ©Randy Bryan Bigham Collection
J. Bruce Ismay. ©Mary Evans Picture Librar
El comedor de primera clase. ©Ken Marschall Collection
René Harris. ©Library of Congress Prints and Photographs Archive
Henry B. Harris. ©Gregg H. Jasper Collection
El restaurante Ritz. ©Ken Marschall Collection
Eleanor Widener. ©Randy Bryan Bigham Collection
Archie Butt. ©Library of Congress Prints and Photographs Archive
Marian Thayer. ©George Behe Collection
La sala de fumar de primera en el Olympic, parecida a la del Titanic.
©Museum of the City of New York, Byron Collection
Fred Fleet y Lawrence Beesley. ©Library of Congress Prints and Photographs
Archive, ©Mary Evans Picture Library
Los botes salvavidas. ©Colección del autor
Madeleine Astor. ©Randy Bryan Bigham Collection
Murdoch, el primer oficial. ©Titanic Historical Society Collection,
Endpapers
Jack Thayer. ©University of Pennsylvania Archives
Lowe, el quinto oficial. ©Mary Evans Picture Library
La condesa de Rothes, con su hijo Lord Leslie. ©Randy Bryan Bigham
Collection
El Carpathia. ©Library of Congress Prints and Photographs Archive
Arthur Rostron, capitán del Carpathia. ©Library of Congress Prints and
Photographs Archive
Supervivientes en la cubierta del Carpathia. ©Mary Evans Picture Library
Grupo de supervivientes en el Carpathia. La tercera por la izquierda, con
abrigo de pieles, es la señora Astor. ©Mary Evans Picture Library
Una multitud aguarda la llegada del Carpathia con los supervivientes.
©Library of Congress Prints and Photographs Archive
El Carpathia arribando a puerto. ©Library of Congress Prints and Photographs
Archive
Los huérfanos del Titanic: Michael Navratil, de tres años, y su hermano
Edmond, de dos. ©Library of Congress Prints and Photographs Archive
El Titanic ya es historia. ©Mary Evans Picture Library
Capítulo
15
Voces en la noche
15 de
abril de 1912, 2:30 horas
«¡Dígale
al oficial que no vuelva atrás! —imploró en el bote 5 una mujer al camarero
Henry Etches—. ¿Para qué arriesgarnos a perder todos la vida en un intento vano
por salvar a los del barco?»[390]. Algunos
expresaron su acuerdo y, como las protestas aumentaran, Pitman, el tercer
oficial, cedió y ordenó que el bote 5 se alejara de quienes gritaban en el
agua. Escenas similares tuvieron lugar en muchos otros botes salvavidas. El
marinero Thomas Jones quería que el bote 8 diera media vuelta y, al negarse los
que remaban, declaró: «Si alguno de nosotros se salva, que recuerde que yo
quise volver. Preferiría hundirme antes que dejarles»[391].
La
negativa de dieciséis de los dieciocho botes a acudir a socorrer a los que
morían es otro de los «si alguien hubiera…» de la historia del Titanic.
Muchos botes solo estaban medio llenos y, de haber regresado con rapidez,
posiblemente hubieran podido salvar docenas de vidas. En el bote de los Duff
Gordon había sitio para veintiocho pasajeros más. Pero en el bote 1, como en
casi todos, el miedo a que los inundara una multitud aterrorizada se impuso a
cualquier otro sentimiento. «Volver atrás hubiera sido una auténtica locura»,
afirmaría Hugh Woolner, a quien hacía poco los pasajeros del bote plegable D
habían recogido del agua[392].
Para
quienes habían abandonado el Titanic en los primeros botes,
los gritos llegaban «como rayos, inesperados, inconcebibles», según recordaría
más tarde Lawrence Beesley, quien sin embargo también observó que «en los botes
nadie pudo escapar al horror paralizante de saber que a una distancia tan corta
tenía lugar una tragedia inconcebible por su magnitud»[393]. No
obstante, en los botes salvavidas había algunos que simplemente no podían creer
que algún pasajero con derecho a camarote se hubiera quedado atrás. «Creí que
eran los de tercera, que habían subido a balsas y estaban todos histéricos»,
afirmó una pasajera de primera clase[394]. Mary
Eloise Smith, de dieciocho años, hija de un congresista, pensó que los gritos
eran de «marineros o quizá de pasajeros de tercera que dormían cuando se evacuó
el barco. No se me pasó por la cabeza que mi marido y mis amigos pudieran no
haberse salvado»[395]. Sin
embargo, Lucian Smith, de veinticuatro años, con quien Mary Eloise se había
casado hacía solo dos meses, fue uno de los que no se salvaron.
En el
bote 4, la mayoría de las mujeres pensó que sus maridos e hijos podían
encontrarse entre aquellos que luchaban en el agua helada, ya que no hacía más
que media hora que se habían despedido de ellos. Con el cabo Perkins al timón y
Marian Thayer, Madeleine Astor, y Emily Ryerson y su hija pequeña a los remos,
volvieron hacia atrás con determinación, pese a unas pocas protestas. Subieron
a siete hombres, todos ellos tripulantes o camareros. Una pasajera, la esposa
de un corredor de bolsa de Nueva York, reconoció a su camarero de habitación
cuando lo ayudaban a subir a bordo. Dos de los rescatados murieron pronto, y
varios de los otros se pasaron casi toda la noche gimiendo y delirando.
En el
bote 14, Lowe, el quinto oficial, estaba bastante seguro de que sería «un
suicidio» remar hacia la infinidad de náufragos y, resolvió esperar a que su
número hubiera «disminuido»[396]. Lowe
había asumido el mando de otros cuatro botes salvavidas y ordenado que los
ataran al 14, a unas ciento cincuenta yardas del lugar del hundimiento. Daisy
Minahan, la hermana del médico de Wisconsin, uno de los que aullaban en el
agua, no estaba demasiado satisfecha con el comportamiento del joven quinto
oficial. Afirmó que Lowe hacía observaciones poco serias y soltaba tantas
palabrotas que pensó que estaba bebido. Cuando ella y unos pocos más le rogaron
que trasladara a los pasajeros a los otros botes y fuera a rescatar a los que
nadaban, él replicó: «Maldita sea, deberían alegrarse de estar aquí con vida».
Finalmente accedió y, cuando los pasajeros pasaban a los otros botes, Lowe le
gritó a Daisy: «¡Salte, maldita sea, salte!», lo que le valió su permanente
enemistad[397].
Pero el
lenguaje de Lowe era cortés en comparación con el que usaba el cabo Hichens en
el bote 6. Al oír los espeluznantes gritos, varios pasajeros le suplicaron que
volviera atrás, pero el cabo se negó alegando que solo encontrarían muchos
«fiambres». El comentario sobresaltó a algunas mujeres, pero Arthur Peuchen no
pudo sino constatar con resignación: «No sirve de nada discutir con ese hombre.
Es mejor no hablar con él»[398].
Mientras el comandante remaba con expresión taciturna, en un bote que no estaba
ni medio lleno, la mayoría de los integrantes de su pandilla —Harry Molson;
Hudson y Bess Allison y su hija de dos años, Loraine; Mark Fortune y su hijo de
diecinueve años; el trío de solteros conocido como Los Tres Mosqueteros;
Charles Hays con su yerno y su ayudante de veintidós años— se ahogaban o morían
congelados.
Al cabo
de casi una hora el quinto oficial, Lowe, maniobró finalmente el bote para
dirigirse hacia el lugar del naufragio. Los gemidos ya habían cesado casi por
completo y solamente rescataron a tres o cuatro hombres, entre ellos un
pasajero muy alto de primera clase llamado W. F. Hoyt, que sangraba por la
nariz y la boca y que murió poco después. Cuando se preparaban para abandonar
el lugar, vieron una puerta que flotaba con lo que parecía ser un menudo
japonés agarrado a ella. Parecía rígido, congelado, y Lowe dijo: «¿Qué le vamos
a hacer? Lo más seguro es que esté muerto, y si no lo está, hay otros que
merece más la pena salvar antes que a un japo». Pero al final lo subieron al
bote y varias mujeres se pusieron a frotarle el pecho, las manos y los pies. Al
cabo de unos segundos abrió los ojos y dijo unas pocas palabras que nadie
entendió, tras lo cual se incorporó y se estiró. Luego cogió un remo y empezó a
remar con tanta diligencia que Lowe tuvo que admitir que se avergonzaba de lo
que acababa de decir sobre «el pequeño canalla»[399]. El
rescatado era en realidad chino, uno de los ocho marineros de la Donaldson Line
que viajaban en tercera clase, cuatro de los cuales se habían escondido en la
proa del bote plegable C[400].
En la
oscuridad, Lowe no alcanzó a ver a las veinte o más personas que se habían
refugiado en el bote plegable A, parcialmente anegado, entre ellas Norris
Williams. Agarrado a la borda de la embarcación, Norris notó que el peso del
abrigo de pieles tiraba de él hacia abajo, así que se lo quitó rápidamente.
Entonces subió al bote y observó que podía permanecer de pie en él a pesar de
que el agua le llegaba a la cintura. Cerca de la proa, alguien pidió a los
presentes que se numeraran para saber cuántas personas había a bordo, pero el
recuento se interrumpió al llegar a los que no entendían inglés. Después
propusieron levantar los costados de lona del bote e intentar achicar el agua.
Entusiasmado con la idea, un pasajero que estaba cerca de Norris preguntó al
hombre que tenía delante si le prestaba el bombín para achicar el agua. El
hombre se negó diciendo, para desconcierto de Norris, que, con el frío que
hacía, sin el sombrero pillaría un resfriado. Pero las esperanzas de achicar el
agua se desvanecieron al descubrir que los soportes de los costados estaban
rotos y la lona, desgarrada. Después de eso, parecía que solo Dios podía
ayudarles, y cuando alguien sugirió rezar una oración, se pusieron todos en pie
e inclinaron la cabeza. Una de las personas más devotas entre los que rezaban
tiritando de frío era Rhoda Abbott, costurera del Ejército de Salvación, que
había saltado desde la cubierta con sus dos hijos adolescentes, a los que
perdió en medio del caos cerca de la proa que se hundía.
También
estaban rezando los que se encontraban en la quilla del bote plegable B. Cuando
los gritos en el agua cesaron, un tripulante que estaba cerca de la popa
preguntó a los demás qué fe profesaban y dirigió una oración al Señor. Eso
animó a Archibald Gracie, quien se sentía intimidado por el aspecto rudo de los
hombres que le rodeaban y temía que no tuvieran «contemplaciones» con él si
decidían que había que aligerar el bote. Gracie había desviado la mirada cada
vez que, con un lenguaje que, en palabras suyas, «hirió mi sensibilidad»,
apartaban a los que se acercaban a nado[401]. Cuando
el fogonero Harry Senior se aproximó al bote plegable, le golpearon en la
cabeza con un remo, pero nadó hasta el otro lado y logró subirse. Al panadero
Charles Joughin lo empujaron cuando trataba de subir, pero también él bordeó el
bote y uno de los cocineros lo reconoció y lo subió agarrándolo del brazo. Al
ver que Algernon Barkworth se acercaba nadando a braza con su estilo de Eton,
alguien gritó: «¡Cuidado, nos vas a hundir!», pero Barkworth trepó a la quilla,
chorreando como un perro pastor con su abrigo de pieles[402]. El juez
de paz de Yorkshire era el tercer pasajero de primera clase, después de Gracie
y Jack Thayer, entre los aproximadamente veintiocho hombres del bote plegable
volcado. Harold Bride, el operador de radiotransmisiones, estaba apretujado
junto a Jack Thayer cerca de la popa, con alguien sentado a sus pies. El
gaitero irlandés Eugene Daly era uno de los aproximadamente seis pasajeros de
tercera clase que también treparon a la quilla. El panadero Joughin afirmaría
que él permaneció en el agua agarrado al bote, ajeno a todo por el alcohol que
había ingerido. Los demás hombres estaban de rodillas o acuclillados sobre las
resbaladizas cuadernas del casco, y unos pocos usaron tablas y un remo para
alejarse del lugar del naufragio.
Lightoller,
el segundo oficial, tomó pronto el mando del bote, para gran alivio de Gracie.
Cuando se enteró de que uno de los hombres de la sala Marconi se encontraba a
bordo, preguntó a Harold Bride qué barcos habían respondido a las llamadas de
socorro. El segundo operador de radiotransmisiones dijo que el Carpathia era
el que estaba más cerca y que llegaría en cuestión de tres horas. La noticia
animó a todo el mundo, y un tripulante puso a todos a vociferar: «¡Ah del
barco! ¡Ah del barco!», grito que alcanzó su mayor volumen cuando se distinguió
a lo lejos un resplandor verde de bengalas. Pero quien las lanzaba era Boxhall,
el cuarto oficial, quien se había llevado una caja de bengalas al bote 2.
Cuando las llamaradas desaparecieron, Lightoller ordenó que dejaran de gritar.
En el
bote 1, Cosmo Duff Gordon también le dijo a Henry Stengel que parara de gritar
«¡Ah del barco!». Cosmo estaba preocupado por su mujer, quien yacía en el fondo
bote, mareada y temblando de frío. Mabel Francatelli se tumbó junto a Madame,
como llamaba a su jefa, y de vez en cuando Lucy se incorporaba para asegurarle
a Cosmo que se encontraba bien. En ocasiones trataba de iniciar conversaciones
banales, y en un momento determinado bromeó con Franks sobre la extraña
combinación de ropa que llevaba.
—Fíjate
—dijo—, has dejado en el barco tu bonito vestido de noche.
Al
fogonero Robert Pusey eso le pareció demasiado.
—No
piense en su vestido de noche, señora —replicó—, tiene suerte de estar viva.
—No
tienen que preocuparse por haber perdido sus cosas —intervino otro fogonero—,
tienen dinero suficiente para comprarse otras.
Eso
resultaba evidente viendo a Madame con su abrigo de pieles y sus elegantes
babuchas de terciopelo rosa.
—¿Y
nosotros, qué? —continuó el fogonero—. Hemos perdido todo nuestro equipo y nos
hemos quedado sin paga desde que el barco se hundió.
—Sí, mala
suerte, podría decirse —afirmó sir Cosmo—. Pero no se preocupen, encontrarán
otro barco. En todo caso, yo les daré un billete de cinco dólares para que se
compren un equipo nuevo[403].
No
imaginaba que aquel pequeño gesto de noblesse oblige llegaría
a perseguirle.
En el
bote 6, Margaret Brown se había quitado su abrigo de manta cibelina para remar
con mayor comodidad. Animó a las demás mujeres a que remaran también,
desafiando al cabo, quien se metía con ella desde la popa. Pero Robert Hichens
no podía intimidar a aquel grupo de mujeres. Además de la robusta señora Brown,
la valiente señora Candee y la imprevisible Berthe Mayné, había a bordo dos
sufragistas inglesas, Elsie Bowerman y su madre, Edith Chibnall. Ambas eran
integrantes activas de la Unión Social y Política de Mujeres, de Sylvia
Pankhurst, la más militante de las organizaciones a favor del voto femenino del
Reino Unido. Edith fue una de las diez mujeres que en 1910 habían acompañado a
Sylvia Pankhurst en una delegación al Parlamento que acabó con varias detenidas
tras un altercado con la policía. En una manifestación en Hyde Park había
llevado una pancarta que decía: «Rebelarse contra los tiranos es obedecer a
Dios»[404].
Una
rebelión en toda regla contra un tirano era lo que tenía lugar en el bote 6.
Las mujeres trataron de poner en ridículo al cabo para incitarle a remar, pero
Hichens se negó y se quedó al timón gritándoles instrucciones y agoreras
advertencias de que podrían permanecer varios días perdidos en el mar sin
comida ni agua. Más tarde se acercó a ellos el bote 16 y lo amarraron al suyo.
En la otra embarcación Margaret Brown vio a un fogonero con poca ropa que
estaba aterido de frío y, cuando este saltó a la suya para ayudar a remar, lo
envolvió con su abrigo de marta y le ató la parte inferior en torno a los
tobillos. Luego le pasó un remo y ordenó que cortaran los cabos que unían los
dos botes para que pudieran remar y entrar en calor. Aullando maldiciones de
protesta, Hichens se dispuso a impedirlo, pero la señora Brown se levantó
enfurecida y le amenazó con lanzarlo por la borda. El fogonero envuelto en
pieles recriminó a Hichens sus palabras soeces en el argot de las clases bajas
de Londres:
—Eh,
amigo, ¿no ve que está hablando con una dama?
—¡Sé con
quién estoy hablando y yo estoy al mando de este bote! —farfulló el cabo
mientras el bote 6 se alejaba siguiendo las instrucciones de Margaret Brown[405].
Ella
White estaba horrorizada con lo mal que remaban en el bote 8 e intentó marcar
el ritmo contando las paladas mientras agitaba en el aire su bastón luminoso.
Solo consiguió molestar a los hombres que remaban, pero la leal Marie Young
observó que el bastón eléctrico de la señora White «se consideraba un verdadero
tesoro», ya que no tenían otra fuente de luz en el bote[406]. Los
patéticos gritos de Pepita Pérez de Soto llamando a su marido, Víctor Peñasco,
llegaron a sacar de quicio a los pasajeros del bote 8, hasta el punto de que la
condesa de Rothes, una aristócrata inglesa, abandonó el timón para abrazarla y
consolarla. A diferencia de otras mujeres, Pepita temía que la vida de su
marido se estuviera desvaneciendo en la oscuridad helada.
A sus
treinta y tres años, Noëlle, la condesa de Rothes, era la señora de Leslie
House, una propiedad de diez mil acres cerca de Fife, desde que en 1900 se
casara con el heredero de aquel antiguo castillo escocés, y su actitud resuelta
había inducido al marinero Jones a ponerla al timón del bote 8. Noëlle pidió a
Gladys Cherry, prima de su marido, que se ocupara del timón mientras ella
consolaba a Pepita. Cuando los horrendos gemidos de los moribundos llegaron
hasta ellos, la condesa tapó con las manos los oídos de la recién casada
española. Noëlle y Gladys apoyaron al marinero Jones cuando este propuso volver
atrás a por los que nadaban, pero Gladys recordaría que los otros «nos habrían
matado antes que permitir que diéramos media vuelta». También señalaría lo
hermosas que eran las estrellas aquella noche, pero añadió: «No quiero volver a
sentir nunca más ese aire helado ni ver esas estrellas»[407].
Edith
Rosenbaum recordaría asimismo con qué intensidad sentían el frío los que
estaban con ella. A fin de distraer a los niños del bote 11, Edith retorcía la
cola de su cerdito de juguete para que sonara «The Maxixe». Sin embargo, en el
bote 7, William Sloper tenía calor mientras manejaba el remo. Con el jersey de
lana de Shetland, el traje, el abrigo de invierno y el salvavidas, chorreaba
sudor. Al ver temblar a Dorothy Gibson, que se había puesto un abrigo largo de
pelo de camello sobre el vestido de seda, se quitó el suyo y se lo echó sobre
los hombros. En el bote 5, Karl Behr dejó de remar un momento para frotar los
pies enfundados en medias de Helen Newsom, que se le habían mojado con el agua
que había en el fondo de la embarcación. El hombre que se encontraba junto a
Behr le dio un codazo y le mostró un pequeño revólver niquelado. «Si ocurriera
lo peor —dijo con calma—, puede usarlo cuando mi mujer y yo hayamos terminado»[408]. Behr le
dio las gracias educadamente y solo más tarde reflexionó sobre lo extraño de la
oferta.
En el
medio hundido bote plegable A, la situación era realmente de vida o muerte y
hubo muchas víctimas. Un hombre que estaba detrás de Norris Williams le
preguntó si podía apoyar el brazo sobre su hombro. Norris asintió y, cuando al
cabo de un rato notó que la mano se aflojaba y se volvió, el hombre esbozó una
débil sonrisa y cayó muerto al agua. Al aparecer un suave resplandor en el
horizonte por el lado de levante, renacieron las esperanzas de que los
rescataran, pero no bastaron para salvar a una madre y a su hija, que se
alejaron flotando abrazadas, sin vida.
En el
volcado bote plegable B, durante la noche murieron de frío dos hombres, uno de
los cuales cayó al agua. Algernon Barkworth pensó que el horror de la muerte se
desvanecía con rapidez en momentos como aquel. Y cada hombre muerto aligeraba
la carga de la precaria balsa, que se hundía cada vez más. Poco antes del
amanecer, se oyó un grito desde la popa:
—¡Viene
un buque por detrás!
—¡Que
todos los hombres se preparen! —ordenó Lightoller—. ¡Yo vigilo desde la popa![409]
No
obstante, cuando miró hacia atrás, no pudo confirmar las buenas noticias. Las
estrellas fugaces y las luces de los otros botes les habían hecho concebir
falsas esperanzas en diversas ocasiones. Sin embargo, poco después Archibald
Gracie vio en la distancia lo que parecían claramente las luces del mástil de
un buque. Detrás se distinguían unas grandes formas blancas que, según apuntó
un hombre, eran barcos pesqueros del Gran Banco de Terranova. Cuando salió el
sol, Gracie vio que eran icebergs.
Al
amanecer se levantó una brisa que provocó grandes olas, y Lightoller empezó a
dudar de que el bote plegable pudiera aguantar hasta la llegada del Carpathia.
Puso a los hombres en filas de a dos a lo largo de la quilla y empezó a gritar
«¡Inclínense a la derecha!» o «¡Inclínense a la izquierda!» para contrarrestar
el oleaje. Cuando el sol empezó a brillar en el cielo, avistaron cuatro de los
botes del Titanic, que estaban amarrados unos a otros a unas
ochocientas yardas. Los hombres gritaron y Lightoller hizo sonar un silbato de
oficial que se sacó del bolsillo. Los botes 4 y 12 se soltaron del 14 y del
bote plegable D y avanzaron lentamente hacia ellos. Al marinero Samuel Hemming
le pareció que los hombres hacia los que se dirigían se encontraban sobre una
placa de hielo.
«Aproxímense
y sáquennos de aquí», gritó Lightoller en cuanto estuvieron cerca[410]. El bote
volcado estaba entonces tan hundido que la ola que provocó el bote 12 al
acercarse casi lo hizo zozobrar. Lightoller empezó a desembarcar a los hombres
uno por uno. Cuatro o cinco subieron al bote 4, y el resto al 12. El bote medio
hundido cabeceaba peligrosamente cada vez que uno de ellos saltaba. El panadero
Joughin alcanzó el bote a nado y aseguró que había estado en el agua todo el
tiempo. El último en abandonar el bote fue el segundo oficial, que antes de
hacerlo levantó el cuerpo del hombre muerto para meterlo en el bote 12.
Archibald Gracie masajeó la cabeza y las muñecas del cadáver, pero el rigor
mortis ya se había apoderado de él. Lightoller se abrió paso hasta la popa del
abarrotado bote 12 y agarró el timón para avanzar lentamente hacia el barco que
había acudido a rescatarlos.
La vista
de las luces del mástil del Carpathia avivó las esperanzas de
los supervivientes medio congelados del bote plegable A. Chillaron de alegría
y, al grito de tres, exclamaron al unísono: «¡Ah del barco!».
—Vemos un
barco —dijo Olaus Abelseth, un granjero de Dakota del Norte nacido en Noruega,
al hombre al que sostenía por la axila. Abelseth lo había reconocido: era un
hombre de Nueva Jersey que había viajado en su mismo vagón del tren marítimo a
Southampton.
—¿Quién
es usted? —preguntó el hombre de Nueva Jersey—. Déjeme en paz. ¿Quién es usted?[411]
Abelseth
continuó sosteniéndolo, pero al cabo de media hora el hombre murió. Cuando
salió el sol, Norris Williams no pudo dejar de observar lo clara y hermosa que
era la mañana. Al ver los botes dispersos en la distancia, pensó en lo poco que
quedaba del mayor transatlántico jamás construido.
El bote
14, donde Lowe, el quinto oficial, había izado una vela, avanzaba a buen ritmo
hacia el Carpathia aun remolcando el bote plegable D. Hugh
Woolner vio que Lowe dirigía la embarcación hacia un grupo de gente que parecía
estar de pie en el agua. «Eran unas catorce personas —recordaría—, entre ellas
una mujer de pelo moreno y dos cadáveres»[412] Rhoda
Abbott, la única mujer superviviente, fue la primera a la que sacaron. René
Harris vio cómo aquella mujer vestida de marrón «se desplomaba en la
embarcación como un pájaro ahogado»[413]. Cuando
Norris Williams subió al bote 14, sintió como si le clavaran miles de agujas en
las piernas. Solo quedaban tres cadáveres en el bote plegable medio hundido.
Dos de ellos parecían marineros y el tercero era un hombre con traje de
etiqueta. Tras asegurarse de que estaban muertos, Lowe empujó la balsa.
Mientras el bote plegable se alejaba, un salvavidas blanco cubrió la cara del
hombre con el traje de etiqueta. Un mes después, el Oceanic encontraría
aquel bote plegable a unas doscientas millas del lugar del hundimiento
del Titanic. Vestido aún con la ropa que se había puesto para cenar
la última noche del Titanic, Thomson Beattie, el último de Los Tres
Mosqueteros, fue lanzado al mar.
Cuando
los supervivientes del bote 6 vieron la primera de las bengalas del Carpathia,
el cabo Hichens volvió a hacer gala de su costumbre de llevar la contraria y
dijo: «Es una estrella fugaz»[414]. Una vez
que estuvo claro que se trataba de un barco, Hichens aseguró: «No, no va a
recogernos. Va a recoger cuerpos», y ordenó que los remeros dejaran el bote a
la deriva[415]. Pero
las mujeres que remaban no estuvieron de acuerdo. «Ahí donde están aquellas
luces está nuestra salvación», dijo Helen Candee, expresando lo que pensaban
todos, y empezaron a remar hacia el Carpathia con renovada
energía[416].
Cuando el
sol hubo salido del todo, la banquisa empezó a brillar en tonos malvas y
rosados, en una imagen sobrecogedora. Había un iceberg de dos puntas, de unos
doscientos pies de altura. A Lucy Duff Gordon, los icebergs iluminados le
parecieron ópalos gigantes[417]. May
Futrelle observó que relucían como cuarzo de roca y pensó que uno de ellos
tenía que ser sin duda el «asesino»[418]. La
escena le recordó a Hugh Woolner las fotos de una expedición antártica. Douglas
Spedden, de siete años, sonrió varias veces en el bote 3 y dijo a su niñera:
«¡Oh, Muddie, mira qué bonito es el Polo Norte sin Santa Claus!». Daisy Spedden
anotó en su diario que, cuando su bote avanzaba hacia el rescate, «la tragedia
de la situación se clavó en nuestros corazones al ver el Carpathia entre
algunos restos del naufragio y el lastimosamente pequeño número de botes
salvavidas que se acercaban a él desde distintas direcciones»[419].
El Carpathia había
navegado a toda máquina hacia la posición del accidente del Titanic durante
la noche, hasta que vieron la explosión verde de las bengalas lanzadas por
Boxhall, el cuarto oficial, y se dirigieron hacia allí.
—¡Apague
los motores y embárquenos! —gritó Boxhall cuando a las 4:10 horas el Carpathia se
aproximó al bote 2—. Conmigo hay solo un marinero —añadió mientras el bote
cabeceaba debido al oleaje.
—¡De
acuerdo! —respondió el capitán, Arthur Rostron.
—¡El Titanic se
ha hundido con todo el mundo a bordo! —chilló Mahala Douglas, quien estaba
junto al timón.
Boxhall
le espetó de inmediato que se callara, lo que ella reconocería más tarde que
estuvo justificado. Pero después de ayudar a los pasajeros a trepar por la
escala de cuerda que desplegó el Carpathia, también Boxhall se
emocionó. Cuando le llevaron al puente, aquel oficial de veintiocho años con
cara de niño confirmó al capitán Rostron que el Titanic se
había ido a pique. Empezó a explicar los detalles y Rostron le interrumpió para
preguntarle cuánta gente quedaba a bordo cuando se hundió.
—¡Centenares
y centenares! ¡Tal vez mil! ¡Tal vez más! —soltó Boxhall con voz entrecortada—.
¡Dios mío, señor, se han hundido con el barco! ¡No habrán podido sobrevivir en
esta agua helada!
—Gracias,
señor —repuso el capitán con su característica tranquilidad—. Baje a tomar un
café y trate de entrar en calor[420].
