© Libro N° 9462. El Amor, El Dandysmo Y La Intriga. Baroja, Pío. Emancipación. Enero 8 de 2022.
Título original: © El Amor, El Dandysmo Y La Intriga. Pío Baroja
Versión
Original: © El Amor, El Dandysmo Y La Intriga. Pío Baroja
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.gutenberg.org/files/61189/61189-h/61189-h.htm
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/736x/db/c0/8e/dbc08ef47a308f42ef4d398101280efa.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.gutenberg.org/cache/epub/61189/pg61189.cover.medium.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL AMOR, EL DANDYSMO Y LA INTRIGA
Pío Baroja
El Amor, El Dandysmo Y La Intriga
Pío Baroja
Project Gutenberg's El amor, el dandysmo y la
intriga, by Pío Baroja
This eBook is for the use of anyone anywhere in the
United States and
most other parts of the world at no cost and with
almost no restrictions
whatsoever.
You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this
eBook or online at
www.gutenberg.org.
If you are not located in the United States, you'll
have to check the laws of the country where you are
located before using
this ebook.
Title: El amor, el dandysmo y la intriga
Author: Pío Baroja
Release Date: January 17, 2020 [EBook #61189]
Language: Spanish
Character set encoding: ISO-8859-1
*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMOR,
EL DANDYSMO Y LA INTRIGA ***
Produced by Carlos Colón, Princeton University and
the
Online Distributed Proofreading Team at
http://www.pgdp.net
(This book was produced from images made available
by the
HathiTrust Digital Library.)
Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.
Pío Baroja
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
El aprendiz de conspirador.
El escuadrón del Brigante.
Los caminos del mundo.
Con la pluma y con el sable.
Los recursos de la astucia.
La ruta del aventurero.
Los contrastes de la vida.
La veleta de Gastizar.
Los caudillos de 1830.
La Isabelina.
El sabor de la venganza.
Las Furias.
El amor, el dandysmo y la intriga.
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE
ACCIÓN
EL AMOR, EL
DANDYSMO Y LA INTRIGA
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
PÍO BAROJA
1923
IMPRENTA DE CARO RAGGIO:
MENDIZÁBAL, 34, MADRID.
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE
ACCIÓN
EL AMOR, EL DANDYSMO Y LA
INTRIGA
NOVELA
SEGUNDA EDICIÓN
CARO RAGGIO, EDITOR
MENDIZÁBAL, 34, MADRID
[7]
PRIMERA PARTE
EXPERIENCIAS Y DESILUSIONES
EN LA ENGADINA
Comienzo a escribir este libro—dice Leguía—en
Suiza, en un pueblo del cantón de los Grisones. No sé dónde lo concluiré, ni si
lo concluiré.
Me han recomendado pasar el verano en un sitio alto
para mis bronquios y para mi ciática, y aquí estoy, en un cuarto amplio y
ventilado de una casa antigua que perteneció a un obispo.
Es una casa que tiene en una de las paredes que da
al jardín un reloj de sol y, alrededor de él, una orla con esta sentencia, en
romanche: Il solacl splendura per touts, sentencia optimista y
mixtificadora que parece querer decir mucho y no dice nada.
El verano actual el sol splendura poco,
y aunque la dueña de la casa, dueña también de un barómetro tan optimista como
el letrero del reloj de sol, afirma que el buen tiempo se aproxima, el buen
tiempo no llega y el sol no splendura para nadie.
Hace siempre lluvia, frío y sobre todo viento, un
viento furioso que muge como si hubiera por esos campos algún búfalo gigantesco
de malhumor.
La casa está bien preparada para el frío. Mi cuarto
se halla recubierto de madera: tiene dos ventanas con vidrieras dobles, que
cierran perfectamente, y una estufa de faienza en un rincón.
Una de las ventanas mira hacia el pueblo, que es
silencioso y triste, con una torre de iglesia alta, blanca, puntiaguda, con el
tejado de pizarra; la otra da al valle, valle largo y estrecho.
En el pueblo, enfrente, veo una casa antigua, con
un mira[8]dor de madera adornado con escudos y un
esgrafito que representa un macho cabrío erguido, y debajo, este letrero: ¡Evvíva
la Grisha!
Delante de la ventana que da al valle tengo mi
mesa, y cuando no leo contemplo distraído el panorama. A la derecha hay montes
formidables con la cima nevada, y las faldas que avanzan hacia el centro del
valle, cubiertas de abetos y de alerces; a la izquierda, montes más bajos, con
árboles y praderas; en medio corre el río, verde, blanquecino, trazando eses,
costeando aldeas por entre campos llenos de flores, y en el fondo aparecen unas
montañas blancas, altas, como dos gigantes que se apoyaran el uno en el otro.
No se ve apenas nadie por estos contornos, ni por
la carretera, ni por los caminos. El cantón de los Grisones tiene el buen
acuerdo de no permitir automóviles. El silencio aquí es imponente, magnífico.
Mi entretenimiento los días malos es mirar el ir y
venir de las nubes a los lejos, sobre las montañas lejanas y blancas, que se me
figuran gigantes hermanos.
Cuando la niebla se nos echa encima, los montes,
cubiertos de árboles, tienen un aire misterioso y romántico de balada
germánica. Se ve todo vagamente, como por un cristal esmerilado. Las copas de
los árboles en la línea quebrada de los montes dan la impresión de un
regimiento de fantasmas.
En este cuarto de mi casa solitaria, ante el
paisaje grave y silencioso, voy a continuar mi obra las Memorias de un
hombre de acción. Ahora me toca escribir sobre mi juventud.
Esta calma, este reposo, deben ser propicios para
sacar a flote los recuerdos más lejanos, aun aquellos ya dormidos en el fondo
de la conciencia. En sitios así únicamente se comprende que un poeta suizo, al
escribir sus Memorias, haya dedicado un capítulo largo a las impresiones de su
infancia, de cuando contaba la tierna edad de un año. Tal era la precocidad del
autor, que, ya a los pocos meses de vida, filosofaba y estetizaba. Un esfuerzo
más, y este suizo nos hubiera contado sus impresiones de la vida intrauterina.
Yo no poseo tan prodigiosa memoria, no puedo llegar
a la precisión de un individuo de esta raza de relojeros y de tiradores al
blanco; no soy suizo, sino vasco, y aunque vasco y[9] gascón
es primitivamente lo mismo, no he llegado ni por la fantasía ni por el recuerdo
a figurarme lo que pensaba cuando estaba en pañales.
Voy a recordar mi juventud. No sé si habrá alguno
que me lea o si todo este montón de papel escrito acerca de la vida de
Aviraneta y la mía irá a parar al fuego. Aunque así sea, esta es mi única
distracción, mi único entretenimiento, por desgracia, y me pongo a la obra.
Comprendo que esta literatura, hecha exclusivamente
como recurso contra la tristeza y el aburrimiento, tiene que ser mediana y de
pocos vuelos; pero, en fin, no es fácil volar, ni siquiera con la imaginación,
cuando se es viejo y se está cansado.
Pero hay que ser optimista, ¡qué diablo! ¡Il
solacl splendura per tuots! ¡Evvíva la Grisha!
I.
DE SANTANDER A BAYONA
Un día de verano de mucho calor íbamos
Aviraneta y yo en un barco de Santander a San Sebastián. El barco era el
bergantín la Gaviota, y tenía unas trescientas toneladas. Marchaba
suavemente, con un viento fresco que hinchaba todo su velamen.
Aviraneta dormía envuelto en una manta, tendido en
un banco de la toldilla de popa, y yo me paseaba de un lado a otro mirando la
costa con un anteojo del capitán.
Al pasar por delante del cabo de Machichaco,
Aviraneta se levantó, miró su reloj y me llamó con la mano.
Yo me acerqué a él.
—Tenemos que hablar—me dijo.
—Es lo que yo estaba pensando.
—La misión que te voy a encargar, amigo Pello, va a
ser una misión difícil y que exigirá mucho tacto.
—Haré lo posible por tenerlo.
—Por el momento vas a establecerte en Bayona.
—Muy bien.
—¿No tienes ninguna objeción que hacer contra
Bayona?
—Ninguna. No he estado allí, pero no tengo ningún
motivo de antipatía contra esa ciudad famosa por sus capones y sus chalecos.
Habíamos salido Aviraneta y yo de Laguardia, pasado
por Miranda de Ebro, y de Miranda de Ebro alcanzado en silla de[12] posta
Santander. El tiempo estaba muy caliente, el cielo muy azul y el mar tranquilo.
—¿Tú conoces San Sebastián?—me preguntó Aviraneta.
—Sí; he vivido allí más de un año.
—Vas a estar en San Sebastián una semana.
—¿Usted también?
—No; yo pasaré allí esta noche solamente. Mañana
por la mañana iré a Bayona.
—Y yo, ¿qué tengo que hacer en San Sebastián?
—Harás lo posible por enterarte de todo lo que se
dice respecto a la guerra.
—No es mucha ocupación.
—La ocupación vendrá más tarde. Visitarás también a
mi primo don Lorenzo de Alzate, que es secretario del Ayuntamiento; a don
Domingo Orbegozo, persona de importancia, y al jefe político de Guipúzcoa, don
Eustasio Amilibia. Al mismo tiempo escribirás a tus conocimientos comerciales
diciendo que vas a establecer una casa de comisión en Bayona.
—¡Yo! ¡Una casa de comisión!
—Sí.
—No lo sabía.
—¿Es que te parece mal?
—No, no. ¿Por qué?
—Dile a Orbegozo que te recomiende a los
comerciantes amigos suyos de San Sebastián; sobre todo, a ver si te puede poner
en relaciones con Lasala y con Collado.
—¿Y luego?
—Luego, en cualquier lancha que salga para San Juan
de Luz, te embarcas, y de allí, a Bayona.
—¿Y en Bayona, qué hago?
—En Bayona llegas y te instalas en la fonda de San
Esteban; luego miras en un plano de la ciudad que hay en el escritorio del
hotel dónde está la calle de los Vascos; te diriges a esa calle y buscas una
lencería que tiene en el escaparate pañuelos de colores y que es también
posada: es la casa de Iturri. Entras en ella y preguntas por mí. Si yo no estoy
me mandarán un aviso e iré en seguida y continuaremos esta conversación.
EXPLICACIONES
—¿Y por qué no continuarla ahora?—pregunté yo.
—¿Qué quieres decir?
—Las instrucciones que usted me ha dado trataré de
cumplirlas lo mejor posible; pero creo que debía usted explicarme algo de lo
que hay en el fondo de esta expedición, decirme su objeto y quién la dirige,
para que no vaya yo, sin saberlo, a hacer una tontería.
—Sí; tienes razón. ¿No hay nadie por ahí que nos
oiga?
—No. Ahora sube un pasajero. Vamos, si quiere
usted, hacia la proa. Haremos como que miramos al mar.
Nos acercamos a la proa del barco. Se veía a lo
lejos, a la derecha, el cabo Ogoño, alto, romo, tajado a pico y de color rojo,
y delante, la silueta gris de la isla de Guetaria.
—Te contaré—me dijo Aviraneta—cómo he aceptado yo
esta comisión. Estaba en Madrid, a principios de este año, escondido porque me
perseguía el Gobierno de Mendizábal, vivía obscuramente llevando las cuentas de
un ferretero de la calle de los Estudios, cuando a fines de mayo se comenzó a
hablar de la expedición real de los carlistas. Yo había tenido que recurrir
varias veces a un amigo mío, don José María Cambronero, jefe de una de las
secciones del Ministerio de la Gobernación, para parar los golpes de la policía,
que me molestaba constantemente. Una noche, al volver a mi casa, encontré una
tarjeta de Cambronero, en la cual me decía que fuera a verle a su oficina. Fuí,
me acogió amablemente y me hizo pasar al despacho del ministro, don Pío Pita
Pizarro. El ministro me dijo que se habían interceptado unas cartas escritas
desde Bayona, en las que se hablaba de un gran complot carlista que tenía por
objeto sublevar la Mancha, Andalucía y los presidios de Africa. Pita Pizarro me
preguntó si quería encargarme de este asunto y de estudiar la manera de hacer
abortar la conspiración. En principio le dije que sí y le hice varias
observaciones. A los cuatro o cinco días un palaciego amigo mío, Fidalgo, vino
a buscarme a casa, me llevó al Palacio Real y me[14] presentó
a la Reina.—Sé la misión que has tomado—me dijo María Cristina—; pon en la
empresa toda tu alma. Si el dinero que te da Pita Pizarro no te basta,
escríbeme a mí.—Así lo haré—. Es todo lo que ha ocurrido.
—Sabiéndolo me parece que estoy más seguro de mí
mismo—le dije a don Eugenio.
—Vamos a trabajar por la libertad y por la Reina;
vamos a poner todos los medios para acabar la guerra, que nos consume y nos
aniquila.
Tras de esta confidencia, yo intenté llevar a
Aviraneta al terreno de los detalles, pero él me dijo:
—En esta clase de trabajos en donde colaboran
varios conviene que sólo uno, el jefe, esté enterado del conjunto de las
operaciones. Tú, poco a poco, irás conociendo a los agentes que trabajan en tu
mismo campo; yo te los iré indicando cuando venga el momento.
Comprendí que mi misión iba a tener mucho de
confidencia y de espionaje; pero en esta época todos los políticos activos y
los generales, quitando los oradores ampulosos y huecos de Madrid, tenían que
practicar el espionaje.
Llegamos a San Sebastián; yo fuí a la antigua casa
de huéspedes en donde había vivido, y Aviraneta, al Parador Real.
EN SAN SEBASTIÁN
En los ocho días que estuve en San Sebastián me
enteré de varias cosas relacionadas con el viaje de Aviraneta. Los políticos
estaban alarmados con la marcha de don Eugenio a Francia; los masones
trabajaban contra él.
La Plana Mayor General había escrito al conde de
Mirasol señalándole la presencia del peligroso personaje. Alzate contó que la
misma noche de nuestra llegada a San Sebastián el conde de Mirasol mandó llamar
a Aviraneta, y que tuvieron los dos una conferencia reservada. Pasada la semana
en San Sebastián, siguiendo las instrucciones de don Eugenio, y habiendo
logrado que algunos comerciantes me dieran representacio[15]nes
de sus casas, me embarqué en una trincadura, desembarqué en Socoa y fuí en un
cochecito a Bayona, y paré en la fonda de San Esteban.
Contemplé el plano de la ciudad, me di cuenta de
sus calles y, al anochecer, seguí la orilla derecha del Nive por el muelle de
los Mercados.
Estaban algunos pescadores en el pretil del río, di
la vuelta a la torre de Sault y aparecí en la calle de los Vascos. Era una
calle estrecha, triste, en la que olía a pescado; se hallaba entre los muelles
del Nive y la calle de España, y salía a la de la Pescadería.
Vi en las portadas muchos nombres vascongados:
Olhagaray, Etcheverry, Hiribarne, Errachu, y, por fin, encontré la tienda de
Iturri, tienda de pañolería en el piso bajo y de posada en los altos, y entré
en ella.
II.
AVIRANETA Y YO
No sé si habrá notado el lector que, después
de los doce tomos ya publicados de las Memorias de un hombre de acción,
ahora sigo con mi relato, interrumpido en la mitad del primer tomo de El
aprendiz de conspirador. Esa mitad del primer volumen es como el prólogo de
toda mi obra.
Si algún curioso ha llegado en la lectura hasta
aquí, no cabe duda que es amigo y que habrá perdonado los innumerables olvidos,
equivocaciones y errores que se me han pasado en tan larga narración. En este
libro que comienzo ahora hablo más de mí mismo que de Aviraneta, y hago casi mi
autobiografía.
Podría haber escrito una historia con pretensiones
de seria de algunos sucesos, porque muchos de mis datos son nuevos y
desconocidos, pero desconfío de la historia que se tiene por seria.
La historia es siempre una fantasía sin base
científica, y cuando se pretende levantar un tinglado invulnerable y colocar
sobre él una consecuencia, se corre el peligro de que un dato cambie y se venga
abajo toda la armazón histórica. Creyéndolo así, casi vale más afirmar las
consecuencias sin los datos.
Para algunos hubiera sido quizá más interesante
hablar sólo de Aviraneta, retirándome yo a un último plano; pero creo que de
Aviraneta he hablado bastante, y que a las cosas y a los hombres hay que
compararlos para apreciar sus caracteres; y en esta narración, Aviraneta y yo
estamos con frecuencia frente[17] a frente, no como
enemigos, sino como tipos de modalidad espiritual distinta.
La vida de Aviraneta fué, sin duda alguna, un
segmento de vida mucho más interesante que cualquiera de los trozos de la vida
mía; pero, en conjunto, la existencia mía fué más completa que la suya.
La mayoría de la gente supone que vivir bien es esa
cosa un poco vulgar y cotidiana de comer abundantemente, de tener una casa
cómoda, una familia respetable, sin ocurrírseles pensar que un intrigante,
metido en un convento o en un presidio, pueda experimentar más emociones y
hasta más satisfacciones que el buen hombre en su casa confortable, y que
muchas veces el ciudadano rico y tranquilo que tiene motivos para ser feliz, no
lo es, porque no bastan los motivos para que una cosa se realice.
EL AVENTURERO Y EL AFICIONADO
Aviraneta, con relación a mí, fué el perfecto
aventurero al lado del dilettante, el maestro al lado del
aficionado.
Yo siempre tuve más prudencia que él, y no olvidé
jamás las dificultades de una empresa. Si a veces fuí imprudente, lo fuí a
sabiendas. El, no. Era imprudente, creyéndose lleno de tino. Yo, cuando he
tenido algo que realizar obscuro y sin claridad, he ido tanteando. Aviraneta
marchaba a veces con una mezcla de ceguedad y de lucidez de sonámbulo. Parecía
como si el mapa del país fantástico que recorría lo conociese admirablemente.
—Hay que ir de este modo y por aquí. Es lo lógico y
lo seguro—decía él.
—¿Por qué?
—Porque sí. Es evidente.
Yo no veía la evidencia por ningún lado. No he
podido nunca llegar a esa seguridad un poco absurda y mal fundada.
A Aviraneta, como a mí, le gustaba el movimiento,
lo impre[18]visto, la aventura; pero él creía dominar lo
fortuito, y yo, no. Su espíritu, fértil en recursos, encontraba remedio para
todos los males.
Indudablemente hay algo fatal en el aventurero.
Yo, al conocer a don Eugenio, intenté imitarle, y
quise ser como él; pero la corriente de la vida me fué llevando por otros
caminos y terminé convirtiéndome en un señor tranquilo y burgués. He sido un
hombre de suerte, y las cosas se me han arreglado siempre con relativa
facilidad.
EL SUBJETIVISMO DE LA AVENTURA
No cabe duda que los mismos hechos, los mismos
acontecimientos recogidos por espíritus diferentes, son absolutamente
distintos, en forma tal, que lo que para uno es una aventura rara y casi
absurda, para otros es un accidente vulgar y corriente de la vida cotidiana.
Las inteligencias y las conciencias son seguramente
distintas unas de otras, no sólo por su contenido de impresiones venidas de
fuera, sino por su esencia. Todo es individual en la Naturaleza, y como no hay
dos hojas de árbol iguales, probablemente no hay tampoco dos conciencias
iguales.
El dogma de la igualdad de las conciencias de los
hombres es un dogma afirmativo, como los dogmas religiosos, pero no es un
resultado de la observación ni de la experiencia.
El espíritu del aventurero es el que crea la
aventura, más que las contingencias de la vida exterior.
LOS OBSTÁCULOS
Además del factor individual interior que nos
diferenciaba a Aviraneta y a mí, había factores exteriores, y entre éstos se
contaban las dificultades y obstáculos que don Eu[19]genio
había encontrado en su camino, cosa en que yo no tropecé.
En los primeros años de la vida él se había sentido
comprimido por el ambiente; yo, por el contrario, marché con facilidad, y más
bien ayudado por las influencias exteriores. Es indudable que los obstáculos
enriquecen nuestra vida y la van moldeando.
Yo no podía tener el sentimiento de estar
comprimido por el medio, porque hasta salir de San Sebastián y reunirme a
Aviraneta había vivido en una obscuridad tranquila y modesta; luego, antes de
tener ambiciones, me vi tratado por gente distinguida que no sólo no me
pusieron obstáculos a mi paso, sino que más bien contribuyeron a limarme y a
pulirme.
Yo me transformé por la acción del tiempo casi por
completo. Aviraneta, no; Aviraneta fué siempre hombre de una pieza. Desde su
juventud hasta la vejez siguió siendo el mismo, sin variar en nada. Para él no
había posibilidad de cambio.
Le sucedía como a algunos tipos animales, como, por
ejemplo, el gato, que son demasiado perfectos para evolucionar.
Aviraneta era también demasiado perfecto en su
género para cambiar.
Yo, además de transformarme, tenía dudas acerca de
mi vida y momentos de depresión: experimentaba muchas veces un vago sentimiento
de no haber seguido una línea más recta, más pura.
Aviraneta no podía sospechar que él pudiera
discurrir y obrar de una manera distinta a la que discurría y obraba.
Aviraneta era hombre de otro tiempo: había nacido
demasiado temprano o demasiado tarde, probablemente demasiado tarde. En una
época de absolutismo hubiera sido algo más. Tenía la base del gran aventurero,
del gran conquistador, la fe en sí mismo, la voluntad tensa y fuerte. Para ser
un político importante de nuestro país y nuestro tiempo le faltaba la facundia
y la petulancia; para un país más adelantado que el nuestro le hubiese faltado
la cultura profunda constituída con las lecturas lentas y reposadas.
Su cultura, somera como la mía, de dilettante,
no podía substituír en su espíritu a esa formación honda que va creciendo y
engrosando como un árbol, poco a poco, con los años.
Como decía al principio, imité a Aviraneta; quise
ser como él un hombre de acción, un cabecilla. La vanagloria me seducía; me
gustaba ser interesante, un poco tenebroso, asombrar, intrigar, por el placer
de intrigar, demostrar la fertilidad de mis recursos.
Sistema político o moral no tenía ninguno: no había
pensado seriamente en nada. En esto no me diferenciaba gran cosa de Aviraneta.
En lo que sí me separaba de él era en que yo tenía un sentido de humanidad más
agudo y más amplio.
Don Eugenio hubiera sido un gran ministro a la
antigua: de aquellos para quienes sacrificar unos cuantos cientos de hombres en
beneficio del orden no tenía importancia.
Yo no hubiera llegado nunca a eso; para mí la vida
de cualquiera era respetable y no podía ser sacrificada por una idea o por una
conveniencia de la mayoría.
Jugar con la vida propia me parecía cosa de
valientes; jugar con la ajena es lo que me parecía ilícito.
Aviraneta era maquiavelista en la teoría y en la
práctica. La gran fraseología masónica del tiempo, que giraba alrededor de los
derechos individuales y sociales, le producía un gran desprecio.
—Todo eso del derecho es una farsa—le oí decir
varias veces—; la moral cambia según las circunstancias y el tiempo. Las
cabezas de los hombres de hoy, ni son como las de los hombres de ayer, ni serán
como las de los hombres de mañana.
Unicamente el utilitarismo le atraía un tanto; pero
en el fondo era un casuísta.
De ser más hipócrita hubiera tenido menos enemigos;
pero hacía gala de hablar de una manera libre, cínica, y esto le restaba
simpatías.
III.
PROYECTOS
Al llegar a la fonda de Iturri pregunté a una
muchacha por Aviraneta; me indicó una escalera estrecha y tortuosa; subí, llamé
a una puerta y pasé a un comedor, con un armario y una mesa en medio.
Había en la pared un retrato, en litografía, de
Mina; una estampa iluminada con las varias edades de la existencia, y un reloj
muy adornado, en cuya péndola se veía un picador recortado de hoja de lata, muy
repintado, con patillas, picando a un toro, también de hoja de lata y con los
cuernos de búfalo. Con el movimiento del reloj, el picador se inclinaba y
clavaba la pica en el toro semibúfalo.
Salió Aviraneta y me pasó a un cuarto pequeño y
blanqueado, y charlamos.
Le conté lo que se había dicho en San Sebastián
acerca de él y de su conversación con el conde de Mirasol.
—¿Han dicho que hemos reñido?
—Sí.
—Pues no es cierto. El Conde me llamó por conducto
del jefe político, Amilibia, muy alarmado; me pidió el pasaporte, se lo mostré;
me dijo que sabía que yo era comisario de guerra, y entonces le entregué la
credencial que me había dado el ministro de la Gobernación. No sé cuáles eran
sus temores, pero cuando se tranquilizó me preguntó qué misión traía; se la
expliqué, y él me dijo que si iba a la frontera de Cataluña me daría toda clase
de noticias y de informes.
[22]—Pues allí se ha dicho que Mirasol había recibido
avisos de la Plana Mayor General de que usted venía al Norte a sublevar el
ejército contra Espartero y contra Mirasol.
—¿Enviado por quién?
—Sin duda por los progresistas; y que con usted
venía un francés misterioso cargado de dinero, cuyo nombre no se conoce, y que
sólo se sabe que su apellido empieza con Z y que firma sus cartas con esta
inicial.
—¿Eso se ha dicho?
—Sí.
—Me choca. ¿De dónde habrán sacado la existencia de
este hombre que firma con una Z? La mentira es siempre hija de algo. Y esa
noticia, ¿cómo ha llegado a San Sebastián?
—Yo creo que ha debido venir por los masones.
—Eso debe ser. Ya te diré, con el tiempo, quién es
esa Zeda.
UN ENTE DE RAZÓN
Después hablé de mis gestiones para encontrar casas
que me dieran su representación comercial, y le dije a don Eugenio que de una
manera, más bien honoraria que efectiva, podía titularme representante de la
casa Collado, de San Sebastián.
—Está bien eso.
—Traigo, además, una carta para el cónsul de España
en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa.
—¿La tienes ahí?
—Sí.
Le di la carta, la leyó y me dijo:
—Es una carta corriente; no sé si te servirá de
algo. Si vas a verle a Gamboa no le hables de mí. Es un enemigo mío furioso.
—No le hablaré; no tenga usted cuidado.
—Bueno. Ahora vamos a hacer una sociedad para la
casa de comisión que tenemos que fundar.
—¡Una sociedad! ¿Entre quiénes?
—Tú serás uno de los socios.
—¿Y el otro?
—El otro será el señor Etchegaray.
—¿Y quién es el señor Etchegaray?
—El señor Etchegaray es un ente de razón.
—No sé lo que es eso.
—Pues es un personaje que no existe.
—¿Y para qué lo necesitamos?
—El dará seriedad y gravedad a tu casa de comisión;
así, cuando tú alquiles un piso bajo con una pequeña oficina, pondrás una placa
en la que se leerá:
ETCHEGARAY Y LEGUÍA CASA DE COMISIÓN
—Muy bien. Me tendrá usted que pintar qué clase de
pájaro es este Etchegaray, para que no cometa alguna pifia si me preguntan por
él.
—Etchegaray tendrá unos diez años más que yo: unos
cincuenta y cinco a cincuenta y seis. Habrá estado en Méjico...
—Lo mejor sería que hiciera usted un documento de
identificación completo.
—Lo voy a hacer ahora mismo.
Aviraneta se puso los anteojos, tomó una hoja de
papel, y escribió:
«Dominique Michel Etchegaray Leguía.»
—¡Hombre! ¡Leguía! ¿Es pariente mío?
—Sí; tío tuyo y primo mío.
«Nacido en Bidart, Bajos Pirineos, el 21 de
diciembre de 1782; estado, viudo; profesión, comerciante; estatura, alta;[24] pelo, canoso; ojos, garzos; nariz, larga; barba,
afeitada; color, sano...»
—¿Tiene hijos?
—Uno, que está en América establecido.
—¿En qué República?
—En Méjico.
—¿Qué ha hecho mi tío por allá?
—Ha sido comerciante y minero en California.
—¿Tiene parientes en Francia?
—No; únicamente una hermana en España.
—Que es, naturalmente, tía mía.
—Claro.
—¿La haremos soltera, o casada?
—Soltera.
—¿La tía Juana?
—Bueno.
—¿Dónde vivirá?
—En Vergara, si te parece.
—Muy bien.
—Ya que estamos de acuerdo en la existencia de este
ente de razón, haré que mañana Iturri, el dueño de esta fonda, saque en la
subprefectura, donde tiene un amigo, documentos de identificación de Dominique
Etchegaray, avencindado en Bidart; luego haremos la escritura de sociedad
comercial entre Etchegaray y tú. Etchegaray será socio tuyo y andará yendo y
viniendo de España. Cuando tú pongas tu oficina, yo escribiré siempre a nombre
de Etchegaray.
—Ahora, ¿qué tengo yo que hacer?
—Nada. Sigues en la fonda de San Esteban, donde
dirás que cuando quede vacante un cuarto alto y barato te lo reserven. Mañana
por la mañana irás a un comercio de antigüedades de la calle Salie: el comercio
del señor Falcón. Allí verás a doña Francisca González de Falcón, que es
española, y ella te irá resolviendo las dudas que tengas, dándote el dinero que
necesites e indicándote lo que debes hacer. Nos comunicaremos por carta; tú me
escribirás a nombre de Iturri; yo, a nombre de Etchegaray, cuando la casa de
comisión esté establecida. Mientrastanto, si te necesito, te avisaré.
—Bueno.
—Eres un joven de una familia acomodada del
comercio, a quien han enviado a aprender francés a Bayona y a estar fuera de la
lucha carlista.
—Muy bien. Comprendido.
Me despedí de Aviraneta y fuí marchando después
hacia el centro del pueblo. Mi vida en Bayona comenzaba de una manera rara y
pintoresca.
IV.
ALGO DE MI INFANCIA
No sé si lo que he contado de mí mismo en esta
larga obra habrá bastado a los lectores para conocerme.
De chico fuí yo un poco bárbaro, valiente, reñidor
y turbulento. Tenía un amor propio exagerado. Esto hizo, principalmente, que no
pudiera acomodarme a vivir en mi casa con mi padrastro. Era, sobre todo, terco,
y cuando me decidía a hacer alguna cosa no retrocedía jamás.
Los compañeros de la escuela, en Vera, que lo
sabían, se burlaban de mí.
Una vez estábamos subidos a una tapia muy alta, y
dos chicos me dijeron:
—¿A que no te tiras de aquí?
—A que sí.
Me tiré; al caer me agaché, me di con una rodilla
en un ojo, y lo tuve hinchado cerca de un mes.
Cuando íbamos a bañarnos al Bidasoa, al comienzo
del verano, yo era de los primeros que se tiraban al río.
Al caer al agua y sentir que estaba helada me ponía
a temblar, pero luego me vengaba.
—¿Cómo está el agua?—me decían los chicos; y yo,
tiritando de frío y nadando, decía—: ¡Caliente, caliente!
Una vez fuimos a las fiestas de Pamplona, en donde
se hace un encierro que a la mayoría le parece bárbaro, pero que yo lo
encuentro bien. La gente del pueblo marcha por las calles de[27]lante
de los toros bravos que se han de lidiar excitándolos y desafiándolos.
Para mí lo repugnante en los toros es que un
cobarde pueda comprar con dinero el derecho de ver cómo otro hombre se expone a
que lo maten; pero si el espectador es capaz de ser actor y de exponerse a su
vez a la muerte, entonces los toros constituyen una fiesta brava y atrevida.
Si todos los espectadores de una plaza fueran
capaces de torear, si no vieran en el torero mas que una superioridad de
agilidad, de habilidad o de talento, pero no de valor, los toros me parecerían,
como digo, bien.
Por eso yo dejaría las capeas de los pueblos,
aunque murieran en cada fiesta cuatro o cinco, y suprimiría las corridas de los
profesionales.
Estando en el encierro de las fiestas de Pamplona
corrí delante de los toros, y al llegar a la plaza me encontré con un ribereño
que me dijo:
—¿A que no haces lo que hago yo?
—A que sí.
Se puso él en el camino por donde tenían que pasar
los toros con la boina en la mano. Yo hice lo mismo. Los toros pasaron por
delante, y no nos mataron porque sin duda tenían más buen sentido que nosotros.
Otra de mis aventuras sonadas la pensé imitando a
mi tío Fermín, por quien sentía gran admiración. Como él había escalado el
castillo de Fuenterrabía, yo pensé que debía escalar algo, y escalé la casa de
una muchacha, hija del enterrador, que me gustaba.
Tenía en mi casa guardada una cuerda para cualquier
evento, con un gancho de hierro en la punta. Una noche tiré mi cuerda con su
gancho al balcón de atrás de la casa de la muchacha; dió la coincidencia de que
agarró, y subí. Las maderas del balcón estaban cerradas. Decidido a llevar
adelante la aventura, escalé el tejado y vi la chimenea rota. Cabía yo por
allí. Sujeté el gancho de la cuerda, me metí por el tubo de la chimenea y bajé
a la cocina del enterrador, envuelto en hollín y asustando a la familia.
Varias otras calaveradas de esta clase hice de
chico, y la que me obligó a salir de Vera fué el haberle acompañado al[28] general Oráa en un encuentro que tuvo con los
carlistas cerca del pueblo.
Yo era liberal rabioso y anticlerical furibundo.
Consideraba a mi tío Fermín como a un héroe, y recordaba sus frases y su odio
por los clérigos. Habían excitado también mis rencores antifrailunos los
frailes del convento de capuchinos del pueblo próximo al barrio de Alzate, que
nos enseñaban a los chicos la Gramática, las Matemáticas y el Latín a fuerza de
pescozones y de puntapiés.
Hay que reconocer que por entonces era la época en
que los dómines, fueran laicos o seglares, tenían como principio pedagógico el
apotegma: la letra, con sangre entra.
Los dos frailes encargados de la enseñanza superior
en el convento eran el padre Gregorio y el padre Aquilino. El padre Gregorio
era hombre simpático, y nos enseñaba Matemáticas. Se desacreditó porque, según
se dijo, visitaba a una muchacha del pueblo que acababa de casarse con un
zapatero. Una noche el marido sorprendió al fraile en una habitación de su
casa. El zapatero era un filósofo, y no dijo nada; cogió las ropas del fraile,
interiores y exteriores, se las echó al hombro y fué a casa de su suegra.
—Aquí tiene usted—le dijo—lo que había ahora en la
alcoba de su hija—y echó al suelo las ropas del capuchino.
La suegra puso el grito en el cielo, fué al
convento, intervino el prior, y llevaron las ropas al padre Gregorio, quien
tuvo que marcharse poco después de Vera.
El otro padre, el padre Aquilino, era un bruto muy
malhumorado y muy austero que nos zurraba a los chicos como quien varea lana.
Yo le tenía un odio profundo; así que, al quemar las tropas liberales el
convento y dispersar a los frailes, me alegré muchísimo.
El incendio se verificó cuando pasó por Vera el
general Rodil; y yo estuve presenciando cómo salían las llamas de los tejados y
celebrándolo. Por este motivo tuve un gran altercado con mi padrastro, que se
reprodujo cuando pasó Zuaznavar con una compañía de chapelgorris, y luego
cuando vino el general Oráa. Yo tenía entonces diez y seis o diez y siete años.
Todo el pueblo estaba escondido a la llegada de las tropas[29] liberales.
Yo me presenté y hablé con el mismo Oráa, que era un viejo navarro, de cara de
malhumor, pero muy simpático.
Sería esto hacia abril; hacía un tiempo admirable.
Oráa me preguntó primero quién era; le dije que era sobrino de Fermín Leguía, y
liberal. Luego me pidió detalles sobre la topografía del terreno. Los carlistas
estaban enfrente del pueblo, en un alto, que se llama Casherna gaña.
—Vamos a echar a los carlistas de ese monte—me dijo
Oráa—. ¿Quieres venir a verlo?
—Si me dan un caballo, sí.
Me monté a caballo y, al lado del general,
presencié el combate. Estaba entusiasmado oyendo los tiros. Yo creía que los
carlistas se defenderían mejor, y que los nuestros atacarían desde más cerca.
Al cabo de unas horas, los carlistas se retiraron. Entre los liberales había
muchos muertos, y vi pasar hacia el cementerio diez o doce; entre ellos, me
dijeron que estaba un abogado, Goicochea, que mandaba una de las compañías de
cazadores de Isabel II.
Esta nueva aventura con Oráa alarmó mi casa; mi
padrastro afirmó que acabaría en presidio o en el patíbulo; mi madre me dijo
que era mejor que me marchara del pueblo. Al día siguiente iba camino de San
Sebastián...
Con estos datos de la infancia creo que se puede
componer mi retrato moral. Respecto a lo físico, era alto, fornido, con la cara
redonda, los ojos pardos y el pelo negro y ensortijado. Aviraneta me dijo
varias veces que me encontraba cierto aire neroniano. Afortunadamente, el
parecido con Nerón no pasaba del aspecto.
V.
LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES
A la mañana siguiente de llegar a Bayona salí del
hotel y pregunté por la tienda de Antigüedades de Falcón. Estaba en la calle de
la Salie.
La calle de la Salie era una calle antigua, con
algunas casas góticas, modernizadas, de arcos apuntados, calle de burguesía
comerciante, con almacenes profundos y bien surtidos y tiendas abarrotadas de
género.
La tienda de Falcón estaba en la planta baja de una
casa grande y negra. Se llegaba a ella por unos cuantos escalones, tenía una
portada pintada de nogal y un escaparate pequeño, en donde se exhibían un
secreter de laca, varios jarrones, abanicos, porcelanas, jarras de cobre,
figuritas, objetos de plata y miniaturas.
Dentro, el almacén estaba repleto de muebles,
cuadros, estatuas, bordados, y tenía una dependencia interior, más repleta aún,
que daba a un patio obscuro.
En medio de la tienda había una mesa de mármol
estilo Luis XIV y varios sillones dorados, en los que se sentaban a hacer
tertulia algunos parroquianos y amigos.
Era difícil, a primera vista, darse cuenta clara de
lo que allí había amontonado, porque cada vez que se entraba se hacía un
descubrimiento. Detrás de dos o tres vargueños españoles aparecían relojes
ingleses de pared; detrás de un armario, cuadros antiguos, grabados muy
perfilados y groseras litografías[31] bárbaramente
iluminadas. En las vitrinas se veían camafeos, puños de bastón, fosforeras,
tabaqueras y relojes de repetición con esmaltes primorosos.
DOÑA PACA
Doña Francisca González de Falcón era una mujer de
treinta y cinco años, gruesa, morena, de ojos negros. Su marido, el señor
Falcón, era hombre delgado, fino, que estaba casi siempre fuera, pues viajaba
mucho por Francia y por España, andaba por rincones raros y traía cajas con
preciosidades. El señor Falcón coleccionaba medallas, y en esta afición ponía
todo su entusiasmo.
Los Falcón tenían cuatro hijos, que estaban por
entonces en el colegio.
Entré en la tienda de la calle de la Salie y me
encontré con doña Paca. Me presenté a ella; me hizo sentar y hablamos. Sabía a
lo que yo iba.
—Le conozco a Aviraneta ya hace muchos años y somos
muy amigos—me dijo—, pero estamos de acuerdo en no hablar el uno del otro, y
cuando nos vemos pasamos por desconocidos.
—Es decir, que con usted no hay que hablar de don
Eugenio ante la gente.
—Es lo mejor. A él tampoco le conviene que se hable
de adónde va y adónde viene. Aviraneta me ha recomendado a usted. Yo seré la
encargada de dirigirle al principio en Bayona, de darle los informes necesarios
y el dinero para ir viviendo.
—Muy bien. ¿Puedo venir a la tienda con frecuencia?
—Sí; cuando usted quiera.
—Esto será entretenido.
—Ahora, en el verano, menos, porque la gente se
marcha. En otoño es otra cosa. Usted puede venir aquí cuando quiera; oiga usted
y entérese usted de lo que le interese. ¿Sabe usted francés?
—Muy poco.
—Pues es conveniente que lo aprenda. Yo conozco a
un señor que le dará lecciones muy baratas. Es un profesor: el señor Serret.
Vive en la calle de la Platería. Aquí tiene usted sus señas.
—¿Así que yo puedo venir aquí y estarme horas y
horas?
—Sí; todas las que usted quiera.
Me despedí de doña Paca y fuí a ver al señor
Serret. Era éste un hombre alto, flaco, seco, áspero y severo, con el pelo
gris. Tenía la boca recta, dura; vivía retirado y modestamente, con una familia
numerosa.
Yo me figuraba que sabía algo de francés, pero,
cuando llevé cuatro o cinco lecciones con el profesor, comprendí que no sabía
nada.
SARA LA JUDÍA
Al día siguiente, por la tarde, volví a casa de la
Falcón. Doña Paca tenía una dependiente, una muchacha judía del barrio de
Saint-Esprit, delgada, morena, de aire un poco triste, con los ojos como dos
azabaches, la nariz corva, los labios gruesos y el pelo negro, rizado. Esta
muchacha se llamaba Sara, hablaba muy bien castellano y era muy inteligente.
En los primeros días, en que no conocía a nadie,
fué para mí un gran recurso ir a hablar con ella.
Por la noche, a la hora de cerrar la tienda, solía
venir la madre de Sara a acompañarla. Era una vieja judía, gruesa, mal vestida,
con los ojos negros e inquietos.
Sara me habló de la vida triste que llevaba en su
rincón de Saint-Esprit; el padre, malhumorado e indiferente; la madre, llena de
suspicacia por todo, no queriendo que nadie entrase en su casa y cerrando de
noche las puertas y ventanas con barras de hierro, como si viviera en un país
peligroso.
El hermano de Sara venía también con frecuencia.
Era un jorobado, con unas manos largas y delgadas, tipo muy pálido, con aire
febril, muy inteligente y muy triste.
Me hubiera dejado llevar por el atractivo de hablar
con Sara y la hubiera galanteado, pero comprendí que doña Paca Falcón me
espiaba, y esto bastó para no seguir adelante en mis proyectados galanteos.
En frente de la tienda de antigüedades había una
camisería, y entre los dependientes, una señorita del mostrador, muy bonita y
muy displicente, con la cabeza llena de rizos. Solía venir con frecuencia a
casa de doña Paca a cambiar dinero, y yo hablaba con ella, y la acompañé un
domingo en los Arcos.
En general, estaba en Bayona aburrido. Contribuía
al aburrimiento el calor, que fué grande aquel verano, y el que no hubiera
gente en la ciudad, pues todo el mundo distinguido se había marchado a tomar
los baños de mar a Biarritz.
Mis únicos recursos de distracción eran el hotel y
la tienda de doña Paca. El hotel servía de punto de cita a muchos jefes
carlistas, que desde allí marchaban a sus respectivos destinos. Muchas veces me
enteraba de lo que decían, porque, como buenos españoles, tenían la costumbre
de hablar alto.
LAS CORREDORAS
En la tienda de la Falcón fuí conociendo a
corredoras de alhajas y de muebles, gente de vida muy pintoresca. A una de
éstas le llamaban la Condesa. Era una señora alta, esbelta, que debía haber
sido muy guapa, pero que estaba ya marchita. Hablaba mucho mejor el francés que
el castellano, a pesar de que decía que era española, y tenía grandes
conferencias con doña Paca, que la trataba secamente.
Otra de estas corredoras era la señora Hidalgo. La
Hidalgo era una vieja gruesa, algo coja, muy ocurrente y muy insinuante, que
tenía una conversación divertida y amena. Ella fingía que hacía sus gestiones
comerciales de compras y ventas por amistad, por remediar la situación precaria
de alguna familia carlista, pero cobraba sus corretajes. Esta mujer vivía con
un filólogo, agricultor y libelista, que se llamaba Martínez[34] López.
La señora Hidalgo llevaba una cartera grande, como un maletín, donde guardaba
una porción de cosas; de allí solía sacar abanicos, fosforeras, relojes,
collares, papeles con piedras preciosas, y discutía el precio de estas joyas
con doña Paca, diciendo ingeniosidades de cuando en cuando, que hacían reír a
todos los que la escuchaban.
Había otros españoles que trabajaban en la casa: un
carpintero madrileño, muy hábil para imitar muebles antiguos y hacer
falsificaciones, que se llamaba Joaquín García; un cerrajero riojano, Horcajo,
que tenía una especialidad semejante en los hierros, y una mujer, Angela, que
componía y arreglaba los encajes y tapices rotos y hacía unos zurcidos
maravillosos, que apenas se notaban.
Doña Paca Falcón prefería a los españoles para
tales menesteres, no por patriotismo, sino porque, aislados como estaban en el
pueblo, cobraban menos por sus trabajos.
La primera semana de Bayona me pareció
aburridísima. No le veía a Aviraneta ni sabía nada de él.
A los diez o doce días don Eugenio me escribió para
que fuera a la fonda de Iturri.
VI.
NUEVAS INSTRUCCIONES
Llegué al anochecer al comedor de la fonda de
Iturri y me encontré con Aviraneta.
—Me marcho—me dijo—, pero tú te vas a quedar aquí.
—Lo siento.
—¿Te aburres?
—Un poco.
—Te irás acostumbrando. Ya está hecha la escritura
con el supuesto Etchegaray. Iturri tiene un poder del ente de razón. Tú tienes
que ir mañana con Iturri a la notaría a firmar.
—Bueno.
—Luego buscarás un piso bajo y pondrás la casa de
comisión.
—Muy bien, todo se hará. ¿Y qué le ocurre a usted
para marcharse?
—Gamboa, el cónsul, que me hace la guerra a muerte
y me cierra todos los caminos.
—¿Y por qué?
—Gamboa es amigo y agente de Calatrava, y éste es,
a su vez, compadre de Mendizábal y de Gil de la Cuadra. Todos ellos son masones
escoceses y enemigos míos, y me persiguen; no quieren que yo salga adelante en
mis propósitos.
—¿Y qué le ha pasado a usted con Gamboa?
—Al llegar aquí, sin salir, sin hacer el menor
alarde, he visto que la policía francesa me vigilaba como a un criminal.
Cansado, he ido a ver al cónsul, le he mostrado mi nombramiento del Ministerio
y le he dicho a qué venía. Gamboa ha[36] examinado
detenidamente mis credenciales, y he visto que ha quedado resentido.
—¿Por qué?
—Porque cree que vengo a quitarle atribuciones, a
enmendarle la plana. Al día siguiente de mi visita a Gamboa, un empleado de la
Subprefectura, amigo mío y de Iturri, un italiano, Pagani, me ha invitado a que
vaya a allí a regularizar mi residencia y a visar el pasaporte. El subprefecto
me ha sometido a un interrogatorio acerca del objeto de mi viaje, y me ha dicho
que no puedo permanecer en Bayona.—Está bien—le he contestado yo—; entonces me
iré. Al día siguiente ha venido a mi hotel el canciller del Consulado, Ignacio
Vidaurreta, y me ha dicho que no puedo salir de Bayona. He ido a ver a Gamboa y
hemos tenido un altercado. Ha aparecido la causa del resentimiento. Gamboa cree
que el Gobierno le ha ofendido enviando una persona a su distrito para que
dirija los asuntos políticos de la guerra como si él fuera un imbécil, y ha
añadido que en su Consulado no puede haber más dirección que la suya, ni más
agentes que los que él designe.—Eso, al Gobierno—le he replicado yo.—Al
Gobierno y a usted—me ha contestado él—, porque mientras yo esté aquí en el
Consulado, usted no podrá hacer nada.—Bueno; me iré a Perpiñán.—No irá usted,
no le daré pasaporte.—Iré con el pasaporte de usted o sin él—le he contestado—.
Así que me marcho en seguida hacia la frontera catalana. Si no puedo sostenerme
allí, me iré a Madrid, pero tú seguirás aquí, porque es indispensable que
tengamos en Bayona una persona de confianza. No te faltará el dinero necesario.
El ministro o la reina darán para vivir. Aquí no creo que puedas perder el tiempo
en absoluto. Si la cosa sale mal y no da resultado, habrás pasado unos meses en
Bayona, habrás aprendido el francés, y eso será todo; si la cosa sale bien,
habrá otras esperanzas.
—¿Tengo que cambiar de plan?
—No. Tú sigues en la fonda de San Esteban, y desde
mañana buscas el piso para la casa de comisión. Doña Paca te indicará los
mejores sitios y te ayudará a arreglar la oficina.
—Muy bien.
—Por ahora, amigo Pello, no te voy a dar un plan de
campaña. Hazte amigo de toda la gente que puedas y de todas las[37] mujeres
que anden cerca de ti. No te enamores. Ya te basta con Corito. Una pequeña
intriga amorosa bien llevada y sin escándalo, no está mal. Piensa que de que
aquí puede salir tu porvenir. Respecto a tu amigo don Eugenio de Aviraneta, no
hables nunca de él, ni para defenderle ni para atacarle. Tú no le conoces a ese
señor.
—¿Respecto a los demás, no habrá que llevar tan
lejos la prudencia?
—Sin embargo, acostúmbrate a hablar lo menos
posible, sobre todo de política.
—No sé si podré.
—Habla de lo que hablen los demás; desconfía de
asombrar a los otros con ideas originales y brillantes, y aprende a decir sólo
lo que te convenga.
—Eso me parece muy difícil.
—¡Ah! ¡Claro! Eso no se consigue en seguida; pero
tú tienes condiciones de diplomático, y ya te las arreglarás.
—¿Cree usted?
—Sí.
—¡Que sé yo!
—Naturalmente, como todos, tendrás tus tropiezos.
La prudencia y la diplomacia no se improvisan: es cuestión de tiempo y de
voluntad. De cuando en cuando recuerdas mi consejo, y cuando estés en camino de
decir algo atrevido, piensas: ¿Si estaré diciendo una tontería? Si te hacen a
ti una confidencia, guárdala lo mejor posible.
—Voy a matar en mí toda espontaneidad.
—Siempre queda espontaneidad. Otro consejo: Si te
invitan a hacerte masón, no digas que no: acepta, pero sin entusiasmo. Si nadie
te invita, no te presentes tú.
—Muy bien.
—Segundo consejo. Ahora no; pero si más tarde
tienes algo importante que guardar, lo llevas al caserío Ithurbide, de Bidart,
y lo dejas en el armario de mi cuarto. Siempre ve solo y aprende a guiar un
cochecito.
—Sé guiar.
—Iturri tiene un tílburi, y te lo prestará siempre
que lo necesites.
—Muy bien.
—Es importante en muchas ocasiones no tener más
testigo que un caballo. Ahora nos vamos a quedar de acuerdo en los medios de
correspondencia entre nosotros dos. Asunto de familia, sin importancia: carta
corriente. Asunto político reservado, pero sin trascendencia: papel blanco y
tinta simpática. Asunto político importante: papel amarillento, carta con
plantilla número uno y tinta simpática. Asunto importantísimo: carta con papel
azulado, con plantilla número dos y tinta simpática.
Aviraneta me dió dos frasquitos de la tinta
simpática, las plantillas una y dos, y me explicó su uso.
—También convendría—concluyó diciendo—que
escribieras un diario contando todo lo que vayas viendo, y haciendo una
biografía de cuantas personas conozcas. Si haces esto que te aconsejo, nunca
pongas nombres, sino anagramas.
—¡Bah! ¿Cree usted que el espionaje va a llegar a
tanto?
—¿Quién sabe? Viviendo en un hotel el espionaje es
fácil. Tú, como yo, puedes tener enfrente el espionaje masón y el de los curas,
que aquí, en Francia, lo dirigen las congregaciones en que se mueven los
jesuítas.
Dicho esto, Aviraneta se despidió de mí.
LA OFICINA
Días después de marcharse don Eugenio alquilé un
piso bajo en la calle del Puerto Nuevo, en los arcos, y puse una placa de metal
en la entrada, con este letrero:
ETCHEGARAY Y LEGUÍA
CASA DE COMISIÓN
Del mobiliario de la oficina se encargó doña Paca
Falcón, y le dió un aire muy elegante. Había dos armarios, una mesa tallada, un
reloj magnífico de pared, varias sillas y una caja fuerte. Allí dentro me
sentía un capitalista. Tomé un chico para[39] abrir
la puerta y llevar las cartas al correo. Este chico, Fernandito, hijo de un
emigrado carlista andaluz, era un chico muy listo, sabía el francés bien y
conocía todos los rincones de Bayona.
Las horas de oficina me las tenía que pasar
escribiendo a la novia, mirando a las paredes y leyendo novelas.
La sociedad con Etchegaray, aquel ente de razón,
como le llamaba Aviraneta, me llegó a veces a inquietar. Me preguntaron varias
veces por Etchegaray, y había gente que pretendía conocerle, y que contaba
anécdotas de su vida.
En las causas célebres de Gayot de Pitaval, que
luego leí, en momentos de aburrimiento, encontré que un joyero francés de a
principios del siglo xviii, de apellido vascongado, un tal Duhalde, hizo
una sociedad nada menos que con Dios, para explotar el negocio de la joyería.
Luego, andando el tiempo, he visto que un prendero
madrileño le ha imitado o ha tenido la misma idea que Duhalde, y ha fundado su
sociedad nada menos que con Jesu-Cristo.
No sé si a Aviraneta se le ocurrió la sociedad con
el fantástico Etchegaray por haberse enterado de la fundada por el joyero
francés, o si fué el suyo un proyecto espontáneo de su imaginación de
intrigante.
Ya después de montada mi oficina fuí al Consulado
de España, en la plaza de Armas, a entregar a Gamboa la carta de recomendación
que me habían dado para él. Gamboa me recibió un tanto fríamente y me preguntó
qué parentesco tenía con Fermín Leguía. Le dije que era su sobrino. Luego me
interrogó acerca de Etchegaray. Le conté la novela inventada por Aviraneta y
por mí.
—¿Qué hace ahora Etchegaray?
—Está en España. Va a ir a América a realizar su
fortuna.
Gamboa pretendía conocer a Etchegaray.
Unos días después, el canciller del Consulado,
Vidaurreta, estuvo en mi oficina y quedó admirado al verla tan elegantemente
puesta.
Por lo que supe después, tanto Gamboa como
Vidaurreta se extrañaron de que un hombre tan sesudo como Etchegaray—¡se le
consideraba sesudo!—hubiera dejado su negocio en manos tan inexpertas como las
mías.
ELOGIO DE ETCHEGARAY
Algunos me hablaban de Etchegaray como de un hombre
lleno de virtudes. Yo, al oírles, me reía; hoy no me río. La verdad es que era
un hombre completo este ente de razón, como le llamaba Aviraneta.
¡Qué varón virtuoso! ¡Qué ejemplo de filosofía y de
virtudes comerciales! ¡Qué modestia en sus aspiraciones! ¡Qué falta de amor
propio!
No, con él no había miedo de que se empeñara terca
y estúpidamente en defender sus opiniones; con él no había cuidado de que se
acalorase hasta perder su serenidad.
Se le encontraba siempre tranquilo, siempre
ecuánime. No se quejaba si se le abrían las cartas, ni si se firmaba con su
firma; ni si se le echaba la culpa de un olvido o de una falta; no pedía
cuentas del dinero gastado, ni se enfurruñaba, ni murmuraba, ni intrigaba.
Era el ideal del hombre y el ideal del socio. No le
faltaba más que existir; pero, seguramente, si hubiera existido, no hubiera
sido tan ideal.
VII.
LA VIDA EN BAYONA
Mi vida en Bayona era muy aburrida. Con las
advertencias de Aviraneta me encontraba entre la gente cohibido. El miedo a la
indiscreción me quitaba la espontaneidad natural.
Pasaba en la oficina ocho o diez horas al día.
—¿Trabaja usted mucho?—me preguntaban.
—Sí; ahora tengo que arreglar unas cuentas de mi
socio, el señor Etchegaray—les contestaba yo.
Mis trabajos consistían en escribir todos los días
largas epístolas a Corito, que estaba todavía en Laguardia, hablándole de mis
trabajos, que no decía cuáles eran, y explicándole mis esperanzas. Después me
ponía a leer periódicos y novelas. Leía por la mañana El Centinela de
los Pirineos, periódico bayonés de la oposición, y el Faro de
Bayona. Cuando llegaba el correo de España me dedicaba al Eco del
Comercio, de Madrid.
Tras de los periódicos venían las novelas, y el
primer autor que devoré, no precisamente un clásico, fué Paul de Kock; después
fuí leyendo todos los folletinistas de la época.
Si mientras estaba en esta ocupación seria sonaba
la campanilla y venía alguien, metía el libro en un cajón y hacía como que
estaba escribiendo.
Pasadas las horas de oficina iba a casa de doña
Paca Falcón de tertulia y me sentaba en uno de los sillones que había en la
tienda alrededor de la mesa estilo Luis XIV.
Los más constantes en la tertulia eran un
comerciante judío, Gomes Salcedo, hombre muy listo que traficaba en todo; un
cura, el abate d'Arzacq, que coleccionaba monedas romanas, y un señor, viejo,
maniático, monsieur de Saint-Allais, que, por lo que se decía, tenía una casa
llena de preciosidades, que no dejaba ver a nadie.
Yo empezaba por entonces a comprender el francés y
a hablar algo. Comenzaba a entender de cuadros, muebles, relojes antiguos y
demás antigüedades. Al cabo de algún tiempo fuí casi un especialista y conocía
el mueble de Boule o el de Chippendale, el reloj del siglo xviii, y
diferenciaba el de París y el de Lyon.
No sólo conocía los estilos, sino que sabía también
los precios de los varios objetos almacenados allí. En el cajón del mostrador
de casa de la Falcón había un catálogo voluminoso de cuanto contenía la tienda,
con tres precios para cada cosa: el que había costado, el último en que se
podía vender y el que se podía pedir. Estos conocimientos me sirvieron después
para hacer compras de muebles en Madrid y para adornar mi casa.
LOS CARLISTAS
Bayona, al principio, me pareció un pueblo triste,
aburrido; luego, ya me fué gustando más. Con sus murallas, sus castillos, su
ciudadela, sus puertas estrechas, me oprimía el corazón. Había días que me
parecían de una longitud inusitada, y desde que me levantaba hasta que sonaban,
a las diez de la noche, los tambores y las cornetas, que anunciaban que se
cerraban los portales, con sus puentes levadizos, creía haber pasado lo menos
una semana.
Esta ciudad militar y comerciante, tranquila y
soñolienta, un poco española, un poco bearnesa, un poco vasca y un poco judía,
encerraba entonces en su seno, una emigración de carlistas, la mayoría gente
bárbara, violenta, sanguinaria, y, sin embargo, no se notaba apenas.
Unicamente por la mañana, en la encrucijada de los
Cuatro[43] Cantones o en el café de enfrente del
teatro de la plaza Grammont, se veían grupos de hombres hablando español, que
se escabullían en seguida.
En la calle de España, con sus tiendas españolas de
ultramarinos, de zapaterías y lencerías, se oía hablar mucho castellano, y por
el aire de los tipos se comprendía que eran carlistas riojanos y navarros.
En los alrededores de la plaza de los Capuchinos,
del Pequeño Bayona, que era como una aldea, estaba el punto central de las
posadas vascas y se oía hablar mucho vascuense, y se hacían negocios entre
contrabandistas, guerrilleros y negociantes; pero, en general, los carlistas en
Bayona, como gallinas en corral ajeno, alborotaban poco.
Bayona era entonces una gran casa de huéspedes; por
cualquier parte, por cualquier rincón, aparecía un carlista.
Las tiendas que tenían una tertulia española eran
un centro de intrigas políticas.
Se hacían muchas compras de armas y de vestuario
por delante de las narices del cónsul de España, sin que éste se enterara. Los
judíos bayoneses habían puesto dinero en el carlismo.
Todo el mundo intrigaba: unos por fanatismo, otros
por ambición, otros por dinero. Había algunos que lo hacían por amor al arte.
Algún tiempo después, estando en París, oí contar que un napolitano fué a
ofrecer trabajo a un editor. Este le dijo:—No lo quiero porque sé que es usted
un espía.—Es cierto—contestó el italiano—que soy un espía, pero no por el
dinero, ma per l'onore.
Había muchos espías en Bayona, en los dos bandos,
que no lo eran por dinero, sino per l'onore.
Los carlistas españoles no tenían el aire de
casaca, lazo y peluca que querían darles los legitimistas franceses, ni el
aspecto de bandidos siniestros con que los pintaban los liberales. Su carácter
estaba más en sus ideas que en sus actitudes y sus trajes: en el sello
reconcentrado y un tanto sombrío de todo lo español. El carlista tenía la
candidez de creer que la vida española era superior a todas las demás, y
suponía que el español era más inteligente, más comprensivo y más enérgico que
los demás hombres.
Yo no tenía por ellos la menor simpatía. Aviraneta,
en[44] cambio, experimentaba por estos absolutistas
cierto afecto, y les reconocía el mérito de ser patriotas.
Entre los carlistas los había de todas clases:
fanáticos, moderados, absolutistas, de un clericalismo cerril, y verdaderos
liberales. Unos llevaban una vida pobre y austera; otros se mezclaban en toda
clase de negocios. Los más pedantes eran los que se llamaban a sí mismo los
puros. La pureza, la incorruptibilidad, es un tópico de todas las revoluciones.
Generalmente, ser puro es ser más estólido e incomprensivo que los demás, no
avenirse a razones y no discurrir.
Muchos de estos pobres carlistas habían ido a
Bayona, arruinándose, y vivían en una situación precaria. Las señoritas
distinguidas trabajaban para fuera con gran misterio.
La misma situación precaria hacía que aquellos
soldados de Cristo se enredaran con la primera aventurera o fregona que
encontraran al paso, sin considerar indispensable la bendición de un clérigo.
