© Libro N° 9018. Próximas Atracciones. Leiber, Fritz. Emancipación. Septiembre 5 de 2021.
Título
original: © Próximas Atracciones. Fritz
Leiber
Versión Original: © Próximas Atracciones. Fritz Leiber
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Fritz Leiber
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El cupé, con los anzuelos soldados al parachoques,
se deslizó por la curva como la nariz de una pesadilla. La muchacha situada en
su camino se quedó helada, con su rostro probablemente paralizado por el miedo
bajo la máscara. Por una vez, mis reflejos no fueron timoratos. Di un rápido
paso hacia ella le agarré por el codo y la eché hacia atrás. Su negra falda
revoloteó.
El gran cupé pasó disparado, con su turbina
zumbando. Pude entrever tres rostros. Algo se rasgó. Noté el caliente escape en
mis tobillos cuando el coche descendió de nuevo a la calzada. Una espesa nube,
como una flor negra, surgió de su aguzada parte posterior, mientras de los
anzuelos colgaba un brillante retal negro.
—¿La alcanzaron? —pregunté a la muchacha. Se había
girado para mirar al lugar en que había roto su falda. Llevaba medias—pantalón
de nylon.
—Los anzuelos no me tocaron —dijo temblorosamente—.
Supongo que tuve suerte. Oí voces a nuestro alrededor:
—¡Esos críos! ¿Qué es lo que se les ocurrirá luego?
—Son una amenaza. Deberían ser arrestados.
Se oyeron chillar unas sirenas en tono creciente
cuando llegaron zumbando dos policías motorizados, con sus motores—cohete
auxiliares a toda potencia, persiguiendo al cupé. Pero la flor negra se había
convertido en una espesa niebla que oscurecía toda la calle. La policía
motorizada cambió de sus motores—cohete a los frenos—cohete, y se detuvieron
cerca de la nube de humo.
—¿Es usted inglés? —me preguntó la muchacha—. Tiene
usted acento inglés.
Su voz llegaba jadeante tras la estilizada máscara
de satén negro.
Me imaginé que sus dientes debían de estar
entrechocando. Unos ojos que quizá fueran azules observaron mi rostro por
detrás de la gasa negra que cubría los orificios de la máscara. Le dije que
había supuesto lo correcto. Se me acercó.
—¿Vendrá usted a mi casa esta noche? —me preguntó
rápidamente—. No puedo darle las gracias ahora. Y hay algo en lo que quizá me
pueda ayudar.
Mi brazo, todavía rodeando suavemente su talle,
notó como su cuerpo temblaba. Respondí tanto a la petición que formulaba su
cuerpo como a la de su voz cuando le dije:
—Ciertamente.
Me dio una dirección al sur del Infierno, un número
de apartamento y una hora. Me preguntó el nombre y se lo dije.
—¡Hey, usted!
Me giré obedientemente al grito del policía. Este
hizo apartarse a la pequeña multitud cloqueante de mujeres enmascaradas y
hombres de rostros desnudos. Tosiendo debido a la nube negra que había lanzado
el cupé, me pidió mis documentos. Le entregué los esenciales.
Los miró, y luego me miró a mí. —¿Trueque
Británico? ¿Cuánto tiempo estará en Nueva York?
Suprimiendo el deseo de decirle: «Durante el tiempo
más corto posible», le dije que estaría aproximadamente una semana.
—Tal vez lo necesite como testigo —explicó—. Esos
chicos no pueden usar humo contra nosotros. Cuando lo hacen, los agarramos.
Parecía pensar que lo malo era el humo.
—Trataron de matar a la señorita —le recordé. Negó
con suficiencia.
—Siempre hacen ver que eso es lo que quieren, pero
en realidad tan sólo buscan atrapar faldas. Hemos cogido a desgarradores que
tenían hasta cincuenta retales de falda colgados de sus habitaciones.
Naturalmente, a veces se acercan demasiado.
Le expliqué que, si no la hubiera apartado, hubiera
sido tocada por algo más que por los anzuelos. Pero él me interrumpió:
—Si ella hubiera creído que se trataba de un
verdadero intento de asesinato, se hubiera quedado aquí. Miré a mi alrededor.
Era cierto. Se había ¡do.
—Estaba terriblemente asustada —le dije.
