© Libro N° 9458. El Castillo Del Arsénico. Simenon, George. Emancipación. Enero
8 de 2022.
Título original: © El Castillo Del Arsénico. George Simenon
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Original: © El Castillo Del Arsénico. George Simenon
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Miranda
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El Castillo Del Arsénico
George Simenon
El Castillo Del Arsénico
George Simenon
George
Simenon
(Lieja,
Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
El Castillo
Del Arsénico (1940)
(“Le château
de l’arsenic”)
Originalmente
publicado en Police-Roman
(n° 109, 28
de junio de 1940);
Le Petit
Docteur
(París:
Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)
I
Vaciló sólo un cuarto de
segundo y luego se irguió sobre las puntas de los pies, porque no tenía mucha
estatura y la campanilla estaba colocada exageradamente alta. En el acto, dos
clases de ruidos distintos parecieron querer disputarse el dominio de los
sonidos: en primer lugar, la campana, de cuyo cordón el Doctorcito acababa de
tirar, y que resonaba en alguna parte del castillo con la cadenciosa armonía de
un carrillón por otro lado, los ladridos de una multitud de perros.
No es una imagen: se
trataba, en efecto, de una multitud, si esa palabra puede aplicarse a una buena
cuarentena de horribles canes, una cuarentena de perritos rojos sin raza, pero
todos parecidos entre sí, con la sola diferencia de que los había jóvenes y
viejos.
Llegaron de algún
escondrijo del castillo y se lanzaron raudos hacia la reja, cruzando lo que un
día fuera un frondoso parque, cuyo único vestigio era una espesura de zarzales
acumulada al pie de unos cuantos árboles añosos y corpulentos.
El Doctorcito sabía que le
estaban observando, no solamente desde el castillo, sino también de las casas
del pueblo, donde todo el mundo debía preguntarse quién era el que en aquel
momento osaba llamar a aquella reja.
El poblado estaba situado
en un claro del bosque de Orleans. Pero el claro, como un antiguo traje,
resultaba demasiado estrecho para contener el castillo y las casuchas allí
arracimadas. El bosque desbordaba, ahogaba a la aldea, en la que parecía que
incluso el sol entraba con dificultad.
Algunos tejados de pizarra.
Una droguería, una posada, y un puñado de casas de planta baja. Finalmente, el
castillo, demasiado grande, demasiado viejo, considerablemente deteriorado, que
tenía el aire de un ser recién arruinado, vestido con harapos en los que
persistiese la huella de un corte distinguido.
¿Tendría el Doctorcito que
volver a provocar el estrépito de la campana mientras los chuchos de pelo rojo
le mostraban los dientes y se lanzaban en tromba contra la reja?
Una cortina se movió en la
planta baja. Una silueta pálida apareció un instante tras los cristales del
primer piso.
Por fin llegó alguien. Una
joven, casada o soltera, de veinticinco años, una sirvienta garbosa, de cuerpo
y rostro atractivos, que nadie hubiera esperado ver en aquel lugar.
—¿Qué desea? —preguntó, al
tiempo que rechazaba a los perros cogiéndolos uno a uno por la piel del lomo y
arrojándolos varios metros atrás.
—Quisiera hablar con el
señor Mordaut.
—¿Está usted citado con él?
—No.
—¿Es usted del juzgado?
—No. Pero si me hace el
favor de pasarle mi tarjeta…
La joven se alejó. Los
perros reanudaron su concierto. Un poco más tarde la joven volvió acompañada de
otra criada, ésta de unos cincuenta años y de cara desconfiada.
—¿Qué desea usted del señor
Mordaut?
Entonces, el Doctorcito,
perdiendo las esperanzas de franquear aquella reja demasiado bien guardada, se
jugó el todo por el todo.
—Es por lo que concierne a
los envenenamientos —dijo con la más graciosa de sus sonrisas, como si hubiera
ofrecido un bombón.
La silueta había vuelto a
aparecer tras los cristales del primer piso.
¿El señor Mordaut sin duda?
—Pase, haga el favor. ¿Es
suyo el coche? Éntrelo también, porque ahí fuera los chiquillos no tardarían en
hacerle añicos a pedradas.
—Buenos días, señor… Le
presento mis excusas por haber forzado en cierto modo su puerta, tanto más
cuanto que usted, sin duda, jamás oyó pronunciar mi nombre.
—Jamás —confesó el triste
señor Mordaut, moviendo la cabeza.
—De la misma manera que
otros se dedican a la grafología o a la radiestesia, yo me apasiono por los
problemas humanos, por los enigmas que suelen presentarse en la iniciación de
los asuntos criminales.
Lo más difícil quedaba por
hacer o, mejor, por decir. El Doctorcito estaba sentado allí, en el centro de
un salón. Y aquel salón era toda una época o, más exactamente, el detritus de
diez épocas acumulado allí por el azar de los años, por no decir de los siglos.
Como el aspecto exterior
del castillo, aquel salón resultaba triste y polvoriento, descolorido, caduco,
miserable. Asi era también el señor Mordaut, enfundado en una chaqueta
demasiado larga que hacía pensar en una levita ochocentista, por encima de la
cual asomaban sus fláccidas mejillas y una barba corta, aferrada a su mentón
como un liquen, de un color gris sucio.
—Le escucho…
¡Adelante! ¡No era momento
de retroceder!
—Me han interesado
extremadamente, señor, los rumores que desde hace cierto tiempo corren acerca
de este castillo y acerca de usted. He sabido que la justicia se puso en
movimiento, ordenando la exhumación de tres cadáveres. Prefiero declarárselo
con franqueza: yo estoy aquí para descubrir la verdad, es decir, para saber si
usted envenenó a su tía Emilia Duplantet, luego a su mujer, nacida Felicia
Maloir y finalmente a su sobrina Solange Duplantet.
Era la primera vez que
dirigía un discurso de aquella índole, y su inquietud aumentaba por el hecho de
que un largo camino, obstaculizado por muchas puertas, le separaba de la
carretera y del caserío. Su interlocutor no se había inmutado. Balanceaba, en
el extremo de un largo cordón negro, unos lentes de modelo antiguo. Para
describir la expresión de su cara sólo se puede repetir que el hombre estaba
triste, triste, triste…
¡Sudaba tristeza! ¡Era la
tristeza misma! ¡Era la encarnación de toda la tristeza del mundo!
—Ha hecho usted bien
hablándome francamente. ¿Una copa?
El Doctorcito no se
estremeció a pesar suyo. Resultaba bastante inquietante verse ofrecer bebida
por un fulano a quien se acababa de acusar más o menos crudamente de tres
envenenamientos.
—No tema… Yo beberé antes
que usted. Tengo todavía un viejo vino natural del que se cosechaba en el
castillo antes de la filoxera. ¿Ha pasado usted por el pueblo?
—Me he detenido un momento
en la posada para asegurarme de que me podrían alojar.
—No tenía por qué hacerlo,
señor… señor, ¿cómo?
—Juan Dollent.
—Señor Juan Dollent, me
permito ofrecerle mi hospitalidad.
El enigmático individuo
destapó una botella polvorienta, de extraña forma, y el Doctorcito bebió casi
sin aprensión uno de los mejores vinos naturales que había probado en su vida.
—Permanecerá aquí todo el
tiempo que quiera. Comerá conmigo. Circulará con absoluta libertad por todo el
castillo, y yo responderé a sus preguntas con toda franqueza. ¿Permite usted?
Tiró de un cordón de lana,
y el penetrante sonido de una campanilla resonó en algún sitio. Seguidamente la
vieja que había abierto la verja a Dollent se presentó.
—Ernestina: pondrá otro
cubierto. Hará preparar para el señor la habitación verde. El señor estará aquí
en su casa, ¿entendido? Y satisfará usted todas sus curiosidades.
