© Libro N° 9025. Embustero. Asimov, Isaac. Emancipación. Septiembre 5 de 2021.
Título
original: © Embustero. Isaac Asimov
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Isaac Asimov
Embustero
Isaac Asimov
¡Embustero!
Isaac Asimov
(Isaac Asimov. Astounding. May 1941).
Alfred Lanning encendió cuidadosamente el cigarro,
pero las puntas de los dedos le temblaban ligeramente. Sus cejas grises se
juntaban mientras iba hablando entre bocanadas de humo.
—Que lee el pensamiento..., no queda la menor duda
de eso. Pero, ¿por qué? —dijo, mirando al matemático Peter Bogert.
Bogert echó atrás su negro cabello con las dos
manos.
—Éste fue el trigésimo cuarto modelo RB que
sacamos, Lenning. Todos los demás eran estrictamente ortodoxos.
El tercer hombre que había con ellos en la mesa
frunció el ceño. Milton Ashe era el empleado más joven de la «U. S. Robots
& Mechanical Men Inc.», y estaba orgulloso de su puesto.
—Escuche, Bogert, no hubo el menor error en el
montaje, desde el principio hasta el fin. Esto puedo garantizarlo.
Los labios gruesos de Bogert esbozaron una sonrisa
protectora.
—¿De veras? Si puede usted responder de la
operación entera de montaje, recomendaré su ascenso. Contando exactamente, la
manufactura de un solo ejemplar de cerebro positrónico, requiere setenta y
cinco mil doscientas treinta y cuatro operaciones, y cada una de ellas depende
separadamente de un cierto número de factores, de cinco a ciento cinco. Si uno
de ellos sale positivamente «mal», el cerebro está inutilizado. No hago más que
citar nuestro folleto informativo, Ashe.
Milton Ashe se sonrojó, pero una voz seca cortó su
respuesta.
—Si vamos a empezar echándonos la culpa mutuamente,
me voy —dijo Susan Calvin con las manos sobre el regazo, palideciendo
ligeramente sus delgados labios—. Tenemos en nuestras manos un robot capaz de
leer el pensamiento y me parece que lo más importante es descubrir por qué lo
lee. No será diciendo: «¡Es culpa tuya! ¡Es culpa mía!», como lo averiguaremos.
Sus fríos ojos grises se fijaron en Milton Ashe que
hizo una mueca.
Lanning hizo una también, y, como siempre en tales
casos, sus largos cabellos blancos y sus penetrantes y astutos ojos hicieron de
él la imagen de un patriarca bíblico.
—Tiene usted razón, doctora Calvin. Vamos a
exponerlo todo en forma de píldora concentrada —prosiguió, cambiando el tono de
voz, que se hizo más aguda—. Hemos producido un cerebro positrónico de un tipo
supuestamente ordinario, que tiene la extraordinaria propiedad de sincronizarse
con las ondas del pensamiento ajeno. Esto marcaría la fecha más importante en
el avance de la ciencia robótica de nuestra Era si supiésemos por qué sucede.
No lo sabemos, y tenemos que averiguarlo. ¿Está esto claro?
—¿Puedo hacer una indicación? —preguntó Bogert.
—Diga.
—Que hasta que hayamos despejado esta incógnita, y
como matemático tengo motivos para suponer que la cosa no será fácil,
conservemos la existencia de RB—34 secreta. Incluso para los demás miembros de
la compañía. Como jefes de departamento, tenemos el deber de no considerar este
problema insoluble, y cuantos menos estemos al corriente...
—Bogert tiene razón —dijo la doctora Calvin—. Desde
que el Código Interplanetario ha sido modificado en el sentido de permitir que
los modelos de robots sean probados en los talleres antes de ser lanzados al
espacio, la propaganda antirrobot ha aumentado. Si trasciende la noticia de la
existencia de un robot capaz de leer el pensamiento antes que podamos anunciar
que tenemos el dominio completo del fenómeno, la campaña adquirirá un
incremento considerable.
Lanning fumaba su cigarro, asintiendo gravemente.
Se volvió a Ashe.
—Tengo entendido que estaba usted solo cuando se
dio cuenta del fenómeno —dijo en forma interrogadora.
—Lo dije, en efecto. Me llevé el susto mayor de mi
vida. Acababan de sacar a RB—34 de la mesa de ajuste y me lo enviaron. Overmann
estaba fuera, de manera que me lo llevé a las salas de prueba y empecé con él.
—Se detuvo y una leve sonrisa apareció en sus labios—. ¿Alguno de ustedes ha
sostenido alguna vez una conversación mental sin saberlo?
Nadie se tomó la molestia de contestar y prosiguió:
—Al principio no se da uno cuenta, ¿comprenden?...
Me habló, tan lógica y cuerdamente como puedan imaginar, y sólo cuando estaba
ya a más de medio camino de las salas de pruebas me di cuenta que no había
dicho nada. Desde luego, había pensado mucho, pero no es lo mismo, ¿no es así?
Encerré aquella máquina y corrí en busca de Lanning. Tenerlo a mi lado,
caminando juntos y verlo penetrar en mi cerebro, leyendo mis pensamientos, me
daba escalofríos.
—Lo comprendo —dijo Susan Calvin, pensativa. Sus
ojos se fijaban con intensidad en Ashe, de una manera curiosamente
significativa—. Tenemos tanto la costumbre de considerar nuestros pensamientos
como cosa privada...
