© Libro N° 9024. Dios Microcósmico. Sturgeon, Theodore. Emancipación. Septiembre 5 de
2021.
Título
original: © Dios Microcósmico. Theodore
Sturgeon
Versión Original: © Dios Microcósmico. Theodore Sturgeon
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Theodore Sturgeon
Dios microcósmico
Theodore Sturgeon
Dios microcósmico
Theodore Sturgeon
(Theodore Sturgeon. Astounding. Abril 1941).
Este es un relato acerca de un hombre que tenía
demasiado poder y de otro hombre que se apoderaba de demasiado dinero, pero no
se preocupen; no me voy a poner politiquero con ustedes. El hombre que tenía el
poder se llamaba James Kidder, y el otro era su banquero.
Kidder era todo un tipo. Era un científico y vivía
en una pequeña isla cerca de la costa de Nueva Inglaterra, solo, por su cuenta.
No era el diminuto duendecillo de científico loco popularizado por las novelas.
Su manía no era el beneficio personal y tampoco era
un megalómano con nombre ruso y ningún escrúpulo. No era insidioso y ni
siquiera tenía nada de subversivo. Llevaba el cabello bien cortado y las uñas
limpias y vivía y pensaba como un ser humano razonable.
Se hallaba levemente del lado de los cara-de-niño;
sentía propensión a ser ermitaño; era de corta estatura, regordete y...
brillante, talentoso. Su especialidad era la bioquímica, y siempre le llamaban
«Mister» Kidder. Nada de «Doctor». Ni «Profesor». Simplemente Mr. Kidder.
Resultaba un raro ejemplar y siempre lo había sido.
Nunca se graduó en ningún colegio o universidad
porque consideraba a estas instituciones demasiado lentas para él, y demasiado
rígidas en sus acercamientos a la educación cultural.
No pudo acostumbrarse a la idea de que tal vez sus
profesores supieran de lo que estaban hablando. Esto se refería también a sus
textos. Siempre estaba haciendo preguntas y no le importaba mucho si resultaban
embarazosas.
Consideraba a Gregor Mendel un chapucero mentiroso,
a Darwing un divertido filósofo y a Luther Burbank un sensacionalista. Nunca
abría la boca sin dejar a su víctima jadeante y boquiabierta.
Si hablaba con alguien que tenía conocimientos,
penetraba en ellos y los captaba. Si hablaba con alguien cuyos conocimientos ya
estaban en su posesión, sólo preguntaba reiteradamente:
—¿Cómo puede usted estar seguro?
Su placer más deleitoso lo conseguía al cortar en
tiras conversacionales a un fanático especialista en eugenesia. Por todo lo
cual la gente le dejaba en paz y nunca, nunca le invitaban a tomar el té. Era
cortés, pero no cortesano.
Tenía un poco de dinero propio y con ello pudo
arrendar la isla y construirse un laboratorio. Ya mencioné que era un
bioquímico. Pero siendo como era, no podía conformarse con meter las narices
solamente en su propio terreno.
No fue excesivamente notable por consiguiente que
realizase una excursión intelectual lo bastante amplia para perfeccionar un
método para cristalizar la Vitamina B1, lucrativa por tonelada... si
alguien la quería por toneladas. Consiguió un montón de dinero con este asunto.
Acto seguido compró la isla y puso a ochocientos
hombres a trabajar en tres cuartos de hectárea de sus terrenos, ampliando su
laboratorio y construcciones accesorias. Le dio por ocuparse en fruslerías con
la fibra del sisal, descubrió como fundirla, y provocó una repentina
prosperidad en la industria platanera, al producir un ligamento prácticamente
irrompible para empaquetar la mercancía.
¿Recuerdan la demostración divulgadora que montó en
el Niágara, verdad?
Aquel truco sin trampa de tender su cuerda nueva de
ribera a ribera sobre los rabiones y suspender un camión de diez toneladas en
el centro mediante grapas formadas por filos de navajas gigantescas apoyándose
en la cuerda?
Esta es la razón por la que los barcos amarran
ahora con cables no más gruesos que un lápiz y que puede ser enrollado en
carretes semejantes a los carreteles de manguera de jardín.
Kidder le sacó también algún dinero de bolsillo a
esto. Salió de la isla para comprarse un ciclotrón con parte de los nuevos
ingresos.
A partir de entonces el dinero ya no era más
dinero. Eran grandes cifras en libros pequeños. Kidder solía emplear pequeñas
cantidades para conseguir que le enviasen provisiones y avíos, pero poco
después esto cesó también.
Su Banco envió un mensajero por acuaplano para
averiguar si Kidder seguía con vida. El hombre regresó dos días después en un
estado de profunda abstracción, pasmado por una especie de reverente terror
ante las cosas que allá había visto.
Kidder estaba vivo, bueno, y estaba produciendo un
superávit de excelentes alimentos en una forma asombrosamente sintética y
simplificada.
El Banco escribió inmediatamente y quería saber si
Mister Kidder, en su propio interés, estaba dispuesto a ceder el secreto de su
producto agrícola limpio de polvo y paja.
Kidder replicó que le complacía mucho hacerlo, y
adjuntó las fórmulas. En el P. S. dijo que no había enviado la información a la
costa debido a que no se dio cuenta que podía interesar a alguien. Esto
manifestaba el hombre que era el responsable del mayor cambio sociológico en la
segunda mitad del siglo veinte... la agricultura en fábricas.
Le convirtió en más rico; quiero decir que hizo más
rico a su Banco. A él le importaba un bledo.
Pero Kidder verdaderamente no empezó a funcionar
hasta unos ocho meses después de la visita del mensajero del Banco. Para un
bioquímico que ni siquiera podía ser llamado «Doctor» se las apañaba bastante
bien. Ahí va una lista parcial de las cosas que expelió:
Un plan comercialmente factible para hacer una
aleación de aluminio más fuerte que el mejor acero de modo que pudiera ser
empleado como metal para estructuras.
Un dispositivo que él llamaba una bomba de luz, el
cual funcionaba sobre la teoría de qué la luz es una forma de la materia y por
consiguiente sujeta a leyes físicas y electromagnéticas. Ciérrese un cuarto con
una simple fuente de luz, tiéndase un campo magnético cilíndrico y vibratorio
hacia el cuarto desde la bomba, y la luz será conducida campo abajo. Ahora
pásese la luz a través del «lente» Kidder..., un anillo que perpetúa un campo
eléctrico a lo largo de los contornos de un obturador de alta velocidad del
tipo—iris de cámara. Debajo está el núcleo de la bomba de luz..., un absorbente
de luz eficiente en un noventa y ocho por cien, cristalino, el cual, en un
sentido, «extravía» la luz en sus facetas internas. El efecto de oscurecer el
cuarto con este aparato es débil pero mensurable. Perdonen mi lenguaje de lego
en la materia, pero más o menos esta es la idea general.
Clorofila sintética..., a barriles.
Un propulsor para aviones eficiente a ocho veces la
velocidad del sonido. Un líquido barato que usted aplica con brocha gorda sobre
la pintura vetusta, deja endurecer, y luego pela como si fueran franjas de
tela. La pintura añeja se desprende con las peladuras. Este invento sirve
también para hacerse rápidamente numerosas amistades.
Una auto alimentada desintegración atómica del
isótopo uranio 238, la cual es doscientas veces tan fértil como el viejo, pero
de toda confianza, U—235.
Por el momento creo que con esto basta. Si me es
permitido repetirme diré que para un bioquímico que ni siquiera tenía derecho a
llamarse «Doctor», se las apañaba bastante bien.
Kidder estaba aparentemente inconsciente del hecho
de que tenía bastante poder en su pequeña isla para convertirse en amo del
mundo. Su mente simplemente no le impulsaba a cosas como osta. Mientras que le
dejasen en paz con sus experimentos, él estaba más que contento con dejar al
resto del mundo afanándose en sus propios inventos chapuceros y primitivos.
Solamente podía comunicarse con él mediante un
radiófono de su propia concepción, y su única contrapartida estaba encerrada en
una bóveda de su Banco de Boston. Solamente un hombre podía hacerlo funcionar
—el presidente del Banco.
El transmisor extraordinariamente sensitivo
reaccionaría únicamente a las vibraciones del propio cuerpo del Presidente
Conant. Kidder había dado instrucciones a Conant para que no fuera importunado
excepto en caso de mensajes de la mayor importancia. Sus ideas y patentes,
cuando Conant podía apalancarle alguna de ellas, eran cedidas bajo seudónimos
conocidos únicamente por Conant..., a Kidder le tenía sin cuidado.
El resultado, naturalmente, se tradujo por una
infiltración de los más asombrosos avances desde el alba de la civilización. La
nación se benefició —el mundo se benefició—. Pero principalmente, el Banco se
benefició. Comenzó a adquirir un volumen mayor que el normal. Comenzó a
introducir sus dedos dentro de otros pasteles. Le crecieron más dedos y tuvo
que hornear más pasteles metafóricos. A los pocos años era tan enorme que,
haciendo uso de las muchas armas de Kidder, casi igualaba a Kidder en poder.
Casi.
Ahora permanezcan cerca mientras aplasto a aquellos
camaradas de la esquina izquierda inferior que han estado diciendo todo ese
tiempo que Kidder es levemente improbable; que ningún hombre pudo nunca
perfeccionarse de tantas maneras en tantas ciencias.
