© Libro N° 11975.
¿Qué Es La Dialéctica? Rees, John. Emancipación. Diciembre 9 de 2023
Título original: ©
¿Qué Es La Dialéctica? John
Rees
Versión Original: © ¿Qué Es La Dialéctica? John Rees
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
John Rees
¿Qué Es
La Dialéctica?
John Rees
El
surgimiento de la sociedad capitalista, desde sus comienzos en el siglo XVI,
trajo consigo una división del trabajo que hizo que los individuos aislados
aparecieran como la célula básica a partir de la cual se construía la sociedad.
Los trabajadores asalariados buscan su suerte en el mercado de trabajo: el
individuo, en competencia con otros individuos, para un empleador individual.
Los salarios debían gastarse en otros mercados en los que el trabajador, como
consumidor individual, le compraba a vendedores individuales.
Mucho
después, el voto secreto e individual se convirtió en la norma política de la
sociedad capitalista. El arte, al principio para una estrecha élite y luego de
manera más general (aunque en absoluto de modo universal), pasó a reflejar no
ya, como antes, la experiencia colectiva de la devoción religiosa sino los
deseos del individuo: amor, satisfacción sexual, riqueza, status, felicidad. En
suma, el deseo de realización individual, más allá de cómo se mida. Muchas
formas del arte pasaron a favorecer el consumo privado antes que la experiencia
pública. La imprenta condujo, primero, al estudio individual de la Biblia, y
después, a la novela por entregas en vez del sermón dominical; la televisión
tiene preeminencia sobre el cine y el teatro, y los CDs o los cassettes sobre
los conciertos en vivo. Y, lo que es más importante, el acceso al arte,
consumido de manera pública o privada, sólo es posible mediante actos
individuales de compra.
La
compartimentación de la experiencia es aún más extrema hoy que en las fases
tempranas del capitalismo, como hecho social y como ideología. En general, en
colegios y universidades se subraya que las artes y las ciencias deben
estudiarse de manera aislada; que lenguaje e historia, ingeniería y sociología,
poesía y negocios, son disciplinas separadas.
En los
diarios y noticieros, por ejemplo, esto es tan común como para dejar pasar sin
comentario alguno que la tasa de desempleo y las estadísticas de suicidio son
«asuntos diferentes». Se informa el nivel de pobreza en la página 4, la tasa de
criminalidad en la página 6. La crítica de arte va al suplemento cultural, las
subastas de arte a las de negocios; las películas se reseñan en la parte de
espectáculos, las fusiones de los grandes estudios en las noticias financieras.
A un
nivel más abstracto, esta comprensión del mundo se ha desarrollado en diversos
enfoques científicos conocidos como empirismo, positivismo (1) o lógica formal.
Estos enfoques subrayan que los hechos de una situación dada son
aproximadamente tal como aparecen al observarlos por primera vez; que los
compartimentos en los que encontramos tales hechos son propiedades inevitables
e inalterables de las cosas mismas, no el producto del desarrollo histórico
impuesto al mundo por nuestra manera de entenderlo; que las relaciones entre
estos hechos son menos importantes que cada hecho tomado aisladamente, y que
este complejo de hechos es más o menos estable o, si se desarrolla, lo hace de
manera ordenada y enteramente explicable en términos de causa y efecto.
Los
biólogos Richard Levins y Richard Lewontin describen
este método como el racionalismo cartesiano (por el filósofo René
Descartes, 1596-1650). Y señalan cuatro propiedades que definen este
enfoque:
«1. Hay
un conjunto natural de unidades o partes de los que todo sistema total está
hecho.
2. Estas
unidades son homogéneas en sí mismas (…)
3. (…)
Las partes existen de manera aislada y se unen para formar todos. Las partes
tienen propiedades intrínsecas, que poseen de manera aislada y que le confieren
al todo (…)
4. Las
causas están separadas de los efectos, siendo las causas propiedades de los
sujetos, y los efectos, propiedades de los objetos. Mientras que las causas
pueden responder a información proveniente de los efectos (el llamado «rizo de
retroalimentación»), no hay ambigüedad en cuanto a cuál es el sujeto causante y
el objeto causado» (2).
Cuando
esta forma de pensamiento no consigue dar cuenta de una realidad flagrantemente
contradictoria, los intelectuales convencionales adoptan una de dos
estrategias. Una, el racionalismo, intenta reconstruir la realidad insistiendo
sólo en aquellos aspectos del mundo que, según criterios racionales
preestablecidos, son los que tienen verdadera significación; el resto es una
ilusión insustancial condenada al olvido en la medida en que la racionalidad
gane terreno frente al error y la superstición. La otra, el misticismo,
sencillamente abandona la lucha por comprender las contradicciones que enfrenta
y retrocede al terreno de la especulación sobrenatural.