En los
comedores del Carpathia sirvieron café, coñac caliente y
bocadillos a Mahala Douglas y al resto de los entumecidos supervivientes del
bote 2. Los camareros habían apuntado sus nombres y repartido mantas, y en cada
uno de los tres comedores había un médico con el material necesario, tal como
había dispuesto el capitán. Eran solo unas pocas de las medidas que había
tomado inmediatamente después de recibir la llamada de socorro del Titanic,
que habían captado por casualidad. El operador de radiotransmisiones del Carpathia,
Harold Cottam, había abandonado el servicio por la noche, pero se dejó puestos
los auriculares mientras se desataba las botas. Tan pronto como le informaron
de la señal CQD, el capitán, de cuarenta y dos años, ordenó que el Carpathia se
dirigiera al lugar del siniestro, y le dijo a Cottam que comunicara al Titanic que
estarían allí en cuatro horas. Avanzaron a toda máquina y consiguieron llegar
en solo tres y media, abriéndose camino entre los icebergs que avistaban los
vigías adicionales apostados en la cofa, en la proa y en los aleros del puente.
Rostron
también había ordenado que colocaran guindolas y bolsas de lona junto a las
escalas de cuerda para subir a las mujeres y los niños. A Lucy Duff Gordon y
Mabel Francatelli las izaron en guindolas cuando el bote 1, el segundo en
llegar, alcanzó el buque sobre las 4:40 horas. Lucy recordó que, una vez en
cubierta, ella y Franks «se abrazaron como niñas, incapaces de hablar por el
agotamiento, pensando solo en la bendita circunstancia de que nos habíamos
salvado»[421]. Lucy
bebió un poco de coñac caliente, pero se sentía demasiado enferma para comer.
Tomó un sedante y se durmió en un camarote de primera clase que le cedieron
unos pasajeros del Carpathia, y no se despertó hasta la mañana
siguiente.
Mientras
Lucy dormía, los dieciséis botes restantes continuaban avanzando hacia el Carpathia.
En el 3, Henry Harper se sorprendió de lo diminuto que parecía el buque de la
Cunard comparado con el Titanic, pero pensó que nunca había visto
nada tan bonito. Entretanto, Daisy Spedden soportaba cada vez peor a una mujer
«gorda» del bote 3 que, como escribiría posteriormente, «se comportó de forma
horrible todo el tiempo, ya que no paraba de hablar y de decirles a los
marineros lo que tenían que hacer, además de que con frecuencia tomaba sorbos
de su petaca de coñac sin ofrecer a nadie un trago». Cuando se aproximaban
al Carpathia, la mujer gorda se levantó para ser la primera en
subir al buque, y Daisy experimentó una gran satisfacción al tirarle del
salvavidas y ver cómo caía de culo en el bote. En el suelo se quedó, furiosa,
hasta que la embarcación se situó junto al Carpathia y en
palabras de Daisy, «todos estuvimos encantados de dejar que fuera la primera en
subir con la eslinga»[422]. Henry
Harper explicaría que, cuando «una mujer de tamaño considerable» dio un paso
hacia la guindola, otra mujer vestida con solo un camisón y un quimono se
levantó de repente y la señaló. «¡Mirad a esa mujer tan horrible! —gritó—. ¡Me
ha pisado el estómago! ¡Qué criatura tan horrible!»[423]. Según
Harper, la mujer del quimono había pasado toda la noche en el fondo del bote
sin que nadie la viera. Su identidad se desconoce, pero muchos investigadores
creen que la mujer «gorda» solo podía ser Charlotte Cardeza, la millonaria de
Main Line.
El bote
plegable C, con Bruce Ismay a bordo, se aproximó al Carpathia sobre
las 5:45 horas. Una vez en el buque, Ismay se apartó del resto de los pasajeros
y no habló con nadie. El doctor del Carpathia Frank McGee se
acercó a él y le sugirió que fuera al comedor a tomar alguna bebida caliente,
pero Ismay replicó que no quería nada. Al advertir su expresión trastornada, el
médico insistió y le rogó que entrara en el comedor, pero Ismay le soltó: «No.
Estaré mucho mejor si me deja solo», para añadir a continuación: «Si me lleva a
una habitación donde pueda estar tranquilo, se lo agradeceré»[424]. Un
camarero le condujo a una de las salas de consulta de los médicos, donde
permaneció hasta que el barco llegó a Nueva York. Mientras tanto, William
Carter se quedó en cubierta, esperando angustiado a su mujer e hijos.
Edith
Rosenbaum recordaría que, cuando el bote 11 llegó junto al Carpathia,
estuvo a punto de chocar con otro debido al oleaje. Los bebés y los niños del
bote 11 subieron primero en las bolsas de lona, y a Edith la izaron rápidamente
en una guindola que golpeó y arañó el casco del buque. Cuando sobre las 7:15
horas el bote 14 se situó junto al Carpathia, Norris Williams tuvo
fuerzas para trepar por la escalera de cuerda, a pesar de que tenía los pies
entumecidos. Un camarero le tendió un vaso de coñac que apuró enseguida, y
cuando el alcohol le hizo entrar en calor, de repente tuvo un ataque de hambre.
Se dirigió cojeando a la cocina, donde le prepararon lo que le pareció la
comida más sabrosa de su vida. Al terminar, Norris descubrió un atractivo lugar
calentito detrás de un fogón, se arrastró hacia allí con su manta y al poco se
quedó dormido.
El bote
14 llegó con el bote plegable D a remolque. Durante la noche Lowe, el quinto
oficial, había dirigido palabras de aliento a las mujeres del bote plegable,
ganándose por completo a René Harris. Cuando salió el sol, la mujer miró hacia
el lugar del que venía la voz y vio «a un hombre joven de casi uno noventa de
altura, de cuerpo delgado y musculoso… Su cara era de rasgos bien definidos y
de la buena raza británica… Llevaba la gorra ladeada como un niño. Parecía un
universitario recién levantado»[425]. Aquella
fijación ligeramente romántica por Harold Lowe ayudó a René a olvidar el miedo
persistente a haber perdido para siempre a su amado «chico». Una vez en
el Carpathia, siguió a un grupo de mujeres al abarrotado comedor de
tercera clase, donde permaneció sentada hasta que un camarero la encontró y se
disculpó por haberla puesto con los pasajeros de tercera. «¿Y eso qué más da?»,
pensó René[426].
May
Futrelle, la amiga de René, se sorprendió de ver a algunos hombres entre las
pasajeras del comedor de primera clase del Carpathia, así que
decidió recorrer rápidamente todos los espacios públicos del barco con la
esperanza de encontrar a su Jack. Luego salió a cubierta para ver llegar los
demás botes y, cada vez que se acercaba uno y veía un hombre alto, esperaba que
fuera su marido. Al descubrir que Jacques Futrelle no se encontraba a bordo,
volvía al comedor a aguardar el siguiente bote.
William
Carter distinguió a su mujer e hija en el bote 4, pero no veía a su hijo.
Cuando lo llamó a gritos, Billy Carter, de once años, levantó el ala del gran
sombrero de su madre y respondió: «Estoy aquí, papá». Las damas de la más alta
sociedad del Titanic habían pasado una larga, fría y ardua
noche en el bote 4, pero las noticias que las esperaban en el buque que las
había rescatado eran mucho peores. Madeleine Astor, Marian Thayer y Emily
Ryerson sabrían pronto que eran viudas, y Eleanor Widener se enteró de que
había perdido a su marido y a su hijo. De los nueve invitados a la cena de los
Widener la noche anterior, solo cuatro estaban vivos. Condujeron a una
Madeleine Astor muy frágil al comedor, donde la atendió el doctor McGee. Marian
Thayer esperó en cubierta hasta que llegaron los últimos botes, buscando
angustiada a su marido y a su hijo.
El bote 8
fue el siguiente en llegar, sobre las 7:30 horas, seguido del bote 6, que tuvo
que hacer varios intentos para abarloar se al barco, ya que el oleaje
dificultaba la maniobra. Subieron a Helen Candee, a quien acompañaron enseguida
a la enfermería para tratarle el tobillo roto. Margaret Brown, a quien dieron
una taza de café caliente en cuanto pisó la cubierta, se quedó impresionada por
la cantidad de pasajeros del Carpathia que se acercaron para
ofrecerle ropa, artículos de aseo y un camarote. Al entrar en el comedor, vio a
«nuestro valiente y heroico cabo», que gesticulaba ante un pequeño grupo
explicando lo difícil que había sido controlar a los ocupantes de su bote. Sin
embargo, en cuanto vio a la señora Brown, Hichens «no tardó en marcharse precipitadamente»[427].
Después
de las ocho, solo el precario bote 12 seguía en mar abierto sobrecargado con
unos setenta y cinco pasajeros, incluidos los rescatados del bote plegable B.
Lightoller ordenó a unos cuantos que se situaran en la popa a fin de que se
levantara la proa, pero la borda continuó a pocas pulgadas del agua. Archibald
Gracie se vio apretujado en la proa entre Algernon Barkworth y el muerto. Una
mujer le pasó una manta que Gracie se echó sobre la cabeza, y Barkworth y un
tripulante también se protegieron del frío con ella. A medida que el mar se
embravecía, una ola tras otra salpicaban la proa. Justo cuando parecía que el
bote iba a hundirse, Lightoller se las arregló para mantenerlo sobre una gran
ola que los llevó de inmediato a aguas más tranquilas a sotavento del Carpathia.
Archibald Gracie trepó sin problemas por la escalera de cuerda y dijo que
quería besar la cubierta en señal de agradecimiento. Harold Bride también
consiguió subir a la cubierta, pero enseguida se desplomó y lo llevaron a la
enfermería porque tenía los pies congelados. Jack Thayer distinguió a su madre
en cubierta y la abrazó. Ella se alegró muchísimo al verle, pero quedó
conmocionada cuando Jack le dijo que no tenía noticias de su padre.
Puntilloso
hasta el final, Charles Lightoller se aseguró de que todos los pasajeros
hubieran embarcado antes de hacerlo él; fue el último superviviente del Titanic que
subió al Carpathia. En cubierta, un grupo de mujeres rodeó al
capitán Rostron para preguntarle si estaba seguro de que no había más botes.
—¿Tal vez
los ha recogido otro barco? —preguntó angustiada una mujer.
—¿Tal vez
se han subido a un iceberg? —preguntó otra[428].
Lightoller
pensó que era cruel mantener viva la esperanza cuando ya no había ninguna.
May
Futrelle oyó decir a un oficial en cubierta:
—Este es
el último bote del Titanic[429].
Pero ni
siquiera entonces se dio por vencida. Solo cuando sonó el silbato del Carpathia y
el barco empezó a moverse, se dio cuenta de que su marido había muerto.
Capítulo
16
La nave del dolor
Lunes 15
de abril de 1912, 8:40 horas
«¡No, por
favor!», gritó René Harris cuando los músicos del Carpathia se
reunieron en torno al piano del comedor[430]. Su
amiga May Futrelle, sentada a su lado, pensó que iban a tocar un himno. Los
músicos se dispersaron, pero a continuación sucedió algo que a May le pareció
aún más desgarrador. Un clérigo episcopaliano entró en el salón comedor y leyó
el servicio para el entierro de los difuntos en el Libro de oración
común[431]. Fue una
petición del capitán Rostron, hombre devoto, que consideró que daría consuelo a
los afligidos. Pero para May, «la conmoción y la irreversibilidad de lo
ocurrido fueron terribles»[432]. El
reverendo padre Roger Anderson, de Baltimore, terminó con una oración de acción
de gracias por los vivos, muchos de los cuales lloraban en silencio. Margaret
Brown echó un vistazo a los supervivientes: «Sin habla, medio vestidos, con los
ojos desorbitados y el pelo revuelto, aquellos que solo doce horas antes
estaban bien acicalados y vestidos con sus mejores galas»[433].
Durante
el servicio, el Carpathia rodeó la zona donde se había hundido
el Titanic. Arthur Peuchen salió a cubierta y se quedó junto a la
barandilla de proa buscando alguna señal de sus amigos. Vio butacas de
cubierta, salvavidas y restos de corcho granulado color marrón rojizo, pero no
vio ningún cuerpo. Supuso que el viento que se había levantado aquella mañana
los había alejado del lugar. También vio entre las olas un tubo con rayas
azules, blancas y rojas como los que los barberos colocan a la entrada de sus
locales, lo que lo dejó perplejo porque la barbería del Titanic estaba
en la cubierta C. Concluyó que las explosiones que había oído durante el
hundimiento lo habían lanzado al aire.
Desde el
puente, el capitán Rostron también vio flotar masas de corcho aislante, pero en
general se sorprendió de la escasez de restos del naufragio. Vio el cuerpo de
un hombre que flotaba de costado en su salvavidas, con la cabeza medio hundida.
Pero como la marea subía y Rostron deseaba poner rumbo a Nueva York, envió
señales al Californian, que había llegado una hora antes, para que
prosiguiera la búsqueda. El buque de la Leyland se había enterado de la noticia
por radiotelegrama aquella mañana temprano y avanzó lentamente hacia el lugar
del desastre. El Californian rastreó la zona durante una hora
o más, pero no encontró más que restos dispersos del naufragio y algunos
salvavidas del Titanic que Rostron había dejado después de
subir trece a bordo.
Aquella
madrugada, el capitán Rostron había barajado distintos lugares para desembarcar
a sus más de setecientos inesperados pasajeros. Consideró en primer lugar las
Azores, opción que le permitiría continuar hacia el Mediterráneo tal como
estaba previsto, y luego Halifax, que era el puerto más cercano. Pero cuando
vio subir a bordo a los supervivientes, muchos de ellos trastornados y algunos
con necesidad de tratamiento médico, quedó claro que debía llevarlos
directamente a Nueva York. Rostron fue a hablar con Bruce Ismay sobre lo que
debían hacer, pero el apesadumbrado directivo de la White Star dijo que
aprobaba cualquier decisión que el capitán juzgara adecuada. Previamente,
Rostron había pedido al aturdido Ismay que enviara un mensaje a la oficina de la
White Star en Nueva York para informar del accidente. Ismay escribió lo
siguiente a Philip Franklin, vicepresidente de la International Mercantile
Marine, la compañía hermana de la White Star Line en Estados Unidos:
Lamento
profundamente notificarle que el Titanic se ha hundido esta mañana
tras chocar contra un iceberg, con grandes pérdidas humanas. Más tarde le
comunicaré los detalles. Bruce Ismay.
—Capitán,
¿cree usted que eso es todo lo que debo decir? —preguntó Ismay a Rostron al
entregarle la nota.
—Sí
—respondió el capitán[434].
En aquel
momento, Philip Franklin ya sabía que el Titanic tenía
problemas. Poco antes de las dos de la madrugada, le había despertado la
llamada telefónica de un reportero que le informó de que el Titanic había
chocado con un iceberg y pedido ayuda por radio. Franklin colgó y llamó a las
oficinas del embarcadero de la White Star, donde le dijeron que también habían
recibido llamadas de periodistas. Franklin telefoneó entonces a la agencia de
noticias Associated Press, donde le comunicaron que ya habían enviado un
informe sobre las llamadas de socorro del Titanic, justo a tiempo
para los periódicos de la mañana. A las tres de la madrugada, mandó un
telegrama al capitán Haddock, del Olympic, para rogarle que hiciera
todos los esfuerzos posibles para establecer contacto con el Titanic y
averiguar su posición. Sobre las ocho de la mañana, ya se agolpaba una multitud
en los embarcaderos de la White Star Line en Broadway.
Cuando
el Carpathia dirigió su proa hacia Nueva York, el capitán
constató que la banquisa se extendía en el horizonte a lo largo de muchas
millas. Mientras el buque avanzaba lentamente a lo largo de su perímetro, los
gigantescos icebergs resplandecían a la luz del sol de la mañana, una imagen
que movió al capitán a escribir poéticamente más tarde: «… unos minaretes como
torres de catedral que se teñían de oro en la distancia… y algunos parecían
adoptar la forma de grandes barcos mercantes a toda velocidad»[435]. Helen
Candee también admiró el impresionante panorama blanco mientras estaba
recostada, con el tobillo vendado, y reflexionó sobre lo que llamó «la
implacable fuerza de la naturaleza»[436].
Entretanto, Archibald Gracie, tumbado en un sofá del salón y envuelto en
mantas, se sentía bastante raro sin su ropa. Daisy y Frederic Spedden habían
cuidado de Gracie cuando este llegó —«medio congelado y absolutamente
aturdido», según la descripción de Daisy— y se habían llevado su ropa para
secarla en un horno de pan[437]. Pero
después de unas copas de coñac caliente el coronel se recuperó y, cada vez que
Daisy se acercaba, le preguntaba lastimosamente por sus pantalones, alegando
que no podía ir sin ellos. Gracie se había dado un golpe en la cabeza y tenía
cortes y moratones en las piernas, que le dolerían durante varios días con solo
tocarlos. Finalmente le devolvieron su ropa, seca pero con manchas de salitre,
y Gracie se fue a acostarse en un camarote que le cedieron.
Los
Spedden pasaron el resto del día atendiendo a quienes lo necesitaban, y Daisy
recordaría escenas desgarradoras de mujeres que buscaban desesperadamente a sus
hijos desaparecidos. Margaret Brown intentó ayudar a una mujer que no paraba de
llamar a gritos su hijo y al final pidió al médico que le diera un sedante, ya
que se estaba arrancando mechones de cabello en su desesperación. Los únicos
niños que nadie reclamó fueron los dos pequeños franceses de pelo rizado que un
tal señor Hoffman había dejado en el bote plegable D. Margaret Hays, la joven
neoyorquina que había subido con su perrito al bote 7, hablaba francés con
fluidez y se ocupó de aquellos niños desamparados, que tenían dos y tres años
respectivamente y que pronto se pusieron a jugar con el pomerania de Margaret,
uno de los tres perros que se habían salvado.
Tras
sestear durante casi una hora detrás de un fogón de la cocina, Norris Williams
se despertó y salió a cubierta justo cuando el Carpathia partía.
Pero aún le dolían y tenía entumecidas las piernas, de modo que se dirigió a la
enfermería. Un médico que ayudaba al doctor McGee le examinó y expresó una gran
preocupación por su estado. Pensaba que tal vez sería necesario amputarlas y se
permitió señalar alegremente que a lo mejor podían hacerlo a bordo antes de
llegar a Nueva York. No obstante, creía que aún había una posibilidad de
salvarlas si el joven jugador de tenis las ejercitaba sin descanso. Norris
prefirió esa opción y resolvió pasear por cubierta día y noche, pero antes
encontró una muda y se dio un baño caliente.
* * * *
A Jack
Thayer le habían dado un pijama y una litera, y cuando subió a acostarse aún
notaba el calor del coñac que había tomado al llegar, la primera bebida
alcohólica que bebía en su vida. Su madre descansaba en el camarote del capitán
Rostron, que compartía con Eleanor Widener y Madeleine Astor. René Harris se
alojaba en un camarote junto con otras dos mujeres, una de las cuales era
Ninette Aubart, con la que pronto trabó amistad. La angustiada joven francesa
lloraba la pérdida de Ben Guggenheim y tenía miedo de desembarcar en un país
extranjero cuyo idioma no hablaba.
El
capitán Rostron acudió una vez más a la habitación de Ismay aquella mañana.
Había recibido un mensaje del Olympic, que proponía acoger a
algunos de los pasajeros. Rostron pensaba que meter a los supervivientes en
botes para otro traslado marítimo era una pésima idea. La mera vista de un
barco que tanto se parecía al Titanic podía desatar el pánico
entre los supervivientes. Ismay se mostró completamente de acuerdo. El Olympic debía
permanecer fuera de la vista.
Sin
embargo, a Daniel Burnham, un amigo de Frank Millet que se hallaba a bordo del
transatlántico hermano, le habían dicho que se dirigían al rescate de los
pasajeros del Titanic, y pensaba ceder su suite a Millet y a Archie
Butt. Podría aprovechar la ocasión para preparar con Frank Millet la siguiente
reunión de la Comisión del Monumento a Lincoln. En una carta que esperaba a
Frank en Nueva York, Burnham había escrito: «Las ratas vuelven nadando y
empiezan a roer el mismo lugar en cuanto el perro se da la vuelta»; las «ratas»
eran varios congresistas que seguían presionando para imponer el diseño de John
Russell Pope frente al de Henry Bacon. La misiva concluía con estas palabras:
«Dejo el asunto en tus manos»[438].
No
obstante, cuando a la mañana siguiente colgaron del tablón de anuncios
del Olympic la lista de los supervivientes del Titanic,
Burnham vio que no figuraba el nombre de Millet. El 16 de abril, el afligido
arquitecto refirió en su diario las noticias sobre la pérdida del Titanic y
apuntó que «Frank D. Millet, a quien yo amaba, iba a bordo… y probablemente se
hundió con él»[439]. Burnham
moriría dos semanas después, pero el templo clásico blanco que defendió para el
Monumento a Lincoln prevalecería. Fue un homenaje a la perseverancia del
arquitecto y del amigo a quien tanto quiso.
Los
operadores de radiotransmisiones del Olympic pasaban todos los
mensajes del Carpathia a las estaciones situadas en tierra,
debido al limitado alcance de la radio de los buques de la Cunard. Aquella
mañana, repartieron a los supervivientes impresos de radiotelegramas, pero
muchos no pudieron enviarse hasta uno o dos días más tarde, si es que se
enviaron. El capitán Rostron dispuso que era prioritario transmitir la lista de
los supervivientes. El primer sobrecargo del Carpathia y su
segundo estaban ocupados recogiendo los nombres de los pasajeros, mientras
Lightoller elaboraba la lista de los tripulantes y personal de las salas de
máquinas que habían sobrevivido, y un camarero de rango superior anotaba los
nombres de los cocineros y camareros. El horrible recuento arrojó una cifra de
setecientas doce personas rescatadas de un buque que transportaba a dos mil
doscientas nueve. Más de dos tercios de los pasajeros del Titanic habían
perecido.
Pero la
noticia aún no había llegado a Nueva York. La edición de la mañana del New
York Herald anunció: «El flamante Titanic choca
contra un iceberg y pide socorro; otros barcos acuden en su ayuda». El New
York Times fue más lejos y aseguró que el buque se hundía. Aquello
hizo que un grupo de familiares de los pasajeros acudiera a las oficinas de la
White Star Line, en el número 9 de Broadway, entre ellos la esposa de Ben
Guggenheim, Florette; el hijo de John Jacob Astor, Vincent, y el de J. P.
Morgan, John Pierpont Jr. («Acabo de oír horribles rumores sobre el Titanic y
un iceberg —comunicó el financiero a su hijo desde un balneario de Aix—.
Espero, por el amor de Dios, que no sean ciertos»)[440]. Philip
Franklin sabía poco más de lo que decían los periódicos, pero tanto él como sus
empleados aseguraron que el Titanic no se hundiría y que los
pasajeros estaban a salvo. Aún no habían recibido el telegrama de Ismay con las
palabras: «Lamento profundamente notificarle…», que, de forma inexplicable, no
llegaría hasta el miércoles por la mañana. A las 9:30 horas, Franklin anunció a
la prensa que el Titanic seguía a flote. A media mañana llegó
de Montreal el rumor de que el transatlántico accidentado estaba siendo
remolcado lentamente a Halifax, y a mediodía la White Star Line envió un tren a
esa ciudad para recoger a los pasajeros. Por la tarde muchos periódicos
publicaron artículos con titulares como «Todos salvados del Titanic después
de la colisión». Mientras tanto, Philip Franklin continuaba enviando mensajes
al capitán Haddock, del Olympic, para pedirle que estableciera
contacto con el Titanic y le informara a fin de organizar el
desembarque de los pasajeros.
A primera
hora de la tarde, el Carpathia dejó atrás los últimos bloques
de hielo y empezó a aumentar la marcha, pero a las cuatro los motores se
detuvieron. El padre Anderson apareció en cubierta vestido con sotana, seguido
de tripulantes del Carpathia que llevaban cuatro cadáveres en
bolsas de lona. Eran los cuerpos de dos pasajeros, un fogonero y un marinero a
los que habían subido de los botes salvavidas. Una tras otra, colocaron las
bolsas de lona sobre una tabla ancha cubierta con una bandera. Mientras el
padre leía en voz alta las palabras «encomendamos a Dios Todopoderoso el alma
de estos hermanos que nos han dejado y entregamos sus cuerpos a las
profundidades», se lanzaron sucesivamente los cadáveres al agua[441]. Una
nutrida multitud presenció la ceremonia con los sombreros en la mano. Habían
metido lastres en las bolsas de lona para que los cuerpos cayeran de pie, pero
uno cayó plano al agua. Un pasajero del Carpathia escribiría
que nunca olvidaría el sonido de aquel chapoteo[442].
Uno de
los cadáveres que lanzaron al mar era el del pasajero de primera clase William
F. Hoyt, el hombre corpulento que murió poco después de que lo subieran al bote
14. Cuando May Futrelle se enteró de que habían izado al Carpathia a
un hombre robusto, preguntó a la tripulación del bote 14, pero pronto
comprendió que el hombre al que describían no podía ser su marido. También oyó
que Archibald Gracie se había hundido con el barco y se armó de valor para
preguntarle si había sufrido cuando se vio arrastrado hacia abajo. Gracie le
aseguró que, de no haber logrado emerger a la superficie, probablemente no
hubiera sufrido más, y May se consoló pensando que tal vez Jacques no había
padecido una horrible agonía.
Aquella
tarde, Charles Lightoller mantuvo una conversación con los otros tres oficiales
supervivientes, Pitman, Boxhall y Lowe, sobre lo que les esperaba. Acordaron
que su mayor esperanza de escapar a lo que Lightoller llamó «la Inquisición»
que les aguardaba en Nueva York era embarcar de inmediato en el Cedric,
que zarpaba el jueves siguiente con destino a Liverpool[443].
Consultaron a Bruce Ismay, quien envió un mensaje a Philip Franklin pidiéndole
que prepararan el Cedric para la tripulación del Titanic y
para él. Además rogó que subieran a bordo ropa y zapatos para él. El telegrama
llevaba la firma Yamsi, el nombre en clave que utilizaba en los mensajes
personales.
* * * *
Por la
noche Ismay solo tomó sopa para cenar en su habitación, una habitación que,
como insistiría más tarde, no era más que un almacén donde el doctor McGee
guardaba las medicinas, no un camarote privado. Para muchos de los otros
pasajeros rescatados, después de cenar empezó la búsqueda de un lugar donde
dormir. Las mujeres con niños tenían prioridad para ocupar los camarotes, y
Daisy Spedden anotó en su diario que un hombre amable les cedió su habitación a
ella y su hijo Douglas, su doncella y la señorita Burns, mientras un caballero
de edad más avanzada acogía a su marido, Frederic. Edith Rosenbaum se hizo una
cama sobre una mesa del comedor, y otras mujeres durmieron en los salones,
usando como almohadas los cojines de los sofás. Los hombres hallaron refugio
donde pudieron, principalmente en las salas de fumadores, donde se acurrucaron
en el suelo, en las mesas o en los escaños tapizados. Norris Williams pensó que
los bancos de la sala de fumadores no eran lo bastante largos para dormir
durante mucho tiempo, pero se conformó porque cada dos horas tenía que
levantarse para ejercitar las piernas.
En la
sala de transmisiones, continuaba la tarea de comunicar los nombres de los
supervivientes, pero el joven Harold Cottam, de veintiún años, acusaba la
tensión. Llevaba veinticuatro horas en su puesto y, en un momento determinado,
exclamó con brusquedad: «No puedo hacerlo todo a la vez. Paciencia, por favor».
A Harold Bride, quien se encontraba en la enfermería con un tobillo torcido y
los pies congelados, alguien le dijo que Cottam se estaba poniendo un poco
«raro». Bride ofreció su ayuda y se las arregló para llegar cojeando a la sala
de transmisiones, donde se sentó en la cama con el pie sobre una almohada y
organizó el tráfico de mensajes mientras Cottam continuaba transmitiendo.
Aquella noche comunicaron trescientos veintiún nombres de pasajeros de primera
y segunda clase, y prometieron que la lista de pasajeros de tercera y de los
tripulantes llegaría al día siguiente. En cierto momento, Cottam dijo al
operador del Olympic: «Por favor, disculpe, pero estoy medio
dormido»[444]. Uno de
los nombres que se transmitieron mal a causa de la fatiga fue el de un tal
«señor Mile», lo que provocó que al día siguiente contaran a Frank Millet entre
los supervivientes. Pero en Russell House, en el pueblo de Broadway, Lily
Millet tenía el presentimiento de que su marido había muerto.
