© Libro N° 9015. El Extraño Vuelo De Richard Clayton. Bloch, Robert. Emancipación. Septiembre 5 de 2021.
Título
original: © El Extraño Vuelo De
Richard Clayton. Robert Bloch
Versión Original: © El Extraño Vuelo De Richard Clayton.
Robert Bloch
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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EL EXTRAÑO VUELO DE RICHARD CLAYTON
Robert Bloch
El Extraño Vuelo De Richard
Clayton
Robert Bloch
El extraño vuelo de Richard Clayton
Robert
Bloch
(The
Strange Flight of Richard Clayton. Robert Bloch. Amazing. Marzo 1939).
Richard Clayton extendió los brazos hasta quedar
como un buceador en espera de sumergirse en el azul desde un elevado trampolín.
En realidad, era un buceador. Su trampolín era una plateada nave espacial, e
intentaba sumergirse, no lanzándose hacia abajo, sino elevándose hacia el cielo
azul. El salto no era de veinte o treinta pies..., sino de millones de millas.
Respiró profundamente el hinchado y enguatado
científico, alzó sus manos hacia la fría palanca de acero, cerró los ojos y
tiró. La palanca se movió hacia abajo.
Durante unos instantes no ocurrió nada.
Luego, una repentina sacudida arrojó a Clayton al
suelo. ¡El Future estaba moviéndose!
Las alas de un pájaro batiendo mientras el animal
se remonta..., una polilla zumbando al volar..., el temblor detrás de unos
músculos en tensión.
La nave espacial Future vibraba de un modo absurdo.
Iba de un lado a otro, y las vibraciones sacudían las paredes de acero. Richard
Clayton se puso en pie con trabajo, se frotó la lastimada frente y avanzó
tambaleándose hacia su pequeña litera. La nave estaba moviéndose, pero seguía
vibrando. Clayton miró el tablero de mandos y exclamó:
«¡Dios mío! ¡Se ha roto!»
Era cierto. La sacudida había roto el tablero de
mandos. El cristal había caído al suelo, y los discos giraban locamente sobre
la desnuda superficie del tablero.
Clayton se sentó, desesperado. Aquello era una
grave tragedia. Su pensamiento retrocedió seis lustros, hasta la época en que,
siendo un chiquillo de diez años, se habla sentido impresionado por el vuelo de
Lindberg. Recordó sus estudios y cómo habla utilizado el dinero de su padre
millonario para perfeccionar una máquina voladora que pudiera cruzar el
Espacio.
Durante años enteros, Richard Clayton habla
trabajado y soñado y proyectado. Estudió a los rusos y a sus cohetes; organizó
la Fundación Clayton, y contrató mecánicos, matemáticos, astrónomos e
ingenieros para que trabajasen con él.
Luego se había producido el descubrimiento de la
energía atómica, y el Future había sido construido. El Future era una cápsula
de acero y duraluminio, sin ventanas y aislada por un procedimiento secreto. En
la diminuta cabina había tanques de oxígeno, alimentos en forma de pastillas,
excitantes químicos, una instalación de aire acondicionado... y lugar
suficiente para que un hombre pudiera dar seis pasos.
Era una pequeña celda de acero; pero en ella,
Richard Clayton se proponía realizar sus ambiciones. Ayudado en su ascensión
por cohetes que le empujarían más la de la fuerza de gravedad de la Tierra,
volaría por medio de la propulsión nuclear hasta llegar a Marte y regresar.
Tardaría diez años en llegar a Marte; y otros diez
años en regresar. La velocidad sería de mil millas por hora. No se trataba de
un viaje ideal «a la velocidad de la luz», sino de un lento y desagradable
viaje, científicamente calculado. Los mandos estaban instalados de modo que
Clayton no tenía necesidad de pilotar su nave. Todo era automático.
