© Libro N° 9479. La Dama Errante. Baroja, Pío. Emancipación. Enero 15 de 2022.
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LA DAMA ERRANTE
Pío Baroja
La Dama Errante
Pío Baroja
Title: La dama errante
La raza, Tomo I
Author: Pío Baroja
Release Date: November 17,
2018 [EBook #58298]
Language: Spanish
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RAFAEL CARO RAGGIO
1920
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio.
Pío Baroja
La dama errante
Rafael Caro Raggio
editor
Mendizábal, 34
Madrid
PRÓLOGO
No soy muy partidario de hablar de mí mismo; me
parece esto demasiado agradable para el que escribe y demasiado desagradable
para el que lee; pero puesto que esta «Biblioteca»[1] me pide un prólogo,
interrumpiré mi costumbre de no dar explicaciones o aclaraciones personalistas
y, por una vez, me entregaré a la voluptuosidad de decir yo hasta
la saturación.
[1] Se refiere a la «Biblioteca Nelson».
Sería una estúpida modestia, por mi parte, que yo
afirmase que lo que escribo no vale nada; si lo creyere así, no escribiría.
Suponiendo, pues, que en mi obra literaria hay algo
de valor—como en matemáticas se supone a veces que un teorema está de antemano
resuelto—, voy a decir, con el mínimo de modestia, cuál puede ser, a mi modo,
el valor o mérito de mis libros.
Este valor creo que no es precisamente literario ni
filosófico; es más bien psicológico y documental. Aunque hoy se tiende, por la
mayoría de los antropólogos, a no dar importancia apenas a la raza y a darle
mucha a la cultura, yo, por sentimiento más que por otra cosa, me inclino a
pensar que el elemento étnico, aun el más lejano, es trascendental en la
formación del carácter individual.
Yo soy, por mis antecedentes, una mezcla de vasco y
de lombardo: siete octavos de vasco, por uno de lombardo.
No sé si este elemento lombardo (el lombardo es de
origen sajón, al decir de los historiadores) habrá influído en mí; pero,
indudablemente, la base vasca ha influído, dándome un fondo espiritual,
inquieto y turbulento.
Nietzsche ha insistido mucho en la diferencia del
tipo apolíneo (claro, luminoso, armónico) con el tipo dionisíaco (obscuro,
vehemente, desordenado). Yo, queriendo o sin querer, soy un dionisíaco.
Este fondo dionisíaco me impulsa al amor[Pg 9] por la acción, al dinamismo, al drama. La
tendencia turbulenta me impide el ser un contemplador tranquilo, y al no serlo,
tengo, inconscientemente, que deformar las cosas que veo, por el deseo de
apoderarme de ellas, por el instinto de posesión, contrario al de
contemplación.
Al mismo tiempo que esta tendencia por la
turbulencia y por la acción—en arte, lógicamente, tengo que ser un entusiasta
de Goya, y en música, de Beethoven—, siento, creo que espontáneamente, una
fuerte aspiración ética. Quizá aquí aparece el lombardo.
Esta aspiración, unida a la turbulencia, me ha
hecho ser un enemigo fanático del pasado, por lo tanto, un tipo antihistórico,
antirretórico y antitradicionalista.
La preocupación ética me ha ido aislando del
ambiente español, convirtiéndome en uno de tantos solitarios. Robinsones con
chaqueta y sombrero hongo, que pueblan las ciudades.
Como España y casi todos los demás países tienen su
esfera artística, ocupada casi[Pg 10] por completo
por hábiles y farsantes, cuando yo empecé a escribir se quiso ver en mí, no un
hombre sincero, sino un hábil imitador que tomaba una postura literaria de
alguien.
Muchos me buscaron la filiación y la receta. Fuí,
sucesivamente, según algunos, un roedor de Voltaire, Fielding, Balzac, Dickens,
Zola, Ibsen, Nietzsche, Poe, Gogol, Dostoievski, Maeterlinck, Mirbeau, France,
Kropotkin, Stendhal, Tolstoi, Turgueneff, Hauptmann, Korolenko, Mark Twain,
Galdós, Ganivet y de otra docena más, y, sobre todo, de Gorki. Esto último, el
considerarme como un seudo-Gorki, se debió, principalmente, a que yo fuí el
primero, o uno de los primeros, que escribió en español un artículo acerca de
este escritor ruso.
Realmente, era suponer en mí demasiada candidez y
poca malicia, el que yo presentara al público que había de leerme a un escritor
a quien estaba desvalijando. Claro que, como yo no le desvalijaba ni seguía por
su camino, no me importaba nada que[Pg 11] fuera
Gorki conocido en España. Mis admiraciones en literatura no las he ocultado
nunca. Han sido y son: Dickens, Balzac, Poe, Dostoievski y, ahora, Stendhal.
Generalmente, el crítico no se contenta con lo que le dice el autor. Supone que
éste tiene que hablar siempre con malicia y ocultar algo, lo que demuestra que
hay que atravesar muchas atmósferas de incomprensión para ser solamente
escuchado.
Yo no quiero decir que en mis libros no haya
influencias e imitaciones: las hay como en todos los libros; lo que no hay es
la imitación deliberada, el aprovechamiento, disimulado, del pensamiento ajeno.
Hay, por ejemplo, en una novela mía: La Casa de Aizgorri, una
reminiscencia, según dicen, de La Intrusa, de Maeterlinck. Sin
embargo, yo no he leído, ni antes ni después, La Intrusa; y ¿cómo
se explica entonces la vaga imitación?
Se explica de una manera sencilla. Yo había oído
hablar, antes de escribir mi libro, a algunos literatos de La Intrusa,
de su argumento, de sus escenas. Sin duda, sin saberlo, me apropié la impresión
reflejada en[Pg 12] un español por el drama del
autor belga, y la consideré mía; pero yo estoy seguro que el que comparase las
dos obras minuciosamente, no encontraría una frase, una fórmula, nada parecido
que indicara que yo haya seguido en el pensamiento a Maeterlink; porque no lo
conocía, ni después me ha interesado. Es el ambiente, muchas veces, el que da
semejanza a dos obras.
Si yo hubiera escrito esta misma novela: La
Casa de Aizgorri, después de la Electra, de Pérez Galdós; si
hubiera escrito La Busca, después de La Horda, de
Blasco Ibáñez, y Paradox, rey, después de La Isla de las
Pingüiños, de Anatole France, me hubieran acusado de imitador, porque hay
mucha semejanza entre estas obras y las mías, y, probablemente, más que
entre La Casa de Aizgorri y La Intrusa; pero las
escribí antes. Sin embargo, no se me ocurrió decir que esos autores me habían
imitado, sino que habían coincidido conmigo y habían coincidido con más éxito,
pues las tres obras de esos autores fueron aplaudidas y las mías quedaron en la
estacada.
Dejando esta cuestión, puramente literaria, seguiré
con el autoanálisis, para mí más interesante. He dicho que soy
antitradicionalista y enemigo del pasado, y, efectivamente, lo soy, porque
todos los pasados, y en particular el español, que es el que más me preocupa,
no me parecen espléndidos, sino negros, sombríos, poco humanos.
Yo no me explico, y probablemente no comprendo, el
mérito de los escritores españoles del siglo xvii; tampoco comprendo el
encanto de los clásicos franceses, excepción hecha de Moliére.
De esta antipatía por el pasado, complicada con mi
falta de sentido idiomático—por ser vasco y no haber hablado mis ascendientes
ni yo castellano—, precede la repugnancia que me inspiran las galas retóricas,
que me parecen adornos de cementerio, cosas rancias, que huelen a muerto. Este
conjunto de particularidades instintivas: la turbulencia, la aspiración ética,
el dinamismo, el ansia de posesión de las cosas y de las ideas, el fervor por
la acción, el odio por lo inerte y el entusiasmo por el[Pg
14] porvenir, forman la base de mi temperamento literario, si es que
se puede llamar literario a un temperamento así que, sobre un fondo de energía,
sería más de agitador que de otra cosa.
Yo no considero estas condiciones sean excelentes,
ni que con ellas se hagan obras maestras, sino que son, al menos a mí me parece
que son.
Dados estos antecedentes, es muy lógico que un
hombre que sienta así tenga que tomar sus asuntos, no de la Biblia, ni de los
romanceros, ni de las leyendas, sino de los sucesos del día, de lo que ve, de
lo que oye, de lo que dicen los periódicos. El que lea mis libros y esté
enterado de la vida española actual, notará que casi todos los acontecimientos
importantes de hace quince o veinte años a esta parte aparecen en mis novelas.
Esto las da un carácter de cosa política y
momentánea muy alejado del aire solemne de las obras serias de la literatura.
En el fondo, yo soy un impresionista.
La dama errante está inspirada en el[Pg 15] atentado de la calle Mayor, contra los reyes de
España. Este atentado produjo una enorme sensación. En mí la hizo grande,
porque conocía a varios de los que intervieron en él.
Mateo Morral, el autor del atentado, solía ir a un
café de la calle de Alcalá donde nos reuníamos varios escritores. Le solían
acompañar un periodista, un empleado del tranvía, llamado Ibarra, que luego
estuvo preso después del crimen, y un polaco, viajante o corredor de un
producto farmacéutico.
Este polaco e Ibarra recuerdo que tuvieron una
noche un serio altercado con un pintor que dijo que los anarquistas dejaban de
serlo cuando tenían cinco duros.
Yo no creo que hablé nunca con Morral. El hombre
era obscuro y silencioso; formaba parte del corro de oyentes que, todavía hace
años, tenían las mesas de los cafés donde charlaban los literatos.
El tipo de Nilo Brull, que aparece en LA DAMA
ERRANTE, no es la contrafigura de Morral, a quien no traté; este Brull es como
la[Pg 16] síntesis de los anarquistas que vinieron
desde Barcelona, después del proceso de Montjuich, a Madrid, y que tenían un
carácter algo parecido de soberbia, de rebeldía y de amargura.
Después de cometido el atentado y encontrado a
Morral muerto cerca de Torrejón de Ardoz, quise ir al hospital del Buen Suceso
a ver su cadáver; pero no me dejaron pasar.
En cambio, mi hermano Ricardo pasó e hizo un dibujo
y luego un aguafuerte del anarquista en la cripta del Buen Suceso.
Mi hermano se había acercado al médico militar que
estaba de guardia a solicitar el paso, y le vió leyendo una novela mía, también
de anarquistas, Aurora roja. Hablaron los dos con este motivo, y el
médico le acompañó a ver a Mateo Morral, muerto.
La angustia del doctor Aracil, paseando por las
calles de Madrid, está inspirada en mi novela en la de los conocidos del
terrorista, que anduvieron escondiéndose aquella noche.
Lo demás del libro, casi todo está hecho a base de
realidad. La mayoría de los personajes son también reales. El doctor Aracil,
aunque desfigurado por mí, vive; el que me sirvió de modelo para pintar a
Iturrioz, murió; María Aracil pasea por las mañanas por la calle de Alcalá.
Algunos supusieron, no sé por qué, que en María Aracil había querido yo pintar
a Soledad Villafranca, la amiga de Ferrer, cosa absurda, que no tiene
apariencia de verdad.
Yo, cuando escribí LA DAMA ERRANTE, no conocía
a Soledad Villafranca; la conocí después, en París, en casa de un profesor,
donde estuve convidado a cenar. Como ella es de Pamplona y yo me eduqué también
allí, hablamos largo rato, y en el curso de la conversación me dijo que había
leído LA DAMA ERRANTE. Como es lógico, no había encontrado ninguna alusión
a ella en el libro, y, en cambio, sí había creído ver la contrafigura de
Ferrer.
Los demás tipos de la novela fueron también tomados
del natural, y el viaje por la Vera de Plasencia lo hicimos mi hermano[Pg 18] y yo y un amigo, llevando en un burro
provisiones y una tienda de campaña.
Los ventorros y paradores del camino son, poco más
o menos, como los descritos por mí, con los mismos nombres y la misma clase de
gente. El Musiú, el Ninchi y el Grillo es
posible que anden todavía por esas aldeas, siguiendo su vida de trotar caminos
y engañar a los bobos.
Probablemente, un libro como LA DAMA
ERRANTE no tiene condiciones para vivir mucho tiempo; no es un cuadro con
pretensiones de museo, sino una tela impresionista; es quizá, como obra,
demasiado áspera, dura, poco serenada...
Este carácter efímero de mi obra no me disgusta.
Somos los hombres del día gentes enamoradas del momento que pasa, de lo fugaz,
de lo transitorio, y la perdurabilidad o no de nuestra obra nos preocupa poco,
tan poco, que casi no nos preocupa nada.
pío BAROJA
Madrid, marzo, 1916.
I.
LA ABUELITA
En nuestra época y en nuestro país es muy difícil
ser niño. La vida se marchita pronto, cuando no brota ya mustia por herencia.
La mayoría de los hombres y de las mujeres no han vivido nunca la niñez. Es
verdad también que casi nadie llega a vivir la juventud. El padre, la madre, el
criado, el profesor, la institutriz, el municipal, todos conspiran contra la
infancia; como el negocio, el dinero, la posición social, la vanidad política,
el deseo de representar, conspiran contra la juventud.
En España, y en nuestros tiempos de industrialismo,
de lujo y de laxitud, para estar en buena armonía con el ambiente se necesita
ser viejo desde la cuna, y, para consolarse un poco, decir de cuando en cuando:
«Es preciso ser joven, hay que reír, hay que vivir». Pero nadie ríe, ni nadie
vive.
Y España es hoy el país ideal para los decrépitos,
para los indianos, para los fracasados, para todos los que no tienen nada que[Pg 20] hacer en la vida, porque lo han hecho ya, o
porque su único plan es ir vegetando...
María Aracil disfrutó la suerte de pasar los
primeros años de su existencia un tanto abandonada, y, gracias a su abandono,
pudo tener ideas de niña y vida de niña hasta los catorce o quince años.
Huérfana de madre, sintió por su padre, el doctor Aracil, un gran cariño; pero
el doctor no podía o no sabía atender a su hija, y la abuela fué la encargada
de cuidar de María durante la niñez.
La abuela Rosa, madre del doctor, era una viejecita
muy simpática y muy rara. Habitaba en el piso alto de un caserón grande y viejo
de la calle de Segovia, y vivía completamente aislada y sola. En su casa
reinaba el más absoluto desorden, y en medio de aquel desorden se encontraba
ella a gusto.
Sus dos ocupaciones predilectas eran leer y hacer
trabajos de aguja; continuamente tenía a sus pies un cestillo de mimbre lleno
de lanas de colores, con las que solía tejer talmas y toquillas para su nieta.
Le gustaban a la abuelita Rosa los animales, y
siempre vivía con perros y gatos. Tenía un perrillo de lanas, Ali,
muy viejo, algo raído, con las lanas largas, la cola de zorro y el aire más
inteligente que el de un cardenal italiano, y un gato blanco y gordo, el
preferido, a quien solía dirigir la vieja largas recriminaciones. El gato se le
ponía muchas veces encima del hombro, y así le solía ver María con frecuencia.
Tenía también la abuelita Rosa un canario muy chillón y un loro.
La abuela no se trataba con nadie. Sólo una antigua
criada, a quien conocía de la infancia, una vieja gruñona y de mal humor,
Plácida de nombre, aunque no de genio, aparecía por allí, y, generalmente,
cuando iba, solían reñir ama y criada.
En su soledad, el invierno, y aun el verano, la
abuelita Rosa leía novelas antiguas, al lado de la estufa. Allí mismo guisaba
sus comidas, siempre muy sencillas.
Con los anteojos puestos en la punta de la nariz,
sentada al lado de la estufa, parecía la abuela Rosa una viejecita de cuento;
muy chiquita, arrugadita como una pasa, encogida, con la nariz puntiaguda, la
cara sonrosada y el pelo blanco como la nieve.
De noche encendía su quinqué y seguía leyendo o
trabajando. Muchas veces pensaba María que su abuela debía ser muy valiente,
para quedarse sola en aquella casa.
Cuando iba la niña a verla, entonces comenzaba con
la vieja las idas y venidas, el revolver armarios y el contar cuentos. Siempre
la abuela guardaba alguna golosina para su nietecita: pasteles, caramelos o
crema.
La abuela Rosa la hablaba con una gran seriedad a
María, y entre historia e historia y anécdota y recuerdo de la realidad, le
contaba escenas de las novelas que había leído, y Montecristo, y Artagnán, el
príncipe Rodolfo, todos estos héroes de la mitología folletinesca vivían ante
la imaginación de María.
Tenía la viejecita una fantasía exuberante, y el
trato continuo con la niña le había dado un[Pg 22] infantilismo
extraño. Muchas veces la vieja hacía de niña, y la niña de vieja; la abuela
imitaba el hablar balbuciente de los niños, y la nieta la actitud severa de los
viejos, y la vida en germen, y la vida en su declinación, parecían iguales y se
entendían jugando.
Una de las diversiones de María y de la abuelita
Rosa era sentarse en un sofá e imitar la marcha en un tren.
—Ya estamos en el vagón, ¿eh?—decía la vieja.
—Sí. Ya estamos—contestaba la niña—. Ponte el
mantón, abuelita.
—No; hasta que no lleguemos a Ávila, no.
Y las dos imitaban la salida del tren, y luego el
ruido de la marcha y los silbidos de la locomotora, y veían paisajes, y
estaciones, y el mar, y los árboles, y los montes...
La vieja desarrollaba la imaginación de la niña
hasta tal punto que ésta, que no sabía leer ni escribir, inventaba también
cuentos y novelas, y se los contaba a la criada de su casa.
La abuela era, ciertamente, una mujer poco vulgar.
Su padre, un médico volteriano, la había educado fuera de la religión; su
marido no había sido hombre de energía, y vivió dulcemente, dominado por su
mujer. La abuela Rosa quiso también dominar a sus hijos; pero éstos, que
salieron a ella, se le insubordinaron pronto y la hicieron desgraciada.
Enrique, el mayor, el padre de María, se manifestó
desde pequeño como un muchacho listo y aplicado; Juan, el segundo, resultó un
calavera.
Enrique y Juan se odiaban. Enrique era el admirado
por todos, el joven portento; de Juan no se sabían mas que barbaridades. En el
fondo, el pequeño era el favorito de la madre, y esto, comprendido por Enrique,
muy orgulloso y soberbio, le hizo perder casi por completo el cariño filial.
De la desunión de la familia, nadie particularmente
tenía la culpa. La abuelita Rosa era mujer de gran corazón, pero de una
personalidad absorbente: quería tener a todo el mundo bajo su yugo y era capaz
de cualquier sacrificio por el que se acogiese a ella. Enrique era puntilloso,
y Juan quería a su madre como casi todos los jóvenes calaveras, pero sus
instintos le impulsaban a la vida viciosa, y ninguno de los tres se entendía.
Juan no llegó a tener profesión alguna; reunido con
unos cuantos señoritos, hizo, a discreción, tonterías y calaveradas, hasta que
en una de ellas, viéndose ya dentro de las mallas del Código Penal, encontró,
como pudo, unas pesetas y desapareció de Madrid.
Se dijo que estaba en América, y no se supo más de
él. La abuela cultivaba la memoria de su predilecto y le recordaba a todas
horas. Muchas veces María la vió con una fotografía entre las manos arrugadas,
mirándola absorta.
—¿Quién es?—le preguntó María.
—Es tu tío Juan—y le enseñó el retrato de un joven
todo afeitado, de cara aguileña y expresiva.
Una vez María fué a casa de su abuela y se la
encontró en el sillón, con la cabeza reclina[Pg 24]da en
el respaldo y el pañuelo sobre los ojos. Al ver a María, la vieja quiso
inclinarse para besarla, y no pudo.
—¡Abuelita!—dijo la niña.
—¿Qué?
—¿Estás mala?
—No. Es que tengo sueño.
Al día siguiente, el padre de María no estuvo ni un
momento en casa; luego recibió muchas visitas y se puso una corbata negra. A
María le dijo que su abuelita había ido a hacer un largo viaje.
María tendría siete años, y no sospechó ninguna
otra cosa. Se aburría en casa y preguntaba todos los días a su padre:
—Papá, ¿cuándo viene la abuelita?
—Ya vendrá; no tengas cuidado, ya vendrá.
Pronto notó María que a su padre le molestaba la
pregunta, y fué presentándose ante su imaginación la idea, cada vez más clara,
de la muerte de su abuelita. Vaciló en preguntárselo a su padre, y al fin, con
timidez, le dijo:
—¿Es verdad que la abuelita se ha muerto?
—Sí. ¿Quién te lo ha dicho?
—Nadie. Yo lo he comprendido.
—Pues sí, ha muerto.
—¿Y está enterrada?
—Sí.
—¿Como mamá?
—Sí.
—¿Ya me llevarás donde están?
—Bueno.
Repitió la niña la petición, y un día el doctor fué
con su hija al camposanto. María puso[Pg 25] unas
flores en las tumbas de su madre y de su abuela y pasó el día bien; pero al
irse a acostar le acometió un temblor nervioso, de miedo.
La impresión del cementerio le hirió de una manera
tan profunda, que hasta le hizo enflaquecer. Afortunadamente, nadie, desde
entonces, excitó su imaginación, y, paseando por la Moncloa con la criada y
jugando, se tranquilizó pronto.
A los diez años, María ni sabía leer ni había
puesto los pies en la iglesia. A ella misma le vino el deseo de aprender, y
varias veces se lo expresó a su padre. Enrique Aracil ganaba ya bastante para
darse el lujo de una institutriz, y buscó una. Tuvo la suerte de encontrar a
miss Douglas, una mujer fea, pero buena y cariñosa, que enseñó a María a leer y
a escribir, algunas nociones de Matemáticas y el inglés y el francés
perfectamente.
El doctor Aracil la tomó con la condición expresa
de que no hablara a la niña de religión; pero miss Douglas, como protestante
fanática y catequista, llevó algunas veces a María a una capilla evangélica de
la calle de Leganitos, pobre y triste y nada propicia para producir entusiasmos
místicos.
El doctor no se trataba con la familia de su mujer;
experimentaba por ella antipatía y desdén, sentimientos pagados en la misma
moneda por los parientes de María.
Estos consideraban al doctor Aracil como un loco,
casi como un monstruo; para Aracil, sus cuñadas y primos, por parte de su
mujer,[Pg 26] eran miserables, gente ruin,
iglesiera, de mal corazón y de sentimientos viles.
María no conoció a sus tías y primas hasta los
catorce o quince años. Era entonces María una muchacha de mediana estatura, más
bien baja que alta, de ojos negros, pestañas largas, rostro ovalado y cabello
entre rubio y castaño. Tenía una voz un tanto opaca, y, al hablar, un
movimiento semimelancólico, semi-impaciente, de mucha gracia.
La primera vez que habló con sus tíos, aleccionada
por su padre, le parecieron gente mezquina y de intención aviesa; pero luego
fué comprendiendo que su padre había exagerado la pintura.
Sus primitas eran algo tontas, de una ignorancia
terrible, pero no esencialmente malas. Lo característico en ellas era la falta
de curiosidad por todo. Sus madres tenían la convicción de poseer unos
portentos, unas mujercitas perfectamente aptas y educadas, y, sin embargo,
estas muchachas vivían desde los trece a catorce años una vida inmoral,
subordinando todos sus planes al marido futuro, si llegaba, estudiando las
maneras de excitar el sentimiento sexual del hombre, dedicándose a la caza
legal del macho, sin pensar que podían tener una vida suya, propia,
independiente de la eventualidad del matrimonio.
La perspectiva soñada del marido rico les impedía
realizar los actos más sencillos, de miedo a la opinión ajena.
La vida de la mujer española actual es realmente
triste. Sin sensualidad y sin romanticis[Pg 27]mo, con la
religión convertida en costumbre, perdida también la idea de la eternidad del
amor, no le queda a la española sostén espiritual alguno. Así tiene que ser y
es en la familia un elemento deprimente, instigador de debilidades y anulador
de la energía y de la dignidad del hombre. Vivir a la defensiva y representar
es todo su plan.
Cierto que las demás mujeres europeas no tienen un
sentimiento religioso exaltado ni un gran romanticismo; pero con mayor
sensualidad que las españolas y en un ambiente no tan crudo como el nuestro,
pueden llegar a vivir con una sombra de ilusión, disfrazando sus instintos y
dándoles apariencia de algo poético y puro.
María no participaba de estas ideas acerca de las
mujeres; por el contrario, y con relación a ella, tenía fe en su vida y creía
que no podía ser estéril y obscura, sino fértil y luminosa.
En aquel medio familiar, sobre todo entre las
personas de alguna edad, María disonaba y experimentaba claramente la impresión
de su desacuerdo con los demás. Todo lo que a los otros les parecía
vituperable, ella lo encontraba digno de elogio, y al revés.
Luego veía siempre el entusiasmo por lo más vulgar,
lo más pesado y estúpido, y el odio por la idea graciosa o el sentimiento un
poco sincero.
La gracia amable sonaba allí como una chocarrería o
una impertinencia, y si por casualidad brotaba alguna vez, todos, con
apresuramiento, tíos, tías, primos y demás parien[Pg 28]tes
y amigos, se esforzaban en enterrarla a fuerza de paletadas de vulgaridad y de
sentido común.
La más simpática de los parientes era la tía Belén,
hermana de la madre de María, casada con un empleado de Hacienda. Era esta
señora buenaza y amable, sin gran talento ni comprensión, pero con un fondo de
buena voluntad para todo. La cuñada de Belén, en cambio, la tía Carolina, era
un basilisco. A mala intención no le ganaba nadie. Solterona, flaca, seca, de
color cetrino, tenía la actitud fiera y el gesto desdeñoso.
Su alma era también seca como un cardo; no había en
ella la más ligera benevolencia para nada ni para nadie; con todos se sentía
implacable; odiaba a su hermano, a su cuñada, a sus sobrinos; inventaba
desdenes u ofensas por el gusto de insultar y de mortificar. En la Zoología
andaba, seguramente, cerca del ofidio. No le faltaba mas que el cascabel para
pertenecer a la cofradía de las apreciables serpientes de este nombre.
Se decía que, enamorada de un hombre, su amor no
correspondido le había agriado el carácter; pero esto era imposible de creer,
porque aquella dama había sido agria desde el nacimiento.
La suposición de que la tía Carolina hubiese estado
enamorada, sólo la podían hacer esas gentes que confunden el amor con las
inflamaciones del hígado.
María, desde el primer momento, comprendió que su
tía Carolina embestía, y la trató como[Pg 29] a un
toro furioso, y le daba cada capotazo que la desconcertaba.
Con sus primas, María llegó a simpatizar. Al
principio creyó en su bondad y en su afecto, pero vió pronto lo superficial de
sus ofrecimientos y protestas de amistad. En el fondo, las hijas de la tía
Belén no la querían. Verdad es que odiaban a todas las mujeres. Decían de ella:
«Sí; María es muy lista, muy elegante, no se puede negar; pero ¡tiene unas
ideas tan raras!» Y en esto había ya como un intento de exclusión para su
pequeña vida social.
Para aquellas muchachas, todo lo que no fuera
esperar en el balcón al tenientito o al abogadito socio del Ateneo, tomaba el
carácter de una extravagancia.
El sentimiento de la categoría social, unido al del
pecado, enfermaba a estas mujeres el alma. Luego, el casuísmo de la educación
católica les había infundido una hipocresía sutil: la idea de hallarse
legitimado todo, con tal de llegar en buenas condiciones económicas a la
prostitución legal del matrimonio. El hábito del disimulo y de la mentira, y el
ir de cuando en cuando a jabonar en el confesonario sus pequeñas roñas
espirituales, en compañía de un gañán moreno, de mirada intensa y barba
azulada, les iba pudriendo lentamente el alma.
Para completarse y hacerse más desagradable, el
poco ingenio que tenían estas niñas lo empleaban en decir chistes o en
defenderse de los chistes. Para ellas todo el mundo era un guasón, y parecían
creer que los hombres y las[Pg 30] mujeres, al
hablarse, no tenían más objeto que reírse unos de otros.
María, en medio de aquel ambiente infeccioso,
intentaba luchar con otras armas, vivir con otras ideas, crearse una vida para
ella sola, y esto lo comprendían sus primas y lo consideraban como una ofensa.
Veían también que una personalidad más fuerte
atraía a la gente, y formaban ellas y sus amigas pequeñas conspiraciones para
aislar y excluir a María.
A pesar de estos intentos de exclusión, la hija del
doctor se desenvolvió fácilmente en el círculo de sus amistades, aprendió a
bailar y a hablar en tono ligero e insubstancial, y ocultó con cuidado sus
aficiones y sus gustos poco vulgares.
No le costaba ningún trabajo el aparentar una
frivolidad que no sentía; al revés, la tomaba con una facilidad extremada. Para
sentirse un poco seria, necesitaba estar en su casa, sola; si no, el ambiente
la hacía ligera, inconstante y olvidadiza.
María Aracil se vió galanteada por jóvenes que le
parecieron de una petulancia y de una vanidad ridículas, jóvenes irónicos, que
no creían en nada mas que en sí mismos. María pensó que ninguno de ellos era de
naturaleza tan preciosa para que valiese la pena de guardarlo cuidadosamente, y
casarse con el escogido al cabo de algunos años.
Entonces, las primas y sus amigas dijeron:
—María tiene mucha cabeza, pero muy poco corazón.
Y un joven ateneísta añadió:
—Es una muñeca sin alma.
Para aquellos jóvenes irónicos y d’annunzianos, no
entusiasmarse con sus gracias era no tener alma.
María quería llegar a vivir independiente, para
ella, sin hacer alarde de su independencia; al revés, ocultándola como un
defecto. Este sentimiento, poco común entre nuestras mujeres, procedía
últimamente de un factor de gran importancia: la intimidad del hogar. María
tenía un hogar y no tenía familia. El hogar es la quintaesencia del
individualismo; en cambio, la familia es algo que está más bien fuera que
dentro del individuo, algo que determina la clase social. El hogar no es
aristócrata, ni burgués, ni obrero; la familia es todo esto y más aún; el hogar
aisla, la familia relaciona. En España, la mayoría de la gente tiene familia,
pero no tiene hogar.
María, viviendo aislada, se sentía, necesariamente,
un poco puritana. La hipocresía, la afectación le indignaban; le molestaba oír
esas conversaciones de amigas en donde todas las palabras suenan a una maldad.
El ser sincera consigo misma primero, y después lo más sincera posible con los
demás, constituía para ella un deber, una regla de conducta.
Aspiraba a ver las cosas próximas tales como eran,
sin dejar por eso de ser una muchacha, sin terminar en orgullosa, satírica ni
pedante, ni aspirar tampoco a catalogarse entre el ilustre grupo de esas
mujeronas literatas, intelectuales, con sentimientos de cocinera, que honran
las letras españolas.
Comprendía que sus primas y sus amigas, por
instinto, con el fin de desembarazarse de ella, la impulsaban a que tomara en
la vida una posición falsa, a hacerse marisabidilla; pero María sabía
defenderse y hablar con la gente con una ligereza extraordinaria y demostrar
que no tenía ni conocimientos ni gustos superiores a la generalidad.
Veía, al contrastarse con las demás muchachas, que
las ideas de su padre, ideas de hombre, le habían hecho un ser de excepción.
Se acentuaban sus diferencias con las lecturas. En
casa tomaba libros de la biblioteca del doctor, y los leía, sobre todo los de
viajes. Leyó desde Heródoto hasta Nansen, y estas lecturas serenas, unidas a su
falta absoluta de ideas religiosas, le permitieron poder pasear la mirada por
encima de las doctrinas y de los hechos sin turbación alguna.
No llegó a formarse una concepción clara y
definitiva, no ya del mundo, ni aun de su vida tampoco; pero consiguió no tener
ni sombra de ese sentimiento malsano del pecado, herencia de una humanidad
histérica y enfermiza.
La idea del pecado es una de las ideas más absurdas
y más petulantes de las religiones. A primera vista, esta invención, que supone
al hombre libre en absoluto, parece completamente austera; pero en el fondo no
lo es, sino todo lo contrario.
El pecado es como la cáscara del placer: es el
antifaz negro que vela el rostro del vicio y le da más promesas de
voluptuosidad. Es, en último término, un excitante.
Un escritor, creo que Stendhal, cuenta que una
princesa italiana del siglo xvii, al tomar un helado, una tarde sofocante
de verano, decía:
«¡Qué lástima que esto no sea pecado!»
En el fondo, la frase es infantil, porque, o la
princesa no creía gran cosa en el castigo del pecado, o suponía muy fácil el
lavarlo con la confesión, o decía la frase por decirla. Seguramente, no hubiera
dicho la princesa:
«¡Qué lástima que este helado no sea un veneno!»
Porque entonces el peligro era real e inmediato. Con el fondo negro de la
perversidad y del pecado, las tonterías humanas toman grandes perspectivas, y
el hombre es, principalmente, un animal aparatoso y petulante.
Sin las sombras de la perversidad, ¿qué queda de
don Juan? Con un poco de deshonor, de lágrimas y de infierno, don Juan se
destaca como un monstruo; pero se suprime todo eso, desaparece el dilettantismo
de la fechoría, de la deshonra y del demonio, lo malo se convierte en anómalo,
y don Juan queda reducido a un hombre de buen apetito. En una sociedad en donde
reinara el amor libre, el famoso burlador sería un benemérito de la patria, y
el jefe del Estado le daría una palmadita en el hombro y le diría:
«Treinta años y cuarenta hijos. ¡Bravo, don Juan!»,
y le pondría una corona de laurel, en premio a su civismo.
A María, a causa de su educación, no le preocupaba
la idea del pecado; cuando comprendía que había obrado mal, lo sentía; pero no[Pg 34] daba significación trascendente a sus
equivocaciones o a sus ligerezas.
En ella pesaba mucho un sentimiento de limpieza
moral; alguna vez que comenzó a leer novelas de tendencia libre o erótica, al
darse cuenta de ello, las dejó sin curiosidad.
Durante mucho tiempo estuvo arrepentida de haber
leído Crimen y castigo, de Dostoievski, porque le turbó la
conciencia y le produjo ideas turbias y desagradables. Y ella buscaba, sobre
todo, sentir el alma limpia y ligera.
II.
EL HOMBRE BAJO LA MÁSCARA
María Aracil sintió desde niña un gran amor por su
padre, aumentado luego con los años. El doctor Aracil se sentía orgulloso de su
hija, viéndola tan bonita, tan fina, tan inteligente, y a María le halagaba
también sobremanera ver a su padre joven aún, buen mozo, con una fama de médico
inteligentísimo y de hombre extraordinariamente original.
María no podía juzgar a su padre con frialdad:
viéndole a través de su cariño, le parecía un tipo de excepción, un ser
superior y magnífico, sin el menor defecto ni mácula.
En realidad, el doctor presentaba todos los
caracteres de un hombre de lujo, más superficial que hondo, más ingenioso que
original y más cuco que sincero. Aracil no era capaz de experimentar grandes
afecciones, ni de sacrificarse por nada ni por nadie; en cambio, sacrificaba a
cualquiera por presentarse ante los demás en una postura gallarda o por colocar
a tiempo una frase feliz.
Sentía el buen doctor una egolatría fundamental, de
esas tan generales entre los cómicos, los profesores, los cantantes, los
literatos y demás gente de perversa índole. Si su egolatría no se notaba en él
en seguida, consistía en que era bastante listo para disimularla.
En su tertulia del café Suizo, formada en su mayor
parte de médicos, era donde Aracil peroraba y lanzaba sus paradojas y sus
frases brillantes.
Siempre estaba ideando algo, no con el fin de
realizarlo, sino con el propósito de asombrar a la gente.
Oyéndole, y fijándose en sus frases, se notaba que
tenía un repertorio de ingeniosidades, de salidas, de comparaciones, con el
cual deslumbraba a sus interlocutores.
Tomaba una idea cerrada en una frase y la cambiaba
mudando caprichosamente una de las palabras. Como lo mismo le daba asegurar
blanco que negro, y no le importaba contradecirse, le era fácil el
retorcimiento de la idea. El cambio le sugería otra frase, y así hacía marchar
una tras otra, con travesura e ingenio; pero sus frases no terminaban en algo
que pareciera una conclusión, sino que danzaban de aquí para allí, siguiendo un
rumbo caprichoso, que muchas veces dependía del sonido o de la consonancia de
un vocablo. Hay muchas personas que al decir una palabra recuerdan vagamente el
objeto que representa: al oír decir libro, piensan en un libro en rústica o
encuadernado; al oír decir casa, se la figuran grande o pequeña, con balcones o
con ventanas, con[Pg 37] tejado o sin él; pero otros
muchos, y en general los oradores y los poetas, y más si son españoles, al
decir una palabra no recuerdan ni la idea, ni el objeto que representa, lo que
les permite el discurso brillante y el juego del vocablo.
La facundia proviene casi siempre de esta
condición. En la cabeza del orador fácil, las ideas no brotan arrastrando las
palabras, sino son las palabras las que van sugiriendo las ideas. Esto no es
extraño; las palabras son vehículos del pensamiento, y les queda siempre un
residuo espiritual. Un loro que repitiera palabras ambiguas llegaría a dar la
impresión de un animal inteligente. Un orador que tiene un repertorio mucho más
extenso que un loro, puede parecer inteligentísimo.
A Aracil le pasaba esto último; no iba más allá de
las palabras.
Analizando los procedimientos de fabricar cosas
originales de este médico sofista, se veía que procedían casi siempre de un
artificio retórico. Uno de estos artificios estribaba en una antítesis casi
mecánica, en una oposición sistemática de un concepto, por el contrario. Se
decía delante de él, por ejemplo: «Hay que dar trabajo a los obreros», y él
replicaba en seguida: «No; lo que hay que dar es obreros al trabajo». «Hay que
europeizar España»; él contestaba: «Hay que españolizar Europa».
