© Libro N° 9461. Un Paseo Por Paris. Retratos Al Natural. Barcia, Roque.
Emancipación. Enero 8 de 2022.
Título original: © Un Paseo Por Paris. Retratos Al Natural. Por Don
Roque Barcia.
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Original: © Un Paseo Por Paris. Retratos Al Natural. Por Don Roque Barcia
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Retratos Al Natural
Roque Barcia
Un Paseo Por Paris
Retratos Al Natural
Roque Barcia
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POR PARIS ***
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UN PASEO POR PARIS
RETRATOS AL NATURAL
POR
DON ROQUE BARCIA.
MADRID, 1863. IMPRENTA DE MANUEL GALIANO. Plaza de
los Ministerios, 2.
ADVERTENCIA.
Después de las infinitas sandeces y extravagancias
con que los del vecino imperio acostumbran á pasar ratos tan frecuentes de buen
humor á costa de nuestro país, apenas se concibe que no haya habido algun
escritor español que dijera de ellos tantas verdades, cuantas son las mentiras
que ellos han dicho de nosotros.
Lo más que han hecho ciertos celosos escritores
nacionales, ha sido vindicarnos de aquellas ingeniosas imposturas, de aquellos
novelescos despropósitos, como quien repele una invasión extraña; pero ninguno
(que sepamos) ha hecho una expedición á sus tierras, con ánimo deliberado de
ver y de decir lo que por allí pasa, porque algo que merezca la pena de verse y
de decirse debe pasar.
Esto es lo que, con escasísimos recursos y muy
endebles fuerzas, vamos á hacer nosotros.
Ellos han venido á nuestra casa. Nosotros irémos á
la suya, aunque hay una diferencia capitalísima en el pensamiento y en la
intencion con que ellos han venido, y nosotros vamos.
Ellos han venido á oler y fisgar, para decir luego
entre los suyos, no lo que han visto, sino lo que han soñado, ó lo que han
querido soñar para escribir una novela y producir un efecto cómico, á expensas
de la honra de un pueblo noble y generoso, brusco quizá, inculto tal vez, pero
generoso y confiado; tan generoso y tan confiado, que recibe con palmas y
olivas á los que le insultan.
Nosotros irémos á oler y fisgar, para decir
sencilla y buenamente lo que hemos olido y fisgado. Si es malo para ellos, que
tengan paciencia; si es bueno, con su pan se lo coman, y nosotros procurarémos
comer tambien lo que podamos, porque lo bueno es pan que debe comer todo el
mundo.
Ellos han venido á burlarse.
Nosotros irémos á estudiar.
Ellos han sido novelistas.
Nosotros serémos historiadores.
Ellos han dicho la pura mentira, si es que hay
mentiras puras.
Nosotros dirémos la pura verdad; la verdad sin
dimes ni diretes, á la buena de Dios, á la pata la llana, como dice
la gente por estas buenas tierras de Morería.
Las mil y una noches que ellos han contado de nosotros, repugnan
de tal modo á la evidencia de los hechos, que si no pusieran el nombre de
nuestro asaeteado país, los mismos españoles no conoceriamos que se hablaba de
España. Los mismos españoles creeriamos que se nos hacia la descripcion de cómo
viven algunas tribus de la Polinesia ó de las Molucas.
Lo que nosotros dirémos de los franceses será un
retrato tan al natural, un retrato tan candorosamente parecido,
que no habrá persona, por poco instruida que esté en materia de caractéres
nacionales, que no eche de ver por instinto que hablamos de Francia, aunque
nosotros supusiéramos que la escena pasaba en la Nigricia. Todo eso tendrémos á
nuestro favor: pagarémos deudas antiguas, dando verdades á trueque de embustes,
agradeciendo y recomendando lo que juzguemos que debamos recomendar y
agradecer.
Sufra, pues, el civilizadísimo Paris, el tan culto
y refinado Paris, el Paris tan sutil, tan impalpable y tan vaporoso; sufra,
decimos, que un tosco africano se le entre por las puertas,
sin decir tú ni mú, ni saco de paja, y le desdoble ciertos pliegues, y le
adivine ciertas cuitas, y le ponga el dedo en ciertas llagas, y quite la tierra
de ciertas sepulturas, y descubra ciertos cadáveres.
Lo vamos á decir con vergüenza; pero lo vamos á
decir. Tenemos miedo, lo que se llama miedo, de vernos en Paris. Nos parece (y
lo hemos anotado en nuestra cartera de viaje como un suceso previsto y
corriente) que aquel coloso nos va á confundir con una mirada, si es que no se
digna aplastarnos con un pié; y que aún cuando tenga la indulgencia de no
aplastarnos ó de no confundirnos, no vamos á saber por dónde entrar, ni por
dónde salir en aquel laberinto formidable; de todo lo cual resultará que
tendrémos que volvernos á nuestra humilde casa con los tiestos en la cabeza.
Presumimos que nos va á suceder lo que á los monos
de poco tiempo: se suben al árbol para coger cocos, y las más de las veces son
aplastados por la misma fruta que quieren coger.
Pero, en fin, lector mio, pecho al agua; vamos al
maravilloso y estupendo Paris, á ese Paris que tantas veces habrá sonado en tus
orejas, en tu pensamiento, en tu corazon, en tu fantasía … sobre todo en tu
conciencia y en tu bolsillo. La ignorancia es muy atrevida, y lo suplirá todo.
¡Buen ánimo, lector! ¡vamos á Paris!
Si vale juzgar por el plan que nos hemos formado
anticipadamente, estos estudios comprenderán las siguientes séries.
PARIS MORAL, PARIS CURIOSO, CONSIDERACIONES Y
DESPEDIDA.
El PARIS CURIOSO comprenderá una reseña histórica
de Paris, monumentos, estadística y hechos notables, con una descripcion diaria
de las impresiones que allí recibamos, y que trascribirémos al papel con la más
escrupulosa fidelidad.
A falta de otro mérito superior, la presente obra
será notable por la expresion ingénua con que será escrita. Si hay algun aliño
en lo que escribamos, será el que buenamente salga á nuestro encuentro.
Nosotros no hemos de buscar otra cosa que procurar decir, en la forma más
fácil, lo que veamos, lo que sintamos y lo que pensemos.
INTRODUCCIÓN.
¡Paris, fábula del mundo, fábula de tí propio;
palacio por fuera, sepulcro por dentro, salve!
Hace un mes que estamos en Paris mi mujer y yo. En
este mes de noviciado y de aprendizaje, ¡cuántas cosas nos han sucedido!
¡cuántas sorpresas hemos llevado! Mi compañera y yo no hemos podido sacudir
todavía la inevitable ofuscacion de las primeras impresiones, y estamos como
sordos, y nos miramos con cierta expresion alelada. ¡Qué ruido! ¡Qué tropel!
¡Qué infierno! Madrid no es más que un barrio de esta confusa y turbulenta
Babilonia; no es más que un lienzo de este interminable panorama de sombras chinescas.
Pero la narracion de las aventuras que nos han
sucedido durante este mes, (¡qué mes, Dios mio!) toca al PARIS CURIOSO, y no
debemos alterar el sistema que nos hemos propuesto seguir. Aquí sólo hablarémos
del PARIS MORAL, cuyo punto nos ha parecido conveniente tocar ante todo,
correspondiendo á lo que de nosotros exige una necesidad de nuestro país.
Francia tiende á absorbernos en todos sentidos, tambien en sentido moral, y no
nos conformamos de ningun modo con que nos absorba en ciertas tendencias, ahora
que sabemos y presenciamos lo que no sabiamos ni presenciábamos antes.
Nos explicamos, con más ó menos dificultad, que nos
ponga la ley con sus figurines, con sus modas, con sus jabones, sus pomadas,
sus esencias y sus juguetes: nos explicamos sin violencia que nos ponga la ley
con sus graciosísimos diges, con sus elegantísimas bicocas, con sus poéticos
relumbrones, con sus cultísimas frivolidades: nos explicamos, gimiendo ó no
gimiendo, que nos domine con sus tejidos, con sus ácidos, con sus instrumentos,
con sus libros, con sus novelas, con sus dramas, hasta con su idioma: todo eso
podemos explicarlo; pero no nos podemos explicar que deba ser nuestra dictadora
en punto á costumbres. Contra semejante conato se levanta airado nuestro
corazon. No reconocemos ese dominio, no admitimos esa tutela, no concedemos esa
supremacía, por más que la organizacion exterior de las cosas nos deslumbre;
por más que la cara postiza de que todos los hechos se revisten aquí, haga que
confundamos el inocente arrullo de la tórtola con el canto agorero de la
corneja. Aquí hay una cosa particular, indefinible, múltiple, casi infinita:
una cosa que está en todas partes, que todo lo llena, que todo lo anima, que á
todo de su forma y su rostro, como nuestro pié de su forma propia á nuestra
pisada. Hay una cosa que nosotros llamamos el palaustre francés.
Los franceses tienen un palaustre, con el cual adoban y alisan tan
admirablemente la exterioridad de las cosas, la parte que se ve, lo que está
por fuera, lo que produce en nuestros sentidos y en nuestra fantasía el primer
efecto dramático: preparan tan deliciosamente las cosas con
unos cuantos golpes de su portentoso palaustre, que aquí casi todo parece arte,
cuando real y verdaderamente casi todo es un simple artificio. Traigamos á
Paris cualquier cosa, una fruslería cualquiera, de España, de Italia, de
Inglaterra, de Rusia, de Turquía, del Mogol; démosla á un francés, dejemos que
el francés la lleve á su casa; que allí la componga, que la aliñe, que la
lave la cara con su palaustre, y es bien seguro que la fruslería extranjera
será en Paris una especie de mágia. Por dentro será fruslería, el interior
estará vacío, el precioso busto no tendrá seso, como dice la
fábula, pero lo de fuera será un encanto. ¡Qué hechizo tan particular, qué
inspiracion tan asombrosa, qué talento tan admirable hay aquí, para hacer ver
que es algo lo que no es nada! Quizá no lo habrémos meditado
bastante; tal vez no conocemos lo necesario este inmenso laboratorio, esta
inmensa química; acaso serémos injustos y agresivos con esta sociedad que nos
asombra, como podria asombrarnos una fantástica aparicion; suplicamos al pueblo
francés que nos perdone; pero vamos á manifestar una idea, que hemos concebido
más de una vez, que hemos concebido muchas veces, bajo la influencia de hechos
análogos, lo cual prueba al menos que nuestra idea no es el resultado de una excepcion.
Cuando el espectador rie siempre, ó siempre llora, algo hace el actor para
producir aquella risa ó aquel llanto. Hé aquí nuestra idea. Creemos que el
dominio que Paris ejerce, creemos que ese espíritu en alas del cual visita todo
el globo; ese reinado que tiene un trono en tantos pueblos; esa culta y
privilegiada tiranía con que está pesando sobre el mundo de hoy; creemos que
esa mañosa red que tiene extendida sobre toda la tierra, no es tanto la obra de
su ciencia, de su arte, de su industria y de su comercio, como la de su
prodigiosa habilidad en dar á las cosas una segunda cara, una cara
postiza, la cara francesa: es decir, una mano que cubre la cara de
carne con una máscara de carton. Creemos que la supremacía que hoy alcanza, el
universal señorío de que con más ó menos razon está tan orgulloso, no lo debe
tanto á las creaciones de su genio, como al artificio de su palaustre. Otro
crea, otro hace, otro descubre, otro saca del caos del pensamiento la sustancia
impalpable de la idea, el gérmen divino. Esta idea arranca, esta idea camina
por el mundo, Paris la llama, la acaricia, la pule, la compone, la ajusta, la
viste: es decir, coge su mezcla maravillosa, empuña su palaustre mágico … ¡oh
portento! ¡Ved como brilla ahora lo que poco antes era oscuro! ¡Ved qué
gracioso, qué bonito, qué jugueton es, lo que poco antes era duro, severo,
grave! Antes era una cosa; lo que el arte ó la naturaleza queria que fuese;
ahora es una monería; lo que Paris ha querido que sea. Dios y el
hombre tienen un taller. Paris tiene otro; el taller de Paris. El escudo de
armas de esta importantísima ciudad, debia representar un monarca que empuña
por cetro un palaustre. Volvemos á pedir uno y mil perdones al
pueblo parisiense, imploramos humildemente su indulgencia, en justo pago de la
deslumbradora hospitalidad que nos ofrece; pero hemos dejado nuestra pobre
España para decirla, no lo que soñemos, sino lo que creamos, y eso es lo que
creemos al pié de la letra.
Pues volviendo á la cuestion moral, hemos
descubierto que el palaustre francés anda tambien alisando la
cara de las costumbres, y que más allá de esa cara lisa y graciosa, abajo, en
lo hondo de la fábrica, hay ciertas escorias que el palaustre no puede quitar,
porque el palaustre no quita nada, lo compone todo. Y nosotros, rudos y aviesos
españoles, no queremos esas composturas francesas. Aunque la cara no esté tan
bonita, preferimos que el interior no esté tan podrido, y dando las gracias
encima, regalamos á nuestros vecinos la escoria que está dentro y la cara
graciosa que está fuera.
Excusamos advertir que no nos duele que seamos
llevados por un espíritu extranjero, sino que seamos llevados sin razon. Cuando
la razon media, cuando la religion universal de lo bueno y de lo justo nos hace
hermanos, no vemos extranjeros, sino hombres. La idea del hombre nos hace
grandes, generosos, magnánimos, inmensos, por decirlo así, y no debemos pagar á
aquella noble idea siendo egoistas. ¡No! No marcamos fronteras á los hechos
universales, como lo son todos los que se refieren al bien humano. No ponemos
límites á ese bien, como no damos patria al ambiente, á la tierra, al calórico,
á los celajes. Un patriotismo exagerado, es al mismo tiempo una ridiculez, una
supersticion y una imbecilidad. Nos pondrémos de parte de España en este caso,
porque cuando un hecho particular quiere absorber á otro hecho particular, no
podemos menos de declararnos á favor de aquel que recibe la agresion injusta,
especialmente cuando este hecho corre unido al amor y a la veneracion que nos
merecen las cenizas de nuestros padres, Antes que cuestion de país, es cuestion
de verdad. Es cuestion de patria tambien; seriamos hipócritas si lo negásemos;
pero este respeto viene despues, como un hombre está despues de la humanidad,
como la narracion de un solo hecho está despues de toda la historia.
Tal es el pensamiento con que vamos á tratar esta
delicada materia, y declarado así, quedamos tranquilos y con el valor
suficiente para decir cuanto nos dicten nuestras convicciones. Pero no faltará
quien diga: ¿á qué tantas ceremonias y escrúpulos con esos hombres aturdidos y
desleales, que hablan al mundo de nuestro país, como si hablasen de una horda
de la Nueva Zelanda?
No, señores: la infantil ligereza con que nuestros
vecinos hablan de nosotros; esa ligereza que es tan nativa en ellos, y que se
les debe perdonar por ser un achaque de raza, una verdadera enfermedad de
temperamento y dé carácter; ese chistoso sans façon con que
nuestros vecinos dicen las mayores sandeces con la formalidad más pomposa y más
entusiasta; esa especialidad francesa que consiste en hablar de la niñería más
grande que se ocurre á hombre, con la mayor magnificencia y esplendidez del
mundo; ese curiosísimo secreto de nuestros vecinos, no nos
autoriza para insultar á una nacion. Nosotros sentiriamos remordimiento si
entrásemos en el exámen de esta sociedad con una intencion egoista. ¡No! Por
respetos al pueblo francés, por decoro á nuestro país, por nuestro propio
honor, como escritores públicos, no harémos lo que hacen los franceses, con lo
cual probarémos, que si no somos tan refinadamente cultos, somos al menos más
clásicamente cristianos. La naturaleza lleva en sí cierta cosa bravía de buena
índole, una virtud salvaje, pero candorosa y original, y esta ventaja tenemos
los bárbaros.
Esta série comprenderá los siguientes capítulos:
1.º Moralidad de los franceses con relacion á la
ley.
2.º Con relacion á la opinion.
3.º Con relacion á las costumbres.
4.º Con relacion al trato civil.
5.º Con relacion á la industria y al comercio.
6.º Con relacion al arte.
7.º Con relacion á la familia.
8.º Con relacion á cosas que verá el curioso
lector.
UN PASEO POR PARIS.
I.
=Moralidad de Paris con relacion á la ley=.
Llegamos á Paris á las tres de la tarde, y no
faltaba mucho para oscurecer, cuando entrábamos en un hotel, llamado de los
Extranjeros, á tiro de pistola de los magníficos bulevares. Comimos luego en un
lujoso y aéreo Restaurant, situado en la Plaza de la Bolsa, cuyo
dueño se llama como jamás olvidaré, Champeaux. Ignoro si este
nombre puede tener para los oídos franceses alguna poesía; pero sé muy bien que
es un nombre célebre, prosáica y dolorosamente célebre para mi afligido
bolsillo, como verá el lector en el PARIS CURIOSO.
A las diez salimos del famoso Restaurant-Champeaux,
y por señas que mi mujer y yo caminábamos sin decirnos oste ni moste. ¿Por qué
tal silencio? Preguntará tal vez algun curioso. ¡Ay, lector, lector de nuestra
alma! Ordinariamente no hablamos, despues que somos … sorprendidos. La escena
del Restaurant nos dejó mudos. De vuelta, por fin, en nuestro
hotel, quiso mi mujer acostarse y notó con harta estrañeza que los dos balcones
de nuestra habitacion no tenian maderas, y que á una de las vidrieras faltaba
el pestillo. Es decir, notó con extrañeza que dormir allí era dormir en medio
de la calle, á pública subasta, como decimos por allá. Se trataba de un piso
entresuelo muy bajo, no habia puerta en los balcones que daban á la calle, uno
de los cierros de cristales carecia de pestillo…. ¿Cómo era posible que mi
mujer, la más medrosa de las mujeres, se resignara á pegar los ojos en un
cuarto, expuesto al antojo del primer transeunte?
Llamo al garçon, y le digo que se
habian olvidado sin duda de poner las maderas á los balcones, y que una de las
vidrieras no cerraba. El garçon se sonrió compasivamente. Hace
cuarenta años, me dijo, que este hotel existe; tal como está hoy estuvo
siempre, y todavía no se cuenta que haya sucedido la menor tentativa de robo.
¡Bah! no tenga usted miedo. (¡N'ayez pas peur,
allez!) Y diciendo
esto se marchaba.
—Oiga usted, le grité con resolucion: ¿es decir,
que nos hemos de quedar de este modo?
—El amo responde de lo que suceda.
—Perdone usted; el amo no puede responder de que me
degüellen, y si esto aconteciera, me importaria muy poco que su amo
respondiese.
El garçon soltó una carcajada con el mayor aplomo,
cual si creyera que yo queria tener con él un rato de solaz, y desapareció como
un cohete.
Referí á mi mujer lo sucedido, y mi mujer determinó
pasar, la noche cerca de los cristales, reservándose mudar de habitacion al dia
siguiente.
Yo calculé que la sinrazon no estaba en el amo del
hotel, sino en nosotros. Esto es una costumbre del país, costumbre que no tiene
aquí peligro alguno: ¿por qué prestar oídos al temor infundado de un
extranjero, en cuya nacion se vive de otro modo?
¿Por qué presumir que nosotros dos estimamos más
nuestros bienes y nuestras vidas, que los centenares de hombres que diariamente
se hospedan en este mismo hotel? ¿Por qué presumir que el amo habia de
exponerse á perder los muchos objetos de valor que decoran nuestra vivienda?
¿Por qué presumir que un establecimiento tan importante, podia aceptar el
riesgo de desacreditarse en una hora, supuesto un robo ó un asesinato?
Yo preferiria que estos balcones tuviesen maderas;
preferiria que los transeuntes no tuvieran la tentacion contínua de ver dos
balcones á su disposicion, dos balcones que pueden tocarse con la mano; pero
visto que esto es aquí un hecho normal, me parece tan extravagante y tan
ridículo querer otra cosa, como lo seria en Constantinopla el pretender que
cada casa no fuese un palacio encantado.
En fin, mi mujer se acostó, por obediencia, y no
cerró los ojos hasta que observó que estaba muy entrado el dia. Pero luego que
nos habituamos á la vida nueva, tanto el dinero como los relojes quedaban sobre
la mesa ó sobre el armario, casi á la vista del que pasara por la calle.
Excusado fuera decir que nadie vino á desposeernos ni á matarnos.
Hemos atravesado varias veces todo Paris: jamás
hemos tenido noticia de un robo á mano armada, de un asesinato, de un tumulto
de ninguna especie. Sólo hemos presenciado una riña entre dos hombres en la
calle de Buenavista (Beauregard), disturbio que duró un momento y
que no tuvo consecuencias desagradables. Trato, pesos, medidas, comestibles,
todo se ajusta perfectamente á la ley.
Estudiado Paris en otras tendencias, apenas se
concibe, ó se concibe como concebimos un prodigio, la existencia de ese
escrupuloso nivel entre la conducta social del que obedece, y la voluntad del
que manda. Este nivel es evidente, y sólo la ignorancia, la preocupacion ó el
odio pueden desconocerlo.
Hemos estudiado con el mayor esmero esta faz de la
civilizacion parisiense, y debemos decir que muy rara vez hemos visto que una
manifestacion pública del individuo, esté en discordancia con el precepto de la
sociedad: es decir, con las leyes escritas.
No falta quien haya atribuido este resultado á la
vigilancia de la policía; pero esta manera de juzgar no es la que más revela un
conocimiento sazonado de las cosas.
La policía, como todo hecho represivo, podrá evitar
casos particulares, accidentes de localidad y de hora; no producir un caso
general, unánime, con rarísimas excepciones. Aquí es una disposicion general de
los ánimos y de las costumbres no herir la propiedad, en cuanto esta propiedad
está garantida por una proclamacion formal de la ley.
Para que esta disposicion de los ánimos y de las
costumbres fuese resultado de la vigilancia de la policía, fuera menester que
cada individuo tuviera un vigilante tan unido á él como el pié á su huella, lo
cual nos llevaria á suponer la existencia de tantos espías como ciudadanos.
Esto es absurdo.
Cuando un pueblo es tan inmoral que cada uno de sus
hijos necesita un espía para no ser asesino ó ladron, no hay fuerzas humanas
que impidan que el individuo de aquella sociedad sea ladron ó asesino. El espía
no puede hacer otra cosa que añadir á la suma un guarismo nuevo. El ciudadano
criminal tendria necesidad de un cómplice: este cómplice seria su propio
guardian, la policía, el espionaje. El espionaje, pues, sólo serviria para dar
autoridad á los crímenes, ó para sucumbir en la lucha. Sí, la policía tendria
que ser cómplice, ó robada y asesinada por el ladron y por el asesino.
¿Quién lo duda? Cuando un cáncer se apodera de todo
nuestro cuerpo ¿dónde encontrareis carne sana que oponer á la carne cancerosa?
Si el cáncer está en todas partes, si hay que cortarlo todo, ¿en qué punto
concebís la vida? ¿De qué manera concebís la vida en una carne que debe
cortarse?
Esto no puede ser, y no pudiendo ser en ningun país
del mundo, no hay razon para que sea en Paris. No, no es la policía. Policía
hay en Austria, y la criminalidad es incomparablemente mayor. La Inglaterra
mantiene hoy menos policía que el imperio francés, y la Inglaterra es un país
más morigerado que Francia. Menos policía tiene Bélgica, mucha menos, y las
costumbres de aquel país son bastante mejores que las del pueblo que examino.
En caso parecido se encuentran la Holanda, algunos Estados alemanes, las Ciudades
Libres y la Suiza.
Cerdeña tiene menos policía que Nápoles, y Nápoles
es más criminal que
Cerdeña en una proporcion fabulosa.
No, la policía es un hecho puramente exterior, y de
este orígen no pueden provenir las altas razones morales, religiosas, políticas
y económicas, que marcan los grados de sociabilidad en todos los pueblos de la
tierra, sociabilidad que es el gran círculo donde todos los hechos humanos se
contienen, las costumbres tambien.
No; la represion hace lo que una argolla. La
argolla no tiene la virtud de convertir á los malvados. La argolla no es un
poder humano, un poder moral; mata, no educa.
Pues ¿de dónde procede la religiosidad del pueblo
francés en atemperarse al precepto público? Sobre esto dirémos despues unas
cuantas palabras. Ahora no hacemos más que exponer hechos, y el hecho es que
aquella religiosidad exterior se manifiesta de una manera incuestionable. Vamos
ahora á ver las cosas de otro modo.
II.
=Moralidad de Paris con relacion á la opinion=.
Esta moralidad es tan escrupulosa como la que se
observa con respecto á las leyes, aunque proviene de causas distintas.
¡Cuántas manifestaciones engañosas! ¡Cuánta
observacion, cuánto deseo y cuánta buena fe se necesitan para penetrar en el
interior de este laberinto, y ver los hechos como son en sí!
¿Nos dejamos un paraguas, un pañuelo, un bolsillo,
en algun café, tienda, quizá teatro? Pues volvamos y allí estará.
¡Moralidad asombrosa! se exclama.
Poco á poco, amigos mios. No niego que esto es
preferible á vernos asaltados por una partida de beduinos ó de turcomanos, pero
nosotros nos guardarémos muy bien de llamarlo virtud. Le llamarémos habilidad;
virtud, no. ¿Por qué no? Vamos á explicarnos; pero, lector mio, con tu vénia,
hablarémos en adelante en singular.
Yo tengo una tienda, un café, un teatro, una fonda.
Sin el favor de la opinion pública, esto es, sin crédito exterior, sin probidad
aparente, sin esa probidad que sale á la calle vestida de colorea muy vivos,
como los payasos, para que la gente se pare á verlos: sin la moralidad de la
opinion en un gran centro de competencia, claro es que me arruino.
¿Pues qué hago? Agenciar dia y noche aquel favor,
aquella condicion necesaria para que yo adelante y goce; mejor dicho,
procurarme sin descanso aquella mercancía indispensable para que sea un
mercader feliz.
¿Vale más mi crédito que un paraguas, un pañuelo,
un bolsillo, un billete? Pues tome usted el billete, el bolsillo, el paraguas.
¿Vale más mi mercancía que la de usted? Pues tome usted su mercancía.
Pero si el bolsillo contuviera bastantes monedas
para asegurar de una vez mi fortuna; si el billete fuera un talon contra el
Banco de Lóndres, y representara una cantidad que hiciera imposible la ruina;
si la mercancía de la tienda, del café ó de la fonda, valiese menos que la del
bolsillo ó el billete de usted, ¿cree usted que el hombre moral de Paris
dejaria de ajustar la cuenta por los dedos; cree usted que dejaria de anotar en
el libro de entrada la partida mayor?
No niego que habrá muchas y honrosas excepciones:
no condeno la intencion virtuosa de uno ó mil individuos. Hablo de la
temperatura general que, en mi juicio, tiene aquí la conciencia.
Esta verdad se descubre más fácilmente en los
cocheros. La ley ofrece una recompensa pecuniaria, y en otros casos una mencion
honorífica, al conductor de un carruaje público que presente en las oficinas de
la policía los objetos olvidados en su carruaje. Los objetos devueltos en este
año suman un valor de 43.000 duros.
Pero ¿qué sucede en realidad? ¿Que sentido tienen
estos alardes de pureza y de abnegacion ante la moral verdadera, ante la
emocion íntima del alma, esa emocion que siente el bien, y que tiene bastante
con sentirlo, como mi corazón ama la belleza, y tiene bastante con amarla? ¿Qué
significan esos 43.000 duros devueltos á la policía de esta ciudad?
Significan lo siguiente; y cuidado que no hablo de
memoria, sino por experiencia.
Si el objeto olvidado no valia la pena de que la
policía premiase al cochero honrado, el cochero honrado hizo noche
de aquel objeto.
Si el objeto valia mucho mas que la recompensa
pecuniaria ó la mencion honorífica, el objeto no pareció tampoco.
¿Pues qué objetos son los que parecen? Parecen
aquellos que no valen menos ni más que el premio ó la mencion; no parecen más
mercancías que las que convienen al negocio.
Al volver una tarde de Passy, tomamos un coche
cerca de las barreras del arco del Triunfo; era de dos asientos, y un amigo que
nos acompañaba tuvo la bondad de subirse al pescante, mientras que mi mujer y
yo ocupábamos el interior del carruaje.
No hacia diez horas que nos habiamos comprado un
sobretodo de goma, forrado de merino, y que podia usarse tanto para las lluvias
como para servir de sobretodo.
Llegamos al hotel de Buenavista; subimos; á poco
notamos que el amigo se habia dejado el sobretodo en el pescante; el cochero no
pareció por nuestro hotel, ni el sobretodo pareció tampoco por las oficinas de
la policía. Me consta, porque estuve á saberlo, contra la voluntad del
interesado, que se hubiera creído en pecado mortal si un sobretodo le obligara
á mover un pié ó á despegar un labio.
En fin, depuradas las cosas en el crisol de la
verdad, la virtud de Paris con respecto á la opinion pública, seria una
hipocresía, un fraude, un dolo, si no fuera un comercio hábil, una industria
que participa de cierto hechizo para explotar al hechizado; ¡palaustre
tambien!
La conciencia se escribe y se suma: el guarismo
mayor es el más moral.
¿No hay guarismo? Pues no hay nada.
¿Y dónde no sucede lo mismo? se replica.
Yo contesto que no sucede lo mismo en la mayor
parte del mundo; yo contesto que esa disposicion del sentimiento y de los
hábitos, es una especialidad francesa, al menos una especialidad parisiense.
Aquí, la alucinacion de la fantasía se ejerce sobre todo, hasta sobre el tul de
unos manguitos, hasta sobre los pliegues que se dan á una tela cualquiera:
¿cómo no ha de ejercerse sobre las deliberaciones y las costumbres?
Lo que aquí se llama moralidad, se llama en otras
partes astucia, destreza, comprar y vender entendiendo el oficio.
Yo no condeno tanto el hecho, como su falsa
manifestacion y su falso alarde. Llámenlo negocio, empresa, mercado: llámenlo
como quieran, moral, no. Eso no es la moral; la cara de carton no es la
cara de carne. La moral no se escribe sino sobre el código eterno de una
verdad que no se suma, que no se palpa: una verdad lúcida, inocente, afectuosa
y bella como el recuerdo de una madre; alta, noble, expansiva y universal como
la idea de Dios.
III.
=Moralidad de Paris con relacion á las costumbres=.
En una de las tiendas contiguas al pasaje de la
calle Montmartre, cerca del Mercado Nuevo, han llevado á mi mujer diez sueldos
por unas trencillas que cuestan dos en la plaza de las Victorias, siendo estas
últimas tal vez de mejor calidad.
Notaron que era extranjera, y la llevaron cinco
veces más de lo justo.
En el pasaje de los Panoramas compramos un frasco
de vinagre de olor, un pomo de aceite y algunas pastillas. Yo creí
equivocadamente que el frasco valia dos francos y medio, y pagué á razon de
esta suma. Pero no valia más que uno y medio; la señora que despachaba se
apercibió sin duda del exceso de un franco, (la mujer francesa se apercibe de
todo) y se contentó con añadir una pastilla, como si se tratara de un regalo
con que nos obsequiaba.
La pastilla valia seis sueldos, de modo, que fué
moral regalando una pastilla que me costaba dos veces más de lo que valia.
En la calle de Montmorency hay una casa particular
donde se come (cuisine bourgeoise); hemos asistido á la mesa redonda
varios dias, y constantemente nos han llevado mucho más que á los comensales
franceses.
El garçon del hotel de los Extranjeros me pidió un
franco diario por el arreglo de la habitacion, al cabo de dos meses de nuestra
estada allí. Ni la señora me habló de ello jamás, ni el garçon me dijo una
palabra, sin embargo de que á él pagaba la habitacion cada quince dias, y de
que no me daba una carta, ni me traia recado alguno sin que le gratificase en
el acto.
¿Qué cosa más natural que advertirme de ello cuando
entré en el hotel? ¿Qué cosa más justa y más sencilla que decirme: «paga usted
siete francos por la habitacion y uno por el servicio?» ¿Y si yo no hubiera
tenido más que los siete francos, único compromiso que contraje?
Y cuando gratificaba todos los dias al criado, ¿qué
cosa más natural que haberme dicho: «advierta usted que estas gratificaciones
no le desquitan de un franco diario que ha de darme por el arreglo de la
habitacion?»
Pues nada; calló durante sesenta y siete dias, y
hubiera callado más tiempo á no haber notado que queriamos mudar de hotel.
Entonces me lo dijo con una sangre fria, con un aplomo, con una
conciencia de su buen derecho, que yo le escuchaba y no comprendia qué
queria decirme. ¡Cuitado de mi! Me mudaba por ahorrarme 50 francos mensuales, y
aquel hombre me pedia 67. ¿Qué es esto?
Yo tengo el defecto de que doy demasiada
importancia al no quejarme, al sufrir en silencio; pero esta vez no quise
callar. Se trataba de 67 francos que me hacian falta, se trataba además de que
era extranjero, de que era español; casi todas las cuestiones son para nosotros
en Francia cuestiones de decoro, y me di á bajar la escalera con el fin de
hacer saber á la señora lo que ocurria.
La señora no estaba, pero estaba el señor,
el cual me recibió de una manera amabilísima, porque creyó tal vez que iba á
pagar; pero luego que se hubo enterado del asunto, de l'affaire,
como dicen aquí, frunció el entrecejo, agrió la voz, y se ladeó un poco, cual
si quisiera significarme que mi reclamacion era cosa que él se echaba á la
espalda.
Yo me hice francés en aquel momento y no dejé de
mano mi negocio.
—Por siete francos me ajusté, le dije; los he
pagado, nada debo.
—En mi hotel hay costumbre de pagar aparte el
servicio de la habitacion.
—Usted es muy dueño de establecer en su hotel todas
las costumbres que le parezcan convenientes, pero no de establecer costumbres
con la condicion de que yo las he de pagar, cuando las ignoro.
—Todos las pagan, caballero, y nadie murmura.
—Pues contra lo que hacen todos, digo á usted, que
ni usted ni nadie puede perjudicarme por una ignorancia de que no tengo culpa.
—Yo no tenia necesidad de advertir á usted acerca
de nada …
—Ni yo de pagar.
Diciendo esto, salí del gabinete de recepcion,
donde nos encontrábamos, y subí á mi Cuarto, dispuesto á dejar el hotel en el
momento mismo.
Apenas habiamos empezado á poner en órden nuestro
equipaje, cuando llamaron á la puerta. Era la señora. ¡Triste de mí!
—Siento-mucho, me dijo, que usted se haya
incomodado …
—Perdone usted, señora: yo no me incomodo por mí:
hacen que me incomode.
—¿No pensaba usted dar nada al criado?
—Le he dado más de seis duros, durante nuestra
estancia en este hotel.
—¿Pero no pensaba usted gratificarle cuando se
marchara?
—Sí, señora; pensaba darle cinco ó diez francos;
tal vez cincuenta, acaso ciento, si hubiera creido que los merecia; pero no
pensaba tener obligacion de dar 67, cuando nada se me ha advertido, cuando nada
sé, cuando por el contrario tengo necesidad de saber lo que he de pagar, porque
mi bolsillo no es infinito….
—Pues bien; hágalo usted por mí, dé usted al criado
la mitad de lo que ha pedido…. ¿Qué menos ha de dar usted que medio franco por
arreglar la habitacion?
En fin, entró la parte mágica, y la funcion me
costó seis napoleones cumplidos.
¿Con qué objeto exponerse á escalar puertas ó
balcones, cuando hay el arte necesario para hacerlo mágicamente?
En el bulevar de la Buena Nueva me compré una
levita de verano por 35 francos. El amo del establecimiento quitó la enseña
donde estaba escrito el precio, y nos dió la levita perfectamente envuelta en
un gran papel. Yo le di dos piezas de 20 francos, y esperaba que me diera la
vuelta; pero el amo no pensaba en tal cosa.
Tuve que preguntarle cuál era el precio de la
levita para arrancarle los 5 francos que sobraban. Tal vez aquel hombre obraba
distraidamente; esto podia suceder; no quiero hacerle reo sin tener entera
conviccion; pero los varios lances análogos que me han sucedido, me dan el
derecho de consignar aquí este escrúpulo, para que valga lo que la sensatez del
lector juzgue regular.
Muy pocas cosas puedo decir acerca de la
prostitucion de esta ciudad extraordinaria.
Los lectores saben que la prostitucion se considera
aquí como una industria, industria que tiene su matrícula, que está bajo la
vigilancia del gobierno, pagando en trueque una contribucion.
La policía da á las mujeres públicas dos horas
de reclamo; desde las nueve hasta las once de la noche. Es un espectáculo
sumamente curioso, aparte lo que tiene de aflictivo, el sentarse en un balcon
de una de las travesías que conducen á los grandes centros, y ver pasar y
repasar á estas mujeres, desempedrando las aceras. Andan de una manera
prodigiosa. Cualquiera diria que caminan sobre resortes ó por influencia
magnética. Son un torrente á que abren el dique, y anda en dos horas lo que
estuvo parado en las veinte y dos de cautiverio.
No se contentan con insinuarse por su manera
especial de moverse, ni con cecear á los transeuntes, sino que
los llaman, los detienen, los exhortan, como un candidato catequiza á los
electores. Esto no deja de tener su ventaja, porque la mujer pierde el
prestigio que la da el recato, aunque sea un recato hipócrita, y la prostitucion
ofrece así menos peligros.
La mujer no es temible sino en cuanto nos hace
sentir, y no nos hace sentir sino en cuanto nos ofrece una belleza recatada; la
prostituta vulgar en Paris es feísima en este sentido. ¡Cuánto más temible es
la de Italia, especialmente la de Roma!
Una noche saliamos mi mujer y yo del pasaje de los
Panoramas. Mi mujer se habia quedado algo detrás, mientras que una ramera que
estaba de acecho en la calle de Montmorency se dirigió hácia mí como una
exhalacion, volcánicamente, y me dijo con la mayor dulzura: voulez-vous
venir avec moi? ¿Quiere usted venirse conmigo?
Mi mujer asomaba en este instante. Yo contesté á mi
invasora: parlez avec madame s'il vous plaît. Hable usted con mi
señora, si le parece bien.
La prostituta echó hácia atrás con la velocidad de
una carretilla.
Yo conté á mi mujer lo sucedido, y mi compañera se
sonrió de la manera como una mujer suele sonreirse en tales casos.
Hay una casa en Paris (no quiero ser cómplice de
ella ni aún revelando el nombre), en la que no se puede entrar sino prévia la
entrega de 60 francos, ó sean doce napoleones, que ingresan en los fondos del
establecimiento.
Paris es la ciudad del coquetismo y de los efectos
dramáticos. Pues bien, estoy seguro de que no hay magnate ni extranjero en
Paris que tenga una casa montada con más lujo, con más alarde, con más
profusion; sobre todo, con un gusto más refinado, más incitante, más
deslumbrador.
Estilo árabe, estilo persa, estilo griego;
doraduras, bordados, reflejos, prismas; todo está allí mezclado y confundido
formando una region de hadas ó de huríes.
Una prostituta es hija de un banquero que se
arruinó, la otra es hija de un alto empleado que ya no vive; otra de un coronel
ó de un general que vino á menos. Esta sabe el inglés; aquella el aleman; la
otra el español, el italiano ó el ruso.
Allí es de ver cómo una prostituta, estudiado el
temperamento de su víctima, le devuelve un billete de cien francos que de ella
recibió, con el objeto de ganar su ánimo y apoderarse de toda su cartera.
Allí es de ver la suma habilidad con que la
elegantísima mademoiselle, convence á un hombre, de que jamás ha
experimentado la pasion que su talento y su profunda simpatía la han hecho
concebir.
Allí es de ver como la reina de aquel sarao frota
dulcemente la mano de un hombre, cual si quisiera persuadirle empleando por
razon el calórico de la electricidad: allí es de ver la ingenuidad maravillosa,
la admirable inocencia, con que exclama, dando á su acento la expresion tardía
y entrecortada del patético: ¡Que je suis malheureuse! ¡Qué
desgraciada soy!
Esto quiere significar: ¡qué desgraciada me ha
hecho tu amor!
O bien esto otro, que está más en relacion con las
intenciones de aquellas eminentes actrices: ¿cómo podrás pagarme el
mal que me has hecho?
Hay prostitutas que salen de allí para ser
personajes en el gran mundo. Yo he visto una, á quien un ruso dió, durante
muchos años, veinticinco mil francos mensuales.
La prostitucion de la casa de que hablo, está
elevada á ciencia, á bella arte, á gran tono: ¿lo querrán creer mis lectores?
Está elevada á una especie de adivinacion, á una especie de agorería. Hablar
allí de la piedra filosofal, de la cuadratura del círculo ó del movimiento
contínuo, es una cosa casi natural.
La prostituta de aquella casa, adivina el corazon
de sus clientes, como conocía Gall los órganos cerebrales del hombre.
¡Cuántos misterios curiosísimos y dolorosos
encierra aquel Eden de la corrupcion! ¡En cuántos presupuestos de familias
ricas de Paris, tiene un guarismo aquel Eden infame!
Sí, muchos hombres casados del mismo Paris, están
ajustados anualmente con la dueña del establecimiento: esto es, tienen un palco
allí, como lo tienen en el teatro de la grande Opera, en los Italianos ó en el
Circo.
Por último, yo no tengo noticia de una casa igual,
y no extraño que el jóven, profano á la vida de las grandes ciudades, pierda
allí el sentido y se dé en cuerpo y alma al diablo de aquella tentacion. Es el
talento que la víbora tiene en saber picar; pero indudablemente hay allí un
talento asombroso. Yo no hallo palabras que expresen la memoria que deja
aquel encantamiento maldito, sino diciendo que es una CIVILIZACION
QUE ESPANTA.
¿A quién podria ocurrirse (y termino con esta
especie) que la dueña del establecimiento en cuestion, es una gran señora? Pues
nada más cierto.
He oído decir á muchas personas que la corrupcion
de Paris, en el sentido indicado, es un hecho muy natural, atendida la
circunstancia de que á este pueblo afluyen todas las naciones del mundo.
Algo concedo á esta consideracion; creo tambien que
hay vicios orgánicos en la existencia de los grandes centros, de los grandes
focos, de las grandes acumulaciones. Creo tambien que la centralizacion causa
daños hasta en el censo de poblacion; pero esta creencia no me explica todo lo
que aquí veo.
¿Qué virtud atribuirémos á una pastora que vive
aislada en el fondo de un bosque? ¿Ha de ser impura con la soledad, con los
árboles, con las flores, con el ambiente? ¿Ha de ser impura con las tórtolas ó
con los faisanes? Sin vicio no hay virtud; como sin Ocaso no hay Oriente, como
no hay martirio sin lucha.
¿Es Paris corrompido porque hay lucha? No; la lucha
es necesaria; pero es necesario que sea una lucha moral, una lucha virtuosa,
una lucha como no lo es en este gran centro. No está el mal en que una piedra
ruede; esto es natural, providente, moralísimo: el mal está en que ruede hácia
el abismo; en que ruede hácia donde no debe rodar; en que ruede para
precipitarse.
La corrupcion de Paris consiste en que es el pueblo
más ingenioso de la tierra, y en que emplea su ingenio, al menos durante el
tiempo que atravesamos, en falsear artísticamente las leyes morales.
No, no es vicioso porque se mueve, sino porque se
mueve mal.
En todas partes sucede lo mismo, con la diferencia
de que hay peor sentimiento, porque hay más hipocresía. Esto dicen los hijos de
Paris.
Yo contesto á los hijos de Paris que se engañan. No
me maravilla que busquen esta solucion á sus pecados; pero se engañan.
En ninguna parte del mundo tiene la prostituta la
instruccion y la fascinacion teatral que en Paris: en ninguna parte del mundo
tiene la fantasía tantas imágenes y tantas formas para embellecer la fealdad:
en ninguna parte del globo conocido se hace de la prostitucion una especie de
apoteosis ó de reinado.
No hay más hipocresía en los demás países: hay
menos ingenio, aplicado á dar encanto á los goces ilícitos, á dar esplendidez á
la sensualidad que se embriaga. Hay más ignorancia cuando se trata de llamar á
la imaginacion para que haga de una ramera un personaje, una heroina, casi una
gloria, una celebridad.
Hay menos talento en hacer de un vicio una
aristocracia. Digo otra vez, y lo diré mil veces, que profeso por máxima de
vida social el respeto al hombre, sea quien fuere, aunque sea un mendigo,
aunque sea un reo, aunque sea un ajusticiado, y que respetando al individuo,
con mayor razon respetaré á los pueblos, en quienes hallo individuos más
respetables, á fuera de mayores. No me propongo lastimar á Paris; sino
manifestar lo que entiendo justo.
En los demás países se sabe menos en materia de
convertir el vicio en una hechicería, y ¡bendito el mármol que no rueda, cuando
el rodar sólo ha de servir para llevarlo al precipicio! ¡Bendito el arrullo de
la tórtola, que no sabe atraernos con la mirada venenosa de la serpiente!
IV.
=Moralidad con relacion al trato civil=.
Voy á dar algunos detalles sobre dos caractéres
singularísimos de la sociedad francesa, caractéres reflejados en dos
palabras; pardon y merci; perdon y gracias.
Un parisiense viene corriendo por una acera y
magulla el pié á un transeunte, vuelve la cara sin detenerse y le dice con la
expresion más fervorosa: pardon, monsieur, (perdone usted,
caballero).
Sigue de la misma manera, y se da de cara con una
señora, ó la da un codazo que la tulle el brazo ó el pecho: pardon,
madame (perdone usted, señora) y sigue su camino con aire triunfante,
como un hombre que está convencido de que merced á una palabra de etiqueta,
tiene el derecho de ir aporreando á todo el prójimo.
Esto nos ha acontecido varias veces, y mi mujer, al
oir pardon, monsieur ó madame, me preguntaba: ¿qué dice?
—Nos pide perdon, respondia yo á mi mujer.—¿Qué
diantre de tantos perdones? Mejor seria que hiciera de modo que no tuviera
precision de ser perdonado, y se dejaran de alharacas que no me quitan la
molestia del empujon, del aplastamiento de narices, ó del magullamiento del
pecho. Realmente, si me magulla un pié, si me disloca un brazo ó si me aplasta
la nariz ¿me curará aquel cumplido estéril? No. ¿Qué significa aquel perdon,
elevado á virtud social?
¡Ay! significa un hecho, como pudiéramos decir una
dolencia, el cual se deja ver en todos los círculos de esta especialísima
sociedad. Significa que la imaginacion crea una fórmula exterior, graciosa,
dramática, para apoderarse impunemente del espacio y hacer su negocio.
Es cultura, se dice.
¡Cómo! Respondo yo, ¡cultura! ¿Concebís la cultura
sin el amor al hombre, sin el respeto al hombre siquiera? ¿Concebís la cultura
sin humanidad? ¿Concebís la cultura sin la mútua conciencia de nuestro sér, sin
la moral humana? ¡Cultura! Esta idea peregrina me ha herido de una manera
particular.
El hombre francés se cree en el caso de estrujar á
toda alma viviente, añadiendo el correctivo del ¡perdon! ¿Y
qué? ¿Me importará á mí más que me extraigan del bolsillo un franco ó ciento,
que el recibir un choque de un semejante mio que corre á sus negocios, y para
quien valen más sus negocios que mi pié, mi brazo, mi nariz, mi cabeza? ¡Y qué!
vuelvo á decir: porque aquel franco me lo extrajeran con habilidad, con
gracejo, con ademan afable y ceremonioso, ¿podria decirse que el ladron era un
hombre culto?
Nadie puede decir que no matará á un semejante
suyo, á su padre, á su hijo, por un descuido inevitable; pero el hacer una
política, una etiqueta, de la facultad de magullar al primer nacido, equivale á
usurparme una seguridad que la moral debe garantirme, y juzgadas las cosas en
su verdadera significacion, este hecho no es más disculpable que la accion del
que extrae de mi bolsillo uno ó cien francos con sutileza y maestría.
Aquí una maestría; allí una ceremonia; en medio una
víctima. Que sea robado, que sea tullido, siempre es víctima.
¡Y qué! repito aún: ¿concebís aquí la cultura?
¿Consiste la cultura en la manera de hacer mal irresponsablemente?
Si semejante abuso fuera cultura, ¡bien nos iba á
lucir el pelo con ella! Afortunadamente no lo es, como no es salud la muerte
que se nos da en un veneno, por más que se nos brinde con el veneno en copa de
oro, coronada de flores. No, no es cultura. Los que así profanan este nombre,
cometen un crímen que ignoran, y por este lado deben recibir el perdon.
Las flores que circuyen la copa homicida, la copa
en que se da un veneno, no son buenas sino para añadir la traicion á la
crueldad, para añadir un crímen á otro crímen.
Yo preferiria, lo digo con el corazon en la mano,
que me magullaran en silencio, á tener que sufrir aquel revés con la obligacion
de callarme, por respetos á una exterioridad que no evita ni cura; una
exterioridad que da el poder impune de hacerme daño. Y no solamente me hace
daño, sino que me impone el deber de contestar con una cortesía, so pena de
pasar por un hombre avieso y mal educado. ¡Pardon, monsieur! Pas de
quoi, pas du tout. Usted perdone, caballero.—No hay de qué.
Esto de tener que decirle: no hay de qué,
cuando uno tendria más gana de darle un cachete, ó de soltarle una tremenda,
será indudablemente muy francés; pero no tiene pizca de español.
Confieso que no lo puedo remediar, por mas que
procuro contenerme y acomodarme á la necesidad de respetar lo que aquí se
respeta. Detesto, me estomaga el perdon agresivo y atolondrado
de los franceses, y mi mujer lo aborrece aún más, porque mi mujer es más
española que yo. Gracias á que, como habla en español, no la entienden. Si
supiera francés, es casi seguro que nos veriamos en más de un compromiso. Tales
son las rudas claridades con que agasaja á los franceses y á las francesas con
especialidad.
Sin embargo, no debo hacerme el hombre de mundo.
Cuando siento un codazo, ó un aplastamiento de pecho ó de nariz, acompañado de
un afectuoso pardon, monsieur, la sangre se me sube á la cabeza, y
en mi cara de hiel y vinagre, deben conocer evidentemente que no soy hijo de
Paris.
En fin, el elástico perdon que
aquí se estila, es la receta universal, la carta blanca, el salvo-conducto que
tienen los franceses para hacer cuanto se les antoja, cuanto se les pone en el
magín, sin peligro ni responsabilidad de ningun género, y hasta sin el
inconveniente de faltar á las reglas urbanas. Es el privilegio de cometer toda
clase de descortesías, sin que caiga sobre el que las comete el apodo de
descortés. Si no supiera que aquí se acata como una fórmula social, lo tomaria
á insulto.
Pero aún es más original y curioso el otro carácter
de que hablé: ¡merci! (¡gracias!)
Entro á comprar un bollo que vale un sueldo.
Saludo á la persona que despacha, y oigo merci.
Echo mano al bolsillo, y oigo merci.
Dejo el sueldo sobre el mostrador, y oigo merci.
Me despido, y oigo merci.
Los lectores que no me conozcan, creerán que
exagero. No diré que esto suceda en todas las tiendas de Paris, pero refiero
hechos que me han sucedido, y acerca de los cuales tengo la evidencia de lo que
sucede á uno propio. Dios no me dé salud si miento.
En la calle de Montmartre, cerca de la calle
Feydeau, hácia el bulevar de los Italianos, hay una bollería. Pues bien, en esa
bollería me han dado cuatro mercis por un bollo que valia un
sueldo, ó sea tres ochavos. ¡Cuatro gracias por tres ochavos! ¡Ni á ochavo por
gracia!
Esto me aflige, me contrista, me ahoga; y como no
puede menos de ser, me quita el gusto del trato social. No me gusta una gente
tan excesivamente graciosa.
Voy á buscar un pan, un pan que necesito, un pan
que vale un sueldo; yo doy un sueldo del mismo modo que á mí me dan un pan; yo
hago el favor que recibo; propiamente hablando, no hago favor ni me lo hacen,
porque la mutualidad no es favor; porque no es favor el préstamo de la
existencia: ¿por qué esas cuatro gracias que vienen á llenarme
de melancolía, porque vienen á darme cuenta de profundas llagas sociales, en un
pueblo que se llama tan civilizado? ¿Por qué esas gracias que
convierten en un alarde ceremonial y mentiroso la fraternidad que nos debemos,
la verdad eterna del hombre, porque es la verdad de la causa creadora, la
verdad de Dios?
Pero á esto se dice: natural es que suceda tal
cosa, en un pueblo donde la competencia representa tantos intereses y tantos
goces. El mercader de una pobre aldea, no tiene precision de ser amable,
puesto que en la aldea no hay más mercancía que la suya; pero en Paris,
la amabilidad es el gran secreto de grandes empresas y de
muchas familias.
Yo contesto que he estudiado lo que sucede sobre el
teatro del suceso, y no encuentro la explicacion en la competencia.
Centros notabilísimos son tambien Lóndres,
Hamburgo, Francfort,
Constantinopla, San Petersburgo, y no sucede lo que en Paris.
Yo comprenderia que la competencia pudiese explicar
aquel fenómeno de la índole francesa, cuando cada uno usara del merci de
un modo especial, cuando cada cual lo revistiera de una forma que le diera la
expresion y el interés de su particular ingenio: más claro, comprenderia lo que
se dice, cuando el uno pronunciara el merci con una corneta,
el otro con un clarinete, el de más allá con bombo ó platillos; pero si todos
dicen el merci con el mismo acento habitual, con el mismo
grado de sonrisa autómata: si el merci es un mercado comun, ¿en
donde se concibe la competencia?
—¿Cómo está usted?
—Regular: ¡gracias! ¿Y usted?
—Voy pasando: ¡gracias!
—¿Y su familia?
—No tiene novedad: ¡gracias!
Yo pregunto á los que opinan que la competencia
explica este contínuo é indigesto merci: ¿tambien la competencia
explica esto en el trato social íntimo, en el seno de la familia? ¿Tambien la
familia y la amistad son mostradores de mercader? Pues la familia y la amistad
reconocen tambien aquella fórmula.
Pero este fenómeno singularísimo es más
trascendental de lo que parece á primera vista.
¿Qué quiere decir el dar las gracias á un semejante
nuestro porque pregunta por nuestra salud? ¡Poder del cielo! Tambien este
cuidado, este saludo de la moral universal, esta hora solemne y sagrada del
corazón del hombre, tambien esto ha de estar sujeto al compás de un sonido
vano, de una ficcion?
Pues si el vernos objeto de un cuidado tan natural
merece las gracias, cuando adelantemos algo en esta línea de decepcion, ¿quién
no concibe que llegará tiempo en que darémos gracias por no ser saqueados ó
muertos á puñal?
¡No! Este hábito no es ni competencia, ni
amabilidad, ni menos cultura. O es un olvido de las ideas sociales y morales
que todos los hombres nos debemos, ó es el sacrificio de aquellas ideas
venerandas, en aras de una fantasía que crea aquí tambien una forma hipócrita,
para hacer bello aquel sacrificio con los ornatos de un arte servil y egoísta.
¡Tambien entra aquí el palaustre!
Esto es querer dar verdad á la mentira, con el fin
de hacer de la mentira un ente amable.
Así lo he sentido mil veces, y el sentimiento es el
gran criterio del alma, el talento casi infalible del corazón.
Yo deploro de todas veras que los españoles
corrompan la expresion franca, majestuosa y solemne de sus saludos, aceptando
el afeminado merci francés.
—¿Cómo está usted?
—Bien ó mal. Gracias. ¿Y usted?
—Mal ó bien; gracias.
Aconsejo fervorosamente á la juventud, que deseche
esa profanacion de la sociedad y de la conciencia, y que se atenga á la palabra
candorosa, sencilla, franca, honrada y leal de nuestros padres.
No lo repudio á título de innovacion; yo admito
todas las innovaciones posibles, cuando vienen autorizadas por una razon que
las justifique y las recomiende, aunque los innovadores sean cafres. Repudio
aquella costumbre alambicada, aquel alarde rebuscado y necio, porque
desnaturaliza nuestro trato, despojándolo de su ingenuidad, de su poesía, de su
belleza. Sí; el refinado y tonto merci, quita á nuestros saludos
ese aire de jovialidad y de buena fe, ese aire rudo y caballeresco, grave é
hidalgo, que es quizá el carácter más notable, más original y más bello de
nuestra raza.
Jóvenes, creedme; no digais merci. Si
sois hombres, ese merci tan blando, tan ficcioso, tan
almibarado y melífluo, os convierte en damas, y os hace feos, porque no hay una
cosa más fea que un hombre amadamado, y sobre todo, amadamado á la francesa. Si
sois mujeres, perdeis una gran parte de vuestro encanto y de vuestra hermosura,
porque la principal hermosura y el principal encanto de las hijas de España,
consiste especialmente en ser españolas. Tal vez vosotras no comprendais esto,
y sin embargo es la verdad. Quitad á vuestros rostros, á vuestros talles, á
vuestras miradas, á vuestras sonrisas, á vuestros saludos, á vuestra palabra,
la originalidad propia de vuestro país, y sereis estátuas vestidas. Decid merci y
sois francesas; no sois lo que sois realmente, porque vosotras sois españolas.
Aquel merci es un postizo, un adefesio, una caricatura. ¿Por
qué poneros caricaturas extranjeras, cuando las caras nacionales son tan
hermosas? ¿Por qué aderezaros con flores mústias de otro clima, cuando nuestros
soles crian en nuestros campos tantos jazmines y alelíes? Bellísimas jóvenes
españolas, no digais merci: os lo suplico por el alma de vuestros
difuntos.
V.
=Moralidad en industria y comercio=.
¡Consecuencia admirable del temperamento! La
fantasía es en Francia, en Paris sobre todo, un elemento tan general y tan
absorbente, que no hay un solo círculo que no invada; ni uno solo, esté donde
quiera y como quiera. Aquel elemento penetra en todas partes, hasta en la
industria, hasta en sus elaboraciones más apartadas de la idealidad y de lo
bello; hasta en el calzado. Examinemos este zapato de señora. La punta remeda
un pico de ave; el tacon se va adelgazando progresivamente en forma de espiral.
¿Remata así el pié de las mujeres? El tacon es una cosa propia para servir de
base; una base conforme al zancajo? ¿Es un zapato eso que vemos, una figura
acomodada á nuestro pié? No; de ninguna manera. Es un capricho, una
imaginacion, un efecto dramático, un golpe teatral. Es un zapato, como es
vestido lo que se pone el arlequin: es otro golpe del universal
palaustre.
Niego redondamente que este zapato pueda durar
arriba de dos ó tres noches de tertulia ó de baile, y niego tambien que haya
mujeres que consigan equilibrarse sobre ese balancin, sin ensayarse
para este ejercicio, como se ensayan los alcides para equilibrarse sobre la
maroma. Pero tal vez no tengo razon. El genio francés, esa estética fabulosa
que inspiró al artífice del zapato, la forma casi aérea que tiene, habrá
inspirado del mismo modo á las mujeres la habilidad de usarlos sin riesgo. Es
una especialidad de este temperamento, un género de este país.
Al ver el calzado parisiense en estos hermosos
escaparates, no he podido menos de decirme repetidamente: si una mujer tuviera
el pié como es el zapato que aquí miro, ¿qué nombre daríamos á aquel pié?
seguramente lo llamariamos fenómeno, aborto, extravagancia.
Hé aquí la industria francesa: á fuerza de ser
delicada, sutil, vaporosa, es una industria fenomenal. La diosa Vénus salió de
Chipre, viajó por el mundo, y se hizo idolatrar aquí en la elaboracion de la
materia. Tratar de hacer algo en Paris, es tratar de hacer una Vénus, un ídolo,
una melodía. Alguna vez esta melodía deja escozores en el oído; acaso esto
sucede más de alguna vez; pero la melodía brotó, se operó el prodigio; ¿qué
significa lo demás? ¡Siempre el palaustre!
Excusado fuera entrar ahora en consideraciones
sérias para demostrar la significacion que esto tiene en el órden de las ideas
morales.
En el calzado que hemos visto, está sacrificada la
realidad á la ilusion, lo mas á lo menos; es decir, está sacrificada la verdad
á la mentira, la naturaleza al artificio, el pié al zapato, las mujeres al pié.
Repito que es una idolatría como otra cualquiera, y no necesito decir si la
idolatría es ó no inmoral.
Hablar de la industria equivale á hablar del
comercio. Un día pasábamos por la calle de Richelieu y vimos un magnífico chal
bordado de oro. Yo tenia gana de saber su precio, así como de ver el arreglo
interior del almacen, y propuso á mi mujer que entráramos. Nos resolvimos por
fin, y al penetrar en un portal, que más bien anunciaba la casa de un noble que
el almacen de un comerciante, vimos dos lacayos vestidos de librea.
Naturalmente, creimos que aquellos dos lacayos esperaban á sus señores, á
quienes suponiamos ocupados en hacer compras. Creiamos mal. Los dos centinelas
heráldicos que allí encontramos, eran dos lacayos de la casa; la librea al
servicio de la mercancía; el blason feudal dando crédito á la materia francesa.
El ridículo es tambien crédito, cuando el crédito nace de una ridiculez.
Los dos lacayos nos hicieron una marcada cortesía,
procurando no deslucir la gravedad y el tono erguido de sus cuellos, decorados
por las indispensables corbatas blancas. Nosotros contestamos al saludo como si
quisiéramos decirles: ¿qué teneis que ver con nosotros? O como decimos en
castellano: ¿quién os ha dado velas para este entierro?
Pero los dos vigías, venciendo valerosamente
nuestro desden, se aproximaron á nosotros y nos suplicaron que les dijésemos el
fin que nos llevaba. Yo tuve un momento dé vacilacion, casi de resistencia; iba
ya á decirles que nada tenia que arreglar con sus señores, cuando principié á
comprender.
—¿No es esta la entrada del almacen en donde está
expuesto un chal bordado de oro?
—Sí señor.
—Pues deseamos ver ese chal y saber su precio.
Uno de los lacayos tiró inmediatamente de una
campanilla, y nos rogó que pasáramos á otro piso. Subimos dos rellanos de una
escalera elegantemente alfombrada, y ya vimos en el piso principal á un
caballero que nos esperaba. Este caballero nos volvió á preguntar qué
queriamos, y oído que hubo nuestra respuesta, tira del cordon de otra
campanilla, enviándonos al piso segundo. ¿En que acabará esto?
Mi mujer y yo nos creiamos en el teatro de la Opera
cómica.
Llegamos al piso segundo, en cuyo rellano nos
aguardaba un tercero en discordia, y cerca del umbral de la puerta una señora
de mediana edad, vestida con sencillez y gusto.
Nos explicamos en pocas palabras, entramos en un
elegantísimo salon, y antes de tres segundos, teniamos delante un chal como el
que habiamos visto en el escaparate.
El caballero y la señora nos observaban como si
quisieran, entrar en el secreto de nuestra voluntad, de nuestras ideas, más que
todo en el secreto de nuestros bolsillos, y yo me reputé obligado á valerme de
una mentira. ¿Cómo no mentir en un país, cuya astuta mirada taladra hasta los
huesos, como ciertos ácidos corrosivos?
Nosotros habiamos salido de casa para almorzar:
íbamos, pues, en traje de almuerzo, y nuestro aliño no podia sostener con honra
la aspiracion de comprar chales de cinco mil y pico de francos; ó sea una
cantidad casi superior á la que nosotros teniamos en Paris.
Tuve que decirles que un noble de la Habana me
habia dado el encargo de comprar algunos artículos de lujo, con el objeto de
disponer el regalo de boda para una de sus hijas. Mi mujer llevaba el sombrero
de camino, eramos extranjeros, yo tenia cierto color árabe ó americano, el
color de los hijos de un clima meridional; despues de cuatro ó cinco dias de
viaje en estío: en fin, notaron que cubria mi cabeza un sombrero de jipijapa,
la etimología de este sombrero era evidente, y la ilusion fué
tan completa como era evidente el orígen de mi sombrero. Nos creyeron de lleno
americanos, y de la Habana por añadidura.
Favor del cielo! No bien oyó aquella señora que
traia encargos de un noble de la Habana, y que se trataba de un regalo de boda,
cuando empezó á desdoblar blondas y encajes, empedrando nuestras orejas de
miles de francos. Ahora cogia una riquísima manteleta, se la ponia sobre los
hombros y daba una vuelta majestuosa por todo el gracioso salon; despues echaba
mano á un velo y volvia á pasear, dando á su cabeza y á su talle todo el aire
posible para producir el efecto artístico; luego tocó el turno al chal dorado,
y dejaba caer la espalda hacia atrás, con el fin sin duda de que la punta del
pañuelo lamiera la alfombra, y formara así alguna honda de buen gusto y algun
reflejo deslumbrador. En esto acude el caballero que se habia ausentado, y
empieza á desdoblar ante nuestros ojos una preciosa coleccion de pañuelos de
India y de Persia, adobándola con la salsa de los tantos y cuantos millares de
francos.
Antes nos creiamos en el teatro de la Opera cómica;
ahora creiamos asistir á un juego de manos ó cosa semejante. Nosotros
deslizábamos de cuando en cuando una mirada hacia la puerta, como si
quisiéramos decir: ¿Cuándo nos verémos en la calle? Estábamos sudando como
pollos.
La situacion se hizo ya tan embarazosa, que ni mi
mujer ni yo sabiamos qué hacer. Al cabo, tuve que pretextar una ocupacion
apremiante, balbuceando alguna frase de admiracion y de complacencia; pero no
nos dejaron ir sin recabarnos la promesa de que volveriamos despacio para tener
una noticia más cabal del surtido del establecimiento, y poder hacer con más
acierto los encargos del noble de la Habana.
Nosotros nos rendimos, capitulamos á su sabor,
tomamos dos tarjetas con orlas y dorados, y nos dimos en cuerpo y alma á bajar
la escalera.
¿Cuándo estaremos en la calle? me decia mi mujer.
¡Jesus qué calor! Estoy sofocada. Yo no hacia más que oir; estaba ocupado
enteramente en bajar, en el ánsia de salir á la calle y de tomar el fresco.
Llegamos al portal, los lacayos nos cobijaron con
una mirada maestra; no vieron bulto ni cosa alguna que lo valiese; se
convencieron de que nada habiamos comprado, de que habiamos sido inútiles á
sus señores, de que la librea habia sido nula, y creyeron prudente ó
estratégico retirar el saludo.
¡Gracias á Dios! Ya estamos en la calle de
Richelieu. Comparada la calle al salon de donde salimos, podemos decir que
estamos en el reino de la verdad. ¡Oh delicia!
¡Qué objeto tan curioso es estudiar á un pueblo en
estas minuciosidades que tanto significan, aunque no sea sino porque jamás
engañan! Retratar con este pincel, es retratar al natural, y por eso he dado
este título á mis pobres apuntes.
¿Pero por qué sucede que despues de un lance
semejante, nos invade primero la risa y despues la tristeza? Esto sucede,
porque la verdad no deja nada impune, porque no existe una evidencia más
infalible que la ley moral. Esta ley nos castiga, castiga al hombre, castiga su
pecado, y ¿quién no baja la cabeza ante el castigo? ¿Quién no dobla la espalda
bajo el peso de los azotes?
El comercio de Paris, lo digo otra vez, es lo que
la industria: fantasmagoría, aparato, altas novedades; es el zapato
aéreo en otro sentido; palaustre tambien.
Encargo al extranjero que nunca se llegue á comprar
un objeto que lleve este rótulo: FANTAISIE (fantasía), sino tiene marcado el
valor. Cuando esto no sucede, el comerciante parisiense se creerá autorizado para
exigir el doble ó triple de lo que vale, porque la FANTASÍA, nombre que aquí
quiere decir ingenio, invencion, maravilla, prodigio, no está
sujeta á tarifa alguna. Se trata de vender una creacion ingeniosa, y el ingenio
no tiene límites: lo que no tiene límites no tiene precio, y de aquí la
infinita elasticidad del cálculo francés. ¡Pobre del extranjero que olvide este
encargo ó que tome á empresa el echarla de generoso!
Voy á terminar este ligerísimo bosquejo, haciendo
notar una rareza que me ha herido de una manera singularísima.
Todos saben que Francia es un pueblo dotado de
ciertos instintos de igualdad política, igualdad que tiene tantos monumentos en
su historia, que tanto trabaja su espíritu, que no deja de tener alguna forma
práctica en la constitucion social y en las costumbres; hasta en el
establecimiento del imperio. No obstante, la industria y el comercio de este
país son enteramente aristocráticos.
Por el contrario, todos saben que la desigualdad
gerárquica, la casta social, es en Inglaterra un principio tan indiscutible y
sagrado como un capítulo de dogma. Sin embargo, la industria y el comercio de
Inglaterra son enteramente democráticos.
Paris, el demócrata, viste á los ricos de casi toda
Europa, y de una gran parte de América.
Lóndres, el magnate, viste á los pobres de casi
todo el globo.
El pobre busca al rico: este es Paris.
El rico busca al pobre: este es Lóndres.
No hay contradiccion. Hay habilidad. Tratándose del
otro lado del estrecho, hay más: habilidad y lógica; esto es, habilidad
inglesa, un miasma atmosférico que no tiene igual en el espacio, desde el
cielo á la tierra, desde la tierra hasta el abismo. Estoy deseando ir á
Lóndres, para poder establecer una comparacion concienzuda entre estos dos
grandes centros, que son sin disputa los dos pueblos más influyentes de nuestro
siglo, y los dos primeros rivales de la tierra.
VI.
=Moralidad de Paris con relacion al arte=.
Ante todo, tengo que poner en su lugar una opinion
que juzgo importante.
En el arte moderno francés hallo cierto arranque
social, que ha abierto una grande era á la literatura, y que con el tiempo
empujará al arte hácia su expresion más trascendental, al menos más en armonía
con el espíritu de nuestra época. Este es un hecho capitalísimo; es un gérmen
que puede modificar maravillosamente el porvenir, y fuera injusto negar sus
esperanzas al trabajo del hombre francés. Pero como en este capítulo no juzgo
el elemento social del arte, sino que lo considero únicamente en su relacion con
las ideas morales, me parece que basta esta salvedad.
El exámen de todas las obras artísticas de este
pueblo, necesitaria la vida laboriosa de más de un escritor, y el espacio de
muchos volúmenes. Dejo, pues, aparte el fardo inmenso de demasías, de
licencias, de crímenes, hasta de obscenidades, de que el teatro y la novela se
han hecho órgano en este país tantas veces, con un talento tan singular, y me
concretaré á un pasaje de un libro que han leido todos, que todos conocen, de
que la Francia está inundada, de que están inundadas la Europa y la América. Hablo
del Montecristo: hablo de ese libro terrible, que hace de este
mundo un sopor, una cueva encantada, un brevaje oriental, una bellísima
diablura. Ciertas gentes se han empeñado en hacer ver que la diablura puede
ser bella, que las brujas pueden ser artistas. Hablo de esa nueva caballería
andante, más ridícula y más absurda que la del mismo Amadís de Gaula; esa
caballería en que no hay de real y positivo sino el trastorno y el escarnio de
las virtudes más sagradas del hombre.
Estamos en la escena en que un hijo aconseja á su
padre con la mayor formalidad…. (Imposible parece que Dios nos haya dado
formalidad para tales cosas. En este sentido, nuestra razon tiene misterios que
horrorizan, como tiene el abismo cavidades que nos espantan.)
Decia que un hijo aconseja á su padre que se
debe matar. ¿Por qué? Porque es comerciante, ha experimentado un revés en
sus intereses, está tocando la necesidad de una bancarota, y este descalabro le
infamará á él y á sus hijos. Pero ¿no hay remedio? Sí; el hijo se lo ofrece, se
lo propone, se lo aconseja, se lo exige. El remedio … ES MATARSE. Matándose, se
habilita el banquero, el hombre muere honrado, y el padre lega esta honradez á
su familia. ¿No es bastante? ¿Debe el pobre viejo dudar? ¿No dice bien el hijo?
¿No tiene razon Alejandro Dumas?
Hijo desdichado, hijo á quien el cielo no dió
conciencia, sino para hacerte probar el placer tremendo de desgarrarla, como no
dió organismo á la lombriz sino para hacerla probar el placer asqueroso de
revolcarse dentro del cieno; hijo desdichado, ven acá y oye á un hombre que no
tiene el genio de Alejandro Dumas, pero que tiene más corazon, que tiene más
genio; porque no hay genio fuera del sentimiento de la verdad y de la virtud,
porque no hay belleza fuera del sentimiento que busca el bien. No, no hay genio
en la lombriz. Alejandro Dumas nos llama africanos á los españoles;
enhorabuena. Preferimos ser tan bárbaros á ser tan cultos. No
queremos ser tan civilizados como él, ni como tú, hijo infame y bastardo.
Hijo desdichado, ven acá y oye. Tu padre te ha dado
la vida: ¿eres tú quien ahora le aconseja que levante el brazo contra la suya?
De su amor recibiste tu primer amor: ¿eres tú quien
ahora pones en su mano un puñal?
Si tu padre cae en la bancarota, tú vas á vivir
infamado: ¿eres tú quien quiere que se mate para evitar tu infamia? ¿Eres tú
quien crees que tu egoismo vale más que la vida del que te ha consagrado su
existencia?
¡Pero oye aún! Si tú crees que la desgracia de tu
padre te va á dejar sin honra, si lo crees así, si de ello estás convencido,
¿por qué no eres tú el suicida? Responde, hijo cobarde, ¿por qué no eres tú
quien coge el puñal? ¿Por qué tu padre ha de ser víctima de una opinion tuya,
de un juicio tuyo? ¿Por qué ha de ser el caballero andante de tus ideas
romancescas?
¡Pero oye todavía! ¿Quién te ha dicho que un
banquero se infama, porque un infortunio que él no puede evitar le hace caer en
la ruina? ¿Quién te ha dicho que no hay honradez en el infortunio? ¿Quién te
lleva á ver una prostitucion en la desgracia? ¿Quién te ha dicho que Dios no se
venga de hombres como tú, dando al dolor una esperanza, un deseo, un suspiro
ferviente, una corona, una santidad? ¿Quién te ha dicho, responde, que la
Providencia no ha dado poesía al lamento amoroso y casto de la tórtola?
Tu padre se arruina. ¡Y qué! ¿No hizo esa fortuna
en otro tiempo? ¿Tenia quizá alguna escritura en que la eternidad le prometia
amparar sus buques ó sus billetes?
Hoy pierde lo que ganó ayer. ¿Quién te ha dicho que
la pérdida, como la ganancia, es otra cosa que un accidente en la vida de un
comerciante? Y por un accidente de la vida, ¿buscas un puñal contra la vida?
¿Quieres sacrificar el cielo á un celaje? ¿Quieres sacrificar el mar á una ola?
¡Ay! Á la gota de sangre que cae de un dedo, ¿quieres sacrificar el corazon? Á
la lágrima que cae de los ojos, á este soplo del aroma húmedo de nuestra alma,
¿quieres sacrificar el alma toda?
Hijo desdichado, si tu destino es quemar tu
conciencia y tu corazon, quémalos, en silencio, ocúltate como se oculta el mago
ó el hechicero para dar cabo á sus maniobras; escóndete; pero no te valgas de
la luz para quemar la conciencia del mundo, vertiendo esas chispas en un libro.
Despues de esto ¿qué extraño tiene lo que se ve en
el drama Antony, del mismo Dumas? ¿Qué extraño tiene que Antony
penetre en la alcoba con una señora casada, en el momento de caer el telon,
mientras que los ojos del público, atravesando aquel telon, ven la obscenidad
convertida en fiesta, en declamacion y poesía, en bella-arte, en teatro?
Despues que un hijo aconseja á su padre que coja un puñal y lo bañe en sangre
de sus venas (sea cual fuere el motivo) ¿qué extraño tiene que el oído del
público, pasando á través del telon, oiga la respiracion convulsiva y torpe del
adulterio? ¿Qué mayor adulterio que el parricidio?
Pero esto se lee, esto gusta, esto recorre el
mundo, esto hace fortuna, reputacion, gloria … en España tambien. ¡Qué
desventura!
Pero ¿podrás negarle, se me dice, la habilidad en
la ejecucion? ¿Podrás negarle su belleza en la forma?
¿Podreis negar á los lagartos, respondo yo, la
belleza de su piel verde? ¿Podreis negársela á los cocodrilos? ¿Podreis negar á
la culebra la rica variedad de sus brillantes y sedosas escamas?
¿Esa es vuestra belleza? ¿Ese es vuestro arte? ¿Por
qué no haceis de un cocodrilo un actor? ¿Por qué no haceis de una serpiente una
actriz?
Basta de esto, mis queridos lectores. Tapémonos
ambas orejas, contra el graznido áspero y soez de ese cuervo que dice al mundo:
oid en mi graznido el gorgeo dulce y apasionado de la calandria y del ruiseñor.
El arte francés, generalmente hablando, lleva en sí
el trastorno más radical y más profundo de las ideas morales; el trastorno
propio de una sociedad que, á precio de ruido y de oro, embrolla sin escrúpulo
las verdades más venerandas del entendimiento y de la conciencia.
Oropel, luces, relumbrones, escenas cáusticas,
contrastes imposibles, aventuras maravillosas y disparatadas, alarmantes; pero
que cautivan, que seducen, que nos arrastran á despecho nuestro; sobre
todo, lavar la cara de las cosas, mover el palaustre; hé aquí la
expresion más constante y más universal del arte francés. La idea que más
domina en el escritor de Paris, es la de hacer de modo que á los lectores de
sus novelas se les haya de dar un par de sangrías, aún antes
de concluir la tremenda lectura. Si quisiéramos citar ejemplos en comprobacion
de esta verdad, necesitariamos escribir centenares de tomos, como ya dije.
Acato la rica erudicion de un Thiers, de un Littré,
de un Guizot; acato la vastísima ciencia del eminente Augusto Conte; acato la
hechicera literatura de un Chateaubriand, de un De Lamartine, de un Balzac, de
una Cotin, de un Víctor Hugo; acato y amo la poesía fácil, ingénua, encantadora
del inspirado Beranger; acato el valeroso y fecundo arte, el pincel arrebatador
del inmenso Horacio Vernet; acato con profunda veneracion á ese gran hombre,
que ha dejado de ser pintor en el mundo para ser monarca de los espléndidos
salones de Versalles; acato á ese Horacio Vernet, al humilde y modesto artista,
que es más que Luis XIV en las régias salas de aquel opulento y maravilloso
palacio; acato á esos genios de la Francia; no es mi ánimo negar que la Francia
tenga sus genios; pero estúdiese aquí el organismo que el arte tiene;
estúdiense con detencion y con cuidado sus manifestaciones generales, las
manifestaciones del pueblo francés, y no podrá menos de llegarse á la
conviccion más completa de la rigorosa exactitud de nuestros retratos.
Pero ¿y esos genios de que acabas de hablar? ¿Esos
genios, como todos los genios del mundo, contesto yo, no son la sociedad
francesa; los genios no tocan al pueblo en donde nacen; un don del cielo no
tiene otra cuna que el espacio que coge todo el cielo. El genio del hombre es
como la luz de los astros: su pueblo es el orbe, la creacion entera, la obra
del principio supremo, la patria de Dios.
Y aún á propósito de esos mismos genios, podriamos
decir algo; algo que probaria incontestablemente la verdad de mis opiniones. El
carácter de raza, el bautismo de nacionalidad, esa especie de limo que la
nacion en donde nacemos y vivimos pega á nuestra alma y á nuestras costumbres:
esa herencia de pueblo y de familia es un hecho tan poderoso y tan inevitable,
que si estudiamos con el necesario talento la forma exterior del arte de
Thiers, de Guizot, de Chateaubriand, de Balzac, de De Lamartine, de Víctor Hugo,
de madama Cottin, del mismo Horacio, de ese ilustre pintor que tanto admiro;
aún de Beranger, de ese nobilísimo poeta que tanto venero; hasta si pasamos á
la ciencia del inagotable Augusto Conté, de ese coloso que tanto me asombra: si
estudiamos la forma exterior del arte de esos genios; si nuestro espíritu
tuviera el ojo penetrante que se necesita para distinguir ciertos colores,
ciertos tintes, ciertas sombras confusas y remotas: más claro, cierto hábil
relumbron, cierto viso dramático, cierta cara lavada por el palaustre
francés; si tuviéramos la necesaria habilidad para descubrir esos
delicadísimos detalles, juraría por mi alma, que aún en el arte de aquellos
grandes hombres encontraríamos la hechicería francesa. No exceptúo
ni á Bossuet, ni á Fenelon, ni á Condillac, ni á Bordaloue, ni al severo y
tajante Rousseau. No hablo de un hombre muy extraordinario y muy célebre; un
hombre que ha logrado más fama que todo un pueblo; no hablo de Voltaire.
Voltaire, como Diderot y casi todos los de la memorable Enciclopedia, es un
perfectísimo francés: francés en alma y cuerpo; en pensamiento y obra; en
juicio y palabra.
No exceptúo á nadie, ni al mismo preceptista y
mirado Boileau.
VII.
=Moralidad de Paris con relacion á la familia=.
Se ha dicho que los lazos de la familia están
relajados en Francia. Esta opinion que seria una calumnia tratándose del pueblo
francés, no deja de ser cierta tratándose de la ciudad de Paris.
Desde luego se observa que está ciudad está
sembrada por todas partes de restaurants (no quiero
españolizar este nombre), de establecimientos de caldo, de pastelerías,
de rotisseries (no lo quiero españolizar tampoco) y de
tabernas. En todos estos puntos se come. ¿Por qué tantos establecimientos de
esta clase? ¿Se alimentan todos con la poblacion forastera? No. La mayor parte
se sostiene con la poblacion de Paris, porque en un gran número de las casas de
Paris no se enciende lumbre en todo el dia.
Estoy convencido de que si se juntaran todos los
hoteles y todos los establecimientos en donde se come en esta ciudad, formarian
una poblacion bastante mayor que la córte de España.
Es una curiosidad sorprendente para el extranjero,
recorrer estas calles de diez á once de la mañana y de cinco á seis de la
tarde, ir mirando á derecha é izquierda, y ver la mesa interminable á que
asiste una poblacion de millon y medio de almas.
Si el extranjero no saliera á la calle más que en
las horas indicadas, tendria harto motivo para decir despues en su tierra que
Paris era una inmensa fonda. Recorriéndolo á una hora cualquiera, tendrá
motivos para decir que, llegada la hora de comer, esta ciudad es una inmensa
tribu errante.
Lo declaro sin escozor. El que está acostumbrado al
consuelo de la familia, al rescoldo del hogar paterno: el que está acostumbrado
á ver el humo de la chimenea en que se calentó desde niño, no puede menos de
experimentar una mala impresion al ver hacinados tantos hombres; hombres que
van allí para no mirarse ni entenderse; que van allí á comer casi
maquinalmente; que comen como quien se da á una tarea mecánica, como quien
cumple el jornal de la comida, para acudir despues á otro jornal,
semejantes á las palomas silvestres que van al sembrado para llenarse el buche,
y levantan luego las alas hacia donde la Providencia las lleve.
Este hábito lleva en sí cierto principio de
desmoralizacion. Me he fijado mucho en esta faz del pueblo que examino, y noto
realmente que aquel hábito imprime una arruga en su fisonomía. Estudiemos
cuidadosamente todas las caras que se nos ofrecen en tropel; reparemos bien en
todas las figuras que pasan por este gran lienzo de sombras chinescas, y no
advertiremos generalmente ese aire de atencion íntima y afectuosa, propio del
que dice: me esperan en mi casa; como á tal hora con mi familia.
Esto quiere decir: la sociedad me ha dado un templo
para que la consagre un culto especialisimo y preferente. Este templo es mi
hogar, donde me aguardan los que me procrearon y nacieron conmigo. Mi culto me
llama; voy á ser ministro en el sacerdocio de la familia.
Si esto es preocupacion, confieso con orgullo que
soy preocupado, y lo soy, no únicamente por conviccion, sino por voluntad y por
sentimiento. Esto me hace sentir bien; amo y admiro en esos instintos y en esos
hábitos una belleza humana, una melodía que llena mi ser, y en vano querria
desimpresionarme, en vano pretendería que mi corazón perdiera la ley que lo
hace latir.
Quitad al hombre la familia, quitad á la familia su
inteligencia armoniosa, su consorcio interior, su necesidad más moralizadora y
más profunda; haced eso, y despedazareis al mundo.
He dicho que la costumbre parisiense lleva en sí un
principio de inmoralidad, y para dar una nocion de que esto es así, bastará
presentar un ejemplo.
Supongamos que una hija vive con su padre;
supongamos que sigue asistiéndole más ó menos tiempo despues de la época en que
ha entrado en la mayor edad, y en que por lo mismo no está sujeta á la
autoridad paterna para ciertos y respetables fines sociales. Pues bien, aquí es
un hecho que no escandaliza el que esa hija demande á su padre ante el juez,
para reclamarle el salario que merece por haberle asistido, poniéndose en lugar
de una criada. Si este hecho escandaliza, Paris ha tenido y tiene que presenciar
más de un escándalo, porque aquel hecho no es invencion mía. Se ha repetido más
de una vez, y acerca de ello puedo alegar el testimonio de más de una persona
digna de fe.
Cada cual se explicará á su modo la rebelion de la
hija demandando al padre ante la ley, para que no la ame como hija, sino para
que la pague como criada; pero á mí me subleva semejante atentado contra las
leyes del respeto, del amor, de la sangre. Mis sienes laten convulsivamente
cuando creo ver á una mujer que se acerca a la sociedad, que anda preguntando
el nombre del juez, que le pide auxilio, que le implora … ¿con qué fin? Con el
fin de que allí comparezca como reo el hombre desgraciado que la dió la existencia.
Él dió la existencia á su hija; su hija le dió su afecto y su cuidado; ahora es
delincuente ante aquel cuidado y aquel afecto.
¿Qué es esto sino borrar el santo cariño de la
hija, bajo el egoísmo grosero é impío de la sierva? ¿Qué es esto sino borrar el
sacramento providencial del padre, bajo la crueldad idiota del salario?
¿Cómo representarnos la figura de esa mujer ante la
justicia, sino representándonos una mujer vestida de luto, que baja los ojos,
que tiembla, que no puede hablar y que despues se muere de dolor? ¿Cómo
concebimos la idea de esa hija que arrastra serena la mirada aturdida de su
padre; que le pide, que le provoca, que le acusa, que le denomina usurpador de
su trabajo: cómo concebir la idea de esa hija, repito, sin concebir la idea de
una sierpe ó de un tigre?
¡Dios me libre de ser juez, con la condicion de
escuchar semejante demanda!
¡Dios me libre de ser padre, con la condicion de
tener semejante hija! Es seguro que maldecirla, como Jeremias, el momento en
que habia nacido; momento que llevaba dentro de sí la profanacion de dar á la
tierra una huella que es un abismo horrible.
De la aglomeracion de guarismos vienen las grandes
combinaciones; de los grandes choques brotan las grandes chispas, y en este
sentido tengo que conformarme con los grandes centros de poblacion, de
actividad, de creaciones. Pero aparte esta necesidad trascendente de las
grandes masas, ¡cuánto más natural, más definida, más espontánea, es la vida de
las pequeñas poblaciones!
La emocion poética tiene en cada hombre su
temperamento particular, y este temperamento es una gran razon que cada uno
debe tener en cuenta al querer explicarse sus opiniones.
Yo creo que no me engaño al opinar así, porque es
indecible el placer religioso que siento cuando descubro un caserío ó una
aldea, perdida entre árboles ó arbustos, ó entre las sombras indecisas de la
tarde. No sé por qué, desearia haber nacido allí; desearia que allí se
conservaran mis cenizas. No sé por qué lo experimento, pero sé que lo
experimento; la poesía que cada cual lleva en su alma, despierta en mí aquella
emocion, y creo en la verdad de esta emocion, como creo en la verdad grandiosa
de la poesía.
¡Qué hermoso es á mis ojos contemplar aquel grupo
de casitas que ocupa la tierra, así como un nido está en un árbol, como una
nave surca el Océano, como una caravana se pierde entre los horizontes de la
soledad, como un pensamiento de la Providencia germina oculto entre los
torrentes de la creacion!
¡Qué hermoso es para mí mirar el humo que parece
brotar de las chimeneas, como una voz que viene á decirme: acércate, entra
aquí: aquí hay una casa, un calor, una lumbre: aquí hay dos amores que se han
unido y procreado; que comen, que duermen, que viven y que mueren juntos: aquí
está el misterio de la vida; aquí está el misterio de aquella mujer por quien
tú has llorado, cuya memoria evocas y veneras: la mujer á quien debes el bien
divino de tener una madre!
¡Ay! ¡Cuán de menos echo la vida de familia! ¡Cuán
de menos echo la vida del campo! Aquí no hay campo; hay quintas graciosas y
elegantes, ricos caseríos, palacios agrestes: un Paris dentro y otro Paris
fuera. No hay campo; no hay esa atmósfera callada, esas brisas sonoras y
lentas, ese genio de Italia y de España que nos inspira el olvido del mundo,
para hacernos mejores y más felices hablándonos de parte de la naturaleza,
trayendo á nuestras esperanzas un saludo de ese espíritu universal que adoramos
en nuestra conciencia y en nuestro corazon. No, no encuentro aquí una porcion
de yerbas silvestres, donde dejar por un momento el fardo de mis inquietudes y
de mis penas, y respirar al menos una hora al aire libre, al aire del campo.
¡Qué bellas me parecen las cercanías de Tíboli!
¡Qué bellas me parecen, tambien las laderas rojas de mi Andalucía; que ven
impasibles estrellarse á sus piés las olas espumosas del Océano Atlántico!
Pero ante todo debemos ser justos. ¿Podré decir que
no hay en Francia gratos lugares y paisajes pintorescos? No; eso seria ó
maledicencia ó sandez.
Recuerdo que hace algunos años fuí de Montpeller á
Marsella, y la Provenza me encantó con sus pequeñas casas, escondidas
misteriosamente entre cipreses y palmeras. Recuerdo que las verdes orillas del
Ródano me encantaron tambien, y casi me hicieron adivinar la nocion de un país
árabe.
Allí están el hogar, la casa, el rescoldo, la cuna
y el sepulcro de los que viven y mueren en un mismo palmo de tierra.
Al penetrar con el pensamiento en alguna de
aquellas casitas, ocultas casi todas entre palmeras y cipreses; como un nido
está oculto entre las hojas de los árboles: al pasar con la imaginacion el
umbral de aquella morada bendita, nos parece ver á un hombre sencillo y
risueño, que trabaja cerca de la lumbre; á su lado, tranquila y satisfecha,
hila su mujer; más allá, una jóven fresca y hermosa mece la cuna en donde
duerme un niño, hermano suyo. El padre representa el trabajo, la madre el
cuidado, la diligencia y la caridad; la jóven el amor, y el niño, la inocencia.
¡Oh vida venturosa! ¡Oh secretos divinos de la sencillez y de la virtud!
¡Infeliz del hombre que ha sido ingrato á tus hechizos! ¡Infeliz del hombre que
deja las delicias del paterno hogar, desoyendo el llanto sagrado de una madre!
¡Ay de mí, lector! ¡Infeliz del que escribe temblando estas groseras líneas!
Fuí rebelde y soberbio con mi santa madre, desoí su ruego, la dejé llorando, la
dejé por el mundo, por mis ilusiones, por mi vanidad, por mi sandez. Este
remordimiento late dia y noche en mi corazon, é irá conmigo á la sepultura.
Pero voy á decir dos palabras acerca de las
impresiones que sentí en las orillas pintorescas del Ródano, porque es
indecible el consuelo que mi alma experimenta al hablar del campo. El campo es
el santuario de la naturaleza, el templo de Dios.
En la Provenza experimentamos lo que sentimos en
las playas de Génova, en las cercanías de Roma, en los campos de Nápoles, en
las selvas de Andalucía. La mujer parece más hermosa; alrededor de la mujer hay
un ambiente indefinible que la diviniza. Al ver una choza sobre un montecillo
de arena, entre retamas verdes; al ver una casita oculta en un bosque de madre
selva, el viajero no puede menos de exclamar: ¿quién sabe si ahí respira la
mujer ideal que yo he soñado, esa sombra del alma tras la cual he corrido, esa
misteriosa armonía que todos los hombres hemos escuchado en nuestro corazon?
Y entonces nos sentimos animados de una existencia
particular; no es la vida que nosotros tenemos, es una vida que nos da la
naturaleza, una vida que nos da Dios. Mil memorias inexplicables nos agitan en
aquel momento; aquellas memorias nos hacen gemir, nos hacen llorar, y no
obstante, nosotros las queremos, las buscamos, ansiamos tenerlas cerca de
nosotros, son nuestras, íntimamente nuestras. ¡Ay! son el sepulcro de nuestros
padres, de nuestros hijos, de nuestros hermanos; son los sudarios de nuestra alma.
Y entonces aparece la luna en el cielo, y el hombre
dice al astro de la noche: yo te conozco; tú eres el faro de mis esperanzas y
mis dolores; Dios te ha creado para mí.
Adios, Provenza; adios, Bocaire; adios, Ródano;
adios, familias inocentes; adios, casta doncella, que con el aliento de tu boca
prestas nuevos aromas á las flores de tu campo vírgen; á las flores que
esmaltan esas márgenes encantadoras; adios casitas; adios, palmeras; adios,
cipreces. Si la horrible dolencia que oprime dia y noche mi desgraciada vida,
me dejase algun tiempo de descanso, yo iria á saludaros otra vez; pero me
volveria pronto, porque ya tengo ageado mi sepulcro, ya he pedido mi tierra
postrera á mi adorada Andalucía.
Lector, estos renglones tienen un mérito poco comun
en nuestro siglo; tienen la augusta poesía de una lágrima que en este momento
cae de mis ojos; una lágrima que pide á Dios por el reposo eterno de mi madre.
Allí, en la Provenza, está tambien el hogar, la
casa, el rescoldo; la cuna y el sepulcro de los que nacen, viven y mueren en un
mismo palmo de tierra. Allí están tambien el padre, la madre y el hijo; allí
está tambien el mundo del hombre; casi todo el mundo; la familia.
Lo que antes he dicho debe entenderse respecto de
Paris, pero seria una calumnia y una ruindad, si se dijera tratándose del
pueblo francés.
VIII.
=Moralidad francesa con relacion á la política=.
Entre los infinitos hechos que nos ofrece esta
incansable sociedad, elegirémos únicamente uno: el pauperismo: esto
es, la pobreza como hecho social, como manifestacion pública.
El actual emperador dijo: el cristianismo
abolió la esclavitud; la democracia francesa abolió el pauperismo.
Esto dijo el Emperador; pero su dicho no pasó á ser
realidad en la práctica. No condeno de ningun modo la buena intencion que puede
abrigarse en aquel deseo; conozco que el deseo es, por sí solo, una gran
virtud, una virtud inmensamente venerable, porque es lo que más nos acerca á
Dios; pero cuando el deseo no se cumple, cuando no halla una fórmula práctica
en su aplicacion, es una verdadera teología. Esto sucedió al actual Emperador
de los franceses, al proclamar tan absoluta y confiadamente la extincion de la
mendicidad. Fué teólogo, no hombre político, porque la política quiere hechos,
realidades, aplicaciones evidentes de los principios que se proclaman, y el
deseo del Emperador no tiene aplicacion alguna, no tiene aquí ninguna realidad
trascendente en la organizacion de los hechos sociales.
Decir: quiero que no haya pobres, sin
establecer el sistema que se necesita para realizar aquel pensamiento, es como
decir: quiero que el aire no se nivele, cuando no se hiciera lo que
debia hacerse, para que fuese imposible el nivel atmosférico. De otra manera,
habrá pobres, como el aire se nivelará, como sucederá todo lo que la necesidad
moral de las cosas haga que suceda, diga lo que guste el Emperador de los
franceses; porque sobre la voluntad del Emperador, están las leyes universales
que todo lo gobiernan, á los emperadores tambien.
Eso de que en Francia no hay mendigos, es gana de
hablar. Los franceses lo pueden decir; los extranjeros no lo deben creer.
En este punto no hay otra realidad, que la
existencia de una ley que prohibe el pauperismo. Existe la ley; nada más que
eso. El cumplimiento de esa ley, es aparente, ficcioso; un golpe de palaustre
francés.
Efectivamente sucede que no se mendiga por las
calles; lo que nosotros llamamos mendigar. Los pobres franceses no dicen: deme
usted una limosna por Dios; pero dicen y hacen cosas que producen idénticos
resultados.
Un ciego, una ciega, un manco, un tullido, va por
la calle en una máquina ó sobre un animal: canta, ó refiere una historia, ó
reza, ó toca un violin, un organillo ó unas chirimías, y el transeunte le
socorre. Claro es que la persona que auxilia á aquel desgraciado, no le da una
moneda en pago de la historia que cuenta, ni del instrumento que toca, ni del
canto con que tal vez desgarra los oídos; sino que lo hace por caridad. Aquella
moneda que le ha dado es una limosna, una verdadera limosna. El pobre francés
no ha dicho: socórrame usted por el amor de Dios; pero lo ha
expresado á su modo, de un modo perfectamente análogo. No pide
pidiendo; pero pide cantando; realmente pide; realmente es mendigo;
realmente pasa su vida implorando la caridad de zoca en molondra.
