© Libro N° 9019. Hijas Hambrientas De Madres Famélicas. Wong, Alyssa. Emancipación. Septiembre 5 de 2021.
Título
original: © Hijas Hambrientas De
Madres Famélicas. Alyssa Wong
Versión Original: © Hijas Hambrientas De Madres Famélicas.
Alyssa Wong
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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HIJAS HAMBRIENTAS DE MADRES FAMÉLICAS
Alyssa Wong
Hijas Hambrientas De Madres
Famélicas
Alyssa Wong
GANADORA DEL PREMIO NEBULA EN 2015
HIJAS HAMBRIENTAS DE MADRES FAMÉLICAS
Alyssa Wong
Mientras mi cita -¿Harvey? ¿Harvard?- presume sobre
su alma mater y su ático en Manhattan, le doy un bocado a mi cena excesivamente
cara y contemplo sus pensamientos arremolinarse sobre su cabeza. Es difícil
concentrarse con el estómago rugiendo y el cuerpo agitándose, porque al menos
no se puede negar que el tío es una belleza. Harvey no parece mucho mayor que
yo, pero sus pensamientos, cubiertos en espinas y pies de centípodos, brillan
con prejuicios arcaicos y desprenden un hedor a privilegios heredados.
“Mi apartamento tiene las mejores vistas de la
ciudad,” está diciendo, sus pensamientos se deslizan unos sobre otros, como
oscuras serpientes erizadas. Cada uno es denso y grueso como la correa del
Rolex que lleva en la muñeca. “Acabo de hacer instalar un jacuzzi en la pared
oeste para poder contemplar el atardecer mientras me relajo tras volver del
gimnasio.”
Asiento, medio escuchando las palabras que salen de
su boca. Estoy más interesada en aquellas que sisean a través de los dientes de
sus pensamientos sobre él.
Tiene unas tetas perfectas, parecen estar esperando
a que alguien las apriete entre las manos. Me encantan unas tetas pequeñas.
Me voy a follar a esta puta hasta que no pueda
volver a andar.
Asqueroso. “Eso suena maravilloso,” digo mientras tomo un
sorbo de champán y le miró tras mis pestañas falsas, esperando que la atenuada
luz de mi IPhone no se perciba a través de la mesa. Este tío es aburrido de
narices, y ya estoy de vuelta en Tindr, navegando entre las probables citas del
fin de semana que viene.
Lo está deseando, antes de que acabe la noche me va
a estar suplicando que lo haga.
No puedo esperar para abrirla en canal.
Mis ojos le miran con brusquedad. “¿Perdón?” Digo.
Harvey parpadea. “He dicho que Argentina es un país
precioso.”
Qué pequeña maravilla. Va a quedar preciosa
desangrándose sobre el suelo.
“Claro,” digo. “Por supuesto.” La sangre late con
tanta fuerza en mi cabeza que seguramente parezca que me he sonrojado.
Estoy tan excitado, ya la tengo medio dura.
Ya somos dos, pienso apagando el móvil y mostrándole mi sonrisa
más encantadora.
El camarero aparece con otra botella de champán y
un menú de postres marcado a fuego en una tabla de madera, pero le despacho con
un gesto. “La cena ha sido encantadora,” le suspiro a Harvey, inclinándome y
besándole en la mejilla, “pero me apetece otro tipo de postre.”
Ahhh, susurran sus pensamientos, asentándose en una suave y ondulada capa
sobre sus hombros. Voy a llevármela a casa y abrirla de arriba abajo.
Como a una puta tarta.
Así no es como yo suelo comer tarta, ¿pero quién
soy para juzgar a nadie? He decidido saltarme el postre, después de todo.
Cuando paga la cuenta, no puede evitar sonreírme.
Tampoco pueden evitar sisear y cacarear los pensamientos tras sus orejas.
“¿Qué te tiene tan contento?” Pregunto tímidamente.
“Es solo que estoy deseando pasar la noche
contigo”, responde.
El gilipollas tiene hasta su propia plaza de
parking. Nada de taxis para nosotros; se ha traído el Tesla. El cuero de los
asientos tiene un olor mantecoso y dulce, me deslizo dentro y me pongo cómoda,
el hedor de sus pensamientos deja un rastro en el aire. Es suficiente para
dejarme mareada, y casi ronroneo. Mientras atravesamos el centro hacia su
ático, le pido parar un segundo cerca del puente de Queenboro.
Un latigazo de molestia le cruza la cara por un
segundo, aun así aparca el Tesla en una calle lateral. Me lanzo a un callejón,
tambaleándome sobre mis tacones de diez centímetros entre colillas y latas
vacías, y vomito un torrente de col y champán en el contenedor pegado al
edificio de apartamentos.
“¿Estás bien?” Pregunta Harvey.
“Estoy bien,” murmullo. Ni una sola ventana se abre
sobre nosotros por curiosidad.
Sus pasos resuenan por el callejón. Se ha bajado
del coche y camina hacia mí como si fuera un animal al que hubiese que
aproximarse con precaución.
A lo mejor debería hacerlo ahora.
¡Sí! Ahora, ahora, mientras la muy puta está
ocupada.
¿Pero qué hay del método? Aquí no voy a poder
apreciar sus entrañas derramándose por todas partes.
