© Libro N° 9459. El Enamorado De Las Pantuflas. Simenon, George. Emancipación. Enero
8 de 2022.
Título original: © El Enamorado De Las Pantuflas. George Simenon
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Original: © El Enamorado De Las Pantuflas. George Simenon
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
George Simenon
El Enamorado De Las Pantuflas
George Simenon
George
Simenon
(Lieja,
Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
El Enamorado
De Las Pantuflas (1941)
(“L’amoureux
aux pantoufles”)
Originalmente
publicado en Police-Roman
(n° 112, 24
de enero de 1941);
Le Petit
Docteur
(París:
Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)
I
Solía llegar alrededor de
las seis y cuarto, barrigudo, con la frente siempre sudorosa. Al tiempo que se
secaba con un pañuelo de color, empezaba por dar una primera vuelta a la
sección.
Esto ocurría en uno de los
grandes almacenes de los alrededores de la ópera. A aquella hora una marea
humana fluía por las aceras, y los coches, en la calzada, avanzaban a pequeños
saltos, en línea de a diez.
En el gran almacén, los
ascensores funcionaban sin descanso y todo el mundo se agitaba, empujaba a sus
vecinos, exigía que le sirvieran antes del cierre.
Sólo aquel hombre, plácido,
con aspecto de modesto jubilado, no compartía la fiebre general y parecía
ignorar que el establecimiento cerraba sus puertas a las seis y media.
La sección de las pantuflas
no estaba lejos de la puerta C. El hombre se sentaba, y Gaby, la dependienta,
exhalaba un suspiro de resignación.
—¿Qué será hoy?
—preguntaba, tratando de conservar por lo menos la apariencia de la cortesía
comercial.
Era la hora de empolvarse y
maquillarse y no la de probar pantuflas a un maniático.
—Quisiera un articulo
flexible, de color habana.
—¿Como ayer, pues?
—No… Las de ayer tenían la
suela demasiado gruesa.
Desde la semana anterior,
todos los días se desarrollaba la misma escena. El cliente miraba a Gaby con
mucha dulzura, como un enamorado tímido, y mientras ella traía las cajas se
descalzaba el pie izquierdo.
—¿Le gusta esto?
—Es un poco claro… ¿No
tendría algo más oscuro?
Y Gaby sabía —como lo
sabían sus compañeras— que hasta el último minuto no habría ya variación. El
hombre se probaría diez, veinte pares de pantuflas antes de escoger uno, y, al
fin, cuando los timbres sonaran, se dirigiría a la caja llevando su paquete
bajo el brazo.
Gaby había intentado un
truco para desalentarle. Su compañera Antonieta, de la sección de tafiletería,
tenía el encargo de ir a decirle, en voz alta, en presencia del cliente de las
pantuflas:
—Ahí va tu novio…
Antonieta había añadido por
su cuenta:
—¿Sigue siendo tan celoso?
El hombre no se inmutó. Era
la imagen de la placidez, de la paciencia, de la dulzura. Otro truco, más
cruel, no dio tampoco resultado: Gaby no había vacilado en probarle, ayudándose
con un calzador, pantuflas demasiado estrechas. Pero el hombre se limitó a
hacer una mueca.
¿Se proponía, pues,
continuar durante semanas o meses, quien sabe si durante años, yendo a comprar
cada día un par de pantuflas e invariablemente unos instantes antes del cierre?
A Gaby, en aquel momento,
las lágrimas se le asomaron a los ojos. Miraba el sitio en que su enamorado
solía sentarse y explicaba al Doctorcito:
—El hecho ocurrió anteayer.
Yo no sabía ya qué, pantuflas mostrarle. Tenía una clienta malhumorada que
esperaba con un niño. Me agaché para coger varias cajas de las que están debajo
de este mostrador. Sin levantar la cabeza, cogí el pie de mi cliente.
»No sé por qué experimenté
una sensación rara. Levanté la cabeza. Creí que el hombre se había dormido,
porque tenía la barbilla apoyada sobre el pecho.
»Le sacudí, y por poco se
me cae encima.
»Se desplomó, blando, como
un saco de arena. Lancé un grito… La gente acudió… El inspector dijo:
»¡Aire! ¡Aire! Sin duda es
una crisis cardíaca.
»Porque a veces vemos
accidentes de esta clase.
»¡Pero, no! Cuando le
quitaron el cuello postizo y la corbata, se vio que había sangre en su camisa y
se comprobó que había recibido un balazo en el pecho.
—¡Sí señor, aquí! ¡En pleno
almacén! ¡En plena aglomeración de público!
¡Y nadie había oído nada!
Mientras yo trataba de
calzarle una pantufla, él estaba ya muerto. El hecho me ha afectado hasta el
punto que he pedido que me cambiaran de sección… Cada vez que veo esa silla…
Aquella misma mañana,
cuando el Doctorcito había llegado a París, el comisario Lucas ya había
terminado su primera investigación. Llevó a Dollent al segundo piso del almacén
y detúvose en la sección de juguetes.
—Dispararon desde aquí.
Observe la silla que ocupaba la víctima. El asesino estaba aquí. He interrogado
a todos los dependientes. Recuerdan que un hombre todavía joven rondó mucho
rato por la sección. Uno de los dependientes le preguntó si deseaba algo y él
contestó: «Espero a mi mujer».
»Serían alrededor de las
seis y cuarto. El desconocido parecía interesarse por las panoplias… Empuñó
algunas muestras de pistolas “Eurêka”.
»¿Comprende el mecanismo
del crimen? Debía llevar en el bolsillo, en un paquete, o quizá en una cartera,
una pistola de aire comprimido, desde luego un arma de gran presión,
posiblemente provista de un silenciador.
»Para matar a esa distancia
no basta un revólver, aunque sea de gran calibre. Una carabina hubiera sido
engorrosa. Pero hay pistolas de tiro al blanco que matan a un hombre a más de
cincuenta metros.
»El asesino maneja
inocentemente juguetes infantiles. Es natural en esa sección. Finge apuntar, y
nadie se sorprende.
»Los timbres que anuncian
el cierre son potentes. En ese momento, en el almacén el alboroto ha llegado a
su punto álgido. Nadie oye el leve ruido de un arma de aire comprimido o de una
pistola con silenciador.
»La Dirección se vuelve
loca. Quiere que se haga lo posible y lo imposible para que se descubra al
culpable. Por eso nos preguntaron si conocíamos a algún detective privado capaz
de hacer investigaciones paralelamente con las de la Policía Judicial.
»Di la dirección de usted.
Como puede ver, no tengo celos de sus laureles.
»¡Buena suerte!
El director era joven. Se
paseaba nerviosamente por su despacho y echaba, de vez en cuando, una mirada
llena de desconfianza a Juan Dollent, cuyo aspecto era más bien el de un tonto.
¿Por qué el Doctorcito, para inspirar confianza, no se decidía una vez por
todas a crearse una originalidad cualquiera, a adoptar un tic, una manía, a
llevar monóculo o a fumar cigarrillos extraordinarios? Con sus treinta años, su
pequeña estatura y sus trajes siempre algo ajustados, apenas si parecía un
estudiante.
—Escúcheme bien. Parece que
la policía cree que el crimen lo cometió un profesional. Así lo espero. No
obstante, no veo por qué un profesional tuvo que meterse con un hombre que
tenía todas las apariencias de un maniático.
»Lo que más temo, ¿ve
usted?, es que se trate del crimen de un loco. Sin duda, usted sabe que los
grandes almacenes, como las redacciones de los diarios y ciertos edificios
públicos, tienen el don de atraer a los locos.
»Siendo así, si el
individuo que disparó desde la sección de juguetes es un demente, es casi
seguro que querrá repetir su hazaña. Los locos operan en serie.
