© Libro N° 10981. Georgie Porgie. Kipling, Rudyard. Emancipación. Marzo 11 de 2023
Título original: © Georgie Porgie. Rudyard Kipling (1865-1936)
Versión Original: © Georgie Porgie. Rudyard
Kipling
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Rudyard Kipling
Georgie Porgie
Rudyard Kipling
Georgie Porgie, pastel y budín
besaba a las niñas, llorar las hacía.
Y cuando los muchachos a jugar salían>
Georgie Porgie muy veloz huía.
Si cree usted que un hombre no tiene derecho a
entrar en el salón a primera hora de la mañana, cuando la criada está ordenando
las cosas y quitando el polvo, estará de acuerdo en que la gente civilizada que
come en platos de porcelana y posee tarjeteros no tiene derecho a opinar sobre
lo que está bien o mal en una región sin colonizar. Sólo cuando los hombres
encargados de dicha misión han preparado esas tierras para su llegada, pueden
aparecer con sus baúles, su sociedad, el Decálogo y toda la parafernalia que
los acompaña.
Allí donde no llega la Ley de la Reina, es
irracional esperar que se acaten otras normas menos imperiosas. Los hombres que
corren por delante de los carruajes de la Decencia y del Decoro, y que abren
caminos en medio de la selva, no se pueden juzgar con el mismo patrón que las
personas apacibles y hogareñas que integran las filas del tchin corriente y
moliente.
No hace muchos meses, la Ley de la Reina se detuvo
a escasas millas al norte de Thayetmyo, a orillas del Erawadi. No existía una
Opinión Pública muy desarrollada en esos límites, pero sí lo bastante
respetable para mantener el orden. Cuando el gobierno sugirió que la Ley de la
Reina debía extenderse hasta Bharno y la frontera china, se dio la orden, y
algunos hombres cuyo deseo era ir siempre por delante de la corriente de
Respetabilidad avanzaron desordenadamente con las tropas. Eran esa clase de
individuos incapaces de aprobar exámenes, y demasiado osados e independientes
para convertirse en funcionarios de provincias. El gobierno supremo intervino
tan pronto como pudo, con sus códigos y reglamentos, y puso a la nueva Birmania
exactamente al mismo nivel que la India; pero hubo un breve período de tiempo
en el que se necesitaron hombres fuertes que araran la tierra para sí.
Entre los precursores de la Civilización se hallaba
Georgie Porgie, al que todos sus conocidos consideraban un hombre de gran
fortaleza. Ocupaba un puesto en el sur de Birmania cuando llegó la orden de
rebasar la frontera, y sus amigos lo llamaban así por su modo de entonar una
canción birmana que empezaba con unas palabras muy parecidas. La mayoría de los
hombres que han estado allí conocen la melodía, y su letra significa: ¡Puff
puff, puff, puff, enorme barco de vapor!.
Georgie la cantaba acompañado de su banjo mientras
sus compañeros vociferaban con entusiasmo; y cualquiera podía oírlos a lo
lejos, en los bosques de teca. Cuando se marchó al norte del país, no tenía en
gran estima ni a Dios ni al Hombre, pero sabía cómo hacerse respetar, y cómo
llevar a cabo las tareas militares y civiles que, en aquellos meses, recaían en
casi todo el mundo. Hacía su trabajo de oficina e invitaba a su casa, de vez en
cuando, a los destacamentos de soldados sacudidos por la fiebre que avanzaban a
ciegas por la región, en busca de algún grupo de bandidos fugitivos de la
justicia.
En ocasiones, salía de casa y perseguía a
malhechores por su cuenta; pues el fuego no se había extinguido en el país y,
en el momento más inesperado, cualquier chispa podía avivar las llamas de
nuevo. Disfrutaba de aquellos tiroteos, aunque no fueran tan divertidos para
los bandidos. Todos los oficiales que lo trataban, se despedían de él
convencidos de que Georgie Porgie era una persona de gran valía, muy capaz de
cuidar de sí mismo, y, en virtud de esta opinión, lo dejaban hacer su voluntad.
