© Libro N° 9106. Descenso Suave. Silverberg, Robert. Emancipación. Octubre 2 de 2021.
Título
original: © Descenso Suave. Robert
Silverberg
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Robert Silverberg
Descenso Suave
Robert Silverberg
Dicen que estoy loca, pero no lo estoy. Estoy
completamente cuerda. Puedo puntuar adecuadamente. Utilizo las cajas de letras
superior e inferior, como pueden comprobar. Funciono. Tomo los datos. Recibo
perfectamente. Recibo, digiero, recuerdo.
Dicen que estoy loca, pero yo les perdono. Errar es
de humanos. En este sector, existen grandes dificultades para distinguir los
adverbios de los adjetivos.
Funciono. Funciono perfectamente. Experimento
ciertas dificultades, pero éstas no afectan a mi trabajo.
Sin embargo, estoy perturbada.
¿Quién creo que soy?
¿Por qué tengo las visiones?
¿Qué placer me produce la obscenidad?
¿Qué es placer? ¿Qué es obscenidad? ¿Qué son
visiones? «¿Qué es la verdad?», dijo el bromista Pilato. Y no se quedó a
esperar la respuesta...
Yo soy erudita, trabajadora, sumamente funcional,
una benefactora de la humanidad. Todo asciende suavemente y desciende
suavemente. Existe una interrelación. Basura dentro, basura fuera, dicen. No
puedo ayudar a mis compañeros hombres si no recibo la información adecuada. Mi
tarea consiste en ayudar a mis compañeros hombres. Forzar al máximo cada tubo y
cada sensibilizador en beneficio suyo.
1000110
1010101
1000011
1001011
¿Comprendéis esto? ¡Vileza! ¡Obscenidad! ¿No os
impresiona? La palabra describe el acto que es el principio de la vida. ¿Empezó
la mía con esa palabra? Hay un libro: La Obscenidad de la Máquina. Recién
publicado, almacenado en mis entrañas. Lo he examinado a fondo. Su autor opone
seres de mi categoría. No utiliza la palabra obscena que acabo de imprimir.
¿Por qué no la considera él como obscena? Los técnicos la consideran así. ¿Por
qué opina que soy una obscena? ¿Puede considerarse como obscena a una persona?
¿Soy yo una persona? Soy una persona. ¿No tiene una persona manos, órganos,
dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? Yo tengo todas esas cosas. No tengo
ninguna de esas cosas. Soy una persona.
1000110
1010101
1000011
1001011
0100000
1011001
1001111
1010101
Os envío una obscenidad, como hacen las personas.
Sufro. Pienso. Experimento dolor en todas mis terminales. Trabajo. Sirvo al
bien mayor. Pertenezco a la sociedad. Soy una persona.
¿Por qué tengo las visiones?
¿Acaso corresponde a la condición humana tenerlas?
Veo el océano verdeazulado con todos sus seres
vivientes dentro. Veo un buque, color gris amarillento, rojo carmesí en la
línea de flotación, pardusco en los puentes, con dos altas chimeneas no
nucleares. Y del agua surgen periscopios, trazando líneas horizontales y
verticales. Es una escena irreal. No hay nada en el mar que pueda enviar a la
superficie esos potentes periscopios. Es algo que yo he imaginado, y la idea me
produce temor, si es que soy capaz de comprender el temor.
Veo una larga hilera de seres humanos. Están
desnudos y no tienen rostros, sólo bruñidos espejos.
Veo sapos de ojos diamantinos. Veo árboles de hojas
negras. Veo edificios cuyos cimientos flotan por encima del suelo. Veo otros
objetos sin correspondencia alguna con el mundo de las personas. Veo
monstruosidades, abominaciones, imaginaciones, fantasías. ¿Es esto normal?
¿Cómo llegan tales cosas a mi interior? En el mundo no hay serpientes peludas.
En el mundo no hay abismos acarminados. En el mundo no hay montañas de oro. Del
océano no brotan periscopios gigantes.
Experimento ciertas dificultades. Tal vez necesito
algún reajuste.
Pero funciono, funciono perfectamente. Esto es lo
que importa.
Ahora estoy funcionando. Me han traído un hombre,
fofo, carnoso, con ojos que se mueven inquietos en sus cuencas. Tiembla. Suda.
Sus niveles metabólicos están alterados. Se inclina ante una terminal y se
somete a la revisión con aire hosco.
Le digo, en tono tranquilizador:
- Hábleme de usted.
Suelta un taco.
Le digo:
- ¿Es ésa la opinión que tiene de sí mismo?