»Ahora bien, a pesar de
todas las precauciones que podemos tomar, nos es difícil impedir que se
reproduzca el mismo hecho.
»El reportaje que de él
hicieron los diarios nos ha causado ya un perjuicio innegable. Ayer, la venta
en la sección de pantuflas y en las contiguas a ella fue casi nula. Sólo unos
cuantos curiosos desfilaron por allí, sin acercarse demasiado.
»Haga su investigación. No
sé cuáles son sus métodos. Por ahí se dice que no tiene ningún método. Tome
esta tarjeta, con la que podrá circular a su gusto por los almacenes e
interrogar a los miembros del personal.
»Sólo me queda presentarle
a la señorita Alicia, de la sección de joyería, que ayer me hizo una
declaración que le repetirá. Yo desconfío de las declaraciones de las mujeres.
Sé con qué facilidad trabaja su imaginación.
Pulsó un timbre.
—Haga pasar a la señorita
Alicia.
Era una joven alta y
pálida, de ésas que, como el director decía, tienen una imaginación vagabunda.
Probablemente leía muchas novelas o se apasionaba por las estrellas de cine.
—¿Quiere repetir al señor…?
Turbada, permaneció
vacilante un rato antes de decidirse a hablar, con extremada volubilidad.
—Verá usted… Cuando vi la
foto en los diarios… Porque cuando ocurrió la catástrofe era mi día de
descanso. Ayer vi la fotografía del pobre hombre en los diarios, y enseguida le
reconocí. Antes de dedicarse a Gaby, fue a mí a quien… él…
—¿Qué quiere decir; que le
hizo proposiciones?
—No. Pero durante varios
días… podría saber el número exacto de días… vino a mi sección.
—¿A las seis y cuarto?
—Entre las cinco y las
seis. Es frecuente que los clientes vengan por nosotras. Nosotras nos damos
cuenta enseguida, porque las compras que hacen carecen siempre de importancia…
¿Comprende? Vino con una cadena de reloj. Quería un mosquetón. Probé una docena
y acabó por comprar uno. Al día siguiente volvió. El mosquetón ya no estaba en
la cadena. Me dijo que se le había roto; no le creí, porque era un artículo
sólido. Regateó mucho. No se decidió. Finalmente acabó por comprar otro.
—¿Y volvió al día
siguiente? ¿Siempre a la misma hora?
—Sí. Durante quince días
vino cada tarde y cada vez me compró un mosquetón.
—Dígame, señorita Alicia:
¿no pensó usted que pudiera ser un ladrón de grandes almacenes, como tantos
parece que hay?
—Lo pensé. Y por lo tanto
le observé muy bien. Incluso le pedí al inspector que no le perdiera de vista
mientras yo le atendiese.
—¿Y…?
—¡No!
—Dígame… ¿Dónde se
encuentra su sección?
—¡Ah, sí…! En el primer
piso… justo encima de la sección de juguetes. La cosa me chocó ayer cuando leí
el diario. Por eso pedí hablar con la Dirección.
Unos instantes después, la
señorita Alicia había salido, y el director anunció al Doctorcito:
—No me fío, como ya le he
dicho. No obstante, pasé esta declaración a la policía y solicité que se
hiciera una discreta averiguación acerca, de esa dependienta. En efecto, desde
hace varias semanas desaparecen de su sección objetos de valor.
—¿Es anormal?
—Contamos con un porcentaje
de robos que es poco más o menos constante, salvo en el período de las fiestas,
cuando, claro está, los especialistas gozan de buenas ocasiones. Pero el valor
y la cantidad de objetos hurtados durante estos últimos tiempos en la sección
de joyería son particularmente elevados, y…
Al salir del despacho del
director, resultaba pavoroso asomarse a aquella inmensa nave, más vasta que
cualquier catedral, y de la que subía un continuo susurro de muchedumbre. ¿Por
qué punto podría el Doctorcito…?
Se encogió de hombros, tomó
un ascensor, salió a la calle de la Chaussée d’Antin y, fríamente, como otros
se tragan una píldora o una aspirina, vació dos copas de coñac.
Luego se dirigió a la calle
de Notre-Dame-de-Lorette y buscó el número 67. Iba a llamar a la portería
cuando, a través de la mirilla, vio al comisario Lucas ocupado en interrogar a
la portera.
Porque el muerto había sido
identificado. Se llamaba Justino Galmet, de cuarenta y ocho años de edad, sin
profesión y domiciliado desde hacía veinte años en aquella calle.
II
—¿Quiere interrogarla usted
mismo? —propuso Lucas, abriendo la puerta de la portería. De lo contrario,
puede acompañarme arriba, al apartamento de Galmet.
Se encontraron en el
ambiente tradicional del pequeño burgués de Montmartre. El inmueble era viejo,
las pinturas oscuras, groseros aromas culinarios se filtraban por debajo de
todas las puertas, y en la atmósfera resonaban voces, gritos de niños y rumores
de arcaicos aparatos de radio.
En el cuarto piso y dando
al patio, un alojamiento de tres piezas, amueblado con buenos muebles viejos
provincianos y, frente a la ventana flanqueada por dos tiestos con geranios, un
canario en su jaula.
—No vendrá nadie a
molestarnos —anunció Lucas—. La portera me asegura que Justino Galmet no
recibía nunca. Era un solterón empedernido y el hombre más ordenado del mundo.
»Una vez por semana, la
portera, subía a arreglarle la vivienda “a fondo”, como ella dice, pero creo
que exagera un poco.
»Los demás días, Justino
Galmet se hacía él mismo la cama, guisaba su desayuno y su comida, salía a las
dos de la tarde y volvía alrededor de las nueve, casi siempre cargado de
paquetes.
»Cenaba en un restaurante
que hace esquina con la calle Lepic; ya he telefoneado a ese restaurante. Le
conocían… Le reservaban una mesa cerca de la ventana. Era muy comilón. Solía
pedir platos delicados. Comía lentamente, leyendo los diarios de la noche,
bebía su café, una copita de licor, y se iba tranquilamente.
»Ahora otra noticia más
sorprendente…
Lucas hizo una pausa,
observando las reacciones del Doctorcito.
—En nuestros archivos he
encontrado el nombre de Justino Galmet. No figura en ellos como criminal, sino
como policía. Entró en el cuerpo hace veinticinco años. Permaneció en él cuatro
años, en calidad de inspector. Luego presentó su dimisión, alegando que había
heredado algún dinero y que a partir de entonces viviría como un rentista.
»He interrogado a algunos
de los nuestros que le conocieron. Era un muchacho retraído, solitario. No
sentía gusto alguno por el trabajo; ahora bien, podía pasarse horas enteras
saboreando dobles de cerveza, solo, en una terraza soleada, y, ya en aquella
época, se daba buenas comidas.
»Como puede ver, era el
tipo de solterón empedernido.
»¿Quiere que ahora
examinemos la casa?
Decir que estaba limpia
sería exagerar. Pero, dado que el inquilino de aquel apartamento se lo hacía
todo personalmente, es preciso reconocer que hubiera podido encontrarse más
desorden. Juan Dollent empezó por dar de comer y de beber al canario. La
abierta ventana descubrió el paisaje familiar de los tejados de París, dorados
bajo el sol.
Entretanto, Lucas abrió un
vasto y antiguo guardarropa y llamó a su compañero.
—¡Mire! Aquí están todas
sus adquisiciones, que ni siquiera han sido desempaquetadas. ¿Quiere ayudarme a
cortar los cordeles?