Bien, tienen razón. Kidder era un genio —de
acuerdo—. Pero su genio no era creativo. El era, en esencia y hasta el núcleo,
un estudiante. Aplicaba lo que sabía, lo que vio, y aquello que le enseñaron.
Cuando empezó por vez primera a trabajar en su
nuevo laboratorio en su isla razonó más o menos del modo siguiente:
«Todo lo que sé es aquello que me han enseñado los
dichos y escritos de gente que han estudiado los dichos y escritos de gente que
han... y así sucesivamente. De tanto en cuando alguien tropieza con algo nuevo
y él o alguien más listo hace uso de la idea y la disemina. Pero por cada uno
que encuentra algo realmente nuevo, un par de millones recogen y transmiten
información que ya es corriente. Sabría más si pudiese dar el brinco en
direcciones evolutivas. Lleva mucho tiempo esperar los accidentes que acrecientan
los conocimientos del hombre; mis conocimientos. Ahora bien, si yo tuviera la
suficiente ambición como para calcular el modo de viajar con anticipación al
tiempo, podría desnatar la superficie del futuro y zambullirme dentro cuando
viera algo interesante. Pero el tiempo no es así. No puede ser dejado atrás ni
empujado hacia adelante. ¿Qué otra cosa queda?
«Bien, cabe el postulado de acelerar la evolución
intelectual de modo que pueda observar lo que se trama. Esto parece un poco
ineficiente. Implicaría más tarea disciplinarlas mentes humanas con aquella
finalidad que la que supondría simplemente aplicarme yo mismo en esta
dirección. Pero no puedo consagrarme yo mismo en este sentido. Ningún hombre
puede.
«Estoy vencido. No puedo acelerarme yo mismo, ni
puedo acelerar las mentes de otros hombres. ¿No existe en ello una alternativa?
Tiene que haberla; en alguna parte, de algún modo, tiene que haber una
respuesta.»
O sea que fue en esto, y no en eugenesia, ni bombas
de luz, o botánica, o física atómica, donde James Kidder se aplicó
esmeradamente. Para un hombre práctico, el problema se hallaba ligeramente en
el terreno metafísico, pero él lo atacó con típica entereza y minuciosidad,
empleando su propia y peculiar marca de lógica.
Día tras día vagabundeó por toda la isla, arrojando
conchas impotentemente a las gaviotas y echando ternos copiosamente. Después
vino un período en que permaneció bajo techo, sentado e incubando. Y solamente
entonces llegó el momento en que se puso febrilmente a trabajar. Trabajó en su
propio campo, la bioquímica, concentrándose principalmente en dos cosas:
genética y metabolismo animal. Aprendió, y acumuló en su insaciable mente,
muchas cosas que no tenían nada que ver con el problema en cuestión, y muy pocas
de aquello que necesitaba.
Pero amontonó aquellas pocas con lo poco que sabía
o adivinaba, y en su debido momento tuvo una buena colección de factores
conocidos con los cuales pasar a las operaciones de cálculo. Su sistema de
aproximación fue característicamente heterodoxo. Hizo cosas por el estilo de
reproducir peras como multiplicando, y nivelar ecuaciones por el sistema muy —1
a un lado y 00 al otro. Cometió errores, pero sólo uno personal de añadir log
de un género, y más tarde, solamente uno de una especie.
Consumió tantas horas sobre su microscopio que tuvo
que abandonar sus tareas por dos días para lograr librarse de una alucinación
en la que su corazón estaba bombeando su propia sangre a través del lente
objetivo. No hizo nada por el método de la prueba y el ensayo porque lo
desaprobaba considerándolo por chapucero. Y obtuvo resultados.
En primer lugar, tuvo suerte, y todavía fue más
afortunado cuando formularizó la ley de probabilidades y la redujo a términos
tan bajos que supo casi al detalle cuáles experimentos eran los que no debía
intentar.
Cuando el turbio y viscoso semifluido en la platina
de observación comenzó a moverse por sí mismo supo que estaba en la buena
pista. Cuando empezó a buscar alimento en su propia materia, empezó a
excitarse. Cuando se dividió, y en pocas horas subdividió, y cada parte creció
y se dividió de nuevo, sentíase victorioso. Había creado vida.
Cuidó los hijos de su cerebro, sudando y agotándose
en sus atenciones, y concibió baños de diversas vibraciones para ellos,
inoculándolos, dosificándolos y rociándolos. Cada progreso que lograba le
enseñaba la senda para el próximo.
Y de sus depósitos, cubetas, tubos e incubadoras
surgieron criaturas análogas a las amebas, y luego animálculos ciliados, y con
creciente rapidez produjo animales con manchas—ojos, quistes—nervios, y después
—victoria de victorias—un verdadero blastópedo poseído de muchas células en vez
de una sola.
Más lentamente desarrolló un gastrópodo, pero
cuando lo consiguió, no le resultaba muy difícil, a él, darle órganos, cada uno
con una función específica, cada función heredable.
Entonces vinieron los cultivos de cosas semejantes
a moluscos, y criaturas con agallas cada vez más perfeccionadas. El día en que
una cosa indescriptible serpenteó hacia arriba de un depósito asomándose,
vibrantes unas aletas sobre sus agallas y débilmente aspiró aire, Kidder
abandonó la tarea, se dirigió al otro extremo de la isla y se emborrachó
indecorosamente, y muy a gusto.
Con resaca y todo, estuvo pronto de regreso a su
laboratorio, olvidándose de comer, olvidándose de dormir, rasgando los últimos
velos de su problema.
Consiguió por un camino desviado un sistema
científico y fue dándole cuerda a su otro gran triunfo; metabolismo acelerado.
Hizo extractos y los refino, de los factores estimulantes del alcohol, coca,
heroína, y del campeón de los narcóticos de Madre Naturaleza, el «cannabis
indica».
Al igual que el científico que al analizar los
variados agentes de coagulación para los tratamientos de la sangre, descubrió
que el ácido oxálico era el factor activo. Kidder aisló los aceleradores y
retardadores, los estimulantes y soporíferos, en cada sustancia que en
cualquier tiempo debilitó la moralidad del hombre y/o dio origen a un «noble
experimento».
En el proceso descubrió una cosa que necesitaba
sobremanera, un elixir incoloro que suprimía el sueño, este gran despilfarrador
de tiempo. Entonces pudo proseguir su tarea a base de un turno completo de
veinticuatro horas por jornada.
Sintetizó artificialmente las sustancias que había
aislado, y al lograrlo descartó una gran cantidad de componentes inútiles.
Prosiguió su búsqueda a lo largo de las líneas de
radiaciones y vibraciones. Descubrió algo en los glóbulos rojos que, al ser
proyectado mediante un vaso conductor Heno de aire vibrando a velocidades
supersónicas, y luego polarizado, aceleraba el latido cardíaco de pequeños
animales en veinte veces más. Comían veinte veces más, crecían veinte veces más
deprisa, y... morían veinte veces más pronto de lo que les correspondía.
Kidder construyó un enorme habitáculo,
herméticamente cerrado. Encima había otra sala, del mismo largo y ancho, pero
no tan alta. Esta era su cámara de control.
La sala mayor estaba dividida en cuatro secciones
cerradas, cada una con su calefacción individual y controles atmosféricos.
Sobre cada sección había mini—grúas y mini—cabrias que manipulaban maquinaria
de todas clases. También había compuertas con llaves de cierre de aire, y
válvulas y tuberías yendo desde la cámara superior a la inferior.
Por entonces el otro laboratorio había producido un
cuadrúpedo de sangre caliente y piel escamosa con un asombroso ciclo de vida;
una generación cada ocho días, un lapso vital de unos quince. Como la equidna,
era ovípara y mamífero. Su período de gestación era de seis horas; los huevos
incubaban en tres; los recién nacidos alcanzaban la madurez sexual en otros
cuatro días.
Cada hembra ponía cuatro huevos y vivía justamente
lo preciso para cuidar de su cría tras la salida del cascarón. Los machos
morían generalmente a las dos o tres horas del apareamiento. Las criaturas eran
altamente adaptables. Eran pequeñas —no más de tres pulgadas de ancho, y dos
del hombro al suelo—. Sus patas delanteras tenían tres dígitos y un pulgar de
triple articulación. Estaban acordados para vivir en una atmósfera con un
amplio contenido de amoníaco.
Kidder engendró cuatro de las criaturas y colocó un
grupo en cada sección del cuarto sellado.
Entonces ya estaba preparado. Con sus atmósferas
controladas, varió temperaturas, contenido de oxígeno, humedad. Las mataba como
a moscas con excesos de, por ejemplo, dióxido de carbono, y los supervivientes
inoculaban su resistencia física a la generación siguiente.
Periódicamente cambiaba los huevos de una sección
sellada a otra para mantener variables los sometimientos a esfuerzo. Y
rápidamente, bajo aquellas condiciones controladas, las criaturas empezaron a
evolucionar.
Esta era pues la respuesta y solución a su
problema. No podía acelerar lo suficiente el avance intelectual de la humanidad
para que le enseñase a él las cosas que su prodigiosamente anhelaba saber.
Tampoco podía él acelerarse a sí mismo.
Por consiguiente creó una nueva raza, una raza que
se desarrollaría y evolucionaría tan aprisa que sobrepasaría a la civilización
del hombre; y de ellos aprendería.
Estaban completamente en poder de Kidder. La
atmósfera normal de la tierra los envenenaría, como se cuidó de demostrar a
cada cuarta generación. Así no harían el menor intento para escapar de él.