Por otro
lado, debido a que estos enfoques –positivismo, racionalismo y misticismo- son
todos métodos parciales y unilaterales de comprender el mundo, el fracaso de
uno suele engendrar la aparición de los otros; a veces en escuelas rivales, a
veces como partes no integradas de un solo sistema. Esto es lo que Lukács llamaba
«las antinomias del pensamiento burgués», que critica agudamente en su Historia
y consciencia de clase.
La
dialéctica moderna nació como respuesta a estas contradicciones y a la sociedad
de la que surgieron. Que esta crítica es todavía necesaria se puede ver
fácilmente en la frecuencia con que algunos o todos estos principios son
presentados por los marxistas analíticos en particular, y también -a pesar de
sus pretensiones de rechazar la «racionalidad iluminista»- por los posmodernos,
para quienes el punto de partida de su reflexión es la rígida compartimentación
de la imagen y de la realidad.
La
crítica dialéctica de este método incluye, primero y principal, tres
principios: totalidad, cambio y contradicción. Considerados por separado, estos
principios no constituyen un enfoque dialéctico. Sólo cuando
son tomados en conjunto se vuelven dialécticos. No obstante, vamos a
examinarlos de a uno.
Totalidad
quiere decir la afirmación de que los diversos elementos aparentemente
separados que componen el mundo están de hecho relacionados. La producción es
un acto colectivo, no simplemente el resultado del esfuerzo individual. El
mercado es una institución social, no el resultado natural de la conducta
individual. La pobreza y el delito, el desempleo y el suicidio, el arte y los
negocios, el lenguaje y la historia, la ingeniería y la sociología, no pueden
entenderse aisladamente, sino como partes de una totalidad.
Además,
cuando relacionamos estos términos unos con otros, su significado se
transforma. Una vez que conocemos la relación entre pobreza y delito, es
imposible considerar al sistema judicial o a los que viven en la pobreza de la
misma manera en que lo hacíamos cuando parecían ser dos mundos separados. En el
empirismo, la parte es vista como una unidad preexistente que, en el mejor de
los casos, choca o coincide con otras. De este modo, las partes pueden afectar
recíprocamente sus trayectorias pero no su esencia fundamental. En un sistema
dialéctico, la naturaleza misma de la parte queda determinada por sus
relaciones con las otras partes y con el todo. La parte hace el todo, y el todo
hace las partes.
En este
análisis, no se trata sólo de que el todo es más que la suma de las partes,
sino que las partes pasan a ser algo más de lo que eran individualmente al ser
partes de un todo:
«El hecho
es que las partes tienen propiedades que les son características sólo en tanto
son partes de un todo; las propiedades pasan a existir en las interacciones que
hacen el todo. Una persona no puede volar agitando los brazos, por más que lo
intente, ni un grupo de personas puede volar agitando sus brazos de manera
simultánea. Sin embargo, las personas vuelan, como resultado de una
organización social que ha creado los aviones, los pilotos y el combustible. La
que vuela, sin embargo, no es la sociedad, sino los individuos en sociedad, que
han adquirido una característica que no tendrían fuera de la sociedad. Las
limitaciones de los seres individuales son negadas por las interacciones
sociales. El todo, de este modo, no es simplemente el objeto de la interacción
de las partes sino también un sujeto que actúa sobre las partes» (3).
Un
aspecto importante a considerar de este enfoque es que, por su naturaleza
misma, se opone al reduccionismo. No disuelve el rol del individuo en función
del todo, lo colectivo o cualquier otra abstracción semejante. Tampoco disuelve
el concepto de sociedad reduciéndolo a la simple suma de los átomos
individuales que vendrían a ser sus elementos básicos, como dice la economía
dominante y el marxismo analítico. Un punto de vista dialéctico muestra la
naturaleza parcial y unilateral de ambos enfoques, y los reemplaza con la
descripción concreta y específica de cómo la interacción del todo y las partes
da origen a una situación cualitativamente nueva, tanto para la totalidad como
para las partes que la componen.
La
totalidad no es, no obstante, la definición acabada de la dialéctica. Muchas
visiones no dialécticas de la sociedad utilizan la idea de totalidad. La
Iglesia católica tiene su propia visión mística del carácter omniabarcador de
la creación de Dios, y una visión sumamente práctica de las jerarquías
temporales que la acompañan. «La tradición taoísta en China comparte
con la dialéctica el acento en la totalidad, el ser total que se sostiene sobre
el equilibrio de los opuestos como el yin y el yang» (4). Incluso la
comprensión que tiene el sentido común de la naturaleza humana considera que
hay un pequeño número de propiedades generales y subyacentes que dan forma a
toda la vida, y que se manifiestan en individuos diferentes en las más variadas
circunstancias.