Al cabo de unos pocos meses, se cansó de su soledad
y empezó a buscar compañía y un poco de refinamiento. La Ley de la Reina se
aplicaba sólo de manera incipiente en la región, y la Opinión pública, más
poderosa que la Ley de la Reina, todavía brillaba por su ausencia. Además,
existía una costumbre en el país que permitía a los hombres blancos casarse con
una de las Hijas de la Tierra después de pagar cierta cantidad. No era una
ceremonia de boda tan vinculante como la nikkah de los mahometanos, pero las esposas
eran encantadoras. Cuando nuestras tropas regresen de Birmania, brotará de sus
labios un refrán: Tan ahorrativa como una mujer birmana.
Las bellas damas inglesas desearán saber qué
demonios significa esto.
El cacique de la aldea más cercana al puesto de
Georgie Porgie tenía una hermosa hija que había visto al joven y lo amaba a
distancia. Cuando corrió la noticia de que el inglés de manos fuertes que vivía
en la empalizada estaba buscando a alguien que se ocupara de su casa, el
cacique fue a decirle que, por quinientas rupias, le confiaría el cuidado de su
hija, para que la honrara, la respetara y le proporcionase toda clase de
comodidades y de vestidos bonitos, conforme a la costumbre del país. Así se hizo,
y Georgie Porgie nunca se arrepintió.
Vio cómo su hogar se convertía en un lugar ordenado
y confortable, y cómo sus gastos, hasta entonces desmedidos, se reducían a la
mitad; y sintió cómo le mimaba y adoraba su nueva adquisición, que se sentaba
en la cabecera de su mesa, le cantaba canciones y se encargaba de dar órdenes a
los criados madrasíes. Y era una joven todo lo dulce, alegre, honrada y
adorable que habría podido desear el más exigente de los solteros. Ninguna
raza, según los expertos, produce esposas y amas de casa tan buenas como los birmanos.
Cuando llegó el siguiente destacamento que marchaba
esforzadamente camino de la guerra, el alférez al mando encontró en la mesa de
Georgie Porgie una anfitriona a la que respetar, una mujer a la que tratar en
todos los sentidos como alguien que ocupara una sólida posición. Cuando reunió
a sus hombres al día siguiente al amanecer, y volvió a internarse en la selva,
recordó con nostalgia la sencilla y agradable cena y el hermoso rostro, y
envidió a Georgie Porgie desde el fondo de su corazón. Y eso que él tenía una
novia en Inglaterra, pero así es como han sido hechos algunos hombres.
La joven birmana no tenía un nombre bonito, pero
Georgie Porgie se apresuró a bautizarla con el de Georgina, y el defecto se
subsanó. Estaba encantado de que lo mimasen y de que lo colmaran de
comodidades, y juraba que nunca había gastado quinientas libras con un fin
mejor. Después de tres meses de vida hogareña, se le ocurrió una gran idea. El
matrimonio —el matrimonio inglés— no podía ser algo tan malo, después de todo.
Si se sentía tan bien en el quinto infierno con aquella muchacha birmana que
fumaba cigarros, ¡cuánto más agradable sería estar con una joven inglesa que no
los fumara y que tocase el piano en lugar del banjo!
Además, deseaba regresar con los suyos, oír de
nuevo una banda de música, y volver a experimentar la sensación de llevar un
traje de etiqueta. Decididamente, el matrimonio sería algo muy bueno.
Reflexionó largo y tendido sobre el asunto al anochecer, mientras Georgina le
cantaba, o le preguntaba por qué estaba tan silencioso, y si lo había ofendido
en algo. Al tiempo que meditaba, firmaba y observaba a Georgina, su imaginación
la convertía en una joven inglesa rubia, ahorrativa, divertida y alegre, con el
cabello cayéndole en la frente, y tal vez un cigarrillo en los labios. De
ningún modo un cigarro birmano, grande, grueso, de esos que fumaba Georgina Se
casaría con una muchacha con los ojos de Georgina y muy parecida a ella. Pero
no exactamente igual. Podía mejorarse. Dos anchas espirales de humo salieron
por sus orificios nasales y se desperezó. Probaría el matrimonio. Georgina lo
había ayudado a ahorrar dinero, y le debían seis meses de permiso.
—Verás, mujercita —dijo—, tenemos que gastar menos
durante los próximos tres meses. Necesito dinero.
