© Libro N° 9022. El Emisario. Bradbury, Ray. Emancipación. Septiembre 5 de 2021.
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original: © El Emisario. Ray Bradbury
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Ray Bradbury
El Emisario
Ray Bradbury
EL EMISARIO
RAY BRADBURY
Supo que había llegado de nuevo el otoño, porque
Torry entró retozando en la casa, trayendo con él un refrescante olor a otoño.
En cada uno de sus perrunos rizos negros llevaba una muestra del otoño: tierra
húmeda, con la humedad peculiar de aquella estación, y hojas secas, color de
oro pajizo. El perro olía exactamente igual que el otoño.
Martin Christie se incorporó en la cama y alargó
una mano pálida y pequeña. Torry ladró y exhibió una generosa longitud de
lengua, la cual pasó una y otra vez por el dorso de la mano de Martin. Torry la
lamía como si fuera una golosina. "A causa de la sal", declaró
Martin, mientras Torry se encaramaba a la cama de un salto.
—Baja —le advirtió Martin—. A mamá no le gusta que
te subas a la cama. —Torry aplastó sus orejas—. Bueno...—condescendió Martin—.
Pero sólo un momento, ¿eh?
Torry calentó el delgado cuerpo de Martin con su
calor perruno. Martin aspiró intensamente el olor que se desprendía del perro,
un olor a tierra húmeda y a hojas secas. No le importaba que mamá gruñera.
Después de todo, Torry era un recién nacido. Recién salido de las entrañas del
otoño.
—¿Qué has visto por ahí, Torry? Cuéntamelo.
Tendido allí, Torry se lo contaría. Tendido allí,
Martin sabría qué aspecto tenía el otoño; como antes, cuando la enfermedad no
le había postrado en la cama. Ahora, su único contacto con el otoño era el
perro, con su olor a tierra húmeda y a hojas secas, color de oro pajizo.
—¿Dónde has estado hoy, Torry?
Pero Torry no tenía que contárselo. Martin lo
sabía. Había trepado hasta lo alto de una colina, por un sendero tapizado de
hojas secas, para ladrar desde allí su canino deleite. Había vagabundeado por
la ciudad pisando el barro formado por las intensas lluvias. Allí había estado
Torry.
Y los lugares visitados por Torry, podían ser
visitados después por Martin; porque Torry se los revelaba siempre por el
tacto, a través de la humedad, la sequedad o el encrespamiento de su piel. Y,
tendido en la cama, con l mano apoyada sobre Torry, Martin conseguía que su
mente reconstruyera cada uno de los paseos de Torry a través de los campos, a
lo largo de la orilla del río, por los senderos bordeados de tumbas del
cementerio, por el bosque...A través de su emisario, Martin podía ahora
establecer contacto con el otoño.
La voz de su madre se acercaba, furiosa.
Martin empujó al perro.
—¡Baja, Torry!
Torry desapareció debajo de la cama en el mismo
instante en que se abría la puerta de la habitación y aparecía mamá, echando
chispas por sus ojos azules. Llevaba una bandeja de ensalada y jugos de fruta.
—¿Está Torry aquí? —preguntó.
Al oír pronunciar su nombre, Torry golpeó
alegremente el suelo con la cola.
Mamá dejó la bandeja sobre la mesilla de noche, con
aire impaciente.
—Ese perro es una calamidad. Siempre está metiendo
las narices por todas partes y cavando agujeros. Esta mañana ha estado en el
jardín de Miss Tarkins, y ha excavado uno enorme. Miss Tarkins está furiosa.
—¡Oh! —Martin contuvo la respiración.
Debajo de la cama no se produjo el menor
movimiento. Torry sabía cuándo tenía que mantenerse quieto.
—Y no es la primea vez —dijo mamá—.¡El de hoy es el
tercer agujero que cava esta semana!
—Tal vez esté buscando algo.
—Lo que se está buscando es un disgusto. Es un
chafardero incorregible. Siempre está metiendo las narices donde no le importa.
¡Dichosa curiosidad!
Hubo un tímido pizzicato de cola debajo de la cama.
Mamá no pudo evitar una sonrisa.
—Bueno —concluyó—, si no deja de cavar agujeros en
los patios, tendré que atarle y no dejarle salir más.
Martin abrió su boca de par en par.
—¡Oh, no, mamá! ¡No hagas eso! Si lo hicieras, yo
no sabría...nada. Él me lo cuenta todo.
La voz de mamá se ablandó.