Aquí hay mendigos como en España, con la diferencia
de que allí el pan es pan, y el vino es vino, y aquí ni el vino es vino, ni el
pan es pan. Hay mendigos; pero de un talante particular, á la moda, con su
intríngulis y su busilis, el busilis que aquí reina en todo con dominio
absoluto: mendigos de buen tono, de relumbron, con su poesía acomodada al
género, con su aparato artístico: es decir, mendigos con la cara lavada por el
palaustre de estas tierras; mendigos franceses.
¡Ay! se dice que el pauperismo se ha extinguido en
Francia; se dice que en Francia no hay pobres. ¡Ojalá! No seré yo el que
deplore que tuviésemos la santa obligacion de admirar á nuestros vecinos tan
cristiana conquista; no seré yo el que me lastime de tener que emular esa gran
fortuna á los franceses, no. Sobre la ojeriza trivial de pueblo y de historia,
venera mi alma todo lo que puede enjugar una gota de llanto. ¡Ojalá que en
Francia no se conociesen las lágrimas de la miseria, y que el mundo entero, toda
la tierra, España tambien, tuviese un libro en donde estudiar ese caritativo
secreto, ese bálsamo milagroso de profundas llagas sociales!
Pero ¡ay! repito. Si fuese posible que de un golpe,
de una sola vez, como circula el fluido eléctrico, como corre la luz,
apareciera á nuestros ojos el interior de las boardillas de este fastuoso
Paris; si de un golpe se presentaran ante nosotros todas las cuitas de esta
sociedad artificial; si cayeran sobre nosotros todas las lágrimas que una
miseria honrada y venerable vierte aquí, ¡cuántas calles se inundarian de
llanto! ¡Cuántas calles irian de acera á acera! ¡Ah! Es bien seguro que el
Emperador nadaria en lágrimas, y que romperia, pálido y tembloroso, la ley
jactanciosa que ordena QUE EN FRANCIA NO HAYA POBRES.
Sí, hay pobres, hay miseria, hay llagas, hay
dolores, hay lamentos; yo he raspado con el dedo la mezcla lisa que pone el
palaustre, para que parezca bonita la parte exterior de las paredes; yo he
quitado esa mezcla postiza, ese falso aliño, esa cara embustera; he penetrado
más allá; me he visto dentro…. Para la ley no hay pobres; para la moral, sí;
para los extraneros que tienen corazon, sí.
Antes habia mendicidad; no habia más que eso; no
habia más que una cosa: ahora hay dos. La mendicidad, y una estéril y vana
prohibicion. Ahora hay una mendicidad prohibida, una mendicidad afrentada; pero
los pueblos, como los individuos, no pueden vivir sin su genio particular, y
aquella ley, de puro ornato, de adobo y no otra cosa, era necesaria para dar á
ese pueblo el relumbron que imperiosamente necesita el genio francés. ¡Pecador
de mí! Ahora me explico yo por qué los franceses son tan aficionados á la luz
eléctrica. Ahora me explico del mismo modo, que Paris sea la ciudad más
alumbrada, más brillante del universo. Todo lo que tire á luces, y reflejos, y
visos, y prismas, entra de lleno en el gusto francés.
La ley aboliendo el pauperismo, no es más que un
reflejo de ese cristal; un golpe mágico de aquel palaustre, un chiste de aquel
cómico. Deberia hablar tambien de la moralidad de Paris con relacion á la
ciencia y al dogma; pero las originalidades que en este punto ha tenido Francia
son tan extravagantes, tan atrevidas, tan francesamente atrevidas y descocadas
(perdóneme Paris este castizo nombre español), que casi sospecho que no cabrian
en la medida de nuestro país. Estoy seguro de que habia de lastimar muchas
orejas, muchos entendimientos, muchas, muchísimas conciencias, y no escribo
este libro para causar lástimas.
Para muestra, y nada más que con el fin de que
sirva de muestra, presentaré un ejemplo de ciencia y otro ejemplo de religion.
El hecho de ciencia es el siguiente, hecho que
acaso ignoran muchos franceses de alto coturno, y que yo sé por una de esas
inesperadas dichas que se ofrecen al extranjero.
Un viejo ilustre, muy ilustre y muy venerable,
tambien hay viejos venerables en Francia, óigalo el Sr. Dumas; un viejo que
habia sido maestro de Luis Napoleon, antes de ser Luis Napoleon III, llevó
cierto libro á Luis Napoleon, cuando ya era Luis Napoleon III, Emperador de los
franceses.
El viejo de que hablamos era el honrado, valeroso,
austero y lealísimo senador Vieillard, maestro y amigo del Emperador. Cuando el
imperio se puso á votacion en el Senado, el Senado en peso, todo el Senado
entusiasta y unánime, le prestó su sufragio. En medio de la general aclamacion,
una voz seca, grave, segura y poderosa, dejó helados á los senadores, al
público y al Emperador mismo: aquella voz inexorable, aquel acento de la
conciencia, de la amistad y del cariño, aquella palabra que parecia ser la palabra
yerta y metálica de un cadáver, dijo clara y resueltamente: ¡NO! Quien
pronunció este no tremendo fué el senador Vieillard. El único senador tal vez
que era amigo de Napoleon, un amigo grande, un amigo digno, uno de esos amigos
que valen la pena de que un hombre nazca para que pueda honrarse con tal
amistad, fué tambien el único que votó en contra del imperio. Napoleon, no
obstante, continuó queriéndole y respetándole hasta el fin de sus dias. El voto
contrario del maestro, y el respeto constante del discípulo, son cosas que
hacen tanto honor al discípulo como al maestro.
Llega su última hora al honrado viejo, hallándose
en San Cloud el Emperador; le participan que el senador Vieillard está
agonizando; corre á Paris, acude á casa del moribundo, penetra en la alcoba,
Vieillard espira, y Napoleon recibe el aliento postrero de aquel grande hombre;
de aquel hombre ignorado hoy, pero que es sin disputa uno de los caractéres más
bellos con que puede honrarse la historia moderna.
La verdad, lector mio, Napoleon no es santo de mi
devocion, como decimos por nuestras tierras. Si te dijera que le queria, te
diria un embuste; no le quiero, la verdad ante todo; tengo muchísimas razones
para no quererle; pero desde que supe que vino de San Cloud para recoger el
último suspiro de un viejo ilustre, de un hombre verdadero y honrado, no le
quiero tampoco, no le puedo querer; pero no le odio. Si tuviera que perdonarle,
en honra de la noble memoria del senador Vieillard, le perdonaria.
Ahora preguntaré: ¿se cumplió el testamento del
senador Vieillard? Creo que no. ¿Por qué? Acaso Luis Napoleon lo sabe, acaso lo
ignora, pero la verdad es que la última voluntad del difunto no se cumplió. Me
parece oir á un lector que dice: pues ¿qué sucedió en esto? Amigo mio, ahora no
podemos entrar en explicaciones. Ignoro si podré tocar este punto en algun
pasaje de este libro; en este momento no puede ser.
Pues volviendo á la historia, decía que el senador
Vieillard llevó un libro á Napoleon. Dicho libro tenia un epígrafe en la
portada, acerca del cual llamó Vieillard toda la atencion de su antiguo
discípulo. Napoleon leyó, volvió á leer, miró á su maestro, leyó otra vez,
pensó luego un rato, hasta que por fin dijo: c'est trop hardi; mais
c'est vrai. Esto es muy atrevido, pero es verdad. ¿Qué calcula el lector
que decia el epígrafe? Decia lo siguiente: le dieu de l'antiquité n'est
plus. Aujourd'hui, l'humanité c'est Dieu. El Dios de los antiguos no
existe; hoy, la humanidad es Dios, ó la humanidad es el Dios moderno.
El Emperador dice que esto es verdad, yo pido
perdon al Emperador, y con su vénia creo que es mentira. Yo creo que antes, lo
mismo que ahora, y ahora lo propio que despues, la humanidad no ha sido, no es,
no será, no puede ser nunca el Dios del mundo, ni de sí misma, ni de nadie, ni
de un triste gusano, porque la humanidad no ha creado á nadie, ni al triste
gusano, ni á sí misma, ni al mundo, ni puede hacer, ni decir una palabra en
punto á marcar el último destino de las cosas, ese dia misterioso y sagrado,
ese enigma supremo, oculto y recogido en el pensamiento del soberano artífice.
Con perdon del Emperador, creo que los modernos no tienen otro Dios que los
antiguos, porque ni los antiguos ni los modernos pueden cambiar de Dioses, como
el año muda de estaciones, ó como nosotros mudamos de camisa, ¡Qué! Cuando no
podemos mudar de arenas, de playas, de mares, de ambiente, de nubes, de
estrellas, de soles, ¿quieren los franceses que mudemos de causa suprema?
Cuando no podemos mudar de ojos, de cejas, ni aún de pestañas, ¿quieren los
franceses que mudemos de Dios?
Pero seamos justos ante todo. ¿Os parece, lectores
mios, que el autor del libro ha querido decir tal dislate, y que el Emperador
ha podido prestarle asenso? No. En esto, como en todo lo que aquí pasa, media
cierta poesía fantasmagórica, cierta fascinacion aérea. Lo que el autor ha
querido decir, lo que el Emperador ha podido creer, es una cosa semejante á la
que sigue: «la revelacion del principio supremo en la antigüedad, era, por
ejemplo, el milagro. La revelacion de aquel principio sumo en los tiempos modernos,
es el análisis, el experimento, el compás, el exámen, el axioma, la
demostracion, más claro, la razon humana. En la antigüedad no existian más que
castas teológicas, la idea de Dios era la que exclusivamente reinaba. En los
tiempos modernos hay castas sociales; al lado de la excelsa idea de un Dios,
reina en el mundo la idea del hombre. En la antigüedad como en nuestra era,
como en todas las eras posibles, Dios representa el génesis de la sustancia;
hoy el hombre representa el génesis de la forma.» Esto, y no otra cosa es lo
que el autor de aquel libro quiso decir, y lo que el Emperador pudo creer; pero
si se hubiera expresado como yo lo he hecho, aquella idea hubiera entrado en la
gerarquía de las cosas oscuras, humildes y plebeyas, no hubiera valido la pena
de que un Vieillard llevase el libro á un emperador, y de que un Emperador
bajara la cabeza y pensase, y de que volviera á estar cabizbajo y pensativo.
El autor sabria que se hallaba en una sociedad
entusiasta por los relumbrones, y diria para sus adentros: ¿sí? pues allá va
ese magnífico y sorprendente relumbron. EL DIOS DE LA ANTIGÜEDAD HA PASADO; LA
HUMANIDAD ES EL DIOS MODERNO. Y las gentes se miran unas á otras, se agrupan,
se hablan al oído, cuchichean, y el libro corre de boca en boca, de pensamiento
en pensamiento, de bolsillo en bolsillo; el autor crece, se hace de moda, se
hace francés, y hé aquí realizado el adagio de que fray Modesto nunca llegó
á guardian. Esto, que es una verdad en todos los pueblos del mundo, es verdad y
media en este país de las ALTAS NOVEDADES. En el Paris curioso verémos
hasta qué punto se abusa aquí de la expresion heráldica: ¡ALTA NOVEDAD! La
primera vez que mi mujer y yo vimos ese pomposo y campanudo rótulo, impreso en
letras elegantísimas sobre los vidrios de un escaparate, nos aproximamos con
cierta avidez…. ¡Ni el diablo inventa lo que los franceses! ¿Qué dirán mis
lectores que era el objeto anunciado al público de una manera tan altisonante y
rabiosa, por decirlo así? Pero estamos fuera de lugar. Estas noticias tocan de
derecho al Paris curioso, y no debemos perjudicar esta segunda
parte de nuestros humildes apuntes.
Vamos al otro ejemplo de que hablé; al ejemplo de
dogma. Bastará decir en este punto que la Francia ha corrido el espacio que
media entre proclamar: NO HAY DIOS, hasta celebrar misa en un altar cristiano,
que está precisamente sobre las cenizas y la estátua de Voltaire. En efecto, el
Panteon, ese suntuoso mausoleo que el pueblo francés ha levantado á sus grandes
hombres, se habilitó hace poco para templo cristiano, y el altar en que un
sacerdote católico dice misa diariamente, viene á caer sobre la tumba del más
furioso de todos los enciclopedistas; es decir, sobre la tumba del más furioso
de los protestantes franceses.
No llevo á mal que la Francia reconocida haya
levantado aquel suntuoso mausoleo á sus grandes hombres; no llevo á mal tampoco
que Voltaire sea un grande hombre que ocupe un lugar en el espléndido mausoleo
de su patria; lo que digo es que me huele á cosa francesa, una cosa
que pica y que escuece, el que un sacerdote católico diga misa sobre los
sepulcros de Voltaire y de Diderot. Digo que es refinadamente francés,
refinadamente chispeante y fosfórico, el que las tumbas de Voltaire y de
Diderot ocupen su puesto en un mausoleo cristiano, y que en ese mausoleo
cristiano no hayan entrado las cenizas de un Bossuet, de un Flechier, de un
Bourdaloue, de un Fenelon. Este es positivamente el fenómeno que menos he
podido explicarme, un fenómeno que me aturde. Sobre una rareza tan
extraordinaria, he pedido noticias á personas muy competentes; pero todas se
encogen de hombros y murmuran algunas palabras á media voz. Ahora ya no
pregunto á nadie. Las singularidades de esta calaña no tienen explicacion
posible en el individuo francés; están explicadas únicamente por el carácter
general del país; por el carácter, por el genio, por la necesidad de todos;
están explicadas … por la Francia.
Otros muchos ejemplos notables se me ocurren, en
historia principalmente; pero si me dejase llevar iria muy léjos; sumamente
léjos, y no puedo dar tanta extension á esta primera parte, cuando me está
esperando la segunda, que debe ser mucho más larga, y bastante más entretenida.
He examinado la moralidad de Paris, en las varias
esferas sociales, y en todas partes he hallado una misma tendencia, un mismo
secreto, una misma cifra: relumbron, efectos cómicos ó trágicos, caras
muy lavadas y bonitas por fuera, palaustre. Mucho bombo y mucho platillo,
para que acuda gente, para que el corro sea muy grande, y pueda hacer negocio
el que maneja los cubiletes.
Pero á esto se dirá: ¿cómo se explica que un arte
postizo, domine de tal modo en el mundo? Es muy sencillo, contesto yo. El que
quiera verse seguido de centenares y centenares de personas, vístase de azul,
de encarnado, de amarillo, de verde, de blanco y de negro; cúbrase la cabeza
con plumas de pavo real, de cuervo, de buitre, aunque sea de gallo ó de
gallina; si no hay plumas, póngase la cola de una zorra, ó cosa semejante;
toque luego un chinesco, un tambor, una gaita; toque unas trévedes ó un almirez,
sino tiene á mano otros instrumentos; toque con fuerza, haga ruido, mueva
estrépito, mucho estrépito, alarme las orejas de todo el mundo…. No tengais
cuidado, no irá solo.
No quiero decir que esta gran ciudad es un payaso,
no. De ser payaso, habría que confesar que era un payaso muy magnífico.
Me he valido del símil anterior, como pude haberme valido de otro cualquiera,
para dar á entender el misterio con que Paris domina al mundo. El misterio
consiste en que da á todos sus guisados una salsa picante, que excita el
paladar, que lo estimula, que lo llama, que lo emboba; que lo mata
luego, pero que lo provoca antes, y esto basta para el consumo de la cocina.
Y ¿qué significa esa salsa picante? Esa salsa
picante es el cáustico que se pone sobre un tumor; es el cauterio que se aplica
á una llaga; es la fuente que se abre á un ético; es la cantárida que se receta
á un pecho podrido. Ya no basta el sér de las cosas, y se busca el sér de los
adobos. No basta la verdad, y hay que acudir á la mentira. No basta la
naturaleza, y tienen que implorar la ayuda de la mágia. No basta el encanto del
arte, y tienen que llamar la fantasmagoría del artificio. No basta el rey, y tienen
que acudir al reyezuelo. La salsa picante de los franceses significa una cosa
algo peor que el soñado puñal de la soñada Manola de Madrid; algo peor que la
soñada mata y el soñado facineroso, de que nos habla el brillante y
reluciente Alejandro Dumas; algo peor que las soñadas jícaras como
dedales, en que toman el chocolate los españoles; peor tambien que la soñada
señorita española, que como dice el mismo novelista, exclamaba cándida y
apasionadamente: ¡mi amado toro! Aún cuando todo eso fuera
verdad, aún cuando existiese en nuestro país una señorita que requebrase á un
toro con el epiteto de amado, y matas que ocultaran facinerosos, y
dedales que sirviesen de jícaras, y puñales que á manera de ligas, decorasen
las medias de la Manola de Madrid; aún cuando realmente existiera ese enjambre
de desatinos, esa porcion de sueños extravagantes y risibles de una imaginacion
que tiene fiebre; pues, sí, señor Dumas, mi muy querido novelista señor Dumas;
aún cuando todo eso existiese en España, creo que seria menos malo que lo otro
que existe en Paris, menos malo tambien que la calentura que usted padece de
decir, de contar poéticas graciosidades, á fin de embaucar á sus
paisanos, para que le escuchen con la boca abierta, y aflojen los
sueldos de la suscricioncilla. Sí, señor novelista; creo que es más
fácil purgar el desierto de beduinos, arrojar los cafres de las costas de oro,
y poblar de hombres la Nueva Zelanda en que viven los antropófagos, que purgar
á Paris de esa civilizacion engañosa, de ésa fascinadora cultura, de esa
idolatría chillona que comprende tan bien el secreto de
hacerse admirar.
=Resúmen de esta série. =
Voy á reasumir en pocas palabras todo lo expuesto
sobre la moralidad, sobre la tan cacareada moralidad del
pueblo parisiense: Tal vez me hago insufrible á mis lectores; pero esto es una
operacion de cirujía, y todos tenemos la obligacion de ser pacientes hasta
donde podamos aguantar. Cuando, él lector no pueda más, tiene el recurso de
quemar mi libro.
Noto aquí, ni puedo ni debo ocultarlo, una grande
armonía entre la ley pública y la conducta privada, entre la sociedad y el
individuo.
No hallo, la he buscado inútilmente por todas
partes; no veo la moralidad de la intencion, esa moralidad interior, absoluta,
que existe por sí, que tiene bastante con ella misma; esa moralidad que nace de
nuestro albedrío, de nuestra voluntad, de nuestra deliberacion, de nuestro
deseo, este deseo que es la virtud más alta y más grande con que Dios enaltece
al hombre; no veo, no hallo, no vislumbro la moralidad del sentimiento que ama
lo justo y lo virtuoso, por el placer magnánimo de amar la justicia y la virtud.
No veo, no hallo la verdadera y única moralidad.
Hallo y veo una virtud que es virtud mientras que
ve un castigo; que puede ser vicio, que lo es frecuentemente, cuando se ve
sola, léjos de la ley y de su pena, léjos de la opinion y de su fama; una
virtud que obra bien, siempre que no puede obrar mal impunemente.
Hallo y veo una hábil hipocresía.
Hallo y veo un egoismo sábio.
En fin, hallo y veo un palaustre que
lava esta cara como las lava todas.
Creo, pues, que Paris es un pueblo inmoral; inmoral
de un modo picante, novelesco, fantasmagórico; inmoral de una manera delicada,
graciosa, aún artística: sobre todo, de una manera relumbrona, dramática,
teatral. Brillante, muy brillante, muy reluciente, muy bonito, muy fascinador,
todo lo que se quiera; pero inmoral; tan inmoral, que ha logrado el prodigio
de civilizar la inmoralidad; el prodigio asombroso
de hacer de la inmoralidad una cultura célebre.
Esto dice á Paris y al señor novelista Dumas, un
infeliz cafre de allende el Pirineo.
Si eso es civilizacion, quiero que mi país sea
salvaje.
Si eso es ser culto, quiero que mi país sea
bárbaro.
Si por eso el Africa ha de principiar en los
Pirineos, que principie en buen hora, y Dios la dé mucha fortuna,
mucha salud, y que á mi no me olvide, como decia el autor del
Quijote.
=SERIE SEGUNDA=
PARIS CURIOSO.
=Dia primero=.
Advertencia del autor.—Llegada á Paris.—Omnibus.—Travesía.—-Hotel
Español.—Luisa Noel.—Hotel de los Extranjeros.—Restaurant.—Garçones.
—Mi barbarie.—Fin del dia.
Mi querido lector; despues de meditar despacio
sobre el asunto, he resuelto modificar el plan que me habia propuesto seguir.
Antes de presentarte, monda y lironda la historia de esta prodigiosa ciudad,
creo conveniente que nos acompañes por estas calles, por estas plazas, por
estos paseos, por estos cafés, por estos hoteles, por estos teatros, por estas
tertulias: es decir, por este bullicioso y deslumbrador laberinto. Creo
necesario que experimentes nuestra hambre, nuestra sed, nuestro frio; que
presencies los sendos codazos y empujones que nos dan, y el suave y
risueño perdon con que los almibaran. En fin, creo necesario
que imagines con nuestra fantasía, que pienses con nuestra inteligencia, que
sientas con nuestro corazon, que esperes con nuestra esperanza; si es posible,
que vivas con nuestra propia vida, uniéndote á todas nuestras impresiones,
haciéndote parte en nuestra causa, á fin de que te familiarices con esta
sociedad, de que cobres cariño á este personaje. Si esto no sucediera, su
historia te importaria muy poco, y yo me veria privado de la ayuda de tu buen deseo.
En este mundo no queremos sino lo que nos cuesta algun trabajo, algun
sacrificio, algun dolor, y por eso te ruego que nos acompañes por todas partes,
que todo lo veas, que todo lo oigas, que todo lo toques, que de todo te
enteres, que participes por completo de nuestros trabajos, de nuestros
sacrificios y de nuestros dolores. Despues de esto, es bien seguro que tendrás
interés en saber la historia de esta ciudad que tanto has paseado, y que tanto
te ha llevado y traido como palillo de barquillero.
Dividiré nuestras excursiones en dias,
y cada dia llevará á la cabeza un resúmen de todos los asuntos en él
contenidos, para que, de un solo golpe de vista, puedas vislumbrar el espacio
que has de correr. Entremos en asunto.
Despues de ochenta y cinco horas de encajonamiento
en la diligencia, desde Madrid hasta Bayona, y en los trenes, desde Bayona
hasta Paris, molidos, muy molidos, más que molidos, casi magullados, llegamos á
la estacion del Mediodía á las seis y media de la tarde. Nuestras miradas se
dirigian codiciosamente hácia adelante, buscando á Paris, como el peregrino que
llega á Sion al declinar la tarde, busca con los ojos desencajados los
torreones de Jerusalen. ¡Cómo nos latia el corazon! ¡Paris! ¡Ya vamos á llegar
á Paris! En efecto, la cúpula del Panteon y la veleta de la iglesia de los
Inválidos (segun nos dijeron) se destacaban arrogantes á través de la
atmósfera. Esta parte poética de los viajeros, es sin disputa una de las
emociones más bellas de la vida.
Un ómnibus inmenso nos lleva desde la estacion del
ferro-carril á no sé qué calle. En este momento atravesamos uno de los más
dilatados y concurridos bulevares que surcan esta gran capital. Por la
izquierda se descubre un magnífico paseo; por la derecha se descubren
instantáneamente varias arcadas de los puentes que decoran el rio. El primer
coche de alquiler que hallamos, tiene escrito el número 8.976; el primer
ómnibus, de los destinados al tránsito de la ciudad, lleva el número 2.637. Un
rumor contínuo de carruajes y de personas nos va circuyendo por todas partes,
como si en todas partes existiese el mismo Paris. Si al despertar hubiera
percibido aquel estrépito incesante, habria dicho seguramente que me encontraba
en una fábrica, entre el movimiento de muchas máquinas de vapor. Mis ideas se
alargan con mi vista á través de ese laberinto de chimeneas y de torres, y se
pierden con ellas sobre esa techumbre sin fin. Mi mujer y yo nos mirábamos sin
cesar como dos bobos.
¡Grandiosa creacion, en verdad, si sobre ella no
tendiese sus alas negras un ángel terrible; el egoismo!
Pero sin duda la Providencia quiere valerse de ese
egoismo como de una palanca que remueve á la humanidad, para empujarla luego
hácia sus fines predestinados.
Un sacerdote protestante nos acompañaba. El ómnibus
paró, y el sacerdote desapareció con su equipaje. Nuestro locomotor prosiguió
su marcha, y al cabo de un cuarto de hora de camino á través de las calles de
esta Babilonia europea, el guia nos anunció que allí estaba el hotel indicado
por el caballero español que nos habia recibido en el ferro-carril. Dejamos el
ómnibus, y un mozo comenzó á subir el equipaje. Pasamos el piso entresuelo y
llegamos al principal; un principal bastante alto por señas: el mozo proseguia
subiendo.
—¿Dónde va usted? le grité desde el primer tramo
del piso tercero, porque el entresuelo era todo un piso.
—Montez, monsieur, s'il vous plaît; c'est ici,
c'est ici. (Tened á bien subir, señor; es aquí, es aquí.)
Llegamos al piso cuarto: el mozo proseguia
subiendo. Yo dije á mi mujer que venia á mi brazo sin comprender lo que pasaba:
ese hombre nos quiere arrebatar sin duda al Paris que está en la tierra, para
llevarnos á otro Paris que estará en el cielo …_aunque ignoro si podrá subir
tan arriba.
En el primer tramo del piso cuarto me detuve.
—Mozo, no subo más.
—Montez, monsieur, montez; nous y sommes. (Subid,
señor, subid; ya estamos.)
—Mozo, no subo aun cuando estemos, le respondí en
francés.
En esto apareció un caballero … digo mal, no
apareció; nosotros llegamos á divisarlo por entre las barandas doradas del otro
piso, es decir, del piso quinto. Aquel caballero, amo del hotel Español, tuvo
la bondad de bajar adonde nosotros estábamos.
—Pido á usted auxilio, le dije sonriendo, contra
las intenciones de su criado, que sin duda pretende conducirnos á las
estrellas.
—Es que no hay habitacion desocupada en los otros
pisos.
—Entonces, contesté, no podemos tener el gusto de
permanecer en su casa. Una afeccion nerviosa que padezco, me impide habitar un
piso quinto.
—Perdone usted, es piso cuarto.
—Pues bien, me impide habitar un piso cuarto.
—Un piso cuarto con entresuelo, añadió mi mujer, y
nos dimos á bajar la escalera diciéndole: sírvase usted prevenir al criado que
traiga el equipaje, nosotros le gratificarémos, y rogamos á usted nos disimule
esta molestia.
El amo del hotel bajó al otro rellano.
—Ya que ustedes no pueden quedarse aquí, les
recomendaré á una casa española.
—¿Qué piso? pregunté.
—Principal; calle Vivienne, casa de Luisa Noel.
—Enhorabuena; si es piso principal, estamos
conformes y le damos á usted las gracias.
Dos criados de la fonda condujeron el equipaje
desde la calle de
Richelieu á la de Vivienne, que están contiguas, núm. 45.
Llegamos á la primera puerta y yo hice alto,
mientras que los mozos continuaban subiendo la escalera.
—¿Dónde va usted? volví á preguntar.
Los criados me respondieron que aquel piso era el
entresuelo, y que
Luisa Noel habitaba en el principal.
Subimos al piso principal.
Luisa Noel no estaba en casa; los criados de la
fonda dejaron allí el equipaje, y mi mujer y yo tomamos posesion de dos sillas
en actitud de esperar á la señora. No habian trascurrido dos minutos, cuando se
dejó ver una criada que nos dijo en buen español:
—Si ustedes quieren ver la habitacion que está
vacante, pueden hacerlo; y en el caso de acomodarles, dispongan de ella, sin
perjuicio de que luego se concierten con el ama.
Esta proposicion nos agradó en extremo, ansiosos
como estábamos de descansar, y la criada nos pareció una mujer de mucho
talento.
Dos criados de Luisa Noel se apoderaron del
equipaje y empezaron á subir escaleras.
La criada seguia á los criados. Mi mujer seguia á
la criada. Yo seguia á mi mujer. Subí el primer tramo maquinalmente; pero al
llegar allí me acordé de mis nervios, no podia suponer que en Francia hubiese
dos pisos principales, uno abajo y otro arriba, y creí llegada la ocasion de
preguntar de nuevo:
—¿Dónde va usted, señora?
—Es aquí, es aquí.
—Perdone usted; el caballero que nos recomienda nos
dijo que su ama de usted vivia en un piso principal.
—Sí, señor; pero en el piso principal no hay
habitacion desocupada.
Suban ustedes, vean ustedes el cuarto, y luego podrán resolver.
Antes subia maquinalmente; ahora subia por
amabilidad; pero un hombre no debe ser amable: el hombre no debe robar ese
secreto á la mujer.
Subimos dos tramos, y hénos aquí en pleno piso
segundo con entresuelo; pero los criados y la criada continuaban subiendo
escaleras.
—¿Dónde va usted, mujer de mis pecados?
—Es que en el piso segundo no hay habitacion
vacante. Suban ustedes; esto no es alto para Paris.
—Para Paris no será alto, señora, pero mis nervios
no tienen el gusto de Paris; Paris no me ha dado otros nervios, y con permiso
de Paris, he resuelto volverme al piso principal.
—Suban ustedes otro poco, es aquí; verán ustedes
qué vista tiene. Si no les acomoda, bajarán; pero examinen siquiera la
habitacion.
Esto lo decia en alta voz desde el piso tercero con
entresuelo, es decir, desde el piso cuarto. Mi mujer me miraba como consultando
mi resolucion, hasta que la hice seña de que subiese. El diablo me tentó aquel
dia por ser amable, ó tal vez la amabilidad parisiense se me
habia entrado de súbito por los poros del alma.
Subimos tres tramos; tres tramos muy lustrosos, muy
limpios, muy decentes; pero muy largos. En fin, eran tres tramos para un hombre
á quien los tramos matan, que habia subido en menos de una hora veinte y cuatro
tramos, sin contar noventa y tres horas de encajonamiento en la diligencia y en
el tren.
Puedo asegurar que no sé cómo era la habitacion. La
cabeza se me caia, y todo rodaba en torno mio, como si me hallase en alta mar.
Pocas veces me he visto asaltado de un malestar que más me afligiese. Mi mujer
lo conoció inmediatamente, y cogidos del brazo, empezamos á bajar la escalera,
detrás de la criada. Aquello era el descenso de la cruz, pero siquiera era el
descenso.
El equipaje quedó en las alturas.
No habiamos esperado media hora en el piso
principal, cuando llegó Luisa
Noel.
Esta señora nos recibió con muy buenas maneras en
una magnífica sala; la conversacion comenzó á preludiarse; pero yo puse fin á
los preludios diciendo:
—Señora, ¿usted no tiene habitacion en el
entresuelo ó en el principal?
—No, señor, no la tengo.
—Entonces no podemos estar en su casa, por más que
lo sintamos.
—En Paris no es alto un piso tercero.
—Señora, no es cuestion de Paris; es cuestion de
una enfermedad de que adolezco con gran pena mía … y en resumidas cuentas,
tenga usted la bondad de prevenir á sus criados que me traigan el equipaje á
donde encuentre un piso principal, entresuelo, bajo, aunque sea un sótano ó una
cueva.
Luisa Noel llamó sonriendo á dos criados, y nos
envió al hotel del
Tirol, calle de Montmartre, á cincuenta pasos de la calle
Vivienne.—Eran las siete y media de la tarde.
Llegamos al hotel del Tirol; pero este hotel, en
medio de las cosas buenas que pueda tener, y que no le quiero disputar, tiene
una escalera tan estrecha, tan nimiamente estrecha, que me
resolví á no subirla. Las aventuras anteriores me habian hecho cobrar horror á
las escaleras, aún siendo espaciosas y excelentes.
Hénos otra vez á cielo raso sobre las losas del
imperial Paris.
Al salir del portal del hotel en cuestion, alcancé
á divisar un reverbero, en cuyo cristal ví este rótulo: hôtel des
étrangers, rue Teydeau, 3. (Hotel de los Extranjeros, calle de Teydeau,
número 3.)
Hice seña á los mozos del equipaje de que me
siguieran, y antes de un minuto estaba hablando con los garçones del
hotel.
—¿Combien voulez-vous payer? (¿Cuánto
quiere usted pagar?)
—Quiero pagar lo que sea necesario para que me
abran ustedes las puertas de ese entresuelo (habia un entresuelo desocupado), y
háganme ustedes el favor de darse prisa.
La señora del hotel salió du bureau (de
la oficina: aquí todo establecimiento público tiene su oficina) y dispuso que
se nos franqueara la habitacion. La señora del hotel es gruesa, de alguna edad,
y fea. Á mí me pareció un ángel, ó como dijera un novelista moderno, una vírgen
aérea de Rafael ó de Murillo. Mi buena y sufrida mujer y yo subimos dos tramos,
compuestos de 23 escalas, y nos encontramos en un entresuelo lindísimo, con dos
balcones á la calle y perfectamente arreglado, como todas las habitaciones
francesas.
Los criados de Luisa Noel hicieron entrega del
equipaje, recibieron su tanto, y se marcharon con los mozos de nuestro hotel;
cerré la puerta, me eché sobre el sofá, me quité el sombrero y arrojé un
suspiro. Me parecia mentira que Paris me diera un entresuelo. ¡Bienaventurado
Paris! ¡Bienaventuradas escaleras!
Despues que hubimos descansado un instante, nos
lavamos, y aún con el polvo del camino encima, salimos á dar una vuelta, como
suele decirse.
Bajamos por la calle Feydeau, torcimos á la
derecha, y á pocos pasos nos hallamos en la plaza de la Bolsa, cuyo suntuoso
palacio descubrimos confusamente entre dos luces.
Ibamos por el ángulo del Norte, y al fulgor de las
luces de un café, denominado de las Arcadas, vi escrito en una esquina restaurant
Champeaux. Anduvimos más, y al principio de la fachada de otro edificio,
ayudado por cuatro tubos de gas que la decoraban, volví á leer Champeaux,
y más adelante, en letras mayores, restaurant Champeaux, y en el
otro extremo, Champeaux, y muy abajo, casi rayando con la
acera, restaurant Champeaux.
No pude menos de decir á mi mujer:
—Cosa notable debe ser ese buen restaurant
Champeaux, cuando tan de manifiesto se pone, sin temor de que se le
descubran las faltas. Vamos á comer, y empujamos la puerta del dicho Champeaux.
Véanos el lector en un salon pequeño, pero adornado
de espejos magníficos, de magníficos tubos de gas, y de mesas muy blancas, con
un servicio esmerado y gracioso. Segun la expresion general, parecia una taza
de plata.
No bien nos habiamos sentado en el ángulo de la
izquierda, cerca de un espejo donde nos reflejábamos con platos, cubiertos y
mesa, cuando nos vimos rodeados de tres mozos. Todos tres iban vestidos de
negro, frac, corbata blanca, cabeza perfumada, y una servilleta en la mano. Yo
quise hacer señas á mi mujer de que se levantara, á fin de abandonar el restaurant
Champeaux; pero no era tiempo. Los caballeros garçones nos
habian sitiado, y no habia más remedio que sostener el sitio.
Pero ¿por qué queria yo abandonar el brillante
salon, aquella brillante coquetería del civilizado Paris? Lo queria abandonar
por dos razones. Primera: porque hay cosas que son como la carne que está
podrida; tienen un olor que las denuncia. Yo veia lo que me iba á suceder en el
gracioso restaurant Champeaux. Segunda: porque no queria ser
servido por caballeros de frac negro, corbata blanca y cabellos de dama
galante. Y cuidado, que no soy yo el que niega á un criado, ni á nadie, el
derecho que tiene de emplear su dinero como mejor lo entienda, comprándose frac
verde ó azul, y una corbata negra ó amarilla. Cuando un criado, lo mismo que un
magnate, se empeña en ser ridículo, sobre su opinion pesa su ridiculez, así
como sobre la opinion del payaso cae la confusion burlesca de los colores que
entran en su vestido. Suyo es su dinero, suya su opinion, suya su
responsabilidad; á quien toca la empresa, toca el peligro, y hasta aquí nada
tengo que reparar ni que oponer. Pero el que se quiera hacer de un criado un
estado ceremonial; que se quiera hacer de la servidumbre una carta
aristocrática; que de un restaurant se pretenda hacer un
centro de etiqueta, etiqueta que por respetos tradicionales se sufre hoy
difícilmente en una recepcion de embajadores: en menos palabras, que del acto
simple y neto de comer en una casa pública, se pretenda hacer una especie de
besamanos palaciego, es una cosa que me repugna y me entristece. ¿No tenemos
bastante todavía? ¿Queremos añadir el privilegio del frac y la corbata en el
servicio de una fonda?
Yo conozco que la mesa es una hora de recreo para
muchas personas: conozco que quien va á comer pagando su dinero, no debe ver
nada que le repugne; esto es muy justo; pero del aseo á una etiqueta impropia;
de la decencia al coquetismo; de un servicio decoroso á un servicio refinado
y tonto; tonto, si no fuera otra cosa peor, hay una distancia que
ninguna razon puede llenar. Yo estaria conforme con estas prácticas, cuando una
conquista civilizadora hubiera rescatado al mozo del
cautiverio en que lo tiene la conciencia de este mismo pueblo; cuando de la
matrícula social se hubiera borrado la palabra degradante garçon;
pero la palabra garçon está escrita aquí, tiene aquí su esfera
propia, constante, determinada: la palabra garçon lleva en sí
el pensamiento de una raza ilota, menos ilota que la de Esparta; ilota, hasta
donde puede consentirlo la civilizacion de nuestros dias; pero ilota, sierva.
La opinion de Paris me da el derecho de golpear
sobre esta mesa, gritando: ¡mozo! é impone al mozo el
imprescindible deber de acudir, diciendo: ¡señor! El frac
negro, la corbata blanca y la cabeza perfumada en el mozo, no son
el signo de una conquista reparadora en la vía del derecho, no suponen una
humanidad que se enaltece enalteciendo al hombre; que glorifica al hombre,
glorificando el pensamiento de un principio hacedor y universal; no es la
historia, redimida á precio de sangre y de virtud en el Evangelio; redimida en
la cruz á precio de una verdad sublime, de un dolor sublime tambien, de una
paciencia más sublime todavía; no es la historia cristiana que entrega al mundo
el dia magnífico de la moral, no: no es el santo eso que veis ahí; es un trozo
de mala madera que se viste de santo, para que sobre el ribete de su peana
caiga la ofrenda del necio creyente.
Una ventaja tiene esta hipocresía maliciosa de
Paris: el rico deja en todas partes una porcion de lo que le sobra.
Ya sabe el lector las dos razones que tenia para
querer salirme del restaurant Champeaux. Una razon era de hacienda,
porque sabia que aquello era un juego de cubiletes, que se trataba de
escamotear, y que mi humildísimo y trabajadísimo bolsillo iba á ser el
escamoteado. Otra razon más poderosa indudablemente, era de sentimiento. Me
repugna, me repugna, quiera Dios que me repugne siempre, verme servido por
caballeros, á quienes me es lícito injuriar con el apóstrofe de garçones.
La presencia de dos personas que traen aún encima
el polvo del camino, en un gabinete de elegancia y buen tono, no pudo menos de
producir en los asistentes cierta sensacion impregnada á la vez de lástima y de
burla. Afortunadamente mi mujer y yo conocemos bastante bien lo que valen dos
francos: con dos francos se compran unos guantes color de caña.
Nos avinimos, pues, á purgar el delito de
ser inconvenientes, y perdonamos sin pesadumbre aquel inocente conato de la
cultura parisiense.
Sobre esto dijimos algunas palabras mi mujer y yo,
y los caballeros garçones que nos circuian estrechamente,
formando en el espejo un grupo de cinco personas, una mesa y varios cubiertos,
fallaron de propia autoridad que debiamos ser italianos. En este idioma nos
preguntaron qué queriamos comer.
—Perdonen ustedes señores, no me atreví á llamarlos
garçones; no somos italianos: somos gentes que querémos comer, y que
agradecerémos á ustedes infinito que nos traigan pronto la lista de la fonda.
—Usted perdone, respondió uno de ellos; (pardon,
monsieur) y trajo la lista.
Pedimos poco…. ¿Cómo pedir mucho, quien pide con
miedo? ¿Cómo no tener miedo, quien se ve bloqueado de luces, fraques, corbatas
blancas, y untos aromáticos, mientras que su bolsillo baja la cabeza, y oye
estremeciéndose como el reo á quien se va á leer la sentencia? Pedimos poco,
pero al fin pedimos….
Vino la cuenta, y ¡eso si! en una cuartilla de
papel azul, formando aguas, sin contar el borde dorado, leí 27 francos.
Eché mano al bolsillo para pagar, y entre tanto decia para mis adentros: si yo
he venido aquí con el fin de comer, no más que de comer; ¿qué necesidad tengo
de pagar un papel azul, con canto dorado y aguas inglesas? ¿Qué necesidad tengo
de pagar una lista encuadernada en forma de libro, con una cubierta magnífica?
¿Por qué he de pagar un frac que no me pongo, y una corbata que no he tocado, y
una pomada que no he olido? Pero el cubilete estaba delante, el prestidigitador
detrás, yo en medio, y mis 27 francos debian ser escamoteados sin recurso.
Despues de pagar, saqué un cigarro como para
reponerme del ataque sufrido; pero uno de los caballeros garçones acudió
presuroso diciendo: il n'est pas permis de fumer ici. (No se
permite fumar aquí.)
Salimos del restaurant Champeaux á
las nueve y media.
Mi mujer me dijo: lo que nos han puesto no vale
diez francos. Hazme el favor de no volver á entrar en ninguna fonda, ni
restaurant, ni almacen, ni aún taberna que huela á cosa de Champeaux.
Yo medité un momento camino de casa, y dije á mi
mujer:
—No es Paris el bárbaro: los bárbaros somos
nosotros. Los bárbaros son los extranjeros que no conocen á Paris, y que siendo
pobres se van á la mesa de los ricos: que despreciando la vanidad, van á ocupar
la silla de los vanidosos: que teniendo su espíritu más alto que esa
civilizacion enfermiza y servil, llaman á la puerta de los civilizados.
Los bárbaros, somos nosotros, que en vez de buscar hombres que nos den de
comer, pagamos tributo á los caballeros garçones y á los
cubiletes de buen tono. Pero no, no eres bárbara tú que me sigues, como la
sombra al cuerpo: el bárbaro soy yo. Toda barbarie se ha de pagar en este
mundo, porque la ley moral es la más infalible y providente de todas las leyes:
no me digas nada; ya pagué. ¡Dichosa barbarie la que no cuesta más que 27
francos!
Llegamos á casa, mi mujer se acostó, yo escribí las
aventuras anteriores, despues me fuí á la cama, y así terminó el dia primero.
=Dia segundo=.
Mi amargor de boca.—Jeannin, sucesor de
Sellier.—Recado de la señora del hotel.—Paseo á pié.—Extravagancias de una cosa
que en Paris se llama gusto civilizado.—Sueldo
francés.—Calcetines.—Sortija.—Chaleco. —Pipa.—Sombrero de
paja.—Programa.—Rótulos.—Cocina francesa. —Fin del dia.
Me desperté á las siete de la mañana, sentí un
grande amargor de boca, y no pude menos de atribuirlo al restaurant
Champeaux. En cambio el buen Champeaux se saborearia
regaladamente con la memoria de mis pobres francos.
Tengo la costumbre de levantarme muy temprano,
siguiendo el prudente consejo de Franklin. Hoy es dia excepcional; me levanto á
las ocho dadas. Despues de lavarme y ponerme á cubierto del frio, porque hace
frio, abro la ventana de mi gabinete y me fijo en un rótulo que distingo en la
esquina de enfrente: Jeannin, sucesor de Sellier. Yo creí
naturalmente, á mi me pareció que era naturalmente; creí, repito, que se
trataba de algun personaje famoso en materia de ciencias ó artes, y tenia
cierta curiosidad por adquirir noticias acerca del personaje que yo me
fraguaba. Jeannin es lo que nosotros llamamos un tabernero.
Esta especie no dejó de causarme ciertamente extrañeza, y volví á conocer que
tambien en esta ocasion no era bárbaro Paris, sino el extranjero que condena
rutinariamente lo que no es conforme á su educacion y á sus hábitos.
En realidad ¿por qué una taberna no ha de ser capaz
de crédito, crédito en que está cifrada la fortuna de una ó más familias? ¿Por
qué un tabernero no ha de llamarse sucesor de otro que alcanzó fama, fama
justificada por su diligencia y probidad? Luego que las cosas pasan á ser
industria pública; luego que de la oficina en que se crean pasan á la oficina
que se venden, ¿qué excelencia puede alegar el que vende instrumentos de
matemáticas sobre el que vende azumbres de vino?
Nosotros llevariamos á bien que se escribiese en
una enseña: Jeannin, óptico ó químico, sucesor de Sellier, y
mirariamos con cierta intencion satírica el que se dijese: Jeannin,
tabernero, sucesor de Sellier. Creo que el vicio no está en los franceses,
sino en nosotros que confundimos el vender con el crear, la operacion del
cambio con la operacion del talento. Los franceses creen, y creen muy bien, que
la venta es igual á la venta, y que tan vender es vender un Cristo de plata
como un jarron de china.
Siga el buen Jeannin siendo
sucesor de Sellier, el cielo le dé muchos sucesores afortunados, y ojalá que
los taberneros de mi país hicieran consistir su orgullo en ser depositarios de
una herencia de probidad y de decoro.
El lector no llevará á mal que yo me pare en estas
menudencias, ya porque estas menudencias, son faces características en donde se
refleja la vida de un pueblo, ya tambien porque tengo necesidad de apreciar
estas cosas, con el fin de educar mis sentimientos propios. No lo hago por
enseñar á quienes saben más que yo; sino por enseñarme y corregirme á mí mismo.
La señora del hotel me envia á un criado con el
objeto de decirme que el gabinete me cuesta siete francos todos los dias. Esto
me hace ver que hay muchos Champeaux en Paris. Es una cosa que
raya en prodigio el talento con que está dispuesta esta sociedad, para que el
extranjero se vuelva á su casa sin un cuarto.
A pesar de la prevencion con que vivo, estoy seguro
de que el famoso restaurant Champeaux no es otra cosa que el
primer hilo de toda una red.
Teniendo en cuenta lo que he de gastar en carruaje,
gratificacion en la visita de sitios públicos y reservados, casa, comida,
teatros, cafés cantantes, amen de las frecuentes eventualidades
y galanterías de Paris, comienzo á sospechar que durante los tres
primeros meses, me bastarán apenas ocho napoleones diarios. ¡Ay de mí!
Mi mujer y yo nos vestimos, y por la vez primera
nos vemos en las calles de Paris en medio del dia, en plein jour,
como aquí se dice.
No es posible atravesar algunos de los puntos
céntricos, sin encontrarse con muchos repartidores de papeles.
El uno anuncia una liquidacion definitiva, por
valor de 300 ó 400 ú 800 mil francos; otro participa una rebaja de un 40 por
100, á consecuencia de disolucion de sociedad, de retiracion del comercio ó de
muerte: otro va á cerrar sus salones de Invierno: otro va á franquear sus
salones de Estío. Aquí hay un gabinete perfectamente confortable,
donde se ponen dientes; allí se restauran las encías; allá nos ofrecen
quijadas, ó narices, ó piernas, ú ojos artificiales, todo con una baratura, una
comodidad y un buen gusto que encanta. No he visto aún ningun papel donde se
prometa estañar la vejiga, como si fuera un pedazo de hoja de lata; pero no
desespero de saber dónde se ponen trozos de pulmon. Aquí se pone todo, todo
absolutamente, menos corazon y cabeza.
Un tabernero se revela al público de este
modo: me apresuro á participaros que he tenido la feliz idea
(l'heureuse pensée) de formar un establecimiento vinícola (vinicole), único en
Francia, donde sereis servidos como en ninguna parte, no sólo por la
circunstancia de ser el empresario cosechero en grande (en gros), sino tambien
por reunir treinta ó cuarenta años de experiencia y estudio. Escribid por el
correo. El amo de un restaurant asegura que por 70 céntimos (22
cuartos), da un almuerzo de los más convenientes, y que el servicio
se hace en vajilla de plata. Que el servicio sea en vajilla de plata, ó en
vajilla de zinc, poco importa: él estaba en el caso de anunciarse pomposamente,
y dice que es de plata.
En el boulevard Montmartre hay un letrero enorme;
en que se brindan dientes por 5 francos cada uno, prévia una garantía
de diez años.
¡Dónde estará el diente al cabo de diez años, y
aquel á quién se puso, y el mismo que lo puso!
La antigua casa de Michaud (aquí todo el mundo se denomina casa,
antigua casa, casa única), se presenta como la sola casa de Paris, que pone
á nuestro arbitrio y disposicion una dentadura completa (un dentier
complet) por la suma de 150 francos, reuniendo las mejores condiciones
de actividad y duracion (de travail et de durée).
En una de las travesías del boulevard de
Beaumarchais, se ve un gran rótulo, donde se promete un menjuge para
hacer salir el pelo á todo el mundo, con el bien entendido de que
no se recibe paga alguna, hasta despues de haber obtenido el resultado. El
objeto es que acuda gente; lo demás queda reservado á otro menjuge que sólo
ellos conocen. La charla en los mercaderes es aquí un
verdadero y misterioso menjuge, una operacion química, velada por el arte de un
hechicero. Orfila era un niño de teta, como suele decirse.
En Paris no se escapa ningun bicho viviente; ni el
oidium, ni las pulgas, ni las liendres, ni las chinches. Levante los ojos el
que pasea por estas espaciosas y magníficas calles, lea ciertos cuadros que
están expuestos en los almacenes y tiendas de comestibles, y se convencerá de
que sólo la negligencia en soltar unos cuantos sueldos, puede tolerar el
desacato de que haya pulgas en el mundo. ¡Cuántos millones necesitaria un solo
individuo, si la esaltase la humorada de creer en lo que le dice este pueblo volátil,
adornado no obstante de tan grandes dotes, abismado no obstante bajo el peso de
tantas flaquezas!
Visitemos las tiendas de pieles, y encontrarémos,
perfectamente disecados, leones, panteras, tigres, leopardos, hienas, lobos,
zorras, castores; en fin, un gabinete de zoología. No he visto ratas; pero no
extrañaria alzar la cabeza y darme de hocicos con una enorme culebra boa,
puesta en una urna de cristal, á lo largo de un escaparate.
¡Tal es el deseo que aquí hay de llamar la atencion
y causar impresiones teatrales! Seguramente no se contentan con la simple
impresion artística: claro es que el sueldo es la suprema
aparicion que se vislumbra en el fondo de estas admirables sombras chinescas;
pero es un sueldo particular, un sueldo francés, que necesita estudiarse mucho
para comprenderlo; que no podrá nunca comprenderse, si se estudia de un modo aislado.
Es necesario poner la observacion en todas las partes de este gran todo, para
que lleguemos á divisar qué clase de sueldo es el que está
depositado en el fondo de esta inmensa urna. Aquí entra en todo, como uno de
los elementos más poderosos, como la primera vitalidad del país, como carácter
de raza, la fantasía. Aquí tiene todo un algo fantástico, el sueldo tambien. Aquí
todas las cosas se cobijan bajo un manto de coquetismo, tambien el sueldo.
Paris no querria, le concedo esta idealidad noble y generosa, un sueldo
grosero, ignorante, idiota, no; no quiere el oro que se da por ir al teatro,
con el fin de ver las maniobras de un hechicero, de una bruja, si las hubiera:
busca siempre y en todas partes la satisfaccion de su genio artístico; su
sombra chinesca. Fenómeno admirable en verdad. Los pueblos menos artistas
por naturaleza, son los que más se dan al arte por instinto y por educacion.
Por esto mismo los oradores suelen tener la pasion funesta de querer ver
escrito lo que hablan. Su palabra es su única belleza, y no se contentan con
ser bellos. La escritura es un postizo que los afea, que los ridiculiza más de
una vez, y están contentos con su fealdad y su ridiculez. El genio tiene sus
arcanos, como tiene el abismo cavidades ocultas, y aquí encuentro yo uno de sus
arcanos más curiosos.
Todo respira aquí contra el arte, contra el arte
único que conoce la humanidad, contra esa poesía santa y sublime que nos hace
sentir el bien, la verdad y el amor, bajo la relacion de la belleza; pero de
una belleza espontánea, impregnada en todo, en el ademan, en la mirada, en el
movimiento, en la voz, en el cielo, en el aire, en la luz, hasta en el susurro
de los árboles mecidos por la brisa. Yo no encuentro esa poesía fácil, ese arte
infuso, por decirlo así, en ninguna parte de esta magnífica ciudad. Llevemos
una estátua de las Tullerías ó del Luxemburgo á un paseo de Roma, y seguramente
parecerá más bella, más estátua, más arte; es decir, más sentimiento, porque
sentimiento es el arte, así como verdad es la ciencia, utilidad la industria, ó
justicia el derecho humano.
¡Qué espectáculo tan interesante nos ofrece un
centro tal de creaciones! Aquí unos calcetines por ocho cuartos; allí una
sortija de dos ó tres mil duros; ahora un chaleco hecho que se da por una
peseta; despues una pipa de ocho mil reales, como la que hay en la plaza de la
Bolsa, número 3. Al fin de la calle de Montmartre, cerca de San Eustaquio,
corbatas de seda por poco más de dos reales; en la calle de Richelieu, un
sombrero por doscientos duros.
Seguramente habrá mil contrastes más raros; pero no
puedo hablar sino de lo que he visto en veinte y cuatro horas que vivo en
Paris, y me parece que una regular indulgencia no podria exigirme más.
He ajustado la cuenta del importe á que suben los
sombreros de paja que hemos visto, segun el número anunciado en los depósitos y
su precio corriente, y resulta que no bajará de doce a catorce millones de
reales. Es verdad que no creo completamente en el anuncio de los almacenistas,
porque aquí nada es lo que parece, ni se fia tanto en la bondad intrínseca de
la cosa, como en su brillante manifestacion. Como ya dije, aquí todo tiende á
poetizarse, aunque nada tenga una verdadera poesía. Es menester contar, para no
engañarse, con la realidad del objeto y sus aspiraciones poéticas. El cubilete
es verdad; el prestidigitador es mentira, ó si queremos llamarle verdad,
habremos de llamarle verdad fantástica, verdad mentirosa, verdad en que la
verdad sufre un escamoteo.
Una de las cosas más dignas de observarse en este
gran horno de fundicion social, es hasta qué punto agita los entendimientos:
quiero decir, las imaginaciones, porque la imaginacion es el gran entendimiento
de los franceses, la competencia industrial y mercantil.
El mercader de ropas hechas pone á los
sastres como hoja de peregil: el sastre viste al mercader de ropa
de pascua; y no sabemos qué admirar más, si la ironía del mercader ó la del
sastre. En punto á comprar y vender, todo el mundo es poeta á su modo,
literato, erudito. En el bulevar de la Poisonnière ó de San Dionisio, he visto
hoy una especie de programa en que uno se presenta como candidato á la
diputacion, alegando por título que vestirá á las mujeres mejor y más barato
que ninguna casa de Paris. ¿Qué mayores ventajas podeis hallar en un
diputado, dice á los electores, que la de contentar á vuestras
mujeres? Esto no pasa de ser una broma, pero es una broma de un gusto
enteramente parisiense.
Pasan de quince ó veinte lienzos de pared en que
hemos divisado, á una altura de quinto ó sexto piso, el anuncio de la Ville
de Paris, calle de Montmartre, núm. 74. Es seguro que en tales avisos ha
empleado un capital considerable. Calcule el lector que para anunciarse en
algunos lienzos de pared, ha necesitado poner andamios ó empalizadas.
No puede darse el caso de caminar por algun punto
sin darse de cara con un letrero, con una enseña, con un aviso; como si el
aviso fuese el aire que aquí se respira, el espíritu que todo lo mueve, el
hornillo que todo lo calienta. Nos metemos en un carruaje; allí está el rótulo
del diente, del pelo, de las píldoras, del agua prodigiosa: nos introducimos en
los lugares más escusados, toda vez que sean del dominio público; allí están
las píldoras ó el unto tambien. El aviso, el decir aquí hay esto ó lo
otro, es el arca predestinada donde se ha refugiado este Noé con toda su
familia.
Esto parece exagerado al que no lo presencia; pero
sepa el que dude, que una de las tareas que más dan que hacer á la policía de
Paris, consiste en especificar los sitios en donde no se pueden fijar anuncios,
citando el artículo del reglamento que lo prohibe. Así sucede, que lo más común
es encontrarse con letreros que dicen: défense d'afficher, prohibicion
de fijar avisos. De modo, que hasta la policía, queriendo evitar los
rótulos, rotulea tambien.
Y por rotulear de todos modos, hay quien se
anuncia gratis, (gracia estraña en Paris en donde el céntimo está
pegado á toda cosa, así como el agua del bautismo corre sobre la frente del
bautizado).
A orillas del Mercado Nuevo hemos visto un anuncio
en que se dice con letra bastardilla: «curso gratuito de piano, calle de Argel,
núm. 3, enfrente del jardin de las Tullerías.»
A la pensée. (Al pensamiento.) Esto vi en un almacen del
bulevar Montmartre (ó en sus inmediaciones), y tiré del brazo á mi mujer como
tocado de una curiosidad poderosa. ¿Qué pensamiento será este? decía para mí.
Llegamos: era una zapatería.
Al bello pensamiento. (A la belle pensée.) Esto ví escrito en una de las cajas que están
expuestas en la esquina de la calle Les filles Saint Thomas, y me
ví asaltado del mismo conato curioso. Me aproximé, ví: era una caja de
confites.
Hautes nouveautés! (Altas novedades.) Esto leí en los cristales de
un almacen de la calle de Vivienne, y tales títulos no pueden menos de
sorprender. Fuimos allá, lo que nos habia cautivado el ánimo era una coleccion
de manguitos, camisolines, chambras y cofias.
Pero uno de los anuncios en que más me he fijado,
acaso por su exterioridad relumbrona, por su oratoria esencialmente
francesa, es uno que hemos visto en la encrucijada que forman la calle
Vivienne y las Hijas de Santo Tomás, en uno de los ángulos de la plaza de la
Bolsa. Tengo el anuncio copiado en mi cartera, y casi presumo que al lector no
le desagradará verlo, aunque no respondo de su completa fidelidad. Acaso hay
algun letrero en chimenea, rendija ó resquicio que nosotros no hemos podido
divisar. Lo que desde la calle se ve, es lo siguiente:
Arriba, muy arriba:
Al palacio de cristal.—Vestidos para hombres.
Más abajo:
Palacio de cristal.
Más abajo:
Vestidos para hombres.
Más abajo:
Precio fijo.
Más abajo:
Al palacio de cristal.
Más abajo, sobre cristales:
Precio fijo.
Más abajo:
Vestidos para hombres.
Esto se ve estando situado el espectador en lo
interior de la Plaza de la Bolsa.
Ahora situémonos en la calle Vivienne, y
descubrirémos; arriba:
Precio fijo.
Más abajo:
Al palacio de cristal.
Más abajo:
Vestidos para hombres.
Más abajo:
Especialidad en trajes de niños_.
Sobre la puerta:
Al palacio de cristal.
Más abajo:
Precio fijo.
Más hácia la derecha:
Trajes hechos y á la medida.
En otra puerta:
Al palacio de cristal.
En los cristales:
Precio fijo.
Más hacia la derecha:
Trajes hechos y á la medida.
Por otra calle:
Precio fijo.
Más abajo:
Al palacio de cristal.
Más abajo:
Vestidos para hombres, niños y libreas.
En los cristales:
Trajes de casa y de librea.
En un recodo que hace la calle:
Al palacio de cristal.
Más arriba:
Al palacio de cristal.—Vestidos para hombres y
niños.
Más abajo, en un cuadro de hoja de lata ó de metal
dorado:
Vestidos para hombres y trajes para niños. Este aviso está en francés, inglés y aleman.
Sobre otra puerta:
Al palacio de cristal.—Ropas de casa.
A la izquierda de la misma puerta:
Precio corriente de las libreas; y mencionan diez y ocho objetos de traje, por
valor de 739 francos.
A la derecha, sobre cristales:
Entrada de los obreros.
Más á la derecha, sobre una muestra:
Entrada de los obreros.
Despues de tomada esta nota, veo una enseña en el
extremo del primer balcon que da á la calle de las Hijas de Santo Tomás, la
cual decía:
Vestidos para mujeres y niños.
A su lado, casi en medio de dicho balcon, se ve
tambien una gran placa dorada alrededor y bronceada en el fondo, donde tiene
las armas francesas, ó un trofeo semejante. En la placa se divisa este rótulo
en elegantes letras cinceladas: Comision imperial. 1855.
Si tanto palacio, y tanto cristal, y tanto hombre,
y tanto niño, y tanto traje pudiera tener realidad animada, discurra el lector
si podria formarse todo un pueblo de trajes, de niños, de hombres, de cristales
y de palacios.
¿Cuánto habrá gastado esa casa en los anuncios?
Digo lo que antes dije de la Ville de Paris: es seguro que ha
consumido un capital de alguna cuantía.
Hemos comido en un famoso restaurant de
la calle de Richelieu, porque es necesario ver estas celebridades (ver
significa pagar), y nos volvimos á nuestro hotel á las once dadas de la noche.
Mañana correrémos los bulevares de Montmartre, de
los italianos, de las Capuchinas, de la Magdalena; bajarémos por la calle Real,
siguiendo despues la calle de Rívoli, hasta el Hotel de Ville, y
dando un vistazo á las Tullerías, Plaza de la Concordia, campos Elíseos, y arco
de la Estrella, monumento suntuoso, que no cuesta á Paris menos de 39 ó 40
millones de reales.
Termino este día manifestando un incidente que
tiene angustiada á mi mujer, y que, en verdad sea dicho, á mí no me tiene de
buen humor. Desde que he llegado á Paris, no como; no porque no tenga ganas de
comer, sino porque estas salsas me repugnan.
La cocina francesa tiene gran fama, no se la quito,
no soy perito en la materia; pero lo soy en punto á conocer mi paladar y mi
estómago, y digo en pleno Paris, que echo muy de menos mis pichones
de la plaza de Herradores, el guisado que me aliñaba mi mujer, y mi clásico
vino de Valdepeñas.
O los manjares no se conocen, á fuerza de
aderezarlos y embellecerlos, porque hasta en los potes de la cocina
quiere establecer su reinado la poesía francesa, el impertinente é
inexorable palaustre, ó el diablo no puede con ellos á fuerza de estar
duros, permítame Paris esta ruda expresion española.
El vino extranjero es carísimo, el vino común del
país es malísimo para mi gusto, y vuelvo á decir que doy razón, mucha razon á
las perdices, á los pucheros y al vino de mi tierra.
En materia de comer y de beber, sépalo el magnífico
Paris, soy castizo español. Le felicito por sus glorias; pero soy español, bien
que en otras muchas cosas …no soy francés. Y mi mujer dice: ni yo francesa.
¡Dios me libre!
Así finalizó el día segundo.
=Dia tercero=.
Progresos de mi mujer.—Melancolía.—Nuevos
rótulos.—Anuncio de la Union agrícola.—Costumbre de las señoras de
Paris.—Sangre fria de los hombres.—Achaques de raza.—La soga.—Una mujer en la
calle de Richelieu.—La mujer francesa.—Medallas.—Prodigio del genio
francés.—Más rótulos.—Baston de Richelieu.—Plaza de la Concordia.—Arco de la
Estrella.—Campos Elíseos.—Vuelta al Hotel.
Mi mujer va haciendo admirables progresos en el
idioma francés. Á las mujeres las dice monsieur y á los
hombres madame: al quilógramo, medida de áridos, lo
llama litro, medida de líquidos: el bulevar, es el restaurant y
el restaurant es el bulevar, y así en otras cosas. Está muy afligida, porque
dice que le sucederá lo que al otro: olvidó el español y no aprendió el
francés.
Salimos á las nueve de la mañana. Mi mujer y yo nos
vemos asaltados por esa melancolía indefinible, que no puede menos de
experimentarse cuando se llega á una ciudad tan populosa. El individuo parece
absorberse en el grupo que le circuye por todas partes, y se halla como privado
de la conciencia de su dignidad y de su poder. No quiero decir que pierda
realmente su personalidad en la familia, en la ciencia, en el arte, en la
industria, en la religion, en el derecho, no: una entidad absoluta no se pierde
por combinaciones accidentales. Lo que digo es que el individuo se siente
pequeño ante lo mismo que él ha creado: el artífice se anonada ante su propia
obra. En este caso sucede al hombre lo que al grano de arena en medio de un
desierto muy dilatado. Un grano de arena y otro grano de arena forman el
desierto; pero el grano se ve perdido entre los horizontes de aquella inmensa
soledad.
El individuo experimenta que otra fuerza mayor le
reasume, una fuerza extraña, indiferente, que no le hace amar, que no le educa
el corazon, que no lo civiliza para la gran moral de este mundo: no lo absorbe
el cariño, sino el número, este número no es la vida; porque el individuo se
siente con vida tambien, y esta emocion confusa le comunica una tristeza que no
se puede definir. No basta el bullicio, ni la agena alegría, ni los
espectáculos más pomposos, para que deje de estar triste. Nunca debe ser más
terrible el morir que cuando se oye cantar, y por una razon idéntica, sucede
que la música no distrae, sino que daña, á las personas que padecen aflicciones
profundas.
El extranjero está pesaroso, este pesar es una
arruga de su alma, por decirlo así, que apenas se divisa en su semblante; pero
el pesar existe, tiene su significacion muy trascendental, y para apreciarla
debidamente, es indispensable poner el pié en tierra extranjera. No, no vale el
genio sin el sentimiento experimental que nos descubre ciertas distancias en la
insondable matemática de la vida. El talento sin la experiencia, sin
sentimiento práctico, sin la estética particular de los lugares y de los hombres,
es lo que la trasparencia del cristal sin los rayos del foco: es lo que nuestra
vista sin la chispa eléctrica de la luz. Para evaporarse, no basta que un licor
sea espirituoso: es indispensable que salga de la cavidad de su redoma es
indispensable que la atmósfera inflame sus poros bajo el contacto de la luz del
cielo.
¡Cuánto quiere decir este dolor confuso que
experimentamos en medio de este enorme bullicio! ¡Cuánto deberia hacernos
meditar y sentir! El hombre da unos cuantos pasos, atraviesa una linde que es
tierra tambien, y se halla desterrado y proscripto en la humanidad. ¡Ay!
¡cuántas lágrimas amarguísimas serian necesarias para purgar este inmenso
pecado! Pero para algo muy grande, muy solemne, muy humano, muy caritativo,
debe reservar estas cosas la justicia de Dios.
Esto es una urna velada por el impalpable crespon
de todos los siglos.
¿Quién sabe el voto que en esa urna misteriosa depositará un dia la
Providencia!
—No lo verás tú, se me dice.
—Sí lo veré; lo veré en ese sentimiento que me hace
infinito, profesando amor á los hombres; en ese sentimiento que me hace
inmortal esperando en la ley de Dios. Lo veré, sí, lo veré, lo veo hoy, lo ve
mi esperanza.
Hemos visitado la calle y bulevar de Montmartre, el
de Beaumarchais, San
Martin, Temple, Poisonnière, Italianos, Capuchinas y Magdalena.
Es sorprendente el estruendo que se percibe por
donde quiera que se va, trabajo prodigioso que en todas partes se revuelve y se
agita, creacion incesante que se desarrolla en tantas esferas, para dejarse
luego ver bajo formas tan gigantescas y variadas. ¿Cómo no? Es un coloso el que
se mueve: cada movimiento no puede menos de presentar una faz del coloso.
Uno es sastre del rey de Holanda, otro del de
Cerdeña; otro manifiesta una medalla del emperador de Prusia ó de Austria; tal
almacen se titula proveedor de María Cristina, como he visto en la
calle arrabal de San Honorato. Aquí una tienda de gusto
chinesco; allí otra de gusto árabe, persa, griego ó ruso. Hotel de Francia, de
Inglaterra, de Holanda, de Rusia, de Prusia, de Austria, de Turquía, de Italia,
de América, de Europa, café ó estaminet del Universo; todo hierve y refluye
aquí, como toda la sangre se mueve y se trabaja en el corazon. No he visto
ningun hotel de Africa ó de la Oceanía; pero esto no es decir que no lo haya.
Parece imposible que no exista en Paris una fonda, café ó cosa equivalente, que
lleve por título: café, fonda, pastelería ó taberna de las
costas de Oro. No seria esto más raro que un anuncio de la Union Agrícola,
puesto en verso rimado de once sílabas, tan contadas como los dedos de la mano.
Y no se crea que esto es pulla. He visto aquel anuncio singular en una
empalizada, cerca del lujoso edificio que se está levantando en la misma calle
donde finalizan las Tullerías y el Louvre, y que es la décimo-tercera alcaldía
de Paris. ¿Llegará dia en que los poemas épicos se escriban en prosa
tabernaria?
Una particularidad hemos notado mi mujer y yo. La
pasion dominante en las parisienses de mediano y alto coturno, consiste … ¿en
qué dirá el lector? Consiste en alzarse muellemente el traje aunque no haya
lodo. Sin duda es un golpe de estado, aplicado á grandes razones de etiquetas.
Otra particularidad más curiosa hemos descubierto
tambien. Apenas habrá pueblo en el mundo en que los hombres vuelvan la cara con
más sangre fria, y se queden mirando con más formalidad los piés y las piernas
de las transeuntes. Esto viene de una raíz muy honda: viene de cierto
temperamento que es el carácter más distintivo del pueblo francés. No hay casta
social donde con tanta gravedad y tanto aplomo se hagan cosas ridículas. No es
decir que en los demás países no se caiga en ridículo; más para este ridículo
hay una risa: aquí no se rien. Y cuidado que no se dejan de reir por hipocresía
ó por estudio, sino porque creen de buena fe que el asunto no merece reirse;
porque están patrióticamente convencidos de que no puede haber
cosa ridícula, siendo cosa francesa.
Pero tal vez no tengo razon en decir que este
hábito es lo que más caracteriza al pueblo francés. Acaso esto viene de más
adentro: acaso la formalidad cómica de los franceses para el ridículo, es una
simple derivacion de otro carácter más universal, porque está más en el
interior de su genio: su genio, que todo lo devora; que todo lo devora,
conservándose intacto: que todo lo devora, sin devorarse jamás á sí mismo: su
genio, decia, le lleva hoy á consumar un hecho cualquiera; pero á las
veinticuatro horas este hecho está devorado y corre tras otro. ¿Cuál es este
otro? Un hecho nuevo, una nueva emocion, un nuevo trabajo, el jornal de otro
dia; el plato de hoy; quizás una emocion contraria, acaso el plato que le
envenena; pero la ley es devorar, la necesidad es sentir lo que no se ha
sentido; la pasion es no envejecer en una idea, en un sentimiento, en una
institucion: hoy una institucion, otro dia la contraria. Hé aquí el ridículo;
práctica este ridículo, no sólo con formalidad, sino con ahínco, con efusion, con
la efusion ardiente y generosa del que trabaja, para satisfacer las
inspiraciones de su genio.
Antes que ridículo, el pueblo francés es voluble.
Aquí encuentro yo el carácter radical; todo lo demás es derivacion, corrientes
de este manantial oculto, gestos de este rostro escondido.
Creen, y creen bien, que una brisa estancada no
seria buena para mecerse sobre las florestas de un paraíso; creen, y creen mal,
que lo primero es renovar el aire, sin consultar si el aire nuevo está más
dañado. Francia es un águila, que para recibir ambiente nuevo, abre y golpea
las alas sin cesar; aquí se concentra la suma mayor de su vida: que un milano
venga y se oculte bajo aquellas alas impacientes, no importa: que el águila se
torne en cuervo ó buho, toda vez que el buho sacuda las plumas para que las
penetren los nuevos gérmenes de la atmósfera, no importa tampoco.
Pero estoy fuera de lugar: estas apreciaciones
pertenecen á otra parte de estos apuntes.
No hallamos pobres que pidan, ni niños jugando por
las calles. Las clases que se manifiestan al público respiran bienestar y
decencia. ¿Pero es todo esto verdad? ¡Ay!
En la plaza de la Bolsa hemos hallado dos jóvenes
de veinte ó veinticinco años, que saltaban en una cuerda, juego que en
Andalucía se llama de la soga. Lo mismo hacia en la calle Feydeau
una mujer que tenia varios hijos.
En la calle de Richelieu, una mujer se ataba las
enaguas blancas, adoptando apenas reserva alguna, sin que esto causara
maravilla á los transeuntes.
Aquí las mujeres, aún siendo jóvenes, entran y
salen, van y vienen, en la seguridad de que nadie las molesta ni las restringe.
Se ve á la mujer en el campo, dirigiendo hábilmente un carruaje, con su blanca
y aseada papalina, llevando las riendas de un elegante cabriolé en el paseo
público, detrás del mostrador en el café, en la tienda, en el escritorio, en
todas partes, posesionada siempre de la porcion de humanidad que la ha dado una
conciencia que yo respeto, por más que se torne contra la poesía oriental de la
mujer: una conciencia que no la usurpa lo que la ha dado la verdad adorable de
la creacion.
Estudiado Paris en esta tendencia, no parece un
pueblo oriundo de los latinos, herederos, como Atenas, de la esclavitud de la
mujer asiática. Así sucede que la mujer francesa, desarrollada en todas las
faces de la vida social, tiene un aire de dignidad, de fuerza, de albedrío, y
un grado de despejo y de inteligencia que nos maravilla.
El amo de una rotiserie, de una
taberna, de una lechería, de un pequeño almacen, podrá no ser acaso un monsieur:
el ama es todo una madame ó señora. La mujer de Paris trabaja
tanto como el hombre, tiene mejor sentido que él, vive más honrada que él, no
por la galantería jactanciosa de los tiempos hidalgos, sino por los oficios que
presta, y esto explica en gran modo las creaciones casi fabulosas de esta rica
ciudad.
La poblacion inútil que en otros países consume lo
que la poblacion útil trabaja y crea, es sumamente reducida en el Norte de
Francia, dejando aparte la organizacion del órden oficial.
Creo que la parte mas sana de la civilizacion
francesa, el progreso más notable que aquí encuentro, consiste en el
personalismo que se ha otorgado á la mujer, aunque esto suceda á costa de la
mujer misma, la cual gana en representacion lo que pierde en belleza, porque
perder belleza es perder idealidad. La mujer oculta en el fondo de su casa,
como el arcano de la familia, es mucho más bella que la expuesta al público
detrás de un mostrador de mercader, mezclada y confundida con el precio de lo
que compra y vende. La mujer árabe no es tan hermosa por su hermosura como por
su misterio. Propiamente hablando, no es mujer; es una fantasía, una especie de
agüero ó hechizo que no seria nada, si no despertase en nuestra alma el
sentimiento de lo maravilloso, como nada seria el encantamiento sin el encanto.
La mujer se convierte en una maravilla, en un monumento; parece rodearse de ese
prestigio inexplicable que circuye á una estátua; nos llama á sí con la
atraccion eléctrica que en nosotros produce el arco Iris; no es mujer, repito:
es una melancolía delicada, un arte sublime, un gran poder, porque el elemento
maravilloso, ese algo fantástico á que suele darse tan poco sentido, es un
poema armonioso é infinito que la naturaleza ha grabado en nuestro corazon.
La fantasía es el complemento del hombre, como el
éter es el complemento del espacio. La fantasía llena al hombre, como el éter
llena la creacion entera. No os riais, vosotros que no creeis en la
imaginacion, para tributarla homenaje á cada momento, cuando menos os lo
parece, como aspirais la atmósfera cuando menos os apercibís. ¡No os riais de
ese éter divino, destinado á no dejar vacío ningun hueco en el ánfora de la
vida; no os riais!
Sin embargo de esto, que es verdad, que yo creo
verdad, verdad confirmada por la experiencia de siempre, juzgo que la mujer ha
venido al mundo para realizar fines sociales, en armonía con la moral y con el
derecho: juzgo que ahí está la expresion más profunda de su existencia; no
quiero que al arcano de la casa la comunique esa belleza que la da en Oriente
una tradicion que la hace bella para hacerla esclava; una idealidad que la hace
misteriosa para hacerla gemir; un Corán que la torna en perfume para que ese
perfume dé incienso á un ídolo; no, no quiero esa poesía que es poesía, como es
artístico el sarcasmo que se logra ejecutar con arte. Quiero que la mujer salga
á luz, porque la luz fué tambien creada para ella. Quiero que el misterio la
niegue la hermosura asiática, para que reciba la hermosura humana de manos de
su propio destino, de manos de la razon universal; de manos de la Providencia.
Quiero que la mujer sea el guardian doméstico, pero
sin dejar de ser entidad religiosa, moral, política, industrial, si conviene,
porque la casa está dentro de la sociedad, y quiero que la mujer no se tenga en
menos que la casa. Quiero que sea madre; venero este carácter santo, este santo
sacrificio de amor; pero quiero que no deje de ser mujer. Quiero que sea mujer;
pero que no deje de ser sujeto humano. Todo reina en la verdad de
la naturaleza; quiero el reinado de la mujer.
Aquí se está en camino de lograrlo, y esta
civilizacion que por ella aboga, es sin disputa lo que más me reconcilia con un
pueblo que tiene otros usos, otro lenguaje, otra manera de sentir, y cuya
sociedad no puede sernos completamente grata. No sé si es historia; pero entre
un español y un francés, hay algo que riñe.
Almorzamos en la calle Vivienne á las doce dadas, y
dirigimos nuestras visitas á diferentes travesías de los bulevares.
Apenas se encuentra establecimiento comercial de
alguna importancia, en donde no aparezca, en puerta ó balcon, algun privilegio
manifestado en pequeña ó grande medalla imperial. Hay carros que van empavesados
de emperadores en bronce. Si á todos los metales donde está el busto de
Napoleon III se les pudiera dar vida, seguramente habria bastante para formar
todo un vasto imperio compuesto solamente de emperadores.
Aparte del gusto que esto revela; aparte del sabor
que esto deja en la conciencia del que va examinando el mecanismo oculto de
esta poblacion colosal; aparte la contradiccion que se echa de ver
inevitablemente entre la Francia histórica y la Francia presente, entre la
memoria y el hecho; este tumulto de medallas y privilegios no me parece
extraño, sentada la competencia que es natural en un gran centro comercial y
fabril. Pero como este centro comercial y fabril tiene muchos libros escritos,
muchas y memorables jornadas políticas, muchas y gigantescas revelaciones
sociales: como la existencia de todos los pueblos se reasume en dos grandes
soluciones: lo que se escribe y lo que se obra, lo que se recuerda y lo que se
siente; encuentro desnivel entre el Paris de tanta medalla y el Paris de tanto
recuerdo; entre la solucion de la historia y la solucion de la presente
sociedad. La memoria y el sentimiento pugnan y se repelen, á lo menos en mi
juicio y en mi conciencia.
En Lóndres veré más medallas, muchas más medallas,
y no lo extrañaré ciertamente. Pero estoy seguro de no hallar muchos breves de
indulgencias papales, y hé aquí la superioridad de la Inglaterra sobre la
Francia: la superioridad lógica, consecuente, de buen sentido: la historia y la
máquina que se mueven al par; todo el pueblo inglés dirigido á un fin, más ó
menos plausible, pero que no sale jamás de las condiciones que se ha impuesto:
cruel quizá, inmoral acaso; pero lógico.
La indulgencia pontificia en Lóndres es la
indulgencia imperial en
Paris. Aquí hay indulgencias; es bien seguro que en la otra parte del
Estrecho no las habrá.
Los franceses tienen grandes títulos ante la
opinion del mundo entero; podrán tenerlos todos, menos el de la lógica; esa
suprema geometría del albedrío que va midiendo y nivelando progresivamente el
ayer y el hoy, la historia y la emocion, la emocion y el hecho.
La Francia, empero, no debe quejarse: alguna parte
flaca habia de tener, cuando tiene otras sobre las cuales se levanta tan
grande, tan rica y tan fuerte.
Sólo en una cosa me parece lógico el pueblo
francés: no voy á decir que sólo es lógico en ser voluble, porque esto ya se
sabe. Una nacion, como un individuo, es siempre lógica; providencial y
santamente lógica, en materia de no ahogar su genio; en tender dia y noche á
que su genio triunfe. ¿Cómo el hombre dado al retiro no ha de buscar la
soledad? ¿Cómo el goloso no ha de buscar el plato en que sueña? ¿Cómo un
enamorado no ha de pensar en la mujer que ama?
La Francia es voluble, lo ha sido hasta hoy, porque
la volubilidad es su talento; la cifra que Dios escribe al pié de cada cuna.
Tal vez la educacion de la experiencia, un prodigio del estudio y del arte,
modifique mañana ese talento y le abra otro camino; pero esto será la empresa
de mañana, y yo no hago aquí la biografía de la Francia futura.
El pueblo francés es solamente lógico en aparentar
que tiene olvidada á la Inglaterra. Ya he dicho que Paris es un cartel inmenso.
Si al arbitrio particular quedara, el mercader parisien pondria anuncios de sus
géneros hasta en la cabeza de un calvo. ¿Cuántas vidas serian
necesarias para leer todos los rótulos y papeles impresos que bullen sin cesar
por esta Babel? Sin embargo, (¡Providencia del patriotismo!) no he hallado un
solo letrero en que se recomienden los artículos de la industria inglesa, de la
primera industria del mundo conocido.
Esta sensatez en materia de consecuencia me
maravilla, y me da motivo para decir que el pueblo francés es voluble, hasta el
punto de contradecir su propio carácter.
Las enseñas mercantiles é industriales son para mí
un objeto de gran distraccion.
Al zapato galante. (Au soulier galant):
A la Sílfide. ¿Quién no habia de creer que se trataba de algun
baile? Pues no, la Sílfide es un restaurant, una Sílfide gastronómica, una
Sílfide que se engulle cinco ó seis platos por cinco ó seis pesetas.
Al buen pastor. ¿Quién no habia de creer que se trataba de alguna
hermandad ó cofradía? Pues tampoco: el buen pastor es un rico almacen de
géneros, sito en la calle de San Sulpicio, núm. 21, si no yerra un anuncio que
he visto cerca del Panteon.
Entre los objetos curiosos que hemos notado, no
puedo menes de hacer mérito de un baston de Richelieu, expuesto al
público en el pasaje de los Panoramas, en una galería que debe ser la de
Feydeau, tienda núm. 6.
Quise conocer su valor en venta, y la señora del
establecimiento me dijo que el precio último era mil francos. Si aquel baston
es en efecto del memorable cardenal, alma de Luis XIV y de su siglo, del Luis
XIV de la política francesa, como varias personas me lo han asegurado, me creo
con derecho para decir que la Francia es poco arqueóloga y hasta poco
francesa, si se quiere; cosa extrañísima. ¿Cómo aquel baston, reliquia
anticuaria y social, no pasa á uno de los ricos y preciosos Museos de Paris? No
por mil francos, no por un millon de francos, consentirian los ingleses que
pasara á manos de extranjeros un baston de cualquiera de sus personajes
históricos. Si yo no codiciara en este mundo otra cosa que un talego de oro, me
consideraria feliz poseyendo un baston de Cromwel, de Milton, Shakspeare, de
cualquier Richelieu inglés, ora político ó literario.
A pesar de la reiterada afirmacion de aquella
señora, y de las formales aseveraciones de dos franceses, no me atrevo á creer
que aquel baston fuera efectivamente de Richelieu. ¿Cómo no habia de recelar la
Francia que se lo llevaran los ingleses, que es como si dijéramos
los moros? ¿Cómo los moros (para Francia) no se lo hubieran llevado ya?
Perdóneme la señora del almacen, perdónenme los dos
caballeros parisienses; yo no lo creo; en honra de Francia, no lo debo creer.
A las seis comimos en el hotel de Madrid (comer
para mí es sentarme á la mesa) y nos dirigimos inmediatamente hácia la
Magdalena, palacio griego convertido en templo cristiano.
Desde los altos y espaciosos pórticos de aquel
templo, veiamos á un mismo tiempo la calle Real, la hermosa plaza de la
Concordia, las entenas y cables de un bergantin surto en el Sena, y uno de los
palacios que adornan la otra orilla del rio.
No es una vista pintoresca y expresiva, como las de
Génova, como las de Nápoles, como las de Roma, como las de Granada, Córdoba ó
Sevilla: no es una belleza italiana, griega, española; no es una naturaleza
artística, por decirlo así; un arte naturalmente monumental, pero es una
belleza grandiosa.
Avanzamos hasta el principio de la plaza y el
espectáculo cobró mayores dimensiones. Hé aquí el boceto.
Dos fuentes riquísimas en escultura y agua,
circuidas por una especie de celaje de polvo, porque tal es la impetuosidad con
que el agua brota: en medio de las fuentes, un obelisco egipcio colosal: en
torno á la plaza, grandes pedestales con las estátuas de las principales
ciudades del reino, sembradas todas las distancias por gruesas farolas de
bronce: hácia adelante, el Paris de la otra orilla del Sena, con su aspecto
feudal, sus palacios que parecen castillos, sus casas y sus árboles corpulentos
y verdes: hácia atrás, los dos palacios que limitan lateralmente la calle Real,
y en su fondo el gran templo de la Magdalena, circuido de suntuosas columnas
estriadas: á la izquierda, el jardin de las Tullerías, dividido por una verja,
coronada á intérvalos de águilas doradas, entre dos pedestales que sostienen
caballos de mármol; luego un surtidor del jardin que arroja el agua á la altura
de un cuarto ó quinto piso, formando mil ondulaciones caprichosas á impulsos
del viento; despues varias calles de árboles simétricos, á través de otras
fuentes, hasta cerrarse el horizonte con la fachada del palacio imperial,
corriendo una extension de novecientos á mil pasos: á la derecha, los campos
Elíseos, por entre cuya hilera de árboles se dilata la vista, hasta detenerse en
el arco triunfal de Napoleon, creacion enorme de la riqueza y del entusiasmo.
Luego que hubimos satisfecho los primeros conatos
de admiradora curiosidad, paseando los ojos tardíamente sobre aquel grandioso
panorama del arte humano, no del arte francés, digimos á nuestro necesario
fiacre que nos llevara al arco de la Estrella.
Un coche es aquí un personaje de primera categoría,
la gran carta de recomendación y el gran amigo del extranjero.
El buen fiacre cogió el trote camino del arco, á
través del aristocrático palacio de la Industria, del aristocrático palacio de
la democracia (la democracia tiene un palacio casi enfrente del palacio del
Emperador); á través tambien de los cafés cantantes de estío, del
gracioso castillo de las flores, del jardin Maville, del jardin de
invierno, del circo de la Emperatriz, y de casas modernas que son las más
bellas que he visto.
Despues de correr un espacio de cuatrocientas ó
quinientas varas, extension aproximativa de los campos Elíseos, nos encontramos
bajo la bóveda central de aquella apoteosis espléndida de Napoleon, el arco del
Triunfo. Desde aquel arco descubriamos, á una distancia de un cuarto de legua,
el bosque de Bolonia, cuyo camino aparece sembrado de árboles y elegantes
quintas, que le comunican un aspecto muy grato, aunque no bastante pintoresco;
porque yo entiendo por pintoresco lo que es variado, caprichoso, y sobre todo
caprichoso de un modo agreste.
Vemos á la vez el arco del Triunfo, el dilatado
bosque de Bolonia, el Obelisco de la Plaza, mientras que nadando sobre la copa
de los árboles que pueblan el jardin de las Tullerías, allá, como una nube
medio perdida en el horizonte, como el amago de una borrasca, como la aparicion
indecisa de una sombra, se levanta trémulamente, segun la ilusion óptica, la
torre negra del Palacio Imperial. De manera que mirábamos, casi
simultáneamente, el monumento triunfal levantado á la Francia revolucionaria y
conquistadora, el monumento del Egipto usurpado, y el monumento de la segunda
Francia imperial: un triunfo, una usurpacion y un misterio: el arco, el
obelisco y las Tullerías.
Eran casi las ocho; y apenas podia distinguir el
nombre de los generales y batallas del imperio, batallas y nombres escritos en
las altas paredes de aquella pirámide.
No soy tan entusiasta de Napoleon como otros
muchos. Le admiro más por sus desafueros y sus vicios que por sus virtudes y
sus glorias: si viviera le apostrofaria vigorosamente en estas páginas. Estando
muerto, siendo historia, le acato. Bajo estas bovédas colosales, bajo esta
colosal inspiracion de un pueblo entusiasta, le venero. Su evocacion es aquí
una sombra que me conmueve, que me ilustra, que me moraliza, que hace hervir mi
alma bajo la inmensa idea del hombre. Sí, venero á Napoleon bajo este arco, bajo
este mausoleo de su ceniza histórica, como no puede menos de venerarse la
memoria de los Faraones tiranos en presencia de las pirámides egipcias. Sí, le
venero; y el que quiera saber cuán poderoso es el genio artístico embelleciendo
la historia social, un genio embelleciendo á otro genio, un siglo embelleciendo
á otro siglo, la humanidad embelleciendo al hombre: el que quiera saber de qué
modo una piedra halla el camino de nuestro corazon, que venga y contemple este
arco.
Eran ya las nueve cuando nos dirigiamos hácia la
plaza de la Concordia, con el objeto de seguir la calle de Rívoli hasta la casa
de la Ciudad ú hotel de Ville.
Antes de penetrar en la calle, quisimos ver la
perspectiva que presentaban los campos Elíseos iluminados, así como la plaza de
la Concordia.
¡Espectáculo magnífico por cierto! Desde dentro del
jardin de las Tullerías, alcanzábamos á ver en dos filas simétricas los muchos
faroles de gas que alumbraban los campos Elíseos, hasta el mismo arco de la
Estrella, presentándose á nuestros ojos aquellas dos filas como dos columnas
flotantes de fuego. A la izquierda, por entre los árboles, asomaban
furtivamente centenares y centenares de luces, unas formando pórticos y
fachadas, otras sembradas por entre los árboles del paseo, luces que iluminaban
uno de los cafés cantantes de verano. Á la derecha se descubrian tres grupos
brillantes, que eran otros tantos cafés de canto, en cuyas fachadas habia
juegos de gas que representaban varios caprichos, entre otros, un águila con
las alas abiertas y caidas, como si remedara un lloron.
Excepto la entrada de los emigrados en la plaza del
Vaticano, entre un bullicio indefinible de pueblo y millares de hachas
encendidas, así como la iluminacion instantánea de la cúpula de la gran
Basilica en la noche de San Pedro: exceptuadas estas dos ocasiones, repito, no
he experimentado nunca un sentimiento en que más participara de esa especie de
éxtasis con que adormece nuestro ánimo la percepcion de lo maravilloso.
A lo dicho debe juntarse que el tránsito continuo
de coches con faroles encendidos por la plaza de la Concordia, causando un
desnivel constante entre sus luces y las luces de los campos Elíseos, de la
plaza y de los cafés, comunicaba á todo el grupo el aspecto extraño de una
hoguera que parece que pasa y que no acaba de pasar, mientras que al rumor de
las fuentes y de los coches, iba unida confusamente la voz de hombres y mujeres
que cantaban en los cafés vecinos.
Mi mujer estaba encantada. Tenia razon: aquello
parecia un bosque hechicero. ¡Si todo fuera así!
Eran casi las diez, estábamos muy léjos de la calle
de Feydeau, nos encontrábamos muy cansados, yo tenia que escribir esta reseña,
y determinamos dejar para otro día la visita de la calle de Rívoli, hasta el
palacio del ayuntamiento, y si el tiempo lo da, hasta la plaza de la tan
célebre Bastilla.
Estamos en casa á las diez y media, despues de
siete horas de fiacre.
Mi mujer dice que nuestro gran viaje comenzó al
llegar á Paris. Tambien tiene razon. Las mujeres tienen razon en muchas cosas.
Yo acabo esta revista cerca de la una, y así doy
fin al dia tercero.
=Día cuarto=.
Artículo, recuerdos, pesares.
He empleado toda la mañana en escribir un artículo
para La América, porque es necesario no descuidar la bolsa, que
sufre por aquí tantos ataques rudos. Pero he notado que mientras que escribia,
y mientras que me paseaba por la habitacion, el recuerdo de las muestras y
rótulos que he visto ayer, me tiene casi completamente preocupado. Sin querer,
sin apercibirme, repito á mi mujer varios letreros que me acuden á la memoria,
y sin querer tambien aquel recuerdo me entristece. Esta tristeza que
experimento tiene una historia que seria muy larga de contar; muy larga y muy
penosa.
¡Cuántas ilusiones nos forjamos! ¡Y qué caras nos
cuestan algunas ilusiones! ¡Qué triste es á veces ver la realidad! ¡Ay! Hubo un
tiempo en que estuve encantado, y ahora la realidad me desencanta. Hubo un
tiempo en que yo volvia los ojos á Paris, como quien espera un milagro…. ¡Qué
inocencia!
¡Al Pensamiento! Y me hallo que es una zapatería. ¡Al bello
pensamiento! Y me doy de cara con una caja de confites. ¡A la sílfide! Y me
encuentro de manos á boca con un grasiento restaurant. ¡A la gran
industria del siglo! Y es un salon de limpia-botas. ¡Al dulce céfiro! Y es un
almacen de quincalla. ¡A la estrella del Mediodía! Y es quizá una tienda de
tapones de corcho. ¡Al buen pastor! y es un almacen de baratijas ó una tienda
de comestibles.
Esto no me divierte; al contrario, me repugna, me
fastidia, casi me sonroja; sí, casi, casi me da vergüenza. Creo que semejantes
desatinos son contra el respeto que debe merecernos la opinion pública, contra
el decoro que todos debemos á la formalidad, contra la cortesia universal que
debe el hombre al buen sentido. ¡Zapato galante! ¿Cómo y en qué? ¿De qué modo
puede un zapato tener galantería? ¡Al pensamiento! ¿Quién es un fabricante de
calzado para hablarnos del pensamiento? ¿Qué pensamiento puede encerrarse en su
zapatería? ¿Ni quién es tampoco un fabricante de confites para hablarnos de
pensamientos bellos? ¿Qué sabe él lo que es un pensamiento bello? ¿Qué belleza
de pensamiento puede esconderse en sus confituras? ¿Ni qué tiene que ver el
céfiro con un almacen de quincalla, ni el poner betun en las botas con la gran
industria del siglo, ni una sílfide con una fonda, ni un almacen de tapones de
corcho con la estrella del Mediodía, ni una tienda de comestibles, en donde se
vende aceite, vinagre y velas de sebo, con el buen pastor, con ese buen Pastor
que es una personificacion religiosa, un símbolo moral, una especie de poder
divino? ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?
Los españoles serémos menos cultos; pero somos más
circunspectos, más sérios, más formales. Serémos africanos, serémos hotentotes,
bien; pero no podemos hacer un arte de la humorada de divertir al mundo con
chocarrerías. Esta gravedad cómica y esta jovialidad trágica que tienen los
franceses para decir los mayores disparates con la esplendidez más pomposa,
hasta con cierto engreimiento, hasta con cierta altanería, es una cosa que me
subleva y me amargura. Al ver tan pueriles frivolidades, antes que vivir en
Paris, preferiria vivir en una choza, enclavada en el fondo de un bosque,
aunque fuese un bosque de la selva Negra.
¡Ay! y quizá la Europa, tal vez el mundo, espera de
este pueblo la revolucion moral de un principio, la constitucion de un
pensamiento, la pauta y la fórmula de un sistema! ¡La Europa y el mundo esperan
acaso de esta ciudad una idea, una conducta, un código!
¡Ay! Hubo un tiempo en que yo lo esperaba tambien.
¡No habia estado en
Paris!
Si faltando la ayuda del pueblo francés, para esa
revolucion trascendental, lenta, difícil, concienzuda, prudente, á la vez
convencida y demostrada; si faltando la ayuda de Paris para esa laboriosa
transformacion, tuvieran todos los pueblos de la tierra que cavar su sepulcro,
pueblos de la tierra, pueblos del mundo, empezad á cavar vuestra sepultura. Esa
revolucion no saldrá de aquí. Ignoro si saldrá de los hijos del Cáucaso, de los
agrestes y bárbaros Kalmukos; pero creo que no ha de salir de los franceses.
Paris es una vieja que se mira al espejo, se ve el
rostro lleno de arrugas y de lacras, y coge compotas, coge menjunges, coge
untos, y se adoba y se alisa la cara, como el albañil alisa una pared.
