© Libro N° 9481. La Ventana Abierta. Simenon, George. Emancipación. Enero
15 de 2022.
Título original: © La Ventana Abierta. George Simenon
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Original: © La Ventana Abierta. George Simenon
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
George Simenon
La Ventana Abierta
George Simenon
George
Simenon
(Lieja,
Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
La Ventana
Abierta (1936)
(“La Fenêtre
ouverte”)
Originalmente
publicado en Paris-Soir-Dimanche
(7 y 14 de
noviembre de 1936);
Les nouvelles
enquêtes de Maigret
(París:
Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)
Eran las doce menos cinco
cuando los tres hombres se encontraron frente al 116 bis de la calle
Montmartre, casi en la esquina con la calle Jeûneurs.
—¿A dónde se va?
—Se toma un trago y se va…
Tomaron el aperitivo en un
mostrador vecino. Luego, con el cuello del abrigo levantado, las manos en los
bolsillos, porque hacía trío, penetraron en el patio de un inmueble, buscaron
la escalera C, por fin la encontraron y subieron dos pisos. Sobre cada puerta
de aquella vieja casa complicada había placas de esmalte o de cobre anunciando
lo mismo a un fabricante de flores artificiales que a una sociedad de cine. En
el segundo, en el fondo de un oscuro pasillo, la placa presentaba las palabras
«El Comercio Francés» y el brigadier Lucas pasó el primero, abrió la puerta, se
tocó el ala de su sombrero.
—¿Está aquí Oscar Laget?
En la antesala, un hombre
de unos cincuenta años estaba sentado tras una mesa de verde mantel y pegaba
sellos en unos sobres. Empezó por sacudir negativamente la cabeza. Luego, un
detalle cualquiera debió chocarle en el aspecto de los visitantes, porque les
observó con más atención, pareció comprender y se levantó.
—No está nunca en el
despacho por la mañana —explicó—. ¿Para qué le quieren?
—Tengo una orden de arresto
—replico Lucas, enseñando un papel que sobresalía de su bolsillo—. ¿Dónde se le
puede encontrar a esta hora?
—Seguramente no le
encontrará… Debe estar en la Bolsa o en uno de los restaurantes de los
alrededores. A las cuatro, volverá…
Lucas intercambió una
mirada con sus compañeros.
—Déjeme ver su despacho…
El hombre le precedió
dócilmente, le hizo franquear un corredor estrecho, abrió una puerta y mostró,
efectivamente, un despacho vacío.
—¡Bien! Volveremos a las
cuatro…
* * *
Si Maigret, esta vez,
estuvo en el caso verdaderamente desde el principio sólo se debió a la
casualidad. A las tres, estaba en su despacho del Quai des Orfèvres cuando
telefonearon que unos argelinos acababan de intercambiar unas cuchilladas al
lado de la puerta de Italia. Ahora bien, los argelinos caían dentro de la
jurisdicción del brigadier Lucas.
—No puedo ir, jefe. Es
preciso que esté a las cuatro en Montmartre para un arresto…
—¿El arresto de quién?
—Laget… ¿Sabe?… El hombre
del «Comercio Francés»… La orden firmada por la sección financiera del
Tribunal…
—Encamínate a la puerta de
Italia… Yo iré a Montmartre…
Trabajó hasta las cuatro
menos diez, saltó a un taxi con dos inspectores y penetró bajo la bóveda.
Luego, en el patio, preguntó maquinalmente, al ver aquella red de escaleras
destartaladas.
—¿No existe una segunda
salida?
—No lo creo…
¡Carecía de importancia, en
suma! ¡El banal arresto de un pequeño financiero dudoso!
—En el segundo, jefe… Gire
a la derecha…
Todo aquello no era más que
una lata. El hombre de cincuenta años, Ernest Descharneau, seguía sentado
detrás de su mesa. Esta vez no pegaba sellos, sino que copiaba direcciones en
los sobres. Ante él, en la antesala, cuatro o cinco personas se aburrían.
