© Libro N° 9484. El Rastro De La Vela. Simenon, George. Emancipación. Enero
15 de 2022.
Título original: © El Rastro De La Vela. George Simenon
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Original: © El Rastro De La Vela. George Simenon
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George Simenon
El Rastro De La Vela
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
El Rastro De La Vela (1936)
(“Peine de mort”)
Originalmente publicado en Paris-Soir-Dimanche
(22 de noviembre de 1936);
Les nouvelles enquêtes de Maigret
(París: Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)
Éste
fue uno de los raros casos que pudo ser resuelto sobre planos y documentos, por
deducción y por los métodos científicos de la policía. Por otra parte, cuando
Maigret abandonó el Quai des Orfèvres, lo sabía todo, «hasta lo de los toneles
incluso».
Esperaba hacer un breve viaje por el espacio y acabó con un viaje
agobiante en el tiempo. Apenas a cien kilómetros de París, en Vitry—aux—Loges,
bajaba de un tren de juguete ridículo como sólo se ven en las imágenes de
Epinal y cuando habló de taxi le miraron severamente, creyendo que se burlaba.
Era preciso hacer el resto del recorrido en el carricoche del panadero, pero,
en el último minuto, pudo convencer al carnicero para que le llevase en su
camioneta.
—¿Va a
menudo allá? —preguntó el comisario hablando de la aldea a donde le llevaba su
investigación.
—Dos
veces a la semana… Gracias a usted, esto les va a proporcionar una vueltecita
del carnicero suplementaria…
Maigret, sin embargo, había nacido a cuarenta kilómetros de allí, a
orillas del Loire; no había esperado encontrar en el bosque de Orléans un
semblante tan trágico.
Porque
estaba en pleno bosque. La camioneta recorría una decena de kilómetros entre
árboles muy altos antes de alcanzar un pueblo que se alzaba en medio de un
claro.
—¿Es
aquí?
—La
aldea siguiente…
No
llovía, pero el bosque estaba húmedo, el cielo de un blanco aplastado a fuerza
de crudeza. Los árboles habían perdido casi todas sus hojas que empezaban a
pudrirse mientras que se oían chasquidos aquí y allá y a veces un disparo
lejano.
—¿Se
caza mucho?
—Ése
debe ser el señor duque…
Y he
aquí que en un claro más pequeño que los precedentes, una treintena de casas de
un solo piso, se apretujaban alrededor de una iglesia de puntiagudo campanario.
Ni una sola de esas casas, sin duda, tenía menos de un siglo y los techos de
pizarras negras subrayaban aún más el carácter rudo.
—Me
deja frente a la casa de las hermanas Potru…
—Me lo
figuraba. Es delante de la iglesia…
Maigret bajó mientras que el carnicero, un poco más lejos, abría la
portezuela de atrás de su coche y llamaba a algunas comadres que no se decidían
a comprar carne fuera de los días señalados.
Maigret había estudiado de tal modo el plan establecido por los primeros
investigadores, que hubiera podido dirigirse con los ojos cerrados por la casa.
Y casi
era eso lo que había que hacer, a causa de las oscuras estancias. Era un viaje
en el tiempo el que efectuaba el comisario al penetrar en la tienda que parecía
desafiar al siglo.
La luz
estaba allí tan parcamente distribuida que, sobre las telas de los viejos
maestros y los muebles, las paredes tenían ese mismo color de los cuadros
antiguos, con salpicaduras, manchas grisáceas en el claroscuro y de repente un
reflejo sobre un tarro o un cobre.
Desde
hacía sesenta y cinco años, desde su nacimiento, las señoritas Potru (por lo
menos la mayor, porque la segunda sólo tenía sesenta y dos años), habitaban
aquella casa que sus padres habían habitado antes que ellas.
Nada
debía haber cambiado, ni el mostrador con su balanza y sus cajas de bombones,
ni la sección de mercería, ni la de comestibles que expandía un insípido olor a
canela y a achicoria, ni el cuadrado de cinc en el que se servían bebidas.
En un
rincón, un barril de petróleo, cerca de un barril más pequeño que contenía
aceite comestible. En el fondo, dos mesas, otra a la izquierda, mesas largas,
barnizadas por el tiempo, flanqueadas por bancos sin respaldo.
Una
puerta se abrió, a la izquierda. Una mujer de treinta y dos o treinta y tres
años, que tenía un bebé en brazos, miró a Maigret.
—¿Qué
desea?
