© Libro N° 9482. ¡Jeumont, 51 Minutos De Parada! Simenon, George. Emancipación. Enero
15 de 2022.
Título original: © ¡Jeumont, 51 Minutos De Parada! George Simenon
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Original: © ¡Jeumont, 51 Minutos De Parada! George Simenon
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¡JEUMONT, 51 MINUTOS DE PARADA!
George Simenon
¡Jeumont, 51 Minutos De Parada!
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
¡Jeumont, 51 Minutos De Parada! (1936)
(“Jeumont, 51 minutes d’arrêt”)
Les nouvelles enquêtes de Maigret
(París: Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)
Entre
un profundo sueño, Maigret oyó vagamente un timbrazo, pero no se dio cuenta de
que llamaban al teléfono, que su mujer se inclinaba por encima dé él para
responder:
—¡Es
Popaul! —declaró tras haber sacudido a su marido—. Quiere hablarte…
—¿Eres
tú, Popaul? —gruñó Maigret medio dormido.
—¿Eres
tú, Tonton? —decían desde el otro extremo del hilo.
Eran
las tres de la mañana. La cama estaba caliente, los cristales cubiertos de
flores de hielo, porque fuera helaba, y helaba todavía más allá arriba en
Jeumont, desde donde telefoneaba Popaul.
—¿Qué
es lo que cuentas?… ¡Espera!… Anoto los nombres… Otto… Sí, deletrea, es más
seguro…
La
señora Maigret espiaba a su marido preguntándose únicamente una cosa: si él
tendría que levantarse o no. Y, naturalmente, se levantó, gruñón, explicando:
—Ha
ocurrido algo no muy católico, allá arriba, en Jeumont, y Popaul ha tenido que
detener a todo un vagón…
Popaul
era Paul Vinchon, el sobrino de Maigret, inspector en la frontera belga.
—¿A
dónde vas?
—En
primer lugar al Quai para coger algunas informaciones. Luego, tal vez saltaré
al primer tren…
* * *
Las
historias siempre ocurren con el 106, un tren que sale de Berlín a las once de
la mañana con uno o dos vagones de Varsovia, que pasa por Lieja a las 23 horas
44 minutos, hora en que la estación está vacía (sólo se espera su salida para
cerrar) y que por fin llega a Erquelines a la 1 y 57.
Aquella noche, los estribos de los vagones estaban blancos de escarcha y
resbaladizos. En Erquelines, los aduaneros belgas, que por así decirlo no
tienen nada que hacer en la salida, pasaron por los pasillos, abrieron algunos
compartimentos al azar y se apresuraron a ir a reunirse alrededor de la estufa.
A las
2 y 14, el tren se ponía en marcha para franquear la frontera y alcanzar
Jeumont a las 2 y 17.
—¡Jeumont! ¡51 minutos de parada!… —gritaba un empleado mientras corría
por el andén con su linterna.
En la
mayor parte de los compartimentos, los viajeros dormían, las lámparas estaban
apagadas y las cortinas echadas.
—¡Que
los viajeros de segunda y tercera clase desciendan para la aduana! —se gritaba
a lo largo del convoy.
Y el
inspector Paul Vinchon, al ver el número de cortinas echadas, de luces que se
encendían, fruncía el ceño y se aproximaba al jefe del tren.
—¿Por
qué trae hoy tantos viajeros de primera?
—A
causa de un congreso internacional de dentistas que se inaugura mañana en
París. Por lo menos llevamos veinticinco pasajeros más de los normales…
Vinchon subió en el vagón de cabeza, abrió las puertas una a una
diciendo con voz maquinal:
—¡Preparen sus pasaportes, por favor!
Cuando
los pasajeros no estaban despiertos, cuando la luz seguía apagada, la encendía
y se veía surgir de la sombra los rostros hinchados de un mal sueño.
—Preparen sus pasaportes, por favor…
Cinco
minutos más tarde, volvía a pasar, se cruzaba con los aduaneros que visitaban
los compartimentos de primera clase, haciendo salir a todo el mundo al pasillo,
tanteando los asientos, registrando hasta los menores rincones.
