© Libro N° 10952. Sueño Kafkiano. García Velasco, Luisa María. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © Sueño
Kafkiano. Luisa María García Velasco
Versión Original: © Sueño Kafkiano. Luisa
María García Velasco
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original de textos:
https://axxon.com.ar/rev/2010/05/sueno-kafkiano-luisa-maria-garcia-velasco/
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Portada E.O. de Imagen original:
Ilustración para el cuento "Sueño kafkiano", Luisa
María García Velasco
© 2010, Valeria Uccelli: https://axxon.com.ar/rev/207/cuento12ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Luisa María García Velasco
Sueño Kafkiano
Luisa María García Velasco
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«Diversas investigaciones (…), utilizando determinadas metodologías y
procedimientos, describen como graves y extremas las condiciones de exclusión
residencial, segregación y ocupación de infraviviendas de los inmigrados.»
Fuegos artificiales, copas de champán, besos al aire que dejaban
empalagosas estelas de perfume caro a ambos lados de mis mejillas. Escotes,
perlas, trajes de Armani y de Dior, o de algún nuevo modisto de nombre
impronunciable que hacía furor en New York últimamente. Todo
el mundo empeñado en ser muy cool. Señores de etiqueta y de pelo
engominado que hablaban por teléfonos móviles diminutos, casi hasta el extremo
de desaparecer en sus manos; una muestra variada y ostentosa de IPods, de
Iphones y de todos los Ips y gadgets imaginables sin los que,
por supuesto, la vida no es posible hoy. En algún sitio había leído que cuando
el varón actual despliega una amplia colección de aparatitos de tecnología
avanzada lo hace para paliar su inseguridad personal y, fundamentalmente,
sexual. Concluí que, si eso era cierto, aquella fiesta estaba llena de machos
impotentes que se escondían bajo sonrisas blancas y piel dorada de rayos UVA.
Fin de las campanadas. Feliz año Nuevo, inmerso en un Siglo Nuevo. En un Nuevo
Milenio. Bienvenidos al futuro.
A pesar de que la temperatura no era desagradable, abandoné la terraza
del hotel y pasé al gran salón, como muchos de los invitados. El mobiliario era
profuso y ostensiblemente caro, excesivo incluso, casi prepotente. Carecía de
la elegancia natural que confieren las líneas simples y se abigarraba con
criterios basados, seguramente, en tamaño y coste. Todo era muy grande. O muy
caro. O ambas cosas. Cualquier otro aspecto (estética, armonía, buen gusto,
sobre todo buen gusto) parecía haber sido irrelevante en la elección de los
elementos de aquella sala.
Me llamaron la atención las paredes, revestidas de un delicado tejido
con brocados y filigranas bordadas en oro. Al menos a simple vista. Me aproximé
para comprobar de cerca una labor tan esmerada y toqué la superficie. La
textura me sorprendió tanto que me acerqué más aún para cerciorarme de mi
primera impresión: lo que al principio me pareció seda lujosamente bordada no
era más que… ¡papel pintado! Una buena imitación del tejido, pero papel al fin
y al cabo. El descubrimiento me provocó tal desconcierto que continué
examinando los muros con cierta discreción, inadvertida en el bullicio de aquel
evento en el que no conocía a nadie, hasta alcanzar uno de los rincones de la
estancia. Y allí, voilà, una esquina del papel se levantaba,
ligeramente despegada de la pared.
Sonreí con malicia. Me divertía el pequeño placer de un descubrimiento
que ponía en evidencia lagunas de imperfección (y de mentira) en un ambiente
tan pretendidamente exquisito. Y quise saber de qué color era la superficie
original, así que con delicadeza levanté aquel borde delator.
Primero fue el tacto. Un cosquilleo leve sobre mis uñas que sólo me
provocó curiosidad. Después la vi. Negra, brillante, moviéndose con rapidez
sobre mi mano hasta escapar aprovechando mi estupor. Una cucaracha pequeña,
horrible, nauseabunda. Siempre me han producido pavor las cucarachas. Permanecí
inmóvil, muda, conmocionada, con una mueca estúpida de horror y de asco.
No sé qué me impulsó a hacer lo que parecía impensable, pero fui más
allá. Con cuidado levanté un área mayor de aquel falso decorado recién
descubierto. Y allí estaban. Cientos. Miles de ellas.
Hacinadas en el ínfimo espacio existente entre el pliego y el muro, se
movían afanosamente formando una costra oscura y brillante y, sobre todo, viva.
Un inframundo oculto que parecía actuar, sin embargo, como el soporte
imprescindible que entre bastidores soportaba aquel frágil escenario.
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Advertí con espanto que mi curiosidad había mostrado a algunas de las
más atrevidas el camino hasta el exterior. Varias exploraban ya la moqueta en
distintas direcciones. Una se acercó al zapato de un señor con esmoquin, y yo
no quería ni imaginar lo que ocurriría si alguno de los asistentes daba la voz
de alarma ante la inesperada plaga. El invitado bajó la mirada un instante,
interrumpiendo la conversación en la que estaba inmerso, y yo cerré los ojos y
pensé: ya está. Ahora es cuando empieza la hecatombe.
