© Libro N° 9478. Los Contrastes De La Vida. Baroja, Pío. Emancipación. Enero 15 de 2022.
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LOS CONTRASTES DE LA VIDA
Pío Baroja
Los Contrastes De La Vida
Pío Baroja
Title: Memorias de un Hombre de Acción: #7 Los
Contrastes de la Vida
Author: Pío Baroja
Release Date: April 25, 2016 [EBook #51858]
Language: Spanish
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*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS
DE UN HOMBRE DE ***
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PIO BAROJA
ES PROPIEDAD
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PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1920
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio.
PIO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LOS CONTRASTES DE LA VIDA
RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID
EL CAPITÁN MALA SOMBRA
I.
OTRA HISTORIA DE AVIRANETA
Un día de fiesta por la tarde estaba en mi casa de la cuesta de
Santo Domingo leyendo. Mi mujer había salido con una amiga suya a pasear en
coche por la Moncloa, y yo pensaba dedicarme a la lectura de Balzac, autor que
siempre me ha divertido mucho y a quien debo momentos agradabilísimos. Había
dado la orden categórica a Bautista, mi ayuda de cámara, de que no estaba para
nadie, y me encontraba muy a gusto al lado de la estufa cuando oí que llamaban
a la puerta. Escuché pensando quién podría ser el inoportuno visitante. No
esperaba a nadie. Supuse que Bautista cumpliría mis órdenes, pero noté que el
recién llegado avanzaba por el corredor.
Al levantarse la cortina de mi despacho miré a Bautista furibundamente,
y éste, antes de que le reprochara nada, me dijo:
—Es don Eugenio.
—¡Ah!, que pase en seguida.
Hacía ya tiempo que no veía a mi viejo amigo Aviraneta. Esto pasaba
meses después de la revolución del 54. Don Eugenio por aquella época, como yo y
otros amigos particulares de María Cristina, habíamos tenido que escondernos
huyendo de la quema hasta que se restableció la normalidad. Aviraneta volvía de
San Sebastián. Estaba, según me dijo, dispuesto a no intervenir ya en la
política.
Entró don Eugenio en mi despacho; nos abrazamos efusivamente y se sentó
en una butaca que le ofrecí.
Me preguntó por mi mujer y por todos los amigos comunes de la corte;
dijo que había pasado la mañana con Istúriz, que, incomodado por la marcha de
los acontecimientos, ya no quería salir a la calle, ni hablar con nadie. Don
Eugenio pensaba dedicarme la tarde. Me contó que iba a tomar una casita en la
calle del Barco y a vivir allí en la obscuridad, como un buen militar retirado,
con su Josefina. Después de charlar largo rato miró y remiró el libro que tenía
yo sobre la mesita al lado de la poltrona.
—¿Qué estás leyendo?—me preguntó.
—Estoy leyendo a Balzac. Ahora voy en los Secretos de la
Princesa de Cadignan.
—Carignan—corrigió Aviraneta.
—No, Cadignan.
—El título verdadero de los príncipes es Carignan.
—Sí; pero aquí no se trata del título verdadero. Esta princesa de que se
habla en la novela no es un personaje histórico. Yo no sé si hay en la realidad
una familia de Carignan.
—La hay.
—Bien; pero este libro no se refiere a ella.
—Sí; quizá sea una modificación novelesca.
—¿Y por qué le ha chocado a usted esto? ¿Ha conocido usted algún
Carignan?
—No; pero este título me recuerda una historia ya lejana... de 1823.
—¿Una historia? A contarla, don Eugenio. Ya sabe usted que soy su
historiador. No cedo mi plaza a nadie.
—¿Te he contado alguna vez la historia del capitán Mala Sombra?
—No.
—Me he acordado de ella porque tiene alguna relación lejana con un
príncipe de Carignan. Ya que tú no tienes nada que hacer y yo tampoco, y
nuestras mujeres respectivas están de paseo, di a tu criado que me traiga una
copa de coñac Fine Champagne del excelente que guardas, y un
tabaco de La Habana, y charlaremos.
Llamé a Bautista, bebimos nuestras copas, encendimos los habanos y nos
arrellanamos en nuestros sillones.
II.
MORILLO Y EL EMPECINADO
Ya te he contado, mi querido Pello—comenzó diciendo Aviraneta—,
cómo a final de abril de 1823 llegué yo a Valladolid en compañía de mis amigos
el Lobo y Diamante.
Al reunirme con el Empecinado hice por orden suya un llamamiento a los
patriotas de Castilla la Vieja y a la Milicia nacional. Fueron acudiendo en
grupos, y uno a uno, los milicianos de Valladolid, los de los pueblos de los
alrededores y los de Toro, Medina, etc. Se comenzó a organizarlos y armarlos de
la mejor manera posible.
Nos encontrábamos dedicados a este trabajo, cuando llegó a la ciudad del
Pisuerga don Pablo Morillo, conde de Cartagena, nombrado días antes, por el
Gobierno, general en jefe del ejército de Galicia.
Traía Morillo unos mil hombres, con una oficialidad numerosa y un
brillante Estado Mayor.
Como entonces y como ahora todo el mundo se creía en España con derecho
a mandar y a tener iniciativas, la Asamblea de los Comuneros de Valladolid,
Torre o Fortaleza, como se decía entre ellos en su jerga, llamó al Empecinado,
que era de los suyos, y le confirió la misión de que se avistara con Morillo y
le hablara para inclinarle el ánimo a que no abandonase la ciudad marchándose a
Galicia.
Naturalmente, hubiera sido de mayor conveniencia para nosotros los
liberales, en peligro ante la invasión francesa, reúnir las tropas en un punto
que no desperdigarlas, pero no todos pensaban lo mismo. Había muchos políticos
y militares que tenían interés en que la guerra se acabara cuanto antes con la
derrota de las fuerzas del Gobierno Constitucional. Al Empecinado no le hizo
mucha gracia el encargo de la confederación de Comuneros; pero como Gran
Castellano de esta Sociedad (así se llamaban los jefes de ella), no tuvo más
remedio que aceptar la comisión.
Don Juan Martín se dispuso a cumplir el encargo y a visitar al conde de
Cartagena, llevándome a mí de asesor. Hablamos los dos de esta misión
considerándola como de un éxito muy problemático.
Salimos del alojamiento del Empecinado una tarde, después de comer, y
nos dirigimos a la Capitanía general.
Yo iba de uniforme; don Juan, de paisano, con una capa parda que le
llegaba hasta los talones y un sombrero redondo envuelto en una funda de hule.
Llegamos a la Capitanía, entramos en el portal y nos detuvo el
centinela. Asomóse un teniente de guardia y yo le dije:
—El general Empecinado y su ayudante, que vienen a visitar al señor
conde de Cartagena.
El oficial nos hizo el saludo militar, y don Juan Martín y yo subimos
hasta el primer piso. Nos anunciamos y nos hicieron pasar a un salón.
Morillo, acostumbrado al fausto de los virreyes de América, lo llevaba
con él, allí por donde iba.
Estaba el general sentado en un trono, vestido de uniforme; llevaba
bordados por todas partes y parecía un ídolo de oro. Sus ojos, negros como
cuentas de azabache, brillaban en su cara de carrillos abultados; su gruesa
cabeza entrecana se erguía con orgullo, y sus manos, tostadas por el sol,
aparecían por entre los encajes de las mangas y se apoyaban en los brazos del
sillón.
Alrededor del general, formando un semicírculo, se agrupaba su Estado
Mayor, una veintena de oficiales peripuestos y elegantísimos, con los uniformes
llenos de galones y los tricornios de plumas.
Al entrar nosotros en la sala hubo un gran movimiento de curiosidad.
—Este es el Empecinado—dijo alguno.
—Si es verdad, ¡qué tipo!
—¡Qué tosco!—exclamó uno de los oficiales.
—Parece un gañán—dijo otro.
Morillo, al vernos, se levantó de su sitial y estrechó la mano a don
Juan.
—¿Cómo estás, Martín?—preguntó.
—Bien; ¿y tú, Morillo?
—Bien.
Morillo habló a su ayudante y le ordenó que despidiera a todo el mundo y
se quedara sólo él.
Los oficiales se inclinaron ante el capitán general y salieron.
Morillo, señalando una silla, dijo al Empecinado:
—Siéntate.
—No, estoy bien.
—Bueno, me sentaré yo. Habla. ¿Qué quieres?
—Morillo—dijo el Empecinado, con la nobleza natural que le
caracterizaba, haciendo largas pausas en su discurso—. Somos los dos españoles,
y españoles del pueblo...
—Cierto.
—Somos constitucionales y amamos la libertad... Hoy, Morillo, estamos
amenazados de una invasión de los franceses, que quieren restablecer el rey
absoluto... Nosotros, que combatimos en la guerra de la Independencia a esos
mismos franceses... podemos de nuevo levantar la bandera de la libertad en esta
tierra..., sublevando los pueblos y organizando batallones y escuadrones...
Castilla espera todo de ti, general; también espera mucho de mí... Porque yo,
aunque no poseo conocimientos, tengo un corazón que arde... y sabré dar toda mi
sangre por la patria.
—Lo sé—dijo Morillo.
—Pues bien, Morillo, los patriotas de Valladolid me han comisionado...
para que me vea contigo y te ruegue que te quedes entre nosotros y no vayas a
Galicia... El dividir tanto las fuerzas ante el enemigo es peligroso... Los
patriotas de esta ciudad han pensado formar una Junta para ponerte al frente
del movimiento... declarando guerra a muerte a los franceses y a los nuevos
afrancesados... Si aceptas, si encuentras bien la idea, te proclamarán general
en jefe y presidente de la Junta; yo seré tu segundo y mandaré la caballería.
Es la proposición que te hago en nombre de los liberales de Valladolid.
Ahora... el pueblo de Castilla espera tu respuesta.
Morillo estuvo un instante con la gruesa cabeza apoyada en la mano
derecha; después, levantándose e irguiéndose rígido, gritó con voz clara y
metálica:
—Empecinado, si fueras otro, inmediatamente te mandaría fusilar.
—Estoy en tus manos.
—Eres y serás un hombre de corazón, valiente, esforzado, pero cándido y
terco. ¿No comprendes que las circunstancias de hoy son diferentes a las de la
guerra de la Independencia? ¿Qué español estaba entonces contra nosotros?
Nadie. Hoy lo están todos los realistas, que son más, mucho más de la mitad de
la nación. ¿Vas a declarar la guerra a muerte y sin cuartel? Locura. ¿Quién te
seguirá?
—El pueblo.
—¡Qué ilusión! Tendrías que hacer la guerra a España entera. Estáis
empeñados en creer que todo se puede arreglar con la Constitución de Cádiz. Tus
consejeros te engañan, Empecinado.
Morillo, al decir esto, me miró a mí con aire desdeñoso.
—Creo que no—contestó don Juan Martín.
—Está bien. No discutamos—siguió diciendo el general, con voz
imperiosa—. Yo, como militar, no tengo más obligación que la de defender al rey
nuestro señor. Cumpliendo sus órdenes, refrendadas por su firma, mañana saldré
para Galicia con el general Wall, que está presente. Yo no puedo aceptar la
presidencia de una Junta facciosa, ni el mando de un ejército popular, ni mucho
menos el declararme en rebeldía contra la sagrada persona de Fernando VII, que
Dios guarde.
—Está bien—dijo el Empecinado—; vamos, Eugenio.
Don Juan Martín se arregló la capa con un movimiento suyo de labriego,
que me hacía pensar en el alcalde de Zalamea, y, sin saludar a Morillo, salimos
los dos de la sala, dejando al general en su sillón, brillante de galones, como
un ídolo de oro.
Bajamos las escaleras y salimos a la calle.
—Este es otro O'Donnell; otro Montijo—exclamó don Juan Martín—. Se
apoyan en el pueblo mientras les conviene, entonces no piensan en la sagrada
persona del monarca. ¡Canallas!
—Con estos generales la causa de la Constitución está perdida—dije yo.
—No, todavía no. Nosotros lucharemos con toda nuestra alma. No hemos de
dejar que se pierda la libertad que tantos esfuerzos nos ha costado conseguir.
No. ¡Por Dios, que no!
Volvimos a casa.
Al día siguiente, el general don Pablo Morillo, conde de Cartagena,
salía de Valladolid, por la mañana, en dirección de Galicia. Toda la tropa que
había en la ciudad se llevó consigo. Entre ellas, un batallón de nacionales de
las Provincias Vascongadas, comprometido a venir con nosotros, y la escolta que
el Empecinado había sacado de la Corte.
Algunos masones y comuneros intentaron influir la noche anterior de la
salida con los oficiales de Morillo para que no le siguieran, pero no
obtuvieron el menor resultado, porque casi toda la oficialidad del conde de
Cartagena estaba formada por absolutistas.
III.
EL CHIQUET
Seguimos el Empecinado y yo en nuestros trabajos de reorganización
de la Milicia nacional de Valladolid y de los pueblos de la provincia.
Tenía yo por entonces una novia que vivía en la acera de San Francisco,
hija de un comerciante en telas, y mi asistente cortejaba a la criada. Solíamos
ir de noche y nadie nos molestaba al pelar la pava, porque estaba prohibido a
los paisanos salir de noche sin farol, y los militares se hallaban
acuartelados. Mi asistente era un muchacho catalán de una gran actividad y de
una gran energía; le llamábamos de apodo el Chiquet y solíamos celebrar su
manera de hablar enrevesada y su acento cerrado.
Después de 1823 lo perdí de vista, y lo volví a encontrar en Barcelona,
al cabo de quince años, en el batallón de la Blusa, que estaba formado por
liberales radicales.
Al Chiquet le habíamos capturado el Empecinado y yo en el Burgo de Osma
en la campaña que hicimos contra Bessieres, cuando íbamos de vanguardia con el
conde de la Bisbal, porque el Chiquet había militado en las filas realistas.
Un día, al acercarnos al Burgo de Osma, don Juan Martín mandó al
comandante de sus fuerzas de caballería, que era el coronel Hore, hiciese alto
y dejara descansar a la tropa y a los caballos un momento y siguiese después al
paso. Don Juan, sin más compañía que la mía y la de cuatro soldados, quiso
entrar en el pueblo de una manera sigilosa, con el objeto de inspeccionarlo.
Avanzamos los seis al trote y llegamos a tiro de fusil de la ciudad.
Pusimos los caballos al paso. Estaba la noche obscura, lluviosa y fría. Ibamos
marchando sin meter ruido cuando el Empecinado advirtió una luz en una casa del
arrabal.
—Chico—me dijo—, ¿qué te apuestas a que en aquella casa hay facciosos?
—Es posible—repliqué yo.
—Echad todos pie a tierra—mandó él—, atad los caballos a estos árboles y
adelante. Vamos a ver qué nos espera ahí.
Nos apeamos y atamos los caballos. Cogieron los soldados sus carabinas y
echamos a andar. Cruzando unas huertas entramos en una callejuela. No se veía
un alma por aquellos andurriales; la lluvia caía mansamente; se oía el silbido
del viento y el ladrido lejano de algún perro. Seguimos tras de la luz, que era
nuestro faro, y llegamos a la casa iluminada; era ésta grande, vieja, con
entramado de madera. La puerta estaba cerrada. El Empecinado tocó con suavidad
el llamador y esperó.
Bajó una vieja haraposa con un candil encendido en la mano y abrió la
puerta. El Empecinado la impuso silencio y le dijo en voz baja que le llevara
al primer piso.
—¿Quiénes están?—preguntó luego.
—Hay treinta catalanes que han venido con el general Bessieres y que
están cenando.
—Bueno, vamos arriba.
El Empecinado cogió el candil de la mano de la vieja, que estaba
temblando de miedo, y comenzó a subir la escalera alumbrándose con él. Los
cuatro soldados y yo marchamos detrás. Don Juan iba embozado en su capa. Al
llegar a la puerta de la cocina, grande, negra, iluminada por un velón y por
las llamas del hogar, vimos a treinta hombres que estaban alrededor de la mesa.
El Empecinado se desembozó mostrando su uniforme, y dijo:
—Aquí tenim al general Empecinado que ve a sopar am vosaltres. Tots soms
espanyols; y vosotros—añadió en castellano dirigiéndose a los soldados y a
mí—sentaos. Estamos entre amigos.
El Empecinado se sentó, llenó una escudilla de arroz y se hizo servir
por la moza un vaso de vino.
Los catalanes estaban atónitos. Al cabo de algún tiempo, el Empecinado,
levantando el vaso, exclamó:
—¡Catalans, per la salut de nostre rey y per la felicitat de España!
Entonces el sargento que mandaba el grupo de realistas llenó su vaso y
respondió en castellano:
—Por la salud del que desde hoy en adelante será nuestro general. ¡Viva
el Empecinado!
—¡Viva!—gritaron los demás.
Nos dimos la mano todos en señal de fraternidad y se acordó que los
catalanes se incorporaran a nuestra fuerza.
Su asombro fué grande cuando vieron que únicamente los seis habíamos
entrado en la casa, y que en la calle no había retén ni guardia alguna.
—Es un valiente—se les oía decir a unos y a otros.
El sargento preguntó a don Juan Martín cómo sabía el catalán, y el
Empecinado dijo que lo sabía desde la época de la guerra del Rosellón, en donde
había sido soldado de caballería y ordenanza del general Ricardos.
Casi todos estos catalanes que capturamos en el Burgo de Osma habían
sido sacados de sus casas por Jorge Bessieres en su expedición contra Madrid.
Después algunos cambiaron de Cuerpo, y sólo tres o cuatro quedaron en la
caballería del Empecinado, entre ellos el Chiquet, a quien yo tomé de
ordenanza.
El Chiquet tenía un gran espíritu de empresa, era muchacho ágil, listo y
atrevido. Lo único que no pudo aprender jamás, por más esfuerzos que hizo, fué
hablar bien el castellano. El Chiquet había sido amigo y compañero de Bessieres
y había trabajado con él en una fábrica de tejidos en Ripoll. El Chiquet
conocía la vida de Bessieres desde que éste había sido criado del general
Duhesme hasta que se presentó a la regencia de Urgel. Sentía por el cabecilla
realista y antiguo revolucionario una gran admiración mezclada con un gran
desprecio.
Nos contaba cómo solía ir Bessieres lleno de bordados, cómo solía
adornarse con la primera banda de color que encontraba o que robaba en
cualquier parte, muchas veces en las iglesias, y que luego decía que era una
distinción que le había otorgado el rey tal o la princesa cuál. El Chiquet nos
contó la ceremonia que se había verificado en la iglesia de Mequinenza
bendiciendo y besando una bandera realista, que era una colcha de damasco, que
habían robado entre Bessieres, Portas y él en una casa de Fraga.
Bessieres, al parecer, era un reclamista formidable. El mismo hacía
correr la voz de que era masón y de que era jesuíta, para hacerse el
interesante.
El Chiquet, cuando entró en nuestras filas, se hizo amigo íntimo de un
sargento de lanceros que le llamaban Juan de Dios. Este Juan de Dios, por lo
que decían, era expósito. Juan de Dios y el Chiquet eran rivales en lances de
amor y de fortuna. Habían hecho los dos una porción de calaveradas, que les
habían dado gran fama entre nuestros soldados.
IV.
EN EL AYUNTAMIENTO
Con la marcha de las tropas del conde de Cartagena la ciudad de
Valladolid quedó desguarnecida y abandonada a su suerte; los liberales apocados
comenzaron a esconderse y a huír, y los absolutistas, viendo la posibilidad de
apoderarse del Ayuntamiento, comenzaron a reúnirse para conspirar. Enviamos
nosotros avisos desesperados a los nacionales de Toro, Rueda, Medina y otros
pueblos de la región, y a los de la Ribera del Duero, para que lo antes posible
se concentraran en Valladolid, y pudimos juntar de nuevo una fuerza de mil
infantes y de quinientos caballos. Todos los milicianos de los pueblos y los de
la capital estaban armados, menos algunos a los que proporcionamos fusiles,
sacándolos de los parques.
Llegó en esto la noticia de que los franceses, al entrar en España, eran
recibidos con los brazos abiertos por el pueblo, y esta mala nueva exaltó el
ánimo de los paisanos contra nosotros. Al mismo tiempo se supo que el cura
Merino, con una columna de cinco mil hombres alistada en sus guaridas de la
sierra de Burgos, había entrado en Palencia. Fué necesario abandonar
Valladolid. No podíamos defender una ciudad de radio tan extenso con la poca
fuerza con que contábamos.
Se dió la orden a la Milicia nacional para que se preparara y formara
con todo el equipo y en traje de marcha en el Campo Grande.
El jefe político vendría con nosotros, e invitó a las autoridades que
quisieran seguir la suerte de la columna a que se dispusieran para el viaje.
Los concejales del Ayuntamiento constitucional estaban reunidos en
sesión permanente en las Casas Consistoriales, y el Empecinado quiso despedirse
de ellos.
Marchamos él y yo a caballo, de uniforme, escoltados por un piquete de
lanceros.
Nos apeamos a la entrada del Ayuntamiento y subimos al salón de
sesiones. Al vernos los concejales rodearon al Empecinado. Estaba el general
hablando con gran animación con unos y con otros cuando un portero del
Ayuntamiento, a quien conocía de la logia masónica, me llamó y me dijo en voz
baja:
—Don Eugenio, venga usted.
Le seguí y salimos fuera del salón.
—El Empecinado y usted están en este momento en un gran peligro—me dijo.
—Pues, ¿qué pasa?
—Ahora mismo aquí se está fraguando una conjuración realista que va a
estallar. En este instante, en una sala del piso bajo, se hallan reunidos más
de cien absolutistas de influencia, con objeto de constituír un Ayuntamiento
para reemplazar al constitucional.
—¡Diablo! ¿Y es gente de armas tomar?
—Están armados hasta los dientes; algunos han propuesto a la Junta matar
al Empecinado, proposición que se ha rechazado gracias a las exhortaciones de
un cura viejo que se halla entre los conspiradores.
Al escuchar la confidencia del portero entré rápidamente en el salón de
sesiones; me acerqué al Empecinado, le agarré de la manga, le arrastré a un
rincón y le expliqué lo que pasaba.
—Señores, tengo que salir un momento, vuelvo en seguida—dijo don Juan
Martín a los concejales.
Salimos corriendo del salón de sesiones, desenvainamos los sables,
bajamos las escaleras a saltos y llegamos al zaguán. En aquel mismo momento se
oyó una gran gritería en el edificio; un hombre intentaba cerrar la puerta;
pero al ver que el Empecinado y yo nos echábamos sobre él con los sables en
alto, la abrió y nos dejó pasar.
Los realistas se hacían dueños del edificio, se oían gritos y tiros en
el interior del Ayuntamiento.
El Empecinado y yo montamos a caballo, y al galope, por la calle de
Santiago, llegamos al Campo Grande. Reunimos a los oficiales y se dió la orden
de salir inmediatamente camino de Tordesillas.
No habríamos dado cien pasos fuera de las puertas de la ciudad cuando
comenzaron a tocar las campanas de las iglesias a vuelo. Sin duda se celebraba
el triunfo de los realistas y la aproximación del cura Merino, que había dejado
Palencia y estaba a una jornada de Valladolid.
Llegamos a Tordesillas, nos alojamos de mala manera, y al día siguiente
nos dirigimos camino de Salamanca.
La Milicia nacional de esta ciudad, mandada por el catedrático Barrio
Ayuso, se unió a nuestra columna, y reunidos todos llegamos a la plaza de
Ciudad Rodrigo, que era el punto donde habíamos pensado establecer el cuartel
general.
Yo, con otros oficiales, me encargué de organizar las fuerzas. Se nos
incorporaron bastantes soldados del ejército regular. Se ocuparon los dos
cuarteles de infantería y el de caballería del pueblo, y el resto de la fuerza
tuvo que alojarse en las casas y en las iglesias.
La infantería quedó al mando del coronel Dámaso Martín, hermano del
Empecinado, y de un guerrillero de la época de la Independencia apellidado
Maricuela.
La columna de caballería, mandada por el propio don Juan Martín, se
componía de ochocientos caballos. La vanguardia de esta fuerza se hallaba
formada por cien lanceros que habían servido en la guerra de la Independencia a
las órdenes de don Julián Sánchez, y por cincuenta soldados del regimiento de
Farnesio, mandados por el capitán Lagunero.
Los demás jinetes eran nacionales de caballería de Valladolid, Toro,
Medina y otros pueblos.
Comenzaron a preparar la defensa de la plaza.
Ciudad Rodrigo no era una ciudad fácil de ser defendida. La antigua
Miróbriga está dominada por el teso de San Francisco, por donde tuvo siempre
sus acometidas en los sitios. En aquella época sus murallas estaban arruinadas
y llenas de brechas.
Estas brechas eran del tiempo del sitio que sufrió don Andrés Pérez de
Herrasti en la guerra de la Independencia, el cual pudo resistir durante
setenta y seis días en una plaza desmantelada, y sin auxilio de los ingleses,
contra los numerosos ejércitos de Massena y de Ney.
Preparamos también la defensa del Agueda. El Agueda es un río bastante
caudaloso que pasa lamiendo las murallas de la vieja Miróbriga y que recorre la
vega de Ciudad Rodrigo, y antes de llegar a Barba del Puerco recibe algunos
pequeños arroyos, entre ellos el Azaba, que baja de un cerro próximo a Fuente
Guinaldo y es un obstáculo para el paso del camino de Ciudad Rodrigo al fuerte
de la Concepción y a Almeida.
En los primeros días de estancia allí, el Empecinado y yo salíamos
constantemente al campo. El Empecinado estaba alojado en una casa de la plaza
del Consistorio, y yo por aquellos días vivía cerca de él con la familia de un
pañero, de quien me hice gran amigo. Después tuve que establecerme en una finca
extramuros de la ciudad.
Ya instalados, la primera expedición que se intentó desde Ciudad Rodrigo
fué una sorpresa contra Zamora, ocupada por escasas fuerzas realistas. Se
encargó de ella un viejo coronel apellidado Ruiz, pero la comenzó con tan poco
tacto, que no hubo más remedio que desistir de la aventura.
V.
LOS VAQUEROS
En vista del fracaso sufrido en nuestra intentona contra Zamora, se
pensó en avanzar hasta Alba de Tormes. La expedición la hicimos con cuatro
escuadrones y varias compañías de infantería. Iban de vanguardia los lanceros
de don Julián Sánchez; tras ellos, los soldados de Farnesio, mandados por el
capitán Lagunero; después, los nacionales de la orilla del Duero, que tenían
por jefe a Hermógenes Martín, sobrino del Empecinado, y, por último, los
infantes, acaudillados por don Dámaso y el coronel Maricuela.
El pelotón de lanceros de don Julián Sánchez estaba compuesto por
capitanes, oficiales y sargentos de la guerra de la Independencia; la mayor
parte, soldados viejos, aguerridos y prácticos en el manejo de la lanza.
Casi todos estos jinetes habían sido vaqueros antes que militares, y
eran tan expertos y diestros caballistas como valientes soldados.
Mandaba el pelotón un capitán apellidado Porras, que era conocido por el
mote del Capitán Mala Sombra.
El Capitán Mala Sombra estaba secundado por el teniente Gotor y por el
sargento Juan de Dios, el amigo del Chiquet, tipo popular, atrevido, alegre y
lleno de iniciativas.
El pelotón de Mala Sombra, con el teniente Gotor y el sargento Juan de
Dios, había servido de vanguardia exploradora durante mucho tiempo al ejército
inglés en la guerra de la Independencia. Era esta guerrilla de un valor
inapreciable; en aquel pelotón todos se esforzaban no sólo en cumplir su deber,
sino en superarse a sí mismos.
En la excursión que hicimos a Alba de Tormes tuve que verme varias veces
con el Capitán Mala Sombra.
Era Mala Sombra un hombre alto, de unos treinta y cinco a cuarenta años,
fuerte, serio, moreno, melancólico, con el rostro correcto y grave. Se decía
que era persona de mala suerte en amores y en negocios; de aquí le venía el
apodo; otros afirmaban que su mote procedía de que a cada paso solía decir:
—Tengo muy mala sombra.
En las empresas guerreras no advertí yo que fuera desgraciado.
Hicimos en Alba de Tormes y en sus alrededores una gran requisa de
ganado y de grano, que cargamos en varias carretas.
Estábamos acampados en las eras de esta villa cuando uno de nuestros
confidentes vino con la noticia de que el enemigo, en número considerable,
avanzaba con la intención de cortarnos la retirada y apoderarse de nuestro
botín. Dispusimos al momento el paso de todo el ganado vacuno, rebaños y
acémilas, al otro lado del Tormes; se arrastraron los carros y se colocaron
dentro de un soto que había a poca distancia del puente.
Se vaciló en defender la villa o en abandonarla. Alba de Tormes, a pesar
de estar en un llano, tiene buenas condiciones para la defensa. El 28 de
noviembre de 1809 el general don Gabriel de Mendizábal supo resistir allí a la
terrible caballería de Kellerman, y, más tarde, don José Miranda Cabezón
defendió el pueblo y el castillo durante largo tiempo.
Después de varias deliberaciones se decidió, en caso de ser atacados,
fortificar el puente del Tormes, y se dejó en la villa al Capitán Mala Sombra
con sus vaqueros y a Lagunero con los soldados de Farnesio, que quedarían
vigilando los alrededores y patrullando por las avenidas.
Nos encontrábamos en esta situación, cuando el Empecinado cayó enfermo
con un ataque que al principio nos pareció de parálisis. Había quedado don Juan
Martín rígido, frío y sin habla; al moverle debía de sufrir grandes dolores,
porque lanzaba quejidos inarticulados.
Como no teníamos médico, ni aun siquiera cirujano, decidimos trasladar
al general a otro pueblo.
No podía sostenerse en el caballo, porque se caía a un lado y a otro. En
vista de esto, buscamos una escalera ancha y corta, que colocamos entre dos
mulas, a manera de litera, y sobre unos costales de paja pusimos al general y
fuimos a paso de andadura camino de la villa de Tamames. Escoltando la litera
íbamos el Chiquet y yo, con un piquete de quince soldados de a caballo.
VI.
EL CAPITÁN MALA SOMBRA
Llegamos a Tamames; fuimos a casa del alcalde, que era liberal;
acostamos a don Juan Martín, le dimos una pinta de vino con azúcar y le
abrigamos con tres mantas.
Me quedé yo en el cuarto velándole. Pasé allí unas doce horas. Estaba
dormitando en el cuarto cuando el enfermo levantó una de las manos en el aire y
comenzó a murmurar.
—Aviraneta—me dijo con voz débil.
—¿Qué hay? ¿Vas mejor?
—Sí, ya se me van suavizando los dolores. Necesito que vuelvas a Alba de
Tormes.
—Como quieras.
—Vete, y diles a mi hermano Dámaso y al coronel Maricuela que, si se
empeña alguna acción con el enemigo, que la mande el Capitán Mala Sombra.
—Está bien.
—Que le obedezcan como a mí.
—Bueno; se lo diré.
—Vete en seguida.
Salí del cuarto, llamé al Chiquet y le dije que preparara los caballos,
porque teníamos que volver. Los preparó, montamos y nos dirigimos al galope en
dirección de Alba de Tormes.