No fue
hasta las 18:20 horas del 15 de abril cuando un mensaje enviado desde el Olympic a
las oficinas de la White Star en Nueva York dio la tremenda noticia de que
el Titanic se había hundido. Philip Franklin quedó tan
consternado que necesitó varios minutos para recobrar la compostura. Después de
telefonear a dos directores de la IMM, uno de ellos J. P. Morgan Jr., fue a
hablar con los reporteros que esperaban. Franklin empezó a leer en voz alta el
mensaje del Olympic, pero no pasó de la segunda línea, con las
palabras «el Titanic se hundió a las 2:20 horas», porque la
sala se vació de repente cuando los reporteros se apresuraron a difundir la
mayor noticia del nuevo siglo[445].
A las
ocho de la tarde, el presidente Taft y la primera dama estaban en el teatro
Chase de Washington, esperando a que se levantara el telón, para ver una
comedia titulada Nobody’s Widow. Un mensajero de la Casa Blanca
llegó con un sobre para el presidente, que se llevó a su palco. Al cabo de
pocos minutos, la pareja presidencial abandonó el teatro para regresar a la
Casa Blanca. El presidente se dirigió directamente a la oficina de telégrafos
de las dependencias ejecutivas, contiguas a la casa Blanca, y empezó a leer los
últimos boletines de prensa. La cara redonda y habitualmente cordial de Taft,
adquirió un tono ceniciento y sus mofletes se arrugaron. Telegrafió a Philip
Franklin para preguntar si el comandante Butt estaba entre los supervivientes.
Un mensaje similar se envió a la estación de radio de cabo Race, en Terranova.
Antes de regresar a la Casa Blanca, Taft pidió al operador de telégrafos que le
mantuvieran informado durante la noche.
* * * *
Cuando
Lucy Duff Gordon despertó a la mañana siguiente, vio la luz que entraba por los
ojos de buey y se sorprendió de encontrarse en un camarote desconocido. Una
camarera entró para servirle té, y al ver que no era su camarera irlandesa
del Titanic, Lucy recordó de repente dónde se hallaba. Cuando le
vinieron a la memoria imágenes del desastre, enterró la cara en las almohadas y
se puso a llorar. Más tarde, una mujer del camarote contiguo la ayudó a
vestirse y salieron las dos a cubierta, donde encontraron pequeños grupos de
supervivientes, todos ellos hablando de la tragedia. «Aquel día, y durante el
resto del viaje hasta que llegamos a Nueva York —escribió Lucy—, el Carpathia fue
una nave del dolor, ya que casi todo el mundo lloraba la muerte de alguien»[446].
Durante
el desayuno en el comedor de primera clase, Margaret Brown propuso a sus
compañeros de mesa crear un fondo para «los pobres extranjeros que, habiéndolo
perdido todo, se encontrarían sin amigos en un país desconocido»[447]. La
respuesta que recibió fue positiva, aunque Margaret pronto se daría cuenta de
que en realidad no eran muchos los que estaban dispuestos a ofrecer dinero para
materializar su idea. Pero sí hubo un acuerdo general entre los supervivientes
en torno a la creación de un fondo para expresar la gratitud de los rescatados
al capitán Rostron y a su tripulación. A una reunión celebrada aquella tarde en
el comedor acudieron casi todos los supervivientes con dinero suficiente para
pagarse un camarote, que donaron un total de cuatro mil dólares. Sin embargo,
decidieron que había que atender primero a los más necesitados, y Margaret
Brown, su amiga Emma Bucknell y otras dos mujeres crearon un comité con ese
propósito. El recién formado Comité de Supervivientes firmó un esbozo de
declaración de agradecimiento a Dios, al capitán y a su tripulación. Entre sus
miembros figuraban Karl Behr, Mauritz Björnström–Steffansson, Algernon
Barkworth, Isaac Frauenthal, Frederic Spedden y Frederick Seward, además de
Margaret Brown, que era la única mujer del grupo. En la declaración también se
prometía dar las gracias a los oficiales y a la tripulación del Carpathia de
una forma más tangible, y el jueves ya habían reunido diez mil dólares. El
dinero se distribuyó entre el capitán y la tripulación antes de llegar a
puerto, y cuando el Carpathia regresara del Mediterráneo a
finales de mayo se entregaría una copa de plata al capitán y medallas a los
oficiales.
De
acuerdo con ese espíritu de donación, Cosmo Duff Gordon recordó que había
prometido «entregar cinco dólares» a los hombres del bote salvavidas 1. Como no
llevaba encima su talonario, pidió a Franks que buscara papel de carta y
redactara pagarés, que los Duff Gordon se dispusieron a entregar en cubierta.
Pidieron a los marineros que se pusieran sus salvavidas, lo que provocó la
alarma de varias mujeres cuando los vieron. Lucy llevó su salvavidas para que
todos pudieran firmarlo como recuerdo. Un pasajero del Carpathia,
el doctor Frank Blackmarr, tomó fotografías de grupo de los doce supervivientes
del bote 1. A algunos de los que se encontraban en cubierta en ese momento, la
entrega y las fotografías les parecieron inapropiadas, y unos pocos afirmaron
que alguien gritó «¡Sonrían!» cuando estaban haciendo la foto, lo que
probablemente no fuera cierto. Pero la entrega dio pábulo a los rumores de que
el lord y la dama habían escapado en su bote privado, una historia que les
perseguiría después de desembarcar.
Edith
Rosenbaum se sintió encandilada cuando finalmente conoció en persona a la
famosa Lucile en el Carpathia. «¿Es usted la que escribe artículos
tan interesantes en Women’s Wear Review?», preguntó Lucy a Edith,
para añadir a continuación lo mucho que había admirado las elegantes prendas
que llevaba en el Titanic. Edith recordaría que ambas
intercambiaron información sobre asuntos de moda y que Lucy lamentaba que
«todos sus modelos, al igual que los míos, hubieran acabado en el fondo del
mar, pero reconocimos que los tontillos y los cuellos Robespierre estaban de
más en medio del océano»[448].
Dorothy
Gibson, por su parte, constató que era difícil conseguir ropa nueva en medio
del océano, así que continuó llevando el vestido blanco de seda que se había
puesto para la cena del domingo por la noche. La muchacha más guapa lucía en el
dedo anular un gran anillo de diamantes, regalo de Jules Brulatour, presidente
de la Eastman Kodak e inversor de Éclair Films, quien planeaba casarse con ella
en cuanto lograra divorciarse de su mujer. En el relato de William Sloper se
advierte cierta decepción cuando menciona el asunto. Sloper había visto
embarcar a Alice Fortune (a quien llamaba su «amiga canadiense») en el Carpathia desde
el bote salvavidas en compañía de sus hermanas y su madre, Mary, esta última al
borde de un ataque de nervios[449].
Compadecido, el doctor McGee cedió a las Fortune su camarote y una sala de
consulta anexa. Sloper no quería perturbar a Alice en su aflicción, así que la
dejó en paz hasta el jueves, cuando llamó con los nudillos a la puerta de su
camarote para ofrecerse a ayudarla a encontrar alojamiento en Nueva York. Con
la cara bañada en lágrimas, Alice le aseguró que iban a reunirse con unos
amigos de Winnipeg. Justo antes de cerrar la puerta, la muchacha recordó la
predicción que le había hecho el adivino en El Cairo.
Norris
Williams conoció finalmente a Karl Behr en el barco de rescate, y recordaría
que este, Helen Newsom y los Beckwith fueron muy amables con él. A base de dar
paseos cada dos horas, Norris notó que sus piernas mejoraban día a día, y pocos
meses después pudo volver a los campeonatos de tenis. En 1914, jugaría con Behr
en el equipo de la Copa Davis, y llegaría a ser campeón de individual masculino
en Estados Unidos, campeón de doble masculino en Wimbledon y medallista de oro
olímpico. Norris conoció en el Carpathia a otro superviviente
que le contó que en el Titanic viajaba con un perro muy
querido y que media hora antes de que el barco se hundiera fue a las perreras y
sacó a todos los animales. Norris le explicó que mientras nadaba para alejarse
del transatlántico había distinguido en el agua la cara negra de un bulldog
francés. Era sin duda Gamin de Pycombe, el bulldog francés que Edith Rosenbaum
metió en la cama del camarote de Robert Daniel después de la colisión. A Daniel
lo habían rescatado del agua, pero a su bulldog, no. El hecho de que tres
perros se salvaran del hundimiento del Titanic cuando habían
perecido tantas personas se convirtió en un asunto delicado entre los
supervivientes. Al ver a un hombre (probablemente Henry Harper) abrazado a su
perro en cubierta, May Futrelle pensó que era la clase de persona que
preferiría salvar a un perro antes que a un niño. Además del pequinés de Harper
y del perrito de Margaret Hays, el tercer can superviviente fue el pomerania de
Elizabeth Rothschild, con el que subió al bote 6.
* * * *
El martes
por la noche se desató una fuerte tormenta sobre el Carpathia. Un
estruendo ensordecedor despertó a Karl Behr, que creyó que el barco había
chocado contra un iceberg. Lo primero que pensó fue en encontrar a Helen
Newsom, y subió corriendo a cubierta. Vio el resplandor de los relámpagos y con
gran alivio regresó a su cama, que era una mesa de la sala de fumadores. Otros
también se despertaron y, al ver la luz de los relámpagos, pensaron que estaban
lanzando bengalas una vez más. La tormenta vino seguida de lluvia y una niebla
que se mantuvo durante dos días. Debido al mal tiempo, la mayoría de los
pasajeros permaneció en el interior del buque, y durante el miércoles el triste
sonido de la sirena de niebla parecía un eco de la pesadumbre que reinaba en la
«nave del dolor». En los abarrotados salones, los supervivientes poco podían
hacer aparte de hablar, y eso hicieron. Las historias del desastre se repetían
y adornaban cada vez que se contaban, pero una de las más perturbadoras resultó
ser cierta. Emily Ryerson explicó a Mahala Douglas y a algunos otros que el
domingo Bruce Ismay le había enseñado un mensaje que advertía de la presencia
de hielo y le había dicho que iban a aumentar la velocidad. La noticia de que
habían recibido avisos de la presencia de hielo y que el barco no había
disminuido la marcha se propagó con rapidez, y un grupo, del que formaba parte
Lawrence Beesley, preguntó a un oficial superviviente si era cierto y este lo
confirmó. Saber que la colisión podría haberse evitado llenó a Beesley de
desesperanza. Y la animadversión hacia Bruce Ismay, que continuaba encerrado en
su habitación, siguió creciendo.
Con una
mentalidad de historiador, Archibald Gracie trataba de separar la verdad de la
fantasía mientras escuchaba las historias de los supervivientes y un posible
libro tomaba forma en su cabeza. Lightoller, el segundo oficial, y Pitman, el
tercero, acudían a menudo al pequeño camarote que Gracie compartía con Hugh
Woolner para comentar diversos aspectos del desastre. Todos estaban de acuerdo
en que las explosiones que se oyeron durante el hundimiento no podía haberlas
provocado el estallido de las calderas. El descubrimiento de los restos del
naufragio en 1985 permitió averiguar que las supuestas explosiones fueron en
realidad el ruido que hizo el barco al partirse en dos. Sin embargo, Gracie y
Lightoller creían firmemente que se había hundido intacto, y esa sería la
opinión más extendida durante los setenta y tres años siguientes. Gracie
pensaba que Norris Williams y Jack Thayer, «los dos jóvenes citados como
autoridades de la teoría de que el barco se partió en dos», habían confundido
el desplome de la chimenea con el resquebrajamiento del barco[450]. Pero
tanto Williams como Thayer sabían qué habían visto, al igual que algunos otros
testigos. En el Carpathia, Jack Thayer describió las fases del hundimiento del
barco y su rotura en dos a Lewis Skidmore, un profesor de arte de Brooklyn que
realizó unos dibujos que luego publicaron muchos periódicos. Sin embargo, las
inexactitudes de los dibujos de Skidmore no hicieron sino asentar la creencia
de que el barco se había hundido.
¿Y qué
hay de la leyenda más famosa del Titanic, la de que los músicos
tocaban «Nearer My God To Thee» mientras el barco se aproximaba a su fin? Se ha
afirmado a menudo que es una fantasía que alimentaron los supervivientes en
el Carpathia y que cautivó al público después del desastre.
Ninguno de los músicos sobrevivió para confirmarlo o desmentirlo, pero Harold
Bride afirmaría que la última melodía que oyó al abandonar la cabina de
transmisiones era «Autumn». Durante un tiempo se creyó que se trataba de un
himno con ese título, pero Walter Lord propuso en su libro The Night
Lives On que Bride debía de referirse a «Songe d’Automne», un popular
vals de Archibald Joyce que figuraba en los folletos de la White Star de
aquella época. Sin embargo, el historiador George Behe, que ha estudiado
cuidadosamente los relatos de los supervivientes para averiguar qué música
sonaba durante el hundimiento, ha encontrado pruebas fehacientes de que hacia
el final tocaron «Nearer My God To Thee», y tal vez otros himnos. Behe señala
que al director de la orquesta, Wallace Hartley, le preguntó en cierta ocasión
un amigo qué haría si se encontrara en un barco que se hundía. Hartley
respondió: «No creo que pudiera hacer nada mejor que tocar “O God, Our Help In
Ages Past” o “Nearer My God To Thee”»[451]. Puede
que el legendario himno no fuera la última melodía que se interpretó en
el Titanic, pero parece posible que se oyera aquella noche en la
cubierta inclinada.
Margaret
Brown tenía poco tiempo para intercambiar historias del Titanic, ya
que dedicaba la mayor parte del día a echar una mano a los pasajeros de tercera
en apuros. Gladys Cherry escribió que Noëlle Rothes y ella también ayudaron «a
velar por aquellas pobres almas atribuladas, lo que nos ayudó muchísimo a
nosotras mismas»[452]. Daisy
Spedden trabajó asimismo incansablemente con «el pueblo», como los llamaba,
cortando mantas a fin de confeccionar ropa para niños que habían escapado con
las prendas de dormir. Daisy escribió en una carta que «el número de viudas es
lamentable, por no hablar de los niños que se han quedado sin padre ni madre».
Con algo más de mordacidad, señaló: «Pasamos el tiempo con gente tan cruel como
para decir que ningún pasajero de tercera tendría que haberse salvado, como si
no fueran seres humanos»[453].
Margaret Brown observó igualmente que no todo el mundo compartía su altruismo.
El doctor McGee se acercó a dos mujeres de su comité que se encaminaban hacia
las cubiertas de tercera una mañana. «Señora, controlamos perfectamente la
situación —le dijo a una mirando a los pasajeros de tercera—, y cortar mantas
no va a aliviar sus mentes torturadas». Puesto que el médico acababa de salir
de la habitación de Bruce Ismay, las mujeres del comité sospecharon que cumplía
órdenes del «plutócrata recluido», como le llamó Margaret Brown, y sus palabras
no hicieron más que reforzar su determinación de ayudar a los necesitados.
Colgaron un anuncio para comunicar que los integrantes del comité estarían en
el comedor de tercera clase a determinadas horas del día para prestar ayuda.
Muchos de los supervivientes acudieron a ellos y, en palabras de Margaret
Brown, «desahogaron el dolor que les oprimía el pecho»[454].
Para la
señora Brown, la actitud de los hombres que habían sido rescatados era
«patética» y recordó que todos intentaban explicar cómo les habían salvado
«como si eso fuera una mancha en su masculinidad»[455] René
Harris explicó que, cuando el doctor Frauenthal fue a examinar su brazo
vendado, empezó a contarle cómo lo habían rescatado y ella le aseguró que no
necesitaba disculparse por haber salvado la vida. René fue menos comprensiva
cuando se enteró de que los tres tahúres profesionales del Titanic habían
sobrevivido. El tahúr de cuya presencia le habían advertido el domingo se
acercó a ella poco después de que subiera a bordo desde el bote salvavidas y le
dijo: «No sufra. Es la voluntad de Dios». René le respondió con tal insolencia
que cada vez que el jugador la veía en el barco «huía de mí como si yo fuera
una furia»[456].
El
resentimiento de las mujeres que habían enviudado hacia los supervivientes
masculinos era tal que Arthur Peuchen pidió a Lightoller que redactara una nota
que confirmara que le habían ordenado subir a un bote salvavidas. El segundo
oficial accedió y escribió que el comandante Peuchen había «demostrado ser un
hombre valiente»[457]. El
comandante ignoraba que la cuestión de cómo se había salvado ya era objeto de
preocupación en Toronto, su ciudad natal. El martes por la mañana, el
hundimiento del Titanic ocupó todos los titulares, y en los
diarios de Toronto el nombre del comandante Peuchen llamaba la atención por ser
el único superviviente masculino en la columna de «Salvados». Sobre la base de
la información de que los supervivientes eran en su mayoría mujeres y niños, el
desastre ya se pregonaba como un triunfo de la caballerosidad y de la fortaleza
masculina de los anglosajones, pero eso situaba de inmediato a cualquiera de
los supervivientes varones bajo la sospecha de cobardía. Un editorial del Star de
Toronto señaló que el hecho de que Peuchen se hubiera salvado era «objeto de
discusión general» en la ciudad y que «tanto los jóvenes como los viejos
participan acaloradamente en el debate»[458].
En
Washington, los amigos de Archie Butt, Frank Millet y Clarence Brown
proclamaban que sin ninguna duda ellos habrían sido los últimos en abandonar el
barco. «“Pobre Butt” era el comentario general —señaló el Washington
Times—. Y el mayor cumplido que quienes conocieron al asesor militar fueron
capaces de dedicarle —añadió el diario— fue tal vez el inevitable pensamiento:
“Estoy seguro de que murió como un hombre”»[459]. Otro
periódico aseguró que «los empleados de la Casa Blanca estaban nerviosos, lo
que les impidió trabajar durante los días de incertidumbre sobre la suerte de
Archie»[460]. El
presidente Taft también estaba preocupado por la suerte de su asesor y,
frustrado por su incapacidad para averiguar si Archie se encontraba a bordo del
barco de los rescatados, el martes ordenó al secretario de la marina que
enviara dos cruceros, el Salem y el Chester, para
que establecieran contacto radiofónico con el Carpathia.
La ciudad
de Nueva York era presa de la fiebre del Titanic. Las banderas
ondeaban a media asta, los teatros de Henry Harris permanecían a oscuras e
incluso los grandes almacenes Macy’s habían cerrado por respeto a Isidor e Ida
Straus. Se llamó a la policía para que controlara a la multitud agolpada ante
las oficinas de la White Star Line, en el número 9 de Broadway. Alex Macomb, un
marinero de la armada de Estados Unidos que estaba de permiso en la ciudad,
envió a su madre esta descripción:
La escena
ante la oficina de la naviera era una tragedia en sí misma. Cuando colgaron en
un gran tablón de anuncios la lista de los que se sabía que se habían salvado,
se oían gritos de alegría y alivio en varias partes de la multitud que se
aglomeraba delante de la oficina. Cuando empezaron con la lista de aquellos de
los que no se sabía nada, se oyeron por todas partes gritos de «¡Oh! ¡Oh, Dios
mío!», y los chillidos de las mujeres histéricas parecieron oírse en toda la
ciudad. No he visto en toda mi vida nada tan sobrecogedor[461].
En
Londres tuvieron lugar escenas parecidas cuando se colgó la lista de nombres en
Oceanic House, la oficina londinense de la White Star, cerca de Trafalgar
Square. Pero la ciudad más afectada de todas fue Southampton, donde vivía la
mayor parte de la tripulación y del personal de avituallamiento. Solo
sobrevivieron doscientos doce de un total de ochocientas ochenta y cinco. «En
los hogares más humildes de Southampton —explicó el Daily Mail— no
hay apenas una familia que no haya perdido a un pariente o un amigo. Los niños
que regresaban del colegio percibieron algo de la tragedia, y las caritas
afligidas se volvieron hacia los hogares a oscuras y sin padre»[462].
En su
limbo neblinoso a bordo del Carpathia, los supervivientes del Titanic no
imaginaban el impacto que la noticia del desastre estaba causando en tierra. El
jueves por la mañana, Daisy Spedden observó que «el pueblo», que había estado
bastante tranquilo durante los dos últimos días, se agitaba y ponía nervioso, y
admitió que a ella misma le temblaban las piernas ante la perspectiva de llegar
a tierra. A última hora de la tarde, ya había empezado a llegar gente a Battery
Park y a los muelles de los transatlánticos en Manhattan.
El
marinero Alex Macomb había comentado en su carta a su madre que estaba previsto
que el Carpathia arribara el jueves por la noche, «y puedes
imaginarte la escena cuando llegue el barco. No me lo perdería por nada del
mundo»[463].
Capítulo
17
Dos continentes conmocionados
Jueves 18
de abril de 1912, 17:00 horas
Mary
Adelaide Snider estaba en un aprieto. Había pasado la mayor parte del día
tratando de conseguir un pase de prensa para el muelle 54, donde el Carpathia iba
a amarrar aquella noche, pero no se lo dieron. Las autoridades municipales
habían decidido que el acceso al muelle quedaría restringido a seis agencias de
noticias, diez periódicos de Nueva York y dos de Londres. Snider insistió en
que había viajado expresamente desde Canadá a fin de cubrir la noticia para
el Toronto Evening Telegram, pero no le sirvió de nada. Cientos de
periodistas —todos hombres, según observó— intentaban acceder al muelle. Los
que habían tenido suerte ya llevaban el pase de acceso en la cinta del
sombrero. Otros habían alquilado lanchas remolcadoras y esperaban en las aguas
del puerto al Carpathia.
Pero Mary
no iba a darse por vencida ahora que le habían asignado el trabajo más
fantástico que le había tocado en suerte hasta la fecha. No se había convertido
en la primera mujer reportera del Telegram y labrado una
carrera fuera de las páginas femeninas para nada. Había contratado al novio de
la camarera de su habitación de hotel, un barman llamado George que tenía
fiesta aquella tarde, para que la ayudara a abrirse camino por el frente
marítimo. George había conseguido colarla al otro lado del cordón policial de
West Street, pero dos manzanas más allá encontraron una multitud que les
cerraba el paso; al anochecer, más de mil personas abarrotaban las calles
aledañas al muelle 54. Bajo la llovizna, Mary distinguió una ambulancia que
giraba hacia la entrada de los muelles y le dijo a George que parara la
siguiente ambulancia que pasara. Al cabo de un minuto George vio una que
reducía la marcha para mostrar la identificación a la policía y Mary corrió
calle abajo hacia ella.
—Por
favor, lléveme al muelle, doctor —dijo sin aliento por la ventanilla a un joven
médico residente que señaló al médico titular—. Me he pasado todo el día en las
aduanas. No me dan un pase —explicó Mary dirigiéndose al doctor. Añadió
apresuradamente que había llegado de Canadá y que si no conseguía llevar a cabo
su tarea el periódico pensaría que era por ser una mujer.
—Entre
—respondió el médico—, pero recuerde: usted es una enfermera.
Mary
subió al vehículo y, según explicaría luego, «la ambulancia atravesó las
puertas que estaban cerradas para los multimillonarios. Las murallas de Jericó
habían caído ante la pequeña voz suplicante. La reportera estaba en el muelle»[464].
Durante
los tres días anteriores, el silencio del Carpathia había
avivado aún más el interés de la prensa por «la historia del siglo». Los
operadores de radiotransmisiones del barco del rescate se negaban a contestar
preguntas de fuera —entre ellas, una del presidente Taft— mientras enviaban
mensajes y los nombres de los pasajeros. Algunos periódicos recurrieron a las
conjeturas y a la pura invención para suministrar detalles sobre la tragedia
que había costado mil quinientas vidas. Algunos acusaron incluso al Carpathia de
retener información deliberadamente.
Los
remolcadores que llevaban a los reporteros empezaron a situarse a lo largo del
casco del Carpathia poco después de que dejara atrás el buque
faro Ambrose sobre las cinco de la tarde. Daisy Spedden estaba
en cubierta y les oyó «vociferar toda clase de preguntas crueles, despiadadas,
sobre el desastre»[465]. Algunos
periodistas llevaban megáfonos, mientras que otros sostenían en alto pancartas
con preguntas como «¿Está ahí la señora Astor?». Varios agitaban en el aire
billetes de cincuenta dólares a fin de persuadir a algún tripulante del Titanic de
que saltara por la borda para que lo recogieran del agua. Cuando se acercó la
lancha del práctico del puerto, el capitán Rostron distinguió a varios
periodistas a bordo y ordenó a dos de sus tripulantes que enrollaran la escala
de cuerda en cuanto el práctico hubiera subido. Un cazanoticias saltó de todos
modos, pero no calculó bien la distancia y cayó al agua. Cuando el buque se
detuvo brevemente en el área de cuarentena, otro reportero logró alcanzar la
cubierta de un salto, pero Rostron ordenó que lo llevaran al puente, donde lo
retuvieron hasta que el barco hubo amarrado.
Desde el
fondo del muelle, Mary Snider vio al Carpathia surgir de la
oscuridad y la lluvia, iluminado por el resplandor de los flashes de magnesio
de los fotógrafos. Pero el barco del rescate pasó por delante de ella en
dirección norte, hacia la terminal de la White Star. Los pasajeros que se
encontraban en cubierta pensaron que el Carpathia iba a
amarrar allí, pero enseguida vieron cómo bajaban los botes salvavidas del Titanic por
un costado. Cargaron cuatro de ellos en un remolcador, que atoaría a los otros
nueve. Resultaba sobrecogedor que aquellos pocos botes fueran todo lo que
quedaba del gran transatlántico y, según observó un reportero, «de la multitud
brotó un profundo suspiro»[466].
Mientras
el Carpathia regresaba lentamente al muelle 54, reinaba un
silencio expectante entre la multitud. Allí estaban los dos hijos de Frank
Millet, Laurence, de veintisiete años, y Jack, de veintitrés. Laurence, que
vivía en Nueva York y trabajaba en Wall Street, llevaba una petaca de whisky y
una caja de puros, dos cosas que pensó que su padre agradecería después del
calvario. Su hermano menor, Jack, había llegado de Harvard el lunes y se había
quedado con él toda la semana. La noticia de que su padre estaba en la lista de
rescatados les había animado, aunque sabían que no tendrían la certeza de que
así era hasta que le vieran bajar por la pasarela. También esperaba entre la
multitud el comandante Blanton Winship, quien se había alojado con el padre de
los muchachos en la casa que Archie Butt tenía en Washington. Winship era una
de las personas enviadas a Nueva York por el presidente Taft para que
comunicaran cualquier noticia sobre Archie Butt a la Casa Blanca en cuanto
el Carpathia amarrara. El presidente seguía preocupado por la
suerte de su asesor, aunque empezaba a hacerse a la idea de que probablemente
no habría sobrevivido. En una nota que envió el miércoles al embajador
británico, Taft escribió: «Archie era como mi hermano pequeño. Su carácter era
dulce y leal. Lamentamos profundamente su marcha, pero cuando me enteré de la
cifra de muertos y de rescatados, supe que él era uno de los que se habían
hundido»[467].
Aquella
mañana Taft se había reunido en la Casa Blanca con William Alden Smith, senador
de Michigan, que se disponía a partir hacia Nueva York para esperar la llegada
del Carpathia. Smith llevaba consigo citaciones dirigidas a J.
Bruce Ismay y a los oficiales y la tripulación del Titanic para
que declararan sobre el desastre ante una comisión de investigación del Senado.
El senador había leído los radiotelegramas con la firma Yamsi interceptados,
que revelaban la intención de Ismay de escapar, junto con la tripulación
del Titanic, de la jurisdicción estadounidense tan pronto como
fuera posible. Smith pretendía evitarlo y entregarle personalmente la citación,
y Taft ofreció al senador su pleno apoyo a la investigación.
Como
describiría posteriormente Mary Snider, sobre las 21:30 horas «el casco negro
del barco giró. El resplandor de los focos de los remolcadores abarloados
iluminaban a los pasajeros apiñados en la cubierta. Tres o cuatro de los
heridos fueron los primeros en desembarcar, tendidos en camillas cubiertas con
mantas»[468]. Entre
ellos estaba Helen Candee, a quien llevaron directamente al hospital en
ambulancia para curarle el tobillo roto. Al día siguiente, visitó a su hijo
Harold en otro hospital de Nueva York y comprobó que se recuperaba bien del
accidente de avión que la había empujado a reservar a toda prisa un billete en
el Titanic.