Vivirían sus vidas y progresos y harían sus
pequeños experimentos en tanteos y ensayos cientos de veces más aprisa que el
hombre. Le llevaban ventaja al hombre porque tenían a Kidder para orientarles.
Al hombre le costó seis mil años descubrir verdaderamente la ciencia, y
trescientos para realmente ponerla en acción. A las criaturas de Kidder les
costó doscientos días igualar las adquisiciones mentales del hombre.
Y a partir de este momento, la irregular producción
de Kidder hizo que el difunto y gran Tom Edison pareciera por comparación un
artesano casero.
Los llamó Neotericos, y los embromó induciéndoles a
trabajar para él. Kidder era inventivo de un modo ideológico; es decir, podía
forjar propósitos imposibles con tal de que no tuviera que trabajar para
llevarlos a la práctica. Por ejemplo, quería que los neotericos resolviesen por
ellos mismos como construir refugios valiéndose de un material poroso.
Creó la necesidad de tales refugios sometiendo a
una de las secciones a una tormenta de lluvia de alta presión que aplastó a sus
habitantes. Los neotericos prontamente inventaron refugios a prueba de agua
valiéndose del escaso material a prueba de agua que él apiló en una esquina.
Inmediatamente Kidder derrumbó las frágiles
estructuras con estampidos de aire frío. Construyeron otras que pudieran
resistir a la vez lluvia y viento. Kidder rebajó la temperatura tan bruscamente
que no pudieron adaptar sus cuerpos a ella. Calentaron sus refugios con
diminutos braseros. Velozmente Kidder elevó la calefacción hasta que empezaron
a asarse. Después de varias defunciones, uno de sus muchachos talentudos
resolvió cómo construir una casa reciamente aislante empleado un derivado de
caucho en triple capa, con la sección central perforada miles de veces para
crear pequeñas bolsas de aire.
Empleando tácticas similares, Kidder les forzó a
desarrollar una pequeña cultura altamente avanzada. Provocó sequía en una
sección y un superávit de líquido en otra, y luego abrió la partición entre
ambas. Se produjo una guerra formidablemente espectacular, y las libretas de
anotaciones de Kidder se llenaron con información acerca de armas y tácticas
militares.
Luego hubo la vacuna que consiguieron contra el
resfriado común; motivo por el cual esta plaga ha sido absolutamente barrida en
el mundo actual ya que fue una de las cosas a las que Conant, el presidente del
Banco, pudo meter mano. Le habló a Kidder por el radiófono una tarde de
invierno con una voz tan roca por culpa de una laringitis que Kidder le envió
un envase de vacuna y le dijo enérgicamente que nunca más volviese a llamarle
en un estado tan asqueroso de baja calidad inaudible. Conant hizo analizar la
vacuna y nuevamente la cuenta corriente de Kidder —y la del Banco—se hinchó.
En un principio Kidder meramente suministraba los
materiales que pensaba podían necesitar los neotericos, pero cuando
desarrollaron una inteligencia equivalente a la tarea de fabricar sus propios
materiales con los elementos que tuviesen a mano, dio a cada sección un surtido
de materia prima.
El procedimiento para la obtención de un aluminio
realmente recio se perfeccionó en grado sumo cuando Kidder construyó un enorme
émbolo en una de las secciones, que abarcaba de pared a pared y estaba diseñado
para bajar a una velocidad de ocho centímetros por día hasta que trituraba todo
lo que estaba al fondo.
Los neotericos, en legítima defensa, emplearon toda
clase de material fuerte que tenían al alcance para detener la muerte
inexorable que les amenazaba. Pero Kidder ya se había preocupado de que
solamente dispusieran de óxido de aluminio y un desperdigamiento de otros
elementos, además de abundante energía eléctrica.
Primero elaboraron docenas de pilastras de
aluminio; cuando fueron machacadas, intentaron modelarlas de forma que el
blando metal pudiera resistir mayor peso. Cuando también estas columnas
fallaron construyeron rápidamente otras más resistentes; y cuando el émbolo fue
detenido, Kidder extrajo una de las columnas y la analizó. Era aluminio
endurecido, más duro y firme que el acero de molibdeno.
La experiencia le enseñó a Kidder que tenía que
introducir determinados cambios para acrecentar su poder sobre sus neotericos
antes que empezasen a ser demasiado ingeniosos. Había cosas que se podían hacer
con energía atómica y por las cuales sentía curiosidad; pero no estaba
dispuesto a confiarle a sus pequeños supercientíficos una cosa semejante a
menos que pudiera estar seguro que ellos la emplearían estrictamente de acuerdo
a Hoyle. O sea que instituyó un régimen de terror.
El punto de partida más elemental del que consideró
el modo adecuado para que ellos hiciesen las cosas bien dio como resultado la
muerte instantánea de media tribu.
Por ejemplo, si él estaba intentando desarrollar
una planta de energía del tipo Diesel que pudiese funcionar sin volante de
arranque, y un talentoso joven neoterico hacía uso de cualquiera de los
materiales empleándolo con fines arquitectónicos, inmediatamente moría media
tribu.
Naturalmente, habían puesto a punto un lenguaje
escrito; el de Kidder. El teletipo encerrado en el área acristalada de una
esquina de cada sección era algo sagrado. Cualquier orden que allí apareciese
tenía que ser obedecida, o en caso contrario...
Después de esta innovación, la tarea de Kidder
resultó mucho más sencilla. Ya nadie sentía necesidad de dar rodeos ni
comportarse torcidamente. Cualquier cosa que quería que fuese hecha, era hecha.
No importaba que sus órdenes fueran del género imposible, ya que tres o cuatro
generaciones de neotericos daban finalmente con el medio de llevarlas a cabo.
La cita textual que sigue procede de un documento
que una de las cámaras telescópicas de alta velocidad de Kidder descubrió
cuando era distribuido entre los neotericos más jóvenes. Ha sido traducido de
la escritura altamente simplificada de los neotericos.
«Los edictos serán acatados por cada neoterico bajo
pena 'de muerte, cuya ejecución será infligida por la tribu sobre el individuo
para proteger a la tribu contra él.
»Se concederá una prioridad de interés y todo el
esfuerzo tribal e individual a las órdenes que aparezcan en la máquina de
palabras.
«Cualquier mala dirección de material o energía, o
su uso para cualquier otra finalidad que no sea la de llevar a cabo las órdenes
de la máquina, a menos que no aparezca contraorden que lo justifique, será
castigada con pena de muerte.
«Cualquier información referente al problema a
resolver, o ideas y experimentos que puedan de un modo concebible ayudar a su
resolución, se convertirán en propiedad de la tribu.
«Cualquier individuo que falle en cooperar en el
esfuerzo tribal, o pueda ser calificado como culpable de no desarrollar su
máximo rendimiento en el trabajo; o incurra en sospecha de lo antes mencionado,
será sometido a la pena de muerte.»
Tales son los resultados de un dominio completo.
Este documento impresionó a Kidder por cuanto era
completamente espontáneo. Era el propio credo de los neotericos, desarrollado
por ellos mismos en acatamiento a su propio dios.
Y así, por fin, Kidder logró colmar su realización.
Agazapado en el cuarto superior, yendo de telescopio a telescopio, proyectando
con movimiento retardado las películas de sus cámaras de alta velocidad, se
encontró dueño de una dinámica y manejable fuente de información. Alojado en el
gran edificio cuadrado con sus cuatro secciones de medio acre, había un nuevo
mundo del cual era dios.
La mente del Presidente Conant era similar a la de
Kidder en qué su acercamiento a cualquier problema era por la distancia más
corta entre dos puntos cualesquiera, haciendo caso omiso de si el acercamiento
era a lo largo de la línea de mayor o menor resistencia.
Su ascenso a la presidencia del Banco era una
historia de movimientos despiadados cuya única justificación era que le dieran
aquello que quería. Al igual que un general súpereficiente nunca vencía a un
enemigo solamente por la fuerza superior de los números. También flanqueaba a
su enemigo astutamente, no por un solo lado, sino por ambos. Los inocentes
circundantes eran criaturas que no merecían consideración alguna.
Por ejemplo, la vez en que se apoderó de cierta
propiedad de mil acres de un hombre llamado Grady, no estuvo satisfecho con
solamente el título de propiedad. Grady era propietario de un aeropuerto —lo
había sido toda su vida, y su padre antes que él—.Conant ejerció toda clase de
presiones sobre Grady y le encontró inconmovible. Finalmente unas persuasiones
atinadas impulsaron a las autoridades municipales a excavar una red de cloacas
a través del centro del campo de aterrizaje, lo cual bastó para arruinar el
negocio de Grady.
Sabedor de que esto le proporcionaría a Grady, que
era un hombre acaudalado, motivos para vengarse, Conant se hizo cargo del Banco
de Grady adquiriéndolo por su cuenta líquida y llevándolo a la quiebra. Grady
perdió hasta su último centavo y terminó su vida en un asilo. Conant estaba muy
orgulloso de sus tácticas.
Al igual que muchos otros que han atrapado el
becerro de oro por la cola, Conant no sabía cuando debía soltarla. Su vasta
organización le producía más dinero y poder que cualquier otra empresa en la
historia mundial, y sin embargo no estaba satisfecho.
Conant y el dinero eran como Kidder y la sapiencia.
Las actividades de Conant acumulándose en pirámides eran para él lo que los
neotericos eran para Kidder. Ambos se habían hecho su mundo privado; cada uno
lo usaba para su instrucción y provecho. Aunque Kidder, sin embargo, no
fastidiaba a nadie salvo a sus neotericos.