Lo que
une a todas estas explicaciones es que ven la totalidad como algo estático.
Bajo la bullente superficie del mundo yace una verdad eterna: el inmodificable
rostro de Dios, la incesante búsqueda del equilibrio entre el yin y el yang o
las formas eternas, para bien o para mal, de los valores humanos. Todas estas
visiones carecen de toda noción de totalidad como un proceso de cambio. E
incluso allí donde estos sistemas conceden la posibilidad de inestabilidad o
cambio, se los considera apenas como el paso previo a la restauración del
equilibrio. La economía de libre mercado funciona precisamente en base a estos
principios: la oferta y la demanda llegarán a su equilibrio natural si se las
deja libradas a su propio mecanismo (es decir, sin interferencias del estado o
los sindicatos). El equilibrio reemplaza rápidamente a la inestabilidad, y la
armonía a las crisis, una vez que se eliminan esos «obstáculos».
A
diferencia de todo esto, el enfoque dialéctico es capaz de dar cuenta del
cambio, el desarrollo y la inestabilidad. Según Engels,
el «gran mérito» del sistema hegeliano es que
«Por
primera vez se concibe todo el mundo de la naturaleza, de la historia y del
espíritu como un proceso, es decir, en constante movimiento, cambio,
transformación y desarrollo, intentando además poner de relieve la íntima
conexión que preside este proceso de movimiento y desarrollo. Contemplada desde
este punto de vista, la historia de la humanidad no aparecía ya como un caos
árido de violencias absurdas, todas igualmente condenables ante el fuero de la
razón filosófica ya madura y buenas para ser olvidadas cuanto antes, sino como
el proceso de desarrollo de la propia humanidad» (5).
Pero
cambio y totalidad, incluso tomados en conjunto, no son aún suficientes para
definir un sistema dialéctico. Además, hace falta aportar alguna indicación
general de cómo se origina el cambio. La mayor parte de las teorías remiten a
una cadena simple de causa y efecto cuando quieren explicar el cambio. Por
ejemplo, sigue siendo común el hecho de dar cuenta del período de entreguerras
según este esquema: la Segunda Guerra mundial fue causada por la crisis del
sistema internacional de estados y el ascenso al poder de los nazis en los años
30. El nazismo surgió como resultado del colapso de la república de Weimar; el
colapso de la república de Weimar fue una consecuencia del Tratado de
Versalles, que a su vez fue consecuencia del resultado de la Primera Guerra
mundial, y así sucesivamente. Este punto de vista tiene incluso una formulación
acabada a cargo del historiador A.L. Rowse: «en historia, la
cronología lo es todo». No obstante, parece obvio que, más allá de cuán
meticuloso y complejo sea el detalle de la cadena de hechos, lo que aquí
tenemos es una mera descripción, no una explicación;
tenemos el qué, pero no el cómo ni el porqué.
Hegel describió
este tipo de procedimiento como «la infinitud mala», debido a que postula una
serie infinita de causas y efectos que remiten a «quién sabe dónde». El
problema de estos puntos de vista es que la causa última de los eventos queda
por fuera de los eventos descriptos. La causa es externa al sistema. Un enfoque
dialéctico busca encontrar las causas del cambio dentro del sistema. Y si la
explicación del cambio recae dentro del sistema, esa explicación no puede
concebirse según el modelo de causalidad lineal, que simplemente reproduce el
problema que estamos intentando resolver. Si el cambio se genera internamente,
debe ser como resultado de una contradicción, de inestabilidad y desarrollo
como propiedades inherentes al sistema mismo.
La
contradicción es, entonces, la forma de la explicación de porqué un tipo de
sociedad sucede a otro, o cómo el conflicto entre las clases que componen el
sistema conduce a la negación del sistema mismo y al surgimiento de una nueva
sociedad. Y es solamente la forma de la explicación, porque la explicación
misma dependerá de las condiciones empíricas concretas existentes en cada
sociedad. Las contradicciones específicas y su solución variarán en
consecuencia.
Esta es,
entonces, la forma general de la dialéctica: una totalidad internamente
contradictoria en constante proceso de cambio. El principio de contradicción es
una barrera al reduccionismo, mientras que el concepto lineal de causalidad no
lo es, porque dos elementos que están en contradicción no pueden disolverse uno
en el otro, sino sólo superarse mediante la creación de una síntesis que no
puede reducirse a ninguno de sus elementos constitutivos.
