© Libro N° 9026. No Vengas A Mi En El Blanco Invierno. Ellison, Harlan Y Zelazny, Roger. Emancipación. Septiembre
11 de 2021.
Título
original: © No Vengas A Mi En El
Blanco Invierno. Harlan Ellison Y Roger Zelazny
Versión Original: © No Vengas A Mi En El Blanco Invierno.
Harlan Ellison Y Roger Zelazny
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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NO VENGAS A MI EN EL BLANCO INVIERNO
Harlan Ellison Y Roger Zelazny
No Vengas A Mi En El Blanco
Invierno
Harlan Ellison Y Roger
Zelazny
NO VENGAS A MÍ
EN EL BLANCO INVIERNO
Harlan Ellison & Roger Zelazny
Esta es la historia, de un Fausto del futuro que
creyó haber vencido al tiempo, para verse finalmente burlado por él de un modo
cruelmente irónico.
Ella se moría y él era el hombre más rico del
mundo, pero no podía comprarle la vida. De modo que hizo lo único que podía
hacer. Construyó una casa. Construyó la casa, diferente a todas. La trasladaron
allí en una ambulancia, y sus pertenencias y muebles la siguieron en muchos
camiones.
Llevaban algo más de un año de casados cuando
apareció la enfermedad. Los especialistas sacudieron la cabeza y le dieron un
nombre derivado del de la paciente. También pronosticaron que su muerte se
produciría antes de un año y después de los seis primeros meses. Después se
marcharon, dejando tras ellos una serie de recetas y el olor a antiséptico.
Pero él no se sintió totalmente derrotado. Una cosa tan corriente como la
muerte no podía derrotarle.
Porque él era el mejor físico empleado por la
compañía AT & T en el año de nuestro señor y presidente Farrar, 1998.
(Cuando uno es incalculablemente rico por
nacimiento, siente que el poder personal no vale nada; por consiguiente, tras
haberle sido negadas las alegrías del trabajo duro y pesado y la miseria más
abyecta, un hombre tal ha de labrarse un porvenir por sí mismo. Y él se
convirtió, siendo inmensamente rico, en el mejor físico del mundo y de todos
los tiempos. Lo cual fue suficiente para él... hasta que la conoció. Entonces,
deseó mucho más.)
No tenía por qué trabajar para la AT & T, pero
le gustaba. Le permitían el uso de los laboratorios de investigación, con todas
las facilidades que ello suponía, para explorar en su afición favorita: el
tiempo y su contracción.
Sabía más respecto a la naturaleza del tiempo que
cualquier otro ser humano.
Podía afirmarse que Carl Manos era el mismo
Cronos-Ops-Saturno-Padre del Tiempo, ya que además encajaba en la descripción,
con su barba larga y negra, y su bastón semejante a una guadaña. Conocía al
tiempo como nunca lo había conocido hombre alguno, y poseía el poder y la
voluntad, además del amor, de explotar tal conocimiento.
¿Cómo?
Bien, estaba la casa. El mismo la planeó. La hizo
construir en menos de seis semanas, solucionando por sí mismo una huelga a fin
de asegurar que quedaría lista a tiempo.
¿Qué tenía de especial aquella casa?
Tenía una habitación; una habitación distinta a
todas las demás del mundo entero.
En dicha habitación, el tiempo ignoraba las leyes
de Albert Einstein, obedeciendo sólo las de Carl Manos.
¿Cuáles eran estas leyes y cuál era esta
habitación?
Para invertir el orden de las preguntas, la
habitación era el dormitorio de su amada Laura, que padecía de «lora
manosismo», una enfermedad del sistema nervioso central cuyo nombre, como se ha
dicho, los médicos habían derivado del nombre de la paciente. La enfermedad era
tremendamente degenerativa; cuatro meses después del diagnóstico la enferma
estaría postrada. Cinco meses, y sería una ciega incapaz de hablar. De seis
meses a un año...sobrevendría la muerte. Mientras tanto, vivía en el dormitorio
donde el tiempo temía entrar. Vivía allí, mientras él trabajaba y luchaba por
ella. Era así porque por cada año que transcurría fuera del cuarto, dentro de
él sólo pasaba una semana. Carl lo había dispuesto de este modo, y le costaba
ochenta y cinco mil dólares semanales mantener el equipo necesario. Deseaba
verla viva y curada, por muy costoso que ello resultase, aunque el aspecto de
su barba cambiase a cada semana transcurrida para ella. Contrató especialistas
y dotó económicamente a una fundación dedicada a la curación de su amada. Y
cada día él envejecía un poco. Aunque ella tenía diez años menos que él, la
diferencia aumentó rápidamente. Y no obstante, él trabajaba para que el tiempo
transcurriese aún más despacio en el dormitorio.
