© Libro N° 9473. Ariel. Ensayo. Rodó, José Enrique. Emancipación.
Enero 8 de 2022.
Título original: © Ariel. Ensayo. José Enrique Rodó
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ARIEL
Ensayo
José Enrique Rodó
Ariel
Ensayo
José Enrique Rodó
Aquella tarde, el viejo y venerado maestro, a quien
solían llamar Próspero, por alusión al sabio mago de La Tempestad shakespiriana,
se despedía de sus jóvenes discípulos, pasado un año de tareas, congregándolos
una vez más a su alrededor.
Ya habían llegado ellos a la amplia sala de
estudios, en la que un gusto delicado y severo esmerábase por todas partes en
honrar la noble presencia de los libros, fieles compañeros de Próspero.
Dominaba en la sala—como numen de su ambiente sereno—un bronce primoroso que
figuraba al Ariel de La Tempestad. Junto a este bronce se
sentaba habitualmente el maestro, y por ello le llamaban con el nombre del mago
a quien sirve y favorece en el drama el fantástico personaje que había
interpretado el escultor. Quizá en su enseñanza y su carácter había, para el
nombre, una razón y un sentido más profundos.
Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo
de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el
imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la
irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la
acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la
inteligencia, el término ideal a que asciende la selección humana, rectificando
en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad
y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida.
La estatua, de arte real, reproducía al genio aéreo
en el instante en que, libertado por la magia de Próspero, va a lanzarse a los
aires para desvanecerse en un lampo. Despegadas las alas; suelta y flotante la
leve vestidura, que la caricia de la luz en el bronce damasquinaba de oro;
erguida la amplia frente; entreabiertos los labios por una serena sonrisa, todo
en la actitud de Ariel acusaba admirablemente el gracioso arranque del vuelo; y
con inspiración dichosa, el arte que había dado firmeza escultural a su imagen,
había acertado a conservar en ella, al mismo tiempo, la apariencia seráfica y
la levedad ideal.
Próspero acarició, meditando, la frente de la
estatua; dispuso luego al grupo juvenil en torno suyo; y con su firme
voz—voz magistral que tenía para fijar la idea e insinuarse en
las profundidades del espíritu, bien la esclarecedora penetración del rayo de
luz, bien el golpe incisivo del cincel en el mármol, bien el toque impregnante
del pincel en el lienzo o de la onda en la arena—comenzó a decir, frente a una
atención afectuosa:
Junto a la estatua que habéis visto presidir, cada
tarde, nuestros coloquios de amigos, en los que he procurado despojar a la
enseñanza de toda ingrata austeridad, voy a hablaros de nuevo, para que sea
nuestra despedida como el sello estampado en un convenio de sentimientos y de
ideas.
Invoco a Ariel como mi numen. Quisiera
ahora para mi palabra la más suave y persuasiva unción que ella haya tenido
jamás. Pienso que hablar a la juventud sobre nobles y elevados motivos,
cualesquiera que sean, es un género de oratoria sagrada. Pienso también que el
espíritu de la juventud es un terreno generoso donde la simiente de una palabra
oportuna suele rendir, en corto tiempo, los frutos de una inmortal vegetación.
Anhelo colaborar en una página del programa que, al
prepararos a respirar el aire libre de la acción, formularéis, sin duda, en la
intimidad de vuestro espíritu, para ceñir a él vuestra personalidad moral y
vuestro esfuerzo. Este programa propio—que algunas veces se formula y escribe;
que se reserva otras para ser revelado en el mismo transcurso de la acción—, no
falta nunca en el espíritu de las agrupaciones y los pueblos que son algo más
que muchedumbres. Si con relación a la escuela de la voluntad individual, pudo
Gœthe decir profundamente que sólo es digno de la libertad y la vida quien es
capaz de conquistarlas día a día para sí, con tanta más razón podría decirse
que el honor de cada generación humana exige que ella se conquiste, por la
perseverante actividad de su pensamiento, por el esfuerzo propio, su fe en
determinada manifestación del ideal y su puesto en la evolución de las ideas.
Al conquistar los vuestros, debéis empezar por
reconocer un primer objeto de fe en vosotros mismos. La juventud que vivís es
una fuerza de cuya aplicación sois los obreros y un tesoro de cuya inversión
sois responsables. Amad ese tesoro y esa fuerza; haced que el altivo
sentimiento de su posesión permanezca ardiente y eficaz en vosotros. Yo os digo
con Renán: «La juventud es el descubrimiento de un horizonte inmenso, que es la
Vida». El descubrimiento que revela las tierras ignoradas, necesita completarse
con el esfuerzo viril que las sojuzga. Y ningún otro espectáculo puede
imaginarse más propio para cautivar a un tiempo el interés del pensador y el
entusiasmo del artista, que el que presenta una generación humana que marcha al
encuentro del futuro, vibrante con la impaciencia de la acción, alta la frente,
en la sonrisa un altanero desdén del desengaño, colmada el alma por dulces y
remotos mirajes que derraman en ella misteriosos estímulos, como las visiones
de Cipango y El Dorado en las crónicas heroicas de los conquistadores.
Del renacer de las esperanzas humanas; de las
promesas que fían eternamente al porvenir la realidad de lo mejor, adquiere su
belleza el alma que se entreabre al soplo de la vida; dulce e inefable belleza,
compuesta, como lo estaba la del amanecer para el poeta de Las
Contemplaciones, de un «vestigio de sueño y un principio de pensamiento».
La humanidad, renovando de generación en generación
su activa esperanza y su ansiosa fe en un ideal, al través de la dura
experiencia de los siglos, hacía pensar a Guyau en la obsesión de aquella pobre
enajenada cuya extraña y conmovedora locura consistía en creer llegado,
constantemente, el día de sus bodas.—Juguete de su ensueño, ella ceñía cada
mañana a su frente pálida la corona de desposada y suspendía de su cabeza el
velo nupcial. Con una dulce sonrisa disponíase luego a recibir al prometido
ilusorio, hasta que las sombras de la tarde, tras el vano esperar, traían la
decepción a su alma. Entonces tomaba un melancólico tinte su locura. Pero su
ingenua confianza reaparecía con la aurora siguiente; y ya sin el recuerdo del
desencanto pasado, murmurando: Es hoy cuando vendrá, volvía a
ceñirse la corona y el velo y a sonreír en espera del prometido.
Es así como, no bien la eficacia de un ideal ha
muerto, la humanidad viste otra vez sus galas nupciales para esperar la
realidad del ideal soñado con nueva fe, con tenaz y conmovedora locura.
Provocar esa renovación, inalterable con un ritmo de la Naturaleza, es en todos
los tiempos la función y la obra de la juventud. De las almas de cada primavera
humana está tejido aquel tocado de novia. Cuando se trata de sofocar esta
sublime terquedad de la esperanza, que brota alada del seno de la decepción,
todos los pesimismos son vanos. Lo mismo los que se fundan en la razón que los
que parten de la experiencia, han de reconocerse inútiles para contrastar el
altanero no importa que surge del fondo de la Vida. Hay veces
en que, por una aparente alteración del ritmo triunfal, cruzan la historia
humana generaciones destinadas a personificar, desde la cuna, la vacilación y
el desaliento. Pero ellas pasan—no sin haber tenido quizá su ideal como las
otras, en forma negativa y con amor inconsciente—y de nuevo se ilumina en el
espíritu de la humanidad la esperanza en el Esposo anhelado; cuya imagen, dulce
y radiosa como en los versos de marfil de los místicos, basta para mantener la
animación y el contento de la vida, aun cuando nunca haya de encarnarse en la
realidad.
La juventud, que así significa en el alma de los
individuos y la de las generaciones, luz, amor, energía, existe y lo significa
también en el proceso evolutivo de las sociedades. De los pueblos que sienten y
consideran la vida como vosotros, serán siempre la fecundidad, la fuerza, el
dominio del porvenir.—Hubo una vez en que los atributos de la juventud humana
se hicieron, más que en ninguna otra, los atributos de un pueblo, los
caracteres de una civilización, y en que un soplo de adolescencia encantadora pasó
rozando la frente serena de una raza. Cuando Grecia nació, los dioses le
regalaron el secreto de su juventud inextinguible. Grecia es el alma joven.
«Aquel que en Delfos contempla la apiñada muchedumbre de los jonios—dice uno de
los himnos homéricos—, se imagina que ellos no han de envejecer jamás». Grecia
hizo grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es el ambiente
de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente. El sacerdote
egipcio con quien Solón habló en el templo de Sais, decía al legislador
ateniense, compadeciendo a los griegos por su volubilidad bulliciosa: No
sois sino unos niños. Y Michelet ha comparado la actividad del alma
helena con un festivo juego a cuyo alrededor se agrupan y sonríen todas las
naciones del mundo. Pero de aquel divino juego de niños sobre las playas del
Archipiélago y a la sombra de los olivos de Jonia, nacieron el arte, la
filosofía, el pensamiento libre, la curiosidad de la investigación, la
conciencia de la dignidad humana, todos esos estímulos de Dios que son aún
nuestra inspiración y nuestro orgullo. Absorto en su austeridad hierática, el
país del sacerdote representaba, en tanto, la senectud, que se concentra para
ensayar el reposo de la eternidad y aleja, con desdeñosa mano, todo frívolo
sueño. La gracia, la inquietud, están proscriptas de las actitudes de su alma,
como del gesto de sus imágenes la vida. Y cuando la posteridad vuelve las
miradas a él, sólo encuentra una estéril noción del orden presidiendo al
desenvolvimiento de una civilización que vivió para tejerse un sudario y para
edificar sus sepulcros: la sombra de un compás tendiéndose sobre la esterilidad
de la arena.
Las prendas del espíritu joven—el entusiasmo y la
esperanza—corresponden en las armonías de la historia, y la naturaleza al
movimiento y a la luz.—A donde quiera que volváis los ojos, las encontraréis
como el ambiente natural de todas las cosas fuertes y hermosas. Levantadlos al
ejemplo más alto:—La idea cristiana, sobre la que aún se hace pesar la
acusación de haber entristecido la tierra proscribiendo la alegría del
paganismo, es una inspiración esencialmente juvenil mientras no se aleja de su
cuna. El cristianismo naciente es en la interpretación—que yo creo tanto más
verdadera cuanto más poética—de Renán, un cuadro de juventud inmarcesible. De
juventud del alma, o, lo que es lo mismo, de un vivo sueño de gracia, de
candor, se compone el aroma divino que flota sobre las lentas jornadas del
Maestro al través de los campos de Galilea; sobre sus prédicas, que se
desenvuelven ajenas a toda penitente gravedad; junto a un lago celeste; en los
valles abrumados de frutos; escuchadas por «las aves del cielo» y «los lirios
de los campos» con que se adornan las parábolas; propagando la alegría del
«reino de Dios» sobre una dulce sonrisa de la Naturaleza.—De este cuadro
dichoso están ausentes los ascetas que acompañaban en la soledad las
penitencias del Bautista. Cuando Jesús habla de los que a él le siguen, los
compara a los paraninfos de un cortejo de bodas.—Y es la impresión de aquel
divino contento la que, incorporándose a la esencia de la nueva fe, se siente
persistir al través de la Odisea de los evangelistas; la que derrama en el
espíritu de las primeras comunidades cristianas su felicidad candorosa, su
ingenua alegría de vivir, y la que, al llegar a Roma con los ignorados
cristianos del Transtevere, les abre fácil paso en los corazones; porque ellos
triunfaron oponiendo el encanto de su juventud interior—la de su alma
embalsamada por la libación del vino nuevo—a la severidad de los estoicos y a
la decrepitud de los mundanos.
Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza
bendita que lleváis dentro de vosotros mismos. No creáis, sin embargo, que ella
esté exenta de malograrse y desvanecerse, como un impulso sin objeto, en la
realidad. De la Naturaleza es la dádiva del precioso tesoro; pero es de las
ideas que él sea fecundo o se prodigue vanamente, o fraccionado y disperso en
las conciencias personales, no se manifieste en la vida de las sociedades
humanas como una fuerza bienhechora.—Un escritor sagaz rastreaba ha poco en las
páginas de la novela de nuestro siglo—esa inmensa superficie especular donde se
refleja toda entera la imagen de la vida en los últimos vertiginosos cien
años—la psicología, los estados de alma de la juventud, tales como ellos han
sido en las generaciones que van desde los días de René hasta los que han visto
pasar a Des Esseintes.—Su análisis comprobaba una progresiva disminución
de juventud interior y de energía en la serie de personajes
representativos que se inicia con los héroes, enfermos, pero a menudo viriles y
siempre intensos de pasión, de los románticos, y termina con los enervados de
voluntad y corazón, en quienes se reflejan tan desconsoladoras manifestaciones
del espíritu de nuestro tiempo como la del protagonista de À rebours o
la del Robert Greslou de Le Disciple.—Pero comprobaba el análisis
también un lisonjero renacimiento de animación y de esperanza en la psicología
de la juventud de que suele hablarnos una literatura que es quizá nuncio de
transformaciones más hondas; renacimiento que personifican los héroes nuevos de
Lemaître; de Wizewa, de Rod, y cuya más cumplida representación lo sería tal
vez el David Grieve con que cierta novelista inglesa
contemporánea ha resumido en un solo carácter todas las penas y todas las
inquietudes ideales de varias generaciones, para solucionarlas en un supremo
desenlace de serenidad y amor.
¿Madurará en la realidad esa esperanza? Vosotros,
los que vais a pasar, como el obrero en marcha a los talleres que le esperan,
bajo el pórtico del nuevo siglo, ¿reflejaréis quizá sobre el arte que os
estudie imágenes más luminosas y triunfales que las que han quedado de
nosotros? Si los tiempos divinos en que las almas jóvenes daban modelos para
los dialoguistas radiantes de Platón sólo fueron posibles en una breve
primavera del mundo; si es fuerza «no pensar en los dioses», como aconseja la
Forquias del segundo «Fausto» al coro de cautivas, ¿no nos será lícito, a lo
menos, soñar con la aparición de generaciones humanas que devuelvan a la vida
un sentido ideal, un grande entusiasmo; en las que sea un poder el sentimiento;
en las que una vigorosa resurrección de las energías de la voluntad ahuyente,
con heroico clamor, del fondo de las almas, todas las cobardías morales que se
nutren a los pechos de la decepción y de la duda? ¿Será de nuevo la juventud
una realidad de la vida colectiva, como lo es de la vida individual?
Tal es la pregunta que me inquieta mirándoos.
Vuestras primeras páginas, las confesiones que nos habéis hecho hasta ahora de
vuestro mundo íntimo, hablan de indecisión y de estupor a menudo; nunca de
enervación, ni de un definitivo quebranto de la voluntad. Yo sé bien que el
entusiasmo es una surgente viva en vosotros. Yo sé bien que las notas de
desaliento y de dolor, que la absoluta sinceridad del pensamiento—virtud
todavía más grande que la esperanza—ha podido hacer brotar de las torturas de
vuestra meditación, en las tristes e inevitables citas de la Duda, no eran
indicio de un estado de alma permanente ni significaron en ningún caso vuestra
desconfianza respecto de la eterna virtualidad de la Vida. Cuando un grito de
angustia ha ascendido del fondo de vuestro corazón, no lo habéis sofocado antes
de pasar por vuestros labios, con la austera y muda altivez del estoico en el
suplicio, pero lo habéis terminado con una invocación al ideal que
vendrá, con una nota de esperanza mesiánica.
Por lo demás, al hablaros del entusiasmo y la
esperanza como de altas y fecundas virtudes, no es mi propósito enseñaros a
trazar la línea infranqueable que separe el escepticismo de la fe, la decepción
de la alegría. Nada más lejos de mi ánimo que la idea de confundir con los
atributos naturales de la juventud, con la graciosa espontaneidad de su alma,
esa indolente frivolidad del pensamiento que, incapaz de ver más que el motivo
de un juego en la actividad, compra el amor y el contento de la vida al precio
de su incomunicación con todo lo que pueda hacer detener el paso ante la faz
misteriosa y grave de las cosas.—No es ese el noble significado de la juventud
individual, ni ese tampoco el de la juventud de los pueblos.—Yo he conceptuado
siempre vano el propósito de los que constituyéndose en avizores vigías del
destino de América, en custodios de su tranquilidad, quisieran sofocar, con
temeroso recelo, antes de que llegase a nosotros, cualquiera resonancia del
humano dolor, cualquier eco venido de literaturas extrañas que, por triste o
insano, ponga en peligro la fragilidad de su optimismo.—Ninguna firme educación
de la inteligencia puede fundarse en el aislamiento candoroso o en la
ignorancia voluntaria. Todo problema propuesto al pensamiento humano por la
Duda; toda sincera reconvención que sobre Dios o la Naturaleza se fulmine, del
seno del desaliento y el dolor, tienen derecho a que les dejemos llegar a
nuestra conciencia y a que los afrontemos. Nuestra fuerza de corazón ha de
probarse aceptando el reto de la Esfinge y no esquivando su interrogación
formidable.—No olvidéis, además, que en ciertas amarguras del pensamiento hay,
como en sus alegrías, la posibilidad de encontrar un punto de partida para la
acción; hay a menudo sugestiones fecundas. Cuando el dolor enerva, cuando el
dolor es la irresistible pendiente que conduce al marasmo o el consejero
pérfido que mueve a la abdicación de la voluntad, la filosofía que le lleva en
sus entrañas es cosa indigna de almas jóvenes. Puede entonces el poeta calificarle
de «indolente soldado que milita bajo las banderas de la muerte». Pero cuando
lo que nace del seno del dolor es el anhelo varonil de la lucha para conquistar
o recobrar el bien que él nos niega, entonces es un acerado acicate de la
evolución, es el más poderoso impulso de la vida; no de otro modo que como el
hastío, para Helvecio, llega a ser la mayor y más preciosa de todas las
prerrogativas humanas, desde el momento en que, impidiendo enervarse nuestra
sensibilidad en los adormecimientos del ocio, se convierte en el vigilante
estímulo de la acción.
En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimismos
que tienen la significación de un optimismo paradógico. Muy lejos
de suponer la renuncia y la condenación de la existencia, ellos propagan, con
su descontento de lo actual, la necesidad de renovarla. Lo que a la humanidad
importa salvar contra toda negación pesimista, es, no tanto la idea de la
relativa bondad de lo presente, sino la de la posibilidad de llegar a un
término mejor por el desenvolvimiento de la vida, apresurado y orientado
mediante esfuerzo de los hombres. La fe en el porvenir, la confianza en la
eficacia del esfuerzo humano, son el antecedente necesario de toda acción
enérgica y de todo propósito fecundo. Tal es la razón por la que he querido
comenzar encareciéndoos la inmortal excelencia de esa fe que, siendo en la
juventud un instinto, no debe necesitar seros impuesta por ninguna enseñanza,
puesto que la encontraréis indefectiblemente dejando actuar en el fondo de
vuestro ser la sugestión divina de la Naturaleza.