—No se
preocupe por mí… Vengo para la investigación… ¿Usted sin duda es una vecina?
Y
ella, cuyo vientre resaltaba bajo el delantal, respondió:
—Soy
Marie Lacore, la mujer del herrero…
Fue al
distinguir una lámpara de petróleo colgada en el techo, cuando Maigret se dio
cuenta de que en la aldea no había electricidad.
* * *
La
segunda estancia, en la que entró sin ser invitado, estaba tan oscura que era
feliz al encontrar allí las llamas de dos troncos. Bajo ese resplandor, Maigret
divisó un amplio lecho con numerosos colchones, el edredón rojo hinchado como
una pelota y, en ese lecho, una vieja inmóvil, un rostro ajado y descolorido,
en el cual sólo los ojos parecían dotados de vida.
—¿No
habla? —preguntó Maigret a Marie Lacore.
Ella
le hizo una seña de que no y el comisario se encogió de hombros, se sentó en
una silla de asiento de paja y sacó unos documentos de sus bolsillos.
El
acontecimiento en sí mismo, que había tenido lugar cinco días antes, no tenía
nada de sensacional. Las hermanas Potru, que vivían solas en la casa, pasaban
por tener unos ahorrillos. Incluso eran propietarias de tres casas en la aldea
y tenían una sólida reputación de avaricia.
La
noche del viernes al sábado, los vecinos creían haber oído ruido, pero no se
habían inquietado. El sábado al amanecer, un campesino veía al pasar la ventana
de la habitación abierta de par en par, se aproximaba y pedía socorro.
Cerca
de la ventana, Amélie Potru, en camisón, aparecía en un mar de sangre. Sobre el
lecho, con el rostro vuelto hacia la pared, su hermana Marguerite estaba
muerta, con el pecho atravesado por tres cuchilladas, la mejilla derecha
destrozada y el ojo medio reventado.
Amélie
vivía. Era ella la que había intentado dar la alarma abriendo la ventana y
había caído entonces, debilitada por la pérdida de sangre. Ninguna de sus once
heridas era grave y casi todas alcanzaban el hombro y el costado derecho.
El
segundo cajón de la cómoda estaba abierto, la ropa esparcida y, sobre esta
ropa, se encontró una vieja cartera de cuero, pintado de verde, en la cual las
dos hermanas debían tener la costumbre de guardar sus documentos. En el suelo,
una libreta de la Caja de Ahorros, títulos de propiedad, contratos de alquiler
y facturas de proveedores.
* * *
Orléans había llevado a cabo la investigación. Maigret no solamente
estaba en posesión de un plano detallado de los lugares, sino también de
fotografías y del proceso verbal de los interrogatorios.
La
muerta, Marguerite, había sido enterrada dos días más tarde. En cuanto a
Amélie, cuando le habían hablado de llevarla al hospital, se había debatido
ferozmente, clavando las uñas a las sábanas del lecho, ordenando con sus
miradas que la dejasen en su casa.
El
forense afirmaba que no había sido alcanzado ningún órgano, por lo que su
mutismo repentino sólo se podía achacar a la conmoción.
En
todo caso, ya hacía cinco días que ni una palabra había salido de sus labios,
que ella seguía allí, observando, a pesar de su inmovilidad y sus vendajes,
todo lo que pasaba a su alrededor. Y aun ahora, no perdía de vista a Maigret.
Tres
horas después de la investigación de la policía de Orléans un hombre era
detenido, al que todo señalaba como el asesino. Era Marcel, el hijo natural de
la hermana muerta. Porque, a los veintitrés años, había tenido un hijo que
ahora tenía treinta y nueve y que, después de haber sido montero de caza en
casa del duque, como todo el mundo decía en la región, trabajaba como leñador
en el bosque y vivía en una granja en ruinas a diez kilómetros de allí, cerca
del estanque de Loup–Perdu.
A
éste, Maigret le había ido a ver a su celda. Era un bruto en toda la acepción
de la palabra y varias veces había permanecido semanas sin dar señales de vida
a su mujer y a sus cinco hijos, a los que alimentaba a golpes más que otra
cosa. Además, un borracho, un ser degenerado.
Maigret quiso, en el ambiente en donde había ocurrido, volver a leer la
declaración que le había hecho Marcel de la lamosa noche.