El otro procedimiento, también mecánico, de
originalidad, usado por Aracil, era devolver la frase al interlocutor,
aplicando palabras de ideas materiales a conceptos puramente espiri[Pg 38]tuales, o al contrario, procedimiento que, a pesar de
estar a la altura de cualquiera, no dejaba de producir efecto en los
contertulios de Aracil.
Se le decía: «Habría que encontrar un medio de
ventilar bien el hospital». Y él replicaba: «Lo primero sería ventilar bien las
conciencias». Otro decía: «A los campos españoles les falta, sobre todo, abono
químico». «Más abono químico les falta a nuestras almas, que están siempre en
barbecho».
Este procedimiento lo había visto empleado Aracil,
con éxito, por un catedrático de Medicina, de San Carlos; un señor a quien los
papanatas de la Facultad tenían por un genio, porque, además de llevar melenas
y de tocar el violín en el retrete, había tenido el desparpajo de construír, en
pleno siglo xix, un sistema médico sobre la sólida base de unas cuantas
frases, de unos cuantos chistes y de unas cuantas fórmulas matemáticas,
aplicadas sin ton ni son, a los fenómenos de la vida.
Aracil, a veces, se sentía modesto y reconocía que
no tenía sistema filosófico alguno; pero entonces aseguraba que no eran los
hombres de ideas los que quedan, sino los hombres de frases.
—La cuestión es tener acierto—decía—; calificar al
hombre superior de superhombre, se le ocurre a cualquiera; llamar a un hombre
degradado ex hombre, como ha hecho Gorki, está a la altura de un ateneísta de
capital de provincia; sin embargo, una invención de ésas, blandiéndola en el
aire como una lanza,[Pg 39] hace conocido a un autor
y le puede dar celebridad.
Aracil, además de creerse original, se jactaba de
ser inoportuno; uno de los procedimientos más empleados por él, en la
discusión, era el de cortar la frase a su contradictor para explicar la
etimología griega o sánscrita de una palabra, cuyo significado usual y
corriente estaba al alcance de todo el mundo. La mayoría de las veces, estas
inoportunidades no le traían consecuencias; pero a veces caía con personas de
malhumor, que no se contentaban con servir de trampolín para ejercicios
acrobáticos, y tenía que oír el ser motejado de farsante y de botarate.
La profesión médica daba un poco de mundanidad y
mitigaba la suficiencia de Aracil. Si en vez de médico hubiera sido profesor,
su nombre hubiera alternado con el de los más ilustres pedantes de facultad que
brillan fácilmente en nuestra Beocia española.
A pesar de alguno que otro ligero tropiezo, la fama
de Aracil aumentaba. Esa clase de talento brillante, que ha encumbrado en
España y dado nombradía de geniales y de profundos a muchos hombres de talco,
la poseía Aracil en grado sumo, y, como casi todos los hombres ingeniosos,
creía en la eficacia de sus juegos de palabras, que para él constituían
movimientos hondos de ideas.
Aracil era un anarquista; pero un anarquista
retórico, un anarquista de forma; no tenía esa tendencia apostólica, ese
entusiasmo por la vida nueva que han encarnado[Pg 40] tan
bien algunos escritores rusos y escandinavos.
Su anarquismo era esencialmente antiformular; le
indignaba el absurdo de las fórmulas sancionadas; pero no le hería, en cambio,
un gran absurdo científico ni una gran aberración moral. Si alguien le llamaba
«mi distinguido amigo», le molestaba; el poner al final de una carta: «su
seguro servidor que besa su mano», le parecía una violencia intolerable; todas
esas fórmulas sin valor, aceptadas por comodidad y por rutina, le ofendían y
exacerbaban su humor cáustico; en cambio, para que un gran crimen o una enormidad
social le sublevase, tenía que pesar el pro y el contra, y, aun así, le costaba
decidirse.
Toda la intuición de Aracil se cebaba en la
fórmula; todas sus observaciones terminaban en una frase brillante, con su
preparada sorpresa al final.
Moralmente, el doctor era poco apreciable; tenía
una semisinceridad candorosa, que constituía, como todas las semisinceridades,
forma acabada y perfecta de la perfidia.
Algunos amigos entusiastas le reprochaban que
perdiese su tiempo en el café, y él, en vez de confesar la verdad y decir que
se entretenía en la tertulia, contestaba: «La mesa del café es un campo de
experimentación; lanzo allí mis ideas y las veo ir y venir, y las voy
contrastando»; y añadía, con petulancia: «Mis amigos son los conejillos de
Indias, que yo utilizo para la vivisección espiritual».
Aracil tenía dos tertulias: una en la botica de[Pg 41] un amigo y condiscípulo del doctorado, llamado
don Jesús, y la otra la del café Suizo. En las dos, Aracil llevaba la voz
cantante, pero los de la botica eran más entusiastas aún.
Había allí contertulios que creían de buena fe que
para salvar a España había que «aracilearla».
El doctor, en el momento de decir una cosa, la
creía, aunque estuviese en contradicción con sus costumbres y con su vida. Así,
lanzaba anatemas contra los que juegan a cartas, y daba como suya la frase del
espiritual filósofo, que dice que los jugadores, no teniendo ideas que cambiar,
cambian pedazos de cartulina; sin embargo, él jugaba al tresillo; decía a todo
el que le quería oír que los libros de Medicina franceses eran malos, y él no
leía otros; hablaba con sarcasmo de los que se dejan guiar por la última moda
en ciencia, y él hacía lo mismo. El plan de Aracil era despistar, quitar de su
alrededor lo vulgar y lo chabacano, para dar a su figura mayor relieve. Cierto
que todos, en grande o en pequeño, somos cómplices, con nosotros mismos, de una
farsa parecida, y queremos aparecer ante los demás con un color más brillante
que aquel que tenemos en realidad; pero este pensamiento en unos es
transitorio, de ocasión, y en otros integra la vida entera, como en Aracil.
Algunas veces nuestro médico, influído por la gran idea que los demás tenían de
él, había sabido estar enérgico y decidido.
El dandismo del doctor no se concretaba a[Pg 42] las ideas y a los sentimientos, sino que se
traslucía también en la figura y en el traje. Aracil gastaba un poco de melena,
llevaba la barba larga y puntiaguda; los quevedos, de concha, con la cinta
gruesa; el sombrero, de copa, con el ala más plana que de ordinario, y levita.
No usaba nunca gabán. Este detalle, al parecer sin importancia, le había dado
más clientela que todos sus estudios. No le faltaba al doctor mas que un poco
de estatura. Con dos o tres dedos sobre su talla, hubiera sido uno de los
médicos de mayor clientela de Madrid.
Los dos amigos íntimos del doctor Aracil eran un
antiguo condiscípulo, llamado Iturrioz, y un aristócrata cliente suyo, el
marqués de Sendilla.
El doctor Iturrioz tenía, próximamente, la misma
edad que el padre de María, pero representaba muchísimos más años que él;
estaba completamente calvo y tenía la cara surcada por profundas arrugas. Era
un tipo de hombre primitivo: el cráneo ancho y prominente, las cejas ásperas y
cerdosas, los ojos grises, el bigote largo, lacio y caído, la mirada baja y la
barba hundida en el pecho. El doctor Iturrioz había sido médico militar, y
vivido durante mucho tiempo, como decía él, en línea, hasta que las enfermedades
le habían hecho retirarse. Hombre insociable, de un humor taciturno, vivía en
casas de huéspedes raras, de barrios bajos, y se aburría pronto de una y se
marchaba a otra. Contaba historias picarescas de curas, de estudiantes, de
empleados, con un tono entre irónico y furibundo, y sentía, de[Pg
43] cuando en cuando, alegrías estrepitosas de hombre jovial. Al
oírle, cualquiera hubiese dicho que era chanchullero y mala persona, y, sin
embargo, era un hombre íntegro, de vida pura, aunque de palabra cínica. El
doctor se había formado un tipo de hidalgo rudo, claro, sincero, poco sensible,
y a veces creía de buena fe ser él la encarnación de ese tipo de español
legendario; pero su impasibilidad se fundía al calor de unas ráfagas de
sentimentalismo, que le indignaban. Tenía Iturrioz un entusiasmo ideal por la
violencia. Se mostraba con los desconocidos áspero y brusco, y le gustaba
contar horrores de la guerra, de las dos campañas en donde había tomado parte,
miserias de los hospitales, para poder convencer a todo el mundo que era el
hombre antisentimental por excelencia.
María le recordaba a Iturrioz desde niña, siempre
sentado a la lumbre, azotando con las tenazas el fuego, con un aspecto de ogro,
un poco extraño y loco. Ella le conocía muy bien y sabía a qué atenerse
respecto a sus violencias de expresión.
Iturrioz sentía una mezcla de cariño y de desprecio
por Aracil, y éste experimentaba, a su vez, un sentimiento también mixto de
estimación y de miedo por su amigo. La huraña probidad de éste le espantaba.
El aristócrata cliente de Aracil, el marqués de
Sendilla, era un snob de esos que gastamos en Madrid y
Barcelona, que visten siempre sus ideas y sus gustos a la moda de hace quince
años. El marqués quería ser europeo, anglosa[Pg 44]jón;
pero siempre era un anglosajón atrasado. Se enteraba de todo tarde; era su
desgracia. Se entusiasmaba con las novelas de Paúl Bourget, cuando ya todo el
mundo las consideraba un poco cursis, y tenía el talento de tomar las ideas y
las modas cuando iban a marchitarse y a ser olvidadas.
Era partidario de los muebles modernos, y, llevado
por sus gustos, había convertido su antigua casa solariega en una barraca llena
de mamarrachos y de objetos de bazar.
III.
EL PRIMO BENEDICTO
En casa de sus tíos conoció una tarde María Aracil
a un pariente suyo, primo carnal de su madre, que acababa de quedar viudo, con
cuatro niñas pequeñas.
El primo Venancio venía de una capital de
provincia, donde había pasado bastantes años.
Al parecer, era una notabilidad en Geología, y lo
llamaban para destinarle a los trabajos del mapa geológico.
El primo Venancio era hombre de unos treinta y
cinco a treinta y seis años, de mediana estatura, barba rubia y anteojos de
oro. Tenía la frente ancha, la mirada cándida, vestía un tanto descuidadamente,
y en sus dedos se notaban ennegrecimientos y quemaduras, producidos por los
ácidos.
Las cuatro niñas del primo Venancio, Maruja, Lola,
Carmencita y Paulita, eran muy bonitas; las cuatro casi iguales, con los ojos
negros, muy brillantes, los labios gruesos y la nariz redondita.
Al conocerlas, María sintió por ellas un gran
afecto, y las niñas, al ver a su prima, experimentaron uno de esos entusiasmos
vehementes de los primeros años.
—Ya nos veremos, ¿verdad?—dijo el primo Venancio a
su sobrina, al despedirse.
—Sí—le contestó María.
—Ya les diré dónde voy a vivir.
Venancio estuvo dos veces en casa del doctor
Aracil, y María comenzó a visitar con frecuencia a su primo.
Alquiló éste una casa cuya parte de atrás daba al
paseo de Rosales; habilitó y dispuso, para vivir constantemente en ellos, los
dos cuartos más grandes y soleados; en uno arregló su gabinete de trabajo y en
el otro el de las niñas.
Puso su despacho sin pretensiones de lujo; sobre
estantes de pino, sin pintar, colocó piedras, fósiles, calaveras de animales,
gradillas con tubos de ensayo; en las paredes fué clavando fotografías de
minas, planos geológicos, lámparas de minero de nuevos sistemas, anuncios de
cables, de vagonetas, de sondas para perforar, de máquinas para triturar
piedras. Venancio era entusiasta de su profesión y le gustaba rodearse de
objetos y de estampas que le recordasen de continuo sus aficiones científicas.
Pasados los primeros días, en que el ingeniero
recibió algunas visitas de parientes y amigos, no fué nadie por su casa. Cuando
María encontró este oasis tranquilo, comenzó a acudir a él y a cultivar el
trato de su pariente. El[Pg 47] primo Venancio era
hombre bondadoso e ingenuo. Sus estudios y las lecciones que daba a sus hijas
le ocupaban el día entero. Venancio era un excursionista terrible; había subido
a todos los montes de España, y se había bañado en las lagunas de Sierra
Nevada, de Peñalara, de Gredos y del Urbión. Venancio se ocupaba casi
exclusivamente de cuestiones científicas; lo demás le interesaba poco; la
literatura le parecía una cosa perjudicial, y, en su biblioteca, las únicas
obras literarias que figuraban eran las novelas de Julio Verne.
—¿No las has leído?—le dijo una vez a María, a
quien ya tuteaba, por razón del parentesco—. No tienen gran valor científico,
¿sabes?, pero están bien.
María se llevó las novelas de Julio Verne a su
casa; la entretuvieron bastante, y, además, le hizo mucha gracia encontrar
cierto parecido entre los tipos de sabios de estas novelas y su primo Venancio.
Desde entonces comenzó a llamarle, en broma, el primo Benedicto,
recordando un tipo caricaturesco de la novela Un capitán de quince años.
Se acostumbró a llamarle así, y algunas veces se lo
decía a él mismo, sin notarlo.
María y el primo Benedicto se
entendían muy bien.
Muchas tardes de otoño y de invierno iba ella a
casa de su primo, y con él y con sus niñas marchaba al paseo de Rosales. Se
sentaban allá; las niñas jugaban; Venancio y María daban a la comba, y venían
otras chicas y hablaban todas y corrían por aquellas cuestas.
El primo Benedicto no dejaba de
ser un guasón, a su manera. Un domingo fueron a Cercedilla, Venancio con sus
hijas, la tía Belén con las suyas y María. Iban subiendo el pinar para comer en
lo alto; Venancio marchaba con su traje de franela, su sombrero de alpinista y
la botella de aluminio en el cinto. En uno de los altos de la marcha,
volviéndose a María, ingenuamente, le dijo:
—Esto es bastante tartarinesco, ¿verdad?
A María le dió tal risa, que tuvo que pararse para
reír.
Venancio sonrió; sus observaciones plácidas tenían
el privilegio de regocijar a María.
Era el primo un hombre sincero, que llevaba a la
práctica lo que pensaba. Estaba dando a sus hijas una educación natural, aunque
en Madrid pareciese absurda. Los juguetes de sus niñas eran las brújulas, las
lámparas de minero, la cinta, las piritas de cobre cuadradas y brillantes.
—Todas estas saben ya algo de Mineralogía—le dijo
una vez Venancio a María—. Pregúntales por cualquier piedra de las que hay
aquí.
Cogió María un mineral con cristales cúbicos, de
color gris.
—¿Qué es esto?—preguntó.
—Galena con láminas de plata—dijeron las tres
chicas mayores.
El padre hizo un ademán afirmativo.
—¿Y esto otro amarillo?
—Blenda.
—¿Y estos cuadraditos dorados?
—Calcopirita.
—¿Y esto amarillo, de color de canario?
—Oropimente.
—Es veneno—añadió Maruja, la mayor—, porque tiene
arsénico, y echa olor a ajo si se quema.
María se echó a reír.
—Pero ¡son unas sabias estas chicas! ¿Y estas
piedrecitas azules?—siguió preguntando.
—Lapislázuli.
—¿Y estos cuadrados?
—Espato fluor.
—Ya es saber demasiado.
María llegó a tomar afición a aquellos minerales y
aparatos de ingeniería, y, bajo la dirección de Venancio, comenzó a estudiar
Química y la marcha general de análisis.
Como era muy atenta y estudiosa, en poco tiempo
llegó a saber manejar los aparatos, los ácidos, el soplete, los tubos de
ensayo, y consiguió analizar bien.
Su padre le aseguró que si arreglaba un pequeño
laboratorio tendría trabajo.
IV.
AMISTAD
No existía buen acuerdo entre el primo
Benedicto y el doctor Aracil. La familia de Venancio no había visto
con buenos ojos el matrimonio del doctor con la madre de María, porque, al
parecer, Enrique Aracil, antes de casarse, y después de casarse también, tuvo
sus veleidades de don Juan. María notó que existía un marcado antagonismo entre
su padre y Venancio.
—Es un topo—decía Aracil—. De estos hombres que
sirven para las cosas pequeñas y que no pueden llegar nunca a las ideas
generales.
Las ideas generales constituían el caballo de
batalla de Aracil. En el fondo, las ideas generales no eran para el doctor mas
que las ideas de moda, aderezadas con unas cuantas ingeniosidades y chistes.
Venancio no iba a la zaga en criticar a los hombres
de las ideas generales, y una vez, refiriéndose a un médico orador, dijo:
—Los hombres brillantes son la plaga de España.
Mientras aquí haya hombres brillantes, no se hará nada de provecho.
María fué evidenciando la hostilidad, al principio
latente, entre su padre y Venancio, y la achacó a divergencias de temperamento.
Pensaba que el ingeniero sentía también algunos vagos celos de los triunfos de
su padre. Sin embargo, le costaba trabajo atribuír una mala pasión a Venancio,
porque, a medida que le trataba, veía en él más claramente un carácter limpio
de intenciones tortuosas y de envidias. Venancio alababa con entusiasmo a los
compañeros que llegaban a conseguir lo que él pretendía, y los alababa sin
resquemor, con una buena fe extraordinaria. Para él la ciencia era como una
gran torre hacia lo ignorado, que había que agrandar y completar, y casi le
parecía lo mismo que la completara y agrandara un hombre u otro.
Aracil, con un criterio diametralmente opuesto,
consideraba la Ciencia, el Arte o la Política como campos donde poner de
manifiesto y destacar la personalidad, y estimaba el sum-mum de
la vida de un escritor, de un hombre de ciencia o de un artista el que el
conjunto de las letras de su nombre se escribiera cien, dos cientos, quinientos
años después de muerto.
En algunas cuestiones, Aracil y Venancio
coincidían; pero era más una coincidencia superficial que otra cosa. Ambos
sentían el mismo apartamiento por la vieja moral sancionada; pero, en Aracil,
su protesta le servía como[Pg 53] motivo de charla,
y en Venancio era una convicción que llevaba a la vida.
Aracil no se había preocupado nunca seriamente de
las ideas de su hija; en el fondo, creía, como buen meridional, que las ideas
de una mujer no valen la pena de ser tomadas en serio.
En cambio Venancio, en el caso concreto de sus
hijas, quería desenvolver la personalidad de las niñas, buscando la manera de
armonizarla con el medio.
El hombre, según él, debía poner la vida entera en
educar a sus hijos. Siguiendo su teoría, Venancio estaba a todas horas
ocupadísimo.
—Siempre se habla a los hijos de los deberes que
tienen para con los padres—decía él—. A quienes hay que hablar es a los padres
de los deberes que tienen para con sus hijos.
Y esto, sin ser una gran novedad, era ciertísimo.
Venancio no quería llevar al colegio a sus chicas.
—Entre el miedo al diablo, el hacer trabajar la
inteligencia sobre el vacío de estúpidas abstracciones y la falta de ejercicio,
los colegios españoles estropean la raza. No dan mas que dos productos, y los
dos malos: la mujercita histérica, mística o desquiciada, o la mujerona gorda y
bestial.
María no aceptaba siempre las ideas de Venancio, y
solían discutir. Fuera de las cuestiones filosóficas y literarias, de las
cuales el ingeniero tenía un concepto demasiado sumario, en lo demás era un
enciclopedista; una[Pg 54] flor, una llave de luz
eléctrica, un charco, una nube, un trozo de piedra, le servía de motivo para
una larga y entretenida disertación científica.
María muchas veces le contradecía por oírle. Al
principio de conocerle, sintió por el primo Venancio un afecto mezclado de
efusión y de ironía.
El ver que el ingeniero la consideraba, no como una
niña ni como una señorita impertinente, sino como una persona mayor, a quien se
podían consultar los asuntos más graves y serios, daba a María una impresión de
simpatía y de risa. Luego se fué acostumbrando a este trato de seriedad, y
experimentó una sensación de paz al hablar y discutir con su primo.
Venancio poseía una gran calma y ecuanimidad; en
caso de duda, siempre se inclinaba en un sentido conciliador. Muchas veces
María se rebelaba contra la opinión sensata de su pariente, y replicaba con
viveza alguna frase irónica, por el estilo de las del doctor Aracil; pero
cuando le pasaba el pronto, convenía en que, casi siempre, Venancio tenía
razón.
Muchas veces satirizaba la flema del ingeniero;
pero lo cierto era que, a su lado, sentía un agradable bienestar. En general,
con las demás personas, María era un poco burlona; la mayoría de las gentes
conocidas le excitaban a mostrarse ingeniosa y aguda. A Venancio no le gustaban
las frases chispeantes, que envuelven casi siempre desdén o mala intención, y
cuando elogiaba a María, era cuando se mostraba juiciosa y humana.
—Me quiere—pensaba María—; pero me quiere como a
una hija mayor.
Alguna vez sentía como un relámpago de coquetería,
y, casi sin darse cuenta, llevada por su instinto de mujer, hacía un gesto o
dirigía una mirada, que Venancio notaba en seguida, y, entre asombrado y
confuso, contemplaba a María, con una gran inquietud en sus ojos castaños, de
una mirada tímida y honrada.
—¿Por qué no me dice alguna vez que estoy bien, que
soy bonita?—pensaba ella.
Algunos días María se presentó en casa de Venancio
con traje nuevo, elegante, ágil y graciosa como un pájaro. En la calle oía
elogios a su gallardía, y ella pensaba:
—¡Y él no me va a decir nada!
Y, efectivamente, él no sólo no le decía nada, sino
que, al verla tan elegantona, desviaba la vista y le hablaba sin mirarla, como
si sus atavíos le produjeran cierta cortedad y turbación.
Siempre que tenía tiempo de sobra, María iba a casa
de Venancio y tomaba parte en las lecciones, y, cuando concluían éstas, se
llevaba a pasear a las niñas.
María y sus sobrinas conocían todos los grandes y
los pequeños encantos del paseo de Rosales.
Entre los grandes encantos de este paseo, podía
considerarse como el mayor la vista del Guadarrama, azul en las mañanas de
invierno, con su perfil hosco y sus crestas de plata; gris las tardes de sol, y
violáceo obscuro al anochecer. La Casa de Campo tenía también perspectivas
admirables, con sus cerros cubiertos de[Pg 56] pinos
de copa redonda. En otoño, las arboledas de esta posesión real presentaban una
gama de colores espléndidos, desde el amarillo ardiente y el rojo cobrizo hasta
el verde obscuro de los cipreses. El Manzanares, después de las lluvias
otoñales, tomaba apariencias de un río serio, y se le veía brillar desde lo
alto de los desmontes y deslizarse por debajo de un puente.
Los pequeños encantos del paseo consistían en ver
cómo trabajaban los obreros en el parque del Oeste, en contemplar los estanques
próximos a la Moncloa, bordeados de cipreses, y en seguir, con la mirada, los
rebaños de cabras diseminados por los barrancos, en busca de la hierba corta
nacida entre los escombros. Y aun con éstos no se agotaban los atractivos del
paseo, pues quedaba todavía, como recurso, el presenciar los ejercicios
musicales de los cornetas y tambores, instalados en los desmontes, y el ver cruzar
los trenes, que se alejaban echando humo blanco, que flotaba en el aire como
una nubecilla.
Daba la impresión este balcón del paseo de Rosales
de esos cuadros antiguos y explicativos en los cuales el pintor trató de
sintetizar las actividades de la vida entera. Al mismo tiempo que el tren
echando humo, se veía cerca una casuca con un corral en donde los conejos
jugaban y las gallinas picoteaban en el estiércol; cerca de los soldados, los
golfos husmeaban en los alrededores de la antigua fábrica de porcelana.
El paseo, en algunas ocasiones, se llenaba[Pg 57] de gente, y en los días de fiesta, de santos
del rey o de la reina, había para los chicos el espectáculo sensacional de ver
disparar las salvas de artillería...
Una noche de verano, muy estrellada, estaban en el
despacho Venancio con sus hijas y María. Tenían el balcón abierto, y vieron
cruzar el cielo una estrella errática, que dejó un rastro luminoso. Venancio
quiso dar la explicación del fenómeno, y tuvo que remontarse hasta el sistema
del mundo. Desde la atmósfera de la Tierra, por la que cruzan, incandescentes,
los asteroides, pasó a hablar de los demás planetas: de Marte, con sus canales
y sus fantásticos avisos enviados a nuestro mundo; de Venus y de Júpiter. Luego
habló del Sol, de su tamaño, de la cantidad de fuerza que representa su calor,
de las hipótesis que hay para explicar este incendio; después indicó esa
estrella de la constelación de Hércules, hacia donde marcha con el Sol todo el
sistema planetario; señaló la Osa mayor y menor, la constelación del Dragón,
Casiopea, Vega, que dista de la Tierra 42 billones de leguas; Arturo, cuya luz
tarda en llegar a nosotros veinticinco años, y, por último, se perdió en
conjeturas, hablando de la Vía láctea y del espacio...
María experimentaba como un vértigo al sumergir la
mirada en aquel éter desconocido, lleno de mundos ignotos... Las niñas se
habían dormido; Venancio seguía hablando y María escuchaba y miraba al cielo.
—Y eso, ¿para qué?—preguntó, de pronto, María.
Venancio sonrió.
—Aunque tuviera una razón, un objeto el
universo—dijo—, los hombres no lo podríamos comprender.
—¿Y si lo tuviera?—preguntó María, con ansiedad.
—Si lo tuviera, lo tendríamos también nosotros.
Estaríamos dentro de una intención divina.
—¿Y si no lo tiene?
Venancio se encogió de hombros.
—Si no lo tiene—agregó María, con viveza—estamos
desamparados.
Y al decir esto sintió un escalofrío, del relente
de la noche.
—No hay que tener demasiada ambición—dijo Venancio,
pensativo.
—Me voy, es muy tarde—saltó diciendo María.
—Te acompañaré.
Salieron, y, sin hablarse, fueron hasta casa de
Aracil.
Desde aquel día, el ingeniero tomó a los ojos de
María un carácter de sabio misterioso, que vivía trabajando en su laboratorio y
observando las estrellas.
Las visitas tan frecuentes de María a casa de su
primo no pasaron inadvertidas para sus tías.
—Chica, eso no se puede hacer—le dijo la tía Belén,
hablando de esta cuestión.
—¿Por qué no?
—¿Qué va a decir la gente?
—Que diga lo que quiera. ¡A mí qué me importa!
—¡No te importa! ¿No te ha de importar? Yo conozco
a Venancio y sé cómo es; pero otra persona puede pensar cualquier cosa mala.
—¡Psch! ¡Que piense!
—Es que esa indiferencia no se puede tener en
sociedad. No se puede ser así.
—Pues yo no pienso ser de otra manera. Venancio es
mi pariente y mi amigo; me da lecciones de cosas que a mí me sirven.
—Sí, y dicen que, mientrastanto, te hace el amor,
que se ha enamorado de ti.
—¡Bah! No diga usted tonterías. Venancio es muy
bueno y yo le tengo mucho cariño, y a sus hijas también. Y si la gente quiere
creer otra cosa, ¡qué le voy a hacer!, no voy a dejar de ver a las personas que
quiero, pensando en lo que dicen las que me tienen sin cuidado.
Este espíritu de independencia fué comentado entre
los amigos y parientes de la casa de doña Belén, y el tío Justo, el filósofo de
la familia, hombre muy casero, muy ordenado, muy indiferente y egoísta, pero de
una gran probidad en las palabras, dijo:
—Yo creo, la verdad, que con el tiempo, todas las
mujeres de algún corazón y de alguna inteligencia serán por el estilo de María.
La declaración cayó como una bomba, y la tía Belén
afirmó que, aunque fuera verdad, era una impertinencia decirlo delante de sus
hijas.
El tío Justo, hombre de gran sentido práctico,
sabía poner los puntos sobre las íes, y a su audacia de expresión no arredraba
nada. Alababa siempre a María por su deseo de trabajar[Pg 60] y
por su espíritu de independencia, pero solía decirle a quemarropa:
—Tu padre es un farsante—y añadía—: El que vale más
de toda la familia es Venancio.
María no sentía ningún afecto por este viejo
cínico, ni por su franqueza tampoco; porque, fuera de su juicio claro y exacto
de las cosas, no tenía nada digno de estimación, y aun su veracidad le servía
únicamente para ser lo más desagradable posible.
A consecuencia de estas visitas de María a casa de
su primo, se habló de que el ingeniero debía casarse, y un día en que los dos
se reunieron en casa de la tía Belén, ésta provocó la conversación del
matrimonio de Venancio.
La buena señora creía cumplir una misión
providencial preparando matrimonios, y apuró todos sus argumentos para
convencer al ingeniero. Él la oía, unas veces afirmando con ella, otras,
negando.
—Y a ti, ¿qué te parece?—preguntó Venancio a
María—, ¿que me debo casar?
—No—contestó ella—; harías una barbaridad. Además,
no vas a encontrar quien quiera cargar con un viudo con cuatro chicas.
Venancio se turbó.
—Pues yo creo que debía casarse—insistió la tía
Belén—. Si no, estas niñas, ¿qué van a hacer cuando sean un poco mayores?
—Siempre estarán mejor que una con
madrastra—replicó María.
—En fin, no sé—concluyó el ingeniero, pensativo—.
Es difícil decidirse. Además, no me querrían. Es indudable.
María comprendió que había ofendido a Venancio, y
lo sintió en el alma. Muchas veces pensó después en la manera de enmendar su
salida de tono, pero temía echarlo a perder. Sin embargo, veía que su frase
había herido a su pariente, y pensar que devolvía con una broma dura y cruel
las atenciones que tuvo siempre con ella, le llenaba de tristeza.
V.
ANARQUISMO Y RETÓRICA
Un acontecimiento, que tuvo una gran importancia en
la vida de Aracil y de su hija, fué una sencilla conferencia que dió el doctor
en el Ateneo.
Algunos de sus admiradores de la docta casa le
invitaron, con insistencia, a hablar, y Aracil, después de resistir un poco,
aceptó y dijo que su trabajo versaría acerca de «El anarquismo como sistema de
crítica social».
El doctor recogió sus ideas sobre esta cuestión y
escribió algunas cuartillas, y una noche en que fué a visitarle Iturrioz, le
leyó su trabajo.
Aracil, que se conocía bastante bien y sabía hasta
dónde alcanzaba su decantada originalidad, consideraba a Iturrioz como un
receptáculo de originalidades en bruto y como un comprobador de sus ideas. Por
esta razón nunca había presentado a su amigo en los sitios que él frecuentaba,
y a Iturrioz, que era ingenuo y, como él decía, uno de los defensores de la
anti[Pg 64]literatura y del antihumanismo, no se le podía
ocurrir que sus frases toscas las luciera su amigo, un poco mejor aderezadas,
como ocurrencias chispeantes.
La tesis que defendió Aracil en su «Memoria» no era
nueva ni mucho menos: se reducía a sostener que el anarquismo es la forma
actual del análisis y de la crítica, y que los sistemas anarquistas o ácratas
conocidos no son, en el fondo, mas que formas caprichosas y sin ningún valor
del socialismo utópico.
Según Aracil, en el pensamiento existen siempre
ideas y juicios propios, individuales, e ideas y juicios prestados, impuestos,
aceptados por inercia espiritual. Las ideas adquiridas o heredadas estaban
reconocidas y sancionadas por el temor, por la inutilidad o por la costumbre;
las ideas individuales, propias, contrastadas por la razón, nacían de una
tendencia analítica; pero, en general, pugnaban contra el ambiente. Estas
tendencias analíticas, impulsos de nuevos conocimientos, iban, históricamente,
constituyendo la Filosofía, la Crítica y la Ciencia, en último término.
Al descender la tendencia analítica desde la altura
de los hombres ilustres a la masa, había creado el anarquismo, llamando así a
la crítica pura, no a la arbitraria concepción de la sociedad sin Estado.
«Claro que es natural—leyó Aracil—que el hombre
cuyas ideas estén expuestas a una nueva contrastación, varíe sus ideales y
hasta modifique la noción central de su pensamiento. Esto carece de importancia
en el escritor o en[Pg 65] el filósofo, pero la
tiene grande en el político, que debe poseer la habilidad de no dejar traslucir
sus desilusiones ni la variación de sus puntos de vista, pues la masa no sigue
la evolución de las ideas en un hombre, y atribuye siempre a motivos
interesados lo que puede ser sólo producido por motivos intelectuales.»
Aracil siguió leyendo su «Memoria», y, cuando
concluyó, mirando a su amigo, dijo:
—¿Qué te parece?
—Bien.
—¿Lo encuentras razonado?
—Sí.
—Pero, bueno, ¿qué objeciones se te ocurren?
—Muchas—y el doctor Iturrioz quedó pensativo,
mirando al fuego—. Claro que me parece natural y lógico en toda persona joven,
sana y honrada, ser rebelde, inmoral y ateo. ¿No te molesto, María?
—No; por mí, puede usted hablar—dijo María, que
bordaba a la luz de la lámpara.
—Sí—murmuró Iturrioz, y sacudió con las tenazas las
leñas que ardían en la chimenea—; todo hombre fuerte, inteligente, que conserve
sus tejidos cerebrales jugosos, tiene que ser un negador en presencia de la
estupidez de las leyes y de las costumbres. Ahora, cuando va viniendo el
cansancio y el temor de no poder luchar contra el medio social, estado que
probablemente procederá de una atonía, quizá de la esclerosis del sistema
nervioso, entonces se va acabando la rebeldía, se acepta la moral, se reconoce
la legitimidad de la religión. Esto no[Pg 66] quiere
decir mas que laxitud y fatiga. ¿Por qué he transigido yo en la casa de
huéspedes donde vivo con un cura imbécil que me molesta todos los días? Por
fatiga.
—¿Y tú crees—preguntó Aracil, viendo que el buen
ogro de Iturrioz divagaba—que debía sostener en mi «Memoria» francamente la
anarquía?
—No; la anarquía es una necedad, una utopía
ridícula y humanitaria, indigna de un investigador—contestó Iturrioz—. Un
hombre no es un astro en medio de otros astros; cuando un individuo es fuerte,
su energía se extravasa e influye en los demás. ¿Es que yo creo imposible la
anarquía en el porvenir? ¡Psch!, no sé. La anarquía, o la acracia, o algo
parecido a una sociedad casi sin Estado, puede venir algún día, y puede venir
de la cultura, de la democracia y de la debilidad. El día que los hombres
elevados sean muchos y sus instintos débiles, nadie querrá mandar. Pero si la
acracia es posible en un porvenir lejano, no lo es actualmente, y no vale la
pena de preocuparse de la vida en lo futuro, sino de la vida actual.
—Y, para la vida actual, ¿tú crees perjudicial el
anarquismo?
—Perjudicial, no: al revés. Para mí, la vida
española de hoy es como una momia envuelta en vendas, o, mejor quizá, como una
de esas figuras de un escaparete de ortopédico, cojas, mancas, llenas de
férulas, de vendajes y de aparatos. ¿Qué se puede idear para que la figura se
mueva y ande? Yo creo que hay dos[Pg 67] caminos:
uno, el mejor, el de la violencia, el de la lucha individual, echando a un lado
la vieja moral, la religión, el honor, todas esas preocupaciones que nos han
aplastado, reduciendo el Estado a un artificio mecánico, a una policía y a un
Código; otro, el de la nivelación de los hombres por el socialismo. Para mí, la
moral de España no debía ser otra que la de la excitación del amor propio. Nada
de patria, ni de religión, ni de Estado, ni de sacrificio; al español no se le
debía hablar mas que a su orgullo y a su envidia. Ese ha hecho más que tú; tú
debes hacer más que él.
—Sí; un individualismo salvaje, una concurrencia
sin ley—dijo Aracil.
—Es que el individualismo, la concurrencia libre,
no quiere decir la desaparición absoluta de la ley y de la disciplina; quiere
decir la muerte de una ley para la implantación de otra, la derogación de una
ética contraria a los instintos naturales por el reinado de otra ética en
armonía con ellos.
—Y ¿cuál es la ética natural, según tú?
—Si yo pudiera darte la fórmula de la ética
natural, sería un hombre extraordinario. No, no tengo tanta ambición. Hoy,
además, la ética está en un período constituyente; por eso no pretende ser una
valoración, sino que se contenta con ser una explicación. Antes, el moralizar
tenía dos formas: el elogio y el vituperio; hoy no puede tener mas que una: el
análisis. Pero, transitoriamente, yo creo que, para la moral, se puede tomar
como norma la vida misma. Debemos decir lógicamente: «Todo lo[Pg
68] que favorece la vida es bueno; todo lo que la dificulta es malo.»
—Es que lo que favorece la vida individual puede
perjudicar la vida colectiva, y al contrario—arguyó Aracil.
—Cierto. En esto se separan dos civilizaciones y
dos razas: la latina, entusiasta del derecho; la bárbara, entusiasta de la
fuerza.
—Y tú eres un bárbaro, amigo Iturrioz.
—En último término, todos somos bárbaros. Para mí,
el hombre siempre tiene razón en contra de los hombres. La idea del derecho
empapa también su raíz en la fuerza. La vida se nutre de violencia y de
injusticia, no porque la vida sea mala, sino porque los hombres han soñado con
la dulzura y la justicia, sin contrastarlas con la vida; han soñado los lobos
que eran corderos, y ¡claro!, todo lo que no sea un sueño de Arcadia les parece
malo. Y eso es lo que yo creo que hay que hacer: vivir dentro de la vida natural,
dentro de la realidad, por dura que sea; dejar libre la brutalidad nativa del
hombre. Si sirve para vigorizar la sociedad, mejor; si no, habrá, por lo menos,
mejorado el individuo. Yo creo que hay que levantar, aunque sea sobre ruinas,
una oligarquía, una aristocracia individual, nueva, brutal, fuerte, áspera,
violenta, que perturbe la sociedad, y que inmediatamente que empiece a decaer
sea destrozada. Hay que echar el perro al monte para que se fortifique, aunque
se convierta en chacal.
