© Libro N° 9014. Vela Por Los Vivos. Bradbury, Ray. Emancipación. Septiembre 5 de 2021.
Título
original: © Vela Por Los Vivos. Ray
Bradbury
Versión Original: © Vela Por Los Vivos. Ray Bradbury
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Ray Bradbury
Vela Por Los Vivos
Ray Bradbury
(Wake for the Living. Ray Bradbury. Dime Mystery.
1947).
Durante bastante días, en los que estuvo recibiendo
partes metálicas y otros trastos, que Charles Braling llevaba con ansiedad
febril a su pequeño taller, se estuvo oyendo continuamente martillear y
golpetear. Era un hombre moribundo, casi agonizante, y parecía tener mucha
prisa, entre accesos de tos y escupitajos, en montar un último invento.
—¿Qué es lo que estás haciendo? —inquirió su
hermano menor Richard Braling. Había escuchado con creciente dificultad y mucha
curiosidad todo aquel trastear y martillear, y ahora metió la cabeza por la
puerta del taller.
—Vete muy lejos, y déjame tranquilo —dijo Charles
Braling, que tenía setenta años y se pasaba temblando y babeando la mayor parte
del tiempo. Temblequeando, colocaba clavos en su lugar, y temblequeando los
martilleaba con débiles golpes sobre un gran madero, colocando luego una
pequeña tira de metal dentro de una intrincada máquina. Estaba trabajando como
un loco.
Richard continuó mirando, con ojos amargos, durante
largo tiempo. Se odiaban. Llevaban haciéndolo durante bastantes años, y ahora,
el que Charlie se estuviera muriendo no alteraba la situación. Richard estaba
muy contento al conocer que se le acercaba la muerte, cuando pensaba en ello.
Pero todo este dedicado fervor de su hermano le preocupaba.
—Dímelo, por favor —dijo, sin moverse de la puerta.
—Si es que quieres saberlo —gruñó el viejo Charles,
metiendo algo en la caja colocada frente a él —, estaré muerto dentro de una
semana, así que estoy... ¡estoy fabricando mi propio féretro!
—¿Un féretro, mi querido Charlie?; eso no «parece
un» féretro. Un féretro no es tan complejo. Venga ya, ¿qué es lo que estás
haciendo?
—¡Te digo que es un féretro! Un féretro raro, pero
sin embargo... —el viejo movió los dedos por dentro de la gran caja —, sin
embargo, un féretro.
—Pero sería más fácil comprar uno.
—¡No uno como éste! No se podría comprar uno como
éste en ninguna parte, nunca. Oh, desde luego, será un féretro verdaderamente
bueno.
—Obviamente estás mintiendo —Richard se movió hacia
delante —. ¡Pero si ese féretro tiene más de tres metros y medio de largo!
¡Tiene un metro y medio más largo del tamaño normal!
—¿Y? —el viejo rió silenciosamente.
—Y una tapa transparente. ¿Quién ha oído hablar de
un ataúd a través del cual se puede mirar? ¿Para qué le sirve a un cadáver una
tapa transparente?
—Bah, simplemente, no te preocupes —cantó
alegremente el viejo —. ¡Laaa! —y continuó canturreando y martilleando por el
taller.
—¡Este ataúd es terriblemente grueso! —gritó el
hermano menor por encima del ruido —. ¡Pero si debe tener un metro y medio de
espesor! ¡Es totalmente innecesario!
—Tan sólo desearía poder vivir para patentar este
asombroso féretro —dijo el viejo Charlie —. Sería un regalo del cielo para
todas las gentes pobres del mundo. Piensa en cómo eliminaría los gastos en la
mayor parte de los funerales. Ah, pero naturalmente, tú no sabes cómo haría
esto, ¿no es así? ¡Qué tonto soy! Bueno, no te lo diré. Si este ataúd fuera
producido en serie, naturalmente al principio saldría caro, pero cuando uno
lograse producirlo en grandes cantidades, ah, la cantidad de dinero que se ahorraría
la gente.
—¡Al infierno con ello! —y el hermano menor salió
echando chispas del taller.