«Pero, ¿y ahora qué?», se dijo Clayton,
contemplando el destrozado tablero. Habla perdido contacto con el mundo
exterior. Estaría incapacitado para leer su progresión en el tablero,
incapacitado para calcular el tiempo, y la distancia, y la dirección. Tendría
que permanecer sentado allí durante diez, veinte años..., completamente solo en
una pequeña cabina. No había espacio para libros, o periódicos, o juegos que
pudieran entretenerle. Era un prisionero en la negra bóveda del Espacio.
La Tierra había quedado ya muy lejos debajo de él;
no tardaría en ser una bola de fuego verde, más pequeña que la bola de fuego
rojo que tendría delante: Marte.
El aeródromo se había llenado de gente deseosa de
presenciar su despegue; su ayudante Jerry Chase se había encargado de mantener
el orden. Clayton imaginó a aquella multitud contemplando a su brillante
cilindro de acero mientras surgía del humo gaseoso de los cohetes y se
precipitaba hacia el cielo como una bala de cañón. Luego, su cilindro se había
desvanecido en el azul y la multitud se habría dispersado.
Pero él se había quedado allí, en la nave..., para
permanecer durante diez, veinte años...
Sí, se había quedado, pero, ¿cuándo cesaría
aquello? El estremecimiento de las paredes y del suelo resultaba insoportable;
ni él ni los expertos habían previsto aquel problema. El temblor se transmitía
a su cuerpo, a su cerebro. ¿Y si no cesaba, si duraba todo el viaje? ¿Cuánto
tiempo podría resistirlo sin enloquecer?
Podía pensar. Clayton se tendió en su litera y
recordó: rememoró todos los detalles de su existencia, desde que nació hasta el
momento que vivía. Pero agotó todos los recuerdos en un espacio de tiempo
demasiado breve.
«Puedo hacer ejercicio», dijo en voz alta. Se
levantó del camastro y paseó por la cabina: seis pasos en una dirección, seis
pasos en otra. Se cansó de pasear.
Suspirando, Clayton se acercó al lugar donde
estaban almacenadas las cápsulas alimenticias.
«Ni siquiera puedo matar el tiempo comiendo
—murmuró tristemente—. Sólo tragar una cápsula, y ya está.»
La vibración continuaba. Resultaba enloquecedora.
Clayton volvió a tenderse en el camastro. Dormiría. Dormiría, si podía lograrlo
en medio de aquel movimiento. Apagó la luz. Sus pensamientos volvieron a su
extraña situación; un prisionero en el Espacio. En el exterior, los planetas
giraban y giraban, y las estrellas parpadeaban en la inmensa negrura de la Nada
espacial. Y allí estaba él, seguro y cómodo en una cámara vibratoria, a
cubierto del terrible frío, sometido a una espantosa vibración.
Sin embargo, tenía sus compensaciones. En el viaje
no habría periódicos que le atormentaran con los relatos del hombre enemigo del
hombre; ni estúpidos programas de radio o de televisión que aburrieran. Sólo la
maldita omnipresente vibración...
Clayton durmió, moviéndose a través del Espacio.
Cuando despertó no había luz. Allí no se sucedían
los días y las noches. Únicamente él y la nave, en el Espacio. Y la vibración
continuaba, destrozándole los nervios con su incesante golpear contra el
cerebro. Las piernas de Clayton temblaban cuando se levantó y fue a buscar las
píldoras alimenticias.
Luego, se sentó y empezó a sufrir. Una terrible
sensación de soledad estaba empezando a invadirle. Absolutamente aislado
allí..., desconectado de todo. No tenía nada que hacer. Su situación era peor
que la de un preso en reclusión solitaria. El preso tenía una celda más amplia,
un soplo de aire fresco, un rayo de sol, y el vislumbre de un rostro ocasional.
Clayton había pensado en sí mismo como en un
misántropo. Ahora, anhelaba ver otro rostro. A medida que transcurrían las
horas, sus ideas se hacían más raras. Deseaba ver Vida, en alguna forma:
hubiera dado una fortuna por la compañía de un insecto en su calabozo volante.