La
emoción se apoderó de la silenciosa multitud cuando los supervivientes
empezaron a descender por la pasarela cubierta. Entre los primeros en aparecer
se encontraba una joven despeinada y con profundas ojeras que parecía a punto
de desplomarse de agotamiento. Mientras la muchacha respondía a las preguntas
de los inspectores de aduanas, un hombre gritó de repente desde la multitud:
«¡Dorothy! ¡Dorothy!», y avanzó corriendo para abrazarla. Cuando Dorothy Gibson
apoyó débilmente la cabeza en su hombro, Jules Brulatour llevó a la muchacha
más guapa a lo largo del muelle para subirla a un taxi que los esperaba. Pocos
minutos después, Madeleine Astor apareció con su hijastro Vincent Astor, que
había subido a bordo para saludarla. Madeleine llevaba un jersey blanco y
estaba muy pálida bajo las luces blancas. «Nunca he visto una cara más triste
ni más hermosa, ni nada más valiente y delicado que el maravilloso control de
sí misma del que hizo gala», escribió William Dobbyn, el secretario del coronel
Astor[469].
Madeleine no necesitó la ambulancia ni la enfermera que habían llevado para
ella y, con el fin de evitar a la prensa, la metieron en un montacargas que la
llevó a la limusina que la esperaba.
Phillip
Franklin fue uno de los primeros en subir por la pasarela del Carpathia después
de que este atracara. El directivo de la IMM, que apenas había dormido desde
que le despertaran el lunes por la mañana, debía asumir la tarea de explicar a
Bruce Ismay que le esperaban más problemas. Llevaba pocos minutos en la
habitación de Ismay cuando William Alden Smith y otro senador llegaron para
entregar a Ismay la citación para comparecer ante una comisión de investigación
del Senado. Lightoller y el resto de los oficiales también recibieron
mandamientos judiciales para que se presentaran ante la comisión, que
Lightoller calificó de «soberana impertinencia»[470].
En el
muelle, el hermano de René Harris esperaba nervioso entre la multitud. Le
aterraba tener que comunicarle que Harry no había sobrevivido. Pero cuando René
bajó por la pasarela, les anunció a él y al resto de personas que la esperaban:
«He venido sola», y todos entendieron que ya sabía que su «chico» había muerto[471]. La
llegada fue más dura para May Futrelle. Cuando entró sola en la habitación del
hotel de Nueva York donde la aguardaban sus familiares, todo fue conmoción y
consternación, en particular para su hija adolescente, que esperaba ver a su
padre. Laurence y Jack Millet empezaron a preocuparse al observar que salían
muy pocos hombres del barco. Jack se acercó a una fila de gente que pedía
información y oyó a un hombre que estaba delante de él preguntar si había
noticias de Frank Millet. Cuando oyó que su padre no estaba entre los
supervivientes, Jack gritó: «¡Dios mío!», y rompió a llorar[472].
Mary
Snider, que comenzaba a inquietarse porque no encontraba a ningún canadiense
para entrevistar, de repente distinguió al hombre del que todo Toronto hablaba.
«¡Negligencia, una grave negligencia! —exclamaba Arthur Peuchen ante un grupo
de periodistas—. El capitán sabía que nos adentrábamos en una masa de hielo, ¿y
por qué se quedó cenando en el salón ante un peligro como aquel?»[473]. Tras
días de confinamiento en el Carpathia, el comandante estaba dispuesto a hablar.
Mary se abrió paso a codazos hasta Peuchen, a quien describió como «fornido,
bronceado y de aspecto varonil», y se aseguró de que le prometiera concederle
una entrevista aquella noche[474]. Durante
su reencuentro con la familia en una suite del Waldorf–Astoria y hasta pasada
la medianoche, Mary Snider y otros reporteros tomaron notas frenéticamente
mientras Arthur Peuchen contaba su historia una y otra vez. «Tengo la
conciencia tranquila», «Mi preparación como regatista fue lo que me salvó» y
«Si hay sitio para uno más, que sea una mujer, no soy un cobarde» son solo
algunas de las declaraciones que los periódicos le atribuyeron en las ediciones
del día siguiente[475]. Mary
Adelaide Snider presentó tres artículos con su firma sobre la llegada del Carpathia,
lo que constituyó la cima de una carrera que le valió el elogio de ser «casi
como un hombre y posiblemente mucho más brillante»[476].
En otra
suite del Waldorf, el hermano de William Sloper tuvo que sacar a empujones a un
grupo de periodistas aquella misma noche. En el Carpathia, William
había escrito un resumen de sus experiencias que quería guardar para el
periódico de su ciudad natal, el New Britain Herald, y para el
diario de mayor tirada de Connecticut, el Hartford Times. A la
mañana siguiente, varios tabloides neoyorquinos publicaron desagradables
referencias a Sloper, y uno de ellos afirmaría más tarde que «William T.
Sloper, hijo de un importante banquero de Connecticut, fue rescatado del Titanic disfrazado
con un camisón de mujer»[477]. Como
otros de los supervivientes masculinos, Sloper tuvo que soportar aquella
acusación durante años.
Pero
quien cometería la mayor metedura de pata con la prensa aquella noche sería
Lucy Duff Gordon. A los Duff Gordon les esperaba en el muelle un grupo en el
que se encontraban la diseñadora de interiores Elsie de Wolfe y su compañera,
Bessie Marbury, quienes llevaron rápidamente a la pareja a una suite del Ritz
que Elsie había llenado de flores y sobre cuyas camas había ropa nueva para
ambos. A lo largo de la noche no dejaron de llegar botellas de champán, ramos
de flores y mensajes de felicitación a la suite, y durante la cena Lucy ofreció
un colorido relato de cómo había escapado del Titanic. Uno de los
que estaban sentados a la mesa era Abraham Merritt, director del diario New
York American, propiedad de Hearst, para el que lady Duff Gordon escribía
una columna de moda. Aquella misma noche, horas después, Merritt telefoneó a
Lucy para decirle que el señor Hearst insistía en publicar su historia a la
mañana siguiente y le preguntó si podía contarla tal como ella la había
explicado durante la cena. Embriagada aún por el champán y el alivio, Lucy dio
su consentimiento. Así pues, Merritt comunicó por teléfono lo que recordaba del
relato de Lucy a un reportero que lo redactó con la firma de lady Duff Gordon,
adornándolo con algún detalle dramático adicional y citas escogidas, como una
en la que Lucy le decía a Cosmo mientras se arriaban los botes salvavidas:
«Bueno, podríamos ir en ese bote; no será más que una placentera travesía hasta
el amanecer»[478].
Eso
indujo a otros reporteros a preguntar por qué había tan pocos pasajeros en el
bote 1. Un marinero del Titanic que no había estado en ese
bote, pero que había oído historias al respecto, dijo a un periódico que un
hombre rico del «bote de los millonarios» ofreció una recompensa a la
tripulación si remaban deprisa para alejarse del buque naufragado, y que después,
ya en el Carpathia, entregó a cada uno un cheque por valor de cinco
libras. Quienes realmente habían ocupado el bote 1 desmintieron la información,
pero los rumores de que un lord inglés había sobornado a los tripulantes para
que se alejaran de los gritos de los que se ahogaban no hizo sino cobrar
fuerza. La historia causó sensación en el Reino Unido cuando periodistas de ese
país la oyeron, ya que allí los antagonismos de clase estaban a la orden del
día.
Mientras
los Duff Gordon tomaban champán en el Ritz aquel jueves por la noche, Margaret
Brown seguía en el Carpathia, ayudando a los pasajeros de tercera
clase. Funcionarios de Sanidad e Inmigración habían subido a bordo para ahorrar
a los supervivientes de tercera del Titanic los trámites
habituales en la isla de Ellis, a pesar de lo cual no empezaron a desembarcar
hasta pasadas las once. La Reina Margaret, como la habían apodado algunos
pasajeros de primera, aún llevaba el vestido de terciopelo negro que se había
puesto después de la colisión mientras organizaba el desembarque de las mujeres
de tercera clase y las ayudaba con los trámites. Otro tanto hacía la condesa de
Rothes, a quien les preocupaba especialmente una pasajera, Rhoda Abbott, que no
podía caminar debido al calvario que había pasado en el bote plegable A. Aunque
Rhoda aseguró a la condesa y a Margaret Brown que el Ejército de Salvación se
ocuparía de ella, la llevaron al hospital de Nueva York a cuenta de Noëlle, y
más tarde a una habitación de hotel que la señora Brown reservó para ella. La
condesa, una mujer bajita y delgada, bajó finalmente por la pasarela y abrazó a
su marido, Norman, conde de Rothes, y al cabo de poco se acomodó también en una
suite del Ritz–Carlton. Margaret Brown se quedó en el barco, donde improvisó
camas en el salón para las mujeres de tercera clase y pasó la noche con ellas.
Al día siguiente, su hermano, que había viajado desde Denver para recibirla,
subió a bordo y le dijo que su nieto enfermo —la razón por la que ella volvía a
casa en el Titanic— se estaba recuperando. La noticia le animó a
quedarse en Nueva York, donde estableció el cuartel general del Comité de
Supervivientes del Titanic en su suite del Ritz–Carlton.
El
viernes por la mañana, durante el desayuno, un grupo de huéspedes curiosos del
Waldorf–Astoria se reunieron en torno a Arthur Peuchen en el comedor y le
pidieron que contara su historia una vez más. Mientras tanto, en el mayor salón
de baile del hotel, siete senadores se preparaban para interrogar a J. Bruce
Ismay, el primer testigo que comparecería ante la comisión de investigación del
Senado. Cuando empezó a declarar aquella mañana, Ismay aún parecía conmocionado
por el desastre y su voz era casi un susurro cuando expresó su «más sincera
aflicción por esta deplorable catástrofe» y ofreció su plena colaboración con
la comisión. Pero se mostró cauto en sus respuestas, muchas de las cuales
estuvieron precedidas de un «supongo» o «creo» y concluyeron con un «más no
puedo decir», lo que dio a su testimonio un aire evasivo[479]. Sus
afirmaciones de que él no era sino un pasajero más y de que el Titanic no
navegó en ningún momento a toda máquina fueron recibidas con escepticismo por
los senadores y con hostilidad por la prensa. Los diarios de Hearst le colgaron
el apodo de J. Brute Ismay[480], y
publicaron su fotografía rodeada de las de las viudas del Titanic.
Edith Rosenbaum, una de las pocas supervivientes que pensó que estaban
convirtiendo al directivo de la White Star en chivo expiatorio, afirmó ante los
periodistas que fue Ismay quien la metió en el bote salvavidas.
Si Ismay
era el villano de la historia para los tabloides, el nuevo héroe era capitán
Arthur Rostron, que no hizo más que una breve aparición en el salón de baile
del Waldorf, ya que el Carpathia debía reanudar su travesía
hacia el Mediterráneo aquella misma noche. Rostron, un hombre vigoroso de ojos
azules, se ganó a los senadores con su descripción de cómo acudió a toda prisa
al lugar del accidente del Titanic a pesar de que, como
reconoció, eso implicaba cierto riesgo para su barco y sus pasajeros. El senador
Smith le dijo: «Su conducta merece los mayores elogios»[481]. Rostron
recibiría posteriormente una medalla de oro y una declaración de agradecimiento
del Congreso.
Por la
tarde le tocó el turno a Lightoller, el segundo oficial, que se enfrentó a la
primera de las casi dos mil preguntas que habría de responder ante aquel comité
y el que se constituiría en el Reino Unido. Durante su declaración, Lightoller
se defendió y esquivó las críticas al capitán Smith y a la White Star, aun
cuando consideraba que la comisión estadounidense no era «más que una completa
farsa»[482]. El
segundo oficial expresó un especial desprecio por el senador Smith, cuya
ignorancia en cuestiones marítimas hizo que la prensa inglesa le ridiculizara
llamándolo Watertight Smith por preguntar si los compartimentos estancos
servían para proteger a los pasajeros[483].
El London Globe se refirió a Smith como «un caballero de las
praderas de Michigan» que consideraba necesario «ser lo más insolente posible
con los ingleses»[484]. El
poeta Wilfrid Scawen Blunt reflejó en su diario el resentimiento británico
hacia el creciente poder de Estados Unidos al escribir que, si alguien tenía
que ahogarse, era mejor que hubieran sido los millonarios americanos. Para la
élite británica, la comisión estadounidense no era sino un ejemplo más de
exhibición del poderío americano. Sin embargo, un diputado laborista, George
Barnes, observó de forma menos apasionada que «a algunos les parecerá
humillante la creación de una comisión [americana] para investigar la pérdida
de un barco británico, pero la gente corriente sabe que los estadounidenses se
ponen a trabajar muy rápido y la gente corriente, me parece, se alegra de que
así sea»[485].
Cuando el
viernes 19 de abril la comisión del Senado dio por finalizada su primera sesión
en el Waldorf–Astoria, Arthur Peuchen y su familia abandonaron el hotel para
viajar a casa en un expreso nocturno. Al día siguiente, una nutrida multitud
esperaba en la Union Station de Toronto para ver al hombre que había
sobrevivido a una tragedia que, según el Globe de Toronto, «ha conmocionado a
dos continentes como no sucedía desde hace un siglo»[486]. El
World de Toronto del sábado también recibió a los Peuchen con un gran titular:
«El comandante Peuchen culpa al capitán que se hundió con el barco»[487]. En el
artículo correspondiente, el comandante acusaba al capitán Smith de
«negligencia punible». En su hogar de Jarvis Street, a los Peuchen les esperaba
un telegrama que emplazaba al comandante a declarar ante la comisión del Senado
en Washington el martes siguiente. Después de dos jornadas en el
Waldorf–Astoria, las sesiones iban a reanudarse el lunes en la capital
estadounidense. A pesar de sentirse absolutamente exhausto, Peuchen arregló las
cosas para marcharse al día siguiente. Pero antes de partir encontró tiempo
para hablar con un periodista más a fin de corregir lo que ciertos periódicos
le habían atribuido. «Jamás he pronunciado una palabra desagradable sobre el
capitán Smith», declaró[488].
A la
mañana siguiente, cuando el comandante y su mujer se preparaban para partir
hacia Washington, el Titanic era objeto de sermones en las
iglesias. En la de Peuchen, la de San Pablo, de Bloor Street, su amigo y vecino
el arcediano H. J. Cody dijo que «los hombres de nuestra estirpe no han
olvidado cómo hay que morir. Sacrificarse por un ideal caballeroso es uno de
los rasgos más sobresalientes de nuestra historia»[489]. Aquella
cantinela resonó en innumerables púlpitos a ambos lados del Atlántico. En Nueva
York, el reverendo Leighton Parks, de la iglesia de San Bartolomé, de Park
Avenue, no perdió la oportunidad de criticar el movimiento sufragista, y
observó que, mientras los hombres del Titanic se sacrificaban
para salvar a las mujeres y los niños, «esas mujeres que chillan reclamando sus
“derechos” persiguen algo muy diferente»[490].
El
comandante Peuchen prestó declaración ante el subcomité del Senado el martes 23
de abril. Al leer su testimonio da la impresión de que estaba bastante sereno e
incluso un poco satisfecho de sí mismo, pero según el New York Times parecía
nervioso e hizo varias pausas para recobrar la compostura. Al final, solicitó
realizar una declaración en la que reiteró que jamás había hecho ningún
comentario «personal ni desagradable sobre el capitán Smith». Y agregó:
Estoy
aquí, señor, sobre todo por las pobres mujeres de nuestro bote. Me preguntaron
si no acudiría a esta comisión de investigación para explicar lo que vi, y
cuando usted me envió el telegrama, señor, vine enseguida, simplemente para
cumplir la promesa que hice a las pobres mujeres de nuestro bote[491].
Al menos
una de las «pobres mujeres» del bote 6 hubiera soltado un resoplido de
desprecio al oír la declaración de Peuchen. Margaret Brown ya estaba molesta
porque no la habían llamado a declarar ante la comisión del Senado por su papel
relevante en el Comité de Supervivientes y por el aprecio de que disfrutaba
entre la prensa como «heroína del Titanic». Además, como defensora
del voto femenino, Margaret Brown no tuvo reparos en aprovechar su recién
adquirida fama para fomentar el debate sobre la igualdad de géneros que rodeaba
el desastre. (Un periodista poeta observó que el grito de «¡Voto para la
mujer!» se había convertido en «Botes para las mujeres / mientras los valientes
/ mueren»)[492].
Margaret Brown declaró en una entrevista: «Aunque “las mujeres primero” es un
principio profundamente arraigado en el varón, para mí está mal. Si las mujeres
exigimos los mismos derechos en tierra, ¿por qué no en el mar?»[493].
De hecho,
la instrucción de «las mujeres y los niños primero» a la hora de abandonar un
barco no era demasiado antigua. Se usó por primera vez en el Birkenhead,
un buque británico de transporte de tropas que naufragó cerca de Ciudad del
Cabo (Sudáfrica) el 26 de febrero de 1852. Es bien sabido que los soldados
permanecieron en formación en cubierta mientras las mujeres y los niños
embarcaban en los botes, y solo se salvaron ciento noventa y tres de los
seiscientos cuarenta y tres pasajeros. Elogiado como «el adiestramiento
del Birkenhead» en un poema de Rudyard Kipling, aquel suceso se
convirtió en piedra de toque de la grandeza imperial británica, y en la
información de la prensa británica sobre el Titanic se habló
con frecuencia de pasajeros «tan valientes como los del Birkenhead».
La historia de que el capitán Smith había dicho a su tripulación «¡Sed
británicos!» sirvió para recalcar la reiterada afirmación de que los hombres
anglosajones no habían olvidado cómo había que morir.
Ella
White, acostumbrada a hablar sin tapujos y una de las dos únicas mujeres
citadas a testificar en la comisión de investigación del Senado (aunque otras
cinco entregaron declaraciones juradas), dudaría de la desinteresada
caballerosidad de los hombres del Titanic:
Se ha
hablado de la valentía de los hombres. A mí no me parece que demostraran una
especial valentía, ya que ninguno creía que el barco fuera a hundirse. De
haberlo creído, no se habrían comportado de una manera tan frívola. Algunos de
ellos dijeron: «Cuando volváis, necesitaréis un permiso», y «Mañana no podréis
subir sin un permiso». Nunca habrían dicho algo así si hubieran intuido que el
barco estaba a punto de hundirse[494].
Caballerosos
o no, era innegable que de los 1667 hombres a bordo solo sobrevivieron 338 (el
20,27 por ciento), mientras que se salvaron 425 mujeres (el 74,35 por ciento).
El 21 de abril, el Mackay–Bennett, un barco utilizado para la
reparación de cables telegráficos submarinos, que había zarpado de Halifax con
cien toneladas de hielo y ciento veinticinco ataúdes a bordo, empezó a sacar
del agua los cuerpos de las víctimas del Titanic. El capitán
del Mackay–Bennett diría que lo que vio parecía «una bandada
de gaviotas posadas sobre el agua. Al principio no vimos más que la parte
superior de los salvavidas. Flotaban hacia arriba, como si estuvieran de pie en
el agua»[495]. El
cuerpo de John Jacob Astor flotaba con los brazos extendidos y su reloj de
bolsillo de oro colgaba de su cadena de platino. El encargado de preparar los
cadáveres pensó que era como si Astor hubiera echado una mirada a su reloj
antes de hundirse. Se ha escrito a menudo que el cuerpo de Astor estaba
mutilado y cubierto de hollín, y que por lo tanto debió de morir aplastado
cuando se desplomó la chimenea delantera[496]. Pero
según tres testigos el cuerpo de Astor estaba en buen estado y sin hollín, y
parece que, como muchas otras de las víctimas que se encontraron flotando,
murió a consecuencia de la hipotermia.
El 25 de
abril, se recuperó el cadáver del arquitecto de Buffalo Edward Kent. En el
bolsillo de su abrigo gris encontraron la petaca de plata y la miniatura de
marfil que le había dado Helen Candee en la escalinata. La hermana de Kent
devolvió más tarde esos objetos a Candee. Ese mismo día se halló el cuerpo de
Frank Millet, al que se identificó por las iniciales F. D. M. de su reloj de
oro. La tarde del día siguiente, el Mackay–Bennett partió
hacia Halifax con ciento noventa cadáveres a bordo, después de haber lanzado
otros ciento dieciséis al mar. Un segundo barco, el Minia, acudió
también al lugar del naufragio, pero tras una semana de búsqueda, no pudo
recuperar más que diecisiete cadáveres, y otros dos barcos encontrarían cinco
más. El Mackay–Bennett arribó el 30 de abril a Halifax, donde
doblaban las campanas de las iglesias y las banderas ondeaban a media asta. Los
cadáveres fueron trasladados en coches fúnebres tirados por caballos desde el
muelle hasta una morgue provisional instalada en una pista de curling[497].
El hijo
mayor de Frank Millet, Laurence, esperaba en Halifax la llegada del Mackay–Bennett,
y a medianoche le permitieron ver el cuerpo de su padre. A primera hora de la
mañana siguiente, acompañó el ataúd a Boston en un tren que también
transportaba los cuerpos de Isidor Straus y de un pasajero de veintiún años
llamado Richard White. En el andén de la North Station de Boston, la gente
inclinó la cabeza cuando sacaron los féretros. El cuerpo de Millet fue
trasladado a la capilla del cementerio Mount Auburn, en Cambridge, donde
aquella misma tarde se ofició un funeral. En una carta dirigida a su madre, que
se encontraba en Broadway, Jack Millet escribió que el rostro de su padre
estaba intacto y tenía una expresión tranquila. «Estamos tan acostumbrados a las
ausencias largas que no acabo de hacerme a la idea de que no volveremos a
verle», añadió[498].
Entretanto, el comandante Blanton Whinship seguía en Halifax, adonde le había
enviado el presidente Taft para ver si llegaba el cadáver de Archie Butt[499]. Pero
nunca se encontró el cuerpo de Archie.
En el
funeral de Frank Millet no sonó «Nearer My God To Thee», que sin embargo sí se
interpretó en muchas otras ceremonias en honor de las víctimas del Titanic.
Lo cantaron por ejemplo los dos mil quinientos asistentes al servicio religioso
en memoria de W. T. Stead celebrado en la capilla londinense de Westminster el
25 de abril, entre los que se encontraban figuras destacadas como los futuros
primeros ministros David Lloyd George y Ramsay MacDonald. La reina madre
Alejandra envió un representante y un mensaje de condolencia, y el servicio
concluyó con el «Aleluya» de El Mesías de Haendel. En ese momento,
Stead ya había enviado mensajes desde el otro mundo en los que explicaba que
fue él quien pidió a los músicos del Titanic que tocaran
«Nearer My God To Thee». Ese himno también cerró un concurrido servicio en
memoria del comandante Butt que se celebró el 2 de mayo en su ciudad natal de
Augusta (Georgia). El presidente Taft rindió un sentido homenaje a su asesor,
en el que resumió la vida de Archie y elogió su lealtad y alegría. «Nunca supe
lo importante que era Archie para mí hasta que lo hube perdido», comentó. El
presidente también se refirió a la devoción de Archie por su madre. «Siempre
tuve la impresión de que nunca se casó porque la quería muchísimo», dijo[500]. En otra
ceremonia que la logia masónica a la que pertenecía Archie organizó tres días
después en Washington, Taft se derrumbó mientras pronunciaba su panegírico y no
pudo continuar. Entonces los congregados se levantaron y cantaron con gran
emoción «Nearer My God To Thee», el himno que Archie había elegido para su
funeral porque conmovía su parte sentimental.
Fue otro
el himno que provocó las lágrimas en el servicio por James Clinch Smith,
oficiado en la misma pequeña iglesia blanca de Saint James, en Long Island, que
acogiera el funeral de Stanford White cuatro años atrás. Cuando hubieran
cantado «O God Our Help In Ages Past», Archibald Gracie comentó a una de las
hermanas de Smith que había sido el último himno que sonó en la misa del
domingo en el Titanic. Ella se mostró muy conmovida y le dijo a
Gracie que era el himno favorito de Jim y la primera melodía que había
aprendido a tocar al piano de niño. Gracie incluyó esta anécdota en The
Truth About The Titanic, un libro sobre el hundimiento cuya publicación no
llegó a ver. El 4 de diciembre de 1912, Archibald Gracie murió a consecuencia
del deterioro físico provocado por la hipotermia y la conmoción que sufrió
durante el naufragio del Titanic. A finales de 1912, los únicos
supervivientes de «nuestra pandilla» eran Helen Candee, Hugh Woolner y Mauritz
Björnström–Steffansson. En un artículo publicado en la edición de mayo de la
revista Collier’s, Helen Candee escribió de una forma romántica
sobre «aquellos dos», pero la historia de amor marítima con Woolner no continuó
en tierra y en agosto de 1912 él se casó con una joven viuda estadounidense.
Edith
Rosenbaum también escribió sobre sus experiencias en el Titanic y
explicó a los lectores de Women’s Wear Daily que su nueva
amiga lady Duff Gordon «logró escapar con un precioso albornoz color lavanda,
delicadamente bordado, que combinaba con un hermoso velo azul»[501]. El
dudoso gusto de este comentario pasó prácticamente inadvertido en medio del
revuelo provocado por el supuesto soborno de Cosmo Duff Gordon a los
tripulantes del bote 1. En Inglaterra, la historia había derivado en un
escándalo de proporciones gigantescas, y Lucy describió así la escena que les
esperaba cuando desembarcaron del Lusitania a mediados de
mayo:
Por toda
la estación [de tren] había anuncios de periódicos con titulares como «El
escándalo Duff Gordon», «El baronet y su mujer escapan remando del desastre» y
«Sir Cosmo Duff Gordon, sano y salvo mientras las mujeres se hunden con
el Titanic». Los chicos que vendían periódicos pasaban a la carrera
por nuestro lado gritando: «¡Lea la historia del cobarde del Titanic!»[502].
Empeoró
las cosas el testimonio ofrecido la semana anterior ante la Comisión Británica
de Investigación del Naufragio por Charles Hendrickson, uno de los fogoneros
del bote 1. Hendrickson afirmó que él había propuesto volver atrás para recoger
a más supervivientes, pero que lady Duff Gordon protestó y amenazó con echarlo
por la borda, y que sir Cosmo la apoyó. La comisión británica había empezado a
trabajar el 2 de mayo, presidida por John Bigham, primer vizconde de Mersey. En
un intento de limpiar su nombre, los Duff Gordon se ofrecieron a declarar ante
la comisión, lo que no hizo ningún otro pasajero. Estaba previsto que Cosmo
testificara el viernes 17 de mayo, y la víspera Lucy comentó en una carta a
Margot Asquith que su marido «se pasa horas encerrado en la biblioteca, pobre
hombre, preocupado, y da miedo verle cuando sale, tan devastado está…»[503]. Margot
Asquith y muchos otros amigos de la alta sociedad abarrotaban la Scottish Hall
el lunes 20 de mayo para asistir a la comparecencia de Lucy ante el tribunal.
Las mujeres llevaban sus nuevos vestidos y sombreros de primavera. Al
corresponsal del New York Times, la escena le pareció «una elegante
función de tarde destinada a recaudar fondos para una popular organización
benéfica»[504]. Lucile
llevaba un conjunto negro con cuello blanco de encaje, así como un gran
sombrero negro con velo que daban al atuendo un aire de luto. Cuando la
llamaron a declarar, habló sin tapujos, y desmintió rotundamente el testimonio
de Hendrickson y lo que el «reportero listillo» había escrito en su artículo
para el New York American. Negó haber oído los gritos de los que se
ahogaban cuando el Titanic se hubo hundido, aunque años más
tarde, en su autobiografía recordaría que «el aire estaba preñado de horrendos
alaridos»[505].
Lucy
estuvo poco tiempo ante el tribunal, ya que declaró justo después de Cosmo, a
quien habían interrogado despiadadamente durante varias horas aquella mañana y
el viernes anterior. La aristocrática reserva de Cosmo no le permitió
defenderse con demasiada habilidad. Cuando le preguntaron si le pasó por la
cabeza que podrían haber salvado a más gente en el bote 1, respondió: «Se me
ocurrieron muchas cosas y, ciertamente, a todos nos pasó por la cabeza que los
botes podían salvar a más gente, sí»[506]. Su
interrogador más duro fue W. D. Harbinson, representante del sindicato de
marineros, quien criticó directamente los privilegios de clase. En un
determinado momento, lord Mersey tuvo que advertirle de que no debía «tratar de
defender a esta clase o a la otra, sino ayudarme a descubrir la verdad».