—Entonces, sólo lo sabemos nosotros cuatro
—intervino Lanning con impaciencia—. ¡Bien! Tenemos que seguir adelante,
sistemáticamente. Ashe, quisiera que comprobase la operación de montaje desde
el principio hasta el fin. Tiene usted que eliminar todas las operaciones en
las cuales no hay posibilidad material de error, y anotar aquellas en que puede
haberlo, con su naturaleza y posible magnitud.
—Orden contundente —gruñó Ashe.
—¡Naturalmente! Desde luego, tomará usted a sus
órdenes a todos los hombres que necesite, y no me importa si pasamos de los
previstos. Pero no tienen que saber por qué, ¿comprende?
—¡Ejem!..., sí. ¡Otro trabajito de alivio! —dijo el
joven técnico con una mueca.
Lanning giró en su silla y se volvió hacia Susan
Calvin.
—Usted tendrá que emprender su trabajo en otra
dirección. Como robopsicóloga de la organización, tendrá que estudiar el robot
y trabajar retrospectivamente. Trate de descubrir cómo funciona. Vea qué más
está ligado a sus poderes telepáticos, hasta dónde se extienden, qué curvatura
toma su dirección y qué perjuicio ha ocasionado exactamente a los robots RB
ordinarios. ¿Comprende?
Lanning no esperó a que la doctora Calvin
contestase.
—Yo coordinaré los datos e interpretaré
matemáticamente los resultados. —Chupó violentamente su cigarro y miró a los
demás a través del humo—. Bogert me ayudará en eso, desde luego.
Bogert se frotaba las uñas de una mano con la palma
de la otra.
—Bien. Entonces, manos a la obra. —Ashe echó su
silla atrás y se levantó. Su agradable rostro juvenil esbozó una sonrisa—.
Tengo que realizar el trabajo más arduo de todos, de manera que me voy a
trabajar.
Y con un «¡Hasta luego!», salió.
Susan Calvin contestó con una inclinación casi
imperceptible de cabeza, pero sus ojos lo siguieron hasta que se perdió de
vista, y no contestó cuando Lanning, con un guiño, dijo:
—¿Quiere usted subir y ver al RB—34 ahora, doctora
Calvin?
Cuando Susan Calvin entró, los ojos fotoeléctricos
de RB—34 se levantaron del libro que estaba leyendo, al oír el chirrido de los
goznes y se puso de pie. La doctora Calvin se detuvo para volver a poner en su
sitio el gran letrero de «Prohibida la entrada» de la puerta y se aproximó al
robot.
—Te he traído los textos sobre los motores
hiperatómicos, Herbie, algunos por lo menos. ¿Quieres echarles una mirada?
RB—34, conocido por el apodo de «Herbie», tomó los
tres pesados volúmenes que ella llevaba en los brazos y abrió uno de ellos por
el índice.
—¡Hum!... «Teoría de Hiperatómico»... —murmuró sin
articular, como para sí mismo. Hojeó las páginas y con el aire abstraído,
añadió—: ¡Siéntate, doctora Calvin! Necesitaré algunos minutos.
La doctora psicóloga se sentó mientras él tomaba
también una silla, se sentaba al otro lado de la mesa y comenzaba a recorrer
sistemáticamente los textos. Media hora después los dejó a un lado.
—Desde luego, sé por qué has traído esto.
—Lo temía —dijo la doctora, torciendo el gesto—. Es
difícil trabajar contigo, Herbie. Estás siempre un paso más adelante que yo.
—Con estos libros ocurre lo mismo que con los
demás. No me interesan. No hay nada en sus textos. Su ciencia no es más que un
conjunto de datos recopilados, amasados, para formar una teoría tan
increíblemente sencilla que no vale casi la pena de ocuparse de ella. Es tu
parte imaginaria lo que me interesa. Tus estudios sobre la relación de los
motivos y emociones humanas... —su voluminosa mano describió un amplio ademán,
mientras buscaba las palabras adecuadas.
—Creo comprenderte —murmuró la doctora.
—Leo en los cerebros, ya lo sabes, y no tienes idea
de lo complicados que son —continuó el robot—. Me es difícil entenderlo todo
porque mi mente tiene muy poco en común con ellos..., pero lo intento y
vuestras novelas me ayudan.
—Sí, pero temo que después de las horripilantes
sensaciones emotivas de la novela sentimental de nuestros días —y dijo esto con
un tono de amargura en la voz—encuentres los cerebros auténticos como los
nuestros aburridos e incoloros.
—¡Pero no es así!
La súbita energía de su respuesta la hizo ponerse
de pie. Sintió que se sonrojaba, y con congoja pensó: «Debe saber...»
Herbie se arrellanó en su sillón y con una voz en
la cual el timbre metálico había desaparecido casi enteramente, murmuró:
—Desde luego, lo sé, Susan Calvin. Piensas siempre
en lo mismo, de manera que, ¿cómo no voy a saberlo?
—¿Se lo has dicho a alguien? —inquirió ella.
—¡No! —exclamó él con auténtica sorpresa—. Nadie me
lo ha preguntado.
—Entonces... —susurró ella—, debes creer que estoy
loca.
—No, es una emoción normal.
—Por esto quizá es una locura. —El apasionamiento
de su voz ahogó toda otra emoción. Una parte del alma femenina asomó tras la
capa doctoral—. No soy lo que podríamos llamar atractiva...
—Si te refieres al simple atractivo físico, no
puedo juzgar. Pero sé que, en todo caso, hay otros tipos de atracción.
—Ni joven —dijo ella, casi sin oír lo que decía el
robot.
