© Libro N° 9021. Arrepiéntete, Arlequín!, Dijo El Señor Tictac. Ellison, Harlan. Emancipación. Septiembre 5 de 2021.
Título
original: © Arrepiéntete, Arlequín!,
Dijo El Señor Tictac. Harlan Ellison
Versión Original: © Arrepiéntete, Arlequín!, Dijo El Señor
Tictac. Harlan Ellison
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ARREPIÉNTETE, ARLEQUÍN!, DIJO EL SEÑOR TICTAC
Harlan Ellison
Arrepiéntete, Arlequín!,
Dijo El Señor Tictac
Harlan Ellison
Ganador del premio Nebula en 1965
Arrepiéntete, Arlequín!, dijo el señor TicTac
Nunca falta quien pregunta: «¿De qué se trata?» Para los que siempre necesitan preguntar,
para aquellos a quienes siempre hay que decir las cosas con todas las letras, y
que necesitan saber «dónde posan los pies», va esto:
La mayoría de los hombres sirve al estado, no como hombres principalmente, sino
como máquinas: con sus cuerpos. Son el ejército en pie, las milicias, los
celadores, los policías, las fuerzas de la ley. En muchos casos, no hay ningún
ejercicio libre del juicio, o del sentido moral; estos hombres se ponen al
mismo nivel que la madera, la tierra y las piedras; acaso tal vez puedan
fabricarse hombres de madera que sirvan a los mismos
fines. No inspiran más respeto que un títere o que un trozo de tierra. Su valor
es igual al de los perros o los caballos. Sin embarco, se les suele considerar
buenos ciudadanos. Otros —en su mayoría legisladores, políticos, juristas,
ministros y funcionarios— sirven al estado principalmente con su mente; y, dado
que muy rara vez hacen distinciones morales, son tan proclives a servir al
diablo, sin quererlo, como a Dios. Muy pocos, como los héroes, los patriotas,
los mártires, los reformistas en el sentido más elevado, y
los «hombres», sirven al estado también con sus conciencias, y así,
necesariamente, se
le oponen casi constantemente; por lo general, el estado suele tratarlos como a
enemigos.
Henry David Thoreau. Desobediencia civil. Allí está la raíz de todo. Ahora
comencemos por el medio, y luego sepamos el principio; el final se encargará de
sí mismo. Pero debido a que el mundo era precisamente así, precisamente como
dejaron que llegase a ser, durante meses sus actividades no atrajeron la
atención de Los que Mantienen la Maquinaria Funcionando Normalmente, de los que
engrasaban con el mejor lubricante los resortes y muelles de la cultura. Sólo
cuando fue evidente que, de algún modo, vaya a saberse cómo, se había
convertido en una celebridad, en una notoriedad, acaso en un héroe («sujeto a
quien la Oficialidad inevitablemente persigue») para «un segmento
emocionalmente perturbado de la población», sólo entonces fueron a ver al señor
Tic-Tac y a su maquinaria legal. Pero, por ser el mundo como era y porque no
tenían forma de predecir que él llegaría a existir —posiblemente un rebrote de
alguna enfermedad erradicada largo tiempo atrás que ahora volvía a surgir en un
sistema donde la inmunidad había quedado en el olvido—, posiblemente por eso se
le había dejado adquirir demasiada realidad. Ya tenía forma y sustancia. Había
adquirido una personalidad, algo que habían erradicado del sistema muchas décadas
atrás. Pero allí estaba, con su personalidad insoslayable y definida. En
ciertos
círculos —de la clase media— se lo consideraba una vulgar ostentación. Un
anarquista
de mal gusto. Una vergüenza. En otros, sólo había risillas: los estratos donde
el
pensamiento se reducía a la forma y el ritual, a lo apropiado y conveniente.