—¿Ha llegado Oscar Laget?
—preguntó Maigret sin dejar su pipa.
—Todavía no… No puede
tardar… Estos señores también le esperan…
Una ojeada a los «señores»
en cuestión, acreedores evidentemente, gentes más o menos cansinas que estaban
allí desde hacía una hora o dos, con la esperanza de arrancar algunos céntimos
a Laget. Maigret tuvo tiempo de cargar una pipa, después de haber vaciado la
suya en el suelo, porque éste ya estaba sucio.
—¡Aquí hay corriente!
—gruñó levantando el cuello de terciopelo de su abrigo.
Ernest Descharneau se
inclinó un poco hacia un lado, tendió la oreja y murmuró:
—Creo que es él el que
entra…
—¿Por qué? ¿No entra por
esta puerta?
—Entra siempre por detrás…
Voy a avisarle…
Luego, cuando pronunciaba
la última sílaba al levantarse, sonó una detonación por la parte del despacho
de Laget. Descharneau quiso precipitarse hacia allí, pero Maigret le apartó con
un gesto y pasó el primero.
El pasillo hacía un recodo.
Al fondo una ventana abierta —¡la que provocaba la corriente de aire!— daba a
un patio pequeño, y Maigret, friolero, la cerró al pasar. Esperaba encontrarse
la puerta de Laget cerrada con llave, pero no lo estaba. En el despacho, el
hombre de negocios, pequeño y gordo, estaba sentado en su sitio, echado hacia
atrás, con una herida abierta en la sien derecha; sobre la alfombra, un poco
por debajo de su mano que colgaba, vacía un revólver.
—¡No dejar entrar a nadie!
—gruñó Maigret, volviéndose.
Desde aquel momento, algo
le chocaba, pero todavía no sabía el que. Refunfuñaba, observaba todo a su
alrededor, con las manos siempre en los bolsillos, el sombrero un poco hacia
atrás, en una actitud que le era familiar. Su mirada acabó por posarse en dos
zapatos de mujer que sobresalían de la cortina de la ventana y gruñó:
—¿Qué hace usted aquí?
Al mismo tiempo, una mujer
todavía joven, con un abrigo de pieles, salía de su escondrijo, miraba a los
tres hombres con angustia y balbuceaba:
—¿Quién es usted? ¿Qué
viene a hacer?
—¿Y usted?
—¡Yo soy la señora Laget!
El inspector, que se había
inclinado sobre el cuerpo, se incorporaba por fin y declaraba plácidamente:
—¡Muerto!…
* * *
El inspector Janvier fue el
encargado de avisar al comisario del barrio, al Tribunal y a la Identidad
Judicial, mientras que Maigret, de mal talante, daba vueltas por la estancia a
la que iluminaba un día crudo.
—¿Hace mucho tiempo que
está en este despacho? —preguntó de repente lanzando una mirada de reojo a la
señora Laget.
—Llegué casi al mismo
tiempo que usted… Cuando oí pasos, me escondí detrás de la cortina por
casualidad…
—¿Por qué?
—No lo sé… Quería saber en
primer lugar…
—¿Saber qué?
—Lo que había pasado… ¿Está
seguro de que está muerto?
No lloraba, sino que estaba
huraña, y Maigret prefirió no insistir. Fue a hablar en voz baja con el segundo
inspector.
—Quédate en el despacho y
vigílala, que no toque nada…
Luego volvió a la antesala,
en donde seguían los clientes.
—¡Ustedes, no se vayan!…
Tal vez les necesite…
—¿Está muerto?
—Bien muerto… En cuanto a
usted —y se dirigía a Descharneau— quisiera hablarle a solas…
—Podemos ir al despacho de
la señora… A menos que ella esté allí…
El despacho estaba frente
al de Laget. Para no ser molestado, Maigret cerró la puerta con llave, tanteó
maquinal mente la llave de la estufa, que no tiraba, y mostró una silla a su
compañero.