—Eres un salvaje.
—¿Por qué no? En España todos tenemos un gran fondo
de salvajismo. Aquí no hay espíri[Pg 69]tu cívico,
social, de humanismo. No lo ha habido nunca.
—Desgraciadamente.
—O afortunadamente. Aquí no hay mas que tres cosas:
un patriotismo de Madrid, burocrático y falso; un regionalismo, que es una
cursilería; un provincialismo infecto, y luego la barbarie natural de la raza.
Esto es lo español. Y no lo comprenden. Estamos aquí empequeñecidos,
aminorados, queriendo vivir con las leyes, cuando aquí debemos vivir contra las
leyes. Este espíritu legalista ha producido en España una subversión completa
de las energías. Así, que en todos los órdenes de la vida triunfa lo mediocre, y
lo mediocre se apoya en lo que es más mediocre todavía. Toda nuestra
civilización actual ha servido para reducir al español, que antes era valiente
y atrevido, y convertirlo en un pobre diablo. Y luego no es sólo la mezquindad
de la vida, sino que es también su irrealidad. La vida española no tiene
cuerpo, no es nada. Los instintos vegetativos y una serie de impresiones en la
retina, esa es toda nuestra existencia, nada más. Somos mejores para figurar en
las vitrinas de un museo arqueológico que para luchar; vivimos hechos unos
animales domésticos, no fuertes y bien cebados, sino canijos y tristes, con el
aire débil y lánguido que tienen los animales cuando se los encierra. Porque
hay que ver hasta dónde hemos llegado de pequeñez, de mezquindad, de cursilería.
Antes creíamos que los cursis eran los pobres, y no, en España los cursis son
los potentados, los aristócratas, los duques,[Pg 70] los
escritores, los políticos; lo cursi es el Congreso, las redacciones de los
periódicos, los saloncillos de los teatros, el Ateneo, los lunes del
Español...; las casas de huéspedes no son mas que pobres, y los que vivimos en
ellas unos miserables desdichados. Desde los miembros de la familia real, que
por lo virtuosos y económicos más parecen formar parte de una honrada familia
de estanqueros, hasta el último empleadillo madrileño, todos los españoles
tenemos las trazas de unos conejillos mansos.
—Sí; todo eso está bien. Es posible que sea cierto.
Pero consecuencia, consecuencia. Negar es muy fácil. ¿Que se saca de lo que
dices? ¿Que solución?
—¿Qué es lo que quieres, una solución práctica?
—No; una solución concreta y posible. Porque a una
Humanidad decaída, agotada, que no puede vivir mas que a la defensiva, con
estimulantes, tirarle todas sus medicinas por el balcón y decirle: «Hay que
vivir en el monte, entre la nieve», le parecerá absurdo. «¿Y el frío?»,
preguntará.
—Que lo resista—exclamó Iturrioz.
—¿Y el calor?
—Que lo resista también.
—Se necesita mucha fe para vivir, espiritualmente,
a la intemperie, y a esta gente que se constipa con sacar la cabeza por la
ventana, no la convencerás de esto.
—Fe, sí—dijo Iturrioz—. Eso es lo indispensable. Fe
en el hombre, fe ciega, fe inquebran[Pg 71]table. Pero,
¿se puede desarrollar la fe? Yo creo que sí. Engendrada la fe, la violencia nos
libraría del mal.
—También yo creo lo mismo, que se necesita fe. Pero
no creo, como tú, que se pueda producir en un momento, sino en años. Pero, ¿es
que tenemos prisa? Nada más ridículo que esa idea, que han echado a volar unos
cuantos, de que España, como nación, peligra. Ni Inglaterra, ni Francia, ni
Alemania intentarían destruír España.
—¡Bah! Claro que no. El peligro de España no es un
peligro exterior.
—Es que hay gente que supone que existe un peligro
exterior, y no lo hay, ¡qué ha de haber! Y, por lo mismo—siguió diciendo
Aracil—, es necesario tomar todo el tiempo indispensable para digerir la época
y absorberla y asimilarla y formar un ideal. Estamos rodeados de escombros; hay
que ver lo que sirve y lo que no sirve, con calma, sin precipitaciones, que nos
podrían llevar a un desastre. Y para esta obra hay que echar a reñir en la
calle a todas las ideas, a todos los sistemas, y como base hay que apoyarse en
el socialismo, como sistema crítico para la trasmutación de los valores
económicos, y en el anarquismo como sistema crítico para la transformación de
los valores morales y religiosos. ¿No te parece?
—Sí; me parece una solución lógica, lo cual no
quiere decir que sea buena. Yo, en el caso particular de España, tengo alguna
fe en el hombre; pero nuestro ambiente es infeccioso, es mefítico. Aunque
hubiera aquí una invasión[Pg 72] de raza joven,
nueva, no podría resistir lo morboso del ambiente. Allí donde llega esta
seudo-civilización que se irradia de nuestras ciudades, allí se pudre en
seguida todo. La península entera está gangrenada.
—Y, ¿qué dirías del anarquismo activo, del
anarquismo de la dinamita?
—Diría que ha perturbado el anarquismo. Sólo la
idea destruye; sólo la idea crea. La bomba, como venganza, me parece absurda, y
como medio de protesta, también. Si con una bomba se pudiera suprimir el
planeta..., entonces sería cosa de pensarlo. Pero matar unas cuantas personas
es horrible; porque todo puede ser lícito, menos llevar la muerte en medio de
la vida. La vida es la razón suprema de nuestra existencia.
—Sin embargo—exclamó Aracil—, a veces, esos
atentados tienen un aire de ejemplaridad.
—¡Claro, como todas las catástrofes!
—Yo, hasta creo que tienen su belleza. Un
dinamitero me parece un artista, un escultor, bárbaro y cruel, que modela en
carne humana.
—Papá bromea—saltó diciendo María.
—No, no.
—Hay algo de verdad en lo que dice—replicó
Iturrioz—; tu padre, María, tiene el virus estético metido en las venas; no en
balde procede del Mediterráneo.
Pasaron a otro asunto; pero Aracil no desaprovechó
los puntos de vista señalados por su amigo para comentarlos en su «Memoria».
Llegó el día de la conferencia; Aracil se pre[Pg 73]paró su público y alcanzó un gran éxito. Su mayor
habilidad fué mezclar con lo serio notas humorísticas y cómicas; tuvo frases
pintorescas para definir gráficamente el modernismo, la pedagogía, el género
chico, el automóvil, la filosofía de Nietzsche, la política hidráulica y el
baile flamenco, muy celebradas. De ademanes y de accionado estuvo inmejorable;
supo subrayar unas cosas y atenuar otras con verdadera maestría.
—Es un cómico este Aracil—exclamó Iturrioz.
—Muy brillante, muy ingenioso—dijo el primo
Venancio—, pero sin una afirmación práctica.
La opinión general consideró la conferencia como un
éxito; los periódicos le dedicaron más de una columna, y algunas revistas
ilustradas publicaron el retrato de Aracil.
María discutió varias veces con su primo acerca de
la «Memoria» de su padre. Ella la defendía, como es natural; Venancio
consideraba lo dicho por Aracil como una fantasía literaria, como un juego
mental divertido. Venancio era enemigo de la política y de las fórmulas
teóricas. Un día le dijo a María que, para él, el único propósito serio que
podía haber en España era que, desde San Sebastián hasta Cádiz, y desde La
Coruña hasta Barcelona, se pudiese ir entre árboles. Todos esos otros sistemas
metafísicos y éticos, como el anarquismo, le parecían vueltas a concepciones
pedantescas y a paparruchas semejantes al krausismo. En cambio, un ideal
concreto, prác[Pg 74]tico, de un país lleno de árboles,
suponía una transformación de la vida, convirtiéndola, de áspera y ruda, en
civilizada y humana. Para llegar a esto, pensaba que actualmente en España no
había camino; ingresar en cualquier partido constituía una estupidez. Su plan
era individualismo y trabajo, plantar árboles y mejorar la tierra.
María, en el fondo, estaba conforme con él, pero le
llevaba la contraria por defender a su padre y para oírle.
VI.
LOS FARSANTES PELIGROSOS
Hay en un libro viejo, cuyo nombre no recuerdo, un
capítulo acerca de la vanidad, a la cual llama el autor: «La hija sin padre en
los desvanes del mundo».
En estos desvanes del mundo hay, según el inventor
de esta frase, chimeneas de todas formas por donde sale el humo de las cabezas
vanidosas y huecas. Hay chimeneas grandes y campanudas, otras estrechas y
angostas, y muchas que se comunican con algunos hombres ilustres españoles,
cuyo fuego no se ve ni su calor se nota, y que sólo se distinguen por sus
humaredas.
En uno de estos desvanes tenía, con seguridad, su
chimenea Aracil, y no era de las menos humeantes.
Con motivo de la conferencia del doctor, hubo
discusiones en los periódicos avanzados. Un día un joven catalán, llamado Nilo
Brull, se presentó en casa de Aracil con unos artículos, escritos en un
periódico de Barcelona, en los[Pg 76] cuales se
defendía y se comentaba la conferencia del doctor.
Aracil experimentó una gran satisfacción al verse
tratado de genio, y no tuvo inconveniente en presentar en todas partes y
proteger a Brull, que se encontraba en una situación apurada.
Le dió dinero, le llevó a su casa y le convidó
varias veces a comer.
María, desde el principio, sintió una gran
antipatía por Brull. Era éste un joven de veintitrés a veinticuatro años, de
regular estatura, moreno, con los pómulos salientes y la mirada extraviada.
Hablaba con un acento enfático, hueco y estrepitoso, y tenía una inoportunidad
y un mal gusto extraordinarios. Lo más desagradable en él era la sonrisa, una
sonrisa amarga, que expresaba esa ironía del mediterráneo, sin bondad y sin
gracia.
En el fondo, toda su alma estaba hinchada por una
vanidad monstruosa; quería llamar la atención de la gente, sorprenderla, pero
no con benevolencia ni con simpatía, sino, al revés, mortificándola. Tenía ese
sentimiento especial de las mujeres coquetas, de los Tenorios, de los
anarquistas y de algunos catedráticos que quieren ser amados por aquellos
mismos a quienes tratan de ofender y de molestar. En algunos países en donde la
masa es un poco amorfa, como en Alemania y en Rusia, se da el caso de que los
hombres que más denigran su país son los más admirados; en España, esto es
absolutamente imposible.
María sintió desde el principio una pro[Pg 77]funda aversión por aquel farsante peligroso, y se
manifestó con él indiferente y poco amable.
Brull tenía, como Aracil, cierta originalidad
retórica y un ansia por el último libro, la última teoría, el último sistema
filosófico, completamente catalana. Una palabra nueva, terminada en ismo, que
no la conociera nadie, era para él un regalo de los dioses.
Si, por ejemplo, hablaban de ideas filosóficas, y
el uno aseguraba su materialismo y el otro su espiritualismo, saltaba Brull, y
exclamaba: «Yo soy partidario del filosofismo.» Y cuando sus interlocutores
quedaban un poco asombrados, Brull salía con una explicación pedantesca,
disertando acerca de un pensador llamado Filosofoff, de la Laponia o de la
Groenlandia—sabido es que la civilización y la filosofía huyen del sol—, que
había aparecido hacía un mes y tres días, y demostrado la falsedad de todos los
sistemas filosóficos europeos, americanos y hasta de los catalanes.
Brull era anticatalanista furibundo, lo cual no
impedía que estuviera hablando continuamente de la psicología de los catalanes,
de la manera especial que tienen los catalanes de considerar el mundo, el arte
y la vida. Los italianos del Renacimiento no eran nada al lado de los catalanes
de ahora; al oírle a Brull, cualquiera hubiese dicho que la preocupación de la
Naturaleza, cuando estaba encinta, embarazada con tanto mundo, embrionario, no
era saber en qué acabaría su embarazo, si no pensar qué haría con los
catalanes.
Al dar tanta importancia a los catalanes, tenía que
dársela también, por exclusión y por comparación, a los demás españoles, y así
resultaba que, siendo España en conjunto, según Brull, la última palabra del
credo, a pedazos, era el cogollo de Europa.
Brull no convencía, pero hacía efecto; tenía el don
de lo teatral: su argumentación y su fraseología eran siempre exageradas y
brillantes. A un interlocutor sencillo le daba la impresión de un hombre
extraordinario.
Toda idea de superioridad individual, regional o
étnica halagaba la vanidad de Brull. Contaba una vez a Iturrioz, con fruición
maliciosa, que uno de sus amigos, separatista, llamaba a España la Nubiana; e
Iturrioz, que le escuchaba muy serio, le dijo:
—Eso no tiene mas que el valor de un chiste, y de
un chiste malo. Es lo mismo que lo que me decía un profesor vascongado.
—¿Qué decía?
—Decía que en España no se puede hacer mas que esta
división: vascos y maketos, y añadía que maketo es sinónimo de gitano.
Brull sintió casi una molestia al oírse llamado por
un mote despreciativo. Era el catalán hombre de una susceptibilidad y de una
violencia grandes, que se irritaba por las cosas más pequeñas; así, que
experimentó una ira feroz al ver a María Aracil que no sólo no se interesaba
por él, sino que le huía. Esto a Brull le ofendió profundamente, y le maravilló
hasta tal punto, que un día, viéndola sola, le dijo, con su sonrisa amarga de
mediterráneo:
—¿Qué tengo yo para que me odie usted de ese modo?
—Yo no le odio a usted.
—Sí, que me odia usted. Tiene usted por mí
verdadera aversión.
—No es verdad.
Brull, para tranquilidad de su soberbia, necesitaba
suponer en María mejor una aversión profunda que una fría indiferencia.
—¿Es que yo le he hecho a usted algo?—siguió
preguntando Brull.
—Sí, está usted arrastrando a mi padre a que haga
alguna tontería.
—¡Bah! No tenga usted cuidado—y Brull se echó a
reír con su risa antipática—. El doctor no es de los que se sacrifican por la
idea.
La risa de Brull hizo enrojecer a María.
—¿Y usted, sí?—dijo con desprecio.
—Yo sí—contestó él con una violencia brutal.
—Pues peor para usted—contestó María, asustada.
Unas horas después, Brull envió una carta a María.
Era una carta petulante, con alardes inoportunos de sinceridad. Decía en ella
que él no había querido a ninguna mujer, porque consideraba a las españolas
dignas de ser esclavas; pero si ella quería hacer un ensayo con él, para ver si
sus dos inteligencias se comprendían, él no tenía inconveniente alguno. De
paso, en la carta citaba una porción de nombres alemanes y rusos que María
supuso serían de filósofos.
María, que no hubiese sido cruel con otro[Pg 80] cualquiera, pensando en que Brull se había
reído de su padre, le devolvió la carta, pidiéndole, de paso, que no le
volviera a escribir, porque no le entendía.
Brull debió de manifestar al doctor la aversión que
le demostraba María, y Aracil preguntó a su hija:
—¿Por qué le tienes ese odio a Brull?
—Porque es un majadero y un farsante, y, además,
malintencionado y peligroso.
—No, no. Es un hombre desgraciado, que no tiene
simpatía, pero es un cerebro fuerte. Su historia es muy triste; parece que su
madre es una señora rica de Barcelona que tuvo un hijo, fuera del matrimonio,
con un militar vicioso y perdido, mientras el esposo de esta señora estaba en
Filipinas, y al hijo lo tuvieron en el campo y luego lo educaron en un colegio
de Francia. Y ahora los hermanos de Brull son riquísimos, y él vive de una
pensión modesta que le dan por debajo de cuerda.
—De manera que se ha hecho anarquista por envidia.
—No, no. Eres injusta con él. Brull es un hombre de
ideas. Parece que de niño era aplicado y quería hacerse cura, hasta que supo su
origen irregular y leyó un libro con las atrocidades cometidas en Montjuich, y
se sintió furibundamente anarquista. Lo primero que dice al que le conoce por
primera vez es que él es hijo natural, y asegura que tiene orgullo en esto. Es
irritable porque está enfermo. Yo le digo que se cuide, pero no quiere... Y lo
que pasa en Madrid, que creo que no ocurrirá en ninguna parte.
—Pues, ¿qué ha pasado?
—Que Brull ha conocido en el café a dos viejecitos
que, al oírle contar sus aventuras, le dan algún dinero y le quieren proteger.
—¿Y él no quiere?
—No. Él se ríe de ellos. Pero la verdad es que sólo
aquí, en este pueblo débil y misericordioso, se encuentran estos protectores en
la calle.
—Vete a saber lo que les pasará a esos viejecitos.
Quizá les recuerde Brull algún hijo que hayan perdido.
—¿Quién sabe?
Aracil estimaba mucho a Nilo Brull, y María llegó a
creer que le tenía miedo. Un día, el doctor vino por la noche un poco alarmado.
—Esta tarde ese Brull me ha hecho pasar un mal
rato—dijo.
—Pues ¿qué ha ocurrido?
—Estaba yo a la puerta del Suizo, hablando con
Brull, cuando se para delante, en su coche, el marqués de Sendilla. «¿Tiene
usted algo que hacer ahora?», me ha dicho. «Nada, hasta las siete.» «Pues suba
usted y daremos un paseo.» «Es que estoy con este amigo.» «Pues que suba su
amigo también.» Hemos subido y hemos ido a la Casa de Campo. La tarde estaba
magnífica. De repente, se cruzan en el camino el rey y su madre en coche, y da
la coincidencia de que se paran delante de nosotros, y le veo a Brull, con una
mirada extraña, que se lleva la mano al bolsillo del pantalón como buscando
algo. ¡He llevado un rato! El marqués no lo ha notado. Hemos seguido adelan[Pg 82]te, y, a la vuelta, el marqués nos ha dejado en la
Puerta del Sol. Al bajar del coche le he dicho a Brull: «¡Me ha dado usted el
gran susto!», y él se ha reído, con esa risa amarga que tiene, y ha dicho: «Yo
no soy cazador como él. Respeto la vida de los hombres y la de los conejos.»
Pero, ¿qué sé yo? Tenía una expresión rara.
—Lo que debías hacer es no andar más con Brull.
—Sí, sí; es lo que haré. En la Casa de Campo he
visto a Isidro, el guarda, el padre de aquella chica que curé en el hospital.
—¡Ah, sí!
—Me ha saludado con gran entusiasmo. Es una buena
persona.
—Pues tiene todas las trazas de un bandido.
—Sí, eso es verdad; sin embargo, yo creo que ese
hombre haría por mí cualquier sacrificio.
Un día, Brull presentó al doctor Aracil dos
compañeros que venían de Barcelona: el señor Suñer, catalán, y una señorita
rusa.
El señor Suñer, hombre de unos cincuenta años, de
figura apostólica, se creía un lince y era un topo. Quería hacer propaganda
libertaria, y todo el que le oía renegaba para siempre del anarquismo.
Completamente vulgar y completamente hueco, el señor Suñer se disfrazaba de
santón del racionalismo, y los papanatas no notaban su disfraz. Como era rico,
el buen señor se daba el gustazo de publicar una pequeña biblioteca,
escogiendo, con un criterio[Pg 83] de galápago, lo
más ramplón y lo más chirle de cuanto se ha escrito contra la sociedad.
El señor Suñer intentaba demostrar en su
conversación que, como crítico de los prejuicios sociales, no tenía rival, y lo
único que demostraba era cómo pueden ir juntos, mano a mano, la pedantería con
el anarquismo. Hacía este Kant de la Barceloneta los descubrimientos típicos de
todo orador de mitin libertario. Generalmente, esos descubrimientos se expresan
así: «Parece mentira, compañeros, que haya nadie que vaya a morir por la
bandera. Porque, ¿qué es la bandera, compañeros? La bandera es un trapo de color...»
El señor Suñer era capaz de estar haciendo descubrimientos de esta clase días
enteros, sin parar.
La bandera es un trapo de color, la Biblia es un
libro, las armas sirven para herir o matar, etc., etc. El señor Suñer era un
pozo de ciencia y de profundidad. La señorita rusa era una judía que iba
rodando por el mundo en busca de un nombre que explotar. Esta señorita, fea,
vanidosa, petulante, sin inteligencia, tenía aire doctoral, cara de mulato,
color de dulce de membrillo y lentes.
Aracil habló con Suñer y con la señorita rusa, y
discutieron acerca de la acción directa. La judía decía que, con el tiempo, los
anarquistas rusos se darían la mano, por encima del Rhin, con los italianos y
los españoles.
El señor Suñer pidió un libro a Aracil para su
biblioteca; un libro pequeño, de consejos médicos.
—Esto no le hace a usted solidario con
nosotros—dijo Suñer.
—Lo soy. Donde otro vaya iré yo.
Suñer, Brull y la rusa estrecharon con fuerza la
mano de Aracil. Era un pacto, un compromiso solemne y teatral, al que no le
faltaba mas que música.
—Si esperan que yo haga algo—dijo Aracil, cuando se
vió solo y se sintió frío y prudente—, están divertidos.
Al cabo de algún tiempo, María recibió una carta de
Brull, fechada en París, una carta larga, inquieta, exasperada y artística.
Terminaba diciendo: «Alguna vez oirá usted hablar de mí. ¡Adiós!»
—¡Adiós!—dijo María, y rompió la carta con
disgusto. Aquella gana de tomar la vida siempre en trágico le molestaba.
Además, creía que Nilo Brull, sobre ser desagradable y antipático, era un
farsante.
VII.
EL FINAL DE UNA SOCIEDAD ROMÁNTICA
La víspera de la fiesta, por la noche, el doctor
Iturrioz fué a casa de Aracil; se sentó en su butaca, paseó la mirada por el
cuarto, y, después de hacer la observación, que no olvidaba nunca, de que
Aracil y su hija vivían muy bien, pidió a María una copa de coñac.
—¡Ah! ¿Pero puede usted tomar alcohol?—preguntó
María, riendo y levantándose para servirle la copa.
—Hoy sí. Hasta el veintiuno de junio. Desde el
veintiuno de junio en adelante no tomaré ya alcohólicos hasta el año que viene.
Luego, con la copa en la mano, dijo:
—¿Y qué os parece de este matrimonio? Vamos a ver
cosas buenas en España.
—Yo creo que no pasará nada—aseguró Aracil.
—¡Qué sé yo! Hay un dato que a mí me intriga.
—¿Y es?—preguntó María.
—Es, con vuestro perdón, que el urinario[Pg 86] que hay en la calle de la Beneficencia, delante
de la capilla protestante, lo van a quitar.
—¿Y eso qué importa?—dijo, riendo, María.
—Mucho. Eso indica que los protestantes empiezan a
tener fuerza. Ahora quitan el urinario, mañana quitarán la fe católica. El
catolicismo va a marchar mal. ¡Una reina que ha sido protestante! Es grave. La
verdad es que los reyes son siempre muy religiosos, pero, cuando les conviene,
cambian de religión como de camisa. A nuestra aristocracia, tan católica, no le
gusta nada la boda, y doña Dientes debe estar que echa las muelas.
—Eres un fantástico, Iturrioz—murmuró Aracil, que
hojeaba un periódico de la noche.
—No; soy un hombre previsor.
—¡Bah!
—Pero vosotros no notáis lo que cambia Madrid. Toda
la vieja España se derrumba.
—Yo no veo que se derrumbe nada—replicó María.
—Sí, sí; hay muchas cosas que se derrumban y que no
se ven. Tú no sabes, María, cómo era el Madrid que hemos conocido nosotros.
Todos eran prestigios. ¿No es verdad, Aracil? Echegaray, Castelar,
Cánovas, Lagartijo, Calvo, Vico, Mesejo, ¡qué sé yo! Era un pueblo
febril, que daba la impresión de un tísico que tiene la ilusión de sentirse
fuerte. Y ahora nada, todo está apagado, gris. Se dice que todo es malo..., y
es posible que tengan razón.
—Yo no encuentro tanta diferencia—replicó Aracil.
—No digas eso. Madrid, entonces, era un[Pg 87] pueblo raro, distinto a los demás, uno de los
pocos pueblos románticos de Europa, un pueblo en donde un hombre, sólo por ser
gracioso, podía vivir. Con una quintilla bien hecha se conseguía un empleo para
no ir nunca a la oficina. El Estado se sentía paternal con el pícaro, si era
listo y alegre. Todo el mundo se acostaba tarde; de noche, las calles, las
tabernas y los colmados estaban llenos; se veían chulos y chulas con espíritu
chulesco; había rateros, había conspiradores, había bandidos, había matuteros,
se hacían chascarrillos y epigramas en las tertulias, había periodicuchos en
donde unos políticos se insultaban y se calumniaba a otros, se daban palizas y,
de cuando en cuando, se levantaba el patíbulo en el Campo de Guardias, en donde
se celebraba una feria, a la que acudía una porción de gente en calesines. De
esto hace veinticinco o veintiséis años, no creas que más. Entonces, los
alrededores de la Puerta del Sol estaban llenos de tabernas, de garitos, de
rincones, lo que permitía que nuestra plaza central fuera una especie de Corte
de los Milagros. En la misma Puerta del Sol se podían contar más de diez casas
de juego abiertas toda la noche; en algunas se jugaba a diez céntimos la
apuesta. Los políticos eran, principalmente, chistosos. Albareda se jactaba de
no entender de política y de hablar caló. ¡Y Romero Robledo! ¿Hay algún hombre
ahora como aquél? ¡Qué ha de haber! Don Francisco era un tipo magnífico. Siendo
él un hombre honrado, tenía una simpatía por el ladrón completamente ibérica.
Pro[Pg 88]tegía a los bandidos andaluces y tenía en
Madrid amistades con los mayores truhanes. Sólo este episodio que os voy a
contar retrata la época. Solía dar don Francisco reuniones, a las tres de la
mañana, en su despacho del ministerio de la Gobernación, y entre los invitados
había desde gente riquísima hasta desharrapados, que se llevaban lo que veían:
tinteros, plumas, tijeras, todo. Una vez el ministro vió que habían arramblado
con un candelabro de más de un metro de alto. Aquello le pareció excesivo;
llamó al portero mayor, le preguntó si sabía quién era el autor de la hazaña, y
el portero dijo que uno de los amigos del señor ministro había salido con un
bulto enorme debajo de la capa. Entonces don Francisco escribió una carta
atenta a su querido amigo, diciéndole que, sin duda, inadvertidamente, se había
llevado el candelabro; pero, como éste era necesario en el despacho, le rogaba
que lo devolviera. ¿Qué crees, tú, María, que hubiera hecho un ministro de hoy?
—Llevarle a la cárcel al ladrón, probablemente—dijo
ella.
—Con seguridad. Y entonces, no; había gusto por las
cosas. Atraía lo pintoresco y lo inmoral. A la gente le gustaba saber que el
Ayuntamiento de Madrid era un foco de corrupción; que un señor concejal se
había tragado las alcantarillas de todo un barrio, y se reía al oír que los
pendientes regalados por un matutero ilustre adornaban las orejas de la hija de
un ministro. Yo comprendo que aquella vida era[Pg 89] absurda;
pero, indudablemente, era más divertida.
—Sí—dijo Aracil—; era más divertida.
—Luego, el que se creía austero y terrible, se
hacía republicano. Claro que era una ridiculez, pero era así. Y el hombre se
entretenía. Hoy la República no es nada.
—Sí; la verdad es que ha bajado mucho la
pobre—exclamó Aracil—. Hoy ya tiene las trazas de un ideal de porteros. A mí,
cuando me hablan de republicanos entusiastas, recuerdo siempre al conserje del
hotel donde viví en París, y le veo con su mandil y su gorro redondo,
refiriéndome anécdotas de Gambetta. Para mí, republicano y portero francés son
cosas sinónimas.
—Ya ves, en cambio, a mí—dijo Iturrioz—, cuando
pienso en un republicano, me viene siempre a la imaginación un fotógrafo de mi
pueblo, hombre muy exaltado. Y luego, cosa extraña, a todos los fotógrafos que
he conocido les he preguntado si eran republicanos, y todos me han dicho que
sí. Yo no sé qué relación misteriosa existe entre la República y la fotografía.
—¿Y usted no es republicano, Iturrioz?—preguntó
María.
—Yo, no; ni republicano ni monárquico; lo que soy
es antiborbónico. Para mí, eso de Borbón es una cosa arqueológica y deletérea,
como una momia que hiede; así, cuando me dicen: «Ahí va el príncipe tal de
Borbón», me dan ganas de taparme las narices con el pañuelo.
—Un rey que no sea Borbón será muy difícil en
España—dijo María.
—Por eso le parece bien a Iturrioz—saltó Aracil—,
porque es absurdo.
—Lo que en el fondo le gustaría al país—dijo
Iturrioz—es el rey caudillo, el rey guerrero; no reyes como los modernos,
viajantes de comercio, matadores de pichones, automovilistas... Esto es
ridículo.
—Y, ¿para qué un rey guerrero?—dijo María.
—Daría un poco de prestigio y un poco de alegría a
España. Un pueblo no se puede regir por un libro de cuentas, y yo creo que si
el español se va enfangando en esta corriente de mercantilismo, se deshará, se
hará un harapo, perderá todas las cualidades de la raza.
—Pero, ¿usted cree que los españoles han cambiado
de veras?—preguntó María.
—Sí.
—¿En veinte o treinta años?
—Sí; ha cambiado su manera de pensar, que es lo que
más pronto puede variar en una raza. Un hombre del Norte discurre pronto como
un meridional, si vive en el Mediodía, o al contrario; el pensamiento y la
cultura se adquiere rápidamente; para que el instinto cambie, ya es
imprescindible mucho tiempo; para que el color del pelo varíe, se necesita la
vida de varias generaciones, y para que un hueso se transforme, ya son
indispensables eternidades. ¿Cuántos miles de años hará que el hombre no mueve
las orejas? Una atrocidad. Y, sin embargo, los músculos para moverlas los tiene
todavía,[Pg 91] atrofiados, pero existen. No; no hay
que asombrarse de que los españoles hayan variado de manera de pensar en pocos
años. El germen del cambio está ya en nuestro tiempo, y antes—siguió diciendo
Iturrioz—mucha gente encontraba aquella vida falsa y superficial. La sociedad
española era como un edificio cuarteado, pero que se iba sosteniendo. Viene la
guerra de Cuba y la de Filipinas, y, por último, la de los yanquis, y se pierden
las colonias, y no pasa nada, al parecer; pero la gente empieza a discurrir por
su cuenta, y el que más y el que menos dice: «Pues si nuestro ejército no es,
ni mucho menos, lo que creíamos; si la marina es tan débil, que ha sido
aniquilada sin esfuerzo; si estábamos engañados en esto, es muy posible que
estemos engañados en todo». Y desde este momento empieza a corroer el análisis,
y suponemos que los escritores, y los políticos, y los oradores, y los
ingenieros, y los cómicos españoles deben ser tan malos, tan ineptos como
nuestros generales y nuestros almirantes; y suponemos que nuestros campos son
pobres y hay quien lo comprueba, y cada español, que ve y observa por sí mismo,
echa abajo toda la leyenda dorada de su patria. Y se acostumbra la gente a la
crítica, y así resulta que hoy los prestigios nuevos no se pueden consolidar y
los viejos han desaparecido. En España, actualmente, hay estos dos criterios:
el del conservador, que lo mismo puede tener la etiqueta de íntegro como la de
anarquista, que dice: «¿Esta es la ciencia oficial, la política oficial, la
literatura oficial? Pues ésta, buena o[Pg 92] mala,
es la respetable». Y el del no conservador, que es todo hombre que discurre,
que ha llegado a tal desconfianza por lo sancionado, que dice: «¿Esta es la
literatura oficial, la ciencia oficial, el arte oficial? Pues éste es el malo».
Entre uno y otro criterio no hay transacción posible. Así, no se afirma nada en
España. ¿Qué queda de nuestra época? Nada. ¿Quién se acuerda ya de Castelar, ni
de Cánovas, ni de Ruiz Zorrilla, ni de Campoamor, ni de Núñez de Arce? Nadie.
Todo eso parece un peso muerto que la memoria de la gente lo ha echado ya por
la borda, condenándolo al olvido. Hoy se empieza negando, por lo menos dudando,
tratando de buscar la verdad, el positivismo..., y el poeta listo, el de la
quintilla, que hace veinte o treinta años hubiera vivido sólo con eso, hoy se
muere de hambre o tiene que entrar de escribiente; y el que se sintió chulo, se
pone a llevar baúles, porque la chulería no da; y el matón de la casa de juego,
se encuentra con que cierran todos los garitos; y el que soñó con hacer su
pacotilla de concejal, ve que el Ayuntamiento se moraliza...; y el hampa se
va..., y todo se va...; y así en España tenemos, no ya fracasados de la virtud,
de la gloria y del arte, como en todas partes, sino fracasados de la
inmoralidad, fracasados del agio, fracasados del chanchullo, como en política
tenemos lo último de lo último: los fracasados del anarquismo.
—¿Y usted cree que eso es malo de veras?—preguntó
María.
—Malo, no. A la larga es posible que sea la salud.
Vamos hundiéndonos, hundiéndonos...[Pg 93] Alguno
encontrará tierra firme y volveremos a subir. Entonces renacerá España...
—¡Incipit Hispania!—exclamó Aracil.
—Y si cree usted esto, ¿por qué se queja?—preguntó
María.
—¿No me he de quejar? ¿No ves que yo soy un hombre
de otra época? Antes decían que hay en todas las sociedades tres períodos: el
teológico, el metafísico y el positivo. Yo soy un tipo que está entre el
período teológico y el metafísico. ¿Qué voy a hacer en esta sociedad positiva,
como la que se intenta crear? ¿Me lo quieres decir, María? ¿No comprendes que
quieren hacernos ingleses y somos españoles? No, no; esto es grave. Estamos
asistiendo a la ruina de un mundo, al final de una sociedad romántica. Yo estoy
asustado, y voy a hacer como dama Javiera, una señorita vieja de mi pueblo.
—Y ¿qué hacía esa dama Javiera?—dijo María, riendo.
—Pues la dama Javiera era una señorita de setenta
años, que venía de tertulia a mi casa, cuando yo era chico. Dama Javiera, que
ya tenía esta maldita tendencia analítica, que nos ha perdido a todos, jugaba a
las cartas con mi abuela y con un cura viejo, que se llamaba don Martín, y
entre jugada y jugada le preguntaba al cura acerca de cuestiones de religión:
«¿Será posible esto, señor cura? ¿Podrá suceder tal cosa?», le decía. Y don
Martín contestaba sentenciosamente: «Dama Javiera, conviene no escudriñar», y
se apuntaba un tanto con una habichuela encarnada o blanca.[Pg
94] Yo antes me reía; pero empiezo a creer que el consejo que daba a
dama Javiera era muy exacto, y que conviene no escudriñar.
—Lo que no es obstáculo para que usted esté
escudriñando siempre—repuso María.
—Es un defecto. Y tú, Aracil, ¿crees que este
matrimonio cambiará algo España?
—Según. Si la reina es inteligente...
—Debe serlo—dijo María—. Es inglesa, de una familia
donde abunda la gente lista.
—No; es medio alemana—repuso Iturrioz.
—¿Y usted no cree en las alemanas?
—No; en general, la mujer alemana es, poco más o
menos, tan espiritual como una ternera.
—¡Estás adulador, chico!—dijo Aracil.
—Es mi opinión. Pero, yo, ya te digo: me alegraría
que no pasara nada. Y no sólo para el porvenir, sino para mañana, se anuncian
graves acontecimientos. Se dice que han venido dinamiteros.
—¡Fantasías!—murmuró Aracil.
—Pues yo he oído decir que hay un canguelo
terrible; que el niño encuentra anónimos debajo de la almohada. A mí esto me
indigna, te advierto. Estamos molestando tanto a estos pobres reyes, que se van
a unir todos en apretado haz y se van a declarar en huelga. Y ¡a ver entonces
qué hacemos en España con los uniformes de los alabarderos! Vamos tirando de la
cuerda demasiado, y nos va a pasar con los reyes lo que nos ha pasado con los
santos.
—Y ¿qué nos ha pasado con los santos?—dijo María.
—Nada, que han cortado la comunicación[Pg 95] con la tierra. En fin, que esto se pone muy
mal, y yo no pienso salir mañana, porque, chica, me estoy haciendo viejo y muy
miedoso; si pasa algo me cogerá en la cama.
Iturrioz siguió fantaseando sobre una porción de
cosas, hasta que, al dar las once, tomó su capa y se largó, después de dar las
buenas noches y de exhortar, bromeando, a que tuvieran prudencia.
VIII.
EL DÍA TERRIBLE
Al día siguiente, María pensaba ir con su primo
Venancio y sus hijas a Cercedilla, cuando se suspendió el viaje, porque la
noche antes, Paulita, la menor de las niñas del ingeniero, cayó enferma con el
sarampión.
Aracil fué a verla. El doctor tenía bastante
trabajo por la tarde, y estaba, además, invitado a comer en casa del marqués de
Sendilla. Había aceptado la invitación, creyendo que su hija iría de campo con
Venancio, y como la enfermedad de la niña imposibilitaba la excursión, quedaron
de acuerdo en que María, después de comer con el ingeniero, iría a casa de doña
Belén, en donde la recogería Aracil.
Paulita, la enferma, era la predilecta de María, y
deseaba que su tía estuviese constantemente a su lado, acariciándola y
besándola.