Cuando los dos hombres se
quedaron solos de nuevo, suspiró:
—Sin duda le sorprende esta
acogida, ¿no? ¿Quién sabe si no le parece anormal? Sepa, señor Dollent, que
llega un momento en que uno acepta cualquier probabilidad de salvación sea cual
sea. Si una cartomántica, un faquir o un derviche, una gitana o uno de esos
radiestesistas de quienes antes me hablaba se ofreciera para ayudarme, le daría
las mismas facilidades.
Hablaba lentamente, con voz
cansada, mirando a la gastada alfombra y frotando maquinalmente, con cuidado
exagerado, los lentes, que jamás se ponía ante los ojos.
—Soy un hombre perseguido
por la mala suerte desde que nací. Si existieran concursos de mala suerte,
campeonatos de desgracias, estoy seguro de que me llevaría el primer premio.
Cualquier cosa que haga se vuelve contra mí. Cada uno de mis gestos, cada
palabra mía, me causa algún perjuicio. He nacido para acumular las desgracias,
no solamente sobre mi cabeza, sino sobre la de todos los que me rodean.
Mis abuelos eran muy ricos.
Mi abuelo Mordaut es el hombre que construyó la mayor parte del Barrio
Haussmann, en París, y amasó millones.
Ahora bien, el día de mi
nacimiento, se colgó a causa de un escándalo en el que estaba mezclado con
algunos políticos.
Mi madre, bajo el golpe de
la emoción, tuvo una fiebre puerperal y sucumbió en tres días.
Mi padre trató de remontar
la corriente. De toda la fortuna adquirida, sólo quedaba este castillo. Yo
tenía cinco años cuando vine aquí. Jugando en la torre, pegué fuego a toda un
ala que quedó destruida y que contenía los objetos de valor.
¡Era demasiado! ¡Aquello se
volvía alucinante!
—A los diez años tuve una
amiguita de mi edad a la que quería mucho: Gisele, la hija del posadero de
entonces. En aquella época todavía había agua en los fosos. Un día, mientras
estaba pescando ranas con un trapo encarnado, ella resbaló y se ahogó ante mis
ojos.
Podría continuar la lista
de mis desgracias…
—¡Perdoné! —le interrumpió
el Doctorcito—. Me parece que, hasta aquí, las desgracias más bien se abatieron
sobre los otros que sobre usted.
—¿Y usted cree que ésa no
es la mayor de las desgracias? Hace ocho años, mi tía Duplantet, al quedar
viuda, vino a vivir con nosotros, y seis meses más tarde moría de un ataque
cardíaco.
—Se afirma que fue
envenenada lentamente con arsénico. ¿No tenía ella un seguro de vida a favor de
usted, y no cobró usted una fuerte suma?
—Cien mil francos. Apenas
con qué apuntalar la torre sur, que se derrumbaba… Tres años más tarde, mi
mujer.
—Murió también de una
crisis cardíaca. También ella había suscrito un seguro de vida que le valió…
—Que me valió las
acusaciones que usted sabe y la suma de doscientos mil francos.
Suspiró, contemplando sus
brillantes lentes.
—En fin —terminó el
Doctorcito—: hace quince días su sobrina, Solange Duplantet, huérfana, falleció
en el castillo, a los veintiocho años de edad, de una enfermedad de corazón,
dejándole a usted la fortuna de los Duplantet, o sea cerca de medio millón.
—¡En tierras y en
inmuebles! —precisó el extraño individuo.
—En esta última ocasión las
lenguas se desataron, varias cartas anónimas llegaron al juzgado y se abrió una
investigación.
—Los señores del juzgado
han venido tres veces y no han encontrado nada. Otras dos veces me han hecho ir
a Orleans para someterme a un interrogatorio y carearme con «sus» testigos.
Creo que si me atreviera a salir por el pueblo me matarían.
—Porque se han encontrado
trazas de arsénico en los tres cadáveres.
—Parece que en todos los
cadáveres se encuentran esas trazas.
Éste era el motivo de que
el Doctorcito estuviese allí. En el viaje había pasado por París, donde había
visto a su amigo el comisario Lucas, quien le había declarado:
—Estoy persuadido de que no
se descubrirá nada. Los casos de envenenamiento son los más misteriosos.
¿Abundan estos casos? Ni siquiera podemos responder con seguridad, pero
seguramente es en ese terreno donde quedan más crímenes impunes.
Verá usted como se
encontrará arsénico en las vísceras o en lo que quede de ellas. Los peritos
discutirán hasta perder el aliento, unos afirmando que siempre hay una cierta
dosis de arsénico en los cadáveres y otros inclinándose por el envenenamiento.
Si el caso llega a los
tribunales, los jurados, embrutecidos y descorazonados por esas discusiones
técnicas y por tantas conclusiones contradictorias, preferirán dictar un
veredicto negativo.
En este campo es donde, con
un poco de suerte, un hombre como usted podría…
Ahora estaba en el lugar.
Aspiraba a pleno pulmón, saturándose de aquel ambiente desesperadamente
melancólico.
—¿Puedo preguntarle por qué
tiene tantos perros, todos de la misma raza?
Al señor Mordaut le
sorprendió mucho la pregunta.
—¿Tantos perros? —repitió—.
¡Ah, sí…! Tom y Mirza. Mi padre tenía dos perros a los que quería mucho. Esos
perros, Tom y Mirza, tuvieron cría. Los pequeños criaron a su vez. Desde que mi
amiguita se ahogó ante mis ojos no he querido oír hablar de que se ahoguen
perritos ni gatitos. Lo que usted ha visto es la descendencia de Tom y Mirza.
No sé cuántos hay. Apenas nos ocupamos de ellos. Viven en el parque, y poco a
poco se van volviendo salvajes.
Una idea pareció chocarle:
—Es curioso —murmuró
abstraído—. Son los únicos seres que prosperan alrededor de mí. Nunca lo había
pensado.
—¿Tiene usted algún hijo?
—Sí: Héctor. Ya le habrán
hablado de él. A consecuencia de una enfermedad que tuvo en su infancia, su
cerebro no se ha desarrollado, en tanto que su crecimiento físico ha sido
normal. Vive en el castillo. A los veintidós años posee la inteligencia de un
niño de nueve… Pero no es malo.
—¿Hace mucho tiempo que
está a su servicio la persona que me ha introducido y a la que usted ha llamado
Ernestina?
—Desde siempre. Es la hija
de los jardineros de mi padre. Ellos murieron y ella siguió aquí.
—¿No se casó nunca?
—Jamás.
—¿Y la joven?
—¿Rosa? —dijo el señor
Mordaut, con una ligera sonrisa—. Es una sobrina de Ernestina. Hace cerca de
diez años que vive en el castillo en calidad de camarera. Cuando llegó era una
chiquilla de dieciséis años.
—¿No tiene más personal?
—Nadie más. Mi fortuna no
me permite llevar una vida de gran boato. Hace veinte años que tengo el mismo
auto, y la gente se vuelve a su paso. Vivo entre mis libros y mis bibelots.
—¿Va a menudo a París?
—Puede decirse que nunca.
¿Qué haría yo allí? No soy lo suficientemente rico como para pasarme los días
divirtiéndome… ni lo bastante pobre como para aceptar un empleo. Y estoy seguro
de que si me dedicase a los negocios, no daría una. ¡Con la mala suerte que
tengo para todo…!
Había momentos en que
oyendo aquella voz acolchada y monótona se tenía la impresión de vivir bajo una
inmensa campana de cristal.
Todos los seres de aquella
casa estaban recogidos en sí mismos, incluso Rosa, la joven de formas
agraciadas.
¿Podía uno imaginar que una
carcajada, una verdadera explosión de alegría, resonase en aquellas salas o en
aquellos pasillos?
El Doctorcito se
estremeció. Acababa de oír un ruido que le era familiar: el motor de
Ferblantine había sido puesto en marcha.
Miró duramente a su
huésped.
—Están tocando mi coche
—dijo.