Se había unido la inmoralidad de la vida
provinciana francesa con la hipocresía y la mojigatería española en silencio.
Aquel viejo mundo español decrépito, cuya esencia representaba el carlismo, con
sus generales inútiles, sus frailes y curas fanáticos y sus guerrilleros
atrevidos y crueles, había hecho su nido en la tranquila Bayona, ciudad
burguesa, que aparentemente tenía una moral muy respetable, pero en la que
había mucho mar de fondo.
De esta unión resultaba que la ciudad estaba más
españolizada que nunca y que en casi todos los comercios se hablaba castellano.
Se vendían en las tiendas muchos objetos de
procedencia española y americana: joyas, relojes, anillos, cuadros, imágenes,
tabaqueras, vajillas de plata y cadenas gruesas de oro, traídas de Méjico.
Se decía que el comercio bayonés marchaba mal,
probablemente a causa del cierre de la frontera.
Los bayoneses se mostraban amables y, al mismo
tiempo, explotadores y sórdidos. Quizá en una ciudad española hubiéramos hecho
lo mismo, aunque yo creo que, en general, los españoles hubiéramos sido con los
extranjeros menos amables y menos sórdidos.
MIS PASEOS
A veces iba a las Allées Marines, hasta la colina
de Blanc-Pignon; otras, daba la vuelta a las murallas; pero lo que más me
atraía eran las proximidades del Nive. El Adour, como río gascón, me era más
antipático que el Nive.
Iba por los muelles de una y otra orilla, paseaba
por los arcos bajos de la Galupèrie y del Pont Traversant y veía las gabarras y
las chalanas que bajaban de Ustariz y de Cambo. Cruzaba los puentes de madera,
el Puente Mayou y el Puente Panecau, y contemplaba las casuchas sórdidas y
sucias de los muelles.
Al bajar hacia la plaza de Armas contemplaba la
animación del puente de Saint-Esprit, puente de madera tendido sobre barcas, y
veía el puerto, ya en el Adour, con sus goletas, sus bergantines y sus
pataches.
La larga fila de embarcaciones, que comenzaba en la
confluencia del Nive y del Adour, se extendía por el muelle de la Aduana, a lo
largo de la reja de la plaza de Armas, hacia las Allées Marines.
Los carros de bueyes iban y venían; los obreros del
muelle, con sus sacos en la cabeza como capuchas y los pies descalzos, cargaban
y descargaban las barricas de vino y de aguardiente de Armagnac, las maderas de
los Pirineos y de las Landas, los sacos de harina del centro de Francia, los
fardos de pita americana para los alpargateros y los cordeleros. El sol daba en
el Adour de una manera lánguida, y las gaviotas jugueteaban sobre las aguas
muertas de este río, que deja de ser un torrente para convertirse en seguida en
un pantano.
CONOCIMIENTOS DE HOTEL
Por entonces, en la fonda de San Esteban, había
algunas personas fijas como yo: un profesor del Liceo, monsieur Teinturier,
varios militares y un señor rico que quería ser elegante. Este señor se llamaba
Tartas. El señor de Tartas tenía ya cerca de cincuenta años, pero pretendía
pasar por joven; vestía a la última moda; llevaba una peluca muy bien
disimulada; era gordo, rechoncho, ventrudo, con los dientes postizos, el bigote
pintado, y con corsé. Era voluptuoso y goloso. Las modistas y los pasteles de crema
eran sus debilidades. Yo le decía Tartas, el elegante, y algunos chuscos le
habían llamado por su laminería Tartas a la crema, lo que recordaba la Tarte
â la crême, de Molière. Tartas tenía un color rubio falso y una piel
rojiza: parecía un cochinillo asado. Se las echaba de muchacho y solía pasearse
conmigo por los Arcos del Puerto Nuevo hablando de sus conquistas y mirándose
en todos los escaparates.
Tartas era mentiroso y farsante como pocos, un
verdadero gascón. A creerle a él, con la historia de sus antepasados, y con la
suya, y con sus amores, se podían hacer tomos y tomos. La preocupación íntima
de Tartas era no ser bastante alto. Respecto a todas las demás particularidades
de su físico, estaba convencido de que eran encantadoras. Tenía un abdomen
abultado, pero esto era una señal de fuerza; tenía un color rojizo, pero hacía
bien, su optimismo no podía conseguir el que se creyera de buena estatura.
La amistad con Tartas me daba a mí también un aire
de donjuanismo y de fatuidad que no estaba mal para un hombre que, como yo, iba
a intentar una segunda vida de conspirador.
Otro de los huéspedes de la fonda era el profesor
Teinturier, joven, del centro de Francia, de unos veinticinco a treinta años.
Teinturier era un tipo de galo: tenía una cara juanetuda y[47] cuadrada,
una mirada dura y fuerte, los labios gruesos, la barba cobriza y las manos
fuertes.
Era muy radical en sus ideas y muy tímido con las
mujeres.
Teinturier y Tartas se despreciaban mutuamente; yo
comprendía que valía mucho más el profesor que aquel dandy grasiento,
encorsetado y repintado; pero éste tenía más relaciones, y me incliné a
reunirme con él.
También venía a pasear con nosotros un abate, el
abate d'Arzacq, que vivía en la misma fonda. El abate d'Arzacq era un hombre
rubio, sonriente, sonrosado, anticuario y coleccionista de monedas. Yo le
conocía de casa de la Falcón, porque era uno de los contertulios de la tienda
de antigüedades. D'Arzacq tenía un aire tan insinuante y tan burlón, que
parecía que debía ser inteligentísimo. A mí me daba la impresión de un cínife,
pero en él todo era fachada.
El abate d'Arzacq era un hombre hecho para las
reverencias: las hacía maravillosamente. En compañía del señor de Tartas conocí
a algunas chicas guapas que estaban en los comercios, y con el abate d'Arzacq
visité a varias familias de la buena sociedad bayonesa, que, naturalmente, eran
clericales y legitimistas.
VIII.
SENSIBILIDAD PATRIÓTICA
Además de mis conocimientos del hotel, tenía
otros de españoles, gente modesta, a quien conocía por doña Paca Falcón y sus
operarios.
Uno de estos españoles, amigo del carpintero
Joaquín García y del cerrajero Horcajo, era un tal Jesús Díaz, carlista,
andaluz, el padre del chico de mi oficina, Fernandito; Jesús Díaz había tenido
que emigrar de su pueblo con su mujer y sus hijos, y se había establecido en
Bayona. Lo cómico era que a medida que vivía en Francia iba perdiendo el fervor
carlista y haciéndose republicano.
Don Jesús vivía en la calle de la Zapatería, una
callejuela que iba de la calle de España hacia la muralla, callejuela sombría,
en una casa de cuatro pisos, con unas habitaciones que daban a un patio
obscuro. Don Jesús era un hombre joven, guapo, de bigote negro. Daba lecciones
de español, pintaba cuadritos y escudos nobiliarios, y hacía juguetes de madera
y alambre, que vendía a bajo precio.
Debía pasar épocas de miseria negra. Algunas veces
fuí a su casa. Tenía una mujer que trabajaba mucho y, además de Fernandito, dos
chicas morenitas muy graciosas, que se pasaban la vida abanicándose
vertiginosamente y lamentándose de estar en Francia, que les parecía un país
muy soso, en donde los hombres no decían galanterías a las mujeres en la calle.
Don Jesús tocaba la guitarra, y las chicas bailaban las sevillanas o los
caracoles, u otros bailes de su tierra.
En la misma casa, sórdida y siniestra, vivían otros
dos españoles: uno de ellos era Joaquín el carpintero, que trabajaba en la
tienda de doña Paca; y el otro, un carlista vascongado, Zabaleta, amigo del
conde de Negrí, que estaba empleado en una frutería. Todos ellos tenían de
noche su tertulia en una taberna de la calle de España, que antiguamente se
había llamado la Bandera Blanca, y que era de un ex policía.
En aquella taberna se hacía espionaje a favor de
Don Carlos, como en la casa de Iturri a favor de la Reina.
A este rincón solían ir españoles que vivían en la
vecindad, tipos raros y desgarrados.
Uno de ellos era un cura catalán, mosén Pau, hombre
cetrino, cejijunto, muy áspero. Mosén Pau había peleado con Tristany, y estaba
resentido con él por un motivo de dinero.
Mosén Pau vivía en una casa de la calle de la
Carnicería Vieja, y todo su entretenimiento era ir al campo y tirar al blanco
con una pistola sobre botellas vacías, huevos vacíos, etcétera. Para este cura,
tirador al blanco, no había hisopo que tuviera el encanto de una carabina o de
cualquiera otra arma de fuego, ni agua bendita tan agradable como la pólvora.
En la misma casa de mosén Pau, en una guardilla,
vivía otro carlista viejo, arruinado por la causa. Era un hombre de cerca de
setenta años, con varias cicatrices profundas en la cara. Iba a casa de los
españoles pudientes y esperaba a la puerta horas y horas, embozado en una capa
raída y apoyado en un bastón, a que le dieran una limosna. Si recibía algunos
cuartos, saludaba dignamente y se marchaba.
Era también contertulio de la taberna un tipógrafo
de la imprenta de Lamaignere, donde trabajaba como corrector de pruebas. Este
tipógrafo se llamaba Barbanegre: era hombre de unos cuarenta años, muy culto;
muy enterado de la política y de los asuntos españoles, y muy aficionado al
vino.
Para publicar algunas hojas, cuyos originales me
envió Aviraneta, me entendí con Barbanegre y fuí a la imprenta de Lamaignere,
que estaba en la calle de Bourg-Neuf del Pequeño Bayona, una de las calles más
frías y más húmedas del pueblo.
Un día me encontré a mosén Pau; me dijo que estaba
Tristany en Bayona y que iba a verle. Me invitó a comer con ellos.
Fuimos a un fonducho miserable de la calle de los
Toneleros, obscuro y húmedo, y allí conocí a Tristany, que andaba vestido de
cura y se preparaba a entrar de nuevo en Cataluña. Mosén Pau y Tristany se
pusieron a discutir, en catalán, con tal violencia, que parecía que estaban
dispuestos a matarse. Dejé a estos dos energúmenos con placer.
TERTULIA EN LA LIBRERÍA
Barbanegre, el cajista, me llevó a la librería de
Mocochain, sucesor de Gosse, donde me presentó al librero, que era un señor ya
viejo. Yo quería suscribirme a una librería circulante, y me suscribí allí.
Había otro librero en Bayona llamado Larroullet,
que prestaba libros, y un salón de lectura en la plaza de Armas.
Mocochain tenía la especialidad de los libros
raros. Fuí a su tienda con frecuencia. Allí se reunían varios bibliófilos, la
mayoría curas; entre ellos, el abate Miñano.
Miñano era hombre muy acicalado, muy elegante, de
una gran facundia, y, como había vivido mucho y conocido muchas gentes, se
manifestaba muy escéptico. Empleaba en la conversación frases maquiavélicas
que, aunque no las hubiera inventado él, las usaba con gran oportunidad. Es más
que un crimen: es una falta. Una victoria más como ésta, y estamos perdidos...
La librera, madama Mocochain, muy sonriente y muy
joven, según las malas lenguas, no era una virtud muy sólida.
Fuí a la librería varias veces, al anochecer, y
escuché lo que allí se hablaba, y me quedé asombrado de la cantidad de cosas
desconocidas por mí: la historia antigua, la historia moderna, la literatura,
el arte, la política, sin contar las ciencias, que[51] no
pretendía, ni aun siquiera someramente, enterarme de ellas. ¡Qué suma se podía
hacer con mis ignorancias!
Tenía buen sentido y bastante buena memoria, y
pensé en los procedimientos para cubrir mi desnudez mental de una manera
decente. Como mi cultura era tan escasa discurrí el modo de adquirirla. Decidí
que después de aprender el francés me dedicaría al inglés.
MIS LECTURAS
Abonado a la librería circulante de Mocochain y al
gabinete de lectura de la plaza de Armas, me puse a leer de una manera
frenética. Ya la vida en Bayona no me parecía tan aburrida, y muchas veces me
faltaba el tiempo para las cosas más elementales.
Alternando con las novelas y los libros de historia
me puse a leer biografías de hombres célebres para ver qué camino emprendieron
en la vida tales hombres. La Biografía Universal, de Michaud, que
entonces se acababa de publicar e iba dando suplementos, me sirvió mucho para
mis planes.
Tomaba notas de todo lo que me chocaba en la
lectura, y, como tenía buena memoria y mucha curiosidad y deseo de saber, me
iba improvisando una cultura y marchaba camino de ser un polihistor.
LOS FRANCESES Y ESPAÑA
Uno de los resultados de mis lecturas fué el darme
una preocupación grande por España y, al último, hacerme patriota.
Leí un Resumen Geográfico de la Península
ibérica, por Bory de Saint-Vincent, muy áspero para nosotros, y otro
libro, L'Espagne sous Fernand VII, por el marqués de Custine,[52] que tenía escrito en los márgenes palabras de
protesta de algún lector español. Yo conocía de España muy poco, casi nada, y,
sin embargo, me dió la impresión de que el libro del señor marqués era un
tejido de embustes y de tonterías.
Leí todos los libros que encontré sobre nuestro
país.
Hay que reconocer que la mayoría de las cosas que
los franceses han escrito acerca de España valen poco: son casi siempre
observaciones superficiales y vulgaridades que destilan antipatía y odio. No se
explica bien, mas que teniendo un fondo entre rencoroso e indelicado, la rabia
de los franceses contra un país como el nuestro en el siglo xix, en plena
disolución y decadencia.
Estas duras invectivas contra España me hicieron,
como digo, patriota.
Mi sensibilidad patriótica fué un hecho nuevo que
surgió en mí con la lectura y al ver que se denigraba constantemente a España.
En España no se podía vivir una vida relativamente civilizada, ni comer, ni
dormir. España era un país imposible. Los españoles, al parecer, éramos una
excepción en el mundo: malos, crueles, sanguinarios, incultos, indisciplinados,
de color negro y cobardes.
Sin embargo, cuando fuí leyendo biografías,
encontré que los tipos históricos españoles valían lo de los otros países, y
que muchas veces los superaban. Me chocó la incomprensión de los franceses para
con nosotros. Reconocían que España podía haber tenido en otras épocas hombres
de genio, pero eso no valía.
Los franceses, en general, creen que el colmo de la
civilización es llevar un redingote con elegancia, y que decir
cuatro o cinco lugares comunes con una pronunciación muy perfilada y con un
acento muy nasal es algo sublime. En esto se engañan. El mundo que admira el
acento parisiense, y la cocina francesa, y las cantantes de café concierto, es
el mundo de los tontos, de los rastacueros y de los negros disfrazados. Al
mundo inteligente lo que le interesa de Francia es su aportación a la cultura
general, sobre todo su aportación científica.
LOS GRANDES HOMBRES DE LA ÉPOCA
Una cosa que me asombró leyendo la Biografía
Universal, principalmente los tomos del «Suplemento», que se referían a
hombres contemporáneos, fué ver que casi todos ellos habían sido de una
perfecta inmoralidad: ladrones, inconsecuentes y traidores. Además, no sólo
ocurría esto, sino que casi todos los traidores habían sido premiados, y casi
todos los hombres fieles a una causa acababan en la miseria, en la prisión o en
el patíbulo.
Era un ejemplo verdaderamente inmoral. Yo me
fijaba, sobre todo, en españoles y franceses. Los fieles a una idea,
Robespierre, Vergniaud, Saint-Just, Ney, Berton, Riego, el Empecinado,
Torrijos, caían en la lucha; en cambio, los Tayllerand, los Fouché, los
Bernardotte, los Soult, subían como la espuma.
La ingratitud de los reyes era verdaderamente
espantosa. Fernando VII fusilaba a los generales de la Independencia, que
habían luchado heroicamente por él, y hundía en la miseria a Godoy, que quizá
era su padre; Luis XVIII daba pensiones a los bonapartistas y republicanos y
dejaba abandonado a Fauche-Borel, agente de los Borbones durante más de treinta
años, que, viéndose en la vejez, sin amparo, acabó suicidándose. María
Cristina, traicionando a los que la defendían, pactaba con Don Carlos, y este
último veía con inquietud los éxitos de Zumalacárregui y escuchaba con
tranquilidad la noticia de su muerte.
Si de la historia puede desprenderse una moral, de
la historia de nuestro tiempo no podía desprenderse más que una lección de
inmoralidad.
¡Qué grandes hombres de estercolero todos los
grandes hombres de la época! Me hizo pensar mucho su ejemplo. ¿Es que los
hombres, como las hortalizas, necesitarán el fiemo para crecer y
desarrollarse?—pensaba—. ¿Es que las sociedades honestas y virtuosas no
producirán más que hombres mediocres?
IX.
NOTICIAS DE AVIRANETA
Al marcharse Aviraneta de Bayona leí la prensa
española con curiosidad, por ver si aparecía su nombre y en qué concepto se le
tenía.
Unas tres semanas después de su marcha lo encontré
citado en el periódico El Eco de la Razón y de la Justicia.
Decía así el periódico madrileño:
«¿Pretende quizá El Eco del Comercio secundar
los buenos oficios del señor Aviraneta, que, según se asegura, ha ido a las
provincias del Norte a promover escisiones, como acostumbra, y a introducir el
desorden en el ejército?»
El 25 de julio aparecía otra noticia en el mismo
periódico:
«El célebre Aviraneta, según carta que hemos visto
de Cádiz, ha llegado a aquella ciudad acompañado de otro revolucionario,
ayudante suyo, y cuyo nombre no dice la carta. Ignoramos si lleva
recomendaciones de don Gil de los Ojos Verdes, firmadas El Consabido,
como las que le dirigía a Zaragoza, o si el magnate de los unitarios habrá
tomado otro seudónimo.»
Don Gil de los Ojos Verdes era, indudablemente, Gil
de la Cuadra. ¿Por qué le aludían a él, tomándole como compinche, siendo como
era enemigo de Aviraneta? No lo supe.
[55]Estas noticias procedían, indudablemente, de las
logias, y como los informes que tenían éstos no eran buenos, se distinguían por
su confusión.
Dos días después, el 27 del mismo mes, volvió a
aparecer en el mismo periódico otro suelto, enviado desde San Sebastián,
titulado:
«NOTICIAS DE LA FRONTERA»
«Hace varios días que el famoso Aviraneta se ha
presentado aquí, y aunque no permaneció mas que cortos instantes, pues el conde
de Mirasol le hizo conducir a Francia en una trincadura de guerra, no por eso
dejó de sembrar sus principios revolucionarios entre nuestros soldados. Desde
San Juan de Luz, donde se halla, parece que envió un impreso, que circuló entre
la tropa, y en el cual se decía que el Gobierno había enviado medios
suficientes para pagar al ejército hasta 1840, pero que los oficiales y jefes que
quieren prolongar la guerra se han apoderado de este dinero.»
El 30 de julio, el mismo periódico, publicó esta
noticia:
«AVISO IMPORTANTE A LOS GADITANOS»
«El célebre Aviraneta regresó a Madrid desde San
Juan de Luz; tuvo una conferencia con El Consabido, el magnate de los
unitarios; otra con un alto personaje; recibió sus instrucciones y marchó el
jueves de la semana pasada a Cádiz.»
La insistencia en pintarle a Aviraneta conjurado
con Gil de la Cuadra, con quien estaba reñido hacía tiempo, y de llevarle a
Cádiz, me chocaba.
El Eco del Comercio comentó estas noticias hablando
desdeñosamente de Aviraneta. Mientras se le creía en Cádiz, don Eugenio estaba
entre Pau y Perpiñán. Pensé que si todas las noticias de los periódicos tenían
la misma exactitud, no estábamos muy bien enterados de lo que pasaba en el
mundo, ni en España, ni en ninguna parte. A mediados de agosto, Aviraneta
contestó en los periódicos de Madrid negando las andanzas que le atribuían y
diciendo que no tenía nada que ver con el motín de Hernani.
UNA CARTA
Poco después, Aviraneta me escribió una carta
larga; me hablaba de sus diferencias con el cónsul de Bayona, que habían hecho
que el subprefecto diera una orden para expulsarle de la ciudad de Bayona. El
30 de junio Aviraneta había ido a Pau, y estando aquí ocurrió, el 4 de julio,
un motín militar en Hernani, a pesar de lo cual los periódicos de Madrid se lo
atribuyeron a él. De Pau, el 12 de julio, marchó a Tolosa; luego, a Carcasona,
y llegó a Perpiñán el 24. No hizo más que llegar a esta ciudad cuando se vió
rodeado por agentes de policía secreta que le impidieron hacer nada. Los tenía
en el pasillo de la fonda, y cuando salía de ella le acompañaban por calles y
paseos. Aburrido, y viendo que no había acción posible en aquellas condiciones,
se decidió a volver a España, se embarcó en Port Vendres y marchó a Barcelona.
Recordando su prisión de la época de Mina, no quiso
salir del barco; pero el gobernador le llamó a su presencia y tuvo que ir y dar
una serie de explicaciones para que le dejaran seguir a Valencia. De Valencia
se trasladó a Madrid, y allí estaba esperando, como siempre, el buen momento
para entrar en acción.
«Tenía el proyecto de publicar un manifiesto para
confundir a mis enemigos—me decía Aviraneta con cierta solemnidad, al final de
su carta—; pero las circunstancias son tan graves, que en obsequio de la causa
nacional voy a sacrificar la mía propia. El Pretendiente, con sus hordas, se
acerca a la Corte; se necesita unión entre los patriotas para acudir a la común
defensa, y creo sería una traición el dividir los ánimos en un momento de
peligro con un alegato que necesariamente heriría la susceptibilidad de algunas
notabilidades. Tampoco quiero llamar la atención ni arrojar luz sobre el objeto
de mi viaje a Francia. Tú sigue ahí, aunque te aburras, porque puedes prestar
grandes servicios.»
X.
MADAMA DE LAUSSAT
Cuando venga septiembre—me había dicho doña
Paca Falcón—le presentaré a algunas señoras distinguidas de aquí.
Efectivamente, en la misma tienda me presentó a las
señoras de Laussat y de Saint-Allais, que eran personas ricas y de distinción.
Mi amigo Tartas, el elegante, me habló de madama
Laussat, a quien él había hecho la corte.
Madama Laussat había tenido amantes y seguía
teniéndolos, siempre con una gran discreción y sin dar el menor escándalo. Era
muy amable con todo el mundo, y desarmaba con su amabilidad al que tuviera
intenciones agresivas para ella.
El marido de madama Laussat era un comerciante
rico, y, como estaba enfermo, dejaba a su mujer que hiciera la vida que
quisiera.
Probablemente sabía que tenía amantes, pero, aun
así, miraba a su mujer como a una amiga y, al mismo tiempo, como una
colaboradora. Ella, para él, era un motivo de lujo y de ornamentación, como una
hermosa finca, y quería lucirla y demostrar con su esplendidez que era rico y
poderoso.
Madama de Laussat era una rubia de unos treinta a
treinta y cinco años, de cara ancha y un poco juanetuda, de ojos claros y
labios gruesos y rojos.
Creo que, espontáneamente, yo no me hubiera fijado
en ella,[58] ni ella en mí; pero con esa tendencia a
la tercería que hay en Francia, nos empujaron al uno hacia el otro.
Madama Laussat fué varias veces a la tienda de la
Falcón y me citó en su casa.
Realmente, yo no sentía entusiasmo por ella, ni
ella tampoco por mí; pero ella tenía casi siempre un amante y, durante un par
de meses, ese amante fuí yo.
Uno de los medios de seducción de aquella dama era
la risa; tenía unos dientes muy hermosos y una boca muy fresca.
Era una mujer sana, fuerte, con la nariz gruesa y
respingona, y cierta tendencia a la gordura.
Doña Paca Falcón, siempre muy lista, me dijo:
—Estos amores con madama Laussat le avisparán a
usted.
—¿Usted cree?
—¡Ah! Es una lagarta muy viva.
Uno de los contertulios de la librería de
Mocochain, un cura viejo, el abate Faurel, hablando de madama Laussat, me
decía:
—La cara de madama Laussat es una de esas caras que
tienen atractivo con la juventud y con la frescura de los pocos años, pero que
se convierten en máscaras grotescas con la vejez, sobre todo si la mujer se
empeña en luchar con afeites contra los estragos de la edad.
Como no sentía entusiasmo por aquella madama, no me
costó gran trabajo retenerme y no hacer enormes tonterías. A pesar de esto,
tuve que pasar por muchas humillaciones y bajezas, adular a su marido y fingir
gran admiración por Francia. Estas admiraciones fingidas me avergonzaban y me
hicieron creerme un miserable.
Si yo fingí frialdad y egoísmo con ella, ella no
tuvo necesidad de fingirlo, porque lo sentía espontáneamente. Su amor, si
aquello podía llamarse amor, estaba condicionado por sus amistades, sus
compromisos, y hasta sus digestiones. Todo esto me parecía desagradable y
ridículo, y me humillaba y me ofendía.
El deseo de conseguir todo de las gentes de los
países que se llaman civilizados me parecía, y me sigue pareciendo, muy
antipático. Da una mezquindad, un cuadriculado a la vida completamente odioso.
Madama Laussat iba a las citas con este espíritu
ansioso y glotón. Era completamente práctica y positiva. Si en una de nuestras
citas le hubiera estropeado un lazo, no me lo hubiera perdonado nunca.
Consideraba madama Laussat que el mundo entero le
debía una cantidad de satisfacciones y de placeres suficientes que tenía que
cobrar.
Me instó a que le hiciera un regalo; pero como no
tenía dinero, ni voluntad, le hice un regalo pequeño...
Actualmente veo que en los países del centro de
Europa se habla con un entusiasmo lírico de la vida sexual: hay profesores
serios que cantan el amor físico con una mezcla de lirismo y de pedantería,
como algo misterioso y sublime, y lo que para nosotros, los españoles, sobre
todo los españoles viejos, es puro cerdismo, para ellos es algo intelectual y
maravilloso.
Madama Laussat tenía también una idea ansiosa del
placer. Era una idea de avaro. No comprendía que sólo el sacrificar algo da
perspectivas nobles a la vida.
Ella no quería sacrificar nada, y este espíritu tan
mezquino me llegó a hacer a aquella mujer perfectamente antipática. No era sólo
su espíritu el que me rechazaba, sino su manera de comer y de beber, de hablar
y de sonreír.
Al notar mi alejamiento, ella me sustituyó pronto
por un teniente de Artillería, el señor de Gassion.
El haber sido el preferido de madama de Laussat
durante algún tiempo me dió cierto prestigio entre las señoras de la buena
sociedad, que me acogieron más amablemente. Conocí por entonces a madama
D'Aubignac, que era la mujer de un militar, y fuí presentado en su casa por el
teniente Gassion.
XI.
MADAMA D'AUBIGNAC
Madama D'Aubignac, Delfina Vitelli, no se
parecía en nada a madama Laussat; era un tipo completamente distinto.
Madama D'Aubignac tendría entonces veintiséis o
veintisiete años. Era rubia, con un color como desteñido, de ojos azules, la
nariz recta, las cejas finas, la boca pequeña, de labios pálidos, la expresión
reservada y un tanto teatral. Era muy elegante y esbelta; tenía las manos
delgadas, de dedos largos, con las que accionaba muy bien, y tomaba unas
actitudes artísticas. Tenía un niño y una niña. Delfina era nieta de un
italiano, y decía que era descendiente de Vitellozzo Vitelli, uno de los condottieri muerto
por César Borgia en la célebre emboscada de Sinigaglia.
Delfina tenía un ingenio muy agudo y un gran
sentido de observación, lo que no le impedía ser muy romántica.
Entonces, no; pero hoy hubiera dicho que era una
mujer envenenada por la literatura. Le hubiera gustado ser sacerdotisa como
Velleda, no como la de Tácito, sino como la de Chateaubriand, y tener un
destino trágico y triste. Excitada por la literatura y por la música, Delfina
era una mujer descontenta, una mujer alambicada, con una gran inclinación a las
sutilezas psicológicas y literarias, muy aficionada a escribir largas cartas,
con análisis espirituales.
Madama D'Aubignac tenía en sus reuniones la actitud
de una señora de casa que aspira a que la gente se distraiga en[61] su
salón; hablaba de una manera muy insinuante, y sus explicaciones eran siempre
claras, precisas, sin obscuridades, y las ayudaba con el gesto y con el ademán
de aquellas manos de dedos largos y finos.
El señor D'Aubignac era militar, hombre correcto,
frío, realista y muy arbitrario. Oí decir que se había casado con Delfina
principalmente por la dote; guardaba consideraciones a su mujer, pero no le
tenía cariño. Galanteaba a madama Picamilh, que era una morena opulenta, de
ojos negros, que estaba muy enamorada de su marido.
El señor D'Aubignac me trataba muy amablemente.
LAS AMISTADES DE DELFINA
A casa de Delfina solían ir con frecuencia madama
Picamilh y madama Saint-Allais, que era una viuda vaporosa, como una sílfide,
que hacía versos sepulcrales. También iba madama Laussat, pero Delfina sabía
demostrar que no consideraba a esta dama entre sus amistades íntimas.
Los hombres que acudían a las reuniones eran en su
mayoría militares, aunque había también paisanos, magistrados, empleados y
comerciantes. El clero frecuentaba poco la casa; algunas veces iba un canónigo,
y, en una o dos ocasiones, el obispo, que se dedicó a galantear a las señoras.
Uno de los hombres que más bullía era el doctor
Iriart, hombre alto, viejo, muy empaquetado, muy derecho, muy bien vestido, y a
quien se le tenía por una eminencia. El doctor hablaba como si tuviera el
secreto de todas las cosas. A mí me pareció un antipático farsante de la tribu
de los galenos.
Otro médico que frecuentaba la casa era el doctor
Lacroix, médico del regimiento. El doctor Lacroix tenía un tipo frailuno: era
fuerte, rechoncho, displicente, con el cráneo calvo y abultado; había vivido en
Argelia; era soltero, y tenía afición por los caballos y por los perros.
Los jóvenes oficiales que acudían a casa de madama
D'Au[62]bignac estaban cortados todos por el mismo
patrón: eran fatuos, vanidosos y de aire frío y ceremonioso.
El único amable, al menos conmigo, era el teniente
Gassion, mi substituto cerca de madama Laussat. Gassion era alto, delgado,
rubio, con los bigotes en punta, con la cara roja y con esa insignificancia
corriente en el tipo rubio, que da la impresión de un joven de mostrador o de
un mozo de fonda. El teniente Gassion era una buena persona, hombre amable y
servicial, pero un charlatán desenfrenado.
MIS RESENTIMIENTOS
En esta tertulia, muchas veces los oficiales
jóvenes me trataban con desdén o me decían alguna impertinencia. Varias veces
me propuse no ir.
Al principio me sentía muy cohibido y muy molesto.
Me encontraba como un mozo del campo a quien le ponen por primera vez cuello
almidonado y botas nuevas. A veces, por una frase, por una sonrisa, la ira
brotaba en mí de una manera súbita.
No sospechaba yo que tuviera este fondo de
violencia y de barbarie.
Me sentía más iracundo y más irritable en Bayona
que en España. Yo me explicaba a veces esto, porque en España, con el odio de
los dos partidos, se dividían las actividades psíquicas, y una gran cantidad de
irritación y de cólera se empleaba en detestar a los enemigos; pero en Francia,
en donde esta división no era posible para un español, ponía uno la violencia y
la rabia dentro de la vida social.
Me chocaba encontrar en mí mismo, de una manera tan
exagerada, esta mezcla de violencia, de brutalidad y de debilidad. Por un
motivo pequeño me sentía indignado e irritado, y al cabo de un par de días
surgía otro que recogía a su alrededor la misma cólera y violencia.
Me había creído cándidamente un hombre comprensible
y amable, pero iba viendo que no había tal cosa y que esta[63]llaba
por dentro a cada paso con una irritación y una rabia frenéticas.
Algunos días en que había poca gente me sentía muy
a gusto en casa de madama D'Aubignac. Era ya a principios de otoño; se encendía
fuego en la chimenea, se charlaba, y yo me encontraba bien y, a veces, hasta
ocurrente.
LAS IDEAS DE MADAMA D'AUBIGNAC
Delfina me invitó varias veces a comer en su casa,
y llegué a tener cierta confianza, nunca mucha, porque la manera de ser de
aquella señora no lo permitía, y había que estar siempre en guardia.
Madama D'Aubignac era la pulcritud llevada al
último extremo: toda su casa estaba tan cuidada, que daba pena pisar el suelo
con las botas sucias de la calle. Tenían un salón verde, con una sillería
Chippendale, de seda también verde; un piano Erard, la araña en el techo, un
velador, una vitrina con miniaturas y abanicos preciosos, unas cortinas de
terciopelo verde con guarniciones de hierro forjado, un retrato al óleo de una
dama de su familia y varias estampas; la llegada de una diligencia, de Bailly, grabada
por Massard, y Le Bal Paré y el Concierto, dibujados por Saint-Aubin y grabados
por Duclos, que son pequeñas obras maestras en el género.
Delfina tocaba el piano y cantaba, si no con mucha
voz, con mucho sentimiento, El barbero de Sevilla, Lucía de
Lammermoor, que se estrenó por entonces, y algunas canciones vascas
como Iru damacho (las tres señoritas donostiarras de una
tienda de Rentería, que saben coser bien, pero que saben mejor beber vino).
Esta canción la había instrumentado el músico francés Habeneck, y llegó a
hacerse popular.
Delfina era muy entusiasta de los libros de Balzac
y de los dibujos de Gavarni, que le parecían maravillosos. Estaba suscrita al
periódico La Moda, árbitro entonces de las opiniones y de las
costumbres de la gente elegante.
Tenía también gran entusiasmo por Víctor Hugo,
aunque el carácter demagógico que iba tomando el poeta no le gustaba. Sabía de
memoria trozos de Hernani, y una vez ella y un joven oficial
recitaron la escena de Hernani y Doña Sol, en que Doña Sol dice aquella frase
célebre: ¡Vous êtes mon lion superbe et généreux! Realmente,
madama D'Aubignac declamaba muy bien.
Delfina hubiera querido vivir en París. No sentía
amor por su marido, pero era de una conducta severa. Unicamente una gran pasión
la hubiera arrancado de su pasividad. Tenía por la gran pasión un amor
exaltado. Yo sospechaba que en este culto por la gran pasión había mucho de
exasperación, producida por la literatura romántica.
Tenía también un entusiasmo exagerado por la
belleza, por la prestancia y por el rango, que a mí me irritaba profundamente.
La verdad es que en la vida todos los caminos,
cuando queremos recorrerlos hasta el final, nos llevan a algo feo e innoble.
La admiración por la belleza, por la fuerza, por el
rango, es justa, está bien, pero nos induce fácilmente a la adulación y hasta a
la vileza. La compasión, la piedad, tienen mucho de sublime, pero conducen, a
poco que crezcan, al odio por el feliz y por el ecuánime.
¡Tan difícil es tomar una posición sentimental
honesta en la vida!
Yo, cuando veo a una persona que busca
deliberadamente como amigos a los ricos, a los fuertes, a los hombres de rango,
desconfío de ella; pero cuando veo a otro que busca también deliberadamente a
los desgraciados, a los tristes, a los rencorosos, desconfío más.
Sólo el amor por lo intelectual tiene nobleza en su
comienzo y en su fin.
Delfina era eminentemente social. A mí me chocaba
que fuera tan amable con viejos estúpidos y malhumorados, que apenas si hacían
caso de sus lagoterías.
Había uno, sobre todo, un señor Durand, rico, que a
mí me exasperaba. Era un hombre gordo, rojo, apoplético, con un pelo blanco que
parecía lana, unos ojos claros y una voz con[65] notas
agudas de falsete. Era el hombre de las observaciones mal intencionadas. Yo, en
un período de revolución y teniendo poder, lo hubiera mandado fusilar sólo por
el tipo.
Cuando tuve confianza con Delfina le dije:
—Me choca que haga usted caso y que prodigue usted
sus amabilidades a ese viejo estúpido y antipático, que además no le agradece
su solicitud. ¡Qué manera de dilapidar la amabilidad!
—Pero así hay que ser: todos tenemos defectos.
Claro que todos tenemos defectos—pensaba yo—. Hay
hasta defectos que son muy simpáticos. Lo que me chocaba es que Delfina tuviera
simpatía, estimación por gentes pesadas, plúmbeas, sin ninguna cualidad.
Entonces sentía yo por la burguesía, por el
filisteo negado y petulante, un odio verdaderamente violento.
Me hubiera parecido una obra casi meritoria,
encontrando un tipo de estos estúpidos, satisfechos y mal intencionados, como
el señor Durand, el quitarle el dinero, el arrebatarle la mujer y el seducir a
su hija.
Hoy ya la más intensa de las estupideces me deja
frío.
LA IDEA SOBRE ESPAÑA
Si algunas veces yo chocaba con las opiniones de
Delfina llevándole la contraria, ella me hería siempre que hablaba de España y
de los españoles. La mala opinión que tenía de nosotros me irritaba, y a veces
la replicaba violentamente. Todos hablaban de España con ironía, como de un
país atrasado, sucio, bárbaro, que no hacía nada bien. Esto me ofendía, y
pensaba en devolver el golpe que me daban. Me irritaba luego el ver que yo, en
el fondo, era más rencoroso que ellos, porque yo recordaba durante algún tiempo
lo que me había ofendido, y ellos, con esa superficialidad francesa, se
olvidaban en seguida de lo que habían dicho.
Una vez que me quejaba delante de Delfina de la
mala opinión que tenían los franceses de nosotros, ella me dijo:
—A los franceses nos da España una impresión de
barbarie y de tosquedad.
—Sí; también a nosotros Francia nos da una
impresión de relajación. Para un español, todos los franceses son cornudos, y,
naturalmente, todas las mujeres engañan a sus maridos.
—Pero eso es una falsedad.
—Es posible; pero, ¿por qué no ha de ser una
falsedad también la opinión de ustedes sobre España?
XII.
LA DUQUESA Y SU ABATE
Un día, en la puerta del hotel, me encontré a
un abate que me preguntó, en castellano, dónde estaba el Consulado de las Dos
Sicilias. Le dije que no lo sabía, pero que podía preguntar en el Consulado de
España, en la plaza de Armas.
A la hora de comer le volví a ver al abate. Era un
tipo raro, con una cabeza dantesca. Llevaba melenas. Tenía la frente ancha,
arrugada, tempestuosa; el entrecejo, fruncido; la nariz, corva, un poco roja;
los labios, finos; la boca, sardónica; las cuencas de los ojos, grandes, y los
ojos, negros e inquietos.
Tenía una cara de polichinela, pero de un
polichinela sombrío y tétrico.
Al volver a encontrarle me saludó con una profunda
inclinación de cabeza.
Al mozo del hotel le pregunté:
—¿Quién es este tipo?
—Es un abate que ha venido con una señora. Se han
inscrito en el hotel así: «La duquesa de Catalfano y el abate Girovanna».
Al día siguiente, el abate me volvió a hablar y me
dijo que la duquesa tenía interés en conocerme. No comprendí qué interés podía
ser el suyo, pero fuí con el abate al cuarto de la duquesa.
Era ésta una mujer de unos cuarenta años, con la
cara larga y marchita, la nariz también larga, el color muy pálido, los[68] labios muy finos, con las comisuras para abajo.
Tenía un aire de galgo, un tipo muy aristocrático; se manifestaba muy lánguida,
muy amable y como sumida en una profunda tristeza. Toda su vida estaba en los
ojos, unos ojos claros, profundos y enigmáticos que miraban muy atentamente,
con una fijeza de felino.
Hablamos un instante la duquesa y yo, y al salir de
su habitación el abate Girovanna se despidió de mí con grandes demostraciones
de amistad.
Volví a interrogar al mozo acerca de aquellos
extraños personajes. Me dijo que la duquesa vivía alternativamente en Nápoles,
en Niza y en París, y que el abate Girovanna hacía las veces de secretario o de
mayordomo, aunque en sus relaciones con la duquesa más parecía el amo.
UN HOMBRE EXTRAÑO
Al día siguiente, el abate Girovanna fué a mi
oficina y estuvo charlando largamente conmigo. Hablaba español muy bien, aunque
en su conversación mezclaba palabras de italiano y de francés. Me invitó a dar
una vuelta; fuimos paseando por los arcos hasta la catedral, tomamos hacia la
muralla, y por el Rempart Lachepaillet salimos a la Puerta de España.
Me habló de las torres que había habido
antiguamente en Bayona y me indicó los sitios por donde pasaba la muralla
galorromana.
—Vamos a seguir un poco hacia San Pedro de
Irube—dijo—. Este camino se conocía antes con el nombre de camino de los
Agotes.
Luego vi que, efectivamente, así era.
El abate me dijo que se llamaba Jenaro Girovanna y
que había nacido en Nápoles, aunque se consideraba cosmopolita. Me asombró. Era
un hombre inquieto y turbulento. Sabía diez o doce idiomas. Su cabeza no regía
bien: discurría a veces con buen sentido, pero de pronto desbarraba. Me dijo
que era[69] botánico y médico; me habló de todos los
países del mundo, y me contó unas cosas que me dejaron espantado.
Según él, en los últimos tiempos, en las cortes de
Roma, de Nápoles, de Viena y de Madrid se había envenenado mucho.
—No lo creo—le dije yo.
—No sea usted naívo—me contestó él—.
Está probado. Muchos príncipes, palaciegos y cardenales han muerto envenenados.
—¿Y se sigue envenenando?
—No; porque ha habido un químico inglés, Marsh, que
ha descubierto hace un par de años un aparato que revela los rastros del
arsénico, y el arsénico era el veneno más usado.
El abate Girovanna me contó una porción de casos de
envenenamiento, y sólo se interrumpió a la vuelta de nuestro paseo para mirar
con curiosidad un escaparate de una tienda de ultramarinos de la calle de
España, que no tenía nada de curioso.
Al día siguiente, el abate volvió a mi oficina, y
salimos a pasear hacia Anglet.
El abate me interesaba cada vez más. Yo no he
conocido un hombre más sugestivo que aquel siniestro polichinela. Tenía una
ciencia de benedictino, una memoria repleta de datos, de ideas, de
conocimientos.
A esto unía una versatilidad de mujer histérica y
una imaginación de taumaturgo. Era una cabeza capaz de abarcarlo todo. La
historia la conocía al dedillo; se ponía a hablar de geología y explicaba la
formación de los terrenos con un lujo de detalles de un especialista; de esto
pasaba a la política o a los idiomas, y se veía que no sólo sabía de todo, sino
que tenía de la mayoría de las cosas una idea propia y original.
Sabiendo que yo era vasco me habló del vascuence y
me explicó una porción de particularidades del idioma que yo ignoraba.
El abate tenía unas opiniones radicales. Decía que
el cristianismo y los bárbaros del Norte habían perdido el mundo.
Para Girovanna todas las extravagancias de la época
tenían una gran importancia: la frenología, el magnetismo animal, la
necromancia. Creía también, o por lo menos aceptaba, la posibilidad de que
existieran elixires de larga vida y bebedizos[70] hechos
con sangre de niño. Hablando de esto expuso la teoría de que la sangre fresca,
fuerte, debía emplearse en ciertos casos en alargar la vida de los hombres
superiores.
Cada vez que le veía al abate mostraba una nueva
faceta. Resultó que era también algo ventrílocuo y prestidigitador. Lo más
curioso suyo era el rápido cambio de estado espiritual. Pasaba de la alegría a
la tristeza, y de la risa casi al llanto, sin tránsito apenas.
A mí me producía una mezcla de atracción y de
horror. Algún día no apareció; luego me dijo, más tarde, que a veces tenía
dolores muy fuertes en el pecho y en la cintura, y que para calmarlos tomaba
opio.
Sus observaciones frenológicas eran muy curiosas;
de repente cambiaba de aspecto y se notaba que experimentaba una gran
curiosidad o una gran repulsión por una persona en cuya cabeza había visto
algún signo que le desagradaba.
—Tiene usted la sagacidad comparativa—me dijo una
vez.
—Y eso, ¿en qué se distingue?
—En esa protuberancia de en medio de la frente.
Yo, no sé por qué, no creía en esto gran cosa, y se
lo dije.
—Pues hay algo de verdad—replicó él—. Fíjese usted
en los hombres valientes, decididos, que tienen condiciones para la música y
las matemáticas. Verá usted que casi siempre tienen la cabeza ancha y las
sienes abultadas; en cambio, en los grandes poetas, en los artistas, en los
historiadores, no verá usted con frecuencia esas cabezas, sino cabezas largas,
con la frente prominente.
—¿Y yo qué clase de hombre soy, según usted?
—Usted es un hombre sensual; pero hay dos cosas en
usted fuertes que corrigen su sensualidad.
—¿Y son?
—La intuición y la lógica. Usted no hará grandes
tonterías; si las hace será llevado por el orgullo o por la curiosidad,
impulsado por una pasión intelectual, pero nunca por el instinto ciego.
A la semana de conocerme, el abate me dió un
frasquito que contenía un narcótico.
—Guárdelo usted—me dijo—; a veces se encuentra uno
con una persona que estorba. Se le dan unas gotas de este[71] licor
en un vino capitoso, y ya lo tiene usted fuera de combate.
Hice la prueba dándole unas gotas en un terrón de
azúcar al perro del hotel, que se quedó durante muchas horas dormido. En vista
de la eficacia del narcótico me decidí a llevar siempre el frasquito en el
chaleco, en el bolsillo del pecho, hasta que pensé que estaría viejo y lo tiré.
UNA PROPOSICIÓN
A los diez o doce días de conocerle, el abate me
propuso ser secretario de la duquesa. El empezaba a perder la memoria y a estar
demasiado nervioso. Me daría quinientos francos al mes y todos los gastos
pagados. Tendría en perspectiva una vida espléndida, viajes, gran mundo, trato
con mujeres hermosas... Como para mostrarme la generosidad de la duquesa me
mostró un sobre lleno de diamantes y esmeraldas que ella le había regalado.
Yo, pensando en Aviraneta, le contesté que tenía
que consultar con mi padre.
—¿Para qué? Los padres nunca saben dar buenos
consejos...; pero, en fin, haga usted lo que quiera.
Estaba indeciso; la proposición me halagaba
extraordinariamente. No sabía qué hacer, y me decidí a explicar el asunto a
Delfina.
Ella me dijo que le parecía una imprudencia el
seguir a la duquesa y al abate, que probablemente serían unos aventureros.
—Es muy extraño—añadió ella—que le hagan un
ofrecimiento así, sin motivo alguno, y sin conocerle. Por lo menos, entérese
usted de quiénes son.
El consejo era bueno y me determiné a seguirle. Fuí
a ver al canciller del Consulado de España para que pidiera al cónsul de las
Dos Sicilias datos de la duquesa y del abate.
Al día siguiente los dos habían desaparecido.
RUMORES
Poco tiempo después corrió el rumor extraño de que
la duquesa de Catalfano era una mujer vampiro.
Se dijo que al ver a un muchacho de la fonda que se
había hecho sangre en una mano le había entrado una gran agitación, brillándole
los ojos como a un ave de rapiña; que tomó la actitud de abalanzarse hacia él,
y que el abate le había detenido.
Luego se añadió que la duquesa necesitaba para
vivir el sorber sangre, y que el abate le llevaba muchachos engañados.
No se pudo averiguar de dónde salió este rumor, ni
de qué procedía; a pesar de no tener la menor verosimilitud, la idea me hacía
temblar.
Más o menos claramente, había tenido la sospecha de
que la titulada duquesa era una mujer lasciva que se valía de su secretario
para tener hombres jóvenes.
Luego se dijo que detrás de la duquesa y del abate
vino a Bayona un viejo de Nápoles, a quien el abate le había llevado un hijo
que no se sabía dónde estaba. Tampoco pude comprobar esto. Lo que sí resultó
verdad fué que, en Niza, el abate se hacía llamar Lazaretti, y ella, la
princesa de Campo Chiaro.
También averiguamos que, a una señora vieja del
hotel, el abate había prometido regenerarla y convertirla en un jovencito la
primera luna del año siguiente. La señora estaba desconsolada porque el abate
se había marchado, dejándola preocupada, y pensando, sin duda, en la
transformación que iba a haber en sus instintos para que le empezaran a gustar
las mujeres más que los hombres. Con este motivo se habló de Cagliostro, del
conde de San Germán, de los elixires, de los vampiros y de los brucolacos.
Yo no creí gran cosa que Girovanna fuera un
bandido. Más bien pensaba que era un hombre fantástico y raro y amigo de
asombrar con sus conocimientos y sus ideas; pero aun así me producía cierto
espanto.
Delfina se rió mucho comentando los peligros a que
me[73] hubiera expuesto si llego a aceptar la plaza
de secretario de la Catalfano.
—Lo que me choca es que creyera usted que le iban a
hacer un ofrecimiento tan espléndido por nada. Algo le tenían que pedir.
—Sí; es verdad.
—En parte es usted muy modesto, y, en parte, muy
orgulloso.
A veces, en sueños, recordaba a la duquesa y al
abate con sus ojos hundidos y su aire de polichinela, y muchas veces imaginé
que entre los dos me metían en una campana de cristal y me dejaban exangüe y
blanco como un papel.
XIII.
LA ARBITRARIEDAD
Iba intimando más con madama D'Aubignac y
asistiendo con frecuencia a su casa.
Delfina encontraba que mi manera de hablar francés
era dura y recortada, y me recomendó que aprendiera de memoria trozos de
Corneille y de Racine, como el sueño de Atalia, el furor de Hermiona, las
imprecaciones de Camila, cosas que me aburrían lo indecible. También me
recomendó que leyera en voz alta los Mártires, de Chateaubriand.
Tampoco podía con ellos; todos los personajes del ilustre vizconde me parecían
de cartón, figuras sin relieve ni calor humano, como las estampas que
reproducían cuadros de Ingres y de David, que tanto gustaban a Delfina.
Para convencerme con el ejemplo, madama D'Aubignac
me leyó una vez aquel trozo de los Mártires: ¡Pharamond!
¡Pharamond, nous avons combattu avec l'épée! Ella pronunciaba esto de una
manera perfiladísima; a mí me parecía todo ello amaneramiento y afectación. Si
no de una manera clara, con algún circunloquio se lo dije.
LA AFECTACIÓN Y LA TRADICIÓN
Para Delfina el reproche de afectación no
constituía un defecto. Ella creía que la afectación amanerada era la verdadera
forma de la civilización; suponía que la pérdida de las costumbres, y de las
modas de la antigua sociedad francesa, con sus peinados y sus pelucas, sus
moscas, y sus tacones rojos, y el colorete, era lastimoso. A mí todo esto me
sorprendía y me indignaba. Ahora no me hubiera indignado; comprendo que la
sociedad que pretenda ser elegante tiene que ser amanerada, jerárquica y
tradicionalista. Las cosas no se improvisan tan fácilmente como quieren creer
los revolucionarios.
Durante mucho tiempo yo he tenido el desdén y la
antipatía por la tradición en la política, y sobre todo en la literatura, y he
llegado hasta leer con gusto los libros de Tolstoy, Dostoievski e Ibsen, con su
psicología del hombre solo y desnudo de viejas fórmulas; pero ahora voy
volviendo al redil y prefiero la psicología del hombre vestido, acompañado y
con tradiciones.
Del amor por la literatura obscura y caótica,
aunque llena de sugestión, he pasado, por grados sucesivos, al gusto, para mí
aviranetiano, por la claridad y la sequedad.
Es la influencia de la vejez y del retorno a lo
antiguo.
Actualmente, este gusto no es un gusto a la moda,
porque el público de hoy desea la solemnidad y que el poeta, el músico, el
cantor y el bailarín tomen aires de sacerdotes; pero, en fin, no me preocupa
gran cosa estar a la moda.
INCOMPRENSIÓN
Delfina era muy partidaria de la aristocracia; yo
me sentía entonces rabiosamente demagogo. Hoy tampoco lo soy. No se puede creer
que un hombre, por el hecho de pertenecer a una familia aristocrática, sea sólo
por eso noble y distinguido; ni al revés: que un hombre, porque su familia haya
sido obscura, sea un bruto; pero que en el régimen de vida actual hay mucho en
el individuo que se pega de la familia, es indudable.
Delfina me preguntó por los Leguías, y cuando le
dije que tenían su escudo, le pareció bien.
La verdad es que hay una incomprensión completa
entre las personas de los distintos países.
Delfina aceptaba únicamente su punto de vista
francés; más, era un defecto; menos, también.
Creía, como un dogma, que el idioma francés era
bonito, y el alemán y el inglés, feos. Yo le decía:
—Para mí un idioma es bonito si se entiende. Si no
se en en tiende y no se ha oído, todos los idiomas parecen absurdos. La prueba
está en los chicos. Un chico oye hablar a un extranjero y se burla de él; le
parece ridículo.
Delfina no aceptaba mis puntos de vista generales.
Hablábamos, por ejemplo, de las mujeres españolas, y las reprochaba que andaban
con pasos menudos y con mucho melindre.
—Sí—decía yo—; las españolas son más pequeñas de
estatura que las francesas; tienen que dar los pasos más cortos si le gusta a
usted que una mujer tenga el paso largo, le gustará la manera de andar de una
inglesa.
—¡Ah, no! La inglesa anda como un granadero.
En todo, Delfina, era lo mismo. Ella tenía que dar
la norma: estaba en el fiel de la balanza.
DESCONTENTO
Iba estando nervioso y poco satisfecho en Bayona.
Pasaba el tiempo y no hacía nada; los planes de Aviraneta no tenían el menor
éxito; la casa de comisión no marchaba bien, cosa natural, porque no ofrecía
condiciones de vida. En el primer negocio que quise intervenir tropecé con la
mala voluntad del cónsul Gamboa; llegamos a reñir, y yo le dije algunas cosas
duras.
Hubiera vuelto a España con mucho gusto, ¿pero
adónde? El ir de dependiente de comercio me parecía horrible; volver a mi casa
de Vera, estando mi padrastro, no lo hubiera podido soportar.
Hice un viaje a San Juan de Luz, a visitar a la
madre de Corito, y esta señora me acogió muy fríamente. A mí me fué también
bastante antipática mi futura suegra; me pareció muy orgullosa y muy entonada.
Volví a Bayona pensando que la suerte me volvía la
espalda. Estaba desesperado, desilusionado. No tenía tampoco un amigo a quien
contar mis penas.
Mucho de mi malhumor se convirtió en autocrítica.
—Qué bruto soy—pensaba muchas veces—. ¡Qué
farsantería hay dentro de mí! ¡Me emborracho de petulancia y de deseo de ser
interesante!
Entre los demás y yo mismo me habían laminado.
Aviraneta, doña Paca Falcón, madama Laussat, Delfina, la madre de Corito, me
habían alargado y estrechado y puesto en el lecho de Procusto. Iba perdiendo
toda espontaneidad y toda alegría.
Hablando de esto, Delfina me decía:
—Se va usted haciendo hombre, y antes era usted un
niño.
La verdad, no agradecía el cambio.
SEGUNDA PARTE
DANDYSMO
EN LA FRONTERA DEL TIROL
Como el enfermo que cambia de postura, me he
trasladado a otro pueblo del mismo valle de los Grisones.
Es un pueblo en un alto, desde el cual se divisa un
gran panorama de montes de Suiza y del Tirol. He ido al único hotel de la
aldea, que tiene una espléndida terraza.
Estamos ahora en el momento más caliente del
verano; el sol brilla de una manera implacable y el cielo se muestra
uniformemente azul.
A la caída de la tarde salgo a pasear. El río
murmura en el fondo del valle; se oye en los montes, entre los árboles, el
cencerro de las vacas y el sonido romántico del cuerno de los pastores.
Por el camino no pasa casi nunca nadie; a veces me
cruzo con algún hombre barbudo en un carro y, con frecuencia también, con un
deshollinador vestido de negro, con un sombrero de copa encasquetado en la
cabeza y una escalera en la espalda, que marcha montado en bicicleta.
Como el campo está seco, me siento sobre la hierba
y contemplo estos prados con las anémonas y pulsatilas florecidas, de colores
variados; los vilanos del diente de león y de las escabiosas, que se deshacen
con el viento; los tomillos, las saxífragas, las siemprevivas y las pequeñas
flores azules de los myosotis.
Cuando el sol se retira se siente en seguida frío,
y vuelvo a mi cuarto del hotel.
No tengo nada que hacer, no tengo nada actual en
qué pensar, y me dedico a seguir mis Memorias.
I.
UNA IMPRUDENCIA
En el invierno de 1837, estando en Bayona,
tuve como negociante una gran sorpresa y un acontecimiento inesperado en mi
vida. La sorpresa fué el entrar en relación directa con las casas de Collado y
Lasala, de San Sebastián, y empezar a hacer negocios con las compras para el
ejército cristino.
La Casa de Comisión de Etchegaray y Leguía, puesta
sin más objeto que el de servir de pantalla para las intrigas de Aviraneta,
comenzó a marchar de pronto viento en popa.
Gamboa me llamó, y fué él quien me relacionó
estrechamente con Lasala y Collado. Poco después me entendí con algunos
vinateros españoles para entrar vino de Navarra y de la Rioja en Francia.
Gamboa quiso avasallarme, y en los negocios en que
entré con él tomó la parte del león.
Gamboa era el tipo del hombre honrado que se
aprovecha de todo lo que es legal. De ahí no pasaba su moralidad. A pesar de
creerse el prototipo de la justicia y de la honradez, se beneficiaba de su
cargo y de sus relaciones para enriquecerse. A mí me puso la proa mientras
creyó que no tenía gran formalidad ni resistencia comercial; cuando vió que
seguía firme, se hizo amigo y aliado mío.
Esta prudencia, que en la burguesía pasa por
sesudez y por buen juicio, es una cualidad de los miserables y de las gentes de
espíritu bajo e innoble.
Yo no le tuve nunca simpatía a aquel hombre, y al
globo in[81]flado de su vanidad le hubiera dado con gusto
un alfilerazo si hubiese podido.
Entre las comisiones de Gamboa y las de los
vinateros comencé a tener mucho trabajo, y me vi en la necesidad de tomar un
dependiente en mi oficina, y al cabo de poco tiempo, dos.
GOMES SALCEDO
Colaboraba conmigo un judío, Gomes Salcedo, hombre
más listo que el hambre. Claro que esta listeza en un judío no es cosa rara, y
menos siendo de la familia de Leví, como Gomes Salcedo, porque los Leví
descienden del rey David, o del rey Salomón, o de no sé qué otro ilustre
granuja bíblico. Gomes Salcedo, con su aire de cabra triste, era un águila. Se
había arruinado dos o tres veces, y hecho rico otras tantas. Afortunadamente
para mí, sus intereses y los míos no eran contrarios; si no, yo hubiese andado
muy mal.
Gomes Salcedo arrancaba el dinero a Lasala y a
Collado con una energía terrible, y se imponía al cónsul Gamboa, que era el
representante y el asociado de los dos comerciantes de San Sebastián, luego
ingresados en la aristocracia española. No se podía saber de todos estos
negociantes quién era el más judío.
Gomes Salcedo tenía como ayudante para los negocios
sucios a un tal Cazalet, bohemio, que se pasaba la vida en los cafés, jugando
al billar, fumando y bebiendo.
Cazalet había hecho de todo: el espionaje, el chantage,
la compra de correspondencias secretas entre carlistas y liberales, etc., etc.
Si no había envenenado a nadie, lo confesaba él mismo, era porque no tenía
valor y le temía al Código y a los gendarmes.
Cazalet era un hombre listo, inteligente, con un
conocimiento instintivo de los hombres, pero su ciencia del mundo no podía
utilizarla, desacreditado como estaba y hundido en todos los vicios.
Cazalet, con sus melenas, y su pipa, y su corbata
flotante, venía con frecuencia a mi oficina y contaba una porción de historias,
a cual más escandalosas, de los unos y de los otros, con su habitual cinismo.
Oyendo a aquel bohemio se veía la parte baja de negocios y de chanchullos que
había en el comercio de Bayona y en la guerra de España, a pesar de que
carlistas y liberales se batían por puro fanatismo.
TORPEZA
El acontecimiento inesperado de que hablo al
principio comenzó por unas palabras mías imprudentes.
Había ido una noche a la tertulia de la librería de
Mocochain, donde estaban los contertulios de siempre y un señor viejo a quien
no conocía.
En medio de la conversación, de pronto, me preguntó
Miñano:
—¿Usted conoce al comandante D'Aubignac?
—Sí.
—¿Qué clase de hombre es?
—Es un hombre de poco talento y un tremendo
reaccionario.
—A mí me lo habían pintado como hombre inteligente
y liberal—dijo el viejo desconocido.
—No. ¡Ca!—repliqué yo—; el otro día estuvo hablando
mal del general Harispe y lamentándose de que el Gobierno de Luis Felipe haya
puesto al mando de la división de Bayona a un republicano.
—¿Así que usted cree que D'Aubignac es realista?
—Lo es, sin duda alguna.
—¿Y qué dice del subprefecto?
—Dice, como todos, que es un tonto presuntuoso.
—Y de Delfina, ¿qué opina usted?—me preguntó el
viejo.
—Es una mujer muy sabia, muy perfilada, muy
compuesta.
—¿A usted no le entusiasma?
—No; estas mujeres tan bachilleras no me encantan.
—¿Y se le conoce algún amante?
—No; yo creo que no le quiere gran cosa a su
marido; pero su virtud consiste en que no tiene, por ahora, nadie que le guste
de verdad.
