© Libro N° 11003. Las Abstracciones Y Su Interpretación Psicológica. Rodríguez Pardo, José Manuel. Emancipación. Marzo 18 de 2023
Título original: © Las Abstracciones Y Su Interpretación
Psicológica. José Manuel Rodríguez Pardo
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Interpretación Psicológica. José Manuel Rodríguez Pardo
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LAS ABSTRACCIONES Y SU
INTERPRETACIÓN PSICOLÓGICA
José Manuel Rodríguez Pardo
Las Abstracciones Y Su Interpretación Psicológica
José Manuel Rodríguez Pardo
En respuesta a las observaciones de Lino Camprubí acerca de un artículo
del autor
§. I
Lino Camprubí plantea en su colaboración de Animalia de hace dos números una serie de observaciones acerca de un
trabajo publicado por mí en el número 15, referido al Conocimiento
animal y humano, así como a uno de los autores que me sirve de base,
el colega Alfonso Fernández Tresguerres. De entrada he de decir que asumo, como
ha quedado escrito, las afirmaciones planteadas por Tresguerres, pero sólo
aquellas que cito. Es decir, yo trabajo desde otros supuestos y con otro
enfoque, que podrá ser coordinable o no con el mío, pero no por ello asumo por
completo todas las propuestas que el propio Tresguerres realiza. Aquí sólo
puedo hablar por mí mismo, y deberá ser el otro autor quien aclare su
posicionamiento, si es que realmente desea hacerlo. Este artículo se presenta
por lo tanto como respuesta y aclaración a las cuestiones y críticas suscitadas
por Lino Camprubí, al menos en cuanto a la parte que me toca.
§. II
Afirma Lino Camprubí que la distinción que yo planteo entre el
conocimiento animal y humano se basa en la «capacidad de abstracción» humana.
Es cierto que en el número 15 realicé al final de mi trabajo esa afirmación.
Pero también es cierto que la misma es una contradicción con respecto a las más
de veinte páginas que he escrito sobre el tema en dos artículos, aparte de las
más de cuarenta que plantee en la polémica sobre el materialismo con Gonzalo
Puente Ojea y otros artículos como el dedicado a Julián Offray de La Mettrie.
Para decirlo claramente, estoy a favor de no expresar la diferencia entre
hombres y animales en términos mentalistas, pero por eso mismo yo no firmo tal
expresión. Al menos, no creo que sea justo valorar mis trabajos por una simple
confusión de términos, pues donde dice «capacidad de abstracción» en realidad
quería decirse «uso de abstracciones».
Esta distinción es a mi juicio importante, porque las abstraciones no
son simplemente errores del lenguaje, creaciones subjetivas o vexatae
quaestionis, como afirmaba el ínclito embajador Puente Ojea. Son
entidades trascendentales y objetivas, pertenecientes a lo que el materialismo
filosófico determina como tercer género de materialidad. Evidentemente, sabemos
que estas entidades no pertenecen genuinamente al ámbito antropológico. No son
ni entidades personales (eje circular) ni entidades pertenecientes a la
«Naturaleza» (eje radial), ya que en ella no existen triángulos, salvo por vía
fenoménica, ni tampoco son entidades no humanas dotadas de voluntad e
inteligencia (eje angular).
Sin embargo, los tres ejes son un referente en el que se representan las
dos características que la tradición filosófica ha manejado históricamente: las
características φ o corporales (del griego physis, naturaleza)
y los caracteres π, referidos a aquellos elementos considerados espirituales o culturales (del
griego pneuma). Así, podríamos caracterizar los tres ejes del
espacio antropológico en virtud de estos caracteres φ y π. Sabemos que ni la
Naturaleza ni los animales son capaces de «componer» teoremas científicos, sólo
los hombres, luego al menos la génesis de tales construcciones habremos de
encontrarlas en la escala humana, es decir, en el eje circular. Y este eje
circular podemos formularlo en función de operaciones vectoriales realizadas a
partir de los caracteres π y φ. Si suponemos las bases (πi, πj) y (φi, φj), las
operaciones que definirían el eje circular serían las siguientes: φi/πφj y
πi/φπj. Es decir, que el eje circular se caracteriza por aquellas operaciones
realizadas por un sujeto corpóreo (φ) que a su vez están determinadas por la
cultura envolvente y heredada históricamente (π): un sujeto humano que realiza
operaciones en el laboratorio manipula objetos al igual que podría hacerlo un
chimpancé, pero el primero conoce unas destrezas que han sido elaboradas
históricamente, y que son expresables en lenguajes «nacionales» utilizados por
millones de personas (a diferencia del lenguaje Ameslán que
pueden aprender los simios, asimilable a una horda de pocos individuos), o
incluso códigos «universales»: lógica formal, código IUPAC en Química, &c.