Esta cultura es una tiniebla iluminada por un fuego
fátuo; es una sombra herida exteriormente por una luz que viene de abajo, que
no viene de arriba, que alumbra por fuera, que no alumbra por dentro. Esta
cultura es una civilizacion endeble, flaca, postiza, enferma, que quiere
engalanarse para que no se vea lo asqueroso de la enfermedad, como los tísicos
proyectan viajes y romerías cuando sienten en la garganta la agonía de la
muerte. Esta cultura tan decantada, tan brillante, tan coqueta; esta civilizacion
tan adornada, tan entrometida, tan jactanciosa, es una púrpura que cubre una
llaga; es la sonrisa con que el cortesano oculta el cáncer de sus envidias y de
sus odios, la flor desgraciada con que se corona la copa de un veneno. Esta
cultura es una civilizacion que vive á expensas de la verdad y del ser de las
cosas; de esa verdad que Dios ha puesto en todas partes; la verdad con que el
humo sube, con que baja la piedra, con que la luz alumbra, con que la lava
quema, con que la catarata corre, con que el huracan arrebata; esa verdad que
es el gran enigma, el gran principio, la gran ciencia, el dogma sempiterno de
la creacion. Esta cultura es una civilizacion que triunfa a costa de la ciencia
de Dios, y Dios no puede permitir que este pueblo sea el pueblo de la
humanidad. ¡No! no puede ser el maestro del mundo, un pueblo que llama gran
industria del siglo á la operacion de lustrar las botas, y céfiro á una tienda
de quincalla, y estrella del Norte ó del Mediodía á un almacen de tapones de
corcho, y buen pastor á un despacho de aceite y de vinagre, y sílfide á un
mesón, y pensamiento á una zapatería, y bello pensamiento á unos confites.
Blondas exquisitas, exquisitos bordados, jabones
trasparentes, pomadas perfumosas, untos embrujados para que nazca el pelo,
muñecos graciosísimos, preciosos juguetes, cuquerías envidiables; eso, sí: una
revolucion moral, lenta, constante, trabajosa, concienzuda; un trabajo profundo
y difícil; una creacion lógica, extensa, trascendental; una cosa grave, formal,
seria, eso, no.
¡Cuánto más ha de hacer mi pobre España, esa España
que los franceses llaman salvaje; que los franceses han comparado á la Morería!
¡Cuánto más ha de hacer en favor de la humanidad! ¡Cuánto más ha de hacer para
que se cumplan en el mundo los ocultos designios de la Providencia! El tiempo
lo dirá.
¡Yo esperó de Paris el mejoramiento político y
social! ¡Me arrepiento, señor! Ni el social, ni el político, ni el filosófico,
ni el científico, ni el religioso, ni el artístico, ni el literario, ni el
industrial, ni el comercial, ninguno, ninguno verdaderamente formulado, ninguno
en la alta escala de la ciencia, del derecho y de la moral.
Encantarnos, entusiasmarnos, aturdimos, sí.
Hacernos buenos y felices, no.
Hay un calderero, madre,
Que alarma á la vecindad,
Y toda la gente acude
A los porrazos que da.
Este antiguo cantar español viene de molde, en
cierto modo, á las cosas de este fabuloso Paris. Es un gran caldero que aturde
al mundo, y el mundo atribulado acude á los golpes.
[Ilustración: Arco del Triunfo.]
[Ilustración: La Magdalena.]
=Dia quinto=.
La Magdalena.
A las siete y media de la tarde tuvimos que pedir
auxilio al fiacre, y nos dirigimos á la Magdalena. ¡Hermoso edificio! ¡Fábrica
suntuosa! Al contemplar aquel enorme grupo, me parece que no estoy en Paris.
Creo que me han hecho viajar estando dormido, y que despierto en Grecia. La
Magdalena es un fastuoso palacio griego, no un templo cristiano. Un templo es
la casa de Dios, destinado á despertar en nuestro espíritu la emocion
religiosa. Donde no hallo la emocion religiosa, no hallo el templo, y la Magdalena,
ese precioso y espléndido alcázar, no despierta en mi alma aquella emocion casi
divina. Contemplándolo, siento el entusiasmo de la admiracion, no la veneracion
de la fe: creo ver estátuas de héroes, no efigies de santos: me acuerdo de
Alejandro, de César, de Anníbal; no me acuerdo de Dios: me ecuerdo de Chipre y
de Vénus; no me acuerdo del monte Calvario, ni del Redentor, ni de la Vírgen,
ni de la Magdalena: me acuerdo de la gloria; no me acuerdo de la Pasion.
La Magdalena es un magnífico anacronismo,
un palacio asombroso y una mala basílica; un gran alcázar y una mala iglesia;
un gran templo gentil y un mal templo cristiano.
Le estoy viendo delante de mí, le estoy
contemplando durante cuatro ó cinco minutos, quiero concentrarme, quiero
abstraerme, quiero venerar, quiero que la idea de un ente supremo deje caer
sobre mi alma una sombra inmensa; no puedo conseguirlo. Las musas me llaman, la
fábula griega me distrae, los bosques de la isla de Calipso me hablan de amor;
veo flores, mujeres, altares profanos; huelo perfumes embriagadores; diviso
florestas, cuyas sombras parecen ocultar misterios lascivos; oigo á lo léjos un
ruido que me intranquiliza, que me seduce; pero que me seduce como nos seduce
una maga ó una circe. Cedemos al placer, pero cedemos suspirando: nuestros
sentidos están alegres; nuestro corazon está triste. En una palabra, mirando
ese rico palacio ateniense, lo veo todo, menos la lágrima de la Magdalena,
aquella lágrima escondida y humilde, fervorosa y santa; aquella lágrima que es
una poesía más sublime que la más sublime poesía de todos los poetas del mundo;
la poesía del Calvario.
¡Cómo la piedra nos enseña tambien! ¡Qué historia
más grande es la arquitectura! El libro puede escribirse de dos modos, en papel
y en mármol. La imprenta existió siempre: antes se llamó Fidias; luego se llamó
Guttemberg.
Estudiando ese alcázar que me llena de admiracion,
se comprende la infinita superioridad del Cristianismo sobre todas las
religiones del Asia, de la Grecia antigua y de la antigua Roma, no sólo en
materia de dogma, de ciencia, de política y de moral, sino hasta en materia de
arte. Chateaubriand decia muy bien: el mismo bronce, la ruda campana, nos
inspira cierta melancolía dulce y religiosa, cierto éxtasis indefinible, cuando
es intérprete de los sentimientos cristianos.
La poesía cristiana no nos ofusca, no nos arrebata;
nos llama, nos atrae, nos acaricia: no nos seduce; nos persuade; no nos
alucina, nos duerme.
La poesía cristiana, el arte cristiano, no es
brillante, deslumbrador: es grave, severo, recatado. Es una figura que se cubre
á medias con un velo. La parte que vemos, hace que nos enamoremos de ella, y la
amamos. La parte que no logramos ver, nos hace adivinar un prodigio, y la
adoramos.
El paganismo no hacia más que amar, porque no veia
más que formas. El Cristianismo ama y adora al mismo tiempo, porque al mismo
tiempo ve cuerpo y alma, formas y prodigios, tierra y cielo, humanidad y Dios.
El arte gentil habla á los sentidos, al corazon y á
la fantasía.
El arte cristiano habla al sentimiento, á la
conciencia y á la fe.
El arte gentil conoció la poesía del placer.
El arte cristiano conoce y siente la poesía del
dolor.
El arte pagano tenia mujeres.
El arte cristiano tiene Marías y Magdalenas.
Bajo el arte asiátiaco y griego, cerramos los ojos
y vemos bacanales.
Bajo el arte del Cristianismo, cerramos los ojos y
vemos vírgenes.
La gentilidad nos abate; el Cristianismo nos
enaltece. Segun la feliz expresion de Pascal, el paganismo nos trae,
el Cristianismo nos lleva. El uno viene, el otro va.
Pues volviendo al edificio que tengo delante, nos
alucina; no nos llama; pertenece al arte gentil, no al arte cristiano; es una
especie de idolatría; no un culto; no una adoracion; tendré que decirlo otra
vez: es un brillante anacronismo. El culto divino no hubiera
perdido casi nada, si se hubiera llevado á cabo el pensamiento de Napoleon, que
queria convertirlo en templo de la gloria. Como templo de la gloria, admirable;
como templo cristiano, no habla á mi inteligencia y á mi fe, por más que me
haga latir el corazon.
Ahí, en donde ahora se levanta ese precioso
monumento ático, no existian, hace siete siglos, más que prados, pastores y
ovejas, ¡Quién lo habia de decir entonces!
El edificio que contemplo sucedió á una iglesia,
edificada el siglo XV por Cárlos VIII, en la cual este príncipe estableció la
cofradía de la Magdalena, de donde trae orígen el nombre actual de ese
monumento. Y la iglesia de Cárlos VIII, sucedió á una granja y capilla que en
el siglo XII construyó un obispo de Paris, en donde los cristianos de aquel
tiempo orarian indudablemente con más fervor, que los cristianos del siglo XIX
oran en ese régio alcázar. En torno á la capilla y á la granja de aquel prelado,
se fué formando un barrio populoso, conocido en la historia con el nombre
de ciudad del Obispo, ville-l'Evèque.
Mucho despues, la ciudad del Obispo entró á formar
parte de Paris, y habiéndose verificado la apertura de la calle Real,
determinaron construir el actual templo de la Magdalena, enfrente del palacio
de Borbon y de la plaza de Luis XV. Este monarca principió la obra, la cual,
atravesando la Revolucion, el Imperio y la Restauracion, llegó á Luis Felipe,
que la puso la última piedra.
Nos aproximamos un poco. La entrada es
verdaderamente régia, gallarda, arrogante. El gran pórtico del Mediodía, que es
el que vemos, está coronado por hermosos frontones triangulares, y adornado de
un bajo relieve de 35 á 40 metros de anchura, sobre 7 ú 8 de altura, en el cual
se ve á Santa Magdalena echada á los piés del Salvador, teniendo á su derecha
la fe, la esperanza y la caridad, y á su izquierda, casi revueltos y
confundidos, los siete pecados capitales. Así al lado derecho como al
izquierdo, divisamos otras figuras. Las de la derecha deben ser
bienaventurados, que guardan las tres virtudes teologales, y las de la
izquierda parecen ser figuras de réprobos, imágen de los siete pecados.
Nos acercamos más. La enorme puerta principal, toda
de bronce, es un trabajo de mérito notable; una obra maestra. Allí se ven,
simbólica y admirablemente explicados los diez mandamientos de la ley escrita,
por medio de figuras del antiguo Testamento. Aquella grande historia, escrita
en bronce, me ha llenado de asombro, no tanto por su hábil ejecucion, como por
su vasta y feliz inteligencia.
Entramos en el templo, y nos hallamos en un
espacioso átrio ó vestíbulo, formado por una arcada de 25 á 30 metros de
altura, sobre 14 ó 15 de latitud, en donde están las dos capillas del bautismo
y del matrimonio. La primera tiene un grupo de mármol que representa el
bautismo de Jesucristo; y la segunda, otro grupo que representa las bodas de la
Vírgen con San José. Las pilas del agua bendita, obra del maestro Antonin
Moyne, son una verdadera preciosidad á los ojos del arte.
Nos volvimos para dirigir una mirada hácia el fondo
del templo, y nuestros ojos aturdidos se perdieron en una sola nave, alta,
anchurosa, iluminada, inmensa, llena de valentía, de fuerza y majestad. No es
una majestad ingénua, bíblica, inocente; no es esa majestad sencilla y
candorosa que saca su encanto del espíritu; no es una majestad cristiana; es
una majestad poderosa, esplendente, fantástica, agorera; una majestad que saca
su encanto de la forma; una majestad del arte pagano; pero indudablemente estas
formas tienen algo imponente, majestuoso y grande.
Aquellas bóvedas silenciosas, quietas y como
amontonadas sobre sí mismas, aquella techumbre formidable que parece estar
suspendida por el genio del hombre, no nos trae esperanzas del cielo, no nos
trae palabras y consuelos de otra vida mejor, pero nos da una grande idea de la
tierra. Aquí todo respira grandeza, atrevimiento, orgullo. Sí, orgullo, porque
creaciones tan fastuosas como esta, nos inspiran el sentimiento de la
emulacion, casi de la envidia. ¡Cuántos hombres no escalarían la tierra, si
pudiesen, para hallar luego un trono en este palacio! Aquí pensamos en el sitio
de Troya, en Aquiles y Ulises, en Hector y Eneas; aquí no pensamos en
Providencia, ni los ángeles, ni en bienaventuranza. Por este camino vamos á
Chipre, no á Jerusalen. ¡Con cuánto talento queria Napoleon convertir esta
iglesia en templo de la Gloria!
Nos dirigimos al altar mayor, y este gran monumento
me confirmó más en mi juicio. El grupo principal, la exaltacion de la
Magdalena, esculpido con la esplendidez y la frescura que el genio audaz de
Marochetti sabe dar á sus obras, representa á nuestro Señor, á la Santa, á los
Apóstoles y á los Evangelistas, y alrededor de este grupo cristiano, en torno á
este hogar religioso, rodeando esta familia bendita, vemos el arte griego, la
poesía mitológica, que nos ofrece una infinidad de personajes, desde el bautismo
del rey Clovis, hasta el Concordato de 1802. Constantino, Clovis, Santa
Genoveva, Carlomagno, Godofredo, Juana de Arco, reyes, héroes, Napoleon, el
cardenal Gonsalvi; razas distintas, gustos diversos, diversos caractéres,
civilizaciones contrarias: todo está revuelto y mezclado aquí, como se mezclan
en un nicho las cenizas de varios difuntos. Eso no es una exaltacion de la
Santa; eso es una galería de historia: eso no es un cuadro religioso; es una
pintura social: eso no es un altar del Cristianismo; es el trofeo de una
nacion. Aquí reina la Francia, no el Redentor del mundo; reina el artista, no
el sacerdote; reina el hombre, no reina Dios. No comprendo cómo la gente reza
aquí. Yo no podria rezar. Frescos brillantes de Ziegler, suelos magníficos de
mármol, cielos rasos preciosamente cincelados bajo la direccion de Derre; todo
llama y provoca la materia; todo incita nuestros sentidos; todo es contra la
poesía del templo, porque todo es contra la poesía del alma; sobre todo, contra
la poesía austera y sublime de la Cruz. Si Santa Magdalena se levantara de la
tumba, es bien seguro que se persignaria escandalizada de que la adorasen aquí;
es bien seguro de que miraria en este templo, lo que un aleman miraba en la
Basílica de San Pedro de Roma: UNA DELICIOSA TENTACIÓN.
Salimos de la Magdalena entre alegres y tristes, y
á los veinte ó veinticinco pasos nos volvimos, como para dominar el conjunto de
aquel alcázar esplendoroso. Su vista es agradable, armoniosa, poética, casi
imponente. Mirado por fuera el edificio, tiene algo solemne, porque lo grande
tiene tambien su solemnidad. Su plano forma un rectángulo de 70 á 80 metros de
longitud, sobre 20 á 25 de latitud, mientras que alrededor, sobre un basamento
de 50 ó más metros, corre un perístilo ó galería de cincuenta y dos columnas
gigantescas entre las cuales se ven muchas estátuas, con el nombre del santo y
el del escultor. Esto confirma más y más mi anterior idea. Si ese templo no es
una exposicion de bellas artes, ¿á qué viene el nombre del artista? Si es un
lugar de veneracion, ¿á quién tenemos que venerar sino al santo? El escultor
pone tambien su nombre; es decir, pide su parte de devocion, de culto; reclama
tambien su parte de limosna á la fe del creyente. El escultor quiere reinar al
lado del héroe de la Iglesia. Esas estátuas representan dos santidades: el
santo y el artífice.
El lector debe ser un tanto indulgente conmigo,
porque escribo sin preparacion, y sin corregir una palabra de lo que trasmito
al papel. Veo una cosa, y sin más antecedentes que verla, digo buenamente lo
que se me ocurre, ó lo que siento. Esto tiene el inconveniente del descuido que
debe notarse en la obra, pero tiene, en cambio, la ventaja de la ingenuidad más
estricta y de la más perfecta exactitud.
De vuelta al hotel, nos encontramos en la puerta á
la señora, que nos preguntó, con una sonrisa muy amable, si veniamos de visitar
algun monumento. Sí, señora, la contesté. Venimos de la Magdalena.
—¿Que vous semble-t-il? ¿Qué le parece á usted? preguntó
la señora, avivando un tanto los ojos, y marcando mucho las palabras, con
cierta expresion orgullosa.
—Me parece, señora, la contesté, que aquello es un
lugar de triunfo y de alegría, no de sacrificio, de meditacion y de
recogimiento. Es una Vénus, no una Magdalena; un festin, no una lágrima. Si ese
monumento no fuese tan magnífico, seria menos palacio; pero seria más iglesia.
Diciendo y haciendo, cogí la escalera, y la señora
se quedó mirándome, como una persona que piensa y que no acaba de comprender su
propio pensamiento.
=Día sexto=.
Calle de Rívoli, casa de la Ciudad, columna de
Julio, arco del Triunfo, campos Elíseos.—¿Se vive aquí mejor que en otros
puntos?
Luego que se empezaron á encender los faroles en la
ciudad, nos dirigimos á la calle de Rívoli.
Figúrese el lector la situacion siguiente: puesto
en la plaza de la Concordia, frente á la Magdalena, se ven dos palacios: uno es
el ministerio de Marina y de las Colonias: el otro corresponde á diferentes
particulares, los cuales le dieron la forma de palacio para que formara un
grupo simétrico con el de Marina.
Demos ahora la izquierda á la Magdalena, y
hallarémos que entre el ministerio de Marina y el jardin de las Tullerías,
palacio del mismo nombre y el Louvre, media un espacio de 30 ó 35 pasos, que se
extiende hasta la plaza de la Bastilla, en una extension de media legua poco
más ó menos.
Hé aquí, pues, el panorama: hácia la derecha (en
primer término) jardin, palacio de las Tullerías, unido al palacio del Louvre:
hácia la izquierda, una hilera simétrica de casas de tres y cuatro pisos,
aunque todas con la misma altura, formando arcadas bastante espesas, hasta la
verja en que el Louvre concluye.
En segundo término, hileras de casas á derecha é
izquierda, simétricas en la forma, no en la direccion; despues un torreon
colosal con jardin; luego la casa de la Ciudad con plaza extensa; por último,
nuevas casas hasta la calle de San Antonio, la cual se prolonga hasta la plaza
de la Bastilla.
Esto es lo que se llama calle de Rívoli. Tiene de
300 á 400 edificios, de 300 á 400 arcos, de cada uno de los cuales pende á la
misma altura un farol de gas: está surcada por 76 calles, entre las que cuento
la plaza Real, con el palacio Real enfrente, y el bulevar de Sebastopol.
Si á esto se añade que casi todos los pisos bajos
son establecimientos de lujo, iluminados con profusion, así como las 76
travesías, no será difícil representarse el panorama que ofrecerá de noche la
calle de Rívoli.
Aún despues de ver los campos Elíseos y la plaza de
la Concordia, la hermosa galería de Rívoli no puede menos de ofrecer un
espectáculo notable, algo penoso, si se quiere, porque nos agobia con la
impresion que causa en nuestro ánimo toda obra grandiosa.
Así que salimos á la plaza de la Concordia,
divisamos, entre el juego de muchas luces particulares, un surco contínuo de
fuego, tirado á cordel; á medida que el coche avanzaba, veiamos escaparse, como
apariciones fugitivas, la rica y espaciosa calle de Castiglioni, divisando como
un relámpago la enorme columna de Vendome; la plaza y la fachada del palacio
Real, iluminadas perfectamente, el anchuroso bulevar de Sebastopol, con sus dos
hileras de faroles que se van juntando á medida que la mirada se prolonga,
hasta que se pierden en un montecillo de luces trémulas, á una distancia que
parece de ocho ó diez millas; el gigantesco torreon negro, con su jardin
alrededor, como una azucena sembrada al pié de una roca deforme; el palacio de
la Ciudad y su plaza, alumbrada por grandes faroles, la caserna de Napoleon,
hasta llegar á la Bastilla, plaza extensa, menos brillante que la de Vendome ó
la de las Victorias; pero no menos interesante como teatro histórico. Aquí la
escena cambia de aspecto; de un círculo de luz y de bullicio, pasamos á un
círculo de meditacion y de melancólica poesía. Hay luces que vienen á
reflejarse en nuestros ojos: hay luces tambien que vienen á reflejarse en
nuestra alma. En este sentido, la Bastilla está más alumbrada que los almacenes
del Rívoli.
En medio de la plaza distinguimos una gran columna
que remata en un globo, sobre el cual asienta sus piés una figura. De cuando en
cuando, un reflejo salia de la columna y nos heria confusamente, pareciéndonos
descubrir como letras doradas. Así era, en efecto, segun nos informaron varios
transeuntes. Aquellas letras perpetúan el nombre de las personas que sufrieren
el cautiverio de la Bastilla, de la alta prision de Estado, de aquella
Inquisicion de la edad media, de aquel Gólgota religioso y político.
Mis lectores saben que todos los pueblos han
tenido plaza de la Greve, su horca y su verdugo, su argolla de
hierro: la castracion en casi toda el Asia primitiva; la concha del ostracismo
en Grecia; el monte Taygeto en Esparta; el monte Calvario en Judea; la roca
Tarpeya en la Italia antigua; el Santo Oficio en la Italia moderna; la Bastilla en
Paris.
El azote del mandarin chino ha viajado mucho por la
tierra; puso los piés en Francia, y se llamó Bastilla en el siglo XIII, así
como antes se habria llamado de otra manera, porque es claro que las edades
anteriores, todas las edades humanas tuvieron tambien su Bastilla.
Pero otra edad humana vino, la Bastilla desapareció, cayó bajo los golpes de la
piqueta revolucionaria, y sobre sus escombros se levantó grande y valerosa la
columna de Julio. Al monumento del siglo XIII sucedió el monumento del siglo
XVIII: el Capitolio se levantó sobre la roca ensangrentada del monte Tarpeya.
La figura que remata ese monumento, es el genio de la Libertad.
Ahí, donde ahora se eleva esa columna como una
plegaria se eleva al cielo, estuvieron las jaulas de hierro, construidas en
forma de embudo, para que el prisionero no pudiera permanecer sino encorvado.
¡Cosa singular! Á un hombre le pesa emplear dos varas de bronce con el fin de
que su cautivo pudiera respirar de pié derecho, cuando la Providencia habia
creado para aquel cautivo toda esa inmensidad que flota entre la Bastilla y las
estrellas.
Allí fuéron víctimas de la tenebrosa política de
Luis XI, Guillermo de Llarancourt, obispo de Verdun, Jaime de Armagnac, duque
de Nemours y el conde de Saint-Pol.
Allí fué tambien decapitado Cárlos de Contant,
convencido de traicion hácia la Francia.
Allí fué del mismo modo condenado á muerte el conde
de Lallytollendal, cuya inocencia se reconoció cuando era ya tarde. Allí, en
ese Santo Oficio político de la edad media, gimieron sucesivamente Basompierre,
el gran Condé, el famoso Fonquét, su amigo y secretario Palisson, el docto
Sacy, el duque de Laurum, marido de la nieta de Enrique IV, el mariscal de
Richelieu, el tristemente célebre marqués de Sade, el cardenal Rohan, el
caballero Mazers de Latude, Bruno de la Condamine, y últimamente, un hombre que
hizo mucho ruido en el mundo, la gloria y el escándalo, la fábula y la
admiracion de su siglo; un hombre filósofo, teólogo, estadista, geógrafo,
erudito, matemático, novelista, filólogo, poeta; un mónstruo de talento y de
audacia; el hombre del talento más vario y más indefinible que ha puesto los
piés sobre la tierra; ahí estuvo Voltaire. Escribió una sátira contra el
regente, y lo encerraron en la Bastilla. Pero me olvidaba de que esa Bastilla
cuenta en sus anales un personaje más famoso aún que el mismo Voltaire, para
las tradiciones de aquel edificio. Este personaje es el hombre de la
máscara de hierro, llamado y conocido así, acerca del cual no pudo la
historia averiguar nada, mientras que la poesía popular se contentó con
divertir al vulgo, inventando cuentos y consejas. El hombre de la
máscara de hierro es un arcano añadido á los tantos misterios de que
fué teatro aquel monumento misterioso.
¡Cuán majestuosa se alza ante mí esa piedra
monumental, encarnacion ayer de las antiguas castas, encarnacion más tarde de
la política y del arte modernos!
Aquella piedra se representa en mi fantasía como el
gigante desterrado de un siglo, á quien otro siglo da razon en una hora de
verdad y de entusiasmo.
¡Quién habia de decir á Felipe Augusto y á Luis XI
que las ruinas de aquel Santo Oficio habian de servir para la construccion
del puente nuevo, el más popular, el más liberalizado de
Paris! ¡Cuántos senos ocultos tiene la historia de la humanidad!
Nos volvimos á nuestro fiacre, y nos
vimos de nuevo entrar en la calle de Rívoli, deshaciendo el camino andado. Al
llegar al hotel de Ville, nos apeamos y corrimos la vista por la fachada de
aquel importante edificio, colocado enfrente de la puerta principal.
El nuevo sitio en que nos encontramos guarda
tambien su poesía tétrica, terrible; instructiva y moralizadora como el
monumento de Felipe Augusto y de Luis XI, porque no hay poesía inútil, sobre
todo cuando es terrible. El sitio en que nos encontramos fué la Bastilla
de otra edad; menos lógica, en cambio más cruel.
Sobre el mismo suelo en que ahora tenemos los piés,
fuéron arrastrados y descuartizados Ravaillac, _Cartouche _y Damiens;
sus miembros palpitantes ensangrentaron este suelo que ahora pisan sus nietos
con indiferencia. Aquí tambien rodaron las cabezas de dos mujeres, dos mujeres
funestamente célebres, dos envenenadoras: la Boisin y la
Brinvilliers.
Seguimos la calle de Rívoli, subimos por la
Magdalena y nos hallamos en el bulevar de este nombre, divisando á poco los
bulevares de las Capuchinas, Italianos, Montmartre, Poisonnière y una parte del
de San Martin. Esta nueva vista no es tan simétrica y artificial como la de
Rívoli; pero es más extensa, más graciosa y más alegre, de más efecto. Aquí hay
más expansion, más capricho, más fantasía: es decir, hay más creacion
individual.
El Rívoli es una galería del Estado.
Los bulevares son inmensas galerías del pueblo.
Millares y millares de variados tubos y reverberos
iluminan las tiendas, los cafés, los hoteles, los casinos: otros tantos
millares y millares de luces se reflejan en los espejos interiores, que tienen
casi todos los establecimientos públicos, produciendo una especie de vision
mágica; mientras que los faroles de los centenares de carruajes que van y
vienen en un oleaje contínuo, convierten aquellos espaciosos bulevares en una
atmósfera oscilante de luz.
Difícil será hallar en el mundo una ciudad más
alumbrada que Paris. Hay muchos establecimientos que emplean centenares de
luces, y tratándose de los cafés-conciertos, es tarea no muy fácil
el contarlas. Pero de todo eso que se ve, de ese foco brillante que por todas
partes aparece, que por todas partes se filtra, que más de una vez se descubre
á lo léjos, debe rebajarse una mitad. La mitad es debida al juego teatral de
los espejos interiores; debida á la mágia parisiense.
Aquí todo tiende á ser mágico; hasta la bota con
que pisamos el lodo inmundo: la misma bota, el mismo zapato, la humildad
aplicada al vestido del pié, lleva aquí detrás su cortejo, su galantería; au
soulier galant. Por eso Paris, sin dejar de ser una ciudad importantísima,
es una ciudad aparente; artísticamente mentirosa, artísticamente exagerada,
exageradamente culta.
Llegamos al hotel cerca de las diez, y mi mujer y
yo digimos: Paris es un mónstruo muy bello, sobre todo muy iluminado: su morada
seria deliciosa sin coches: con coches, viene á ser un infierno vivo.
Suponiendo que la poblacion avecindada y la
flotante suba á millon y medio de almas, que ciertamente no bajará, creo que á
cada quince personas podria tocar un carruaje: creo que en Paris no hay menos
de cien mil carruajes de todas matrículas y cataduras. Hablando solamente de
los coches públicos, puedo asegurar que he llegado á ver hasta el número once
mil y tantos.
¡Feliz yo si hubiera tantas perdices como las de mi
plazuela de Herradores, tantos pucheros como mi olla de Madrid, tantas botellas
como las de mi clásico manchego!
Voy á terminar este dia con una pregunta: ¿se vive
aquí mejor que en otras partes?
Estos grandes centros no son otra cosa que hornos
de fundicion social, donde se depuran las creaciones que hacen falta al mundo:
no son centros de dicha; son talleres de necesidad. Estas ciudades hacen lo que
la mujer cuando nos inspira fuertes pasiones: pasiones que sirven para purgar
con fuego la escoria que llevamos en el corazon.
No envidieis esto, hombres sencillos, que pasais la
vida girando en torno de vuestra aldea, como da vueltas la paloma alrededor de
su nido: el espíritu humano es como el ambiente: siempre se nivela. Dios no ha
puesto los goces supremos de la vida en los resplandores de un vidrio, ni en el
espacio de una calle, ni en la hermosura de una plaza, de un paseo ó de un arco
triunfal. El hombre tiene su monumento en donde tiene su inteligencia, sus
creaciones, su familia; donde tiene la patria que le ha dado quien dió astros al
cielo. ¿Qué cristal más brillante que el sol? ¿Qué mejor prisma que una
estrella? ¿Qué fábrica más espaciosa que vuestros campos? ¿Qué arco triunfal
más suntuoso y más magnífico que el firmamento?
En todas partes está el hombre: en todas partes
respira Dios. ¿Qué Paris tan grande como Dios y el hombre?
No, no envidieis esto. Yo lo trocaria por vuestros
bosques silenciosos, sino tuviese marcada mi tarea de pequeño obrero en estos
grandes hornos de fundicion.
En resúmen, el hombre tiene aquí placeres de
opinion y de fantasía que vosotros no conoceis; como teneis vosotros goces de
calma y de naturaleza que no se conocen aquí. El hombre se aproxima
incautamente al horno y se quema; como en la aldea se aproxima imprudentemente
al arroyo y se ahoga.
Solo de un modo podriais ser más desgraciados que
los habitantes de esta
Babilonia, que me aturde: teniéndoles envidia.
=Dia sétimo=.
Casa de Ciudad, arco del Triunfo, Obelisco.
Mis queridos lectores, ayer os he hablado de las
Casas Consistoriales y del arco del Triunfo, y os debo algunas palabras sobre
ambos monumentos, representantes de célebres y poderosas tradiciones políticas
de este país. El palacio de la Ciudad es el representante de las tradiciones
del Municipio; el arco de la Estrella es el representante capital de las
tradiciones del Imperio; un gran trofeo representando una grande historia; un
coloso representado por otro coloso.
A las cinco comimos en el restaurant del pasaje de
los Panoramas; volvimos á casa á las cinco y media, dejo á mis compañera en el
hotel, entretenida en escribir á sus amigas de Madrid y Valencia, salgo á la
calle, vuelo á la plaza de la Bolsa, tomo un coche, y á las seis menos diez
minutos me tiene situado delante de la casa de la Villa.
Apartemos ahora los ojos de ese edificio; volvamos
con el pensamiento al siglo XIV, dejándonos atrás quinientos años, y en el
lugar en donde ahora se levanta ese alcázar grandioso, hallarémos una pobre
casa, llamada la casa de la Greve, ó la casa de los Pilares,
aludiendo á los pontones de madera que sostenian su mezquina fachada, ó bien la
casa de los Delfines (de los Príncipes), aludiendo sin duda á
que aquel edificio habia pertenecido á los príncipes de Viennois.
[Ilustración: Casas Consistoriales.]
[Ilustración: Plaza de la Concordia.]
Dejemos ahora la humilde casa de los Pilares ó de
la Greve, costeemos los bordes solitarios del Sena, y encontrarémos, casi
fundada sobre las corrientes del rio, una morada más humilde aún. Esa morada
oscura, ese castillo viejo y ruinoso, eso que parece más bien la barraca de
unos pescadores, es el local de la Municipalidad de Paris: el locutorio
de los paisanos ó del pueblo, le parloir aux bourgeois. La Municipalidad
quiso entonces mejorar de vivienda, y resolvió comprar la casa de la Greve. En
efecto, un preboste ó corregidor de los mercaderes, el famoso Estéban Marcel, á
quien dedicarémos una página en la reseña histórica de Paris, compró la casa de
los Pilares por la cantidad de 2.880 libras, en 7 de Julio de 1357, y á ella se
trasladó el Ayuntamiento, ocupando el trono el rey Juan. Pasan doscientos años,
la pobre casa de los Pilares no puede con el peso de los infinitos y memorables
acontecimientos de que fué teatro durante dos siglos; aquella pobre casa
amenaza ruina en el reinado de Francisco I, y el Cabildo de Paris, que habia
dejado la barraca del Sena para ocupar la casa de los Delfines, concibe ahora
el pensamiento de derribar la antigua casa de los Delfines, para levantar un
palacio que corresponda á la importancia de la corporacion y de la ciudad.
Llegó el 15 de Julio de 1533, y Pedro Viole, preboste de los mercaderes,
seguido de los síndicos y regidores de la ciudad, puso solemnemente la primera
piedra del futuro palacio, entre el clamoreo de las campanas de San Juan y de
Santiago de la Giferia. El edificio se terminó en 1836; bajo Luis Felipe, que
deberia llamarse en la historia el rey completador.
La vista de este alcázar deja en nuestro ánimo una
impresion particular, en que influye, menos indudablemente el género de su
arquitectura, que el carácter de su historia, el gusto, por decirlo así, de sus
recuerdos, la arquitectura de su pasado, esa arquitectura que está más allá de
la piedra que vemos.
No es un edificio del renacimiento, ni del
feudalismo, y sin embargo, nos parece que tiene algo del feudalismo y del
renacimiento; algo del siglo X y del siglo XIV. Tiene lo que debe tener un
palacio; no tiene nada de lo que tiene una abadía ó un convento, y sin embargo,
menos que la idea de palacio me suministra la idea de una abadía, con su
pórtico, sus columnas, sus ventanas, sus torreones y las esbeltas y atrevidas
agujas de sus para-rayos, que parecen ser veletas de un templo. Sin dejar de
tener la gravedad de la magnitud, el aire espléndido de la grandeza, la
magnificencia liberal de la pompa, encontramos en ese alcázar algo festivo,
algo risueño, algo popular. Es un noble, un magnate, un monarca, que sin dejar
de ser monarca, magnate ó noble, tiene algo del antiguo preboste de los
mercaderes. Sin dejar de ser un palacio grandioso, un monumento colosal, tiene
algo de la humilde casa de los Pilares, algo de la pobre barraca del Sena, del
primitivo locutorio; algo de aquello que pasó para la arquitectura,
que no ha pasado, que no pasará nunca para el espíritu del hombre; sobre todo,
para el espíritu de los pueblos. Hay algo popular que arranca de ahí, que de
ahí se desprende y viene á buscar al espectador.
El palacio del Ayuntamiento forma un extensísimo
paralelógramo, flanqueado por dos pabellones intermedios y cuatro pabellones en
los ángulos.
Encima de la entrada principal, que da á la plaza,
se ve un bajo-relieve, ejecutado en bronce, el cual representa á Enrique IV
montado á caballo. El patio está circuido de graciosos pórticos, y exornado por
una estátua de Luis XIV, obra de Coysevox, reliquia preciosa para el arte, que
la aprecia más que las numerosas estátuas de los hijos célebres de Paris, que
decoran el frontis de este opulento alcázar.
En la fachada del Norte, que cae al Sena, se ven
doce estátuas alegóricas, y al pié, verde, humilde y gracioso, un jardincito
limitado por una verja, la cual lo separa del borde del rio. No es una
perspectiva arrebatadora; pero es ingénua, cándida, inocente como los recuerdos
de la niñez. Al ver esos hierros, esa verdura y las aguas del Sena, parece que
vemos al Paris feudal, y nos acordamos naturalmente de Abelardo y Eloisa.
Tal es el edificio por fuera; visto por dentro, no
es un edificio, sino un mundo fascinador. Son notabilísimas la sala de los
Arcades, el salon del Emperador, el de la Paz, el de las Cariatides, el del
Zodiaco, la galería de piedra, la de las fiestas, adornada con una profusion
que excede á todo exagerado encarecimiento, y el salon de las artes. Pero más
que todos esos fastuosos salones, más que todas esas ricas exposiciones de la
entusiasta imaginacion de un pueblo brillante y fantástico, más que todos esos
fatigosos alardes de lujo y de riqueza, hieren y cautivan nuestra atencion tres
salas extensísimas, casi desnudas, silenciosas, solemnes: la sala del trono,
con sus doce enormes arañas, destinada primitivamente á las recepciones, á los
banquetes y festines, y las dos salas de los Prebostes, de esos
magistrados del pueblo, de esos reyes de la ciudad, de esos alcaldes absolutos
que eran los amos de Paris, como los padres de la edad media eran los amos de
su familia, como los señores feudales eran los amos de su feudo y de su
castillo. El preboste era el guardian de aquel convento; era el abad de aquella
abadía.
La sala del trono, con cierto aire de grave y
reposada aristocracia, con la elocuencia imponente, venerable y austera de la
antigüedad, con la fantasía lúgubre y poderosa del pasado: y las dos salas de
los prebostes, con cierto aire de cordialidad y de franqueza, de barbarie
agreste y de recta justicia, con esa mistura de desenfado y de miramiento que
veneramos en los antiguos, el desenfado del hombre rudo, y el miramiento
religioso del hombre de bien; esas tres salas, que pudieran llamarse de
los cristianos viejos, nos atraen magnéticamente con dos emociones
distintas: la emocion de la historia, y la emocion de la poesía; esa poesía que
va unida al orígen de todas las cosas, porque la infancia, la niñez, es
naturalmente poética; la poesía que tiene la cuna, en donde la madre cria á sus
hijos. Aquí pensamos y sentimos; todas esas figuras caen á un mismo tiempo
sobre nuestra cabeza y nuestro corazon.
La casa de la Villa como agradecida á sus buenos
padres, como si no quisiera divorciarse de la pobre casa de la Greve, y de la
húmeda barraca del Sena, como la familia que pone en la sala principal de su
casa el retrato de sus mayores, como el hijo que guarda la cuna en que su madre
le crió; la casa de la noble villa de Paris (la gratitud y la lealtad son dos
virtudes nobilísimas) nos presenta en estos dos inmensos salones, en estas dos
inmensas galerías históricas, los bustos de varios prebostes del pueblo, desde
Evreux, que capitaneó el cabildo de Paris en 1205, hasta
Tradaine, que reinó, por decirlo así, en 1705.
Esta reverencia hácia el pasado, este saludo á
nuestros mayores, este gusto de historia y este sentimiento de poesía, son
cosas que me encantan en todas partes; en Paris tambien: he pasado un rato
delicioso, y no puedo pagar esta deuda del alma, sino dando mi humilde
enhorabuena á los creadores de este palacio, y al pueblo que lo guarda, que lo
venera y que lo admira.
¡Adios, afortunados mármoles, que nos representais
hombres sencillos, valerosos y honrados! ¡Adios, mármoles, que dais testimonio
de que existieron en el mundo la barbarie, la valentía, el cumplimiento de la
palabra, la lealtad y la buena fe! ¡Adios bustos! ¡Adios prebostes! ¡Adios,
cristianos viejos! ¡Adios, vosotros que fuisteis aquí, lo que los antiguos
alcaldes fuéron en mi patria! ¡Dios os tenga en su reino, que harto merecen la
gloria eterna, los que siendo incultos, supieron ser cristianos!
Hasta aquí he hablado de la historia de la piedra.
Ahora tengo que decir dos palabras acerca de la historia del libro.
Ahí, en medio de esa sala del trono, el pueblo de
Paris, puesto de rodillas, saludó á Enrique IV y á Luis XIV.
Ahí, en medio de esa sala del trono, en donde Paris
arrodillado saludó á Enrique IV y á Luis XIV, se instaló la Comision
revolucionaria del memorable 10 de Agosto.
Ahí organizó la rebelion que la hizo triunfar de un
monarca, encerrado en las Tullerías.
Ahí, en medio de esa sala del trono, en donde una
crísis turbulenta arrancó á un monarca de su palacio, cayó herida y exánime la
revolucion con Robespierre en el memorable dia 9 de Thermidor.
Ahí, en ese balcon de la fachada principal, se
asomó el general
Lafayette, presentando al duque de Orleans, que luego se llamó Luis
Felipe.
Ahí, en los tramos de esa magnífica escalera, casi
debajo del balcon en que Luis Felipe habia sucedido á otro rey, el movimiento
del 48 presentó al tribuno y poeta Lamartine la bandera republicana, esa
bandera que sucedió á Luis Felipe, como Luis Felipe habia sucedido á Cárlos X.
Esta plaza, la plaza de la Greve, cuyo nombre hace
brotar en nuestra fantasía tantos espectros ensangrentados, sirvió de lugar á
las públicas ejecuciones hasta 1830.
Si esas piedras pudiesen decir lo que han visto; si
esta tierra pudiese hablar, ¡cuántos crímenes, cuántas agonías, cuantas
lágrimas, cuántos gemidos, cuántos arcanos y cuántos y cuán graves
remordimientos vendrian á caer sobre la conciencia de Paris!
Me quité el sombrero ante el ilustre y orgulloso
sucesor de la casa de los Delfines y de la barraca del Sena, me metí en el
coche: al arco de la Estrella, grité al cochero, y á los quince ó
veinte minutos me encontraba bajo esta pirámide colosal, bajo este enorme
catafalco.
Pero me olvidaba de una coincidencia que me hirió
de un modo muy raro. Á los trescientos ó cuatrocientos pasos de la casa de la
Ciudad, vi un edificio grande, muy grande, negruzco, pesado, macizo, como si
estuviese apilado sobre sus cimientos: un palacio lóbrego, que parece más bien
una fortaleza, ó una prision de Estado. Era el palacio de las Tullerías. Y dije
para mí: no en balde se encuentra este palacio en la misma línea que la casa de
la Ciudad; no en balde se hallan en una misma zona geográfica, bajo un
meridiano, por decirlo así. Esos dos monumentos históricos y políticos son dos
poderes, dos recuerdos, que se miran y se provocan. Las Tullerías son la morada
del silencio, de la ceremonia y de la reserva. El palacio del Ayuntamiento es
la morada de la discusion, de la franqueza y de la libertad. Esta es la casa de
la tradicion; aquella es la casa de la historia. Son dos tronos, en el de aquí
se sienta el rey; en el de allí se sienta el pueblo. Aquí reina la Monarquía;
allí reina la Francia. Pero vamos al trofeo de Napoleon.
Llego al arco de la Estrella á las siete y cuarto.
El sol acaba de ponerse, y brilla el Occidente á las últimas ráfagas del astro
del dia, sin embargo de que ya se insinúan las primeras sombras de la noche,
formando esa atmósfera vaga é indecisa, medio brillante y medio turbia, en que
no sabemos si miramos luces ó sombras. Pero yo habia logrado mi objeto. No
queria sino dominar de una mirada aquel maravilloso conjunto; no quería sino
recibir la impresion de aquel enorme promontorio, y veo perfectamente hasta los
menores detalles.
Este coloso que contemplo es el arco de más
magnitud de que habla la historia. Acaso Babilonia, Tebas, Nínive ó Mitilene
ofrecieron á la admiracion de aquellos siglos un arco más grande; pero esos
monumentos, si existieron, se han perdido para la historia.
Los cimientos de este arco monstruoso, sublimemente
monstruoso, tienen cerca de 9 metros de profundidad, segun el cochero me
asegura, más de 54 de longitud y 27 de latitud. Su elevacion raya en 50 metros,
sobre una latitud de 44 y un espesor de 22 ó 23. Napoleon puso la primera
piedra en 15 de Agosto de 1806, y se terminó en 1832, bajo Luis Felipe.
Las sombras de la noche empiezan á indicarse,
dejando en el aire cierto tinte oscuro, como si empañasen el ambiente. En este
momento se encienden los faroles de la gran plaza, cuyo centro ocupa este
gigantesco panteon histórico, y la luna aparece á poco, entre nubes ligeras,
por detrás de los árboles de las Tullerías, de las fuentes y del obelisco de la
plaza de la Concordia.
La fachada principal del arco está decorada por dos
trofeos simbólicos: el uno representa la partida, y el otro la vuelta del
ejército. Otros dos emblemas exornan la fachada opuesta, que mira á Neuilly: la
resistencia y la paz.
Entre la imposta del arco principal y el
cornisamento, se ven cuatro hermosos bajo-relieves, los cuales figuran las
exequias de Marceau, la batalla de Aboukir, dada en 1798, en ocasion en que
Murat hace prisionero al bajá de Roumelia; el puente de Arcola, tomado
portentosamente por Napoleon en medio del fuego enemigo, y la toma de
Alejandría, á fines del siglo XVIII.
Un bajo-relieve de Marocheti, que representa la
batalla de Jemmapes, en 1792, orna el frontis lateral del Norte, y otro
bajo-relieve, que representa la batalla de Austerlitz, orna la fachada lateral
del Mediodía.
Arriba, sobre el friso, como una corona que está
ciñendo una cabeza, se ven grupos inmensos, los cuales figuran la ida y la
vuelta de los ejércitos franceses. ¡Cuánta belleza!
Palmas, cabezas de Medusa, coronas, famas de
Pradier, rótulos, victorias, todo completa la ilusion del triunfo. Así como en
la Magdalena no puede pensarse en los santos, aquí no se puede dejar de pensar
en los héroes. Si la Magdalena fuese una basílica como este arco es un trofeo,
si el espíritu de la religion dominase tanto en aquel alcázar, como el espíritu
de la heroicidad y del entusiasmo domina en esta poderosa creacion, la
Magdalena seria un gran templo.
Penetré en el arco, y escritos sobre las anchurosas
paredes y sobre las altísimas bóvedas, divisé los nombres de noventa y tantas
victorias, además de las representadas en los bajo-relieves del frontis, de
trescientos ochenta y cuatro generales, y de varios cuerpos de division que
tomaron parte en las guerras de la Revolucion y del primer Imperio.
Este arco prodigioso es la verdadera divinizacion
de Bonaparte. El alma no puede menos de formar una idea muy grande, muy
atrevida, muy gigantesca, una idea casi maravillosa, casi fantástica, del
hombre que con ese monton de mármoles da las gracias á sus compañeros de lucha,
de triunfo y de gloria; porque esa enormísima y espléndida pirámide no es otra
cosa que las gracias que da un general á sus fieles y valientes soldados. La
gratitud que así se insinúa, podrá no ser muy fervorosa; pero es magnífica.
Yo permanecia embobado leyendo en las paredes y en
las bóvedas los nombres memorables de los generales y de las batallas, cuando
la luna se oscurece repentinamente, ocultándose en un celaje espeso, la luz de
los faroles de la plaza no penetraba por el arco, y me vi envuelto en sombras,
pareciéndome que me encontraba en el fondo de un grande osario. El arco habia
dejado de ser un trofeo, para convertirse en un panteon. En este momento la
luna se despeja, ilumina la sombra que me rodeaba, y quitándome instantáneamente
el punto de vista, me pareció que el arco se movia, y que avanzaba, con todos
sus huéspedes y sus combates, hácia la plaza de la Concordia. Yo me creí
arrostrado por aquel empuje descomunal, figurándoseme que iba en el vientre de
un mónstruo deforme. Sentí escalofrios en toda la espalda, y con los cabellos
erizados y un estremecimiento nervioso que no podia evitar, salí á cielo raso.
Cien magníficas farolas alumbraban la plaza del arco del Triunfo; están
encendidos todos los faroles que se extienden, en dos líneas simétricas, hasta
el jardin de las Tullerías; veo á lo léjos tres variados grupos de luces, como
si fuesen otras tantas hogueras: eran los tres cafés cantantes de los Campos
Elíseos; veo tambien profusamente iluminada la puerta del baile de Mabille, del
castillo de las flores…. Esto no es un paraje público, no es un paseo; es un
teatro; más que un teatro, una especie de encantamiento. Esta perspectiva es
una de esas imaginaciones con que los poetas han idealizado los valles y los
bosques de la Normandía; esto es un lago de hadas; una fantasía de Osian, no
tan delicada, no tan tierna, no tan expresiva, no tan grata al espíritu; pero
brillante, deslumbradora, francesa, parisiense, es decir, dramática.
Subí al coche, y bajamos pausadamente á través de
los Campos Elíseos, hasta la plaza de la Concordia. Allí me apeé, y me dirigí
hacia las fuentes. La luna caia sobre los borbotones de agua y de espuma, y
daba á la nube de agua que las fuentes arrojan, la diafanidad y el brillo del
nácar, de la concha ó del cristal, mientas que en medio de las dos fuentes,
emblemático y silencioso, se levantaba el monumento de otras edades, la
creacion de otra raza, el peregrino de otras religiones, un viajero de otros climas,
de climas remotos y poéticos; el obelisco de Loupsor, cerca del Cairo. Al
llegar al pié del obelisco, volví los ojos instintivamente como para ver si
descubria el arco del Triunfo, lo descubrí en efecto como desde la mar se
descubre un monte, y una idea ardiente cruzó como un rayo por mi imaginacion.
Me figuré que los dos monumentos se miraban; me figuré que dos mundos distintos
y contrarios sacudian el polvo de su honda tumba, para pedirse cuentas ante la
historia: me figuré ver el Asia y la Europa, Mahoma y Jesucristo, Sesostris y
Napoleon. Clavado al pié de aquel trofeo de otras victorias, procuré ver si
podia distinguir algun geroglífico, á favor de los rayos de la luna, deseando
probar el efecto que produciria en mi inteligencia. Despues de empinarme sobre
la punta de los piés, y de estirar el cuello; despues de esforzar á un mismo
tiempo los ojos y la voluntad, alcancé á distinguir una figura, que era una
especie de cuadrilátero, emblema tal vez de los cuatro elementos. Pasaron
cuatro ó cinco minutos, y no sabia cómo desasirme del encanto que me tenia
sujeto á las paredes de aquella mágica columna. Y allí me preguntaba: ¿por qué
el obelisco cautiva de tal modo nuestra atencion?
Escritores notables son de parecer que el interés
que el obelisco nos inspira procede de la circunstancia de ser una columna,
compuesta de una sola pieza; más claro, de la circunstancia de ser una
maravilla de mármol. Para estos escritores no hay otra razon que la magnitud,
la forma, el arte, la arquitectura. Esto explica algo; pero está muy distante
de explicarlo todo. No, no es únicamente la arquitectura. ¿Qué arquitectura
tiene una cruz? Sin embargo, halle el hombre más indiferente una cruz humilde en
medio de un desierto, en el silencio de la soledad; mire aquella cruz que le
está diciendo que allí descansan las cenizas de un hermano suyo, como sus
cenizas descansarán mañana en otra parte, y el hombre se destoca, palidece ó
reza. Visitemos un valle frondoso, y entre flores verdes y lozanas, encontremos
una flor marchita. ¿Qué arquitectura tiene esa pobre flor? Sin embargo, al
mirar la flor seca, no podemos menos de suspirar; aquella flor se mústia como
se marchita nuestra vida, como se marchitan nuestras ilusiones, nuestros
amores, nuestras esperanzas, nuestros sueños, nuestros delirios. Aquella flor
seca es la historia de nuestro corazon, un eco que resuena hondamente en
nuestra alma. No es una flor del valle; es una memoria, un sentimiento, un
vaticinio de la vida; es una poesía triste, una poesía que hace llorar.
El obelisco no nos atrae, no nos llama, no nos
interesa, no nos seduce, sino porque es una especie de escritura sagrada, un
geroglífico que no comprendemos, un pensamiento que no adivinamos, el símbolo
de una creencia, un símbolo de fe, un símbolo de religion. No es el arte, no es
la arquitectura, no es la forma, no es la magnitud lo que nos llama en ese
monumento emblemático; es la religion, el misterio, el espíritu.
Aquello es un arco; esto es una plegaria.
Aquello es un trofeo; esto es un enigma.
Allí admiro el orgullo de un hombre.
Aquí venero el arcano de una esperanza.
Esto es más que aquello, lo ha sido, lo es, lo será
eternamente, porque para la idea de Dios el tiempo es una escala que, no tiene
tramos. El geroglífico misterioso de Sesostris, es más que la soberbia fastuosa
de Napoleon. Sí, repetia yo interiormente, el obelisco me atrae más que el
arco, porque esto es más que aquello, y al pronunciar estas
palabras me volví, y alcancé á ver, como una aparicion trémula, casi flotante,
el suntuoso pórtico de la Magdalena, que parecia nadar sobre sus columnas.
Entonces, sin poder resistir á mis ideas, dije en alta voz: y aquello
es más que esto; la iglesia cristiana es más que el obelisco asiático; la
caridad del Redentor del mundo es más que el misterio de Sesostris.
Me dirigí al coche, al mismo tiempo que el cochero
avanzaba hácia mí, porque habiéndome oído hablar, se imaginó que le llamaba, ó
quizá que estaba maniático ó que me habia vuelto loco.
—¿Est-ce que vous m'appelez, monsieur? (¿Me
llama usted, señor?)
—Pas du tout. (No.)
—Mais j'ai entendu…. (Es que he oído….)
—Je n'ai rien dit. Á l'hôtel des Étrangers!
(Nada he dicho; á la fonda de los Extranjeros), y me metí en el coche. No
habian pasado quince minutos, cuando me apeaba en la calle de Feideau. Mi pobre
mujer me esperaba asomada al balcon, significando cierta impaciencia, pagué al
cochero y subí la escalera como un relámpago.
—¿De dónde vienes?
—De la casa de la Ciudad y del arco del Triunfo.
—¿Y qué traes?
—Muchas cosas, muy grandes y muy buenas.
Mi mujer tomó una friolera y se acostó. Yo empecé á
escribir esta desaliñada Revista, que me entretuvo hasta la una y media. Pero
no quiero terminar este dia sin dar parte al lector de que tengo una
curiosidad, casi un deseo, casi una ilusion: la ilusion de visitar un monumento
de Paris; un monumento en que he pensado muchas veces, que he creido ver desde
España, porque uno cree ver todo aquello que le hace sentir, y algo ve
realmente, puesto que el corazon tiene tambien ojos; un monumento que amo mucho,
tanto como si fuera de mi país, aunque los monumentos no tienen países. El arte
es como el sol: donde brilla allí reina; tiene por patria todo lo que alumbra.
Al acostarme, vi que mi mujer estaba despierta.
¿Cuándo visitarémos, la dije, el edificio de que te he hablado tantas veces?
—En la semana entrante, contestó mi mujer.
—En la semana entrante, respondí yo; queda
convenido.
Hoy es miércoles; de modo que tenemos seis ó siete
dias para darnos en cuerpo y alma por esas plazas y calles de Dios, por esos
cafés, por esos teatros, por ese bullicioso y reluciente laberinto, á caza de
impresiones y curiosidades de sociedad. Despues volverémos á la historia y á la
piedra, alternando con cuadros de costumbres, de carácter, de raza, por decirlo
así, hasta que logremos formar una idea provechosa de este fabuloso conjunto.
Si no hallo el camino de agradar al lector, acháquelo á falta de talento y de
habilidad, no á falta de intencion, de deseo y hasta de cariño.
=Dia sétimo=.
Vistas de Paris.
Un amigo viene á buscarnos muy de mañana, y á
propuesta suya, hemos empleado casi todo el dia en ver á Paris desde tres
puntos diferentes: desde lo alto del arco del Triunfo, desde una orilla del
Sena, y desde las alturas de Montmartre.
La vista desde el arco es extensa, varia,
pintoresca, rica, grandiosa. Paris entero se ve desde allí, como se distinguen
todas las figuras de un panorama bien descrito.
La vista del Sena es más delicada, más graciosa,
más elegante. Hay allí algo poético, algo ideal. Una parte de Paris se nos
ofrece como si estuviera cimentada sobre los arcos de los puentes; parece un
pueblo que vive y se mueve sobre un rio, y esto causa una impresion extraña y
agradable.
Por fin, la vista desde las alturas de Montmartre
no tiene que ver nada con las otras. Es una perspectiva especial, en que apenas
sabemos lo que miramos. Desde aquellas alturas no es Paris, sino el embrion de
una ciudad de un millon de almas; una mesa revuelta de veletas, agujas,
torreones, cúpulas, campanarios. Al fijarnos en aquel grupo indefinible é
interminable, creemos que unas casas se han edificado encima de otras, y que
Paris está como hacinado, como arrollado sobre sí mismo. Es un todo revuelto,
deforme, confuso, extravagante, casi sublime.
Los tres grabados que acompañan sobre el asunto,
dan una idea exactísima de cada una de las situaciones indicadas. Figúrese el
lector que está viendo á Paris en miniatura desde las alturas de Montmartre,
desde el arco del Triunfo, y desde una orilla del Sena.
[Ilustración: Vista de Paris desde la cima del arco
del Triunfo.]
[Ilustración: Vista de Paris desde una orilla del
Sena.]
=Dias octavo, noveno y décimo=.
Dos dias de encierro.—Provisiones.—Los libros de mi
mujer.—Un español.—Compras.—Patriotismo de mi compañera.—Carácter capital de
las mujeres.
Llueve á cántaros, y hemos invertido dos dias en
asuntos privados. Mi mujer ha dispuesto el equipaje y yo he escrito á mis
buenos amigos de España, más un artículo para La América,
titulado, filiacion de los partidos en política.
La cuestion de comida nos preocupa muy sériamente,
é ignoro á dónde irémos á parar. Desde que salí de Madrid no he hecho una
verdadera digestion, y ya mi estómago principia á volverse contra su sueño. No
entienda el lector que somos dados á la gula; no se trata de gozar sino de
vivir, y cosa es esta para no ser mirada de cualquier modo.
Buscando recursos contra esta penuria artificial,
mi mujer y yo hemos ido al pasaje de los Panoramas, que dista pocos pasos de
nuestro hotel, y nos hemos provisto de jamon dulce, salchichon, una caja de
sardinas escabechadas, un cestillo de fresas y pan. Un tabernero de la acera de
enfrente, el buen Jeannin, nos ha enviado dos botellas de vino
Macon (á 20 cuartos el cuartillo), y una lechera de la vecindad nos ha hecho el
favor de enviar á su niña con un cuartillo de leche de vaca.
Los fiambres no podrán ser el alimento de muchos
dias, al menos para mí; pero son el recurso de hoy.
Mi mujer está empeñada en que con tres litros de
cinta tiene bastante para aderezarse el sombrero. Despues de querer la cinta
por litros, que es como si dijéramos por azumbres ó por celemines, estoy viendo
que cualquier dia va á pedir un metro de vino.
Esta mañana hice cierta pregunta á un caballero que
encontramos cerca de la fuente de Moliére, calle de Richelieu; el caballero me
contestó que no me comprendia porque era de otras tierras. Esto lo dijo en
español. Á mi mujer le pareció que habia sacado la lotería.
—¿Es usted español? ¡Bendito sea el cielo! Venga
usted acá, hable usted español, hablemos español: apenas vuelva á España,
estaré hablando el español durante un mes seguido.
Aquel caballero debia marcharse al dia siguiente, y
nos dió las señas de su habitacion en Barcelona, en el Lóndres de España; un
Lóndres tan activo, tan laborioso, tan inteligente, tan moral como Lóndres; tan
desgraciado como Barcelona.
Mi mujer estaria aquí todo lo bien que puede estar
una mujer léjos del país de sus afecciones, de sus conocimientos y de sus
hábitos, cuando comprendiera y hablara el idioma: no hablándolo ni
comprendiéndolo, vive mártir ó poco menos. No poder hablar es para la mujer una
contínua irritacion, una perdurable indigestion de palabras y de deseos, una
especie de hidrofobia. Quien inventó el silencio, no tuvo necesidad
de inventar infierno para las mujeres.
Sin embargo, es cosa de la Providencia que no sepa
francés, porque si lo supiera, ¿qué dirian los franceses al oirse
llamados animales á cada momento?
—Pero, hombre, ¿no ves qué bestias son estas
gentes? Hé aquí una de las frases más indulgentes de mi compañera. Los
llama bestias, porque no entiende su idioma.
Hemos empleado una gran parte de la mañana en hacer
varias pequeñas compras.
Mi mujer. Compremos ahora un ovillo de hilo.
Yo. Es que yo ignoro cómo se llama el ovillo en francés.
Mi mujer. Pues, compremos trencilla para atar las
botas.
Yo. Es que yo ignoro cómo se llama la trencilla en francés.
Mi mujer. Pues compremos siquiera los camisolines.
Yo. Es que ignoro tambien cómo se llaman los camisolines en francés.
Mi mujer. Llevemos al menos los manguitos.
Yo. Es que ignoro cómo se llaman los manguitos.
En resumidas cuentas, tuvimos que volver al hotel,
y tomar una porcion de notas del Diccionario. ¡Trencilla, ovillo, manguitos,
camisolines! He pasado hoy el estrecho de Magallanes en plena tempestad.
Nuestra venida á Francia me ha hecho comprender un
sentimiento que yo no conocia en mi compañera, al menos desarrollado en tan
grande escala. Mi mujer es una patriota acérrima, intransigente, absoluta. No
oye hablar de España sin que la sangre se la suba al rostro. ¡Ay del mundo si
su voluntad se cumpliera! ¡España pesaria como una cadena de bronce sobre el
cuello de la humanidad!
Bien es verdad que el amor á su país, lo que
llamamos nuestro país, no es el atributo de una mujer, sino de la mujer,
especialmente cuando se ha educado en uno de esos pueblos en donde imperan aún
las costumbres del Asia. En el amor ardiente, imaginativo, vaporoso, poético,
que la mujer profesa á su tierra natal, hay un algo que pone la naturaleza, y
otro algo que ponen la educacion y el hábito.
Evidentemente, la mujer está llamada por la
naturaleza á no poder vivir sin una pasion efectiva; su ciencia grande, su gran
vida tiene por centro el corazon. Por esto mismo es la destinada á concebirnos
en sus entrañas y á darnos su sangre con placer. No bastaba el tierno alimento
con que nos nutre. La mision de la madre, esa mision augusta, la más augusta
que el cielo encomendó al género humano, no es una tarea mecánica; la tarea
autómata de sacar el pecho y llevarlo á la boca del hijo, no: es una tarea de
cariño, de efusion, de delicia; es una tarea santamente providencial.
La ley de la mujer es amar, amar desde luego, lo
primero que ve, lo primero que oye; porque lo primero que oye y que ve la hace
sentir, y en la mujer sentir es amar.
Ve la flor, y ama la flor. Canta un ave, y ama
aquel ave. ¿Cómo no se ha de enamorar de su país, cuando se enamora de las
flores que ve crecer, de las aves que oye cantar? ¿Cuántas mujeres no han
vertido lágrimas amargas bajo la impresion del arrullo tardío y doloroso de una
tórtola?
En esta estructura sentimental é imaginativa de la
mujer; en este carácter radical y profundo, entra indudablemente la naturaleza.
Nuestras madres son por naturaleza afectivas, y como el afecto obra
instantáneamente sobre la fantasía, son tambien por naturaleza fantásticas,
pero si la naturaleza pone una parte, la educacion y el hábito ponen otra, como
antes dije.
La sociedad histórica tiene hasta hoy dos
revelaciones capitales: la sociedad egipcia y la sociedad humana; es decir, la
sociedad referida á la tradicion, y la sociedad referida á la misma sociedad.
Estas dos transiciones históricas están reflejadas
en todas las faces de la humanidad; por consecuencia en todas las faces de la
mujer.
Mujer asiática y mujer social: mujer religiosa y
mujer política.
La mujer sepultada en su casa desde que nace hasta
que muere; la mujer á quien se representa como un vacío insondable el espacio
que media entre la cuna y el sepulcro; que está acostumbrada á mirar en aquel
vacío un ataud, cuya gasa negra no puede suspender; una madre, una esposa, una
hija que tiene el hábito de enamorarse hasta del espejo en que se contempla,
hasta de la vajilla en que come, hasta del dedal de su costurero: esa mujer
cuyo destino está cifrado en amar lo que ve, y no ve otra cosa que el misterio
que la rodea; esa mujer que se habitúa á enamorarse de su propio misterio, no
puede menos de ser ardientemente patriótica, porque es ardientemente doméstica.
Yo he conocido á una señora que lo guardaba todo en un gran cofre que tenia,
como si fuera una reliquia preciosa: hasta la cáscara de los huevos, y más de
un vivo podria atestiguar la verdad de este caso. Diga ahora conmigo el lector:
¿qué significacion podria tener en la casa de esa señora el nombre humanidad?
Ese nombre allí hubiera sido una palabra peregrina, intrusa, repugnante. ¿Qué
sitio del cofre habia de ocupar? La palabra mundo, humanidad, género
humano, no ocupaba en el cofre sitio alguno: la cáscara de huevo, sí; esta
cáscara valia más para la señora que el género humano, que el mundo, que toda
abstraccion, que todo idealismo por más universal y grande que fuese.
Hé aquí la mujer asiática; la mujer del primer
período histórico; la esclava del marido, el misterio profano de la familia, el
perfume quemado en los altares de Faraon.
Pero esa mujer halla abiertas un dia las puertas de
su casa; sale á la calle, la permiten salir; habla, piensa, obra; oye pensar,
ve hacer; entra en la revolucion de las opiniones y de los derechos; la nueva
moral la auxilia; la nueva religion la llama; se asocia, por fin, á la vida
pública; por fin, se asocia; siente este vínculo, siente la
relacion social, como antes sintió el cariño á la aguja con que cosia:
comprendiendo y sintiendo la razon que la une á un pueblo, á una raza política,
comprende y siente por intuicion lógica las razones que existen para que una
raza se asocie á otra raza; para que un pueblo llame hermano á otro pueblo, y
de escala en escala, de idea en idea, de emocion en emocion, de regocijo en
regocijo, de dignidad en dignidad: ¡sí! de virtud en virtud, de alteza en
alteza, en su cerebro y en su corazon se va criando una figura alentada y
noble, una síntesis que no es otra cosa, en resúmen, que la idea y el
sentimiento de su propio sér, extendido á toda su esfera, á su magnánima nacionalidad;
á la nacionalidad de un poder que creó para un mundo un cielo y una tierra.
En toda el Asia, en toda la Turquía de Europa, en
Italia, en Grecia, en casi toda España, en Portugal, en la mayor parte de
América; en la América tradicional por hábito, aunque sea social por
instituciones que no han tenido tiempo de renovar la faz política; en todos
esos pueblos enumerados la mujer pertenece al primer período: es egipcia; es la
esclava del Faraon que se llama marido; familia, hogar; es la flor que se cria
en el jardin para que la huela su amo.
La mujer alemana (en una gran parte de aquel país),
la mujer francesa y la de algunos puntos de los Estados-Unidos del Norte
americano, pertenecen al período segundo: son el sepulcro de Jesucristo
reconquistado por una cruzada que se llama civilizacion, como podria llamarse
derecho, justicia, amor, dogma.
En estos pueblos las mujeres son casi hombres:
hombres afectuosos, imaginarios, tiernos: hombres como pueden serlo una madre y
una hija, porque la naturaleza no puede mentir; pero personalidades humanas,
verdaderos poderes en la familia, en la opinion, en el derecho, en las
creaciones sociales; personas de razon, porque la educacion no
puede dejar de enaltecer, libertando al esclavo; porque la libertad es la
sancion divina del albedrío; porque el albedrío es la sancion divina del
hombre; porque el hombre es la sancion divina de la sociedad; la libertad es el
mismo Dios que se filtró en nuestra conciencia: sed semejantes á mí,
quiere decir sed libres. «Si no sois libres, nos dice Dios, ¿con
qué virtud me vais á amar?»
Es indecible la complacencia con que estudio á las
mujeres de Paris. No conozco la representacion de la mujer inglesa y rusa, y
este es uno de los motivos porque más deseo visitar á Lóndres y San
Petersburgo. Á una mujer debo toda mi vida, y natural parece desquitarme de
semejante deuda, consagrándola una pequeña parte de aquella vida tan empeñada.
Reasumo este asunto diciendo que mi mujer es muy
patriótica, porque es muy doméstica: quiero decir, porque pertenece á la
historia asiática. Ve en su país una humanidad más excelente, un Israel
profético, y es una Judit que ama su tierra, como Judit amaba su Betulia.
Yo trabajo por hacerla cristiana; pero ella está
conforme con ser el enigma escondido en el palacio de Faraon; digo mal, en el
palacio de dos Faraones: uno es España.
Probablemente ninguno de los dos serémos muy
tiranos con ella.
Nos dirigimos á las Tullerías y al Louvre,
atravesamos el inmenso patio de este inmenso alcázar, torcimos á derecha para
tomar el Puente Nuevo; á poco estábamos en el muelle de Voltaire, y luego en la
famosa calle de la Universidad. Por allí anduvimos á la ventura durante tres
cuartos de hora, atravesando calles y callejuelas, como para ver si notábamos
esa especie de gusto clásico que debe reinar en unos lugares
donde manda la ciencia. Efectivamente, hay aquí algo de la vida revuelta del
estudiante, y del silencio austero del aula. Yo creia percibir cierto aroma de
pensamiento, cierto olor de libro; así se lo dije á mi mujer, la cual movió
pomposamente la cabeza, en señal de una negacion monda y lironda, lisa y llana.
—Yo no huelo nada, dijo mi compañera; lo único que
huelo es que mis piernas se cansan ya, y que debíamos aproximarnos á las
Tullerías para tomar asiento en los sillones imperiales.
—¡Enhorabuena! contesté yo, pero me parece que
deberias mostrarte más respetuosa con esta antigüedad científica, porque has de
saber que te encuentras en lo que se llama el barrio latino, un
barrio muy célebre, aunque no sea sino por los muchos grandes hombres que aquí
se han formado, que de aquí han salido para ilustrar al mundo, y que pisaron
estas mismas piedras que pisamos nosotros en este momento.
—Pues con perdon de esos grandes hombres, contestó
mirándome mi mujer, y de las piedras que esos grandes hombres pisaron, te digo
y te repito que estoy cansada, y que si no nos vamos á las Tullerías, me tendré
que sentar en medio de esta acera…. Al decir esto, se paró como si quisiera dar
más fuerza á su argumento, cuando oimos los agudos chillidos de un perro, que
salia casi ardiendo de un portal de enfrente. Era un perro de lana; habia
entrado sin duda en la cocina, alguna chispa habia saltado de los hornillos, la
lana habia prendido fuego, y el pobre animal salia á la calle medio ardiendo y
chillando de un modo horrible. El amo le seguia, llevando en la mano derecha un
baston ó cosa semejante. El pobre animal retrocedia, avanzaba, ladraba, se
mordia á sí mismo, chillaba, gruñia, y cuanto más se meneaba, más se encendia
la lana. El amo le llamaba, y queria apagar el fuego, pasando el baston á raíz
de la piel; pero el palo le lastimaba las quemaduras, y el perro aturdido hacia
ademan de morder al amo, con una rabia y un atolondramiento indefinibles. El
amo entonces extendia el palo, como para rechazar al animal, y el infeliz
perro, al notar que su amo le amenazaba con el baston…. ¡Oh ejemplo que
asombra! ¡Oh virtud que aturde! ¡Oh lealtad que debia dar vergüenza á los
hombres! Aquel pobre perro que se quemaba vivo, que se mordia á sí propio, que
tenia la rabia del frenesí, al notar que su amo le amenazaba con el palo,
pegaba el vientre al suelo y lamia el extremo del baston. Este ejemplo de
abnegacion sublime, de sublime heroicidad, nos enterneció de tal modo que nos
aproximamos resueltamente; otros vecinos acudieron, y entre todos, en embrion,
en tropel, apagamos el fuego con las manos y con los pañuelos del bolsillo. Yo
estaba entre aquella gente, y hablaba á todos como si fueran individuos de mi
familia. Despues que apagamos el fuego, dije al amo que debia untar las
quemaduras con manteca sin sal, y no bien hube acabado de pronunciar estas
palabras, cuando una jóven de catorce ó diez y seis años echó á escape, y trajo
un papel con bastante porcion de manteca. La juventud es tan ardiente como
generosa. El amo sujetaba al perro, y á despecho de sus alaridos y
convulsiones, le untamos bien todas las quemaduras. Luego, temblando de dolor,
entró en su casa detrás del amo. Una de las mujeres que asistieron al lance,
dijo algunas palabras á mi compañera, que la contestó en buen castellano: no
la entiendo á usted. Aquella mujer que no comprendió que
mi mujer no la comprendia, se me quedó mirando, como si esperase
que yo la explicara el asunto. Mi señora ha contestado á usted, la
dije, que no entiende el francés. La mujer se quedó parada, y
echaba unos grandes ojazos á mi compañera, al mismo tiempo que exclamaba con
mucho asombro: ¡Madame ne comprend pas le français! ¡La señora no
entiende el francés! Esto queria decir: ¿esa señora no sabe el francés
y está en Francia? ¿Cómo lo va á pasar ignorando la lengua del país? ¿Pero, de
dónde viene esa señora que no sabe el francés? Yo que comprendí perfectamente
toda la intencion de aquella mirada, y que me sentí algo picado por la negra
honrilla de mi compañera, la dije con un marcado aplomo: Madame
ne comprend pas vôtre langue, ainsi que vous ne comprenez pas la langue de
Madame. (Esta señora no comprende la lengua de usted, así como usted no
comprende la lengua de esta señora.) Y luego añadí: Madame ne
comprend pas la langue de votre pays; mais elle comprend une autre langue plus
necessaire, plus universelle, plus savante: la langue de la charité. (Esta
señora no entiende el lenguaje de este país; pero entiende otro lenguaje más necesario,
más universal, más sabio: el lenguaje de la caridad.)
Esta salida convenció á la buena mujer: oui,
monsieur; oui, monsieur (sí, señor; sí, señor), decia repetidamente, y
se fué haciéndonos una reverencia. En efecto, la caridad es una religion que
hace á todos los hombres hermanos.
Nos dirigimos al muelle de Voltaire, y á los pocos
minutos entrábamos, cogidos del brazo, por el Puente Nuevo. Aquí presenciamos
otra escena, de un interés muy superior. Los héroes de la nueva aventura son un
campesino, su mujer y un muchacho como de veinte años, poco más ó menos. El
matrimonio se dirigia hácia la parte del Luxemburgo, mientras que el jóven
caminaba hacia las Tullerías; pero tanto el hombre como la mujer, la mujer
particularmente, volvian la cara con frecuencia para mirar al jóven; el jóven
la volvia tambien, y en el movimiento tardío y embarazoso de los tres, no era
cosa difícil adivinar que aquellas buenas gentes se separaban con dolor. Por
fin, la labriega vuelve el semblante, el muchacho lo vuelve al mismo tiempo,
sus ojos se encuentran, entre ellos pasó lo que Dios sabe; corre la mujer hácia
el jóven, el jóven corre hácia la mujer, se abrazan estrechísimamente y rompen
á llorar; pero á llorar de un modo que era capaz de quebrantar las piedras.
Nosotros, con el corazon desgarrado al oir aquellos sollozos, nos quedamos
estáticos delante de aquel grupo interesantísimo. El labriego aturdido siguió á
su mujer, y á los cuatro ó seis pasos de distancia, bajó la cabeza y dejó caer
ambos brazos. Parecia un difunto que se tenia de pié. ¡Qué arte tan sábio es el
amor! ¿Qué Rachel, qué actriz del mundo, hubiera corrido como corrió aquella
mujer, hubiera dado aquel abrazo como aquella mujer lo dió, y hubiera arrancado
á llorar como lloraba la infeliz campesina? ¿Ni qué Talma, ni que Latorre,
hubiera bajado la cabeza, y dejado caer los brazos con la ruda y austera poesía
con que lo hizo aquel pobre paleto? ¡Ah! Los padres son los grandes actores,
los eminentes trágicos, cuando llega la hora solemne de verter lágrimas por sus
hijos. Excuso decir á mis lectores que la labriega era la madre, y el labriego
el padre del muchacho. A este tocó la suerte de soldado, habia ingresado en
caja, se quedaba en Paris, y aquel abrazo, dulce y desgarrador al mismo tiempo,
era la despedida. Mi compañera y yo no tuvimos ánimo de presenciar el
desenlace, y seguimos nuestro camino, penosamente impresionados de aquella
aventura.
—Mira, me dijo mi mujer; este muchacho irá ahora á
la guerra; quizá un jefe indiscreto le manda asaltar un castillo, y tal vez
muere en aquella empresa temeraria. Y pasará un dia y otro dia, y acaso la
madre le guarda la silla en que solia sentarse, y no quiere que nadie ocupe el
lugar de la mesa que él ocupaba. Y pasa un mes, y pasa un año; la madre
esperará á su hijo, y el hijo no entrará por la puerta de la casa de sus
padres, ni se sentará en la silla en que antes se sentaba, ni ocupará el lugar
de la mesa que ocupó desde niño. Un hombre extraño le ha mandado morir, y ha
muerto. Un hombre extraño ha robado aquel hijo á su madre; á esa madre que lo
ha concebido, que lo ha criado, que lo amaba con todas las veras de su corazon,
que se estaba mirando en él como en un espejo. La madre sabrá al cabo que su
hijo murió en la guerra, y su alma gemirá para siempre en un abismo de
perdicion y de amargura. ¡No, no! añadió mi mujer vivamente; los hombres son
injustos, haciendo ciertas cosas sin consultar el voto de las madres. Ninguna
guerra se debia emprender, sin oir antes el consejo de una gran asamblea de
mujeres. Es bien seguro que de ese modo no habria tantas guerras. Yo dije
sonriendo á mi mujer: ¿para qué más guerra que una gran asamblea de mujeres?
Luego añadí: tal vez sucederá á ese muchacho lo que tú acabas de decir; pero
¿quién sabe si va á Sebastopol contra la Rusia, y es el primer soldado que
clava la bandera en la torre de Malacoff, salvando á Europa en las alturas de
Crimea?
—¿Es decir, arguyó mi mujer, que tú estás porque
haya guerras en el mundo?
—No, hija mia, respondí yo; yo no estoy porque haya
en el mundo guerras injustas, egoistas, tiránicas; pero estoy por las guerras
que se hacen en nombre de la civilizacion, del derecho y de la moral. Y ¿la
sangre que se derrama y humedece la tierra? dirás tú. Y ¿el rayo que cae de las
nubes y nos devora? digo yo. Ese rayo que nos devora, es indispensable para
purgar el aire de los malos miasmas que lo infestan; sin ese rayo destructor,
el ambiente nos mataria. Pues bien, la sangre que se vierte en una guerra
justa, es indispensable del mismo modo, para que los hombres comprendan lo que
están obligados á hacer, para que se guarde la justicia. Aquella sangre es como
el agua de salud con que se riega el árbol de la libertad de los pueblos; es el
Jordan de ese bautismo; bautismo costoso, pero santo, como es santa la lágrima
que aquella buena madre vierte al despedirse de su hijo, por más que aquella
lágrima la queme los ojos y la desgarre el corazon. Cuando llega la hora en que
el hombre debe sufrir, no hay otro recurso que disponer el alma para el
sufrimiento, y cuanto más sufrimos, cuantos más dolores experimentamos, más
sagrado es nuestro dolor. Sí, amiga mía, la sangre que se vierte en ciertas
batallas, es como el rayo que viene á purgar el ambiente de otro horizonte, el
aire de otra atmósfera: es un dolor que debemos sufrir, cuando llega la hora de
los dolores; es una lágrima que otra madre derrama por sus hijos. La madre que
lloraba en el puente Nuevo, se llama mujer. La madre que llora en los campos de
ciertas batallas, se llama moral, se llama historia, se llama destino, se llama
Providencia. Y á esto sin duda se refiere San Pablo cuando dice: la
letra con sangre entra; y cuenta, hija mia, que San Pablo es al mismo
tiempo un grande hombre, un gran santo, un gran apóstol, y la inteligencia más
práctica y organizadora que ha conocido el mundo.
Conversando así como buenos amigos, llegamos á la
esquina de la calle del Acaso (Rue du hasard), y vemos un letrero que
dice: restaurant de Santa Teresa. Teresa se llamaba mi madre, y la
veneracion y el respeto que debo á ese nombre, me decidieron repentinamente.
Tiré del brazo á mi compañera, que comprendió luego mi intencion y aprobó mi
idea con alegría, porque siente hácia mi buena madre el mismo respeto que yo.
Comimos una sopa, dos platos de carne, uno de
pescado, otro de verdura y unas fresas. El criado que debia servir nuestra mesa
no estaba allí, y nos sirvió una hija de la casa, con amable y graciosa
galantería. Es una jóven blanca, muy blanca, rubia, esbelta, flexible, de
mirada apacible é ingénua. Seguramente no es francesa del Norte, debe ser de
Tolon: es decir, de un punto que raye con Italia. Es un tipo perfectamente
italiano. Tiene la candidez de la juventud, la gracia de una juventud bella, y
la seduccion de una actriz. Pegada al mostrador hay una silla, y sentado en la
silla hay un hombre, tipo perfectamente parisiense. Con perdon del francés y de
mi compañera, digo y declaro que ella me gusta más que él. El buen parisiense
no la quita ojo, y la buena francesa del Mediodía le manda tambien de cuando en
cuando alguna miradilla furtiva, picaresca, como robada. Esto quiere decir que
esos dos tipos diferentes, representan un tipo comun, íntimo, idéntico; un tipo
que conviene á todas las fisonomías, á todas las naciones, á todos los siglos,
á todas las razas: el tipo de amantes. ¡Dios los haga buenos casados! Luego que
concluimos de comer, llamamos á nuestra linda servidora, pagamos, nos
levantamos y nos despedimos, empeñando palabra formal de que iriamos á comer
con mucha frecuencia. En esto sale una señora de grande cara, de tez muy morena
y vellosa, de pecho enorme, de vientre más enorme aún, pequeña, aplastada, casi
roma, de tal manera, que más que mujer parecia una bola, una urca, una
abutarda. Se adelantó hácia nosotros, y el vientre caminaba dos ó tres palmos
delante de ella. Yo me acordé del célebre soneto de Quevedo que principia:
Erase un hombre á una nariz pegado,
porque, en efecto, la situacion era muy semejante;
aquí se trata de
Una mujer pegada á una barriga.
El parisiense se levantó, la mujer rechoncha y la
niña nos despidieron hasta la puerta, coreando un saludo de doscientas ó
trescientas gracias, unas detrás de otras. Las gracias son el género más barato
de Paris. Vale menos que el aire, que el agua y que la luz. ¡Qué baratura de
género!
—Pero, señor, me decia mi mujer al salir: ¿puedes
tú comprender que esa muchacha tan flexible y graciosa, pueda ser hija de ese
fenómeno? ¡Milagros del amor!
Llegamos á casa cerca de oscurecer, y hemos pasado
una buena parte de la velada recordando tres cosas: la señora del restaurant,
el abrazo del puente Nuevo, y el perro que ardia; aquel animal que se quemaba y
lamia el baston de su amo. No lamia la mano del dueño; no lamia sus piés; sino
un palo que le lastimaba y que le heria; pero que era el palo con que le
castigaba el que le daba de comer. Víctor Hugo ha dicho:
La virtud que en el mundo
está en destierro,
Hombre no pudo hacerse … y se hizo perro.
=Dia duodécimo=.
Bustos de azúcar y de chocolate.—Hombres que no
debian comer.—Apuros.—Primer restaurant del pasaje de los Panoramas.—Segundo
restaurant.—Vajilla de Luis Felipe.—Francia.—Inglaterra.—Pequeño restaurant de
Lóndres.
Empiezo este dia por dos curiosidades que hemos
visto ayer, y que nos causaron suma extrañeza. En los escaparates de una
confitería en la calle de San Honorato descubrimos un Pio IX de azúcar, y en la
esquina del gran hotel del Louvre, hácia la plaza del Palacio Real, un Napoleon
de chocolate, montado á caballo.
Digo la verdad, sin embargo de no ser pontífice ni
emperador, no me sabria bien que una escultura tan original confiase el secreto
de mi fama al chocolate y al azúcar. No faltará lector que crea que me doy á
inventar ciertas especies, con el objeto de zaherir la sociedad francesa,
halagando así nuestro espíritu nacional. Á esa duda, que yo me imagino,
contesto que si alguno, francés ó español, me prueba que adultero el menor
detalle, la minuciosidad que menos signifique, consiento desde luego que se me tenga
por una persona deshonrada. Afirmo, bajo mi palabra de honor, que hemos visto
aquellos bustos originales en los lugares indicados; el de azúcar, en una de
las confiterías de la calle de San Honorato, y el de chocolate, en la esquina
del gran hotel del Louvre.
Pero estaban admirablemente ejecutados, se dirá.
Sí, por cierto, contesto yo; admirablemente ejecutados; pero lo hábil de la
ejecucion no quita al hecho su natural é inevitable extravagancia, porque es
una cosa extravagante que el chocolate y el azúcar, objetos puramente privados,
artículos puramente domésticos, se vean convertidos en sustancia artística. Es
extravagante, es y no puede menos de ser ridículo, que la escultura, el arte
divino de Miguel Angel, se nos muestre en un escaparate de confites. Pero, lo
tendré que decir mil veces: cuando llega la hora de ganar dinero á trueque de
un efecto cómico, los franceses no respetan á emperadores, ni á pontífices, ni
á Miguel Angel, ni á nadie del mundo. Creo que si la idea de la eternidad
pudiera prestarse á un relumbron, el hombre francés la expondria sin escrúpulo
en un escaparate. Estaria bien sitiada, con algun adorno gracioso, herida por
algun reflejo brillante, rodeada de algun golpe mágico, eso sí, pero la idea
sagrada de la eternidad estaria expuesta al público curioso en los escaparates
de un mercader. Tal vez este retrato es algo atrevido; pero bien sabe Dios que
es UN RETRATO AL NATURAL.
Vuelvo á la reseña de este dia.
La Providencia hubiera hecho al mundo un bien muy
grande, no habiendo dado necesidades materiales á los hombres que se consagran
á la vida intelectual, especialmente tratándose de aquellos que son peregrinos
en el presente; peregrinos que, con el báculo de la verdad en la mano y una
esperanza valerosa en el corazon, cogen hoy espinas que mañana se convierten en
flores, y sirven de corona á las generaciones venideras. Estos hombres, estos
mártires de la historia, estos santos de la conciencia, estos sacrificios
sagrados de donde saca el mundo su fuerza mejor, debian tener bastante con su
culto, como el alambique que contiene un fluido eléctrico, tiene bastante con
aquel fluido. Estos hombres debian estar dotados de una existencia elemental
como la tierra, como el agua, como el aire: debian ser luces á quienes bastara
su natural calórico: debian vivir y conservarse por su propia virtud, de la
misma manera que la esperanza vive y se conserva por virtud intrínseca y divina
del deseo: debian vivir y conservarse en su espíritu, en su esencia, en esa
misteriosa infusion de la mente hacedora, como el perfume de una flor vive y se
conserva en los poros sutiles de sus tallos.
A más de un escritor debia bastar su oficio, como
basta su claustro al monje. ¿Qué son algunos escritores, sino monjes de otro
convento, frailes de otra religion? ¡Ay! no está en esto lo penoso de la órden,
sino en que son monjes sin claustro.
En efecto, difícilmente se concebirá una situacion
más terrible que la del hombre que dedica su vida entera al esclarecimiento y
propagacion de una verdad; de una verdad extraña todavía á la civilizacion
particular del siglo ó del pueblo en que vive. Todo lo ha puesto en manos de su
idea: vigilias, patrimonio, salud, amor, destino…. ¿Para qué? Para oir en una
hora, en un momento, la voz de una mujer, de una hermana, de una madre: mira
que no tenemos que comer; mira que no podemos pagar al casero; mira que es
necesario abandonar esos papeles indigestos, y buscar recursos, tal vez
pedir, quizá sufrir la afrenta de quien vale menos, porque sirve menos, porque
está mucho más distante de los altos fines que la vida humana tiene que cumplir
en el mundo.
¿Qué se hace? Dejar los papeles (el vulgo de las
mujeres los llama papeluchos) y buscar dinero; pedirlo; sentir en
el rostro el calor tremendo de la vergüenza.
¡Qué poco meditan sobre esto los legisladores que
condenan al escritor, como se condena al malhechor ó al vago!
¡Ay! La tierra que pisa ese hombre, el palmo de
tierra donde pone su planta, esa piedad que debe á la creacion, está mojada de
su sudor y de su sangre. ¿Quereis que á eso se junte la argolla del presidio?
¿Tambien ha de comer la vitualla en el patio inmundo de una cárcel? El que está
á su lado es un ratero, un traidor, tal vez un asesino; él es el misionero del
alma, el apóstol de la verdad, el astro de la vida, el cáliz de la revelacion;
un cáliz donde se custodia una chispa del pensamiento providencial que mide y
gobierna el universo: el que está á su lado es un maldiciente, un perjuro, un
espía; él es el sacerdocio del porvenir; un siglo grande que no cabe en su
siglo; un pueblo muy grande que no cabe en su pueblo; la ley de los hombres que
no cabe en la ley de un hombre; él es la victoria que se inmola para hacer bien
al hijo de su propio sacrificador.
¡Ay! Pónganse los legisladores la mano sobre su
conciencia; mediten un instante dentro del secreto de su corazon; miren por un
momento esa cuna donde ahora dormitan sus hijos; esos hijos á quienes aman,
esos hijos que serán hombres á su vez; esos hijos que en su dia serán padres;
esos hijos á cuya descendencia no ha dado nadie un monton de cenizas para que
sobre él deje caer la frente helada; esos hijos que son una cifra infinita en
el cálculo de la Providencia: lean los legisladores en ese arcano por un momento,
un momento más; no les pido más tiempo que el necesario para ver un cometa que
aparece repentinamente en los aires: vuelvan los ojos á esas criaturas que
ahora dormitan, esas criaturas que mañana se educarán, que mañana aprenderán
moral y ciencia, que aprenderán de este modo á ser hombres en el libro del
presidiario; esas criaturas que tarde ó temprano han de recibir el bautismo
bajo la concha del escritor que come y vive con el asesino y con el espía.
¡Ay! Todo lo ha puesto en manos de una idea:
vigilias, patrimonio, salud, amor, destino: tambien la libertad; es un preso:
tambien la honra; es un infame.
¡Ay! Si un hijo del legislador, uno de esos hijos
que ahora duermen bajo la leve gasa que cubre su semblante; si ese niño llega á
ser un hombre de sabiduría, de lealtad, de abnegacion; si llegase á ser el
propagador de una verdad mayor que su siglo, el conductor de un fluido para el
que la vida de hoy no tiene tubo ni alambique; si debiese al destino el don
soberano de tener genio; es decir, el don de una virtud suprema, porque no hay
genio sin virtud, no hay genio deshonrado, no hay genio infame, porque no
existe el talento de picar, porque la víbora no tiene talento: si
en el testamento de la predestinacion universal, recibiera ese niño aquella
manda gloriosa y divina ¿qué diria el legislador, qué diria el padre, cuando
supiera que su hijo comia la vitualla del presidio con el espía, con el
asesino, con el traidor, con el ratero?
¡Ay! Pongan una mano sobre los latidos de su
corazon, y que respondan una vez: ¿es eso justo?
Todo lo dan: ¿han de dar hasta la honra, como la
madre que falta de alimento, da al hijo sus lágrimas?
¿Pero por qué hay hombres que propagan ideas
mayores que su siglo ó su pueblo?
¡Escrúpulo curioso en verdad! ¿Por qué hay rayos
que purgan la atmósfera? ¿Por qué hay volcanes que purgan la tierra? ¿Por qué
hay torrentes que se precipitan y corren cubiertos de espuma? ¿Por qué hay
tubos que conducen el fluido eléctrico? ¿Por qué hay chispa eléctrica? ¿Qué me
decis á mí de todo eso? ¡Preguntádselo á Dios!
No es nuestra ciencia; es una ciencia mucho más
alta. Propiamente hablando, es la ciencia.
He dicho algo á mi compañera sobre lo bueno que
seria á ciertos hombres el poderse mantener con la virtud espiritual del
pensamiento; el vivir de una manera infusa, por revelacion, pero mi
compañera me responde que en vano doy que hacer á mi fantasía, porque no hay
más medio que resignarse á la calamidad de comer. Ella dice que el
mismo fuego necesita sustancia que lo nutra, que el mismo aire parece ser el
alimento de la atmósfera, como la atmósfera parece ser el alimento del espacio.
Dice que la chispa escondida dentro del pedernal necesita un golpe para salir;
pero yo no puedo consolarme. El pedernal no anda rodando por las aceras de
Paris, á caza de un guisado que no tenga harina, y de un trozo de carne que no
esté dura y ensangrentada, y de una botella de vino que no esté agrio, amargo,
salado, picante, y no sé cuantas cosas más.
He dicho todo esto, porque la cuestion de comer se
hace cada dia más apremiante y amenazadora. Los fiambres no bastan á un
estómago débil como el mio, especialmente cuando está acostumbrado á otro
método; el método de una mujer inteligente, cuidadosa y que debe quererme algo,
segun las muestras.
En fin, la imaginacion de la comida (uso la palabra
imaginacion para quitar á la palabra hambre lo que tiene de bajo y grotesco)
nos reasume, nos absorbe, nos tiraniza.
Salimos á la calle con el fin de probar fortuna.
Entramos en una galería del pasaje de los Panoramas, y vemos un aviso en que se
ofrece dar de almorzar bien (confortablemente) por dos francos.
No anduvimos más. Nos sentamos en una mesa del
rincon, y á los pocos minutos teniamos dos platos delante y una botella de vino
Macon. Un plato es de carne y otro de pescado. La carne está dura, muy dura; el
pescado tiene salsa blanca, muy blanca; el vino es amargo, muy amargo. Hice á
mi mujer una seña, ella resistia por miramiento á los cuatro francos; pero otra
señal la decidió, y salimos como habiamos entrado; digo mal salimos con 82
sueldos menos, pues á los 80 de estatuto tuve que añadir dos de propina; aunque
la propina es un estatuto tambien..
En otra galería del mismo pasaje, nos dimos de cara
con otro rótulo que promete tres platos fuertes, vino de Burdeos y sorbete al
fin, todo por tres francos.
Subimos al piso principal; al entrar nos dieron una
contraseña, y á poco se presenta un garçon con frac negro y corbata blanca.
Bajo el influjo de la primera impresion creí hallarme en el memorable
restaurant Champeaux, plaza de la Bolsa, é hice involuntariamente ademán de
irme, pero la memoria de los tres francos me detuvo. Nos sirven una buena sopa,
un plato de gallina, dos entremeses, una botella de Burdeos inferior; y al
llegar á los postres, el elegante garçon entra con una batea llena de primores:
porciones de manteca, ruedas delgadas de salchichon, peras, ciruelas, rábanos
muy pequeños, dulces y otras curiosidades. Nosotros nos imaginamos ver abiertas
las puertas del paraíso terrenal. Mi mujer empezó á proveerse, tomando sin duda
revancha de los contratiempos sufridos, cuando el garçon la dice en un tono muy
bajo y muy meloso:
—Perdone usted señora: no se pueden tomar más que
dos porciones á eleccion. (Pardon, madame: on ne peut prendre que deux
portions au choux.)
—Ya me parecia, me dijo mi mujer, que esto era
demasiada suerte para nosotros.
—Si usted quiere tomar más porciones, añadió el
garçon, será aparte….
—¡Gracias! ¡gracias! contestó mi mujer
precipitadamente, como si temiera ver un papel de aguas inglesas con 27 francos
en medio.
Mi compañera tomó manteca y una fruta del tiempo;
yo tomé tres porciones de fruta, dos que tocaban á mi cubierto, y una que me
tocaba á mí por no tomar sorbete.
Mi mujer tomó el suyo, pagamos y nos salimos á la
calle, y cualquiera hubiera conocido en nuestras caras que estábamos de mejor
humor. Pero aquello era caro para la comida normal, y proseguimos nuestras
excursiones.
Despues de mucho discurrir al azar, oliendo
donde se guisa, atravesamos una de las galerías del Palacio Real, y en un
bazar de porcelana hemos visto un juego de platos, que perteneció á Luis
Felipe.
Acerca de la autenticidad no hay duda alguna,
puesto que los platos son de lo mejor que se hace en la famosa fábrica de Sevres,
y tiene en el fondo la corona y nombre de Luis Felipe. Esto nos
induce á dar crédito á la señora del almacen de los Panoramas, sobre el baston
de Richelieu, puesto que lógico parece que descuide el baston del cardenal,
quien descuida la vajilla de un rey. Se conoce que la nobleza francesa tiene
poco gusto tradicional; lo cual quiere decir poco gusto de si misma, poca
conciencia de su ejecutoria, poca sensatez. ¿Cómo seria posible que un lord
consintiese que decorara el escaparate de un mercader, una vajilla que hubiese
servido en la mesa de uno de sus monarcas?
La Francia, siendo inmensamente más grande que la
Gran Bretaña por la ley de la naturaleza, no debe entrar en lucha con el pueblo
inglés: tiene una desventaja capitalísima; es menos lógica, como ya he dicho, y
la lógica es un poder inmenso; sino inmenso, es un formidable poder: La Francia
lo tiene; pero la Inglaterra lo tiene mayor. Francia tiene uno; el del país, el
poder social. En el Reino Unido hay un millon de lores y de hombres de gobierno
ó de empresa: hé aquí un millon de poderes; el privilegio portentoso de una
casta política, la cual, pordioseando por todo el mundo conocido, hace que todo
el mundo conocido la pida limosna.