—Siéntese… Su nombre… Su
edad… Cuénteme todo lo que sepa…
Y forzaba al hombre a
sentarse, mientras él permanecía de pie, circulando, según su costumbre, a
través de la estancia.
—Me llamo Ernest
Descharneau, cincuenta y cuatro años, antiguo comerciante, teniente de la
reserva…
—¿Y actualmente oficinista?
—gruñó Maigret.
—No es precisamente eso
—corrigió Descharneau con un deje de amargura—. Pero tiene razón: se le parece.
A pesar de que llevaba ropa
usada, tenía cuidado de su persona, había distinción en sus maneras, esa
distinción grisácea, particular en las gentes que han sufrido desgracias.
—Antes de la guerra, tenía
una tienda en el bulevar de Courcelles. Y los negocios no iban demasiado mal.
—¿Una tienda de qué?
—De armas, de municiones y
de artículos de caza… Luego salí para el frente, como simple soldado y, al
tercer año de guerra, ya era teniente de artillería…
Maigret se percató entonces
de un pequeño lazo rojo en el revés de su chaqueta. Notó también que el hombre,
al hablar con una precipitación un poco febril, no cesaba de tender la oreja
hacia los ruidos del apartamento.
—Fue en la Champagne en
donde conocí a Oscar Laget, que estaba a mis órdenes…
—¿Simple soldado?
—Sí… Más tarde, llegó a
sargento… Con la desmovilización encontré mi tienda cerrada y a mi mujer
enferma… Me quedaba un poco de dinero y tuve la desgracia de invertirlo en un
negocio que fracasó un año más tarde… Mi mujer murió…
Se oyeron ruidos de pasos y
Maigret comprendió que era la policía del barrio, pero no se preocupó. Sentado
en la esquina del escritorio, preguntó:
—¿A continuación?
—Laget, en aquel momento,
había montado una sociedad de productos químicos y fui a verle… Tenía las
oficinas en el bulevar Haussmann y me tomó como apoderado… Puesto que había
venido a detenerle, debía saber qué hombre era.
—¡Continúe!
Se hubiera podido creer, a
veces, que Maigret no escuchaba.
—Los productos químicos
duraron tres años y yo hice algunos ahorros… Un buen día, Laget se largó y me
encontré en la calle… Desde aquel momento, se habló de persecuciones, lo que no
impidió a Laget, un año más tarde, fundar con gran pompa un nuevo negocio: «El
Comercio Francés»…
Descharneau vacilaba en
continuar, preguntándose si Maigret se interesaba o no en su discurso y seguían
oyéndose pasos y voces en las otras estancias.
—En un cierto momento, tuvo
hasta sesenta empleados y las oficinas ocupaban tres pisos de un inmueble
moderno, en la calle Beaubourg. Laget editaba periódicos corporativos, «El
Periódico de la Carnecería», «El Boletín de los Mandatarios», «El Monitor de
los Cueros y Pieles», y otros más…
—¿Usted estaba allí?
—Cuando vine a verle, me
tomó cerca de él, sin misión precisa, pero yo era una especie de su brazo
derecho… Fue así como me nombró apoderado de la mayor parte de las sociedades
que creaba e incluso, a veces, administrador…
—¿Aunque, ahora, iba usted
a ser perseguido igualmente?
—Es probable —refunfuñó
Descharneau—. Usted no puede comprender cómo iba esto… Incluso cuando había
sesenta empicados, teníamos que correr detrás de dos mil francos… Laget poseía
un coche y la señora Laget el suyo… Habían hecho construir una casa de campo de
ochocientos mil francos, pero los criados permanecían tres meses sin cobrar… Se
tapaba un agujero con otro agujero… Laget desaparecía dos o tres días, volvía,
febril, por una puertecilla, me hacía firmar papeles…
»—Rápido… ¡Esta vez es la
fortuna!…
»Yo no sabía lo que
firmaba… Cuando dudaba, me reprochaba mi ingratitud, me recordaba que por así
decir me había sacado del arroyo…
»Tenía momentos de
generosidad… Si tenía dinero, no se preocupaba por darme sin razón veinte o
treinta mil francos, lo que no le impedía, al día siguiente o a los dos días,
volvérmelos a pedir…
»Tras unos altos y bajos,
llegamos aquí… La señora Laget quiso ocuparse ella misma de los negocios y
viene cada día a su despacho…».
