© Libro N° 10954. ¿Cinco Cosas Que Ya No Necesitamos? Dos Santos, Marcelo. Emancipación.
Marzo 4 de 2023
Título original: © ¿Cinco
Cosas Que Ya No Necesitamos? Marcelo Dos
Santos
Versión Original: © ¿Cinco Cosas Que Ya No
Necesitamos? Marcelo Dos Santos
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://axxon.com.ar/rev/2010/06/%c2%bfcinco-cosas-que-ya-no-necesitamos-marcelo-dos-santos/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/736x/27/6f/bd/276fbdfa3d796f2cf1b78835c777f953.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
https://axxon.com.ar/rev/208/divul08.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
¿CINCO COSAS QUE YA NO
NECESITAMOS?
Marcelo Dos Santos
¿Cinco Cosas Que Ya No Necesitamos?
Marcelo Dos Santos
¿CINCO COSAS QUE YA NO NECESITAMOS?
Marcelo Dos Santos
(Especial para Axxón) – blogs.clarin.com/mdossantos/
Una interesante nota de Laura Spinney en The New Scientist da
cuenta de que los seres humanos tenemos cinco cosas que en realidad no
necesitamos, refiriéndose concretamente a supuestos atavismos o resabios
evolutivos anatómicos y fisiológicos.
Definimos a un «órgano vestigial» como una estructura anatómica que supo
tener una función pero ya no la tiene. Clásicamente se mencionó siempre el
ejemplo del apéndice, a pesar de que hoy en día algunos siguen discutiendo si
en realidad posee una función o no. La pelea no es bizantina: los creacionistas
se niegan a aceptar que haya tales cosas como órganos vestigiales, ya que
hacerlo equivaldría a aceptar la evolución. Si existen los unos, por supuesto
que existe la otra, y los creacionistas no pueden admitir esto.
Los órganos atróficos o vestigiales han cautivado la imaginación de la
gente durante siglos. Como expresé en un artículo anterior, el hecho de que
poseamos tres músculos para mover unas orejas que permanecerán inmóviles no
importa cuánto lo intentemos, nos parece una incongruencia de la naturaleza,
porque estamos acostumbrados a pensar en ella como si fuese una fuerza racional
y competente que no se condujese mediante el método del ensayo y del error. Es
cierto, no debieran existir los órganos vestigiales (dispendio de tiempo y
recursos evolutivos) pero, con ese criterio, tampoco deberían existir los genes
mutantes patológicos que causan la diabetes, la FOP o el Síndrome
de Proteus.
En 1893, el anatomista alemán Robert Wiedersheim confeccionó una lista
de 86 supuestos «órganos vestigiales» humanos, los cuales, dijo, «Tenían
anteriormente mucha mayor significación fisiológica que la que tienen ahora».
Debe reconocerse al pobre germano que los medios técnicos de su época no le
permitían definir con claridad las funciones de muchas estructuras. Como además
él era anatomista y no fisiólogo, las cosas que no tenían una función obvia
iban a parar a su lista.
Glándulas «vestigiales»
Así le fue: su reporte incluye como «vestigiales» a la hipófisis (que
secreta nada menos que la hormona del crecimiento, la prolactina, la
tirotrofina, la corticotrofina, la hormona folículoestimulante, la
luteinizante, la vasopresina y la oxitocina), los tres dedos más pequeños del
pie (¿?), las válvulas venosas (sin ellas tendríamos flujo sanguíneo
retrógrado), el timo (que produce los vitales linfocitos T), los ganglios
linfáticos (no podríamos vivir sin los anticuerpos que fabrican), la pineal que
segrega melatonina y las amígdalas y adenoides, hoy demostradas parte de la
primera línea de defensa del sistema inmune. Ninguno de los integrantes de la
lista de Wiedersheim es hoy considerado vestigial. En fin.
El principal problema es probablemente una cuestión semántica. Mientras
creacionistas equivocados y evolucionistas en lo cierto se matan mutuamente, un
bando negando que los vestigios existan y los otros intentando probar lo
contrario, ya hemos visto que muchas estructuras que se consideraban
vestigiales hoy tienen funciones conocidas, y por lo tanto no hay que echar
mano ni del Gran Arquitecto ni de la Madre Selección Natural para explicarlos.
Gerd Müller, biólogo teórico de la Universidad de Viena, declara sin embargo
que «La vestigialidad es un fenómeno biológico muy importante». Y el problema
semántico aparece de sopetón: «vestigialidad» e «inutilidad» son dos conceptos
muy diferentes. Y da la casualidad de que ni el mismísimo Wiedersheim se
atrevió jamás a afirmar que ninguno de sus órganos seudovestigiales fuera
inútil. Hoy se sabe que un órgano vestigial puede haber retenido una o varias
de sus funciones originales (sería vestigial pero no inútil) o haber
desarrollado otras nuevas (con lo que dejaría de ser vestigial). Hay, incluso,
órganos que no son vestigiales aunque no tengan función en el adulto,
habiéndola tenido claramente definida en fetos o bebés.
