© Libro N° 9105. Angeles Tutelares. Lewis, C. S.. Emancipación. Octubre 2 de 2021.
Título
original: © Angeles Tutelares. C. S.
Lewis
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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C. S. Lewis
Angeles Tutelares
C. S. Lewis
El Monje, como lo llamaban, se sentó en la silla de
campaña, junto a la litera y miró por la ventana las arenas ásperas de Marte, y
el cielo negro azulado. No pensaba iniciar el «trabajo» hasta que pasaran otros
diez minutos. Desde luego, no lo habían llevado allí para eso. Era el
meteorólogo del grupo y su trabajo como tal estaba ya casi terminado; había
averiguado cuanto se podía averiguar. No podía hacer nada más, dentro del
limitado radio de aquella investigación, hasta que transcurrieran por lo menos
veinticinco días. Y la meteorología no había sido el verdadero móvil del viaje.
Había elegido pasar tres años en Marte, como el más próximo equivalente moderno
de la vida de un eremita en el desierto. Había venido a meditar: a continuar la
lenta y perpetua reconstrucción de esa estructura interior que era, a su
juicio, la finalidad principal de la existencia. Transcurrieron los diez
minutos de reposo. Comenzó con la fórmula acostumbrada: «Dulce y paciente
Maestro, enséñame a tener menos necesidad de los hombres y a amarte más.» Y
emprendió la tarea. No había tiempo que perder. Sólo tenía por delante seis
meses de aquel yermo sin vida, sin sufrimiento, sin pecado. Tres años eran un
plazo breve... pero, cuando llegó el grito, se levantó de la silla con la ejercitada
prontitud de un marinero.
El botánico de la cabina inmediata respondió al
mismo grito con una maldición. En aquel momento había tenido el ojo clavado al
microscopio. Era enloquecedor. Interrupciones constantes. En aquel campamento
infernal costaba tanto concentrarse como en el centro mismo de Piccadilly. Y su
tarea era ya una carrera contra el tiempo. Faltaban seis meses... y apenas
había comenzado. La flora de Marte, aquellos organismos diminutos,
inverosímilmente tenaces, capaces de sobrevivir en condiciones poco menos que
imposibles, eran un festín para toda la vida. No haría caso al grito. Pero en
esto sonó el timbre. Llamaban a todos a la sala principal.
La única persona que no hacía nada, por decirlo
así, cuando llegó el grito, era el capitán. Para ser más exactos, diremos que
trataba, como de costumbre, de no pensar en Clare, y de continuar redactando el
diario oficial. Clare seguía interrumpiéndolo desde sesenta y cinco millones de
kilómetros de distancia. Era ridículo. «Hubiésemos necesitado todas las
manos...» escribió. Manos... sus propias manos. Mirándolas fijamente sintió que
acariciaba el cuerpo vivo de Clare, cálido y frío, blando y firme, que se entregaba
y resistía. «Cállate, que es algo muy querido», le dijo a la foto sobre el
escritorio. Y de vuelta al diario, hasta las palabras fatales: «...me había
causado cierta ansiedad». Ansiedad... ¿Qué le pasaría a Clare en aquel momento?
¿Dónde estaría? ¿Qué sería de ella? Podía ocurrir cualquier cosa. Había sido
una decisión estúpida. ¿Qué otro recién casado hubiese aceptado esa tarea? Pero
había parecido tan razonable... Tres años de horrible separación, pero luego...
todo lo mejor de la vida. Le habían prometido un puesto con el que no se
hubiera atrevido a soñar unos meses antes. Ya nunca tendría que volver al
espacio exterior. Y a la vuelta, habría muchas compensaciones: las
conferencias, el libro, probablemente un título. Habría muchos hijos. Sabía que
ella los deseaba, y de un modo curioso (como empezaba a comprenderlo) a él le
ocurría lo mismo. Pero, cuernos, el diario. Comenzó un nuevo párrafo... Y de
pronto llegó el grito.
Era uno de los dos jóvenes técnicos quien había
gritado. Habían estado juntos desde la cena. Paterson, de pie en el umbral de
la cabina de Dickson, se apoyaba en un pie y luego en otro, moviendo atrás y
adelante la puerta, mientras Dickson, sentado en la litera, esperaba a que
Paterson se marchara.
- ¿De qué hablas, Paterson? - dijo -. ¿Quién
comentó algo de una pelea?
- Como quieras, Bobby - dijo el otro -, pero ya no
somos amigos como antes. Tu lo sabes bien. ¡Oh, no soy ciego! Te pedí que me
llamaras Clifford. Y tú siempre te muestras frío, indiferente.