Me lanzo a por él, mis dedos hundiéndose en su
cuerpo, mi boca mordiendo la suya. Intenta gritar, pero me trago el sonido y le
introduzco la lengua. Ahí, justo detrás de los dientes, es dónde está lo que
busco: malos pensamientos, viscosos como tendones hervidos. Los absorbo,
aullando y luchando contra mi garganta mientras el cuerpo de Harvey se sacude,
dejando escapar los débiles sonidos de un lloriqueo estéril.
Me siento decadente y sucia, llena con los sueños
más viles que jamás he probado. A penas puedo sentir los inútiles forcejeos de
Harvey; en su estado, con las partes más oscuras de su ser drenándose en mi
boca, no es rival para mí.
Nunca son tan fuertes como se creen.
Para cuando por fin se queda inerte, con el último
de sus pensamientos desapareciendo en mi garganta, mi cuerpo ya está cambiando.
Mis extremidades se alargan, su grosor aumenta, y siento el vestido ajustándose
en exceso cuando mis costillas se expanden. Tengo que trabajar rápido. Me quito
la ropa con la facilidad que me da la práctica, luchando para adaptarme al
ancho y musculoso torso que me crece bajo la piel.
Tampoco me lleva mucho tiempo despojar a Harvey de
sus ropas. Mis manos tiemblan pero son fuertes, y mientras me abotono su camisa
y me pongo su chaqueta sobre los hombros, mi mandíbula se ha retorcido hasta
convertirse en una aproximación a la suya y los surcos de mis huellas
dactilares se han transformado por completo. Harvey es mucho más grande que yo,
y la expansión del espacio relaja la presión de mi borboteante abdomen, a
rebosar de pensamientos crueles. Meto el vestido desechado en el bolso, los tacones
hacen tintinear el tarro que descansa al fondo, y paso la correa sobre mis
ahora anchos hombros.
Me arrodillo para comprobar el pulso de Harvey
-lento pero estable- antes de hacer rodar su cuerpo tras el contenedor,
ocultándole bajo bolsas de basura. Puede que se despierte, puede que no. No es
mi problema, a menos que se despierte en los próximos diez segundos para
contemplar a su doble saliendo del callejón, vistiendo su ropa y echando mano a
su cartera y las llaves del Tesla.
Hay una nebulosa de universitarios echando miradas
curiosas al coche de Harvey. Les echo una mirada arrogante -Dios, visto este
cuerpo mucho mejor de lo que él lo hacía- y se dispersan.
Puede que no tenga carnet, pero el cuerpo de Harvey
recuerda cómo conducir.
El Tesla reverbera con dulzura bajo mi cuerpo, pero
lo abandono en un garaje en Bedfort, pegado tras un pilar en la relativa
privacidad que ofrece el penúltimo nivel. Tras dejar las llaves en el asiento
del pasajero sobre las cuidadosamente dobladas ropas de Harvey y cerrar la
puerta, saco el tarro de cristal del bolso y vomito en él tan en silencio como
puedo. Líquido negro, denso y viscoso, llena el fondo del jarro, siseando y
gruñendo las palabras de Harvey. Mi cuerpo se estremece, las extremidades reaccionan,
la columna se reestructura, mientras me vacío de él.
Me lleva un par de minutos más volver a ser algo
parecido a mí misma, al menos lo suficiente como para poder volver a
introducirme en el vestido y los tacones, guardar el tarro y peinarme el pelo
desaliñado con los dedos. El guardia del parking me saluda con la cabeza al
salir del garaje, analizándome con una mirada desganada, sus pensamientos un
murmullo gris e indistinto.
El tren L me lleva de vuelta a casa, en Bushwick, y
cuando abro la puerta del apartamento, Akiro está en la cocina, aplastando el
rodillo sobre pasta moji.
“Estás aquí,” digo estúpidamente. Todavía estoy un
poco aturdida de haberme sacudido de encima la forma de Harvey, las tiras de
sus pensamientos se remueven en mi interior, provocando que la sangre me hierva
en un zumbido incómodo.
“Espero que sí. Tú me invitaste.” Aún no se ha
cambiado el uniforme de la compañía de catering, y su pelo corto y liso le
enmarca la cara, iluminada por la luz de la cocina. Ni un mal pensamiento
proyecta su sombra sobre el horno tras ella. “¿Te habías vuelto a olvidar?”
“No,” miento, sacándome los zapatos a patadas en la
puerta. “Nunca haría algo así. ¿Llevas mucho esperando?”
“Sobre una hora o así, nada fuera de lo normal. El
portero me ha dejado entrar, y tengo tu llave de repuesto.” Muestra una
sonrisa leve, brusca comparada con los movimientos de sus manos. Tiene harina
en sus brazos remangados, y mi corazón late como no lo hace cuando estoy fuera,
de caza. “Me imagino que tu cita ha debido de ser un poco una mierda. No
habrías vuelto casa si hubiese sido mínimamente aceptable.”
“Podrías decir que sí.” Me llevo la mano al bolso y
meto el quejumbroso tarro en la nevera, donde tintinea contra los otros, al
menos una docena de malignas sobras etiquetadas como zumos caseros.
Aiko señala a su derecha con la cabeza. “Te he
traído algunos canapés del evento de esta noche. Están en la bolsa de papel
sobre la encimera.”
“Eres un ángel.” Me contorsiono al pasar a su lado
para no hacer contacto físico. Aiko cree que tengo problemas con que me toquen,
pero la verdad es que huele a todo lo bueno que hay en el mundo, sólido y
familiar, ligero y pesado al mismo tiempo, suficiente como para volver loco a
alguien.