De todos modos, Conant no era un malvado completo.
Era un hombre astuto y había descubierto muy pronto el valor de agradar a la
gente. Ningún hombre puede robar con éxito años y años sin agradar a la gente a
quien roba. La técnica para lograrlo es altamente complicada, pero domínela y
ya puede montar su propia Casa de la Moneda.
El único gran temor de Conant era que Kidder se
tomase algún día interés en los acontecimientos del mundo y empezase a ponerse
terco. ¡Santo Cielo! ¡Qué gran poder en potencia poseía! Una menudencia como
influir en unas elecciones podría ser resuelto por un hombre como Kidder con la
misma facilidad con la que se cambiaba de lado en la cama.
Lo único que podía hacer era llamarle
periódicamente y ver si había algo, lo que fuese, que necesitara Kidder para
mantenerse siempre atareado. Kidder apreciaba esta atención. Conant, de vez en
cuando, le sugería algo a Kidder que le intrigaba, algo que le mantendría muy
metido en su ermita durante unas cuantas semanas.
La bomba de luz fue uno de los resultados de la
imaginación de Conant. Este le apostó que no podría hacerla. Kidder la hizo.
Una tarde oyó Kidder el agudo chillido de la
llamada del radiófono. Lanzando juramentos entre dientes, paró la proyección de
la película que estaba viendo y atravesó el recinto hasta llegar al viejo
laboratorio. Se dirigió al radiófono, insertando una clavija. El chillido cesó.
—¿Diga?...
—¿Qué tal, Kidder? —dijo Conant—. ¿Ocupado?
—No mucho —dijo Kidder.
Estaba encantado con las fotos que su cámara había
captado, revelando el hábil trabajo de una panda de neotericos obteniendo de
puro sulfuro caucho sintético. Le habría gustado explicárselo a Conant, pero
por lo que fuera nunca se le había ocurrido hablarle a Conant de los
neotericos, y no veía la razón por la cual iba ahora a hacerlo.
Conant dijo:
—Eso... Kidder, estuve el otro día en el club y
unos cuantos socios nos dedicábamos a pasar la velada charlando de todo un
poco. Salió a relucir algo que podría interesarle.
—¿Qué era?—Discutían un par de muchachos de los
servicios públicos. Usted ya conoce la distribución de la fuerza motriz en esta
nación ¿no es así? ¿Treinta por cien atómica, el resto hidroeléctrica, Diesel y
vapor?
—No me había enterado hasta ahora —dijo Kidder que
tenía la inocencia de un rorro con respecto a los acontecimientos normales.
—Bien, pues nos encontramos arguyendo sobre la
posibilidad que podía tener una nueva fuente de energía. Uno dijo que sería más
atinado producir la nueva energía y luego hablar de ella. Otro repudió esta
teoría; dijo que no podía producir esta nueva energía, pero sí describirla.
Dijo que tendría que poseer todo lo que las presentes fuentes tienen, más un
par de complementos nuevos. Por ejemplo, podría ser más barata. Podría ser más
eficiente. Podría superar a las demás siendo más fácil de transportar desde la
planta productora al consumidor. ¿Se da cuenta de lo que quiero decir?
Cualquiera de estos factores resultaría en una superación competitiva de la
actual energía. Lo que me gustaría ver es una nueva fuerza motriz con «todos»
esos factores. ¿Qué opina?
—No es imposible.—¿Opina que no?—Lo
intentaré.—Téngame al corriente.
El transmisor de Conant emitió el chasquido de
cierre. La clavija de cierre era solamente una pieza simulada, detalle que
Conant ignoraba. El aparato se cerraba auto—máticamente cuando Conant se
alejaba.
Después del chasquido de la clavija de cierre,
Kidder oyó al banquero murmurar:
—Si lo logra, estaré preparado. Si no, por lo menos
el estúpido loco seguirá ocupadísimo en la is...
Kidder ojeó el radiófono durante un instante,
enarcadas en alto las cejas y luego las volvió a bajar a la vez que sus
hombros. Era plenamente evidente que Conant tenía algo preparado en secreto,
pero eso no le preocupaba a Kidder. ¿Quién diablos en la tierra iba a desear
fastidiarle? El no importunaba a nadie. Regresó a su alojamiento de neotericos,
impregnado con la idea de la nueva energía.
Once días más tarde Kidder llamó a Conant y le dio
instrucciones específicas sobre cómo equipar su receptor de modo que a Kidder
pudiera enviarle material escrito por el éter.
Tan pronto como esto quedó hecho y Kidder
informado, el bioquímico por una vez en su vida habló con bastante profusión.
—Conant... usted coligió que una nueva fuente de
energía que resultase más económica, más eficiente y más fácil de transmitir
que las actuales no existía. Tal vez le interese el pequeño generador que acabo
de montar. Tiene energía, Conant, una potencia increíble. Bien, ahora esté
atento a su grabadora de facsímiles.
Kidder deslizó una hoja de papel bajo las grapas de
su transmisor y el diseño apareció en la pantalla registradora de Conant.
—Este es el diagrama del circuito para un receptor
de energía. Ahora escuche. El rayo de fuerza motriz es tan compacto, tan
altamente dotado de autonomía directriz que ni siquiera tres milésimas del uno
por ciento de la potencia se perderían en una transmisión de dos mil millas. El
sistema es cerrado. Es decir cualquier drenaje en la irradiación produce a la
vez una señal que regresa al transmisor, el cual automáticamente eleva en
exacta compensación el envío de energía. Tiene un límite, pero puede enviar ocho
diferentes irradiaciones con un total en caballos fuerza de unos ocho mil por
minuto y por destello. De cada destello puede sacar fuerza suficiente para
volver la página de un libro o mantener en vuelo un avión en la súper
estratosfera. Espere, que todavía no he terminado. Cada rayo como antes le
dije, devuelve una señal del receptor al transmisor. Esto no solamente controla
la energía producida por el rayo sino que la dirige. Una vez se establece el
contacto, el rayo radiogonométrico nunca cesa. Seguirá al receptor a cualquier
parte. Puede así dar energía a vehículos de tierra, mar y aire con ello, lo
mismo que a cualquier planta estacionaria. ¿Le gusta?
Conant, que era un banquero y no un científico se
secó la reluciente frente con el dorso de la mano y dijo:
—Que yo sepa usted nunca me ha timoneado
equivocadamente, Kidder. ¿Qué hay sobre el costo de este aparato?
—Elevado —replicó Kidder de inmediato—. Tan elevado
como el de una planta atómica. Pero no hay tendidos de alta tensión, ni cables,
ni tuberías de conducción, no hay nada. Los receptores son tan sólo un poco más
complicados que los de una radio. El transmisor es... bueno, es realmente
dificultoso.
—A usted no le tomó mucho tiempo hacerlo —dijo
Conant.
—No —dijo Kidder—, ¿verdad que no?
Representaba la obra total de la vida de unas mil
doscientas criaturas sumamente cultivadas, pero Kidder no iba a entrar en estos
detalles.
—Naturalmente, el transmisor que tengo es tan solo
una muestra a escala pequeña. La voz de Conant evidenciaba mucha tensión
repentina.
—¿Una... muestra? ¿Cuánto rinde?
—Unos sesenta mil caballos fuerza —dijo Kidder
gozosamente.
—¡Santo Cielo! En una máquina de tamaño natural un
transmisor sería suficiente para...
Las posibilidades del artefacto atragantaron a
Conant por un momento.
—¿Cómo es abastecido?
—No lo es —dijo Kidder—. No voy a empezar a
explicárselo o no terminaríamos nunca. He conectado una fuente de energía de
fuerza inconmensurable. Es... bueno, es enorme. Tan enorme que no debe hacerse
mal uso de ella.
—¿Cómo? —ladró Conant—. ¿Qué pretende decir con
eso?
Kidder levantó una ceja. Conant se traía «algo»
entre manos, entonces. Y ante este segundo indicio, Kidder, el menos receloso
de los hombres, empezó a ponerse en guardia.
—Pretendo sencillamente decir lo que he dicho
—manifestó suavemente—. No se esfuerce demasiado en comprenderme—porque apenas
lo logro yo mismo. Pero la fuente de esta energía es la resultante monstruosa
causada por el desequilibrio de dos fuerzas previamente igualadas. Estas
fuerzas igualadas son cósmicas en cuantía. De hecho, son las fuerzas que
hicieron soles, estallaron átomos al modo como trituraron aquellos que componen
el cortejo de Sirio. No es algo con lo cual se pueda jugar.
—Yo no acabo de... —dijo Conant y su voz se ahogó
en perplejidad.
—Le facilitaré una analogía —dijo Kidder—.
Supongamos que usted coge dos cañas de pescar, una en cada mano. Coloque sus
puntas juntas y empuja. En tanto presione directamente en el sentido de sus
ejes, la presión está igualada; las manos diestra y siniestra se anulan una a
otra. Ahora llego yo; alargo un dedo y toco las cañas lo más ligeramente
posible allá donde se unen. Restallan fuera de la línea violentamente; usted se
rompe un par de nudillos. La fuerza resultante está en proporción directa a la
fuerza original que usted ejerció. Mi transmisor de fuerza se basa en el mismo
principio. Basta una cantidad infinitesimal de energía para sacar a estas
fuerzas de sus casillas. Es bastante fácil cuando usted sabe cómo hacerlo. La
cuestión fundamental e importante es si usted puede o no controlar la
resultante cuando la obtiene. Yo puedo.