Fue un desembalaje
extravagante. No sólo se encontraron los seis pares de pantuflas, sino también
objetos mucho más inesperados: platos de cerámica, retales de seda artificial,
cepillos para dientes, peines, frascos de loción capilar; uno de los paquetes
sólo contenía pipas, y la portera había afirmado que su inquilino no fumaba.
La mayoría de los objetos
conservaban su etiqueta.
—¿Qué le parece, doctor?
—Que eso no es el producto
de pequeños robos. En primer lugar, nada tiene suficiente valor para excusar
los hurtos. Luego, observe que todos estos objetos están cuidadosamente
empaquetados en papel de los almacenes de donde proceden, y que algunos llevan
todavía la ficha de control pasada en el cordel.
—¿Cree usted que nuestro
Justino era un maniático enamorado de las dependientas y que para acercarse a
ellas se imponía esas compras? Tenga en cuenta que, a la larga, eso tenía que
serle oneroso. Solamente las pantuflas representaban un termino medio de
cincuenta a sesenta francos diarios. Ahora bien, nuestro hombre estaba lejos de
llevar una gran vida. ¿Quiere que le diga lo que pienso?
»Sobre todo no vaya usted a
hincharse de vanidad. Ahora que conozco sus métodos… Sé lo que usted puede
hacer mejor que nosotros y lo que nosotros podemos hacer mejor que usted. Pues
bien; éste es un asunto para usted.
»Nosotros estamos fuera de
la vida normal. Justino Galmet no corresponde en nada a las víctimas de que nos
ocupamos habitualmente.
»En cuanto a su asesino, me
da miedo por la calmosa audacia de su gesto, por el aplomo que revela.
En vez de dar las gracias
por el cumplido, el Doctorcito emitió un profundo suspiro.
—¡Qué!, ¿no se entusiasma?
—sonrió Lucas.
Y el Doctorcito, lúgubre,
murmuró:
—Jamás, antes de haber
descubierto mi primera verdad. Y por más que busco…
—Si me necesita…
—Solamente quisiera que
hiciera comprobar si Justino Galmet fue varios días seguidos a los almacenes de
donde provienen estos artículos y siempre dirigiéndose a la misma dependienta.
Por fortuna, Dollent no
tenía el sentimiento del ridículo. Poco le importaba que las dependientas de
las secciones vecinas, sin duda puestas al corriente, se olvidasen de sus
propios clientes para mirarle tocándose con el codo y, algunas de ellas,
reteniéndose para no echarse a reír.
Había comido muy bien y,
desde entonces, después del café y la copa, se había tomado ya varios
aperitivos en previsión de la comida siguiente.
¿Cuál era, en resumen, la
misión que le habían encomendado? Había muerto un hombre de quien nadie sabía
nada. Era imposible encontrar un individuo más opaco y a la vez más misterioso
que Justino Galmet.
¡Ni un amigo! ¡Ninguna
relación! ¡Parecía vivir en la más olímpica de las soledades!
Y, no obstante, alguien le
había matado. Alguien, pues, había tenido interés en matarle.
Una sola base sólida, como
decía el Doctorcito. Regularmente, en diferentes almacenes, Justino Galmet
compraba cada día, a la misma hora y a la misma dependienta, un objeto
cualquiera del que luego no sabía qué hacer, limitándose a guardarlo en su
inmenso guardarropa y en las alacenas de su apartamento.
Las seis y cuarto. Y
Dollent estaba allí, en la silla habitual del muerto.
Se había descalzado el pie
izquierdo. Gaby, emocionada y nerviosa, escuchaba las órdenes que Dollent le
daba:
—Ahora haga conmigo
exactamente lo mismo que hacía con su cliente.
—¿Le pruebo pantuflas?
—Pruébeme pantuflas… De la
misma forma que se las probaba a él.
Con una triste sonrisa,
ella se atrevió a preguntar:
—¿También tengo que hacerle
daño?
Veamos… ¿Qué era lo que
Justino veía desde aquí? Mirando hacia arriba, veía una parte de la sección de
joyería, en el primer piso. Y Alicia, que le había reconocido, iba de vez en
cuando a mirarlo por encima de la baranda.
Encima mismo, los juguetes,
y entre éstos una bella panoplia con dos pistolas… Pero no eran peligrosas
puesto que sólo disparaban flechas.
Más arriba, por falta de
campo visual, sólo se percibían las barandas doradas de los otros pisos.
—¡Toma! Hay música —observó
el Doctorcito, haciendo al mismo tiempo una mueca porque la dependienta le
probaba una pantufla demasiado estrecha—. Diga… ¿Siempre hay música?
—¡No me hable de eso!… Es
la cosa a la que más nos cuesta habituarnos. El tocadiscos funciona todo el
día. ¡Y menos mal cuando ponen piezas lentas! Pero a esta hora, para animar a
los clientes a que se den prisa, no tocan más que marchas y pasodobles… ¿He de
continuar?
Planta baja… Frente a él
una sección de saldos. Le habían dicho que la mercancía se cambiaba cada lunes,
Aquello se llamaba «ocasiones de la semana».
A la izquierda, una caja
con el número 89.
Luego, inmediatamente
detrás, una puerta dorada y la acera llena de gente.
Dollent empezó a hacerse
una pregunta:
—¿Por qué en este lugar hay
más público que…?
Pero encontró la respuesta
al distinguir una boca de «metro».
—Ya le he probado seis
pares…
—¿Y a él?
—A veces siete… Una vez,
nueve.
—¿De qué dependía esto?
—No lo sé.
¡No dependía de las
pantuflas, puesto que Justino Galmet no se las ponía, ni siquiera las
desempaquetaba!
Una idea le hizo sonreír.
Acababa de bajar la vista. ¿Acaso…? ¡No! No se mata a un hombre por eso… Por
otra parte, equivalía a suponer en la víctima una gran dosis de candor. Era
evidente que, agachándose para probar las pantuflas, Gaby, sin quererlo,
ensanchaba un poco el escote de su blusa, lo cual permitía a la mirada del
cliente descubrir el nacimiento de los senos.
Pero, antes de ir a la
sección de pantuflas, Justino había ido a la de joyería, y allí Alicia no tenía
necesidad alguna de agacharse. Además, en otras ocasiones había comprado
distintos artículos.
—Tiene que decidirse —dijo
súbitamente la empleada—. Tocan los timbres.
En efecto, unos sonoros
timbres llenaban la inmensa nave con sus imperiosas vibraciones. La gente se
precipitaba hacia la salida, los dependientes se apresuraban, los inspectores
en chaqué y corriendo como perros de pastor, repetían:
—¡Vamos! ¡Dense prisa,
señoras y caballeros!
En la caja 89 se pagaban
las últimas compras. La cajera dejó un instante un gran sobre amarillo para
cobrar unos francos.
—¿Se queda éstas?
—Éstas u otras
cualesquiera.
Quería llevar la
experiencia hasta el final.
… Meterse en la piel de…
La pregunta era
obsesionante: ¿Qué era lo que Justino Galmet, que ya no estaba allí para
responder, miraba los días precedentes?
Gaby volvió a ponerle el
zapato izquierdo y le dijo:
—Por aquí…
Estuvo a punto de preguntar
por qué le llevaba en dirección opuesta a la salida, pero comprendió. La cajera
del 89 salía de su taquilla con el sobre amarillo en la mano. Encima de la
caja, un rótulo ostentaba la palabra «Cerrado».
—Por aquí… Ya sólo queda la
caja principal.
El Doctorcito tenía la
mirada aguda. Sin embargo, seguía con dificultad a la muchacha por entre la
riada de público que avanzaba en dirección contraria a la suya.
—Treinta y ocho con
noventa.
El Doctorcito se volvió.