Era media noche; el cielo estaba claro y estrellado. Al llegar al soto
inmediato al camino real nos dieron el alto. La infantería nuestra y parte de
la caballería estaba acampada allí. El centinela llamó a la guardia y yo fuí
con ella a un cobertizo en donde estaban alojados don Dámaso Martín y el
coronel Maricuela. Les desperté, les dije la orden que me había dado el general
y se avinieron a obedecer a Mala Sombra.
Hecha esta comisión, fuí a buscar al jefe de los vaqueros en su
alojamiento de Alba de Tormes.
Al llegar al puente nos detuvo una patrulla mandada por el sargento Juan
de Dios.
—Hola, Juan—dijo el Chiquet.
—Hola, Chiquet, ¿eres tú?
—Sí, soy yo, que viene con el teniente Aviraneta.
—Venimos en busca del Capitán Mala Sombra—dije yo—. ¿Estará?
—Sí, ahí ha quedado escribiendo tonterías—contestó Juan de Dios.
—¿Pues?
—Parece mentira que los hombres sean tan estúpidos.
—¿Por qué dice usted eso?—le pregunté.
—Ahí lo tiene usted a ese hombre, más serio, más bueno y más formal que
nadie, escribiendo tonterías a una señoritilla de Ciudad Rodrigo, que no le
hace caso y se burla de él.
—Tengo que verle de orden del general.
—Vamos.
Pusimos nuestros caballos al trote, y en un instante llegamos delante de
una casa; me apeé, empujé la puerta y entré dentro. Subí una escalera estrecha
y apolillada y llamé en un cuarto. Antes de que contestaran tardaron algún
tiempo. El sargento Juan de Dios se había quedado hablando con el Chiquet en la
calle y les oía charlar.
Al cabo de unos minutos se abrió la puerta del cuarto y apareció Mala
Sombra con un candil en la mano.
—Adelante—me dijo—, ¿qué le trae a usted a esta hora?
—Vengo con un encargo del general Empecinado.
—Estoy a sus órdenes—contestó—; siéntese usted.
Acerqué una silla a la mesa y me senté. Vi que sobre ella había papeles
escritos, llenos de tachaduras, con renglones pequeños que me parecieron
versos.
Mala Sombra recogió, lo más disimuladamente que pudo, sus papeles y los
guardó en el cajón de la mesa.
—Como sabe usted—le dije—, don Juan Martín ha caído enfermo y ha sido
trasladado a la villa de Tamames. Hoy, que ha podido empezar a hablar, me ha
expresado el deseo de que en su ausencia se ponga usted al frente de todas
nuestras fuerzas.
—¿Y don Dámaso Martín y el coronel Maricuela?
—Están conformes en ponerse a sus órdenes mientras duren estas
circunstancias.
—¡Ah, bueno; si es así no tengo nada que decir! ¿Quién ha de tomar la
iniciativa en el mando?
—Usted. El general quiere que intente usted batir al enemigo. Usted
conoce el terreno palmo a palmo.
—Sí, es verdad.
—Puede usted tomar sus iniciativas desde ahora mismo.
—Está bien, voy a decir que busquen al sargento Juan de Dios. Es mi
brazo derecho.
—Debe estar en la calle hablando con mi asistente.
El Capitán Mala Sombra salió a la ventana y gritó:
—¡Eh, subid!
Al poco rato entraron en el cuarto Juan de Dios y el Chiquet. Sacamos un
mapa de la provincia y discutimos la situación. Decidimos enviar dos
confidentes al campo enemigo, para que averiguasen sus intenciones. Juan de
Dios los trajo a la media hora. Uno de los confidentes era un tratante de
ganado, grueso, fornido y picado de viruelas; el otro, un cosario de un pueblo
de alrededor. Les dimos instrucciones fijas y precisas, y, como punto de cita
para su vuelta, señalamos el soto que estaba próximo al río.
—Ahora, mientrastanto, preparemos una emboscada—dijo Mala Sombra—. Es el
fuerte de nosotros los guerrilleros.
Salimos los cuatro del cuarto, bajamos la escalera, montamos a caballo
y, atravesando el pueblo, llegamos al puente sobre el Tormes.
—Juan de Dios—indicó el capitán—, haz que los paisanos traigan una
docena de carros y los pones interceptando el puente, atándolos unos a otros
con vigas y sujetándolos con piedras.
—Bien, mi capitán.
—Después pondrás a veinticinco pasos del puente, sobre este cerrillo,
cinco hombres con sus carabinas que hagan fuego sobre los realistas si se
presentan. Tú, con cincuenta lanceros, estarás a doscientos pasos de la
barricada del puente. De media en media hora me irás dando aviso de lo que
ocurra. Yo estaré en el soto con las demás fuerzas. ¿Estás enterado?
—Perfectamente, mi capitán.
Dejamos a Juan de Dios y salimos Mala Sombra, el Chiquet y yo hacia el
soto, al galope, y encontramos alerta a la gente.
El capitán mandó que la columna de milicianos avanzase por el soto en
dirección contraria de Alba de Tormes, hasta dar vista a un extenso páramo.
Allí mandó hacer alto y echar pie a tierra, manteniéndose siempre en formación.
La caballería de Farnesio, con los lanceros de Valladolid, quedaron a un lado,
y los vaqueros, con el teniente Gotor y las partidas de la ribera del Duero, al
otro.
En la salida del sotillo hacia el páramo, cerca del camino real de Alba,
dejó Mala Sombra al coronel Maricuela con trescientos hombres armados con
carabinas, para que estuviesen en observación de las avenidas del pueblo.
—Probablemente—dijo Mala Sombra a Maricuela—, dentro de un par de horas
pasarán por delante de usted los realistas. Cuando lo hayan hecho, usted se
correrá con sus fuerzas hasta cerrar el paso del soto.
—Está bien.
Luego de arreglado este punto, nos encaminamos Mala Sombra, el Chiquet y
yo hacia las riberas del Tormes y nos emboscamos en el lindero del sotillo.
Eran las tres de la mañana. No había amanecido aún, todo estaba en el mayor
silencio.
El Chiquet, por orden nuestra, fué a ver al sargento Juan de Dios y
volvió poco después con uno de nuestros confidentes: el tratante de ganado.
Este hombre nos dijo que venían seiscientos jinetes realistas con buenos
caballos en dirección a Alba de Tormes. Habían salido de su campamento por la
noche. Despachamos al tratante y le pagamos.
Una hora después, un poco antes de amanecer, llegó el otro confidente:
el cosario. Nos confirmó las noticias anteriores, y aseguró que el enemigo
estaba percatado de los movimientos de nuestra columna y de la gran requisa de
granos y de reses que habíamos hecho para abastecer la plaza de Ciudad Rodrigo.
Con el objeto de apoderarse de nuestro botín, el general don Enrique O'Donnell
había destacado dos columnas para interceptar nuestro paso camino de Zamora;
pero, al llegar a las inmediaciones de esta ciudad, había sabido el jefe
realista que, a favor de una marcha forzada, nos dirigíamos a pasar el Tormes
por Alba.
El cosario añadió que una de las columnas, compuesta de mil infantes y
ciento cincuenta caballos, debía de llegar a Alba en la tarde del día que
estaba amaneciendo. Esta columna venía de Salamanca.
Pagamos a nuestro hombre y quedamos en observación. Acababan de dar las
cuatro cuando oímos las cornetas de la caballería de los realistas, y, poco
después, comenzaron a voltear las campanas del pueblo en señal de regocijo.
Mala Sombra y yo nos acercamos a Juan de Dios, y el capitán le dijo al
sargento:
—Aquí te quedas con tus lanceros. Si el enemigo pasa el puente y te
ataca, te batirás en guerrilla retirándote hacia el soto, y luego echaréis a
correr en fuga como a la desbandada por el páramo adelante. Cuando hayan
entrado todos en el páramo, los envolveremos.
Tras de dar sus instrucciones, el capitán y yo atravesamos el soto y nos
unimos con las fuerzas del teniente Gotor.
Un poco antes del amanecer, una avanzada realista se acercó al puente
sobre el Tormes, y la guardia de los cinco hombres que estaba en el repecho
hizo fuego graneado sobre ella. Se retiraron los soldados, pero al poco rato
apareció una compañía seguida de un grupo numeroso de paisanos. Entre unos y
otros desembarazaron el puente y pasaron a la otra orilla.
Era el momento en que Juan de Dios tenía que maniobrar. El sargento era
muy ducho en estas cosas y sabía su papel como pocos.
VII.
LA PRESA
Estábamos todos agazapados en el soto esperando el momento en que
Juan de Dios y sus vaqueros aparecieran perseguidos por los realistas.
El Oriente iba clareando. El sol, escondido aún, brillaba en algunas
nubes altas y rojas. Había este silencio y esta inmovilidad del aire de la hora
anterior al alba; pronto los primeros rayos solares comenzaron a iluminar con
una luz dorada el vértice de la copa de los árboles; los pájaros cantaron en
las matas. El campo tenía la juventud y la frescura de un amanecer claro de
primavera. Todo en la Naturaleza parecía sonreír, todo era cándido e idílico.
El viento hizo temblar suavemente las ramas de los árboles; los pájaros
alborotaron más, el cielo fué poniéndose azul y la luz dorada del sol fué
bajando en el follaje hasta iluminar e incendiar los hierbajos y los pedruscos
del suelo.
Serían las cinco y media cuando apareció Juan de Dios, perseguido de
cerca por más de trescientos caballos.
Los realistas gritaban desaforadamente:
—¡A ellos! ¡A ellos! ¡Son nuestros!
Al desembocar desde el sotillo al páramo los cincuenta jinetes de Juan
de Dios, comenzaron a desparramarse, y los enemigos se dividieron y
subdividieron, perdiendo el orden de formación.
Al mismo tiempo, las tropas del coronel Maricuela y las de don Dámaso
Martín, corriéndose rápidamente por el lindero del soto, cerraron su salida y
tomaron posiciones.
En este momento el capitán Mala Sombra dió la orden de ataque, y de la
derecha como de la izquierda, a media rienda y lanza en ristre, se precipitó
nuestra caballería contra los pelotones aislados de los realistas. El enemigo
no tenía más defensa que sus sables y no se pudo defender con habilidad.
Juan de Dios reunió sus cincuenta vaqueros dispersos, y volviendo grupas
y en perfecta formación, arremetió de frente contra los absolutistas, como si
se tratara de una torada.
El grueso de la caballería enemiga se había detenido, y retrocediendo y
al galope intentó atravesar el soto; pero al acercarse al boquete por donde
había pasado, se encontraron los jinetes atacados por las tropas de don Dámaso
y de Maricuela, y comenzaron a caer los hombres y los caballos.
Los realistas, consternados y en la mayor perplejidad, volvieron de
nuevo grupas buscando una salida, y comenzó la desbandada. Azorados al verse
metidos en aquella trampa, la mayoría se rindió y los demás siguieron su
ejemplo.
Duró la acción diez minutos escasos; quedaron muertos en el campo a
lanzadas unos veinte hombres y hubo próximamente cincuenta heridos.
El escuadrón realista en pleno quedó hecho prisionero, a excepción de
tres o cuatro oficiales que tenían magníficos caballos y que escaparon dando un
gran rodeo. Estos oficiales, por lo que supimos después, llegaron una hora más
tarde a Alba de Tormes, contaron lo ocurrido, salió de la villa una columna
realista de infantería, y con los carros y maderas que había llevado Juan de
Dios el día anterior parapetaron el puente y quedaron en él de guardia.
Teníamos nosotros unos doscientos cincuenta prisioneros, a quienes se
prohibió maltratarlos o despojarlos. Entre ellos había diez oficiales. De estos
prisioneros cuarenta eran piamonteses bien equipados que montaban caballos muy
buenos.
Al acercarnos Mala Sombra y yo a ellos, nos decían:
—Io eser cristiano católico. Mí no querrer haser mal.
Discutimos Mala Sombra y yo lo que se haría con los prisioneros, y como
en el caso de querer incorporarlos a nuestras fuerzas no podían merecernos
confianza, decidimos entregarlos en varias remesas.
Por la tarde, Juan de Dios y el Chiquet se presentaron en el puente con
bandera blanca de parlamento, pasaron, dijeron a lo que iban, y al día
siguiente, con una escolta de cincuenta caballos, llevaron cien prisioneros y
los heridos.
Los realistas los recibieron con aclamaciones y bravos, y Juan de Dios y
el Chiquet, después de ser muy obsequiados, volvieron a nuestro campo radiantes
de satisfacción.
Nos quedaban aún cerca de noventa prisioneros. De éstos, unos eran mozos
recién sacados de los pueblos de Castilla y uniformados en Valladolid. Se les
indujo a que se quedaran con nosotros y algunos aceptaron, pero la mayoría, no.
La misma proposición se hizo a los cuarenta piamonteses, los cuales
procedían de un regimiento que estaba en Valladolid, mandado por el príncipe de
Carignan, que era miembro de la Casa de Saboya.
El príncipe de Saboya-Carignan había entrado en España bajo las órdenes
del duque de Angulema, con una tropa alistada en el Norte de Italia, y se
distinguió después, según dijeron, en el Trocadero.
De los piamonteses, sólo dos aceptaron el quedarse entre nosotros; un
jovencito rubio llamado Emilio Pancalieri y otro muchacho alto, moreno,
apellidado Corti. Los dos hablaban algo el castellano y eran sin duda gente
aventurera.
Reunimos nuestro botín de granos, ganado, caballos, armas y uniformes de
los realistas, y nos apresuramos a salir para Tamames, con el objeto de
reunimos con nuestro general.
Llegamos por la tardecita a la villa y encontramos al Empecinado casi
completamente restablecido.
Le conté con detalles la acción de Alba y lo que se había hecho con los
prisioneros, y le pareció todo tan bien, que dijo que propondría a Mala Sombra
al Gobierno para que le diese la cruz de San Fernando y le ascendiera a
comandante de escuadrón. Habló después familiarmente el general con los
muchachos que se nos habían unido y con los dos piamonteses, y como el
Empecinado tenía sencillez e ingenuidad efusiva, llegó a cautivarlos.
Dispuso don Juan Martín que en Tamames descansase y se racionase la
tropa, y envió los carros y el ganado requisado inmediatamente en dirección de
Vitigudino.
Nosotros iríamos a retaguardia después de descansar.
A la mañana siguiente, al salir de mi alojamiento, encontré al
Empecinado ya de pie. Estaba tan forrado de ropa que no podía moverse. Le
ayudamos a montar a caballo. Se organizó la columna y anduvimos hasta la noche,
en que descansamos en una aldea.
Por todos aquellos pueblos a la redonda hicimos requisa de ganado
vacuno, con promesa de pagar a los ganaderos y a los Ayuntamientos. Sólo al
marqués de Cerralbo le llevamos más de quinientas reses. Es posible que esto
influyera en la familia para hacerla reaccionaria.
Tras de una marcha lenta de cuatro días, entró el convoy completo en
Vitigudino, y la columna, tras él.
Durante este viaje el Capitán Mala Sombra, que ya era para los efectos
oficiales el comandante Porras, se hizo amigo íntimo del italiano Pancalieri.
Al principio éste y Corti nos miraban con temor; debían tener mala idea
de los españoles, creían seguramente que cada uno de nosotros era un perfecto
bandido; pero como ambos eran perspicaces, notaron en seguida la clase de gente
que había en la tropa, y se familiarizaron con ella.
Corti nos resultó un gran administrador y se encargó de llevar las
cuentas de los suministros de la división.
Pancalieri se mostró un tanto perdido; bebía, hacía el amor a las chicas
de los pueblos; jugaba al monte con nosotros y nos ganaba el dinero. A los dos
o tres días estaba ya a sus anchas y nos tuteaba a todos los oficiales.
Pancalieri era un muchacho amable, simpático alegre, egoísta y jovial.
Por lo que contó, su familia gozaba de buena posición en Turín; pero
descontenta de sus calaveradas había intentado meterle en un convento, y él se
había alistado en la tropa del príncipe de Carignan por el gusto de correr
aventuras.
Era Pancalieri un muchacho fuerte, de mediana estatura, el pelo rubio
obscuro, el bigote pequeño y los ojos claros. Hablaba en su lengua enrevesada
mixta de español, de italiano y de dialecto piamontés con una gran libertad.
Sus opiniones eran de una audacia extraordinaria.
Una vez que le preguntamos si era patriota, nos contestó con un cándido
cinismo:
—¡Ma ché! No io no sono patriota. ¡Oh, no!
Vivir, vivir agradablemente, io non volio más que eso. Tener
unas cosas guisadas para comer, y unos trajes, y una casa y alguna mujercita
para divertirse; pero ¡la Patria! ¡la Historia! ¡sacrificarse por eso! ¡Ma
ché! No. ¡Qué tontería!
Pancalieri hablaba así y obraba en consonancia con su sistema. Su
egoísmo natural y sonriente no llegaba a molestar. Mala Sombra, que tenía
conceptos diametralmente opuestos, protegía al italiano; quizá pensaba que sus
palabras las decía en broma; quizá habría entre los dos ese acuerdo íntimo que
produce la amistad estrecha y efusiva.
En unos días de conocerse, durante el camino, el Capitán Mala Sombra
comenzó a aficionarse tanto a la compañía de Pancalieri, que le trataba como si
fuera su hermano; le hizo confidencias acerca de sus amores, y le pidió
consejo.
Corti, mientrastanto, seguía trabajando en la administración militar, y
todos los días yo conferenciaba con él.
A los ocho días de salir de Alba de Tormes llegábamos a Ciudad Rodrigo.
El Empecinado dió cuenta de su comisión al comandante de la plaza, anunciándole
que horas después llegaría un gran convoy de ganado vacuno y mil fanegas de
trigo.
El comandante recibió la noticia con júbilo y la comunicó al
Ayuntamiento, que en corporación fué a dar gracias al Empecinado, pues el
pueblo se encontraba muy escaso de víveres.
VIII.
LA DECISIÓN DEL CAPITÁN
Al día siguiente de llegar nosotros, entró en Ciudad Rodrigo el
ganado vacuno requisado, que se llevó a la plaza pequeña del pueblo, llamada
plaza de Béjar.
Como entre aquellos bueyes y vacas mansas había algunos toros bravos de
tierra de Portillo y Salamanca, se consideró indispensable apartar unos de
otros para llevarlos a las dehesas próximas al pueblo.
Ya separados, a un oficial se le ocurrió la idea de que, para celebrar
la victoria obtenida en Alba de Tormos y el éxito de la requisa, nada estaría
mejor como dar una corrida en la plaza de la ciudad.
El proyecto levantó un gran entusiasmo en la tropa y en el pueblo; se
pidió permiso al alcalde y al comandante militar, que lo concedieron, y se
comenzaron a hacer preparativos.
El Empecinado y yo salíamos por aquellos días constantemente al campo y
volvíamos de noche. Al saber el proyecto el Empecinado, se incomodó y dijo que
de ningún modo permitiría que se celebrase la corrida.
Era don Juan Martín enemigo acérrimo de los toros; creía que este
espectáculo no sólo no fomentaba el valor, sino que acrecentaba la indiferencia
por los dolores ajenos y la cobardía. Entre los liberales las ideas de don
Gaspar Melchor de Jovellanos sobre las corridas estaban entonces muy en auge.
Al saber la negativa del general, una comisión formada por militares y
paisanos fué a visitarle a su alojamiento. El Empecinado trató de disuadirles
de que celebraran la corrida; les exhortó, les expuso una serie de argumentos,
pero los paisanos y los soldados quedaron tan mustios y cariacontecidos, que
don Juan Martín, mal de su grado, tuvo que acceder.
—Bien, haced lo que queráis—terminó diciendo—; pero a mí no me invitéis,
porque no iré de ningún modo, ni por ningún motivo.
La comisión escuchó muy seria las palabras de don Juan Martín, lo que no
fué obstáculo para que a la salida marcharan militares y paisanos bailando de
alegría.
En los días siguientes, el Ayuntamiento, el vecindario y los militares
se dedicaron con gran entusiasmo a cerrar la Plaza Mayor y a construír gradas
dentro de los soportales de la Casa del Consistorio.
Siguiendo las costumbres de la ciudad, antes de celebrarse la corrida se
rifaron los sitios entre las familias que mandaron construír los tendidos por
su cuenta.
Había en nuestra columna un nacional de Madrid, Juan López (el
Ochavito), primer espada de alguna nombradía que había toreado en su juventud
con Pepe-Hillo, y un aficionado llamado Isidro García, el Buñolero.
Se organizó una cuadrilla completa con espadas, banderilleros y
monosabios. Las señoritas de la ciudad hicieron moñas vistosas con cintas de
sedas de colores y adornaron las banderillas con papeles rizados.
El domingo, por la mañana, sería la corrida. Habían enarenado la plaza y
señalado las localidades. Estaba acabado el programa. De los cuatro toros que
se iban a torear, los dos últimos serían de muerte; el primero de éstos, un
becerro de tres años, estaría a cargo del teniente Gotor, y, el segundo, el más
fuerte y de más hierbas, lo mataría el Ochavito.
Estaba así dispuesto el programa, cuando se supo que iba a haber un
número nuevo; pues el Capitán Mala Sombra pensaba salir al ruedo a mancornar el
último toro, el del Ochavito: un toro salamanquino de mucha alzada y potencia.
Pregunté al Ochavito en qué consistía esto de mancornar.
—El mancornar—me contestó el espada—es una suerte de vaqueros. Un hombre
puede coger (así decía él) un novillo de tres años; pero a un toro es imposible
sujetarlo. Cuando se trata de coger un toro, se le debe primero capear,
haciéndole sufrir todo el destronque posible, y cuando se nota que ya está sin
fuerzas, lo cual se consigue muy pronto en sabiendo bien sacarle la capa, va
uno y le agarra de la cola; el que mancornea, al pasar el toro junto a él le
coge el pitón derecho con la mano derecha y, con la izquierda, el pitón del
otro lado. Entonces, a fuerza de pulso, se le vuelve al animal la cabeza y se
le echa en tierra.
Después de esta explicación pregunté a Juan de Dios a qué se debía esta
humorada de Mala Sombra, y me dijo el sargento que la causa eran los celos,
porque el teniente Gotor galanteaba a la misma muchacha.
Mala Sombra había buscado la manera de que Pancalieri, el piamontés,
estuviera alojado en casa de su amada, y Pancalieri se había hecho amigo de la
niña y le daba recados de parte de Mala Sombra.
Conté al Empecinado lo que ocurría, y el general me dijo que fuera a ver
a Mala Sombra y le prohibiera rotundamente salir a la plaza bajo pena de
arresto.
Fuimos el Chiquet y yo en busca del Capitán Mala Sombra. Nos dijeron que
vivía en la posada del tío Barrueco, pero allí no estaba; después tuvimos que
preguntar casa por casa en el arrabal de San Francisco y en el del Río, y, al
último, lo encontramos en un verdadero palomar escribiendo febrilmente.
—Comandante—le dije—, el general ha sabido que piensa usted salir a la
plaza y me envía para que le disuada de ese absurdo proyecto.
—Por qué. ¿No van a salir otros oficiales y soldados?
—Sí; pero la suerte que usted intenta ejecutar es más peligrosa.
—¡Bah! La he hecho otras veces.
—Dicen que quiere usted mancornar al último toro, el que va a matar el
Ochavito.
—Cierto.
—Todos los que entienden de eso dicen que ese toro es de demasiada
alzada y demasiada fuerza para mancornarlo. No haga usted la suerte con ese
toro, sino con otro.
—No, no; con ese.
—Comandante—exclamé—, todo el mundo sabe que es usted un valiente: su
fama de valor está bien cimentada desde hace mucho tiempo. Lo necesitamos a
usted. Es usted necesario para la Patria y para la Libertad. ¿A qué exponer la
vida estúpidamente?
—No puede ser, no puede ser—dijo él—. He dado mi palabra al pueblo. No
puede ser.
Por más argumentos, por más consideraciones que hice, no conseguí nada.
IX.
CONCHITA AGUILAFUENTE
La decisión de Mala Sombra fué durante algunos días el tema de
todas las conversaciones de Ciudad Rodrigo. Su decisión romántica hacía mucho
efecto. Las mujeres tenían gran curiosidad de conocer al paladín enamorado. Yo
sentía curiosidad de ver a la dama de sus pensamientos, y me la mostraron. Era
Conchita Aguilafuente una muchacha de unos diez y siete años, morena, pálida,
de ojos muy negros y muy grandes. No tenía muy buena fama; se decía de ella que
era muy coqueta. Debía ser un temperamento ardiente.
Por lo que me dijeron, era de estas mujeres que tienen días en que se
les ve desfallecer, que tan pronto están animadas, con la mirada brillante,
como pálidas y ojerosas; mujeres en que el sexo es como una llama abrasadora
que les consume. Yo la vi cuando iba a misa con una mantilla negra, que le
sentaba maravillosamente; al pasar cerca de ella el Chiquet y yo le dirigimos
unos piropos, y ella nos miró con una mirada relampagueante.
La madre, que la acompañaba, era una mujer todavía joven: una jamona de
buen ver que producía grandes entusiasmos en la calle.
—El pobre Mala Sombra va a tener que bregar más con esta chica que con
el toro del domingo—le dije yo al Chiquet.
Mi asistente celebró la gracia, porque, como buen catalán, era muy
torero.
Hubiera dado cualquier cosa porque el domingo hubiera estado lloviendo;
pero, por el contrario, amaneció con un sol espléndido.
Ya muy de mañana los aldeanos de los contornos comenzaron a acudir al
pueblo y a ocupar las gradas que se habían instalado en la plaza.
Se hicieron los últimos preparativos, que los dirigió el Buñolero.
Las cigüeñas, que habían llegado a su nido de la torre municipal días
antes, miraban como preguntándose: ¿Qué extraños preparativos serán éstos?
Después de la misa mayor comenzaron a llenarse los balcones de la plaza.
Había una lucida representación de señoras y señoritas, de caballeros de negro
y de militares de uniforme. Estaba aquello de gran gala.
El sol era espléndido y los abanicos temblaban en el aire. Yo no quería
presenciar la corrida para hacer causa común con el Empecinado; pero tenía gran
curiosidad de ver lo que hacía Mala Sombra, y también grande de observar la
actitud de Conchita Aguilafuente.
Estuve en el salón de la casa Ayuntamiento, paseándome arriba y abajo,
mientras la gente se asomaba a los miradores abiertos.
Una de las señoras que nos había oído hablar a un teniente y a mí de
Conchita me dijo:
—Ahí está Conchita con su madre y ese italiano que hicieron ustedes
prisionero.
Miré, y, efectivamente, estaba en un segundo piso de la Plaza Mayor, en
la casa de un comerciante, en compañía de su madre y de Pancalieri.
Como yo siempre he tenido una tendencia estratégica, recordé que en la
casa del Ayuntamiento había un depósito de papeles del Archivo que tenía una
ventana que daba muy cerca del balcón donde estaba Conchita.
Le pedí al portero que me abriese la puerta de aquel cuarto.
—No va usted a ver nada, don Eugenio—me dijo él.
—No importa—le contesté—, quiero ver el público.
El portero me abrió y yo pasé adentro.
Me asomé a la ventana. A una corta distancia se veía el balcón en donde
estaban Conchita, su madre y Pancalieri. Se veía además parte del interior de
la habitación, que era una sala de pueblo con un espejo, una consola y unas
sillas de damasco. La Conchita coqueteaba con Pancalieri de una manera
disimulada.
—¡Demonio! ¡Qué descubrimiento!—me dije—. Este granuja de italiano se la
está pegando de una manera ignominiosa al pobre Mala Sombra.
Comenzó la música, y poco después la corrida. De cuando en cuando sonaba
un ¡ah! de emoción que se levantaba en el aire. Era, sin duda, en el momento en
que algún torero estaba expuesto a ser cogido.
Cuando terminó el primer toro fuí al salón y me acerqué a la gente.
Algunas personas, sin duda de nervios fuertes, encontraban que la corrida tenía
pocas emociones y que aquellos becerretes no valía la pena de torearlos.
Al comenzar de nuevo la brega volví a mi observatorio.
El segundo toro dió poco juego. En el tercero la expectación se acentuó.
Iba a matar el teniente Gotor.
Miré al balcón de Conchita. Ella estaba encendida. Pancalieri, con un
aspecto cínico y sonriente. Ella aprovechaba las ocasiones de frotarse con él,
y se estrechaban las manos sin que la madre les viera.
A veces ella entraba en la sala y se besaban, y estaban largo rato con
los labios unidos. El forcejeaba con ella, y ella se escapaba de sus brazos y
volvía a salir al balcón encendida y con un aire compungido.
La faena del teniente Gotor debió de ser brillante, a juzgar por la
tempestad de aplausos y de bravos que estalló en la plaza.
Concluyó el tercer toro y salí de mi cuartucho. En el intermedio
Conchita y Pancalieri, comprendiendo que la curiosidad del público se desviaba
de la plaza para explorar los balcones, se separaron uno de otro y tomaron un
aire de indiferencia.
Cuando comenzó el último toro, el Chiquet me agarró del brazo y me dijo:
—Venga usted, mi teniente.
Como tenía gran curiosidad me dejé llevar. Hubiera dado cualquier cosa
porque la fiesta hubiese terminado. El último toro era grande, negro, con una
cornamenta larga y afilada. Perseguía furioso a quien se ponía frente a él. El
público vociferaba entusiasmado; los toreros apenas se atrevían a acercarse al
animal. Únicamente el Ochavito y el Buñolero se plantaban delante y le daban
recortes con la capa. A fuerza de estos lances el animal pareció cansarse, y en
un momento que se paró el Buñolero le agarró de la cola.
Entonces se vió a Mala Sombra que avanzaba con el Ochavito, acercándose
al toro. En un momento se agarró con presteza a las astas, cuadrándose de
pechos ante la fiera. El hombre y el toro quedaron inmóviles; el hombre empujó
la cabeza del animal por las puntas, la bestia alzó el hocico, y entonces el
hombre metió el hombro por debajo de la barba del animal, y de un empujón lo
tumbó al suelo, le puso el pie en el hocico y lo sujetó así.
Hubo una tempestad de aplausos. El Capitán Mala Sombra miró entonces al
sitio donde estaba su amada. ¿Qué vió? No sé. Quizá comprendió rápidamente lo
que pasaba entre Conchita y Pancalieri; el caso fué que el capitán soltó el
pie, el toro se levantó de improviso, dió un topetazo con el cuerno en mitad
del pecho al capitán y pasó por encima de él.
Después se vió al capitán erguirse un momento echando sangre a
borbotones por la boca, y luego caer desplomado.
Hubo un momento de pánico entre los toreros.
El público aúllaba como una mujer loca, y salía de él un largo y enorme
alarido. Algunos querían escapar, pero la mayoría estaba anhelante de angustia,
de curiosidad y de pasión.
—¡Calma!, ¡calma!—dijo el Ochavito.
—Esperaos, que ahora viene lo bueno—gritó el Buñolero, como si el
espectáculo de la muerte no le afectase lo más mínimo.
El Ochavito y el Buñolero metieron sus capotes y jugaron con el toro,
mientras dos alguaciles recogían el muerto.