—¿Y quién no lo estaría? Esos chicos podrían haber
asustado hasta al mismísimo viejo Stalin.
—Quiero decir que estaba asustada por algo más que
por unos simples «chicos». No tenían aspecto de «chicos».
—¿Qué aspecto tenían?
Traté, sin mucho éxito, de describir los tres
rostros. Una vaga impresión de maldad y amaneramiento no aclara mucho las
cosas.
—Bien, podría equivocarme —dijo finalmente—.
¿Conoce a la chica? ¿Dónde vive?
—No —medio mentí.
El otro policía colgó su radiófono y se dirigió
hacia nosotros, dando manotazos a los hilillos del humo que se disipaba. La
nube negra ya no ocultaba las sucia; fachadas, con sus quemaduras de radiación
que ya tenían cinco años de edad. Y pude comenzar a entrever el distante muñón
del Empire State Building, surgiendo del Infierno como un dedo amputado.
—Hasta ahora no los han cogido —gruñó el policía
que se acercaba—. Por lo que dice Ryan, dejaron humo a lo largo de cinco
calles.
El primer policía agitó la cabeza.
—Eso es malo —observó solemnemente. Me sentía un
tanto inquieto y avergonzado. Un inglés no debería mentir, al menos no por
impulso.
—Parecen tipos peligrosos —dijo el primer policía
con el mismo tono preocupado—. Necesitamos testigos. Me parece que va a tener
usted que permanecer en Nueva York durante más tiempo del que planeaba.
Capté la intención. Dije:
—Olvidé mostrarle todos mis papeles —y le entregué
otros cuantos, asegurándome de que entre ellos se encontrase un billete de
cinco dólares.
Cuando me los devolvió, al cabo de un rato, su voz,
ya no era ominosa. Desaparecieron mis sentimientos de culpabilidad. Para
afianzar nuestra relación, charlé con ambos acerca de su trabajo.
—Supongo que las máscaras les causan problemas
—Observé—. Allá en Inglaterra hemos estado leyendo acerca de esa generación de
mujeres—bandido enmascaradas.
—Esas cosas se exageran —me aseguró el primer
policía—. Son los hombres que se enmascaran como si fueran mujeres los que
realmente nos confunden. Pero, muchacho, cuando los agarramos saltamos sobre
ellos con los dos pies.
—Y, además, uno se acostumbra y llega a distinguir
a las mujeres tan bien como si llevasen las caras desnudas —dijo el otro
policía—. Ya sabe, por las manos y todo eso.
—Especialmente por todo eso —estuvo de acuerdo el
primero, con una carcajada—. Oiga, ¿es cierto que hay muchachas que no se
enmascaran allá en Inglaterra?
—Algunas de ellas siguen la moda —le dije—. No
obstante, son tan sólo algunas... las que siempre adoptan la última moda, por
extremada que sea.
—Pero, normalmente, en los noticiarios británicos,
van enmascaradas.
—Supongo que se hará así como deferencia al gusto
americano —confesé—. En realidad, no hay muchas que lleven máscara.
El segundo policía consideró esto.
—Muchachas yendo por la calle desnudas de cuello
para arriba. —No resultaba claro si contemplaba esta imagen con deseo o con
repugnancia moral. Lo probable era que con ambos.
—Hay algunos miembros del Gobierno que están
tratando de convencer al Parlamento para que promulgue una ley por la que se
prohíba todo enmascaramiento —continué, hablando quizá demasiado.
El segundo policía negó con la cabeza.
—Vaya idea. ¿Sabe usted?, las máscaras son una cosa
bastante buena, amigo. Cuando pasen un par de años voy a hacer que mi mujer
lleve la suya hasta en casa.
El primer policía se alzó de hombros.
—Si las mujeres dejasen de usar máscaras, en seis
semanas no te darías cuenta de la diferencia. Uno se acostumbra a todo, si es
que hay bastante gente que lo haga.
Asentí, bastante a pesar mío, y los dejé. Giré
hasta el norte por Broadway, que creo era la antigua décima avenida, y caminé
rápidamente hasta que hube dejado atrás Infierno. El pasar por tal área de
radiactividad no descontaminada siempre le pone a uno nervioso. Agradecí a Dios
el que en Inglaterra no hubieran tales cosas, al menos por ahora.