Pero más
abajo, ah, más abajo, donde la gente pedía santos y pecadores, pan y circo,
héroes y
villanos, se lo consideraba un Bolívar, un Napoleón, un Robín Hood, un Dick
Bong (As de Ases), un Jesús, un Jomo Kenyatta. Y arriba —donde cada temblor y
vibración amenaza con arrancar a los ricos, poderosos y nobles de sus mástiles,
se lo veía como a un peligro, como a un hereje, un rebelde o una desgracia. Se
lo conocía en el fondo, en el centro, pero las reacciones importantes se
producían mucho más arriba, y por debajo.
En la cúspide y en el extremo inferior. De modo que
buscaron la carpeta con su expediente, su tarjeta de tiempo y su cardioplaca, y
llevaron todo al despacho del señor Tic-Tac.
El señor Tic-Tac: muy por encima del metro ochenta,
adusto, un hombre suave y satisfecho cuando las cosas sucedían a su tiempo. El
señor Tic-Tac. Aun en los cubículos de la jerarquía, donde el temor se generaba
pero pocas veces se sufría, lo llamaban el señor Tic-Tac. Pero nadie se lo
decía ante la máscara.
Uno no llama a un hombre con un mote aborrecido cuando, detrás de su máscara,
ese hombre es capaz de revocar los minutos, las horas, los días y las noches,
los años de su vida. En su presencia, había que llamarlo Maestro Custodio del
Tiempo. Así era más seguro.
—Aquí dice qué es —observó el señor Tic-Tac con
genuina suavidad—, pero no quién es. Esta tarjeta de tiempo que tengo en la
mano izquierda contiene un nombre, pero es el nombre de lo que es, no de quién
es. La cardioplaca que sostengo en la derecha también
contiene un nombre, pero sólo de lo que es, no de quién es. Para poder efectuar
la debida revocación, necesito saber quién es éste que es. Y dijo a sus
funcionarios, a los fisgones, a los delatores, a los soplones, a los espías, a
los mirones:
—¿Quién es este Arlequín? — Ya no hablaba con voz
tan suave. Parecía el tictac de un reloj.
Sin embargo, nunca le habían oído decir un discurso
tan largo de un tirón. Ni los funcionarios, ni los fisgones, ni los delatores,
ni los soplones, ni los espías. Los mirones no, porque casi nunca andaban por
ahí y no sabían nada. Pero incluso ellos salieron disparados a averiguarlo.
¿Quién era el Arlequín?
En lo alto, sobre el tercer nivel de la ciudad, se
acurrucó sobre la plataforma vibrante, de marco de aluminio, de la aeronave
(¡Bah! ¡Aeronave, las cosas que hay que oír! ¡Es un aeropatín que parece una
coctelera! ¡Barato y mal acabado!), y observó el minucioso diseño Mondrian de
los edificios.
Cerca de allí, oyó el metronómico izquierda-derecha-izquierda del turno de las
14:47 que ingresaba en la planta de rulemanes Tim-kin, todos ataviados con
zapatillas de suela de goma. Precisamente un minuto después, oyó el
derecha-izquierda-derecha, algo más suave, del turno de las 5:00 que terminaba
la jornada.
Una sonrisa traviesa surcó sus rasgos bronceados y
por un instante se le vieron los hoyuelos. Luego, mientras se rascaba la
cabellera tupida y castaña, se encogió de hombros bajo el disfraz de bufón,
como si se preparara para lo que vendría. Empujó el mando hacia delante y se
inclinó hacia el viento cuando la aeronave perdió altura. Casi rozó una acera,
y con toda deliberación lo hizo descender un metro para arrugar las borlas de
las peripuestas damas, y tras meterse los pulgares en las inmensas orejas,
asomó la lengua, miró hacia arriba y se burló de ellas sin ningún rubor. Se
divirtió un poco. Una transeúnte perdió el equilibrio y cayó, lanzando paquetes
a diestra y siniestra; otra se mojó la ropa, una tercera se desmayó y cayó de
lado: la cinta peatonal se detuvo automáticamente cuando intervinieron los
socorristas para resucitarla. Se divirtió otro
poco. Luego giró sobre sí y se alejó montado en una ráfaga errante. ¡Hasta
luego!