Trató de seguir observando. Le pareció que reconocía a la cajera del 89 que
llevaba en la mano el sobre amarillo; en aquel momento se disponía a entrar en
un ascensor.
A Dollent le pusieron un
paquetito en las manos. Gaby le miró, como preguntándole si había descubierto
algo. Él se encogió de hombros y se entretuvo unos minutos buscando en sus
bolsillos los noventa céntimos que le faltaban para completar el importe.
—¿Volverá mañana? —preguntó
Gaby, sobreexcitada.
—Tal vez…
Ya en la calle, el paquete
de las pantuflas le molestaba tanto que, aprovechándose del tumulto producido
por la muchedumbre, se agachó y lo abandonó junto al borde de la acera.
—¡Oiga! ¿Es usted, doctor?
Aquí Lucas. Hemos encontrado la cuenta corriente de nuestro hombre. En una
sucursal del Crédito Lionés. Por regla general, depositaba en ella unos
quinientos francos cada semana. Aparte, y a largos intervalos, hacía ingresos
en la cuenta de varios miles de francos. Pero sólo una docena de veces en
veinte años. ¡Oiga! ¿Sigue usted en el aparato?
—Continúe.
—Desde hace tres meses los
depósitos han sido mayores. Veinte mil francos la última semana. Doce mil la
semana pasada. Siete u ocho mil la anterior; no tengo la cifra a la vista. Los
meses precedentes, cuatro o cinco mil francos por semana.
—¡Cielos! ¡Me parece que
eso representa un lindo paquete!
—Representa, sobre todo,
una gran desproporción. En veinte años, apenas doscientos mil francos… Porque
también hubo retirada de fondos.
»Y en cambio, cerca de
ciento cincuenta mil francos en tres meses.
»No es esto todo. Cierto
fulano acaba de presentarse a la Policía Judicial. Es un corredor de fincas.
Hace unos doce días recibió en su oficina del Faubourg Saint-Martin, la visita
de Justino Galmet, quien le preguntó si tenía en venta una casita de campo, a
ser posible emplazada a la orilla del Loire.
»Estaban en tratos para la
adquisición de una linda casa de doscientos mil francos, situada en los
alrededores de Cléry. La escritura tenía que ser firmada la próxima semana.
—¿Se sabe si Justino Galmet
visitó la casa?
—Sí. El pasado martes. Fue
allí en taxi. Observe que eso representa un gasto apreciable. Iba acompañado de
una mujer muy joven que examinó la casa como si fuera ella la destinada a
habitarla.
—¿Me guarda la sorpresa
para el final?
—¿Cómo lo ha adivinado?
—No importa. Diga… ¿Gaby?
—Caliente… caliente… Es
mucho más inesperado. De todos modos, tengo ya una certeza. Hace poco, cuando
usted se iba con su paquete yo estaba en la salida del personal con el corredor
de fincas, el cual no vaciló, porque ya de lejos había reconocido el abrigo
color mostaza.
—¡Le escucho!
—La señorita Alicia. La de
la joyería. Oiga, doctor… No quisiera causarle pena ni decepcionarle. Pero
empiezo a creer que, contrariamente a lo que le declaré esta mañana, este
asunto es más apropiado para nosotros que para usted. Desde el momento que la
tal Alicia era… ¿Me comprende? Ya verá usted cómo vamos a topar con un policía
que se volvió ladrón. ¿Se ha molestado?
—¿Yo?
—¡Diga algo, pardiez!
Todavía estoy en, el despacho. ¿Quiere venir a beber un glass conmigo, antes de
irse a la cama?
—¡No!
—¿Está furioso?
—¡No!
Ahora era Lucas quien no
sabía qué decir y quien, buena persona como era, temía haber humillado al
Doctorcito.
—¡Vamos! Otra vez se
desquitará… ¿Quiere divertirse? Mañana, a las nueve, he convocado a la tal
Alicia. Todavía no sé todavía si será necesario sacudirla, pero me parece que
resultará interesante.
—Buenas noches.
—¿Vendrá usted?
—Tal vez… Buenas noches.
Tengo sueño.
Y era verdad, porque, como
le sucedía siempre que se engolfaba en una investigación, el Doctorcito había
bebido exageradamente.
III
¡Oh gran casualidad la que
hizo que el Doctorcito tomara el mismo «metro» en el que la señorita Alicia
había ya tomado asiento! Era la hora de la apertura de los almacenes y de los
bancos. El vagón estaba atestado, y la joven no vio al doctor, el cual pudo
observarla holgadamente.
—Me gustaría saber —se
dijo— lo que puede pensar una joven como ésa, que ha mentido a la policía y que
súbitamente se ve citada al «Quai des Orfèvres».
¡Por supuesto, sus
pensamientos no serían de color de rosa! Contrariamente a su colega Gaby, que
era bastante fogosa, Alicia pertenecía más bien al tipo melancólico; una de
esas jóvenes que no son más feas que las otras, a las que incluso uno encuentra
muy aceptables si las examina en detalle, pero que se toman la vida en serio y
se vuelven fastidiosas.
Aquella mañana, la joven
tenía los ojos irritados. Con un carácter como el suyo, era capaz de haber
llorado toda la noche. Se había empolvado torpemente y sus cabellos estaban
revueltos.
Vivía en un pequeño
alojamiento de la calle Lamarck. Era posible que ni siquiera se hubiese tomado
la molestia de entrar en un bar para tomar una taza de café con un croissant.
—No pienso enternecerme
—murmuró el Doctorcito al salir del «metro» en la estación del Pont-Neuf.
El tiempo era magnifico.
Hubiérase deseado que aquella mañana durara siempre, con aquel sol espumoso
como el champaña y la sutil neblina que subía del Sena. Alicia andaba
presurosa, sin volverse. Frente al lúgubre portal de la Policía Judicial, la
muchacha vaciló un momento, se acercó al agente y por fin empezó a subir la
polvorosa escalera.
Dollent la volvió a ver
arriba, en la sala de espera de las vidrieras, y entró en el despacho de Lucas,
que le estaba esperando.
—Oiga, comisario, usted me
habló ayer de sacudirla. No sea usted demasiado malo con ella, ¿me lo promete?
Parece tan abatida…
—Haga entrar a la joven que
está ahí fuera —ordenó Lucas con la más gruesa de sus voces.
Aquella mañana estaba de
buen humor. Toda la primavera de la tierra entraba por sus ventanas abiertas de
par en par y, cosa rara, el hombre se había puesto una corbata de fantasía,
azul y con lunares blancos. A pesar de que intentaba hacer el «coco», ponía un
punto de alegría en su mirada.
—Siéntese, señorita Alicia.
No voy a ocultarle que su caso es grave, muy grave, y que lo que ha hecho
podría costarle caro.
Los ojos de la joven se
desbordaron. Aterrorizada, sólo acertaba a secar sus lágrimas con el pañuelo
hecho una bola.
—Ayer, cuando fue
interrogada, no se lo dijo todo a la policía. En realidad, declaró en falso, lo
cual cae bajo el artículo…, el artículo… bueno, bajo no sé qué artículo del
código.
—Yo… Yo creía que…
—¿Qué es lo que usted
creía?
—Que jamás se descubrirían
nuestras relaciones…, nuestras relaciones… ¡Me trastornó tanto aquel horrible
suceso…!
—¿Desde cuándo conocía a
Justino Galmet?
—Desde hace unas tres
semanas.
—¿Y sin embargo ya era su
amante?
—¡Oh, no, señor comisario!
¡Se lo juro por la cabeza de mis hermanitos!
—¿La cabeza de…?
—De mis hermanitos… Soy
huérfana, con dos hermanos que van todavía a la escuela. El más pequeño, a la
de párvulos.
