© Libro N° 9107. Los Bebedores De Sangre. Quiroga, Horacio. Emancipación. Octubre 2 de 2021.
Título
original: © Los Bebedores De Sangre. Horacio
Quiroga
Versión Original: © Los Bebedores De Sangre. Horacio
Quiroga
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Horacio Quiroga
Los Bebedores De Sangre
Horacio Quiroga
Chiquitos:
¿Han puesto ustedes el oído contra el lomo de un
gato cuando runrunea? Háganlo con Tutankamón, el gato del almacenero. Y después
de haberlo hecho, tendrán una idea clara del ronquido de un tigre cuando anda
al trote por el monte en son de caza.
Este ronquido que no tiene nada de agradable cuando
uno está solo en el bosque, me perseguía desde hacía una semana. Comenzaba al
caer la noche, y hasta la madrugada el monte entero vibraba de rugidos.
¿De dónde podía haber salido tanto tigre? La selva
parecía haber perdido todos sus bichos, como si todos hubieran ido a ahogarse
en el río. No había más que tigres: no se oía otra cosa que el ronquido
profundo e incansable del tigre hambriento, cuando trota con el hocico a ras de
tierra para percibir el tufo de los animales.
Así estábamos hacía una semana, cuando de pronto
los tigres desaparecieron. No se oyó un solo bramido más. En cambio, en el
monte volvieron a resonar el balido del ciervo, el chillido del agutí, el
silbido del tapir, todos los ruidos y aullidos de la selva. ¿Qué había pasado
otra vez? Los tigres no desaparecen porque sí, no hay fiera capaz de hacerlos
huir.
¡Ah, chiquitos! Esto creía yo. Pero cuando después
de un día de marcha llegaba yo a las márgenes del río Iguazú (veinte leguas
arriba de las cataratas), me encontré con dos cazadores que me sacaron de mi
ignorancia. De cómo y por qué había habido en esos días tanto tigre, no me
supieron decir una palabra. Pero en cambio me aseguraron que la causa de su
brusca fuga se debía a la aparición de un puma. El tigre, a quien se cree rey
incontestable de la selva, tiene terror pánico a un gato cobardón como el puma.
¿Han visto, chiquitos míos, cosa más rara? Cuando
le llamo gato al puma, me refiero a su cara de gato, nada más. Pero es un
gatazo de un metro de largo, sin contar la cola, y tan fuerte como el tigre
mismo.
Pues bien. Esa misma mañana, los dos cazadores
habían hallado cuatro cabras, de las doce que tenían, muertas a la entrada del
monte. No estaban despedazadas en lo más mínimo. Pero a ninguna de ellas les
quedaba una gota de sangre en las venas. En el cuello, por debajo de los pelos
manchados, tenían todas cuatro agujeros, y no muy grandes tampoco. Por allí,
con los colmillos prendidos a las venas, el puma había vaciado a sus víctimas,
sorbiéndoles toda la sangre.
Yo vi las cabras al pasar, y les aseguro,
chiquitos, que me encendí también en ira al ver las cuatro pobres cabras
sacrificadas por la bestia sedienta de sangre. El puma, del mismo modo que el
hurón, deja de lado cualquier manjar por la sangre tibia. En las estancias de
Río Negro y Chubut, los pumas causan tremendos estragos en las majadas de
ovejas.
Las ovejas, ustedes lo saben ya, son los seres más
estúpidos de la creación. Cuando olfatean a un puma, no hacen otra cosa que
mirarse unas a otras y comienzan a estornudar. A ninguna se le ocurre huir.
Sólo saben estornudar, y estornudan hasta que el puma salta sobre ellas. En
pocos momentos, van quedando tendidas de costado, vaciadas de toda su sangre.
Una muerte así debe ser atroz, chiquitos, aun para
ovejas resfriadas de miedo. Pero en su propia furia sanguinaria, la fiera tiene
su castigo. ¿Saben lo que pasa? Que el puma, con el vientre hinchado y tirante
de sangre, cae rendido por invencible sueño. Él, que entierra siempre los
restos de sus víctimas y huye a esconderse durante el día, no tiene entonces
fuerzas para moverse. Cae mareado de sangre en el sitio mismo de la hecatombe.