“Por lo menos podría haberte pagado un taxi,” dice
Aiko, alcanzando un bol de pasta de judía roja. Me centro en la bolsa de
canapés, fingiendo que selecciono algo de su contenido. “Lo juro, es como si
fueras un imán para las malas citas.”
No se equivoca; soy muy cuidadosa sobre a quién
cortejo. A fin y al cabo así es como me alimento. Pero nadie en el pasado ha
sido tan delicioso, tan repugnantemente depravado como Harvey.
Voy a llevármela a casa y abrirla de arriba abajo.
“A lo mejor es que soy muy rara,” digo.
“En realidad puede que seas demasiado normal.
Solamente aquellos repugnantes, desesperados y socialmente inadaptados usan
Tindr.”
“Joder, gracias,” me ofendo.
Ella sonríe, lanzándome un poco de pasta de judía
roja. Me la lamo del brazo. “Sabes a lo que me refiero. Acompáñame a la iglesia
alguna vez, ¿vale? Hay muchos buenos chicos donde elegir.”
“Las oportunidades para una cita que ofrece esta
ciudad son deprimentes,” murmuro pasando el pulgar sobre la aplicación de
Tinder. “Paso.”
“Vamos, Jen, guárdate eso.” Aiko duda. “Tu madre ha
llamado mientras estabas fuera. Quiere que vuelvas a Flushing.”
Gruño una risa corta y aguda, mi buen humor se
evapora. “¿No me digas?”
“Se está haciendo mayor,” dice Aiko. “Y está sola.”
“Apuesto a que sí. Todos sus compañeros de mahjong
deben de estar muertos a estas alturas.” Me la puedo imaginar en su
pequeño apartamento de Flushing, inclinada sobre su portátil, las cortinas
florales cerradas a cal y canto para acallar el mundo exterior. Mi madre, cuyo
apartamento cobra vida con el siseo de los restos embotellados de sus antiguos
pretendientes
Akiro suspira, uniéndose conmigo en la encimera en
inclinándose hacia mí. Por una vez, no me aparto. Cada uno de los músculos de
mi cuerpo está en tensión. Tengo miedo de estallar en llamas, pero no quiero
que se vaya. “¿Tan malo sería ser un poco amable con ella?”
Pienso en mi padre, evaporándose en mitad de la
nada cuando tenía cinco años, lo que quedaba de él enroscándose en el estómago
de mi madre. “¿Me estás diciendo que vuelva?”
No dice nada por un minuto. “No,” dice al fin. “Ese
lugar no es bueno para ti. Esa casa no es buena para nadie.”
A tan solo unos centímetros, un ejército de tarros
llenos de un líquido negro y viscoso espera en el frigorífico, su contenido
murmurándose aberraciones a sí mismo. Aiko no puedo oírlo, pero cada roce
contra el vidrio es un siseo repulsivo:
¿Quién se cree que es, la muy zorra?
Tendría que haberlo hecho cuando tuve la
oportunidad.
Todavía noto la malicia de Harvey en la lengua. Ya
estoy más que llena de cosas que me dio mi madre. “Me alegra que coincidamos.”
Durante las siguientes semanas, me alimento a base
de los estudiantes graduados y artistas del ligue que habitan los bares
hippsters de St. Marks, pero nada sabe tan bien como Harvey. Sus esencias
aguadas, exprimidas de sus dueños con apenas un gemido como protesta, apenas
consiguen llenarme el estómago. Los rebaño hasta dejarles secos y vacíos,
sacudiéndome sus formas de encima cuando he terminado como si fueran gotas de
lluvia.
Le digo a Aiko que he estado de fiesta cuando me
dice que parezco demacrada. Me dice que deje de beber tanto, su mirada
impasible, sus pensamientos nublados de preocupación. Empieza a venir más a
menudo, incluso me hace la cena, y su presencia a la vez me calma y me vuelve
loca.
“Me preocupas,” me dice mientras descanso tirada en
el suelo, navegando apática por webs de citas, buscando aquella podredumbre
vacía que hacía tan atractivo a Harvey. Está cocinando la receta de lo
mien de mi madre, el olor aceitoso hace me pique la piel. “Has perdido
mucho peso y no tienes nada en la nevera, solo un montón de tarros vacíos.”
No le digo que guardo a Harvey bajo la cama, que
lamo sus restos cada noche para que mis nervios se vuelvan a sacudir por la
euforia. No le digo cuán a menudo sueño con el apartamento de mi madre, con los
tarros que nunca me dejaba tocar. “¿Está bien que pases tanto tiempo alejada de
tu negocio de catering?” Digo en su lugar. “El tiempo es oro, y Jimmy se cabrea
cuando tiene que hacer los postres él solo.”
Aiko pone un bol de lo mien frente
a mí y se une conmigo en el suelo. “No hay otro lugar donde preferiría estar,”
dice, y una dulzura luminosa y peligrosa florece en mi pecho.
Pero el hambre crece cada día, y no puedo confiar
en mí misma con ella alrededor. Cambio la cerradura, y cuando pasa por mi
apartamento para comprobar cómo estoy, me niego a dejarla entrar. Palabras
iluminan mi teléfono como una flota de fuegos artificiales mientras me acurruco
bajo la manta alejada todo lo que puedo de él, mi cara apretada contra la
madera, mis dedos retorciéndose en espasmos nerviosos.