Harbinson preguntó a Cosmo si podía resumirse adecuadamente su actitud durante
el naufragio diciendo que «pensó que, una vez que usted se había salvado,
podían morir todos los demás». Lord Mersey volvió a interrumpirle por
considerar injusta la pregunta y subrayó que «la situación del testigo ya es
bastante mala»[507].
Los Duff
Gordon recibieron el apoyo de sus amigos y de una parte de la prensa. Un
periodista escribió que «Torquemada nunca puso de una forma tan injusta a sus
víctimas en el potro de la Inquisición como se ha puesto a sir Cosmo y a lady
Duff Gordon en el potro de este interrogatorio»[508]. En su
informe, lord Mersey señaló que «las graves acusaciones» contra sir Cosmo eran
infundadas, pero eso no bastó para rehabilitar a los Duff Gordon en el tribunal
de la opinión pública[509]. Lucy
escribió: «Buena parte del fango que se esparció nos salpicó a nosotros. A mí,
personalmente, no me importó, pero estuve muy preocupada por Cosmo. Al final de
su vida, sufrió por las calumnias que mancillaron su honor». Según Lucy, el
asunto «casi le rompió el corazón y le destrozó la vida»[510]. Con su
despreocupación habitual, Lucy afirmó que la fama que le proporcionó el caso
favoreció sus negocios. («Parece que ahora todas las mujeres de Londres quieren
un vestido de noche como el que suscitó la admiración de lady Duff Gordon en
semejante momento de peligro», comentó en Women’s Wear Daily el
4 de junio de 1912.) En efecto, los años siguientes fueron buenos para Lucile
Ltd., y cuando la Gran Guerra redujo el interés de los europeos por la moda,
Lucy centró sus actividades en Nueva York. En 1915 abrió un salón en Chicago.
Cosmo estuvo con Lucy en Estados Unidos durante un tiempo, pero en la primavera
de 1915, cuando un gigoló ruso a quien ella llamaba Bobbie se incorporó de
forma permanente al hogar, se marchó a Inglaterra y vivió separado de ella
hasta que murió, en 1931.
El
informe de lord Mersey señaló que J. Bruce Ismay había sido injustamente
vilipendiado y que, si el director de la White Star no hubiera saltado al bote
plegable C, «simplemente habría añadido un nombre más, el suyo, a la lista de
muertos»[511]. Pero
también Ismay sufrió amargamente el ostracismo social al que fue condenado y,
después de dimitir como presidente de la International Mercantile Marine y como
presidente de la White Star en junio de 1913, pasó casi el resto de su vida
alejado de la atención pública. En privado, su mujer, al igual que Lucy,
comentaba que el Titanic había destrozado la vida de su
marido.
En el
informe de lord Mersey tan solo se culpaba al capitán Lord y a los oficiales
del Californian, al concluir que su barco se encontraba a una
distancia de entre cinco y diez millas del Titanic y que si
hubieran acudido nada más ver las primeras bengalas de socorro, «podrían haber
salvado muchas de las vidas que se perdieron, si no todas»[512]. Stanley
Lord perdió su trabajo en la Leyland Line y trató de limpiar su nombre hasta su
muerte, en 1962. En décadas recientes, ha salido en su defensa una legión de
partidarios llamados «lorditas», quienes argumentan que el Californian no
era «el barco misterioso» que avistó el Titanic o que estaba
demasiado lejos para haberlo alcanzado a tiempo. En cualquier caso, es
innegable que si el equipo de radiotransmisiones del Californian hubiera
estado en marcha habría captado la llamada de socorro del Titanic y
acudido al rescate. El informe de la comisión de investigación del Senado de
Estados Unidos recomendó que los equipos de radiotransmisiones de los barcos se
mantuvieran en marcha las veinticuatro horas del día. Propuso asimismo que los
barcos llevaran suficientes botes salvavidas para todos los pasajeros, que se
realizaran con regularidad simulacros de evacuación, y que los miembros de la
tripulación fueran entrenados en el descenso y manejo de los botes salvavidas.
En
cambio, el informe de lord Mersey se vio obligado a abordar con cautela el
asunto de los botes salvavidas, ya que la investigación la dirigía la Oficina
Británica de Comercio, cuya anticuada normativa permitió que un buque del
tamaño del Titanic llevara solo dieciséis. No obstante, Mersey
sí recomendó que la capacidad de los botes salvavidas se basara en el número
máximo de personas que podían transportar los barcos, y no en su tonelaje
bruto. Su informe tampoco halló pruebas de que los pasajeros de tercera clase
hubieran recibido un trato injusto, pese a que murieron 532 de los 710 que se
encontraban a bordo. A lord Mersey se le ha acusado con frecuencia de
encubrimiento por no considerar responsables del naufragio ni al capitán Smith
ni a la White Star. La insistencia de Lightoller en que Smith se limitó a
seguir el procedimiento habitual al mantener la velocidad máxima y confiar en
que los vigías verían el hielo pesó en la investigación, pese a que Mersey
observó que semejante proceder «se considerará sin duda una negligencia en el
futuro»[513]. Su
exculpación de la White Star Line pudo deberse en cierta medida al temor a que
atribuirle la culpa provocara querellas que paralizarían a la empresa y
perjudicarían la reputación de los buques ingleses en beneficio de los
franceses y los alemanes. No obstante, se presentaron decenas de demandas,
sobre todo en Estados Unidos, que en total reclamaban cerca de diecisiete
millones de dólares. Los demandantes exigían cantidades muy distintas, desde
ocho dólares por un par de zapatillas de Dorothy Gibson y cincuenta por la
gaita de Eugene Daly, hasta cinco mil por el nuevo Renault de William Carter y
catorce mil por el anillo de rubíes birmanos de Charlotte Cardeza. También se
presentaron demandas por la pérdida de vidas: por haberse visto privadas de sus
maridos, René Harris reclamó un millón de dólares, May Futrelle trescientos mil
y Lily Millet cien mil. Al final, recibieron mucho menos, ya que la suma total
repartida entre todas las demandantes ascendió a seiscientos sesenta y cuatro
mil dólares.
René
Harris cobró cincuenta mil dólares por la pérdida de Henry B. Harris, muchísimo
menos que el millón que pedía, pero la suma fue bienvenida, ya que la empresa
teatral de los Harris estaba al borde de la quiebra. A René le aconsejaron que
liquidara el negocio y viviera de las rentas, pero ella insistió en que Harry
no lo hubiera querido. Aunque le dijeron que «no había empresarias teatrales»,
convenció a sus acreedores de que le dieran una oportunidad para recuperar la
solvencia de la compañía, lo que logró con creces, en contra de lo que todo el
mundo esperaba[514]. Durante
veinte años, llenó los teatros Harris con montajes de éxito y ayudó a lanzar a
estrellas como Helen Hayes, Barbara Stanwyck, Dame Judith Anderson y la autora
teatral Moss Hart. Por su parte May Futrelle, la amiga de René, tuvo que
devolver los anticipos que los editores habían pagado a Jacques por libros que
ya no podría escribir. También ella se las arregló para satisfacer las deudas
de su marido y generar ingresos gracias a los permisos para la publicación de
los libros de Jacques y los que ella escribió.
Un
pequeño gasto que la White Star cubrió gustosamente fue un viaje transatlántico
para Marcelle Navratil, la madre de los dos huérfanos de cabello rizado
del Titanic, de los que se ocupó Margaret Hays en Nueva York.
Cuando vio una foto de los niños en un periódico francés, la señora Navratil se
puso en contacto con la White Star, que le envió a Niza un pasaje para Nueva
York. En abril, durante las vacaciones de Pascua, su marido, Michel Navratil,
con el que ya no vivía, había desaparecido con los niños y luego había
embarcado con ellos rumbo a Estados Unidos utilizando el nombre de Louis
Hoffman. El 16 de mayo, Marcelle se reunió con sus hijos, y dos días después
volvieron juntos a casa a bordo del Oceanic.
El mismo
día en que Marcelle Navratil llegaba a Nueva York, una película recién
estrenada con el título de Saved from the Titanic se anunciaba
en las marquesinas de los cinematógrafos de la ciudad. Era una película muda de
diez minutos realizada en tres semanas en los estudios Éclair de Nueva Jersey y
protagonizada por una superviviente del naufragio, Dorothy Gibson, que lucía el
mismo vestido de seda blanco y los zapatos de tacón con los que había escapado
del transatlántico. Al principio, Dorothy no había querido revivir su calvario
tan poco tiempo después del desastre y, según un periódico, durante el rodaje
hubo momentos en que «casi perdió el juicio al recordar lo mal que lo había
pasado»[515]. Aquella
película, producida por Jules Brulatour, sería la última de Dorothy, ya que
después iniciaría una carrera en el mundo de la ópera, que no duró mucho, como
tampoco su matrimonio con Brulatour, con el que se casó en 1917. Tras un
generoso acuerdo de divorcio en 1919, la muchacha más guapa se retiró de la
escena pública y no volvió a subir a un escenario ni a ponerse delante de la
cámara.
Margaret
Brown, en cambio, se convirtió en objeto de la atención pública. Una fotografía
en la que aparecía entregando una copa de plata al capitán Rostron el 29 de
mayo se publicó en periódicos de todo el mundo. Durante la ceremonia, que se
celebró a bordo del Carpathia cuando el buque regresó del
Mediterráneo, se entregaron medallas de oro, plata y bronce a Rostron, sus
oficiales y tripulantes en nombre de los supervivientes del Titanic.
Margaret le hizo además un regalo personal al capitán: la figurita funeraria
egipcia de turquesa que se había metido en el bolsillo antes de abandonar su
camarote del Titanic. El regreso a Denver en abril fue triunfal
para la heroína del Titanic. Una gran dama de la alta sociedad de
Main Line que hasta entonces se había mostrado fría con ella ofreció en su casa
un almuerzo en honor de Margaret. La heroína comentó con modestia al Denver
Times: «Simplemente cumplí con mi deber cuando tuve que hacerlo. Estoy
orgullosa de haber salvado a algunas personas, y solo lamento no haber podido
salvar a más»[516].
Margaret siguió presidiendo el Comité de Supervivientes del Titanic el
resto de su vida y en 1920 depositó coronas de flores en todas las tumbas de
las víctimas del Titanic en Halifax, donde había desembarcado
inesperadamente cuando se produjo un incendio a bordo del barco en el que
viajaba. También reunió fondos para la construcción del Monumento a las Mujeres
del Titanic en Washington, que fue una de las decenas de
estatuas, placas, fuentes e incluso edificios que se erigieron a ambos lados
del Atlántico en recuerdo del hundimiento.
El mayor
monumento al Titanic es la Biblioteca Widener de la
Universidad de Harvard, encargada por Eleanor Widener en memoria de su hijo
Harry, que alberga su colección del libros raros. Entre los muchos monumentos
erigidos en Southampton (Inglaterra), destaca una placa de bronce dedicada a
los trabajadores del servicio de correo que se realizó con el bronce fundido de
la hélice de repuesto del Titanic. Y pocos días después del
hundimiento, la Casa Blanca propuso erigir un monumento dedicado a Archie Butt
y Frank Millet. Fue idea del presidente Taft, quien presidió el comité creado
para financiar su construcción e hizo la primera donación. Varios centenares de
amigos de Frank y Archie no tardarían en imitarle. En la lista de donantes
aparecen figuras destacadas de la Edad Dorada, como el escultor Daniel Chester
French, los arquitectos Henry Bacon y Cass Gilbert, los industriales Henry Clay
Frick y Charles L. Freer, el creador de parques urbanos Frederick Law Olmstead
y el artista decorativo Louis Comfort Tiffany.
En un
principio, se pensó en una lápida de bronce que se colocaría en el recinto de
la Casa Blanca, pero el escultor Daniel Chester French escribió a Lily Millet a
comienzos de julio para explicarle que el arquitecto Thomas Hastings y él
estaban trabajando en algo que probablemente sería una fuente. A finales de
enero de 1913, el presidente Taft dio el visto bueno al proyecto de la Fuente
en Recuerdo de Butt y Millet, que se colocaría en un claro del parque Elipse,
justo detrás de la extensión de césped del sur del recinto de la Casa Blanca.
Daniel Chester French, quien más tarde esculpiría la gran figura de Abraham
Lincoln sentado del monumento al presidente, creó dos bajorrelieves para el
surtidor central de la fuente, que se levanta sobre una base de mármol de
Tennessee. En la parte norte, de cara a la Casa Blanca, se esculpió un
caballero con armadura que representa la caballería en honor de Archie Butt. En
la parte sur, mirando hacia el Monumento a Lincoln, una muchacha de estilo
clásico con una paleta y un pincel que simbolizan el arte recuerda a Frank
Millet. Alrededor de la base, una inscripción reza:
En
memoria de Francis Davis Millet (1846–1912) y Archibald Willingham Butt
(1865–1912). Este monumento fue erigido por sus amigos con la aprobación del
Congreso.
La Fuente
en Recuerdo de Butt y Millet se terminó en octubre de 1913, pero no hay
constancia de que se celebrara ninguna ceremonia de inauguración. Woodrow
Wilson ya había sustituido a William Taft como presidente. En las elecciones de
otoño, las que Archie tanto temía, Theodore Roosevelt se presentó con un tercer
partido recién creado, lo que dividió el voto republicano y permitió a los
demócratas conquistar la Casa Blanca. En su discurso de toma de posesión, el
presidente Wilson elogió la prosperidad de Estados Unidos, pero señaló que «el
mal ha venido de la mano del bien y mucho oro fino se ha corroído. La riqueza
ha traído consigo un imperdonable derroche»[517]. Estados
Unidos y el mundo entero, estaban cambiando. Menguaba el respeto por la riqueza
y los privilegios, y los excesos de la Edad Dorada habían quedado atrás, al
menos de momento. La conflictividad laboral, las manifestaciones a favor del
voto femenino y las olas de inmigrantes del Nuevo Continente eran heraldos de
un mundo moderno que nacía con esfuerzo.
«Hace
falta una advertencia terrible para volver a tierra firme y recuperar el sano
juicio», declaró William Alden Smith ante la comisión de investigación
estadounidense[518].
El Titanic, por supuesto, no consiguió tal cosa. «La historia del
siglo» se vería pronto eclipsada por horrores mucho mayores en las tierras de
Flandes. Pero llama la atención que, en el siglo XXI, aquel naufragio
eduardiano se haya convertido en la metáfora más invocada de las calamidades,
un sinónimo de la arrogancia y la locura humanas. En una época en que los mitos
griegos y las historias de la Biblia hace tiempo que dejaron de formar parte
del acervo común, el Titanic se ha erigido en una de las parábolas
modernas más poderosas. Expresiones como «cambiar de sitio las butacas de
cubierta» y «chocar contra el iceberg» se usan a diario y no requieren
explicación. Para los políticos, verse caricaturizados en la proa inclinada de
un buque por lo menos una vez se ha convertido en un rito inevitable. La
historia del gigantesco buque que se hundió en su primera travesía está tan
cargada de simbolismo que, si no hubiera sucedido realmente, tendríamos que
inventarla.
Pero
sucedió, en aquella fría y clara noche de abril de 1912. Y sucedió a gente de
verdad —fogoneros, millonarios, damas de la alta sociedad, curas, camareros—,
gente que mostró todo un abanico de reacciones demasiado humanas a medida que
evolucionaban los acontecimientos de la noche. Los recuerdos de los
supervivientes, aun siendo contradictorios y enrevesados, nos permiten
situarnos en aquella cubierta inclinada y preguntarnos qué hubiéramos hecho
nosotros.
La
historia insumergible continúa.
Epílogo
Vidas después del «Titanic
Pero
¿cuánto tiempo siguieron viviendo? De las setecientas doce personas que
escaparon a la muerte en la madrugada del 15 de abril de 1912, cinco llegaron a
cumplir cien años o más, y al menos una docena vivió más de noventa. A pesar de
la excepcional longevidad de algunos, la tragedia perseguiría a muchos
supervivientes del Titanic, lo que a menudo ha dado pábulo a
conjeturas supersticiosas sobre la acción del destino.
Están
documentados al menos siete suicidios, y el investigador del Titanic Philip
Gowan ha encontrado pruebas de siete u ocho más, aunque ninguno de ellos, por
lo que se sabe, está directamente relacionado con el Titanic. El
doctor Washington Dodge, el médico y político municipal que ayudó a apartar el
bote 13 de la válvula de escape del condensador, se disparó un tiro en la
frente en 1919 tras una crisis nerviosa causada por problemas en sus negocios e
inversiones. En marzo de 1927, el doctor Henry Frauenthal se tiró por el balcón
de su apartamento de Nueva York después de meses de una depresión exacerbada
por la enfermedad mental de su esposa. El vigía Frederick Fleet se ahorcó con
una cuerda de tender la ropa en 1965, desesperado por la muerte de su mujer. En
noviembre de 1933, el cabo Robert Hichens, el marinero que estaba al timón
cuando Fleet vio el iceberg y que luego se convirtió en el tirano del bote 6,
planeó en Torquay (Devon) un asesinato tras el cual se suicidaría, pero la
noche que escogió para el crimen estaba tan borracho que solo consiguió herir
al hombre que creía que le había agraviado. Tampoco se suicidó, aunque intentó
cortarse las venas durante su arresto. Hichens salió de la cárcel en 1937 y
murió en 1940. El 22 de septiembre de 1945, Jack Thayer, entonces de cincuenta
años, fue hallado en su coche con las venas de las muñecas y la garganta
rajadas. El motivo del suicidio que se ha esgrimido con mayor frecuencia es que
estaba deprimido por la pérdida de su hijo en la guerra del Pacífico. Su
esposa, Marian Thayer, murió por causas naturales el 14 de abril de 1944, en el
trigésimo segundo aniversario de la colisión del Titanic con
el iceberg.
Parece un
cruel capricho del destino que Douglas Spedden, el único hijo de Daisy y
Frederic Spedden, muriera atropellado en 1915, tres años después de que toda la
familia se salvara del hundimiento del Titanic. La pareja no tuvo
más hijos y pasó el resto de su vida en Tuxedo Park. Frederic murió en 1947 y
Daisy en 1950. (Durante un tiempo Daisy tuvo empleada a Ellen Bird, la criada
inglesa de Ida Straus). En 1913, como regalo de Navidad para Douglas, Daisy escribió
un relato sobre los viajes de la familia por Europa y la travesía del Titanic en
el que el narrador era el oso polar de juguete de Douglas. Leighton Coleman
III, un pariente, descubrió el manuscrito y lo publicó en 1994 en forma de
cuento ilustrado para niños con el título de Polar, the Titanic Bear.
Trevor
Allison, de once meses, único superviviente de su familia, tampoco llegaría a
la edad adulta. Su niñera inglesa, Alice Cleaver, desembarcó del Carpathia con
el bebé, al que había subido al bote 11. La familia Allison la culpó de la
muerte de Bess Allison y de Loraine Allison, de dos años, al creer que Bess no
debía de saber que la niñera se había llevado al bebé y que por eso estuvo
buscándolo hasta que fue demasiado tarde. Alice afirmó haber dicho a la señora
Allison que se llevaba al bebé. El comandante Peuchen aseguró que vio a Bess
Allison bajar de un bote con Loraine e ir a buscar a su marido. Trevor Allison
se crió con el hermano de Hudson, George Allison, y su mujer, Lillian, pero
murió a causa de una intoxicación alimentaria a los dieciocho años, en agosto
de 1929. En 1940, una mujer llamada Loraine Kramer afirmó en un programa de la
radio nacional ser Loraine Allison. La historia de cómo sobrevivió al
hundimiento del Titanic resultó ser inventada y la familia
Allison la tachó de impostora.
La más
sobrecogedora de todas las historias de los supervivientes tal vez sea la de
Helen Walton Bishop, la recién casada de diecinueve años de Dowagiac
(Michigan), que dejó su perro faldero Frou Frou antes de subirse al bote 7 con
su marido. Probablemente Helen estaba embarazada cuando embarcó en el Titanic,
ya que el 8 de diciembre de 1912 dio a luz a un varón que murió dos días
después. El siguiente mes de noviembre, Helen sufrió una grave fractura de
cráneo en un accidente de automóvil y no se esperaba que sobreviviera. Sin
embargo, le pusieron una placa de acero en el cráneo y logró recuperarse, pero
su estado mental se vio gravemente alterado, circunstancia que condujo a su
divorcio en enero de 1916. Tres meses después, Helen se cayó durante una visita
a unos amigos en Danville (Illinois) y el 15 de marzo de 1916 murió. Fue
enterrada en su ciudad natal, Sturgis (Michigan). Su fallecimiento, a los
veintitrés años, fue portada del Dowagiac Daily News. Irónicamente,
la noticia compartió página con un artículo sobre las segundas nupcias de su ex
marido, Dickinson Bishop.
RHODA
ABBOTT (1873–1946)
Llamada
algunas veces Rosa, fue rescatada del medio hundido bote desplegable A y es la
única mujer que sobrevivió aquella noche en el agua helada. Tras desembarcarla
del Carpathia la llevaron al hospital de Nueva York, donde
estuvo ingresada dos semanas. Sufrió problemas respiratorios el resto de su
vida. Rhoda se sintió muy afligida por la muerte de sus dos hijos, Rossmore, de
dieciséis años, y Eugene, de catorce. En 1911 se los había llevado a Inglaterra
después de separarse de Stanton Abbott, un campeón de boxeo de pesos medios,
pero los dos chicos añoraban Estados Unidos, así que decidió volver con ellos a
Providence (Rhode Island) a bordo del Titanic. En diciembre de 1912
se casó con un viejo amigo de Inglaterra, George Williams, con quien vivió en
Jacksonville (Florida) hasta 1928, cuando la pareja regresó a Inglaterra.
George sufrió un infarto y Rhoda lo cuidó hasta que murió diez años después. Ella
falleció el 18 de febrero de 1946 a causa de un paro cardíaco.
RAMÓN
ARTAGAVEYTIA (1840–1912)
Cuando
los pasajeros embarcaban en los botes salvavidas, alguien vio en la cubierta
superior a Ramón Artagaveytia en compañía de otros dos uruguayos, Francisco M.
Carrau, de treinta y un años, y su sobrino José Pedro Carrau, de diecisiete.
Los tres perecieron. El Mackay–Bennet recuperó el cuerpo de
Ramón, que fue trasladado a Montevideo para su entierro. Los cadáveres de los
Carrau no se encontraron.
MADELEINE
ASTOR (1893–1940)
El 14 de
agosto de 1912, a los diecinueve años, Madeleine Astor dio a luz a John Jacob
Astor VI. Había heredado los ingresos de un fondo de inversiones de cinco
millones de dólares y el usufructo de la mansión de la Quinta Avenida y de
Beechwood, en Newport, con la condición de que no volviera a casarse. Pero el
22 de junio de 1916 Madeleine renunció a sus derechos sobre la fortuna de los
Astor al contraer matrimonio con un amigo de la infancia, el rico e
independiente William Karl Dick (1888–1953). Tuvieron dos hijos, pero se
divorciaron en 1933 después de que Madeleine iniciara un romance con un
premiado boxeador italiano de veintiséis años llamado Enzo Fiermonte, a quien
había contratado para que enseñara ese deporte a sus hijos. Para espanto de la
familia y de la buena sociedad de Palm Beach, en noviembre de 1933 se casó con
Fiermonte. Tras cinco tormentosos años se divorció de él en 1938 alegando
«crueldad extrema» del cónyuge. Dos años después, la siempre delicada Madeleine
murió de una dolencia cardíaca a la edad de cuarenta y siete años y fue
enterrada en el cementerio de la Trinidad de Nueva York, no lejos de su primer
marido, a quien había visto por última vez en la cubierta del Titanic.
El hijo mayor de Madeleine, John Jacob Astor VI, se pasó muchos años luchando
con su hermanastro, Vincent Astor, por una parte mayor de la herencia y murió
en 1992.
LÉONTINE
PAULINE «NINETTE» AUBART (1887–1964)
Varios
miembros de la familia Guggenheim esperaron la llegada del Carpathia y,
según se cree, se ocuparon de encontrar un alojamiento en Nueva York para
Ninette Aubart y su criada. Silenciaron su existencia a la viuda de Ben
Guggenheim, Florette. Ninette y su criada embarcaron en el Adriatic con
destino a Liverpool el 3 de mayo, y desde allí siguieron a París. Presentó una
demanda contra la White Star reclamando 12 220 dólares por sus pertenencias y
veinticinco mil por las heridas sufridas. Recibió mucho menos, como casi todos
los demandantes. Ninette Aubart se casó tres veces y tuvo por lo menos un hijo,
un varón. Murió en París en 1964. Se cree que uno de sus maridos fue miembro
del gobierno francés. René Harris recordó en su artículo publicado en Liberty en
1932 que, durante una visita a París, su compañera de habitación en el Carpathia la
invitó a tomar el té y que estaba entonces casada «con una de las figuras más
destacadas de la capital francesa»[519].
LAWRENCE
BEESLEY (1877–1967)
Escribió
un libro que se convirtió en un gran éxito, The Loss of the SS Titanic,
publicado a finales de 1912. Era devoto de la ciencia cristiana y escribió en
una publicación de dicha iglesia sobre cómo le ayudó su fe durante el desastre,
al igual que hizo otro adepto a esa religión que viajaba en el buque, Charles
Lightoller. Beesley mantuvo correspondencia con Walter Lord mientras este
recopilaba información para La última noche del «Titanic» y
visitó el plató durante el rodaje de la película de 1958 basada en el libro.
Murió el 14 de febrero de 1967 a los ochenta y nueve años.
KARL BEHR
(1885–1949)
Se casó
con Helen Newsom en marzo de 1913 y tuvieron tres hijos y una hija. Karl volvió
a jugar al tenis en 1915, compitió con R. Norris Williams y se situó entre los
diez mejores tenistas de Estados Unidos. Más tarde se metió en la banca, fue
nombrado vicepresidente de Dillon, Read & Co. (Nueva York) y estuvo en la
junta directiva de varias empresas, entre ellas Goodyear Tire and Rubber y la
National Cash Register Company. Después de su muerte, el 15 de octubre de 1949,
Helen se casó con Dean Mathey, un tenista amigo de Karl. Ella murió en 1965.
JOSEPH
BOXHALL (1884–1967)
Después
de prestar declaración ante las comisiones de investigación estadounidense y
británica, se convirtió en el cuarto oficial del Adriatic. Durante
la Primera Guerra Mundial, sirvió en fragatas y en un torpedero, y fue
ascendido al grado de capitán de corbeta. Después de la guerra, se casó con
Marjorie Beddells, hija de un industrial de Yorkshire. El matrimonio fue feliz,
pero no tuvieron hijos. Boxhall se reincorporó a la marina mercante en 1919,
llegó a ser oficial jefe, pero nunca capitán, y se retiró en 1940. Ejerció de
asesor técnico en la producción de la película La última noche del
Titanic, para sorpresa de quienes le conocían, ya que hasta entonces se
había mostrado reticente a hablar del transatlántico. Murió a los ochenta y
tres años, el 25 de abril de 1967. Era entonces el último oficial vivo
del Titanic y sus cenizas se esparcieron en el océano cerca
del lugar del hundimiento.
GEORGE
BRERETON (1874–1942)
El tahúr
profesional George Brereton (también conocido como Brayton, Bradley, etcétera)
trabó amistad con el pasajero Henry Stengel a bordo del Carpathia y
más tarde trató de implicarle en un timo relacionado con apuestas de carreras
de caballos en Nueva York. Brereton murió de un disparo en la cabeza en 1942 y
se cree que fue uno de los suicidios del Titanic. Su compañero de
juego Charles Romaine murió atropellado por un taxi en Nueva York en 1922. Se
desconoce la suerte de Harry Homer.
HAROLD
BRIDE (1890–1956)
Seguía en
la cabina de radiotransmisiones del Carpathia junto con Harold
Cottam cuando Guglielmo Marconi subió a bordo en el muelle 54 para felicitar
personalmente a ambos operadores. Bride vendió su historia a los periódicos,
muchos de los cuales publicaron una fotografía en la que aparecía en el momento
en que lo sacaron del Carpathia con los pies vendados. Al
regresar a Inglaterra, siguió trabajando de operador de radiotransmisiones y
durante la Primera Guerra Mundial prestó servicio como telegrafista en el
pequeño vapor Mona’s Isle. Se casó en 1919 y tuvo tres hijos. Más
tarde se trasladó a Escocia, donde trabajó como viajante de comercio. Murió el
29 de abril de 1956, a los sesenta y seis años.