La calle estaba casi vacía, aunque se me acercaron
un par de mendigos con sus rostros desechos por cicatrices de la bomba H. No
pude saber si eran reales o maquilladas. Una mujer gorda me mostró un niño con
manos y pies palmeados. Me dije a mí mismo que en cualquier caso ya habría
nacido deforme, y que tan sólo estaba jugando con nuestro miedo a las
mutaciones producidas por la bomba. No obstante, le di una moneda de siete
centavos y medio. Su máscara me hizo pensar que estaba pagándole tributo a un
fetiche africano.
—Que todos sus hijos tengan la bendición de tener
tan sólo una cabeza y dos ojos, señor.
—Gracias —dije estremeciéndome. Y me alejé a toda
prisa.
—...tan sólo hay suciedad tras de la máscara. Así
que gira tu cabeza, dedícate a tu tarea: aléjate, aléjate... de... las...
¡chicas!
Esto último era el final de una canción antisexual
que estaba siendo cantada por algunos creyentes situados a media manzana de la
insignia del círculo y la cruz de un templo feminalista. Tan sólo ligeramente
me recordaban a nuestra pequeña tribu de creyentes británicos. Sobre sus
cabezas había un montón de carteles anunciando comidas predigeridas, cursos de
lucha, radiopañuelos y otras cosas similares.
Miré a los histéricos slogans con una fascinación
desagradable. Ya que el rostro y la forma de la mujer habían sido abolidos de
los anuncios americanos, las mismas letras del alfabeto de los anunciantes
habían comenzado a llenarse de sexualidad: la B mayúscula, de amplio estómago y
enormes senos, la lasciva doble O. No obstante, me recordé a mí mismo que es
principalmente la máscara lo que acentúa tan fuertemente el sexo en América.
Un antropólogo británico ha señalado que, mientras
llevó más de cinco mil años el trasladar el punto principal de la atracción
sexual desde las caderas hasta los senos, la siguiente transición al rostro ha
llevado menos de cincuenta años. El comparar la tradición americana con la
musulmana no es válido: a las mujeres musulmanas se les obliga a llevar velos
cuyo objeto es el ocultarlas, mientras que las mujeres americanas tan sólo
tienen la compulsión de la moda, y usan las máscaras para crear un misterio.
Dejando aparte la teoría, los orígenes reales de la
tendencia se pueden hallar en las ropas antiradiactivas de la Tercera Guerra
Mundial, que originaron la lucha enmascarada, que ahora era un deporte
fantásticamente popular, y que a su vez había originado la actual moda
femenina. A! principio, tan sólo había sido algo poco usual, pero rápidamente
las máscaras se habían convertido en algo tan necesario como los sujetadores y
las barras de labios lo habían sido a principios de siglo.
Finalmente, me di cuenta de que no estaba
especulando acerca de las máscaras en general, sino de lo que se escondía tras
una en particular. Esto era lo endemoniado del asunto, que uno nunca sabía si
una muchacha estaba tratando de incrementar su belleza o de ocultar su fealdad.
Me imaginé un rostro agraciado y frío, en e! que el miedo tan sólo se
manifestaba por la dilatación de ¡os ojos. Entonces recordé su cabello dorado
destacando contra la negrura de su máscara de satén. Me había pedido que fuese
a la hora veintidós, a las diez de la noche.
Subí a mi apartamento, situado cerca del Consulado
Británico; el pozo del ascensor había sido obstruido por una antigua explosión,
lo cual era realmente molesto en esos altos edificios neoyorquinos. Antes de
que se me ocurriese de que iba a salir de nuevo, automáticamente, me arranqué
el trozo de película que llevaba bajo mi camisa. Para estar completamente
seguro, la reveía. Mostraba que el total de radiación que había absorbido aquel
día aún se hallaba por debajo del límite de seguridad. No siento una fobia por
eso, como mucha gente en estas épocas, pero es tonto el correr riesgos.
Me desplomé en la cama diurna y conecté el
altoparlante silencioso y la pantalla oscura del aparato visor. Como siempre,
me hacían pensar, con cierta amargura, en las dos grandes naciones del mundo.