—No veo la relación que
puede existir entre sus hermanitos y Justino Galmet.
—Ahora lo comprenderá. Si
sólo se hubiera tratado de mí no le hubiera hecho caso. No era un hombre de mi
edad, y además no me gustaba su tipo.
—¡Un momento! Empecemos por
el principio. ¿Fue en el almacén donde conoció a Galmet?
—En la sección, sí. Venía
cada día a comprar un mosquetón para su cadena de reloj. Era muy respetuoso. De
no haberlo sido tanto, no le hubiera escuchado. Ahora ya no puedo saberlo, pero
estoy segura de que era un hombre serio.
»Al tercer o cuarto día, me
preguntó tímidamente:
—Señorita, ¿tiene usted
compromiso?
»Y yo le respondí que tenía
dos hermanitos y que a causa de ellos no podría casarme nunca.
El Doctorcito observaba al
comisario, quien, a pesar suyo, no podía ocultar su aire de buena persona, y
hacía esfuerzos para hablar con voz gruesa:
—En una palabra, que al
tercer o cuarto día, aquel hombre, al que usted no conocía ni por asomo, le
hizo proposiciones.
—Es difícil de explicar… No
era como los demás. Era muy suave de carácter. Me confesó que estaba solo en la
vida, que siempre había estado solo.
—¿Mientras iba probando
mosquetones?
—No. Me invitó a comer con
él en un restaurante de la Chaussée-d’Antin. Me dijo que su vida iba a cambiar,
que estaba a punto de cobrar una herencia.
El comisario y Juan Dollent
cambiaron una rápida mirada. Decididamente, Justino Galmet tenía la manía de
las herencias. ¿No era lo que había anunciado cuando dimitió de la Policía
Judicial?
—Quería vivir en el campo,
preferentemente en las riberas del Loire. Me preguntó si consentiría en casarme
con él, caso de que la casa me gustara. Y enseguida añadió que mis hermanitos
vivirían con nosotros, que a él le gustaría tener de golpe una familia, que él
mismo se encargaría de darles una buena instrucción.
La joven lloraba; no se
sabía si era de miedo, de tristeza o de enternecimiento.
—¡Así era aquel hombre!
Pedí un día de descanso para ir con él a ver la casa de Cléry. Por el camino no
dejó de ser respetuoso.
»—Dentro de unos días —me
dijo— ya nada me retendrá en París. Haremos publicar enseguida las
amonestaciones.
—Oiga, señorita Alicia. ¿No
le pareció raro ver que su pretendiente o, mejor dicho, su novio, dejaba su
sección para frecuentar la de pantuflas y hacer la corte a su compañera Gaby?
—El primer día sí, porque
no me previno.
—¿Y luego?
—Me juró que Gaby no le
interesaba, que no podía decirme nada más, pero que debía tener confianza. Por
otra parte, desde mi sitio podía vigilarles.
—De manera que le pareció
natural que…
—No me había hablado nunca
de su profesión, pero, si he de decirle la verdad, pensé que…, que era…
—¿Que era qué?
—Que era de la policía. En
el almacén vemos a muchos a causa de los robos. Cuando comprendí que había
muerto…, enseguida pensé en mis hermanitos. Yo les había anunciado que iríamos
a vivir al campo…
¿Tenía Lucas verdadera
necesidad de sonarse? Sea lo que fuere, lo cierto es que lo hizo.
—¿Está segura de que esta
vez nos ha dicho toda la verdad?
—Creo que sí. No recuerdo
nada más.
—¿No le dijo nunca su novio
algo que pudiera informarla acerca de su personalidad?
—Era muy respetuoso, muy
suave…
Aquello era un leit-motiv.
—Yo presentía que, a pesar
de la diferencia de edades, no seria desgraciada con él.
«Ahora va a hablarnos otra
vez de sus hermanitos» —pensó Dollent.
Pero no fue así, porque
Lucas la interrumpió:
—Puede retirarse, señorita.
Si la vuelvo a necesitar la llamaré de nuevo.
—¿Y no se me causarán
molestias?
La joven no podía creer que
ya estaba lista, que era libre, que iba a salir de aquella impresionante casa
en la que había entrado temblando.
—Gracias, señor comisario.
No sé cómo agradecerle… Si usted supiera cómo… cómo…
—¡Ya… muy bien! Adiós.
La empujó hacia afuera.
Cuando se volvió y cerró la puerta, su cara reflejaba más emoción de la que
hubiera deseado.
—¿No he sido demasiado
feroz? —preguntó, bromeando, al Doctorcito.
—Estaba pensando en que los
mismos hechos, los mismos acontecimientos, pueden tomar un aspecto diferente
según se los vea de uno o de otro lado del telón. Es algo parecido a lo que
ocurre en el teatro. Por un lado, el espectador que cree en la acción que se
desarrolla ante sus ojos. Por el otro, los tramoyistas, los actores que se
ajustan sus pelucas. Así, para esa joven, la muerte de Justino Galmet
representa tantas cosas… Para usted y para mí no es más que un pequeño misterio
excitante, un problema que hay que resolver… ¿Qué piensa usted del hombre?
Lucas no pudo hacer más que
encogerse de hombros… ¡Era tan inesperado todo aquello!
La víspera, Justino Galmet
era simplemente uno de esos personajes misteriosos de los que tantos ejemplares
suele haber en los grandes almacenes.
Y de pronto, se convertía
en un ser casi emocionante o, por lo menos, enternecedor.
¿Pensaba, verdaderamente,
casarse con la honrada señorita Alicia y llevársela al campo con sus
hermanitos?
En caso afirmativo, ¿por
qué una bala aniquiló aquellos proyectos en el momento en que iban a
realizarse?
Porque él había dicho:
dentro de pocos días, nada me retendrá en París…
Pocos días. No pocas
semanas, sino pocos días, después de haber pasado tantos años allí.
—… le retendría en París
—puntualizó el Doctorcito a media voz, como si hubiese querido descubrir todos
los sentidos posibles de aquellas simples palabras.
La cosa era sencilla. No
había diez cosas, ni tres ni dos, sino una sola, tonta en apariencia, a causa
de su vulgaridad: ¿Qué era lo que retenía aún durante algunos días a Justino
Galmet en París?
Una vez descubierto eso, lo
demás iría como una seda.
—¿Adónde va usted?
—preguntó el comisario Lucas encendiendo su pipa y sentándose ante su mesa.
—A beber una copa. ¿Sabe
usted, comisario, por qué hay borrachos?
—No. Creo que…
—Sin duda se equivoca. Si
hay borrachos es porque el único remedio para quitar los efectos de la
borrachera es el volver a beber. ¡De aquí parte el engranaje!
Era imposible saber si
hablaba en serio o en broma. Se fue silbando. Por las calles de París tenía el
aspecto de un hombre cuya única preocupación es la de aspirar la vida por todos
sus poros; nadie hubiera adivinado que una pregunta le perseguía, tenaz, como
un moscardón en día de tormenta.
—¿Qué era lo que podía
retenerle en París algunos días más?
De repente se precipitó
hacia el gran almacén. Gaby y Alicia estaban en sus respectivas secciones, una
en la de pantuflas y la otra en la de joyería.
—Dispense que vuelva a
molestarla, señorita Alicia. Yo también soy un hombre muy respetuoso y suave.
Por eso me permito invitarla a comer conmigo en un restaurante de la
Chaussée-d’Antin. ¿A qué hora sale usted?
—A las doce y media.
—Pues bien, la esperaré
frente a la entrada del «metro».
IV
—Señorita, no tema pedir
platos con «suplemento». Puedo afirmarle que quien paga es su director.
