© Libro N° 10955. Entornos. Fernández Bilbao, Javier. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © Entornos.
Javier Fernández Bilbao
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Fernández Bilbao
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Fernández Bilbao
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Javier Fernández Bilbao
Entornos
Javier Fernández Bilbao
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Pasaron nada menos que siete meses desde que se recibió el primer aviso.
Un SOS contenido en un paquete de ondas regulares, viajando a través de una
cadena de pulsos de paridad simpática.
Se activó desde los lejanos subsectores inscritos en el sistema estelar
de Bashshâr (Zeta Tucanae 2), pero a las setenta y dos horas la baliza
interrumpió su emisión. La clave de procedencia identificaba una matrícula
patrimonial de un crucero de ocio con bandera inglesa: el Star Trail VI. El
registro internacional de vuelos espaciales confirmó las fechas de embarque y
salida, y un consiguiente y considerable retraso en las fechas previstas para
su llegada a la Tierra.
El enorme transitador de lujo partió de origen (sumando viajeros y
tripulación) con cuatro mil setenta y cinco personas. El destino del viaje
habían sido las salinas de Palibone, una referencia turística regular, sólo
apta para gentes de elevadísimo poder adquisitivo. El catálogo ofrecía tres
meses de estancia en el suntuoso balneario Castreanus Center Statutario, tiempo
suficiente para que los achacosos cuerpos de los millonarios se revolcasen en
sus milagrosas aguas, dejando atrás todo padecimiento. Un baño de lozanía que
devolvía, a quien pudiese pagarlo, a etapas pasadas mucho más saludables.
Las agencias de viajes asociadas que alquilaron el crucero se
entretuvieron demasiado tiempo discutiendo la necesidad de interponer la
correspondiente denuncia una vez que confirmaron el retraso. Jamás se había
dado una situación así, y los estatutos de las leyes de navegación civil, en el
caso de viajes tan largos, no imponían un plazo de tiempo determinado para
declarar un transporte como desaparecido hasta no recibir una transmisión que
lo ratificara.
No obstante, esta tardanza en organizarse para definir la demora como
emergencia y comunicarla a las autoridades (a pesar de no tener precedentes),
no les iba a privar de ganarse una penalización importante en base a lo que se
calificó como una manifiesta y grave irresponsabilidad de la empresa. A
continuación, firmemente apoyados en esta amonestación gubernamental, hubieron
de enfrentarse a un aluvión de demandas por parte de los familiares de los
afectados. Centenares de abogados de ambas partes comenzaban una dura batalla
jurídica que se prolongaría en interminables pleitos durante años. Pero ésa es
otra historia.
***
Organizar un equipo de rescate no era cosa de horas, ni siquiera de
días. Había que escoger el transporte y la tripulación más adecuados para ello,
y la decisión a tomar dependía de una difícil elección. Se desconocía la
naturaleza del suceso y/o su gravedad, aunque todos estaban de acuerdo en
refrendar la postura de que activar la baliza de emergencia sugería una acción
repentina y desesperada por parte de la capitanía de la Star Trail.
Fletar una gran nave capaz de albergar una hipotética cifra de
tripulantes —o quizás una remolcadora— sin saber siquiera el alcance real de
los daños, obligaba a un desembolso económico tal que ninguna de las partes en
litigio estaba dispuesta a adelantar la suma necesaria sin antes haber depurado
responsabilidades ante los tribunales. Por tanto, y en vista de que ningún otro
transporte estaba lo suficientemente cerca como para obligarle a realizar un
desvío, ultimaron que lo más inmediato, lo más efectivo en tales
circunstancias, era enviar un rápido transporte militar que estudiara la
situación para después actuar en consecuencia.
Y como todo lo que concierne a los viajes espaciales, los tiempos de
actuación y respuesta conforman variables siempre en contra. Así que, tal y
como se apuntó, debieron pasar siete meses para que la fragata Martin Ryle se
encontrara en el punto exacto en el cual fue soltada la baliza.
Todos los indicios apuntaban a que la Star Trail VI había sido abordada
por piratas, cuya origen exacto se desconocía. Quizás procedentes de las
Glárides, tal vez oriundos de Pertóboli, el caso es que estos temidos
asaltantes galácticos jamás se habían acercado hasta esas latitudes tan
controladas y tan próximas del centro neurálgico de nuestra confederación
galáctica. El radio de acción de todos aquellos pendencieros y fuera de la ley
se extendía a lo largo de los territorios inter-fronterizos entre las grandes
divisiones políticas, siempre a distancia prudencial de todo espacio protegido.
Desde las marismas de enanas marrones de Shebynz al arco gamma de Protebus; y
del microblázar de Pontamay al sesgo halo de Duhgia, ninguna patrullera o
dispositivo de alerta temprana de civilización alguna detectó su paso a través
de nuestros espacios.
***
Todo acontecimiento menor que provoque una pequeña desestabilización
sobre el tejido espacio-tiempo causa una cadena de lapsos que tardan algún
tiempo en desaparecer. En este caso no era menos, y la «herida» dejada por las
explosiones aún estaba ahí para ser detectada por el rastreador cinemático.
Tras una primera reunión de pareceres, los ingenieros determinaron que
el asalto debió haber sido feroz, y los daños, excesivos, para querer
agenciarse nada más que del material que necesitasen o les viniese en gana. Si
atendían a lo que decían los informes extraídos de otros precedentes, la forma
de actuar tampoco debía variar demasiado en este caso particular:
Los módulos de tránsito atmosférico regresarían a los pasajeros a la
Star Trail, mientras ésta esperaba en órbita todo el tiempo. Después de
completar el embarque, se dispondrían a maniobrar a velocidad de enlace para
salir del sistema estelar y a continuación, proceder al encendido de la segunda
etapa de estatores para impulsarse a velocidad vectorial de crucero.
Los piratas aprovecharían entonces para atacar la nave mientras
realizara sus evoluciones a baja velocidad. Anularían primero las antenas y
sistemas de telecomunicaciones externos para aislarla por completo. A
continuación obligarían al comandante a efectuar una maniobra evasiva soltando
una nube de minas sólo unos pocos millones de millas por delante. Para evitar
la colisión deberían invertir los motores al máximo, momento que aprovecharían
para abordar el vehículo en numerosos módulos «flea» y así disponer cargas
explosivas por su superficie.
Después de obligar a la tripulación a abrir la compuerta de embarque y
amenazando con causar daños tremendos a la estructura, los ladrones penetrarían
dentro. Posteriormente conducirían a toda la tripulación y al personal hasta
las bodegas, donde serían encerrados. Así podrían saquear a su antojo bienes y
útiles.