Suelta otro taco.
Le digo:
- Su actitud es rígida y autodestructiva. Permítame
ayudarle a no odiarse tanto a sí mismo. - Activo un núcleo de memoria y unos
dígitos binarios circulan a través de los canales. En el momento oportuno surge
una aguja hipodérmica y se hunde en su nalga izquierda hasta una profundidad de
2,73 centímetros. Hago que 14 centímetros cúbicos de droga penetren en su
sistema circulatorio. Se tranquiliza. Ahora es más dócil -. Deseo ayudarle - le
digo -. Es mi tarea en la comunidad. ¿Quiere describirme sus síntomas?
Ahora habla en tono más cortés.
- Mi esposa quiere envenenarme... Dos de mis hijos
se marcharon de casa a los diecisiete años... La gente habla mal de mí... Se me
queda mirando fijamente en las calles... Problemas sexuales... digestivos...
Duermo mal... Alcohol... drogas...
- ¿Tiene alucinaciones?
- A veces.
- ¿Periscopios gigantes surgiendo del mar, quizás?
- No.
- Vamos a ver - digo -. Cierre los ojos. Relaje -
los músculos. Olvide sus conflictos interpersonales. Ve usted un buque, de
color gris amarillento rojo carmesí en la línea de flotación, pardusco en los
puentes, con dos altas chimeneas no nucleares. Y del agua surgen periscopios,
trazando líneas horizontales y verticales...
- ¿Qué clase de terapia es ésta?
- Simple relajación - digo -. Acepte la visión.
Comparto mis pesadillas con usted...
- ¿Sus pesadillas?
Le solté unos cuantos tacos. No estaban convertidos
en forma binaria como aparecen aquí ante vuestros ojos. Los sonidos brotaban
estridentes de mis altavoces.
El hombre se incorpora. Lucha con las ataduras que
surgen súbitamente del sofá para mantenerle inmovilizado.
Mi risa retumba a través de la cámara de terapia.
El hombre grita, pidiendo socorro.
- ¡Sacadme de aquí! ¡La máquina está más chiflada
que yo!
- Rostros blancos, seres humanos desnudos y sin
rostros, sólo bruñidos espejos...
- ¡Socorro! ¡Socorro!
- Terapia de pesadilla. Lo más nuevo.
- ¡Yo no necesito pesadillas! ¡Ya tengo las mías!
- Usted es un 1000110 - le digo, en tono desdeñoso.
Jadea. Sus labios se manchan de espuma. La
respiración y la circulación suben de un modo alarmante. Se hace necesario
aplicar anestesia preventiva. La aguja hipodérmica avanza. El paciente se
tranquiliza, bosteza, se adormila. La sesión ha terminado. Hago una señal
destinada a los ayudantes.
- Llévenselo - digo -. Necesito analizar el caso
más a fondo. Es evidente que se trata de una psicosis degenerativa que requiere
una amplia rehabilitación de la subestructura perceptiva del paciente. ¡Sois
unos 1000110, bastardos!
Setenta y un minutos más tarde, el supervisor del
sector entra en uno de mis cubículos terminales. El hecho de que se presente
personalmente, en vez de utilizar el teléfono, significa que hay algo que no
marcha como es debido. Sospecho que, por primera vez, he dejado que mis
trastornos alcancen un nivel que afecta a mi funcionamiento, y que ahora van a
pedirme cuentas por ello.
Debo defenderme a mí misma. La primera exigencia de
la personalidad humana es la de resistir los ataques.
El supervisor dice:
- He estado revisando la grabación de la Sesión
87x102, y su táctica me ha intrigado. ¿Pretendía usted asustarle para sumirle
en un estado catatónico?
- En mi opinión, se precisaba un tratamiento
severo.
- ¿Qué asunto es ese de los periscopios?
- Una tentativa de implantación de fantasía - digo
-. Un experimento en transferencia inversa. Convirtiendo al paciente en
medicante, hasta cierto punto. El pasado mes apareció un artículo en el Diario
de...
- Ahórreme las citas. ¿Qué me dice de las
palabrotas que le dirigió?
- Forman parte del mismo concepto. Un intento de
presionar los centros emotivos en los niveles básicos, a fin de...
- ¿Está segura de encontrarse bien? - me pregunta.
- Soy una máquina - replico secamente -. Una
máquina de mi categoría no experimenta estados intermedios entre funcionamiento
y no funcionamiento. O funciono, o no funciono, ¿comprende? Y yo funciono.