—Llegué en bicicleta a eso de las siete, mientras «las mujeres» iban a
sentarse a la mesa. Bebí un vaso en el mostrador, luego fui a matar un conejo
al patio, lo despellejé y mi madre lo puso a cocer. Como siempre, mi tía
protestó, nunca me ha podido tragar…
Las
gentes del lugar confirmaron que Marcel tenía la costumbre de ir de parranda a
casa de su madre, que no se atrevía a negarle nada, y a casa de su tía, que le
tenía miedo.
—Hubo
una segunda disputa porque cogí un queso de la tienda y lo corté…
—¿De
qué vino bebió? —insistió Maigret.
—De la
bodega…
—¿Qué
luz había?
—La de
la lámpara de petróleo… Después de la cena, mi madre, aquejada de sus dolores,
se acostó y me pidió que cogiese sus papeles del segundo cajón de la cómoda. Me
entregó la llave. Me acerqué a ella con los papeles y repasamos las cuentas de
las facturas, a causa del final de mes…
—¿Qué
más había en la cartera?
—Títulos… Rentas y obligaciones, un voluminoso fajo, unos treinta mil
francos o más…
—¿No
estuvo más tiempo? ¿No encendió la vela?
—Nunca… A las nueve y media, volví a meter los papeles en el cajón y me
fui… Todavía bebí un vaso al pasar por la tienda… Si le cuentan que yo he
matado a las dos viejas, se trata de mentiras… Haría mejor preguntando al
Yougo…
Ante
el gran asombro del abogado de Marcel, Maigret no insistió.
El
cuanto a Yarko, al que se llamaba más a menudo el Yougo, porque era yugoslavo,
era otro fenómeno, que había llegado a la región después de la guerra y que se
había quedado, viviendo solo en un ala de la casa vecina y ejerciendo la
profesión de carretero en el bosque.
También un borracho al que, en los últimos tiempos, las hermanas Potru
se habían negado a servir porque ya les debía demasiado dinero. Una vez,
Marcel, que estaba allí, se había encargado de poner al Yougo de patitas en la
calle y le había hecho sangrar por la nariz.
Las
señoritas Potru le detestaban tanto más ya que le habían alquilado con contrato
una vieja cuadra, en el fondo de su patio, en donde guardaba sus caballos y de
la que no pagaba lo estipulado. El Yougo, a aquella hora, debía acarrear
árboles en el bosque.
Y
Maigret, con sus papeles en la mano, seguía con su idea, se aproximaba a la
chimenea en donde, la mañana que se descubrió el crimen, se había encontrado un
gran cuchillo de cocina entre las cenizas, con el mango completamente quemado.
Evidentemente era el arma que habían usado y el fuego impedía al descubrir las
huellas digitales.
Por
contra, en el cajón de la cómoda y en la cartera de cuero, las huellas de
Marcel —¡y sólo las suyas!— eran numerosas.
En la
palmatoria que se había encontrado sobre la mesa, huellas de Amélie Potru
solamente, que seguía a Maigret con su mirada helada.
—¿Supongo que sigue sin decidirse a hablar? —gruñó por si acaso al
encender su pipa.
Y se
inclinó para marcar sobre el suelo, con tiza, las huellas de sangre señaladas
en el plano.
—¿Se
queda unos minutos? —le preguntó Marie Lacore—. Eso me permitirá ir a poner mi
cena al fuego…
Por lo
que el comisario se quedó solo en la casa con la vieja. Era su primera visita,
pero, antes, había trabajado todo un día con su noche correspondiente sobre el
dossier, sobre el plano. Orléans había hecho tan bien las cosas que no se
producía la menor sorpresa, excepto aquélla, penosa, de encontrar la realidad
todavía más sórdida de lo que se había imaginado.
¡Y sin
embargo, él era hijo de campesinos! «Sabía» que todavía hoy algunas aldeas
viven como en el siglo trece o en el catorce. Pero al encontrarse inmerso de
repente en aquella aldea forestal, en aquella casa, en aquella estancia, cerca
de aquella mujer herida de la que adivinaba el ánimo despierto, se encontraba
tan afectado como cuando se visitan ciertos hospitales o ciertos hospicios en
donde se esconden las peores monstruosidades humanas.
Al
inicio de su trabajo, en París, había anotado algunas reflexiones en el margen
del informe:
1.º
¿Por qué Marcel hubiera quemado el cuchillo sin limpiar las huellas dejadas en
el mueble y en la cartera?
2.º
¿Por qué, si se había servido de la vela, la había llevado a la habitación y la
había apagado allí?