Dado que no había rastro de la nave, no es extraño que hubiesen tomado
la decisión de rematar la tarea de la manera más radical y cruenta:
sacrificando a todos para no dejar testigos, rastro o huellas que delataran sus
identidades (método inclemente por el cual eran especialmente odiados y
perseguidos). Primero buscaban y destruían la baliza de emergencia. A
continuación dirigían la nave rumbo a la órbita más cercana; luego inutilizaban
los sistemas de navegación y finalmente la abandonaban a la deriva hasta que
entrara en pérdida. La gravedad del astro haría el resto, y la entrada
atmosférica sublimaría la mayor parte de la estructura externa. El residuo que
quedase se desintegraría impactando contra la superficie.
El rastreador cinemático de la Martin Ryle seguía la huella de bosones
gauge dejada por la Star Trail, y la trayectoria sugerida dejaba bien claro el
destino fatal que habían escogido para ella.
Dos órbitas más allá de Palibone esperaba la cenicienta superficie de
ZT2-6, y eso acababa de desarmar toda esperanza de encontrar algo que no fuese
una miríada de pedazos de metal retorcidos y chamuscados.
***
La mejor fragata de la armada espacial inglesa se aposentó en esa órbita
una vez que se localizó el punto exacto de entrada en la atmósfera de ZT2-6, y
un pelotón de cuarenta hombres se descolgó de la panza de la nave nodriza a
bordo del transitador atmosférico Antony Hewish.
Debían encontrar el rescoldo mayor que hubiese podido quedar, con la
esperanza de hallar en su interior algún resto de los malogrados pasajeros y
así proceder a su traslado e identificación. Pero las evoluciones de vuelo en
el denso y turbulento cielo del susodicho planetoide, impedían la localización
visual desde las alturas. Así que debieron preparar un descenso aleatorio para
proseguir la búsqueda por superficie.
El sexto orbitante de Zeta Tucanae 2 era un mundo relativamente pequeño
y apenas interesante para nadie; y su archivo galáctico llevaba decenios sin
ser ampliado con nuevas entradas que hicieran referencia a visitas de cualquier
índole. A priori, toda la información de que disponían era suficiente para no
toparse con sorpresas pese a la nula actualización cartográfica. A raíz de
ella, se estableció un lugar idóneo para el aterrizaje y en torno a ese punto
se dividió un vasto territorio en sectores y se diseñó una ruta a seguir. Todo
el plan fue improvisado sobre trayectorias supuestas (como única referencia
fiable) sobre la proyección de penetración atmosférica del bólido sobre un
sistema de coordenadas en base a un espacio vectorial normado.
Con precisión militar, en dieciocho horas ya estaba operativo el
vehículo de reconocimiento (con veinte marines a bordo) sobre la agreste
superficie, incesantemente recorrida por vientos de nitrógeno, soplando en
fuertes rachas, y combinado con una persistente llovizna de metano. En este
valle, el barro del suelo hacía muy difícil las evoluciones del pesado
vehículo, y el distribuidor de par trabajaba sin tregua sobre las diez ruedas
para mitigar los resbalamientos y poder obtener tracción suficiente. Las salpicaduras
y la ceniza en suspensión hacían prácticamente nula la visibilidad, y el
gobierno del vehículo se efectuaba por control remoto. El rumbo se actualizaba
al segundo triangulando posición y trayectoria desde la fragata Martin Ryle,
anclada en órbita, en combinación con la Antony Hewish, en tierra. El control
manual sólo resultaba eficaz en un margen de apenas diez metros, siempre para
leves correcciones o para el sorteo de obstáculos indeterminados sobre el
terreno; y las evoluciones no dejaban de ser arriesgadas circulando cerca de
barranqueras por las que discurrían tumultuosos torrentes de metano.
Tras cuatro horas de tortuosos devaneos por el primer sector, apenas
habían recorrido veintisiete millas. Pero pronto llegaron las noticias que
esperaban con ansia. Se había fijado un objetivo primario, esto es:
El explorador contra-croma de la Martin Ryle había logrado discernir el
evento en superficie, haciendo una toma general desde la órbita y superponiendo
el panel de resultados sobre un plano previo del registro de datos que poseían
de ZT2-6. Allí figuraban las nuevas líneas y marcas de impacto dejadas por un
cuerpo, al precipitarse con violencia y arrastrarse por la superficie siguiendo
el impulso de su inercia. Al parecer, una parte de la enorme estructura se
desprendió, librándose de la desintegración gracias a penetrar muy oblicua
respecto a la horizontal. Tal vez, con un poco de suerte, lograran encontrar
algún resto humano entre todo aquel desastre. Pero sólo tal vez.
Estaban bastante lejos del objetivo. Aún así ultimaron que resultaba más
seguro continuar por tierra, y no obligar al transitador atmosférico a
desplazarse del puesto base hasta no estar convencidos de que el hallazgo lo
merecía.
***
Para sorpresa de todos, el fragmento desgajado de la estructura era
mucho mayor de lo que esperaban en un principio; y a pesar de que externamente
resultaba irreconocible debido a los tremendos desperfectos, no se descartaba
que aún mantuviera un volumen intacto en su interior. La cubierta estaba tan
machacada que era imposible establecer a qué parte de la nave correspondía
exactamente. Hubieron de abrirse camino por medio de cizallas láser, recortando
un paso justo entre toda la maraña de hierros aplastados, y guardando mucha
precaución de no perforarse el traje con alguna saliente.
Al fin lograron penetrar en esa bóveda que guardaba un espacio
relativamente grande, pero para su desconsuelo estaba vacía de restos humanos.
Cables, aparatos chamuscados, plástico fundido y válvulas destrozadas. Eso es
todo lo que se esparcía por el suelo a un primer vistazo.
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El teniente se puso a investigar, y no tardó en recoger un puñado de
chapitas de personalización desprendidas de algunos sistemas. El Star Trail
estaba bien construido y respetaba las normativas de seguridad vigentes en
materia de viajes espaciales. Contaba con cuarenta compartimentos salvavidas
como éste, capaces de albergar algo más de cien personas cada uno.
Lamentablemente sólo resultaban eficaces para despresurizaciones u otros
eventos indeterminados en travesía; o como mucho para descolgarse y aterrizar
sobre colchones líquidos que amortiguaran los impactos.