Había sido una vida desagradable. El joven Richard
siempre había sido tan inepto que nunca había logrado juntar dos monedas al
mismo tiempo. Todo su dinero le había venido de su hermano mayor Charlie, que
había tenido la indecencia de recordárselo a cada momento. Richard pasaba
muchas horas con sus diversiones: le gustaba mucho el amontonar las botellas de
vino francés en el jardín.
—Me gusta la forma en que «brillan» —decía a
menudo, sentado y dando un trago, dando un trago y estando sentado. Era el
hombre del país que podía mantener la mayor cantidad de ceniza de un cigarro de
cincuenta centavos durante más tiempo. Y sabía cómo poner la mano de forma en
que sus diamantes brillasen a la luz. Pero ni había comprado el vino ni los
diamantes ni los cigarros. ¡No! Todo era regalos. Nunca le permitía comprar
nada. Siempre se lo compraba todo y se lo daba. Tenía que pedírselo todo, incluso
el papel de escribir. Se consideraba casi un mártir por haber aceptado el
recibir cosas de aquel pesado hermano suyo durante tanto tiempo. Todo en lo que
Charlie ponía la mano se convertía en dinero. Todo lo que Richard había
intentado para lograr una vida de placeres había fracasado.
Y ahora ahí estaba el vejestorio ese, trabajando en
un nuevo invento que probablemente le daría un buen capital adicional aun
después de que sus huesos se estuviesen pudriendo en la tierra.
Bueno, pasaron dos semanas.
Una mañana, el hermano mayor subió arriba y robó
las tripas del fonógrafo eléctrico. Otra mañana, invadió el invernadero del
jardinero. Y en otra ocasión, recibió una entrega de una compañía médica. Todo
lo que podía hacer el joven Richard era sentarse y sostener su larga ceniza
gris de cigarro quieta mientras las murmurantes excursiones tenían lugar.
—¡He terminado! —gritó el viejo Charlie a la
catorceava mañana. Y cayó muerto.
Richard terminó su cigarrillo y, sin demostrar la
más mínima excitación, lo dejó en el cenicero, con su hermosa y larga ceniza de
al menos cinco centímetros de largo —un verdadero récord —para levantarse
luego.
Caminó hasta la ventana y contempló como la luz del
sol jugueteaba alegremente entre las gruesas botellas de champaña en el jardín.
Miró hacia arriba, al final de las escaleras, en
donde el querido viejo hermano Charlie yacía apaciblemente derrumbado sobre la
baranda. Luego, se dirigió al teléfono y descuidadamente marcó un número.
—¿Oiga? ¿La funeraria Verde Pradera? Aquí es la
residencia Braling. ¿Tendrán la bondad de enviar a alguien? Sí. Para mi hermano
Charlie. Sí. Gracias. Gracias.
Mientras la gente de las pompas fúnebres estaban
metiendo al hermano Charlie en un baúl de mimbre, recibieron sus instrucciones:
—Un ataúd ordinario —dijo el joven Richard —. No
quiero servicio funerario. Póngalo en un féretro de pino. Él lo habría
preferido así: simple. Adiós.
—¡Ahora! —dijo Richard, frotándose las manos —.
¡Ahora veremos ese «ataúd» fabricado por el querido Charlie! No creo que se dé
cuenta de que no lo están enterrando en su caja especial. Ja.
Entró en el taller del piso alto.
El ataúd se hallaba frente a unas ventanas de
estilo francés abiertas; con su tapa cerrada, completo y bien acabado, montado
con la precisión de un reloj suizo. Era amplio, y descansaba sobre una muy
larga mesa con rodillos por debajo para su fácil manejo.
El interior del ataúd, como vio mientras curioseaba
por la tapa acristalada, tenía un metro ochenta de largo. Debían de haber
noventa centímetros de doble fondo tanto a los pies como en la cabeza del
féretro. Noventa centímetros a cada lado que tal vez revelasen, cubierto por
paneles secretos que en alguna forma debería abrir... ¿exactamente el qué?
