© Libro N° 10991. Sobre La Actualidad Filosófica De Karl Marx. Fritz Haug, Wolfgang. Emancipación. Marzo 11 de 2023
Título original: © Sobre La Actualidad Filosófica De Karl Marx. Wolfgang
Fritz Haug
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Filosófica De Karl Marx. Wolfgang Fritz Haug
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SOBRE LA ACTUALIDAD
FILOSÓFICA DE KARL MARX
Wolfgang Fritz Haug
Sobre La Actualidad Filosófica De Karl Marx
Wolfgang Fritz Haug
Filosofar no es, para lo que me interesa aquí, la actividad de los
especialistas académicos dentro del sistema de la división social del trabajo y
su jerarquía. En primer lugar y de entrada entiendo por «filosofar» el momento
filosófico en la vida de todas las personas, que se hace tangible en su
actitud, su manera de proceder, en una palabra, en ese «código fuente» de la
conducta y el pensamiento que la Stoa denominaba hegemonikón y
a cuya axiomática en Marx nos aproximaremos aquí. Pero ¿cómo
se mide la actualidad de un «código fuente» de la praxis? Empezaré dando un
rodeo: cuando la Nueva Gaceta Renana, dirigida por Marx,
fue amenazada por el Estado prusiano con el cierre, Marx escribió:
«a las intentonas prácticas, aunque sean masivas, se puede responder con
cañones cuando son peligrosas, pero las ideas, que vencen nuestra inteligencia,
que conquistan nuestras convicciones, que moldean a través de la razón nuestra
conciencia, eso son cadenas de las que no nos libramos sin romper nuestro
corazón, son demonios que el hombre sólo puede vencer sometiéndose a ellos»
(Marx Engels Werke [MEW] I.1/240). El demonio al que se alude aquí
es como el demonio de Sócrates. Es el espíritu de la filosofía. El poder que
pueden llegar a ejercer incluso sobre individuos pertenecientes a las clases
dominantes esas ideas construidas «desde abajo» o en la perspectiva de una
auténtica universalidad, lo describió Brecht: «En determinadas
épocas las clases pugnan por la dirección de la humanidad y el ansia de
contarse entre sus pioneros y adelantarse se impone con mucha fuerza entre los
no del todo corrompidos.» (Gesammelte Werke 16, 703). A las
ideas que despiertan al demonio socrático en nosotros y que se nos imponen de
ese modo, podemos llamarlas ideas actuales (actuantes).
Actualidad viene de actuar. Es la capacidad de influencia,
bajo determinadas condiciones, en una situación concreta y en el nivel de las
fuerzas productivas intelectuales avanzadas de una época. Se pone de manifiesto
cuando uno siente en sí mismo algo de aquel poder. Se percibe cuando se
comprueba que esas ideas nos impulsan a decidir. La decisión puede quedarse en
mera conciencia crítica, o hacerse práctica, crítica organizada y
transformadora. Puede ser una contra-decisión consciente, «reaccionaria», o puede
llevar a silenciar la misma pregunta, o a desterrar esa idea y confinarla en el
inconsciente. Para aquellos que no están «del todo corrompidos» dicha represión
está excluida. En el plano de los determinantes formativos de un filosofar, lo
que llamamos su axiomática, se han dado periódicamente points of no
return. Voy a defender la tesis de que Marx ha
producido una de esas cesuras, porque las cuestiones suscitadas por los
movimientos sociales en el moderno capitalismo, que él articuló científica y
políticamente, siguen siendo actuales, hasta tanto permanezcan irresueltas. Más
aún: en la manera como Marx elabora sus conceptos para poder
articular dichas cuestiones, se despliega un pensamiento que Adorno llamó ultima
philosophia, esto es, un pensamiento que no se puede sobrepasar.
Hoy, a nosotros, hijos de la gran decepción del comunismo convertido en
Estado, que se reclamaba de Marx –pero también hijos de la
gran decepción del neoliberalismo, cuyo fundamentalismo de mercado ha acabado
precipitando al mundo entero en la crisis– nos sorprende una y otra vez este
pensamiento con «perspectivas desaprovechadas sobre un mundo completamente
nuevo», como dijo Rosa Luxemburg. O con «el futuro en el pasado»,
en palabras de Ernst Bloch. Antonio Gramsci acotó
el lugar y la importancia del pensamiento de Marx con una
frase que hoy parece una locura, aquella en la que decía que Marx «inaugura
intelectualmente una época histórica que probablemente durará siglos» (Cuadernos
de la cárcel, 7 # 33). Sartre, por su lado, afirmaba que el
pensamiento de Marx era «l’indépassable philosophie de
notre temps» (Critique de la raison dialectique, París, 1960, 9).