Maigret, quitándose la pipa
de la boca, de repente propuso una pregunta que, a pesar de su simplicidad,
hizo sobresaltarse a Descharneau.
—¿Dónde ha almorzado?
—¿Cuándo?… ¿Hoy?… Espere…
He salido un instante para ir a buscar pan y salchichón… Encontrará los
pellejos y las migas en mi cesta de papeles…
—¿No ha venido nadie?
—¿Qué quiere decir? A las
dos han llegado los acreedores, como siempre… Por eso Laget no se atrevía a
venir por la escalera principal… Hay una salida que da a la calle Jeûneurs… Hay
que atravesar edificios, pasillos, dar una vuelta a través de los dos
inmuebles, pero él lo prefería…
—¿Y su mujer?
—¡También!
—¿Es su costumbre llegar al
despacho a las cuatro?
—¡No! Por lo general viene
a las dos… Pero estamos en el primer miércoles del mes y ella ha ido al
ministerio a cobrar su pensión… Es una viuda de guerra, casada en segundas
nupcias…
—¿La cree capaz de haber
matado a su marido?
—No lo sé.
—¿Y cree a Laget capaz de
haberse suicidado?
—No lo sé… Le he dicho todo
lo que sabía… Me pregunto lo que me va a pasar…
Maigret fue a abrir la
puerta.
—Le volveré a ver en
seguida…
* * *
Cuando entró en el despacho
de Laget, encontró en él a diez o quince personas que se agitaban y se habían
encendido las luces. El fotógrafo de la Identidad Judicial, que acababa de
cumplir su misión, recogía sus aparatos. El juez de instrucción y un joven
sustituto charlaban en voz baja, mientras que la señora Laget, con los rasgos
estirados, permanecía sentada en un rincón, como aturdida por aquel ruido y
aquel movimiento.
—¿Ha encontrado algo?
—preguntó Maigret al comisario de policía.
—Todavía no. ¿Y usted?
—Se ha encontrado la vaina,
que ha sido disparada por este revólver… La señora Laget ha reconocido el arma
de su marido que estaba siempre en un cajón del escritorio…
—¿Quiere venir un momento
conmigo, señora Laget?
Y Maigret la llevó hasta el
despacho en donde había interrogado a Descharneau.
—Quisiera excusarme por
molestarla en este momento… Sólo tengo que hacerle dos o tres preguntas… En
primer lugar, ¿qué piensa de Descharneau?
—Mi marido le ayudó en
todo… Le sacó de la miseria… Le trataba como a su hombre de confianza… ¿Por
qué? ¿Le ha dicho algo malo Descharneau?… Es capaz… Es hosco…
—Segunda pregunta —cortó
Maigret—. ¿Cuándo vino por última vez al despacho?
—A las dos para coger mi
Carnet de identidad antes de ir al Ministerio… Hasta estos últimos meses no
quería cobrar mi pensión de viuda de guerra… Pero en esta situación…
—¿A qué hora tenía
costumbre su marido de venir por la tarde?
—En «realidad» a las tres…
En seguida comprenderá… Se veía obligado, por sus negocios, a hacer con sus
clientes copiosas comidas y demasiado rociadas… Como, por la noche, sufría de
insomnio, había tomado la costumbre de dormitar una hora en su despacho…
—¿Y hoy?
—No lo sé… A las dos,
Descharneau me ha dicho solamente que mi marido me esperaba a las cuatro en
punto para un negocio importante…
—¿Y no le ha hablado de la
policía?