Mutiladas entre sí, y sin embargo aún fuertes, eran gigantes enfermos que
envenenaban el planeta con sus sueños de una imposible igualdad y de un
imposible éxito.
Temerosamente, conecté el altavoz. Por suerte, le
locutor estaba hablando excitadamente de las previsiones de una cosecha de
trigo récord, sembrada por aviones a través de una llanura polvorienta regada
por lluvias artificiales. Escuché cuidadosamente el resto del programa (estaba
asombrosamente libre de teleinterferencias rusas), pero no hubo más noticias de
interés para mí. Y, naturalmente, ni se mencionó !a Luna, aunque todo el mundo
sabe que América y Rusia están apresurándose en convertir sus bases primarias
en fortalezas capaces de un ataque mutuo y del lanzamiento de todas las bombas
del alfabeto contra la Tierra. Yo mismo me daba cuenta perfectamente bien de
que el equipo electrónico británico que estaba ayudando a intercambiar por
trigo americano estaba destinado a ser usado en espacionaves.
Apagué el noticiario. Estaba anocheciendo y, de
nuevo, me imaginé un tierno y asustado rostro tras una máscara. No habían
tenido ninguna cita desde Inglaterra. Es extremadamente difícil el lograr
entablar amistad con una muchacha en América, donde una cosa tan simple como
una sonrisa puede hacer a menudo que una de ellas salga pitando para pedir la
ayuda de la policía, y eso sin contar con la creciente moral puritana y los
grupos de gamberros que hacen que la mayor parte de las mujeres se quede en sus
casas cuando ha anochecido. Y, naturalmente, las máscaras, que no son como
aseguran los soviéticos la última invención de la degeneración capitalista sino
un signo de una gran inseguridad psicológica. Los rusos o tienen máscaras, pero
tienen sus propios signos de tirantez.
Me acerqué a la ventana y contemplé impaciente cómo
se acumulaba la oscuridad. Me estaba poniendo muy nervioso. Tras un rato,
apareció una fantasmal nube violeta hacia el sur. Se me puso el cabello de
punta. Luego reí. Por un momento me había imaginado que era radiación
procedente del cráter de la bomba infernal, aunque debería de haberme dado
cuenta inmediatamente de que tan sólo era brillo radioinducido en el cielo.
Exactamente a las veintidós horas, me hallaba
frente a la puerta del apartamento de mi desconocida amiga. El sistema
electrónico «diga—usted—quién—es—por—favor» dijo eso exactamente, y yo contesté
con claridad.
—Winsten Turner —preguntándome si habría dado mi
nombre al mecanismo.
Evidentemente, lo había hecho, pues la puerta se
abrió. Entré en un pequeño recibidor vacío, mientras mi corazón se aceleraba un
poco. La habitación estaba costosamente amueblada con las últimas tumbonas y
muebles neumáticos. Había algunos microlibros en la mesa. El que tomé era la
acostumbrada aventura policíaca en la que dos asesinas se tiroteaban entre sí.
La televisión estaba encendida. Una muchacha
enmascarada de verde estaba murmurando una canción de amor. Su mano derecha
mantenía algo que se difuminaba en primer plano. Vi que el aparato tenía un
equipo que todavía no tenemos en Inglaterra, y con curiosidad introduje mi mano
en el orificio dispuesto al lado de la pantalla. Al contrario de lo que
esperaba, no era como meter la mano dentro de un guante de goma pulsante, sino
que lo que en realidad sentía era como si la muchacha de la pantalla realmente
me cogiese de la mano.
Se abrió una puerta tras de mí. Aparté la mano con
una reacción de culpa, como si hubiera sido encontrado mirando por el ojo de
una cerradura.
Ella estaba en el umbral del dormitorio. Creo que
estaba temblando. Llevaba un abrigo de pieles gris, con manchones blancos, y
una máscara de tarde de seda gris con encajes del mismo color alrededor de los
ojos y la boca. Sus uñas brillaban como plata.
No se me había ocurrido que esperase que
saliésemos.
—Debía de habérselo dicho —comentó con voz suave.
Su máscara se giró nerviosamente hacia los libros y la pantalla y los rincones
oscuros de la habitación—. Pero realmente no puedo habarle aquí.
—Hay un lugar cerca del Consulado... —dije
dubitativo.