En otros casos, muy bien (¿bien?) aprovechados por las falacias
creacionistas, la situación es bien distinta, pero ellos no atienden razones
fundamentadas en la más profunda biología. Esto sucede con las tetillas de los
varones, las más manifiestamente inútiles de las estructuras anatómicas
humanas. «¿Para qué las tenemos si no es por la Voluntad de un Ser Superior?»
inquieren, impávidos. Da la casualidad de que las tetillas no son vestigiales,
porque la definición de vestigial exige que el órgano haya cumplido una función
alguna vez, y ya se sabe que los hombres nunca dieron de mamar
a los bebés. El biólogo evolutivo Andrew Simmons de la Universidad Carleton en
Ottawa señala que la pregunta misma es una falacia: «Las tetillas nunca
cumplieron ninguna función. Las tenemos porque los fetos de ambos sexos
comparten la misma genética básica, y los varones retenemos una característica
que es útil en las mujeres pero no en nosotros, por el simple hecho de que
conservarla no conlleva ningún costo evolutivo». O sea: para quitarlas habría
que hacer un gasto que no tiene sentido, porque no molestan.
Tetillas supernumerarias
La selección natural busca capacitarnos para sobrevivir. Cuando la
capacidad de supervivencia ha sido alcanzada, el organismo sigue reteniendo
algunas estructuras no adaptativas ni funcionales, simplemente porque no causan
perjuicio pero sí necesitarían un costo adaptativo para deshacerse de ellas. No
hay estructuras perfectamente adaptadas a su función o a la
falta de ellas. «Y no tiene por qué haberlas», afirma Simmons.
Un órgano que se consideraba vestigial es el apéndice cecal. En el
Hombre es bastante notorio y muy diferenciado del resto del ciego, tal como
ocurre con el de los conejos y los gorilas. Hoy se conoce la función del
apéndice: es un «criadero» o «vivero» de bacterias, que evita que sean
arrastradas para que las mismas puedan recolonizar el intestino si la flora
microbiana se pierde, por ejemplo con el uso de altas dosis de antibióticos.
Las alas de las aves corredoras son otro buen ejemplo. Los avestruces
perdieron la capacidad de volar hace unos 50 millones de años, al desaparecer
la necesidad de hacerlo a causa de la extinción de todos sus depredadores.
¿Para qué consumir tanta energía en un vuelo innecesario? Y no han perdido las
alas. No, pero están en proceso de perderlas. De hecho, las alas
del avestruz ya tienen menos huesos que las alas de un ave voladora, y
claramente han perdido las plumas remeras. Cualquier día de estos -en términos
evolutivos- estas alas no funcionales desaparecerán. Las tetillas de los machos
y las alas del avestruz son muestras de que la selección natural, con todo y no
ser perfecta, sí es económica. Nada de todo esto es raro ni sorprendente, y por
supuesto no es un problema, salvo para los creyentes en el diseño inteligente,
los omnipresentes creacionistas. Porque todas estas estructuras solo son
pruebas fehacientes de nuestro pasado evolutivo, y nada más que eso.
La lista de Laura Spinney -justo es reconocerlo- configura el Top 5 de
los candidatos más probables a ser estructuras o funciones innecesarias. Y como
el tema es interesante, pasaremos a discutirlos uno por uno.
El órgano vómeronasal
Ya conocemos al órgano de
Jacobson: hemos hablado extensivamente de él
en un artículo anterior. En los roedores y demás mamíferos, el órgano
vómeronasal (OVN) detecta y procesa las señales químicas que llamamos
feromonas, casi exclusivamente relacionadas con la reproducción y la función sexual.
En los reptiles, le sirve como «radar» para detectar y seguir el olor de una
presa.
¿Y en los humanos? No parece servir para nada, porque no tiene neuronas
olfatorias, no está conectado neurológicamente con el resto del cerebro y
parece más bien un órgano aislado, tanto anatómica como fisiológicamente, del
resto del sistema nervioso. De hecho, ni siquiera contiene los genes que, en el
olfato, determinan la producción de receptores químicos que se transforman en
impulsos eléctricos. ¿Es entonces un órgano vestigial?
No parece. El Hombre tiene una fuerte reacción no olfatoria hacia las
feromonas del sexo opuesto. No es consciente de haber olido nada, pero hay un
cambio de humor muy notable, se excita sexualmente y sufre toda una serie de
cambios fisiológicos que hacen posible el acto sexual. Todo esto está
perfectamente demostrado.