La Inglaterra es la especialidad más rara que se ha
verificado en la historia, el fenómeno más curioso de estos tiempos
fenomenales. Caerá sin duda, caerá mañana, porque hoy representa lo que
representaba el mundo que cayó, el mundo que no pudo menos de caer, que caerá
siempre y en todas partes que tenga creaciones análogas; que tenga ídolos
sociales que adorar. La casta antigua le llamó mago, por ejemplo; el mago
inglés se llama cañon, pólvora, buque, lord, renta, capital; pero de cualquier
modo es la antigua casta, el mago persa ó el brahman indio.
Esto caerá, como cayó aquello, reproduciendo las sublimes palabras de Víctor
Hugo.
La Inglaterra caerá; pero no caerá sino como cae
una masa enorme: caerá como cayó el templo de Belo, como cayó el coloso de
Rodas, como cayó el Partenon de Grecia, ó el Capitolio de Italia, como caerán
las Pirámides de Egipto; como caen los milagros del hombre.
Comimos en el pequeño restaurant de Lóndres, cerca
de la fuente de Molière. Á más de lo que ofrecen por franco y medio, pedí un
pichon, el cual me ha costado 9 reales. Advierta el lector que hay pichones por
14 sueldos. Me han llevado 31 por aderezarlo, algo más del 200 por 100. Vaya
esta especie AL PARIS MORAL. Mi mujer dice que no volverá más, lo cual quiere
decir que no volverémos los dos.
De vuelta hácia casa, hemos presenciado cierto
alboroto, acaecido en una taberna de la calle de Richelieu. Dos suizos
empezaron á discutir sobre religion. El uno era del canton del Tesino, y
defendia el culto católico. El otro era de uno de los cantones protestantes, y
defendia el culto reformado. La disputa acabó por tirarse las copas á la cara,
y no debieron andar por el aire las copas solamente, sino alguna botella,
porque uno de los contrincantes tenia una herida bastante profunda, hácia la
quijada derecha.
Recomiendo al jóven que haya de salir de su casa,
especialmente de su país, que no olvide el consejo que voy á darle: guárdese
muy bien de hablar nunca de su religion y de su patria. Son los dos asuntos que
ofrecen un peligro más general y más inevitable. No hay hombre que no esté
persuadido de que su Dios y su país son los mejores de la tierra. Disputad con
él sobre todo; pero no le toqueis su país y su Dios. ¡De cuántos lances he sido
testigo, y cuántas cabezas se han roto, y cuántos hombres han ido al Campo
Santo por una imprudencia de este género!
Llegamos á casa y dije á mi mujer:
—Mañana es lunes; mañana principia la semana que
aplazaste para la visita del monumento que tanto anhelo visitar. ¿Cuándo lo
visitamos? Mi compañera me miró sonriéndose, y con la magnanimidad orgullosa
del que otorga una gracia ó concede un perdon, responde á secas:
—Mañana.
—¡Dios te lo pague! contesté yo muy satisfecho.
=Dia décimo tercero=.
Almuerzo.—Coche.—Nuestra Señora de Paris.—Hija
deshonrada.—Comida de campo.
Salimos del hotel á las diez y media. Despues de
veinte minutos de marcha forzada, nos vemos en la calle de la Grand'Batelière.
Hácia el comedio de la calle, encontramos un restaurant de mediano
coturno, y allí hemos almorzado, no muy bien, por seis francos y algunos
sueldos de propina. Volvimos á caminar á la aventura, y ya cansados, cerca del
pasaje de Jouffroi, tomamos un bienhechor fiacre.
—¿Où allons-nous? ¿Á dónde vamos? Gritó
el cochero desde el pescante.
—A Notre Dame, á Nuestra Señora, contesté
desde dentro, é inmediatamente el carruaje comenzó su marcha.
Hace media hora larga que atravesamos un verdadero
laberinto de calles, unas espaciosas y claras, otras húmedas, estrechas y
sombrías. Apenas habrá un espectáculo más original, más extraño y curioso, que
estudiar una poblacion como Paris desde la portezuela de un carruaje. Cada
calle nueva, cada nueva plaza, cada barrio distinto, cada diferente localidad,
se nos presenta como si fuese un lienzo que se va desdoblando de un
interminable panorama. Uno espera á cada momento que se concluya; espera salir
á cielo raso; espera ver campos, árboles, montañas, llanuras; espera verse
libre de aquella red que lo va circuyendo por todas partes, y vienen calles y
más calles, callejuelas y más callejuelas, plazas y más plazas, y llega un
instante en que nos sentimos fatigado el pecho, y cansada la respiracion. No
tuve la curiosidad de ver cuánto tardamos en la travesía; pero á mí me pareció
sumamente larga. Excuso decir que á mi mujer la pareció infinitamente más larga
que á mí, porque no se fija en las cosas con la intencion de estudiar y
aprender, sino con el ahinco, franca y netamente español, de hacer burla de los
franceses, y el aliciente de la murmuracion dura poco. La murmuracion es como
la salsa de la visita; mi mujer no halla en mí una compañera con quien murmurar,
y así es que se aburre.
[Ilustración: Frontis de Nuestra Señora.]
[Ilustración: Plaza de la Bastilla.—Columna de
Julio.]
Despues de torcer millares de esquinas, y cuando ya
casi teniamos turbada la vista de tanto mirar á izquierda y derecha, asomamos á
una explanada que nos pareció alegre y deliciosa; luego atravesamos un puente;
dirigimos precipitadamente una mirada á lo largo del rio, iluminado por los
rayos de un sol de Junio, llegamos á la márgen opuesta, caminamos unos
momentos…. ¡NOTRE DAME! ¡NUESTRA SEÑORA! Gritó el cochero con voz reposada y
severa, como si su acento participase de lo venerable del lugar que nos anunciaba.
Al oir el anuncio del cochero, experimentamos cierto sentimiento religioso, y
otra sensacion que difícilmente podria explicarse. Es una sensacion parecida al
miedo. Cuando nos hallamos al pié de un monumento célebre, de uno de esos
monumentos que muchas veces hemos creido ver, que nos ha hecho sentir, que
nosotros queremos como si fuera un individuo de nuestra familia, un individuo
más grande que los otros, porque nuestra imaginacion lo ha divinizado á su
manera: cuando sabemos que nos vamos á dar de cara con ese personaje
misterioso, con ese ídolo de nuestra fantasía, con esa vaga creacion de
nuestros recuerdos, parece que nos preocupa la misma idea que embarga nuestro
ánimo, en el momento de recibir á un sábio, á un santo, á un apóstol, á un
héroe, á un poeta; es decir, á un prodigio. Nuestra admiracion es una mágia que
adoran muchos magos, ó bien es un mago que adora muchas mágias, y Nuestra
Señora de Paris era para nosotros una especie de hechicería; hechicería
sagrada, venerable, augusta, pero hechicería.
—¡Anda! dije á mi mujer, con el mismo tono con que
la hubiera dicho: el mago nos espera.
Saltamos del carruaje, y nuestra ávida y respetuosa
mirada se fijó en el frontis de la gran basílica. Aquella fachada es
pintoresca, festiva, graciosa, sin dejar de ser grave, religiosa y solemne. Hay
allí ese espíritu aventurero, esa galantería varia y confusa, esa poesía
melancólica, apasionada, infantil, inocente, pero arrebatadora, de los
edificios de la edad media, ora sea un templo, ora un palacio, ora un castillo,
ora una cárcel. Aquella poesía indefinible no es un carácter de este ó del otro
estilo arquitectónico; no es una revelacion del arte; sino una revelacion de
aquella edad, el arte especial de aquellos siglos; una emocion de aquellos
hombres y de aquellos tiempos, una verdadera emocion histórica.
Las treinta y cuatro columnas, altas, delgadas y
sencillas, que sostienen la plataforma de esta gran fábrica, dan al edificio
una gracia ateniense, fantástica, aérea; parece que nadan por la atmósfera.
Aquellas columnas tienen la arrogancia atrevida y la idealidad misteriosa del
obelisco.
Yo permanecí algun tiempo, sin moverme, sin poderme
mover, como si sintiese agobiada mi alma bajo el peso de tantos recuerdos y
tradiciones. En efecto, esa catedral que ahora contemplo, esa masa enorme,
quieta, silenciosa, insensible; pero tan elocuente y tan entusiasta en medio de
su silencio y de su quietísmo; ese monton de piedras que estoy viendo, es como
el testimonio de otra raza, de otro pensamiento, de otro dogma, de otro mundo.
Este lugar, decia yo para mí, formaba parte de la
antigua Citè. Este magnífico y caprichoso templo sucedió á una
iglesia cristiana, levantada en el siglo IV al primero de los mártires, á San
Estéban. Á este San Estéban, á esta humilde y primitiva basílica del
cristianismo, único monumento religioso de la Citè, unió otra
iglesia el rey Childeberto, hijo de Clovis, á instancias del obispo San German,
bajo la advocacion de Nuestra Señora, de donde trae su orígen el
nombre actual de esta suntuosa metropolitana de Paris.
Y la iglesia de San Estéban, así como la basílica
del hijo de Clovis, habia sucedido á un templo pagano, levantado á Júpiter
durante el reinado de Tiberio. Mucho despues, á mediados del siglo XII, un
hombre ilustre, un oscuro hijo del pueblo que ganó la mitra á fuerza de
talento, de virtudes y de piedad, Mauricio de Sully, concibió el pensamiento de
construir la iglesia que ahora admiro. Un solo hombre principió esta obra
gigantesca; siete siglos la terminaron.
Aquí han trabajado sucesivamente el Papa Alejandro
III, que puso la
primera piedra en 1163, Felipe Augusto, el Cardenal de Noailles, Juan de
Montaigu, Felipe el Hermoso, San Luis, Luis XIV, Luis Felipe y Napoleon
III.
Bajo La Convencion, Nuestra Señora de
Paris se vió convertida en templo de la Razon.
Bajo el Consistorio, la secta de los teofilántropos
estableció aquí su culto.
En 1801 tuvo lugar el famoso y raro concilio, á que
asistieron ciento veinte obispos constitucionales.
Bajo el Consulado, se restableció el culto
católico, prévios una misa y un Te Deum, pomposamente celebrados en
presencia de los tres cónsules.
En 1804, el Papa Pio VII puso la corona del Imperio
sobre la cabeza del gran Napoleon.
Aquí tiene el lector la historia artística y social
de NUESTRA SEÑORA DE
PARIS, de este gran libro escrito en piedra.
Pasadas estas primeras impresiones, atravesamos el
umbral de la basílica. Necesitaria escribir un año, si tuviese que hacer la
descripcion de los infinitos y curiosos detalles de escultura que encierra este
templo. En este sentido, Nuestra Señora de Paris es quizá el
monumento más rico y más precioso de la edad media. Tanta estátua, tanto
dentellon, tanta columna, tanto relieve, tanto arabesco, tanta profusion de
trabajo, le quita belleza, porque le quita sencillez; le quita majestad, porque
le quita simetría; pero lo que le quita como arte, se lo da como historia; lo
que le quita como iglesia, se lo da como conservatorio ó museo. No es una gran
arquitectura; pero es un gran libro.
Ciento veinte pilares sostienen las lujosas
bóvedas; hemos contado veintisiete capillas, y admiro los bajo-relieves, en
bronce dorado, del altar mayor, un precioso grupo de mármol, que representa el
descenso de la cruz, la estátua de la Vírgen, la de San Cristóbal, de nueve ó
diez metros de altura, y otro grupo de mármol llamado el voto de Luis
XIII, que representa una cruz de piedra blanquísima, medio cubierta por un
paño con una maestría notable; al pié de la cruz aparece sentada la Vírgen
María, teniendo en sus brazos al niño Jesus. Á cada lado de la Vírgen, se ven
las figuras de Luis XIII y Luis XIV, que presentan una corona á la madre del
Salvador. La escultura de estos verdaderos monumentos no pertenece á la escuela
del edificio, por decirlo así; contradicen la lógica del arte; en una palabra,
son otros tantos anacronismos, pero al cabo son preciosísimas creaciones de una
civilizacion santa y grande, creaciones de un arte sublime, de un arte sin
segundo, del arte cristiano, y nuestra fantasía, nuestro sentimiento y nuestra
inteligencia se ven fascinados por un encanto irresistible. En un paraíso, tan
lleno de esperanzas y de armonías, el alma no piensa; se embriaga y duerme.
Hemos admirado tambien las maderas y el enrejado
del coro, los cuadros de Luis de Bologne, de Touvenet, de Hallé, de Coypell y
de Felipe de Champagne; los opulentos mausoleos del conde de Harcourt, del
cardenal de Belloy, de…. En fin, he admirado tantas cosas, que si las hubiera
de decir, seria menester que escribiera un libro, como dije antes. Pero aunque
sea de paso, no quiero dejar de hacer mencion de una pintura que nos ha
impresionado vivamente. No recuerdo en qué sacristía he visto aquel cuadro; pero
recuerdo que lo he visto para no olvidarlo jamás. Este cuadro representa al
venerable monseñor Affre, al caritativo y valeroso arzobispo de Paris, herido
gravemente por una bala en las barricadas del célebre arrabal de San Antonio,
en Junio de 1848, y la bala que se ha extraido de la sangrienta y mortal
herida. Hay una verdad tan ingénua, tan provocativa, por decirlo
así, en la pintura y un interés tan grande en el asunto, que el espectador no
puede menos de quedarse clavado ante aquel lienzo. Aquello es una triple
epopeya, una para el arte, otra para la sociedad, otra para la fe.
La gran campana de Nuestra Señora de Paris, la
mayor que hay en Francia, pesa treinta mil libras, ó sea mil doscientas
arrobas. Como la María de Sevilla, sólo deja oir su voz grave
y solemne en los grandes sucesos, ó en las grandes festividades.
Pero aún no he hablado de una de las curiosidades
más notables que se encuentran en este curiosísimo monumento. Me refiero al
maderámen de la techumbre, cubierto por mil doscientas treinta y seis planchas
de plomo, cuyo peso no baja de cinco mil quintales.
Pero se hacia tarde y la cabeza principiaba á
dolerme. Habiamos dado demasiado pasto á la inteligencia, á la imaginacion y al
sentimiento; experimentaba irresistiblemente la necesidad de respirar al aire
libre, de espaciar la vista por el horizonte, é hice una señal imperativa á mi
mujer. Salimos y subimos al coche.
—A l'hôtel Saint-Antoine, rue Beauregard; al
hotel de San Antonio, calle de Buenavista, dije al cochero.
Al poco tiempo atravesábamos el puente, y mi mujer
y yo nos mirábamos sin hablar, como si hubiésemos dado cima á una grande
empresa, tan grande, que no nos dejaba ni aún aliento para abrir la boca.
El grupo de la Vírgen y del niño Jesus, es una de
las cosas que nos han dejado una emocion más agradable y más duradera. Esto no
procede únicamente de la maestría de la ejecucion, de la habilidad del artista,
sino de otro arte más poderoso, más rico, más maestro, más grande; de un arte
que está dentro de aquellas concepciones, y que da vida al mármol y al mismo
escultor. En aquellas estátuas hay ese viso de ingenuidad, de candidez, de
fervor é inocencia que encontramos en el Evangelio, en ese libro que tantos
cristianos ignoran, que tan pocos cristianos leen, que tan pocos cristianos
estudian, que tan pocos cristianos entienden; sobre todo, que tan pocos
cristianos practican. En aquellas estátuas se ve algo del carácter más santo y
expresivo que conoce la historia; algo del tipo más bello, más noble y generoso
que venera el mundo; algo de la Vírgen María. La Vírgen María quiere decir:
candor, pasion y fe: inocencia, dolor y esperanza. La Vírgen María lleva en sí
la idea y la encarnacion de todo un mundo nuevo, es una civilizacion que vale
por todas.
Cuando calculé que ya íbamos á entrar en las
calles, me asomé por la portezuela, y dirigí un saludo con la mano a Nuestra
Señora de Paris, como quien se despide de un amigo.
Pasamos muchas calles, muchas plazas, muchas
travesías, muchas callejuelas, que no parecen de Paris, y al atravesar la calle
del famoso y novelesco Temple, presenciamos, á despecho nuestro, una escena muy
fea y muy repugnante. ¡El egoismo es la más voraz de todas las fieras, el más
rastrero de todos los reptiles, el más asqueroso de todos los insectos! Estando
avecindado entre los hombres, Dios no tuvo necesidad de crear un infierno para
este mundo. Un padre, halagado por ciertas esperanzas de lucro, habia vendido
la honra de la menor de sus tres hijas. Aquel hombre (no merece que le demos el
nombre venerando de padre) aquel hombre egoista, idiota, cruel, bajaba la
cabeza y fumaba su pipa negra. La pobre de su hija, muchacha como de catorce ó
quince años, le reconvenia furiosamente en medio de la calle. Estaba pálida
como una muerta, desgreñada como una loca, trémula y llorosa como una mujer
deshonrada. Allí oimos cosas que no olvidarémos, y de que no podemos dar parte
á nuestros benignos lectores.
Llegamos, por fin, á nuestro hotel. Pagué al
cochero siete francos, uno de propina, y subimos á nuestra habitacion, que nos
pareció el templo de la Paz. ¡Qué silencio tan apacible! ¡Qué dicha!
Repuesto un poco de esa especie de sopor ó letargo
que causa en nuestro ánimo la admiracion, principié á meditar sobre lo que
habia visto, mientras que mi mujer se ponia un traje de casa. La verdad, me veo
turbado; apenas puedo desenredar, si así puede decirse, las primeras ideas y
sensaciones. Si en este instante me preguntaran si he visto una iglesia, un
alcázar, un panteon ó un baluarte, casi no sabria qué responder.
Efectivamente, Nuestra Señora de Paris nos
deja una memoria confusa, tan confusa como deliciosa, porque confuso y
delicioso es el arte misto que allí impera. Aquel arte no es un monarca, es un
tirano, pero un tirano creador y espléndido.
Al ver el monumento de que hablo, sentimos lo que
cuando hallamos muchas huellas como amontonadas y confundidas. El rastro
confundido no es un rastro; pero la mente lo adivina. El pensamiento tiene
tambien sus goces, y aquella adivinacion es el primero de los goces
intelectuales.
La suntuosa catedral de Paris no tiene esos techos
despejados, claros, altísimos, atrevidos y majestuosos de la catedral gótica:
no tiene tampoco esas bóvedas aplanadas, casi chatas, esa atmósfera oscura, ese
horizonte misterioso de la mezquita árabe; no tiene la esbeltez, la elegancia,
la virilidad, la pompa sencilla y sublime del palacio griego y toscano. No
tiene nada de eso, y todo eso se encuentra allí; si no se encuentra, se
conjetura, se presiente, se distingue á lo léjos. Allí se ven mezclados y confundidos
el Oriente, la Grecia y la Italia; el palacio, la mezquita y la iglesia. Esto
no se ocurre desde luego; pero despues que se reflexiona sobre aquel precioso
mosáico, sobre aquella bellísima barbarie, sobre aquella hermosa
monstruosidad, encontramos una especie de mesa revuelta, en que no sabemos
qué admirar más, si la belleza de las partes, ó el curioso desórden y la rica y
fecunda discordancia del conjunto. Gentilidad, cristiandad, feudalismo,
renacimiento, arte moderno, todo está allí, como están los haces de miés en una
era, desde Júpiter hasta Childeberto, desde Childeberto hasta Mauricio de
Sully, desde Mauricio de Sully hasta San Luis, desde San Luis hasta el actual
Napoleon. No perdiéndose Nuestra Señora de Paris, no se pierde una gran parte
de la historia y del arte de Francia.
Por último, no debo escatimar al nobilísimo
edificio que hemos visitado, ya que somos deudores de tan gratos recuerdos, un
elogio que, á mi modo de ver, significa mucho. Despues de estar poetizada Nuestra
Señora de Paris por el genio de Víctor Hugo, que es un gran
genio, Nuestra Señora de Paris parece poética.
Hemos resuelto no salir á la calle para comer. Eso
de comer á lo transeunte, á lo bohemio, como si dijéramos al salto de mata, nos
fastidia y nos entristece. Hemos llamado á la hija de la lechera, y la hemos
encargado salchichon, jamon dulce, sardinas de Nantes, una libra de fresas, un
panecillo y una botella de vino Macon.
Mientras que la muchacha nos trae los recados, yo
escribo esta revista á la manera que se persigna un cura loco.
La chica llama, mi mujer abre, la muchacha entra,
deja nuestro avío, se va, mi compañera pasa la llave, y nos quedamos solos.
¡Qué hermosa es la casa en que vivimos! ¡Qué hermosa es la familia! ¡Qué
hermoso es el amor! ¡Qué hermosa tambien es la tranquilidad!
En este sentido, Paris nos ha hecho un gran regalo.
En Madrid nos inquietaba un tanto la policía; aquí vivimos en la más perfecta y
envidiable calma.
Lector, si el cofre que tienes en tu casa te
produce inquietudes profundas; si el cofre que tienes en tu casa te turba el
sueño, créeme, tira el cofre á la calle. Pasa por todo, menos por
intranquilizar tu espíritu. La tortura del sentimiento y la violencia ejercida
sobre nuestra alma, son las dos tiranías más insoportables de este mundo. Esto
nos advierte que hay una gran verdad, un gran secreto, una gran ciencia; esto
nos advierte que hay un espíritu, y que ese espíritu, esa exhalacion que no se
toca, que no se ve, que no se mide, que no se compra ni se vende, es el gran
poder de la tierra, el sumo Pontífice de la vida humana.
Sobre la cubierta de mármol blanco de la cómoda,
sin mantel, ni servilletas, ni cuchillos, ni tenedores, ni platos, hemos
colocado oportunamente el salchichon, el jamon dulce, las sardinas, las fresas,
la botella de vino, la de agua y el pan. Aún cuando comemos en casa, esto nos
parece una comida de campo. La libertad con que comemos, nos hace creer que nos
encontramos en una romería, entre tomillo y alelíes.
Hemos comido opípara y deliciosamente, y aquí doy
fin al dia décimo tercero, porque seria muy difícil darle mejor final.
=Dia décimo cuarto=.
El sueldo de la paralítica.—Mis humos
caballerescos.—Establecimiento de caldo.—Comida compuesta de tres sopas, de
tres platos de carne, de tres legumbres y de tres postres, á franco y medio por
persona.—Muñecas que hablan.—Aleluyas.—Almuerzo.—Estéban Lesperut.—Comida.—Soberbia
de mi mujer.—Café cantante titulado la Francia Musical.—Teatro de la Gran
Opera.—Opera francesa.—Zarzuela española.—Harem europeo.
Salimos muy temprano en busca de algun restaurant que
nos acomode, bajo el doble aspecto de estómago y bolsillo. Es indudable que lo
hay; ¿qué no hay aquí? Sí, lo hay, digo yo á mi mujer; pero mi mujer me
contesta: ¿dónde está? De esto se trata.
No distábamos treinta pasos de nuestro hotel,
cuando oigo que me llamaban. Era una pobre muy anciana, á quien habian tirado
un sueldo desde un balcon. La pobre estaba paralítica, no podia agacharse para
recoger la limosna, y con este fin me habia voceado. La señorita que arrojó el
sueldo miraba desde el balcon de un piso segundo, como para ver el desenlace de
aquella pequeña aventura. Estoy seguro, de que en España no me habria ocurrido
el menor escrúpulo en este instante; pero me hallo en país extranjero; esta
circunstancia es una voz de alerta que clama siempre en torno nuestro, y me ví
asaltado por un sentimiento singular, muy singular en mí. La señorita miraba
desde arriba, la pobre esperaba que yo la sirviese, como era justo y natural;
pero yo experimenté entonces que en los españoles existe una mezcla de genio
aleman y de genio romano; una mezcla de pensamiento y de fantasía, de
concentracion y de ligera idealidad, que describe maravillosamente ese
temperamento moral que nosotros llamamos hidalguía española.
¡Desdichado de mí! ¡Cuánto me resta que aprender! ¡Cuánto ignoro! Yo no me
creia hidalgo: no suponia en mí ese espíritu caballeresco que
caracteriza un siglo y una raza; el siglo feudal y la raza latina; y ahora me
encuentro con que ignoraba lo que sucedia en mí propio. Indudablemente tengo
algo de raza y de feudo, y de ello pudiera ser testigo la mendiga. En vez de
recoger el sueldo, como ella me suplicaba y como esperaba la señorita del
balcon, la dí dos sueldos y proseguí mi marcha, aparentando que no habia
comprendido.
Ignoro qué impresion haria en mis
espectadoras mi rebeldía caballeresca; pero ello es que yo caminaba
tan ufano como si hubiera hecho una conquista. Pasada aquella ráfaga de
caballerismo, empezó á preocuparme la idea de si habria cometido una falta de
caridad, una falta tanto más reprensible cuanto que la habia cometido con una
pobre anciana.
Mi mujer quiso disuadirme diciendo:
—¿De qué puede quejarse? La has dado el doble de lo
que ella te pedia.
—No, respondí á mi mujer. Puede quejarse de mi
soberbia, de mi soberbia con una vieja paralítica. La he dado el doble; pero el
dar no prueba que se da bien, puesto que muchas veces la simple dádiva envuelve
una afrenta; á veces se da la deshonra.
Si yo estuviese paralítico, si suplicase á un
transeunte que me cogiera un cigarro que se me hubiese caido al suelo, y el
transeunte me diera dos cigarros suyos, yo no aceptaria de ningun modo su
presente, y le llamaria orgulloso, presumido, insensato tal vez. Yo no le pedia
los dos cigarros que me da, sino un servicio que no me hace, una obligacion que
no cumple; si tú quieres llamar á esto caridad, es una caridad que no me
otorga, que me niega con cierto alarde de virtud; pero al cabo me la niega, y yo
veria en su alarde de virtud un alarde de vanidad.
Mi mujer me miraba con cierta maravilla, al
observar la séria importancia que yo daba á un accidente tan pasajero; pero yo
estaba herido por una especie de remordimiento, y no pude menos de proseguir:
si aquella mendiga no hubiese perdido, como el hábito horrible de la miseria,
la justa apreciacion de su decoro, si no hubiese sacrificado su dignidad al
embrutecimiento que sigue siempre al desamparo y á la abyeccion; si con la
sensibilidad de su cuerpo no hubiese perdido la sensibilidad de su conciencia;
si aquella infeliz vieja viviese para la vida del espíritu, como vive para la
vida del abandono, seguramente hubiera despreciado la donacion de mi soberbia,
la jactanciosa caridad de mi egoismo; seguramente hubiera despreciado una
limosna que no escucha un ruego natural; que da dos monedas, y camina ufana
porque ha sido altanera y cruel. Si la pobre inválida existiese para el
sentimiento de lo que es, como existe para el sentimiento de lo que sufre,
seguramente me hubiera afrentado.
—No, amiga mía, no: si otra cosa crees, te engañas:
al menos, mi corazon me dice que te engañas. Todos somos hermanos, ante la
religion que nos llama por boca de un viejo: más hermanos todavía, ante la
sublime fraternidad de la desgracia y del dolor.
He hecho mal, muy mal, y me pesa. Yo he debido
coger el sueldo, dárselo á la inválida, sin perjuicio de añadir mis dos
sueldos, ó lo que me hubiera parecido oportuno. He ofendido á la paralítica, y
la pido perdon.
Mi mujer hizo ademan de replicarme, sin duda para
tranquilizar mis escrúpulos, porque tiene demasiado sentimiento moral para no
comprender que la razon estaba de mi parte; quiso contestarme, repito; pero
tuve la suerte de que se me ocurriera una observacion, á la cual no resiste
nunca una mujer.
—Supon, le dije, que tú no conocieras á tu madre;
supon que esa mendiga fuera tu madre, ¿habriamos hecho lo que hicimos?
No, es bien cierto que no. ¿Y con qué derecho
exigirias tú que un hombre accediera á las súplicas de tu madre tullida, porque
tu madre puede tullirse, cuando tú creyeras que yo he hecho bien no accediendo
á las súplicas de aquella inválida, aquella inválida que tambien puede tener
hijos, como tu madre te tuvo á tí; aquella inválida de la cual tú pudiste ser
hija?
Mi mujer contestó:
—Es verdad.
Al desembocar en la espaciosa calle de Montmartre,
vi un letrero hácia la derecha que decia: Établissement de bouillon.
(Establecimiento de caldo.)
Esta especie, es decir, el que el caldo diese lugar
á que hubiera establecimientos, y establecimientos tan importantes como el que
vemos, es un hallazgo que nos asombra. Nos aproximamos, vimos varias frutas y
dulces en almíbar que están expuestos en los escaparates; pero echamos de ver
que hay jarros de flores á cada lado de la entrada principal, y esta
circunstancia, unida á la de ser un punto muy céntrico, nos da mala espina
acerca de sus condiciones económicas. No quisiéramos un restaurant tan cerca del
de Champeaux; pero allí entra multitud de personas, se titula Establecimiento
de caldo, y hemos resuelto hacer una nueva experiencia.
No es aún hora de almorzar; seguimos la calle de
Montmartre hasta la calle paralela á la de Rousseau, y tiramos por ella hácia
la plaza de las Victorias, donde mi mujer tenia que comprar algunas frioleras;
si bien no son frioleras para mí, puesto que me ponen en un potro, á causa de
ignorar sus nombres en francés. Tambien es cierto que los ignoro en español.
Al subir por la acera derecha de dicha calle, vemos
un aviso en que se lee: en el piso principal de esta casa, se da una
comida (un diner), compuesta de tres sopas á eleccion, tres platos de carne,
tres de legumbres y dos postres, todo por franco y medio. El precio nos
pareció sumamente arreglado, resolvimos comer allí, tomamos nota de la calle y
número de la casa, y caminamos hácia la plaza de las Victorias.
Mi mujer hizo provision de hilos, sedas, agujas y
trencillas; nos dirigimos á la Bolsa con el fin de aproximarnos al restaurant
de la calle Montmartre, atravesando el pasaje que llaman de Vivienne, nombre
que toma de la calle en que está. En este pasaje hemos visto una curiosidad que
no ha dejado de impresionarnos. Hay una porcion de muñecas grandes, con un
excelente colorido, ojos perfectos, una cabellera naturalísima, y que tienen la
facultad de articular varias palabras, merced á un cilindro interior. Á este
cilindro se le da movimiento por un resorte que está debajo de la tabla que
sirve de base á la muñeca, de modo que el espectador no se aperciba á primera
vista del secreto de aquella operacion.
Hay una que dice: me llamo María y hablo
mejor que mi hermana. (Je m'appelle Marie et je parle mieux que ma soeur.)
Otra dice: mi abuela me ha dicho que pasaré
el próximo estío en el campo. (Ma grand'mère m'a dit que l'été prochain je
serais à la champagne.)
Otra muestra un dechado con la mano derecha, y
dice: este es el premio que he ganado en mi colegio. (Voilà le prix que
j'ai remporté dans mon collége.)
Esta curiosidad que parece tan admirable, tiene sin
embargo una explicacion facilísima, si vale creer en lo que se me ha dicho. El
cilindro que está en el interior de la muñeca produce la articulacion de las
sílabas, como el que está dentro de un organillo produce la articulacion de las
notas musicales, dando un sentido perfecto á la composicion.
En el mismo lugar hemos visto unas aleluyas con
motivo de los miriñaques. Estas aleluyas son un verdadero drama cómico, y
bastarian para demostrar la excelencia del carácter francés, para el ridículo,
cuando aquel carácter necesitára de nuevos testimonios. Hay situaciones
verdaderamente oportunas, como aquella en que un marido ve á su mujer dentro
del miriñaque, y suponiendo que no podria oirle á la distancia que el miriñaque
hacia necesaria, la está hablando con una bocina.
Salimos del pasaje, atravesamos luego la plaza de
la Bolsa, y á los pocos momentos entrábamos en el Establecimiento de
caldo, calle de Montmartre, número 43. He dicho que entrábamos, y esto no
es exacto en rigor. Pretendiamos entrar; pero nos detuvieron, á fin de
proveernos de unas papeletas, sin las cuales no está permitida la entrada. Yo
quise preguntar al contralor, que así se llama el empleado que da
las targetas, sobre el uso á que las habiamos de destinar; pero los franceses
son todos adivinos en el instante soberano de hacer un
negocio. El contralor comprendió desde luego mis dudas, y se contentó con
decirme: allez, monsieur, allez. (Vaya usted, señor, vaya usted.)
Estas palabras tienen en francés una significacion más eficaz que en
castellano, por lo mismo que significan una especialidad francesa. Allez,
monsieur, allez, quiere decir: anda, anda, que allá dentro te
arreglarán; ó bien esto otro: estoy haciendo mi vendimia; ¿no ves,
majadero, que tengo un racimo en la mano? No seas impertinente, anda y déjame
en paz.
La palabra monsieur (señor) tiene
un sentido muy gracioso en la frase citada. Viene á significar una cosa muy
parecida á la palabra castellana tonto, que de paso sea dicho, es
una de las grandes bellezas de que tanto abunda nuestro rico y hermoso idioma.
En efecto, el sonido sordo y tardío de este vocablo, suministra la idea exacta
de un entendimiento que se despereza, que abre la boca con trabajo, que
balbucea un nombre con la lentitud ébria del que se duerme: en el sonido de la
palabra tonto hay algo parecido al de la de sapo,
y esta única relacion es más que suficiente para darla una propiedad y una
fuerza admirables.
Pues bien, allez, monsieur, allez,
quiere decir al pié de la letra: anda, tonto, anda.
Yo lo comprendí como lo digo; pero este insulto era
un secreto de lenguaje; era un insulto que tenia en su abono el genio de una
lengua que hablan en todo el mundo doscientos millones de hombres, y no habia
otro remedio que bajar la cabeza y andar.
Entramos en el primer salon del establecimiento y
nos sentamos cerca de una mesa de mármol, limpia y lustrosa, sin manteles ni
servilletas.
En la targeta que nos dieron á la entrada, están
notados todos los artículos disponibles en el establecimiento, con el precio de
cada uno al márgen.
La servilleta es el primero de aquellos artículos,
y cuesta un sueldo por cada comida.
Pedimos servilletas y sopa de pasta, llamada
aquí pâte d'Italie (pasta de Italia) y la criada que nos
sirvió, que criadas son todas las que sirven, sacó su lápiz negro, y con el
desenfado de un maestro en el oficio, hizo dos rayas en el artículo servilleta,
y otras dos en el artículo sopa.
Luego pedimos chuletas de carnero, y volvió á hacer
dos marcas en el artículo correspondiente.
Lo mismo sucedió respecto de las demás cosas que
pedimos. Concluido el almuerzo, pregunté á la sirviente qué debia hacer con
aquella targeta tan decorada.
—Monsieur, allez au comptoir, s'il vous plaît.
Señor, sírvase usted ir al mostrador, y señalaba á un mostrador que estaba
á la izquierda de la puerta principal, ocupado por dos señoras sentadas.
Estas señoras eran las oficinistas. Me llegué á la
que se hallaba más próxima á nuestra mesa, cogió la targeta sin mirar, sumó con
la velocidad del relámpago, y estampó la suma y un sello con tinta encarnada.
La pregunté si allí debia pagar, me contestó afirmativamente y me dió la vuelta
de una moneda de diez francos. El almuerzo nos habia costado cinco francos y
trece sueldos, próximamente once reales á cada uno, incluso una botella de
vino.
Al salir dimos la targeta al contralor, cuyo oficio
consiste en darlas en blanco, y recibirlas con el sello encarnado; penetramos á
duras penas á través de la gente que entraba, y, quede aquí escrito en gloria
de Duval, amo del establecimiento, esta comida ha sido la menos
repugnante á nuestro gusto, por ser la que menos repugna á la cocina española.
Este hallazgo nos alentó con la seguridad de que en Paris no nos moriríamos de
hambre por falta de mesa, y resolvimos solemnizarlo yendo á un café cantante,
desde las seis hasta las ocho de la noche, y al teatro de la Gran Opera, desde
las ocho y media hasta las doce.
Teniamos noticia de tres cafés cantantes: el de
la Francia musical, hácia el bulevar de la Buena Nueva; el de Moka,
en la calle de la Luna, y el del Concierto, calle de Montmartre.
El más importante es el de la Francia
musical, exceptuando los tres que hay abiertos en los Campos Elíseos,
durante el verano, y adonde no podriamos ir, teniendo pensado asistir á la
Opera. Nos hemos decidido por el de la Francia musical.
Disponiendo así el plan del dia, nos dirigiamos al
paseo del Palacio Real, de donde pasamos á los jardines que decoran los
costados de las Tullerías, por la parte del Sena, con el objeto de evitar el
calor. Allí nos sentamos; yo no sabia que me sentaba en sillas imperiales,
porque luego supe que todos aquellos asientos pertenecian al palacio y eran
gratis. ¡Cosa extraña en Paris, en donde el hombre paga hasta la luz que Dios
da de balde al gusano!
Casi tocando con la silla de mi mujer, estaba
sentado un viejo militar, de una gran talla, con cabello muy blanco y una de
las barbas más venerables que en mi vida he visto. Nos oyó hablar, y nos
dirigió en el acto la palabra, con ese aire de jovialidad afectuosa con que
tratamos á un individuo de nuestra familia. Hablaba en castellano, de un modo
violento; pero que se dejaba comprender.
El anciano que nos dirigió la palabra es un
veterano del primer Imperio; hizo en España toda la guerra del año ocho con el
grado de capitan. Tiene ochenta y tres años. Su mujer y una hija están en el
departamento de Lion, su hija es la directora de correos en una cabeza de
partido, y viene á Paris con el fin de buscar empleo á otro hijo que
tiene, á su Hipólito, antes de morirse, hora que cree cercana.
Todo esto nos lo dice en menos de cinco minutos, y
nos habla con la misma expansion y el mismo júbilo que si fuéramos, mi mujer
la directora de correos, y yo su Hipólito.
Estéban Lesperut, así se llama, toca ese grado de
lucidez interior, en que el hombre toma la costumbre de amar el pensamiento de
la muerte, como si se tratara del último misterio que su destino le ordena
descifrar; en que el hombre se ofrece á nuestra fantasía de un modo semejante á
la idea de silencio, de espíritu, de historia, de inmortalidad casi, en que el
hombre es el canto del tiempo, colocado entre el mundo y Dios, como una estátua
está colocada entre el genio de un artífice y los ojos del que la mira.
El buen Lesperut, el cariñoso y honrado Lesperut,
abre los ojos con esfuerzo, procura dar vigor á su pupila, sonrie
expansivamente, y nos ve y nos escucha con un regocijo que nos tiene
encantados.
¡Con qué efusion recitaba las cartas que habia
recibido de una Isabel, de quien conservaba recuerdos amorosos! ¡Con qué
cordialidad hablaba tambien de una doña Gertrudis, ama de un abogado de
Salamanca! Aquel hombre parecia vivir en aquellos instantes con una doble vida.
En Lesperut hemos encontrado un compatriota, un
verdadero amigo, un padre. Nos ama como ama el recuerdo de su juventud, de sus
proezas, de sus glorias. Ama á los españoles como ama la memoria de su primer
emperador. Cuando habla de estos sucesos, habla y llora.
Se acercaba la hora de comer, y tuvimos el
sentimiento de abandonar su compañía, no sin prometernos comer juntos al dia
siguiente en el restaurant de San Jacobo, calle de Rívoli.
No habian trascurrido diez minutos, cuando nos
hallábamos en la casa en donde debiamos comer por franco y medio cada cubierto.
Al entrar volvimos á leer: tres sopas á eleccion,
tres platos de carne, tres legumbres y tres postres. Tanta baratura nos
aturdia.
Subimos, y la señora del establecimiento nos
improvisó una mesa aparte, en una habitacion que estaba á la izquierda,
contigua á la estancia destinada á los fumadores. Los dos salones que servian
de comedor, estaban llenos de parroquianos.
Esta circunstancia nos confirmó más en la idea de
la baratura.
Aquella señora nos sirvió desde luego media botella
de vino á cada uno, el pan correspondiente y una sopa de pasta. Luego nos
preguntó qué carne queriamos. Nosotros pedimos chuletas de carnero, como para
disponer el estómago. Vinieron las chuletas inmediatamente, no parecian malas,
y mi mujer dejó escapar una mirada de intencion hácia mí, como si quisiera
decirme: amigo mio, esto es otra cosa; este Paris no es aquel Paris.
Comimos las chuletas, y quedamos dispuestos para
los otros dos platos de carne. Pero ¡pecadores de nosotros! Nos habian servido
una sopa: ¿y las otras dos que ofrecia el aviso?
La señora entró á saber qué legumbres queriamos.
¿Y los otros dos platos de carne? ¿Se quedarán
donde se quedaron las dos sopas? Vino un doble plato de judías sin salsa, y me
preguntó qué postres eran de nuestro gusto.
Pero ¿y las legumbres que faltaban?
Mi mujer no pudo contenerse por más tiempo.
—¿Qué es esto? me dijo. ¿Dónde están las tres
sopas, los tres platos de carne y las tres verduras?
Yo me encogí de hombros y esperé.
La señora entró con dos ciruelas casi verdes, y dos
plumas. Las plumas equivalen á los palillos que usamos en España, aunque tienen
un doble oficio. Ofrecer un plato con plumas, significa lo que significaba el
lego cuando nos miraba con el saco de la limosna abierto.
Aquellas plumas eran una sentencia. Resuelta y
decididamente, la comida se habia terminado. No habia más.
Segun nuestro modo de ver las cosas, nos habian
escamoteado dos sopas, dos platos de carne, dos de legumbres y dos postres, ó
sea las dos terceras partes de la comida: ¡otra vez el doscientos por ciento!
Mi mujer queria á todo trance que pidiera alguna
explicacion sobre el hecho, haciéndolo cuestion de energía española;
pero yo miré el asunto de otro modo.
Las explicaciones que me den, dije yo para mi
capote, no me valdrán un plato; perderé el tiempo, gastaré saliva, se me
indigestará lo poco que he comido, y habré hecho méritos para que me tengan por
cafre ó por moro, sobre todo si anda por aquí el Sr. Dumas.
Nada; no hay más recurso que pagar; tener muy
presente esta casa, y bajar la escalera.
Llamé á la señora, la dí una moneda de diez
francos, me trajo la vuelta, dejé unos sueldos (mi mujer hizo un gesto
terrible) y salimos de la habitacion.
Al bajar las primeras escaleras, no pude menos de
decir sorprendido á mi compañera:
—¿Así te vienes?
Estaba tan atribulada y tan soberbia, tan españolamente
soberbia, que se habia dejado el sombrero en una percha del comedor.
A las siete subiamos las espaciosas escaleras del
café la Francia musical, entre vistosos jarrones de flores y
grandes espejos que nos retratan á uno y otro lado.
La concurrencia comenzaba entonces, y tuvimos
ocasion de colocarnos enfrente del pequeño teatro que hay en el fondo, cerca de
la orquesta, de que formaba parte un negro muy elegante y muy lustroso.
Probablemente aquel negro ganará más que los otros
músicos, puesto que es de más efecto dramático.
Una jóven, que ha venido sola, se llega á la
orquesta y cruza dos palabras con el director. Despues pasea los ojos
ávidamente por la concurrencia, como si se gozase en recibir todas las miradas.
Es una dama del teatro, una actriz, una
artista.
La compañía consta de tres damas y de tres galanes.
Las damas son: tiple, carácter ligero y
carácter cómico.
Galanes: tenor, barítono, bufo.
La orquesta preludia y la concurrencia se anima.
Un garçon de frac negro y corbata blanca se acerca
á nuestra mesa. Mi mujer pide un té, y yo una copa de Madera con bizcochos.
La orquesta rompe, se abre la puerta del fondo del
teatro, y aparece la jóven que vimos venir sola, presentada por el tenor, el
cual la trae cogida de la mano con el mayor refinamiento.
El principio fué muy desgraciado para nosotros.
¿No es esa la jóven que entró aquí sola á presencia
de todo el mundo? Pues si aquí vino sola, si sola se iria hasta el fin de la
tierra, ¿por qué ese coquetismo de que la acompañe el tenor ante un público que
está convencido de que no tiene necesidad alguna de compañía? El público sabe
que aquella dama no se perderá en el camino: ¿por qué
contradecir ese convencimiento que tiene el público, cuando lo tiene con razon?
No, señor, se dice: cuando aquella jóven entró en
el café, no era dama del teatro. Ahora lo es, y la cultura tributa ese homenaje
á la mujer, á la actriz y al público.
Yo no lo creo así. Creo que el arte da belleza, no
moral. Creo que la moral nació con la opinion de la mujer, y que es injusto
sacrificar la mujer á la artista, cuando la mujer es la grande artista de la
naturaleza.
Si la mujer pudo entrar sola en el café, la
cantatriz puede salir sola al teatro, porque ambos son hechos sociales que caen
igualmente bajo la jurisdiccion de las opiniones.
Más claro, veo en ese refinamiento un coquetismo,
una ridiculez, y creo que la ridiculez y la coquetería no son un homenaje
tributado al público, ni á la actriz, ni á la mujer.
El tenor se retiró haciendo cortesías exageradas, y
ella quedó en la escena inclinada hácia el público, como la red que baja al
fondo para rastrear algo.
La actriz no se engañaba; el público aplaudió.
En seguida cantó un aire nacional con bastante voz,
con bastante gusto é inteligencia, pero haciendo mohines que destruian en
nosotros el efecto del canto.
La prima donna da fin á su papel, se inclina respetuosamente
ante el público, el público aplaude otra vez, se abre de nuevo la puerta del
fondo, y aparece el tenor, el cual se la llevó como la trajo.
Despues de mediar un entreacto de orquesta, asoma
el tenor. Este tenor es un hombre muy alto, delgado, inmóvil, con un gran
bigote tan inmoble como sus piernas.
Cantó con voz llena y poderosa; pero en aquel
sonido no habia más que voz.
Sigue al tenor la dama de carácter ligero,
calificacion que la viene de molde, atendido el contínuo movimiento de sus
piés.
Es una mujer de veinte y ocho á treinta años, baja,
un tanto gruesa, lo que se llama rechoncha, y que no puede estar quieta un
instante, como el gorrion que salta sin cesar cuando busca algun cebo á su
pico.
Esta mujer me suministra la idea exacta de lo que
se llama en Andalucía un aire respingon.
Cantó una tonadilla, con su acompañamiento de momos
y saltos, saludó al público; es decir, al café, con mucha efusion y cierto
gracejo … nada más.
Hé aquí ahora al galan de carácter ligero. Esto no
lo hubiera dicho al verlo salir, porque creí que se habia invertido el órden de
la funcion. Creí que aquel hombre era el carácter cómico, el bufo,
el payaso. ¡Qué gestos! ¡Qué gritos! ¡Qué contorsiones! Pero la puerta del
fondo se abre, como sale una bala del cañon. ¿Qué es eso que asoma? ¿Qué es ese
bulto que sale corriendo, voceando, con el sombrero calado hasta las orejas, y
con un frac cuyas estrechas puntas van golpeando sobre los talones de aquel
bulto?
Es el actor cómico. Este actor canta, ladra, ahulla, corre, brinca,
salta, se estira, se encoge, se pone de cuclillas, de cuatro piés…. En fin, el
hombre que al juzgar de las cosas se deje llevar de las primeras impresiones,
no debe venir á los cafés cantantes, sino despues de haber estudiado todas las
relaciones de esta sociedad originalísima. Si los ve antes, juzgará mal.
Lo único que puedo decir, es que al presenciar
estas escenas tengo dolor de estómago. ¡Tan verdadera, tan filosófica y tan
expresiva es la palabra española estomagar! ¡Sí, óigalo Francia,
esta culta y poderosa Francia! Estoy estomagado.
—No, señor, vuelven á decir los franceses.
Hay muchos hechos que no son tanto cuestion de
lógica, como de costumbre ó de país. Para no extraviarse en la apreciacion de
las manifestaciones sociales de este pueblo, es indispensable saber cómo este
pueblo vive. Despues de un dia de diligencia y de trabajo, el hombre francés
come y viene al café, como quien asiste á un recreo. No le hableis ahora de
nada sério, de nada grave, de nada moral. No le hableis de nada que pueda
preocuparle y alterarle la digestion. Para eso tiene diez ó doce horas al dia.
Esto se dice; pero no hallo en todo eso una razon
que me convenza. Desde luego opino, y es una opinion muy profunda en mí, una
opinion en que yo fundo el gran axioma de la vida humana: opino, decia, que no
veo cuestiones de país ó de costumbre contra las eternas cuestiones de la
lógica: desde luego creo que la lógica es el país universal, la única costumbre
necesaria. Si sobre la tierra existiese un pueblo que tuviera el poder de
trastornar con sus prácticas y costumbres las ideas sustanciales de lo bueno, de
lo verdadero, de lo justo, aquel país seria una diablura, una infamia, una
apostasía. No, señores franceses; la Francia está dentro del globo, está dentro
de la humanidad, está dentro de los fines providenciales, como una pulsacion de
mis sienes tiene su causa en mi cerebro, como una idea de mi alma está dentro
de mi juicio. No; no hay países morales para contradecir el grandioso decálogo
que una razon unánime ha escrito sobre las leyes del universo. Si alguno de
vosotros cree que vuestro país tiene ese privilegio trastornador, entienda que
el tal privilegio fuera una herejía.
Vosotros os vais al café con el objeto de
recrearos. Nada más justo; especialmente despues de muchas horas de aplicacion
y de virtud. Pero ¿de qué manera os recreais? ¿Oyendo maullar? ¿Viendo que un
hombre se convierte en gato, para que vuestra digestion no se turbe? Pues ¿qué
digestion es la vuestra, que sólo se hace bien contemplando que un semejante
vuestro se degrada? ¿Creeis por ventura que no es degradacion para un hombre el
hacer oficios de lobo, puesto que ese hombre aulla? ¿No ois los aullidos? ¿Eso
os recrea? ¿Eso ayuda vuestra digestion, señores franceses?
—¡Así nos recreamos!
—¡Ah! Si no teneis más razon que esa, me callo.
Un hombre ponia candentes unas varas de hierro, las
cogia con la necesaria precaucion, se acercaba de un modo imprevisto á sus
criados, y les quemaba las piernas, los brazos ó el cogote. Los criados
saltaban, gritaban, hacian gestos, y aquel hombre se distraia tambien con
aquellos gestos, con aquellos saltos, con aquellos gritos.
—Así me recreo yo, podria contestaros aquel
hombre.
No os disputo el derecho de divertiros; sino el
derecho de divertiros contra lo que se debe al decoro, á la moral, al hombre,
porque no hubo, ni hay, ni habrá nunca derecho para obrar contra el hombre,
contra la moral, contra el decoro; de la misma manera que no hubo, ni hay, ni
puede haber luz en el espacio para derramar las tinieblas en nuestra pupila.
Recrearos, sí: recrearos á costa de un semejante
vuestro que hace el gato, el perro, el gallo, la gallina, el lobo, hasta el
cocodrilo, si cupiera: no, mil veces no. Eso no es recreo, porque no es arte,
porque no es humanidad, porque no es ni decencia.
—Si aquí vivieras algun tiempo, le contesta: si
aquí perdieras ese gusto extranjero que te presenta como repugnantes los
hábitos de esta sociedad, acabarias por asistir á estos espectáculos y por
recrearte como nosotros.
Tampoco me convence esta prueba. En una ocasion
padecí vigilias, hasta el punto de estar diez y siete dias sin dormir un
instante. El médico me aconsejó el ópio; yo me negué, y recuerdo que el médico
me decia: si usted se acostumbrara á usar de aquel narcótico, lo usaria al cabo
como ahora puede usar de los dátiles, por ejemplo.
Puedo acostumbrarme á los cafés cantantes, como
puedo acostumbrarme al ópio, al veneno, á la disolucion. ¿De qué manera?
Relajando mis aptitudes físicas y morales;
destruyendo en mi organizacion la ley natural, el dogma de mi sér.
Si hay razon para decir que me acostumbraria á una
accion degradada, y que llegaria á gozar en ella, habrá razon tambien para que
el bandolero me diga: vente con nosotros, desecha escrúpulos, no temas.
Luego que te acostumbres, nuestra vida errante te hará gozar con los peligros
de una hazaña; nuestra cueva te parecerá tan hermosa como un palacio; te
creerás un héroe, como nos lo creemos nosotros.
Si vale raciocinar de esta manera, no hay criterio
en el mundo.
Aún considerado únicamente como recreo, como medio
de digestion, mi estómago se levanta mal humorado, y es un testigo que
depone inexorablemente contra un espectáculo semejante.
Sin embargo de que no soy francés, haria cualquiera
sacrificio á trueque de lograr que este pueblo no digiriera alegremente,
que este pueblo no hallara goces al presenciar que un hombre se agacha, se pone
en cuatro piés y ladra como un perro.
¡Contradicion inconcebible! Yo comprenderia que
esta degradacion no repugnara, cuando la persona degradada fuera un inglés, un
cafre, un indio; pero ¿cómo no he de acostumbrarme cuando es un hijo de esta
nacionalidad tan celosa de su reputacion?
Digo del payaso de estos cafés cantantes, lo que
del verdugo. Para persuadirme de la inconveniencia social de que existan
prácticas tales, me basta saber que hacen de un hombre un oficio infame y
burlesco, una sátira.
En nombre de la conciencia humana y del genio de
nuestro país, suplico á España que importe en buen hora la costumbre del café
cantante; nada más natural que se recree y se civilice oyendo cantar en un
café, quien no puede ir al teatro: esto tiene una gran influencia moral, puesto
que levanta el sentimiento de la clase trabajadora, y la da decoro, porque la
da estimacion de sí misma, y la separa de hábitos viciosos, únicos donde antes
hallaba la satisfaccion de ciertos goces, goces que son la recompensa inevitable
de muchas horas de fatiga: traiga en buen hora un recreo digno y moralizador;
pero de ninguna manera el payaso; de ninguna manera la sátira.
Si tras de lo uno ha de venir lo otro, que se
queden ambos allá. Por mi parte, renuncio á ese legado de una civilizacion
falsa y ruin, una civilizacion que merece este nombre, como merece el bandolero
la calificacion de héroe.
Venga el canto; venga la bella arte; vengan la
moralidad y la instruccion de una cultura poderosa; la cultura del sentimiento;
que no venga la infamia. Doloroso es que allí quede; pero más doloroso seria
que allí se quedara y aquí viniera.
Sentiria un vivo pesar, si viese alguna vez
reproducida en mi país esta costumbre degradante.
¡Qué! ¿Juzgas quizá que tu país es más morigerado
que Francia?
No; no creo eso. Creo que los españoles de hoy son
más dados al crímen que los franceses; creo que en España se cometen muchos más
delitos, creo que la ventaja á favor de este pueblo es muy notable; pero creo,
sin embargo, de que en España hay más sentimiento moral, más gérmen de
conciencia, más virilidad y más fortaleza en nuestras acciones. Creo que veria
en aquel payaso un artificio servil y grotesco; un buen humor que
no haria las mejores migas con el respeto que nos debemos por nuestra propia
dignidad. Esta es la palabra, á mi modo de ver. Me parece que los españoles
somos más amantes de nuestra dignidad.
Nuestra tierra está peor cultivada; sí, doy la
razon á Francia en este sentido; pero mal cultivada y todo, me parece que si se
escarba se encuentra más jugo.
¿Cómo se explica ese fenómeno?
No es este el lugar de la explicacion.
Pagamos un franco por el té, otro franco por la
pequeña copa de vino de Madera, y otro por los bizcochos, el doble de lo que
dichos artículos valian. Yo los hubiera dado con gusto, á no haber
mediado el hombre que ladraba. Esta memoria me amargará toda la
vida el corazon.
A las ocho estábamos en la calle de Lepelletier,
ante el teatro de la
Grande Opera.
El local en donde se expenden los billetes está
lleno, aún no han abierto el despacho, y no hay más remedio que ir á
contaduría, sin embargo de que cada asiento nos costará un franco ó dos sobre
la tarifa ordinaria.
Esto está dispuesto con intencion. Abren el
despacho general media hora antes de comenzar el espectáculo, y este tiempo
basta difícilmente para expender los billetes de las localidades baratas. Así
sucede que casi todas las localidades de preferencia tienen que buscarse en
contaduría, pagando un sobrecargo de cuatro, ocho y hasta diez reales por
asiento, lo cual monta á una suma muy respetable en el trascurso de una
temporada.
Un jóven saboyano nos guió á contaduría, y nos
proveímos de dos asientos de palco principal, únicos que quedaban pareados,
mediante once pesetas cada uno.
Penetramos en el teatro, cuyo pórtico no deja de
tener cierto aspecto de majestuosa austeridad. Una escalera espaciosa y bien
iluminada nos conduce al piso primero. La sala de descanso, aunque provisional
y un tanto estrecha, ofrece una vista imponente. Tiene de longitud toda la
anchura del teatro, longitud que aparece triple por el juego de espejos en las
extremidades; está alumbrada con profusion y decorada con sencillez y gusto.
La presencia repentina de esta gran sala impresiona
muy bien.
Los pasillos son anchos, hay tanta luz como si
estuviéramos en medio del dia, y todos los contornos exteriores de la escena
suponen un interior brillante. La impresion decae en este sentido, y decae
mucho. La vista interior del teatro de la Grande Opera, está muy distante de
llenar la ilusion de que el extranjero se deja ganar al subir la escalera, al
atravesar los pasillos, y al prolongar una ojeada casi respetuosa á lo largo de
la brillante sala de descanso.
La gran elevacion del teatro le comunica cierto
aire solemne, pero sombrío, patético. Parece más teatro de tragedia que de
canto y de baile.
Los patios de nuestros teatros, tan bulliciosos,
tan variados, tan bellos, no tienen en este notable edificio un lugar que se le
parezca. En vez de butacas, hay banquillos mezquinos y espesos. Las señoras no
tienen allí entrada; de modo, que no se alcanza á ver sino un grupo uniforme,
silencioso, triste. Parece que aquello está ocupado por un solo hombre; un
hombre que se hacina de la misma manera en todas partes.
Los palcos son cortos y profundos, lo cual hace que
la concurrencia no se pueda mostrar completamente, comunicando al todo la
gracia de la variedad y la grandeza de la muchedumbre. Lo único que produce un
efecto verdaderamente teatral, es el anfiteatro, circuido de graciosas barras
doradas, con lujosos asientos accesibles á la mirada de los espectadores.
Esto no es decir que el teatro de la Grande Opera
no sea un magnífico coliseo, tanto por su extension, como por sus trabajos de
pintura, escultura, dorado, y por su excelente y bien servida escena. Lo que
digo es, que este magnífico coliseo no se presenta á nuestros ojos tan
magnífico como lo habia imaginado nuestra fantasía; como debia serlo, atendida
la importancia de una ciudad como Paris.
Este teatro no está á la altura de las Tullerías y
del Louvre, del
Panteon, de la Magdalena, de Nuestra Señora de Paris, del Luxemburgo,
del Cuerpo Legislativo, del Senado, del Arco de la Estrella, de la
Bolsa, de las Casas Consistoriales ó del Palacio de la Industria.
No temo decirlo. Esta gran ciudad no tiene un
teatro; lo tendrá, el nuevo teatro será tal vez el primero del mundo en riqueza
y arte, pero hoy no lo tiene.
Cuando se gira en un espacio grande, todas las
distancias parecen pequeñas; acaso mi cálculo se equivoca; pero comparada la
idea que tengo del teatro Real de Madrid, con la impresion que este coliseo
produce en mi ánimo, el teatro Real se me ofrece más rico, más animado, más
hermoso, más deslumbrador: me deja más el gusto de lo que debe ser un teatro.
No hablo de la propiedad y del servicio de la
escena. Creo que es muy superior la que aquí miro, no sólo en ornato, sino
especialmente en carácter. Aquí cada decoracion es lo que debe ser, y no se
halla minuciosidad que no esté satisfecha cumplidamente.
Esta noche se repite la ópera El Profeta,
puesta en escena cincuenta y ocho veces, lo cual supone que ha dado lugar á una
entrada por valor de cuatro ó cinco millones de reales.
La poesía es francesa; la música, francesa; los
cantantes, franceses.
Es verdad que este espectáculo no tiene el sabor de
la ópera italiana. Digo de la poesía, de la música y aún del canto, lo que
antes dije de las estátuas; lo que diria de las nubes, de las flores, hasta de
los granos de arena. En Italia todo es más bello, porque todo tiene la triple
belleza del cielo, de la tierra y de la historia. Sí, Italia es más bella hasta
en sus infortunios, en sus ruinas, en sus lágrimas; pero bello es tambien un
pueblo cuya infatigable creacion ha sabido dotarse de una escuela que no está
en su índole; una escuela en cuya formacion ha tenido que lograr del deseo y
del trabajo, lo que le negaban la tradicion y el genio: bella es esta Francia
agrupando á sus hijos bajo el sentimiento generoso de un arte suyo. Yo la
aplaudo, la honro, la venero tambien; yo saludo con entusiasmo esta solemnidad,
producto increible de tantos conatos y tantos esfuerzos, mientras que deploro
que una generacion más poética, más artística, más árabe, fluctúe todavía entre
la degradacion del drama y de la ópera. Deploro que España, la Italia del
Océano, como la Italia es la España del Mediterráneo, ande todavía á vueltas
con esa confusion, con esa algarabía que se llama zarzuela.
En este momento viene á mi memoria el teatro de
Jovellanos, y ¡cuan mezquino me parece!
No obstante, hay que ser justos. Tengo para mí,
como cosa evidente, que la zarzuela es una mezcla impura y hasta repugnante
para toda persona que tenga la emocion del arte verdadero; pero si la zarzuela
ha de hacer en España lo que el vaudeville ha hecho en
Francia; si consideramos en ella un medio que ha de conducirnos á la posesion
del verdadero arte, tenemos que aceptarla como una elaboracion nacional que ha
derribado una antigua taberna, para levantar un nuevo coliseo; una elaboracion que
representa ya una gran suma de intereses y de profesiones; una influencia
poderosa que comunicará á la muchedumbre un gusto transitorio, el cual la
empujará hácia el gusto definitivo: esto es, hácia la ópera española.
Á este fin deben dirigirse todos los esfuerzos. Si así no sucede, nos sobrará
razon para decir que anda por medio la ignorancia ó el egoismo. Entre tanto,
más vale algo que nada. El adagio que dice para poca salud más vale
ninguna, es anti-cristiano, es inmoral.
La ópera El Profeta se ha
ejecutado, no con esa liberalidad inspirada y espléndida del genio italiano;
pero sí con una grande maestría, no sólo en la parte de canto, sino en el
servicio de la escena y en las disposiciones dramáticas de los grupos.
En cuanto al libreto, baste decir que es un drama
francés: hábil, muy hábil; pero acompañado perfectamente de sombras
chinescas. Aquí se canta, se baila, se reza, se siega la míes, se recoge y
se patina. La operacion de patinar duró arriba de cinco ó seis minutos, y el
público unánime aplaudió á toda orquesta. Es verdad que patinaron
maravillosamente; pero mientras que corrieron patines, yo vi correr patines;
pero no vi la ópera. En resumidas cuentas, la ópera fué acaso lo que menos
aplaudió el auditorio.
Soy el primero en reconocer su habilidad
singularísima á este arte; pero estoy viendo que tanta habilidad no consiste
las más de las veces, sino en causar efectos contra la verdad de las
cosas. Hagamos sentir, despertemos impresiones nuevas, y lo demás salga
por el postigo.
La accion pasa en Holanda; en Holanda hay lagos
helados; sobre estos lagos patinan los hijos del país. Pues bien, ensayemos
diez ó doce parejas de ambos sexos durante quince ó veinte dias, y demos este
nuevo espectáculo al pueblo parisiense. Los patines tienen que ver con la
accion que se representa, como yo con el califa de Badgad; pero si la ópera no
tiene que ver, tiene que ver la empresa, tiene que ver el público que aplaude á
los patineros y patineras; el público que digiere agradablemente viendo
patinar; esto conviene al negocio, y el arte calla, cede, entra en el club,
se hace cómplice. En cambio se hace rico. Es un drama á que conviene este doble
título: RICO Y CÓMPLICE.
No niego á la escuela francesa grandes arranques,
grandes gérmenes de progreso, intencion deliberada y profunda alguna vez, pero
la lógica y la conciencia, el juicio y la moral, salen generalmente con los
tiestos en la cabeza.
El lector supondrá que no he venido á la Grande
Opera, con el sólo objeto de ver la ópera y el teatro, cuando hay otros objetos
dignos de curiosidad y de estudio. Me trae el deseo de conocer, aunque no sea
sino á vista de pájaro, la sociedad de alto coturno.
Con este fin estuve muchas veces en la gran sala de
descanso, y atravesé otras tantas los pasillos y las avenidas del anfiteatro y
palcos principales.
Entre algunos ornatos de un efecto bien comprendido
¡cuántas composturas exageradas y ridículas! ¡Cuántos disfraces! ¡Cuántas
máscaras! Recuerdo que una señorita llevaba en la cabeza un aderezo, que
difícilmente podria pasar en la cabeza de un caballo de gala.
Es indispensable asistir á estas escenas prácticas
de la vida, para aprender, á costa de dolor y de hastío, cuán fecunda y
moralizadora es la naturaleza.
Sin quererlo nosotros, ¡con qué evidencia se
aprende aquí que los postizos en la mujer hermosa, sólo son buenos para
desfigurar su hermosura: que los postizos en la mujer fea, sólo son buenos para
añadir un realce nuevo á su fealdad!
¡Con qué lucidez comprendemos aquí que una mujer
sencilla no puede ser nunca repugnante, porque no puede repugnarnos una
belleza!
¡Pasion desdichada! ¡Cuántas mujeres se arruinan
buscando fealdad en el ridículo, mientras que el cielo las da gratis la belleza
de la sencillez!
¡Yo siento esta evidencia en medio de este foco
deslumbrador, y bendigo al genio providente que hace del tiempo un vaso
indestructible, en donde deposita la emanacion divina de su verdad!
Salimos del teatro á las doce y media. Esperamos
que la calle de Lepelletier se despejase un poco de los infinitos carruajes que
la ocupaban, y yo no podia menos de decirme entre tanto, al mismo tiempo que
contemplaba el frontispicio de la Grande Opera: ¡qué poco sabrá más de un
espectador las intrigas y los misterios que se disputan las horas del dia y de
la noche, bajo la techumbre de esa enorme bóveda!
Ahí, en ese teatro, en ese harem de Europa, se
revuelven trescientas ó cuatrocientas bailarinas, redoma donde queda encantada
una gran parte de la aristocracia de Paris. ¿Comprendeis de este modo que el
director de ese teatro sea uno de los primeros personajes de esta ciudad casi
fabulosa?
No puedo decir más.
Llegamos al hotel á la una, y así terminó el dia
décimo cuarto.
=Dia décimo quinto=.
Lesperut.—Anatomía de la vejez.—Restaurant de la
calle de
Montesquieu.—Elemento sajon.—Elemento árabe.—Restaurant de San
Jacobo.—Historia de un magnate francés.—Pesares de Lesperut.—Proyecto
de visitar á Sevres y Versalles.
Lo primero que hemos hecho al despertamos, ha sido
hablar del viejo Lesperut. Su memoria nos preocupa extraordinariamente. Hemos
hablado mucho de su aire franco y cariñoso, de la trasparencia que creimos ver
en su cútis, de una diafanidad especial que está pintada en todo su semblante,
como si participara en cierto modo de la inmensidad de la muerte. De idea en
idea, de reflexion en reflexion, hemos llegado á hacer casi una anatomía de la
vejez.
Cuando proyecté escribir estos apuntes, ofrecí al
lector en mi conciencia no ocultarle nada de lo que yo pensase y sintiese.
Estas insignificantes reflexiones pertenecen tambien á mis benévolos y queridos
lectores.
Yo creia hasta ahora que en la vejez no habia más
que un período. El viejo Lesperut me ha enseñado que existen dos, y por señas
que son bien diferentes.
En el primer período descubro cuatro caractéres
dignos de un estudio curioso y apasionado. ¿Quién no ha visto canas en la
cabeza de su padre ó de su abuelo? ¿Quién no ha de tratar con un anciano? Yo
puedo decir que en las siguientes consideraciones me ha guiado menos el juicio
que la pasion. En la memoria inextinguible de mi padre, amo la memoria de un
viejo.
¿Cuáles son los cuatro caractéres de que hablé?
La reserva, la intolerancia, la censura y el
egoismo.
La reserva es el producto de los desengaños.
La intolerancia es el resultado inevitable del que
ha aprendido; pero que ya no puede aprender, y vuelve los ojos tenazmente hácia
lo que aprendió. Sin esto, no sabria nada ó casi nada: ¿cómo ha de conformarse
en creer que la vida no ha dejado en sus canas ninguna ciencia, cuando esas
canas representan la ciencia de la vida? Sus cabellos blancos y sedosos son
oráculos para él. ¿Quién va á persuadir á un oráculo contra sus profecías?
Así como la intolerancia viene del juicio, de la
inteligencia, la censura viene del sentimiento. La censura es la intolerancia
del corazon, como la intolerancia es la censura del discurso.
El viejo no puede sentir, no puede gozar, y reniega
de aquello que ya no puede poseer. Desea, pero desea en balde, y este mismo
deseo le hace apóstata de los bienes que está deseando. Es como el amante que
ama con tal delirio, que da veneno al propio objeto de su amor.
El viejo no puede gozar; y cree que en el goce no
están las condiciones morales y elevadas de la vida; cree que es un sueño, una
decepcion, un frenesí: hé aquí el censor perpétuo de la juventud.
El egoismo es el carácter más universal y más
profundo de la vejez, porque se refiere á objetos que tocan más inmediatamente
su existencia.
La reserva, la intolerancia y la censura se
refieren á la opinion extraña: el egoismo asienta su pié sobre el instinto de
la conservacion, es como una gota que cae del manantial de la vida.
El viejo observa que la vida se va, y cuanto más
léjos la ve, con más ánsia la quiere seguir. No le disputeis eso, no disputeis
con él para persuadirle de que sus ojos no deben ver, de que su sangre se debe
helar, de que sus sienes no deben latir; para persuadirle de que esa creacion
cuyas maravillas arrancan una fervorosa y sublime plegaria de su boca trémula,
debe desaparecer en un instante ante la aparicion enlutada de un ataud. No le
hableis sobre el particular; si le hablais, vereis que el viejo se frota las
manos y encoge los hombros en señal de conformidad religiosa; pero si
penetráramos en su alma, veriamos que se frota las manos para despertar el
calórico, ese calórico que parece ser en los ancianos la esencia íntima del
deseo. El viejo aparentará conformarse, os sonreirá, si conviene; pero estad
seguros de que en aquel momento os odia; estad seguros de que una sonrisa de
hiel vierte una lágrima sobre su corazon.
¡Ay del mundo, si se rociára la cabeza con aquella
lágrima!
No le hableis al viejo del sepulcro, por la misma
razon que no debeis hablar al niño de la cuna.
Haced de modo que una criatura diga á un
viejo: ¿abuelito, qué hará usted en la sepultura?
¿Abuelito, hacia usted muchas travesuras cuando era
niño?
Estudiad la cara del viejo al oir estas dos
preguntas, y este estudio nos dirá más que toda la filosofía teórica.
Hay otra razon para que el anciano sea egoista en
el primer período.
Vuelve la vista, descubre un gran espacio de
tiempo, cree dominarlo, cree poseerlo, en esta posesion está toda su vida, y su
vida es suya. El anciano se juzga amo de ese tiempo que él ha medido, como el
geómetra se juzga amo de su compás. El anciano dice en sus adentros: todo
eso es mio; ¿quién es ninguno de estos recien venidos, de esos forasteros,
de esos imberbes, para disputarme la religion de mi memoria, mi memoria que es
mi cendal de lágrimas y mi corona de laurel, mi martirio y mi poesía.
Todo eso es mio, el que lo toque es un profano. Sabe que el hablar tiene sus peligros, y
calla: hé aquí la reserva. Cree que vivir es saber; él ha vivido; mas está
persuadido de que sabe más, y no ceja un punto: hé aquí la intolerancia. Cree
tambien que lo que su Hacedor no le concede, no debe ser bueno en ningun otro
hombre; su Hacedor le niega las pasiones activas y fogosas, la voluptuosidad,
el deleite, la emulacion, la fantasía, y ve en todos los goces anteriores otros
tantos hechos rebeldes. Hé aquí la censura.
Repara que el vaso en que bebe se queda vacío,
entonces siente doble sed, y tiene doble prisa en llenarlo. ¿Seria necesario
que para conseguirlo se transformara el mundo entero? Pues transfórmese el
mundo; pero llénese el vaso. Hé aquí el egoismo.
Por otra parte, ha pisado más tiempo la tierra, el
sol ha herido más tiempo su pupila, las melodías de la naturaleza han halagado
más su oído; en una palabra, ha existido más, y ama más la existencia, como á
medida que más amamos, más nos acostumbramos á amar lo que sentimos, y nos
apasionamos más de este sentimiento, porque la pasion no es otra cosa que un
afecto elevado á costumbre. Hé aquí tambien el egoismo.
Pero hay otro período en que el viejo tiene la
conciencia de que se muere, en que siente morirse; conciencia depurada á fuerza
de dolor, como vemos que el humo de una hoguera se va depurando á fuerza de
arder: el viejo pierde la sensacion grosera, como el fuego pierde el humo
negro, á proporcion que se va quemando la parte leñosa del combustible: su oído
se dispone á escuchar otras armonías; la soledad misteriosa y profética del
sepulcro hiere su corazon; piensa en esto como se oye una poesía ó un canto á lo
léjos, entre las brumas de una noche tranquila: la cara del anciano adquiere
una expresion ingénua, inocente, diáfana: su aliento parece ser un soplo más
sutil que el aire de la atmósfera, un soplo que sube como el aroma de las
flores: mira, y ante sus ojos parece agitarse el velo religioso que nos oculta
cómo se vive más allá!
El viejo de este último período, es el ministro de
la revelacion y de la calma; la conciencia que se toca y se oye á sí misma: es
el ángel de la esperanza que se despide del ángel de la vida, aunque la
esperanza es vida tambien. Perdóname, lector, estas fastidiosas digresiones.
Salimos de casa á las diez, y discurriendo casi
maquinalmente por la calle de Montesquieu, notamos que entraban y salian muchas
personas del número 6. Nos aproximamos, dirigimos hácia el interior del piso
bajo una mirada escudriñadora, y desde luego convinimos en que aquel edificio
debia ser una iglesia ó bien un teatro. Pero examinando un momento la entrada,
vimos que á la derecha del portal habia una mujer partiendo ostras.
Decididamente, esto no puede ser ni teatro ni iglesia. Miro á lo alto de la entrada
y descubro una enseña con este rótulo: Establecimiento de caldo. Yo
lo leia y no me parecia prudente creerlo; mi mujer no lo creia tampoco.
Penetramos…. ¿Cuál no fué nuestra admiracion?
Véanos el lector en una inmensa sala, cuyo techo está sostenido por delgadas y
elegantes columnas de hierro. Hácia los lados hay dos filas de mesas de granito
rojo. En la fila que circuye las paredes del establecimiento, cada mesa está
separada por un aparato de madera bruñida, imitando biombos, con el objeto de
impedir las corrientes del aire. Cada mesa tiene un mecanismo que provee á los
comensales del agua de Selz, composicion que tiene por objeto quitar la crudeza
al agua del rio, sin embargo de estar purificada. Enfrente de cada mesa hay un
espejo de buen tamaño. En medio de la sala se ven dos torreones, como si fueran
pedestales, decorados exteriormente por lozas finas. La parte superior de
aquellos pedestales ó torreones está coronada de flores del tiempo, y por una
figura de bronce, la cual arroja hácia lo alto un hilo de agua.
Rodéanles una verja circular, por entre cuyos
hierros alcanzamos á ver los aparatos de cocina.
En fin, aquellos torreones, lo que nosotros
creiamos altares, no son otra cosa que las chimeneas de aquel enorme
establecimiento; altares consagrados á otro culto no tan elevado, pero no menos
indispensable. Es bien seguro que no hay un templo en todo Paris, que cuente
con una cofradía más constante, mas exacta, más fiel.
En los cuatro ángulos de aquel magnífico coliseo,
porque coliseo parece, se hallan cuatro escaleras espaciosas, las cuales,
conducen al piso principal, en donde hay otro órden de mesas, dispuestas como
abajo.
Tiene una puerta grande de entrada, y dos laterales
para la salida. Enfrente hay un hombre sentado que da las papeletas; en cada
puerta lateral hay otro que las recibe con el sello encarnado, en señal de que
la cuenta se ha satisfecho.
A izquierda y derecha están los mostradores de la
oficina, y en cada uno dos señoras sentadas para la suma de las papeletas y la
impresion del sello.
De manera que el personal del establecimiento
consta del jefe, de tres contralores, cuatro señoras oficinistas, diez
cocineras, veinticinco criados y multitud de dependientes, hasta el número de
ciento diez individuos.
Caben holgadamente en ambos pisos quinientos ó
seiscientos comensales, y no bajan de cuatro mil los que componen la parroquia
ordinaria, produciendo un ingreso de 25 á 30.000 reales diarios.
El amo de este restaurant increible, lo es tambien
del de la calle de Montmartre, mencionado ya, y de otros cuatro establecidos en
diferentes puntos de Paris.
Resta saber á mis lectores que el poseedor de esta
gran fortuna es un carnicero, el carnicero Duval, y que todo esto le ha venido
de la carnicería.
Trabajo cuesta comprender cómo un comercio de esta
índole, ha podido darle ganancias para irse creando una renta diaria de 8 á
10.000 reales.
El mismo Duval proyecta actualmente abrir una
carnicería, por la parte de la Magdalena, en cuyo decorado y utensilios se
gastará sobre un millon. Las vasijas para contener las cabezas de las terneras,
serán de plata, y su peso no bajará de veinte arrobas cada una, sólo lo cual
supone un valor de veinte mil duros, inclusa la mano de obra.
Bien es verdad que Paris carece de ejemplos
análogos. El pasaje de Vero-Dodat, que vale algunos millones de francos,
pertenece hoy á la viuda de un salchichero.
Imposible parece que una ciudad tan ideal, tan
fantástica, tan exquisitamente poética, haga ricos de tal manera á los
vendedores de salchichas y de lenguas de vaca; aunque este vendedor de lenguas
de vaca, y aquella vendedora de salchichas, no son vendedores de cualquier
modo: son artistas tambien.
Séanlo ó no, yo me guardaria muy bien de tomar esta
circunstancia en desdoro del pueblo francés.
Duval es carnicero, y bajará al sepulcro. El ama
del pasaje de Vero-Dodat es salchichera, y salchichera se irá á la sepultura.
Aquí encuentro yo ese carácter consecuente, austero, honrado y laborioso, que
distingue á los pueblos del Norte, á la raza sajona.
Si aquello ocurriera en algunas provincias de
España, la salchichera se llamaria la señora condesa de Vero-Dodat,
y el carnicero el señor conde de la Cola Bermeja, del asta de ciervo (por
no decir de toro), ú otra cosa por el estilo, y las familias de estos pobres
magnates, ni sabrian ser magnates ni salchicheros; no sabrian ser nada, no
serian nada, y hé aquí el cero conteniendo en su redondez negativa todas esas
cifras sociales.
A los hijos del carnicero sucederia lo que hoy
sucede á muchos hijos de la historia, á muchos hijos de Pelayo que
yo conozco, y de quienes no quisiera acordarme, como no se queria acordar
nuestro Cervantes del lugar de la Mancha.
¿Qué era el feudalismo, la gerarquía de los
señores, sino la holganza convertida en virtud suprema, en una especie de cánon
sagrado?
Y ¿qué razon hay para llamar señor á quien nada
útil hace, que para nada sirve, que á nada bueno aspira; que pone un brazo
sobre otro brazo, y contempla así la obra universal, que así paga la deuda
inmensa que contrajo desde que abrió los ojos á la luz, desde que recibió la
caridad de tantos séres? ¿Qué razon hay para llamar virtud á una nulidad, para
llamar sabiduría á un idiotismo?
Los españoles serian muy inferiores con su condesa
de Vero-Dodat, á los franceses con el nombre sencillo y honrado de su salchichera.
En muchas provincias de nuestro país no se piensa
sino en ganar cinco ó seis mil duros, para comprar un baston de borlas y hacer
el doctor, ó el paseante en córtes.
Esta es la verdad, y tengo una sagrada obligacion
de no ocultarla á nadie, especialmente á quien el consejo puede aprovechar, á
quien tiene tambien obligacion de corregir sus vicios.
Y cuidado, que no soy yo de los que creen que este
achaque de nuestro país viene del clima: esto es, de una necesidad de la
naturaleza, de una hora mala que nos ha tocado en el reparto del dia
providencial, no.
El clima de España no es de tal índole que el
español deba abrir la boca y estirar los brazos, como los que moran en la
orilla del Ganges; que deba dormirse como el natural de los valles de
Cachemira; que deba evaporar su vida entre ópios, mujeres y aromas, como los
árabes del Yemen.
Aquel achaque de algunas provincias de nuestro
país, no procede tanto del clima, ni del genio de nuestra raza, raza tan
activa, tan enérgica, tan creadora; la raza de Aténas y de Roma absorbiendo al
mundo; no procede tanto de ese orígen, repito, como del cruzamiento de castas
diferentes, de sus tradiciones y de sus hábitos.
En nuestro país domina más que en Francia ese
idealismo oriental; esa atmósfera vaporosa de los asiáticos, la religion del
éxtasis absoluto; orientalismo que unido á nuestro genio por la dominacion
morisca y árabe, produjo una casta mestiza, indefinible; más indefinible en
España que en pueblo alguno de la Europa: la casta de donde salieron el
caballero andante, la dama idolatrada de los torneos, el aventurero de lanza en
ristre, el poeta druida, el trovador guerrero, peregrino y apasionado; la casta
que empezó á deslindarse en dos grandes períodos de hazañas heróicas y de
crueldades terribles; dos períodos representados en primer término por dos
hombres muy célebres, el Cardenal Cisneros y D. Juan de Austria.
La famosa batalla de Lepanto no es otra cosa que el
deslinde de dos caractéres confundidos; el deslinde entre el genio latino y el
genio asiático, entre la Europa y el Oriente.
Pero tengo que dar de mano á otras muchas
consideraciones, que acaso no se adaptan á la índole de los cuadros que aquí me
propongo bosquejar.
Decia que nuestros conatos de ocio y de
caballerismo fantástico no proceden del clima, sino de la mezcla de sangre y
del imperio de la costumbre.
Llevad el pueblo catalan á la Andalucía, y el
pueblo catalan será laborioso; no lo será tanto como viviendo entre peñascos de
donde ha de arrancar el pan que come y el vellon que viste; pero será siempre
trabajador.
Haced que el pueblo vascongado ocupe la Grecia ó la
Italia, y le vereis emprendedor siempre, siempre atareado, siempre moviéndose y
realizándose en todas las esferas de su actividad.
¿Por qué? Porque los vascongados y los catalanes,
así como los mallorquines, tienen más elemento germánico, más raza scita, más
hábitos de aquel elemento, más tradiciones de aquella raza.
Por el contrario, Andalucía, Valencia, Murcia,
Alicante, el mismo Aragon, tienen más de ese hombre que se acuesta á lo largo
de un diván, que abre la boca para aspirar las brisas de la tarde, que sujeta á
veces la respiracion porque la ahogan los perfumes, que empaña el aire con las
bocanadas voluptuosas de su pipa, ó que se disputa á la experiencia de la vida,
cerrando sus ojos entre las ruinas veneradas de un mausoleo, bajo la copa de un
ciprés, á la sombra de una palmera.
Los franceses son más sajones; están más depurados
de la raza árabe, en cuanto á la industria y al comercio, aunque en cambio han
exagerado la voluptuosidad del Oriente en las creaciones del arte.
Los españoles caminan hácia allá, caminan á grandes
jornadas, de una manera fabulosa; pero la Francia les lleva un siglo en este
viaje. La verdad, en su puesto. Así pago, así paga un cafre de allende
el Pirineo, el insulto cobarde de un novelista mal educado y aturdido.
Almorzamos bastante bien en el establecimiento
de caldo de la calle de Montesquieu, y á las seis y media de la tarde
entrábamos en el restaurant de San Jacobo, calle del Rívoli, en donde ya nos
esperaban el viejo Lesperut y su hijo Hipólito, teniéndonos reservados dos
asientos en su mesa. El venerable veterano se levantó inmediatamente que nos
vió entrar, y nos alargó una mano trémula; pero que aún conserva el santo calor
del cariño.
No habiamos terminado los primeros cumplidos,
cuando el viejo tenia los ojos arrasados en lágrimas.
La comida fué mala, muy mala para nuestro gusto;
pero una circunstancia la salvó: estaba embellecida por la amistad, por la
franqueza decorosa y por la buena fe.
Entre los diferentes sucesos que referimos al
anciano, no omitió mi mujer la aventura de los tres platos de carne, de las
tres sopas, de las tres legumbres y de los tres postres.
Lesperut nos dijo que no habiamos sufrido engaño
alguno, puesto que aquello era una costumbre admitida en Paris.
Aquel aviso significa que los comensales tienen
tres platos diferentes, de los cuales pueden elegir el que más les guste.
Lesperut se sonrió luego y añadió con extrema
bondad: desde luego se ocurre que no habrá inventado esa costumbre ningun
extranjero.
En efecto, la costumbre en cuestion no es ni puede
ser otra cosa que una añagaza, inventada por el cálculo nacional para alucinar
al hombre no conocedor del país. Yo no puedo suponerme tan inexperto, que vaya
á presumir que sólo yo he sido víctima de aquella argucia. ¡Cuántas aves de
paso habrán caido en las mismas redes!
Terminado por fin aquel banquete de familia,
Lesperut se empeñó en llevamos al café que da vista al paseo del Palacio Real.
Yo abrigaba el mismo proyecto, pero no tuve títulos para disputarle el derecho
de agasajarnos. Estaba en su país, en su casa: él era el patron.
Al bajar la escalera del restaurant, el viejo
soldado se cogió del brazo de mi mujer, con esa perfecta posesion con que un
padre ó un abuelo se coge del brazo de su hija ó de su nieta.
Lejos de causarme inquietud ó embarazo alguno
aquella buena fe cordial y espansiva, sentia veneracion y regocijo. Lesperut
creia á no dudar que en aquel instante le acompañaba la administradora
de correos, á quien ama con gran ternura, y no habia motivo para
desencantarle de aquella ilusion virtuosa.
Estuvimos en el café hasta las ocho, y despues nos
fuimos á sentar en una espaciosa glorieta que hay en medio de aquel paseo
animadísimo, arca de la fuente donde los niños echan barquichuelos, ocupacion
que es de mi gusto.
El viejo nos contó la siguiente historia, nutrida
de detalles y pormenores que yo creo conveniente omitir, en gracia de la
brevedad.
Habia ó hay un magnate francés, á quien las
adversidades políticas llevaron emigrado á Lóndres. Allí contrajo relaciones
con una señora, de la cual tuvo varios hijos, y á quien consumió una fortuna
que consistia en diez y ocho ó veinte millones de reales.
Los tiempos mudaron, el emigrado pudo volver á su
país, la suerte coronó sus fines, y juzgó llegada la hora de casarse, pero no
con la inglesa, no con la madre de sus hijos, que permanecia en su país.
Sabedora la inglesa de los proyectos de su antiguo
amante, vuela á Paris, habla con la futura esposa del personaje de esta
aventura, la dice que no solicita que el padre de sus hijos les cumpla una
promesa que habia empeñado tantas veces, sino que reclama el influjo de ella
para que el padre no prive á sus hijos de la fortuna que tenian, y de la que
les habia desposeido el antiguo emigrado de Lóndres.
Se ignora lo que hizo la futura esposa del magnate
en cuestion; lo que se sabe es que á los pocos dias de esta entrevista, la
inglesa recibia una órden de destierro, sin obtener auxilio alguno.
El magnate se casó por fin con la mujer que habia
elegido últimamente, y tuvo de ella un hijo. Pero este hijo, por cierta
circunstancia que debo callar, no deja satisfechas las aspiraciones de su
padre, y hay quien espera que por último repudiará su esposa.
Si esta mujer influyó cruelmente contra la inglesa;
si desconoció y afrentó de aquel modo los sagrados derechos de una mujer
burlada y de una madre empobrecida; si esto es así (yo no lo afirmo, me
guardaria muy bien de afirmarlo); si despues de esto aquella mujer se ve
repudiada; si la nueva madre se encuentra defraudada y perdida en su corazon,
puede decirse que la maternidad vino á suplir la falta de la ley que no castiga
sino los delitos menos horrorosos, los delitos del débil y del pobre. Puede
decirse que la maternidad, ese bautismo santo, esa hora divina de la mujer,
vino á vengar en una esposa y en una madre el desafuero perpetrado en una madre
y en unos hijos.
¡No hay que hacer de la vida un convidado de
piedra, porque á lo mejor habla la sombra de D. Gonzalo!
Mi mujer y yo hemos tenido un pesar grave. Á través
de la más delicada reserva, entre palabras de consuelo con que el buen Lesperut
se anima, hemos penetrado que su hijo Hipólito le ocasiona sinsabores
profundos.
¡Pobre viejo! ¿Quién habia de presumir que bajo
aquella barba, blanca como la nieve, lustrosa y limpia como el raso, debian
ocultarse las penas que causa un hijo desagradecido y volátil?
Desde este momento pierde Hipólito una gran parte
de nuestra estima.
Al despedirnos de Lesperut, le manifestamos que no
podriamos vernos al dia siguiente, porque habiamos determinado ir á visitar la
famosa fábrica de Sevres, pasando desde allí á Versalles, tanto para ver su
gran palacio y sus magníficos museos, como para recibir algunas impresiones de
una escuela célebre, muy célebre, muy justamente célebre: la escuela del
pintor Vernet.
Estábamos en el hotel á las doce. Tomamos un poco
de salchichon y de jamon en dulce, más una copa de macon por remate. ¡Poder de
Dios, qué vino! Ni es ágrio ni amargo, y es amargo y ágrio, y tiene otra cosa
que no sé definir.
Apostaria la cabeza á que no fué este vino el que
bebió el capitan
Gerardo Lobo cuando escribia:
Ahogo despues
mis anhelos
En ese licor divino
A quien otros llaman vino,
Porque vino de los cielos.
Siempre que bebo … no, esto no es beber; es
atragantar. Siempre que atraganto una copa, tengo que parodiar por fuerza las
últimas palabras de Bruto.
¡Oh virtud,
sombra vana, esclava del azar,
Ay del que en tí creyó!
¡Oh vino, hiel mestiza que me haces patear.
Ay del que te bebió!
Lector mio, hasta la vuelta de Sevres y de
Versalles.
=Dia décimo séptimo=.
Sevres.—Las dos figuras.—Importancia social y
artística de una fábrica de porcelana.—Versalles.—Sus Museos.—La escuela
Vernet.—Impresiones varias.—Vuelta á Paris.—Encuentro en los Campos Elíseos.
A las ocho de la mañana estamos en la plaza de la
Concordia, con el fin de tomar el ómnibus que á las ocho y media parte para
Versalles, haciendo escala en Sevres.
Nos proveemos de dos billetes de interior, ocupamos
nuestros asientos, la hora se acerca, los viajeros se dan prisa, la bocina del
conductor da la señal, muévese el carruaje y los Campos Elíseos quedan á la
derecha.
He dicho carruaje, y en verdad que no es este el
nombre que más le cuadra.
El ómnibus que nos conduce es una lancha cañonera,
y una tribu que anda dentro de una casa de palo. En el imperial van veinte
pasajeros, otros veinte en el interior, dos conductores en el pescante, y uno
en la escalera de caracol con que termina el ómnibus, por donde se sube al
imperial.
Siendo generalmente llano el camino de Paris á
Versalles, la compañía de estos ómnibus ha hecho construir una vía férrea, la
que no sólo evita peso á los caballos, sino que facilita extraordinariamente la
velocidad.
A la hora y media, minuto más ó menos, estamos en
Sevres.
La historia y descripcion de la fábrica nacional de
porcelana establecida en este punto, haria necesario un tratado completo sobre
la materia, tarea que no cabe en el plan que me propuse al escribir estos
estudios.
Con tal motivo, advierto á mis lectores, que no me
fijo tanto, ora en la historia de los hechos, ora en su importancia privada,
como en la influencia social que puedan ejercer, acerca de lo cual juzgo yo por
las sensaciones que en mí producen.
Entre los magníficos jarrones, floreros y varios
utensilios de vajilla que hemos visto, voy á hacer mencion de dos figuras que
pertenecen á otro género.
La primera representa á un viejo sentado en un
sillon, y á una jóven de pié, presentándole una jícara de chocolate.
La segunda representa á una jóven sentada como el
viejo, y á un jovencito que la ofrece un presente de amor.
Las cuatro figuras tienen tules ó encajes estrechos
en los remates de sus vestidos, segun el gusto de la época.
La persona que nos conducia nos preguntó, señalando
á los tules que decoraban los remates de aquellos trajes:
—¿Qué creen ustedes que es esto?
Yo respondí:
—Creo que es un tul que se ha unido á la porcelana.
Pregunté á mi mujer, y mi mujer creia como yo que
era tul.
Nuestro guia se sonrió en señal de triunfo,
diciéndonos que no lo habiamos mirado bien.
Nos fijamos más; pero no conseguimos sino
ratificarnos en la idea anterior de que aquello era encaje.
Aún á trueque de quebrantar los estatutos de la
casa, la persona que nos conducia nos permitió que tocáramos el ribete en que
nosotros veiamos positivamente una blonda.
Tocamos; aquel tul no era tul, sino porcelana. Mi
mujer y yo permanecimos un poco cortados, puesto que repetidamente hicimos
muestras de no creer lo que aseguraba nuestro guia.
Le habiamos desmentido de una manera que le
honraba, porque honraba al establecimiento; á veces un mentís es una victoria;
pero al cabo le habiamos desmentido.
Vamos ahora al efecto de las figuras.
Al ver al viejo sentado en su poltrona, con la
espalda un tanto caida sobre el pecho; con la frente un tanto caida tambien,
como si las canas la agobiasen: al ver sus ojos que de soslayo y furtivamente
miran á la muchacha como el milano mira á la tórtola, reflejando de un modo tan
característico la sábia malicia de la experiencia; al estudiar la
cara de aquel hombre, cuya mirada fraudulenta parece pasearse sobre la jóven,
no pudiendo adivinar nosotros si se entristece, ó si se extasía devorando un
goce que ha muerto en su organizacion, pero que vive y que palpita en su
memoria y en su ansiedad: al mirar aquel corazon que ya no late en aquella
vejez; al mirar aquella vejez que late aún en aquel corazon: más todavía; al
contemplar las piernas del viejo, cruzada la una sobre la otra, mientras que la
derecha parece moverse como si quisiera decirnos: ¡quién habia de
pensarlo! ¡Quién habia de pensar que aquellos tiempos pasaran tan pronto!
Al estudiar tambien la actitud de la jóven que está
de pié á su lado; al estudiar aquel aire confuso y vacilante, como si se
hallase cercada por la mirada ávida del viejo, semejante á la cierva que oye
gritos por todas partes y no sabe de qué modo huir, ni á qué punto correr: al
estudiar el efecto admirable con que inclina la mano derecha que tiene la taza,
mientras que la taza se ladea y va á verterse el chocolate; al comprender aquel
doble efecto de la mano, doble digo, porque su inclinacion procede tanto del
peso natural del plato y de la jícara, como de aquella especie de aturdimiento
que la atribulaba: al contemplar estas figuras un hombre dotado de la emocion
del arte, no puede menos de llegar á la evidencia perfectísima de que ni la
escultura ni la pintura harian más.
Vamos al otro grupo.
La jóven está sentada en una silla; pero sentada
como se sienta una muchacha que vive menos en sus órganos que en su
sentimiento; como se sienta una mujer que todavía no ha amado, y cuya
aspiracion suprema es amar; como se sienta esa mujer cuando tiene delante al
hombre que ama. No se sabe si está sentada en una silla, ó si flota en el aire,
como se mece un nido en el árbol, cuando lo agita el viento.
Mira hácia abajo, mientras que con el dedo pulgar y
el índice coge un pliegue sutil en su falda. Entreabre y frunce los labios con
violencia, como si temiera que se la va á escapar su secreto; y significando de
un modo confuso la duda, el rubor y esa fantasía indecisa de un deseo vírgen,
de un primer deseo; esa alucinacion con que nos seduce la idealidad milagrosa
de una esperanza que nunca se ha sentido; la alucinacion que nos causa el
agüero de un mago, cuando creemos en la mágia.
La situacion embarazosa y complicada de la jóven,
contrasta vivamente con la sinceridad ingénua y cándida que destella el rostro
de su amante.
¡Qué grupos tan portentosamente comprendidos, tan
portentosamente ejecutados!
En fin, cualquiera que vuelva los ojos á estas
figuras, pronunciará indudablemente las mismas palabras que llevan escritas al
pié de cada grupo.
La del viejo dice: ¡si la vejez pudiera! (Si
vieillesse pouvait!)
Y la del jóven: ¡si supiera la juventud! (Si
jeunesse savait!)
Es una moralidad picaresca, punzante, pero
oportuna, graciosa, habilísima: la moralidad del pueblo francés; el
golpe mágico del palaustre.