Podía ser que tripulación y pasajeros lograran evadirse de la bodega
para encerrarse en estos departamentos estancos antes de entrar en la atmósfera
como un bólido. Se abrocharían los trajes a las hileras de asientos dispuestos
en batería y conectarían los sistemas de biopausia. Los compartimentos de
emergencia de las naves de pasajeros eran grandes cámaras blindadas de
criogenización comunitaria. Pero las altas temperaturas del rozamiento y el
impacto final resultaban pruebas imposibles de superar por ningún sistema
salvavidas.
De entre todo el amasijo de chatarra lograron rescatar no menos de
sesenta asientos —con mayores o menores destrozos—, pero todos sin excepción
conservaban íntegros los robustos arneses de tela de carbono con sus hebillas
prisioneras abrochadas. Y si el proceso llevase alguna lógica, también habrían
encontrado algún resto humano enganchado a ellos. Pero nada. Ni trazas de carne
carbonizada, ni restos de sangre, ni virutas de piel. Nada.
Ni siquiera el localizador de telepulsos recibía señal alguna de los
implantes, aunque en estas circunstancias debería hacerlo.
Efectivamente, ese compartimento acogió los cuerpos de una cuarentava
parte de los tripulantes. Así quedaba certificado por los arneses abrochados y
por el pestillo de acople automático aún activado. Y todos debieron fenecer en
la colisión (pese a su desgracia, podían sentirse afortunados de haber muerto
sin tener consciencia de ello, ya que aún permanecerían congelados). Tras una
inspección más minuciosa, encontraron la brecha abierta en la cámara por la
parte del contacto con superficie. No cabía duda de la brutalidad del impacto,
y aún así, la estructura absorbió bien la energía dado que el agujero no era
excesivamente grande. Pero lo que despertó toda su atención fue que, partiendo
de ese punto, sobre los cristales de escarcha de oxígeno congelados en el
suelo, se apreciaban unas pequeñas marcas que fijaban un rastro indeleble.
Muchas huellas, ciertamente no humanas.
***
Era extraño, pues el archivo de la biblioteca virtual de ZT2-6 no hacía
mención a que en este mundo existiese ninguna clase de vida. Pero era evidente
que la había. Se tenía constancia de multitud de referencias acerca de biotopos
con base de metano, pero la mayoría hacían alusión a formas simples y de lento
desarrollo. No obstante, tomando muestras de una huella aislada pudieron
comprobar que la medida de separación entre los apoyos del flanco izquierdo y
derecho llegaba a las treinta y cinco pulgadas. Por otra parte, las marcas
distinguían tres apéndices menores y uno mayor, a cada costado respectivo.
Estas apreciaciones les dejaron perplejos.
Enviaron los datos al ordenador central de la Martin Ryle para que
cotejara las pruebas con sus archivos, y en menos de una hora les transmitían
el resultado. Hybroe CY-5, Paleluga-Tarsai, Ethertyda, SO-04 y diez mundos más,
tenían registradas formas de vida que podrían asemejarse a lo que buscaban.
Formas grandes y extrañas abriéndose camino en mundos de muy complicada
fisonomía. Luchando por subsistir en ambientes que en absoluto ofertaban favor
alguno en pos de su habitabilidad.
Este conjunto superior de organismos extremófilos pluricelulares
conformaban el llamado paradigma de los batypterigios, tomando el modelo eurypteridae
kryoprognatus anaeris (sin que este animal existiese como tal) como
arquetipo de las distintas variantes planetarias; y dada la similitud entre
especímenes aún perteneciendo a mundos completamente diferentes1.
Y dentro de los ejemplos a tomar en cuenta, podrían hacerse una idea de
cómo era y cómo se desarrollaba la vida de un euriptérido variante ZT2-6.
Dependiente de un biotopo que albergase cultivos de bacterias subsistiendo a su
vez entre grandes colonias de gusanos tubiformes de tamaño gigante, en torno a
los cuales circunscribiría obligatoriamente su hábitat. Sus procesos vitales,
tan lentos como prolongados en el tiempo. Carentes de respiración, ya que han
de engullir literalmente el metano para realizar sus funciones orgánicas
elementales. Otra particularidad: dado que subsisten en ambientes sin oxígeno,
sus células metabolizan los nutrientes por vías totalmente distintas (reducción
catalítica selectiva), y en ausencia de oxidación alcanzan rangos de edad
excepcionalmente largos. Animales de costumbres comunes, generalmente
necrófagas, con instintos caníbales cuando el hambre les atormenta. Porque en
ambientes tan difíciles y cambiantes hay una inherente escasez de restos
orgánicos. Y debido a esto, reciclan todo lo susceptible de ser aprovechado
como alimento; nada se desperdicia.
Así que el teniente supuso que los animales —arrastrados por su fino
olfato—, salieron por decenas a tierra firme desde sus lagunas de metano a
-170º C buscando la procedencia de los aromas extraños.
Poco o nada podrían hacer ya por recuperar cualquier pequeño resto apto
para ser analizado a posteriori, para buscar su simetría genética en el banco
de datos e identificar a cualquiera de los desventurados pasajeros de la Star
Trail. Hasta el menor residuo orgánico habría sido limpiado por estos animales
carroñeros.
***
Pasaron entonces al segundo plan de intervención. Efectuarían una
extensa batida por los cuadrantes anexos con el fin de captar las señales de
los telepulsómetros, ya que era imposible que todos hubiesen desaparecido.
Estos implantes localizadores2 (los mismos que llevamos todos desde nuestra infancia) emiten dos
tipos de señal, dependiendo de si recogen la energía para funcionar de las
señales nerviosas (señal «verde»), o de la microbatería autónoma (señal
«roja»). Su alcance es bastante limitado, y más hallándose en condiciones
atmosféricas en extremo desapacibles y con una orografía tan complicada. Aún
así, el lector de telepulsos del ejército era una última versión, más capaz que
la civil debido a su mejorada electrónica, y por muy malas que fuesen las
circunstancias no habría señal de radio a menos de quinientas yardas que no
fuese detectada. Hasta el momento, la pantalla del localizador permanecía en
stand-by.
Se dividieron en seis cuadrillas de tres hombres cada una (conforme al
número de captadores autónomos del receptor de telepulsos de que disponían),
concentrando en tres de ellas el grueso de la búsqueda (sobre el «cauce de
arrastre» dejado por el artefacto en su desplazamiento inercial por la
superficie desde el punto del impacto; cerca de dos millas al norte). Las otras
tres se distribuyeron respectivamente hacia el sur, este y oeste; y los dos
soldados restantes quedaron de retén en el vehículo de reconocimiento. El punto
de encuentro se fijó en el mismo lugar a las tres horas, dando un margen de
seguridad de media hora para no agotar la capacidad de las bombonas de oxígeno.