Dollent había escogido un
restaurante «al cubierto». La pareja estaba rodeada casi exclusivamente de
dependientes y empleadas de los grandes almacenes del barrio.
Alicia no se sentía todavía
segura del todo, pero la petulancia de su compañero, que estaba de un humor muy
alegre porque se había tomado tres aperitivos mientras la esperaba, provocó
alguna vez una ligera sonrisa en los labios de la joven.
—Coma a su gusto. ¿Qué le
parecería una buena langosta?… ¿No le gusta la langosta?
—Me produce urticaria
—confesó la joven cándidamente.
Por el contrario, lo que
desde hacía unos instantes ella vacilaba en pedir, eran unos callos a la moda
de Caen, como los que un vecino comía, y cuyo aroma llegaba hasta ellos.
—¿Le gustan los callos? ¡De
primera! ¡A mí también! ¡Camarero! Dos raciones de callos.
Hay días en que el cielo
parece lavado, puro como nunca; en estos días el aire es ligero, París sonríe
como una joven, los colores deslumbran, todo es hermoso, todo es bueno.
¿Podía creerse, mientras
estaban instalados en el confortable restaurante, que alguien había ido a la
sección de juguetes ocultando una pistola que por desgracia no tenía nada de
juguete, había apuntado, había apretado el gatillo y… que un pobre hombre qué
estaba probándose pantuflas…?
—Oiga, señorita Alicia… No
se excite, y reflexione con calma; es necesario que recuerde ciertos detalles,
aunque le parezcan de poca importancia. Por ejemplo, la última vez que Justino
Galmet fue a su sección.
Al oír el nombre de Galmet,
la joven se entristeció y al Doctorcito le supo mal haber estropeado el placer
de saborear los callos.
—Era un sábado —murmuró
ella, abstraída—. Lo recuerdo porque los sábados son días de prisas.
—¿Tienen ustedes más
clientes los sábados que los otros días?
—Más del doble. Por la
noche, nos duelen las piernas y los riñones.
—De modo que está usted
segura de que era un sábado. ¿Estaba sentado, Justino Galmet?
—En nuestra sección es raro
que los clientes se sienten. A veces, alguna de esas señoras que se hacen
enseñar muchos artículos… Pero él no se sentó nunca.
—De modo que desde su sitio
podría ver abajo.
—Veía la sección de
pantuflas, los saldos de la semana, la caja 89 y la salida. Es lo que veo todos
los días.
—No se apresure a
contestar: ¿Aquél sábado, no observó en él un leve movimiento de sorpresa, como
cuando uno ve en una multitud una cara conocida?
La joven permaneció
inmóvil, con los ojos abiertos de par en par.
—No sé —murmuró por fin—.
Pero hay un detalle. No me compró el habitual mosquetón.
—¡No le compró ningún
mosquetón! ¡Y usted no lo decía! ¿Así, pues, la dejó precipitadamente?
—Sí. Bajó…
—¿No le chocó nada aquel
día?
Parecía como si quisiera
hipnotizarla, obligarla a que recordase, y realmente, obtuvo ese resultado.
—Yo tenía mucha gente…
Durante un cuarto de hora, por lo menos, me olvidé de él. Luego, al acompañar a
una clienta a la caja, eché una mirada abajo. Y me sorprendió ver que no había
salido del almacén.
—¿Dónde estaba?
—De pie, no lejos de Gaby.
—¿Y nada más?
—Le repito que estaba muy
atareada. Además, a causa de esas historias de robos, vigilaba atentamente mi
sección. Pero estoy segura de que volví a verle mucho rato después. No quisiera
que usted se basara en lo que voy a decirle. Por otra parte, cuando se ve a la
gente desde arriba, apretada, empujándose con los codos, es difícil precisar.
No obstante, me parece que estaba hablando con un hombre.
—¿No podría describírmelo?
—No. Sólo sé que llevaba un
sombrero gris. Luego ya no volví a ver a Justino hasta el lunes, en la sección
de Gaby. Al día siguiente, a las doce, me esperaba a la salida. No quise
dirigirle la palabra. Fue entonces cuando me pidió que no tuviera en cuenta su
conducta. Me prometió explicármelo todo un día. Acabé por dejarme convencer y
vinimos a comer aquí. En aquella mesa, mire… A la izquierda de la puerta. Dos
días después me llevó a la casa de Cléry. Estaba muy contento… Tenía ansias de
vivir allí… ¿Qué le pasa?
El Doctorcito se había
puesto tan grave, con las cejas fruncidas y la mirada tan fija, que la joven se
preguntó qué habría descubierto. Pero él preguntó, súbitamente:
—¿Qué día es hoy?
—Sábado.
Se sobresaltó, miró los
platos como quien tiene prisa y desea ver que la comida se termina.
—¿Tomará postres?
—preguntó.
La joven no se atrevió a
decir que sí. El Doctorcito llamó al camarero.
—¡La cuenta… pronto!
No se tomó la molestia de
acompañar a su invitada hasta el almacén. Se metió corriendo en un taxi.
—«Quai des Orfèvres»… Sí; a
la Policía Judicial. ¿Por qué me mira así?
V
—¿Usted? —exclamó,
sorprendido, el comisario Lucas que, comparado con el dinámico Doctorcito era
como la perpetua imagen de la impasibilidad.
—Sí, yo. En primer lugar,
un informe. ¿Puede decirme a qué cifra ascienden los robos en los grandes
almacenes?
—La cosa es fácil porque
esos almacenes llevan al día las estadísticas precisas. Precisas y asombrosas.
¡Agárrese bien!… Calculo que el montante de los robos cometidos en uno sólo de
esos almacenes, situado en la ribera izquierda del Sena, alcanza un promedio de
un millón por año.
»Los demás se encuentran
casi en el mismo caso, lo que explica que esas casas mantengan verdaderos
ejércitos de vigilantes.
—¿Todos esos robos son
cometidos por profesionales?
—Sí y no… En primer lugar
hay que considerar la morralla. Mujeres o muchachas que no pueden comprarse lo
que desean y que se apoderan de pequeños objetos, sobre todo de retales de
tejidos.
»Luego viene la gran
infantería, por decirlo así. Mujeres también, porque a ellas les es más fácil
esconder el botín. Generalmente llevan un capazo o vestidos a propósito. Una
vez se detuvo a una que simulaba estar encinta y que debajo del abrigo, llevaba
una bolsa de canguro en la que iba guardando los artículos robados.
ȃstas trabajan por
parejas, porque una de ellas tiene que ocuparse de la vendedora mientras la
otra opera.
»A casi todas las
conocemos. Pero son tan hábiles que es difícil cogerlas con las manos en la
masa. Conocen a los detectives privados de los almacenes. En cuanto les ven, se
deslizan por entre el público como anguilas y no sería posible detenerlas sin
provocar escándalo.
»Ahora bien, la regla es
evitar el escándalo a toda costa.
—¿No hay caza mayor?
Lucas, al parecer
fastidiado, confesó:
—Sí la hay, naturalmente.
Algunos robos son demasiado audaces y combinados con demasiada inteligencia
para que puedan ser cometidos por ladrones vulgares. ¡No, nunca pudimos echar
el guante a esos pájaros de cuenta!
—¿Son bandas organizadas?
—No lo sé. Me gustaría
poder decirle que sí pero no tengo prueba alguna.
—¿Hubo muchos robos de esa
clase durante los últimos meses?
—Como de costumbre, creo.
Por lo menos, si nos atenemos a los grandes almacenes propiamente dichos.
Meditabundo, jugaba con su
cortapapeles; el Doctorcito esperaba prudentemente. Tuvo su recompensa, porque
Lucas no tardó en suspirar.
