© Libro N° 9480. El Caso Del Bulevar Beaumarchais. Simenon, George. Emancipación. Enero
15 de 2022.
Título original: © El Caso Del Bulevar Beaumarchais. George
Simenon
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Original: © El Caso Del Bulevar Beaumarchais. George Simenon
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Miranda
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EL CASO DEL BULEVAR
BEAUMARCHAIS
George Simenon
El Caso Del Bulevar Beaumarchais
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
El Caso Del Bulevar Beaumarchais (1936)
(“L’Affaire du Boulevard Beaumarchais”)
Originalmente publicado en Paris-Soir-Dimanche
(24 y 31 de octubre de 1936);
Les nouvelles enquêtes de Maigret
(París: Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)
A las
ocho menos diez, cuando Martin, de la brigada de intervención inmediata,
abandonó su despacho, se quedó sorprendido al ver el pasillo todavía lleno de
periodistas y de fotógrafos. Hacía mucho frío y algunos, con el cuello del
abrigo subido, comían un bocadillo.
—¿Todavía no ha acabado Maigret? —preguntó al paso.
Al
fondo del vasto pasillo, Martin, en lugar de coger la escalera, empujó una
puerta de cristales. Como en todos los locales de la Policía Judicial, la luz
estaba mezquinamente distribuida. En medio de esta estancia, que era la
antesala de la dirección, se daba aires de superioridad un enorme canapé
redondo forrado de terciopelo rojo.
Un
hombre estaba sentado en él, con abrigo, con el sombrero en la cabeza. A
algunos pasos, dos inspectores, de pie, fumaban cigarrillos, mientras que el
viejo ujier cenaba en su jaula de cristal.
Martin
llenaba su pipa. En un cuarto de hora estaría en su casa, cenando en familia.
Distraídamente acababa de echar una ojeada hacia aquel lado, porque desde hacía
dos días no se hablaba de otra cosa.
—¿Qué
tal? —preguntó a media voz a uno de los inspectores.
Y
éste, suspirando, señaló la segunda puerta, la del despacho de Maigret.
—¿Con
quién está?
—Sigue
con la cuñada…
El
hombre, que oía cuchichear, alzó lentamente la cabeza y lanzó a sus compañeros
una mirada triste en la que había como un reproche. Era un personaje delgado,
de mala apariencia, de unos cuarenta años, tal vez algo menos, de ojos muy
ojerosos, de bigotito moreno.
—Está
ahí desde la mañana… —susurró el inspector a Martin.
En
aquel momento la puerta de Maigret se abrió. El comisario apareció y, como no
cerró tras de sí, se vio el despacho lleno de humo y, en un sillón verde, la
silueta de una muy joven mujer rubia.
—¡Lucas!… —llamó Maigret buscándole con los ojos como alguien que no ve
el asunto muy claro—. Corre a traerme unos bocadillos…
Pasa
por la cervecería y haz que suban unos medios…
Martin
aprovechó para estrechar la mano de su colega.
—¿Marcha eso?
Y
Maigret, congestionado, presentaba unos ojos brillantes. Se hubiera jurado que
hubiese dado cualquier cosa por una bocanada de aire fresco.
—Escucha —murmuró bajando la voz—. Te voy a decir algo bueno… Si no
acabo esta noche con esta investigación, abandono… No lo comprendes, ¿verdad?…
Pues bien, no puedo vivir más tiempo ahí dentro…
El
hombre del canapé, que no podía oír sus palabras, esperaba, temblando, pero el
comisario volvió a entrar en su despacho, la puerta se cerró, Martin se alejó,
mientras la aguja del reloj avanzaba un nuevo minuto y llegaban hasta allí las
voces de los periodistas.
* * *
Un
caso que, sin embargo, al principio se había presentado como banal. El domingo
precedente, en el bulevar Beaumarchais, en un inmueble cuya planta baja está
ocupada por un fabricante de pipas, en el cuarto piso, Louise Voivin,
veintiséis años, moría bruscamente dando todos los signos de que se trataba de
un envenenamiento.
El
apartamento, burgués, confortable y que hubiera podido ser alegre, estaba
habitado, además de Louise Voivin, por su marido, Ferdinand Voivin, corredor de
piedras preciosas, y por su hermana, Nicole, de dieciocho años.
Aquélla era la Nicole a la que Maigret tenía en su despacho desde hacía
varias horas y que se mantenía firme, nerviosa, ciertamente, mordisqueando su
pañuelo, pero siempre lúcida a despecho de una atmósfera agobiante.