—Señor Manos, el gasto es ahora de cien mil dólares
semanales.
—Los pagaré —les dijo a los empleados de las
compañías de luz y energía.
Y pagó. Cada año valía solamente tres días.
Y entraba en el dormitorio y hablaba con ella.
—Estamos a nueve de julio —dijo en una ocasión—.
Cuando he salido de aquí esta mañana estábamos en Navidad. ¿Cómo te encuentras?
—Me falta la respiración —jadeó ella—. ¿Qué dicen
los médicos?
—Aún nada —respondió él—. Se ocupan de tu problema,
pero la respuesta aún no está a la vista. —No creo..., no creo que la
encuentren.
—No seas fatalista, amor mío. Si existe un
problema, tiene que haber una solución... y tenemos mucho tiempo por delante.
Todo el tiempo del mundo.
—¿Me has traído un periódico?
—Sí. Esto te mantendrá animada. Ha habido una
guerra relámpago en África y ha aparecido un nuevo candidato presidencial.
—Ámame, por favor.
—Te amo.
—No, esto ya lo sé. Por favor, bésame.
Sonrieron ambos ante el temor a pronunciar ciertas
palabras, pero él la besó fervientemente.
Luego, tras aquel corto instante de verdad, él
murmuró:
—Laura, he de decirte lo que ocurre. Todavía no
hemos llegado a ninguna parte, pero los mejores neurólogos del mundo trabajan
para mí. Ha habido otro caso cómo el tuyo desde que te encerraste aquí...,
bueno, desde que estás aquí, y ya ha muerto. Pero los médicos han aprendido
algo de ese caso y seguirán aprendiendo. Te he traído una nueva medicina.
—¿Pasaremos juntos la Navidad? —preguntó ella.
—Si quieres...
—¡Oh!, sí.
Y él la complació.
Llegó por Navidad, y juntos adornaron el árbol y
abrieron los regalos.
—¡Valiente Navidad sin nieve! —comentó Laura.
Pero él le llevó nieve, un leño Yule y su amor.
—Me parece —susurró ella— que a veces ya no puedo
mantenerme en pie. Tú haces cuanto puedes sin lograr nada, de modo que sólo
sirvo para molestarte. Lo siento.
Medía metro sesenta de estatura y tenía el cabello
negro. ¿Negro? Tanto, que casi era azul, y sus labios ostentaban un tono
rosado, como un par de conchas de coral. Sus ojos eran como un crepúsculo sin
nubes, donde el día se ponía en el azul. Sus manos temblaban levemente cuando
las movía, que era muy pocas veces.
—Laura —repuso él—, mientras ambos estamos aquí
sentados, ellos trabajan. La solución, la cura, vendrá... con el tiempo.
—Lo sé.
—Aunque a veces te preguntas si habrá bastante
tiempo. ¡Oh!, sí, lo habrá. El tiempo no pasa virtualmente para ti, mientras
que fuera lo hace con increíble rapidez. No te preocupes. Descansa. Te
devolveré la salud.
—Lo sé —asintió Laura—. Es que a veces... me
desespero.
—No sufras.
—No puedo impedirlo.
—Sé respecto al tiempo más que nadie del mundo. Y
tú lo tienes de tu parte.
Blandió el bastón como un sable, cortando las rosas
que crecían por el muro.
—Puedes perder un siglo —continuó rápidamente, como
si odiara perder un segundo— sin que te perjudique en absoluto. Puedes aguardar
la solución. Más pronto o más tarde habrá una respuesta. Si estoy fuera de aquí
unos meses, para ti sólo pasa un día. No temas. Te curarás y volveremos a estar
juntos en un día resplandeciente. Pero, ¡por el amor de Dios, no te inquietes!