Algunos pidieron a gritos a la presidencia que terminara la corrida y
retiraran al toro, pero esto no era fácil, ni mucho menos.
—Dejadlo—dijo el Ochavito—, yo lo mataré.
El Ochavito y el Buñolero fueron llevando al toro hasta un ángulo de la
plaza. El Ochavito dió unos pases de muleta mientras el Buñolero le ayudaba con
el capote.
—Échale un poco más allá—decía el Ochavito—. Bueno, bueno; ya está.
Después de algunos vanos intentos, cuando le tuvo a su gusto el
Ochavito, se cuadró, y de una estocada como un rayo dejó al toro muerto.
El Buñolero se acercó con una bayoneta en la mano y le dió la puntilla.
La gente, olvidada ya del capitán, comenzó a aplaudir y a gritar. El
público fué despejando la plaza; marchaban las mujeres llevando lágrimas en los
ojos.
Conchita y Pancalieri se habían retirado del balcón. Me acerqué yo al
sitio donde había muerto Mala Sombra, y en este momento vi salir a Conchita con
su madre. Tenía una palidez de espectro, los ojos rojos, como de haber llorado,
y la boca con un rictus de amargura.
X.
PANCALIERI
En la casa del Capitán Mala Sombra estaba expuesto su cadáver.
Había llegado su madre, una vieja campesina de un pueblo próximo, y
lloraba rodeada de las mujeres de la vecindad.
Estuvimos allí todos los oficiales de la guarnición, comenzando por el
Empecinado; se encontraban también los dos italianos, Corti y Pancalieri.
Pancalieri estaba triste y cariacontecido.
—¡Qué folia!—me dijo—. Este hombre se ha matado.
—Sí; mientras usted abrazaba a su novia él se ha matado por ella—le dije
yo, en voz baja.
—¡Ma ché! No. Sería demasiado idiota.
—Pues no le quepa a usted duda. Los que le han visto de frente me han
dicho que al levantar la mirada al balcón donde estaban ustedes se le demudó el
rostro, y entonces dejó de sostener la cabeza del toro y se dejó matar.
—¡Ah povero! ¿Pero usted cree que se habrá matado por ella?
—Sí.
—¿Por la signorina Conchita?
—Sí.
—¡Oh, no! ¡Maché! ¡Qué folia! Questa
signorina está bien para pasar el rato ma nada más.
—Amigo—le dije yo—, esa muchacha que para usted no sirve mas que para
pasar el rato, para este pobre hombre, era toda la vida...
Y mientras decía esto, la mirada de Mala Sombra, terrible y trágica,
parecía confirmar mis palabras.
XI.
FINAL
Había concluído de hablar Aviraneta, y repantigado en la butaca
miraba el humo de su cigarro, que se elevaba en volutas en el aire.
—¿Y qué fué de la Conchita?—dije yo.
—Me dijeron muchos años después que se había casado.
—¿Con Pancalieri?
—No.
—Quizá con Gotor, el rival de Mala Sombra.
—Tampoco. Se casó con un propietario rico de Zamora.
—¿Y no tenía nada que ver con Pancalieri?
—No sé. El que me habló de ella aseguraba que el hijo primero de
Conchita era el vivo retrato del italiano. Es posible que fuera verdad, es
posible que no. Vete a saber...
—Es usted admirable, don Eugenio—le dije—todavía le quedan a usted
historias en el zurrón.
—Qué quieres. Los hombres de mi tiempo no leíamos tantas novelas como
los de ahora. Buenas o malas, las hacíamos en la vida.
Y Aviraneta se levantó, se frotó las manos y comenzó a pasearse por mi
despacho, mirándolo todo con su aire perspicaz y agudo de fuina.
Madrid, marzo, 1917.
EL NIÑO DE BAZA
Otro día paseábamos por el Retiro Aviraneta y yo, y hablábamos de
los prestigios políticos de nuestro país, cuando don Eugenio me dijo: Varias
veces me he asombrado yo, al leer en las historias que se publican de mi
tiempo, cómo muchos hombres de talento y de energía han quedado obscurecidos, y
cómo, en cambio, otros, vulgares y adocenados, han tenido el relieve de
primeras figuras. Yo, jamás hubiera pensado, por ejemplo, que mi amigo don
Bernardo Borja Tarrius fuera hombre que pasara por la vida sin dejar el menor
rastro, ni el más pequeño recuerdo.
Borja Tarrius era para mí, al menos, un sabio. Conocía seis o siete
idiomas a la perfección; tenía una memoria prodigiosa; había viajado mucho y
leído más. Era una enciclopedia viviente. Como muchos hombres del tiempo,
sentía una gran inclinación por la economía política, y estaba afiliado a la
escuela de Jeremías Bentham. Vivía de dar lecciones, porque, a pesar de su
talento, no encontró nunca protección oficial.
A Borja Tarrius le conocí la primera vez en Madrid, en una logia, antes
del movimiento de Riego de 1820. Su inteligencia y su sensatez eran reconocidas
por todo el mundo.
Por esta época, Borja Tarrius y don José María de Larreategui, que era
el comisario de Guerra de la división del Empecinado, me llevaron a casa del
brigadier Palarea para ver si nos poníamos de acuerdo en el movimiento
revolucionario.
No llegamos a nada en esta conferencia.
Tres o cuatro años más tarde encontré a Borja en Gibraltar. Llegaba yo a
esta plaza huyendo de Algeciras, como te he contado, y me metí en una posada,
en donde se comía mal y se dormía en el suelo, pues no había camas.
En esta posada se encontraban don Bernardo Borja Tarrius y el diputado
por Córdoba don José Moreno Guerra. Al verme, me acogieron los dos con
amabilidad y formamos un grupo para comer. Era difícil ver juntos dos tipos tan
diferentes como Borja y Moreno. Los dos tenían aproximadamente la misma edad,
de cuarenta a cincuenta años. Borja Tarrius era un hombre grueso, rubio,
pacífico, calvo y con patillas; Moreno Guerra, alto, huesudo, cetrino, con un
hablar gutural; Borja Tarrius tenía el aire de un holandés flemático; Moreno
Guerra era un moro.
En sus ideas se notaba una parecida divergencia. Borja se mostraba
siempre equilibrado, siempre sereno, como la sensatez personificada; Moreno
Guerra se caracterizaba por sus extravagancias. Era este hombre de sorpresas,
osado, y al mismo tiempo cobarde, inteligente, y al poco rato, necio, amable y
sin transición soez. Asiduo lector de Maquiavelo, de los libros del famoso
florentín quería sacar consejos para la práctica política española. Entre sus
muchos proyectos absurdos, Moreno Guerra había tenido la idea de hacer de Cádiz
una ciudad republicana independiente, a estilo de Hamburgo y Brema.
Reunido con Moreno Guerra y Borja Tarrius, iba pasando mal que bien el
tiempo en la posada gibraltareña, cuando un día, instigados por el diputado
andaluz, que estaba enfermo del hígado, salimos él, Borja y yo a respirar el
aire libre. Hacía un calor sofocante. Al cuarto de hora de nuestro paseo se nos
presentaron tres policías y nos pidieron la boleta de residencia.
No la teníamos y tuvimos que confesarlo.
—Bueno, vengan ustedes—nos dijo el jefe de los policías. Les seguimos,
nos llevaron al muelle y nos dejaron allí como si quisieran dedicarnos a la
contemplación y al estudio de la bahía de Algeciras.
Había en el muelle grupos de españoles que se lamentaban porque no
tenían qué comer ni qué beber. El sol daba de plano, y el calor era insufrible.
Los marineros de los barcos mercantes del puerto trajeron baldes de agua
para aplacar la sed de la gente; pero no bastaba el agua que acarreaban para
tantos.
Llegó la noche y refrescó mucho. Yo no quería dormirme, por miedo a
enfriarme, y me senté sobre una estera y apoyé la espalda en un cañón empotrado
en el suelo, que servía para amarrar los cables. Encendí un cigarro y me puse a
reflexionar mientras contemplaba las luces de Algeciras.
—¿Qué voy a hacer?—pensé—. Mucha de esta gente quiere ir a Inglaterra;
pero van a andar muy mal; aquí habrá que esperar el barco...; luego, allá,
hasta que se pueda vivir, se tardará un tanto; la cuestión sería ir a un sitio
próximo y esperar una semana o dos hasta que esto se desocupara...
Estaba discurriendo así, cuando oí a mi lado hablar de Tánger en voz
baja.
—¡Tánger! Esta sería una solución—me dije a mí mismo, y decidí ir a la
ciudad africana. Pensé todas las eventualidades posibles y me pareció la mejor
la de Tánger.
Amaneció, y vi en el muelle solos a Borja Tarrius, a Moreno Guerra y a
dos hombres que no conocía; uno de ellos, el más joven, con uniforme de
miliciano nacional.
La demás gente se había metido en los buques mercantes que había en el
puerto y en un barracón del muelle.
Les dije a Borja Tarrius y a Moreno Guerra lo que había pensado.
—¿No sería mejor ir a Marsella o a Londres?—me preguntó Moreno Guerra.
—¡Ah, si se encontrara barco en seguida, sí!; pero como puede suceder
muy bien que no se encuentre barco y haya que pasarse cinco o seis días aquí en
el muelle, yo prefiero ir a Tánger y esperar allí.
—Es verdad, tiene usted razón—dijo Borja Tarrius—. Es una idea buena.
—Así, ¿qué les parece a ustedes la idea, aceptable?
—Sí, sí.
—Bueno, pues yo voy a ver si encuentro una lancha.
Me entendí con un patrón inglés, que me pidió diez duros por el pasaje,
y me volví al sitio de los amigos. Estos me dijeron que venían con nosotros el
miliciano nacional y su padre, que había pasado la noche en el muelle a nuestro
lado.
—Bueno—dije yo—. Está bien. ¿Usted les conoce?—le pregunté a Moreno
Guerra.
—Sí.
—¿Quiénes son? El viejo parece gitano.
—Lo es. Son de Baza, padre e hijo. Al padre le llaman el Esquilaor,
y al hijo, el Niño de Baza. El padre va convencido de que su hijo va a hacer
mucha suerte en Africa, porque tiene una piedra imán la bar lachí,
como dicen ellos. La historia de estos es curiosa. El Esquilaor,
que ha sido un buen mozo, le hizo un chico a una muchacha de Baza, y ella no se
quiso casar con él.
—¡Qué extraño! ¡Ella!
—Sí, ella dijo que no, que no se casaba, que él quería vivir a su costa,
y que no. Y así está en la casa el Esquilaor como criado.
—¿Y el Niño de Baza es el hijo?
—Sí, un chico mimado, voluntarioso. Ha sido estudiante de cura.
Les observé con atención.
El padre era un hombre muy flaco, muy negro, con los ojos verdes,
obscuros; el hijo era muy parecido al padre, con un gran fulgor en la mirada.
Bajamos los cinco por la escalera del muelle a la lancha, y nos fuimos
acomodando.
Antes de salir le dije yo a Borja Tarrius:
—Somos seis con el patrón. Como es posible que nos encontremos con algún
barco en el Estrecho que quiera detenernos, lo mejor es que en esta corta
travesía mande uno solo. Las vacilaciones son lo peor en estos casos. ¿Quiere
usted mandar como jefe de nuestra barca, Borja?
—No, no, Aviraneta. Mande usted.
—Sí, mande usted—dijo Moreno Guerra.
—Bueno.
Se lo advertí al patrón, y éste dijo que estaba bien, y añadió que la
medida era muy prudente, porque en el mar no había que andarse con dudas sino
decidir las cosas pronto.
Salimos, se largó la vela, fuimos pasando por delante de la ciudad de
Algeciras y de la isla Verde, hasta divisar la costa de Africa.
El día estaba espléndido.
El Niño de Baza, al poco rato de salir, escogió el mejor sitio y se
tendió. Estorbaba un poco para la maniobra.
—¡Eh, tú!—le dije yo.
—¿Qué hay?
—Estás estorbando. Aquí no se duerme.
—Ez que mi niño, zabe uzté, ze marea...—dijo el padre.
—No ha tenido tiempo de marearse; que se ponga como todo el mundo y esté
atento, por si se le tiene que mandar algo.
—¿Y uzté por qué me tiene que mandá a mi?—dijo el gitanillo.
—Porque sí; aquí mando yo, y, si no estás conforme, ahora mismo
tocaremos en tierra y te dejaremos en ella, si es que no te pego un puntapié y
te tiro al mar.
Hubo un fulgor en los ojos del Niño de Baza.
El viejo gitano comenzó a hacerme reflexiones y a adularme, con la
clásica desvergüenza de la raza. Moreno Guerra celebraba sus frases y le
contestaba algo en caló.
En cinco horas llegamos frente a Tánger y se detuvo la lancha. Unas
cuantas barcas y botecillos se nos acercaron con moros y cristianos, vestidos
con harapos de colores, y se puso toda aquella gente a hablar y a chillar en
una algarabía infernal. En esto nos atracó una lancha, con dos remeros negros y
tres moros limpios, y uno de ellos nos preguntó en chapurrado:
—¿Qué son ustedes?
—Españoles.
—¿De dónde vienen?
—De Gibraltar.
—¿Traen ustedes pasaporte?
—No.
—Pues no pueden ustedes entrar.
—¿No se podría avisar al cónsul de España?
—¿Qué quiere usted avisarle?
—Que aquí hay un diputado español, que viene fugitivo, que quisiera
entrar en Tánger, y un médico.
—¡Tebib! ¡Tebib!—dijeron los moros.
—Bueno. Esperen ustedes. Le avisaré al vicecónsul. El capitán del puerto
y este moro del rey—y nos mostró uno de sus dos compañeros—les vigilarán.
Estuvimos una hora con un sol de fuego, hasta que apareció un europeo,
el vicecónsul, en compañía de tres moros fastuosos, vestidos de blanco. El
vicecónsul preguntó por el diputado; se destacó Moreno Guerra y hablaron los
dos. El vicecónsul era un siciliano, y los moros, empleados subalternos del
gobernador de la plaza.
Como Moreno Guerra era tan moro como los otros, con sus ademanes y sus
gestos les convenció y se decidió que fuéramos todos a tierra. Les dijo que
Borja Tarrius era un gran médico.
Nos acercamos a la playa, y después nos agarró a cada uno un negrazo de
aquellos, y, atravesando el fango del arenal, nos dejó en tierra firme.
—Vamos a casa del gobernador—nos dijo el vicecónsul.
El gitano y su hijo se escabulleron sin saludarnos.
Marchamos por una callejuela, tropezando a cada paso con burros cargados
y seguidos por moros, que gritaban: ¡Balac! ¡Balac! Atravesamos el zoco, y
llegamos a un viejo caserón destartalado; pasamos dos patios, y, en una sala
que daba a un hermoso huerto, vimos al gobernador, o caid, sentado en el suelo
y apoyado en unos almohadones. Era un viejo de aire respetable; le saludamos,
nos invitó a sentarnos y nos trajeron unas tazas pequeñas de café sin azúcar,
dulces y bollos.
Habló Moreno Guerra con su aire de santón, y el caid inclinó varias
veces la cabeza, como diciendo que estaba conforme.
Salimos de nuevo a la calle, le dimos las gracias al vicecónsul y le
preguntamos dónde podríamos alojarnos.
—Aquí no hay fondas ni posadas—nos dijo—donde se esté bien. Algunos
franceses e italianos tienen huéspedes, pero los explotan. Los contrabandistas
españoles suelen meterse en sus rincones, donde no se puede vivir. Aquí tendrán
ustedes que dirigirse a los judíos.
—Sí, pero nosotros no conocemos a nadie...
—Bien, yo preguntaré.
El vicecónsul fué a ver al rabino Samuel Silva, le explicó el asunto, y
el rabino le encaminó a casa de la señora de Toledano, viuda de un comerciante,
que vivía con cuatro hijas y dos criadas.
Fuimos a ver a la viuda de Toledano, y nos encontramos con que hablaba
muy bien el español.
Se llamaba esta mujer Mesoda Ben Asayag y era viuda de un comerciante al
por menor, también judío.
El vicecónsul le indicó lo que pretendíamos, y la viuda aceptó; dijo que
tenía en la casa la planta baja desocupada, con cuatro cuartos bastante
grandes, y que viéramos si nos acomodaba.
—Vamos allá—dije yo.
Nos enseñó las habitaciones, anchas y limpias.
—Esto está muy bien—le dijimos—. Pónganos usted una cama en cada cuarto,
y en el otro una mesa y unas cuantas sillas.
Dijo que lo arreglaría en seguida, nos explicó qué comida nos iba a dar,
y añadió que nos llevaría dos pesetas por cada uno.
Dimos las gracias más efusivas al vicecónsul, por habernos llevado allá,
y el hombre nos indicó que contáramos con él para lo que necesitáramos y que,
después de comer, fuéramos a su casa a pasar el rato.
A las cinco de la tarde una criada nos avisó para que subiéramos a
comer. Subimos y encontramos la mesa puesta; el mantel limpio, platos de loza
de color y cubiertos de madera. En vez de sillas, había bancos. Entró la señora
de Toledano con sus cuatro hijas, de muy modesto porte y muy bonitas. Hablaban
todas el castellano con un acento medio andaluz, pronunciando las eses como
zedas, un acento que no dejaba de tener gracia.
La mayor tendría unos veinte años, y la menor, unos catorce. Todas eran
morenas, menos la segunda, Sara, que era rubia, casi pelirroja. Las saludamos
amablemente. La madre se sentó con dos de sus hijas a un lado y dos al otro, y
nosotros en lo restante de la mesa.
Después de comer fuimos a ver al vicecónsul, hombre abierto de genio,
que tenía una familia numerosa muy simpática, y nos dió una porción de
indicaciones concernientes a las costumbres que había que seguir allí. Le
pedimos un poco de papel, nos lo dió y volvimos a casa. Conferenciamos con la
señora de Toledano acerca de la manera de tener luz; nos trajo un velón de
cuatro mecheros, enviamos a la criada por aceite, encendimos el velón, lo
pusimos encima de la mesa y nos sentamos alrededor.
Borja Tarrius estaba contento.
—Creo que en Tánger podemos pasarlo bien y muy barato—dijo—, y habrá
cosas curiosas que ver.
Moreno Guerra estaba taciturno.
—¿Qué le pasa a usted?—le dije.
—Esto es una cartuja—exclamó él—; aquí no va a haber con quién hablar.
¡Luego estas calles sucias, con estos moros asquerosos!
Me indignó tan importuna queja y no dije nada.
A las nueve nos volvieron a llamar para comer, y tomamos té con
hierbabuena, pan y manteca.
Le pregunté a la dueña cuándo se podría escribir a Gibraltar, y me dijo
que tuviera la carta preparada para las diez de la mañana del día siguiente.
Escribí a la posada de Gibraltar en donde habíamos estado Borja Tarrius,
Moreno Guerra y yo, pidiendo al amo que nos mandara la cuenta, diciéndole que
yo había dejado allí una maleta y una manta, y que si se recibía una carta para
mí, la enviara a Tánger.
Al día siguiente, por la mañana, le di la carta a la dueña y fuí a
llamar a Borja Tarrius y a Moreno Guerra; ninguno de los dos había dormido,
preocupados, sin duda, con el porvenir.
Por la tarde anduve yo por la ciudad; vi el Zoco, la Alcazaba, y salí
por las afueras a pasear por el Marshan. Al volver me encontré con Borja y
Moreno, que charlaban en el cuarto, y, por la noche, la dueña me trajo
contestación a mi carta de Gibraltar. Según decía el posadero seguía allí la
aglomeración, y no se sabía qué hacer con los emigrados.
Fuimos a cenar. Moreno Guerra estaba tan alicaído que la dueña le
preguntó:
—¿Está usted malo?
—Sí. Más malo de espíritu que de cuerpo. Me falta la vida, las
amistades, la sociedad... No sé si me podré acostumbrar al trato de estos
moros.
—¡Y qué diría usted—dijo la viuda de Toledano—si viviese bajo la
condición que vivimos nosotros los hebreos! Nos insultan, nos apedrean, nos
tiran lodo a la cara, y, como no tenemos autoridades ni cónsules, nos callamos.
Moreno Guerra se encogió de hombros. Parecía mentira que un hombre tan
grandón, que tenía fama en España de valiente y atrevido, fuera tan pusilánime
y tan blando.
—No hay que acobardarse—repuso la señora de Toledano—. Si se mete usted
en esa habitación de abajo, en la obscuridad, sin ver a nadie, le entrará a
usted la melancolía. Suba usted al cuarto donde trabajamos mis hijas y yo, y
allí hablaremos.
—Tiene usted razón, señora—dijo Borja Tarrius—; no hay que apocarse. En
Tánger hemos sido recibidos con una caridad y un afecto que agradecemos en el
fondo del alma; estamos perfectamente hospedados y mantenidos: no podemos
desear más. Ahora, a mi amigo Moreno Guerra le sucede que ha vivido en esta
última época en un ajetreo constante y en una constante inquietud, y al venir
aquí a esta soledad queda aplastado.
—Si lo comprendo—dijo Mesoda—; por eso le digo que suba al taller donde
trabajamos nosotras, para entretenerse; suele venir el rabino de Tánger a
visitarnos, y como es un hombre culto hablará con ustedes.
Fuimos al taller y charlamos, mientras las chicas y la madre y dos o
tres aprendizas trabajan en bordar con sedas de oro y plata babuchas, bolsas
para dinero, cinturones, arneses de caballo, etc.
Borja Tarrius, curioso por todo cuanto fuera industria, hizo a Mesoda y
a sus hijas una serie de preguntas acerca de cómo trabajaban y dónde vendían
sus productos.
—En general se venden en Gibraltar, y los llevan a Túnez, a Trípoli, a
Fez, y pasan por bordados hechos por moras—contestó la señora Toledano.
Borja Tarrius que sabía mucho, examinó los bordados y dijo primero que
el dibujo era un tanto defectuoso, y después indicó a Mesoda y a sus hijas que
perdían mucho tiempo haciendo cada una todas las labores que exigía un bolso, o
una babucha; que debían hacer la división del trabajo: una cortar, otra coser,
otra bordar, etc., etc.
Para demostrar su tesis, explicó con toda clase de detalles cómo se
fabricaban los alfileres en las fábricas de Europa.
Como hablaba con tanta persuasión, las convenció.
Al día siguiente se hizo la prueba de la división del trabajo, y,
efectivamente, se produjo casi el doble.
La señora de Toledano estaba maravillada.
Mientras trabajaban las bordadoras, Borja Tarrius les habló de la
historia de Tánger y de Cartago, y del pueblo judío, y nos tuvo a todos
entretenidos.
Al cuarto día de estar en Tánger apareció en casa el Niño de Baza. Venía
bien vestido, limpio y perfilado. Era un muchacho guapo. Tenía el tipo del
andaluz bonito, una cara de medalla romana y los ojos de gitano. Me dijo con
mucha zalamería que le perdonara si había estado grosero en la barca, pero era
que se encontraba entonces cansado, enfermo, sin dormir. Se había quedado solo
en Tánger; su padre había marchado a España, y él andaba buscando un sitio
donde trabajar.
Las chicas de casa le vieron al entrar y salir.
—¿Quién es ese muchacho?—me preguntaron Sara y Rebeca.
Yo le dije a Mesoda:
—No he querido traer a ese joven aquí, donde hay tantas muchachas. No
vaya a ser un gavilán entre palomas.
—Pues ¿qué ha hecho?
Le dije que me parecía un muchacho violento, vengativo, que su padre era
gitano...
Nada de esto le parecía muy grave a Mesoda.
—Si a usted no le importa, por mí puede venir a casa.
—¡Ah! Pues que venga.
Al día siguiente volvió a presentarse el Niño de Baza.
—Bueno—le dije yo—, con estas chicas, nada.
—No tenga usted cuidado.
—Ya sabemos que eres irresistible.
—No tanto, don Eugenio.
El Niño de Baza no comprendía la ironía, afortunadamente para él.
Este mismo día apareció el rabino de Tánger, el señor Samuel Silva, en
casa de Mesoda, y hablaron él y Borja Tarrius. El rabino llevó la conversación
a cuestiones de historia bíblica, donde se consideraba, sin duda, fuerte; pero
Borja Tarrius sabía de esto mucho y le hizo unas observaciones al rabino sobre
el libro de Esdras y el de Job, y el Eclesiastés, que quedó el
hombre asombrado. Yo, como no he leído la Biblia, porque, la verdad, me ha
aburrido desde el comienzo, no seguí la discusión en todos sus detalles.
Mientrastanto, el Niño de Baza cambiaba unas miradas incendiarias con
las chicas, que se reían y coqueteaban con él. Sobre todo, Sara, la roja, era
una mujer de cuidado.
Los días siguientes, desde la mañana hasta la noche, los pasamos en el
taller de Mesoda, Moreno Guerra, Borja, el Niño de Baza y yo; ayudábamos a las
muchachas a cortar el cuero de tafilete, a preparar las agujas, los hilos de
seda de oro y plata y a pulimentarlos con colmillos de jabalí.
Borja Tarrius pidió al vicecónsul un diccionario viejo de antigüedades,
con un atlas, que había visto en su casa. El vicecónsul se lo prestó y Borja
estuvo tomando notas e hizo una porción de modelos con nuevos adornos y nuevas
grecas. Dibujó hasta diez modelos. Se hicieron éstos, unos más complicados,
otros menos, y se enviaron a Gibraltar con sus precios respectivos.
En cada bolsillo se venía a sacar tres pesetas de beneficio, según el
cálculo de Borja Tarrius.
Días después, el hijo de Mesoda envió cuarenta duros; había vendido los
diez bolsillos inmediatamente a un comerciante de Argel, que le encargó veinte
docenas más de la misma clase en dos remesas. Los que se le enviaron los vendió
a cinco duros. En cada uno se ganaron trece pesetas.
Mesoda y sus hijas estaban locas de contento. Las chicas llamaban papá a
Borja Tarrius, y pensaban en arreglar la casa y en hacer viajes.
Cuando se mitigó la alegría, Mesoda dijo a Tarrius:
—¿Qué hacemos? Usted disponga.
—¿Usted tiene dinero?
—Sí.
—Vamos a hacer el presupuesto para los doscientos cuarenta bolsos.
Borja Tarrius tomó un papel e hizo una porción de números.
—Se necesitan unos cincuenta duros de material—dijo.
—¿Nada más?
—¿Le parece a usted poco? ¿Los tiene usted?
—Sí, sí.
—¿No habrá dificultad en adquirirlo?
—Ninguna.
—Después, lo que se necesita son cuatro o cinco obreras. ¿Habrá aquí
buenas bordadoras?
—Sí, pero cobran mucho.
—¿Pues, cuánto cobran?
—Seis y siete reales al día.
—¡Bah! Eso no es nada. Se puede pagar el doble.
—¿Y si se enteran y copian los dibujos de los bordados?
—No; no tienen tiempo. Usted les dice que es un encargo que ustedes
tienen y les da los bolsillos ya dibujados.
Al día siguiente se compró el material y comenzó a cortarse el tafilete.
Tarrius tenía la alta dirección. Moreno Guerra y yo calcábamos los dibujos, los
agujereábamos con un alfiler y, después, con una muñequita llena con polvo de
carbón, estampábamos y perfeccionábamos los dibujos con lápiz.
Al día siguiente Mesoda trajo cinco obreras judías, que las llevó a la
sala del piso bajo, que antes ocupábamos nosotros.
Moreno Guerra y yo seguimos dibujando; el Niño de Baza cortaba; Agar y
Raquel, la hija mayor y la pequeña, cosían, y Sara y Esther quedaron al frente
del bordado. Las nuevas obreras eran mejores trabajadoras que las de casa.
Se envió la primera remesa a Gibraltar y llegó el dinero en seguida.
Cerca de quinientos duros. La viuda de Toledano quedó loca de contenta. Quería
dar dinero a Tarrius, pero le dolía desprenderse de él. Le hacía continuas
zalamerías. ¡Era tan bueno! Sus hijas y ella no se olvidarían nunca de lo que
había hecho en su obsequio.
Mesoda tenía la angustia de ganar, y no se preocupaba de nada más.
Yo veía al Niño de Baza que intimaba mucho con Sara la roja, pero
también lo veía la madre y parecía que no daba importancia a la cosa. A Borja
Tarrius le llegaban enfermos que iban a consultarle. Borja se limitaba a
recomendar prácticas higiénicas.
Llevábamos veinte días en Tánger, cuando recibí una carta de un señor
Gargollo, representante de mi tío Ibargoyen, el mejicano. A este Gargollo le
había escrito yo al llegar a Gibraltar. Me decía que había girado a mi nombre a
esta plaza cinco mil pesetas a la casa de Banca de Benolié y Compañía, y que al
mismo tiempo me recomendaba a este banquero. Le escribí al señor Benolié
diciéndole dónde estaba, y a los dos o tres días apareció en mi casa un judío
viejo, con un aire muy venerable, a ofrecerme de parte de Benolié lo que
necesitara. Se llamaba este judío Samuel Lione.
La patrona mía se quedó maravillada; dijo que Samuel era el hombre más
rico de Tánger, y que cuando iba a Fez visitaba al Sultán.
Debíamos ser nosotros gente de una gran importancia cuando Samuel Lione
venía a nuestra casa.
Pregunté qué era, y la señora de Toledano dijo que era banquero y
tratante de esclavos.
—¿Y gana mucho con esto?
—Muchísimo. Todos los años manda una o dos caravanas a Tumbuctu, en las
que ganará muchos miles de duros.
El Niño de Baza oyó esto con los ojos brillantes.
Al día siguiente me dijo:
—Oiga usted, don Eugenio.
—¿Qué hay?
—No va usted a visitar a ese viejo judío Samuel?
—Pues, ¿por qué?
—Porque si va usted, yo quisiera acompañarle.
—¿Para qué?
—Para ir en una caravana a comprar esclavos.
Me quedé asombrado.
—Bueno, bueno. Ven mañana por la mañana y le visitaremos.
Al día siguiente se presentó el Niño de Baza muy elegante y atildado; yo
me vestí, y con un chico de la vecindad fuimos a casa de Samuel.
La casa era de aspecto más humilde que la de Mesoda. Nos recibió el
señor Samuel en un despacho muy mísero de la planta baja, con grandes saludos y
zalemas, y nos hizo sentarnos. Este Shylock hablaba de una manera balbuceante y
lacrimosa. Nuestra santa nación, nuestra tribu, el patriarca Abraham estaban a
cada momento en su boca. Durante su charla se interrumpía para dar una
indicación a dos escribientes que tenía, los dos, sin duda, judíos, de cara
atormentada y labios gruesos.
Le avisaron para almorzar, y yo me levanté con intención de marcharme;
pero Samuel me agarró de la mano.
—No, no; venid—me dijo—; que venga con vos este joven cristiano;
comeréis conmigo, la miseria que uno tiene.
Subimos una escalera estrecha y llegamos a un comedorcito pequeño que
daba a un patio, con una puerta, lleno de macetas con flores. Estaban en el
comedor la mujer y una hermana de Samuel, dos hijas de unos cincuenta años, un
hijo y una porción de nietos, entre los cuales había una muchachita de unos
diez y siete o diez y ocho años, muy bonita.