Animados por ese sentimiento, entrad, pues, a la
vida, que os abre sus hondos horizontes, con la noble ambición de hacer sentir
vuestra presencia en ella desde el momento en que la afrontéis con la altiva
mirada del conquistador.—Toca al espíritu juvenil la iniciativa audaz, la
genialidad innovadora.—Quizá universalmente, hoy, la acción y la influencia de
la juventud son en la marcha de las sociedades humanas menos efectivas e
intensas que debieran ser. Gastón Deschamps lo hacía notar en Francia, hace poco,
comentando la iniciación tardía de las jóvenes generaciones, en la vida pública
y la cultura de aquel pueblo, y la escasa originalidad con que ellas
contribuyen al trazado de las ideas dominantes. Mis impresiones del presente de
América, en cuanto ellas pueden tener un carácter general a pesar del doloroso
aislamiento en que viven los pueblos que la componen, justificarían acaso una
observación parecida.—Y sin embargo, yo creo ver expresada en todas partes la
necesidad de una activa revelación de fuerzas nuevas; yo creo que América
necesita grandemente de su juventud.—He ahí por qué os hablo. He ahí por qué me
interesa extraordinariamente la orientación moral de vuestro espíritu. La
energía de vuestra palabra y vuestro ejemplo puede llegar hasta incorporar las
fuerzas vivas del pasado a la obra del futuro. Pienso con Michelet que el
verdadero concepto de la educación no abarca sólo la cultura del espíritu de
los hijos por la experiencia de los padres, sino también, y con frecuencia
mucho más, la del espíritu de los padres por la inspiración innovadora de los
hijos.
Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida que
os espera.
La divergencia de las vocaciones personales
imprimirá diversos sentidos a vuestra actividad, y hará predominar una
disposición, una aptitud determinada, en el espíritu de cada uno de
vosotros.—Los unos seréis hombres de ciencia; los otros seréis hombres de arte;
los otros seréis hombres de acción.—Pero por encima de los afectos que hayan de
vincularos individualmente a distintas aplicaciones y distintos modos de la
vida, debe velar, en lo íntimo de vuestra alma, la conciencia de la unidad
fundamental de nuestra naturaleza, que exige que cada individuo humano sea,
ante todo y sobre todo, otra cosa, un ejemplar no mutilado de la humanidad, en
el que ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada y ningún alto
interés de todos pierda su virtud comunicativa. Antes que las modificaciones de
profesión y de cultura, está el cumplimiento del destino común de los seres
racionales. «Hay una profesión universal, que es la de hombre», ha
dicho admirablemente Guyau. Y Renán, recordando, a propósito de las civilizaciones
desequilibradas y parciales, que el fin de la criatura humana no puede ser
exclusivamente saber, ni sentir, ni imaginar, sino ser real y enteramente humana,
define el ideal de perfección a que ella debe encaminar sus energías como la
posibilidad de ofrecer en un tipo individual un cuadro abreviado de la especie.
Aspirad, pues, a desarrollar en lo posible, no un
solo aspecto, sino la plenitud de vuestro ser. No os encojáis de hombros
delante de ninguna noble y fecunda manifestación de la naturaleza humana, a
pretexto de que vuestra organización individual os liga con preferencia a
manifestaciones diferentes. Sed espectadores atentos allí donde no podáis ser
actores.—Cuando cierto falsísimo y vulgarizado concepto de la educación, que la
imagina subordinada exclusivamente al fin utilitario, se empeña en mutilar, por
medio de ese utilitarismo y de una especialización prematura, la integridad
natural de los espíritus, y anhela proscribir de la enseñanza todo elemento
desinteresado e ideal, no repara suficientemente en el peligro de preparar para
el porvenir espíritus estrechos que, incapaces de considerar más que el único
aspecto de la realidad con que estén inmediatamente en contacto, vivirán
separados por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la misma
sociedad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la vida.
Lo necesario de la consagración particular de cada
uno de nosotros a una actividad determinada, a un solo modo de cultura, no
excluye, ciertamente, la tendencia a realizar, por la íntima armonía del
espíritu, el destino común de los seres racionales. Esa actividad, esa cultura,
serán sólo la nota fundamental de la armonía.—El verso célebre en que el
esclavo de la escena antigua afirmó que, pues era hombre, no le era ajeno nada
de lo humano, forma parte de los gritos que, por su sentido inagotable, resonarán
eternamente en la conciencia de la humanidad. Nuestra capacidad de comprender,
sólo debe tener por límite la imposibilidad de comprender a los espíritus
estrechos. Ser incapaz de ver de la Naturaleza más que una faz; de las ideas e
intereses humanos más que uno solo, equivale a vivir envuelto en una sombra de
sueño horadada por un solo rayo de luz. La intolerancia, el exclusivismo, que
cuando nacen de la tiránica absorción de un alto entusiasmo, del desborde de un
desinteresado propósito ideal, pueden merecer justificación y aun simpatía, se
convierten en la más abominable de las inferioridades cuando, en el círculo de
la vida vulgar, manifiestan la limitación de un cerebro incapacitado para
reflejar más que una parcial apariencia de las cosas.
Por desdicha, es en los tiempos y las
civilizaciones que han alcanzado una completa y refinada cultura donde el
peligro de esa limitación de los espíritus tiene una importancia más real y
conduce a resultados más temibles. Quiere, en efecto, la ley de evolución,
manifestándose en la sociedad como en la Naturaleza por una creciente tendencia
a la heterogeneidad, que, a medida que la cultura general de las sociedades
avanza, se limite correlativamente la extensión de las aptitudes individuales y
haya de ceñirse el campo de acción de cada uno a una especialidad más
restringida. Sin dejar de constituir una condición necesaria de progreso, ese
desenvolvimiento del espíritu de especialización trae consigo desventajas
visibles, que no se limitan a estrechar el horizonte de cada inteligencia,
falseando necesariamente su concepto del mundo, sino que alcanzan y perjudican,
por la dispersión de las afecciones y los hábitos individuales, al sentimiento
de la solidaridad.—Augusto Comte ha señalado bien este peligro de las
civilizaciones avanzadas. Un alto estado de perfeccionamiento social tiene para
él un grave inconveniente en la facilidad con que suscita la aparición de
espíritus deformados y estrechos; de espíritus «muy capaces bajo un aspecto
único y monstruosamente inepto bajo todos los otros». El empequeñecimiento de
un cerebro humano por el comercio continuo de un solo género de ideas, por el
ejercicio indefinido de un solo modo de actividad, es para Comte un resultado
comparable a la mísera suerte del obrero a quien la división del trabajo de
taller obliga a consumir en la invariable operación de un detalle mecánico
todas las energías de su vida. En uno y otro caso, el efecto moral es inspirar
una desastrosa indiferencia por el aspecto general de los intereses de la
humanidad. Y aunque esta especie de automatismo humano—agrega el pensador
positivista—no constituye felizmente sino la extrema influencia dispersiva del
principio de especialización, su realidad, ya muy frecuente, exige que se
atribuya a su apreciación una verdadera importancia[A].
[A] A. Comte: Cours de philosophie positive.
Tomo IV, pág. 430, 2.ª edición.
No menos que a la solidez, daña esa influencia
dispersiva a la estética de la estructura social.—La belleza
incomparable de Atenas, lo imperecedero del modelo legado por sus manos de
diosa a la admiración y el encanto de la humanidad, nacen de que aquella ciudad
de prodigios fundó su concepción de la vida en el concierto de todas las
facultades humanas, en la libre y acordada expansión de todas las energías
capaces de contribuir a la gloria y al poder de los hombres. Atenas supo
engrandecer a la vez el sentido de lo ideal y de lo real, la razón y el
instinto, las fuerzas del espíritu y las del cuerpo. Cinceló las cuatro faces
del alma. Cada ateniense libre describe en derredor de sí, para contener su
acción, un círculo perfecto, en el que ningún desordenado impulso quebrantará
la graciosa proporción de la línea. Es atleta y escultura viviente en el
gimnasio, ciudadano en el Pnix, polemista y pensador en los pórticos. Ejercita
su voluntad en toda suerte de acción viril y su pensamiento en toda
preocupación fecunda. Por eso afirma Macaulay que un día de la vida pública del
Ática es más brillante programa de enseñanza que los que hoy calculamos para
nuestros modernos centros de instrucción.—Y de aquel libre y único
florecimiento de la plenitud de nuestra naturaleza, surgió el milagro
griego—, una inimitable y encantadora mezcla de animación y de serenidad,
una primavera del espíritu humano, una sonrisa de la historia.
En nuestros tiempos, la creciente complejidad de
nuestra civilización privaría de toda seriedad al pensamiento de restaurar esa
armonía, sólo posible entre los elementos de una graciosa sencillez. Pero
dentro de la misma complejidad de nuestra cultura; dentro de la diferenciación
progresiva de caracteres, de aptitudes, de méritos, que es la ineludible
consecuencia del progreso en el desenvolvimiento social, cabe salvar una
razonable participación de todos en ciertas ideas y sentimientos fundamentales
que mantengan la unidad y el concierto de la vida—en ciertos intereses
del alma, ante los cuales la dignidad del ser racional no consiente la
indiferencia de ninguno de nosotros.
Cuando el sentido de la utilidad material y el
bienestar domina en el carácter de las sociedades humanas con la energía que
tiene en lo presente, los resultados del espíritu estrecho y la cultura
unilateral son particularmente funestos a la difusión de aquellas
preocupaciones puramente ideales que, siendo objeto de amor para quienes les
consagran las energías más nobles y perseverantes de su vida, se convierten en
una remota, y quizá no sospechada región, para una inmensa parte de los
otros.—Todo género de meditación desinteresada, de contemplación ideal, de
tregua íntima, en la que los diarios afanes por la utilidad cedan
transitoriamente su imperio a una mirada noble y serena tendida de lo alto de
la razón sobre las cosas, permanece ignorado, en el estado actual de las
sociedades humanas, para millones de almas civilizadas y cultas, a quienes la
influencia de la educación o la costumbre reduce al automatismo de una
actividad, en definitiva, material.—Y bien: este género de servidumbre debe
considerarse la más triste y oprobiosa de todas las condenaciones morales. Yo
os ruego que os defendáis, en la milicia de la vida, contra la mutilación de
vuestro espíritu por la tiranía de un objetivo único e interesado. No
entreguéis nunca a la utilidad o a la pasión, sino una parte de vosotros. Aun
dentro de la esclavitud material, hay la posibilidad de salvar la libertad
interior: la de la razón y el sentimiento. No tratéis, pues, de justificar, por
la absorción del trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu.
Encuentro el símbolo de lo que debe ser nuestra
alma en un cuento que evoco de un empolvado rincón de mi memoria.—Era un rey
patriarcal, en el Oriente indeterminado e ingenuo donde gusta hacer nido la
alegre bandada de los cuentos. Vivía su reino la candorosa infancia de las
tiendas de Ismael y los palacios de Pilos. La tradición le llamó después, en la
memoria de los hombres, el rey hospitalario. Inmensa era la piedad del rey. A
desvanecerse en ella tendía, como por su propio peso, toda desventura. A su hospitalidad
acudían lo mismo por blanco pan el miserable que el alma desolada por el
bálsamo de la palabra que acaricia. Su corazón reflejaba, como sensible placa
sonora, el ritmo de los otros. Su palacio era la casa del pueblo.—Todo era
libertad y animación dentro de este augusto recinto, cuya entrada nunca hubo
guardas que vedasen. En los abiertos pórticos formaban corro los pastores
cuando consagraban a rústicos conciertos sus ocios; platicaban al caer la tarde
los ancianos; y frescos grupos de mujeres disponían, sobre trenzados juncos,
las flores y los racimos de que se componía únicamente el diezmo real.
Mercaderes de Ofir, buhoneros de Damasco cruzaban a toda hora las puertas
anchurosas, y ostentaban en competencia, ante las miradas del rey, las telas,
las joyas, los perfumes. Junto a su trono reposaban los abrumados peregrinos.
Los pájaros se citaban al mediodía para recoger las migajas de su mesa; y con
el alba, los niños llegaban en bandas bulliciosas al pie del lecho donde dormía
el rey de barba de plata y le anunciaban la presencia del sol.—Lo mismo a los
seres sin ventura que a las cosas sin alma alcanzaba su liberalidad infinita.
La Naturaleza sentía también la atracción de su llamado generoso; vientos, aves
y plantas parecían buscar—como en el mito de Orfeo y en la leyenda de San
Francisco de Asís—, la amistad humana en aquel oasis de hospitalidad. Del
germen caído al acaso, brotaban y florecían, en las junturas de los pavimentos
y los muros, los alhelíes de las ruinas, sin que una mano cruel los arrancase
ni los hollara un pie maligno. Por las francas ventanas se tendían al interior
de las cámaras del rey las enredaderas osadas y curiosas. Los fatigados vientos
abandonaban largamente sobre el alcázar real su carga de aromas y armonías.
Empinándose desde el vecino mar, como si quisieran ceñirle en un abrazo, le
salpicaban las olas con su espuma. Y una libertad paradisial, una inmensa
reciprocidad de confianzas, mantenían por dondequiera la animación de una
fiesta inextinguible…
Pero dentro, muy dentro; aislada del alcázar
ruidoso por cubiertos canales, oculta a la mirada vulgar—como la «perdida
iglesia» de Uhland en lo esquivo del bosque—al cabo de ignorados senderos, una
misteriosa sala se extendía, en la que a nadie era lícito poner la planta, sino
al mismo rey, cuya hospitalidad se trocaba en sus umbrales en la apariencia de
ascético egoísmo. Espesos muros la rodeaban. Ni un eco del bullicio exterior,
ni una nota escapada al concierto de la Naturaleza, ni una palabra desprendida
de labios de los hombres, lograban traspasar el espesor de los sillares de
pórfido y conmover una onda del aire en la prohibida estancia. Religioso
silencio velaba en ella la castidad del aire dormido. La luz, que tamizaban
esmaltadas vidrieras, llegaba lánguida, medido el paso por una inalterable
igualdad, y se diluía, como copo de nieve que invade un nido tibio, en la calma
de un ambiente celeste.—Nunca reinó tan honda paz; ni en oceánica gruta, ni en
soledad nemorosa.—Alguna vez—cuando la noche era diáfana y tranquila—,
abriéndose a modo de dos valvas de nácar la artesonada techumbre, dejaba
cernerse en su lugar la magnificencia de las sombras serenas. En el ambiente
flota como una onda indisipable la casta esencia del nenúfar, el perfume
sugeridor del adormecimiento penseroso y de la contemplación del propio ser.
Graves cariátides custodiaban las puertas de marfil en la actitud del
cilenciario. En los testeros, esculpidas imágenes hablaban de idealidad, de
ensimismamiento, de reposo…—Y el viejo rey aseguraba que, aun cuando a nadie
fuera dado acompañarle hasta allí, su hospitalidad seguía siendo en el
misterioso seguro tan generosa y grande como siempre, sólo que los que él
congregaba dentro de sus muros discretos eran convidados impalpables y huéspedes
sutiles. En él soñaba, en él se libertaba de la realidad, el rey legendario; en
él sus miradas se volvía a lo interior y se bruñían en la meditación sus
pensamientos como las guijas lavadas por la espuma; en él se desplegaban sobre
su noble frente las blancas alas de Psiquis… Y luego, cuando la muerte vino a
recordarle que él no había sido sino un huésped más en su palacio, la
impenetrable estancia quedó clausurada y muda para siempre; para siempre
abismada en su reposo infinito; nadie la profanó jamás, porque nadie hubiera
osado poner la planta irreverente allí donde el viejo rey quiso estar solo con
sus sueños y aislado en la última Thule de su alma.
Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino
interior. Abierto con una saludable liberalidad, como la casa del monarca
confiado, a todas las corrientes del mundo, existía en él, al mismo tiempo, la
celda escondida y misteriosa que desconozcan los huéspedes profanos y que a
nadie más que a la razón serena pertenezca. Sólo cuando penetréis dentro del
inviolable seguro podréis llamaros, en realidad, hombres libres. No lo son
quienes, enajenando incesantemente el dominio de sí a favor de la desordenada
pasión o el interés utilitario, olvidan que, según el sabio precepto de
Montaigne, nuestro espíritu puede ser objeto de préstamo, pero no de
cesión.—Pensar, soñar, admirar: he ahí los nombres de los sutiles visitantes de
mi celda. Los antiguos los clasificaban dentro de su noble inteligencia
del ocio, que ellos tenían por el más elevado empleo de una
existencia verdaderamente racional, identificándolo con la libertad del
pensamiento emancipado de todo innoble yugo. El ocio noble era la inversión del
tiempo que oponían, como expresión de la vida superior, a la actividad
económica. Vinculando exclusivamente a esa alta y aristocrática idea del reposo
su concepción de la dignidad de la vida, el espíritu clásico encuentra su
corrección y su complemento en nuestra moderna creencia en la dignidad del
trabajo útil; y entrambas atenciones del alma pueden componer, en la existencia
individual, un ritmo, sobre cuyo mantenimiento necesario nunca será inoportuno
insistir.—La escuela estoica, que iluminó el ocaso de la antigüedad como por un
anticipado resplandor del cristianismo, nos ha legado una sencilla y
conmovedora imagen de la salvación de la libertad interior, aun en medio de los
rigores de la servidumbre, en la hermosa figura de Cleanto; de aquel Cleanto
que, obligado a emplear la fuerza de sus brazos de atleta en sumergir el cubo
de una fuente y mover la piedra de un molino, concedía a la meditación las
treguas del quehacer miserable y trazaba, con encallecida mano, sobre las
piedras del camino, las máximas oídas de labios de Zenón. Toda educación
racional, todo perfecto cultivo de nuestra naturaleza, tomarán por punto de
partida la posibilidad de estimular en cada uno de nosotros la doble actividad
que simboliza Cleanto.
Una vez más: el principio fundamental de vuestro
desenvolvimiento, vuestro lema en la vida, deben ser mantener la integridad de
vuestra condición humana. Ninguna función particular debe prevalecer jamás
sobre esa finalidad suprema. Ninguna fuerza aislada puede satisfacer los fines
racionales de la existencia individual, como no puede producir el ordenado
concierto de la existencia colectiva. Así como la deformidad y el
empequeñecimiento son, en el alma de los individuos, el resultado de un
exclusivo objeto impuesto a la acción y un solo modo de cultura, la falsedad de
lo artificial vuelve efímera la gloria de las sociedades que han sacrificado el
libre desarrollo de su sensibilidad y su pensamiento, ya a la actividad
mercantil, como en Fenicia; ya a la guerra, como en Esparta; ya al misticismo,
como en el terror del milenario; ya a la vida de sociedad y de salón, como en
la Francia del siglo XVIII.—Y preservándoos contra toda mutilación de
vuestra naturaleza moral; aspirando a la armoniosa expansión de vuestro ser en
todo noble sentido, pensad al mismo tiempo en que la más fácil y frecuente de
las mutilaciones es, en el carácter actual de las sociedades humanas, la que
obliga al alma a privarse de ese género de vida interior, donde
tienen su ambiente propio todas las cosas delicadas y nobles que, a la
intemperie de la realidad, quema el aliento de la pasión impura y el interés
utilitario proscribe: la vida de que son parte la meditación desinteresada, la
contemplación ideal, el ocio antiguo, la impenetrable estancia
de mi cuento.