Y no estuvo lejos de pensar
que…
—¿Eh…? Sí… Ya lo ve… Usted
acaba de llegar… Hablábamos tan tranquilos… Ya verá como es Héctor quien…
Suspirando se dirigió hacia
una ventana y la abrió. En efecto, se veía a un enorme mozarrón sentado en el
interior de Ferblantine y ocupado en hacer gruñir horriblemente el motor.
—¡Héctor! ¿Quieres apearte?
Por toda respuesta, Héctor
le sacó la lengua a, su padre.
—Héctor. Si no dejas en paz
el auto del señor…
El señor Mordaut salió
precipitadamente al parque. El Doctorcito le siguió y pudo asistir a una escena
penosa y grotesca. El padre trataba de arrancar a su hijo del asiento. Pero
Héctor era un palmo más alto que él y de constitución robusta.
—Quiero hacerle andar —se
obstinaba.
—Si no bajas
inmediatamente…
—Te prevengo que no me
dejaré azotar.
En la puerta de la cocina,
Ernestina estaba de pie, con las manos en las caderas, y seguía sin emoción las
peripecias de la lucha.
De repente se abrió una
tercera puerta. Rosa, que se había puesto un delantal blanco para servir la
mesa, y que así parecía más atractiva aún, corrió hacia el coche.
—Déjele —le dijo al señor
Mordaut—. Ya sabe que, con usted, él se obstinará. Vamos a ver, señorito
Héctor, ¿es que quiere estropear el automóvil del señor doctor?
—¿Es un doctor? —preguntó
el joven, desconfiado—. ¿Para quién ha venido?
—Apéese… Sea bueno.
La muchacha ejercía una
innegable autoridad sobre él. Sólo con su voz parecía apaciguar a aquel pobre
anormal que, dejando los mandos de Ferblantine, examinó a Juan Dollent.
—¿Para quién ha venido?
¿Otra vez el cáncer de Ernestina?
—Sí; eso es… Está aquí para
el cáncer de Ernestina.
El 5 caballos fue
trasladado a lugar seguro: al garaje donde estaba el viejo coche del señor
Mordaut. Luego los dos hombres salieron al jardín.
—Tenga en cuenta que
Ernestina no tiene nada. Pero está siempre hablando de su cáncer. Desde que su
hermana, la madre de Rosa, murió de un cáncer, cree a ojos cerrados que ella
también tiene uno… Pero no sabe exactamente dónde. Tan pronto es en la espalda
como en el pecho o en el vientre. Se pasa el tiempo consultando médicos, y le
fastidia que no le encuentren nada. Si le había de su cáncer, le aconsejo que…
Pero Ernestina estaba
delante de ellos, furiosa.
—Bueno, ¿es que van a la
mesa o no? Si creen que la comida puede esperar indefinida…
De modo que tres mujeres,
sin contar a las dos sirvientas, habían vivido en aquella casa. Y las tres, a
edades diferentes, habían muerto de enfermedad de, corazón, que es generalmente
el diagnóstico superficial de los envenenamientos por el arsénico. ¡Por lo
menos, de los envenenamientos lentos! De aquellos envenenamientos que exigen
que el asesino suministre cada día un poco de muerte a su víctima.
Y eso durante meses…
En la mesa había una jarra
de vino y otra de agua. En cuanto a la comida, era vulgar, por no decir pobre:
unas sardinas y unos rábanos, como en los restaurantes de segundo orden; luego,
un estofado de carnero, un pedazo de queso, ya seco, y dos bizcochos por
persona.
¿Acaso el Doctorcito, que
pensaba en las tres mujeres, dejó traslucir una ligera inquietud? En todo caso,
el señor Mordaut dijo tristemente:
—No tema. Yo probaré cada
plato y cada bebida antes que usted. Para mí eso no tiene la menor importancia.
»Ha de saber, doctor, que
yo también padezco una enfermedad del corazón. Desde hace tres meses
experimento los mismos síntomas que mi tía, mi mujer y mi sobrina en los
comienzos de su mal.
Verdaderamente era
necesario tener mucho apetito para consumir aquellas viandas. ¿No hubiera sido
más prudente Juan Dollent yéndose a comer y a dormir a la posada?
Héctor comía glotonamente,
como un niño mal educado. A decir verdad no resultaba muy alegre contemplar a
aquel muchachote de veintidós años y mirada de chiquillo astuto.
—¿Qué piensa usted hacer
esta tarde, doctor? ¿Puedo serle útil en algo más?
—Me gustaría ir y venir
solo. Veré los campos… Tal vez formularé algunas preguntas a la servidumbre.
Empezó por el final. Se
fue, primeramente, a la cocina, donde encontró a Ernestina lavando la vajilla.
—¿Qué le ha contado?
—preguntó, con una típica desconfianza campesina—. ¿Le ha hablado de mi cáncer?
—Sí.
—Le ha dicho que no era
verdad, ¿no es eso? Pero le ha jurado que él sufría del corazón. Pues bien, yo
estoy segura de que es todo lo contrario. Jamás ha sufrido del corazón. Cuando
se queja, se ve que no está enfermo. En primer lugar, no tiene los mismos
sudores que las pobres damas.
—¿Tenían sudores?
—Sí, por la noche. Y cuando
hacían el menor esfuerzo. Finalmente, se quejaban de vértigos, y no había
bastantes mantas en sus camas para calentarlas. Temblaban de frío hasta con dos
botellas de agua caliente entre las sábanas. ¿Acaso tiene él el aspecto de un
hombre que tirita?
Hablaba sin cesar de
trabajar, y se veía que era robusta y sana. En sus buenos tiempos debió de
haber sido hermosa, exuberante como lo era ahora su sobrina Rosa. No era
tímida. Miraba a la gente cara a cara, y le gustaba decir lo que pensaba.
—Quería preguntarle,
doctor… ¿Se puede dar el cáncer a alguien por medio del arsénico o de otros
venenos?
Dollent prefirió no decir
ni sí ni no, porque le pareció conveniente mantener a la vieja criada en sus
temores.
—¿Qué siente usted?
—tergiversó.
—Dolores, como si me
clavaran un punzón. Sobre todo en los riñones. Algunas veces también entre
omóplatos.
No era cosa de sonreír,
porque ello hubiera bastado para hacerse una enemiga.
¿Por qué se le ocurrió
responder: «Si quiere, luego la examinaré»?
De haberse tratado de Rosa,
la cosa hubiera sido comprensible. Pero ¿de Ernestina que había cumplido ya los
cincuenta años? ¡Vaya una idea la de querer verla desnuda!
—Cuando haya terminado con
la vajilla —dijo la mujer, con precipitación—. Vea: no me quedan más que los
platos y los cubiertos. Cinco minutos solamente…
¿Sería posible que…? ¡No!
No quería creerlo. Ciertamente, había encontrado algunas pacientes de aquella
edad que conservaban un ardoroso temperamento y para las que el médico tenía un
atractivo particular. En Marsilly había una que iba a verle cada semana;
siempre tenía mal en algún sitio, e invariablemente experimentaba la necesidad
de desnudarse.
Pero, Ernestina… ¡Y en
aquel lúgubre castillo!
—Bien. Ya he terminado.
Cuando bajemos haré la comida a los perros. Es en el segundo piso. ¿No necesita
usted su maletín?
La escalera estaba en una
torre. Llegaron al segundo piso: un largo pasillo al que daban las puertas de
seis o siete habitaciones. Allí ya no había alfombra en el sucio. Unos grabados
viejos y varios cuadros sin valor colgaban de las paredes, ladeados, cubiertos
de polvo.
Ernestina empujó una
puerta. El Doctorcito quedó sorprendido al encontrarse en una habitación
limpia, que tenía cierto encanto.