Pero «indépassable», insuperable, no significa que no se pueda retroceder en
relación a él. Todo lo contrario. Precisamente el sentido de la filosofía de la
praxis de Gramsci era luchar contra ese retroceso en las dos
corrientes principales del movimiento obrero internacional, la socialdemócrata
y la comunista. Y también era éste el sentido del proyecto de dialéctica
de Sartre y de los trabajos de espíritus tan dispares
como Maurice Merleau-Ponty, Henri Lefebvre, Louis
Althusser o Manuel Sacristán Luzón. No nos detendremos
mucho en manifestaciones aisladas de Marx. Vamos a preguntarnos en
cambio por el campo axiomático en el que éstas se inscriben. La comprensión de
este campo es decisiva si de lo que se trata es de filosofar a partir de Marx.
EL CAMPO AXIOMÁTICO DEL PENSAMIENTO DE MARX
El primero en hablar de la «construcción de un campo axiomático»
fue Brecht, inspirado probablemente por la teoría de campo en
física y la idea del «sistema de constitución de conceptos» desarrollada
por Carnap en 1928 en su obra La construcción lógica
del mundo. Como en Gramsci, también en Brecht se
pueden rastrear impulsos procedentes del pensamiento de Wittgenstein.
Éste proponía: «Si no tienes clara la naturaleza del pensamiento … sustituye
los pensamientos por la expresión de lo pensado, etc.» (Werke 5,
71). A esto se ajusta la regla de Brecht: «Los pensamientos han
de pasar de las cabezas a la pizarra» (GW 20, 173). Wittgenstein,
por su parte, podría aceptar la continuación de esta idea en Brecht:
en las pizarras hay que «completar las proposiciones con las proposiciones que
necesiten. Esto es lo que se llama ‘la construcción de un campo axiomático’.»
Pero aquí se separan los caminos. Wittgenstein, por cierto, tomó
del economista Piero Sraffa, íntimo amigo de Gramsci,
una de las ideas básicas de la filosofía de la praxis desarrollada por éste,
como se ve cuando define los «juegos de lenguaje» como «el todo: el lenguaje y
las actividades con las que está entretejido» (Investigaciones filosóficas,#
7). Pero el entramado social de praxis articuladas a través del lenguaje y de
actos de habla de base práctica se pierde en Wittgenstein en
una nebulosa, y podría decirse que sólo en el terreno marxiano trabajado
por Gramsci y Brecht cobran las tesis
de Wittgenstein pleno sentido.
Una última consideración previa se impone: realmente el materialismo
histórico, que Gramsci consideraba un «historicismo absoluto»,
¿es compatible con los axiomas? No, si seguimos a Aristóteles y
entendemos los axiomas como proposiciones indemostrables pero «de las que se
derivan como primeros supuestos las demostraciones» (Segundos Analíticos,
(76b 14). Ahora bien, axiôomata son en la antigua dialéctica
lo mismo que postulados, es decir, son completamente discutibles.
Con otras palabras, están ahí para ser completados «con las proposiciones que
necesiten». Celoso de apoderarse, para su «ciencia de la verdad», de principios
y orígenes, Aristóteles parece que convirtió este uso
lingüístico en su contrario.
Devolvamos pues al concepto de postulare el
significado, desvanecido en el lenguaje de los lógicos, de «desear» y «exigir»
y ¡veamos qué pasa! Así podremos abrir nuestro campo con un negativo:
imperativo categórico de echar por tierra todas las relaciones en las
que el hombre sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciado.
y con el compromiso positivo a favor de condiciones en las que
el libre desarrollo de cada uno sea condición del libre desarrollo de
todos.
Puesto que la construcción de un campo axiomático implica «completar las
proposiciones con las proposiciones que necesiten», añado que esto se aplica
también y por principio a las relaciones entre géneros, o sea masculino y
femenino. Marx y Engels vieron en el modo
patriarcal de disponer de la fuerza de trabajo femenina la forma seminal de
toda dominación clasista. Y Marx, aunque en su vida cotidiana
siguiese las convenciones patriarcales-burguesas, no dudó en declarar con Fourier que
la liberación de las mujeres era el barómetro de la emancipación de los
hombres.
También el segundo postulado, que se refiere al trabajo, se aplica
asimismo a las relaciones entre géneros. La paz, la dignidad humana, la
justicia entre géneros, una economía ecológicamente sostenible: las
posibilidades de realización de todos los otros postulados dependen de éste:
La sociedad no hallará su equilibrio hasta que gire alrededor del sol
del trabajo.