Así como el primer impulso de la profanación será
dirigirse a lo más sagrado del santuario, la regresión vulgarizadora contra la
que os prevengo comenzará por sacrificar lo más delicado del espíritu.—De todos
los elementos superiores de la existencia racional es el sentimiento de lo
bello, la visión clara de la hermosura de las cosas, el que más fácilmente
marchita la aridez de la vida limitada a la invariable descripción del círculo
vulgar, convirtiéndole en el atributo de una minoría que lo custodia, dentro de
cada sociedad humana, como el depósito de un precioso abandono. La emoción de
belleza es al sentimiento de las idealidades como el esmalte del anillo. El
efecto del contacto brutal por ella empieza fatalmente, y es sobre ella como
obra de modo más seguro. Una absoluta indiferencia llega a ser, así, el
carácter normal, con relación a lo que debiera ser universal amor de las almas.
No es más intensa la estupefacción del hombre salvaje en presencia de los
instrumentos y las formas materiales de la civilización, que la que experimenta
un número relativamente grande de hombres cultos frente a los actos en que se
revele el propósito y el hábito de conceder una seria realidad a la relación
hermosa de la vida.
El argumento del apóstol traidor ante el vaso de
nardo derramado inútilmente sobre la cabeza del Maestro, es, todavía, una de
las fórmulas del sentido común. La superfluidad del arte no vale para la masa
anónima los trescientos denarios. Si acaso la respeta, es como a un culto
esotérico. Y, sin embargo, entre todos los elementos de educación humana que
pueden contribuir a formar un amplio y noble concepto de la vida, ninguno
justificaría más que el arte un interés universal, porque ninguno encierra—según
la tesis desenvuelta en elocuentes páginas de Schiller—la virtualidad de una
cultura más extensa y completa, en el sentido de prestarse a
un acordado estímulo de todas las facultades del alma.
Aunque el amor y la admiración de la belleza no
respondiesen a una noble espontaneidad del ser racional y no tuvieran con ello
suficiente valor para ser cultivados por sí mismos, sería un motivo superior de
moralidad el que autorizaría a proponer la cultura de los sentimientos
estéticos, como un alto interés de todos. Si a nadie es dado renunciar a la
educación del sentimiento moral, este deber trae implícito el de disponer el
alma para la clara visión de la belleza. Considerad al educado sentido de lo bello
el colaborador más eficaz en la formación de un delicado instinto de justicia.
La dignificación, el ennoblecimiento interior, no tendrán nunca artífice más
adecuado. Nunca la criatura humana se adherirá de más segura manera al
cumplimiento del deber que cuando, además de sentirle como una imposición, le
sienta estéticamente como una armonía. Nunca ella será más plenamente buena que
cuando sepa, en las formas con que se manifieste activamente su virtud,
respetar en los demás el sentimiento de lo hermoso.
Cierto es que la santidad del bien purifica y
ensalza todas las groseras apariencias. Puede él, indudablemente, realizar su
obra sin darle el prestigio exterior de la hermosura. Puede el amor caritativo
llegar a la sublimidad con medios toscos, desapacibles y vulgares. Pero no es
sólo más hermosa, sino mayor, la caridad que anhela transmitirse en las formas
de lo delicado y lo selecto; porque ella añade a sus dones un beneficio más,
una dulce e inefable caricia que no se substituye con nada y que realza el bien
que se concede como un toque de luz.
Dar a sentir lo hermoso es obra de misericordia.
Aquellos que exigirían que el bien y la verdad se manifestasen invariablemente
en formas adustas y severas, me han parecido siempre amigos traidores del bien
y la verdad. La virtud es también un género de arte, un arte divino; ella
sonríe maternalmente a las Gracias.—La enseñanza que se proponga fijar en los
espíritus la idea del deber, como la de la más seria realidad, debe tender a
hacerla concebir al mismo tiempo como la más alta poesía.—Guyau, que es rey en
las comparaciones hermosas, se vale de una insubstituíble para expresar este
doble objeto de la cultura moral. Recuerda el pensador los esculpidos respaldos
del coro de una gótica iglesia, en los que la madera labrada bajo la
inspiración de la fe, presenta, en una faz, escenas de una vida de santo, y en
la otra faz, ornamentales círculos de flores. Por tal manera, a cada gesto del
santo, significativo de su piedad o su martirio; a cada rasgo de su fisonomía o
su actitud, corresponde, del opuesto lado, una corola o un pétalo. Para
acompañar la representación simbólica del bien, brotan, ya un lirio, ya una
rosa. Piensa Guyau que no de otro modo debe estar esculpida nuestra alma; y él
mismo, el dulce maestro, ¿no es por la evangélica hermosura de su genio de
apóstol, un ejemplo de esa viva armonía?
Yo creo indudable que el que ha aprendido a
distinguir lo delicado de lo vulgar, lo feo de lo hermoso, lleva hecha media
jornada para distinguir lo malo de lo bueno. No es, por cierto, el buen gusto,
como querría cierto liviano dilettantismo moral, el único
criterio para apreciar la legitimidad de las acciones humanas; pero menos debe
considerársele, con el criterio de un estrecho ascetismo, una tentación del
error y una sirte engañosa. No le señalaremos nosotros como la senda misma del
bien; sí como un camino paralelo y cercano que mantiene muy aproximados a ella
el paso y la mirada del viajero. A medida que la humanidad avance, se concebirá
más claramente la ley moral como una estética de la conducta. Se huirá del mal
y del error como de una disonancia; se buscará lo bueno como el placer de una
armonía. Cuando la severidad estoica de Kant inspira, simbolizando el espíritu
de su ética, las austeras palabras: «Dormía y soñé que la vida era belleza;
desperté, y advertí que ella es deber», desconoce que, si el deber es la
realidad suprema, en ella puede hallar realidad el objeto de su sueño, porque
la conciencia del deber le dará, con la visión clara de lo bueno, la
complacencia de lo hermoso.
En el alma del redentor, del misionero, del
filántropo, debe exigirse también entendimiento de hermosura; hay
necesidad de que colaboren ciertos elementos del genio del artista. Es inmensa
la parte que corresponde al don de descubrir y revelar la íntima belleza de las
ideas, en la eficacia de las grandes revoluciones morales. Hablando de la más
alta de todas, ha podido decir Renán profundamente que «la poesía del precepto,
que le hace amar, significa más que el precepto mismo, tomado como verdad
abstracta». La originalidad de la obra de Jesús no está, efectivamente, en la
acepción literal de su doctrina—puesto que ella puede reconstituirse toda
entera sin salir de la moral de la Sinagoga, buscándola desde el Deuteronomio
hasta el Talmud—, sino en haber hecho sensible, con su prédica, la poesía del
precepto, es decir, su belleza íntima.
Pálida gloria será la de las épocas y las
comuniones que menosprecian esa relación estética de su vida o de su
propaganda. El ascetismo cristiano, que no supo encarar más que una sola faz
del ideal, excluyó de su concepto de la perfección todo lo que hace a la vida
amable, delicada y hermosa; y su espíritu estrecho sirvió para que el instinto
indomable de la libertad, volviendo en una de esas arrebatadas reacciones del
espíritu humano, engendrase, en la Italia del Renacimiento, un tipo de
civilización que consideró vanidad el bien moral y sólo creyó en la virtud de
la apariencia fuerte y graciosa. El puritanismo, que persiguió toda belleza y
toda selección intelectual; que veló indignado la casta desnudez de la
estatuas; que profesó la afectación de la fealdad, en las maneras, en el traje,
en los discursos; en la secta triste que, imponiendo su espíritu desde el
Parlamento inglés, mandó extinguir las fiestas que manifestasen alegría y segar
los árboles que diesen flores—tendió junto a la virtud, al divorciarla del
sentimiento de lo bello, una sombra de muerte que aún no ha conjurado
enteramente Inglaterra, y que dura en las menos amables manifestaciones de su
religiosidad y sus costumbres—. Macaulay declara preferir la grosera «caja de
plomo» en que los puritanos guardaron el tesoro de la libertad, al primoroso
cofre esculpido en que la Corte de Carlos II hizo acopio de sus refinamientos.
Pero como ni la libertad ni la virtud necesitan guardarse en caja de plomo,
mucho más que todas las severidades de ascetas o de puritanos, valdrán siempre,
para la educación de la humanidad, la gracia del ideal antiguo, la moral
armoniosa de Platón, el movimiento pulcro y elegante con que la mano de Atenas
tomó, para llevarla a los labios, la copa de la vida.
La perfección de la moralidad humana consistiría en
infiltrar el espíritu de la caridad en los moldes de la elegancia griega. Y
esta suave armonía ha tenido en el mundo una pasajera realización. Cuando la
palabra del cristianismo naciente llegaba con San Pablo al seno de las colonias
griegas de Macedonia, a Tesalónica y Filipos, y el Evangelio, aún puro, se
difundía en el alma de aquellas sociedades finas y espirituales, en las que el
sello de la cultura helénica mantenía una encantadora espontaneidad de distinción,
pudo creerse que los dos ideales más altos de la historia iban a enlazarse para
siempre. En el estilo epistolar de San Pablo queda la huella de aquel momento
en que la caridad se heleniza. Este dulce consorcio duró poco. La armonía y la
serenidad de la concepción pagana de la vida se apartaron cada vez más de la
nueva idea que marchaba entonces a la conquista del mundo. Pero para concebir
la manera cómo podría señalarse al perfeccionamiento moral de la humanidad un
paso adelante, sería necesario soñar que el ideal cristiano se reconcilia de
nuevo con la serena y luminosa alegría de la antigüedad; imaginarse que el
Evangelio se propaga otra vez en Tesalónica y Filipos.
Cultivar el buen gusto no significa sólo
perfeccionar una forma exterior de la cultura, desenvolver una actitud
artística, cuidar, con exquisitez superflua, una elegancia de la civilización.
El buen gusto es «una rienda firme del criterio». Martha ha podido atribuirle
exactamente la significación de una segunda conciencia que nos orienta y nos
devuelve a la luz cuando la primera se obscurece y vacila. El sentido delicado
de la belleza es, para Bagehot, un aliado del tacto seguro de la vida y de la
dignidad de las costumbres. «La educación del buen gusto—agrega el sabio
pensador—se dirige a favorecer el ejercicio del buen sentido, que es nuestro
principal punto de apoyo en la complejidad de la vida civilizada». Si algunas
veces veis unida esa educación en el espíritu de los individuos y las
sociedades, al extravío del sentimiento o la moralidad, es porque en tales
casos ha sido cultivada como fuerza aislada y exclusiva, imposibilitándose de
ese modo el efecto de perfeccionamiento moral que ella puede ejercer dentro de
un orden de cultura en el que ninguna facultad del espíritu sea desenvuelta
prescindiendo de su relación con las otras.—En el alma que haya sido objeto de
una estimulación armónica y perfecta, la gracia íntima y la delicadeza del
sentimiento de lo bello serán una misma cosa con la fuerza y la rectitud de la
razón. No de otra manera observa Taine que, en las grandes obras de la
arquitectura antigua, la belleza es una manifestación sensible de la solidez,
la elegancia se identifica con la apariencia de la fuerza: «las mismas líneas
del Partenón que halagan a la mirada con proporciones armoniosas, contentan a
la inteligencia con promesas de eternidad».
Hay una relación orgánica, una natural y estrecha
simpatía, que vincula a las subversiones del sentimiento y de la voluntad con
las falsedades y las violencias del mal gusto. Si nos fuera dado penetrar en el
misterioso laboratorio de las almas y se reconstruyera la historia íntima de
las del pasado para encontrar la fórmula de sus definitivos caracteres morales,
sería un interesante objeto de estudio determinar la parte que corresponde,
entre los factores de la refinada perversidad de Nerón, al germen del histrionismo
monstruoso depositado en el alma de aquel cómico sangriento por la retórica
afectada de Séneca. Cuando se evoca la oratoria de la Convención, y el hábito
de una abominable perversión retórica se ve aparecer por todas partes, como la
piel felina del jacobinismo, es imposible dejar de relacionar, como los radios
que parten de un mismo centro, como los accidentes de una misma insania, el
extravío del gusto, el vértigo del sentido moral y la limitación fanática de la
razón.
Indudablemente, ninguno más seguro entre los
resultados de la estética que el que nos enseña a distinguir en la esfera de lo
relativo, lo bueno y lo verdadero de lo hermoso, y a aceptar la posibilidad de
una belleza del mal y del error. Pero no se necesita desconocer esta
verdad, definitivamente verdadera, para creer en el
encadenamiento simpático de todos aquellos altos fines del alma, y considerar a
cada uno de ellos como el punto de partida, no único, pero sí más seguro, de
donde sea posible dirigirse al encuentro de los otros.
La idea de un superior acuerdo entre el buen gusto
y el sentido moral es, pues, exacta, lo mismo en el espíritu de los individuos
que en el espíritu de las sociedades. Por lo que respecta a estas últimas, esa
relación podría tener su símbolo en la que Rosenkranz afirmaba existir entre la
libertad y el orden moral, por una parte, y por la otra, la belleza de las
formas humanas como un resultado del desarrollo de las razas en el tiempo. Esa
belleza típica refleja, para el pensador hegeliano, el efecto ennoblecedor de
la libertad; la esclavitud afea al mismo tiempo que envilece; la conciencia de
su armonioso desenvolvimiento imprime a las razas libres el sello exterior de
la hermosura.
En el carácter de los pueblos, los dones derivados
de un gusto fino, el dominio de las formas graciosas, la delicada aptitud de
interesar, la virtud de hacer amables las ideas, se identifican, además, con el
«genio de la propaganda»—es decir, con el don poderoso de la universalidad.
Bien sabido es que, en mucha parte, a la posesión de aquellos atributos
escogidos, debe referirse la significación humana que el
espíritu francés acierta a comunicar a cuanto elige y consagra—. Las ideas
adquieren alas potentes y veloces, no en el helado seno de la abstracción, sino
en el luminoso y cálido ambiente de la forma. Su superioridad de difusión, su
prevalencia a veces, dependen de que las Gracias las hayan bañado con su luz.
Tal así, en las evoluciones de la vida, esas encantadoras exterioridades de la
Naturaleza, que parecen representar, exclusivamente, la dádiva de una
caprichosa superfluidad—la música, el pintado plumaje de las aves; y como
reclamo para el insecto propagador del polen fecundo, el matiz de las flores,
su perfume—han desempeñado, entre los elementos de la concurrencia vital, una
función realísima; puesto que significando una superioridad de motivos, una
razón de preferencia para las atracciones del amor, han hecho prevalecer,
dentro de cada especie, a los seres mejor dotados de hermosura sobre los menos
ventajosamente dotados.
Para un espíritu en que exista el amor instintivo
de lo bello, hay, sin duda, cierto género de mortificación, en resignarse a
defenderle por medio de una serie de argumentos que se funden en otra razón, en
otro principio, que el mismo irresponsable y desinteresado amor de la belleza,
en la que halla su satisfacción uno de los impulsos fundamentales de la
existencia racional. Infortunadamente, este motivo superior pierde su imperio
sobre un inmenso número de hombres, a quienes es necesario enseñar el respeto
debido a ese amor del cual no participan, revelándoles cuáles son las
relaciones que lo vinculan a otros géneros de intereses humanos.—Para ello
deberá lucharse muy a menudo con el concepto vulgar de estas relaciones. En
efecto: todo lo que tienda a suavizar los contornos del carácter social y las
costumbres; a aguzar el sentido de la belleza; a hacer del gusto una delicada
impresionabilidad del espíritu y de la gracia una forma universa de la
actividad, equivale, para el criterio de muchos devotos de lo severo o de lo
útil, a menoscabar el temple varonil y heroico de las sociedades, por una
parte, su capacidad utilitaria y positiva, por la otra.—He leído en Los
trabajadores del mar, que cuando un buque de vapor surcó por primera vez
las ondas del Canal de la Mancha, los campesinos de Jérsey lo anatematizaban en
nombre de una tradición popular que consideraba elementos irreconciliables y
destinados fatídicamente a la discordia, el agua y el fuego.—El criterio común
abunda en la creencia de enemistades parecidas. Si os proponéis vulgarizar el
respeto por lo hermoso, empezad por hacer comprender la posibilidad de un
armónico concierto de todas las legítimas actividades humanas, y esa será más
fácil tarea que la de convertir directamente el amor de la hermosura, por ella
misma, en atributo de la multitud. Para que la mayoría de los hombres no se
sientan inclinados a expulsar a las golondrinas de la casa,
siguiendo el consejo de Pitágoras, es necesario argumentarles, no con la gracia
monástica del ave ni su leyenda de virtud, sino con que la permanencia de sus
nidos no es en manera alguna inconciliable con la seguridad de los tejados.
A la concepción de la vida racional que se funda en
el libre y armonioso desenvolvimiento de nuestra naturaleza, e incluye, por lo
tanto, entre sus fines esenciales, el que se satisface con la contemplación
sentida de lo hermoso, se opone—como norma de la conducta humana—la
concepción utilitaria, por la cual nuestra actividad, toda entera,
se orienta en relación a la inmediata finalidad del interés.
La inculpación del utilitarismo estrecho que suele
dirigirse al espíritu de nuestro siglo, en nombre del ideal, y con rigores de
anatema, se funda, en parte, sobre el desconocimiento de que sus titánicos
esfuerzos por la subordinación de las fuerzas de la Naturaleza a la voluntad
humana y por la extensión del bienestar material, son un trabajo necesario que
preparará, como el laborioso enriquecimiento de una tierra agotada, la
florescencia de idealismos futuros. La transitoria predominancia de esa función
de utilidad que ha absorbido a la vida agitada y febril de estos cien años sus
más potentes energías, explica, sin embargo—ya que no las justifique—, muchas
nostalgias dolorosas, muchos descontentos y agravios de la inteligencia, que se
traducen, bien por una melancólica y exaltada idealización de lo pasado, bien
por una desesperanza cruel del porvenir. Hay por ello un fecundísimo, un
bienaventurado pensamiento, en el propósito de cierto grupo de pensadores de
las últimas generaciones—entre los cuales sólo quiero citar una vez más la
noble figura de Guyau—que han intentado sellar la reconciliación definitiva de
las conquistas del siglo con la renovación de muchas viejas devociones humanas,
y que han invertido en esa obra bendita tantos tesoros de amor como de genio.