- ¡Véte al diablo! - gritó Dickson -. Estoy
dispuesto de veras a ser un buen amigo tuyo y de cualquier otro, pero todas
esas tonterías... como si fuéramos dos colegialas... francamente, no las
soporto. De una vez por todas...
- Oh, mira, mira, mira - dijo Paterson. Fue
entonces cuando Dickson gritó, y llegó el capitán y tocó la campana. Veinte
segundos después, todos se agrupaban detrás de la ventana principal, Una nave
del espacio acababa de posarse suavemente a ciento cincuenta metros del
campamento.
- ¡Oh! - exclamó Dickson -. Vienen a relevarnos
antes del plazo.
- Maldición - gruñó el botánico -. Ahora que...
Cinco viajeros bajaban de la nave. Los trajes del
espacio no ocultaban que uno de ellos era enormemente grueso; no había nada de
notable en los otros.
- Abran la compuerta - dijo el capitán.
Las botellas de las reducidas reservas pasaban de
mano en mano. El capitán había descubierto que el jefe de los viajeros era un
viejo conocido, Ferguson. Dos eran jóvenes de aspecto corriente, agradable,
pero, ¿los otros dos?
- No entiendo - dijo el capitán -. ¿Qué
significa...? Es decir estamos contentísimos de verlos, desde luego, pero ¿qué
es esto?
- ¿Dónde están los otros del grupo? - dijo
Ferguson.
- Hemos tenido dos bajas - dijo el capitán -.
Sackville y el doctor Burton. Fue algo lamentable. Sackville se empeñó en
probar lo que llamamos berro marciano. Se volvió loco furioso, a los dos
minutos. Derribó a Burton de un puñetazo y un destino fatal quiso que Burton
cayera de mal modo, contra esa mesa; se rompió la nuca. Atamos a Sackville y lo
acostamos en una litera, pero murió a las pocas horas.
- ¿No tuvo la precaución de probarlo antes en un
cobayo? - preguntó Ferguson.
- Sí - dijo el botánico -. Eso fue lo más terrible.
El cobayo sobrevivió, aunque se comportó de un modo muy raro. Sackville
concluyó erróneamente que la sustancia era alcohólica. Imaginó haber inventado
una nueva bebida. Muerto Burton, además, no quedaba nadie capaz de hacer una
buena autopsia de Sackville. El análisis de la planta muestra...
- ¡Ahhh...! - interrumpió un visitante, que aún no
había hablado -. No simplifiquemos excesivamente. No creo que la sustancia
vegetal sea la verdadera explicación. Hay tensiones y desviaciones. Están todos
ustedes, sin darse cuenta, en una condición muy inestable, por razones que no
son ningún misterio para un psicólogo experimentado.
El sexo de este personaje no era muy evidente.
Tenía el pelo muy corto, la nariz muy larga, los labios presuntuosamente
apretados, la barbilla saliente y un aire autoritario. Científicamente
hablando, la voz era de mujer. Pero nadie dudó del sexo del viajero más
próximo, la persona gorda.
- ¡Oh, querida! - jadeó -. No ahora. No puedo más.
Me siento débil y nerviosa. Me pondré a chillar si sigues. ¿No tienes a mano un
poco de oporto y limón? ¿No? Bueno, me las arreglaré con otro sorbo de ginebra.
Qué estómago el mío.
Quien hablaba era manifiestamente hembra y tal vez
ya setentona. Se había teñido el pelo, con resultados poco felices, de color
mostaza. Los polvos de arroz que se había echado en la cara apestaban a perfume
barato y eran como montículos de nieve en los valles de las arrugas y las
papadas múltiples.
- Cállese - rugió Ferguson -. Y ustedes, por favor,
no le den de beber. Ni una gota.
- Es un gruñón, como ve - dijo la vieja,
suspirando, y mirando tiernamente a Dickson.
- Perdónenme - dijo el capitán -. Pero, ¿quiénes
son estas... damas? Y ¿qué significa todo esto?
- Se lo explicaré en seguida - declaró la mujer
flaca, carraspeando -. Quienes conocen las tendencias de la opinión mundial
sobre los problemas sociales, y psicológicos de la intercomunicación planetaria
saben bien que este progreso reclama inevitablemente ajustes ideológicos de
largo alcance. Los psicólogos reconocen que la inhibición de las necesidades
biológicas más imperiosas, en períodos prolongados, han de tener,
probablemente, resultados imprevisibles. Los pioneros de los viajes por el
espacio están expuestos a este peligro. Sólo las gentes retrógradas permitirían
que unos supuestos principios morales impidieran proteger a estos hombres.