Aquello era una verdadera infamia contra el
gobierno de la casa de Georgina, pues ella estaba orgullosa de sus economías;
pero, si su Dios quería dinero, ella pondría todo de su parte.
—¿Necesitas dinero? —preguntó riendo—. Pues yo lo
tengo. ¡Mira!
Corrió a su cuarto y trajo una pequeña bolsa de
rupias.
—Ahorro algo de lo que me das. ¿Ves? Ciento siete
rupias. ¿Acaso puedes necesitar más dinero? Tómalo. Será un placer para mí que
lo uses.
La joven esparció las monedas sobre la mesa y, con
sus dedos ágiles, pequeños y de un amarillo muy pálido, las empujó hacia él.
Georgie Porgie no volvió a hablar de economías en el hogar. Tres meses más
tarde, después de enviar y recibir varias cartas misteriosas que Georgina fue
incapaz de entender, y que aborreció por ese motivo, le anunció su marcha y le
dijo que debía regresar a casa de su padre y quedarse allí.
Georgina se echó a llorar. Ella acompañaría a su
Dios hasta el fin del mundo. ¿Por qué tenía que abandonarlo? Estaba enamorada
de él.
—Únicamente voy a Rangún —dijo Georgie Porgie—.
Volveré dentro de un mes, pero estarás más segura con tu padre. Te dejaré
doscientas rupias.
—Si sólo te vas un mes, ¿para qué necesito
doscientas rupias? Me basta y me sobra con cincuenta. Aquí hay algo que no
encaja. No te marches, o al menos deja que te acompañe.
A Georgie Porgie no le gusta recordar aquella
escena ni siquiera hoy en día. Al final se deshizo de Georgina por una cantidad
intermedia de setenta y cinco rupias, pues la joven se negó a aceptar más
dinero. Entonces se dirigió en un pequeño vapor y en tren hasta Rangún. Las
cartas misteriosas le habían concedido seis meses de permiso. Tanto su huida
como la sensación de que quizá se había comportado de un modo desleal lo
atormentaron en aquel entonces, pero tan pronto el gigantesco buque se encontró
en alta mar todo resultó más fácil; y el rostro de Georgina, y la curiosa
casita de la empalizada, y las carreras y los gritos nocturnos de los bandidos,
y el alarido y los forcejeos del primer hombre que mató con sus manos, y tantas
otras cosas que guardaba en su interior, perdieron intensidad y desaparecieron
del corazón de Georgie Porgie.
Y todos esos recuerdos fueron reemplazados por la
imagen de una Inglaterra cada vez más cercana. El barco estaba lleno de hombres
de permiso, espíritus tremendamente joviales que se habían sacudido el polvo y
el sudor del norte de Birmania, y que ahora se sentían felices como colegiales.
Ellos ayudaron a olvidar a Georgie Porgie.
Entonces llegó Inglaterra con sus lujos, buenas
costumbres y comodidades, y Georgie Porgie caminó como en un hermoso sueño
mientras sus pisadas resonaban en el empedrado, un sonido que casi había
olvidado; y se asombró de que un hombre en su sano juicio pudiera abandonar la
ciudad. Aceptó la enorme satisfacción que le producía su permiso como una
recompensa por los servicios prestados. Y el destino le deparó otro placer aún
mayor: todo el encanto de un apacible idilio inglés (muy diferente de los
descarados acuerdos comerciales del oriente), en el que media comunidad se
aleja a cierta distancia y hace apuestas sobre el resultado, mientras la otra
mitad se pregunta qué opinará la señora Fulana o Mengana al respecto.
La joven era adorable y el verano, perfecto; la
enorme casa de campo se hallaba cerca de Petworth, donde hay acres y más acres
de brezales color púrpura y de vegas con la hierba muy alta donde pasear.
Georgie Porgie tuvo la sensación de que al fin había encontrado algo por lo que
merecía la pena vivir y como es natural, dio por sentado que lo primero que
debía hacer era pedir a la joven que compartiera su existencia en la India.
Ella, en su ignorancia, estuvo dispuesta a ir.