—Yo no puedo permitir esto—dijo el ingeniero—; se
te puede pegar la enfermedad.
—¡Qué se va a pegar una enfermedad de niños!
—¡Ya lo creo que se pega! Nada, nada; no estés
ahí—y Venancio obligó a salir a la muchacha y a que se lavara con agua
sublimada y desinfectara las ropas.
Comieron; María se encerró en el cuarto con las
niñas mayores; pero la enfermita lo notaba y pedía que fuera a verla, y si no
empezaba a llorar.
—Mira, lo mejor es que te vayas—dijo Venancio, que
estaba algo preocupado con la enfermedad de la niña y con el temor de que su
sobrina se contagiase—. La criada te acompañará.
—¿Para qué? Iré yo sola—y María se despidió de las
niñas y tomó el tranvía rojo en el paseo de Rosales.
La tía Belén vivía en la calle del Prado; el
tranvía llegaba hasta cerca de su casa. Al paso notó María que en las calles se
hablaba animadamente, pero no prestó atención.
Serían las tres y media o cuatro cuando llegó a
casa de la tía Belén. Llamó, pasó al gabinete y se encontró con que todos
reunidos allí charlaban a la vez.
—¿Qué hay? ¿Qué ocurre?—preguntó.
—¿No sabes nada?
—No.
—Pues que han tirado una bomba.
—¿De veras?
—Sí.
—¿Y hay desgracias?
—Muchísimas. El tío Justo ha dicho que dos muertos;
pero ahora dicen que hay cinco y una infinidad de heridos.
—¡Qué horror!
Y María dijo esto con esa solemnidad superficial
con que se comentan los hechos que no se han visto ni sentido. Luego, de
pronto, pensó en su padre y se alarmó: «¿Dónde estaría en aquel momento? ¡Él,
que era tan curioso! Quizá habría ido al lugar del atentado.»
El tío Justo, la tía Belén, Carolina, unos señores
y señoras que se hallaban de visita se enredaron en una conversación de
anarquistas y de bombas, que a María comenzó a sobresaltar. Todos execraban el
atentado, pero consideraban el crimen de distinta manera.
—Para mí son locos—aseguraba el tío Justo.
—No, son fieras—replicaba otro señor, fuera de sí,
que era contratista de paños para el ejército, lo que le daba, sin duda, cierta
inclinación a la violencia—; y había que cazarlos.
—Yo creo lo mismo—agregó Carolina—, y aun no me
contentaría con cazarlos, sino que los haría sufrir antes.
—Yo no—y el tío Justo se paseó por el cuarto—; lo
mejor sería deportarlos; a todos los que tengan esas ideas, que no estén
conformes con la manera de vivir general, los llevaría a una isla y los dejaría
allí, con aparatos y máquinas, para que trabajasen y viviesen.
—¡Qué aparatos ni qué máquinas!—exclamó el pañero,
furioso—; hacerlos pedazos. «¿Es usted anarquista?» «Sí». «Pues tome usted», y
pegarle un tiro a uno. Porque esos crímenes son cobardes e infames.
Y el señor repitió estas palabras, como si en aquel
instante hubiera hecho un gran hallazgo.
—Sin embargo, ya verá usted—dijo el tío Justo—cómo
se llega a hacer también la apología de este crimen.
—Pues yo, al que hiciera esa apología, le pegaría
un tiro.
—La verdad es que esa pobre gente—murmuró la tía
Belén, con voz plañidera—¿qué culpa tendrían? ¡Y esos pobres soldados! Porque
yo comprendo que vayan contra un hombre, como Cánovas, y que lo maten.
—¡Claro!—dijo cínicamente el tío Justo—. Eso es
mucho menos peligroso para nosotros, que no somos políticos.
María estaba cada vez más inquieta, pensando en su
padre; la tía Carolina sobre todo, y los demás también, al hablar de
anarquistas se referían a ella, reprochándole tácitamente que su padre tuviera
tan nefandas ideas.
En esto llegó el marido de doña Belén con nuevas
noticias: los muertos llegaban a diez. Había hablado con un amigo suyo,
empleado en Palacio. Los reyes habían vuelto impresionadísimos; ella estaba con
convulsiones y él lloraba emocionado.
—Es falso—gritó el pañero—. Ese señor le ha
engañado a usted. El rey no ha llorado.
—Pero, ¿usted qué sabe?—le preguntó el tío Justo.
—Lo comprendo, porque un rey no llora.
—¿Por qué no? ¿Eso qué tiene de extraño?
El marido de doña Belén añadió que su amigo le
había dicho que sólo uno de los grandes duques rusos, como acostumbrado a
escenas de esta índole, estaba tranquilo, y que el tal[Pg
101] había aconsejado al rey que saliera inmediatamente a dar un paseo
por las calles, con lo que sería ovacionado por el pueblo. Al parecer, el rey
no se había decidido. En cambio, el gran duque ruso había salido, de paisano, a
ver la casa del crimen, y como en su real familia habían muerto de atentado
varios individuos, y miraba ya, sin duda, con cierta familiaridad amable la
metralla anarquista, había pedido a un jefe de policía que le regalara un trozo
de bomba, porque hacía colección.
La tarde fué para María un verdadero suplicio.
Tenía ganas de marcharse, pero esperaba porque había quedado de acuerdo en que
su padre se le reuniría allí. Serían las seis cuando paró un coche delante de
la casa; María, atenta a todos los ruidos de la calle, escuchó con ansiedad; se
abrió la puerta del gabinete y una criada entró. A María le dió un vuelco el
corazón.
—Señorita, haga usted el favor de salir, que la
espera su papá.
María saludó rápidamente a los parientes y amigos y
bajó de prisa las escaleras. Al ver a su padre comprendió algo grave. Aracil
tenía el rostro desencajado, el cuerpo tembloroso, los labios completamente
blancos. Llevaba un gabán al brazo, lo que en el era rarísimo.
—¿Qué hay? ¿Qué pasa?—fué a preguntar María; pero
la voz expiró en su garganta.
Aracil, sin contestar a la interrogación muda, tomó
el brazo de su hija y murmuró, casi sin aliento:
—Vamos.
—Pero ¿qué pasa?
—Que el que ha puesto eso es Brull.
—¿Él?
—Sí..., y me lo he encontrado..., y me ha pedido
protección..., y le he llevado a casa... No sé a qué vamos por aquí... ¿Dónde
podríamos ir? ¡Oh, Dios mío!... ¡Estoy perdido!
María oprimió el brazo de su padre.
—Serénate—le dijo—. Vamos a ver qué hacemos... ¿Qué
piensas? ¿Qué quieres?
—No sé—exclamó Aracil—; no sé qué hacer... La
cuestión sería que pudiese meterme en algún lado, disfrazarme y huír.
—Y ¿dónde podríamos meternos?
—¿Dónde? ¿Dónde?... No sé.
—En el hospital, quizá...
—Sí, vamos al hospital... ¿Cómo se te ha ocurrido
eso?... Vamos, sí, vamos.
Tomaron por la calle del León, salieron a la plaza
de Antón Martín y bajaron por la calle de Atocha. El doctor miraba a un lado y
a otro, temblando de ser conocido. De pronto, Aracil apretó el brazo de su
hija.
—¿Qué hay?—preguntó María, sobresaltada.
—¿No oyes? Un extraordinario con los detalles del
atentado. Cómpralo. No, no lo leamos aquí.
Llegaron al Hospital General. El portero no les
salió al encuentro; subieron por unas escaleras iluminadas con grandes faroles,
muy tristes. Una monja se acercó al doctor a hacerle una pregunta. Aracil
contestó como pudo y entró en el cuarto de guardia, seguido de su[Pg 103] hija; cerró la puerta, y, sentándose luego en
una silla, murmuró:
—Estoy rendido.
—Pero, al fin, ¿qué ha pasado? ¿Cómo ha
pasado?—dijo María—. Cuéntalo todo.
—Pues iba por la calle de Fuencarral, después de
comer en casa del marqués, cuando, al entrar en la botica de don Jesús, un
hombre me agarró del brazo con una fuerza extraordinaria. Me volví. Era Brull.
«Acabo de echar una bomba al paso de la comitiva. Hay desgracias», me dijo. Yo,
al principio, no comprendí lo que decía, y tuvo que explicar lo que había
pasado. «Y, ¿qué piensa usted hacer?», le pregunté. «No sé; iba a suicidarme,
pero viendo que nadie me seguía ni intentaba prenderme, he venido hasta aquí».
«¿Tiene usted algún sitio donde esconderse?». «No, y he pensado en usted.
Protéjame usted, Aracil. Si me cogen me van a hacer pedazos». Hemos subido a
casa sin hablarnos. Yo no comprendía entonces por completo la gravedad de las
circunstancias. Abrí la puerta, pasó él y pasé yo. El se abalanzó hacia el
armario del comedor y bebió con avidez dos vasos de agua. «Creo que lo mejor
es—le dije yo—que se esté usted aquí ocho o diez días». «¿Y usted»?, preguntó
Brull. «Yo le diré al portero que me voy». «No, no»; «yo me voy con usted. Yo
no me quedo. Usted me quiere denunciar y yo le pego un tiro a quien me
denuncie», y, rápidamente, sacó una pistola y la blandió en el aire. En aquel
momento yo no sentía tanto miedo como ahora. Estábamos en esta situación, mi[Pg 104]rándonos con espanto, cuando sonó el timbre.
«Escóndase usted», le dije a Brull. Fuí a la puerta. Era el cartero, que me
entregó el periódico de Medicina. Cerré, llamé al anarquista y, con tono
decidido y casi burlón, que a mí mismo me chocaba, le dije: «Aquí, en casa,
viviendo conmigo, no se puede usted quedar; mi hija, las criadas, los vecinos,
todo el mundo se enteraría. Si le parece a usted, hay ahí un cuarto
independiente, con baúles y trastos viejos, que da a un tejado. No entrarán;
tengo ahí un esqueleto, y las criadas, que lo saben, no se atreverían a abrir
esa puerta. Además, usted se puede quedar con la llave. Métase usted ahí,
enciérrese usted y estése usted quince días». «¿No me hará usted traición,
Aracil?» «No». «¿Me lo jura usted?», gritó él casi llorando. «Se lo juro».
Entonces Brull se ha metido en el cuarto y, al instante, yo he pensado en huír.
Pasé una media hora de angustia, porque decía: «Si oye mis pasos y cree que
intento escaparme, va a salir y a pegarme un tiro». Estaba deseando que alguno
llamara a la puerta, para marcharme. En esto he oído unos pasos; alguien subía
al piso de arriba. He recordado que tenía allí el timbre cerca y he llamado yo
mismo. He ido a la puerta, he hecho una mojiganga como si hablara con alguien,
he entrado en el despacho, he abierto el cajón, he cogido todo el dinero y he
salido volando.
—Y ¿qué te pueden hacer por haber protegido a
Brull?—preguntó María.
—¿Qué me pueden hacer? Pueden mandarme a presidio
para siempre.
—¡Ca! Es imposible.
—No digas eso, María. Tú no sabes lo que es la
justicia. Me considerarán como cómplice, como encubridor. Quizá me condenen a
muerte. ¿Cómo demuestro yo que no tengo participación en ese crimen?
—Pero eres inocente.
—Sí; los de Montjuich dicen que también eran
inocentes, y los fusilaron y los atormentaron.
—Entonces no hay que esperar; hay que huír y
disfrazarse... Córtate la barba y el pelo; yo te lo cortaré.
Aracil sacó de un estuche unas tijeras y se sentó
en la silla, sumiso como un niño. María recortó el pelo a su padre.
—Ahora, lo mejor sería que te afeitaras.
Aracil se dispuso a afeitarse.
—Mira tú, mientrastanto, lo que dice el
extraordinario—murmuró el doctor.
María comenzó a leer la hoja con ansiedad. En el
preámbulo, todos eran lugares comunes, frases hechas a propósito para
catástrofes de este género; luego venía, de una manera confusa, el relato de lo
ocurrido. Había diez muertos y muchísimos heridos graves y moribundos. María,
al leer algunos detalles, palidecía y le temblaban las manos. La sangre que
corría en chafarrinones por la fachada de la casa, los trozos de masa
encefálica en las aceras... Aquellos detalles daban a María la sensación real,
el horror y la magnitud del crimen. Las noticias estaban mezcladas con
inoportunos comentarios, y el «inicuo», el «cobarde» y el[Pg
106] «salvaje» aparecían de cuando en cuando, esmaltando
simétricamente el texto.
No parecía sino que lo principal era encontrar un
adjetivo exacto para calificar el atentado.
Aracil, mientras se afeitaba, volvía de cuando en
cuando la cabeza para mirar a María, y preguntaba, pálido como el papel:
—Debe haber horrores, ¿eh?
—Sí, cosas terribles.
En esto, María echó una ojeada a las últimas líneas
del extraordinario, y lanzó un grito.
—¿Qué pasa?—preguntó Aracil, con la navaja en la
mano.
María leyó:
«Ultima hora: Se sospecha que el autor del
atentado es un joven catalán apellidado Brull, llegado hace tres días a una
fonda de la calle Mayor. El anarquista ha tenido tiempo de huír, valiéndose de
la confusión general. Al entrar en el cuarto desde donde lanzó la bomba, se ha
encontrado sobre un lavabo una jeringuilla y un frasco a medio llenar de
nitrobencina. La maleta del criminal contenía solamente un gabán de verano, dos
botellas grandes, vacías, una cajita con bicarbonato de sosa y dos libros, el
uno en francés, titulado Pensamiento y Realidad, de A. Spir, y el
otro, la «Memoria» del doctor Aracil, El anarquismo como sistema de
crítica social, dedicada a Brull por su mismo autor.»
—¡Oh!—murmuró Aracil, con desaliento—. Me ha
matado—y dejó caer la navaja sobre la silla.
—No—exclamó María—. Lo que hay que hacer ahora es
no perder tiempo. Sabemos que nos buscan o que nos van a buscar. Hay que darse
prisa. Acaba de afeitarte, y marchemos.
—Vámonos, sí—dijo él—. Tú debías dejar el sombrero
aquí, para no llamar la atención.
María se quitó el sombrero, lo deshizo con las
tijeras en varios pedazos, y los envolvió en un periódico.
Tenía miedo el doctor de que advirtieran, al salir,
su cambio de aspecto, y su hija le recomendó que, al bajar las escaleras,
aunque no hacía frío, se levantara el cuello del gabán y se tapara la boca con
el pañuelo. La luz era demasiado escasa para que se notara su cambio de
fisonomía.
—Adiós, don Enrique—le saludó un mozo, al pasar por
el corredor.
—Adiós; buenas tardes.
—¿Ha visto usted eso?
—Sí; es terrible.
—¿Qué tiene usted?
—Que me he puesto un poco malo. ¡Adiós!
—Buenas, don Enrique. Y aliviarse.
Salieron del hospital, y padre e hija fueron por el
Prado.
—Quítate los anteojos—dijo María.
Aracil se los quitó y los guardó en el bolsillo.
—Estás completamente desconocido.
—¿De veras?
—Por completo.
El ilustre doctor, afeitado y rapado, tenía todo el
tipo de un hortera. Se sentaron los dos[Pg 108] en
un banco del Prado y discutieron. ¿Qué iba a hacer? Meterse en el tren era
peligroso. María pensó en el primo Venancio; pero desechó inmediatamente esta
idea. Le comprometerían sin resultado. Había que hacer algo, pronto, en
seguida. Pero, ¿qué? No querían moverse de allí sin tener algún plan. Pasaron
revista a todos los amigos que podían esconder a Aracil.
Ninguno había que, de prestarse a ocultarle, no
infundiese sospechas.
De pronto, María exclamó:
—¿Y el guarda de la Casa de Campo a quien curaste
la niña?
—¿Isidro?
—Sí.
—Es verdad. Eso sería lo mejor. Allí estaríamos
seguros. Es una idea, una idea magnífica. ¡Nadie puede sospechar de él! Pero,
¿cómo entrar en la Casa de Campo?
—Podemos ir mañana.
—Pero ¿mientrastanto...? ¿Esta noche?
—Podríamos ir... ¿Adónde podríamos ir, Dios mío?
—No sé; no sé.
—¿Adonde van los hombres con las mujeres alegres?
—A Fornos..., a la Bombilla.
—Pues vamos a la Bombilla.
—¿A la Bombilla?
—Sí; precisamente está cerca de la Casa de Campo, y
por la mañana podemos ir a ver al guarda.
La idea era buena, tan buena que al doctor le
pareció inmejorable. Dejó María el paquete,[Pg 109] con
los trozos de su sombrero, debajo del banco. Salieron del Prado a la calle de
Alcalá. Resplandecían los focos de luz eléctrica en el aire limpio de la noche;
por la ancha calle en cuesta brillaban, como estrellas fugaces, los discos de
color de los tranvías y los faroles de los coches. Iban marchando entre la
multitud, cuando Aracil reconoció delante de él a uno de sus amigos de la
tertulia del Suizo.
—Aracil debe estar en la cárcel—decía.
—¿Cree usted?—preguntó otro.
—Sí, hombre.
—Pero, ¿conocía a ese Brull?
—¡No le había de conocer! ¡Si era amigo suyo!
Al primer movimiento de asombro, siguió en Aracil
un terror espantoso.
—Tranquilízate—dijo María—; no te conocen.
Pero Aracil seguía temblando. Su hija le contempló
con asombro. Le chocaba que su padre fuera tan cobarde. Le había dado siempre
la impresión de hombre enérgico y decidido, y lo había sido, sin duda, alguna
vez, pero en su centro, entre los suyos; solo, separado de sus amigos y
jaleadores, era pusilánime como un niño enfermizo.
Llegaron a la Puerta del Sol; la plaza rebosaba
gente; no se podía dar un paso; reinaba un gran silencio y un pánico sordo.
Cualquier ruido producía una alarma, y la multitud, inmediatamente, se disponía
a huír.
Tomaron padre e hija por la calle del Arenal y
luego por la de Arrieta. En el solar de la an[Pg 110]tigua
Biblioteca se bailaba; una banda tocaba en un tablado, adornado con guirnaldas
de papel; los bailarines se contoneaban a los acordes de un pasodoble, pero no
había animación ni alegría. En los portales, en los corros, la gente hablaba
del atentado; por encima del pueblo entero parecía pesar la tragedia del día,
llevando a la masa el estupor y la desolación. La gente sentía la desarmonía de
aquel zarpazo brutal del anarquismo con la placidez del ambiente. ¡En Madrid!
En este pueblo tranquilo, correcto, insensible a la exaltación colectiva; en
este pueblo de los señoritos discretos e ingeniosos, de las muchachitas
inteligentes y escépticas, de los hambrientos resignados, ¡una bomba! Era
absurdo, incomprensible, inexplicable. Se daban explicaciones fantásticas para
aclarar esta discordancia: quizá los carlistas, quizá los jesuítas... ¿A quién
podía convenir aquello? Y no se aceptaba la explicación más sencilla, el caso
del hombre solo, enfermo, teatral en su desesperación, a quien antes que la
bomba, le había estallado el cerebro dentro del cráneo...
Se sentaron Aracil y María en un banco de la plaza
de Oriente, donde no daba la luz de los faroles. Al lado, dos viejas vestidas
de negro, una de ellas con un niño, charlaban.
—Ya no hay religión—decía una—; crea usted, señora,
que el mundo está muy perdido; ¿ha visto usted?, ahí cerca, en esa calle, están
bailando.
—Deje usted que se diviertan.
—Sí, pero en un día como el de hoy, que ha[Pg 111] habido tantas víctimas... ¡Crea usted que
cuando lo pienso...! Yo, si supiera quiénes son, los haría pedazos.
—Pues mire usted, señora; yo creo que han hecho muy
mal, y que los que han puesto esa bomba son muy infames; pero eso también de
pasear toda la corte y la aristocracia llena de alhajas en medio de la gente
pobre, con la miseria que hay en Madrid... ¡Vamos, eso también...! Porque usted
no sabe, señora, la pobreza que hay aquí.
—¡Dígamelo usted a mí, que vivo en barrios bajos!
Aracil, impaciente, se levantó.
—¿Quieres que tomemos un coche?—preguntó a María.
—No, no.
—Y si vamos solos por el camino de la Bombilla ¿no
infundiremos sospechas?
—Lo mejor será tomar el tranvía.
IX.
EN LA BOMBILLA
Bajaron a la plaza de San Marcial. Voceaban los
vendedores los periódicos de la noche. Compró María La Correspondencia y
el Heraldo, y montaron Aracil y su hija en un tranvía lleno que iba
a la Bombilla.
—Así, con tanta gente—pensó el doctor—, no se
fijarán en nosotros.
En el trayecto, un señor siniestro, de bigote negro
y algo bizco, se dedicó a lanzar miradas asesinas a María, y, por último, le
preguntó, en voz baja, si podía hablarla. Ella volvió la cabeza y no hizo caso.
Bajaron en la estación del tranvía. El señor bizco,
al ver a María cogida estrechamente del brazo de Aracil, desapareció.
Siguieron un poco más adelante padre e hija, y
llegaron a la parte ancha del camino, que tenía a un lado y a otro unos
merenderos iluminados fuertemente por luces de arco voltaico.
Entraron en uno de éstos; pasaron a un[Pg 114] vestíbulo grande, con un mostrador y varias
mesas. Enfrente de la puerta de entrada se abría un patio con árboles, donde
tocaba un organillo; de ambos lados del vestíbulo partían dos escaleras.
—Yo quisiera un cuarto—dijo Aracil a un mozo viejo
que les salió al encuentro.
Subieron por una de las escaleras, y el mozo les
llevó a un balcón galería, dividido por persianas, que daba al patio con
árboles, en donde bailaban, al son del organillo, unas cuantas parejas.
En otro cuarto de la galería, separado del
departamento donde entraron el doctor y su hija por una persiana verde, había
un hombre grueso, rojo, de sombrero cordobés, en compañía de una mujerona
brutal.
—¡Vaya canela!—dijo el hombre gordo a María, con
voz ronca, echándose el sombrero hacia la nuca—, y ¡olé las mujeres en el
mundo!
María se volvió a mirar a este hombre con
severidad, y él la dijo:
—¡No me mire usted así, niña, que me vuelve usted
loco! ¡No sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio!
A María le dió ganas de reír la ocurrencia. Aracil,
iracundo, salió rápidamente al pasillo y le dijo al mozo:
—Hombre, a ver si hay otro cuarto más aislado,
porque se están metiendo con nosotros.
—Usted querrá—dijo el mozo, desgranando
socarronamente las palabras—un cuarto de los escondidos, de los recónditos,
vamos.
—Sí, señor.
—Bueno, bueno. Vengan ustedes conmigo—y el mozo
guiñó los ojos con malicia; les guió luego por un largo pasillo, con puertas
pintadas de gris a los lados, y abrió un cuarto y encendió la luz eléctrica. Se
sentía allí un olor de vino y de coñac tan fuerte, que María creyó marearse.
—¿Van ustedes a cenar?—preguntó el mozo.
—Sí.
Mientras hacía Aracil la lista de los platos, entró
una florista con una cesta de claveles rojos, y ofreció sus flores a María.
—¿Quiere usted?
—Bueno.
María tomó dos claveles grandes y rojos, y como
había visto a todas las pendonas que danzaban por allí con flores en la cabeza,
se las puso ella también, para parecer una de tantas. Luego se asomó a la
ventana; Aracil hizo lo mismo, y pasó la mano por la cintura de su hija.
Estaban así, como protegidos el uno con el otro, cuando el mozo llamó:
—¡Eh, señorito, que está la cena!
María se volvió, y la expresión del camarero le
hizo ruborizarse.
¡Qué opinión tendría de ella aquel hombre! Pero, en
fin, esto era precisamente lo que se deseaba, que los tomaran por enamorados.
Se sentaron a la mesa; ninguno de los dos sentía el menor apetito, y como
Aracil pensaba que cualquier cosa podría servir de indicio para descubrirles,
fué cogiendo la comida y tirándola por la ventana. No hicieron mas que beber[Pg 116] agua y tomar café con coñac. Cuando terminó
la cena el camarero se retiró, y María cerró la puerta. Ya solos, Aracil
comenzó a leer un periódico; pero se excitaba de tal manera, que se ponía a
temblar, y le castañeteaban los dientes.
—¿Para qué lees?—le dijo María—; hay que tener
serenidad. Vamos a ver el baile.
Se oía algazara de palmas y de gritos, que llegaba
del patio. Se asomaron a la ventana. Enfrente, en un cuarto galería, a la vista
del público, una mujer y un hombre bailaron un zapateado al son de la guitarra.
Debían de ser profesionales, a juzgar por la perfección con que se zarandeaban.
—¡Olé! ¡Venga de ahí!—gritaban unos cuantos
sietemesinos, golfos y galafates, que formaban la reunión.
Un bárbaro, con una voz monótona de borracho,
empezó a cantar, de un modo estúpido, una canción de cementerios y de agonías,
cuando otro, imperiosamente, le dijo:
—¡Calla, imbécil!
Después, a ruego de la gente, el que tocaba la
guitarra, un hombre pequeño, ya viejo, se dispuso a cantar; los señoritos y
chulapones formaron un corro, y el cantador comenzó, con una voz muy baja, de
recitado, y como si tuviera prisa, el tango del Espartero:
La muerte del Espartero,
en Sevilla causó espanto;
desde Madrid lo trajeron,
desde Madrid lo trajeron
hasta el mismo camposanto.
Luego, la voz del cantador subió en el aire, como
una flecha, hasta llegar a un tono agudísimo, y en este tono cantó el entierro
del torero, las coronas que llevaba, las dedicatorias de los compañeros, la
tristeza del pueblo, y, al terminar esta parte, la guitarra animó el final con
unos cuantos acordes, como para no dejarse entristecer por la muerte del héroe.
Después, el cantador terminó el tango en tono de
salmodia, con estas palabras:
Murió por su valentía
aquel valiente torero,
llamado Manuel García
y apodado el Espartero.
En el circo madrileño
toreó con mala suerte;
la afición, que no dormía,
le llorará eternamente.
Y el cantador dió fin con un rasguear furioso de la
guitarra, y la gente del cuarto y la del patio aplaudió con entusiasmo.
Pidieron que repitiese la misma canción, y volvió el hombre a cantarla de
nuevo.
Aracil y María escuchaban absortos. En medio de la
noche, aquel canto de fiereza, de abatimiento, de brutalidad y de dolor,
producía una impresión honda y angustiosa.
—¡Qué país más terrible el nuestro!—murmuró Aracil,
pensativo.
—Sí, es verdad—dijo María.
—Esa canción, ese baile, las voces, la música, todo
chorrea violencia y sangre... Y eso es España, y eso es nuestra grandeza—añadió
el doctor.
Padre e hija tuvieron que dominarse con un esfuerzo
sobre sí mismos, para volver a sus preocupaciones. Discutieron la hora de
encaminarse a la Casa de Campo.
—Cuando esto acabe y ya no haya por aquí gente,
creo que será lo mejor—dijo María.
—Y ¿por dónde iremos?
—Por ahí; por ese puente que se llama de los
Franceses.
—Pero yo creo que hay una estacada.
—La saltaremos.
—¡Qué valiente eres, María! Yo envidio tu
serenidad; yo soy un cobarde, un harapo.
—¡Ca! Déjate de eso. Cree, por lo menos durante
unas horas, que eres el mismo Cid.
Estuvieron sentados en el diván, mirando el suelo,
sin decir nada; de cuando en cuando María preguntaba: «¿Qué hora es?» Aracil
sacaba el reloj. No parecía sino que se habían paralizado las agujas; tan
lentas pasaban las horas para ellos.
Al dar las doce, el doctor suspiró:
—Todavía tenemos dos o tres horas para estar aquí.
¡Qué horror!
—Si quieres, vamos.
—¿Te parece bien?
—¿Por qué no? Anda. En marcha.
—Bueno. Vamos.
—El doctor llamó al mozo, le pagó y le dió una
buena propina; tomó otra copa de coñac,[Pg 119] y
padre e hija salieron del merendero, y, dando la vuelta a la casa, entraron en
la parte de la Florida, obscura y desierta. A María le resonaban sin cesar en
los oídos las notas del tango que acababa de oír.
X.
BUSCANDO EL CAMINO
Hacía una magnífica noche; el cielo, estrellado,
resplandecía entre el follaje. Avanzaron los dos fugitivos a prisa,
recatadamente; cruzaron un camino hondo y llegaron a la valla que limitaba la
vía del tren.
—Por aquí debe haber un paso—dijo Aracil.
—Pero en la caseta habrá un guarda. No vayamos por
ahí.
Siguieron a lo largo de la estacada, que era más
alta que un hombre, buscando el sitio mejor para saltarla. Cerca del Puente de
los Franceses, la vía estaba a mayor nivel que el terreno de ambos lados, de
tal modo, que la altura de la estacada era grande por fuera, pero, en cambio,
era pequeña por dentro. La caída, al saltar el obstáculo, no podía ser
peligrosa.
Encontraron un punto en donde se levantaba un árbol
al borde de la vía, embutido entre las estacas de la empalizada.
—Este es el mejor sitio—dijo María—. Vamos. Mira a
ver si anda alguno por ahí.
—No, no hay nadie.
Aracil cruzó las dos manos fuertemente, para que
sirvieran de estribo; María puso en ellas el pie izquierdo y se agarró al
árbol. Al primer intento no pudo encaramarse; las faldas le estorbaron; pero
luego, con decisión, apoyó el pie derecho sobre las estacas y saltó al otro
lado, sin lastimarse ni desollarse las manos.
—¿Te has hecho daño?
—No. Nada. Anda tú ahora.
Aracil intentó subir a la valla, pero no pudo; se
martirizaba las manos, y, convulso y jadeante, forcejeaba, hasta que,
aniquilado por el esfuerzo, se sentó en el suelo, sollozando.
—Descansa, descansa un rato—dijo María—, y luego
vuelves a intentar.
—¿Y si viene alguno?
—No, no vendrá nadie.
Estuvieron sentados en el suelo, a los lados de la
valla. De pronto se oyó el trepidar lejano de un tren, que se fué acercando con
rapidez.
—Ocúltate—dijo Aracil.
—¿En dónde?
—Junto al árbol.
Se ocultó María; Aracil se tendió en el suelo, y el
tren avanzó despacio, con un estrépito de hierro formidable. Aparecieron las
luces de la locomotora, y comenzaron a pasar vagones. De pronto, la máquina
lanzó un silbido estridente y echó una bocanada de humo negro, llena de
chispas, que saturó el aire de olor a carbón de piedra.
—Vamos a ver ahora—dijo María, cuando se perdió de
vista el tren.
—Parece mentira que sea uno tan botarate—murmuró
Aracil.
—Mira. Espera un momento—y María, sentándose en el
suelo y tirando con violencia, arrancó el volante de su vestido.
—¿Qué haces?
María no respondió; hizo un nudo con las dos puntas
del volante y lo colocó en una estaca, como un estribo. Resultó demasiado bajo,
y Aracil tuvo que hacer otro nudo. Luego apoyó el pie y vió que se sostenía; se
agarró al tronco del árbol, y, con alguna dificultad, logró saltar, no sin
desollarse las manos y lastimado un pie. Al asalto, el gabán del doctor cayó
fuera de la vía.
—Vamos—dijo Aracil.
—No; hay que coger el gabán. Si lo dejamos en el
suelo, pueden averiguar por dónde nos hemos escapado.
Con ayuda del bastón recobraron el abrigo,
guardaron el volante roto y echaron a andar por la vía. Comenzaron a cruzar
despacio el Puente de los Franceses, pasando por encima del camino de la
Florida y de la carretera del Pardo. Abajo, en un merendero, se zarandeaban
unas parejas al son de un organillo. Atravesaron el río, pasaron por delante de
la casilla, iluminada, de un guardagujas y entraron en la Casa de Campo. Nadie
les salió al encuentro. Avanzaron por la posesión real rápidamente, subieron el
talud de la trinchera por donde iba la vía, cruzaron la estacada, en la[Pg 124] cual faltaban varias estacas, que dejaban
hueco de fácil paso, y salieron a terreno de árboles y matas.
Marchaban los dos entre la maleza, desgarrándose
las ropas, sin querer tomar el camino. Aracil iba callado; María tarareaba, sin
querer, el tango que acababa de oír. No podía olvidar esta canción; la
obsesionaba y perseguía de una manera fastidiosa y molesta.
Perdían mucho tiempo marchando por entre los
árboles. Además, era imposible orientarse. No tuvieron más remedio que salir al
camino, y, después de andar mucho, Aracil, manifestando un profundo desaliento,
dijo:
—La casa de Isidro no está por este lado de la vía,
sino por el otro. Tendremos que bajar y volver a subir, y yo estoy rendido.
—No, no es necesario; hay un puente allá.
Efectivamente, había uno por encima de la vía. Lo
atravesaron rápidamente, y, poco después, vieron a una pareja de guardias
civiles. Se ocultaron María y Aracil entre los árboles; cuando los guardias se
perdieron de vista, siguieron andando, pero sin atreverse a marchar por el
camino.
Ya comenzaba a clarear; las estrellas palidecían,
las ramas de los árboles iban destacándose más fuertes en el cielo, todavía
obscuro. Aracil se ponía los anteojos, miraba a un lado y a otro y se
orientaba. Se acercaron a la tapia de la posesión real, y el doctor reconoció
la casa de Isidro el guarda: una casa pequeña, que tenía un gran emparrado. La
puerta aun no se había abierto.
—¿Qué hacemos?—preguntó Aracil—. ¿Llamaremos?
—No; habrá que esperar a que abran.
—Sí; será lo mejor. Vamos a ocultarnos por aquí.
Se tendieron en la hierba húmeda de rocío, entre
los árboles y frente a la casa del guarda, y, una vez uno y otra vez otro,
aguardaron a que se abriera la puerta. Estuvieron así más de media hora; el
cielo se aclaraba por instantes, los pájaros piaban en la espesura. De pronto,
María dijo:
—Han abierto una ventana.
Luego, al cabo de poco tiempo, se abrió la puerta.
—Ahora ha aparecido un hombre en mangas de camisa.
Aracil se puso los anteojos y miró: era Isidro. El
guarda abrió un corral, de donde salió una nube de gallinas.
—Creo que ya debes ir—dijo María.
Aracil, con el corazón palpitante, se levantó y se
acercó al guarda. Este, al ver a aquel hombre lívido y destrozado, se detuvo,
sin reconocerlo.
—Soy Aracil. Enrique Aracil, el médico, que viene
huyendo—dijo el doctor, con voz lastimera como un sollozo—. Vengo a que usted
me proteja.
El guarda agarró del brazo al doctor y, empujándolo
violentamente, lo metió por la puerta del corral, que acababa de abrir.
—Entre usted ahí—le dijo al mismo tiempo.
María, al presenciar lo ocurrido, se sobresaltó.
—¿Qué pasará?—se dijo.
La brusquedad del guarda quedó pronto explicada,
porque, un momento después, una mujer, con un cesto de ropa en la cabeza, salió
de la casa, y, tras una corta charla con Isidro, se fué. Entonces el guarda
volvió a buscar al doctor.
—Ahí está mi hija—le dijo Aracil.
Isidro fué a su encuentro, y les hizo pasar a los
dos a un corralillo.
—¿Cómo han venido hasta aquí? ¿No les ha visto
nadie?
—Nadie—y María contó lo que habían hecho para
llegar.
—Muy bien—exclamó el guarda.
Aracil quiso explicar lo ocurrido con el
anarquista, pero balbuceaba, sin encontrar las palabras.
—No me tiene usted que decir nada, don
Enrique—interrumpió el señor Isidro—; usted me necesita a mí, y yo tengo la
obligación de servirle a usted. Y si usted pide la vida, también. ¿Que usted no
ha querido denunciar a un amigo? El mismo rey no hubiera podido hacer otra
cosa. Vale más ir a presidio para toda la vida que no denunciar a un hombre.
El señor Isidro tenía sentimientos hidalguescos.
Era lógico en un español, y quizá en todo hombre sencillo que considerase la
ley de la hospitalidad como una ley superior a toda otra social o ciudadana.
Luego de exponer sus ideas acerca de este punto, el guarda añadió:
—Ahora, que van a pasar aquí una mala temporada.
—Peor la pasaríamos presos—dijo María.
—También es verdad. Yo les llevaría a mi casa; pero
hay mujeres, y algunas son blandas de boca.
—En cualquier lado estamos bien—replicó Aracil.
—Bueno, pues aquí se quedan ustedes—contestó el
guarda—. Y no hay que apurarse, que para todo hay arreglo en este mundo. Ahora,
sí; van ustedes a tener que dormir en el pajar.
—Muy bien—dijeron padre e hija.
—Hay otra cosa; que no podrán ustedes salir de este
corralillo en todo el día.
—Nos conformaremos con todo—murmuró Aracil.
—Respecto a la comida, hay que ver cómo nos
arreglamos. ¿La señorita sabe guisar algo?
—Sí.
—Pues yo les traeré unos cuantos celemines de
habichuelas y de garbanzos, y todos los días matan una gallina o dos.
—No, no hay necesidad—dijo María.
—Bueno; pues yo enviaré un trozo de cecina para
hacer una miaja de puchero. Aquí tienen ustedes leña.
—Muy bien. ¡Muchas gracias!—exclamaron padre e hija
a la vez con efusión.
—Las gracias a ustedes—contestó el señor Isidro—.
Bueno; pues ahora vengo con todo. Yo tengo la llave del corral, y aquí no entra[Pg 128] nadie... Y, paciencia, que las cosas del
mundo conforme sean se toman.