Entre todas estas caras judaicas había el tipo correcto y muy perfilado
y el tipo un poco repulsivo del judío narigudo, con los labios gruesos y
abultados y los ojos pequeños.
Había en toda la casa un olor a cerrado y al mismo tiempo a estoraque, o
alguna otra cosa aromática, que no me hizo ninguna gracia.
Sirvieron el almuerzo, que consistió en té con leche, tostadas con
manteca, miel y un líquido dulce, con gusto a naranja. En lugar de pan, nos
dieron unas tortas redondas y muy delgadas, sin sal.
El Niño de Baza estuvo de conquistador con la nieta de Samuel. Sabía que
la chica era rica, y preparó en seguida sus baterías.
Después de almorzar volvimos de nuevo al despacho y hablamos.
—No creáis que tengo una fortuna grande...—nos dijo Samuel Lione—. No,
no..., una pequeñez, un mediano pasar. No hagáis caso de lo que os digan en
Tánger acerca de mí. No, no. ¡Por el patriarca Abraham! ¡Qué más quisiera yo!
Le dije que no me habían hablado de él en Tánger, y que había ido a
verle para saludarle y para presentarle aquel joven español que, habiendo oído
hablar de que él organizaba caravanas al centro de Africa, quería ir en una de
ellas.
Samuel Lione sonrió al Niño de Baza y le alabó su afición al comercio.
Después nos explicó sus negocios. Se dedicaba principalmente a la trata de
esclavos, que compraba en Tumbuctu, y a veces en el Sudán.
En Fez, en Mezquínez y en Marrakech tenía depósitos de esclavos. Nos
dijo que él proveía al sultán y a los principales magnates del imperio de
esclavas negras para los harenes, que hacía venir del interior de Africa;
negras que eran de una raza especial muy fea para nuestra vista por sus morros
salientes y su nariz chata, pero que a los moros les parecían huríes de Mahoma.
Añadió que recibía remesas de cuando en cuando de veinte o treinta
niñas, de diez a doce años, en Tafilete, donde tenía un gran depósito, y, a
manera de hospital, que allí apartaba las que tenían lepra, les curaba a las
otras la sarna, las demás enfermedades y los parásitos; luego, con baños,
purgas y frotaciones y mucho alimento, las engordaba y las ponía lucidas como
los cristianos engordan esos animales, que son la abominación de Jehová y que
se llaman, con perdón, cochinos.
Mudaban enteramente de piel y de pelo las negras, y se ponían
relucientes como espejos.
A los catorce años las llevaban al mercado, y acudían los corredores a
comprarlas, procediendo a un reconocimiento escrupuloso antes de cerrar el
trato.
Los compradores las conducían con mucho cuidado a su destino, en una
especie de jaulas, que colocaban en camellos, y muy cubiertas con toldos para
que no les diese el sol, ni las viesen los curiosos.
Este comercio era el más productivo para él; ¡pero había tanto gasto! En
Tumbuctu tenía una factoría exclusivamente destinada para sus compras.
Era el único comerciante dedicado a este honrado tráfico.
También recibía de Tumbuctu oro en polvo, marfil y plumas de avestruz, y
enviaba, a cambio, telas que compraba a poco precio en las almonedas de
Gibraltar.
Lione me dijo que a los veinticinco años había hecho dos viajes a
Tumbuctu, la lejana ciudad de Africa, atravesando el gran Desierto. Entonces
era Tumbuctu tan misteriosa que algunos dudaban de su existencia.
Samuel Lione con esa rápida efusión que suelen tener a veces las gentes
que viven aisladas, nos contó sus viajes a Tumbuctu con cierto énfasis. Nos
habló con entusiasmo del Desierto, de las caravanas de cientos de camellos, que
apenas dejan huella en la arena dura; de la forma del terreno arenoso, siempre
igual y siempre distinto, como el mar; de las angustias al no encontrar los
oasis con agua; del tener que beber a veces la sangre de los camellos... Todas
estas dificultades y penas estaban compensadas, porque en dos o tres viajes se
podía uno enriquecer.
Mientras hablaba Samuel se veía la mezcla del miedo con el deseo de la
ganancia.
Unía cierta elocuencia florida al acento llorón y sibilante.
En medio de toda su blandenguería se notaba que el buen Samuel era un
águila para el comercio y que hubiera vendido hasta a su padre. Luego Lione nos
habló de sus antepasados, que eran españoles, que habían vivido en Medina del
Campo y habían sido expulsados de Castilla en tiempo de Felipe III. Su apellido
verdadero era León, o de León, y al refugiarse en Francia lo afrancesaron y lo
convirtieron en Lione. Tenía todos los papeles y títulos de pertenencia de la
familia y hasta la llave de la casa de Medina.
Respecto a la pretensión del Niño de Baza, dijo que fuera por allí, y
que ya vería.
Después de cuatro horas de charla me volví a casa de Mesoda.
Al día siguiente pasé de nuevo por el despacho de Samuel Lione, que me
prestó cien duros. Le dije a Borja Tarrius y a Moreno Guerra que me marchaba a
Gibraltar y que les escribiría. Borja Tarrius me indicó que le habían encargado
aquel mismo día de la educación de los hijos de varios cónsules europeos de
Tánger; que ya tenía medios fáciles de vida, y que preferiría un país templado
como aquél que un país frío como Inglaterra, y que se quedaba definitivamente
allá.
Moreno Guerra me dijo que le avisara adónde iba y lo que hacía.
Comimos, charlamos mucho, me despedí de la familia judía, me acompañaron
Borja y Moreno hasta la lancha, y me fuí a Gibraltar.
Después de bastantes años, le vi a Borja Tarrius; me dijo que el Niño de
Baza se había casado con la nieta de Lione y había tenido un hijo con la Sara.
El Niño de Baza, hecho un completo bandido, llegó a ser hombre de fama en el
país, y en una de las expediciones al centro de Africa le mataron en el
Desierto.
Respecto a Sara la roja, se escapó con un inglés rico, y vivía por
entonces en Inglaterra hecha una princesa. Moreno Guerra murió misteriosamente,
poco después de ir a Tánger. Según algunos le envenenaron en el viaje de
Gibraltar a Londres.
ROSA DE ALEJANDRÍA
I.
EL VIAJE A EGIPTO
Puesto que deseas que siga la narración de mi vida, amigo Pello,
dijo Aviraneta, la seguiré.
A mediados de noviembre de 1823 salí de Tánger y llegué a Gibraltar,
donde me esperaban en el muelle el hijo de la señora Toledano y el dependiente
principal de Benolié, el banquero.
Me llevaron a casa de un judío que me cedió un gabinete muy bonito, y me
dieron una carta de residencia del Estado Mayor de la plaza.
El señor Benolié era hombre rico, banquero de mucha influencia, y vivía
muy en grande en una casa a la inglesa. Me presenté a él, me trató muy
amablemente y me dijo que fuera a su casa cuando me pareciera.
Fuí una vez por cumplir y no volví. Me cansé en seguida de Gibraltar. Ya
no tenía allí amigos. Los liberales españoles se habían marchado. Aquello me
parecía un sitio estrecho, de lo más antipático del mundo.
Un día que estaba en mi gabinete, tendido en el sofá divagando, apareció
el señor Benolié.
—¿Qué le pasa a usted?—me dijo—. ¿Está usted enfermo?
—Sí, algo enfermo debo estar, pero principalmente estoy aburrido; yo no
puedo vivir así. Me he acostumbrado a otra vida.
El señor Benolié quizá creyó que le quería decir que tenía hábitos más
fastuosos, y sonrió suponiendo que era una fanfarronada de español.
—¿Pues cómo ha vivido usted?—me dijo con ironía judaica.
Yo le conté brevemente mis andanzas de guerrillero y de conspirador, y
como vi que le interesaban di detalles y más detalles. El señor Benolié se
quedó tan asombrado, que creo que si le hubiera dicho que yo no era un hombre,
sino un trasgo o un gnomo, no hubiera tenido tanto asombro.
—¡Pero usted ha vivido de esa manera!—exclamó varias veces.
—Sí.
—Es extraordinario. Yo tenía otra idea de los guerrilleros. ¿Y para qué
ha vivido usted así? ¿Ha ganado usted mucho con eso?
—Nada. El poco dinero que tenía lo he perdido.
A Benolié no le cabía esto en la cabeza.
—Con la actividad y la energía que ha desplegado usted inútilmente,
puesta en el comercio se hubiera usted hecho millonario.
Esta observación de judío le parecía a él un argumento irrebatible.
—Sí, es posible—contesté yo—; pero en el comercio no hubiera puesto
tanta energía. Ser rico no me interesa. Yo no necesito mas que el dinero
imprescindible para comer y tener un rincón donde dormir. Esto se me cae
encima. Yo necesito campo, peligros, intrigas para estar bien.
Benolié y yo nos miramos como podrían mirarse un lobo y un castor.
—Sin embargo, ¿usted piensa marcharse a Méjico a ser comerciante, según
me ha dicho?
—Sí, si no encuentro otra cosa mejor.
—No hay nada mejor que el comercio, señor Aviraneta—replicó él
sonriendo—. Yo creo que usted no se ha dado cuenta de ello. Yo quisiera que
usted probara a trabajar en mi casa.
—Probaré.
—Yo le daré a usted el máximum de sueldo y el máximum de comisión.
—Pues nada, empezaré.
Comencé a acudir al escritorio, y fuí tan puntual y ordenado como
pudiera serlo el primero.
Al cabo de un mes, Benolié me llamó a su despacho.
—Indudablemente, señor Aviraneta—me dijo—, no sirve usted para la vida
sedentaria. No come usted, no bebe usted, no habla usted, y se va usted
poniendo más amarillo que un limón.
—Sí. Es cierto.
—¿Qué ha pensado usted hacer?
—Yo había pensado ir a Grecia y hacer la campaña contra los turcos; pero
como todo el mundo me habla aquí mal de los griegos, he decidido ir a Egipto y
ofrecerme al gobierno del virrey como oficial.
—Bueno, bueno, como usted quiera. Si trata usted de ir a Egipto, yo le
proporcionaré a usted barco.
El señor Benolié se mostró muy generoso, me entregó cincuenta libras
esterlinas, entre sueldo y comisión, por el trabajo que había hecho durante un
mes en su casa. Al pensar en ir a Egipto, se me ocurrió llevar una mercancía a
vender por allí, e hice mi ancheta y la metí en un gran cajón.
El día seis de diciembre apareció un bergantín en el puerto de
Gibraltar, que marchaba a Alejandría. Era un bergantín nuevo, sin nombre. Iba
tripulado por la marina de guerra inglesa; lo llevaban para entregarlo al
virrey de Egipto.
Bajaron el capitán sir John y dos oficiales, y fueron a visitar a
Benolié. Benolié les habló de mí, y el capitán sir John le dijo que con mucho
gusto me llevaría en su barco hasta Alejandría, puesto que era liberal y amigo
suyo.
Al día siguiente se condujo al barco mi cajón de mercancías, al que le
pusieron precintos de plomo y una etiqueta con el escudo de Inglaterra.
El capitán sir John dijo que, para ir a bordo, debía marchar vestido de
guardia marina.
Benolié me envió a su sastre, para que me hiciera un traje completo de
guardia marina, que se componía de chaqueta y pantalón azul, chaleco de grana y
polainas. Me trajeron también a casa un kepis, un sombrero redondo de hule y un
capote de goma.
Benolié me entregó la víspera de mi partida dos cartas de recomendación:
una para el general Boyer y la otra para un comerciante judío de Alejandría,
corresponsal suyo, que se llamaba Isaac Bonaffús.
A las seis de la mañana del día diez de diciembre, en un lanchón de
Benolié, me dirigí al bergantín, en compañía de Toledano. El bergantín había
levado anclas y extendido algunas velas.
Estreché la mano de mi amigo, quien volvió en una lancha, y me dirigí,
acompañado de un mozo, a mi camarote.
A las seis y media zarpó el bergantín, con viento fresco, y dejamos al
poco rato de ver Gibraltar y las costas de Africa.
Al mediodía el viento se hizo más fuerte, y, al comienzo de la tarde, se
desarrolló un ventarrón furioso. Se recogieron las velas y casi a palo seco
fuimos marchando por el mar, sin rumbo.
Yo llevaba días sin dormir bien, y no sé si por el medio mareo que tenía
o porque bebí un poco de vino, el caso fué que me eché en la cama y no desperté
hasta el día siguiente a las once. Al salir vestido a cubierta, sir John, el
capitán, comenzó a reír al verme y me dijo:
—Usted es un lobo de mar.
—Pues, ¿por qué?
—Porque ha podido usted dormir cuando todo el equipaje andaba mareado.
Hemos tenido un huracán terrible.
Pasé con sir John a la cámara de oficiales, donde vi que había dos
tenientes, echados de bruces sobre la mesa, estudiando un gran mapa.
Aunque yo no los entendía, porque hablaban inglés, comprendí que estaban
buscando la posición y el derrotero del barco.
Sir John, a quien le gustaba hablar francés conmigo, me dijo que íbamos
a tener mal tiempo, porque el barómetro seguía bajando.
No sé a punto fijo hacia dónde navegamos; yo no me atrevía a
preguntárselo a nadie, pero sí sé que por la tarde del tercer día se nos
presentó el viento de proa y empezamos a dar bordadas.
A eso de las once de la noche comenzó una tormenta espantosa: una de
rayos, de truenos, de granizo, que no paraba un momento.
El capitán y los oficiales estaban de observación en la cámara; los
marineros esperaban órdenes en el puente.
Yo no podía hacer allí nada más que estorbar. Antes de meterme en la
cama, agarrándome a lo que pude, llegué a la cocina y le compré al cocinero
víveres. Desde nuestra salida de Gibraltar no se había encendido la cocina. El
cocinero me puso en un talego una docena de galletas, medio queso, dos tarros
de mermelada, dos botellas de vino de Jerez y un frasco de aguardiente. Llegué
a tientas a mi camarote, cerré la puerta, porque entraba agua, y me dije:
—Hay que entregarse al destino.
Comí un trozo de queso y unas galletas con dulce, bebí un vaso grande de
Jerez, luego una copa de aguardiente, encendí un cigarro y a la media hora
estaba dormido. Nunca he tenido sueños más raros.
A la mañana siguiente me desperté. Había agua en el suelo del camarote.
Cuando abrí el ventanillo y miré al mar me dió el vértigo con aquel resplandor
y aquella blancura de la espuma.
Me pareció que el mar se hallaba más agitado, pero el aire más
tranquilo, y supuse que esto era buena señal. No salí del camarote; estuve
haciendo gimnasia, y al anochecer tomé mi trozo de queso, mis galletas con
dulce y dos vasos grandes de Jerez, y dos copas de aguardiente.
Tardé en dormirme, pero me dormí. Al día siguiente, al despertar con la
cabeza un poco pesada, vi que había amainado el temporal. Abrí el ventanillo y
vi el mar mas tranquilo, y me volví a tender en la cama. Estaba dormitando
cuando entraron en el camarote el capitán y el cirujano del barco.
—No he visto otro parecido—dijo el cirujano señalándome a mí—. Este es
un hombre grande. ¡Y luego hablan de la flema inglesa!
El capitán sir John se reía.
—Levántese usted—me dijo—, porque tienen que limpiar todo esto.
—¿En dónde nos encontramos?—le pregunté yo.
—Nos estamos acercando a la costa francesa, a las islas de Hyeres.
Me levanté, me vestí y salí a cubierta, con la cabeza un tanto pesada.
Antes del mediodía llegamos a la isla de Porquerolles, donde anclamos.
Examinaron los oficiales y el contramaestre el casco del barco, que tenía
alguna avería insignificante; lo limpiaron los marineros por dentro y por
fuera, secaron el velamen y a las veinticuatro horas estaba el bergantín tal
como había salido de Gibraltar.
Se compraron víveres, se encendió la cocina, y comimos por primera vez
caliente y de una manera espléndida.
La marinería tuvo también un gran banquete, con carne fresca y pan del
día, y el capitán regaló a los marineros una pipa de vino.
A media noche nos hicimos a la vela con un tiempo hermoso, y a los doce
días de dejar las costas de Francia estábamos a la vista de Alejandría.
En todo el trayecto, el capitán sir John tuvo para mí muchas
consideraciones, sentándome a su mesa en unión de los oficiales y del médico.
Tenía sir John algunos libros, y me prestaba los que le pedía. Me dejó
el libro de Volney, sobre Egipto y Siria, y los viajes de Ali Bey.
Al llegar a la vista del puerto de Alejandría la organización y la
etiqueta del barco variaron. El capitán dejó su familiaridad y se convirtió en
un jefe frío y desdeñoso. Su cámara quedó convertida en el palacio de un
sátrapa con su correspondiente guardia.
La etiqueta era más rigurosa que en China. Yo tuve que salir de mi
hermoso camarote y marchar a la cámara de los pilotos. Uno de ellos, que tenía
un álbum de vistas grabadas, sacó una del faro de Alejandría y me mostró una
torre asentada sobre una roca, con un brasero humeante en la punta.
Aquel era el antiguo faro, que se consideraba como una de las siete
maravillas del mundo, dibujado conforme a las descripciones de los antiguos,
porque ya no existía, y, en su lugar, estaba el castillo que hizo construír el
sultán Solim en el siglo XVI.
Por la mañana, al amanecer, me levanté de la cama y me asomé a la borda.
No se veía mas que la costa baja, amarillenta, iluminada por el sol; la ciudad,
vagamente, y la columna de Pompeyo, que se destacaba con claridad.
Estuvimos mucho tiempo parados delante de Alejandría. Yo sentía
impaciencia y un gran deseo de bajar a tierra; pero como allí, en el barco,
todo se hacía siguiendo el protocolo, tuve que esperar. Al día siguiente nos
acercamos al puerto al amanecer; por la mañana llegó el cónsul inglés de
Alejandría, fué a visitar a sir John y tuvo con él una larga conferencia.
Pudimos contemplar la ciudad iluminada por el sol, que me pareció un
montón de ruinas; las fortalezas, el faro, las torres y los mástiles de los
barcos.
Después de la entrevista el capitán me avisó que si quería saltar a
tierra podía entrar en Alejandría, en compañía del cónsul, como súbdito inglés,
sin que en la Aduana me molestasen.
Fuí a dar las gracias a sir John, que me escuchó impasible, y me hizo un
saludo militar como si no me conociera, y bajé a la lancha del cónsul. Pasamos
por delante del faro actual; una bastilla, con una torre para señales, y
alrededor de la fortaleza una muralla con sus cubos, que rodean la isla.
Entramos en el puerto de Eunostos y desembarcamos cerca de la Aduana. Yo subí
en un coche que esperaba al cónsul y fuí con él hasta su casa.
II.
LA CASA DE CHIARAMONTE, EL MALTÉS
Me invitó el cónsul a desayunar en su casa. Tomé una taza de café
con leche y un poco de dulce, y fumamos un cigarro.
—Dígame usted ahora qué piensa hacer. Yo voy a trabajar—me dijo.
—Quisiera que me indicaran las señas de un judío, Isaac Bonaffús, a
quien estoy recomendado.
—¿Bonaffús? Lo conozco—me dijo el cónsul—. Un criado mío le acompañará a
usted a su tienda. Deje usted la maleta aquí, y luego pueden venir a buscarla.
Me despedí del cónsul, y con el criado bajé al portal. Salimos.
Atravesamos unas callejuelas y llegamos a una calle hermosa y recta, con
aceras, la calle de los Francos, y, como a la mitad, nos paramos en una casa de
un piso, que tenía una tienda pintada de rojo, que cogía toda la fachada.
Entramos en ella. Un dependiente nos advirtió que el principal no estaba en
aquel momento en casa.
El criado del consulado dijo, con el despotismo del inglés, que era
asunto del cónsul de Su Majestad británica, y que lo llamaran.
Al cuarto de hora apareció el señor Isaac Bonaffús, un hombre rechoncho,
de barba negra, de mechones muy blancos, con una cara del color de una vejiga
de manteca, vestido con una túnica azul y gorro griego.
El señor Bonaffús me preguntó secamente en qué podría servirme; pero
cuando le dijo el criado que era asunto del cónsul inglés se deshizo en
cortesías.
Le di una propina al criado del cónsul, que la tomó, a pesar de su aire
de caballero de la Tabla Redonda, y me quedé en la tienda de Bonaffús.
Saqué mi cartera, y de ella la carta de Benolié. La leyó éste, la
examinó y me dijo.
—Yo estoy obligadísimo a Benolié, y usted me manda. ¿Qué quiere usted
hacer?
—Primero quisiera tomar un cuarto en un fonda o donde sea.
—Hombre, aquí fonda buena para estar mucho tiempo, no hay.
—Entonces, ¿será mejor una casa de huéspedes?
—Sí, yo creo que sería mejor. Casa de huéspedes... Casa de huéspedes...
Ya tengo una. Es de un maltés que ha vivido en Gibraltar, hombre rico, que sabe
el español. Si quiere usted, yo le acompaño.
—Bueno. Vamos.
Recorrimos la calle de los Francos y fuimos por una callejuela de casas
blancas, con puertas y ventanas herméticamente cerradas. Antes de llegar al
barrio árabe nos detuvimos en una casa baja y muy larga, con celosías pintadas
de verde. Llamamos varias veces con el aldabón, y apareció en una ventana un
tipo de bandido italiano con la cara tostada por el sol, tuerto, y con una
cicatriz que le cogía media cara.
—Buon giorno, amico Chiaramonte—dijo Bonaffús.
—¡Buon giorno! ¡Ah! ¿Dove andate, amico Bonaffús?
—A casa vostra.
—¡Ah! Bene. Bene.
—E la signora Cayetana, ¿come sta?
—Bene. Bene. Andate ad aprir la porta—gritó Chiaramonte a alguno.
Un criado abrió la puerta y pasamos adentro. Subimos por una escalera
pequeña donde estaba Chiaramonte, y entre el judío y el maltés se entabló una
conversación chapurrada en la lengua de los francos de Alejandría; una jerga
mixta de turco y de griego.
—Este señor es español—dijo Bonaffús.
—¡Ah! ¿Es español?
—Sí—repuso Isaac Bonaffús—, es un español recomendado por Benolié, el
banquero de Gibraltar, y por el cónsul inglés de aquí. Quiere quedarse en
Alejandría algún tiempo, y yo le he indicado la casa de usted, por si ustedes
le pudieran tomar de huésped.
—En este asunto mi mujer y mis hijas son las que deciden; yo no me ocupo
mas que de mis caballos—dijo el maltés.
—Bueno; pues llame usted a la señora Cayetana y a sus hijas.
El maltés llamó a su mujer y a sus dos hijas. La madre era una mujerona
con aire un poco africano, el pelo negro ensortijado, los ojos grandes y los
labios rojos. Las hijas eran muy bonitas.
La patrona puso dificultades sobre la asistencia, y únicamente se avino
a tomarme de huésped a condición de que yo comiera con toda la familia y a las
horas en que ellos acostumbraban.
—Estoy conforme—le dije yo—; únicamente me gustaría ver el cuarto.
Me enseñaron una sala grande, con una alcoba blanqueada, que tenía
ventanas cerradas con celosías que daban a la calle.
—Por el precio no reñiremos—me dijo la patrona—; tengo otro español, y a
él le llevo dos pesetas al día, porque por ahora gana poco, y tiene un cuarto
pequeño. A usted le llevaré tres pesetas.
—Muy bien.
Cerramos el trato, y el maltés mandó a un mozo suyo a que recogiera mi
maleta en el consulado inglés, y yo salí con Bonaffús.
—¿Qué clase de pájaro es este Chiaramonte?—le pregunté en la calle.
—Es buena persona. Se puede usted fiar de él. Es tratante de caballos y
hace contrabando. Las chicas son un bocato di cardinale, y tendrán
sus doscientos mil francos cada una de dote. Ahora que, como son católicas,
aquí no encontrarán novios de su religión. Nosotros, los hebreos, no queremos
bodas mixtas. Pero para usted que es católico, si no es ya casado...
—No, no estoy casado.
—Entonces no le digo a usted más.
Al llegar a la tienda del señor Isaac, le consulté acerca de mi ancheta
y le enseñé la factura. El comerciante la estudió artículo por artículo, y me
dijo que, como no había pagado flete, ni pagaría aduanas, ganaría el doble de
su precio.
—Mas no creo que haya usted venido en un barco de guerra sólo para traer
un cajón de sedería o cosas por el estilo—añadió Bonaffús.
—No; mi objeto es entrar al servicio del virrey de Egipto, que va a
organizar un ejército a la europea.
—Ya sabe usted que hay un general francés que lo dirige todo.
—Sí.
—¿Trae usted alguna carta de recomendación para él?
—Sí.
Se la enseñé, la leyó, y me dijo:
—Yo le puedo servir a usted de algo. Viene a mi casa un capitán francés,
Lasalle, que es de Auch y se dice sobrino del general Lasalle. Este Lasalle
está en Alejandría y parece que es un comisionado del virrey para recibir a los
militares europeos.
—¿Y qué clase de hombre es?
—Pues, como todos los franceses, es muy patriota. Lasalle hace lo
posible para favorecer a sus paisanos y poner toda clase de dificultades a los
que no lo son. Hace tiempo vinieron aquí muchos jefes y oficiales que habían
servido con Murat; luego han venido otros italianos de los constitucionales del
general Pepé y no han podido entrar aquí, y se han marchado a servir a los
griegos.
—¿Así que esto no está bien?
—No está nada bien. Al que no le quieren, aunque tenga buenas
recomendaciones, le aceptan y le ponen en una sección de disponibilidad; luego
le envían a cualquier rincón del alto Egipto o de Siria, y allí tiene que
vivir, con un sueldo de un franco cincuenta, o dos francos al día.
—Entonces me parece que me he equivocado al dirigirme a esta tierra.
Me despedí de Isaac Bonaffús, que quiso acompañarme. Encontramos a
Chiaramonte a la puerta de su casa, y él y Bonaffús se embromaron el uno al
otro sobre sus respectivos negocios.
—Nostro amigo Chiaramonte—me dijo Bonaffús—es molto rico. ¡El
contrabando!
—¡Bah! ¡Bah!—repuso Chiaramonte—. ¿E voi? Sempre esta facendo denaro—me
dijo—. Questos judíos son maravigliosos. ¡Oh! ¡Che canaglia!
—E lei es molto mas rico que yo—exclamó Bonaffús.
No me interesaban mucho estas gracias de comerciantes, y subí al piso
principal.
Salió la Cayetana, la mujer de Chiaramonte, y me pasó a una salita en
donde se hallaba ella en compañía de sus dos hijas, que estaban haciendo
labores. Este saloncito era muy bonito; tenía un gran mirador colgado sobre la
calle, con muchas flores, el clásico diván, con sus almohadones bordados a
estilo oriental, unas cuantas sillas de Damasco, un piano y varios grabados
antiguos. Alrededor del salón había un estante y en él se veían libros de
Chateaubriand, Walter Scott y la Historia de los caballeros hospitalarios
de San Juan de Jerusalén, por el abate Vertot, en una edición de lujo. Las
dos muchachas me parecieron verdaderamente encantadoras en la intimidad. Sobre
todo Rosa era muy bonita. Hablaban muy bien el castellano y sabían el italiano
y el inglés. Habían sido educadas en una pensión de Gibraltar.
III.
NUESTRO AMIGO MENDI
Estábamos hablando de la vida y de las costumbres de Alejandría,
cuando se oyeron pasos en la escalera y después en el corredor.
La señora Cayetana se levantó, y en su lengua chapurreada dijo al que
llegaba:
—Señor Mendi. Aquí hay otro spagnuolo que va a vivir
con nosotros.
Entró el español; yo me levanté para saludarle.
Era alto, fuerte, guapo.
No hice más que verle y oír su voz y le dije:
—¿Usted es vascongado?
—Sí. ¿Y usted?
—Yo también.
—¿De dónde es usted?
—De Tolosa.
Nos dimos la mano efusivamente y hablamos en vascuence, produciendo la
sorpresa de la familia Chiaramonte, que nunca había oído esta lengua.
Me contó mi paisano que hacía tres meses que estaba en Alejandría,
adonde había llegado en un barco de Marsella. Era Mendi nacional de caballería;
había servido en Navarra y en la Rioja, como sargento, en la partida de un tal
Mantilla, hasta la dispersión de la partida, a la entrada de los franceses de
Angulema, en que había tenido que emigrar a Francia.
Me dijo que se apellidaba Basterrica, pero, como al escaparse de España
había comenzado a llamarse por su segundo o tercer apellido, Mendi, todo el
mundo le conocía por Mendi, y como era más corto y más fácil para los
extranjeros, lo había adoptado.
Era Mendi hombre de unos veinticinco años, de gallarda figura. Se
expresaba siempre con un aire atento y expresivo, y decía las mayores
impertinencias con una impertérrita frescura. Hablaba el castellano bien, pero
de una manera afectada; y esta afectación se elevaba de punto cuando se
expresaba en francés. Entonces cambiaba de voz y de gestos. Sólo hablando el
vascuence parecía natural en la voz y en los ademanes. Como era temprano y no
se cenaba hasta las ocho y media, me propuso Mendi dar un paseo; hacía una
hermosa noche de luna.
Cogimos nuestros sombreros y marchamos por entre callejuelas. El pueblo
estaba a obscuras. No había alumbrado en Alejandría, y donde no entraba la luz
de la luna se iba tropezando y metiéndose en basuras.
—Erri ziquiña au—(Este pueblo es muy sucio)—me decía de cuando en cuando
Mendi, en vascuence, con su voz ronca.
Salimos a un arenal que estaba lleno de ruinas, y fuimos a sentarnos en
un monolito grande, que estaba medio sepultado al lado de otro enhiesto. Debían
ser las agujas de Cleopatra. Cerca se levantaba una gran torre. Aquel paisaje,
aquella ruina a la luz de la luna, parecía algo de ensueño. No hacía calor: una
brisa fresca y húmeda venía del mar, que murmuraba a pocos pasos.
Mendi se sentó en la piedra y me contó sus vicisitudes en aquel pueblo,
donde, según él, no había elementos. Esta era su muletilla. Se había puesto a
dar lecciones de música y de piano. ¡Música a aquellos bárbaros! ¡Cosa inútil!
No tenía mas que pocas lecciones a tres duros: dos señoras, un fraile y
unos zarpajuelos de judíos, como decía él.
De pronto Mendi dejaba su voz afectada, y decía en vascuence, con su voz
fuerte.
—¡Yo, que vivía allí en Tolosa tan bien, que me llevaban a la cama todos
los días un tazón de leche caliente con azúcar! ¡Yo en este país asqueroso
donde no hay elementos! Paisano, ¡qué final!
Había oído decir que había chacales en los alrededores de Alejandría.
Se oían aúllidos de perros o chacales en el arenal. No me hacía gracia
estar allá.
—Vamos a casa—indiqué yo—. Dicen que hay por aquí chacales.
—Chacales—exclamó Mendi, con su voz gruesa—. ¡Qué ha de haber aquí!
¡Unos perros que suelen andar entre las ruinas! Se les pega una patada y echan
a correr. Aquí no hay nada.