MARGARET
BROWN (1867–1932)
Continuó
viajando y trabajando en los asuntos que apoyaba, como el voto femenino, la
alfabetización de los niños, la conservación de monumentos históricos y el
Comité de Supervivientes del Titanic. Durante la Primera Guerra
Mundial, trabajó con el Comité Estadounidense para la Francia Devastada, que se
dedicaba a reconstruir ciudades derruidas en el frente occidental, y ayudó a
dispensar las atenciones necesarias a los soldados heridos, lo que le valió la
Legión de Honor francesa. Su marido, J. J. Brown (quien después del naufragio
había dicho de su mujer: «Es demasiado mala para hundirse»)[520], murió
en 1922, y las disputas legales por su testamento consumieron buena parte del
tiempo y el dinero de Margaret durante varios años. Siempre fascinada por el
teatro, Margaret empezó a estudiar interpretación al estilo de Sarah Bernhardt
y a los cincuenta y muchos años realizó incluso una gira con una obra que había
hecho famosa la divina Sarah. El 26 de octubre de 1932, cuando se alojaba en el
hotel Barbizon de Nueva York, murió de una hemorragia cerebral a la edad de
sesenta y cinco años. La autopsia reveló que tenía un tumor cerebral de
considerable tamaño. Después de su muerte, un periodista del Denver
Post llamado Gene Fowler escribió un relato bastante fantasioso de su
vida y la apodó Molly Brown. La historia se convertiría más tarde en el musical
de Broadway The Unsinkable Molly Brown, del que se realizaría una
versión cinematográfica, Molly Brown, siempre a flote,
protagonizada por Debbie Reynolds.
FRANCIS
M. BROWNE (1880–1960)
Se
convirtió en el padre Browne después de ordenarse sacerdote en 1915 y a
continuación fue nombrado capellán de la Guardia Irlandesa. Prestó servicio en
el frente occidental, donde resultó herido varias veces y sufrió problemas
pulmonares a causa del gas mostaza. Después de la guerra, lo enviaron a
Australia para que se recuperara, viaje que documentó con detalle con su
cámara. Cuando murió, en 1960, los jesuitas irlandeses heredaron un archivo
fotográfico de más de cuarenta y dos mil instantáneas, un legado extraordinario
que desde entonces se ha mostrado en libros y exposiciones.
DANIEL
BUCKLEY (1890–1918)
Después
de prestar declaración ante la comisión de investigación del Senado
estadounidense, fue tachado de cobarde por esconderse bajo un chal de mujer en
un bote salvavidas del Titanic. Sin embargo, durante la Primera
Guerra Mundial prestó servicio en la infantería de su país de adopción y fue
abatido en 1918. Lo enterraron en su localidad natal, Ballydesmond, en el
condado de Cork.
EMMA
BUCKNELL (1852–1927)
A los
dieciocho años, Emma Ward, la hija de un clérigo, se convirtió en la tercera
esposa del acomodado William Bucknell de Filadelfia, cuarenta y un años mayor
que ella. El matrimonio tuvo un hijo y tres hijas, pero tras cumplir los
setenta años Bucknell se volvió irascible y tacaño con su mujer e hijos, a
pesar de su considerable riqueza, que fue la principal fuente de financiación
de la Universidad Bucknell de Lewisburg (Pensilvania). Bucknell murió en 1890 y
Emma se convirtió en una viuda rica con tiempo y dinero suficientes para
viajar. Tras el desastre del Titanic, Emma habló abiertamente de la
mala preparación de los tripulantes del buque y de la falta de botes
salvavidas, y al parecer estuvo traumatizada por el desastre el resto de su
vida. Dividió su tiempo entre una casa en Clearwater (Florida) y su refugio de
Adirondack, a orillas del lago Saranac, donde murió de un paro cardíaco el 27
de junio de 1927.
HELEN
CANDEE (1859–1949)
Se
recuperó de la rotura de tobillo que sufrió al subir al bote 6, aunque tuvo que
usar un bastón durante un año. Tras publicar su relato del desastre, «Sealed
Orders», en la revista Collier’s en mayo de 1912, intentó
olvidar el Titanic, aunque reclamó diez mil dólares por daños
personales y 4.646 por pertenencias perdidas en una demanda colectiva contra la
White Star. En octubre de 1912 se publicó su extenso y opulento libro sobre
tapices, titulado simplemente The Tapestry Book, que sería su obra
más conocida. En 1917, a los cincuenta y ocho años, se enroló como enfermera
voluntaria en la Cruz Roja italiana y atendió a soldados heridos en hospitales
de campaña, en la retaguardia. En Milán cuidó a un joven conductor de
ambulancia estadounidense llamado Ernest Hemingway, cuya historia de amor con
una de las compañeras de Helen inspiró la novela Adiós a las armas.
En la década de 1920, Helen realizó viajes por el Lejano Oriente y escribió dos
libros que recibieron muy buenas críticas, Angkor the Magnificent y New
Journeys on Old Asia. En 1930 volvió a su afición por los tejidos en su
octavo y último libro, Weaves and Draperies: Classic and Modern.
Cumplidos los setenta años, continuó viajando y escribió numerosos artículos
para National Geographic. A los ochenta años, su salud empezó a
deteriorarse. Se fue a vivir con su hija Edith y en verano visitaba su casa de
campo en York Harbor (Maine). Fue allí donde el 23 de agosto de 1949, a la edad
de noventa años, aquella vida tan productiva y rica en experiencias llegó a su
fin.
CHARLOTTE
CARDEZA (1854–1939)
La
demanda más cuantiosa por pertenencias perdidas fue la de Charlotte Cardeza,
quien presentó un inventario detallado del extenso guardarropa que transportaba
a bordo, y que valoró en 36.567,2 libras (177.352,75 dólares). Charlotte
continuó viajando por el mundo hasta la década de 1930, cuando su salud empeoró
y se retiró a Montebello, su mansión de Main Line. Cuando murió, el 1 de agosto
de 1939, a los ochenta y cinco años, sus propiedades pasaron a su hijo, Thomas
Cardeza (1875–1952), quien en nombre de su madre creó una fundación dedicada al
estudio de las hemopatías en la Universidad Thomas Jefferson.
PAUL
CHEVRÉ (1866–1914)
La
inauguración oficial del hotel Château Laurier en Ottawa se pospuso por la
muerte de Charles Hays, y el 12 de junio de 1912 se celebró una ceremonia
bastante modesta. El busto que el escultor Paul Chevré realizó del primer
ministro Wilfried Laurier se colocó en la recepción. Chevré murió menos de dos
años después. Su obituario afirmaba que sobrevivió al hundimiento del Titanic,
pero que nunca se recuperó de la conmoción sufrida.
EUGENE
DALY (1883–1965)
Gaitero
irlandés, mantuvo su amor por la música durante toda su vida, si bien se pasó a
la flauta cuando su mujer empezó a quejarse del sonido de la gaita. Llegó sin
blanca a bordo del Carpathia y tuvo distintos trabajos en
Nueva York antes de ir a la guerra en 1917. Su novia irlandesa aceptó su
propuesta de matrimonio y se casó antes de marcharse a Francia. La pareja
regresó a Irlanda en 1921, cuando la madre de Eugene estaba muriéndose, y se
quedó en Galway, donde nació su única hija, Marion (Mary). Mary y su marido
emigraron a Estados Unidos en 1952; tras la muerte de su esposa, en 1961,
Eugene se fue a vivir con ellos y falleció en Nueva York el 30 de octubre de
1965.
ELIZA
GLADYS «MILLVINA» DEAN (1912–2009)
Millvina
Dean, de dos meses de edad; su madre, Eva Georgetta «Ettie» Light Dean
(1879–1975), y su hermano de dos años, Bertram Dean (1910–1992), regresaron a
Inglaterra a bordo del Adriatic, donde Millvina se convirtió en «la
mascota del barco», ya que los pasajeros se peleaban por hacerse una foto con
ella en brazos. La familia se fue a vivir con los padres de Ettie cerca de
Southampton, donde Millvina y Bertram fueron educados gracias a un pequeño
subsidio de un fondo de ayuda a los supervivientes. Millvina no supo que había
estado a bordo del Titanic hasta que cumplió los ocho años,
cuando su madre planeaba volver a casarse. Millvina nunca se casó. Trabajó de
ayudante de cartografía durante la Segunda Guerra Mundial y más tarde en el
departamento de compras de una empresa de ingeniería de Southampton. Cumplidos
los setenta años, se convirtió en una celebridad del Titanic y
se solicitó su presencia en numerosos actos, exposiciones y programas de radio
y televisión. En los últimos años de su vida, cuando ya era la única
superviviente del Titanic, no dejó de firmar autógrafos y contar su
historia. Murió el 31 de mayo de 2009 tras una breve enfermedad y sus cenizas
se esparcieron en el puerto de Southampton, escenario de la partida del Titanic noventa
y siete años antes.
MAHALA
DOUGLAS (1864–1945)
Continuó
viviendo en Walden, la gran mansión que ella y su marido Walter construyeron a
orillas del lago Minnetonka, y en su casa de invierno en Pasadena, hasta que
murió el 21 de abril de 1945, a los ochenta y un años. El cuerpo de su marido
fue recuperado por el Mackay–Bennett, y los dos están enterrados
juntos en el mausoleo de la familia Douglas, en el cementerio de Oak Hill de
Cedar Rapids (Iowa).
LADY DUFF
GORDON (1863–1935)
Los años
veinte no fueron felices para Lucy Duff Gordon, ya que sus románticas faldas
estaban pasadas de moda en la era del jazz. Como escribiera Cecil Beaton, «la
era de la ornamentación elaborada había quedado atrás. Las gasas en tonos
pastel de Lucile ya no estaban de moda y se vieron reemplazadas por los jerséis
y las faldas cortas de Chanel»[521] Lucy
no entendió los cambios que se produjeron en el mundo tras la guerra y despidió
de su salón al diseñador Edward Molyneux por crear diseños de líneas más
elegantes y más modernas. En 1923, Lucile Ltd. quebró. El amable Cosmo tuvo que
explicar cómo se había desvanecido su capital; como de costumbre, Lucy culpó a
sus socios comerciales. Continuó escribiendo columnas de moda y de vez en
cuando creó algún diseño para clientas particulares en su pequeño apartamento,
tal como había comenzado tantos años atrás. «Tuvo que aprender a coger el
autobús, a veces bajo la lluvia, y a asistir a cócteles», recordaría su nieta[522]. No
resultó de gran ayuda que su hermana Elinor Glyn (1864–1943) disfrutara de un
gran éxito en Hollywood como guionista e incluso como directora. (Cuando Clara
Bow protagonizó la adaptación cinematográfica de la novela de Elinor It, la
apodaron «la chica it», expresión en que la palabra it equivalía
a sex–appeal.) En 1932 Lucy publicó su autobiografía, Discretions
and Indiscretions, que se convirtió en un éxito de ventas. En ella explica
sus experiencias en el Titanic y el escándalo posterior. Lucy
murió a los setenta y un años de cáncer de mama en una residencia de ancianos
de Londres el 20 de abril de 1935, cuatro años después que Cosmo. Están
enterrados juntos en el cementerio de Brockwood, cerca de Londres. En los
últimos años, las exposiciones de los diseños de Lucile en el museo Victoria
and Albert de Londres y en el Instituto de Moda y Tecnología de Nueva York han
contribuido a reconocer el lugar que ocupó Lucy en la historia de la moda.
ALICE
FORTUNE (1887–1961)
Cuando
inició su flirteo con William Sloper a bordo del Titanic,
probablemente no pensaba que la cosa fuera a pasar de ahí, ya que el 8 de junio
de 1912 se casó con el abogado Charles Holden Allen, con quien ya estaba
prometida. La pareja tuvo una hija y vivió en Fredericton (New Brunswick) y en
Montreal. Se retiraron a su casa de verano en Chester (Nueva Escocia), donde
Alice murió el 7 de abril de 1961. Su madre, Mary Fortune (1851–1929), no se
volvió a casar y murió en Toronto en marzo de 1929, a la edad de setenta y
siete años. Su hermana mayor, Ethel Fortune (1883–1961), se vio torturada por
sueños en los que veía a su hermano Charles agitándose en el agua helada. Se
casó con el banquero de Toronto Crawford Gordon en 1913, y el hijo que
tuvieron, Crawford Gordon II, sería el creador del prototipo del avión Avro Arrow
en la década de 1950. Ethel murió en Toronto el 21 de marzo de 1961. Su hermana
menor, Mabel Helen Fortune (1888–1968), se casó con un músico de jazz de
Minnesota y tuvo un hijo, pero el matrimonio no duró mucho. Mabel conoció luego
a una mujer de Ottawa con la que vivió en Victoria (Columbia Británica) durante
el resto de su vida.
LILY MAY
FUTRELLE (1876–1967)
Volvió a
Stepping Stones, la casa situada en el puerto de Scituate (Massachusetts), y
dicen que cada 15 de abril lanzaba flores al Atlántico en memoria de su marido,
Jacques Futrelle. En la década de 1930, impartió clases de escritura creativa
en Boston y Nueva York y asumió la presidencia nacional de la Liga de Mujeres
Escritoras de Estados Unidos. También realizó un programa de radio
llamado Do You Want to Be a Writer? Murió a los noventa y un
años en Sciuate, donde está enterrada.
DOROTHY
GIBSON (1889–1946)
William
Sloper escribió que le invitaron a la celebración de la boda de Dorothy Gibson
y Jules Brulatour en 1917, pero que no pudo asistir. El romance de la muchacha
más guapa del barco con Brulatour se hizo público en mayo de 1913, después de
que Dorothy atropellara mortalmente a un peatón cuando conducía el coche de su
amante. Tras separarse de Brulatour en 1919, Dorothy vivió durante un tiempo en
Manhattan y en 1928 se mudó a Francia con su madre. Más tarde participó en la
política fascista, pero cambió de bando durante la Segunda Guerra Mundial. Fue
arrestada por los alemanes en Italia como sospechosa de apoyar a la resistencia
y encarcelada en Milán. Escapó en 1944. Murió de un paro cardíaco en el hotel
Ritz de París el 17 de febrero de 1946, a los cincuenta y seis años. No se
conserva ningún ejemplar de Saved from the Titanic y la única
película que existe de su carrera cinematográfica es una comedia, The
Lucky Holdup, que se estrenó justo antes de que embarcara en el Titanic.
HENRY
SLEEPER HARPER (1864–1944)
«Louis,
¿cómo te conservas tan joven?», dicen que le espetó Henry Harper al pasajero
del Carpathia Louis Odgen poco después de subir a él[523].
Es
posible que una despreocupación similar ante los problemas hubiera contribuido
a la liquidación de la editorial Harper & Brothers en 1899, cuando Henry
era su director. Tras la venta de la empresa, Henry mantuvo su despacho durante
un tiempo, pero cada vez se desentendía más de ella. Su esposa, Myra, y él no
tenían hijos y se pasaban la mitad del año viajando. Henry amaba la naturaleza
y se implicó en la protección de los bosques de Adirondack para evitar que los
talasen. Después de sobrevivir al hundimiento del Titanic, los
Harper continuaron viajando y, cuando estaban en Estados Unidos, dividían su
tiempo entre la ciudad de Nueva York y una casa de verano en Winter Harbor
(Maine). Tras la muerte de Myra Harper en 1923, Henry volvió a casarse y con
más de sesenta años tuvo un hijo, al que también llamó Henry. Henry Sleeper
Harper murió el 1 de marzo de 1944 en Nueva York después de dos años de
enfermedad. Su bombín fue fotografiado encima de una cama de su camarote
durante el rodaje del documental tridimensional de James Cameron Misterios
del Titanic. Su sirviente egipcio, Hammad Hassab (llamado también Hassab
Hamad), regresó a Egipto y continuó trabajando como trujamán para Thomas Cook
and Sons. Su tarjeta de visita rezaba: «Hammad Hassab, trujamán, Con el honor
de haber sobrevivido al Titanic».
IRENE
(RENÉ) HARRIS (1876–1969)
«La
señora Harris era rica, atrevida y de infinito buen humor», recordó la autora
teatral Moss Hart de la mujer que produjo su primer montaje en 1925[524].
Los años
veinte fueron felices para René (quien a partir de entonces se hizo llamar
Renée), mientras el cantante y bailarín George M. Cohan llenaba con regularidad
el teatro Hudson y en el Fulton se representaba Abie’s Irish Rose.
Eso le permitió pagarse un apartamento en Park Avenue, una casa en Palm Beach y
un yate con cuatro tripulantes. De su círculo social formaban parte Irving
Berlin, Douglas Fairbanks y Mary Pickford, y tuvo numerosos admiradores
masculinos, tres de los cuales se casaron con ella, aunque ninguno de esos
matrimonios duró mucho tiempo. «Me he casado cuatro veces, pero en realidad
solo he tenido un marido», afirmó refiriéndose al primero, a quien siempre
llamó Henry B [525]. Renée
conservaría su «infinito buen humor», pero perdió todo lo demás cuando la Gran
Depresión afectó con particular fuerza al negocio teatral. En 1932 se vio
obligada a vender el teatro Hudson por solo cien mil dólares, cuando en el
pasado habían llegado a ofrecerle un millón, y ni siquiera eso le permitió
pagar todas sus deudas. Se quedó con lo puesto y se fue a vivir con su hermana.
Sobrevivió a la Depresión dirigiendo obras de teatro infantil para el Proyecto
Teatral Federal, de la Administración para el Progreso del Trabajo, y vendiendo
de vez en cuando artículos a las revistas. A principios de los años cincuenta,
vivía en un apartamento de una habitación en un hotel de la beneficencia en
Manhattan y pasaba los veranos en un asilo para gente del teatro en Long
Island. Trabó buena amistad con Walter Lord cuando este trabajaba en La
última noche del «Titanic», pero no fue capaz de aguantar una
proyección entera de la versión cinematográfica de 1958 porque le pareció
demasiado realista. En el quincuagésimo aniversario del hundimiento, en 1962,
concedió una entrevista a la radio NBC y asistió a un servicio religioso en
memoria de las víctimas oficiado en la iglesia de los Marineros de Nueva York
junto con su vieja amiga May Futrelle y algunos otros supervivientes. Walter
Lord la animó a terminar de escribir la historia de su interesante vida, y
estaba trabajando en ella en agosto de 1969 cuando perdió el conocimiento y la
llevaron al hospital. Renée murió el 2 de septiembre de 1969 a la edad de
noventa y tres años. Todos cuantos la conocieron tuvieron que estar de acuerdo
con el obituario que le dedicó la revista Variety, que decía que «esa dama era
especial»[526].
MASABUMI
HOSONO (1870–1939)
El único
superviviente japonés del Titanic fue atacado por avergonzar a
su país a ojos de Occidente. En 1913 perdió su empleo en el gobierno, aunque
más tarde le volvieron a contratar. Hosono escribió un relato de su experiencia
en el Titanic, en el que afirmó (erróneamente) que fue la última
persona que saltó al último bote. Murió el 14 de marzo de 1939.
VIOLET
JESSOP (1887–1971)
La
camarera Violet Jessop tuvo la suerte de sobrevivir a la colisión del Olympic con
el crucero británico Hawke el 20 de septiembre de 2011 y al
hundimiento del Titanic y del tercer buque hermano, el Britannic,
que naufragó en el mar Egeo cuando se utilizaba como barco hospital en 1916.
Sus memorias, Titanic Survivor, fueron editadas por el historiador
John Maxtone–Graham y publicadas en 1997. Violet murió en mayo de 1971 en Great
Ashfield, Suffolk (Reino Unido).
CHARLES
LIGHTOLLER (1874–1952)
Pese a su
firme defensa del capitán Smith y la White Star, el oficial de mayor rango de
los que sobrevivieron al hundimiento del Titanic no llegó a
ser nunca capitán de ningún barco de la White Star. Pero sí fue comandante de
la marina británica durante la Primera Guerra Mundial, y cuando volvió a la
White Star después de la guerra, le nombraron oficial jefe del Celtic.
Al darse cuenta de que nunca obtendría un puesto mejor, Lightoller se retiró
tras veinte años de servicio. Su mujer y él llevaron durante un tiempo una casa
de huéspedes. Compró y arregló una lancha de vapor que llamó Sundowner y
el 1 de junio de 1940, a sus sesenta y seis años, Lightoller atravesó con ella
el canal para rescatar a soldados de las playas de Dunkerque. Durante la
Segunda Guerra Mundial, perdería a dos de sus tres hijos en combate. Charles
Lightoller murió el 8 de diciembre de 1952 a la edad de setenta y ocho años.
HAROLD
LOWE (1882–1944)
Confesó a
Margaret Brown en el Carpathia que se arrepentía del lenguaje
vulgar que había utilizado en el bote salvavidas y que tanto molestó a Daisy
Minahan. Tras una queja de la embajada italiana, también se desdijo de su
declaración ante la comisión de investigación estadounidense de que había
disparado la pistola para evitar que «inmigrantes italianos» saltaran al bote
14. (Aseguró que quiso decir «inmigrantes de raza latina»)[527]. Lowe se
casó en septiembre de 1913, y la pareja tuvo un niño y una niña. Durante la
Primera Guerra Mundial, fue comandante de la Real Reserva Naval, pero, como los
demás oficiales supervivientes del Titanic, nunca llegó a capitán
de la marina mercante. Se retiró a su Gales natal y murió el 12 de mayo de
1944. Está enterrado en Llandrillo Yn Rhos, en la bahía de Colwyn, en el norte
de Gales.
BERTHE
MAYNÉ (1887–1962)
Al
parecer Hélène Baxter y su hija compartieron su dolor con la amante de Quigg
Baxter, Berthe Mayné, ya que esta se alojó en casa de la familia Baxter en
Montreal durante un breve período antes de regresar a Europa y reanudar su
carrera de cantante. Nunca se casó y al final se retiró a una confortable casa
en las afueras de Bruselas que le había comprado un admirador rico. La anciana
dama mencionó alguna vez que había estado en el Titanic con un
joven millonario canadiense, pero nunca la creyeron. Después de su muerte, un
sobrino descubrió una caja de zapatos llena de cartas, fotografías y recortes
de prensa que revelaban que la historia de la tía Berthe era auténtica. Hélène
Baxter (1862–1923) murió en Montreal y su hija, Mary Hélène (Zette)
(1885–1954), se volvió a casar y murió en California.
JOHN
PIERPONT MORGAN (1837–1913)
El
miércoles 17 de abril de 1912, J. P. Morgan recibió un alud de mensajes en el
balneario de Aix, ya que cumplía setenta y cinco años. Envió telegramas de
agradecimiento en los que añadió que sentía «una gran conmoción por la pérdida
del Titanic… mi corazón… muy apesadumbrado»[528]. Las
finanzas de la International Mercantile Marine (IMM) no iban bien desde hacía
años, a lo que se sumó la tragedia marítima. Morgan murió el 31 de marzo de
1913 mientras dormía en el Grand Hotel de Roma, donde un año antes se había
reunido con Frank Millet para hablar de la Academia Americana. Las banderas de
Wall Street ondearon a media asta y la bolsa cerró durante dos horas en su
honor. En noviembre de 1926, la IMM vendió la Oceanic Steam Navigation Co.
Ltd., que poseía la mayor parte de la White Star Line, al Royal Mail Group por
siete millones de libras. En 1932, la White Star recuperó su independencia,
pero se fusionó con la Cunard Line en 1934 para crear la Cunard–White Star.
DAISY
MINAHAN (1879–1919)
El 24 de
abril de 1912, Daisy Minahan y su cuñada Lillian estaban de regreso en Green
Bay (Wisconsin), y el 2 de mayo el cuerpo del doctor William Minahan,
recuperado por el Mackay–Bennett, fue trasladado allí para su
entierro. Poco después del funeral, Daisy ingresó en un sanatorio por una
neumonía. En 1918 se mudó a Los Ángeles, donde murió el 30 de abril de 1919.
Tenía cuarenta años. Su cuñada Lillian Minahan (1875–1962) también se mudó a
California, donde se casó dos veces. Murió en Laguna Beach (California) en
1962, a los ochenta y seis años.
MARÍA
JOSEFA (PEPITA) PÉREZ DE SOTO Y VALLEJO (1889–1972)
María
Josefa Pérez de Soto y Vallejo fue recibida en el muelle 54 por el embajador de
Uruguay a petición de su familia. Ella y su criada Fermina Oliva y Ocaña
(1872–1969) se alojaron en el Waldorf–Astoria. El padre de Pepita llegó
enseguida a Nueva York y viajó con Fermina a Halifax en busca del cuerpo de su
yerno, pero ninguno de los cuerpos recuperados fue identificado como el de
Víctor Peñasco y Castellana. Pepita se casó con un barón español seis años
después. Tuvo dos hijos y una hija y disfrutó de la misma posición desahogada
que habría tenido con Víctor. Su criada Fermina continuó trabajando para ella
durante unos años, luego se fue a vivir con su hermana y trabajó de modista.
Murió en 1969, a los noventa y seis años.
ARTHUR
PEUCHEN (1859–1929)
El
ascenso del comandante Peuchen a teniente coronel y comandante al mando de los
Fusileros de la Reina se produjo tal y como estaba previsto en mayo de 1912, a
pesar de los rumores que afirmaban lo contrario. Abandonó la Standard Chemical
en 1914 y durante el primer año de la Primera Guerra Mundial fue comandante del
batallón de los Fusileros de la Reina. Entre 1915 y 1918 vivió en Londres,
donde su hijo era teniente de la Artillería Real y su hija se casó con un
oficial del mismo regimiento. Regresó a Canadá después de la guerra. En unas
memorias de la familia, un sobrino señaló que «el recuerdo del desastre
del Titanic hizo estragos en las empresas de mi tío». Afirmó
además que Peuchen acabó perdiendo casi todo su dinero y tuvo que vender
incluso la residencia Woodlands, a orillas del lago Simcoe. «Años después,
cuando hablaba de mi tío —recordó—, la gente decía: “Ah, sí, el hombre que se
vistió de mujer para escapar del Titanic”»[529]. Sufrió
grandes pérdidas tras la quiebra del Home Bank de Canadá y dicen que durante un
tiempo vivió en un dormitorio para leñadores en Hinton (Alberta), donde poseía
extensiones de bosque. Pero al final murió en casa, en un elegante barrio
residencial de Toronto, el 7 de diciembre de 1929. En 1987 recuperaron su
cartera del fondo oceánico; dentro había algunas tarjetas de visita y billetes
de tranvía.
HERBERT
PITMAN (1877–1961)
En julio
de 1912 Bert Pitman fue nombrado tercer oficial del Oceanic y
más tarde sirvió en el Olympic, aunque como sobrecargo debido al
deterioro de su vista. Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó de sobrecargo
en el buque de transporte de tropas Mataroa y en marzo de 1946
fue distinguido con el título de miembro la Orden del Imperio Británico por sus
servicios durante la contienda. Se retiró poco después a Pitcombe (Somerset),
donde murió el 7 de diciembre de 1961, a los ochenta y cuatro años.
EDITH
ROSENBAUM (RUSSELL) (1879–1975)
«Tengo
tendencia a los accidentes —observó una vez Edith Rosenbaum—; me han pasado
todas las calamidades excepto la peste bubónica y un marido»[530]. Edith
necesitó varios años para recuperar lo que perdió en el Titanic.
Envió una larga reclamación por la desaparición de sus mercancías, pero solo
recibió una compensación parcial. En 1916–1917 fue corresponsal de guerra para
el New York Herald y después de la contienda cambió su
apellido por el de Russell, ya que en Francia la industria de la moda
boicoteaba a la gente con nombres que sonaran alemanes. Durante los años veinte
continuó importando ropa y escribiendo para revistas. Viajó mucho y sobrevivió
a otras catástrofes, como accidentes de coche y tornados. Bailó una vez con
Benito Mussolini y crió perros para Maurice Chevalier. A mediados de los años
cuarenta se trasladó definitivamente a Londres, donde se instaló en el hotel
Claridge’s y luego en el Embassy House. Se hizo amiga del joven actor Peter
Lawford y fue madrina de los hijos que este tuvo con Patricia Kennedy Lawford,
hermana del presidente de Estados Unidos. Edith también trabó amistad con
Walter Lord, a quien dejó su cerdito musical de la buena suerte. En 1958
asesoró a William McQuitty, productor de la película La última noche
del Titanic, e intentó convencerle de que le dejara diseñar el vestuario. A
una edad avanzada, Edith se volvió cada vez más excéntrica y pleiteadora. Murió
en un hospital de Londres el 4 de abril de 1975, a los noventa y siete años.