—Ya... comprendo —y Conant se deleitó por un
instante pensando en el mal ajeno—.El cielo ayude a las compañías
suministradoras de energía. Yo no pretendo hacerlo. Kidder... quiero un
transmisor tamaño natural.
Kidder cloqueó en el radiófono.—Es usted ambicioso
¿eh? Aquí no tengo personal, Conant, usted ya lo sabe. Y no se puede esperar
que a solas construya cuatro o cinco mil toneladas de instrumentos.
—En cuarenta y ocho horas le enviaré quinientos
ingenieros y operarios.
—No lo haga. ¿Por qué molestarme con tanta gente?
Soy completamente feliz aquí, Conant, y una de las razones es que no tengo a
nadie fastidiándome.
—Vamos, vamos, Kidder, no sea así. Le pagaré.
—No dispone de tanto dinero como para eso —dijo
Kidder aprisa. Incrustó la clavija en su aparato. La «suya» funcionaba. Conant
estaba furioso. Gritó varios minutos en el micro, y luego empezó a reclinarse
en el botón de llamada. En su isla, Kidder dejó chillar la señal y regresó a su
cuarto de proyección. Lamentaba 'haber enviado el diagrama del receptor a
Conant. Hubiera sido interesante abastecer un avión o un coche con la muestra
de transmisor que les quitó a los neotericos. Pero si Conant iba a ponerse
terco con aquello —bueno, de todos modos, el receptor no servía para nada sin
el transmisor. Cualquier ingeniero en radio sabría interpretar el diagrama,
pero no la fuerza que activaba el circuito. Y Conant no la obtendría nunca.
La pena es que no conocía suficientemente a Conant.
Las jornadas de Kidder se componían de
interminables incursiones por la ciencia. Nunca dormía, ni tampoco sus
neotericos. Comía regularmente cada cinco horas, haciendo ejercicio durante
media hora cada noche. No tenía noción del tiempo que transcurría, porque no
significaba nada para él.
Si hubiese querido saber la fecha, mes o año, le
bastaría con llamar a Conant para enterarse. Pero le tenía sin cuidado. El
tiempo que no consumía en observación lo empleaba en presentarles nuevos
problemas a los neotericos. Ahora sus pensamientos iban por la senda de la
defensa.
La idea nació de su conversación con Conant; la
idea era primaria y su motivación algo sin importancia. Los neotericos estaban
trabajando en un campo de vibración de naturaleza cuasi—eléctrica.
Kidder no le veía mucho valor práctico —un muro
invisible que mataría a cualquier ser viviente que lo tocase—. Pero de todos
modos, la idea era intrigante.
Se distendió apartándose del telescopio a través
del cual había estado vigilando sus criaturas en plena faena. Era profundamente
feliz allí en su amplia estancia de control. Abandonarla para ir al viejo
laboratorio en busca de cualquier cosa para nutrirse era algo que aborrecía.
Sentíase casi tentado de enviar un «adiós» cada vez que salía y saludar con un
complacido «hola» cuando regresaba. Casi burlándose de sí mismo en plácida
diversión, salió.
A pocas millas de la isla había una burbuja negra
—una canoa automóvil—. Kidder sede tuvo y la contempló con desagrado. Un blanco
pétalo de espuma de mar se adhería a cada lado del negro casco, que acudía
hacia Kidder.
Kidder bufó al recordar la vez que un yate cargado
de ociosos majaderos ancló por pura curiosidad cierta tarde, desparramándose
por su bienamada isla, acribillándole con preguntas propias de cerebros
tarados, y desmontándole el engranaje de su equilibrio nervioso. ¡Cómo
aborrecía a la grey llamada gente!
Los pensamientos desagradables procrearon otros dos
que germinaban semiconscientemente en sus lóbulos cerebrales mientras entraba
en su viejo laboratorio. Uno de los nuevos pensamientos era el de que tal vez
sería sensato circundar sus alojamientos con un campo de fuerza de alguna clase
y colocar rótulos con advertencias para los intrusos.
El otro pensamiento se relacionaba con Conant y la
vaga inquietud que el hombre le había emitido a través del radiófono en las
últimas semanas. Su sugerencia, dos días antes, de una planta de energía motriz
siendo construida en la isla, en su isla, ¡vaya idea más horrenda!
Conant se levantó de la banqueta del laboratorio al
entrar Kidder. Se miraron el uno al otro silenciosamente durante un largo rato.
Kidder no había visto al presidente del Banco hacía años. La presencia de aquel
hombre le produjo hormigueo en el cuero cabelludo.
—¿Qué tal? —dijo Conant cordialmente—. Tiene
aspecto de hallarse en buena forma. Kidder gruñó. Conant descansó de nuevo su
incómodo cuerpo en la banqueta y dijo:—Para ahorrarle el trabajo de hacer
preguntas, mister Kidder, le diré que llegué hace dos horas en un bote. Un
pésimo medio de viajar. Quise darle una sorpresa; mis dos tripulantes remaron
el último par de millas para desembarcarme. No está muy bien equipado para la
defensa de su propiedad ¿no es cierto? Cualquiera podría deslizarse y
sorprenderle como he hecho yo.
—¿Y quién, y para qué, iba a hacerlo? —refunfuñó
Kidder.
La voz del banquero le aguijoneaba en forma
fastidiosa dentro de su cerebro. Hablaba demasiado ruidosamente; por lo menos,
los oídos de eremita de Kidder percibían esta impresión. Kidder encogió los
hombros y fue a prepararse una ligera colación.
El banquero extrajo una cigarrera de platino.
—¿Le importa que fume?
—Sí. Mucho —dijo Kidder ásperamente—. No fume.
Conant rió con suavidad y volvió aguardarse la cigarrera. Dijo:
—Tal vez necesite instarle para que me deje montar
la estación de energía motriz en esta isla.
—¿No funciona el radiófono?
—Oh, sí. Pero ahora que estoy aquí no puede usted
cortarme la comunicación. Bien, ¿qué ha decidido?
—No he cambiado mi manera de pensar.
—Oh, pero debe hacerlo, Kidder, debe hacerlo.
Piense en ello, piense en el beneficio que representaría para las masas que
están pagando facturas exorbitantes de suministro de fluido.
—¡Detesto las masas! ¿Por qué tiene que edificar
aquí?
—Oh, es que este sitio es ideal. Usted es dueño de
la isla; los trabajos podrían comenzar aquí sin provocar ningún comentario, la
planta irrumpiría completamente acabada en los mercados de energía motriz de la
nación, al haber sido montada en secreto. La isla puede hacerse inexpugnable.
—No quiero ser importunado.
—No le importunaríamos. Haríamos la instalación en
el extremo norte de, la isla, a una milla y cuarto de usted y su laboratorio.
¡Ah!, por cierto, ¿dónde está la muestra del transmisor de potencia?
Kidder, llena la boca de alimento sintetizado,
ondeó la mano hacia una mesita sobre la cual se hallaba el modelo. Un asombroso
aparato intrincado, de apenas un metro cuadrado de plástico, acero y minúsculas
bobinas.
Levantándose, Conant fue a verlo de más cerca.
—¿Funciona, verdad? Suspiró hondamente y
agregó:—Kidder, de veras me sabe mal lo que voy a hacer, pero necesito
construir esta planta urgentemente. ¡Corson! ¡Robins!
Dos individuos de cuello de toro salieron de sus
escondites en las esquinas de la sala. Uno de ellos hacía oscilar
indolentemente un revólver por la guarda del gatillo.
—Estos caballeros seguirán mis órdenes sin la menor
reserva, Kidder. Dentro de media hora un grupo desembarcará, ingenieros y
contratistas. Empezarán a deslindar la punta norte de la isla para la
construcción de la planta. Estos dos. muchachos aquí presentes opinan
aproximadamente lo mismo que yo por lo que a usted se refiere. ¿Ponemos manos a
la obra con su cooperación o sin ella? Es algo sin importancia para mí el que
usted siga vivo o no por lo que a mi proyecto se refiere. Mis ingenieros pueden
duplicar su modelo.
Kidder no replicó. Había dejado de masticar cuando
vio a los pistoleros, y recordó de pronto que tenía que deglutir. Siguió
sentado, inclinado sobre su plato, sin moverse ni hablar.
Conant truncó el silencio dirigiéndose hacia la
puerta.
—Robins, ¿puede transportar aquel modelo?
El hombretón enfundó su arma, alzó delicadamente el
aparato y dio una cabezada aprobatoria.
—Llévalo a la playa y aguarde la otra lancha.
Dígale al ingeniero Johansen, que éste es el modelo sobre el cual ha de
trabajar.
Robins salió. Conant se volvió hacia Kidder.
—No es preciso que nos enfademos —dijo
untuosamente—. Creo que usted es obstinado, pero no se lo tomo en cuenta.
Comprendo lo que siente. Le dejaremos tranquilo; le doy mi palabra de honor.
Pero pretendo seguir adelante con este asunto, y una cosa insignificante como
la vida de usted no puede interponerse en mi camino.
Kidder dijo:
—¡Lárguese, fuera!
Dos venas hinchadas palpitaban en sus sienes. Su
entonación era baja y trémula.
—Muy bien. Buenos días, mister Kidder. Oh, por
cierto, es usted un diablo. Un diablo mañoso.
Nadie había calificado nunca de aquel modo al
escolástico mister Kidder hasta entonces.