Hemos de armarnos de coraje, pues, y reconocer que la inmoralidad, como se la
llamó hasta ahora, no es ya contraria a la ética...
- No entiendo nada - interrumpió el Monje.
- Quiere decir - explicó el capitán, que era un
buen lingüista - que la llamada fornicación no es ya un acto inmoral.
- Exactamente, mi pequeño - dijo la gorda a Dickson
-. Un pobre muchacho necesita de cuando en cuando una mujer. Es muy natural.
- Lo que se precisaba, por consiguiente - continuó
la flaca -, era un equipo de mujeres abnegadas, decididas a dar el primer paso.
Desde luego, serían despreciadas por gentes ignorantes. Pero algo las
consolaría: la idea de cumplir una función indispensable en la historia del
progreso humano.
- Quiere decir que vas a tener con quien acostarte,
precioso - explicó la gorda a Dickson.
- Me parece muy bien - dijo Dickson con entusiasmo
-. Más vale tarde que nunca. Pienso, sin embargo, que no han podido traer
muchas chicas en esa nave. ¿Y por qué no están aquí? ¿Vienen en viaje?
- Nuestro llamado - prosiguió la flaca, quien
aparentemente no había advertido la interrupción - no tuvo mucho eco, es
cierto. El primer contingente de la Organización Femenina de Alta Terapéutica
Afrodisíaca (OFATA) no es quizá... bueno, el más idóneo. Muchas excelentes
mujeres, universitarias como yo, distinguidas profesoras, se han mostrado
curiosamente convencionales. Pero, al menos, se ha comenzado - concluyó
animosamente -. Y aquí nos tienen.
Hubo, durante cuarenta segundos, un silencio
abrumador. Luego, Dickson, que ya había torcido la cara varias veces, se puso
muy colorado; recurrió a un pañuelo, sofocó lo que pareció un estornudo, se
incorporó bruscamente y volvió la espalda al grupo, levemente encorvado,
sacudiendo los hombros.
Paterson se levantó de un salto y corrió hacia
Dickson, pero la gorda, luego de gruñidos y esfuerzos infinitos, también dejó
su asiento.
- Déjalo tranquilo - le gritó Paterson -. Los
hombres como tú no sirven de nada.
Un momento después, los enormes brazos rodeaban a
Dickson, sumergiéndolo en un cálido y tambaleante cariño maternal.
- Vamos, vamos, mi chiquitín - dijo la gorda -.
Verás que marchará perfectamente. No llores, mi cielo. Pobre chiquitín.
Cálmate. Verás qué bien lo pasarás.
- Creo - dijo el capitán - que el chiquitín no está
llorando; está riéndose.
Fue en ese instante cuando el Monje propuso que
pasaran a la mesa.
Junto con el último bocado, Dickson - la gorda
había conseguido sentársele al lado, y bebía de cuando en cuando de la copa del
joven - dijo a los técnicos recién llegados:
- Me gustaría mucho ver la nave de ustedes.
¿Podemos ir?
Era de esperar que los dos hombres, luego de haber
pasado tanto tiempo encerrados, y que acababan de sacarse los trajes del
espacio, se resistieran a vestírselos de nuevo y a volver a la nave. Tal fue,
desde luego, la opinión de la gorda.
- No los molestes, querido - dijo -. Están hartos
de ese viejo trasto, lo mismo que yo. No conviene que se agiten ahora, en plena
digestión.
Los dos jóvenes, sin embargo, se mostraron muy
animosos.
- Claro que sí - dijo el primero -. Yo mismo iba a
proponerlo.
- Yo iré también - dijo el otro.
Los tres salieron de la cámara de aire en tiempo
record. Cruzaron la arena, subieron por la escala y se quitaron rápidamente los
cascos.
- ¿Quién tuvo la idea de echarnos encima ese par de
zorras? - dijo Dickson.
- ¿No lo sabe? - dijo el viajero que hablaba con
acento popular londinense -. Las gentes de allá abajo pensaban que el tiempo
les parecería a ustedes demasiado largo. Qué ingratos.
- Muy gracioso - dijo Dickson -. Pero para nosotros
no es cosa de broma.
- Lo mismo digo - replicó el visitante con acento
de Oxford -. Las tuvimos pegadas a nosotros, durante ochenta y cinco días.
Comenzaron a aplacarse luego del primer mes.
- Dígamelo a mí - comentó el londinense.
Hubo una pausa de disgusto.