A su tiempo hablaré á mis lectores de una fábrica
de tapicerías, titulada de los Gibelinos, la primera que existe en el mundo.
La fábrica de Sevres es en porcelana lo que los
Gibelinos en tapices. El Japon es muy superior por lo precioso de la materia;
pero no por lo hábil del trabajo.
Bien, se dirá por alguno: ¿qué significa esa
fábrica de Sevres? ¿Qué es? Un horno que funde jarrones, flores y vajillas para
los reyes, para los grandes, para los ricos, una fábrica de preseas.
No, amigos mios, no: si así fuese, bien sabe Dios
que no hallaria aquí gran cosa que admirar. Los hechos no pueden mirarse de ese
modo, de un modo egoista. La fábrica de Sevres, como la manufactura de los
Gibelinos, tiene un sentido mucho más alto, otra clase de elocuencia social.
Estas dos fábricas son dos monumentos que un pueblo
entusiasta y creador erige á la industria elevada, inteligente, liberal; esa
industria, que arrancando sus obras de la miseria de su precio, de su
venalidad, de su tarifa, las hace infinitas como el genio representado por una
estátua, y trasmite su última plenitud, su personalismo más trascendente á las
tareas del espíritu humano.
Esta industria es el arte, llamado ayer oficio: es
el hombre, llamado ayer siervo: es la fantasía y el sentimiento haciéndose amos
de la materia, despojándola de sus girones asquerosos, purgándola de la nota de
vil que ayer la afeaba.
Pero no sólo es esto. Aquí se comprende de un modo
irresistible, aunque no queramos, que luego que las formas nos hieren con la
emocion de la belleza, todas son igualmente artísticas. Se comprende de un modo
irresistible que no hay más que un arte, porque no hay más que una naturaleza
que nos ofrece el original de lo bello, porque no hay más que un corazon para
leer aquel original. Sí; aquí se comprende, yo estoy orgulloso de sentirlo, que
el arte se desdobla en la palabra, y se llama poesía ó elocuencia; que se
desdobla en la voz y en el gesto, y se llama declamacion; que se desdobla en el
ademan y toma el nombre de pantomima; que se desdobla en la armonía del sonido
y es música; que se desdobla en el dibujo y en el color, y se llama pintura;
como se desdobla en un mármol, y se llama escultura; como se desdobla en los
movimientos del hombre, y se llama baile; como se desdobla en los tapices y en
la porcelana, denominándose fábrica de los Gibelinos y fábrica de Sevres.
Yo tenia la nocion del arte universal; pero aquella
nocion es ahora más exacta y más profunda; más universal, más extensa tambien;
porque la toco prácticamente, y la práctica da á las cosas su última extension.
Tomamos el ómnibus que va á Versalles, y apenas
trascurrió hora y media, cuando ya pisábamos el suelo de esta antigua isla de
Chipre.
El carruaje hace alto, y al bajar nos vimos
enfrente del suntuoso alcázar.
¡Luis XIV, Richelieu, Colbert, salud!
No hablo á vosotras, piedras amontonadas, testigos
mudos, á quienes no quiero interrogar, porque antes de veros os habia
interrogado en mi corazon. No te hablo á tí, Versalles de otros siglos, eden
donde han llorado tantos ojos: no te hablo á tí, gran fantasma de mármol, en
que yo leo con ojos inflamados lamentos y amonestaciones de la historia.
Hablo á tres hombres que crearon á Versalles,
sacrificando para ello á la Francia, y que son superiores á otros hombres que
sacrificaron la Francia y que no crearon á Versalles.
¡Luis XIV, Richelieu, Colbert, salud! Ignoro si
vuestras cenizas me oyen; pero unos pobres extranjeros os saludan.
¿Qué podré decir de los museos que encierra este
suntuoso palacio?
No sabria por dónde empezar, tendria que trascribir
los tres volúmenes que he comprado.
Conténtese el lector con saber que aquí está toda
la Francia histórica en lienzo y piedra. No perdiéndose este palacio, no puede
perderse la historia del pueblo francés.
Escaleras magníficas, salones espaciosos, retretes
adornados con una riqueza y una profusion que sorprenden; una sala que no tiene
igual en el mundo, si se exceptúa la gran sala del palacio del Louvre: en una
palabra, Versalles fué la grande galantería de uno de los reyes más galantes
qué ha existido, y este palacio es la galantería maestra de Versalles.
Pero pasemos á estudiar una cosa más bella, más
fecunda, más predestinada: la escuela de Vernet, del gran Vernet.
Este pintor se dedicó casi exclusivamente al género
de las batallas; pero no de las batallas antiguas que eran como una especie de
divinizacion de la guerra, el sacrificio de la caridad que nos debemos todos,
hecho en aras de un señor opulento ó de un tirano. Los cuadros de Vernet son la
escuela social, la escuela del exámen llevada al género que cultivó. Vernet es
un grande obrero del alma, que conduce una piedra colosal al edificio en que
trabaja toda la historia de cinco siglos.
La pintura, que habia adulado sucesivamente al
guerrero, al monarca, al noble, al fraile: la pintura, que durante el trascurso
de tantos siglos, habia sido sierva y mendiga, en los pabellones de campaña, en
el palacio, en el castillo, en la iglesia, en el claustro, levanta un dia la
frente empolvada, mira en torno suyo, comprende la verdad, la escribe en un
lienzo, y viene á ser el culto de una nueva razon, de una razon cristiana;
viene á ser la voz que abandona el desierto y que clama en el mundo, una imprenta
semejante á la de Guttemberg, el espíritu práctico y real de los modernos. Esto
hizo Vernet. ¡Cuánto hizo! ¡Cuán superior es su inspiracion! ¡Cuán superior es
su filosofía! Sobre todo, ¡cuán superior es su moral!
La Francia será con él desagradecida si no le
levanta una estátua, dice un ingeniero amigo mio. Yo no lo creo así, el genio
no tiene precision de ninguna especie de idolatría, de ninguna especie de
símbolos transitorios.
El genio no tiene precision de un pedazo de piedra,
que se rompe, que se cae, que se pulveriza, como se marchita una planta, ó como
una hoja es arrebatada por el aire. El genio es la santidad de la conciencia,
la historia de Dios. Quede el mármol para la historia de los que tienen
vanidad, de los que no tienen bastante con su alma.
¿Qué estátua mejor que esa escuela admirable?
Penetramos en la primer sala de las pinturas de
Vernet.
El cuadro en que me fijo representa á un
combatiente moribundo. Está pálido, horriblemente pálido; tiene el labio
inferior caido, dejando ver una encía amoratada, y cualquiera diria que sus
párpados van á cubrir unos ojos turbios. Un amigo lo asiste de rodillas,
llevándose una mano á la frente, en señal de desesperacion.
En el cuadro que miro, campea, hasta en los menores
detalles, la verdad llena, franca y vigorosa que sólo comprenden los grandes
maestros.
El segundo cuadro que miro representa á un guerrero
jóven y entusiasta, el cual enarbola un estandarte en actitud de incitar á la
venganza y á la guerra.
Cerca de él, una madre coge á su hijo, le sujeta
frenéticamente con el brazo izquierdo, como si pretendiese unirlo á su corazon;
y con los ojos ardiendo de ira, con la pupila dilatada y profunda por el dolor
y por el espanto, con la cabellera descompuesta, con labio cárdeno, seco y
convulsivo, hundiendo la nuca y alzando la frente, como el náufrago que saca la
cabeza para que el oleaje no le confunda; la madre, la mujer de la Providencia,
amenaza al guerrero con un ademan que trae á nuestra memoria las palabras de
Agripa á Octavio: ¡levántate, verdugo! La madre no le
dice levántate; le dice ¡calla!
Este cuadro es de una elocuencia arrebatadora; de
una intencion sentida, concienzuda y fuerte. No hay espacio alguno entre la
vista y la emocion. El sentimiento arrolla al juicio, lo absorbe, lo anonada:
el juicio cae de rodillas y adora.
Este cuadro nos impresiona instantáneamente; nos
impresiona de un modo profundo, sin que nos dé tiempo de deliberar acerca de si
debe impresionarnos ó no, como el esquife que se pone sobre un torrente, no
deja tiempo al marinero de echar el áncora.
Esto nos impresiona como el fuego nos quema: sin
saberlo nosotros, aún contra nuestra propia voluntad. Ese es el arte; ese es el
genio, ese es Vernet. Mientras que yo admiraba los pormenores más minuciosos de
este cuadro maestro, mi mujer volvió los ojos al otro lienzo de pared, decorado
por una pintura que representa á un hombre muerto, abandonado en un campo de
batalla. ¡Qué solemnidad! ¡Qué grandeza! ¡Qué poesía! ¡Qué espíritu!
Aquel monton de carne está allí entre los pliegues
de su vestido, como un trapo que se tira al suelo, y que contrae los dobleces á
que le obliga su gravedad. Realmente, aquel muerto parece un giron lanzado á la
tierra; un giron perdido entre sus mismos pliegues. Allá un árbol seco, allá
una piedra negra; el hombre está en medio, está muerto y solo.
¡Qué conocimiento tan profundo, y qué sentido tan
delicado! ¡Con qué seguridad se comprende aquí que no hay arte sin ciencia, que
no hay imágen sin pensamiento! ¡Con qué evidencia se comprende aquí que no hay
poeta sin que sea poeta y filósofo! Al ver aquel cuadro, al ver á un hombre
muerto en aquel páramo, no podemos menos de hablar bajo como si estuviésemos en
una iglesia.
Se supone que el guerrero del cuadro que examino
murió hace algun tiempo, la sangre ha debido descomponerse por el rocío de la
noche y la humedad natural de la tierra, y está amoratado, incomparablemente
amoratado.
Me parece que si llevo la mano al semblante del
muerto, aquel semblante se deshará como si fuera de salvado ó serrin.
Tiene la oreja empedernida y algo vidriosa; este
viso cárdeno es mayor por detrás de la misma oreja, y se va extendiendo, aunque
más apagado, por entre un cabello claro y flojo, como si aquella carne que se
desorganiza no tuviese vigor para sujetar la cabellera.
Mi mujer se cubrió los ojos, y exclamó
aterrada: no quiero ver más, no puedo estar aquí, y salió
precipitadamente de la galería. Yo no pude dejarla sola, exponiéndola á que se
extraviara entre la multitud que inunda estos salones, y no me ví con tiempo
sino para clavar una mirada y distinguir lo que he descrito.
¡Desdichado de mí! He venido especialmente á
Versalles para tener noticias de este nuevo género de pintura, y no he visto
más que tres cuadros. Pero ¡qué tres cuadros! ¡Qué tres cantos tan grandes
añadidos al inmenso poema del hombre! ¡Qué tres palmas más bellas coronando la
frente ensangrentada del ilustre mártir!
Lo repito; el arte que en el trascurso de tantos
siglos habia adulado al fuerte, al noble, al rico, al poderoso, vuelve hoy los
ojos á un pobre soldado, á un hombre insepulto, á un giron de carne, destinado
á servir de alimento á los buitres, y le levanta en esos lienzos un magnífico
panteon. ¿Qué mausoleo de ningun magnate de la tierra vale tanto como esa
pintura? Cuando vivia aquel pobre soldado, no tenia tal vez en el mundo ni
casa, ni abrigo, ni familia; muerto y abandonado en aquel campo de batalla, Horacio
Vernet le ha dado un palacio. De un hombre desgraciado ha hecho un héroe; de un
infortunio, de una desventura, de un dolor, de aquella lágrima derramada allí,
ha hecho Horacio Vernet una solemnidad, una magnificencia, una gloria. ¡Dios le
dará toda la que merece por el bien que hizo al mundo, por el consuelo que da á
mi corazon! El pintor deja el mundo, se va por el campo, halla un hombre muerto
en un erial, lo coge y lo entierra. El pintor da tierra sagrada al infeliz
cristiano que no encontraba una sepultura. Ese cuadro que miro y que venero,
ese cuadro imponente y terrible, esa elocuencia fervorosa, esa poesía adorable,
esa pintura inmóvil y solemne, esa íntima voz del alma que hace latir mi pecho,
es un entierro, una limosna, una caridad, unas exequias. El pintor llora sobre
aquel rostro mústio, sobre aquella carne amoratada, sobre aquel corazon helado.
Horacio Vernet llora, escribe sus lágrimas en aquel lienzo, y el pobre soldado
resucita, el muerto vive, el muerto es una creacion inmortal. ¡Y hay quien dice
que el arte no influye en los destinos de la vida! ¡Y hay quien dice que el
arte de Vernet es un arte gentil, protestante, revolucionario! ¡Pobre gente!
Horacio Vernet llora por aquel hombre desamparado; Horacio Vernet le da
sepultura, le da tierra sagrada; le hace esa última y suprema piedad; Horacio
Vernet da al mundo una lágrima para que la vierta sobre esa tumba, esa tumba
que él ha construido en ese cuadro, por que ese cuadro es una sepultura
cristiana, la violeta que nace al pié de una cruz, el ciprés que se eleva en
medio de una soledad: ¿y á eso llamais gentilidad, protestantismo, revolucion?
¿Enterrar á un cristiano insepulto es revolucion, protestantismo, gentilidad?
Llorar por él, y resucitarlo con aquella lágrima de salud, ¿eso es gentil,
revolucionario, protestante?
El arte de Horacio Vernet es el arte del
infortunio, del dolor; el arte de la Vírgen María que llora por su hijo al pié
de la cruz. En una palabra; la pintura de Horacio Vernet, es un arte que llora
junto á un muerto; es un arte que llora, y el arte que llora no es el arte
gentil, ni protestante, ni revolucionario.
El arte gentil rie. El arte protestante disputa. El
arte revolucionario quema. Si algun arte llora en el mundo, desde la creacion
hasta nuestros dias, ese arte es el espíritu del monte Calvario, el arte de un
espíritu que redime al hombre á precio de martirio, á precio de llanto.
¡Bien haya el rey que amontonó estas piedras, para
que vinieran á servir de alcázar á nuevos reyes! Sí; Luis XIV no es el gran rey
de ese palacio; su gran rey es Vernet. Un pintor se ha convertido en un
monarca; un pobre soldado insepulto, un pobre cadáver, se ha tornado en héroe.
¿Y creeis que eso ha podido hacerlo la gentilidad? ¡No! Hacer de una desdicha
una esperanza, hacer de un dolor una magnificencia, hacer de una lágrima un
poder y una gloria, corred el mundo de cabo á cabo, cavad la tierra de polo á
polo, rebuscad la historia página por página, escudriñadlo todo, desde el
abismo á las estrellas; yo os digo que si hallais en la creacion quien haga
eso, será el cristianismo, el arte de la cruz, la lágrima de la Vírgen María,
como he dicho antes, y no me canso nunca de repetir.
La lágrima fecunda y divina de la Vírgen cristiana,
ese es aquel soldado muerto, esa es aquella sublime pintura, ese es el arte del
Evangelio, ese es el arte del cristianismo.
Hemos almorzado en una fonda de la Plaza por trece
francos, visitamos las fuentes, las más ricas del mundo en juegos de aguas,
oimos la música militar cerca del estanque que está en último término, nos
sentamos haciendo parte de la sociedad elegantísima que inunda esta esplanada;
Vernet me llama y me reconcilia con ella; volvimos luego, tomamos el ómnibus,
ya divisamos las torres de Paris: á las seis de la tarde nos apeamos enfrente
del palacio de la Industria.
Al bajar del ómnibus, mi mujer y yo nos cruzamos
algunas palabras: una de las señoras que esperaban sin duda algun amigo ó algun
pariente, se acercó á nosotros y nos preguntó con el mayor afecto si eramos
españoles.
Es de Zaragoza, hace cuarenta años que vive en
Francia, se llama doña
Antonia, está casada con M. Houzé y vive en Passy, calle Mayor, núm. 38.
Estamos convidados para ir á comer mañana en su
jardin.
No puedo más por hoy. ¡Adios, Vernet! ¡Adios,
Versalles!
Dia décimo octavo.
Visita de un ingeniero, excursiones históricas,
epigramas.
Estamos quietos y tranquilos en nuestra habitacion.
La idea de Versalles nos preocupa absolutamente, como si no dejara espacio
alguno en nuestras imaginaciones para otra idea ni otro recuerdo. ¡Qué alcázar!
¡Qué museo! ¡Qué salones! ¡Qué lujo! ¡Qué riqueza! nos decimos continuamente mi
mujer y yo. Luis XIV no tenia necesidad de otro monumento que Versalles, para
que la fama le festejara con el epíteto de uno de los reyes más galantes que
conoce la historia.
En este momento sentimos que llaman á la puerta de
nuestro cuarto; abro y me doy de cara con un ingeniero español, á quien vi ayer
en una de las salas de Horacio Vernet. Sobre la escuela de este gran pintor,
dije cuatro palabras en presencia suya; noté que me miraba con cierta sorpresa
y maravilla; nos despedimos, ofreciéndonos mútuamente nuestras habitaciones en
Paris, y seguramente no esperaba yo tener hoy el gusto de verme agasajado por
su visita.
Le recibí con la franqueza alegre y cariñosa de
paisano, porque paisanos son los compatriotas cuando se ven en país extranjero;
le supliqué que se sentara; se sentó, y hubo un instante de silencio, ese
instante en que cada cual piensa lo que ha de decir, ó sobre qué ha de hablar.
—Usted extrañará, dijo sonriéndose el ingeniero,
que haya usado tan pronto del ofrecimiento que tuvo usted la bondad de hacerme
de su amistad y de su casa….
—No, señor, contesté interrumpiéndole; tengo
bastante con la satisfaccion de ver á usted en nuestra compañía.
Mi hombre inclinó cortesmente la cabeza, en señal
de agradecer aquel cumplido mio, y me miró con el encogimiento inevitable del
que viene á pedir alguna cosa. Yo le contemplaba de hito en hito, como para
comprender sus intenciones, y ver en qué actitud debia esperarle. Hable usted
con entera confianza, le dije, y á despecho suyo le cogí el sombrero que tenia
en la mano, y se lo coloqué en una silla. Despues aproximé mi asiento al suyo,
y le exhorté con una mirada de interés y de afecto.
—Es el caso, dijo animándose nuestro interlocutor,
que tengo una viva curiosidad porque usted me explique lo que me dijo ayer en
Versalles, sobre la pintura de Horacio Vernet. Yo soy ingeniero; entiendo algo
de líneas rectas y de líneas curvas; pero no he estudiado hasta el presente la
erudicion del arte, y no alcanzo bien el sentido de ciertas escuelas. Voy á
confesárselo á usted ingénuamente. Todo lo que usted me dijo ayer sobre los
cuadros de batallas, me pareció extraño y peregrino, hasta maravilloso, porque
en aquellos cuadros veia yo una pintura desembarazada y atrevida, nada más.
Horacio Vernet era en mi juicio un maestro de buenos arranques, de osada
concepcion, de detalles felices, un poeta social, no un arte nuevo, no una
nueva escuela, no una grande trasformacion, no un grande genio, como usted le
llama. Esta poca importancia que yo atribuia á Horacio Vernet y á sus cuadros,
debe provenir de que yo ignoro las revoluciones por que el arte ha pasado en la
historia; debe provenir de que yo ignoro lo que ha sucedido en el mundo, y
deseo vivamente que se tome usted la molestia de explicarme el asunto.
—Pues, amigo mio, dije al ingeniero; echando á un
lado la humildad soberbia del hipócrita, contesto á usted que ha dicho muy
bien. El arte tiene sus antigüedades, su arqueología particular, unida al
espíritu de la historia, y es muy natural que no comprenda la importancia de
Horacio Vernet, no comprendiendo la profunda significacion histórica de su
escuela. Yo he estudiado algo acerca de esto, he aprendido un poco, nada más
que un poco, y voy á decírselo á usted sin reserva ni ambajes, con la mayor
ingenuidad del mundo, segun mi leal saber y entender, como decian tan
admirablemente los antiguos.
El mundo, este prodigioso y múltiple espectáculo
que nos rodea por todas partes, ha pasado por varios períodos, ha sufrido
diferentes cambios; y á cada una de esas mudanzas, á cada una de esas
renovaciones, por decirlo así, se ha dado el nombre de civilizacion; de modo,
que podrémos decir que ha pasado por varias civilizaciones. Para el objeto que
nos ocupa, bastará enumerar los períodos siguientes: período ó civilizacion del
Asia; tiempos de Grecia y Roma; tiempos de Esparta; tiempos cristianos; tiempos
feudales; renacimiento; edad moderna.
El Asia idolatró la materia de dos modos: la
materia ruda, el monte, el volcan, la serpiente, el cocodrilo; y la materia
elemental: la tierra, el aire, el agua y el fuego. La adoracion de la materia
ruda es la que se llama fetiquismo, el cual comprende toda la historia de Siria
y de Caldea; la adoracion de la materia elemental es lo que se llama sabeismo,
el cual comprende la tan famosa civilizacion egipcia.
Los griegos idolatraron la materia tambien, pero de
otro modo. La materia de los griegos no era la materia natural, la que
encontraron en la creacion, la sustancia visible del universo; era una materia
que ellos modelaron, era una materia artística. Propiamente hablando, los
griegos no idolatraron la materia como los asiáticos, sino la forma, el
contorno, la arquitectura. Aténas idolatró el arte, un arte bello en
apariencia, feo en realidad; gracioso y seductor en la superficie, deforme y
repugnante en el fondo; lleno por fuera, vacío por dentro. El arte de Grecia es
un cuerpo hermoso que no tiene alma, como hay mujeres sumamente bellas que no
tienen entendimiento ni corazon. Es un magnífico pedestal, pero sin estátua; un
sábio geroglífico, pero sin pirámide; un arcano que no tiene misterios, ó bien
un misterio que no tiene arcanos. El arte de Aténas es materialista, grosero,
impuro. No importa que Vénus sea disoluta; el secreto está en que sea hermosa.
No importa que el demasiado aroma emponzoñe el aire; el secreto está en que se
queme aroma.
Esparta idolatró tambien; pero de otra manera, con
otra intencion: es decir, con otra especie de idolatría. El ídolo espartano es
la patria, y como el guardian de la patria era la guerra, el ídolo espartano es
tambien la guerra. No hay individuo, no hay familia, no hay hogar, no hay casa;
no hay más que nacion. El hombre se ha sacrificado al país; el fraile se ha
sacrificado al convento; el creador se ha sacrificado á la criatura.
El Asia vivia en la fascinacion, Grecia y Roma en
la fantasía; Esparta en el comunismo guerrero.
El Asia coge la religion, la ciencia, la moral, la
política, el arte, todo, y lo quema en nombre del volcan ó del astro.
La Grecia echa por tierra el ara de aquellos
sacrificios, remueve las arenas y las momias del Asia, cierne las cenizas del
fuego pasado, coloca en la urna de su genio el polvo del arte, lo amasa á su
modo, lo compone, lo crea, y quema todo lo demás en nombre de su hermoso y
brillante ídolo.
La Esparta acude, ve que todo arde, que todo se
sacrifica allí, alarga una mano atrevida, valerosa, pujante, y aparta sólo la
política de aquel gran holocausto.
Materia, forma, patria, hé aquí los tres símbolos
de esas tres edades, de esas tres civilizaciones, de esos tres grandes y
célebres reinados históricos.
Nace despues en un cielo muy claro, muy limpio, muy
sereno, muy apacible; nace, repito, el sol venturoso que alumbra un establo de
la humilde Belém; nace el astro puro que vivificó todo el ambiente y toda la
tierra; nace el astro que alumbró la venida de Jesus, y el hombre, sin
conocerlo ni sentirlo, va penetrando en su raciocinio, en su conciencia, en su
voluntad, en su imaginacion, en su sentimiento, en su creencia, en su trabajo;
sin comprenderlo, sin adivinarlo, sin presumirlo, por virtud de un espíritu que
está en la mente de la Providencia, como está el aire en los espacios de la
atmósfera, el hombre comenzó á penetrar en todo él, á comunicarse con él mismo
en todas sus fuerzas y relaciones; comenzó á conocerse, á conocer al hombre, á
conocer la naturaleza, á conocer á Dios. El hombre cristiano vivió para la
ciencia, para la moral, para el dogma, para la política, para el arte, para la
industria, para el comercio, para el oficio, para todo lo que encontró en el
universo; porque ese universo, todo ese cúmulo de poder, de grandeza y de
gloria, era la alta ciudadanía que daba Dios al nuevo ciudadano. ¡Mudanza
portentosa! ¡Trasformacion inconcebible y adorable! ¡Catástrofe divina! El
mundo piensa, cree, elige, discute, imagina, siente, trabaja; calla la sinagoga
judía; callan los agüeros paganos; callan los oráculos gentiles; callan los
dioses mitológicos; callan los geroglíficos egipcios; los ídolos callan, callan
para siempre; muchas sepulturas se abren, muchos muertos asoman…. Otro mundo
principia, otro rey manda, otro Dios gobierna.
El Asia, Grecia, Esparta y Roma, dieron al hombre
lo que ellas crearon para él.
El cristianismo ha dado al hombre lo que para él ha
creado el cielo.
El mundo se creó sustancialmente en el génesis de
Moisés.
El mundo se creó espiritualmente en el génesis de
Jesus.
El cristianismo es la renovacion moral de la vida;
la reconstruccion de la primitiva casa del hombre. Para el espíritu de la moral
cristiana, el ciego ve, el sordo oye, corre el tullido, sana el enfermo, el
pobre es rico, el pequeño es grande, el ignorante es sábio, el extranjero es
nuestro hermano…. ¿No le parece á usted todo esto inmensamente grande? ¿No le
parece á usted inmensa y providencialmente grande, inmensa y santamente
providencial, providencial é inmensamente santo?
—Sí, señor, contestó el ingeniero.
—Pues bien, repuse yo, ahí está Horacio Vernet; ahí
están los cuadros de Versalles; ahí están aquellas preciosas batallas.
Cada una de las renovaciones que ha operado en el
mundo la ley cristiana, tiene sus artífices, sus personajes, sus creadores, sus
artistas históricos, si así puede decirse. Uno de esos grandes artistas, de
esos creadores, de esos personajes de la historia; uno de esos grandes obreros
del gran taller, del taller cristiano, es el modesto, el retirado, el humilde,
el glorioso Horacio Vernet. Horacio Vernet es en pintura, lo que San Bernardo
en religion, lo que San Agustin en moral, lo que Descartes en filosofía, lo que
Bichat en ciencia, lo que Federico de Prusia en política, lo que Guttemberg y
Colon en el invento, lo que el Dante en la poesía épica, lo que Petrarca en la
poesía lírica, lo que Shakspeare en la dramática, lo que Cervantes en el
romance y en la novela, lo que Bellini é Hyden en música, lo que Montgolfier,
Vaucauson y Fulton en industria y comercio. Un gran renovador de la humanidad,
un poderoso artista de la historia, eso es lo que vimos ayer en Versalles; ese
es Horacio Vernet.
Para el pintor del Asia, la pintura era un ídolo.
Para el pintor de Grecia, una Vénus, un héroe, unas
bodas.
Para el pintor de Esparta, un guerrero.
Para el pintor feudal, un señor ó un fraile.
Para el pintor del renacimiento, un rey ó un santo.
Para Horacio Vernet es el hombre; el hombre muerto
en aquel campo de batalla; aquel hombre puesto boca abajo, solo, abandonado de
todo el mundo, sin más testigos que una piedra, una mata y el cielo; aquel
hombre muerto para la materia, lleno de vida y de verdad para el arte, para la
moral y para el dogma; aquel hombre tan lleno de vida y de belleza, que aún
estando difunto, que aún siendo cadáver, parece ser el habitador de aquel
desierto, el genio imponente de aquella soledad. Se dice que el arte de Vernet
es una escuela puramente social, profana, protestante: ¡No! ¡Mil veces no! Eso
sólo puede decirlo la ignorancia, ó el odio, ó la calumnia. La pintura de
Horacio Vernet no sólo es un arte atrevido, fecundo, armonioso, patético,
ardiente, sino un arte maduro, pensador, ferviente, religioso, religiosísimo.
Es el arte sublime de la madre que llora por su hijo, que se va á la guerra; el
hijo, que es tal vez aquel hombre muerto en un escampado. La pintura que vimos
ayer en Versalles, es el arte de la lágrima cristiana, como he dicho en estos
apuntes más de una vez.
—Mas ¿por qué, preguntó el ingeniero, cuenta usted
á Colon entre los genios inventores?
—Porque en Colon, respondí yo, lo mismo se halla la
ciencia austera y convencida que nos demuestra una verdad, como la afortunada
inspiracion del que inventa, como la idealidad poética del que adivina, como la
hábil diligencia del que ejecuta, como la valentía del que pelea, como el
instinto del que organiza. Colon presiente un nuevo mundo, del mismo modo que
mueve el timon de una nave, del mismo modo que desnuda la espada, ó que mira la
brújula, ó que conquista un territorio, ó que enarbola el estandarte de la
redencion. Colon es tan sábio como poeta, tan poeta como marinero, tan marinero
como inventor, tan inventor como soldado, tan soldado como caudillo; en una
palabra, servia tanto para menestral como para príncipe, ó para príncipe como
para menestral. Despues de la esperanza que el hombre tiene en Dios, lo más
grande del mundo es el genio, y Colon es uno de los genios más grandes de que
puede gloriarse el mundo.
—¿Quién cree usted que es más grande, Colon ó
Napoleon I?
—Colon, incomparablemente más.
—¿Y entre Colon y Hernan Cortés?
-Colon.
—¿Y entre Colon y Washington?
—Colon.
—¿Y entre Colon y Horacio Vernet?
—Ambos: ambos trabajaron, no para un pueblo, no
para su gloria, sino para todos; para el pensamiento cristiano. Conquistaron un
mundo, y se lo dieron á la humanidad sin orgullo y sin pompa.
—¿Y qué artífices tiene nuestro país en la
renovacion cristiana? ¿Será cosa que España no tenga á nadie en esa segunda
humanidad?
—Sí tiene; tiene á San Isidoro de Sevilla, en
erudicion; á D. Alonso el Sábio, en leyes; á Santa Teresa de Jesus, en
disciplina y en ejemplo; á Juan de Mena, el marqués de Santillana, Garcilaso,
Fray Luis de Leon, los Argensolas, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Rioja y
Herrera, en poesía lírica; á Calderon, en poesía dramática; al soldado Alonso
de Ercilla, en poesía épica; al autor del Quijote, en el romance; á
Blasco de Garay, en el invento; al Padre Mariana, en historia; al Padre Isla,
en sátira; al Padre Feijóo, en crítica; á Vives, en literatura filosófica; á
Campomanes, en organizacion social; á Jovellanos, en economía; á Florez
Estrada, en hacienda; y así otros muchos que no recuerdo en este instante.
—¿Comprende usted ahora, pregunté al ingeniero, la
importancia de la pintura de Horacio Vernet? ¿Comprende usted ahora la
importancia, el carácter profundo y el profundo sentido histórico de ese gran
pintor?
—Sí señor, ahora lo comprendo.
A renglon seguido me preguntó cuándo nos veriamos;
le ofrecí visitarle; se despidió con un hidalgo y fervoroso apreton de manos, y
mi mujer y yo quedamos solos. Mi compañera se vistió en un santi-amen; cátanos
en la calle, mi querido lector, á los pocos minutos.
Apenas salimos del portal de la fonda, cuando veo
pasar á una jóven muy alambicada, con mucho adobo, mucho menjuge y alguna sobra
de eso que llaman colorete, la cual volvia el rostro con mucha frecuencia. Á mí
se me ocurrió la siguiente quintilla, sin embargo de no pertenecer al
gremio de los trovadores.
Vuelves el rostro bruñido;
¿Qué se te perdió, doncella?
Y contestó un atrevido:
«No, nada se la ha perdido,
Es que se ha perdido ella.»
Seguimos hasta la calle de Richelieu, y al doblar á
mano derecha, como quien va al boulevart de los Italianos, vemos dos señoras
que se apean de un coche. La una es de cierta edad, y va vestida como conviene;
la otra es jóven, vivaracha como una ardilla, debe hablar como una cotorra, y
lleva un aderezo encarnado con lazos rabiosos, hojuelas doradas y relumbrones.
Al ver tanto arrumaco, y tanto perifollo, y tanto ringorrango, y tantos
peregiles, como decimos por allá, se me ocurrió otro verso.
Tan compuesta ayer te ví
Que loco me enamoré;
Mas la verdad, hoy no sé
Si fué del traje ó de tí.
Esto debe decirse de todas las jóvenes que,
llevadas de la pasion funesta de que las adoren por el vestido, suponen al
traje un encanto que es el secreto de la modestia, del recato, de la sencillez
y de la virtud. ¿No conocen las jóvenes que una tela no puede inspirarnos amor?
¡Quieren ser ídolos muy ataviados, muy bonitos por fuera! ¡Ay! Ese ídolo es
adorado un dia, luego se ve que es barro; el idólatra se avergüenza; se retira
á escondidas del falso culto, y el dios fingido cae del altar. Esos lazos color
de sangre, esas hojuelas relucientes, esos reflejos y esos prismas, son teas
engañosas que alumbran en la calle, en la tertulia, en el festin; el interior
de la casa, el interior de la familia, el corazon del hombre está á oscuras.
Limpieza, recato, virtud y una flor, una flor
sencilla, una flor del campo, una flor pura y olorosa: hé aquí el traje más
rico de una jóven; hé aquí la gala más preciosa, la de más efecto, la que más
enamora á los hombres sensatos, á los hombres que son capaces de hacer feliz á
una mujer. Si el cielo me hubiera concedido una hija, no me cansaria de
repetírselo dia y noche. El lujo, el excesivo ornato, el loco deseo de dar al
artificio lo que debe ser obra de la naturaleza; más claro, el extravagante y loco
deseo de encantar al hombre, presentándose á sus ojos con el ridículo atavío de
una muñeca, cuando Dios no ha dado aquel encanto á la muñeca, sino á la mujer,
es positivamente lo que ha causado más desgracias en este mundo, y desgracias
las más irremediables y lastimosas. Aquella pasion funestísima, aquel prurito
inconcebible, ha hecho más víctimas que las pestes, las plagas, las hambres y
las guerras. Es un cólera morbo que no se va nunca, que siempre está diezmando
la poblacion. Es el vómito negro, ó la fiebre amarilla de las mujeres; la más
peligrosa y pestilente de las enfermedades endémicas.
Jóven, en cuyas manos caiga por casualidad este
libro, cree lo que te dice un hombre que tiene ya canas, que comprende algo de
los achaques de la vida, algo de los achaques de la mujer, y que sin conocerte,
desea verdaderamente tu felicidad, como desea la felicidad de todo el mundo: no
te dejes llevar de reflejos que lucen por fuera; no ahogues tu alma, no ahogues
tu corazon, no ahogues un deseo que te ha dado el que creó el sol y las
estrellas; no ahogues el encanto que te ha dado Dios, el encanto que está en tí
misma, que va contigo; no ahogues esa virtud divina dentro de una hojuela
dorada, de un lazo encarnado, de un prisma azul ó verde. No sacrifiques el
brillante que se cria en el cielo y en tu alma, al otro diamante que se cria en
el monte, y que puede ser el pago infame que da el vicio á la mujer que pone en
olvido sus deberes. Yendo muy compuesta, puede suceder que te mires un dia al
espejo, y que palidezcas y te sonrojes. Yendo aseada y limpia, limpia de alma y
cuerpo, mírate al espejo sin cuidado; mírate cuando quieras; la mirada ingénua
de la que obra bien llenará tu pecho de alegría. No lo olvides por Dios, jóven
que leas estos pobres apuntes: limpieza, recato, sencillez, virtud y una flor;
deja lo demás al cuidado del cielo; un hombre te amará, te amará de veras, como
tú deseas ser amada, y serás venturosa hasta en tus hijos.
Es casi seguro que mis lectores se cansarán de
estos sermones indigestos; pero me atrevo á suplicarles indulgencia, en gracia
al menos de la buena intencion con que lo hago. ¡Quién sabe si alguna mujer, al
ver estas líneas, sale del abismo de la perdicion, del abismo del lujo, de la
idolatría de los aderezos, de las joyas y de las galas! ¡Quién sabe si mis
fervorosos consejos pueden hacer algun bien en el mundo! El verdadero escritor,
el escritor de buena fe y de buen deseo, es tambien un ministro de la moral, un
sacerdote de la religion. Mi querido lector, perdóname. Imploro tu indulgencia
por mis predicaciones, y vuelvo á predicar cuando quiero excusarme de haber
predicado. Hago lo que aquel que se arrepentia de arrepentirse de haberse
arrepentido.
Salimos al alegre y hermoso boulevar de los
Italianos. ¡Greñas de Sanson! Las fotografías inundan este pueblo, como la
langosta inunda los campos. Retratos para medallones, para sortijas, para
guardapelos, para tarjetas, para cartas, para todo. Creo que llegará tiempo en
que un zapatero ponga su retrato fotografiado en la suela de cada zapato que
hace, y en que los aguadores peguen tambien su estampa con engrudo, en el frontispicio de
la cuba, como medio de identificar la persona. Creo, y lo digo formal, que
dentro de poco serán inútiles las cédulas de vecindad, llevando cada cual su
fotografía en el bolsillo, ó pegada al pecho á guisa de medalla ó de cruz. El
fotógrafo sucederá al agente de policía. Á mí se me ocurre otro verso:
Retrátate, sí, Torcuato;
Basta de hablar: ¡pronto! ¡pronto!
Hoy no se puede ser tonto….
Si no lo dice el retrato.
En una de las esquinas de la calle de Lepelletier,
hemos visto un marco con el retrato de un señor muy gordo, cuyo señor, segun se
dice, cuenta con probabilidades de salir presidente del congreso de diputados.
Este buen señor se llama Monsieur Chou, que es como si dijéramos en
castellano el señor Col. Con este motivo (¡maldicion!) se me ocurre
otro verso. Estoy escandalizado de mí mismo. Nunca me he dado á la poesía, y en
cuanto hoy miro veo redondillas castellanas. Vamos al presunto presidente.
Monsieur Col, el hombre
grueso,
De presidente saldrá,
Y de este modo tendrá
Verdura todo el Congreso.
A los veinte pasos del retrato del señor
Col, vimos venir como una procesion de hombres, en el momento de desembocar
de la calle de Provenza. Nos emparejamos con la procesion (tal nos parecia á
nosotros), pregunté á un tendero que se habia asomado á la puerta, atraido por
la novedad, y este hombre me dice que es una sociedad de judíos, la cual
celebra no sé qué fiesta religiosa, en solemnidad de la apertura de un
ferro-carril, canal, ó cosa semejante. Prosiguiendo yo en mi manía de ver
versos en todo, hasta en la fiesta de los judíos, me acordé de un epigrama de
D. Narciso Serra, que mis lectores no podrán comprender, sin cuatro palabras
que expliquen el caso. Habia en Madrid una empresa ó sociedad dramática, que
tocaba su ruina con la mano, sino con la mano con el bolsillo, (¡cosa tan de
moda en las empresas teatrales de Madrid!) y en las boqueadas de la agonía,
resuelve celebrar el aniversario de Lope de Vega. Y para que este aniversario
causara más rumor en el ánimo público, y acudiera gente al teatro, se anunció
en algunos periódicos que se diria una misa por el alma de aquel ilustre
ingenio, á cuya misa fuéron invitados varios actores y literatos distinguidos,
entre ellos D. Narciso Serra, que dijo á los socios, antes de principiar la
ceremonia:
En esta misa de pega,
Presumo que cada socio
Rezará por su negocio
Más que por Lope de Vega.
Esto digo yo de la sociedad de judíos. Más que del
espíritu de Jehová, se acordarán indudablemente del tanto por ciento que se
prometen del canal ó del ferro-carril.
Entramos en el célebre restaurant de la Sílfide,
nos sentamos, se llega un garçon … pero basta por hoy, mis queridos lectores.
Para mañana tengo un plan oculto. Pienso levantarme muy temprano, y sin que lo
sepa mi mujer, me iré al Luxemburgo, visitaré el palacio, pasearé por las
alamedas, luego tomaré el ómnibus que va á San Cloud, partiendo del palacio
Real y haciendo escala en el arco del Triunfo, y me alargaré hasta el famoso
bosque de Bolonia.
=Dia décimo nono=.
Omnibus.—El Paris de acá y el Paris de
allá.—Palacio de Luxemburgo.—Sus estátuas, sus paseos.—Mujeres del pueblo que
hacen labores manuales en las glorietas.—Bosque de Bolonia.
—Catelan.—fisonomías diferentes de los garçones de mi hotel.—Pesares.
Antes de las siete de la mañana estoy situado en
una esquina de la calle de Richelieu, dando cara al magnífico bulevar de los
Italianos. Espero el ómnibus que va al palacio de Luxemburgo.
Durante once minutos que he permanecido cerca de la
esquina, han atravesado el bulevar de los Italianos cuarenta y nueve ómnibus
con veinte personas cada uno, diez en el interior y otras diez en el imperial.
Suponiendo que en el trascurso de toda la carrera se renueven tres veces los
pasajeros, los cuarenta y nueve ómnibus operarian un trasporte de cuatro mil
personas próximamente.
Este cálculo no debe parecer exagerado á los
lectores, cuando he visto ayer en un periódico semi-oficial, que existen en
circulacion cuatrocientos sesenta y tres ómnibus, trescientos sesenta y nueve
para las varias carreras de Paris, y noventa y cuatro para los puntos
circunvecinos.
Los cuatrocientos sesenta y tres ómnibus de que
hablo, han andado por dia ocho mil trescientas diez y seis leguas, ó sea al año
tres millones, treinta y tres mil setecientas cuarenta.
Los viajaros trasportados en todas las líneas han
subido á más de cuarenta y nueve millones y medio (49.590.421) en 1856, y á más
de sesenta millones en 1857 (60.067.147), resultando un exceso de más de diez
millones de transeuntes á favor de la última época.
El producto de los ómnibus destinados al servicio
especial de Paris, montó en 1857 á treinta y seis millones y medio de reales.
Al fin pasó el ómnibus que va á Luxemburgo por las
Tullerías y el Puente Nuevo, y subí al imperial. Me parece que voy sentado
sobre la azotea de una pequeña casa ambulante.
A los veinte minutos estábamos en nuestro destino,
despues de haber atravesado varias calles estrechas que no se parecen en nada á
las anchas y bulliciosas del otro Paris. Note el lector que en Paris hay dos
poblaciones distintas, distincion marcada por el curso del rio. Cada orilla es
una frontera de aquellos dos países, representantes de dos grandes períodos
históricos, de dos grandes razas sociales, si así puede decirse. Hay el Paris
de la tradicion, y el Paris de las creaciones modernas: en el primero habitan
con predileccion los nobles y los ricos que buscan silencio, despues de haber
buscado una buena renta entre el bullicio y la algazara. En el segundo habitan
los comerciantes, los banqueros, los cambistas, las gentes de moda, de
actualidad, gentes que quieren producir efectos cómicos ó trágicos, y los miles
y miles de curiosos y de negociantes extranjeros que este gran centro llama.
Estas dos varias sociedades que se disputan el
señorío de Paris, el giron de un mundo que ha caducado ya, y el otro giron de
un mundo que no se ha organizado todavía, están simbolizados en dos
edificios: Luxemburgo y la Bolsa.
Luxemburgo es el monumento del privilegio y de la
renta.
La Bolsa es el templo del movimiento, de la
creacion y del cambio.
Las Tullerías están situadas entre estos dos mundos
antagonistas, como si quisieran participar del recuerdo del uno y de la fuerza
del otro, presentándose como un tratado de paz entre ambos.
El Luxemburgo es un palacio inmenso, grave,
solitario, majestuoso. Su fábrica se halla en muy buen estado, y no obstante,
despierta en nuestro ánimo esos recuerdos señoriales que parecen dormir entre
las ruinas negruzcas de un antiguo castillo.
Tiene una espaciosa glorieta, con surtidores,
grupos y estátuas, además de un hermoso y bien asistido paseo.
Al examinar las muchas estátuas que siembran estos
silenciosos lugares, he notado que la demasiada asistencia, el demasiado esmero
y el excesivo aliño de que aquí son objeto todas las cosas, quitan á las
concepciones artísticas el encanto del arte, el aura indefinible y deliciosa
que lo rodea en otros países. Aquí todo parece lo mismo, porque el cuidado que
está en todas partes lo nivela todo, despojando á la obra del hombre de esas
variedades de siglo y de lugar que constituyen el gusto maestro de la naturaleza.
Un poco de limo verdoso en una estátua la comunica
la sancion venerable del tiempo, el sentimiento inexplicable de la historia; y
este espíritu vago y armonioso á la vez, este espíritu que viene á denotarnos
el contraste que resulta entre lo transitorio de la piedra humedecida por un
poco de limo, y lo eterno de la moral que aquella piedra simboliza; esta
vaguedad espontánea, sencilla, verdadera, invisible, que va y viene entre lo
que se toca y lo que se adivina, entre el limo y el genio, es precisamente la
pincelada que da al arte su sentido más ideal, más bello y más profundo, porque
es el sentido más conforme á la poesía de la creacion, es decir, á la poesía
inimitable de la verdad.
No hay naturalidad en estas creaciones; la
naturalidad con que la yerba es verde, con que el cielo es azul, con que la
estrella nos envia sus luces plateadas. Noto cierto entumecimiento en este
arte; es creador, infatigable, jóven; pero parece un jóven tullido; un tullido
que no puede moverse sin que la paralísis le arranque un dolor y una queja. No
sé si me equivoco; pero esto es lo que me dicta mi sentimiento, ageno á toda
preocupacion de envidia, de odio ó de historia. Es un arte magnífico, colosal; pero
le falta un no sé qué de arte.
Despues de examinar las estátuas, me interné en el
paseo, y vi con mucho gusto á varias familias artesanas haciendo labores
manuales, bajo los árboles de las glorietas. Esta costumbre es verdaderamente
pintoresca, infantil, encantadora, patriarcal. No he visto en mi vida á esas
mujeres, no las he mirado á la cara, y las tengo cariño, porque tengo cariño á
las yerbas que tocan, á esta vida que llevan, á este aire que respiran.
Me interné más en los jardines, y me ví solo; no
tenia más compañeros que las flores y el rumor indeciso de una leve brisa de
verano, y me parecia que distaba de Paris muchas leguas.
¡Cuánto preferiria una gruta aquí al hotel de la
calle Feydeau! ¡Cuánto más grata me seria esa casita que estoy viendo, cerca de
la estátua del pintor Lessueur!
Ahora me siento enfrente de la estátua. Unos ramos
de madreselva se agitan suavemente sobre mi sombrero. ¡Qué bien me encuentro
aquí! Me parece que soy mejor, y que me amo más á mí propio. Á un tiempo oigo
el acompasado y casi imperceptible susurro del viento entre las hojas de los
árboles, el ruido lejano de agua corriente, el acento festivo de unos niños que
juegan, y el clamoreo confuso que nos anuncia la proximidad de una gran
poblacion, como el sordo rumor del oleaje nos anuncia la cercanía del Océano.
Me acordé que tenia que volver á Paris, y sentí dos
cosas: repugnancia y temor, casi miedo.
Soledad, encanto del triste, encanto de mi corazon,
vírgen de mis pesares, vírgen de mi alma; si amas, si esperas algo en este
mundo, dame tus amores y tus esperanzas. Si tienes dolores, si tienes
misterios, dame tus misterios y tus dolores.
Al poco tiempo subia en un ómnibus que me llevó al
Palacio Real, y luego en otro que tenia la carrera de San Club, haciendo escala
en el arco de la Estrella. Allí me apeé y seguí hasta el bosque de Bolonia.
El bosque de Bolonia no es un paseo, propiamente
hablando: es una selva que tiene leguas de extension: es el desahogo de las
gentes de carruaje que van allí, como se va á tomar aires al campo. Se
encuentra cascada, lago, isleta en medio con puentes rústicos, de un aspecto
gracioso; chinescos, barquillas, circo y muchos espectáculos de varios géneros.
Yo me interné hasta donde logré quedarme solo, sin
oir otra cosa que el ruido confuso de los coches y el crugido del látigo.
Me senté un instante sobre la yerba, y me vi
halagado por una expansion y un bienestar que no experimentaba desde nuestra
llegada á Paris. Me parecia que en aquel momento recobraba la libertad, y
sentia por la luz esa especie de religiosa gratitud que siente el cautivo.
Miraba hácia bajo, y veia musgo verde; miraba en torno mio, y veia árboles;
miraba á lo alto, y veia cielo. Sentado en una piedra solitaria, á despecho
mio, me acude la idea de Andalucía, la idea del país en donde he nacido y me he
criado. Hace veintidos años que dejé la casa paterna; volví á los nueve con el
deseo de abrazar á mi madre; pero no pude verla; no estaba en el mundo; habia
muerto. Á la hora de morir, cinco hijos rodeaban su lecho, uno faltaba. Mi
madre diria en su corazon: «¡bien se lo dije! ¡El tiene la culpa; me muero sin
verle!» ¡Tenga Dios misericordia de mí!
Mi madre no vivia; pero la Providencia ha dado
lágrimas al hombre para lavar con ellas sus pecados, sus olvidos, sus yerros; y
lágrimas ardientes y fervorosas humedecieron el sepulcro de la que me dió el
sér. ¡Gloria! ¡Sueño terrible! ¡Angel cruel, cuánto has comido de mi alma y de
mi cuerpo! ¡Quién lo hubiera sabido! ¡Quién hubiera podido adivinarlo! Los
campos en donde pasé mi niñez no me hubieran visto desertar; el Océano no
hubiera dejado de oir mi pobre voz; yo hubiera visto morir á mi madre y á mis
hermanos. Una humilde choza por vivienda; un saco de paja por lecho; un haz de
enea por almohada; una honrada esteva por oficio; pan, agua y salud por
alimento; un ramo de tomillo por corona; los bosques, los mares y los cielos
por poesía; el Dios que llena al mundo por esperanza; ¿qué más podia apetecer?
Tú tenias razon, madre de mi alma; tú me decias bien, madre de mi vida. Te
desobedecí, fuí ingrato á tu amor, fuí sordo á tu llanto, y el cielo me castiga
por aquella culpa. Pero tú que fuiste tan buena, tan paciente, tan generosa; tú
que tanto sufriste, que tanto lloraste, madre de mi vida, madre de mi alma, tú
perdonarás á tu hijo.
Apenas me desembarace de ciertos asuntos que me
tienen amarrado en Madrid; más claro, apenas logre reunir algun dinero, me iré
á Sevilla, mandaré hacer una losa, pasaré á la raya de Portugal, y yo mismo la
colocaré en una sepultura, en nombre de todos mis hermanos. Ya tengo hecho el
epitafio, el cual pertenece tambien á mis lectores; hélo aquí.
«FILOMENA, JOAQUINA, NICOLÁS, AMPARO, HERMENEGILDA
Y ROQUE, Á SU ADORADA MADRE.»
«Tras estos mármoles fijos
Verá nuestra amante fe,
Que una madre siempre ve
Las lágrimas de sus hijos.»
Lector mio, cuando esta obra se publique, no te
parezca cara. No tengo otro sueldo, ni otro patrimonio que mi trabajo personal,
mi trabajo de sol á sol como humilde obrero de la inteligencia, y de esta obra
he de sacar más de mil duros que habré tenido que gastar para escribirla, y si
pudiera ser, para comprar la lápida de mi madre.
Medio enternecido y medio lloroso me levanté de
aquella piedra, y empecé á dar vueltas por allí. Miré á todos lados, no habia
nadie ¡qué felicidad! Hay ciertos instantes en que los hombres me inspiran
miedo; ciertos instantes en que el silencio es mi más dulce compañía.
Caminando despues al acaso, encontré una pequeña
columna. La piedra es historia tambien, y me vino en deseo conocer la historia
de aquella piedra. Héla aquí tal como ha llegado á mis oídos.
Hubo un francés apellidado Catelan, el
cual vivia santamente en Provincias. Á este Catelan se ocurrió la idea
(cualquiera otra le hubiera salido mejor) de trillar el camino de Paris, con el
objeto de conducir varios presentes al rey de entonces. No me acuerdo en este
momento qué rey era; pero desde luego debe suponerse que un rey de antaño debia
ser, porque al morirse aquel Catelan, comenzaron á morirse los Catelanes que
trillan caminos para hacer presentes.
Púsose en marcha aquel bendito hombre, despues de
haberse confesado, porque tambien hubo un tiempo en Francia en que el cristiano
tenia que proveerse de la confesion, como del primer artículo del viaje.
Noticioso el monarca de la venida del buen Catelan,
ó de los presentes que Catelan traia, ora fuese por Catelan, ora por los
presentes, porque la tradicion no aclara este punto, envió un piquete de
soldados bajo el mando de un capitan, cuyo piquete tenia por fin el guardar al
espléndido provinciano de los bandoleros y asesinos que infestaban á la sazon
el bosque de Bolonia. Sépalo el brillante Alejandro Dumas. Hubo tiempo en que
los vasallos se confesaban para caminar; tiempo en que los bandoleros y asesinos
empedraban el bosque de Bolonia, si el gran novelista me permite la palabra
empedrar.
El capitan que mandaba la escolta se situó en los
puntos convenientes, el buen viajero se vió libre de los huéspedes habituales
del bosque, pero ¡cosa imprevista! no se vió libre del capitan. El capitan de
los soldados se puso en lugar de los bandidos, y el pobre Catelan fué robado y
muerto.
Mucho tiempo despues tuvo lugar un baile en
palacio, y una señora de las asistentes llevaba un objeto de que constaba ser
portador el asesinado en el bosque de Bolonia. Dieron principio las sospechas,
luego las pesquisas, por fin se adquirió la evidencia del crímen, el capitan
fué ahorcado, y el célebre bosque vió alzarse una piedra en obsequio y honra
del fiel vasallo Catelan.
Esto es, punto más, punto menos, lo que acerca de
esta columna cuenta la tradicion, y no deja en verdad de ser un consejo
provechoso.
Parece imposible que este bosque tan concurrido,
tan guardado, el paseo de la alta sociedad de Paris, el refugio y el embeleso
de las gentes de coche y librea, haya sido un tiempo guarida de asesinos y de
ladrones.
Sin embargo, hoy se invoca aún por cierta escuela
la moralidad de aquellos tiempos. Cierta escuela grita aterrada que tocamos ya
un período disolvente, que nos precipitamos por instantes en un abismo de
perdicion. La escuela á que me refiero dice bien: corremos por instantes á la
disolucion…. de dicha escuela.
A las once en punto entraba en el patio del hotel
de Feydeau. Los garçones me hicieron un saludo apenas perceptible. Esto quiere
decir que no iba bien vestido. En efecto, mi mujer y yo hemos notado repetidas
veces, que los saludos son más ó menos afectuosos, más ó menos cumplidos, á
proporcion del traje que llevamos. Esto es un motivo curioso de estudio, porque
el lector comprenderá sin duda las infinitas gradaciones que deben mediar,
desde balbucear los buenos dias á un mendigo, hasta doblar ambas rodillas ante
un emperador.
¡Ay! ¡Cuándo y dónde, encontraré un pueblo en la
tierra, en que no se me mire al pecho y á los piés, como para ver si llevo
cadena y bota de charol; para ver si pueden esperar de mí una propina;
sino que se me mire á la frente y á los ojos, para ver si tengo talento y
bondad con que hacer un bien á este mundo!
¡Cuánta fe necesita el hombre para que su alma no
se cáuterice, al tocar la hiel corrosiva de estas nauseabundas experiencias!
No siento odio; acaso no siento desprecio tampoco,
pero siento una profunda lástima, y sobre todo un profundo dolor.
Este es quizá un malvado, un holgazan, un idiota.
—¿Lleva cadena?
-Sí.
—¿Lleva brillantes?
-Sí.
—¿Va en coche?
—Sí.
—¿Se inclinan ante él sus lacayos?
-Sí.
—¿Quién es?
—Un semi-Dios.
Este otro es honrado, caritativo, afectuoso,
creador, valiente.
—¿Lleva los bigotes untados con resina á izquierda
y derecha, como si fuese pregonando la guerra al gran turco?
—No.
—¿Lleva cadena?
—No.
—¿Lleva brillantes?
-No.
—¿Va en coche?
—No.
—¿Tiene una librea que le idolatre?
-No.
—¿Quién es?
—Nada; un pobre diablo.
Si esto fuese verdad; si esta fuese la ley moral
del mundo, si esta hiel que devora fuese el espíritu de la creacion ¡qué
horrible seria la Omnipotencia del que hizo al hombre! ¡Qué horrible seria la
Omnipotencia del que nos creó, para corroer nuestras entrañas con aquella
ponzoña!
Afortunadamente no es así; entre aparentes
contradicciones, Dios triunfa siempre; entre huracanes y nublados, el sol
siempre brilla.
Mi mujer me esperaba con impaciencia; almorzamos en
el restaurant de la calle del Banco, y empleé la tarde en escribir para La
América, el primer artículo sobre la Europa. De este modo dió fin el dia
vigésimo.
=Dia vigésimo=.
Historias.
¡Pobre Luisa! Así se llama la mujer vestida de
negro. Cuando volvimos de almorzar, estuvimos hablando con la lechera, la cual
nos reveló secretos que nos afligen profundamente. La jóven que habita uno de
los cuartos principales del hotel de enfrente, no es francesa; es de Pisa, una
de las más célebres ciudades de Toscana, una de las más bellas ciudades del
mundo. A Pisa fué, con el objeto de convalecer de una enfermedad, cierto
estudiante del partido de Rodhese, departamento de Lyon; el tal estudiante vió
á Luisa, se enamoró de ella, hubo de decírselo, y á ella hubo de parecerla
bien: si no bien, no debió parecerla mal, por lo que luego verán mis lectores.
Luisa se enamoró tambien, y esto era necesario para que se cumpliese la verdad
constante de que las jóvenes se enamoran siempre, casi siempre, de lo que ha de
hacerlas desgraciadas. Es un arcano incomprensible de la edad, una sombra que
lleva consigo la inocencia. El amante descubre á su familia y á la de la novia,
la intencion que abriga de unirse á Luisa, y ambas familias se opusieron
abiertamente, en atencion á la poca edad de los novios, puesto que él no tenia
veinte años, y ella acababa de cumplir diez y siete. Los novios insistieron en
sus propósitos, y no sólo insistieron, sino que se amaron con más ahinco, se
amaron con el frenesí de la prohibicion; más claro, se divinizaron en su
fantasía, creyéndose héroes de novela, mártires del amor. La generalidad de los
padres ignora cuánto influye esto, y con cuánto cuidado se debe evitar. Creen
que esas imaginaciones son poesía…. ¡Ah! ellos no saben que la poesía es una de
las cosas que más arrastran á la humanidad, uno de los poderes más formidables
de la vida, especialmente cuando todavía hemos vivido poco, cuando la hiel de
los desengaños no ha acibarado nuestro corazon, cuando nos encontramos en la
poesía del que sueña, porque todavía no comprende. Sí; entiéndanlo los padres;
la fantasía, la emocion poética, es lo que más seduce á una jóven; eso que
ellos creen que es un puro romance de ciegos, es la tentacion más fascinadora y
más irresistible. El sueño del alma es lo que más puede en el hombre y en la
mujer, cuando el alma de las mujeres y de los hombres se encuentra en la edad
de soñar. El estudiante y esa pobre mujer de enfrente se poetizaron,
se creyeron víctimas sacrificadas á la violencia, á la tiranía, y no hay poder
humano que tenga fuerza contra esa apoteosis de la imaginacion. Y cuanto más se
sufre, cuanto más se padece, cuanto más se llora, tanto más se ama aquella
desventura, aquella pasion, aquella poesía. Cuantos más dolores pasa el mártir,
tanto más ama la palma del martirio. Luisa y su amante se habian enamorado con
un doble afecto: se habian enamorado de sus personas y de su infortunio; se
amaban por lo que se amaban y por lo que sufrian; por lo que sentian y por lo
que lloraban; es decir, se amaban como amantes y como héroes. Algunos padres
continuarán creyendo que estas verdades son cuentos de bruja, coplas de
Calaino; pero los resultados tienen una elocuencia que no miente.
La familia del estudiante le mandó que volviera á
Rodhese; pero el estudiante no volvia. Los padres de la novia la prohibieron
que se asomara á los balcones con el fin de ver á su amante; pero la novia se
asomaba. ¡Poesías! ¡Pura poesía! Bien, contesto yo; serán poesías ó lo que
ustedes quieran; pero el hecho es que los padres mandaban á la novia que no se
asomase, y sin embargo la novia se asomaba; el hecho es que la familia del
estudiante le mandaba que se volviese al departamento de Lyon, y sin embargo el
estudiante no volvia.
Vista la resistencia del muchacho, sus padres
acudieron á la política, á que siempre acuden los padres que no tienen talento,
ó que no conocen el corazon humano. El modo, dicen estos padres, de que el
pájaro vuelva á la jaula, es hacer de modo que no halle alpiste fuera, y
discurriendo así, les parece que se han salvado con un golpe supremo de
sabiduría. ¡Qué ignorancia! ¡Qué error! En efecto, el pájaro vuelve á la jaula,
cuando fuera de ella no encuentra alpiste; vuelve á la jaula para no morirse de
hambre; pero no vuelve él; vuelve la necesidad que le obliga; vuelve el hambre
que siente; no vuelve el hijo; vuelve el hambre. ¿Y qué? ¿Los padres son padres
de esa hambre ó de ese hijo? El pájaro vuelve á la jaula, y en ella permanece
encerrado, mientras que no rompe con el pico algun alambre de la prision. Luego
que puede huir, huye. Luego que puede tender el vuelo al aire libre, á los
rayos del sol, lo hace. Pero ¿hace bien ó mal? No lo sé; no quiero saberlo, ni
averiguarlo, ni aun oirlo. Sé que el prisionero ama la libertad; sé que quien
está á oscuras ama la luz; sé que quien vive emparedado, desea estirar sus
miembros, desea moverse, agitarse, respirar; sé que lo desea fanáticamente, con
un ánsia frenética, con un instinto providencial. Los padres que opinan de otro
modo están engañados, y mil desgracias que ocurran cada dia, vienen real y
positivamente, menos de la liviandad de los hijos, que de aquel engaño de los
padres. ¡Quitarles el alpiste, para que vivan encerrados en la jaula! No;
eso no es tener hijos; eso es tener cautivos ó esclavos; eso no es ser padres;
eso es ser carceleros. Y ¿qué amor quiere un padre que el hijo le tenga, qué
respeto quiere que el hijo le profese, cómo solicita que el hijo le venere y le
ame, cuando no se presenta á él como padre, sino como cómitre, como tirano,
como carcelero?
Yo suplico á los padres que piensan así, que oigan
y que contesten; no que me contesten de palabra, no que me contesten tampoco
por escrito; sino que se respondan á sí propios en su conciencia y en su
corazon.
Su hijo es un hombre; un hombre que nace para amar,
como para amar nació su padre. Ese hijo ama en virtud de un instinto superior á
su voluntad, á sus ideas, á su poder; superior al poder, á las ideas y á la
voluntad de todo el mundo. ¿Qué intentan los padres contra ese instinto? No
pueden quitar ese instinto del alma de sus hijos, como no pueden remover los
montes, ó secarlos mares; ¿qué intentan contra el mar y contra los montes?
El amor viene como vienen las plagas, las
tormentas, los huracanes; como la luz cae de los astros; como el aire corre por
la atmósfera. ¿Qué intentan los padres contra ese misterio de la vida? ¿Qué
quieren hacer para que el ambiente no corra, y el huracan no sople, y la luz no
descienda, y el contagio no infeste, y el trueno no estalle? ¿Qué pretenden
contra el huracan, contra el contagio, contra el ambiente y contra la luz?
Su hijo ama por un derecho providencial; por un
derecho de orígen divino. Dios se lo ha dado, él lo tiene porque Dios se lo da:
¿qué intenta el padre contra lo que da Dios? ¿Qué planes concibe contra la
Providencia que gobierna á todos, á él tambien? Vengan aquí los padres que así
opinan, y que respondan.
Nada más absurdo, más bárbaro, más repugnante, que
disputar á un padre el santo derecho del consejo, de la persuasion, de las
lágrimas, hasta el enojo, porque muchas veces nos enojamos por lo que queremos,
por el bien que ansiamos para los objetos de nuestro amor; pero de ningun modo
puede darse á un padre la facultad de que haga un derecho de la violencia, de
un abuso, de un atentado. No hay derecho para hacer lo que no se debe, por la
razon de que no hay abusos legítimos, crímenes morales. Una traicion, una
verdadera traicion, no es nunca leal. Nada de violencia, especialmente la
violencia que se ejerce sobre una pasion de nuestra alma, una pasion grande,
inmensa, divina; sobre todo, en una época de nuestra vida en que la pasion
entra por tanto, en que la pasion es casi todo, porque la juventud no es otra
cosa que una pasion. Aconsejo á los hijos humildad, respeto, obediencia; más
que obediencia; veneracion, una veneracion profunda y religiosa. Á los padres
no se les debe únicamente obedecer, sino venerar; aconsejo á los hijos la
veneracion; pero no aconsejo á los padres la violencia. El hijo debe obedecer;
el padre debe aconsejar y persuadir. ¿No alcanzan el consejo, la persuasion, la
súplica, el llanto, el enojo? Pues hagamos alto; encima de la tierra está el
cielo; sobre el hombre está Dios. A Dios toca lo que el hombre no puede
arreglar, y un hombre es el padre.
Hay tres cosas en este mundo, sobre las cuales no
puede ponerse una mano airada; tres cosas que todos debemos reverenciar, porque
son un depósito de la Providencia: una idea, una lágrima y un amor. La idea es
el ángel del pasado; la lágrima es el ángel del presente, el amor es el ángel
del porvenir; sí, del porvenir, porque la esperanza y la fe son los primeros de
nuestros amores. Cuando el hombre quiera encender fuego para quemar el mundo,
quémelo todo; pero que no arrime la tea á esos tres ángeles.
Pues volviendo á la historia de Pisa, los padres
del novio retiraron al hijo el dinero; esto es, quitaron el alpiste al pájaro
para que volviera á la jaula. El estudiante encontró manera de hacer que su
novia supiese lo ocurrido, porque no hay manera que no encuentren los que se
aman; la novia se turba, se turba el novio, ambos se creen perdidos en sus
ilusiones, se ven, se miran…. ¡Ah! No hay alpiste que valga contra estas cosas.
Llega un dia en que, al amanecer, se abren las puertas de una casa, y una jóven
baja la escalera, con un envoltorio en la mano, despeinada, trémula, azarosa,
paladeando sin cesar, porque la saliva pegaba sus labios; esa jóven atraviesa
furtivamente algunas calles, mira hácia atrás y vuelve á correr, hasta que
llega á un punto en donde un hombre la esperaba. Cerca de ellos estaba un
coche, la portezuela se abre, ambos suben, el carruaje empieza su marcha…. Todo
está perdido; ya no hay remedio. Al dia siguiente estaban en Livorno; al otro
dia en Génova; al tercero en Marsella, al cuarto en Paris. Se hospedan en uno
de los muchos hoteles de la calle de Buenavista, de la calle en que estamos
nosotros, casi enfrente de nuestro hotel. Nuestros lectores habrán supuesto
seguramente que los viajeros de que hablo son Luisa y el estudiante de Rodhese.
Con el dinero que ella sacó de la casa paterna, vivieron un mes, al cabo del
cual el estudiante la manifestó que iba á su casa, con el fin de reconciliarse
con su familia, y volver á Paris, ya para unirse á ella, ya para proseguir sus
estudios. Ella lo creyó como era natural, y le dió hasta el último maravedí
para el viaje. El amante partió; llegó á Rodhese, se avino con sus padres, y se
determinó que fuera á seguir su carrera á Estrasburgo, en donde se halla
actualmente. Luisa no ha visto de él una sola letra, y tuvo estas noticias por
medio del amo del hotel, que escribió al país para averiguar lo ocurrido. Ella
se encuentra sola, en tierra extraña, sin honor, sin medios, sin amigos, sin
ayuda, sin esperanza, sin saber qué hacer, ni qué pensar, ni qué discurrir.
Dice que no quiere vivir de ese modo, que anhela morirse, que quiere matarse;
no duerme, no come, grita como una loca, y todo anuncia un mal desenlace. Entre
tanto el novio estudia en Estrasburgo, y acaso hace la córte á otra
desgraciada. ¡Qué corazones hay en el mundo! ¿Qué hace esa mujer? Nos
preguntaba la lechera. ¿Cómo vuelve á la casa que ella abandonó? ¿Cómo vuelve
al pueblo que ella escandalizó con su locura? ¿Cómo escribe á sus padres, á
quienes ha causado tanta afrenta y tanto dolor? Y si va á su casa, y si la
familia le hace la caridad de abrirla sus brazos, ¿cómo resiste esa pobre jóven
la mirada terrible de su madre? ¿Qué ha de responder á su madre, cuando las dos
se queden solas?
¡Ay! ¡cuántos males causa en este mundo la falta de
prudencia! Si la familia, en vez de repudiarla y de extrañarla de su cariño; si
en vez de reprenderla y de afrentarla por aquellos amores; si en vez de
acercarla al amante, porque al amante se acercaba todo lo que se desviaba de su
familia; si en vez de esto, la hubiera atraido con paciencia, la hubiera
exhortado con consejos, con cariño, con persuasion, con lágrimas, con súplicas,
si era menester; si un hombre prudente hubiera dado un plazo á sus esperanzas;
la hubiera alentado, la hubiera tocado el corazon, ¿estaria ahora esa jóven en
Paris llamando á la muerte, desamparada, sola, perdida? No; yo juro por mi alma
que no. Perdóneme el lector este arranque … no sé de qué: quizá es orgullo,
quizá es vanidad, acaso es una ridícula jactancia; pero me parece que si yo
hubiera sido el padre, el tio, el hermano, el amigo siquiera, de esa infeliz
mujer, esa mujer estaria en su casa. Tal vez suspiraria por su amante; tal vez
lloraria; pero estaria en su casa; estaria al lado de sus padres, tendria
tranquila su conciencia, limpia su honra, y entero un corazon que ahora está
desgarrado. Tal vez llorara en Pisa; pero ¡qué diferencia entre aquellas
lágrimas, y las que ahora vierte en Paris! Mas el golpe está dado, y un momento
basta para emponzoñar la existencia de una mujer.
En este momento se asoma al balcon, mi compañera la
ve y me llama. Es muy blanca y tiene el cabello casi rubio. Hay en su fisonomía
esa mezcla de expresion ardiente y melancólica, triste y apasionada, que es la
gran belleza del tipo italiano. Mira con cierto frenesí á uno y otro lado de la
calle, como si esperase á alguna persona. ¡Pobre Luisa! El estudiante está en
Estrasburgo; es inútil que mires; no viene. ¡Cuánta amargura debe hervir en el
alma de esa mujer! Parece que cruza y confunde sus miradas, como si una idea
agujerease su cerebro, y se pasa la mano por la frente con mucha frecuencia. Es
bien seguro que está sudando de congoja; es seguro que algun vértigo la
amenaza.
—Esa mujer va á cometer un disparate, exclamó
vivamente mi compañera, y yo no esperé más. Bajo en el acto, me voy á casa de
la lechera de la vecindad, la llamo la atencion sobre el estado de Luisa, y la
buena Madama Fonteral deja inmediatamente su quehacer, me mira de un modo
cariñoso y benévolo:
—¿Que voulez-vous que je fasse? (¿Qué quiere
usted que haga?)
—Quiero, la contesté, que se pase usted al hotel de
enfrente ahora mismo, que entregue usted estos veinte francos al amo de la
fonda, en pago de los quince dias de alquiler que Luisa le debe, que dé usted
estos otros cuatro napoleones á Luisa para que atienda á sus necesidades, que
averigüe el nombre y domicilio de los padres del estudiante de Estrasburgo, y
que procure saber de la jóven si tiene algun tio, algun hermano, alguna persona
de respeto á quien acudir, trayéndome la nota de los nombres y del punto de
residencia. Haga usted de modo que ella ignore quién la suministra este
insignificante recurso, y quién la hace estas preguntas, á fin de que tenga
algo que la distraiga del pensamiento que la domina, y que acabará por volverla
loca. Dígala usted que no se desespere, que no se apure, que no se aflija.
Dígala usted que el arrepentimiento y el dolor hacen con las heridas de nuestra
alma, lo que el bálsamo con las heridas de nuestro cuerpo.
Madama Fonteral, moviendo afirmativamente la cabeza
en señal de contento y de aprobacion, echó á escape, mientras que yo me volvia
á mi cuarto. Cuando llegué, Luisa no estaba en el balcón, y mi mujer me dijo
que temía una desgracia. Eran más de las once, y tuvimos precision de salir
para almorzar. Almorzamos en un restaurant del boulevar de la Buena Nueva, á
los cincuenta pasos de nuestra fonda, y nos volvimos para ver qué noticias nos
daba Madama Ponteral. Esta pobre mujer habia subido a nuestra habitacion, y
habiendo sabido que habiamos salido con el objeto de almorzar, nos estaba
esperando en la puerta de su casa. Así que nos vió, entró en el portal de
nuestra fonda, y subimos juntos.
—¿Qué hay, mi buena señora Fonteral? la pregunté.
—Tome usted dos notas. En esta va el nombre del
padre del estudiante, y el pueblo de Rodhese, en donde vive. En esta otra
hallará usted el nombre y apellido de una hermana de Luisa; casada en la misma
ciudad en que está su familia, y á quien sus padres aman en extremo. La he dado
el dinero que usted me entregó, la he dicho que están pagados los quince dias
de alquiler, la he exhortado á que se arrepienta, á que olvide ese amor
funesto, y á que espere en la misericordia de Dios.
—¿Y cómo está? la preguntó con impaciencia mi
mujer.
—Quedó más tranquila, mucho más tranquila, y
diciendo esto desapareció, dejándome las notas.
No quise perder tiempo. Aunque en mal francés,
escribí una carta al padre del muchacho, y aunque en mal italiano tambien,
escribí otra carta á la hermana de Luisa, pintando en ambas el abandono, la
desesperacion y el peligro en que se veía esta desgraciada.
Se las traduje á mi mujer, que las creyó del caso,
las cierro, pongo el sobre respectivo, y á los pocos minutos atravesábamos la
calle de Buenavista, con el fin de echarlas al correo. Llegamos á la Plaza de
la Bolsa, y las echamos en una estafeta que hay allí. Mi mujer echó la que iba
dirigida á la hermana, y yo la que iba dirigida al padre del chico, como si
creyéramos que podia ejercer alguna influencia la electricidad particular de
cada sexo. Al arrojar las cartas por el buzon, mi mujer y yo exclamamos al
mismo tiempo:
—¡Dios las lleve por buen, camino! Ignoro
lo que sucederá; pero algo debe valer el buen deseo con que obramos, para
conseguir la ayuda del cielo.
A diez pasos de la estafeta tomamos un coche, y al
cuarto de hora nos encontrábamos en San Sulpicio. Este es uno de los seis ó
siete edificios que han despertado en mí la emocion poética, sin embargo de que
entran por centenares los monumentos suntuosos que tiene Paris. Al ver esta
iglesia, me parece que estoy en el campo; creo como oler romero ó tomillo.
Penetramos, y bajo estas bóvedas encuentro lo que no encontré en la Magdalena;
lo que no hallé tampoco en el Panteon, espléndida creacion ateniense. Reina
aquí cierto espíritu vago y silencioso, que nos reconcilia con la idea de Dios.
Aquí nos acordamos naturalmente de la piedad, y parece que oramos, aún cuando
no digamos ninguna oracion. Voy á decirlo, sin temor de que muchos se
escandalicen: este San Sulpicio, con sus ventanas, sus columnas, sus torreones
y sus veletas, que parecen aspas de un molino de viento; este San Sulpicio, con
su gran pórtico; su nave extensa, desnuda, callada, sombría; su coro aislado;
su majestuoso altar mayor; su oculta capilla de la Vírgen, iluminada por una
luz confusa, indecisa, misteriosa, y sus enormes conchas venecianas que sirven
de pilas; este San Sulpicio, vuelvo á decir, es más iglesia, más templo
cristiano, que la Magdalena y el Panteon.
Esto nos demuestra que el arte religioso, tanto en
arquitectura como en escultura, como en poesía, como en música, como en canto,
en todo, tiene un carácter que no es posible equivocar ni confundir. El hombre
no comprende la esencia de Dios, porque no comprende ninguna esencia. Presiente
algo, adivina algo; pero no lo puede explicar; sobre todo, no puede reflejar su
pensamiento en una imágen; es decir, no puede darnos la nocion artística de
aquel pensamiento, porque no hay nocion artística sin figura, sin símil, y no
hay figuras que nos representen lo que no se toca, lo que no se oye, lo que no
se ve. Donde no hay imágenes no hay arte, porque no hay fantasía, y el hombre
no halla imágenes para representarnos la inmensidad, por lo mismo que el hombre
vive en el espacio, el cual no es inmenso. El arte, pues, es nulo para
representarnos netamente la idea de Dios; ese Dios es más grande que toda
figura, que todo símil, que toda poesía, que toda creacion humana. El arte no
tiene otro recurso que llegarse á la ciencia, que pedirla sus pensamientos, sus
conjeturas, sus arcanos; no tiene otro recurso que llegarse á la fe, para que
le inspire con sus creencias y sus esperanzas, y copiar en el libro, en el
edificio y en la estátua, las esperanzas de aquella fe, y los arcanos de
aquella ciencia.
Esperanza y misterio, hé aquí el carácter esencial,
el sentido íntimo, el alma del arte religioso.
No sé matemáticamente lo que espero, pero sé que
espero. Fuera de aquí, fuera de este horizonte indefinible, no hay epopeya para
el arte de la religion.
Viene el arte griego, y lo llena todo de luz, lo
hace todo brillante, espléndido, provocador, casi lascivo. No; eso es el altar
de una Vénus, el festin de unas bodas, una romería, un teatro. Ahí todo se
toca, todo se ve, todo se concibe, todo se adivina. Esa no es la casa de Dios,
porque ese Dios es la sombra augusta del universo, el augusto arcano de la
vida, el portento que ninguna mente puede explicar, el abismo que ninguna sonda
puede medir, y aquel festín griego, aquellas bodas, aquella alegría, no trae á
mi imaginacion la idea del abismo, del portento, del arcano, de la sombra, de
aquellas tinieblas sublimes; no trae á mi pensamiento la idea de Dios, el rumor
vago, indefinible, poético y armonioso del espíritu universal. Ese arte, tan
excelente para las formas, es absolutamente nulo, no sirve, para la metafísica
religiosa del espíritu.
Y no tenemos más que concentrarnos por un instante,
para comprender lucidamente la verdad de esta teoría.
Cuando nuestra vista no alcanza un objeto, ve
sombra; es decir, no ve, porque el no ver consiste en no ver luz, y el no ver
luz no es otra cosa que ver tinieblas.
Esto mismo sucede á nuestra alma, cuando no
comprende un pensamiento. El pensamiento que no comprende, se la presenta
oscuro, vacilante, sombrío, tenebroso. El horizonte de la sombra comienza en
donde termina el horizonte de la luz, como sucede á nuestros ojos.
Nuestra alma no comprende, no se demuestra, no se
explica matemáticamente la esencia de Dios, se encuentra sin la luz del dia en
esa atmósfera inconmensurable, y viene la sombra de la noche; huye la evidencia
y se da de cara con el misterio. Y este misterio y aquella sombra vienen á
explicarle, lo que no han podido explicarle aquella luz y aquella evidencia. De
modo, que en el arte de la religion, hace la sombra lo que hace la luz en el
arte gentil; en el arte del espíritu, hace el misterio lo que en el arte de la
forma hace la evidencia. Lo que allí es alegría, es aquí tristeza. Lo que allí
es dolor, es aquí placer. Allí se rie cuando aquí se llora, y allí se llora
cuando aquí se rie.
Por esto sucede que no me gusta oir en una iglesia
la música de Donizzeti, ni de Bellini, ni de Verdi. Á una iglesia no vamos á
buscar el sentimiento de lo apasionado, de lo marcial, de lo atrevido, de lo
voluptuoso, sino el sentimiento de lo solemne, de lo majestuoso, de lo augusto;
más claro, el sentimiento de lo sublime, la emocion del patético, porque la
idea de una suprema causa es el patético por excelencia. En una iglesia no
quiero encontrarme al amante, al poeta, al caudillo, sino á mi creador. No me
gusta encontrar allí mi genealogía humana; para eso iria al teatro; quiero
encontrar mi genealogía divina, porque para eso voy á la iglesia. Y ahora me
explico por qué me gusta más, cuando estoy en un templo, la música del Norte,
la música germana. Y me explico tambien, por qué dos versos de la poesía
inglesa, de la poesía sajona, de la poesía scita, esto es, de la poesía del
Septentrion, me gustan más, muchísimo más, que todo lo que ha dicho la poesía
italiana, inclusa la majestuosa poesía del Dante, acerca de un principio
supremo.
Al describir la formacion del mundo, pinta un poeta
inglés al supremo Hacedor ocupado en aquella portentosa tarea, y dice que da
fin á la creacion, poniendo alrededor de su trono la majestad de la
sombra.
Y pone alrededor del trono
excelso
La augusta majestad de las tinieblas.
Esto es poesía religiosa; estos dos versos valen
más, en este sentido, que toda la divina comedia del Dante. Eso no es hablar ni
del mundo, ni del hombre; eso es hablar de Dios, de un Dios grande, inmenso,
prodigioso, guardado por un velo, recatado por una nube, porque se habla de un
Dios incomprensible por su grandeza, por su excelsitud, por su gloria, por su
maravilla, por su poder; un Dios que no es tan Dios por lo que de él se sabe,
como por todo lo que se ignora; un Dios que es menos Dios por su magnificencia
que por sus arcanos; menos por la luz que hierve en la esfera del astro, que
por la sombra que pone el poeta alrededor de su trono, aquella sombra que es el
arte infinito de la eternidad.
La fábula es magnífica, porque es brillante.
Nuestro Dios es magnífico, porque es sombrío; es
brillante, porque tiene alrededor de su trono la majestad de las tinieblas. No
brilla para nuestros ojos, sino para otros ojos que hay más adentro, mucho más
adentro; unos ojos que ven más allá, y que siempre ven, porque cuando no ven
una luz, ven una sombra: cuando no ven, adivinan, creen y esperan.
En fin, ahora comprendo con seguridad, por qué este
San Sulpicio me gusta más que el Panteon y la Magdalena, como arquitectura
religiosa, como arte cristiano, como teología, como espíritu. Aquí hallo ese
horizonte vago, indefinible, oscuro, patético, solemne, augusto, que está en
armonía con el pensamiento de Dios, con aquella creacion austera, imponente y
sublime, con aquellas tinieblas majestuosas de que rodea el poeta al excelso
trono.
Hemos comido en el restaurant de Santa Teresa, en
donde despedimos al cochero; luego hemos paseado por el jardin del palacio
Real, nos sentamos durante hora y media, haciendo tertulia al venerable
Lesperut, y volvemos á casa despues de las once.
—¿Qué hará Luisa? dijo mi compañera, al entrar en
la calle de
Buenavista.
—Acordarse del estudiante de Estrasburgo, contesté
yo.
—Es verdad, repuso mi mujer; pero la lechera nos
aseguró que estaba más tranquila.
—¡Ah! El volcan no aparece cuando no arroja lava;
pero cuando no la vomita, la lava arde dentro. ¿Cómo quieres que olvide en una
hora, el recuerdo más poderoso de su vida, la emocion más profunda de su
existencia? Si el estudiante se presentase á ella, jurándola amor y fidelidad,
Pisa, Paris, Francia, Italia, el universo entero, desapareceria ante los ojos
de esa desdichada.
Pero, en fin, como dijo uno de nuestros antiguos
trovadores:
El dolor hay que sufrir,
Pues plugo á Dios decretar
Que cause pena llorar
Para que agrade reir.
Para mañana tenemos un plan nuevo.
=Dia vigésimo primero=.
Noticias de España.—Recogida del
Cristianismo y el
Progreso,—Reflexiones.—La mujer vestida de negro.—Restaurant de
Vefour.—Mr. Guizot.—Un ataque imprevisto.—Banco de Francia.
Mi querido lector, aquí nos tienes con el moco
caido á mi mujer y á mí. Hemos recibido cartas de España, y con ellas la
infausta nueva de que el gobierno ha mandado recoger una obra mia, una obra de
mi particular cariño, en la cual fundaba por ahora todas mis esperanzas de
subsistencia, porque en ella habia invertido todos mis recursos. En un dia, en
una hora, he perdido diez años de estudio (diez años que me cuestan el
sacrificio de mi salud) sin contar dos mil duros en que consistian mis
penosísimos ahorros, y sobre quince mil reales con que me ayudaron algunos
excelentes amigos. ¡Vuelta á empezar! ¡Cómo ha de ser!
La obra de que hablo es el CRISTIANISMO Y EL
PROGRESO.
Mi mujer calla; pero me mira con un aire que quiere
decir: ¿no te lo dije? ¿Quién te obliga á meterte á redentor, cuando no eres el
Mesías prometido? Yo callaba, pero miraba á mi compañera con una expresion que
equivalia á la siguiente: mujer, no hables de lo que no comprendes; no hables
de un asunto que es tan superior á tu inteligencia y á tu sentimiento. Hay
muchas cosas que parecen errores de nuestra conducta, y que son verdades de
conciencia, inspiraciones inevitables de un deseo virtuoso, sobre las cuales
debe correrse un velo de misterio y de veneracion. Si los hombres no salieran
del círculo en que obran como hijos, como padres y como esposos; si no salieran
de la familia; si no pisaran los umbrales del mundo; si no les agitara ese algo
grande, inmenso, providencial, con que nos llama el pensamiento de la ciencia,
del arte, de la moral, de la religion; si ese espíritu heróico no moviera al
hombre; si esa especie de fiebre sagrada no diera calor á nuestra sangre; en
fin, si ese algo celeste é incomprensible no nos gobernara á despecho nuestro
¿qué seria de la vida humana? ¿Qué seria del mundo? Arrancad del alma del
hombre aquel pensamiento, y la historia será un cadáver, y la tierra será un
erial; más que un erial, más que un desierto, más que un páramo: será una
sepultura; la sepultura de aquel difunto. Arrancad del alma del hombre ese
llamamiento indefinible, esa última y suprema expresion de la vida, esa
prodigiosísima escala de Jacob que une la tierra al cielo; esa escala por donde
subimos á la cúspide de todo lo creado; esa cúspide desde la cual comprendemos
y miramos á Dios; arrancad eso de la humanidad, y Babilonia no tendrá su
Semíramis, ni el pueblo Israelita su Moisés, ni la India su Budda, ni la China
su gran Confucio, ni la Persia su venerable Zoroastro; quitad eso, y Leonidas
no acude á las Termópilas, ni corre Temístocles á Salamina, ni el noble y
virtuoso Arístides se hace eterno en Platea, ni el humilde poeta Simónides,
solo, con la frente caida y los ojos húmedos, escribe en el campo, sobre una
piedra tosca, las siguientes palabras que oyó temblando toda la tierra: caminante,
ve á decir á Esparta, que hemos muerto aquí por obedecer sus santas leyes:
quitad eso, expulsad ese huésped del mundo, y la Italia latina no tendrá un
Scébola en la tienda de Pórcena, ni un Scipion en Africa, ni un Ciceron en la
tribuna, ni un Régulo en el Senado, ni un Julio César en todas partes. Haced
que se apague esa voz con que nos llama el mundo, á nombre de la Providencia, y
la Suiza no adorará el polvo de su Guillermo Tell, ni la Inglaterra nos hablará
de Cromwel, ni la Francia pronunciará respetuosa el nombre querido de su Juana
de Arcos, ni la libre y valiente España saludará entusiasta los manes
sangrientos de un Padilla; los manes sangrientos tambien de una mujer que me
estremece el alma; una mujer tan valerosa, tan cristiana, tan tierna y tan
ferviente; una mujer tan noble y tan hermosa; una mujer que vale tanto como una
nacion; Mariana Pineda. Arrancad del hombre la fe invisible que palpita en el
corazon de esa mujer inmensa, de ese dia de gloria y de infortunio para nuestro
país, y Galileo no dirá al mundo escandalizado que él siente que la
tierra se mueve bajo sus piés; ni la ardiente mirada de Copérnico, surcando
el éter, como el águila surca el espacio, volará á la esfera celeste y robará á
los astros su ciencia y sus prodigios: ni un hombre colosal, fabulosamente
colosal, colosalmente grande y atrevido, medirá la extension de los mares y de
la tierra con el infalible compás de su genio, ni su milagrosa voluntad domará
las olas del Océano desde una frágil caravela; ni un poeta sencillo; ni un
romancero oscuro, ni un pobre manco, pondrá la mano sobre el papel, entre las
sombras de una cárcel, para admirar al universo con el primer libro que han
escrito los hombres: Miguel de Cervantes Saavedra no hubiera escrito su
ingenioso Hidalgo. En fin, quitad eso, arrancad al mundo la sublime corona del
mártir, y un monte de Judea no presenciará, en un dia nublado y misterioso, la
redencion de la humanidad á costa de pasion, de suspiros y de agonía; á costa
de un madero empapado en sangre; á costa del primer sacrificio de la tierra.
Quitad eso, y el monte Calvario no verá al Nazareno pendiente de una cruz, y á
la Vírgen María pendiente de los clavos del Nazareno. Arrancad esa sangre y
esas lágrimas sacratísimas del alma del hombre, y le arrancareis casi toda su
alma. Verdad, verdad santa, pobre diosa destinada á sufrir y llorar por todos
nosotros; destinada á sacrificarse por todos los hombres, y á recibir en cambio
la burla y el insulto de los mismos que tú redimes con tus dolores; tú que has
sido quemada en tantas hogueras; tú, que con la cabellera tendida por la
espalda, vestida de luto y con los ojos húmedos y encendidos, subiste tantas
veces la escalera infame de tantos cadalsos; tú, envenenada en Sócrates;
crucificada en Jesucristo; ajusticiada en la doncella de Orleans; cargada de
hierros en Colon; muerta de miseria en Cervantes; pobre diosa, vive y llora,
llora y triunfa, porque tú triunfas aún cuando lloras! Te envenenan en
Sócrates, pero te haces inmortal en su filosofía; te crucifican en Jesus, pero
trescientos millones de hombres caen de rodillas ante el Evangelio; te
ajustician en Juana de Arcos, ó en Mariana de Pineda, pero la fe de esas dos
víctimas ilustres te da una corona; te matan de miseria en Cervantes, pero
llenas el mundo con su Quijote; te cargan de cadenas en Colon, pero los oleajes
y las brisas del Océano aturdido, nos traen vagamente el rumor y el saludo de
cien millones de criaturas. Te escarnecieron en Colon; pero ahí tienes esas
Américas. Te escarnecieron en el poeta, pero ahí tienes su inmensa poesía.
¡Verdad! ¡oh verdad adorable! ¡vive y llora! ¡llora y triunfa! ¿Qué importa que
un hombre tan pequeño como yo, sea un poco de aloe quemado en tu altar? ¿Qué
importa que un hombre tan pequeño se sacrifique por una creacion tan grande?
¿Qué importa que un pedazo de piedra se deshaga, bajo el peso de una fábrica
tan colosal? ¡Adelante! Un gobierno me quita el CRISTIANISMO Y EL PROGRESO;
Dios, que es más providente, más justo, más caritativo y más grande que todos
los gobiernos reunidos, me abrirá camino por otro lado.
Esta duda desola á mi mujer.
—¿Qué harémos? me dice.
—No te aflijas, le contesto yo. El gobierno no me
puede quitar ser escritor público, ni puede impedir que haya muchos hombres que
sepan leer en el continente y en las Américas. No te apures. Vístete y vamos.
En último término, nadie puede evitar que yo acabe como Licurgo.
—¿Qué sucedió á Licurgo? pregunta mi mujer.
—Se murió de hambre.
Mientras que mi mujer se disponía para salir, abrí
las maderas de uno de los balcones de nuestra habitacion, y me asomé, como si
quisiera distraerme de la amarga memoria de la recogida del CRISTIANISMO Y EL
PROGRESO, porque ha de saber el lector que el valor de la obra no bajaba un
maravedí de seis mil duros. ¡Cuántas vigilias, cuántos trabajos y cuántos
dolores de cabeza, no van envueltos en esa suma, una suma casi fabulosa para un
escritor español! Paciencia y barajar, como se dice en nuestro país. Estoy asomado
al balcon, y al inclinar la vista un poco hácia la izquierda, casi frente por
frente, á través de los vidrios de un balcon principal, veo una mujer vestida
de luto, jóven, muy blanca, más blanca de lo que realmente es, porque va
vestida de negro. El corazon tiene indudablemente su fluido eléctrico, y sólo
así se explica el que yo me sintiese atraido, invenciblemente atraido, por una
corriente magnética. Esto de la corriente magnética es un cálculo mio; pero
algo ha de ser, y yo echo las cargas al magnetismo. Me fijé más, y aquella
mujer me pareció de un aire distinguido: es decir, me pareció lo que se llama
generalmente una señorita. Me fijé más aún, me fijé con el tenaz ahinco de una
curiosidad entre novelesca y compasiva, entre parisiense y cristiana, y llegué
á distinguir que aquella mujer tenia apoyado el codo derecho sobre uno de los
quicios de las maderas, mientras que dejaba caer el rostro hácia adelante con
un descuido tal, que su aliento empañaba los cristales. Miraba fijamente hácia
un punto, miraba sin pestañear, como miran las momias ó los esqueletos. Esto
quiere decir que no miraba á ninguna parte, lo cual quiere decir tambien que
una idea poderosa tenia embargada su imaginacion. Hay ciertas pasiones que, sin
quitarnos el movimiento, nos ponen enteramente paralíticos. Estirando mucho la
retórica, tal vez podria decirse que son parálisis del corazon. Sea de esto lo
que fuere, lo cierto es que aquella mujer está preocupada, está triste, muy
triste. Algo llora, ó algo espera. Yo, adelantando el discurso, como sucede en
tales casos, creí leer en aquel bulto negro una historia de amores y de penas,
aunque historia de penas debe ser siendo historia de amores. El amor es sin
duda alguna lo que cuesta más penas en este mundo. Yo llamé á mi mujer, que se
ponia ya el sombrero, y la dije lo que habia observado. Mi mujer miró; pero no
es ningun lince en materia de vista, y no distinguió á la jóven que estaba
detrás de los cristales. Ambos convinimos en que preguntariamos á la mujer que
nos traia la leche por la mañana, á fin de adquirir las noticias posibles sobre
esta aventura. ¡Gracias á Dios! ¡Gracias á Dios, lectores mios, que algo nos
llama, que algo nos liga, que algo nos atrae y nos interesa, en esta ciudad en
donde somos dos postizos! Indudablemente, ¡cosa extraordinaria! sin embargo de
ser Paris una ciudad tan iluminada, tan brillante, tan prodigiosamente
espléndida, sin embargo de ser un coquetismo tan fastuoso y
deslumbrador, no nos inspira poéticamente, como nos inspira cualquier ciudad de
España, de Italia, de Suiza, de Grecia, de Oriente; como nos inspiran tambien
los caseríos del Norte, dejándonos ver entre rocas y nieves sus chozas húmedas,
cubiertas de limo verdoso, que como si fueran peñascos negros, parecen estar
incrustadas en las laderas de un monte sombrío, ó quizá en los bordes de un
abismo insondable. Digo que Paris (perdóneme el brillante novelista Dumas) no
nos inspira esas bellas quimeras, con que la fantasía nos arrebata en otros
países, y esto deberá proceder de que en donde todo es artístico, no tiene
inspiracion el arte. En donde todo es mágia, no tiene oficio el mago. Por esto
tal vez me siento como despegado de esta preciosísima ciudad, de este
preciosísimo dige. Ando por deseo y por necesidad de saber; no por la esperanza
poética de sentir. Se mueve mi cabeza, están parados mi fantasía y mi corazon.
Todo lo que veo por aquí, me lo voy explicando á mi manera, y el hombre no
adora lo que es capaz de explicar y de comprender. El hombre no adora sino
misterios, y si misterios hallo por estas tierras, no son misterios muy
adorables. Así sucede que mi curiosidad por ver las cosas de Paris se va
resfriando, á medida que me convenzo de que esto es un teatro en que todos se
proponen engañar culta y graciosamente. Lo digo sin rebozo; seré un africano
bravío, un hombre montaraz; pero casi, casi me va fastidiando este enorme bazar
de sonrisas, de genuflexiones, de perdones, de gracias: esta exposicion
universal de exageraciones y de bicocas. Pero no digo bien; me fastidiaba
antes; ahora no. La pena que creo ver escondida en aquel bulto negro, la
lágrima que me parece adivinar á través de aquellas vidrieras, me reconcilia
con toda esta magnífica farsa.
—Vamos, me dijo mi mujer.