Dinero, naturalmente. Sería muy propio de Charlie
el llevarse consigo a la tumba su dinero, dejando a Richard sin un solo centavo
con el que comprar una simple botella. ¡El viejo tacaño!
Alzó la tapa transparente y palpó el interior, no
encontrando ningún botón escondido. Había un pequeño cartelito escrito
cuidadosamente en papel blanco, y colocado con chinchetas a un lado de la caja
forrada de satén. Decía:
«EL ATAÚD ECONÓMICO BRALING. De fácil manejo. Puede
ser usado una y otra vez por las funerarias y las familias previsoras.»
Richard dio un débil bufido. ¿A quién creía estar
engañando Charlie?
Había algo más escrito:
«INSTRUCCIONES: SIMPLEMENTE COLOQUEN EL CUERPO EN
EL ATAÚD.»
Qué cosa más tonta. ¡Colocar el cuerpo en el ataúd!
¡Naturalmente! ¿Para qué iba a servir si no? Siguió leyendo cuidadosamente,
terminando con las instrucciones:
«SIMPLEMENTE COLOQUEN EL CUERPO EN EL ATAÚD, Y
COMENZARÁ A SONAR LA MUSICA.»
—«¡No puede ser¡» —Richard se quedó con la boca
abierta, mirando el cartel —. Que no me digan que todo este trabajo ha sido
para... —se dirigió a la abierta puerta del taller, atravesó la terraza y llamó
al jardinero, que se hallaba en su invernadero —: ¡Rogers! —el jardinero sacó
la cabeza —. ¿Qué hora es? —preguntó Richard.
—Las doce en punto, señor —replicó Rogers.
—Bueno, a las doce y cuarto sube aquí arriba y mira
si todo va bien.
—Sí, señor —contestó el jardinero. Richard se dio
la vuelta y volvió de nuevo al taller.
—Ahora veremos... —dijo tranquilamente.
No pasaría nada por meterse en la caja para
probarla.
Había visto pequeños agujeros de ventilación en los
costados. Aunque estuviese la tapa cerrada, no le faltaría aire. Rogers subiría
en un momento o dos. Simplemente coloquen el cuerpo en el ataúd, y comenzará a
sonar la música. Realmente, qué simple había sido su hermano. Richard se subió
a la caja.
Era como un hombre metiéndose dentro de una bañera.
Se sintió desnudo y observado. Introdujo un brillante zapato dentro del ataúd,
e inclinó su rodilla, apoyándose confortablemente, e hizo una pequeña
observación no dirigida a nadie en particular; luego, subió su otra rodilla y
pie, y se quedó allí acurrucado, como si estuviese inseguro acerca de la
temperatura del agua del baño. Removiéndose, riéndose suavemente, se tendió,
bromeando consigo mismo; pues era divertido el hacer ver que estaba muerto, que
la gente estaba llorando por él, que humeaban velas que lo iluminaban, y que el
mundo se había quedado detenido a causa de su muerte. Puso una cara de
circunstancias, cerró los ojos, y contuvo su risa tras unos labios cerrados.
Cruzó los brazos y decidió que se sentía inerte y frío.
«Brrr... ¡clang!» Algo susurró dentro de la pared
de la caja. «¡Clang!»
¡La tapa se había cerrado sobre él!
Desde fuera, si alguien hubiera llegado a la
habitación, se hubiera imaginado que un loco estaba dando patadas, golpeando,
chillando y agitándose dentro de un armario. Se oía un atronar de carne y
puños. Se oyó el sonido de un cuerpo bailando y retorciéndose. Se oyó un
chillido y un soplido producido por los pulmones de un hombre atemorizado. Se
oyó un crujido como el del papel, y el quejido de numerosas gaitas tocadas a la
vez. Entonces se oyó un alarido verdaderamente hermoso. Luego... silencio.
Richard Braling yacía en el ataúd, y se relajaba.
Distendió todos sus músculos. Comenzó a reír. El perfume de la caja no era
molesto. A través de las pequeñas perforaciones obtenía aire más que suficiente
para vivir confortablemente. Tan sólo tenía que empujar suavemente hacia arriba
con las manos, sin molestarse en patalear y gritar, y la tapa se abriría. Uno
tenía que mantener la calma. Flexionó los brazos.