Rodeó la cornisa del Edificio de Estudios sobre la
Traslación del Tiempo, y vio que el turno de empleados partía para abordar la
cinta peatonal. Con desplazamientos experimentados y absoluta conservación del
movimiento, se introducían de lado en la banda lenta y (en una coreografía que
recordaba una película de Busby Berkeley de laantediluviana década del 1930)
avanzaban a través de las cintas con paso de avestruz
hasta que quedaban alineados sobre la cinta expreso.
Una vez más, expectante, dejó asomar la sonrisa de
duende. En el lado izquierdo al fondo le faltaba una muela. Perdió altura, se
abalanzó sobre ellos y barrió el aire sobre sus cabezas. Luego, apretujándose
dentro de la aeronave, soltó las hebillas que aseguraban los extremos de los
sacos de factura casera para que la carga no cayese antes
de tiempo. A medida que las hebillas fueron abriéndose, mientras la aeronave
pasabasobre los obreros de la fábrica, ciento cincuenta mil dólares en
pastillas de goma cayeron formando una cascada sobre la cinta expreso.
¡Pastillas de goma! Miles de millones de caramelos púrpura, amarillos, verdes,
con sabor a uva, fresa y menta, redondas, suaves, azucaradas por fuera, tiernas
y carnosas por dentro, dulces y sabrosas. Saltando, sacudiéndose, rebotando,
tintineando, repiqueteando, cayeron sobre las cabezas, los hombros, los cascos
y las corazas de los
obreros de la planta Timkin, ensordecedoras, saltarinas y resbaladizas sobre
las cintas peatonales y bajo los pies, colmando el cielo con todos los tonos de
la felicidad, la infancia y las vacaciones, cayendo copiosamente como una
lluvia impenetrable, como una catarata sólida, como un torrente de color y
dulzura que derramaba el firmamento para irrumpir en un universo de cordura y
orden metronómico con la novedad medio lunática de lo inverosímil. ¡Pastillas
de goma!
Los obreros del turno gritaron y rieron mientras
los apedreaba el insólito granizo. Rompieron filas mientras las golosinas
lograban abrirse paso por entre el mecanismo de las cintas. Se oyó un arañazo
horripilante, como si millones de uñas rasparan un millón de pizarras. Después,
algo que pareció una tos y un escupitajo. De pronto, las cintas se
detuvieron y la gente salió disparada para aquí y para allá en un revuelo de
piernas y brazos, mientras todo el mundo reía a mandíbula batiente y se
arrojaba pastillitas decolorines a la boca. Era una fiesta, una dicha, una
absoluta locura, un regalo. Pero...
El turno se retrasó siete minutos. La gente regresó al hogar siete minutos más
tarde.
El programa maestro llevaba un desfase de siete minutos.
Durante siete minutos, las estimaciones de producción se retrasaron por culpa
de las cintas peatonales detenidas.
Él empujó la primera ficha de dominó de la hilera
y, una tras otra, fueron cayendo las demás, chic, chic, chic.
El Sistema se alteró por valor de siete minutos.
Era una cuestión ínfima, apenas digna de mención, pero en una sociedad en que
la única fuerza motriz era el orden, la unidad, la igualdad, la rapidez, la
precisión de reloj, la atención al reloj, la veneración a los dioses que regían
el paso del tiempo, fue un desastre de consideración.
Así pues, le ordenaron que se presentara ante el
señor Tic-Tac. La noticia fue
transmitida por todos los canales de la red de comunicación. Se le ordenó que
estuviese allí a las 7:00 en punto. Ellos esperaron y esperaron, pero él sólo
se presentó a las diez y media, hora en que se limitó a cantar una tonada sobre
la luna en un sitio del que nadie había oído hablar, llamado Vermont, y volvió
a desaparecer. Pero lo habían estado esperando desde las siete, y eso causó
auténticos estragos en su programa. De modo que
la pregunta siguió sin respuesta: ¿Quién era el Arlequín? Pero lo que nadie
preguntó (más importante aún que lo otro) fue: ¿cómo hemos llegado
a esta situación, en que un bufón irresponsable y jocoso, de jerga y jerigonza,
es capaz de perturbar toda nuestra vida económica y cultural con ciento
cincuenta mil dólares de pastillas de goma...?