Con frecuencia habréis oído atribuir a dos causas
fundamentales el desborde del espíritu de utilidad que da su nota a la
fisonomía moral del siglo presente, con menoscabo de la consideración estética y
desinteresada de la vida. Las revelaciones de la ciencia de la Naturaleza—que,
según intérpretes, ya adversos, ya favorables a ella, convergen a destruir toda
idealidad por su base—son la una; la universal difusión y el triunfo de las
ideas democráticas, la otra. Yo me propongo hablaros exclusivamente de esta
última causa, porque confío en que vuestra primera iniciación en las
revelaciones de la ciencia ha sido dirigida como para preservaros del peligro
de una interpretación vulgar.—Sobre la democracia pesa la acusación de guiar a
la humanidad, mediocrizándola, a un Sacro Imperio del utilitarismo. La
acusación se refleja con vibrante intensidad en las páginas—para mí siempre
llenas de un sugestivo encanto—del más amable entre los maestros del espíritu
moderno; en las seductoras páginas de Renán, a cuya autoridad ya me habéis oído
varias veces referirme y de quien pienso volver a hablaros a menudo.—Leed a
Renán, aquellos de vosotros que lo ignoréis todavía, y habréis de amarle como
yo.—Nadie como él me parece, entre los modernos, dueño de ese arte de «enseñar
con gracia», que Anatole France considera divino. Nadie ha acertado como él a
hermanar, con la ironía, la piedad. Aun en el rigor del análisis, sabe poner la
unción del sacerdote. Aun cuando enseña a dudar, su suavidad exquisita tiende
una onda balsámica sobre la duda. Sus pensamientos suelen dilatarse, dentro de
nuestra alma, con ecos tan inefables y tan vagos, que hacen pensar en una
religiosa música de ideas. Por su infinita comprensibilidad ideal, acostumbran
las clasificaciones de la crítica a personificar en él el alegre escepticismo
de los dilettanti que convierten en traje de máscara la capa
del filósofo; pero si alguna vez intimáis dentro de su espíritu, veréis que la
tolerancia vulgar de los escépticos se distingue de su tolerancia como la
hospitalidad galante de un salón del verdadero sentimiento de la caridad.
Piensa, pues, el maestro que una alta preocupación
por los intereses ideales de la especie es opuesta del todo al
espíritu de la democracia. Piensa que la concepción de la vida, en una sociedad
donde ese espíritu domine, se ajustará progresivamente a la exclusiva
persecución del bienestar material como beneficio propagable al mayor número de
personas. Según él, siendo la democracia la entronización de Calibán, Ariel no
puede menos que ser el vencido de ese triunfo.—Abundan afirmaciones semejantes
a estas de Renán, en la palabra de muchos de los más caracterizados
representantes que los intereses de la cultura estética y la selección del
espíritu tienen en el pensamiento contemporáneo. Así, Bourget se inclina a
creer que el triunfo universal de las instituciones democráticas hará perder a
la civilización en profundidad lo que la hace ganar en extensión. Ve su forzoso
término en el imperio de un individualismo mediocre. «Quien dice
democracia—agrega el sagaz autor de Andrés Cornelis—, dice
desenvolvimiento progresivo de las tendencias individuales y disminución de la
cultura».—Hay en la cuestión que plantean estos juicios severos un interés
vivísimo para los que amamos—al mismo tiempo—por convencimiento, la obra de la
Revolución, que en nuestra América se enlaza además con las glorias de su
Génesis; y por instinto, la posibilidad de una noble y selecta vida espiritual
que en ningún caso haya de ver sacrificada su serenidad augusta a los caprichos
de la multitud.—Para afrontar el problema, es necesario empezar por reconocer
que cuando la democracia no enaltece su espíritu por la influencia de una
fuerte preocupación ideal que comparta su imperio con la preocupación de los
intereses materiales, ella conduce fatalmente a la privanza de la mediocridad,
y carece, más que ningún otro régimen, de eficaces barreras con las cuales
asegurar, dentro de un ambiente adecuado, la inviolabilidad de la alta cultura.
Abandonada a sí misma—sin la constante rectificación de una activa autoridad
moral que la depure y encauce sus tendencias en el sentido de la dignificación
de la vida—la democracia extinguirá gradualmente toda idea de superioridad que
no se traduzca en una mayor y más osada aptitud para las luchas del interés,
que son entonces la forma más innoble de las brutalidades de la fuerza—. La
selección espiritual, el enaltecimiento de la vida por la presencia de
estímulos desinteresados, el gusto, el arte, la suavidad de las costumbres, el
sentimiento de admiración por todo perseverante propósito ideal y de
acatamiento a toda noble supremacía, serán como debilidades indefensas allí
donde la igualdad social, que ha destruído las jerarquías imperativas e
infundadas, no las substituya con otras, que tengan en la influencia moral su
único modo de dominio y su principio en una clasificación racional.
Toda igualdad de condiciones es en el orden de las
sociedades, como toda homogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio
instable. Desde el momento en que haya realizado la democracia su obra de
negación con el allanamiento de las superioridades injustas, la igualdad
conquistada no puede significar para ella sino un punto de partida. Resta la
afirmación. Y lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en
suscitar, por eficaces estímulos, en su seno, la revelación y el dominio de
las verdaderas superioridades humanas.
Con relación a las condiciones de la vida de
América, adquiere esta necesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro
régimen social un doble imperio. El presuroso crecimiento de nuestras
democracias por la incesante agregación de una enorme multitud cosmopolita; por
la influencia inmigratoria, que se incorpora a un núcleo aún débil para
verificar un activo trabajo de asimilación y encauzar el torrente humano con
los medios que ofrecen la solidez secular de la estructura social, el orden
político seguro y los elementos de una cultura que haya arraigado íntimamente,
nos expone en el porvenir a los peligros de la degeneración democrática, que
ahoga bajo la fuerza ciega del núcleo toda noción de calidad; que desvanece en
la conciencia de las sociedades todo justo sentimiento del orden; y que,
librando su ordenación jerárquica a la torpeza del acaso, conduce forzosamente
a hacer triunfar las más injustificadas e innobles de las supremacías.
Es indudable que nuestro interés egoísta debería
llevarnos—a falta de virtud—a ser hospitalarios. Ha tiempo que la suprema
necesidad de colmar el vacío moral del desierto, hizo decir a un publicista
ilustre que, en América, gobernar es poblar.—Pero esta fórmula
famosa encierra una verdad contra cuya estrecha interpretación es necesario
prevenirse, porque conduciría a atribuir una incondicional eficacia
civilizadora al valor cuantitativo de la muchedumbre.—Gobernar es poblar,
asimilando, en primer término; educando y seleccionando, después.—Si la
aparición y el florecimiento, en la sociedad, de las más elevadas actividades
humanas, de las que determinan la alta cultura, requieren como condición
indispensable la existencia de una población cuantiosa y densa, es precisamente
porque esa importancia cuantitativa de la población, dando lugar a la más
completa división del trabajo, posibilita la formación de fuertes elementos
dirigentes que hagan efectivo el dominio de la calidad sobre
el número.—La multitud, la masa anónima, no es nada por sí misma.
La multitud será un instrumento de barbarie o de civilización, según carezca o
no del coeficiente de una alta dirección moral. Hay una verdad profunda en el
fondo de la paradoja de Émerson, que exige que cada país del globo sea juzgado
según la minoría y no según la mayoría de sus habitantes. La civilización de un
pueblo adquiere su carácter, no de las manifestaciones de su prosperidad o de
su grandeza material, sino de las superiores maneras de pensar y de sentir que
dentro de ellas son posibles; y ya observaba Comte, para mostrar cómo en
cuestiones de intelectualidad, de moralidad, de sentimiento, sería insensato
pretender que la calidad pueda ser substituída en ningún caso por el número,
que ni de la acumulación de muchos espíritus vulgares se obtendrá jamás el
equivalente de un cerebro de genio, ni de la acumulación de muchas virtudes
mediocres el equivalente de un rasgo de abnegación o de heroísmo.—Al instituir
nuestra democracia la universalidad y la igualdad de derechos, sancionaría,
pues, el predominio innoble del número, si no cuidase de mantener muy en alto
la noción de las legítimas superioridades humanas, y de hacer, de la autoridad
vinculada al voto popular, no la expresión del sofisma de la igualdad absoluta,
sino, según las palabras que recuerdo de un joven publicista francés, «la
consagración de la jerarquía, emanando de la libertad».
La oposición entre el régimen de la democracia y la
alta vida del espíritu es una realidad fatal cuando aquel régimen significa el
desconocimiento de las desigualdades legítimas y la substitución de la fe en
el heroísmo—en el sentido de Carlyle—por una concepción mecánica de
gobierno.—Todo lo que en la civilización es algo más que un elemento de
superioridad material y de prosperidad económica, constituye un relieve que no
tarda en ser allanado cuando la autoridad moral pertenece al espíritu de la
medianía.—En ausencia de la barbarie irruptora que desata sus hordas sobre los
faros luminosos de la civilización, con heroica y a veces regeneradora
grandeza, la alta cultura de las sociedades debe precaverse contra la obra
mansa y disolvente de esas otras hordas pacíficas, acaso acicaladas; las hordas
inevitables de la vulgaridad—cuyo Atila podría personificarse en Mr. Homais;
cuyo heroísmo es la astucia puesta al servicio de una repugnancia instintiva
hacia lo grande; cuyo atributo es el rasero nivelador—. Siendo la indiferencia
inconmovible y la superioridad cuantitativa, las manifestaciones normales de su
fuerza no son por eso incapaces de llegar a la ira épica y de ceder a los
impulsos de la acometividad. Charles Morice las llama entonces «falanges de
Prudhommes feroces que tienen por lema la palabra Mediocridad y
marchan animadas por el odio de lo extraordinario».
Encumbrados, esos Prudhommes harán de su voluntad
triunfante una partida de caza, organizada contra todo lo que manifieste la
aptitud y el atrevimiento del vuelo. Su fórmula social será una democracia que
conduzca a la consagración del pontífice «Cualquiera», a la coronación del
monarca «Uno de tantos». Odiarán en el mérito una rebeldía. En sus dominios
toda noble superioridad se hallará en las condiciones de la estatua de mármol
colocada a la orilla de un camino fangoso, desde el cual le envía un latigazo de
cieno el carro que pasa. Ellos llamarán al dogmatismo del sentido vulgar,
sabiduría; gravedad, a la mezquina aridez del corazón; criterio sano, a la
adaptación perfecta a lo mediocre; y despreocupación viril, al mal gusto.—Su
concepción de la justicia los llevaría a substituir, en la historia, la
inmortalidad del grande hombre, bien con la identidad de todos en el olvido
común, bien con la memoria igualitaria de Mitrídates, de quien se cuenta que
conservaba en el recuerdo los nombres de todos sus soldados. Su manera de
republicanismo se satisfaría dando autoridad decisiva al procedimiento
probatorio de Fox, que acostumbraba experimentar sus proyectos en el criterio
del diputado que le parecía la más perfecta personificación del country-gentleman,
por la limitación de sus facultades y la rudeza de sus gustos. Con ellos se
estará en las fronteras de la zoocracia, de que habló una vez
Baudelaire. La Titania de Shakespeare, poniendo un beso en la cabeza asinina,
podría ser el emblema de la Libertad que otorga su amor a los mediocres.
¡Jamás, por medio de una conquista más fecunda, podrá llegarse a un resultado
más fatal!
Embriagad al repetidor de las irreverencias de la
medianía que veis pasar por vuestro lado; tentadle a hacer de héroe; convertid
su apacibilidad burocrática en vocación de redentor, y tendréis entonces la
hostilidad rencorosa e implacable contra todo lo hermoso, contra todo lo digno,
contra todo lo delicado del espíritu humano, que repugna todavía más que el
bárbaro derramamiento de la sangre en la tiranía jacobina, que ante su tribunal
convierte en culpas la sabiduría de Lavoisier, el genio de Chénier, la dignidad
de Malesherbes, que, entre los gritos habituales en la Convención, hace oir las
palabras:—¡Desconfiad de ese hombre, que ha hecho un libro!—y que
refiriendo el ideal de la sencillez democrática al primitivo estado de
naturaleza de Rousseau, podría elegir el símbolo de la discordia que
establece entre la democracia y la cultura en la viñeta con que aquel sofista
genial hizo acompañar la primera edición de su famosa diatriba contra las artes
y las ciencias en nombre de la moralidad de las costumbres; un sátiro
imprudente que, pretendiendo abrazar, ávido de luz, la antorcha que lleva en su
mano Prometeo, oye al titán-filántropo que su fuego es mortal a quien le toca.
La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus
violencias en el desenvolvimiento democrático de nuestro siglo, ni se ha
opuesto en formas brutales a la serenidad y la independencia de la cultura
intelectual. Pero, a la manera de una bestia feroz, en cuya posteridad
domesticada hubiérase cambiado la acometividad en mansedumbre artera e innoble,
el igualitarismo, en la forma mansa de la tendencia a lo utilitario y
lo vulgar, puede ser un objeto real de acusación contra la democracia del
siglo XIX. No se ha detenido ante ella ningún espíritu delicado y sagaz a
quien no hayan hecho pensar angustiosamente algunos de sus resultados en el
aspecto social y en el político. Expulsando con indignada energía del espíritu
humano aquella falsa concepción de la igualdad que sugirió los delirios de la
Revolución, el alto pensamiento contemporáneo ha mantenido al mismo tiempo,
sobre la realidad y sobre la teoría de la democracia, una inspección severa que
os permite a vosotros, los que colaboraréis en la obra del futuro, fijar
vuestro punto de partida, no ciertamente para destruir, sino para educar el
espíritu del régimen que encontráis en pie.
Desde que nuestro siglo asumió personalidad e
independencia en la evolución de las ideas, mientras el idealismo alemán
rectificaba la utopía igualitaria de la filosofía del siglo XVIII y
sublimaba, si bien con viciosa tendencia cesarista, el papel reservado en la
historia a la superioridad individual, el positivismo de Comte, desconociendo a
la igualdad democrática otro carácter que el de «un disolvente transitorio de
las desigualdades antiguas» y negando con igual convicción la eficacia definitiva
de la soberanía popular, buscaba en los principios de las clasificaciones
naturales el fundamento de la clasificación social que habría de substituir a
las jerarquías recientemente destruídas.—La crítica de la realidad democrática
toma formas severas en la generación de Taine y de Renán. Sabéis que a este
delicado y bondadoso ateniense sólo complacía la igualdad de aquel régimen
social, siendo, como en Atenas, «una igualdad de semidioses». En cuanto a
Taine, es quien ha escrito los Orígenes de la Francia contemporánea;
y si, por una parte, su concepción de la sociedad como un organismo, le conduce
lógicamente a rechazar toda idea de uniformidad que se oponga al principio de
las dependencias y las subordinaciones orgánicas, por otra parte su finísimo
instinto de selección intelectual le lleva a abominar de la invasión de las
cumbres por la multitud. La gran voz de Carlyle había predicado ya, contra toda
niveladora irreverencia, la veneración del heroísmo, entendiendo
por tal el culto de cualquier noble superioridad. Émerson refleja esa voz en el
seno de la más positivista de las democracias. La ciencia nueva habla de
selección como de una necesidad de todo progreso. Dentro del arte, que es donde
el sentido de lo selecto tiene su más natural adaptación, vibran con honda
resonancia las notas que acusan el sentimiento, que podríamos llamar de
extrañeza, del espíritu, en medio de las modernas condiciones de la vida.
Para escucharlas, no es necesario aproximarse al parnasianismo de estirpe
delicada y enferma, a quien un aristocrático desdén de lo presente llevó a la
reclusión en lo pasado. Entre las inspiraciones constantes de Flaubert—de quien
se acostumbra a derivar directamente la más democratizada de las escuelas
literarias—, ninguna más intensa que el odio de la mediocridad envalentonada
por la nivelación y de la tiranía irresponsable del número.—Dentro de esa
contemporánea literatura del Norte, en la cual la preocupación por las altas
cuestiones sociales es tan viva, surge a menudo la expresión de la misma idea,
del mismo sentimiento; Ibsen desarrolla la altiva arenga de su «Stóckmann»
alrededor de la afirmación de que «las mayorías compactas son el peligro más
peligroso de la libertad y la verdad»; y el formidable Nietzsche opone al ideal
de una humanidad mediotizada la apoteosis de las almas que se yerguen sobre el
nivel de la humanidad como una viva marea.—El anhelo vivísimo por una
rectificación del espíritu social que asegure a la vida de la heroicidad y
el pensamiento un ambiente más puro de dignidad y de justicia, vibra hoy por
todas partes, y se diría que constituye uno de los fundamentales acordes que
este ocaso de siglo propone para las armonías que ha de componer el siglo
venidero.
Y sin embargo, el espíritu de la democracia es,
esencialmente, para nuestra civilización, un principio de vida contra el cual
sería inútil rebelarse. Los descontentos sugeridos por las imperfecciones de su
forma histórica actual han llevado a menudo a la injusticia
con lo que aquel régimen tiene de definitivo y de fecundo. Así, el
aristocratismo sabio de Renán formula la más explícita condenación del
principio fundamental de la democracia: la igualdad de derechos; cree a este
principio irremisiblemente divorciado de todo posible dominio de la
superioridad intelectual, y llega hasta a señalar en él, con una enérgica
imagen, «las antípodas de las vías de Dios—puesto que Dios no ha querido
que todos viviesen en el mismo grado la vida del espíritu»—. Estas paradojas
injustas del maestro, complementadas por su famoso ideal de una oligarquía
omnipotente de hombres sabios, son comparables a la reproducción exagerada y
deformada, en el sueño, de un pensamiento real y fecundo que nos ha preocupado
en la vigilia.—Desconocer la obra de la democracia en lo esencial, porque, aun
no terminada, no ha llegado a conciliar definitivamente su empresa de igualdad
con una fuerte garantía social de selección, equivale a desconocer la obra,
paralela y concorde, de la ciencia, porque interpretada con el criterio
estrecho de una escuela, ha podido dañar alguna vez al espíritu de religiosidad
o al espíritu de poesía.—La democracia y la ciencia son, en efecto, los dos
insustituíbles soportes sobre los que nuestra civilización descansa, o,
expresándolo con una frase de Bourget, las dos «obreras» de nuestros destinos
futuros. «En ellas somos, vivimos, nos movemos». Siendo, pues, insensato
pensar, como Renán, en obtener una consagración más positiva de todas las
superioridades morales, la realidad de una razonada jerarquía, el dominio
eficiente de las altas dotes de la inteligencia y de la voluntad, por la destrucción de
la igualdad democrática, sólo cabe pensar en la educación de
la democracia y su reforma. Cabe pensar en que progresivamente se encarnen, en
los sentimientos del pueblo y sus costumbres, la idea de las subordinaciones
necesarias, la noción de las superioridades verdaderas, el culto consciente y
espontáneo de todo lo que multiplica, a los ojos de la razón, la cifra del
valor humano.