La tapa estaba firme.
Bueno, todavía no había peligro. Rogers subiría
dentro de un momento o dos. No había nada que temer.
La música comenzó a sonar.
Parecía venir de alguna parte del interior de la
cabeza del ataúd. Era música buena. Música de órgano, muy lenta y melancólica,
que recordaba a los arcos góticos y largas velas negras. Olía a tierra y a
susurros. Producía ecos hacia lo alto entre paredes de piedra. Era tan triste
que uno casi se echaba a llorar escuchándola. Era música de plantas en macetas
y ventanas con cristales azules y carmesíes. Era el sol del atardecer y un frío
viento soplando. Era una mañana con niebla y la lejana sirena de un faro
sonando.
—Charlie, Charlie, Charlie, ¡viejo tonto! ¡Así que este es tu raro ataúd! —lágrimas de risa
inundaron los ojos de Richard —. Nada más que un féretro que suena su propia
música fúnebre. ¡Oh, por mi santa abuela!
Yació, y escuchó críticamente, pues era una hermosa
música, y no podía hacer nada hasta que subiese Rogers y lo dejase salir. Sus
ojos erraban sin rumbo. Sus dedos tamborileaban suaves cancioncillas en los
cojines de satén. Cruzó las piernas indolente. A través de la tapa acristalada
vio la luz penetrando por las ventanas de estilo francés, y observó las
partículas de polvo bailando. Era un bello día azul con jirones de nubes en lo
alto.
Comenzó el sermón.
Se acalló la música de órgano, y una suave voz
dijo:
—Estamos aquí reunidos, aquellos que conocíamos y
amábamos al finado, para rendirle nuestro homenaje.
—¡Charlie, bendito seas! ¡Esa es «tu» voz! —Richard estaba encantado. Un
funeral transcrito mecánicamente, ¡por Dios! ¡Música de órgano, y un sermón en
discos! ¡y el propio Charlie rezando su responso por sí mismo!
La suave voz continuó diciendo:
—Aquellos que lo conocimos y que lo amamos estamos
apenados por el fallecimiento de...
—¿Qué fue «eso»? —Richard se semiincorporó,
asombrado. No podía creer lo que había oído. Lo repitió para sí mismo, tal y
como lo había oído —: Aquellos que lo conocimos y que lo amamos estamos
apenados por el fallecimiento de Richard Braling.
Esto era lo que había dicho la voz.
—Richard Braling —dijo el hombre del ataúd —. ¡Pero
si yo «soy» Richard Braling!
Un desliz, naturalmente. Simplemente, un desliz.
Charlie había querido decir «Charles» Braling. Seguro. Sí. Naturalmente. Sí.
Seguro. Sí. Naturalmente. Sí.
—Richard era una buena persona —dijo la voz,
continuando —. No conoceremos a nadie mejor en nuestros días.
—¡«De nuevo» mi nombre!
Richard comenzó a agitarse inquieto en el interior
del féretro.
¿Por qué no subía Rogers?
Era muy difícil que fuera una equivocación el usar
dos veces un nombre. Richard
Braling. Richard Braling. Estamos aquí reunidos. Te echaremos de menos... Nos apena... No habrá un
hombre mejor... No encontraremos uno mejor en nuestros días... Estamos aquí
reunidos... El fallecido...
Richard Braling... «Richard» Braling.
«¡Trrrrr! ¡Caplum!»
¡Flores! ¡Seis docenas de brillantes flores azules,
rojas y amarillas saltaron de dentro del ataúd impelidas por ocultos muelles!
El dulce olor de flores recién cortadas llenó el
féretro. Las flores se balanceaban suavemente ante su asombrada vista,
golpeando silenciosamente la tapa transparente. Otras saltaron, y otras, hasta
que el ataúd estuvo recubierto por pétalos y color y dulces aromas. Gardenias y
dalias y petunias y narcisos, temblando y brillando.
—¡Rogers!