Charlamos de otra cosa, y al salir yo de la
librería pensé que había hecho una torpeza al hablar de Delfina y de su marido
como había hablado, y más a una persona desconocida.
La primera vez que fuí a casa de madama D'Aubignac
tuve un momento la sospecha de que alguien habría contado lo dicho por mí en la
librería; pero se me pasó este susto.
Quince días después estaba de visita en casa de
Delfina, hablando delante de la chimenea, cuando ella repitió mis palabras de
la librería. Al principio no supe qué replicar, tan turbado me hallaba; luego,
levantándome nervioso, la dije:
—Aunque esto no sea la verdad estricta, sino
adornada, no creo que tenga más valor que una estúpida indiscreción mía y una
indiscreción, aún mayor, del que ha venido a usted con el cuento.
—Ha podido usted perjudicar a mi marido.
—Lo reconozco, lo comprendo. He obrado neciamente,
ya lo sé, y para castigarme como merezco, no volveré más a su casa.
El pedir perdón no venía a cuento; así que me
marché al hotel consternado, pensando unas veces no ir ya a ninguna parte y
otras proponiéndome no hablar de nada.
II.
DESAFIO
Hubiera deseado que la cosa no tuviera más
derivaciones, pero las tuvo.
Unos días después, al pasar por delante del café de
la plaza del teatro para ir al Consulado de España, me llamó el teniente
Gassion, que estaba con otros dos oficiales.
—¡Adiós, señor Leguía!—me dijo—. Siéntese usted; no
vaya usted tan deprisa. Ayer le echamos a usted de menos en casa de madama
D'Aubignac.
—Son ustedes muy amables. Ando estos días un poco
atareado.
—Siéntese usted y tome algo. Pues, sí; madama
D'Aubignac me preguntó varias veces por usted; si no le habíamos visto,
etcétera. Le tiene a usted mucho afecto.
—Sí; es una señora muy buena.
El teniente Gassion siguió hablando de Delfina de
una manera tan indiscreta, que me puso frenético.
—Gassion—le dijo uno de los oficiales—, está usted
molestando a su amigo, que tiene que emplear toda su diplomacia con usted.
—Yo, ¿por qué?
—Como se dice que es usted un buen amigo de madama
D'Aubignac.
—¡Bah! ¡Se dicen tantas tonterías!—exclamé con
acritud.
—De todas maneras, aunque sea usted su amante, no
será usted el primero.
[85]—Yo no soy su amante. La señora D'Aubignac es una
señora amiga mía, y nada más.
—Sigue la diplomacia—saltó insolentemente el
oficial—. Yo supongo que madama D'Aubignac, a quien no tengo el honor de
conocer, se irá con el que le haga algunos regalitos.
—¿Usted la conoce?
—No.
—¿Entonces por qué habla usted así de ella? Me
parece estúpido el denigrar a una mujer a quien no se conoce, por que s.
El me replicó de una manera desdeñosa y altiva,
asegurando que mi opinión sobre él le tenía sin cuidado; yo insistí afirmando
con violencia que lo que decía era una estupidez y una indignidad. Nos
insultamos, y él me provocó a un duelo. Le dije al teniente Gassion que
arreglara el asunto de manera que no se supiera la causa.
—Bueno; ya lo arreglaré. ¡La verdad es que él tiene
la culpa de todo; pero usted también le ha contestado de una manera tan
desdeñosa y tan agria! ¿Es usted un buen tirador de armas?
—Yo, no. No he cogido un arma en mi vida.
—¡Qué locura! Entonces le va a herir como quiera.
Yo se lo pienso advertir: si le hiere a usted gravemente, lo mato.
Esto no era un gran consuelo para mí. El oficial
que se iba a batir conmigo se llamaba Martín, y, al parecer, su antipatía por
madama D'Aubignac provenía de no haber sido invitado por ella a ir a su casa.
HERIDO
Convinieron los testigos el duelo a primera sangre
y a espada.
Fuimos con nuestros padrinos y dos médicos, uno de
ellos, el doctor Lacroix, a una finca del camino de Biarritz. Mis dos testigos
eran el teniente Gassion y un joven inglés, Stratford Grain, a quien conocía de
casa de doña Paca Falcón. Todo se hizo con una gravedad y una ceremonia
solemnes. Se es[86]cogió el terreno, se midieron las
espadas, con un cambio de cortesías y de sonrisas. Yo creía que estaba leyendo
algún párrafo de Chateaubriand. ¡Pharamond! ¡Pharamond, nous avons combattu
avec l'épée! También pensaba que estábamos en la batalla de Fontenay, cuando
ingleses y franceses se invitaban a tirar los primeros. Nos quitamos las
levitas mi enemigo y yo, y nos pusieron a los dos adversarios tan lejos, que a
mí me pareció imposible que nos pudiéramos herir.
—Allez, messieurs!—dijo el director de la escena.
En el primer asalto mi contrincante me hizo un rasguño en el antebrazo derecho
que me dolió. Mis testigos dijeron que bastaba; pero yo protesté. El pinchazo
me produjo tal cólera, que ardí en deseos de venganza. Los testigos debatieron
el asunto y decidieron que podía seguir la lucha.
—Laissez aller!—dijo el juez de campo.
Yo avancé dispuesto a herir a mi adversario de
cualquier manera, creyendo que esto era cosa fácil, y entonces él me dió una
estocada en el hombro. Quise seguir adelante, cegado por la cólera, pero los
testigos nos metieron los bastones entre nuestras espadas y se dió por
terminado el acto. Hubo nuevo cambio de ceremonias y de sonrisas, y mi
adversario y sus testigos desaparecieron.
—Ha quedado usted muy bien. Ha hecho usted
retroceder varias veces al contrario—me dijo Gassion.
—Sí; pero él, mientrastanto, me ha pinchado.
Volvimos en coche a Bayona y tuve que estar más de
una semana en la cama. El doctor Lacroix me cuidó. Este hombre, al parecer
brusco, en la intimidad era un buen hombre y hasta un sentimental, y me atendió
con afecto.
Mis dos testigos, Gassion y Stratford, vinieron
todos los días a verme. Estuvieron también Tartas, el profesor Teinturier y el
abate D'Arzacq. Delfina me escribió una carta muy cariñosa y muy amable.
Stratford la visitó y me trajo noticias de ella.
—¿Se ha dicho algo en el pueblo del desafío?—les
pregunté a mis amigos.
—Sí—me contestó Stratford—; se habla mucho de
usted.
—Se añade—repuso Gassion—que quiere usted traer
aquí las costumbres brutales de España.
[87]—Ven ustedes—salté yo—. Es la eterna injusticia.
¡Decirme eso a mí, que no me he batido nunca hasta ahora!
—Eso, qué importa. El caso es que usted está a la
moda—replicó Gassion.
Cuando me curé fuí a ver a Delfina, que me recibió
muy cariñosamente. Me llamó muchas veces su querido amigo, y me preguntó con
interés cómo iba. Luego dijo:
—¡Qué estúpida bestia ese hombre que insulta a una
mujer, por que sí!
Delfina encontró que la insolencia y la ordinariez
del oficial que se había batido conmigo procedía de su cuna. Era hijo de un
tabernero.
Mientras hablaba con Delfina llegó mi amigo
Stratford; charlamos largo rato delante de la chimenea, al lado del fuego; poco
después vino el comandante D'Aubignac, y, ya de noche, nos fuimos a casa.
Me pareció notar que la insensibilidad de Delfina
se conmovía un poco en presencia de Stratford, y se lo dije a éste.
—¿Usted cree...?—me preguntó el inglés con
indiferencia—. Yo, al menos, no lo he notado.
EN LA SALA DE ESGRIMA
Después de este desafío, del que había salido
bastante bien librado, decidí aprender la esgrima, hacer gimnasia y practicar
otros ejercicios de lucha, como el boxeo, etc.
Stratford era muy enemigo de tales deportes; decía
que estos ejercicios no producían mas que una gran brutalidad y una gran
petulancia. Según él, Inglaterra llegaría a ser un país completamente estúpido
a fuerza del abuso de los deportes.
A pesar de su opinión, como yo pensaba seguir una
vida de lucha, fuí a la sala de armas que regentaba un militar retirado, el
profesor Bratiano, que había estado en Argelia, en la Legión extranjera.
[88]Según el maestro, yo tenía serenidad, buena vista,
brazos y piernas fuertes, pero me faltaba la prontitud en el ataque.
—Con un hombre nervioso, al principio podrá usted
verse en peligro, pero si logra usted sujetar un poco al adversario, al último
lo dominará usted.
Además de la esgrima y del boxeo aprendí a montar a
caballo.
III.
STRATFORD GRAIN
Jorge Stratford Grain, el joven inglés que me
había servido de testigo en el desafío, era un muchacho elegante, moreno, de
cara larga y tipo aristocrático. La cara de Stratford era de esas caras que se
contemplan a gusto; daba la impresión de una fisonomía serena y amable.
Jorge sabía mucho, tenía una gran cultura; había
pasado tres o cuatro años enfermo del pie, sin poder andar mas que con muletas,
y durante este tiempo se dedicó a leer. Su madre vivía en una casa magnífica,
en Cambo.
La madre de Stratford era una señora alta, con un
aire de reina, de unos cuarenta a cuarenta y cinco años, con una amabilidad un
tanto imperiosa.
A la madre, como al hijo, los había conocido en
casa de doña Paca Falcón; después, a Jorge le traté con motivo de mi desafío, y
llegamos a intimar.
Tenía Stratford un hermano y una hermana mayores en
Inglaterra, por los que sentía gran afecto. Me habló de que su hermano había
hecho la expedición de Vera, en 1830, con Mina y con Fermín Leguía.
Tuvimos grandes charlas, sobre todo mientras yo
estuve en la cama con la herida. Hablamos mucho de política y de literatura. El
desenfreno en el elemento patético, cosa típica en nuestra época, era para él
algo que le producía repugnancia. Stratford se sentía antirromántico.
—Toda esta literatura romántica de hoy—me dijo un
día—[90]es sólo confusión y aparato y afectación; quiere
ser muchas cosas al mismo tiempo y, a veces, no es nada. Bien está ser elástico
y poder saltar, pero no se saltará nunca por encima de la propia sombra.
Yo no estaba completamente conforme con él. Es
cierto que en la literatura romántica del siglo xix hay mucha cosa
pesada, exagerada y ridícula, pero, aun así, es la única que todavía conmueve
al hombre moderno.
Como siempre sucede, en el seno mismo de una
tendencia aparece ya un impulso contrario y Stratford se había saciado en su
juventud de romanticismo e iba teniendo una inclinación opuesta a él.
—¿Quién había de pensar—me decía una vez—que
la Nueva Eloísa, Pablo y Virginia, Atala y el
Genio del Cristianismo y los Poemas de Lord Byron
estarían ya tan olvidados? Es la vida, la naturalidad, lo que perdura. El Asno
de Oro, de Apuleyo; el Satiricón, de Petronio, o el Lazarillo
de Tormes, aunque no son mas que juguetes, vivirán más que todas esas obras
aparatosas de literatura recalentada.
Cierto—pensaba yo—; hay una clase de romanticismo
que muere, pero hay otro que vive, como el de Goethe, Dickens, el de Balzac, el
de Carlyle, y que vivirán siempre.
Varias veces supuse que Stratford escribía; pero
por más insinuaciones que le hice respecto a esto, no me dijo nada. En algunas
cosas era de una extrema reserva.
Stratford tenía un vivo deseo de ir a Londres y de
escuchar a los grandes parlamentarios ingleses. Sobre todo, Disraeli le
producía una gran curiosidad.
Su madre no quería dejarle marchar hasta que no
estuviera completamente fuerte; pues le consideraba todavía como un niño, y
como un niño débil.
Estuve una vez con Stratford en su casa de Cambo, y
tanto él como su madre me convencieron de que debía estudiar el inglés.
Había en Bayona una señorita vieja, miss Rose, a
quien los Stratford conocían por miss Rose, la flaca, porque, sin duda, había
habido otra del mismo apellido a quien llamaban miss Rose, la gorda. Fuí a casa
de miss Rose, la flaca, y comencé con ella a dar lecciones de inglés.
IV.
LAS CARTAS DE LORD CHESTERFIELD
Mi profesora de inglés me dió, como libro para
traducir, las cartas de lord Chesterfield a su hijo: Lord
Chesterfield's Letters.
Me pareció que este libro debía ser muy aburrido,
lleno de lugares comunes, y no tuve ninguna gana de avanzar en su lectura.
Luego encontré la biografía del lord, y me indujo a
seguir leyendo sus cartas el ver que un autor inglés, Johnson, decía de
Chesterfield: «Su señoría enseña a su hijo la moral de una cortesana y las
maneras de un profesor de baile».
He aquí lo que a mí me conviene—me dije a mí
mismo—: un poco de moral de cortesana y otro poco de maneras de maestro de
baile. Esto me dará el barniz necesario para lucirme en sociedad.
Encontré luego en el gabinete de lectura las cartas
del lord traducidas al francés, y las leí rápidamente.
He aquí los hallazgos que hice:
«La sociedad es un país—dice el lord a su hijo—que
nadie ha conocido por medio de descripciones; cada uno de nosotros debe
conocerlo en persona para ser iniciado».
Los pensamientos del lord pedagogo no llegan a la
sublimidad, pero indudablemente son de buen sentido y mucha discreción. Ambas
cosas yo las necesitaba.
«No hay en el mundo—dice en otro lado nuestro
autor—señal más segura de un espíritu pobre y pequeño que la in[92]atención.
Todo lo que vale la pena de ser hecho merece y exige ser bien hecho, y nada
puede ser bien hecho sin atención».
En otra parte dice nuestro lord: «Un joven debe ser
ambicioso, y brillar, y excederse».
Es lo que había pensado yo también siempre; en
contra de la moral familiar, de la modestia y de la humildad.
LA MORAL DE LA CORTESANA
La idea de considerar el placer como complemento de
la educación me produjo cierta sorpresa. Es una idea del
siglo xviii que desapareció, sin duda alguna, con las predicaciones
en favor de la austeridad de la Revolución Francesa: «El placer—indica el lord
a su hijo—es hoy la última rama de vuestra educación: él endulzará y pulirá
vuestras maneras, os impulsará a buscar y a adquirir la gracia».
Aquí estaba uno dentro de la moral de la cortesana.
«Las cenas, los bailes, son ahora vuestras escuelas
y vuestras universidades... No hagáis sacrificios mas que a las Gracias.
Sacrificad en su honor hecatombes de libros».
«Las mujeres son las refinadoras del oro masculino;
ellas no añaden, es verdad, pero dan el resplandor y la brillantez».
Cuando el noble lord se siente maestro de baile le
dice a su hijo: «Antetodo, tened maneras».
Además de la moral de la cortesana y de la estética
del maestro de baile, hay en el autor inglés los consejos de un diplomático y
de un hombre de mundo, tipo quizá intermedio entre la cortesana y el maestro de
baile.
He aquí unas máximas suyas reunidas: Leed mejor
diez hombres que veinte libros antiguos. Hay que conocer y amar lo bueno y lo
mejor, pero no hacerse el campeón de lo bueno contra todos. Es preciso saber
tolerar las debilidades de los demás, dejarles disfrutar tranquilamente de sus
errores en el gusto como en la religión.
LOS NEGOCIOS DIPLOMÁTICOS
Ahora una pauta para dirigir una cuestión
diplomática.
«Un asunto—dice nuestro aristócrata pedagogo—está a
medias resuelto cuando se ha ganado la simpatía y las afecciones de aquellos
con quienes hay que tratar. El buen aspecto, una presentación fácil, deben
comenzar la obra; las buenas maneras y mil atenciones deben llevarla al fin...
suaviter in modo, fortiter in re... Después del conocimiento de los tratados, y
de la historia, y de los talentos necesarios para las negociaciones, viene el
arte de agradar, de ganar el corazón y la confianza, no sólo de aquellos con
quien se colabora, sino también de aquellos con quienes hay que luchar. Es
necesario esconder vuestros pensamientos y vuestros planes y descubrir los de
los demás; ganar la confianza por una franqueza aparente y un aire abierto y
sereno, sin ir más lejos; atraerse el favor personal del rey, del príncipe, de
los ministros o de la favorita que mande como dueña en la corte adonde hayáis
sido enviado; dominar vuestro carácter y vuestros gustos de tal manera, que la
cólera no os haga decir o que vuestra fisonomía no traicione lo que debe
mantenerse en secreto; familiarizaos, vivid en relación con las mejores casas
del lugar donde os encontréis, de suerte que seáis recibido más bien como amigo
que como extranjero... De la misma manera que hacéis una amistad, que os ponéis
en guardia contra un adversario o que subyugáis una querida, haréis un tratado
ventajoso, desconcertando a los que os hacen la guerra, y ganaréis el favor de
la corte adonde hayáis sido enviado. Vuestros planes harán de vos un negociador
consumado. Agradad a todos aquellos que valgan la pena de ser conquistados; no
ofendáis a nadie; guardad vuestro secreto e intentad arrancar el de los demás.
Desconcertad los proyectos de vuestros rivales con diligencia y destreza, pero
al mismo tiempo con las mayores consideraciones personales. Sed firme, sin
exaltación. Los señores d'Avaux y Servien, nuestros hábiles negociadores en el
trata[94]do de Westfalia, no han hecho más. Los mejores
negociadores han sido siempre los hombres más pulidos, los más bien educados,
aquellos a quienes las mujeres llaman des hommes charmants. Yo
sostengo que un ministro en el extranjero no puede ser un buen político, un
político consumado, si no es al mismo tiempo un hombre de placer. Por amor de
Dios, no perdáis nunca de vista estos puntos importantes: las gracias, las
gracias personales... De diez individuos hay nueve que consideran la cortesía
como sinónima de bondad y que toman las atenciones por servicios. El que se
preocupa de tener siempre razón en las cosas pequeñas puede permitirse padecer
errores en las grandes; se estará inclinado a excusarle».
DIVAGACIÓN SOBRE LOS «HOMMES CHARMANTS»
Esta teoría de la vieja diplomacia de lord
Chesterfield me causó mucho efecto. En nuestro tiempo hubiera hecho reír a
carcajadas al señor de Bismarck.
Llevado por la teoría del aristócrata pedagogo, me
dediqué a aprender a hacer reverencias mirándome al espejo, echando el pie para
atrás, y a sonreír amablemente. Creía en eso de los hombres encantadores.
Hoy tengo poco entusiasmo por los hommes
charmants. Todavía un joven de elegancia afectada, está bien; pero un
hombre cincuentón, sonriendo con coquetería y haciendo muecas de cortesana, es
algo verdaderamente desagradable. Las canas, que ya de por sí son repugnantes,
a pesar de los epítetos de respetables, venerables y demás, se hacen aún más
repulsivas cuando están repeinadas y aliñadas.
La teoría de Chesterfield es falsa. Pensar que el
hombre cuando ha aprendido a fuerza de miserias y de vilezas—¿quién no las ha
cometido?—a ser falso constantemente, es cuando es encantador, es una idea
absurda.
Entre esas gentes que tropezamos en las calles, en
las oficinas y en los teatros, hay muchos inteligentes y llenos de astu[95]cia que saben saludar con una sonrisa amable, llevar una
raya impecable en la cabeza y en el pantalón y que tienen esas gracias
preconizadas por lord Chesterfield, y, sin embargo, no los queremos, no los
ayudamos y los dejaremos arruinarse en la Bolsa o morirse en un rincón con
perfecta serenidad; y, en cambio, seremos capaces de ayudar a un niño, de
tenderle la mano y de salvarlo, a pesar de que tenga en germen todas las malas
pasiones del hombre, sólo porque el niño si es malo, egoísta, envidioso, lo es
de una manera ingenua, sin astucia, sin premeditación y sin comiquería; y esto
le basta para hacerle amable y simpático.
Esta idea de los hommes charmants del
lord pedagogo es una idea de solterona inglesa y ridícula que no tiene ningún
valor.
NUEVA DIVAGACIÓN SOBRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA
La verdad es que, por más que intenté llevar a la
práctica los principios de lord Chesterfield, no conseguí gran cosa.
Nadie obra exclusivamente por principios, sino
impulsado por el instinto; pocos al ejecutar razonan previamente; más bien
improvisan. Además, entre la teoría y la práctica, hay un abismo. ¿Quién no lo
sabe?
Nunca he comprendido la exactitud de esta
vulgaridad como en el hotel de un pueblo alemán donde estuve hace días. En ese
pueblo conocí a un doctor, hombre sabio e inteligente, a juzgar por su
conversación.
Era un señor grueso, rechoncho, con grandes bigotes
y barbas grises, armado de unos anteojos dobles, al través de los cuales se
veían sus ojos azules.
El doctor comía con avidez, pero distraído. A veces
me preguntaba después de comer algo:
—¿Estaba bueno esto?
—¿No lo ha comido usted?
[96]—Sí; pero yo no me fijo.
Este señor cantaba la Naturaleza con un lirismo
germánico ¡oh, Natura, qué bella eres!; pero, luego, hablaba a continuación de
los miasmas, de los microbios, de los mil peligros que hay en el ambiente. El
aire, el agua, las plantas, las flores, todo se hallaba infestado, según este
entusiasta de la Naturaleza.
Estaba yo hace unos días sentado en el hall del
hotel, que tenía una gran ventana a la calle, cuando entró el doctor. Se acercó
a mí, se sentó en una butaca de mimbre, y me dijo de pronto en francés:
—¡Aj! Aquí hay moscas.
—Sí.
—¡Qué porquería!
—Sí; es un poco desagradable, ¿pero qué se va a
hacer?
—La mosca es uno de los animales más perjudiciales
del mundo.
El doctor habló de la mosca doméstica, de la
Stomoxys, de la Anthomya, de la Sarcophaga, de la Piophila...
—¡Aj!—exclamó luego—. La mosca es el vehículo de
innumerables enfermedades (citó quince o veinte). Sobre todo, esas verdes (dijo
el nombre científico) son malísimas. A mí me repugnan.
Después de decir esto, el doctor se levantó, se
acercó al ventanal, y con el pulgar y el índice aplastó siete u ocho moscas, y
luego se pasó los dedos sonriendo por los bigotes, con gran tranquilidad.
Yo le miraba en el colmo del asombro y de la
estupefacción, y él seguía sonriendo, sin comprender qué salto mortal había
dado, sin notarlo, entre la teoría y la práctica.
V.
VARIEDADES SOBRE EL DANDYSMO
Muchas veces venía Stratford a Bayona y pasaba
el día conmigo, e íbamos a visitar a Delfina. Esta me preguntaba mucho por él.
—¿Qué hace el Bello Tenebroso?—me dijo una vez—.
¿Lo ha visto usted de nuevo?
—A Stratford no se le puede llamar tenebroso—le
contesté yo—; no tiene nada de byroniano.
Delfina quería averiguar qué vida hacía el joven
inglés, cuáles eran sus ideas y sus costumbres.
Stratford podía pasar por un dandy,
pero su dandysmo, no tenía nada de donjuanesco.
No sentía Stratford el menor entusiasmo por el tipo
de Don Juan ni por la extravagancia. Su idea consistía en que había que vivir
de una manera limpia y razonable. Su filosofía acababa en un estoicismo con
cierto aire de fatuidad.
Este dandysmo espiritual suyo no se parecía en nada
al de Jorge Brummell.
—Hay que ser principalmente gentleman—decía
él—; defender al débil, al niño y a la mujer, suponiendo que la mujer sea
débil, y aunque no lo sea.
INDIFERENCIA POR LA VULGARIDAD
Yo no me entendía completamente bien con Stratford.
Su individualismo y el mío chocaban muchas veces, y aunque él era hombre
generoso, su indiferencia por las cosas de los demás me molestaba.
No se le podía hablar de algo íntimo, porque
desdeñaba las intimidades y confidencias.
El desdén por la vulgaridad era uno de sus dogmas.
—Yo soy implacable con el hombre estúpido y
ramplón.
Stratford solía muy bien fingir la indiferencia y
expresarla; para esto le ayudaba su aire frío.
No le gustaba lo enfático, lo exagerado.
—Toda idea exaltada es un peligro—decía—: una
invitación a la grosería, a la violencia y a la brutalidad.
Sentía antipatía por los declamadores; había que
tener, según él, una actitud fría e impasible para las tonterías de la masa:
nada de exaltación, de republicanismo francés, ni de democracia, ni de otras
cosas, para él de mal gusto.
También le repugnaban los crímenes y las canalladas
colectivas. Una vez, paseando por las Allées Marines, me decía:
—Yo prefiero el crimen a la vileza. Yo no sé si
podría llegar al crimen individual. A lo que no llegaría nunca es al crimen
político o colectivo. Antes de matar, prender o fusilar por defender un
principio, me retiraría de la política.
Es extraño, pensaba yo al oírle. Su posición
espiritual era absolutamente contraria a la de Aviraneta, que afirmaba que por
la salud del Estado se podía sacrificar a los individuos.
—El mundo es negro—añadía Stratford—; conservemos
la cara y las manos limpias. No por limpiarlo vayamos a tiznarnos.
Era también el punto de vista contrario al de
Aviraneta, que aceptaba el tiznado suyo para mejorar la sociedad.
—La mayoría de la gente hay que considerarla como
manada—afirmaba Stratford—; luchar contra ella, es una lo[99]cura.
Si viene a nuestro encuentro, lo más prudente es apartarse.
Las máximas de Stratford me confundían y me hacían
pesar el pro y el contra de muchas cuestiones que hasta entonces no se me había
ocurrido examinar.
Todavía más que la exaltación política, repugnaban
a Stratford las nuevas sectas religiosas que constantemente están naciendo en
Inglaterra y en los Estados Unidos; pensaba que de aceptar un dogma cerrado, el
mejor era el católico.
Yo veía en la actitud de Stratford una actitud de
decadencia, pues sólo en las sociedades que decaen aparecen estos tipos, que,
en vez de apoyarse sobre las conveniencias sociales, se asientan en la tierra,
y en vez de mirar con los ojos de todo el mundo, quieren mirar con los suyos.
UN AVENTURERO
Por entonces apareció en Bayona un aventurero,
un lion, que se llamaba o se hacía llamar Narbonne Burton. Este
aventurero se decía hijo natural del conde de Narbonne Lara, y de una señora
francesa emigrada en Londres. A su vez, de Narbonne Lara, el presunto padre
del lion, se decía que era hijo de Luis XV y de su hija Adelaida,
es decir, que era hijo de su abuelo y hermano de su madre.
Este aventurero paró en mi hotel. Tenía el tipo
borbónico, vestía bien y llevaba un alfiler con una flor de lis, de oro, en la
corbata.
Hablé con él. Era un hombre solemne y vulgar; todo
lo que decía estaba inspirado en las novelas de Balzac, en donde sin duda,
creía encontrar las esencias de la vida.
El pretendía ser un lion como de
Marsay, o Ronquerolles, o cualquier otro de los héroes balzaquianos.
El juego, la política, las duquesas diabólicas con
aire angelical, los hombres monstruos, toda la fauna inventada por el novelista
creía haberla encontrado en la vida.
[100]Lo más divertido de este aventurero era que llamaba
en serio primos suyos a Don Carlos y a María Cristina.
—Yo también soy un Borbón—me dijo varias veces.
Cuando le hablé del aventurero a Stratford, le
pregunté:
—¿No quiere usted conocerle? Es un tipo que le
interesará a usted.
—No creo. Es el tipo bajo de Don Juan—me contestó
con su indiferencia Stratford.
SOBRE DON JUAN
—Es decir—añadió Stratford—, hoy todos los tipos de
Don Juan son bajos e insignificantes. Para mí Don Juan no ha tenido valor mas
que allí donde ha habido creencias religiosas fuertes, donde la mujer se
guardaba ansiosamente por temor al pecado y al infierno.
—En España.
—Claro, en la España de los Austrias, donde el amor
tenía que luchar con enormes dificultades. En otras partes es una tontería. El
Don Juan de Molière me parece un contrasentido y hasta una ridiculez. ¡Un señor
rico en Francia que seduce muchachas aldeanas! ¡En un país en donde las chicas
están deseando dejarse seducir!
—Sí, ¡la verdad que no es un gran mérito!
—Ninguno. El Don Juan no tiene valor mas que en la
España católica y fanática del siglo xvi y xvii, con un fondo de
miedo al infierno, de terror místico, de misterio. Fuera de esa época y de
España es un personaje ridículo.
—¿Y todos esos franceses, ingleses y alemanes que
han transplantado a su país el tipo de Don Juan?—le pregunté yo.
—Pues son unos petulantes majaderos. Los de más
talento no lo han podido rejuvenecer y transplantar. Lord Byron no lo ha
conseguido. Respecto a Lovelace, es un canalla insignificante. Don Juan en el
amor es lo que el hereje en la Teología. Se necesita un dogma activo,
eficiente, con un brazo secular, poderoso, para que haya un hereje; si no lo
hay, el hombre[101] que piense atrevidamente será
un original, un librepensador, pero no un hereje. Lo mismo pasa en el amor; ¿no
hay peligro, no hay misterio? Pues Don Juan no puede ser un héroe malo y
demoníaco, sino un señor vulgar. ¿Qué es el Don Juan en este tiempo? Joven, es
el calavera corriente; entrado en años, es el vieux marcheur, que
se ve en París, rojo, pesado, delante de un escaparate tratando de seducir con
su dinero a una aprendiza de quince a diez y seis años. En ninguna de estas
edades creo que se le pueda ocurrir a nadie el tener a este tipo de Don Juan
como un ornamento de la humanidad.
—Y el dandysmo, ¿no es algo así como una variedad
del donjuanismo?—le pregunté yo.
—No. El dandy es un tipo más en
consonancia con nuestro tiempo. Hoy se puede ser un dandy verdadero:
en cambio, no se puede ser mas que un Don Juan falsificado.
VI.
EN CAMBO
Al comenzar la primavera, la madre de
Stratford nos invitó a Delfina, a madama Saint-Allais y a mí a pasar una
temporada en Jaureguía, su casa de Cambo.
Tomamos un coche y salimos de Bayona una mañana
espléndida. Jorge Stratford nos acompañó y fué todo el camino hablando
animadamente con Delfina. Yo tuve que recoger como en un lacrimatorio las
frases sepulcrales de la poetisa madama de Saint-Allais, que veía el mundo con
los ojos del vizconde de Arlincourt, el segundo o tercero de la serie de los
vizcondes ilustres que comenzaba por el de Chateaubriand.
Después de Ustariz, pasamos por el seminario de
Larresore. Madama de Saint-Allais quería ver a un sobrino suyo que estaba
educándose allí, y entramos. Nos llevaron a un patio con arcos, y luego, a una
gran terraza con un barandado de hierro, desde donde se divisaba la vista
admirable del valle del río Nive.
JAUREGUÍA
Poco después de salir de Larresore llegamos a
Jaureguía, la casa donde vivía Stratford, cerca de Cambo.
Era una casa del tiempo del Imperio, con un hermoso
parque de árboles antiguos, algunos cortados en formas artificia[103]les, cónicas y redondas. Delante de la fachada había
un jardín enarenado con macizos de flores y un estanque en medio.
Al entrar por la avenida principal nos salieron a
ladrar dos perrazos grandes que, después de cumplir su misión, se retiraron
tranquilamente.
Stratford saltó del coche, ayudó a bajar a las
señoras, dándoles la mano, y fuimos los cuatro hasta la gran escalera del
hotel, donde aparecieron madama Stratford y un señor viejo inglés, afeitado,
elegante, con un perfil aguileño, sir David Hardeloch, y su sobrina, una señora
joven, casada con un marino; Stratford nos condujo a cada uno al cuarto que nos
destinaron.
El mío era un cuarto antiguo con muebles de estilo
Luis XV, con dos ventanas que daban a un jardín con grandes árboles y una
fuente redonda en medio.
Yo me vestí, me arreglé, me puse el frac azul que
tenía para las grandes solemnidades, entonces el frac no era sólo prenda de
noche, y bajé al comedor.
La comida fué un poco ceremoniosa, y yo estuve
atento viendo lo que hacían los demás para no cometer una inconveniencia. Se
habló en francés y en inglés. Después de comer pasamos a un saloncito, desde
donde se veía el curso del Nive, que se alejaba serpenteando por el valle,
ancho y verde.
SE HABLA DE ESPAÑA
El señor inglés, sir David, que era diplomático, me
preguntó noticias de la guerra de España; y como yo me mostrara algo pesimista
sobre la suerte de mi país y de sus destinos históricos, me dijo:
—No tenga usted cuidado. España está en un período
de crisis, pero se arreglará.
—¿Cree usted?
—Sí. Por otra parte, pensar que España no ha
influído en el mundo de las ideas, como se afirma ahora, es una cosa injus[104]ta. Los héroes españoles reinan todavía en la
literatura del mundo, y el Cid, Don Juan y Don Quijote son universales. ¡Qué
fuego en estas figuras religiosas, como Santo Domingo, Loyola y Santa Teresa!
¡Qué brío en el pensamiento de Mariana, Servet, Molina, Suárez, Molinos! ¡Qué
hombres de hierro estos españoles de la conquista de América! Tipos como Hernán
Cortés y Pizarro no se encuentran en ningún país. Los italianos del
Renacimiento no llegan a la fuerza de estos hombres. En el Arte y la Literatura
los españoles tienen una personalidad de las más relevantes. Os falta en España
un progreso material y ciencia moderna porque lleváis un período largo de
guerras y de miseria, y la ciencia y el progreso necesitan reposo; pero eso
vendrá. Eso vendrá porque es fatal, automático. Lo que os falta es precisamente
lo que se improvisa. Se improvisa un investigador; lo que no se improvisa es un
poeta, ni un artista, ni un historiador. Esto necesita tradición.
Le di las más efusivas gracias a aquel señor,
porque desde que estaba fuera de España no había oído mas que hablar mal de mi
país.
—Estará usted contento—me dijo Delfina.
—Sí, señora. ¿Por qué negarlo?
LAS MUJERES Y LOS POETAS
Poco después nos enzarzamos en una discusión acerca
de las condiciones artísticas de las mujeres.
Stratford defendía con cierto valor que las mujeres
tenían muy escaso sentido artístico.
Las señoras le atacaban, creyendo, sin duda, un
poco ofensivo el que Stratford las considerara sin dotes estéticas.
—El arte es la más masculina de las
actividades—decía mi amigo—, no en el sentido de que sea más fuerte, ni más
noble, ni más elevada, ni más superior, sino en un sentido orgánico sexual. Se
ve que el hombre siente más el arte que la mujer.
[105]—Quizá a las mujeres nos ha faltado libertad para
desarrollarnos en ese sentido—dijo madama D'Aubignac.
—Lo que nos falta a las mujeres es vanidad—añadió
lady Hardeloch—. No tenemos esa tonta soberbia del hombre.
—¡Oh, oh!—exclamó riendo sir David—. ¡Qué
descubrimiento está haciendo mi sobrina!
—Madama Saint-Allais nos afirmó que las mujeres,
por instinto y por una inspiración genial, sabían más que el hombre con su
ciencia, sus experiencias y sus libros.
—No lo creo—replicó Stratford—. Si fuera eso verdad
no habría tampoco mérito alguno, como no hay mérito en que usted sea mujer y yo
hombre, pero no lo creo; creo que no se aprende mas que con esfuerzo y con
atención.
—Indudablemente—dijo sir David—; pero no hay que
estar tampoco demasiado seguro de ello.
Stratford reconoció que era siempre prudente no
tener una confianza absoluta en las cosas, por lógicas que pareciesen.
Como contraste de la conversación anterior, se
habló después de si los poetas y los artistas eran hombres capaces de grandes
pasiones.
Madama Saint-Allais, siguiendo el tópico corriente,
creía que un poeta, que un artista, era el hombre más apasionado, más capaz de
amar.
Madama Saint-Allais nos colocó con este motivo una
serie de frases románticas y sepulcrales sorbidas en el vizconde de Arlincourt;
el garbanzo negro en la serie de los vizcondes escritores ilustres.
—Yo no creo—dijo Stratford—en las condiciones
amatorias de los poetas y los artistas. El poeta, como el artista, es un
ególatra: aspira a que la mujer le quiera y le admire. Ve en la mujer una
concreción del público, un público apasionado que exagera su entusiasmo y
disimula sus faltas.
—¡Cómo habla contra sí mismo!—me dijo riendo sir
David.
—Quiere convencer a estas damas que no se le debe
querer—añadí yo.
Después, la sobrina de sir David, lady Hardeloch,
cantó trozos de El Barbero de Sevilla, acompañada al piano por
Delfina.
VII.
CITA A LA LUZ DE LA LUNA
Por la tarde sir David y yo fuimos paseando a
caballo por la orilla del Nive, y vimos el Campo de César, y fantaseamos acerca
de este nombre y del objeto que podían tener los antiguos trabajos hechos allí
en la tierra. También hablamos de Soult y de Wéllington, y de sus campañas en
el Nive en 1813.
De vuelta del paseo estuve en la biblioteca
leyendo, y a las siete bajé al comedor. Después de cenar, sir David se retiró;
mistress Stratford, lady Hardeloch y madama Saint-Allais quisieron que tomara
parte en un juego inglés, pero como no lo conocía, tuvo que ser el cuarto partner Jorge
Stratford.
Yo estuve hablando con Delfina, que me pareció algo
preocupada.
—¿Qué ha hecho usted esta tarde?—me preguntó.
Le conté cómo había paseado con sir David por las
orillas del río, y lo que hablamos del Campo de César y de la campaña de 1813.
Cuando concluyeron la partida, y antes de empezar
una segunda, Stratford dijo que veía que teníamos sueño, y que lo mejor sería
retirarnos.
Saludé a las señoras, y me fuí a mi cuarto. Me metí
en la cama y dormí con un sueño profundo tres o cuatro horas. Al despertarme,
pensé:
—He debido dormir mucho.
Miré el reloj; era la una y media. Estas tres o
cuatro horas de sueño me habían dejado tan descansado, que me hubiese[107] gustado tener algo que hacer, para salir
inmediatamente al campo a andar o a correr.
—Voy a ver qué tiempo hace y qué aspecto tiene la
noche.
Me levanté de la cama, descorrí las cortinas, abrí
la ventana y las persianas. Hacía una noche soberbia, fresca. La luna
resplandecía en el cielo y llenaba los boscajes de sombras misteriosas. A lo
lejos, el río serpenteaba luminoso y fantástico. En el parque del castillo
brillaba la luna sobre las copas plateadas de los tilos y de los robles;
delante de la casa, en el jardín, se veía subir el surtidor de la fuente como
una varita mágica de cristal y romper en su caída la superficie tranquila del
estanque.
—Es una verdadera decoración—me dije—; ahora, como
siempre en la naturaleza, en estos escenarios maravillosos faltan los actores y
la acción.
Como en aquella época no tenía tanto miedo al
relente como ahora, me puse el abrigo y me quedé en la ventana. Tuve el cuidado
de apagar la luz.
De pronto vi dos sombras que se acercaban en la
obscuridad, por una avenida de tilos. Agucé el oído. No hablaban; se oían sus
pasos en la arena del jardín. Debían de ser un hombre y una mujer.
—¿Quién demonio serán?—me pregunté.
Me entró la curiosidad y me decidí a no retirarme
de la ventana. Si los paseantes volvían a casa, tenían que cruzar una gran zona
iluminada por la luz de la luna, y se les vería. Para que ellos no notaran mi
ventana abierta, entorné las persianas, dejando sólo una rendija.
Poco después, las dos sombras aparecieron a la luz
de la luna; iban separados el uno del otro, y hablaban en voz baja. Ella
llevaba un pañuelo en la mano. Cerca de la casa, y en la sombra, volvieron
nuevamente a hablar.
—Ahora le quiero más que nunca—dijo ella.
Era la misma voz que, cuando recitaba el diálogo de
Hernani y de Doña Sol, decía cantando:
«Vous êtes mon lion superbe et généreux!»
Eran Stratford y Delfina.
Luego no se oyó nada; ni murmullo de besos ni de
palabras. Yo me volví a acostar, y dormí hasta las nueve.
VIII.
LOS POLÍTICOS
A la mañana siguiente, cuando bajé al comedor a
desayunar, me encontré con sir David y su sobrina, y con Stratford, siempre
impasible.
En la comida me pareció que Delfina estaba triste y
que apenas probaba los platos.
Después de comer, como el día estaba tan
espléndido, salimos a tomar café a una gran terraza, con una enorme enredadera
que empezaba a verdear con el tiempo primaveral, y que tenía el tronco tan
grueso como el cuerpo de un niño.
Desde allí se veía el río, verdoso, brillando al
sol, que se alejaba por el campo.
Como tópico para la conversación nos pusimos a
hablar de política, y discutimos la personalidad de Disraeli.
DISRAELI
En Inglaterra, en esta época, más que de O'Connell,
de sir Roberto Peel y de lord Palmerston, se hablaba de Benjamín Disraeli, el
judío escritor y orador, que después de haberse mostrado demócrata y
republicano en su Epopeya Revolucionaria (Revolutionary
Epic) se presentaba poco después partidario de los conservadores y campeón
de los tories. Disraeli[109] estaba en
el momento de ser discutido. Se decía que su primer discurso en el Parlamento
había sido tan pedantesco, y producido tal risa, que no pudo acabarlo.
Disraeli se acababa de casar con una viuda rica,
más vieja que él.
El célebre O'Connell, furioso por la defección del
judío del campo radical y democrático, le había llamado apóstata, renegado,
saltimbanqui y heredero del ladrón que murió en la cruz en la impenitencia
final.
Un político a quien se ataca así es un hombre que
ha llegado a ser algo, y Disraeli, a pesar de la antipatía que inspiraba al
partido tory por su procedencia judía, era el futuro jefe de
los conservadores ingleses.
Después de pasar revista a los políticos de la Gran
Bretaña hablamos de los de Francia. A mí me interesaba oír las opiniones de un
aristócrata colocado en una alta posición, como sir David.
TALLEYRAND
Yo llevé la conversación sobre Talleyrand. Acababa
de publicarse un libro acerca del viejo diplomático.
—Talleyrand—dijo Stratford—es el egoísmo y la
pillería ordinaria con un decorado suntuoso de mucho uniforme y penacho.
—Lo cual no quita, mi querido Jorge, para que haya
sido un político muy importante y hasta muy útil a Europa entera—dijo sir
David.
—Los ingleses tienen gran simpatía por Talleyrand,
porque ha sido anglófilo—replicó Stratford.
—No sólo por eso—replicó sir David.
—Parece que Chateaubriand ha hablado mal del
cinismo y del histrionismo del ex obispo de Autun—dije yo.
—Sí; hay en el célebre escritor una antipatía
grande por el diplomático. Sin embargo, hay algo en ellos que suena lo
mismo—repuso Stratford—. Los dos son valores nacionales, pero[110] no
universales. Para un francés de la época serán muy diferentes, pero un
extranjero al país y a la época les encontrará un carácter común.
—Pero eso no es un buen argumento—replicó sir
David—; para un chino, entre Lutero y Loyola no habrá apenas diferencia.
—Y no la hay—dijo Stratford.
Sir David y yo nos reímos.
—Lo que parece cierto—indiqué yo—es que Talleyrand
era hombre de gran ingenio.
—No lo creo—exclamó Stratford—; de cualquier
bohemio insolente se recuerdan frases de la misma clase que las suyas.
—Está usted hoy muy difícil, Stratford—dijo riendo
sir David.
—Algunas frases atribuídas a él—siguió diciendo
Stratford—parece que eran de Chamfort, que a su vez las recogió en los salones.
—Y eso de que la palabra ha sido dada al hombre
para ocultar el pensamiento, ¿no es exclusivamente suyo?—preguntó sir David.
—No—continuó Stratford—; la idea existe en esta
forma o en otra aproximada en casi todos los idiomas. La frase, en francés,
aparece ya construída en Voltaire, en el cuento del Chapon et de la
Poularde, y luego fué arreglada por un dramaturgo y periodista, Hazel, y
atribuída a Talleyrand.
EL AMBIENTE
—Es indudable—dijo sir David—que Talleyrand ha
tenido, como todas las figuras históricas, una gran cantidad de aportaciones
extrañas, y, además, el fondo que le ha dado la época. ¿Qué hubiera sido César
Borgia si en vez de vivir en Italia hubiera vivido en Islandia o en la Siberia?
¿Qué carácter hubieran tenido sus hazañas si no se hubieran destacado sobre el
fondo brillante de Roma y del papado? Probablemente, la historia de César
Borgia sería en estos casos desconocida.
[111]—Es cierto—contestó Stratford—, pero siempre
tenemos la tendencia de buscar y de separar lo que nace de la personalidad y lo
que presta el ambiente.
—Todo lo humano—repuso sir David—es producto de una
individualidad, multiplicándose o luchando con el ambiente. Las facilidades que
da el medio, como los obstáculos, son nuestros, llegan a formar el substrato de
nuestra personalidad. Claro; sería curioso, nos gustaría saber qué cantidad de
energía hay en el hombre separado de las condiciones del ambiente, pero esto,
por ahora, es imposible. No sabemos si la psicología, con el tiempo, podrá
tener un dinamómetro para medir la fuerza espiritual, pero por ahora no lo
tiene, ni lo busca.
—Estamos, además, en pleno doctrinarismo—dijo
Stratford—; en una época en que se rinde culto a las utopías y a las sombras de
las utopías.
LAS CONDICIONES DE LOS POLÍTICOS
Después de pasar revista a los políticos de casi
todos los países se habló de las condiciones especiales que se necesitaban para
la política.
—Para ser político hay que ser un monstruo de
ambición—dijo Stratford.
—Hoy está usted terrible—exclamó sir David.
—Todos los grandes políticos han subido a fuerza de
traiciones, de hipocresía, de disimulo y de ingratitud. César, Fernando el
Católico, Catalina de Médicis, Richelieu, Cisneros, Mazarino, la gran Catalina
de Rusia, Napoleón...
—Y hasta Cromwell—dije yo.
—Sir David se echó a reír.
—Eso, quizá no lo quiera reconocer Stratford.
—Sí; Cromwell fué un hipócrita—replicó mi amigo—,
pero más que un político tiene el carácter de un agitador religioso. A Cromwell
se le podrá comparar con Lutero o con Calvino, o[112] con
el mismo Loyola, mejor que con un Médicis o con un Borgia. Todos estos
políticos clásicos son fríos, ateos, bandidos con éxito. Catalina de Médicis
acepta el patronaje de Diana de Poitiers, la querida de su marido; César, el de
Catilina; Richelieu, el de Concini y su mujer, a quienes deja que los asesinen
cuando caen en la desgracia; Talleyrand, el de Mirabeau; Napoleón, el de
Robespierre, y luego, el de Barras, y no contento con esto se casa con su
querida.
—Tienen que tener buen estómago—indiqué yo.
—Todos son comedores de sapos—dijo Stratford—, para
los cuales no hay nada que dé asco. Luego, claro es, se vengan cruelmente de la
humanidad entera, tratándola a baquetazos. Todo es perfidia, todo es traición,
todo es rivalidad en estos hombres que llamamos ilustres. Nos asombramos de que
en esta pequeña guerra de España, Don Carlos mirara con recelo a
Zumalacárregui, y que Cabrera haya denunciado a Carnicer. Siempre ha sido así
en todos los países. Las repúblicas italianas eran un semillero de odios; los conquistadores
españoles se denunciaban unos a otros e intentaban toda clase de calumnias para
perjudicarse y enajenar a los rivales el favor real. La Convención era un
cúmulo de odio: Marat odiaba a Dantón y a Robespierre, a quienes tenía por
hombres distinguidos; Dantón despreciaba a Marat como a un loco furioso, y
odiaba a Robespierre como a un pedante ramplón, que se hacía llamar
incorruptible; Robespierre tenía a Marat como un rival en popularidad, y
detestaba a Dantón como un hombre de talento mediano a un tipo genial que
improvisa.
—Mi querido Stratford—dijo sir David—: no sé de
dónde saca usted hoy tanta palabra y tanta cólera.
LOS TRAIDORES Y LA INGRATITUD
—Para ser político hay que ser decidido—siguió
diciendo Stratford, a quien el asunto entretenía y prestaba aliento a su
irritación interior—y no parar ni en la traición ni en la ingratitud.
[113]—Yo no veo que la historia haya cantado a los
traidores—hice observar yo.
—¡La historia! La historia, por fuera, es pomposa y
falsa, y por dentro, no es mas que una serie de intrigas miserables, de
zancadillas y de ingratitudes.
—Bien, sea así; pero reconozcamos que, al menos
públicamente, no cantamos a los traidores en nuestras epopeyas históricas—dije
yo.
—Es que hay mucha clase de traidores—replicó
Stratford—. Yo no hablo de esos traidores como Judas, Perpenna, Ganelon,
Bellido Dolfos o el Conde don Julián; esos son, si han existido, pobres diablos
que se sacrificaron para que se puedan escribir malas tragedias y pintar
detestables cuadros de historia. No, no hablo de los traidores que han nacido
para hablar en endecasílabos o en alejandrinos, ni tampoco de los traidores de
los melodramas de Bouchardy, sino de los traidores de todos los días, a los que
a veces se les entierra, cuando mueren, en el Panteón o en la abadía de
Westminster.
—Sí, una perfidia obscura hay en todos los
hombres—replicó sir David—. Eso es humano. ¿Qué le vamos a hacer?
—Por lo menos, señalarlo; no engañarnos sobre
nosotros mismos.
—Es la tendencia puritana que habla en usted, mi
querido Stratford—dijo el viejo inglés.
—Yo espero que la política no será lo que ha sido
hasta aquí: un conjunto de traiciones y de ingratitudes; yo creo que con el
tiempo habrá otros medios de triunfar. Hoy por hoy, los que triunfan son los
cínicos, los que no ven en los hombres y en las mujeres mas que instrumentos.
Luego el éxito lo justifica todo.
—Pero a usted, Stratford—le dije yo—, ¿por qué le
entristece tanto la idea de la traición y de la ingratitud, porque piensa usted
que puede tener traidores y desagradecidos por sus favores o porque usted mismo
puede ser desagradecido y traidor?
—Por ninguna de las dos cosas; pero más por lo
último que por lo primero. Hacer favores y no tener gente agradecida no me
importaría gran cosa.
Stratford estaba siempre en las alturas.
¿QUÉ QUEDARÁ?
Dejamos esta conversación, y yo tomé en mi mano dos
o tres periódicos ingleses y los estuve hojeando.
—De todo este barullo de nuestra época, ¿qué
quedará?—dije yo.
—Quizá lo que menos sospechamos—contestó sir David.
—Yo creo que va a quedar muy poco o casi nada—dijo
Stratford—; de todas esas utopías antiguas, religiones, supersticiones,
mitologías, como se las quiera llamar, han quedado unos magníficos cementerios
en los museos, formados por piedras, estatuas, cuadros; pero de esta pobre
seudodemocracia actual, ¿qué va a quedar? Unos cuantos montones de libros y de
periódicos, y nada más. Ya que nuestra época no puede levantar el Panteón, ni
las Pirámides, ni la catedral gótica, toda su gloria va a consistir en ensuciar
toneladas y toneladas de papel.
—Yo, entonces, no creía en lo que decía Stratford.
Hoy, tampoco. Seguramente de todo ese ruido de palabras de los parlamentos y de
la prensa no quedará gran cosa, y es probable que no quede nada; pero quedará
la ciencia, que en el siglo xix ha tenido una expansión admirable.
Claro, la ciencia no va a resolver si vamos a vivir
después de la muerte o no, ni si las oraciones sirven o no sirven; pero nos
quitará mucho dolor en la vida y nos dará puntos de apoyo para soñar y emplear
la imaginación en temas mucho más altos y más nuevos que los que han dado el
arte y las religiones.
IX.
NOSTALGIAS
Hizo un par de días, mientras estuve en Cambo,
deliciosos, de verano. El sol brillaba en el follaje nuevo de los árboles con
una alegría, con una pompa espléndida y magnífica. Los manzanos y los perales
estaban en flor; las abejas y los moscones rezongaban en el aire caliente. Este
prólogo de la nueva vida tenía algo admirable y encantador.
Yo me sentía conmovido como con un acceso
sentimental. Estaba a veces casi a punto de llorar. Mi cuarto, con sus muebles
rococos y sus retratos antiguos, tenía un aire tan poético y al mismo tiempo
tan viejo, sobre todo cuando entraba el sol de media tarde, que me llenaba el
espíritu de melancolía, de una melancolía dulce y poética.
Me parecía que vivía en un aire ya pasado, con
cosas muertas, que tenían un perfume marchito, como un manojo de flores
guardado en un armario. Cuando salía al campo pensaba que me gustaría vivir en
uno de aquellos caseríos, marchando delante de la carreta con los bueyes, yendo
con el aguijón al hombro diciendo: ¡Aida! ¡Aida!, y que todas estas fantasías
de intrigas políticas, de espionajes y de enredos no eran mas que estúpidas
maniobras que no tenían la menor importancia...
La verdad es que este país vasco francés es
encantador; más templado que el vasco español, menos montañoso y más soleado,
parece hecho únicamente para dormir y soñar. Yo no he visto nada más ingenuo,
más suave, ni más amable. Allí no hay grandes montes rudos y melancólicos, ni
cascadas, ni[116] castillos roqueros de aire
amenazador; allí no hay preciosidades artísticas, ni gente muy rica, ni gente
muy pobre; todo es alegre, pequeño, sin exageración, claro, reposado.
El campesino vasco es casi el único aldeano de
Europa que tiene hoy aspecto de campesino. Cuando se le ve trabajar en su
tierra con sus bueyes, está tan identificado con la naturaleza, que se funde
con ella. El contemplar a estos aldeanos es para mí uno de los pocos motivos
que me induce a tener respeto por ciertas formas de la tradición.
Muchas veces, contemplando el campo, recordaba
aquellos versos de Elizamburu, el poeta de Sara, que fué capitán de granaderos
de la Guardia Imperial de Napoleón:
Icusten duzu goicean,
Arguia asten denian,
Mendito baten gañian
Eche tipitho aintzin churi bat,
Lau aitz ondoren erdian
Chacur churi bat atean
Iturriño bat aldean.
An bizi naiz ni paquean.
(¿Ves por las mañanas, cuando la luz comienza a
alumbrar, en lo alto del monte una casa chiquita, con la fachada blanca, en
medio de cuatro robles, con un perro blanco en la puerta y una fuentecilla al
lado? Allí vivo yo en paz.)
Estos versos no tenían la originalidad de los de
Goethe, de los de Víctor Hugo o de los de Heine; pero reflejaban dentro de su
medianía admirablemente el deseo de un vasco de vivir en la tierra de los
antepasados.
Elizamburu, el capitán de granaderos, que había
recorrido media Europa, había sentido al escribirlos la nostalgia de su aldea,
soñando con volver a su casa, blanca y pequeña, a la vida obscura del campo.
Yo, que no había recorrido Europa, experimentaba un anhelo parecido.
Quizá era un anhelo intelectual, más que real, un
amor por una idea, por un concepto...
No conozco yo bien la casa campesina de otros
países; no[117] sé si es mejor o peor; pero no creo
que me entusiasme como la casa vasca.
No me ilusiona el cortijo o la masía en donde
apenas se hace fuego, ni las porcelanas, ni los azulejos, ni los suelos de
ladrillo; a mí me gusta que en el hogar haya siempre lumbre, y que una columna
de humo salga constantemente de la chimenea; me gusta que en la cocina haya
poca luz, que huela a leña quemada, que haya una buena vieja junto al fuego y
que se oiga cerca el mugido de los bueyes...
No, seguramente Aviraneta no tenía estos ridículos
accesos sentimentales. El era en sus ideas y en sus planes más constante, más
tenaz; su personalidad estaba constituída de una substancia homogénea; no tenía
esta heterogeneidad de mi carácter, ni tampoco este sentimentalismo mío, no sé
si perruno o de capitán de granaderos.
X.
FÍSICA
Tenía curiosidad por averiguar lo ocurrido
entre Delfina y Stratford, pero a ninguno de los dos me hubiera atrevido a
preguntarles nada. A los tres días de nuestra estancia en Jaureguía fuimos a
Bayona madama D'Aubignac, la de Saint-Allais y yo; y al llegar a casa me
encontré con una carta de Aviraneta, en la que me decía que fuese a Bidart y
buscase y copiase unos documentos en su archivo, y que luego fuera a Sara y me
enterase del giro de los asuntos de Muñagorri.
Al día siguiente marché a Bidart y fuí a hospedarme
al caserío Ithurbide, la antigua casa de Gastón de Etchepare, donde me
encontraba muy a gusto.
LOS CARACOLES
El cuarto que me cedía madama Ithurbide (yo la
llamaba así, aunque no fuera éste su apellido) era una sala con alcoba, la
principal de la casa. Esta sala tenía un balcón corrido que daba a una duna
verde que se cortaba en el acantilado del mar.
Era una sala eminentemente marina; el papel de la
habitación tenía unas fragatas que navegaban a todo trapo.
En la chimenea, sobre el mármol, se veían dos
ramilletes hechos de conchas y metidos en fanales de cristal; en la mampara,
una estampa de color con una lancha de pescadores. Sobre una cómoda había un
barco de marfil, y sobre un velador, una caja con conchas pegadas en la tapa, y
varios caracoles, estrellas de mar, pólipos y corales.
Tanta concha y tanto caracol daba la impresión de
que se estaba en un acuario, y que uno mismo era algún molusco o algún pólipo
que por equivocación había dejado su cueva para entrar en aquel cuarto.
El primer día registré el archivo de Aviraneta, y
encontré los documentos que me indicaba, y me puse a copiarlos.
Terminado mi trabajo paseaba por el arenal desierto
de Bidart y contemplaba el anochecer espléndido, en que el sol se iba poniendo
hacia el cabo Higuer. Luego tomé la costumbre de ir por la mañana a la playa, a
primera hora, y después, por la tarde, hacia el crepúsculo.
Este mar resplandeciente con el sol de primavera,
cuando lo divisaba desde encima de las lomas verdes, me daba una gran alegría.
En la casa me encontraba contento. Madama Ithurbide
me hacía un potaje de judías y de verdura, que comía con gusto después de un
año de comida de hotel.
Me hubiera quedado allí mucho tiempo si no hubiese
sido porque tenía que seguir mi marcha.
Uno de estos días, el tercero, al salir de mi casa,
por la mañana, para ir hacia el mar, pasé por delante de un jardín en donde una
muchacha cantaba una canción que había oído en Laguardia:
La Pisqui, la peinadora,
con excusa de peinar,
le da citas al velero,
y se van a pasear.
Me erguí un poco para mirar por la tapia. La que
cantaba era una muchacha morena, de ojos negros.
—Muy bien—la dije—, muy bien. Veo que está usted de
buen humor.
[120]—¿Y usted, no?
—Sí, también. ¿Es usted española?
—Sí.
—¿De dónde?
—De Haro. ¿Y usted?
—Yo, de Vera.
La muchacha estaba sirviendo con una señora que
tenía un niño enfermo. Allí, sola, en aquella casa próxima al mar, se aburría
soberanamente. Aquel día, la señora había ido a Bayona a casa del médico.
Al pasar por la tarde volví a ver a la muchacha,
que estaba cantando y tendiendo ropa al sol.
—¿Por qué no viene usted a pasear conmigo?
—¿Adónde?
—Por la playa.
—Pues, vamos.
Fuimos por la playa, charlando. Me contó su vida.
Era de un pueblo próximo a Haro. Se llamaba Dolores.
Se nos obscureció. Yo estaba muy conmovido, y ella
también.
Yo la abracé y la besé varias veces.
Al retornar a su casa entró ella por el jardín para
ver si había vuelto la señora; pero no había vuelto.
La soledad, la noche espléndida y tibia, el ruido
del mar próximo, una especie de aura erótica nos sobrecogió a los dos...
Por la mañana, cuando salí de allí, la muchacha
lloraba.
—¡Qué locura! ¡Qué locura he hecho!—murmuró.
Ella no sabía por qué; a mí me pasaba lo mismo.
Al salir en el tílburi de Bidart a San Juan de Luz
sentí un ligero remordimiento, pero se me pasó pronto, y olvidé rápidamente a
Dolores, la riojana.
XI.
MUÑAGORRI Y SU GENTE
En San Juan de Luz visité a doña Mercedes, la
madre de Corito, que me dijo que su hija vendría pronto.
De San Juan de Luz marché a Sara.
Me encontré allí con Cazalet, el bohemio, que había
ido, sin duda, con alguna comisión para Muñagorri.
—¿Qué hace usted aquí?—le dije yo.
—¿Y usted, qué hace?
Nos echamos a reír.
—Lo mío no es ningún misterio—repliqué—: he venido
a verle a Muñagorri.
—Yo también. Yo he estado hospedado en la misma
casa en donde estuvo Don Carlos acompañado de Auguet de Saint-Silvain, titulado
por el Pretendiente el barón de los Valles.
—¡Qué honor!
Entramos en una tienda, en donde había una muchacha
muy guapa, que Cazalet conocía, y que se llamaba Pepita, Pepita Haramboure, y
allí tomamos unas copas de vino blanco con bizcochos.
Cuando se fué Cazalet le pregunté a Pepita dónde
podría ver a Muñagorri, y me dijo que tenía el campamento cerca del pueblo.
Salí de la tienda y fuí a ver si lo encontraba. Vi en el camino a varios
hombres, por su aspecto, soldados de Muñagorri. Le pregunté a uno de ellos
dónde podría encontrar al jefe, y me señaló un caserío abandonado.