El sonido de una voz humana le hubiera producido una gran felicidad. ¡Estaba
tan solo!
Nada que hacer sino soportar la vibración, dar el
brevísimo paseo, tragar sus píldoras, intentar dormir. Nada en qué pensar.
Clayton empezó a desear que llegara el momento en que sus uñas necesitaran ser
cortadas; podría alargar la tarea durante horas enteras.
Examinó sus ropas minuciosamente, contempló su
rostro barbudo en el pequeño espejo. Escrutó todos los artículos de la cabina
del Future.
Y no logró cansarse lo suficiente para volver a
dormir.
Sentía un dolor continuo de cabeza. Por fin
consiguió cerrar los ojos y sumirse en una especie de modorra, interrumpida por
repentinos sobresaltos.
Cuando se levantó y encendió la luz, hizo un
horrible descubrimiento.
Había perdido el sentido del tiempo.
«El tiempo es relativo», le habían dicho siempre. Y
ahora comprobaba que era cierto. No tenía nada para medir el tiempo: ningún
reloj, ningún vislumbre del sol o de la luna, o de las estrellas, ninguna
actividad regular. ¿Cuánto hacía que había iniciado aquel viaje? Por mucho que
lo intentó, no pudo recordarlo.
¿Había comido cada seis horas? ¿O cada diez? ¿O
cada veinte? ¿Había dormido una vez cada día? ¿Una vez cada tres o cuatro días?
¿Con cuánta frecuencia había paseado?
Sin ningún instrumento para situarse a sí mismo,
estaba completamente perdido. Tragó sus píldoras en una especie de pasmo
mental, tratando de no pensar en el estremecimiento que llenaba sus sentidos.
Era terrible. Si perdía la noción del Tiempo, no
tardaría en perder la noción de su propia identidad. Enloquecería. Solo,
atormentado en una pequeña celda, tenía que aferrarse a algo. ¿Qué era el
Tiempo?
No quería pensar en ello. No quería pensar en nada.
Tenía que olvidar el mundo que había dejado, si no quería que los recuerdos le
enloquecieran.
«Tengo miedo —murmuró—. Miedo de estar solo en la
oscuridad. Puedo haber pasado la luna. Puedo estar a un millón de millas de la
Tierra... o a diez millones.»
Clayton se dio cuenta de que estaba hablando
consigo mismo. Aquello era locura. Pero no podía evitarlo, del mismo modo que
no podía evitar la terrible vibración que le rodeaba.
«Tengo miedo —dijo, con una voz que resonó
profundamente en la pequeña cabina—. Tengo miedo. ¿Qué hora es?»
Se quedó dormido, murmurando, y el Tiempo fue
deslizándose.
Clayton despertó con nuevas energías. Pensó que
había perdido el equilibrio. La presión exterior, a pesar de la compensación,
había afectado a sus nervios. El oxígeno le había aturdido, y la alimentación a
base de píldoras había contribuido a aumentar su malestar. Pero la debilidad ya
había pasado. Sonrió, paseó un poco.
Luego, los pensamientos volvieron a inquietarle.
¿Qué día estaba viviendo? ¿Cuántas semanas habían transcurrido desde que
despegó? Tal vez hacía meses; un año, dos años. Todo lo de la Tierra parecía
muy lejano; casi parte de un sueño. Se sentía más cerca de Marte que de la
Tierra; empezaba a «anticipar», en vez de mirar atrás.
Durante una temporada había obrado maquinalmente.
Habla encendido y apagado la luz cuando era necesario, tragado píldoras por
costumbre, había atendido al sistema de ventilación de un modo inconsciente.
Richard Clayton fue olvidándose de sí mismo.
Asimiló el torturante zumbido hasta convertirlo en un dolor que le decía que
estaba viajando a través del Espacio en un proyectil plateado. Pero no
significaba nada más. Clayton había dejado de hablarse, se había olvidado de
todo. Sólo soñaba en Marte. Cada sacudida de la nave susurraba: «Marte...
Marte... Marte.»