El aire disponible era limitado, y no podían perder más tiempo.
***
Las tres avanzadillas que se dirigían al norte recorriendo la «cicatriz»
por su valle y sus crestas, hubieron de hacerlo en pésimas condiciones
exponiendo sus aptitudes físicas a una durísima prueba. La lucha contra el
barro resbaladizo, el porfiado viento de nitrógeno y la pertinaz lluvia de
metano, aceleraban el desgaste de energías al tiempo que el consumo de oxígeno.
Y pasados cuarenta y cinco minutos desde su partida, hubieron de regresar sobre
sus pasos cuando apenas faltaba nada para llegar a vislumbrar el astroblema del
impacto. Cuando partieron tenían la confianza de que al menos encontrarían
algunos localizadores desperdigados sobre el terreno, pero no fue así. El
negativo resultado de la expedición no pudo ser más desalentador. Ahora sólo
quedaba esperar que el resto de compañeros hubiese tenido más suerte, aunque
sus mayores esperanzas las hubiesen puesto en este infructuoso recorrido.
Quedando muy poco para llegar al punto de encuentro, la radio del
vehículo de reconocimiento les transmitía el éxito de la avanzadilla oeste.
Habían logrado encontrar la señal de catorce telepulsos, de los cuales once aún
emitían ¡señal verde!
Todos los hombres regresaron al vehículo Re-Ve, y una vez preparados,
coordinaron rápidamente la nueva ruta con rumbo oeste y con el destino fijado a
poco más de una milla de distancia. El firme era bastante mejor del que se
habían encontrado hasta ahora en su periplo por la complicada superficie de
ZT2-6; y apenas un cuarto de hora después, ya se encontraban aparcados en los
márgenes de una laguna en particular, de las muchas que poblaban esa parte.
Para tener plena certeza de la situación de los localizadores dispararon
al centro de la laguna de metano una boya lectora de fondos, de la cual una
parte se abría en forma de margarita para permitir su flotabilidad en un gas en
estado líquido con tan poca tensión superficial; la otra se descolgaba de su
mitad inferior para hundirse hasta media profundidad. Allí emitiría fuertes
pulsos electromagnéticos, y el eco devuelto sería recibido y amplificado por la
boya para recoger datos acerca de la orografía submarina, su profundidad,
temperatura y otros parámetros; e instantáneamente devuelto a la matriz
receptora del vehículo de reconocimiento.
El lecho de la laguna formaba un embudo bastante suave y bien
delimitado, cuyo fondo caía abruptamente cerca de su centro y se perdía a
doscientos cuarenta y seis pies de profundidad. Allí la temperatura se elevaba
bastante. Era más que probable que ese punto central del fondo conectara con
una fuente de calor surgida de una o varias fumarolas submarinas. Estas
expulsarían ácidos y anhídridos emanados de la capa superficial de las coladas
de lava subterráneas. Y ese calor residual sería el detonante de la proliferación
de bacterias, y por ende, de la vida en la laguna de metano.
Lo importante es que cerca de la orilla, a escasa profundidad,
«palpitaban» (formando un cerco y perfectamente delimitados) ciento dos
telepulsos, de los cuales nada menos que ochenta y dos lo hacían aún en señal
verde.
Pasados los primeros minutos en que no daban crédito a lo que reflejaba
el localizador, resolvieron que, dada la imposibilidad física de recogerlos,
sólo les quedaba hacer una cosa: catalogar todas las frecuencias para
confeccionar una lista de desaparecidos, porque lógicamente cada una emitía un
código correspondiente a la identidad de su portador. Así, al menos, podrían
poner rostro a una pequeña parte de todos aquellos infortunados.
En cuanto al misterio de por qué una gran mayoría de ellos aún
funcionaba como si su portador todavía se conservase vivo, por ahora no podían
encontrar respuesta.
***
Debían circunvalar la laguna cerca de su lechosa y resbaladiza orilla
rodando a un paso bastante lento, para asegurarse de que no dejaban atrás ni
una sola de las señales de radiofrecuencia sin escanear. Y no tardaron en
evidenciar un hecho sorprendente. A medida que avanzaban, el rastreador de
telepulsos indicaba un desplazamiento paralelo de todas las señales verdes.
Cuando el vehículo se detuvo, las señales parecieron moverse unos instantes
desorientadas hasta quedarse por fin quietas en su sitio. Reiniciado el avance,
la historia se repetía: las señales parecían responder de nuevo desplazándose
en un conjunto tangente a su movimiento circular.
Cada vez que reemprendían la marcha el fenómeno se manifestaba otra vez.
Pero cada avance, sugería un paulatino reagrupamiento de las señales y un lento
desplazamiento hacia la orilla.
Tras repetir la operación hasta dos veces más para estar seguros del
fenómeno, quisieron acabar de una vez con el misterio y diez soldados se
prepararon para caminar de nuevo por la superficie.
Esta vez, con el Re-Ve detenido, los hombres caminaron cerca del metano
licuado teniendo cuidado de no resbalar en el limo gris. Al principio nada
parecía suceder, pero no tardaron en comprobar desde el interior del vehículo
que unas pocas señales más cercanas a la orilla eran sensibles a sus
movimientos.
El vehículo dio marcha atrás y las señales se detuvieron; vacilaron un
momento, y regresaron imitando su avance en retroceso por debajo de la
superficie de la laguna. Ya no había duda de lo que sucedía.
***
El perito de telecomunicaciones de la Antony Hewish replicó por radio al
Re-Ve y les ofreció la respuesta que le pareció más plausible respecto al
extraño hallazgo; y al teniente, tras escucharlo atentamente, no le pareció
descabellada en base a lo que estaban observando.
Quedaba claro que unos representantes de la inesperada e inoportuna
fauna local habían invadido el compartimento y despachado todo vestigio o resto
humano de su interior. De ahí a que el telepulsómetro mudase de un organismo a
otro, sólo había un paso lógico. Lo que no parecía tan sencillo es que,
habiendo cambiado a señal roja se lograse activar de nuevo la señal verde del
telepulsómetro, conectado esta vez a un sistema nervioso distinto (es cierto
que había precedentes de esto —muy raros, eso sí—, y es menester recordar que
sabemos de algún bañista que ha sucumbido al ataque de un escualo, y el animal
ha acabado adoptando en su apañado estómago el minúsculo emisor de su víctima).
Aquellos diez marines que se apearon para caminar al pie de la orilla
recibieron la orden de servir de señuelo a la curiosidad de los euriptéridos
para hacerlos emerger, darles caza, y recuperar los dispositivos. No era
prioritario más que por el mero deseo de desconectarlos. Si se quiere por una
razón puramente sentimental. Que aún funcionasen dependiendo de una vida
extraña podría parecer una falta de respeto hacia su legítimo y difunto dueño.