—No tienes todavía cuarenta años —dijo Herbie con
un toque de insistencia en la voz.
—Treinta y ocho si contamos los años; por lo menos
sesenta si tenemos en cuenta mi concepto emotivo de la vida. Por algo soy
psicóloga. Y él tiene escasamente treinta y cinco, y parece y actúa como si
fuese más joven. ¿Crees que me ve alguna vez como otra cosa que lo que soy...?
—Te equivocas. Escúchame... —dijo Herbie golpeando
con su puño de acero la mesa de plástico, que produjo un estridente ruido.
Pero Susan Calvin se volvió hacia él y el dolor de
su mirada se convirtió en una llamarada.
—¿Por qué me equivocaría? ¿Qué sabes tú de todo
esto..., siendo una simple máquina? Para ti no soy más que un ejemplar; un
gusano interesante con una mente peculiar abierta a toda inspección. ¿No soy
acaso un magnífico ejemplo de fracaso? Como tus libros... —Su voz, convertida
en sollozos, resonaba en el silencio.
El robot se amilanó ante aquel estallido. Movió la
cabeza, suplicante.
—¿No quieres escucharme? Podría ayudarte, si me
dejas.
—¿Cómo? ¿Dándome un buen consejo? —dijo, torciendo
nuevamente el gesto.
—No, no es eso. Es que sé lo que piensan los
demás... Milton Ashe, por ejemplo.
Hubo un largo silencio durante el cual Susan Calvin
bajó los ojos.
—No quiero saber lo que piensa —susurró—. ¡Cállate!
—Creía que querrías saber lo...
Susan seguía con la cabeza baja, pero su
respiración se aceleraba.
—Estás diciendo tonterías —susurró.
—¿Por qué? Trato de ayudarte. Milton Ashe piensa de
ti...
La doctora, viendo que se callaba, levantó la
cabeza:
—¿Y bien?
—Te ama —dijo el robot, tranquilamente.
Durante un minuto entero, la doctora
permaneció sin hablar. Sólo miraba.
—¡Estás equivocado! —dijo por fin—. ¡Tienes que
estarlo! ¿Por qué me amaría?
—Pero te ama... Una cosa así no puede quedar
oculta..., para mí.
—Pero soy tan..., tan... —balbuceó, y se detuvo.
—No se detiene en las apariencias; admira el
intelecto, en los demás. Milton Ashe no es de los que se casan con una mata de
pelo y un par de ojos bonitos.
Susan Calvin se dio cuenta que estaba parpadeando
rápidamente y esperó antes de hablar. Incluso entonces su voz temblaba.
—Y sin embargo, jamás ha indicado en modo alguno...
—¿Le has dado alguna vez la ocasión?
—¿Cómo podía? Jamás pensé que...
—¡Exacto!
La doctora hizo una pausa, quedando pensativa, y
después levantó súbitamente la vista.
—Hace un año, una muchacha fue a verlo al
laboratorio. Era linda, supongo, rubia y esbelta. Y, desde luego, no sabía ni
que dos y dos eran cuatro. Él pasó todo el día sacando el pecho fuera, tratando
de explicarle cómo se construía un robot. —La dureza de su voz había
reaparecido—. ¡Pero no lo entendió! ¿Quién era?
—Conozco la persona a quien te refieres —respondió
Herbie sin vacilar—. Es su prima hermana y no siente por ella ningún interés
sentimental. Te lo aseguro.
Susan Calvin se puso de pie con una vivacidad casi
infantil.
—¿No es extraño, esto? Es exactamente lo que quería
decirme algunas veces, sin llegar nunca a convencerme. Entonces debe ser
verdad.
Se acercó a Herbie y tomó su mano fría.
—¡Gracias, Herbie!... —Su voz era como una ronca
súplica—. No hables con nadie de esto. Que sea nuestro secreto..., para
siempre.
Con esto y un convulsivo apretón de la mano de
metal, incapaz de respuesta, salió.
Herbie se volvió lentamente hacia la abandonada
novela, pero no había nadie allí para leer sus propios pensamientos.
Milton Ashe se desperezó lenta y concienzudamente y
miró a Peter Bogert, doctor en Filosofía.
—Digo... —dijo—. Llevo una semana con esto y casi
sin dormir. ¿Hasta cuándo tengo que seguir así? Creía que dijo usted que el
bombardeo positrónico en la Cámara de Vacío D era la solución...
Bogert bostezó delicadamente y examinó sus blancas
manos con atención.
—Lo es. Le sigo la pista.
—Sé lo que significa que un matemático diga esto.
¿A cuánto está del final?
—Depende.
—¿De qué? —preguntó Ashe, desplomándose sobre un
sillón y estirando las piernas.
—De Lanning. No está de acuerdo conmigo —dijo con
un suspiro—. Va un poco atrasado, esto es lo malo. Se aferra a las máquinas
matriz en todo y por todo y este problema requiere de instrumentos matemáticos
más poderosos. Es testarudo.
—¿Por qué no pedir a Herbie que arregle el asunto?
—preguntó Ashe, soñoliento.
—¿Al robot? —preguntó Bogert, con los ojos
saltándole de las órbitas.
—¿Por qué no? ¿No le ha dicho nada la doctora?
—¿La señorita Calvin?
—Sí, Susie en persona. El robot es una cosa
matemática. Lo sabe todo de todo y un poco más. Resuelve integrales triples de
memoria y hace análisis de tensores de postre.