La educación popular adquiere, considerada en
relación a tal obra, como siempre que se las mira con el pensamiento del
porvenir, un interés supremo[B]. Es en la escuela, por cuyas manos
procuramos que pase la dura arcilla de las muchedumbres, donde está la primera
y más generosa manifestación de la equidad social, que consagra para todos la
accesibilidad del saber y de los medios más eficaces de superioridad. Ella debe
complementar tan noble cometido, haciendo objetos de una educación preferente y
cuidadosa el sentido del orden, la idea y la voluntad de la justicia, el
sentimiento de las legítimas autoridades morales.
[B] «Plus l’instruction se répand, plus elle doit
faire de part aux idées générales et généreuses. On croit que l’instruction
populaire doit être terre à terre. C’est le contraire qui est la
vérité».—Fouillée: L’idée moderne du droit, Lib. 5.º, IV.
Ninguna distinción más fácil de confundirse y
anularse en el espíritu de pueblo que la que enseña que la igualdad democrática
puede significar una igual posibilidad, pero nunca una igual realidad,
de influencia y de prestigio, entre los miembros de una sociedad organizada. En
todos ellos hay un derecho idéntico para aspirar a las superioridades morales
que deben dar razón y fundamento a las superioridades efectivas; pero sólo a
los que han alcanzado realmente la posesión de las primeras, debe ser concedido
el premio de las últimas. El verdadero, el digno concepto de la igualdad,
reposa sobre el pensamiento de que todos los seres racionales están dotados por
naturaleza de facultades capaces de un desenvolvimiento noble. El deber del
Estado consiste en colocar a todos los miembros de la sociedad en distintas
condiciones de tender a su perfeccionamiento. El deber del Estado consiste en
predisponer los medios propios para provocar, uniformemente, la revelación de
las superioridades humanas, donde quiera que existan. De tal manera, más allá
de esta igualdad inicial, toda desigualdad estará justificada, porque será la
sanción de las misteriosas elecciones de la Naturaleza o del esfuerzo meritorio
de la voluntad.—Cuando se la concibe de este modo, la igualdad democrática,
lejos de oponerse a la selección de las costumbres y de las ideas, es el más
eficaz instrumento de selección espiritual, es el ambiente providencial de
la cultura. La favorecerá todo lo que favorezca al predominio de la energía
inteligente. No en distinto sentido pudo afirmar Tocqueville que la poesía, la
elocuencia, las gracias del espíritu, los fulgores de la imaginación, la
profundidad del pensamiento, «todos esos dones del alma, repartidos por el
cielo al acaso», fueron colaboradores en la obra de la democracia, y la
sirvieron, aun cuando se encontraron de parte de sus adversarios, porque
convergieron todos a poner de relieve la natural, la no heredada grandeza, de
que nuestro espíritu es capaz.—La emulación, que es el más poderoso estímulo
entre cuantos pueden sobreexcitar, lo mismo la vivacidad del pensamiento que la
de las demás actividades humanas, necesita, a la vez, de la igualdad en el
punto de partida para producirse, y de la desigualdad que aventajará a los más
aptos y mejores como objeto final. Sólo un régimen democrático puede conciliar
en su seno esas dos condiciones de la emulación, cuando no degenera en
nivelador igualitarismo y se limita a considerar como un hermoso ideal de
perfectibilidad una futura equivalencia de los hombres por su ascensión al
mismo grado de cultura.
Racionalmente concebida, la democracia admite
siempre un imprescriptible elemento aristocrático, que consiste en establecer
la superioridad de los mejores, asegurándola sobre el consentimiento libre de
los asociados. Ella consagra, como las aristocracias, la distinción de calidad;
pero las resuelve a favor de las calidades realmente superiores—las de la
virtud, el carácter, el espíritu—, y sin pretender inmovilizarlas en clases
constituídas aparte de las otras, que mantengan a su favor el privilegio execrable
de la casta, renueva sin cesar su aristocracia dirigente en las fuentes vivas
del pueblo y la hace aceptar por la justicia y el amor. Reconociendo, de tal
manera, en la selección y la predominancia de los mejor dotados una necesidad
de todo progreso, excluye de esa ley universal de la vida, al sancionarla en el
orden de la sociedad, el efecto de humillación y de dolor que es, en las
concurrencias de la Naturaleza y en las de las otras organizaciones sociales,
el duro lote del vencido. «La gran ley de la selección natural—ha dicho
luminosamente Fouillée—continuará realizándose en el seno de las sociedades
humanas, sólo que ella se realizará de más en más por vía de libertad».—El
carácter odioso de las aristocracias tradicionales se originaba de que ellas
eran injustas, por su fundamento, y opresoras, por cuanto su autoridad era una
imposición. Hoy sabemos que no existe otro límite legítimo para la igualdad
humana, que el que consiste en el dominio de la inteligencia y la virtud,
consentido por la libertad de todos. Pero sabemos también que es necesario que
este límite exista en realidad.—Por otra parte, nuestra concepción cristiana de
la vida nos enseña que las superioridades morales, que son un motivo de
derechos, son principalmente un motivo de deberes, y que todo espíritu superior
se debe a los demás en igual proporción que los excede en capacidad de realizar
el bien. El anti-igualitarismo de Nietzsche—que tan profundo surco señala en la
que podríamos llamar nuestra moderna literatura de ideas—, ha
llevado a su poderosa reivindicación de los derechos que él considera
implícitos en las superioridades humanas, un abominable, un reaccionario
espíritu; puesto que, negando toda fraternidad, toda piedad, pone en el corazón
del super hombre a quien endiosa un menosprecio satánico para
los desheredados y los débiles; legitima en los privilegiados de la voluntad y
de la fuerza el ministerio del verdugo; y con lógica resolución llega, en
último término, a afirmar que «la sociedad no existe para sí sino para sus
elegidos».—No es, ciertamente, esta concepción monstruosa la que puede
oponerse, como lábaro, al falso igualitarismo que aspira a la nivelación de
todos por la común vulgaridad. Por fortuna, mientras exista en el mundo la
posibilidad de disponer dos trozos de madera en forma de cruz—es decir:
siempre—, la Humanidad seguirá creyendo que es el amor el fundamento de todo
orden estable y que la superioridad jerárquica en el orden no debe ser sino una
superior capacidad de amar.
Fuente de inagotables inspiraciones morales, la
ciencia nueva nos sugiere, al esclarecer las leyes de la vida, cómo el
principio democrático puede conciliarse, en la organización de las
colectividades humanas, con una aristarquía de la moralidad y
la cultura.—Por una parte—, como lo ha hecho notar, una vez más, en un
simpático libro Henri Bérenger—, las afirmaciones de la ciencia contribuyen a
sancionar y fortalecer en la sociedad el espíritu de la democracia, revelando
cuánto es el valor natural del esfuerzo colectivo; cuál la grandeza de la obra
de los pequeños; cuán inmensa la parte de acción reservada al colaborador
anónimo y obscuro en cualquiera manifestación del desenvolvimiento universal.
Realza, no menos que la revelación cristiana, la dignidad de los humildes esta
nueva revelación, que atribuye, en la naturaleza, a la obra de los
infinitamente pequeños, a la labor del nummulite y el briozóo en el fondo
obscuro del abismo, la construcción de los cimientos geológicos; que hace
surgir de la vibración de la célula informe y primitiva todo el impulso
ascendente de las formas orgánicas; que manifiesta el poderoso papel que en
nuestra vida psíquica es necesario atribuir a los fenómenos más inaparentes y
más vagos, aun a las fugaces percepciones de que no tenemos conciencia; y que,
llegando a la sociología y a la historia, restituye al heroísmo, a menudo
abnegado, de las muchedumbres, la parte que le negaba el silencio en la gloria
del héroe individual, y hace patente la lenta acumulación de las investigaciones
que, al través de los siglos, en la sombra, en el taller, o el laboratorio de
obreros olvidados, preparan los hallazgos del genio.
Pero a la vez que manifiesta así la inmortal
eficacia del esfuerzo colectivo y dignifica la participación de los
colaboradores ignorados en la obra universal, la ciencia muestra cómo en la
inmensa sociedad de las cosas y los seres, es una necesaria condición de todo
progreso el orden jerárquico; son un principio de la vida las relaciones de
dependencia y de subordinación entre los componentes individuales de aquella
sociedad y entre los elementos de la organización del individuo; y es, por
último, una necesidad inherente a la ley universal de imitación, si
se la relaciona con el perfeccionamiento de las sociedades humanas, la
presencia, en ellas, de modelos vivos e influyentes, que las realcen por la
progresiva generalización de su superioridad.
Para mostrar ahora cómo ambas enseñanzas
universales de la ciencia pueden traducirse en hechos, conciliándose, en la
organización y en el espíritu de la sociedad, basta insistir en la concepción
de una democracia noble, justa; de una democracia dirigida por la noción y el
sentimiento de las verdaderas superioridades humanas; de una democracia en la
cual la supremacía de la inteligencia y la virtud—únicos límites para la
equivalencia meritoria de los hombres—, reciba su autoridad y su prestigio de
la libertad, y descienda sobre las multitudes en la efusión bienhechora del
amor.
Al mismo tiempo que conciliará aquellos dos grandes
resultados de la observación del orden natural, se realizará dentro de una
sociedad semejante—según lo observa, en el mismo libro de que os hablaba,
Bérenger—la armonía de los dos impulsos históricos que han comunicado a nuestra
civilización sus caracteres esenciales, los principios reguladores de su
vida.—Del espíritu del cristianismo nace, efectivamente, el sentimiento de
igualdad, viciado por cierto ascético menosprecio de la selección espiritual y la
cultura. De la herencia de las civilizaciones clásicas nacen el sentido del
orden, de la jerarquía y el respeto religioso del genio, viciados por cierto
aristocrático desdén de los humildes y los débiles. El porvenir sintetizará
ambas sugestiones del pasado en una fórmula inmortal. La democracia entonces
habrá triunfado definitivamente. Y ella que, cuando amenaza con lo innoble del
rasero nivelador, justifica las protestas airadas y las amargas melancolías de
los que creyeron sacrificados por su triunfo toda distinción intelectual, todo
ensueño de arte, toda delicadeza de la vida, tendrá, aún más que las viejas
aristocracias, inviolables seguros para el cultivo de las flores del alma que
se marchitan y perecen en el ambiente de la vulgaridad y entre las impiedades
del tumulto.
La concepción utilitaria, como idea del destino
humano, y la igualdad en lo mediocre, como norma de la proporción social,
componen, íntimamente relacionadas, la fórmula de lo que ha solido llamarse en
Europa el espíritu de americanismo.—Es imposible meditar sobre
ambas inspiraciones de la conducta y la sociabilidad, y compararlas con las que
les son opuestas, sin que la asociación traiga con insistencia a la mente la
imagen de esa democracia formidable y fecunda que allá en el Norte ostenta las
manifestaciones de su prosperidad y su poder, como una deslumbradora prueba que
abona en favor de la eficacia de sus instituciones y de la dirección de sus
ideas.—Si ha podido decirse del utilitarismo que es el verbo del espíritu
inglés, los Estados Unidos pueden ser considerados la encarnación del verbo
utilitario. Y el Evangelio de este verbo se difunde por todas partes a favor de
los milagros materiales del triunfo. Hispano-América ya no es enteramente
calificable, con relación a él, de tierra de gentiles. La poderosa federación
va realizando entre nosotros una suerte de conquista moral. La admiración por
su grandeza y por su fuerza es un sentimiento que avanza a grandes pasos en el
espíritu de nuestros hombres dirigentes, y aún más quizá, en el de las
muchedumbres, fascinables por la impresión de la victoria.—Y de admirarla se
pasa por una transición facilísima a imitarla. La admiración y la creencia son
ya modos pasivos de imitación para el psicólogo. «La tendencia imitativa de
nuestra naturaleza moral—decía Bagehot—tiene su asiento en aquella parte del
alma en que reside la credibilidad».—El sentido y la experiencia vulgares
serían suficientes para establecer por sí solos esa sencilla relación. Se imita
a aquel en cuya superioridad o cuyo prestigio se cree.—Es así como la visión de
una América deslatinizada por propia voluntad, sin la
extorsión de la conquista, y regenerada luego a imagen y semejanza del
arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de muchos sinceros interesados
por nuestro porvenir, inspira la fruición con que ellos formulan a cada paso
los más sugestivos paralelos, y se manifiesta por constantes propósitos de
innovación y de reforma. Tenemos nuestra nordomanía. Es necesario
oponerle los límites que la razón y el sentimiento señalan de consuno.
No doy yo a tales límites el sentido de una
absoluta negación.—Comprendo bien que se adquieran inspiraciones, luces,
enseñanzas, en el ejemplo de los fuertes; y no desconozco que una inteligente
atención fijada en lo exterior para reflejar de todas partes la imagen de lo
beneficioso y de lo útil, es singularmente fecunda cuando se trata de pueblos
que aún forman y modelan su entidad nacional.
Comprendo bien que se aspire a rectificar, por la
educación perseverante, aquellos trazos del carácter de una sociedad humana que
necesiten concordar con nuevas exigencias de la civilización y nuevas
oportunidades de la vida, equilibrando así, por medio de una influencia
innovadora, las fuerzas de la herencia y la costumbre.—Pero no veo la gloria,
ni en el propósito de desnaturalizar el carácter de los pueblos—su genio personal—para
imponerles la identificación con un modelo extraño al que ellos sacrifiquen la
originalidad irreemplazable de su espíritu; ni en la creencia ingenua de que
eso pueda obtenerse alguna vez por procedimientos artificiales e improvisados
de imitación. Ese irreflexivo traslado de lo que es natural y espontáneo en una
sociedad al seno de otra, donde no tenga raíces ni en la Naturaleza ni en la
historia, equivalía para Michelet a la tentativa de incorporar, por simple
agregación, una cosa muerta a un organismo vivo. En sociabilidad, como en
literatura, como en arte, la imitación inconsulta no hará nunca sino deformar
las líneas del modelo. El engaño de los que piensan haber reproducido en lo
esencial el carácter de una colectividad humana, las fuerzas vivas de su
espíritu, y con ellos el secreto de sus triunfos y su prosperidad, reproduciendo
exactamente el mecanismo de sus instituciones y las formas exteriores de sus
costumbres, hace pensar en la ilusión de los principiantes candorosos que se
imaginan haberse apoderado del genio del maestro cuando han copiado las formas
de su estilo o sus procedimientos de composición.
En ese esfuerzo vano hay, además, no sé qué cosa de
innoble. Género de snobismo político podría llamarse al
afanoso remedo de cuanto hacen los preponderantes y los fuertes, los vencedores
y los afortunados; género de abdicación servil, como en la que en algunos de
los snobs encadenados para siempre a la tortura de la sátira
por el libro de Thackeray, hace consumirse tristemente las energías de los
ánimos no ayudados por la Naturaleza o la fortuna, en la imitación impotente de
los caprichos y las volubilidades de los encumbrados de la sociedad.—El cuidado
de la independencia interior—la de la personalidad, la del
criterio—es una principalísima forma del respeto propio. Suele en los tratados
de ética comentarse un precepto moral de Cicerón, según el cual forma parte de
los deberes humanos el que cada uno de nosotros cuide y mantenga celosamente la
originalidad de su carácter personal, lo que haya en él que lo diferencie y
determine, respetando, en todo cuanto no sea inadecuado para el bien, el
impulso primario de la Naturaleza, que ha fundado en la varia distribución de
sus dones el orden y el concierto del mundo.—Y aún me parecería mayor el
imperio del precepto si se le aplicase, colectivamente, al carácter de las
sociedades humanas. Acaso oiréis decir que no hay un sello propio y definido
por cuya permanencia, por cuya integridad deba pugnarse, en la organización
actual de nuestros pueblos. Falta tal vez, en nuestro carácter colectivo, el
contorno seguro de la «personalidad». Pero en ausencia de esa índole perfectamente
diferenciada y autonómica, tenemos—los americanos latinos—una herencia de raza,
una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a
inmortales páginas de la historia, confiando a nuestro honor su continuación en
lo futuro. El cosmopolitismo, que hemos de atacar como una irresistible
necesidad de nuestra formación, no excluye, ni ese sentimiento de fidelidad a
lo pasado, ni la fuerza directriz y plasmante con que debe el genio de la raza
imponerse en la refundición de los elementos que constituirán al americano
definitivo del futuro.
Se ha observado más de una vez que las grandes
evoluciones de la historia, las grandes épocas, los períodos más luminosos y
fecundos en el desenvolvimiento de la humanidad, son casi siempre la resultante
de dos fuerzas distintas y co-actuales, que mantienen, por los concertados
impulsos de su oposición, el interés y el estímulo de la vida, los cuales
desaparecerían, agotados, en la quietud de una unidad absoluta.—Así, sobre los
dos polos de Atenas y Lacedemonia, se apoya el eje alrededor del cual gira el
carácter de la más genial y civilizadora de las razas.—América necesita
mantener en el presente la dualidad original de su constitución, que convierte
en realidad de su historia el mito clásico de las dos águilas soltadas
simultáneamente de uno y otro polo del mundo, para que llegasen a un tiempo al
límite de sus dominios. Esta diferencia genial y emuladora no excluye, sino que
tolera y aun favorece en muchísimos aspectos, la concordia de la solidaridad. Y
si una concordia superior pudiera vislumbrarse desde nuestros días como la
fórmula de un porvenir lejano, ella no sería debida a la imitación
unilateral—que diría Tarde—de una raza por otra, sino a la reciprocidad de
sus influencias y al atinado concierto de los atributos en que se funda la
gloria de las dos.
Por otra parte, en el estudio desapasionado de esa
civilización que algunos nos ofrecen como único y absoluto modelo, hay razones
no menos poderosas que las que se fundan en la indignidad y la inconveniencia
de una renuncia a todo propósito de originalidad, para templar los entusiasmos
de los que nos exigen su consagración idolátrica.—Y llego ahora a la relación
que directamente tiene, con el sentido general de esta plática mía, el
comentario de semejante espíritu de imitación.