El sermón continuaba:
—...Richard Braling, en su vida, fue un conocedor
de las cosas grandes y buenas...
La música suspiró, se hizo más fuerte y disminuyó
de nuevo en la distancia.
—...Richard Braling saboreó la vida como lo hace
uno con un vino de vieja cosecha, paladeando...
Se abrió un pequeño panel en el costado de la caja.
Una rápida palanca metálica saltó. Una aguja se clavó en el tórax de Richard,
no muy profundamente. Gritó. La aguja le inyectó una buena dosis de líquido
coloreado antes de que pudiera agarrarla. Luego se volvió a introducir en su
receptáculo y el panel se cerró de golpe.
—¡Rogers!
Un creciente abotargamiento. Repentinamente, no
podía mover sus dedos o sus brazos, o girar la cabeza. Sus piernas estaban
inertes y frías.
—Richard Braling amaba las cosas bellas. La música.
Las flores —dijo la voz.
—¡Rogers!
Esta vez no logró gritarlo. Tan sólo pudo pensarlo.
Su lengua estaba inerte en su boca anestesiada.
Se abrió otro panel. De él surgieron fórceps
metálicos, en el extremo de brazos de acero. Su muñeca izquierda fue traspasada
por una gran aguja absorbente.
Su sangre estaba siendo extraída de su cuerpo.
Oyó una pequeña bomba funcionando en alguna parte.
—...echaremos a faltar a Richard Braling de entre
nosotros...
El órgano sollozaba y murmuraba.
Las flores lo contemplaban, agitando sus cabezas
cubiertas de brillantes pétalos. Seis cirios, negros y esbeltos, se alzaron de
receptáculos ocultos y quedaron entre las flores, parpadeando y luciendo.
Otra bomba comenzó a funcionar. Mientras su sangre
era vertida por un extremo de su cuerpo, su muñeca derecha fue también
traspasada, aferrada y clavada por una aguja, mientras la segunda bomba
comenzaba a introducirle formaldehído en sus venas.
«Chup», pausa, «chup», pausa, «chup», pausa,
«chup», pausa.
El ataúd se movía.
Un pequeño motor traqueteaba y vibraba. La
habitación se deslizó por ambos lados. Pequeñas ruedas giraban. No eran
necesarios portadores. Las flores se agitaban a medida que el ataúd salía a la
terraza bajo un claro cielo azul.
«Chup», pausa, «chup», pausa.
—Richard Braling será echado a faltar por todos sus...
Dulce y suave música.
«Chup», pausa.
—Ah, dulce misterio de la vida, al fin... —cantos.
—Braling, el gourmet...
—Ah, conozco al fin el secreto de todas...
Contemplando, contemplando, con sus ojos ciegos, el
pequeño letrero con el rabillo de sus ojos. «EL ATAUD ECONOMICO BRALING.»
«Instrucciones: Simplemente coloquen el cuerpo en
el ataúd, y comenzará a sonar la música.»
Un árbol pasó por encima. El ataúd rodaba
suavemente a través del jardín, por detrás de unos matorrales, llevando consigo
la voz y la música.
—Y es ya la hora en que debemos confiar esta parte
de este hombre a la tierra...
De los costados del féretro surgieron pequeñas
palas brillantes.
Comenzaron a cavar.
Vio como las palas lanzaban la tierra hacia arriba.
El ataúd se hundía. Golpeaba, se hundía. Paletada, golpe, hundimiento;
paletada, golpe y hundimiento de nuevo.
«Chup», pausa. «Chup», pausa. «Chup», pausa.
«Chup», pausa.
—Las cenizas con las cenizas, el polvo con el
polvo...
Las flores brillaban y se mecían. La caja estaba ya
profunda. La música sonaba.
La última cosa que Richard Braling vio fue los
brazos de las palas del Ataúd Económico Braling extendiéndose y cubriendo el
agujero con tierra.
—Richard Braling, Richard Braling, Richard Braling,
Richard Braling, Richard Braling...
El disco se había rayado.
Pero a nadie le importaba. Nadie lo escuchaba.

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