—¡No!
—Se lo agradezco.
Al conducirla hacia la
puerta, Maigret intentaba precisar la sensación que había tenido al entrar en
el despacho de Laget. Había momentos en los que creía alcanzar el final. Luego,
un instante después, el recuerdo se hacía de nuevo vago.
Ahora tenía calor y, con el
sombrero siempre sobre la nuca, la pipa entre los dientes, alcanzó la antesala,
como un hombre que no sabe qué hacer. Cuatro personas, que hacía un momento
esperaban a Laget para reclamarle su dinero, seguían allí, y Maigret les miró
uno tras otro. Divisó a un joven alto, mal alimentado y con el pelo rapado.
—¿Desde qué hora está usted
aquí?
—Desde las dos y diez o dos
y cuarto, señor…
Descharneau, que había
vuelto ocupar su puesto en la mesa, escuchaba.
—¿Y no ha venido nadie
desde entonces?
—Únicamente estos señores…
Y señalaba a sus
compañeros, que aprobaron con la cabeza.
—¿Nadie ha salido?… ¿No?…
¡Espere!… ¿El oficinista ha estado siempre en su sitio?
—Todo el tiempo.
Pero en seguida el joven
pareció reflexionar.
—¡Espere!… Una vez,
solamente, se dirigió hacia el pasillo, porque había sonado el teléfono…
—¿A qué hora?
—¡No lo sé!… ¿Tal vez eran
las cuatro menos cuarto?… Sí, un poco antes de que llegara usted…
—Dígame, Descharneau, ¿de
quién era la comunicación?
—No lo sé… Era un error…
—¿Está seguro?
—Sí… Me preguntaron… me
preguntaron si era la casa del dentista…
Ahora bien, antes de
pronunciar estas últimas palabras, había, con aire de buscar una inspiración,
bajado la mirada sobre los sobres colocados sobre la mesa. Eran circulares que
Laget enviaba a miles de personas. Maquinalmente, Maigret hizo como el botones
y leyó en el último sobre de la pila: «Señor Eugène Devries, cirujano dentista,
calle…». ¡Hizo un esfuerzo para no sonreír!
* * *
—¿Entonces? —preguntó el
comisario yendo hacia el juez y el sustituto.
—¡Suicidio! —afirmó este
último—. Según el doctor, el disparo se ha hecho a menos de quince centímetros
del rostro… Hubiese bastado que Laget tuviese ganas de hacerlo para…
Los dos enderezaron la
cabeza cuando Maigret cortó:
—¡O que durmiese!
—¿Cree, pues, que se
trata…?
Y la mirada del juez se
dirigió hacia la señora Laget, a quien precisamente se tomaban las huellas
digitales y que se ponía tiesa en su dignidad.
—No lo sé todavía —confesó
Maigret—. Si es un crimen, en todo caso es un crimen hermoso… Porque, dense
cuenta de que nosotros estábamos allí, por así decir… Se puede creer que el
asesino ha esperado expresamente a que la policía estuviese presente…
Cuando el forense pasaba,
Maigret le detuvo.
—¿Y usted, doctor, no ha
notado nada anormal?
—A fe que no… Ciertamente,
la muerte ha sido instantánea…
—¿Y después?
—¿Qué quiere decir?
—Nada… Laget debía ser
todavía más friolero que yo… Note que el respaldo de su sillón loca al
radiador…
El juez y el sustituto
intercambiaron una mirada. Maigret golpeó una vez más la cazoleta de su pipa
contra su talón. Por decencia, se había recubierto el rostro de Laget con una
toalla, color nido de abejas, colgada en el lavabo. Los investigadores, en
suma, habían terminado su cometido y sólo esperaban una señal para irse.
—Dígame, comisario… —dijo
de repente Maigret dirigiéndose al comisario del barrio—. Me doy cuenta de que
hay dos teléfonos sobre el escritorio: uno que está unido a la red y otro
interior… Debe comunicar con la antesala… ¿Quiere usted llamarme desde allí?