—¿Habla usted en serio? —preguntó el matemático,
mirándolo con recelo.
—Completamente en serio. Lo malo es que al granuja
no le gustan las matemáticas. Prefiere leer novelas sentimentales. ¡De veras!
Vaya a ver a la activa Susie alimentándolo con «Pasión Purpúrea» y «Amor en el
Espacio».
—La doctora Calvin no nos ha dicho una palabra de
esto.
—No ha acabado de estudiarlo todavía. Ya sabe usted
cómo es. Le gusta tener pleno conocimiento de las cosas antes de hablar de
ellas.
—¿Se lo ha dicho usted?
—Hemos charlado casualmente. Últimamente la he
visto a menudo. —Abrió los ojos y frunció el ceño—. Oiga, Bogie, ¿no ha
observado nada extraño en ella, últimamente?
—Usa lápiz de labios, si es esto a lo que se
refiere —respondió Bogart, borrando de su rostro la fea mueca.
—¡Diablos, ya lo sé! Carmín, polvos y rimel para
los ojos. Pero no es esto. No logro poner el dedo en la llaga. Es la manera
como habla..., como si hubiese algo que la hiciese feliz... —Quedó un momento
pensativo y se encogió de hombros.
Bogert soltó una carcajada que para un científico
de más de cincuenta años no estaba mal.
—Quizá esté enamorada. —dijo.
—Está usted loco, Bogie —dijo Ashe cerrando de
nuevo los ojos—. Vaya usted a hablar con Herbie; yo quiero dormir.
—¡Muy bien! No es que me guste mucho que un robot
me enseñe mi oficio ni crea que pueda hacerlo...
Un sonoro ronquido fue la única respuesta.
Herbie escuchaba atentamente mientras Peter Bogert,
con las manos en los bolsillos, hablaba con artificiosa indiferencia.
—Ya lo sabes, entonces. Me han dicho que entiendes
en estas cosas y te las pregunto más por curiosidad que por otra cosa. Mi línea
de razonamiento, como te he explicado, comprende algunos puntos dudosos, lo
confieso, que el doctor se niega a aceptar, y el cuadro es todavía bastante
incompleto. —Viendo que el robot no contestaba añadió—: ¿Y bien?
—No veo ningún error —dijo el robot.
—¿Supongo que no podrás ir más allá de esto?
—No me atrevo a intentarlo. Eres mejor matemático
que yo y..., en fin, no me gusta comprometerme.
En la sonrisa de complacencia de Bogert hubo una
sombra de tolerancia.
—Suponía que sería éste el caso. Eres profundo.
Olvidémoslo.
Arrugó las hojas de papel, las echó en la cesta de
papeles, dio media vuelta para marcharse y cambió di opinión. Después de una
pausa, añadió:
—A propósito...
El robot esperaba. Bogert parecía tener alguna
dificultad.
—Hay algo que quizá..., podrías... —Se detuvo.
—Tus ideas son confusas; pero no hay duda que éstas
se refieren al doctor Lanning —dijo Herbie pausadamente—. Es tonto vacilar,
porque en cuanto decidas lo que quieres, sabré qué es lo que deseas preguntar.
La mano del matemático se acarició el cabello con
un gesto familiar.
—Lanning bordea los setenta —dijo, como si
explicase algo.
—Lo sé.
—Y ha sido director de los talleres durante casi
treinta años.
Herbie asintió.
—Bien, entonces... —la voz de Bogert se hacía más
humilde—, tú sabrás mejor..., si está pensando en dimitir. La salud, quizá, u
otra razón...
—Exacto —dijo Herbie como única respuesta.
—Bien, ¿lo sabes?
—Ciertamente.
—¿Y puedes..., decírmelo?
—Puesto que me lo preguntas, sí —respondió el robot
sin dar la menor importancia a la cosa—. Ha dimitido ya.
—¿Cómo? —La exclamación fue un sonido explosivo,
casi inarticulado. La voluminosa cabeza del científico avanzó hacia adelante—.
¡Dilo otra vez!
—Ha dimitido ya —repitió tranquilamente el robot—,
pero su dimisión no ha sido tenida en cuenta todavía. Está esperando resolver
el problema..., mío. Una vez conseguido esto, está dispuesto a poner a
disposición de quien le suceda el cargo de director.
—¿Y este sucesor..., quién es? —preguntó Bogert,
respirando jadeante. Se había acercado a Herbie, con los ojos fijos en las
inescrutables células fotoeléctricas del robot.
—Tú eres el futuro director —dijo lentamente.
Bogert se permitió esbozar una sonrisa
satisfactoria.
—Es bueno saberlo. Siempre lo había augurado así.
Gracias, Herbie.
Peter Bogert había estado aquella mañana en su
despacho hasta las cinco y a las nueve estaba nuevamente en él. La estantería
que tenía sobre su mesa se había quedado sin libros de referencia a medida que
iba consultando uno después del otro. Las páginas de cifras y cálculos que
tenía delante crecían microscópicamente, mientras los papeles arrugados que
cubrían el suelo formaban una montaña.
A las doce en punto, miró la última página, se
frotó sus congestionados ojos, bostezó y se estremeció.
—La cosa va poniéndose peor minuto a minuto.
¡Maldita sea!
Se volvió al oír el ruido de una puerta que se
abría y saludó a Lanning que entraba, haciendo crujir los nudillos de su
huesuda mano.
El director dirigió una escrutadora mirada al
montón de papeles y frunció su velludo ceño.
—¿Nueva orientación? —preguntó.