¡Pastillas de goma, por el amor de Dios! ¡Pero si
es una locura! ¿Dónde habrá
conseguido el dinero para comprar ciento cincuenta mil dólares en pastillas de
goma? (Sabían que debía de haberle costado eso, pues un equipo de Analistas de
Situación abandonaron cualquier otra tarea y corrieron a las cintas peatonales
para recoger y contar los dulces, y para obtener evidencias, lo cual perturbó
su propio programa y puso patas arriba toda su sección al menos durante una
jornada de trabajo.) ¡Pastillas de
goma! ¿Pastillas de... goma? ¡Un segundo —segundo del que hubo que dar cuenta—!
Hace cien años que no se fabrican pastillas de goma. ¿Dónde las habrá
conseguido?
Ésa es otra pregunta interesante. Aunque, con toda seguridad, la respuesta
nunca os satisfará por completo. Pero, al fin y al cabo, ¿cuántas respuestas lo
logran? Ya conocéis el medio. Aquí va el comienzo. Todo empezó así:
Un dietario. Día por día, uno por página. 9:00: abrir la correspondencia. 9:45:
cita con la Comisión de Planeamiento. 10:30: analizar con J. L. los diagramas
de progreso en la instalación. 11:45: orar para que llueva. 12:00: almuerzo.
Etcétera, etcétera. «Lo siento, señorita Grant, pero la hora para las
entrevistas se fijó a las 14:30, y ya son casi las cinco. Lamento que se haya
retrasado, pero así son las reglas. Tendrá que esperar hasta el próximo año
para poder presentar la solicitud de ingreso en este colegio.» Etcétera,
etcétera.
El tren local de las 10:10 tiene paradas en
Cresthaven, Galesville, Tonawanda Junction, Selby y Farnhurst, pero no en
Indiana City, Lucasville y Colton, salvo los domingos. El expreso de las 10:35
para en Galesville, Selby e Indiana City, salvo los domingos y feriados, días
en los cuales para en... Etcétera, etcétera.
«No pude esperarte, Fred. Tenía que estar en casa
de Pierre Cartain a las 15:00, y tú dijiste que nos encontraríamos bajo el
reloj de la terminal a las 14:45. Como no estabas allí, me fui. Siempre llegas
tarde, Fred. Si hubieras estado a la hora convenida, habríamos podido arreglar
el asunto juntos, pero como no llegaste a tiempo, pues... tuve que hacer el
encargo sólo a mi nombre...» Etcétera, etcétera. «Queridos Sr. y Sra. Atterley:
Con referencia a la constante impuntualidad de su hijo
Gerold, nos vemos en la obligación de expulsarlo de la escuela a menos que
pueda instaurarse algún método más riguroso para asegurar que llegue a sus
clases a la hora debida. Dado que es un estudiante ejemplar y que sus notas son
altas, su constante alteración de los programas y horarios nos impide
mantenerlo en un sistema donde los demás niños parecen capaces de llegar a
donde deben con puntualidad, y etcétera,
etcétera.»
NO PODRÁ VOTAR SI NO SE PRESENTA A LAS 8:45.
«¡No me importa que el guión sea bueno! ¡Lo necesito el jueves!»
HORARIO DE SALIDA: 14:00. «Ha llegado usted tarde. El empleo está ya ocupado.
Lo siento.»
SE HAN DESCONTADO DE SU SUELDO VEINTE MINUTOS DE
TIEMPO PERDIDO.
«¡Dios mío! ¡Qué tarde se ha hecho, tengo que salir
pitando!» Etcétera. Etcétera.