—¿De veras, hijo mío?
—Desde luego. Sale por ahí y cuando regresa me
cuenta todo lo que ocurre.
—Me alegro de que te lo cuente todo. Me alegro de
que tengas a Torry.
Permanecieron unos instantes en silencio, pensando
en lo que hubiera sido el año que acababa de transcurrir sin Torry. Dentro de
dos meses, pensó Martin, podría abandonar el lecho, según decía el médico, y
salir de nuevo a la calle.
—¡Sal, Torry!
Murmurando palabras cariñosas, Martin ató la nota
al collar del perro. Era un cartoncito cuadrado, con unas letras dibujadas en
negro:
Me llamo Torry. ¿Quiere hacerle una visita a mi
dueño, que está enfermo? ¡Sígame!
La cosa daba resultado. Torry paseaba aquel
cartoncito por el mundo exterior, todos los días.
—¿Le dejarás salir, mamá?
—Sí, si se porta bien y no cava más agujeros.
—No lo hará más. ¿Verdad, Torry?
El perro ladró.
***
El perro se alejó de la casa, en busca de
visitantes. El día anterior había traído a mistress Holloway, de la Elm Avenue,
con un libro de cuentos como regalo; el día antes Torry se había sentado sobre
sus patas traseras delante de míster Jacob, el joyero, mirándole fijamente.
Míster Jacob, intrigado, se había inclinado a leer el mensaje y se había
apresurado a hacerle una corta visita a Martin.
Ahora, Martin oyó al perro regresando a través de
la humeante tarde, ladrando, corriendo, ladrando de nuevo...
Detrás del perro, unos pasos ligeros. Alguien tocó
el timbre de la puerta, suavemente. Mamá respondió a la llamada. Unas voces
hablaron.
Torry corrió arriba, se encaramó al lecho de un
salto. Martin se inclinó hacia delante, excitado, con los ojos brillantes, para
ver quién subía a visitarle esta vez. Quizás miss Palmborg, o míster Ellis, o
miss Jendriss, o...
El visitante subía la escalera hablando con mamá.
Era una voz femenina, juvenil, alegre.
Se abrió la puerta.
Martin tenía compañía.
***
Transcurrieron cuatro días, durante los cuales
Torry hizo su trabajo, informó de la temperatura ambiente, de la consistencia
del suelo, de los colores de las hojas, de los niveles de la lluvia, y, lo más
importante de todo, trajo visitantes.
A miss Haight, otra vez, el sábado. Miss Haight era
la joven sonriente y guapa con el brillante pelo castaño y el suave modo de
andar. Vivía en la casa grande de Park Street. Era su tercera visita en un mes.
El domingo vino el reverendo Vollmar, el lunes miss
Clark y míster Henricks.
Y, a cada uno de ellos, Martin les explicó su
perro. Cómo en primavera olía a flores silvestres y a tierra fresca; en verano
tenía la piel caliente y el pelo tostado por el sol; en otoño, ahora, un tesoro
de hojas doradas ocultas entre su pelaje, para que Martin pudiera explorarlo.
Torry demostraba este proceso a los visitantes, tendiéndose boca arriba,
esperando ser explorado.
Luego, una mañan, mamá le habó a Martin de Miss
Haight, la joven guapa y sonriente.
Estaba muerta.
Había fallecido en un accidente de automóvil en
Glen Falls.
Martin estaba cogido a su perro, recordando a Miss
Haight, pensando en su modo de sonreír, pensando en sus brillantes ojos, en su
maravilloso pelo castaño, en su delgado cuerpo, en su andar suave, en las
bonitas historias que contaba acerca de las estaciones y de la gente.
Ahora está muerta. No sonreiría ni contaría
historias nunca más. Porque estaba muerta.
—¿Qué hacen en la tumba, mamá, debajo del suelo?
—Nada.
—¿Quieres decir que se limitan a estar tendidos
allí?
—A descansar allí —rectificó mamá.
—¿A descansar allí...?
—Sí —dijo mamá—. Eso es lo que hacen.
—No parece que tenga que ser muy divertido.
—No creo que lo sea.
—¿Por qué no se levantan y salen a dar un paseo de
cuando en cuando si están cansados de estar allí?
—Bueno, ya has hablado bastante por hoy —dijo mamá.
—Sólo quería saberlo.
—Pues ahora ya lo sabes.
—A veces creo que Dios es tonto.
—¡Martin!
Pero Martin estaba lanzado.