—No —respondió Bogert con recelo—. ¿Qué hay de malo
en la antigua?
Lanning no se tomó la molestia de contestar ni hizo
más que dirigir una simple mirada de desprecio a la hoja de encima de la mesa
de Bogert. Encendió un pitillo y al resplandor de la cerilla, dijo:
—¿Le ha hablado Calvin del robot? Es un genio
matemático. Verdaderamente extraordinario.
—Eso he oído decir —dijo Bogert con desprecio—.
Pero Calvin haría mejor en atenerse a la robopsicología. He examinado a Herbie
en matemáticas y apenas puede resolver un cálculo.
—Calvin no lo considera así.
—Está loca.
—Yo no lo considero así —repitió el director,
entornando los ojos.
—¡Usted! —La voz de Bogert se endurecía—. ¿De qué
está hablando?
—He sometido a prueba a Herbie esta mañana y puede
hacer cosas de las que no había oído hablar nunca.
—¿De veras?
—Parece usted muy escéptico. —Lanning sacó una hoja
de papel de su bolsillo y la desdobló—. ¿Ésta no es mi escritura, verdad?
Bogert examinó la gran anotación angulosa que
cubría la hoja.
—¿Ha hecho Herbie esto?
—Exacto. Y observará que ha estado trabajando en su
integración de tiempo de la Ecuación 22. Llega a idénticas conclusiones..., y
en la cuarta parte del tiempo. —Acompañó esta última afirmación señalando el
papel con su dedo amarillento—. No tiene usted derecho —añadió—, a despreciar
el Efecto de Permanencia en el bombardeo positrónico.
—No lo desprecio. Por Dios, Lanning, métase bien en
la cabeza que esto cancelaría...
—Sí, seguro, ha explicado usted esto. ¿Emplea usted
la Ecuación de Conversión Mitchell, verdad? Bien..., pues no sirve.
—¿Por qué no?
—Por una parte, porque ha empleado usted
hiperimaginarios.
—¿Qué tiene que ver esto con lo otro?
—La Ecuación de Mitchell no aguantará cuando...
—¿Está usted loco? Si releyese usted el texto
original de Mitchell en las Actas de...
—No tengo necesidad de ello. Ya le dije desde el
principio que no me gusta su razonamiento, y Herbie me apoya en esto.
—¡Bien, entonces —gritó Bogert—que le resuelva el
problema del despertador mecánico éste! ¿Para qué tomarse la molestia de buscar
no—esenciales?
—Éste es exactamente el punto difícil. Herbie no
puede resolver el problema. Y si él no puede, nosotros no podemos tampoco...,
solos. Llevaré la cuestión ante la Junta Nacional. Está más allá de nosotros.
La silla de Bogert cayó de espaldas al levantarse
de un salto con el rostro congestionado.
—¡No hará usted nada de esto!
—¿Es que va usted a decirme lo que puedo y no puedo
hacer? —preguntó Lanning.
—¡Exactamente! —fue la excitada respuesta—. ¡Tengo
el problema planteado y no me lo va usted a quitar de las manos, me entiende!
No piense que no veo a través de usted, fósil disecado. Sería capaz de cortarse
la nariz antes de dejarme conseguir el mérito de resolver el problema de la
telepatía robótica.
—Es usted un perfecto idiota, Bogert, y dentro de
dos segundos estará usted destituido por insubordinación. —El labio inferior de
Lanning temblaba de indignación.
—Lo cual es una de las cosas que no hará, Lanning.
Con un robot capaz de leer el pensamiento no hay secretos que valgan, de manera
que sé ya cuanto hace referencia a su dimisión.
La ceniza del pitillo de Lanning tembló y cayó,
seguida del pitillo.
—¡Cómo!... ¡Cómo!...
Bogert se echó a reír con maldad.
—Y yo soy el nuevo director, téngalo bien
entendido. Estoy perfectamente enterado de ello, aunque crea lo contrario.
¡Maldita sea, Lanning, voy a dar las órdenes oportunas, o aquí se va a armar el
lío mayor en que se habrá encontrado metido en su vida!
Lanning consiguió hablar, pero fue más bien un
rugido.
—¡Está usted despedido! ¿Se entera? ¡Queda usted
relevado de todas sus funciones! ¡Está despedido! ¿Lo entiende?
La sonrisa en el rostro de Bogert se ensanchó
todavía más.
—Bueno, y ¿de qué sirve todo esto? Así no va usted
a ninguna parte. Tengo los triunfos en la mano. Sé que ha dimitido, Herbie me
lo ha dicho y lo sabe perfectamente por usted.
Lanning hizo un esfuerzo por hablar con calma.
Parecía viejo, muy viejo, sus ojos cansados miraban a través de un rostro cuyo
color había desaparecido, para dejar sólo el tono lívido de la edad.
—Quiero hablar con Herbie. No puede haberle dicho
nada de esto. Está usted jugando fuerte, Bogert, pero yo le llamo a esto un
«bluff». Venga conmigo.
—¿A ver a Herbie? ¡Magnífico! ¡Verdaderamente
magnífico!
Eran también las doce en punto cuando Milton Ashe
levantó la vista de su vago diseño y dijo:
—¿Comprende la idea? No sirvo mucho para estas
cosas, pero es algo así. Es una preciosura de casa y puedo tenerla casi por
nada.
Susan Calvin contempló el diseño con ojos tiernos.
—Es realmente bonita —suspiró—. A menudo he pensado
que también me gustaría... —Su voz se desvaneció.