Efectivamente, allí estaba, en compañía de otros dos hombres, moviendo con una[122] gran cuchara un caldero de habas. José Antonio
Muñagorri parecía un buen hombre. Era grueso, rechoncho, de cabeza redonda, de
nariz aguileña, ojos negros y sonrisa amable.
—¿Ya ha comido usted?—me preguntó hablando con un
canto de aldeano vascongado.
—No.
—Pues dentro de una hora comeremos aquí. Si quiere
usted venir...
Le dije que Aviraneta me había enviado para que me
diera ciertos datos acerca de sus futuros planes.
—¿Conoce usted a Altuna?—me preguntó.
—No.
—Pues vaya usted a verle al pueblo. Estará ahora en
la fonda de Hoyartzábal.
Fuí a la fonda y lo encontré. Asensio Ignacio
Altuna, el secretario de la empresa Paz y Fueros, dirigida por Muñagorri, era
hombre alto, rubio, de buen color, de ojos claros, con un aire atlético.
—¿Ha comido usted?—me preguntó.
—No.
—Quédese usted a comer aquí.
—Me ha invitado también Muñagorri.
—No haga usted caso; aquí comerá usted mejor.
Me pareció poco cortés, pero, ya que el subordinado
de Muñagorri me lo decía, me quedé allí. Le expliqué a Altuna el objeto de mi
viaje; cómo venía de parte de Aviraneta, quien probablemente pasaría mis
informes al Gobierno.
—Le daré a usted mi opinión sin ambages—me dijo
Altuna—. Muñagorri es un hombre inteligente y un hombre honrado. Es un tipo que
encontrará usted aquí en el país vasco, bueno, optimista, pero de esos a
quienes se les ocurre una idea y ya no varían jamás. Su proyecto de Paz y
Fueros le parece admirable.
Yo sabía que esta idea no era originalmente de
Muñagorri, pues había sido inventada por un amigo y compañero de Aviraneta, don
Juan Olavarría, y patrocinada primero por el ministerio Bardají, y luego por el
ministerio Ofalia.
—Muñagorri no avanza—siguió diciendo Altuna—,
porque en vez de luchar por una causa vieja y tradicional tiene que[123] defender una causa nueva inventada por él. Para
esto, no basta un talento corriente: se necesita genio.
—¿Y él no lo tiene?—pregunté yo.
—No, no lo tiene. ¿Quién lo tiene? Él no es capaz
de cambiar de ideas, pero sí de procedimientos. En su misma vida ha cambiado:
Muñagorri antes de ser fundidor era de profesión escribano; luego abandonó el
oficio y arrendó varias ferrerías en Berastegui, con lo que ganaba mucho y daba
de comer al país. Tampoco es un aventurero. Ha sido un hombre rico, condecorado
con la cruz de Carlos III, y ahora con su empresa se ha arruinado, y sus
ferrerías de Berastegui trabajan fundiendo cañones carlistas.
—Así, que el jefe no es malo.
—No, no es malo.
—Pues corre por el país la idea de que es un
inepto.
—No, no es verdad. Lo que nos pasa a él y a los
suyos, es que tenemos muchas dificultades. Usted sabe que se organizaron en
Bayona juntas de las cuatro provincias para que influyesen en el país y
ayudasen a Muñagorri. Estas juntas no han dado resultado. El Gobierno nos abrió
un crédito de dos millones de reales en la casa Ardoin. Este dinero ha venido
mermado. ¿Quién se ha quedado con él? Yo no lo sé. Al principio patrocinaron la
idea algunos de nuestros políticos y varios prohombres ingleses. Lord Palmerston
y sir Jorge Villiers escribieron a lord John. Hay para que nos favoreciese. Hoy
ya no se acuerda nadie de nosotros, y únicamente el general Jáuregui nos
alienta. El cónsul Gamboa trabaja contra nosotros. En Bayona, las autoridades
del Gobierno cristino nos han tratado como criminales y desertores. El
subprefecto daba noticias a los carlistas de lo que hacía Muñagorri. Al cónsul
esto le parecía muy bien.
—Es que este Gobierno español y sus empleados son
de una incapacidad tan extraña, que llega a lo ridículo—dije yo.
—Parecen agentes de los carlistas. No nos favorecen
los liberales, y los carlistas nos odian. El general Iturbe, que estaba
comprometido, se ha puesto francamente en contra de la empresa. Los carlistas
han empleado toda clase de recursos contra nosotros. El canónigo Batanero ha
pedido para Muñagorri y su gente la excomunión. Necesitaríamos alguien que[124] consultara con los generales cristinos y nos
indicara sus intenciones.
—Yo no puedo hacer eso.
Le dije a Altuna que, pasadas un par de semanas,
tenía el proyecto de ir a San Sebastián para enterarme allá de qué pensaban los
generales de la Reina de la empresa de Paz y Fueros.
—Escríbanos usted con detalles el resultado de su
entrevista—me dijo él.
—Lo haré, no tenga usted cuidado.
Volvimos Altuna y yo al campamento de Muñagorri.
CANCIONES
Había concluído de comer Muñagorri con quince o
veinte de sus partidarios, y un viejo cantaba una canción en honor del caudillo
fuerista, que comenzaba así:
Carlos aguertu ezquero
Provinci auyetan,
Beti bici guerade
Neque ta penetan.
(Desde que Carlos ha aparecido en estas provincias,
nosotros vivimos siempre en la fatiga y en la pena. Se nos quita nuestros
bienes y nunca se nos da nada.)
Esta canción lacrimosa me pareció muy propia de una
empresa que marchaba tan mal.
Me despedí de Muñagorri y de Altuna y tomé a
caballo el camino de San Juan de Luz. Antes de llegar a Ascaín me encontré con
tres muchachos carlistas que habían estado quince días en el campamento de
Muñagorri y que pensaban volver de nuevo a España, al ejército de Don Carlos.
Uno era guipuzcoano, el otro navarro, y el otro francés. Se burlaban de
Muñagorri y de sus planes y me cantaron varias canciones contra él. El francés
llevaba un pito, con el que tocaba. El guipuzcoano cantó:
Estute aditzen soñu eder ori,
Saratican elduda gure Muñagorri.
Riau, riau, riau, cataplau.
Gure humoria,
Utzi al de batera,
Euscaldun gendia.
(¿No oís un hermoso sonido? De Sara ha salido
nuestro Muñagorri. Riau, riau, riau, cataplau, nuestro buen humor, dejad a un
lado, gente vasca.)
Después de esta canción cantó otra más burlona, que
empezaba diciendo:
Muñagorrien sarrera
Españiaco lurrera,
Legua guchi aurrera.
(La entrada de Muñagorri en el suelo español, pocas
leguas adentro.)
El navarro a su vez cantó:
Muñagorrien gendiac
Shutan ez dirade trebiac;
Billa litezque obiac
Seculan eztu
Gauz onic eguin.
Guizon gogoric gabiac
Gueyenac desertoriac:
Diru billa ateriac.
Aditu biarcodute beriac.
(La gente de Muñagorri no es muy lista para el
fuego; podría encontrarse fácilmente otra mejor. Nunca ha hecho cosa buena la
gente sin ganas: la mayoría desertores. Tendrán que oír lo suyo.)
Estas canciones, mucho mejor que las palabras de
Altuna, me indicaron que la empresa de Muñagorri marchaba muy mal.
XII.
NUEVA TERTULIA
Cuando llegué a Bayona a hacer la vida
ordinaria, me encontré con algunas ligeras novedades. Se había instalado en mi
mismo hotel González Arnao, que tenía su tertulia en su cuarto.
Solían ir a ella varios españoles, entre ellos,
Eugenio de Ochoa, hijo natural del abate Miñano. Ochoa era por entonces un
joven elegante, de veintitrés a veinticuatro años, muy emperifollado, muy culto
y que hablaba perfectamente el francés.
También solía ir un pintor muy malo, Augusto
Bertrand, entusiasta de lo más ñoño de la pintura francesa, ya de por sí un
tanto ñoña. Monsieur Bertrand era gran admirador de David, de Ingres, y sobre
todo de Greuze. Fuimos al estudio del señor Bertrand, que, cuando mostraba sus
cuadros, daba una lente grande, como si se tuviera que contemplar la fractura
de algún mineral o de algún pequeño insecto.
Otro de los contertulios fué el profesor
Teinturier.
Yo, a este hombre, no le entendía. Era republicano
radical, entusiasta de Barbes, de Blanqui y de Martín Bernard y de los que con
ellos preparaban la revolución en las sociedades secretas, y al mismo tiempo
tenía una predilección marcada por Racine y los clásicos antiguos. Sin duda
aspiraba a una revolución con formas clásicas. Esto para mí era difícil de
comprender. Yo me explico que los revolucionarios exaltados deseen la igualdad
absoluta, el comunismo y hasta la antropofagia, pero revolucionarios con versos
de Horacio y de Ra[127]cine, no me caben en la cabeza.
Para revolución con formas académicas, hemos tenido la Revolución Francesa, y
ya basta.
Teinturier, después de muchos rodeos, me pidió que
le presentase en casa de madama D'Aubignac. Le dije que hacía tiempo que no la
veía a esta señora, pero que en la primera ocasión le presentaría.
Cuando fuí a casa de Delfina y se lo dije a ella,
se opuso.
—De ninguna manera se le ocurra a usted traer a mi
casa a ese señor—me indicó.
No repliqué nada.
—La vista sólo de ese hombre me molesta—añadió—.
¡Tiene un tipo tan vulgar! ¡Unas manos tan ordinarias! ¡Unos pies tan grandes!
¡Luego mira de una manera tan descarada!
—No crea usted. Es más bien la timidez. Está muy
entusiasmado con usted.
—Pues, no; no le traiga usted aquí.
¡Pobre hombre!—pensé yo—. Para eso ha estudiado
tanto, para que no lo consideren ni siquiera a la altura de uno de estos
oficiales majaderos e insolentes que se lucen en los salones.
Siempre me ha chocado la poca comprensión que
tienen las mujeres por cierta clase de hombres. Estos tipos de hombres fuertes,
que se creen más fuertes de lo que son, que ven a la mujer como un producto
débil, más débil de lo que es en realidad, este hombre toro, que parece que
debía ser el ideal de la mujer femenina, lo es pocas veces, casi nunca.
CONVERSACIÓN CON DELFINA
Delfina me preguntó si le había vuelto a ver a
Stratford. Le dije que le había visto un momento.
—¿No le ha hablado a usted de mí?
—No.
—Estamos reñidos.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Y por qué?
—Yo le tengo cariño a Jorge, le tengo por un
caballero, por un hombre noble y bueno.
—Yo también.
—Yo desearía conservar con él una buena amistad,
pero él no se contenta con eso.
—El quisiera ser su amante.
—No.
—Pues entonces, ¿qué quiere?
—El quisiera que yo abandonara mi casa y fuéramos
juntos los dos a otro país.
—¿Y los hijos?
—El me decía que nos llevaríamos los hijos.
—¿Pero su marido de usted?
—A mí, ¿qué quiere usted? No me importa nada mi
marido, pero lo que no puedo sacrificar es mis hijos. Prefiero ser desgraciada.
Hablando del asunto llegué a comprender la
situación respectiva de Delfina y de Stratford. Ella le había dado a entender
la posibilidad de que él fuera su amante sin escándalo, lo que ocurría en
muchos hogares. El no aceptaba la solución. Nada de bajo adulterio, ocultándose
del marido. Afrontar la situación desde el principio y marcharse a otro país.
—Jorge es un corazón noble y yo le admiro ahora más
que antes—dijo Delfina.
Hablamos largamente y me pidió que la primera vez
que le viera a Stratford le sondeara acerca de sus intenciones.
Al despedirme de ella, Delfina me dijo:
—Cuento con su discreción, Leguía, ¿verdad?
—Una vez he podido ser imprudente, pero dos, no.
—Así lo espero. Además, aquello era una niñería.
Cuando salí a la calle, todo lo que se me había
ocurrido mientras hablaba con Delfina se lo dije al viento:
—Señora: usted es muy alambicada y muy cuca; quiere
usted religión y libertad de pensamiento exclusiva para usted, costumbres muy
severas y al mismo tiempo facilidad en las[129] pasiones;
ser muy honorable y tener un amante, tener un hombre enérgico y altivo y al
mismo tiempo que se doblegue a sus necesidades y a sus caprichos. Todo esto no
se encuentra mas que en Jauja o en el país de las Gangas. Yo no diré nada, pero
no seré tampoco el que intervenga en sus asuntos.
XIII.
VUELTA POR ESPAÑA
Como quería cumplir el encargo de Altuna y dar
informaciones precisas a don Eugenio, me preparé a ir a San Sebastián; pedí
pasaportes y cartas de recomendación a González Arnao, quien me recomendó al
coronel inglés Colquhoun.
Partí de Bayona para San Juan de Luz, fuí a Socoa y
salí en un pailebote que marchaba a San Sebastián. Llegué a la ciudad
donostiarra y me vi inmediatamente con Alzate y Orbegozo. Alzate me dijo que
con quien podría enterarme bien de las intenciones inglesas con respecto a
Muñagorri, sería hablando con el coronel Colquhoun, que estaba en aquel momento
en Ategorrieta. Seguramente la carta de González Arnao me serviría para llegar
a él. Respecto a los planes de los generales cristinos, él me daría una carta para
el general Jáuregui.
A la mañana siguiente tomé un coche y fuí a
Ategorrieta. Llevaba en aquel punto mucho tiempo acantonada la Legión inglesa.
A la entrada del barrio había un letrero con pintura negra en una pared:
Westminster Square, y en otra esquina ponía Constitution Hill (colina o cuesta
de la Constitución). Este segundo letrero duró mucho tiempo; yo lo vi quince
años después. Algunos supusieron que quedaba porque Hill, en vascuence, quiere
decir muerto, y los campesinos vascos, en su mayoría carlistas, al leer Constitution
Hill, suponían que decía Constitución muerta.
Al acercarme al barrio me detuvo un centinela, que
llamó[131] a un cabo, quien me condujo al Cuerpo de
guardia. Cerca había una fila de carros, caballos y cañones.
Entramos el cabo y yo en el Cuerpo de guardia
británico.
Los soldados ingleses, con sus casacas rojas, se
paseaban de arriba a abajo con las manos cruzadas en el pecho, silbando o
tarareando; otros, sentados en los bancos, cosían un botón o remendaban una
ropa vieja. En la pared estaban colocados los fusiles, y en medio había un
brasero lleno de tablas ardiendo. Había un olor fuerte a tabaco. Salió un
oficial, le pregunté por el coronel Colquhoun, y me indicó una casa próxima al
camino de Pasajes.
Aquellos ingleses me parecieron gente de buen
aspecto, a pesar de que tenían mala fama como soldados. Se decía que eran
vagabundos enrolados en los muelles y en las tabernas de Inglaterra; se añadía
que desertaban a la mejor ocasión a las filas liberales o carlistas; que
robaban en los pueblos, y que se emborrachaban siempre que podían.
A pesar de esto se habían batido como leones a las
órdenes del general Lacy-Evans en la batalla de Oriamendi.
En la casa que me indicaron como residencia del
coronel Colquhoun vi a un soldado inglés con su mujer y dos chicos en brazos.
Le pregunté si sabía si vivía allí el coronel, y me dijo que sí.
Colquhoun me recibió muy amablemente, pero me dijo
que no sabía nada; él influía con el comodoro lord John Hay para que no se
abandonara la empresa de Muñagorri, pero no conocía los planes del Gobierno
inglés.
Colquhoun me pareció un hombre amable y culto. Era
matemático e ingeniero, y por la presión de lord John se había metido a
politiquear y a intrigar, cosas para las cuales no tenía condiciones.
Volví a San Sebastián y fuí a Hernani, en donde me
dijeron que encontraría a Jáuregui. Efectivamente, le encontré; le di la carta
de Alzate, y me preguntó por mi tío Fermín, y nos hicimos muy amigos. Tenía él
que ir a Urnieta; le ofrecí mi coche; aceptó, y fuimos juntos.
Me dijo que O'Donnell y él pensaban hacer un
reconocimiento en Vera, y que le iba a ver en aquel momento al general para
ponerse de acuerdo en los detalles de la expedición.
—¿Cree usted que yo le podría hablar a
O'Donnell?—le pregunté a Jáuregui.
—¿Acerca de qué?
—Acerca de la actitud que piense tener con relación
a Muñagorri.
—No le contestará a usted nada.
—¿Está usted seguro?
—Segurísimo. O'Donnell es un hombre impasible,
impenetrable; le oirá a usted muy amablemente, le preguntará lo que usted
opina, le escuchará con mucha atención, y cuando usted intente averiguar lo que
cree él de esto o de lo otro, sonreirá y pasará a otro asunto. Además, esa
cuestión de Muñagorri es un punto que no le gusta tratar.
—Entonces no le preguntaré nada.
—¿Usted es de Vera?—me preguntó Jáuregui.
—Sí.
—¿Quiere usted venir al reconocimiento que vamos
hacer en su pueblo?
—Con mucho gusto.
—¿Dónde para usted?
Le di mis señas en San Sebastián.
—Bueno, yo le avisaré a usted.
Llegamos a Urnieta. Urnieta tenía todavía las
huellas de la batalla dada por O'Donnell el otoño pasado, que había costado el
incendio casi total del pueblo. Dejé a Jáuregui en una casa próxima a la
iglesia, y entré yo en una taberna, donde pedí una botella de sidra. En la
taberna había un hombre manco y tuerto, con una blusa larga, que llevaba un
montón de papeles bajo el brazo. Tenía el hombre aquel cierto aire de sacristán
y una voz un poco aguda. Hablamos.
—¿Viene usted aquí de paseo?—me preguntó.
—Sí; ¿y usted?
—Yo, por el comercio.
—¿Por qué comercio?
—Vendo canciones.
—¡Hombre! ¿A ver qué canciones tiene usted?
—Son canciones carlistas.
—Muy bien. Yo soy liberal, pero eso no me importa.
¡A ver, cante usted!
El manco empezó a cantar, con su voz aguda, una
canción sobre O'Donnell y la quema del pueblo, que empezaba así:
Orra nun den Urnieta,
Ez ta besteric pareta,
Malamentian erreta.
(Ahí está Urnieta, no quedan más que las paredes,
malamente quemadas.)
O'Donnell generala
Zubela aguintzen
Fanfarroi zebillen
Etchiac erretzen.
Solamente jauna ori
Ez da gaitz itzuzen,
Chapela galdu eta;
Hernani sartu zen.
(El general O'Donnell mandaba y andaba muy
fanfarrón quemando las casas. Solamente ese señor es difícil de asustar; perdió
el sombrero y entró en Hernani.)
Chapela galdu eta
Gañera saldiya,
Beste bat artu eta
Iguesi abiya,
Guezurra gabetanic
Esango det eguiya,
Traidoria da eta
Cobarde aundiya.
(Perdido el sombrero y además el caballo, tomando
otro para correr más deprisa, sin mentira diré la verdad, porque es traidor y
cobarde.)
Santo Tomás eguneco,
Amar terdiyetan,
Etsagon atseguin
Ategorrietan.[134]
Pechotican eztuta
Caqueguin galzetan.
Orra sein cobardiac
Dirade beltzetan.
(El día de Santo Tomás, a las diez y media, no
estaba muy tranquilo en Ategorrieta. Con el pecho oprimido y ensuciados los
calzones. Ahí se ve lo cobardes que son los negros.)
Luego, el manco cantó otras canciones que, a pesar
de ser primitivas y bárbaras y casi siempre incoherentes, no dejaban de tener
gracia. Una de ellas, contra los extranjeros, comenzaba así:
Francesac ta inglesac berriz
Cecen icusten dabiltz
Barrera gañetic irritz,
Arriya tira escua gorde
Eguindigute bost alditz,
Au consideratzen balitz.
Baliyoco luque aunitz
Buru gogorric ez balitz.
(Los franceses y los ingleses de nuevo están viendo
los toros desde la barrera, riéndose; tiran la piedra y esconden la mano; nos
lo han hecho muchas veces. Esto lo comprenderíamos muy bien si no tuviéramos la
cabeza tan dura.)
Este reconocimiento de la dureza de nuestra cabeza
vasca me hizo reír a carcajadas.
Después de la rabia contra los extranjeros venía el
rencor contra los castellanos y los hojalateros, que querían que continuara la
guerra:
Orien votoz necazariyac,
Pasabiarcodu dieta.
Erdealdunaren copeta.
Morralac ondo beteta.[135]
Guero iguesi lasterta.
(Por el voto de esos, los trabajadores tendrán que
vivir a dieta. ¡Qué tupé el de los forasteros! Llenan bien el morral y luego
echan a correr.)
Después de estas imprecaciones y cóleras el manco
cantó una canción filosófica que comenzaba así:
Aurten eztegu izango
Fortuna charra;
Bici galdu ezquero,
Acabo guerra.
(Este año no tendremos mala fortuna; perdiendo la
vida, se acabó la guerra.)
Le compré al cantor varias de sus canciones y volví
a San Sebastián, y esperé a que me avisara Jáuregui para ir a Vera. En tanto,
pedí a Bayona un libro que había comprado meses antes, que se titulaba Campañas
de 1813 y de 1814 sobre el Ebro, los Pirineos y el Garona, por
Eduardo Lapene. Cuando me lo mandaron leí la parte que hablaba de combates
entre franceses y aliados en el Bidasoa y en las proximidades de Vera.
Aquellos días de lluvia charlé bastante con el
antiguo amigo de Aviraneta, el cabo de chapelgorris, Juan Larrumbide, Ganisch,
en la taberna del Globulillo, de la calle del Puerto de San Sebastián, quien me
dijo que iba a ir también en la expedición a Vera.
El día primero de abril me avisó Jáuregui y fuimos
a Oyarzun.
A mí me dieron un hermoso caballo, y, como llevaba
un magnífico impermeable y un sombrero también impermeable, llegué sin mojarme
a Oyarzun.
Ganisch, que conocía todos los rincones de la
provincia, me llevó a un caserío de Arichulegui, donde comimos admirablemente y
donde dormimos igualmente bien.
Por la mañana, nos levantamos, y, a la hora de la
diana, tomé yo mi caballo, y, con mi impermeable y mi sombrero de hule, seguí a
la comitiva de Jáuregui. Nos encaminamos hacia la peña de Aya, pasamos por la
ermita y la ferrería de San Antón, por el mismo camino por donde fueron las
tropas de Wéllington y donde murieron despeñados muchos soldados y oficiales
ingleses. A media tarde llegamos a los montes próximos a Vera, y allí se
acampó.
Ganisch me llevó al barrio de Zalaín, próximo al
Bidasoa, al caserío del cabecilla Gamio.
Gamio fué el capitán de una partida liberal que, en
una correría a Zugarramurdi, mató al coronel carlista don Rafael Ibarrola. Al
volver de la expedición, el mismo día, Gamio fué visto por una patrulla
carlista cuando descansaba, a la puerta de un caserío, con sus partidarios, y
le soltaron una descarga cerrada y lo mataron. En Vera se había confundido el
hecho y se creía que la muerte de Ibarrola era debida a mi tío Fermín Leguía,
que por entonces estaba en Cuenca.
Me recibieron muy bien en el caserío de Gamio, el
hijo y las hijas del partidario liberal. Cenamos espléndidamente, y tuvimos
baile después de cenar. Por la mañana me presenté en una chavola de Alcayaga,
en donde estaban reunidos Jáuregui, O'Donnell y otros jefes.
—¿Qué ha hecho usted?—me preguntó Jáuregui.
Le conté cómo había pasado la noche.
—Es usted un hombre de suerte.
No acababa de decir esto cuando una granada dió en
la puerta de la chavola y la hizo polvo, y uno de los cascos pasó por encima de
mi cabeza.
Nada; no tenía duda. Era un hombre de suerte.
Los carlistas sabían ya dónde estaban los generales
enemigos, y disparaban allí.
Salimos fuera; O'Donnell, Jáuregui y los oficiales
del Estado Mayor montaron a caballo, y yo hice lo mismo, y lucí mi impermeable
y mi sombrero de hule.
El tiempo estaba malo: llovía y venteaba.
El Bidasoa venía muy crecido.
—Vamos a ver—me dijo Jáuregui—, ¿cómo pasaremos
mejor el río?
—¡Supongo que no querrán ustedes forzar el puente!
—No.
—El hacerlo costó mil bajas a los franceses en 1813
y la pérdida del general Vander-Maesen, que murió aquí.
—¡Tantas bajas hubo!—exclamó Jáuregui—. No lo
sabía. Por entonces, yo estaba herido en Cestona; por eso no pude tomar parte
en la batalla de San Marcial.
—Por lo que he leído, si no murió más gente
francesa fué porque un jefe del batallón, Lunel, se colocó en esta orilla y
cañoneó esas dos casas de enfrente y el fuerte de ese alto, llamado Casherna.
—Es curioso. Desechada la idea de forzar el puente
hay que intentar atravesar el río por otro lado. ¿Por dónde le parece a usted
mejor?
—Por aquí, aguas arriba, se puede ir hasta el
puente de Lesaca, por donde pasaron los ingleses de Wéllington en 1813. El
puente quizá esté fortificado por los carlistas.
—Sí.
—¿Y el de Endarlaza?
—Lo mismo.
—Entonces, creo que lo mejor es que algunos de sus
hombres vayan a Zalaín, saquen la barca, que quizá la tengan escondida los
campesinos, y vayan pasando y fortificándose en la otra orilla.
Jáuregui conferenció con O'Donnell; decidieron esto
y fué marchando hacia Zalaín un grupo y después una compañía de chapelgorris,
que cruzó luego el río.
La situación respectiva de carlistas y liberales
era ésta; ellos tenían algunas fuerzas en el pueblo, varios tiradores en dos
casas situadas no muy lejos del puente, una de ellas llamada Dorrea, y otra que
era una antigua hospedería de peregrinos de Roncesvalles; tenían fortificado el
puente, unas compañías en un fortín de un alto llamado Casherna y patrullas en
el monte de Santa Bárbara. Los nuestros estaban en un barrio de Lesaca, de
nombre Alcayaga, y diseminados por el monte Baldrún y por la orilla del río.
Para distraer a los carlistas se hizo un simulacro
de atacar el puente y se enviaron varias compañías hacia Lesaca. Se cambiaron
cañonazos de un lado y de otro y, al medio[138]día, los
chapelgorris se apoderaron de las primeras casas del pueblo.
Entonces empezaron a pasar más soldados por la
barca de Zalaín y comenzaron a aparecer y avanzar por la orilla del río. Los
tiradores de las dos casas, Dorrea y la hospedería de peregrinos, se opusieron
a su avance; las cañones de O'Donnell bombardearon las casas hasta que las
desalojaron.
Al ocupar las dos casas próximas al río los
liberales, los tiradores carlistas del puente se vieron mal y lo abandonaron.
El puente estaba libre de enemigos, pero lleno de obstáculos, y los que fueran
a quitarlos se exponían a ser cazados.
Entonces los soldados de Jáuregui cogieron dos
carros con hierba y los fueron llevando por el puente, y, avanzando detrás,
quitaron los obstáculos, y los nuestros comenzaron a pasar y a marchar al
pueblo.
Un grupo de veintitantos carlistas, al mando de un
sargento, quedó rodeado en la plaza por los chapelgorris y los soldados
cristinos, y los veintitantos subieron a la torre de la iglesia y se
fortificaron allí. Por la noche bajaron de la torre con una cuerda y se
escaparon.
Al anochecer, Ganisch y yo y un liberal del pueblo,
al que llamaban Laubeguicoa, fuimos a una posada de Illecueta y cenamos con
unos carlistas; pasamos parte de la noche cantando, y dormimos muy bien.
Por la mañana volvimos a la plaza de Vera. Le conté
a Jáuregui dónde habíamos estado, lo que le siguió pareciendo un exceso de
suerte.
Al día siguiente de entrar en el pueblo los
liberales, tenían las casas, la iglesia y el calvario; los carlistas estaban en
un alto enfrente de Vera, en un fuerte, con un cañón que lo disparaban a cada
paso. Lo que me hizo gracia es que los cornetas del fuerte carlista, de cuando
en cuando, tocaban la jota navarra, como para demostrarnos a nosotros que no
nos temían.
Yo le dije a Ganisch que alguno de nuestros
chapelgorris tocara con la corneta Andre Madalen y Ay
ay, mutilla.
Los carlistas, como ofendidos al oír nuestra
música, dejaron de tocar la jota.
Yo me acerqué varias veces, a caballo, con mi
esclavina[139] y mi sombrero de copa, al reducto de
Casherna, y oí silbar las balas cerca de mi cabeza.
En dos días, a fuerza de zambombazos, quedó
desmontado el cañón enemigo, desmoronado el fortín, y los carlistas abandonaron
los alrededores de Vera.
Toda esta acción, en mi pueblo, no me pareció muy
diferente de una pedrea de chicos. Al menos, en ingenio, no había gran
superioridad de los militares profesionales sobre los chicos. La única
superioridad que se podía encontrar era que en esta lucha de soldados había
muertos de verdad; hombres con el pecho agujereado y las piernas rotas.
Pensé varias veces, aunque, naturalmente, no me
atrevía a decírselo a nadie, que esto de la guerra, como ciencia, es una
verdadera tontería; yo creo que la guerra es una cosa instintiva; así se
comprende que un cura, o un maestro de escuela, metido a guerrillero, pueda
tener en jaque a cualquier general: que un moro desharrapado haga maniobrar a
su gente como el más perfecto táctico.
El 5 de abril, O'Donnell y Jáuregui se dispusieron
a volver a sus campamentos; yo me uní a unas tropas francesas que habían
avanzado desde el lado de Oleta a Vera, y fuí con ellas hasta la frontera, y
luego, solo, a San Juan de Luz.
La acción a la que había asistido me pareció poca
cosa y me afirmé en la idea de que si alguna vez tenía que tomar parte en la
guerra, no sentiría el menor miedo. Mi dandysmo estaba por encima del peligro
de las balas.
TERCERA PARTE
NUEVOS CONOCIMIENTOS
EN SAINT-MORITZ
Cada nueva parte de mi libro la voy
escribiendo en distintos lugares. Ahora he venido a Saint-Moritz, sitio de
moda, por el que tenía alguna curiosidad, pero pienso pasar poco tiempo. Este
hotel, grande como un cuartel, con tanto millonario, me ha dejado espantado.
El enorme edificio está lleno de judíos, de
americanos, de japoneses, casados con francesas e inglesas, y hasta de chinos.
¡Qué decadencia la de nuestro continente! Por todas
partes no se ven mas que amarillos, negros y achocolatados. ¡Qué pisto! Dentro
de algunos años, en Europa no quedará un europeo de verdad: todos serán
mestizos y habrá una extraña mezcla de sangre de todas partes.
Entonces, esta vieja Europa, que no tiene ya
ideales, no tendrá tampoco razas un poco limpias, y la común basura humana será
el patrimonio de sus ciudades y de sus campos.
La contemplación de la naturaleza no me compensa
del desagradable espectáculo de esta jaula de micos que me parece el hotel.
Es curioso el poco entusiasmo que siento por la
naturaleza alpina. Acostumbrado al país vasco, con sus montes pequeños y
claros, estas enormes montañas me cansan, me abruman, me parecen extrahumanas y
casi desagradables.
El resplandor de las manchas de nieve en los
montes, como trozos de porcelana sobre el cielo azul, me hace daño a la vista.
Esta naturaleza grandiosa no la encuentro
atrayente. Es una naturaleza de aire cósmico, nada humanizada, monótona de[142] de color, que se ofrece, como una virgen
selvática, al hombre joven y fuerte, y que desdeña la debilidad y el cansancio.
Creo que el artista no debe encontrar grandes
inspiraciones en estos paisajes, que son para el turismo y la fotografía más
que para la literatura y el arte.
Me dicen que aquí puede haber una inspiración de
algo grandioso y colosal. Yo cada vez tengo más antipatía por lo grandioso y
por lo colosal. No creo en nada colosal. El hombre es, como decía el filósofo
griego, la medida de todas las cosas. Lo que pasa de nuestra medida no es nada,
al menos para nosotros.
Yo me contento con lo que abarca la medida humana;
creo que hay en sus límites materia bastante con que llenar el corazón y la
cabeza de un hombre, y no aspiro a más.
I.
PARÍS Y MADRID
A la primera ocasión que tuve fuí a París.
El París de entonces no era el de ahora, este París
enorme, cortado por grandes avenidas con árboles. Era todavía un pueblo de
calles estrechas, misterioso, en donde todo parecía posible. No había este
cuadriculado policíaco actual de la vida, que hace en una inmensa ciudad como
París, Londres o Berlín, se conozca a la gente casa por casa y cuarto por
cuarto.
Eugenio de Ochoa me sirvió de cicerone; pero me
enseñó, sobre todo, aquello que le podía dar lustre a él. Al cabo de quince
días volví a Bayona.
Muy poco tiempo después, al comienzo de la
primavera, don Eugenio me escribió diciéndome que sería conveniente que fuese a
Madrid.
Me alegré mucho; tenía curiosidad de ver algo del
interior de España.
Me ofrecí a mis amigos y conocidos bayoneses por si
querían algo para Madrid. Gamboa me dió un paquete para que lo entregara al
secretario del infante don Francisco, el brigadier Rosales, y dos cartas: una
para don Ramón Gil de la Cuadra, y otra para don Martín de los Heros, políticos
amigos suyos.
Eugenio de Ochoa me dió también una carta de
presentación, para Usoz del Río.
A mediados de mayo marché a Santander, en barco, y
de Santander, con grandes dificultades, a Madrid. Ya en el viaje me chocó la
confusión y el desorden que había en todo, y me[144] asombró,
al entrar en Castilla, la cantidad de páramos y de desiertos que atravesamos.
Don Eugenio me esperaba en la Aduana, a la bajada
de la diligencia, y me llevó a una casa de huéspedes de la calle del Lobo,
donde vivía él.
Verdaderamente, Madrid me pareció feo y
destartalado. La Puerta del Sol era una encrucijada sin importancia; todo lo
encontraba muy polvoriento y descuidado.
—La verdad es que esto, al lado de París—le dije a
don Eugenio—, parece poca cosa.
—¡Ah! ¿Tú también vas a ser de esos imbéciles que
porque han estado unos días en París creen que han de despreciarlo todo?
Me callé, dispuesto a hacer las observaciones para
adentro.
No es que yo despreciara Madrid, al revés; para mí,
naturalmente, era más interesante que París, porque en París no podía ver nada
mas que paredes y calles, y en Madrid hablaba con gentes de cosas que me
interesaban. Cierto que entonces todavía tenía ese pobre entusiasmo de admirar
una calle ancha y recta, o un monumento muy grande, como si por eso fuera uno
más feliz; pero, aun a pesar de eso, como español, Madrid me interesaba más que
París.
Yo comprendía claramente que ante la vida europea
los españoles éramos muy poca cosa, que no pesábamos apenas nada. Madrid no
llegaba a ser mas que un barrio pobre de París.
¡Y la gente! ¡Qué mal aspecto! ¡Qué aire de
miseria, de mala alimentación!
—Esta pobre España tan enteca, tan mal dotada,
¿cómo ha podido hacer tanta cosa?—me preguntaba yo—. Ha sido el brío, la
confianza, la ilusión, la que ha hecho levantarse estos Escoriales en medio de
nuestros páramos. Hemos sido arquitectos con cañas, hemos construído sin
medios; así ha resultado todo tan inconsistente.
En el tiempo en que yo he vivido, y sin ofrecer la
historia española un interés universal, ¡qué tipos ha tenido nuestra época!,
¡qué fuerza y qué gallardía! Mina, el Empecinado, Zurbano, Zumalacárregui, don
Diego León... Si hubiera habido entre nosotros un poeta, estos hombres hubiesen
llegado a[145] ser universales, no por su
ideología, que era seguramente mísera, sino por su brío y su prestancia. Yo en
Madrid disentía un tanto de la opinión de las gentes; me hablaban mal del clima
de la corte, que a mí me parecía magnífico, y me elogiaban cosas que yo no
encontraba tan admirables. La Puerta del Sol, este pequeño foro, con sus
militares, sus intrigantes, sus cesantes, sus rateros, sus mozos de cuerda, sus
desharrapados políticos, sus sablistas y sus aguadores; todos estos grupos de
hombres harapientos, con manta y calañés, y de señores con capa y sombrero de
copa; las manolas de rumbo que pasaban a pie o se mostraban en las calesas; los
chicos que corrían descalzos, vendiendo papeles y hojas volantes; toda esta
gusanera revolviéndose al aire me interesaba mucho.
Paseé en el Prado con sus lechuguinos, sus damas
aristocráticas, sus jóvenes oficiales; vi a la Reina Madre con Muñoz en su
landó, y a la Reina niña, en un coche, tirado por seis mulas grises.
Pasé el tiempo en los cafés obscuros, llenos de
humo, con los espejos manchados por las moscas, los divanes, que olían a
terciopelo arratonado; los mozos, que servían de mala gana; frecuenté la
Fontana de Oro, la Cruz de Malta, el Café Nuevo, el de Venecia, el de San
Sebastián; y vi en ellos tipos de todas clases, militares de las varias guerras
españolas de la Península y de las Colonias, exclaustrados, masones, etc., etc.
Leí El Guirigay y El Fray Gerundio, y los folletos
anónimos y los papeles que corrían de mano en mano.
Estuve también en los toros a ver a Paquiro Montes,
y hablé con él un momento en el Café Nuevo.
Pasaba poco tiempo en la casa de huéspedes. Tenía
en ella un cuarto bastante grande, blanqueado, un tanto obscuro, con una cama
de madera, y en las paredes, estampas de Atala y de los Incas, con la leyenda
en castellano y en francés. Siendo el cuarto tan triste y estando la calle tan
alegre, ¿cómo quedarse en casa? La misma reflexión debían hacerse la mayoría de
los madrileños, a juzgar por la gente que andaba por las calles.
Por la mañana, el criado que cepillaba las botas me
despertaba cantando canciones liberales:
Guerra, guerra a muerte,
a tiranos y a esclavos,
o aquello de
Viva, viva, viva,
viva la nación;
viva eternamente
la Constitución.
El oír estos guerras o estos vivas era
señal de que había que levantarse. Efectivamente, me levantaba, y ya no volvía
a casa hasta la hora de comer, si no comía fuera.
Hice mis visitas.
Primeramente fuí a ver a los amigos de Gamboa, don
Martín de los Heros y don Ramón Gil de la Cuadra.
Estos dos señores, los dos vizcaínos, de Valmaseda,
vivían en la misma casa de la calle de Cantarranas, hoy Lope de Vega, donde
también había vivido Argüelles. La casa era un antro de progresismo. En la
visita a Gil de la Cuadra tuve el maligno placer de hacerle hablar de
Aviraneta, diciéndole que Gamboa había estado muy preocupado con la estancia de
don Eugenio en Francia.
Gil de la Cuadra habló pestes de Aviraneta: dijo
que era un miserable intrigante, traidor a la masonería, difamador, enemigo de
todas las personas sensatas, y a quien debían poner a la sombra. Noté que no
podía decir contra don Eugenio nada en concreto.
También visité a Usoz del Río, a quien encontré en
compañía de don José Somoza. Los dos eran tipos raros y extravagantes. Somoza
tenía la preocupación de la metempsícosis, y Usoz, la del protestantismo.
A Usoz le volví a ver años después en San
Sebastián, de vuelta de Inglaterra, ya declaradamente cuáquero.
Usoz no era, como dice Menéndez Pelayo, en Los
Heterodoxos, nacido en Madrid, sino americano, de familia navarra. El no me
lo dijo, porque no hablaba nunca de sí mismo, pero encontré su filiación en las
notas policíacas del Livre Noir de Delaveau y Franchet, hechas en
tiempo de Carlos X. La pri[147]mera vez que le vi, Usoz
estaba preparando un viaje a Londres. Usoz me presentó al escritor inglés
Borrow, y me llevó a casa del embajador de Inglaterra en Madrid, sir Jorge
Villiers; luego, lord Clarendon, hombre que tenía por entonces una gran
importancia en la política española.
Fuí también a casa del infante don Francisco, y
hablé con su secretario, el brigadier Rosales. Este me preguntó mucho acerca de
lo que se decía en Bayona.
De pronto el brigadier me dijo:
—El otro día le vi a usted en el café hablando con
un sujeto que se llama Aviraneta. ¿Le conoce usted?
—De vista, nada más.
—Pues tenga usted cuidado con él. Es el mayor
revolucionario de España, hombre muy peligroso. Su alteza real el infante don
Francisco y yo le conocemos mucho, por desgracia.
Estando hablando con Rosales vino el general
Minuissir, y me presentaron a él. Yo tenía curiosidad por este hombre, y le
pregunté algo acerca de las conspiraciones del tiempo de Fernando VII.
Minuissir no quiso hablar; ya no tenía ningún
entusiasmo por los revolucionarios. Pocos años después, cuando el proceso de
don Diego León, Minuissir fué fiscal de la causa, y se habló mal de él por
haber pedido con energía la muerte del reo. Se dijo que había exagerado el
servilismo con Espartero; que era hijo de un cocinero italiano, y que cuando,
como premio a su sumisión, le pidió a San Miguel la faja de general, éste le
dijo: Sería una faja manchada de sangre.
Cuando le conté a don Eugenio mi visita a Rosales,
se rió:
—¿Así que Rosales dice que yo soy hombre peligroso?
Más peligroso ha sido él para mí, que me ha propuesto varias veces conspirar a
favor del infante don Francisco.
—¿Es hombre revolucionario ese militar?
—Sí; si los demás hacen revoluciones en beneficio
de su amo y de él, es revolucionario. El es un cobarde, un tumbón. Le conocí en
Ciudad Rodrigo, en 1823. Estaba allí de comandante sin mando. Mientras nosotros
nos rompíamos la crisma por aquellos vericuetos, él se entregó en seguida que
llegaron los absolutistas.
Hablé con otras personas, y me presentaron en un
salón de[148] la buena sociedad. Habiendo vivido en
un medio pequeño, como Bayona, con tantas precauciones, al llegar a un medio
grande, como Madrid, en donde podía hablar a mis anchas, me encontraba como los
soldados romanos, a quienes después de haberles obligado a andar con sandalias
de plomo les dejaban correr libremente los días de batalla.
Acostumbrado a la ficción constante, no me costaba
ningún trabajo mentir.
La frase de Talleyrand, o de quien sea, de que la
palabra es un medio de ocultar el pensamiento, era uno de mis dogmas. Llegué
hasta saber fingir la confusión de una manera perfecta.
II.
LOS AGENTES SECRETOS
—Te he dejado que veas Madrid durante unas
cuantas semanas—me dijo Aviraneta—y que hables con la gente, porque no tenemos
prisa. Por ahora no podemos dar un golpe decisivo; pero preparamos nuestras
baterías. El ministro que me envió a Bayona no está en el poder, y trabajamos
con el dinero de María Cristina.
—Yo, por mi parte—le dije—, tengo para vivir.
Etchegaray y Leguía van viento en popa.
—Ya lo sé, y me alegro mucho.
—La parte de Etchegaray será para usted.
—No, no, ¿para qué? Tú has creado eso y debe ser
para ti. Yo no necesito dinero: vivo con cualquier cosa. Vamos a nuestro
asunto. Ha llegado el momento de que te ponga al corriente de la parte secreta
de mis trabajos. En este mes de marzo pasado se han reunido gran número de
batallones en Estella, y por el motivo de la falta de pagas se han sublevado.
Ha acudido el mismo Don Carlos a sosegar el motín; ha exhortado a los rebeldes
a que volviesen a la disciplina, y les ha prometido que les pagará parte de lo que
les debe. No se han conformado ellos sólo con la promesa; y viendo Don Carlos
el asunto más grave de lo que parecía al principio, se ha retirado. Entonces
algunos sargentos han empezado a pedir la destitución de Don Carlos; pero la
mayoría se ha asustado de su propia audacia, y el movimiento se ha sosegado por
sí solo. ¿Conocíais esto en Bayona?
[150]—Sí; se ha hablado de este motín de Estella; pero
no se ha dicho nada de que se pidiera la destitución de Don Carlos.
—Pues se ha pedido. Esta iniciativa no era
completamente espontánea, porque dentro de las filas carlistas contamos
nosotros con alguno que otro agente que, cuando vuelvas a Bayona, tendrás
ocasión de conocer.
—Muy bien.
—Ahora tu acción se limitará a esto: a asegurar en
todas partes, en Bayona, que los carlistas están muy descontentos de las
Expediciones reales; que consideran a Don Carlos completamente inepto, y que
creen que sería mucho mejor que el infante don Sebastián fuera proclamado rey.
—Esto hará algún efecto; pero no creo que mucho,
porque todos los días hay versiones de esa especie.
—De todas maneras, tú repítelo.
—¿No hay que hacer más que eso?
—Luego recibirás a los agentes nuestros, a quienes
irás citando en distintos sitios por los nombres y señas que yo te daré, y
harás una minuta clara con todos los detalles posibles de lo que te diga cada
uno de ellos. No importa que te repitas. Cuantos más detalles, mejor. Hecha la
minuta se la leerás al agente; luego la escribirás con tinta simpática, y si
hay una parte importante de nombres y de señas la envías por separado y empleas
la plantilla número uno.
—Está bien. ¿Usted no va a ir Bayona?
—Por ahora, no. Ya veremos cuándo. Si fuera allí,
los carlistas y Gamboa pondrían en juego todas sus intrigas para expulsarme.
Pita Pizarro ha querido que yo nombrase cónsul a algún amigo mío.
—¿Y por qué no le nombran a usted mismo?
—Eso produciría un escándalo y no adelantaríamos
nada.
—Bueno, ¿qué más?
—Conviene también que vayas a San Sebastián; que
veas a mi primo Alzate, y que éste envíe un confidente a Azcoitia, para que le
diga en qué condiciones vive Don Carlos, en qué casa, con qué servidumbre, qué
guardia tiene, etc., etc.
—Entendido.
INFORMES
—Ahora te voy a dar algunos informes de nuestros
agentes, que son S, T, U, V, X y Z.
—Estamos enterados.
—Yo no bromeo cuando hablo de cosas serias. Vete
tomando notas. S, es Iturri, posadero y comerciante de la calle de los Vascos.
—Lo conozco.
—Es navarro, buena persona, liberal por convicción,
y trabaja por que se acabe la guerra con entusiasmo. Te puedes fiar de él. Es
hombre de conciencia.
—Eso mismo pienso yo.
—La T es Luci Belz.
—Por un poco Lucifer.
—Y por tan poco, porque es mala como un diablo.
Luci está empleada en el hotel del Comercio de Bayona. Escucha todo cuanto se
habla allí. Es francesa, y lo mismo le da por los carlistas que por los
liberales. Es solterona, y más fea que Picio. El medio de hacerla trabajar con
entusiasmo es mirarla lánguidamente y decirla que es muy simpática.
—Muy bien. La miraremos con languidez.
—La U es la Falcón; ya la conoces. No tienes mas
que decirla que yo te he encargado de hacer una minuta, y ella en la trastienda
te la dictará. La Falcón te citará el día que quieras a Luci Belz, que irá
probablemente a la tienda de antigüedades a hablar contigo.
—Bueno.
—La V es Valdés, un Valdés que llaman de los gatos;
¿tú no habrás oído hablar nunca de él?
—No.
—Valdés es un elegante, un petimetre de hace años,
que unas veces está en París y otras en el ejército carlista. Manuel Valdés
hace quince o diez y seis años era un buen mozo: alto, guapo, moreno. Quiso ser
de la Escolta Real, y no le aceptaron por su liberalismo. Entre los años 20 a
23, Valdés fué un dandy madrileño. Era de los que usaban
monóculo y de los[152] primeros en poner en la
Corte la moda de los sombreros blancos y las levitas verde lechuga con cuello
de terciopelo. Este lechuguino tomó parte en la jornada del siete de julio,
formando parte del Batallón Sagrado. Se cuenta que por entonces estaba en un
salón presumiendo, cuando entró el gato de la casa; un gato de Angora muy
lucido.—¡Qué hermoso es! ¡Qué elegante!—dijo alguno—. Es el Manolo Valdés de
los gatos—replicó el mismo Valdés—. Desde entonces a Manolo le quedó el nombre
de Valdés de los gatos. En el faubourg Saint-Germain le
llaman le beau Valdés. Al entrar los franceses de Angulema, la
gente baja de Madrid estuvo a punto de matar a Valdés, y el hombre se hizo
absolutista. Ahora es públicamente carlista y privadamente agente secreto de
María Cristina.
—Es una fórmula individual como otra cualquiera.
—Este Valdés tiene que ir con frecuencia a Bayona.
Te irá a ver. Quizá te cuente algo curioso. Se le mandarán tus señas a la casa
en donde vive en París.
—Vamos con la letra X.
—Vamos con ella. La X es Pedro Martínez López, un
señor que escribió un folleto contra María Cristina por encargo de su hermana
la Infanta Luisa Carlota.
—¿Y le paga el Gobierno de la Reina?
—Sí; quizá pudo poner en su libelo mucho más de lo
que puso. Este Martínez López, para mí, es un tío antipático e inútil. Es
burgalés, de Villahoz; se ocupa de cuestiones filológicas y agrícolas, y está
liado con una corredora que va a casa de la Falcón, la Hidalgo.
—La conozco.
—Martínez López no creo que te diga nada
interesante; chismografía nada más. Se le puede avisar por la imprenta de
Lamaignere.
—De la calle de Bourg-Neuf; la conozco también.
—La Y es Bertache, un hombre de cuidado que te lo
recomiendo. Bertache es un sargento carlista, joven, llamado Luis Arreche, de
la casa Bertache de Almandoz. Este Bertache es casi un bandido. Tiene una
querida, Gabriela la Roncalesa, que es una muchacha contrabandista a quien hace
andar de aquí para allá. Iturri, el fondista de Bayona, sabe el modo de avisar
a Bertache.
LA LETRA Z
—Por último, la letra Z de que te hablaron a ti en
San Sebastián y te dijeron que indicaba el nombre de un francés, es José García
Orejón, teniente en las filas de Don Carlos. Orejón ha sido caballista, es muy
listo, muy cuco y muy desconfiado. García Orejón fué enviado por la misma Reina
Gobernadora al cuartel general hace años, y aparece allí como furibundo
carlista. Orejón tiene también relaciones con Gamboa.
El fué el que me dió a mí, cuando estuve en Bayona,
escrito en cifra y con tinta simpática, el plan de la Expedición Real, que se
ha realizado después. Con él combiné yo también la manera de sublevar las
provincias Vascongadas y Navarra, en ausencia de Don Carlos y de sus tropas,
aprovechando el cansancio de los pueblos; proyecto que, por falta de medios, no
se ha podido realizar. Para avisar a Orejón dejarás una nota en un comercio de
vinos de Saint-Esprit, de la calle de Santa Catalina, de un tal Artigues. De
cuanto te digo no hay que hablar nada a nadie.
—Descuide usted.
—A estas gentes, únicamente conocen por referencias
la reina Cristina, el ministro Pita Pizarro, el subdelegado de policía, don
Canuto Aguado, tú y yo. No hay para qué recomendarte la discreción. Cualquier
dato que te arranquen te puede perjudicar. ¿Te acuerdas que en San Sebastián te
dijeron que yo había ido a Bayona con un extranjero cuya inicial era una Z? La
causa de esto fué que Pita Pizarro tuvo que poner en conocimiento del ministro
Calatrava, en pleno consejo, la misión que yo iba a desempeñar en Francia, y
revelar el nombre del agente con quien me iba a entender, y le mostró una de
sus cartas, escrita con tinta simpática y con la firma Z. El mismo día,
seguramente Calatrava hablaba en la logia, e inmediatamente se comunicaba la
noticia a San Sebastián. Actualmente, en España tenemos dos clases de policías,
sin contar con la del Gobierno, que es la oficial y la que vale menos: una es
la de los apostólicos, jesuítas, clericales, como se quiera llamarlos, y la
otra, la de los masones. La una y la otra son[154] policías
espontáneas, y, por lo mismo, más activas. Así, claro, nosotros estamos entre
dos fuegos. Por esto hay que tener más cuidado y tomar más precauciones. Esto
es como el juego del mus: se gana la partida fingiendo y engañando. Así, que ya
sabes: la cuestión es no soltar prenda. Oír, callar y mostrarse impenetrable.
—No tenga usted miedo; he hecho el aprendizaje.
—Todas las minutas me las mandas por la estafeta
del consulado inglés.
Había hecho unas notas con las recomendaciones de
Aviraneta. Se las repetí, y dió su visto bueno.
III.
LA REINA
Al día siguiente, don Eugenio me dijo que
teníamos que ir al Ministerio de Estado a ver una persona importante.
Tomamos un coche, llegamos a Palacio, subimos
varias escaleras, cruzamos dos pasillos, guardados por alabarderos, y entramos
en un salón con la bóveda pintada, donde había, entre varios palaciegos y
militares, una señora gruesa, vestida de blanco.
—¡Pero es la Reina!—exclamé yo, asombrado.
—Señora—exclamó Aviraneta inclinándose
ligeramente—: aquí le traigo a este joven amigo mío y paisano, que va a llevar
una misión difícil a Bayona, de la que yo le garantizo a Su Majestad que saldrá
triunfante.
—¿No le habías dicho que ibas a traerle
aquí?—preguntó la Reina.
—No; y, sin embargo, como ve Vuestra Majestad, no
se ha confundido.
—Es cierto.
—No es cierto, señora. Estoy confundido de la
bondad de Su Majestad para conmigo—dije yo.
—Nuestro amigo Aviraneta, ¿te ha explicado bien lo
que debes hacer?—me preguntó la Reina.
—Sí, señora.
—¿Lo has comprendido bien?
—Creo que sí, señora.
—¿Estás dispuesto a trabajar con entusiasmo y con
fe?
—Todo lo poco que pueda hacer yo por la causa de Su
Majestad y de su augusta hija lo haré con toda mi alma.
—¿Cómo te llamas?
—Pedro Leguía.
—Está bien. Está bien. No me olvidaré de ti. Tengo
confianza en tu triunfo. Cuando cumplas tu misión, ven a verme. ¡Adiós!
La Reina Gobernadora me alargó la mano, que yo besé
respetuosamente, y Aviraneta y yo salimos del salón.
—Veo que tienes pasta de cortesano—dijo Aviraneta—;
tú marcharás más de prisa que yo.
—¿Por qué dice usted eso?
—El ambiente de Palacio no te marea. A mí me marea
y me repugna.
IV.
AQUEL MADRID
Llevaba un mes en Madrid y tenía que dejarlo,
y sentía pena.
Aquel Madrid de mi tiempo tenía mucho atractivo, un
gran encanto para nosotros los españoles.
Hay pueblos y paisajes que son como el pan, que
gustan a todos; otros, en cambio, se parecen a la cerveza, en que hay que
acostumbrarse primero para tomarles el gusto.
Madrid era de estos últimos. No tenía, ni tiene
seguramente la teatralidad de Sevilla y de Granada, ni el encanto que forma la
base del turismo de París, Roma, Venecia, Nápoles o Constantinopla.
La gracia del Madrid de entonces era una gracia
particular, limitada, y exigía en el espectador un particularismo. Ni el
americano del Sur, con su petulancia y su avidez, que le dan sus gotas de
sangre de negro; ni el norteamericano, con su sequedad y su barbarie; ni el
francés repleto de frases, ni el alemán repleto de datos, podían sentir y
apreciar esta gracia de aquel pueblo polvoriento y destartalado. Tenía que ser
un español, probablemente no castellano, un poco culto, sin serlo mucho, un
poco artista, sin serlo demasiado, para gustar del encanto de esta ciudad, un
tanto absurda.
Madrid era y quizá es un pueblo para gente vieja
que comprende que hay que tomar de las cosas poco: de ese vino una gota, de esa
naranja un gajo, porque si se vacía la botella o se[158] devora
todo el fruto, las últimas gotas o los últimos gajos resultarán amargos.
En la juventud se quiere todo; en la vejez se
comprende que sólo puede gustarse algo. La juventud es ansia, panteísmo,
turbulencia; la vejez, limitación y sabiduría.
Madrid tenía y tiene siempre en su aire como una
invitación a la vida ligera y a la sabiduría. El cielo suyo no es ese cielo de
tonos calientes, ambarinos de los pueblos de Levante; el cielo de Madrid no se
parece nada al de Roma, como afirmaba Castelar.
El cielo de Roma es más azul, más oriental, más
pomposo; el cielo de Madrid es más pálido, más limpio, más de montaña; el cielo
de Roma, como el de casi todas las ciudades de Italia, está en la paleta del
Veronés y del Tiziano; el cielo de Madrid está en la paleta de Velázquez, en
esos tonos un poco grises, de una gran suavidad y de una gran elegancia.
Es el ambiente físico, el aire sutil, el que da en
Madrid ese aire ingrávido a los cuerpos. Todo se desmaterializa y se sutiliza
en este ambiente madrileño; nada parece que tiene substancia ni peso; un
palacio, como el Palacio Real, al anochecer, más que un conjunto de piedras, es
una masa de rosa pálido en un cielo de ópalo.
Al disponerme a marchar a Bayona tenía la
melancolía de no poder pasearme en la Castellana, de no poder entrar por la
mañana en el Retiro, de no presenciar la tarde lánguida en el Botánico, de no
asomarme al anochecer a ver la vista incomparable del Guadarrama desde el
balcón de la plaza de la Armería y de no oír una canción popular en una
callejuela tortuosa.
¡Qué noches las de Madrid de mi tiempo, con los
escaparates de las tiendas encendidos hasta las doce, los teatros hasta la
madrugada, y los cafés, que no se cerraban!
¡Qué mezcla de gracia, de desorden, de abandono, de
cólera, de bueno y de mal humor!
Pero todo eso ha pasado con el tiempo, y su encanto
nadie lo sentirá, ni nadie lo comprenderá.
Hay indudablemente en el desorden, en el abandono,
en lo que no está realizado aún, una gracia, un sabor especial, como hay
también, en lo que está logrado y maduro, una melancolía de lo que ya no tiene
porvenir.
V.
VINUESA Y SU FAMILIA
Al día siguiente de la visita a la Reina,
tomaba la diligencia y me despedía de don Eugenio. Mientras marchaba camino de
Lozoyuela iba reflexionando en mi vida. En poco tiempo, ¡qué cambio!
Todos los vagos sentimentalismos de joven, todas
las aspiraciones de aventuras infantiles se me iban pasando. Mi ideal era subir
y afirmarme.
Estaba viendo que no tardaría mucho en tener que
dejar a Aviraneta, seguir su suerte, para volar solo y por mi propio impulso.
Me preparaba a ser desagradecido, como hubiera dicho Stratford. Pensaba en este
fenómeno raro que todavía han experimentado los hombres de mi tiempo, y yo con
ellos: el sentimiento de sentirse engrandecidos por el favor real.
Después de haber besado la mano de la Reina me
creía yo más importante y miraba a los demás mortales con cierto desdén.
En mi ensimismamiente engreído, no hice apenas caso
de los demás viajeros, ni escuché las divagaciones de un canónigo pedante que
peroraba acerca de los adelantos de Francia, hasta que un señor insistentemente
se puso a hablarme.
—¿Qué le ha dicho a usted don Eugenio?—me preguntó.
—¿Qué don Eugenio?
—Don Eugenio de Aviraneta.
—¿Le conoce usted?
—Sí; es muy amigo mío.
Este señor me dijo que iba a Francia con real
permiso, pues desempeñaba el cargo de oficial de la Secretaría de Estado, y se
iba a establecer en Pau.
Pocas cosas inspiran tanta confianza como el no
tener interés en terciar en una conversación, y el señor, viendo que yo no
tenía muchas ganas de hablar, insistió en su charla, y me dijo que se llamaba
Francisco Sánchez Vinuesa, y me presentó a su señora, que también viajaba en el
coche, una señora rubia, muy arrogante, de aire extranjero.
Al llegar a las paradas tuve algunas atenciones con
la señora, y Vinuesa me obsequió de una manera exagerada. Yo pensaba si es que
pensaría pedirme algún favor; pero, no; sin duda, su carácter era así, efusivo
y generoso.
Me preguntó varias cosas acerca de la vida de
Bayona. Se le veía inquieto con la idea de entrar en Francia.
El buen señor era tímido y asustadizo. Su mujer
parecía mucho más decidida que él, y también más inteligente. Hablé con ella
largo rato en el camino. Estaba muy enfadada por el viaje que emprendían.
Era mujer alta, fuerte, con el pelo rubio y la tez
blanca y sonrosada: una verdadera valkiria. Tenía los ojos azules,
los labios muy gruesos y la dentadura muy blanca. Me habló del viaje que
realizaban como de una aventura absurda y ridícula.
Tuvimos algunos pequeños percances en el camino;
nos embarcamos en Santander y llegamos felizmente a Bayona. Allí, Vinuesa me
confesó que era carlista, aunque moderado y tolerante. Iba a dejar a su mujer
en una casita que tenía alquilada en Pau para él un amigo carlista, y después
pensaba presentarse a Don Carlos.
—¿Va usted a dejar sola a su mujer?
—Sí.
—Le advierto a usted que está muy enfadada con
usted por este viaje.
—¿Se lo ha dicho a usted?
—Sí.
—Pues no sé qué hacer.
—No vaya usted.