Sucedió algo maravilloso. Aterrizó. La nave picó,
temblando. Cortó suavemente la gaseosa envoltura del planeta rojo. Durante
cierto tiempo, Clayton había notado la atracción de una fuerza de gravedad, y
supo que los instrumentos automáticos de su nave estaban disminuyendo las
descargas atómicas y utilizando la atracción gravitatoria natural del propio
Marte.
La nave aterrizó y Clayton abrió la puerta. Rompió
los precintos y salió al exterior. Saltó suavemente sobre la hierba de color
púrpura. Su cuerpo era ahora libre, ligero. Allí había aire fresco, y la luz
del sol parecía más fuerte, más intensa, a pesar de las nubes que velaban el
brillante globo.
A lo lejos se alzaban los bosques, verdes bosques
con la vegetación púrpura entre los árboles. Clayton avanzó hacia ellos. El
primer árbol tenía unas ramas que se inclinaban hacia el suelo como dos
extremidades.
¡Y eran extremidades! Dos brazos verdes que
agarraron a Clayton y lo acercaron al oscuro tronco. Desde allí pudo contemplar
las excrecencias de color púrpura que surgían de entre las hojas.
Las excrecencias de color púrpura eran... cabezas.
Diabólicos rostros de color púrpura le contemplaban
con ojos carroñosos como hongos muertos. Cada uno de los rostros estaba
arrugado como una coliflor de color púrpura, pero debajo de la masa pulposa
había una gran boca. Todos los rostros púrpura tenían una boca púrpura, y de
todas las bocas púrpura goteaba sangre. Los brazos del árbol le apretaron un
poco más contra el tronco, y uno de los rostros púrpura —un rostro de
mujer—estaba acercándose a él.
Clayton luchó, pero los brazos del árbol le
mantenían firmemente sujeto y el rostro llegó, frío como la muerte. Su helada
llama atravesó todo su ser, ahogando sus sensaciones.
En aquel momento, Clayton despertó y supo que todo
había sido un sueño. Su cuerpo estaba empapado en sudor. Esto le hizo adquirir
consciencia de su existencia. Avanzó hacia el espejo, tambaleándose.
Una sola mirada bastó para hacerle retroceder,
horrorizado. ¿Formaba también esto parte de su sueño?
En el espejo, Clayton había visto reflejado el
rostro de un hombre viejo. Un rostro arrugado, de demacradas mejillas. Pero lo
peor eran los ojos: Clayton ni siquiera los reconoció. Rojizos, y profundamente
hundidos en unas huesudas cuencas, ardían con una salvaje expresión de horror.
Clayton tocó su rostro, vio la mano veteada de venas azules alzarse en el
espejo y correr a través del pelo gris.
Recobró en parte el sentido del tiempo. Llevaba
años enteros en la nave. ¡Años! ¡Estaba envejeciendo!
Desde luego, aquel género de vida había influido en
el proceso, pero, con todo, tenía que haber transcurrido largo tiempo. Clayton
supo que pronto llegaría al final de su viaje. Quería llegar antes de sufrir
otra pesadilla. A partir del momento, la lucidez y la reserva física tendrían
que luchar contra el invisible enemigo del Tiempo. Retrocedió hasta su
camastro, mientras el Future, tembloroso como un metálico monstruo volador, se
precipitaba en la negrura del Espacio interestelar.
Estaban golpeando la parte exterior de la nave,
manos de hierro aporreaban la puerta. Los negros monstruos de metal entraban
pesadamente con su amenaza de hierro. Sus rostros severos, acerados, eran
inexpresivos cuando agarraron a Clayton, uno por cada brazo, y le obligaban a
andar. Le arrastraron a través de la plataforma, andando rápidamente, y le
obligaron a subir a la gran torre metálica. Clang, clang, clang, resonaron los
pies de metal, mientras subían la escalera de la torre.