—Sé de un lugar donde podremos estar juntos y
hablar—dijo rápidamente—. Si es que no le importa. Mientras entrábamos en el
ascensor, le dije:
—Me temo que despedí al taxi.
Pero por alguna razón propia, el taxista no se
había ido. Saltó sonriente y nos abrió la puerta delantera. Le dije que
preferíamos sentarnos detrás. Enfurruñado, abrió la puerta trasera, la cerró de
golpe tras nosotros, se metió delante y cerró su puerta fuertemente. Mi
compañera se inclinó hacia delante:
—Al Cielo —dijo.
El conductor encendió la turbina y el televisor.
—¿Por qué me preguntó si era ciudadano británico?
—dije, para empezar la conversación.
Se apartó de mí, apretando su máscara contra la
ventanilla.
—Mire a la luna —dijo con una voz soñadora y
rápida.
—¿Para qué? —le dije, consciente de una irritación
que no tenía nada que ver con ella.
—Está colocándose al borde del púrpura del cielo.
—¿Y cuál es su nombre?
—El púrpura hace que parezca más amarilla.
Y fue entonces cuando me di cuenta de la fuente de
mi irritación. Estaba en el cuadrado de luz parpadeante en la parte frontal de
la cabina, al lado del conductor.
Yo no tengo nada en contra de los combates de lucha
normales, aunque me aburren. Pero simplemente detesto el ver a un hombre
luchando con una mujer. El hecho de que los combates generalmente estén
«igualados», siendo el hombre generalmente muy sobrepasado en peso y alcance, y
las mujeres enmascaradas jóvenes y agraciadas, tan sólo hace que me parezcan
peor.
—Por favor, apague la pantalla —le rogué al
conductor. El negó con la cabeza, sin ni siquiera mirarme.
—U—uh, hombre —dijo—. Han estado preparando a esta
chavala durante semanas para este combate con el Pequeño Zirk.
Molesto, me eché hacia delante, pero mi compañera
me asió el brazo.
—Por favor —dijo asustada, agitando su cabeza. Me
recosté de nuevo, frustrado. Estaba más cerca de mí ahora, pero en silencio, y
por unos momentos contemplé los golpes y las contorsiones de la poderosa
muchacha enmascarada y de su enjuto oponente también enmascarado, en la
pantalla. Sus frenéticos ataques contra ella me recordaban a los movimientos de
una araña macho. Me volví, enfrentándome con mi compañera.
—¿Por qué querían esos tres hombres matarla?
—pregunté secamente.
Los orificios de su máscara miraban hacia la
pantalla.
—Porque están celosos de mí —susurró.
—¿Por qué están celosos?
Continuaba sin mirarme.
—A causa de él.
—¿Quién?
No contestó.
Rodeé sus hombros con mi brazo.
—¿Tiene miedo de decírmelo? —le pregunté—. ¿Qué es
lo que ocurre?
Seguía sin mirarme. Tenía un perfume agradable.
—Mire —le dije, sonriente, cambiando de táctica—;
realmente, debería decirme algo acerca de usted. Ni siquiera sé cómo es su
rostro.
Medio en broma, alcé mi mano hacia la banda de su
cuello. Me dio un manotazo asombrosamente rápido. Retiré la mano con un súbito
dolor. Había cuatro pequeñas señales en su dorso. De una de ellas comenzó a
brotar una gota de sangre mientras la contemplaba. Miré a sus uñas plateadas y
vi que en realidad se trataba de delicadas y afiladas puntas metálicas.
—Estoy tremendamente apenada —oí como decía—. Pero
me asustó. Por un momento pensé que iba a...
Al fin se volvió hacia mí. Su abrigo se había
abierto. Su traje de noche era del estilo Renacimiento Cretense, con un tejido
de encaje por debajo de los senos, soportándolos sin cubrirlos.
—No se moleste —me dijo, echándome sus brazos
alrededor del cuello—. Esta tarde se comportó usted maravillosamente.
La suave seda gris de su máscara, moldeando su
mejilla, se apretó contra la mía. A través del encaje de la máscara, la punta
caliente y húmeda de su lengua tocó mi barbilla.
—No estoy molesto —dije—. Tan sólo asombrado y
deseosos de ayudar.