El apartamento de mi madre en Flushing sigue
oliendo igual de siempre. Nunca ha sido una persona especialmente limpia, y la
enorme cantidad de basura acumulada por todas partes ha aumentado desde que me
marché de casa para siempre. Pilas de periódicos, viejos contenedores de
comida, y animales de peluche me impiden abrir la puerta, y el hedor me hacer
toser. La basura me llega hasta los hombros, incluso más arriba en algunos
tramos, y según me abro paso entre ella, los sonidos que adornaron mi infancia van
aumentando: el constante gemido de una telenovela taiwanesa sangrando a través
de montañas de despojos, y la cruel cacofonía de muchas voces familiares:
Tócame otra vez y te juro que te mato…
¿Cuántas veces te he dicho que no laves así la
ropa? Abre la boca…
Espero que el adefesio de su hija no esté esta
noche…
Bajo los desperdicios que ha acumulado, las paredes
están llenas de estantes, cargados con lo que queda de los amantes de mi madre.
Los conserva como repugnantes y deliciosos trofeos, deseos conservados en bilis
y ácidos estomacales. Seguramente podría llamar a cada uno por su nombre si
quisiera; cuando era niña, solía tumbarme en el sofá y observar al fantasma de
mi padre deslizarse sobre sus superficies.
Mi madre se encuentra encogida en la cocina, la
pantalla de su portátil proyectando una enfermiza luz azul en su rostro.
Sus pensamientos la cubren en silencio como una manta. “He hecho un poco
de Niu Ro Mien,” dice. “Esta en el horno. Tu padre está dentro.”
Mi estómago ruge, si es por hambre o repulsión, no
podría decirlo. “Gracias, ma,” digo. Encuentro un bol que está casi limpio y lo
lavo, sirviéndome una generosa porción de tallarines. El caldo huele
ligeramente a cigarrillos hogntashan, y según le fuerzo a bajar por la
garganta, unas memorias ajenas sobre mi propia infancia pasan por delante de
mis ojos: empujando a una niña pequeña en un columpio del parque; riéndose
al verla perseguir palomas por la calle; levantando la mano para asestar un
segundo golpe cuando su madre se lanza ante ellos, entre ellos, mostrando los
dientes…
“¿Qué tal está?” Dice.
Sucio. “Bueno,” digo. Se asienta en mi estómago, al menos por un momento.
Pero mi padre no era Harvey, y ya puedo sentir el hambre acechando otra vez,
esperando el momento idóneo para atacar.
“Has comido algo que no deberías, ¿verdad, Meimei?”
Mi madre me mira por primera vez desde que he llegado, parece casi tan cansada
como yo me siento. “¿Por qué no has aprendido nada de mí? Te enseñé a
conformarte con delincuentes de poca monta. Te enseñé a permanecer invisible.”
Intentó enseñarme a desaparecer en mí misma, del
modo que ella ha desaparecido en su apartamento. “Sé que he metido la pata,” le
digo. “Ya nada sabe bien, y siempre tengo hambre. Pero no sé qué hacer.”
Mi madre suspira. “Una vez que has probado un
asesino, no hay vuelta atrás. Buscarás esa misma intensidad hasta el día en que
mueras. Y eso puede ser mucho tiempo para alguien como nosotras, Meimei.”
Me doy cuenta de que en realidad no sé cuántos años
tiene mi madre. Sus pensamientos son antiguos y están cubiertos en nudos,
tejidos con las experiencias de otras personas. ¿Cuánto tiempo habrá estado
luchando contra esta condición, contra estos deseos irrefrenables y
asesinos?
“Vuelve a casa,” me está diciendo. “Aquí hay tanta
actividad, las calles rezuman alimento. Ni si quiera tienes que salir afuera,
solo tienes que abrir un poco una ventana y puedes oler como se cocina. La
malicia, los cuchillos y las balas…”
La escena que pinta para mí hace que me estremezca,
que mi boca se seque. “No puedo dejarlo todo, ma,” digo. “Ahora tengo mi propia
vida.” Y no puedo vivir en este apartamento, con esta falta de luz natural y
aire fresco, con su denso hedor a malicia y remordimientos.
“¿Y qué pasará si vuelves? ¿Perderás el control,
tomarás un bocado de Aiko?” Me mira con dureza. “Esa chica se preocupa tanto
por ti. Lo mejor que puedes hacer por ella es alejarte. No dejes que le pase lo
que le pasó a tu padre.” Intenta cogerme de la mano y yo la alejo. “Quédate
aquí, Maimai. Solo nos tenemos la una a la otra.”
“Esto no es lo que quiero.” Me dispongo a irme y mi
codo se da contra la basura, amenazando con sepultarnos a ambas bajo kilos de
animales de peluche podridos. “Esto no es seguro, ma. Ni siquiera
tú deberías quedarte aquí.”
Mi madre tose, sus ojos brillan en la oscuridad. La
cacofonía de su colección de tarros se alza como una marea viciosa, antiguos
amantes se balancean de un lado a otro en sus estantes. “Algún día aprenderás
que hay más en la vida que ser egoísta, Meimei.”
Ahí es cuando le doy la espalda, atravesando toda
la mierda y los deshechos de los que ha llenado su apartamento. No quiero
morir, pero por lo que a mí respecta, vivir como mi madre, secuestrada del
resto del mundo, con sus puertas atrancadas por montones de baratijas inútiles
y recuerdos agrios, es peor que es estar muerta.
Los tarros me siguen con la mirada y se carcajean
mientras me marcho, y ella no intenta seguirme.