El señor Isidro salió del corralillo, y María y
Aracil se hicieron lenguas de la nobleza de este hombre. Ciertamente, su cara
no indicaba, ni mucho menos, su bondad; tenía un tipo de facineroso para dar
miedo a cualquiera. Estaba curtido por el sol, y gastaba bigote y patillas de
boca de hacha, ya grises. Llevaba sombrero blanco, traje de pana y polainas.
Volvió el señor Isidro al poco rato, y en varios
viajes llevó lo que necesitaban los fugitivos, y encendió fuego.
—Ahora, lo que deben ustedes hacer es dormir. Y
tranquilidad, que no dan con ustedes ni con podencos. Yo echaré un vistazo a la
comida, y ustedes a descansar.
Y el guarda tomó una escalera de mano y la apoyó en
la pared de una casucha encalada que había en el fondo del corralillo. Aracil y
María subieron por ella y entraron por una ventana en el pajar. Ninguno de los
dos pudo dormir en paz. Aracil se despertaba a cada momento, hablando; María
soñó que estaba en un pueblo ceniciento, en donde todo el mundo huía sin saber
de qué, y, de cuando en cuando, en alguna calle o plazoleta, había un hombre
cantando una canción, y la canción era siempre la misma: el tango oído por ella
en el merendero.
XI.
LO QUE DIJERON LOS PERIÓDICOS
La vida en aquel rincón fué para los dos fugitivos
muy extraña y distinta de la normal. Se levantaban de madrugada, cuando oían al
señor Isidro llamando a sus gallinas, y desde aquellas horas comenzaba para
ellos una serie de operaciones que les distraía.
Por la mañana, Aracil, con una paciencia inaudita,
machacaba entre dos piedras granos de cebada y avena, y con la especie de
harina gruesa que quedaba hacía una pasta, que les servía, como un puré, para
el desayuno. Después, sólo con el cuidado de hacer hervir la olla se pasaban
toda la mañana.
María se entretuvo en quitar las iniciales a la
poca ropa blanca que llevaban encima. Una de las preocupaciones del doctor
Aracil fué la de curtirse al sol para quedar más desconocido; tenían padre e
hija la cara blanca de los que no andan a la intemperie, y todos los días los
dos se pasaban largos ratos al sol, para ir ennegreciendo.
Entre la comida, el tomar el sol y discutir
proyectos de fuga, tuvieron, al principio, ocupación bastante.
El segundo día, el señor Isidro les dejó por la
mañana un periódico. Lo leyeron, y renovó en ellos las tristezas y las
angustias. No habían cogido todavía a Brull, y se perseguía como cómplice al
doctor.
Las noticias más interesantes para Aracil
publicadas por los diarios eran éstas:
«En casa del doctor Aracil.
»Esta mañana se ha presentado un inspector de
policía en casa del doctor don Enrique Aracil, pues está plenamente demostrado
que el doctor era amigo del anarquista Brull. Se ha llamado repetidas veces en
casa del señor Aracil, y, viendo que nadie contestaba, ha habido que buscar un
cerrajero para que abriese la puerta. En la casa no había nadie. Interrogada la
portera, ha dicho que vió salir al doctor Aracil a eso de las seis de la tarde
del día del atentado. Se le preguntó si no le pareció extraño el ver la casa
cerrada, y dijo que no, porque muy frecuentemente el doctor Aracil y su hija
salían de Madrid sin avisar a nadie. Mientras el inspector hablaba con la
portera, una muchacha, sirviente en un cuarto del mismo piso en donde vive el
señor Aracil, ha dicho que ayer oyeron en la habitación del doctor el ruido de
una fuente que corría. Preguntó a una de las criadas del señor Aracil: «¿Están
tus[Pg 131] señoritos?» Y ella dijo: «No». «Pues he
oído el ruido de la fuente».
»Por el examen de la casa y por la declaración de
esta muchacha, hay motivos para creer que Nilo Brull estuvo en casa del doctor
Aracil, y que después los dos, juntos o separados, han huído.»
«El cochero que condujo al doctor Aracil.
»Se ha presentado el cochero del coche número 1.329
en el Juzgado de Palacio. Ha declarado que llevó a un hombre de las señas de
Aracil, elegante, de barba negra, con anteojos, gabán al brazo, desde la calle
de Fuencarral a la del Prado.»
«La familia de Aracil.
»Don Venancio Arce, ingeniero de minas, llamado por
el juez del distrito de Palacio, ha dicho que su sobrina María Aracil estuvo el
día del atentado en su casa, y que fué a visitar a una hija del ingeniero,
enferma del sarampión. El señor Arce cree que su pariente Aracil conocía a
Brull; pero que se puede tener la seguridad absoluta de que el doctor no tiene
participación en el atentado. Pensar otra cosa le parece una locura.
»Doña Belén Arrillaga dijo que su sobrina María,
hija del doctor Aracil, estuvo en su casa el día del atentado, desde las tres a
las[Pg 132] siete de la tarde, hora en que fué a
recogerla su padre.»
«Sor María, del Hospital General.
»Sor María, de la sala de enfermos que está a cargo
del doctor Aracil, ha declarado que la tarde del atentado vió entrar al doctor
con una mujer. Le hizo la hermana una pregunta a Aracil respecto al tratamiento
de un nefrítico, y luego no le vió más. Un mozo del hospital vió salir al
doctor Aracil, con su hija, a eso de las siete o siete y media de la noche;
habló un momento con ellos, pero el doctor no tenía ganas de conversación.
»Desde este momento nadie ha visto al doctor Aracil
y a su hija.»
«Señas de los anarquistas.
»Se han dado órdenes telegráficas a las estaciones
de todas las líneas con las señas de Nilo Brull, del doctor Aracil y de su
hija. Se duda que consigan salir de España.»
«El doctor Aracil.
»El doctor Aracil tiene cuarenta y dos años, es de
mediana estatura, delgado, de barba negra. El doctor es médico del Hospital
General, y goza de justa fama. Su clientela, numerosa,[Pg
133] no es mayor, según dicen, porque él mismo no la cultiva. Es uno
de los médicos más ilustres e inteligentes de Madrid. Su hija María es una
linda muchacha de diez y ocho años, muy conocida en la sociedad madrileña.
»Los amigos del doctor Aracil afirman que es un
absurdo suponer que el doctor tenga complicidad en el atentado Brull. Sin
embargo, parece confirmarse que Aracil se hallaba relacionado con los
anarquistas, a quienes favorecía con su influencia y su dinero.»
«Una rusa.
»Se dice que una señorita rusa, afiliada al
terrorismo, en compañía de un significado anarquista de Barcelona, que ha
desaparecido, y de Brull, estuvieron en casa del doctor Aracil conferenciando
con él. Por algunas personas se asegura que el doctor Aracil ha sido el
inductor de este atentado, y que Brull ha obrado sólo como un instrumento.»
Cuando Aracil leía estas noticias, en el rincón de
la Casa de Campo, se estremecía de terror.
—La verdad es que esto—pensaba—parece una
pesadilla, un sueño de fiebre.
Al cuarto día, la excitación que reflejaban los
periódicos iba en aumento. Se detuvo a un italiano, tomándolo como anarquista,
y estuvo a punto de ser linchado, pero demostró claramente su inocencia. Ni el
criminal, ni el encu[Pg 134]bridor parecían. En los
periódicos, Aracil tomaba una personalidad siniestra; se le quería complicar en
la bomba de París y en las de Barcelona, y se suponía que era el jefe de una
asociación terrorista. Desde Londres enviaron a Madrid una información folletinesca
de lo más absurdo posible. Según esta información, en el Centro Anarquista
Internacional de Londres se había celebrado una gran reunión, en donde se había
discutido y aprobado la muerte de los reyes de España. Brull, que asistió a la
reunión, dijo que él, en compañía de un señor don José, iría a España a
dinamitar a los reyes. El relato tenía el aspecto de una filfa, y el fantástico
y anarquista señor don José parecía salido de la ópera Carmen, más
que de la realidad.
Para fin de fiesta, el doctor Iturrioz comenzó a
contar una de historias que acabaron de embarullar por completo el asunto.
Iturrioz habló de un millonario extranjero que protegía a su amigo Aracil, y
cuyo automóvil rojo había visto pasar a toda velocidad el mismo día del
atentado, y pintó tales misterios, siempre diciendo que no sabía nada, que no
tenía dato alguno, sino que suponía, pensaba, que puso en movimiento a toda la
policía y la lanzó sobre una serie de pistas falsas.
—¿Para qué hará eso Iturrioz?—preguntaba Aracil a
María.
—Para engañar a la policía, seguramente.
—Eso debe ser. Lo que a mí me preocupa es Brull.
¿Qué hace ese hombre?
Al quinto día, un periódico afirmó que Aracil[Pg 135] estaba ya en París, y la noticia le hizo
pensar al doctor.
—¿Qué te parece—le dijo a María—, si escribiera a
mi amigo Fournier para que diga que me han visto allí?
—Muy bien.
Escribió una nota Aracil, firmándola.
—¿Y si alguno del correo la ve?—preguntó María.
—No van a abrir las cartas.
—¡Fíate! Por si acaso, convendría no firmar. ¿No
podrías decir algo a tu amigo que le indicase que eras tú quien le escribías,
sin poner tu nombre?
—Sí; pondré esto: «El antiguo compañero del número
siete del hotel Médicis.»
—Sí, es lo mejor. También estaría bien ponerlo en
un idioma que no lo comprendiesen.
—Fournier sabe el inglés.
—Pues escribiré yo en inglés.
—Sí, es buena idea. Además, le voy a decir que haga
unas tarjetas con mi nombre y las deje en cuatro o cinco sitios.
Tradujo María la carta al inglés, la copió Aracil y
escribió ella el sobre. El señor Isidro echó la carta, con grandes
precauciones, comprando primero el sello, y luego pegándolo él mismo.
XII.
LA DESPEDIDA DE BRULL
Tres días después de enviada la carta, los
periódicos trajeron una noticia sensacional: la muerte de Brull. Una mañana, al
amanecer, se oyeron dos tiros en una casa de la calle de San Mateo. El sereno y
los guardias de servicio llamaron en la casa en donde se habían oído las
detonaciones; despertaron a la portera y reconocieron todos los cuartos. Ya se
iban a marchar, cuando uno de ellos vió que por debajo de la puerta de una
guardilla deshabitada salía un reguero de sangre. Descerrajada la puerta, los guardias
encontraron el cuerpo de Nilo Brull, que acababa de expirar. El anarquista se
había suicidado. Junto a él, en un cuaderno escrito con lápiz, encontraron los
guardias una carta de despedida del anarquista, que publicaron y comentaron los
periódicos.
Decía así:
«A los españoles.
»Momentos antes de morir, frío, tranquilo, con el
convencimiento de mi superioridad sobre vosotros, quiero hablaros.
»Durante toda mi vida, la sociedad me ha
perseguido, me ha acorralado como a una fiera. Siendo el mejor, he sido
considerado como el peor; siendo el primero, se me ha considerado como el
último.
»Daría los motivos de mi Gran Obra de Altruísmo, si
los españoles pudieran comprenderme; pero tengo la seguridad de que no me
comprenderán, de que no pueden comprenderme. Los esclavos no se explican al
rebelde, y vosotros sois esclavos, esclavos todos, hasta los que se creen
emancipados. Unos del rey, otros de la moral, otros de Dios, otros del
uniforme, otros de la ciencia, otros de Kant o de Velázquez.
»Todo es esclavitud y miseria.
»Yo sólo soy rebelde, soy el Rebelde por
excelencia. Mi rebeldía no procede de esas concepciones necias y vulgares de
los Reclus y de los Kropotkine.
»Yo voy más lejos, más lejos que las ideas.
»Yo estoy por encima de la justicia. Mi plan no es
mas que éste: empujar el mundo hacia el caos.
»He realizado mi Gran Obra solo. Quizá no lo crean
los imbéciles que suponen que los atentados anarquistas se realizan por
complot.
»Sí; he estado solo; solo frente al destino.
»Si hubiese tenido necesidad de un cómplice, no
hubiera llegado al fin. En España no hay un hombre con bastante corazón para
secundarme a mí. No hay dos como yo. Yo soy un león metido en un corral de
gallinas.
»Hubiese escrito con gusto un estudio acerca[Pg 139] de la psicología del anarquista de acción,
para dedicárselo a la Sociedad de Psicología de París, pasándome en
observaciones mías interesantísimas, pero no hay tiempo.
»Durante estos últimos meses tenía la idea vaga de
llevar a cabo mi Gran Obra. Cuando me convencí de la necesidad de ejecutarla,
mis vacilaciones desaparecieron y viví tranquilo, estudiando el momento y la
manera de conducirla al fin.
»Viví tranquilo, y la vida que me escamotearon los
demás la viví enérgicamente en el tiempo en que preparaba mi obra.
»¿Se puede comparar la intensidad extraordinaria de
mi vida con la existencia ridícula de los sibaritas de la antigua Roma o con la
no menos ridícula de los cortesanos de Versalles?
»Sólo en cualquier noche antes del atentado, cuando
tiraba desde el balcón una naranja, para ver dónde caía en la calle, y poder
precisar el modo de echar la bomba, tenía yo más emociones que todos ellos.
»Sí. Me he resarcido en grande.
»En el último momento, al tomar la bomba entre las
manos, y al inyectarle la nitrobencina, temblaba: «Tiembla, grande hombre, me
dije a mí mismo; tienes derecho a eso y a más.»
»¡Y cuando la lancé, rodeándola con flores! Al
estallar, creí que se me desgarraban las entrañas.
»Algo semejante debe sentir la mujer al parir. Yo
acababa también de dejar en el mundo algo vivo.
»Antes de mí, en España no había nada.[Pg 140] ¡Nada! Después de mi Gran Acto vivía ya un
ideal: la Anarquía. Yo lo acababa de echar al mundo en aquel momento terrible.
»Si hubiese posibilidad de comparación entre el
autor de un hecho individual obscuro y sin trascendencia y el autor de un
acontecimiento que habrá conmovido el mundo, diría que mi estado de automatismo
cerebral, desde que pensé mi Obra hasta que la realicé, era idéntico al de
Raskolnikof, en Crimen y Castigo, de Dostoievski.
»Creo que pocos hombres hubieran tenido mi
serenidad. En el momento terrible, cuando estaba en el balcón con la bomba en
la mano, vi en la calle unas cuantas muchachas que reían. Sin embargo, no
vacilé. Implacable como el Destino, las condené de antemano a la muerte. Era
necesario.
»He realizado mi Gran Obra y la he realizado solo y
con éxito.
»Creo que mi atentado es el más grande de cuantos
se han cometido. Todos los españoles, si no fueran cretinos, debieran
agradecerme, todos, el rey, porque he dignificado su cargo; la burguesía,
porque ante el peligro parece menos egoísta y vil; el pueblo, porque ha
aprendido de mí la forma más eficaz y más enérgica de la protesta.
»He tenido un instante de debilidad, es cierto, al
acogerme en casa del doctor Aracil. No me arrepiento. Este instante pasajero de
flaqueza me ha permitido tener, en el último momento, la conciencia de mi vida
y de la magnitud de mi obra.
»Me voy a hundir en la nada incrustándome una bala
en el corazón. Deshacer mi cerebro, disparar contra él, me parecería un
sacrilegio. Además, no lo podrían estudiar los médicos, y como este cerebro no
encontrarán muchos.
«Adiós.
Nilo Brull.»
Aracil, al leer esta carta, quedó pensativo.
La parte teatral, enfática, el bello gesto de
mediterráneo que había dejado Brull, le producía cierta envidia.
—La verdad es que era todo un hombre—murmuró.
Luego, volviendo sobre su sentimiento, pensó en la
fuerza de ilusión que tiene el hombre para convertir las acideces de su
estómago y las irritaciones del hígado en motivos idealistas y metafísicos...
Se pudo seguir el camino llevado por el anarquista,
saltando tejados desde el cuarto de la casa del doctor Aracil, hasta allí.
Ya resuelto el desenlace del actor principal del
drama, aunque no a satisfacción de la justicia ni del público, los periódicos
comenzaron a zaherir y a burlarse de la policía y del Gobierno porque no
lograba coger a Aracil.
Algunos aseguraban que el doctor había salido de
España en automóvil, en el célebre automóvil rojo del millonario, visto por
Iturrioz; otros, que en el tren, disfrazado; pero la mayoría opinaba que el
doctor y su hija se hallaban escondidos en Madrid.
En esto, a los cinco días de enviar Aracil la carta
a su amigo de París, trajeron los periódicos la siguiente noticia con letras
grandes: «El doctor Aracil en París», y a continuación una serie de telegramas.
El doctor había estado en la redacción de El
Intransigente a saludar a Rochefort, y en su conversación con uno de
los redactores de dicho periódico había dicho que Nilo Brull, sin duda se
dirigió a su casa a pedirle protección por ser su amigo. El doctor no podía
desampararle ni protegerle, y había optado por abandonarle la casa. Aracil
había pasado la frontera en el automóvil de un amigo y se disponía a marchar a
América, pero no tenía inconveniente en volver a España, cuando se calmara la
efervescencia del momento, para probar su absoluta inocencia. Aracil había
estado en casa de los corresponsales de los periódicos madrileños en París,
dejando su tarjeta.
La campaña estuvo lo bastante bien hecha para que
nadie dudara. Se intentó averiguar quién había salvado al doctor, pero no se
puso nada en claro.
Se discutió la cuestión de la extradición de
Aracil, y a los cuatro o cinco días los periódicos comenzaron a dar este asunto
por terminado.
La Epoca dijo: «Los anarquistas pueden estar
satisfechos; han dado la batalla sin pérdidas por su parte».
XIII.
LA PARTIDA
A las dos semanas de encierro, Aracil se sentía
aplanado por la soledad y el silencio.
—Creo que debíamos marcharnos ya—dijo Aracil a su
hija, después de pensarlo varios días—. Isidro no puede vivir en paz
teniéndonos a nosotros aquí.
—¿Por qué?
—Porque ya es molestar demasiado.
—No; es algo más que molestar. Pero a Isidro no le
importa. Por él podemos estar aquí un año si queremos.
Y era verdad. El guarda tenía una abnegación
extraordinaria. El devolver el beneficio al doctor Aracil, que le había curado
su hija, le producía tal júbilo, que rebosaba de contento.
A pesar de esto, Aracil quería marcharse; se sentía
abatido, achicado de encontrarse solo, y necesitaba verse entre gente, en un
sitio donde poder hablar y lucirse.
María era partidaria de pasar allí todavía un par
de meses y luego marcharse en el tren, sin tomar precaución alguna; pero Aracil
confesó que no podía más, que estar metido en aquel rincón le era insoportable.
—Bueno, pues nos iremos—dijo María.
Decidieron la marcha. Lo más prudente era que
Aracil fuese solo, aprovechando trenes de ferias, y que esperase a María en la
frontera; pero el doctor aseguró que temía la soledad, pues era capaz de hacer
cualquier tontería. Yendo juntos era una locura tomar el tren, estando todavía
tan reciente el atentado y las órdenes dadas a la policía. Lo mejor era ir a
caballo. De acuerdo padre e hija en este punto, discutieron por dónde
intentarían salir de España. Aracil creía lo más sencillo encaminarse directamente
a Francia. María encontraba mejor marchar a Portugal.
—En primer término, el viaje es más corto—dijo
ella—; luego, la que hay que cruzar es tierra más despoblada y seguramente
camino menos vigilado.
María había oído hablar de este viaje varias veces
a su primo Venancio. Consultaron con Isidro, y éste fué partidario de la marcha
por Portugal.
—Nada; pues vamos por Portugal—dijo el doctor.
Se comenzaron a hacer los preparativos; Isidro
compró dos caballejos baratos y los dejó en una cuadra de un amigo suyo de las
Ventas de Alcorcón. Trajo ropas de campesino usadas; para Aracil una especie de
marsellés, faja[Pg 145] y pantalones de pana, y un
refajo y una chaqueta para María.
María cosió unos cuantos billetes de Banco, el
capital con que contaban, en el forro de la americana de su padre después de
haberlos envuelto en un trozo de hule, y se quedaron con unos duros y unas
pesetas sueltas para el camino.
El señor Isidro enseñó a Aracil, en un borrico que
tenía, la manera de echarle las albardillas y ponerle la cincha y el ataharre.
Luego compró el guarda una manta y una alforja, en donde metió unas cuantas
libras de chocolate, un queso, una bota y pan, por si algunos días no
encontraban comida en el camino. María le mandó comprar una tetera, un bote de
té y una maquinilla de alcohol.
El señor Isidro se agenció un plano de España, y,
por último, le dió al doctor su cédula y sus papeles.
—Usted se llama como yo, Isidro García; es usted
guarda de la Casa de Campo y va usted con su hija a San Martín de
Valdeiglesias. Desde San Martín dicen ustedes que han ido hasta allá en tren, y
que van a la Vera de Plasencia.
Hicieron una lista de los pueblos por los que
tenían que cruzar, y ya decididos, fijo el día de salida y dispuesto todo, a
media noche se presentó el señor Isidro, les hizo salir de su encierro, y los
tres, cargados con una porción de cosas, y por entre las matas, cruzaron gran
parte de la Casa de Campo hasta un lugar frontero a la aldea de Aravaca.
Al llegar a este punto, Isidro cogió una escalera
de mano y la apoyó en la tapia. Subió, miró a derecha e izquierda, y dijo:
—¡Hala! Vengan ustedes.
Subieron María y Aracil. La tapia, por el otro
lado, apenas levantaba un metro del suelo; así que de un brinco quedaron fuera.
—Ahora sigan ustedes bordeando esta tapia—dijo el
señor Isidro—; yo voy a adelantarme para traerles a ustedes los caballos.
El guarda desapareció en un instante; Aracil y
María continuaron solos. La noche estaba negra; en el suelo, mojado por la
lluvia, se hundían los pies. No se cruzaron con nadie. Clareaba ya el alba
cuando llegaron a las Ventas de Alcorcón.
En la carretera les esperaba el guarda, teniendo de
la brida a los dos caballos.
—¡Ea, vamos allá!—dijo el señor Isidro. La yegua de
usted, don Enrique, se llama Montesina, y el jaco de la
señorita, Galán. Hábleles usted, porque estos animales obedecen
muchas veces mejor a la palabra que al palo.
Prometió hacerlo así Aracil. El guarda ayudó a
montar a padre e hija, dió una varita a cada uno de ellos, les estrechó la mano
afectuosamente, y les dijo:
—¡Vaya, filando! Adiós, y buena suerte.
XIV.
SE ALEJAN DE MADRID
El doctor y María comenzaron a marchar por la
carretera hacia el Campamento de Carabanchel. Iba haciéndose de día. Madrid se
destacaba sobre un fondo rojo de llamas; salía el sol por encima de la ciudad,
y a poniente el cielo azul obscuro se velaba con nieblas blancas.
Se cruzaron Aracil y María con gran número de
traperos, en sus carros, y lecheros que trotaban en pequeños caballejos peludos
camino de Madrid.
No habían hecho mas que pasar del campamento,
cuando la yegua de Aracil, comprendiendo, sin duda, la falta de condiciones
ecuestres del jinete, se paró, sin querer andar más.
—¡Vamos, Montesina! ¡Vamos!—le dijo el
doctor varias veces:
Todos los razonamientos suaves y persuasivos fueron
inútiles. Era la yegua endiablada y terca, y parecía clavada en tierra; el
doctor[Pg 148] bajó del caballo, para hacerle andar
tirándole del ronzal, pero no consiguió nada. Así estuvieron cerca de una hora,
cuando un chiquillo que venía caballero en un rocín, encaramado entre cántaros
de leche, se paró y dijo:
—¿Qué, no quiere andar?
—No.
El chico bajó de su caballo y le dijo al doctor:
—Suba usted, ya verá usted cómo anda.
Aracil subió; el muchacho cogió la vara con las dos
manos y le arrimó un estacazo a la yegua, que le hizo tomar por aquella
carretera un trote cochinero. Aracil se agarró a la albardilla, y estuvo a
punto de caerse, pero consiguió guardar el equilibrio.
El pobre animal, con el recuerdo del garrotazo, ya
no volvió a pararse. Llegaron al mediodía a Alcorcón, y, como no querían
preguntar nada a la gente, por no infundir sospechas, tomaron, por inspiración
de Aracil, el camino de Móstoles, en vez del de Villaviciosa.
Ya llegaban al pueblo del célebre alcalde que
declaró la guerra a Napoleón, cuando encontraron un mendigo desharrapado, de
barba negra y mirada huraña.
—¿Es este pueblo Villaviciosa, buen
hombre?—preguntó Aracil.
—No. Éste es Móstoles. Para coger el camino de
Villaviciosa tienen ustedes que volver a Alcorcón y tomar la carretera de la
izquierda, que parte de enfrente de unos alfares.
Volvieron grupas hasta encontrar el camino, y por
la tarde pasaron por delante de Villavi[Pg 149]ciosa.
Comieron pan y chocolate, y, como estaban molidos y cansados por la falta de
sueño de la noche anterior y por la falta de costumbre de montar, subieron, con
los caballos de las riendas, a un bosquecillo de robles e hicieron allí alto.
Aracil ató las caballerías a un árbol y después fué a buscar agua con una
botella a un riachuelo que corría en el fondo de un barranco. Mientrastanto,
María encendió una hermosa hoguera con ramas secas; y, cuando vino su padre,
los dos se tendieron cerca del fuego, envueltos en la manta. Por la mañana se
despertaron, ateridos de frío; María revolvió las cenizas de la hoguera y
encendió un poco de lumbre. Calentó agua e hizo té, y estaban tomándolo cuando
vieron, con gran susto, saliendo de entre la espesura, un hombre embozado en un
tapabocas, con una escopeta en la mano.
—¿Qué hay?—le preguntó Aracil temblando.
—¿Qué hacen ustedes aquí?
—Vamos a San Martín, y hemos descansado un rato.
—¿Son ustedes de Madrid?
—Sí. Yo soy guarda de la Casa de Campo.
—¡Ah! ¡Demonio! Tiene usted buen carguito.
—¡Psch!
—¡Ya lo creo!
—Y ¿por qué venía usted con tantas
precauciones?—preguntó el doctor.
—Es que cuando he visto fuego, he pensado si serían
ustedes húngaros. Y cuando veo esa gente voy preparado. Por si acaso. Porque a
mí no me engaña ningún chato.
—Pues de chatos no tenemos nada, compadre—dijo
Aracil, más tranquilo.
—Ya lo veo. Qué, ¿me quiere usted comprar una
liebre, compañero?—preguntó el guarda.
—Según como sea.
—Ahí la tengo, en una casa de aquí cerca.
El guarda de Villaviciosa bajó los dos caballos a
la carretera, luego ayudó a montar a María, y, hablándola de tú, le dedicó
algunas galanterías montaraces.
Anduvieron un cuarto de hora los tres juntos hasta
llegar a una casucha, en donde el guarda entró, y salió luego con una liebre en
la mano.
—¿Cuánto es?—dijo Aracil.
—Dos pesetas.
—Es cara.
—¡Como ustedes la tienen de balde! En fin, se la
daré a usted por seis reales.
Pagó Aracil.
—¿Pasarán ustedes pronto por aquí?—preguntó el
guarda.
—Dentro de tres o cuatro días.
—Pues, adiós. ¡Adiós, chica!
—¡Adiós, tú!—dijo, con desenfado, María. Luego le
preguntó a su padre—: ¿Por qué le has dicho que la liebre es cara, si es
baratísima?
—Para que no sospeche que uno no es
aldeano—contestó Aracil irónicamente—. Cuanto más roñoso, más carácter tiene
uno de campesino.
—Sí, es verdad.
Pasaron varios automóviles por la carretera,[Pg 151] levantando nubes de polvo y dejando una peste
de petróleo.
—Esta es la riqueza española—murmuró el doctor—; no
sirve mas que para ensuciarnos y dejar mal olor en el camino.
Al mediodía, Aracil y su hija se acercaron a
Brunete: lo perdieron pronto de vista y siguieron adelante, hasta detenerse en
un ventorro, llamado de Los dos Caminos, levantado en un alto y en el cruce de
dos carreteras.
Era la venta una casuca baja, de tejado terrero,
colocada en un lugar solitario y triste. Aracil lo diputó seguro y tranquilo
para ellos. Con el ensayo de la noche anterior, le pareció muy peligroso
quedarse en el campo. Llamó a la ventera, le dió la liebre, encargándole que la
guisara, y pidió paja y cebada para las caballerías.
Se calentaron padre e hija al amor de la lumbre, y
ya confortados salieron al raso de la venta y se sentaron en un banco de
piedra. El campo era allí desolado y yermo. El anochecer fué muy triste. Algún
carromato pasó despacio, dando barquinazos por la carretera. El aire estaba
frío, y silbaba el viento con violencia por aquellos descampados.
Ya de noche, llegó el ventorrillero seguido de su
perro, y se sentó a la lumbre; la mujer sacó la liebre, guisada con arroz, en
una cazuela, y Aracil y María comieron con gran apetito. Los chicos del
ventorro les miraban comer con cara de golosina, y apiadada María de ellos, les
dejó una buena ración, que devoraron con verdadera ansia.
Estaba María calentando agua para el te, cuando se
presentaron dos guardas de uniforme. Eran de la finca de un ricacho de Brunete,
y se daban tono de autoridades; llevaba cada uno su escopeta y su canana llena
de cartuchos. Tomaron los guardas unas copas, charlaron un rato, y se fueron.
—Todos estos son unos matones—dijo el ventero,
señalándolos.
—Sí, ¿eh?
—El que no es algo peor.
—¿Son mala gente esos guardas?
—Muy mala.
—El ventero cerró la puerta de la casa y luego
estuvo contando a Aracil escenas de la guerra carlista, en la que había tomado
parte como soldado. María dormitaba, y el ventero, comprendiendo el cansancio
de sus huéspedes, tomó el farol y les acompañó al pajar.
El viento gemía en el silencio de la noche.
Se quitaron padre e hija las botas, metieron los
pies entre la paja, se tendieron a lo largo, cubiertos con la manta, y quedaron
dormidos.
XV.
SAN JUAN DE LOS PASTORES
A la mañana siguiente, cuando salieron del ventorro
de Los dos Caminos, amanecía. El cielo, bajo y gris, se disolvía en una lluvia
fina y tenue. A la hora de salir de la venta, la llovizna se convirtió en
chaparrón, y Aracil y María se guarecieron debajo de un puente echado sobre un
arroyo.
Al acercarse a la orilla a cobijarse bajo el puente
se encontraron con dos hombres de aspecto vagabundo, que descansaban sentados
en la arena.
Les saludó Aracil, contestaron ellos con
indiferencia al saludo, y, reunidos, esperaron a que escampara la lluvia. En
esto aparecieron en la orilla del río los dos guardas que habían estado la
noche anterior en el ventorro de Los dos Caminos, y uno de ellos, dirigiéndose
a los vagabundos, les dijo:
—¡Hala! Fuera de aquí.
—Las orillas de los ríos no tienen dueño—murmuró el
viejo, con acento irritado.
—Pues esto es de mi amo—replicó el guarda—, y haga
usted el favor de marcharse de aquí.
—Así se trata a la gente honrada—exclamó el viejo
con tono enfático—. Así va España. Pues sepa usted que yo, a pesar de venir a
recogerme debajo del puente, soy un hombre conocido, sí, señor, y hasta
ilustre...; soy Musiú Roberto del Castillo.
—¿Y a mí qué me cuenta usted?—dijo el guarda, con
una grosería bestial—. Basta de conversación, y fuera de aquí.
—Bueno; ahuecando—dijo el pequeño.
Los dos vagabundos se levantaron; el uno tomó su
zurrón y el otro un fardel de lienzo en la mano, y salieron de debajo del
puente y echaron a andar en medio de la lluvia.
—¿No se puede estar aquí?—preguntó Aracil con voz
agria.
—Sí, ustedes pueden quedarse.
Aracil no quería deber ningún favor a aquella gente
grosera y despótica, y cuando el chaparrón amenguó un poco, sacó los caballos
de la orilla del arroyo, ayudó a montar a María y se pusieron los dos en
camino.
—¡Qué canallas!—exclamó Aracil—. ¡Qué ganas tiene
todo el mundo de ser déspota! ¿Eh?
—Sí. Es una cosa antipática.
—Si yo fuera como esa gente pobre, todos los días
tiraría una tapia y mataría un guarda. Al cabo de diez años de este sistema la
tierra sería de todos.
—Aracil empezaba a sentirse bravucón. Ha[Pg 155]blando de estas cosas iban al paso, cuando notaron
que comenzaba a variar y a elevarse el suelo. Entraban en terreno más agrio y
riscoso. A un lado y a otro se veían enormes peñascos de granito, algunos
colocados sobre otros, como grandes dólmenes. Iba tomando el campo aire de
sierra. En la dirección de Madrid se veía una inmensa planicie; había salido el
sol entre nubes y refulgía su luz en los campos verdes, y se destacaban las
hondonadas en sombra, como pinceladas obscuras.
Estaban contemplando la vasta llanura cuando por
una senda llegaron a la carretera los dos vagabundos del puente. El viejo
vestía un levitón largo, una gorra y una bufanda, lo que le daba un aspecto
extravagante para andar por el campo; el otro, bajito, afeitado, con una barba
de diez o doce días, llevaba una chaqueta raída, un pantalón azul de mecánico,
un gorro redondo, que antes debió de pertenecer a un soldado de caballería,
alpargatas blancas y un fardelillo en la mano.
—Qué brutos han estado esos guardas con
ustedes—dijo Aracil—; no tenían derecho a echar a nadie de allí.
—Aquí no importa nada tener derecho o no—dijo
vivamente el viejo, con acento extraño.
—¿Van ustedes lejos?—preguntó Aracil.
—A la feria de La Adrada—contestó el pequeño—. Este
señor es francés, y va luego a Portugal a embarcarse para América.
—|Ah! Es francés.
María creyó que su padre tenía ganas de en[Pg 156]trar en conversación con aquel hombre, y, por lo
bajo, murmuró:
—Papá.
—¿Que?
—No hables en francés con este hombre.
—Aracil miró a su hija, extrañado, viendo que había
comprendido su intención, y luego, dirigiéndose al viejo, le preguntó:
—¿De manera que es usted francés?
—No, señor; soy español, vendo específicos; pero,
como he estado mucho tiempo en Argelia, me llaman todos Musiú Roberto del
Castillo, o el Musiú.
—Y ¿qué específicos vende usted?
—Todos de mi invención. Tengo un elixir para las
tenias.
—Hombre, ¿y de qué se compone?—preguntó Aracil, en
tono de chunga.
—Aunque se lo dijera no lo comprendería usted, buen
hombre.
El doctor botó en la silla; hubiese entablado una
discusión con el inventor del elixir, para reírse de él, pero tuvo prudencia, y
dejó que el Musiú lo tomará por un palurdo y lo despreciara.
—También tengo unos polvos para el cáncer—agregó el
inventor.
—Quizá de arsénico—repuso Aracil.
—¡Ca! Hombre, no diga usted disparates—y el Musiú se
echó a reír a carcajadas—. El arsénico es un veneno, hombre.
—Pero un veneno puede ser medicina—argulló Aracil.
—¡Calle usted, hombre! ¡Calle usted!—repli[Pg 157]có el Musiú—; vale más que no hable
usted de lo que no entiende.
Aracil, picado con las contestaciones del viejo, se
dirigió al joven, y le dijo:
—La verdad es que esos guardas son muy brutos y no
saben tratar a la gente.
—Pues éstos son canela fina al lado de algunos
otros.
—¿Hay otros más brutos todavía?
—¡Uf! ¡Ya lo creo! Ya ve usted, yo soy el Ninchi;
no sé si habrá usted oído mi nombre en los periódicos, porque me han llevado
algunas veces de quincena por blasfemo. Pues bien: hace un año me pescaron unos
guardas subido a una tapia cogiendo fruta, y me dieron una paliza de órdago. Ya
ve usted, me han dejado manco—y el Ninchi mostró el brazo
anquilosado e inútil.
—Y, ahora, ¿no podrá usted hacer nada?—preguntó
María.
—Nada. No sé cómo no me mataron. ¡Me dieron una de
palos! Verdad es que yo soy más fuerte de lo que parezco.
—Pero es una salvajada—dijo Aracil.
—Así va España; así va esta desgraciada
nación—saltó diciendo Musiú Roberto del Castillo.
—El Musiú es un sabio—dijo
el Ninchi, con ironía; luego añadió—: Si nos dieran ustedes unas
perras para tomar algo aquí—y señaló un ventorrillo—, nos harían un favor.
Aracil le dió unos cuartos al Ninchi, y
éste y el Musiú quedaron en el ventorro, y el doctor y su hija
siguieron su camino.
Arreciaba la lluvia, y los viajeros se desviaron de
la carretera, y se encaminaron, por una senda, a un pueblo que se veía a poca
distancia.
—¿Qué pueblo es éste?—preguntó Aracil a un
zagalillo, que volvía con unas cabras.
—Chapinería.
Llegaron a la posada y entraron en la cocina. La
ventera, una mujer gorda, embarazada, de mal genio, hablaba con una comadre,
sin mirarle a la cara. Aracil y su hija se secaron a la lumbre y pidieron de
comer. La posadera, con muy mal gesto, les hizo la comida, consistente en un
guisado de patatas, y comieron al mismo tiempo que un zapatero remendón y
vagabundo, que andaba de pueblo en pueblo echando medias suelas.
En esto entró en la cocina un hombre charlatán y
sabihondo, algún notable del pueblo, y, a las primeras de cambio, dijo con
orgullo que era masón y socialista. El hombre, curioso como un diablo, después
de interrogar al zapatero, quiso seguir su interrogatorio con Aracil, pero éste
le contestó secamente que era guarda de la Casa de Campo, y que iban de viaje.