—Pasaportes, carnets de identidad…
Estaba
en un vagón alemán con los asientos de terciopelo rojo.
Generalmente, aquellos compartimentos sólo llevaban cuatro viajeros,
pero, a causa de los dentistas que habían invadido el 106, eran seis.
Popaul
tuvo una mirada admirativa para una hermosa mujer que se encontraba en la
esquina izquierda, cerca del pasillo, y que tenía pasaporte austríaco. A los
demás apenas les miró, hasta el momento en que llegó al fondo del compartimento
en donde un hombre, cubierto con una gruesa manta, no se había movido.
—¡Pasaporte! —repitió tocándole el hombro.
Los
demás viajeros empezaban a abrir las maletas para la aduana que llegaba.
Vinchon sacudió más a su dormilón, le vio desplomarse hacia un lado y, un
instante más tarde, constataba que el hombre estaba muerto.
Fue
una escena caótica. El compartimento era demasiado estrecho para todo el mundo
y, cuando llegó una camilla, hubo que sudar para colocar en ella el cuerpo
particularmente pesado.
—¡Llevadlo a la enfermería! —ordenó Vinchon, que un poco más tarde
descubría a un médico alemán en el tren.
Al
mismo tiempo, por si acaso, hacía vigilar el compartimento por un aduanero. La
joven austríaca fue la única que quiso bajar para tomar el aire, pero no se le
dejó y ella se encogió de hombros con aire despectivo.
—¿Puede decirme de qué ha muerto?
El
médico parecía intrigado y acabó, ayudado por Vinchon, de desnudar al muerto.
Incluso entonces no se vio en seguida rastro de herida y no fue hasta pasado un
buen momento cuando el alemán mostró, bajo la gruesa tetilla del viajero, una
señal apenas visible.
—Le
han hundido una aguja en el corazón… —declaró.
El
tren tenía todavía doce o trece minutos de parada. El comisario especial estaba
ausente. Vinchon, febril, tuvo qué tomar una decisión sobre la marcha. Corrió
hacia el jefe de estación y pidió que el vagón fuese desenganchado del tren.
La
gente no sabía a ciencia cierta lo que ocurría. Los de los compartimentos
vecinos protestaron cuando se les anunció que el vagón se quedaba en Jeumont y
que deberían encontrar sitio en otra parte. Los que habían viajado con el
muerto todavía protestaron más cuando Vinchon declaró que se veía obligado a
retenerles hasta el día siguiente.
Sin
embargo, no se podía hacer otra cosa, puesto que había un asesino entre ellos.
Lo que no impidió que Vinchon, una vez partido el tren con un vagón y seis
viajeros de menos, empezó a sentir debilidad en las piernas y llamó a su tío
por teléfono.
* * *
A las
cuatro menos cuarto de la mañana, Maigret estaba en el Quai des Orfèvres, en
donde solamente había encendidas algunas luces y en donde pedía a un inspector
de guardia que le preparase café. Ya a las cuatro, mientras su despacho se
llenaba de humo de pipa, tenía Berlín al otro lado del hilo y dictaba a un
colega de allí los nombres y las direcciones que su sobrino le había dado.
Después, pidió Viena, puesto que uno de los ocupantes del compartimento
venía de esta ciudad. Luego, redactó un telegrama para Varsovia, porque había
igualmente una dama de Vilna.
Durante este tiempo, en el despacho del comisario especial de la
estación, en Jeumont, Paul Vinchon tenía enfrente a sus cinco víctimas, que
reaccionaban diferentemente según su temperamento. Por lo menos había un buen
luego, una de esas enormes estufas de estación que engullían sacos y sacos de
carbón. Vinchon había hecho traer sillones de los despachos vecinos, y eran
también muebles administrativos, en madera negra, de patas vueltas, de
terciopelo ajado.