El olor de Flushing se me pega a la piel y no puedo
esperar a quitármelo de encima. Me subo al tren tan aprisa como puedo, y estoy
de vuelta en Tindr tan pronto como el M vuelve a salir a la superficie. Las
lágrimas me nublan la visión, temblando con el movimiento del tren. Me las
aparto con furia, y cuando mi visión se aclara, vuelvo a mirar la pantalla. Una
mujer con el pelo liso, brillante y oscuro, delgadas gafas de tortuga y una
sonrisa un tanto tímida pero extrañamente hermosa, se ilumina ante mí. En la
fotografía de perfil aparece enmarcada por la silueta de la ciudad. Sus
mejillas son redondeadas, pero su rostro es de algún modo liso y plano. Y
luego, por supuesto, están los sueños que la ensombrecen, tan fuertes que
rezuman de la pantalla en una miasma embriagadora. Cada uno de esos millares de
ojos están fijos en mí. Se me eriza la piel.
Escaneo la información en su perfil, mi sangre
latiendo con tanta fuerza que puedo notar como me palpitan las puntas de los
dedos: de apariencia relativamente joven, pero lo suficientemente mayor como
para ser prima de mi madre. Le gusta: explorar nuevas comidas, pasar los días
de lluvia en The Cloisters, buscar tiendas de libros de segunda mano. Lugar:
Manhattan.
Se parece un poco a Aiko.
Me responde rápidamente. Según flirteamos, el sudor
frío y la adrenalina mandan escalofríos eléctricos a través de todo mi cuerpo.
Todo se hace más nítido, casi puedo escuchar la risa de Harvey en su tarro.
Finalmente, las palabras que busco aparecen en la pantalla.
Me encantaría conocerte. ¿Estás libre esta noche?
Hago una parada rápida en casa, y el corazón me
martillea al subir al tren del Lower East Side. Inmaculado lápiz de labios
rojo, brazos temblando bajo mi chaqueta de diseño, y un par de tarros de mi
madre escondidos en el bolso.
Su nombre es Seo-yun, y mientras como, su mirada
pasa de mis ojos a mi cuello, su sonrisa es tan afilada que me podría cortar
con ella. “Me encantan los sitios así,” me dice. “Pequeños lugares auténticos
con menos de una docena de sillas. ¿Habías estado en Haru antes?”
“No,” murmuro. Mis dedos se muestran torpes con los
palillos, el temblor los hace chocar entre sí, poniéndome difícil hacerme con
la comida. Dios, huele deliciosa. Nunca he conocido a nadie con una mente tan
retorcida, tan rica; una malignidad tan desarrollada, tan finamente elaborada
como el más elegante de los postres.
Voy a llevármela a casa y abrirla de arriba abajo
como…
Ya podía saborearla en la lengua, la mejor comida
que jamás tendré.
“Uno viene aquí por el trato,” dice Seo-yun
mientras el camarero –el único trabajador a parte del cocinero, tras la barra-
le traía otra taza de té. “Este restaurante empezó como un puesto de comida
callejera en una estación de metro en Japón.”
“Oh, vaya,” digo. “Eso es… asombroso.”
“Sí, yo también lo pienso. Me alegro que decidieran
expandirse a Manhattan.”
Tras sus amables ojos, un desorden nudoso de
pensamientos antiguos y horribles se retuercen como las colas de un rey rata.
Nunca he visto tantos en un solo lugar. Reptan desde su boca y orejas,
arrastrándose por el aire con sus largas patas escamosas, sus voces son como el
zumbido de una nave de langostas.
No soy su primera vez. Ahora me doy cuenta de eso.
Pero por otra parte, ella tampoco es mi primera vez, claro.
Paso el resto de la velada sudando a través de mi
vestido, casi dejando caer los palillos en más de una ocasión. No puedo evitar
mirar a aquellos malos pensamientos, derramándose de sus labios como
escarabajos hinchados. Se deslizan sobre el mantel hacia mí, susurrando
obscenidades que no pegan con la voz suave de Seo-yun, susurrando lo que le
gustaría hacerme. Tengo que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no
cogerlos de la mesa y aplastarlos entre mis dientes, para no abalanzarme sobre
ella y dejarle la mente limpia.
Seo-Yun es demasiado para mí, pero ya es tarde, he
llegado demasiado lejos; necesitotenerla.
Me sonríe. “¿Todavía tienes hambre?”
Echo un vistazo a mi plato. A penas he podido comer
un par de nigiri. “Estoy a dieta,” musito.
“Comprendo,” dice con formalidad. Sus malos
pensamientos se deslizan por sus muñecas, gotas iridiscentes caen en su salsa
de soja.
Cuando el camarero vuelve a desaparecer en la
cocina, me lanzo hacia ella y la beso desde el otro lado de la mesa. Hace un
ruido sordo, un rosa suave se extiende por su rostro, pero no se aparta. Mi
codo aplasta el exoesqueleto de uno de los escarabajos-pensamiento,
convirtiéndolo en una masa negra y húmeda pegada a mi piel.
Abro la boca para tomar el primer bocado.
“Tengo curiosidad,” murmura Seo-yun, su aliento
acariciando mis dientes. “¿Quién es Aiko?”
Mis ojos se abren de par en par. Seo-yun sonríe, su
voz cálida y suave, sus bordes oscuros. “Parece una chica dulce, eso es todo.
Me sorprende que todavía no la hayas probado.”
Me aparto tan deprisa que tiro mi taza de té,
derramando té escaldado por todas partes. Pero Seo-yun no se mueve, sigue
mostrando esa sonrisa amable y gentil mientras sus monstruosos pensamientos
recorren delicadamente el mantel.