Después, aunque seguía lloviendo, advirtió a María
que iban a continuar.
El charlatán masón y socialista dijo, para que le
oyeran, que todos los guardas de las posesiones reales tenían más orgullo que
don Rodrigo en la horca, y Aracil, haciéndose el ofendido, pagó la cuenta y
salió de la posada.
Dejaron Chapinería, volvieron a tomar la carretera
y cruzaron por un pueblecillo bas[Pg 159]tante bonito,
llamado Navas del Rey. A la salida del pueblo, un soldado joven de la Guardia
civil les saludó amablemente, y quedó contemplando a María con gran entusiasmo.
—¡Has hecho estragos en la benemérita!—dijo Aracil,
irónicamente, a su hija.
—Sí; me parece que sí—contestó ella, riendo.
Comenzaron a bajar una gran cuesta, entre dos
vertientes cubiertas de pinares. El cielo, violáceo en una zona y plomizo en
otra, se presentaba amenazador; las masas de pinos se ensanchaban sombrías y
negruzcas en las laderas del monte. Por la carretera, cubierta de pinocha,
pasaba alguno que otro carro de bueyes, cargado de maderas; una nube pizarrosa
se extendió por el cielo. Comenzó a llover; el camino se puso resbaladizo y
peligroso; luego, el tiempo se cerró definitivamente.
Bajaron despacio la cuesta, que trazaba varias
curvas en espiral, hasta llegar, ya caída la tarde, a un ventorro largo y
estrecho, construído con piedras gruesas, que se levantaba junto a un arroyo.
El ventorro se llamaba de San Juan de los Pastores.
Dejaron Aracil y su hija los caballos, y se
metieron en la cocina, al lado del fuego, que despedía un humazo que impregnaba
las ropas y hacía llorar. Un zagal, con los pies desnudos, renovó unas rajuelas
de tea que ardían en una hornacina labrada en la pared, de piedra, y la luz se
extendió más fuerte por la negra cocina.
Se habían acogido en el ventorro unos cuan[Pg 160]tos pastores trashumantes, y María y Aracil los
estuvieron contemplando. Uno de ellos era un tipo flaco, aguileño, con aire
triste de antiguo siervo. Venía de Extremadura con su rebaño, y marchaba a
Castilla.
Llevaba como zagal a su hijo, un chiquillo
enfermizo, rubio y delgado, con un tipo de príncipe. Éstos dos pastores
melancólicos, los dos montañeses, con sus ojos azules claros y su porte
soñador, aristocrático, se distinguían en medio de los otros, plebe de la
llanura, de nariz chata y pómulos salientes.
Entrada la noche, se presentó el ventero con cuatro
guardianes de los pinares. El ventero era de Torrelodones, alto, jaquetón, de
bigote negro. Le llamaban el Mellado; hablaba en un tono muy
chusco, entre desdeñoso y agresivo, y decía a cada paso: «¡Mardita sea la
pena!» El Mellado era hablador, y dijo que había sido amigo
de Frascuelo, por lo cual ya creía que entendía más de toros que
nadie. Los guardianes también tenían su opinión en cuestiones de tauromaquia, y
hubo entre ellos y el Mellado una larguísima discusión acerca
de todos los maletas y novilleros de Madrid; se hicieron cábalas acerca del
porvenir de estos futuros toreadores, y María tuvo el gusto de oír por primera
vez el nombre del Polaca, del Mondonguito, del Guaja
Chico, del Patata y de otra porción de superhombres
desconocidos para ella.
Por si uno de estos era mejor que otro se entabló
una agria discusión entre el Mellado y uno de los guardianes,
y éste se permitió decir al ventero que era un blanco.
—A mí no me dice eso nadie—gritó el Mellado,
con tono trágico—, porque por menos que eso mato yo a un hombre.
—¡Qué has de matar tú! ¡Boceras!—saltó la mujer—.
Anda, que hay que ver si se encuentra sitio para el rebaño de estos pastores.
El Mellado no debía ser tan fiero
como quería dar a entender, pues, dejando la discusión, salió de la cocina con
el farol, y volvió al poco rato.
Después de comer, el ventero brindó con el pajar a
María y al doctor, y él, con los guardianes de los pinos, se dedicó a jugar a
la brisca y a seguir hablando de toros.
María y Aracil se tendieron en el pajar. Había
ratas allí y se las oía correr por el suelo. María, asustada, temía que algún
animal de aquellos le mordiera. Desvelada con tal preocupación, estuvo con los
ojos abiertos, pensando en las mil peripecias que todavía les reservaría el
viaje, y después de cavilar mucho se quedó dormida.
XVI.
LA VENTA DEL HAMBRE
Por la mañana, con un día obscuro y nublado,
salieron del ventorro. Cruzaron una aldea llamada Pelayos, pasaron por San
Martín de Valdeiglesias, y a la salida de este pueblo comenzó a llover.
Se les reunió en la carretera un viejo campesino,
que iba con un burro cargado con dos sacos de trigo. Tenía este viejo la cara
llena de grietas, que parecían surcadas en madera, y hablaba en un castellano
arcaico, empleando unos giros desusados y unas palabras extrañas. Aracil y
María se entretuvieron en hacerle preguntas y ver cómo las contestaba.
A la hora de salir de San Martín, el viejo se
desvió para tomar el atajo de un molino.
—¿No hay por aquí una venta?—le dijo Aracil.
—Sí; ahí mediata la tienen—contestó el viejo—; si
toman por el atajillo, más aína la encontrarán.
Celebraron padre e hija la indicación, e iban de
prisa, aguantando la lluvia, cuando vieron una casa medio derrumbada, oculta
entre unos[Pg 164] chaparros, cuya chimenea
arrojaba al aire un vaho débil de humo. El campo que a la casa rodeaba era
yermo y adusto; sólo un ermitaño o un asceta hubiera podido escoger aquel
páramo para vivir en él.
Llamaron en la casa, y Aracil preguntó si les
podían dar hospedaje y comida. Una vieja de negro, escuálida y amarillenta,
hizo un gesto de resignación, indicándoles que pasaran, y un mozo flaco y
espiritado, tomó de las riendas las caballerías y las llevó a la cuadra.
Pidió Aracil algo con qué matar el hambre, y no
había mas que pan seco; encargó al mozo que echara un pienso a las caballerías,
y el mozo dijo que les daría hierba, a ver si querían comer, pues no había paja
ni cebada. Aquella venta era la Venta del Hambre. Aracil y María entraron en la
cuadra y vieron que los pesebres estaban limpios. Sacaron los caballos al
campo, y al anochecer se les volvió a llevar a la cuadra.
Estuvieron padre e hija aburridos, paseando arriba
y abajo por la cocina. En un cuarto próximo, que tenía los honores de sala,
había un espejo envuelto en una gasa azul, llena de moscas muertas, y dos
viejas litografías, una de Malek Adel, el héroe de madama Cottin, llevando a
caballo a su dama, y la otra de Poniatowski, en el momento de meterse a caballo
en el río.
—Es raro—dijo María—que hayan llegado estas cosas a
rincones tan apartados.
—Sí, es raro.
—Y lo moderno, en cambio, no llega—añadió ella.
—Eso no es chocante—repuso Aracil—. Hoy la vida es
industrial, y el mundo civilizado, en vez de enviar a las aldeas litografías de
un héroe verdadero o falso, envía una máquina de coser.
Charlaron padre e hija de una porción de cosas.
Pidieron de comer varias veces, y después de rogada mucho, el ama hizo unas
sopas de ajo para los huéspedes, y les trajo una cosa negra y fría, que parecía
hígado, y una jarra de vino. Aracil notó que no había gato ni perro en la casa.
El plato de la cosa negra, que no quisieron comer
Aracil y su hija, la vieja lo retiró y lo guardó en un armario, con gran
aflicción de todos los individuos de la familia.
Luego, la vieja, con sus tres hijas vestidas de
negro, dos ya mayores, y una muchachita, todas a cual más héticas y tristes, se
sentaron al fuego; se les reunió después el mozo flaco y espiritado, y se
pusieron a rezar el rosario. Estaban todos mustios, callados y cabizbajos. De
cuando en cuando bostezaban de hambre y se persignaban sobre la boca abierta, y
la vieja, tras de bostezar, suspiraba y decía:
—¡Ay, Señor, qué pena de vida! ¡Para cuatro días
que ha de vivir una en este mundo! ¡Ay, qué mundo más desengañado y más triste,
que todo son lágrimas, enfermedades y dolor! ¡Ay, qué inútil es trabajar y
cuánto más valiera haber ya muerto!
La vieja, después de una retahíla de éstas, miraba
a sus huéspedes, como pidiéndoles colaboración en su idea desacreditadora del[Pg 166] mundo. El doctor estaba entristecido y
malhumorado; María se asombraba de ver tanta pobreza.
Después de rezar, toda la familia de escuálidos
desapareció, y la vieja, gimoteando, vino con un jergón, que tendió en la
cocina, delante de la lumbre, y mal que bien se arreglaron para dormir allí
Aracil y su hija.
Por la mañana, al amanecer, el doctor aparejó los
caballos, pagó al mozo lo que le pidió, y al apuntar el alba los dos fugitivos
salieron de la venta triste.
—¡Qué horror! ¡Que casa!—exclamó Aracil—. Ahora
respiro—murmuró, al encontrarse en la carretera.
—Y estos pobres caballos no han comido nada desde
ayer—dijo María.
—Veremos si hoy tienen más suerte.
Siguieron por la carretera, y unas horas después
comenzaron a subir una escarpa del monte. El cielo estaba nublado; el sol,
perezoso, hacía alguna que otra salida lánguida; la tierra blanqueaba, húmeda
de rocío.
En lo alto de la cuesta vieron las mojoneras de la
provincia de Ávila. Se cruzaron en el camino con una porción de carros, algunos
llenos de chicas vestidas de fiesta, que iban a la feria de La Adrada.
Pasaron por Sotillo, dieron de comer y beber a los
caballos y siguieron el camino con los que iban a la feria. En esto, en una
revuelta, se toparon con una tropa de gitanos que regresaba del mercado, con
sus mujeres y sus chicos. Iban las mujeres de dos en dos, en mu[Pg 167]los escuálidos y en borricos flacos y extenuados,
llenos de alifafes y esparavanes; algunos chiquillos sacaban la cabeza de entre
las albardas, y los hombres, a pie, marchaban ligeros y jaquetones.
Un viejo de patillas, con una gran vara, se acercó
al doctor y le propuso comprarle la yegua; Aracil le dijo que no. Entonces le
preguntó si quería cambiarla, y un gitano joven y marchoso vino en ayuda del
viejo; hizo nuevas proposiciones, que fueron rechazadas, y decididos el viejo y
el joven, de mal ceño y requiriendo la compañía y ayuda de otros dos cañís con
la mirada, tomaron un aire amenazador, y uno de ellos advirtió:
—Vaya, apéense y dejen las caballerías, que es lo
mejor para ustedes, que si no va a haber aquí la de Dios es Cristo.
Quedó Aracil parado al oír la amenaza, y María, que
creyó que el peligro no era serio, enarboló su vara y al mozo que se le
acercaba a sujetarle por las piernas le soltó un varazo en la cara. Varios de
los gitanos echaron mano a las tijeras que llevaban en la faja, y no hubiera
sido fácil saber lo que hubiese pasado a no presentarse en aquel momento un
carro lleno de muchachas que se dirigía hacia la feria.
Al verlo, los gitanos cambiaron de actitud; hombres
y mujeres pidieron una limosnita para los churumbeles, y el doctor sacó unas
cuantas monedas de cobre y las tiró al suelo, con lo cual quedó desembarazado
el camino y pudieron, Aracil y su hija, seguir adelante.
XVII.
LA «GILA»
Se acercaron al lugar donde se celebraba la feria,
entre jinetes, carros y ganado, que llevaban a vender. Al entrar en el pueblo
se oía un murmullo de colmena, y rasgaba el aire, de cuando en cuando, el
sonido de una corneta. En las calles, el barro alcanzaba más de un palmo. En la
plaza había puestos de hierro, de alforjas y de mantas, de sombreros de Pedro
Bernardo, de pañuelos, telas y bayetas de abigarrados y vivísimos colores,
desconocidos en el mundo de la civilización.
En una barraca de un cinematógrafo tocaba el Ninchi a
la puerta. No le conocieron María ni el doctor, pero él se encargó de
llamarles, y les recomendó una posada, donde comieron opíparamente.
Dijo Aracil al posadero que era guarda de la Casa
de Campo, en Madrid, y que iba a Arenas de San Pedro. Hablaron entonces de la
caza y de las cabras monteses de la sierra de Gredos, y el posadero explicó que
en la parte[Pg 170] más alta, en la Peña de
Almanzor, existía una laguna misteriosa y sin fondo, en cuyas aguas moraban
unos animales tan terribles, que si caía un buey lo devoraban inmediatamente y
no dejaban de él mas que los bofes, que sobrenadaban en la superficie del lago.
María pensó en su primo Venancio, en aquel
sonriente destructor de leyendas, que se había bañado en la laguna de Gredos y
buceado en sus aguas, sin pescar ni el terrible monstruo, ni la más modesta
ondina, ni aun siquiera un ligero catarro.
Estuvieron Aracil y María, por la tarde, en una
sesión del cinematógrafo del Ninchi, y poco después salieron de La
Adrada. Al cruzar por una aldea, llamada Piedralabes, encontraron dos mujeres y
un hombre que iban por el camino. El hombre era un tipo flaco, amojamado, de
gorrilla, gabán viejo, con el cuello subido, y una guitarra a la espalda. Las
mujeres iban vestidas de claro; una era chata, fea, de colmillo retorcido; la
otra era una niña, pálida y anémica.
Les extrañó al doctor y a su hija estos tipos, y se
quedaron, al pasar, mirándolos con curiosidad.
El hombre de la guitarra les saludó y comenzó a
seguirles y a contar sus cuitas. Dijo que él y las dos mujeres habían ido a La
Adrada contratados para bailar en un cinematógrafo; él era tocador de guitarra
y ellas bailarinas, y por una tontería no quisieron aceptarlos; habían salido a
pie y sin una perra y estaban reventados de andar. Tenían los pobres un[Pg 171] aspecto desdichado. Mientras hablaba el
hombre, la chata gruñía y la jovencita anémica, a la que le quedaban manchas de
colorete en la cara, pálida y azulada, se quejaba al andar. Llevaba, según
dijo, zapatos de tacón alto, los mismos que les servían para bailar, y le
hacían mucho daño. El de la guitarra preguntó al doctor si no les podría dar
alguna cosilla para comer. Con una peseta les bastaba. Aracil se la dió y,
dejando en el camino a los infortunados histriones, llegaron María y su padre,
ya de noche, a Casa Vieja, y entraron en una posada.
Pasaron por un corredor muy largo hasta la cocina,
en donde dos mujeres charlaban sentadas al borde del fogón; saludó Aracil, no
contestó ninguna de ellas; preguntó si había posada, respondieron,
displicentes, las mujeres, y el doctor, olvidándose de su situación, dijo que
hicieran mejor en tener un poco de cortesía con los viajeros.
La huéspeda, que oyó esto, se irguió del borde del
fogón en donde se hallaba sentada y, con muy malos modos, dijo a Aracil que se
fuera, que ella era reina en su casa y que no necesitaba de nadie para vivir.
Terció María con gran suavidad y logró amansar a la
ventera y convencerla de que les dejara allí y de que, además, les preparase
qué cenar.
La huéspeda pasó pronto del enfado a la simpatía;
se dispuso a hacerles una modesta cena, y, mientras cocinaba, habló de sus
padres y de su marido; contó su historia y dijo[Pg 172] que
se llamaba la Gila. Puso luego una mesa pequeña y coja y sirvió a
sus huéspedes la cena, que consistía en unas sopas, adornadas con una capa de
pimentón de un centímetro o más de espesor, y un guisado de cerdo con su
correspondiente manta roja.
De noche se presentó una muchacha muy linda, y besó
la mano de todos los que estaban allí. María preguntó a la Gila qué
significaba aquello, y la ventera explicó que su hija había ido a confesarse, y
el cura, sin duda, le puso como penitencia que besara la mano a todos los que
se encontraran en la casa al llegar a ella.
Luego vino el posadero, un palurdo que vivía, sin
duda, bajo el dominio de su mujer, y porque se permitió discutir y porfiar con
ella, la Gila le mandó a paseo con malos modos, y después,
mientras fregaba unos platos, cantó con sorna:
En el cielo manda Dios;
en el lugar, el alcalde;
en la iglesia, el señor cura;
y a mí no me manda nadie.
—¡Qué mujer más bestial!—dijo Aracil con enfado.
—Pues esto es anarquismo puro—replicó María en voz
baja y riendo.
La Gila se dedicó a deslumbrar a
sus huéspedes con toda clase de desplantes; aquella reina de fregadero estaba
más para una representación de lunes de moda del Español que[Pg
173] para la cocina de un humilde ventorro de aldea.
Al retirarse, la Gila, como favor
especial, permitió al doctor y a su hija el ir a acostarse en el pajar, que
estaba en lo más alto de la casa, pues los demás huéspedes se tendían en el
zaguán.
No durmieron bien ni Aracil ni María, porque había
en el pueblo un sereno con una poderosa voz de barítono, que delante de la casa
cantaba la hora, con unos calderones y florituras de vieja zarzuela española,
capaces de despertar a una piedra.
Al amanecer, la luz, que se filtraba por las
rendijas del pajar, contribuyó a tenerles despiertos, y un hombre se encargó de
molestarles, gritando:
—¡Arrieritos! Que está amaneciendo.
Pudieron dormir un rato por la madrugada. Al
despertar, la claridad del día entraba por el ventanucho del granero, como una
ancha barra de oro, iluminando al aire, lleno de partículas, y las telarañas
del techo.
Bajaron del pajar, se despidieron de la Gila,
que se preparaba para la faena, o mejor dicho, para la función del día, y
salieron del pueblo.
XVIII.
LA SAGRADA PROPIEDAD
Iban marchando por delante de una aldea, llamada
Mijares, cuando se unió a ellos una pareja de la Guardia civil. Temblaron al
principio el doctor y su hija, pero se tranquilizaron pronto, porque los
guardias civiles no les preguntaron nada.
Cruzaron a la vista de dos pueblos: Gavilanes y
Pedro Bernardo; en este último quedaron los guardias civiles, y Aracil y María
tomaron por una carretera recién construída y desierta. Preguntaron a un peón
caminero cómo se hallaba aquel camino tan poco frecuentado, y el hombre,
sonriendo con cierta socarronería, dijo que habían tirado aquel cordel para
favorecer la finca de una rica propietaria, y que por allí no se levantaba
ningún poblado que pudiera aprovechar la carretera.
A María le chocó ver que su padre no protestaba, y
cuando estuvieron solos se lo hizo notar.
—Ya parece que tú y yo nos vamos acostumbrando a
estas cosas.
—¡Psch!
—El viajar así yo creo que nos entontece un poco,
¿verdad?—preguntó María.
—Es natural—dijo, reflexionando, el doctor—. De
espectadores nos hemos convertido en actores. El pensamiento paraliza la
acción, como la acción achica el pensamiento. Andamos mucho, vemos muchas
cosas, pensamos poco.
—Sin embargo, el hombre completo debía pensar y
hacer al mismo tiempo.
—¡Ah, claro! Ese es el máximo. Pensar grandes cosas
y hacerlas. Eso era César.
Iban entretenidos charlando, cuando vieron a un
lado de la carretera a un hombre escuálido y casi desnudo, apoyado en un montón
de piedras, envuelto en una manta llena de agujeros y con un pañuelo en la
cabeza. Al lado del hombre, una mujer, vieja y haraposa, le contemplaba
impasible.
—¿Qué le pasa a este hombre?—dijo Aracil, haciendo
parar su caballo.
—Este hombre—contestó la vieja—es mi marido y está
enfermo, y ahora le ha dado la calentura.
Bajó Aracil del caballo y, sin acordarse de su
situación, reconoció al enfermo.
—Este hombre está muy mal, pero muy mal—dijo a la
vieja, que se encogió de hombros.
—Pero, ¿cómo se han puesto ustedes en camino
encontrándose su marido así?—preguntó María.
—Ya ve usted—exclamó la mujer—. Miserias de los
pobres. Ya no podíamos estar en el[Pg 177] pueblo;
debíamos la casa y nos han despachado, y como éste lleva tanto tiempo enfermo y
no gana, pues nos salimos al camino.
—Y ¿qué es su marido de usted?
—¿Qué quiere usted que sea? Peón. Ha trabajado en
la finca de la duquesa hasta que se ha puesto malo, y ahora, cada día está
peor. Ahí, en la Venta de la Cruz, hemos querido parar, pero como no llevábamos
dinero...
—Y ¿dónde está la Venta de la Cruz?—preguntó el
doctor.
—A un cuarto de hora de aquí.
—¿No podrá ir su marido hasta allá? Ya le pagaremos
la posada.
La mujer preguntó al marido:
—¿Podrás ir a la venta?
—No, no—murmuró el enfermo—; dejadme morir aquí.
—Voy a avisarle a ese peón que hemos visto—advirtió
Aracil a su hija.
Retrocedió unos cien pasos, y encarándose con el
peón caminero, le dijo:
—Oiga usted, amigo: hay ahí un hombre que se está
muriendo en la carretera; ¿no le podría usted hospedar?
—¡Hombre, yo no estoy autorizado para eso!—contestó
el peón—. Además, mire usted: mi mujer está de parto y acaba de dar a luz una
niña.
—Pues ese hombre no se puede quedar así. Le
advierto a usted que tiene unos cuartos. Aunque fuera, si tuviese usted un
cobertizo donde meterle...
Reflexionó el peón y aceptó.
Aracil fué a darle la noticia al enfermo, y éste,
sostenido por su mujer, se encaminó, despacio, a la casa del peón caminero.
Después, el doctor le dió tres duros a la mujer, e inmediatamente Aracil y su
hija montaron a caballo y siguieron adelante.
En esto vieron una piedra del término de una
dehesa, en la que ponía:
«Propiedad de la Excma. Sra. Duquesa de Córdoba».
Aracil se descubrió al leer la inscripción, y
exclamó, en tono de burla:
—¡Oh sagrada propiedad! Yo te saludo. Gracias a ti,
los españoles que no emigran se mueren de hambre y de fiebre en los caminos.
María no dijo nada. Al anochecer llegaron a
Lanzahita y comieron y durmieron en la posada.
XIX.
LAS APUESTAS DEL «GRILLO»
Se detuvieron a comer en un parador, que se llamaba
de los Patriarcas Grandes, cerca de un poblado, de nombre Ramacastaños.
Todos los que vivían en el parador, viejos, jóvenes
y niños, estaban escuálidos y amarillos por las intermitentes. En un patio de
la casa crecían unos cuantos eucaliptos desgajados y torcidos, con las ramas
rotas.
Al salir del parador les fué forzoso detenerse al
doctor y a su hija, porque en aquel momento cruzaban el camino compactas
manadas de toros, que algunos vaqueros, montados a caballo, obligaban a pasar
un barranquillo, en cuyo fondo corría un arroyo.
Esperaba también junto a María y su padre un joven
elegante y melancólico, montado en un caballo negro. Este joven dijo que
aquellas toradas iban de Extremadura a las tierras altas, y que habrían pasado
el Tajo, probablemente por Almaraz.
No quisieron Aracil ni su hija entrar en con[Pg 180]versación con el desconocido, y cuando acabó el
paso de los toros y quedó libre el camino, siguieron de nuevo su marcha.
Al poco rato apareció el joven montado en su
caballo negro. Tras él iba un mastín blanco, con el hocico afilado y las orejas
caídas. Aquel joven melancólico, vestido de obscuro, parecía el Caballero de la
Muerte, grabado por el gran Durero.
Saludó el joven al pasar, y se adelantó en el
caballo; luego volvió a rezagarse, sin duda para contemplar de nuevo a los
viajeros.
—¿Quién será este tipo?—dijo Aracil—¿No será un
espía?
—¡Ca!—contestó su hija—. Algún curioso.
—Entre curioso y enamorado.
—Es posible.
Llegaron a Arenas de San Pedro, y Aracil y María,
aun a riesgo de caerse, cruzaron el pueblo al trote, siguieron por cerca del
castillo y pasaron el puente, desde donde se veía un riachuelo formado por
muchos hilos de agua, que corrían por un cauce ancho, formado por piedras, casi
todas ocultas por ropas blancas puestas a secar, que deslumbraban al sol.
Preguntaron a una lavandera por el camino de
Guisando, y ya al paso se dirigieron a este pueblo por entre grandes pinares.
Se encontraron en el camino, cerca de un taller en
donde trabajan varios leñadores, con un ciego y un muchacho, que iban con un
carrito pequeño, tirado por un burro. El carrito, pintarrajeado y cerrado,
tenía en la parte de atrás ocho o diez agujeros, tapados con redon[Pg 181]deles de cobre, y encima de ellos ponía escrito:
«Panorama Universal».
El viejo vestía una anguarina amarillenta, sombrero
cónico y grandes antiparras; llevaba un rollo de tela en la mano y una caja a
la espalda; el muchacho blandía una pértiga, larga como una lanza.
Les preguntó Aracil qué oficio tenían, y el ciego
dijo que andaban de pueblo en pueblo con las vistas. Además, llevaban un
cartelón que representaba distintas escenas del crimen de Don Benito, desde el
asesinato de la víctima hasta la ejecución de los dos criminales en el
patíbulo.
El cartelón y una caja de música, con cuyas notas
amenizaba sus discursos, le servían para atraer a la gente.
El ciego quiso mostrar las excelencias de su
declamación, y comenzó a recitar, de una manera enfática y con una voz aguda,
un romance, en el cual se explicaba el crimen de Don Benito con todos sus
horrores. El ciego se llamaba el Grillo, mote muy natural, dada su
voz chillona y agria.
Tenía el hombre buena memoria; recordaba otros
romances de crímenes célebres, y, por último, haciendo memoria, recitó los
romances del guapo Francisco Esteban y Diego Corrientes, y con estas
pintorescas narraciones de bandidos, puñaladas, trastazos, endechas de mártires
y confesiones de verdugos, llegaron a la vista de Guisando.
Desde lejos, el pueblo era bonito, con sus tejados
rojos y su aspecto de aldea suiza; pero[Pg 182] por
dentro no tenía nada que celebrar: las calles estaban llenas de barro, los
carros andaban entre la gente.
Preguntaron por una posada y les indicaron una
casucha pobre, y el ciego, el lazarillo, Aracil y su hija entraron en ella
hasta la cocina. Había allí un viejo flaco, envuelto en una capa y devorado por
las intermitentes, que les dijo, con una voz débil, que esperaran a que viniera
su hija.
Vino ésta, una mujer de hermosos ojos, con una
gargantilla de corales en el cuello descubierto, y preparó de cenar a los
viajeros.
Después de comer estaban charlando a la luz de un
candil, cuando arribaron unos cuantos leñadores de los pinares. Sin duda no
tenían mucho que hacer ni con qué entretenerse, y el Grillo, que
sabía muchas malicias de posada, apostó a uno de los leñadores a que no comía
cinco bizcochos sin beber nada, mientras él contaba ciento. El leñador, que era
un mozo alto y fuerte, dijo que no tenía dinero para apostar, pero que tenía la
seguridad de comérselos. Otro de los leñadores apostó un real por su compañero,
y se hizo la prueba; pero el mozo alto no pudo con los cinco bizcochos, y
cuando el Grillo contaba los cien, no había podido tragarlos.
El que había apostado dinero pagó a regañadientes, y el que hizo la prueba
bebió un vaso de agua y se sentó al fuego, tan satisfecho.
—Esto me recuerda—dijo el Grillo—un
cuento viejo.
—Cuéntelo usted—dijeron los leñadores.
—Pues era un estudiantón de los antiguos—comenzó
diciendo el Grillo—que andaba con la tuna de pueblo en pueblo. Un
día se encontró en Madrid muerto de hambre y con un dolor de muelas de padre y
muy señor mío. El hombre tenía una peseta en el bolsillo y no sabía qué hacer,
porque decía: «Si voy a casa de un barbero y me quito la muela, voy a tener un
hambre de perro; y si como y no me quito la muela, se me va a hacer el dolor
más rabioso». En esta alternativa, ¿sabéis lo que hizo?
—Yo hubiera comido—dijeron la mayoría de los
leñadores.
—Yo me hubiera puesto un emplasto—añadió otro.
—Pues a él se le ocurrió una cosa mejor—repuso
el Grillo—; verdad que era de la piel del diablo. Fué a una
pastelería en donde había mucha gente, y, delante del escaparate, comenzó a
gritar: «¡Me comería cien! ¡Me comería doscientos!» Unos soldados que le oyeron
le dijeron: «¿A que no?» «¿A que sí?» «¿Cuánto apostamos?» Si pierdo, que me
quiten esta muela, pero sólo ésta». «Bueno, vamos». Entraron en la pastelería,
y el estudiante a comer y los soldados a pagar; a la docena ya no pudo más y se
dió por vencido. Le llevaron los soldados a la barbería, y el barbero le
arrancó la muela. Al salir, todo el mundo, de chunga, había formado un corro a
su alrededor, y le señalaba y se descalzaba de risa, y decía: «Mirad a este
estudiante, que por perder una apuesta se ha dejado quitar una muela». Y el[Pg 184] estudiante contestó: «Sí; pero era una muela
que me dolía hace un mes». Lo mismo digo yo—añadió el Grillo—del
que ha perdido esta apuesta. Ha perdido, pero se ha comido los bizcochos y no
ha pagado nada.
Rieron el cuento los leñadores, y el mismo aludido
celebró la alusión; luego el Grillo sacó su caja de música y
comenzó a darle al manubrio, y tocó dos o tres valses incompletos y una canción
francesa, vieja y romántica, de Les dragons de Villars.
La huéspeda preguntó al doctor y a su hija si
querían acostarse, y habiendo dicho que sí, una moza les llevó a ambos,
cruzando la cuadra, a la ahijadera de una zahurda llena de heno. Algo
asombrados quedaron Aracil y María del dormitorio; pero antes de que pudieran
protestar, la moza se llevó el candil y quedaron a obscuras. Encendió una
cerilla el doctor y examinó el escondrijo, que estaba lleno de telas de araña.
El olor de la hierba fresca era tan fuerte y penetrante, que no se podía
respirar; buscaban padre e hija la manera más cómoda de tenderse en aquel
agujero, cuando, abriendo la media puerta del chiscón, penetró un cerdo enorme,
al parecer con intenciones amenazadoras. Aracil, que lo sintió, le pegó un
puntapié, y el cerdo salió gruñendo y chillando. Volvieron a encender una
cerilla, y entre padre e hija atrancaron la puerta y se tendieron a dormir.
Se despertaron varias veces con los gruñidos de los
comedores de bellota, que hocicaban en la puerta y parecían querer entrar.
Antes que se hiciera de día, y mareados por el olor
de la hierba, salieron de aquel infame rincón, pagaron la posada, echaron las
albardillas a los caballos, compraron un pan grande y un pedazo de jamón para
el camino, y dejaron el pueblo.
XX.
EL HOMBRE DEL CABALLO NEGRO Y DEL PERRO BLANCO
Iban entrando en la Vera de Plasencia; a la
derecha, según caminaban, se erguía la pared gris, de granito, de la sierra de
Gredos, cuyas crestas rotas, formando una línea austera, se dibujaban como
recortadas en el cielo azul; a la izquierda, hacia el llano, veíanse colinas
cubiertas de olivares, de granados, naranjos y limoneros. Junto a aquellos
montes secos, que parecían quemados o hechos con escombros y ceniza, se
destacaban las praderas verdes y los huertos del pie de la montaña.
El camino iba bordeando los setos de los prados,
subiendo y bajando por las faldas de la sierra.
Pasaban María y su padre por delante de Poyales del
Hoyo, cuando aparecieron junto a ellos el joven del caballo negro y del perro
blanco, en compañía de un cura, montado en un burro.
Saludaron unos, contestaron los otros, y[Pg 188] aunque Aracil no tenía ganas de entrar en
conversación, no pudo rehuírla.
El cura era charlatán, y comenzó a hacer preguntas
al doctor y a su hija; el joven del caballo negro no dijo nada.
Era el camino estrecho y tuvieron que marchar de
uno en uno, en fila india, como decía el doctor. En algunos sitios, el camino
estaba convertido en una acequia caudalosa.
—Pero esto, ¿cómo puede estar así?—dijo Aracil.
—Esto lo hacen para regar los prados—contestó el
joven, que todavía no había hablado—; aquí los propietarios echan el agua por
el camino, y así se evitan gastar en acequias.
—¡Qué barbaridad!
—Pues aquí ya se sabe—replicó el cura—; todo el
mundo anda a la gabela, y el que puede más que nadie...
Llegaron a un sitio muy hermoso, al que daban
sombra inmensos castaños y adornaban grandes adelfas, como canastillas de
flores. El joven del caballo negro propuso que se pararan allí a comer; Aracil
dijo que ellos tenían alguna prisa; pero, a las instancias del joven y del
cura, no tuvieron más remedio que acceder y quedarse.
Se dió un limpión al terreno; se hizo fuego; el
joven sacó su merienda, un vaso y un plato, que ofreció a María; el cura, una
bota de vino y algunos fiambres, y Aracil, lo que había comprado en el pueblo.
Después de comer, el cura fué partidario de que se tendieran un poco al[Pg 189] sol, y, efectivamente, quitándose la sotana y
poniéndola de almohada, se echó a lo largo entre la hierba, y se quedó dormido.
Aracil estaba impaciente por marcharse, y advirtió
a María que se preparase.
—¿Qué, nos vamos?—preguntó el joven, como
considerándose ya de la partida.
Aracil hizo un gesto involuntario, de contrariedad,
y el desconocido, al notarlo, añadió, con tono melancólico:
—Si molesto, no digo nada.
—No, no—replicó Aracil—; de ninguna manera.
El caballero dió las gracias, y luego, de pronto,
murmuró:
—Yo me llamo Álvaro Bustamante. A cualquiera que le
pregunten ustedes en estos contornos les podrá abonar por mí.
—¡Oh, no lo dudamos!—dijo Aracil—. ¿Es usted de
esta tierra?
—Sí; soy hijo—siguió diciendo el joven—de una
familia de Jarandilla, donde mis padres tienen una casa antigua.
—Y qué, ¿son ustedes agricultores?—preguntó Aracil.
—Sí; tenemos viñas, ganado, molinos, una fábrica de
aguardiente...
—¡Vaya! Entonces son ustedes ricos—saltó diciendo
María.
—Sí...; pero eso no quita para que seamos unos
desdichados y arrastremos una vida horrible.
—Pues, ¿qué les pasa a ustedes?—preguntó, con
interés, la hija del doctor.
—¿Qué nos pasa? Lo que le digo a usted: que somos
unos desdichados. La verdad es que los extremeños han caído mucho; desde el
antiguo García de Paredes hasta el García de Paredes del crimen de Don Benito,
hay todos los grados de la degeneración.
—Pero, ¿usted no habrá matado a nadie?—dijo María,
con un terror cómico.
—No, no se alarme usted—contestó, sonriendo, el
joven don Álvaro—; mi desdicha no es ser un bruto, sino no tener energía para
nada. Yo, y lo mismo mis hermanos, somos víctimas de mi padrastro. Mi padrastro
es un hombre de energía extraordinaria. Era en el pueblo secretario del
Ayuntamiento, y se casó con mi madre, una viuda con tres hijos, la persona más
rica de Jarandilla. Mi madre es una mujer dulce, amable; entonces vivía una
temporada en el pueblo y otra en Madrid. Se casó, y comenzó la dominación paternal.
Lo mismo ella que mis hermanos quedamos reducidos a nada. Mi padrastro es
terrible; él lo dirige todo. Se levanta temprano, se acuesta tarde; está
siempre trabajando con un afán de poseer, de extender sus propiedades, de
apoderarse de todo. Según él, nosotros no debemos trabajar. Mi hermano y yo
hemos tenido intentos de libertarnos, pero no hemos podido; fuimos a Madrid con
intención de hacernos independientes, y nada. Ahora quiere mi padrastro que mi
hermano sea diputado, y lo conseguirá.
—Pero, entonces, a ustedes les quiere bien—dijo
María.
—Sí; pero nos ha matado; ha acabado con la[Pg 191] poca energía que teníamos, y nos estamos
pudriendo en la vida pantanosa de un pueblo de éstos.
—Y, ¿por qué no se va usted?—preguntó Aracil.
—Eso estoy pensando siempre, en marcharme; pero no
a Madrid, ni a París, sino a Australia, a Nueva Zelanda, a tierras jóvenes,
donde haya una vida intensa.
—Y ¿está usted decidido?
—Sí; pero cuando maduro mi plan y voy a realizarlo,
veo que no tengo voluntad, que mi voluntad está muerta... Y luego me retiene
ver a mi madre, que es toda ternura para nosotros, y que con una mirada adivina
mis más íntimos pensamientos. Crea usted que me odio a mí mismo.
El joven hablaba con fuego, a la vez que con
desaliento.
El doctor y su hija le contemplaban con curiosidad,
mezclada de simpatía.
—Yo, como usted—dijo Aracil—, no tomaría ninguna
determinación heroica, sino inventaría una chifladura: hacer versos,
coleccionar sellos o piedras... Las cosas pequeñas son como las cuñas: pueden
servir para afirmar el deseo de vivir.
En esto, el cura, que dormía de cara al sol, hizo
un movimiento brusco y se despertó:
—¿Qué hacemos?—dijo.