—Les
prometo ir lo más rápido posible, pero la situación es tal que me veo obligado
a retenerles en vista…
No
había un minuto que perder si quería tener para la mañana un informe más o
menos conveniente. Los pasajeros estaban en su despacho. El cuerpo de Otto
Braun (la víctima se llamaba así, según indicaba el pasaporte encontrado en su
bolsillo) estaba en la enfermería.
—Puedo, si lo desean, hacer que les sirvan bebidas calientes… Pero
tienen que decidirse rápido porque el buffet va a cerrar…
A las
cuatro, Vinchon era molestado por el sonar del teléfono.
—¡Hola!… ¿Aulnoye?… ¿Qué dice?… ¡Naturalmente!… Probablemente hay una
relación, si… Pues bien, envíemelo en el primer tren… Los documentos también,
evidentemente…
Prefirió pasar a un despacho vecino para telefonear a Maigret sin ser
oído.
—¿Eres
tú, Tonton?… ¡Otra cosa, ahora!… Hace algunos minutos, cuando el tren se
detenía en la estación de Aulnoye, han sorprendido a un hombre que salía de
debajo de un vagón… Ha habido una persecución bastante movidita y han acabado
por ponerle la mano encima… Llevaba un paquete envuelto en tela encerada que
contenía títulos internacionales, sobre todo petrolíferos, por un valor
considerable… El hombre ha declarado llamarse Jef Bebelmans, nacido en Anvers,
y ejercer la profesión de acróbata… ¡Sí!… Me lo traen en el primer tren…
¿Estarás aquí también con el primer tren?… ¿No?… ¿A las diez y veinte?…
Gracias, Tonton…
Y fue
al encuentro de sus cebras, como él decía. Cuando se hizo de día, se tuvo la
impresión de que todavía hacía más frío que la víspera, ya que la luz era una
luz helada. Llegaban viajeros para coger el tren de cercanías, y Vinchon, sordo
a las protestas de sus clientes, que acabaron embrutecidos de fatiga, seguía
trabajando.
* * *
No se
perdió el tiempo. No se debía perder, porque se trataba de la clase de asuntos
que pueden acarrear complicaciones diplomáticas. No se podía retener a cinco
viajeros de diversas nacionalidades, teniendo los papeles en regla, únicamente
porque un hombre había sido asesinado en su compartimento…
Maigret llegó a las diez y veinte, como había anunciado. A las once,
sobre una vía de la estación a donde había sido conducido el vagón, tenía lugar
la reconstrucción. Era un poco fantasmagórica a causa de la niebla, del frío y
de la fatiga general. Por dos veces se debía oír una risa nerviosa que probaba
que uno de los viajeros había abusado de los tragos para calentarse.
—¡Antes que nada, el muerto en su sitio! —dijo Maigret—. Supongo que las
cortinas de la ventana exterior estaban echadas.
—No se
ha tocado nada… —afirmó su sobrino.
Ciertamente, hubiera sido mejor esperar a la noche, hasta la hora exacta
en que se había producido el acontecimiento. Pero puesto que era imposible…
Otto
Braun, según su pasaporte, era un hombre de cincuenta y ocho años, nacido en
Breme, antiguo banquero en Stuttgart. Vestido cuidadosamente, ésa era la
impresión que daba. Un hombre grueso y confortable, de cráneo rapado, de tipo
israelita bastante pronunciado.
Las
informaciones que acababan de llegar de Berlín decían a su respecto: «… Tuvo
que cesar su actividad financiera Iras la revolución nacional—socialista, pero
ha dado pruebas de fidelidad al gobierno y nunca ha sido molestado… Pasaba por
muy rico… Dio un donativo de un millón de marcos a la caja del partido…».
En uno
de los bolsillos del muerto, Maigret encontró una factura de hotel, del
«Kaiserhof», en Berlín, en donde Otto Braun había permanecido tres días, al
venir de Stuttgart.
En
aquel momento, los cinco viajeros estaban de pie en el pasillo, siguiendo con
mirada tranquila o furiosa las idas y venidas del comisario. Éste, señalando la
red encima de Braun, preguntó:
—¿Son
suyas esas maletas?