Sobre
el escritorio estaba colocada una lámpara cuya vasta pantalla verde rebajaba la
luz. El rostro de Maigret, más alto que la pantalla, permanecía en la penumbra.
Pero la joven, sentada en su sillón bastante bajo, estaba en plena claridad.
Las cortinas de la ventana no habían sido corridas, aunque se veía rodar por
los negros cristales las gotas de lluvia, iluminadas por el reflejo de las
luces de los muelles.
—Van a
traernos de beber —suspiró Maigret con alivio.
Tenía
tanto calor que de buen grado se hubiese quitado el falso cuello y la chaqueta,
mientras que su compañera seguía con su abrigo gris, tocada con una gorrita de
la misma tela que le daba un aire tanto más nórdico ya que tenía los cabellos
rubios.
¿Qué
podía preguntarle que no lo hubiese hecho ya? Y, sin embargo, no se resignaba a
dejarla marchar. Experimentaba confusamente la necesidad de tenerla al alcance
de la mano, mientras su cuñado continuaba esperándola en la antesala.
Para
contenerse, hojeaba su dossier como si, volviendo a leer sin cesar los mismos
detalles, hubiese podido brotar una inspiración.
El
primer proceso verbal, el de la policía del barrio, concerniente a los
acontecimientos del domingo, tenía ya, a pesar de su simplicidad, algo de
turbio.
«… En
el cuarto piso, en una habitación situada en el fondo del apartamento,
encontramos el cuerpo de Louise Voivin tumbado en el suelo. El doctor Blind,
que había sido llamado una media hora antes por la familia, nos declaró que
había muerto algunos minutos antes presa de atroces convulsiones y atribuye
claramente la muerte a un envenenamiento, criminal o accidental, provocado sin
duda por una fuerte dosis de digitalina…».
Luego,
más abajo:
«…
Hemos interrogado al marido, Ferdinand Voivin, de treinta y siete años, que
pretende que no sabe nada… Afirma, sin embargo, que desde hace meses su mujer
prestaba signos de neurastenia…»… Hemos interrogado a la hermana de Louise
Voivin, Nicole Lamure, de dieciocho años, nacida en Orleans, que nos hizo las
mismas declaraciones que su cuñado…«… Hemos interrogado al conserje, que afirma
que, desde hace bastante tiempo, Louise Voivin, con mal semblante, temía ser
envenenada…».
De
hecho, era precisamente el domingo de Todos los Santos. Llovía, con una lluvia
fría, el aire olía a crisantemos y a incienso de las iglesias mientras que,
hacia el atardecer, el policía de servicio, mojado, con los pies llenos de
barro, efectuaba su recorrido por el bulevar Beaumarchais, en donde la tienda
del fabricante de pipas estaba cerrada.
Pero
esto era lo cotidianamente dramático, la atmósfera de casi todos los casos. La
verdadera tragedia, los periodistas que esperaban todavía no la sacaban a la
luz, porque era ahora, en la atmósfera recalentada de su despacho, cuando
Maigret la acababa de descubrir. Y esperaba con impaciencia el sabor
refrescante de un medio, evitando, hasta entonces, mirar a la joven de rasgos
estirados que consideraba fijamente un ángulo del despacho.
—¡Entre! —gritó.
El
camarero de la cervecería Dauphine traía los medios y los bocadillos y lanzó
una ojeada al cliente de Maigret.
—¿Esto
va aquí?
—Sí…
¡Ofrézcale al señor que espera en la antesala!
Pero
Voivin, cuando se quiso darle de comer y de beber, sacudió la cabeza como
alguien al que le falta valor..
* * *
Maigret, de pie, daba grandes mordiscos al bocadillo, mientras que su
compañera mordisqueaba el suyo.
—¿Cuánto tiempo hacía que estaban casados?
—Ocho
años…
Una
historia banal de gentes sin envergadura. Ferdinand Voivin, pequeño corredor de
piedras preciosas, en el curso de una estancia en Orléans, donde estaba
encargado de unos exámenes tasativos, había conocido a Louise Lamure, cuyos
padres tenían una zapatería.
—En
suma, ¿que no era más que una niña?
—Tenía
diez años…
—Supongo —intentó bromear— que todavía no estaba enamorada de su cuñado…
—No lo
sé…
Él le
lanzó una mirada de reojo y no tuvo ganas de reír.
—Por
lo tanto, hace un año, cuando murió su padre, su hermana y su marido le
recogieron…
—Vine
a vivir a su casa, precisamente.