—Vamos, contesté yo, y nos dimos á bajar la
escalera. La mujer que vende la leche, está tres puertas más abajo de nuestro
hotel. Luego que nos vimos en la calle, miré hácia el balcon de nuestra
incógnita. El bulto negro, aquel bulto que parecia un sudario puesto de pié,
estaba allí inmoble. ¡Pobre mujer! ¿Qué la sucederá? Esto exclamaba yo
interiormente, cuando llegamos á la puerta de la lechería, y ambos entramos sin
decirnos palabra, como llevados por un sentimiento comun. Yo hice á la patrona
de la casa varias preguntas sobre la jóven, con todo el sigilo y refinamiento
que me acudió; pero ¡triste de mi! no me valió aquella diplomacia.
—¡Qué curiosos sois los extranjeros! dijo
sonriéndose madama Fonteral, que así se llamaba la lechera. Luego añadió, dando
á la aventura la importancia de un cuento: hace cosa de dos meses y medio que
esa jóven vino á ocupar uno de los pisos principales de ese hotel, en compañía
de un mancebo muy guapo (d'un brave garçon) que parecia ser su marido ó su
hermano. Pero desde algunas semanas á esta parte, la veo siempre sola; el
hermano ó el marido no parece nunca por el hotel, y la pobre señorita
(mademoiselle) está muy triste.
—No tengais cuidado, añadió vivamente frotándose
las manos, y como anticipándose á mis intenciones; yo hablaré con mi vecina la
dueña del hotel, y todo lo sabrémos.
Agradecí lo mejor que supe su benévola oferta á la
buena madama Fonteral, y emprendimos nuestro camino hácia el restaurant que nos
acomodara. Estos detalles anteriores son necesarios para que sepan los lectores
todo lo ocurrido en la aventura de Luisa. Estábamos cerca del Palacio Real, y
aún no nos habiamos decidido. Entonces hice alto, y detuve á mi preocupada
compañera; preocupada, no tanto por la jóven vestida de negro, como por la
recogida del CRISTIANISMO.
—Mira, la dije, nosotros somos españoles, y es
necesario que no olvidemos los usos y costumbres de nuestra tierra. El gobierno
nos ha recogido la obra; nos ha secuestrado seis mil duros. Pues á donde va el
mar, que vayan las arenas. Hoy almorzarémos en el célebre restaurant Vefour,
que pasa por ser el primero de Paris, y de este modo tomamos revancha de la
cicatería del gobierno.
—Cuando más apurados, más gala, contestó mi mujer
entre amostazada y risueña, y me impulsó con su brazo hácia adelante.
A los tres minutos nos hallábamos á la puerta del
famoso restaurant Vefour, que ocupa casi el centro de la fachada Norte del
Palacio Real, al lado de los Hermanos Provenzales, que tienen
tambien un restaurant de primera tijera. Sin embargo, Vefour pasa, como si
dijéramos, por el príncipe de los fondistas de Paris. Es aquí lo que es en
Madrid la fonda del Cisne ó la casa de Lhardy. Subimos con el posible
coquetismo la anchurosa y elegante escalera del célebre fondista, del héroe
Vefour (la fama es en Paris una verdadera heroicidad) y cátanos á poco en el
primer piso. Entramos…. ¡Dios nos asista! Si no hubiera sabido que me
encontraba en una fonda, es seguro que me hubiera quitado el sombrero. La sala
principal es una pieza régia, y podria servir perfectamente para salon de
embajadores. Dicho sea en honor de la verdad; la primera impresion es
fascinadora. En mi vida he visto un comedor que se le parezca. Pero pasada la
primera impresion, herido una vez el sentimiento de lo maravilloso, que tanto
puede y que tanto influye en la imaginacion del hombre, sucede con esto lo que
con los aromas. Un poco de perfume embalsama el aire, parece que nos suaviza el
pulmon, que refrigera nuestra sangre y que da aliento á nuestro espíritu. Pero
luego que el perfume es demasiado, luego que carga ya el ambiente, ahoga. Un
poco de magnificencia, un fausto con cierta sencillez y elegancia, gusta; pero
inmediatamente que se prodiga; inmediatamente que la cosa es más magnífica, más
opulenta, más fastuosa de lo oportuno, parece que se agobia la fantasía; parece
que sentimos un peso sobre la cabeza; cierto peso que nos oprime y que nos
obliga á suspirar. El salon en que estamos ocupa todo el cuerpo del edificio,
de Norte á Sur. Tiene balcones á la calle y al patio del Palacio Real, un patio
que es todo un lindísimo paseo, con árboles, glorietas y fuentes, y cuya
extension excede acaso á la de la Plaza Mayor de Madrid. El pavimento de la
sala es casi trasparente; las paredes están tapizadas de un rico papel de
terciopelo, con cenefas doradas; en el techo, altísimo, abovedado, majestuoso,
campean alegremente cien brillantes figuras pintadas al fresco.
Volví una mirada furtiva al ajuar de la fonda, y la
ilusion era perfecta. Sillas de tapicería de terciopelo encarnado, como el
papel, mesas lustrosas, manteles blanquísimos, platos de china, vajilla de
plata, garçones de corbata blanca y frac negro…. ¡Champeaux!
¡Champeaux! Esta fué la terrible palabra que acudió á mi magín,
haciéndome temblar. Mi mujer me oprimia del brazo, como si quisiera decirme que
nos fuéramos, y viendo que yo me resistia, me dice en voz muy baja:
—Esto va á ser la segunda parte de Champeaux, más
lastimosa y trágica todavía.
Yo la apreté su brazo con el mio, queriéndola
significar que ya sabia que me hallaba en una maroma, y que procuraria
equilibrarme para no caerme. Nos sentamos en el ángulo de la izquierda, casi
tocando la ventana que da vistas al paseo del Palacio Real. Dirigimos una
mirada diplomática á los paseantes, á las glorietas, á las flores, á las
fuentes, y en aquel momento nos creiamos duques ó grandes de España. ¡Sólo que
el bolsillo estaba asustado!
Un emperegilado garçon que, desde nuestra entrada
nos habia seguido la pista á la conveniente distancia de respeto, se aproxima
por fin á nuestra mesa.
—¿Qu'est-ce que vous voulez, monsieur? (¿Qué
manda usted, señor?)
—Attendez, s'il vous plaît. (Sírvase usted
esperar un poco) le contesté yo en tono distraido y ceremonial. Aquello era una
especie de banquete de Estado, y era preciso no echarlo á perder. Me saco los
guantes con mucha pausa, digo unas palabras á mi mujer sobre la gravedad y circunspeccion
que debe guardar en estas alturas, mi mujer se quita el sombrero con el mayor
aplomo…. El garçon esperaba muy complacido. Nuestra prosopopeya le impresionó
perfectamente, y no podia suceder de otro modo. Nuestra estudiada coquetería es
un género de este país, un afeite de este tocador; era otra
especie de restaurant Vefour, en una palabra, era un relumbron, y por fuerza
tenia que gustar en el pueblo de los relumbrones.
—Decididamente, exclamaria el mozo para su sayo:
este es algun embajador de la república de la Plata, ó cosa así.
Mi mujer, sin volver la cabeza (estaba de espaldas
al criado), le alargó el sombrero; yo le dí el mio y el baston, y mientras que
el mozo iba á colocar dichos objetos, mi mujer y yo nos miramos y nos
sonreimos. ¡Ancha es Castilla! ¡Hoy nos tocó! ¡Hoy somos marqueses!
—Escucha, dije muy aprisa á mi mujer, de manera que
el mozo, que ya volvia, no pudiese oirme. No muestres maravilla delante del
garçon, por nada de lo que aquí veas, aunque sea un elefante vestido de mona.
Si él conoce que esto nos asombra, se lo dirá al amo, y el amo nos planta en la
cuenta diez ó doce francos por el asombro. Aquí se paga todo objeto de
fantasía; la admiracion tambien. ¡Gravedad y palabras entrecortadas y confusas,
de tal modo que nosotros mismos no nos entendamos!
Mi mujer soltó una carcajada española de más y
mejor, y el mozo que estaba inclinado hácia nosotros, se puso derecho como un
huso.
—¡Garçon!
—¡Monsieur!
—Portez-nous deux couverts de six francs chaque,
s'il vous plaît.—Sírvase usted traernos dos cubiertos de á seis francos cada
uno. Esto se lo dije ahuecando mucho la voz, casi balbuceando las palabras,
y mirando distraida y desdeñosamente hácia el paseo del Palacio Real. El garçon
hizo un movimiento de cabeza, y desapareció como un rehilete.
—¡Por Dios, no te rias! dije á mi mujer que ya
empezaba á fruncir los labios.
A poco vuelve el mozo con los preparativos, seguido
de otro mozo que traia los entremeses, y de un tercer mozo que traia tambien no
sé qué cosa. Me dirigieron varias preguntas, me invadieron de varios modos, me
hablaron de diferentes frutas, vinos y licores; pero yo me parapeté
acérrimamente, y no habia santos del cielo que me sacasen de mis
aspilleras. ¡Merci! ¡Merci! contestaba yo á diestro y
siniestro á todo lo que me proponian.
—¿Voulez-vous Champagne? ¿Quiere usted
vino de Champagne?
—¡Merci!
—¿Rhin?
—¡Merci!
—¿Château-amer?
—¡Merci!
—¿Voulez-vous?…
—¡Merci!
Mucha pulcritud, mucho hacer que hacemos, platos
muy bonitos, mucha salsa, mucho adobo, muchos requilorios; pero … hemos
almorzado muy medianamente. Á todo este almuerzo, hubiéramos preferido á no
dudar un plato de callos de los ventorrillos de Madrid. ¡Lógica portentosa del
temperamento y del carácter! El lavar la cara, el disfrazarlo todo, el
dar á todo un contorno exterior que agrade á los sentidos, la mogiganga
parisiense, el inexorable palaustre, ha entrado aquí hasta en la cocina,
como dije en otro lugar.
Engañar con bellas apariencias; engañar de modo que
el engañado se vaya contento; organizar ese engaño agradable,
hasta el punto de convertirlo en arte, en ciencia, en moral, en historia, en
industria, en comercio, en oficio, en costumbre, en trato social, en todo,
absoluta y estrictamente en todo, hasta en política, hasta en religion: hacer de
ese engaño ingenioso todo un poder, un poder grande, dominador, universal;
hacer de un engaño casi un genio, un genio que se pasea en triunfo por todo el
globo; hé aquí el maravilloso secreto de esta curiosa é indescriptible
sociedad.
A pesar de mi resistencia á todos los asaltos del
mozo, me cogió un par de francos con una chuchería, más uno de propina por las
reverencias que nos hizo. El almuerzo nos cuesta cerca de tres duros, y si me
hago de miel, no baja un ochavo de tres onzas.
Ya de pié, preguntó al garçon, que podria ser
hombre de cuarenta y cinco á cincuenta años, si recordaba algun convite
célebre, dado en aquel establecimiento.
—He conocido varios, me contestó; pero el más
lujoso fué el que dió, á poco de abrirse el restaurant, un embajador ruso á
todo el cuerpo diplomático extranjero. Cada cubierto salió por más de mil
francos (doscientos napoleones), y pasaban de ochenta los convidados. Entre los
diferentes vinos que se sirvieron era uno de ellos de una casa de Alemania,
única en el mundo que lo tiene, cuya botella valia quinientos francos.
—¡Sopla! exclamé yo, mirando á mi mujer. Pues si ha
tenido algunos convites como ese, bien puede el tal Vefour tener el riñon, bien
cubierto.
—Au revoir, garçon. Hasta la vista, mozo.
—Au revoir, monsieur et madame. Hasta la
vista, caballero y señora.
Y mi mujer me decia en voz baja:
—Sí, como tenga que esperarnos, bien tendrá tiempo
de echarse en remojo.
Bajamos sonriéndonos la brillante escalera, y hénos
otra vez en la calle, camino del paseo del Palacio Real. Al incorporarnos á un
obrero que venia hácia nosotros con su mujer, oigo que aquel hombre la dice:
—¡Parbleu! Si tu savais qui est celui-lá. ¡Voto
al chápiro! Si tú supieras quién es aquel.
Me volví como un rayo para ver á quién señalaba, y
en efecto vi que miraba á un caballero que iba por la acera de enfrente. Cuando
yo me volví, el caballero pasaba ya, de modo que no pude verle sino de
espaldas. Era más bien bajo, algo grueso, casi rechoncho, de patillas negras
muy largas. Digo muy largas, porque le sobresalian á uno y otro lado, de tal
modo, que alcancé á vérselas, aunque me cogia de espaldas, como he dicho. Me
quedé parado, observándole, calculé, y por instinto resolví que debía ser M. Guizot.
Me llego al menestral, contra el deseo de mi mujer que me tiraba fuertemente
del brazo, y le suplico que tenga la bondad de decirme quién era el sujeto en
cuestion. El menestral me dió las noticias que deseaba con la mayor amabilidad.
M. Guizot me perdone. ¡Pobre M. Guizot! El
personaje de que se trataba era un prestidigitador, que tenia un teatro ó cosa
parecida, en los alrededores del Odeon. ¡Confundí á M. Guizot con un
titiritero! Si lo supiera M. Thiers, y fuera ahora ministro, apostaria una
oreja á que me regalaba el gran cordon de la Legion de Honor, y veinte cordones
que tuviera á mano.
Dimos una vuelta por el paseo del Palacio Real,
alargándonos hasta las Tullerías. Recorrimos la parte del Louvre en donde
soliamos sentarnos con Lesperut, creyendo hallarle allí; pero no le vemos por
ninguna parte. Hace pocos dias nos dijo que tenia un aneurisma en el corazon,
que sentia morirse por instantes, y el no encontrarle aquí nos da escozores
sobre su suerte. Creemos que si estuviera capaz de salir á la calle, no dejaria
de asistir á la cita diaria. Recordamos que vive en la calle de Gît-le-coeur;
pero no se nos ocurre el número. Nos volvemos desconsolados, y cuando hablaba
todavía con mi mujer acerca de lo que podria suceder á nuestro buen amigo, me
doy de cara con una persona muy allegada al Viejo Lesperut. El sujeto en
cuestion nos dió noticias de él, y convinimos en que esta noche nos veriamos en
el paseo del Palacio Real, cerca de una glorieta donde soliamos sentarnos. La
conversacion entre los dos (entre la persona muy allegada á Lesperut y yo),
tomó luego un sesgo entera y desgraciadamente distinto. Aquel sujeto no era
digno del venerable anciano, cuyo nombre ofendia en aquel momento. Voy á
decirlo con pesar; pero el lector debe saber cuanto me sucede punto por punto.
Si algun encanto encuentra el lector cuando lea estos apuntes, sepa que ese
encanto consiste en la ingenuidad casi infantil con que cuento lo que me
ocurre.
La persona á quien nos encontramos, el sujeto muy
allegado al noble y bondadoso Lesperut, acaba de abusar de nuestra amistad y de
nuestro cariño. Si el honrado viejo lo supiera, sufriria un disgusto de muerte;
pero, de seguro, no lo sabrá. Mi atribulado y afligido bolsillo lleva otro
asalto algo mayor que el de Vefour; algo mayor tambien que el otro asalto del
inolvidable Champeaux. Con estos asaltos, y con la recogida del CRISTIANISMO Y
DEL PROGRESO, vive Dios que no dejaré de echar luz.
La persona allegada á Lesperut partió, y nosotros
seguimos por la calle de Rívoli, á coger la Plaza de Vendome.
—¿Cuánto te ha pedido? me pregunta con grande y
justa sorpresa mi mujer.
—Nada, contestó inmediatamente. No me hables sobre
el particular.
Figúrate que ha sido una nube de verano; ya pasó.
Ahora nos dirigimos al Banco, con el fin de cobrar
un billete de mil francos, y es el tercero que va de marcha. He hecho
mentalmente el balance de mis fondos, y resulta que en el trascurso de dos
meses, algo menos, he gastado sobre dos mil reales con que llegué á Paris, más
dos billetes de á mil francos, sin contar cerca de cien duros que nos costó el
viaje. De modo que desde nuestra salida de Madrid, hemos gastado, sobre
seiscientos duros, la mitad exacta del capital que destinamos á la expedicion.
Luego que gastemos diez mil reales, tendrémos que acudir al refrán castellano
de á tu casa, grulla, aunque sea con un pié. He dicho diez mil
reales, porque los dos que quedan, deben servir para el viaje. ¡Ay de mí, si
por una casualidad nos robaran, ó perdiéramos el dinero! ¡Ay de mí, si mi mujer
se viese sin dinero para volver á España, á su querida, á su adorada España! Si
el nombre de España fuese masculino, casi, casi debería yo tener celos. Mi
mujer ama su nacion con un fervor que raya en fanatismo. Probablemente lo diré
en más de un pasaje de estos apuntes, porque es una pasion tan grande que no
puede menos de causarme extrañeza.
Llegamos al Banco, atravesamos unos pasillos,
penetramos en el salon donde se paga … ¡Santísimo Sacramento! ¡Esto no es un
Banco; esto es un mar de oro. Pero perdóname, lector: me es imposible terminar
hoy la larga reseña de este día. Encomendándome á tu indulgencia, te envio á
mañana.
Día vigésimo segundo
Banco de
Francia.—Consideraciones.—Comida,—Ocurrencia graciosa de un menestral.—Flor
marchita.
Pues como ayer decía, el Banco de Francia era un
mar da oro. En mi vida he visto tanta moneda junta. Bien que tratándose de tal
cúmulo de metal, más fácil que verlo es soñarlo. Estaban haciendo la
recaudacion de quinientos millones de francos para el establecimiento de Bancos
agrícolas, segun me han dicho. Ignoro si allí habia los dos mil millones de
reales á que subia la recaudacion; ignoro si en aquellas piras de oro se habian
vertido seis mil doscientos cincuenta talegas de onzas; pero si no habia este número,
habia tantas, que bastaban para asombrar al cristiano de más espíritu. Un
hombre avariento pasaría allí el tormento de Tántalo; yo no pasé tormento
alguno, sin embargo de que … la verdad, algunos deseillos me andaban escociendo
por dentro. Siempre que vinieran por buen camino, de buena gana daría un
pellizco á esos provocativos montones. Y eso que aborrezco, ó me hago la
ilusion de aborrecer el precioso metal. Y me sucede que cuanto
menos tengo, más le odio; de manera que lo odio sin duda … porque no lo tengo.
Lo que odio es no tener. ¡En cuántas cosas nos sucede lo mismo! Esto es capaz
de una ampliacion tan extensa, que casi viene á ser un sistema social.
Sí, lector mio, estúdiate á tí propio, sondea tu
conciencia y tu corazón, y verás cuántas veces odiamos una cosa, porque no la
tenemos. Luego que la tenemos, la amamos.
Yo cobré mi billete, los mil francos me parecian
una bicoca en presencia de tanto metal, y me quedé estático mirando al coloso.
El dinero es el coloso de nuestro siglo. Huyó la casta, y vino el billete.
¡Misterio terrible! decia yo para mí. Ese promontorio de metal amarillo no es
la gloria, ni la heroicidad, ni el talento, ni la ciencia, ni el arte, ni la
fe, ni la honra, ni la virtud, ni el vestido, ni el alimento, y con él se
compra el alimento, el vestido, la virtud, la honra, el arte, la ciencia, el
talento, hasta la heroicidad, hasta la gloria. Con ese metal que no piensa, que
no siente, que no quiere, que no obra, con esa inteligencia idiota, con ese
brazo inerte y tullido, con esos montones de oro se allanan montes, se ciegan
golfos, se toman ciudades, se destronan reyes, se conquistan naciones, se
queman imperios, se trastorna el mundo. ¡Cuántas transformaciones no podrian
operarse, en el órden físico y moral, con esa pirámide de monedas, con ese
metal sordo, mudo, ciego, inanimado; con ese espantoso misterio, amontonado
ahí!
¡Oh Dios mio! ¡Qué bien has hecho en morar arriba;
ahí donde no llega la mirada del telescopio; ahí donde no puede entrar ni la
ciencia del sabio; ahí donde únicamente tienen entrada la virtud y la fe! De
otro modo, Dios mio; si la mirada del telescopio pudiera penetrar en tu morada
augusta, ese promontorio que tengo delante pondria andamios á través de la
atmósfera, escalaria el cielo, y querria sentarse en tu trono inmortal. Pero no
puede ser; tú eres más poderoso y más grande, infinita y santamente más grande
y poderoso que el dinero, y tu eterna mano le marca un límite, como ha puesto
una playa al mar.
Mucho puedes, promontorio terrible; mucho podeis,
montones de oro que deslumbrais mi vista; yo mismo conozco cuán fascinador es
vuestro poder; pero el orbe no os pertenece, la creacion no es vuestra, la
armonía del universo, la verdad del hombre, el dogma incontrastable de la vida,
el misterio de todo, el vuestro tambien, no está encerrado ahí. Sobre vosotros
corre una catarata que todo lo inunda; á vosotros tambien. Sobre vosotros hay
un espíritu que os llama idiotas cuando sois injustos, á vosotros, montones de
oro, que ofuscais mi vista, á vosotros, que me teneis estático, como si
contemplara un prodigio. Tú, metal terrible, compras la sublime Concepcion de
Murillo, pero no la pintas; compras el Quijote, pero no lo escribes; compras el
pensamiento de Santa Teresa, pero no lo creas, ni lo juzgas. Compras la chispa
eléctrica, pero no sientes su calor divino; compras la flor sencilla y
perfumada; pero no sientes su divino aroma. ¡Gime, tirano de mi siglo, gime!
Sobre tí está Dios, Dios te aprisiona, como aprisiona las tempestades del
Océano. Dios te ha puesto por barrera un espíritu, como ha puesto al Océano una
playa.
Salimos del Banco, y notamos que el restaurant
Vefour no ha dejado nuestros estómagos muy satisfechos.
Caminando al azar, como para sentir esa emocion
vaga con que nos sorprende una ciudad que no se conoce, llegamos á la calle de
los Pequeños Campos, y en una de sus travesías vimos un figon, que aquí tiene
el nombre de rotisserie. En estos bodegones suele comer gente de
poco pelo; pero la comida es de sustancia. Ya porque queriamos comer un buen
asado, (roti), ya tambien porque queriamos experimentar el
contraste á que da lugar este figon, comparado al vaporoso restaurant Vefour,
resolvimos entrar, y entramos en efecto. La presencia de una señora con
sombrero y vestido de seda, y la de un varon con sombrero de jipijapa, frac y
guante, no dejó de causar cierta sensacion en las gentes que allí comian; pero
al poco tiempo cada cual atendió á su plato, y nosotros quedamos libres de
miradas y gestos.
Las mesas están mondas y lirondas; pero son de
piedra roqueña, y no ofrecen nada que pueda repugnar. Las banquetas que sirven
de sillas, no tienen más inconveniente que el ser más duras que el pié de
Perico. En fin, nos sentamos….
—¿Qué gritos son esos? me dice mi mujer.
Efectivamente, los mozos del establecimiento gritaban como unos energúmenos;
pero un gritar rabioso, descompasado, que lastimaba las orejas. Aquella
gritería descomunal era el resultado de una costumbre del establecimiento. En
el momento en que el mozo oia lo que cada comensal le encargaba, lo anunciaba
gritando desaforadamente como era necesario para que le oyese el cocinero, á
una distancia de cuarenta ó cincuenta pasos. De modo que si pedian á un tiempo
de comer varios comensales, los respectivos mozos gritaban á la vez; aquellos
gritos se confundian y formaban un guirigay y un clamoreo que nos atolondraba.
Un mozo se llegó á nuestra mesa. Pedí dos chuletas
de carnero.
—¡Deux côtelettes de mouton! gritó el
mozo con una bizarría de voz tal, que mi mujer estuvo á pique de dar un
respingo. A poco estaban allí las dos chuletas, una racion de pan y una botella
de vino Macon.
Luego pedí una racion de vaca á la moda, y el mozo
grita como antes: ¡un beuf à la mode! Una racion de vaca al
natural, y el mozo proseguia: ¡un beuf nature! Y una racion de
habichuelas para mi mujer; y el bendito mozo continuaba con voz metálica
y desquebrajada: ¡des haricots verts!
Al propio tiempo, semejante al centinela casi
contínuo que se oye en una muralla ó en un campamento, se oia por todo aquel
local el rumor múltiple y confuso de diez ó doce mozos que gritaban
simultáneamente lo que los comensales pedian: ¡Un roti! ¡Des prunes!
¡Un bouillon! ¡Des alberges! ¡Du gibier! ¡Des abricots! ¡Des pommes de terres! etc. Un
asado, ciruelas, un caldo, melocotones, caza, albaricoques, patatas, y así
otras varias cosas; pero todo esto mezclado y como en tropel.
Aquello era á la vez comida y concierto vocal, sólo
que la música hubiera podido suprimirse, sin profanar el polvo de Bellini.
El almuerzo nos ha costado lo siguiente: doce
sueldos las dos chuletas; diez la racion de vaca á la moda, y la otra racion al
natural; doce la botella de vino, dos el pan, cuatro las habichuelas, y cuatro
de propina: total, cuarenta y cuatro sueldos, ó sea ocho reales y pico. ¡Qué
diferencia entre este figon negro y ruin, y el espléndido restaurant de Vefour!
Sin embargo, hemos comido mucho mejor por la sétima parte de dinero, sin contar
el canto.
Durante nuestra expedicion de este dia, nos
acordamos varias veces de la jóven vestida de negro, y apretamos el paso hácia
nuestro hotel, ya con el fin de ver si podiamos lograr algunas noticias, ya
tambien porque el dia declinaba y el frio comenzaba á molestamos.
Llegado que hubimos á nuestra calle, nuestra
primera diligencia fué mirar al balcon de la incógnita; pero notamos con
sentimiento que no habia nadie. Entramos luego en la lechería … todo nuestro
gozo se cayó en un pozo. La patrona habia ido á San Club, y no venia hasta el
dia siguiente por la tarde. Era necesario esperar veinticuatro horas.
Al salir de la casa volvimos á mirar al balcon;
nada; ni un ruido, ni un movimiento. Aquello parecia un sepulcro. Sólo vimos
una maceta con una flor marchita. ¡Agüero fatal! Las mujeres dichosas riegan
las flores, y las flores están verdes y frescas. Aquella flor mústia del balcon
es el vestido negro de aquella mujer, ó el vestido negro de la mujer es la flor
mústia del balcon. El infortunio es lo que tiene en este mundo concordancias
más peregrinas, y algo de verdad debe haber en la correspondencia que encuentro
entre el luto del traje y el luto de la flor. Subimos á nuestra habitacion y
abrimos las maderas de uno de los balcones, como para expiar los movimientos de
nuestra misteriosa desconocida. Repetidas veces nos asomamos; pero fué inútil;
nadie parecia en el balcon, ni nada tampoco se descubria á través de los
vidrios. Así estuvimos más de hora y media. Entrada ya la noche, divisamos en
la habitacion de la mujer vestida de negro el fulgor de una luz, que pasaba de
una estancia á otra. Entonces cerramos las maderas, y mi mujer y yo exclamamos
casi al mismo tiempo: hasta mañana.
No faltará lector que extrañe una curiosidad tan
pertinaz y tan impaciente; pero debo decir en nuestro abono, que la curiosidad
es aquí todo nuestro oficio, amen de que media una mujer, una mujer jóven,
vestida de luto, sola, triste: una mujer que tiene flores mústias en su balcon;
una mujer cerca de la cual debe caminar alguna sombra; una mujer que ha de ser
desgraciada. ¡Ojalá que pudiéramos nosotros evitar su desgracia! ¡Ojalá que
pudiéramos hacer su dicha! ¡Ojalá que pudiéramos hacer que estuviese verde y
lozana la flor marchita de ese solitario balcon!
No tengais cuidado, mis queridos lectores. Mi
curiosidad, mi impaciencia por esa pobre desconocida, es una impaciencia
afectuosa y cristiana.
Mi mujer leyó un rato, y se acostó. Yo escribo
hasta las tres de la mañana, aunque no quiero terminar, con perdon de mis
párpados que se cierran, sin dar cuenta al lector de un chiste agudísimo que oí
en el figon, á uno de los menestrales que allí comian.
A nuestra izquierda, habia una mesa rodeada de
obreros, que sin duda acababan de comer. Ya de sobremesa, pasaban el rato en
acertar charadas ó adivinaciones. Uno preguntó: ¿cuál es la cosa que más se
pega? Este decia que era la resina; aquel que el alquitran; el uno que la cola;
el otro que el aceite, el de más allá, que la trementina; el que le sigue, que
la pez, y así cada cual decia su cosa. No, gritó uno con mucha fuerza; con
resuelta seguridad; casi, casi con inspiracion. Nadie ha acertado, y diciendo esto,
daba fuertes golpes sobre la mesa. Todos los comensales que nos pudimos enterar
del juego, teniamos la cara vuelta, y esperábamos, con creciente curiosidad,
ver en qué paraba el acertijo.
—Señores, dijo solemnemente el obrero que tenia la
palabra, lo que más se pega en este mundo es el dinero.
Una carcajada espontánea y unánime, una general
aclamacion de risas y de bravos, contestó á la ocurrencia del menestral. En
efecto, es un chiste verdaderamente ingenioso, salado, de buena ley.
=Dia vigésimo tercero al trigésimo=.
Versos.—Asesinato de la calle del Duque de
Alba.—Mataderos públicos. —Monte-Pio.—Hospicios y hospitales.—Locos del
Sena.—Movimiento de la poblacion.—Casamientos.—Caja de ahorros.—Caja de
descuentos. —Presupuesto de Paris.—Consumos.—Aduana.—Sociedades mercantiles.
—Ferro-carriles.—Correos.—Presupuesto general.—Comercio.—Deuda
pública.—Estadística de Inglaterra.—Palacio Real.—Bolsa.
—Tullerías.—Louvre.—Luxemburgo.—Inválidos.—Panteon.—Luisa.
Han pasado ocho dias, y tengo tantas cosas que
decir, que no sé por donde comenzar. Mi ida á Sevilla, en un término más ó
menos próximo, es cosa resuelta, y por una elaboracion de la fantasía,
independiente de la voluntad, he compuesto á mi tierra natal unos malos versos.
Sé muy bien, sé y conozco perfectamente que no debo
al cielo el don de poeta; sé que no se agita en mi alma ese divino espíritu,
esa especie de delirio sagrado. Al insertar en estos apuntes aquellos versos,
no los ofrezco como una gala de imaginacion, ni como una muestra de poesía,
(¡Dios me libre de tan necio orgullo!) sino como un testimonio de mi cariño á
la hermosa ciudad, en donde me cupo la ventura de nacer. Además de los versos á
Sevilla, he escrito un entremés casero para el album de una amiga nuestra de
Madrid, la cual ha escrito á mi compañera, exigiéndola el cumplimiento de la
palabra que mi mujer la dió, hace más de un año. Mi compañera me puso asedio, y
los lectores que sean casados, comprenderán que quiero decir: ha sido necesario
ceder.
En estos ocho dias hemos recibido cartas de España,
en que se nos habla de un asesinato cometido en la persona de un prestamista,
que vivia en la calle del Duque de Alba, esquina á la de los Estudios. Los
asesinos son una mujer, llamada Manuela Bernaola, y tres hombres, llamados
Ignacio Cabezudo, el Feo y el Pequeño. Con este motivo, he leido los periódicos
de Madrid, y he encontrado noticias tan extrañas sobre aquel crimen horroroso,
que no he podido menos de escribir á un amigo, con el fin de que adquiera los
más datos posibles y me los remita. Presumo que la historia oculta de dicho
atentado no debe carecer de cierto interés, tengo una fundada confianza en la
capacidad y diligencia del amigo, á quien pido informes sobre el hecho, y casi
ofrezco á mis lectores algunos detalles curiosos.
En la semana transcurrida, en esos ocho dias de
huelga, hemos empleado las vacaciones en visitar el palacio Real, la Bolsa, las
Tullerías y el Louvre, el palacio de Luxemburgo, los Inválidos, el Panteon;
hemos visto tambien, no sin un grande asombro, los mataderos públicos; el
Monte-Pio, algunos hospicios y hospitales, el establecimiento de los locos del
Sena; hemos adquirido noticias sobre el movimiento de la poblacion; sobre los
casamientos que han tenido lugar en este año; sobre el estado y operaciones de
la Caja de ahorros y de la de descuentos, y sobre el fabuloso presupuesto de
esta ciudad; sobre sus increibles consumos; sobre el movimiento de su aduana;
sobre las sociedades mercantiles existentes en todo el imperio; sobre
ferro-carriles, renta de correos, presupuesto general del Estado, comercio,
deuda pública y otros detalles estadísticos. Á fin de poder apreciar la
importancia de este órden de cosas, he tenido que adquirir algunas noticias
sobre la Estadística de Inglaterra, y me parece que mis lectores no llevarán á
mal el tener idea de estos verdaderos prodigios europeos. Por fin, en todo el
tiempo transcurrido desde mi última revista, la pobre Luisa no ha dejado de
vivir en nuestra memoria y en nuestro corazon; lo cual quiere decir que no ha
dejado de vivir con nosotros, como si fuese nuestra hermana, ó nuestra amiga de
la niñez. ¡Qué poco se figurará esa pobre mujer, que dos extranjeros piensan en
ella, como si se tratara de un individuo de su propia familia! Pero mi mujer y
yo nos preguntamos muy á menudo: ¿no sabrá Luisa el vivo interés que nos
inspira su desgracia? ¿No la habrá dicho nada madama Fonteral? No puedo
persuadirme de semejante cosa. Dejaria madama Fonteral de ser mujer. Acaso no
hubiera dicho nada, ó al menos hubiera dicho poco, si no la hubiésemos
encargado sigilo; pero no hablar sobre el asunto, cuando la encarecimos el
secreto; no decir nada del secreto que se la fia; no revelar aquel misterio de
que ella se enamora; no llevarse el dedo á la boca, imponiendo silencio á
Luisa; no cogerla del brazo; no llevarla aparte; no mirar con aire aturdido á
uno y otro lado como para ver si es oida de alguno; no cuchichear al oído de
aquella pobre jóven; no descubrirla todo lo que nosotros la habiamos suplicado
que ocultara; renunciar al placer supremo de esa patética pantomima,
decididamente, lectores mios, eso no lo ha hecho madama Fonteral; eso no lo
hace ninguna mujer; eso seria un milagro, y el milagro no es el genio de
nuestro siglo, sobre todo, no es la gracia especial de las mujeres de Paris.
Al hablarnos madama Fonteral de la entrevista que
con Luisa tuvo, nos aseguró, poniéndose el dedo índice á través de los labios,
que nada la habia revelado acerca de nosotros. Yo dije para mí: esto significa
que se lo ha dicho todo, desde la a hasta la z.
Al dia siguiente, Luisa se asoma al balcon. ¿Qué
hace? Mira con ansiedad. ¿A dónde mira? Á uno de los balcones de nuestro hotel,
á uno de los balcones de nuestra estancia; nos mira á nosotros. ¡Cuitada madama
Fonteral! ¡Cuitado de mí! Recibo la mirada tímida y vacilante de la pobre
Luisa, y aquella timidez recatada, aquella medrosa vacilacion, me imponen casi
miedo. No sé qué hay en aquellos ojos, en aquella mirada, en aquella terrible
confesion de sus dolores, en aquel llanto mudo de su conciencia, no sé qué hay
allí; pero lo cierto es que yo no puedo resistir aquella mirada indecisa y
ansiosa. Luisa mira desde su balcon, y mi mujer y yo nos retiramos, porque á mi
mujer le sucede lo propio que á mí: no tiene valor para sufrir con calma aquel
triste saludo de un corazon despedazado, no tiene valor para contestar á Luisa
con una mirada de compasion y de inteligencia, que querria decir: ¡pobre mujer!
ya sé tu desgracia, tu martirio, tu culpa, tu deshonra.
Para comunicar á mis lectores el gran cúmulo de
noticias que en estos ocho dias he adquirido, seguiré el órden del sumario.
Empezarémos por los versos: dice el adagio que el
mal camino conviene andarlo pronto.
I.
Oye, Sevilla
hermosa, este gemido
Del hijo ingrato que á tu orilla viene:
Enfermo tiene el cuerpo y dolorido,
Enferma y dolorida su alma tiene.
Como en los
bordes de la antigua llaga
Un bálsamo se vierte que da vida,
Deja que evoque una memoria vaga
Triste recuerdo de una edad querida.
Aquí mecido en
ignorada cuna
Halagó mi niñez aura lasciva,
Al tibio rayo de tu blanca luna,
Al soplo amante de tu luz nativa.
Pobre aquí,
niño y sin saber qué es gloria,
Contemplaba quizá los cielos tersos,
Y era rico y felice con tu historia
Y la esperanza de mis pobres versos.
El pecho se me
oprime cuando miro
De remoto fanal fúlgida llama,
Y lleva el Bétis mi primer suspiro
Al golfo azul que encadenado brama.
Y blanco y puro
como el puro armiño
Un ángel soñó aquí mi fantasía,
Un ángel que he buscado … ¡Pobre niño!
Un ángel que en el mundo no existía.
Nace el hombre
á la luz; el bien no halla,
Y en inventarlo con afan se empeña,
Y al fin encuentra el bien porque batalla,
Halla la dicha al fin … cuando la sueña.
Azucenas de
amor, divina palma,
Florestas que soñé, prados y flores,
Ya que la vida os marchitó en mi alma,
De corona servid á mis dolores.
Yo ví al ángel
vagar entre verdura
Poniendo flores en su leve falda,
Y despues esconderse en la espesura
Suelto el cabello por su rica espalda.
Me llamaba
quizá; yo le seguia;
Mas sin duda en el bosque se ocultaba,
Y luego más allá me aparecia
Y así del pobre niño se burlaba,
Aquí soñé
festines y placeres,
Y el rumor de palmeras solitarias,
Y el suspiro de célicas mujeres,
Y tumbas, y osamentas y plegarias.
¡Gloria!
¡Vision cruel! ¡Cruel martirio!
Relámpago que alumbra y deja ciego,
Cardo silvestre bajo hermoso lirio,
Sol que da luz para quemarnos luego.
Por tí pierdo
¡oh rigor! mi fe sencilla,
Por tí me abraso en insondable anhelo,
Por tí dejé mi plácida Sevilla
Y una santa mujer que está en el cielo.
Madre mia,
perdon! Mústia la frente,
A ti vuélvome al fin, madre piadosa:
Mírame aquí, poeta penitente
Ceñida el arpa de marchita rosa.
Pero, si, tu
verás mi afan prolijo
Aunque á mi estrella tu piedad no cuadre:
Me acusáras tal vez si fueras hijo;
Tú me perdonarás siendo mi madre.
Por tí ¡oh
gloria! perdido mi reposo
Y encomendando á Dios la suerte mia,
Del Atlántico mar tempestuoso
A las playas itálicas corria.
Y á lo léjos ví
un monte ennegrecido,
Y en la falda del monte vi una roca,
Y un nombre colosal hiere mi oído
Pronunciándolo trémulo mi boca.
¡Roma! Vedla;
entre estátuas blanquecinas
Muestra la majestad de su pasado.
¡Tambien tienen su pompa las ruinas!
¡Tambien tiene el silencio su reinado!
¡Roma!
¡Silencio! inmóvil, pavorosa,
Anuncia su altivez en su tristura:
Nadie la ha dado el hoyo en que reposa;
Ella se abrió su propia sepultura.
Vedla reinar en
la llanura extensa
Donde Dios entre mármoles la abisma:
Antes del mundo fué la tumba inmensa,
Ahora es la inmensa tumba de sí misma.
II.
Deja que evoque
una memoria vaga
Triste recuerdo de una edad querida,
Como en los bordes de la antigua llaga
Un bálsamo se vierte que da vida.
No vengo aquí á
buscar flores y aromas;
No demando, Sevilla, tus placeres,
Ni el ardiente arrullar de tus palomas,
Que palomas de amor son tus mujeres.
Cuando á mi
sino terrenal sucumba,
Dame una cruz y una silvestre palma;
Dame una cruz y una escondida tumba,
Dame una cruz, Sevilla de mi alma.
Vamos ahora al entremés casero, escrito para el
album de nuestra amiga.
ENTREMÉS CASERO.
ESCENA PRIMERA.
LA MADRE Y SU HIJA ROSA.
LA HIJA. Me muero y no sé
de qué;
Ya es inútil la cautela….
LA MADRE. Eso dije yo á tu
abuela
Que en gloria de Dios esté.
LA HIJA. Parece que estoy
maldita!
¿Quién mi desventura labra?
LA MADRE. Con esa misma
palabra
Asusté yo á tu abuelita.
LA HIJA. Paso las noches en
vela….
Mamá, te burlas de mí?
LA MADRE. Cuando me quejaba
asi
Tambien se burló tu abuela.
LA HIJA. No como ni duermo
ya:
¿Que es esta pena prolija?
LA MADRE. Cuando tengas una
hija
Ella te lo explicará.
ESCENA II.
ROSA Y SU HIJA PAULINA.
LA HIJA. ¡Madre, horrible
enfermedad!
Di, qué dolencia me aflige?
LA MADRE. Lo propio á tu
abuela dije
Cuando tenia tu edad.
LA HIJA. No paro noche ni
dia;
El apetito pasó….
LA MADRE. Tampoco comía yo
Cuando tus años tenia.
LA HIJA. Quién me causa
tales daños?
Porque hasta el sueño perdí….
LA MADRE, Bah! yo tampoco
dormí
Cuando tenia tus años.
LA HIJA. Yo no sé qué afan
me incita….
¿Quién causa este padecer?
LA MADRE. Oye; ¿lo quieres
saber?
Vete á hablar con tu abuelita.
ESCENA III.
PAULINA, SU ABUELA.
PAULINA. Abuela, Dios guarde á usté.
ABUELA. Muchacha, tú por aquí?
PAULINA. Hemos de hablar.
ABUELA. Sobre qué?
PAULINA. ¿Sobre qué?
¡Triste de mí!
No sé qué fuego me sube,
Se me oprime el corazon….
ABUELA. Huy! huy! la misma
cancion
Que yo con tu abuela tuve.
PAULINA. La paciencia se me
acaba.
¿Se rie de mi agonía?
ABUELA. Tambien tu abuela
reia
Cuando yo así me quejaba.
PAULINA. Por Dios, venga
usted acá:
¿Qué es esto que así me inquieta?
ABUELA. Cuando tengas una
nieta …
Tu nieta te lo dirá.
PAULINA. Mi madre al mirar
mi tédio,
Me mandó hablar con usté….
ABUELA. Pues, chica, á tu
madre vé
Que ella sabe ya el remedio.
No te apesares, Paulina;
Trás esta viene otra edad:
El tiempo es la enfermedad
Y el tiempo es la medicina
Pasemos á la visita de los establecimientos
públicos, luego seguirán las curiosidades estadísticas, y terminarémos este
largo dia con la noticia de los monumentos más notables.
Los mataderos nos han dejado atónitos. Para que el
lector se forme una idea del incalculable movimiento que allí debe haber, de la
sangre que allí se debe derramar, bastará decir que de allí han salido en el
año pasado sobre ciento veintisiete millones de libras de carne. La carne de
vaca, de ternera, de cerdo y de cabrito, entró en esta cifra por ciento trece
millones de libras, ó sea cuatro millones y medio de arrobas. ¿Cuántas cabezas
de ganado supone aquel guarismo monstruoso? Si el matar á los animales fuera
realmente una culpa, como creian no pocos filósofos de la antigüedad, los
mataderos de Paris serian una herejía tan grande, que bastaran ellos solos para
que se condenara irremisiblemente toda la Europa. En fin, sepan, tambien mis
lectores, que esta municipalidad recibe de los mataderos y de los mercados una
contribucion anual que no baja de veinte millones de reales.
En el Monte-Pio se han empeñado un millon
trescientos mil objetos, y se han renovado trescientas cuarenta mil papeletas,
cuyas operaciones suponen un total de más de millon y medio de artículos.
Los empeños han importado noventa y seis millones,
y las renovaciones cerca de treinta y tres, de modo que la cifra total de las
operaciones no baja de ciento veintinueve, a ciento treinta millones de reales.
Se han vendido setenta y seis mil objetos, por
valor de cinco millones. Los sueldos y honorarios de los empleados importan
anualmente de cincuenta y cinco á sesenta mil duros.
En cuanto á los hospicios y hospitales, nos han
asegurado personas fidedignas y autorizadas, que las familias indigentes han
sido veintinueve mil seiscientas, compuestas de más de setenta mil individuos.
El Hospicio de expósitos y huérfanos ha recibido
tres mil novecientas cuarenta y tres criaturas, de las cuales han muerto
setecientas ochenta y ocho.
Se han gastado en los hospitales, en el año
anterior, sobre sesenta y seis millones de reales, en cuya suma entran los
artículos siguientes por las partidas que voy á notar.
Pan; seis millones, ciento noventa mil, setecientos
sesenta y cuatro reales.
Vino; cinco millones, veinte mil, cuatrocientos.
Carne; seis millones, ochocientos trece mil,
ochocientos veintiocho.
Comestibles; cinco millones, setecientos ochenta y
nueve mil, cuarenta y cuatro.
Leña y carbon; tres millones, treinta y nueve mil,
setecientos setenta y seis.
Resulta que en los cinco artículos anteriores se ha
gastado bastante más de un millon de duros, ó sea veinticuatro millones de
reales.
Los establecimientos de locos ofrecen una
estadística sorprendente.
En 1º de Enero de 1856 existian, en los dos asilos
del Sena, tres mil trescientos cuarenta y un locos. Además, entraron en el año
mil quinientos ochenta y nueve, de modo que componían un total de muy cerca de
cinco mil, ó sea una especie de pequeña ciudad.
En el mismo año salieron de aquellos dos asilos
ochocientos cuarenta y nueve, y murieron quinientos setenta y cinco. Quedó,
pues, reducida aquella poblacion á tres mil, quinientos seis.
El estudio de esta materia no deja de tener sus
curiosidades instructivas, por más que sean tristes y dolorosas, tales como la
influencia de las profesiones en el desarrollo de la locura. A medida que se
estudia este fenómeno terrible, este, terrible inconveniente de la razón, este
negro ocaso del pensamiento, se va comprendiendo que la locura pertenece tanto
á la medicina, como á la filosofía y á la moral. El ejercicio, los hábitos, las
profesiones y el género de vida; es decir, la conducta, influye más tal vez que
la disposicion constitucional de los órganos cerebrales. Me he informado
minuciosamente acerca de esto, y he conseguido averiguar que las industrias
manufactureras son las profesiones que han pagado al extravío mental mayor
contingente; pero en una proporcion que asusta.
Luego siguen las profesiones mercenarias; ó sean
criados y dependientes de todas clases.
Despues las profesiones liberales, como la poesía,
la pintura, la escultura, la música la declamacion, la plástica y otras.
Despues las profesiones mercantiles.
Luego las gentes que no tienen profesion.
Por fin, las ocupaciones agrícolas. Estas son las
menos castigadas por aquel espantoso azote, en la proporcion que vamos á ver.
Las profesiones industriales representan un 37 por
ciento.
Los oficios mercenarios un 19
Las profesiones liberales un 9
El comercio un 7
Gentes sin profesion un 3
La industria agrícola un 1-1/2
De modo que las ocupaciones que pagan un tributo
más caro á la locura son la fábrica, la servidumbre y el ingenio; despues viene
el comercio, luego la vagancia; por fin, la industria de los campos.
El movimiento de la poblacion de esta ciudad, nos
ofrece tambien algunas extrañas singularidades.
Han nacido en 1856 treinta y ocho mil criaturas;
veintiseis mil legítimas, y doce mil de otras procedencias. Han muerto
veintinueve mil setecientas cuarenta y tres; resultando un aumento de más de
ocho mil.
Se han contraido doce mil cuatrocientos noventa y
tres matrimonios, en la forma siguiente:
Entre solteros; diez mil ciento setenta y siete.
Entre viudos y solteras; mil doscientos sesenta y
ocho.
Entre solteros y viudas; quinientos noventa y
siete.
Entre viudos y viudas; cuatrocientos cincuenta y
uno.
Resulta que la cifra menor es la de los viudos y
viudas. Quizás se han acordado de lo que dice cierto adagio: pan con
pan, comida de tontos.
En la Caja de ahorros se han
verificado doscientas cuarenta y ocho mil, ciento veintidos imposiciones,
hechas por doscientos veintiun mil imponentes. La Caja ha recibido ciento diez
millones; y ha devuelto sobre ciento quince, habiéndose operado un movimiento
total de doscientos veinticinco millones, durante el referido año de 1856. En
31 de Diciembre del mismo año, debía ciento ochenta y tres millones, á
doscientos veintiun mil trescientos setenta y nueve imponentes.
Las operaciones de la Caja de descuentos se
han verificado sobre setecientos veintidos mil, doscientos sesenta y cinco
efectos, por un valor de dos mil quinientos millones de reales próximamente.
El presupuesto municipal de Paris es mayor que el
de algunas naciones de cierta importancia.
La concesion de privilegios produjo á la villa en 1856 la enorme suma de
ciento ochenta y seis millones de reales, cifra que representa tres
presupuestos como el de toda la Suiza. Para que se comprenda lo maravilloso de
este hecho, sepa el lector que el Austria, toda el Austria, una poblacion de
treinta y cinco á cuarenta millones de almas, no recaudó en el mismo año por
aquel concepto, más de veintiseis millones de reales, ó sea menos de una sétima
parte que la sola ciudad de Paris.
En fin, los ingresos montaron á doscientos ochenta
y cuatro millones. Es muy probable que en el año presente no bajen de
trescientos millones, poco menos de lo que pagaba al Erario nuestro país,
durante el régimen absoluto.
En el presupuesto de gastos hallamos las partidas
siguientes:
Instruccion primaria. 6 millones.
Empedrado. 15
Beneficencia. 32
Policía. 51
Rédito y amortizacion de la deuda municipal. 64
La policía cuesta á Paris más de siete mil duros
diarios.
Los consumos ofrecen resultados no menos
admirables. Esta ciudad consumió en 1856 los artículos y cantidades siguientes:
Vinos; siete millones, trescientas mil arrobas.
Alcohol y aguardiente; quinientas treinta y nueve mil; idem.
Barniz; cincuenta y tres mil, idem.
Frutas en conserva; ciento ochenta mil, idem.
Vinagres; ciento cincuenta y nueve mil, idem.
Cerveza; dos millones, treinta y tres mil, idem.
De esta cerveza, se ha fabricado en Paris un
millon, doscientas diez y siete mil arrobas.
Aceites; ochocientas cincuenta y cuatro mil, idem.
Comestibles. Carnes de todas clases; ciento cuarenta y tres
millones de libras.
Queso fresco; tres millones y medio de libras.
Sal; catorce millones, seiscientas mil setecientas, idem.
Ubas; siete millones, idem.
Manteca; seis millones y medio, idem.
Huevos; ciento cuarenta mil arrobas.
Volatería y caza; cien mil idem.
Combustibles. Leña; cuatrocientos setenta y dos mil piés
cúbicos.
Carbon vegetal; veintitres millones de arrobas.
Carbon de tierra; veinticuatro millones, idem.
Materiales. Cal; dos millones y medio, idem.
Yeso; veinticuatro, idem.
Baldosas; cinco millones y medio. (Unidades,)
Ladrillos; diez y seis millones, idem.
Alfarería; ocho millones de metros cúbicos.
Forraje; ocho millones y medio de haces.
Heno; quince millones, idem.
Cebada; ciento sesenta y cuatro mil fanegas.
Avena; dos y medio millones de idem.
Cera blanca; ciento treinta y seis mil libras.
Amarilla; ciento noventa mil, idem.
El importe de las ventas por mayor, verificadas en
los mercados, presentan los siguientes guarismos.
Pescado de agua dulce, cerca de 4 millones de
reales.
De mar 36 idem.
Ostras, cerca de 8
Volatería y caza 68
Manteca 73
Huevos 35
Estos solos artículos suponen un movimiento
comercial de doscientos veinticuatro millones de reales.
Las declaraciones que se han hecho en la Aduana de
esta ciudad, en el año indicado, suben á ciento diez y seis mil, quinientas
noventa y siete. El número de bultos ha sido el de doscientos doce mil,
setecientos treinta y ocho.
El valor de las mercancías ha montado á casi mil
millones (novecientos ochenta y cuatro), cifra á que asciende el comercio
general de muchos países.
Esto me ha dado la curiosidad de conocer el
comercio general y especial de Francia, y las noticias que da la estadística
oficial, no han podido menos de asombrarme.
El importe del comercio general, en 1856, subió á
más de cinco mil millones de francos 5.399
El comercio especial representó un valor de cerca
de cuatro mil millones de aquella moneda 3.883
———
9.282
———
Hallamos, pues, que el comercio general y especial
de Francia, en dicho año, representa una suma de más de treinta mil millones.
No quiero presentar la cifra de nuestro comercio, porque, á pesar de sus
progresos rapidísimos y sorprendentes, ofrece un resultado muy desconsolador,
muy aflictivo, muy penoso.
En el floreciente comercio francés la Europa figura
por un
valor de 3.571 millones de francos.
La América por 1.207
Las colonias francesas por 368
El África por 133
Y el Asia por 120
Las siete naciones con que Francia ha hecho un
comercio más importante, son las siguientes:
Inglaterra. 763
Estados-Unidos. 660
Bélgica. 447
Suiza. 399
Zollwerein (Union aduanera alemana). 261
España. 246
Cerdeña. 220
El comercio francés ha presentado setecientas
sesenta quiebras, y se han disuelto ochocientas catorce sociedades.
El número de estas sociedades en 1856, era el de
mil cuatrocientas seis, con los fondos siguientes:
Sociedades colectivas. 93 millones de reales.
Comanditarias ordinarias. 168
Idem por acciones. 7.712
———
Total.
7.973
———
En los ingresos del Estado hallamos las siguientes
partidas:
Contribuciones directas. 1.700 millones de reales.
Idem indirectas. 1.600
Timbre y registro. 1.400
Aduanas y sales. 868
Estos cuatro guarismos montan á más de cinco mil
quinientos millones.
El presupuesto general sube á muy cerca de siete
mil millones de reales.
En la série de gastos nos llaman la atencion cinco
cifras.
Intereses y amortizacion de la Deuda pública. 2.088
millones.
Ministerio de la Guerra. 1.384
De Marina. 532
Correos. 155
Emperador y cuerpos colegisladores. 154
Al ver que la renta de Correos costaba á la nacion
sobre ciento cincuenta y cinco millones de reales al año, he querido tener
noticias acerca del producto de aquella renta, y he hallado que en 1856
circularon más de doscientos cincuenta y tres millones de cartas, cuyo franqueo
produjo al Estado un ingreso de ciento noventa y dos millones. El total de los
ingresos subió á doscientos veinticuatro millones.
No quiero dejar de hacer mencion de una partida que
he encontrado en el presupuesto de gastos, y que me ha hecho suspirar. La
instruccion es aquí atendida con una suma de ochenta millones próximamente.
¿Cuánto dedica nuestro Gobierno á la instruccion pública? No quiero decirlo;
tengo bastante con la amargura que siento en mi alma; no quiero añadir á la
amargura otra cosa peor.
Los ferro-carriles presentan el resultado que voy á
notar:
Leguas en explotacion. 1.492
Productos. 1.244 millones.
Vayamos ahora al Reino-Unido, atravesemos el
Estrecho de la Mancha, y este órden de cosas nos parecerá tal vez pequeño.
Las aduanas y las sales produjeron al Estado
francés. 868 millones. Las aduanas solamente produjeron al Tesoro inglés, en
1857. 1.300
Los intereses y amortizacion de los setenta y cinco
mil millones de la Deuda pública, importaron. 2.755 millones. El ejército y
marina. 4.074 El cuerpo civil. 650 Los gastos de Hacienda. 420 ———— 7.899 ————
Estas cuatro partidas representan una suma bastante
mayor que el presupuesto de toda la Francia.
Una singularidad he notado entre el presupuesto de
ambas naciones.
Francia destina á obras públicas doscientos
cincuenta y seis millones, mientras que la Inglaterra no destina arriba de
noventa millones.
Francia destina a la instruccion pública ochenta
millones, como ya dije, mientras que el Reino-Unido destina muy cerca de
ciento, ó sea novecientas noventa y seis libras esterlinas.
Las cartas circuladas han sido en número de
cuatrocientos setenta y ocho millones, ciento veinticinco millones más que en
Francia. La renta de este ramo subió en 1856 á doscientos ochenta y siete
millones, sesenta y tres millones más que en el imperio francés, á pesar de la
diferencia en el precio del franqueo y certificado.
Los licores espirituosos han dado al Tesoro del
Reino-Unido una renta de. 1.125 millones de reales.
La cerveza ha producido al Estado. 650
La moneda acuñada sube á. 447 millones de reales.
Los metales y minerales extraidos y fundidos en
1855, presentan la siguiente curiosa estadística:
El carbon representa un valor de. 1.472 millones.
El hierro. 1.064
Otros metales y minerales. 1.264
————
3.800
————
Se emplearon en operaciones metalúrgicas doscientos
noventa y cinco mil hombres, y cerca de nueve mil mujeres.
La Inglaterra ha extraido de la Australia, desde
1851 á 1855, ó sea en el trascurso de cuatro años, cuarenta y un millones de
libras esterlinas, que vienen á representar próximamente una cifra de cuatro
mil millones.
Para que se conciba una idea de su fabuloso
comercio, baste saber que ha enviado á los Estados-Unidos mercancías por valor
de. 2.200 millones. A la India. 1.048 A las ciudades libres de Alemania. 1.012
A la Australia. 982 A Francia. 640
La Compañía de Indias, ese coloso comercial, ese
portento de la asociacion mercantil, en Inglaterra, esa maravilla del mundo
moderno, ha vendido en 1856 cerca de seis millones de libras de ópio de Patua y
Benarés, percibiendo una suma de más de trescientos cincuenta millones de
reales.
El valor de los billetes del Banco de Lóndres,
puestos en circulacion en dicho año, fué el siguiente:
Billetes de quinientos reales. 610 millones. De
mil. 390 De dos mil á diez mil. 570 De veinte á cien mil. 430 ———- 2.000 ———-
El movimiento de todos los Bancos ingleses, en la
época indicada, representa una cifra de muy cerca de treinta y nueve millones
de libras esterlinas, ó sea tres mil novecientos millones de reales, repartida
del modo siguiente:
Banco de Lóndres. 20.062.041 libras esterlinas.
De Irlanda. 7.425.740
De Escocia. 4.444.702
Bancos particulares. 3.355.971
Por acciones. 8.113.886
——————-
Total. 39.9022.340
——————-
Basta de guarismos. La aritmética, no crea el
lector que la desdeño; pero no es lo que está más en armonía con mis aficiones,
y siento que mi alma se anega entra el oleaje contínuo de tanto millon. No
obstante, me he detenido en la anterior reseña más de lo que pensaba, atendida
la índole de estos apuntes, porque la estadística tiene en nuestro siglo una
influencia incalculable. Esta influencia es mucho mayor de lo que nosotros
creemos, sin embargo de ser nosotros los que la atribuimos y la damos el influjo
que ejerce. En esto, así como en otras muchas cosas, nos acontece lo que á
aquel que se entrega al sueño. El es el que se duerme, y él es quien menos sabe
que se duerme en efecto. La estadística hoy no es solamente un ramo de ciencia,
una simple materia de administracion, un punto de historia, una especie de
erudicion social, sino una regla de gobierno, un consejo de Estado, un código,
una constitucion. Observemos de dónde proceden casi todas las revoluciones,
casi todas las turbulencias, la mayor parte de los conflictos en las sociedades
modernas, y en todas esas complicaciones y tumultos hallarémos algun orígen
económico, algo administrativo, algo que dice relacion al Tesoro público, á la
Hacienda, al Erario; hallarémos algo estadístico. ¿Cuántas caidas de gabinetes
no han sido producidas por un empréstito? ¿Cuántos tumultos no han tenido por
causa una contribucion? ¿A cuántas crísis gubernamentales no han dado lugar los
presupuestos? ¿Cuántos gobiernos no han perdido, y pierden el poder todos los
dias, bajo el peso de una bancarota? En fin, baste decir que una mera crísis
monetaria, la crísis ocurrida no ha mucho, produjo la modificacion de
importantísimos gabinetes europeos. La estadística entró en los consejos
constitucionales, fué llamada y oida como un personaje de la nacion, como un
gran poder del Estado; la estadística, la aritmética social, el nuevo magnate,
expulsó á unos hombres, y llamó á otros para que ocuparan las sillas del
gobierno. Esto es asombroso; esto no se cree antes de pensar y de ver con
cuidado lo que sucede; pero sucede realmente; es una verdad; una verdad que
anda por todo el mundo; una verdad que reconstruye, por decirlo así, el sistema
de todos los pueblos, aun el de aquellos pueblos que muestran más tenacidad en
hacer del tiempo presente un centinela del tiempo pasado. ¿No veis movimiento
en la India, en el mismo Japon, aun en el propio imperio Chino? ¿No veis que
ese Japon abre sus puertos á las naves de ciertas naciones, profanando el
misterio tradicional que la religion atribuye al legado de Sinto, á su oculto y
divino Diari? ¿No veis agitarse la atmósfera en la China, en ese
vastísimo imperio, en ese inmenso hogar de centenares de millones de criaturas?
¿No advertís como cierto vaiven, cierta oleada, en el ambiente de ese pueblo,
convertido, hace miles y miles de años, en un guardian que contempla con ojos
desencajados la urna veneranda de sus tradiciones? ¿No hallais algo extraño,
sumamente extraño, en esa China, en esa segunda humanidad, en esos hombres
cubiertos de polvo; el polvo que ha debido dejar detrás de sí la pisada
autómata de tantos siglos? Sí, lector, allí hay un espíritu nuevo, una nueva
palanca, un viento de otros climas. Pues el espíritu que agita á ese imperio
fabuloso, esa palanca que lo remueve, ese huracan que lo airea y lo empuja, el
arquitecto milagroso que echa por tierra su enorme muralla, el mago invisible
que lo hechiza, ¿lo oyes lector mio? ese formidable poder que aturde á los
chinos; ese huésped irresistible que les obliga á tolerar otras religiones; que
les obliga á conceder la libertad de cultos, aunque al oirlo se estremezca la
tumba de su sagrado Fé; eso que allí se mueve, que por allí anda, eso que allí
reina, es la estadística; la Economía política; la administracion, las
matemáticas sociales; el gobierno de nuestros dias. Quitad á Luis Napoleon los
siete mil millones de presupuesto nacional. ¿Qué seria? Nada. ¿Qué haria? Nada.
¿Estaria en el trono? No. ¿Caeria de ese trono, como cae el rayo de las nubes?
Sí. Quitad á la Inglaterra su organizacion administrativa; su particular
régimen económico; su espíritu estadístico, si así puede decirse; quitadla eso,
y la quitareis su importancia, su genio, su poder; la quitareis el ser
Inglaterra. Ni trono, ni Cámaras, ni Parlamento, ni meetings; nada bastará.
India, Australia, California, todo será inútil. Quitadla su ley y su Banco; su
libro y su oro, su ciencia y sus metales, y rezad un Padre nuestro por su alma.
La Economía política, el libro estadístico, hace
hoy lo que hacian en otro tiempo la fuerza, la conquista, la tradicion, la
herencia y la casta. La estadística es la nueva casta social, la
nueva sangre de la política, la nueva sangre de los gobiernos. Hoy reina el
número, como antes imperaban la guerra, la teología y el pergamino.
La historia del gobierno humano debe dividirse
actualmente de otra manera que se ha hecho hasta aquí. Aquella division debe
hoy hacerse del siguiente modo, ó de un modo análogo.
Primero: gobiernos
conquistadores; la fuerza.
Segundo: gobiernos teologales; la religion.
Tercero: gobiernos tradicionales; la casta.
Cuarto: gobiernos históricos; la herencia.
Quinto: gobiernos sociales; la estadística.
Pitt en Inglaterra, Sully y Colbert en Francia,
Campomanes, Florida Blanca, Jovellanos y Florez Estrada en nuestro país, son
dignísimos representantes de la nueva historia social.
Y este es el lugar de decir que, desde fines del
siglo pasado, se han verificado dos grandes movimientos en la marcha del mundo;
han tenido lugar dos nuevos y trascendentales juicios en el espíritu de los
fastos humanos, en ese espíritu que gobernaria la vida del hombre, aunque
aquellos fastos no estuvieran escritos en papel; aquel espíritu anterior y
providencial, ley eterna de todos los tiempos, eterna moral de todos los
pueblos y de todas las razas, del cual el libro histórico no es más que un
signo, como el cuerpo no es otra cosa que un signo del alma; aquel espíritu que
se reviste de la forma de la literatura, de la imprenta, como nuestro ánimo se
reviste de ojos y de frente, por ejemplo: es un ángel vestido de bruto.
Digo que en ese espíritu que domina al hombre, que
gobierna la vida, como si fuese el interminable reinado de la historia, están
germinando dos ideas profundas y poderosas, desde fines del siglo pasado hasta
nuestros dias. Aquellas dos ideas se enseñorean hoy de todas las formas, de
todos los poderes, de todos los entendimientos, en una palabra, se enseñorean
de todas las revoluciones que se operan en la razon del mundo.
Las dos ideas de que hablo son: la estadística y la
fisiología: la estadística, explicando la sociedad; la fisiología explicando al
hombre. ¡Quién habia de decir á nuestros antiguos filósofos que la fisiología
es espiritualista á su manera!
Véase con cuidado lo que pasa en el mundo de hoy, y
se hallará tal vez que la grande lucha, el gran trabajo de nuestro siglo, no es
más que el resultado del natural antagonismo que existe entre las ciencias
tradicionales y ese genio de la historia, ese nuevo espíritu que se ha
despertado en el alma del hombre; más claro, entre las ciencias escolásticas
por una parte, y las matemáticas y la física por otra. Digo, matemáticas,
porque la estadística no es otra cosa que las matemáticas aplicadas al régimen social.
Esas dos ciencias, esas dos geometrías, la interna
y la externa, la humana y la social: esas dos creaciones casi fabulosas que
llenan el globo desde fines del siglo pasado, marcan hoy la medida de la
civilizacion de los pueblos; son la manecilla de metal que mide las horas del
mundo en ese reloj oculto y misterioso. La fisiología y la estadística son
actualmente lo que eran antes la astronomía, la teología y aún la mágia. Hoy no
es más civilizada la nacion que más sabe y que más disputa, sino la que más analiza
y más demuestra. Casi puede decirse que la física de hoy, equivale á la
metafísica de ayer.
Pasó el tiempo de la palabra.
Estamos en el tiempo de la prueba.
Pasó el tiempo de la opinion.
Estamos en el tiempo del experimento.
Pasó el tiempo del puro raciocinio, del criterio
teórico; pasó el tiempo medio caballeresco y medio fantástico, en que la
ciencia convencia al mundo y lo gobernaba ocultamente, empeñando palabras
de honor.
Estamos en el tiempo del criterio práctico, del
criterio de aplicacion, del análisis geométrico de la prueba real, casi física;
en un tiempo en que el compás explica la idea; en que un pedazo de materia
explica un pensamiento, como el alambre explica la electricidad, como el plomo
explica la imprenta, como la brújula marca el polo Norte; en un tiempo que no
cree en las palabras de honor que da la ciencia.
Pasaron los tiempos de Platon y Aristóteles.
Estamos en los tiempos de Colon, Guttemberg, de
Bichat, de Vaucauson, de Montgolfier y de Fulton. Pasó la dialéctica, pasó el
silogismo, y vino el instrumento, vino la máquina.
Este gran fenómeno, el más peregrino y
trascendental que se ha realizado en la historia, tiene una razon profunda, una
profunda psicología. Toda la civilizacion asiática, como la judía, como la
griega, como la romana, como la feudal, pretendian explicar el cuerpo por el
alma, la materia por el espíritu, la criatura por el criador. Y pasan siglos y
más siglos, pasan espectros y más espectros, sombras y más sombras, y por
honrar al Criador se ahorcaba en un cadalso á la criatura; y por redimir al
espíritu se ponia en un tormento la materia; y por salvar el alma se encendian
hogueras al cuerpo. El hombre era quemado, como quien tributa un culto á Dios.
Así servian y adoraban á Dios las castas antiguas, las antiguas civilizaciones,
ese algo histórico que ha venido reinando en el mundo hasta el siglo XIV de la
era cristiana; ese algo no definido todavía; esa casta revuelta y confusa, que
se ha denominado de muchos modos, pero que en realidad no es otra cosa que la
ley de la contradiccion, la ley de la Persia, un mundo de luz, representado
por Ormuzd, y un mundo de tinieblas representado por Ahriman:
decir, una gloria, explicando un infierno; un Dios explicando á un diablo. El
alma era Dios, era el ídolo, y se le quemaban perfumes; el cuerpo era el
diablo, y se le apedreaba, cuando no se le achicharraba vivo.
Estudiado con imparcialidad y reposo este
intrincado asunto, hallarémos que el mundo antiguo, la humanidad hasta el siglo
XIV, no es más ni menos que un órden de cosas creado por la ley de la
contradiccion, por la ley de las castas, la ley de arriba declarando pária á la
ley de abajo; la ley de un espíritu y de una materia, considerados como poderes
antagonistas; como fuerzas radicales contrarias; la ley terrible que convertia
al hombre en enemigo del hombre y de Dios. Que este enemigo se llamara sudra en
la India, hebreo en Egipto, hierodul en Capadocia, esclavo en Grecia y Roma,
ilota en Esparta, siervo ó hereje en la edad media, poco importa: la filosofía
de la historia es la misma. Es una idea que se ha revelado bajo distintas
formas; es un vidrio que ha reflejado la luz de varios modos, como un libro
tiene varias páginas, como una tormenta tiene varias nubes, como la escama de
las serpientes tiene varias pintas. Repito que el mundo, hasta el siglo XIV de
nuestra era, venia del Asia; y que el Asia venia de la ley de la contradiccion;
esa ley abolida por el Evangelio; ese mónstruo ahogado por la sangre vertida en
la cruz; esa fosa de la humanidad cegada por el mártir del monte Calvario.
¡Mundo pagano, mundo gentil, no luches, basta! Si algo te queda dentro del
valladar que Dios ha puesto al hombre, si alguna gloria te está reservada por
el pensamiento de la Providencia, no hallarás esa gloria, ese dia luminoso no
brillará en el cielo para tí, sino volviendo tu inteligencia y tu corazon al
monte Calvario. No luches, no huyas, no leas, no esperes, no mires atrás ni
adelante; ponte de rodillas ante un crucifijo. Muda de fe, y adora. Más claro,
ten fe, porque lo que tú tienes ahora no es fe; lo que tú haces ahora no es
creer, es soñar. Ten fe, repito, y te salvarás, como se ha salvado la humanidad
cristiana.
El mundo moderno mudó enteramente de pensamiento y
de conducta. En vez de explicar la criatura por el criador, la materia por el
espíritu, el cuerpo por el alma, el hombre por la sociedad, tiende á explicar
la sociedad por el hombre, el alma por el cuerpo, el espíritu por la materia,
el criador por la criatura, arrojando del mundo una metafísica simbólica,
poética, oriental; una especie de augurio pagano, una adivinacion, egipcia que,
ó no explica nada, ó explica todos los absurdos y monstruosidades que la mente
de un loco puede concebir; todos esos absurdos y monstruosidades que han venido
reinando en la historia de la humanidad.
Antes sucedia que por el misterio del geroglífico,
querian explicar las figuras del mismo geroglífico, de donde resultaba que no
conocian ni las figuras, ni el misterio, ni modo ni esencia, ni cuerpo ni alma,
ni criatura ni criador. Partian de lo que ignoraban, para llegar á lo que no
sabian. Eran dos ignorancias obstinadas y supersticiosas, creando todo un
mundo; el mundo en que debia vivir el hombre, el sér que piensa y siente, el
sér que raciocina y ama, el sér que crea tambien, la hechura más noble, la concepcion
más sábia de la suma sabiduría, el poder más grande que dió á luz el
Todopoderoso; el único poder creado, capaz de conciencia, capaz de convencerse,
capaz de arrepentirse, capaz de bajar la cabeza y suspirar; el hombre, la
criatura que llora y que espera. Y luego hay cristianos, hoy, en nuestro siglo,
pasados mil ochocientos sesenta y tres años de la Cruz; hay cristianos, repito
(¡parece mentira!) que profesan la ley de la contradiccion, la ley de un alma
divinizada y de un cuerpo quemado; la ley de los tormentos y de las hogueras;
la ley de la horca y del cuchillo; la ley de Tiberio que llenó de gemidos las
tinieblas sagradas de las catacumbas; la ley de Pilatos, que hizo caer á
Jesucristo bajo la carga de un madero. Y al hablar de cristianos que profesan
hoy aquella ley bárbara, no me refiero á hombres vulgares, sino á personas
ilustradas y fervorosas. Yo no puedo expresar cuánto me amarga esa inconcebible
y lastimosa contradiccion. No se comprende cómo esos hombres viven en el mundo,
ni cómo han leido la historia.
El espíritu moderno, el mundo cristiano, hizo lo
contrario de lo que hacia el mundo venido del Asia. Para adivinar el misterio
del geroglífico, partió de las figuras: para adivinar el geroglífico, que
estaba dentro, partió del geroglífico que estaba fuera; para adivinar lo que no
veia, partió de un hecho que estaba viendo; y de esta manera consiguió que si
no veia lo de dentro, veia al menos lo de fuera; algo veia. Acaso no logre
conocer el espíritu, pero conoce la materia; tal vez no conozca á su criador,
pero conoce la criatura; tal vez no logre explicarse la sociedad humana, pero
se explica al hombre. Ya que no la esencia, conocerá el modo; ya que no logre
adivinar ese algo infuso, esa cifra divina, esa última duda, esa duda suprema y
venerable de que parece circuirse el espíritu providencial, logrará siquiera
conocer lo que se ha revelado, lo que obra en la naturaleza, lo que Dios ha
escrito en esa segunda teología, lo que Dios promete en esa segunda religion.
Antes no se veia lo visible; no se realizaba lo realizable. Hoy, sí. Este es el
gran carácter del cristianismo sobre la civilizacion gentil y pagana. El hombre
cristiano se cree autorizado, se cree con poderes, se cree hasta con fuero,
para ver lo que puede verse; dejó de quemar al que manifestaba que veia lo que
no se habia visto antes; dejó de fabricar tormentos, de aparejar cadalsos y de
encender hogueras al altísimo y venerando ministerio de la razon humana; al
ministerio de pensar y de decir lo que se habia pensado; al ministerio de
medir, y de hacer patente lo que se habia medido, y esto, esto solo explica la
incalculable superioridad del mundo moderno sobre el mundo antiguo, la
incalculable superioridad del hombre cristiano sobre el hombre de las regiones
gentiles y paganas. La ley de la humanidad, puesta en lugar de la
ley de la contradiccion; la ley de Dios y la del hombre, puesta en lugar de la
ley del diablo y de la del hereje, esto lo explica todo. Sin este dato, sin
esta observacion, sin hallar en las fastos humanos ese fin adorable, esa
providencia que triunfa, sin que nadie vea los laureles del triunfo; sin que
las cosas se miren así por la razon y por la fe, unidas y hermanadas, no es
posible encontrar la filosofía de la historia. La historia será un acaso
horrible, un fatalismo ciego y cruel, un pandemonium, como la
denominan los escépticos, los ateos del hombre y de Dios. Dicen bien esos
desdichados. La historia es un pandemonium para los que no
creen en la providencia y en la humanidad, como la razon es un delirio para el
loco, como la ciencia es una algarabia para el ignorante, como la luz es una
tiniebla para el ciego. Más digo y opine lo que quiera esa pobre gente, la historia
ha sido, es y será siempre la Biblia social, una segunda revelacion, una
infalible geometría del progreso humano.
He dicho antes que hoy no se considera más
civilizada la nacion que más sabe y que más disputa, sino la que más analiza y
más demuestra. Esta verdad no admite duda en mi juicio. La Italia, por ejemplo,
es más teóloga, más metafísica, más ontológicamente sábia que la Inglaterra;
sin embargo, la Inglaterra es hoy un pueblo más civilizado, inmensamente más
civilizado que la Italia. Esto quiere decir que ha analizado más en estudios
estadísticos y fisiológicos, que es más sábia en la ciencia del hombre, y en la
ciencia de la sociedad, porque hoy se llama ciencia lo que antes se llamaba
herejía, y se llama fárrago lo que antes se llamaba ciencia.
Cada escuela podrá traducir este hecho á su modo,
dejándose llevar de sus recuerdos, de sus aficiones ó de sus intereses; pero la
existencia de aquel hecho, tan capitalmente trascendental, es indisputable.
Voy á decir ahora dos palabras sobre los monumentos
citados en el sumario de este dia, dando principio por el palacio de la
Bolsa.
Nada tengo que oponer acerca de la magnificencia
del edificio. Es un verdadero palacio. Tiene efectivamente ese aspecto grave y
majestuoso, esa gallardía reposada, casi circunspecta, de aquel género de
arquitectura. Su historia, considerado como edificio, esto es, su historia de
piedra, es muy breve. Considerado como una institucion social, como juego
público, aquella historia es algo más larga y más difícil.
La Bolsa de hoy ocupa el espacio que ocupó en otro
tiempo el convento de las hijas de Santo Tomás. ¡Qué cambios tan curiosos y tan
elocuentes! Principió este palacio el primer imperio, y lo terminó Cárlos X.
Presenta un paralelógramo de setenta y un metros de longitud, sobre cuarenta y
dos de latitud, si no mienten los informes que nos dan, informes que considero
exactos. Al menos no desmienten la impresion que aquí se recibe. Circuye al
suntuoso edificio una gran galería de setenta columnas de un metro de espesor y
diez de altura, sostenidas por un basamento de tres metros de elevacion. Un
sólido cornisamento y un elegante ático coronan las setenta columnas, de órden
corintio, las cuales nos hacen sentir la doble emocion de la majestad y de la
fuerza.
Quisimos penetrar, pero los guardas del edificio,
herederos históricos de la gravedad monacal, nos prohibieron la entrada con
cara de priores, enviándonos al estanco de la Hacienda pública, en donde
debiamos proveernos de una especie de credencial, mediante la limosna de
dos francos, uno por cabeza. He dicho limosna, porque esta rara contribucion,
esta curiosa prevision del Erario francés, me huele al saco del convento. Yo me
volví á mi mujer, y la dije en nuestro idioma: aquí se ha verificado una
trasmigracion casi portentosa. El franco que nos piden, se escapó sigilosamente
del convento de las hijas de Santo Tomás, y se escondió en el palacio de la
Bolsa.
—¿Qué franco nos piden? Preguntó mi mujer con
picante curiosidad. (Para las mujeres es picante todo lo que tire á dar
dinero.)
—Ese bedel, conserje ó lo que sea, contesté á mi
compañera, me dice que vayamos al estanco, en donde nos darán un billete, cuya
presentacion es indispensable para visitar el edificio. El billete en cuestion
nos costará un franco á cada uno.
Mi mujer agrió el gesto de un modo visible.
Esta conversacion pasaba en presencia del conserje,
que nos miraba con estrañeza, y que permanecia de pié, custodiando
imperiosamente la entrada, como si se tratase de guardar las manzanas de oro en
el jardin de las Hespérides.
Mi mujer y yo nos dirigimos á un estanco, que hay á
pocos pasos del edificio. Al bajar la magnífica escalinata de la Bolsa,
mi mujer me tira del brazo, en señal de llamarme la atencion, y me dice:
—Llévame á la fonda; yo me quedaré allí, mientras
que tú vienes á visitar ese palacio. Me remorderia la conciencia, continuó mi
compañera con más animacion, si los franceses me cogieran un franco por visitar
la Bolsa.
—Ese franco que piden, contesté yo, no tiene nada
de particular; al contrario, es una gabela natural, y lógica. Se trata de
la Bolsa, y por simpatía, atacan la bolsa de los curiosos.
—Te lo voy á decir francamente, repuso mi mujer, y
apretó el paso, como si lo que me iba á decir la espolease. «Yo creí que Paris
era un pueblo de suma caballerosidad, y de sumo idealismo. Yo creia en España
que en Paris se hacian muchas cosas por galanura, por etiqueta, por urbanidad,
por espíritu de civilidad y de hidalguía. Pero, amigo mio, estoy viendo que me
engañaba de una manera lastimosa. Esto es mucho peor que Madrid. Aquí no
podemos llevarnos las manos á la cabeza, aquí no se puede decir el Padre nuestro,
aquí no se puede ni rezar, sin tener que hacer frente al dichoso franco. Odio
esta palabra, ¡Qué sujeto tan descortés! ¡Qué persona tan atribulada y tan
agresiva! Franco le llaman, y en verdad que le han dado con el nombre, pues tan
franco es, que se mete por todas partes como trasquilado por iglesia. ¿Quieres
que te diga la verdad? Segun voy viendo, esto es una batalla contínua, en que
los combatientes no abrigan otra idea que apoderarse del botin de los enemigos;
una guerra que se hace, una lucha que se traba, únicamente por coger el botin.
Ni más ni menos, ni menos ni más. Los combatientes son los hijos de este país.
Los enemigos son los extranjeros. En España, en el mismo Madrid, el dinero es
una gran necesidad. En Paris es una gran plaga, una gran peste; en fin, es una
guerra, con todos los peligros, con todos los sustos, con todas las calamidades
y las desdichas de una guerra. Mira, añadió resueltamente mi mujer; déjame en
la fonda; no quiero dar un franco por ver ese edificio; por una peseta está
cavando un español todo el dia en el campo….»
Sin embargo dé estos sermones de mi compañera, yo
me dirigí al estanco, con el fin de comprar el documento que el conserje me
reclamaba. Mi mujer lo notó, y se detuvo á despecho mio.
—No te empeñes, porque no voy. No quiero pagar el
derecho de ser extranjera. Aguantaré que me traten como enemiga, en lo que yo
no puedo evitar; pero á sabiendas, no.
—Bien, la contesté yo; tú dices que no quieres dar
un franco por esa visita. Enhorabuena, no lo des; pero yo quiero darlo; no es
cosa tuya, sino mia, y no debes tener remordimiento alguno. Iba á replicar;
pero la llevé hácia adelante con el brazo, y esto la persuadió mucho más que si
la hubiera predicado un sermon. No sé el por qué, mas tengo por cosa evidente
que á las mujeres las convence más un ademan que veinte palabras.
Por santa obediencia se resignó á entrar en el
estanco, y no pude menos de soltar la risa, cuando observé la cara de vinagre
que mi mujer puso al ver los dos francos en el mostrador.
—¡Lástima de dinero! dijo furtivamente, y nos
dirigimos á la Bolsa.
Buena escalera, excelentes pasillos, galerías
espaciosas, hermosas balaustradas, salas magníficas…. Repito que nada tengo que
tachar á la arquitectura del edificio, aunque desde luego se echa de ver que no
fué construido para que sirviera de palacio. Volviendo ahora los ojos á su
oficio social, si así puede decirse, principio por no estar conforme con el
nombre de Bolsa, aplicado al cambio oficial, cambio importado en
Francia por el hacendista escocés Law, á fines del siglo XVII.
La palabra Bolsa, no sólo es impropia,
sino escasa, ruin, grosera, hasta ridícula, para darnos la idea de un lugar en
que se verifican operaciones mercantiles de cierta monta. No comprendo cómo los
negociantes que se dedican á aquel juego público, llevan en paciencia que se
les designe con el apellido de Bolsistas. Me parece que en este
nombre hay algo que se rie de la persona que lo lleva, como si dijéramos bolsillistas, faldriqueristas, taleguistas,
ó palabras por este jaez. Yo deploro (en este sentido ¡tengo tanto que
deplorar!) deploro, decia, que los españoles, dominados por un espíritu de
imitacion incalificable, desnaturalizando una de las lenguas más bellas y más
ricas del mundo, malversando el depósito que muchos siglos y muchas glorias les
han confiado, hayan mendigado de los franceses la plabra Bolsa,
condenando tan irreflexiva como injustamente los nombres castizos de lonja y
casa de contratacion. En lugar de Bolsa, que nada significa, ó
significa una ridiculez, porque ridículo es todo despropósito ¿qué razon hay
para que no pudiera decirse lonja del cambio? Pero ahora caigo en
que esto no bastaba; era indispensable ponerse á la moda; era indispensable
llamar la atencion con una cuquería de nuestros vecinos; era indispensable
engalanarse con una palabra parisiense, como los payasos se visten de siete
colores, para que les sigan los chiquillos, ó como se enjaeza un caballo, para
venderlo bien en la feria. Era indispensable el relumbron, el palaustre, y
atravesó los Pirineos la palabra Bolsa. No sólo hay servilismo en
política; hay servilismo tambien en conducta, y esas limosnas que el pueblo
español recibe de Francia; esas caridades que le implora, cuando tantas podria
hacer, cuando tantas ha hecho á esa misma nacion que nos manda hoy con sus
monerías; esas limosnas vergonzantes que á Francia pide, es un servilismo de
nuestra época; y no solamente es un servilismo, sino una sandez. ¿Qué se diria
del que fuese á buscar falsas doraduras á país extraño, olvidando el oro, el
oro fino, que tiene en su país? Pues eso es cabalmente lo que debe decirse de
los españoles, que van á Francia para traerse la grotesca palabra Bolsa,
arrinconando, para que crie moho, la palabra lonja; término propio, lógico,
natural, en relacion perfecta con las tradiciones de nuestro idioma; con su
pensamiento y con su melodía; es decir, en perfecta relacion con su etimología,
con su filosofía y con su esthética.
Nuestra nacion no sufriria que el pueblo francés
pusiera el pié en un palmo de nuestro territorio, y consiente á las mil
maravillas una invasion completa en otro sentido; una invasion más peligrosa,
porque nos conquista ocultamente, por dentro, en el interior de nuestras casas,
en el interior de nuestras viviendas, en lo más íntimo, en lo más profundo que
tiene el hombre: en la palabra. La palabra es lo último que pierden los
pueblos, porque esa palabra es á un mismo tiempo su ciencia, su poesía, su amor:
la palabra es el espíritu que sobrevive á la libertad, á los usos, á las
costumbres, á las leyes. Se quema un código, mil códigos: no se quema la lengua
en que están escritos. La palabra y la historia son los dos genios que van al
frente en todas las exequias, son los manes eternos que velan sin cesar sobre
la tumba de las generaciones. Pasó el Lacio, pasó el pueblo latino; pero queda
una sombra de aquello; queda una huella que no se borra, un alma que no muere,
una ceniza que no se enfria, un sepulcro que no se cierra; queda un cadáver que
no se consume; sobre el polvo, sobre las ruinas, sobre la soledad y el silencio
de los cadáveres que se extinguieron, queda un cadáver que no se extingue, que
no se extinguirá, mientras que la tierra sienta el calor de las plantas del
hombre: pasó el pueblo latino; pero nos queda la latinidad. Pasó el pueblo; no
pasó la palabra. Pasó el cometa, no pasó su rastro. Pasó la tormenta, no pasó
el celaje.
Los españoles no sufririan que nos conquistaran un
solo palmo de territorio; que nos invadiesen un grano de arena, y van á Francia
para que nos conquisten en el idioma, para que nos invadan en nuestro espíritu,
en la tierra de Dios, porque es la tierra del pensamiento. Hablar es pensar, y
el que trastorna lo que hablo, trastorna necesariamente lo que pienso. Sí á mí
me dijeran: ¿qué es lo que quieres para apoderarte de una nacion, para
mandarla, para ser su amo? yo contestaria: quiero ante todo apoderarme de su
lengua, mandar en su palabra, ser amo de ese libro en que están escritos los
nombres de Dios, padre, madre, hijo, hermano, amigo, patria, luz, amor,
espacio. Más, mucho más que de su territorio, desearia apoderarme de lo que
está dentro del territorio, de lo que está dentro de las ciudades, de lo que
está dentro de las casas, dentro de la familia, dentro del individuo; de esa
sombra que le acompaña, de ese centinela invisible que le custodia, de ese
misterioso y terrible poder que le defiende; la palabra, la inteligencia.
Mandando en la lengua, mando en el alma; mandando en la boca, mando en la
frente, y este es el gran terreno que hay que invadir, esta es la gran
conquista que hay que hacer, este es el gran pueblo que hay que conquistar. Sin
saberlo nosotros, sin apercibirnos siquiera, sin soñarlo, los franceses nos
están invadiendo; los franceses nos ametrallan, en una guerra en que se lucha
sin disparar tiros. Los soldados de esa campaña particularísima, son las
palabras; la palabra Bolsa es uno de los tantos y tantos
combatientes de ese ejército numeroso, de ese ejército irresistible, de ese
ejército que acabaria por conquistarnos, si no llegase un dia en que el pueblo
español, aplicando, no el oído de fuera, sino el oído de dentro, no aplicando
la oreja, sino la mente, oyese ruido en el interior de su casa, oyese disparos
en el territorio de su inteligencia. Ese dia llegará. España comprenderá al
cabo que el pensamiento tiene sus estados tambien; comprenderá que su idioma es
su pensamiento, y defenderá las fronteras de su inteligencia, como defenderia
las fronteras de su territorio.
Entre tanto, yo expulso de mi casa la palabra Bolsa,
como rechazaria á todo el que quisiera arrojarme de mi país. Llegará una hora
en que España se vuelva á España; yo me he vuelto ya hace algunos dias, aún
permaneciendo en Paris.
Pero no es la palabra Bolsa el
solo punto en que no estoy conforme, al estudiar el edificio de que se trata.
Tampoco estoy conforme, con que la Bolsa tenga un palacio,
conque haya un palacio que se llame el palacio de la Bolsa. Esto me
parece tan indiscreto, tan extravagante, tan ridículo, como el que hubiese un
palacio que se denominara el palacio del bolsillo, el palacio de la
faldriquera ó del talego. Entre bolsa y palacio no hay relacion posible, en
el órden lógico, por más que nos echemos á soñar relaciones. No sólo no hay
analogía entre aquellas palabras; no sólo carecen del más lejano parentesco,
sino que se nos entra por los ojos su discrepancia, su evidente contradiccion,
y no pueden unirse objetos y atributos que se repugnan, que se contradicen, que
se zahieren. Si esto valiera, podriamos decir: el palacio del hambre,
el alcázar de la mendicidad, y admitida esta nueva manera de discurrir,
deberia mandarse construir una gran jaula para encerrar al mundo. No estoy
conforme con el palacio de la Bolsa, como no lo estoy con el palacio de la
Industria, ni con otros muchos palacios que por aquí bullen, despertando en mi
alma recuerdos penosísimos, tristes y lamentables contradicciones. ¡Palacio de
la Industria! ¡Y el industrial no tiene dónde vivir! ¡Y el obrero tiene que ir
á buscar una vivienda más allá del recinto de la ciudad, á Batiñoles! Es un
magnate que tiene un alcázar, y ha de andar buscando un asilo de zoca en
molondra. Es un mendigo á quien se ha levantado un palacio; pero que no ha
dejado de ser mendigo, ¡Vanos alardes! ¡Estéril pompa! ¡Pobre magnificencia!
Aquí se hacen muchas cosas por el solo gusto de hacer; se dicen muchas cosas
por el solo gusto de decir: hay ostentacion, aparato; no hay intencion, no hay
propósito, no hay ese íntimo y fervoroso trabajo de la conciencia, que precede
á todo deseo, á toda aspiracion, sobre todo cuando es una aspiracion madura y
sensata. Aquí hay muchos principios sin fines. No encuentro en Francia ese
pensamiento anterior, circunspecto, convencido, inflexible, que hallo en los
trabajos de los alemanes; ese bellísimo sentimiento, esa fantasía aromática,
esa seductora inspiracion de los italianos; ese cálculo fijo, inflexible,
tenaz, callado, sigiloso, tal vez traidor, pero lógico, convencido, sábio, de
los ingleses; esa rusticidad hospitalaria, generosa y fiel; esa barbarie
honrada, creyente, leal y valerosa; esa liga de lo salvaje y de lo hidalgo; esa
mistura indefinible del soldado, del poeta, del pastor y del caballero; ese
algo latino, scita y árabe; ese carácter en que han entrado Régulo, Attila y
Saladino; esa especialidad, única en el mundo (como la palabra hidalguía) que
distingue á los españoles. No digo que sea buena, ni que sea mala; digo que es
única, y admito el reto que para probar lo contrario se me haga. No hallo eso
aquí. Me parece hallar prisa, aturdimiento, indeliberacion, exterioridad, lujo,
boato: púrpura por fuera; por dentro es otra cosa. Es una gran botella que se
destapa. Mucho ruido, mucho hervidero, mucha espuma; á poco pasa todo aquel estrépito,
y la botella queda medio vacía. No parece sino que esta ciudad siente que la
vida se le va de las manos, y corre detrás frenéticamente, como para cogerla
por los cabellos.
En cualquiera otra parte del globo, un palacio es
un edificio que sirve de morada á los reyes, á los pontífices, á los magnates,
á los poderosos, á las grandes corporaciones del Estado, como un Congreso ó una
Asamblea. Aquí, no. Aquí es un palacio el depósito de la Industria, la casa de
cambio, el banco, la casa de moneda; sin embargo de que ni la casa de moneda,
ni el banco, ni la industria, son altos cuerpos del Estado, ni poderosos, ni
magnates, ni reyes, ni pontífices. Aquí toma el nombre fastuoso de palacio, lo
que en otros países se llama simplemente casa, lonja, depósito, alhóndiga,
almudin, ó cosa semejante. Y aquel nombre fastuoso, esa régia estirpe con que
se decora á la arquitectura (¡ni las piedras están á salvo del genio francés!)
viene de la tendencia general que ha creado tantas y tantas formas en esta
Babilonia del Occidente; formas colosales algunas de ellas; que ha creado
tantos y tantos intereses, respetables no pocos, porque no hay delirio que no
tenga algo sublime, y el delirio de los franceses ha sido afortunado: aquel
prurito de idealizarlo todo, de hacerlo todo régio, como si hubiese dejado de
ser belleza la eterna belleza de la sencillez; la inagotable, la majestuosa, la
imponente, la sin igual belleza de la verdad; la belleza de una ligera nube que
atraviesa el cielo solitaria: aquella pasion, vuelvo á decir, viene de ese
espíritu mitológico, fantástico, visionario casi, que tiene ciegos á los
franceses, con que los franceses quieren cegar á todo el mundo. No es lo
doloroso que ellos lo quieran, porque cada cual realiza su genio como puede: lo
doloroso es que lo quieran y lo consigan. Dejarán de conseguirlo mañana, porque
la doradura no brilla siempre como el oro, porque el hervidero de la cerveza no
dura siempre: pero hoy lo consiguen, porque las doraduras deslumbran, porque el
ruido de la botella de cerveza aturde. Hoy lo consiguen; esta es la verdad.
Y penetrando más en el asunto de la Bolsa, con la
cabeza destocada y pidiendo perdon á las personas á quienes pueda lastimar, sin
que en ello pueda tener parte mi deseo, porque mi deseo más deliberado es no
herir á nadie, digo que no estoy tampoco conforme con ese cambio, con ese
negocio, con ese juego que se llama Bolsa, tal como hoy se encuentra
establecido y organizado. Acepto todo juego lícito, como distraccion; como
oficio social, como carrera, como profesion, como jornal de todos los dias, no
lo acepto. Harto se me alcanza que esta opinion escandalizará á no pocos
lectores; adivino que se me llamará extravagante; enhorabuena; digo y repito en
alta voz que no lo acepto. Jugar para pasar honestamente el rato, sí. Jugar
para vivir jugando; para dar á un juego nuestra vida; para desplumarnos
dándonos las manos y sonriéndonos; para hacer en un dia una fortuna
injustificada, á costa del prójimo insensato; jugar para que tantos
comerciantes dignos y honrados se quemen el cerebro con una pistola, eso no. Podrán
contestarme lo que quieran; yo no llevo la contra á nadie; á nadie desmiento;
pero digo que no.
Y el que quiera tener ideas de la Bolsa;
el que quiera saber lo que es ese juego, ese juego que hace muy poco se
llamaba agiotaje, que venga á las dos de la tarde, y sea testigo de
lo que pasa en el interior de este local. Voy á decir lo que yo propio he
visto, lo que yo por mí mismo he presenciado, lo que acabo de ver y de
presenciar, y ¡ojalá que no lo hubiera visto ni presenciado!
Suena la hora de la cotizacion de fondos, y muchas
gentes llegan, se apiñan, se hostilizan, se estrujan. Todos se ponen de
puntillas, los cuellos se estiran, las barbas asoman, los rostros se encienden,
los ojos se inflaman…. ¡Madre de Dios! Eso no es un pregon, ni una gritería; es
un ahullido interminable, un galimatías infernal. Eso no es un cambio, un
negocio, un comercio; eso es un frenesí, un rapto, una calentura. Reconozco la
existencia de la calentura y del frenesí como enfermedad; no la reconozco como
negociacion.