—¿No crees que podría tratar mejor a la gente, y no
obligarla a permanecer allí tendida, sin moverse? ¿No crees que podía encontrar
un sistema mejor? Cuando yo le digo a Torry que se haga el muerto, lo hace
durante un rato, pero cuando se cansa mueve la cola, y parpadea, y le dejo que
se levante y salte a mi cama...Apuesto lo que quieras a que a esas personas que
están en la tumba les gustaría poder hacer lo mismo, ¿verdad Torry?
Torry ladró.
—¡Basta! —dijo mamá, en tono firme—. ¡No me gusta
que hables de esas cosas!
***
El otoño continuó. Torry corrió a través de los
bosques, a lo largo de la orilla del río, por el cementerio, como era su
costumbre, y arriba y abajo de la ciudad, sin olvidar nada.
A mediados de octubre, Torry empezó a obrar de un
modo muy raro. Al parecer, no podía encontrar a nadie que viniera a visitar a
Martin. nadie parecía prestar atención a su cartoncito. Pasó siete días
seguidos sin traer a ningún visitante. Martin estaba profundamente
desilusionado por ello.
Mamá se lo explicó.
—Todo el mundo está ocupado, hijo mío. La guerra, y
todo eso...La gente tiene otras preocupaciones para andar leyendo los
cartoncitos que un perro lleva colgados al cuello.
—Sí —dijo Martin—, debe de ser eso.
***
Pero la cosa era algo más complicada. Torry tenía
un extraño brillo en los ojos. Como si en realidad no buscara a nadie, o no le
importara, o...algo. Algo que Martin no conseguía imaginar. Tal vez Torry
estaba enfermo. Bueno, al diablo con los visitantes. Mientras tuviera a Torry,
todo iba bien.
Y entonces, un día, Torry salió de casa y no
regresó.
Martin esperó tranquilamente al principio. Luego...
nerviosamente. Luego... ansiosamente.
A la hora de cenar oyó que papá y mamá llamaban a
Torry. No ocurrió nada. Fue inútil. No hubo ningún sonido de patas a lo largo
del sendero que conducía a la casa. Ningún ladrido desgarró el frío aire
nocturno. Nada, Torry se había marchado. Torry no iba a regresar a casa...
nunca.
Unas hojas cayeron más allá de la ventana. Martin
hundió el rostro en la almohada, sintiendo un agudo dolor en el pecho.
El mundo estaba muerto. Ya no había otoño, porque
no había ya ninguna piel que lo trajera a la casa. No habría invierno, porque
no habría unas patas humedecidas de nieve. No habría más estaciones. No habría
más tiempo. El emisario se había perdido entre el tráfago de la civilización,
probablemente aplastado por un automóvil, o envenenado, o robado, y no habría
más tiempo.
Martin empezó a sollozar. No tendría ya más
contacto con el mundo. El mundo estaba muerto.
***
Martin se enteró de que había llegado la fiesta de
Todos los Santos por los tumultos callejeros. Pasó los tres primeros días de
noviembre tumbado en la cama, mirando al techo, contemplando en él las
alternativas de luz y de oscuridad. Los días se habían hecho más cortos, más
oscuros, lo sabía por la ventana. Los árboles estaban desnudos. El viento de
otoño cambió su ritmo y su temperatura. pero sólo era un espectáculo en la
parte exterior de su ventana, nada más.
Martin leía libros acerca de las estaciones y de la
gente de aquel mundo que ahora no existía. Escuchaba todos los días, pero no
oía los sonidos que deseaba oír.
Llegó el viernes por la noche. Sus padres iban a ir
al teatro. Miss Tarkins, la vecina de la casa contigua, se quedaría un rato
hasta que Martin cayera dormido, y luego se marcharía a su casa.
Mamá y papá entraron a darle las buenas noches y
salieron al encuentro del otoño. Martin oyó el sonido de sus pasos en la calle.
Miss Tarkins se quedó un rato, y cuando Martin dijo
que estaba cansado, apagó todas las luces y se marchó a su casa.
A continuación, silencio. Martin permaneció tendido
en la cama, contemplando las estrellas que se movían lentamente a travé del
cielo. Era una noche clara, iluminada por la luz de la luna. Una noche para
vagabundear con Torry a través de la ciudad, a través del dormido camposanto, a
lo largo de la orilla del río, cazando fantasmales sueños infantiles.