A su vez, este entramado supone no sólo la determinación del sujeto
corpóreo, sino a su vez su presencia en el propio desenvolvimiento de tales
operaciones, como medio que permite su resolución (πi/φπj). De lo contrario, si
el sujeto operatorio queda segregado, los elementos terciogenéricos no sólo
quedan segregados del eje circular, sino del propio campo antropológico. Aun
así, la génesis de tales conocimientos presuponga esta segunda fórmula.
(Gustavo Bueno, «Sobre el concepto de "espacio antropológico"»,
en El Basilisco, nº 5, 1978, págs. 63 y ss.). En definitiva,
las abstracciones han de considerarse objetos tan materiales como las
operaciones caligráficas que las han generado, aunque de distinto género. Y
como los animales no son capaces de utilizar abstracciones, pues no se ha
conocido aún ningún primate o animal de distinta naturaleza capaz de componer
teoremas matemáticos (pongamos por caso), me parece una distinción
perfectamente pertinente y nada «mentalista».
§. III
Una vez cumplida la labor de aclarar las dudas planteadas por Lino
Camprubí, voy a realizar una serie de observaciones sobre el artículo de Teresa
Bejarano, en quien se basaba para realizar las críticas a mis afirmaciones.
Debo manifestar mi profundo interés por este . Quisiera hacer algunos
comentarios sobre el mismo, pero no profundizaré en exceso sobre el problema,
pues el objeto de mi intervención era puramente aclaratorio. Debo resaltar no
obstante que las críticas que Bejarano realiza a las diferencia entre el
aprendizaje humano y animal establecidas en su día por Piaget son de gran
interés sin duda. Pero quizás Lino Camprubí esté queriendo ver más de lo que
realmente dice Teresa Bejarano. Veamos un fragmento del trabajo al que nos
referimos:
«La imitación de movimientos simples, incluso de partes del cuerpo no
auto-visibles (ponerse la mano sobre la cabeza), precisa haber establecido una
correspondencia entre la sensación del propio cuerpo y la percepción del ajeno.
El hecho de que sólo los grandes simios puedan reconocer su imagen en el espejo
reafirma a la autora en que sólo ellos disfrutan de este tipo de encaje. El
origen del mismo habrá que buscarlo en la homología que a ciertos monos les es
necesario hacer con vistas a cerciorarse de la posición de la propia mano, y no
confundirla con la ajena, entre su propia mano y la de un congénere en la
ascensión arbórea. Las "neuronas de espejo" (Pellegrino y Rizzolatti)
de los monos inferiores se activan tanto cuando mueven sus propias manos como
cuando observan las ajenas. La importancia de las manos en el proceso que la
autora quiere reconstruir residiría en que su forma y su distancia con respecto
a los ojos permite a estos monos relacionar las propias sensaciones corporales
con la percepción del cuerpo ajeno. El paso del tercer estadio de imitación
piagetiano al cuarto es el de la homología de los miembros visibles al completo
encaje cinestésico-visual, gracias al cual el niño podrá imitar movimientos con
partes del cuerpo que no puede verse, alcanzando el nivel del chimpancé (y
probablemente también el de bonobos, orangutanes y gorilas). El ataque a los
estadios ontogenéticos que estableció Piaget, tomando como criterio la
imitación, por parte de Meltzoff, quedó neutralizado por Jones, que explicó los
movimientos de la lengua de un bebé, en respuesta a un adulto que hacía lo
propio, no como imitación sino como toma de contacto por los únicos órganos que
a esas alturas puede el niño activar voluntariamente: los músculos de la boca.»
Esta afirmación de Bejarano acerca de la imitación es realmente
interesante, pues supone una cierta continuidad entre hombres y animales, que
por ejemplo sería negada en Piaget. Ahora bien, cuando la autora habla de los
mecanismos neuronales («neuronas de espejo», estamos entrando en una
problemática distinta a la de la antropología filosófica o la de la etología. Y
ello porque, al estudiar el comportamiento de los simios, hemos de suponer ya
dadas las estructuras neuronales que les permiten realizar sus acciones. Para
decirlo en términos de los biólogos del conocimiento, un ser dotado de sistema
nervioso central, como el chimpancé, es un sistema autorreferencial de
tercer orden, y el estudio de su conducta no depende del estudio de sus
elementos componentes dados al nivel celular, que en este caso no serían
partes formales suyas, sino partes materiales. La
actividad neuronal en los vertebrados superiores (sistemas
autorreferenciales de tercer orden), según Francisco Varela, supone un
acoplamiento estructural que implica que dicha actividad no es un simple
trasunto de su funcionamiento neuronal, sino una totalidad cuyos límites son el
sistema nervioso central y sus órganos de los sentidos (y sus
percepciones apotéticas, añadiré). (Francisco Varela, Conocer.
Las ciencias cognitivas: tendencias y perspectivas. Cartografía de las ideas
actuales. Gedisa, Barcelona 1990, págs. 107-108).