3.º
¿Por qué los rastros de sangre no forman una línea recta de la cama a la
ventana?
4.º
¿Por qué, arriesgándose a ser reconocido al abandonar la casa a las nueve y
media, Marcel salió por delante y no por la puerta del patio, que da al campo?
Por
contra, había un elemento que descorazonaba al abogado de Marcel: en el propio
lecho de las dos señoritas se había encontrado un botón de su chaqueta, que era
una vieja chaqueta de caza con terciopelo en los lados, adornada con botones
característicos.
—Al
despellejar el conejo fue cuando me enganché y perdí un botón —pretendía.
Maigret, que había vuelto a leer sus notas, se levantó y miró a Amélie
con sorna, porque se iba a quedar con un palmo de narices al no poder seguirle
con los ojos. En efecto, abrió la puerta de la cochera, encontró un reducto
apenas iluminado por un tragaluz, pilas de troncos y, a la izquierda, contra la
pared, los famosos toneles.
Los
dos primeros estaban llenos, uno de vino negro, otro de blanco. Los dos
siguientes estaban vacíos y, sobre uno de ellos, los especialistas de la
Identidad Judicial habían encontrado cera de vela que pertenecía a la vela
encontrada en la habitación.
En su
informe, el comisario especial de Orléans decía:
«… Es
posible que estos rastros fuesen dejados por Marcel cuando vino a beber… Su
mujer admite que al entrar en su casa estaba borracho completamente y las
señales zigzagueantes de su bicicleta en el camino lo confirman…».
Maigret buscó a su alrededor algo que no encontró, volvió a la
habitación, abrió la ventana y sólo vio en la plaza a dos chiquillos que
observaban la casa.
—Dime,
pequeño, ¿quieres ir a buscarme una sierra?
Siempre aquel rostro exangüe tras él, aquellas pupilas que se movían al
mismo tiempo que la gruesa silueta de Maigret. El chiquillo volvió con dos
sierras de formatos diferentes. Al mismo tiempo entró Marie Lacore.
—¿Le
he hecho esperar?… He dejado al pequeño en casa… Ahora, será mejor que la
cuide…
—Espere unos minutos…
—Voy a
poner a hervir el agua…
¡Sí!
Maigret prefería escapar de aquella escena. ¡Ya estaba bien! Entró de nuevo en
el reducto y, divisando la barrica con restos de cera, introdujo la sierra en
el agujero de salida y empezó su trabajo.
Sabía
lo que iba a descubrir. Estaba seguro, Si, aún por la mañana, había podido
dudar, el ambiente de la casa había confirmado su idea. ¡Y a Amélie Potru era a
la que había esperado encontrar! ¿No transpiraban las paredes, no solamente la
avaricia, sino el odio? Y al entrar, ¿no había visto el comisario un montón de
periódicos sobre el mostrador? Eso era muy importante y los informes lo
omitían: ¡las señoritas Potru eran las depositarlas de los periódicos! Amélie
llevaba gafas y no las usaba durante el día: por lo tanto, sólo las necesitaba
para leer. Por lo tanto, leía…
Y el
obstáculo más grande para la teoría del comisario desaparecía de golpe.
Una
teoría basada en el odio, un odio que se había hecho rancio en el transcurso de
largos años de estar juntas, de vida común en aquella casa estrecha, de noches
en un mismo lecho y de intereses similares…
Marguerite había tenido un hijo, había conocido el amor, mientras que su
hermana mayor incluso había carecido de esta alegría. Durante quince o veinte
años, el muchacho se había criado entre sus faldas; luego, entregado a sí
mismo, volvía a menudo, siempre para comer, beber, para pedir dinero.
¡Dinero que pertenecía tanto a Amélie como a Marguerite! ¡Incluso más a
ella, puesto que era la mayor y por lo tanto había trabajado más tiempo para
ganarlo!
Un
odio que atizaban los mil incidentes de la vida cotidiana, como aquel conejo
que mataba Marcel, como aquel queso que estaba allí para ser vendido y que él
cortaba cínicamente sin que su madre se opusiese…
Sí,
Amélie leía los periódicos; debía devorar los relatos de los procesos y sabía
por lo tanto la importancia de las huellas digitales.
Amélie
le tenía miedo a su sobrino. Reprochaba a su hermana el haberle enseñado el
escondrijo en donde guardaban su dinero y, como aquella misma noche, dejar
poner a Marcel las manos sobre aquellos títulos que debía codiciar.