Dicho de otra manera: la sociedad no hallará la paz mientras pase lo
contrario, es decir, mientras el trabajo, en forma de trabajo asalariado,
continúe viéndose degradado a satélite del dominio de clase, al tiempo que el
trabajo familiar y doméstico se carga sobre las mujeres y no cuenta como
trabajo social, en vez de que las relaciones entre los géneros giren «en torno
al sol del trabajo» bajo la forma de un reparto igual y universal. Si estos dos
primeros postulados se refieren a la relación de los seres humanos entre sí y a
su reunión estructural, la sociedad, el tercero tiene que ver con la relación
con su «laboratorio natural» (MEW 42/383), como dice Marx,
el «arsenal que aporta tanto el medio de trabajo como la materia del trabajo y
el asiento, la base de la comunidad», es decir, nuestro
planeta verde, la «nave espacial Tierra»:
Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la
propiedad privada del planeta atribuida a individuos aislados parecerá algo tan
absurdo como la propiedad privada de un hombre atribuida a otro hombre. Ni
siquiera toda una sociedad, una nación, e incluso todas las sociedades tomadas
en conjunto son propietarias de la Tierra. Son sólo sus poseedoras, sus
usufructuarias, y deben legarla mejorada, como boni patres familias, a las
siguientes generaciones. (MEW 25/748)
Se sigue de aquí el combativo axioma en el que se resume la presentación
y análisis de la industria capitalista en El Capital, a saber, que
hay que conseguir que la reproducción sea principio regulador de la
producción o, en otros términos, «establecer sistemáticamente como
ley reguladora y en una forma adecuada al desarrollo humano» el metabolismo
social con la naturaleza circundante (MEW 23/528).
¿SON LOS AXIOMAS NORMAS?
Antes de introducir nuevos postulados en nuestro campo en construcción,
me detengo para plantear la cuestión de cómo deben entenderse estas
orientaciones, que he llamado axiomas. La Filosofía Analítica acostumbra a
llamarlos «normas». Esta escuela académica se mueve, como si fuera una
obviedad, en el dualismo de hechos y normas, de la descripción y la
prescripción. Pero este dualismo es producto de una estructura social
antagónica, en la que describir y prescribir se atribuyen como competencias
específicas a grupos diferentes. Cualquier competencia particular en este
sentido se debe a una retirada general de competencias. Debería ser evidente
que un desear enérgico es algo fundamentalmente distinto de un deber prescrito
y que las exigencias o reivindicaciones que niegan algo que nos niega, y por
las que estamos dispuestos a luchar, no tienen nada que ver con las
prescripciones. Los axiomas son entonces reivindicaciones tal como se plantean
literalmente «desde abajo» en una manifestación. Se enfrentan al poder
constituido con elementos de un poder constituyente, que es el de los propios
hombres.
«Norma» es originalmente la escuadra, que luego pasó a ser el prototipo
de las reglas en el sentido más amplio. Si nuestras orientaciones pueden
considerarse reglas, lo son en el sentido de que no poseen un estatus
prescriptivo-fundador en relación con el pensamiento crítico o la acción
social, sino que ellas mismas tienen un fundamento crítico-político. Resultan
de un principio que está también en la base de las máximas de la ética antigua:
«Si (no) quieres que pase a, haz (o no hagas) b». Si no
quieres que se destruya el entorno vital que nos ofrece a las personas y a
muchos otros seres vivos la superficie de la Tierra, deja de hacer todo aquello
que conduce a esa destrucción. Tienen la forma de una conclusión cuya premisa
surge de la voluntad efectiva de los hombres. Esto rompe con la presunción de
las filosofías normativas, que se arrogan una autoridad sobrehumana y
suprasocial, por así decirlo.
En palabras del joven Marx:
No nos enfrentamos al mundo de manera doctrinaria con un nuevo
principio, diciendo: ¡he aquí la verdad, arrodíllate! Desarrollamos nuevos
principios para el mundo a partir de los propios principios del mundo. No le
decimos: deja a un lado tus luchas, son una estupidez; vamos a enseñarte la
consigna verdadera de la lucha. Nos limitamos a mostrarle por qué lucha
realmente. (MEW 1/345)
De los intelectuales críticos Marx exige que estudien
primero un movimiento social, que averigüen «por qué lucha realmente», antes de
pensar que pueden darle lecciones. «Para ello se requiere de todos modos alguna
comprensión científica y algo de filantropía [Menschenliebe]» (460;
406), advierte a sus camaradas. Este axioma doble se orienta a aquel «código
fuente» que constituye el momento filosófico en la vida de todas las personas.