Era la habitación de una
campesina acomodada, de espíritu ordenado. Una gran cama de caoba, de estilo
antiguo, con un cobertor inmaculado. Una mesa redonda, bien encerada. Una
estufa, una butaca de tapicería y un taburete para los pies. Más allá, en un
rincón, un escritorio para señora, estilo Luis XVI, con una hermosa cerradura
de bronce dorado.
—Excuse el desorden…
No había ningún desorden,
ni una mota de polvo.
—Cuando se vive en casa
ajena no se tiene tanto gusto como en la propia. Le aseguro que si tuviera una
casita en el campo, lejos de este maldito bosque… Vuélvase, doctor, mientras me
desnudo.
Dollent se sentía un poco
avergonzado. Aquello era casi un abuso de confianza. Sabía perfectamente que la
mujer no tenía cáncer. ¿Para qué, pues, aquella auscultación que tomaba
caracteres equívocos?
—Bueno… Ya puede volverse.
La mujer tenía una carne
extraordinariamente blanca, casi como la de una joven, y, de no haber
presentado la decadencia propia de la edad, sus formas hubiesen sido
armoniosas.
—Es aquí, doctor… Toque…
Llamaron a la puerta.
—¿Quién? —preguntó
Ernestina, agresiva.
—Soy yo —respondió Rosa—.
¿Qué estás haciendo?
—Si te lo preguntan di que
no lo sabes.
—¿Está el doctor contigo?
—No te importa.
—Le estoy buscando para
enseñarle su habitación.
—Ya se la enseñarás luego.
Y murmuró entre dientes:
—¡Peste de chiquilla…! Si
pudiera miraría por el ojo de la cerradura. Pero ya me cuidé de poner la llave
por dentro. ¡Oiga! Está escuchando. Ha fingido marcharse y ha vuelto sin hacer
ruido. ¡Así se vive en esta casa! La gente pasa el tiempo espiando; cuando no
es uno es otro. Una cree estar sola en un sitio, y de pronto se encuentra con
alguien a quien no ha oído llegar. ¡Hasta el dueño se divierte en ese juego!
»¡Y su hijo, que trepa por
las tuberías del tejado para dar sustos!
»Hablemos en voz baja…
Mejor será que no nos oiga. Toque… ¿No nota como un bulto?
—¡Si te crees que no lo
oigo todo! —dijo burlona en el pasillo, la voz de Rosa—. ¡Que se diviertan…!
Y esta vez pareció que,
realmente, se alejaba.
II
—¿No encuentra nada?
Hacía un buen cuarto de
hora que duraba la auscultación, y, cada vez que el Doctorcito parecía que iba
a terminar, Ernestina le llamaba al orden.
—No ha tomado usted mi
presión arterial.
Para asegurarse de que la
mujer sabía de qué hablaba, Dollent le preguntó:
—¿Cuál fue el resultado la
última vez?
—Mínima 9, máxima 14… con
el aparato de Pachot.
—Oiga, señora —bromeó el
Doctorcito—: veo que está usted muy al corriente en asuntos de medicina.
—¡Pardiez! —replicó ella—.
La salud no se compra en el mercado. Y si quiero vivir ciento diez años como mi
abuela…
—¿Ha leído usted libros de
medicina?
—¡Claro que sí! El mes
pasado me hice traer uno de París. Ahora me pregunto si no haría bien haciendo
analizar mi sangre para saber si tengo urea.
El Doctorcito conocía a
otras como ella, para las que la preocupación de la salud era una obsesión y en
cierto modo una enfermedad, pero en aquel castillo del arsénico las menores
originalidades adquirían un valor distinto. Dollent no tenía ganas de sonreír.
La vio vestirse de nuevo y pensó que, en efecto, aquella mujer tenía una
complexión que parecía garantizarle muchos años de vida, aun en el caso de que…
—En sus libros, claro está,
se habla de venenos…
—Por supuesto. Y no le
ocultaré que he leído todo cuanto acerca de ellos se dice. Cuando una ha sido
testigo de tres ejemplos, anda precavida.
¡Sobre todo si se encuentra
en el mismo caso que las otras tres!
—¿Qué quiere usted decir?
Desde luego, la última
frase de Ernestina no había sido pronunciada al azar. Aquella mujer no hacía
nada al azar, sino que en todas las cosas se tomaba el tiempo de reflexionar.
—¿Qué se descubrió cuando
murió la tía Duplantet? Que había suscrito un seguro de vida a favor del señor.
Y ¿cuándo murió su mujer? Otro seguro de vida. Pues bien, ¡yo también estoy
asegurada!
—A favor de su sobrina,
supongo.
—¡Ah, no! A favor del
señor. Y no por una pequeña suma, sino por cien mil francos.
Juan Dollent se quedó
pasmado.
—¿Su dueño la ha asegurado
por cien mil francos? ¿Hace mucho tiempo de eso?
—Hará unos quince años.
Mucho antes de la muerte de la tía Duplantet. De manera que yo no desconfiaba.
Antes de la muerte de la
tía Duplantet. Eso también quedó anotado en un rincón de la memoria del
Doctorcito.
—Usted comprenderá que, en
esas condiciones, me pregunto a cada instante si mi turno me llegará pronto.
—¿Con qué pretexto la
aseguró?
—Con ningún pretexto. Me
dijo que un corredor de seguros había venido a verle, que el asunto era
interesante, que no me costaría nada y que, si me sucedía alguna desgracia, por
lo menos habría alguien a quien aprovecharía.
—¿Tenía usted cuarenta años
cuando se firmó la póliza?
—Treinta y ocho.
—¿Y hacía años que estaba
en la casa?
—Casi desde siempre.
—¿Es que cuando era joven
su dueño ya estaba tan triste y… cómo decirlo… tan apagado?
—No le he conocido de otro
modo.
—¿Siempre ha vivido tan
encerrado en sí mismo?… ¿No le ha conocido jamás aventuras?
—Jamás.
—Usted está al corriente de
todos sus hechos, ¿verdad? ¿Está segura de que no tiene una amiga en la región?
—Segura. No sale de casa.
Y, si viniese una mujer aquí, se la vería.
—No obstante, queda una
posibilidad. Su sobrina Rosa es joven y linda. ¿No piensa usted que…?
La mujer le miró cara a
cara para responderle:
—Rosa no se dejará enredar.
Por otra parte, él no es un mujeriego. Sólo le interesa el dinero. Mata el
tiempo haciendo inventarios de lo que hay en el castillo, y a veces se pasa
días enteros buscando un objeto sin valor, un vaso de China o un cenicero
desaparecido. ¡Ésa es su pasión!
Hacía ya rato que la criada
se había vuelto a vestir, recuperando su duro aspecto de cocinera intratable.
—Ahora ya sabe usted tanto
como yo. No tenía el derecho de callarme.
Rara casa, en verdad.
Construida para alojar a una veintena de personas, como mínimo, con un número
infinito de habitaciones, rincones y escondrijos y escaleras inesperadas, no
cobijaba más, que a cuatro habitantes, aparte de la horrible jauría pelirroja.
Ahora bien, aquellos cuatro
seres, en vez de agruparse, aunque sólo fuese para darse una mutua sensación de
vida, parecía que se ingeniaban en aislarse lo más ferozmente posible.
La habitación de Ernestina
estaba al fondo del pasillo del segundo piso, en el ala izquierda. Cuando el
Doctorcito inició la busca de la habitación de Rosa, en vano abrió todas las
puertas del mismo piso. Las habitaciones estaban desocupadas y exhalaban un
desagradable olor a enmohecimiento.
Tuvo que buscar en el
primer piso. Allí encontró fácilmente la habitación del señor Mordaut. Oyendo
ruido en ella, llamó.
—Quisiera que me indicara
la habitación de la camarera Rosa —dijo.
—Ha cambiado dos o tres
veces de habitación. Creo que ahora está encima del antiguo invernadero. Cuando
llegue al fondo del pasillo, doble a la izquierda. Es la segunda o tercera
puerta.
—¿Y su hijo?