—Me doy cuenta de la posibilidad de que usted
intente hacernos volar por los aires fuera de su isla. No lo haría si estuviese
en su lugar. Estoy dispuesto a darle lo que usted quiera, aislamiento. Quiero
lo mismo a cambio. Si me sucediese cualquier cosa mientras esté aquí, la isla
sería bombardeada por alguien que está a mi servicio. Voy a admitir que pueda
fallar mi piloto. Si fuera así, el Gobierno de los Estados Unidos intervendría.
Usted no lo deseará ¿verdad que no? Sería algo demasiado poderoso para que un
hombre solo pudiera hacerle frente. Lo mismo ocurrirá si la planta es saboteada
de cualquier modo después que yo regrese al continente. Podría usted hacerse
matar. Más que seguro sería usted importunado interminablemente. Gracias por
su... ¡ejem!... cooperación.
Sonriendo afectadamente el banquero salió, seguido
por su gorila taciturno. Kidder permaneció sentado largo tiempo sin moverse
Luego sacudió la cabeza, y la reclinó en sus palmas. Estaba enormemente
asustado; no tanto porque su vida estaba en peligro, sino a causa de que su
retiro y trabajo —su mundo—estaban amenazados.
Sentíase herido y azorado. No era un hombre de
negocios. No sabía manejar hombres. Toda su vida había huido de los humanos y
de lo que representaban para él. Parecía un niño asustado cuando los humanos se
le acercaban, rodeándole.
Al irse enfriando un poco su sangre, trató de
imaginar vagamente lo que ocurriría cuando la planta se inaugurase. Era
indiscutible que el Gobierno se interesaría en la novedad. A menos..., a menos
que por entonces Conant fuera el Gobierno.
Aquella planta era una fuente inimaginable de
fuerza, y no solamente de la clase de fuerza que hacía girar ruedas.
Levantándose regresó al mundo que era su hogar, un
mundo donde sus motivos eran comprendidos, y donde estaban aquellos que podían
ayudarle. En la mansión de los neotericos, nuevamente volvió a escaparse del
mundo de los humanos.
Kidder llamó a Conant a la semana siguiente, con
gran sorpresa por parte del banquero. Sus dos días en la isla habían puesto
bien en marcha las obras, y se fue cuando llegó el barco con el cargamento de
obreros y material. Estaba en estrecho contacto por radio con Johansen, el
ingeniero en jefe. Había sido una oferta de trabajo a ciegas para Johansen y
todo el resto del personal en la isla. Solamente los infinitos recursos del
Banco pudieron contratar a un hombre de la valía de Johansen, y al selecto personal
bajo sus órdenes directas.
La primera reacción de Johansen cuando vio el
modelo fue de éxtasis. Quiso contarles a sus amigos la maravilla de prodigio
que era aquel prototipo; pero la única instalación de radio estaba sintonizada
con el despacho privado de Conant en el Banco. Y los guardas armados de Conant,
uno por cada dos trabajadores, tenían órdenes estrictas de destruir cualquier
otro transmisor de radio apenas lo viesen.
Fue entonces cuando Johansen se dio cuenta de que
era un prisionero en la isla. Su inmediata cólera amainó cuando se puso a
meditar que ser un prisionero a cincuenta mil dólares por semana resultaba
tolerable. Dos de los obreros y un técnico pensaron de modo distinto, y
empezaron a mostrarse malhumorados un par de días después de su llegada.
Desaparecieron una noche, la misma noche en que fueron disparados cinco tiros
allá por la playa baja. Nadie hizo preguntas, y ya no hubo más conflictos.
Conant encubrió su sorpresa ante la llamada de
Kidder y fue tan ofensivamente jovial como siempre.
—¡Vaya qué bien! ¿Puedo hacer algo por usted?
—Sí, puede —dijo Kidder. Su voz era baja,
completamente desprovista de expresión—. Quiero que haga circular un aviso a
sus hombres para que no pasen más allá de la línea blanca que he trazado a
quinientos metros al norte de mis edificaciones, y que he tendido de litoral a
litoral.
—¿Aviso? Pero, mi querido asociado, tienen órdenes
de que usted no ha de ser molestado en modo alguno.
—Usted les ordenó. Muy bien. Ahora avíseles.
Circundando mis laboratorios tengo un campo eléctrico que matará cualquier cosa
viviente que lo penetre. No quiero tener asesinatos en mi conciencia. No habrá
muertes mientras no haya transgresores de límites. ¿Informará debidamente a sus
trabajadores?
—Oh, vamos, vamos, Kidder —reconvino el banquero—.
Eso era totalmente innecesario. Usted no será molestado. ¿Por qué...?
Pero se encontró hablando con un micro inactivo. No
iba a cometer la acción inútil devolver a llamar. En vez de ello conectó con
Johansen y le explicó la novedad. A Johansen no le gustó el oculto tañido del
aviso, pero repitió el mensaje y firmó la comunicación general.
A Conant le gustaba aquel hombre. Por un momento,
se sintió algo apenado por Johansen que nunca llegaría vivo al continente.
Pero aquel Kidder..., empezaba a convertirse en un
problema. Mientras sus armas fueran estrictamente defensivas no era una
verdadera amenaza. Pero sería cuestión de ocuparse de él cuando la planta
funcionase. Conant no se podía permitir el lujo de tener genios a su alrededor
a menos que estuvieran indiscutiblemente a su servicio.
El transmisor de energía y los planes altamente
ambiciosos de Conant estarían a salvo mientras Kidder campase a sus anchas.
Kidder sabía que, por el momento, podía contar con su trato más comprensivo por
parte de Conant que del lado de una horda de investigadores del Gobierno.
Kidder solamente abandonó su propia clausura una
vez después que el trabajo comenzó en el extremo norte de la isla, y ello
requirió toda su escasa diplomacia. Conocedor del origen de la energía de la
planta, conocedor de lo que sucedería si fuese mal tratada, le pidió permiso a
Conant para inspeccionar el gran transmisor cuando ya estaba casi terminado.
Asegurándose la vida al decidir que solamente
informaría a Conant cuando estuviera a salvo en su propio laboratorio,
desconectó su escudo protector y caminó hacia la puerta norte.
Contempló un espectáculo imponente. El modelo de un
metro había sido duplicado aproximadamente unas cien veces. Al interior de una
maciza torre de menor altura un espacio estaba relleno hasta casi la compacta
solidez con la misma intrincada madeja de bobinas, y varillas y barras que los
neotericos habían armado tan delicadamente en su aparto.
En la cúspide se hallaba un globo de bruñida
aleación dorada, la antena transmisora. De ahí saldrían a chorros miles de
apretados haces de energía que podrían ser conectados hasta cualquier grado con
los correspondientes miles de receptores colocados en cualquier parte y a
cualquier distancia.
Kidder se enteró que los receptores ya habían sido
construidos, pero su informador, Johansen, sabía poco sobre aquel otro remate y
decía menos. Kidder comprobó cada detalle de la estructura y cuando finalizó su
examen, sacudió la diestra de Johansen admirativamente.
—No quería este objeto aquí —dijo tímidamente—y no
lo quiero. Pero debo decir que es un placer haber visto esta clase de trabajo.
—Es un placer haber conocido al hombre que lo
inventó.
Kidder irradió satisfacción.
—No lo inventé —dijo—. Quizás algún día le enseñe
quién lo hizo. Yo..., bueno, adiós. Dio media vuelta antes de que se le
ocurriera hablar demasiado y partió sendero abajo.
—¿Ahora? —dijo una voz al lado de Johansen. Uno de
los guardas de Conant tenía el rifle preparado. Johansen empujó el brazo
armado.
—No.—Conque esto es la misteriosa amenaza del otro
extremo de la isla ¿eh? Pero ¡sí es un cacho de tipillo estupendo!
Edificada sobre las ruinas de Denver que fue
destruida en la gran Batalla de los Rockies durante la Guerra del Oeste
Occidental, se halla la más hermosa ciudad del mundo, la capital de nuestra
nación, Nuevo Washington.
En una estancia circular en lo más hondo del
corazón de la Casa Blanca, el presidente, tres militares y un paisano estaban
reunidos en junta.
Bajo el despacho del presidente un dictáfono
registraba sin ostentación cada palabra que se hablaba. A unas dos mil y pico
de millas, Conant inclinado sobre un receptor de radio, sintonizó para recibir
las señales del diminuto transmisor oculto en el bolsillo del paisano.
Uno de los militares habló:
—Señor presidente, las «demandas imposibles» que
hizo para su producto este caballero son absolutamente verdaderas. Nos ha
demostrado sin duda alguna cada párrafo de su folleto.
El presidente miró al paisano, y de nuevo al
oficial.
—No aguardaré su informe escrito —dijo—. Díganme,
¿qué sucedió? Otro de los militares se secó el rostro con un pañuelo caqui.
—No puedo pedir que nos crea, señor presidente,
pero de todos modos es verdad. Mister Whright aquí presente tiene en su
portafolios tres o cuatro docenas de pequeñas... ¡ejem!... bombas.
—No son bombas —dijo Wright como de paso.
—Muy bien, de acuerdo. No son bombas. Mister Wright
machacó dos de ellas en un yunque con un martillo pilón. No pasó nada. Colocó
otras dos en un horno eléctrico. Se redujeron a cenizas como si fueran
carboncillo vulgar. Dejamos caer una por el cañón de una pieza de grueso
calibre y lo disparamos. Nada.
Hizo una pausa y miró al tercer oficial, que tomó
el relevo.—Entonces empezamos realmente a movernos. Volamos al terreno de
pruebas, dejamos caer uno de los objetos y nos remontamos a siete mil metros.
