© Libro N° 10951. El Jugador. Dagon, Magnus. Emancipación. Marzo 4 de 2023
Título original: © El
Jugador. Magnus Dagon
Versión Original: © El Jugador. Magnus
Dagon
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Portada E.O. de Imagen original:
Ilustración para el cuento "El Jugador", Magnus Dagon
© 2010, SBA: https://axxon.com.ar/rev/207/cuento11ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Magnus Dagon
El Jugador
Magnus Dagon
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Como tantas veces durante aquellos millones de años en los que estuvo
hibernado, el Jugador volvió a tener sueños de gloria. Su inconsciente le
volvió a recordar los éxitos del pasado, volvió a atormentarle con la sombra de
la decadencia. Sin embargo, aquel sueño era distinto de los demás.
Aquel sueño terminó con su abrupto despertar.
Abrió los ojos con mucho esfuerzo y al ver que nadie abría la cápsula en
la que se encontraba procedió él mismo a activar el botón de emergencia. Pensó
que presentaría quejas formales por semejante recibimiento. No había viajado
durante tanto tiempo bajo suspensión animada para ser tratado de ese modo.
Su manager le dijo que no viajara tan lejos, que era una locura, que su
carrera deportiva podría enderezarse a pesar de su relativa madurez física.
Hubo una época en que se preguntó si no tendría razón, si no estaría
arriesgándolo todo sólo para demostrar que no era capaz de cumplir sus
expectativas. Sin embargo, al ver la nave en la que haría el largo viaje, una
nave tan cara que todo estaba en ella automatizado salvo él y el piloto, que se
descongelaría cada varios miles de años para comprobar los sistemas, se olvidó
de todas las dudas. A la mierda, pensó. Al fin y al cabo, para cuando esté
allí, mi manager llevará siglos muerto.
No llevaba ni dos minutos despierto y ya echaba de menos su presencia.
Al ver que la cápsula no respondía al botón de emergencia, el Jugador
hizo palanca como pudo y logró desatascar la puerta, que se abrió con un
silbido. Salió del cubículo y sintió una horrorosa pesadez a lo largo de todo
su cuerpo, como si le hubieran sustituido toda la sangre del cuerpo por
cemento. Habían llegado a su destino.
Algo, sin embargo, iba mal. El interior de la nave estaba en muy mal
estado, casi como si fuera parte de los restos de una civilización antigua.
Miró alrededor, buscando su preciado balón, el que usaba para entrenar desde
que era pequeño. Cuando lo agarró, notó que pesaba como si estuviera hecho de
granito. Daba igual. Había viajado muy lejos y un detalle como aquel no iba a
amedrentarle.
El esqueleto que se encontraba en cubierta sí lo hizo.
No había manera de saberlo con seguridad, pero el Jugador supuso que se
encontraba ante lo que quedaba del piloto. Parecía llevar allí mucho, mucho
tiempo. Tal vez, pensó, murió durante una de las inspecciones rutinarias. Tal
vez no habían aterrizado donde debían aterrizar.
Miró por la escotilla. El cielo tenía un color que no le gustaba.
Aun así, decidió, tenía que salir. La nave estaba claramente
inutilizada, lo que quería decir que si seguía vivo no era porque estuviera
aislado del exterior. Abrió la compuerta principal y comprobó, para su alivio,
que podía respirar. Era un aire denso, sí, pero por lo menos respirable.
A su alrededor se extendía una ciudad en ruinas. Los indicadores de las
calles hicieron que se cerciorara de que en efecto la nave había llegado a su
destino sin problemas. Una vez pasado el susto inicial, el Jugador se sintió
indignado y frustrado a partes iguales. Aquello le recordaba al barrio
latinoamericano de su juventud, un erial de casas tercermundistas donde la
única manera de escapar de la pobreza consistía en ser un genio del balón.
Desde que, huérfano, se fue de aquel lugar, juró no regresar jamás a ninguno
así. Un piloto muerto, un recibimiento inexistente, un aterrizaje deficiente.