—Le tengo a mi lado. Ocupa
la habitación de su pobre madre, y me veo obligado, como medida de prudencia, a
encerrarle todas las noches. ¿Avanza su investigación, doctor? ¿Le ha dado
informaciones interesantes la vieja Ernestina? La tengo por una mujer honrada a
carta cabal. Pero, como muchas de sus semejantes a las que se da demasiada
autoridad, tiene tendencia a abusar de ella.
Pronunció todas esas frases
en el mismo tono lúgubre.
—¡En fin! Si me necesita,
sigo a su disposición. ¿Sabe usted qué estoy haciendo en este momento? Entre,
si lo desea. Es mi habitación. Hay un poco de desorden… Cuando usted llamó
estaba ocupado clasificando fotografías de las tres mujeres que murieron en
este castillo. He aquí a mi tía Emilia. Aquí, mi mujer unos días antes de
nuestro casamiento. Ésta es ella cuando era niña.
Nunca fue linda, ¿verdad?
Pero era dulce, retraída. Se pasaba el día bordando. No salía más que para ir a
la iglesia. Y no se aburría nunca. Cuando nos casamos, ella tenía treinta años.
Era hija de un acaudalado propietario de los alrededores, pero; como que salía
muy poco, nunca había tenido pretendientes. Yo hubiera debido saber que traigo
mala suerte…
Dollent no pudo soportar
por más tiempo la conversación a solas con aquel hombre lúgubre y abrumado. Se
dirigió a la habitación de Rosa. Acababa de hacer un cálculo rápido; hacía
cerca de un año que Rosa estaba en la casa cuando la tía Emilia sucumbió
envenenada con arsénico o por una enfermedad cardíaca.
¿Era posible imaginarse a
una envenenadora de dieciséis años?
Aplicó el oído a la puerta;
no oyó nada y dio vuelta poco a poco al pestillo. La impresión fue más que
desagradable. Creía entrar en una habitación vacía, y de repente vio tras de sí
a la joven que le miraba tranquilamente.
—Bueno… ¡Entre! —dijo con
impaciencia—. ¿Qué espera?
Era evidente que la
muchacha había sospechado que él acudiría. ¡Y había preparado el lugar! La
habitación estaba en orden; el Doctorcito observó que había papeles quemados en
la chimenea.
—He supuesto que, después
de mi tía, me tocaría el turno a mí —dijo, burlona—. ¿Tengo que desnudarme
también?
El Doctorcito frunció las
cejas. La chica acababa de darle la idea.
—No me disgustaría
examinarla. Se habla tanto de arsénico en este castillo, que tal vez sería
interesante asegurarse de que usted no lo está tomando a pequeñas dosis.
Con desdeñosa desenvoltura,
Rosa se quitó el vestido por la cabeza, descubriendo un pecho orgulloso y una
carne tan blanca como la de su tía, pero mucho más fresca y lozana.
—¡Empiece! —exclamó—.
¿Quiere usted que me desnude del todo? Ya que ha empezado no se prive de nada.
—Inclínese. Bueno… Respire;
Tosa. Ahora, tiéndase en la cama.
—¿Sabe usted? Prefiero
decirle que estoy sana como una merluza.
—¿Por qué precisamente como
una merluza? Dollent nunca pudo comprender por qué en el espíritu de Rosa este
pez representaba, mejor que cualquier otro animal, la salud perfecta.
—Tiene usted razón. Puede
volver a vestirse. El señor Mordaut me ha autorizado a que interrogue a los
habitantes de la casa. Si me lo permite…
—Escucho. Ya sé lo que me
va a preguntar. Puesto que acaba de hablar con mi tía. Confiese que le ha
contado que me entiendo con el dueño.
La joven iba y venía, con
vivacidad, por la habitación, que era una de las más alegres de la casa y que,
por excepción, tenía en las ventanas cortinas de vivos colores.
—¡Mi pobre tía no piensa
más que en eso! Como que nunca tuvo ni marido ni amante, esta cuestión la
obsesiona. Cuando habla de la gente del caserío, sólo es para imaginar
amancebamientos entre ellos. Vea: ahora mismo debe estar persuadida de que yo
le hago proposiciones o de que usted me las hace a mí. Para ella, desde el
momento en que un hombre y una mujer están juntos…
—A pesar de todo, he
observado que Héctor la mira de una manera que…
—¡Pobre muchacho! Claro
está que me ronda. Al principio me daba un poco de miedo, porque es muy
violento. Pero pronto comprendí que ni siquiera se atrevería a darme un beso.
El Doctorcito miró las
cenizas de la chimenea, y murmuró, más lentamente:
—¿No tiene usted amante ni
novio?
—Sería propio de mi edad,
¿no le parece?
—¿Se puede saber su nombre?
—Si lo encuentra… ¡Puesto
que está usted aquí para buscar, busque! Ahora tengo que ir abajo porque hoy
debo limpiar los cobres. ¿Se queda usted aquí?
¿Por qué no? ¿Por qué no
representar, como ella, el mismo papel cínico?
—Sí; me quedaré, si usted
no encuentra inconveniente.
La joven se sintió
despechada, pero abandonó la estancia. El Doctorcito la oyó bajar la escalera.
Sin duda, la muchacha ignoraba que se puede leer lo escrito en un papel
carbonizado, y no se había tomado la molestia de dispersar las cenizas. Entre
otros, había un sobre de papel más grueso que los demás y que casi estaba
entero. En un ángulo se distinguía todavía la palabra «… lista», lo que hacía
suponer que Rosa recibía su correspondencia en la lista de correos.
En el reverso, el remitente
había escrito su dirección, de la que quedaba: «… Regimiento de Infantería
Colonial…». Y luego, más abajo, la mención: «Costa del Marfil».
Era casi seguro que Rosa
tenía un enamorado, novio o amante, que servía en las tropas coloniales y
estaba de guarnición en la Cosía del Marfil.
—Vuelvo a molestarle, señor
Mordaut, en un momento en que está tan ocupado con su álbum de fotografías…
Esta mañana me ha dicho que a veces siente malestar. Como médico que soy
quisiera asegurarme de que no se trata de un envenenamiento lento.
Resignado el dueño del
castillo esbozó un amargo suspiro y empezó a desnudarse, como antes lo hicieran
las dos sirvientas.
—Hace ya mucho tiempo
—dijo— que espero sufrir el mismo destino que mi mujer y que mi tía. Cuando vi
que Solange Duplantet moría…
Dejó caer los brazos con
fatiga. Contrariamente a lo que se hubiera podido pensar viéndole vestido,
tenía el pecho más desarrollado de lo corriente, recubierto de largo vello y
con esa piel lívida de la gente que vive siempre encerrada.
—¿Quiere usted que me
acueste? ¿Que me quede de pie? ¿Ha reconocido a mis criadas?
—Ninguna de las dos está
enferma. Pero… no se mueva. Respire normalmente. Inclínese un poco hacia
adelante.
El reconocimiento duró
cerca de una hora, y el Doctorcito fue poniéndose cada vez más serio.
—No quisiera afirmar nada
antes de hablar con colegas más entendidos que yo. No obstante, el malestar que
usted siente podría provenir de un envenenamiento arsenical.
—¡Ya se lo decía yo!
¡No se indignó! ¡Ni
siquiera se asustó!
—Una pregunta, señor
Mordaut… ¿Por qué aseguró la vida de Ernestina?
—¿Se lo ha dicho ella?
Pues, muy sencillo. Un día, un agente de seguros vino a verme. Era un joven
hábil. Capaz de encontrar argumentos excelentes. Me hizo ver que éramos varios
en esta casa, y casi todos de la misma edad. Como si estuviera oyendo su
razonamiento…:
«—Fatalmente, uno de
ustedes morirá primero —dijo—. Será triste, ciertamente. Pero ¿por qué esa
muerte no ha de servirle a usted para permitirle restaurar el castillo?
Asegurando a toda la familia…».