Desde allí, con un detonador de mano no mayor que su puño de usted, señor
presidente, mister Wright puso en acción el objeto. Nunca he visto nada
parecido. Cuarenta acres de tierra subieron rectamente hacia nosotros,
desmenuzándose en cadena explosiva. La conclusión fue terrorífica, usted debió
notarla aquí, a cuatrocientas millas de distancia.
—La noté. Los sismógrafos al otro lado de la Tierra
la registraron.—El cráter que dejó tenía una profundidad de un cuarto de milla
en su centro. ¡Un avión cargado con estos objetos podría arrasar cualquier
ciudad! ¡Ni siquiera hace falta tomar puntería!
—Todavía no lo ha oído todo —intervino otro
oficial—. El automóvil de mister Wright está alimentado por una pequeña planta
generadora similar a los objetos citados. Nos hizo la demostración. No pudimos
encontrar huella de combustible de ninguna clase en el depósito, ni de ningún
otro mecanismo conductor. Pero con una planta generadora no mayor de seis
pulgadas cúbicas, este coche, transportando peso suficiente para darle
tracción, remolcó un tanque del ejército.
—¿Y la tercera prueba? —dijo el tercero, excitado—.
Colocó uno de los objetos en un modelo especial de bóveda blindada. Las paredes
eran de tres metros de espesor, con hormigón, súper—reforzado. Controló el
objeto desde una distancia de cien pasos. ¡Hizo...hizo volar aquella bóveda! No
fue una explosión —fue como si una fuerza expansiva increíblemente poderosa
rellenase el interior y evaporarse las paredes desde el interior. Se
agrietaron, rajaron y redujeron a polvo, mientras los tensores y barras de acero
volaron retorciéndose y silbando en fusión cómo... cómo... ¡fiuú! Después de
esto, él insistió en verle. Sabíamos que no era lo acostumbrado, pero él dijo
que tenía más cosas qué decir y solamente las diría en presencia de usted.
El presidente indagó gravemente:
—¿De qué se trata, mister Wright?
Wright se levantó, recogiendo su portafolio,
abriéndolo, y sacando un pequeño cubo de unas ocho pulgadas por lado, compuesto
de una especie de material rojo absorbente de luz. Cuatro hombres se apartaron
nerviosamente, ladeándose.
—Estos caballeros —empezó—han visto solamente parte
de las cosas que este dispositivo puede hacer. Voy a demostrarle a usted la
escrupulosa sensibilidad de control que es posible obtener con esto.
Hizo un ajuste con un diminuto botón a un lado del
cubo, colocándolo al borde de la mesa del presidente.
—Me han preguntado más de una vez si esto es
invención mía o si estoy representando a alguien. Esto último es la verdad.
También puede que les interese saber que el hombre que controla este hexaedro
minúsculo se halla ahora mismo a varios miles de millas de aquí. El, y
solamente él, puede evitar que esto haga explosión ahora que yo...
Había sacado su detonador del portafolios y
presionó un botón.
—...he hecho esto. Explotará del mismo modo que lo
hizo el que dejamos caer desde el avión, destruyendo por completo esta ciudad y
todo, cuánto hay en ella, exactamente dentro de cuatro horas. También
explotará...
Retrocedió incrustando una pequeña clavija en su
detonador.
—...si cualquier objeto moviente se acerca a menos
de tres pasos o si alguien abandona esta habitación, salvo yo. Si después de
irme, soy interceptado, este objeto detonará apenas una mano me toque. Ninguna
bala puede matarme lo suficientemente aprisa para evitar que yo ponga en acción
este objeto.
Los tres representantes del ejército estaban
silenciosos y quietos. Uno de ellos alzó muy levemente la mano para aflojarse
un poco el cuello de la camisa, empapada en frío sudor. Los otros no se
movieron. El presidente dijo llanamente:
—¿Cuáles son sus proposiciones?
—Una muy razonable. Mi patrón no opera abiertamente
por motivos obvios. Lo único que quiere es que usted acepte sus órdenes; para
nombrar los miembros del Gobierno que él designe, y emplear su influencia en
cualquier sentido que él dicte. El público, el Congreso, cualquiera, no
necesitan nunca saber nada de esto. Debo añadir que si usted acepta esta
proposición, esta —bomba» como la llaman ustedes, no funcionará. Pero tengan la
certeza absoluta de que miles de ellas están repartidas por toda la nación. Nunca
sabrán si están cerca de una de ellas. Si usted desobedece, significará la
instantánea aniquilación para usted y cualquier otra persona en un radio de
tres o cuatromillas cuadradas.
—Dentro de tres horas y cincuenta minutos —es decir
a las siete en punto —hay un programa de anuncios por radio en la Estación
RPRS. Usted hará saber al anunciador que tras la señal de sintonía de su
emisora, debe decir «De acuerdo». Pasará desapercibido para todos salvo para mi
patrón. No servirá de nada hacerme seguir; mi tarea ya la he cumplido. Nunca
volveré a ver ni entraré en contacto con mi patrón circunstancial. Eso es todo.
Buenas tardes, caballeros.
Wright cerró su portafolios con un chasquido muy de
hombre de negocios, se inclinó, y abandonó la estancia.
Cuatro hombres permanecieron petrificados
contemplando fijamente el pequeño cubo rojo.
—¿Creen que pueda hacer cuánto dijo? —preguntó el
presidente. Los tres asintieron mudamente. El presidente cogió su teléfono.
Había un fisgón escuchando cuánto iba sucediendo.
Conant, agazapado tras su gran mesa despacho en la
bóveda, donde tenía su «sanctum sanctorum», no lo sabía. Pero a su lado estaba
el bulto compacto del radiófono de Kidder. Su presencia lo ponía en
funcionamiento, y Kidder, en su isla, bendijo el día que se le ocurrió aquel
dispositivo.
Toda la mañana estuvo pensando en llamar a Conant,
pero titubeaba. Su encuentro con el joven ingeniero Johansen le había
impresionado fuertemente. El hombre era un científico cabal, poseído de un
deleite tan completo en la tarea que hacía, que por vez primera en su vida,
Kidder se encontró deseando finalmente ver a alguien.
Pero temía por la vida de Johansen si le traía al
laboratorio, ya que el trabajo de Johansen tenía que ser efectuado en la isla,
y Conant haría matar al ingeniero si se enteraba de la visita, temiendo que
Kidder influyese en él para sabotear el gran transmisor. Y si Kidder iba a la
planta probablemente le dispararían apenas le viesen.
Por fin se decidió a llamar a Conant.
Afortunadamente no dio la señal, sino que aumentó el volumen de su receptor
cuando la lucecita roja le indicó que el transmisor de Conant estaba
funcionando.
Curioso, oyó todo lo que ocurría en la cámara
presidencial a tres mil millas de distancia. Horrorizado, se dio cuenta de lo
que habían hecho los ingenieros de Conant. Instalados dentro de pequeños
recipientes había decenas de miles de receptores de energía. No tenían potencia
por sí mismos, pero, por control remoto, podían atraer en uno o en todos, los
billones de caballos de fuerza que la enorme planta de la isla estaba
irradiando.
Kidder permaneció ante su receptor, alelado. No
podía hacer nada. Si imaginaba algún medio de destruir la planta, el gobierno
intervendría sin la menor duda ocupando la isla, y entonces, ¿qué sería de él y
de sus preciados neotericos?
Otro sonido arañó brotando del receptor, un
programa de radio, comercial. Unos compases de música y a continuación:
—Estación RPRS, voz de la capital de la nación,
Distrito de Colorado del Sur.» La pausa de tres segundos era interminable.
—«Son ahora exactamente las... «De acuerdo.» Son exactamente las siete
«p.m.».Hora exacta por cortesía de Montaña Standard.»
Entonces se oyó una carcajada semi—demencial. Le
costó a Kidder creer que era Conant. Un teléfono tintineó. La voz del banquero:
—«¿Bill? Todo en marcha. Despega con tu escuadrón y
bombardea la isla. Ten cuidado con la planta, pero el resto lo reduces a
añicos. Hazlo rápido y regresa.
Casi histérico de miedo, Kidder se abalanzó hacia
la puerta, y salió corriendo para atravesar el recinto. Había quinientos
inocentes trabajadores en barracones a un cuarto de milla de la planta.
El único lugar seguro para cualquiera era la propia
planta, y Kidder no quería que fueran bombardeados sus neotericos.
Voló escaleras arriba y hasta el teletipo más
cercano. Tecleó con estrépito: «Consíganme una defensa. Quiero un escudo
impenetrable. ¡Urgente!» Las palabras brotaron debajo de sus dedos en la
escritura funcional de los neotericos. Había hecho lo que podía. Ahora tenía
que dejarles, y llegar a los barracones, para avisara aquellos hombres. Corrió
sendero arriba hacia la planta.
Un escuadrón de nueve aviones de alas recortadas y
nariz—mosquito se elevaron de una ensenada en el continente. No brotaba rumor
de los motores, porqué no había motores. Cada avión estaba abastecido de fuerza
por un diminuto receptor y dirigía sus casi invisibles alas, absorbentes de
luz, por el aire, con energía de la planta.
En cuestión de minutos se cernieron sobre la isla.
El jefe del escuadrón habló enérgicamente por el micro.
—Primero los barracones. Arrasen. Luego calcinen el
sur.