¡Ya sabes lo que te dijeron sobre las conversaciones psicosomáticas!
—Sí, que no debía sufrir ninguna.
—Entonces, obedece. Todavía puedo utilizar otros
trucos con el tiempo... como la congelación. Y créeme, todo saldrá bien.
—Sí —asintió ella, levantando su copa de «niebla
islandesa»—. ¡Feliz Navidad!
—¡Feliz Navidad!
Pero incluso para un hombre incalculablemente rico,
la falta de atención con respecto al restablecimiento de su fortuna, la
ferocidad monomaníaca en conseguir un objetivo y el gasto constante,
desbordante, conducen inevitablemente a un fin. Y aunque dicho fin estuviera
aún lejano, aunque hubiese más años de los necesarios, pronto se puso en claro
para cuantos le rodeaban que Carl Manos se había comprometido a una empresa que
acabaría con su destrucción. Al menos, financieramente. Y para ellos ésta era la
peor forma de destrucción. Ya que no vivían en las ideas de Manos y no sabían
que había otras destrucciones mucho peores.
A principios de verano, él fue a verla con un disco
de dúos de zarzuela, cantados por La Cruz e Hidalgo Bretón. Se sentaron muy
juntos, con las manos enlazadas, y escucharon durante todo julio y agosto las
voces de otros que también estaban enamorados. Carl sólo observó la angustia de
su joven esposa cuando agosto estaba finalizando y el disco quedó silencioso.
—¿Qué te ocurre? —indagó suavemente.
—No es nada; nada, de veras.
—Cuéntamelo.
Entonces, ella le habló de su soledad.
Y se maldijo a sí misma por su ingratitud, por su
falta de conciencia, por su falta incluso de paciencia. Él la besó gentilmente
y le aseguró que trataría de remediar tal estado de cosas.
Cuando salió del dormitorio, el primer frío de
setiembre doblaba la esquina del mundo. Pero se ocupó de buscar un remedio a la
soledad de Laura. Pensó primero en vivir en el dormitorio y llevar a cabo sus
experimentos en él, sin tiempo. Pero esto era imposible por diversos
motivos..., la mayoría de los cuales se referían precisamente al tiempo. Por
otra parte, necesitaba mucho espacio para realizar los experimentos, y
construir anexos al dormitorio era imposible. Además, sabía que no tenía ya
bastante dinero para ampliar los experimentos.
De modo que encontró la única solución.
Hizo que su fundación buscara a un compañero
adecuado por el mundo entero. Y al cabo de tres meses, sometieron a su
aprobación una lista de posibles candidatos. Dos personas. Sólo dos.
La primera era un joven llamado Thomas Grindell, un
muchacho inteligente e ingenioso que hablaba siete idiomas, había escrito una
historia de la humanidad bastante aceptable, había viajado mucho, era sincero
y, además, en todos los aspectos, la compañía más perfecta.
La segunda era una mujer muy poco atractiva llamada
Yolande Loeb. Poseía tantas cualidades como Grindell, había estado casada y
divorciada, y escribía poemas excelentes. Por lo demás, había dedicado casi
toda su vida a diversas reformas sociales.
Carl Manos, a pesar de estar absorto en su
problema, logró intuir las posibles consecuencias de su elección. Y descartó el
nombre de Grindell.
A Yolande Loeb le ofreció las tentaciones mellizas
de una existencia más larga y una compensación financiera suficiente para vivir
sin agobios durante tres vidas. Y la mujer aceptó.
Carl Manos la llevó al dormitorio y antes de que la
puerta se abriera desde el control del tablero de mando, le dijo:
—Quiero que Laura sea feliz. Ha de mantenerla
ocupada. Sea lo que fuere lo que desee, ha de conseguirlo. Sólo le pido esto.
—Haré cuanto pueda, señor Manos.
—Laura es una mujer maravillosa, y estoy seguro de
que usted acabará por quererla.
—También lo creo yo.
Carl abrió la antesala y entraron. Cuando se
hubieron neutralizado temporalmente, abrieron la puerta interior y Carl penetró
en el dormitorio con Yolande.
—Hola.
Laura abrió mucho los ojos cuando vio a su nueva
compañía, pero cuando Carl le contó que se trataba de la nueva amistad que
necesitaba, sonrió y le besó a él la mano.