—Desde luego —continuó Ashe animadamente dejando el
lápiz—. Tendré que esperar a mis vacaciones. Faltan sólo dos semanas, pero este
asunto de Herbie lo tiene todo en el aire. —Fijó la mirada en sus uñas—.
Además, hay otro punto..., pero esto es un secreto.
—Entonces, no me lo diga.
—¡Oh, pronto tendré que decirlo, estallo por
decírselo a alguien!... Y usted es precisamente la mejor..., eh..., la mejor
confidente que puedo encontrar aquí...
Tuvo una sonrisa de timidez. El corazón de Susan
latía con fuerza, pero no tuvo confianza en sí misma para hablar.
—Francamente —prosiguió Ashe acercando su silla y
bajando la voz hasta convertirla en un susurro confidencial—, la casa no va a
ser sólo para mí..., voy a casarme.
Susan se levantó de un salto.
—¿Qué le ocurre?
—¡Oh, nada! —La horrible sensación vertiginosa se
desvaneció en el acto, pero era difícil hacer salir las palabras de la boca—.
¿Casarse?... ¿Quiere decir?...
—¡Sí, seguro! ¿Es ya tiempo, no? ¿Recuerda aquella
muchacha que vino a verme el verano pasado?... ¡Pues es ella! ¿Pero se siente
usted mal?... ¿Qué...?
—Jaqueca —dijo ella, alejándolo débilmente con un
gesto—. He estado..., he estado sujeta a ellas últimamente. Quiero
felicitarlo..., desde luego. Me alegro mucho... —La inexperimentada aplicación
del carmín a las mejillas formaba dos manchas coloradas sobre su rostro de un
blanco de cal. Los objetos habían empezado a girar nuevamente—. Perdóneme, por
favor.
Salió de la habitación balbuceando excusas. Todo
había ocurrido con la catastrófica rapidez de un sueño..., y con el irreal
horror de una pesadilla.
Pero, ¿cómo podía ser? Herbie había dicho... ¡Y
Herbie sabía! ¡Herbie podía leer en las mentes!
Sin darse cuenta, se encontró apoyada contra el
marco de la puerta de Herbie, jadeante, mirando su rostro metálico. Debió subir
los dos tramos de escalera, pero no tenía el menor recuerdo de ello. La
distancia había sido cubierta en un instante, como en sueños.
¡Como en sueños!
Y los imperturbables ojos de Herbie se fijaban en
los suyos y el tenue rojo parecía convertirse en dos relucientes globos de
pesadilla.
Hablaba, y Susan sintió el frío cristal de un vaso
apoyarse en sus labios. Bebió y con un estremecimiento volvió a la realidad de
lo que la rodeaba. Herbie seguía hablando; en su voz había una agitación, como
si se sintiese ofendido, temeroso, suplicante. Sus palabras empezaban a cobrar
sentido.
—Esto es un sueño —iba diciendo—, y no debes creer
en él. Pronto despertarás en el mundo real y te reirás de ti misma. Te quiere,
te digo. ¡Te quiere! ¡Pero no aquí! ¡No ahora! Esto es todo ilusión.
Susan Calvin asentía, su voz convertida en un
susurro.
—¡Sí! ¡Sí! —Agarraba el brazo de Herbie,
aferrándose a él, repitiendo una y otra vez—: ¿No es verdad, eh? ¡No lo es, no
lo es!
Cómo volvió a sus cabales, no lo supo nunca, pero
fue como pasar de un mundo de nebulosa irrealidad a uno de luz violenta. Lo
apartó de ella, empujó con fuerza el brazo de acero, sin expresión en la
mirada.
—¿Qué vas a intentar hacer? —exclamó con la voz
convertida en un grito—. ¿Qué vas a intentar hacer?
—Quiero ayudarte —respondió Herbie.
—¿Ayudarme? —exclamó la doctora, mirándolo—.
¿Diciéndome que todo esto es un sueño? ¡Tratando de llevarme a una
esquizofrenia! —Una tensión histérica se apoderaba de ella—. ¡Esto no es un
sueño! ¡Ojalá lo fuese! —Detuvo su respiración en seco—. ¡Espera! ¡Ya...,
ya..., comprendo! ¡Dios bondadoso, todo está tan claro!
En la voz del robot hubo un acento de horror.
—Tenía que hacerlo...
—¡Y yo te creí! ¡Jamás pensé...!
Unas fuertes voces detrás de la puerta atajaron sus
palabras. Susan se volvió, cerrando los puños espasmódicamente, y cuando Bogert
y Lanning entraron, estaba al lado de la ventana más alejada. Ninguno de los
dos hombres prestó atención a su presencia.
Se acercaron a Herbie simultáneamente; Lanning,
furioso, e impaciente. Bogert, frío y sardónico. El director fue el primero en
hablar.
—¡Ven aquí, Herbie! ¡Escúchame!
El robot enfocó sus ojos en el anciano director.
—Sí, doctor Lanning.
—¿Has hablado de mí con el doctor Bogert?
—No, señor —la respuesta vino lenta, y la sonrisa
del rostro de Bogert se desvaneció.
—¿Cómo es eso? —exclamó Bogert avanzando ante su
superior y deteniéndose ante el robot—. Repite lo que me dijiste ayer.
—Dije que... —Herbie permaneció silencioso. En la
profundidad de su cuerpo el diafragma metálico vibraba con sonidos
discordantes.
—¿No me dijiste que había dimitido? ¡Contéstame!