- Pero explíquenme - insistió Dickson -, ¿cómo,
entre todas las mujeres del mundo, eligieron a estos dos monstruos?
- No pretendería usted la reina de las coristas en
el fondo del más allá - dijo el londinense.
- Querido amigo - explicó el otro -, ¿no es todo
muy claro? ¿Qué mujer puede venir voluntariamente a este sitio espantoso, a
alimentarse con raciones cuarteleras y ofrecer sus encantos a media docena de
desconocidos? No las alegres chicas, amigas de la diversión, pues saben que no
hay alegría en Marte. Menos la prostituta profesional, mientras encuentre
clientela en el barrio más sórdido de Liverpool o Los Ángeles. La que vino ya
no tiene esa probabilidad. La otra es una chiflada de la nueva ética.
- Simple, ¿no es cierto? - comentó el londinense.
- Cualquiera pudo haberío previsto, excepto esos
necios de arriba - dijo el otro.
- La única esperanza que nos queda es el capitán -
dijo Dickson.
- Mire, hermano - dijo el londinense -, si espera
que nos llevemos de vuelta a estos esperpentos, olvídelo en seguida. No.
Nuestro capitán tendría que vérselas con un motín, si lo intentara. Pero no lo
intentará. Ya ha soportado lo suyo. Como nosotros. Ahora, les toca a ustedes.
- Es justo - dijo el otro -. Hemos soportado lo
insoportable.
- Bien - dijo Dickson -, dejemos que los jefes
libren la batalla. Pero hay cosas que superan todos los límites. Esa maldita
pedante...
- Es profesora de una universidad popular.
- Bien - dijo Dickson luego de una larga pausa -,
iban a mostrarme la nave. Tal vez eso me distraiga.
La gorda hablaba con el Monje.
- ...y, ¡oh, padre!, usted pensará que es mi mayor
pecado. No me retiré cuando hubiera podido hacerlo. Cuando murió mi cuñada...
mi hermano quería instalarme en su casa, pues no le faltaba dinero. Pero yo
continué, ay de mí, continué.
- ¿Por qué, hija mía? - preguntó el Monje -. ¿Es
que le gustaba?
- Nada de eso, padre. Nunca tuve mucha afición al
oficio, Pero, mire, padre, yo era atractiva en ese entonces, aunque ahora no
pueda imaginárselo... y esos caballeros disfrutaban tanto conmigo...
- Hija - sentenció el Monje -, no está usted muy
lejos del Reino. Pero cometió un error. El deseo de dar es meritorio. Pero, si
da usted un billete falso, no por eso lo hace bueno.
El capitán había dejado también la mesa, muy
rápidamente, pidiéndole a Ferguson que lo acompañara a la cabina. El botánico
corrió detrás.
- Un momento, capitán, un momento - dijo, excitado
-. Soy un hombre de ciencia. Estoy trabajando ya a toda presión. No he de
quejarme de todos esos deberes que interrumpen constantemente mi trabajo. Pero,
si piensa usted que perderé todavía más tiempo acompañando a esas horribles
mujeres...
- Espere a que le ordene algo que pueda
considerarse ultra-vires - dijo el capitán -. La protesta es prematura.
Paterson se quedó con la flaca. De las mujeres sólo
le interesaba el aparato auditivo. Le gustaba hacer confidencias a las mujeres;
quejarse ante ellas de la inconstancia y la crueldad de los hombres.
Lamentablemente, la dama entendía que la conversación sólo tenía dos fines: la
terapéutica afrodisíaca o la instrucción psicológica. En realidad, no veía
razón alguna para que las dos operaciones no se efectuaran simultáneamente;
sólo las personas sin preparación podían concentrarse únicamente en una idea.
La diferencia estaba comprometiendo el éxito de la charla. Paterson se
impacientaba; la dama se mostraba brillante y tranquila como un témpano.
- Pero como le decía - gruñó Paterson -, me parece
indigno que un hombre se muestre amable y...
- Lo que confirma mi tesis. Esas tensiones y
desajustes son inevitables en un ambiente anormal. Sí, hay que librar al
remedio de esos prejuicios sentimentales o lascivos, igualmente malos, que la
era victoriana...
- Pero no se lo he contado aún. Escuche. Hace sólo
dos días...
- Un momento. Habría que pensar en el remedio como
inyección necesaria. En cuanto pensáramos...
- De acuerdo. La asociación remedio-placer, es una
fijación de la adolescencia, y ha, causado mucho mal. Racionalmente...
- Mire, creo que se sale del tema...
- Un momento.