Johansen estaba a solas en una pequeña loma cerca
del centro de la isla. Llevaba una cámara y aunque sabía que sus posibilidades
de regresar jamás al continente eran prácticamente nulas, le gustaba tomar
fotos de su torre desde diversos ángulos.
La primera noción que tuvo de los aviones fue al
oír su silbido picando sobre los barracones. Permaneció paralizado, viendo
bajar la ducha de bombas que convirtió los dos barracones en una aplastada
ruina de madera astillada, metal y cadáveres.
La foto del rostro de buena fe de Kidder
relampagueó en su mente. El pobre hombrecillo, si bombardeaban el sur de la
isla el. ¡Su torre! ¿Iban a bombardear la planta?
Observó, completamente abrumado, como los aviones
volaban hacia el mar, daban media vuelta y volvían a picar. Parecían
concentrarse en el sur. Al tercer picado estuvo seguro de ello. No sabiendo que
podía hacer, corrió no obstante hacia los alojamientos de Kidder.
Contorneó un viraje en el sendero y chocó
violentamente con el pequeño bioquímico. El rostro de Kidder estaba escarlata
de resultas del ejercicio, y tenía el aspecto de mayor terror que jamás viera
Johansen.
Kidder ondeó la mano hacia el norte.
—¡Conant! —gritó para hacerse oír sobre el
estruendo—. ¡Es Conant! ¡Nos va a matara todos!
—¿Y la planta? —dijo Johansen, palideciendo.
—Está a salvo. ¡No tocará «aquello»! Pero... mis
instalaciones... ¿y que pasa con todos aquellos hombres.
—¡Demasiado tarde! —gritó Johansen.—Tal vez yo
pueda... Venga! —invitó Kidder, y ya estaba bajando por el sendero,
dirigiéndose al sur.
Johansen andaba pesadamente tras él. Las cortas
piernas de Kidder se convirtieron en un trazo borroso al pasar sobre ellos el
escuadrón, poniendo sus huevos en el lugar donde se habían tropezado ellos dos.
Al salir del bosque, Johansen aceleró, emparejando
con el científico y derribándole al suelo a menos de seis pasos de la línea
blanca.
—Pero...ro...—¡No avance más, majaredo! ¡Su propio
y condenado campo de energía... le matará!
—¿Campo de fuerza? Pero... pasé a través cuando iba
arriba... Vaya. Espere. Si puedo...
Kidder empezó a escarbar furiosamente por la
hierba. En unos segundos corrió hacia la línea, agarrando un gran saltamontes
en la diestra. Lo arrojó al otro lado de la línea. Cayó inerte.
—¿Ha visto? —dijo Johansen—. Se ha...
—¡Mire! ¡Saltó! ¡Vamos! No sé que es lo que falló,
a menos que los neotericos lo desconectasen. Ellos generaron este campo. Yo no.
—¿Los neo qué?
—Olvídelo —atajó el bioquímico, y echó a correr.
Ascendieron jadeantes las escaleras entrando en el cuarto de control de los
neotericos. Kidder adhirió sus ojos a un telescopio y chilló alegremente:
—¡Lo consiguieron! ¡Lo consiguieron!
—¿Quiénes...?
—¡Mi pequeño pueblo! Los neotericos! ¡Han fabricado
el escudo impenetrable! ¿No lo ve? ¡Atraviesa las líneas de energía que suben
hacia arriba en el campo de ahí fuera! ¡Su generador sigue manando hacia
arriba, pero las vibraciones no pueden salir! ¡Están a salvo! ¡Están a salvo!
Y el sobrexcitado ermitaño empezó a llorar Johansen
le contempló compasivo y meneó la cabeza.
—Claro, claro, sus hombrecillos están la mar de
bien. Pero nosotros no —agregó al estremecerse el suelo a efectos de la
detonación de una bomba.
Johansen cerró los ojos, logró equilibrarse y dejó
que su curiosidad superase a su miedo. Avanzó hacia el telescopio binocular, y
aplicó los ojos.
Allí abajo no había nada sino una lámina incurvada
de material gris. Nunca había visto un gris como aquel. Era absolutamente
neutro. No parecía blando y no parecía duro, y mirarlo hizo que su cerebro
girase en devanadera. Apartó los ojos, alzándolos.
Kidder estaba tecleando en un teletipo, acechando
ansiosamente la cinta amarilla.—No consigo llegar hasta ellos —gimoteó—. Ignoro
lo que está pasan... ¡Ah, «claro»!
—¿Qué?
—¡El escudo es totalmente Impenetrable! Los
Impulsos del teletipo no pueden atravesarlo o sino podría conseguir que ellos
extendiesen el biombo sobre el edificio...sobre toda la isla! ¡No hay nada que
esta gente no pueda hacer!
—Está loco —dijo Johansen en voz bajísima—. El
pobrecillo.
El teletipo empezó a tintinear agudamente. Kidder
se abalanzó encima, casi abrazándolo. Fue leyendo la cinta a medida que iba
saliendo. Johansen vio los caracteres, pero no significaban nada para él.
«Todopoderoso —leyó Kidder trémulo —te rogamos
tengas misericordia de nosotros y seas benévolo hasta que hayamos dicho lo que
tenemos que decir. Sin órdenes hemos bajado la pantalla defensiva que nos
ordenaste erigir. Estamos perdidos, oh magno Uno! Nuestra pantalla es en verdad
impenetrable, y por ello nos corta la comunicación de tus palabras en la
máquina de palabras. Nunca nosotros, en la memoria de ningún neotérico, hemos
estado sin tu palabra antes de ahora. Perdónanos nuestra acción. Esperaremos ansiosamente
tu respuesta.»
Los dedos de Kidder bailaron sabré las
teclas.—Ahora ya puedes mirar —jadeó—. ¡Vamos..., el telescopio! Johansen,
tratando de ignorar el silbido de muerte segura que caería de lo alto, miró.
Vio lo que parecía como tierra... fantásticos campos cultivados, un poblado más
o menos, fábricas, y seres. Todo se movía con increíble rapidez. No pudo ver ni
a uno de los habitantes, excepto como rayas blanco—sonrosadas flechándose en
todas direcciones.
Fascinado, contempló durante un largo minuto. Un
sonido a sus espaldas le hizo girarse. Era Kidder frotándose las manos
enérgicamente. Una ancha sonrisa dilataba su rostro.
—Lo hicieron —dijo alegremente, dichoso—. ¿Lo vio?
Johansen no lo vio hasta que empezó a darse cuenta
de que en el exterior había un silencio de muerte. Corrió a una ventana. Fuera
era de noche —la más negra de las noches—cuando tenía que ser crepúsculo.
—¿Qué sucedió?—Los neotericos —dijo Kidder, y rió
como un niño—. Mis amigos allí abajo. Tendieron a lo alto el escudo
impenetrable sobre la isla entera. ¡Ahora somos intocables!
Y ante las atónitas preguntas de Johansen, se
zambulló en la descripción de la raza de seres bajo ellos.
Fuera de la concha, ocurrían cosas. Nueve aviones
súbitamente se convirtieron en pesos muertos. Nueve pilotos planearon hacia
abajo, impotentes, sin fuerza motriz, y algunos cayeron al mar, y otros
golpearon la milagrosa concha gris que descollaba en lugar de una isla.
Y en el continente, un hombre llamado Wright se
sentaba en un coche, medio muerto de miedo, mientras hombres del gobierno le
rodeaban, aproximándose cautelosamente, desafiando una muerte instantánea
procedente de una fuente. Una fuente que ya había muerto.
En una estancia muy adentro de la Casa Blanca, un
oficial del ejército, de alta graduación, chilló:
—¡Ya no lo puedo aguantar más! ¡No puedo!
Y saltando, arrebató un cubo rojo de encima de la
mesa del presidente, reduciéndolo a un montoncito de objetos ineficaces bajo
sus relucientes botas.
Y pocos días después sacaron del Banco a un
arruinado anciano albergándolo en una casa de beneficencia donde murió a la
semana.
El escudo, como saben, era en verdad impenetrable.
La planta generadora quedó intacta y enviaba sus irradiaciones; pero no podían
salir fuera, y cualquier cosa potenciada desde la planta quedó sin uso,
inactiva.
El asunto nunca se hizo público, aunque durante
algunos años hubo una acrecentada actividad naval por las aguas de la costa de
Nueva Inglaterra. La Armada, según la creencia general, tenía un nuevo blanco
de tiro por allá, un gran hemi—ovoide de material gris. Aquella diana fue
bombardeada, torpedeada, machacada por baterías de máximo calibre, rociada con
toda clase de rayos, y marchitaron todo lo que estaba en torno, pero nunca ni
siquiera hicieron una abolladura en su lisa superficie.
Kidder y Johansen dejaron las cosas tal como
estaban. Eran suficientemente felices con sus investigaciones y sus neotericos.
Ni oyeron ni sintieron el machaqueo, porque el escudo era en verdad
impenetrable.
Sintetizaron su alimento, luz y aire de los
materiales a mano, y sencillamente todo lo demás les tenía sin cuidado. Eran
los únicos supervivientes del primer bombardeo.
Todo esto sucedió hace muchos años, y Kidder y
Johansen puede que estén hoy convida, puede que estén muertos. Pero esto no
importa mucho.
Lo importante es que aquella gran concha gris
continuará siendo vigilada. Los hombres mueren, pero las razas viven.
Algún día, los neotericos, después de innumerables
generaciones de inconcebible avance, derribarán su escudo y saldrán.
Cuando pienso en esto, me asusto.

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