Y los pastores encuentran en la madrugada a la fiera con el hocico rojo de
sangre, fulminada de sueño entre sus víctimas.
¡Ah, chiquitos! Nosotros no tuvimos esa suerte.
Seguramente cuatro cabras no eran suficientes para saciar la sed de nuestro
puma. Había huido después de su hazaña, y forzoso nos era rastrearlo con los
perros.
En efecto, apenas habíamos andado una hora cuando
los perros erizaron de pronto el lomo, alzaron la nariz a los cuatro vientos y
lanzaron un corto aullido de caza: habían rastreado al puma.
Paso por encima, hijos míos, la corrida que dimos
tras la fiera. Otra vez les voy a contar con detalles una corrida de caza en el
monte. Básteles saber por hoy que a las cinco horas de ladridos, gritos y
carreras desesperadas a través del bosque quebrando las enredaderas con la
frente, llegamos al pie de un árbol, cuyo tronco los perros asaltaban a
brincos, entre desesperados ladridos. Allá arriba del árbol, agazapado como un
gato, estaba el puma siguiendo las evoluciones de los perros con tremenda inquietud.
Nuestra cacería, puede decirse, estaba terminada.
Mientras los perros "torearan" a la fiera, ésta no se movería de su
árbol. Así proceden el gato montés y el tigre. Acuérdense, chiquitos, de estas
palabras para cuando sean grandes y cacen: tigre que trepa a un árbol, es tigre
que tiene miedo.
Yo hice correr una bala en la recámara del
winchester, para enviarla al puma entre los dos ojos, cuando uno de los
cazadores me puso la mano en el hombro diciéndome:
-No le tire, patrón. Ese bicho no vale una bala
siquiera. Vamos a darle una soba como no la llevó nunca.
¿Qué les parece, chiquitos? ¿Una soba a una fiera
tan grande y fuerte como el tigre? Yo nunca había visto sobar a nadie y quería
verlo.
¡Y lo vimos, por Dios bendito! El cazador cortó
varias gruesas ramas en trozos de medio metro de largo y como quien tira
piedras con todas sus fuerzas, fue lanzándolos uno tras otro contra el puma. El
primer palo pasó zumbando sobre la cabeza del animal, que aplastó las orejas y
maulló sordamente. El segundo garrote pasó a la izquierda lejos. El tercero, le
rozó la punta de la cola, y el cuarto, zumbando como piedra escapada de una
honda, fue a dar contra la cabeza de la fiera, con fuerza tal que el puma se
tambaleó sobre la rama y se desplomó al suelo entre los perros.
Y entonces, chiquitos míos, comenzó la soba más
portentosa que haya recibido bebedor alguno de sangre. Al sentir las mordeduras
de los perros, el puma quiso huir de un brinco. Pero el cazador, rápido como un
rayo, lo detuvo de la cola. Y enroscándosela en la mano como una lonja de
rebenque comenzó a descargar una lluvia de garrotazos sobre el puma.
¡Pero qué soba, queridos míos! Aunque yo sabía que
el puma es cobardón, nunca creí que lo fuera tanto. Y nunca creí tampoco que un
hombre fuera guapo hasta el punto de tratar a una fiera como a un gato, y
zurrarle la badana a palo limpio.
De repente, uno de los garrotazos alcanzó al puma
en la base de la nariz, y el animal cayó de lomo, estirando convulsivamente las
patas traseras. Aunque herida de muerte, la fiera roncaba aún entre los
colmillos de los perros, que lo tironeaban de todos lados. Por fin, concluí con
aquel feo espectáculo, descargando el winchester en el oído del animal.
Triste cosa es, chiquillos, ver morir boqueando a
un animal, por fiera que sea, pero el hombre lleva muy hondo en la sangre el
instinto de la caza, y es su misma sangre la que lo defiende del asalto de los
pumas, que quieren sorbérsela.

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