Todo juicio severo que se formule de los americanos
del Norte debe empezar por rendirles, como se haría con altos adversarios, la
formalidad caballeresca de un saludo.—Siento fácil mi espíritu para
cumplirla.—Desconocer sus defectos no me parecería tan insensato como negar sus
cualidades. Nacidos—para emplear la paradoja usada por Baudelaire a otro
respecto—con la experiencia innata de la libertad, ellos se
han mantenido fieles a la ley de su origen, y han desenvuelto, con la precisión
y la seguridad de una progresión matemática, los principios fundamentales de su
organización, dando a su historia una consecuente unidad que, si bien ha
excluído las adquisiciones de aptitudes y méritos distintos, tiene la belleza
intelectual de la lógica.—La huella de sus pasos no se borrará jamás en los
anales del derecho humano, porque ellos han sido los primeros en hacer surgir
nuestro moderno concepto de la libertad, de las inseguridades del ensayo y de
las imaginaciones de la utopía, para convertirla en bronce imperecedero y
realidad viviente; porque han demostrado con su ejemplo la posibilidad de
extender a un inmenso organismo nacional la inconmovible autoridad de una
república; porque, con su organización federativa, han revelado—según la feliz
expresión de Tocqueville—la manera cómo se pueden conciliar con el brillo y el
poder de los Estados grandes la felicidad y la paz de los pequeños.—Suyos son
algunos de los rasgos más audaces con que ha de destacarse en la perspectiva
del tiempo la obra de este siglo. Suya es la gloria de haber revelado
plenamente—acentuando la más firme nota de belleza moral de nuestra
civilización—la grandeza y el poder del trabajo; esa fuerza bendita que la
antigüedad abandonaba a la abyección de la esclavitud y que hoy identificamos
con la más alta expresión de la dignidad humana, fundada en la conciencia y en
la actividad del propio mérito. Fuertes, tenaces, teniendo la inacción por
oprobio, ellos han puesto en manos del mechánic de sus
talleres y el fármer de sus campos la clava hercúlea del mito,
y han dado al genio humano una nueva e inesperada belleza, ciñéndole el mandil
de cuero del forjador. Cada uno de ellos avanza a conquistar la vida como el
desierto los primitivos puritanos. Perseverantes devotos de ese culto de la
energía individual que hace de cada hombre el artífice de su destino, ellos han
modelado su sociabilidad en un conjunto imaginario de ejemplares de Róbinson,
que después de haber fortificado rudamente su personalidad en la práctica de la
ayuda propia, entrarán a componer los filamentos de una urdimbre firmísima.—Sin
sacrificarle esa soberana concepción del individuo, han sabido hacer al mismo
tiempo, del espíritu de asociación, el más admirable instrumento de su grandeza
y de su imperio; y han obtenido de la suma de las fuerzas humanas, subordinada
a los propósitos de la investigación, de la filantropía, de la industria,
resultados tanto más maravillosos por lo mismo que se consiguen con la más
absoluta integridad de la autonomía personal.—Hay en ellos un instinto de
curiosidad despierta e insaciable, una impaciente avidez de toda luz; y
profesando el amor por la instrucción del pueblo con la obsesión de una
monomanía gloriosa y fecunda, han hecho de la escuela el quicio más seguro de
su prosperidad, y del alma del niño la más cuidada entre las cosas leves y
preciosas.—Su cultura, que está lejos de ser refinada ni espiritual, tiene una
eficacia admirable siempre que se dirige prácticamente a realizar una finalidad
inmediata.
No han incorporado a las adquisiciones de la
ciencia una sola ley general, un solo principio; pero la han hecho maga por las
maravillas de sus aplicaciones, la han agigantado en los dominios de la
utilidad, y han dado al mundo en la caldera de vapor y en la dínamo eléctrica,
billones de esclavos invisibles que centuplican, para servir al Aladino humano,
el poder de la lámpara maravillosa.—El crecimiento de su grandeza y de su
fuerza, será objeto de perdurables asombros para el porvenir. Han inventado, con
su prodigiosa aptitud de improvisación, un acicate para el tiempo; y al conjuro
de su voluntad poderosa, surge en un día, del seno de la absoluta soledad, la
suma de cultura acumulable para la obra de los siglos.—La libertad puritana,
que les envía su luz desde el pasado, unió a esta luz el calor de una piedad
que aún dura. Junto a la fábrica y la escuela, sus fuertes manos han alzado
también los templos de donde evaporan sus plegarias muchos millones de
conciencias libres. Ellos han sabido salvar, en el naufragio de todas las
idealidades, la idealidad más alta, guardando viva la tradición de un
sentimiento religioso que, si no levanta sus vuelos en alas de un
espiritualismo delicado y profundo, sostiene, en parte, entre las asperezas del
tumulto utilitario, la rienda firme del sentido moral.—Han sabido también
guardar, en medio de los refinamientos de la vida civilizada, el sello de
cierta primitividad robusta. Tienen el culto pagano de la salud, de la
destreza, de la fuerza; templan y afinan en el músculo el instrumento precioso
de la voluntad; y obligados por su aspiración insaciable de dominio a cultivar
la energía de todas las actividades humanas, modelan el torso del atleta para
el corazón del hombre libre.—Y del concierto de su civilización, del acordado
movimiento de su cultura, surge una dominante nota de optimismo, de confianza,
de fe, que dilata los corazones impulsándolos al porvenir bajo la sugestión de
una esperanza terca y arrogante; la nota del Excelsior y
el Salmo de la vida con que sus poetas han señalado el
infalible bálsamo contra toda amargura en la filosofía del esfuerzo y de la
acción.
Su grandeza titánica se impone así, aun a los más
prevenidos por las enormes desproporciones de su carácter o por las violencias
recientes de su historia. Y por mi parte ya veis que, aunque no les amo, les
admiro. Les admiro, en primer término, por su formidable capacidad de querer,
y me inclino ante «la escuela de voluntad y de trabajo» que—como de sus
progenitores nacionales dijo Philarète-Chasles—ellos han instituído.
En el principio la acción era. Con estas célebres palabras del «Fausto»
podría empezar un futuro historiador de la poderosa república el Génesis, aún
no concluído, de su existencia nacional. Su genio podría definirse, como el
universo de los dinamistas, la fuerza en movimiento. Tiene, ante
todo y sobre todo, la capacidad, el entusiasmo, la vocación dichosa de la
acción. La voluntad es el cincel que ha esculpido a ese pueblo en dura piedra.
Sus relieves característicos son dos manifestaciones del poder de la voluntad:
la originalidad y la audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de una
actividad viril. Su personaje representativo se llama Yo quiero,
como el «superhombre» de Nietzsche.—Si algo le salva colectivamente de la
vulgaridad, es ese extraordinario alarde de energía que lleva a todas partes y
con el que imprime cierto carácter de épica grandeza, aun a las luchas del
interés y de la vida material. Así de los especuladores de Chicago y de
Mineápolis, ha dicho Paul Bourget que son a la manera de combatientes heroicos
en los cuales la aptitud para el ataque y la defensa es comparable a la de
un grognard del gran Emperador.—Y esta energía suprema, con la
que el genio norteamericano parece obtener—hipnotizador audaz—el adormecimiento
y la sugestión de los hados, suele encontrarse aun en las particularidades que
se nos presentan como excepcionales y divergentes de aquella civilización.
Nadie negará que Edgard Poe es una individualidad anómala y rebelde dentro de
su pueblo. Su alma escogida representa una partícula inasimilable del alma
nacional, que no en vano se agitó entre las otras con la sensación de una
soledad infinita. Y, sin embargo, la nota fundamental—que Baudelaire ha
señalado profundamente—en el carácter de los héroes de Poe, es todavía el temple
sobrehumano, la indómita resistencia de la voluntad. Cuando ideó a Ligeia, la
más misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe simbolizó en la luz
inextinguible de sus ojos el himno de triunfo de la Voluntad sobre la Muerte.
Adquirido, con el sincero reconocimiento de cuanto
hay de luminoso y grande en el genio de la poderosa nación, el derecho de
completar respecto a él la fórmula de la justicia, una cuestión llena de
interés pide expresarse.—¿Realiza aquella sociedad, o tiende a realizar, por lo
menos, la idea de la conducta racional que cumple a las legítimas exigencias
del espíritu, a la dignidad intelectual y moral de nuestra civilización?—¿Es en
ella donde hemos de señalar la más aproximada imagen de nuestra «ciudad perfecta»?—Esta
febricitante inquietud que parece centuplicar en su seno el movimiento y la
intensidad de la vida, ¿tiene un objeto capaz de merecerla y un estímulo
bastante para justificarla?
Herbert Spencer, formulando con noble sinceridad su
saludo a la democracia de América en un banquete de New York, señalaba el rasgo
fundamental de la vida de los norteamericanos en esa misma desbordada inquietud
que se manifiesta por la pasión infinita del trabajo y la porfía de la
expansión material en todas sus formas. Y observaba después que, en tan
exclusivo predominio de la actividad subordinada a los propósitos inmediatos de
la utilidad, se revelaba una concepción de la existencia, tolerable sin duda como
carácter provisional de una civilización, como tarea preliminar de una cultura,
pero que urgía ya rectificar, puesto que tendía a convertir el trabajo
utilitario en fin y objeto supremo de la vida, cuando él en ningún caso puede
significar racionalmente sino la acumulación de los elementos propios para
hacer posible el total y armonioso desenvolvimiento de nuestro ser.—Spencer
agregaba que era necesario predicar a los norteamericanos el Evangelio del
descanso o el recreo; e identificando nosotros la más noble significación de
estas palabras con las del ocio, tal cual lo dignificaban los
antiguos moralistas, clasificaremos dentro del Evangelio en que debe iniciarse
a aquellos trabajadores sin reposo, toda preocupación ideal, todo desinteresado
empleo de las horas, todo objeto de meditación levantado sobre la finalidad
inmediata de la utilidad.
La vida norteamericana describe efectivamente ese
círculo vicioso que Pascal señalaba en la anhelante persecución del bienestar,
cuando él no tiene su fin fuera de sí mismo. Su prosperidad es tan grande como
su imposibilidad de satisfacer a una mediana concepción del destino humano.
Obra titánica, por la enorme tensión de voluntad que representa y por sus
triunfos inauditos en todas las esferas del engrandecimiento material, es
indudable que aquella civilización produce en su conjunto una singular impresión
de insuficiencia y de vacío. Y es que, si con el derecho que da la historia de
treinta siglos de evolución presididos por la dignidad del espíritu clásico y
del espíritu cristiano, se pregunta cuál es en ella el principio dirigente,
cuál su substratum ideal, cuál el propósito ulterior a la
inmediata preocupación de los intereses positivos que estremecen aquella masa
formidable, sólo se encontrará, como fórmula del ideal definitivo, la misma
absoluta preocupación del triunfo material.—Huérfano de tradiciones muy hondas
que le orienten, ese pueblo no ha sabido substituir la idealidad inspiradora
del pasado con una alta y desinteresada concepción del porvenir. Vive para la
realidad inmediata, del presente, y por ello subordina toda su actividad al
egoísmo del bienestar personal y colectivo.—De la suma de los elementos de su
riqueza y su poder, podría decirse lo que el autor de Mensonges de
la inteligencia del marqués de Norbert que figura en uno de sus libros: es un
monte de leña al cual no se ha hallado modo de dar fuego. Falta la chispa
eficaz que haga levantarse la llama de un ideal vivificante e inquieto sobre el
copioso combustible.—Ni siquiera el egoísmo nacional, a falta de más altos
impulsos; ni siquiera el exclusivismo y el orgullo de raza, que son los que
transfiguran y engrandecen, en la antigüedad, la prosaica dureza de la vida de
Roma, pueden tener vislumbres de idealidad y de hermosura en un pueblo donde la
confusión cosmopolita y el atomismo de una mal entendida
democracia, impiden la formación de una verdadera conciencia nacional.
Diríase que el positivismo genial de la Metrópoli
ha sufrido, al transmitirse a sus emancipados hijos de América, una destilación
que le priva de todos los elementos de idealidad que le templaban,
reduciéndole, en realidad, a la crudeza que, en las exageraciones de la pasión
o de la sátira, ha podido atribuirse al positivismo de Inglaterra.—El espíritu
inglés, bajo la áspera corteza del utilitarismo, bajo la indiferencia
mercantil, bajo la severidad puritana, esconde, a no dudarlo, una virtualidad
poética escogida y un profundo venero de sensibilidad, el cual revela, en
sentir de Taine, que el fondo primitivo, el fondo germánico de aquella raza,
modificada luego por la presión de la conquista y por el hábito de la actividad
comercial, fué una extraordinaria exaltación del sentimiento. El espíritu
americano no ha recibido en herencia ese instinto poético ancestral, que brota,
como surgente límpida, del seno de la roca británica, cuando es el Moisés de un
arte delicado quien la toca. El pueblo inglés tiene, en la institución de su
aristocracia—por anacrónica e injusta que ella sea bajo el aspecto del derecho
político—, un alto e inexpugnable baluarte que oponer al mercantilismo ambiente
y a la prosa invasora; tan alto e inexpugnable baluarte, que es el mismo Taine
quien asegura que desde los tiempos de las ciudades griegas, no presentaba la
historia ejemplo de una condición de vida más propia para formar y enaltecer el
sentimiento de la nobleza humana. En el ambiente de la democracia de América,
el espíritu de vulgaridad no halla ante sí relieves inaccesibles para su fuerza
de ascensión, y se extiende y propaga como sobre la llaneza de una pampa
infinita.
Sensibilidad, inteligencia, costumbres—todo está
caracterizado en el enorme pueblo por una radical ineptitud de selección, que
mantiene, junto al orden mecánico de su actividad material y de su vida
política, un profundo desorden en todo lo que pertenece al dominio de las
facultades ideales.—Fáciles son de seguir las manifestaciones de esa ineptitud,
partiendo de las más exteriores y aparentes, para llegar después a otras más
esenciales y más íntimas.—Pródigo de sus riquezas—porque en su codicia no entra,
según acertadamente se ha dicho, ninguna parte de Harpagón—, el norteamericano
ha logrado adquirir con ellas, plenamente, la satisfacción y la vanidad de la
magnificencia suntuaria, pero no ha logrado adquirir la nota escogida del buen
gusto. El arte verdadero sólo ha podido existir, en tal ambiente, a título de
rebelión individual. Émerson, Poe, son allí como los ejemplares de una fauna
expulsada de su verdadero medio por el rigor de una catástrofe geológica.—Habla
Bourget, en Outre mer, del acento concentrado y solemne con que la
palabra arte vibra en los labios de los norteamericanos que ha
halagado el favor de la fortuna; de esos recios y acrisolados héroes del self-help que
aspiran a coronar, con la asimilación de todos los refinamientos humanos, la
obra de su encumbramiento reñido. Pero nunca les ha sido dado concebir esa
divina actividad que nombran con énfasis, sino como un nuevo motivo de
satisfacerse su inquietud invasora y como un trofeo de su vanidad. La ignoran,
en lo que ella tiene de desinteresado y de escogido; la ignoran, a despecho de
la munificencia con que la fortuna individual suele emplearse en estimular la
formación de un delicado sentido de belleza; a despecho de la esplendidez de
los museos y las exposiciones con que se ufanan sus ciudades; a despecho de las
montañas de mármol y de bronce que han esculpido para las estatuas de sus
plazas públicas. Y si con su nombre hubiera de caracterizarse alguna vez un
gusto de arte, él no podría ser otro que el que envuelve la negación del arte mismo:
la brutalidad del efecto rebuscado, el desconocimiento de todo tono suave y de
toda manera exquisita, el culto de una falsa grandeza, el sensacionismo que
excluye la noble serenidad inconciliable con el apresuramiento de una vida
febril.
La idealidad de lo hermoso no apasiona al
descendiente de los austeros puritanos. Tampoco le apasiona la idealidad de lo
verdadero. Menosprecia todo ejercicio del pensamiento que prescinda de una
inmediata finalidad, por vano e infecundo. No le lleva a la ciencia un
desinteresado anhelo de verdad, ni se ha manifestado ningún caso capaz de
amarla por sí misma. La investigación no es para él sino el antecedente de la
aplicación utilitaria.—Sus gloriosos empeños por difundir los beneficios de la
educación popular, están inspirados en el noble propósito de comunicar los
elementos fundamentales del saber al mayor número; pero no nos revelan que, al
mismo tiempo que de ese acrecentamiento extensivo de la educación, se preocupe
de seleccionarla y elevarla, para auxiliar el esfuerzo de las superioridades
que ambicionen erguirse sobre la general mediocridad. Así, el resultado de su
porfiada guerra a la ignorancia, ha sido la semicultura universal y una
profunda languidez de la alta cultura.—En igual proporción que la ignorancia
radical, disminuyen en el ambiente de esa gigantesca democracia, la superior
sabiduría y el genio. He ahí por qué la historia de su actividad pensadora es
una progresión decreciente de brillo y de originalidad. Mientras en el período
de la independencia y la organización surgen, para representar lo mismo el
pensamiento que la voluntad de aquel pueblo, muchos nombres ilustres, medio
siglo más tarde Tocqueville puede observar, respecto a ellos, que los
dioses se van. Cuando escribió Tocqueville su obra maestra, aún irradiaba,
sin embargo, desde Boston, la ciudadela puritana, la ciudad de las
doctas tradiciones, una gloriosa pléyade que tiene en la historia intelectual
de este siglo la magnitud de la universalidad.—¿Quiénes han recogido después la
herencia de Chánning, de Émerson, de Poe?—La nivelación mesocrática, apresurando
su obra desoladora, tiende a desvanecer el poco carácter que quedaba a aquella
precaria intelectualidad. Las alas de sus libros ha tiempo que no llegan a la
altura en que sería universalmente posible divisarlos. Y hoy, la más genuina
representación del gusto norteamericano, en punto a letras, está en los lienzos
grises de un diarismo que no hace pensar en el que un día suministró los
materiales de El Federalista.