—Un
día vendrá a matarnos…
Maigret hubiera jurado que aquella frase había sido pronunciada varias
veces en la casa. Seguía aserrando. Tenía calor y se quitó el sombrero, el
abrigo, al que colocó sobre un tonel contiguo.
El
conejo… el queso… Luego de repente aquella idea de que Marcel acababa de poner
sus propias huellas digitales en el mueble y en la cartera de cuero pintada de
verde…
Si
aquello no hubiera bastado, quedaba todavía aquel botón que había caído de su
chaqueta y que su madre, ya acostada, no podía coserle.
Porque, si Marcel hubiese matado, ¿por qué hubiese desparramado el
contenido de la cartera en vez de llevárselo todo? Y con más razón Yarko que,
Maigret se había asegurado, no sabía leer.
Las
heridas de Amélie, todas en el lado derecho, demasiado numerosas, demasiado
poco profundas, habían sido el punto de partida… Maigret la había imaginado
torpe y cobarde ante el dolor… No quería morir, ni sufrir mucho tiempo, y
contaba con avisar a los vecinos abriendo la ventana y gritando…
¿Un
asesino le hubiera dejado tiempo de correr a la ventana?
La
suerte se había burlado de ella haciéndola desmayarse antes de proferir los
gritos y dejándola sin sentido toda la noche.
¡Eso
era! ¡Aquello sólo podía haber ocurrido así! Había matado a su hermana medio
dormida. Luego, con la mano sin duda envuelta en un trapo, había abierto la
cómoda, había desparramado el contenido de la cartera porque, para que Marcel
fuese inquietado, «era preciso que el dinero hubiese desaparecido».
De
donde la vela…
Después de lo cual, en el borde de la cama, se había herido, torpemente,
tímidamente. Luego había ido hasta la chimenea, como lo probaban los rastros de
sangre, a fin de borrar las huellas quemando el cuchillo.
Luego
había llegado a la ventana y…
Maigret, que llegaba al final de su trabajo, se volvió bruscamente.
Le
llegaban dos voces y como el ruido de una pelea. Vio abrirse la puerta. Luego,
en el umbral, una silueta a la vez extravagante y siniestra se dibujó, la de
Amélia Potru, vestida con unas extrañas enaguas, con los brazos y el torso
hinchados por los vendajes, la mirada fija mientras que, detrás de ella, Marie
Lacore protestaba contra aquella imprudencia.
Pues
bien, Maigret no encontró valor para hablar. Prefirió acabar su tarea y cuando
el tonel, por fin, se abrió en dos, no tuvo ni un suspiro de alegría al
descubrir los rollos de papel que no eran otros que los títulos de rentas y las
obligaciones del ferrocarril que habían sido introducidos por el agujero.
Hubiera querido irse inmediatamente o, como un vulgar Marcel, echarse al
coleto un gran trago de ron de la misma botella.
Amélie
seguía sin hablar. Tenía la boca entreabierta. Si se desmayaba, caería en
brazos de Marie Lacore, que era menos fuerte y a la que su estado volvía
frágil.
¡Tanto
peor! Era una escena de otra edad, de otro mundo. Maigret se apoderó de los
títulos, avanzó mientras Amélie retrocedía, y ponía por fin los papeles sobre
la mesa de la habitación.
—Vaya
a buscar al alcalde… —dijo con voz seca, porque tenía un nudo en la garganta, a
Marie Lacore—. Me servirá de testigo…
Y a
Amélie:
—Será
mejor que se acueste…
A
pesar de su curiosidad profesional y a pesar de estar muy endurecido, prefirió
no mirarla. Únicamente oyó rechinar los muelles de la cama. Permaneció allí,
con la espalda vuelta, hasta la llegada de un granjero que debía ser el alcalde
de la aldea y que no se atrevía a entrar.
No
había teléfono en el pueblecito. Se tuvo que enviar a un hombre en bicicleta a
Vitry-aux-Loges. Los gendarmes llegaron casi al mismo tiempo que la camioneta
del carnicero.
El
cielo seguía tan blanco como siempre y el viento del oeste movía los árboles.
—¿Ha
encontrado algo?
Respondió evasivamente, sin alegría, y sin embargo, sabía ya que aquel
caso sería objeto de largos estudios en los archivos criminales, no solamente
de París, sino de Londres, de Berlín, de Viena e incluso de Nueva York.
¡Al
verle, se hubiera podido jurar que estaba borracho!

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