La Francia gana una batalla en Cochinchina, y los
fondos suben. La misma Francia sufre un descalabro en Sebastopol, y los fondos
bajan. Y el francés, el hombre que ha nacido en este pueblo, el hijo de esta
madre, ve á su madre caida, y si la Bolsa lo requiere, vuelve
la espalda y la vende por tres ochavos. El caido se levanta luego, gana una
victoria en los campos de Italia, suena el cañon que anuncia el triunfo de
Solferino, y el francés que hace poco vendió á la Francia por tres ochavos, se
vuelve ahora y la ofrece un talego lleno de oro. No se lo da á la Francia, sino
á su juego, á su albur, á su egoismo. Ese es un juego que negocia con la
fortuna y con la desgracia de su país; con el honor y con las glorias de su
patria. No admito que se jueguen las lágrimas de una nacion; no puedo admitir
que se juegue con los conflictos de los hombres. No puedo admitir que se juegue
con el espíritu que busca un amparo bajo una corona de laurel, una corona
empapada tal vez en sangre, una sangre vertida quizá por un hermano del que
juega con aquella corona. ¡Tambien ha de ser un oficio del hombre el jugar la
palma del mártir! ¿Qué dejan al mundo, qué dejan á la vida, si no le dejan esa
palma! ¡Comercien en buenhora con la materia; comercien con todo lo del mundo;
pero que dejen al alma del hombre la metafísica poética de un laurel, la
metafísica poética de una gloria!
Dije y vuelvo á decir que eso no es comercio; esa
no es la inteligencia que une á las naciones, que funde las razas, que
establece la unidad del globo, la unidad del hombre, la unidad de la
naturaleza, la inmutable y santa unidad de Dios. Eso no es el comercio, el
conquistador universal, el universal revolucionario, encargado por la
Providencia de llevar, entre sus mercancías, el espíritu de tolerancia y
civilizacion á todos los países. Jugar no es comerciar; comerciar, no jugar,
debe ser el oficio del comerciante. Si su nuevo oficio consiste en un juego, lo
natural es que deje el nombre de comerciante, y tome el nombre de jugador.
Si aceptan el nombre, si se avienen á recibir el nuevo bautismo, con su
pan se lo coman. Un hijo mio no tomaria seguramente tal profesion, al menos
si mi hijo oyera la voz de su padre.
Ni estoy conforme con la palabra Bolsa,
ni con que la Bolsa tenga un palacio, ni con el juego que en el palacio se
verifica.
En este momento entra en mi habitacion D. Francisco
Javier de Mendoza, que ha llegado hace poco de Venezuela, y á quien conocí en
casa de D. José Segundo Florez. El lector me permitirá que dedique dos líneas á
estos dos nuevos personajes, que honrarán las páginas de mis humildísimos
apuntes.
Florea es un hombre metódico, reposado, silencioso,
observador, profundo: es un hombre de estudio, un hombre de letras, como si
dijéramos un sábio antiguo; pero con la ciencia de los modernos.
Javier de Mendoza habla con soltura, con elegancia,
con pasion. Se apasiona de todo lo que reputa bueno, y está apasionado de la
palabra: habla mucho y bien, discurre más que habla; imagina más que discurre;
calcula y proyecta más que imagina. El solo digiere mucho más con su
pensamiento, que veinte personas con el estómago. Llega al punto á donde se
dirige antes de partir. Tal es la fuerza con que su alma mide el espacio que le
separa del objeto que busca. Aquel espacio desaparece, lo devora, y antes de marchar
hácia su pensamiento, se encuentra á su lado. Este hombre es uno de los
caractéres más extensos que yo conozco. Hay en él cierta mezcla de galan y de
literato, de soldado y de artista, de diplomático y de banquero. Es un gran
taller, una gran oficina, en que cada uno de esos personajes trabaja, sin que
los obreros se incomoden.
Hablando de opiniones políticas, dice que él quiere
la igualdad de la riqueza y de los goces, no de la miseria y del martirio. Es
demócrata, pero quiere ir en coche. Tiene la democracia del sentimiento, y la
aristocracia del carruaje.
Si aspirara á que lo empleasen, su primer empleo
seria una cartera de ministro, ó una embajada de primer órden.
Si tuviese el don del colorido, si sintiese mejor
la forma artística, seria un genio; aún sin esas dotes, es un buen talento.
Pues he leido á mi amigo Javier de Mendoza lo
referente al palacio de la Bolsa, y al juego público denominado
así, y ha convenido en la impropiedad de aquella palabra, y en la impropiedad
del nombre de palacio, aplicado á dicho edificio. Por lo que hace
al juego, ha convenido conmigo tambien; pero me ha hecho notar que mis
opiniones acerca de este punto causarán escándalo entre ciertas gentes,
pudiendo hacer daño á la publicación de mi obra.
Pues aunque mi obra se hunda, y á mí me quemen,
contesté, digo y repito que no estoy conforme sino con las cosas cristianas, y
me parece que aquel juego no es cristiano. En medio de mis desventuras (que han
sido infinitas) debo al cielo la dicha suma de tener valor para decir á todo el
mundo la verdad de un modo decoroso, y la digo siempre, aunque me costara subir
al cadalso.
Departiendo despues amigablemente sobre el carácter
de esta maravillosa ciudad, hemos convenido en que no extrañariamos que el
mejor dia se levantara aquí un edificio suntuoso, con el título de PALACIO DEL
MERCADO. Tal es la comezon que tienen los franceses por relucir,
que no nos causaria sorpresa ciertamente que dieran un palacio á los conejos y
á las perdices; á la manteca y á los huevos; á las coles, á las patatas y á los
rábanos.
Se dirá que decimos esto con intencion de satirizar
á este país. No seré yo el que niegue que haya en nosotros algo de esa malicia
picaresca, con que se zahiere una cosa ridícula; algo tal vez de ese sabor
áspero que siente el español, cuando cata un manjar de nuestros vecinos; puede
que haya eso en nosotros, sin que nosotros lo sepamos, como sin saberlo
nosotros nos pican los mosquitos durante el sueño; pero esto no quita que en lo
que decimos haya un gran fondo de verdad.
Vayamos ahora al Palacio Real, cuya historia es más
breve y galante. Sepa el lector que durante el trascurso de algunos siglos, ese
palacio fué el centro espléndido de la coquetería parisiense. En ese jardin que
estoy viendo, la astuta cortesana se ofrecia á los espectadores con el traje
muy escotado, luciendo la espalda y el pecho, como si quisiese hacer gala de la
riqueza de sus incentivos, tambien de la riqueza su pudor. Digo riqueza de
pudor, porque si el que da mucho debe ser rico, aquellas cortesanas debian ser
muy ricas de decoro. Pero siendo el Palacio Real uno de los grandes prodigios
de la monarquía absoluta, claro es que al pasar aquel régimen, debió perder no
poco de su antiguo esplendor. En espacio es en lo que menos ha perdido, y tres
calles se han hecho á expensas de sus encantadores jardines; las calles de
Valois, de Beaujolais y de Montpensier.
Nada quiero decir de la arquitectura del Palacio,
porque los grabados que acompañarán á la obra, darán una idea más exacta que
todas las descripciones que yo pudiera hacer, y paso á su reseña histórica.
Richelieu, el cardenal más galanteador que la
historia conoce; el brazo derecho de uno de los reyes más galanteadores que la
historia conoce tambien; el gran ministro del gran Luis XIV; aquel cardenal más
grande que aquel rey; Richelieu, el prelado poeta, el poeta hacendista, el
hacendista político, el político filósofo, el filósofo magnate, levantó de pié
el Palacio Real. Despues, hubo de acudirle la memoria de los grandes tesoros de
que era deudor al pródigo cariño de sus reyes; aquellos tesoros debieron hurgarle
en la conciencia, se sintió herido; en una palabra, tuvo remordimiento, y dejó
el palacio á Luis XIII, que no pudo tomar posesion.
¡Cuántos secretos debe encerrar ese monton de
piedras! ¡Qué historia tan curiosa se pudiera escribir, si la mente del hombre
fuera capaz de arrancar al olvido aquellos secretos! Pero no digo bien; muchas
de las cosas que han presenciado esas paredes y esos pavimentos, no podrian
escribirse, porque hay en este mundo muchos arcanos que no pueden contarse.
Ese palacio fué el local más célebre, la casa
favorita de la aristocracia del siglo XVII y XVIII; el monumento de los
festines, de la galantería, del amor; una especie de templo ateniense, uno de
aquellos templos griegos que se consagraban á la hermosura, un trono en donde
se sentaba como reina la diosa Vénus.
En ese palacio habia un teatro, el más brillante de
toda la Francia, en el cual cabian holgadamente tres mil personas; habia una
capilla, cuyos ornamentos eran de oro macizo; una biblioteca magnífica; ricas
colecciones de pinturas, é infinitos retratos de hombres ilustres, de tal
manera que aquellos salones parecian más bien un campo santo histórico. El
palacio del Cardenal representaba el consorcio extraño de la cortesanía, de la
religion, de la ciencia y del arte: alcázar, iglesia, teatro, pinturas y libros.
Ana de Austria, reina de Francia y regente del
reino, habitó el palacio de Richelieu con sus dos hijos, á mediados del siglo
XVII en 1643, y en el mismo palacio tuvieron lugar las espléndidas bodas de su
hija con el duque de Orleans, hermano de Luis XIV, cuyo monarca lo cedió
despues á su hermano el duque, á título de infantazgo.
Ese mismo palacio sirvió de morada al regente, hijo
del duque de Orleans, y el alcázar fué menos alcázar que tálamo. Los libros y
los retratos de hombres ilustres, la ciencia y el arte, dieron lugar á los
brindis y á las orgias. Richelieu abrió paso á un príncipe, tristemente famoso.
Vino Luis Felipe, vinieron las libertades modernas,
y tendiendo á nivelarlo todo, el Palacio Real tuvo que caer, porque el Palacio
Real no era otra cosa que un gran desnivel de las antiguas aristocracias.
Hoy, una gran parte del fastuoso alcázar del siglo
XVII, se ha convertido en un bazar inmenso. Esta inesperada y maravillosa
trasformacion, presenta el espectáculo interesantísimo de una casta que
conquista á otra casta, de un fausto que sucede á otro fausto, de una pompa que
se pone en lugar de otra pompa. Ese gran bazar es el comerciante, puesto en
lugar del cortesano.
El que viva en el Palacio Real, no tiene precision
de salir de allí para proveerse de todas las cosas de la vida, desde el
panecillo que cuesta un sueldo, hasta la sortija que vale diez mil duros.
Aquello no es un edificio; es una gran exposicion; una ciudad; un pueblo.
Tres personajes que llenan la historia de la
humanidad, han pisado en un mismo siglo las escaleras de ese alcázar:
Richelieu, Luis XIV y Pedro el Grande.
El Palacio Real ha tenido sucesivamente los nombres
que voy á anotar.
Presten atencion mis lectores.
En sus primeros tiempos, se llamó:
Palacio de Richelieu y Palacio del Cardenal.
Bajo Ana de Austria, Palacio Real.
Bajo la revolucion, Palacio de la Igualdad.
Despues de la revolucion de Febrero, Palacio
Nacional.
Ultimamente, Palacio Real.
Ha servido de alcázar, de tribunado, de Bolsa, de
tribunal de comercio, y actualmente de Palacio y bazar.
Vamos al Luxemburgo, cuya historia es más breve
todavía, aunque no menos curiosa y picante. Digo picante, porque en todas las
creaciones de esta sociedad, hay algo que sorprende, que asombra; pero que
asombra y que sorprende, con una sorpresa y con un asombro que tienen un no sé
qué que provoca á la risa. Los franceses tienen un patético particular: es
mitad patético y mitad ironía: una criatura que llora y rie á un mismo tiempo.
En todos los países del mundo, las instituciones,
los sistemas, las leyes, asisten al entierro de generaciones y generaciones.
Aquí una generacion asiste al entierro de muchas leyes, de muchos sistemas, de
muchas y encontradas instituciones. Esta veleidad infatigable está reflejada en
casi todos los edificios públicos, en el Luxemburgo tambien, y por esto dije
que tiene una historia curiosa y picante.
Roberto Harlay de Sancy construyó un edificio, en
el terreno que hoy se llama Jardin de Luxemburgo, hácia el año de 1550, y
probablemente aquella fábrica se denominaria Hotel de Harlay.
Trascurridos treinta y tres años, en 1583, Piney de
Luxemburgo, duque opulento de aquella edad, compró y ensanchó el Hotel de
Harlay, conociéndose desde entonces con el nombre de Palacio de Luxemburgo.
Trascurren veintinueve años, María de Médicis lo
compra al Duque por veinte mil libras, levanta un edificio suntuoso, el que ha
llegado á nuestros dias, llamándose en aquella fecha Palacio de Médicis.
La reina María hizo donacion del Palacio al duque
de Orleans, su segundo hijo, y entonces se llamó Palacio de Orleans.
Despues lo compra la duquesa de Montpensier, Ana
María Luisa, la heroina de la Fronda, por quinientas mil libras.
Luego pasa á manos de la duquesa de Guisa y de
Alençon, en 1672.
Más tarde, á fines del mismo siglo XVII, en 1694,
fué propiedad de Luis
XIV.
Posteriormente Luis XVI se lo regaló al conde de
Provenza, que reinó despues con el nombre de Luis XVIII.
Por último, vinieron los tiempos revolucionarios, y
el antiguo palacio de Luxemburgo, el heredero de tantos reyes, de tantas
intrigas, de tantos misterios y de tantos conflictos, pasó á ser una finca
nacional.
Bajo la Convencion, se convirtió en prision de
Estado, á la cual fuéron conducidos Hebert, Danton, y otros célebres
personajes, incluso Robespierre.
Bajo el Directorio, el gobierno habitó el palacio
de Luxemburgo, y á las tinieblas de la cárcel sucede el brillo de un alcázar
deslumbrador, en donde Barrás, el aristócrata republicano Barrás, hizo alarde
de todo el fausto y de todas las dilapidaciones de la regencia. Entonces el
palacio de María de Médicis, tomó el nombre de Palacio Directorial.
Viene el 18 de Brumario, y el Palacio Directorial
se convierte en
Palacio de los Cónsules, habitándole Napoleon, hasta que fijó su morada
en las Tullerías. Entonces tomó la nueva denominacion de Palacio del
Consulado.
Bajo el imperio, el Palacio de los Cónsules se
torna en palacio de los
Senadores, y á la sazon se denomina Palacio del Senado.
Despues de la revolucion de Febrero, que echó por
tierra á Luis Felipe, el Palacio de Luxemburgo abrió sus puertas á Luis Blanc,
que explicó allí el socialismo á los obreros.
De modo que ha sido alternativamente Palacio de la
Monarquía, del
Directorio, del Consulado, del Senado, cárcel y cátedra socialista.
Visitemos ahora el cuartel de Inválidos.
No lo debo ocultar. Al coger la pluma para
describir este grande osario de la guerra, experimento cierta emocion de
religiosidad, cierta intencion solemne, cierta uncion histórica, si así puede
decirse.
El actual cuartel de los Inválidos fué obra del
gran rey. Así llama
Francia á Luis XIV.
Las ciento treinta y tres ventanas que decoran su
fachada principal, dan al edificio un aspecto grave, reposado, claustral,
respetuoso. Así debia ser la fachada del palacio de la Caridad.
El conjunto del edificio comprende un espacio de
treinta y cinco á cuarenta mil varas. Tiene tres pabellones, uno central y dos
laterales, y cuatro pisos de elevacion. Puede alojar á cinco mil hombres.
La puerta principal da á un buen vestíbulo,
circuido de columnas jónicas, que sostienen un grande arco, orlado de trofeos
militares. Este vestíbulo conduce al patio que se llama de honor,
cuya longitud no bajará de ciento cuarenta á ciento cincuenta varas, sobre
setenta de latitud. Es un patio régio, verdaderamente aristocrático; pero de
una aristocracia tranquila, desnuda, humilde; la aristocracia de la extension y
de la sencillez; casi una aristocracia del cristianismo. El grupo de caballos
que exorna cada uno de los cuatro ángulos, da al patio en cuestion no poca
fuerza y majestad.
Antes de hablar de las cosas grandes que hay
dentro, diré dos palabras de una cosa muy bella que hay fuera, en lo alto del
edificio, recibiendo la luz del sol y de las estrellas. Aludo á la media
naranja de los Inválidos. Esta media naranja con sus tres cúpulas, una de las
cuales, la de los Bienaventurados, tiene un diámetro de veinte á veinte y cinco
varas; con su pórtico, con sus estátuas, con su columnata circular, con sus
doce ángulos dorados, con sus trofeos brillantes, con su rica veleta, es una de
las creaciones artísticas más acabadas que yo he visto. Al ver la cúpula de los
Inválidos, experimento lo que experimenté cuando ví por primera vez la sublime
Concepcion de Murillo. Parece que hay algo que está nadando sobre nosotros, que
nos coge por los cabellos y nos lleva hácia arriba. Esa arquitectura, como
aquel cuadro, tiene un espíritu que nos enaltece, que nos eleva, y esto me
convence de que no hay arte en donde no hay esa belleza íntima, impalpable,
invisible, espiritual; esa exhalacion, esa chispa, esa esencia, ese poco de
aroma sutilísimo que se quema en el interior de nuestra alma. No; no hay
belleza sin metafísica; no hay arte sin espíritu; no hay flor aromática sin
aroma. El arte, el arte verdadero, el arte profundo y caritativo de aquella Concepcion
y de esa cúpula, es un Dios que habla al mundo por boca del hombre. Cuando se
hallan creaciones semejantes, el arte se convierte en una especie de
revelacion, y se le adora. Sí; yo adoro esa cúpula; yo adoro la pintura que se
custodia en un palacio que veo desde aquí. Puesto delante de la Concepcion, yo
adoro á Murillo. Puesto delante de la cúpula de los Inválidos, adoro á Mansard,
sea ó no sea francés. Si Mansard fuese la Francia entera, yo adoraria toda la
Francia.
Mansard fué el arquitecto de Versalles, uno de los
mayores héroes que contribuyeron á la grandeza y á la gloria de Luis XIV. Sin
embargo, creo que más que el alcázar de Versalles, vale la cúpula de los
Inválidos. Creo que Mansard es más grande, mucho más grande, en esa cúpula que
en aquel alcázar.
Cuando aparto los ojos de esa media naranja, siento
pesar. Es esbelta, atrevida, grandiosa. Parece que es capaz de fe y de
esperanza; parece que cree en Dios. Esto hará reir á mis lectores, pero es la
expresion genuina de lo que siento. ¡Salud, Mansard!
Indicado lo bello que hay fuera, vamos á lo grande
que hay dentro.
Ya nos tiene el lector recorriendo este grande
cementerio de muertos que andan. Á pesar de tantos trofeos y de tanto
esplendor, aquí se respira la idea de la muerte. Por eso el cuartel de los
Inválidos es el edificio más imponente, más grande de Paris. No es el más
grande por el conjunto de la piedra, por el arte de la arquitectura, sino por
el sentido del establecimiento, por la índole de la institucion. Este cuartel
es la casa cristiana de lo que unos llaman heroicidad, de lo que otros llaman
barbarie; pero de todos modos, es casa cristiana, porque la caridad es tan
vecina de todos los países, que lo mismo puede ejercerse con los héroes que con
los bárbaros. Además, hay otra circunstancia que favorece más la idea de que
visitamos un cementerio, de que asistimos á un cortejo fúnebre. Al ver tantos
cañones, tantos grupos de naciones vencidas, tantas banderas, tantos trofeos,
parece que vemos pasar delante de nosotros una procesion de esqueletos
ensangrentados. Pero, en fin, el hombre que ahí duerme; el hombre enterrado en
esa tumba que vamos á ver; ese hombre que queria trastornar el siglo XVIII y el
siglo XIX; que los trastornó hasta cierto punto, como una tempestad trastorna
la atmósfera; el cautivo de Santa Elena, que habló tantas veces por boca de
esas culebrinas, habló tambien más de una vez por boca de la inteligencia;
estos cañones anunciaron un pensamiento, y el pensamiento es un conquistador de
tan alta estirpe, que hay que perdonarle muchas faltas. Más valen los errores
de la inteligencia que los aciertos de la ignorancia, porque detrás de la
primera siempre queda un rastro luminoso, como detrás de un astro queda su
disco, mientras que detrás de la segunda queda algo oscuro, como detrás de una
tormenta queda siempre un celaje.
Penetremos ahora en la capilla de San Gerónimo. No
hay nadie. Un silencio profundo reina en la iglesia, que fué el sepulcro
provisional de Napoleon, cuando trageron sus cenizas de Santa Elena, en 15 de
Diciembre de 1840, entre la salva del agradecido cañon de
Inválidos, y una pompa, y un regocijo, de que apenas se encontrarán ejemplos en
la historia del mundo. Acerca, de ese regocijo y de esa pompa, algo se pudiera
decir. ¡Qué calamidad la del pueblo francés! Adorar hoy para quemar mañana;
quemar ayer para adorar hoy. Pero estamos en la capilla de San Gerónimo, en lo
que fué tumba de un cautivo, un cautivo que ese pueblo adora, y ante la sagrada
veneracion que un pueblo profesa á un gran cadáver, debo callar.
A través del sarcófago provisional, en que se
depositaron los restos de
Bonaparte, se puso la espada que el muerto habia legado al general
Bertran, y el sombrero que llevaba en Eylau, dado por el mismo al baron
Gros.
Seguimos hácia el fondo. Detrás del altar mayor,
hay una escalera de mármol, que conduce á una cripta, ó bóveda subterránea, en
donde se custodia una sepultura. Bajamos por aquella escalera, hasta llegar á
la puerta de la cripta. Esta puerta es de bronce, y está como guardada por dos
figuras colosales, que representan el poder civil y el poder militar. Aquellas
estátuas inmóviles y silenciosas, parecen dos testigos del otro mundo. En la
parte superior de la puerta de bronce, se leen estas palabras:
«Deseo que mi polvo repose cerca de los bordes del
Sena, en medio de ese pueblo francés, que yo he amado tanto.» Estas palabras
son del mismo Napoleon.
La puerta se abre, y penetramos en un vestíbulo que
encierra los sepulcros de Bertrand y Duroc. Luego pasamos á la sepultura de
Bonaparte.
Napoleon, en el arco del Triunfo, es un canto.
En la capilla de San Gerónimo, es una plegaria.
En esta sepultura es una sombra.
Doce figuras colosales rodean las cenizas del
Emperador. Este enorme grupo parece ser como un jurado de la historia. La tumba
es de granito y pórfido, sin ornamento alguno. Este es el mejor ornamento.
Aquella desnudez es grande, solemne, religiosa. El espíritu que nos domina al
mirar la cúpula, el espíritu que hay allí, ha bajado á este panteon, y ha
enterrado ahí un poco de polvo, sin otro ornato ni otra esplendidez que el
polvo mismo.
¿Qué ornamento mayor puede darse á un sepulcro que
la ceniza que contiene? ¿Qué mayor monumento puede darse al mar, que el inmenso
líquido que inunda sus playas?
Esto me parece muy bien. Salgo complacidísimo. Esta
bóveda, este subterráneo, esta sepultura escondida, no olvidada, es un digno
sepulcro de Napoleon. Es la caridad noble, sencilla, humilde y fervorosa que
debe tributarse al genio. Si alguna pompa, si algun fausto, si alguna
esplendidez debe haber aquí, está ahí dentro, entre las cenizas de ese hombre,
entre los arcanos de esa memoria. La historia, no la piedra, es el panteon de
los grandes hombres.
Pasamos luego á una especie de cueva, que está
enfrente de la puerta de entrada. Una sola lámpara alumbra este recinto. Entre
una atmósfera indecisa de luz y de sombra, distingo un objeto, tendido á lo
largo. Es una espada de Bonaparte: la espada de Austerlitz.
Dije que Napoleon, en el arco del Triunfo, era un
canto; en la capilla de San Gerónimo, una plegaria; en la cripta, una sombra.
En esta cueva, en esta cueva casi sublime, es una vision. ¡Qué elocuencia tan
irresistible tienen las sombras! ¡Qué patético tan elevado tiene la oscuridad!
Al ver aquella espada, alumbrada á medias por
aquella lámpara fija, cuya luz no tiene otra oscilacion que la que la produce
nuestro aliento; al ver aquel testigo mudo de tanto estruendo, de tantas
luchas, de tanto heroismo, de tanto entusiasmo; de tanta crueldad y de tanta
gloria, el corazon se oprime, y apenas podemos respirar.
Al ver esa lámpara, á la luz de ese fuego sombrío,
parece que vemos á Napoleon, sentado en la arena de su destierro, con el codo
apoyado sobre una roca, con la frente puesta sobre una mano, contemplando la
inmensidad del mar, que lo separaba de aquel mundo que él habia concebido, de
la otra inmensidad que él habia soñado. Si la Inglaterra entera hubiese podido
caber en el corazon de aquel hombre, la Inglaterra entera se hubiese quemado.
Del fuego que ardia en aquel corazon, brotó una chispa, y esa chispa quemó una
página de la historia del pueblo inglés. Napoleon es una página quemada de
aquella historia.
Al juzgar el pasado en los libros, la conducta de
la Gran Bretaña se nos presenta como una crueldad; juzgando aquí, aquella
conducta es un remordimiento; un remordimiento para esa nacion, que no se puede
definir; misionera hoy, pirata mañana, siempre temible, formidable siempre.
Visto Napoleon en esta pobre cueva, puede decirse
que es más grande muerto que vivo.
Al salir, di al inválido que me acompañaba una
moneda de veinte francos. No la quiso. Le insté; no la quiso. Volví á instarle,
casi le supliqué; no la quiso. Esto no se encomia con palabras. Aquel viejo
soldado (¡cuántas veces habrá llorado por su Emperador!) tiene conciencia de la
morada en que vive; tiene conciencia de lo que vale la tumba que guarda. El
creerá que el Napoleon que allí tiene, vale mucho más que los cuatro napoleones
que yo le daba, y cree muy bien. ¡Salud al viejo, al noble, al digno veterano!
Durante la revolucion, el cuartel de los Inválidos
tomó el nombre de
Templo de la Humanidad.
Bajo el imperio, se denominó Templo de Marte.
Ir de la humanidad á Marte, es como ir de la Vírgen
á las Sibilas, ó del Evangelio á la fábula. Aquí el monte Olimpo se puso sobre
el monte Calvario, el alfanje sobre la cruz. De este modo la veleidad febril de
los franceses ha estampado su huella, hasta en ese gran monumento, que basta y
sobra para la honra de una nacion, y de una nacion grande. He aguardado á decir
esto en la calle, léjos de la tumba de Napoleon, léjos de la capilla de San
Gerónimo.
Pero, mi querido lector, ahora me acuerdo que, al
hablar del palacio de
Luxemburgo, he omitido un detalle que pertenece á estos apuntes.
Cerca de aquel palacio, se ve un edificio algo
sombrío, casi oscuro; una casa que parece un castillo feudal, cuyo nombre le
cuadra perfectamente, no tanto por lo negruzco de sus piedras, como por lo que
tiene de misterioso, de galante y de aventurero. Lo mandó edificar el poderoso
cardenal de Richelieu, que fijó en él su residencia, hasta que terminaron el
Palacio Real. Posteriormente, esas paredes silenciosas dieron alojamiento á un
huésped más ilustre aún. Bonaparte, elevado á primer Cónsul, habitó ese palacio
durante seis meses. Fué su morada el entresuelo de la derecha, entrando por la
calle de Vaugirard. En aquel entresuelo habia una puerta secreta, la cual daba
paso á una escalera misteriosa. Por aquella escalera se subia al piso
principal, en cuyo piso vivia una mujer hermosa, muy hermosa y muy desgraciada,
porque el llanto es el aura que la mujer respira en los alcázares, como si Dios
quisiese castigar el vicio del fausto. Á dicha mujer podian aplicarse los
versos siguientes de un célebre poeta italiano:
Una cautiva que
nombrarte temo,
Cautiva con el nombre de señora;
Una mujer bellísima en extremo
Porque es muy bella la mujer que llora.
Habia resuelto no nombrarla, para no profanar un
sepulcro lleno de misterios y de dolores; pero no quiero dejar á los lectores
con esa intranquila curiosidad. Aquella mujer era Josefina.
La visita de los Inválidos me deja sin aliento para
emprender la descripcion de Santa Genoveva. Esta descripcion será la tarea de
otro dia, porque no debo ser mezquino con un monumento tan espléndido. La
historia de su orígen es una página bellísima de la historia del hombre, y
necesito reposarme un poco. Cuando el objeto que tiene que mirarse está muy
alto, hay que pararse para levantar la cabeza. Permítame el lector que yo alce
la frente procurando dominar con los ojos del alma la cúpula grandiosa de ese magnífico
panteon, y luego le diré lo que mi pobre pensamiento ha podido ver y adivinar.
Hoy terminaré con algunas curiosidades. He leido en
un periódico, que una casa noble de Madrid ha dado un banquete, cuyos manjares
y aderezos han sido encargados á esta ciudad. El convite se da en la corte de
España, y la corte de Francia envia los platos. ¿Cómo se llama esto? ¿Qué
nombre debe dársele? He pensado durante más de cinco minutos sobre el
particular, y no se me ocurre cómo bautizar al recien nacido, ¿Es antojo,
rareza, extravagancia, ridiculez, lujo, pompa, locura, dilapidacion? No; no es
nada de eso separadamente; lo es todo junto, con más otra cosa que no se puede
definir, que acaso no se puede imaginar.
Cada cual se gasta el dinero como quiere, se dirá
por algunos moralistas á la violeta. Yo contesto que cuando cualquiera gasta su
dinero de una manera loca, tiene que avenirse á sufrir la nota de locura, como
cuando lo gasta en vestirse de un modo ridículo, tiene que sufrir que se burlen
de su ridiculez. Yo contesto que nadie es dueño de su dinero, ni de un grano de
arena, ni de la hoja seca de un árbol, ni del aliento de su boca, para hacer
despropósitos y sandeces; nadie es dueño de nada para abusar, porque nadie
tiene el poder de cometer absurdos. Nadie, absolutamente nadie, ni ricos, ni
reyes, ni pontífices, ni emperadores, ni sultanes, son dueños de una cosa para
contradecir el dogma de la moral y de la razon, para usurpar á la Providencia
el sublime misterio con que gobierna el mundo. Ante la idea del deber no hay
más que una alcurnia; la alcurnia de lo bueno, de lo discreto, de lo justo, y
ante esa alcurnia de la conciencia universal, nadie es personaje para dar
banquetes extravagantes y risibles, haciendo gala de un orgullo tonto. ¡Gasta
su dinero! ¡Su dinero es suyo! Esto responden siempre los adoradores
del señorío feudal. ¡Argumentacion peregrina! Segun esa filosofía, tambien el
que abusa de la fuerza podria decir: ¡es mi fuerza! Y el que abusa de su
entendimiento, podria decir: ¡es mi entendimiento! Y el que abusa con su
avaricia, podria decir: ¡es mi avaricia! Y el asesino que abusa de un puñal,
podria decir del mismo modo: ¡es mi puñal! ¡No, mil veces no! Los ricos no son
dueños de su dinero, el dinero no es suyo, para dilapidarlo, como nadie es
dueño de un cuchillo para asesinar, ni del entendimiento para argumentar
falsamente, ni de la fuerza para oprimir al débil, ni de la avaricia para dejar
secas las entrañas del pobre.
¡Es mio! Eso no significa nada, cuando se
obra contra la ley sagrada del deber. Tambien la hipocresía es del hipócrita, y
la maldad es del malvado, y el adulterio es del adúltero, y las traiciones son
del traidor.
¡Es mio! No, no es tuyo, para levantarte
contra Dios, contra la creacion y contra el hombre. Para eso no tenemos nada;
para eso todos somos mendigos.
¡Qué desocupada tendrá la cabeza esa familia noble
de Madrid, que da un convite, y encarga á Paris los aderezos y los manjares!
¡Qué poco tendrá en que pensar! ¡Pobre gente! Esa familia creeria que iba á dar
una campanada de buen tono en el mundo, que iba á inmortalizarse con un
escándalo de alta escuela, y no sabe que un escritor oscuro y desgraciado le
tiene lástima. ¡Cuánto más valdria que los miles de duros dilapidados en ese
festin, se hubieran empleado en enjugar las lágrimas que circundarán aquella fastuosa
vivienda, lágrimas que habrán visto aquel convite con espanto!
Paso á otra curiosidad. Cuando de regreso á la
fonda, cruzábamos la esquina de nuestra calle, nos dimos de cara con Luisa.
Como que la mirada de los tres fué un relámpago, no pude adivinar la emocion
que la habia causado nuestra presencia. No me atrevo á decir que adivino
aquella emocion, porque los secretos del alma son muy difíciles de adivinar.
Distábamos ya de la esquina quince ó veinte pasos, y aunque estábamos
segurísimos de que no podiamos verla, volvimos el rostro. Otro tanto habrá
hecho Luisa.
Al pasar tocando con nosotros, su vestido rozó
instantáneamente por mi pantalon, y sentí un estremecimiento convulsivo. Si yo
fuese jóven y soltero, llegaria á enamorarme frenéticamente de esa mujer; esa
mujer podria tiranizarme. Siendo viejo y casado, cuando apenas me queda otro
resto de vida que la esencia divina de la voluntad, amando como amo á mi mujer,
casi me siento apasionado de nuestra vecina, menos por su belleza que por su
infortunio. Á medida que vivo y que observo, me voy convenciendo de que la
poesía más irresistible es la del dolor.
Paso á la tercera curiosidad. En la calle de
Lepelletier vive un ruso, el cual tira todos los dias á la calle media talega
de napoleones. El buen señor pasa media hora arrojando puñados á los
transeuntes; muchachos, menestrales y mujeres del pueblo se agolpan á coger las
monedas; al verlos reunidos en un punto, arroja un puñado en otra direccion;
todos corren, se chocan, se apiñan, gritan, riñen, pelean, exclaman, se
insultan, se agarran, y el ruso se divierte. Yo ignoraba que en Rusia se
divertian de este modo.
Algun lector tendrá deseo de preguntarme: y ¿qué te
parece más risible, la costumbre de ese hijo del polo, ó el convite francés de
la familia de Madrid? Creo que el convite de la familia de Madrid es una
dilapidacion imbécil, una plétora de vanidad y de tontería. Creo que la
costumbre de tirar diariamente á la calle media talega, es una diversion no
vista, un entretenimiento díscolo, una limosna bárbara, rusa, vecina del
Cáucaso; pero al fin y al cabo es una limosna, y muchos infelices comen con
aquella manía. Triste es, muy triste, que un hombre medio loco socorra á
semejantes suyos, divirtiéndose á costa de la miseria de su prójimo; pero es
muy triste todavía que se despilfarren miles y miles de onzas de oro,
encargando manjares y bicocas á Paris, cuando España es la tierra de los
manjares.
Lo del ruso es más extraordinario.
Lo de la familia de Madrid es más necio.
El ruso se divierte á sí mismo.
La familia de Madrid divierte á todo el mundo.
El ruso nos prueba que tiene mucho oro.
La familia de Madrid hace ver que tiene muchos
humos en la cabeza.
Si todo el mundo estuviese compuesto de rusos, como
el de la calle de Lepelletier, y de familias, como la del convite de Madrid, la
humanidad ofreceria seguramente un espectáculo muy curioso.
Vamos á la última novedad. Los periódicos anuncian
la llegada á Paris de un banquero español muy célebre; el más célebre de
nuestro país, quizá el más célebre de todo el mundo: D. José Salamanca. Un
amigo me dice que debo hacer un paralelo entre Salamanca y el judío Rothschild,
y me ha parecido muy bien la idea.
El dia de mañana comprenderá la visita de Santa
Genoveva, y la comparacion entre aquellos dos grandes ídolos de nuestros
tiempos.
=Dia trigésimo primero=.
Santa Genoveva.—Rothschild.—Salamanca.—Invitacion.—Nuevas
curiosidades.
La historia del Panteon nos espera. Estamos en el
siglo quinto de la era cristiana. El célebre Pelagio difunde por toda
Inglaterra su herejía, la cual amenaza turbar las verdades fundamentales de la
Iglesia católica. San German de Augerre y San Loujo de Troyes parten en el acto
para la Gran Bretaña, con el pensamiento de combatir el famoso cisma, pasando
por Nauterre, pequeña ciudad que se halla á pocas leguas de Paris. A la llegada
de los dos santos, toda la ciudad se reunió en la plaza, como para oir y admirar
la palabra de aquellos virtuosos varones. San German habla á la multitud, y en
medio del profundo silencio y de la profunda veneracion con que le escuchaban,
se oyen sollozos.
San German calla, las gentes se miran, se
interrogan, buscan…. La que lloraba era una muchacha de Nauterre.
El santo se abre paso á través de la multitud, se
aproxima á la jóven, que aún no podia contener las lágrimas, y la pregunta:
—¿Por qué lloras?
La pobre muchacha que se ve cerca de aquel gran
santo, que oye su pregunta, temblaba y lloraba al mismo tiempo, y con mucha
prisa, tal vez con vergüenza, se enjugaba las lágrimas; pero sin poder dejar de
llorar.
—¿Qué tienes, hija mía? volvió á decirla el piadoso
viajero, dando más dulzura á su palabra y á su ademan. La muchacha, con el
rostro encendido, llorando todavía á despecho suyo, balbuceó:
—Quiero ser monja.
—¿Sabes, repuso San German, los sacrificios, las
virtudes, el olvido y la fe que te reclama el estado á que aspiras?
—Yo no sé nada, contestó la muchacha, turbada aún.
No sé más, sino que deseo vivir para mi Salvador. Y diciendo esto, se puso de
rodillas, y besó la mano á San German.
El santo le dió su bendicion, y una medalla de
metal, en que estaba esculpida la efigie de Cristo.
Los misioneros parten, Nanterre los saluda con
gritos de fervor, y la muchacha quedó allí. Es probable que allí viviera
oscuramente durante algun tiempo; pero no estaba sola. La fe es una grande y
poderosa compañera. Por fin, la muchacha en cuestion deja su pueblo, su casa y
su familia, buscando una familia, una casa y un pueblo más grande. Inútil es
decir que los halló: el genio lo halla todo.
Pasan algunos años. El rey de los Hunos, el azote
de Dios, el formidable Atila, se dirige á Paris. Aterrorizada la ciudad, al
tener noticia de que llegaba el Neron del Norte, todo el mundo se disponia á
salir, dejando sus casas en manos del saqueo, de la profanacion y de la
barbarie. He dicho todo el mundo, y esto no es exacto. Una mujer, una mujer
sola, débil, desconocida, pobre, descalza, con un cordon á la cintura, con los
cabellos sueltos por la espalda, con los ojos inflamados, con la mano derecha suspendida,
mostrando una medalla de cobre, recorria las calles de Paris, apostrofando á
unos, consolando á otros, exhortando y animando á todos.
—¡No temais, no temais! El cielo vela por la
ciudad.
Esto gritaba aquella mujer, y luego corria, y
volvia á gritar, y corria nuevamente, y en todas partes se encontraba.
No hay medio posible: ó es una santa, ó una loca.
Paris se detiene, cobra fe, prepara la defensa,
espera al salvaje conquistador. Atila no tomó la ciudad.
Despues de Atila viene Meroveo, y pone á Paris
estrecho sitio. El hambre diezmaba á los sitiados que se contemplaban unos á
otros silenciosamente, y en sus rostros escuálidos se veia escrita la terrible
sentencia: ó entregarse ó morir.
Una mujer recorre las murallas.
—Que me sigan doce guerreros de vosotros, grita, y
doce guerreros la siguen.
Aquella mujer encuentra víveres en las ciudades de
Arsi y de Troyes, y
Meroveo no tomó á Paris.
Pasan cuatro siglos. Los normandos asedian la
ciudad. En el momento en que el enemigo daba el asalto, el ataud que contenia
el polvo de una mujer, recorre en procesion las murallas. Al mirar entre ellos
aquel ataud, los parisienses gritan de entusiasmo y de júbilo, como si viesen
venir en su auxilio á un ejército numeroso y triunfante. Los normandos no
tomaron tampoco á Paris.
La mujer que salvó á los parisienses de Atila y
Meroveo con su palabra y con su fe; la que los salvó de los normandos con su
ataud; aquella mujer que salvó á un pueblo con un puñado de cenizas, cuyo polvo
fué más poderoso y más valiente que la pica de los guerreros, era una muchacha
llamada Genoveva; la misma muchacha que rompió á llorar, oyendo la voz de San
German de Augerre; la misma á quien dió el santo la medalla de cobre con la
efigie del Salvador; una muchacha á quien Nauterre llama hija, á quien la Iglesia
llama santa, á quien Paris llama Patrona, á quien yo llamo un nobilísimo
carácter histórico.
De la reseña que acabo de hacer, viene ese
monumento que visitamos.
El rey Clovis, cediendo á las instancias de Santa
Genoveva y de la reina Clotilde, levantó una iglesia, dedicada á San Pedro y
San Pablo, en el monte llamado Lucotitius, que dominaba al antiguo Paris.
En aquella iglesia fuéron sepultados los restos de
la Santa, á quien Paris debió tres veces su salvacion, y la fe y la gratitud
que inspiraba aquel nombre, hizo olvidar la primitiva advocacion de los santos
apóstoles. La veneracion pública dió al templo de Clovis el nombre de Santa
Genoveva. Vienen los normandos en el año 887, y la iglesia de Santa Genoveva
fué presa de las llamas. En el siglo XII se reconstruyó; pero en el XIV
amenazaba ya ruina, y hasta el XVIII no vió Paris alzarse ese magnífico monumento.
Lo principió Luis XV, y hago mérito de esta circunstancia, porque quien da su
nombre á un monumento de tal tamaño, tiene positivamente derecho á que la
posteridad no lo olvide.
Cuando se desemboca á la plaza del Panteon, la
fachada de aquel gigantesco edificio viene á cautivar deliciosamente el ánimo
del que lo contempla. Un monumento como el que tengo delante, se contempla, no
se mira. Compónese aquella preciosa fachada de una galería y de un gran
pórtico, imitacion del Panteon romano. Tiene veintidos columnas estriadas de
órden corintio, de veinte metros de elevacion, y dos de diámetro, sosteniendo
un fronton triangular de una longitud de treinta y tres metros, sobre una
latitud de siete si son exactos, como creo, los informes que aquí nos dan. El
arte ateniense tiene el genio de hacer que el mármol sea casi aéreo, casi
vaporoso, y eso se nota aquí. Parece que esas columnas y ese enorme fronton se
mueven, parece que se disponen á partir, á dejar la tierra, como cuando un
pájaro levanta la cabeza y agita las alas, en actitud de querer volar.
El plan general de ese atrevido monumento, de esa
altísima concepcion, representa una cruz latina. La componen cuatro naves,
poderosamente dominadas por una sola cúpula, que se alza en el centro. Todo el
edificio comprende un espacio de ciento trece metros de longitud, ochenta y
cinco de latitud, y ochenta y tres de altura.
La linterna circular, rodeada de doce columnas, que
corona elegantemente todo el edificio, estará a una altura de ciento cuarenta á
ciento cincuenta metros.
Para ir desde la planta baja á lo alto de la
cúpula, hay que subir cuatrocientos setenta y cinco escalones.
Cuando llegamos á una gran baranda de hierro que
circuye lo alto de la cúpula, el ingeniero que me acompañaba (ya mis lectores
le conocen), se empeñó en que yo tenia que asomarme, echando fuera una buena
parte del cuerpo, á fin de dominar el enorme cóncavo de la media naranja, y las
lejanas naves y paredes del monumento. Yo experimentaba que mi cabeza se
deprimia por instantes; sentia que una mano de bronce me aplastaba la frente;
ya me creia rodando por aquellas extensas y horribles bóvedas; horribles me parecian
á mí, pues miraba en ellas el vacío lóbrego y misterioso de una sepultura. En
fin, á despecho mio, arrostrando con cierta vergüenza la nota de cobarde, con
que queria picarme el compañero, eché á huir hácia la escalera, casi dando
chillidos y con los cabellos erizados. En mi vida me he creido más fuera del
mundo. Me parecia que era propiedad de un mago, de un duende, de una bruja.
El ingeniero que me vió huir, echa detrás de mí
como un rayo y me coge por los hombros, cuando yo no habia ganado todavía la
escalera. Aquí fuéron mis grandes apuros; sudaba como un pollo; balbuceaba
palabras interrumpidas, porque no podia hablar, y Dios sabe el esfuerzo que
tuve que hacer sobre mi convulsion nerviosa, para no gritar pidiendo auxilio,
como si me viera rodeado de asesinos ó de ladrones. ¡Qué sábia ha sido mi
mujer! decia yo para mí. ¡Cuándo me veré en donde está ella! Mi mujer no quiso
subir, y esperaba abajo. El ingeniero me coge por los hombros, tira hácia
atrás, casi me arrastra, y como quien maneja un cadáver, me lleva á la baranda,
me inclina el cuerpo, me baja la cabeza y me obliga á mirar, mientras que mis
manos estaban asidas fuertemente á los hierros. ¡Es un espectáculo maravilloso!
exclamaba con cierto frenesí de artista, un frenesí que le hacia muchísimo
favor, que le honraba en extremo; pero que yo no podia comprender, mucho menos
que comprender, venerar; y mucho menos que venerar, aplaudir. Yo dejé caer la
cabeza sobre la baranda como un muerto, cerraba los ojos como para no
desvanecerme; pero era inútil. Todo rodaba; todo me circuia dando vueltas en
una confusion diabólica. No sé si porque ví algo al cerrar los ojos, ó por una
adivinacion incomprensible del fluido eléctrico que me volvia loco: más claro,
no sé si porque ví algo con mis ojos ó con mi gran miedo, me parecia estar
mirando aquella formidable concavidad, al mismo tiempo que me imaginaba dando
vuelcos por aquella region, muy maravillosa, muy sorprendente; pero muy vacía.
¡Dios le pague al buen ingeniero la excelente intencion con que obraba; pero se
acabó el ir con él á la visita de ningun monumento que tenga más de un piso! Yo
no puedo significar lo que padecí, las crueles angustias que pasé, las
extravagantes y monstruosas visiones que se apoderaron de mi imaginacion. El
ingeniero, que arrebatado del entusiasmo de su noble oficio, no veia que yo
estaba medio difunto, me preguntó con aire orgulloso qué me parecia. Yo me apresuré
á manifestarle que me habia parecido asombroso, que estaba lleno de admiracion
y de regocijo, que no lo olvidaria en mi vida (era la verdad), y diciendo esto,
y estudiando sus ademanes, me dirigia á la escalera. Luego que bajé el primer
tramo, dí un suspiro, y saltaba los escalones de dos en dos, temeroso sin duda
de que el ingeniero viniera á cogerme segunda vez. ¡Oiga usted! ¡Venga usted
aca! me gritaba desde arriba. ¡Verá usted un grupo magnífico! Yo saltaba antes
los escalones de dos en dos; ahora los saltaba de tres en tres, contestándole
al mismo tiempo: sí, señor, un grupo muy magnífico, allá voy, espéreme usted, y
miraba hácia bajo, para ver si faltaba mucha escalera. Creí no llegar; hasta
sospeché que habia equivocado el camino y que marchaba hácia las nubes. Por fin
llegué, por fin pisé tierra, por fin ví á mi mujer que ya estaba impaciente, y
que me pareció sumamente hermosa. Me figuré que veia una divinidad.
El ingeniero estuvo por allá una media hora. Entre
tanto, en union de mi compañera, visité el interior espléndido de esto que no
sé cómo denominar: si necrópolo ó templo, si protesta ó fe, si reliquia ó
profanacion, si monte Calvario ó Roca Tarpeya.
Frescos brillantes, fastuosos, casi lascivos;
apoteosis de Bonaparte, hombres ilustres de la república y del imperio;
Fenelon, Malesherbes, Mirabeau, Voltaire, Rousseau, Lafayette, Carnot, Manuel,
Monge, Laplace, David, Bichat, Lagrange: es decir, allí está todo lo que debe
estar en un arco de triunfo, en una academia, en un teatro, en un cementerio,
en un museo, en un alcázar: no hay nada de lo que debe haber en una iglesia:
victorias, apoteosis griegas, pinturas romanas, la libertad, el genio, el valor,
la ciencia, la historia; guerreros, teólogos, protestantes, cismáticos,
realistas, republicanos, poetas, cirujanos, matemáticos, críticos, filósofos,
inventores; todo eso he visto allí: no he visto un santo. Sin embargo, esto que
visitamos, esto que vemos, este resplandor que nos ofusca, que nos fascina, es
un templo católico. En un templo católico están Voltaire, Rousseau, Diderot y
otros compañeros de la Enciclopedia: no están Bossuet, Bourdaloue, Flechier,
Masillon. Ya lo he dicho en otro lugar de estos apuntes, pero hay cosas tan
raras y originales, que no basta decirlas una vez.
Este edificio, como la Magdalena, es una cosa santa
sin santidad: es una santidad á la fuerza, mandada guardar y cumplir como ley
de Estado, á la manera del Jehovah hebreo. Todo es Dios en esta irreverente
iglesia, menos Dios: todo es iglesia, menos la iglesia. Los franceses deben
estar muy satisfechos de esto, porque, realmente, esto es muy francés.
Muchos franceses creen (yo lo he oído) que el
Panteon parisiense es de un mérito superior á la Basílica Romana. Me parece que
esta opinion es una lisonja con que se adula el espíritu nacional. Al comparar
estas dos grandes páginas de la historia del arte, no debemos remontarnos á la
poesía de los templos, porque el Panteon no lo es. Hablarémos de los edificios;
es decir, de la piedra.
Santa Genoveva, obra de un solo hombre, realizacion
de un solo pensamiento, tiene más unidad, más simetría, más órden.
El Vaticano, en donde cada siglo pone muchas
estátuas, tiene infinitamente más fecundidad, más grandeza, más galanura, más
esplendidez.
En el Panteon hallamos más escuela, más
regularidad: si se quiere, más sabiduría.
En el Vaticano admiramos más arte, más creacion,
más genio.
Si el Panteon es un edificio, el Vaticano es un
monumento.
Si el Panteon es un monumento, el Vaticano es una
maravilla.
En Santa Genoveva reina Soufflot: el puritanismo
aleman.
En la Basílica de San Pedro, reina Miguel Angel: la
magnificencia italiana.
En Santa Genoveva se admira al hombre.
En el Vaticano se admira á Dios.
En la catedral de Sevilla y de Toledo, se le adora.
Childerico dió a la primera iglesia la denominacion
de San Pedro y San
Pablo.
La veneracion pública borró el nombre de San Pedro
y San Pablo, para llamar al nuevo edificio Santa Genoveva.
La Asamblea constituyente borró el nombre de Santa
Genoveva, para denominarlo el Panteon, despojándolo del culto católico.
Napoleon I no le volvió el nombre de la santa; pero
le devolvió su culto.
La restauracion borra el nombre de Panteon, para
llamarlo nuevamente
Santa Genoveva.
La revolucion de Luis Felipe vuelve á borrar el
nombre de Santa
Genoveva, para darle el de Panteon.
Napoleon III, en 1852, vuelve á borrar la
advocacion revolucionaria de
Panteon, para darle el nombre religioso de Santa Genoveva.
Mañana ú otro dia volverá á llamársele Panteon,
para volverle á llamar luego Santa Genoveva, Panteon despues, y Santa Genoveva
más tarde, hasta que por fin venga al suelo, quedando para siempre la memoria
confusa y revuelta de Santa Genoveva y de Panteon.
Si se pudieran averiguar todas las veces que el
pueblo francés ha dicho hoy ¡muera! á lo mismo que ayer dijo ¡viva!, es seguro
que se formaria la historia más curiosa del universo. No debe negarse que en
todos los países suceden mil extravagancias; pero lo que es extravagancia en
otras partes, es aquí consecuencia. El prurito, el frenesí, casi la locura
de variar, es lo único que en Francia no varia: lo
único estable es lo voluble. Un ¡viva! equivale aquí á una escalera que conduce
irremisiblemente al patíbulo. No tengo la ambicion de ser victoreado en ningun
pueblo de la tierra; menos que en ningun otro, en este devorador Paris. No
estoy tan mal con mi pescuezo.
Otro dia bajaré al subterráneo, en donde se
custodian las cenizas de Voltaire, Rousseau, Diderot, y algunos otros
personajes célebres. No bajo hoy, ya porque los novecientos cincuenta escalones
que he bajado y subido, han quitado á mis piernas el gusto de subir y bajar; ya
tambien porque llevo un compañero sospechoso. El ingeniero que me acompaña
tiene una frenética aficion á todas las cosas de la antigüedad; es un
arqueólogo furibundo, y estoy cierto que si bajo con él al Panteon, me obligará
á meter la cabeza por todo nicho, sepultura, grieta, rendija, escondrijo y
recobeco que vaya encontrando. Si hubiese un abismo por allí, es seguró,
tambien que me obligaria á meter las narices en el abismo, como me obligó á
mirar la cúpula desde la baranda de hierro, á la altura de un décimo piso. La
verdad, dicho sea sin ofender á nadie, no tengo ninguna comezon por ser héroe
ni en las profundidades, ni en las alturas.
Salimos del templo, atravesamos la plaza, cruzamos
luego por San
Sulpicio, y á los cuatro minutos nos vemos en el muelle de Voltaire.
Pasamos uno de los puentes, y véanos el lector en la otra orilla del
Sena, en el momento en que uno de los vapores que van á Versalles se
dispone para partir.
La orilla del río presenta un espectáculo animado,
extraño, pintoresco, delicioso. Unos salen, otros entran, todos corren; se
agolpan; se apiñan; las marras del buque se sueltan; el humo asoma; las ruedas
se mueven; el agua salta convertida en espuma; el vapor parte. Al clamoreo
festivo de la despedida, sucede un silencio general. El tiuque se desliza sobre
aquella corriente azulosa, como una culebra sobre el musgo de un prado verde.
No bien habia partido, cuando llega una pobre señora con dos criaturas. Tiene
los labios entreabiertos, la boca seca; los ojos dilatados; la frente sudosa é
hinchadas las narices, efecto de cansancio. La infeliz madre, al mirar que el
vapor se alejaba, se quedó inmóvil, con un niño en los brazos y el otro cogido
de la mano, sin saber lo que la pasaba. Es seguro que tenia el aliento
suspendido.
Luego exclamó: ¡que je suis malheureuse!
¡J'arrive tard toujours!
(¡Qué desgraciada soy! Siempre llego tarde.)
Despues de estar en la misma actitud dos ó tres
minutos, hizo un ademan de forzosa resignacion, y se volvió con sus dos niños.
Nosotros permanecimos en el muelle, hasta que el
buque desapareció. Ver un vapor en medio de una ciudad populosísima, como si
nos hallásemos en las márgenes del Océano, es un panorama que me tiene
encantado.
Luego que ya no divisamos el buque, nos dirigimos á
la plaza de la Concordia, con ánimo de tomar el ómnibus que viene del arco de
la Estrella. Á los pocos pasos que dimos, nos encontramos con un hombre que
estaba sentado sobre el muelle, inmediato á una cuerda que iba á sumergirse en
el rio. Al ingeniero le faltó tiempo para preguntarle qué significaba aquella
cuerda. El hombre contestó que era una máquina, dentro de la cual se bajaba al
fondo del rio, pudiendo ir sentado con la mayor comodidad, y llevar los ojos
abiertos. Desde la, máquina en cuestion se veia el fondo del Sena, la
diafanidad de las aguas, los barquichuelos que pasaban por encima, y otras
curiosidades á este tenor. Nuestro ingeniero hizo una exclamacion de alegría.
Se conoce que habia ido á Paris en busca de lances estupendos, y la cuerda
realizaba una de sus soñadas maravillas. Inmediatamente me coge por los
hombros, y se empeña en que habia de bajar con él al fondo del rio, á una
profundidad de diez ó doce varas. Yo me quedó mirándole entre amostazado y
risueño: por fin le dije: pero, hombre, ¿usted se ha formado el propósito de
que yo no salga entero de Paris? ¿Cómo quiere usted que vaya á rastrear el
fondo del Sena, incrustrado en una máquina de vidrio? ¿Y si casualmente se
rompe un cristal, y la máquina se llena de agua y me ahogo? Espere usted que me
haya convertido en cangreo, y entonces bajarémos juntos.
—No, señor; no, señor; exclamaba con mucha prisa,
como si la ocasion se le escapara de las manos, y sin soltar mis hombros. Es
necesario probar la máquina. ¿Qué se diria de nosotros en Madrid, cuando se
supiera que no habiamos bajado por miedo?
—Déjeme usted por el amor de Dios, le contestaba yo
sonriendo. Madrid puede decir lo que tenga por conveniente; pero yo no estoy en
el caso de hacer el buzo, para dar un buen rato á las tertulias de Madrid….
—Nada, nada, repetia, y apretándome más
fuertemente, previno al hombre que subiera la máquina.
Al notar mi mujer que el hombre tiraba de la
cuerda, me cogió del brazo con resolucion, diciendo al ingeniero.
—Usted puede bajar, si gusta; lo que es mi marido
no se mete ahí, y tiró de mí valerosamente hácia la plaza de la Concordia. Mi
hombre no se atrevió á habérselas con una señora, y tuvo que capitular, bien á
pesar suyo. Si mi mujer no se convierte en casa de asilo, me coge y me
empaqueta en la máquina de cristal, como me llevó casi en vilo á colocarme
sobre la baranda del Panteon.
—Noto, le dije, al par que caminábamos hácia la
Concordia, que la arqueología de usted tiene instintos atroces. Seria menester,
amigo mio, que diese usted más humanidad á sus caballerescos antojos.
—No son antojos caballerescos; son quimeras
artísticas.
—Pues seria menester que tuviese usted quimeras
artísticas más amables.
En esto llegamos á la Plaza, cerca de cuyo muelle
hay una fragata, surta en el rio, como ya he dicho en otro lugar de, estos
apuntes.
—¿Una fragata? exclamó el ingeniero. Pues vamos
allá.
Creo que si le muestran en Paris el purgatorio, se
mete dentro con medias y ligas.
Fué preciso ceder. Vimos la fragata, y tomamos
encima de cubierta, debajo de un elegante toldo, varios refrescos que pedimos.
Esto es otra cosa que la máquina de vidrio, y que la baranda de Santa Genoveva.
Salimos de allí, cruzamos la Plaza, llega el
ómnibus, montamos en él, y á los veinte minutos nos hallábamos en la puerta de
nuestra fonda. El ingeniero no quiso subir, porque tenia que continuar sus
excursiones. ¡Todavía no estaba satisfecho, cuando yo tendré que hacer cama por
la batahola del Panteon! Al separarse de nosotros, exclamé para mi coleto: ese
hombre ha equivocado el oficio; ha nacido para hacer piruetas en la maroma.
Vamos á la comparacion entre Rothschild y
Salamanca. No voy á hacer una pintura, sino un boceto, al mismo tiempo
concebido y ejecutado. No debo ocultar que lo escribo con miedo; pero la buena
fe me salva.
La Europa presenció, no ha mucho, un congreso de
soberanos. En ese congreso entra Rothschild, y todos los reyes se levantan y se
destocan, menos el de Holanda, que era el único que no le debía. Despues de
esto, acaso no seria temerario decir que aquellos reyes se destocaron ante su
rey, lo cual significa que el dinero es el rey de los reyes de nuestro siglo,
porque claro es que aquellos soberanos no acataban en Rothschild otra teología,
otra heroicidad, otra ciencia, otro arte, que el dinero. Ese es Rothschild; una
especie de rey universal, un gran monarca de nuestros tiempos, ante quien los
monarcas dinásticos se destocan.
Hay un rico, muy rico, inmensamente rico, que ha
sabido enriquecerse más. Hay un hombre, una familia, que hereda un gran tesoro,
que sabe ponerlo á buenas ganancias, que sabe acrecentarlo, hasta reunir la
suma fabulosa de miles de millones de reales, asombrando al mundo con un
prodigio de que no hay ejemplo en la historia de la humanidad: ese es el judío
Rothschild.
Salamanca hizo con su fortuna lo que Dios con el
universo: la sacó de la nada.
Muy entrado el presente siglo, hay en Granada un
estudiante que va al café, y habla de onzas de oro; va al billar, y habla de
onzas de oro; y habla de onzas de oro á su patrona, á sus compañeros, átodo el
mundo. Sin embargo, el estudiante es pobre. ¡Cuántas veces se veria en aprieto
para pagar su modesto pupilaje! ¡Cuántas veces esquivaría atravesar la puerta
del sastre! ¡Cuántas veces huiria de la calle del zapatero! El buen escolar de
Granada no tenia las onzas de oro en su bolsillo; las tenia en su imaginacion;
no las tiene, las ve; quizá no las ve; las adivina. De cualquier modo, las
onzas, de oro están allí; ya saldrán cuando llegue la hora. En el alma de aquel
estudiante hay una geometría oculta, una química incomprensible, una especió de
mágia. Cuando la sazon llegue, asomará el geómetra, saldrá el químico,
aparecerá el mago.
El estudiante se licencia en leyes; nuestro
licenciado se casa; el casado se hace juez; el juez no tiene lo que necesita
para vivir; pero no recibe de nadie un maravedí por sus legítimos derechos;
abandona el juzgado; el cesante, viene á Madrid; se hace banquero, el banquero
se hace diputado, el diputado se hace ministro. Cae el ministro, cae con
estrépito, más que con estrépito, con escándalo (un hombre del desarrollo de
Salamanca no admite medias tintas); cae furiosamente, como suele
decirse, todo el mundo le vuelve la espalda, su nombre atemoriza, su firma se
rechaza, sus letras se protestan, y tiene que huir. Está arruinado,
desacreditado, y proscrito: tres ruinas pesan á un mismo tiempo sobre el
comerciante. La ruina del dinero, la ruina del nombre, y la ruina de la
libertad. ¡Está perdido! decía todo el mundo. Y él contestaba en su interior:
¡no, no estoy perdido! ¡Ya no vuelve á España! volvian á decir, aún las
personas que le tocaban más de cerca. Y él contestaba en sus adentros: ¡sí
vuelvo á España!
Efectivamente volvió. Antes disponia de quinientos
millones: ahora, de mil. ¿Cómo lo hizo? Á esta pregunta contesto yo con otra
pregunta: ¿cómo hizo Galileo para hallar modo de pesar el aire? Pues como
Galileo pesaba el ambiente atmosférico, pesa D. José Salamanca los negocios:
Como Galileo arreglaba su ciencia, arregla D. José Salamanca la suya.
Estalla una revolucion; los revolucionarios invaden
la casa del banquero, y la queman. El banquero huye; el banquero emigra. Á poco
vuelve de la emigracion. ¿De qué manera vuelve? Antes disponia de mil millones;
ahora dispone de dos mil. Infinitas líneas de ferro-carriles en España, todas
las de Italia, todas las del vecino Portugal; banquero en Madrid, banquero en
Paris, banquero en Lisboa, banquero en Roma, banquero en Lóndres, banquero en
todas partes. Pierde en Italia treinta y cinco millones, gasta quince ó veinte
millones todos los años en sus atenciones particulares, mil y mil compromisos
enormes pesan sobre su caja, y cuando todo el mundo lo cree más apurado, compra
terrenos y levanta planos para hacer un barrio magnífico, el más magnífico de
Madrid, por la espalda de su palacio, cuya obra no debe costarle menos de mil
trescientos á mil cuatrocientos millones. Cuando todo el mundo lo cree
embarazado por aquella pérdida, una pérdida tan enorme, dice á Manzanedo que él
llevará la Puerta del Sol á lo que es hoy Plaza de Toros; y si vive, es bien
seguro que la llevará. Y es casi seguro que no dejará de vivir, porque hombres
de semejante estrella no mueren hasta que dejan acabados sus planes. Sí;
llegará un dia, en que el terreno que se llama hoy Plaza de Toros, será un
centro mas rico, más brillante, de una vista más deslumbradora que la actual
Puerta del Sol. Llegará un dia en que los coches de la nobleza inundarán el
nuevo barrio, para hacer sus compras en los iluminados bazares y en los
inmensos almacenes del nuevo Madrid. Vivir por ver.
Estudiante, abogado, juez, diputado, ministro,
tribuno, empresario, capitalista, caballero, galan, magnate, casi pintor sin
saber pintar; casi poeta sin saber hacer versos; siempre privado, aún habiendo
perdido la privanza; siempre en pié, aún, cuando esté caido: ese es D. José
Salamanca.
Al judío Rothschild se le pregunta: ¿cuánto tienes?
Y él contesta: tanto millones.
A Salamanca se le pregunta: ¿cuánto tienes? Mira en
torno suyo, hojea sus libros; y acaso responde: no tengo nada. Luego
se concentra, registra su interior, busca en su fantasía, la encuentra sembrada
de minas preciosas, halla riquezas inagotables, y responde: lo tengo
todo. Es un hombre que lo tiene todo, no teniendo nada. Sin un maravedí, es
un banquero como Rothschild.
Imaginar en Salamanca equivale á fundir barras de
oro. Idear es hacer dinero. No tiene entendimiento como los demás. Su
entendimiento es una fábrica de moneda, de billetes y talones de Banco.
Salamanca camina por donde camina todo el mundo; nadie oye nada; él oye ruido
bajo sus piés; se baja; escarba con el dedo, y halla un tesoro. Adivina donde
hay tesoros, como Colon adivinó la América. No sé si es espíritu lo que en él
obra tales maravillas; no sé si es magnetismo, sonambulismo, electricidad ó
cosa parecida; pero lo cierto es que hay en aquel hombre un instinto
maravilloso, unas matemáticas que nadie le ha enseñado; unas matemáticas que
vienen de Dios. Si pudiera reunirse todo lo que ha gastado y perdido, me atrevo
á decir que se formaria un depósito mayor que el que tiene en sus cavas el
Banco de Lóndres. Yo conozco una lonja en Madrid, cuyo dueño se ha enriquecido
con los licores que ha despachado para la casa de Salamanca. Lo que ha
consumido en tabaco, bastaria para dotar líberalmente á cien familias necesitadas.
Diez mil duros da anualmente á su señora, para que pueda satisfacer sus
caritativas inclinaciones. Pero ¿es él quien da esos diez mil duros á los
menesterosos? No, no es él. Esto importa mucho para describir religiosamente el
carácter propio del personaje que nos ocupa. No es él. El no los da á los
pobres, sino á su señora, para que su señora tenga la piadosa satisfaccion de
darlos á los pobres; Cada cual se entiende, y D. José Salamanca es un hombre
que se entiende siempre á las mil maravillas.
Sentados los ligeros datos anteriores,
preguntarémos: ¿quién es más grande, Rothschild ó Salamanca?
La cuestion está reducida á lo siguiente: ¿qué
tiene más mérito, reunir mil no teniendo nada, ó juntar un millon teniendo mil?
Me parece que para partir de los mil y llegar al
millon, no se necesita otra cosa que comerciar.
Creo que para partir de la nada y llegar á mil, es
indispensable crear.
El primero cambia.
El segundo elabora.
El uno tiene capital, cálculo, diligencia y
fortuna.
El otro tiene genio.
Al primero todo se lo da el hombre.
Al segundo, se lo da Dios.
La compañía de Rothschild es un centro inmenso de
accion.
Salamanca es su accion misma.
Rothschild es una casa, una sociedad.
Salamanca es él.
Rothschild envia á las Californias buques llenos de
plata, y se los traen llenos de oro.
Salamanca no tiene que salir de su escritorio, para
explotar las minas de las Californias; para Salamanca son Californias todos los
países; las Californias van consigo.
Salamanca seria el carácter más extenso, uno de los
genios más grandes del siglo xix, que es el siglo más grande que registra la
historia del mundo, si no le faltasen dos cosas.
—¿Le faltan dos cosas? preguntará el lector.
—Sí; á ese carácter prodigioso faltan dos
cualidades capitalísimas.
—¿Cuáles son?
—Las siguientes; y cuidado que cuando yo censuro,
tengo derecho á que se me crea, porque al tachar un vicio, siento dolor. La
censura que cae de mi humilde pluma, es una flor mústia que mi alma deposita en
la urna sagrada de la verdad. Olga D. José Salamanca la verdad; esa verdad que
se le ha escondido en las biografías que se le han dedicado; oiga la verdad de
unos apuntes, que no van dedicados á Salamanca, sino á la opinion de mi país, á
la probidad de mi conciencia, y si pudiera ser, al espíritu de la historia.
Oiga la verdad que imprime en estas líneas un oscuro y pobre escritor, que no
tiene en el mundo otro caudal, ni otra esperanza, ni otro consuelo, que la
religion de su penoso y elevado oficio; oficio que él estima tanto como D. José
Salamanca su fausto y sus millones. Oiga una vez la leccion severa de la moral,
quien ha recibido tantas veces las caricias aduladoras de la fortuna.
D. José Salamanca tiene el sentimiento de la
naturaleza; lo tiene realmente, y esto no puede menos de suceder, cuando tiene,
en alto grado, el sentimiento de la forma. D. José Salamanca es artista sin
saberlo. Por eso ama la luz, los campos, los árboles, las flores, los perfumes,
los rios: por eso sus quintas son las más poéticas que hay en España. Esto no
procede únicamente de que disponga de muchos millones; de más millones disponia
Cárlos III, y en las obras de Cárlos III no hay el orientalismo que en las
creaciones de Salamanca. Es cuestion de dinero y de gusto; es cuestion de oro y
de fantasía. D. José Salamanca tiene fantasía, tiene gusto; pero es una
fantasía exterior, sensual; es un gusto que apenas pasa de la sensacion, que no
halla pasto suficiente en las emociones más elevadas del sentimiento. D. José
Salamanca es un idealista que no se contenta con la idealidad; es un artista
que no se contenta con el arte; es un poeta que no tiene bastante con la alta y
verdadera poesía.
En una palabra, ama la naturaleza, porque la
naturaleza convida á sus sentidos con un placer más: placer de los sentidos;
este es el sentimiento particular de Salamanca. Si la naturaleza no fuera un
gran goce, un gran disfrute, el primero y más rico de los festines, la primera
y más seductora de las beldades, D. José Salamanca no la amaria. Pero ¿en que
consiste este raro fenómeno? No es raro. Consiste en que D. José Salamanca no
sabe amar con el amor de la imaginacion, con el amor del pensamiento, con el amor
purísimo de la fe; don José Salamanca no puede amar con ese rescoldo suave que
siente el alma, cuando contemplamos un cuadro sublime, como cuando vemos en un
cielo azul, casi mojadas por la lluvia de la tempestad, las franjas encendidas
del arco íris. Consiste en que D. José Salamanca ama especialmente con los
sentidos, de una manera casi voluptuosa.
Tiene tambien el sentimiento de la vida; por eso se
rodea de una opulencia y de unos placeres que los demás ricos no saben
adquirir; tal vez los codician; pero ni los sabrian tener; por eso idealiza
cuanto le circuye, con una pompa y una imaginacion que deslumbran. En las cosas
de Salamanca, hay lo que antes se llama galanura, hidalguía, gentileza. Es como
si dijeramos el fabuloso Montecristo de nuestra edad. Sí, tiene el sentimiento
de la vida; pero no lo tiene en relacion con Dios y con el hombre, sino en
relacion con sus deleites. Su voluntad, lo que él desea, lo que él quiere, no
es servir al hombre ni á Dios, sino para lograr que Dios y el hombre le sirvan
á él. Sirve á Dios y á la humanidad ¿quién lo duda? sin anhelarlo en el fondo
de su conciencia, sin cifrar en ello una grande ilusion de su vida, aun cuando
lo hiciera sin comprenderlo, D. José Salamanca seria de todos modos un
aventajadísimo obrero de la civilizacion de un siglo, un laboriosísimo
menestral de la historia: sirve á la humanidad y á Dios, todo genio sirve,
dejaria de ser genio si no sirviera; pero su primera intencion no es servir,
sino ser servido. Hace con la vida lo que hace con la naturaleza.
Tiene el sentimiento de la fama; pero no de la fama
espiritual, imaginativa, apasionada, fervorosa: no el sentimiento de ese ángel
que mueve sus alas sobre la silenciosa cavidad de un sepulcro; no el
sentimiento que se exhala en el corazon de los héroes, de los mártires, de los
sábios; no ese sentimiento que es una de las más supremas gerarquías del alma;
esa emocion vaga, melancólica, indefinible, que brota en el espíritu del
hombre, como nace una violeta al pié de una cruz. Para D. José Salamanca significa
poco la fama moral, metafísica, póstuma; la fama que viene despues, como
despues del vivo viene el muerto, como despues del muerto vienen sus cenizas.
D. José Salamanca busca siempre la fama real, sensible, presente, bulliciosa;
la fama que se oiga, que se vea, que se toque; esa fama que equivale al
crédito; ese crédito que es un gran capital, un gran fondo, un grande y
universal gerente. D. José Salamanca es un esclavo de la opinion pública, para
hacerse dueño del público. Quema incienso á la sociedad, para que la sociedad
se lo queme á él. Adora á un ídolo, á fin de que ese ídolo agradecido se
convierta en idólatra suyo. Por eso es generoso á su manera; es generoso
efectivamente, espléndido y hospitalario; da como nadie, porque da como gana, y
nadie gana como él; da, no se lo niego, no debo negárselo; pero da con su
cuenta y razon. Dará siempre, en buen hora; pero cuando el público lo ve, da
con alarde; más que con alarde, con gala, con orgullo, con engreimiento. De
esta manera, si no recibe de aquel á quien da, consigue recibir de la opinion
pública, que le llama héroe y personaje por aquella limosna astuta; limosna
buena, porque al cabo hay algo en ella de caridad; limosna astuta, porque es
una caridad ingeniosa, casi mercantil. La generosidad de Salamanca es, en más
de un caso, una mercancía que vende al público, para que el público le compre á
él otra mercancía por un precio mayor; es un comercio hábil, habilísimo; este
comercio necesita una táctica tan maestra, que casi, casi, tiene tanto mérito
como la generosidad misma. D. José Salamanca compra con monedas que los demás
banqueros no conocen; compra y vende mercancías que no conocen los demás
mercaderes, y en esto consiste que los demás ricos, los muy ricos, parezcan muy
pobres comparados á Salamanca. La cuestion, la ruidosísima cuestion de
generosidad, es muchas veces para el personaje de que me ocupo, un juego de
Bolsa, que nadie comprende como él, porque nadie tiene su talento. Hace con la
fama lo que hace con la vida.
D. José Salamanca es el Dios, la naturaleza y la
humanidad de sí mismo: una iglesia en que no se rezan oraciones mentales: un
rito en que no se conoce el culto interno. Culto interno; hé aquí lo único que
le falta para ser muy grande, pues para ser muy grande, hay que ser grande por
fuera y por dentro; y ese hombre que revoca tan bien su fachada; ese atrevido
artista que sabe derramar tanto hechizo en el frontis de su palacio, vive
muchas veces en un interior mezquino y estrecho. ¡Ah! si esa privilegiada fantasía
que lo idealiza todo, comprendiera por un momento la idealidad; si esa razon
fecunda y ardorosa que en todo piensa, rindiese un homenaje al pensamiento; si
ese orientalismo que quema tanta mirra á la materia, guardase un aroma para el
espíritu; si esa brujería que hace un Dios de todas las bellezas sensuales,
comprendiese á Dios en la lágrima solitaria que vierte la virtud entre cuatro
paredes negras; si Salamanca fuese capaz de exhalar un suspiro, al cual no
fuese unida una memoria impura; si fuese capaz de una hora de silencio y de
dolor en el íntimo santuario del alma, si fuese capaz de ese culto interno, D.
José Salamanca seria indudablemente el carácter más general, y acaso el más
bello de su nacion y de su siglo. Pero vuelvo á decir que le faltan dos cosas:
honrar el pensamiento por ser pensamiento; honrar la virtud por ser virtud.
Reasumamos lo dicho sobre ambos personajes. Un
hombre que hereda dos mil millones de reales, y que hoy cuenta con cuatro mil:
un coloso de oro, de empresas, de fortuna, de crédito; un semi-Dios de nuestra
época; ese es Rothschild.
Un hombre de facciones expansivas y despejadas, de
ademan suelto; de trato festivo, casi epigramático; de palabra fácil, aguda,
algunas veces armoniosa; de carácter sencillo en apariencia, doble en el fondo;
ingénuo para los demás; trascendental para sus fines; liberal para todos; más
liberal para sí mismo; ojo de águila; suspicacia de mercader; galantería de
cortesano; pompa de noble, boato de banquero; esplendidez de favorito,
magnificencia de monarca; griego en la fantasía; asiático en el gusto; sibarita
en sus aficiones, en sus hábitos, en sus placeres; sobre todo, negociante en
sus cálculos inspirados, vastísimos, fecundos, inagotables, geométricos;
negociante en su increible actividad, en su audacia maravillosa; mago,
hechicero, adivino, zahorí y alquimista, en materia de sacar oro de los
carbones, ese es D. José Salamanca.
Aún con las faltas que le hallo, y que no he debido
disimular porque hablo á la conciencia de un pueblo; aún con defectos
capitales, que lo hacen temible, D. José Salamanca tiene tanto genio, su fama
es tan brillante, tan provocativa, tan espléndida; sus vicios y virtudes se
ponen un traje tan nuevo, tan magnífico, tan fascinador, que su nombre es hoy
de los que más suenan en el mundo, de los más conocidos en Europa, el más
popular de nuestro país.
No hace mucho dijo en las Córtes, que es verdad que
él se habia enriquecido; pero tambien lo era que habia dotado á España de
ferro-carriles.
Sus enemigos dirán lo que quieran; yo podré
hallarle todos los defectos que me plazca, cada cual dirá, lo que le parezca;
pero la nacion debe estarle reconocida, y se lo está. En este sentido, yo
tambien se lo estoy. ¡Qué curioso seria escribir una biografía, cogiendo el
hilo de aquella existencia tan movible y tan ávida, y seguir hilando hasta dar
con el fin de la revueltísima madeja! Si Salamanca viviese encerrado en una
cueva; si tuviese por palacio un desierto; si á su sombra llevase atadas las
dificultades y las amarguras del proscrito yo no tendria ningun reparo en
escribir su vida, que es sin disputa la más fecunda en episodios
extraordinarios que conoce nuestro país en el siglo presente; pero no quiero
nada con hombres tan ricos. Por lo menos se creeria que pensaba adularle, y soy
muy avaro de mi pobreza.
Un amigo á quien he leido estos apuntes, me dice:
—¿Si Salamanca enviase á usted diez mil duros,
usted qué haria?
—Devolvérselos.
Hemos sido invitados para concurrir á una tertulia
de alto copete, que tiene lugar en la calle Vivienne. Mi mujer ha dicho que no;
yo he dicho que sí. Esta vez espero triunfar.
Voy á concluir este dia con algunas curiosidades.
Hemos ido á un gran establecimiento público, en que
dan de comer por dos sueldos, ó sea por muy poco más de tres cuartos. La comida
consiste en un trozo de pan y un plato de patatas guisadas con bastante
curiosidad. Al ver allí, colocada en extensas filas, aquella numerosa y callada
congregacion, acude á nuestra mente la idea de la sopa monacal. Sin embargo,
estoy más por estos conventos sociales, que por aquellas caridades frailunas.
Otra curiosidad. Todo Paris repite la contestacion
que ha dado un niño en los exámenes de moral. El maestro le preguntó qué era la
gratitud. El examinando no se acordaba de la definicion del libro, y despues de
titubear un momento, como cediendo á una inspiracion, con acento seguro y
altanero, dijo: la gratitud es la memoria del corazon.
Una asamblea, mil asambleas de filósofos, de
sábios, de poetas y oradores, reunidas al efecto, no hubieran acertado
positivamente con una respuesta tan profunda, tan graciosa, tan viva, tan moral
y tan bella. El niño en cuestion ha hecho su fortuna, y la merece. La criatura
que consigue, con cuatro palabras, alarmar á una ciudad como Paris, menos que
criatura es un personaje en pequeño. ¡Dios le dé tanta suerte, y tantas
expresiones felices, como es admirable, sabia y poética su definicion de la
gratitud!
Otra curiosidad. Hemos visitado una calle célebre,
muy célebre, en la historia oculta de esta ciudad: la calle de Chantres. En
esta calle habia, hace algunos siglos, una casa pequeña, baja y húmeda: esta
casa presenció los amores de Abelardo y Eloisa. Mi mujer, que tan desdeñosa se
muestra con todas las cosas de Paris, ha visitado aquel lugar histórico con el
mas afectuoso interés. Esto procede de que Abelardo y Eloisa, antes que á la
historia de un país, tocan á la historia del corazon, que es la historia más
universal del género humano. Al dejar la calle en cuestion, dirigimos un triste
saludo á los desgraciados amantes.
Última curiosidad de este dia. Cerca de la Plaza de
la Concordia, hemos visto á la Emperatriz y al Príncipe. Observamos que de la
parte de las Tullerías bajaba un carruaje, en cuyo torno se agrupaban los
transeuntes, nos aproximamos y no tardamos en distinguir á nuestra paisana, que
venia, sola con su hijo. La antigua condesa de Teba es una fisonomía delicada,
noble, bella y majestuosa. Indudablemente es uno de esos tipos privilegiados,
capaces de inspirar una pasion profunda. Pero me parece que aquella mujer no
vive contenta; me parece qué no es feliz. Detrás de aquellos ojos dulces y
apacibles, detrás de aquel cútis blanquísimo, de aquellas sutilísimas venas
azules, de-aquel bello contorno; más allá del magnífico carruaje que la conduce
como en triunfo; más allá de las galas y de las pedrerías que adornan su traje;
más allá de los torreones de aquel suntuoso palacio de donde acaba de salir, me
parece que veo cierto espíritu de resignacion y de melancolía. Detrás de esos
velos brillantes, me parece que alcanzo á distinguir un misterio, y casi tengo
por seguro que ese misterio es una pena. Detrás del tinte de la cara, vislumbro
yo un tinte que no puedo explicar; aunque en mi conciencia lo sé definir. Esto
ha hecho que la Emperatriz me haya parecido más hermosa, porque no hay belleza
sin algo triste, porque tal vez en un algo triste consiste la grande y
verdadera belleza. La madre miraba á su hijo; luego, saludaba y se sonreia;
pero ¡ay! aquella sonrisa venia á decirme que tambien los palacios ocultan
lágrimas; que tambien las joyas atavian pechos doloridos, como luces brillantes
alumbran la cara de un muerto.
Una cosa muy rara he notado, á propósito de la
Emperatriz, y acerca de la cual hemos hablado varias veces mi mujer y yo. En
Paris todo el mundo tiene sus historias, sus anécdotas, su chismografía. En un
pueblo tan fabuloso, natural es que todo personaje tenga su fábula. He hablado
con muchos franceses de todas gerarquías; he hablado con muchas francesas que
hablan de todo; (las mujeres en Francia son como en todas partes;) he provocado
la conversacion de la Emperatriz; he procurado esforzar el asunto; en vano.
Nadie nos ha dicho una sola palabra de la esposa del Emperador. Ni una
aventura, ni una limosna, ni un dicho agudo, ni un ademan, ni un gesto. Por lo
que mi mujer y yo hemos observado, sin tener más datos que nuestra experiencia
personal, podemos decir que la antigua condesa de Teba es aquí un cadáver.
¿Tendrá esto su explicacion en que la condesa de Toba es española? No lo sé; no
quiero atribuir esa ruindad, esa estrechez, á la nacion francesa; pero es
evidente que algo hay aquí.
Volviendo á la persona de la Emperatriz, he notado
tambien que la mujer perjudica á la reina, y que la reina perjudica á la mujer.
Se ven dos sujetos, y el uno quita encanto al otro. Parece que una mujer tan
bella no necesita ser Emperatriz; y que una Emperatriz tan hermosa, no saca su
diadema más que de su hermosura; de donde resulta que no es completa la ilusion
de la reina, ni la ilusion de la mujer. La Emperatriz seria más Emperatriz con
menos belleza; y la mujer seria más mujer con menos atavíos imperiales.
Si yo tuviese una diplomacía y una cortesania que
no tengo que no quiero tener, es casi seguro que veria á la esposa de Napoleon,
y que a través del alabastro de su semblante, divisaria las sombras que dan
vueltas alrededor de su alma; porque, no hay duda, en ese cielo hay nubes.
Cuento con un medio, un medio facilísimo, infalible, de abrirme paso hasta
nuestra paisana; nuestra paisana me recibiria; no se me esconde que esta
entrevista seria tal vez la única página interesante de estos desaliñados apuntes;
pero aquel palacio negruzco, casi agorero, me infunde temor, tanto temor, que
no me acude ánimo ni para describirlo. Algun dia lo describiré; pero hoy me es
imposible; porque me inspira miedo, real y verdaderamente miedo.
Vivienda de prodigios
y de asombro Donde vive agobiada la memoria,
Como el gigante á quien oprime el hombro El peso
horrible de su
horrible historia.
El coche de la Emperatriz desapareció entre los
árboles de los Campos
Elíseos; nosotros montamos en el ómnibus que va á la Plaza de la
Bastilla, y á los quince minutos nos encontrabamos en nuestra fonda.
Un amigo que nos acompañaba me preguntó con mucho
interés durante el camino:
—¿Morirá en Paris la Emperatriz Eugenia?
—Yo dije: no lo sé.
Mañana volverémos á la misma plaza de donde
venimos; á la Plaza de la Concordia, y diré á mis lectores varios secretos de
la revuelta historia de Paris.
=Dia trigésimo segundo=.
Visita.—El Brigadier Rotalde.—El Panteon.—Café
cantante de los Campos
Elíseos.—Tertulia.—Una madre como hay muchas.—Curiosidades.
Madama Fonteral viene á vernos antes de las ocho de
la mañana. La pobre lechera entra en nuestra estancia con cierto aire de
aturdimiento, casi de confusion.
—¿Qué sucede, mi buena señora Fonteral? la
pregunté.
—Luisa está en cama; Luisa está enferma.
Esta noticia nos desconcertó á mi mujer y á mí.
—¿Qué tiene? preguntamos aun mismo tiempo mi mujer
y yo.
—No sé lo que tiene; es decir, no lo sé y lo sé; lo
sé; pero no sé decirlo. Está muy mala; tiene los ojos desencajados; su frente
arde; creo que se muere; tendré que ir á llamar á un médico …
—¡Qué médico ni qué ocho cuartos! Ustedes lo
arreglan siempre todo con los médicos. El médico no puede volverla su amante;
no puede volverla su honra; no puede volverla su familia. El médico no puede
echar tierra en el abismo, en cuyas tenebrosas cavidades yerra perdido el
corazon de esa mujer. Ustedes no ven más que la medicina del cuerpo: y la mayor
parte de las dolencias no se curan sino con la medicina, del alma. No es
cuestion de botica, madama Fonteral; es cuestion de prudencia y de amor al
prógimo. El verdadero médico de Luisa es la amistad y el sacrificio. Tome usted
20 francos, y pague usted otros quince dias al amo de la fonda, para que la
trate con cariño, ya que con dinero hay que ganar cariño en un pueblo que se
llama cristiano. Tome usted otros 20 francos y déselos usted á la enferma, ó
reténgalos usted misma, á fin de que Luisa tenga la asistencia que su estado
reclama. Vaya usted volando, y dígala usted que no se abata, que no se aflija,
que no se desespere; dígala usted que no está sola; que no está abandonada, que
hay ojos que la miran; que hay corazones que la compadecen; que hay enfermeros
que velan por ella á la cabecera de su cama. Dígala usted que tenga
generosidad, abnegacion; la abnegacion del verdadero arrepentimiento. Dígala
usted que hay un deber, el último entre todos los de la vida; el supremo entre
todos los grandes deberes; el que nos imponen nuestras culpas; el deber de
llorar y de pedir que nos perdonen; el deber de esperar la ventura y la dicha
por el merecimiento de la humildad y del dolor. En fin, dígala usted que se
levante de la cama, y que se tranquilice; que irá á su casa, que irá á Pisa,
que su familia la perdonará, y que si hay virtud en su corazon, si hay vida en
su conciencia, si hay calor en su alma, todavía puede ser feliz. Vaya usted
volando; en la inteligencia de que si usted no la dice todo eso, ó si no se lo
dice bien, Luisa se muere.
Madama Fonteral se echó á temblar, y me miraba como
aquel que pide compasion.
—Vaya usted corriendo! añadió mi mujer con mucha
prisa.
—Maladroite que je suis (¡Torpe de mí!)
exclamó la buena mujer, y se dirigió á la escalera apresuradamente volviendo la
cara y saludándonos con la mano.
Inmediatamente que quedamos solos, me preguntó mi
compañera:
—¿Qué piensas hacer?
—Pienso ver á los españoles y americanos que aquí
conozco, y reunir la suma necesaria para que Luisa vuelva á su país. Estando en
Pisa, una lágrima y un perdon lo salvan todo. Es una llaga que sólo se pura con
aquel bálsamo; ¿Crees que hago bien ó mal? Pregunté á mi mujer, mirándola con
atencion, como para adivinar sus intenciones.
Mi mujer contestó:
—Creo que haces muy bien.
En el Hotel de Bilbao, de que hice mencion al
principio de estos apuntes, he tenido, la satisfaccion de conocer al brigadier
Rotalde, tan excelente caballero como buen pintor. Viene de la Habana, y
teniendo que permanecer pocos dias en Paris, hemos acordado visitar hoy el
Panteon, y tomar luego una botella de cerveza en un café cantante de los Campos
Elíseos. Para mañana queda aplazada la visita del Louvre, en donde podrémos
admirar la sublime Asuncion de Murillo, que es el sueño dorado del brigadier, y
que yo no dejo de desear.
—A estilo de campaña, exclamó el brigadier artista.
Lo que ha de hacerse luego, hágase ahora.
Y pronunciando estas palabras, abria la portezuela
de un carruaje público que estaba enfrente de la fonda, invitándome á que
subiera. Subo en efecto, sube él, el cochero levanta el látigo, y véanos el
lector rodando, por las calles de esta moderna Nínive. Al pasar por el Mercado
Nuevo, nos apeamos, recorrimos una de sus espaciosas galerías, vimos camarones,
compramos por valor de un franco de esta fruta marítima, tornamos
al coche, y en el momento de montar, levantamos los ojos, y vimos á una jóven
como de diez y ocho á veinte años, que, sentada en el balcon de un piso
segundo, se entretenia en dar muchos besos al pico de un loro. El afan de
aquella muchacha no dejó de causarnos cierta impresion, y apenas nos sentamos
en el carruaje, dije yo al brigadier:
A un loro; Julia Amengual
Da de besos un tesoro.
Y á esto dice Don Pascual
Qué á falta de otro animal
Pasa el rato con su loro.
EL brigadier, por un efecto de hidalga galantería,
celebró mucho estos malos versos, y comiendo y conversando como buenos amigos,
llegamos á Santa Genoveva. Despues de visitar el monumento que ya conocen mis
lectores, aunque muy superficialmente, manifestamos, al conserje nuestro, deseo
de visitar el Panteon. Advierta el lector que yo no he andado esta vez por la
linterna circular ni por la cúpula, ni he subido un solo escalon, sino que he
esperado á pié firme en la planta baja, contemplando una pintura al fresco,
copia no muy feliz de Rafael de Urbino. Temí que el brigadier tuviera algun
antojo, parecido á los invasores antojos del travieso ingeniero. Vuelto el
brigadier, tratamos de bajar á la capilla subterránea, como ya dije; pero se
ofrecia una dificultad. El conserje nos manifestó que teniamos que esperar
algun tiempo.
El brigadier, que á su despejo natural, une la
impaciencia del soldado, preguntó al conserje por qué razón teniamos que
esperar el tiempo que decía.
El conserje le contestó que debian reunirse doce
personas para bajar á la capilla.
Esto picó la desembarazada curiosidad de mi
compañero, que volvió á replicar á nuestro guia:
—Pero ¿por qué razon tienen que juntarse doce
personas, para bajar á la capilla subterránea? ¿Es esta costumbre, por ventura,
una ritualidad del establecimiento, ó como si dijeramos un estatuto de esta
iglesia?
—Non, monsieur, (no, señor) murmuró el
conserje, y bajó la cabeza, pareciendo que rezaba entre dientes. El brigadier
me echó una mirada, como para decirme, si yo comprendia; yo echó otra mirada al
brigadier, como si quisiera contestarle que no entendia una jota de aquella
rara pantomima, y ambos miramos al conserje, el cual tenia vueltos los ojos
hácia la puerta principal, en significacion sin duda de que no queria
responder. Pero mi compañero, que no es hombre que se acorbarda ante la
distraccion estudiada de un conserje, volvió á llamarle la atencion de un modo
resuelto, tan resuelto, que nuestro guia conoció que estaba en el caso de
capitular. Los conserjes son gente en extremo conocedora.
—Entendámonos, si á usted le parece, le dijo el
brigadier con ademan suelto y apremiante. ¿Hay alguna ordenanza de este
cabildo, por la cual se manda que hayan de ser doce personas las que bajen
siempre al Panteon?
—No, señor, no hay tal ordenanza; pero hay la
costumbre de que cada persona que baje al Panteon, tiene que pagar. 25 céntimos
(un real de nuestra moneda), y como yo no abro las puertas de aquel lugar por
menos de tres francos, tengo que esperar que se reunan doce personas….
—¡Enhorabuena! exclamó el brigadier. Nosotros
darémos á usted los tres francos, y todos los francos que sean menester, sin
necesidad de esperar á nadie. Con que ¡á la capilla!
Ante una oratoria tan elocuente, nuestro guia
inclina la cabeza, coge unas llaves, hace señas á tres caballeros y dos señoras
que aguardaban, entra por una puerta lateral, abre otra, baja una escalera, y
todos empezamos á bajar tras él, despues de abrir paso á las dos señoras, qué
parecian ser personas muy distinguidas. Luego supimos casualmente que eran
escocesas.
Estamos á siete ú ocho varas de profundidad. Hay
poca luz. Los techos son bajos, abovedados, y no ofrecen nada de grande, de
majestuoso, de imponente, ni de magnífico. Al contrario, despues de admirar el
monumento de arriba, el monumento de abajo parece ruin; mejor dicho, no parece
monumento, porque no hay monumentos ruines. Sin embargo de que la oscuridad
habla tanto á mi corazon; sin embargo de que no hay para mí una poesía tan
grande como un sepulcro; sin embargo de que un ciprés me llama mucho más la atencion
que unas pirámides, declaro con pena que he recibido una ingrata impresion.
Esto dista infinito de ser lo que yo me habia figurado, lo que todo el mundo se
figura y debe figurarse, cuando sabe que una Asamblea Constituyente decreta que
tome el nombre de Panteon, lo que la creencia y la gratitud de todo un pueblo
llamaban antes Sta. Genoveva. Yo creía, como yo creian los demás, que el
Panteon era un monumento más grande que la iglesia, puesto que la iglesia habia
desalojado su primer puesto, para cederlo al Panteon. La Asamblea Constituyente
debió darle el sér antes de darle el nombre, porque de otro modo es un nombre
sin sér. Lo declaró poema sin darle poesía; lo declaró tiniebla sin darle
sombra, y esto es gana de hablar. Ya dije que en Francia se hacen muchas cosas,
infinitas cosas, por ganas de hacer, como se dicen otras por ganas de decir,
como se piensan otras por ganas de pensar.
Creo que he dado con la expresion: esta capilla
subterránea es una tiniebla que no tiene sombra, ó bien una sombra que no tiene
tiniebla.
Estamos en el sepulcro de Voltaire, de este gran
revolucionario, de este gran invasor, de este gran rey, como le apellidaba tan
admirablemente Federico de Prusia. Esto no es una tumba histórica; no es
tampoco un sepulcro; no es ni una sepultura. Es un escondrijo con cuatro
paredes; un cachivache con una estátua, un hoyo, una losa, y un epitafio. Esta
especie de zaquizami dista tanto de estar á la altura de Voltaire, como la
capilla subterránea de estar á la altura del nombre de Panteon.
La estátua de Voltaire se celebra mucho por los
franceses. A mí no me gusta. Esto procederá indudablemente de que no lo
entiendo; pero para mí no es cuestion de filosofía, sino de gusto. Creo que el
gusto es la gran escuela de las artes, y no me gusta ese mármol que miro,
porque ahí Voltaire no parece un hombre de talento, sino una inteligencia
maliciosa. Las arrugas de ese semblante, lo hundido de esas sienes, lo agudo de
esos pómulos, lo contraido de esos labios, lo furtivo de esa mirada,
significan, malicia, perspicacia, argucia; no significan un entendimiento
liberal, extenso, vario, rico, fecundo, inagotable; me significan el
entendimiento de un Voltaire. Voltaire en esa piedra es más bien un hombre de
chispa, no un hombre de genio. Los que comprendan algo, aunque no sea sino por
instinto, por barrunto siquiera, acerca de lo que es genio y
de lo que es chispa, podrán explicarse el por qué no me gusta esa
estátua que estoy viendo. Digo de esa estátua lo que antes dije del
subterráneo. El subterráneo no es monumento, porque no hay monumentos ruines,
del mismo modo que esa estátua no es estátua para mí, porqué no hay estátuas
que se ven con disgusto.
Yo murmuré sobre el particular algunas palabras al
oído del brigadier; el conserje hubo de apercibirse, y empezó á explicarme las
maravillas de aquella piedra, como si quisiese tomar á empresa el persuadirme,
en honra del difunto cuyas cenizas nos escuchaban.
Yo dije al conserje: eso que se ve en esa piedra,
es la estátua de la malicia; la malicia es el talento de la ignorancia, y
Voltaire, el jefe de la Enciclopedia, el primer revolucionario de su siglo, el
Robespierre literario del mundo, la admiracion y el susto de la historia,
Voltaire, señor conserje, es algo más que un ignorante.