El comisario salió. Se
esperaba, mirando a Maigret, que tenía un aire ausente. Un minuto, pasaron dos
minutos. Luego el comisario de policía volvió, extrañado:
—¿No ha oído nada?… Sin
embargo, no he dejado de llamar…
Entonces, Maigret:
—¿Quiere venir un instante
conmigo, señor juez?
Y le arrastró hasta el
despacho en donde ya había recibido a Descharneau y a la señora Laget.
Maigret estaba de pie,
dando la espalda al fuego, su pose favorita, y hablaba con voz negligente, como
para excusarse por haber ido tan rápido en su cometido y no humillar demasiado
al magistrado.
—La casualidad ha querido
que me encontrase allí un momento preciso y que observase al oficinista.
—¿Es él quien…? Pero es
imposible, puesto que…
—¡Espere! En lo físico como
en lo moral, le la reconocido, ¿no es cierto? Uno de esos fratasados de la
posguerra que son tal vez la peor herencia que ésta nos ha dejado, las víctimas
más lamentables, en todo caso… Un hombre que ha sido el teniente Descharneau,
un hombre que, en aquel momento, tenía ciertamente un alto valor moral… Tras el
armisticio, no encuentra nada de su vida de antaño. Su comercio está arruinado,
su mujer muere… Y es Laget, cuya vulgaridad y falta de escrúpulos hacen
maravillas en esta época turbia, el que le recoge…
Un silencio. Maigret
cargaba su cuarta pipa.
—¡Iba a decir que eso es
todo! —suspiro—. Laget se sirve de Descharneau como un hombre como él se puede
servir de un hombre honrado… Y la honestidad de este último se rebela varias
veces, se atenúa, con sobresaltos, revueltas, aunque a fin de cuentas el
sentimiento dominante de Descharneau para aquel que se pretende su benefactor
es el odio… Un odio lauto más vivaz cuando Laget cae dando tumbos a su vez,
aunque en definitiva Descharneau ha vendido su honestidad por un plato de
lentejas…
—No veo adónde quiere…
—¿Llegar? Yo tampoco. Por
lo menos, no lo vi en seguida: Imaginaba solamente a los dos hombres, el patrón
y el empleado, el antiguo sargento y el antiguo teniente, cuyos papeles se han
cambiado… Imaginaba estas oficinas asaltadas por acreedores mezquinos y los
ujieres, luego los expedientes, la insolencia, las letras impagables y los
cheques sin fondo, todo el penoso acompañamiento de «cracs» como este…
—Es efectivamente la razón
de la orden de arresto que…
—¿Me permite un instante?
Maigret abre la puerta,
llama a Descharneau, que aparece bastante asustado.
—Dígame, Descharneau…
¿Cuántas veces había sido perseguido Laget?
—No lo sé… ¿Cinco o seis
veces?
—Y cada vez, ¿no es cierto
que salía bien librado?
—Sí… Tenía relaciones…
—¡Puede irse! ¡Gracias!
Y, una vez ido el
oficinista, Maigret se volvió de nuevo hacia el juez.
—¡Ahí está! Descharneau no
ha querido que, una vez más, el otro se escapase… Y tiene mal aspecto, ya lo ha
visto… Apostaría por una úlcera, sino es un cáncer en el estómago… Es incapaz,
en adelante, de rehacer su situación… Detenido Laget, se convertía al día
siguiente en un despojo al que un día u otro se le vería comiendo la sopa de
los pobres… Ahora bien, con o sin razón, Descharneau considera que es Laget el
que ha hecho de él este despojo…
—Pero ¿cómo ha podido
materialmente…?