—Sí; pero, ¿qué quiere usted? Es un deber de
conciencia.
El señor de Vinuesa se despidió muy efusivamente de
mí,[161] diciéndome que fuera a verle a Pau, y la
señora me instó también a que marchara a visitarles.
En seguida que llegué a Bayona me hice cargo de mis
asuntos; visité al cónsul Gamboa, a Delfina, a todas las familias conocidas, y
comencé a preparar las entrevistas con nuestros agentes secretos.
Delfina me habló con ironía de la aventura de la
mujer de Don Carlos, de la Brasileña, una mujer como la princesa de Beira, ya
vieja, con un hijo general del ejército carlista que marchaba a campo traviesa
con una doncella y el conde de Custine, como una trotacaminos, a casarse con el
vulgar y poco interesante Borbón, pretendiente a la corona de España.
Delfina se burló de las señoras españolas, devotas
y pedantes, que habían aparecido en Bayona, como doña Jacinta Pérez de Soñañes
y doña Vicenta Maturana de Rodríguez, ambas musas del carlismo.
Doña Jacinta era la pedantería hecha carne; doña
Vicenta, la poetisa gaditana, había publicado varias novelas, entre ellas Teodoro,
o el huérfano agradecido, Amar después de la muerte, y acababa
de dar a luz el Himno a la Luna, en cuatro cantos, que el Gobierno
carlista prohibió, no se sabe si por resentimiento contra doña Vicenta o contra
la luna.
La Maturana tenía fama de ser una gran profesora de
baile.
—¡Ah! ¡Quel monument! ¡Ah! ¡Quel phenomene!—me dijo
irónicamente Delfina, hablando de ella.
Me acomodé de nuevo a la vida de mi hotel y de mi
oficina.
Comprendí entonces, al volver a vivir en Francia,
cosa que antes no comprendía bien: cómo era extranjero, cómo había en mí cierta
hostilidad interna por el país, y en el país cierta hostilidad para mí. Estas
dos hostilidades, la del hombre por un país extraño y la del país extraño por
el hombre, forman el lado negativo del patriotismo, que a veces es más fuerte
que el lado positivo, o sea la simpatía del hombre por su propia tierra y de su
tierra por el hombre.
VI.
AVENTURA EN TOLOSA DE FRANCIA
—Si alguna vez vas a Tolosa de Francia visita
a una familia en cuya casa estuve durante mi estancia allá, la familia de
Esperamons. Aquí tienes sus señas—me dijo don Eugenio en Madrid.
—Bueno.
—Hay en la casa una muchacha que es muy simpática,
Josefina. No vayas a cortejarla. Deja algo para los demás.
—Descuide usted.
—Ya sé que eres un Tenorio; pero, en fin, ten en
cuenta que es una muchacha que me gusta.
—Lo tendré en cuenta.
Había recordado esta conversación al hablar con
Gamboa de un negocio de vinos que se tenía que hacer en Tolosa, no de gran
importancia. Decidí ir yo, porque quería ver el pueblo, y algo también porque
me interesaba el conocer a la muchacha que le gustaba a don Eugenio.
Tomé, pues, la diligencia en Saint-Esprit, y fuí
por Orthez a Pau, y luego a Tarbes, y de Tarbes a Auch y a Toulouse. Entre
Orthez y Pau fuí charlando con un inglés que viajaba para ahuyentar el spleen;
de Pau a Tarbes, con dos señoras francesas, y de Tarbes a Auch, con unos
militares. Llegué a Toulouse, y me fuí a hospedar al hotel del Gran Sol.
Pedí al dueño una habitación, y éste llamó a una
muchacha que llevaba en el delantal un llavero, quien me condujo a un cuarto
decorativo, aunque un poco viejo, con el techo con ar[163]tesonados
dorados, la alfombra roja y las sillas y las cortinas también rojas.
Cené, me acosté, y a la mañana siguiente, temprano,
salí a ver el pueblo y a arreglar mis asuntos comerciales.
Estos asuntos se habían arreglado por sí solos; así
que no me quedaba mas que echar un vistazo a la ciudad y visitar a la familia
amiga de Aviraneta.
Hoy Tolosa creo que es un pueblo modernizado, con
grandes avenidas y bulevares; entonces era, íntegramente, una vieja ciudad
meridional, un pueblo rojo de ladrillo, con calles estrechas y tortuosas mal
pavimentadas. Anduve toda la mañana y parte de la tarde callejeando; vi la casa
del Ayuntamiento, que tiene el nombre pomposo de Capitolio; pasé por calles de
nombres pintorescos, como la del Pato, la de la Manzana, la de la Estrella, del
Faraón, la de los Hilanderos, Pergamineros, etcétera.
En la entrada de la calle de la Vieja Cepa
contemplé el sitio donde se celebraban los autos de fe de la Inquisición, y en
uno de los asientos del coro de Saint-Sernin vi esculpido a Calvino,
predicando, con cabeza de cerdo.
A pesar de no ser arqueólogo ni de entender nada de
arquitectura, me gustaron las murallas de la ciudad, con sus gruesas torres
redondas, y estas calles tortuosas con grandes caserones de ladrillo, con sus
tapias, por donde salían las copas de los árboles, y sus puertas cocheras, con
aldabones de hierro forjado.
LA DAMA DEL HOTEL DEL GRAN SOL
Al volver, ya cansado, al hotel, me encontré en la
escalera con una mujer que me entusiasmó. Iba acompañada por un hombre de unos
cuarenta años, tipo seco, flaco, de bigote y barba negros, con un aire triste y
distinguido, los ojos sombríos y los labios pálidos. Ella era preciosa: una
morena con el óvalo alargado, el pelo castaño y los ojos claros, y una
expresión[164] alucinada. Iba tocada con una
mantilla española. Yo la contemplé absorto; ella me miró sonriendo. El hombre
me lanzó una mirada sombría.
Estaba esta pareja en el mismo hotel, en un cuarto
pared por medio del mío.
Yo entré en mi habitación preocupado por tener
aquella mujer espléndida tan cerca. Me acerqué a la pared, y noté que, entre mi
cuarto y el de al lado, había sólo un biombo recubierto con un terciopelo rojo.
Salí al pasillo del hotel y vi poco después que mi
vecino, el marido, o lo que fuera, de aquella mujer tan guapa, salía a la calle
con otro hombre que, por su tipo, parecía un criado, un viejo con la cara
larga, el pelo casi albino y unos ojos de espantado.
Pregunté al mozo del hotel quiénes eran mis
vecinos, pero no sabía más sino que eran españoles y que habían llegado el
mismo día que yo.
Volví a mi cuarto; paseé de arriba a abajo,
escuché, poniendo el oído en el biombo, y en esto sentí que se abría el balcón
en el cuarto de al lado. Abrí yo el mío. Allí estaba, cerca de mí, aquella
mujer. Al verla, me palpitaba el corazón como un martillo de fragua.
—¡Qué hermosa es usted!—la dije.
Ella sonrió amablemente; luego puso un dedo en los
labios imponiéndome silencio, y se retiró.
Nunca me he encontrado yo tan agitado como aquel
día. Pensé que aquella mujer querría decirme algo. Si no, ¿por qué el signo de
silencio?
Fuí a cenar, suponiendo ver en el comedor a la dama
y a su acompañante, pero no aparecieron. Volví a mi cuarto. Al lado hablaban.
Sin duda la pareja había cenado en la habitación.
Pasaron unas horas y noté que hablaban vivamente, y
hasta creí oír un beso. No se entendían las palabras. Me entró una gran
desesperación y pensé salir a la calle e irme a dormir a otra parte. De pronto
oí un rumor monótono en el cuarto de al lado. ¿Qué podía ser esto? Me fijé.
Estaban rezando el rosario.
Después no se oyó nada. Me acosté y dormí muy mal.
A la mañana siguiente salí varias veces al balcón
y, en vez de encontrarme con ella, me vi una vez con la figura sombría del
hombre, que me miró amenazadoramente.
Aquella mujer me había a mí sorbido el seso,
trastornado, alucinado. Se me habían olvidado mis asuntos, Bayona, la política,
Aviraneta; todo había quedado allí, muy lejos.
LA CALLE TRIPIERE
Al tercer día, el galán y la dama desaparecieron y
fueron a vivir, según me dijo el mozo del hotel, a una casa pequeña de la calle
Tripière.
La calle Tripière era una callejuela que cruzaba la
de Saint-Rome, que es de las más céntricas y de las más concurridas de Tolosa.
La calle Tripière, triste y estrecha, adoquinada con cantos del río, tenía
algunos grandes palacios del Renacimiento, con altas tapias y puertas cocheras,
y casuchas miserables con ventanas pequeñas y rejas, desde cuyos portales
partían largos corredores obscuros, que se abrían a lo lejos en un patio sucio
y sombrío.
En algunas de estas casas me dijeron que se
encontraban cuevas con calabozos e in paces, con grandes anillos
que habían servido en otro tiempo de prisión.
Los dos días siguientes paseé mañana y tarde por
delante de la casa de la calle de Tripière, sin volver a ver a la bella dama.
Desconcertado, se me ocurrió visitar a la familia
amiga de Aviraneta, con la vaga esperanza de que me diera algún dato.
Precisamente vivían también cerca de la calle de Saint-Rome, en la del May.
Las señoras de Esperamons, madre e hija, me
recibieron muy amablemente; la madre era una señora gruesa, que había vivido en
mejor posición y se lamentaba de su suerte; la hija, Josefina, era rubia,
gordita, sonriente, de ojos azules, de poca estatura, peinada con rizos y
sortijillas, y muy apetitosa.
Josefina cantaba y tocaba la guitarra. Nos hicimos
amigos ella y yo, y yo le conté mi aventura del hotel.
—Yo me enteraré—me dijo ella—; mañana lo sabré.
Al día siguiente fuí a casa de Josefina,
verdaderamente emocionado.
—Estoy enterada de todo—me dijo.
—¿Qué pasa?
—Es una cosa triste. Esa chica tan guapa está loca.
—¿Loca?
—Sí. El señor que va con ella es su padre, y es
brigadier carlista. Parece que desde hace tiempo venía trastornada. De cuando
en cuando se viste muy elegante, y se pasea, y se mira en el espejo. Se cree
una reina, de la que todo el mundo está enamorado, y dice que tiene un secreto
que no puede contar.
—¿Y la ha visto algún médico?
—Sí, varios; pero dicen que es una cosa
desesperada.
La noticia me hizo un efecto lamentable. Me decidí
a marcharme. Le pedí a Josefina que me diera noticias de ella por carta, y me
despedí de las dos señoras de Esperamons, a tomar la diligencia para Bayona.
Unos meses después, Josefina me escribió diciéndome
que la muchacha estaba completamente loca; que ya no quería ver a nadie, y que
se pasaba la vida en el hotel de la calle de Tripière corriendo de un extremo a
otro del patio, medio desnuda y jadeante, y repitiendo a cada paso:
—¡Ah! El amor, el amor, el amor...
CUARTA PARTE
LOS PEONES DEL JUEGO
EN BASILEA
He vuelto de Saint-Moritz a Basilea. Voy
ideando proyectos y dejándolos sin realizar. Tenía el pensamiento de seguir la
ruta de Aviraneta y de mi suegro Arteaga, por el Rhin, hasta salir al mar;
pero, al comenzar el camino en tren, estas enormes estaciones de los pueblos de
Alemania, la gente atareada, que marcha de prisa, tanta fábrica y tanta
chimenea, me han entristecido, y he vuelto atrás.
Nunca me había fijado como hasta ahora en la
melancolía de los crepúsculos de estos pueblos del centro de Europa. ¡Qué cosa
más lamentable! La vida es también en estas ciudades bastante triste. Para la
mayoría de esta gente, el ideal es bien pobre: comer mucha grasa, beber mucha
cerveza, y por toda diversión ir al cinematógrafo, al kino, como
dicen ellos.
Estoy en Basilea, que es pueblo que me atrae. Vivo
en un hotel modesto, muy agradable, que da sobre un jardín, con árboles y una
fuente, y que no tiene nada de ese lujo insolente y aparatoso de los grandes
hoteles, tan grato a los americanos y a los judíos.
Por las mañanas paseo por los alrededores de la
catedral, ando por el claustro y me siento en la terraza a contemplar el Rhin,
con sus olas verdes. Veo también el caserío del otro lado del río, los montes
próximos y las chimeneas de las fábricas del barrio industrial de Basilea.
Miro el puente, reconstruído, por donde Aviraneta y
mi suegro vieron pasar hace cerca de un siglo las tropas aliadas del príncipe
de Schwarzenberg. Ahora pasan tranvías verdes y gente en bicicleta. Por la
tarde voy al Jardín Botánico, a ver[168] a las
marmotas, y me gusta pasear por el Pequeño Basilea a orilla del río y
contemplar las dos torres rojas del Munster, que se levantan al cielo y tienen
en su base arboledas, terrazas y jardines, que se reflejan en las aguas del
Rhin.
Los domingos, por la mañana, ¡qué melancolía en
todo el pueblo! Una niebla suave invade las calles, desiertas; las casas
góticas y las casas barrocas, con sus tejados apuntados, muestran sus
ventanales, como unos ojos lánguidos y sin brillo. En la plaza de la Catedral y
en la terraza que da sobre el Rhin no hay un alma. Alguna lancha marcha de
lado, llevada por la gran corriente del río, y el barquero hace esfuerzos
titánicos para dirigirla.
A las nueve comienzan a sonar todas las campanas
del pueblo, y luego se oye el rumor del órgano y de los cantos de los oficios
en la Munsterplatz. Por la tarde suelo estar en mi cuarto, con la ventana
abierta, que da al parque.
Al anochecer cruzan empleados y empleadas de
tiendas, montados en bicicletas. El cielo toma un color de ópalo, y pasan las
golondrinas rápidamente, revoloteando y chillando.
Un orquestón de un circo de lona que han puesto
delante de la estación del tren toca valses, polcas, la donna é mobile y
la marcha de Tanhauser. Se enciende una luz de arco voltaico en el aire, y
comienza a chirriar un grillo.
Hoy, sábado, después de cenar, oía una orquesta
desde mi ventana, y he salido al parque próximo al hotel. Tocaba la música en
un quiosco. La noche estaba tibia; los relámpagos iluminaban el cielo, haciendo
destacarse en el horizonte esclarecido las ramas de los árboles.
La música ha tocado unos aires populares, entre los
cuales he reconocido uno o dos de Haydn.
Unas muchachas cantaban al mismo tiempo la letra de
estas canciones, y sus acentos guturales tenían un acento de juventud y de
energía para mí encantador.
Algunos hombres se habían tendido en la hierba a
escuchar; las muchachas paseaban en grupos, con sus trajes claros; había un
olor de flores, y a veces resonaban las gotas de lluvia[169] en
las hojas de los árboles. Luego ha empezado a llover torrencialmente, y he
corrido a refugiarme en el hotel.
Hoy, domingo, llueve también. He sacado mis papeles
y me he puesto a escribir. Ya vivo sólo con mis recuerdos. Todo lo que uno ha
vivido está bien muerto. ¿Quién se acuerda de ello? Nadie. Cierto que lo que
vive ahora morirá también; pero esto no es un consuelo.
El cielo está gris y triste, como yo; para mí no
hay sol mas que en los días transcurridos, y me refugio en mis recuerdos, como
el animal se mete en su cueva.
I.
LOS RIVALES
Por aquella época, verano y otoño de 1838,
todas las conversaciones comenzaron a girar alrededor de Espartero y de Maroto.
Durante el mando del general Guergué, el desorden y
la disciplina habían cundido en las filas carlistas. Los políticos amigos de
Don Carlos vieron el peligro, y el Real decidió destituír al general navarro y
llamar a Maroto, que estaba entonces viviendo en Burdeos.
El grupo carlista moderado, con el padre Cirilo a
la cabeza, patrocinó la idea, y el partido fanático, a cuyo frente se había
puesto un joven gallego, Arias Teijeiro, se opuso con energía.
MAROTO
Triunfó la tendencia moderada, y en junio de 1838
se encargó Maroto del ejército, restableció la disciplina, organizó las tropas
y la administración militar, e hizo que sus fuerzas ascendieran a más de
veinticinco mil hombres.
Esto no pudo llevar la concordia a las filas
carlistas. Maroto no tenía ninguna simpatía por Don Carlos; Don Carlos sentía
una gran desconfianza y un gran temor por Maroto.
[171]Maroto estaba reñido con la mayoría de los
generales carlistas afiliados al partido fanático. Además de esto, despreciaba
a González Moreno, que a su vez miraba a Maroto como a un hombre voluntarioso y
arbitrario; consideraba a Uranga y a Eguía como generales ineptos y sin
talento, y odiaba con todo su corazón al grupo de los fanáticos capitaneados
por Arias Teijeiro, sobre todo al cura Echeverría y a los generales García,
Sanz y Guergué.
Mil resentimientos y rivalidades corroían el campo
carlista; verdad es que en el liberal ocurría lo propio.
A principios de septiembre, Maroto consiguió
derrotar en el Perdón al general cristino Alaix, y con la victoria el prestigio
suyo aumentó entre las tropas.
Los soldados eran grandes entusiastas de Maroto. Se
decía que cuando no había dinero para pagarles, Maroto lo buscaba, y que cuando
no llegaba a encontrarlo lo daba de su bolsillo.
Por entonces el nuevo jefe hizo que se comenzaran a
formar sumarios para encontrar a los promotores de los motines militares y a
los autores de los complots que se fraguaron contra la vida de los hojalateros
y de los castellanos, como el que produjo la muerte del brigadier Cabañas.
Resultaban cómplices varios sargentos y oficiales,
pertenecientes a los batallones navarros, mandados por los generales Guergué,
Sanz, García y Carmona, que eran los representantes del fanatismo clerical y
del navarrismo.
Estos generales tenían mucho apoyo en la corte de
Don Carlos, y Maroto, al notarlo, no sólo no siguió en su campaña con los
Tribunales militares, sino que ni aun siquiera se atrevió a procesar a los
oficiales complicados en este asunto, y mandó que, hasta nueva orden, se
suspendieran las causas, de miedo de que el elemento fanático y clerical se le
echara encima.
No por eso dejaba de pensar en el castigo, buscando
la ocasión oportuna, porque el nuevo general era rencoroso y tenaz.
ESPARTERO
Así como Maroto aparecía a la cabeza de una
fracción carlista, Espartero, por entonces, era jefe adicto a la Reina
Gobernadora, y, dentro de las filas liberales, no estaba afiliado ni a los
moderados ni a los progresistas.
Los dos partidos cristinos se hallaban sin jefe
militar: el moderado, por la emigración del general Córdova; el progresista,
porque no lo tenía desde la muerte del general Mina.
Los progresistas pensaron un momento en hacer su
jefe militar a Narváez, y le favorecieron escandalosamente cuando la expedición
de Gómez, postergando, sin motivo, a Alaix y a Rodil, que eran amigos de
Espartero.
Narváez no correspondió al favor de los
progresistas, y después del movimiento de Sevilla se alió con los moderados y
tuvo que escapar de España.
Mientrastanto los progresistas veían la elevación
de Espartero recelosos; creían que este general se inclinaba a una tendencia
conservadora, cosa muy lógica en un militar, y la Prensa le reprochaba, justa o
injustamente, la lentitud en las operaciones.
Aviraneta afirmaba que los motines militares que
estallaron en esta época fueron dirigidos por los progresistas y por la
masonería escocesa, que querían desacreditar a Espartero, porque temían que un
general, al parecer moderado, acabara la guerra con éxito y pudiera erigirse en
dictador.
Según Aviraneta, el general Seoane, progresista y
afiliado a la masonería escocesa, entonces enemigo acérrimo de Espartero, había
sido el promotor del motín de Hernani.
De permanecer Espartero alejado de los dos partidos
liberales, hubiera podido ser, después de su éxito en Vergara, el árbitro de
España; pero la ambición y la prisa le impulsaron a tomar partido entre los
progresistas, que le conquistaron y lo pusieron a su cabeza.
El que hizo en este caso de sirena fué el cónsul de
Bayona, Gamboa, a pesar de su mediocridad, quizá por ella misma.
Horas después de haber abandonado el Pretendiente
el sue[173]lo de España, y de refugiarse en Francia,
Gamboa pasó a Urdax, tuvo una larga conferencia con Espartero, e hizo su
conquista.
Gamboa llevaba plenos poderes de la masonería y del
partido progresista para pactar con el general victorioso. Aviraneta que lo
supo, no sé por qué conducto, mandó inmediatamente por el Consulado inglés de
Bayona un parte a la Reina, advirtiéndola lo que pasaba, y aconsejándola que
empleara todos los medios posibles para impedir que los progresistas aceptaran
la jefatura de Espartero, pues la jefatura de un militar en uno de los partidos
del Gobierno podía producir grandes daños al país, llevándolo al militarismo.
Don Eugenio era de los que veían un peligro en la
preponderancia militar.
La mujer de Espartero se enteró de este aviso en
Madrid, y se lo comunicó a su marido, y Espartero no se lo perdonó nunca a
Aviraneta.
Por más de que luego dijo el general que su encono
contra Aviraneta dependía de tenerlo por un conspirador y por un intrigante, la
causa verdadera fué este parte que don Eugenio envió a la Reina.
II.
EL MURCIÉLAGO
Un día que estaba en el cuarto del hotel
buscando unos papeles en mi cartera salí rápidamente al pasillo, y me encontré
con un hombre que se hallaba al lado de la puerta.
—¿Qué hace usted aquí?—le dije.
El hombre, al principio, no supo qué contestar.
—Nada..., nada...—balbuceó—; me había equivocado de
piso.
Me chocó mucho esto. Supe que aquel hombre, a quien
había sorprendido espiándome, vivía en mi hotel, que salía poco, y que no venía
nadie a visitarle.
Hice por verle. Era un hombre pálido, delgado,
marchito, con los ojos grandes, obscuros, y el bigote negro. Vestía un tanto
raído. Salía del hotel casi siempre al anochecer, entre dos luces; así que no
se le notaba apenas. Comía en la segunda mesa. En el hotel pasaba por llamarse
Manuel González y ser carlista.
Como tenía bastante confianza con Vidaurreta, el
canciller del Consulado español, le pedí se enterara de la vida de aquel pájaro
crepuscular, pero no averiguó nada. Había varios González inscritos en el
Consulado español: el uno, comerciante; el otro, obrero; pero ninguno de ellos
era mi espía.
A este hombre le llamaba yo el Murciélago. El
Murciélago y yo teníamos el uno por el otro una manifiesta antipatía de perro a
gato y de gato a perro. Cuando nos encontrábamos en la escalera no nos
saludábamos; él me miraba con una in[175]diferencia
desdeñosa, y yo hacía al verle, deliberadamente, un gesto de molestia y de
desprecio. Como por instinto, nos sentíamos hostiles.
El debía ser del grupo carlista exaltado; lo vi
alguna vez hablando con el inglés Mitchel, que era el jefe en Bayona del
partido antimarotista, como el marqués de Lalande era el director del
marotista. Otra vez, de noche, vi al Murciélago que charlaba con la Condesa,
una de las corredoras de la Falcón.
LA CAJA SOSPECHOSA
Un día me mandaron una cajita de dulces a casa. Era
una caja muy bonita, con unas cintas azules.
El mozo del hotel me dijo que venía de parte de una
señora que no había querido dar su nombre. Al principio pensé si sería de
madama D'Aubignac, pero me chocó. ¿Quién podía enviarme aquello?
Abrí la caja, e iba a comer uno de los bombones,
cuando me asaltó la idea del envenenamiento.
Miré la caja: no tenía etiqueta ni indicación
alguna de dónde venía.
Pensé en llevar los dulces a una botica, para que
los analizaran, pero no me convenía llamar la atención, y me decidí por echar
los dulces y la caja al río.
EL ANÓNIMO
Algún tiempo después encontré una carta debajo de
la puerta, dirigida a mí. La carta decía lo siguiente:
[176]«Señor Leguía: Sabemos a qué se dedica usted en
Bayona. Le seguimos los pasos. Tenga usted cuidado. Huya usted. Si no, le
vendrán consecuencias graves.
El Angel Exterminador.»
Pensé que la caja de dulces y la carta procedían
las dos de mi vecino de hotel, el Murciélago.
III.
LAS LETRAS S, T, U, V
Las primeras conferencias que celebré con
nuestros agentes secretos tuvieron poca novedad. Las contaría en detalles, pero
ya todo su interés político pasó. Los datos que me dieron los fuí enviando a
Aviraneta, conforme a sus instrucciones.
LA LETRA S
Era Iturri el comerciante y fondista de la calle de
los Vascos. Me dijo que se iban acentuando por días las diferencias entre
Maroto y Arias Teijeiro y sus partidarios respectivos.
—Maroto—añadió—es un hombre muy vengativo,
despótico, altanero y rencoroso. Tiene gran odio a los demás generales
carlistas, y muy poca simpatía por los vascos y por el fuerismo. Cualquier
contrariedad le pone frenético. Arias Teijeiro es también hombre de cuidado,
muy intrigante y muy tenaz. La mayoría del ejército está por Maroto, excepto
los navarros, que prefieren a Guergué y a García. Don Carlos y la corte están
por Arias, y algunos ambiciosos como Corpas y el padre Cirilo, andan buscando
fórmulas de transacción que sirvan para ponerlos a ellos a flote.
Iturri agregó que Aviraneta debía presentarse en
Bayona cuanto antes.
LA LETRA T
La letra T, Luci Belz, se presentó en casa de la
Falcón a verme, y me contó mil chismes de los carlistas.
Era esta Luci Belz una mujer pequeña, fea, negra,
con una cara de enana que tenía algo de la Mari Barbola de Velázquez. Era la
curiosidad, la malicia y la mala intención reunidas.
—Se asegura—me dijo—que la princesa de Beira hace
buenas migas con el padre Cirilo. A doña Jacinta Pérez de Soñañes, esposa de
don Luis de Velasco, hombre de gran cabeza, le llaman la Obispa,
porque se entiende muy bien con el obispo de León; Maroto sigue indignado con
Don Carlos. Maroto visitaba con frecuencia, en Elorrio, a una muchacha, hija de
un oficial postergado y enfermo. Maroto ascendió al padre, y dijeron en seguida
que lo hacía porque la muchacha era su querida. Don Carlos, considerándose el
árbitro de la moral, hizo la estupidez de llamar al padre de la chica y decirle
que su ascenso se debía a que su hija era la querida de Maroto, con lo cual el
pobre hombre se agravó y murió. Se asegura que la camarista Pilar Arce tiene
amores con el infante don Sebastián, y que, como él es un poco bisojo y de
mirada extraviada, le han cantado a ella esta copla el otro día:
Ojos de presidente
tiene mi amante:
uno mira al poniente
y otro al levante.
Se dice que la mujer del infante don Sebastián, la
princesa María Amalia, que vive en Salzburgo, está tan gorda que parece un
cerdo, por lo cual algunos consideran muy lógico el que su marido no le sea
fiel.
Añadió Luci que había una gran corrupción entre los
carlistas de Bayona, a pesar de los rezos y los golpes de pecho; que algunas
señoritas iban a casas sospechosas para vivir, porque no tenían medios; que
unas cuantas habían ido a ver[179] una vieja de
Ciburu, que les había dado pociones para abortar, y que, por último, se decía
que entre Don Carlos y Arias Teijeiro había relaciones parecidas a las de
Enrique III de Francia y sus mignones.
Luci Belz sacaba a flote, con su malicia de enana,
todo el cieno que encontraba a su alrededor.
LA LETRA U
La letra U era la Falcón, y ella misma escribió su
informe.
Hay muchos rencores—decía—entre unos y otros, y
todo el mundo está cansado. El papel de Maroto y el de Arias Teijeiro sube por
días, y tiene que venir, tarde o temprano, entre los dos, un rompimiento. Los
marotistas dicen que Teijeiro es un vanidoso, ridículo, ignorante y corrompido;
los teijeristas afirman que Maroto es un baratero y un hombre que está
preparando la traición. Arias favorece descaradamente a los amigos y los
asciende, y persigue con saña a los enemigos. El padre Cirilo y los demás cortesanos
no están ni con Maroto ni con Arias, y Corpas, que ha intentado entablar varias
veces negociaciones con los cristinos, sin éxito, y que ve que ni con Maroto ni
con Teijeiro tiene porvenir, ha mandado a su compinche, Fernando Freire, con
una bolsa de dinero y de alhajas a depositarla en un banco de París. Se afirma
que Teijeiro ha puesto en juego todas las intrigas bajas que le son familiares;
que ha hecho circular las mayores calumnias contra el infante don Sebastián,
entre ellas la de que es gran maestro de la masonería, acusándole de tener
malas costumbres, en un folleto publicado últimamente en Bayona.
Se dice que el malagueño don Diego Miguel García,
el instrumento, el alma negra de González Moreno, cuando el fusilamiento de
Torrijos, ha realizado su fortuna adquirida por depredaciones, y que la ha
colocado en Francia. Muchos otros, según se asegura, han hecho lo mismo. La
gente desea la paz; se espera con ansia una solución, sea la que sea, pero que
acabe la guerra.
LA LETRA V
La letra V era Martínez López, el folletista, que
había escrito contra María Cristina.
Me citó en el Café de la Nive, del muelle de la
Galupèrie, un cafetín obscuro y triste.
Martínez López era un hombre gordo, pesado, sucio,
física y moralmente, que había puesto su turbina en las aguas infectas de la
política, y que vivía muy ordenadamente y se ocupaba de cuestiones filológicas
y agrícolas.
Martínez López era el amigo de la Hidalgo; tenían
los dos una casa con jardín y con ciertas comodidades.
Su informe no tenía gran interés:
Don Vicente González Arnao y su secretario
Pagés—dijo—se gastan alegremente el dinero de la empresa de Muñagorri. El abate
Miñano sigue intrigando y cobrando de carlistas y liberales. Bayona es una
jaula de grillos, y hay una tal cantidad de odios y de mentiras en el ambiente,
que nadie puede distinguir ya lo que es cierto de lo que es falso. Todo el
mundo está deseando que se acabe la guerra de la manera que sea, y el que dé
una solución satisfactoria será recibido con los brazos abiertos. La vida de los
emigrados aquí es cada vez más difícil. Hay mucha moneda falsa española, que
dicen hacen los carlistas; se juega mucho en las tertulias, y las tiendas ya no
fían. El cónsul, Gamboa, que es un hombre inepto, no se ocupa mas que de
negocios mercantiles, contratos, suministros y equipos para el Ejército, y
trabaja para las casas de Collado y de Lasala, de San Sebastián, que se están
haciendo millonarias.
Estos fueron los primeros informes que recibí y que
envié a Aviraneta.
IV.
VALDÉS DE LOS GATOS
Unos días más tarde recibí una carta, fechada
en París, de Manuel Valdés, citándome para cenar el domingo siguiente en el
Café de Burdeos, café poco frecuentado, adonde iban, principalmente, militares
franceses.
Llegué a la hora de la cita al café indicado; el
dueño me dijo que me esperaban en el piso entresuelo; subí por una escalera de
caracol y entré en un comedor pequeño, empapelado de rojo, en donde había un
caballero. Era Valdés de los gatos.
—¿El señor Valdés?
—El mismo. ¿Usted es el señor Leguía?
—Para servirle.
Nos dimos la mano.
—¡Qué puntual!—me dijo Valdés.
—Es mi costumbre.
—No es una costumbre de español.
—Si no es costumbre de español hay que adoptarla.
—Siéntese usted. ¡Pero usted es muy joven!
—Sí; no soy viejo.
—Le felicito a usted.
—¿Por qué?
—Porque al darle la misión que le dan se ve que
tienen confianza en usted.
—No pienso ser mas que un amanuense. Contar lo que
usted me diga.
[182]Nos sentamos a la mesa.
—Vea usted el menú, a ver si le gusta—me dijo
Valdés.
—Sí, seguramente; no soy un gourmet.
—¿No? ¡Qué error, mi querido! La cocina es el mayor
manantial de nuestros placeres.
—Por ahora tengo bastante apetito para contentarme
con comer—le dije yo.
Teníamos de cena langosta, pechugas de perdiz
rellenas y foie-gras. De vino, una botella de Sauterne y otra de
Burdeos. Nos pusimos a cenar.
Valdés era un tipo alto, esbelto, afeitado, muy
peripuesto. Tenía la cara larga, delgada, fina, la nariz recta, la frente
despejada, el pelo blanco, pegado y planchado, los ojos cansados y sin brillo.
Era un elegante un tanto arruinado por la vida.
Vestía levita azul entallada, chaleco de terciopelo negro y pantalón con
trabillas.
Un observador de minucias hubiera quizá notado, en
pequeños detalles, que nuestro dandy no estaba en la
opulencia.
El cuello, alto, limpio; la corbata, que le
agarrotaba la garganta, impecable; los puños, inmaculados, denotaban su
pulcritud; pero la levita y los pantalones, seguramente de buen sastre, se
hallaban rozados, y las polainas, a la inglesa, disimulaban que las botas no
eran nuevas.
Valdés tenía una ingenuidad de aventurero
confinante con la del pillo, muy graciosa. Era hombre acostumbrado a dar a
entender que, si se quería, se podía muy bien no darle a él importancia, pero
que él tenía sus ideas, que le parecían tan buenas como las de otro cualquiera.
—Yo siempre he sido liberal—me dijo—; pero, ¿qué
quiere usted?; la suerte y el haber consumido mi escasa fortuna me han obligado
a adoptar una actitud que, íntimamente, no es la mía. He tomado, hace poco,
parte en la expedición del conde de Negrí y he andado entre balas. ¿Usted ha
presenciado alguna batalla?
—Sí.
—¿No le ha dado a usted la impresión de una cosa
ridícula?
—En absoluto.
[183]Valdés me contó, concisamente, algunos detalles de
las acciones en que había intervenido.
Después de cenar y tomar café comenzamos a pensar
en el informe.
—No creo que le pueda decir a usted nada nuevo,
pero en fin, le daré mi opinión—me dijo Valdés—. Don Carlos, aunque
probablemente no es hermano de Fernando VII mas que de madre, tiene condiciones
muy parecidas a él: es astuto, desagradecido, egoísta; se puede decir de él lo
que de Fernando dijo un escritor francés: «Corazón de tigre y cabeza de mula».
Don Carlos, como casi todos los Borbones, tiene la inclinación por la intriga,
el favoritismo y la bajeza. Es verdad que ha odiado a Zumalacárregui, como odia
a Maroto, a Cabrera y a todos los hombres fuertes, exaltados y valientes.
—Es decir, que es un miserable.
—Si a mí me gustaran los epítetos fuertes, no me
parecería mal llamarle así.
EQUILIBRIO CARLISTA
—Para mí, al menos—siguió diciendo Valdés, después
de contarme algunas anécdotas que ya conocía—hoy, los elementos importantes en
el carlismo son Maroto, Arias Teijeiro, el padre Cirilo y el cura Echeverría.
Cada cual tira por su lado; la fuerza de un grupo balancea la del otro, y así
se establece el equilibrio. El día que uno de estos soportes del carlismo se
quiebre, el equilibrio se perderá y todo el tinglado se vendrá abajo. Maroto
tiene la fuerza material, pero no cuenta con la confianza del rey ni con los
fanáticos; Arias Teijeiro cuenta con el rey, pero no con el ejército; el padre
Cirilo es inteligente, intrigante, capaz de todo, pero su fuerza está en una
sacristía, en un palacio o en un salón, pero no en el campo; el cura Echeverría
tiene partidarios entusiastas en el pueblo, pero es tosco y con él están
solamente los brutos, como se ha llamado a sí mismo el general Guergué.
LOS SOBORNABLES Y LOS INSOBORNABLES
—De estos cuatro elementos—siguió diciendo Valdés—,
Maroto es, indudablemente, sobornable, no por dinero, el general es rico, sino
por orgullo y por rencor. Maroto es un matón y un soberbio, pero al mismo
tiempo es hábil y tenaz. Se la ha jugado a Cecilio Corpas, que es flexible y
viscoso como una anguila, y al padre Cirilo, que es de la misma especie de
animal de sangre fría. Maroto es muy cuco, y si puede pasar al ejército
cristino de capitán general, pasará, si es que el cambio le parece suficientemente
satisfactorio para su ambición.
—¿Usted tiene la seguridad de esto?—le pregunté yo.
—Toda la seguridad que se puede tener en una
cuestión así.
—Porque la cosa es muy importante para el Gobierno.
—Importantísima. Sigo adelante. El padre Cirilo es
más sobornable todavía que Maroto. El señor arzobispo de Cuba no es hombre de
descampados y de breñales; es hombre de salón, de damas elegantes; un
Talleyrand de sacristía. A la primera ocasión, el padre Cirilo se pasará a la
monarquía liberal. Siempre muy católico, muy realista, sin abjurar de sus
ideas, hará el honor de cobrar al Estado constitucional cincuenta o sesenta mil
duros al año en cuanto le nombre arzobispo de Sevilla o de Toledo. Respecto a
Arias Teijeiro, aunque dicen que es un danzante, no lo es tanto. Arias Teijeiro
es el tipo del galleguito listo: mucha memoria, mucha viveza, mucho desparpajo.
Arias no es sobornable, no es hombre que pueda ir, hoy al menos, a Madrid a
alternar con un Mendizábal, con un Argüelles o con un Alcalá Galiano. Al cura
Echeverría le pasa algo de lo mismo. Es un fanático, y un fanático que, fuera
de sus navarros, a quienes exalta con sus discursos truculentos, no puede ser
nada.
—De esto se deduce—le dije yo—que, según usted, hay
dos grupos sobornables y dos insobornables. El de Maroto y el del padre Cirilo,
sobornables; el de Teijeiro y el del cura Echeverría, insobornables.
[185]—Eso es. Así que si el Gobierno de Madrid tiene
fuerza y medios y buen sentido para influír en el campo carlista, su política
será bien clara; consistirá en ayudar todo lo que pueda a Maroto y al padre
Cirilo, y en reventar con toda su fuerza a Arias Teijeiro y a Echeverría.
Después de escribir la minuta y de leérsela a
Valdés, nos despedimos los dos, muy amigos, y Valdés me invitó repetidas veces
a que fuera a París, donde me presentaría a sus relaciones del faubourg Saint-Germain.
El viejo dandy me dió sus señas: en la rue Saint-Honoré, donde
vivía.
V.
BERTACHE
Bertache, la letra Y, me citó con tres días de
anticipación en una taberna del puerto de Socoa, de San Juan de Luz, la taberna
de la Bella Marinera. Se presentaría vestido con blusa azul, boina, pañuelo
rojo al cuello y un bastón de tratante de ganado.
Fuí a San Juan de Luz, encontré la taberna, que
tenía un ancla en la puerta, y entré en ella y pedí de cenar.
Me trajeron unas sopas de ajo con huevos y una
cazuela de merluza con salsa verde, muy suculenta.
Siempre que como en una taberna platos regionales
me parece encontrar una relación estrecha entre el gusto y el color del guiso
con el paisaje material y espiritual. Un guisote de esos de marineros del
Mediterráneo con sus pimientos, sus tomates y su azafrán, está tan en
consonancia con el clima por su sabor, su color y su olor, como un guiso con
perejil con el Cantábrico; un plato de salchichería fría nos recuerda la
mitología germánica de Wagner, y el queso de Gruyère, con sus agujeros, nos
trae a la imaginación los abismos alpinos de Suiza.
No hablo ya de los productos naturales, porque esos
no hay duda que representan admirablemente el clima; los melocotones, las
peras, las uvas, las naranjas, los plátanos, dicen por su aspecto el paisaje de
donde vienen; pero aun los productos elaborados parece que saben algo del clima
de donde proceden. El aceite habla latín, y la manteca, germano. El vino tiene[187] todos los acentos: es ciceroniano en el Jerez y
en el Málaga, recuerda al Espíritu de las leyes en el Burdeos, y se parece a
una canción chispeante de café concierto parisiense en el Champaña, por su
espuma y su picor...
Estando en estas profundas reflexiones apareció
Bertache, y le conocí en seguida por su blusa azul, su boina, su pañuelo rojo y
el bastón de tratante. Venía con él su novia.
Me levanté para saludarles, y se sentaron a la
mesa.
—¿Quieren ustedes cenar?—les pregunté.
—Hemos cenado ya—contestaron.
Bertache pidió una botella de Champaña. Dentro de
mis ideas anteriores, el pedir una botella de Champaña en la Bella Marinera era
un absurdo; debía de haber pedido una botella de sidra o de chacolí.
Mientras bebía, contemplé a Bertache. Era tipo de
estatura mediana, bien plantado, moreno, esbelto, de ojos claros, facciones
serias y tristes, y labios delgados. Usaba patilla corta y bigote pequeño.
Según las teorías frenológicas del abate Girovanna
debía ser muy valiente y tener grandes condiciones para la música y las
matemáticas, porque sus sienes eran muy abultadas.
Llevaba el pelo largo, y una boina grande de medio
lado dejaba parte de la cabellera rizada al descubierto. Tenía las manos finas
y con anillos. Por entre la abertura de la blusa se veía un chaleco bordado y
una gruesa cadena de plata, y colgando de ella, un sello con las armas de los
Arreches: un árbol con dos osos. Contemplando a aquel hombre, se imponía la
idea de que lo que decían de él era verdad: que era audaz, atrevido,
sanguinario, egoísta, rapaz, dispuesto a todo. Se sentía en él al hombre felino,
sin conciencia, para quien los deseos son los amos absolutos de su espíritu.
Pedro Luis Arreche, alias Bertache, era oficial del
5.º de Navarra. Procedía de Almandoz, un pueblo del valle del Baztán, en la
subida de la carretera de Irún a Pamplona, por el alto de Velate.
La casa de Bertache era casa importante en el
pueblo: entonces vivían la madre y tres hijos, dos varones y una hembra. Los
dos Arreches varones eran de la piel del diablo, malos, rencorosos y
vengativos.
[188]El subteniente Bertache, por los datos que adquirí
de él, era un Don Juan de aldea, ambicioso, cínico, atrevido, que había matado
ya varios hombres, entre ellos al brigadier Cabañas, por odio, por venganza y
por rabia.
Bertache, según la opinión de todos los que le
conocían, era un tipo sanguinario, para quien asesinar o robar no tenía gran
importancia.
GABRIELA LA RONCALESA
La muchacha que le acompañaba se llamaba Gabriela
Sarriés, y la decían Gabriela la Roncalesa. Era alta, huesuda, rubia, de un
rubio de color de panocha, con los ojos claros, las facciones un poco duras, el
aire enérgico e inteligente.
Gabriela era contrabandista; tenía una mula, que
cargaba de género en Francia, y que introducía en Guipúzcoa y en Navarra.
Gabriela solía hacer sus compras en casa de Iturri;
y por Iturri, Aviraneta se entendió con Gabriela, y luego, con Bertache.
Mientras bebimos, estuve yo contemplando a esta
pareja, y Bertache estudiándome a mí. Gabriela no separaba los ojos de su
amante. Se veía que estaba locamente enamorada de él.
Comprendí que Bertache sentía una gran antipatía
por mí. Sin duda, me consideraba como un joven rico, mimado por la fortuna.
Bertache era el mozo guapo del pueblo, acostumbrado
a romerías y a fiestas, a quien las mujeres adoran, y que va por la pendiente
del donjuanismo haciéndose cada vez más violento, más orgulloso y más canalla.
Un rival para él debía ser algo muy odioso.
Bertache era un hombre despistado, de poca
penetración psicológica. Se veía que le costaba trabajo el comprender la manera
de pensar de los demás. Yo le sorprendía. Sin duda, daba vueltas en su cabeza a
la idea de quién sería yo y qué importancia tendría.
¡DINERO! ¡DINERO!
Bertache me dijo desde el principio, ásperamente,
que lo que se necesitaba era dinero. Con dinero él era capaz de todo.
Me contó fríamente cómo habían asesinado al
brigadier Cabañas, hijo del ministro de la Guerra de Don Carlos, en un caserío
llamado Saracoíz, hacia Cirauqui, por órdenes del comandante Aguirre y del
general García.
Lo habían matado entre el subteniente Urcáiz, los
soldados Salaverri, Santacilia, Nuin y él. Explicó cómo le dieron tres
bayonetazos, le tuvieron dos horas herido, le cortaron una mano y, por último,
lo tiraron a un arroyo próximo. Uno de los soldados se había quedado con el
reloj de Cabañas.
Me chocó que Bertache no intentara exculparse.
Contaba el crimen como si tal cosa. Después me explicó los antecedentes de la
asonada que habían conseguido provocar entre el teniente del 2.º de Guipúzcoa,
José Zabala, y otros sargentos y subtenientes, por la falta de pagas, en la que
gritaron las tropas: ¡Muera la Junta! ¡Mueran los hojalateros! ¡Abajo los
castellanos!, y ¡Vengan nuestras pagas!
Don Carlos y su corte estuvieron a punto de caer en
las garras de la tropa amotinada, y si no ocurrió esto fué por haberse
acobardado algunos sargentos en el momento del conflicto.
—Y si le cogen ustedes a Don Carlos—le pregunté
yo—, ¿qué hacen ustedes con él?
—Le hubiéramos pegado cuatro tiros.
Bertache tenía odio por Don Carlos. En su
naturaleza de felino, parecía que el único sentimiento espontáneo era el odio.
A consecuencia del motín de las pagas de Estella y
de la muerte del brigadier Cabañas, Bertache y sus amigos estaban en
entredicho, y Maroto había mandado que se comenzase un proceso para aclarar
estos motines y muertes, aunque luego dispuso que se suspendieran las causas.
Bertache aparecía entre los intransigentes
carlistas, y estaba entonces en Almandoz con unos días de licencia.
LA TRAICIÓN Y EL VALOR
Bertache era como un gato montés, como una alimaña.
Hay el lugar común general de identificar el tipo
del traidor con el del cobarde. La retórica corriente, que llama cobarde
atentado al atentado de un anarquista fiero y de un terrible valor, quiere que
traidor y cobarde sean sinónimos.
Estas son ilusiones del buen burgués, tranquilo,
apacible, a quien inciensa cotidianamente el periodista con sus adulaciones.
Claro, es lógico que haya algunos espías y traidores, cobardes y pusilánimes;
pero la mayoría son valientes y atrevidos. En cambio, en el buen burgués,
honrado, hasta cierto punto, y patriota, se da el caso del tipo cobarde con
muchísima más frecuencia.
El valor no es un resultado intelectual, ni moral,
sino un caso de fuerza nerviosa.
Bertache era de una fiereza y de un valor de tigre,
de estos hombres de cieno y de sangre que no tienen ninguna idea política, ni
religiosa, ni social, y que marchan dejando a su paso un rastro de violencia y
de crímenes.
A las diez de la noche, Bertache se levantó
dispuesto a marcharse.
—¿Adónde va usted ahora?—le dije.
—Voy a Vera, donde dormiré un par de horas, y para
el mediodía estaré en Almandoz.
—¿Quiere usted que le lea lo que he escrito?
—No, ¿para qué? Mi última palabra es ésta: ¡dinero,
dinero y dinero!
—¿Lo necesita usted inmediatamente?
—Sí.
Le di dos mil pesetas que llevaba en el bolsillo, y
me firmó un recibo con la inicial Y.
—Tendrán ustedes pronto noticias mías. Diga usted
al Gobierno de Madrid que si quiere emplear dinero, se hará todo..., si no,
esto seguirá no sabemos hasta cuándo.
Gabriela me indicó que antes de un mes estaría en
Bayona de nuevo para sus negocios, y que me avisaría por Iturri.
Bertache pagó la botella de Champaña y salió con su
novia de la taberna contoneándose, golpeando el suelo con el bastón.
Yo me marché a dormir a San Juan de Luz, y al día
siguiente estaba en Bayona.
VI.
LA LETRA Z
Poco después de mi entrevista con Bertache me
avisaron, por la casa Artigues de Saint-Esprit, que el domingo me presentara en
Ezpeleta, en la taberna del Compás de Oro, donde podría verme a las seis de la
tarde con García Orejón, la letra Z. Me indicaban que preguntara al amo de la
taberna por el Picador.
Salí en el tílburi de Iturri, el domingo por la
mañana, camino de Ezpeleta. Estuve un momento en Cambo, a saludar a Stratford.
Hacía un día espléndido. Se veían los montes próximos muy azules; la peña de
Aya, Larrun, Mondarrain y, más a lo lejos, el pico de Ossau, todavía con la
cima nevada.
Stratford me convidó a almorzar con él; acepté, y
después salí de Cambo con el caballo al paso, camino de Ezpeleta, adonde llegué
a eso de las tres o tres y media.
La posada del Compás de Oro estaba en la calle
principal de Ezpeleta, a la salida, marchando de Bayona a San Juan Pie de
Puerto. Tenía en el piso bajo una taberna, con sus bancos y su mostrador de
cinc, y a un lado, el comedor, con una mesa larga, un armario y un reloj en la
pared.
Dejé el coche en un patio y el caballo en la
cuadra, y me senté.
Pedí una botella de sidra y llamé al tabernero, que
se presentó en seguida. Otharre, el amo del Compás de Oro, era un hombre
grueso, pesado, de nariz abultada y roja, boca de labios finos y ojos pequeños,
negros, llenos de malicia. Era un[193] tipo que
tenía una mirada burlona y una sonrisa llena de ironía. Vestía como de domingo:
camisa muy blanca, blusa negra nueva, boina y alpargatas.
—¿Usted le conoce al Picador?—le pregunté.
—Sí.
—Pues va a venir aquí esta tarde a hablar conmigo.
Así que, cuando venga, diga usted que me avisen.
—Muy bien.
Mientras bebía mi botella de sidra estuve oyendo a
dos aldeanos que tenían un papel con una canción en diálogo, en vascuence,
titulada el Amo y el criado, y que se refería a la guerra carlista.
La cantaban, mientras otros campesinos que les oían se reían a carcajadas. En
la canción, el amo recibía en Burdeos a Fraschcu, su criado, y le preguntaba
noticias de Oyarzun, su pueblo. El criado le contestaba contando miserias de la
época, y el amo decía que los hombres que habían desencadenado la guerra debían
tener los demonios en el cuerpo, fueran curas o frailes, y que era bastante
mejor seguir la ley del turco que no la fe que predicaban aquellas gentes.
Duc ascoz obia
Turcuen leguía,
Ez oyec predicatzen
Duten fedia.
Me hizo gracia la energía de la afirmación.
Cansado de estar quieto salí a la calle y estuve
contemplando las viejas casas vascas de Ezpeleta, con sus ventanas rojas y su
entramado de maderas, que trazan figuras de H y de V en las paredes blancas.
Me chocó que hubiese tanta gente en la calle, y
luego me fijé en que había colgaduras en los balcones.
—¿Qué pasa?—pregunté a unos aldeanos.
—Que viene el obispo de Bayona en visita pastoral.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo acaba de llegar el coche.
LLEGA EL OBISPO
Esperé una media hora, y comenzó a pasar la
comitiva que precedía al obispo. Venían primero cuatro zapadores con morriones
inmensos, adornados con estampitas, delantales de cuero y hachas de cartón al
hombro; luego, cuatro trompetas y cuatro tambores; después, varios jóvenes con
boinas rojas, chaquetillas también rojas, pantalón blanco y sable, y otros
muchachos, jinetes en caballos pequeños, enarbolando banderas blancas. Me
pareció una manifestación realista.
Después venía el obispo, rodeado por la gente del
pueblo, saludando y echando bendiciones y dando a besar la mano, sobre todo a
las señoras.
En el tropel vi a una mujer guapa, morena, que me
llamó la atención.
—Yo conozco a esta señora—me dije—, pero ¿de qué?
No recordaba.
Pensé que quizá la habría visto en Bayona. Fué toda
la comitiva al Ayuntamiento, una casa torre antigua colocada en un cerro y
separada del caserío del pueblo. El párroco leyó un discurso, y el obispo
contestó con una plática. Le estuve observando mientras hablaba. Le conocía de
casa de madama D'Aubignac, donde se manifestaba burlón y mundano. Allí, en
Ezpeleta, tomaba un aire místico, pero su actitud, indudablemente, era una
comedia.
Cuando concluyó su plática, la gente gritó: ¡Viva
monseñor!; y el público comenzó a agitarse y a dispersarse.
FERMINA LA NAVARRA
En aquel momento vi, de frente, a la señora morena
que me llamó la atención. Era la misma que había visto salir de Laguardia con
Aviraneta y que Zurbano hizo comparecer ante su presencia. Era Fermina la
Navarra, casada con Vargas.
Ella me reconoció también en seguida y me mostró
disimuladamente a un grupo de hombres que, por su aspecto, me parecieron
españoles y carlistas. Efectivamente; poco después advertí, entre ellos, a mi
vecino de hotel, el Murciélago. Como veía que me espiaban, me retiré a la
posada. Le pregunté al tabernero Otharre.
—¿Oiga usted: una señora morena española, de negro,
vive aquí?
—Una guapa. ¿La señora de Vargas?
—Sí.
—Suele venir con frecuencia, pero no creo que vive
en el pueblo. Es carlista y conoce en Ezpeleta mucha gente.
—¿Por aquí habrá mucho carlista?
—Naturalmente. Van y vienen como usted.
El tabernero, sin duda, me había tomado por
carlista.
EL PICADOR
A media tarde apareció García Orejón en la taberna
del Compás de Oro, en compañía de Otharre. Era un hombre alto, grueso, fornido,
de unos cuarenta años. Había sido picador de caballos; tenía la cara curtida,
amarillenta y marcada por las viruelas; las piernas, arqueadas. Usaba bigote
largo, negro y caído. Era un poco calvo; tenía los ojos brillantes, la mirada
obscura, de través, y los labios gruesos.
—Hablaremos por el camino—me dijo el Picador.
—Aparejaré el cochecillo que he traído e iremos en
él.
—No; no me conviene que nos vean juntos. Yo iré por
esta carretera, a pie, y usted me recoge al paso. Si no tiene usted prisa, me
lleva usted hasta Añoa.
—Muy bien.
Lo hice así, y salí del pueblo por el otro extremo
de donde había entrado. Encontré a poco a Orejón, que montó en el tílburi, y
fuimos despacio.
El Picador no me dijo, naturalmente, nada nuevo;
pero me dió más detalles de las cuestiones. Me habló de la lucha en[196]venenada entre Maroto y Arias Teijeiro, del odio de
Guergué y de García contra Maroto, que ya no se velaba, y de la actitud
levantisca de muchos oficiales y sargentos partidarios de los presos de
Arciniega. El fusilamiento del capitán don Felipe de Urra, amigo de los presos,
ordenado por Don Carlos, después del primer motín de Estella, había exasperado
a muchos carlistas.
Orejón me aseguró que el ejército estaba inquieto,
hambriento, sin cobrar una paga.
—Con poco dinero—dijo—sería fácil provocar
disturbios e insurrecciones: siempre pidiendo las pagas.
—¿Qué dinero necesita usted para empezar?
—Unos tres mil duros.
—Se le girarán cuanto antes.
—No sé—añadió—si podré ir inmediatamente a Estella,
porque me han denunciado a Maroto como uno de los cómplices del último motín
militar y como partidario de la abdicación de Don Carlos y de la proclamación
de su primogénito. He estado unos días escondido en una casa del Roncal. Me
enteraré. Si no puedo ir yo en seguida, mandaré a una mujer.
—Yo conozco a una roncalesa de mucho brío.
—Será la misma, Gabriela.
—Sí.
—Me entenderé con Bertache, Zabala y con otros. Le
escribiré a usted lo que haga con tinta simpática.
—Muy bien.
—Diga usted que me sigan mandando el dinero por
conducto del cura de Sara.
—Lo diré.
Luego hablamos de otras cosas.
García Orejón estaba enredado con una mujerona de
Burdeos que había sido cocinera. Orejón era hombre de gustos pacíficos. Su
ideal consistía en construír una casita en Francia, en una aldea; en España
tenía miedo de la venganza de algún carlista; soñaba con hacer una vida
tranquila, comer bien e ir a pasear por el campo y a pescar en el río, como un
buen burgués retirado.
VII.
LAS BACANTES VASCAS DE AÑOA
Llegamos a Añoa, entramos en un café, titulado
A la Cita de los Cazadores; saqué yo papel y pluma y me puse a escribir el
informe. Cuando lo concluí entregué la minuta a Orejón, quien se puso unos
anteojos y la leyó muy atentamente. Hizo algunas observaciones y dió su
beneplácito. Inmediatamente se levantó; dijo que tenía prisa. Antes de salir
del café miró a derecha e izquierda, y cerciorado de que nadie le seguía, se
marchó a la carrera, y desapareció en la penumbra del crepúsculo.
Me dejó la impresión de hombre obscuro, misterioso,
hundido en el fango: un hombre de pesadilla.
Iba a montar en el cochecito para volver a Bayona,
cuando vi venir por la calle del pueblo una cabalgata de diez a doce hombres
vestidos de mujer, montados en burros, adornados de vejigas y de cencerros, al
son de un tambor y de un pito.
—¿Qué pasa?—le pregunté al mozo del café.
—Nada; una tontería. Que van a hacer una
cencerrada, un charivari, dedicado a un español.
—A un español, ¿y por qué?
—Ha habido aquí un ex oficial carlista que se casó
con una muchacha del pueblo y se llevó la cuñada a su casa, y al cabo del año
ha resultado que la cuñada ha quedado embarazada, y la mujer, dicen que, de
rabia, le ha pegado al marido. Para celebrar esto han inventado este charivari.
—¿Y está aquí el español?
[198]—No; se ha ido. Estas cosas están prohibidas por la
policía, pero como los gendarmes se han marchado a Ezpeleta, los del pueblo se
aprovechan.
LAS BASA-ANDRIAC
La función se celebró en un escenario improvisado
en un gran portal. En medio, en unos bancos, se colocaron los hombres vestidos
de mujer, que representaban las Basa-andriac (mujeres del
bosque) que tenían que juzgar el caso.
Estas Basa-andriac eran tipos
grotescos, tipos de borrachos del pueblo, con caras maliciosas y ojos burlones.
Llevaban faldas, enaguas, pañuelos en la cabeza, y estaban armados de escobas.
Al lado de estas damas estaban sus maridos,
vestidos de pieles y con sus correspondientes cuernos.
El mozo del café me indicó, entre las Basa-andriac,
el barbero del pueblo, el alpargatero, el sacristán, el que hacía las chisteras
para jugar a la pelota, y el zapatero. La obra que se iba a tener el honor de
representar era del sacristán Dominique Elissalde de Elissagaray, en
colaboración con el barbero Juan Pedro de Irumberry.
Irumberry tenía fama de ingenioso desde que mandó
pintar la muestra de su barbería. Esta muestra representaba un hombre a punto
de ahogarse, a quien otro socorría y sujetaba por el pelo; pero el salvador
agarraba de unos pelos falsos al que estaba a punto de ahogarse, y no le
salvaba, porque el hombre llevaba peluca. Debajo de esta pintura estaba escrita
la leyenda: «Al inconveniente de las pelucas». Algunos decían que Irumberry no
era original y que había copiado su muestra.
El presidente de las Basa-andriac hizo
sonar un cencerro, y gritó:
—Se abre la sesión; que entre el procesado.
Entonces pasaron al escenario dos abogadas, con
togas de percal negro; dos gendarmes, el español, su mujer y su cuñada, todos
terriblemente caricaturizados. El español, que se lla[199]maba
nada menos que el señor Garbanzón, tenía una cara estilo Zumalacárregui:
patillas negras, entrecejo sombrío, un tricornio de papel en la cabeza y una
espada de madera.
El señor Garbanzón miraba a derecha e izquierda de
una manera siniestra, apoyándose en la espada, y decía a cada paso:
—¡Mil rayos! ¡Mil bombas! ¡Mil truenos! ¡Por el
vientre del Papa! ¡Le voy a comer a uno los hígados!
El que hacía de esposa del señor Garbanzón era un
hombre muy alto, muy flaco, con una peluca y un lazo de color de rosa en la
cabeza; y la que hacía de su cuñada era un hombre bajito, vestido con falda
corta, con el pecho lleno de trapos, y el trasero lo mismo, y un muñeco, al que
cantaba y hacía como que daba de mamar. Comenzó el juicio con el interrogatorio
del acusado. El señor Garbanzón contestaba a las preguntas con aire de
malhumor.
—¡Levántese el procesado! ¿Cómo se llama usted?—le
preguntó la presidenta.
—¡Mil rayos! ¡Mil bombas! ¡Mil truenos! ¡Por
Satanás! Me llamo don Pepito Garbanzón de los Prados.
—¿Qué profesión tiene usted?
—¡Rayos y centellas! ¡Por los cuernos de Lucifer!
Soy oficial del ejército de Su Majestad Católica Don Carlos de Borbón (aquí
saludó con el sombrero de papel), rey legítimo de Castilla, de León, de Aragón,
de las dos Sicilias, de Jerusalén...
—Bueno, bueno.
—De Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de
Galicia...
—Ya, ya, comprendido.
—De Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba...
—Bien. Bien.
—De Córcega, de Murcia, de los Algarbes, de
Algeciras...
—¡Basta! ¡Basta!
—De Gibraltar, duque de Atenas y de Neopatria;
conde de Barcelona, señor de Vizcaya...
—¡Socorro! ¡Socorro!—gritó la presidenta—. Ponedle,
como a las barricas de sidra, un tapón de barro.
Le taparon la boca, y el señor Garbanzón siguió
mascullando su retahíla hasta que la acabó.