—¡Son
mías! —dijo la aguda voz de Lena Leinbach, la austríaca.
—¿Quiere ponerse en el sitio que ocupaba esta noche?
Lo
hizo de mala gana y sus gestos bruscos dejaban entrever un principio de
borrachera. Llevaba un suntuoso abrigo de visón, una ropa extremadamente
elegante y joyas por todas partes.
Viena
telegrafiaba a su respecto: «… Medio mundana muy cara, que ha tenido numerosas
aventuras en las capitales del centro de Europa, pero de quien la policía no ha
tenido que ocuparse nunca… Ha sido durante largo tiempo la amante de un
príncipe alemán…».
—¿Quién de ustedes subió al compartimento en Berlín? —preguntó Maigret
volviéndose hacia los otros.
—¿Permite? —dijo alguien en excelente francés.
Y era
un francés, en efecto. Adolphe Bonvoisin, de Lille.
—Yo
puedo informarle, ya que estaba en el vagón desde Varsovia… Éramos dos… Yo,
vengo de Lwow, porque soy representante de hilaturas y mi casa tiene una filial
en Polonia… En Varsovia, la señora subió al mismo tiempo que yo…
Señalaba a una señora de cierta edad, una judía como Otto Braun, gruesa
y morena, de piernas hinchadas, que llevaba un abrigo de astracán.
—Señora Irvitch, de Vilna.
Como
no hablaba francés, se explicó en alemán. La señora Irvitch, mujer de un
importante tratante de pieles, venía a París para consultar a un especialista y
protestaba contra…
—¡Siéntese en el sitio que ocupaba!
Quedaban dos, dos hombres.
—¿Su
nombre? —dijo Maigret al primero, que era enorme, delgado, de mucha casta y que
hacía pensar en un oficial.
—Thomas Hauke, de Hamburgo…
Sobre
él, Berlín era más prolijo:
«…
Condenado en 1924 a dos años de prisión por tráfico de joyas robadas…
estrechamente vigilado después… Frecuentaba los lugares de placer de diversas
capitales europeas. Sospechoso de dedicarse al comercio clandestino de cocaína
y morfina…».
El
último, por fin, un hombre de treinta y cinco años, con gafas, cabeza rapada,
rasgos rígidos.
—Doctor Gellhorn, de Colonia… —anunció.
Hubo
un ridículo error. Maigret le preguntó por qué, cuando habían descubierto a su
compañero inerte, no se había ocupado de él.
—Porque no soy doctor en medicina, sino en arqueología…
El
compartimento, ahora igual que la noche precedente, estaba ocupado de esta
manera:
Otto Braun, Ad. Bonvoisin, Sra. Irvitch,
Thomas Hauke, Dr. Gellhorn, Lena Leinbach.
Naturalmente, a excepción de Otto Braun, incapaz de testimoniar, todos
negaban ser el asesino. También todos afirmaban que no sabían nada.
Por
otra parte, Maigret había estado un cuarto de hora con Jef Bebelmans, el
acróbata de Anvers que había surgido de debajo de un vagón en Aulnoye y que
transportaba títulos al portador por valor de dos o tres millones.
En
primer lugar, Bebelmans, puesto en presencia del cadáver, no se había inmutado
y se había contentado con preguntar:
—¿Quién es?
A
continuación, se le había encontrado un billete de tercera clase Berlín–París,
lo que no le había impedido en cierto momento viajar pegado a las bielas, sin
duda para que no le descubriesen sus títulos en la frontera.
Pero
Bebelmans no era un charlatán. Era un gracioso que se contentaba con declarar:
—Es su
oficio hacer preguntas. Únicamente que yo, precisamente, no tengo nada que
decir…
Los
informes sobre él no eran famosos: antiguo acróbata, a continuación fue
camarero en las boîtes, en Bruselas, luego en Berlín.
* * *
—Por
lo tanto —empezó Maigret, que fumaba dando cortas chupadas a pesar de la
presencia de las dos mujeres—, usted, Bonvoisin, y la señora Irvitch, ya
estaban en el tren en Varsovia. ¿Quién subió en Berlín?