Etcétera. Etcétera cétera cétera tera tera tic tac tic tac tic tac hasta que
llega el día en que el tiempo ya no está a nuestro servicio, sino que nosotros
comenzamos a servir al tiempo, a ser esclavos de los horarios, pastores del
paso del sol por el firmamento, sujetos a una vida tejida en torno de
restricciones porque el sistema no funciona si no
respetamos los programas como corresponde.
Hasta que llegar tarde pasa a ser más que un
pequeño inconveniente. Se convierte en un pecado. Luego, en un delito. Más
tarde en un crimen que se castiga así: «EL 15 DE JULIO DE 2389 A LAS 0:00:00,
el Departamento del Maestro Custodio del Tiempo requerirá que todos los
ciudadanos entreguen sus tarjetas de tiempo y cardioplacas para su
procesamiento. Según el Estatuto 555-7-SGH-999, que reglamenta la revocación de
tiempo per capita, todas las cardioplacas se ajustarán a cada titular,
y...»
En realidad crearon un método para cercenar la extensión de vida de las
personas. Si uno se retrasaba diez minutos, perdía diez minutos de vida. Una
hora de retraso merecía idéntico lapso de revocación. Si alguien persistía en
su impuntualidad, podía encontrarse con que, un domingo a la noche, llegaba una
notificación del Maestro Custodio del Tiempo en la que se le informaba que su
tiempo había concluido, y que sería «desactivado» el lunes a las doce del
mediodía, y que tuviera a bien dejar en ordensus asuntos, caballero, dama o
bisexual.
Así se mantenía en funcionamiento el Sistema:
mediante ese sencillo trámite científico (que se apoyaba en procesos
tecnológicos celosamente guardados por el Departamento del Maestro Custodio del
Tiempo). Con ello bastaba. Después de todo, era un procedimiento patriótico.
Había que cumplir los horarios. ¡Después de todo, estábamos en guerra!
Pero ¿acaso no se está siempre en guerra?
—¡Qué desagradable! —exclamó el Arlequín cuando la
Bella Alice le mostró la lámina de «Se Busca»—. Desagradable» y muy poco
probable. Después de todo, no estamos en la época del Lejano Oeste. ¿Una
pancarta de «Se Busca»?
—No sé si te he dicho que hablas con demasiada inflexión —observó la Bella
Alice.
—Lo siento —respondió el Arlequín, humilde.
—No tienes por qué lamentarte. Te pasas el día diciendo «Lo siento». Ay,
Everett, cargas con una culpa tan impresionante... Es una verdadera pena...
—Lo siento —repitió, y luego frunció los labios. Los hoyuelos asomaron
fugazmente.
No había querido decirlo—. Debo volver a salir. Tengo algo que hacer.
La Bella Alice descargó el cuenco de café sobre el mostrador.
—¡Por amor de Dios, Everett! ¿No puedes quedarte en casa una sola noche?
¿Siempre tienes que pasearte con ese espantoso traje de bufón, corriendo como
un extraviado y ofuscando a la gente?
—Tengo que... —Se detuvo y se acomodó el sombrero
de payaso sobre la cabellera castaña con un tintineo de cascabeles. Se levantó,
enjuagó el cuenco de café bajo el grifo rociador y lo puso un momento en el
secador—. Tengo que irme.
La mujer no respondió. El fax ronroneaba. Fue hasta
él, extrajo una hoja, la leyó y se la arrojó a través del mostrador.
—Se trata de ti. Como siempre. Eres ridículo.
La leyó deprisa. Decía que el señor Tic-Tac trataba de localizarlo. No dejó que
la noticia lo preocupara. Saldría una vez más, para llegar tarde nuevamente. Al
llegar a la puerta buscó alguna línea de salida y se volvió hacia atrás con
petulancia.
—¡Para que te enteres, tú también hablas con
inflexión!
La Bella Alice alzó los ojos hacia el techo.
—Eres ridículo.
El Arlequín partió y quiso cerrar de un portazo, pero la puerta se cerró por
sus propios
medios, suave y lentamente.
Se oyó un débil toc-toc. La Bella Alice se levantó con un exasperado suspiro y
abrió la
puerta. No se había ido.