Mendi me pareció un hombre simpático, pero terco y, sobre todo,
ignorante y sin curiosidad ninguna. Apartándole de la música y de otras dos o
tres cosas, en lo demás era negado.
Volvimos a casa sin encontrar más alma viviente que algún perro, que nos
persiguió con sus ladridos, y nos presentamos a la mesa de Chiaramonte. Pronto
comprendí que el amigo Mendi se había hecho el amo de la casa del maltés. Todo
el mundo le contemplaba con admiración. Mendi empleaba en su conversación una
variedad de tonos: hablando en francés, era redicho y afectado; en castellano,
tenía la tendencia a imitar a los andaluces.
A cada paso me decía:
—Eugenio. ¡Eh! ¡Aquella sidra de nuestro país! ¡Aquellos perrachicus!
Aquí no hay elementos.
Después de cenar, Mendi pasó a una salita, con un piano, y fuimos todos
tras él.
Se puso a tocar, y las niñas Rosa y Margarita cantaron. Las pobres
muchachas temblaban, porque el maestro era tan severo, que no les perdonaba la
menor falta.
—No, no. Así no es—decía Mendi—; hay que empezar de nuevo.
—No sea usted pesado—le dije yo—; lo hacen muy bien.
—No, paisano, no. Esto hay que hacerlo completamente bien, o no hacerlo.
—Tiene razón—dijeron las chicas—; debe corregirnos mientras no lo
hagamos tal como es.
Chiaramonte y su mujer creían lo mismo.
Terminamos nuestra reunión y nos fuimos a la cama.
Cuando iba a entrar en mi cuarto, me gritó Mendi:
—Eugenio, ¡eh!; aquellas sardinas que se comen en nuestra tierra no las
encontrará usted aquí. No hay elementos, ya se convencerá usted.
Me acosté, me dormí, y a la mañana siguiente fuí al consulado inglés y,
después, a casa de Isaac Bonaffús.
Le dije a éste que mi fardo lo habían desembarcado, y que, si quería, lo
llevaría a su tienda. Me contestó que sí, pero que no lo abriría sin estar yo
delante.
Volví a mi casa y me encontré en la puerta con Chiaramonte.
El maltés era un hombre de unos cincuenta años, tostado por el sol.
Tenía, indudablemente, sangre de hombre del Norte; el ojo que le quedaba, azul
como de porcelana, y el pelo, más claro que la tez.
Me enseñó Chiaramonte su casa, que era grande; tenía hermosas cuadras y
grandes almacenes de paja y cebada. Hablamos de caballos, y yo le solté todos
los datos que había leído en el libro de Volney sobre los potros del Yemen.
Estando hablando se presentaron las dos hijas, Rosa y Margarita,
acompañadas de un criado; volvían de oír misa en el convento de franciscanos.
Las saludé, y las dije que la noche anterior no las había visto bien. Eran
mucho más bonitas de lo que yo me había supuesto.
Rosa era rubia, con un color tan fino, tan delicado, que maravillaba.
Margarita era un tipo más meridional.
Rosa, al oír mi galantería, se puso un poco encendida, y Margarita se
sonrió.
—¡Ah el espagnuolo! ¡Siempre galante!—dijo el padre, riendo,
dándome una palmada en la espalda—. Bueno, bueno; vaya usted a almorzar, que no
habrá usted almorzado.
Subí al comedor, me sirvieron el desayuno y charlé un rato con las dos
hermanas. Me dió tristeza verlas a las dos solas, sin amigas, viviendo casi
siempre encerradas.
Hablamos de Mendi, y vi que Rosa se animaba mucho con esta conversación.
Después de la charla volví a casa de Isaac Bonaffús, quien me dijo:
—Ha estado aquí el capitán francés Lasalle y le he hablado de usted. Le
he dado sus señas y me ha dicho que irá a verle.
—Bueno. Está bien ¿Arreglamos el negocio de mis mercancías?
—Sí, cuando usted quiera.
Examinamos el género, que venía intacto; lo tasó Isaac, y yo separé un
paquete grande de sedería que no estaba en la factura.
Isaac me abrió una cuenta corriente en su libro de nueve mil y tantas
pesetas, y me volví a casa.
Al llegar me dijeron que había venido un capitán francés a preguntar por
mí, y que volvería a la hora de cenar.
—Tengo que hacerles un regalo—les dije a las chicas del maltés—. He
traído un paquete de sedería, y de él he sacado tres pañolones bordados que
están en mi cuarto. Primero elegirá Rosa; después, Margarita, y el que quede
será para su madre.
Se hizo la elección, y quedaron todas encantadas.
Cuando entró Chiaramonte le llevaron a ver los pañolones.
—No, no; esto no es posible—dijo el maltés tuerto—, esto vale mucho; yo
no puedo aceptar un regalo así.
Le dije que no fuera tonto, que a mí me habían costado poco, y que no
molestara a su mujer y a sus hijas con tonterías.
Chiaramonte me dió la mano.
—¡El espagnuolo! ¡Siempre es así! Loco, loco.
Llegó Mendi, que venía de visitar el convento de franciscanos españoles,
donde tenía una lección, y nos sentamos a la mesa.
Estábamos a la mitad de la cena cuando se presentó el capitán Lasalle.
Le pregunté a Chiaramonte si quería que lo pasara al comedor, y me contestó que
sí. Entró el capitán, le convidamos a cenar y dijo que acababa de hacerlo, y
que tomaría una taza de café y una copa de licor.
El tal capitán era un mocetón de unos treinta a treinta y cinco años,
con el pecho muy abombado, bigote y patillas negras y grandes tufos encima de
las orejas.
Hablaba un francés muy gascón, y a cada paso decía. ¡Pardi! ¡Sacre bleu!
Me pareció un hombre muy ordinario. Me dijo que era sobrino segundo del general
Lasalle. Yo le conté que, en 1809, le había visto pasar a su tío por Burgos.
Lasalle dijo que estaba muy contento en Alejandría; que en tres años
había ascendido de sargento a capitán.
Después de cenar tomamos café y pasamos al saloncillo, donde Mendi se
puso al piano. Cantaron Rosa y Margarita. Lasalle, en una postura académica,
las elogió, retorciéndose el bigote, con aire de conquistador.
Después quiso cantar él, pero no se pudo poner de acuerdo con Mendi.
Este, con su serenidad habitual, le dijo con su francés perfilado:
—Para cantar, como para todo, amigo mío, hay que saber, y usted no sabe.
El capitán se marchó muy amoscado con Mendi, echándole una mirada
furiosa.
Yo le dije a Mendi que para qué hablaba el francés así.
—¿Cómo así?—preguntó él.
—Sí, ¿por qué no habla usted más sencillamente, sin exclamaciones y sin
gestos? Si no la gente cree que se burla usted.
—¡Pero así se habla el francés!—exclamó él—. Si le quita a usted al
francés todo eso de: ¡Ah non mon ami! ¡Par exemple! ¡Patatí patata!,
no queda nada.
No le pude convencer de que el francés así pronunciado tomaba un aire de
caricatura cómica.
—Ya ve usted, el capitán Lasalle se ha incomodado.
—Que se incomode.
—Hombre. Eso no está bien.
—¿Y para qué ha venido ese fanfarrón aquí?—preguntó Mendi.
—Ha venido a buscarme.
—¿Pues qué tiene usted que hablar con él?
—Yo quiero ver si entro en el ejército egipcio de comandante de
escuadrón.
—¡Usted quiere ser soldado!—exclamó Mendi—. ¡Usted quiere andar con esas
tropas de turcos sarnosos, asquerosos! ¡Vestido de mamarracho! No lo hubiera
creído en un paisano mío.
Me quedé un poco asombrado y confuso.
—Todavía no sé si me aceptarán—dije.
—No quiera usted ser soldado—saltó Margarita—. Se hará usted borracho,
malo... ¿Para qué quiere usted ser militar?
La madre, la Cayetana, dijo que ella tenía amor por el ejército, y que
si no hubiera visto a su marido de uniforme cuando era joven y no era tuerto
aún, no se hubiera enamorado de él. Mendi aseguró que a él le tendrían que
prometer que le iban hacer capitán general, bajá de tres colas y casarle además
con la hija del virrey para decidirle a que entrase en el ejército egipcio. Se
discutió la cosa largamente y nos fuimos a la cama.
Al día siguiente, al levantarme y asomarme a la ventana, le vi a
Chiaramonte.
—¡Eh! señor espagnuolo—me dijo—. ¿Quiere usted beber un vaso
de leche de camella?
—¿De camella?
—Sí, sí.
Me alargó un vaso grande y la bebí toda. Era muy buena.
—¿Ahora qué va usted hacer?—me dijo el tuerto.
—Voy a ir a visitarle a ese capitán francés que vino ayer noche.
—¿Tiene usted sus señas?
—Sí. Aquí las tengo escritas.
—Bien. Yo le acompañaré a usted.
Nos encaminamos por entre callejuelas estrechas y sin empedrar, con las
casas bajas, sin alineación, con rejas y celosías y miradores que casi se
tocaban los de una pared con los de enfrente. Algunos camellos disformes
cargados de odres con agua, y adornados con collares con cuentas de cristales
de colores, marchaban despacio, y los árabes flacos, morenos, como si fueran de
barro cocido, con una camisa corta, iban de prisa, unos a pie, otros montados
en borriquillos, llevando frutas y panes redondos y chatos.
Llegamos hasta un extremo de la ciudad, cerca de una puerta de la
muralla, donde había un mercado sucio, de puestos hechos con cañas y esteras, y
nos detuvimos en un caserón antiguo y arruinado.
—Aquí es—me dijo Chiaramonte—. Hasta luego—, y se marchó.
En el portal me encontré a un soldado, en mangas de camisa y con gorra
de cuartel, limpiando dos caballos.
Le pregunté por el capitán Lasalle.
—¿Quiere usted ver al capitán Lasalle?—me dijo, cantando con acento
parisiense.
—Sí.
—Está bien. Venga usted.
Entramos en un patio, lo cruzamos, salimos a un jardín muy bien cuidado,
y en un ángulo vi un pabellón de ladrillo, de construcción moderna, con una
escalera de palomar.
Subimos y apareció otro soldado, a quien el primero dijo que yo venía a
ver al capitán Lasalle.
Contestó que esperase un momento, y al poco tiempo apareció el capitán
con una bata de percal con florones, un fez en la cabeza y una pipa en la boca.
Hablamos primeramente de mi asunto, y Lasalle me dijo que no tuviera
muchas esperanzas. Me contó que el general Boyer, encargado de formar el
ejército, en aquel momento en el Cairo, estaba dominado por los ingleses, y que
el pachá de Alejandría, aunque buena persona, era un antiguo mameluco. Me habló
mucho de Ibrahim pachá y de sus favoritos. Ibrahim pachá, el hijo del virrey,
era el que disponía en el ejército. Entre su séquito estaban el coronel francés
Anthelme Seve, que había renegado y se llamaba Soliman Bey, y era general
egipcio. Soliman Bey había sido protegido por un mecánico francés, Gonon, que
le presentó a Mehemet Aly y había sido el primer instructor europeo de las
tropas. Soliman vivía en aquel momento en el Cairo, donde tenía su harén. Me habló
también de Khurschid pachá, que, como todos los mamelucos, era hombre cruel e
invertido, y de un capitán corso apellidado Mari, que se hacía llamar Bekir
Aga. Estas eran las personas más influyentes en la corte, sobre todo en
cuestión de asuntos militares. Me indicó que si pretendía entrar en el ejército
egipcio no dijera que era emigrado constitucional; que no me relacionase con
los franceses e italianos que andaban por Alejandría, porque la mayoría eran
estafadores y ladrones huídos de Europa, que se hacían pasar por emigrados
políticos. Los egipcios que se les reunían eran mamelucos expulsados que los
tenían lejos del Cairo para que no conspiraran.
Después se me puso a hablar de mis patronas.
—¿Es una familia italiana o española, esa con la que usted vive?—me
preguntó.
—Es maltesa.
—¿El tuerto es el amo de la casa?
—Sí.
—¿El padre de las chicas?
—Sí.
—¡Qué muchachas más preciosas!
—Sí, son muy bonitas.
—¿Y aquel chusco que estaba tocando el piano?, ¿quién es?
—Es un huésped.
Después de charlar largo rato, Lasalle se levantó y me dijo:
—Le voy a enseñar mi casa y mi familia; estoy hecho un musulmán: he
tomado una querida y vivo con ella y con su hermana.
Me presentó a su querida, que era una mulata muy fornida, de unos
veinticuatro años, alta, morena, un poco bigotuda, que tenía un hijo de un año.
Su hermana, un poco más joven, era por el estilo. Me presentó Lasalle a un
escribiente o secretario, que era un sargento francés al servicio del Gobierno
egipcio.
La casa era muy mala, con unos cuartos con todos los tabiques torcidos y
los suelos inclinados; tenía ventanas con celosías, que caían al jardín; los
muebles eran primitivos, y por todas partes había divanes llenos de hierba con
mosquiteros encima.
El capitán me invitó a comer con él, y acepté. Nos sentamos a la mesa
las dos mujeres, Lasalle, su escribiente y yo.
Las mujeres, que hablaban sólo la jerga de los francos de Alejandría, se
pusieron a hacerme preguntas, y como no las entendía no las podía contestar. No
se dieron por vencidas, y me agarraban del brazo y, al último, de la cara y del
pelo.
Yo le miraba a Lasalle como diciendo: Bueno, ¿yo qué hago?; pero él no
se daba por aludido y bebía a grandes vasos el vino de Chipre, que era
delicioso.
Se acabó el almuerzo; se fueron las mujeres a su cuarto, manoteando y
hablando a gritos, y el escribiente se levantó y se fué. Lasalle mandó al
criado que le trajera licores y tabaco, y se tendió en el diván y se puso a
fumar y a beber.
—¿Usted no bebe?—me dijo.
—No.
—Hace usted mal; por eso está usted tan flaco y tan descolorido. Míreme
usted a mí.
Le vi beberse ocho o nueve copas, y me dijo que tenía que dormir la
modorra.
—Usted puede tenderse donde quiera.
—Me voy a ir a casa—le advertí.
—¡Usted está loco!—gritó incorporándose—. Espere usted que venga el
asistente y le ensillará el caballo.
—No hay necesidad. Iré a pie.
Me despedí de Lasalle, saqué unos anteojos azules que había comprado en
Gibraltar por consejo de un judío, y fuí marchando despacio a casa.
Verdaderamente hacía calor; el viento traía nubes de arena que quemaban.
No había apenas gente en la calle, mas que algunos árabes andrajosos, a
quienes parecía no les hacía efecto el sol.
Llegué a mi casa, me mudé y fuí al saloncito donde trabajaban Rosa y
Margarita. Les conté que había venido de casa del capitán a pie, y me
aseguraron que yo estaba loco, que no volviera a hacer aquello, por que si no
iba a pescar una insolación.
—¿Ustedes no andan nunca de día?—las pregunté.
—Sí, por la mañana temprano o por la tarde. Vamos al Faro, donde corre
una brisa muy fresca.
Me preguntaron qué noticias me había dado el capitán sobre mis
pretensiones.
—Malas, muy malas. Voy a tener que renunciar a mi proyecto.
—¿Y qué va usted a hacer?—me preguntaron Rosa y Margarita.
—Me volveré a Europa o iré a Grecia a servir la causa de la libertad.
Entró la Cayetana y habló del capitán Lasalle. Me preguntó cómo vivía,
aunque ella lo sabía tan bien como yo, y hasta sabía quiénes eran sus mujeres,
y que habían venido del Cairo.
Quise bromear con Rosa, y le dije que había hecho un gran efecto en el
capitán, pero ella palideció e hizo un gesto de repulsión.
A las siete vino Mendi y habló de lo que había hecho con su ingenuidad
natural, y después se puso al piano.
Cantó canciones vascongadas, pero tan bien y con tanta gracia que a mí
me parecieron no haberlas oído nunca. Cantó Iru Damacho, Barazaco picuac. Yo me
reí a carcajadas. Las chicas me preguntaban:
—¿Qué dice la letra?
—Nada, o casi nada.
Y ellas mismas acabaron por reírse.
Noté que Rosa, que estaba siempre melancólica, se animó, como si le
dieran nueva vida al venir Mendi. Este parecía rudo con ella, pero no lo era.
Después de Mendi cantó Rosa; mientras cantaba llegó un médico armenio,
que se llamaba Efren Syrox, hombre muy amable, que había estudiado en Bolonia y
en Montpellier. Chiaramonte me dijo que Lasalle era un muchacho aficionado al
vino y a las mujeres, pero bueno.
—Ahora, que debe usted desconfiar de él, porque si nota que tiene usted
dinero le pedirá prestado y no se lo devolverá.
El médico armenio y yo estuvimos hablando largo rato. Era este armenio
masón, del rito escocés, y nos reconocimos. El doctor Efren era hombre joven,
pequeño, de barba negra, larga, y con unos ojos muy inteligentes. Parecía un
mago. Estaba casado con una judía muy bonita, y soñaba con que algún día la
Armenia se separase de Turquía. En tanto trabajaba a favor de los griegos. El
doctor Efren era un sabio y conocía la historia de Alejandría al dedillo.
IV.
LA FAMILIA CHIARAMONTE
Mi patrón Chiaramonte era de Siracusa. Había ido en su juventud con
el ejército inglés como herrador, a Malta, donde se había casado con Cayetana
Gozone, que estaba de criada en una posada. De Malta se trasladó a Gibraltar.
En Gibraltar dejó el ejército y comenzó su comercio de caballos. Ganaba ya allí
bastante, y, como quería que sus hijos adquirieran buena educación, puso al
mayor en una escuela de náutica, y después a sus dos niñas, Rosa y Margarita,
en un colegio. Más tarde, la posibilidad de hacer negocios de caballos le llevó
a Alejandría. Chiaramonte y la maltesa tenían tres hijos. El mayor, Demetrio,
de veintidós años, era marino, y navegaba en un transporte que hacía el
recorrido del Mediterráneo.
En la familia, los tres hijos habían cambiado a consecuencia de su
educación. Demetrio era un marino culto y un hombre fino, que estaba para
casarse con una señorita rica inglesa; Rosa y Margarita eran dos muchachas que
hubieran podido vivir en un ambiente aristocrático. La madre y el padre,
Chiaramonte y la Cayetana, seguían como en los tiempos en que él era soldado y
ella moza en una taberna.
Chiaramonte era hombre rudo, bueno; pero ya incapaz de cambiar. Tenía un
afán de ganar de judío.
Guardaba en el Banco de Alejandría doscientas mil pesetas en valores, y
tenía otro tanto en negocios, pero esto no le bastaba.
—¿Para qué quiere usted más?—le decían los amigos—. Aquí no va usted a
poder casar sus hijas, a no ser que las quiera usted casar con turcos o con
judíos.
Chiaramonte no cedía.
Su mujer, Cayetana, estaba joven; no había cumplido aún los cuarenta
años. Se había casado a los quince.
Las maltesas tienen fama de mujeres de vida muy libre. La Cayetana se
permitía, a veces, alguna expresión cínica delante de las hijas; pero ellas la
miraban fríamente.
La Cayetana estaba incomodada porque no se había divertido en su
juventud. En Malta, según ella, las mujeres la corrían bien. Ella había estado
siempre con aquel tuerto avaro que le hacía trabajar como a una mula y no la
dejaba respirar.
—He vivido con Chiaramonte, que no piensa mas que en ganar dinero—me
decía—. Ahora me tengo que divertir.
La Cayetana hablaba con entusiasmo de los enredos del pueblo, de la
querida de Fulano y del amante de la Zutana. Estos líos la encantaban.
Chiaramonte no le daba a su mujer mas que lo necesario para la vida. En
cambio, daba dinero a las hijas.
La divergencia de gustos y de inclinaciones de la familia producía
muchas veces riñas y choques. El padre tenía una admiración y un entusiasmo por
sus hijas grande; en cambio, sentía indiferencia y desvío por su mujer. La
Cayetana se veía preterida, lo que la ofendía profundamente. Estaba, además,
celosa de su hija mayor, de Rosa, y a veces se ponía contra ella.
Rosa lo notaba y sufría, pero el cariño de su padre y de su hermana la
consolaba.
Rosa era más inteligente que Margarita y, sobre todo, más romántica. Le
gustaba la naturaleza, el mar.
Rosa me contó el viaje que había hecho con su hermano a Nápoles, a Malta
y a la isla de Gozzo.
Había conocido a sus abuelos, los padres de su madre, que eran de esta
isla, de una aldea llamada en el país Sannat, y por los italianos, Zannata.
Rosa decía que su madre descendía del caballero de Malta Diosdado de
Gozon, que mató un monstruo que vivía en una caverna próxima a un pantano, en
la isla de Rodas.
Según Rosa, la vida en Gozzo era patriarcal; no se conocía el lujo de la
isla de Malta. Allí todos eran pescadores, y los chicos se divertían
descolgándose hasta el mar, con cuerdas, desde los más altos acantilados, para
cazar palomas.
Para Rosa la isla de Gozzo era admirable.
—Si muero—decía—, quisiera morir allí.
—¿Por qué ha de morir usted?—le preguntaba yo.
Ella sonreía. Era ésta su preocupación.
Charlábamos mucho. Mendi tocaba el piano, y lo hacía muy bien. Rosa y
Margarita estudiaban con él la Vestal, de Spontini, y las Bodas
de Fígaro, de Mozart.
Yo les contaba a las dos muchachas mi vida de guerrillero, las acciones
y las conspiraciones en que había tomado parte. Me oían con una gran
admiración. Yo exageraba un poco mis narraciones.
—El castellano es hombre de molto coraggio—decía
Chiaramonte, en su español macarrónico.
El buen Chiaramonte estaba contento si sus hijas lo estaban también.
No le gustaba que le hablaran de volver a Italia o a Gibraltar.
V.
LOS CONFLICTOS DE MENDI
Yo ya había notado algo anormal en las relaciones de la Cayetana
con Mendi. Se olfateaba el contubernio. A mí ella me parecía una mujer capaz de
cualquier cosa. Estaba, además, ofendida y despechada. Varias veces le dije a
Mendi:
—A mí no me la da usted. Usted tiene algo que ver con la patrona.
—¡Yo! ¡Ca, hombre! ¡Qué barbaridad!
Al fin, Mendi, un día, me confesó que estaba enredado con la Cayetana.
—Pero, ¿cómo ha hecho usted esta tontería, Mendi?—le dije.
—¡Qué quiere usted! No siempre es fácil obrar con buen sentido. Sobre
todo, lo difícil es ser previsor. Yo, cuando vine aquí, me fuí a vivir a un
fonducho próximo al puerto, que tenía una vieja maltesa. Estaba allí muy mal.
Sin elementos de ninguna clase. Un día apareció en la fonda la Cayetana y
hablamos. Yo la tomé por una mujer entretenida y la traté así. Unos días
después me ofrece ir a vivir a su casa. Yo acepté, porque peor que en el
fonducho del puerto no iba a estar, y me encuentro sorprendido con esta casa de
gentes honradas. ¿Ya qué iba a hacer? Al poco tiempo, aparece Rosa de vuelta de
un viaje que había hecho con su hermano a Malta y a la isla de Gozzo.
Yo hubiera querido romper inmediatamente con la madre, pero ella se
opuso y prometió armar un escándalo. En este caso yo no he tenido más remedio
que ceder, y no sé cómo podré desembarazarme de este lío. Hablamos Mendi y yo
de las soluciones que se podían dar a su asunto. Yo le dije que me parecía lo
mejor que, si estaba dispuesto a casarse con la chica, se casara con ella y se
fuera de Alejandría.
Siete u ocho días después de mi visita al capitán Lasalle, se presentó
éste en mi casa. Dijo que había hablado de mí al pachá, y que le había
preguntado si yo tenía papeles, y que no había contestado, porque no lo sabía.
—Sí, tengo papeles—le dije—; no todos, porque soy un oficial de un
gobierno constitucional extinguido.
Saqué mi despacho de capitán de caballería del general Empecinado, y se
lo enseñé.
—Tradúzcalo usted al francés—dijo Lasalle.
Lo traduje y, al día siguiente, se lo envié. Por la tarde vino a mi
casa.
—Creo que está todo arreglado—me dijo—. El coronel ha leído su despacho
y ha mandado al dragomán que lo traduzca al árabe, y me ha dicho que venga
usted conmigo.
Fuimos a una hermosa casa de la calle de los Francos; entramos en ella y
saludamos al coronel Frossard, que sustituía en aquel momento al general. El
coronel me hizo pasar a una salita.
—Aquí está usted entre amigos, entre hermanos—e hizo la
señal masónica de reconocimiento como masón del rito escocés.
Yo le respondí con el de la inteligencia, y nos dimos la mano.
—Yo haré todo lo que pueda por usted—me dijo luego—; pero creo que en
principio es un error de usted el querer ser oficial egipcio. Sin embargo,
hablaré hoy al pachá. Si necesita usted dinero, yo se lo daré.
Me despedí del coronel un poco triste.
Me preguntaron en casa qué me habían dicho, y conté lo pasado. Rosa y
Margarita me aseguraron que hacía una verdadera tontería en querer ser militar,
y Mendi afirmó de nuevo que únicamente si le hicieran capitán general o bajá de
tres colas y le casaran con la hija del virrey aceptaría entrar en el ejército
egipcio.
Como Lasalle se había portado amablemente conmigo, saqué mi paquete de
sederías, escogí dos pañuelos de seda, bordados, grandes, con colores muy
chillones, y se los envié en mi nombre.
Lasalle vino el mismo día a darme las gracias y a invitarme a almorzar.
Fuí a su casa, entré en el salón, y estaba en el diván sentado cuando se
echaron sobre mí las dos mulatas a saludarme, a darme las gracias. Los pañuelos
les habían entusiasmado, y me lo decían en su algarabía chillona.
No se contentaron con esto, sino que me abrazaron y me besaron.
—Como ve usted—le dije a Lasalle—, yo no tengo la culpa.
—No haga usted caso, aquí es costumbre.
Después de comer, por no quedarme a dormir la siesta, monté en un
borriquillo, me puse los anteojos, abrí una sombrilla, y me fuí a casa. Al
entrar me encontré sobre la cama un papel escrito por Mendi, en donde me decía
que fuera inmediatamente a su cuarto.
El hombre estaba en la cama. Había tenido una explicación con la
Cayetana, muy violenta, y había salido a la calle de prisa y sin sombrilla, y
le había dado una insolación. Tenía la cara inyectada. Le tomé el pulso, y vi
que lo tenía muy tenso.
—¿Sabe usted sangrar?—me dijo—. Sángreme usted.
—¿Pero no sería mejor traer un médico?
—No, tardará mucho. Ahora mismo.
Le puse una ligadura en el brazo, y con un cortaplumas le hice una
sangría copiosa.
—Ahora pida usted que me traigan agua con limón, y a Rosa le dice usted
que estoy indispuesto.
Lo hice así, y a la mañana siguiente Mendi estaba mejor. Me propuso que
le hiciera otra sangría en el otro brazo, y le dije que no.
Por la noche del segundo día vino el médico armenio, el doctor Efren, y
Rosa le indicó que debía verle a Mendi.
Entró el doctor en el cuarto, examinó al enfermo, y yo le dije lo que
había pasado y lo que había hecho.
—Ha hecho usted bien—contestó—. No ha sido ningún disparate. Que esté
unos días en la cama, que sude, que no tome más que un poco de leche, y pronto
estará bueno.
Mendi había perdido su buen humor, y su situación le tenía preocupado.
—Tranquilícese usted—le dije—. He hablado al coronel de Estado Mayor de
usted, como hombre que sabe matemáticas y dibujo, y me ha dicho que si usted
quiere le nombrará profesor en una escuela militar que van a crear en el Cairo.
—¡Bah!
—Sí, hombre. Anímese usted; dentro de quince días le destinan a usted
allá con un buen sueldo y se casa usted con Rosa.
—¿Es verdad eso, paisano?
—Es verdad.
No había tal cosa; pero como el proyecto era hacedero, decidí hablarle
al coronel.
Rosa me preocupaba; decirle la verdad de las relaciones de su madre con
Mendi era una brutalidad; yo no sabía qué hacer.
Le hablé al doctor Efren y le expliqué lo que pasaba.
—Sí, sería mejor que se marchara Mendi y luego se casara con Rosita—dijo
él.
—¿A la muchacha no se le puede decir nada, claro es, del fondo del
asunto?—le pregunté.
—No, no. Imposible. Llegaría a enfermar si lo supiera. ¡Tiene una
sensibilidad! Es una mujer encantadora.
Fuí a ver al coronel y le expliqué el caso de Mendi, diciéndole que era
un profesor de dibujo y matemáticas, que el andar al sol, al dar sus lecciones,
le enfermaba, y le hablé de si se le podría nombrar profesor para la escuela
del Cairo.
—Sí, me dijo él. Precisamente hace pocos días me han escrito que un
teniente coronel que está en el Cairo ha sido comisionado por el virrey para
que busque un edificio grande y lo habilite para escuela militar. En la carta
me decía que había pensado escribir a Francia; pero que el Gobierno egipcio
había asignado para los profesores unos sueldos tan mezquinos, tres mil, tres
mil quinientos francos al año, que no se decidía a escribir pensando que no se
expondría nadie a hacer un viaje largo por tan corto sueldo. Así habían quedado
de acuerdo en nombrar profesores entre los oficiales que estaban ya en Egipto.
—¿Así, que mi amigo Mendi podría encajar muy bien?
—Muy bien. Podría ir de profesor de matemáticas con tres mil francos y
el grado de comandante. Consúltelo usted. Si quiere escribiré al Cairo en
seguida.
Fuí a casa, le hablé a Mendi, y le conté lo que pasaba; le pareció muy
bien.
—Dígale usted a Rosita a ver qué opina ella.
Se lo dije a la muchacha y no pareció muy entusiasmada con la idea; pero
aceptó.
VI.
LA SUERTE
Al día siguiente, el coronel Frossard me dijo que íbamos a ir a
visitar al pachá de Alejandría. Fuimos con una escolta de cuatro hombres,
llegamos al palacio y esperamos a que saliera el pachá, que era un antiguo
mameluco seco, cetrino, mal encarado y de aspecto desagradable.
Estuvo conmigo muy displicente y muy áspero.
Al salir del palacio nos encontramos con el capitán Lasalle, que nos
saludó, y me dijo que al día siguiente, por la mañana, iría a buscarme a casa
con unos cuantos oficiales, a caballo, para invitarme a una cabalgata. Se lo
dije a Chiaramonte y le pedí que me dejara una preciosa jaca árabe que tenía.
—Sí, ya lo creo. Le pondré la mejor silla y arneses, y yo iré también
con un caballo muy bonito.
A la mañana siguiente, cuando se presentaron siete u ocho jinetes
delante de casa, todos con magníficos caballos, la calle entera se conmovió, y
de las ventanas y de las puertas comenzaron a aparecer cabezas.
Había gente de categoría, un caim-macam (teniente coronel), un bimbachi
(comandante) y un sakolagassi o ayudante mayor. Los demás eran de menos
importancia.