—Le doy mi opinión y
algunos minutos más bastarán para confirmarla… Hoy, al mediodía, un brigadier y
dos inspectores vienen para detener a Laget, que está ausente, y Descharneau
les hace volver a las cuatro…
»No olvide que durante
días, durante meses, nuestro hombre, en la antesala, no ha hecho nada más que
poner sellos y copiar direcciones y que ha tenido tiempo de madurar en su
cabeza mil planes de venganza cada vez más complicados…
»Me ha confesado que,
contrariamente a su costumbre, hoy no había ido a almorzar y sospecho que aquí
se entregó a un trabajo minucioso, del cual buscaremos en seguida los rastros…
»¡Porque la ocasión es
propicia, casi única!… Los demás días la señora Laget está en el despacho a las
dos, como una empleada… Únicamente el primer miércoles del mes, va al
Ministerio de Finanzas a cobrar su pensión…
»Cuando pasa, para recoger
su carnet de identidad, Descharneau le dice que “su marido la esperará en su
despacho a las cuatro en punto” y ella no tiene ninguna razón para desconfiar…
»Desde entonces todo es
fácil, casi demasiado fácil… La antesala, como cada tarde, se llena de
acreedores “que van a poder certificar que Descharneau no les ha abandonado”…
»Únicamente un instante… A
las cuatro menos cuarto, ¡fíjese en la hora!… Se escucha un timbrazo que es una
supuesta llamada del teléfono, pero, como por casualidad, Descharneau declara
que se trataba de un error y sólo da una respuesta embarazosa.
»Veremos en seguida si,
bajo la mesa de la antesala, no existe un botón que permite hacer sonar un
timbre… Es un tanto más plausible que el oficinista tenía que tener un medio de
advertir a su patrón de las visitas demasiado enojosas…
—Es fácil de controlar
—dijo el juez.
—El resto también.
Descharneau penetra, pues, a las cuatro menos cuarto, en el despacho de su
patrón, en el que desde hace media hora ha oído entrar a Laget. Laget duerme,
como de costumbre… Descharneau, antiguo armero, no tiene problemas en
procurarse un silenciador que adapta al revólver del cajón y, a quemarropa,
dispara…
—Pero…
—¡Espere! Mete el
silenciador en su bolsillo o más probablemente lo arroja a los lavabos… Vuelve
a la antesala, espera de nuevo, llegamos nosotros…
»Entonces, nos declara que
Laget no puede tardar en venir… Esperamos como los demás… Descharneau, que
tiende la oreja, oye a la señora Laget que llega a las cuatro en punto y,
cuando todavía se encuentra en la escalera de servicio, aprieta el botón del
teléfono interior…
—No comprendo…
—¿No comprende que es
necesaria una detonación para hacer creer «que es en aquel momento cuando Laget
se suicida o es asesinado»?… Hace un instante, el comisario del barrio ha
intentado hacer funcionar el teléfono interior y no lo ha logrado… Apostaría a
que el hilo ha sido atado a cualquier petardo, colocado en el alféizar de la
ventana del pasillo, porque, me he olvidado de decírselo, esta ventana, a
nuestra llegada, estaba abierta… Es, pues, en nuestra presencia, en nuestras
propias narices… Nos precipitamos y asustamos, sin saberlo, a la señora Laget,
que se esconde detrás de una cortina.
Maigret sonríe.
—Me chocó, al entrar en el
despacho, algo anormal… Ahora comprendo lo que era… Yo, que soy un viejo
fumador de pipa, distingo entre el humo caliente y el enfriado… Ahora bien, en
el despacho de Laget se olía a pólvora, cierto, «Pero a pólvora enfriada»… En
cuanto al forense, a quien le hablaremos de nuevo, se ha equivocado con
respecto al estado de rigidez del cadáver, por el hecho de que el cuerpo estaba
apoyado contra un radiador, lo que…
* * *
Se encontró, en el alféizar
de la ventana, los restos del petardo y un trozo de hilo de cobre unido al
teléfono interior.
—¡Eso no es cierto! —gritó
Descharneau el primer día.
Pero, al día siguiente, se
le encontró ahorcado en su celda, por medio de bandas de tela que había
confeccionado con su camisa.

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