—La
señora en primer lugar… —afirmó Bonvoisin señalando a Lena Leinbach.
Ella
mostró la red de encima del muerto, en donde se encontraban tres lujosas
maletas de cocodrilo recubiertas por una funda beige.
—Usted, pues, puso sus maletas en este lugar y se sentó en la otra
esquina… La esquina diametralmente opuesta…
—El
muerto… Quiero decir ese señor, subió a continuación… —dijo Bonvoisin, que no
paraba de hablar.
—¿Sin
maletas?
—Sólo
llevaba una manta de viaje…
Conciliábulo entre Maigret y su sobrino. Nuevo inventario de la cartera
de mano del muerto en la cual se encontró el resguardo de unos baúles. Como
éstos ya habían llegado a Taris, Maigret telefoneó para que fuesen abiertos con
toda urgencia.
—¡Bien! Ahora… (señaló a Hauke). ¿Ese señor?
—Subió
en Colonia…
—¿Es
exacto, señor Hauke?
—Es
decir, que en Colonia cambié de compartimento… Estaba en un compartimento de no
fumadores…
También el doctor Gellhorn había subido en Colonia, donde vivía.
Mientras que Maigret, con las manos en los bolsillos, preguntaba,
rezongaba para él, observaba a los pasajeros uno tras otro, Paul Vinchon, como
un buen secretario, tomaba notas al vuelo. Fue en estas notas en donde se pudo
leer:
«Bonvoisin: Hasta la frontera alemana nadie parecía conocerse, salvo la
señora Irvitch y yo… Después de la aduana, cada uno se instaló bien que mal
para dormir y se apagó la luz… En Lieja, vi a la señora (Lena Leinbach) que
quería salir al pasillo. En seguida el señor de la otra punta (Otto Braun) se
levantó y le preguntó en alemán adonde iba.
»—Quiero tomar el aire un momento —dijo ella».
Y
estoy seguro que él respondió:
»—¡Quédate!
Más
adelante, Bonvoisin decía:
«—En
Namur, ella quiso bajar de nuevo, pero Otto Braun, que parecía dormir, hizo un
movimiento y ella se quedó. En Charleroi hay otra conversación entre los dos,
pero me empezaba a dormir y sólo tengo un recuerdo vago…».
Por lo
tanto, en Charleroi, Otto Braun todavía vivía. ¿Vivía aun en Erquelines? No se
podía saber. El aduanero se había contentado ron entreabrir la puerta y, viendo
dormir a todo el mundo, no había insistido.
Por lo
tanto, fatalmente, entre Charleroi y Jeumont, o sea en el transcurso de
alrededor de una hora y media, uno de los viajeros había debido levantarse,
aproximarse a Otto Braun y hundirle una aguja en el corazón.
Únicamente Bonvoisin no tenía necesidad de levantarse. Le bastaba con
hacer un movimiento hacia la derecha para alcanzar al alemán. Después de él,
Hauke era el mejor colocado, frente a la víctima; luego venía el doctor
Gellhorn y por fin las dos mujeres.
Maigret, a pesar de la temperatura, tenía golas de sudor en la frente.
Lena Leinbach le miraba rabiosamente mientras que la señora Irvitch se quejaba
de su reuma y se consolaba hablando polaco con Bonvoisin.
Thomas
Hauke era el más digno, el más distante, mientras que Gellhorn pretendía que se
le hacia perder una cita importante en el Museo del Louvre.
Se
encuentra en las notas de Vinchon:
«Maigret a Lena:
—¿Dónde vivía en Berlín?
»Lena:
—Sólo llevaba ocho días. Estaba alojada, como de costumbre, en el “Kaiserhof”…
»M.:
—¿Conocía a Otto Braun?
»L.
L.: —¡No! Tal vez me haya tropezado con él en el hall o en el ascensor…
»M.:
—¿Por qué después de la frontera alemana se puso a hablarle como si la
conociera?
»L. L.