Además,
un enfoque dialéctico se opone radicalmente a toda forma de reduccionismo
porque presupone que las partes y el todo no son reductibles uno al otro. Las
partes y el todo se condicionan recíprocamente, o se median, uno al
otro. Y una totalidad mediada no puede ser parte de una filosofía reduccionista
porque, por definición, el reduccionismo hace que un elemento de una totalidad
absorba a otro sin dar cuenta de sus características específicas.
Estos
términos –totalidad, cambio, contradicción y mediación- son los elementos clave
de la dialéctica. En la tradición marxista, son no sólo herramientas
intelectuales sino también procesos materiales reales, y por eso se trata de
una dialéctica materialista. Suele subestimarse la manera total en
la que Marx y Engels transformaron la
dialéctica al basarla en el desarrollo de la sociedad y de la naturaleza.
Consecuencia
de esto es que algunos de los adherentes al marxismo «hegeliano» reproducen los
errores de Hegel pero ahora en su propio marco teórico. Estos
«falsos amigos» de la dialéctica hegeliana se dividen en lo que, a falta de
mejor expresión, llamaré «hegelianos de derecha» y «hegelianos de izquierda».
La interpretación hegeliana de derecha se inclina en dirección al aspecto más
determinista y fatalista del sistema de Hegel: los elementos
dominantes del marxismo de Plejánov provienen de este esquema,
y ese es también el caso de la tendencia de Deborin en la
Rusia de los años 20. Aunque este punto de vista plantea sus formulaciones en
un lenguaje dialéctico y se dirige formalmente contra las teorías
deterministas, termina reproduciendo todos los problemas del reduccionismo.
El
enfoque de los hegelianos de izquierda busca aferrarse al aspecto crítico y
dinámico del sistema de Hegel, pero no consigue comprender a fondo
hasta qué punto la dialéctica materialista ha transformado esos conceptos. Sus
formulaciones suelen, en los mejores casos, quedar en el terreno de la
abstracción, y en los peores, reproducir el idealismo de Hegel. Los
Jóvenes Hegelianos originales y buena parte de la «teoría crítica occidental»,
por ejemplo, la obra de Adorno y Benjamin,
padecieron este problema. Pero también es el caso de algunos marxistas, a pesar
de que haya mucho de valioso en sus obras: algunos de los trabajos de la ex
secretaria de Trotsky, Raya Dunayevskaya, y de C.L.R.
James, son ejemplos de esto.
Tanto en
la derecha como en la izquierda hegelianas, el elemento crucial que se pierde
suele ser un compromiso estrecho con, o una comprensión teórica de, la
centralidad de la autoactividad de la clase trabajadora para la dialéctica
marxista (6). Es la consideración de este problema lo que conduce a la
aplicación concreta y materialista de la dialéctica. Y su subestimación, en
cambio, lleva tanto al determinismo como a la abstracción.
En
ninguna parte es más necesaria esta aplicación concreta de la dialéctica que en
otro aspecto del método marxista al que nos referiremos aquí: las llamadas
«tres leyes de la dialéctica».
Esas
«tres leyes» son: la unidad de los opuestos, la transformación de la cantidad
en calidad y la negación de la negación. Son útiles para recordarnos las formas
en las que a veces se resuelven las contradicciones dialécticas. Pero antes de
exponer brevemente su significado, cabe una advertencia. Las tres leyes no son,
ni siquiera en Hegel, la única manera en la que
tiene lugar el desarrollo dialéctico. No pueden entenderse sin la definición
más amplia de la dialéctica discutida anteriormente. No son, como Marx y Engels solían
recordar, un sucedáneo para la tarea difícil y empírica de rastrear el
desarrollo de las contradicciones reales, ni una llave maestra suprahistórica
cuya única ventaja es entrar en acción a falta de un conocimiento histórico
real. Pero, si se utilizan cuidadosamente, son herramientas útiles en la
comprensión dialéctica.
La unidad
de los opuestos es simplemente una manera de describir la contradicción. En el
ejemplo de Levin y Lewontin, ya citado, el
individuo y la sociedad, las partes y el todo, son considerados como unidad de
los opuestos. El ejemplo más obvio en Marx es la relación
entre capitalistas y trabajadores. Son, por definición, los polos opuestos del
sistema capitalista: los que poseen y controlan los medios de producción y los
que no, que se ven por ende obligados a trabajar por un salario. Uno no podría
existir sin el otro. El conflicto entre ambos es la contradicción interna que
mueve la sociedad capitalista.