Alguien tendría que pagar por todos aquellos errores.
Al poco de caminar por los restos silenciosos de la ciudad, el pánico
volvió a amenazarle. Distinguió a lo lejos la famosa torre que coronaba la
ciudad, la capital del planeta, y se dio cuenta de que la zona concreta por la
que paseaba no debía ofrecer en absoluto semejante aspecto. Había dejado atrás
la Tierra y todos sus recuerdos sólo para aterrizar en un planeta abandonado y
muerto.
El miedo, al fin, invadió al Jugador. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué
había pasado aquello? Miró a su alrededor intrigado. No parecían los restos de
una guerra, pero tampoco había visto muchos como para asegurarlo. Tampoco
parecían los restos de un desastre natural. ¿Radiación, quizá? En ese caso
estaba ya muerto sólo por poner un pie en tierra. O tal vez había estado
hibernado por accidente muchos más siglos de los que debía.
Se pasó todo ese día caminando por la ciudad y al fin llegó a la
conclusión de que estaba solo. El planeta no era muy grande, de modo que no
parecía lógico que, de existir supervivientes, hubieran dejado atrás la
metrópolis más importante. El ser humano no deja ruinas, pensó. Recordó el
barrio de su juventud. Al menos, no deja ruinas deshabitadas.
Se preguntó si alguien iría a buscarle y al fin comprendió que no sería
así. Una expedición de rescate no viajaría al confín del Universo a por un solo
hombre, por muy famoso que éste fuera, por mucho que hubiera sido la gran
promesa del fútbol, un deporte tan antiguo que aún sobrevivía en aquella era de
maravillas cósmicas. Se preguntó si en la Tierra no habría pasado algo similar.
Tampoco es que le importara. Bien podía ser el único representante de la
especie que no iba a enterarse de ello.
El Jugador estaba furioso. Furioso con la civilización, furioso con los
suyos. No por estar abandonado a su suerte, sino por haber perdido para siempre
toda esperanza de remontar su carrera.
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Durmió a la intemperie, junto a su balón, y al día siguiente se levantó
a buscar comida. No tardó en encontrar varios árboles en los que crecían frutos
que nunca antes había visto. Arrancó uno y cayó al suelo como un misil
orgánico, aplastándose con el impacto. Maldijo la gravedad aumentada de aquel
planeta.
Tras abastecerse temporalmente de víveres, regresó a la nave y sacó las
semillas de emergencia, que plantó como buenamente pudo. No sabía cuánto tiempo
estaría allí, pero por si acaso tenía que ser precavido. De todos modos, no era
la primera vez que estaba obligado a pasar hambre, pero sí era una situación
que ya casi había logrado olvidar.
Lo siguiente que hizo, siempre balón en mano, fue ir a donde tenía
planeado ir antes del desastre. Guiándose por referencias y con ciertas
dificultades (un aerocoche siempre le llevaba a todas partes), encontró al fin,
en lo que fue la zona más concurrida de la ciudad, el Estadio.
El Estadio aún resistía en pie, aunque una sección lateral se había
derrumbado por completo, dando la impresión de que fuera una enorme entrada,
como si se tratara de un antiguo templo romano. El Jugador observó su sólida
estructura, diseñada para soportar la gravedad del planeta. Había soñado
muchas, muchísimas veces que su esplendor resurgiría en aquel estadio. Ahora no
era más que otro monolito silencioso. Entró sin prisa y se dirigió al campo. La
hierba había crecido sin que nadie pudiera detenerla, e incluso había algunos
árboles espolvoreados en los laterales y en el medio campo. Se dirigió a la
portería, que estaba muy corrompida. El Jugador pensó que si hubiera sabido
algo de química elemental habría podido deducir cuánto tiempo había pasado
hasta que despertó, pero nunca tuvo estudios ni ganas de estudiar. No lamentaba
hacerlo, tampoco. «No se puede hacer todo en esta vida», pensaba, «y yo escogí
el deporte».
Miró más de cerca la portería y se convenció de que bastaría con un
soplido para que se derrumbara como un castillo de naipes. Si hubo una red ya
nada quedaba de ella, aunque dudaba que así fuera, pues la gravedad la habría
convertido en una pesada y peligrosa rejilla.
El Jugador sintió ganas de echarse a llorar.
Recordó la primera vez que oyó hablar de aquel estadio. Iba a ser el
primer estadio construido fuera de la Tierra, y nadie apostaba por su
permanencia. Decían que la gravedad convertiría los partidos en una tarea
titánica, que acabarían teniendo que recurrir a implantes cibernéticos o
servopiernas. El Jugador, largamente olvidado, vio entonces la oportunidad de
anunciar su triunfal regreso. Demostraría que era posible el fútbol sin ningún
añadido tecnológico, y lanzaría con éxito un penalti en aquel estadio. El
público enloquecería, y las hazañas de los jugadores terrestres del pasado
serían sólo recuerdos ignorados.
Miró a las gradas vacías, y comprendió que era él el que había pasado a
ser un recuerdo ignorado. Sin embargo concluyó que aun así haría lo que se
había propuesto hacer. Principalmente, porque en otro caso no encontraba
sentido a la idea de seguir viviendo. Su existencia sólo cobraba significado
con un balón entre los pies.
Los días siguientes el Jugador trató de arrancar las hierbas altas de la
zona de penalti, al tiempo que cogía restos desvencijados de robots y los
situaba en los asientos del público, como improvisados espectadores. No tardó
en tener el Estadio listo para su entrenamiento. No era lo mejor del mundo,
pero sin duda había entrenado en sitios mucho peores.
Sin embargo, tuvo claro que sólo tendría un intento. Si atinaba a la
portería con el balón, ésta se desmembraría y ya no sería lo mismo. No, no
bastaba con imaginarse la portería, tenía que ver la portería. Ya que no podía
subsanar la ausencia del portero, al menos dejaría un recuerdo del pasado.
Los primeros días que manejó el balón comprendió que aquello iba a ser
muy duro. Era como intentar hacer toques con un ladrillo, como si estuviera
lleno de pinchos en vez de ser suave y esférico. No obstante, el Jugador fue
traicionado por su arrogancia. Pensándose preparado a los pocos días, situó
todos los elementos en su sitio y miró a su público oxidado e imperturbable. Se
preparó para lanzar, tomó carrerilla y disparó. La impresionante forma física
del Jugador consiguió que el balón se desplazara una gran distancia, pero
apenas se levantó del suelo y mucho menos llegó a cruzar la línea de gol.
Su pie, por otra parte, estaba completamente destrozado.
El Jugador cayó al suelo y gritó de dolor. Recuerdos del pasado, de
camilleros que se lo llevaban a la enfermería, le asaltaron de repente, y se
dio cuenta de que nadie iría a por él y que nadie curaría su pie roto. Estaría
lesionado para siempre. Se ayudó con el otro pie y cojeando subió hasta las
gradas. Allí la emprendió a puñetazos con los robots oxidados, al borde de la
histeria, y cuando hubo terminado y sus nudillos estaban morados, se detuvo
jadeante.
No había nadie a quien echar la culpa. Ni al público, ni a las
circunstancias. Él, y sólo él, había sido quien le había derrotado.
Tras la ira, vino la calma. El Jugador no tardó en comprender que si
quería lograr su objetivo tenía no sólo que aprender a tirar, tenía que
aprender a jugar en todos los sentidos. Sería muy complejo, pero lo consideró
un nuevo reto.
Dado que su pierna buena había quedado inservible, decidió intentarlo
con la otra. Si bien al principio supuso que no podría hacerlo debido a que
sería más débil con ella, estaba también la ventaja de no estar viciada, no
estar acostumbrada al peso de un balón. De ese modo, el Jugador llegó a
convencerse de que lo que estaba manejando era un sencillo balón reglamentario
que pesaba igual que uno terrestre. Sí, se le hacía más difícil levantarlo,
pero eso era porque la pierna aún no era resistente, se repetía una y otra vez,
engañándose sin cesar.
Al poco tiempo retiró los androides. Ya no los necesitaba. No hacía eso
por la fama, ni por la gloria, ni por el público. Recordó que antes de
hibernarse, su novia le suplicó que no lo hiciera, que ella le amaba, y
respondió que se sacrificaba por su pasión. No era verdad. Era egoísmo,
egocentrismo. Aquello no era sacrificio. Lo que estaba haciendo en aquel
planeta, eso sí era sacrificio, superación. No buscaba nada haciéndolo. No
tenía nada que ganar y mucho que perder. En aquel confín apartado del Universo,
solo y apartado de todo y de todos, al fin el Jugador comprendió lo que era el
fútbol en realidad.
Varias semanas después, con los víveres ya escaseando, comprendió que
había llegado el momento de intentarlo. Ya no lo hacía con la duda en su
interior. Sabía que tenía que hacerlo. Y si fallaba… esa posibilidad no estaba
contemplada. Podía fallar de nuevo, romperse el otro pie, y sería el fracaso
definitivo. Pero eso no le importaba. El recorrido había sido tan importante
como el resultado.
No miró a ninguna parte. No desvió la mirada buscando apoyo. Nunca antes
había sentido tanta serenidad.
Cogió carrerilla y disparó.
La pelota se elevó en una esforzada línea parabólica que la gravedad
convirtió en casi recta, al tiempo que el efecto que la había impuesto, libre
del tirón gravitatorio, hizo que girara a la izquierda. Entró limpiamente por
la escuadra y fue a estrellarse en el suelo, formando un pequeño cráter. El
Jugador cayó al suelo, extenuado, y miró al cielo sucio y revuelto. Se planteó
qué altura hubiera alcanzado el balón de haber estado en la Tierra. La
respuesta llegó rápida a su cabeza.
La misma. El balón pesaba lo mismo, era el pie el que debía
fortalecerse.
Dejó allí el balón y regresó a la nave. Miró la cápsula, sereno, y
comprobó que aún tenía una reserva residual de aire para unas pocas horas.
Recordó haber oído que la muerte por enrarecimiento de aire mientras se está
hibernado es una muerte tranquila en la que no se nota nada. Programó la
cápsula, se metió en ella y cerró tras de sí. Cerró los ojos y respiró
aliviado.
Por primera vez desde que el Jugador llegó a aquel planeta, no tuvo
sueños de gloria. A su mente, antes del colapso, sólo llegaron imágenes de paz
y tranquilidad.
Magnus Dagon es un seudónimo de Miguel Ángel López Muñoz. Nacido en
Madrid en 1981. En el año 2006 ganó el Premio UPC de novela corta, publicada
después bajo el sello de Ediciones B. Ese año fue finalista también del Premio
Andrómeda, al año siguiente del Premio Pablo Rido y en el 2009 ganador del IX
Certamen de Narrativa Corta Villa de Torrecampo. Ha publicado relatos en
numerosas publicaciones digitales y de papel. Es miembro de la asociación Nocte
de escritores de terror. En abril de 2010 salió a la venta su primer libro,
«Los Siete Secretos del Mundo Olvidado», con la editorial Grupo Ajec. Es
cantante y letrista del grupo musical Balamb Garden, que se puede
escuchar AQUÍ.
Hemos publicado en Axxón: EL LÁNTURA (167), EL BRILLO
DEL MAL (168), EL
IMPERIO CAOS (173), NUEVO
COMIENZO (174), COCHES AZULES, LOS
NUEVOS DESCUBRIMIENTOS PERDIDOS: LOS HOLOGRAMAS
Este cuento se vincula temáticamente con EL NUEVE
DE ELLOS, de Miguel Fliguer, NO,
GRACIAS, de Hernán Domínguez Nimo, LA CARRERA DE SUPERVIVENCIA, de Alberto Mesa Comendeiro, EL NUMERO UNO, de Hernán Domínguez Nimo
Axxón 207 – mayo de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Criogenia :
Deporte : España : Español).

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