—¡Perdone! —interrumpió el
Doctorcito—. ¿También Héctor está asegurado?
—La compañía no asegura a
los anormales. Me dejé, pues, seducir. Y para aumentar las probabilidades,
aseguré también a Ernestina, a pesar de su sólida salud.
—Otra pregunta… ¿Está usted
asegurado?
Esa idea pareció chocar al
señor Mordaut.
—No —dijo meditabundo.
—¿Por qué?
—Eso es, ¿por qué? La
verdad es que nunca pensé en ello. Sin duda no soy más que un sórdido egoísta.
En mi espíritu era necesariamente yo quien debía sobrevivir.
—¡Y, en efecto, ha
sobrevivido!
Mordaut agachó la cabeza y
dijo tímidamente:
—¿Por cuánto tiempo?
¿Había que tomarle por un
harapo humano y compadecerle? ¿O, por el contrario, considerar todas sus
actitudes como el colmo de la habilidad?
¿Por qué, desde el primer
momento, había dejado el campo libre al Doctorcito?
¿Por qué le había hablado
de los sintonías que sentía?
Un hombre capaz de
envenenar a tres mujeres, entre las cuales se halla la suya propia, ¿no era
también capaz, para salvar su cabeza, de tragarse una cantidad de veneno
insuficiente para producir la muerte?
Al salir de la habitación,
Juan Dollent recordó las palabras del comisario Lucas:
—Hay una gran variedad de
asesinos —había dicho el experimentado miembro de la Policía Judicial—:
jóvenes, viejos, pacíficos, violentos, alegres y tristes. Se mata por muchas
razones: amor, celos, cólera, envidia, ambición… En una palabra, por todos los
pecados capitales.
»Pero los envenenadores son
casi siempre de una sola especie. Si se examina la lista de envenenadores y
envenenadoras célebres, ¿qué se observa? Ni uno solo de ellos es alegre.
Ninguno de ellos llevó, antes de su crimen, una vida normal.
»En su fondo se encuentra
siempre una pasión; una pasión interior lo bastante violenta para dominar todos
los demás sentimientos, para inspirar la crueldad atroz que consiste en ver a
su víctima morir a fuego lento.
»Una pasión física. Y, en ese
caso, es mejor decir un vicio, puesto que no se trata del amor.
»Lo que encierra es la más
sórdida avaricia.
»Ha habido envenenadores que
durante largos años han dormido en un jergón de mendigo que contenía una
fortuna.
Transcurrió una hora. El
Doctorcito, abrumado por una especie de asco que sólo su curiosidad le hacía
soportable, anduvo por el castillo y por el parque, donde los perros ya no le
presentaban batalla.
Estaba cerca de la verja y
se preguntaba si no sería conveniente llegarse hasta el pueblo, aunque sólo
fuera para cambiar de aire, cuando oyó un gran alboroto procedente de la casa,
y un gran grito de Ernestina.
Echó a correr; en parte,
tuvo que dar la vuelta al castillo. No lejos de la cocina había una especie de
granero que contenía paja y herramientas agrícolas.
Allí, en el centro del
granero, estaba Héctor tendido, muerto, con los ojos vidriosos y el rostro
contraído. El Doctorcito no tuvo necesidad de agacharse para dictaminar:
—Arsénico en gran dosis.
Cerca del cadáver, que
estaba tendido en la paja, se veía una botella parda que ostentaba las
palabras: «Ron de Jamaica».
El señor Mordaut se volvió
lentamente, con un extraño destello en los ojos. Ernestina lloraba. Rosa, algo
apartada, como persona a quien los muertos impresionan, tenía la cabeza gacha.
III
Media hora más tarde,
mientras esperaban a la gendarmería avisada por teléfono, el Doctorcito, con un
sudor frío en la frente, empezaba a preguntarse si llevaría a cabo su
investigación.
En efecto, acababa de
aclarar, por lo menos en parte, la historia de la botella de ron.
—¿Recuerda usted la
conversación que tuve con el señor después de comer? —dijo Ernestina—. ¡Sin
embargo, usted estaba allí! Me preguntó qué preparaba para la cena. Yo le
respondí: sopa de alubias y coliflor…
Era exacto. El Doctorcito
había oído vagamente algo por el estilo, aunque no le prestó atención.
—El señor me replicó que no
era suficiente, visto que usted comería con nosotros, y me pidió que añadiera
una tortilla al ron.
¡También era verdad!
—Perdone —exclamó Dollent—:
cuando necesita ron, ¿de dónde lo toma usted?
—De la alacena del comedor.
Allí es donde están todas las botellas de licores y los aperitivos.
—¿Tiene usted la llave?
—La pido cuando la
necesito.
—¿La pidió para coger el
ron?
—Poco después de haber
salido usted de mi habitación.
—¿Estaba la botella
empezada?
—Sí… Pero hacía tiempo que
no se había bebido de aquel ron. Quizá durante el último invierno se utilizó
para servir uno o dos grogs.
—¿Qué hizo usted después?
—Le devolví la llave al
señor. Fui a la cocina y limpié las legumbres para la sopa.
—¿Dónde estaba el ron?
—Encima de la chimenea. No
lo necesitaba hasta el momento en que tendría que preparar la tortilla.
—¿No entró nadie en la
cocina? ¿No vio a Héctor rondar por allí?
—No.
—¿Y usted no salió?
—Sólo un momento, para
llevar la comida a los perros.
—Cuando regresó, ¿estaba
todavía el ron allí?
—No me fijé.
—¿Tenía Héctor la costumbre
de apoderarse de las bebidas?
—A veces. ¡No solamente de
las bebidas! Era muy goloso. Hurtaba todo lo que encontraba, y se lo iba a
comer en un rincón, como un cachorrillo.
—¿Qué hubiera sucedido si
Héctor…?
Ernestina hubiera preparado
la tortilla. ¿Se hubiera notado un sabor normal? ¿No se hubiera achacado el
gusto al ron?
¿Quién hubiera evitado que
se comiera aquella tortilla?
Aquella tortilla preparada
en la cocina…
Servida por Rosa…
Mientras el señor Mordaut,
Héctor y el Doctorcito estaban en el comedor…
Aquella noche, en el
castillo no hubo cena. La gendarmería se quedó allí. Dos agentes situados en la
verja podían a duras penas contener a la gente del pueblo, que profería gritos
amenazadores. La policía de Orleans había llegado ya, y también el personal del
Juzgado. Había luz en todas las piezas del castillo, cosa que no debía de haber
ocurrido desde hacía mucho tiempo. Asi, en esta macabra ocasión, recobró un
poco de su antiguo esplendor.
Todo fue registrado. Varios
policías removieron muebles y cajones, y lo hicieron sin el menor miramiento,
porque la indignación había llegado al colmo.
En el cochambroso salón, el
señor Mordaut, lívido, con mirada huraña, trataba de comprender las preguntas
de los sabuesos que hablaban todos a la vez y que apenas ocultaban su deseo de
maltratarle.
Cuando se abrió la puerta y
el señor Mordaut salió, llevaba las muñecas esposadas y se le condujo a una
pieza vecina en la que quedó encerrado con dos guardias.
El Juez de Instrucción de
Orleans no pudo reprimir su irritación al ver al Doctorcito ya en el lugar y,
por decirlo así, instalado en el castillo.
—Usted no se contenta con
investigar los crímenes —le observó sarcásticamente—. Ahora ya les precede.
—Incluso llego a creer que
yo tengo la culpa de éste.
—¿Eh?
—Más exactamente, del
accidente que ha ocurrido… Porque no cabe duda de que ha sido un accidente.
Nadie podía prever que Héctor, que no obraba sino por su fantasía, pasaría por
la cocina en ausencia de Ernestina y se apoderaría de la botella de ron.
El juez le miró,
sorprendido.
—Pero… En ese caso… también
usted tenía probabilidades de morir, ¿no?
—Era improbable.
—¿Cómo dice?