(con ironía): —Tal vez porque estábamos en el extranjero y se envalentonaba… En
Alemania, un israelita no tiene el derecho de cortejar a una aria…
»M.:
—¿Y por eso le prohibió bajar en Lieja y en Namur?
»L.
L.: —Me dijo solamente que me exponía a coger frío…».
Todavía no había terminado el interrogatorio cuando telefonearon desde
París. Los baúles de Otto Braun contenían gran cantidad de trajes (tenía ocho
baúles), ropa y objetos personales en tal cantidad que se podía suponer que el
antiguo banquero había salido para largo tiempo, sino para siempre.
Pero
¡nada de dinero! ¡Solamente cuatrocientos marcos en la cartera de mano! En
cuanto a los otros viajeros, tenían: Lena Leinbach: 500 francos franceses, 50
marcos, 300 coronas.
Doctor
Gellhorn: 800 marcos.
Thomas
Hauke: 40 marcos y 20 francos franceses.
Señora
Irvitch: 30 marcos, 100 francos y carta de crédito en un banco polaco en París.
Bonvoisin: 12 zlotvs, 10 marcos, 5000 francos franceses.
Quedaban por registrar los equipajes de mano que se encontraban en el
compartimento. La bolsa de viaje de Hauke sólo contenía un traje de repuesto,
un smoking y ropa interior.
En el
de Bonvoisin había dos juegos de cartas marcadas. Pero el verdadero
descubrimiento se produjo en las maletas de Lena Leinbach, bajo los frascos de
cristal y oro, bajo la fina ropa interior y los vestidos, había dobles fondos
perfectamente disimulados.
Únicamente que aquellos escondrijos estaban vacíos. A las preguntas que
se le hacían, Lena Leinbach se contentaba con responder:
—Compré estas maletas a una señora que hacía contrabando. Era una
ocasión excelente… No me he servido jamás de ellas…
—¿Quién había matado a Otto Braun en la semioscuridad azulada del
compartimento, entre Charleroi y Jeumont?
París
empezaba a inquietarse. Llamaban a Maigret al aparato. El asunto iba a hacer
ruido y a acarrear complicaciones. Los números de los títulos encontrados a Jef
Bebelmans habían sido transmitidos a los principales bancos y no habían puesto
ninguna pega.
Eran
las once cuando se había empezado aquella especie de reconstrucción penosa en
el vagón. Se salió de allí a las dos y porque la señora Irvitch se había
desmayado después de haber afirmado en polaco que no podía soportar por más
tiempo el olor a cadáver. Paul Vinchon estaba pálido, porque le parecía que su
tío no mostraba su sangre fría habitual o más exactamente que fluctuaba.
—¿No
marcha esto, Tonton? —le preguntó en voz baja cuando atravesaban las vías.
—¡Quisiera encontrar la aguja! —se contentó con suspirar Maigret.
—Retenlos una hora todavía.
—¡La
señora Irvitch está enferma!
—¿Y
qué quieres que haga?
—El
doctor Gellhorn pretende…
—¡Déjale que pretenda! —cortó secamente el comisario.
Y se
fue a almorzar, completamente solo, al buffet de la estación.
* * *
—¡Cállate, te digo! —gruñía Maigret una hora más tarde mientras su
sobrino no sabía qué partido tomar—. Sólo vales para crearme problemas… Te voy
a decir lo que tengo que decirte… Después, te lo prevengo, tendrás que sacarlo
solo y, si no lo sacas, no vale la pena que telefonees a Tonton… Tonton ya
tiene bastante…
Luego,
cambiando de tono:
—¡Aquí
está! He buscado la única explicación lógica de los hechos. A ti te toca lograr
la prueba u obtener la confesión. Intenta seguirme:
1.°
Otto Braun, rico como es, no ha venido a Francia con ocho baúles y no sé
cuántos trajes y, por otra parte, sólo con cuatrocientos marcos…
2.° No
sin razón durante el viaje por Alemania fingió no conocer a Lena Leinbach y,
una vez pasada la frontera belga, se tutearon…
3.° No
quería dejarla bajar ni en Lieja, ni en Namur, ni en Charleroi…
4.°
Ella ponía en juego una obstinación desesperada para intentar bajar a pesar de
todo…
5.º Un
tal Jef Bebelmans, procedente de Berlín y sin haber visto jamás a Braun (¡por
lo menos hubiera vacilado ante su cadáver!) ha sido encontrado con dos o tres
millones en títulos…
Y
Maigret gruñó, siempre furioso:
—¡Me
explico! Otto Braun, en su calidad de israelita, prefería ver su fortuna, o una
parte de ella, fuera de Alemania.