—Regresaré a las diez y media, ¿está bien?
Ella asomó su rostro desolado.
—¿Por qué me dices estas cosas? ¿Por qué? Sabes que llegarás tarde. ¡Lo sabes
mejor
que yo! Siempre te retrasas; ¿qué necesidad tienes de decirme estas tonterías?
—Cerró
la puerta.
Al otro lado, el Arlequín asintió. «Tiene razón. Siempre tiene razón. Llegaré
tarde.
Siempre llego tarde. ¿Qué necesidad tengo de decirle estas tonterías?»
Se encogió de hombros y partió, para llegar tarde una vez más.
Disparó los cohetes lanzahumos y dibujó en el firmamento: «Exactamente a las
8:00
acudiré a la 115a Convención Anual de la Asociación Médica Internacional.
Espero que
podáis acompañarme.»
Las palabras ardieron en el cielo, y, desde luego, las autoridades se
presentaron para
esperarlo. Supusieron, naturalmente, que llegaría tarde. Llegó veinte minutos
temprano,
mientras sujetaban las redes que debían atraparlo. Les habló por un altavoz
estruendoso
que los sobresaltó y los sacó de quicio. Tanto, que sus propias redes pegajosas
se
cerraron sobre ellos y los dejaron pendiendo por encima del anfiteatro, entre
pataleos y
aullidos. El Arlequín empezó a reír y a reír, y se disculpó profusamente. Los
médicos,
reunidos en cónclave solemne, estallaron en carcajadas, y aceptaron las
disculpas del
Arlequín con exageradas inclinaciones de cabeza y reverencias. Todos se
divirtieron a
más no poder y pensaron que el Arlequín era un payaso de calzón y faralá.
Todos, claro
está, menos las autoridades, que habían sido enviadas por orden del señor
Tic-Tac, y
que quedaron colgando como carga a la estiba sobre el suelo del anfiteatro, del
modo
más inapropiado.
(En otra parte de la misma ciudad donde el Arlequín efectuaba sus
«actividades»,
sucedía algo totalmente ajeno a lo que aquí nos concierne, pero que, sin
embargo, ilustra
el poder y la coerción del señor Tic-Tac. Un hombre llamado Marshall Delahanty
recibía su aviso de desactivación del departamento del señor Tic-Tac. Su esposa
tomó la
nota de manos del empleado de traje gris que había ido a entregarla, con la
tradicional
«expresión de condolencia» estampada horrorosamente en el rostro. La mujer supo
de
qué se trataba aun antes de abrirla. Era una esquela que, en esos días, todos
reconocían
de inmediato. Contuvo el aliento y la sostuvo lejos de su cuerpo como si se
tratara de
un portaobjetos impregnado de botulismo; oró por que no fuese para ella. «Que
sea para
Marsh —pensó, con brutalidad y realismo—, o para alguno de los niños, pero no
para
mí. Dios santo, por favor, que no sea para mí.» Entonces la abrió, y era para
Marsh. La
mujer sintió alivio y espanto al mismo tiempo. La bala había dado al soldado de
atrás.
—Marshall —gritó—. ¡Marshall! ¡Te desactivarán, Marshall! ¡Ay Dios-mío,
Marshall,
qué haremos-Marshall-qué-haremos-Dios-mío...!
Y esa noche, en su casa, sólo se oyó el ruido del papel hecho trizas, y el
ruido del
miedo, y por las chimeneas sólo subió el olor a desesperación: no había nada,
absolutamente nada que pudieran hacer.
Pero Marshall Delahanty trató de escapar. Y al día siguiente, bien temprano,
cuando
llegó el momento de la desactivación, estaba en lo más profundo del bosque
canadiense,
a trescientos veinte kilómetros de allí. El departamento del señor Tic-Tac
desactivó su
cardioplaca, y Marshall Delahanty se hincó doblado en dos, mientras corría. El
corazón
se le detuvo y la sangre se secó durante el trayecto al cerebro. Se murió. Eso
fue todo.