“Tiene un aroma tan maduro,” susurra. “Pero tienes
miedo a echarlo a perder, ¿verdad? ¿Te la comes y después qué? Como tu madre
hizo con tu padre.”
No, no, no. He calculado mal. Pero tengo tanta
hambre, y soy tan joven, y ella huele a poder ancestral. No hay manera de que
pueda huir. “Sal de mi cabeza,” logro decir.
“No estoy en tu cabeza, amor. Tus pensamientos se
están derramando por todas partes, a la vista de todos.” Se inclina, posando la
barbilla en su mano. Los pensamientos se retuercen alrededor de su cabeza como
una corona viva que dejase escapar una risa seca y trémula. “Me gustas, Jenny.
Eres ambiciosa. Un poco descuidada, pero podemos arreglar eso.” Seo-yun da un
golpe a la mesa y el camarero reaparece, doblando el mantel con eficiencia y
deslizando un único plato sobre la mesa ahora desnuda. Una serie de finas y
traslucidas tiras se extienden a través del plato, palidecen y relucen de
malicia. Sus ojos de insecto brillan, sus bocas están atrapadas en un gruñido
perpetuo. “Todo lo que necesitas es un poco de disciplina y práctica y nadie
podrá saber lo que están pensando.”
“De parte de la casa, por supuesto, señora,”
murmura el camarero. Antes de que desaparezca de nuevo, capto un pequeño
reflejo de unos pensamientos oscuros y de muchas patas entrelazados como una
pulsera alrededor de su muñeca.
Seo-yun da el primer bocado, mirándome desde detrás
de sus gafas. “Tu madre estaba equivocada,” dice. “Pensaba que estabais solas,
las dos. Así que te enseñó a comer solo cuando fuera necesario, para que no te
cogieran, regulando el tiempo entre comidas, como una serpiente.”
“No sabes nada sobre mí,” digo. El embriagador y
podrido perfume del plato ante mí consigue que mi cabeza se mareé de hambre.
“Mi madre era igual. Comer para sobrevivir, no por
placer.” Señala al plato con sus palillos. “Por favor, prueba un poco.”
Según la comida desaparece ante mis ojos, solo
puedo aguantar un par de bocados más hasta que mis palillos se disparan,
alcanzando con un pedazo para mí. Es tan ácido que hace que me arda la lengua y
me lloren los ojos, pero el regusto es extrañamente dulce.
“¿Te gusta?”
Respondo haciéndome con dos pedazos más, y Seo-yun
se ríe. Harvey es mediocre comparado con esto, esta mezcla exquisitamente
destilada de emociones.
Jadeo mientras mi cuerpo empieza a deformarse, las
manos se me marchitan, cicatrices de quemaduras se abren paso por mis brazos.
Gasolina, malicia, una acelerada alegría infantil se precipita a través de mí,
una embriagadora mezcla de recuerdos y sobre-estimulación sensorial. Y entonces
los labios de Seo-yun están sobre los míos, los dientes mordiendo suavemente,
succionando, sacándolo de mí. Las quemaduras se desvanecen, pero el hormigueo
de cruel euforia persiste.
Se seca la boca con delicadeza. “Me temo que comes
demasiado deprisa, querida,” dice. “Lo que intento enseñarte, Jenny, es que
creo en comer por placer, no solo por supervivencia. Y en sociedad, por
supuesto. Unos cuantos de nosotros nos reunimos para cenar y beber en mi casa,
de vez en cuando, y me encantaría que te unieras a nosotros. Un club de
restauración, si lo prefieres.”
Mi mirada se desvía a sus pensamientos, pero están
quietos como piedras, observándome sin pestañear. Mi boca todavía siente el
picotazo de la suya.
“Deja que te introduzca. No tienes que estar sola
nunca más.” Mientras el camarero limpia el plato y asiente hacia ella –ni
recibo ni factura ni nada- Seo-yun dice, “Y esta noche no tiene que acabarse
hasta que nosotros no queramos.” Me ofrece su mano. Tras un momento de duda, la
cojo. Es más pequeña que la mía, y cálida.
“Sí, por favor,” digo, mirando a sus pensamientos
en lugar de a sus ojos.
Según dejamos el restaurante, presiona sus labios
sobre mi frente. Sus labios rascan mi piel, mis nervios cantan en un éxtasis
ardiente. “Les vas a encantar,” dice.
Nos lo vamos a pasar tan bien juntos, dicen sus pensamientos enrollándose en su
cabello.
Ella llama la atención de uno de los taxis que
recorren las calles como lobos, y entramos.
Me encuentro con Aiko dos meses más tarde frente a
mi apartamento, mientras cargo con la última caja llena de mis cosas. Tiene una
mirada sobresaltada, y lleva una bolsa llena de nabos, limas kafir, corazones
de palma –todo ingredientes que no habría reconocido hacía dos meses, antes de
mudarme con Seo-yun. “¿Te mudas?”
Me encojo de hombros, mirando por encima de su
cabeza, evitando sus ojos. “Sí, eh… Me estoy viendo con alguien, y tiene un
buen apartamento.”
“Oh,” traga saliva, cambia el peso de la bolsa al
otro lado de la cadera. “Que bien. No sabía que estabas saliendo con alguien.”
Puedo escuchar como tiembla su sonrisa. “Tiene que alimentarte bien. Tienes un
aspecto más saludable.”