Salimos Chiaramonte y yo; yo con el uniforme de guardia marina inglés, y
allí, delante de la casa, hice dar a la jaca una porción de cabriolas y de
saltos de carnero.
Rosa y Margarita me aplaudieron desde el mirador, y Mendi me gritó:
—Eugenio. Beti aurrera (siempre adelante).
Pasamos por la calle de los Francos haciendo cada uno alarde de su
caballo, y volvimos a casa.
Al día siguiente se habló en Alejandría de la jaca árabe, montada por un
oficial de marina inglesa, como de una cosa admirable.
Quince días después de esto nos llamó el coronel Frossard a Mendi y a
mí. Le habían enviado pliegos para nosotros del Estado Mayor General. En uno de
ellos aprobaban la propuesta de profesor de matemáticas para la Escuela Militar
del Cairo, con el grado de comandante y de profesor interino de dibujo, con
tres mil quinientas pesetas por el primer cargo y mil quinientas por el
segundo, al señor Ignacio Basterrica, teniendo además servidumbre, alojamiento
y mesa en el palacio escuela.
En el otro pliego nombraba al señor Eugenio de Aviraneta jefe de
escuadrón en disponibilidad con la tercera parte del suelo hasta que hubiera
una vacante.
Salimos Mendi y yo de casa del coronel.
—¿Qué le parece a usted?—me preguntó Mendi.
—¿Qué quiere usted? Es la suerte. Yo no tengo suerte.
—¿Y qué va usted a hacer?
—¡Qué he de hacer! Marcharme a Europa antes que se me acabe el dinero, y
luego a América. ¿Qué voy a hacer de oficial de reserva con setecientos
cincuenta francos al año?
—Venga usted conmigo al Cairo. ¡Eh, Eugenio! Viviremos como hermanos.
—No, no, cada cual su suerte.
Mendi se despidió de Rosa con grandes protestas de amor, y quedaron de
acuerdo en que cuando tuviese el profesor una casa en el Cairo iría a buscar a
su novia y se casaría con ella.
Desde que se marchó Mendi no me pasó cosa buena en Alejandría; reñí con
el capitán Lasalle, porque averigué que había dado malos informes de mí al
pachá, pintándome como un intrigante, y le insulté de mala manera; no quise
tampoco visitar al coronel Frossard.
Aburrido, me quedaba en casa y leía los libros que me dejaban las hijas
de Chiaramonte.
La casa del maltés tenía una azotea y encima de la azotea otra más
pequeña en alto, como un minarete. Allí solía subir algunos días a contemplar
el pueblo, cosa triste para mí, que no tengo nada de contemplativo. Veía este
gran conjunto de tejados planos, de azoteas y de ruinas; alrededor, en un
semicírculo, el mar, y en otro el desierto. A veces, en aquellos días turbios
de invierno se confundían el desierto y el mar. Cuando el cielo estaba limpio
los mihrabs de las mezquitas se destacaban esbeltos en el aire,
y el castillo del Faro, con sus murallas, tenía un aire sombrío y amenazador.
Cuando venía el doctor Efren me solía hablar de la antigua Alejandría
con sus jardines y sus cuatro mil palacios. Me explicaba cómo era la Biblioteca
del Broquion fundada por Ptolomeo Soter, que tenía cuatrocientos mil volúmenes,
y la del Serapeum, con trescientos mil. Y me daba otros muchos detalles de la
vida fastuosa de la ciudad de Cleopatra.
VII.
EL CABO YUSUF
Un día, influido por las disertaciones eruditas del doctor Efren,
tuve la mala ocurrencia de ir a ver la columna de Pompeyo, las ruinas del
Serapeum y las Catacumbas. Alquilé dos borriquillos y un criado o zami:
fuimos al barrio árabe y pasamos por la puerta de la Columna. La columna estaba
en un arenal; había por allí grupos de casas míseras, chozas de esteras, y en
el fondo se veía alguna que otra palmera.
La columna verdaderamente producía impresión, por el tamaño de aquel
bloque enorme de granito de color de rosa, con un basamento cuadrado de piedra
silícea, terminado en un capitel.
El doctor Efren me había explicado las diversas suposiciones que se
habían hecho acerca del objeto de esta columna, cómo muchos suponían que estaba
construída para hacer observaciones astronómicas, y cómo otros creían que había
sido pensada para colocarla en el gran recinto cuadrado del Serapeum con una
estatua de Diocleciano.
El criado que me acompañaba me dijo que algunas veces las tripulaciones
de los barcos ingleses que estaban en el puerto consiguieron poner una especie
de escala de cuerda en la columna. Se las arreglaban, según decía, pasando un
cordel por encima, con una cometa, e izando luego una cuerda gruesa con el
cordel y poniéndola arriba, de manera que pudiese correr. En el extremo ataban
una tabla, y al que quería lo subían. Solían tener la cuerda tres o cuatro días
y a todo el que quería subir le hacían pagar un tanto. La cosa me parecía un
poco difícil, porque, según se decía en Alejandría, la columna tiene cerca de
noventa y seis pies de alto.
Cuando llegamos nosotros no había nadie. Aquella inmensa mole de piedra
en la soledad infundía verdaderamente respeto.
Me había apeado, para ver si divisaba la inscripción sobre Diocleciano,
en letras griegas, que tiene la columna, y después avancé por aquel arenal.
La vegetación era miserable. Algunos perros famélicos o chacales corrían
husmeando y revolviendo los esqueletos de los caballos y de los dromedarios. Me
recordó los arenales de Veracruz. En esto el criado me avisó que venían los
árabes. Miré hacia donde me indicaba, y vi que llegaban a toda brida unos
cuantos jinetes que parecían frailes, dando gritos; monté inmediatamente en el
borriquillo y eché a correr hacia la ciudad; me alcanzaron a poco trecho, y el
que hacía de jefe me dió con el asta de la lanza y me derribó al suelo. Allí me
golpeó, me escupió y comenzó a desnudarme. Estaba despojándome cuando llegó un
sargento con un pelotón de soldados y comenzó a sablazos con mis agresores.
Después se apeó del caballo, me levantó del suelo y me preguntó quién era. Le
dije que estaba alistado como jefe de escuadrón de Egipto. Me ayudó a sentarme
en la misma columna de Pompeyo y me dió un poco de agua con aguardiente.
Al poco rato llegó un oficial con veinticinco caballos, y mandó atar
desnudos a mis agresores.
—Yo le suplicaría a usted que no dé parte del hecho a las autoridades
militares—me dijo en francés.
—Bueno, no daré.
—Con estos hombres se hará lo que usted quiera.
—Bien; deme usted el látigo.
Me dió el látigo, me acerqué al cabo y, sacando fuerzas de flaqueza, le
di poco más o menos tantos golpes como me había dado él. El hombre aúllaba; era
un tipo horrible, con unos ojos legañosos, unas barbas negras, y unos dientes
de fiera; después le escupí en la cara, como me había escupido él; me monté en
un caballo que me prestó el oficial, y llegué a casa sin poder tenerme.
Le conté a Chiaramonte lo que había ocurrido, y al terminar me dijo:
—Ha hecho usted muy bien. Si no llega usted a contestar a la paliza así,
se hubieran reído de usted hasta los chicos. Ahora voy a buscar al médico.
Vino el doctor Efren, me reconoció, me sangró y me dijo:
—Dentro de un par de días ya está usted bien.
Aquella noche la pasé con calentura; pero las siguientes ya empecé a
estar mejor. Rosa y Margarita me cuidaron como si fuera un hermano suyo, y el
doctor Efren venía a hablar conmigo. Me hablaba de la historia científica de
Alejandría, y de las lecciones de Euclides, Eratóstenes, Hipparco, etc.
Otras veces charlábamos de la política de Europa. Me preguntó qué iba a
hacer, y le dije que ya, en cuanto me pusiera completamente bueno, me
marcharía. Me volvió a preguntar que adónde, y yo le dije que me gustaría ir a
Grecia.
Entonces el doctor Efren me dijo que él formaba parte del Comité
filoheleno de Alejandría; que estaba encargado de reclutar soldados en el país,
Esmirna, Alepo, etc., y que habían enviado también oficiales a Grecia, de los
que llegaban de Francia y de Italia, en místicos griegos con bandera inglesa.
El doctor Efren me dijo que si yo quería escribiría al Comité de Misolonghi,
advirtiéndome que la contestación de la carta tardaría mucho.
Vacilé, porque en Gibraltar me habían hablado muy mal de los griegos,
pintándomelos como la gente más vil y de menos fe que podía haber en Oriente, y
decidí, para no dar otro paso en falso, marchar a Grecia y ver por mí mismo qué
clase de gente era la de aquel país y cómo estaban organizadas las tropas. El
doctor aprobó mi resolución, y me dijo que me daría una carta para el Comité de
Misolonghi que me recomendara y no me comprometiese a nada.
Le pregunté si había barcos para Grecia, y me dijo que sí; que con mucha
frecuencia partían místicos y otras pequeñas embarcaciones con bandera inglesa.
Cuando salí de casa, una de las primeras visitas que hice fué a
Bonaffús. Me dijo éste que había sabido lo que me había ocurrido en la columna
de Pompeyo con los soldados árabes, y que anduviera con cuidado; al cabo Yusuf
se le conocía por el de la paliza, y le debía ser la vida muy difícil entre los
soldados, después de haber sido azotado por un paisano. Dada la manera de ser
de aquella gente, no descansaría hasta vengarse de mí.
Decidí no salir solo de noche y andar siempre armado. Una vez le vi al
cabo Yusuf, que me siguió hasta casa de lejos.
Le dije lo que me pasaba a Chiaramonte, y éste creyó que debía avisar a
la policía. Yo le indiqué que no, que me parecía mejor que durante unas cuantas
noches tuviese alguno de sus mozos de cuadra en guardia.
No confié tampoco gran cosa en esto. La calle era silenciosa y desierta.
Un guardián solo no podía impedir que un hombre decidido entrara de noche y
saltara las tapias del corral.
Estudié las condiciones de mi habitación. La puerta era fuerte, tenía
una llave que no cerraba bien, y yo, con pretexto de que se me abría de noche y
había corrientes de aire, le puse un pestillo sólido.
Mi cuarto tenía dos ventanas a bastante altura del suelo. Si se cerraban
las dos de noche hacía mucho calor. Decidí, al acostarme, dejar una cerrada con
la contraventana y la otra con la celosía. Ponía la celosía bien sujeta, y
después le ataba, por las noches, tres o cuatro cascabeles de caballo, de estos
que suenan mucho. Me acostaba, con la pistola cargada, debajo de la almohada.
Una noche muy obscura, me desperté a la hora antes del alba. Estaba
pensando en mis cosas, cuando oí que se agitaba la celosía y empezaban a sonar
los cascabeles.
Inmediatamente salté de la cama, amartillé la pistola y abrí la puerta
de mi cuarto.
Esperé sin hacer el menor movimiento, y, de pronto, la celosía se movió
y los cascabeles armaron un terrible estrépito.
Encendí una pajuela, y, con ella en la mano izquierda y la pistola en la
derecha, avancé hacia la ventana. Abrí la celosía. Vi un momento la cara
horrible de Yusuf con un cuchillo en la boca, un momento nada más, porque el
hombre sin duda, lleno de terror ante mi presencia, se dejó caer a la calle, y
lo recogieron poco después con un tobillo dislocado, y lo llevaron a la cárcel.
Dos o tres días después de este acontecimiento recibí una carta de Mendi. Me
decía que había sido muy bien recibido en El Cairo, que era un pueblo mucho más
agradable que Alejandría, con más elementos, y que fuera allí. Le habían
presentado al virrey Mehemet Ali, que, según él, era un señor amable, pequeño,
picado de viruelas, con los ojos vivos; a su hijo, el célebre guerrero Ibrahim
pachá, y a toda la familia real. Ibrahim pachá, que era un buen muchacho, gordo
y pesado, un arlote, según Mendi le había hecho la gracia de dispararle dos
tiros por encima de la cabeza, en el jardín del Palacio, y Mendi había
contestado a esta atención rompiéndole de un tiro la pipa que fumaba el
príncipe. Desde entonces, Ibrahim y él se habían hecho amigos. Me decía que
fuera, que simpatizaría con Ibrahim pachá y que me harían coronel en seguida.
Añadía que estaba concluyendo de arreglar la casa y que le enviara su
piano en una barca por el canal y el Nilo.
Le dije a Rosa lo que pasaba. La muchacha estaba muy melancólica.
Aquellas amistades con príncipes, de que hablaba Mendi, no la hacían mucha
gracia.
Cuando vinieron a llevarse el piano se echó a llorar.
Le dije que debía estar contenta, porque ya pronto Mendi vendría por
ella; pero la muchacha tenía el presentimiento de que no iba a ser así.
Fuí a verle a Bonaffús, a decirle que necesitaba el dinero, y me dijo
que me lo entregaría en seguida, en oro.
De allí marché al consulado inglés. El cónsul sabía lo que me había
pasado en la columna de Pompeyo, y me felicitó por mi decisión. Me preguntó qué
iba a hacer; le hablé de mi proyecto de ir a Grecia y me dijo que me daría una
carta de recomendación para lord Byron.
Del consulado marché a despedirme del coronel francés Frossard, con
quien estaba resentido, porque creía que no había tomado con interés mi asunto.
El coronel estuvo conmigo muy afable, y al despedirse de mí me dió una
bolsa que contenía cinco mil francos, que me regalaban los hermanos de la logia
de Alejandría. Yo me opuse con todas mis fuerzas a tomar el regalo, pero no
tuve más remedio que aceptar.
Al día siguiente el cónsul inglés me envió la carta para lord Byron, y
me avisó que había tomado pasaje para mí en una goleta griega, y me envió un
pasaporte inglés hasta Marsella, como súbdito de la Gran Bretaña.
Mientras venía la goleta griega pasé unos malos días en casa del patrón.
Me entristecía ver a Rosa siempre pálida, ensimismada, llorando a hurtadillas.
—Esta pobre muchacha enamorada de ese bárbaro. Es una pena—decía yo.
Yo la consolaba diciéndola mentiras, afirmando que Mendi me había dicho
que no quería pasar un mes en el Cairo sin volver a Alejandría a casarse. Como
yo le conocía más a Mendi que los otros, Rosa quería estar siempre hablando de
él conmigo.
VIII.
DESPEDIDA
Una mañana se presentó el doctor Efren a decirme que la goleta
Chipriota acababa de llegar; había salido un día antes de lo convenido de
Gibraltar y había tenido vientos favorables y se había adelantado.
Fuimos el doctor y yo al puerto nuevo, entramos en la goleta y hablamos
con el capitán Spiro Sarompas, que era un muchacho de Chipre, muy abierto y que
hablaba perfectamente el francés. Me enseñó la única cámara que tenía a popa,
que era la que me destinaba a mí. Me dijo el capitán Spiro que el cónsul inglés
le había recomendado mi persona. Añadió que fuera al barco después de cenar,
porque a la media noche nos haríamos a la vela.
Salimos de la Chipriota y volvimos a casa. Estaba el puerto lleno con
embarcaciones de Marsella, Liorna, Ragusa, Nápoles, Smyrna y Constantinopla.
—Irá usted muy bien—me dijo el doctor—. Este muchacho es muy inteligente
y muy buen marino.
—¿Ha ajustado usted el pasaje?
—Sí, ya está pagado. No se ocupe usted de eso.
A la mañana siguiente, la Cayetana me dijo que tendríamos un banquete de
despedida; que había invitado al doctor Efren y a su señora, a Isaac Bonaffús y
a su hijo, y que vendría, además, el oficial francés y el sargento que me
habían salvado de los soldados árabes cerca de la columna de Pompeyo, y el
sakolagassi que fué conmigo en la cabalgata.
La comida hubiera sido alegre si no hubiera sido por la actitud de Rosa,
que me entristecía; no comía, no escuchaba, se la veía viviendo su sueño
interior.
—¡Mientrastanto el bárbaro de Mendi estará tan tranquilo!—pensaba yo.
Bebí un poco de vino de Chipre para alegrarme; se animaron los
convidados y brindaron por mi salud y por mi viaje. El oficial francés contó
cómo le devolví la paliza al cabo Yussuf delante de la columna de Pompeyo, lo
que se celebró muchísimo.
Concluímos de tomar café. Eran las siete de la tarde. Me levanté y
abracé a mi patrona y di la mano a Margarita y a Rosa.
—Adiós—me dijo ésta—, si le escribe usted...—y antes de concluír su
frase se echó a llorar.
Bajamos al portal. Un criado de Chiaramonte cogió mi equipaje, y otro un
gran farol para alumbrarnos, porque la noche estaba obscura.
En aquel momento se oyó el cañón que anunciaba la retreta.
Echamos a andar todos juntos hacia el muelle. Le dije al doctor Efren
que le escribiría y que hiciera el favor de contestarme. Al llegar a la goleta
abracé a todos y subí a bordo.
—Adiós. Adiós.
—¡Addio! ¡Adddio!
—¡Adieu! ¡Adieu!
Hecha la última despedida, saludé al capitán de la goleta y me senté en
un banco de la cubierta.
IX.
NOTICIAS DE EGIPTO
Estaba en Veracruz cuando recibí una carta del doctor Efren con
noticias muy extrañas y muy tristes. Me decía en ella que se aseguraba que
Mendi se había casado en el Cairo con la hija del virrey de Egipto; que en
Alejandría no se hablaba mas que de esto, y que Rosa, al saberlo, se había
marchado con su hermano el marino a la isla de Gozzo, donde había muerto.
Chiaramonte dejaba a Alejandría con su familia e iba a vivir a Italia;
me parecía tan extraño el casamiento de Mendi que dudé de que fuera verdad.
Un año o dos después de la carta leí en la Abeja, de Nueva
Orleans, periódico redactado en francés, varias anécdotas referentes al español
Ignacio Basterrica en el Cairo. Se decía que siendo este español profesor de
música le entró deseos al virrey de Egipto, Mehemet Ali, de que dicho profesor
enseñase música a una de sus hijas. Basterrica comenzó a darle lecciones, y la
discípula se enamoró locamente de él, y a los pocos meses hubo que casarlos
antes de que sus amores tuvieran fruto. Basterrica abjuró de su religión y
abrazó la de Mahoma. Mehemet Ali no era nada exigente en esta cuestión; le
bastaba con que se hiciera una comedia de conversión al mahometismo.
Ya casado, Basterrica fué nombrado príncipe de la familia real, y Utch
tuglu bascha (bajá de tres colas), y general en jefe de la caballería.
Después supe que estuvo en Grecia y asistió a la toma de Missolonghi, y que en
1832 decidió la batalla de Konieh contra los turcos, al frente de treinta
escuadrones de caballería egipcia. Más tarde, en otro periódico francés, leí
que no reinaba la mejor armonía entre el español Basterrica pachá e Ibrahim
pachá su cuñado.
—¡La suerte! ¡Qué cosa más extraña! Solo si me hicieran bajá de tres
colas y capitán general y me casaran con la hija del virrey aceptaría entrar en
el ejército egipcio—decía Mendi.
Y le hicieron bajá de tres colas y capitán general y le casaron con la
hija del virrey de Egipto.
A veces la realidad tiene sorpresas tan grandes como lo imaginado.
LA AVENTURA DE MISSOLONGHI
(De las memorias de J. H. Thompson)[1].
Estábamos en Tarifa esperando nuestro barco cuando el día primero
de diciembre de mil ochocientos veinte y tres lo vimos cerca de la punta de las
Palomas. Marchamos a él; Mac Clair y yo subimos a cubierta y avisamos al
capitán para que saliesen a recoger el cargamento de fusiles. Era el Fénix, un
brik-barca de unas trescientas o cuatrocientas toneladas, sucio, negro y
grasiento.
En aquel momento, de sus grandes palos caían sus velas, llenas de
remiendos, como harapos puestos a secar. Hacía mal tiempo, llovía y la
temperatura estaba baja.
El capitán Willian Clark, un albino malhumorado, y el contramaestre John
Porter, un lobo de mar, de nariz fundida al rojo cereza por el alcohol, hombre
que arrastraba la pierna e iba acompañado de un perro de lanas tan sarnoso como
el barco, y los marineros dieron orden para que el bote, con unos remeros, se
acercara a la costa y fuesen trayendo los fusiles.
El Fénix, por sus trazas y por su tripulación parecía un barco pirata.
Los hombres reclutados por la Sociedad Filohelena, de Londres, no tenían un
aspecto completamente distinguido.
No hubieran podido formar parte del club Watier londinense, ni figurar
al lado del dandy Jorge Brummel. Iban todos muy derrotados,
con trajes harapientos, y llevaban muchos gorro griego. Era en lo único que se
les conocía su filohenismo.
Vi entre ellos a mi amigo Flinders, el gran literato. Este había
abandonado su baúl de obras maestras, y después de arruinarse definitivamente
iba a Grecia a probar fortuna.
Le saludé, hablamos y me dijo pestes de Will Tick, a quien acusaba de
haberle engañado miserablemente.
No era muy cómoda la estancia en el Fénix, no había sitio, y el coronel
Mac Clair y yo nos tuvimos que acomodar de mala manera en el sollado.
A las pocas horas de estar en el barco, supimos que iba con nosotros una
dama inglesa de gran posición, miss Elisabeth Barnett.
Esta señora era una solterona que viajaba con una criada y un criado.
Miss Elisabeth tenía el mejor camarote del barco y monopolizaba la toldilla de
popa.
Esta dama, según se decía, era sobrina de lady Esther Stanhope, la reina
de Tadmor, la pitonisa del Líbano, de esta mujer extraordinaria que fué hace
unos años a vivir a la Siria, donde intentó fundar un reino y vivir como una
emperatriz antigua, dominando a los hombres con la violencia y haciendo el
papel de adivina.
Nuestra inglesa quería hacer algo parecido.
Sin duda, el caso de lord Byron y el de lady Stanhope iba trastornando
el juicio a las mujeres de Inglaterra.
No sé si miss Elisabeth Barnett pretendía emular las glorias de lady
Esther. Miss Elisabeth no tenía condiciones para ello; esta solterona era una
cómica y una cómica mala. Algunas veces, vestida con una túnica blanca, se
presentó entre nosotros y nos lanzó una alocución hablando de la Grecia
inmortal, pero lo hizo de una manera tan afectada y con unos gestos tan poco
naturales, que produjo la risa en lugar del entusiasmo.
La única popularidad que consiguió en el Fénix fué debida a que repartió
algún dinero entre los voluntarios que iban a Grecia.
Uno de los filohelenos, Flinders, le dedicó una poesía titulada «Al hada
del Fénix». Y en broma la llamábamos todos así: el hada del Fénix.
La criada de miss Barnett era una francesa guapetona, una mujer de unos
treinta años, rubia, de cara ancha y juanetuda, un tanto chata, que tenía mucha
gracia y mucho desparpajo.
Los filohelenos andaban tras ella a todas horas, y se produjeron entre
los nuestros riñas tremendas.
Seríamos sesenta o setenta los pasajeros del Fénix, la mayoría ingleses,
escoceses e irlandeses; algunos alemanes y franceses y unos cuantos italianos.
Como era natural, Mac Clair y yo nos reunimos al grupo de los ingleses.
Se desarrolló en seguida una rivalidad y un odio entre los diversos grupos
nacionales, incomprensible. Dentro de todos ellos reinaba la cizaña. Flinders
contó en el grupo inglés que mi padre y yo éramos disecadores, y con este
motivo se hicieron mil chistes y se acostumbraron a llamarme Vientre de paja.
Como abusaron un tanto de la gracia, tuve que administrar unos cuantos
puñetazos a un estúpido paisano mío, serio y de ojos de rana, que desde
entonces cesó en el empleo abusivo de este chiste.
A Mac Clair le comenzaron a llamar el Sepulturero y a decir que daba la
mala suerte al barco.
Afortunadamente, no pasó nada en la travesía, porque sino Mac Clair
hubiera estado muy en peligro de ser echado al mar.
Nuestro grupo de ingleses era alborotado, pero no lo era menos el de los
escoceses, irlandeses, alemanes, franceses e italianos. Los escoceses e
irlandeses se emborrachaban, tocaban la gaita y bailaban, y gritaban como
salvajes.
—Allá tendremos que batirnos—decían—; mientras que podamos, bebamos y
divertámonos.
Los franceses e italianos, que eran en conjunto siete u ocho, jugaban a
las cartas. Un gascón, que parecía hombre ilustrado, se dedicaba a insultar a
todos los pasajeros.
Les llamaba viejos caimanes, carroña, montón de cerdos. Les decía que no
comprendían la misión que llevaban a Grecia, que no tenían idea de la grandeza
de este país, de la Hélade, y adornaba sus discursos con sus ¡Te!
¡Pardi y Sacredieu!
La verdad es que entre aquellos filohelenos, al menos de nombre, no
había ninguno que tuviese una idea aproximada de Grecia, ni de su historia.
Ninguno de nosotros sabía gran cosa de la antigüedad clásica, y
absolutamente nada de la historia griega moderna. Unos se habían enganchado por
miseria y por desesperación, otros, por espíritu de aventura.
Cada cual se formaba una idea distinta de Grecia; unos soñaban en los
tesoros, otros en las mujeres, algunos aspiraban a ser generales. Muchos tenían
la preocupación constante de ser empalados por los turcos, preocupación que
llegó a borrarse a fuerza de bromas. Muchas veces se discutía en el barco
acerca de turcos y griegos; cosa extraña, todo el mundo tenía más simpatía por
los turcos que por los griegos. Para la mayoría, los turcos eran hombres
fuertes, robustos, gente valiente, con unas barbas grandes, unos pantalones
anchos y unas cimitarras corvas.
De los griegos no se tenía tan buena idea. Se suponía que eran como los
tipos de las estampas que corrían por Europa; unos hombres delgados, de bigotes
finos, con unos trajes llenos de lentejuelas.
Acerca de lord Byron corrían extraños rumores. Para muchos era un
misántropo y un anglófobo; para otros, una especie de Manfredo desesperado,
altanero, que vivía fuera de la sociedad, que mandaba matar al que le
disgustaba; algunos lo tenían como un Don Juan terrible, un pirata, que
conquistaba mujeres y bebía el vino en una calavera; para los más cultos era
principalmente un revolucionario. La verdad es que no sabíamos lo que nos
esperaba. No conocíamos ni Grecia, ni el jefe que nos iba a mandar.
Lo único que yo veía cierto era que la tropa que marchaba de Europa era
bastante mala, y que a no ser de que hubiera una organización casi perfecta en
Missolonghi, con el elemento aquel no haríamos gran cosa de provecho.
Así fué esta expedición una de las más célebres del siglo diez y nueve,
principalmente por la intención, porque por lo demás apenas hicimos nada.
A los dos días de navegar por el Mediterráneo el tiempo empezó a
mejorar, y de repente comenzaron unos días espléndidos. Este mar y este cielo
tan azul, al principio me producían cansancio; me parecía su belleza una
belleza monótona. Los días de viento había únicamente un poco de cabrilleo en
las olas.
De noche teníamos luna llena. ¡Qué cosa más extraordinaria! La luna,
redonda, con su luz de plata, iluminaba una gran faja del mar, que parecía un
ancho camino blanco, en el cual se agitaran ondinas y tritones.
Algunas veces las nubes avanzaban por el cielo, y la luna, oculta,
filtraba los rayos por algún agujero de los nubarrones y dejaba un vago
cabrilleo misterioso sobre las olas a larga distancia.
A medida que la luna fué menguando el blanco camino de plata por donde
se paseaban, sin duda alguna, las sirenas y los tritones fué estrechándose
hasta desaparecer por completo.
He pasado los días mirando el Mediterráneo, intentando ver si se me
ocurre algo nuevo en la contemplación de un mar tan bello. Sólo cuando se van
articulando los lugares comunes en la cabeza es cuando se empieza a discurrir,
vulgarmente, cierto, pero únicamente entonces.
Antes de esa articulación de lugares comunes por el solo ímpetu del
espíritu no hay ideas. ¡Es lástima! He escrito unas cuantas frases en mi
cuaderno, pero no tienen ninguna originalidad.
Cuando se entra en el Mediterráneo, desde el Océano, parece que se pasa
de un mundo a otro, de un mundo de actividad y movimiento a un mundo más
suntuoso, más inmóvil y más muerto.
En el Mediterráneo hay la belleza de la proporción y de la línea; en el
Océano el vago encanto de lo ilimitado; el Mediterráneo tiene islas de mármol;
el Océano, islas de esmeralda; en el Mediterráneo, sobre la onda azul, se
destacan las costas blancas y amarillas, los montes plutónicos, la lava, los
olivos, los cipreses y los naranjos; en el Océano, sobre la linfa verde, apenas
se marcan las pálidas dunas, las abras y los acantilados sin color y sin
dibujo. En el Mediterráneo las cosas brotan duras, cuajadas, sobre el agua
espeja y salina, bajo la atmósfera limpia y transparente; en el Océano, los
paisajes están hechos de niebla, de humedad, de formas confusas y vagas.
En el Mediterráneo todo parece tradición e historia; en el Atlántico,
todo parece improvisación y novedad; en el uno todo está constituído, en el
otro todo por constituír. Esas puntas amarillas que avanzan en el mar bajo la
extensión azul del mar latino parecen huesos, fuertes destruídos, puentes
rotos, conventos, ciudades en anfiteatro suntuosas, fastuosas, siempre algo del
pasado.
En el Mediterráneo no hay marea, y el agua alcanza siempre en la costa
casi el mismo nivel; en el Océano las mareas son grandes.
El Mediterráneo no respira apenas, y su ola no tiene pulsación; el
Atlántico respira con una fuerza salvaje, se hincha y se deshincha, mostrando
en el reflujo sus fondos de roca y en los ríos el légamo negruzco, sobre el que
se tienden las barcas de los pescadores.
El Mediterráneo es paz y armonía; el Atlántico lucha y contradicción.
El Atlántico tiene una mitología hórrida, resto de la época en que el
mar era un gran peligro: el pulpo del Maelstrom, las arañas de los Kraken, la
isla del Fuego con sus piratas; el Mediterráneo tiene una mitología más clara y
más solemne, sirenas, ninfas, delfines, y otros seres fantásticos dirigidos por
el tridente de Poseidon.
El Mediterráneo es Oriente, Eneas y Palinuro, la leyenda del vellocino y
el gorro colorado; el Atlántico es el caos, los vascos pescadores de ballenas,
los wikings, los normandos conquistadores, y, al mismo tiempo, la Atlántida y
el Jardín de las Hespérides; el Atlántico es la alta piratería, los grandes
naufragios, el bergantín negrero, el marino con un anillo en la oreja y una
cacatúa en el hombro.
El Mediterráneo es un mar clásico y, al mismo tiempo, realista; el
Atlántico es un mar romántico y turbulento.
El Mediterráneo es más constante, más parecido a sí mismo; el Atlántico
es la eterna variación, el eterno cambio. El Mediterráneo es, y sobre todo ha
sido estética, y socialmente ha llegado a su devenir; el Atlántico está siendo,
está todavía en su iniciación.
El hombre del Mediterráneo es la expresión correcta, las fórmulas
hechas; el hombre del Atlántico es el ímpetu, aun sin moldearse.