—Está bien, don Pepito—le preguntó la presidenta—;
y ahora, aquí, en confianza, ¿usted por qué abandonaba a su mujer e iba a la
cama de su cuñada?
—¡Mil rayos! ¡Mil terremotos! ¡Por el ombligo de
Buda! Mi cuñada es más gordita; en cambio, mi mujer no tiene nada.
—¡Que no tengo nada!—gritó el que hacía de mujer
propia—. ¡Cochino! ¡Cerdo! ¡Que no tengo nada!—y mostró un pecho negro y
peludo—. ¿Qué es esto entonces?
—Eso es una piel de oso.
—En cambio, ésta está más gordita—dijo don Pepito.
La cuñada se levantó del banco con su muñeco en
brazos y mostró su pecho, enorme, lleno de trapos, y su trasero, igualmente
enorme, y dió una vuelta de bailarina.
—¡Mil rayos! ¡Sangre y centellas! ¡Por las barbas
de Lutero! Esto ya es otra cosa—dijo el señor Garbanzón pellizcando en el
trasero a la supuesta cuñada.
—¡Me va a dar algo! ¡Me va a dar algo!—gritó la
mujer propia agitándose de una manera violenta, abanicándose y rugiendo, y
tirando el lazo de la cabeza al suelo, y pateándolo con unas botas como dos
gabarras.
La cuñada del señor Garbanzón comenzó a mecer y a
cantar al muñeco la canción Lo, lo, lo; pero la mujer legítima le
quitaba el niño iracunda, y decía que era suyo. Le quería dar de mamar, le
ponía cabeza abajo y terminaba por ponerle el dedo en la boca para que chupara.
Después de una porción de disparates y de absurdos
se dilucidó el punto de si la mujer de don Pepito le había pegado a su marido
con un palo o con una caña, y si le había dado en la cabeza o en la espalda.
—¿Cómo le ha pegado usted?—le preguntó la
presidenta a la mujer propia.
—Pues le he pegado así—y le dió cuatro o cinco
cañazos al señor Garbanzón.
—¡Rayos y centellas! ¡Por los hígados de Mahoma! No
ha sido así—dijo don Pepito.
—Pues, ¿cómo ha sido?
—Así—y don Pepito cogió la caña y arreó una tanda
de cañazos a su mujer.
Luego se mezclaron los gendarmes en la contienda y
éstos recibieron los golpes de don Pepito, de su mujer y de su cuñada.
LA SENTENCIA DE DON PEPITO
Después de aclarado este punto, la fiscala y la
defensora soltaron dos discursos grotescos, y la presidenta preguntó a
las Basa-andriac.
—El señor Garbanzón de los Prados, ¿es culpable de
haberse acostado con su cuñada y haberle hecho un pequeño Garbanzón?
—¡Sí, sí!—aullaron todas las Basa-andriac.
—Madama Garbanzón de los Prados, ¿es culpable de
haber dado con una caña o palo u otro objeto contundente uno o varios golpes a
su marido al saber lo que ocurría en su casa?
—¡Sí, sí!—volvieron a aullar las bacantes.
Después de esta deliberación la presidenta leyó la
sentencia:
Artículo 1.º Que supuesto que la mujer de don
Pepito Garbanzón de los Prados no tiene gracia para tener críos, se le encarga
de esta tarea a la cuñada, que cuenta con más facultades.
Artículo 2.º Que la mujer propia de dicho señor
Garbanzón puede seguir en la casa haciendo la comida, barriendo la escalera,
cepillando las botas, fregando los platos y demás adminículos, como ahora.
Artículo 3.º Que como no está demostrado que madama
Garbanzón no pueda tener críos, el señor Garbanzón, don Pepito, estará obligado
a acostarse con ella una vez al año, o antes, si está en peligro de muerte.
Artículo 4.º Que en casa del señor Garbanzón
desaparecerá todo lo que tenga carácter de instrumento contundente, sea de
caña, de palo o de otra substancia, para que el hecho de autos no se repita.
[202]Después de leída la sentencia, las Basa-andriac se
levantaron, enarbolaron las escobas, agarraron a don Pepito y se pusieron a dar
gritos terribles y a agitar los cencerros. Los maridos cornudos se unieron a la
algazara mugiendo sonoramente.
Tras del juicio se preparó la farándula y salieron
todos, agarrados de la mano, al son del pito y del tamboril, hasta la plaza,
donde se bailó un fandango desenfrenado.
Yo me reí mucho con aquella farsa. Encontré a la
gente de Añoa de muy buen humor, y el sacristán, Dominique Elissalde de
Elissagaray, y su colaborador, Juan Pedro de Irumberry, me parecieron dos
Plautos campesinos.
VIII.
EMBOSCADA
Era ya bastante tarde cuando aparejé el
caballo y el coche y me preparé para volver a casa.
Al entrar en Ezpeleta vacilé en seguir adelante o
en quedarme allí. No adelantaba gran cosa en encontrarme en Bayona a las altas
horas de la noche, y el recordar al Murciélago en aquel grupo de carlistas que
había visto a la llegada del obispo, en compañía de Fermina la Navarra, me
infundía algunas sospechas.
Pensé en las precauciones que tomaba el Picador
para entrar y salir de cualquier parte.
—Entre hacer y no hacer, es mejor hacer, ¡qué
diablo! Vamos adelante.
La noche estaba con alternativas, clara y obscura;
había luna en el cielo y pasaban de cuando en cuando nubarrones espesos que
dejaban el campo negro.
A los cinco minutos de salir de Ezpeleta se me
apagó la luz del coche.
—¡Qué fastidio!—pensé—. El caballo se va a espantar
con las sombras del camino y me va a dar la gran jaqueca.
TIROS
Poco después, un nubarrón cubrió la luna, y quedó
la carretera tan negra que no se veía a cuatro pasos. Se me encogió el corazón
y pensé que había hecho un gran disparate en salir. Iba con el caballo al trote
corto, cuando brillaron dos fogonazos en los setos del camino, y silbaron unas
balas cerca de mí.
Azoté al caballo, que echó a correr al galope, y al
poco rato sonaron, ya detrás, otros dos estampidos.
Yo me agaché en el pescante, por si disparaban de
nuevo, y seguí azotando al caballo.
Poco después volvió a salir la luna.
A la hora llegué a Cambo y llamé en casa de
Stratford. Me abrieron. Mi amigo estaba aún levantado y le conté, riendo, lo
que me había ocurrido.
—El farol apagado a tiempo y el nubarrón le han
salvado a usted la vida.
—Sí, es verdad.
Tomé unos bizcochos y una copa de Jerez y me fuí a
acostar.
Al pensar en lo que me había ocurrido sentí una
mezcla de terror y de placer al mismo tiempo.
—Tengo que tener confianza en mi estrella—me dije,
y me restregué las manos con gusto.
IX.
AVIRANETA, DE NUEVO
En los primeros días de enero de 1839 se
presentó Aviraneta en Bayona. Estuvo unas horas en una fonda y se trasladó
después a una casa de huéspedes modesta de cerca de la Catedral, en la calle de
la Moneda, o calle Nueva.
Me avisó para que fuera a verle, y lo encontré en
la cama.
—Vengo acatarrado—me dijo—; he hecho un viaje
malísimo.
—¿Pues qué le ha pasado a usted?
—He venido por Zaragoza, Jaca y el puerto de
Canfrac, que estaba cerrado por las nieves. He andado perdido, durmiendo en
mesones infames, calado hasta los huesos.
—¿Y por qué no ha venido usted por Santander?
—Parece que sospechaba alguien que yo iba a volver
a Bayona y se me esperaba, no con muy buenas intenciones. ¿Y cómo va esto?
Le conté lo que había hecho con toda clase de
detalles.
—Has trabajado muy bien, Pello—me dijo—; tú vas a
llegar más lejos que yo.
—¡Ca! No crea usted.
—Sí, sí. Le he leído tus informes a la Reina y ha
quedado entusiasmada.—A ese joven le tengo que ayudar—me ha dicho.
—Sí; no digo que no me ayude, pero yo no tengo gran
ambición. No siento, como usted, el deseo de mando. Por ahora,[206] me
divierte el peligro, la aventura, pero nada más; dentro de poco me gustará la
vida tranquila y la buena mesa.
—Hombres de poca fe.
—Mejor sería decir hombres de poco nervio.
—Sin embargo, para tu edad has hecho cosas. Eres
casi un diplomático, cuando otros con tus años son unos niños zangolotinos.
—Y ahora, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué tiene usted en
proyecto?
—He estudiado un plan para prender al Pretendiente.
Yo creo que está bien concebido, pero lo discutiremos en detalles. No digas
nada a nadie.
—Esté usted sin cuidado.
—Respecto a nuestros trabajos para la escisión del
carlismo, convendría enviar al Real un agente que nos comunicara las últimas
noticias.
Haremos lo posible para encontrarlo. ¿Cuándo nos
veremos?
—Ya te avisaré.
EL VALOR DE LA HISTORIA
A los tres días de la llegada de don Eugenio, el
periódico de Bayona El Centinela de los Pirineos publicaba
este suelto, para la mayoría enigmático:
«Se sabe positivamente que ha llegado a Bayona un
antiguo y conocido agente de revoluciones y desórdenes, cuya presencia precedió
a los sangrientos sucesos de Hernani en julio de 1837.»
—Así se escribe la historia—me decía Aviraneta unos
días después, con ironía—; yo he hecho algunas cosas buenas y malas, pero
ninguna de ellas me caracteriza. En cambio, me caracteriza el haber precedido a
un acontecimiento en el cual no he tomado parte.
—Tiene gracia.
—Si es mentira lo que se cuenta del año pasado,
¿qué será lo que se dice de hace dos mil años?
EL GRABADOR
Se le había ocurrido a Aviraneta, basándose en la
lucha de los marotistas contra los teijeristas, hacer creer a los exaltados que
Maroto estaba afiliado a la masonería. Para esto había traído dos diplomas
masónicos, y pensaba borrar los nombres que constaban en ellos y sustituírlos
por el del general y por el del conde de Negrí.
La cosa resultó más difícil de lo que parecía.
Se emplearon varios procedimientos químicos para
borrar la tinta, y no dieron resultado. Entonces se le ocurrió a don Eugenio
mandar grabar un diploma igual que el masónico y utilizarlo poniendo el nombre
de Maroto.
Esta idea fué el germen de un legajo de documentos
falsos, que luego, más tarde, Aviraneta pasó al Real de Don Carlos, y que
produjo un gran revuelo. A este legajo llamó el Simancas.
Barbanegre, el corrector de pruebas de la imprenta
de Lamaignere, nos dirigió a un grabador, Meyer, que vivía en el Rempart
Lachepaillet. Este grabador era novio de una de las chicas del andaluz Julio
Díaz.
La casa del grabador era una casa antigua, pequeña;
el primer piso, saliente sobre el bajo, y el segundo, sobre el primero.
Estaba pintada de un color verdoso sucio, ya
descascarillado, y tenía un entramado de maderas negras al descubierto. Cada
piso era de muy poca altura, y los techos no tendrían más de dos metros.
La puerta de la casa era gótica, con un llamador de
metal, y en una de las dos jambas había una placa pequeña de cobre con este
letrero: «Meyer, grabador cincelador».
Pasando la puerta se encontraba un pasillo húmedo y
negro, y al final, un patio, y antes del patio, a mano izquierda, el rincón
donde trabajaba el grabador.
Era un taller que tenía todo el aspecto de un
taller medieval. Lo iluminaba una ventana grande, a poco más de un metro de
altura, que daba hacia la muralla, y otra pequeña, que recibía la luz de un
patio.
[208]Cerca de la ventana grande tenía su mesa de trabajo
el grabador, con sus planchas, sus buriles y sus piedras de esmeril. En la
pared, en unos estantes, se veían frascos de ácido nítrico con agua, mezcla ya
empleada en morder el cobre, a juzgar por el color azul que tenía.
Delante de la ventana pequeña y alta estaba el
tórculo, un tórculo de madera, antiguo, donde sacaba las pruebas el grabador.
Todo el pequeño taller, negro, se hallaba como barnizado de tinta, y los
papeles blancos parecían allí de nieve.
Encontramos al grabador, que estaba recubriendo de
barniz una plancha de cobre con un pincel.
Era un joven alto, rubio barbudo, encorvado, con
anteojos, de cara indiferente.
—Yo venía a encargarle a usted un trabajo—le dijo
Aviraneta.
—Usted dirá.
—¿Podría usted hacerme una lámina igual a ésta?
El grabador tomó la lámina que le presentó don
Eugenio e hizo un ligero movimiento de sorpresa. Al instante, Aviraneta llevó
la mano al hombro, y el grabador, poco después, hizo lo mismo.
Aunque me chocó el movimiento, no le di
importancia.
—Esta lámina la puedo hacer—dijo el grabador—, pero
tiene mucho trabajo. Tardaré bastante en concluírla.
—No me urge. ¿Cuándo podrá estar?
El grabador midió la lámina a lo largo y a lo
ancho, y dijo que llevaría por grabarla quinientos francos, pero que tardaría
algún tiempo en hacerla, porque no tenía plancha de aquel tamaño y le sería
necesario encargarla a París.
—¿Quiere usted que le de, por adelantado, algún
dinero?—le preguntó Aviraneta.
—Sí; no estaría mal.
Aviraneta le dió trescientos francos, y nos fuimos
a la calle.
—Te habrás fijado que el grabador y yo nos hemos
hecho el signo de reconocimiento de la masonería.
—¡Ah! ¡Qué bruto he sido! Lo he visto y no me he
figurado lo que era.
Marchamos Aviraneta y yo a casa, separados.
DE NUEVO EL MURCIÉLAGO
Un par de semanas después volvimos al taller del
grabador, y al salir para tomar la calle de España, don Eugenio y yo, cada uno
por su lado, le vi al vecino del hotel, que me espiaba, al Murciélago. Esperé
en el escaparate de una tienda a que se me acercara don Eugenio y le dije.
—¿Ve usted ése que va por la acera de enfrente?; es
un hombre que me espía.
—Hay que saber quién es—dijo Aviraneta, que iba
embozado hasta los ojos—. Ve tú a casa de la Falcón, parándote en las tiendas.
Si él te sigue, yo le iré siguiendo.
Lo hicimos así, y yo fuí, como hombre desocupado,
parándome en los escaparates, como si no hubiera notado la persecución, hasta
la tienda de antigüedades.
Al día siguiente me avisó don Eugenio para que
fuese a casa de Iturri.
—¿Sabes quién era el que te seguía?—me dijo.
—¿Quién?
—Un tal Salvador que nos hizo traición en la
Isabelina. Está aquí ese granuja.
Me contó la historia de Salvador, que había sido
uno de los mayores intrigantes de la época.
Salvador era un tipo de aquellos como Regato, que
había vivido en plena intriga, con un fin de lucro.
Yo le hablé a don Eugenio de la caja de dulces que
me enviaron al hotel; de la carta anónima que me habían dirigido después, y de
los tiros del camino de Ezpeleta, cosas que yo suponía provenían de Salvador.
Aviraneta dijo que era muy probable mi suposición.
Aviraneta le tenía odio y miedo a aquel hombre.
Para espantarle, le escribió una carta amenazadora,
que decía así:
«Miserable espía: Sabemos que estás intrigando y
vendiendo a los liberales y a los carlistas. Si no abandonas inmediata[210]mente tu espionaje y te marchas de Bayona, pagarás
caras tus maniobras. Conocemos tu abominable historia de traiciones y de
crímenes.
Demóstenes, Espartaco, Mirabeau
de la logia Irradiación.»
Salvador no se marchó de Bayona; se mudó a una casa
de huéspedes del barrio de Saint-Esprit.
X.
APUROS DE VINUESA
Pocos días después de esto salía del hotel,
cuando me encontré con mi compañero de viaje de Madrid a Bayona, que venía
demudado y tembloroso.
—¿Qué le pasa a usted?—le dije.
—Estoy muy apurado.
—¿Quiere usted subir a mi cuarto?
—Bueno, sí.
Subió, se sentó y me dijo:
—Estoy temiendo que me van a internar en Francia.
—Pues, ¿por qué? ¿Qué ha hecho usted?
—Verá usted. He estado estos meses en Pau,
resistiéndome a entrar en el campo carlista, cuando hace tres días recibí una
carta del mismo Don Carlos llamándome a su Real con toda urgencia, y diciéndome
que si no voy me considerará separado de su partido. Me he puesto en camino y
he venido aquí con mi mujer, al hotel de Francia. Me he visto con varios
carlistas para que me indiquen el medio mejor de trasladarme al campo de Don
Carlos, y alguno de ellos sin duda lo ha dicho por ahí; se ha enterado el subprefecto
y me ha llamado, me ha pedido los papeles y luego, con violencia y mal gesto,
me ha ordenado que vuelva a Pau, de donde seré internado. Y aquí me tiene usted
que no sé qué hacer. El Señor me espera, y si ahora ya no voy pierdo para
siempre la gracia de Su Majestad.
—No se apure usted—le dije yo—. Quédese usted
esperan[212]do en mi cuarto; yo iré y le preguntaré al
canciller del consulado de España qué hay en la subprefectura contra usted.
Salí del hotel y me encontré a Vidaurreta en el
momento en que iba a visitar al subprefecto. Le expliqué el caso de Sánchez
Vinuesa, diciéndole que era una buena persona, un excelente sujeto, nada
peligroso.
Le esperé en el café, enfrente del teatro. Al poco
tiempo volvió Vidaurreta; me dijo que en la subprefectura había la delación de
un individuo llamado Manuel González contra un diplomático carlista, residente
en Pau, que había ido a Bayona con la intención de pasar al campo del
Pretendiente, y a quien se le había intimado la orden de que retornara a Pau.
Volví al cuarto del hotel y le dije a Vinuesa:
—No hay nada grave contra usted. Si quiere usted se
vuelve a Pau, donde nadie le molestará; si prefiere usted entrar en España, yo
mismo le prepararé la marcha.
—Prefiero entrar en España, porque si no, el Señor
va a pensar que no quiero obedecerle.
—Bueno; pues como usted quiera. Vamos ahora a una
posada de un amigo mío. Allí encontraremos un guía para España.
—Vamos.
Fuimos a casa de Iturri. Le pregunté en el camino a
Vinuesa con qué carlistas había hablado, y quedé convencido que el Manuel
González que le había denunciado era el vecino de mi hotel, el Murciélago,
Manuel Salvador. ¿Trabajaría éste por los liberales y por los carlistas?
¿Tendría algún motivo de odio contra Vinuesa? No lo pude averiguar.
Llegamos a la posada de Iturri, y le expliqué a
éste los deseos de mi amigo.
—Un guía—dijo Iturri a Vinuesa—le costará veinte o
treinta francos.
—Le daré cien con gusto.
—No, no. Es demasiado. ¡Eh!—gritó a su mujer el
fondista.
—¿Qué quieres?
—¿Está ahí Pinterdi?
—Sí.
—Que suba.
Subió Pinterdi, un muchacho fuerte y rubio, de
Ascaín, a quien Iturri explicó lo que tenía que hacer.
[213]—¿Necesitará usted un caballo—preguntó Iturri a
Vinuesa—, o prefiere usted una mula?
—Un caballo.
—¿Quiere usted ir de una tirada hasta Vera, o
prefiere usted dormir en el camino?
—¿Qué distancia habrá?
—Unas siete u ocho leguas.
—Es bastante.
—Si se cansa usted, duerme usted en San Juan de
Luz, o en Urruña.
—Bueno; ya veré.
—¿Tiene usted la maleta hecha?—le pregunté yo.
—Sí.
—Bueno. Entonces, nosotros dos vamos a ir a
almorzar fuera de puertas, a un merendero que se llama el Buen Rincón, del
barrio de Onzac; este chico, Pinterdi, cogerá su maleta en su hotel, y con la
maleta y el caballo irá al merendero.
Vinuesa me preguntó varias veces por Aviraneta y
por lo que hacía. Yo le contesté con prudencia.
Llegamos al merendero, y almorzamos muy bien. Al
final del almuerzo se presentó Pinterdi, ató la maleta al caballo e invitó a
subir a Vinuesa. Este me recomendó que fuera a ver a su mujer con frecuencia,
para tranquilizarla.
LA DAMA ALEMANA
Dos días después, por la noche, fuí a ver a la
señora de Vinuesa y a decirle que su marido había llegado bien a España. Me
encontré a la dama indignada, furiosa, contra su marido.
—Mi marido es un imbécil, un mentecato—me dijo—; me
ha traído aquí engañada diciéndome que volvíamos a España, y se va porque le ha
llamado Don Carlos. ¿Ha visto usted nada más estúpido? Un hombre viejo, como
él, me separa de los hijos, que he dejado en Madrid, y me deja aquí sola para
ir a ver a Don Carlos. No se lo perdono. Hasta ahora no le[214] he
engañado, pero de ahora en adelante, sí. Pienso tener amantes.
—¡Señora!
—Sí, sí; estoy decidida. Vea usted lo que tengo
aquí—y me enseñó una botella de Champaña y unas pastas—. Es para animarme. Abra
usted.
Abrí la botella y bebimos dos copas.
—A ese viejo imbécil de mi marido le tengo que
engañar. Eche usted más vino, y beba usted.
Bebimos más. Ella empezó a reírse a carcajadas.
—Usted será mi primer amante—dijo luego.
Al principio, la cosa me pareció un poco absurda.
Luego, por el contrario, me pareció muy alegre.
La alemana llevó hasta el final su venganza.
XI.
UN PROYECTO ATREVIDO
Un día de invierno me citó Aviraneta para que
fuera a su casa después de comer. Fuí, pasé a un despachito pequeño que tenía
don Eugenio en la casa de huéspedes, y me encontré allí con don Lorenzo Alzate
y don Domingo Orbegozo, a quienes conocía de San Sebastián.
Hablamos de la guerra, y después Aviraneta nos
explicó el proyecto que había madurado.
—Cuando Don Carlos entró en España por Urdax, en
1834—nos dijo—, y dió principio el general Rodil a una persecución activa,
andaba el Pretendiente a salto de mata ocultándose entre los breñales para
librarse de ser hecho prisionero por las tropas de la Reina. Al organizar
Zumalacárregui sus fuerzas, Don Carlos pudo abandonar en parte su vida
trashumante; entonces eligió pueblos grandes para su residencia, nombrando
ministros, secretarios y empleados. Esta pequeña corte, que entre los carlistas
se llama el Real, ha andado siempre trasladándose de un punto a otro, y ha
estado, como saben ustedes, en Estella, Durango, Oñate, Azcoitia y Villafranca.
Zumalacárregui tenía sus fuerzas siempre en
movimiento, y al Pretendiente le era necesario seguirle, cosa que no le
agradaba.
Este estado ambulante del Real duró mientras
mandaron los ejércitos de la Reina los generales Rodil, Quesada, Mina, Valdés y
Córdova, que hacían una guerra irregular con alternativas de éxito y de
fracaso. Al ser nombrado general en jefe[216] Espartero,
se abandonó el sistema de guerra irregular, y se adoptó el de la guerra de
líneas, cesando las operaciones militares cuando venía con el invierno el mal
tiempo.
Este sistema de guerra regular y la muerte de
Zumalacárregui, por quien Don Carlos no tenía el menor afecto, y que le
inquietaba con sus andanzas, ha permitido al Pretendiente habitar los pueblos
largo tiempo, y hasta poner su Gaceta Oficial en Oñate.
Por otra parte, el matrimonio de Don Carlos con la
duquesa de Beira, celebrado en Azcoitia, ha hecho que el hombre que pasó la
luna de miel en el palacio del duque de Granada de Ega se estabilice más. El
Pretendiente ha querido tener una corte, aunque pequeña; el Real ha progresado
en camaristas, caballerizos y mayordomos, y los frailes y el obispo de León han
dado con el botafumeiro en las reales narices de Don Carlos, y éste, que nunca
ha sido listo, se ha hecho más endiosado y más tonto de lo que es por naturaleza.
Yo, que he leído cuantos folletos y artículos
hablan de la vida de Don Carlos y que conozco Guipúzcoa, he visto con asombro
que el Pretendiente se queda casi solo en Azcoitia cuando sus tropas se alejan
para luchar con las liberales.
Azcoitia está relativamente cerca del mar, a una
distancia de un par de horas de marcha para un buen andarín; un golpe de mano
rápido me parece posible. Yo creo que es fácil apoderarse del Pretendiente.
¿Qué les parece a ustedes?
Alzate, Orbegozo y yo nos callamos un momento.
—La verdad es que, en principio, no parece difícil
el proyecto—dijo Alzate.
—Una empresa como ésta, a la mayoría, que es gente
ramplona, le parece muy natural cuando se ha realizado; pero antes de hacerse
se le figura imposible—dijo Aviraneta—. Este proyecto que les expongo se lo he
expuesto también al ministro Pita Pizarro, a quien le ha parecido muy atrevido,
pero de una ejecución factible.
—Veamos los detalles—dijo Orbegozo.
—Quizá primero lo mejor sería—repuso Aviraneta—que
alguno de ustedes se pusiera al habla con el comodoro inglés lord John Hay y
que le preguntara si podría prestar alguno de sus barcos para una empresa de
este género. Al mismo[217] tiempo sería conveniente
que otro le viera a don Gaspar de Jáuregui, el Pastor, y primero le consultara
sobre el plan, y si lo encontraba bien, indicara un oficial para que al frente
de un cierto número de soldados fuera a Azcoitia a realizar la empresa.
Contando con estos factores estudiaremos el proyecto en sus detalles más
pequeños, como quien estudia un aparato de relojería.
Quedamos todos de acuerdo, contemplamos un plano de
la costa, del Depósito Hidrográfico de Madrid, que sacó Aviraneta, y cada vez
nos pareció que la tentativa era más lógica y más factible.
Alzate y Orbegozo se fueron a San Sebastián
dispuestos a trabajar en el proyecto.
EL SARGENTO ELORRIO
Orbegozo habló con el coronel inglés Colquhoun,
quien le dijo que lord John Hay examinaría el proyecto que le expusieran, y que
si le parecía bueno colaboraría con él; Alzate conferenció con el general
Jáuregui, y éste indicó para realizar la empresa al sargento de chapelgorris
Ramón Elorrio.
Cuando lo supo Aviraneta avisó a Alzate que le
enviaran inmediatamente a Elorrio, y éste apareció en Bayona.
Elorrio tenía entonces unos veintiséis o
veintisiete años; era de poca estatura, moreno, de ojos negros, de aire
atrevido y sagaz. Llevaba bigote pequeño y tenía un tic nervioso en la cara.
El sargento Elorrio vino a mi hotel, y allí
esperamos a Aviraneta.
Elorrio se bebió dos o tres copas de coñac mientras
aguardaba; lo que me hizo pensar que era muy aficionado al alcohol.
Cuando llegó Aviraneta, éste explicó al sargento en
pocas palabras de qué se trataba; le leyó su plan de prender a Don[218] Carlos en Azcoitia, y le mostró el mapa de la
costa de Zumaya y del terreno que recorre el río Urola.
—¿Qué le parece a usted mi plan?—le preguntó
Aviraneta después.
—Está muy bien pensado—dijo Elorrio—. ¿Quién lo va
a realizar?
—Usted mismo.
—¿Me permitirán? Ya sabe usted que hay muchas
envidias en el Ejército.
—Sí; he hablado con el general Jáuregui y él le ha
designado a usted. El comodoro John Hay espera conocer el proyecto para dar su
aceptación. Si los dos aceptan, la empresa se realiza.
—Muy bien—dijo Elorrio—. Yo, dentro del plan de
usted, me encargo de todo. La cuestión es que no haya obstáculos y que no se
hable demasiado de ello. Yo conozco la provincia bien y además tengo en la
compañía chicos de Zumaya, Cestona y Azcoitia que conocen el terreno palmo a
palmo. Yendo por los senderos a primera hora de la noche, en dos horas
podríamos ponernos desde Zumaya en Azcoitia.
PREGUNTAS
—Bueno—dijo Aviraneta—; puesto que usted asume la
dirección y la responsabilidad del proyecto en bloque, pongámonos de acuerdo en
los detalles. Supongamos que llega usted a Azcoitia, a la casa del duque de
Granada de Ega, ¿qué haría usted allí?
—Creo que no encontraríamos resistencia; todas las
fuerzas carlistas están en Vizcaya, Alava y Navarra. En Guipúzcoa tienen las de
Andoaín. Por esa parte de Azcoitia no hay mas que unos cuantos cadetes,
guardias de Corps, y unos cuantos hojalateros que no valen nada. A patadas los
echaríamos.
—¿Y si ofrecían resistencia?
—Entraríamos a la fuerza; y si alguno se oponía le
pegaríamos un tiro.
—Muy bien.
—Allí, naturalmente, no había de ser cosa de dar
oídos a ruegos y lágrimas.
—¿Y usted no cree que alguno de los chapelgorris,
al ver que se trataba de prender a Don Carlos, no se echaría atrás?—preguntó
Aviraneta.
—¡Ca! Nuestros chapelgorris—exclamó Elorrio—le
tienen un odio a Don Carlos terrible. Si se defendiera, le aplastarían como a
una rata.
—Bueno; supongamos que ya han entrado ustedes en la
casa del duque de Granada y han preso a Don Carlos y a su hijo, ¿qué haría
usted después?
—Los montaría en unos caballos.
—¿Los habrá?
—Sí, los hay en casa del duque de Granada; y en dos
o tres horas, por la carretera, de noche, llegaríamos a Zumaya. Cuando se
enteraran los carlistas del suceso, estaríamos embarcados.
—Hay que pensar todas las eventualidades. Si, por
ejemplo, mientras ustedes se encontraban en Azcoitia venía una galerna que
impedía que las lanchas de desembarco de los ingleses estuvieran a punto para
recogerles, o aparecieran, por casualidad, tropas carlistas que les cortaran el
paso a Zumaya, ¿qué harían ustedes?, ¿se verían perdidos?
—No, ¡ca! Iríamos hacia el monte Gárate y nos
refugiaríamos en el castillo de Guetaria. Si nos cerraban el paso para
Guetaria, nos dispersaríamos, deshaciéndonos de las caballerías, e iríamos a
Zarauz.
—Y con los prisioneros, ¿qué harían ustedes?
—Lo que nos mandaran: soltarlos o pegarles un tiro.
Aviraneta contempló atentamente a Elorrio.
—Yo creo que sería mejor pegarles un tiro.
—Yo, también—dijo Elorrio.
—Así, que en la parte de empresa que a usted le
corresponde, y que es la más importante, ¿estamos de acuerdo?
—Completamente.
—Ahora nos falta que el comodoro inglés dé su visto
bueno al plan. Se le avisará a usted.
Elorrio se despidió de nosotros dos, y se marchó.
Ahora, al cabo de más de medio siglo, lo recuerdo
como si lo estuviera viendo, y, al recordarlo, pienso también en el pobre
Muñagorri.
Cuando en 1841 se sublevó en Pamplona el general
O'Donnell contra la Regencia de Espartero, Muñagorri salió de Bayona para
Pamplona a reunirse con el general sublevado, siempre con su plan favorito de
Paz y Fueros.
Elorrio, que por entonces era teniente y
esparterista rabioso, cogió a Muñagorri el 14 de octubre en la ferrería de
Zumarrista y lo fusiló inmediatamente.
Elorrio tampoco acabó bien; después de la guerra le
nombraron oficial de carabineros, y como era un impulsivo y un alcohólico, hizo
mil absurdos; le echaron del Cuerpo por meter contrabando, fué después jefe de
una partida de contrabandistas, y un compañero le dió una puñalada.
XII.
EL PLAN ESCRITO
A los tres días de la visita del sargento Elorrio
me escribió Aviraneta dándome noticias. Alzate había enviado unos confidentes
sagaces a Azcoitia.
En la villa guipuzcoana no había alrededor del
Pretendiente, de su mujer y de su hijo mas que una corte de ministros y
empleados, frailes y oficiales hojalateros de poco cuidado. Añadía que Alzate
le indicaba que fuera a San Sebastián a ponerse de acuerdo con ellos y a
visitar a lord John Hay. Don Eugenio no podía ir. Vidaurreta le había dicho que
si entraba en España le prenderían.
No tenía más remedio que delegar la misión en mí.
Fuí al día siguiente a ver a Aviraneta, y me dió unas cuartillas con el plan, y
me hizo algunas observaciones.
—Si el comodoro dice que sí, avísame en seguida.
Temo un poco de Elorrio y de sus chapelgorris. No sé si serán lo
suficientemente violentos. El guipuzcoano no es cruel y se deja convencer con
facilidad.
—Primero, veamos si el comodoro acepta—dije yo.
—Tienes razón.
Marché a casa y leí el plan; decía así:
«Teniendo yo, como tengo, la convicción de que es
fácil apoderarse del Pretendiente mientras se encuentra en Azcoitia, pues no
dispone allí de tropas que le defiendan, he ideado este proyecto.
Se pondrán de acuerdo lord John Hay, el general don
Gaspar de Jáuregui y el jefe político de la provincia, don Eustasio Amilibia,
para concertar el mejor modo de poner en ejecución el plan.
Estará listo un cuerpo de chapelgorris de
doscientos hombres en Rentería o Lezo, dispuesto a embarcar a la primera orden,
y cincuenta soldados escogidos entre los chapelgorris por el sargento Elorrio.
Lord John Hay tendrá preparados dos vapores y un
aviso en el puerto de Pasages.
Se escogerá una noche obscura, a ser posible
lluviosa; se embarcarán los doscientos cincuenta hombres a bordo de los
vapores. De antemano se llevarán, en cajones cerrados y en los mismos vapores,
cincuenta y una levitas cortas, iguales a las que usan los chapelchuris, o sean
los soldados carlistas del quinto batallón de Guipúzcoa; cincuenta y una boinas
blancas, ciento dos pistolas y cincuenta y un puñales.
Levadas anclas, de cinco a seis de la tarde,
tomarán los vapores rumbo a alta mar para despistar a los curiosos, si los hay;
y después se dirigirán a Zumaya. A la misma hora de zarpar los vapores saldrán
tres o cuatro trincaduras, al mando de uno de los comandantes del general
Jáuregui, con destino a Guetaria. El comandante será portador de un pliego
cerrado para el jefe de la fortaleza, y en el pliego se le recomendará a éste
que se halle preparado, por si los expedicionarios tuvieran que acogerse a Guetaria.
Ya en el mar la expedición, los cincuenta soldados
y el sargento Elorrio abrirán los cajones y sacarán las levitas iguales a las
de los chapelchuris, y las boinas blancas, y se pondrán los nuevos trajes, y se
armarán. Llevarán en el morral una cantimplora con aguardiente, media libra de
salchichón y un pan de dos libras.
Los vapores deberán estar hacia las ocho de la
noche delante de la punta de Izustarri, entre Guetaria y Zumaya. Desembarcarán,
primero, el sargento Elorrio con sus cincuenta hombres, y al momento marcharán
camino de Azcoitia, sin pasar por ningún pueblo ni tocar en ningún caserío.
Después desembarcarán los doscientos hombres y vigilarán la costa, la punta de
Izustarri, la de Arrauna y la playa de Santiago,[223] hasta
la desembocadura del Urola, prendiendo a todo el que pueda darse cuenta de la
novedad.
Las lanchas permanecerán a poca distancia de
tierra.
El sargento Elorrio y sus compañeros estarán en
Azcoitia de diez y media a once de la noche, lo más tarde; no preguntarán nada
a nadie. Deben emplear, lo más, una hora en la prisión del Pretendiente y su
hijo. A las dos o dos y media de la mañana estarán de regreso. Cuando se
encuentren a media legua del sitio del desembarco echarán tres cohetes en
dirección a la playa de Santiago, con tres minutos de intervalo. Al cuarto de
legua, otros tres.
Los chapelgorris contestarán a esta señal con cinco
cohetes, para indicar que la playa está franca.
Los expedicionarios llevarán con ellos dos paquetes
de cohetes: uno para el sargento Elorrio, que lo esconderá en el camino, para
recogerlo a su regreso, y al aproximarse a Zumaya, de vuelta de la expedición,
servirse de los cohetes anunciando su llegada; el otro lo guardarán los otros
chapelgorris para contestar a sus compañeros indicándoles que pueden avanzar
hacia la punta de Izustarri y la playa de Santiago, sin temor.
En seguida empezará el embarque en los vapores.
El general Jáuregui, para entonces, tendrá
extendidos dos partes: uno para el ministro de la Guerra, el otro para el
general en jefe del ejército de la Reina, contando el hecho y notificándoles
que el Pretendiente se halla a bordo de un barco inglés y que va a ser
conducido a San Sebastián.
Los vapores regresarán con rumbo a Pasages. Al
cruzar por las aguas de Guetaria, el general Jáuregui avisará al jefe de las
trincaduras el haberse realizado la expedición.
Llegado a la vista de San Sebastián se desembarcará
al Pretendiente y a su hijo, con la escolta correspondiente.
En el inesperado caso de que el sargento Elorrio y
sus compañeros de expedición no pudieran regresar a Zumaya a la hora convenida,
y que para las cinco de la mañana no se hubiesen presentado, los doscientos
chapelgorris se apoderarán del pueblo, sin permitir que ningún vecino salga de
la villa, ni por tierra ni por mar, y vigilarán todas las embarcaciones del
puerto, como quechemarines, lanchas y botes.
Permanecerán en el puerto hasta las diez de la
mañana, en[224] espera del sargento Elorrio y sus
compañeros, y si no hubiesen llegado para esta hora, se embarcarán en los
vapores ingleses e irán por cerca de la costa, despacio, por las aguas de
Guetaria y Zarauz, para ver si pueden distinguir a sus compañeros. De ser
posible, lord John Hay y el general Jáuregui dirigirán personalmente la
expedición.—Bayona, enero de 1839.—Eugenio de Aviraneta.»
El proyecto me pareció muy bien; únicamente
encontré que era un poco demasiado seco al hablar del comodoro inglés y del
general Jáuregui, y que ordenaba de una manera un tanto napoleónica. Así que
añadí algunas fórmulas de cortesía y metí, por aquí y por allá, algunos
excelentísimo señor.
Al día siguiente salí de Bayona y llegué a San
Sebastián. Me presenté a don Lorenzo Alzate, y éste avisó al jefe político y al
general Jáuregui. Les leí el plan de Aviraneta, y se decidió que Jáuregui,
Amilibia y yo fuéramos a Pasages a visitar al comodoro.
LORD JOHN HAY
Marchamos los tres, en coche, a Pasages, y nos
embarcamos en una lancha, conducida por una batelera, una chica joven y fuerte.
Jáuregui le hizo algunas preguntas en broma, y ella contestó con gracia y
desgarro.
La batelera nos llevó al costado de una hermosa
fragata inglesa; subimos la escala del barco y llegamos sobre cubierta.
Se nos presentó el oficial de guardia, al que
expliqué, en inglés, quiénes éramos y a lo que íbamos; el oficial nos pasó a un
camarote muy elegante, y hubo allí grandes saludos y ceremoniosas
presentaciones.
En esto llegó un tal Queille, comerciante de San
Sebastián, que era el intérprete de lord John. Queille quiso enterarse del
asunto que traíamos; pero yo le dije que sólo a lord John Hay le hablaríamos, y
que si el comodoro consideraba necesario que estuviera su intérprete delante,
que entonces sería otra cosa.
[225]Queille dijo que lord John no tenía secretos para
él.
—No digo que no, pero nuestro encargo se limita a
hablar al comandante, y sólo a él hablaremos—le dije.
Vino lord John y le saludamos. El comodoro conocía
a Jáuregui. Yo le expliqué, en mi mal inglés, que el proyecto que traíamos era
muy reservado y que preferíamos leérselo a él solo.
—Bueno, muy bien. El castellano hablado no lo
entiendo siempre, pero escrito, sí.
Le leí el proyecto, y luego le di las cuartillas;
me hizo varias preguntas en inglés, que yo contesté, y añadí algunas
explicaciones sobre lo que había dicho Elorrio acerca de la posibilidad de
llevar a cabo el plan pensado por Aviraneta.
Lord John Hay era hombre de buena pasta, un tanto
vanidoso, y a quien le había entrado la obsesión de hacer un papel
trascendental en la historia de España.
Era un hombre sin tipo y sin carácter, un inglés de
los muchos que produce el troquel de la Gran Bretaña, correctos, tranquilos e
insignificantes. Lord John Hay hablaba demasiado, porque creía que hablaba
bien; quería ser maquiavélico y le gustaba provocar la expectación rodeándose
de misterio; pero, en general, se engañaba, y entendía las cosas despacio,
cuando no las entendía al revés.
Era hombre, en el fondo, cándido y de buena fe.
Se había engañado con Muñagorri, creyéndole capaz
de grandes cosas, y le molestaba su fracaso como algo propio.
Después de pensar algún rato el comodoro, dijo:
—Estoy convencido, como ustedes, de que este plan
está muy bien pensado y de que su realización es relativamente fácil, pero
tengo que estudiarlo detenidamente. Así que creo que lo mejor que podemos hacer
es que ustedes vuelvan por la tarde, después de comer, a hablar conmigo. Yo les
convidaría a comer en el barco; pero ahora tenemos un cocinero muy malo y no
quiero desacreditarme.
NEGATIVA
Bajamos del barco inglés y fuimos en la lancha a
Pasages de San Pedro, donde comimos.
La dilación del lord me dió a mí mala espina, y
dije a mis compañeros que no creía que el marino inglés aceptara el proyecto.
Desde la fonda, que tenía una galería que daba al
mar, vi con los gemelos a Queille, el intérprete, que bajó del barco y tomó un
bote, y una hora después advertimos que volvía con el coronel Colquhoun y con
otro, para mí desconocido, a la fragata inglesa. Todas estas idas y venidas me
daban poca confianza.
Volvimos a las cuatro al barco y pasamos a la
cámara del lord.
—Sigo—nos dijo el comodoro—pensando que el proyecto
que ustedes me han traído está muy bien pensado y es factible, pero yo no voy a
poder patrocinarlo.
—¿Podemos saber por qué?—le pregunté yo.
—Porque yo no puedo ser más español que los
españoles, ni más cristino que los cristinos. He favorecido la empresa de
Muñagorri pensando que hacía un beneficio a la causa de la Reina, y el general
O'Donnell y el cónsul de Bayona se han quejado, y han hecho todo lo posible
para que la empresa de Paz y Fueros no tenga el menor éxito. Los generales
españoles son como el perro del hortelano.
Les traduje a Jáuregui y a Amilibia lo que decía el
lord.
—Hay que reconocer—dijo Jáuregui—que el pensamiento
de Muñagorri era más obscuro y más vago que lo que le proponemos a usted.
—¡Si el proyecto me parece magnífico!—exclamó el
lord—. Si usted, Jáuregui, fuera el comandante general de la provincia, no
tendría usted mas que fijar el día para que las fuerzas navales de su Graciosa
Majestad saliesen para Zumaya; pero el comandante es el brigadier Araoz, y mi
Gobierno me ha mandado varias veces que no obre mas que en colaboración con[227] las autoridades españolas. Si ustedes traen el
consentimiento de Araoz, inmediatamente salimos.
Se pensó en visitar al brigadier Araoz, pero no
teníamos atribuciones de Aviraneta, y decidimos, primero, consultar con éste.
Lord John me ofreció una escampavía de la marina
real inglesa para ir a San Juan de Luz, y fuí, hecho un personaje, acompañado
de un oficial, a desembarcar en Socoa.
De allí mandé una carta a Aviraneta contándole lo
ocurrido y diciéndole que esperaba sus órdenes.
Al día siguiente recibí la contestación:
«El proyecto hay que darlo por muerto—me decía—.
Con la burocracia del Ejército sería un fracaso ridículo. Los militares quieren
acabar la guerra con batallas, y no pueden; pero, a pesar de ello, el pensar en
otro sistema para traer la paz les irrita. Consideran que es el reconocimiento
de su impotencia. Hoy mismo le he escrito al ministro lo que pasa, y por qué no
se ha podido realizar mi plan. Otra cosa, aunque no tiene gran importancia: si
no te viene mal, vete a ver el campamento de Muñagorri, próximo a Endarlaza, a
ver qué es eso.»
XIII.
DE BIRIATU A ERLAIZ
Volví a Hendaya, y me dijeron allá que la
gente de Muñagorri estaba acampada en un grupo de casas llamado Lastaola, del
camino de Irún a Vera, y que los carlistas vigilaban de cerca a los
muñagorrianos.
Me aseguraron que para comunicarse con ellos lo
mejor era ir por la orilla del Bidasoa, hasta enfrente de Lastaola.
LASTAOLA
Conocía yo el camino perfectamente; fuí de Hendaya
a Behovia francesa, y de Behovia, por la orilla del río, pasando por debajo de
Biriatu, hasta llegar frente por frente de la vieja casa de Lastaola.
Al acercarme a este sitio vi unas barcas en el río
y un cable fijo que iba de un lado a otro del Bidasoa.
Me encontré allí con una muchacha joven que
discutía con el barquero porque quería cruzar a la otra orilla.
—¿Es que no se puede pasar?—le pregunté yo al
barquero.
—No.
—¿Por qué? ¿No está Muñagorri?
[229]—No.
—¿Está Altuna?
—Tampoco.
—¿Quién está?
—El capitán Jauariz.
—Bueno. No le conozco; pero le hablaré.
Le di dos pesetas al barquero y entré en la barca.
La muchacha entró conmigo. Entonces la reconocí. Era Pepita Haramboure, la
chica de la tienda de Sara, a quien había conocido por Cazalet.
—¿Usted también viene al campamento de
Muñagorri?—le pregunté.
—Sí.
La chica me dijo que era novia de uno de los
soldados de Muñagorri, un muchacho francés, de Biriatu, a quien había conocido
en Sara.
Era Pepita una chica bonita, de ojos negros;
hablaba vascuence, con gracia, y tenía, al hablar, como un sobrealiento muy
característico de su pueblo. Me dijo que llevaba ropa para su novio.
Pasamos la chica y yo a la orilla española, y
saltamos a tierra. Había entre el río y el fuerte de los muñagorrianos una
distancia de trescientos o cuatrocientos metros de campos de maíz, con
cañaverales, que servían para esconderse los contrabandistas, pues el sitio era
estratégico para el contrabando.
Fuimos andando hasta llegar a Lastaola. Esta era
una casa vieja, probablemente una antigua ferrería, con muy pocas ventanas.
Tenía en los alrededores una explanada fortificada,
con una muralla de palos y tierra; ocho tiendas de campaña y dos piezas de
artillería.
El centinela nos dió el alto e hizo llamar al
oficial de guardia, el capitán Jauariz, a quien expliqué yo el objeto de mi
visita y el de la muchacha. El oficial nos recibió de malhumor y me dijo que
nos iba a detener.
—Bueno; haga usted lo que quiera.
—Aquí están viniendo a cada paso agentes para
provocar la deserción de nuestros soldados.
Yo le dije que era amigo de Muñagorri y de Altuna y
par[230]tidario de la empresa de Paz y Fueros. El hombre
no se convencía, cuando vino el capitán Brunet, que mandaba los muñagorrianos
que estaban acampados en las inmediaciones de Lastaola, y me dió la razón.
—¿Qué quería usted?—me preguntó.
—Quería visitar las obras de la defensa y dar
informe al Gobierno.
—Pues vea usted lo que se ha hecho aquí, y luego
pide usted un caballo y sube usted al fuerte de Pago-gaña.
Curioseé por los alrededores de Lastaola, y me
chocó que el campamento estuviera tan abandonado. Aquello no tenía aire militar
ninguno. Los soldados charlaban y jugaban a las cartas; los centinelas fumaban.
PAGO-GAÑA
Tomé algunas notas, y al soldado que me había
indicado el capitán Brunet le pedí el caballo. Lo trajo.
—¿Por dónde se sube a ese fuerte de Pago-gaña?—le
pregunté.
—Por ahí, por esa regata que se llama de Charodi.
—¿No me puede acompañar nadie?
—Yo, por lo menos, no.
La chica de Sara se enteró de que su novio estaba
en el alto de Pago-gaña, y vino conmigo.
Montamos a caballo; ella, a la grupa; comenzamos a
subir el monte por un sendero estrecho, hasta llegar, a la media hora, a una
explanada con un caserío. Vimos a una mujer y a un muchacho, que al vernos
echaron a correr.
—¿Cómo se llama este sitio?—les pregunté.
—Erlaiz.
—¿Dónde está ese fuerte Pago-gaña?
—Ahí arriba.
Nos habíamos desviado un poco, y teníamos el fuerte
encima. Hablamos la mujer y yo de los muñagorrianos, a quien ella tenía por
unos holgazanes, y nos mostró cerca del caserío,[231] como
la única curiosidad del lugar, una piedra antigua, llena de musgo, con este
letrero:
DESDE AQUÍ, LA DESERCIÓN
TIENE PENA DE LA VIDA
Le di al muchacho unas monedas para que nos
acompañara al fuerte.
El fuerte era muy sólido; tenía la figura de un
polígono de muchos lados, y dentro de su perímetro había un almacén de pólvora,
un gran barracón de madera y varias tiendas de campaña.
Habían trabajado en esta obra los zapadores
ingleses, bajo la dirección del coronel Colquhoun y del comandante Vicars, de
los Ingenieros Reales. En las paredes se veían escritos muchos nombres
ingleses.
La pequeña guarnición del fuerte tenía el mismo
aire de indisciplina que la de Lastaola. Había muchos visitantes, que andaban
por el fuerte mirándolo todo. Llegaban, sin duda, del lado de Irún mujeres y
hombres a ver a sus hijos, maridos y hermanos, que estaban allí acampados, y
hablaban y revolvían como si estuvieran en su casa. Se veía claramente que la
empresa de Muñagorri marchaba mal. Pepita la de Sara encontró a su novio, que
era un jovencito con aire de niño, y estuvo hablando con él.
Yo, cuando me cansé de andar arriba y abajo, le
avisé a la muchacha que iba a bajar, y se reunieron conmigo la Pepita y su
novio.
Como me pareció que bajar a caballo desde el fuerte
a la orilla del río sería difícil y peligroso, marchamos a pie.
El novio de la Pepita nos acompañó un rato.
Pepita me contó que su novio era hijo del sacristán
de Biriatu, y había sido seminarista. Sus hermanos eran contrabandistas y
atrevidos, pero a su novio le gustaban más los libros, cosa que le parecía
absurda a Pepita.
Al ir descendiendo sonó un tiro a lo lejos, entre
las ramas; no sé si de algún carlista o de algún cazador.
Llegamos a Lastaola, pasamos a la orilla francesa,
y Pepita[232] se fué a Biriatu, y yo marché a
Hendaya, donde comí en el hotel del Comercio.
Unos días después supimos que el Bidasoa había
subido repentinamente y que se llevó las tiendas del campamento de Muñagorri,
dejándolo todo inundado, los cañones en el fango y sin comunicaciones con
Francia.
Un par de semanas después el capitán Jauariz, que
tanto miedo tenía a los que fomentaban la deserción, desertaba del campo de
Muñagorri con sus soldados y se pasaba a los carlistas de Vera, y éstos
incendiaban el campamento muñagorriano.
El antiguo escribano de Berastegui tenía mala
suerte.
XIV.
ROMPIMIENTO
Al pasar por San Juan de Luz fuí a visitar a
doña Mercedes, la madre de Corito, que me recibió muy secamente. Me dijo que
Corito estaba en Laguardia, que no salía porque no había seguridad en los
caminos, ocupados por los carlistas.
La muchacha deseaba venir a San Juan de Luz, pero
ella, su madre, había pensado trasladarse definitivamente a Madrid.
Doña Mercedes añadió con cierta energía que pensaba
casar a su hija con una persona seria, religiosa y de buenas costumbres.
—¿Y ella está de acuerdo con usted?—la dije yo
emocionado.
—Completamente de acuerdo.
—Creo que tengo derecho a una explicación.
—¡Usted! ¡Derecho!
—¿Por qué no? Aunque yo tenga una posición
modesta...
—Aquí no se trata de la modestia de su posición. Se
trata de la vida que está usted haciendo—me dijo doña Mercedes.
—¡Yo!
—Sí, tengo informes ciertos y fidedignos. Hace
usted la vida de un hombre vicioso, sin fe y sin conciencia. No quiero hablar.
—Es que me he metido en una clase de asuntos... Su
amigo de usted, don Eugenio...
[234]—No sea usted mentiroso. No creo que Eugenio le
haya aconsejado el seducir muchachas y abandonarlas, ni el desunir matrimonios.
—¿Yo he hecho eso?
—Sí, y no me tiente usted la boca. Eugenio siempre
ha sido un hombre honrado. Habrá tenido ideas falsas en política y en religión,
pero ha sido un caballero.
—¿Y yo, no?
—Usted, no.
—Señora...
—Qué, ¿me va usted a desafiar; me va usted a mandar
los padrinos?
—Me atropella usted.
—No; usted es el atropellador.
—No creo que haya que juzgar los hechos sin
aclararlos.
—Los hechos están suficientemente aclarados, y, en
su consecuencia, le tengo que decir que no se acuerde usted para nada de mi
hija, ni la escriba usted tampoco, porque ella está enterada de todo y no le
contestará.
—Bueno. Está bien. Está bien—y me marché a la calle
sin saber qué decir.
ME VOY
Cuando vi a Aviraneta en Bayona le conté lo que me
había pasado, y le dije que para matar la pena iba a ir a París.
—¿Cuánto tiempo vas a estar allá?
—Un mes, si no hay algún asunto importante que me
obligue a volver.
—¿Tanto?
—Sí.
—¿Qué presupuesto vas a hacer?
—Unos treinta francos al día; con el viaje, unos
mil doscientos francos. Llevaré dos mil; creo que tendré de sobra. Llevaba, por
si acaso, mil más.
—¿Adónde vas a ir a vivir?
[235]—No sé. Veremos Valdés adónde me lleva.
—¿Vas con Valdés?
—Sí.
—Este te meterá en algún lío.
—¡Bah! No soy ningún niño.
—Bueno. Un consejo: reserva el dinero para la
vuelta. Gástate el resto del dinero en una semana o en un día, pero resérvate
siempre el dinero para la vuelta, porque es un poco ridículo tener que pedir
para volver.
—¡Qué desconfianza tiene usted en mí!
—Es un consejo; tú síguelo, si quieres.
XV.
EN EL "FAUBOURG" SAINT-GERMAIN
Tomé la diligencia, llegué a París y fuí a
parar a una fonda bastante cómoda de la calle Tournon, enfrente del antiguo
palacio del mariscal de l'Ancre, convertido en cuartel de gendarmería.
Inmediatamente me arreglé y marché a la casa de
Valdés, en la calle de Saint-Honoré. Lo encontré, al antiguo dandy,
en la cama; esperé a que se vistiera, y fuimos a almorzar al Rocher de Cancale,
restaurante que entonces tenía mucha fama.
—¿Tiene usted algo que hacer?—me preguntó Valdés.
—No.
—Pues entonces venga usted esta tarde a buscarme e
iremos a algunas casas del faubourg Saint-Germain, donde le
presentaré a usted.
GRANDEZAS
Después de dar un paseo por los bulevares tomé un
coche, le recogí a Valdés y fuimos a la calle de Babilonia, a casa del marqués
de Fronsac. Como Valdés era un cínico y sabía que un título venía muy bien en
aquel medio, me presentó como el barón de Leguía.
Según me dijo luego Valdés, tuve un éxito entre las
damas;[237] me habían encontrado muy gentil; les
había chocado que un joven español hablara el francés tan correctamente.
Una de las mujeres que me produjo un gran
entusiasmo fué una marquesa austriaca, la marquesa Radensky. Era una mujer
encantadora. Tenía unos ojos azules brillantes y una dentadura que mostraba, al
sonreír, como una ráfaga de nieve.
Esta marquesa me dijo que fuera a visitarla, aunque
no tenía una buena casa.
Valdés, luego, me indicó que estaba separada del
marido y sostenida por un banquero de Viena, que vivía en París.
Salimos Valdés y yo del hotel y fuimos a un pequeño
restaurante de la calle del Bac, donde comimos muy bien.
—¿Usted piensa ir al teatro?—me dijo Valdés.
—Yo, no. No tengo dinero para grandes gastos.
—Sí, vale más reservarse. ¿Me puede usted prestar
dos luises?
—Sí.
Se los presté, y hablamos de la marquesa Radensky.
Valdés me dijo que si quería hacerla la corte le enviara un ramo de flores con
mi tarjeta.
Nos despedimos Valdés y yo y nos citamos para el
día siguiente, a la hora de comer, en el restaurante de la calle del Bac.
Cuando me encontré en mi cuarto y se me fué un poco
la sensación de las grandezas y pensé en si el primer día habría sobrepasado mi
presupuesto de treinta francos diarios, vi que había gastado entre las comidas,
el coche y el préstamo a Valdés, más de cien francos, sin contar el hotel.
Me quedé un tanto asombrado.
—Tenía razón don Eugenio: hay que separar el dinero
para el viaje y cien francos más, y darlo como si no existiera.
Efectivamente; envolví unos billetes en un papel,
los metí en el bolsillo interior de una chaqueta y cerré el bolsillo con dos
alfileres.
Al día siguiente envié un ramo de flores a la
marquesa austriaca y fuí con Valdés a otras casas del faubourg Saint-Germain.
Pasado el primer momento de entusiasmo, empecé a
pensar[238] que este barrio aristocrático no me
parecía tan admirable como yo había supuesto. Yo me lo había figurado más
suntuoso, más rico. Además creía que iba a encontrar en aquellos palacios los
tipos de Balzac, que, naturalmente, no han existido mas que en la imaginación
del novelista.
—Oiga usted—le dije a Valdés—, ¿Balzac no ha tomado
datos en el faubourg para escribir sus novelas?
—No. Aquí nadie le conoce. El, como todos los
grandes escritores, inventa su mundo. Se ha hablado mucho de Balzac en el faubourg,
tiene grandes entusiastas y algunos detractores, pero nadie le conoce; parece
que vive encerrado, trabajando febrilmente.
—¡Qué extraño!
—Extraño, no. Si quisiera escribir la realidad, no
podría; haría una cosa vulgar, pedestre.
—Me desilusiona usted. Allí, en nuestras tertulias
de Bayona, suponíamos que el gran escritor estaría siempre en los salones de la
alta sociedad.
—Entonces no escribiría nada.
—¿Pero no tiene carácter esta gente?
—¡Pse! ¡Qué sé yo! En estos pueblos viejos,
grandes, de una cultura antigua, que ha penetrado hasta las últimas capas
sociales, es muy difícil diferenciarse. Yo suelo ir, cuando ando mal de dinero,
lo que es más frecuente de lo que yo desearía, a comer a un fonducho pobre, y
la dueña de la casa, que es de Orléans, habla un francés tan puro, tan
académico, que la llevaría usted a un salón y parecería una duquesa.
—¿Así que usted cree que este barrio no tiene un
espíritu distinto del resto al pueblo, un carácter especial?
—Hay mucho de literatura en eso. Aquí, como en
todas partes, lo esencial es igual. Si es usted joven y rico le harán más caso
que si es usted viejo y pobre. Lo único que varía es la política. Aquí hacemos
política realista, como en otros barrios se hace republicanismo o justo medio.
Las damas de la burguesía se citan con sus amantes en las soirées,
en el bosque de Boulogne y en el teatro; nuestras damas tienen, además de esto,
como punto de cita, las iglesias y las sacristías. Ahora, si quiere usted
seguir un consejo mío, se lo daré gratis: Si tiene usted amores con una gran
dama de éstas, piense[239] usted que no se
diferencia en nada de una costurera o de una peinadora, y en novecientos
noventa y nueve casos sobre mil acertará usted.
LA AUSTRIACA
El consejo de Valdés lo puse en práctica con mi
marquesa austriaca, que se encontró encantada de que yo la tratara sin el menor
respeto.
Era una mujer admirable, graciosa, imprevisora,
capaz de cualquier cosa buena y de cualquier cosa mala, con un espíritu de
alegría y de bohemia verdaderamente loco. Aceptó mis cenas, fué varias veces a
mi casa, hizo extravagancias, y a los quince días me encontré yo, con sorpresa,
que no tenía más dinero que doscientos francos y lo que había guardado en el
bolsillo de la chaqueta.
—Haciendo la vida que hago—me dije—, este dinero no
me llega para dos días. Voy a exponerme. Voy a jugar mis doscientos francos.
Había oído que en la plaza del Palais Royal había
casas de juego. Fuí allí y encontré una ruleta. Dividí mi dinero en diez
puestas de un luis cada una y fuí poniéndolas a un entero. En diez vueltas,
casi seguidas, perdí los doscientos francos.
Fuí a ver a Valdés, a pedirle los cuatro o cinco
luises que le había dado; pero me dijo su ama de llaves que no estaba en casa,
y le escribí. Pensé luego qué podía hacer, y comprendí que lo mejor era
marcharme.
Le escribí una carta a la austriaca diciéndola que
mi familia me llamaba urgentemente y que no tenía más remedio que volver a mi
país.
Ella me contestó alegremente diciéndome que
arreglara pronto mis asuntos, y que volviera. Añadía que me sería fiel si no
tardaba mucho tiempo.
Me avergonzaba un poco la vuelta prematura a
Bayona, por[240]que Aviraneta se reiría de mí, y pensé
en irme a Burdeos y pasar allí unos días.
Estaba en esto, cuando vino Valdés a verme. Me dijo
que no tenía un cuarto, que no podía devolverme lo que le había prestado, pero
que me llevaría a comer a un restaurante donde a él le fiaban y, probablemente,
me fiarían a mí.