“Gracias.” le digo. Es verdad, me siento más
confiada, más segura de mi misma. Casi no paro por casa, paso casi todo el
tiempo en el apartamento de Seu-yun en Chelsea, aprendiendo a cocinar con su
variedad de sales y especias infundidas en malos sueños, bebiendo vino
destilado a base de confesiones en el lecho de muerte. Mi tiempo acechando las
calles en busca de criminales de poca monta ha terminado. ¿Pero por qué se ha
evaporado mi confianza en cuanto he visto a Aiko? ¿Y si ese apetito voraz que
me había poseído a probar Harvey había desaparecido, por qué contenía la
respiración para no aspirar su aroma?
“¿Y cómo es?”
“Es mayor, parece… –se parece a ti– parece
baja. Le gusta cocinar, también.” Empiezo a dejarla de lado. “Escucha, esta
caja pesa mucho y la furgoneta me espera abajo, así que…”
“Espera,” me dice Aiko, cogiéndome del brazo. “Tu
madre sigue llamándome. Todavía tiene mi número de… de antes. Está preocupada
por ti. Además, no te he visto en meses, ¿y te vas a marchar así, sin más?”
Aiko, pequeña y humilde. Sus manos huelen a hogar,
como harina de arroz y malos recuerdos. ¿Cómo pude encontrar alguna vez aquello
atractivo?
“No necesitamos decir adiós. Estoy segura de que
nos seguiremos viendo por ahí,” miento, apartándome.
“Cenemos juntas algún día,” dice Aiko, pero yo ya
me estoy alejando de allí.
Los camareros revolotean por el apartamento como
mirlos, sus uniformes negros cuidadosamente ajustados, sus propios malos
pensamientos trenzados y sujetados donde no molestan. Es un apartamento de dos
pisos, y gente bien vestida se arremolina por todas partes, allí donde hay
espacio, desde la biblioteca de Seo-yun escaleras arriba hasta el recibidor en
la planta baja. Incluso ha pedido a los cocineros que preparen alguna de mis
recetas, lo que hace que mi corazón resplandezca. “Eres la mejor,” le digo arrodillada
junto a su cama y besándola en la mejilla.
Seo-yun sonríe, arreglándome el peinado. Lleva un
elegante vestido azul oscuro, y hoy, sus pensamientos asesinos le envuelven los
hombros como una estola, una capa que vive y se retuerce. Sus dientes brillan
como diamantes diminutos. Nunca la he visto tan hermosa. “Son buenas recetas.
Mis amigos van a estar tan excitados por probarlas.”
Ya he conocido a muchos de ellos, todos mucho más
viejos que yo. Me ponen nerviosa. “Voy a echar un ojo a la comida,” le digo.
Me refugio en la cocina, murmurando breves saludos
a los invitados que me encuentro en el camino. Sus espantosos sueños les
adornan como joyas, brillando y gruñéndome al deslizarme a su lado. Al pasar
junto a algunos de los cocineros, veo a un hombre que me resulta vagamente
familiar. “Hey,” digo.
“¿Sí, señorita?” El camarero se gira, y me doy
cuenta de dónde le he visto antes, Aiko tiene una foto con él en su teléfono,
posando delante de unas mesas llenas de platos en un evento para el que ella
había preparado la comida. Mi corazón se ralentiza.
“¿No eres compañero de trabajo de Aiko?”
Sonríe y asiente. “Sí, soy Jimmy. El socio de Aiko.
¿La está buscando?”
“Espera, ¿está aquí?”
Él frunce el ceño. “Debería. Nunca se pierde
ninguna de las fiestas de la señorita Sun.” Sonríe. “La señorita Sun deja que
nos llevemos a casa lo que haya sobrado cuando la fiesta ha acabado. Es tan
generosa.”
Me vuelvo con brusquedad y me dirijo a la escalera,
hacia el dormitorio, abriéndome paso entre la multitud ayudándome de hombros y
codos. Los pensamientos me pelan viva mientras camino: ¿Aiko sabía sobre mí y
sobre mi madre? ¿Hace cuánto que lo sabía? Y peor… Seo-yun lo supo desde el
principio y ha estado jugando conmigo.
Abro la puerta del dormitorio de golpe para
encontrarme a Aiko extendida sobre la alfombra, con su chaqueta abierta.
Seo-yun agachada en el suelo sobre ella con su glorioso vestido, su oscura boca
brillando. No parece sorprendida de verme.
“Jenny, amor, espero que no te importa que hayamos
empezado sin ti.” Seo-yun sonríe. Su lápiz de labios le mancha la barbilla,
sobre el rostro pálido de Aiko. No puedo decir si Aiko aún respira.
“Aléjate de ella,” le digo en voz baja.
“Como quieras.” Se levanta con gracia, cruzando la
habitación con pasos fluido. “De todos modos ya había terminado.” Los sonidos
de la fiesta se filtran a mis espaldas, y sé que no puedo huir y salvar a Aiko
al mismo tiempo.
Así que cierro la puerta, echando el cerrojo, y
dulcifico la voz con un ronroneo. “¿Por qué no me constaste lo de Aiko?
Podríamos haberla compartido.”
Pero Seo-yun se ríe de mí. “No puedes engañarme,
Jenny. Puedo oler tu rabia desde el otro lado de la habitación.” Se abalanza
hacia mí, me sujeta la cara, y retrocedo hasta la puerta. “Te hace tan hermosa.
El último condimento de un plato ya casi listo.”