El Mediterráneo sugiere la idea de la tarde y la del crepúsculo; el
Atlántico, la de la mañana.
Si cada mar tuviese que tener sus reyes, el Mediterráneo tendría que
dividirse en dos reinos: el Mediterráneo oriental para Homero, el Mediterráneo
occidental para Virgilio; hacia Troya, Ulises; hacia Cartago, Eneas.
En el Atlántico los poetas genuinos son los bardos, el sentimiento antes
de la ciencia y del arte.
A Shakespeare y a Byron les correspondería el estrecho de Gibraltar;
allí donde se mezcla el brío del Océano con la armonía clásica del
Mediterráneo.
Estuvimos en Nápoles un día, que aprovechamos el coronel Mac Clair y yo
en recorrer la ciudad en un calessíno desvencijado. El cochero
nos dijo si queríamos conocer unas muchachas. Mac Clair contestó sacando la
Biblia y poniéndose a leer. Luego aseguró que Nápoles es una ciudad aburrida y
monótona.
—Hombre, no—le dije yo.
—¿Cómo quiere usted comparar esto con Edimburgo?
Mac Clair no es mas que un occidental, y para comprender los pueblos hay
que ser occidental unas veces, y oriental otras, y tener el alma con muelles
como los coches de doble suspensión.
En lo único que quedamos conformes Mac Clair y yo fué en que esa frase
de Vedi Napoli e poi mori no era nuestro ideal. No sentimos ni
él ni yo el menor deseo de morirnos después de ver Nápoles.
Salimos de Nápoles con buen tiempo, pasamos al amanecer por el estrecho
de Mesina, y vimos la ciudad respaldada en una alta sierra.
Todo el mar estaba lleno de velas latinas de las barcas de los
pescadores.
Cruzado el Estrecho seguimos adelante, y la niebla se nos echó encima
entre los escollos de Scila y Caribdis.
Mac Clair tampoco creía gran cosa en Scila y en Caribdis.
Nuestra barca llevaba cartas para lord Byron, y pensando que el poeta se
encontraba en Argostoli, nos fuimos acercando a la isla de Cefalonia.
Entramos en el puerto de Argostoli y nos dijeron que hacía ya tres días
que el lord había salido para Missolonghi.
Me hubiera gustado echar una ojeada a la isla, pero no había tiempo. Me
contenté con mirar con el anteojo de Mac Clair una montaña, en parte cubierta
de pinos, y en parte de maleza, y las casas bajas de Argostoli como dados
blancos con pequeñas ventanas. La tierra, por los alrededores, era blanca,
resquebrajada, con aspecto de lava, con algunos matorrales obscuros por donde
triscaban rebaños de cabras.
Por todas partes la costa era de piedras secas que parecían ruinas.
Nos hicimos a la mar, y de noche, con gran cuidado, nos fuimos acercando
al golfo de Patras. El cielo estaba muy estrellado. Los marineros iban cantando
canciones patrióticas. Nos cruzamos con una fragata turca, apagamos el farol y
arriamos las velas; todo el mundo calló y la fragata pasó sin vernos. Al
amanecer cruzamos con algunos místicos griegos, que al ver nuestra bandera
inglesa aplaudieron con gran entusiasmo y algazara.
Por la mañana estábamos delante de Missolonghi. El mar tenía un brillo
de cristal, y algunas nubes rojizas, que al principio tomé por montes, se
dibujaban en el cielo.
Esperamos Mac Clair y yo con ansia a que comenzara el día.
Eran los comienzos del mes de enero; el sol tardó en salir.
Apareció entre brumas, como un disco rojo, por encima de las altas rocas
de un monte pedregoso y estéril, el monte Aracinto, y fué iluminado un paisaje
de tierras blancas, calcáreas, sin vegetación. Al pie de la sierra, a orillas
de un lago muy azul, vimos una aldea. Era Missolonghi.
Cerca de Missolonghi había varios barcos griegos, y, entre ellos,
el Cefaloniota, el místico de lord Byron. El capitán nuestro fué a
ver a lord Byron en el bote y volvió al poco rato con dos oficiales de marina.
No parecía si no que éramos deportados por lo mal que nos recibieron.
Al mediodía nos dieron la orden de bajar a tierra. El sol apretaba de
firme. El cielo estaba azul y el mar tan azul como el cielo.
Mac Clair y yo experimentamos una gran decepción al saltar a
Missolonghi. Aquello era una aldea miserable. El paisaje de los alrededores no
podía ser más triste. Montes calcinados, atormentados, sin árboles, arenales,
un pueblecillo polvoriento, sin jardines, sin nada verde, quemado por el sol.
Yo mismo quedé defraudado. A pesar de que me había dicho repetidas veces
que no debía entusiasmarme, llevaba en la imaginación la idea de una ciudad
formada por pequeños Partenones.
Era el espejismo de los nombres sonoros. Bajamos en Missolonghi y fuimos
todos formados a una barraca donde había dos oficiales ingleses de la brigada
del coronel Stanhope, que nos tomaron la filiación.
Luego nos hicieron una serie de recomendaciones y nos dijeron que no
intentáramos tener relaciones con el elemento civil, porque estaba prohibido.
Missolonghi, entonces pequeña ciudad, sin abolengo y sin historia,
contaría unos cuatro o cinco mil habitantes, de los cuales unas ochocientas
familias eran griegas.
Missolonghi, fundado por pescadores, estaba asentado sobre un terreno
pantanoso; en algunas partes, más bajo que el mar.
La situación de Missolonghi, al borde de una laguna, hacía que algunos
griegos entusiastas la compararan con Venecia.
Esta laguna, a medias pantano de agua dulce, y a medias marisma, ocupaba
una gran extensión y aumentaba de tamaño desde hacía tiempo a expensas de las
tierras de labor.
Limitando la laguna de Missolonghi por el lado del mar había un cordón
de islas, roto aquí y allá: los Procopanistos. Las olas batían constantemente
esta línea de peñascos que separaban la albufera missolonghiota del mar Jónico.
Entre los arrecifes de los Procopanistos había algunos islotes grandes,
como el de Basilades, Aisosti, Scilla y Cleisovo. En estos islotes, ya de algún
tamaño, se levantaban torres y alrededor estacadas para defender las entradas
de la laguna.
En la isla de Basilades había un fuerte de piedra, y en la de Aisosti
una capilla aspillerada que servía de defensa.
La laguna de Missolonghi se extendía bordeando el monte Aracinto y
tenía, a medida que avanzaba en la tierra, un seno más estrecho.
Al comienzo de este seno, en que se hacía más angosta la laguna, se
hallaba un pueblo colocado en una isleta, llamado Anatólico.
Anatólico parecía un barco encallado en las rompientes.
Las orillas de la albufera de Missolonghi eran áridas, cubiertas de
algas y musgos verdes, que se corrompían en las mareas bajas, produciendo
emanaciones pestilentes.
Afortunadamente, el viento del mar soplaba con fuerza y purificaba el
aire; si no, no se hubiera podido vivir en las inmediaciones.
Mirando desde el mar al monte Aracinto, se veía una mole seca,
pedregosa, terrenos plutónicos, con ruinas de murallas y de pueblos.
Al pie del monte y al borde de la laguna había un mal camino, que tenía
a la orilla algunas miserables cabañas de pescadores, camino que, con la
lluvia, se convertía en un arroyo pantanoso.
Varias veces recorrí este camino con el caballo hundido hasta los
ijares, mientras los patos salvajes pasaban revoloteando por encima de mi
cabeza.
A un lado de Missolonghi, ya fuera de la laguna, en las estribaciones
del Aracinto que daban hacia el mar, había una planicie que se llamaba la
llanura Lelante o Anachaida, que estaba cruzada por un río, el río Fidaris o
Ebenus, seco si no llovía y torrencial cuando caían unos cuantos chaparrones.
Este río tenía dos afluentes: el de Galata, que pasaba por un pueblo en
ruinas del mismo nombre, y el de Hypochori.
Al borde del río Ebenus se veía un pueblo en ruinas, con restos de
castillo y murallas, a quien los naturales llamaban Plevrone, porque había una
segunda Plevrone, también en ruinas, en la parte del Aracinto, que daba a la
laguna, entre Missolonghi y Anatólico.
A poca distancia de la llanura Lelante, en una pequeña bahía, estaba
Barasova, pueblecillo con una vieja torre ruinosa.
Estos lugares próximos a Missolonghi fueron el teatro de nuestra acción,
que, ciertamente, no tuvo nada de extraordinaria ni de heroica.
Después de ser alistados e identificados, Mac Clair quedó en la brigada
de Stanhope como oficial de ingenieros, y yo como ayudante suyo.
No estaba la legión extranjera de Missolonghi tan disciplinada como
nosotros pensábamos; había una porción de oficiales y jefes franceses,
ingleses, alemanes e italianos en disponibilidad, porque no tenían tropas que
mandar. Los ingenieros y artilleros eran los más solicitados y los que más
pronto encontraban plaza vacante. Los que venían de la Europa occidental con
sus documentos de haber servido como oficiales de caballería, no encontraban
puesto, porque los griegos no los querían.
Había entre nosotros tres mandos diferentes: el de los comités griegos,
el del coronel Stanhope y el de lord Byron.
Stanhope estaba en completo desacuerdo con lord Byron. El coronel
reprochaba al lord, que quería hacer una guerra literaria, lo que le parecía
una ridiculez. En parte, el militar estaba en lo justo, porque la guerra parece
que debe tener una técnica; pero el poeta tenía su razón también, porque,
gracias a su prestigio literario, había conseguido que Europa entera se
preocupara de su expedición y se dispusiera a ayudar a los griegos.
El coronel, por lo que nos dijo, pretendía que Byron no interviniera
para nada en detalles de cuestiones militares, pero el poeta se creía
omnisciente y pretendía entender de milicia tanto como de poesía.
Desde su desembarco, el cinco de enero, el lord estaba trabajando sin
descanso en contratar un empréstito en Inglaterra, quería reformar la sociedad
inglesa de los Filohelenos y estudiaba, al mismo tiempo, los medios de
humanizar la guerra entre turcos y griegos, pensamiento noble, pero, por
entonces, perfectamente irrealizable.
Su plan militar consistía en fortificar Missolonghi y en organizar un
pequeño ejército de ataque. Este ejército estaría formado por dos mil
quinientos griegos al mando de sus jefes, por las legiones extranjeras a las
órdenes del coronel Stanhope, que no se sabía a punto fijo con qué número de
soldados contaría, y por un batallón de suliotas, que quería mandar el mismo
lord en persona.
Con estas fuerzas pensaba Byron atacar el castillo de Lepanto.
La hada del Fénix, miss Barnett, tuvo mal éxito en su empresa. Lord
Byron se empeñó en no verla, y, por más cartas, avisos y recados que le envió,
el poeta no quiso acceder a hablar con ella. El coronel Stanhope la recibió muy
fríamente. Un hombre como el coronel, que tenía a Byron por poco práctico,
naturalmente, tenía que mirar con desdén la fraseología poética de segunda mano
de miss Barnett.
El elemento militar griego con que se contaba era muy malo. Estaba
formado por montañeses, algunos verdaderos bandidos, y pescadores.
A los montañeses, a unos llamaban palikaros y a otros suliotas. Los
palikaros eran los de la parte de Morea, y los suliotas de Suli.
Unos y otros despreciaban profundamente a los griegos, sobre todo a los
griegos cultos, a los que llamaban phanariotas. Los palikaros y los suliotas
tenían costumbres parecidas a los turcos. Unos y otros eran pésimos soldados,
insubordinados y rebeldes. Al morir Marcos Botzari en el Epiro, recomendó a
lord Byron un pelotón de suliotas. Byron quiso aceptarlo como su guardia, y le
asignó mil duros al mes; pero eran los cuarenta suliotas tan turbulentos, tan
mentirosos, tan enredadores, que Byron los despachó, los incorporó al resto del
ejército y les siguió dando su asignación.
El gobernador de Missolonghi pensó que dar tanto dinero a los suliotas
era un absurdo, e intentó emplearlo en otros fines, pero los suliotas se le
sublevaron.
Mac Clair y yo fuimos destinados a la fortificación de Missolonghi.
Missolonghi era una aldea pobre y sin ningún atractivo. Mac Clair y yo
pensamos en ir a vivir al pueblo, suponiendo lógicamente que los habitantes
tendrían entusiasmo por los extranjeros llegados allá para defender el país, y
nos encontramos con todo lo contrario.
Los griegos nos odiaban.
En vista de esto, y con el consentimiento del coronel Stanhope, nos
instalamos en una barraca de madera, que llegamos a convertir en una habitación
confortable.
A los pocos días comenzamos a trabajar en los planos de la fortificación
de la ciudad.
Se había pensado en rodear Missolonghi de murallas y de baluartes.
Desde el comienzo de la guerra de la Independencia griega, Missolonghi
había sido atacada varias veces por los turcos con poca fortuna.
La situación de la plaza era muy buena para el defensor y mala para el
agresor. Además de esto, los turcos habían tenido la desgracia en el último
sitio de ser diezmados por la peste.
Cuando comenzó este último sitio, los griegos no habían hecho mas que
comenzar a fortificar la ciudad y a guarnecer las murallas de tierra, con
torres y baluartes. Estando en esta labor se les presentó a atacarles Omar
Vrione, capitaneando un ejército numeroso, y se colocó en la falda del monte
Aracinto.
La guarnición de Missolonghi se encontraba con muy pocos medios de
resistencia. El caudillo griego Marcos Botzari, en quien se tenían grandes
esperanzas, acababa de morir en el Epiro.
Su hermano Constantino entró en Missolonghi con su gente y se aprestó a
la defensa. Al cabo de dos meses de sitio, cuando la resistencia de Missolonghi
comenzaba a desfallecer, fué cuando se declaró la peste en el ejército otomano,
pero de una manera tan fuerte que Ornar Vrione tuvo que abandonar
inmediatamente los alrededores de Missolonghi.
Al mismo tiempo, otro caudillo griego, Maurocordato, entraba en la
laguna de Missolonghi con algunos barcos hydriotas, y la ciudad quedaba libre
por tierra y por mar.
Entonces se pensó que Missolonghi podía ser el baluarte de la
independencia griega, y se la quiso poner en condiciones de sostener un sitio
en regla.
Los oficiales de artillería y los ingenieros, entre ellos Mac Clair,
hicieron los planos de las nuevas fortificaciones y se comenzó a trabajar.
Primeramente se restauró la muralla por la parte de tierra y por la del
mar, revistiendo los sitios débiles con piedras y argamasa.
Durante más de dos semanas tuve yo que ir al monte Aracinto con los
trabajadores griegos a unas canteras a sacar piedra.
Un italiano del Piamonte, Josué Magnani, que llevaba algún tiempo allí,
y un joven alemán, Werner, iban conmigo de intérpretes.
El trabajo se prolongaba mucho, porque los missolonghiotas no eran
partidarios de un esfuerzo asiduo y constante. Los franceses, alemanes e
ingleses, que hubieran sido buenos obreros, no querían hacer estos trabajos
pesados.
Hermann Werner, el alemán que me acompañaba, era un muchacho muy
instruído. Sabía el griego antiguo y estaba aprendiendo el moderno, y tomaba
notas de todo cuanto veía.
Werner me explicaba las ideas y las preocupaciones de los griegos.
Me dijo que éstos consideraban el monte Aracinto como un lugar
misterioso, poblado por seres imaginarios, faunos, panes, egipanes y tityros.
Comentando las hazañas de estos monstruos u oyendo cantar a los tordos los
griegos pasaban demasiado tiempo sin hacer nada.
En el monte Aracinto había una ermita sobre una roca, dedicada al
profeta Elías. A esta ermita se subía por una escalera pendiente, cuya pared de
roca estaba llena de ex votos. Cerca de esta ermita, en un grupo de árboles,
solíamos almorzar Magnani, Werner y yo. Muchas veces oíamos a los zagales que
tocaban una flauta de caña rodeados de sus cabras.
Nos contó Magnani que un viejo ladrón de Anatólico fué un día a la
ermita con un saco y se llevó todos los objetos de oro, de plata y de pedrería
que había allí.
El ladrón anatolicense decía:
—Virgen soberana, permite que te despoje de esta corona que te ofreció
un canalla, ladrón y usurero; deja que me lleve esta alhaja, regalo de un
asesino, manchado con mil crímenes. ¡Malditos sean!
El ladrón anatolicense llenó su saco y se fué; pero al ir a vender las
alhajas fué preso, y el gran visir le mandó ahorcar.
El alemán se reía al oír esto a carcajadas.
Magnani, Werner y yo recorrimos el Aracinto a caballo, y llegamos, en
nuestras excursiones, a una sierra de montañas, llamada Rachi, y pasamos el
desfiladero de Cleisura.
Werner solía leernos un trozo de la Ilíada en griego y
luego nos lo traducía.
En vista del terrible fracaso de miss Barnett, decidió marcharse de
Missolonghi a Siria a buscar a su tía lady Stanhope. La criada Susana no quiso
seguirla. Susana decidió hacer una barraca junto a la nuestra y poner una
cantina. A mí me pidió mi opinión.
—Sí—le dije yo—. Estaría bien si esto durara pero yo no veo que esto
vaya a durar. El mejor día nos tendremos que marchar todos.
—¿Por los turcos?
—No, porque no nos pagarán.
Susana no tomó en cuenta estas razones y se decidió a quedarse, y
consiguió que los soldados le hicieran un barracón de madera, cubierto de
tejas, donde puso su cantina.
Una mujer como aquélla, guapetona, valiente y que estaba dispuesta a
hacerse rica, tuvo un gran número de pretendientes. Según la voz general,
Werner y yo hubiéramos sido los favorecidos; pero Werner leía demasiado a
Homero, y yo demasiado a Schelley y a Goethe para entusiasmarnos con la
cantinera.
Los tres rivales de la bella Susana eran Magnani, un jefe de policía de
Missolonghi y un armatola o capitán de los palikaros, que era un hombre bruto,
feroz, que le gustaba amenazar a las gentes. Este armatola andaba con unos
soldados harapientos, todos armados hasta los dientes.
Una noche estábamos de tertulia en la cantina de Susana el policía,
Werner, Magnani y yo, y otros dos o tres, cuando fueron entrando los palikaros
con sus fusiles y se apoderaron de la tienda. Después entró su armatola. Venía
envuelto en una gran capa de lana blanca. Estaba borracho. El policía se acercó
a él a preguntarle qué significaba aquella invasión. El armatola no le
contestó, le dió un empujón y le escupió a la cara. Después, acercándose a
Susana, la agarró de la cintura. La cantinera no se inmutó y se defendió sin
dar importancia al ataque.
El capitán de los palikaros se acercó a Werner y a mí con intenciones
agresivas. Yo tenía la pistola cargada dentro del bolsillo. El palikaro, al ver
nuestra impasibilidad, cambió de aspecto, se sentó en una mesa y pidió café.
Magnani y el policía habían desaparecido. El jefe palikaro se puso a tomar
café, ceñudo y sombrío; sus soldados se fueron marchando. Era el armatola
hombre joven, moreno, vestía una blusa de mangas abiertas, pantalones anchos,
polainas, un gorro rojo y un cinturón de cuero, donde llevaba el pañuelo, la
bolsa, un puñal y una pistola.
Iba Susana a cerrar la cantina y nosotros a salir cuando apareció de
nuevo Magnani y el policía griego. Magnani venía con un aire torvo, con los
dientes apretados y los ojos brillantes.
El policía griego avanzó con aire amable, se acercó al palikaro, le
quitó el puñal y la pistola, y, de pronto, le dijo algo feroz y terrible y le
escupió en los ojos.
El palikaro se levantó, pero Magnani le dió un empujón y le hizo
sentarse de nuevo.
—¡Ladrón! ¡Cobarde!—le gritó el griego al palikaro—, insultas cuando
estás entre los tuyos, ¡perro!
—Y solo también contra ti.
—Vamos ahora mismo—gritó el griego,
—Vamos.
Salimos todos de la cantina. Era todavía de noche. Una fila de luces de
las barcas de los pescadores se veía en el mar obscuro, y se oía el ruido de
las olas, que se estrellaban acompasadas en la costa. Amaneció. Werner trató de
que se hiciera un desafío en regla, pero el griego y el palikaro no querían
esperar.
Se les dió a cada uno un sable y se les puso frente a frente.
En aquel momento sonó un tiro, y el palikaro cayó muerto con la cabeza
abierta.
No nos quedó duda de que entre Magnani y el policía griego habían
preparado la muerte del montañés. Al poco tiempo, Magnani desaparecía de
Missolonghi. Susana la cantinera siguió dando esperanzas y buenas palabras al
policía, hasta que un día traspasó la cantina y se marchó con un comerciante
turco a Constantinopla.
Cuando se concluyó de sacar piedra, volvimos a trabajar en la muralla.
Cada uno de los baluartes que se construiría llevaría el nombre de algún héroe
o de algún personaje relacionado con la independencia griega. El primer
baluarte se denominó de Marcos Botzari. Comenzando por éste, y dando la vuelta
al recinto fortificado, estarían la torre de Coray, la batería del general
Norman, la batería Miauli, el baluarte Franklín, la batería Tokeli, la torre de
Guillermo Tell, la torre de Kosciusko, la batería Kiriaculi, la tenaza de
Montalembert, la batería de Rhigas, la luneta de Orange y la batería Macris.
Estos baluartes y fortines quedarían próximos uno de otro; por el lado
de tierra habría un gran foso para defender la entrada de la ciudad.
Ocupados en esta obra, apenas nos enteramos de lo que ocurría en
Missolonghi.
Todo el mundo iba a ver a lord Byron, a hablarle de sus asuntos, a
exponerle sus quejas; yo no quería molestarle, y así sucedió que no le llegué a
conocer.
El poeta, al parecer descontento, determinó bajar a tierra lo menos
posible y recibía las visitas y las comisiones en su barco.
Byron pretendió poner un poco de orden en la anarquía griega y dar fin a
las rivalidades de los jefes.
La cosa fué imposible; la discordia era cada vez mayor y estallaba a
cada paso, hasta dentro de la misma brigada que mandaba el lord, entre los
suliotas que le había recomendado Marcos Botzari a su muerte.
Al parecer, se seguía pensando en la expedición contra Lepanto, pero los
preparativos eran muy lentos.
En esto comenzó a correr la voz de que la salud de Byron se hallaba muy
quebrantada, por los repetidos ataques de fiebre y por los continuos disgustos.
La mayoría de la gente pensaba que el poeta no duraría mucho. Un día de
abril se dijo que había hecho una salida a caballo, se había mojado y que
guardaba cama.
Una semana después, nuestro lord moría, a consecuencia de una
inflamación cerebral. Se le hicieron grandes exequias, y todos los jefes
griegos aparecieron muy unidos... y muy contritos.
Dos días más tarde, Mac Clair, que seguía enfermo, me pidió que fuera a
ver al coronel Stanhope, para preguntarle qué íbamos a hacer.
Stanhope me dijo que, probablemente, reembarcaríamos, y añadió:
—Yo me he comprometido con lord Byron a dirigir la campaña, porque el
poeta era un inglés de cuya palabra se podía uno fiar; pero no me pasa lo mismo
con los jefes griegos que hoy afirman una cosa y al día siguiente la contraria.
Le pregunté si tendríamos barcos para todos y me contestó que era una
dificultad que había que resolver como se pudiera.
—¿El coronel Mac Clair y yo tenemos entonces libertad para marcharnos,
si encontramos ocasión?—le pregunté.
—Desde luego.
—¿Quedamos desligados de nuestro compromiso?
—En absoluto.
Como yo sabía el espíritu de contradicción y de suspicacia que había
entre los griegos y su poca simpatía por los extranjeros, hice la gestión ante
el Comité, para que nos reconocieran a Mac Clair y a mí nuestros grados. El
Comité rechazó la petición, y nos encontramos libres para abandonar Grecia.
Solía ir desde entonces todos los días al puerto a averiguar si llegaba
algún barco. Un día vi bajar de una lancha a un caballero elegante, de frac
azul, con botones dorados, pantalones de paño gris y chaleco blanco de piqué.
Era el hombre rubio de la Sala de Cortes de Sevilla que me habían dicho
que había sido capitán del Empecinado.
—Yo le conozco a usted de Sevilla—le dije.
—¡Es verdad! ¡Qué extraña casualidad!—exclamó él, al decirle dónde le
había conocido.
Nos estrechamos la mano. Le conté mi historia y él me contó la suya.
Este hombre era Aviraneta. Me dijo que había ido a ver a un
consignatario, para tomar una plaza en la corbeta Egina, que iba a partir, de
un momento a otro, con rumbo a Nápoles. Pedimos pasaje Mac Clair y yo en ella,
y nos dieron dos de tercera, porque ya no había otros.
Le preguntamos a Aviraneta dónde vivía en aquel momento.
Nos dijo que en una barca griega, en la que había venido desde
Alejandría, y que estaba esperando órdenes para salir de Missolonghi. Le
indicamos que hiciera gestiones para que fuéramos Mac Clair y yo a la barca
griega. El capitán de la Chipriota, después de muchas dificultades, aceptó, y
Mac Clair y yo nos trasladamos a este barco.
Si mi aventura de Missolonghi no había sido ni muy lucida ni muy
brillante, la de Aviraneta, aunque con más éxito personal, no fué tampoco de
gran interés. He aquí lo que me contó don Eugenio:
«He salido de Alejandría hará próximamente un mes, en la goleta
Chipriota, al mando del capitán Spiro Sarompas. Llegamos aquí hace unos veinte
días. El capitán Spiro traía unos pliegos para lord Byron, fué a verle y le
dijo que venía con un oficial español.
El lord le contestó que fuera yo inmediatamente a su barco y que no
tocara en tierra.
Me puse de gala, y en la lancha fuí al Cefaloniota.
A un oficial le dije que me había mandado ir Su Excelencia y que tenía
que darle una carta.
—Démela usted a mí.
Se la di y esperé un cuarto de hora.
—Pase usted.
Lord Byron me recibió y me dió la mano. Me chocó la impresión de la
mano; llevaba guantes de seda de color de carne. Vestía bata y gorro griego
rojo. Su figura era hermosa, sobre todo la cabeza, pero no tenía aire de
serenidad ni de fuerza; parecía una mujer. Sus rasgos eran demasiado correctos,
y su cuello, que llevaba desnudo, me pareció excesivamente redondo.
—Siéntese usted—me dijo.
Me senté.
—¿Habla usted inglés?
—No, sólo francés.
—¿No ha leído usted mis versos?
—No, Excelencia.
—¿No ha perdido usted nada?—dijo él riendo.
—Creo que sí—le contesté yo—; pero mi vida ha sido muy activa y mi
educación descuidada.
—El cónsul de Alejandría me recomienda a usted eficazmente. ¿Qué quiere
usted de mí?
Entonces yo me levanté, me cuadré e hice la señal de reconocimiento como
masón del rito escocés. A su vez se levantó él y me correspondió.
—Cuénteme usted un poco su vida.
Yo le conté mi vida.
El cura Merino, el Empecinado, los carbonarios de París, las
conspiraciones, la lucha contra Angulema, la escapada hasta Gibraltar, la vida
en Tánger y en Alejandría.
—¡Y todo eso con poco dinero! Sin medios—exclamó el lord, y añadió en
español chapurrado de italiano—: ¡Per Bacco! ¡Que es usted un hombre!
Al hablar, el lord mezclaba juramentos de todos los países.
Me preguntó si había llevado mi equipaje al Cefaloniota. Le
dije que no. Me encargó que lo trajera inmediatamente y que no dijera a nadie
que era español, y mucho menos emigrado constitucional, y que no saltara a
tierra. Tocó un timbre, llamó a un oficial y habló con él en inglés.
Acompañado de este oficial, bajé a un bote que llevaba la bandera
inglesa, y me senté a popa sobre un tapete de seda. Llegamos a la goleta
Chipriota. Subí. El capitán Spiro desembalaba unas cajas de fusiles y pistolas.
A bordo había dos comisionados del gobierno griego, de grandes bigotes
negros, acompañados de cuatro soldados con fusiles.
—Son de la policía política—me dijo el capitán Sarompas—, y si no fuera
porque pasa usted por inglés y tiene usted tanta influencia con lord Byron, le
detendrían. Las cosas están muy embrolladas en tierra.
Volví al Cefaloniota y me llevaron el equipaje a un
camarote. Lord Byron estaba conferenciando en aquel momento con unos
comisionados griegos de Missolonghi. Concluída la conferencia, salieron los
comisionados y el lord a cubierta. Entonces noté la cojera de Byron. Se acercó
a mí. Estaba jovial.
—Ahora vamos a almorzar, señor guerrillero—me dijo.
Comían a su mesa su segundo, un médico, el doctor Bruno y el oficial de
guardia, todos de uniforme.
El lord me habló de las cosas de España, de Sevilla y de Cádiz, de una
corrida de toros que había visto, y me recitó, como un inglés puede recitar en
español, trozos de Garcilaso de la Vega y de los romances del Cid.
Me preguntó también si la clerigalla (ésta fué su palabra) seguía
mandando en España.
De cerca, lord Byron daba la impresión de un hombre raro, medio
afeminado, pero no débil, ni mucho menos. En el almuerzo apenas comió mas que
golosinas, unas coles en vinagre, unas sardinas, frutas y un pedazo de queso
inglés. En cambio, bebió bastante vino de Asti.
Como vió que yo no bebía vino, dijo:
—¡Qué extraño! Estos españoles ni comen ni beben. Con una aceituna y un
vaso de agua con azucarillo, ya están despachados.
Después de almorzar nos sirvieron café, y como vió que yo lo tomaba a
gusto, hizo el lord que me sirvieran más.
Después de almorzar nos levantamos y nos hicimos todos grandes
reverencias. Su Excelencia fué a despachar sus asuntos y nosotros a fumar a la
Cámara de Oficiales.
Me presentaron a unos y a otros, y nos saludamos solemnemente.
Toda esta ceremonia inglesa me fastidiaba un poco.
Después de fumar, me avisó el criado Tita que fuera a ver a Su
Excelencia. Entré en su habitación.
—Veo, por lo que me ha contado usted—me dijo el lord—, lo que ha sufrido
usted por la libertad. Usted ha andado por países civilizados, por países como
España, donde queda una gran cultura de sentimientos; aquí, no; aquí no queda
nada de la Grecia antigua. Soy de la opinión de San Pablo, que decía que no hay
diferencia entre los judíos y los griegos. El carácter de los dos es igualmente
vil. El griego actual no es sólo envidioso, malo y vengativo, sino que es
abandonado y sucio.
Es un degenerado. No tiene fe en nada. Allá en España confiaban ustedes
en el compañero; aquí no se puede confiar en nadie. Aquí se tiende usted a
dormir en el campamento, y al día siguiente le han robado el reloj o el
pañuelo, si es que no le han cortado la cabeza. Además de esto, los patriotas
griegos tienen una gran hostilidad contra el extranjero, y hasta a nosotros
mismos, que hemos venido aquí a luchar por su libertad, nos odian.
—No me diga más Su Excelencia—le indiqué yo—; si esto es así, me voy
inmediatamente.