Era una escalera de caracol que parecía no tener
fin; pero los monstruos de metal no se cansaban. Sus rostros permanecían
impasibles, y el hierro no suda. Clayton, en cambio, estaba completamente
agotado cuando le arrastraron hasta la Presencia, en la estancia de la torre.
La voz metálica zumbó, mecánicamente, como un disco rayado.
Le... encontramos... en... un... pájaro..., oh...
Maestro.
Está... hecho... de blan... dura.
Tiene... una... rara... clase... de... vida.
Un... a... ni... mal.
Y luego la retumbante voz desde el centro de la
estancia de la torre.
Tengo hambre.
Levantóse de un trono de hierro el Maestro. Una
gran trampa de hierro, con mandíbulas de acero, como las de una excavadora
mecánica. Las mandíbulas se abrieron, y los horribles dientes brillaron. Una
voz surgió de las profundidades.
Alimentadme.
Los brazos de hierro arrastraron a Clayton hasta
las mandíbulas del monstruo. Las mandíbulas se cerraron, con un horrible
crujido de huesos...
Clayton se despertó gritando. El espejo brilló
cuando sus temblorosas manos hubieron encontrado el interruptor de la luz.
Clayton contempló el rostro de un hombre viejo, con el pelo casi completamente
blanco. Estaba envejeciendo rápidamente. Y se preguntó si su cerebro lo
resistiría.
Tragó sus píldoras, dio un corto paseo, escuchó la
vibración, renovó el aire, se tendió en la litera. No podía hacer otra cosa...
sino esperar. Esperar en una cámara de tortura vibratoria, durante horas, días,
semanas, años, siglos.
Y a intervalos, un sueño. Aterrizó en Marte, y los
fantasmas surgieron de una niebla gris. Eran formas en la niebla, como viscosos
ectoplasmas, y Clayton veía a través de ellos. Y sus voces eran leves susurros
en su alma.
«Aquí está la Vida —susurraban—. Nosotros, las
almas de los que hemos cruzado el Vacío muertos, esperábamos la Vida para
darnos un festín. Y ahora vamos a tenerlo.»
Y le envolvieron en sus vestiduras grises, y
sorbieron su sangre con sus bocas grises, ávidas...
En otra ocasión aterrizó en el planeta y no había
nada en él. Absolutamente nada. El suelo era árido y se extendía
interminablemente en todas direcciones. No había cielo ni sol.
Puso un pie en el suelo, cautelosamente. Y se
hundió en la nada. La nada vibraba, lo mismo que el Future, y le estaba
engulliendo. Estaba hundiéndose en una profunda sima sin paredes, y el olvido
se cerraba a su alrededor...
Al despertar de este último sueño, Clayton se miró
al espejo. Sus piernas estaban débiles y sus manos temblaban como las de un
anciano. Contempló el rostro que se reflejaba en el espejo: el rostro de un
hombre de setenta años.
«¡Dios mío!», murmuró. Era su propia voz... el
primer sonido que oía desde hacía... ¿cuánto tiempo? ¿Cuántos años? ¿Cuánto
hacía que no oía nada, aparte de la diabólica vibración de la nave? ¿Hasta
dónde había llegado el Future? Era ya un hombre viejo.
Una terrible idea cruzó por su cerebro. Tal vez
algo había funcionado mal. Tal vez los cálculos eran erróneos, y estaba
moviéndose en el Espacio con demasiada lentitud. Tal vez no llegara nunca a
Marte. Luego —era una espantosa posibilidad—, pensó que habia sobrepasado
Marte, que estaba hundiéndose en las bóvedas vacías, más allá del planeta.
Tragó sus píldoras y se tendió en la litera. Se
sentía un poco más tranquilo; tenía que estarlo. Por primera vez en muchísimo
tiempo, recordaba la Tierra.
¿Y si hubiese sido destruida? ¿Asolada por la
guerra, la peste o la epidemia mientras él estaba fuera? ¿O arrasada por un
meteoro errante? Se sintió asaltado por unas ideas fantásticas... ¿Y si unos
Invasores cruzaban el Espacio para conquistar la Tierra, del mismo modo que él
lo estaba cruzando para dirigirse a Marte?