Era como si —salvando distancias, naturalmente— aquellos bichos se hubiesen
apoderado de sus almas; y hasta que no estuviesen apagados los telepulsos,
parecería que no habrían de descansar en paz. No deseaban marcharse pensando
que las ánimas de aquellos desgraciados reposarían para siempre en el interior
de una gélida laguna de metano —siguiendo un ciclo virtual de reencarnaciones
sin fin—, perdida en la superficie de un mundo abandonado y triste.
Daban por sentado que aquellas criaturas poseían una extraordinaria
sensibilidad a las vibraciones del suelo producidas por sus movimientos, aunque
el paso de los diez marines sobre la encharcada orilla resultaba demasiado leve
como para ser percibido salvo por los ejemplares más cercanos a ella. No
obstante, continuaron con el plan haciendo circular nuevamente el Re-Ve a baja
velocidad. Era cuestión de minutos que los primeros euriptéridos asomaran la
cabeza a la superficie. Así lo marcaba el rastreador de telepulsos. Para ello
se preparaban los soldados, aunque esta vez no poseían los elementos adecuados.
A nadie se le ocurrió que en esta misión de recuperación en superficie fuesen a
necesitar armamento unipersonal específico para atmósferas carentes de oxígeno,
y las armas de fuego quedaban totalmente descartadas. Así que, para sacrificar
a los animales, deberían improvisar con las dos cizallas láser de que
disponían.
En efecto, de aquella bahía plomiza comenzaron a emerger sus extraños
habitantes; aquí y allá, arrastrando su abdomen por el limo e impulsándose
penosamente, más que caminando, con sus tres pares de largas patas. Las movían
a modo de remos, echándolas hacia delante, con la panza apoyada, y luego
haciendo fuerza hacia atrás al unísono. Parecían animales muy torpes en tierra,
y sin duda su extraña y primitiva morfología estaba mucho mejor adaptada para
corretear por el fondo de la laguna. Al frente, dos pinzas largas, no demasiado
grandes pero recubiertas de espinas curvadas hacia dentro les proporcionaban un
aspecto ciertamente amenazador. Y su rechoncho y aplanado abdomen se afinaba
hacia atrás prolongándose en un largo y agudo telson que remataba con una fina
línea las huellas que iban dejando tras de sí. Sus ojos negros y brillantes
parecían diminutos en comparación con su volumen y se hallaban encastrados en
los extremos de esa inquietante cabeza repleta de apéndices curvados hacia la
boca.
Definitivamente, los euriptéridos batypterigios eran un patrón primitivo
de artrópodos merostomados quelicerados, muy bien adaptados a ambientes
extremos. Parientes lejanos de los gigantostráceos o escorpiones marinos
extintos en nuestro planeta, pero no en otros hábitats en desarrollo sobre
mundos a menudo muy difíciles o imposibles para otras especies. En este caso,
la variante ZT2-6 se apartaba poco del modelo estándar que primaba en los
archivos que poseía la Martin Ryle.
Sea como fuere, consideraron que su extraño aspecto y sus algo más de
cinco pies de largo parecían argumentos suficientemente contundentes que no
invitaban a quedarse próximos a su radio de alcance. Sin embargo, necesitaban
arrimarse bastante para poder darles muerte seccionándolos por la mitad con las
herramientas de corte. Deberían ser muy prudentes y no descuidarse. Sólo por si
acaso.
Se antojaba un trabajo agotador para las dos únicas cizallas, aunque su
gran potencia de corte (capaz de convertir casi cualquier metal en
mantequilla), tronzaría sus cuerpos en un santiamén.
***
Al cabo de media hora, la orilla se había convertido en un devastador
campo en el que se retorcían los miembros amputados de varias docenas de
aquellos bichos. Sus ejecutores ya estaban bastante cansados de la incomodidad
de moverse en un terreno tan resbaladizo e inconsistente, en donde los pies se
hundían con frecuencia, manejando la herramienta, que, aunque relativamente
ligera, dejaba sentir cada vez más su peso. Sin embargo, continuaban su labor
sin pedir el relevo. Diríase incluso que estaban disfrutando con ello.
Mientras tanto, sus compañeros tenían que localizar con precisión los
telepulsos en el vientre de los animales con el mini-detector de metales, para,
a continuación, proseguir con la desagradable tarea de hurgar en sus entrañas y
recuperarlo.
Los animales ni se defendían ni intentaban huir de nuevo a la laguna. Se
obstinaban en avanzar persiguiendo inútilmente a sus ejecutores. Sólo a veces
hacían ademán de levantar sus prehistóricas pinzas como lo haría un cangrejo,
pero contemplando la torpeza de su movimiento era indiscutible que su terreno
ideal no estaba lejos del elemento líquido.
Hubo de ser un descuido humano el que puso en jaque a toda la cuadrilla:
Everett sustituyó a Fellow en el manejo de la cizalla láser nº 2, y éste acogió
con gusto la tarea, deseoso de divertirse igual o más que su compañero. Fellow
estaba completamente agotado, y su agitada respiración había mermado su reserva
de oxígeno hasta un 60 % más deprisa que sus compañeros. Sólo una orden
impuesta del teniente Rumsfeld le hizo volverse al Re-Ve.
Fellow se retiró incluso de mala gana, pues hacía mucho tiempo que no se
divertía tanto. Había perdido la cuenta de los cortes efectuados, pero incluso
en un ambiente tan extremadamente frío como éste, la espada de la cizalla había
logrado calentarse preocupantemente, según mostraba su indicador.
Fellow hincó su bota en el limo, en una parte especialmente blanda y
húmeda. Jaló hacia arriba, pero no hubo manera de sacar el pie. Tan cansado
estaba que apenas tenía fuerzas para intentarlo otra vez. Y así hundió el pie
otro poco más, y luego el otro. Estaba totalmente prisionero en el barro.
Everett, por su parte, se encontraba tan enfrascado en su nueva tarea que no se
apercibió de los apuros de su compañero. Sí lo hizo un bicho de los muchos que
aún emergían del fondo de la laguna. Fellow se desgañitó por el
intercomunicador para llamar la atención de Everett, y éste al fin se dio la
vuelta.