—Y
después… ¿cuándo, exactamente, fue la amante de Voivin?
—Desde
el 17 de mayo…
Decía
esto claramente, casi con orgullo.
—¿Le
ama?
—Sí…
A su
vista, frágil y apasionada, se hubiera podido figurar, para inspirar un amor
parecido, a un Voivin hermoso y romántico. Ahora bien, era uno de los aspectos
turbios de aquella historia. El corredor era un hombre vulgar con el que había
que hacer un esfuerzo para acordarse de su rostro. Su propia profesión carecía
de poesía. Horas que deambulaba por los cafés de la calle de La Fayette en
donde se halla la bolsa de las piedras preciosas y únicamente desde hacía un
mes había podido adquirir un modesto coche de ocasión. Además, su figura era
desagradable.
—¿Y su
hermana?
—Mi
hermana estaba celosa.
—¿Le
amaba?
—No lo
sé…
—¿Qué
dijo cuando les sorprendió?
—No
dijo nada… Me escribió… Desde entonces no nos hablábamos…
—¿Cuándo sucedió eso?
—El 2
de junio… Era la tercera vez que pasaba…
—¿En
el bulevar Beaumarchais?
—Sí…
En mi habitación… Ferdinand creía que Louise había salido, mientras que estaba
en la cocina con la mujer de la limpieza…
—¿No
se le ocurrió la idea de ir a vivir a otra parte?
—Yo lo
quería… Fue mi hermana la que exigió que me quedase…
—¿Por
qué?
—Para
poder vigilarnos mejor… Ella pretendía que si yo abandonaba el apartamento, le
sería demasiado fácil a su marido verme a escondidas…
—¿Y en
el apartamento?
—Nunca
nos dejaba solos… Llevaba siempre zapatillas de fieltro, así que aparecía sin
hacer ruido…
—¿Cómo
pudieron vivir meses sin dirigirse la palabra?
—Nos
intercambiábamos papeles escritos… Por ejemplo, mi hermana escribía: «Prepara
la ropa sucia para mañana…» o bien: «No uses la bañera. Hay un escape…».
—¿Y
Voivin?
—Era
muy desgraciado… Desde el principio se negó a dormir en la habitación de su
mujer e instaló un diván en el salón… Me juró que no tenían ninguna relación…
Maigret contó con los dedos:
—Junio… julio… agosto… septiembre… octubre… ¡Cinco meses!… Por lo tanto,
¿ha vivido así durante cinco meses?
Dijo
que sí con la cabeza, simplemente, como si fuese la cosa más natural del mundo.
—¿No
le habló nunca Ferdinand Voivin de desembarazarse de su mujer?
—¡Nunca! Lo juro…
—¿Y
nunca le propuso partir con él?
—No le
conoce —suspiró sacudiendo la cabeza—. Es un hombre honrado, ¿comprende? Lo
mismo que en los negocios… Cuando ha firmado un contrato, lo cumple cueste lo
que cueste… Pregunte a todos con los que ha trabajado…
—Lo
que no impide que, desde hace varios meses, su hermana parecía prever su fin…
Escribió tres cartas a una amiga y en las tres aparece la cuestión del
envenenamiento…
—¡Lo
sé! Mi hermana se volvió como loca. A fuerza de perseguirnos… Casi cada noche
empujaba sin hacer ruido la puerta de mi habitación y, en la oscuridad, sentía
cómo su mano venía a tocar mi rostro para asegurarse que estaba en mi cama y
que estaba sola…
—Una
pregunta. ¿Desde el 2 de junio no volvió a ver a Voivin a solas?
—Tres
o cuatro veces, fuera… Pero mi hermana lo supo… Cada vez nos esperaba a la
puerta del hotel… Me seguía por todas partes… Una vez vino a la ciudad en
zapatillas porque no había tenido tiempo de ponerse los zapatos.
Maigret había visitado el apartamento, que era tan vulgar como el propio
Voivin. Imaginaba la vida de los tres personajes… Y le era necesario volver sin
cesar a las mismas preguntas, como los caballitos del tiovivo giran sin cesar
en redondo sin encontrar la salida.
—¿Sabía que en el botiquín del cuarto de baño había un paquete de
bicarbonato de sosa?
Toda
la cuestión estaba allí. Tras la muerte de Louise Voivin se había registrado el
apartamento. No se tardó en encontrar un vaso que había contenido un
medicamento. El análisis había demostrado que se trataba de digitalina diluida
en un poco de agua.