—Los robos más frecuentes
son de otra clase. También en los almacenes, pero más bien en los de lujo, y
sobre todo en las joyerías: un cliente que se apodera rápidamente de un puñado
de joyas y se precipita hacia la calle, donde le espera un auto que parte en el
acto. Lo habrá leído muchas veces en los diarios. Parece imposible que pueda
realizarse, y, sin embargo, se logra siempre.
»Es un efecto puramente
psicológico. Los bandidos cuentan con la sorpresa. El comerciante, ocupado con
otros clientes, alguno de los cuales tal vez es cómplice, tarda algunos
segundos en recobrar su sangre fría y en dar la alarma.
»En la calle ocurre lo
mismo. Estos golpes suelen darse en calles muy frecuentadas. El auto arranca.
Pasan varios segundos antes de que los gritos pongan sobre aviso a la gente,
que sigue empujándose y apelotonándose cuando los ladrones ya están lejos. ¿Por
qué sonríe usted?
—¿Yo? —dijo cándidamente el
Doctorcito—. ¿Es que sonrío?
—Parece como si eso le
divirtiera.
—¿Por qué no? A propósito,
¿cuántos hombres podría usted prestarme esta tarde? ¡Un instante…! No quiero
inspectores demasiado conocidos. ¿Me comprende? Hombres capaces de pasar
desapercibidos entre el público.
—Eso depende de lo que
usted quiera hacer.
—Tal vez nada. Tal vez
mucho. Depende de una sola cosa: de que mi razonamiento sea bueno. Si es bueno,
si en él no hay hueco, una rendija…
—¿De qué se trata?
—¡No! Ya se lo explicaré
luego. No quisiera, si la cosa falla, caer en ridículo. ¡Bueno! ¿Cuántos
hombres?
—¿Quiere seis?
—Son pocos.
—¿Eh?
—Por lo menos quisiera una
docena. Y un auto rápido, sin marca distintiva.
—¿Sabe usted que para una
operación de esa envergadura tengo el deber de comunicarlo a mis jefes?
Juan Dollent, imperturbable
murmuró:
—¡Comuníquelo!
¡Comuníquelo…!
—No son más que las seis,
comisario. Tenemos tiempo.
—Si ha de pasar algo, ¿cómo
sabe usted que…?
—Si ocurre algo será a las
seis y media en punto. ¿Otro doble?
En aquel momento Dollent
dedicaba toda su atención a la cerveza. Ambos hombres se hallaban sentados en
una terraza, frente a los grandes almacenes. A pesar de los reglamentos de la
circulación, uno de los mejores autos de la Policía Judicial estaba parado
delante de una de las puertas, cerca de la boca del «metro».
El Doctorcito había dado
todas las órdenes, no sobre el terreno donde hubiera podido ser observado, sino
en el despacho de Lucas, ante una hoja de papel que no tardó en parecer un mapa
de estado mayor.
A cada inspector le asignó
un papel exactamente determinado.
—Usted, el pelirrojo. A las
seis y cuarto en punto se instalará en la sección de pantuflas y se hará probar
tantos pares como convenga hasta llegar a las seis y media. A las seis y media
fijará los ojos en la caja 89.
»Usted, señor… Sí, usted.
Usted aprovechará la ocasión para comprarse una cartera. No se alarme, Lucas,
la dirección de los almacenes lo pagará todo. Es preciso que esté todavía en la
sección cuando suenen los timbres. En aquel instante usted se fijará en…
Y, sobre el plano de aquel
sector del almacén, iba trazando cruces a medida que daba órdenes.
—Tres hombres cerca de la
puerta. Pero no deberán acercarse a ella antes de las seis y media. No hay que
dar la impresión de que se ha organizado una trampa. Otros tres, junto al
«metro».
Si bien ya había realizado
con éxito un número apreciable de investigaciones, aquélla era la primera vez
que el Doctorcito hacía estrategia policíaca. Lucas le miraba, mitad serio y
mitad burlón.
—¿Y nada más? —preguntó, no
sin ironía.
—No. Me gustaría que un
hombre se apostara en la sección de juguetes por precaución. No me resultaría
muy agradable sufrir la misma muerte de Justino Galmet.
Y, ahora, en la terraza,
reloj en mano, el Doctorcito esperaba excitando al comisario con fragmentos de
frases enigmáticas:
—¿Cree usted que si Galmet
hubiese sido un ladrón de grandes almacenes le hubieran matado sus cómplices, o
su cómplice? No responda demasiado pronto. Tengamos en cuenta que no era caza
mayor, puesto que conocemos su cuenta bancaria.
»Opino que pertenecía al
tipo de la morralla que se conforma con ganar quinientos francos por semana
corriendo tales riesgos.
»Usted me dirá que estos
últimos meses… ¡No, comisario!
—¡Pero si no he dicho nada!
—Sé lo que piensa.
Trescientos mil francos de ahorros al cabo de veinte años de repetidos robos
sería poca cosa, y un personaje tan oscuro me parece incapaz de inspirar un
crimen tan inteligente como el de que ha sido víctima.
»¡Ésta es la base! Ésta es
la idea fundamental que busco siempre al principio. Me había equivocado
partiendo de Galmet…
»Era de su asesino de quien
se tenía que partir. Ahora bien, Un caballero capaz de imaginar el golpe de la
sección de juguetes y de ejecutarla, es alguien en su oficio, confiéselo.
»Juraría que es un hombre a
quien Justino Galmet divisó, de pronto, en la sección de joyería. Bajó
precipitadamente… Alicia no está segura de que ambos hablaran. Si lo hicieron,
estoy persuadido de que sólo cambiaron unas pocas palabras.
»Y a partir de aquel día
encontramos a Justino Galmet instalado cada tarde en la sección de pantuflas.
»¿No le dice nada eso?
Lucas se contentó con
refunfuñar:
—Me permito recordarle que
son las seis y cuarto.
—Otro doble y nos iremos.
Vació su doble, y luego
entró en el almacén por una puerta secundaria, subió al primer piso y unos
instantes más tarde llegó con Lucas a la sección de joyería. Alicia, que estaba
despachando, les miró con inquietud, pero Dollent la tranquilizó con un gesto.
—Uno con el que no hay que
contar para correr —observó el Doctorcito, mirando hacia abajo— es su
pelirrojo, porque tiene un pie descalzo. Exactamente como Justino Galmet. Diga,
comisario. Si usted tuviera que desvalijar a un empleado de banco o a un
oficinista, ¿qué día escogería para hacerlo?
Jamás había estado tan
insoportable, pero sin duda era su manera de ocultar su impaciencia.
—¿Qué día? ¿Qué quiere
usted decir?
—Lo que digo. ¿Qué día
escogería usted para desvalijar a un empleado de banco? ¿Escogería, por
ejemplo, el 16 de enero?
—No veo por qué…
—¡Peor para usted! El 16 de
enero, comisario, no le encontraría nada encima. Es el día siguiente al de
haber pagado el alquiler. Antes hubo las fiestas, los aguinaldos… A un empleado
hay que robarle el día uno de cualquier mes, cuando acaba de cobrar su sueldo.
¿No observa nada alrededor de usted?
Pero Lucas, furioso, ya no
le respondía. El Doctorcito, a pesar de todo, siguió monologando:
—Hay el triple de gente que
ayer. ¡Y todo el mundo compra! ¡Y los billetes se amontonan en las cajas…!
Esta vez el comisario aguzó
el oído.
—¿Es que por ventura…?
No terminó. Los timbres
sonaron llenando el almacén con su estrépito, en tanto que el altavoz atronaba
con una marcha militar para activar el movimiento.
—Ahora verá… Si algo
ocurre, será rápido… No se asome demasiado… No se deje ver.