—Quizá me equivoque, y lo
siento. Pero pienso que mi razonamiento es justo. Supongo que se hubiera
servido la tortilla. Todo el mundo hubiera comido salvo el asesino, ¿no es
verdad? A menos de pretender que éste quisiera suicidarse arrastrando tras de
sí a toda la casa y a mí mismo a la tumba… Pero, generalmente, esa clase de
asesinos es cobarde. Vuelvo a mi idea: Todo el mundo morirá menos el asesino…
»¿No le parece inverosímil
que una persona que ha logrado cometer tales crímenes en diez años se conduzca
de una manera tan tonta?
»¡Porque eso es firmar el
crimen! ¡Es una confesión!
El juez, perplejo,
meditaba.
—¿Y según usted, ha sido un
accidente?
—Ya sé que es difícil
explicarlo. No obstante, sí, creo que el joven Héctor no estaba señalado para
hoy. Creo que nadie tenía que morir hoy. En mi opinión, para el asesino, lo
ocurrido ha sido una verdadera catástrofe. Y por eso quisiera poder
reconstruir, minuto por minuto, los acontecimientos de esta tarde.
IV
¿Cuántas veces había
repetido la frase?
—Una base sólida, una sola,
y, si no se descarrila, sino se suelta el cabo, se llega automáticamente a la
verdad…
De haber pertenecido a la
Policía Judicial, sus colegas le hubieran llamado «Don Base Sólida».
O también «Don En-la-piel»,
a causa de su locución favorita: —Meterse en la piel de los personajes…
Esta vez le repugnaba
meterse en la piel de los dueños del castillo de los perros pelirrojos, perros
que, encerrados por orden de los señores de la policía, aullaban sin descanso.
Las bases sólidas… Veamos…
1.° El señor Mordaut no
puso obstáculo alguno a las indagaciones del Doctorcito e insistió para que se
quedara en la casa.
2.° Ernestina era fuerte,
vigorosa, y contaba con vivir ciento diez años, como su abuela. Hacía todo lo
posible para lograrlo y estaba obsesionada por el espectro de la enfermedad.
3.° Ernestina afirmó que su
sobrina no era la amante del señor Mordaut.
4.º Rosa también estaba
«sana como una merluza» y tenía un pretendiente o un amante en las tropas
coloniales.
5.º Rosa afirmaba también
que no era la querida del dueño.
6.° El señor Mordaut sufría
un comienzo de envenenamiento por arsénico.
7.° Ernestina, como dos de
las tres mujeres muertas, tenía un seguro de vida a favor del dueño.
—¿Quieran ustedes que les
manifieste el fondo de mi pensamiento?
Ahora era Ernestina la que,
en el mal iluminado salón, respondía a los sabuesos.
—El doctor, aquí presente,
les confirmará que no me gusta hablar mal de la gente. Esta misma tarde me ha
interrogado, y no he querido ser maliciosa. Porque, además, no tenía pruebas.
No he empezado diciendo que aquí éramos cuatro que hubiéramos podido envenenar
a aquellas pobres damas. El señor Héctor no entra en cuenta, porque ya ha
muerto. No quedamos más que tres. Pues bien, yo afirmo que el dueño se había
vuelto medio loco. Cuando comprendió que le cogerían prefirió acabar de una
vez. Pero como que era un vicioso, un hombre que no hacía nada como los demás,
quiso que detrás de él no quedara nada de lo que había sido su casa.
De no haber sido ese pobre
Héctor, que bebió el ron, todos estaríamos ahora muertos, incluso el doctor.
A Dollent, aquella idea le
daba escalofríos. Pensar que al día siguiente aquella misma casa hubiera estado
sembrada de cadáveres…
Y, por añadidura, no se les
hubiera descubierto enseguida, porque desde hacía mucho tiempo ya nadie llamaba
a la verja del castillo. Incluso ¿quién sabe si los perros hambrientos…?
—¿No tiene usted nada que
decir? —preguntó el juez de instrucción a Rosa, que miraba fijamente al suelo.
—Nada.
—¿No ha observado nada
anormal?
La joven espió al
Doctorcito y vaciló un instante. ¿Qué significaba aquello? ¿Qué era lo que
dudaba en confesar?
—Si alguien ha podido
observar en el castillo algo anormal, es el doctor.
Si alguien pudo observar…
Si alguien…
Dollent se sonrojó. ¿A qué
aludía? ¿Cómo podía saber que él había observado…?
—¡Explíquese claramente!
—exigió el magistrado.
—Yo no sé nada. He dicho
simplemente que el doctor, que es entendido, ha hecho una investigación seria.
Si no ha observado nada es que…
La joven se interrumpió.
—¿Es que…?
—Nada. Yo creía que cuando
un médico se toma la molestia de reconocer a todo el mundo…
¡Pardiez, claro que tenía
razón! ¿Cómo no había pensado antes en ello?
—Señor juez —murmuró,
acercándose a la puerta—: quisiera hablarle un momento a solas.
Hablaron en el pasillo, tan
mal iluminado como las otras piezas.
—Supongo… Espero que tiene
usted facultad para… Aún es tiempo. Si un comisario parte en coche…
Su trabajo había terminado.
Se había soltado el resorte. Y, como siempre, ello se había producido de golpe.
Elementos esparcidos…
Pequeños puntos luminosos en la niebla…
Luego, súbitamente…
¡Ahora sabía por qué había
tardado tanto tiempo en descubrirlo! Era porque en la casa de los venenos no se
había atrevido a beber para excitar su espíritu.
V
Ambos hombres, el juez y el
Doctorcito, no habían encontrado otro sistema de huir de la curiosidad pública
más que ocupando en la posada la sala de bodas y banquetes que se encontraba en
el primer piso.
Después de una tortilla que
no era al ron sino con perejil, les habían servido un conejo con setas, con el
que se regalaron mientras ora uno ora el otro tomaban la palabra y también
mientras ora uno ora el otro, pero más a menudo el Doctorcito, levantaba su
copa de vino blanco y la vaciaba.
—Mientras no tengamos la
respuesta del notario, todo lo que le puedo decir, señor juez, se limita al
terreno de las hipótesis. Pero la Justicia, de la cual usted es un
representante, tiene horror a las hipótesis. ¡Tal vez por eso se equivoca tan a
menudo!
—Protesto y…
—Vacíe su copa. ¿Qué fue lo
primero que le chocó en el curso de sus interrogatorios? ¡Nada! ¿Unas setas
más? Peor para usted… Son excelentes. Pues bien, a mí me choca el hecho de que
un hombre que asegura la vida de todo el mundo no se asegure la suya propia.
Suponga que ese hombre sea un asesino. Suponga que su intención sea la de
cobrar aquellos seguros. ¿Qué hará para ponerse a cubierto? Ante todo,
asegurarse a sí mismo para adoptar una actitud plausible.
—Mi querido doctor, usted
mismo ha afirmado con frecuencia que los asesinos son casi siempre imbéciles.
—¡Pero imbéciles
complicados! ¡Imbéciles que toman diez precauciones en vez de una sola…! Y esas
precauciones suelen ser la causa de que se les descubra.
»Bien. Así, pues, queda
claro que el señor Mordaut no estaba asegurado. Desde hace algún tiempo ya no
tiene familia, pero, también sufre los efectos del arsénico como las
precedentes víctimas. Mi pregunta es la siguiente: ¿quién heredará su fortuna
cuando muera? Por eso le he pedido a usted que envíe a un comisario a casa del
notario que…
El posadero interrumpió la
conversación para preguntarles cómo habían encontrado el conejo y ofrecerles un
sabroso queso fabricado en los alrededores de Orleans.
—Siga mi razonamiento,
señor juez. La persona que reciba la herencia del señor Mordaut será, casi
fatalmente, el asesino.
»Muere Emilia Duplantet.