LUCY
NOËLLE MARTHA, CONDESA DE ROTHES (1878–1956)
Fue
aclamada como «la condesita valiente» después del desastre y el marinero Jones
y otros supervivientes del bote salvavidas 8 la homenajearon en artículos de
periódicos. Para escapar de la atención de la prensa, Noëlle y su marido,
Norman, se fueron al otro extremo del país, Pasadena (California), donde el
conde planeaba adquirir una plantación de cítricos. Fue ese proyecto lo que
había llevado a Noëlle y a Gladys Cherry (1881– 1965), prima de su marido, a
hacer la travesía en el Titanic. Al final, el conde de Rothes
decidió no establecerse en California y la pareja regresó a Escocia, donde los
periódicos proclamaron heroína nacional a Noëlle. Se compadeció de los
marineros Thomas Jones y Alfred Crawford, sometidos a un duro interrogatorio
por la comisión de investigación británica, y envió a cada uno un reloj de
bolsillo de plata grabado. El marinero Jones regaló a la condesa una placa con
el número 8 de hojalata del bote salvavidas. El conde de Rothes resultó herido
dos veces en la Primera Guerra Mundial y después de la contienda, sus finanzas
y su salud se deterioraron. Tuvo que vender Leslie House en 1919. Norman murió
en marzo de 1927, y el 22 de diciembre de ese año Noëlle se casó con un viejo
amigo de la familia, el coronel Claude Macfie, con el que se fue a vivir al
pueblo de Fairford, en Gloucestershire. A principios de los años cincuenta,
cuando mantenía correspondencia con Walter Lord, que preparaba La
última noche del «Titanic», recordó que en la primavera de 1913, cenando en
un restaurante de Londres, se vio embargada de repente por la emoción.
Enseguida se dio cuenta de que la orquesta estaba tocando la «Barcarola»
de Los cuentos de Hoffmann, una melodía que había oído por última
vez en la Sala de las Palmeras la noche del hundimiento. Noëlle murió de un
paro cardíaco el 12 de septiembre de 1956, a los setenta y siete años. Gladys
Cherry, su prima política y compañera de viaje, se casó con un hombre llamado
George Pringle y falleció en Godalming (Surrey), el 4 de mayo de 1965.
EMILY
RYERSON (1863–1939)
El 22 de
abril de 1912, Emily Ryerson, sus tres hijas y su hijo John asistieron en
Filadelfia al funeral de los dos Arthur Ryerson, padre e hijo. Emily se dedicó
luego a las obras benéficas, y durante la Primera Guerra Mundial trabajó en una
asociación de ayuda a los huérfanos franceses y soldados heridos, lo que le
reportó la Croix de Guerre. Acompañó al presidente Herbert Hoover en una gira
de buena voluntad por Sudamérica. Durante una visita a China en 1927, Emily,
que tenía entonces sesenta y cuatro años, conoció a Forsythe Sherfesee, un
asesor financiero del gobierno chino de cuarenta y cinco años, con el que más
tarde se casó. La pareja se instaló en Cap Ferrat. Durante un viaje a
Montevideo en 1939, Emily murió de un ataque al corazón y su cuerpo se trasladó
a Cooperstown para que fuera enterrado en el mausoleo familiar a orillas del
lago Otsego.
WILLIAM
SLOPER (1883–1955)
Volvió a
su ciudad natal, New Britain (Connecticut), y se convirtió en directivo de una
empresa de inversiones. Se casó con una viuda, Helen Lindenberg, en 1915 y la
ayudó a educar a sus tres hijas. En 1949 publicó una biografía de su
padre, The Life and Times of Andrew Jackson Sloper, apreciable hoy
principalmente por el capítulo sobre sus propias experiencias en el Titanic.
William murió el 1 de mayo de 1955 y está enterrado en el cementerio de
Fairview Lawn, en New Britain.
ELEANOR
WIDENER (1861–1937)
Tras
regresar a Filadelfia en un tren privado, Eleanor Widener, al igual que Emily
Ryerson, tuvo que preparar el funeral de su hijo y su marido. En junio de 1915,
en la ceremonia de inauguración de la Biblioteca Harry Elkins Widener, conoció
al doctor Alexander Rice, médico y explorador. Se casaron ese mismo año y
durante su luna de miel realizaron una expedición de cinco mil millas en una
lancha de vapor por Sudamérica. La pareja cartografió y exploró buena parte de
la selva amazónica y volvió a Sudamérica varias veces más en busca de las
fuentes del Orinoco. También viajaron por la India y Europa. Eleanor murió en
París de un ataque al corazón el 13 de julio de 1937.
RICHARD
NORRIS WILLIAMS (1891–1968)
Se
recuperó satisfactoriamente después de quedar medio congelado en un bote
salvavidas hundido. Aquel otoño se marchó a Harvard y ganó varios campeonatos
de tenis individuales y dobles, un trofeo de dobles en Wimbledon y una medalla
de oro en los Juegos Olímpicos de 1924. Cuando el Oceanic recuperó
el bote plegable A a mediados de mayo de 1912, encontraron el abrigo de piel de
Williams, con una petaca de whisky en el bolsillo, y se lo devolvieron. Sirvió
con honor en la Primera Guerra Mundial, le nombraron caballero de la Legión de
Honor y le concedieron la Croix de Guerre. Más tarde se convirtió en banquero
de inversiones en Filadelfia. Murió el 2 de junio de 1968, a la edad de sesenta
y siete años.
HUGH
WOOLNER (1866–1925)
Solo
cuatro meses después del desastre del Titanic, Hugh Woolner se casó
con Mary Alaia Dowson, viuda de un estadounidense. La pareja tuvo un hijo al
año siguiente y más tarde cinco hijas. La reputación que tenía Woolner de ser
marrullero en sus transacciones económicas se vio reforzada por un proceso celebrado
entre 1916 y 1917 en el que se le acusaba de manipular el testamento de una
anciana con grandes propiedades inmobiliarias. Más tarde Woolner y su esposa
dividieron su tiempo entre Hungría e Inglaterra, después de heredar una casa en
Budapest que pertenecía a un familiar de Hugh. Murió allí el 13 de febrero de
1925 de insuficiencia respiratoria. Tenía solo cincuenta y ocho años. Su
compañero en el Titanic, Mauritz Håkan Björnström–Steffansson
(1883–1962), se quedó en Estados Unidos y en 1917 se casó con Mary Pinchot Eno,
una joven que le había presentado Helen Candee. La pareja no tuvo hijos y vivió
en una gran casa unifamiliar en Manhattan. A su muerte, el 21 de mayo de 1962,
Björnström–Steffansson dejó una considerable fortuna compuesta por el imperio
papelero de su padre y sus propias inversiones.
Apéndices
Carta de Frank Millet a Alfred Parsons
A bordo
del R. M. S. Titanic, 11 de abril de 1912
Querido
Alfred:
He
recibido tu carta esta mañana y me he alegrado de tener noticias tuyas. Creo
que te dije que estoy viajando en el Titanic. Tiene de todo, menos
taxis y teatros. Table d’hôte, restaurante a la carta, gimnasio,
baño turco, pista de squash, jardines de palmeras, salas de fumadores para
damas y para caballeros, supongo que a fin de evitar que las mujeres infesten
las salas de fumadores de los hombres como hacen en los buques franceses y
alemanes. El equipamiento es equivalente al de Haddon Hall y resulta de lo más
agradable por su diseño y color. Las habitaciones son más grandes que las
habitaciones normales de hotel y mucho más lujosas, con camas de madera,
tocador, agua fría y caliente, etc… ventiladores eléctricos, estufa eléctrica y
todo lo demás. Las suites, con cortinas de damasco y mobiliario de roble y
caoba, son realmente opulentas y de buen gusto. Es el mejor camarote que he
tenido nunca, y no es de los mejores. Un gran pasillo largo para colgar la ropa
y, junto a una gran lámpara, una ventana cuadrada tan grande como la del
estudio. Incontables muebles, armarios, ropero, cómoda, sofá, etc… No parece
que estemos en el mar. No tienes idea de lo espacioso que es este barco ni de
la extensión y tamaño de las cubiertas. La cubierta superior dispone de un
espacio despejado casi tan grande como nuestra pista de tenis y las butacas de
las cubiertas son casi tan amplias como nuestro patio grande. Si hay quinientas
personas en cubierta, casi no se nota. Un montón de gente rara en el barco. Si
echo un vistazo a la lista, solo encuentro a tres o cuatro conocidos, pero hay
bastantes de «los nuestros», creo, y un buen número de detestables americanas
ostentosas, el azote de cualquiera de los lugares que infestan, y mucho peores
a bordo de un barco que en cualquier otro sitio. Muchas van con perritos y
guían a sus maridos como si fueran ovejas domesticadas. Te aseguro que cuando
se ponen a hacer algo, las mujeres americanas son unas tiarronas. Habría que
meterlas en un harén y no dejarlas salir.
Sí, pasé
una temporada infernal en Roma y, si esto sigue así, lo dejaré. No pienso
perder el tiempo y el buen humor. Creo que Mead dimitirá. Lily te hablará de
ella, la p… causa problemas en todas partes, y él, pobre desgraciado, tiene que
ocuparse de ella día y noche. Me da pena.
Escribí
desde París el día que llegamos. No pude decir dónde nos alojaríamos porque no
sabía si Lily iría al Grand o no. Nos pareció excelente.
Tu amigo,
FRANK
Carta de
Marian Thayer al presidente Taft
21 de
abril de 1912
Estimado
señor Taft:
Mi
aflicción me lleva a pensar a menudo en la suya y siento la necesidad de
explicarle cómo pasé el último domingo por la noche con el comandante Butt, ya
que todos apreciamos las noticias de las últimas horas y los dos hablamos mucho
de usted.
¡Cómo le
apreciaba a usted y qué hombre tan noble era!
Cenamos
en el restaurante con los pobres Widener, y desde el momento en que nos
conocimos, ya no nos separamos durante el resto de la velada.
Nunca
había hecho tan buenas migas con nadie de una forma tan inmediata. A él le
pasaba lo mismo, y lo insólito de aquello nos maravilló a los dos. Nos dimos
cuenta mientras intercambiábamos nuestros pensamientos más íntimos.
Él me
habló de su madre y de sus cartas, de su cuñada, de usted y de otra persona a
la que apreciaba pero yo no [Theodore Roosevelt].
Habló con
profundo entusiasmo de poder lanzar al mundo su marca y sus recuerdos a través
de las cartas, que debían publicarse después de su muerte.
Quedamos
en vernos la tarde siguiente para que le enseñara un método de control de los
nervios que acababa de probar con un médico suizo de renombre, porque sabía que
sería maravilloso que llegara a dominarlo, ya que estaba muy nervioso y no
sabía cómo iba a soportar la ajetreada vida que estaba a punto de reanudar.
Íbamos a trabajar en ello todo lo que pudiéramos durante nuestra estancia en el
barco.
Dijo que
yo era como su madre, me abrió su corazón y fue como si nos conociéramos bien
desde hacía muchos años.
Fue una
sensación de lo más extraña, como si de un soplo hicieran desaparecer un velo y
eliminasen durante unas horas la distancia entre dos personas que se conocían
desde hacía mucho, muchísimo tiempo, y que acabaran de reencontrarse. Eso es lo
que creo.
De otro
modo, no nos habríamos conocido justo en ese momento ni hubiéramos hablado como
lo hicimos.
Aquella
noche, sobre las doce y diez, volví a verle por última vez.
Cuando el
señor Thayer, mi hijo y yo salimos de vestirnos en nuestros camarotes y
estábamos en el salón, cerca de la puerta, él se acercó con una mirada extraña,
como si no viera nada. Le cogí del abrigo y dije: «Comandante Butt, comandante
Butt, ¿adónde va? Venga conmigo». Y él respondió: «Antes tengo que hacer una
cosa, pero luego me reuniré con usted», y se marchó hacia los camarotes y yo me
dije: «Va a por sus cartas».
¿Y qué
hay de esas cartas? Él me dijo que tenía copias de todas. ¿Quiso decir que las
tenía a bordo, que las llevaba consigo, o que las tenía a buen recaudo en
Washington? Me gustaría saberlo.
Oh, señor
Taft, ¿habrá alguna posibilidad de verle a él o a mi marido en esta vida? La
razón me dice que no, pero hasta que pasen algunos días de esta cruel tortura
no podemos perder la esperanza.
Oh, cómo
le quería a usted y cuándo echará usted de menos sus cuidados. Era más que un
amigo, tan sincero y entregado.
Lo siento
por usted.
Mi breve
y profundo conocimiento de ese personaje encantador (no puedo llamarle
conocido) fue muy, muy fuerte y resulta extraño recordarlo y, como ya le he
dicho, los dos nos dimos cuenta de ello y a ambos nos maravilló.
Debió de
producirse por alguna razón y me siento obligada a escribirle a usted.
Créame,
con mi más profunda compasión y aflicción.
Suya,
MARIAN I.
M. THAYER
P. D.:
Hoy mi marido cumple cincuenta años. Qué joven para irse y dejarnos solos a
nosotros, que tanto le queríamos.
Agradecimientos
Mi
relación con el extraordinario círculo de personas dedicadas al estudio
del Titanic se remonta a 1986, cuando empecé a trabajar en el
libro de Robert Ballard sobre el descubrimiento de los restos del naufragio.
Veinticinco años después, tuve el placer de recurrir una vez más a los
conocimientos de ese mismo círculo, entretanto considerablemente ampliado. Ed y
Karen Kamuda, de la Sociedad Histórica del Titanic (THS, por
sus siglas en inglés), han sido unos extraordinarios conservadores de la
historia del transatlántico perdido desde 1963, y les agradezco su ayuda en la
investigación y la selección de fotografías, así como los muchos artículos de
la revista de la asociación, The Titanic Commutator. También he
tenido el placer de colaborar en varios libros con Don Lynch, historiador de la
THS, quien posee unos conocimientos increíblemente amplios sobre la vida de los
pasajeros que hicieron aquel viaje fatal. Don tuvo la generosidad de revisar
este libro capítulo por capítulo, detectó muchos errores potencialmente
vergonzosos, me orientó para conseguir información nueva y útil y compartió
fotografías de su colección.
George
Behe, uno de los ex presidentes de la THS, también ha aportado años de intensa
investigación sobre el Titanic, y le agradezco mucho su incansable
amabilidad y ayuda. Su biografía en tres volúmenes del comandante Archibald
Butt, titulada «Archie»: The Life of Major Archibald Butt from Georgia
to the Titanic, posee un valor incalculable para cualquier interesado en la
vida de ese intrigante personaje o en la historia de la Casa Blanca durante los
gobiernos de Roosevelt y Taft. Otro libro de George que resultó de ayuda
inestimable es On Board RMS Titanic, una útil recopilación de
relatos del desastre en primera persona. George también revisó cuidadosamente
varios borradores del texto de este libro. Si hay errores, son solo míos.
Randy
Bryan Bigham ha documentado en artículos y libros la vida de algunas de las
mujeres más extraordinarias del barco: lady Duff Gordon, Renée Harris, Helen
Candee, Dorothy Gibson y Noëlle Rothes, entre otras. Randy compartió
generosamente conmigo su amplia colección de investigaciones y fotografías, me
ofreció excelentes sugerencias y me dio ánimos tras leer cada uno de los
capítulos. También me facilitó el acceso a su libro Lucile: Her Life By
Design antes de que se publicara.
La vida
de Frank Millet está detallada de forma fidedigna en una biografía de Peter
Engstrom titulada Francis David Millet: A Titanic Life. Estoy en
deuda con Peter por prestarme el manuscrito y por organizarme una visita guiada
a East Bridgewater y al estudio de Millet. En Broadway (Worcestershire), John
Noott tuvo la amabilidad de facilitarme alojamiento en Farnham House, otra de
las residencias de Millet; lord Birdwood me guió en una visita a Russell House,
la segunda residencia de Millet en Broadway, y Richard Tae me dio la bienvenida
en Abbots Grange, que fuera antaño un estudio de Millet y la colonia de
Broadway. Quiero expresar también mi agradecimiento a John Lamoreau por
compartir sus cartas de Millet, y a Shelley Dziedzic por su investigación y sus
fotos de Frank Millet y su amigo Archie Butt.
Debo dar
las gracias a mis primeros lectores, Larry Muller y Marian Fowler, por sus
observaciones, y también a mi agente literaria, Beverly Slopen, y a los
redactores jefe Brad Wilson y Charlie Conrad, así como al corrector del
original, Rick Willett. Gracias también a Tad Fitch por revisar los capítulos
sobre el embarque en los botes salvavidas. Elaboré una nueva secuencia
convincente del embarque en los botes en la que Tad trabajó con Bill Wormstedt
y George Behe, y que se encuentra disponible en la página web de Bill
Wormstedt. Sam Halpern y Geoff Whitfield me ayudaron a entender cómo funcionaba
la mesa de apuestas diaria, y Michael Poirier revisó asimismo el texto y me
ofreció sugerencias y fotos. Debo un agradecimiento especial a Michael Dupuis
por enviarme su artículo sobre Mary Adelaide Snider. El artista Ken Marshall,
viejo amigo e ilustrador de muchos libros sobre el Titanic, también
me facilitó fotografías de su colección.
Ha sido
un privilegio poder citar frases de unas memorias inéditas de R. Norris
Williams, y quiero expresar mi gratitud a la familia Williams, por eso y por la
singular fotografía de Norris con su padre, Charles Williams. Leighton H.
Coleman III, con quien colaboré en el libro Polar, the Titanic Bear,
me permitió usar citas de los diarios de Daisy Spedden, de los que posee los
derechos, así como reproducir una fotografía de Daisy con su hijo y su niñera.
Internet
se ha convertido en una herramienta de lo más práctica para los investigadores
del Titanic, y las páginas que ofrezco en la bibliografía me
resultaron especialmente útiles. Asimismo, George Behe y Don Lynch han prestado
un gran servicio al colgar transcripciones de las dos comisiones de
investigación del Titanic y de las sesiones sobre la
limitación de responsabilidad en el Titanic Inquiry Project. Pero por encima de
todo, estoy en deuda con Philip Hind y la página web Encyclopedia Titanica.
Disponer de un conjunto tan extenso de información sobre el Titanic en
internet es algo que he agradecido todos los días. Aunque los autores de las
aportaciones a la Encyclopedia Titanica son demasiado numerosos para citarlos
uno por uno, deseo nombrar a los siguientes: Earl Chapman, Mark Chirnside,
Michael Findley, Dave Gittins, Philip Gowan, Sam Halpern, Mike Herbold, Alan
Hustak, Daniel Klistorner, Senan Molony, Luke Owens, Inger Sheil, Michael
Standart, Brian Ticehurst, David Whitmire y Helena Wojtczak.
Quiero
expresar mi agradecimiento a Michael Levine por lanzarme a las aguas de las
publicaciones sobre el Titanic al presentarnos, a Al Cummings
y a mí, a Robert Ballard en 1984. Gracias también a Bob Ballard por sus
exploraciones submarinas del Titanic y otros barcos hundidos,
y por felices colaboraciones en una larga lista de títulos. Finalmente, el
agradecimiento más cálido se lo dedico a mi compañero Phillipp Andres, por su
paciencia y su apoyo durante el trabajo en este libro.
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Notas:
[1] The
Shipbuilder, 1912, en Foster (ed.), The Titanic Reader, p. 32.
[2] Lord, The
Night Lives On, p. 1.
[3] Futrelle,
en OBT, p. 288.
[4] Duff
Gordon, Discretions and Indiscretions, p. 162.
[5] Lord, The
Night Lives On, p. 6.
[6] Strange
[Oelrichs], Who Tells Me True, p. 110, en King, A Season of
Splendor, p. 439.
[7] Lord,
en Ballard, The Discovery of the Titanic, p. 7.
[8] Williams, CQD
[9] Lehr, King
Lehr, p. 164.
[10] Sharpey–Schafer, Soldier
of Fortune, pp. 130–131. Véase texto completo en pp. 367–368.
[11] Twain,
en Sharpey–Schafer, p. 16.
[12] Charles
Francis Adams, en ibíd., p. 16.
[13] Torrey,
«Frank D. Millet, N. A»., Art Interchange, 32, n.º 6 (junio de
1894), p. 167, citado por Simpson, Reconstructing the Golden Age,
pp. 414–415.
[14] Henry
James, «Our Artists in Europe», Harper’s New Monthly, junio de
1889.
[15] Página
web de la Morgan Library
[16] The
Letters of Henry Adams, vol. V, p. 377, en Strouse, p. 457.
[17] Esta
cita y las siguientes proceden de Belfast Telegraph, 1 de junio de
1911, en Foster (ed.), The Titanic Reader, pp. 254–255.
[18] New
York Times, 7 de abril de 1912.
[19] Auchincloss, The
Vanderbilt Era, p. 199.
[20] Carta
de Millet. Véase p. 368.
[21] New
York Times, 31 de marzo de 1912.
[22] Esa
hora figura en el diario de Daisy Spedden.
[23] Williams, CQD.
Lo más probable es que el transbordador no saliera al puerto exterior hasta que
avistaron el Titanic y se quedara detrás del rompeolas, como
recordaron Margaret Brown y Edith Rosenbaum.
[24] Juego
de palabras con el término inglés jackass, que significa «asno» o
«burro». (N. del T.)
[25] Kaveler, The
Astors, p. 148. Eso se lo dijeron al autor mujeres del entorno de Astor.
[26] Town
Topics, en Kaplan, When the Astors Ruled New York, p. 56. Es
preciso observar que a los Astor no se les perdonaba ni una en Town Topics, ya
que no pagaban al editor, el coronel Mann, para que no se hablara de ellos en
sus páginas.
[27] Ibid.,
p. 62.
[28] De
«After Holbein», en The New York Stories of Edith Wharton, ed.
Robinson, p. 360.
[29] Town
Topics, en Kaplan, p. 157.
[30] New
York Times, 2 de agosto de 1911.
[31] Iversen,
p. 55
[32] Brown, Newport
Herald, 28/29 de mayo, en OBT, p. 217.
[33] Russell
[Rosenbaum], «By the Grace of God–And Fashion», discurso de 1924.
[34] Bishop,
en Geller, p. 59.
[35] La
pasajera Marian Wright escribió en una carta que el buque llegó a Cherburgo a
las 19:00 horas, lo que coincide con lo que recordaban otros pasajeros
[36] Brown, ibid
[37] Memorias
de Rosenbaum, 1934.
[38] Williams, CQD.
[39] Memorias
de Rosenbaum, 1934.
[40] Carta
de Ramón Artagaveytia, en OBT, p. 91.
[41] Browne,
en O’Donnell (ed.), The Last Days of the Titanic, p. 94.
[42] Ibid.,
p. 94.
[43] Jessop,
en Maxtone–Graham (ed.), Titanic Survivor, p. 119.
[44] Williams,
carta del 10 de abril de 1912, en OBT, p. 87.
[45] Rosenbaum,
carta a Shaw, 11 de abril de 1912
[46] Browne, ibid.,
p. 95.
[47] Ibid.,
p. 94.
[48] New
York Times, 3 de marzo de 1912.
[49] Abbott
(ed.), Taft and Roosevelt, vol. II, p. 656.
[50] Ibid.,
p. 848.
[51] Abbott
(ed.), The Letters of Archie Butt, p. 69.
[52] Ibid.,
p. 72.
[53] Ibid.,
p. 73. William Phillips (1878–1968) sería subsecretario de Estado entre 1922 y
1924 y de nuevo durante la administración de Franklin Roosevelt, entre 1933 y
1936
[54] Ibid.,
p. 132
[55] Ibid.,
p. 151.
[56] Abbott, Taft
and Roosevelt, vol. II, p. 345
[57] Ibid.,
pp. 760–765.
[58] Ibid.,
p. 847.
[59] Ibid.,
p. 812.
[60] Ibid.,
p. 848.
[61] Behe, Archie,
vol. 3, p. 602.
[62] Washington
Dodge, «The Loss of the Titanic», discurso, 11 de mayo de 1912
[63] Washington
Dodge, «The Loss of the Titanic», discurso, 11 de mayo de 1912.
[64] Leigh
Palmer, Washington Times, 19 de abril de 1912.
[65] Stoddard,
en Katz, Love Letters, p. 203.
[66] Ibid.
[67] Engstrom, The
Titanic Life of Frank Millet, p. 65.
[68] Katz,
p. 206.
[69] Ibid.,
p. 207. El artista A. A. Anderson (1847–1940) estudió arte en París y se
convirtió en un prestigioso retratista. Después de que se casara con la rica
heredera Elizabeth Milbank en 1887, ambos se convirtieron en unos grandes
filántropos. Anderson compró un rancho en Wyoming y fue un ecologista pionero y
aviador.
[70] FDM
a CWS, Universidad de Syracuse.
[71] Engstrom,
p. 67.
[72] FDM
a CWS.
[73] Ibid
[74] Engstrom,
p. 111.
[75] Carta
de Millet, véase p. 368.
[76] Hustak, Titanic:
The Canadian Story, p. 58.
[77] En
el original, queer. Significa «raro», «extraño» o «loco», pero, como
explica el autor, por aquel entonces había adquirido ya el significado de
«homosexual», que se mantiene hasta hoy. (N. del T.)
[78] Harper, The
Outlook, en OBT, p. 316.
[79] Hustak,
p. 26.
[80] Ibid.,
p. 24
[81] Abbott
(ed.), Letters of Archie Butt, vol. 1, p. 161.
[82] Abbott
(ed.), Taft and Roosevelt, p. 589
[83] Ibid.,
p. 653.
[84] Behe,
Archie, vol. 3, p. 12.
[85] Ibid.,
vol. 2, p. 248.
[86] Ibid.,
p. 151.
[87] Ibid.,
p. 248. El matrimonio de Mathilde Scott Townsend (1885–1949) con Peter Goelet
Gerry (1879–1957), a quien Archie calificó de «millonario anémico», no duró
demasiado. En 1925, ella se casó con Benjamin Summer Welles (1892–1961), hombre
de aires aristocráticos pero homosexual, quien sucedió a William Phillips como
subsecretario de Estado de Franklin Delano Roosevelt en 1937. Welles dimitió en
1937 para evitar que se revelara públicamente su homosexualidad. Mathilde murió
de peritonitis en Suiza seis años después. La mansión de los Townsend en
Washington es hoy el Club Cosmos.
[88] Abbott
(ed.), Taft and Roosevelt, p. 799.
[89] Bradley, The
Imperial Cruise, p. 50.
[90] Behe, Archie,
vol. 3, p. 229.
[91] Estelle
Stead, My Father, pp. 341–342.
[92] Washington
Times, 19 de abril de 1912.
[93] Estelle
Stead,My Father, pp. 341–342.
[94] Eckler,
p. 63.
[95] Ibid.,
p. 63.
[96] Ibid.,
p. 56.
[97] Ibid.,
p. 86.
[98] Stead, The
Review of Reviews, vol. XI, junio de 1895, pp. 491492
[99] Citado
en Eckler, p. 226.
[100] Henry
Wilde, en Hyslop, Forsyth and Jemima (eds.), Titanic Voices, p.
118.
[101] Bullock, Titanic
Hero, p. 30
[102] Ibid.,
p. 44.
[103] Jessop, Titanic
Survivor, p. 117.
[104] Carta
de Stagg, en Titanic Voices, p. 115.
[105] Eckler,
p. 7.
[106] Diario
de Spedden, Titanic Commutator, vol. 16, Nº 3, p. 47.
[107] Ervine,
en Haas/Eaton, Titanic Triumph and Tragedy, p. 100
[108] Lightoller,
en ST, p. 275.
[109] Browne,
en Last Days of the Titanic, p. 95.
[110] Carta
de Minahan, en OBT, p. 55.
[111] Connaught
Telegraph, 25 de mayo de 1912, ET.
[112] Molony,
«A Tender Named America», ET.
[113] Last
Days of the Titanic, p. 95.