Habían cometido un importante error al darse el relevo y enseguida lo
descubrirían. Fellow se había olvidado de cederle el cartucho de energía de
repuesto, y Everett, a su vez, había olvidado pedírselo. Cuando fue a rebanar
al euriptérido, tuvo la mala fortuna de haber agotado los cien nodos de energía
con su último corte. Fellow estaba demasiado separado para pasarle el cartucho
de mano a mano, y la criatura demasiado cerca de los dos, justo entre ambos.
Everett le pidió que se lo lanzara por encima, y Fellow lo sacó de su bolsillo,
muy nervioso, y se lo tiró. Everett falló por muy poco, lo llegó a rozar con el
extremo del guante, pero el cartucho cayó al barro. Esos segundos que tardó en
recuperarlo, limpiar los bornes, extraer el cartucho agotado y cargar el nuevo,
fueron los que aprovechó el euriptérido para cercenar una pierna de Fellow
justo por debajo de la rodilla. No tuvo tiempo de causar más daño, pues al
instante su cuerpo fue dividido en dos mitades simétricas.
La sangre brotó de la pierna de Fellow y se congeló instantáneamente,
formando un curioso arco rosado hasta el suelo. La herida quedó cauterizada de
inmediato, pero el frío extremo penetró pernera arriba por dentro del traje y
Fellow quedó rígido ipso- facto. No había tiempo que perder si querían salvarle
la vida.
Stahl y Doyle aparecieron enseguida para echar una mano y desatascar a
Fellow, que cayó de espaldas al perder el conocimiento, estando aún su otra
pierna bien aprisionada en el limo. Everett mientras tanto, debió proteger el
perímetro de los numerosos animales que acudían atraídos por el olor de la
sangre. Ahora ya no le parecían tan torpes como antes, estando alejados del
suelo más blando. Allí donde el firme permitía avanzar sin hundirse, eran
capaces de incorporar su vientre y caminar erguidos sólo sobre sus fuertes
patas. Sabían discernir perfectamente entre las distintas consistencias del
suelo, avanzando siempre por las zonas menos embarradas.
Cientos de ellos aparecían como por arte de magia de todos los lados,
sorteando los pedazos de otros tantos congéneres. Muchos se quedaron
entretenidos en devorar los restos de sus semejantes, pero otros acudían
decididos hacia los humanos completando un amenazante semicírculo a su
alrededor.
El teniente Rumsfeld ordenó que se apresuraran lo más posible en
rescatar a Fellow. El Re-Ve empezó a desplazarse para acercarse más a la
orilla. Sus enormes ruedas pasaron por encima de los cadáveres de los animales
y comenzaron a aplastar a los ejemplares vivos que circulaban entre ellos. Pero
no podían internarse demasiado, pues el firme era muy endeble y resbaladizo, y
las ruedas podrían hundirse y dejarlos atascados.
Al fin bajaron la rampa de acceso y entre cuatro hombres trasladaron
dentro al pobre Fellow. Una vez que recuperaron al hombre herido, Rumsfeld
dictó retirada inmediata, y los otros cinco hombres que quedaban afuera se
fueron replegando detrás de Wells, que manejaba la cizalla nº 1. A duras penas
podía contener a la cantidad de criaturas que se agolpaban frente a ellos.
Parecía imposible que pudiesen habitar tantos animales en la laguna de metano.
Calcularon que habría más de doscientos paseando por la orilla en aquellos
momentos.
Wells se deslizó muy cerca de un euriptérido sesgado a la mitad. Pero
éste aún no estaba muerto. Guardaba un hilo de vida, una reserva de energía
suficiente como para alcanzar al marine por sorpresa mordiéndole justo en el
brazo en que portaba la herramienta. Con un gesto reflejo, separó el brazo y
apretó el gatillo sin querer; el láser se encendió por accidente atravesando el
hombro de Taylor, que marchaba justo a su lado.
Wells aulló de dolor y Taylor lo secundó en su lamento. Los trajes de
ambos se despresurizaron y sintieron como si multitud de jeringas se clavasen
en sus carnes al mismo tiempo, inyectando sin consideración el espantoso frío
del exterior.
Everett, Wright, Evans y Doyle corrieron a rescatarlos, justo cuando un
euriptérido atenazaba la bota de Taylor y jalaba hacia atrás queriendo
llevárselo. Evans tomó de la mano de Wells la cizalla nº 1 y cogió el flanco
izquierdo de la puerta. Everett se dispuso en el flanco derecho y entre los dos
estuvieron defendiendo el puesto de los persistentes ataques de los animales,
mientras sus compañeros trasladaban adentro los heridos.
***
La campaña se cerraba con un saldo desastroso. Tres heridos muy graves,
uno de ellos al borde de la muerte. Ese fue el precio a pagar por subestimar el
oficio sin estar preparados para afrontar los riesgos. Ni siquiera fueron
capaces de recolectar la cuarta parte de los telepulsos de las víctimas de la
Star Trail, pero eso ya daba igual.
Rumsfeld sabía que le aguardaba por parte de sus superiores una bronca
de proporciones bíblicas ante el fracaso de la misión, y como paso previo a su
destitución del mando de operaciones en superficie. Él era el máximo
responsable de que ahora tres de sus hombres agonizaran con escasas
posibilidades de sobrevivir.
Hubieron de solicitar el traslado urgente del Anthony Hewish hasta el
punto en donde se hallaban para efectuar un traslado de emergencia. Wright
(médico de campaña) no contaba en el Re-Ve con más útiles para sostener a los
heridos que no fuesen los elementales. Inyecciones para detener la necrosis de
las extremidades, vendas caloríficas y apósitos anestesiantes; un bien surtido
botiquín, pero en este caso insuficiente. Los heridos demandaban una urgente
intervención quirúrgica.
El transitador atmosférico tardaría no menos de veinte minutos en llegar
hasta ellos desde el puesto base. Entre tanto, sólo podían esperar dentro del
vehículo de reconocimiento mientras sus infortunados compañeros se sostenían
con vida a base de cuidados paliativos básicos.
Everett se asomó por una ventanilla lateral y observó cómo aquellos
bichos evolucionaban por las inmediaciones. Algunos tomaban alimento
directamente de los cadáveres de sus congéneres, sobre la orilla, mientras
otros arrastraban los pedazos laguna adentro para hacer lo propio en un
elemento más propicio y seguro para ellos.
Sin embargo, de entre todos aquellos, había un grupo de euriptéridos que
aguardaban impávidos en un flanco, como si esperasen algo. Esta extraña pose
llamó la atención del soldado, que se dedicó a contemplarlos durante varios
minutos. Y de pronto algo le hizo sobresaltarse y echar mano inmediatamente a
sus teleprismas. La visibilidad era horrible, y el viento de nitrógeno parecía
enfurecerse cada vez más de un rato a esta parte, a medida que el apenas
divisable Bashshâr se ocultaba en el horizonte y dejaba a ZT2-6 sumergido entre
atroces sombras.