—Laura y yo tenemos mucho tiempo por delante para
conocernos —murmuró Yolande Loeb—. Por tanto, ¿por qué no pasan ustedes algún
tiempo juntos?
Se retiró al lugar más apartado de la habitación, a
la biblioteca, y cogió una novela de Dickens.
Laura atrajo a Carl hacia sí y le besó.
—Eres tan bueno conmigo...
—Porque te amo. Es así de sencillo. Ojalá todo lo
fuese tanto.
—¿Cómo van las investigaciones?
—Lentamente, pero se acerca la solución.
Laura estaba inquieta por su marido.
—Pareces tan fatigado, Carl...
—Cansado, no fatigado. Hay una gran diferencia.
—Y te estás haciendo muy viejo.
—Opino que el gris de la barba es de una gran
distinción.
Laura se echó a reír al escuchar estas palabras,
pero Carl se alegró de haber traído a la Loeb y no a Grindell. Estando los dos
juntos en una habitación donde el tiempo casi no transcurría, durante unos
meses interminables que para ellos no lo habrían sido, ¿quién sabe lo que podía
haber ocurrido? Laura era una mujer de belleza extraordinaria. Y cualquiera
podía enamorarse de ella. Pero con la señorita Loeb como compañera..., bueno,
esto era seguro.
—He de irme. Hoy probamos un nuevo catalizador. O
mejor, lo probamos hace unos días... cuando vine aquí. Volveré lo antes
posible.
Laura asintió, comprensiva.
—Ahora que tengo compañía, no me aburriré tanto
hasta tu regreso, querido.
—¿Deseas que traiga algo especial la próxima vez?
—¿Incienso de sándalo?
—De acuerdo.
—Ahora ya no estaré sola —repitió ella.
—No, eso espero. Bien, adiós.
Y se marchó, dejando juntas a las dos mujeres.
—¿Conoce a Neruda? —preguntó Yolande.
—¿Cómo?
—Al poeta chileno. Las montañas de Machu Picchu.
Una de sus mejores obras.
—No, creo que no.
—La tengo aquí. Es una obra de un poder
centelleante. Tiene mucha fuerza interior, y pensé que usted...
—... Podría extraer energías de la misma mientras
espero a la muerte. Gracias, no. ¡Oh, no! Ya ha sido bastante penoso pensar en
todas las cosas que las pocas personas cuyas obras he leído han dicho respecto
al fin de la vida. Soy cobarde y sé que un día moriré como todo el mundo. Pero
en mi estado actual tengo un horario programado, muy estricto. Esto ocurre, y
ocurre lo otro, y todo ha terminado. Lo único que existe entre la muerte y yo
es mi marido.
—El señor Manos es un hombre excelente. Y la ama
mucho.
—Gracias. Sí, lo sé. Por tanto, si desea usted
consolarme a este respecto, le diré que no estoy especialmente interesada en
ello.
Pero Yolande Loeb frunció los labios y tocó a Laura
en un hombro.
—No, nada de consuelos —murmuró—. En absoluto.
Hizo una pausa y continuó:
—Valor o fe, quizá sí. Pero no consuelo ni
resignación —añadió—. «La muerte irresistible me invitó muchas veces: / Fue
como la sal escondida entre las olas / y lo que su invisible fragancia sugería
/ eran fragmentos de naufragios y montañas / o vastas estructuras de vientos y
neviscas.
—¿Qué es esto?
—El principio de Cuarta Sección.
Laura abatió los párpados.
—Cuénteme todo el argumento.
—«De aire a aire, como una red vacía —citó Yolande,
con tono profundo, impresionante, con acento de ligereza—, dragando las calles
y la atmósfera ambiental, yo vine / pródigo, a la coronación del otoño... »
Laura escuchaba, presintiendo cierta variación de
la verdad.
Al cabo de un tiempo alargó la mano, y las puntas
de los dedos de ambas se tocaron suavemente.
Yolande le habló de su infancia en el kibbutz, y de
su matrimonio fracasado. Le contó toda su vida y los sufrimientos pasados.
Laura lloró al escuchar tales desgracias.
Y durante varíes días se sintió muy mal.