»Sabiendo que sus maletas serían minuciosamente registradas, se pone en
contacto, en Berlín, con una vividora y le hace llevar maletas de doble fondo
que serán menos examinadas si van llenas de objetos femeninos.
»Únicamente que Lena Leinbach, como toda aventurera que se precie, tiene
un amante de corazón, Thomas Hauke. Thomas Hauke, que es un especialista, se
presenta en Berlín, probablemente en el mismo “Kaiserhof”, para sustraer los
títulos escondidos en el doble fondo, de acuerdo con Lena.
ȃsta
embarca la primera y pone las maletas en el sitio que Braun, que sospecha a
pesar de todo, le ha señalado… Ella misma se instala en el rincón opuesto,
porque no deben conocerse…
»En
Colonia, Hauke, para vigilar la partida, se aposenta en el compartimento
mientras que un comparsa, probablemente profesional de la cabriola, Jef
Bebelmans, viaja en tercera clase con los títulos y, en cada frontera, está
encargado de darse una vueltecita bajo los vagones…
»Una
vez pasada la frontera, Otto Braun, evidentemente, no arriesga nada. Podría, de
un momento a otro, tener la idea de abrir las maletas de su compañera para
recuperar los títulos… Por eso Lena Leinbach, en Lieja en primer lugar, en
Namur a continuación y luego en Charleroi, intenta bajar del tren y despedirse
a la francesa…
»¿Desconfía él? ¿Sospecha algo? ¿Está enamorado simplemente? La sigue
vigilando y ella empieza a asustarse porque, en París, fatalmente se dará
cuenta del robo…
»Incluso tal vez se dio cuenta en la frontera francesa en donde, no
habiendo ninguna razón para esconder los títulos, quiso ver el doble fondo.
También Thomas Hauke se da cuenta de la situación…
—¿Y es
él el que mata a Braun? —preguntó Vinchon.
—Estoy
convencido de que no. Si Hauke se hubiese levantado para eso, uno u otro de sus
compañeros le hubiese visto. A mi entender Braun fue asesinado cuando tú
pasaste por primera vez anunciando:
»—Preparen sus pasaportes, por favor…
»En
este momento, todo el mundo se levanta, en la oscuridad, con ojos somnolientos…
Lena Leinbach era la única que tenía una razón para colocarse delante de Braun,
de pegarse a él para coger sus maletas y estoy persuadido de que en ese
momento…
—Pero
¿la aguja?
—¡Busca! —gruñó Maigret—. La aguja de un broche basta… Si esta mujer no
hubiese topado con un tipo como tú, que hizo desnudar el cadáver, se hubiera
creído durante horas y horas en una muerte natural… Eres tú el que nos ha
proporcionado todos estos disgustos… Ahora, pon en práctica tu plan… Haz creer
a Lena que Bebelmans ha hablado, a Bebelmans que Hauke ha picado en el anzuelo,
todos los viejos trucos, que…
Y se
fue a beber un medio mientras Vinchon iba a hacer lo que le había dicho su tío.
Los viejos trucos son buenos puesto que lograron su cometido. Y lo lograron
sobre todo porque Lena Leinbach tenía una enorme flecha de brillantes en su
sombrero y porque Popaul, como le llamaba la señora Maigret, la señaló
diciendo:
—No
puede negarlo… Hay sangre encima…
¡Y no
era cierto! Lo que no fue óbice para que tuviese una crisis de nervios y
confesase.

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