Sin Menschenliebe en el sentido de amor a los demás nada tiene
sentido, pero ese amor sin alguna comprensión científica es ciego. El corazón
mueve la voluntad, la razón mueve la sképsis en el sentido
antiguo, la indagación de contextos e interrelaciones.
Es tiempo ya de que abordemos la «comprensión científica» demandada
por Marx. A ella se dedica Marx en tres críticas.
La primera es la crítica de la ontología espontánea que encierra la realidad en
la forma objeto; la segunda es la crítica de la ideología; la tercera es la
crítica de la economía política. Si las tres grandes críticas de Kant –de
la razón pura, del juicio y de la razón práctica– se concentran en el sujeto,
las tres críticas de Marx apuntan al ser-en-el-mundo de los
sujetos y eliminan y a la vez asumen la gramática dualista, que enfrenta a
sujeto y objeto, en la mediación práctica-dialéctica.
LAS TRES CRÍTICAS DE MARX
Procederé en sentido inverso y empiezo con la teoría crítica del
capital. La crítica de la economía política investiga las formas, las dinámicas
y las tendencias de desarrollo del capital junto con sus consecuencias, que
troquelan espontáneamente nuestra consciencia. El filósofo húngaro Georg
Lukács estudió en su obra tardía, Ontología del ser social,
cómo elabora Marx en su teoría del capital la construcción
categorial del mundo dominado por éste. Si se aborda esta cuestión, uno
tropieza enseguida con el concepto acuñado por Marx de
la forma valor como concepto clave. A primera vista las formas
valor como la mercancía o el capital aparecen como determinaciones de objetos.
Reflexionando más detenidamente, aparecen tras ellas formas de actividad
práctica cotidianamente repetidas por todos nosotros, como comprar y vender,
así como las relaciones salariales y su contrario complementario, el capital
como «valorización del valor» hasta llegar al «dinero que incuba dinero», que
se nos presenta de primeras en forma de libreta de ahorros y luego en las formas
más variadas de las llamadas «inversiones financieras», que tanta atención han
atraído a raíz de la actual crisis y que se han disociado de las relaciones
económicas de base. La teoría del capital de Marx descubre el
recinto inconsciente de estas formas. Lo que decíamos antes de la filosofía, en
tanto reproduce la dominación, tiene aquí su fundamento económico: nuestra
consciencia es espontáneamente consciencia en-estas-formas. Lo que da forma a
la consciencia es aquí el inconsciente. El ser social determina, en tanto que
tal, espontáneamente la consciencia de lo que se afana dinámicamente en las
formas del comprar, vender y valorizar. La reflexión sobre estas formas es
siempre posterior, atizada por las crisis, las desigualdades crecientes, las
guerras y la destrucción del medio ambiente, que caen sobre un número creciente
de regiones del globo como si fuese el destino fatal de los antiguos, pero que
tienen su origen en un mercado capitalista mundial que ninguna política domina,
o al menos domestica.
En el trato con las formas económicas tenemos, así pues, que los
productos de nuestras manos se han hecho independientes de nosotros, se vuelven
contra nosotros, y nos hemos convertido en apéndices de su proceso social de
cambio y valorización. Experimentamos así el poder de los productos sobre
quienes los han producido. Este poder paradójico es a lo que se refiere el
famoso concepto acuñado por Marx del carácter
fetichista de las mercancías.
A menudo es confundido con el poder ideológico, que es el objeto de la
segunda crítica de Marx. Pero así como el Estado, la religión y el
derecho son más antiguos que el capitalismo, también lo son los mecanismos de
reproducción de la dominación de los que se ocupa la teoría marxiana de la
ideología, y que siguen una lógica propia. Simplificando mucho puede fijarse la
diferencia en que el fetichismo de las formas de valor deriva de las relaciones
de intercambio, o sea de relaciones horizontales, mientras que las formas
ideológicas obedecen a la lógica «vertical» de la dominación. Y mientras que
las formas de valor se apoderan de los objetos, irradiando a la consciencia de
los sujetos, cuya capacitad de trabajar conquistan, las formas ideológicas
apuntan directamente a eso que podemos llamar la dimensión filosófica del
sujeto, su hegemonikón. Las más de las veces el concepto crítico de
ideología se identifica con la «falsa consciencia». Más acertado sería hablar
de la identificación de los dominados con las relaciones de dominación. Para
darse cuenta, basta evocar la tesis marxiana según la cual los antagonismos
sociales y especialmente «los antagonismos en la producción material hacen
necesaria una superestructura de castas [Stände] ideológicas, cuya actividad
(…) resulta necesaria» (MEW 26.1/ 259). El hecho de que el concepto crítico
de ideología acuñado por Marx fuera posteriormente convertido
en concepto afirmativo aplicado a su propia teoría y que se declarase a Marx un
«ideólogo del proletariado», es ciertamente parte de la transformación en lo
contrario, que ha afectado de manera muy especial al marxismo del siglo XX,
convertido en ideología de Estado.