[114] Ibid.,
p. 98
[115] Ibid.,
p. 95.
[116] Haas/Eaton, Titanic;
Triumph and Tragedy, p. 101.
[117] Brown,
en OBT, p. 217.
[118] René
Harris, «Her Husband Went Down With the Titanic», revista Liberty,
23 de abril de 1932
[119] Se
supone que las perreras del Titanic se hallaban en la cubierta
superior, porque el Olympic tenía unas en esa área a partir de
1912. Pero también es posible que estuvieran abajo, cerca de la cocina de
tercera clase, un lugar más cómodo para dar a los perros las sobras de la
cocina.
[120] Apuntes
de Katherine Force y el doctor Reuel Kimball, 22 de abril de 1912, página web
de Charles Pellegrino.
[121] Behe
(ed.), Archie, vol. 2, p. 159.
[122] Ibid.
[123] El
término usado en el original, slumlords, se refiere a los
propietarios (landlords) de viviendas situadas en barrios degradados (slums)
que no invierten prácticamente nada en el mantenimiento de las casas. Ellos,
por supuesto, viven en otra parte y jamás pisan las vecindades donde se sitúan
esas propiedades heredadas. Cuentan con que a los inquilinos, tarde o temprano,
no les quedará más remedio que arreglar los desperfectos resultantes de la
dejadez, revalorizando así el inmueble. (N. del T.)
[124] Kaplan,
p. 11.
[125] Chicago
Tribune, 17 de agosto de 1893, en Larson, p. 314.
[126] Ibid.
[127] Engstrom,
p. 346.
[128] Gracie,
ST, p. 121.
[129] Ibid.,
p. 122.
[130] Dress,
mayo de 1912.
[131] Citado
en Marcus, p. 72.
[132] Ibid.
[133] Gracie, ST,
p. 121.
[134] Gracie, ST,
p. 122
[135] Lord, The
Night Lives On, p. 44
[136] Gracie, ST,
p. 122.
[137] OBT,
p. 543
[138] Lord, The
Night Lives On, p. 39.
[139] Jay
Yates (J. H. Rogers), ET, biografía
[140] New
York Times, 24 de abril de 1912.
[141] Ibid.
[142] Testimonio
de Smith en el proceso Thaw, en Mooney, p. 223.
[143] Testimonio
de Smith en el proceso Thaw, en Mooney, p. 223.
[144] Baker, Stanny,
p. 377.
[145] Irvin
S. Cobb, en ibid., p. 386.
[146] Ibid.,
p. 388.
[147] Ibid.,
p. 397.
[148] Auchincloss,
p. 183.
[149] Engstrom,
p. 147.
[150] Lessard, The
Architect of Desire, p. 212.
[151] Edith
Harper, Stead the Man, p. 244, en Marcus, p. 72.
[152] Candee,
«Sealed Orders», Collier’s Weekly, 4 de mayo de 1912.
[153] Henry
Julian, OBT, pp. 81–82.
[154] Unger,
p. 64.
[155] Ibid.,
p. 228.
[156] New
York Times, 25 de octubre de 1894.
[157] Davis,
p. 218.
[158] Diario
belga Niews, citado en Hustak, p. 39.
[159] «Marconigrams
Sent and Received by Captain Smith», ET.
[160] Testimonio
de Boxhall, Investigación en Estados Unidos, TIP.
[161] Diario
de Spedden, en Titanic Commutator, vol. 16.
[162] Shipbuilder,
1912, en Foster (ed.), The Titanic Reader, p. 33.
[163] Elizabeth
Lines, Limitation of Liability Hearings, 27 de octubre de 1913, TIP.
[164] New
York Times, 23 de junio de 1911, en Chirnside y Halpern, «Olympic and
Titanic: Maiden Voyage Mysteries», página web, ET.
[165] Lord, The
Night Lives On, p. 41.
[166] Candee,
«Sealed Orders», Collier’s Weekly, 4 de mayo de 1912.
[167] Candee,
en Bigham, «Life’s Decor», ET.
[168] Ibid.
[169] Ibid.
[170] Candee,
en Lord, The Night Lives On, p. 41.
[171] Ibid.
[172] Young,
en OBT, p. 428.
[173] Ibid.
[174] Telegram de
Toronto, 19 de abril de 1912
[175] Juego
de palabras con el término lark, que en inglés de Estados Unidos
significa también «broma». To lark about es «hacer
tonterías». (N. del T.)
[176] Woods,
p. 211
[177] Sloper, The
Life and Times of Andrew Jackson Sloper, p. 394.
[178] Ibid.,
pp. 396–397
[179] Ibid.,
p. 396.
[180] Williams, CQD
[181] Etherington–Smith,
Pilcher, The «It» Girls, p. 39.
[182] Ibid.,
p. 11.
[183] Ibid.,
p. 18.
[184] Ibid.,
p. 18.
[185] Ibid.,
p. 24.
[186] Ibid.,
p. 25.
[187] Ibid.,
p. 73.
[188] Ibid.,
p. 56.
[189] Glyn, Romantic
Adventure, en Fowler, The Way She Looks Tonight, p. 72.
[190] The
«It» Girls, p. 39.
[191] Ibid.,
p. 57.
[192] Beaton, The
Glass of Fashion, en ibid., p. 88
[193] Duff
Gordon, en ibíd., p. 76.
[194] Duff
Gordon, Discretions, p. 73, en Bigham, cap. 4.
[195] Washington
Times, 22 de mayo de 1904, en ibíd., cap. 4.
[196] The
Smart Set, mayo de 1904, en ibíd., cap. 4.
[197] The
«It» Girls, p. 85.
[198] Ibid.,
p. 86.
[199] Would
you like to sin / With Elinor Glyn / On a tiger skin? / Or would you prefer /
To err / With her / On some other fur? (N. del T.)
[200] Ibid.,
p. 112.
[201] Ibid.,
p. 127
[202] Juego
de palabras con muff, «echar a perder», y boredom,
«aburrimiento». (N. del T.)
[203] Avery
Strakosch (ed.), «Fashions for the Famous: Dressmaking Days with Lady Duff
Gordon», Saturday Evening Post, 26 de febrero de 1927, p. 23, en
Bigham, cap. 11.
[204] Bigham,
cap. 8.
[205] The
Mentor, abril de 1930, p. 14, en Bigham, cap. 8.
[206] Discretions,
p. 161.
[207] Bigham,
«Saved from the Titanic», ET
[208] Discretions,
p. 164.
[209] The
«It» Girls, p. 86.
[210] Ibid.,
p. 164.
[211] Bigham,
cap. 12.
[212] Bigham,
cap. 6.
[213] Discretions,
p. 162.
[214] Del
sexto verso de «O God Our Help in Ages Past», de Isaac Watts, 1719.
[215] Compuesto
originalmente por Isaac Watts en 1719, la letra parafrasea el salmo 90 de la
Biblia. (N. del T.)
[216] Margaret
Brown, en OBT, p. 218.
[217] «Marconigrams
Sent…», ET.
[218] Abbott
(ed.), The Letters of Archie Butt, p. 81.
[219] Gracie, ST,
p. 119.
[220] «Marconigrams
Sent…», ET.
[221] «Her
Husband Went Down With the Titanic», Liberty, 23 de abril de 1952.
[222] Bigham
y Jasper, «Broadway Dame», The Titanic Commutator, vol. 36.
[223] Ibid.
[224] Geller,
p. 50.
[225] Bigham,
Jasper, ibid.
[226] Candee,
«Sealed Orders», Collier’s.
[227] «Marconigrams
Sent», ET.
[228] Limitation
of Liability Hearings, Emily Ryerson, TIP.
[229] Russell
[Rosenbaum], artículo de 1934.
[230] Harris,
artículo de Liberty.
[231] Futrelle,
en OBT, p. 288.
[232] Candee,
artículo del Collier’s.
[233] Citado
en Lynch, Titanic: An Illustrated History, p. 77.
[234] Futrelle,
en OBT, p. 287.
[235] May
Futrelle describe su cena con los Harris la última noche en el «lujoso salón de
la cubierta de popa», con lo que probablemente se refiere al restaurante.
[236] Harris,
artículo de Liberty.
[237] Douglas,
en OBT, p. 278.
[238] Ibid.
[239] Declaración
jurada de Marian Thayer, citado en Davie, p. 520.
[240] Carta
de Marian Thayer a Taft, en OBT, p. 415.
[241] Daisy
Minahan afirmó en su declaración jurada ante la Comisión de Investigación del
Senado que la fiesta de los Widener acabó a las 21:25 horas; William Sloper
recordó haber visto al capitán camino del puente después de la cena, sobre las
22:00 horas.
[242] Testimonio
de Lightoller, Comisión de Investigación del Senado, TDH, p. 47.
[243] Carta
de Thayer.
[244] Behe, Archie,
vol. 3, p. 12.
[245] Futrelle, OBT,
p. 287.
[246] Candee,
«Sealed Orders».
[247] Ibid.
[248] Duff
Gordon, Discretions, p. 167.
[249] Citado
en Lynch, Titanic: An Illustrated History, p. 80.
[250] Lightoller
afirmó que no vieron aquel mensaje en el puente, pero se desconoce si fue
entregado o no.
[251] Seward,
artículo de periódico, ET.
[252] Eckler,
p. 105.
[253] Beesley, ST,
p. 26.
[254] Harris,
artículo de Liberty
[256] Sloper,
p. 398.
[257] Gracie, ST,
p. 118.
[258] Los
compañeros de Paul Chevré en la partida de bridge eran Pierre Maréchal, aviador
francés de veintiocho años; Alfred Omont, de veintinueve, comerciante de
algodón de El Havre, y Lucien Smith, de veinticuatro, originario de Huntington
(Virginia Occidental), que disfrutaba de su luna de miel.
[259] Lynch, Titanic:
An Illustrated History, p. 83.
[260] Fleet, TDH,
pp. 179–180.
[261] Sloper,
p. 399.
[262] Woolner, TDH,
p. 369
[263] Barkworth,
«Barkworth’s Account», ET.
[264] White, TDH,
p. 423
[265] Duff
Gordon, Discretions, p. 172.
[266] Boxhall, TDH,
pp. 132–133.
[267] TDH,
pp. 527–528
[268] Buckley, TDH,
p. 438.
[269] Beesley, ST,
pp. 20–30.
[270] Ismay, TDH,
pp. 3–4.
[271] Boxhall, TDH,
p. 136.
[272] La
mayoría de los relatos afirman que el capitán Smith pidió a Andrews que
realizara una inspección, pero parece que este ya la estaba haciendo por su
cuenta. El camarero James Johnson vio a Andrews bajar a la oficina de correos,
y la camarera Annie Robinson vio que un empleado de correos iba a buscar a
Smith y McElroy y oyó decir a Andrews: «Bueno, capitán tres están rotos…».
[273] Sloper,
p. 400.
[274] Hustak,
p. 91
[275] Peuchen, TDH,
p. 198.
[276] Gracie, TDH,
p. 407.
[277] Peuchen, TDH,
p. 198.
[278] Brown,
en OBT, p. 219.
[279] Artículo
de Russell [Rosenbaum]
[280] Williams, CQD.
[281] Buckley
estaba en un camarote de proa y subió por una escalera a una sala de primera
clase, así que la puerta probablemente estaba en la cubierta B.
[282] Sloan, OBT,
p. 397.
[283] Bride, TDH,
pp. 84–85.
[284] Foster
(ed.), The Titanic Reader, p. 72.
[285] Bride, ST,
p. 315.
[286] El
relato de Bride sugiere que empezaron a usar el SOS pronto, pero la primera
llamada con esas siglas la recibieron el Mount Temple y
el Olympic a las 00:57 horas.
[287] La
señal de SOS se introdujo el 1 de julio de 1908 y se usó por primera vez el 10
de junio de 1909, cuando el Slavonia naufragó cerca de las
islas Azores.
[288] Sloper,
p. 401
[289] James
Clinch Smith, citado en Hays, ET, biografía.
[290] Pitman, TDH,
pp. 164–165.
[291] Las
horas en las que se arriaron los botes salvavidas están basadas en una
cuidadosa investigación realizada por Bill Wormstedt, Tad Fitch y George Behe,
en «Titanic: The Lifeboat Launching Sequence Reexamined», en la página web:
www.wormstedt.com.
[292] Pitman, TDH,
p. 164.
[293] Behr,
en OBT, p. 208.
[294] Testimonio
de Pitman, TDH, p. 165.
[295] Testimonio
de Lowe, TDH, pp. 212–213.
[296] Stengel,
en OBT, p. 403.
[297] Testimonio
de Emily Ryerson, TDH, p. 492.
[298] Lynch,
p. 110.
[299] New
York American, 24 de abril de 1912, en Behe, Archie, vol. III,
p. 628.
[300] Gracie, The
Truth About…, p. 129.
[301] Carta
de Thayer a Taft, OBT, p. 415
[302] Diario
de Spedden, Titanic Commutator, vol. 16, Nº 3.
[303] Harper, OBT,
p. 315.
[304] Citado
en Hustak, p. 96.
[305] Shutes,
en Gracie, ST, p. 235.
[306] Candee,
«Sealed Orders»
[307] Peuchen,
en TDH, p. 196.
[308] Candee,
«Sealed Orders»
[309] Ibid.
[310] Heráldica,
el timbre es el conjunto de elementos situados por encima del escudo. La
familia aludida es la del primer duque de Malborough, John Churchill
(1650–1722). (N. del T.)
[311] Bigham,
«Life’s Décor», ET.
[312] Brown,
en OBT, p. 219.
[313] Hustak,
p. 94.
[314] Alfred
Crawford, Comisión de Investigación, TIP, ET.
[315] Woolner, TDH,
p. 371
[316] Lightoller, ST,
p. 291.
[317] Brown,
en OBT, p. 219.
[318] Peuchen, TDH,
p. 197.
[319] Evening
Telegram, Toronto, 22 de abril de 1912.
[320] Peuchen, TDH,
p. 198.
[321] Testimonio
de lady Duff Gordon, investigación británica, TIP.
[322] Carta
de Lucile, en OBT, p. 281.
[323] Lucile
escribió más tarde a su hermana Elinor que se arrepintió de dejar su abrigo de
marta y que se alegró de haberse puesto esas babuchas. Pietro Yantorny
(1874–1936) alardeaba de ser el zapatero más caro del mundo y de tardar años en
confeccionar sus zapatos por encargo. Dicen que se negaba a hacer zapatos para
mujeres feas.
[324] Testimonio
de Lucile, TIP.
[325] Stengel, TDH,
p. 399.
[326] Francatelli,
en Barratt, p. 159.
[327] Farrell,
biografía, ET.
[328] Lowe,
investigación británica, TIP.
[329] Citado
en Lynch, p. 121.
[330] Artículo
de Russell [Rosenbaum].
[331] Ibid.
[332] Testimonio
de Barrett, TIP.
[333] Douglas,
en OBT, p. 279
[334] Mennell,
en Gracie, ST, p. 201.
[335] Douglas,
en OBT, p. 279
[336] Sloan,
en OBT, p. 397.
[337] Foster
(ed.), The Titanic Reader, p. 75.
[338] Lightoller,
en ST, p. 294.
[339] Wilkinson,
«Titanic’s Silent Distress Signals: A New Look at a Minor Mystery», ET.
[340] Ryerson,
en OBT, p. 382.
[341] Stephenson,
en OBT, p. 475
[342] Bonnell,
en OBT, p. 210.
[343] Evening
Telegram, Nueva York, 22 de abril de 1912.
[344] Ryerson,
en OBT, p. 382.
[345] Hustak,
p. 87.
[346] Woolner, TDH,
p. 372.
[347] Hay
distintas opiniones sobre cuál fue el bote al que subió Buckley. Algunos creen
que fue el 14. Sin embargo, Buckley dijo que un oficial efectuó una serie de
disparos para echar a gente de la embarcación y que el Titanic se
hundió quince minutos después de que partiera el bote, lo que indicaría que se
subió al bote plegable C.
[348] Woolner, TDH,
p. 373. En esa época la palabra «italiano» se aplicaba a cualquier extranjero.
[349] New
York Times, 22 de abril de 1912.
[350] En
el original, dagoes, apelativo despectivo para referirse a los
latinos. Dago es una alteración de «Diego». (N. del
T.)
[351] Lightoller, ST,
p. 296.
[352] Gracie, ST,
p. 134.
[353] Harris,
artículo del Collier’s.
[354] Citado
en Bigham, «Broadway Dame», Titanic Commutator, vol. 36, Nº 193.
[355] René
Harris, Omaha News, 21 de abril de 1912, citado en Behe, Archie,
vol. 3, p. 642
[356] Harris,
carta a John Millet, en OBT, p. 319.
[357] Citado
en Behe, Archie, vol. 3, p. 640.
[358] Woolner,
en OBT, p. 181.
[359] Paterson
Morning Call, 23 de abril de 1912.
[360] Harris,
artículo del Collier’s.
[361] Woolner, OBT,
p. 181.
[362] Harris,
artículo del Collier’s.
[363] En
un artículo de mayo de 1912 publicado en American Medicine (OBT, p. 292), la
señora Futrelle dijo que estuvo en el mismo bote salvavidas que la señora
Harris, es decir, el D, pero en un artículo de 1932 afirmaría otra cosa. Lo más
probable es que estuviera en realidad en el bote 9.
[364] The
Times, 20 de abril de 1912.
[365] Futrelle, OBT,
pp. 304–305.
[366] Evening
Banner, 26 de abril de 1912, ET.
[367] Etches, New
York Times, 20 de abril de 1912.
[368] Bullock,
p. 71.
[369] Carta
de Kemish a Walter Lord, citada en www.charlespellegrino.com.
[370] Carta
de Shelley, en OBT, p. 391
[371] Harper,
en OBT, p. 317.
[373] Engstrom,
p. 4.
[374] Gracie, ST,
p. 137.
[375] Bride, ST,
pp. 316–317.
[376] Lightoller, ST,
p. 299.
[377] Las
declaraciones del pasajero no identificado se recogen en Philadelphia
Press, 19 de abril de 1912, citado en Behe, Archie, vol. 3, p.
644. El historiador George Behe cree que ese pasajero podía ser Robert Daniel.
[378] Thayer, The
Sinking of the S. S. Titanic.
[379] Lightoller, ST,
p. 300.
[380] Citado
en Lynch, p. 139
[381] Walter
Hawksford, carta a su mujer
[382] Gracie, ST,
p. 150.
[383] Woolner, OBT,
p. 181.
[384] Harris, OBT,
p. 321.
[385] Harper, OBT,
p. 318
[386] Sloper,
p. 403.
[387] Beesley,
carta en Barratt, p. 162.
[388] Fogonero
no identificado, en New York Tribune, 19 de abril de 1912, en
Behe, Archie, vol. 3, p. 648.
[389] Candee,
«Sealed Orders».
[390] Etches, TDH,
p. 359
[391] Carta
de Gladys Cherry, OBT, p. 244.
[392] Woolner, OBT,
p. 181.
[393] Carta
de Beesley en Barratt, p. 162.
[394] George
Harder, TDH, p. 447.
[395] Smith, OBT,
p. 399.
[396] Lowe, TDH,
p. 222.
[397] Minahan, TDH,
p. 496.
[398] Peuchen, TDH,
pp. 199–200.
[399] Collyer, OBT,
p. 253.
[400] e
cree que se llamaba Fang Lang, un fogonero de Hong Kong de treinta y dos años.
[401] Gracie, ST,
p. 160.
[402] Citado
en Lynch, p. 145.
[403] Duff
Gordon, Discretions, p. 175.
[404] Wojtczak,
«Elise Bowerman: Feminist and Barrister», ET.
[405] Brown, OBT,
p. 221. El acento barriobajero londinense que identificó la señora Brown puede
que solo fuera un acento inglés de la clase trabajadora.
[406] Young, OBT,
p. 429
[407] Cherry,
en Bigham, «A Matter of Course», ET.
[408] Behr,
en Barratt, p. 150.
[409] Gracie, ST,
p. 166.
[410] Gracie, ST,
p. 167.
[411] Lynch,
p. 152.
[412] Harper, OBT,
p. 182.
[413] Harris, OBT,
p. 322.
[414] Brown, OBT,
p. 221.
[415] Gracie, ST,
p. 180.
[416] Ibid
[417] Duff
Gordon, Discretions, p. 177.
[418] Futrelle, OBT,
p. 306.
[419] Diario
de Daisy Spedden, Titanic Commutator, vol. 16, n.º 3, p. 50.
[420] Citado
en Lynch, p. 150
[421] Duff
Gordon, Discretions, p. 178
[422] Carta
de Spedden, en OBT, p. 178
[423] Harper, OBT,
p. 319.
[424] Citado
en Lynch, p. 156.
[425] Harris, OBT,
p. 322.
[426] Harris,
artículo en Collier’s.
[427] Brown, OBT,
p. 222
[428] Lightoller, ST,
p. 303.
[429] Futrelle,
p. 306.
[430] Futrelle, OBT,
p. 307
[431] El
pasajero del Carpathia Charles Hutchinson dijo que el
reverendo padre Roger Anderson era un monje episcopaliano. <
[432] Ibid.
[433] Brown, OBT,
p. 222.
[434] Citado
en Lynch, p. 159.
[435] Rostron, The
Loss of the Titanic.
[436] Candee,
«Sealed Orders».
[437] Diario
de Spedden, en Titanic Commutator, vol. 16, Nº 3.
[438] Carta
de Burnham en Engstrom, p. 6.
[439] Ibid.,
p. 7.
[440] Strouse,
p. 647.
[441] Libro
de oración común, servicio religioso para entierros en el mar.
[442] Se
cree que los cuatro cadáveres lanzados al mar eran los de W. F. Hoyt, pasajero
de primera clase; Abraham Harmer [David Livshin], pasajero de tercera clase; S.
C. Siebert, camarero, y P. Lyons [William Lyons], marinero.
[443] Citado
en Hyder, «Excuse Sending… Am Half Asleep», ET
[444] Citado
en Hyder, «Excuse Sending… Am Half Asleep», ET
[445] Declaración
de Franklin, comisión de investigación del Senado de Estados Unidos, TIP.
[446] Duff
Gordon, Discretions, p. 181
[447] Brown,
citado en Iversen, p. 35
[448] Rosenbaum, Women’s
Wear Daily, 19 de abril de 1912, p. 1.
[449] Sloper,
p. 405.
[450] Gracie, ST,
p. 144.
[451] Página
web «Titanic Tidbits» de George Behe.
[452] Cherry,
en Bigham, «A Matter of Course», ET.
[453] Spedden,
carta del 18 de abril, en OBT, pp. 178–179
[454] Brown, OBT,
p. 224.
[455] Ibid.,
p. 225.
[456] Harris,
artículo en Liberty.
[457] Lightoller, OBT,
p. 169.
[458] Star de
Toronto, 17 de abril de 1912.
[459] Washington
Times, citado en Behe, Archie, vol. 3, p. 657.
[460] Ibid.,
p. 660.
[461] Barratt,
p. 197.
[462] Daily
Mail de Londres, 18 de abril de 1912, citado en Eaton/ Hass, Titanic:
Triumph and Tragedy, p. 206.
[463] Ibid.
[464] Mary
Adelaide Snider, «Through the Needle’s Eye How Woman Writer Went», Toronto
Evening Telegram, abril de 1912, citado en «And Mind You’re a Nurse», de
Michael Dupuis, Herstoria, n.º 7, otoño de 2010, pp. 46–49.
[465] Diario
de Daisy Spedden, 18 de abril de 1912, Titanic Commutator, vol. 16,
N° 3
[466] Marshall,
p. 126.
[467] Citado
en Behe, Archie, vol. 3, p. 660.
[468] Snider, Toronto
Evening Telegram, abril de 1912, citado en Dupuis, «And Mind You’re a
Nurse».
[469] Carta
de Dobbyn, en Barratt, p. 153.
[470] Lightoller, ST,
p. 303
[471] Harris, Liberty,
23 de abril de 1932.
[472] Engstrom,
p. 6.
[473] Citado
en Brewster, «Sinking Sensation», Toronto Life, mayo de 1997.
[474] Snider,
«With Orphaned Baby in Arms», Toronto Evening Telegram, abril de
1912, citado en Dupuis.
[475] Brewster,
«Sinking Sensation».
[476] Citado
en Sloper, p. 408.
[477] New
York American, 19 de abril de 1912.
[478] Investigación
de Estados Unidos, TIP, TDH, p. 2.
[479] Investigación
de Estados Unidos, día 1, TIP y TDH, p. 36.
[480] Brute significa
aquí «bestia». (N. del T.)
[481] Lightoller, ST,
p. 304.
[482] Globe de
Londres, citado en Wade, p. 189.
[483] Watertight,
«estanco», «hermético» o «impermeable». (N. del T.)
[484] Globe de
Londres, citado en Wade, p. 189.
[485] Citado
en Wade, p. 189.
[486] Globe de
Toronto, 18 de abril de 1912.
[487] World de
Toronto, 20 de abril de 1912.
[488] World de
Toronto, 22 de abril de 1912.
[489] Globe de
Toronto, 22 de abril de 1912.
[490] Citado
en Wade, p. 71.
[491] Peuchen,
comisión de investigación de Estados Unidos, día 4, TIP.
[492] Poema
de Clark McAdams, Titanic Reader, p. 240.
[493] Citado
en Iversen, p. 43.
[494] White,
comisión de investigación de Estados Unidos, día 11, TDH, p. 426.
[495] Citado
en Ruffman, p. 28.
[496] «The
Two Deaths of John Jacob Astor», página web Titanic Tidbits, de George Behe.
[497] El curling es
un deporte de invierno parecido a la petanca que se practica sobre una pista de
hielo, muy popular especialmente en Canadá, Escocia, Suiza y los países
escandinavos. (N. del T.)
[498] Carta
de John Alfred Parsons Millet, citado en Behe, Archie, vol. 3, p.
686.
[499] Blanton
Winship (1869–1947) se convirtió después en capitán general y fue nombrado
gobernador militar de Puerto Rico en 1934. Winship trató con gran dureza a los
manifestantes nacionalistas de Puerto Rico y fue víctima de un intento de
asesinato en 1938. Fue destituido al año siguiente.
[500] Ibid.,
p. 689.
[501] Rosenbaum, Women’s
Wear Daily, 19 de abril de 1912.
[502] Duff
Gordon, Discretions, cap. 3, p. 192.
[503] Carta
de Duff Gordon, en OBT, p. 283
[504] New
York Times, 22 de mayo de 1912.
[505] Duff
Gordon, Discretions, cap. 2, p. 173.
[506] Comisión
Británica de Investigación, día 10, TIP.
[507] Comisión
Británica de Investigación, día 11, TIP.
[508] Ashmead
Barlett, The Academy, en Duff Gordon, Discretions, cap.
3, p. 200.
[509] Comisión
Británica de Investigación, informe final, TIP.
[510] Duff
Gordon, Discretions, p. 203.
[511] Comisión
Británica de Investigación, informe final, TIP.
[512] Ibid.
[513] Ibid
[514] Bigham,
Jasper, «Broadway Dame», Titanic Commutator, vol. 36, nº 194.
[515] Leader de
Harrisburg, 21 de abril de 1912, en Geller, p. 59.
[516] Denver
Times, 21 de abril de 1912, en Iversen, p. 38.
[517] Woodrow
Wilson, discurso de toma de posesión, 4 de marzo de 1913.
[518] Smith,
comisión de investigación de Estados Unidos, en Iversen, p. 40.
[519] Harris,
«Her Husband Went Down With The Titanic», Liberty, 23
de abril de 1932
[520] Iversen,
p. 38.
[521] Cecil
Beaton, The Glass of Fashion, p. 162, en Bigham, Lucile:
Her Life by Design, epílogo.
[522] Abrams,
Melanie, «Lady Duff Gordon: Fashion’s Forgotten Grand Dame», The
Telegraph, 21 de febrero de 2011.
[523] Lord, A
Night To Remember, p. 167.
[524] Hart, Act
One, citado en Geller, p. 49.
[525] Geller,
p. 52.
[526] Variety,
septiembre de 1969, citado en Bigham y Jasper, «Broad way Dame», Titanic
Commutator, vol. 37.
[527] Declaración
de Lowe, comisión de investigación de Estados Unidos, día 5, TIP.
[528] Strouse,
p. 647.
[529] Citado
en Brewster, «Sinking Sensation», Toronto Life, mayo de 1997
[530] Geller,
p. 74.

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