Hoy se piensa, aunque faltan hacer aún algunas pruebas, que el OVN no
está conectado por neuronas al resto del encéfalo porque no necesita
estarlo. Tal parece que es además un órgano endócrino. Cuando detecta
feromonas, simplemente se comunica químicamente con el resto
del cuerpo, secretando una o varias hormonas que producen las modificaciones
explicadas.
Antes de catalogar semejante órgano como vestigial, los científicos
deberán pensarlo cuidadosamente.
La «piel de gallina»
La «piel de gallina» no es una estructura sino un reflejo nervioso, y
muchos la han considerado vestigial en el ser humano. El reflejo piloerector
depende de pequeños músculos insertos en el folículo piloso que lo hace
elevarse y quedar erguido. En pájaros o animales cubiertos de plumas, púas o
pelo, este reflejo crea una capa aislante de aire que protege a su propietario
de las bajas temperaturas, haciéndole además aumentar su corpulencia aparente
para amedrentar a un posible depredador. Los vellos corporales humanos, empero,
son incapaces de cumplir ninguna de estas funciones.
Es por este motivo que la «piel de gallina» humana ha
desarrollado una nueva función: no reaccionar al frío ni a la visión
de un predador sino a los estados de ánimo y las emociones. Rabia,
miedo, odio, amor, todas ellas, en la dosis adecuada, dispararán la erección
del vello corporal, lo que sirve de clara señal visual para nuestros
congéneres.
Otro candidato dudoso que no debe ser calificado de vestigio así como
así.
El tubérculo de Darwin
Se trata de un engrosamiento o punta ubicado en el borde de la oreja,
más exactamente en el tercio superior del hélix, y se llama así porque Charles
Darwin lo describió por primera vez en «El Origen del Hombre».
Los monos lo poseen, y asimismo el 10% de las personas.
El punto de Darwin corresponde, en los animales, a la punta de la oreja,
y es gobernado por el mismo gen en ellos y en nosotros. Como nuestra oreja
cambió radicalmente de forma respecto de la de los monos, en verdad este
tubérculo no cumple ninguna función excepto poner nerviosas a las mujeres que
lo poseen. Por lo tanto, se dirigen al cirujano plástico más cercano y le piden
que se lo extraiga quirúrgicamente por motivos estéticos.
Tubérculos de Darwin en humanos y monos
Este tubérculo es en verdad un atavismo (la punta de una oreja en una
oreja que no tiene puntas) pero ello no significa que sea un órgano
vestigial. Y no lo es porque, como el ser humano no tiene punta de
oreja, la aparición de una punta no es un vestigio sino una malformación
congénita. Menor, pero malformación al fin. Tres a cero.
El cóccix
El tan famoso «huesito dulce» con que llega a su fin nuestra espina
dorsal, es un órgano vestigial si se lo considera un resto de la cola de los
demás mamíferos. Pero, una vez más, en nosotros ha tomado una nueva función: es
el punto de inserción de los músculos que mantienen nuestro ano en su lugar. Si
no tuviésemos cóccix, el ano se nos caería y deberíamos andar siempre
levantándolo del suelo, una situación bastante vergonzosa, sobre todo cuando el
orificio en cuestión no está limpio a un correcto 100%.
Niño con cóccix hiperdesarrollado («cola»)
El coccix humano está formado por la fusión de entre tres y cinco
huesos, y no es infrecuente que un niño nazca con esta estructura
superdesarrollada, es decir, con cola. La misma le es amputada sumariamente.
Pero estamos, una vez más, hablando de una malformación, porque los seres
humanos normales no tienen cola.
Tampoco. El coccix tampoco es un órgano vestigial.
Las muelas del juicio
En realidad nuestros terceros molares, son piezas dentarias presentes en
todos los primates. El antropólogo Peter Lucas de la Universidad de Washington
manifiesta que son resabios evolutivos. A medida que los primates reducen el
tamaño de la mandíbula, se van quedando sin espacio para alojar a los terceros
molares. Esto hace que crezcan más pequeños y débiles, hasta, de hecho, ser no
funcionales para la mayoría de las personas. No mastican porque no hacen
contacto con sus homólogos superiores o inferiores.
Muelas del juicio problemáticas
En realidad, al 35% de las personas ni siquiera les aparecen, por lo que
parecemos estar en el camino evolutivo correcto para deshacernos de ellos, por
lo que, de todos los que hemos hablado en este artículo, las muelas del
juicio son los únicos órganos vestigiales demostrados que poseemos los humanos.
Es decir: hay una única cosa que no necesitamos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario