© Libro N° 9483. Pena De Muerte. Simenon, George. Emancipación. Enero
15 de 2022.
Título original: © Pena De Muerte. George Simenon
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Original: © Pena De Muerte. George Simenon
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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PENA DE MUERTE
George Simenon
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
Pena De Muerte (1936)
(“Peine de mort”)
Originalmente publicado en Paris-Soir-Dimanche
(14 de noviembre de 1936);
Les nouvelles enquêtes de Maigret
(París: Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)
El
peligro más grande, en esta clase de asuntos, es llegar a hastiarse. El
«plantón», como se dice, duraba ya doce días; el inspector Janvier y el
brigadier Lucas se relevaban con una paciencia incansable, pero Maigret había
tomado a su cuenta un buen centenar de horas porque él solo, en suma, sabía
quizás a dónde quería llegar.
Aquella mañana, Lucas le había telefoneado desde el bulevar de
Batignolles:
—Los
pájaros tienen aspecto de querer volar… La mujer del cuarto acaba de decirme
que están cerrando sus maletas…
A las
ocho, Maigret estaba de guardia en un taxi, no lejos del hotel Beauséjour, con
una maleta a sus pies.
Llovía. Era domingo. A las ocho y cuarto, la pareja salía del hotel con
tres maletas y llamaba a un taxi. A las ocho y media, éste se detenía ante una
cervecería de la estación del Norte, frente al gran reloj. Maigret bajaba
también de su coche y, sin esconderse, se sentaba en la terraza, en un velador
contiguo al de sus «pájaros».
No
sólo llovía, sino que hacía frío. La pareja se había instalado cerca de un
brasero. Cuando el hombre distinguió al comisario, a su pesar, hizo un
movimiento con la mano hacia su sombrero hongo y, sin embargo, su compañero
apretaba más contra ella su abrigo de pieles.
—¡Un
ponche, camarero!
Los
demás también tomaban ponche y los que pasaban les rozaban. El camarero iba y
venía. La vida de un domingo por la mañana alrededor de una gran estación
continuaba como si no estuviese en juego la cabeza de un hombre.
La
aguja, por su parte, avanzaba a sacudidas por el cuadrante del reloj y, a las
nueve, la pareja se levantó, se dirigió hacia una ventanilla.
—Dos
segundas «ir». Bruselas…
—Segunda simple a Bruselas —dijo Maigret como un eco.
Luego
los andenes atestados, el rápido en el que había que encontrar sitio, un
compartimento, en la cabeza, cerca de la máquina, en donde por fin la pareja se
acomodo y en donde el comisario colocó su maleta en la red. La gente se
abrazaba. El joven del sombrero hongo bajó para comprar periódicos y volvió con
un paquete de semanarios y revistas ilustradas.
Era el
rápido de Berlín. Había una gran algarabía. Se hablaban todas las lenguas. Una
vez el tren en marcha, el joven, sin quitarse los guantes, empezó a leer un
periódico mientras que su compañera, que parecía tener frío, ponía con gesto
instintivo su mano sobre la de su compañero.
—¿Hay
vagón restaurante? —preguntó alguien.
—¡Creo
que después de la frontera! —contesto otra persona.
—¿Se
para en la aduana?
—No.
La inspección tiene lugar en el tren, a partir de Saint—Quentin…
Los
arrabales, luego bosques hasta donde alcanzaba la vista; después Compiègne, en
donde no se detuvo más que el tiempo de la parada.
El
joven, de tanto en tanto, levantaba los ojos de su periódico y su mirada
recorría el plácido rostro de Maigret.
Estaba
cansado, era cierto. Maigret, que también echaba las mismas ojeadas furtivas,
le encontraba más pálido que los demás días, todavía más nervioso, más
crispado, y hubiera jurado que su compañero hubiese sido incapaz de decirle lo
que leía desde hacía una hora.
—¿No
tienes hambre? —preguntó la joven.
—No…
Se
fumaba cigarrillos y pipas. Estaba oscuro. Las aldeas dejaban ver calles
mojadas y vacías, iglesias en las que tal vez se decía la misa mayor.
Y
Maigret tampoco intentaba volver a sopesar los hechos uno a uno, precisamente
por temor al hastío, porque después de dos semanas y media sólo pensaba en
aquel asunto.
El
joven, frente a él, iba vestido sobriamente, más como un inglés que como un
parisino: traje gris hierro, abrigo gris sin botones aparentes, sombrero hongo
y, para completar el conjunto, un paraguas que había colocado en la red
inferior.
Si se
hubiese pronunciado su nombre en el compartimento, todo el mundo hubiese
temblado, porque, entre los periódicos diseminados sobre las rodillas, la mitad
por lo menos hablaban todavía de él.
Un
bonito nombre: Jehan d’Oulmont. Una excelente familia belga, varias veces
representada en la Historia. Jehan d’Oulmont era rubio; tenía los rasgos
bastante finos, pero la piel, demasiado sensible, enrojecía con facilidad, y
los rasgos fácilmente agitados por tics nerviosos.
Por
dos veces Maigret le había tenido frente a él, en su despacho de la Policía
Judicial V, por dos veces, durante horas, había intentado en vano hacer
doblegar al joven.
—¿Admite que desde hace dos años es la desesperación de su familia?
—¡Eso
le importa a mi familia!
—Después de haber iniciado sus estudios de Derecho, le han echado de la
Universidad de Lovaina por notoria mala conducta.
—Vivía
con una mujer…
—¡Perdón! Con una mujer a la que un negociante de Anvers mantenía…
—¡El
detalle carece de importancia!
—Maldecido por su familia, vino a París… Se le ha visto sobre todo en
las carreras y en los locales nocturnos… Se hacía llamar conde d’Oulmont,
título al que no tiene derecho…
—Hay
gentes a las que esto les gusta…
Siempre la misma sangre fría, a despecho de una palidez enfermiza.
—Conoció a Sonia Lipchitz y no ignoraba nada de su pasado…
—Yo no
me permito juzgar el pasado de una mujer…
—A los
veintitrés años, Sonia Lipchitz ya ha tenido numerosos protectores… El último
le dejó una cierta fortuna que ella ha dilapidado en menos de dos años…
—Lo
que prueba que no soy interesado, porque, en ese caso, habría llegado demasiado
tarde…
—No
ignora que su tío, el conde Adalbert d’Oulmont —se tiene, en su familia, gusto
por los nombres originales—, no ignora, digo, que bajaba cada mes a París por
algunos días, en el hotel del Louvre…
—Para
vengarse de la vida austera que se cree obligado a llevar en Bruselas…
—¡Sea!… Su tío, antiguo acostumbrado al hotel, reservaba siempre el
mismo apartamento, el 318… Cada mañana montaba a caballo, en el Bois, almorzaba
a continuación en un cabaret de moda y luego se encerraba en su apartamento
hasta las cinco…
—¡Debía necesitar reposo! —replicaba cínicamente el joven—. ¡A su edad!…
—A las
cinco hacía subir al peluquero y a la manicura y…
—Y
frecuentaba a continuación, hasta las dos de la mañana, los lugares en los que
se encuentran mujeres hermosas…
—Todavía exacto…
Porque
si el conde d’Oulmont, en cierta época de su vida, había sido un diplomático
distinguido, era forzoso admitir que con la edad se había identificado poco a
poco con el repertorio de viejos verdes y que no le faltaba ni la peluca.
—Siempre se ha dicho…
—Y le
ayudó varias veces con sus subsidios…
—Y con
sus lecciones de moral… Una cosa compensa la otra…
—Dos
días antes del drama, en un bar de los Champs—Elysèes, usted le presentó a su
amante Sonia Lipchitz…
—Como
usted le hubiese presentado a su mujer…
—¡Perdón! Tomaron el aperitivo los tres y luego, bajo el pretexto de una
cita de negocios, usted les dejó solos… En este momento, usted estaba, usted y
Sonia, como se dice, a dos velas. Después de haber vivido largo tiempo en el
hotel Berry, cerca de los Champs—Elysèes, en donde dejó a una ardiente coqueta,
cuesta verle ahora yendo a parar a un hotel más que modesto del bulevar
Batignolles…
—¿Me
lo reprocha?
—Hay
que creer que Sonia no le gustó a su tío, que la dejó inmediatamente después de
cenar para ir a un pequeño teatro…
—¿Otro
reproche?
—Dos
días después, el viernes, hacia las tres y media, el conde d’Oulmont era
asesinado en su apartamento, en donde, como de costumbre, echaba la siesta…
Según el dictamen del forense, fue abatido por un golpe violento propinado por
medio de un tubo de plomo o una barra de hierro…
—Ya he
sido registrado… —contestó socarronamente el joven.
—¡Lo
sé! E incluso tenía una coartada. Me enseñó, al día siguiente, su carnet de
apuestas, porque usted es un aficionado a las carreras… La tarde de la muerte,
estaba en Longchamp y apostó a dos caballos en cada carrera… Tickets de la
Mutua, encontrados en su abrigo, lo han establecido así y camaradas suyos le
vieron una o dos veces en el transcurso de la tarde…
—¿Usted ve?
—Lo
que no impide que hubiese tenido tiempo, en el curso de la reunión, de subir a
un taxi y llegar hasta su tío…
—¿Alguien me vio?
—Conoce lo bastante el hotel del Louvre para saber que no se presta
atención a las idas y venidas de los clientes habituales… Sin embargo, un
botones cree acordarse…
—¿No
le parece que es demasiado vago?
—Una
suma de treinta y dos mil francos en billetes franceses le fue robada a su tío.
—¡De
tenerlos, hubiera tenido tiempo de pasar la frontera!
—También lo sé. No se encontró nada en su hotel. ¡Mejor! Dos días más
tarde, su amante empeñaba sus dos últimos anillos en el Crédito Municipal y
usted vive ahora de los cinco mil francos que ella recibió a cambió…
—¡Por
lo tanto…!
* * *
¡Ése
era todo el asunto! Dicho de otra manera, casi el crimen perfecto. La coartada
era de las que no se pueden contradecir con éxito. Gente había visto a Jehan en
las carreras aquella tarde. Pero ¿a qué hora?
Había
jugado. Pero, en ciertas carreras, su amante había podido jugar por él y no hay
mucha distancia entre Longchamp y la calle Rivoli.
¿Un
tubo de plomo, una masa de hierro? Todo el mundo puede procurarse uno y
desembarazarse de él sin dificultad. Y todo el mundo, con un poco de habilidad,
puede introducirse en un gran hotel sin hacerse notar.
¿El
golpe de los anillos empeñados a los dos días? ¿El carnet de apuestas de
d’Oulmont?
—Usted
mismo admite —decía este último— que mi buen tío recibía a veces mujeres en su
cuarto. ¿Por qué no busca por ese lado?
Y,
lógicamente, no había ni una fisura en su razonamiento. Tenía tan poco que,
cuando se presentó en el Quai des Orfèvres, tras dos interrogatorios, y había
manifestado el deseo de volver a Bélgica, se había visto obligado, a falta de
elementos suficientes, a darle la autorización.
He
aquí el porqué, desde hacía doce días, Maigret empleaba su vieja táctica: hacer
seguir a su hombre paso a paso, minuto a minuto, de la mañana a la noche y de
la noche a la mañana, hacerlo seguir ostensiblemente a fin de que el hastío, si
se producía en uno de los dos campos, se produjese de su lado.
He
aquí por qué también, aquella mañana, había tomado sitio en el compartimento,
frente al joven que, al verle, había esbozado un saludo y que estaba obligado,
durante horas, a representar la comedia de la desenvoltura.
¡Crimen vicioso! ¡Crimen sin excusa! ¡Crimen tanto más odioso en cuanto
que cometido por un pariente de la víctima, por un muchacho instruido y sin
taras aparentes! ¡Crimen de sangre fría también! ¡Crimen casi científico!
Para
los jurados, esto se traduce por una cabeza que cae. Y aquella cabeza, un poco
pálida, cierto, apenas coloreada en los pómulos, se levantó para la inspección
aduanera.
* * *
Faltó
poco para que hubiesen protestas en el compartimento. Maigret había dado
órdenes por teléfono y, para la pareja, el registro fue minucioso, tan
minucioso que se hacía indiscreto.
Resultado: ¡nada! Jehan d’Oulmont sonreía con su pálida sonrisa. Sonreía
a Maigret. Sabía que era su enemigo. Se percataba también de que era una guerra
de usura, pero una guerra en la que su cabeza estaba en juego.
Uno lo
sabía todo: el asesino. Cuándo, cómo, en qué minuto, en qué circunstancias
había sido cometido el crimen.
Pero
el otro, Maigret, que fumaba su pipa, a despecho de los gemidos de su vecina, a
la que molestaba el tabaco, ¿qué sabía?, ¿qué había descubierto?
¡Guerra de agotamiento, sí! Pasada la frontera Maigret carecía del
derecho de intervenir y se acababan de divisar los primeros caseríos de
Borinage.
Entonces, ¿por que estaba allí? ¿Por qué se obstinaba? ¿Por qué en el
vagón restaurante, a donde la pareja iba a tomar el aperitivo, se instalaba en
la misma mesa, amena/ador y silencioso?
¿Por
qué, en Bruselas, iba al Palace, en donde Jehan d’Oulmont y su amante tomaban
un apartamento?
¿Había
descubierto Maigret una fisura en la coartada? ¿Había olvidado Jehan d’Oulmont
algún detalle que le había traicionado?
¡Claro
que no! En ese caso, le hubiese arrestado en Francia, le hubiese entregado a
los tribunales franceses, lo que comportaba, sin disputa, la pena de muerte…
Y
Maigret, en el Palace, ocupaba la habitación contigua. Maigret dejaba su puerta
abierta, bajaba detrás de la pareja al restaurante, paseaba tras ellos a lo
largo de los escaparates de la calle Neuve, entraba en la misma cervecería,
siempre obstinado y tranquilo en apariencia.
Sonia
estaba casi tan febril como su compañero. Al día siguiente no se levantó hasta
las dos y la pareja almorzó en su habitación. Y olían el sonido del teléfono,
porque Maigret encargaba el almuerzo.
Un
día… Dos días… Los cinco mil francos debían acabarse… Maigret seguía allí, con
la pipa en la boca, las manos en los bolsillos, sombrío y paciente.
Pero
¿qué sabía? ¿Quién hubiera podido decir lo que sabía?
* * *
¡En
verdad Maigret no sabía nada! Maigret «sentía». Maigret estaba seguro del caso,
hubiera apostado su apellido a que tenía razón. Pero en vano había dado vueltas
cien veces al problema en su cabeza, había interrogado a los chóferes de París
y en particular a los especialistas en carreras.
—¡Ya
sabe! Vemos tanto… ¿Tal vez…?
Tanto
más cuanto que Jehan d’Oulmont no tenía nada de particular y que las gentes a
las que enseñaba su fotografía reconocían inmediatamente a algún otro.
El
olfato no bastaba. La convicción tampoco. La justicia exige una prueba y
Maigret seguía buscando sin saber quién se cansaría primero. Paseó tras la
pareja por el Jardín Botánico. Asistió a veladas de cine. Comió y cenó en
excelentes cervecerías, como le gustaba, y se atiborró de cerveza.
A la
lluvia la había reemplazado una especie de nieve fundida. El martes, calculaba
el comisario, apenas les quedaban trescientos francos belgas a sus víctimas y
tal vez, se dijo, tendrían que echar mano del «tesoro escondido».
Era
una vida agotadora y, por la noche, tenía que despertarse al menor ruido
producido en la vecina habitación. Pero seguía como esos perros que, tumbados
en el suelo se dejan aplastar antes que retroceder.
La
gente, a su alrededor, continuaba sin darse cuenta de nada. Se servía al pálido
Jehan d’Oulmont como a un cliente cualquiera sin percatarse de que su cabeza no
estaba muy segura sobre sus hombros. En un dancing, alguien invitó a Sonia;
luego desapareció, la volvió a invitar una hora más tarde y jugó tercamente con
su bolso. Ese alguien, que parecía un joven de buena familia, hizo de lejos una
señal de amistad a d’Oulmont.
Era
poca cosa. Transcurría ya el tercer día en Bruselas. Y sin embargo, en aquel
minuto, Maigret tuvo por fin la esperanza de triunfar.
Lo que
hizo entonces era tan poco corriente en él que la señora Maigret se hubiese
quedado de una pieza. Se dirigió hacia el bar de la boîte y se tomó varias
copas en compañía de mujeres que le asaltaban; pareció divertirse más allá de
los límites admitidos y acabó, casi vacilante, por invitar a Sonia a bailar.
—¡Si
puede tenerse en pie! —dijo secamente.
Dejó
su bolso sobre la mesa, dirigió una ojeada a su amante, pero éste a su vez
salió a bailar con una de las señoras de la casa.
En
aquel momento, mientras las dos parejas estaban mezcladas entre las demás, bajo
una luz anaranjada, ¿quién hubiera podido prever lo que iba a pasar?
* * *
Maigret, acabado el baile, no estaba solo. Un hombrecillo vestido de
negro le acompañaba hasta la mesa de la pareja y era él quien pronunciaba:
—¿Señor Jehan d’Oulmont?… Sin ruido… Sin escándalo… Estoy encargado por
la Sûreté belga de detenerle…
El
bolso seguía allí, sobre la mesa. Maigret parecía pensar en otra cosa.
—¿Detenerme en virtud de qué?
—De
una orden de extradición…
Entonces la mano de d’Oulmont alcanzó el bolso. Luego, de repente, el
joven se incorporó, apuntó sobre Maigret un revólver y…
—He
ahí uno que no irá al paraíso —farfulló.
Una
detonación. Maigret seguía de pie, con las manos en los bolsillos. Jehan, con
el revólver en la mano, se asustaba. Los bailarines huían. El habitual
maremágnum…
* * *
—¿Comprende? —decía Maigret al jefe de la Sûreté de Bruselas—. Yo
carecía de pruebas. ¡Sólo tenía indicios! Y le sabía tan inteligente como yo…
»Que
había matado a su tío, yo era incapaz de demostrarlo. Y sin duda hubiese
escapado al castigo si…
—¿Si…?
—Si no
hubiese sido antiguo estudiante de Derecho y si la pena de muerte hubiese
existido realmente en Bélgica… Me explico… En Francia, mató a su tío por
necesidad de dinero… Sabía que allí su cabeza estaba en juego… Refugiado en
Bruselas, está seguro de la extradición si el crimen llega a ser probado… ¡Y yo
continúo detrás de él! Dicho de otra forma, tal vez tengo indicios o pruebas…
No tiene salvación…
»O más
bien si… Una cosa puede salvarle de la guillotina, una cosa que ya salvó al
asesino Danse… “El que comete una nueva muerte y, antes de efectuarse la
extradición, será juzgado por la Justicia belga que no conoce la pena de
muerte, pero que le enviará a la cárcel para el resto de sus días…”. Éste es el
dilema en el que he querido arrinconarle siguiéndole paso a paso. Carecía de
arma. El gesto de su amante, esta noche, mientras la pareja estaba en las últimas,
me ha hecho ver que habían conseguido, gracias a la complicidad de un antiguo
camarada, procurarse una, que se encuentra en el bolso.
»Durante el baile, un agente ha cambiado el revólver cargado de balas
por uno cargado con salvas…
»Luego
el arresto…
»Jehan
d’Oulmont, asustado, que se juega la cabeza, prefiere cadena perpetua en
Bélgica y dispara…
»¿Comprende?».
¡Había
comprendido, sí! Había comprendido que un segundo crimen salvaba la vida al
asesino del anciano conde d’Oulmont.
Por lo
demás, la sonrisa sarcástica del joven proclamaba:
—¡Ya
ve como no tendrá mi cabeza!
¡Su
cabeza, no! ¡Lo que no impide que ya no pueda hacer daño!
¡Y
que, por fin, Maigret tenía derecho a pensar en otra cosa!

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