Con relación a los sentimientos morales, el impulso
mecánico del utilitarismo ha encontrado el resorte moderador de una fuerte
tradición religiosa. Pero no por eso debe creerse que ha cedido la dirección de
la conducta a un verdadero principio de desinterés. La religiosidad de los
americanos, como derivación extremada de la inglesa, no es más que una fuerza
auxiliatoria de la legislación penal, que evacuaría su puesto el día que fuera
posible dar a la moral utilitaria la autoridad religiosa que ambicionaba darle
Stuart Mill.—La más elevada cúspide de su moral es la moral de Franklin.—Una
filosofía de la conducta, que halla su término en lo mediocre de la honestidad,
en la utilidad de la prudencia, de cuyo seno no surgirán jamás ni la santidad
ni el heroísmo, y que sólo apta para prestar a la conciencia, en los caminos
normales de la vida, el apoyo del bastón del manzano con que marchaba
habitualmente su propagador, no es más que un leño frágil cuando se trata de
subir las altas pendientes.—Tal es la suprema cumbre; pero es en los valles
donde hay que buscar la realidad. Aun cuando el criterio moral no hubiera de
descender más abajo del utilitarismo probo y mesurado de Franklin, el término
forzoso—que ya señaló la sagaz observación de Tocqueville—de una sociedad
educada en semejante limitación del deber, sería, no por cierto una de esas
decadencias soberbias y magníficas que dan la medida de la satánica hermosura
del mal en la disolución de los imperios, pero sí una suerte de materialismo
pálido y mediocre, y en último resultado, el sueño de una enervación sin
brillo, por la silenciosa descomposición de todos los resortes de la vida
moral—Allí donde el precepto tiende a poner las altas manifestaciones de la
abnegación y la virtud fuera del dominio de lo obligatorio, la realidad hará
retroceder indefinidamente el límite de la obligación.—Pero la escuela de la
prosperidad material, que será siempre ruda prueba para la austeridad de las
repúblicas, ha llevado más lejos la llaneza de la concepción de la conducta racional
que hoy gana los espíritus. Al código de Franklin han sucedido otros de más
francas tendencias, como expresión de la sabiduría nacional. Y no hace aún
cinco años el voto público consagraba en todas las ciudades norteamericanas,
con las más equívocas manifestaciones de la popularidad y de la crítica, la
nueva ley moral en que, desde la puritana Boston, anunciaba solemnemente el
autor de cierto docto libro que se intitulaba Pushing to the front[C],
que el éxito debía ser considerado la finalidad suprema de la vida. La
revelación tuvo eco aún en el seno de las comuniones cristianas, y se citó una
vez, a propósito del libro afortunado, la Imitación, de Kémpis,
como término de comparación.
[C] Por M. Orisson Swett Marden. Boston, 1895.
La vida pública no se sustrae, por cierto, a las
consecuencias del crecimiento del mismo germen de desorganización que lleva
aquella sociedad en sus entrañas. Cualquier mediano observador de sus
costumbres políticas os hablará de cómo la obsesión del interés utilitario
tiende progresivamente a enervar y empequeñecer en los corazones el sentimiento
del derecho. El valor cívico, la virtud vieja de los Hámilton, es una hoja de
acero que se oxida, cada día más olvidada, entre las telarañas de las
tradiciones. La venalidad, que empieza desde el voto público, se propaga a
todos los resortes institucionales. El gobierno de la mediocridad vuelve vana
la emulación que realza los caracteres y las inteligencias y que los entona con
la perspectiva de la efectividad de su dominio. La democracia, a la que no han
sabido dar el regulador de una alta y educadora noción de las superioridades
humanas, tendió siempre entre ellos a esa brutalidad abominable del número que
menoscaba los mejores beneficios morales de la libertad y anula en la opinión
el respeto de la dignidad ajena. Hoy, además, una formidable fuerza se levanta
a contrastar de la peor manera posible el absolutismo del número. La influencia
política de una plutocracia representada por los todopoderosos aliados de los trust,
monopolizadores de la producción y dueños de la vida económica, es, sin duda,
uno de los rasgos más merecedores de interés en la actual fisonomía del gran
pueblo. La formación de esta plutocracia ha hecho que se recuerde, con muy
probable oportunidad, el advenimiento de la clase enriquecida y soberbia que,
en los últimos tiempos de la república romana, es uno de los antecedentes
visibles de la ruina de la libertad y de la tiranía de los Césares. Y el
exclusivo cuidado del engrandecimiento material—numen de aquella
civilización—impone así la lógica de sus resultados en la vida política, como
en todos los órdenes de la actividad, dando el rango primero al struggle-for-life osado
y astuto, convertido por la brutal eficacia de su esfuerzo en la suprema personificación
de la energía nacional—en el postulante a su representación emersoniana—en
el personaje reinante de Taine.
Al impulso que precipita aceleradamente la vida del
espíritu en el sentido de la desorientación ideal y el egoísmo utilitario,
corresponde, físicamente, ese otro impulso, que en la expansión del asombroso
crecimiento de aquel pueblo lleva sus multitudes y sus iniciativas en dirección
a la inmensa zona occidental que, en tiempos de la independencia, era el
misterio, velado por las selvas del Mississipi. En efecto; es en ese
improvisado Oeste, que crece formidable frente a los viejos Estados del
Atlántico y reclama para un cercano porvenir la hegemonía, donde está la más
fiel representación de la vida norteamericana en el actual instante de su
evolución. Es allí donde los definitivos resultados, los lógicos y naturales
frutos del espíritu que ha guiado a la poderosa democracia desde sus orígenes,
se muestran de relieve a la mirada del observador y le proporcionan un punto de
partida para imaginarse la faz del inmediato futuro del gran pueblo. Al
virginiano y al yankee ha sucedido, como tipo representativo,
ese dominador de las ayer desiertas Praderas, refiriéndose al cual decía Michel
Chevalier, hace medio siglo, que «los últimos serían un día los primeros». El
utilitarismo, vacío de todo contenido ideal, la vaguedad cosmopolita y la
nivelación de la democracia bastarda, alcanzarán con él su último triunfo.—Todo
elemento noble de aquella civilización; todo lo que la vincula a generosos
recuerdos y fundamenta su dignidad histórica—el legado de los tripulantes
del Flor de Mayo, la memoria de los patricios de Virginia y de los
caballeros de la Nueva Inglaterra, el espíritu de los ciudadanos y los
legisladores de la emancipación—, quedarán dentro de los viejos Estados donde
Boston y Filadelfia mantienen aún, según expresivamente se ha dicho, «el
palládium de la tradición washingtoniana». Chicago se alza a reinar. Y su
confianza en la superioridad que lleva sobre el litoral iniciador del
Atlántico, se funda en que le considera demasiado reaccionario, demasiado
europeo, demasiado tradicionalista. La historia no da títulos cuando el
procedimiento de elección es la subasta de la púrpura.
A medida que el utilitarismo genial de aquella
civilización asume así caracteres más definidos, más francos, más estrechos,
aumentan, con la embriaguez de la prosperidad material, las impaciencias de sus
hijos por propagarla y atribuirle la predestinación de un magisterio
romano.—Hoy, ellos aspiran manifiestamente al primado de la cultura universal,
a la dirección de las ideas, y se consideran a sí mismos los forjadores de un
tipo de civilización que prevalecerá. Aquel discurso semi-irónico que Laboulaye
pone en boca de un escolar de su París americanizado para significar la
preponderancia que concedieron siempre en el propósito educativo a cuanto
favorezca el orgullo del sentimiento nacional, tendría toda la seriedad de la
creencia más sincera en labios de cualquier americano viril de nuestros días.
En el fondo de su declarado espíritu de rivalidad hacia Europa hay un
menosprecio que es ingenuo, y hay la profunda convicción de que ellos están
destinados a obscurecer en breve plazo su superioridad espiritual y su gloria,
cumpliéndose una vez más en las evoluciones de la civilización humana la dura
ley de los misterios antiguos en que el iniciado daba muerte al iniciador.
Inútil sería tender a convencerles de que, aunque la contribución que han
llevado a los progresos de la libertad y de la utilidad haya sido,
indudablemente, cuantiosa, y aunque debiera atribuírsele en justicia la
significación de una obra universal, de una obra humana, ella es
insuficiente para hacer transmudarse, en dirección al nuevo Capitolio, el eje
del mundo. Inútil sería tender a convencerles de que la obra realizada por la
perseverante genialidad del arya europeo desde que, hace tres mil años, las
orillas del Mediterráneo, civilizador y glorioso, se ciñeron jubilosamente la
guirnalda de las ciudades helénicas; la obra que aún continúa realizándose y de
cuyas tradiciones y enseñanzas vivimos, es una suma con la cual no puede formar
ecuación la fórmula Wáshington más Édison. Ellos aspirarían a
revisar el Génesis para ocupar esa primera página.—Pero además de la relativa
insuficiencia de la parte que les es dado reivindicar en la educación de la
humanidad, su carácter mismo les niega la posibilidad de la
hegemonía.—Naturaleza no les ha concedido el genio de la propaganda ni la
vocación apostólica. Carecen de ese don superior de amabilidad—en
alto sentido—, de ese extraordinario poder de simpatía con que las razas que
han sido dotadas de un cometido providencial de educación, saben hacer de su
cultura algo parecido a la belleza de la Helena clásica, en la que todos creían
reconocer un rasgo propio.—Aquella civilización puede abundar, o abunda
indudablemente, en sugestiones y en ejemplos fecundos; ella puede inspirar
admiración, asombro, respeto, pero es difícil que cuando el extranjero divisa de
alta mar su gigantesco símbolo: la libertad de Bartholdi, que yergue
triunfalmente su antorcha sobre el puerto de Nueva York, se despierte en su
ánimo la emoción profunda y religiosa con que el viajero antiguo debía ver
surgir, en las noches diáfanas del Ática, el toque luminoso que la lanza de oro
de la Atenea del Acrópolis dejaba notar a la distancia en la pureza del
ambiente sereno.
Y advertid que cuando, en nombre de los derechos
del espíritu, niego al utilitarismo norteamericano ese carácter típico con que
quiere imponérsenos como suma y modelo de civilización, no es mi propósito
afirmar que la obra realizada por él haya de ser enteramente perdida con
relación a los que podríamos llamar los intereses del alma.—Sin el
brazo que nivela y construye, no tendría paz el que sirve de apoyo a la noble
frente que piensa. Sin la conquista de cierto bienestar material es imposible,
en las sociedades humanas, el reino del espíritu. Así lo reconoce el mismo
aristocrático idealismo de Renán, cuando realza, del punto de vista de los
intereses morales de la especie y de su selección espiritual en lo futuro, la
significación de la obra utilitaria de este siglo. «Elevarse sobre la
necesidad—agrega el maestro—, es redimirse».—En lo remoto del pasado, los
efectos de la prosaica e interesada actividad del mercader que por primera vez
pone en relación a un pueblo con otros tienen un incalculable alcance idealizador,
puesto que contribuyen eficazmente a multiplicar los instrumentos de la
inteligencia, a pulir y suavizar las costumbres y a hacer posibles, quizá, los
preceptos de una moral más avanzada.—La misma fuerza positiva aparece
propiciando las mayores idealidades de la civilización. El oro acumulado por el
mercantilismo de las repúblicas italianas «pagó—según Saint-Víctor—los gastos
del renacimiento». Las naves que volvían de los países de Las mil y una
noches, colmadas de especias y marfil, hicieron posible que Lorenzo de
Médicis renovara, en las lonjas de los mercaderes florentinos, los convites
platónicos.—La historia muestra en definitiva una inducción recíproca entre los
progresos de la actividad utilitaria y la ideal. Y así como la utilidad suele convertirse
en fuerte escudo para las idealidades, ellas provocan con frecuencia (a
condición de no proponérselo directamente) los resultados de lo útil. Observa
Bagehot, por ejemplo, cómo los inmensos beneficios positivos de la navegación
no existirían acaso para la humanidad, si en las edades primitivas no hubiera
habido soñadores y ociosos—seguramente, mal comprendidos de sus
contemporáneos—a quienes interesase la contemplación de lo que pasaba en las
esferas del cielo.—Esta ley de armonía nos enseña a respetar el brazo que labra
el duro terruño de la prosa. La obra del positivismo norteamericano servirá a
la causa de Ariel, en último término. Lo que aquel pueblo de cíclopes ha
conquistado directamente para el bienestar material, con su sentido de lo útil
y su admirable actitud de la invención mecánica, lo convertirán otros pueblos,
o él mismo en lo futuro, en eficaces elementos de selección. Así, la más
preciosa y fundamental de las adquisiciones del espíritu—el alfabeto, que da
alas de inmortalidad a la palabra—nace en el seno de las factorías cananeas y
es el hallazgo de una civilización mercantil, que, al utilizarlo con fines
exclusivamente mercenarios, ignoraba que el genio de razas superiores lo
transfiguraría convirtiéndole en el medio de propagar su más pura y luminosa
esencia. La relación entre los bienes positivos y los bienes intelectuales y
morales es, pues, según la adecuada comparación de Fouillée, un nuevo aspecto
de la cuestión de la equivalencia de las fuerzas, que así como permite
transformar el movimiento en calórico, permite también obtener de las ventajas
materiales elementos de superioridad espiritual.
Pero la vida norteamericana no nos ofrece aún un
nuevo ejemplo de esa relación indudable, ni nos lo anuncia como gloria de una
posteridad que se vislumbre.—- Nuestra confianza y nuestros votos deben
inclinarse a que, en un porvenir más inaccesible a la inferencia, esté
reservado a aquella civilización un destino superior. Por más que bajo el
acicate de su actividad vivísima, el breve tiempo que la separa de su aurora
haya sido bastante para satisfacer el gasto de vida requerido por una evolución
inmensa, su pasado y su actualidad no pueden ser sino un introito con relación
a lo futuro.—Todo demuestra que ella está aún muy lejana de su fórmula
definitiva. La energía asimiladora que le ha permitido conservar cierta
uniformidad y cierto temple genial, a despecho de las enormes invasiones de
elementos étnicos opuestos a los que hasta hoy han dado el tono a su carácter,
tendrá que reñir batallas cada día más difíciles, y en el utilitarismo
proscriptor de toda idealidad no encontrará una inspiración suficientemente
poderosa para mantener la atracción del sentimiento solidario. Un pensador
ilustre, que comparaba al esclavo de las sociedades antiguas con una partícula
no digerida por el organismo social, podría quizá tener una comparación
semejante para caracterizar la situación de ese fuerte colono de procedencia
germánica, que establecido en los Estados del centro y del Far-West conserva
intacta en su naturaleza, en su sociabilidad, en sus costumbres, la impresión
del genio alemán, que en muchas de sus condiciones características más
profundas y enérgicas debe ser considerado una verdadera antítesis del genio
americano.—Por otra parte, una civilización que esté destinada a vivir y a
dilatarse en el mundo; una civilización que no haya perdido, momificándose, a
la manera de los imperios asiáticos, la aptitud de la variabilidad, no puede
prolongar indefinidamente la dirección de sus energías y de sus ideas en un
único y exclusivo sentido. Esperemos que el espíritu de aquel titánico
organismo social, que ha sido hasta hoy voluntad y utilidad solamente,
sea también algún día inteligencia, sentimiento, idealidad. Esperemos, que de
la enorme fragua surgirá, en último resultado, el ejemplar humano, generoso,
armónico, selecto, que Spencer, en un ya citado discurso, creía poder augurar
como término del costoso proceso de refundición. Pero no le busquemos ni en la
realidad presente de aquel pueblo, ni en la perspectiva de sus evoluciones
inmediatas; y renunciemos a ver el tipo de una civilización ejemplar donde sólo
existe un boceto tosco y enorme, que aún pasará necesariamente por muchas
rectificaciones sucesivas, antes de adquirir la serena y firme actitud con que
los pueblos que han alcanzado un perfecto desenvolvimiento de su genio presiden
al glorioso coronamiento de su obra, como en el sueño del cóndor que
Leconte de Lisle ha descrito con su soberbia majestad, terminando en olímpico
sosiego la ascensión poderosa más arriba de la cumbre de la cordillera.
Ante la posteridad, ante la historia, todo gran
pueblo debe aparecer como una vegetación cuyo desenvolvimiento ha tendido
armoniosamente a producir un fruto en el que su savia acrisolada ofrece al
porvenir la idealidad de su fragancia y la fecundidad de su simiente.—Sin este
resultado duradero, humano, levantado sobre la finalidad
transitoria de lo útil, el poder y la grandeza de los imperios no
son más que una noche de sueño en la existencia de la humanidad; porque, como
las visiones personales del sueño, no merecen contarse en el encadenamiento de
los hechos que forman la trama activa de la vida.
Gran civilización, gran pueblo—en la acepción que
tiene valor para la historia—, son aquellos que, al desaparecer materialmente
en el tiempo, dejan vibrante para siempre la melodía surgida de su espíritu y
hacen persistir en la posteridad su legado imperecedero—según dijo Carlyle del
alma de sus «héroes»—: como una nueva y divina porción de la suma de
las cosas. Tal, en el poema de Gœthe, cuando la Elena evocada del reino de
la noche vuelve a descender al Orco sombrío, deja a Fausto su túnica y su velo.
Estas vestiduras no son la misma deidad, pero participan, habiéndolas llevado
ella consigo, de su alteza de divina, y tienen la virtud de elevar a quien las
posee por encima de las cosas vulgares.
Una sociedad definitivamente organizada que limite
su idea de la civilización a acumular abundantes elementos de prosperidad y su
idea de la justicia a distribuirlos equitativamente entre los asociados, no
hará de las ciudades donde habite nada que sea distinto, por esencia del
hormiguero o la colmena. No son bastantes, ciudades populosas, opulentas,
magníficas, para probar la constancia y la intensidad de una civilización. La
gran ciudad es, sin duda, un organismo necesario de la alta cultura. Es el ambiente
natural de las más altas manifestaciones del espíritu. No sin razón ha dicho
Quinet que «el alma que acude a beber fuerzas y energías en la íntima
comunicación con el linaje humano, esa alma que constituye al grande hombre, no
puede formarse y dilatarse en medio de los pequeños partidos de una ciudad
pequeña».—Pero así la grandeza cuantitativa de la población como la grandeza
material de sus instrumentos, de sus armas, de sus habitaciones, son sólo medios del
genio civilizador, y en ningún caso resultados en los que él pueda
detenerse.—De las piedras que compusieron a Cartago, no dura una partícula
transfigurada en espíritu y en luz. La inmensidad de Babilonia y de Nínive no
representa en la memoria de la humanidad el hueco de una mano si se la compara con
el espacio que va desde la Acrópolis al Pireo.—Hay una perspectiva ideal en la
que la ciudad no aparece grande sólo porque prometa ocupar el área inmensa que
había edificada en torno a la torre de Nemrod; ni aparece fuerte sólo porque
sea capaz de levantar de nuevo ante sí los muros babilónicos sobre los que era
posible hacer pasar seis carros de frente; ni aparece hermosa sólo porque, como
Babilonia, luzca en los paramentos de sus palacios losas de alabastro y se
enguirnalde con los jardines de Semíramis.
Grande es en esa perspectiva la ciudad, cuando los
arrabales de su espíritu alcanzan más allá de las cumbres y los mares, y
cuando, pronunciando su nombre, ha de iluminarse para la posteridad toda una
jornada de la historia humana, todo un horizonte del tiempo. La ciudad es
fuerte y hermosa cuando sus días son algo más que la invariable repetición de
un mismo eco, reflejándose indefinidamente de uno en otro círculo de una eterna
espiral; cuando hay algo en ella que flota por encima de la muchedumbre; cuando
entre las luces que se encienden durante sus noches está la lámpara que
acompaña la soledad de la vigilia, inquietada por el pensamiento, y en la que
se incuba la idea que ha de surgir al sol del otro día convertida en el grito
que congrega y la fuerza que conduce las almas.