El taxi se detuvo. A ambos lados se veían ventanas
oscurecidas rodeadas de trozos cortantes de cristal roto. La enfermiza luz
púrpura mostraba unas pocas figuras harapientas que lentamente se volvían hacia
nosotros.
—Es la turbina, hombre —murmuró el conductor—.
Estamos encallados. —Estaba allí sentado, encogido e inerte—. Desearía que
hubiera sucedido en cualquier otra parte.
—La tarifa usual son cinco dólares —me murmuró mi
compañera.
Miró tan asustadamente a las figuras que se
congregaban que suprimí mi indignación y actué como ella sugería. El conductor
aceptó el billete sin decir palabra. Mientras ponía en marcha el motor, sacó la
mano por la ventanilla y oí como unas monedas tintineaban contra el suelo.
Mi compañera volvió a mis brazos, pero su máscara
estaba dirigida hacia la pantalla de televisión, en donde la alta muchacha
acababa de inmovilizar al pataleante Pequeño Zirk.
—Estoy tan asustada —suspiró.
Cielo resultó ser un barrio igualmente ruinoso,
pero tenía un club con una enorme puerta con marquesina, y un portero
uniformado como un espacionauta, pero con brillantes colores. En mi neblina
sensual, casi me gustó todo aquello. Salimos del taxi justamente cuando por la
acera llegó una vieja borracha, con su máscara levantada. Una pareja que iba
delante nuestro apartó sus rostros de la medio desnuda cara, como si se tratase
de un feo cuerpo en la playa. Mientras entrábamos, oí como el portero decía:
—Circule, abuela. Y vaya con cuidado.
En el interior, todo era penumbra y brillos
azulados.
Había dicho que podríamos hablar en el interior,
pero no veía cómo. Además del inevitable coro de estornudos y toses (dicen que
en América hay un cincuenta por ciento de alérgicos en estos días), había una
banda tocando a todo volumen en el reciente estilo robop, en el cual una
máquina compositora electrónica selecciona una secuencia arbitraria de
tonalidades sobre la cual los músicos tejen sus estridentes pequeñas
individuales.
La mayor parte de la gente estaba en reservados. La
banda estaba detrás del bar. En una pequeña plataforma a su lado, danzaba una
muchacha, desnuda excepto por su máscara. El grupito de hombres situados en el
penumbroso extremo de la barra no estaban mirándola.
Inspeccionamos el menú escrito con letras doradas
en la pared, y apretamos los botones para pechuga de pollo, gambas fritas y dos
escoceses. Momentos después, campanilleó la señal de servicio. Abrí el
brillante panel y tomé las bebidas.
El grupito de hombres situados en la barra
caminaron hacia la puerta, pero primero pasearon la vista por la estancia. Mi
compañera había echado hacia atrás su abrigo. La mirada de ellos se detuvo en
nuestro reservado. Me di cuenta de que eran tres.
La banda echó a la bailarina con un conjunto de
gruñidos. Le di a mi compañera una pajita y sorbimos nuestras bebidas.
—Quería usted que le ayudara en algo —le dije—.
Incidentalmente, deseo decirle que es usted preciosa.
Ella me dio las gracias rápidamente, miró a su
alrededor y se inclinó hacia adelante.
—¿Sería difícil que lograse ir yo a Inglaterra?
—No —repliqué un tanto asombrado—, siempre que
tenga usted un pasaporte americano.
—¿Y es difícil de conseguir?
—Bastante —le dije sorprendido de su falta de
información—. A su país no le gusta el que sus ciudadanos viajen, aunque no son
tan rígidos como en Rusia.
—Me podría ayudar el Consulado Británico a obtener
un pasaporte?
—No creo que sea de su...
—¿Y usted?
Me di cuenta de que estábamos siendo
inspeccionados. Un hombre y dos muchachas se habían detenido frente a nuestra
mesa. Las muchachas eran altas y agresivas, con máscaras moteadas. El hombre se
alzaba orgulloso entre ellas, como un zorro erguido sobre sus patas traseras.
Mi compañera no les miró, pero se echó hacia atrás.
Me di cuenta de que una de las muchachas tenía un enorme moretón en su
antebrazo. Tras un momento, se introdujeron en un reservado penumbroso.