—rugió Bogert.
Bogert levantó los brazos, desesperado, pero
Lanning lo apartó al lado.
—¿Trataste de engañarlo con una mentira?
—Ya lo ha oído, Lanning. Ha empezado a decir «Sí» y
se ha parado. ¡Apártese de aquí! ¡Quiero saber la verdad por él mismo!
—Yo se la preguntaré —dijo Lanning, volviéndose
hacia el robot—. Bueno, Herbie, cálmate. ¿He dimitido?
Herbie lo mirada y Lanning repitió, impaciente:
—¿He dimitido? —Hubo una leve insinuación de
negativa en la cabeza del robot. Una larga espera no produjo nada más.
Los dos hombres se miraron y la hostilidad de sus
ojos era tangible.
—¡Que diablos! —estalló Bogert—. ¿Es que el robot
se ha vuelto mudo? ¿Es que no puedes hablar, monstruosidad?
—Puedo hablar —dijo la respuesta rápida.
—Entonces contesta esta pregunta: ¿Me dijiste que
Lanning había dimitido, o no? ¿Ha dimitido?
Y de nuevo se produjo el profundo silencio, hasta
que desde el extremo de la habitación, resonó súbita la fuerte risa de Susan
Calvin, vibrante y semihistérica. Los dos matemáticos pegaron un salto y Bogert
entornó los ojos.
—¿Usted aquí? ¿Qué es lo que le hace tanta gracia?
—No hay nada gracioso —dijo ella, sin naturalidad
en la voz—. Es sólo que no soy la única que ha caído en la trampa. Hay una
cierta ironía en ver a tres de los más grandes expertos en robótica del mundo
caer en la misma trampa elemental, ¿no creen? —Su voz se desvaneció y se llevó
una pálida mano a la frente—. Pero no es gracioso...
Esta vez la mirada que se cruzó entre los dos
hombres fue grave.
—¿De qué trampa está usted hablando? —preguntó
secamente Lanning—. ¿Es que le pasa algo a Herbie?
—No —dijo Susan acercándose lentamente—, no le pasa
nada..., es a nosotros mismos a quienes nos pasa. —Se volvió súbitamente hacia
el robot y le gritó con violencia—: ¡Lejos de mí! ¡Vete al otro extremo de la
habitación y que no te vea cerca!
Herbie se estremeció ante la furia de sus ojos y se
alejó con su paso metálico. La voz hostil de Lanning dijo:
—¿Qué significa todo esto, doctora Calvin?
Susan se colocó frente a ellos y los miró con
sarcasmo:
—¿Supongo que conocen ustedes la Primera Ley
fundamental de la Robótica?
Los dos hombres asintieron a la vez.
—Ciertamente —dijo Bogert, irritado—, «un robot no
debe dañar a un ser humano ni por su inacción permitir que se le dañe».
—Bien dicho —se mofó Susan Calvin—. Pero, ¿qué
clase de daño?
—Pues..., de toda especie.
—¡Exacto, de toda especie! Pero, ¿qué hay de herir
los sentimientos? ¿Y la decepción del propio yo? ¿Y la destrucción de las
esperanzas? ¿No es esto una herida?
—¿Qué puede un robot saber de...? —dijo Lanning
frunciendo el ceño. Pero se calló, abriendo la boca.
—¿Lo ha comprendido, verdad? Este robot lee el
pensamiento. ¿Cree usted que no sabe todo lo que hace referencia a la herida
mental? ¿Supone usted que si le hago una pregunta no me dará exactamente la
respuesta que yo deseo oír? ¿No nos heriría cualquier otra respuesta, y no lo
sabe Herbie muy bien?
—¡Válgame el cielo! —murmuró Bogert.
La doctora le dirigió una mirada sarcástica.
—Supongo que le preguntó usted si Lanning había
dimitido. Usted deseaba saber que sí, y ésta es la respuesta que Herbie le dio.
—Y supongo que es por esto —intervino Lanning sin
entonación—, que no contestaba hace un momento. No podía contestar sin herirnos
a uno de los dos.
Hubo una pausa durante la cual los dos hombres
miraron hacia el robot, que estaba como encogido en su silla, al lado de la
biblioteca, con la cabeza apoyada en una mano.
—Sabe todo esto... —dijo Susan Calvin mirando
fijamente al suelo—. Este..., demonio, lo sabe todo, incluso el error que se
cometió en su montaje. —Tenía una expresión sombría y pensativa en la mirada.
—En esto se equivoca usted, doctora Calvin —dijo
Lanning levantando la cabeza—. No lo sabe; se lo he preguntado.
—¿Y qué significa esto? —gritó Susan—. Sólo que no
quería usted que le diese la solución. Hubiera herido su susceptibilidad tener
una máquina capaz de hacer lo que no puede hacer usted. ¿Se lo ha preguntado
usted? —añadió dirigiéndose a Bogert.
—En cierto modo —respondió Bogert, tosiendo y
sonrojándose—. Me dijo que entendía muy poco en matemáticas.
Lanning se rió en voz baja y la doctora lo miró
sarcásticamente.
—¡Yo se lo preguntaré! —dijo—. Una solución dada
por él no puede herir mi vanidad. ¡Ven aquí! —añadió levantando la voz.
Herbie se levantó y se aproximó con pasos
vacilantes.
—Sabes, supongo —continuó—, exactamente en qué
punto del montaje se introdujo un factor extraño o fue omitido uno esencial...
—Sí —dijo Herbie, en un tono casi inaudible.