Entonces, sólo la extensión y la grandeza material
de la ciudad pueden dar la medida para calcular la intensidad de su
civilización.—Ciudades regias, soberbias aglomeraciones de casas, son para el
pensamiento un cauce más inadecuado que la absoluta soledad del desierto,
cuando el pensamiento no es el señor que las domina.—Leyendo el Maud de
Ténnyson, hallé una página que podría ser el símbolo de este tormento del
espíritu allí donde la sociedad humana es para él un género de soledad.—Presa
de angustioso delirio, el héroe del poema se sueña muerto y sepultado, a pocos
pies dentro de tierra, bajo el pavimento de una calle de Londres. A pesar de la
muerte, su conciencia permanece adherida a los fríos despojos de su cuerpo. El
clamor confuso de la calle, propagándose en sorda vibración hasta la estrecha
cavidad de la tumba, impide en ella todo sueño de paz. El peso de la multitud
indiferente gravita a toda hora sobre la triste prisión de aquel espíritu, y
los cascos de los caballos que pasan parecen empeñarse en estampar sobre él un
sello de oprobio. Los días se suceden con lentitud inexorable. La aspiración de
Maud consistiría en hundirse más adentro, mucho más adentro de la tierra. El
ruido ininteligente del tumulto sólo sirve para mantener en su conciencia desvelada
el pensamiento de su cautividad.
Existen ya, en nuestra América latina, ciudades
cuya grandeza material y cuya suma de civilización aparente las acercan con
acelerado paso a participar del primer rango en el mundo. Es necesario temer
que el pensamiento sereno que se aproxime a golpear sobre las exterioridades
fastuosas, como sobre un cerrado vaso de bronce, sienta el ruido desconsolador
del vacío. Necesario es temer, por ejemplo, que ciudades cuyo nombre fué un
glorioso símbolo en América; que tuvieron a Moreno, a Rivadavia, a Sarmiento; que
llevaron la iniciativa de una inmortal Revolución; ciudades que hicieron
dilatarse por toda la extensión de un continente, como en el armonioso
desenvolvimiento de las ondas concéntricas que levanta el golpe de la piedra
sobre el agua dormida, la gloria de sus héroes y la palabra de sus tribunos,
puedan determinar en Sidón, en Tiro, en Cartago.
A vuestra generación toca impedirlo; a la juventud
que se levanta, sangre y músculo y nervio del porvenir. Quiero considerarla
personificada en vosotros. Os hablo ahora figurándome que sois los destinados a
guiar a los demás en los combates por la causa del espíritu. La perseverancia
de vuestro esfuerzo debe identificarse en vuestra intimidad con la certeza del
triunfo. No desmayéis en predicar el Evangelio de la delicadeza a los escitas,
el Evangelio de la inteligencia a los beocios, el Evangelio del desinterés a
los fenicios.
Basta que el pensamiento insista en ser—en
demostrar que existe, con la demostración que daba Diógenes del movimiento—,
para que su dilatación sea ineluctable y para que su triunfo sea seguro.
El pensamiento se conquistará palmo a palmo, por su
propia espontaneidad, todo el espacio de que necesite para afirmar y consolidar
su reino, entre las demás manifestaciones de la vida.—Él, en la organización
individual, levanta y engrandece, con su actividad continuada, la bóveda del
cráneo que le contiene. Las razas pensadoras revelan, en la capacidad creciente
de sus cráneos, ese empuje del obrero interior.—Él, en la organización social,
sabrá también engrandecer la capacidad de su escenario, sin necesidad de que
para ello intervenga ninguna fuerza ajena a él mismo.—Pero tal persuasión, que
debe defenderos de un desaliento cuya única utilidad consistiría en eliminar a
los mediocres y los pequeños de la lucha, debe preservaros también de las
impaciencias que exigen vanamente del tiempo la alteración de su ritmo
imperioso.
Todo el que se consagre a propagar y defender, en
la América contemporánea, un ideal desinteresado del espíritu—arte, ciencia,
moral, sinceridad religiosa, política de ideas—, debe educar su voluntad en el
culto perseverante del porvenir. El pasado perteneció todo entero al brazo que
combate; el presente pertenece, casi por completo también, al tosco brazo que
nivela y construye; el porvenir—un porvenir tanto más cercano cuanto más
enérgicos sean la voluntad y el pensamiento de los que le ansían—ofrecerá, para
el desenvolvimiento de superiores facultades del alma, la estabilidad, el
escenario y el ambiente.
¿No la veréis vosotros la América que nosotros
soñamos; hospitalaria para las cosas del espíritu, y no tan sólo para las
muchedumbres que se amparen a ella; pensadora, sin menoscabo de su aptitud para
la acción; serena y firme a pesar de sus entusiasmos generosos; resplandeciente
con el encanto de una seriedad temprana y suave, como la que realza la
expresión de un rostro infantil cuando en él se revela, al través de la gracia
intacta que fulgura, el pensamiento inquieto que despierta?…—Pensad en ella a
lo menos; el honor de vuestra historia futura depende de que tengáis
constantemente ante los ojos del alma la visión de esa América regenerada,
cerniéndose de lo alto sobre las realidades del presente, como en la nave
gótica el vasto rosetón que arde en luz sobre lo austero de los muros
sombríos.—No seréis sus fundadores, quizá; seréis los precursores que
inmediatamente la precedan. En las sanciones glorificadoras del futuro hay
también palmas para el recuerdo de los precursores. Edgard Quinet, que tan profundamente
ha penetrado en las armonías de la historia y la Naturaleza, observa que para
preparar el advenimiento de un nuevo tipo humano, de una nueva unidad social,
de una personificación nueva de la civilización, suele precederles de lejos un
grupo disperso y prematuro, cuyo papel es análogo en la vida de las sociedades
al de las especies proféticas de que a propósito de la
evolución biológica habla Héer. El tipo nuevo empieza por significar, apenas,
diferencias individuales y aisladas; los individualismos se organizan más tarde
en «variedad», y por último, la variedad encuentra para propagarse un medio que
la favorece, y entonces ella asciende quizá al rango específico:
entonces—digámoslo con las palabras de Quinet—el grupo se hace muchedumbre,
y reina.
He ahí por qué vuestra filosofía moral en el
trabajo y el combate debe ser el reverso del carpe diem horaciano;
una filosofía que no se adhiera a lo presente, sino como al peldaño donde
afirmar el pie o como a la brecha por donde entrar en muros enemigos. No
aspiraréis, en lo inmediato, a la consagración de la victoria definitiva, sino
a procuraros mejores condiciones de lucha. Vuestra energía viril tendrá con
ello un estímulo más poderoso; puesto que hay la virtualidad de un interés
dramático mayor, en el desempeño de ese papel, activo esencialmente, de
renovación y de conquista, propio para acrisolar las fuerzas de una generación
heroicamente dotada, que en la serena y olímpica actitud que suelen las edades
de oro del espíritu imponer a los oficiantes solemnes de su gloria.—«No es la
posesión de los bienes—ha dicho profundamente Taine, hablando de las alegrías
del Renacimiento—; no es la posesión de bienes, sino su adquisición, lo que da
a los hombres el placer y el sentimiento de su fuerza».
Acaso sea atrevida y candorosa esperanza creer en
un aceleramiento tan continuo y dichoso de la evolución, en una eficacia tal de
vuestro esfuerzo, que baste el tiempo concedido a la duración de una generación
humana para llevar en América las condiciones de la vida intelectual, desde la
incipiencia en que las tenemos ahora, a la categoría de un verdadero interés
social y a una cumbre que de veras domine.—Pero donde no cabe la transformación
total, cabe el progreso; y aun cuando supierais que las primicias del suelo
penosamente trabajado, no habrían de servirse en vuestra mesa jamás, ello
sería, si sois generosos, si sois fuertes, un nuevo estímulo en la intimidad de
vuestra conciencia. La obra mejor es la que se realiza sin las impaciencias del
éxito inmediato; y el más glorioso esfuerzo es el que pone la esperanza más
allá del horizonte visible; y la abnegación más pura es la que se niega en lo
presente, no ya la compensación del lauro y el honor ruidoso, sino aun la
voluptuosidad moral que se solaza en la contemplación de la obra consumada y el
término seguro.
Hubo en la antigüedad altares para los «dioses
ignorados». Consagrad una parte de vuestra alma al porvenir desconocido. A
medida que las sociedades avanzan, el pensamiento del porvenir entra por mayor
parte como uno de los factores de su evolución y una de las inspiraciones de
sus obras. Desde la imprevisión obscura del salvaje, que sólo divisa del futuro
lo que falta para el terminar de cada período de sol y no concibe cómo los días
que vendrán pueden ser gobernados en parte desde el presente, hasta nuestra
preocupación solícita y previsora de la posteridad, media un espacio inmenso,
que acaso parezca breve y miserable algún día. Sólo somos capaces de progreso
en cuanto lo somos de adaptar nuestros actos a condiciones cada vez más
distantes de nosotros, en el espacio y en el tiempo. La seguridad de nuestra
intervención en una obra que haya de sobrevivirnos, fructificando en los
beneficios del futuro, realza nuestra dignidad humana, haciéndonos triunfar de
las limitaciones de nuestra naturaleza. Si, por desdicha, la Humanidad hubiera
de desesperar definitivamente de la inmortalidad de la conciencia individual,
el sentimiento más religioso con que podría substituirla sería el que nace de
pensar que, aun después de disuelta nuestra alma en el seno de las cosas,
persistiría en la herencia que se transmiten las generaciones humanas lo mejor
de lo que ella ha sentido y ha soñado, su esencia más íntima y más pura, al
modo como el rayo lumínico de la estrella extinguida persiste en lo infinito y
desciende a acariciarnos con su melancólica luz.
El porvenir es, en la vida de las sociedades
humanas, el pensamiento idealizador por excelencia. De la veneración piadosa
del pasado, del culto de la tradición, por una parte, y por la otra del
atrevido impulso hacia lo venidero, se compone la noble fuerza que, levantando
el espíritu colectivo sobre las limitaciones del presente, comunica a las
agitaciones y los sentimientos sociales un sentido ideal. Los hombres y los
pueblos trabajan, en sentir de Fouillée, bajo la inspiración de las ideas, como
los irracionales bajo la inspiración de los instintos; y la sociedad que lucha
y se esfuerza, a veces sin saberlo, por imponer una idea a la realidad, imita,
según el mismo pensador, la obra instintiva del pájaro que, al construir el
nido bajo el imperio de una imagen interna que le obsede, obedece a la vez a un
recuerdo inconsciente del pasado y a un presentimiento misterioso del porvenir.
Eliminando la sugestión del interés egoísta de las
almas, el pensamiento inspirado en la preocupación por destinos ulteriores a
nuestra vida, todo lo purifica y serena, todo lo ennoblece; y es un alto honor
de nuestro siglo el que la fuerza obligatoria de esa preocupación por lo
futuro, el sentimiento de esa elevada imposición de la dignidad del ser
racional, se hayan manifestado tan claramente en él, que aun en el seno del más
absoluto pesimismo, aun en el seno de la amarga filosofía que ha traído a la
civilización occidental, dentro del loto de Oriente, el amor de la disolución y
la nada, la voz de Hártmann ha predicado, con la apariencia de la lógica, el
austero deber de continuar la obra del perfeccionamiento, de trabajar en
beneficio del porvenir, para que, acelerada la evolución por el esfuerzo de los
hombres, llegue ella con más rápido impulso a su término final, que será el
término de todo dolor y toda vida.
Pero no; como Hártmann, en nombre de la muerte,
sino en el de la vida misma y la esperanza, yo os pido una parte de vuestra
alma para la obra del futuro.—Para pedíroslo, he querido inspirarme en la
imagen dulce y serena de mi Ariel.—El bondadoso genio en quien Shakespeare
acertó a infundir, quizá con la divina inconsciencia frecuente en las
adivinaciones geniales, tan alto simbolismo, manifiesta claramente en la
estatua su significación ideal, admirablemente traducida por el arte en líneas
y contornos. Ariel es la razón y el sentimiento superior. Ariel es este sublime
instinto de perfectibilidad, por cuya virtud se magnifica y convierte en centro
de las cosas, la arcilla humana a la que vive vinculada su luz, la miserable
arcilla de que los genios de Arimanes hablaban a Manfredo. Ariel es,
para la Naturaleza, el excelso coronamiento de su obra, que hace terminarse el
proceso de ascensión de las formas organizadas, con la llamarada del espíritu
Ariel triunfante, significa idealidad y orden en la vida, noble inspiración en
el pensamiento, desinterés en moral, buen gusto en arte, heroísmo en la acción,
delicadeza en las costumbres.—Él es el héroe epónimo en la epopeya de la
especie; él es el inmortal protagonista; desde que con su presencia inspiró los
débiles esfuerzos de racionalidad del hombre prehistórico, cuando por primera
vez dobló la frente obscura para labrar el pedernal o dibujar una grosera
imagen en los huesos de reno; desde que con sus alas avivó la hoguera sagrada
que el arya primitivo, progenitor de los pueblos civilizadores, amigo de la
luz, encendía en el misterio de las selvas del Ganges para forjar con su fuego
divino el cetro de la majestad humana, hasta que, dentro ya de las razas
superiores, se cierne deslumbrante sobre las almas que han extralimitado las
cimas naturales de la humanidad; lo mismo sobre los héroes del pensamiento y
del ensueño que sobre los de la acción y el sacrificio; lo mismo sobre Platón
en el promontorio de Súnium, que sobre San Francisco de Asís en la soledad de
Monte Albernia.—Su fuerza incontrastable tiene por impulso todo el movimiento
ascendente de la vida. Vencido una y mil veces por la indomable rebelión de
Calibán, proscripto por la barbarie vencedora, asfixiado en el humo de las
batallas, manchadas las alas transparentes al rozar el «eterno estercolero de
Job», Ariel resurge inmortalmente, Ariel recobra su juventud y su hermosura, y
acude ágil, como al mandato de Próspero, al llamado de cuantos le aman e
invocan en la realidad. Su benéfico imperio alcanza, a veces, aun a los que le
niegan y le desconocen. Él dirige a menudo las fuerzas ciegas del mal y la
barbarie para que concurran, como las otras, a la obra del bien. Él cruzará la
historia humana, entonando, como en el drama de Shakespeare, su canción
melodiosa, para animar a los que trabajan y a los que luchan, hasta que el
cumplimiento del plan ignorado a que obedece le permita—cual se liberta, en el
drama, del servicio de Próspero—romper sus lazos materiales y volver para
siempre al centro de su lumbre divina.
Aun más que para mi palabra, yo exijo de vosotros
un dulce e indeleble recuerdo para mi estatua de Ariel. Yo quiero que la imagen
leve y graciosa de este bronce se imprima desde ahora en la más segura
intimidad de vuestro espíritu.—Recuerdo que una vez que observaba el monetario
de un museo, provocó mi atención en la leyenda de una vieja moneda la
palabra Esperanza, medio borrada sobre la palidez decrépita del
oro. Considerando la apagada inscripción, yo meditaba en la posible realidad de
su influencia. ¡Quién sabe qué activa y noble parte sería justo atribuir, en la
formación del carácter y en la vida de algunas generaciones humanas, a ese lema
sencillo actuando sobre los ánimos como una insistente sugestión! ¡Quién sabe
cuántas vacilantes alegrías persistieron, cuántas generosas empresas maduraron,
cuántos fatales propósitos se desvanecieron al chocar las miradas con la
palabra alentadora, impresa como un gráfico grito, sobre el disco metálico que
circuló de mano en mano!… Pueda la imagen de este bronce—troquelados vuestros
corazones con ella—desempeñar en vuestra vida el mismo inaparente pero decisivo
papel. Pueda ella, en las horas sin luz del desaliento, reanimar en vuestra
conciencia el entusiasmo por el ideal vacilante, devolver a vuestro corazón el
calor de la esperanza perdida. Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida
interior, Ariel se lanzará desde allí a la conquista de las almas. Yo le veo en
el porvenir, sonriéndoos con gratitud, desde lo alto, al sumergirse en la
sombra vuestro espíritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestro esfuerzo; y
más aún, en los de aquellos a quienes daréis la vida y transmitiréis vuestra
obra. Yo suelo embriagarme con el sueño del día en que las cosas reales harán
pensar que la Cordillera que se yergue sobre el suelo de América ha sido
tallada para ser el pedestal definitivo de esta estatua, para ser el ara
inmutable de su veneración.
Así habló Próspero.—Los jóvenes discípulos se
separaron del maestro después de haber estrechado su mano con afecto filial. De
su suave palabra, iba con ellos la persistente vibración en que se prolonga el
lamento del cristal herido en un ambiente sereno. Era la última hora de la
tarde. Un rayo del moribundo sol atravesaba la estancia, en medio de discreta
penumbra, y tocando la frente de bronce de la estatua, parecía animar en los
altivos ojos de Ariel la chispa inquieta de la vida. Prolongándose luego, el
rayo hacía pensar en una larga mirada que el genio, prisionero en el bronce,
enviase sobre el grupo juvenil que se alejaba.—Por mucho espacio marchó el
grupo en silencio. Al amparo de un recogimiento unánime se verificaba en el
espíritu de todos ese fino destilar de la meditación, absorta en cosas graves,
que un alma santa ha comparado exquisitamente a la caída lenta y tranquila del
rocío sobre el vellón de un cordero.—Cuando el áspero contacto de la
muchedumbre les devolvió a la realidad que les rodeaba, era la noche ya. Una cálida
y serena noche de estío. La gracia y la quietud que ella derramaba de su urna
de ébano sobre la tierra, triunfaban de la prosa flotante sobre las cosas
dispuestas por manos de los hombres. Sólo estorbaba para el éxtasis la
presencia de la multitud. Un soplo tibio hacía estremecerse el ambiente con
lánguido y delicioso abandono, como la copa trémula en la mano de una bacante.
Las sombras, sin ennegrecer el cielo purísimo, se limitaban a dar a su azul el
tono obscuro en que parece expresarse una serenidad pensadora. Esmaltándolas,
los grandes astros centelleaban en medio de un cortejo infinito; Aldebarán, que
ciñe una púrpura de luz; Sirio, como la cavidad de un nielado cáliz de plata
volcado sobre el mundo; el Crucero, cuyos brazos abiertos se tienden sobre el
suelo de América como para defender una última esperanza…
Y fué entonces, tras el prolongado silencio, cuando
el más joven del grupo, a quien llamaban «Enjolrás» por su ensimismamiento
reflexivo, dijo, señalando sucesivamente la perezosa ondulación del rebaño
humano y la radiante hermosura de la noche:
—Mientras la muchedumbre pasa, yo observo que,
aunque ella no mira al cielo, el cielo la mira. Sobre su masa indiferente y
obscura, como tierra del surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las
estrellas se parece al movimiento de unas manos de sembrador.
FIN
1900

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