Sobre el mapa que había en el departamento del Maestro Custodio del Tiempo, se
extinguió una lucecita, mientras la notificación entraba en proceso para ser
reproducida
por facsímil. El nombre de Georgette Delahanty fue sumado a las listas de los
beneficiarios con el socorro asistencial hasta que pudiera volver a casarse.
Con esto
termina la digresión, y todo lo que había que aclarar, pero no os riáis, pues
es lo que le
sucedería al Arlequín si alguna vez el señor Tic-Tac descubría su nombre
verdadero. No
tiene nada de gracioso.)
El nivel comercial de la ciudad brillaba, abigarrado con los colores que la
gente usaba
los jueves para ir de compras: mujeres con túnicas amarillo canario, y hombres
con traje
seudotirolés, de cuero y color jade, que les sentaban muy ajustados, salvo por
los
pantalones bombachos.
Cuando el Arlequín apareció en la cúpula aún en construcción del nuevo Centro
de
Compras Eficientes con el altavoz sobre los labios sonrientes, todos los
señalaron,
boquiabiertos. Pero él los amonestó:
—¿Por qué dejan que los manden como a esclavos? ¿Por qué dejan que los hagan
correr
y apresurar como hormigas? ¡Tómense su tiempo! ¡Entreténganse por ahí un rato!
¡Disfruten del sol, de la brisa, dejen que la vida los conduzca a su propio
ritmo! No sean
esclavos del tiempo, es una forma diabólica de morir lentamente, poco a poco.
¡Fuera el
señor Tic-Tac!
¿Quién será ese lunático?, se preguntaron casi todos los clientes. ¿Quién será
ese loc...
ay, Dios, debo darme mucha prisa, o llegaré tarde...
Los obreros que trabajaban en la cúpula del Centro Comercial recibieron un
aviso del
Maestro Custodio del Tiempo. En él se les decía que el peligroso criminal
conocido
como «Arlequín» se encontraba en lo alto de la torrecilla, y que debían prestar
su ayuda
con suma urgencia para capturarlo. Los obreros se negaron: perderían tiempo
previsto
para el programa de la construcción. Pero el señor Tic-Tac se las arregló para
mover los
hilos gubernamentales precisos: se les ordenó que dejaran el trabajo y que
atraparan a
ese loco que había en la torre, a través de un altavoz. Así pues, unos doce
hombres
robustos comenzaron a trepar por los andamios, con las placas antigravedad,
hacia el
Arlequín.
Después del desorden desastroso (durante el cual no hubo víctimas graves,
gracias a la
consideración del Arlequín por la seguridad personal), los obreros trataron de
organizarse y apresarlo, pero fue demasiado tarde. Se había esfumado. Con todo,
logró
atraer a una multitud nada desdeñable, y el ciclo de compras previsto se demoró
durante
horas y horas. Así, las demandas de compras del sistema se vieron retrasadas y
hubo
que tomar medidas para acelerar el ciclo durante el resto de la jornada. Pero
como el
primer ciclo se retrasó y luego se adelantó, se vendieron demasiadas válvulas
de
flotador y no suficientes cojinetes, lo cual provocó un fallo en las
estimaciones, lo cual,
a su vez, hizo necesario enviar cajas y más cajas de Smash-0 perecedero a
tiendas que
por lo general sólo necesitaban una cada tres o cuatro horas. Los envíos se
trastocaron,
en los transbordos se confundieron los destinos, y, por fin, hasta la industria
de los
aeropatines sufrió las consecuencias.
—No vuelvan hasta que no lo hayan capturado —dijo el señor Tic-Tac con voz muy
serena, muy sincera, extremadamente peligrosa.
Usaron perros. Usaron sondas. Usaron entrecruzamientos de cardioplacas. Usaron
señuelos. Usaron el soborno. Usaron la delación. Usaron la intimidación. Usaron
tormentos. Usaron torturas. Usaron servicios de bribones y de policías. Usaron
pesquisas. Usaron celadas. Usaron incentivos. Usaron huellas dactilares. Usaron
el
sistema Bertillon. Usaron astucias, culpas y traiciones. Usaron a Raoul
Mitgong, pero
no les sirvió de gran cosa. Usaron la ciencia aplicada. Usaron técnicas de
criminología.