Las pinzas de un ejemplar recién salido del lago arrastraban hacia
delante algo así como un objeto rectangular y plateado. Lo presentó al frente
de su grupo y todos los demás le hicieron hueco. Everett pensó por un instante
que aquel extraño objeto y la manipulación que de él hacían implicaban un
cierto comportamiento ordenado. Pero no, pronto se difuminó ese estúpido
pensamiento. No obstante, tenía que poner al teniente Rumsfeld al corriente de
lo que veía, y si éste lo consideraba, salir de nuevo para proceder a recuperar
y examinar esa extraña cosa.
Rumsfeld se mostró tremendamente reticente para dar la orden.
Suficientes problemas tenía como para arriesgarse a ponerlo aún peor. Pero
Hughes, el técnico de telecomunicaciones del Re-Ve, hizo una observación que le
dejó perplejo y le conminó a intentarlo pese a los riesgos.
Todas aquellas criaturas que parecían custodiar la caja conservaban los
telepulsos de los desaparecidos funcionando en verde. Por lo tanto, todas las
lucecitas del rastreador de telepulsos se concentraban agrupadas en una esquina
de la pantalla. Mientras tanto, el resto de animales que pululaban por la playa
no daban registros en el monitor, por lo cual no eran sospechosos de haberse
merendado los cadáveres de los ocupantes del módulo desgajado de la Star Trail.
El vehículo de reconocimiento se desplazó queriendo formar una barrera
entre ese grupo determinado y el resto de euriptéridos que seguían comiendo.
Aunque cada vez quedaban menos, y la mayoría de los especímenes ya había
regresado al fondo de la laguna, no podían sino extremar aún más las
precauciones.
Evans, Doyle, y Mitchell salieron esta vez por la rampa portando las
cizallas 1 y 2. Mitchell sería el encargado de coger la caja metálica mientras
sus compañeros lo escoltaban.
Sorprendentemente los bichos reaccionaron con inteligencia y se
replegaron hacia atrás evitando su sacrificio, y dejando al descubierto su
pertenencia. Ni Evans ni Doyle tuvieron necesidad de gastar un solo nodo de
energía de sus correspondientes cizallas láser. Los animales siempre
mantuvieron una prudencial distancia con los soldados, a los que no dejaron de
observar en sus evoluciones ni un solo instante. Tampoco se desperdigaron, y
mantuvieron su grupo unido y a la espera… pero ¿de qué?
Con la caja metálica sobre el estante, se dispusieron a retirar su
armazón externa con mucho cuidado. Una vez hecho esto, extrajeron de su
interior la «caja negra» del módulo accidentado. La batería funcionaba, pero el
casi-infalible emisor de fabricación china se había estropeado. Por eso no
habían podido localizarla antes. Sin más preámbulos fue conectada al ordenador
de a bordo y comenzaron a emitir la información almacenada a la Martin Ryle. El
teniente ordenó a Garrett que derivara la señal a su monitor, a pesar de que
era una maniobra ilegal. Una curiosidad inmensa se sobreponía al miedo a ser
descubierto. Y los bichos de ahí afuera, lejos de retirarse, continuaban a la
expectativa…
***
No les importaba dejar un tercio de sus fortunas en el viaje, casi
obligado para todo potentado, magnate, político, mafioso, actor de moda o
deportista de élite que se preciase.
El teniente Rumsfeld se preguntó qué demonios encerraba realmente todo
aquello por lo que peregrinaban los turistas multimillonarios. Sólo disponía de
una información muy básica del tema, y deseaba ampliar la base de su escaso
conocimiento para cotejarlo con algunas sospechas que nacían de estas nuevas
circunstancias.
El Dr. Wright le puso al corriente explicándole que, sencillamente,
buscaban los constantes baños, las ingestas de agua, e incluso respirar el aire
impregnado del aroma salino, para saturar sus organismos del elixir de las
sales minerales súper-ionizadas (sales de paracelsonita). Sus organismos, sus
células, se atiborraban de este particular elemento capaz de higienizar,
regenerar y rehabilitar los cuerpos; depurando éstos de cualquier elemento
externo, ajeno, pernicioso o intrusivo que alterara sus funciones normales.
Limpiando de enfermedades, restituyendo porciones dañadas, y en definitiva,
retornando a los pacientes a una segunda juventud rebosante de energía, tras
una larga vida de excesos. Toda traza maligna quedaba borrada tras el
tratamiento; sin excepciones. Desde colesterol alto a exceso de grasas. Desde
enfermedades cutáneas a alteraciones nerviosas; desde dolores musculares a
trastornos hepáticos. Desde cánceres en polimetástasis —rebeldes e incurables—
a la sexta mutación del SIDA, dolorosa y letal.
Allá donde la medicina no alcanzaba aún a poner remedio, se recurría a
las sales. Su milagrosa esencia respetaba sumamente al portador y los efectos
de encontrarse empapado por dentro y por fuera protegían al beneficiario
durante algunos años más después del tratamiento purificador.
Por desgracia eran imposibles de exportar, pues fuera de su contexto
planetario, con su particular idiosincrasia, con su particular luz, perdían
todas las propiedades —cuasi mágicas— por las que eran reconocidas. De ahí que
hubieran de buscarlas, por supuesto sólo si se estaba dispuesto a pagar una
suma desorbitada, aún multiplicada por dos, capaz de compensar el gasto del
largo viaje y resolver las ganancias de los felices promotores.
—¿Efectos secundarios? —preguntó Rumsfeld.
—La saturación de sales provoca en los ojos un curioso brillo
iridiscente cuando reflejan luz en la oscuridad. Aparte de eso… no se sabe más.
—Wright…
—Diga.
—Sólo contésteme su parecer ante una suposición… mejor, ante una
adivinanza. No se extrañe…sólo es una tontería. Imagine que usted tomara un
elixir que le volviese inmortal, aunque fuese sólo durante un período limitado;
y a continuación, yo le rebanara su cuerpo en múltiples pedazos. ¿Usted se
moriría del todo o, por el contrario, cada pieza viviría independiente hasta
que pasaran los efectos?
—Tiene usted razón. Sólo es una tontería. No sé dónde quiere ir a parar,
pero no siga por esa senda tan retorcida.
—Pues entonces, sólo respóndame a esta cuestión: ¿Qué edad pone en el
informe que pueden llegar a alcanzar los batypterigios?