En aquella ocasión, no hubo trueques ni
negociaciones con el cacique de la aldea. Se celebró una bonita boda de clase
media en el campo, con un Papá corpulento y una Mamá llorosa, y un padrino con
una chaqueta carmesí y una elegante camisa blanca, y seis muchachas de narices
respingonas de la Escuela Dominical, que lanzaban rosas al camino entre las
lápidas del cementerio y la puerta de la iglesia. El periódico local describió
largamente el evento, incluso publicó el texto íntegro de los himnos; pero ello
se debió a que la dirección estaba desesperada por la escasez de material.
Y después vino la luna de miel en Arundel, y la
Mamá lloró copiosamente antes de permitir que su única hija se embarcara hacia
la India al cuidado de Georgie Porgie, el novio. No hay duda de que Georgie
Porgie estaba muy enamorado de su mujer, y de que ella lo consideraba el mejor
y mas brillante de los hombres. Cuando se presentó en Bombay ante sus
superiores, creyó justo pedir un buen destino pensando en su esposa; y, como
había dejado cierta huella en Birmania y empezaba a ser apreciado, accedieron a
casi todas sus peticiones y le enviaron a un lugar que llamaremos Sutrain.
Ocupaba la cima de varias colinas y se le llamaba, oficialmente,
El Sanatorio, por la sencilla razón de que su
sistema de alcantarillado estaba completamente abandonado. Georgie Porgie se
estableció allí, con la sensación de que el matrimonio era algo muy natural. No
vibraba de entusiasmo, como otros recién casados, ante el hecho novedoso y
placentero de que su amada desayunase con él todas las mañanas como si fuera lo
más normal del mundo.
Había pasado antes por ello, como dicen los
norteamericanos, y, cuando comparaba los méritos de Grace, su actual esposa,
con los de Georgina, se sentía cada vez más convencido de que había obrado
bien. Pero no había paz ni consuelo al otro lado de la bahía de Bengala, bajo
los árboles de teca donde Georgina vivía con su padre, esperando el regreso de
Georgie Porgie. El cacique era viejo y recordaba la guerra de 1851. Había
estado en Rangún y sabía algo de las costumbres de los kullahs.
Sentado delante de su puerta por las noches,
inculcaba a Georgina una adusta filosofía que no ofrecía el menor consuelo a la
joven. El problema era que ella amaba tanto a Georgie Porgie como la muchacha
francesa de los libros de historia inglesa al sacerdote cuya cabeza destrozaron
los matones del rey. Y un buen día desapareció de la aldea con todas las rupias
que le había dado Georgie Porgie, y unas nociones mínimas de inglés... que
también debía a éste.
El cacique se enfureció al principio, pero luego
encendió un cigarro de hojas recién cortadas y dijo algo muy poco halagüeño
sobre el sexo en general. Georgina había emprendido la búsqueda de Georgie
Porgie, que, por lo que ella sabía, podía estar en Rangún, o al otro lado del
Agua Negra, o muerto. Un viejo policía sij le contó que Georgie Porgie había
atravesado el Agua Negra. Sacó un billete de tercera clase en Rangún y se
dirigió a Calcuta, sin confesar a nadie su secreto. En la India se perdió cualquier
rastro de ella durante seis semanas, y nadie sabe cuán amargos debieron de ser
sus sufrimientos. Volvió a aparecer cuatrocientas millas al norte de Calcuta, y
siguió avanzando ininterrumpidamente hacia el norte, cansada y ojerosa, pero
muy firme en su determinación de encontrar a Georgie Porgie.
No entendía la lengua que hablaba la gente, pero la
India es un país infinitamente caritativo, y las mujeres que encontró a lo
largo del Grand Trunk le dieron comida. Algo le hizo creer que hallaría a
Georgie Porgie al final de aquella carretera despiadada. Es posible que viera a
algún cipayo que lo hubiera conocido en Birmania, pero nadie lo sabe a ciencia
cierta. Finalmente, dio con un regimiento que marchaba en formación y encontró
en él a uno de los numerosos alféreces que Georgie Porgie había invitado a
cenar aquellos lejanos días en que salían a cazar bandidos. Hubo ciertas bromas
en el campamento cuando Georgina se arrojó a los pies del hombre y rompió a
llorar.