El conserje hizo un gesto agridulce.
La inscripcion del sepulcro dice:
Ses manes sont ici; son génie est partout. (Sus manes están aquí; su genio está en todas
partes.)
Yo, al estilo francés, pido mil perdones al poeta
que escribió este epitafio. No creo que el genio de Voltaire esté en todas
partes, porque aquí no está.
Mirado en este mezquino chirivitil aquel enorme
personaje histórico, parece pequeño, muy pequeño; muy escaso, muy pobre. El rey
es aquí un pordiosero que nos pide limosna. Voltaire habla más, infinitamente
más, que todo esto. Es una cuna sin sepulcro, un Oriente que no halló su ocaso.
Luego vimos la tumba de Rousseau. Es menos tumba
todavía que la de Voltaire. Sobre la pared de su sepultura tiene pintada una
mano que empuña una antorcha, en significacion de que su inteligencia lo
alumbra todo. Digo de esta antorcha lo que dije del epitafio de su ilustre
vecino. La inteligencia de Rousseau lo alumbrará todo, menos el lecho, en que
reposa.
Luego visitamos ligeramente los sepulcros del
arquitecto del edificio, Soufflot, de Bougainville, del mariscal Lannes, y de
siete ú ocho generales y senadores del primer imperio. Entre aquellos sepulcros
vimos como escombros ó tierra removida.
—¿Qué es esto? preguntamos á nuestro guia.
—Ahí, contestó este, estuvieron los restos de
Mirabeau y de Marat.
—¿No están ahora?
—No, señor.
—¿Quién desalojó sus cenizas de este asilo sagrado?
—La Convencion Nacional.
—¿Por qué?
El conserje movió la cabeza. Todos nos echamos á
reir. Los franceses son los únicos hombres del globo que hacen cosas, las
cuales obligan á que los cristianos se rian en el momento de visitar un
Panteon. Ya dije, no há mucho, que el patético de los franceses hace á un mismo
tiempo llorar y reir, y lo que nos acaba de pasar es una prueba incontestable
de que no los he calumniado. Es un patético que juega con las cenizas de los
hombres. Al hablar de la Bolsa dije que ni las piedras están á
salvo del genio francés; ahora debo añadir que no está seguro ni el polvo del
que ha muerto hace muchos siglos.
Atravesamos un pasillo oscuro, muy oscuro,
tenebroso. Aquí principia á ser esto Panteon. El Panteon principia en donde el
Panteon concluye. Despues entramos en una gruta, en donde se percibe
confusamente alguna claridad. Cualquier sepulcro que sé pusiera aquí, seria
positivamente más sepulcro que las covachas que hemos visitado.
El conserje se detuvo y calló. Todos nos detuvimos
y callamos. El conserje permanece mudo, todos enmudecimos del mismo modo. Nadie
respira, no se oye ni una mosca. ¿Qué significa esto? Á través de la escasa luz
que allí habia, todos queriamos mirarnos mútuamente á las caras, como para ver
qué gestos hacíamos ó qué nos parecia aquel silencioso entremés. De pronto,
como un rayo cae de las nubes, como el tañido arranca del golpe que el badajo
da en una campana, se oye un estruendo agudo, agudísimo, formidable; un
estruendo que viene á caer encima de nosotros, que parece aplastarnos. Todos
creimos que el Panteon se hundia, y que la cúpula, y las naves, y los techos, y
las columnas, aquella enorme masa revuelta y confundida, se desplomaba sobre
nuestras cabezas. Las dos señoras arrojaron un chillido que nos heló la sangre;
yo creí que la tierra faltaba á mis piés, y me agarré frenéticamente á los
hombros del brigadier Rotalde.
Sin que nosotros pudiéramos verlo, porque no habia
la necesaria claridad, el conserje cogió un gran tambor que tenia oculto en uno
de aquellos rincones, y sacudió en él un fuerte golpe, que aumentado
increiblemente por un notable efecto acústico de aquellas bóvedas, produjo el
estrépito de que he hecho mencion.
Luego que nos enteramos de la causa de aquel
aparente terremoto, nos tranquilizamos, y nos dispusimos á saborear el extraño
chiste de aquel espectáculo.
El conserjé, despues de hacer varias evoluciones
con el tambor, bajó la voz todo lo que pudo, y con un acento apenas
perceptible, decia: ¿Qué quieres? ¿quién eres? ¿qué buscas aquí? Y á lo léjos,
muy á lo léjos, como un aviso del otro mundo, con la expresion autómata de un
hecho mecánico, repetia el eco casi apagado: ¿qué quieres? ¿quién eres? ¿qué
buscas aquí? Aquel acento ténue, sutilísimo, se iba haciendo cada vez más
remoto, hasta que parecia perderse entre los escombros de aquellos sepulcros,
como, el acento de un moribundo parece perderse entre los misterios de la
eternidad. Las señoras chillaban furtivamente á despecho suyo, y habia hombre
allí á quien se erizaban los cabellos. En aquel lugar se experimenta una
emocion en que entran á la vez la sorpresa, la curiosidad, el asombro y la
maravilla. Hay algo de arte, de religion y de fanatismo.
A los pocos minutos estabamos arriba. Nos
despedimos de nuestros subterráneos compañeros, no sin haber
dado un napoleon al conserje, y al mismo tiempo, que atravesamos la espléndida
nave de Santa Genoveva, el brigadier me dice:
—¿Qué le parece á usted?
—Es una cueva, le contesté; no es un Panteon. Son
hoyos, no son tumbas. No nos preocupa la idea de la muerte, sino la idea de un
cautiverio. No hay espíritu allí, no hay providencia; todo es humano, ni aun
humano; todo es francés.
Esta iglesia, añadí, es un templo sin Dios.
Aquel Panteon es un panteon sin sepulcros.
Pasan tres horas, que hemos empleado en comer, el
brigadier en su fonda de Bilbao, yo en el restaurant de las Columnas con mi
compañera. Allí presenciamos una disputa de que daré cuenta otro dia. Antes de
ir á las Columnas, escribí tres cartas á mis buenos y excelentes amigos de
Reus. Mis lectores ignoran, como no puedo menos de suceder, la grande y
justísima estimacion que profeso á esa ciudad, la cual ha sido uno de los
pueblos de España que ha prestado una hospitalidad más generosa á mis pobres
escritos, así políticos como literarios y filosóficos. Despues, en
circunstancias muy difíciles para mí; en momentos de tribulacion y de amargura;
en esos momentos trabajosos en que el hombre conoce si tiene algun amigo, la
ciudad de Reus, la noble, la honrada, la laboriosa, la liberal ciudad de Reus,
ha entrado siempre por las puertas de mi casa, trayéndome ánimo y consuelo.
¡Dios querrá que sea tan feliz como lo merece por sus sacrificios, por sus
deseos, por su cultura y por sus virtudes! Acepta, pueblo á quien amo sin
haberte visto; acepta este saludo que te envia un hombre humilde, como prenda
de eterno cariño y de lealísima gratitud.
Verificada la comida, volví á nuestra fonda con mí
mujer, la dejé allí ocupada en escribir á su familia, y yo me dirigí
inmediatamente al boulevart de los Italianos, en donde está la fonda Bilbaina.
El brigadier me esperaba ya, ocupando su puesto en la carretela, acompañado de
otro amigo. Llego, monto, me siento, y el coche arranca. No habian pasado nueve
minutos cuando nos encontramos, cerca de la barrera que circuye á uno de los
cafés cantantes de los Campos Elíseos. Entramos, nos apoderamos de una mesa, se
agolpan los mozos (los mozos de los cafés cantantes son linces), y pedimos
cerveza con bizcochos, unos bizcochos particulares que hacen en Paris.
Principia á oscurecer, aunque hace rato que se han encendido los faroles; miles
de luces oscilan en todas partes á impulsos del viento; no hay árbol, ni
arbusto, ni columna, ni espacio de barrera, en donde no aparezca un resplandor.
En este momento se enciende, la elegante lucerna del teatro, entre cien
mecheros de gas que ya lucian, y entre cien guirlandas de flores que decoran el
techo y las paredes de la escena. Cualquiera diria que en aquel lugar iba á
verificarse la representacion de algun prodigio, de algun encantamiento ó cosa
semejante. Parece que en ese teatro de mágia no debe ser actor otro personaje
que un hechicero. Entretenidos en mirar aquella mímica brillante, nadie tocaba
á la cerveza ni á los bizcochos. Yo no quitaba ojo al brigadier Rotalde, que
tan pronto se echaba el sombrero hácia la frente, como se lo dejaba caer hacia
atrás, moviéndose casi contínuamente en la silla, en señal sin duda de
impaciencia. Yo, que calculaba en qué vendrian á parar aquellas misas, no podia
menos de reirme en mi interior. En esto asoman los actores por una puerta
lateral de la derecha, clama la muchedumbre que rodea la valla exterior, todo
el mundo fija sus miradas en el reluciente teatro, los artistas saludan con una
profunda cortesía, permanecen un momento de pié, contemplando al público, como
si quisiesen tomar posesion anticipada de su benevolencia, y despues de esta
pantomima seductora toman asiento en sus respectivos sofás. Las hembras,
vestidas de blanco, convertidas (por sus vestidos) en símbolos de la pureza y
de la castidad, engalanan el sofá de la derecha, inmediato á la puerta de
entrada, mientras que los varones van á ocupar el otro sofá de la izquierda,
frente por frente del sofá de las damas.
—¿Empezará ya el canto? preguntó el brigadier.
—No, señor, respondí.
—Pues ¿por qué salen?
—Porque así lo tienen estipulado en sus contratas.
Esto es parte de la funcion. Antes de empezar la tarea, tienen obligacion de
exponerse al público, á fin de entretenerle con esta novedad, hasta que llegue
la hora convenida.
—¿Cual es esa hora?
—Creo que las ocho.
El brigadier sacó el reloj con mucha prisa, y vió
que eran más de las siete y media. Tomamos un sorbo de cerveza, miramos á
nuestro alrededor, principiamos á contar las luces, aunque no pudimos terminar;
cruzamos algunas palabras sobre el viso dramático que los franceses saben dar
alas cosas, sobre esa habilidad fascinadora que sabe hacer bonito, muy bonito,
lo que es realmente feo, muy feo; sobre ese instinto trastornador que convierte
la realidad en apariencia, y la apariencia en realidad, ofuscándonos de tal
modo, que casi llegamos á perder el conocimiento natural de lo que es bueno y
de lo que es malo; discurríamos, vuelvo á decir, sobre el particular, cuando el
clamoreo confuso y prolongado de la multitud que circuye la barrera, vino á
noticiarnos que la hora del concierto se aproximaba. Dejamos de hablar,
volvemos los ojos á la escena, el brigadier se levanta maquinalmente y vuelve á
sentarse, como si quisiera tomar una posicion más segura, en señal de que
aguardaba algun portento; los artistas se ponen de pié, saludan como antes; se
abre la puerta del fondo, los galanes se sitúan cortesmente á
los lados de la puerta; pasan las damas; los galanes las siguen, y
la escena se queda sin nadie. Silencio profundo. Todo el café, por dentro y por
fuera, aguarda resignado. La orquesta preludia, la multitud grita, las sillas
crugen, las mesas se chocan, los mozos corren, los curiosos se arremolinan,
todos se sientan, la puerta del fondo se abre, el carácter cómico asoma….
¡Carcajada general, unánime! ¡Ovacion completa!
—¿Qué es eso? me preguntó muy bajo el asombrado
brigadier.
—Es que ha salido el gracioso, como si dijéramos el
payaso.
El brigadier arrugó el entrecejo. Esta salida
inesperada no fué muy de su gusto.
El carácter cómico anda de gatas,
se pone en cuclillas, de bruces, canta, llora, chilla, gorgea, ladra, maya,
ahulla, hace la gallina, hace el gallo….
El brigadier se siente dominado por un ímpetu de
noble y generosa indignacion; se levanta con aire brusco; la mesa tambalea, los
vasos se vierten, los bizcochos andan por el suelo, los mozos acuden, el
brigadier deja una moneda de cuatro duros: ¡esto es una poca vergüenza! exclama
colérico, y todos tres abandonamos el café cantante.
Luego me dice el brigadier: el que no quiera ser
injusto con la Francia, no debe venir á este infame y grotesco espectáculo. Si
viene aquí, tiene que ser injusto por necesidad; tiene que creer que Francia es
una horda civilizada, porque no se concibe que tamaña degradacion de los
sentimientos cristianos pueda caber en la conciencia de un gran pueblo.
Yo dije al digno y pundonoroso Brigadier: tiene
usted razon. Lo que usted siente hoy, lo sentí yo del mismo moda cuando vi por
primera vez esa degradante pantomima, y así lo tengo consignado en la obra que
escribo.
—Hace usted bien, muy bien, contestó, y nos
dirigimos silenciosamente hácia la Plaza de la Concordia. Habiamos entrado ya
en la Plaza, cuando todavía duraba aquel silencio. No parecia sino que nos
habia sucedido una desgracia. Sí; óigalo el Sr. Alejandro Dumas; óigalo ese
famoso novelista, que ha hecho tanto daño á este mundo, como la peste que más
daño haya hecho; óigalo esa celebridad que ha descompuesto tantos matrimonios;
que ha torcido tantas ideas; que ha enloquecido tantos corazones; óigalo ese genio
francés, cuyas novelas han dado veneno á tantas jóvenes incautas, engañadas y
seducidas por sus encantadoras fantasmagorías, óigalo el eminente novelista
Dumas; óigalo esta Francia que ha dado tanto oro, tanta fama, tanta honra,
tanto aplauso, á los chismes y á las mentiras de ese novelista sin conciencia,
de ese vendedor de falsas novedades: oiga la Francia, esta culta,
esta rica, esta poderosísima Francia, lo que voy á decir: tres españoles, tres
cafres de allende el Pirineo, caminan tristes, están afligidos, porque
acaban de ver un espectáculo que desdora á esta gran nacion. Tres
cafres de allende el Pirineo caminan mudos y sienten dolor en su alma,
al cumplir el deber cristiano que tienen de pronunciar esta justa censura.
—¿Qué Plaza es esta? pregunta el brigadier, medio
amostazado todavía por la aventura del café-concierto.
—Es la célebre Plaza de la Concordia.
—¿Y por qué es célebre?
—Por dos grandes bautismos de sangre. Aquí, cuando
apenas estaba concluida la Plaza, tuvieron lugar las fiestas públicas por el
casamiento de María Antonieta con el Delfín, y la multitud aplastó en un dia á
ciento treinta y dos personas. Aquí, sobre este suelo que pisamos, rodaron en
el trascurso de tres años no cumplidos, mil quinientas cabezas de personajes
célebres. Aquí se trasladó en el sangriento 23 de Agosto la guillotina, por
órden del Consejo general de la Municipalidad de Paris, y esa guillotina, ese
mónstruo bárbaro é insaciable, devoró las cabezas de Luis XVI, de María
Antonieta, de Carlota Corday, de la Princesa Isabel, de Madama Roland, de los
Girondinos, de Barnave, de Hebert, de Danton y de Robespierre. Si toda la
sangre humana que aquí se ha derramado, brotase en este instante de las losas
que pisan nuestras plantas, nos llegaria seguramente al cuello. Al decir yo
esto, sucedió una cosa muy particular, que juré no echar en olvido al escribir
este pasaje. La Plaza de la Concordia está profusamente iluminada, como que la
alumbran ciento cuarenta y dos mecheros de gas; hacia luna, una luna muy clara,
de modo que parecia que nos hallábamos al declinar la tarde. En el momento de
pronunciar yo, que si la sangre derramada en la Plaza de la Concordia
brotara de las piedras que pisábamos, nos ahogaría, un caballero y una
señora pasaron muy cerca de nosotros, y al oir mis palabras la señora, se
levantó el traje y anduvo de puntillas algunos pasos, como si temiera mancharse
las botas y el vestido. Se lo hice notar al brigadier y al otro compañero, y
todos celebramos la admirable ocurrencia de aquella señora, y la exquisita
sensibilidad de la mujer. Debe presumirse que la señora en cuestion era paisana
nuestra, puesto que entendió lo que hablábamos, y nosotros hablábamos en
español.
Volviendo á la historia terrible de la Plaza, dije
al brigadier: lo malo tiene la ventaja de que no es necesario que nadie lo
extirpe: él tiene el encargo providencial de extirparse á sí mismo. La
guillotina mató la guillotina; el terror mató al terror; la barbarie mató á sus
hijos, como el Saturno de la Fábula, y concluyó por matarse á sí propia.
—¿Qué es aquella columna?
—El obelisco de Lougsor, cerca del Cairo, que
sirvió de ornamento al palacio real de la famosa Tebas. Sus geroglíficos dicen
que fué principiado bajo Rhamsés II, mil quinientos cincuenta años antes de la
venida del Salvador, y concluido en el reinado de su hermano Rhamsés III, que
la historia conoce bajo el nombre de Sesostris, que fué el rey más grande de
todo Egipto, el rey más grande de toda el Asia. De modo que esa piedra tiene
tres mil cuatrocientos trece años. Pesa próximamente…. ¿Cuánto dirán ustedes?
—¿Quién puede saberlo? contestaron al par mis
interlocutores.
—Calculen ustedes poco más ó menos.
—¿Dos mil quinientos quintales? preguntó el
compañero del brigadier.
—Más de cinco mil. Pesa muy cerca de veintitres mil
arrobas.
—¿Y esa columna es de una sola pieza?
—Una sola pieza. De otra manera no seria obelisco.
—Pues señor, dijo el brigadier, difícilmente puede
encontrarse un personaje de más peso y de más edad.
Dejé á mis compañeros en su fonda, y el carruaje me
llevó á mi casa, en donde encontré á la amable familia americana, la misma que
nos habia convidado á la tertulia de la calle de Lepelletier. Mi compañera
estaba empeñada en que no habia de ir, y yo empeñado en que no se habia de
quedar, y ¡gracias al cielo! esta vez no se cumplió el refran que dice: pídele
á Dios que sea bajo! Hago aquí mencion de este triunfo de un marido,
porque un hecho tan raro bien merece la pena de que se mencione.
—Es que yo no hablo una palabra en francés, ¿qué
papel haré en la tertulia? Todos se reirán de mí….
—Mira, dije á mi compañera, Paris tiene la
presuncion de ser el pueblo universal; España está dentro del universo, de modo
que tú cumples hablando en español.
A las once y cuarto estábamos en la tertulia.
Muchas sonrisas, muchos gestos, muchas contorsiones, muchas luces, muebles
magníficos, un gusto refinado en todas partes, una comedia deliciosamente
ejecutada. En cuanto al recibimiento que merecimos, nada puedo decir que no
ceda en honor de aquella bondadosa y liberal familia. Mi pobre mujer estaba
allí como raton en boca de gato, á despecho de su fecunda locuacidad. Una
señora que estaba á su lado, la dirigió no sé qué pregunta en francés. Mi mujer
contestó en castellano que no entendia; la otra la respondió en francés que no
la comprendia tampoco, y despues de estas amigables explicaciones, ambas se
miraron y movieron la cabeza, como si quedaran convencidas, sin embargo de que
no habian comprendido una palabra.
Se bailó muy bien; se cantó mejor; se tocó á las
mil maravillas. El arte, más severo nada hubiera podido objetar; pero no hallé
otra cosa. He hecho propósito firme de no faltar á la verdad, ni aun por
galantería, ni aun por gratitud. No encontré ese ambiente embalsamado, esa
atmósfera vaporosa, esa idealidad inspirada, esa naturaleza rica, esos
instintos poderosos: no encontré esa aura indefinible, el genio sencillo con
que nos embelesa la sociedad italiana. ¡Qué bella es Roma, cuando se la mira
desde Paris! Voy á hacer mérito de la risible extravagancia de una mujer de
Batiñoles, que formaba parte de la tertulia. Esto no es hablar de Paris, ni de
Francia, porque ni Francia ni Paris pueden tener culpa de que haya una vieja
ridícula.
En segundo término del salon, como las últimas
figuras de un cuadro, habia una señora con su hija, muchacha graciosísima que
podria rayar en los quince ó diez y seis años. Un caballero preguntó á la madre
cuándo se casaba la muchacha. La vieja se puso encarnada como un pavo.
—¡Casarse mi hija! exclamó con miedo y casi con
cólera. ¡Qué delirio! Haga usted el favor de no hablar de amores y de
casamientos á una niña, que no debe pensar en otra cosa que en vestir y
desnudar muñecas. ¡Casarse! ¿Cómo quiere usted que se case esta mocosa? No,
señor; yo no quiero engañar á ningun hombre. Mi hija no se casará un dia antes
de los treinta años. Á los treinta años se casó su abuela, á los treinta años
me casé yo, y si mi hija piensa otra cosa, puede hacer cuenta que no tiene
madre.
Al decir esto, aproximaba su asiento al de la
muchacha, como si temiera que alguno viniese á robársela. Pero advertí que
mientras que la madre hablaba, la hija se reia. La vieja lo notó, y la tiró
desabridamente del traje, y es muy probable que la sermoneara con algun
pellizco, esos pellizcos afectuosos que las madres dan á las hijas.
El caballero quiso replicar…. ¡Aquí fué Troya! La
vieja no sabia cómo estar sentada; sudaba; se llevaba las manos a la cabeza;
paladeaba contínuamente, porque sin duda se le secaba la saliva en la boca.
—¡Nada! ¡nada! exclamaba fuera de sí. Treinta años
cumplidos, y si falta un dia, no quiero. El caballero tuvo que mudar de
conversacion, é hizo perfectamente, porque es seguro que si no deja el tema
comenzado, hay en la tertulia un soponcio. Yo miraba á la vieja diciendo para
mí: ¡qué imbecilidad! Luego miraba á la muchacha, y decia: ¡qué lástima!
Los lectores me permitirán que diga dos palabras
sobre una curiosidad muy rara, sumamente rara, como teoría: muy comun,
sumamente comun, como hecho. Quiero decir que está sucediendo á cada instante,
y que tal vez no puede hallarse la razon de una experiencia tan repetida y tan
trivial. Hé aquí la curiosidad de que hablo. Nadie ama á su hija como una
madre; no hay un carácter más digno de veneracion, que el santo carácter de la
maternidad. Pero no digo bien; la maternidad es más que carácter; es la virtud
suprema, la suprema emocion de este mundo; es la grande heroicidad de la vida.
Una madre es el héroe de todos los héroes, el mártir de todos los mártires. El
héroe da su vida al sentimiento de la gloria; el mártir da su vida al
sentimiento de la fe; pero cuando llega la hora de morir, mueren con dolor. La
madre que muere por sus hijos, muere con placer. La madre mantendria á sus
hijos con sus propias lágrimas. La madre tirita cuando ve que sus hijos tienen
frio. Una madre murió en un lecho hediondo, lleno de harapos. En aquel lecho
habia con ella dos criaturas. Cuando los vecinos entraron al dia siguiente,
hallaron á la madre abrazada á sus hijos; los brazos helados de la muerta,
tenian á las dos criaturas encadenadas contra su pecho, mientras que sus labios
amoratados estaban tocando la frente de uno de los niños, porque sin duda
alguna habia muerto arrojando el aliento sobre aquella frente, para calentarla
con el hálito de su boca y de su corazon. Los niños vivian. Para arrancárselos
á la mujer que ocupaba el lecho, fué necesario enderezar aquellos brazos
rígidos, que tenia presas á las dos criaturas. Para arrancar esas criaturas á
la mujer que ocupaba aquel lecho hediondo, fué necesario luchar con su cadáver.
Aquella madre abrigó á sus hijos con su desnudez; los calentó con su propio
frio, con el frio de la muerte. Esto es un prodigio, un milagro; pero la madre
tiene el don celestial de hacer milagros y prodigios. Sobre una madre no hay
nada en el mundo, nada absolutamente más que Dios. No se me puede tachar de
indiferente, ó de descastado. Adoro á mi madre, adoro á todas las madres de la
tierra; adoro á las madres, no á las ayas. ¡Misterio incomprensible! Esas
madres que aman tanto á sus hijos, son las que causan más frecuentemente su
perdicion. No hay ninguna cosa más temible para una hija, que el casamiento
arreglado por una madre. No hay nada más expuesto á error, más expuesto á ser
engañado, que el corazon de una mujer, cuando se trata de sus hijos. Basta que
cualquier hombre mal intencionado aparente amor á su hija, para que la madre se
embobe y lo eche todo á pique. Cree que va á labrar la felicidad de aquella
criatura que tanto ama, y labra su desdicha con un afan que raya en frenesí. La
madre tiene amor, no tiene juicio; tiene abnegacion, no tiene reserva; sabe
criar á sus hijos en sus pechos, no sabe criarlos para el mundo; tiene el don
divino de darles el sér; no tiene el don humano de darles la felicidad; SON
MADRES, NO SON AYAS.
Figúrese el lector qué sucederá á la pobre muchacha
de Batiñoles, con la manía que tiene embargada la cabeza de su madre. Tiene que
casarse á los treinta años, á los treinta años cumplidos, y si falta un dia, la
madre no quiere. ¿Cuántas luchas, cuántos sinsabores, cuántas amarguras no
esperan á esa pobre hija? ¡Treinta años! Ahora tiene quince ó diez y seis. Y
¿si ama ya? Y ¿si hoy tiene ya una pasion? ¿Ha de esperar trece ó catorce años,
para satisfacer el sentimiento más querido de su alma, la necesidad más
irresistible de su corazon, la fantasía más grande con que la ha embellecido la
Providencia? Y si despechada, al ver que contrarian el más profundo instinto de
su existencia, huye de la casa que la vió nacer, y se pone en brazos de un
hombre pérfido, como Luisa se puso en brazos del estudiante de Rodhese ¿la
volverá su madre la honra y la dicha que ha perdido? ¡Madre insensata! ¿qué es
lo que crees? ¿Crees que eres madre de tu hija, para sacrificarla á los
caprichos de su madre y de su abuela? ¿Crees que tu hija ha de vivir con la
vida especial de su abuela ó de su madre? ¿Crees que eres madre de tu hija,
para encerrar en el canutero de tus agujas el sentimiento más grande y poderoso
de la existencia, el encanto de todos los vivientes, el secreto de todas las
familias, la lumbre que calienta todos los hogares, el ángel del mundo que
arrulla el sueño, de todas las almas? ¿Crees que eres madre para poner ó para
arrancar ese sentimiento del alma de tu hija, como quitas ó pones un garbanzo
en tu olla, como clavas ó dejas de clavar tu aguja de coser en una costura?
¿Crees que el cielo te ha dado la dicha inmensa y el inmenso deber de ser
madre, para disponer á tu antojo de la ventura de ese sér que criaste en tu
seno, de quien has de dar cuenta á la familia, al mundo y á Dios? ¡No, madre
indiscreta!
Dios no da privilegios para lo absurdo y lo
ridículo. Dios no te ha dado la alteza, la soberana alteza de ser madre para
que le pagues con la ruindad de hacer infeliz á tu hija.
Suplico á las hijas que se hagan cargo que no hablo
con ellas; figúrense que no han leido nada; fórmense la ilusion de que estas
páginas están en blanco. No hablo con las hijas, sino con las madres.
Voy á dar un consejo á los padres, porque á los
padres toca el gobierno de los grandes intereses de su casa; por consecuencia,
el gobierno de sus hijos, puesto que un hijo es el interés capital de la
familia.
Cuando tu hija ame y sea amada, no mediando peligro
en el casamiento, no te opongas á que se case. Sobre todo, no te opongas,
alegando por causa los pocos años de la novia. Semejante causa no es verdadera,
ni legítima. Semejante causa es muchas veces la preocupacion vulgar de que se
vale tu egoismo, porque amas á tu hija, y no tienes bastante abnegacion para
sacrificar tu amor á su felicidad. La mujer, tu hija, es capaz de casarse,
desde luego que es capaz de amar á quien ha de ser su marido, y un padre sensato
no debe pretender legislar esto de otro modo. La naturaleza, Dios, te ha
ahorrado este trabajo, porque legislar estas cosas tocaba á Dios, y un padre
sensato debe calcular que la Providencia sabe más que él. Y léjos de evitar que
tu hija se case jóven, debes procurar con mucho cuidado que no se case vieja.
¿Por qué? Por cuatro razones capitales.
1.ª Casándose tu hija jóven, es más apta para la
generacion, en lo cual gana la sociedad, y tiene que correr muchos menos
peligros al ser madre, en lo cual gana ella. De las veinte mujeres que se casan
á cierta edad, las once sucumben cuando dan á luz la primera criatura.
2.ª Casándose jóven tu hija, aun cuando muera á una
edad mediana, dejará educados á sus hijos; cuando menos, á los mayores, que
podrán encargarse de la educacion y del porvenir de los pequeños, pudiendo
morir con la indecible satisfaccion de que deja en el mundo una familia. Por el
contrario, las que se casan tarde, no pueden vivir lo preciso para dejar á un
hijo establecido y colocado, de donde resulta frecuentemente que los huérfanos
tienen que ser presa de los hospicios, de los hospitales; de la miseria, de la
ignorancia y del vandalismo. Si pudiéramos ver la historia secreta de todos los
hechos sociales ¡cuántas lecciones hallaríamos! ¡Cuántos escarmientos vendrian
á castigar nuestras imprudencias! ¡Cuántos desgraciados habrán subido las
gradas del patíbulo, por las extravagancias de sus madres, madres como esa
madre de Batiñoles!
3.ª Casándose jóven tu hija, satisfaciendo á tiempo
la necesidad más imperiosa y más sagrada de su corazon, no puede ser víctima,
como lo son tantas mujeres, de una pasion contrariada, de un amor combatido y
tiranizado. Pero aunque su virtud se conserve pura, aunque no halle su
perdicion y su deshonra en un mar de lágrimas y de desdichas; aunque tenga el
necesario desprendimiento de sí misma para sacrificarse, ¿por qué razon ha de
sacrificarse esa criatura? ¿Por qué razon ha de ser su padre quien la sacrifique?
¿Por qué ese martirio sin gloria? Tu hija ama á los diez y seis años, y tú te
empeñas en que ha de casarse á los treinta cumplidos. ¿Quién llena ese vacío de
catorce años? ¿Quién premia esa lucha? ¿Quién compensa ese sacrificio y esa
agonía? ¿Y si tu hija enferma, quién la volverá su salud? ¿Y si se muere, quién
la arrancará de su sepulcro?
4.ª Casándose jóven tu hija, se atempera con mucha
menos dificultad al carácter y á las costumbres de su marido; y con mucha menos
dificultad puede recibir esta segunda educacion, infinitamente más peligrosa,
más difícil y más importante que la primera. ¿Crees tú, padre de tu hija, que
tú sólo la educas? Estás en un error gravísimo. Tú la educas para la sociedad,
para la familia, para todo el mundo. Su marido tiene que educarla luego para
él. Tú haces con tu hija, lo que hace el sastre que confecciona un traje para
el primer parroquiano que salga. Luego que el parroquiano se presenta, se pone
el traje, y va designando al maestro en dónde le está estrecho, en dónde le
está ancho, en dónde le hace arrugas, porque no quiere un traje que le haga
arrugas, ni que le esté ancho, ni que le esté estrecho. Tú, padre de tu hija,
haces un traje sin tomar la medida de tu yerno; tu yerno ha de ajustárselo
despues, y esta segunda hechura es una medida que tiene más peligros, porque el
nuevo sastre no cuenta con toda la tela, sino con la tela que tiene el vestido
que le dan, con la tela que tú le has dado. Y ¿qué cristiano educa á una mujer,
endurecida en sus costumbres, en sus hábitos, en sus vicios y preocupaciones?
¿Qué cristiano educa á una mujer de treinta años, como la abuela de la muchacha
de Batiñoles? Más fácil es enderezar á un roble de cien años, que á una mujer
de quince. ¿Quién será tan necio que eche sobre sí el andar á pleitos con una
de treinta? ¡Ay! Aún siendo jóven, aún sin tener conciencia cabal de sí propia,
en el período inocente de la generosidad y del amor, aún en la aurora de la
vida, entre los alegres albores del amanecer, pasa lo que Dios sabe: ¿qué no
pasará, cuando la mujer se ha explicado á su modo el mundo en que vive; cuando
está celosa y enamorada dé sus ideas, de sus opiniones y de sus hábitos, como
de su pelo, de sus ojos ó de su vestido?
En favor de la teoría contraria no hay ninguna
verdadera razon. En abono de la teoría que defiendo, existen, sin esforzar
mucho el asunto, las cuatro razones que acabo de exponer. Encargo á los padres
que mediten despacio sobre este consejo, dado á la ligera; pero que es fruto de
una contínua y madura observacion, no desmentida nunca por la geometría
infalible de la vida, por la experiencia.
Voy á terminar este dia con algunas curiosidades.
Primera curiosidad. Un amigo nos ha referido lo que
oyó en Sevilla, á un hombre y á una mujer del pueblo. Es el caso que una mujer,
jóven y hermosa, pasaba por cierto lugar. Un hombre se aproxima á ella, y la
dice: oiga usted, cuando ese cuarto se desalquile, puede avisarme, porque yo lo
quiero habitar.
—Sí, señor, contestó con mucho reposo la mujer.
Cuando usted guste, puede pasarse por mi casa, que mi marido le entregará la
llave.
¿Qué retórico, por sábio que fuera, escribiria una
alegoría más vigorosa, más bien expresada, más significativa, sin dejar de ser
decorosa y honesta?
Segunda curiosidad. Un periódico literario de Paris
hace tres preguntas, á fin de que los suscritores curiosos se las contesten.
Primera. ¿Qué es lo más temible de este mundo?
Yo creo que un tonto.
Segunda. ¿Qué debe hacer el hombre para evitar los
inconvenientes del casamiento?
Yo creo que lo mejor es no casarse.
Tercera. ¿Cuál es la tendencia favorita de las
mujeres?
Voy á contestar con dos redondillas castellanas.
El dominio,
este es su afan;
Y tan de antiguo lo quiso,
Que dominó el Paraíso
Aún siendo soltero Adán.
Con lo que
queda expresado
Que he dicho bastante infiero;
Si lo enredó de soltero
¿Qué hubiera sido casado?
Mañana nos espera el Louvre. El brigadier Rotalde
no habla de otra cosa que de la Asuncion. Por lo que á mí toca, Dios sabe
cuánto deseo verla. ¡Animo, mis queridos y benévolos lectores! Hasta mañana.
=Dia trigésimo tercero=.
La enferma.—Museo del Louvre.—La
Asuncion.—Apoteosis de Rubens.—Otra pintura de Murillo.—Una respuesta.—Noticia
á mis lectoras.—Curiosidades.
¡Virtud increible la de la sangre! ¡Cariño santo el
de la familia! La hermana de Luisa ha llegado con su esposo; Luisa está buena;
y no sólo está buena, sino que es feliz, todo lo feliz que puede ser una
criatura que ha perdido la grande ilusion, la grande esperanza y el grande
secreto de su existencia. La honra es en nuestra alma, lo que es el aroma en
las flores: una esencia de aquella vida.
Un abrazo de la mujer con quien se ha criado en la
casa paterna, un solo abrazo de su hermana, ha curado casi las llagas de su
corazon. ¿Qué sentirian aquellas dos mujeres cuando se vieron? ¿Qué sentiria
Luisa, al oir la voz de su segunda madre? ¿Qué hay en él mundo comparable á las
lágrimas, que aquellas dos criaturas derramaron? ¿Qué poder, qué riqueza, qué
fausto, qué ciencia, qué genio, qué gloria, tiene el arcano arrebatador qué da
la Providencia á esas lágrimas ignoradas y mudas? ¡Ah! Este amor innato de la
familia, esta preciosa herencia que las madres dejan á sus hijos, esta lumbre
apacible que calienta á todos los que viven en una casa, es lo que más nos
reconcilia con la humanidad; más que el talento, más que el heroismo, más que
la virtud. Al ver á un mendigo, á un criminal, á un traidor, á un leproso, no
puedo menos de exclamar: á ese hombre le ama su madre, le ama su esposa, le ama
su hijo; y en aquel hombre miserable, en aquella criatura abyecta, en aquel
andrajo de la vida, si así puede decirse, encuentro algo digno de respetarse.
Sí, yo respeto en aquel hombre el amor augusto de la familia; respeto y adoro
esa sacratísima poesía, cuyo poeta no mora en este mundo. Aquella criatura
envilecida lleva consigo un profundo misterio que Dios le ha dado, y ante ese
misterio que Dios nos da, debia el hombre estudiar en silencio y con la cabeza
destocada.
Volviendo á Luisa, Madama Fonteral vino á
enterarnos de lo ocurrido, y el alborozo ahogaba su voz. La buena mujer no
sabia por dónde empezar, y exclamaba-muy á menudo: ¡estoy loca, estoy loca!
Por fin, nos participó la noticia, y mi mujer y yo sentimos lo que sentiriamos,
cuando encontráramos á una hermana que se nos hubiera perdido. Mi mujer miraba
á todos lados de la estancia; diciendo: me parece que somos más. En
efecto, todos creiamos que nuestra familia se habia aumentado. La hermana de
Luisa era tambien hermana nuestra, hermana por la compasion y por la caridad.
Madama Fonteral cogió la escalera, balbuceando
palabras que no comprendimos, y mi Ana y yo nos dirigimos una ojeada, como si
nos quisiéramos decir: ¡qué excelente mujer!
Desde este dia, miramos á Madama Fonteral con un
verdadero y entrañable cariño. Tal vez esa pobre lechera es la persona á quien
más queremos en Paris.
Mi mujer y yo, con los ojos iluminados por la
alegría, nos asomamos al balcon; Luisa estaba en el de enfrente, con la vista
clavada en el nuestro. Indudablemente esperaba á que nosotros nos asomásemos,
para saludamos. Así fué. Nos miró con un aire indecible de regocijo, nos hizo
diferentes saludos con las manos y con la cabeza, pronunció palabras que no
pudimos entender, y se metió dentro como un relámpago, dejando en nuestro
balcon, no á dos criaturas, sino dos estátuas. Al darnos de cara con Luisa, al
recibir el saludo de su ademan y de sus ojos, aquel tierno saludo de un alma
buena y generosa; al vernos casi enfrente de aquella mujer que poco antes se
moria, de aquel cadáver resucitado, se nos oprimió el corazon, y quedamos allí
como dos figuras de piedra. ¡Pobre Luisa! ¡Alma tierna! Aquel saludo que nos
hizo, fué un consuelo que quiso darnos, que realmente nos dió. Hay jóvenes (yo
conozco algunas), que tienen como el sentimiento del vicio, sin embargo de que
viven en la virtud. Hay otras que tienen la conciencia de la virtud, sin
embargo de vivir en el vicio. A estas últimas pertenece Luisa. Ha pasado por la
deshonra, y no ha perdido totalmente el encanto de la inocencia. Es más
inocente por su alma, que muchas jóvenes lo son por su edad.
Mudemos de decoracion. Es la una de la tarde; el
brigadier Rotalde, otro amigo y yo, paseamos nuestros ávidos ojos por una gran
sala del Louvre, denominada el salon de los Estados. La gran sala
del palacio de Versalles, y la que ahora examinamos, son las dos piezas más
espaciosas y magníficas que he visto. Tiene próximamente dos pisos de altura,
sobre ochenta pasos de longitud, y veintiocho ó treinta de latitud. El famoso
salon de embajadores del Palacio Real de Madrid, es mucho más pequeño; sin
embargo, me parece que es más majestuoso, porque es más sencillo. El único
defecto que noto en esta regia estancia, consiste en que la profusion en el
ornato, la quita esplendidez en el conjunto. Con menos lujo, habria más
grandeza, porque resaltaria más la grandeza de los techos, de las paredes, del
espacio; la grandeza de la extension. A pesar de todo, es una pieza
deslumbradora. Entre las infinitas cosas notables que hemos visto en la sala de
que hablo, no voy á hacer mencion más que de una. Casi al fin del lienzo de la
derecha, como en el comedio de la pared, divisamos un cuadro. Nos aproximamos
cuanto pudimos, y echamos de ver que era el retrato de su pintor. Uno de los
curiosos que visitaban el Museo en aquel dia, contemplaba el retrato con cierta
entusiasta curiosidad, casi con maravilla. Esto nos llamó la atencion á
nosotros, que no veiamos en aquella pintura un motivo tan grande de admiracion
y de entusiasmo. Nos fijamos con más insistencia en el cuadro que teniamos
delante; volvimos los ojos al espectador, y notamos de nuevo que no dejaba de
hacer muecas y contorsiones, como encareciendo la excelencia de la pintura. En
esto nos miró, y nosotros le miramos tambien, en señal de decirle: «¿que ves tú
en ese cuadro? ¿Qué prodigio es ese?»
El extranjero (era aleman) nos comprendió, y al
pasar cerca de nosotros, balbuceó en mal francés: ese retrato que ustedes ven,
esa pintura que está ahí colgada, no es una pintura, no es un cuadro al óleo:
es un tapiz, y saludándonos con un ademan, partió.
Los tres nos quedamos asombrados, y permanecimos
mucho tiempo contemplando aquella maravilla. No sabiendo que aquella pintura es
un tapiz de la fábrica de Gobelinos, parece imposible que haya una persona que
distinga el tapiz de una pintura al óleo, y de una pintura de buena escuela. El
tejido ha hecho tanto como el pincel; la lana es allí rival de los colores.
Sombras, medias tintas, confusion de matices, hasta vaguedad en el colorido,
hasta esa mezcla indefinible, infinitamente varia y distinta, que sólo puede
hacerse en la paleta de un pintor, todo está allí. Los Gobelinos son tan
pintores como tapiceros, ó tan tapiceros como pintores. Creo que ese retrato
que acabamos de ver y admirar, es una de las más grandes curiosidades que posee
el arte humano.
Entramos en el Museo de pinturas. Despues de
atravesar algunas galerías, en donde hay más riqueza de arquitectura, en donde
el edificio es mucho más notable que el Museo, penetramos en la sala de
preferencia. En esta rica sala se custodian todas las obras más estimadas
que el Louvre posee de los grandes maestros. En medio del ángulo de la derecha,
entre pinturas de Rafael de Urbino, de Rubens, de Ticiano y Poussin, vimos un
cuadro que parecia presidir aquella especie de banquete histórico; un banquete
á que asisten silenciosamente tantos genios.
El brigadier Rotalde se destoca, y con una valentía
de sentimiento, que no fué dueño de reprimir, exclamó: ¡viva Bartolomé
Estéban de Murillo! Esta exclamacion improvisada tenia cierto fluido
eléctrico.
Nuestra curiosidad está satisfecha. La pintura que
vemos es la ASUNCION. ¿Puede explicarse el mérito de ese inmenso cuadro? Creo
que no. En esto sucede lo que con el color y con el sonido. En vano
explicaremos el color al ciego, y el sonido al sordo. El que no reciba estas
nociones de la creacion natural, bajará al sepulcro sin ellas. El que no tenga
entendimiento, fantasía y corazon para comprender y sentir la gran belleza que
el genio de un hombre esculpió en ese lienzo; el que no oiga dentro de su alma,
muy dentro, lo que le dice ese silencio arrebatador, esa elocuencia que no
habla con la boca, esa elocuencia muda, y que por lo mismo es más sublime;
quien no tenga el talento del entusiasmo, como tuvo Murillo el talento del
arte, apenas podrá entender una palabra de esa lengua divina. Cuando más se le
explique, menos comprenderá. Sin embargo, daré cuenta al lector de mis
impresiones. No tome el lector á soberbia, lo que voy á decir por ingenuidad.
No veo el mérito de la ASUNCION, en donde otros lo ven. Lo veo, grande, muy
grande, maravillosamente inspirado y feliz, en donde no se ve generalmente.
Creo que el mérito maestro de ese cuadro no consiste, sino en que teniendo
todas las formas de mujer, no nos hace experimentar la emocion del sexo; en que
tiene esa indecision misteriosa del pensamiento, de la conciencia, de la
esperanza; es decir, de la Vírgen, porque la esperanza es toda la vida y toda
la belleza de la virginidad. Es una mujer en su cuerpo, y una idealidad en su
alma; y la idealidad es tan poderosa, que la impresion del cuerpo desaparece, y
triunfa el espíritu. Esa ASUNCION es una escuela en que el arte se pone de
rodillas ante la fe. No veo á Murillo; no veo á España; no veo á Sevilla; no
veo á nadie; no veo más que á la ASUNCION. La obra es tan grande, que mata la
idea del obrero.
¿En dónde principia esa Vírgen? No se sabe. Un
ropaje magnífico oculta sus piés.
¿En dónde acaba? No se sabe. El dedo índice de su
mano derecha señala á lo alto, y el cielo es un espacio que no tiene confines.
Parece que se va, que se sale del cuadro, que se echa á volar sin alas; parece
que aquella figura tiene su complemento en otro mundo; parece que Murillo quiso
concluirla en el arcano de una esperanza, en la sombra de un vaticinio, en el
pensamiento de Dios. La ASUNCION es un cuadro á que no falta nada, como
creacion artística, y que considerado como creacion religiosa, no tiene principio
ni fin. El espectador no sabe, no ve, de dónde arranca, ni en dónde concluye.
En esa ignorancia misteriosa y trascendental, en
esa ignorancia sublime con que la ASUNCION se apodera de nosotros, consiste el
gran mérito de la pintura, á juzgar por lo que yo siento delante de ella.
Voy á dar noticia de algunos detalles, procurando
apartar la vista de otras muchas bellezas, porque cualquiera pincelada de ese
lienzo vale un buen cuadro.
Yo sé que los ojos de la figura que contemplo son
bellísimos, y sin embargo, ¡portento que asombra! no sabria decir qué color
tienen. Y ¿en qué consiste esto? dirá algun lector. Consiste en que Murillo
quiso que los espectadores no viesen los ojos de la ASUNCION, sino que mirasen
al cielo, á donde mira la inspirada imágen.
Otra cosa me llama mucho la atencion, y es la
profunda filosofía que me revela el pensamiento de ocultar los piés á la
Vírgen. Realmente, á una vírgen no se le deben ver los piés. Todo lo que una
vírgen pierde en sombra, pierde en misterio; y todo lo que pierde de misterio,
pierde de vírgen. Pero ¡qué pliegue para indicar el muslo! ¡Qué contorno para
insinuar la cintura! ¡Qué manto para ocultar los piés! ¡Qué ondulaciones en el
traje! ¡Qué suavidad de colorido! ¡Qué dulzura de sentimiento! ¡Qué expresion
de actitud! ¡Qué pureza y qué fervor de alma! No hablo de la maestría del
pincel. El alma, un alma muy llena de grandes afectos y de grandes verdades, es
el pincel que pinta cuadros como el que miro.
Vuelvo los ojos á otro lado, porque no quiero decir
más. Sólo añadiré dos palabras acerca de su historia.
Cierto convento de Sevilla encargó esta ASUNCION á
Murillo. El pintor da cabo á su tarea, coge su cuadro, lo lleva al convento, se
enteran los frailes, y se reune la comunidad. Murillo les presenta su pintura;
los críticos se acercan, examinan, miran con más cuidado, se contemplan unos á
otros frunciendo el entrecejo, y dicen al pintor: «vuestra merced perdone; no
es eso lo que hemos encargado; vuestra ASUNCION no hace al convento.»
—Permitan vuestras reverencias, contestó Murillo,
que coloque el cuadro en donde debe estar, y si entonces no agrada á vuestras
reverencias, me lo llevaré, porque, gracias á Dios, esta vírgen no come pan en
casa de su amo.
—Poco ó nada ganarán en ello pintor y pintura,
porque el convento vuelve á deciros que ese cuadro no sirve. Se conoce, señor
Bartolomé, que vuestra merced ha manejado muy aprisa los pinceles.
—Los habré manejado tan aprisa como plazca á
vuestras reverencias, pero déjenme con mil santos colocar la pintura, y
diciendo y haciendo, la ASUNCION principió á subir. Los frailes, que la habian
mirado de cerca, no habian visto otra cosa que pinceladas de almazarron,
pegones de albayalde, y casi todos habian vuelto la espalda al gran maestro.
Pero el cuadro subia, y á medida que iba subiendo, se transformaba de una
manera portentosa. La pintura se sitúa en su lugar, la Vírgen aparece, el
lienzo brilla, la ASUNCION llena todo el convento.
—Si no desagrada á vuestra merced, señor Bartolomé,
ese cuadro puede quedar ahí, porque, ó la vista nos engaña, ó casi decimos á
vuestra merced que vuestra vírgen hace al convento.
—No quedará ahí, con permiso de vuestras
reverencias, contestó el pintor. Antes se vea azotado por mano del verdugo
Bartolomé Estéban Murillo, que vuelva ese lienzo á pisar los umbrales de la
comunidad, si vuestras reverencias no han de tomarlo á enojo. No valieron
ruegos, ni súplicas. Á los pocos instantes Murillo salia del convento con su
grande obra.
Ignoro qué hizo de ella. Lo que consta es que el
mariscal Soult se apoderó del cuadro, que se lo llevó á Paris, y que lo
conservó hasta su muerte, entre las pinturas de familia. Muerto el mariscal, el
Museo del Louvre hizo proposiciones á los herederos, los cuales vendieron la
pintura por la mitad próximamente de su valor, en obsequio del establecimiento
nacional á que se destinaba. El Louvre dió por ella ciento sesenta mil
napoleones, ó sean ochocientos mil francos. Desde entonces está situada, en
donde ahora la admiran los viajeros de todo el globo. ¡Quién habia de decir á
los buenos frailes de Sevilla, que aquella ASUNCION que no hacia á su
convento, habia de ser vendida al Museo del Louvre en ciento sesenta
talegas de napoleones, y que debia presidir la gran sala de aquel suntuoso
Museo, entre pinturas de Poussin, de Rubens, del Ticiano y de Urbino!
Despues de dirigir la última mirada al cuadro
español, con cierto orgullo nacional, pasamos á una galería, y luego á un
salon, en donde no hay otras pinturas que la apoteosis de Catalina de Médicis,
por Rubens, por el gran Rubens. Hasta que se ve esta apoteosis gigantesca, no
se tiene una idea exacta del pintor, conde y diplomático á la vez; pero en
quien el pintor vale más, mucho más que el diplomático y que el conde. Los
cuadros enormísimos de aquella divinizacion artística, llenan las paredes de
toda la sala. Hay descuidos, hay prisa en aquel inmenso trabajo; pero se echa
de ver tal fecundidad, tal concepcion, tal valentía en las actitudes y
musculaturas, una profusion tan admirable de figuras y tipos mitológicos, que
el ánimo se pasma de que un solo hombre haya pintado aquellos lienzos
colosales. Aquella apoteosis no es la de Catalina de Médicis; es la de Rubens.
En esta sala, el arte ha podido más que la dinastia.
Despues de visitar todo el Museo, en una de las
salas contiguas á la de preferencia, hemos encontrado otra pintura de Murillo.
Es un lienzo de media vara en cuadro, poco más ó menos. Representa un muchacho
de corta edad, pobre, mendigo, sentado en el suelo, y que tiene una pierna
colocada sobre la otra. Con la mano izquierda vuelve un pié, y con la derecha
pretende sacarse una espina. Los tres compañeros nos clavamos delante de aquel
mendigo, y no sabiamos cómo desasirnos de sus miradas. ¡Qué pintura más grande!
Si yo fuese rico, daria por estos dos palmos de lienzo, tanto como dió el
Louvre por la ASUNCION. Este pequeño cuadro vale más que la apoteosis de
Rubens, no menos que la Vírgen que hemos visto hace poco. Apenas se concibe que
pueda presentarse un pasaje tan trivial de la vida humana, de un modo tan
encantador, tan elevado, tan filosófico, tan perfecto. Cabello enredado y
mugriento, frente oprimida, ojos dilatados y tristes, mano tostada y sucia,
uñas ennegrecidas, cara chupada, pómulos salientes, tez arrugosa, fisonomía
mústia, todo está allí con una ingenuidad que sorprende. Es un chiquillo que
nunca ha conocido á su madre, que desde que nació pide limosna. El hijo que
conoce á la que le dió el ser, tiene alguna alegría en su semblante, una
alegría que deja algo allí hasta que la criatura se muere. En ese muchacho no
ha dejado aquella alegría ningun vislumbre. Positivamente, esa criatura no ha
visto jamás á su madre. Si estuviese vivo, nos lo llevariamos á España. Viendo
su estampa inanimada en ese pedazo de lienzo, nos da gana de echar mano al
bolsillo, y de dejarle una limosna. ¡Con qué verdad, con qué candor, con qué
inocencia, abre los ojos lánguidos y marchitos, frunce los labios, y alarga dos
dedos estirados, para sacarse la espina del pié! Lo repito; esa media vara de
lienzo; ese huérfano solo, abandonado y triste; ese desecho del orgullo del
hombre, ese olvido del mundo, ese andrajo de nuestras culpas, vale tanto como
la Vírgen.
Y díganme ustedes, señores franceses: ¿cómo ese
cuadro inestimable, esa preciosísima pintura, esa tiernísima creacion
cristiana, esa bellísima apoteosis del espíritu del Evangelio: cómo ese mendigo
no ocupa un lugar en la sala de preferencia? ¿Creen ustedes que de cien cuadros
que se custodien en aquella sala, hay noventa y nueve que valgan más que ese
muchacho que está pintado ahí? ¿Creen ustedes que hay un solo cuadro en la sala
de preferencia, uno solo, que pertenezca á un arte más extenso y más elevado, á
una escuela más bella, más fecunda, más sábia y más grande? ¿Por qué ese
huérfano casi divino está oculto aquí? ¿Es pequeño el tamaño de la pintura?
¿Costó poco quizá?
Al atravesar el salon de preferencia, hemos notado
una novedad. Una jóven lindísima, condesa italiana, está subida al caballete,
copiando la ASUNCION. Si vale juzgar por los pocos detalles que hemos visto, es
un pincel maestro. Ignoro la vida de esa mujer; ignoro los secretos de su alma;
pero si tiene un alma pura, si tiene un corazon vírgen y bueno, la copia que
saca de la ASUNCION debe ser admirable. ¿Cómo es posible que no se entiendan
bien dos vírgenes tan bellas? algo hemos dicho de esto al descuido; pero un
descuido tal que ella pudiera oir, y la noble y hermosa pintora se ha sonreido
deliciosamente. ¡Ah! ¡quién sabe lo que habrá debajo de esa risa! Muchas veces
vemos que la flor más brillante, es la que oculta con sus frescos tallos á la
serpiente más venenosa.
Si su conciencia es como su cintura, casi me atrevo
á presagiar que verá el reino de los cielos; aunque se ven frecuentemente
cinturas muy estrechas con conciencias muy anchas.
=Dia trigésimo cuarto=.
La columna de Vendome.—El balcon de la fonda.—Dicho
del general
Welington.—La Saboyana del Bosque de Bolonia.—Una Colegiala.
—Cuestion atrasada.—Curiosidades.—A última hora.
Es el último dia que el brigadier Rotalde piensa
permanecer en Paris, y estoy en el caso de hacerle los honores que son debidos
al que se va. Poco despues de las diez de la mañana, estamos en la Plaza de
Vendome, en cuyo centro se levanta una enorme y gallarda columna. El guardian
nos dice que en la fábrica de este monumento, que es de bronce, se han empleado
doce mil cañones, apresados por Bonaparte á los enemigos de Francia.
Los cimientos de esta gigantesca pirámide,
imitacion de la columna de Trajano, en Roma, tienen una profundidad de doce
varas; su diámetro no baja de cinco, y de cincuenta la elevacion. Se llega á la
cima por una escalera de ciento setenta y seis tramos. Corona la columna una
estátua de Napoleon, vestido de gran Capitan. Aguilas, guirnaldas
de encina y de laurel, y otros varios trofeos alegóricos, ornan este monumento
de triunfo.
Encima de la puerta de entrada, se lee una
inscripcion latina que dice: «con el bronce del enemigo, levantó el Emperador
Napoleon este monumento á la gloria del gran ejército, que, bajo sus órdenes,
venció en cinco meses á toda la Alemania.»
Con motivo de la columna de Vendome, se cuentan dos
anécdotas muy curiosas. De la una es héroe el actual emperador de los
franceses; de la otra, el general Welington.
La de Napoleon III es la siguiente. Cuando,
ocurrido el movimiento de 1848, vino á Paris el actual emperador, se hospedó en
una fonda que hay en la Plaza de Vendome. Sus amigos y adectos le aconsejaron
que debia enviar gente á provincias, para preparar la opinion pública, y
conseguir que le nombrasen diputado.
—No es preciso enviar á nadie, contestó el emigrado
de Lóndres.
—¿Por qué? preguntaron con extrañeza sus amigos.
—Porque no necesito de los electores.
—Pero ¿cómo se explica que quien quiere ser
elegido, no necesite de los electores?
—Porque tengo bastante con aquel ELECTOR. Y
diciendo esto se levanta, abre los cristales de un balcon que daba á la plaza,
y les muestra la estátua de Bonaparte, que corona (como ya dije) la columna
triunfal.
El antiguo emigrado de Lóndres tenia razon. El
elector de bronce, aquella grande historia, lo nombró diputado primero,
presidente de la república despues, emperador más tarde. No niego lo que este
emperador haya podido hacer; pero creo que el otro emperador, el ELECTOR de la
columna de Vendome, ha hecho mucho más.
Vamos á la anécdota del general Welington. La
primera estátua de Bonaparte, que servia de remate á la columna, se bajó en
1815, y su bronce sirvió para fundir la estátua de Enrique IV, que decora hoy
el puente Nuevo. Pues dicen que, al ver el general Welington aquella estátua de
Napoleon I, concibió la idea de mandar hacer otra estátua de aquel personaje.
Efectivamente, la estátua se hizo, y el general inglés la colocó en el primer
rellano de la escalera de su casa. Varios amigos del general, sorprendidos de
que dejase la estátua en la escalera, pretendieron hacerle ver que aquello no
era decoroso, porque podria entenderse que queria desairar la memoria del
héroe.
—La estátua está en donde debe estar, contestó
Welington, y bajó la cabeza.
—¿Pero cree usted, argüian los otros, que la
estátua de Bonaparte debe servir de adorno en la escalera de Welington?
—La estátua está en donde debe estar, repetia el
viejo general; no puede estar más que en la escalera, y volvia á bajar la
frente.
—Pero ¿por qué no puede estar en otra parte que en
la escalera?
—Porque no cabe por las puertas de mi casa.
Esta buena expresion de Welington hubo de inspirar
á uno de nuestros compañeros de expedicion, el cual dijo: esa columna es un
digno pedestal de aquella estátua. Realmente, Napoleon no necesitaba menor
cimiento.
Subimos á nuestro carruaje, y á los veinticinco ó
treinta minutos estábamos en el bosque de Bolonia. Al fin de una de las calles
de árboles, en sitio bastante lejano, nos encontramos á una jóven rubia, muy
rubia, y de un cútis tan blanco y tan terso, que más que cútis parecia
alabastro. Una mujer en la soledad, y especialmente entre árboles y flores,
tiene un prestigio fascinador. Estaba al pié de un arbusto, y con una rama se
daba golpes en la punta del zapato derecho, teniendo clavada allí la vista de
un modo maquinal. Alguna idea agujereaba el cerebro de aquella mujer; algun
pensamiento diabólico volcanizaba aquella cabeza. Sobre esto dijimos algunas
palabras á media voz; pero la jóven no levantó los ojos para mirarnos. No
parecia sino que tenia los ojos atados á la punta del pié derecho, en donde
continuaba dando golpes con la rama.
Al pasar casi tocando con sus piés, el brigadier
dijo, esta está maquinando contra algun infeliz, y al oir esto,
todos nos reimos con cierta algazara. La saboyana (tal parecia por su color y
por sus facciones) no levantó tampoco la vista. Dimos un paseo bastante largo,
y á la vuelta la encontramos en el mismo sitio, conservando la misma actitud, y
sin dejar la extraña ocupacion de dar golpes á la punta del zapato derecho.
¿Qué pensará? ¿Qué sucederá á esa mujer? Esto
murmuramos entre nosotros, y casi tuvimos tentacion de hablarla. Seguramente lo
hubiéramos hecho, si aquella mujer hubiera levantado la vista hácia nosotros,
pero en balde. Al pasar esta vez por su orilla, esforzamos la voz, procuramos
hacer ruido; nada: aquellos ojos estaban cosidos al zapato. Nosotros pasamos
por fin, nos alejamos volviendo la cara, hasta que la perdimos de vista. La
saboyana quedó allí. ¿Hemos hecho bien en no hablarla? Creo que no; presiento
que hemos cometido una falta de caridad, porque presiento que aquella mujer
oculta un plan diabólico, debajo de aquel movimiento maquinal, casi idiota. La
memoria de aquella desgraciada (estoy seguro de que aquella mujer no es
dichosa) nos ha preocupado todo el dia.
Cerca del arco de la Estrella, hemos encontrado á
una familia americana, que ha venido á Paris con el fin de llevarse á una niña,
que tenia en un colegio de esta ciudad. La colegiala, jóven de diez y siete á
diez y ocho años, iba con sus padres y dos hermanitos. La niña en cuestion
parecia una lela revoltosa. La educacion de los colegios es quizá el
inconveniente más grave de la civilizacion de nuestros dias. La mujer que en
ellos se educa, contrae mil hábitos extravagantes y caprichosos, pierde una gran
parte del cariño que debe á los suyos, no sirve para la vida de la casa, puesto
que no se ha criado en familia, ni para la vida civil, puesto que no se ha
criado en sociedad. Tiene la ignorancia del que no experimenta la realidad de
la vida humana, el deseo aturdido y desordenado del que desea experimentar, y
la malicia peligrosísima del que anhela una dicha que ignora. Al salir del
colegio se figura la colegiala que viene al mundo, se figura que acaba de
nacer; y aún á despecho suyo, tiene la volubilidad, los antojos y el ánsia de
un niño. En un dia, en una hora, quiere disfrutar lo que no ha disfrutado en
diez años de encierro, y nunca está contenta, nunca está tranquila; siempre
mira impaciente, siempre murmura, siempre anhela más. Querer verlo todo, sentirlo
todo, devorarlo todo á la vez, esta es la educacion, esta es la cultura, esta
es la moral que la jóven saca del colegio.
Padres que leais este libro, antes que á un
colegio, antes que á esas escuelas, en donde pagais tanto dinero para que os
desnaturalicen vuestras hijas, enviadlas á una aldea. En una aldea serán
ignorantes: en el colegio son ignorantes, impacientes, mal habituadas y locas.
Si yo tuviese un hijo y me preguntara: ¿qué
cualidad es la primera que debo buscar en la mujer, que haya de ser mi esposa?
—Que no sea de colegio, contestaria yo.
¿Quiero decir con esto que no pueda haber
colegialas virtuosas y cultas? No; la virtud está en todas partes; en todas
partes hay mujeres educadas y virtuosas; yo no hablo aquí de la bondad de la
mujer, sino de los peligros, de los graves peligros, de un colegio.
Todavía hablábamos con la familia americana,
cuando, delante de nosotros, se para un coche, abre el lacayo la portezuela, y
asoma una mujer de hermosa figura. Pone el pié en el estribo, se suspende el
traje, habla con el lacayo, y así se estuvo un par de minutos, como para que
nosotros admirásemos el bello contorno de su pierna. Parece imposible que haya
mujeres tan insensatas; parece imposible que de tal manera malversen el caudal
que deben al cielo. Quieren darse interés menospreciándose; quieren ataviarse y
deslumbrarnos, cubriéndose de harapos y de girones.
A esa pobre mujer (una mujer puede ser pobre con
muchas alhajas y muchas riquezas) seria necesario enseñarla la copla que dice:
En el amoroso
imperio
Busca el hombre lo que ignora:
No es la mujer lo que adora,
Lo que adora es su misterio.
¡Cuánto más valdrian las mujeres, cuán diferente
seria el mundo, si se comprendiera y se practicara la moral de esas cuatro
líneas!
Ya lo he dicho en otro lugar, y voy á decirlo aquí
otra vez. El que crea que no necesita leerlo dos veces, que lo pase por alto;
pero casi me atrevo á decir que aunque lo leyera todos los dias, no perderia el
tiempo.
Una virtud moral que se llama recato.
Una virtud física que se llama aseo.
Una virtud social y religiosa que se llama caridad.
Dos virtudes domésticas que se llaman laboriosidad
y economía: hé aquí el verdadero dote, el dote más grande, que un padre
puede dar á su hija. Con ese dote, la pobre es rica; y la fea es hermosa. Sin
ese dote, la hermosa es fea, y la rica es pobre.
¡Cuántos pechos exhalarán un profundo suspiro, al
leer estos desaliñados renglones!
La francesa partió con el lacayo. Dios la dé lo que
la hace falta, que es una buena dósis de juicio.
Hemos tenido un gran placer. Visitamos el Instituto,
y vimos las estátuas de Bossuet, de Descartes, de Fenelon y de Tully. Vimos
tambien con gran satisfaccion los bustos de otros hombres célebres, entre ellos
el de Molière, sin embargo de que este gran poeta no perteneció á la Academia
de su siglo. Pertenecia á otra Academia mucho más grande: á la de la
historia, á la del tiempo. El busto tiene esta noble y discreta inscripcion:
Rien ne manque à sa gloire, il manquait à la nôtre.
Nada falta á su gloria; pero á nuestra gloria faltaba el tenerle aquí.
Estas palabras son un digno y generoso epitafio.
¡Ilustre Molière! Ya que un siglo dejó tu cadáver insepulto; ya que un siglo
negó á tus cenizas el palmo de tierra, que no se niega á tantos idiotas y á
tantos malvados, otro siglo te llama, te hace entrar y te tiene guardado aquí.
¡Qué arcanos tan raros envuelven el destino de la
vida! El genio salva al mundo, y el mundo lo trata casi siempre como herege. O
lo quema, ó lo ahorca, ó lo reduce á morir de hambre, ó lo deja insepulto. Pero
Dios que está arriba, tan arriba, Dios que ve tanto, que tanto vela, que tan
justo es, entierra luego á los que no tuvieron sepultura, y da pan á los que se
murieron de hambre, y quita la argolla á los que perecieron en los cadalsos, y
junta los miembros, y resucita el polvo de los que sirvieron de pábulo á
bárbaras hogueras. Ahí estan esas estátuas y esos bustos. ¡Gloria á ellos,
gloria al siglo cristiano que los fabrica, y gloria al espíritu que los ha
mandado fabricar!
Vamos á las curiosidades de este dia. Ha caido en
mis manos, por una venturosa casualidad, un memorial antiguo, y en él encuentro
noticias, que no dejan de llamarme la atencion.
Primera. En tiempo de San Luis, se dió el nombre de Universidad á
la reunion de todas las escuelas parisienses, y la universidad se llamaba
entonces LA TRES-HUMBLE ET TRES-DEVOTE FILLE DU ROY: LA MUY HUMILDE y MUY
DEVOTA HIJA DEL REY. ¡Quién habia de decir á San Luis que la muy
humilde y muy devota hija del rey, habia de poner pleito á los mismos
reyes!
Segunda. La vara toesa de mampostería, que hoy no costará
menos de quince ó diez y seis reales, costaba en Francia ocho sueldos, ó sean
doce cuartos españoles, á mediados del siglo XIII.
Tercera. En el mes de Febrero de 1377, el Emperador Cárlos
V recibió en Paris al Emperador Cárlos IV. Entre los multiplicados presentes
que el Preboste y los Síndicos de la ciudad hicieron al recien venido, se veia
un barquichuelo, que pesaba ciento noventa marcos de plata, neuf vingt
et dix marcs d'argent, lo que equivale á unas cuatro arrobas de Castilla.
Si los demás presentes eran por el estilo, bien
necesitaba el Emperador una acémila para cada presente.
A la segunda comida que el rey de Francia dió á su
huésped, asistieron el Delfin, el duque de Sajonia, las duques de Berry, de
Borbon, de Brabante, de Borgoña, de Bar, el conde de Eu, y cerca de mil
caballeros y barones, así extranjeros como franceses. Durante la comida, se
representaron dos entremeses, uno de los cuales tenia por
asunto la toma de Jerusalem, por Godofredo de Bullon. Una de las
decoraciones figuraba la gran torre, desde donde los musulmanes proclaman su
ley. Un actor, vestido de sarraceno con la más minuciosa propiedad, pregonaba
la ley desde la torre en lengua arábiga.
A juzgar por las muestras, debe suponerse que el
convite duró todo el dia. Los dos entremeses no dejarian de durar dos ó tres
horas; de modo, que cuando tomaran los postres, las entradas debian estar ya en
los talones. ¡Con qué reposo lo tomaba aquella buena gente!
Cuarta. El Memorial cuenta la historia de un compadre que
no se anda en chiquitas. Estéban Marcel, de quien ya he hablado en estos
apuntes, era Preboste de Paris á mediados del siglo XIV. Un dia tuvo la idea
(¡en mala hora la tuvo!) de vender la ciudad á los ingleses. Era el 1.º de
Agosto de 1358, y por más señas que habia nubes. Así lo dice el Memorial. Para
el Preboste de Paris estuvo realmente bien nublado. Pues nuestro buen Estéban
Marcel se hace amo de las llaves de la ciudad, y á la media noche, toma el
camino de la Bastilla de San Antonio. El Preboste creia que iba solo; pero se
engañaba. Dos hombres le seguian. Estos dos hombres silenciosos, que avanzaban
como dos sombras, eran los hermanos Juan y Simon Maillard.
—Estéban, ¿qué se hace por aquí á estas horas?
—Juan, ¿qué importa á nadie lo que yo hago? Atiendo
á mi oficio de
Preboste de la ciudad.
—¡Voto á brios! exclamó Juan Maillard, que era su
compadre; el diablo cargue conmigo, si estais aquí para nada que huela á bueno.
Ved, añadió luego á varios hombres que se habian reunido; intenta vender la
ciudad, y por eso tiene las llaves en la mano.
—¡Compadre Juan, miente usted!
—¡Usted es el que miente, compadre Estéban! Y si
no, ahora lo verá usted; y acercándose al Preboste, levanta el hacha y le
separa la cabeza del cuerpo. ¡Y eso que era compadre! ¿Qué hubiera hecho, á no
mediar el compadrazgo?
Quinta. (Para el Sr. Alejandro Dumas.) El Memorial
refiere que en el siglo XI, estaba Paris lleno de clérigos y de estudiantes,
cuyos clérigos y estudiantes, en su mayoría, «vivian menos en el santuario de
las artes y de las ciencias, que en medio de las riñas y de las bacanales de la
calle de Fouare. Saqueaban las tabernas, violentaban á las mujeres, apaleaban á
sus maridos con bastones ofensivos, y preferian la belleza de las
muchachas á las bellezas de Ciceron.»
Sepa el Sr. Alejandro Dumas que los clérigos y los
estudiantes de Paris, en el siglo XI, saqueaban las tabernas, violentaban á las
mujeres, y apaleaban á sus maridos con bastones ofensivos. Sepa el
Sr. Alejandro Dumas que Paris, en el siglo XI y bastante despues, era una
horda, porque solamente en una horda pueden consentirse tamañas tropelías. Más
valiera que el Sr. Dumas tuviese presente la historia de su pueblo, antes de
hacer befa de una nacion leal y generosa, á quien paga con despropósitos, con
calumnias y ridiculeces.
Sexta. (Para el mismo Sr. Dumas.) Bajo el reinado de San Luis, el jefe de los
mercaderes tomó el célebre nombre de Preboste, y á contar de esta fecha, el
Prebostazgo dejó de venderse á pública subasta, como acontecia en los tiempos
anteriores. «De aquí resultaba, dice el Memorial, que los pobres no hallaban
amparo contra los ricos, á causa de los muchos presentes que los ricos hacian á
los Prebostes. El bajo pueblo no se atrevia á morar en las tierras del rey, y
se iba en busca de otras prebostias y otros señoríos, por lo cual las tierras
del rey estaban tan desiertas, que cuando el Preboste daba audiencia, no
asistian á ellas arriba de diez ó de doce personas; pero en cambio, habia
tantos malhechores y rateros dentro y fuera de la ciudad, que toda la comarca estaba
llena.»
Y para que el Sr. Alejandro Dumas no crea que
pretendo burlarme, siguiendo su costumbre, copio á continuacion el texto en
francés antiguo.
«Le menu peuple n'osoit demourer en la terre du
roy, et alloit demourer en d'autres prévostés et aultres seigneuries, et la
terre du roy etoit si déserte que, quand le prébost tenoit ses plaids, il n'y
avoit pas plus de dix personnes ou de douze; mais il y avoit tant de
malfaicteurs et larrons à Paris et dehors, que tout le pays en estoit plein.»
Sepa tambien el Sr. Dumas que, hasta el reinado de
San Luis, Paris y sus alrededores estaban plagados de malhechores y de rateros,
y que los vasallos de la corona tenian que ir á buscar otros señoríos, porque
no podian parar en las tierras del rey. ¿Y cómo llama usted á eso, Sr. Dumas?
¿Es eso cultura y civilizacion? ¿Eso no es Africa? ¿Para eso no hay Pirineos?
Basta de Memorial. Vamos á curiosidades
de otro género. Segun un inventario hecho en 1774, los diamantes de la corona
francesa excedian de ocho mil, de los cuales eran los mejores, y lo son
todavía, los denominados el Regente y el Sancy.
El Regente, que ocupaba el tercero ó cuarto lugar
entre los primeros diamantes conocidos, fué comprado por el duque de Orleans
por cuatrocientos mil napoleones, en 1717.
La historia de Sancy es más antigua y novelesca. En
el siglo XV, un suizo poseia este gran diamante, no se sabe cómo, y lo vendió
por un escudo á Cárlos el Temerario. El tal hombre ignoraba
seguramente que aquel pedacito de piedra encerraba una gran fortuna. De Cárlos
el Temerario pasó á Nicolás de Harlay de Sancy, que lo empeñó á D. Antonio, rey
de Portugal, en doscientos mil francos. El mismo Sancy lo desempeñó luego,
mediante una suma de quinientos mil, ó sean dos millones de reales. ¿Qué diria
á esto el buen Suizo, que lo vendió por un escudo?
Ultima curiosidad. En la calle de los Pequeños
Campos, hemos encontrado á una señora que caminaba con el aire de una heroina,
mientras que la seguia un corderito, que llevaba sobre el lomo un manojo de
parras. La señora volvia la cara de cuando en cuando, de lo cual inferimos
nosotros que alguna persona interesada quedaba atrás, y así era efectivamente,
segun luego vimos. En estos dares y tomares, atraviesa la acera un caballero
jóven, y ambos se saludan con más afecto del que conviene manifestar en público,
sobre todo cuando la mujer es casada, y muy especialmente, cuando detrás viene
un carnero. El recienvenido la pregunta por su esposo, y ella, con cierto
desden, con cierta saciedad (es muy prosáico en el poético Paris el amar á un
marido) contesta á media voz: ahí detrás viene. El otro miró, y no vió otra
cosa que el borreguillo que traia las parras. Nosotros presenciábamos la
escena, situados delante de un escaparate, á diez ó doce pasos de distancia. Mi
mujer me miraba, porque no comprendia el tremendo chiste de la situacion, hasta
que yo me eché á reir, sin ser dueño de contenerme. Entonces mi mujer me
preguntó por qué me reia, y yo la conté el lance, que la hizo reir tambien.
No comprendo por qué; pero ello sucede que, las
cosas más graves son las que nos causan más risa.
Yo no pude menos de poner en verso esta peregrina
aventura, aunque en
Paris no tiene nada de peregrina, ni de extraordinaria.
Va una dama con
gran fuero,
Y gran pompa y grande brillo,
Siguiéndola un carnerillo
Que es animal muy casero.
Con su manojo de parras
Iba el animal ufano,
Cuando llega un Don Fulano
Que es amigote de marras,
—¿Y su esposo? dice luego.
—Detrás viene, dice ella …
¡Oh prodigio de la estrella!
Detrás marchaba un borrego.
A lo léjos, muy á lo léjos, apareció una víctima.
Era el marido.
A última hora. Son las once de la noche. En el momento de
ponerme á escribir el noveno artículo para La América, nos traen
una noticia. No sé cómo anunciarla á mis lectores. Temo lastimar su corazon,
como lo está el de mi mujer y el mio. Luisa ha muerto. Sin duda la sorpresa que
la produjo el ver á su hermana, la causó un derrame cerebral, que devoró su
vida en pocos instantes. ¡Pobre mujer! Hé aquí lo que deben esperar las jóvenes
que no saben luchar consigo mismas, que no saben ser lo que Dios ha querido que
sean, y los padres que ponen en olvido que la paternidad no es una tiranía,
sino una mision, un sacramento, un sacerdocio.
¡Desgraciada Luisa, adios! ¡El cielo tenga más
misericordia de tí, que lástima te tuvo ese hombre infame de Rodhese! Si
tuviéramos valor para ello, averiguariamos en dónde te entierran, y antes de
volver á nuestro país, iriamos á despedirnos de tus cenizas. Mi mujer llora, y
yo tengo el pecho oprimido.
Juro que no he de partir de esta ciudad, sin
escribir al estudiante de
Estrasburgo, noticiándole la desgracia de una mujer que él no merecia.
Sí, lo sabrá al menos, para que esa sombra vaya sobre su corazon, y no
engañe á otra desdichada.
=Dia trigésimo quinto=.
Disputa del restaurant de las
Columnas.—Manuela Bernaola.—Una mujer de Batiñoles y de Lamartine.—Un caballero
vestido de hombre, y un hombre vestido de caballero.—Un conflicto.—Llanto de mi
mujer.—Cartas—Visitas.—Las cinco y media de la tarde.—Un puente.—El Napoleon y
el guardia civil.
Prometi dar cuenta de una disputa que presencié el
otro dia en el restaurant de las Columnas. Era la siguiente.
Dos caballeros discutian en alta voz, acerca de la prenda que constituia el
carácter más grande del hombre. Uno opinaba que era la generosidad, la
abnegacion. El otro decia que era el valor ó la firmeza. Yo creo que es
la resolucion para emprender, y la constancia para
proseguir y terminar. Despues del genio y de la honradez, me parece que
aquellas dos virtudes son las más elevadas y trascendentales del mundo. Con
resolucion hay casi todo.
Obran en mi poder los datos relativos al asesinato
de Manuela Bernaola é Ignacio Cabezudo; pero no puedo publicarlos aquí, porque
un escritor de Madrid me participa que prepara una historia de aquel atentado,
y no debo perjudicar á mi compañero de letras, anticipando datos curiosos que
quitarian interés á su obra. Dicho escritor me pide un prólogo para la historia
que piensa publicar, y me despido del asunto hasta entonces.
Me han contado hoy cierta aventura muy notable de
una mujer de Batiñoles. Esta mujer, que es una verdulera, supo que se habia
abierto una suscricion á favor del célebre poeta de Lamartine, con el fin de
que pudiera rescatar un castillo feudal, que tenia empezado. Con este ó
semejante motivo, se han abierto ya dos suscriciones, que no habrán importado
menos de trescientos mil duros. ¡Un republicano acude á la caridad europea,
para desempeñar un castillo feudal! ¡A la suscricion de un republicano francés,
contribuyen en primer lugar los lores ingleses! Esto seria extraño, muy
extraño, en cualquier país de la tierra; en Paris, no. En Paris no tienen
absolutamente nada de extraño las cosas más extrañas.
Pues la buena mujer de Batiñoles supo la suscricion
á que me refiero, supuso que el poeta se hallaba en grandes conflictos, y
repetia frecuentemente: ¡pobre señor Alfonso de Lamartine! ¡Qué apurado estará!
Y hoy guardaba un franco, otro franco mañana, y así fué reuniendo hasta cuatro
napoleones. Toma nota del número de la casa, se aliña lo mejor que puede, y
llena de gozo, como quien sabe que va á practicar una buena obra, coge el
camino de Paris, y al cabo de una hora de buen andar, se para en la puerta del
gran escritor. El corazon saltaba del pecho á la pobre mujer, imaginándose que
iba á encontrar, afligido y pobre, al eminente autor de las Melodías.
Pasa el umbral…. No, no es aquí, dijo en sus adentros la verdulera. En este
patio hay coches, veo lacayos, escudos de armas … no, no es esta la casa de mi
pobre señor Alfonso de Lamartine. Pregunta á los vecinos, y todos la aseguran
que aquella es la casa del poeta. Pasa segunda vez el umbral, se detiene, mira,
da unos cuantos pasos con recelo…. La vecindad me engaña sin duda, decia para
sí la aturdida mujer. Por fin, medio balbuceando, entera á uno de los criados
del objeto que la llevaba, y la hacen entrar en un gabinete. Alfombras,
cortinajes, dorados, tremoles…. ¿Que es esto? exclamaba la verdulera. Sale del
gabinete, atraviesa el patio, cruza el umbral, camina á marchas dobles por la
calle, y como alma que lleva el diablo, entra en Batiñoles. Inmediatamente que
se vió en su casa, se sienta, deshace el nudo que tenia la esquina de un
pañuelo, saca cuatro napoleones que habia envueltos allí, y se los mete en el
bolsillo exclamando: mucha más falta me hacen á mí que al señor Alfonso de
Lamartine. Con estos veinte francos, haré un vestido nuevo á mi hijo Vicente.
El niño asoma en este momento, da un grito de alegría, y corre hácia su madre,
que le abre los brazos.
Esta aventura, que no tiene nada de particular para
otros, tiene para mí una grandísima importancia, porque tiene una grandísima
moralidad. La accion de la mujer de Batiñoles vale infinitamente más que el
castillo, y que mil castillos del poeta de Lamartine.
Otro incidente no ha dejado de impresionarme. En el
pasaje de Jouffroi hemos encontrado á un vizcaino, que viene de la Habana, y
que se ha hecho rico con la trata de negros. Lleva una gran cadena de oro,
sortija de brillantes, alfiler de lo mismo; casi al propio tiempo, pasa por
nuestro lado un hombre modesto y humilde. Era M. Littré, el hombre más sábio
quizá de todo el Instituto de Francia. Yo dije para mí: aquel es un hombre
disfrazado de caballero, y señalé al vizcaino: aquel otro es un caballero vestido
de hombre, y señalé al sábio y modesto publicista.
Otro incidente me ha impresionado más. Un amigo
llega esta mañana, me mira, calla, y despues de un minuto de silencio, me dice:
¿usted me oye?
—Sí, señor, le oigo.
—Si usted no me ayuda, dentro de tres horas estoy
en la cárcel.
—¡Cómo! ¿Por qué?
—Porque debo ochocientos cincuenta francos.
Vi el conflicto pintado en el semblante de aquel
hombre; aquel hombre no me engañaba; era un amigo mio; sobre todo, era un
hombre honrado, la vergüenza quemaba sus mejillas, y no me fué dado vacilar. No
quise, ni pude. Un hombre que tiene corazon, no vacila nunca en tales momentos.
Mi mujer no se habia levantado aún. Sin decirla nada, sin saber lo que hacia,
tanto ó más aturdido que mi amigo, abro mi cofre, y le doy los ciento setenta
napoleones que necesita. Aquel hombre coge el dinero, me aprieta la mano sin
decir palabra, y con los ojos humedecidos, sale precipitadamente de mi
habitacion.
Si él no me paga, exclamé para mí, Dios me lo
pagará. No sabemos cómo, acaso no lo conocemos, tal vez nos quejamos, porque no
vemos el interior de esta enorme máquina que se llama mundo; pero tenga el
lector por cierto que Dios paga siempre estas cosas. Tal vez nos lo paga con
monedas que nosotros no sabemos apreciar; pero nos lo paga. Esta verdad es la
más evidente y la más necesaria de la vida.
Pero otra cosa me ha producido todavía mayor
sensacion. Luego que el amigo partió con su dinero, conté lo que me quedaba, y
despues de pagar la fonda, no me resta lo necesario para volver á nuestro país.
¡Desdichado de mí un millon de veces! ¿Cómo se lo digo á mi mujer? ¿Qué hago?
¿A qué apelo?
Pero otra novedad debia impresionarme más aún. Á la
vuelta del restaurant de las Columnas, entrados ya en nuestra
calle, hube de decir algo á mi compañera sobre la aventura del amigo; mi mujer
se para repentinamente, me echa una ojeada terrible, suelta su brazo del mio,
se cubre la cara con ambas manos, y arranca á llorar; pero un llorar que no
podia contener, un llorar sin consuelo. Yo me quedé inmóvil, estático; crucé
los brazos, y la miraba sin saber qué hacer, ni qué decir. Debia estar pálido
como un cadáver. Hice que se cogiera de nuevo á mi brazo, entramos en la fonda,
la señora acudió para saber qué la sucedia, yo la dije que habiamos recibido la
noticia de que mi suegro estaba enfermo de gravedad, la patrona nos manifestó
su deseo de que se aliviara, y subimos. Al entrar en nuestra habitacion, vi
algunas cartas sobre la chimenea. Abro la primera que cogí, y con la carta
abierta en la mano, digo á mi compañera:
—¿Por quién dirás que podemos volver á España
cuando queramos?
Mi mujer me miraba con mucha atencion, y con un
aire indefinible de sorpresa y de regocijo.
—¿Por quién? me preguntó.
—Por la ciudad de Reus.
—¡Bendita sea! exclamó mi mujer.
—¡Bendita sea! exclamaron tambien otros labios.
Mis amigos de Reus, presumiendo que podia verme en
algun apuro, y deseosos de que no me quedara en Francia, me mandaban cien duros
á Paris, y otros ciento á Madrid, con el objeto de que me encontrase con
recursos á mi llegada. Hay demostraciones tan generosas, tan delicadas y tan
nobles, que no se pueden olvidar nunca, aún supuesta la ingratitud, aún
supuesto ese negro vicio, el más negro de todos. Y ya que trato del capítulo de
la gratitud, voy á trasladar al papel algunas páginas de mi corazon, por si sucede
que estos apuntes sean el último ensayo que doy al público, como pudiera
suceder, si la terrible dolencia que me aflige avanza algo más. Estoy seguro de
que mis lectores no llevarán á mal este desahogo de un alma agradecida y
lacerada, porque ¿quién no tiene en el mundo algo que agradecer? ¿Quién no
tiene deudas sagradas que pagar?
Cuando la prohibicion de siete obras consecutivas
(prohibiciones sistemáticas las más de ellas) consumieron todos mis recursos,
puesto que las obras prohibidas no valian menos de cuatrocientos mil reales:
cuando me he visto sin medios humanos de vivir, despues de veinticinco años de
estudios constantes, de constantes vigilias; un artesano, un menestral, un
hombre que no me conocia; un hombre que habia aprendido á leer en un libro mio,
se redujo á comer un pedazo de pan, y me enviaba, contra mi voluntad, todo el
preciosísimo capital de sus economías: este artesano, esta alma grande, es José
Mallol, natural de Gandía, provincia de Valencia. Pongo este ejemplo en primer
lugar, porque José Mallol no me daba lo que él tenia, sino lo que arrancaba de
su existencia.
Si algo he hecho y puedo hacer por mi patria; si
alguna huella dejo en el mundo; si la Providencia ha querido favorecerme con
esta altísima merced, á que seguramente no me considero acreedor, España
deberia agradecerlo al marido de mi hermana Filomena, D. Antonio Miravent y
Bogarin, á su hermano D. Francisco, y al marido de mi hermana Amparo, D. Juan
María de Zarandieta, naturales todos de la isla Cristina, provincia de Huelva.
Tambien son dignos de mi gratitud, por su conducta liberal y caballerosa, D.
Miguel Roselló, de las Baleares; D. Cayetano del Portillo, D. Rafael Molero de
la Borbolla, D. José Bulnes y Solera, y mi hermano político, D. Salvador de
Cantos, de Sevilla; D. Ramon Sans, de Huesca; el Marqués de Premio Real, y D.
José Bartorelo y Quintana, de Cádiz; D. Cárlos Cervera y D. Félix Gallac, de
Valencia; D. Alejo Tresario Echevarría, de Bilbao; D. Serafin Martinez y D.
Gregorio Garcerán, de la Habana; D. Lúcas Cuesta, de Oviedo; D. Juan de Torres
y Gil, de Casariche; D. Antonio Gonzalez y Ciezar, de Ayamonte; D. Vicente
Ramirez Cruzado, de Villarrasa; D. Juan Bautista Revuelta, de Carlet; D.
Policarpo Villalobos, de Dénia, y otros muchos, cuyos nombres no me son
conocidos. Casi, casi puede un hombre ser desgraciado, por tener el consuelo de
verse rodeado de tantas almas buenas. Reciban todos mi saludo y mi
agradecimiento; si me muero, como en señal de despedida; si vivo, como en señal
de testimonio. Á la lista de mis amigos y favorecedores debo añadir tres
nombres queridos: D. Juan de la Puerta Canseco, de Santa Cruz de Tenerife; D.
Amaranto Martinez Escobar, de Palmas de Canarias; y D. Fernando García, de
Gerona.
Cobramos la letra de Reus, pagamos la fonda,
hacemos tres visitas, compramos algunas frioleras, y nos proveemos de dos
billetes. Llegan las cinco y media, subimos á un coche que nos conduce á una
estacion de ferro-carril; nos acomodamos en nuestros puestos, y el tren
arranca. Pasan algunas horas, y á los rayos de una luna llena, distinguimos los
árboles corpulentos de Orleans, luego las llanuras de Burdeos, despues las
torres de Angulema, de Bayona y de Irun. Irun está delante de nosotros. Pasamos
un puente, á cuya izquierda hay un guardia civil: mi mujer se baja del
carruaje, besa la tierra, y da un napoleon al guardia, que no quiere tomarlo.
Estamos en España. Al oir mi mujer que estamos en España, las
órbitas la saltan de los ojos, y tartamudeaba de alegría. Entre estos
regocijos, se vuelve hácia el territorio francés, y hace una cruz,
diciendo; cruz y raya: una y no más, Santo Tomás. Entre tanto, yo
murmuraba: ¡Paris, palacio por fuera, sepulcro por dentro; fábula del mundo,
fábula de tí propio, adiós! ¡Luisa, pobre Luisa, adiós!
FIN.
INDICE.
Págs.
Advertencia 4
I. Moralidad de Paris con relacion á la ley 17
II. Moralidad de Paris con relacion á la opinion 21
III. Moralidad de Paris con relacion á las costumbres 24
IV. Moralidad con relacion al trato civil 32
V. Moralidad en industria y comercio. 33
VI. Moralidad de Paris con relacion al arte. 44
VII. Moralidad de Paris con relacion á la familia. 50
VIII. Moralidad francesa con relacion á la política. 51
Resúmen de esta série. 66
PARIS CURIOSO.
DIA PRIMERO. Advertencia del autor.—Llegada á
Paris.—Ómnibus.
—Travesía.—Hotel español.—Luisa Noel.—Hotel de los Extranjeros.
—Restaurant.—Garçones.—Mi barbarie.—Fin del dia. 68
DIA SEGUNDO. Mi amargor de boca.—Jeannin, sucesor
de Sellier.
—Recado de la señora del hotel.—Paseo á pié.—Extravagancias de
una cosa que en Paris se llama gusto civilizado.—Sueldo francés.
—Calcetines.—Sortija.—Chaleco.—Pipa.—Sombrero de paja.
—Programa.—Rótulos.—Cocina francesa.—Fin del dia. 79
DIA TERCERO. Progresos de mi
mujer.—Melancolía.—Nuevos rótulos. —Anuncio de la Union Agrícola.—Costumbre de
las señoras de Paris.—Sangre fria de los hombres.—Achaques de raza.—La
soga.—Una mujer en la calle de Richelieu.—La mujer francesa. —Medallas.—Prodigio
del genio francés.—Más rótulos.—Baston de Richelieu.—Plaza de la
Concordia.—Arco de la Estrella. —Campos Elíseos.—Vuelta al hotel. 91
DIA CUARTO. Artículo, recuerdo, pesares. 105
DIA QUINTO. La Magdalena. 109
DIA SEXTO. Calle de Rívoli, casa de la Ciudad,
columna de Julio, arco del Triunfo, Campos Elíseos.—¿Se vive aquí mejor que en
otros puntos? 115
DIA SÉTIMO. Casa de Ciudad, arco del Triunfo,
Obelisco. 122
DIA OCTAVO. Vistas de Paris. 134
DIA NOVENO, DÉCIMO Y UNDÉCIMO. Dos dias de
encierro.—Provisiones. —Los libros de mi mujer.—Un
español.—Compras.—Patriotismo de mi compañera.—Carácter capital de las mujeres.
135
DIA DUODÉCIMO. Bustos de azúcar y de
chocolate.—Hombres que no
debian comer.—Apuros.—Primer restaurant del pasaje de los
Panoramas.—Segundo restaurant.—Vajilla de Luis Felipe.
—Francia.—Inglaterra.—Pequeño restaurant de Lóndres. 147
DIA DÉCIMO TERCERO. Almuerzo.—Coche.—Nuestra Señora
de Paris.
—Hija deshonrada.—Comida de campo. 156
DIA DÉCIMO CUARTO. El sueldo de la paralítica.—Mis
humos caballerescos. —Establecimiento de caldo.—Comida compuesta de tres sopas,
de tres platos de carne, de tres legumbres y de tres postres, á franco y medio
por persona.—Muñecas que hablan.—Aleluyas.—Almuerzo.—Estéban
Lesperut.—Comida.—Soberbia de mi mujer.—Café cantante titulado la Francia
musical.—Teatro de la Gran Opera.—Opera francesa.—Zarzuela española.—Harem
europeo. 165
DIA DÉCIMO QUINTO. Lesperut.—Anatomía de la
vejez.—Restaurant de
la calle de Montesquieu.—Elemento sajon.—Elemento árabe.
—Restaurant de San Jacobo.—Historia de un magnate francés.
—Pesares de Lesperut.—Proyecto de visitar á Sevres y Versalles. 187
DIA DÉCIMO SEXTO Y SÉTIMO. Sevres.—Las dos
figuras.—Importancia
social y artística de una fábrica de porcelana.—Versalles.
—Sus Museos.—La escuela Vernet.—Impresiones varias.—Vuelta á
Paris.—Encuentro en los Campos Elíseos. 199
DIA DÉCIMO OCTAVO. Visita de un ingeniero,
excursiones históricas, epígramas. 210
DIA DÉCIMO NONO. Omnibus.—El Paris de acá y el
Paris de allá.—Palacio de Luxemburgo.—Sus estátuas, sus paseos.—Mujeres del
pueblo que hacen labores manuales en las glorietas.—Bosque de
Bolonia.—Catelan.—Fisonomías diferentes de los garçones de mi hotel.—Pesares.
222
DIA VIGÉSIMO. Historias. 231
DIA VIGÉSIMO PRIMERO. Noticias de España.—Recogida
del Cristianismo
y el Progreso.—Reflexiones.—La mujer vestida de negro.
—Restaurant de Vefour.—M. Guizot.—un ataque imprevisto.
—Banco de Francia. 243
DIA VIGÉSIMO SEGUNDO. Banco de
Francia.—Consideraciones.—Comida.
—Ocurrencia graciosa de un menestral.—Flor marchita. 257
DIA VIGÉSIMO TERCERO AL TRIGÉSIMO.
Versos.—Asesinato de la calle
del Duque de Alba.—Mataderos públicos.—Monte-Pio.—Hospicios
y hospitales.—Locos del Sena.—Movimiento de la poblacion.
—Casamientos.—Caja de ahorros.—Caja de descuentos.—
Presupuesto de Paris.—Consumos.—Aduana.—Sociedades mercantiles.
—Ferro-carriles.—Correos.—Presupuesto general.—
Comercio.—Deuda pública.—Estadística de Inglaterra.—Palacio
Real.—Bolsa.—Tullerías.—Louvre.—Luxemburgo.—Inválidos.
—Panteon.—Luisa. 263
DIA TRIGÉSIMO PRIMERO. Santa
Genoveva.—Rothschild.—Salamanca.
—Invitacion.—Nuevas curiosidades. 316
DIA TRIGÉSIMO SEGUNDO. Visita.—El brigadier
Rotalde.—El Panteon. —Café cantante de los Campos Elíseos.—Tertulia.—Una madre
como hay muchas.—Curiosidades. 340
DIA TRIGÉSIMO TERCERO. La enferma.—Museo del
Louvre.—La Asuncion. —Apoteosis de Rubens.—Otra pintura de Murillo.—Una
respuesta.—Noticia á mis lectoras.—Curiosidades. 362
DIA TRIGÉSIMO CUARTO. La columna de Vendome.—El
balcon de la fonda.—Dicho del general Welington.—La saboyana del bosque de
Bolonia.—Una Colegiala.—Cuestion atrasada.—Curiosidades. —A última hora. 372
DIA TRIGÉSIMO QUINTO. Disputa del restaurant de las
Columnas.—Manuela Bernaola.—Una mujer de Batiñoles y de Lamartine.—Un caballero
vestido de hombre, y un hombre vestido de caballero. —Un conflicto.—Llanto de
mi mujer.—Cartas.—Visitas.—Las cinco y media de la tarde.—Un puente.—El
Napoleon y el guardia civil. 383
FIN DEL INDICE.
End of the Project Gutenberg EBook of Un paseo por
Paris, retratos al natural by Roque Barcia
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UN PASEO
POR PARIS ***

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