La
transformación de la cantidad en calidad se refiere al proceso mediante el cual
a partir de los cambios graduales en el equilibrio entre elementos opuestos
resulta súbitamente un cambio completo en la naturaleza de la situación. Hegel solía
dar el ejemplo de un hombre que se arranque uno a uno los cabellos. Al
principio no tendrá lugar ningún cambio cualitativo. Pero finalmente el hombre
se quedará calvo: el cambio cuantitativo habrá dado como resultado un cambio
cualitativo en su condición. Marx señalaba que si los
trabajadores de una fábrica iban a la huelga contra su empleador por una
reducción en la jornada laboral, la huelga tenía la calidad de una disputa
económica. Si más fábricas se unen a la huelga, si se convierte en una huelga
general, si los trabajadores reclaman cambios en la ley que estipula la
duración de la jornada laboral, entonces ha surgido un movimiento
cualitativamente diferente, un movimiento político.
La
negación de la negación apunta a la forma en la que surgen situaciones nuevas a
partir de circunstancias contradictorias, de manera tal que aspectos de las
viejas condiciones aparecen, transformadas, como parte de las nuevas. Es una
manera esencial de recordarnos que el futuro contendrá siempre elementos del
pasado, pero de una forma muy distinta a la anterior. Marx explica
en El Capital que de un conflicto revolucionario entre
trabajadores y capitalistas no hay que esperar una simple reversión a formas sociales
precapitalistas. Lo que se espera es que una nueva forma de sociedad, muy
diferente tanto de la que la precedió como de las dos clases que actualmente la
componen, emerja como resultado del conflicto. La nueva sociedad, el
socialismo, resultará de las fuerzas productivas desarrolladas bajo el
capitalismo y de la lucha de clases librada por las clases que lo conforman.
Pero el socialismo será una sociedad cualitativamente diferente que seguirá
desarrollando esas fuerzas sobre la base de la abolición de todas las clases.
La negación de la negación remite al proceso mediante el cual las condiciones
existentes son a la vez preservadas y completamente transformadas por los
cambios que resultan de sus propias contradicciones internas.
La teoría
de la alienación es en Marx una parte igualmente importante de
la dialéctica, aunque no siempre se la vea en este contexto. La alienación es
fundamental para la dialéctica marxista, porque da cuenta de cómo aparece un
sujeto capaz de resolver de manera consciente las contradicciones que genera el
desarrollo social. Como parte de esto, la teoría de la alienación explica
porqué, tanto en la ciencia como en la consciencia de la clase trabajadora, el
mundo aparece como diferente de su estructura real. La teoría continúa
explicando cómo y bajo qué circunstancias se puede ir de la apariencia
superficial de la sociedad a un examen de su naturaleza subyacente. La
alienación se encuentra, por tanto, ligada a la dialéctica sujeto-objeto
de Marx y a su dialéctica de esencia y apariencia.
Para
concluir, sólo nos queda subrayar un punto: la dialéctica opera a ciegas, más
allá del control o la comprensión de los seres humanos, en la medida en que
ninguna clase logre hacerse consciente de la naturaleza de la sociedad y
ejercer el poder suficiente como para superar las contradicciones destructivas
encerradas en el sistema capitalista. Marx y Engels transformaron
la dialéctica de Hegel en el mismo momento en que
identificaban a la clase trabajadora como la fuerza capaz de emanciparse a sí
misma y al resto de la sociedad. La dialéctica materialista es la teoría
de Marx de la revolución proletaria.
NOTAS
1. El
positivismo se caracteriza por «el rechazo a los juicios de valor en las
ciencias sociales» y la creencia de que la ciencia debe «preocuparse… sólo de
los hechos y relaciones observables». I. Mc Lean, Oxford Concise
Dictionary of Politics (Oxford, University Press, 1996).
2. R.
Levins y R. Lewontin, The Dialectical Biologist (Cambridge,
MA: Harvard, 1985), p. 269.
3. Ibid.,
p. 273.
4. Ibid.,
p. 275.
5. F.
Engels, Socialismo utópico y socialismo científico, varias
ediciones.
6. En los
casos de James y Dunayevskaya, la consideración de la autoactividad de la clase
trabajadora está presente, pero de manera abstracta e idealizada, no en la
forma concreta y específicamente histórica en la que siempre aparece en las
obras de Lenin y Trotsky. Esto les permite rastrear las categorías de la
filosofía de Hegel directamente, de manera abstracta y no mediada. El efecto es
que la clase trabajadora aparece como la realización de la dialéctica y el
conjunto de la sociedad no se analiza nunca de manera lo suficientemente
concreta como para revelar sus contradicciones específicas. Por eso, a pesar de
las intenciones de los autores, la teoría deja de ser una guía para la acción.

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