Y no obstante, aquellos no fueron días para Carl
Manos, que también se sentía muy mal. Conoció a una joven con cuya compañía
disfrutó, hasta que ella le confesó su amor por él. Entonces la abandonó como a
un zumaque envenenado con patatas fritas. Al fin y al cabo, el tiempo —su
amigo, su su enemigo—, tenía un pacto firmado con él y Laura. Y no había lugar
para más extraños en aquel fatal terceto.
Maldijo, pagó las cuentas, y trató de conseguir que
el tiempo le ayudara más aún.
De repente, sufrió mucho. Nada sabía de Pablo
Neruda, Pasternak, García Lorca, Yevtushenko, Alan Dugan, Yeats, Brooke, o
Daniels..., de ninguno de ellos, y aquellos días Laura hablaba de esos autores
de forma constante. Como no podía responder a las citas de ella, se limitaba a
asentir. Y continuó asintiendo una y otra vez.
—¿Eres feliz con este arreglo? —le preguntó
finalmente.
—¡Oh, sí! Claro —respondió Laura—. Yolande es
maravillosa. Y me alegro de que la invitaras.
—Bravo. Al menos, esto ya es algo.
—¿A qué te refieres? —quiso saber ella.
—¡Yolande! —gritó Carl, súbitamente—. ¿Cómo está?
Yolande Loeb surgió de la zona de la habitación
separada por un biombo, a la cual solía retirarse discretamente durante las
visitas de Carl. Afirmó con el gesto y sonrió débilmente.
—Estoy muy bien, señor Manos, gracias. ¿Y usted?
Hubo una ligera ronquera en su voz cuando avanzó
hacia él, y viendo que sus ojos estaban fijos en su barba, Carl se echó a reír.
—Empiezo a sentirme, algo prematuramente tal vez,
como un patriarca —respondió.
Yolande sonrió, y aunque el tono de Carl había sido
ligero, volvió a experimentar su sufrimiento anterior.
—He traído unos regalos —prosiguió, dejando unos
paquetes sobre la mesa—. Las últimas obras de arte y grabaciones, discos,
algunas películas excelentes, y poemas que los críticos juzgan excepcionales.
Las dos mujeres se aproximaron a la mesa y
empezaron a afanarse cortando cintas, abriendo paquetes, y dando las gracias
por cada artículo que veían, dejando escapar murmullos de placer y contento.
Estudiando el rostro feúcho de Yolande, con su nariz respingona, sus numerosas
pecas, la pequeña cicatriz en la frente, y sin apartar sus ojos del rostro de
Laura, Cari enrojeció y sonrió, con las dos manos sobre el bastón, mientras
pensaba que su elección había sido acertada. Ante esta idea, algo se retorció suavemente
dentro de él, y de nuevo experimentó aquel extraño dolor.
Al principio, no acertó a analizar sus
sentimientos. Sin embargo, siempre volvía a él como acompañamiento del recuerdo
de aquella visión: las dos mujeres moviéndose en torno a la mesa repleta de
paquetes, hojeando los libros, sosteniendo las cintas magnetofónicas ante sus
ojos para examinar las grabaciones y charlando de los nuevos tesoros,
excluyéndole a él por completo.
Era una sensación de alejamiento, como el resultado
de una pequeña separación, pero podía ser algo más. Las dos mujeres tenían algo
en común, algo que no existía entre Laura y él. Compartían el amor por el arte,
al que él había concedido muy poco tiempo. Asimismo, estaban juntas en una zona
bélica, solas en una habitación asediada por su enemigo, el tiempo. Y esto las
había unido más aún, pues compartían la experiencia de desafiar a la edad y a
la muerte. Poseían aquella habitación donde él era ya un extraño. Era...
De pronto, decidió que estaba celoso, y la idea le
sorprendió. Estaba celoso de lo que las dos compartían en común. Este
pensamiento le asombró, le aturdió. Pero entonces, impresionado por la
sensación de falta de valor personal, reconoció dicha impresión como otra
prueba de este estado. Y trató concienzudamente de apartar este sentimiento
lejos de sí.
Pero, por supuesto, nunca había habido otra Laura
ni otro ménage como el suyo.
¿Era en la culpa donde debía buscar la respuesta?
No estuvo seguro.