—¿Los conoce? —pregunté. No replicó. Terminé mi
bebida—. No estoy seguro de que le gustase Inglaterra —dije—. La austeridad es
bastante distinta a su estilo americano de miseria.
Ella se echó de nuevo hacia adelante.
—Pero tengo que escapar —susurró.
—¿Por qué? —me estaba impacientando.
—Porque estoy tan asustada.
Se oyó un campanilleo. Abrí el panel y le entregué
las gambas fritas. La salsa de mi pechuga de pollo era una deliciosa mezcla
humeante de almendras, soja y jengibre. Pero debía de haber algo que no
funcionaba en el horno radiólico que congelaba y calentaba los alimentos,
porque al primer bocado mastiqué un trozo de hielo en la carne. Esos delicados
mecanismos necesitan una reparación constante, y no hay suficientes mecánicos.
Dejé el tenedor.
—¿De qué tiene usted miedo? —pregunté.
Por primera vez, su máscara no se apartó de mi
rostro. Mientras esperaba, podía notar cómo se acumulaban los temores, aunque
ella no los nombrase. Pequeñas formas oscuras, que pululaban a través de la
curvada noche exterior, convergiendo en el centro de la playa radiactiva de
Nueva York, sumergiéndose en los márgenes del púrpura. Noté una repentina
sensación de simpatía, un deseo de proteger a la muchacha situada frente a mí.
La cálida sensación se unió al apasionamiento originado en el taxi.
—De todo —dijo finalmente. Asentí, y le acaricié la
mano.
—Tengo miedo de la luna —comenzó a decir, con su
voz quebradiza y soñadora, como en el taxi—. No se puede mirar a la luna y no
pensar en las bombas teledirigidas.
—En Inglaterra hay la misma luna —le recordé.
—Pero ya no es a luna inglesa. Es nuestra y de
Rusia. Ustedes no tienen responsabilidad. Apreté su mano.
—Ah, y además.—dijo, agitando su máscara—, tengo
miedo de los coches, y de las pandillas, y de la soledad, y de Infierno. Tengo
miedo de la lujuria que desnuda los rostros —y su voz se hizo un susurro—,
tengo miedo de los luchadores.
—¿Sí? —la incité suavemente, tras un momento. Su
máscara se adelantó.
—¿Sabe algo acerca de los luchadores? —preguntó
rápidamente—. Los que luchan con mujeres, quiero decir. A menudo, ¿sabe usted?,
pierden. Y entonces tienen que tener una chica con la que disipar su
frustración. Una chica que sea débil, y blanda, y terriblemente asustada. Lo
necesitan para continuar siendo hombres. Otros hombres no quieren que tengan
una chica. Otros hombres quieren que simplemente luchen con mujeres y sean
héroes. Pero tienen que tener una chica. Es horrible para ella.
Apreté más fuertemente sus dedos, como si el valor
pudiese ser transmitido..., eso aceptando que yo lo tuviese.
—Creo que podré llevarla a Inglaterra —dije.
Unas sombras se arrastraron hacia la mesa, y
permanecieron en ella. Miré hacia arriba y vi a los tres hombres que habían
estado al final de la barra. Eran los hombres que había visto en el cupé.
Llevaban suéteres negros y pantalones negros ajustados. Sus rostros eran tan
inexpresivos como los de las estatuas. Dos de ellos se alzaban por encima mío.
El otro sobre la muchacha.
—Desaparece, muchacho —me dijeron. Oí como el otro
le informaba a la chica:
—Hermana, lucharemos a una caída. ¿Qué prefieres?
¿Judo, abofeteo o mate—quien—pueda?
Me alcé. Hay momentos en los que un inglés
simplemente debe meterse en líos. Pero entonces llegó el hombrecillo de aspecto
de zorro, deslizándose como la figura principal de un ballet. La reacción de
los otros tres me asombró. Realmente se sentían embarazados.
Les sonrió débilmente.
—No conseguiréis tenerme contento con trucos como
esos —les dijo.
—No te hagas ideas equivocadas, Zirk —rogó uno de
ellos.
—Las tendré si son ciertas —dijo—. Ella me ha
contado lo que tratasteis de hacer esta tarde. Esto no hará que os tenga más
simpatía. Esfumaos.
Se fueron inseguros.