Sólo el viento era amistoso. Las estrellas no
ladraban. Los árboles no se sentaban sobre sus patas traseras con expresión
suplicante. Sólo el viento agitaba su cola contra la casa de cuando en cuando.
Eran más de las nueve.
Si Torry regresara ahora a casa, trayendo con él
algo del mundo exterior... Un cardo, empapado en escarcha, o el viento en sus
orejas. Si Torry regresara...
Y entonces, en alguna parte, se produjo un sonido.
Martin se incorporó en la cama, temblando. La luz
de las estrellas se reflejó en sus pequeños ojos. Tendió el oído, escuchando.
El sonido se repitió.
Era tan leve como una punta de aguja moviéndose a
través del aire a millas y millas de distancia.
Era el fantástico eco de un perro... ladrando.
Era el sonido de un perro acercándose a través de
campos y arroyos, el sonido de un perro corriendo, lanzando su aliento al
rostro de la noche. El sonido de un perro dando vueltas y corriendo. Se
acercaba y se alejaba, crecía y disminuía, avanzaba y retrocedía, como si
alguien lo llevara cogido de una cadena. Como si el perro estuviera corriendo y
alguien le silbara desde atrás y el perro retrocediera, dando la vuelta, y
echara a correr de nuevo hacia la casa.
Martin sintió que la habitación giraba a su
alrededor, y la cama tembló con su cuerpo. Los muelles se quejaron con sus
vocecitas metálicas.
El débil ladrido siguió avanzando, creciendo más y
más.
¡Torry, ven a casa! ¡Torry, ven a casa! ¡Torry,
muchacho, oh, Torry! ¿Dónde has estado? ¡Oh, Torry, Torry!
Otros cinco minutos. Cada vez más cerca, y Martin
pronunciando el nombre del perro una y otra vez. Perro malo, perro malvado,
marcharse de casa y dejarle solo tantos días... Perro malo, perro bueno, ven a
casa, oh, Torry, ven a casa y cuéntamelo todo... Las lágrimas cayeron y se
disolvieron sobre el edredón.
Más cerca ahora. Muy cerca. En la misma calle,
ladrando. ¡Torry!
Martin oyó su respiración. El sonido de las patas
del perro en el montón de hojas secas, en el sendero que conducía a la casa. Y
ahora... junto a la misma casa, ladrando, ladrando, ladrando. ¡Torry!
Ladrando junto a la puerta.
Martin se estremeció. ¿Bajaría a abrir al perro, o
debía esperar que papá y mamá regresaran a casa? Esperar. Sí, tenía que
esperar. Pero sería insoportable si, mientras esperaba, el perro volvía a
marcharse. No, bajaría a abrir, y su querido perro saltaría a sus brazos otra
vez. ¡Torry!
Había empezado a escurrirse de la cama cuando oyó
el otro sonido. La puerta que se abría. Alguien había sido lo bastante amable
como para abrirle la puerta a Torry.
Torry había traído un visitante, desde luego. Mr.
Buchanan, o Mr. Jacobs, o quizás Miss Tarkins.
La puerta se abrió y se cerró y Torry corrió
escaleras arriba, entró en la habitación y se encaramó al lecho de un salto.
—¡Torry! ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho toda
esta semana?
Martin reía y lloraba al mismo tiempo. Se abrazó al
perro. Y entonces dejó de reír y de llorar, repentinamente. Se quedó mirando a
Torry con ojos asombrados.
El olor que había traído Torry era... distinto.
Era un olor a tierra. A tierra muerta. A tierra que
olía a putrefacción, a tumba. De las patas de Torry se desprendieron pegotes de
tierra putrefacta. Y... algo más. Un pequeño trozo blanquecino de... ¿piel?
¿Lo era? ¡Lo era! ¡LO ERA!
¿Qué clase de mensaje le traía Torry? ¿Qué
significaba aquel mensaje? La tierra era... la espantosa tierra del cementerio.
Torry era un perro malo. Siempre cavando donde no
debía.
Torry era un perro bueno. Siempre haciendo amigos
con la misma facilidad. Torry era un perro bueno. Todo el mundo simpatizaba con
él. Y Torry traía a la gente a casa.
Y ahora, el último visitante estaba subiendo la
escalera:
Lentamente. Arrastrando un pie detrás del otro,
penosamente, lentamente, lentamente, lentamente.
—¡Torry, Torry! ¿Dónde has estado? —gritó Martin.
Un pegote de tierra húmeda se desprendió del pecho
del perro.
La puerta de la habitación se abrió.
Martin tenía compañía.

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