—Casi tantos como las tortugas de Addyaita. Unos setecientos cincuenta
años. ¿Por qué?
***
Haber recuperado la caja negra de uno de los módulos de la Star Trail y
varios telepulsos no debía interpretarse como un éxito de la misión, pero sí
como la consecución de una labor bien organizada que, además, eximiría al
teniente de otros eventos habidos durante su accidentada recuperación. Poco más
podía pedírsele a aquella expedición, y la posterior lectura de los datos
almacenados en la caja certificaría las primeras apreciaciones generales que
tuvieron de aquel desastre. Todo ello sirvió para clarificar aspectos en el
juicio entre las distintas partes, aunque no sirvió para aportar pruebas de la
autoría personal del desastre. Los piratas jamás fueron descubiertos y, a
partir de ese momento, los transitadores civiles de largo recorrido serían
autorizados a portar un armamento básico y personal entrenado para su manejo.
Afortunadamente los soldados heridos llegaron a tiempo para ser
sometidos a una intervención quirúrgica, y sólo hubieron de lamentar la pérdida
de los miembros amputados o perdidos por la necrosis. Nada que no pudiese
resolverse con prótesis biónicas de última generación. Aparte de eso, hubieron
de recibir a su regreso una justa condecoración en reconocimiento al valor
demostrado en la misión.
***
El Anthony Hewish llegó a tiempo, poco antes de que la oscuridad se
hiciese total. Ni siquiera desplegó el tren de aterrizaje, y en vez de optar
por embarcar el Re-Ve por la rampa de carga, prefirieron recuperarlo con los
garfios de enganche hidráulico para ganar tiempo con los heridos. Mientras las
compuertas de la bodega esperaban cerrarse bajo las ruedas del vehículo
terrestre, el teniente tuvo a bien dirigir un último vistazo a la desagradecida
superficie de aquel planeta tan poco hospitalario. Y ayudándose de los
teleprismas de Everett, aún distinguió allá abajo a los animales formando un
grupo compacto del que destacaba el iridiscente brillo de sus ojos.
La nave se perdió entre los tormentosos cielos de ZT2-6 para entregarse
a los espacios, allá donde esperaba la fragata nodriza que les devolvería a la
Tierra.
La estela del Anthony Hewish fue seguida hasta el último momento por
decenas de ojos, hasta que desapareció en la oscuridad. Entonces aquellos
animales abandonados a su suerte retornaron resignados a la laguna, a -170º C,
obligados a continuar con su amplísima y amarga existencia.
NOTAS
NOTA 1: Siguiendo la ley de idoneidad morfológica de biotopos disociados,
utilizada para explicar estos casos tan relativamente frecuentes en nuestra
galaxia. Un ejemplo de ello: tómense dos planetas distintos tan alejados como
se quiera, y cuya atmósfera comparta gases “livianos” como el aire. Ambos son
perfectamente apropiados para contener seres vivos con alas, de unas
características bien determinadas a esos espacios. Por tanto, sus especies,
aunque distintas, son susceptibles de guardar grandes similitudes
morfológicas. VOLVER
NOTA 2: Los implantes de telepulsos se sirven en una cápsula que debe
ser ingerida acompañada por un simple vaso de agua –como cualquier medicamento
corriente presentado de esa forma–, con la sabida particularidad de que suele
dispensarse a los niños (no sin cierta lucha por parte de los padres) cuando
rondan los tres años de edad. Externamente no difiere en nada a cualquier
preparado para adultos, salvo por su color dorado y brillante y el minúsculo
número de serie xerografiado en su cobertura digerible. Una vez en el estómago,
los ácidos disuelven la capa externa y liberan el diminuto emisor de platino,
que engancha sus finos garfios en las rugosas paredes del estómago instalándose
de por vida (como todos recordaremos, no siempre se logra al primer intento, y
es frecuente que el receptor se quede en mitad del recorrido intestinal, o en
el peor de los casos, se escape por el recto. De ahí que nuestros papás
examinaran con tanta atención nuestras cacas ayudados del orinal de
comprobación magnética suministrado con el pack). Luego de un cierto tiempo
(normalmente puede variar entre diez y doce meses), la mucosa de las paredes
internas envolverá al objeto extraño con una pequeña capa de carne, con sus
capilares y sus terminaciones nerviosas. De éstas precisamente tomará la
energía para la activación, funcionamiento y carga de microbatería. A partir de
ese momento, nuestro sistema nervioso funcionará como un amplificador de señal
y como una gran antena emisora.. VOLVER
Javier Fernández Bilbao nació en diciembre de 1969 en Torrelavega
(provincia de Cantabria, España), aunque reside en Muriedas, Camargo, municipio
de la misma comunidad. Fue finalista del concurso de terror del blog “El espejo
maldito” entre 160 relatos presentados (2008). Publicó un cuento seleccionado
por votación en la página web “HISTORIAS ASOMBROSAS” (2008). Fue finalista en
el “III premio LITER de literatura de terror” (2008). Entre sus obras también
se pueden citar: un relato finalista en el CRYPTSHOW FESTIVAL 2009 dentro del
II Concurso de relatos de ciencia-ficción, fantasía y terror, publicado en la
antología CRYPTONOMIKON II; un relato integrante de la antología “CALABAZAS EN
EL TRASTERO III: ESPECIAL POE” de trece seleccionados entre 165 relatos
presentados (2009), y un relato finalista ex aequo en los V PREMIOS ANDRÓMEDA
DE FICCIÓN ESPECULATIVA, tema “El viaje espacial”, categoría relato, entre 149
presentados de todo el mundo (2009). Recibió un accésit en lengua castellana en
el III CONCURSO DE MICRORELATOS DE TERROR Y GORE MOLINS DE REI 2009. Ha
publicado en los sitios web NGC 3660 y PORTAL DE CIENCIA FICCIÓN. En Axxón se
pueden leer: LA PORTADORA DE ALMAS, SINGULARES
PAUTAS DE COMPORTAMIENTO A 55 A.L DE LA TIERRA, FAST FOOD
Este cuento se vincula temáticamente con NOMBRE
PROPUESTO PARA EL PLANETA: ?, de César López
Orbea, LAS
RUINAS DE DARTRUM, de Damián Cés, DESDE ESTAS HERMOSAS PLAYAS TE
RECORDAMOS CON CARIÑO Y DESEAMOS QUE ESTUVIESES AQUÍ CON NOSOTROS, de Saurio
Axxón 208 – junio de 2010
Cuento de autor esuropeo (Cuento : Fantástico : Ciencia ficción : Colonización
espacial : Exobiología : España : Español).

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