—Vámonos de aquí —dijo uno de ellos en. voz alta,
mientras se giraban—. Sé de un lugar en el que luchan desnudos con navajas.
Pequeño Zirk rió musicalmente y se deslizó al
asiento contiguo al de mi compañera. Ella se apartó de él, tan sólo un poco.
Eché mis pies hacia atrás y me incliné hacia adelante.
—¿Quién es tu amigo, nena? —preguntó, sin mirarla.
Ella me pasó la pregunta a mí con un pequeño gesto. Se lo dije.
—Británico —observó—. ¿Ha estado preguntándole cómo
salir del país? ¿Acerca de los pasaportes? —sonrió placentero—. Le gusta pensar
en escapar. ¿No es así, nena? —su pequeña mano comenzó a acariciar la muñeca de
ella, con los dedos algo doblados y los tendones rígidos, como si estuviera a
punto de agarrar y torcer.
—Mire —le dije secamente—, tengo que agradecerle el
que haya echado a esos matones, pero...
—Ni piense en eso —me dijo—. No son ningún peligro,
excepto cuando están tras un volante. Una muchachita de catorce años bien
entrenada podría dejar lisiado a cualquiera de ellos. Vaya, pero si la misma
Theda, si es que se dedicase a estas cosas...
Se volvió hacía ella, trasladando la mano de la
muñeca a su pelo. Lo acarició, dejando que los mechones se deslizasen
lentamente por entre sus dedos.
—¿Sabes que perdí esta noche, nena? —dijo
suavemente.
Me puse en pie.
—Ven —le dije a ella—. Vámonos.
Se quedó allí sentada. Ni siquiera podía adivinar
si estaba temblando. Traté de leer algún mensaje en sus ojos a través de la
máscara.
—La llevaré lejos —le dije—. Lo puedo hacer.
Realmente lo haré. El me sonrió.
—Le gustaría ir con usted —dijo—. ¿No es así, nena?
—¿Viene, o no viene? —le dije. Ella siguió sentada.
Lentamente, él anudó sus dedos en su pelo.
—Escuche, gusanillo —le grité—. Sáquele las manos
de encima.
Saltó del asiento como una serpiente. No soy ningún
luchador. Tan sólo sé que, contra más asustado estoy, mejor y más fuerte pego.
Esta vez tuve suerte. Pero mientras se derrumbaba, noté una bofetada, y cuatro
punzadas de dolor en mi mejilla. Me apreté la mano contra la cara. Podía notar
las cuatro heridas abiertas por sus puntas metálicas, y la cálida sangre
surgiendo de ellas.
No me miraba. Estaba inclinada sobre el Pequeño
Zírk, apretando su máscara contra su mejilla y arrullándole:
—Venga, venga, no te sientas mal. Ya podrás hacerme
daño luego.
Se oyeron sonidos a nuestro alrededor, pero no se
acercaron. Me adelanté y le arranqué la máscara del rostro.
Realmente, no sé cómo pude haber esperado que su
rostro, fuera distinto. Naturalmente, era muy pálido, y no usaba ninguna clase
de cosméticos. Supongo que no tiene significado el usarlos bajo una máscara.
Las cejas estaban desarregladas, y los labios agrietados. Pero en lo que
respecta a la expresión general, en cuanto a las sensaciones que corrían y se
deslizaban por ella...
¿Han levantado ustedes alguna vez una roca de un
suelo húmedo? ¿Han visto ustedes en alguna ocasión los repugnantes gusanos
blanquecinos? La miré, y ella me miró a mí.
—Sí, está usted tan asustada, ¿no es así? —dije
sarcásticamente—. Le da usted miedo este pequeño drama de cada noche, ¿no? Está
usted mortalmente asustada.
Y salí a la noche púrpura, todavía apretando la
mano contra mi mejilla ensangrentada. Nadie me detuvo, ni siquiera las
muchachas luchadoras. Deseé poder arrancar una película de bajo mi camisa y
probarla allí y allí, y encontrar que había absorbido demasiada radiación, para
así poder solicitar atravesar el Hudson e ir a New Jersey, más allá de la
radiación remanente de la Bomba de los Estrechos, y así esperar en Sandy Hook
el herrumbroso buque que me llevaría, atravesando el mar, de vuelta a
Inglaterra.

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