El diálogo continuó.
Habían visto ya la nave. Era una maravilla. Nadie
recordó luego quién fue el primero en decir: «Cualquiera puede manejar una nave
semejante.»
Ferguson se quedó sentado, fumando calladamente,
mientras el capitán leía la carta. Cuando se inició la conversación, el buen
humor reinaba en la cabina, y nadie se decidía a encarar seriamente el
problema.
- Sin embargo - dijo al fin el capitán -, hay
también un aspecto serio. Ante todo, ¡qué impertinencia!
- Recuerde - observó Ferguson - que la situación de
ustedes es completamente nueva.
- ¿Nueva? No me haga reír. Somos como los hombres
de los balleneros, o los tripulantes de los veleros antiguos, los pioneros del
Oeste. La gente siempre sintió hambre cuando no hay comida.
- Amigo, olvida usted la nueva psicología.
- Creo que esas dos horribles mujeres han aprendido
ya una psicología todavía más nueva, desde que llegaron. ¿Creen allí realmente
que todos los hombres son tan combustibles? ¿Que nos echaremos encima de
cualquier mujer?
- Ay, amigo, así es. Dirán que usted y su gente son
todos anormales. No quisiera volver trayendo concentrados de hormonas.
- ¿No habría entonces otros voluntarios que quienes
pueden o creen poder prescindir de las mujeres?
- No olvide la nueva ética.
- Oh, no me hable de eso. Sólo los enamorados o los
monjes han intentado alguna vez mantenerse castos. Una minoría, y lo intentarán
en Marte lo mismo que en la Tierra. La mayoría no se negó nunca al placer. Los
profesionales no lo ignoran. No hay puesto o guarnición militar sin
prostíbulos. ¿Quiénes son los asesores que tuvieron esta idea estúpida?
- Oh. Una banda de mujeres maduras, casi todas con
pantalones, aficionadas a todo lo sexual, a todo lo científico, y que quieren
sentirse importantes. Esta iniciativa les dio tres placeres a la vez.
- Bien, Ferguson. No pienso quedarme con la
veterana ni con la catedrática. Usted...
- No, no. Yo cumplí mi tarea. No estoy dispuesto a
llevarme de vuelta ese ganado en pie. Y mis muchachos piensan lo mismo. Habría
amotinamiento y crímenes a bordo.
- Pues tiene que hacerlo, porque yo...
En ese instante, llegó de afuera una luz
enceguecedora. La cabina se sacudió.
- ¡Mi nave! ¡Mi nave! - gritó Ferguson.
Los dos hombres observaron la arena desierta. La
astronave había despegado perfectamente.
- Pero, ¿qué ha sucedido? - preguntó el capitán -.
¿Habrán sido capaces...?
- Amotinamiento, deserción y robo de una nave del
gobierno - dijo Ferguson -. Eso es lo que ha sucedido. Mis dos muchachos y su
Dickson regresan a la Tierra.
- Demonios, las pasarán mal. Los juzgarán y...
- Ay, es muy cierto. Y creen que el precio es
barato. ¿Por qué? Ya lo entenderá antes de dos semanas.
En los ojos del capitán hubo de pronto una luz de
esperanza.
- ¿No se habrán llevado a las mujeres? - preguntó.
- Un poco de juicio, amigo, un poco de juicio. Y si ya no le queda juicio, abra
las orejas.
En el rumor de excitada conversación que llegaba
cada vez más claramente de la sala principal, se distinguían unas voces
femeninas, intolerables.
Mientras. se preparaba para la meditación de la
noche, el Monje pensó que se había concentrado demasiado, quizá, en «necesitar
menos» y que por esto mismo tendría que seguir un curso (superior) de amar más.
Luego, torció la cara en una sonrisa donde no todo era júbilo. Estaba pensando
en la gorda. Un acorde exquisito de cuatro notas. La primera: el horror de lo
que ella había hecho y sufrido. La segunda: piedad. La tercera, cómica: la
pobre mujer creía que aún despertaba deseos. Y la cuarta: la mujer se ignoraba
a sí misma. Auxiliada por la gracia y una apropiada, aunque pobre, dirección
espiritual, quizá descubriera en ella misma otro encanto muy distinto, y
seguiría así el camino de la luz, uniéndose a la Magdalena.
Pero... un momento. Había todavía una quinta nota
en el acorde.
- ¡Oh, Maestro! - murmuró -. Perdóname, aunque
quizá te divierta. Pensé que me habías traído a sesenta millones de kilómetros
para mí propio bienestar espiritual.
FIN

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