—¿Vamos?
—Vamos allá.
Montaron a caballo y se dirigieron los cuatro hacia
Candeleda.
La sierra de Gredos se erguía a la derecha, alta,
inaccesible, como una inmensa muralla gris, sin un caserío, sin una mata, sin
un árbol en sus laderas pedregosas ni en sus aristas pulidas, que brillaban al
sol. Se hubiera dicho que era una ola enorme de ceniza, calcinada, quemada,
rota; una ola que, en la obscuridad de lejanas edades geológicas, formó, al
petrificarse la sierra. Alguna nieve blanqueaba la cresta dentellada del monte,
y parecía la espuma de la inmensa ola de granito. El aire era diáfano, limpio,
luminoso, como el de un mundo nuevo acabado de crear; sobre las crestas de la
sierra era de un azul intenso y radiante. Algún águila, volando suavemente a
inmensa altura, trazaba, en la limpidez del aire, grandes y majestuosas curvas;
a la izquierda, hacia abajo, brillaban al sol los campos verdes, surcados por
las líneas obscuras de las lindes, los bosquecillos de árboles frutales y los
cerros cubiertos de jara y de carrascas.
Otra vez el camino estaba convertido en acequia, y
los caballos se hundían en la corriente. Las libélulas volaban rasando el agua.
—Esto es un escándalo—dijo Aracil.
—Sí; ciertamente que lo es—contestó don Álvaro—.
Aquí los propietarios acotan campos y montes, quitan los caminos, pero no hacen
nada por los pueblos. Regiones extensísimas, dehesas en las que podían vivir
miles de personas, están sin roturar. Los propietarios las guardan para la caza
y la ganadería. ¡Y si ya que se llevan el fruto del trabajo de los demás
hicieran algo! Nada. Aquí tiene usted esta par[Pg 193]te
de la vera, naturalmente fértil, sana; pues la gente se muere, como chinches,
de las fiebres.
—Y ¿de qué procede eso?—preguntó el cura.
—Procede de que en todos estos pueblos—contestó don
Álvaro—hacen balsas para que se bañen los cerdos, y esas balsas se llenan de
mosquitos, que son los que propagan las fiebres. Esa agua limpia que viene de
la sierra se estanca y se convierte en un pudridero. ¡Y en España con todo pasa
lo mismo!
—Es verdad—afirmó Aracil—. ¡Cuánta corriente limpia
en su origen se estanca y se convierte en una balsa infecciosa!
Don Álvaro prosiguió diciendo:
—Es que todo lo que pasa en nuestro país en el
campo es de una infamia y de una injusticia tal, que se comprende que no quede
un español pobre, que todos emigren y se vayan cuanto antes de este indecente
país. Porque aquí lo que pasa es que el Estado ha abdicado, ha dejado todas sus
funciones en manos de unos cuantos ricos. Aquí se permite que el propietario
tenga guardas matones que lleven su escopeta y su canana llena de balas; es
decir, que, para guardar sus viñas, pueden abrir el cráneo a cualquier infeliz
que vaya a robar uvas; aquí se ponen cepos y veneno en las propiedades; aquí se
entrega a la Guardia civil, y se les lleva a presidio, a pobre gente que coge
un haz de ramas secas o un puñado de bellotas. Y luego, esos ricos, que, además
de miserables, son imbéciles, no son para poner unos cuantos eucaliptos ni para
sanear un pueblo. Nada. La[Pg 194] avaricia y la
bestialidad más absoluta. ¿Es que no hay más derechos que el derecho de
propiedad en el mundo?
—Sí; este estado de cosas no puede subsistir—dijo
el cura—; yo también estoy con usted y con la gente del campo. Soy hijo de
labrador, y, la verdad, ya no se puede vivir en España.
—Y en Andalucía—siguió diciendo don Álvaro—es aún
peor. Hay ricos que tienen dehesas y cotos enormes. Allí viven los venados y
los jabalíes donde podrían vivir los hombres.
—Ya entrarán los hombres algún día en esos grandes
cotos—dijo Aracil.
—¿A qué van a entrar?—preguntó el cura—. ¿A cazar
jabalíes?
—No. A cazar a los propietarios—replicó el doctor.
—Se echaron a reír todos, tomándolo a broma.
—¿Y usted cree que antes la gente de los pueblos
viviría mejor o peor?—preguntó María.
—Mejor, mucho mejor—dijo don Álvaro—. Antes, estas
dehesas y grandes propiedades eran de los conventos. Los frailes vivían en el
campo y, poco o mucho, ayudaban a los campesinos. Pero ahora no pasa eso; todas
esas propiedades, procedentes de la venta de bienes nacionales, son de
particulares. La desamortización hubiera sido una gran cosa entregando las
propiedades a los Ayuntamientos. Eso era lo justo y lo liberal. Lo que se hizo,
además de injusto, ha terminado en medida reaccionaria. El papa excomulgó a quien
comprara bienes de[Pg 195] la Iglesia; pero la
gente se ríe de las excomuniones cuando hay dinero detrás, y unos cara a cara y
otros por debajo de cuerda, compraron esas propiedades por unos cuantos
ochavos, y hoy están en manos de unos cristianísimos propietarios, que son más
despóticos que los frailes, más fanáticos que los frailes y más enemigos del
pueblo que los frailes.
—Eso es verdad—dijo el cura.
—Añada usted—prosiguió don Álvaro—a la
desamortización religiosa la civil, y que el Estado vende a los pueblos sus
montes y sus tierras, y que en algunas aldeas, estando enfrente de pinares que
fueron antes del pueblo, hoy no se puede coger ni un pedazo de tea para la
lumbre. Y cada día la vida más difícil; porque esta propiedad particular
aumenta, y el registrador sobornado y el alcalde cómplice permiten que el
propietario extienda sus dominios y tome hoy un trozo y mañana otro del baldío
del pueblo, y el pueblo agoniza y la gente se va, y hace bien.
—¡Qué desdicha!—exclamó María, a quien esta
conversación entristecía.
—Eso traerá, a la larga, una revolución en
España—dijo el cura.
—Y será lógica—exclamó Aracil—. En un país en donde
la propiedad es tan brutal, tan agresiva y tan ignorante como aquí, la
revolución debía estar ya triunfante.
—Ahora germina—repuso don Álvaro—. Usted no sabe el
ambiente de ira y de protesta que hay en los pueblos españoles. Eso, en Madrid,
no lo saben; porque en Madrid no se en[Pg 196]teran de
nada; allí creen que no se discurre mas que en el Congreso y en los periódicos.
Y en los pueblos se discurre, se comenta, se odia al ejército, se odia la ley
inicua, y se quiere vivir y trabajar.
—Y esa protesta, ¿cómo no sale a la
superficie?—preguntó Aracil.
—¡Es tan difícil hoy! Luego la protesta se
amortigua con la emigración. La gente más inteligente se embarca y se marcha a
América. Nuestros hombres han servido durante cuatro siglos para trabajar
tierras extrañas; en cambio, han dejado abandonada la nuestra. La gente fuerte
se va, los débiles se quedan, y los cucos se marchan a Madrid, y desde allí
corrompen más el pueblo.
—¿Es usted enemigo de Madrid?—preguntó María.
—Soy enemigo de las ciudades grandes, del lujo y de
la propiedad. Creo que el dinero está pudriendo nuestra vida. Los españoles
debíamos vivir como lugareños, porque nuestro país es pobre. Yo muchas veces he
pensado que un rico que fuera infectando con microbios de la peste y del tifus
todo el papel del Estado y todos los billetes que pasaran por sus manos, sería
un hombre benemérito.
—Y sin dinero, ¿cómo íbamos a vivir?—dijo María.
—Viviríamos en el campo. Esparciríamos la vida que
se amontona en las ciudades por los valles y los montes, haríamos la propiedad
de la tierra común a todos, y así podríamos vivir una vida limpia, serena y
hermosa.
—¿Y los teatros?—preguntó María.
—Al aire libre.
—Es usted muy radical—dijo el doctor, sonriendo—.
Más que radical, anarquista.
—No me asusta la palabra, la verdad...; pero no
creo en el anarquismo, al menos en el anarquismo actual.
Charlando así y andando al paso, cruzaron por
Candeleda. A media tarde, el calor se hizo sofocante; el cielo tomaba un tinte
blanquecino y la sierra de Gredos parecía negruzca. Era aún temprano y
quisieron llegar a Madrigal, y entretenidos en la conversación, siguieron
adelante, hasta que de pronto don Álvaro dijo:
—Pero éste no es el camino de Madrigal.
—¿No?—preguntó el cura.
—No. ¿Quién ha dicho que viniéramos por aquí?
—Nadie—contestó Aracil—; yo les he visto que
tomaban por este camino y me he figurado que lo conocían.
—Bueno. Es lo mismo—repuso el cura—; por todas
partes se va a Roma.
—Sí; pero no por todas partes se va a
Madrigal—replicó don Álvaro.
Pasó un carro; preguntaron al carretero adónde
llevaba aquel camino, y el carretero dijo que no terminaba en ningún pueblo,
sino en la ermita de Nuestra Señora de Chilla.
—¿Y se puede pasar la noche allá?—preguntó el cura.
—Sí, hay una casa. La casa del santero.
—Pues vamos allá—dijeron los cuatro.
XXI.
NUESTRA SEÑORA DE CHILLA
Iban haciendo el camino de Candeleda a Nuestra
Señora de Chilla por una tierra hermosa y llena de grandes árboles.
Caía la tarde; el cielo se despejaba y se hacía más
puro. A veces, Gredos parecía un monte diáfano, translúcido; un cristal azul,
incrustado en el azul más negro del horizonte.
Habían dejado su conversación de asuntos
trascendentales, y don Álvaro, muy divertido y alegre, charlaba con Aracil y su
hija y bromeaba con el cura, que tenía la respuesta pronta y era socarrón y
amigo de burlas.
El haberse perdido en el camino lo tomaban a broma
todos, menos los caballos, ya cansados con la caminata; y el burro que montaba
el cura, apabullado con el peso de la paternidad que llevaba encima, marchaba
jadeante. Don Álvaro, que le vió así, dijo en tono de chunga:
El burro de fray Pedro,
Dios le bendiga;
corre más cuesta abajo
que cuesta arriba.
Y el páter, contoneándose, contestó:
Para cuestas arriba
quiero mi burro,
que las cuestas abajo
yo me las subo.
Se echaron a reír todos del desenfado del páter, y
don Álvaro le dijo:
—Para mí que usted es un hombre terne, padre.
—Y bien—replicó el cura—. ¿Por qué no? A lo que
vamos, vamos, amigo.
—¿Quiere que le preste mi caballo?
—No, señor; va usted bien en él. Ahora me bajaré un
ratito, para que el burro pueda descansar.
Siguieron andando. Iba anocheciendo. El crepúsculo
era de una diafanidad ideal, el cielo parecía de ópalo; luego se hizo
anaranjado, con nubes de color de rosa, y más tarde quedó rojo, como un mar de
sangre sembrado de islas de oro.
No se veía aún la ermita. María, algo impaciente,
metió su caballo por un camino de cabras que pasaba entre chaparros y lentiscos
y se dividía y subdividía hasta llegar a lo alto de un cerro, y desde allá
columbró, a la ya muy escasa luz del crepúsculo, una casa blanca, que[Pg 201] debía ser la ermita, rodeada por tupidas
masas de árboles.
Aracil, el cura y don Álvaro vieron a lo lejos
destacarse la silueta gallarda de María. El horizonte rojizo iba
ensombreciéndose, y en el fondo se presentaba el paisaje heroico, formado por
montes ya obscuros, bajo un cielo fosco y amenazador.
Volvía la muchacha de nuevo al camino.
—¿Qué se ve?—le preguntó su padre.
—Estamos a poca distancia.
—Bueno—dijo el cura—; entonces metamos un repelón a
los jacos, y ¡hala, hala! por esos caminos, que estamos cerca y se va haciendo
tarde...
Comenzaron a brillar las estrellas en el cielo azul
purísimo. El aire iba viniendo en soplos fríos, impregnados de olor a monte; el
follaje de los árboles temblaba y la hierba se inclinaba en oleadas con las
ráfagas de viento. Se acercaron a la ermita por entre dos filas de álamos. Un
mochuelo descarado, inmóvil en la rama de un pino, con la cabeza como
dislocada, les contempló con curiosidad, y al ver aproximarse a aquellos
intrusos, echó a volar rápidamente. La noche dominaba e iba dejando más aromas en
el aire y más frescura en el viento. El campo se hundía en un sueño de
tristeza. Poco después, una campana, con un son agudo, derramó sus notas de
cristal en el ambiente silencioso...
Entraron en casa del guarda de la ermita y se
metieron en la cocina. Don Álvaro y el cura traían algunas provisiones y
comieron al lado[Pg 202] de la lumbre, en compañía
del doctor y de su hija, a la luz de la llama del hogar y de las rajuelas de
tea que ardían sobre una pala de hierro.
El santero, un viejo idiotizado por la soledad en
que vivía, hablaba muy de tarde en tarde, y dijo que, entrada la noche, iban a
tener fiesta unas leñadoras que andaban recogiendo leña en el monte.
A eso de las nueve se fueron presentando en la
cocina una porción de muchachas desgarbadas, feas, negras, la mayoría sin
dientes, en compañía de unos mozos que, a quien más y a quien menos, se les
hubiese podido tomar por un gorila. Parecían, al entrar en la cocina estos
mozos y mozas, un rebaño de animales salvajes; en su compañía iban dos viejas
horribles, una alta, seca como un sarmiento, arrugada y sin dientes, llamada la
tía Calesparra, y otra pequeña, encorvada y negruzca, a la que
decían la Cuerva.
La presencia del cura les impuso un poco de respeto
a estos tipos selváticos, que miraron a don Álvaro, y sobre todo a María, como
si fuesen criaturas caídas de la luna.
Entre los mozos había uno con las trazas de un
verdadero chimpancé. Era grueso, membrudo, los brazos largos, la nariz chata y
los ojos brillantes; iba con una barba espesa, de seis o siete días, que
parecía formada de pinchos; tenía las cejas negras y el labio colgante. Se
llamaba Canuto, y era porquero. Las leñadoras jugaban con él, y él las
intentaba agarrar y decía:
—¡Indina! Si te cojo en el monte, ya verás, ya.
—Este es algún medio tonto—le dijo Aracil al cura.
—Sí, tonto—replicó el cura—. Métale usted el dedo
en la boca. Este lo que tiene es más picardías que una mula falsa.
Algunos mozos habían quedado fuera de la casuca del
santero, y dos o tres de ellos entraron en la cocina a preparar los
instrumentos de música para el baile, consistentes en una caldera, que
golpeaban con un palo, y una zambomba formada por una piel de carnero clavada
muy tensa en una corteza cilíndrica de alcornoque.
Cuando ya estuvieron arreglados los toscos
instrumentos, salieron todos al raso de la ermita, sujetaron entre piedras unas
teas, que echaban más humo que luz, y comenzó el baile, que tenía el aspecto de
una danza de hombres primitivos en el fondo de un bosque virgen.
La luz de las teas manchaba de claridades rojizas
el rostro de los bailarines y daba a la escena un aspecto fantástico.
Un mozo que se sintió burlón, cogió de la cocina
una sartén, y haciendo como que se acompañaba con la guitarra, cantó unas
tonadillas extrañas, y luego hizo cantar a Canuto y a la tía Calesparra.
—No parece que estemos en un país civilizado—dijo
don Álvaro.
—Es posible que no lo estemos—replicó,
humorísticamente, Aracil.
—La verdad es que choca—añadió María—[Pg 204]que cerca de aquí haya trenes, y telégrafo, y luz
eléctrica...
—Nos encontramos en este momento en plena edad de
bronce—agregó don Álvaro.
—¡Ca, hombre!—dijo el doctor—. Canuto no ha llegado
al período cuaternario. Yo estoy seguro de que todavía siente la nostalgia de
andar a gatas.
Estuvieron contemplando el baile durante algún
tiempo.
La fiesta no tenía grandes atractivos, y María y
Aracil, seguidos de don Álvaro, se apartaron un poco del raso de la ermita. La
luna llena brillaba, redonda y blanca, sobre la montaña. Ni un soplo de aire
turbaba la serenidad del éter; la calma reinaba en el cielo y en la tierra;
todo parecía reposar en un silencio solemne; los árboles y las rocas se
dibujaban con claridad a la luz lunar, y la sierra de Gredos se erguía entre
blancas brumas azuladas.
—¡Qué hermoso!—dijo María.
—Es extraño—añadió don Álvaro.
—La ermita, desde aquí, con sus paredes blancas,
tiene un aire mágico—añadió el doctor.
XXII.
LA LEYENDA DE CHILLA, SEGÚN ARACIL
Y usted sabe ¿por qué se llama esta ermita Nuestra
Señora de Chilla?—preguntó María a don Álvaro.
—No.
—Pues seguramente tendrá una explicación este
nombre, su historia o su leyenda.
—Si no la tiene, es fácil inventarla—dijo Aracil.
—Yo no tendría imaginación para tanto—repuso don
Álvaro.
—Yo, sí; ahora mismo se la voy a contar a ustedes;
pero no le diga usted nada al cura.
—No, descuide usted.
—¿Hay por aquí algún convento?—preguntó el doctor.
—Sí, hombre, el de Yuste.
—Pues ya está la leyenda. Oigan ustedes—dijo
Aracil.
Y tomando un tono insinuante y persuasivo de orador
sagrado, comenzó así:
—En el monasterio de Yuste, que está en[Pg 206]clavado en la sierra de Gredos, había, hace muchos
años, un fraile llamado Melitón, que era un gran pecador y un saco de
picardías. Fray Melitón no se contentaba con comer bien, con dormir bien y
beber mejor, que ésta es la obligación de todo fraile, sino que le gustaba
salir del convento y cortejar a las mozas. Además de esto, Melitón era
malintencionado, se burlaba de la gente, engañaba al prior, y en vez de ocupar
sus ocios en leer, como sus compañeros, esos libros sublimes que se
llaman El Catalejo Espiritual, El Sinapismo de las Virtudes
Teologales, La Carabina de la Penitencia o La
Tabaquera mística, para hacer estornudar las almas devotas hacia el Señor,
se dedicaba a socarronerías y burlas. Una noche, en la infraoctava del Corpus,
fray Melitón tenía una cita con una rica viuda, a la que había catequizado.
Pensaba llevarle El Fusil del Devoto, que es la obra que más efecto
causa en las viudas recalcitrantes. Melitón, después de rezar las oraciones,
salió de su celda sin el permiso del prior, tomó una linterna y un paraguas,
¡el condenado tenía miedo a constiparse!, abrió la puerta del convento y salió
al campo. Había mucho lodo en el camino, y Melitón pensaba que iba a llegar a
casa de la viuda lleno de barro, lo cual no le gustaba. Se hallaba con esto
preocupado, cuando vió cerca de él una burra parda, sin duda, escapada de algún
caserío, que pacía por allí. Fray Melitón, pensando que el encuentro le venía
de perillas, se acercó a la burra, saltó sobre ella y, arreándola, echó a andar
hacia el pueblo, ¡hala que[Pg 207] hala! El fraile
iba distraído, pensando en la viudita, en los pasteles con que le obsequiaba y
en un rico vino de moscatel, del que tenía grandes provisiones en la bodega,
cuando, de repente, mira para abajo y empieza a ver que marchaba por el aire
entre las nubes, y que ya casi no se veían los árboles. Fray Melitón se asustó,
creyó que estaba ya mareado con el recuerdo del vino, pero vió que, en
realidad, subía y subía cada vez más. El hombre, o mejor dicho, el fraile,
horrorizado, convulso, comenzó a tirar del ronzal a la burra, pero ésta, como
si no. «¡Para! ¡Para! ¡Para!», gritó varias veces, y la burra seguía adelante.
«¡Para! ¡Para!», volvió a gritar el fraile, y la burra, sin hacerle caso, decía
entre dientes: «Sí, sí; chilla, chilla. ¡Para lo que te ha de valer!» Melitón
apretaba las nalgas contra la burra, a ver si con el esfuerzo empezaba a bajar
el fantástico animal, y llamaba a todos sus amigos, y chillaba y gritaba
agitando su linterna, y la burra, que bramaba e iba echando fuego por todo el
cuerpo, decía: «Sí, sí; chilla, chilla. ¡Para lo que te ha de valer!» Entonces
fray Melitón comprendió que estaba perdido y que era un gran pecador; sintió un
profundo dolor de contricción, tiró la linterna y comenzó a llorar y a
encomendarse a la Virgen. En esto sintió que la burra parda se deshinchaba por
momentos y que iba echando un olor de azufre insufrible. Melitón, entonces, por
inspiración divina, temiendo estrellarse en el suelo, abrió su paraguas, que le
sirvió de paracaídas, y fué bajando lentamente hasta este cerrillo. Al encon[Pg 208]trarse en el suelo se arrodilló, dió gracias al
cielo, y acordándose de lo que decía la burra cuando le llevaba en el aire,
levantó aquí el santuario de Nuestra Señora de Chilla.
—Muy bien—dijo don Álvaro riendo—. Es una
explicación muy chusca, aunque un poco irreverente.
—¿Cree usted?...
—Sí, hombre.
—Pero la religión de nuestros mayores abunda en
cosas chuscas.
—No digo que no.
—Eso demuestra la fuerza de la religión. Cuando
vive todavía, a pesar de todas sus mojigangas, es, sin duda, por algo.
Se habían alejado de la ermita y volvieron a ella.
Parecía de lejos un gran castillo feudal, lleno de almenas y de torrecillas, en
medio de una garganta rodeada de bosques; la claridad de la luna brillaba en el
fondo de las enramadas, y el cielo profundo tenía un inusitado esplendor...
Durmieron en el zaguán de la casa del santero. El
silencio llegaba del campo, dando esa impresión misteriosa de la Naturaleza, en
donde se funden el completo reposo y la vida intensa de los árboles y de las
plantas, de los insectos y de los pájaros. En plena noche se oyó el grito
siniestro y confidencial de la lechuza, y por la mañana cantaron los
ruiseñores...
XXIII.
EN SU BUSCA
Mientras Aracil y su hija dormían en el zaguán de
la casa del santero de Nuestra Señora de Chilla, dos personas andaban por
Madrid pensando en ellos y preparándose para buscarlos: eran éstas Tom Gray,
corresponsal de la Agencia Reuter, y el doctor Iturrioz.
Tom Gray había sido enviado por su Agencia a Madrid
para dar cuenta de las fiestas; presenció el estallido de la bomba desde una
tribuna próxima al balcón ocupado por el anarquista, auxilió a los heridos, vió
a Nilo Brull muerto y estuvo presente en la autopsia. Además, conocía al doctor
Aracil y a su hija.
Estaba en posesión de todos los datos necesarios
para hacer una información detalladísima, y, efectivamente, la hizo; pero la
desaparición de Aracil y de María dió al asunto nuevo interés y produjo una
exasperación de su curiosidad periodística.
Conoció Gray al doctor Iturrioz, y en vez de creer,
como los demás, que era un chiflado, se convenció de que era un hombre de
talento.
—Usted y yo tenemos que buscar a Aracil—dijo el
inglés.
—¿Y si lo encontráramos...?—preguntó Iturrioz.
—Si lo encontráramos... le ayudaríamos a escapar.
—Conformes.
Se pusieron los dos en movimiento y recorrieron
todos los rincones de Madrid. Iturrioz creía que su amigo no había salido de la
capital.
Cuando llegaron los telegramas de París afirmando
haber visto al doctor allí, Gray dudó; siguió con sus informaciones, y, por
último, después de ver lo infructuoso de sus pesquisas, creyó que había que
abandonar las pistas seguidas y tomar otras nuevas.
Se veían Iturrioz y Gray en el café Suizo y se
comunicaban sus impresiones. Una noche, Iturrioz dijo:
—He visto a Venancio Arce, un ingeniero pariente de
Aracil. Sabe algo; tiene indicios de lo que ha podido hacer el doctor. Vamos a
verle esta noche.
Fueron a visitar al ingeniero y hablaron con él.
—Yo estoy dispuesto a emplear el dinero que se
necesite para salvarles—dijo Gray—; de manera que puede usted no tener
escrúpulos en decirnos lo que sepa; si han escapado, mejor para ellos; si no,
les ayudaremos a escapar.
—Yo, como saber, no sé gran cosa—replicó Venancio—.
No tengo mas que indicios, suposiciones...
—Hable usted—le dijo Iturrioz.
—Yo creo que Aracil y María han estado en Madrid
hasta hace diez o doce días, escondidos no sé en dónde.
—Creo lo mismo—dijo Iturrioz.
—El quedarse en Madrid después del atentado—aseguró
Venancio—, aunque Aracil no haya tenido parte alguna en eso, era lo más
prudente. Ellos supieron por la noche que se habían dado órdenes para
prenderlos; lo natural es que hayan evitado tomar el tren.
—¿De manera que usted no cree que estuvieran en
París cuando se dió esta noticia?—preguntó Gray.
—Yo no.
—Ni yo tampoco—añadió Iturrioz.
—Hay muchas razones para suponerlo así—siguió
diciendo Venancio—. Se sabe que Aracil se afeitó en el hospital; está probado.
—Sí; es verdad—afirmó Gray.
—A pesar de esto, los dos periodistas de París que
dijeron haberle visto, lo describieron como un hombre de barba negra. En la
interviú que celebraron con Aracil en París, el doctor no sabía aún que Brull
hubiera sido encontrado muerto. Sin embargo, la noticia se conocía allá
veinticuatro horas antes, y Aracil no se había enterado. Además, le hacen decir
un día después del encuentro del anarquista que ignoraba el paradero de Brull.
—Es absurdo todo esto—dijo Gray.
—No. Eso demuestra—exclamó Iturrioz—que Aracil no
estaba en París, y que sus amigos llevaron a cabo esta maniobra para despistar
a la policía.
—Esa es también mi opinión—añadió Venancio.
—Entonces, ¿usted qué cree?—dijo Gray—. ¿Dónde
estarán? ¿En Madrid aún?
—Yo me figuro—contestó el ingeniero—que Aracil
envió a algún amigo suyo de París una nota para que fingiese una entrevista con
él, y que cuando la noticia surtió efecto y todo el mundo quedó convencido de
que se habían escapado, entonces ellos se prepararon a la fuga.
—Y ¿cree usted que habrán tomado el tren?—preguntó
Gray.
—Creo que no. Si hubieran tomado el tren estarían
en salvo; si estuvieran en salvo, nos hubieran escrito. Además, es lógico que
no se atreva uno a lanzarse a la suerte después de haberse salvado los primeros
días.
—Y, ¿cómo cree usted que se hayan marchado?
—No sé; si ha habido por medio algún amigo o
persona influyente, es posible que hayan ido en automóvil; pero lo dudo, por lo
que decía antes. En automóvil, hace tiempo que estarían fuera de España, y nos
hubieran escrito para tranquilizarnos.
—¿Usted supone, pues, que no han salido de España?
—Eso es.
—¿Y que han intentado marchar a pie hasta Francia?
Me parece absurdo.
—Si han ido a pie o a caballo, yo creo que habrán
elegido la marcha hacia Portugal. ¿Por qué lo supongo así? Primero, porque el
viaje es más corto; segundo, porque el país es más despoblado; tercero, porque
yo he hablado a María de este viaje.
—Entonces, es indudable—dijo Iturrioz—; han ido por
ahí.
—De manera que si fueran ciertas las suposiciones
de usted, ¿hacia dónde estarían?—preguntó Gray.
—Si han salido un día o dos después de publicada la
noticia de su paso por París, deben estar cerca de la frontera portuguesa.
—¿Quiere usted venir con el doctor Iturrioz y
conmigo en su busca? Tomaremos un automóvil, y, si los encontramos, los
pondremos en salvo.
—Es que, probablemente, el camino que hayan seguido
ellos no será la carretera.
—No importa; nos enteraremos. Conque, ¿usted viene?
Saldremos dentro de unas horas. Iturrioz y yo vendremos a buscarle a las cinco.
Esté usted preparado.
Se despidieron, y, por la mañana, Tom Gray y el
doctor Iturrioz se presentaron en un magnífico automóvil a la puerta de casa de
Venancio. Montaron los tres; Gray hacía de chauffeur; salieron de
Madrid y, en un instante, llegaron a Maqueda; preguntaron aquí, siguieron hasta
Oropesa y, no encontrando ningún dato, volvieron a Navalcarnero. Luego dejaron
la carretera principal y llegaron a Brunete.
Venancio creía que el doctor y su hija ha[Pg 214]brían tomado esta ruta. Como era poco frecuentada,
en las ventas podían recordar el paso de los fugitivos, y, efectivamente, en el
primer sitio donde preguntaron, en el ventorro de Los Dos Caminos, la mujer dió
las señas de Aracil y de su hija, y dijo que hacía ya una semana o más que se
habían albergado en su casa. Durante todo el camino, desde Brunete hasta San
Martín de Valdeiglesias, encontraron el rastro de Aracil y de su hija, y en el
ventorro de San Juan de los Pastores, las señas dadas por la ventera fueron tan
claras, que no dudaron Venancio, Iturrioz, ni el inglés, de que se trataba del
doctor y de María. Por qué aseguraba la mujer de la venta que los fugitivos
eran un guarda y su hija, no se lo pudieron explicar satisfactoriamente.
En San Martín se perdía la pista; habían pasado
bastantes aldeanos a la feria de la Adrada, y no se recordaba haber visto a los
viajeros. Además, acababa la carretera y no era posible seguir en automóvil.
Se discutió la manera de continuar el viaje, y
Venancio, después de consultar el plano, dijo:
—Lo mejor es que uno compre un buen caballo y vaya
recorriendo por el monte el camino, en línea recta, hacia Portugal; el
automóvil, por su parte, puede explorar la carretera entre Navalmoral,
Plasencia y Coria.
Se dispuso hacerlo así. Iturrioz, que era un buen
jinete, compró un caballo en San Martín de Valdeiglesias, apuntó los pueblos
que tenía que recorrer, y por la tarde se puso en[Pg 215] marcha.
Se acordó que escribiera todas sus investigaciones y las enviara diariamente a
Tom Gray, a Navalmoral.
Mientrastanto, Venancio y el inglés bajaron en el
automóvil a Escalona, y de Escalona se corrieron a Maqueda, desde donde
continuaron por la carretera hasta detenerse en Navalmoral de la Mata.
Al día siguiente, Venancio y Gray recorrieron la
carretera, sin encontrar pista alguna. La primera carta de Iturrioz no decía
nada interesante; en la segunda contaba que había encontrado en La Adrada un
hombre apodado el Ninchi, que conocía a los fugitivos. El Ninchi se
había brindado a acompañarle, y marchaban los dos a lo largo de la sierra de
Gredos, en busca de Aracil y de su hija.
XXIV.
LA SERRANA DE LA VERA
Se despertó Aracil y, viendo que María estaba
también despierta, se levantaron ambos y salieron al raso de la ermita. La luz
difusa del amanecer iluminaba el campo. Corría un vientecillo frío y sutil. Se
dispusieron a aparejar los caballos, y estaban dispuestos a partir, cuando el
cura, que se había levantado también, dijo:
—¿Qué, no quieren ustedes ver la ermita?
Aracil iba a pretextar el tener que preparar los
caballos; pero su hija le hizo callar con una mirada, y el cura, que notó la
intención, dijo:
—Ande usted, que por oír misa y dar cebada, no se
pierde la jornada.
Era domingo; el negarse a entrar podría parecer
demasiado significativo, y entraron. El cura y el santero les enseñaron la
iglesia y el coro.
—¿Alguno de ustedes sabe tocar el piano?—preguntó
el cura a María.
—No... Nosotros, ¿cómo quiere usted que sepamos
eso?
—¡Bah! ¡No se haga usted la tonta!... Usted sabe
tocar el piano.
—No, no.
—¡Déjese usted de historias!
María se turbó y miró a su padre, confusa. Aracil
hizo un gesto y se mordió los labios.
—Aunque sea un poco brusco—dijo el cura—, no soy de
los que hacen daño a nadie. Y si algo he adivinado, me lo callo. Conque, ande
usted, toque usted el órgano mientras yo digo misa.
—Vamos a llamar la atención de un modo
horrible—dijo Aracil—, y no nos conviene.
—¿Por qué llamar la atención?
—¡Una mujer que toca el órgano!
—Pues se hace una cosa. En el coro no entran mas
que el santero, su hija y usted; la gente, que crea que usted es el que ha
tocado. El santero no dirá nada si yo se lo mando.
No hubo manera de negarse, y María se puso de
acuerdo con el cura para saber lo que había de tocar. El santero le iría
indicando cuándo y cómo debía hacerlo, y Aracil daría al fuelle.
Comenzó a sonar la campana, y poco después fueron
entrando en la ermita toda la gente de los contornos que habían estado en la
fiesta de la noche anterior. Comenzó la misa. Aracil se agarró al fuelle del
órgano. María se sentó delante del teclado y siguió las instrucciones del
santero, que le decía: «Ahora, bajo; ahora, alto; ahora, fuerte».
De esta manera tocó lo que recordaba: trozos de
ópera y sonatas de Beethoven y de Mozart.
Cuando concluyó la misa, el cura les invitó a
comer. Habían preparado un yantar excelente; pero María y Aracil dijeron que
tenían prisa, montaron a caballo, y tras ellos fué don Álvaro.
—¡Qué bien ha tocado usted!—le dijo a María, con
verdadera efusión.
—¡Si no he sido yo! ¡Ha sido mi padre!
—Sí, eso ha pensado la gente; pero como yo soy
curioso, he subido las escaleras del coro y he visto a su papá que se dedicaba
a inflar el fuelle mientras usted tocaba.
María se echó a reír.
—Debe usted tener una idea rara de nosotros—dijo.
—Tanto, que no me chocaría nada que al llegar al
pueblo inmediato salieran a recibirle a usted llamándole duquesa, princesa o
reina.
—Pues no tenga usted cuidado, no saldrán.
—¡Qué sé yo!
Bajaron por entre matorrales espesos de espinos y
de retamas, de grandes y perfumadas jaras, húmedas de rocío. Se respiraba entre
estas breñas un aroma de incienso; anduvieron desorientados durante largo rato;
pero siguiendo siempre la garganta de Chilla, en cuyo fondo corría un arroyo, y
preguntando después en varios molinos de pimentón, llegaron a Madrigal de la
Vera.
Comieron allí los tres, en una cocina grande y
negra, de enorme chimenea, en la que colgaban ristras de chorizos y de jamones.
Por la tarde tomaron el camino y, arreando las caballerías, pasaron por
Valverde de la Vera, luego por otro pueblo, en el cual dijo don Álvaro no
convenía pararse, por ser muy miserable, y al anochecer se fueron acercando a
Losar.
Don Álvaro contó a María la historia, o leyenda, de
una mujer salteadora, que en épocas pasadas había andado por aquellos montes
robando a los viajeros, llamada la Serrana de la Vera, y comenzó a
recitar un antiguo romance, que decía así:
Allá en Garganta la Olla,
en la Vera de Plasencia,
salteóme una serrana
blanca, rubia, ojimorena.
Rebozada caperuza
lleva, porque así, cubierta,
su rostro nadie la viese
ni della tuviera señas.
María le dijo que siguiese el romance de la mujer
bandolera, y don Álvaro lo recitó completo.
Llegaron, ya entrada la noche, a Losar de Vera. Don
Álvaro les condujo a una posada grande, iluminada con luz eléctrica, y en ella
se hospedaron los tres.
XXV.
LA MUERTE DEL CABALLO
Al día siguiente, al salir, muy de mañana, del
pueblo, notaron que el caballo de María no podía andar. Marchaba con grandes
esfuerzos, como haciendo reverencias, y jadeaba, y al querer avanzar,
aligerando el paso, producía un ruido como una caldera que hierve.
María suplicó a su padre y a don Álvaro que no
marchasen de prisa, porque su caballo no podía seguirles. Desmontó María, y
Aracil y don Álvaro reconocieron el jaco.
—¿Dónde han comprado ustedes este vejestorio?—dijo
don Álvaro—. ¡Demonio, qué penco!
El caballo se paró, y Aracil, María y don Álvaro le
contemplaron en silencio. Era verdaderamente lamentable el aspecto del
pobre Galán: tenía una figura triste y lastimosa; le temblaban las
piernas; sus grandes ojos, redondos y apagados, miraban con vaguedad
angustiosa. Abría la boca para respirar, anhelante; resoplaba y tosía y
enseñaba unos dientes grandes y amarillos.
Aracil, después de contemplarle, dijo:
—Este caballo se muere en seguida.
Le quitaron la montura, para dejarle más libre, y
no quisieron abandonarlo; les parecía una crueldad. Aquellos ojos empañados y
dulces parecían guardar como un deseo afectuoso e incierto.
Las piernas del caballo fueron quedándose rígidas;
luego comenzó a temblar, se le dobló un brazuelo, después el otro, se inclinó
para adelante, vaciló y se tendió de lado, con un suspiro. Las patas se
movieron convulsivamente, el animal comenzó a resoplar y se le nublaron los
ojos. Estuvo un momento inmóvil, como descansando, esperando el último golpe;
irguió el cuello, largo y estrecho, se agitó de nuevo..., y un hilillo de
sangre salió de la nariz a correr por el suelo.
—¡Pobre Galán!—murmuró María,
secándose, disimuladamente, una lágrima.
—¿Le ha impresionado a usted?—preguntó don Álvaro.
—Sí; los caballos me dan mucha pena. ¡Los tratan
tan mal!
En esto, un buitre comenzó a dar vueltas en el
aire, muy arriba, tanto, que parecía volar a la altura de los picachos de la
sierra.