Únicamente que al lado del vaso se hallaba un paquete cuya etiqueta
decía: «Bicarbonato de sosa». Y este paquete contenía la digitalina, en
cantidad suficiente para matar a cien personas.
—¿Qué
hizo usted, el pasado domingo, por la tarde?
—Lo
que todos los domingos. Era el día más penoso. Ferdinand estaba en el salón, en
donde repasaba facturas. Yo leía en mi habitación. Mi hermana debía estar en su
cuarto…
—¿Qué
había almorzado?
—Me
acuerdo muy bien… Una liebre que un cliente de Ferdinand le había enviado…
Y
seguía pronunciando Ferdinand con fervor, como si fuese el más hermoso y el más
extraordinario de los hombres.
—¿Le
afectó mucho la muerte de su hermana?
—¡No!
No lo
disimulaba. Incluso alzaba la cabeza para mostrar su rostro.
Mi
hermana le hizo sufrir demasiado…
—¿Y
él?
—¿Era
culpa suya?… Sé que nunca la amó… Ha vivido ocho años con ella, pero sin ser
feliz… Mi hermana siempre estaba triste, del mal talante… En el primer año de
su matrimonio tuvieron que operarla y además ella tampoco actuó como una mujer
normal…
* * *
Maigret salió un momento y, desde la puerta, observó al hombre hundido
en el canapé. Ya le había interrogado una vez, la víspera, pero brevemente, y
vacilaba en iniciar con él uno de aquellos interminables interrogatorios que
son tan embarazosos para uno como para el otro.
—¿No
ha querido comer? —preguntó en voz baja a uno de los dos inspectores.
—No…
Dice que no tiene hambre…
—¡Vamos!…
Y
Maigret, intentando darse valor, entraba de nuevo en su despacho, en donde
Nicole no se había movido.
—A
propósito… Puesto que hablamos de enfermedades… ¿Quién, en la casa, sufría del
estómago?
—¡Ferdinand! —replicó sin vacilar—. Raramente, pero a veces le
sobrevenía, sobre todo cuando había tenido palpitaciones…
—¿Por
qué tenía palpitaciones?
—Es
decir, algo del corazón, creo que hace dos años, pero ya estaba casi curado…
—¿Sabe
si su cuñado tuvo dolor de estómago en el curso de las últimas semanas?
—¡Sí!
—dijo, siempre tan categórica.
—¿Qué
día?
—El
día que todos estuvimos enfermos…
—¿No
sabe qué había comido?
—No me
acuerdo…
—¿Llamaron al médico?
—¡No!
Ferdinand no quiso… Por la noche todos teníamos dolor de cabeza, náuseas, y
Ferdinand pensó en un escape de gas…
—¿Fue
la única vez?
—Sí…
Por lo menos tan fuerte…
—Es
decir, ¿hubo otras enfermedades?
—Le
comprendo, comisario… Pero no me hará perder mí sangre fría… Resistiré hasta el
final, a pesar de todo, porque sé que Ferdinand es inocente… Si alguien hubiese
tenido que envenenar a mi hermana, no hubiera sido él, sino yo. Ya ve que no me
recato en decirlo…
—Pero
¿usted no lo hizo? —dijo con un cambio de voz.
—No…
Ni incluso lo pensé… La hubiese matado de otra manera, no sé cómo… Últimamente
estábamos todos enfermos, es cierto… Únicamente que quisiera verle allí… ¿Se
imagina la vida que llevábamos?… En las comidas siempre uno de nosotros no
probaba bocado… ¿Sabe cuántas mujeres de la limpieza tuvimos en cinco meses?…
¡Ocho!… Como decían ellas, no querían estar en una casa de locos…
Lloró,
de nerviosismo. No era la primera vez desde el principio del interrogatorio,
pero en seguida recobraba su sangre fría, miraba a Maigret a los ojos como para
adelantarse a sus preguntas.
—Incluso no sé si se abrían las ventanas… Y yo llegué a no ir hasta la
esquina de la calle al saber que mi hermana estaría tras mis talones…
—Por
lo tanto, según usted, ¿su hermana se suicidó?
No
respondió inmediatamente, dejando ver que la pregunta le turbaba.
—Dicho
de otra forma, ¿pretende que su hermana llegó a procurarse una importante
cantidad de digitalina y que, en lugar de intentar envenenarla a usted, se
suicidó?
—No lo
sé… —confesó.