“Estás loca, y voy a matarte,” le digo. Ella besa
mi cuello, sus dientes arañan mi garganta, y su aroma es tan profundo que mis
rodillas casi se doblan de impotencia.
“Te he visto en su cabeza, más deliciosa que nada
que haya probado,” susurra. Sus pensamientos se retuercen alrededor de mis
caderas. Siento un aguijonazo afilado en la muñeca, bajo la mirada y descubro
que uno de ellos ya me está royendo la piel. “Y he sabido que tenía que
tenerte.”
Se produce un estallido, y Seo-yun grita cuando una
lámpara de porcelana se hace añicos contra la parte de atrás de su cabeza. Aiko
se ha puesto en pie, balanceándose insegura, el rostro sombrío. “Apártate de
ella”, gruñe, su voz a penas un suspiro.
“Pequeña puta…” bufa Seon-yun entre dientes.
Pero veo mi oportunidad y salto sobre Seo-yun,
apretando mis dientes en el hueco de su garganta, allá donde su manto de
pensamientos surge y se pliega hacia dentro. Mastico y trago, mastico y trago,
atracándome de esta mujer. Hago sus pensamientos míos, agarrándose de uñas y
dientes mientras los arrastro desde su interior, y capto imágenes de mí misma,
de Aiko, y de muchas otras como nosotras, en varios estados de confusión, de
preparación.
Mi madre me contó que así es como se fue mi padre;
le drenó por accidente hasta que simplemente lo borró de la existencia. Por
primera vez en la vida, consigo comprenderla por completo.
Los brazaletes de Seo-yun ruedan por el suelo, su
vestido revolotea vacío y en silencio poco después. Aiko también se desvanece,
cayendo al suelo como un papel.
Haber consumido tanto me hace daño. Mi estómago me
duele, todo mi cuerpo está hinchado con horribles pensamientos. Al mismo
tiempo, nunca me he sentido tan viva, llena de posibilidades y rabia indomable.
Me inclino sobre Aiko, en el suelo, con malicia
escapándose de su boca, manchando la alfombra. “¡Aiko, despierta!” Pero la
siento vacía, ligera, hueca. Ya ni siquiera huele como ella.
Un golpe en la puerta me sobresalta. “Señorita,”
dice una voz que reconozco como el camarero jefe. “El primero de los platos
está listo. Mr. Gold quiere saber si bajará a ofrecer un brindis.”
Joder. “Yo…” empiezo a decir, pero esa voz no es la mía. Me miro en el
espejo; por supuesto, Seo-yun me devuelve la mirada, sus oscuros y terribles
sueños se enrollan alrededor de su cuerpo en un desorden nudoso. No sería
la primera aspirante en desaparecer en una fiesta como esta. Alguien me pasa
una copa de vino, y cuando la cojo, mis manos no tiemblan, aun cuando estoy
gritando por dentro.
Cincuenta pares de ojos se posan sobre mí, lo del
catering resplandecen oscuros en las sombras. ¿Alguno de ellos lo sabrá?
¿Alguno de ellos podrá darse cuenta?
“Por una buena salud, y por una cena fabulosa,”
digo, alzando la copa. Como uno solo, ellos beben.
El apartamento de Seo-yun esta oscuro, libre de
invitados y de camareros. Cada puerta cerrada con llave, cada cortina corrida.
Me he hecho con cada tarro, con cada contenedor,
cada olla y sartén de la cocina, y ahora cubren el suelo del dormitorio,
siguiendo por el pasillo y descendiendo por las escaleras. Muchos están llenos,
su maligno contenido siseando y susurrándome horribles amenazas mientras me
meto los dedos en la boca, vomitando en la olla de mi regazo.
Aiko descansa sobre la cama, pálida e inerte. Hay
harina y bilis en su chaqueta. “Aguanta,” susurro, pero no responde. Me sumerjo
en la olla, rebuscando en su contenido cualquier rastro de Aiko, pero la cara
de Seo-yun me sonríe a través de los patrones de luz que resplandecen a través
de la superficie del líquido. Lo empujo lejos de mí, derramando algo sobre la
alfombra.
Agarro otro de la miríada de pensamientos que se
arrastran a mi alrededor, hundiendo mis dientes en su cuerpo, desgarrándolo en
pedazos mientras grita y aúlla terribles promesas, promesas que no será capaz
de cumplir. Me lo como crudo, sus escamas me raspan el paladar mientras lo
mastico con ansia. Cuanto más desmembrado esté, más fáciles serán de revisar
las piezas cuando vuelvan a salir.
¿Hace cuánto que lo sabías? ¿Siempre lo has
sabido?
La he encontrado, creo, según un líquido viscoso y
negro se derrama de mi boca, sobre mis manos, quemándome la garganta. El campo
de contenedores hondea a mi alrededor como una tormenta de estrellas
maliciosas, susurrando mi nombre. Está ahí, en alguna parte, puedo percibir su
reflejo rompiendo la superficie. Si tengo que abrirme paso a dentelladas a
través de cada uno de los recuerdos de Seo-yun, desde sus sueños hasta la piel
suave y pecosa que envuelve mi cuerpo, lo haré. Voy a exprimir cada vil gota de
Seo-yun que guardo en mi interior hasta que encuentre a Aiko, y entonces la
volveré a llenar de nuevo, verteré en su boca todo su ser.
¿Cómo podría olvidarla? ¿Cómo podría olvidar su
gusto, su aroma, algo tan terrible y bello como el hogar?

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