Pero, era absurdo preocuparse por todo aquello. El
problema consistía en alcanzar su propio objetivo. Y para alcanzarlo, no podía
hacer otra cosa más que esperar conservando la vida y la lucidez el tiempo
suficiente para lograr sus propósitos. En el vibratorio horror de su celda,
Clayton reunió sus escasas energías para adoptar una firme resolución: viviría,
y cuando aterrizara vería Marte. No le importaba morir en el largo camino de
regreso: viviría hasta que su objetivo se hubiera cumplido. A partir de aquel
momento lucharía contra los sueños. A pesar de la infernal vibración de su
pequeña cárcel, viviría.
Llegaron unas voces procedentes del exterior de la
nave. Los fantasmas aullaron, en las oscuras profundidades del Espacio.
Llegaron visiones de monstruos y sueños de tortura, y Clayton los rechazó
todos. Cada hora, o día, o año —le era imposible medirlo—, Clayton conseguía
arrastrarse hasta el espejo. Y siempre le mostraba que estaba envejeciendo
rápidamente. Su pelo, blanco como la nieve, y las arrugas de su rostro le daban
un aspecto de increíble senilidad. Pero estaba vivo. Era demasiado viejo para seguir
pensando, y estaba demasiado cansado. Se limitaba a vivir —a vegetar—como una
planta.
Al principio no se dio cuenta. Estaba tendido en su
litera, con los ojos cerrados, sumido en una intensa modorra. Súbitamente, notó
que la vibración había cesado. Clayton pensó que había estado soñando de nuevo.
Se frotó los ojos, sacudió la cabeza... No: el Future estaba inmóvil. ¡Había
aterrizado!
Clayton temblaba inconteniblemente. Era la
consecuencia de años de vibración; años de aislamiento sin más compañía que sus
descabellados pensamientos. Apenas podía sostenerse en pie.
Pero, habla llegado el momento. Lo que había
esperado durante diez largos años. No, tenían que haber sido muchos más años.
Pero podría ver Marte. Lo había conseguido. ¡Había realizado lo imposible!
Era un pensamiento estimulante. Y le infundió
fuerzas para arrastrarse hasta la puerta: la puerta sellada. Junto a ella había
una palanca.
Su envejecido corazón latió excitadaniente mientras
empujaba la palanca hacia arriba. La puerta se abrió..., la luz del sol y el
aire penetraron en la cabina.
La luz le hizo parpadear, y el aire oprimió sus
pulmones. Sus pies se arrastraron...
Clayton cayó en los brazos de Jerry Chase.
Clayton no sabía que era Jerry Chase. No sabía ya
nada. La prueba había sido demasiado fuerte.
Chase se quedé mirando el debilitado cuerpo que
tenía en los brazos.
—¿Dónde está Mr. Clayton? —murmuró—. ¿Quién es
usted?
Miró fijamente el envejecido y arrugado rostro.
—¡Dios mio! ¡Es Mr. Clayton! —exclamó—. Mr.
Clayton, ¿qué le sucede? El sistema de propulsión se averió cuando puso usted
en marcha la nave, pero las descargas atómicas no se interrumpieron. La nave no
despegó siquiera, pero la violencia de las descargas nos impidieron acercarnos
hasta ahora. Hace unos instantes cesaron las sacudidas, pero no hemos perdido
de vista al Future, ni de día ni de noche. ¿Qué le ha sucedido, Mr. Clayton?
Los apagados ojos azules de Richard Clayton se
abrieron. Su marchita boca susurró débilmente:
—He..., he perdido la noción del tiempo.
¿Cuánto..., cuánto he estado en el Future?
El rostro de Jerry Chase estaba muy serio cuando
miró de nuevo al anciano y respondió, en voz baja:
—Sólo una semana.
La muerte vidrió los ojos de Richard Clayton: el
largo viaje había terminado.

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