Se
percibía que tampoco ella creía aquello, que no cuadraba con el carácter de su
hermana.
—¿Entonces?
—Es un
misterio… En todo caso, ¡Ferdinand no la ha matado!…
—¿Y
usted?
Pero
se equivocaba, si esperaba hacerle perder los estribos. Ella levantó la cabeza,
una vez más, sostuvo su mirada, con un destello de ironía.
—Creo
que será mejor llamar a su cuñado —gruñó Maigret—. O más bien. Espere… ¿Quiere
ir a la antesala mientras le recibo?…
—¿Qué
tiene que decirle?
De
pie, ahora se impacientaba. Arrancaba trocitos de su pañuelo a mordiscos.
—¡Hacedle entrar! —gritó Maigret entreabriendo la puerta—. En cuanto a
la señorita, esperará…
La
hizo salir delante de él y mostró a Voivin el sillón que la joven acababa de
abandonar.
—¿Un
vaso de cerveza?
Voivin
se contentó con sacudir la cabeza.
—¿No
tiene hambre?… Le pido perdón por haberle hecho esperar… Su cuñada tenía tantas
cosas que contarme… De hecho, ¿qué piensa hacer ahora?
El
corredor tuvo vergüenza de levantar la cabeza, mirando al comisario con
estupor, luego con desconfianza, como si fuese evidente para él que no iban a
libertarle.
—Una
pregunta, Voivin… Como supongo que Nicole no podía hablarle cuando quería, a
causa de su mujer, le escribía, ¿no?
Intentó percatarse de la relación, sacudió la cabeza.
—No…
—¿Por
qué? Enamorada como está, como lo está usted…
—Era
imposible… Mi mujer hubiese encontrado las cartas… Se pasaba el tiempo
registrando el apartamento, mis trajes y hasta mis zapatos…
Maigret suspiró. Hubiera pagado algo por ver al amor de Nicole dirigirse
hacia algún otro, a cualquiera, pero no hacia aquel hombre mediocre, mediocre
en todo, incluso en su desesperación.
—¿No
hubiera podido encontrar un escondrijo?…
—Le
digo que Louise lo hubiese encontrado…
El
comisario pareció no pensar más en ello.
—Tanto
peor… A propósito… Quería preguntarle otra cosa… Cuando usted tuvo trastornos
cardíacos…
Ferdinand sonrió dolorosamente.
—Esperaba la pregunta…
—Entonces, ¡respóndala!
—Pues
bien, sí, me recetaron digitalina… Pero va hace dos años que no torno…
—Lo
que no impide que conociese los efectos y que tuvieron que prevenirle que en
dosis masivas…
—Créame, comisario, no he matado a mi mujer…
—Estoy
convencido de que tampoco Nicole la ha envenenado…
—¿Ha
sospechado de ella?
—¡Claro que no! ¡Cálmese! Usted me dice que no ha matado a su mujer.
Nicole no la ha matado. Y ahora yo le pregunto algo, pregunta que le permito no
contestar. Escúcheme bien, Voivin… Conociendo a su mujer como la conocía,
celosa como era, capaz de soportar a su hermana en su casa antes de
proporcionarle el medio de encontrarse con usted a escondidas, conociendo a su
mujer, digo, ¿se atrevería a sostener que simplemente ha podido entrever la
posibilidad de matarse y, a la vez, dejarles el campo libre a los dos?…
Reflexione…
—No lo
sé…
—¡Vamos! Responda o no lo haga, pero basta de mentiras, Voivin… Basta de
falsas huidas…
Los
labios del hombre temblaban. Y de repente un olor fétido, en la estancia,
reveló los resultados físicos de su pánico.
Maigret, sin decir palabra, fue a abrir la ventana, volvió hacia su
escritorio, cargó lentamente su pipa, apuró el poco de cerveza que quedaba.
—Le
voy a ayudar, ¿quiere? —dijo con voz dulce.
* * *
—¿Supongo que prefiere que no haga pasar a su cuñada?
Voivin
lloraba, tal vez más por humillación que por dolor, y Maigret iba y venía
hablando y evitando mirarle.
—Si me
equivoco, me detiene… Pero no creo equivocarme… ¿Va a Anvers de tanto en tanto?
—Sí…
—Ya me
lo figuraba… A Anvers y a Ámsterdam, en donde se encuentran los principales
mercados de diamantes… Allí, pudo más fácilmente que en Francia y con menos
riesgos, procurarse una cierta cantidad de digitalina, lo que explica la
inutilidad de nuestras búsquedas en París y alrededores…
—¡Tengo sed! —gimió Voivin apretándose la garganta.