Pero también del lado burgués se ha arrebatado al concepto de ideología
la idea central de reproducción de la dominación. La ideología quedaba así
diluida, difuminada, y se resolvía en la noción de que nuestras figuraciones,
nuestras representaciones, etc., están condicionadas por la posición social.
Claro que esto culminó en la posmodernidad con su total supresión, junto con
los conceptos de verdad y de realidad. Ahora bien, los mecanismos ideológicos
no han desaparecido y el hecho de que por el momento su crítica haya enmudecido
ha servido para promover en la fase neoliberal del capitalismo sin trabas
también la producción sin trabas de ideología.
Vayamos ahora a la primera de las tres críticas marxianas, la crítica
del objetivismo. Su documento fundacional son las tesis sobre Feuerbach,
la primera de las cuales proclama la ruptura con todo el materialismo anterior,
porque éste reduce la realidad a la forma de objeto (como realmente hace el
capital cuando trata el medio ambiente como si fuera una cantera que se puede
explotar a voluntad).
Aquí es apropiado hacer una reflexión interlingüística. A diferencia del
término latino realitas, que deriva de res (cosa)
y que se relaciona con el concepto crítico de reificación (o cosificación)
elaborado por Georg Lukács, la expresión alemana que utiliza Marx para
realidad es Wirklichkeit, que viene de wirken (operari,
ergázesthai). Wirklichkeit en este sentido tiene mucho que ver
con el actuar –el obrar y el producir efecto–-, un contexto de acción y
retroacción o Wirkungszusammenhang que ha de ser pensado junto
con el concepto de Wechselwirkung o interacción, ese otro
concepto central en Marx. La praxis tiene lugar fuera, en el mundo.
Nuestra acción es parte de la realidad, que nos incluye. En una palabra: nos
encontramos aquí en ámbito de una filosofía de la praxis con su dinámica «ontología
de la relación» (Balibar) en la que la teoría del conocimiento
científico halla su terreno adecuado. Aquí se prefigura ya, mucho antes
de Heisenberg, un concepto del «principio de indeterminación»: si
se concibe la actividad de conocimiento como parte de la realidad, es evidente
también que ha de alterar el objeto de conocimiento para entenderlo. En
palabras de Brecht: «no podemos conocer nada que no podamos
transformar, ni tampoco nada que no nos transforme» (GW 20, 140). Sin
acción no hay reacción y sin reacción no hay conocimiento objetivo. Eso han de
tenerlo en cuenta los juicios cuando vinculan sujeto y predicado en un proyecto
práctico con intervención de un sujeto que es el autor concreto. Eso es lo que
sugiere la frase de Marx de que «difícilmente un cordero
vería como una de sus cualidades ‘útiles’ el hecho de ser comestible para el
hombre» (MEW 19/363).
La puerta a la concepción de la dialéctica de Marx sólo
se abre si se pregunta por la relación entre sus tres críticas y sus tres
problemas de base. Estos se explican unos a otros y se clarifican del todo sólo
en su concatenación y refuerzo recíproco. Responden a tres preguntas previamente
no planteadas, cada una de las cuales Marx la formula a un
campo de saber constituido, con lo que se abren de golpe lo que Rosa
Luxemburg veía como «perspectivas sobre un mundo completamente nuevo».
¿Por qué pasa la realidad, sobre la que se actúa, a forma de objeto? ¿Por qué
toma el contenido humano forma de religión y de las otras ideologías? ¿Por qué
toma el trabajo la forma valor? La interacción entre estas tres preguntas hace
emerger una estructura de estructuras, el entramado de dominio sobre la
naturaleza, poder estatal y dominación social en el contexto de la sujeción del
trabajo a la forma mercado. Y en fin, cosa muy importante, la interacción de
estas tres preguntas se condensa en el axioma metodológico con el que Marx concluye
el epílogo a la segunda edición de El Capital: hay que concebir «toda
forma desarrollada en el fluir de su movimiento» (MEW 23/28).

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