Pero la diversión se acabó en cuanto se enteraron
de su historia; hicieron una colecta, y eso fue lo más importante. Uno de los
alféreces conocía el paradero de Georgie Porgie, aunque no sabía nada de su
matrimonio. De modo que se lo comunicó a Georgina y ésta prosiguió alegremente
su camino hacia el norte, en un vagón de tren donde encontró reposo para sus
pies fatigados y sombra para su cabecita cubierta de polvo. Los senderos que
ascendían por las colinas desde la estación hasta Sutrain no eran fáciles, pero
Georgina tenía dinero y las familias que viajaban en carros de bueyes le
prestaron ayuda. Fue un viaje casi milagroso, y Georgina tuvo la seguridad de
que los buenos espíritus birmanos velaban por ella.
En el último trecho del camino que sube hasta
Sutrain hace un frío glacial y Georgina pescó un fuerte resfriado. Pero Georgie
Porgie se hallaba al final de todas aquellas dificultades para tomarla en sus
brazos y acariciarla como hacía en los viejos tiempos cuando cerraban la
empalizada por la noche y a él le había gustado la cena. Georgina siguió
avanzando tan rápido como pudo; y sus buenos espíritus le concedieron un último
favor.
Un inglés la detuvo, al anochecer, justo antes de
entrar en Sutrain.
—¡Santo Cielo! —exclamó—. ¿Qué haces aquí?
Se trataba de Gillis, el ayudante de Georgie Porgie
en el norte de Birmania, que ahora era su segundo en la jungla. Georgie Porgie
había pedido que lo destinaran a Sutrain porque le tenía cariño.
—He venido —respondió Georgina sencillamente—. El
camino era tan largo que he tardado meses en llegar. ¿Dónde está su casa?
Gillis carraspeó. Había convivido lo suficiente con
Georgina en los viejos tiempos para saber que las explicaciones carecían de
sentido. No puedes explicar las cosas a los orientales. Tienes que
mostrárselas.
—Yo te llevaré —dijo Gillis.
Y condujo a Georgina por una pequeña cuesta junto
al acantilado, hasta la parte trasera de una casa asentada en una plataforma en
la ladera de la montaña. Acababan de encender las lámparas, pero no habían
corrido las cortinas.
—Y ahora, mira —exclamó Gillis, deteniéndose frente
a la ventana del salón.
Georgina miró y vio a Georgie Porgie y a la Novia.
Se llevó la mano al cabello, que caía en desorden
sobre su rostro, pues su moño se había deshecho. Intentó arreglarse el vestido
harapiento, pero éste era imposible de alisar; y tosió de un modo extraño, pues
lo cierto es que había pescado un catarro muy severo. Gillis también miró,
pero, mientras Georgina apenas había contemplado a la Novia, y sólo parecía
tener ojos para Georgie Porgie, Gillis era incapaz de apartar su mirada de la
Novia.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Gillis, sujetando a
Georgina por la muñeca para que no corriera inesperadamente hacia las luces—.
¿Entrarás en la casa para decirle a esa mujer inglesa que vivías con su marido?
—No —repuso Georgina débilmente—. Suéltame. Me
marcho. Te juro que me marcho.
La joven logró soltarse y desapareció en la
oscuridad.
—¡Pobre! —murmuró Gillis, volviendo al camino
principal—. Le habría dado algo para pudiera regresar a Birmania. ¡Georgie
Porgie se ha librado de una buena! Y ese ángel no se lo habría perdonado
jamás...
Esto parece probar que la devoción de Gillis no era
sólo el reflejo de su cariño por Georgie Porgie. Los Novios salieron a la
veranda después de cenar, a fin de que el humo de los cigarros de Georgie
Porgie no impregnara las cortinas nuevas del salón.
—¿Qué es ese ruido, allá abajo? —quiso saber la
Novia
Los dos se detuvieron a escuchar.
—¡Oh! —exclamó Georgie Porgie—. Supongo que algún
brutal nativo de las colinas ha estado pegando a su mujer.
—¿Pegando a... su... mujer? ¡Qué horrible! —dijo la
Novia—. ¿Te imaginas? ¡Pegarme!
Pasó un brazo por la cintura de su marido y,
apoyando la cabeza en su hombro, contempló el valle cubierto de nubes con una
profunda sensación de alegría y seguridad.
Pero era Georgina quien lloraba, completamente
sola, al pie de la ladera, entre las piedras del arroyo donde los hombres lavan
la ropa.
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Rudyard Kipling (1865-1936)

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