Pidió por clave una taza de café recién hecho, y
cuando llegó, sonrió a los ojos, tal vez los suyos, que le contemplaban a
través del vapor y la negrura de la superficie de la taza. Su conocimiento de
los antiguos se había detenido en sus leyendas y teorías del tiempo. Cronos, o
el tiempo, había sido castrado por su hijo, Zeus. Con esto, se decía, los
sacerdotes y los oráculos querían dar a entender que la noción del tiempo no
puede brindar cosas nuevas, sino que ha de repetirse a sí misma, complaciéndose
con las variaciones de lo que siempre ha existido. Y por esto, Carl
sonrió.
¿No era la enfermedad de Laura algo nuevo en el
mundo? ¿Y no era él el dueño del tiempo? ¿No era este dominio suyo la causa de
otra cosa: el remedio de la enfermedad?
Olvidados al mismo tiempo la culpa y los celos,
sorbió el café, tabaleando con los dedos para dejar oír una melodía
desconocida, mientras las partículas y antipartículas bailaban ante él en sus
cámaras, y de este modo el tiempo se mantenía quieto.
Y cuando aquella tarde resonó el visor, aquella
tarde en que él estaba allí sentado, como humo blanco, delante del Tachytron,
con las arcaicas gafas levantadas hasta la frente, una taza de café frío
delante, sobre el tablero de mando; mientras estaba como sentado en su propio
interior, apartó de sí la recordada culpa para cambiarla por una premonición.
El visor volvió a llamar.
Sería un médico... y tal vez...
Los resultados de tos últimos experimentos (viajes
al arco iris, adonde ningún físico había llegado antes) se habían integrado con
la labor de los médicos, y su premonición se transformó en una realidad
maravillosa.
Fue a notificarle a Laura que habían vencido; fue a
la habitación fuera de la cual el tiempo asediaba con frustración creciente;
fue a restablecer la plena medida de su amor.
Fue al lugar donde las encontró amándose.
Solo, fuera de la habitación donde el tiempo
aguardaba finalmente saboreando ya el sabor de la victoria, Carl Manos vivió
más vidas de las que ninguna habitación especial podía procurar. No hubo
escenas, excepto en el silencio torturador. No hubo palabras, excepto en las
impresiones de los tres que estaban rodeados por cuanto había sucedido en aquel
dormitorio, encerrado de manera invisible en las paredes.
Naturalmente, querían estar juntas. No necesitó
preguntarlo. Juntas y solas en la habitación sin tiempo donde habían conocido
él amor, juntas en la habitación donde Carl Manos no volvería a entrar. Todavía
la amaba, cosa que jamás cambiarla. Por lo tanto, sólo le quedaban dos caminos.
Podía trabajar durante el resto de su inútil
existencia para seguir pagando a las compañías de luz y energía, a fin de que
la habitación siguiera funcionando. O podía suprimir dicha energía. Claro que
para suprimirla por completo tendría que esperar. Esperar a que el tiempo
vencedor transformara su amor en una especie de odio que le impulsara a
suspender el funcionamiento de la habitación.
No hizo ninguna de ambas cosas. Como sólo tenía dos
caminos, escogió un tercero, una elección que no tenía, que nunca había tenido.
Fue hacia el tablero de mando y efectuó la maniobra
más acertada: aceleró el tiempo de la habitación. Ahora, incluso el tiempo,
moriría allí dentro. Y después, falto de valor, salió de allí.
Yolande estaba sentada, leyendo. Otra vez Neruda.
¡Cómo solía volver a él!
En la cama, la que había sido Laura yacía en
descomposición. El tiempo, sin darse cuenta de nada, ni siquiera de su misma
existencia, sin saber que todos eran sus víctimas, incluso él mismo, había
obtenido finalmente la victoria.
—«Ven, diminuta vida —leía Yolande—, entre las alas
de la Tierra, mientras tú, cristal helado en el aire machacado, / separando
esmeraldas en orden de batalla. / ¡Oh!, aguas salvajes, cae de las gemas de la
nieve. »
«Amor, amor, hasta que la noche se desmaye
desde el cantarín pedernal de tos Andes,
hasta las rojas rodillas del alba,
sal y contempla al hijo ciego de la nieve. »
Yolande dejó el libro sobre su regazo, y se reclinó
en la butaca, con los ojos cerrados. Y para ella, los años transcurrieron
rápidamente.

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