—Ya ha visto ése la presa—dijo don Álvaro.
—Ese es independiente de veras—añadió Aracil.
María montó a la grupa en la yegua de su padre, y
se alejaron de allí.
Se acercaron a Jarandilla; don Álvaro tenía por
precisión que quedarse, y trató de conven[Pg 223]cer al
doctor y a María de que se detuviesen, y especificó las curiosidades del
pueblo.
—No, no puede ser; tenemos mucha prisa—dijo Aracil.
—Es que podían ustedes descansar en mi casa—añadió
don Álvaro—. Allí nadie iría a buscarles.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias!—dijeron padre e hija.
Pero no es posible.
—Quisiera, entonces, que me prometiera usted una
cosa—dijo don Álvaro a María.
—¿Qué?
—Que cuando llegue usted, adonde sea, me escriba
usted una carta, diciendo: hemos llegado.
—Muy bien; lo haré.
—Pero firmada con su nombre y su apellido.
—Sí; no hay inconveniente.
—Entonces, ya que esto lo concede usted con
facilidad, como recuerdo del viaje que hemos hecho juntos, envíeme usted su
retrato.
—Bueno.
—¿De veras?
—Sí. Yo también quiero que no hable usted de
nosotros a nadie, ni a su familia, hasta que no reciba mi carta.
—Descuide usted, no hablaré mas que conmigo mismo.
—Entonces, despidámonos antes de entrar en el
pueblo. Que no nos vean juntos, porque le harían preguntas a usted.
Se despidieron afectuosamente, y padre e hija,
atravesando el pueblo, tomaron el camino de Cuacos.
XXVI.
EL «MUSIÚ»
Poco después se encontraron con una partida de más
de veinte arrieros, que llevaban en mulos sacos cargados de pimentón. Iban
todos los arrieros muy majos, y llevaban sus cabalgaduras colleras cuajadas de
cascabeles.
Los mulos eran fuertes y ágiles, y pronto dejaron
atrás a la yegua montada por el doctor y su hija. Al llegar a una parte del
camino en cuesta y revestido de piedras, la yegua de Aracil aminoró su marcha;
en cambio, los mulos de los arrieros subieron la pendiente con un gran ímpetu.
Era un espectáculo animado y bonito el ver aquella
cabalgata tan lucida y tan brillante cómo subía la vieja calzada. Los mulos,
briosos, limpios, enjaezados, parecían excitarse con el ruido de los
cascabeles, y pisaban rápidamente y con fuerza. La piedra sonaba, herida por el
hierro de las herraduras, con un ruido de campana, y las chispas saltaban por
debajo de las pezuñas de las caballerías.
Aracil y su hija marchaban despacio; comieron algo
que llevaban en la alforja; por la tarde, en el camino, vieron a un hombre que
corría escapado, y una hora antes de llegar a Cuacos se toparon al viejo Musiú
Roberto del Castillo, jinete en un caballo peludo. Las largas piernas del Musiú llegaban
con los pies hasta el suelo, y los pantalones recogidos dejaban ver sus
escuálidas canillas. Musiú Roberto del Castillo saludó con finura al doctor y a
su hija.
—¿No me conocen ustedes?—preguntó.
—No—contestó Aracil.
—Este señor—dijo María—es el que iba con un hombre
bajito, y lo encontramos por primera vez cerca de un puente, al salir de
Brunete.
—El mismo, señorita—afirmó el Musiú.
—El inventor de los elixires. Sí, lo
recuerdo—exclamó el doctor—; pero antes iba usted a pie.
—Sí—murmuró el Musiú—; he encontrado
este caballo en el campo, y me lo he apropiado.
—¡Demonio, qué procedimiento!
—No todo el mundo puede ser rico como ustedes.
—Y ¿de dónde sabe usted que somos ricos?—preguntó
el doctor.
—Yo me lo sé; sé, además, que es usted médico y que
va usted huyendo.
—¡Bah!
—¡Ya lo creo! Y como yo necesito algún dinero, si
no aflojan ustedes la mosca, les denuncio.
—Y nosotros le denunciamos a usted como ladrón de
caballos—saltó María.
—¡Bah! Entre un vagabundo como yo y unos señores
como ustedes hay mucha diferencia. A mí me encerrarán unos meses; a ustedes,
¡qué sé yo lo que habrán hecho!; probablemente algo muy gordo cuando huyen así.
—Y ¿qué irá usted ganando con
denunciarnos?—preguntó Aracil.
El Musiú se encogió de hombros.
Siguieron marchando los tres por la carretera.
—Bueno—dijo el Musiú—; ¿qué dan ustedes
por callar?
—Usted dirá—contestó María.
—Cincuenta duros.
—¿De dónde los vamos a sacar?
—¿Cuánto llevan ustedes ahí?
—Unos veinte.
—Vengan.
—¿Y si luego nos denuncia usted?
—¡Ca! Si yo también tengo mucho que ocultar; no
tengan ustedes cuidado—dijo el Musiú, riendo con risa cínica, que
mostraba sus dientes negros.
—Vaya; le daremos a usted cinco duros—dijo Aracil.
—Bueno, bueno. Vengan. Y, al llegar al pueblo, cada
uno por su lado.
—Una pregunta—dijo Aracil—; ¿por qué dice usted que
soy médico y rico?
—Porque ha reconocido usted a un enfermo en el
camino, digo que es usted médico; porque le ha dado usted dinero, digo que es
usted rico; porque no se ha querido usted[Pg 228] parar
un momento allí, creo que va usted fugado.
Aracil no replicó. Las consecuencias no podían ser
más lógicas. Llegaron a Cuacos y salió a recibirles una pareja de la Guardia
civil, que les mandó detenerse. Se había escapado un preso que llevaban
conducido, y los guardias pensaban que Aracil y su hija debían de haberlo
encontrado en el camino. Dijeron éstos las personas con quienes se cruzaron en
la marcha, y uno de los guardias les pidió los documentos. Los enseñaron.
—¿Ustedes se van a quedar aquí?—preguntó el
guardia, sin leer los papeles.
—Es probable—dijo Aracil.
—Bueno; pues mañana vendrán ustedes con nosotros a
Jaraíz a prestar declaración.
Al mismo tiempo que al doctor, habían detenido
al Musiú, y éste temblaba y miraba su caballo y su morral con
espanto.
Uno de los guardias llamó a un joven con tipo de
chulo, y le dijo, señalando al doctor y a su hija:
—Oye, Lesmes, acompaña a estos señores a la posada.
Luego los dos guardias, poniendo en medio al Musiú,
se fueron con él.
—¿Adónde llevan a ése?—preguntó Aracil a Lesmes.
—¿Adónde lo van a llevar?... A la cárcel.
El joven les condujo hasta la posada. Metieron la
yegua en la cuadra y entraron en una gran cocina negra.
El dueño de la posada era un viejo de cara[Pg 229] juanetuda, con el pelo blanco. Lesmes, que
resultó ser el alguacil, le dijo que hospedase al doctor y a María.
—Pero, ¿es gente sospechosa?—preguntó el posadero.
—No, hombre, no; tienen sus papeles, y los han
enseñado a la Guardia civil.
—Entonces, ¿por qué vienen contigo?
—Porque mañana tienen que ir a Jaraíz a declarar.
—Bueno, bueno.
—Y si usted no quiere tenerlos, los llevaré a la
otra posada.
—No, no; que se queden.
—Pero, ¿qué anda usted con tanto melindre, señor
Benito?—dijo un pimentonero joven y rechoncho—. Si aquí, empezando por usted,
el que más y el que menos es licenciado de presidio.
—¡Cállate tú, animal!—exclamó el viejo—. A mi casa
no vienen mas que personas decentes.
Se rió el arriero, y una moza preparó un cuarto
para Aracil y su hija.
XXVII.
FUGA DE NOCHE
A la luz pabilosa de una vela de sebo se veía un
cuarto sucio y negro, en donde andaban perdidos, sin poder encontrarse, un
arcón, una mesa travesera de aspa y dos camas con colchas rojas. En el techo se
veían las vigas alabeadas, pintadas de azul. En la pared, encalada y llena de
desconchaduras, colgaba un espejo pequeño, deslustrado y negruzco, y varias
estampas religiosas.
María y Aracil discutieron lo que debían hacer.
Tenían encima dos peligros: uno la declaración en Jaraíz, en donde podían
trabucarse e incurrir en contradicciones y hundirse y hundir también a Isidro
el guarda; el otro peligro era la delación del Musiú, que viéndose
cogido podía denunciarles.
Decidieron, en vista de las posibilidades que había
de echarlo todo a perder, huír de noche en busca de la estación más próxima,
que era Casatejada. Allí tomaría Aracil el tren de Portugal, y para no ir
juntos y no infundir sospe[Pg 232]chas, María esperaría
en el pueblo y saldría al día siguiente.
—La cuestión es que no nos vigilen—dijo María—.
Convídale a Lesmes, el alguacil, que debe estar abajo.
Fué el doctor a la cocina, habló con los arrieros y
con el hombrecillo que les había traído a la posada, dijo que se iba a quedar
unos días en Jaraíz, contó unos cuantos chascarrillos y se hizo amigo de todos.
María, mientrastanto, se enteró bien de cómo se
abría la puerta de la casa; había una cadena de un lado a otro, y el postigo
tenía un cerrojo pequeño, que chirriaba. Después subió al cuarto que les habían
destinado y exploró los alrededores. Cerca corría un pasillo con una ventana,
que caía sobre un callejón formado por dos tapias de piedras toscas.
A un lado del corredor, en un desván, se guardaban
azadones, rastrillos, bieldos y espuertas hechas de tomiza.
Este desván estaba cerrado por una puerta
carcomida, que se sujetaba con un gancho.
Cenaron en la cocina; hablaron con animación y
alegría, para no infundir sospechas.
Después de la cena, Aracil y María subieron a su
cuarto, que estaba próximo a la escalera, y dejaron la puerta abierta.
Observaron, desde arriba, hacia dónde ponían los arrieros las enjalmas de las
mulas, que les servían de camas, y vieron que todos las colocaban hacia la
parte de adentro, lo más lejos de la puerta. El camino estaba, pues, libre.
Las dos grandes dificultades consistían en[Pg 233] bajar la escalera y en abrir la puerta sin
ruido, sin que se despertara nadie. Sacar la yegua de la cuadra era tarea
imposible, y se decidieron a dejarla.
Estuvieron en el cuarto una hora o más a obscuras,
hasta que no se oyó en la casa el menor ruido. María se quitó los zapatos y
Aracil las botas.
—Vamos.
Salieron a la escalera. Esta era tan vieja, que
crujía al más leve paso. Padre e hija fueron bajando las escaleras de
puntillas, deteniéndose a veces, alarmados. El estallido de las tablas les
hacía quedar inmóviles, con el corazón palpitante. Llegaron al portal. María
escuchó un momento la respiración de los arrieros, y avanzó con sigilo hacia la
puerta. Luego tiró del cerrojo, que chirrió fuertemente.
—¿Quién anda ahí?—dijo uno de los arrieros.
María cogió de la mano a su padre y le hizo echarse
atrás.
—¿Pasa algo?—volvió a preguntar el arriero.
María y Aracil quedaron un momento inmóviles; luego
fueron retrocediendo poco a poco y volvieron a subir las escaleras. Era difícil
salir por la puerta sin que lo notara nadie. María le habló a su padre de la
ventana del pasillo.
—Vamos a verla.
Fueron sin hacer ruido; la ventana tendría una
altura de cinco a seis metros sobre el callejón. Aracil se quitó la faja.
Llegaba hasta cerca del suelo, pero no había dónde sujetarla; las maderas eran
débiles y carcomidas.
—¿Cómo podríamos sujetar esto?—murmuró Aracil.
María entró en el desván donde se guardaban útiles
de labranza, y vino con el palo de un azadón.
—¿Si lo pusiéramos así, atravesado en la ventana?
¿Eh?
—Sí; podría servir.
El palo era bastante más largo que la anchura de la
ventana; la cuestión era que no se escurriese. Ataron la faja al centro del
astil y vieron que se sujetaba muy bien.
—Vamos allá. Baja tú primero—dijo Aracil—; yo
tendré cuidado con que no se escurra el palo.
María sacó el cuerpo fuera de la ventana y se
agarró a la faja; Aracil fué sosteniéndola desde arriba, y la muchacha llegó al
suelo sin hacerse daño.
El doctor iba a descolgarse, pero pensó que, al
soltar la faja, el palo del azadón, bastante pesado, caería en el interior del
pasillo y produciría un gran ruido.
—¿Qué pasa?—dijo María.
—Espera un momento.
Aracil sacó su pañuelo, lo rompió en dos tiras y
ató con ellas el palo del azadón en los pernios de las ventanas.
—Pero, ¿qué hay? ¿Por qué no bajas?
—Espera. Hazme el favor.
Cuando concluyó de sujetar el palo se echó fuera de
la ventana y se descolgó sin dificultad.
Siguiendo el callejón, entre dos tapias de piedra,
salieron a la calle.
La luna brillaba en el cielo y asomaba su faz
blanca por encima de un tejado; su luz dividía la calle en una zona obscura y
otra muy clara; en ésta se veían las fachadas torcidas, ruinosas, con balcones
viejos y derrengados, y se pintaban en ellas sombras negras y dentelladas de
los aleros grandes y de los saledizos. Las piedras del suelo se dibujaban con
fuerza. Arrimándose a las paredes, Aracil y María avanzaron por la zona de
sombra, cortada a trechos por la luz que entraba por los callejones.
Una mujer abrió un balcón y echó una palangana de
agua. Después vieron a un sereno envuelto en la capa, con el chuzo, cuyo acero
brillaba a la luz de la luna, que cantó la hora melancólicamente.
Salieron de la aldea; a ratos rompían el silencio
de la noche los aullidos tristes de los perros. Al pasar por delante de una
casa aislada, les salió al encuentro un perrazo, que lanzaba un ladrido
estruendoso. Aracil sacó el revólver y lo amartilló. El perro siguió ladrando y
amagando morder, hasta que abandonó la partida, gruñendo.
El camino para Jaraíz estaba bien indicado; el
encontrar después el de Casatejada sería, indudablemente, más difícil. A la
hora u hora y media de salir de Cuacos, llegaron a Jaraíz. No entraron en el
pueblo; pasaron por delante de una fragua iluminada.
—Espérame un momento—dijo Aracil—, preguntaré aquí.
Quedó sola María en el camino, y al poco rato
volvió el doctor.
—Vamos bien—dijo.
Siguieron el camino. La claridad tenue de la luna
iluminaba el campo yermo, desnudo y seco; un mastín, a lo lejos, atronaba el
aire con sus ladridos. Padre e hija comenzaban a rendirse; se sentaban a veces
en los riberos a descansar.
Era más de media noche cuando llegaron delante de
un arenal, surcado por un río caudaloso. Brillaba sobre la arena, como si fuera
de azogue; la claridad indecisa de la luna rielaba en sus aguas, y salía de él
un murmullo misterioso y confuso.
Anduvieron los fugitivos por la orilla a ver si
encontraban algún puente o alguna barca, pero no hallaron ni una cosa ni otra.
¿Qué hacer? El río, siniestro, ancho, silencioso, parecía una gran serpiente
dormida en la arena. El verlo tan brillante les espantaba; el detenerse allí
les podía perder.
—Este río es el Tiétar, y debe ser poco
profundo—dijo Aracil—; el que por aquí venga el camino y no haya puente
demuestra que esto es un vado.
—Vamos a verlo.
Se descalzaron los dos y fueron entrando en el río.
Al principio no había apenas fondo, pero a los ocho o diez metros comenzaba a
subir el agua muchísimo.
—Hay que volver—dijo Aracil.
—Y ¿qué haremos?
Era muy difícil contestar a esta pregunta. El río
llevaba bastante corriente; perdiendo el pie y no sabiendo nadar, podía suceder
una desgracia.
—Esperemos a ver si aclara un poco—murmuró Aracil,
desalentado.
Se tendieron a la orilla del río. Estaban los dos
rendidos, febriles, mudos. En esto se oyó a lo lejos el galopar de un caballo.
—Viene alguien—exclamó el doctor, sobresaltado—.
¿Será la Guardia civil? Entonces, estamos perdidos.
Al entrar el jinete en el arenal del ancho cauce
del río, dejó de oírse el ruido de las herraduras del caballo; pero, en cambio,
se fué haciendo cada vez más próximo el choque de los arneses y de las correas
en el silencio de la noche.
No era la Guardia civil, sino un hombre solo, que
venía en un caballo blanco. El hombre no debía conocer el camino, porque quedó
desconcertado al encontrarse delante del río, sin puente para pasar; miró más
arriba y más abajo de la orilla, y se decidió a meterse en el agua.
—¡Eh, buen hombre!—le dijo Aracil.
—¿Qué hay? ¿Quién me llama?
—¿Podría usted pasarnos en el caballo?
—No puede ser; tengo prisa.
—Se le pagaría lo que fuera.
—No quiero perder tiempo.
El hombre se dispuso a atravesar el río a caballo,
y como para darse ánimos, cantó:
¡Arriba, caballo moro!
Sácame de este arenal,
que me vienen persiguiendo
los de la Guardia imperial.
[Pg 238]—¡Vaya, salga lo que saliere!—dijo Aracil—.
Agárrate a mí, María. ¡Fuerte!
El doctor se cogió con las dos manos a la cola del
caballo, y María, a la cintura de su padre. Avanzaron en el río. El agua fué
subiendo, subiendo; les llegó al cuello; el doctor y su hija sintieron el
espanto de la muerte próxima; luego el agua comenzó a bajar, el caballo dió una
sacudida y se desasió de las manos del doctor, y éste y María se encontraron
dentro del río, con agua hasta media pierna. Fácilmente ganaron la orilla
opuesta. El hombre del caballo picó espuelas y se alejó de allí al trote.
Aracil y María salieron con las ropas chorreando
agua y temblando por la humedad y el frío. María tiritaba estremecida, y su
padre, asustado, sin pensar ya en la huída, intentó encender fuego; casi todas
las cerillas que llevaba estaban mojadas; algunas, sin embargo, servían, y
pudieron hacer una hoguera y secarse un poco las ropas.
El alba comenzaba a apuntar en el horizonte, y el
velo azafranado de la aurora se esparcía por la tierra cuando Aracil y María
volvieron a comenzar la marcha. Al amanecer cruzaron la vía del tren. A la
claridad gris de la mañana, en medio de campos de trigo, se veía un pueblo. Una
estrella brillaba en el Oriente; comenzaban a cacarear los gallos.
Iban por el camino, muertos de cansancio, cuando de
pronto oyeron gritar:
—¡Aracil! ¡María!
Se volvieron, sobrecogidos. Delante de ellos, a
caballo, estaban Venancio y Gray.
—Vamos—dijo el inglés—; a montar.
Subió Aracil a la grupa del caballo de Gray, y a
María la levantó Venancio hasta sentarla en el arzón delantero, y al trote
llegaron a la carretera. Allí esperaba un automóvil rojo y un hombre. Encargó
el inglés a éste que llevara los caballos al pueblo; en el coche montaron
Venancio, Aracil y María. El inglés dió al manubrio para poner en movimiento el
motor, luego subió a su asiento, soltó el freno, y el automóvil comenzó a
marchar de una manera vertiginosa.
Explicó Venancio al doctor y a su hija que por la
mañana habían sabido por un propio, enviado por Iturrioz, que estaban en
Cuacos, y este propio, que era el Ninchi, les vió al pasar el
Tiétar, aunque no les reconoció. Al decirles que se había encontrado en el
camino y cerca del río con un hombre y una mujer, el inglés y él supusieron si
serían ellos.
Aracil contó lo ocurrido en Cuacos, y pensando que
quizá en aquella hora se habrían dado cuenta ya de su fuga, experimentó una
gran angustia.
Comenzó a hacerse de día; la luna se ocultaba;
algunas estrellas parpadeaban aún en el cielo; la sierra de Gredos comenzó a
aparecer azul, entre nieblas blancas, como una muralla almenada; luego se
derramó el sol por el campo, quedaron jirones de nubes sobre los picachos
angulosos de la sierra, y poco después la montaña desapareció como por
encanto...
El inglés conocía muy bien el camino que habían de
seguir; bajaron hasta Trujillo, y seis horas más tarde entraban en Portugal.
XXVIII.
EN PORTUGAL
En el primer pueblo de la frontera portuguesa se
detuvieron y pararon en una posada. María experimentaba un gran malestar y
sentía los pies como si le estuvieran ardiendo.
—¿Qué tienes?—le dijo su padre.
—No sé.
Cuando intentó descalzarse, no pudo: tenía hinchado
los pies; Aracil le cortó los zapatos; luego, para arrancarle las medias, hubo
que hacerle mucho daño, y María aguantó el dolor sin quejarse.
—¡Qué valiente!—dijo Venancio, enternecido.
—¡Oh! Mucho, mucho—exclamó el inglés, lleno de
asombro.
Tenía María los piececitos tumefactos, hinchados y
llenos de sangre. El inglés llevaba unas pastillas de sublimado, que se
disolvieron en agua, y Aracil lavó y vendó los pies de su hija. Al concluír de
vendarle, el doctor, que[Pg 242] estaba
arrodillado, besó a María en la pierna, con gran efusión, llorando.
Ella tendió los brazos a su padre, y estuvieron los
dos un momento abrazados.
No había tiempo que perder. Entre Aracil y Gray
llevaron a María al coche, y Venancio se despidió de ellos.
—Yo tengo que volver a Madrid.
Aracil le dió los papeles de Isidro el guarda,
encargándole que se los entregara lo más pronto posible, y María le dijo que le
diera las gracias y le contara cómo habían pasado la frontera. Venancio abrazó
a su sobrina y dió la mano al doctor y al inglés, que siguieron su camino,
internándose en Portugal.
El inglés tenía un amigo y paisano, dueño de unas
minas, en cuya casa se acogerían.
—Ahora tomaremos hacia Coimbra, adonde llegaremos
al caer de la tarde, y por la noche estaremos ya donde vive mi amigo.
Al principio, la carretera marchaba entre grandes
alcornoques, con la parte baja del tronco descortezada y rojiza; luego el
paisaje se iba haciendo más suave y más verde. Cruzaron extensos pinares. En la
base de los pinos, y debajo de sus heridas elípticas, se veían vasos de
arcilla, que iban recogiendo la resina de color de cera. Pasaba todo a los
lados del automóvil de una manera vertiginosa: casas, bosques, árboles,
caminos.
Aracil iba como en un sueño; el cansancio y el aire
le dejaban amodorrado; María sentía una gran pesadez en la cabeza, y temblaba,
con escalofríos.
Pasaron al anochecer por Coimbra, y ya entrada la
noche, llegaron a un pueblo muy pequeño, con una plaza grande con árboles. El
automóvil se detuvo frente a una casa, con las ventanas iluminadas. Salió un
mozo a la puerta, y el inglés le preguntó por su amigo.
—¿Está?
—Sí. Pero ahora tiene una comida.
—Bueno, que salga.
—Es que me ha dicho el señor...
—Nada, dile que salga.
El mozo volvió al poco rato con el dueño de la
casa, un inglés de unos cuarenta años, joven, calvo y rojo, a quien Gray
explicó lo que pasaba.
—Está bien. Está bien—dijo el minero. Abrió el
automóvil y dió la mano al doctor para que bajara; luego, sin más ceremonia,
tomó a María en brazos y se la entregó a Gray, que fué subiendo con ella las
escaleras hasta una habitación del primer piso.
—Estos señores son unos parientes míos que se van a
quedar aquí unos días—dijo el minero a la criada, chapurrando el portugués;
luego, dirigiéndose al mozo, advirtió—: Acompaña a este señor a colocar el
automóvil—. Ahora—añadió, inclinándose ante María—perdonen ustedes, porque
tengo una comida con unos portugueses que quieren venderme unas minas.
Y el inglés se fué; María, Aracil y la criada se
quedaron en un cuarto grande y destartalado. María, ayudada por la muchacha, se
acostó en una cama dura y pequeña, y Aracil se tendió en un sillón.
XXIX.
DESCANSAN
Al día siguiente, Aracil notó que su hija tenía
mucha fiebre. Las heridas de los pies no eran bastante causa para una elevación
tan grande de temperatura. Al anochecer decreció la fiebre. Aracil supuso si
sería ésta consecuencia del desgaste nervioso de los días anteriores; pero, a
media noche, volvió de nuevo la calentura, y Aracil comprendió que había algo
palúdico, y supuso que en la noche de la huída, al quedarse a descansar en la
orilla del Tiétar, habría cogido la enfermedad.
Durante casi toda la noche María estuvo delirando.
La obsesión, en su delirio, era el río.
—El río..., el río...—exclamaba—; ten cuidado...,
nos vamos a ahogar...—y se erguía en la cama, temblorosa, con los ojos muy
abiertos—. ¡Ah!, ya hemos pasado...
Y volvía siempre a la misma idea.
Aracil estaba muy inquieto con la enfermedad de su
hija, y preguntó al minero si el médico del pueblo era hombre inteligente.
—Sí, sí; mucho.
—¿Se le podría llamar?
—Sin inconveniente alguno. Es persona de confianza.
Se llamó al médico, un hombre joven y de mirada
abierta, que examinó a la enferma y dijo que se trataba de una fiebre
intermitente. Le marcó el tratamiento, que a Aracil le pareció bien, y María, a
los cuatro días, comenzó a mejorar y a tener menos fiebre.
Gray anunció que se marchaba a Madrid.
—¿Qué piensa usted hacer?—preguntó, al despedirse,
al doctor.
—No sé todavía. Nos iremos cuando María esté mejor.
—¿Adónde?
—El caso es que todavía no lo hemos pensado. Toda
nuestra preocupación era salir de España, y nos parecía tan difícil, que no
hemos formado ningún proyecto para después.
—Pero ahora tendrán ustedes que decidirse.
—Yo no sé si en Francia...
—En Francia les expulsan a ustedes.
—¿Usted cree que será mejor ir directamente a
Inglaterra?
—Mucho mejor; en Inglaterra vive todo el mundo.
—Pues nos iremos a Inglaterra.
—Yo le diré a mi amigo el minero que se entere
cuándo sale un barco de Lisboa, sin tocar en España, y les dejaré una carta
para un hotel de Londres.
—Muchísimas gracias.
Tom Gray saludó a María y se fué.
A la semana de estar en el pueblo, María co[Pg 247]menzó a entrar en la convalecencia, y a medida que
la muchacha mejoraba, su padre iba poniéndose inquieto, nervioso y triste. El
menor ruido que oía en la calle le sobresaltaba, y sentía miedo y ganas de
llorar por cualquier cosa.
Cuando María comenzó a levantarse, Aracil tuvo que
guardar cama unos días. El doctor Duarte, el médico del pueblo, le recomendó
que se pasara el día en el campo, porque se encontraba débil y neurasténico.
María, en la convalecencia, estaba encantadora,
perezosa, sonriente, lánguida como una niña. Nadie hubiera supuesto en ella una
mujer enérgica y atrevida. Vivía sin salir de casa; la ventana de su cuarto
daba a una llanura verde de viñedos y maizales, cerrada en el fondo por unas
colinas, sobre las cuales parecía marchar, como una procesión fantástica, una
larga fila de cipreses, que terminaba en el cementerio.
Solía sentarse María al lado del cristal, y
conversaba con la criada, una muchachita del país, de un tipo oriental o judío.
Se entendían bien, hablando una portugués y la otra
castellano, y simpatizaban hasta cierto punto, aunque María notaba que la
portuguesa tenía un sentimiento de hostilidad por los españoles. Contaba la
muchacha que, en Lisboa, la mayoría de los ladrones, chulos y perdidos eran
españoles. María le replicaba que en todas partes había mala gente, pero la
otra no se daba por convencida.
La nota contraria a la de la muchacha la[Pg 248] daba Aracil, a quien el minero había
presentado a sus relaciones como un ingeniero francés que venía a visitar las
minas. El doctor se dedicaba, cuando hablaba con María, a satirizar a la gente
del pueblo.
—Esta es la tierra ideal para los vanidosos—le
decía.
—¿Por qué?
—Porque aquí todos somos vuecencias y excelencias y
excelentísimos señores. ¡Qué gente más petulante!
—En España también hay algo de eso—replicaba María.
—Sí, en el papel. ¿Tú has visto alguna vez que los
españoles nos tratemos de excelencia? ¡Y esos tratamientos son tan cómicos
algunas veces! El otro día le faltaban al director los partes de la mina, y
anduvo buscándolos como loco; por fin, entró en la cocina, donde el muchacho
que los trae estaba comiendo, y vió los partes en el suelo, entre basura y
cáscaras de patata: «¡Mira dónde están los partes!», gritó el director con voz
de trueno; y el chico se levantó, se sacó el sombrero, y dijo, cachazudamente: «Sí;
los tenía ahí para dárselos a Su Excelencia». Yo, que presencié la escena, no
pude contener la risa.
—Sí. Es cómico.
—Y luego, ¡qué sentimentalismo! ¡Esta gente está
degenerada! El otro día, el inglés despacha al mozo de cuadra, y el mozo
empieza a llorar; por la noche, riñe a la cocinera, porque ha quemado la
comida, y a la mujer se le saltan las lágrimas... Es grotesco.
—Sí; debe ser una gente sentimental.
—Este es un pueblo elegíaco, como el pueblo judío.
¡No hay mas que oír esos fados tan tristes, tan lánguidos!
—Pero, a pesar de todo, se parecen mucho a los
españoles.
—¡Ca! ¡Díselo a ellos, que aseguran ser de distinta
raza! Ellos encuentran una serie de diferencias físicas y psicológicas entre
los portugueses y los españoles. Dicen que son más europeos, más cultos, y es
posible; que saben francés, que nosotros somos más brutos, lo que también es
muy posible; que son más sociables, también debe ser cierto. Lo que es
indudable es que no hay simpatía entre nosotros y ellos.
—Sí; eso es verdad.
—Y no puede haberla. Estos son ceremoniosos,
hinchados, siempre petulantes; nosotros, malos o buenos, somos más sencillos.
—Pues el doctor Duarte, que ha venido a visitarme a
mí, me ha parecido una persona sencilla.
—Sí; ese es de los pocos sencillos de aquí... Y es
curioso, es anarquista.
—¿Sí?
—Sí. La otra noche, paseando por la plaza, me
decía, con cierta pena: «En Portugal no habrá nunca anarquistas. Este es un
pueblo blando e indolente. En España hay más viveza, más fibra», añadía él. Y
es verdad. Son tipos lánguidos que parecen criollos, sin la exasperación de los
americanos. Es una gente de sangre gorda, que no tiene nada dentro.
XXX.
SE VAN
A las tres semanas de estar en el pueblo, el minero
inglés les dijo que había recibido la noticia de que un barco, el Clyde,
saldría al día siguiente de Lisboa para Londres, sin parar en ningún puerto de
España. Además, convenía que se fueran, porque en el pueblo se comenzaba a
hablar mucho de ellos, lo cual podía ser peligroso.
Se decidieron; el minero les entregó una carta de
Gray para un hotel-pensión de Londres, y ordenó a su secretario que les
acompañara a Lisboa y les dejara instalados en el vapor.
Después de almorzar, salieron los tres en coche, y
cruzaron durante una hora por entre pinares. El cielo estaba nublado,
amenazando lluvia.
Llegaron a la estación, esperaron una media hora, y
tomaron el sudexprés. El mozo del tren les hizo pasar a un departamento, en el
cual iba solo un joven de quevedos y sobre[Pg 252]todo
gris, María se acurrucó en un rincón y cerró los ojos.
Pensaba en los incidentes del viaje a pie, que en
pocos días tomaban en su imaginación la vaguedad de recuerdos lejanos,
interrumpidos por impresiones de una extraordinaria viveza.
La rotura brusca de la vida normal le había
modificado del tal manera las perspectivas de las cosas y de las personas, que
la vida suya, la de su padre y la de su familia, las encontraba distintas a
como las había visto siempre.
El joven del sobretodo gris se puso a hablar con el
doctor y con el secretario del inglés. Este joven, elegante, era un
portuguesillo un tanto finchado, que hablaba español muy bien; dijo que era
diputado conservador y partidario de la dictadura. Tenía a gloria el ser amigo
de todas las bailarinas y cantaoras de Madrid y de Sevilla.
María, a quien no interesaba gran cosa la
conversación del diputado, salió al corredor del tren. Había obscurecido ya;
por delante de la ventanilla pasaban rápidamente los árboles y casas. Estaba
lloviendo. El tren rodaba, con un ritmo monótono, por el campo.
De tarde en tarde se detenía en una estación
solitaria; se oía un nombre, pronunciado de una manera lánguida; se veía a la
luz de unos faroles un paseo con unas acacias, que lloraban lágrimas sobre el
asfalto del andén, y seguía la marcha.
María estaba impaciente, ansiando llegar. Se puso a
leer los anuncios colocados en el pasillo del vagón; eran casi todos de hoteles
y ca[Pg 253]sinos de esos pueblos cuyo nombre sólo da
una impresión de fiesta y placer: Niza, Ostende, Montecarlo, Constantinopla, El
Cairo...
Paseó María de un lado a otro del largo vagón, y se
detuvo al oír hablar castellano a dos señoras. Le parecía que hacía ya un
tiempo largo que no había oído su lengua.
Entró de nuevo en el coche; el diputado, el
secretario del inglés y Aracil, seguían charlando de política.
Serían las once de la noche cuando se comenzaron a
ver las luces de Lisboa; brillaban los focos eléctricos en el aire húmedo; se
pasó por delante de una avenida iluminada. Llegaron a la estación, bajaron en
un ascensor hasta una calle, tomaron un coche, y el secretario indicó al
cochero dónde debía pararse.
Llovía a chaparrón. Cruzaron entre el diluvio, que
convertía las calles en torrentes, y fueron por la orilla del río hasta un
muelle, en donde pararon. Los fanales eléctricos de un barco brillaban y se
balanceaban en los palos como estrellas. Un farol rojo iba y venía por la
cubierta.
Se detuvo el coche, y entraron los tres, de prisa,
en el barco. Era el Clyde. Se les presentó un marinero, envuelto en
un impermeable. El secretario llamó a un empleado del barco, que indicó sus
camarotes a María y a su padre. Luego el secretario se despidió afectuosamente
de ellos y los dejó solos.
XXXI.
EN EL MAR
María ha salido sobre cubierta a respirar el aire
de la noche.
El Clyde marcha a toda máquina, en
medio de una obscuridad densa.
El cielo está cerrado y sin estrellas; las olas
sombrías se agitan como una manada confusa de caballos negros, y van y vienen
en el misterio del mar.
En medio de las tinieblas de este abismo caótico de
agua y de sombra, María respira con fuerza y se siente segura y tranquila. El
aire salobre le azota el rostro con ráfagas impetuosas; silba el viento, y las
olas, cargadas de espuma, parecen cantar y quejarse en los costados del buque.
La hélice se hunde en el agua; las máquinas
retiemblan, y estos rumores roncos son como burras de triunfo, voces
atronadoras de un[Pg 256] dios padre y protector de
la civilización, bastante fuerte para vencer las cóleras del viento unidas a
las cóleras del mar.
De cuando en cuando, la sirena del Clyde lanza
un aullido formidable en medio de la negrura de la noche, y se oyen a lo lejos,
muy amortiguadas por la distancia, las señales de otros barcos que pasan.
A veces, una ráfaga de aire viene empapada en
lluvia; después cambia el viento y gime y suspira con una hipócrita
mansedumbre.
En algunos instantes la nave parece cansada; se
cree sentir que la hélice se hinca con menos fuerza en el agua; pero luego,
como con una decisión súbita, se agita el barco, tiembla, con un
estremecimiento de todas sus paredes, y se lanza a hendir las olas obscuras,
mientras la máquina zumba sordamente, y un silbido agudo, seguido de una nube
de humo, sale de la chimenea.
Como esos pájaros de presa audaces y soberbios que
revolotean entre las aguas irritadas y amenazadoras, y levantando el vuelo y
lanzando un grito estridente, se pierden en la niebla, así marcha el Clyde sobre
el mar de los ruidos tempestuosos.
María respira como un hálito de vigor, de energía,
al sentirse volar como una flecha en medio de la obscuridad y de las olas.
Vuelve a la cámara, en donde se ha refugiado su
padre; las luces eléctricas, colgadas del techo, oscilan suavemente. Aracil,
pálido, demacrado, envuelto en una manta,[Pg 257] con
la cabeza más baja que los pies, permanece inmóvil.
—Mañana—dice María—estaremos en Londres.
Y Aracil, postrado por el mareo, hace un gesto de
indiferencia.
FIN
ÍNDICE
|
Páginas. |
||
|
7 |
||
|
I. |
19 |
|
|
II. |
35 |
|
|
III. |
45 |
|
|
IV. |
51 |
|
|
V. |
63 |
|
|
VI. |
75 |
|
|
VII. |
85 |
|
|
VIII. |
97 |
|
|
IX. |
113 |
|
|
X. |
121 |
|
|
XI. |
129 |
|
|
XII. |
137 |
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XIII. |
143 |
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XIV. |
147 |
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XV. |
153 |
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XVI. |
163 |
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XVII. |
169[Pg 260] |
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XVIII. |
175 |
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XIX. |
179 |
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XX. |
187 |
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XXI. |
199 |
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XXII. |
205 |
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XXIII. |
209 |
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XXIV. |
217 |
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XXV. |
221 |
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XXVI. |
225 |
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XXVII. |
231 |
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XXVIII. |
241 |
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XXIX. |
245 |
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XXX. |
251 |
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XXXI. |
255 |
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