Es decir, que la neurología no nos da la clave para entender el
comportamiento animal. En todo caso, Bejarano recaería en una suerte de solipsismo, como
contrapartida al representacionismo de Piaget. Mientras el
suizo supone que las estructuras lógicas son útiles para entender los progresos
de aprendizaje del sujeto humano, aunque no tenga en cuenta que esa lógica no
es la estructura del cerebro, Bejarano mantendría en última instancia que son
ciertas actividades neuronales las que permiten el reconocimiento de ciertas
partes del mundo exterior, a distancia apotética.
Respecto a esta problemática, Lino Camprubí plantea una serie de
críticas a la autora del artículo. Recojo aquí una de las que me parece de más
valor:
«Por nuestra parte queremos hacer notar que, según la autora, verse a sí
mismo como estímulo distal tiene una condición que sí cumplen los otros
animales, y es necesaria pero no suficiente: percibir dentro del perímetro de
la propia piel algo que está fuera y comprenderlo en su distancia (el organismo
será centro de la distalidad en la conciencia animal), o sea, como ajeno.
Convenimos en que el mentalismo de tal apreciación podría enturbiar la fuerza
de la propuesta (si percibo el océano, por ejemplo, «dentro de mi», me ahogo; o
bien ¿se puede hablar de que es la conciencia la que «pone» en la
realidad lo percibido?) si no pudiera ser reinterpretado en este punto que al
fin y al cabo sólo se toca oblicuamente; es decir, podríamos sostener, en su
caso, que entre las operaciones apotéticas que el chimpancé puede atribuir a un
congénere, no está la de percibirle a él (y esto es mucho sostener, pero los
primatólogos Povinelli y Prince lo hicieron). En cambio, el juego de un niño de
esconder un objeto requiere atribuir al compañero un campo visual distinto, e
incluirse a sí como objeto del mismo. Sin embargo, la conducta de acecho, por
ejemplo, no sería por esto eliminada (¡como va a serlo!): la homologación
cinestésica del propio cuerpo con el de otro, que lleva a cabo el chimpancé, le
permitiría saber hacia dónde mira éste e incluso atribuirle sentimientos (de
Waal) y metas (Whiten y Ham), pero no saber si le está mirando, cosa que
lograría por medios más primitivos, presentes en animales inferiores y que les sirve
de aviso al ver unos ojos posados en ellos (Povinelli). En cualquier caso, lo
importante de esta diferencia con respecto a la doble línea en colisión será
que los chimpancés no pueden interpretar una mirada ajena, o el gesto de
señalar con el dedo, como comunicación hacia ellos».
Tiene razón Lino Camprubí al criticar el supuesto mentalista en el que
parece moverse Bejarano, aparte de su supuesto de la «doble línea mental» como
distinción entre hombres y animales. Sin embargo, la operación de «reconocerse
a uno mismo», lejos del tono mentalista que le da la autora, habría que
considerarla como operación reflexiva, y no meramente «simbólica», como parece
dar a entender en líneas posteriores, pues los animales también son capaces de
manejar el Ameslan (Lenguaje Americano de Símbolos), a tenor
de los progresos realizados por Washoe y otros congéneres
suyos. Sin embargo, cuando lo que entra en juego son situaciones de
reflexividad similares a las del platónico «diálogo del alma consigo misma», el
animal parece estar a un nivel distinto que el hombre. De hecho, no podemos
decir que el chimpancé sea capaz de reconocerse a sí mismo o, por ejemplo, de
reconocer su propia imagen en un espejo al igual que nosotros lo hacemos. Sí es
capaz de discernir y reconocer determinados rasgos y expresiones (rabia,
sumisión, &c.), aunque eso no quiere decir que pueda distinguir al sujeto
que los realiza, cuando su imagen es planteada ante el espejo.
Sin embargo, esto no autorizaría la recuperación de alguna «capacidad
humana» superior, de corte metafísico, que marque las diferencias entre el
hombre y el animal. Bastaría con admitir el lenguaje doblemente articulado, que
incluye pronombres personales y relaciones reflexivas (que a su vez se componen
de relaciones simétricas y transitivas) para entender por qué el simio no es
capaz de reconocerse a sí mismo, o de discernir si se trata de otro congénere,
contemplando la imagen. Evidentemente, habría que preguntarse si el chimpancé
es capaz de reconocer que lo que se contempla en el espejo es una apariencia
de presencia (de su presencia, concretamente), y no un animal real.
Pero para ello es necesario conocer, al menos, la tecnología de fabricación de
espejos, que no parece estar al alcance de ningún chimpancé.
§ § §
Finalizo aquí mi réplica a los comentarios realizados por Lino Camprubí.
Como dije antes, no tenía previsto dedicar excesivo espacio al análisis del
artículo de Bejarano, por otro lado de gran valor, salvo en lo que a mí me
implicaba. Si bien no hubiera sido justo que un error de expresión empañase el
resto de mis trabajos, era conveniente aclararlo para que los lectores no se
llevasen a engaño. Pero, ya que me vi compelido a intervenir para aclarar un
error, no pude resistirme a realizar algún comentario sobre los datos que se
aportaban.

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