Estaba
tan humilde que Maigret se sintió avergonzado. Cogió una botella del estante y
sirvió un gran vaso al corredor.
—Usted
por naturaleza no es de un temperamento alegre… Se casó con una joven y, desde
el primer año de matrimonio, una operación la envejeció de golpe varios años…
Usted continuó trabajando sin alegría, meticulosamente, como hace todas las
cosas, y en cierto momento le sobrevino una insuficiencia cardíaca… ¿Es así?
—No
era grave…
—Poco
importa… Ahora bien, he aquí que su cuñada se echa a sus brazos y que de
repente descubre usted la juventud y la alegría de vivir… ¡Ama!… ¡Ama como un
loco!… Pero siente demasiado respeto por la palabra dada para abandonar a su
mujer y rehacer su vida… Es un débil, un cobarde, diría incluso… El día que su
mujer les sorprende, no reacciona…
—¡Me
gustaría saber lo que usted hubiese hecho en mi lugar!
—Poco
importa… La vida, en el bulevar Beaumarchais, se convierte en un suplicio
diario, a cada minuto… Si era incapaz de abandonar a su mujer, todavía lo era
más para renunciar a su cuñada… Deténgame si…
—¡Es
cierto!
—¡Usted pertenece al grupo de esos débiles que provocan las catástrofes!
Yo me entiendo… Sí, usted es de los que, por miedo a la soledad, son capaces de
arrastrar a montones de gentes a la muerte con ellos… Puesto que la vida no era
posible, pensó en la muerte de los tres, lo que explicaría la compra de tal
cantidad de veneno… ¿Es cierto?
—¿Cómo
ha podido adivinarlo?
—Hasta
aquí era fácil… Es la muerte de su mujer, lo que no me explicaba… Voy a llegar
a ello… En primer lugar, confiese que han sido dos por lo menos los intentos
que ha llevado a cabo, lo que podríamos llamar repeticiones generales, es
decir, que puso pequeñas dosis de digitalina en los alimentos, lo que hizo que
todos enfermasen…
—Quería saber…
—Eso
es… Tenía miedo… No estaba decidido a morir… E intentaba hacerlo a pequeñas
dosis… Por lo demás, su respuesta a una de mis preguntas últimas me ha hecho
ver claro… Su mujer vigilaba sus gestos y hechos, registraba los menores
rincones del apartamento, incluidos sus zapatos… En esas condiciones, ¿dónde
poner la digitalina?… ¿Y cuál era el medicamento que tomaba usted solo?
Huraño, Voivin levantó los ojos sin decir palabra.
—Desde
entonces, todo se encadena. La digitalina se esconde bajo la benigna etiqueta
de «bicarbonato de sosa»… Y sin duda, tal vez hubiese vacilado durante semanas,
durante meses…
—¡Creo
que no hubiera podido jamás! —gimió el corredor.
—Poco
importa… Hubiera vacilado durante largo tiempo, en todo caso, si no se hubiese
producido el accidente… Uno de sus clientes le regala una liebre… Su mujer, de
mal talante, no la digiere, va al botiquín, ve el bicarbonato de sosa y pone
una cucharada en un vaso…
Voivin
se escondía el rostro entre sus dos manos.
—¡Eso
es todo! —cortó Maigret abriendo la ventana de par en par. Dígame… Hay un
lavabo al lado… ¿Quiere pasar antes de que llame a su cuñada?
El
corredor se deslizó como una sombra a la estancia contigua. Maigret abrió la
puerta.
—¿Quiere venir, señorita Nicole? Su cuñado vendrá dentro de un instante…
Y
bruscamente:
—¿No
tiene ganas de morir?
—¡No!
—¡Tanto mejor! Preste atención…
—¿A
qué?
—A
nada… A no dejarse arrastrar…
—¿Qué
le ha dicho?
—¡No
me ha dicho nada!
—¿Sigue creyéndole culpable?
—Ya se
arreglará con él…
—¿Dónde está?
Maigret tuvo que volver la cabeza para esconder una sonrisa.
—Él…
¡recobra el ánimo! —dijo.
Y
volvió a encender su apagada pipa, mientras que Voivin, como un hombre
deslumbrado por la luz, entraba tanteando en el despacho.
—¡Ferdinand! —gritó Nicole.
—¡No!
Aquí no… se lo ruego… —gruñó Maigret.

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