Y, qué demonios, al final lo atraparon.
Al fin de cuentas, su nombre era Everett C. Marm, y no era gran cosa: sólo un
hombre
sin sentido del tiempo.
—Arrepiéntete, Arlequín! —dijo el señor Tic-Tac.
—¡Vete a la porra! —replicó el Arlequín, desdeñoso.
—Tus retrasos suman un total de sesenta y tres años, cinco meses, tres semanas,
dos
días, doce horas, cuarenta y un minutos, cincuenta y nueve segundos punto cero
tres seis
uno uno uno micro-segundos. Has empleado todo lo que tenías, y más aún. Voy a
desactivarte.
—Vete a asustar a otro. Prefiero morir antes que vivir en un mundo opaco con un
hombre del saco como tú.
—Es mi trabajo.
—Te sale hasta por las orejas. Eres un tirano. No tienes derecho a mandar a las
personas
como si fueran esclavos y a matarlas cuando llegan tarde.
—No puedes adaptarte. No encajas en el sistema.
—Suéltame, y verás cómo te encajo el puño contra los dientes.
—Eres un inconformista.
—Eso antes no era ningún delito...
—Pues ahora lo es. Vive en el mundo que te rodea.
—Lo odio. Es un mundo atroz.
—No todos comparten tu opinión. A casi todo el mundo le gusta el orden.
—A mí, no. Y a casi toda la gente que conozco, tampoco.
—No es cierto. ¿Cómo crees que te capturamos?
—No me interesa saberlo.
—Una chica llamada Bella Alice nos dijo dónde te encontrabas.
—Mentira.
—Es cierto. Tú la sacas de quicio. Quiere formar parte de la sociedad, quiere
sentirse
satisfecha. Voy a desactivarte.
—Pues entonces hazlo, y déjate de discusiones.
—No voy a desactivarte.
—¡Eres un imbécil!
—¡Arrepiéntete, Arlequín! —dijo el señor Tic-Tac.
—¡Vete a la porra!
Lo enviaron a Coventry. Y en Coventry lo programaron. Fue como lo que le hacían
a
Winston Smith en “Mil novecientos ochenta y cuatro”, que era un libro del que ellos
nada sabían, sólo que las técnicas eran cosa muy antigua. Eso hicieron con
Everett C.
Marm. Así, un día, mucho tiempo después, el
Arlequín apareció en la red de
comunicación con aspecto de duende, hoyuelos y ojos brillantes. No parecía que
le hubieran lavado el cerebro. Dijo que había estado equivocado, que era algo
bueno — muy bueno—integrarse al sistema, ser puntual y no andar perdiendo
tiempo por ahí.
Todos lo miraron en las pantallas públicas que
cubrían toda una manzana, de esquina a esquina, y se dijeron «ya ves, después
de todo, no era ningún loco. Si así funciona el sistema, pues que siga
haciéndolo. De nada sirve luchar contra la burocracia municipal, o, en este
caso, contra el señor Tic-Tac». De modo que Everett C. Marm fue destruido, lo
cual fue una verdadera lástima, por lo que Thoreau dijo antes, pero nadie puede
hacer una tortilla sin romper los huevos, y en toda revolución mueren unos
cuantos que no lo merecen; así va la cosa; a veces sucede, y uno se conforma
sólo con poder imponer un pequeño cambio. O, para decirlo más explícitamente:
—Ejem, perdóneme, señor..., hum..., no sé cómo...,
eh..., decírselo, pero ha llegado tres minutos tarde. El horario se nos ha...,
digamos..., desequilibrado.
Sonrió con aire avergonzado.
—¡Ridículo! —murmuró el señor Tic-Tac por detrás de
la máscara—. Haga revisar su reloj.
Y se marchó a su oficina, de lo más mrmee, mrmee,
mrmee...

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