—No—me contestó él—. Espere usted. Es usted el único español que ha
acudido a secundar mi empresa, y no quiero que pueda decir que no he hecho por
él todo cuanto esté en mi mano. Quédese usted aquí unos días en el barco.
Supongo que le convendrá descansar, porque, indudablemente, está usted débil.
Todo el mundo, al verme delgado y pálido, suponía lo mismo. En los días
sucesivos ocurrió lo propio. Byron me hizo mil preguntas, se rió, recitó
versos; y cuando yo le decía si había pensado algo para mí, me contestaba que
esperase.
Un día me preguntó claramente.
—¿Qué echa usted de menos aquí o qué le estorba? Dígamelo usted
claramente, dígamelo usted con la franqueza de un nieto del Cid.
—Excelencia—le contesté yo—. Para mí hay aquí demasiada etiqueta.
Lord Byron se echó a reír a carcajadas. Como vi que lo tomaba
alegremente, añadí:
—Tanto ponerse la corbata y cepillarse la levita a todas horas, y
saludar al superior y al inferior, y dejar que pase antes por una puerta y
esperar a que se siente, a mí, que he vivido entre campesinos, me cansa.
—Es usted un hombre original, guerrillero—me dijo.»
—¿Y así ha vivido usted?
—Así he vivido quince días en compañía de Byron, hasta que éste ha
enfermado y ha muerto, y entonces me he trasladado a la Chipriota.
—¡Qué suerte la de usted!
—¿Pues?
—Usted no tiene idea lo que es para mucha gente haber vivido en la
intimidad de lord Byron. Ya ve usted, la mayoría de los ingleses que estábamos
en Missolonghi no hemos cruzado ni una vez la palabra con él.
—Pues era un hombre amable y muy asequible; a veces, de una gran
afabilidad.
—Sí, para la gente original y extraña como usted. Un guerrillero español
que ha guerreado a las órdenes de un cura no se encuentra todos los días. Para
nosotros, paisanos suyos sin historia, no era tan asequible el lord, ni mucho
menos.
—Sí, claro; esto se explica.
—¿Y de qué hablaban ustedes?
—Principalmente, de España y de los guerrilleros. Le interesaba mucho la
vida y el carácter de Merino, del Empecinado y de los otros cabecillas
españoles, las ideas, la manera de guerrear, sus odios, sus antipatías y demás
detalles.
—¿Y qué vida llevaban ustedes?
—A las cinco de la mañana tocaban los pífanos y tiraban un cañonazo. Era
la señal de levantarse todo el mundo. Yo me vestía de prisa, salía al instante
del camarote, para que lo limpiaran, y luego volvía a vestirme de etiqueta.
—¿A qué hora se levantaba el lord?
—Al amanecer. Solía estar leyendo y escribiendo hasta las ocho en punto,
en que llamaba. Lo hacía todo con una exactitud cronométrica.
—¿Sí? ¡Qué extraño! ¡Con la fama de hombre irregular que tenía!
—Pues era ordenadísimo. A las ocho tocaba el timbre; entraban Tita, el
criado, y Fletcher, el ayuda de cámara. Estaban media hora. A las ocho y media
tres secretarios, con sus cartapacios, pasaban un cuarto de hora. Luego venía
el oficial de guardia, otro cuarto de hora. A las diez menos cuarto, Fletcher,
con dos teteras de plata en una bandeja, y Tita, con otra bandeja con tazas y
un azucarero de China. A las diez, el médico. A las diez y cuarto, los
comisionados griegos.
—¿Y todos los días lo mismo?
—Todos los días lo mismo.
—Es curioso que usted haya visto sólo por dentro lo que yo he visto sólo
por fuera. ¡Qué pensaba Byron!
—Byron tenía ideas de poeta. Creía que era necesario para Europa que
Grecia se reconstituyera. Afirmaba que los griegos iban a ser con el tiempo lo
que fueron en la edad antigua. Para este resultado quería no sólo trabajar,
sino sacrificarse. ¿Qué importa mi vida?—me decía.
—Y usted, ¿qué le contestaba?
—Hombre, yo no tengo esa religiosidad ni esa pasión por Grecia. Yo no
soy poeta. Yo me callaba.
—¿Y, prácticamente, qué quería hacer?
—Quería inculcar espíritu de unión a los jefes y desterrar la barbarie.
Por lo que me indicó, había muchas disidencias entre los griegos. Parece que el
comité de Missolonghi y el gobernador de esta ciudad le invitaban a que fuera
al Congreso de Salamis, y Maurocordato le excitaba para que fuera a Hydra. Una
y otra facción le enviaban cartas, mensajes, e intrigaban y se denunciaban.
—Y del coronel Stanhope, ¿qué opinaba?
—No le he oído hablar de él nunca.
—¿Era un incrédulo de verdad en cuestiones religiosas?
—No sé. Algunas veces le he oído decir: soy una oveja descarriada, pero
no tanto como cree el mundo.
Cuatro días después de mi encuentro con Aviraneta, se presentó a la
vista de Missolonghi la corbeta Egina, que salía para Nápoles.
Fuimos Mac Clair y yo por la mañana y entramos en la lancha y nos
dirigimos a la corbeta. La mayoría de los pasajeros eran militares franceses
muy bulliciosos.
El capitán de la corbeta, Jorge Belisarios, fué designando a cada uno su
camarote y entregándole una chapa con un número y fijando otra chapa de hoja de
lata en las puertas de los camarotes.
A Mac Clair y a mí nos tocaron los peores.
Poco después de embarcar nosotros, llegó a la Egina una
lancha que conducía al comisario griego de Missolonghi, a su señora, sus hijos
y varios criados con una porción de bultos.
Aviraneta me preguntó qué tal estábamos instalados, y le dije que mal.
—Yo le veré al capitán—indicó—. Con la recomendación especial que me dió
en vida lord Byron me atiende mucho.
Aviraneta explicó al capitán del barco lo que ocurría; pero éste aseguró
que tenía los demás camarotes ocupados y que únicamente, si el comisario griego
quería trasladar su equipaje, se podría conseguir el desocupar uno.
—Vamos a ver al comisario griego—dijo Aviraneta—; lo conozco por haberle
visto en compañía de lord Byron, y supongo que nos atenderá.
Se avisó al comisario y bajamos a la cámara del barco, y esperamos.
El comisario era un hombre de unos cincuenta años, gordo, pesado, con la
nariz de cuervo, el pelo negro, el bigote largo y unas ojeras de color morado
obscuro.
Este comisario era un phanariota. Los phanariotas, habitantes del barrio
griego de Constantinopla que llaman el Phanar, no son griegos puros, sino
mixtos de otras razas; son como los judíos, gente de comercio que han vivido
siempre entregados a la usura y a los negocios.
Aviraneta explicó en francés al comisario lo que ocurría. El comisario,
al principio, no parecía dispuesto a ceder; pero Aviraneta le dijo claramente
que no le parecía digno que a un coronel que había ido a defender la
independencia de Grecia, enfermo de cuidado, se le dejara abandonado en un
rincón infame.
El comisario se avino a razones y dispuso que uno de sus criados
desalojase un camarote. Como este camarote era pequeño, Aviraneta no quiso que
fuera allí Mac Clair y cedió el suyo yendo él al pequeño.
El que cedió era el mejor del barco.
Instalé a Mac Clair en la cámara. Por la noche nos hicimos a la vela y
comenzamos nuestra navegación.
Cruzamos con muchos barcos, grandes y pequeños, y nos acompañó durante
algún tiempo un corsario griego, el Vigilante. Ibamos muy cerca, y
se les veía a los corsarios con su facha de bandidos.
—¿Cómo no les persiguen los turcos?—le pregunté a un marinero.
—Los marineros turcos son muy malos—me dijo—. Nombran capitanes a gente
que no sabe nada de náutica, no se ocupan de sus barcos y creen que sus cañones
son buenos si meten mucho ruido.
Al día siguiente se nos acercó un bergantín mercante. Izamos bandera
inglesa; ellos, francesa.
—¿A dónde van?—nos preguntaron.
—A Nápoles. ¿Y ustedes?
—A Chipre. ¿De dónde vienen?
—De Missolonghi.
—¿Qué se sabe de lord Byron?
—Ha muerto.
La noticia produjo un gran efecto en el barco; la popularidad del lord
poeta era extraordinaria.
Tuvimos en la travesía un tiempo muy bueno.
Yo dormía en el sollado y, la mayor parte de los días, sobre cubierta.
Los franceses se reunían a almorzar y a comer en una mesa, debajo de un
toldo, y allí bebían y charlaban por los codos.
Como en esta época no había simpatía entre franceses e ingleses, y los
oficiales franceses iban en una clase inferior a la del comisario griego y a la
de Aviraneta, no nos reuníamos unos con otros.
Yo bajé varias veces a la cámara, que se había convertido en gabinete de
lectura. El comisario griego leía a Píndaro; Aviraneta, los libros de la
biblioteca del barco.
Aviraneta y yo hablábamos mucho de España.
Como hacía ya mucho calor, solíamos ir por la tarde a la toldilla de
popa y allí comenzaron a ir el comisario, su mujer y su cuñada.
Estas dos damas eran hijas de un coronel francés del Imperio, y la
casada no tenía más distracción que leer las memorias de los generales de
Napoleón.
Charlamos con ellas acerca de política y de literatura.
El barco se detuvo en Nápoles. Como Mac Clair se ponía cada vez peor y
quería volver a su patria, cuanto antes nos embarcamos en una polacra que iba a
Gibraltar.
La polacra se llamaba la Santa Chiara, y era su capitán el
capitán Buonaccorsi. Eran nueve marineros, el contramaestre y un grumete.
Se levaron las anclas y salimos del puerto.
Hicimos con el capitán muy buenas amistades. Era un hombre amable y
complaciente y cedió una cámara próxima a la suya a Mac Clair.
De día solíamos charlar constantemente, porque el capitán era hombre
instruído, y seguíamos nuestras conversaciones de noche, sentados en un banco,
próximo al timón. Buonaccorsi era carbonario y con este motivo intimó con
Aviraneta.
Solíamos hacer unas comidas espléndidas. Aviraneta había hecho
provisiones en Nápoles.
Buonaccorsi levantaba una trampa de la toldilla de popa, y solía sacar
de un arcón café molido, azúcar, galletas, tarros de manteca y aguardiente.
Después de comer los marineros, comíamos nosotros y, a veces, teníamos
verdaderos banquetes. El grumete Beppo nos servía la comida y solíamos reírnos
con sus ocurrencias, porque era un chico listo y gracioso.
El pobre Mac Clair era el que no participaba de estos banquetes.
Tres días después de salir de Nápoles, tuvimos un tiempo de calma
chicha. Nos dedicamos a pescar desde el barco, y cogimos unas hermosas doradas.
Buonaccorsi nos preguntó si sabíamos nadar. Yo le dije que sí.
Aviraneta también. Nos desnudamos y nos echamos al agua. El capitán
mandó a un marinero y a Beppo, el grumete, que estuviesen con el bote cerca.
Nadamos durante una hora, y, al volver, nos encontramos con la
desolación en el barco.
Al grumete Beppo se le había ocurrido desnudarse y echarse a nadar;
pero, fuera que se hubiese enredado en algunas hierbas marinas, o que algún
pulpo se le había enganchado, el caso es que se hundió y no pareció.
Al ocurrir esta desgracia, Mac Clair había salido del camarote y estaba
en la borda mirando el mar. Los marineros de la Santa Chiara aseguraron
que Mac Clair le había dado la jettatura al pobre grumete.
Después de la calma chicha, tuvimos un temporal violento, que los
marineros atribuyeron también al mal de ojo que daba Mac Clair al barco.
El espíritu de la tripulación se fué haciendo cada vez más hostil a
nosotros, y Buonaccorsi nos participó que no iba a tener más remedio que
desembarcarnos en el primer puerto.
Así lo hizo, y un día de mayo desembarcamos en Ondara.
EL FINAL DEL EMPECINADO
Narración de Aviraneta
A los tres días de salir de Ondara llegamos, en la barca del Farestac,
a la vista de Marsella. Hicimos nuestras señales, y vino, por la mañana, a
bordo de nuestro lanchón la falúa de sanidad, con un médico.
Urbina, la Clavariesa y yo embarcamos en la falúa y fuimos al lazareto.
Nos introdujeron en una sala y nos examinaron y tomaron el pulso.
Luego nos llevaron delante de un tribunal, y el presidente nos declaró
libres de contagio. Nos fumigaron las maletas y quedamos libres.
La Clavariesa y Urbina fueron al mejor hotel de Marsella, y yo a un
modesto garní de tres francos.
Al día siguiente me presenté en la mensajería real y tomé un asiento en
la berlina de la diligencia de Burdeos. Iban conmigo dos compañeros que dormían
como troncos. Yo, que nunca he podido dormir en coche, me dediqué a fumar.
Anduvimos toda la noche; amaneció un hermoso día, y mis compañeros, que
se despabilaron, me saludaron en mal francés.
—Estos son españoles—pensé yo—, y les hablé en castellano.
—¿Cómo ha conocido usted que éramos españoles?—me preguntó uno de ellos.
—En el acento y en el tipo. Hasta aseguraría que este señor—y señalé al
de mi izquierda—es vascongado.
—Cierto. Soy de Tolosa, y mi compañero, de la Rioja. Y usted, ¿de dónde
es?
—Soy nacido en Madrid, pero hijo de guipuzcoanos y criado en Guipúzcoa.
—¿Es usted comerciante?
—No, emigrado.
—¿Liberal?
—Sí.
—Yo también—me dijo el riojano—. He sido cura beneficiado de Haro, y,
como me manifesté partidario de la Constitución, los realistas y la gente de
iglesia me hicieron tal guerra, que me tuve que escapar a Francia.
El beneficiado Pinedo—así se llamaba el cura—, parecía un buen hombre;
el guipuzcoano, que se apellidaba Urmendia, era hombre de más conchas.
Llegamos a Nimes, nos hospedamos en un buen hotel, y, después de
descansar, el beneficiado Pinedo y yo recorrimos la ciudad y vimos los
monumentos. Urmendia desapareció y no le vi hasta las diez de la mañana del día
siguiente, en que tomamos la diligencia para Tolosa de Francia. Hablamos
Urmendia y yo de Basterrica, a quien conocía, por ser del mismo pueblo, y a
quien creía en América. Le dije yo que estaba en Alejandría de Egipto.
—¿Y cómo lo sabe usted?—me preguntó él.
—Porque he estado con él en Alejandría.
Conté mi viaje con todos sus accidentes, cosa que les interesó mucho;
Urmendia me dijo que había supuesto si yo sería algún militar de los del
ejército de Mina.
Nos detuvimos en Montpellier, y el beneficiado y yo vimos la ciudad, la
catedral, el paseo de Peyrou y algunas otras cosas.
Urmendia se nos escapó; le pregunté a Pinedo qué hacía mi paisano, y el
cura me confesó que su amigo era un empresario de casas de juego y que estaba
preparando el negocio en aquellos pueblos con otros jugadores franceses. El
beneficiado era también accionista de la empresa.
Regresó Urmendia a la fonda, y me despedí de él y del beneficiado. Tomé
la diligencia, llegué a Toulouse, donde no hice mas que comer, y continué hasta
Burdeos, donde me apeé en el Hotel Richelieu.
Escribí un billete a don Juan José Zangroniz, comerciante y corresponsal
de Alzate e Ibargoyen, de Méjico, anunciándole mi llegada y el hotel en que me
encontraba, y lo despaché con un mozo de la fonda. A la hora de haberlo
recibido se presentaron en la fonda Zangroniz y mi primo Berroa, a quien no
había visto desde que yo tenía ocho años, en Irún. Berroa me dijo que nuestro
tío Ibargoyen llegaría al cabo de quince días o un mes. Como yo tenía pasaporte
como súbdito inglés, le dije a Berroa y a Zangroniz que pensaba utilizarlo para
ir a América.
Berroa me dijo que no lo hiciera, que entre los comerciantes de Méjico
un inglés era siempre mirado como un hereje, y que preguntase a don José
Ignacio de la Torre de Vera Cruz, a Ibarrondo el de Guadalajara de Méjico, a
Iñigo y a otros comerciantes mejicanos que estaban en aquel momento en Burdeos,
y vería cómo me decían lo mismo.
Efectivamente, tanto la Torre, como Ibarrondo, me dijeron que si iba
como súbdito inglés me perjudicaría mucho entre los mejicanos y los españoles,
que me mirarían como un luterano o un calvinista.
Zangroniz se encargó de poner en regla mi pasaporte como español, y lo
arregló pronto.
Llegó el buque que se esperaba, y mi tío Ibargoyen no apareció; pero
Berroa recibió una carta suya diciendo que no saldría hasta el otro correo, lo
que hacía que no pudiera llegar hasta pasado mes y medio.
Berroa dijo que pensaba ir en el intervalo a Irún a ver a sus parientes
y, de allí, a San Ignacio de Loyola, pues había hecho la promesa de hacer
ejercicios, durante una terrible tormenta que le cogió en el Pacífico.
Berroa me instó a que yo hiciese lo mismo. Como mi primo era muy bruto,
no quise discutir con él acerca de los ejercicios espirituales, y le dije que
no me convenía entrar en España, y que, únicamente, si mi tío Sebastián Ignacio
de Alzate me escribiera diciendo que no corría ningún peligro en San Sebastián,
entraría.
Mi primo Berroa escribió al tío Alzate, que le contestó y le envió una
carta para mí, diciéndome que podía ir a San Sebastián sin ningún cuidado.
En vista de esto, acepté, y Zangroniz se encargó de pedir los pasaportes
para Berroa y para mí. Salimos de Burdeos y llegamos a Irún. El cura Errazu me
recibió muy amablemente, y me hizo que le contara mis andanzas.
Mi primo quedó en Irún y me dijo que le esperara diez días más tarde, en
San Sebastián, para ir a Loyola.
—Sí, sí—le dije yo—, esperaré.
De Irún marché a San Sebastián y fuí a ver a mi tío Alzate. Este era
secretario del ayuntamiento y absolutista, pero no muy fanático. Creía que la
política no tenía que ver gran cosa con la vida.
—No tengas ningún cuidado—me dijo—; a pesar de ser absolutistas, estamos
dando más ejemplos de tolerancia que vosotros. Hemos tenido constitucionales en
el pueblo y han vivido sin que nadie se meta con ellos. Además, eres mi
sobrino, y basta.
—Necesitaré algún papel de la policía—le indiqué.
—Te lo darán en seguida. El subdelegado es amigo nuestro. No sé si te
acordarás de él: Carrese.
—Sí, sí. Ya lo creo.
—Le avisaré.
Vino Carrese a verme.
Este Carrese era un agente de negocios de Madrid, amigo de mi padre y
mío. Cuando yo iba a la corte, por los años del 1816 al 20, y, después, en el
período constitucional, solía acudir de tertulia a su casa, con un hermano del
marino Churruca, y algunos otros. Estaba agradecido a mí, porque, en los tres
años de Constitución, no dejamos los amigos de ir a visitarle, a pesar de ser
él un fanático realista.
Carrese me recibió muy amablemente y me dió una tarjeta de seguridad.
Estuve seis días en San Sebastián, y, al cabo de este tiempo, marché a
Irún a la fonda de Ramón Echeandia, compañero de mi niñez.
De los amigos de la infancia muy pocos vivían ya en Irún.
Todo el Aventino había desaparecido: unos habían muerto en la guerra de
la Independencia, otros se habían embarcado para América.
El pueblo, a pesar de esto, era mayor, había llegado mucho forastero y
tenía más tiendas que en mi época y dos o tres cafés.
Estaba entretenido en Irún, recordando los tiempos antiguos; había hecho
nuevos amigos y solía charlar de política con completa libertad.
Un día estaba paseándome en la plaza, cuando aparecieron por la cuesta
de San Marcial, que sube al pueblo desde el barrio del Bidasoa, tres hombres a
caballo.
Uno de ellos se acercó a mí y me preguntó:
—¿Qué hora es?
Saqué el reloj y le dije la hora.
—¿No me conoce usted?—me preguntó desde el caballo.
—¡Diablo! Usted es un cervato.
—Sí; Bienvengas, el del Villar.
—Es verdad. ¿Y qué hace usted aquí?
—Voy a la fonda de Echeandia. Vaya usted. Allí nos veremos a la hora de
comer.
Seguí paseando con los amigos y fuí a la fonda.
Me encontré con los tres caballistas, que me pasaron a su cuarto.
Eran cervatos de Villar del Ciervo, y habían servido con el Empecinado.
Los tres cervatos eran contrabandistas y se habían sublevado con el
Empecinado y conmigo en la Ribera del Duero, a principio de 1820.
Dos de los cervatos se quedaron a arreglar el ganado, y Bienvengas me
dijo:
—Don Eugenio, usted está dejado de la mano de Dios.
—Pues, ¿por qué?
—¡Usted en España! ¿Sabe usted lo que le ha sucedido al Empecinado?
—Sí; sé que está preso en Roa.
—¡Pero cómo lo tratan! El corregidor don Domingo Fuentenebro lo tiene
preso en un calabozo inmundo, y los días de fiesta lo saca y lo manda exponer
al público, en una jaula, para que los realistas le insulten y le escupan.
Yo palidecí, como si me hubieran pegado una puñalada.
—La madre de Martín llora delante de la jaula de su hijo, y la querida,
aquella muchacha que vivía con el Empecinado, se pasea delante de la jaula del
brazo de un oficial de voluntarios realistas.
—¡Qué final! Es que el Empecinado es terco. Yo le escribí dos veces
desde Gibraltar, diciéndole que no se fiara de la capitulación de Extremadura,
que fuera a reúnirse conmigo..., y no hizo caso.
—Quizá no recibiera la carta. Y él sin usted está perdido.
—¿Y qué harán con él?
—Matarlo; piensan darle garrote.
—¡Si se pudiera hacer algo por ese hombre!
—¡Qué se va a hacer! Lo único que debe usted hacer es marcharse ahora
mismo a Francia. Yo le acompañaré y, como conozco a los de la Aduana, no le
dirán nada.
—Es que tengo la maleta aquí en la fonda.
—Yo diré que se la manden a usted; pero váyase usted. Hágame usted caso.
Me trajeron uno de los caballos, y Bienvengas y yo fuimos camino de
Behobia. Pasamos el puente sin dificultad y entramos en un fonducho.
—Ahora que está usted a salvo—me dijo Bienvengas—, le voy a decir por
qué le he traído aquí en seguida. Es que hay entre nosotros uno que ha vivido
en Roa y es realista, y ése es muy posible que le conozca a usted.
Comimos y, durante la comida, hablamos mucho y me dió noticias de los
amigos. La mayoría de los oficiales del Empecinado estaban libres. Larreategui
vivía en Madrid; Casimiro de Gregory estaba en París; los hermanos del general,
Juan, Antonio y Hermógenes, se habían escapado. De los vaqueros, el teniente
Gotor estaba en Portugal y el sargento Juan de Dios en América.
Juan de Dios, según me dijo Bienvengas, había estado a punto de ser
fusilado, pero le salvó un soldado de Merino, antiguo amigo mío y compañero de
la guerra de la Independencia, Gil de Aguilera, El Chiquet se
había marchado a Cataluña.
Mientras me hablaba, yo recordaba, como si los tuviera delante, a todos
estos amigos; pero lo que más me obsesionaba era el pensamiento del Empecinado
metido en la jaula.
Lo estaba viendo en su casa, cuando iba a buscarle para ir a cazar
liebres con galgos al páramo de Corcos. ¡Era tan ingenuo, tan bondadoso!
El Empecinado tenía una casa de campo a orillas del Duero, cerca de Nava
de Roa, en un sitio llamado el Salto de Caballo.
Era casi un aduar de moro pobre, con las ventanas pequeñas y sin ninguna
comodidad. Tenía un viñedo hermoso, que lo trabajó, y una bodega casi a orilla
del río y del camino de Peñafiel. El vino de su bodega era de excelente calidad
y valía siempre hasta dos reales más en cántara que los de los pueblos
inmediatos.
—¿Y de mí qué se dijo?—le pregunté a Bienvengas, para librarme del
recuerdo del Empecinado en la jaula.
—Entre nosotros ha corrido la noticia de que usted había sido fusilado
en las playas de Andalucía. Respecto a su casa de Aranda, ya no queda en ella
nada, porque la han saqueado los realistas.
—Y vosotros, ¿qué habéis hecho?
—Pues nosotros, después de la capitulación de Extremadura, nos
dispersamos. El Empecinado se marchó a su tierra y nosotros a Ceclavin a hacer
contrabando con Portugal. Así estuvimos algún tiempo, hasta que unos cuantos
ceclavineros formamos una sociedad para hacer contrabando, y nos pusimos en
relación con políticos de Madrid y con comerciantes de Pamplona, Valladolid y
Zaragoza. Hacemos el contrabando con Francia y con Portugal. Hemos metido ahora
dos cargamentos de muchos millones por la parte de Navarra, y vamos hacia la
línea del Ebro, para ponernos de acuerdo con los jefes de carabineros que
pertenecen a la asociación. Bueno. ¡Adiós, don Eugenio! Hasta la vista. La
maleta se la enviaré a usted en seguida, y Bienvengas me abrazó y me puso una
bolsa en la mano.
—¿Qué me das aquí?
—Nada, una bicoca. Usted necesitará dinero. Ahí tiene usted veinte
onzas.
—No, no las necesito. Si las necesitara, las tomaría, como si me las
diera un hermano o un hijo, pero no las necesito. Muchas gracias.
El cervato me volvió a abrazar, y montó a caballo y se fué. Por la noche
recogí mi maleta.
Salí de la posada de Behobia y encontré una muchacha que iba a Bayona en
un caballo con cacolet, y me entendí con ella para hacer el viaje.
A pesar de que la chica era sonriente y alegre y le gustaba hablar, el
recuerdo de la jaula donde estaba metido el Empecinado, expuesto a los insultos
de la canalla, no se me podía borrar de la imaginación.
Hice una porción de proyectos todos inútiles y sobre el vacío. Llegué a
Burdeos, y, para olvidarme de la impresión penosa de la jaula de Roa, me
suscribí a un gabinete de lectura y me dediqué a leer.
Le escribí al general Mina a Inglaterra, contándole lo que pasaba con el
Empecinado, pero no recibí contestación.
De allí a algunos días, se presentó de vuelta mi primo Berroa. Desde su
llegada, observé en su semblante gran mudanza; sin duda, le habían dicho que yo
era un revolucionario peligroso.
Pocos días después me dijo Zangroniz, en confianza, que Berroa hablaba
de mí como de un hereje amigo de Mina y del Empecinado.
Dos meses después de mi llegada a Burdeos apareció mi tío Ibargoyen.
Fuimos Zangroniz y yo a verle a Royán; venía en una fragata. Yo no le conocía a
mi tío. En el tiempo en que yo estuve en Veracruz él se hallaba viajando.
Mi tío Ibargoyen era un hombre de más de sesenta años, alto, grueso,
sonrosado, jovial, franco, generoso y amigo de francachelas. Toda la vida la
había pasado en el comercio de la China con Nueva España, habiendo comenzado su
carrera de piloto en las Naos de Acapulco.
En Méjico le llamaban el Chino. Había ganado millones y se los había
gastado alegremente.
El tío Ibargoyen se hizo muy amigo mío, le conté yo las vicisitudes de
mi vida y le hablé del triste final del Empecinado, metido en una jaula en Roa.
—¿Dónde está Roa?—me preguntó.
Le enseñé en el mapa de España dónde se encontraba este pueblo.
—Imposible—dijo él—; si estuviera encerrado en una prisión de un pueblo
de la costa, yo era capaz de armar un barco para socorrerle; pero ahí, tan
dentro de tierra, es completamente imposible.
Lo comprendí yo también así, y tuve que olvidar la suerte lamentable de
mi general y mi amigo.
Desterrando el recuerdo de lo pasado, me dediqué a pensar en el
porvenir.
Mi tío determinó hacer las compras de un cargamento, para venderlo en el
mercado de Veracruz y en algunos otros pueblos de la costa mejicana. Se
encargaron de la operación Zangroniz y mi primo Berroa; compraron grandes
partidas de sedería francesa y varios miles de cajas de vinos de Burdeos y
de Champagne. El valor del cargamento subió cerca de cien mil
pesos.
Por entonces, un naviero vizcaíno, llamado Maíz, establecido en Burdeos,
acababa de construír un bergantín, y se decidió hacer la expedición en él.
El San Pablo era un hermoso barco. Lo mandaba el capitán
Vander Weyer, marino holandés, y tenía una tripulación mixta de holandeses y
franceses. Hecho el cargamento por Zangroniz y Berroa, el resto del cargamento
lo realizaron Latorre, Iñigo, Ibarrondo y otros comerciantes amigos de mi tío,
que tenían sus negocios en la costa mejicana. A petición de Zangroniz se me
nombró a mí sobrecargo del San Pablo.
Embarcado todo el cargamento y listo el buque, fuimos una mañana todos a
la catedral de Burdeos a oír la misa de partida.
Seguidamente, nos encaminamos al muelle, y, en una lancha grande, nos
embarcamos el armador Maíz y los demás interesados en la expedición. En el
bergantín estaba puesta la mesa sobre cubierta, porque hacía un tiempo
delicioso. Ibamos de pasajeros un comerciante establecido en Santo Tomás, tres
jóvenes que le acompañaban, mi primo y yo. Comimos, hubo sus discursos de
rúbrica, se levaron las anclas y comenzamos a navegar por el Garona abajo,
hasta Royán.
Nos despedimos de todo el mundo, pasamos la barra y nos pusimos en
franquía.
Un año después, estando en Alvarado, en Méjico, con un ataque reumático
en cama, leí el terrible final del Empecinado en un periódico francés. El
guerrillero, al ser conducido de la prisión de Roa al cadalso, había roto las
cuerdas que le ataban, y, arrancando la espada de las manos del jefe de la
escolta, había intentado abrirse paso entre los esbirros. Los voluntarios
realistas se habían echado sobre él y le habían cosido a bayonetazos. El
corregidor, don Domingo Fuentenebro, mandó subir el cadáver al tablado y ordenó
colgarlo por el cuello.
FIN DE LOS CONTRASTES DE LA VIDA
Itzea, febrero, 1920.
NOTA:
[1]Este relato es continuación del «Viaje sin objeto», en la «Ruta del
Aventurero».
ÍNDICE
|
Págs. |
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|
El capitán
Mala Sombra: |
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|
I. |
11 |
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II. |
15 |
|
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III. |
23 |
|
|
IV. |
29 |
|
|
V. |
35 |
|
|
VI. |
39 |
|
|
VII. |
47 |
|
|
VIII. |
55 |
|
|
IX. |
61 |
|
|
X. |
69 |
|
|
XI. |
71 |
|
|
73 |
||
|
Rosa de
Alejandría: |
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|
I. |
105 |
|
|
II. |
117 |
|
|
III. |
125 |
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|
IV. |
143 |
|
|
V. |
147 |
|
|
VI. |
155 |
|
|
VII. |
159 |
|
|
VIII. |
169 |
|
|
IX. |
173 |
|
|
175 |
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|
225 |
||
End of the
Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #7
Los
Contrastes de la Vida, by Pío Baroja
*** END OF
THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ***

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