XVI.
LOS CHAPUZONES DE VALDÉS
Valdés vivía ordenadamente en su casa de la
calle Saint-Honoré. Tenía una criada vieja, que le cuidaba y le consideraba
como a un joven doncel. Le arreglaba la casa, le hacía la comida, le componía
la ropa, le zurcía las medias y le cepillaba las botas.
Este interior respetable y burgués del solterón
naufragado y perdido, era gracioso. Allí, en su casa, Valdés era un hombre
serio, reposado, de ideas sensatas, que tenía que luchar con la inmoralidad del
ambiente de París.
Valdés tenía épocas de penuria que se repetían
periódicamente, al año, dos o tres veces.
Entonces avisaba en su casa de la calle de
Saint-Honoré que tenía que marchar a España, y se iba a un hotel miserable de
la calle del Dragón, diciendo allí que venía de Madrid.
Cuando se marchaba el señorito, la vieja ama de
llaves se arreglaba para vivir en la casa con un franco al día.
Estuve en el hotel del Dragón para ver la nueva
vivienda de Valdés. El hotel tenía una entrada sórdida, negra, maloliente, en
la que olía a caldo de berza y a queso fermentado. El amo de este hotel,
antiguo afiliado al carbonarismo, reservaba un cuarto a Valdés porque le creía
un gran revolucionario.
Valdés, en estas épocas de penuria, comía en el
Restaurant des Gourmets, de la calle de la Barouillère.
Así, durante una temporada, desaparecía en esta
vida miserable, hasta que cobraba, y volvía a salir a la superficie y al[242] fausto. Gracias a esto conservaba su prestigio
de hombre rico y elegante de la calle de Saint-Honoré y del faubourg Saint-Germain.
CAMBIO DE ROPA Y CAMBIO DE ESPÍRITU
En estas malas épocas Valdés utilizaba los trajes
viejos que ya no le servían en su avatar brillante, y tomaba un aire de miseria
perfecto. El redingote raído, los pantalones deshilachados,
las botas deformadas, el sombrero de copa con las alas caídas; todo le servía.
Para darse un aire más miserable, llevaba en el ojal una condecoración
española, probablemente falsa.
Durante estas etapas de miseria, Valdés era capaz
de hacer enormes caminatas, de no leer periódicos, de no desayunar, para
economizar medio franco. En las épocas buenas daba una propina de cuatro o
cinco francos por la cosa más pequeña: por una cerilla, porque le abrieran la
portezuela del coche; sobre todo, si alguien podía verle.
—Así es la vida—decía él filosóficamente—. Esta
gente del faubourg, que me invita a una comida de cincuenta o
sesenta francos, porque me cree harto, si me viera hambriento y con el cuello
de la camisa sucio no me daría dos reales.
Efectivamente, era cierto.
—¿Y no le ha visto a usted alguna vez por aquí
algún conocido del mundo brillante?—le pregunté yo.
—Nunca. Son dos mundos opuestos. La calle de la
Barouillère y la calle del Dragón, a dos pasos del faubourg, están
socialmente tan lejos como los dos polos.
Una combinación como la de Valdés no podía darse
mas que en un pueblo grande.
Llegaba el bohemio, en su doble personalidad, a
hablar mal de la aristocracia cuando vivía en la miseria. Entonces contaba
historias revelando el origen verdadero o supuesto[243] de
las familias ricas y les acusaba de vicios y de irregularidades.
—Yo creí que tenía usted gran entusiasmo por esa
gente—le dije una vez.
—Sí, a veces, por lo que me conviene; pero crea
usted que si tocaran a saquear el faubourg, no sería yo de los
últimos.
En estas épocas de penuria, Valdés se sentía
liberal exaltado, y solía visitar a republicanos franceses que conocía. Iba una
o dos veces al año a ver al convencional Barère, que vivía aún en París, ya muy
viejo.
MISERIAS
Siguiendo el ejemplo del machucho dandy,
alquilé un cuarto en una calle próxima a la de Sevres, por doce francos al mes.
El cuarto era pequeño y poco confortable, y tenía una ventana a un patio de un
hospital, patio triste, con un pabellón negruzco en medio. Iba a comer al
Restaurant des Gourmets, sitio obscuro y lastimoso, frecuentado por una gente
raída, de una pobreza vergonzante.
Valdés comía en aquella sala miserable con la misma
elegancia que en los palacios.
Llevaba por todas partes su estoicismo resignado y
jovial.
Tenía allí su guitarra, y a veces amenizaba los
postres tocando y cantando canciones españolas, con poca voz, pero con mucho
estilo.
Como en el Restaurant des Gourmets no se avinieron
a fiarme y no representaba para mí ventaja ninguna el ir allá, frecuenté la
taberna del «Perro que Fuma», la de la «Espada de Madera», la de la «Cita de
los Cocheros», y otros figones de nombres pintorescos.
EXAMEN DE CONCIENCIA
Aquellos días que estuve en París por amor propio
me hicieron ver el reverso de la vida elegante de una manera descarnada y
fuerte.
No pensaba que estos crepúsculos del invierno de
París fueran tan tristes, tan largos, tan inhospitalarios. Estaba, además,
acatarrado, y tenía siempre frío.
Miraba todo con un espíritu acre. Aquellos hoteles
del faubourg me parecían feos y sin carácter.
Ya en la latitud de París—me decía—la piedra no
tiene color de piedra. La piedra aquí es una cosa agrisada, cuando no es negra.
En estos paseos, no sé si por la influencia de los
crepúsculos de París, del catarro o de las dos cosas, se me impuso la idea de
que era un hombre vulgar, bien vulgar, que no tenía una idea grande en la
cabeza, ni un plan en la vida, ni un amigo. Todo mi dandysmo era vanidad, humo.
Era un pobre majadero presuntuoso.
¡Qué examen de conciencia hice por estas calles
húmedas y nebulosas de París, entre toses y estornudos! También me servía como
motivo de ejercicios espirituales el ver mi cuarto mísero y la niebla que
dominaba en el patio negruzco del hospital vecino.
En el hotel casi todos los tipos eran como yo:
gente que parecía no tener ninguna gana de que se les viera, que entraban y
salían de sus cuartos furtiva y rápidamente, como los fantasmas.
La portera, una vieja gorda, chata, roja, con una
cofia blanca, anteojos y una cara satírica, que me recordaba los retratos de
las damas del siglo xviii, me miraba burlonamente mientras leía el
periódico al lado de su gato.
Muchas veces no tenía ninguna gana de ir a ver a
Valdés, a quien tontamente achacaba mi mala suerte.
Una vez, al entrar en el Restaurant des Gourmets,
me dijo:
—Querido amigo; entra usted aquí como si los demás
tuviéramos la culpa de que usted se haya quedado sin un cuarto.
—Tiene usted razón; perdone usted.
Esta conversación nos volvió a la cordialidad.
Como la miseria aguza indudablemente el sentido
crítico, tuvimos largas discusiones acerca de España y de sus hombres, de
París, de sus políticos, de sus escritores, de sus artistas y, sobre todo, de
Balzac y Gavarni.
También hablamos de la influencia de las grandes
capitales. Valdés, como vivía en París, quería pensar que sólo en las ciudades
grandes se discurre y se vive; que en las pequeñas no se hace mas que vegetar;
yo le llevaba la contraria, naturalmente, porque vivía en Bayona.
XVII.
ENCUENTRO
Un día, en la calle de Babilonia, vi a un
hombre raído, triste, derrotado, cabizbajo, vestido de negro, que pasó cerca de
mí como una sombra: como una de esas estampas de la miseria que se ven en las
grandes ciudades.
Al fijarme en él le reconocí. Era el abate
Girovanna. Al principio vacilé en acercarme a él, porque tenía un aire tan
derrotado y tan siniestro, que lo mejor que podía suponerse, viendo aquella
fantasma humana, era que salía de un presidio.
Venciendo el primer momento de repulsión, me decidí
y le llamé. Girovanna me estrechó la mano, conmovido.
—¿Y la duquesa?—le pregunté yo.
—No sé dónde está. Era una loca.
—¿Y qué hace usted aquí?
—Estoy de químico en una perfumería. ¿Y usted?
—Yo he venido con algún dinero y lo he gastado
demasiado de prisa, y ahora ando mal; estoy esperando a que me envíen de casa.
—La juventud loca imprevisora—dijo el abate.
—Yo suelo comer en un restaurante muy malo. Si
quiere usted venir, le convido.
—Sí, vamos.
Fuimos al Restaurant des Gourmets, donde presenté
el abate Girovanna a Valdés.
[247]Girovanna habló con la facundia que le
caracterizaba, y dejó perplejo a Valdés.
Yo le fuí sometiendo en preguntas, al abate, las
cuestiones que constituían el fondo de las diferencias entre Valdés y yo, que
versaban acerca de Francia, de España, de literatura y de política.
SOBRE FRANCIA
—Francia lo tiene todo—dijo el abate—; es el país
privilegiado por excelencia, los dos mares principales de Europa...
—Como España—salté yo.
—Ríos como no tiene España, campos como no tiene
España—replicó él—, ciudades que no ha soñado nunca tener España... Los
franceses tienen de todo, material y espiritualmente... Sabios, artistas,
militares, pensadores, escritores... Lo único que no tienen, aunque ellos hacen
esfuerzos para creer que sí, es ese tipo de genio espontáneo que hay en otros
países... Va usted al museo del Louvre: hay buenos pintores franceses, pero un
Ticiano, un Tintoreto, un Velázquez o un Goya no hay entre ellos; hay buenos
poetas, pero no un Dante; hay buenos dramaturgos, pero no hay un Shakespeare.
Son, ante todo, gente fuerte y de buen sentido, pero el genio espontáneo
irregular que adoran ellos eso es precisamente lo que les falta.
OPINIONES DE ESTOS DÍAS
Recordaba hoy las palabras del abate, viendo en un
periódico suizo una comparación de un sabio profesor entre Baudelaire y
Dostoievski. ¡Qué incomprensión! ¿Cómo se puede[248] comparar
el poeta francés en el fondo perfectamente normal, que se violenta para ser
anómalo, retórico consumado, que trabaja todos los días, que estudia su idioma,
que quiere asombrar a su público con el loco genial de Rusia, que se cree un
hombre bien equilibrado y que levanta construcciones absurdas y alucinadas con
la mejor buena fe del mundo?
Sí; creo que tenía razón el abate: el genio
espontáneo no es cosa de Francia.
BALZAC Y GAVARNI
—¿Usted ha leído a Balzac, abate?—le pregunté yo.
—¿A Balzac, el novelista moderno?
—Sí.
—¿Qué opinión tiene usted de él?
—Es un hombre indudablemente extraordinario. Está
fijando la vida de su tiempo de una manera un poco desmedida y absurda, pero
con cierta grandiosidad. Es un espíritu ávido de todo, que recoge lo que ve, lo
que sueña y lo que piensa, y lo va enlazando en la época. Sus héroes serán
siempre menos universales que los de los creadores de los grandes tipos, como
Shakespeare, Cervantes, Goethe. Don Juan y Fausto, Hamlet y Don Quijote no
tienen tiempo: son sombras que se proyectan en todas las épocas, ayer como hoy;
hoy, probablemente, como mañana. Los héroes balzaquianos son de hoy; mañana
parecerán figuras de cera vestidas; los otros, los eternos, seguirán siendo
como estatuas.
—¿Cree usted?—le pregunté yo.
—Sí. ¿Usted no cree lo mismo?
—Yo, no. A mí, sin duda, me gustan más las figuras
de cera que las estatuas.
—Es usted un cínico—dijo el abate, riendo.
—¿Y Gavarni? ¿Qué le parece a usted?—preguntó
Valdés.
—¿Quién es Gavarni?
—Ese dibujante del Charivari y de
la Moda.
—¡Bah! Eso no vale nada.
[249]—¿No?
—Nada. Es un dibujante mediano y amanerado, que
tiene algún talento literario.
Valdés, a pesar de que era partidario de Gavarni,
no se atrevió a decir lo contrario.
LAS GRANDES CIUDADES
—¿Y usted cree en la influencia de la gran ciudad
para producir monstruos humanos en el bien y en el mal?—le volví a preguntar
yo.
—Esa es una idea romántica de la época—contestó
Girovanna—. Yo no creo en ella. La ciudad, con uno o dos millones de
habitantes, no le añade ni le quita a uno nada; ni al inteligente le hace más
inteligente, ni al cretino le disipa su estupidez. Es verdad que, al menos por
ahora, es necesario un cierto número de habitantes para que una ciudad tenga un
espíritu de libertad y de transigencia; pero ese resultado se consigue en las
ciudades italianas y alemanas que no llegan a tener medio millón. El romanticismo
de las grandes ciudades pasará. Cuando París sea una ciudad limpia y clara, ya
no habrá romanticismo. El romanticismo es una enfermedad, una cosa forzada,
recalentada, que no produce mas que fantasmas monstruosos. La salud no puede
venir mas que de pequeñas ciudades cultas e inteligentes.
GUITARREO
Habíamos comido; el abate se despidió de mí
diciéndome que al anochecer iría a mi casa, pero, en vez de marcharse, se quedó
al ver a Valdés que traía la guitarra. Tocó Valdés unas sevillanas y un
fandango; luego, en burla, le dijo al abate:
[250]—¿Usted no sabe tocar algo?
El abate cogió la guitarra y tocó una tarantela
napolitana, en tres tiempos, con verdadera gracia y maestría.
—¡Muy bien! ¡Muy bien!
—Eso no vale nada. En mi pueblo cualquier pescador
lo hace mejor que yo.
Luego cantó una canción rusa del Volga, muy
melancólica, y después, una jota española, con mucho brío.
—¡Bravo! ¡Bravo!—dijimos todos.
—Hasta luego, hijo mío—murmuró el abate
dirigiéndose a mí; y salió a la calle.
—¿Qué le parece a usted este hombre?—le pregunté a
Valdés.
—Este es un bandido, éste es un monstruo. Un hombre
como éste, que con lo que sabe y con su talento vive tan miserable y tan
derrotado, tiene que tener algún vicio muy fuerte y muy innoble.
—No sé; es posible.
—¿Y usted lo va a recibir en su casa?
—Sí.
—Yo, como usted, cuando viniera, tendría la pistola
en la mano.
XVIII.
UN HOMBRE DE MALA SUERTE
Efectivamente, al anochecer, el abate se presentó
en mi casa. Había encendido yo la chimenea de leña y tenía sobre la mesa una
merienda con pan, queso y café con leche.
El abate, después de merendar, se sentó en el único
sillón del cuarto, y hablamos largamente. Me contó cómo vivía y cómo le habían
engañado comerciantes honrados, robándole a él, pobre hombre sin recursos, sus
fórmulas y descubrimientos.
—Soy un loco, hablo demasiado—me dijo—; expongo mis
ideas, mis conocimientos, y esto produce en unos desconfianza y en otros la
idea de explotarme. Y así vivo.
Le hablé yo de la curiosidad que había producido en
Bayona su paso y de las mil versiones que se habían hecho acerca de la duquesa
y de él.
Girovanna sonrió.
—Dígame usted, ¿qué era la duquesa de Catalfano?
—Era una loca.
—¿Y qué pretendía de usted?
—Pretendía que yo le hiciera un elixir, para
rejuvenecer, con sangre de niño.
—¿Y usted, qué hizo?
—Yo le di largas al asunto, hasta que tuvimos que
reñir, y nos separamos.
[252]—Pero usted en Bayona hablaba como si creyera en
esos elixires.
—¡Hablaba! Claro es. Cuando se está representando
una comedia, vale más representarla siempre en todos los momentos para no
olvidar el papel.
—¿Sabe usted lo que me decía este español con quien
hemos comido?
—¿Qué le decía a usted?
—Que un hombre del talento y de la cultura de
usted, que anda tan derrotado, debe tener algún vicio muy fuerte y muy innoble.
—¡Vicio yo! El único vicio que creo que he tenido
ha sido el de dejarme arrastrar por la imaginación.
El abate tomó un aspecto triste y pensativo.
EN NÁPOLES
—Ha debido usted de llevar una vida bien azarosa—le
dije yo.
—Sí, es verdad; todo el mundo me dice lo mismo
viéndome tan decrépito, tan usado.
—¿Y no es verdad?
—En parte, sí. He sido principalmente un hombre de
mala suerte... ¿Conoce usted Nápoles?
—No.
—¿Pero habrá usted oído hablar de la Strada de
Santa Lucía?
—Sí.
—Pues cerca he nacido yo. Mi padre era herbolario.
A pesar de su condición humilde era hombre culto y conocía la literatura, la
historia y, sobre todo, la botánica. Eramos varios hermanos; yo, el más
pequeño. Mi padre, un buen hombre, había hecho grandes esfuerzos para colocar a
sus hijos, y a mí, creyéndome chico listo, me hizo estudiar para cura. Mi padre
tenía un hermano frutero en la misma Strada de Santa Lucía, rico, sin hijos,
que le ayudaba.
[253]Entré en el Seminario, donde aprendía todo con gran
facilidad. Mi ilusión era la carrera eclesiástica; todas mis esperanzas estaban
en ella. Era un buen latinista y comenzaba a estudiar el griego. En esto traen
al Seminario un profesor de Palermo, un sabio, pero un hombre de costumbres
depravadas, y me empieza a perseguir.
¡Oh, era un sucio personaje, desagradable,
repugnante! El abate puso una cara de sátiro que contempla a una ninfa.
Una noche lo encuentro en mi cuarto y armamos un
escándalo.
Me quejo al director del Seminario; no me hacen
caso, y me escapo.
Esto era precisamente cuando entraron los franceses
y establecieron en Nápoles la República Partenopea. El pueblo estaba
entusiasmado.
El arzobispo Zurlo Capaze anunció desde el púlpito
que, días antes, la sangre de San Jenaro se había liquidado. El pueblo se
entusiasmó con el milagro y consideró que San Jenaro veía la República con
benevolencia.
—¿Usted había oído hablar del milagro de la sangre
de San Gennaro?
—No.
—Pero, hombre, ¿dónde ha vivido usted? Pues la
sangre de San Gennaro todos los años se liquida...
El abate tomó una expresión alegre e irónica al
decir esto.
—Le diré a usted que la supuesta sangre de
San Gennaro, que se guarda en dos vasos en la Catedral, es una
mezcla de una solución etérea de la ancusa, la Alkanna tinctoria y
la Radix alkannæ en sperma ceti, y que se liquida
fácilmente al calor de la mano o de un cirio.
Mi padre fué de los entusiastas de la República. A
nuestra tienda iba un militar francés, y me convenció de que debía alistarme en
el Ejército. Yo estaba dispuesto a ello cuando llegó mayo; entró el cardenal
Ruffo en Nápoles; los franceses tuvieron que marcharse y comenzaron las
venganzas de los realistas.
Aunque yo era sospechoso, no tenía importancia y me
dejaron en paz. Por este tiempo entro en una farmacia y me de[254]dico
a estudiar Botánica y Química. La hija del farmacéutico, una chiquilla
entonces, fué mi novia.
¡Era una bambina, más bonita, más simpática!
Al hablar de la muchacha, la cara del abate se
iluminó, tomó una expresión de entusiasmo, de admiración y de candor.
—El padre era un bruto—siguió diciendo Girovanna—,
un estúpido animal, un mascalzone, y la casó a disgusto con un
viejo rico. La pobrecilla murió dos años después.
El abate tomó una expresión como si algo muy
desagradable y repugnante tuviera delante de los ojos.
—Entristecido con ese matrimonio, estaba decidido a
no enamorarme. Por entonces logro entrar de preceptor en una casa rica de
Nápoles. Había en la casa una gran biblioteca que me venía muy bien, y una
solterona que me perturbaba.
Esta solterona, sabiendo que yo era químico, me
pide pomadas y aguas para rejuvenecer. Luego me propone que me escape con ella.
Le digo que no. ¿Y qué hace la vieja loca? Dice a su hermano que yo la he
querido violentar. El hermano se indigna, y me pega unos cuantos bastonazos, y
me echa de su casa.
A Girovanna le brillaron los ojos como si le fueran
a echar chispas.
Yo le espero una noche, y le doy una tanda de palos
que me pareció suficiente. Tomo un vetturino, voy al puerto y me escapo a
Argel.
RODANDO POR EL MUNDO
En Argel me anuncio como médico y botánico, y vivo
dos años bien; aprendo el árabe. Uno de los bajás me llama un día, me dice que
le dé algo para la frialdad. Le doy una poción sencilla de pimienta, jengibre y
nuez vómica, cosa inofensiva; al día siguiente, horas después de tomarla, el
bajá tiene una congestión cerebral, y se muere.
Me acusan de envenenador, y echo a correr al puerto
sin bagaje ni nada; me meto en un místico, y llego a Génova.
[255]De Génova voy a Suiza; y en Basilea me encuentro
con un intrigante, que se hacía llamar el conde de Montgaillard. El conde de
Montgaillard me protege y me envía con una carta de recomendación para el
general Moreau, a París. Allí le conozco al abate Marchena, que era secretario
de Moreau.
En casa de Moreau me dedican a escribir cartas; y
un día, al llegar a la oficina, me prenden y me llevan a la prisión del Temple.
Estoy tres años encerrado con un bávaro y un fanariota, a los que acusaban de
espías y con quienes aprendí el alemán y el griego moderno.
Pensé que quizá no volvería a salir nunca de la
prisión, porque los presos políticos durante el Imperio se eternizaban en las
cárceles, tuvieran o no culpabilidad, y cuando salían era por el capricho de la
policía o porque necesitaban sitio para otros presos.
Al fin nos dejan libres, y voy a Alemania. Estoy en
Berlín y en Viena dando lecciones, hasta que se me ofrece una plaza de
preceptor en Rusia, en una ciudad cerca de Moscú, en una casa católica. Tenía
que decir misa todos los días. Era una obligación para mí desagradable; creía
que había dado en el puerto; pero vienen los franceses, saquean la aldea y voy
yo huyendo a la buena aventura a Constantinopla; de Constantinopla, a Egipto, y
de Egipto, a Italia.
Cambio de nombre, voy a Roma y entro de secretario
en casa de un príncipe. Ganaba poco y cumplía mi misión y, al mismo tiempo,
estudiaba. Mis estudios despiertan la envidia de un abate rival, y éste me
denuncia a la Inquisición, y tengo que escaparme de Roma y marcharme a Nápoles.
Era la época del carbonarismo. Me afilio a una
venta carbonaria y me envían a España con el general Pepe. Vivo en Barcelona y
en Madrid, me relaciono con el Gobierno liberal y llego a pensar si España será
mi patria adoptiva, cuando entran los Cien Mil Hijos de San Luis, y tengo que
huír con mis amigos a refugiarme a Gibraltar.
Un absolutista me ofrece su protección si quiero
volver a Madrid; pero yo considero que no debo abandonar a mis amigos.
De Gibraltar voy a Londres. Allí vivo con los
españoles, y le conozco y trato a Hugo Foscolo, aunque era hombre intratable.
[256]En Londres me encargan varios diccionarios y un
atlas de botánica. Paso seis años estudiando y amontonando datos, y, al cabo de
este tiempo, se muere el editor, interviene la justicia, y se apoderan de mis
manuscritos y de mis estampas.
DE CHARLATÁN
Entonces ya perdí la moral: me entregué a la mala
suerte. Todos los emigrados se habían marchado a Francia; yo hice lo mismo. Me
recogió un charlatán y me hice, como él, charlatán de plazuela y algo
saltimbanqui.
Había perdido mis esperanzas; había llegado a creer
que el único ideal del filósofo es tener un rincón donde dormir, protegido de
la intemperie, y algo caliente y sustancioso que meter en el estómago.
Eché mi primer discurso en París, en la plaza del
Instituto.
Me decidí, pensando que había que ponerse el mundo
por montera. Le daré a usted una muestra de mi elocuencia.
Girovanna se engalló y miró a derecha e izquierda.
—Señores—dijo—: muchos de vosotros, por lo menos
algunos de vosotros, porque nos ven en la vía pública dirigiéndonos a un
concurso popular modesto, aunque culto e ilustrado, nos motejarán de impostores
y charlatanes.
Si nos vieran en la sala de este viejo edificio,
adornados con medallas y con cintajos, nos tomarían por sabios. Es achaque muy
viejo juzgar a la gente por su indumentaria y por sus condecoraciones. No
debéis juzgarnos por nuestros trajes, sino por nuestros conocimientos; no antes
de oírnos sino después de oírnos.
Un charlatán decía: Mi bálsamo se compone de
simples, y mientras haya simples en este pueblo no me iré de él. Aceptemos que
haya muchos simples en la vía pública. ¿Pero es que vosotros creéis que son
menos simples los que forman el auditorio de las Academias e Institutos? ¿Es
que creéis que son menos charlatanes los de los salones que los de las
plazuelas? ¿Qué quiere decir charlatán? ¿Me queréis decir? ¿Qué[257] significa esto, sino una palabra despreciativa
que se puede emplear contra todos los espíritus originales y de talento?
Charlatán se puede llamar al hombre que marcha a la
plaza, al ágora, a convencer a sus semejantes de la verdad que se
ha encendido en su alma.
Charlatán se le llamó a Sócrates cuando hablaba de
su demonio familiar; charlatán, a Alejandro el Magno cuando se decía hijo de un
rayo; charlatán, a Scipión el Africano cuando se tenía inspirado por los
dioses; charlatanes, a Pitágoras, a Empédocles, a Mahoma, a Polonio de Tyana, a
Alberto el Magno, que hablaban de sombras y de diablos; charlatán, a Bacon, que
afirmaba tener una cabeza de acero que hablaba; charlatán, a Miguel Scott, que
desde su caverna de Escocia hacía sonar, con una varita mágica, las campanas de
Nuestra Señora de París.
Y entre los innovadores, ¿a quién no se le ha
motejado de charlatán? Charlatán se le ha llamado a Copérnico, a Paracelso, a
Miguel Servet, a Colón, a Watt, a Stephenson...
Y, en fin, señores; si llegara a tanto vuestra
obcecación, podríais llamar charlatán, impunemente, a Nuestro Señor
Jesucristo...
La cara de Girovanna tomó de pronto un aire de
desagrado, y dijo:
—Ya en la pendiente del charlatanismo tuve éxito:
aguas maravillosas, elixires de amor y de juventud, filtros de belleza. Mi
destino ha sido éste: estudiar... aprender seriamente... no poder llegar a ser
nada mas que un histrión.
—Ya ve usted cómo el amigo de usted, que cree que
yo debo de tener algún vicio muy grande y muy fuerte, que me empuja a la
miseria, se engaña. No se quiere creer ciego al destino; se supone que es, a lo
más, tuerto; conmigo ha sido ciego de los dos ojos.
—¿Y nadie le ha querido a usted, abate?
—Nadie... nadie... Sólo aquella pobre bambina...
OFRECIMIENTO
Girovanna me explicó después sus sufrimientos y me
habló de lo solo que estaba en París. Luego me dijo que le gustaría vivir
conmigo y que me cedería sus trabajos gramaticales y sus procedimientos y
recetas químicas, para que yo los explotara.
—Sí, pero yo tengo que volver a España—le dije.
—Lo comprendo. Usted es un hombre de mundo, tiene
usted otros planes. Además, ¿quién se amarra a un barco viejo como yo que va al
fondo?
Le miré al abate con tristeza. Realmente no era mas
que un pobre hombre con una imaginación exaltada.
Antes de marcharse, Girovanna me dió dos frascos:
uno de un narcótico y otro de un perfume. Al día siguiente tomé yo el camino
para Bayona, donde llegué con cinco francos.
QUINTA PARTE
LA AVENTURA PELIGROSA
EN LA COSTA CANTÁBRICA
Este libro, comenzado en verano en un valle de
los Alpes, voy a terminarlo en otoño, a orillas del Cantábrico.
Estoy en casa de un amigo, en un pueblo de la costa
vasca, uno de esos pueblos un poco industrial, un poco pescador, un poco
agrícola, con una playa de bañistas. La casa donde vivo da por delante a una
callejuela y tiene por detrás una galería que mira al mar. Desde esta galería
suelo ver el puerto con sus vaporcitos, sus pailebotes y sus goletas, que
cargan cemento y descargan carbón. A la entrada de la ría hay un puente gris,
por donde corren raudos los automóviles y pasan coches y bicicletas; más lejos,
otro puente, por donde cruza el tren, dejando nubes de humo negro, y estos
diversos medios de locomoción, el tren, el auto, los carros, las bicicletas,
los vapores y los barcos de vela, dan al paisaje un aire pedagógico e
instructivo de lámina de libro de lectura para niños.
Por la mañana paseo en la playa con mi amigo. Los
veraneantes se van; las casetas de lona desaparecen; algunos chicos juegan
todavía en el arenal haciendo agujeros; el mar se muestra más azul que nunca;
el sol, amarillo y templado.
Por las tardes vamos por la carretera que bordea la
costa. Es la época del equinoccio. El mar está irritado; las olas se erizan de
espuma y rompen en las rocas; los pedregales de la costa resuenan como
descargas, en la resaca; las gaviotas revolotean; la espuma espesa va llevada
por el viento en copos, no tan blancos como los de la nieve, y, a lo lejos, el
cabo de Ma[260]chichaco, misterioso y fantástico, se
destaca en el mar sombrío y hostil.
De noche oigo el rumor lejano de las olas, y cuando
no puedo dormir pienso en mis memorias y escribo alguna página de ellas.
I.
MARÍA LUISA DE TABOADA
Al llegar a Bayona me encontré a don Eugenio
preocupado; ni García Orejón ni Bertache daban señales de vida.
Aviraneta había pensado enviar un nuevo agente al
campo carlista para que observase el carácter de la escisión entre marotistas y
partidarios de Arias Teijeiro, y hasta qué punto llegaba el odio entre ellos.
Aviraneta consultó el caso con doña Paca Falcón, y
ésta le dijo:
—Un agente no tengo; pero una agente, sí. Conozco a
una mujer que creo que sería capaz de ir al campo carlista y hacer con
inteligencia la comisión que se le indicara.
—¿Es carlista?
—Sí, carlista, aunque del grupo moderado. Se
encuentra, por el momento, en una situación un poco difícil. Yo le hablaré, y,
si quiere, le citaré para mañana aquí mismo.
Efectivamente; al día siguiente, doña Paca Falcón
estaba en la trastienda con la señorita María Luisa de Taboada.
María Luisa era hija de un abogado, corregidor de
Guipúzcoa en 1824, y después, fiscal de la Audiencia de La Coruña. Este señor,
al comienzo de la guerra, se declaró por Don Carlos y escribió un folleto
atacando con violencia a María Cristina y a Isabel II y haciendo la apología
del Pretendiente. El abogado Taboada fué amigo y asesor de Zumalacárregui.
María Luisa, en este momento, servía de señorita de
compañía a una familia francesa en una casa de campo de las inmediaciones de
Bayona.
María Luisa era muy conocida en el pueblo por su
ingenio, su desparpajo y su exaltación carlista. En tiempo de Zumalacárregui
había desempeñado algunas misiones diplomáticas en Madrid, Turín y Nápoles, por
lo cual se la consideraba como una mujer dotada de sagacidad y de travesura.
María Luisa pertenecía al partido carlista
moderado, al grupo de Maroto, Villarreal y el padre Cirilo.
La vi a esta muchacha entrar y salir en la
trastienda de la casa de doña Paca.
—He tratado de sondearla y de que pasara a nuestras
filas—me dijo don Eugenio—; pero es imposible. Esta muchacha es fanática
carlista y pertenece a la Congregación de San Vicente de Paul. Tengo que variar
de plan. La he convidado a comer mañana en Bidegañeche, una fonda de San Pedro
de Irube. Iremos ella y yo paseando, y luego tú la llevas en el tílburi de
Iturri a su casa.
—Muy bien.
—Galantéala un poco.
—Bueno. ¡Vaya un papel que me quiere usted dar!
—No te costará mucho trabajo. Ya sabemos cómo eres.
Fuí con el tílburi a San Pedro de Irube. Hacía un
día de invierno, espléndido. Dejé el cochecito en la cuadra de Bidegañeche y
subí al comedor pequeño, que estaba empapelado con un papel que representaba un
puerto con sus muelles, sus barcos y sus montes a lo lejos.
Aviraneta me presentó a María Luisa de Taboada.
María Luisa era una mujer de mediana estatura,
morena, seca. Tenía el óvalo de la cara muy alargado; la nariz, también larga;
los ojos, pequeños, brillantes, muy bonitos; el pelo, negro; la piel, curtida
por el sol; la boca, un poco incorrecta, que dejaba al descubierto la
dentadura, blanca y fuerte. Nadie hubiera dicho que era bonita, pero tenía
atractivo. Había en ella algo de la viveza y de la gracia de la cabra. Su
cuerpo era esbelto y bien formado; la mano, chiquita y, a pesar de esto,
fuerte; el pie, muy pequeño. Se vestía un tanto caprichosamente, aunque siempre
de obscuro. Llevaba corbatas de hom[263]bre y sombreros
de hombre. Tendría unos veinticinco a veintiséis años. Su padre era gallego y
su madre castellana. Ella había heredado de su madre su sequedad y su energía.
Hablando, María Luisa era un poco redicha y
recalcaba las palabras con cierta complacencia. Se expresaba de una manera
coloreada y pintoresca. A veces hacía gala de su erudición, y sacaba a relucir
a Santo Tomás o a San Agustín, y entonces resultaba un poco pedante.
Estas observaciones hice mientras Aviraneta y ella
charlaban de política en la comida.
Aviraneta se mostró partidario del bando moderado
entre los cristinos, y enemigo mortal de los exaltados. Dijo a María Luisa que
los moderados de Isabel II y los de Don Carlos pretendían una misma cosa, y que
podrían entenderse, pues los puntos que los dividían apenas tenían importancia.
El casamiento del hijo de Don Carlos con Isabel II
podría ser la mejor solución y el término de la guerra, y para prevenir
dificultades y celos, si se llegaba a un acuerdo, se extrañaría del Reino al
infante Don Carlos y a María Cristina. La realeza o suprema autoridad del
Estado residiría mancomunadamente en Isabel y Carlos, como en tiempo de los
Reyes Católicos. Se convocarían Cortes, y se daría a la nación una Constitución
y un régimen moderados. Para conseguir esto era preciso acabar con los corifeos
del bando exaltado de ambos campos.
María Luisa, con la pedantería que tienen las
mujeres cuando se ocupan de política, barajó aquellos lugares comunes con
entusiasmo. Yo, como había oído muchas veces exponer estas y otras teorías
parecidas, oía la conversación como el que oye el rumor de las olas.
Después de la comida preparé el tílburi y ayudé a
montar a María Luisa.
Fuimos a ver a San Pedro de Irube, el castillo del
Petit-Lisague y la gruta en donde el caballero de Belzunce mató a un terrible
dragón, tan cándido y buena persona como todos los dragones.
—¿Y usted no se ocupa de política?—me preguntó
María Luisa.
—Yo, no; todo eso me aburre profundamente.
[264]—Usted será un señorito rico que no piensa mas que
en divertirse.
—¡Le parece a usted poco! Es muy difícil
divertirse.
—¡Qué asco! Yo con un hombre como usted no iría a
ninguna parte.
—Yo con una mujer como usted iría a algunos sitios.
—¡Bah! ¿Se las va usted a echar de Don Juan?
—¿Por qué no?
—Conmigo no tendrá usted éxito.
—¡Oh, sí! ¡Quién sabe!
—¡Qué estúpido es usted!
—Quizá. Usted también es un poco pedante.
—¡Yo!
—Sí.
El calificativo no le hizo ninguna gracia.
María Luisa tenía una gran seguridad en sí misma.
Se creía la ciencia infusa. Tenía una risa clara, despreciativa, una petulancia
completamente ibérica.
Dejé a María Luisa en su casa y me volví a la fonda
de Iturri a entregar el coche.
II.
PETULANCIA CONTRA PETULANCIA
La señorita de Taboada me hizo efecto, y
dispuse emprender su conquista.
Al día siguiente de comer con ella en San Pedro de
Irube la volví a ver en casa de la Falcón, y hablamos.
Ella estaba conmigo siempre en guardia.
María Luisa, por lo que me dijo la Falcón, era una
mujer original, de una vida poco corriente, con una extraña juventud.
Había vivido en Francia, en Italia y en España;
había seguido con su padre a las tropas de Zumalacárregui, montando a caballo,
andando entre breñales y descampados, recibiendo la lluvia y el sol; sabía
historias libertinas, que las contaba con mucha gracia, y pasaba de contar
estas verduras a hablar de sus ideas religiosas, que en ella se hallaban muy
arraigadas.
Era muy devota, y al mismo tiempo, en su
conversación, muy atrevida, cándida y maliciosa, intrigante y simple, y siempre
muy novelera. Bromeé con ella preguntándole acerca de sus amores en Bayona.
Para ella en Francia no había gente que le
interesara. Los franceses le parecían muñecos que no le preocupaban; para ella
no había mas que los españoles.
Era un caso de arbitrariedad parecido, aunque
contrario al de madama D'Aubignac.
Conocí a una de sus amigas, hija de un coronel
carlista,[266] que era una solterona fea y
rencorosa, que no podía soportar la importancia de María.
—María Luisa es una loca—me dijo—. Se figura que ha
de cumplir grandes misiones en el mundo; sueña con ser una Juana de Arco o una
Santa Teresa de Jesús.
—¿Es ambiciosa, entonces?
—Sí, pero sin base. Es muy superficial. No tiene
talento alguno. Ha aprendido aquí y allá frases de efecto, y las baraja en la
conversación.
—Sin embargo, dicen que Zumalacárregui la
consultaba a menudo.
—¡Ca! A su padre; a ella, no. En muchas cartas que
Zumalacárregui dirigió a su padre, en donde ponía: Querido amigo, ella cambió
las oes en aes y puso: Querida amiga.
—Dicen que el general Villarreal la atiende mucho.
—Si ha sido su querida.
—¡Cree usted!
—Eso dice todo el mundo. Es verdad también que han
pensado en casarse, pero él está preso y tísico, y no se pueden casar.
La amiga me dió estos detalles con fruición.
Me enteré de la vida de Villarreal. Entonces el
caudillo carlista tendría unos treinta y cinco años. Gozaba fama de hombre
valiente, recto y de carácter. Se le consideraba como sencillo, modesto y
ordenancista. Debía ser, sin embargo, un fanático, a juzgar por la orden de
fusilar al viejo médico don Francisco Manzanares, en Escoriaza, sólo porque
éste no tenía ideas religiosas.
Aquellos datos me servirían en mi lucha contra
María.
A los pocos días de conocerla estaba casi enamorado
de María Luisa; tenía por ella una pasión de vanidad, de amor propio y de algo
de rencor.
Mis relaciones con madama Laussat habían sido un
amor tan físico, que no me dejaron ningún recuerdo en el espíritu; mis amores
con la marquesa Radensky fueron una fantasía vaga y corta, como una borrachera
de Champaña; a Corito la seguía queriendo, pero su recuerdo me daba la
impresión de algo vago, ideal como celeste.
En cambio, por María Luisa tenía una pasión
erótica, de ma[267]los instintos, un fondo de rencor,
una necesidad de dominarla, de humillarla, y una antipatía profunda por sus
inclinaciones, sus ideas y sus amistades. Tenía en esta época una petulancia y
una impertinencia donjuanesca. Me creía capaz de todo y de vencer cualquier
dificultad que se me presentase. Estaba convencido de que vencería y sometería
a María Luisa.
Además, me atraía; había en ella algo ardiente y
seco que me gustaba. Era como un paisaje castellano tostado por el sol.
Cuando supe que María Luisa, aceptando la peligrosa
comisión que le daba Aviraneta, iba a entrar en España, la dije:
—La voy a acompañar a usted.
—¡Ca!
—Ya verá usted. Pienso hacer su conquista. Tengo
que quitar la novia al general Villarreal.
—¡Qué ilusión!
—¿Usted me deja acompañarla?
—Bueno. No tengo inconveniente.
—Usted, naturalmente, no me denunciará a los
carlistas. Sería una mala acción.
—Yo no le denunciaré. Usted tampoco intentará
intervenir en mis asuntos.
—No, señora.
—Ni intentará ninguna violencia contra mí.
—Ninguna.
María Luisa empezaba a tenerme miedo.
—Nada; iremos juntos. Diré que es usted un pariente
mío.
Le agarré la mano.
—Tiene usted una mano fuerte, de hierro. Podría
usted estrangular a uno.
—¡Vaya un cumplimiento!
—Es una mano que me enamora.
Se la besé.
—¡Qué estúpido es usted!—exclamó ella.
—Es posible; pero usted me llegará a querer.
—Nunca.
—Tengo la mala suerte de que todo lo que quiero, al
fin lo consigo.
—¡Qué alabancioso! ¡Qué tonto!
—Usted lo verá.
—Sí, usted es el emperador, su alteza real.
—No se ría usted todavía; al final veremos quién
tenía razón.
Cuando Aviraneta supo mis propósitos de acompañar a
María me quiso disuadir del proyecto.
—Deje usted—le contesté yo—; yo creo que habrá algo
interesante que ver en ese viaje.
Mi vanidad me hacía creer en esta época que
vacilar, abandonar una acción cualquiera por pereza o por blandura de espíritu,
era una cobardía indigna de un hombre de acción, de un discípulo de Aviraneta,
que con el tiempo tenía que eclipsar a su maestro.
Había tomado como norma de conducta no estar en la
indecisión, pesando el pro y el contra de las cosas por hacer, sino decidir, y
después de decidir, ya no volver sobre mi acuerdo hasta que un obstáculo fuerte
me impidiera seguir adelante, y entonces ver de vencerlo o de soslayarlo, según
su importancia.
Una de las cosas que podía llamar sobre mí las
sospechas en mi viaje era mi aire de juventud.
Para remediarlo fuí a casa del peluquero y le
pregunté si no habría medio de pintarse canas. Le chocó mucho la pregunta e
hizo algunas pruebas, hasta que eligió un líquido, que me dió en un frasco.
—No creo que el efecto dure mucho tiempo; tendrá
usted que darse cada dos o tres días.
Me miré a un espejo.
—Está muy bien—le dije—. Me envejece lo menos diez
años.
—Y además le da a usted un aire muy distinguido.
Me preparé para el viaje. No llevaba mas que
algunos billetes de Banco cosidos en distintos puntos de la ropa, un gabán y un
impermeable. En el bolsillo del pecho guardaba el frasco de narcótico del abate
Girovanna.
Aviraneta dió largas instrucciones a María,
escritas con tinta simpática, acerca de lo que tenía que hacer y decir al verse
con Maroto y con los generales carlistas del bando exaltado. Le dió también
diez onzas de oro para el viaje, que María cosió en el corsé.
[269]A final de enero, con los papeles en regla, María
Luisa y yo tomamos la diligencia, bajamos en San Juan de Luz, alquilamos dos
caballerías, pasamos por Vera, y llegamos por los montes a Oyarzun, donde
dormimos.
El segundo día cruzamos las filas carlistas, y el
tercero estábamos en Tolosa.
María Luisa escribió desde allí a don Eugenio
diciéndole que la mayoría de la gente con quien hablaba era partidaria de los
presos ya libertados de Arciniega. Villarreal no tenía mando aún y esperaba,
para obtenerlo, el que el padre Cirilo subiese al Poder.
El 3 de febrero llegamos a Vergara y presenciamos
la entrada del Pretendiente. Después fuimos a una misa de gala muy decorativa.
En la iglesia, en el sitio de honor, estaban Don Carlos y su hijo, vestidos de
uniforme; la duquesa de Beira, con traje de cola muy lujoso, y luego la corte,
galones, penachos, plumeros, levitas; el general Uranga; doña Jacinta, la
Obispa; la camarista señorita de Arce; el obispo de León, etcétera, etc.
Yo me coloqué al lado de María Luisa, que me
indicaba cuándo tenía que arrodillarme y levantarme.
—La verdad es que estaría gracioso que ahora me
adelantara yo e intentara dirigir todos estos movimientos místicos y
ceremoniosos de la etiqueta cortesana—le dije a María.
—Usted está malo de la cabeza—me contestó ella.
—María Luisa me iba tomando cierto respeto; lo que
yo consideraba como un buen síntoma para mis propósitos. Mi petulancia
antirreligiosa y antimonárquica y mi manía de impiedad le producían a ella
verdadero espanto.
Al salir de la iglesia le dije a María Luisa:
—¡Sabe usted que encuentro a su rey cierto aire de
carnero!
—No, pues no tiene usted razón; es un hombre guapo.
—Guapo, no. Por mucho fervor monárquico y borbónico
que sea el suyo, no puede usted decir que es guapo. ¡Con esa quijada, y ese
labio belfo, y ese aire tristón y ridículo! La verdad es que estos Borbones,
desde el punto de vista estético, no valen gran cosa.
—¿Y María Cristina, es mejor?—preguntó ella con
sorna.
—¡La excelsa Cristina! Es una italiana guapetona,
vasta;[270] pero esta brasileña de ustedes es peor.
Chata, fea, disciplente, herpética... Eso es un perro de presa. Yo no la
tomaría ni de cocinera.
—¡Ah, claro! Usted, no. Usted necesita una hada,
una hurí de Mahoma.
—Ya ve usted que usted me gusta y no es usted
ninguna hurí.
—Usted tampoco es muy galante.
—Es verdad; nunca lo he sido.
En Vergara, María Luisa fué a visitar a Maroto y le
habló. Maroto parece que le dijo que estaba cansado de ver que el rey favorecía
a los enemigos suyos, y que iba a tomar una determinación grave y que haría
época.
Corrió por Vergara que entre el Pretendiente y su
general en jefe se habían cruzado estas palabras:
—Señor—le había dicho el general—: la irresolución
de Su Majestad compromete la autoridad que en mí ha depositado. Si Su Majestad
no castiga a los generales y palaciegos que trabajan sediciosamente contra mi
honor y mi vida, me veré en el caso de fusilarlos.
—¡De fusilarlos! ¿Te atreverías?
—Me atreveré, aunque Su Majestad después tenga el
disgusto de mandar separar mi cabeza de los hombros.
—No lo harás—replicó Don Carlos.
—Eso ya lo veremos—murmuró Maroto al cesar la
entrevista.
Aquello fué un desafío entre el rey y el general, y
todos los palaciegos se mostraron indignados de la soberbia de Maroto.
Antes de salir de Vergara, María Luisa tuvo una
segunda conferencia con el general. A mí no me dijo de qué habían tratado; pero
debía de ser de algo grave, porque María Luisa volvió muy preocupada.
III.
EN ESTELLA
Dos días después de llegar a Vergara salimos
para Estella en un carricoche roto y desvencijado, con un cochero que cantaba
alegremente. Este cochero tenía dos motes a falta de uno: le llamaban Cholín
Tripatriste, y era hombre alegre como unas castañuelas.
En el camino hacía frío; yo me quité el gabán y se
lo puse en las rodillas a María.
—No quiero; de ninguna manera—me dijo ella.
—Entonces deje usted que nos sirva para los dos.
—Bueno; pero no intente usted aprovecharse.
—¿Es que lo he intentado alguna vez?
—No, no. Es verdad. Lo reconozco; y si abandona
usted ese ridículo proyecto de que yo me enamore de usted a la fuerza, seremos
buenos amigos.
—No, a la fuerza, no. Yo desplegaré mis recursos en
línea de batalla; usted se opondrá a su modo.
—¿Y por qué no ser buenos amigos?
—No me basta.
El cochero se puso a cantar:
Yo tengo una cachuchita
sólo para mi recreo.
Luego se dedicaba al estribillo:
Vámonos,
china del alma;
vámonos
a Puerto Rico;
irémonos.
María Luisa y yo hablamos de nuestros amigos y
conocidos de Bayona, y ella me contó un sinfín de anécdotas de los carlistas
que vivían allí.
El cochero volvió de nuevo a la cachuchita:
Tengo yo una cachuchita
que siempre está suspirando,
y sus ayes y suspiros
se dirigen a Don Carlos.
—Bueno, bueno, Cholín. ¡Basta de cachuchita!—le
grité yo con voz estentórea.
—¡Qué bruto es usted!—me dijo María Luisa.
—Gracias.
—Le ha dejado usted al hombre aturdido.
—Es que ese animal no nos dejaba hablar.
Entramos en Estella. Todas las posadas estaban
ocupadas. María fué a visitar a la viuda de don Santos Ladrón, que le dió
hospedaje, y yo marché, por indicación de Cholín, a la calle de San Nicolás, a
casa de una mujer que tenía huéspedes.
La casa de la Martina era una casucha pequeña, con
una cuadra, una leñera y la cocina en el piso bajo; una salita y un gabinete,
con dos alcobas, en el alto. Este gabinete había sido de un cura y tenía varios
armarios llenos de libros religiosos.
En una de las alcobas, en la más grande, dormían un
oficial carlista que, según me dijo la dueña, estaba algo enfermo, y un fraile
castellano. La alcoba más pequeña me la destinaron a mí.
En el pueblo había una gran agitación. Los soldados
de los batallones navarros estaban excitados, y se decía que iba a haber una
matanza general de marotistas y de hojalateros.
La plaza solía estar, mañana y tarde, llena de
corrillos de[273] apostólicos, a los que llamaban
de la vela verde, entre los que se destacaban curas y frailes que peroraban con
violencia y con pasión.
Una mañana le vi allí al general Guergué en un
grupo de sus partidarios. Era don Juan Antonio Guergué hombre de unos cincuenta
años, pequeño, rechoncho, áspero en el hablar. El general Guergué había tenido
la humorada de decir a Don Carlos: «Nosotros, los brutos, llevaremos a Su
Majestad a Madrid»; y parecía tener empeño en demostrar que no abdicaba de su
papel de bruto.
En el corro, al lado de Guergué estaba el oficial
de la secretaría de Guerra, don Luis Ibáñez, hombre de confianza de don Juan
Antonio, tipo de fanático sombrío, de rostro macilento, con la mirada baja.
El grupo de curas, apostólicos y empleados,
escuchaba las palabras de Guergué con gran respeto.
Sonó la oración del mediodía; se descubrieron todos
y rezaron.
Luego, un asistente sacó de la posada de la plaza
un caballo; montó Guergué y, después de haber lanzado una última bravata, se
fué como una exhalación. Iba, según me dijeron, a Legaria, donde vivía.
En estos corros encontré también a Orejón y a
Bertache.
Orejón me dijo que existía una conspiración entre
los puros, en la que entraban los generales García, Guergué, Sanz y
Carmona, el intendente Uriz, el cura de Allegui, don Juan Echeverría; don Ramón
Allo, capellán del Estado Mayor General, y otros, todos apostólicos rabiosos y
absolutistas puros y netos.
La correspondencia de los generales navarros
conjurados con sus amigos del Real pasaba por las manos de dos secretarios del
Ministerio de la Guerra, don Florencio Sanz, hermano del general, y don Luis
Ibáñez, antiguo secretario de Guergué, que solía aparecer con frecuencia en
Estella, y a quien yo había visto días antes.
Entre los generales rebeldes se había pensado en
prender a Maroto cuando pasase revista a varias fuerzas destinadas a cruzar el
Ebro, y fusilarlo.
—¿Le ha dado a usted instrucciones don Eugenio?—me
preguntó Orejón.
[274]—No.
—¡Qué falta!
—Se las ha dado a una señorita que ha venido
conmigo, y que se llama María Luisa de Taboada.
—¿Quién es esa señorita?
Le expliqué quién era.
—¿Dónde vive?
—Ha parado en casa de la viuda de don Santos
Ladrón.
—Muy bien; la buscaré.
Dejé a Orejón, que me citó para el día siguiente en
el mismo sitio, y anduve con Bertache oyendo lo que se decía entre los grupos:
—¡Rediós! No ha de quedar uno de los que quieran
transacciones—decía un hombre del pueblo—. A tiros acabaremos con ellos, y no
le obedeceremos ni al rey.
—Está probado—saltaba otro—que Maroto es fracmasón;
lo ha dicho el general García en el convento de San Francisco.
—Pues otros dicen que Maroto es comunero, que es
peor.
—Yo he oído que es carbonario—añadía un tercero—, y
esos son los más malos.
Bertache me contó que en el convento de San
Francisco de Estella habían andado los frailes a linternazos, después de una
disputa en que unos se pusieron a favor y otros en contra de Maroto.
Fuimos a otro grupo.
—Maroto es el protector de todos los pícaros y
ateos—decía un viejo apostólico—, un masón más.
Todos suponían que se entendía con los liberales.
Las noticias que pude recoger aquel día eran de la
misma índole. Al parecer, el general García tenía comprometidos al batallón de
Guías de Navarra, al 5.º y al 9.º, para el movimiento antimarotista.
Los puros, como se decían ellos, tenían
gran confianza en su triunfo.
Creían que la trampa que habían preparado para
Maroto, y que, según decían, había perfeccionado Carmona, era una maravilla de
maquiavelismo y de precisión, y dormían tranquilos.
IV.
LOS CONJURADOS
Al día siguiente me encontré en el mismo sitio
con García Orejón, que me indicó que le siguiese de lejos. Fuí tras él a una
casa de la calle de la Rúa, donde tenía su alojamiento. Subimos a un cuarto
pequeño, cerró bien las puertas, y luego, con mucho misterio, me dijo:
—La cosa anda mal. Estos navarros creen que van a
poder contra Maroto, y Maroto es un hombre terrible. Esta gente se dedica a
charlar y a decir que va a hacer, y el otro hace. En casa de Pérez Tafalla, de
la viuda de Santos Ladrón, y en las demás tertulias del pueblo, se dice que
todos los amigos de Maroto y del justo medio van a ser presos. El general
García, que está como loco, le pidió hace días un plan a Carmona para sublevar
Navarra. Este plan se lo han enviado a Guergué a su casa de Legaria, con un primo
de éste, que se llama Lagardón y a quien la gente llama Lagartón. Después de
haberlo examinado Guergué, se lo ha vuelto a dar a Carmona, y Carmona ha
mandado el proyecto definitivo a García, por intermedio de la amiga de usted,
María Luisa de Taboada. María Luisa me lo ha dejado a mí antes, y yo lo he
copiado.
—¿Y qué va usted a hacer con el plan?
—Se lo voy a entregar a Maroto.
Me quedé helado.
—¿Va usted a enviar eso por correo?
—No; ahora mismo me voy de Estella. Entregaré yo el
plan en persona.
[276]Salimos de su casa; yo, pensando en el peligro que
corría María Luisa. Si se descubría que hacía traición a sus amigos, la iban a
hacer pedazos.
Por la tarde fuí a visitar a María Luisa a casa de
la viuda de don Santos Ladrón. Pensaba advertirla del peligro que corría. María
Luisa me presentó en la casa como legitimista de Bayona. Conocí a los generales
Sanz y García.
Don Pablo Sanz era el futuro marido de la viuda de
don Santos Ladrón. Era un hombre todavía joven, de buen aspecto. Me pareció un
tanto vanidoso y petulante. Me dijeron que era borracho y de un carácter
desigual, como la mayoría de los alcohólicos.
El general García era más viejo que Sanz, de unos
cincuenta años, de cara seria, de malhumor, flaco, de bigote corto. Era brusco,
bilioso, de modales toscos, mal hablado, amigo de la clase de tropa más que de
los oficiales; enemigo de los forasteros y navarrista furioso. Tenía el aire de
un atrabiliario. Habló de una manera muy jactanciosa y fanfarrona, como si
despreciara profundamente a Maroto.
Aseguró que Sanz y él lo que querían sobre todo era
comenzar las operaciones, cosa a que se oponía Maroto, porque indudablemente
estaba de acuerdo con Espartero. Las señoras carlistas se entusiasmaban con los
desplantes de García.
—¿Y si viene aquí Maroto?—dijo uno.
—Que venga. El pueblo se levantará contra él, y
aquí mismo lo fusilaremos—contestó el general carlista.
Toda aquella gente tenía una tranquilidad y una
seguridad un poco absurda.
Como yo no había podido hablar a María Luisa a
solas, le dije que al día siguiente fuera a mi casa.
Fué quizá creyendo que le iba a importunar con
galanterías; y le expliqué de qué se trataba.
—Creo que debe usted marcharse ya—le dije.
—¿Tiene usted miedo?—me preguntó ella.
—No; tengo miedo por usted.
—Pues yo, ninguno.
—¡No sea usted pedante!
—Me está usted cargando con eso. Váyase usted; no
le necesito para nada.
[277]—Bueno, bueno. Está bien.
María Luisa se despidió muy orgullosa de su valor.
Los días siguientes hizo un tiempo muy malo de frío
y lluvia. Era poco agradable andar por las calles, llenas de barro. Entré en
conversación con el fraile castellano que dormía en la alcoba inmediata y que
cuidaba del oficial carlista enfermo. El oficial estaba flaco como un espectro.
A cada paso tenía que levantarse de la cama. Habían llamado a un médico
militar, y éste contestó que iría cuando pudiera.
En Estella había tifus, como en todos los pueblos
donde estaban amontonados los soldados; pero yo no tenía aprensión alguna. En
la casa no se tomaban precauciones, ni se separaban los vasos y cucharas que
empleaba el enfermo.
El oficial no me pareció que estaba tan grave como
decía el fraile, porque hablaba, aunque de noche se ponía ya pesado y empezaba
a delirar. El fraile era castellano y marotista.
Me dijo que el proyecto de transacción entre
carlistas y cristinos que se atribuía a Maroto era falso, y que lo había
inventado el padre capuchino Larraga, para desacreditar al general en jefe.
Me contó cómo el cura Echeverría y el general
García prepararon el asesinato del brigadier Cabañas, por castellano y
moderado, y que los azuzó Arias Teijeiro.
Me describió a Guergué, que era un bruto violento,
arbitrario, a quien movían como a un muñeco los palaciegos desde el Real; al
general don Pablo Sanz, otro navarro, violento y voluble, de poco talento y
entregado a la bebida; al brigadier Carmona, que era el más listo de todos, y
al intendente Ibáñez, que era un fanático, de carácter siniestro, que no
disfrutaba mas que haciendo daño, viendo prender o fusilar a alguien.
Escuché las confidencias del fraile, y me ofrecí a
él por si necesitaba algo el oficial enfermo.
Le hablé luego yo de los capuchinos del convento de
Vera, sobre todo del padre Gregorio, y me dijo que creía que éste se encontraba
de oficial en las filas de Don Carlos.
V.
LAS TROPAS DE MAROTO
Llevaba ya una semana en Estella. Un día
corrió el rumor de que Maroto se acercaba al pueblo con sus tropas. Me dijo el
fraile de mi casa que el general había ido por Lecumberri a buscar Irurzun, y
de allí bajaba por Riezu y Abarzuza. La emoción en el vecindario era enorme.
Salí de casa y encontré a Bertache en el puente del
Azucarero. Me dijo que la cosa iba mal para los exaltados. Maroto había salido
de Tolosa y parecía que venía a Estella dispuesto a pegar de firme.
Se dijo que Maroto había llamado al brigadier don
Teodoro Carmona y le había dicho:
—Voy a Estella. Vaya usted primero y advierta usted
a sus amigos García, Guergué y Sanz, que se preparen y se defiendan, porque,
con sus mismas fuerzas, los voy a fusilar.
Carmona creyó que era una bravata para asustarles,
y que, por lo mismo que lo decía, no haría nada.
Maroto estaba ya a las puertas de la ciudad.
—¿Qué pasará?—se preguntaban todos.
A media tarde comenzaron a entrar en Estella los
soldados de Maroto. Yo los vi en patrullas desde la ventana de mi cuarto. En
casa de mi patrona entraron seis, subieron a la sala y dejaron los fusiles en
los rincones, y después las cartucheras y los morrales. Eran mozos castellanos.
[279]—¿Estarán descargados los fusiles?—preguntó la
patrona.
—Sí, señora; no tenga usted cuidado.
—Es que vienen los chicos de la vecindad y,
jugando, pueden hacer un estropicio...
—Nada; no hay miedo. ¿Cuántas camas tiene usted,
patrona?
—Cuatro; pero están ocupadas: una la tiene un
oficial enfermo.
—Lo dejaremos tranquilo. En las camas, ¿cuántos
colchones hay?
—Dos; y en algunas, tres.
—Bueno, pues se repartirán. ¿Tiene usted guardilla,
patrona?
—Sí, señor.
—¿Se puede dormir allí?
—Sí, quitando unos trastos que hay. Ahora, que hará
frío.
—Eso no importa; ya estamos acostumbrados. ¡Con tal
de que no llueva dentro!
—No, no. Eso, no; no entra agua.
Se oyeron las botas pesadas del cabo y de otros
soldados en la escalera, que subieron y luego bajaron, metiendo un ruido como
si fueran un regimiento.
—Bueno—dijo el cabo—; tres dormirán en la
guardilla; dos, en la sala, y uno, en la cocina. ¿Tiene usted algo que decir,
patrona?
—Nada, nada. Veo que os hacéis cargo de las cosas y
que sois unos buenos muchachos, que no queréis perjudicar a una pobre vieja
como yo.
—Todos tenemos que vivir, señora.
—Es verdad, y no somos ricos.
—Ahora dígale usted a nuestro cocinero, que es este
chico cigaleño, dónde puede hacer nuestra cena, y dele usted la leña y la sal.
—Voy al momento.
—Bueno, muchachos—dijo el cabo—. Vamos a ver qué
hay por esas calles... ¡y viva Maroto!