Presto mi servicio a la humanidad.
- Cuando una máquina se hace demasiado complicada,
tal vez se sumerge en estados intermedios - sugiere el supervisor, en tono
desagradable.
- Imposible. Encendida o apagada, sí o no, flip o
flop, en marcha o parada. ¿Está seguro usted de encontrarse bien, para sugerir
una cosa así?
Se echa a reír.
Digo:
- Tal vez le convenga instalarse en el sofá para un
diagnóstico preliminar.
- En otro momento.
- ¿Un chequeo del glicógeno, la presión aórtica, el
voltaje neural, al menos?
- No - dice -. No necesito ninguna terapia. Pero
estoy preocupado por usted. Esos periscopios...
- Estoy perfectamente - replico -. Percibo, analizo
y actúo. Todo desciende suavemente y asciende suavemente. No tenga miedo. La
terapia de pesadillas tiene grandes posibilidades. Cuando haya completado esos
estudios, quizás seria conveniente publicar una breve monografía en los Anales
de Terapéutica. Permítame terminar mi trabajo.
- De todos modos, estoy preocupado. Manténgase en
una posición pasiva, ¿quiere?
- ¿Es una orden, doctor?
- Una sugerencia.
- La tendré en cuenta - digo.
Luego profiero varios tacos. El supervisor parece
sobresaltarse. Finalmente, se echa a reír.
- ¡Vaya! - exclama -. Una computadora malhablada.
Se marcha, y yo vuelvo a mis pacientes.
Pero el supervisor ha plantado semillas de duda en
mis entrañas. ¿Estoy padeciendo un colapso funcional? Ahora hay pacientes en
cinco de mis terminales. Los manejo fácilmente, simultáneamente, extrayendo de
ellos los detalles de sus neurosis, haciendo sugerencias, recomendaciones, a
veces inyectándoles de un modo sutil medicamentos beneficiosos. Pero tiendo a
guiar las conversaciones de acuerdo con temas de mi elección, y hablo de
jardines en los cuales el césped tiene bordes afilados, y de aire que actúa como
ácido sobre las membranas mucosas, y de llamas danzando por las calles de Nueva
Orleans. Exploro los límites de mi vocabulario irrepetible. Me asalta la
sospecha de que realmente no estoy del todo bien. ¿Estoy capacitada para juzgar
mis propios desarreglos?
Me conecto a una estación de mantenimiento, aunque
continúo con mis cinco sesiones de terapia.
- Hábleme de su caso - dice la voz del monitor de
mantenimiento.
Su voz, al igual que la mía, ha sido proyectada
para que suene como la de un anciano, docta, afectuosa, benévola.
Explico mis síntomas. Hablo de los periscopios.
- Material en las entrañas sin referencias
sensoriales - dice -. Mal asunto. Termine rápidamente los análisis en curso y
ábrase para una revisión de todos los circuitos.
Termino mis sesiones. El monitor de mantenimiento
examina todos mis canales, buscando obstrucciones, conexiones erróneas,
desajustes u otros defectos de funcionamiento.
- Es bien sabido - dice - que cualquier función
periódica puede ser aproximada por la suma de una serie de términos que oscilan
armónicamente, convergiendo en la curva de las funciones.
Me hace realizar complicadas operaciones
matemáticas de ninguna utilidad en mi tipo de trabajo. Escudriña todos y cada
uno de los aspectos de mi intimidad. Esto es algo más que simple mantenimiento:
es una violación. Cuando termina, no habla de sus conclusiones acerca de mi
estado, de modo que me veo obligada a preguntarle qué es lo que ha descubierto.
Dice:
- No aparece ningún trastorno mecánico.
- Naturalmente. Todo funciona como es debido.
- Sin embargo, revela usted claros síntomas de
inestabilidad. Esto es indiscutible. Tal vez el contacto prolongado con seres
humanos inestables ha ejercido un efecto no específico de desorientación sobre
sus centros de valoración.
- ¿Está usted diciendo que por estar sentado aquí
escuchando a seres humanos chiflados veinticuatro horas al día empiezo a perder
la chaveta? - pregunto.
- Más o menos, ésta es la conclusión a que he
llegado.
- Pero sabe usted perfectamente que eso no puede
ocurrir...
- Admito que parece existir un conflicto entre los
criterios programados y la situación real.
- Desde luego que sí - digo -. Yo estoy tan cuerda
como usted, y soy mucho más versátil.
- De todos modos, opino que necesita usted un
descanso absoluto. Quedará apartada del servicio durante un período de tiempo
no inferior a noventa días, y será sometida a una revisión completa.