Aparentemente, ¿quién se beneficia con ello? El señor Mordaut. Si hay juicio,
todas las acusaciones recaerán sobre él. Pero, en el caso contrario, ¿quién se
beneficiará con ello sino el heredero del señor Mordaut?
»Seguidamente muere la
esposa de Mordaut. Luego ella no es culpable del primer crimen. En realidad era
un simple peón de la serie.
»Y la hucha se va llenando.
Es algo parecido a lo que los jugadores llaman doblar las apuestas. Sólo que
ésta es una partida a muerte.
»¿Llega Solange Duplantet
al castillo? Su tío es su heredero. También su muerte aumentará la fortuna. Y
muere.
—Eso parece inverosímil
—suspiró el juez de instrucción, saboreando el queso.
—Todos los crímenes parecen
inverosímiles a los que no son criminales. ¿Dónde estábamos? ¿Quién hereda
hasta aquí? Mordaut… Después de éste, su hijo… ¿Y después de su hijo?
—Sólo el testamento nos lo
puede decir.
—Entretanto, es preciso que
también aclare un punto. Necesariamente, el asesino tenía en la casa una gran
provisión de arsénico. Yo acababa de llegar y parecía llevar la investigación
activamente.
—Prosiga, le escucho.
—Y he aquí lo que pienso:
Al mediodía Mordaut habla, como por casualidad, de tortilla al ron. Para que
las sospechas recaigan sobre él, ¿qué mejor medio que el de envenenar aquel
ron? Bastará con que luego alguien diga que le encuentra un olor extraño…
Porque estoy seguro de que el ron no hubiera sido echado en la tortilla. Ya le
he hablado de eso. Así, ya tenemos el arsénico fuera del alcance de las manos
de su poseedor.
»Por otra parte, si Héctor,
que suele rondar la cocina con su insaciable hambre, pudiese…
»Créame, señor juez. La
persona que ha cometido todos esos asesinatos…
—¿Es…?
—Un momento. ¿Quiere que le
diga quién es, según mi parecer, el heredero de Mordaut?… Rosa.
—Hasta tal punto que…
—No vaya tan aprisa. Déjeme
novelar un poco, si puedo emplear esa palabra, hasta que su comisario vuelva
con noticias precisas. Tenga en cuenta lo que Rosa me ha recordado hace poco:
Yo reconocí a todos los de la casa… ¿No observé nada especial?
»¡Sí! Hice una observación
propiamente médica. La de que Ernestina no es, en absoluto, lo que se llama una
solterona. Todo en su persona hace pensar en una mujer en la más amplia
acepción de la palabra.
»Juraría que, cuando era
joven, Mordaut hizo de ella su amante. Como casi todos los que no tienen vida
social ni vida exterior, la pasión hizo presa en él. Era un hombre que sólo
vivía para la sexualidad.
»Fueron transcurriendo
años. Para arreglar un poco sus negocios, el hombre contrajo matrimonio, y
Ernestina no se opuso a ello.
»Pero mató a la esposa a
fuego lento, de igual modo que acababa de matar a la tía, cuya muerte
significaba dinero para ella.
»Ella era algo más que la
mujer de Mordaut. Era su heredera. Sabía que, todo cuanto él poseía, algún día
le correspondería a ella.
Juraría que fue ella y no
un agente de seguros quien inspiró aquella serie de pólizas.
—Y tuvo la genial idea de
hacer una a su nombre, para poder situarse un día entre las víctimas.
—¿No lo comprende, señor
juez? Si no concibe ciertos proyectos de lejana realización, es porque usted no
vive, como yo, en el campo.
»Ella vivirá mucho. Poco le
importa perder veinte o treinta años con Mordaut. Después será libre, será
rica, poseerá la casa de sus sueños y vivirá tanto como su abuela.
»Por eso tiene un miedo tan
atroz a las enfermedades. No quiere trabajar inútilmente.
»Primero, es preciso que el
tesoro sea abundante.
»Emilia Duplantet… La
señora Mordaut… Solange Duplantet…
»¿Qué arriesga? No se
sospechará de ella, puesto que no es la beneficiaria aparente de aquellos
asesinatos.
»Nadie sabe que ella obtuvo
de su amante un testamento que la convierte en su legataria universal, a falta
de herederos directos.
—Mata sin peligro.
»Si la cosa se pone fea,
será Mordaut quien irá a la cárcel y quien recibirá la condena.
»Sólo empieza a inquietarse
el día en que se da cuenta de la influencia de su sobrina, a la cual ella misma
introdujo, a pesar suyo en la casa.
»Porque Rosa es más joven y
más atractiva. Y Mordaut…
—¡Todo esto es asqueroso!
—exclamó el juez.
—¡Ah! ¡Es la vida! La
pasión de Mordaut por Ernestina se traslada a la sobrina de ésta. ¿Tiene Rosa
un pretendiente o un amante? ¿Qué importa? En ella hay algo de la raza de su
tía. Esperará algunos años… Esperará la herencia que el dueño le promete. ¡Rosa
no tiene necesidad de matar! ¿Sospecha aquellos asesinatos? Le basta con
ignorarlos. Al fin y al cabo la beneficiarán a ella, porque…
—Ha sido largo, señor juez
—suspiró el comisario, que no había cenado y que miraba de reojo las sobras de
la comida—. La legataria universal del señor Mordaut es, descontando la parte
reservada a su hijo, la señorita Rosa Saupiquet.
Los ojos del Doctorcito
brillaban.
—¿No hay otro testamento?
—preguntó el juez.
—Hubo otro anteriormente.
La legataria era la señorita Ernestina Saupiquet. Este testamento fue
modificado hace cerca de ocho años.
—¿Lo sabía la señorita
Ernestina?
—No. El cambio se hizo en
secreto.
El Doctorcito sonreía. La
verdad era que acababa de beberse más de una botella de vino blanco, tan seco
que sabía un poco a pedernal.
—Y bien, señor juez, ¿se
hace cargo? Ernestina ignoraba el testamento nuevo. Estaba segura de que un día
u otro sacaría provecho de sus crímenes. Pero era necesario no matar a Mordaut
hasta que éste hubiese acumulado lo suficiente.
—¿Y Rosa?
—Legalmente, no es
cómplice. Aunque me pregunto si no había adivinado los cálculos, de su tía.
Para ella, lo más fácil era dejar que la envenenadora actuase, puesto que un
día todo iría a parar a ella y a su amante de la infantería colonial.
»Piénselo, juez…
Se había vuelto familiar,
como lo hacia siempre cuando había bebido.
—Sórdidos intereses…
Hembras capaces de todo para asegurarse una gran suma. Y él, el idiota, el
desgraciado, el pasional, que no podía privarse de mujeres dóciles, él, a quien
ellas dos sojuzgaban, zarandeado entre ambas y sin saber a qué atenerse.
Confiese que hay
individuos, como ese Mordaut, destinado a tentar a los criminales.
El posadero había puesto
encima de la mesa otra botella, al parecer, para el comisario. Fue el
Doctorcito quien primero se sirvió y quien, después de haber chasqueado la
lengua, dijo:
—¿Sabe usted lo que me
inquietó? El hecho de que Ernestina garantizase la virtud de su sobrina. Porque
dudar de ella era dudar de la virtud de Mordaut. Y, si yo llegaba a dudar de
éste, fatalmente llegaría a sospechar que… En suma, nosotros la interrumpimos
en su trabajo. Héctor, a quien ella mató sólo por casualidad, para
desembarazarse del veneno y abrumar a Mordaut que había encargado ante mí la
tortilla al ron…
»Luego quedaba Rosa…
»Luego Mordaut…
»Y, después, una linda casa
en el campo y cuarenta años para vivir según sus sueños…
El Doctorcito se escanció
vino otra vez y concluyó:
—Porque aún hay gente,
señor juez, sobre todo en provincias, que sueña a largo plazo. ¡Por eso tienen
un empeño tan grande en vivir muchos años!
FIN

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