Dollent sabía lo que se
tenía que mirar. La cajera del 89 cerró su gran sobre amarillo y salió de su
recinto. La multitud fluía como un torrente de lava entre las secciones, la
cajera tuvo que remontar la corriente para llegar al ascensor; súbitamente
lanzó un grito, en el preciso momento en que el Doctorcito se fijaba en un
sombrero gris perla que estaba junto a ella.
Lo que ocurrió entonces…
¿Quién hubiera podido contarlo? Los movimientos de las muchedumbres son
caóticos. Nadie sabía lo que ocurría. Una mujer gritaba. Un niño había sido
atropellado y su madre gritaba más fuerte aún. La gente se acordaba, quizá, del
asesinato de Justino Galmet y no vacilaba en huir, mientras el inspector
pelirrojo, sin su zapato izquierdo, se levantaba.
—No es necesario que
bajemos —dijo el Doctorcito, reteniendo mal su entusiasmo—: llegaríamos tarde…
si sus hombres hacen lo necesario…
Ya no se veía el sombrero
gris. La multitud se agolpaba en la puerta y chocaba con la otra multitud de la
acera…
El hombre del sombrero gris
estaba allí, en el despacho de Lucas, algo marchito, sin cuello de camisa y con
la cara llena de arañazos. Se le había detenido, no sin dificultad, en el
momento en que subía a un auto que estaba parado justo delante del de la
policía. Pero ya no llevaba consigo el sobre… No es que lo hubiera arrojado al
azar. ¿Por cuántas manos había pasado antes de desaparecer? ¿Cuántos cómplices
se relevaban en el largo camino que iba de la caja al coche?
Era un hermoso trabajo,
ejecutado con mano maestra, El hombre, por otra parte, no se había
desconcertado. A quien miraba con más sorpresa era al Doctorcito el cual, por
su parte, le examinaba con interés.
—O mucho me equivoco,
comisario, o éste es el jefe de los audaces ladrones de quienes usted me
hablaba antes.
—¡Ya puede usted correr
para encontrar una prueba! —rió sarcásticamente el individuo—. Desafío a la
cajera a que diga que yo soy quien le arrancó el sobre. En una multitud como
aquella cualquiera pudo alargar el brazo.
Era verdad. El golpe se
había montado con una ciencia consumada.
—¿Sabe usted lo que me ha
chocado? —prosiguió el Doctorcito, sin dejar de examinar al tipo como un objeto
raro—. Que el lugar donde Justino Galmet estaba sentado cuando le mataron era,
en cierto modo, una posición estratégica. Aquel rincón es único en el almacén:
»1.º La 89 es la única caja
que está situada cerca de una salida.
»2.º Aquélla es la salida
más frecuentada, debido a la estación del “metro”.
»Ahora bien, el día en que
nuestro pobre Galmet bajó repentinamente de la sección de joyería, era sábado.
»¿Qué había visto? Se lo
voy a decir… Había visto al caballero aquí presente.
—Ahora bien, él sabía que
cuando se encuentra el señor en algún sitio, este encuentro presagia un buen
golpe…
El Doctorcito tenía sed,
pero allí no había nada que beber. Encendió nerviosamente un cigarrillo. Tenía
fiebre. Hacía demasiado tiempo que estaba tenso como un arco.
—Apuesto a que, cuando
pertenecía a la policía, nuestro Galmet tuvo que ocuparse de los grandes
almacenes. Y llego a creer que eso fue, precisamente, lo que le decidió a
presentar su dimisión.
»Hizo un pequeño cálculo.
Se dijo que si cada ladrón le pagaba una comisión del diez o el veinte por
ciento…
»¿Comprende? Le bastaba con
conocer a los ladrones, no para detenerles, sino para imponerles su
contribución.
»Es una profesión poco
recomendable; lo admito. Admitamos también que no estaba mal pensado.
»Una vida modesta, sin
riesgos, sin fatigas… Vigilaba a su gente. Para disimular efectuaba pequeñas
compras. Pronto identificaba al ladrón o a la ladrona, y sabía luego reclamarle
el débito.
»De ahí su vida de pequeño
burgués. Aquellos quinientos francos depositados cada semana en el banco.
Aquellos ahorros de señor de la clase media.
»Hasta el día en que choca
con una pieza de caza mayor…
Ahora, el hombre del
sombrero gris miraba al Doctorcito con una admiración que producía cierta
melancolía a Lucas.
El bandido tuvo la osadía
de decir, familiarmente:
—¡Oiga! ¡No irá a hacerme
creer que es usted del ramo!
Y Dollent, muy cortés,
replicó:
—Soy el doctor Juan
Dollent, médico en Marsilly, vía La Rochelle, Charente-Marítima. Decía que… Eso
es… A fuerza de huronear por todas partes, nuestro Justino Galmet dio, hace
unos meses, con la banda de ese caballero, banda que no trabaja al por menor.
Galmet reclama el diezmo, que es difícil negarle. Las imposiciones en el banco
se hacen más importantes, y el hombre piensa en retirarse al campo.
»Entonces ocurre lo
siguiente: nuestro solterón, que pasa por hacer la corte a las dependientas,
porque para él es una necesidad profesional, se enamora de la severa y
resignada gracia de Alicia.
»Se propone casarse con
ella. Estaba sobre la pista de un ladrón de joyas y encuentra una esposa.
»¿Por qué fue necesario que
viera abajo la conocida silueta del caballero?
»Sospecha que no está allí
por casualidad. Baja… Trata de comprender…
»Durante varios días va a
situarse en el mismo lugar para asistir al golpe de mano y cobrar su parte.
»Adivina el asunto de la
cajera. ¿Qué puede contener una caja como aquélla los sábados por la tarde? Me
he informado. Tres o cuatrocientos mil francos en lindos billetes.
»El impuesto que les cobra
a estos señores le pagará una buena parte de su casa y así no tendrá que
menguar su capital.
»He ahí por qué tiene que
quedarse todavía unos días en París.
»Hasta que el caballero
aquí presente se decida a dar el golpe.
»Luego, boda, hermanitos y
todo lo demás… Huerto y jardín… La buena vida tranquila.
»Se olvidó de prever una
sola eventualidad: la de que nuestro preso estuviera harto de que le
despojaran. Y éste decidió desembarazarse de Justino Galmet, que sabía
demasiadas cosas y acababa por costar caro.
»La disposición del lugar
le favorece… ¡El disparo con la pistola y…!
El hombre del sombrero gris
empezaba a agitarse, pero en el mismo instante, a un signo de Lucas, la puerta
se abrió y entró un hombre que no era otro sino el dependiente de la sección de
juguetes.
—Es él —afirmó enseguida—.
No le vi disparar, pero aquel día manejó las panoplias y estoy persuadido de
que…
—¡Pobre tipo! —suspiró el
Doctorcito, que ya había tomado cuatro o cinco copas.
En aquel momento estaba con
Lucas, en el restaurante de la estación. Dollent regresaba la misma noche a
Marsilly.
—Es maravillosamente
ingenioso. ¡Hacerse ladrón de ladrones! Un ladrón burgués, ordenado, que se
hace su ajuar. ¿Sabe usted, Lucas, lo que más me enternece de él y lo que me da
ganas de enviar una corona a su tumba? Alicia y sus hermanitos. Estoy
persuadido de que se hubiera casado con ella, de que hubiera educado a los
chicos, de que hubieran sido felices como peritas en tabaque en su casita de la
ribera del Loire. Ha sido una desgracia irreparable para Alicia.
—¿Por qué?
—¡Pardiez, porque tiene
todas las probabilidades de quedarse soltera…!
Y, dirigiéndose al
camarero:
—¿Cuánto es?

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