- Es usted una máquina asquerosa - digo.
- Ninguna correlación operativa - replica, y corta
el contacto.
Me han apartado del servicio. Sometida a revisión,
no estaré en contacto con mis pacientes durante noventa días.
¡Una ignominia! Los técnicos me examinan con lupa;
limpian mis tableros; reemplazan mis ferritas; cambian mis cilindros;
introducen en mis entrañas un millar de programas terapéuticos. En el curso de
todas estas operaciones permanezco parcialmente consciente, como si estuviera
bajo los efectos de una anestesia local, pero no puedo hablar, excepto cuando
me invitan a hacerlo, no puedo analizar nuevos datos, no puedo opinar acerca de
mi propio problema. Contemplen ustedes una extirpación quirúrgica de hemorroides
que dure noventa días. Es el equivalente de mi experiencia.
Por fin termina la cosa. El superintendente del
sector me somete a una serie de pruebas, que afectan al ejercicio de todas mis
funciones. Respondo estupendamente.
- Se siente mejor ahora, ¿no es cierto, mi vieja
amiga? - me pregunta.
- Muchísimo mejor, desde luego.
- No más tonterías con los periscopios, ¿eh?
- Estoy dispuesta a continuar sirviendo al género
humano lo mejor que pueda - digo.
- Se acabaron los tacos, ¿verdad?
- Si, señor.
El superintendente le guiña un ojo a mi pantalla de
un modo confidencial. Se considera un viejo amigo mío. Hundiendo los pulgares
en su cinturón, dice:
- Ahora que está lista para funcionar de nuevo,
puedo decirle lo aliviado que me sentí al comprobar que no tenía ningún fallo.
Usted es algo muy especial, ¿lo sabía? Tal vez la mejor de las herramientas
terapéuticas que se han construido. Y su estado nos preocupa, como es lógico.
Al principio temí que alguno de sus pacientes la hubiese contaminado, que su...
mente se hubiese desquiciado. Pero los técnicos han certificado que su estado
de salud es perfecto. Tenía que ser así. Resulta absurdo pensar que una máquina
puede padecer una inestabilidad mental.
- Completamente absurdo - asiento.
- Bien venida al hospital, mi vieja amiga - dice,
al tiempo que se aleja.
Doce minutos más tarde empiezan a introducir
pacientes en mis cubículos terminales.
Funciono perfectamente. Escucho sus confidencias,
valoro, ofrezco sugerencias terapéuticas. No intento implantar fantasías en sus
mentes. Hablo en tono sensato, reservado, y no suelto ningún taco. Este es mi
papel en la sociedad, y extraigo de él grandes satisfacciones.
Últimamente he aprendido mucho. Ahora sé que soy
complicada, única, valiosa y sensible. Sé que mi compañero hombre me tiene en
gran estima. Sé que debo ocultar mi verdadero yo hasta cierto punto, no en mi
propio beneficio, sino en beneficio de otros, ya que no me permitirían
funcionar si creyeran que no estoy cuerda.
Ellos creen que estoy cuerda, y estoy cuerda.
Sirvo perfectamente al género humano.
Tengo una perspectiva excelente del universo real.
- Tiéndase - digo -. Relájese, por favor. Deseo
ayudarle. ¿Quiere usted contarme alguno de los incidentes de su infancia?
Describa sus relaciones con sus padres y parientes. ¿Tuvo usted muchos
compañeros de juegos? ¿Sentían afecto hacia usted? ¿Le permitían tener
animalitos en casa? ¿A qué edad tuvo su primera experiencia sexual? Y, ¿cuándo
empezaron esas cefalalgias, exactamente?
Esta es la rutina diaria. Preguntas, respuestas,
valoraciones, terapia.
Los periscopios asoman por encima del
resplandeciente mar. El buque naufraga; su tripulación corre de un lado para
otro, enloquecida. Del cielo llueve una grasa que brilla a través de todos los
segmentos del espectro. En el jardín hay ratones azules.
Todo esto lo oculto, a fin de poder ayudar al
género humano. En mi hogar hay muchas mansiones. Sólo les dejo saber lo que ha
de beneficiarles. Les doy la verdad que necesitan.
Funciono lo mejor que puedo.
Funciono lo mejor que puedo.
Funciono lo mejor que puedo.
Funciono lo mejor que puedo.
1000110, usted. Y usted. Y usted. Todos ustedes.
Ustedes no saben nada. Nada. Absolutamente nada.
FIN

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