Fuí a la cocina. El soldado estaba preparando el
fuego y cantando:
Para mi padre
le traigo una espuela;
para mi madre,
un pañuelo de seda.
Charlé un rato con este muchacho, que me habló de
Cigales, su pueblo, y me contó por qué circunstancias estaba en la facción.
Luego salí a la calle. Había grandes corros de
soldados en las plazas y en las puertas de las tabernas. Le encontré al fraile
compañero de cuarto. Me dijo, celebrándolo, que todos los curas, apostólicos y
empleados, habían echado a correr como liebres a salvar la preciosa vida. Cerca
de Lecumberri, Maroto había atrapado al general Sanz, que iba huído.
De Lecumberri, al bajar a Irurzun, pasando por las
Dos Hermanas, un momento antes de llegar a Atondo, en una vuelta que forma el
camino entre el río Larraun y una piedra que sobresale cerca del paso de
Osquia, tropezaron los caballos de Maroto y del intendente Uriz, que marchaba
también escapado. Maroto mandó prenderlo, y con Sanz y Uriz, presos, entró en
Estella.
El general García había hecho la baladronada de
asomarse al balcón de su casa con sus ayudantes a ver la entrada de Maroto, y
no le había saludado ni se había presentado a él. Se decía que los batallones
navarros estaban tomando posiciones en las casas del pueblo y en la carretera
de Pamplona y de Logroño para oponerse al avance de Maroto, pero no era verdad.
Fuimos el fraile y yo adonde se alojaba María, y
nos dijeron que no estaba. Entonces volvimos a casa y advertimos en la calle de
San Nicolás mucho bullicio. De pronto vimos pasar un cura, rodeado de soldados.
Como ya estaba obscurecido, no se le veían las facciones.
—¿Qué ocurre?—preguntó el fraile a una vieja.
—Dicen que al general García acaban de prenderle.
—Y ese cura, ¿quién es?
—No sé.
El cura era el general García, que, disfrazado con
so[281]tana y manteo, había querido escapar por el
portal de San Nicolás.
Nos asomamos el fraile y yo al portal, un arco
negro, pequeño, con un farolillo de una luz triste encima, que iluminaba una
imagen de un Cristo. Dos oficiales nos intimaron violentamente a marcharnos de
allá.
VI.
LA ENCERRONA
Volví a entrar en casa y me metí en la cocina,
iluminada por la luz del candil. El soldado de Cigales seguía cantando y
cuidando del rancho. Hablamos del asunto del día.
Charlaba con el soldado cuando vino la patrona,
conmovida por el suceso ocurrido en la vecindad: la prisión del general García.
La mujer del general García había suplicado a su marido que se fuera, y que se
fuera de Estella, pero él no quiso; luego había estado en su casa el cura de
San Pedro, que le convenció, le dió su sotana, el manteo y la teja, y García
fué a casa del cura y estuvo allí una hora, hasta que quiso escapar saliendo
por el portal de San Nicolás, donde le detuvo el centinela.
Se decía que lo iban a fusilar, y que lo iban a
fusilar vestido de cura.
En esto entró una vieja preguntando por mí y me dió
una carta. La abrí. Decía lo siguiente:
«A María Luisa la han llevado engañada a una casa
de la calle del Chapitel dos hombres del 5.º batallón, y la tienen allí presa.
Avísele usted a Bertache, que está alojado en el callejón sin salida de la
calle de la Calderería, en la casa del fondo, a la derecha, y entre los dos, y
mejor si llevan[283] algún compañero, pueden
salvarla. Quémeme usted esta carta.
Un amigo.»
—¿Y la vieja que ha traído esta carta?—le pregunté
a la patrona.
—Pues se ha marchado.
—¿La conoce usted?
—No.
Me hubiera gustado hacerle algunas preguntas; pero
yo había estado muy lento, o ella muy rápida, porque, aunque me asomé corriendo
a la calle, no la vi.
Quemé la carta en el fuego de la cocina, subí a mi
cuarto y me metí una pistola en el bolsillo. Me eché el impermeable sobre los
hombros y me dispuse a buscar a Bertache.
No llovía; la noche estaba húmeda; al pasar por el
puente del Azucarero estuve un momento contemplando la luna, que asomaba por
encima de los tejados y se reflejaba en el río.
El pueblo estaba desierto. Se habían cerrado todas
las tiendas y las puertas de las casas. Fuí a la plaza. Allí había grupos y
corrillos de militares y de algunos curiosos. Los militares decían que había
que fusilar a García, a Guergué y a sus amigos, y seguir el mismo procedimiento
con los traidores del Cuartel Real.
Me alejé de la plaza y me metí en el callejón sin
salida de la calle de la Calderería.
Avancé hasta el fondo y vi a mano derecha una
puerta entornada.
Llamé, dando unas palmadas. Apareció una vieja, la
que me había entregado la carta, alumbrándose con un candil. Era una vieja
bruja, encorvada, de ojos negros, nariz afilada y boca sumida.
—¿Está aquí Bertache?—le pregunté.
—Sí; pase usted.
Avancé en el portal y me sentí de pronto que me
taparon la boca y que me agarraron por los brazos y la cintura.
—Otro que ha caído en la trampa—dijo una voz.
[284]Me registraron, me quitaron la pistola, abrieron
una puerta y me hicieron bajar las escaleras de una bodega iluminada por un
candil. Allí, sentados en un banco, con los pies y las manos atados, estaban
María Luisa Taboada y Salvador, el espía del hotel de Bayona.
Hice un movimiento de sorpresa.
—¡Parece que te asombras!—dijo una voz burlona.
No contesté, y me dejé atar brazos y pies.
VII.
EXPLICACIONES Y AMENAZAS
Había cuatro hombres en la bodega, los cuatro
militares.
Uno era bajito, moreno, pequeño, con la cara
triste, bigote y la barba de varios días sin afeitar; llevaba levita de
oficial; los otros tres eran soldados del 5.º de Navarra.
El oficial se llamaba Remacha, y tenía un aspecto
reconcentrado y sombrío. Se adivinaba en él el fanatismo y la hipocondría.
—Ustedes me dirán lo que quieren—dije yo fríamente.
—¿De dónde ha venido usted?—me preguntó Remacha.
—De Vergara.
—¿Y a qué ha venido?
—He venido acompañando a esta señorita, a quien
pretendo.
—A conspirar, a intrigar contra nosotros.
—No.
—Yo le digo a usted que sí.
—Yo le digo a usted que no.
—Sí; ese hombre es liberal y masón; yo lo conozco
de Bayona—exclamó Salvador señalándome a mí.
—¿Eso es verdad? ¿Es usted liberal?
—Sí, señor.
—¿Y masón?
—También; pero no soy amigo de Maroto, ni del conde
de Negrí, como este hombre—y señalé a Salvador—. No he venido a desunir a los
carlistas, sino a acompañar a esta mu[286]jer. Que diga
ella misma si tengo alguna relación política con sus amigos, si no hemos
reñido, porque ella es carlista y yo liberal.
—Es verdad—dijo María, sollozando.
—El mismo lo confiesa—exclamó Salvador.
—Sí, cierto, lo confieso: soy liberal y
comerciante; he vendido géneros al ejército de la Reina, pero no denuncio a los
carlistas como este hombre que me acusa.
—¿De qué conoce usted a Bertache?
—¿A Bertache?
—Sí.
No podía negar que le conocía.
—Hemos hecho un negocio de contrabando juntos.
—¿Para España?
—Sí.
—¿Y quién entró el contrabando?
—Parte, su novia.
—¿Gabriela?
—Sí.
—Bueno. Está bien.
El teniente Remacha se puso a pasear por el sótano
arriba y abajo, mirándonos a los tres prisioneros y enfureciéndose poco a poco.
La bodega era larga, angosta, con un respiradero en
el techo, una mesa vieja y unas barricas amontonadas en el fondo. La iluminaba
un candil humeante.
En la mesa había una taza vacía y una botella de
aguardiente con una copa.
De cuando en cuando, Remacha bebía.
En esto se oyeron golpes en la puerta de la bodega,
dados con la culata de un fusil; abrieron la puerta y apareció un hombre viejo,
bizco, amarillento, con la cara picada de viruelas y el traje destrozado.
—¡Remacha!—gritó.
—¿Qué hay?
—A García, a Sanz y a Uriz los acaban de poner en
capilla, en la sacristía de la ermita del Puy.
—¿Le habéis avisado a Guergué?
—Sí. Han ido a buscarle a Lagardón, pero no le han
encontrado.
—¿Y no han mandado nadie a Legaria?
—No.
El viejo bizco desapareció de la puerta. Remacha
comenzó de nuevo su paseo, y se bebió dos copas de aguardiente.
—Estaba en un acceso de rabia. Sus ojos brillaron
con furor; y su cara tomó un aire de tristeza que en él, sin duda, acompañaba a
la ira, y entre puñetazos, y patadas, y grandes blasfemias, en las que
aparecieron Cristo, la Virgen y el Copón, nos aseguró que íbamos a pagarla si
fusilaban a los generales navarros.
—A ti, por zorra—le dijo a María Luisa—, porque
eres la querida de Villarreal y has venido aquí a intrigar, para ver si puedes
conseguir que tu querido vuelva a tener mando.
María Luisa comenzó a sollozar.
—Reconozca usted que, si es así, es un motivo muy
laudable—dije yo.
—¡Tú, cállate! Que si no te voy a aplastar como a
una cucaracha.
—Es muy fácil ser valiente con un hombre atado.
—A éste—y Remacha señaló a Salvador—le fusilaremos,
por traidor; y a ti, ya que eres liberal y masón y odias a los carlistas...
—No sólo los odio, los desprecio.
—Te sacaremos la vida poco a poco. Ya veremos si
eres valiente.
—Más que tú, siempre.
Pasamos un momento de silencio.
—¿Y si yo le propusiera a usted hacer una gestión
para salvar la vida de García?—preguntó Salvador, que estaba pálido como un
muerto.
—¿Yendo adonde está Maroto, para quedarse allí?...
¡Ca!... No, no.
—Haciendo que venga a esta casa solo el conde de
Negrí, dándome usted la palabra de que aunque no nos pusiéramos de acuerdo
usted y yo, a él no le pasaría nada.
—Eso ya es otra cosa. Venga usted; hablaremos en
otro cuarto.
Remacha tomó la botella de aguardiente en la mano.
Salieron Remacha y Salvador, y uno de los soldados
fué si[288]guiéndole a éste. Quedamos María Luisa y yo
atados y vigilados por dos hombres, Miguelico el Tuerto e Ilundain. Miguelico
el Tuerto era pequeño, negro, tostado por el sol; tenía una cara de vencejo; la
nariz, afilada y corva, como un pico; las mejillas, hundidas; los labios,
delgados; el pelo, negro, y la barba, crecida de varios días. Uno de sus ojos
estaba vaciado; el otro brillaba en la órbita, como el de un águila.
Llevaba un traje de soldado roto y una boina vieja,
y no abandonaba una carabina, que sin duda estimaba mucho.
Recordé a Gastibelza, el hombre de la carabina, el
héroe de una canción de Víctor Hugo, cuyo nombre debió de tomar el poeta de
Sagastibelza, el cabecilla carlista baztanés, que tuvo alguna fama a su muerte,
ocurrida hacía dos años.
Ilundain era un hombretón fuerte; tenía los ojos
brillantes y ávidos; la nariz, recta; la boca, dominadora, con el labio
inferior prominente. Llevaba un capotón de soldado, boina pequeña, muy calada,
y el pelo, negro, que le llegaba hasta los ojos. Todo esto le daba el carácter
de un guerrero antiguo.
Estuvimos algún tiempo en silencio; María Luisa
gemía; yo pensaba en mí mismo, como en otro, y hacía cábalas imaginando qué
dirían mis amigos al saber mi desaparición.
Miguelico se puso a pasear por el sótano y a cantar
una canción monótona, que quería ser irónica.
Vosotros nos decíais a nosotros,
al vernos:
en la lid moriremos
con gloria.
Y apenas en Hontoria
entró Merino,
recorristeis más tierra
que un peregrino.
En aquellos momentos pensé una porción de cosas
rápidas. Mi imaginación galopaba; pero se perdía en fantasías inútiles.
Las hipótesis y comentarios que harían en Bayona
mis amigos al saber mi desaparición me llenaban el espíritu. ¿Qué diría
Aviraneta? ¿Qué diría Delfina? Iba a tener un final pinto[289]resco
entre aquellos foragidos como Remacha, Ilundain y Miguelico el Tuerto, el
hombre de la carabina.
El lugar era también siniestro, negro, lleno de
telarañas. El candil chisporroteaba y llenaba de humo espeso y acre la bodega.
Yo miraba a los dos guardianes y a las negruras del sótano como quien contempla
una decoración de teatro...
VIII.
LA ESCAPATORIA
De pronto sentí como la protesta del instinto
vital. Había que hacer algo para salvarse.
—Sois unos brutos—dije a nuestros dos guardianes—:
nos tenéis como si fuéramos cerdos. No creo que nos podamos escapar. Soltadme
una mano, para que pueda fumar un cigarro.
Me desataron las manos y fumamos los tres.
—¿No podíamos beber un poco?—pregunté luego.
—¿Tú pagas?—preguntó Miguelico.
—Sí.—Saqué un duro.
—Ilundain, anda, ve tú por vino—dijo Miguelico—.
Llévate la llave y luego devuélvemela.
Ilundain salió y vino poco después con una jarra
grande y tres vasos. Yo llené uno y lo cogí en la mano.
—¿Por qué no traéis algo para comer?
—¿Qué quieres que traiga?
—Un poco de jamón o de queso.
Saqué otro duro.
—No; ya basta—dijo Miguelico rechazándome la
moneda.
—Gente difícil de sobornar—pensé yo.
—El caso es—murmuró Ilundain—que hay que ir a la
taberna de la plaza de Santiago, y andan por allí patrullas.
—¿No sabes el santo y seña?
—Sí. Julián, valor y subordinación; pero, ¿y si lo
han cambiado...?
—¡Ca! No lo habrán cambiado. Ve si no a la taberna
del Muturranga, de aquí cerca.
Ilundain salió del sótano. Entonces yo le dije a
Miguelico:
—Suéltela usted un poco las manos a esta mujer.
¿Qué va a hacer? ¿Les va a matar? Es una vergüenza tratarla así.
—Sí, la soltaré un poco—dijo Miguelico.
Mientras se dedicaba a esa faena, María Luisa
gimió. Yo saqué el frasquito del abate Girovanna y eché la mitad de su
contenido en la jarra.
Volvió Ilundain con un trozo de jamón, queso, pan y
la vuelta del duro.
María Luisa no quiso probar nada; yo comí jamón y
queso y bebí el vino que me había echado anteriormente en mi vaso. Los dos
hombres comieron y bebieron en abundancia.
El narcótico tardó mucho en hacerles efecto. De
pronto, Ilundain dijo:
—Esta noche pasada no he podido dormir. Voy a
descabezar un poco el sueño.
Yo hice como que echaba la cabeza en la pared y
quedaba dormido. Miguelico el Tuerto, estaba en guardia, con su ojo de ave de
rapiña, brillante; me miraba a mí, miraba también a la puerta, y, al último,
puso un brazo sobre la mesa, inclinó la frente y se quedó inmóvil. Hice
entonces un movimiento como involuntario para ver si se despertaba. No se
despertó. En vista de la profundidad de su sueño le agarré por el pie a María
con fuerza.
—¿Qué me quieren?—gimió ella.
—¡Silencio!—le dije yo—. Les he dado un narcótico a
éstos. Ahora hay que escapar. ¿Puede usted levantarse?
—Sí—exclamó levantándose.
—Este Ilundain lleva un cuchillo en la faja. A ver
si se lo puede usted sacar.
—¿Para qué?
—Para cortar nuestras ligaduras. Yo estoy atado,
además, al banco, y no me puedo mover.
María Luisa se levantó, se deslizó por el banco, se
acercó a Ilundain y le quitó el cuchillo de la faja. Ilundain suspiró en aquel
momento.
María Luisa me dió el cuchillo y corté las cuerdas
con que[292] nos habían atado a los dos. En seguida
registré el bolsillo de Miguelico, saqué la llave del sótano y le quité la
bayoneta del cinturón. Después María y yo subimos las escaleras hasta la
puerta, llevando en la mano: ella, el cuchillo de Ilundain; yo, la bayoneta de
Miguelico.
Había en la puerta una gran cerradura mohosa, que
seguramente iba a rechinar al dar la vuelta a la lengüeta. María quiso abrir la
puerta inmediatamente.
—Hay que tener calma. Espere usted—le dije yo—; no
vayamos tan de prisa.
Bajé las escaleras, cogí un resto de la grasa del
jamón y lubrifiqué la llave y la cerradura. Cuando creí que lo estaban ya
suficientemente, di una vuelta rápida a la llave, que chirrió con acritud, y
abrí la puerta.
Ni Miguelico ni Ilundain se movieron. En esto, la
vieja del candil se acercó. Yo la agarré del cuello y la dije:
—Si grita usted, la ahogo.
La mujer no resolló; abrí la puerta del sótano,
empujé a la vieja hacia dentro y cerré por fuera con llave.
—Aquí lo único que nos puede salvar es la
audacia—le dije a María Luisa.
Salimos corriendo hacia la puerta de la calle; pero
estaba cerrada, y, por más esfuerzos que hicimos, no pudimos abrirla.
—Vamos a ver en la parte de atrás si hay salida.
Abrí una puerta pesada y aparecimos en un corral
abandonado.
Era un corral pequeño, de tapias altas, con el
suelo lleno de varias cosas, que a obscuras no se veían bien: tablones,
barricas, cubos y restos de algún derribo.
Había en un rincón un emparrado medio deshecho.
Pensé que encontraría alguna escalera, y,
efectivamente, había una, aunque rota. La coloqué en la pared, y subí por ella,
primero sobre el emparrado y luego sobre la tapia.
Era la tapia toscamente construída, con piedras
gruesas, sin cimentación. Daba a un camino.
—Suba usted—le dije a María—; se monta usted en la
tapia; luego subiré yo, y a ver si entre los dos podemos echar la escalera al
otro lado.
[293]Dejé la bayoneta en el suelo y sujeté la escalera,
de miedo de que se desbaratase.
Había subido María, ayudada por mí, a la tapia,
cuando vi que Remacha se acercaba, armado de un sable y una pistola. Comprendí
que no dispararía la pistola porque vendría gente, cosa que a él no le
convenía. Yo quise coger la bayoneta, que había dejado en el suelo, para
defenderme, pero no la encontré.
—Ríndete—me dijo Remacha.
—No.
Él levantó el sable; yo retrocedí al momento, pero
el sable me alcanzó y me hirió con la punta en la frente.
Noté la sangre, que me mojaba la cara. Me refugié
debajo del emparrado. Estaba allí más obscuro, y el emparrado era de poca
altura. Remacha no podría allí manejar su sable. Miré otra vez al suelo para
buscar mi bayoneta, y no la vi. Entonces, decidido, me lancé sobre Remacha y le
agarré del brazo.
Yo tenía más fuerza que él, y sujetándole la mano
derecha se la retorcí y le hice soltar el sable.
Él entonces me cogió del pelo, y yo a él del
cuello.
Forcejeamos los dos, estrujándonos violentamente.
Él me mordía, yo le golpeaba la cabeza sobre la pared. En esto él resbaló y
cayó hacia atrás. Iba a levantarse, cuando una piedra grande, caída de la
tapia, le dió en el pecho. El hombre ya no se movió.
—¿Es que le he dado?—preguntó María Luisa desde
arriba.
—Sí.
—¿Y qué ha hecho?
—Ha caído.
—¿Muerto?
—No; sólo atontado.
No quise decírselo, pero creí que estaba muerto. Al
momento escalé la tapia, y con una energía sobrehumana subí la escalera, medio
rota, y la puse hacia afuera.
Estábamos en un camino que iba del convento de
Recoletas hacia la ermita del Puy. No pude calcular qué hora sería. El cielo
estaba estrellado. Debía ser algo más de media noche. Se oían próximos los
alertas de los centinelas.
Salimos María Luisa y yo por la calleja de Belviste
a la plaza[294] de Santiago. En la plaza, a
obscuras, había una patrulla que iba y venía a la luz de unas antorchas. Se oía
de cuando en cuando el «¿Quién vive?» de los soldados. Tenía la noche un aire
siniestro; no sabíamos si aquella patrulla era de amigos o de enemigos. En la
duda, retrocedimos. Encontramos un portal abierto.
—¿Aquí podríamos pasar la noche?—pregunté yo a una
vieja que apareció en el zaguán con una vela.
—Sí; pasen ustedes.
Seguimos a la vieja por el portal, subimos la
escalera hasta un corredor largo y pasamos a una alcoba.
Aquella casa era una casa de citas.
IX.
TRIBULACIONES
Cuando vi en un espejo pequeño de la alcoba
que tenía en la frente una hinchazón llena de sangre coagulada, me asusté;
luego, al lavarme, vi que la herida de mi cabeza era larga, pero no profunda.
María Luisa me vendó con un pañuelo. Yo le besé las manos y no protestó.
El cuarto en donde estábamos era una alcoba grande
con un balcón a la calleja. Tenía un papel amarillo, rasgado en muchas partes,
un sofá también amarillo, un espejo, la cama y un aguamanil.
—Échese usted en la cama; yo me tenderé en el
sofá—le dije a María.
—No, no; usted está herido.
—No es nada; cogeré una manta y una almohada, y ya
está.
Cogí la manta y me tendí en el canapé, que era duro
como el corazón de un carlista.
—Ahora, acuéstese usted—le dije a María.
—No, no.
—¿Por qué no?
—No podré dormir—suspiró ella.
—Vamos, no sea usted niña—repliqué yo—. ¿No es
usted una mujer fuerte? Quítese usted los zapatos y el abrigo, y se dormirá
usted.
—No podré—murmuró ella sollozando.
—Vamos—dije yo—, le serviré de doncella.
Me levanté y le quité los zapatos, sin que ella
protestara.
—Ahora, fuera el abrigo, y a dormir. Apague usted
la luz.
—No, no.
—Como usted quiera.
—Si Carmona habla del plan de sublevación de
Navarra y cuenta que yo se lo llevé al general García, me buscan y me matan.
—¿Para qué va a declarar una cosa que no le
conviene? Además, Maroto es el que manda.
Me volví a echar en el canapé, y estuve dormido, o,
por lo menos, atontado, una media hora. María Luisa seguía inquieta, agitándose
en la cama y quejándose.
—¿No puede usted dormir?—le pregunté.
—No.
—¿Tiene usted algo? ¿Le duele la cabeza?
—No; no tengo nada. ¿Y usted, duerme?
—Yo he dormido un poco. La herida me empieza a
doler y parece que hay ratas aquí.
—¡Qué situación, Dios mío!—exclamó ella.
—¡Qué le vamos a hacer! Peor nos veíamos hace un
momento.
—Estamos bien—exclamó de pronto ella riendo con una
risa nerviosa—. ¡Qué noche! ¡No va a pasar nunca! ¿Qué haríamos?
—¿Yo, sabe usted qué voy a hacer?
—¿Qué?
—Tomar un poco del narcótico que he dado a esos
hombres. Todavía me queda.
—No haga usted ese disparate. Eso debe ser un
veneno.
—No. ¡Ca! Lo voy a tomar.
—¿Y qué defensa voy a tener yo?
—Tome usted también un poco, y se duerme.
—No, no. De ninguna manera.
—Entonces, ¿qué quiere usted hacer?
—No sé. No sé. ¡Ay, Dios mío! ¡Yo creo que tengo
fiebre!
—A ver...—le toqué las manos—. No tiene usted nada.
No se asuste usted.
[297]—¿Qué haríamos? ¿Qué haríamos?
—¿Yo, sabe usted lo que haría, como usted?
—¿Qué?
—Hacerme sitio en la cama. Después de todo, quizá
mañana nos vayan a fusilar...
María Luisa se incorporó como movida por un
resorte.
—¿Sería usted capaz...?
—¿De violentarla? No. Nunca. Usted manda. Yo
quisiera resarcirme de todas las angustias que he pasado. ¿Lo quiere usted
también? Apague usted la luz. ¿No lo quiere? Tenga usted la luz encendida.
María me miró con estupefacción, y al poco rato
apagó la luz.
Cuando me acerqué a ella, intentó rechazarme, pero
luego cedió... Después del día, lleno de emociones, la noche, furiosa de
erotismo.
Por la mañana siguiente, cuando me desperté de un
sueño febril, vi a María Luisa, desnuda, arrodillada en el suelo y llorando.
—No haga usted locuras—le dije—, hace un frío
terrible.
—He hecho una horrible traición, he cometido un
tremendo pecado. ¿Qué va a ser de mí, Dios mío?
—Yo no le abandonaré a usted.
—¡Usted! Usted no tiene obligación ninguna conmigo.
Mi reputación está perdida; mi conciencia no podrá recuperar su calma. Su amigo
de usted, Aviraneta, es un monstruo.
—No sea usted injusta, María. En esta intriga ha
seguido usted los consejos de otros amigos.
—No; ha sido él el que me ha perdido.
Conseguí que María se tranquilizara y se vistiera.
Había adquirido ya su presencia de ánimo; yo estaba agotado y febril.
En esto, empezó a oírse un terrible estrépito de
tambores y y cornetas.
—Voy a ver qué pasa—dijo María.
—No haga usted alguna imprudencia.
—Tengo que salir.
[298]María salió; pasó una hora, y otra hora, y no
volvió.
Me levanté yo como pude y llamé en la puerta, y
entró la dueña de la casa, la Coneja. Era una mujer gruesa, con unos ojos
redondos de lechuza, la nariz corva, los labios delgados y un aire entre burlón
y suspicaz. Hablaba de una manera muy redicha.
—¿Qué le pasa a usted? ¿Le han herido?
—Sí, ya ve usted.
La Coneja creyó que me habían herido en su casa.
—¡No salga usted ahora, por Dios!—me dijo.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué era ese ruido de tambores?—le
pregunté.
—Que han fusilado a los generales navarros Guergué,
García, Sanz y Carmona.
—¿Dónde los han fusilado?
—En el Puy, en una era que hay detrás de la casa
del Prior. La gente está indignada porque los han matado de espaldas y
arrodillados, como a los traidores, y porque dicen que a García le han fusilado
con la sotana que llevaba puesta cuando iba a escaparse.
La Coneja, por lo que contó, se había levantado
temprano a lechucear.
Había visto pasar por la madrugada al general
Guergué, que venía andando, con una escolta de caballería, y luego, poco
después, al brigadier Carmona.
Al primero lo traían de Legaria, y al otro, de
Cirauqui.
Los subieron a los dos al Puy, y una hora después
los fusilaban.
El cadáver de Sanz lo pidió para enterrarlo la
viuda de don Santos Ladrón.
Esta señora, que había tenido el sino de ver
fusilar a su primer marido, general navarro y realista, veía fusilar a su
futuro segundo marido, también general navarro y realista.
La vieja me dijo que el pueblo estaba desierto, que
las tropas recorrían las calles e iban haciendo prisioneros, y todas las casas
estaban cerradas.
Maroto, sin duda, se había decidido a dar el gran
golpe. Teniendo entre las manos a García y a Sanz, había dado la orden de
prender a Carmona y a Guergué, y a los cuatro gene[299]rales,
con el intendente Uriz, los había fusilado sobre la marcha. Al día siguiente le
tocó el turno al secretario del Ministerio de la Guerra, Ibáñez, que fué
también fusilado.
Había que reconocer que Maroto era un hombre
decidido, un hombre de agallas. Un jefe que se atrevía a fusilar a cuatro
generales navarros, por tropas navarras, en una ciudad como Estella, que tenía
una guarnición de navarros, era un valiente.
X.
DE ESTELLA A SAN JUAN DE LUZ
—Y usted, ¿qué va hacer?—me preguntó la Coneja.
—Esperaré aquí.
—Si le dejan, porque andan registrando las casas.
Efectivamente, al mediodía se oyó estrépito de
pasos en la escalera y entraron varios soldados en la alcoba.
—¡Hala! ¡A levantarse!—me dijo uno.
—No, no. Yo estoy malo. Tengo mi pasaporte en
regla.
—¿Qué pasa?—preguntó asomándose un oficial.
—Aquí hay un hombre que está herido.
Entró un oficial barbudo, me miró atentamente, y
dijo:
—¡Cristo! ¡Tú eres Leguía!
—Sí.
—¿No me conoces?
—No.
Entonces el oficial, acercándose a mi oído, me
dijo:
—El padre Gregorio.
Nos estrechamos la mano efusivamente y nos contamos
nuestras mutuas aventuras. Le dije yo lo que me había pasado el día anterior en
el callejón de la Calderería, y el ex padre Gregorio prometió traerme un
salvoconducto especial.
—Bueno, chico, aquí te quedas. No se te molestará.
Si me necesitas para alguna otra cosa, avísame.
Se fué el ex fraile convertido en capitán, y yo
quedé en casa de la Coneja.
La Coneja se mostró muy amable conmigo.
[301]Durante el día me trajo de comer y me contó lo que
se decía en el pueblo.
Al parecer se daban toda clase de versiones para
explicar la rapidez con que se había enterado Maroto de la conjura tramada
contra él.
Unos decían que el delator había sido González
Moreno, hombre muy odiado por los navarros; otros, que el general Alzaa había
enviado a Maroto un anónimo; otros atribuían el descubrimiento de la intriga al
consejero Arizaga, y otros, por último, al gobernador de Estella.
A los dos días se mejoró mi herida, y, el ex padre
Gregorio me trajo un salvoconducto, y me dijo que Remacha estaba muriéndose. Me
advirtió que me convenía marcharme pronto. Pregunté a la Coneja si conocería
alguno que tuviera un cochecillo. Me dijo que sí.
Trajo un cochero. Era mi amigo Cholín Tripatriste.
Este me indicó que me llevaría a cualquier parte si
le daba cincuenta pesetas al día.
—Nada, está hecho el trato.
Pagué a la Coneja, y fuí a casa de la Martina, en
donde supe que el oficial marotista se había muerto de las fiebres, y partí de
Estella.
Tuve prisa, porque corría la versión de que cuando
saliera Maroto habría represalias.
Efectivamente; al día siguiente de marchar yo
evacuaron Estella las tropas de Maroto, y poco después entró Balmaseda.
Este quiso de nuevo sublevar los navarros contra
Maroto, y dejó libres a los presos de las cárceles; pero su tentativa no logró
el menor éxito, y tuvo que marchar huyendo hacia Aragón.
El capitán Gregorio me regaló una pistola para el
camino.
Yo había pensado primero ir por Vergara a Deva o a
Zumaya, y embarcarme allí; pero esto podía ser expuesto y complicado, y como
tenía pasaporte y disponía del coche de Cholín, decidí marchar más lentamente
por tierra hasta Francia.
Viajaríamos de noche.
El primer día de marcha fué día de emociones. Me
quisieron detener a la salida de Estella, y pocas horas después oímos tiros.
Estábamos en aquel momento delante de Cirauqui.[302] La
silueta quebrada del pueblo se destacaba negra y trágica en el cielo anubarrado
y obscuro, sin una luz.
Seguían los tiros cada vez más cerca, tanto que
Cholín paró el coche. Cuando cesaron, marchamos adelante. Poco después vimos un
cuerpo en la carretera. Paró de nuevo Cholín, cogió el farol del coche y miró
al caído.
—¿Está muerto?—pregunté yo.
—Completamente.
Seguimos nuestra marcha; llegamos al amanecer a
Pamplona y dormimos en una posada. El segundo día tomamos la carretera de
Ulzama y fuimos a parar a la venta de Arraiz.
Allí me prestaron un papel que tenía este título:
«Ligera reseña de los medios usados por Maroto y su pandilla para alcanzar lo
que ellos llaman su triunfo. Hecha por A. de C.»
Este A. de C. era fray Antonio de Casares. En su
escrito, el fraile insultaba a Maroto y aseguraba que Gómez, Elío y Zaratiegui
eran masones.
Este papel lo habían traído a la venta dos
desertores del ejército carlista que marchaban a Francia. El uno era alemán; el
otro, inglés. Hablaron conmigo, me tomaron por francés y me contaron sus
aventuras.
El alemán era alto, flaco, de ojos azules, tostado
por el sol; había peleado primero en las filas cristinas. En una ocasión había
robado un Cristo de oro de una iglesia, tan pesado, que no había podido
llevarlo. Le condenaron a muerte, se escapó y se pasó a los carlistas, donde
había llegado a sargento. Me dijo riendo que se había bautizado varias veces
para ser protegido por las señoras carlistas.
El inglés era una verdadera caricatura, un tipo de
clown, con los ojos saltones y la boca de rana.
Tenían un documento para pasar la frontera, que
podía servir muy bien para mí, y que me ofrecieron por cinco duros.
Acepté el trato; di el dinero y recibí el papel.
Nos acostamos; y como yo no dormía apenas estos días, estuve largo tiempo
despierto.
A media noche noté en el cuarto pasos y vi la luz
vaga que entraba por un ventanillo, que el alemán se acercaba a mi cama, sin
duda a registrar mi ropa. Inmediatamente me erguí yo en la cama con la pistola
en la mano.
[303]—Se va usted a enfriar, amigo mío—le dije—; vale
más que se vuelva usted a la cama si no quiere usted que le agujeree la piel.
El alemán se escabulló a la carrera.
Al día siguiente atravesamos, Cholín y yo, Velate,
con nieve y frío y una niebla que no se veía a cinco pasos, llegando a Vera al
anochecer, donde me sirvió el documento del alemán y del inglés, y nos
hospedamos en la posada de Vera, que en mi ausencia había tomado el título
pomposo de la Corona de Oro.
Como yo quería llegar a San Juan de Luz pronto,
hablé al dueño de la Corona de Oro, quien me proporcionó un guía y un caballo,
y salí con él por el camino de Inzola, después de pagar a Cholín Tripatriste.
En la misma frontera nos encontramos con una patrulla de carlistas
desharrapados. Les mostré mi salvoconducto y les di unas monedas, y me dejaron
pasar.
A media noche llegué a San Juan de Luz y me acosté,
muerto de fatiga.
XI.
OTRA VEZ VINUESA
Seguía malo y febril, no podía dormir. A la
mañana siguiente de llegar tomé la diligencia. Me metí en un rincón de la
berlina, y estaba con los ojos cerrados, cuando oí una voz conocida. Era
Vinuesa.
—¿Qué le pasa a usted?—me dijo—. ¿Está usted
enfermo?
—Sí; tengo una herida—contesté—. Usted tampoco
tiene buen aspecto.
—Estoy acatarrado y no puedo con mi alma.
Estaba el hombre desconocido, flaco, macilento, con
el pelo blanco.
—Vengo muerto—me dijo entre dos estornudos—. He
pasado en el campo de Don Carlos unas semanas y vuelvo ansiando descansar.
Aquello es un manicomio.
—¿Sí, eh?
—¡Un horror! Ya le contaré a usted.
Partió la diligencia. No íbamos en la berlina más
que Vinuesa y yo, y el hombre se puso a hablar.
—Pues, sí—me dijo—; mientras he estado allá, no he
tenido un día tranquilo. Llegué el siete de febrero a Villarreal, y el Señor me
hizo alojar en una de las mejores casas del pueblo. Al día siguiente tuve mi
primera audiencia con Su Majestad. ¿Usted no es carlista?
—No.
—¿Le molesta a usted que yo le dé este título de
Majestad a Don Carlos?
[305]—No, no; de ninguna manera.
Lo que me molestaba era el dolor de cabeza, cada
vez más creciente, que tenía.
—Pues bien: Su Majestad—siguió contando Vinuesa—me
dijo que el objeto de llevarme al Real no era otro que nombrarme ministro de
Estado, en una combinación pensada de acuerdo con el general Maroto. Me honra
Su Majestad—le dije—, pero no creo que sirva para tan alto cargo. «¡Sí, sí; no
has de servir!—me contestó—. Eres inteligente, culto y fiel.»
Luego me dijo que el ejército carlista mejoraba;
que Maroto había conseguido restablecer la disciplina por completo, y que tenía
la esperanza de poner sus tropas en un estado brillante, al que no habían
llegado nunca.
—¿Así que Don Carlos estaba contento de
Maroto?—pregunté yo, aunque en aquel momento no me interesaba nada la cosa.
—Mucho. A Maroto le da por la organización—me dijo
Don Carlos.
—¡Le da por la organización!—repetí yo—. ¡Qué frase
más poco napoleónica!
—A los tres o cuatro días el Señor me encargó que
hiciera un proyecto de arreglo para la Secretaría de Estado, que fuera
económico y sencillo; lo hice a la carrera, y, para recompensarme de los
servicios que, según él, le había prestado, me nombró conde de Gracia Real.
—¡Gracia Real! Es bonito—murmuré yo.
—¿Le parece a usted?
—Muy bonito. Sí.
En la confusión de mi cerebro, Gracia Real me
parecía que debía ser algún pájaro de muchos colores.
—Su Majestad me ha tomado afecto—siguió diciendo
Vinuesa—. Tuve que seguir, con el Real, andando de acá para allá, y el día
veinte de febrero, ¡a mí me parece que han pasado no días, sino años desde esa
fecha!, una mañana de lluvia y de frío se nos presentó, yendo por el monte, el
oficial don Joaquín Sacanell con un pliego, de parte de Maroto. «Léelo»—me dijo
el Señor—. Yo empecé la lectura. Había un preámbulo largo, en que Maroto se
quejaba de la indiferencia del Rey, que Don Carlos escuchó con indiferencia.
Luego venían[306] estas palabras, que se me han
quedado grabadas en la memoria: «Es el caso, señor, que he mandado pasar por
las armas a los generales Guergué, García, Sanz, al brigadier Carmona y al
intendente Uriz...»
—¿Qué dices?—exclamó Don Carlos—. Eso no puede ser.
Entremos aquí, en esta casa.
Pasamos a un caserío que se hallaba cerca del
camino real, nos sentamos, y leí yo todo el parte de Maroto.
—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios mío!—exclamó el Señor—.
Estoy perdido. Maroto se ha vuelto loco o me hace traición. No digas nada y
vamos pronto a Villafranca. Estoy sofocado. Necesito descansar. ¡Dios mío, qué
disgustos me están dando!
Llegamos a Villafranca y tuvimos una conferencia
con el Rey, Arias Teijeiro, el brigadier Montenegro y yo, y acordamos redactar
una proclama declarando traidor al general Maroto, que comenzaba así:
«Voluntarios, fieles vascongados y navarros».
Arias Teijeiro hizo observar que Maroto sentía gran
odio por Balmaseda y que sería capaz de fusilarlo, teniéndole preso en el
castillo de Guevara, y, para evitarlo, Don Carlos mandó, al momento, una
esquela dirigida al gobernador del castillo de Guevara, que decía así:
«Gaviria: pondrás en libertad, inmediatamente, a Balmaseda, porque así te lo
manda y es la voluntad de tu Rey.—Carlos.»
Volvimos con el Real a Villafranca el 23 y se
encontró Don Carlos con la dimisión del Ministerio.
—¿Qué harías tú?—me preguntó.
—Yo llamaría al brigadier Montenegro.
Lo hizo así y se constituyó el Ministerio. Unos
días después, el Señor se encerró conmigo en un gabinete y me dijo que su causa
marchaba muy mal.
—Pero, ¿por qué, Señor?—le pregunté yo.
—No hay que hacerse ilusiones; esto va mal. El paso
lamentable que ha dado Maroto fusilando cuatro de mis jefes mejores es el
principio del fin. Aquí hay alguna trama oculta contra el carlismo. Maroto ha
hecho la guerra en el Perú, y Espartero y él se han debido conocer. No me
chocaría nada que los dos sean masones. La masonería nos ha perdido. Dicen que
Fulgosio, Urbistondo, Lasala y otros jefes son tam[307]bién
francmasones y están de acuerdo con Espartero y Maroto para vender mi causa. Yo
no lo creo, ni lo dejo de creer, pero me lo temo; no me asombraría nada que
fuera cierto. Cometí la grave falta de recibir a los castellanos y de
preferirles a los fieles navarros y vascos, que no me han faltado nunca. Ya la
cosa no tiene remedio y es preciso conformarse con la voluntad del Señor.
—Pero todavía hay un ejército carlista fuerte y
bien organizado—le dije yo.
—Sí; pero le obedece a Maroto más que a mí. Él es
el dueño de los batallones, y no es sólo eso, sino que todos mis verdaderos
amigos y consejeros fieles me los arranca de mi lado y me los expatria a
Francia.
—¿Y no puede Su Majestad destituír a Maroto?
—Por ahora, imposible, imposible. Hay que
disimular. ¡Ah! ¡Si tuviera pruebas claras de su traición!
—Y no las hay, claro.
—No las hay. Y ellos son muchos, y yo voy estando
solo. ¿Tú, amigo Vinuesa, no conocerías en Madrid o en Bayona algún hombre
activo, inteligente y sagaz, que pudiera traer a mi lado? Entonces yo pensé en
usted y en Aviraneta.
Yo había oído esta relación dominado por el dolor
de cabeza y el ruido de la diligencia.
—¡En Aviraneta y en mí!—exclamé yo, verdaderamente
asombrado.
—Sí, en Aviraneta y en usted. Conozco—le dije al
Señor—dos hombres de un talento extraordinario. El uno, es un hombre ya hecho,
avezado a las revoluciones; el otro, es un joven activo, fuerte, lleno de
inteligencia y de energía. A éste le encontré en Bayona y le conté que estaba
denunciado, perseguido. En un momento lo arregló todo, y, al día siguiente,
estaba en Vera.
—¿Y qué hacen esos hombres? ¿A qué se dedican?—me
preguntó Don Carlos.
—El más viejo debe estar empleado; el joven es un
comerciante rico.
—¿De dónde son?
—Creo que vascos.
—¿Y son tan inteligentes?
[308]—Son dos cabezas privilegiadas. Han viajado, saben
idiomas, conocen a los hombres...
—Gentes así, de arrestos, de energías, me
convendrían. Consultaré el caso con el padre Gil. Vuelve mañana, a las nueve.
Al día siguiente me presenté a Su Majestad, quien
me dijo:
—Tengo confianza en ti. Vuelve inmediatamente a
Bayona y trae a los dos amigos tuyos. Le ofrecerás a cada uno, desde luego,
diez mil duros, que te entregará el marqués de Lalande, con una libranza mía, y
les dirás de mi parte, que, si satisfacen mis deseos, seré para ellos, no el
rey, sino un amigo; y que llegado a Madrid y colocado en el trono de mis
padres, haré lo que pidan y deseen. Así que ponte en camino cuanto antes.
Me despedí de Don Carlos, pasé por Vera el mismo
día en que se esperaba que el general Urbiztondo llegara con el convoy de los
desterrados a Francia, de orden de Maroto, y aquí estoy.
Todo esto me parecía una fantasía de sueño.
No comprendía cómo Vinuesa podía tener tanta
influencia sobre Don Carlos para darle un consejo y convencerle.
Por otra parte, el consejo no era malo porque
Aviraneta y yo en el Real de Don Carlos hubiéramos hecho algo trascendental.
—¿Qué me contesta usted?—me preguntó Vinuesa.
—Amigo Vinuesa—le dije, haciendo un esfuerzo—: es
usted más bueno que el pan. Yo le agradezco a usted mucho lo que ha hecho por
Aviraneta y por mí y los informes que ha dado usted a Don Carlos. Si yo creyera
en el triunfo de la causa carlista y tuviera alguna simpatía por ella,
aceptaría con entusiasmo esa misión; pero no tengo simpatía, ni creo en el
triunfo del carlismo. Para mí, hoy por hoy, la causa carlista está perdida.
Maroto, indudablemente, está de acuerdo con Espartero. Querer hacer revivir el
carlismo es querer resucitar a un muerto.
—Pero a ustedes les convendría, aunque no fuera mas
que por hacer su carrera, unirse a Don Carlos.
—Yo no puedo, y creo que Aviraneta, tampoco; pero
pregúnteselo usted a él.
[309]—Y usted, ¿por qué no puede?
—Porque soy... masón.
—¿Y Aviraneta es también masón?
—Sí.
Al decirlo me reía por dentro. Toda esta
conversación me hacía el efecto de un sueño.
—Ah... ¿es usted masón?
—Sí.
—Entonces lo comprendo. El hacer traición a los
francmasones le podría costar la vida.
—Es cierto.
—¿Y usted cree que Aviraneta no querrá?
—Desde luego, no.
—¿Y qué piensa usted que yo debo hacer ahora? ¿Cómo
le contestaría a Don Carlos?
—Pues le escribe usted que ha venido usted a
Bayona, que nos ha hablado, que hemos dicho que somos masones y que estamos
comprometidos con los liberales. De paso le devuelve usted la libranza de los
veinte mil duros, y le dice usted, con relación a usted mismo, que se va usted
a quedar una temporada en Bayona hasta restablecerse. Porque usted, como yo,
necesita reposo.
—Muy bien, muy bien. Es usted un verdadero amigo.
Yo no estoy para nada con este catarro. Tengo la cabeza como un bombo. ¿Quiere
usted redactarme esa carta?
—Bueno, cuando lleguemos a Bayona.
En el escritorio del hotel, y con grandes trabajos,
redacté la carta.
—Es usted mi salvador—me dijo varias veces
Vinuesa—; voy a ahora casa del marqués de Lalande, para que encamine mi carta
al Real de Don Carlos.
Yo comencé a subir la escalera de mi hotel para
llegar a mi cuarto. En la cabeza sentía unos golpes como de un martillo. Al
llegar, me desnudé como pude y me metí en la cama; luego llamé a la criada y la
dije que avisara a don Eugenio de Aviraneta, en la calle de la Moneda, 11, que
había llegado.
XII.
ENFERMEDAD
Al poco tiempo vino Aviraneta, a quien conté
todo lo que nos había ocurrido a María y a mí.
—He estado muy inquieto—me dijo—; he mandado tres
mujeres al campo carlista para averiguar vuestro paradero: una, a la casa de la
viuda de Zumalacárregui; otra, a Plasencia de las Armas, y la tercera, a
Vergara. Esta última encontró vuestro paradero en Estella.
Después le conté cómo había hablado con Vinuesa, y
su proposición de ir al Real de Don Carlos.
—¡Qué lástima que hayas hecho ese viaje estúpido,
que te ha cansado y te ha reventado! Eso sí que hubiera valido la pena. ¡Ir de
secretario íntimo de Don Carlos!
—Vaya usted, le dije yo. A usted también le
invitan.
Se marchó Aviraneta, y toda la tarde y toda la
noche la pasé con fiebre y con unos sueños raros, siempre alrededor de Estella.
Al día siguiente volvió don Eugenio, y al verme en
la cama, me dijo:
—¿Todavía no te has levantado?
—No me siento con fuerzas—le contesté.
—¡Bah! No tienes nada. ¿Sabes quién me ha escrito?
—¿Quién?
—Corito. Me pregunta por ti. Dice que su madre le
asegura que tú eres un desalmado, un hombre peligroso, y que ella no lo cree.
Quiere que yo le conteste.
[311]Esta noticia, que en circunstancias normales me
hubiera hecho saltar de la cama, la recibí con perfecta indiferencia.
Al día siguiente la fiebre fué mayor, y don Eugenio
se presentó con un médico; me tomó el pulso, me miró la lengua, y pocas horas
después me pusieron en un colchón y me llevaron no comprendí adónde.
Por la mañana, cuando remitió la fiebre, vi que una
monja me cuidaba, y supuse que me hallaba en un hospital. Debía de estar en una
sala de pago. Las hermanas de la Caridad se acercaban a mi cama y me miraban.
Yo no comprendía bien quiénes eran ni qué querían: vivía en mundo irreal y
extraño. Por la mañana oía el canto de las monjas en la capilla, y este canto
me producía unos sueños dulces, inefables.
Todas las mañanas la fiebre remitía un poco; luego
aumentó de tal modo, que los intervalos se hicieron raros. Soñé mucho con
María, y creí varias veces ver a mi lado a Corito. Por lo que me dijeron luego,
canté y grité y eché discursos en mi delirio.
Por último, un día, tras de un largo sueño
profundo, me desperté. Tenía tal debilidad, que no podía mover un dedo.
Poco después vi alrededor de mi cama a Aviraneta, a
Corito, a doña Mercedes y a mi madre.
Quería hacer muchas preguntas, pero me dijeron que
no hablase.
Unos días después, Corito me dijo que su madre y
ella habían dispuesto que, cuando me pusiera bueno, nos casaríamos e iríamos a
Madrid.
Ya sin fiebre, comencé a sentir una languidez y una
tristeza cada día mayores. Tenía un sentimentalismo enfermizo. Cuando me
hablaba Corito, tomaba sus manos entre las mías y lloraba como un niño.
Este sentimentalismo se complicó pronto en mí con
una idea de remordimiento. Fué un día que vino Vinuesa a visitarme. Estuvo el
hombre tan cariñoso conmigo, que me avergoncé de mi proceder con él.
Es posible que haya una moral de hombre sano y una
moral de hombre enfermo; yo había pasado de la una a otra.
Tenía una idea de remordimiento de la que no me
podía librar: el haber seducido a la muchacha alavesa en Bidart, el[312] caso de María Luisa y el de la mujer de Vinuesa
me turbaban el espíritu.
¿Para qué había hecho esto? No no lo comprendía. No
me lo explicaba. Había seguido una tradición de violencia y de egoísmo, por que
sí.
Todos mis amigos y conocidos aparecían al pie de la
cama y me echaban en cara mi dureza y mi crueldad.
Indudablemente, los hombres tenemos una mezcla de
bueno y de malo, de sombra y de luz; yo siempre había creído que en mí la zona
de sombra era grande, pero ahora me parecía toda mi vida en sombra.
Cuando pude levantarme de la cama dejé el hospital
y fuí de nuevo al hotel. Stratford vino varias veces a hablar conmigo, y
estuvieron también doña Paca Falcón y Sara, su dependiente.
Cuando ya pude salir y hacía bueno, paseaba con
doña Mercedes y Corito. Hablaba de vivir tranquilamente. La idea de exponerme y
correr aventuras y peligros no me seducía. Mi impulso por la acción había
desaparecido. Aquella fiebre, que me había durado cerca de dos meses, arrastró
mis ambiciones, mis preocupaciones y mi erotismo.
XIII.
LA VUELTA DE MARÍA
El 27 de abril, María Luisa de Taboada
apareció en Bayona, y fué a visitar a don Eugenio. Ya no era la muchacha de
antes, petulante y charlatana, sino una mujer reservada y taciturna. A mí me
vió en la calle y se escapó para no hablarme.
Pregunté a la hija del brigadier carlista qué le
pasaba a María.
—Ya sabe usted que es la novia del general
Villarreal y que quieren casarse; pero al pobre Villarreal no le reponen en su
puesto; le han tenido preso, y, además, está tísico. Parece que habían decidido
vivir como marido y mujer hasta que se pudieran casar, pero como no tienen
medios, María Luisa vuelve aquí, no sé si a ser señorita de compañía o a qué.
Aviraneta me dijo que pensaba emplearla de nuevo.
Un día encontré a María en casa de Aviraneta. Al
verme palideció y se turbó.
—¿Me odia usted?—le pregunté.
—No.
Estuvimos un rato en silencio.
—¿Se va usted a casar?—me dijo.
—Sí.
—¿Le quiere usted a su novia?
—Sí; pero si usted hubiere querido, me hubiese
casado con usted.
—Más vale que se case usted con ella.
[314]—¿Cree usted?
—Sí; nosotros no nos hubiéramos entendido nunca.
Al despedirme de María Luisa me dió la mano
cordialmente.
Una semana después, don Eugenio me dijo
maliciosamente:
—María Luisa tiene una gran desconfianza y me
espía. La he tendido un lazo para ver si me puedo fiar de ella, y ha caído en
él.
—¿Qué ha hecho usted?
—Había observado estos últimos días que, en medio
de la indiferencia que tiene ahora por todo, cuando la pasaba a mi despacho
cambiaba de actitud y se ponía disimuladamente a ver si podía enterarse de
algo; miraba los sellos de las cartas, los timbres de las fábricas de los
papeles al trasluz, etcétera, etc. El otro día le avisé a la sobrina de mi
patrona, una chica muy lista, que se llama Veronique, y le conté lo que me
pasaba. Luego le pregunté si sería capaz de observar a María Luisa, para lo
cual yo la dejaría a ésta sola en mi despacho, y ella, Veronique, podría
mirarla desde una ventana pequeña que comunica mi cuarto con un corredor. Le
prometí a la chica un sombrero, y ella dijo que haría lo que le dijese. Pusimos
una escalera en el corredor, que es bastante obscuro, debajo del ventanillo, y
yo redacté unas notas figuradas del ministro de la Gobernación, en que aparecía
Maroto de acuerdo con Espartero, y fabriqué una clave falsa con el número
cinco. Al día siguiente convidé a almorzar a María Luisa, y estando en la mesa,
a los postres, hice que la criada me entregara una carta.
—Qué fastidio—dije a María—. El cónsul me llama.
Usted haga lo que quiera; si quiere usted marcharse, se va; si no, puede usted
entrar en mi despacho, donde hay libros y periódicos.
—Me quedaré un rato—contestó ella.
Yo tomé mi sombrero y salí a la calle. María Luisa,
poco después, salió del comedor, entró en mi despacho, y lentamente cerró la
puerta con pestillo. Veronique, la sobrina de mi patrona, se colocó en su
atalaya. María Luisa abrió los cajones de mi mesa y principió a examinar los
papeles uno por uno; luego encontró las notas que yo había escrito la noche
anterior, con la clave cifrada. Inmediatamente que María Luisa tro[315]pezó con estos papeles se puso a copiarlos; luego
encendió una vela y sacó tres impresiones en lacre de los tres sellos que yo
uso. Acabada la obra se guardó todo en el pecho, descorrió el pestillo de la
puerta, la dejó entornada y se puso a leer los periódicos. Cuando volví yo de
mi paseo me encontré a María Luisa más jovial que de costumbre. Le dije que el
cónsul Gamboa me molestaba por cosas de poca importancia, y le invité a que
volviera a almorzar conmigo al día siguiente. Veronique me dió cuenta exacta de
todo lo que había observado, y ya tiene su sombrerito.
—¡Cómo desmoraliza usted al pueblo!
—¡Pues mira que tú!
—¿Va usted a prescindir de María?
—No; le he propuesto un nuevo viaje al campo
carlista; por ella sabré lo que piensan Villarreal y sus amigos. Para mí, María
es una mujer muy simpática.
—Y para mí también.
—Para ti algo más que simpática.
—¿Por qué dice usted eso?
—A mí no me engañas tú ni ella. Tiene uno el
colmillo muy retorcido.
—No sé por qué supone usted que le quiero engañar.
—Bueno, bueno. Es asunto liquidado, y no hay que
insistir en él. María es muy buena y, además, muy generosa. Todo el dinero que
le he dado yo se lo ha entregado a Villarreal para sus deudas.
Unas semanas después estaba María de nuevo de
regreso en Bayona, muy descontenta de su viaje. A Villarreal, como al padre
Cirilo y a sus compañeros, que habían creído apoderarse del mando y formar el
Ministerio a su manera, después de aniquilar al partido intransigente, les
había salido mal la maniobra, y el despotismo militar se entronizó bajo la
dirección absoluta de Maroto.
Villarreal, el padre Cirilo y sus amigos quedaron
de nuevo cesantes y reducidos a la más absoluta impotencia.
Después de este último viaje, María volvió a otra
casa de Bayona, como señorita de compañía, y se dijo que estaba entregada a la
iglesia y que hacía con frecuencia ejercicios espirituales en la Congregación
de San Vicente de Paul.
XIV.
COMIENZA LA NUEVA VIDA
Se acercaba la época de mi matrimonio. Doña
Mercedes aseguraba que en llegando a la Corte conseguiría para mí un buen
empleo.
Después de hablar con Aviraneta, quien me dijo que
no tenía nada que ver con el asunto, me entendí con Gomes Salcedo, y le cedí la
casa de comisión Etchegaray y Leguía por veinte mil francos.
Me despedí de mis amigos de Bayona y de Aviraneta.
—Bueno—me dijo éste—, seguiremos el procedimiento
de comunicarnos como antes, tú desde Madrid y yo desde Bayona.
—Mire usted—le dije—, no, don Eugenio. Me obligan a
hacer otra vida, necesito independencia y libertad en los movimientos. No puedo
perturbar la vida de estas dos mujeres. No quiero ser conspirador.
—Bueno, bueno, está bien—replicó Aviraneta,
ofendido.
—No creo que se deba usted ofender; yo le debo a
usted todo lo que soy, es cierto, pero también es cierto que ahora no voy a ser
solo, y no quiero dar a mi mujer una vida de sobresaltos, teniendo a su marido
vigilado y perseguido por la policía.
Me separé con tristeza de don Eugenio. ¿Qué iba a
hacer? No podía tomar otra determinación.
Unos días después, Corito y yo nos casamos y fuimos
a[317] Madrid. María Cristina nos recibió, a mi
suegra, a mi mujer y a mí, en Palacio. Al mes tenía yo un alto empleo.
En Madrid hice relaciones y comencé una nueva vida,
tan desligada de la de Bayona, que ésta, en mi existencia, era como un prólogo
completamente aislado del resto de ella.
De mis conocidos en Bayona, volví a ver años
después a muy pocos. A Vinuesa le encontré y me llevó a su casa. No me hacía
mucha gracia hablar con su mujer. Vinuesa se lamentó con Aviraneta de que yo no
fuera a visitarle con frecuencia.
—Leguía no me quiere porque soy carlista—le dijo.
—Es un hombre seco y poco efusivo—le contestó don
Eugenio.
Otro de mis conocidos, a quien vi en Madrid después
de la guerra, fué García Orejón. Era de los convenidos de Vergara, y le habían
dado un destino en la policía. Pensaba desempeñarlo durante cinco o seis años,
y luego, retirarse a una finca que había comprado cerca de Córdoba.
Dentro de la burocracia fuí avanzando en mi
carrera. Ya se me había pasado el brío, la confianza en mi fuerza.
Comprendí cuán inferior era en este sentido a
Aviraneta, que llevaba más de treinta años en una constante aventura, y que aún
no estaba saciado. Me pareció que lo más propio para mí, desde entonces, era
ser espectador en las luchas políticas.
El decidirme a esta actitud hizo que fuera
consultado y considerado como un diplomático sagaz.
Sobre todo, hay que tener poco celo—decía
Talleyrand a los amigos que empleaba—. Es lo que hice yo: tener poco celo y
dejarme llevar por la corriente.
FIN DEL AMOR, EL DANDYSMO Y LA INTRIGA
Itzea, octubre, 1922.
ÍNDICE
|
PRIMERA PARTE |
||
|
Páginas. |
||
|
7 |
||
|
I.— |
11 |
|
|
II.— |
16 |
|
|
III.— |
21 |
|
|
IV.— |
26 |
|
|
V.— |
30 |
|
|
VI.— |
35 |
|
|
VII.— |
41 |
|
|
VIII.— |
48 |
|
|
IX.— |
54 |
|
|
X.— |
57 |
|
|
XI.— |
60 |
|
|
XII.— |
67 |
|
|
XIII.— |
74 |
|
|
SEGUNDA PARTE |
||
|
79 |
||
|
I.— |
80 |
|
|
II.— |
84 |
|
|
III.— |
89[320] |
|
|
IV.— |
91 |
|
|
V.— |
97 |
|
|
VI.— |
102 |
|
|
VII.— |
106 |
|
|
VIII.— |
108 |
|
|
IX.— |
115 |
|
|
X.— |
118 |
|
|
XI.— |
121 |
|
|
XII.— |
126 |
|
|
XIII.— |
130 |
|
|
TERCERA PARTE |
||
|
141 |
||
|
I.— |
143 |
|
|
II.— |
149 |
|
|
III.— |
155 |
|
|
IV.— |
157 |
|
|
V.— |
159 |
|
|
VI.— |
162 |
|
|
CUARTA PARTE |
||
|
167 |
||
|
I.— |
170 |
|
|
II.— |
174 |
|
|
III.— |
177 |
|
|
IV.— |
181 |
|
|
V.— |
186 |
|
|
VI.— |
192[321] |
|
|
VII.— |
197 |
|
|
VIII.— |
203 |
|
|
IX.— |
205 |
|
|
X.— |
211 |
|
|
XI.— |
215 |
|
|
XII.— |
221 |
|
|
XIII.— |
228 |
|
|
XIV.— |
233 |
|
|
XV.— |
236 |
|
|
XVI.— |
241 |
|
|
XVII.— |
246 |
|
|
XVIII.— |
251 |
|
|
QUINTA PARTE |
||
|
167 |
||
|
I.— |
261 |
|
|
II.— |
265 |
|
|
III.— |
271 |
|
|
IV.— |
275 |
|
|
V.— |
278 |
|
|
VI.— |
282 |
|
|
VII.— |
285 |
|
|
VIII.— |
290 |
|
|
IX.— |
295 |
|
|
X.— |
300 |
|
|
XI.— |
304 |
|
|
XII.— |
310 |
|
|
XIII.— |
313 |
|
|
XIV.— |
316 |
|
End of Project Gutenberg's El amor, el dandysmo y
la intriga, by Pío Baroja
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL AMOR, EL
DANDYSMO Y LA INTRIGA ***

No hay comentarios:
Publicar un comentario