Pero no ocurrió nada. Nada. El caballero siguió hablando y,
con una sonrisa, mientras brindaba con su interlocutor, levantó unos milímetros
el tacón del zapato. Un pequeño y consciente giro, minuciosamente calculado. Un
movimiento muy sutil. Y un chasquido que se perdió en el bullicio de la sala,
aunque sonó con estrépito en mi cerebro que se moría de angustia. Nada más.
Ambos hombres se alejaron charlando animadamente hasta otro punto de la
habitación. Las puntas de sus zapatos, que asomaban bajo el pantalón bien
planchado, brillaban como cucarachas negras.
Desconcertada, busqué el rastro de alguna otra fugitiva. Descubrí una de
ellas sobre una mesa, perdida entre cócteles y canapés. Una dama parecía dudar
entre las opciones que la mesa ofrecía hasta que finalmente se decidió por una
bebida. Ahora sí, pensé. Chillará en cuanto la vea. La mujer, sin embargo, no
pareció advertir nada extraño y continuó conversando con otra de las invitadas.
Sólo después de un momento volvió a colocar su copa sobre el mantel y entonces
me di cuenta. De manera casual, mientras miraba a otro lado y continuaba con la
conversación, colocó la base del vaso justo sobre el insecto. Y
presionó. Presionó hasta aplastarlo. Después movió uno de los platos con
aparente descuido y el pequeño cadáver cayó al suelo. Eso fue todo. Con un
suspiro, la dama tomó un canapé minúsculo cubierto de caviar y lo mordió. El
caviar relucía entre sus dientes níveos como un nido de cucarachas diminutas.
El resto de las que se habían aventurado a escapar para explorar un
mundo prohibido e ignoto corrió una suerte similar. Poco a poco todas fueron
desapareciendo bajo los vasos, los platos, las servilletas, los pañuelos, los
tacones de los invitados. Y ello de manera pretendidamente inadvertida para
todos, al parecer, excepto para mí. Nadie torció el gesto, nadie hizo una mueca
extraña ni subió la voz más de lo debido. Ninguno perdió la sonrisa ni
interrumpió su conversación. Nadie modificó su pose en ningún momento, nadie
cambió de actividad ni acusó incomodidad alguna. Todo continuaba
desarrollándose con la mayor naturalidad…
Perpleja y confusa al principio, tras unos minutos me recobré y me
acerqué al rincón revelador que había supuesto el origen del problema. Fue
entonces cuando tomé la decisión más importante de mi vida. Lo hice decidida a
ser consecuente a partir de entonces, a formar parte activa de la realidad que
me rodeaba ahora que por fin era consciente de ella. Decidida, en suma, a ser
una persona razonable y adulta de una vez, alguien con la cabeza fría y los
pies en el suelo.
Respiré hondo y saqué un chicle del bolso. Lo masqué unos segundos y con
valentía insólita procedí a sellar con él la esquina despegada. C’est
fini.
Las posibles supervivientes que podían quedar aún en el salón tampoco me
preocupaban ya. Alguien se ocuparía de ellas tarde o temprano. Y volví a la
fiesta.
Eso sí, antes de emprender mi nueva vida me atusé el pelo tras la oreja
para mostrar sutilmente mis pendientes (prestados, de momento), y con la cabeza
bien alta y los tacones bien firmes me serví una copa de champán y unos cuantos
güisquis dobles. Mientras los apuraba reflexioné sobre la compleja y difícil
cuestión de qué modelo de móvil me compraría al día siguiente. ¿Móvil o
Iphone?… Una elección crucial y trascendente. Me llevaría unos días, tal vez
unas semanas, decidirlo.
Luisa María García Velasco nació en Granada, España, el 21 de Noviembre
de 1967. Sus primeras publicaciones llegaron a los dieciséis años como
resultado de premios literarios de poesía y relato, aunque mientras estudiaba
participó en grupos de teatro, de literatura, de danza… y debutó incluso como
cantautora. Siguieron estudios de Filología Inglesa, aprobó las oposiciones
como profesora de Enseñanza Secundaria y se mudó a Canjáyar, una localidad de
la Alpujarra almeriense donde actualmente vive y trabaja. Está casada con
Francisco Alonso, profesor de piano en el Real Conservatorio de Almería y tiene
dos hijos, Paco y José Luis. Tradujo El gusano de fuego, de Ian Watson, para
Equipo Sirius. Ha publicado cuentos en Galaxia, Visiones 2006 y Fabricantes de
Sueños 2006. Su relato “Universo Alternativo” resultó finalista del Primer
Certamen Literario Internacional de Relato Breve convocado por El País
Literario. Como poeta cuenta con diversos galardones, uno de ellos el Premio
Internacional de Poesía Dulcinea 2005. Actualmente colabora en el blog
literario-lúdico-cultural: «Palabras,
palabras, palabras…» cuyo equipo de creadores la fascinó
desde el principio por su inteligencia y originalidad. “Sueño kafkiano” se
expuso como parte de una instalación en la exposición de arte independiente
«Almería al Desnudo», del Colectivo de Artistas Proyecto A-4. Hemos publicado
en Axxón: Gabardinas en agosto, El coche
rojo.
Este cuento se vincula temáticamente con GENOMA, de Domingo Santos, CRÓNICA
DE UNA SOCIEDAD INTERMITENTE, de Adam
Gai, EL
ESCRITOR DE CIENCIA FICCIÓN, de Rafael
Villegas
Axxón 207 – mayo de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Realismo conjetural : Crítica
social : España : Española).

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