—¡Alto! —interrumpió Bogert, furioso—. Esto no es
necesariamente verdad. Desea usted saberlo, eso es todo.
—¡No sea idiota! —respondió Susan Calvin—. Sabe
tantas matemáticas como Lanning y usted juntos, puesto que puede leer el
pensamiento. Dele ocasión de demostrarlo.
El matemático se inclinó y Calvin dijo:
—Bien, entonces, Herbie, dilo. Estamos esperando.
—Y en un aparte, añadió—: Traigan lápices y papel.
Pero Herbie permaneció silencioso y con un tono de
triunfo en la voz, la doctora continuó:
—¿Por qué no contestas, Herbie?
Súbitamente, el robot saltó.
—No puedo. ¡Ya sabes que no puedo! ¡El doctor
Bogert y el doctor Lanning no quieren!
—Quieren la solución.
—Pero no de mí.
Lanning intervino, con voz lenta y distinta.
—No seas loco, Herbie. Queremos que nos lo digas.
Bogert se limitó a asentir. La voz de Herbie se
elevó a un tono estridente.
—¿De qué sirve decir eso? ¿Creen acaso que no puedo
leer más hondo que la piel superficial de vuestro cerebro? En el fondo no
quieren. No soy más que una máquina a la que se ha dado una imitación de vida
sólo por virtud de la acción positrónica de mi cerebro, lo cual es una
invención del hombre. No pueden quedar en ridículo ante mí sin sentirse
ofendidos. Esto está grabado en lo profundo de vuestra mente y no puede ser
borrado. No puedo dar la solución.
—Nos marcharemos —dijo Lanning—. Díselo a la
doctora Calvin.
—Sería lo mismo —gritó Herbie—, puesto que sabrían
que he sido yo quien he dado la respuesta.
—Pero comprenderás, Herbie —prosiguió la doctora—,
que a pesar de esto, los doctores Lanning y Bogert quieren saber la respuesta.
—Por sus propios esfuerzos —insistió Herbie.
—Pero la quieren, y el hecho que tú la tengas y no
se la quieras dar los hiere, ¿comprendes?
—¡Sí! ¡Sí!
—Y si se la das, les herirá también.
—¡Sí! ¡Sí! —Herbie retrocedía lentamente y la
doctora iba avanzando al mismo paso.
Los dos hombres los miraban helados de sorpresa.
—No puedes decírselo —murmuró la doctora—, porque
les herirá y tú no puedes herirlos. Pero si no se lo dices, los hieres también,
de manera que debes decírselo. Y si se lo dices los herirás, de manera que no
debes decírselo, pero si no se lo dices los hieres, de manera que debes
decírselo; pero si lo dices hieres, de manera que no debes decirlo; pero si no
lo dices...
Herbie estaba acorralado contra la pared y cayó de
rodillas.
—¡Basta! —gritó—. ¡Cierra tu pensamiento! ¡Está
lleno de engaño, dolor y odio! ¡No quise hacerlo, te digo! ¡He tratado de
ayudarte! ¡Te he dicho lo que deseabas oír! ¡Tenía que hacerlo!
La doctora no le prestaba atención.
—Debes decírselo, pero si se lo dices los hieres,
de manera que no debes; pero si no lo dices los hieres también, de manera
que...
Y Herbie lanzó un grito estridente...
Fue como una flauta aumentada hasta el infinito, un
silbido desgarrador y penetrante que resonó en todos los ámbitos de la
habitación. Y cuando se desvaneció en la nada, Herbie se había desplomado,
reducido a un montón informe de inerte metal.
—Ha muerto —dijo Bogert, lívido.
—¡No! —exclamó Susan Calvin, estremeciéndose y
lanzando salvajes carcajadas—, no ha muerto, se ha vuelto loco. Lo he
enfrentado con el insoluble dilema y ha sucumbido. Pueden recogerlo ya, porque
no volverá a hablar nunca más.
Lanning estaba de rodillas al lado de lo que había
sido Herbie. Sus dedos tocaron el frío rostro de metal ya sin reacción y se
estremeció.
—Lo ha hecho usted a propósito —dijo.
Se levantó, enfrentándose con Susan, el rostro
convulsionado.
—¿Y si lo hubiese hecho a propósito, qué? ¡No puede
evitarlo ya! —Y con súbita amargura, añadió—: Lo merecía...
El director agarró al paralizado Bogert por la
muñeca.
—¡Qué importa ya!... Venga, Peter. —Suspiró—. Un
robot parlante de este tipo no tiene ningún valor, de todos modos. —Sus ojos
cansados acusaban su edad, y repitió—: ¡Venga, Peter!
Una vez que los dos científicos se marcharon,
transcurrieron algunos minutos antes que Susan Calvin recobrase su equilibrio
mental. Lentamente, su mirada se fijó en el muerto—vivo Herbie y la dureza
reapareció en su rostro. Durante largo rato permaneció contemplándolo mientras
el triunfo se borraba de su rostro y el desengaño reaparecía; de todos sus
turbulentos pensamientos sólo una palabra, infinitamente amarga, salió de sus
labios:
—¡Embustero!
Con esto todo quedaba acabado por el momento,
naturalmente. Supe que ya no podría obtener nada más de ella después de
aquello. Ella permanecía sentada tras su despacho, su blanco rostro rebosando
frialdad y... recordando.
Yo dije: "Gracias, doctora Calvin", pero
ella no contestó. Pasaron dos días antes de que consiguiese volverla a ver de
nuevo.

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